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Full text of "Franciscanismo Ibero-Americano [microform] en la historia, la literatura y el arte"







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THE 

UNIVERSITY 

OF CHICAGO 

LIBRARY 



P. SAMUEL EIJÁN, O. F. M. 

FRANCISGANISMO 
IBERO -AMERICANO 



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FRANCISCANISMO IBERO-AMERICANO 
Ensayo histórico 



Franciscanismo Ibero-Americano/ 

en la historia, la literatura y el arte 



por el 

P. SñMUEL EIJñM, O. F. M. 



Cual árbol con los años 
la gloria oc ilrancisco suoé y crece. 

(Fr, Luis de León 'A todos los Saníos') 




BIBLIOTECA Fl^NCISCANA 

JOSÉ VILAMALA I S. Fermín de los Navarros 
Provenza, 266— Barcelona j Cisne, 12— Madrid, 10 

1927 



DEDICATORIA 

AL SERÁFICO PADRE SAN FRANCISCO DE ASÍS 

recordando su visita a España 

— en el primer convento fundado 

por él en nuestra Patria— 

con motivo de la celebración mundial 

del VII Centenario de su subida al cielo. 

El más humilde de sus hijos 
Fr. Samuel Eiján 

Mtro. Prov. de la Seráfica P. de 
Santiago de Compostela 




^\^ 






PRÓLOGO 



"...habiendo un interés humano, universal, cató- 
lico, en que el franciscanismo, no diré sea un hecho 
.üempi'e nuevo, pites no puede dejar de serlo vivien- 
do en la entraña misma de Cristo, el amor, que es 
eterno; pero sí diré que actúe siempre como tal, no 
dejándose suplantar en ningún tiempo por tantos 
posibles disfraces del amor, creo que es un derecho 
y un deber en todo cristiano levantar su voz de aler- 
ta en toda ocasión que se le ofrezca ante aquellos 
a quienes están encomendados tan santos intere- 
ses; no como estímulo que seguramente no necesitan, 
sino como testimonio de un común anhelo. A mi 
me ha parecido éste el mejor tributo que yo podía 
aportar a la conmemoración secular de esa Orden 
gloriosa. Si no he acertado en el tono y en la manera, 
pido me sea perdonado, en gracia a la rectitud de 

la intención." 

(Juan Maragall, Obras Completas. 
G. Gilí, Barcelona t. V. art. p. 180-81.) 



El trabajo que hoy sale a pública luz, no es ninguna obra definitiva 
sobre el tema que pregona el título de la portada. No lo es, repito, ni 
puede serlo ; toda vez que, a estudios de esta índole, variadísimos y comple- 
jos en sus aspectos, debe preceder la labor pacienzuda y prolongada de le- 
giones de críticos especializados en cada una de las materias que abraza. 
Hoy por hoy — y dicho sea con perdón de los competentísimos historiógrafos 
franciscanos que a ello se dedican con enorme desgaste de energías — la re- 
construcción documentada de los anales hispano-americanos en sus relaciones 
con la Orden Seráfica, está, por decirlo así, en los comienzos, gigantescos 
— es verdad — , pero comienzos, al finj-tras los cuales se adivina ya todo un 
mundo de maravillas del pasado, envuelto en las silenciosidades de inexplo- 
rados archivos, que no vendrá sino muy lentamente a llenar de focos de 
luz los huecos sobre los cuales tiene que tender puentes de hipótesis — para 



— 8 — 

ofrecernos obra de conjunto — el arte de ingeniería de la crítica histórica. 

A pesar de todo, es tanto y de tal calidad lo descubierto en cortos años 
de labor ingrata, que sería lástima no utilizarlo en ocasión tan propicia 
como la que nos ofrece la celebración del VII Centenario de la muerte del 
Sei'afín de Asís. Este Centenario, al resucitar triunfalmente en nuestros 
días la personalidad gloriosísima del restaurador de la Edad Media, hace 
que en torno a su figura reflorezcan los timbres de sus hechos, de sus pres- 
tigios, de su mundial influencia. Horiienaje grandioso elaboran, en tal sen- 
tido, al gran Apóstol las áureas plumas de literatos, de publicistas, de histo- 
riadores, como dados de lleno a la noble tarea de presentarlo a las genera- 
ciones contemporáneas en todo su imponente esplendor por medio de mo- 
nografías, estudios de Revistas y obras serias, en que apenas queda sin 
rememorarse hecho alguno conocido de importancia. En observación nos- 
otros de semejante fenómeno, al que vienen a asociarse los grandes pres- 
tigios literarios de todas las naciones civilizadas, no podemos reconocer sin 
dolor la carencia de un tributo de elogios que acerque a nosotros esa figu- 
ra augusta, que la coloque en nuestro ambiente, que teja en torno a la misma 
la epopeya de sus relaciones inmediatas y mediatas con los pueblos de san- 
gre latina que más por lo alto han culminado en siete siglos de vida mundial. 
¿ Es que no merece el gran Apóstol este tributo ? ¿ Es que la importancia del 
mismo sólo puede figurar empequeñecida y enteca al lado de tantos otros que 
parecen darse cita ante su sepulcro, para realce de este VII Centenario? 

Los investigadores críticos tienen, por regla general, su tantico de amor 
propio. Pensando más, tal vez, en el lustre de su apellido que en la importan- 
cia de las materias que tratan, constituye para ellos un acto heroico la pre- 
sentación de un trabajo incompleto, deficiente en datos, anémico en su con- 
junte, ]3or filtración de las aguas del manantial de documentación destinado a 
vigorizarlo. De aquí su resistencia a autorizar con la firma estudios que no 
aparezcan en pleno vigor de florescencia. No negaré yo aquí que sea esto 
lo más plausible, tanto para el buen nombre de los autores, como para en- 
grandecimiento del héroe. Sin embargo, cuando la situación, o las circunstan- 
cias imposibilitan la empresa, harto meritorio resulta reunir en ramillete 
histórico lo hasta ahora descubierto, sin exponerse — con el deseo de mayor 
perfección crítica — a que nuestros contemporáneos se vean privados de 
apreciarlo y de que el Serafín de Asís carezca, en ocasión tan augusta, de 
una ofrenda, humilde sí, pero altamente significativa para su influencia en 
orden a los pueblos hispano-americanos. Porque, no ; no hay duda que esta 
es la mejor ofrenda que puede rendirse al Serafín de Asís. "Yo veo — dijo 
don Antonio Maura — que, como nunca, está la humanidad acosada por el 
afán de la investigación histórica. ¿Y qué es^ — añade — la investigación his- 
tórica? Es — responde— ejercicio de la piedad filial de las generaciones que 



— 9 — 

buscan la lección de los antepasados, que interrogan, tras el aluvión de los si- 
glos, al alma colectiva... (i)". ¿Por qué, pues, no darla a conocer, en lo po- 
sible, en lo que respecta a nuestras relaciones seculares con el gran Santo ? 
Encariñado el pensamiento con esta idea, he esperado yo inútilmente a 
que escritores más preparados para el caso, nos dieran un trabajo sintético 
sobre asunto de tanta monta; y a falta de otras manos más familiarizadas 
con la materia, aprcínté las mías en el rebusco paciente y silencioso 
de cuantos datos pudieran sei*vir para esclarecerlo, no perdonando fatigas ni 
esfuerzos, a fin de completarlo lo más posible, en la pequenez de mis al- 
cances. Fruto de esta labor de exploración es el presente trabajo, que no pasa 
de la categoría de someros apuntes históricos, y que podría ser menos im- 
l)erfecto si dispusiera a gusto de otras obras de importancia que las que me 
brindaron con los materiales aquí reunidos, Ordénanse todos ellos a darnos 
una idea sencilla de los lazos de unión que ¡ponen el nombre, la influencia y 
las instituciones de San Francisco de Asís en contacto con nuestra Patria 
y con las naciones por ella civilizadas, lo mismo en el orden social, que en el 
literario y artístico en que el social se refleja a las claras. Mejor todavía: 
mi propósito es hacer ver prácticamente — por decirlo con frases de El Pen- 
samiento Hsj'año!, en iS68, p, 646 — que, "admirado y venerado (entre nos- 
otros) como Santo, Francisco de Asís debe serlo también por el influjo 
poderoso que ejerció en las costumbres, en la poesía y en las artes nuestras". 
Y esto de modo que no sea en mis labios una hipérbole, poder decir con el 
Sr. Roca de Togores : 

es la voz de España la que habla hoy por mis labios. Sí, es el hosanna sublime de 
amor a S. Francisco, que tiene colores de oro en la paleta de Murillo y de Velázquez, 
ii:úsica regalada en las páginas sublimes de Cervantes, de Lope de Vega, Calderón de 
la Barca y Qiicvedo, ternuras filiales hacia el Pobrecillo de Asís en el pecho de nuestros 
Católicos Reyes, hazañas de epopeya en la espada de nuestros Conquistadores, deli- 
quios, éxtasis y arrobos en la vida de nuestros Santos. Es el coral grandioso de siete 
siglos de vida franciscana y española, que ha palpitado en nuestra patria. (2). 

Ardua, cital lo. es, semejante empresa, he puesto empeño en reducir- 
la al número menos copioso de páginas, mirando más a facilidades económi- 
cas del público, que al deseo de puntualizar extensamente en todos y cada 
uno de los aspectos en que se divide y subdivide el trabajo, cuyo detallado 
desenvolvimiento mal podría ser encerrado en macizos volúmenes. Cuantos 
deseen mayor copia de noticias, hallarán en las notas de cada página 



(l) Conferencia, pronunciada en el "Curso de Conferencias Sociales", organiza- 
das por El Debate. — Editorial Ibérica, 1920, p. 3. 

'^) Disc. pronunciado en el II Congreso internacional de la T. O. F., publ. en 
// // Concn: Iniermsiomle del T. O. P. Atti ufficiali, Assisi, Tip. Porzinncola, 1922, 
p. 264. 



— lO — 

los hilos conductores de abundantes indicaciones bibliográficas, por los que 
podrán dar fácilmente con ricos tesoros históricos, para recreo y esparci- 
miento de su curiosidad. 

Por último, en mi deseo de sensibilizar lo más posible la confirma- 
ción de cuanto indique, hallarán los lectores, entremezclados con los textos 
histói'icos, los textos literarios, en forma de que la obra sea, al propio tiem- 
po, una como antología variada y copiosa de palpitante franciscanismo con- 
temporáneo (i). ¡T.ástima que mis esfuerzos hayan resultado casi estériles 
para la adquisición de noticias referentes a Portugal y a alguna que otra 
República americana, de las que muy pocas he podido cosechar por mi 
mismo, por haberse perdido en el vacío las súplicas hechas en demanda de 
ajena a\T.ida!... 

Atrevido, como se ve, es el emi>eño, y más en quien, como yo, tiene di- 
vertida la atención y el tiempo en muchos otros de índole diversa ; pero hay 
una razón que justifica mi audacia y es la siguiente : .Santiago de Compos- 
tela — ^única ciudad española que con certera mirada señala la crítica como 
lugar visitado con toda seguridad por el Serafín de Asís — tiene derecho a 
ser considerado inicial punto de partida de la influencia franciscana en Es- 
paña y América. Júzgase, igualmente, casi fuera de duda, que la primera 
fundación conventual hecha en la Península por Francisco de Asís, tuvo lu- 
gar aquí, al amparo de la tumba del Evangelizador de los españoles, convir- 
tiéndose de este modo en primer núcleo de evangelizadores de sayal, hijos 
suyos, destinados a imitar su conducta y hacer revivir entre nosotros su apos- 
tolado (2). Justo parece, de consiguiente, que de este primer plantel de hijos 
suyos, a los que podemos considerar como sus portaestandartes nacionales en 
nuestro suelo, parta el reflejo del primer cuadro múltiple de esa su influen- 
cia, prodigada entre los nuestros en el decurso de las edades, con motivo 
de la celebración del VII Centenario de su muerte. De este plantel partió, 
hace años, semejante reflejo para iniciación del resurgimiento crítico-histó- 
rico-franciscano-español, en la persona de nuestro • ilustre condiscípulo el 



(i) En tal forma, corresponde a la invitación del P. Pumarega, que djce en su 
"Repique de gloria", publicado en El Eco Franciscano, núm. de i de Enero* de 192 1 : 

"Alzad los ojos y ved... 

Ved la cascada de flores que desde sus tribunas y balconajes dejan caer los escrito- 
res franciscanistas, al paso de la humilde "turba paupércula". 

Por gratitud corresponded a ese saludo y recoged esas flores. 

Estrechad esas manos que se extienden con efusión, en busca de las vuestras... 

Seamos agradecidos..." 

(2) De igual modo lo hicieron revivir entre los pueblos infieles, bastando — para 
confirmarlo— las frases siguientes del Sr. López Ferreiro: "De aquí saldrían — excla- 
ma, aludiendo a los primeros evangelizadores de Indias — el Ven. P. Fr. Martin de la 
Coruña para Méjico, el Ven. P. Fr. Gonzalo Méndez para Guatemala, el Ven. P. Fr. 
Alonso de Bctanzos para ^Nicaragua, y el Ven. P. Fr. Pedro de Alfaro, Guardián de 
Herbón, para Filipinas". (Galicia en el último tercio del siglo XV, Santiago, Irapr. de 
la Gaceta, 1883, p. 409). 



— II — 

R. P. Atanasio López, que prosigue aún hoy día tan fecunda labor desde 
la dirección de la meritísíma revista {Archivo íbero-americano, de Madrid; 
y no estará por demás que sea también de aquí de donde salga ahora este 
ensayo sintético de vulgarización f ranciscanista, aunque no sii"va más que de 
toque de atención y reactivo estimulante capaz de excitar a otros a comple- 
tar, engrandecer y conducir a las cumbres el programa. 

Por lo demás, ya que no por la riqueza de conocimientos, aboga en favor 
mío esta última iniciativa, en gracia al puesto que indignamente desempeño 
actualmente de Ministro Provincial de esta Seráfica Provincia de Santiago, 
a quien, por ende, incumbe de im modo especial el deber de rendir, en nom- 
bre de sus subditos, un homenaje de adhesión y afecto al común Padre Se- 
ráfico con motivo de la actual efeméride. ¿Y qué mejor homenaje que el 
de hacer desfilar ante su figura, en actitud de rendimiento filial, a los más 
excelsos españoles y americanos de siete siglos de historia mundial? 



P. SAMUEL EIJAN 



PARTE PRIMERA 



FRANCISCANISMO HISTÓRICO 



«El amor franciscano es un in- 
jerto sobrenatural en el alma 
española. Por eso, desde San 
Francisco parece que se multi- 
plican todas las energías de nues- 
tra raza, y por eso todas las 
grandes empresas llevan el sello 
franciscano.» 

(VáBqiies de Mella, Discurso 
del 17 de mayo de 1914.) 



San Francisco de Asís y España. - Vida española influenciada por el fran- 

ciscanismo. - Símbolo de unión del espíritu español y el franciscano. - 

España franciscana. - Quien dice España, dice América. 



Pocas fechas tan gloriosas como la que en nuestros días tiende a absorber 
la atención del público contemporáneo. Allá, del fondo del siglo XIII, sur- 
ge triunfadora una figura augusta, que parece reclamar sus homenajes e 
imponerse al orgullo del progreso moderno, por su influencia. Humildísima, 
cual lo es, la humanidad pone empeño en exaltarla hasta lo sumo, ¿Quién 
ignora su nombre y su gesta prodigiosa e inmortal? 

Escuchemos a A. Ricardo Outeiriño: 

Setecientos años hace — exclama — que San Francisco de Asís, cantando y gimiendo, 
que es como mueren los que aman mucho y sufren mucho, subió a desposarse eíerna- 
n:ente con el Amado. Setecientos años hace que dejó de suspirar aquella garganta que 
se desgarraba en acentos conmovidos y delirantes; y se cerraron aquellos ojos que mi- 
raban arriba para abrazarse en los calientes rayos del "hermano Sol", o para ver el 
raudo vuelo de las sencillas palomas, o para contemplar el bermejo ocaso de una tar- 
de serena, y miraban abajo para no tronchar el encendido cáliz de la amapola o para 
confundir la fiereza de "hermano lobo"; y se inmovilizaron aquellos brazos que abra- 
zaron al árbol secular, y aquellos labios que se acercaban amorosos a pegarse a la tie- 
ira... y se paró aquel corazón abrasado y consumido en un amor inmenso e inextingui- 
ble... Setecientos años hace que aquel hombre nos está mirando desde el "inmortal 
seguro", embelesado en la contemplación de todas las criaturas, cantando siempre y 
siempre gimiendo, anegada el alma en angustias y acelerado el ritmo del corazón que 
quiere salir de la cárcel de su pecho para inundar el mundo en tinieblas envuelto y 
encenagado en el pecado, de la luz y de la caridad que allá arriba nimba a los ángeles 
y hace prorrumpir a los serafines en cánticos de acendrado purísimo acento... (1). 

Tal es el varón excelso, cuyo solo nombre, despierta en la actualidad 
manifestaciones radiosas de entusiasmo, cual muy pocas se habrán visto en 
el mundo; sirviendo así la celebración del VII Centenario de su muerte, 
liara infundir nueva espléndida vida a su memoria en el ánimo de los 
pueblos. 



(i) Art. "San Francisco de Asís", publ. en Faro de Vigo, 24 de Enero 1926. 



_ i6 - 

¿Ni para qué decir que semejantes manifestaciones se las merece de 
toda justicia? ¿Para qué decir, que no son estas manifestaciones otra cosa 
que como la prolongación de las innumerables que un año y otro eslabona 
la gratitud de los pueblos ante el trono brillante de su gloria? 

Con todo: ¿cómo afirmar con verdad que sea por esto sólo suficiente- 
mente conocida su influencia? 

No, no lo ignoramps. 

La voz del mundo civilizado viene proclamando a Francisco de Asís 
con el glorioso sobrenombre de Alter Christus de los siglos medios. Siete 
centurias unen ante el tribunal de la historia los testimonios de sus granr 
des pensadores para reconocerlo como restaurador de la sociedad cristiana 
en una época en que la visión de Inocencio III nos presenta la Iglesia de 
Latrán — símbolo del Cristianismo — bamboleándose sobre lo inconmovible 
de sus cimientos. Gigantesca, cual lo es, esta empresa (i), nacida en aque- 
lla humilde Porciúnc.ula, que es — al decir de J. Ortega Munilla — 

como inmenso corazón que late bondades, abnegaciones, olvido de los estímulos 
malos, inspiración fraternal, píos anhelos (2). 

no creemos se haya estudiado aún en toda su amplitud, a pesar de lo ro- 

•s 

tundo de las antedichas manifestaciones. Hay, sobre todo, entre sus diver- 



(i) EMILIA PARDO BAZAN,^ en Colón y los Franciscanos ha diseñado bella- 
mente su aspecto estético — que aquí más directamente nos afecta — con las frases 
sisuientes : 

■'La milicia suscitada por San Francisco de Asís es a la ardiente ebullición reli- 
giosa de la Edad Media lo que a la catedral gótica sus caladas, transparentes agu- 
jas; la última expresión de un ideal; la quinta esencia más sutil y exquisita del 
misticismo. Con San Francisco, la Edad Media asciende el postrer peldaño que la 
separa del cielo; y como ya no puede subir más, como el sol llegó al cénit, sólo 
le resta partirse en infinitos rayos que alumbren y calienten la tierra y fecundi- 
cen los gérmenes contenidos en sus entrañas. Así vemos que desde San Francisco 
todo se transforma, todo se renueva, todo sufre una crisis preparadora de otros 
tiempos que ya despuntan. La pintura suelta su vieja crisálida bizantina j; revolotea 
libre jjor las creaciones de Giotto : la arquitectura, abrumada bajo la maciza bóveda 
románica, se yergue y se rasga en atrevidas ojivas: la poesía encarcelada en las 
cortes y alambicada por los trovadores, rompe sus grillos y desciende al pueblo, 
fuente de Juvencio de toda literatura; la naturaleza se rehabilita y el feudalismo vaci- 
la, en su pedestal de hierro. Y estas metamorfosis son fruto, no de la influencia indi- 
recta, sino de la inmediata acción del Santo. ¿Qué escenas reproduce la nueva falanje 
de pintores ? La leyenda franciscana, los desposorios de San Francisco con la dama 
Pobreza. ¿Dónde se afirma la nueva arquitectura, el templo ojival, con su rosa místi- 
ca y sus aéreas torres? En los conventos franciscanos, en el sepulcro de Asís. ¿Qué 
cantan los poetas precursores de Dante? Los éxtasis, los milagros del pobrecillo Fran- 
cisco. ¿Cuándo recobra la naturaleza sus fueros y vuelve a acariciarla el soplo del 
amor? Cuando Francisco liberta a la tórtola del cautiverio, y al cordero del cuchillo, 
y, nuevo Orfeo, reconcilia a la fiera con el hombre. El verbo que se eleva para mal- 
decir a los tiranos, de boca franciscana sale: los frailes son emisarios del pensamien- 
to patriótico, y, a su voz, Italia adquiere esa conciencia de sí misma que rescata a las 
naciones. Con esto sólo ya sería portentosa la obra del Serafín en carne humana... 
Suscitar poetas, pintores, arquitectos, tribunos, penitentes y vírgenes, que hicieron del 
claustro plantel de azucenas, es lo que en la obra de San Francisco corresponde al 
amor, a la voluntad, al sentimiento: es la parte estética del movimiento franciscano..." 

C'i) En El erial del mundo y el vergel franciscano, publ. en El Plata Seráfico, 
de Buenos Aires, 1919, p. 246 sig. 



— 17 — 

sos aspectos, uno de importancia capitalísima en la vida mundial, al que 
no se ha prestado hasta ahora, que sepamos, la atención debida; y es el re- 
lativo a las relaciones del espíritu franciscano con nuestra Patria. Desde 
el momento en que se reconozca— y el hecho es indudable — que no pudo 
Francisco llevar a cabo su obra de restauración cristiana, sino por medio 
de la transvenación — digámoslo así — de su espíritu en el cuerpo social de 
la Edad Media, impónese necesariamente la averiguación de los medios 
con que se realizó semejante prodigio; y uno de estos medios, el más im- 
portante quizá de todos, no sólo en lo atinente a nuestra nación, sino al 
mundo entero, lo descubrimos nosotros en la incorporación del ideal se- 
ráfico a la vida nacional española, fenómeno, tal vez, único en los anales 
de la humanidad. 

Basta, en efecto, dar una ojeada a la historia, para distinguir el carác- 
ter nacional de España entre los demás pueblos que se dilatan por la 
tierra. Este carácter la inviste ante el orbe de cierta representación honda- 
mente i'eligiosa que no se limita, como en otras naciones, a informar sus 
leyes, a modelar sus costumbres, a poner el sello de lo sobrenatural a sus 
actos oficiales, sino que la impulsa providencialmente hacia el apostolado, 
o sea, a convertirse en instrumento de expansión católica por el universo. 
A sus otras empresas — dominándolas, como el águila los espacios — sirve 
este su carácter evangelizador de ornamento y de corona. No por unos 
años, ni aun siglos, sino en interminable serie, vemos a sus reyes, a sus 
gobiernos, a sus instituciones múltiples, organizar, sostener y dirigir di- 
rectamente la magna obra de la conversión y civilización de innumerables 
pueblos, desempeñando gloriosamente el papel que más tarde vino a re- 
presentar la Congregación de Propaganda Pide y escogiendo entre sus hi- 
jos selectos los apóstoles de empresa tan religiosa, a la vez, y humanitaria.- 
Llegó la Cruz en manos de sus emisarios, no sólo a donde llegó su bandera, 
sino a todas las partes del mundo conocido, ya siguiendo las huellas de los 
héroes de la conquista de territorios, ya marcando norte orientador a los 
héroes de la conquista de almas. De igual modo que, como a cruzados de 
la fe, enviaba sus guerreros a combatir a los musulmanes en Levante y 
África, y a los protestantes en el corazón de la Europa, convertía a sus mi- 
sioneros en introductores del Cristianismo en el continente de América y 
entre los japoneses, chinos e indios ^del continente de Asia. Y semejante 
actuación, que a los unos imponía el sacrificio de la sangre, imponía a 
nuestros reyes el sacrificio del tesoro español, nunca agotado para el servi- 
cio de la Religión, merced a la generosidad de sus subditos. 

Un poeta moderno, Balbontin, expresa esta misión sin segundo 
en los términos siguientes : 

Franciscanlsmo.— 2 



— i8 — 

...Dios quería que todo el orbe se encendiera 
con los destellos de su sangre; que la dulcísima semilla 
de su verdad alentadora, por todo el mundo floreciera ; 
y dio la empresa a una gran raza, la de los campos de Castilla. (1). 

A los que se imaginen que esta misión civilizadora no forma parte 
esencialísima del carácter nacional, les invitamos a reflexionar sobre estas 
palabras, dichas ante el Parlamento por orador tan poco sospechoso como 
Emilio Castelar: 

"...no debemos olvidar lo que forma verdaderamente el lazo que constituye una 
nacionalidad. No lo constituye el lenguaje; no lo constituye la geografía; no lo cons- 
tituye ni siquiera la unidad de la raza; lo constituye la gran comunidad de recuer- 
dos gloriosos. A nosotros, los españoles, nos une más que todo en el seno de esta 
amada nacionalidad el recuerdo de aquellas grandezas que no cabiendo en el viejo 
mundo... tuvo que ensanchar la tierra para que hubiese espacio bastante en el pla- 
neta a nuestro grandioso espíritu... (2) 

Y es que, estudiando estos recuerdos, rememorativos de la actividad 
emprendedora de una raza, en la cual hasta el elemento guerrero merece que 
Eugenio Selles lo designe con el calificativo glorioso de 

las tropas de Cristo (3). 

adquiere el ánimo la plena convicción de que la fase más sublime de su 
empresa estriba, por decirlo así, en las excelsitudes del apostolado católico. 
Bien lo dijo nuestro Monarca Alfonso XIIÍ en su famoso discurso a la 
Santidad de Pío XI, el 19 de noviembre de 1923 : 

...nuestros soldados, y nuestros misioneros, y nuestros descubridores, y nuestros na- 
vegantes, y nuestros Reyes, tan numerosos que superan a las arenas del desierto, tan 
esclarecidos que han dejado un reguero de luz en los anales de la humanidad, jamás 
enarbolaron la bandera de España sin que estuviera rematada por la cruz ; y al descu- 
brir el Nuevo Mundo y crear veinte naciones en el continente americano, en el pecho de 
aquellas naciones encendieron la fe de Cristo, aun antes de poner en sus labios la gar 
llarda lengua de Cervantes (:4). 

Lo propio asegura Camoens^ hablando de Portugal, al decir en el Can- 
to VII de Los Lusiadas : 

A vosotros, escasos cuanto fuertes Portugueses, que sin medir vuestras cortas fuer- 
zas, vais extendiendo la ley de la vida eterna, aunque para ello tengáis que arrostrar 



(1) Revista Católica, de Barcelona, 1670, p. 35. 

(2) La risa de la espcransa. Madrid, 1914, p. 254. 

Í3) El héroe-chusma (t. LXII de "Biblioteca Universal", Madrid) pp. 115 sig. 
(4) '/id. Del viaje del Rey a Roma, (t. XIII de la "Biblioteca-Lux"), Toledo, 
1934, pp. 13-14). 



— 19 — 

mil muertes ; a vosotros, designados de antemano por el Cielo, para hacer mucho, a pe- 
sar de ser tan pocos en pro de la santa Cristiandad... (.1). 

Y nos presenta, poco después, a los afortunados descubridores de Indias, 
llenos de júbilo, 

cuando vieron aparecer la extensa tierra, fin de sus constantes trabajos, a donde fue- 
ron a propagar la ley de Cristo y a dar a aquellos pueblos nuevas costumbres y nuevos 
reyes (2;). 

Y bien: ¿necesitaremos indicar aquí que este ideal de apostolado, orga- 
nizado y permanente entre infieles, vino al mundo con Francisco de Asís? 
De sus seguidores se valió el Apóstol de Umbría para' inaugurarlo triunfal- 
mente nada menos que en los puntos más peligrosos a la sazón, a causa del 
odio fanático que encendía en los infieles la lucha armada contra el Catoli- 
cismo. Entre el fragor de los combates promovidos en Oriente por los Cru- 
zados, y los que empujan a trasponer el Estrecho de Gibraltar a las fuerzas 
vivas del norte de África, inauguran su apostolado los Franciscanos; y Es- 
paña, convertida desde siglos atrás en representante armada de la cristian- 
dad contra la Media Luna, no espera a libertar totalmente su territorio de 
enemigas huestes, para asociarse a este ideal, para ponerlo a la cabeza de su 
ideal de actuación exterior y para combinarlo unas veces con sus planes de 
conquista y desenvolverlo otras independientemente de ellos, secundada 
siempre especialísimamente en ello por los hijos abnegados del Serafín de 
Asís. 

Lo cual, por supuesto, supone en la vida nacional española, la introduc- 
ción del espíritu franciscano, difundiéndose por todos sus organismos so- 
ciales y arraigando tan por lo hondo en ellos, que llegó a compenetrarse, a 
fundirse íntimamente con la misma; imprimiéndole, en cierto modo, su ca- 
rácter, ennobleciendo su programa de acción, y cristalizando gradualmente 
en su manera de ser, en sus leyes, en sus usos, en sus costumbres. 

¡ Influencia, en verdad, maravillosa, cual ninguna otra ! En busca yo de 
un símbolo que nos la descubra como en cifra y compendio, acude instinti- 
vamente a mi fantasía el cuadro aquel notabilísimo del Beato Angélico, 
existente en la Galería de Arte de Berlín, que nos presenta unidos en estre- 
cho abrazo a los dos excelsos Patriarcas de Umbría y de Guzmán. Domin- 
go, el más glorioso representante de la España de la época, es para mi el ge- 
nio del pueblo español, que busca en el corazón de Francisco, energías y 
alientos para afrontar con éxito la solución de los problemas de su destino. 



(1) Los Lusiadas, trad. de Manuel Aranda, Barcelona, 1074, P- 172-73- 

(2) Ibid., p. 176. 



— 20 — 

Al decir de Tomás de Celano^ en su Legenda Secunda, dirigió en tal oca- 
sión el de Guzmán al de Asís, estas palabras : 

Quisiera, Hermano, que tu familia y la mía formasen una sola Religión y que vi- 
viésemos en la Iglesia con una misma Regla (i). 

¿Y no puede decirse que, en sentido amplio, llegaron estas palabras 
a tener, con respecto a españoles y franciscanos, perfecto cumplimiento ? 
Considerado el episodio en si mismo, obliga a exclamar al P. Lacor- 

DAIRE : 

El beso que allí se dieron los dos Patriarcas, se ha transmitido de generación en 
generación en labios de la posteridad, y la inalterable amistad que los unió vive aún en 
eJ corazón de sus hijos. Los Religiosos Menores y los Dominicos han levantado sus 
tiendas en todos los climas, han orado juntos y juntos han trabajado en la viña del Se- 
ñor. Más de una vez se ha mezclado la sangre de sus mártires en holocausto a la fe, 
y fraternalmente han poblado la tierra de Conventos y el cielo de Santos, sin que ja- 
más el hálito de la envidia haya empañado el limpio cristal de su amistad siete veces 
secular. Juntos se han extendido por el mundo, como se extienden y enlazan entre sí 
los tiernos ramos de dos árboles iguales en vigor y lozanía, se han granjeado y dividi- 
do el afecto de los pueblos : son dos hermanos gemelos que reposan sobre el seno de su 
única madre la Iglesia, y se han elevado a Dios por los mismos caminos, como dos 
hermosos perfumes que juntos suben al cielo (2). 

Semejante descripción, apreciada a través de la Historia, encuadra per- 
fectamente en nuestro caso, con sólo cambiar el nombre de Dominicos por 
el de Españoles. La labor honda de aproximación, de asimilación, de com- 
penetración en el alma popular española del espíritu de Francisco de Asís, 
alcanza tales grados de eficacia, que bien puede decirnos el más grande de 
nuestros oradores contemporáneos: 

El amor franciscano es un ingerto sobrenatural en el alma española. Por eso des- 
de San Francisco parece que se multiplican todas las energías de nuestra raza, y por 
eso todas las grandes empresas llevan el sello franciscano (3). 

España es, pues — dice el último Prelado de Compostela, Sr. Lago González — una 
nación franciscana. Desde la hermosa Galicia hasta los abruptos montes de Lérida, en 
los valles de la Rioja y en las llanuras de Castilla, sembrada está nuestra Patria de con- 
ventos franciscanos que recuerdan el paso de aquel Pobre por esta tierra bendita. Y 
otros cien y cien conventos pregonan, desde las costas del Norte hasta las playas an- 
daluzas cuan hondamente se arraigó en España el espíritu de San Francisco. Todavía 
vive ese espíritu. Señores : España franciscana continúa de rodillas ante el Pobre de 
Jesucristo (4). 



(i) Legenda Secunda, edic. d'Alencon, pp. 280-82. 

(2) Vida de Santo Domingo, cap. VIL 

(3) Vid. Leüisijia, Crónica del Congreso Nacional Terciario de 1914 (Madrid, 
1925) : Discurso del Sr. Vázquez de Mella, p. 267. 

(4) Legísima. Crónica cit. Discurso del Sr. Lago González, p. 242. — Dice, por su 
parte, El Siglo Futuro, de Madrid, en su número de 29 de octubre de 1921 : "la apolo- 
gía del f ranciscanismo es, a la vez, el resumen de^ la historia nacional, cuyo libro áu- 
reo tiene que llevar como registro el blanco cordón franciscano". 



— 21 — 

Y lo que de España acabamos de decir, entiéndase igualmente de todas 
las naciones a las cuales infundió nuestra Patria la vida de la civilización. El 
espíritu de sus conquistadores y de sus misioneros, no prescindió nunca 
en sus empresas rehabilitadoras del ideal que alentó en el del Serafín de 
Umbría (i). 

La Cruz y el pendón de Castilla — exclama el mismo docto Prelado — que levanta- 
ba Colón en las playas vírgenes de América, estaban enlazados con el cordón de la 
Tercera Orden Franciscana (2), 

América es franciscana — nos dice otro Prelado insigne — desde los comienzos de su 
civilización: tended la vista, y el cordón lo abarca todo, desde la opulenta Buenos 
Aires, a cuya fundación cooperó un humilde franciscano, el P. Ribadeneira, hasta la 
riquísima California, donde a un lego mallorquín, Junípero Serra, le rinden tributo 
de su admiración aquellos pueblos nuevos y vigorosos (3). 

A los Franciscanos— alegaremos con el P. A. López — que acogieron en el convento 
de la Rábida al fatigado nauta... ¡que le alentaron a realizar su magnánima empresa; 
le acompañaron en sus triunfos y desgracias, y recogieron su último suspiro en la ciu- 
dad de Valladolid, los encontramos en la isla Española consagrados desde los primeros 
momentos de su descubrimiento a la evangelización ; en las costas del Darién, en com- 
pañía de Pedrarias; en Méjico, con Hernán Cortés; en el Perú, con Benalcázar; en 
el Nuevo Reino de Granada, con Jiménez de Quesada ; en el Río de la Plata, asis- 
tiendo a la inauguración de Buenos Aires, y en California trazando el plano de la 
ciudad de San Francisco. La América meridional y gran parte de la septentrional están 
regadas con sangre franciscana (A). 

De aquí el que los hijos de América puedan repetir, a voz en grito, estos 
versos del argentino Teodoro Palacios^ en La canción del indio (5) : 

Y aprendí con las luces del santo misionero, 
como siendo gusano, soy dueño verdadero 
de todo el universo que galopa a mis pies; 
porque, como pupilas, brillan en las alturas 
las estrellas que vierten llanto en las amarguras, 
y como el que se inclina ante su Dios, rey es. 



(i) Como prueba de esta verdad, pudiéramos citar, entre otros mil, el ejemplo de 
nuestras antiguas misiones del Japón, patrocinadas por la nación española, cual lo 
estaban las de todos nuestros misioneros del Extremo Oriente. Tan hondamente 
inspiraron a los indígenas el espíritu franciscano, que éstos, aislados desde media- 
dos _del siglo XVII de todo contacto con sacerdotes católicos, conservaron de padres 
a hijos, no sólo la fe, sino también la observancia de los deberes de la Tercera Or- 
den, y oraban ocultos ante una imagen de la Purísima "a la que servía de marco el 
cordón franciscano". Así pudo comprobarlo Mgr. Jean-Petit al ir en 1861 a rea- 
nudar el hilo de oro de aquellas Misiones, después de dos siglos de paréntesis luc- 
tuoso; y así nos lo testimonia en un documento que puede verse en Revtie Francis- 
caine, de París, igos, p. 366 y sig^ 

(2) Legísima, Crónica, cit., Disc. cit., p. 243. 
_ (3) Ilmo. Sr. Dr. Esténaga, en el Disc. pronunciado en el Congreso de 1921. 
Vid. Legísima, Crónica del Tercer Congreso Nacional Terciario de 1921, (Madrid, 
1922), pp. 316-17. 

(4) Memoria sobre Archivo íbero-americano, presentada al II Congreso de Hist. y 
Geogr, hisp-americanas, celebrado en Sevilla, 1921. - Madrid, impr. Hispánica, 1924, 
pp. 3-4. 

^5) Publ. en El Diario Español, de Buenos Aires, 12 de octubre de 1925. 



— 22 — 

La fe puso en mis ojos colores de horizontes 
nuevos, en las alturas se encumbran los montes 
y con la fe sincera aprendí a amar también; 
mis hermanos dejaron de ser lobos y hienas, 
y compartí con ellos mis gozos y mis penas, 
y mi cubil de antaño se convirtió en edén. 

Por lo cual, si América puede exclamar, por boca de uno de sus ilus- 
tres representantes en el Congreso Eucaristico de Amsterdam — el P. Li- 

QUENO : 

Nosotros vituperamos lo que España nos enseñó a vituperar y amamos lo que ella 
nos enseñó a amar (1), 

harto podemos creer que el espíritu religioso de América, como el de su 
Madre, sigue siendo el que injertó en el alma de nuestra Patria el Sera- 
fín de Asís. Bien dice uno de los poetas de aquella tierra privilegiada, 
PiNiLLA MÉNDEZ, en SU Canto a Cisneros: 

"Nació América española, 

española y franciscana. 
Cada uno es, sin disputa, lo que nace; 
y, a despecho de otra sangre y de otras razas, 
lo que América mamó desde la cuna 
lo tendrá que derramar en la mortaja". 



(1) Trabajos y Conclusiones, presentados i)or los Delegados Argentinos Dr. To- 
más CuLLEN y R. P. José M." Liqueno; París, Cabaut, 1924, p. 12. 



11 



Venida del Serafín de Umbría a nuestra Patria. - Centro de unión de la 
vida española en C empastela. - El Santo, postrado ante la tumba de nues- 
tro Patrono, recibe mandato del cielo de establecer por el mundo conventos 
de su Orden. - Transcendencia de este mandato para nuestra Patria 



Para que esta empresa de unión entre España y Francisco llegue a 
realizarse, no basta ciertamente que el Seráfico estreche contra el corazón 
al más grande de los españoles de la época en el centro del orbe católico. 
Es preciso más : es preciso que se anticipe a venir en persona a su suelo, 
que atraviese sus regiones evangelizándolas, que acuda, por último, a lo que 
constituye, entonces, el punto de cita de todos los pueblos españoles y el 
imán de atracción del Occidente cristiano, es decir, a Santiago de Compos- 
tela. España, invadida a la sazón, en parte, por la morisma de allende el Es- 
trecho, no goza todavía de unidad política, de unidad nacional : sus reinos 
de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal siguen cada cual por su cuenta 
las jornadas de epopeya de la obra de la Reconquista; y si algún lazo de 
unión existe entre ellos, no viene a ser otro, en verdad, que el de llamarse 
todos españoles (i) y reconocer como Patrono y Jefe en su militar cruza- 
da al Apóstol de Compostela. Así lo da a conocer, por ejemplo, el antiquí- 
simo Cantar del Mió Cid (edición crítica de Ramón Menéndbz Pidal) al 
decirnos en el verso 731, que en medio de los combates. 



(1) Dice Menéndez y Pelayo, en el famoso brindis de 30 de mayo de 1881 : 
"Españoles llamó siempre a los portugueses Camoens; y aún en nuestros días Al- 
meida Garett, en su poema Camoens, afirmó que españoles somos y que de españoles 
nos debemos preciar todos los que habitamos la península ibérica", (¿o Crus, Ma- 
drid, 1881, t. I, p. 718). 

Y, en efecto, el famoso poeta, al celebrar en Los Lusiadas a sus varones nacio- 
nales, los llama, en el canto I, estrofa XXXI: "Unna gente fortissima de Es- 
panha", y dice en el canto III: "Eis aquí se descobre a nobre Espanha — como ca- 
beza alí da Europa toda". 

"El nombre^ de España. — agrega nuestro gran polígrafo — que hoy abusivamente 
aplicamos al reino unido de Castilla, Araqón y Navarra, es un nombre de región, un, 
nombre geográfico ; j; Portugal es v será tierra española, aunque permanezca inde- 
pendiente por edades infinitas ; es más, aunque Dios la desgaje del territorio peninsu- 
lar, y la haga andar errante, como a Délos, en medio de las olas. No es posible rom- 
per los lazos de la historia y de la raza; no vuelven atrás los hechos, ni se altera el 
curso de la civilización por divisiones políticas (siquiera duren eternamente), ni por vo- 
luntades humanas " (Vid. Horacio en España, Madrid, C. Editorial de Medina, 
pp. XIV-XV). 



— 24 — 
Los moros llaman Mafomat e los cristianos santi Yague; 

y al poner en boca del caudillo esta arenga (versos 1137-39): 

En el nombre del Criador e d'apostol santi Yague, 
feridlos, cavalleros, d'amor e de voluntad. 

De aquí el que los diversos reinos españoles, pudieran, por tal época, 
exclamar como Juan de Padilla, dirigiéndose al común Patrono; 

Tu fuerte Galicia, de presto levante, 

su voz acordada que nos represente 

tus dignos triunfos, tu mano valiente, 

o serenísima luz radiante, 

que fuscas tinieblas de. nuestro occidente (1). 

Era, por lo tanto, Compostela — joya de Galicia — el lugar de encuentro 
de todos los españoles, entre los cuales actuó siempre el Apóstol como común 
Patrono, estableciendo así espiritualmente su unidad nacional, mucho antes 
de que materialmente fuese un hecho histórico; y esto en tal forma, que 
obliga a José A. Tructiarte, a exclamar entusiasmado : 

4 

Santiago ha sido... no sólo el que ha dado la verdadera libertad a nuestra Patria, 
sino el que la ha engrandecido ante las naciones del universo (2). 

Y es que nuestros españoles, convertidos casi todos en guerreros de la 
cruz, ponían el triunfo de la fe muy por encima de todos sus ideales de con- 
quista. Aun siglos después, en el xvii, ninguno se extraña de que el tra- 
tadista militar Simón de Villalobos, diga en el Prólogo de su obra, Mo- 
do de pelear a la gineta : 

Enderecemos nuestras acciones a hacer esto en defensa de la fe de Nuestro Señor 
Jesucristo, para que, con su favor y en su servicio, a lanzadas y cuchilladas ganemos 



Este programa fué, en realidad, el que formó a nuestra Patria. 

La Patria pide, para fundamentar su vida — exclama Él Debate — una tradición co- 
mún e ideales comunes. Sin un pasado — tradición — y un porvenir — ideales — no hay pa- 
tria. Patria es, por lo tanto, unión moral de entendimientos y voluntades, de senti- 
mientos y de afectos (3). 



(1) R. Foulché-Delbosc, Cancionero Castellano del siglo XV, Madrid, 1912, 
(Nueva Biblioteca de Autores Españoles), T. L p. 348. 

(2) Art. "¡Santiago!", publ. en Hormif/a de Oro, de Barcelona,- 189X, p. 315. 

(3) Núm. del 19 de febrero de 1926: art. "Tradición e ideales". 



— •25 — ^ 

¿Y qué tradición común existía, a la sazón, en España, que la de la fe, 
inspirada por el Apóstol; ni qué ideales comunes que los de hacer triunfar 
esta fe, bajo los auspicios del Apóstol, sobre el poderío armado de la moris- 
ma? El Apóstol, de consiguiente, entronizado en Compostela, constituía 
entonces el símbolo augusto de la nacionalidad española. 

Tal era, en suma, el Caudillo en que fundían su espíritu de unidad 
los hijos de los diversos reinos de la Península, reconociendo, hasta cierto 
punto, como centro de unión a Santiago; y quien dice a Santiago, dice a 
Galicia; toda vez que — en frase de Juan de Acuña: 

Santiago es el alma de Galicia, y Galicia la tierra de Santiago (1). 

¿Qué sitio, pues, más apropósito que la Jerusalén de Occidente, para 
que Francisco se ponga allí en contacto con España, sin distinción de razas 
ni cetros? ; 

Llega, en efecto, Francisco a nuestro suelo, quizá a fines de 12 13, y en 
ella permanece hasta muy adelantado el 1215, según cómputo más que 
probable del P. Atanasio López, autor el más autorizado en este asunto, 
que ha estudiado a fondo. Esta llegada del humilde Fundador de los Me- 
nores, no es estéril ni mucho menos para nuestra Patria, en la que viene 
a inaugurar entre nosotros su influencia: 

El cielo quería recompensar, sin duda — escribe un varón ilustre (2) — los heroicos 
esfuerzos que este país, tipo de bravura y lealtad, estaba haciendo para sacudir el 
asqueroso monstruo que de la otra parte del mar sobre él se había precipitado con 
traición y engaño, y le enviaba un siervo predilecto, para que, estableciendo en él su 
religión, le procurase un medio más, muy poderoso por cierto, para dar cima a la em- 
presa acometida, y, después de consumada la expulsión y asegurada su independen- 
cia, realizar aquella grandeza que había de ser el galardón de la victoria. 

No podía, pues, dejar de sernos hondamente eficaz su presencia en 
nuestro suelo. Dadas las exigencias vehementísimas de su celo por la salud 
de las almas, fácil es imaginarlo recorriendo nuestras regiones en plan 
de apóstol infatigable y excelso: 

¡Cómo hablaría San Francisco! — exclama la ilustre poetisa chilena Gabriela- 
Mistral. — ¡ Quién oyera sus palabras goteando como un fruto de dulzura ! ¡ Quién 
las oyera cuando el aire está lleno de resonancias secas, como un cardo muerto!... 
FJ hablar de San Francisco — prosigue-^-se deslizaba invisible por los oídos de los 
hombres. Y se hacía en sus entrañas como un puñal de flores suavísimas. No enten- 



(1) Renacimiento de Compostela, publ. en El Ideal Gallego, de Coniña, número 
de 27 de agosto, 1925. 

(2) Galería Seráfica, etc., por el Dr. D. Fr.\ncisco de Asís Mestres. Barcelo- 
na, impr. de José Ribet, 1857, T. I., p. 282. 



-^26 — 

dían los hombres aquella suavidad extraña que nacía en ellos. Ignoran que las pala- 
bras son como guirnaldas invisibles que se descuelgan hacia las entrañas (1:). 

Y es que la voz esa del Apóstol es una voz donde palpita vibrante la 
emoción. 

¿Cómo tuviera el Santo — pregunta Castelar — la grande actividad externa que ha 
transformado al mundo, sin las excitaciones internas de la emoción; y como tuviera 
esta emoción impulsora sin el resplandor de una fantasía viva,- y sin el apoyo de la 
optimista esperanza puesta por nuestros sabios de hoy entre las debilidades propias de 
los entendimientos enfermos? El seco análisis, la deducción rigurosa, el cálculo ma- 
temático, la desconfianza pesimista de todo logro del bien, están condenados como el 
frío y como el odio a la muerte ; sólo es fecundo el amor. Y por eso Cristo de Nazaret 
al fin de los tiempos antiguos, y Francisco de Asís al comedio de la Edad Moderna, 
produjeron una sociedad y un alma nuevas, porque amaron mucho (2)". 

Sí, el gran Serafín humano amó mucho, a imitación de Jesús, y de 
este amor nos da muestras al venir a nuestro suelo, al atravesar sus regio- 
nes. 

Va suspiros exhalando por doquiera... 

Yo no sé si le habréis visto... 

Diz que es pobre — ¡vaya un pobre más hermoso! 

Diz que es loco — ¡ vaya un loco más divino ! 
No hay poeta, ni hijo dalgo, ni gentil aventurero 
Que posea el soberano talismán de sus hechizos. 

Ni que arrastre en pos de si más corazones. 

Ni conquiste más cariños. 

Es un amador extraño: lo ama todo 
lo insensible, lo sensible, lo humanal y lo divino ; 
lo ama todo, todo, todo... 
¡todo menos a sí mismo! (3). 

Los primitivos biógrafos que nos refieren este viaje del Santo (4) no 
aducen pormenor alguno que pueda servir de estímulo a la curiosidad 



(i) La Vos de San Francisco, publ. en "Espigas y Azucenas", de Murcia, 192S, 
p. 109. 

(2) Plutarco del pueblo, publ. en "El Liberal", de Madrid, 1894, núm. de 20 de 
agosto. 

(3) A. MiGUENS Parrado, en su poesía ¡Pobre y loco!, publ. en El Eco Fran- 
ciscano, de^ Santiago, 1914, pp. 589-90. 

(4) Así Tomás de Celano, en el Tratado de los milagros (edic. Aleigon, p. 362) 
— en el cual lo precisa más claramente que en Vita prima (edic. id., cap. XX) — ^y 
San Buenaventura en su Legenda Maior (Quarrachi, 1892, p. 99). 

Las obras de Celano están traducidas a nuestro vulgar por el E. P. Pelegrin de 
Mataró, o. M. C, quien publicó la Vita prima, en la Colección "Los Santos", de 
los Herederos de J. Gili, Barcelona, 1909 (en 8.°, 180 pp.), y dio, luego, reunidos to- 
dos los escritos del primer biógrafo de San Francisco, con el título: Vida y mila- 
gros de San Francisco de Asís. Contiene la Vida primera, Vida Segunda, el Libro 
de los Milagros y la Leyenda para el uso del Coro, que escribió el Beato Tomás de 
Celano, de la Orden Franciscana. Barcelona, 1918. En 8.°, 4^6 pp. 

En cuanto a la Leyenda de San Buenaventura, el R. P. Francisco M." Fer- 



— 2^ ~ 

histórica. Conténtanse con expresar que Francisco, defraudado en sus de- 
seos de evangelizar los territorios del Oriente musulmán, busca ahora por el 
lado de nuestra Península el camino de Marruecos, con miras también a 
la evangelización de los infieles, evangelización de que le hace desistir en- 
fermedad imprevista, como antes le había hecho desistir de la ida a Orien- 
te la borrasca que arroja el buque conductor a las costas de Esclavonia o 
Dalmacia. No, no podía aquel hombre extraordinario, a los pocos años de 
conversión, reprimir los ardores del celo apostólico, entre los cuales pare- 
ce descubrir halagadora la palma del martirio, en fonna de que al em- 
prender su obra le tiemblen en los labios expresiones del corte de aquellos 
versos de Gregorio Silvestre: 

En nombre de Jesús, comienzo luego; 

enciéndame el ardor que en él ardía: 

su sangre derramó; salga la mía: 

responda sangre a sangre, y fuego a fuego. (1). 

¡Ah!, nosotros lo vemos con emoción intensa penetrar en la Península, 
contemplar a los españoles, unidos todos en cruzada gigantesca contra el 
invasor islamita que, a través de España, proyecta avanzar sobre Europa 
y ahogar bajo los cascos de sus caballos la civilización cristiana; vérnosle, 
ansioso de cooperar espiritualmente a esta empresa, introducir otro género 
de combate — el misional — que nadie hasta entonces ha ensayado, y que 
recogerán, luego, sus Religiosos españoles, como preciosa herencia; vé- 
rnosle, en fin, mover hacia el Magreb los pasos, mientras quizás en sus 
acentos palpitan estas ideas, aprisionadas, más tarde, en la red de su ins- 
piración, por la musa de Ventura de la Vega : 

¡ Señor ! esta impura 
fanática raza, 
tu nombre rechaza, 
tu gloria no ve: 
a España concede 



NANDO, o. F. M., comenzó a publicar su traducción en. El Eco Franciscano, en julio 
de i8g8, dándola en tomo aparte al público en junio de 1906, con el título: Leyenda 
de San Francisco de Asís, escrita por el Seráfico Doctor San Buenaventura, tra- 
ducida y anotada... (Santiago, igoó, en 8.°, 416 pp.). En el mismo año, y sin fecha 
de impresión, apareció otra versión de la misma obra: Vida de San Francisco de Asís, 
escrita por el Seráfico Doctor San Buenaventura, por el P. Fray Ruperto M.* de 
Manresa, o. F. M. (Cap.). Barcelona, en 8.°, XXIII. - 288 pp. 

Para otras traducciones antiguas, vid. P. A. López: San Buenaventura en la 
Bibliografía Española, Madrid, 1921, p. 55 y sig. Dice Menéndez y Pelayo en La 
Ciencia Española, t. III, p. 118, que las obras del Doctor Seráfico eran muy conoci- 
das en España. _ 

(i) Vid. Biblioteca de Autores Españoles, de Ribadeneyra, t. XXXV. soneto 32, 
P 47. 



— 28 — 

que rasgue pu venda, 
■y en África encienda 
la luz de tu fe (1). 

Sí, todo esto lo vemos claramente nosotros. Pero vemos también que 
este fin de evangelización, como advierte el P. López, no excluye otros 
en el ánimo del Apóstol. Nosotros preferimos creer, como Vázquez Me- 
lla, que también 

San Francisco viene a España, porque la que ama tanto a la Iglesia, tiene qtie 
ser amada por él. La que sostenía las Cruzadas de Occidente, más venturosas que 
las de Oriente, no puede dejar de recibir aliento del que fué llamado el segundo 
Cristo, el Cristo de la Edad Media. San Francisco llega al suelo español... sencillo, 
humilde, ignorado, cubierto con mísero sayal, peregrino y apóstol a un tiempo; y 
los cruzados triunfantes no advierten que penetra con él sólo una cruzada más gran- 
de que la suya, cruzada espiritual, albergada en un mendigo que camina a Compos- 
tela, la Jerusalén de Occidente, y penetra por el maravilloso Pórtico . de la Gloria, 
y va a postrarse ante el sepulcro del Apóstol para aumentar ' su obra y dilatar su 
apostolado (2). 

• ¡ Ah !, es lo cierto : no advierten los cruzados españoles que con Francisco 
penetra una cruzada más grande que la suya, pero tampoco — a lo que 
podemos suponer — lo advierte, por aquel entonces, el humilde Pobrecillo. 
Su presencia ante el trono del Patrón de España, parece no -alentar otros 
fines que los de satisfacer la piedad de su corazón, al igual de tantos 
otros. Aunque Fundador de una Orden apostólica, no sueña con extender 
el campo de formación de sus milicias fuera de los límites de Umbría. 
Podrán algunos de sus miembros salir por el mundo en plan de campa- 
ña espiritual, pero com.o van las avecillas por. los aires, sin fijar perma- 
nentemente su planta en lugar alguno. Y en tal caso ¿dónde descubrir los 
elementos de esa cruzada, que han de unirse por manera estable a los de 
la española, para pasear triunfalmente por el mundo la enseña de la fe y 
de ía civilización? 

Problema es este que en Compostela va a solucionar Francisco. Aquí, 
al ponerse en comunicación con el cielo, bajo los auspicios del Patrono de 
España, descenderá sobre él una luz que le obligue y fuerze a ensanchar 
su plan de Fundador, a no contentarse con tener por lugar de formación 
de sus milicias la Porciúncula, a llenar de Porciúncuías el mundo, y en 
especial el suelo de nuestra Patria. ¡ Hora feliz la hora en que cae de ro- 
dillas y se abate en el polvo ante el sepulcro de nuestro Apóstol, que en 



(1) Obras escogidas de ü. Vkntura de la Vega, Barcelona, Montaner, 1894, 
t I, p. .311. 

(2) Legísima, Crónica del Congreso Nacional Terciario de 1914, Disc. del Señor 
Mella, p. 267. 



— 29 — 

él descubre a un digno continuador de su obra de evangelización hispana, 
llamada a dilatarse con los Franciscanos por el orbe!... 

Para darnos cuenta de todo el alcance de este hecho — el de la visita 
a Compostela — necesitamos recurrir a los historiadores del siglo XIV, ta- 
les como el autor de Achis Beati Francisci, anterior, según Sabatier, al 
año 1328, fuente originaria de la popular ohva Florecillas de San Francis- 
co, tan difundida en España y América (i) — , el de la Crónica de los 
XXIV Generales (de los años 1370), y Bartolomé de Pisa en su obra. 
De Conformitate (2). Todos cuatro, en efecto, hablan del particular, con 
uniformidad de apreciación en sus relaciones. Baste, por consiguiente, 
trasladar aquí las palabras del primero, el cual, en el III capítulo, nos 
dice lo siguiente: 

Al principio de la Orden, cuando los frailes eran pocos, y aún no se habían fun- 
dado conventos, se dirigió San Francisco a visitar el Sepulcro de Santiago, llevan- 
de consigo algunos compañeros, entre los cuales iba Fr. Bernardo (3). Yendo todos 
juntos, al llegar a cierto paraje, hallaron a un enfermo, compadecido del cual, dijo 
San Francisco a Fr. Bernardo: Hijo, quiero que quedes aquí para cuidar a este 
enfermo. Arrodillándose al punto e inclinando su cabeza, acató Fr. Bernardo con 
gran reverencia el precepto de su santo Padre. Habiendo, pues, dejado San Francis- 
co a Fr. Bernardo con el sobredicho enfermo, continuó el viaje con los demás com- 
pañeros hacia Compostela. Hallándose ya aquí y haciendo oración delante del sepul- 
cro del santo Apóstol, le fué revelado por el Señor que fundase conventos por el 
mundo, pues su Orden debería dilatarse prodigiosamente ; así que desde entonces, 

OBEDIENTE AL DIVINO MANDATO, COMENZÓ A FUNDAR CONVENTOS EN MUCHOS LU- 
GARES. 

En la Edición Centenario de Florecillas, publicada por el P. Legísima, 
en armonía con los textos más auténticos, las últimas frases del párrafo an- 
terior, se hallan modificadas del modo siguiente, que ofrece, para nuestro 



(i) Para la bibliografía española de Florecillas, consúltese la introd. del P. Jai- 
me Sala, O. F. M., a la publicada por el "Apostolado de la Prensa", (Madrid, 1920, 
en 8.°, 403 pp.). Nosotros advertiremos únicamente, que, aparte de dos versiones ha- 
lladas de un archivo particular, alcanzó cuatro ediciones la publicada en Madrid en 
1882, y que casi con la del P. Sala, apareció otra de la B. Renacimiento, y una más 
en la Editorial Seráfica, de Vicli, preparada ésta última por el R. P. José Novoa, 
O. F. M., de esta Provincia Seráfica de Santiago. Dos más publicaron respectivamen- 
te en catalán, los literatos D, Jaime Collel (Vich, 1909) y D. José Carner (Barce- 
lona, 1909). Por último, el P. José M." Azcue publicó en 1923 una edición de Flo- 
recillas en vascuence. Todo esto, por supuesto, sin hablar de la monumental edición 
de Vilamala (Barcelona, 1924), ilustrada por Segp.elles. que deja atrás, como obra de 
arte, a las más famosas en su género, y de la edición "Centenario", que es igual a la 
anterior, si bien reducida en tamaño (1926). 

(2) No tenemos de esta obra traducción en castellano, pero sí otra que parece re- 
sumirla._ Me refiero al Retrato del Seráfico Patriarca San Francisco de Asís y de ím 
Apostólica Religión, copiado de los originales de Cristo Crucificado y su Santa Igle- 
sia... por el M. R. P. Fr. Francisco M. Malo, O. F. M., que viene a ser 2." edición 
de El simulacro vivo de Cristo llagado, Orihuela, 1886. En 8.°, 141 pp. índice. 

(3) Los primitivos biógrafos, Celano y San Buenaventura, parecen dar a enten- 
der que San Francisco traía en su viaje un solo compañero. . 



— 30 — 

caso, un interés particularísimo, pues demuestra que la difusión de la Or- 
den Seráfica comenzó a realizarla el Santo por España: 

Y POR ESTA REVELACIÓN COMENZÓ SAN FRANCISCO A FUNDAR CONVENTOS EN AQUE- 
LLAS TIERRAS. 

Tal es la relación importantísima relativa a la visita del Poverello a 
Santiago. A través del conceptuoso laconismo de sus cláusulas, descúbre- 
senos en ella algo tan transcendental para el porvenir de la Iglesia, no 
menos que de las naciones, y particularmente de España, como la difusión 
de la Orden Seráfica por todos los pueblos de la tierra. Y es precisamen- 
te en nuestra nación, es en Compostela, es donde recibe este aviso del 
cielo. Diríase que el Patrono de España, deseoso de que no faltara a sus 
protegidos la eficaz ayuda de los hijos de Francisco, inclinó con sus rue- 
gos el corazón de Jesús, a fin de asegurarles la permanencia entre nosotros. 
Necesaria nos era su compañía en momentos en que el pueblo hispano es- 
taba elaborando con derroche de abnegación el pedestal de su encumbra- 
miento, glorioso cual ningún otro en los fastos de la historia mundial. 
¿ Cómo, en efecto, concebir una España grande sin la presencia del hábito 
franciscano? ¿Cómo concebir la conservación de los Lugares Santos de 
Palestina — sueño dorado de nuestros mayores — sin que el hábito francisca- 
no se prestara a sustituir allí las armaduras de los cruzados? ¿Cómo con- 
cebir el descubrimiento de un Nuevo Mundo, sin que el hábito franciscano 
pi'otegiera esta empresa en la Rábida y la secundara heroicamente con la 
civilización de millones de idólatras? Los pueblos, soñando siempre en em- 
presas guerreras, necesitaban reactivos de amor en medio de las corrientes 
de odio que engendra la lucha : los territorios que iban librándose del poder 
musulmán, pedían apóstoles de paz que los conquistasen para la fe, y 
consolidasen así el triunfo de las armas: las regiones inmensas que se iban 
a descubrir, demandaban evangelizadores con los cuales extender por ellas 
la Religión, la lengua, las costumbres patrias. Y urgía, asimismo, tal con- 
curso, para consolidar con Cisneros la obra de la unidad nacional, para ha- 
cer surgir planteles de ciencia como la Universidad de Alcalá de Henares, 
para formar lentamente en nuestro suelo el espíritu uniforme de la cultu- 
ra española, destinado a imponerse al mundo con la creación de nuestros 
grandes místicos, de nuestros insuperables literatos, de nuestros artistas 
excelsos. ¡ Ah, sí ! ¡ Era Francisco el destinado por Dios para facilitar en 
mayor copia estos recursos a nuestra Patria! Para eso, le envía a ella el 
Señor. Para eso se digna hablarle como le habla ante la tumba del Após- 
tol. De igual modo que en la Porciúncula le indujo a la fundación de su 
Orden, así en Compostela le expone el mandato de difundirla por la tierra. 
Sin este mandato, ¿qué beneficios prácticos, reportara la sociedad de la 



_ 31 — 

obra por excelencia del Seráfico Fundador? ¿Cómo podría decirnos con 
razón el grandilocuente Sr. Tortosa que 

el ideal franciscano reformó el corazón del mundo? (i). 

De los efectos de tal empresa, apreciados en su conjunto, pueden juzgar 
nuestros lectores> a la vista de estas palabras del Sr. Roca de Togores : 

Fué en el siglo XIII cuando aquel Caballero andante de Cristo que se llamó San 
Francisco visitó nuestra patria. Fué la suya, no una visita cortés, sino una visita cor- 
dial, tan amistosa, que el roce de siete centurias no ha podido borrar su memoria. Dióse 
él, todo entero en ternuras, en prodigios y en delicadezas, al corazón español. España 
entera dióse a él, y desde que nos visitó, cuanto de grande ha habido en España es 
franciscano o lleva el sello franciscano. La Tercera Orden es la expresión más viva 
de esa mutua dádiva. Y la Tercera Orden ha arraigado de tal modo en España, que 
durante siete centurias ha animado la vida española en todas sus grandes manifesta- 
ciones, siendo inspiración en nuestros clásicos, valor en nuestros héroes, virtud en 
nuestros santos, prudencia en nuestros reyes, nobleza en nuestros caballeros, sencillez, 
docilidad en nuestro pueblo (2). 

¡ Gloria, pues, a Compostela, punto inicial de tan asombrosa empresa ! 

La pluma batalladora de Basilio Alvarez — que ha sembrado tantas 
borrascas — ^mójase en tintes de azul y oro al contemplar, en medio del 
apogeo de la historia compostelana, 

dos hombres que sacan sus cabezas por encima de las cumbres; 

y después de hablarnos de uno de ellos — del gran Gelmirez — descubre en 
el otro la figura de Francisco de Asís, orando ante el Apóstol, y exclama : 

...el pobrecillo del tosco sayal, no calma su ardor recorriendo la península de su 
oriundez, aun estando enclavada allí Roma, la ingente, la eterna. Y sueña con San- 
tiago de Galicia, y se lanza al viaje penosísimo, atraído por los resplandores de su 
luz. ¡ Y vive entre nosotros, los gallegos ! — Sólo necesitábamos eso. Porque el pordio- 
sero de Asís vale más que toda Europa y que todo el mundo junto. Es la mayor 
cantidad de espíritu, sangrando por los caminos, en una envoltura humana. Es el 
ejemplo más sublime, en predicación constante, para que el heroísmo no se interrum- 
pa, ¡ Es la ternura ! — Y aquel siglo de oro de nuestra Galicia, tuvo un crisol : i San 
Francisco de Asís!... — ¡Qué grande eres, Compostela de mi alma! (3). 



(i) Legísima, Crónica del Tercer Congreso Nacional Terciario, de 1921. Disc, 
P- 452. 

(2) Vid. //. // Congr. lutern. del T. O. F. Atfi Ufficiali, cit., pp. 264-65. 

(3) La ciudad sagrada, publ. en La Zarpa, de Orense, núm. de 25 de julio de 1925. 



III 



Fundación en Compostela del primer convento franciscano español. - Lo 

que nos dicen la historia y la leyenda. - Repercusiones en la Literatura y 

el ¡Arte. - El sepulcro de Cotolay. - Capilla de San Payo del Monte. - La 

procesión de los peces. - Otros recuerdos. 



Una vez recibida del Cielo la misión de dilatar su Orden, comenzó 
Francisco a fundar conventos por muchos lugares. Parece muy natural— 
y así se tiene por cierto — que la ciudad de Compostela, teatro de esta ma- 
nifestación del Altísimo, debió ser la primera honrada con tan singular 
favor. 

Aquí — nos dice Esténaga — la intercesión del Santo Apóstol premióle al Padre San 
Francisco las fatigas del largo peregrinar, al revelarle Dios Nuestro Señor su vo- 
luntad de que fundase conventos por toda la tierra. Obediente a la voz divina, tuvo 
f! designio de comenzar sus fitndaciones por Compostela, y encargar la edificación 
del convento a un pobre carbonero (1). 

La tradición constante de que así sucedió, la hallamos resumida en una 
inscripción del siglo XVI, que se lee en uno de los muros de la actual por- 
tería del convento franciscano de Santiago. Literalmente la trasladamos a 
estas páginas. Dice: 

Viniendo nuestro Padre San Francisco a visitar el Apóstol Santiago, hospedóle ,un 
pobre carbonero, llamado Cotolay, cuya casa estaba junto a la ermita de San Payo, en 
la falda del monte Pedroso. De ahí se salía el Santo al monte a pasar las noches en 
oración. Allí le reveló Dios era su voluntad le edificase un convento en el sitio donde 
está, llamado Val de Dios y Val del Infierno, y sabiendo el Santo era del Monasterio 
de San Martín, pidióselo al P. Abad por amor de Dios, y ofreció ser su forero y 
pagar en cada un año un cestillo de peces. Aceptó el P. Abad, y de ello se hizo foro 
firmando el Santo, el cual dan fe los ancianos de San Martín han visto y leído. 
Habido el sitio, dijo el Santo a Cotolay: "Dios quiere que me edifiques un convento 
dé mi orden". Respondió Cotolay, que cómo podía un pobre carbonero. "Vete a aque- 
lla fuente, dijo el Santo, que allí te dará Dios con qué". Obedeció Cotolay, y halló 
un gran tesoro, con que se edificó este Monasterio. Bendijo Dios a la casa de Coto- 



(i) Disc, publ. en Legísima, Crónica del III Congreso Nac. Terciario, de 1921, 
Madrid, 1922, p. 297. 



— 33 — 

lay; casó noblemente, fué regidor desta ciudad y edificó los muros della, que ahora 
van junto a San Francisco y antes iban por la Azabachería, Su mujer está enterrada 
en la Quintana, y Cotolay, fundador de esta casa, en este lucilo que para sí escogió. 
Falleció santamente el año del Señor de 1238. 

Tal es el testimonio de la inscripción de referencia, digno, indudable- 
mente, de consideración, por ser el más antiguo que se conoce respecto a 
las amistosas relaciones de San Francisco con Cotolay. ¿Qué hay de cierto 
en todo lo dicho? ¿Dónde termina aquí la historia y dónde comienza la 
leyenda? El autor del excelente tratado Vergel de virginidad, impreso en 
Burgos en 1539, dice, hablando de San Francisco (fol. giiij-v."): 

Visitó el cuerpo de Santiago. Lo referente a Cotolay, no se ha encontrado hasta 
ahora sino en historiadores de fecha más reciente. 

Tampoco lo han encontrado escritores de la valía de Fernández Sán- 
chez (i) y López Ferreiro (2), que estudiaron con detenimiento el asun- 
to. Privados de la lectura del foro, de que habla la inscripción, firmado por 
el Santo y de 

el cual dan fe los ancianos de San Martín han visto y leído, 

o bien de la escritura de donación, suscrita por San Francisco y el Abad, 
que, al decir del Ven. Gonzaga, mostraron en San Martín los PP. Bene- 
dictinos, cuando en 1554 estuvo eri Santiago Felipe II, con dirección a In- 
glaterra, ni aún al hecho sustancial — al de la fundación del convento por el 
Santo — se pueden rendir honores de verdad indiscutible. El P. Atanasio 
López, que ha superado a todos en laboriosidad y celo a favor del estudio 
de esta cuestión, como también de cuantas se relacionan con el viaje de 
San Francisco a España (3), pone término a sus ímprobas observaciones 
en tal sentido, diciendo: 

Como quiera que esto sea, y a pesar de reconocer en todo esto algún fondo de ver- 
dad, nos parece que se halla algo desfigurada (4). 

Quede, pues, a salvo la fundación del convento de San Francisco, y la- 
mentemos que la intromisión de la leyenda no permita apreciar a los críticos 
la parte directa que en dicha furidación corresponde a Cotolay, no obstante 
calificarla Gonzaga de 



(i) Diario de una peregrinación a Santiago, Jerusalén y Roma, Santiago, 1881, 
t. I, p. 132 y sig. 

(2) Historia de la S. I. C. Basílica de Santiago, t. V, pp. 108-13. 

^(3) En Viaje de San Francisco a España, Madrid, 1914, que nos ha servido de 
guía en lo hasta aquí expuesto sobre el particular. 

(4) Ibid,, pp. 21-22. 

• Franclscanismo.— 3 



— 34 — 
tradición fidelísima y antiquísima (1). 

A cambio de la vaguedad histórica de semejantes episodios, y aun al am- 
paro de la misma, florece y prodiga en torno sus radiosidades, . transfigurán- 
dolos, la tradición legendaria de los siglos. Literatos de la talla de Ramón 
Segade Campoamor y José Neira de Mosquera; han soltado las riendas 
a la fantasía para darnos, el primero su hermosísima leyenda Cotolay (2) y 
el segundo su no menos bella La piel del buey (3). Sobre el mismo asunto 
hemos publicado nosotros una narración amena titulada: La leyenda de mi 
convento (4). Los poetas, a su vez, han buscado en tales episodios elementos 
de inspiración robusta. Mencionemos, entre otros, al P. Ramos Pumarega, 
en la Fundación de mi Convento (5), al Prof. de Literatura, D. José M.* 
Ruano, en San Francisco en Santiago (6) y al decano de los poetas gallegos, 
D. Juan Barcia Caballero, en O carabelo de peixes (7). Eugenio Esc!ri- 
BANO, C. M., saca, también, a colación, en La canción del Orzan (8), la figu- 
ra del Seráfico, presentándonoslo en Compostela ocupado por el día en lavar 
las llagas a los leprosos, y uniéndolo, luego, a los grupos de peregrinos 
para hablarles de las grandezas del divino amor, 

con más pasión y gracia y melodía 
que el trovador más hábil de Provenza 
en sus rimas de amores verter supo... 

Y prosigue, describiendo este cuadro: 

¡Oh! ¡Cual se apiñan y apretujan todos, 
las manos aplicando a las orejas 
y ahogando aíin el ruido de los pasos 
en derredor del Serafín de Umbría! 
Para escucharle, la serena noche 



(i) De origine Seraphicce Religionis, etc., p. 736. - Gonzaga. es casi contempo- 
ráneo del autor del Vergel de Virginidad, antes citado, pues fué General de la Orden 
desde IS79 hasta 1587. 

(3) Esta novelita, traducida al italiano, fué publicada en la Rev. // VII Centena- 
rio della nascita di San Francesco d'Assisi, año II, vol. II, pp. 3-19 y 25-31. 

(3) Forma parte de las Monografías de Santiago, del mismo autor (Santiago, 
i8sq). 



(4) Publ. en El Eco Franciscano, 1912, pp. 626-41. 
Is) Vibraciones, Santiago, 191 S, pp. 83-88. 
(6) Vid. El Eco Franciscano, 1910, pp. IS3-54. 



(7) Ibid., 1912, p. 642. - Otra muy hermosa del propio autor, titulada A hermida 
de Cotolay, puede verse en la misma Revista, 1914, p. 309. En su obra Mesa revuelta, 
dedica también un trabajo al mismo convento. 

(8) . Impr. en Madrid, Suc. de Ribadeneira, 1921, pp. 178-79. - Otros literatos, 
tales como José Ai." Fernández Sánchez, en Diario de una peregrinación, t. I, 
V. García Mahtí, en Lugares de devoción y de belleza, y Manuel Vidal Rodríguez, 
en La Tumba del Apóstol Santiago, se hacen eco de parecidos recuerdos tradiciona- 
les. Sobre los mismos, hemos publicado recientemente una poesía titulada San Fran- 
cisco de Asís en Compostela, Que puede verse en nuestra colección. Aleteos {A través 
de Galicia), Santiago, impr. de "líl Eco Franciscano", 1926. 



— 35 — 

paróse de puntillas en Oriente, 
■ callaron ruiseñores y fontanas, 

mató la tarde sus murmurios sordos, 
y abriéronse del Sar las florecillas 
para embeber en sus corolas mórbidas 
aquel rocío fecundante y suave: 
áurea y mansa llovizna de miel virgen 
que de! panal del corazón fluía 
del gran trovero del amor divino 

En consonancia con esta labor de los poetas, también en la escultura 
hallamos huellas de tan memorable efeméride: dígalo, sino, el grupo es- 
cultórico de tamaño más que natural, colocado en amplia decorada horna- 
cina, en el refectorio del Convento de Santiago, representando a San 
Francisco con esclavina y bordón de peregrino, orando ante el altar del 
Apóstol ; la imagen de San Francisco del altar del crucero de la derecha, en 
la iglesia benedictina de San Martín, vestida igualmente con traje de pere- 
grino y llevando en la mano izquierda una cestilla de peces, y los cinco 
alto-relieves sobre la leyenda de San Francisco, en Santiago, del laureado 
escultor catalán, D. Juan' Serra, meritísimo modelista de La Artística, 
de la Sra. Vda. Reixach (Barcelona). Servirá a todas estas obras de coro- 
na el grandioso monumento que está construyendo actualmente el céle- 
bre y genial artista compostelano Francisco Asorey, para ser colocado en 
el Camipillo de San Francisco, de esta ciudad, en conmemoración del VII 
Centenario. Por último, la pintura nos ofrece dos grandes cuadros, exis- 
tentes en la sacristía del mismo Convento, con San Francisco ante el 
Apóstol, y el mismo Santo presentando a los Benedictinos la primera 
cestilla de peces, el retrato de Cotolay del afamado pintor lucense Jesús 
CoRREiDoiRA y un tríptico sobre la leyenda del mismo, obra del artista 
coruñés Ca'milo Díaz. Entre todos estos objetos de arte, merece figurar 
— ocupando el primer puesto — el sepulcro de Cotolay, colocado en la por- 
tería actual dgl Convento, sobre el cual puede leerse la inscripción si- 
guiente: 

Se trasladaron a este nicho en 6 de octubre de 1798 las cenizas de Cotolay, funda- 
dor de este Convento, y se principió a usar esta portería el día 13 de junio de 1826. 

Dice, a este propósito, el Prelado compostelano, Sr. Lago González : 

A la entrada del Convento de San Francisco de Santiago, duerme el último sueño 
aquel gallego que fué amigo del Pobrecillo de Asís. Ignoro si son muchos los que pa- 
ran la atención en su sepulcro. Pero yo no sé entrar en aquel claustro espacioso y aus- 
tero, en que están engarzados todavía algunos arcos románicos, sin volver los ojos con 
amor a la urna que guarda los restos de Cotolay. Paréceme aquella arca de granito un 
cofre precioso donde están encerradas las joj'as de los desposorios de San Francisco 



- 36 - 

de Asís con esta tierra gallega, y me figuro ver a Cotolay abrazando, en representa- 
ción de Galicia, al santo de corazón suavísimo, que vio la luz en Umbría, la Galicia de 
la península hermana. Y yo, que amo a San Francisco, rezo una oración por aquel 
gallego de la Edad Media, que le amó también con amor entrañable (1). 

Finalmente, vive todavía el recuerdo de la permanencia de San Francis- 
co en Santiago, en la capilla de San Payo, existente en las faldas del Monte 
Pedroso, con restos de su antigua fábrica bizantina, anterior al siglo XIII, 
a la que se retiraba a orar desde la casa próxima de Cotolay, y en la fuen- 
te cercana a la misma, donde se cree halló Cotolay el tesoro para edificar el 
Convento (2). Antes de la época de la exclaustración, celebraba anual- 
mente la Comunidad de San Francisco una solemne peregrinación a dicha 
Ermita, conservándose todavía en la biblioteca coral del convento un can- 
toral en pergamino (siglo XVIII) que contiene la Misa votiva del Santo 
que en tal ocasión se cantaba; pero la ceremonia más suntuosa, conmemo- 
rativa de dichos sucesos, es, sin disputa, la de la llamada Procesión de los 
peces, cuyo detallado ceremonial nos da a conocer el P. López, y de la que 
se hacen eco el P. Braganza en Antigüedades de España, el P. Flórez en 
España Sagrada y el P. Yepes en la Crónica de la Orden Benedictina. No 
se celebraba todos los años, por lo crecido de los gastos. Consistía en 
conducir procesionalmeníe a San Francisco en andas, llevando en la mano 
el cestillo de peces, como censo por la fundación del convento, y recibirle 
San Benito con la carta de pago de dicho censo, cambiándoles mutuamente 
a los Santos, en el templo de San M^artín, la cestilla y la carta de pago, de 
la que se conservan aún, en nuestro convento, las de los anos 1706 y 1733. 

Siendo tan tierna y devota esta ceremonia solemne — escribe el célebre P. Sar- 
miento — y la que por convenio de las dos Comunidades, se suele celebrar en año que 
sea de Jubileo del Santo Apóstol, es infinito el concurso de gente que va a Santiago a 
verla. De modo que toda la Europa podrá testificar de esta solemnidad, aún cuando 
iiu se hallase (como se halla) en las más antiguas Crónicas de la Religión de San 
Francisco (3). 

Tales son, en resumen, las huellas luminosas que la tradición nos señala 
como evocadoras de los recuerdos de la permanencia del Santo de Asís en 



(1) "Cotolay", en El Eco Franciscano, 1912, p. 724. _ 

(2) El P. Atanasio LópeZj en la pág. 25 de su Viaje de San Francisco a Espa- 
ña, copia unas palabras del cronista P. Matías Alonso, que dicen: "Logré la fortuna 
yo en Santiago de beber agua de esta Fuente, que hoy se llama de el Thesoro, y venerar 
el retrato de el Santo, donde muy al vivo está pintada la Historia". 

(3) _Cit. por el P. LÓPEZ, Via-je de San Francisco a España, § VIH, p. 29.— 
En el libro de Actas del Monasterio de San Martín, íol. 27 v., se dice que "propuso 
su Paternidad que por la costumbre que tiene esta casa de dar alguna limosna al con- 
vento de San Francisco, cuando se hace la procesión de los peces, por haberse hecho 
este año (1706) se diesen a dicho convento ico ferrados de trigo". (Vid. Galicia Di- 
plomática, t. III, p. 285). 



— 37 — 

Compostela. Refiriéndose a las mismas, nos dice Neira de Mosquera, 
en "Monografías de Santiago", p. 120: 

He aquí un cuadro completo: cada hecho... copiado con el embelesamiento de las 
bellas artes, enriquecería un museo de pinturas. 

Si, pues, alguno preguntase, con palabras de la celebrada poetisa oren- 
sana, Filomena Dato, en su "Nido de águilas" : 

¡ Oh 1 Francisco de Asís, que tanto amaste, 
que extendiste tu amor a tierra y cielo... 
¿Dónde las Florecillas produjiste 
Que el mundo embalsamaron con tu aliento? (1); 

no les responderíamos nosotros de otro modo que señalándole estas tan pu- 
ras, tan encantadoras, que en nuestra propia tierra ha dejado su memoria 
imborrable. Aliento perfumado hay en ellas, capaz de producir einbriague- 
ces de emoción intensa. Al abrigo de las mismas, gustando toda su exquisita 
dulzura, se acogió en 1862 — transcurridos los viltimos vestigios de la tur- 
bonada de la exclaustración — el Colegio Franciscano de Misiones para Tie- 
rra Santa y^ Marruecos (2) — las dos Misiones de preferencia del Apóstol 
de Umbría — ; y del secreto imán de atracción que encierran, puede ha- 
blarnos Emilia Pardo Bazán, que, en la portería del Convento, junto al 
sepulcro de Cotolay, planeó su famoso San Francisco de Asís, joya de la 
literatura moderna (3), según nos lo da a entender en la 'autobiografía que 



(1) Fe, Poesías Religiosas, La Coruña, 191 1. 

(2) Huelga ponderar aquí, ahora, los frutos religiosos, científicos, literarios 
y. misionales producidos por este Colegio durante su permanencia en Compostela. 
Al conmemorarse en octubre de 1912 el año quincuagésimo de su inaugura- 
ción, publicó El Eco Franciscano, de Santiago, un abultado número extraordinario, 
en el cual diestras plumas estudian las fases de su actuación múltiple. A su lado apa- 
recen, con la Bendición de Su Santidad, valiosos trabajos encomiásticos, del Minis- 
tro General y del Delegado General de la Orden, del Nuncio de Su Santidad Carde- 
nal Vico, del Patriarca de Lisboa Cardenal Neto, de los Cardenales Aguirre y Alma- 
raz, de los Arzobispos de Burgos y Valencia, de los Obispos de Jaca, Lugo, Orense, 
Tuy, Mondoñedo, Falencia y Auxiliar de Santiago, y del Exmo. P. Ceryera, Vica- 
rio Apostólico de Marn.iecos, todos los cuales conocían personalmente la^ vida y modo 
de ser del Colegio. A la par de estos Prelados, dedican en el mismo número poesías 
entusiastas al Colegio, los literatos regionales Barcia Caballero, Eiján, Portal Fra- 
dejas, José Vázquez Estévez y Dolores Sánchez Granados, alentadas todas ellas por 
el fuego del franciscanismo. — Con respecto a su historia, vid. Apuntes históricos re- 
lativos al Colegio de PF. Misioneros Franciscanos de Santiago desde 1856 a 1896, 
por el Padre Fr. Francisco M." Ferrando y Arnau, O. F. M. — Santiago, Tip. de 
'■£1 Eco Franciscano", 1916. — i vol. en 8.", prolong. de 344 pp. 

(3) No es ésta la única obra de fama mundial a que ha dado vida el contacto in- 
mediato con los lugares que recuerdan el paso de nuestro Santo por España. Otra 
musa de inmortal renombre, la de Jacinto Verdaguer, despertó también para nues- 
tras^ letras, al lado de un nuevo Santuario franciscano español, próximo a Vich. He 
aquí las g^alabras que pone al frente de su gran poema Sant Franccsch: "La fuente 
de San francisco brota en abundancia y — con placer lo digo — sin agotarse nunca, 
dentro del término de mi pueblo natal y no lejos del camino que yo recorría, siendo 
estudiante, desde casa de mis padres al Seminario; y ya de niño iba muchas veces 
a beber de aquella agua que me parecía más fresca y mas dulce y aún más no sé qué 



- 38 - 

sirve de vestíbulo a la primera edición de Los Pasos de Ulloa; puede ha- 
blarnos la joven poetisa pontevedresa Herminia Fariña^ que rememora 
con fruición, al frente de su colección poética Seara (1924, p. 5) "aquelas 
mañans chuvisquentas" en que acudía en Compostela a oir Misa a San 
Francisco; pueden hablarnos Alejandro Pérez Lugin y Juan Neira 
Cancela, que en La Casa de Troya el primero y en Las Montañas de 
Orense el segundo, hacen repetidas alusiones a los sermones que allí se 
predican, testimoniando la popularidad de sus Misioneros, y puede ha- 
blarnos, por último, el malogrado vate Elisardo Sayans, el cual en la 
composición "Luz", de Poesías Originales, corre angustioso al Convento 
de San Francisco, se interna en su templo augusto, 

Y al ver de los Religiosos 
Aquel vestir tan modesto, 
Aquella pura sonrisa, 
Aquellos ojos serenos, 
Aquella dulzura, aquel 
Tranquilo recogimiento. 
Llorando exclamo : ¡ Dios mío, 
Perdonadme, que estoy ciego! 

Y de rodillas, temblando. 

Gozo, y sufro, y rezo a un tiempo. 

¡Ah, no! imposible que lleguen a borrarse nunca las huellas de la 
permanencia del Serafín de Asís en Compostela. Con ellas adquiere nue- 



que la de las otras fuentes. Allí, sentado en la orilla cubierta de hierba,^ casi tocan- 
do el chorro del agua baio los robles que la sombrean, enderezaba los ojos hacia la 
capilla humilde de Sant Franccsch s'hi moría, y parecíame ver aparecer aquella figu- 
ra divina que, atrayente y amorosa, conversaba hasta con las bestezuelas de _ la tie- 
rra y con las aves del cielo. Me atraía irresistiblemente su fisonomía toda celestial, que 
no se cansaron de estar contemplando siete centurias : su aspecto vivo, ágil, su esta- 
tura delicada y bien dispuesta, su cara fina y sonriente, su frente espaciosa y sus ojos 
medio ciegos de tanto llorar la Pasión de Jesucristo. Figurábame verlo estremecerse 
en embriagueces de amor de Dios, sellados sus pies y manos por_ maravillosos estig- 
mas y brotándole del corazón abierto como por la lanza de Longinos, una fuente de 
sangre roja y divinamente fiilgida, que regaba, cual lluvia de primavera, mi tierra 
querida. Yo me acercaba a aquella divina aparición, y sentíame cada vez más enamo- 
rado y subyugado por ella. — Allí concebí la idea de descalzarme en su seguimiento y 
de ceñirme con la cuerda seráfica ; y como no hubiese, a la sazón, frailes Menores en 
España, resolví ir en su busca a ios conventos de la América Española; por lo cual, 
llegué a estar con un pié sobre el estribo, examinada y aprobada mi admisión y aun 
con licencia de mi buena madre, arrancada con lágrimas del alma ; pero no debía te- 
nerla, asimismo, de Nuestro Señor, cuando el confesor no me dejó partir, por no ha- 
ber cumplido aún diez y siete años. No siendo, pues, merecedor de contarme entre sus 
hijos de la primera Orden, me hice terciario, y habiéndome venido juntamente^ la vo- 
cación poética, determiné seguirlas ambas a dos, haciéndome su trovador. Allí, entre 
aquellos campos y robledas, yendo de la fuente a la ermita y de la ermita a la fuen- 
te, vi brotar las primeras flores de este pobre poema, el Sant Francesch predicant ais 
aucells, sus Desposoris ab h probesa, la Impresiá de les Llaqnes, poesía que ha sido, 
sustituida por otra más propia de aquel paisaje, que es a un tiempo mismo el Tabor y 
Gólgota de su vida, y algunos otros romances inéditos hasta ahora, con la idea de for- 
mar un romancerillo...". Tal es el origen del poema citado de Verddguer. (Obre's 
completes, Edició popular, vol. XV, Barcelona). 



— 39 — « 

vos realces a la admiración de los siglos la histórica ciudad del Apóstol; 
y éste, al verlo por última vez en su Basílica, bien puede felicitarse de la 
venida a su pueblo predilecto del Alter Christus de la Edad Media, del 
Poeta excelso de Umbría. 

¡ Evangelizador glorioso de las Españas! antes de que Francisco se 
aleje de tu lado. 

Desde lo alte de ese trono da tu adiós al peregrino, 
, que se marcha tristemente apoyado en su bordón; 
dale una sonrisa tuya que le alegre en su camino; 
él, en agradecimiento, nunca supo ser mezquino 
y te deja en una trova engarzado el corazón. 

¿Dónde va?... Va por el mundo a sembrar ideas sanas, 
predicando el Evangelio al compás de su laúd; 
a llevar a los palacios, y a las chozas aldeanas, 
cetros para monarquías sin intrigas cortesanas 
y tronos para ideales de justicia y de virtud... 

Va a pedir por todas partes esa gloria que codicia, 
va a rezar por todas partes ese credo redentor ; 
va a alistar los combatientes de la homérica milicia 
que se apresten valerosos a luchar por la justicia 
y que lleven como heraldos la belleza y el amor... (1) 



(i) Antonio Teixeira, ¿Y de estos papelotes?, Madrid, J. Pueyo, 1935: poesía 
Sueño de vida, p. 15. 



IV 



El paso de San Francisco por España. - Huellas luminosas. - Tradiciones 
dignas de respeto. - Fundaciones de conventos que se le atribuyen. - El 
episodio de San Celoni. - Amor del Santo a nuestra Patria. - Llora por los 
guerreros españoles muertos en Damiata. - Envía muchos discípulos a es- 
tos reinos. - Escritos suyos mandados a España. - Bendice a unos frailes 
españoles. - Milagros obrados a favor de estas regiones 



Una vez contemplada la personalidad del Seráfico en Compostela, su 
itinerario se pierde en la Patria para los representantes de la Historia. Esto, 
empero, no nos impide a nosotros aplicar a su viaje por España, las si- 
guientes frases del P. Vilariño: 

El serafín de Asís sembraba a manos llenas armonías, bellezas, virtudes, haciendo 
florecer al mundo natural y al sobrenatural con una de las más lozanas y alegres pri- 
maveras que se han visto en la tierra. La hermosa naturaleza toda se animaba al pa- 
se de su hermano Francisco, a quien Dios había concedido sobre ella privilegios pa- 
recidos a los del primer hombre. Los cielos sonreían al siervo de Dios, los serafines 
le acompañaban. El Señor de los cielos le hablaba con amistad. Y sobre todo las so- 
ciedades humanas, los pueblos le buscaban afanosos, le seguían embebidos, le consul- 
taban ansiosos, le obedecían fascinados. Las virtudes, las palabras, los milagros de 
San Francisco tenían Iiondamente conmovida a toda la gente. Miles de hombres y mi- 
les de mujeres, los más ejemplares, las más elevadas, corrían a los conventos de San 
Francisco y de Santa^ Clara. Si hubiera admitido cuantos querían seguirle, no pocos 
pueblos hubieran quedado despoblados (1). 

Apreciado así, en conjunto, el viaje del Serafín de Asís a través de la 
Península, ¿cómo pretender entrar en pormenores concretos de su actua- 
ción, ante el silencio de los historiadores coetáneos ? No, su viaje resulta pa- 
ra nosotros un enigma. No lleva a su lado el Santo anotadores críticos que 
vayan registrando en apuntes las huellas de su paso por la Península, para 
confiarlas como precioso tesoro a la posteridad; y cuando — desvanecido el 
oleaje de entusiasmo que indudablemente despierta en los pueblos la actua- 
ción de su apostolado — tratan los historiadores de reconstruir esta época 
de su vida, hállanse no más que con ecos confusos, vagos, y aun a veces in- 



(1) P. Remigio Vilariño, S. J., en "Las Terceras Ordenes Religiosas", publ. en 
El Mensajero del Corazón de Jesús, Bilbao, I9i3i P. 196. 



— 41 — 

coherentes de una tradición harto lejana del punto de partida, para hacer 
valer sus fueros con documentos de autenticidad ineluctable. Supliendo, no 
obstante, el exceso de buena fe, la deficiencia de los testimonios, los Cro- 
nistas déjanse a veces llevar de las indicaciones de esos ecos de poco segu- 
ra tradición hasta el extremo de dar por bien probado cuanto en una u otra 
forma se asegura en tal orden de noticias, recubriendo con veste de casti- 
zo lenguaje y supliendo con admirables delicadezas de ingenio las lagunas 
que en los mismos descubren (i). ¡Piadoso recurso, en verdad — siendo 
prudentemente mesurado — para no condenar como ilegitimas a tradiciones 
respetables, cuya única desgracia puede consistir en haber extraviado en el 
camino de los siglos su partida de nacimiento, que tal vez sorprenda aún 
en el polvo de los archivos, la solicitud de algún investigador paciente! 

Muy lejos, pues, de condenarlas como falsas, merecen profundo respe- 
to y veneración, ya que no adhesión incondicional, las tradiciones casi in- 
numerables que sucesivamente van mostrándonos al glorioso Apóstol reco- 
rriendo gran parte del territorio de la Península. Ante el mandato celestial 
recibido por el Santo en Compostela de fundar conventos por el immdo, 
quieren obligarle, digámoslo así, a poner en práctica esta orden, cada cual 
en su lugar respectivo, por considerarlo como honor incomparable; sin te- 
ner en cuenta que tras de Francisco no se movía un ejército de discípulos- 
que ir dejando situados en puntos estratégicos, máxime en aquella época 
en que era aún muy reducido el número de sus Religiosos ; o aspiran, cuan- 
do menos, a la suerte de convencernos de que el Santo hizo en tales pue- 
blos acto de presencia, aceptando, desde luego, las ofertas que se le hacían 
para que estableciese en ellos fundaciones de la Orden, enviando más tarde, 
desde Italia, discípulos suyos que las condujesen a feliz término. 

Esto último es, a no dudarlo, lo más probable; y a ello debe referirse 
Sabatier al decirnos en su Vie de Saint Frangois, cap. X, que las leyen- 
das y tradiciones españolas relativas al Seráfico Fundador, no carecen de 



(i) En Archivo ibero-americano, cit., 1916, núni. de marzo-abril, p. 268, se ha 
publicado un extracto de los principales cronistas hispano-americanos de la Orden. 
Wo puede dudarse que muchos de ellos gozan de eminentes dotes como escritores. Al 
P. Cornejo, por ejemplo, lo coloca el P. Juan Mir en el catálogo de nuestros clási- 
cos. Y por lo que respecta al Cronista de la Provincia de Aragón, P. Hebrera, bas- 
te recordar estos versos de una poesía del tomo I de las Obras de D. Eugenio Ge- 
rardo Lobo, sin portada, ni pié de imprenta (la nueva edición del t. 11 se hizo en 
Madrid, en 1769), pág. 198-206: 

"A tí fo Padre) a quien celebro 

por grande, por uno solo, 

por mayorazgo de Apolo 

y por dulce honor del Ebro... 

Feliz tu que en la Asamblea 

del más noble consistorio 

tienes, por lustre notorio, 

en el Ebro aclamación, 

crédito en la Religión 

y ainda mais en Refectorio". 



— 42 — 

fundamento. Entre las mismas figuran la qué le muestra edificando en Vi- 
toria una capilla, dedicada a la Magdalena; la que reconoce en Mayorga 
sus huellas en una capilla antiquísima ; la que en Astorga lo concibe conva- 
leciente en uno de los hospitales de la ciudad ; la que señala la casa en don- 
de se albergó a su paso por Villaf ranea del Bierzo; la que le supone apa- 
ciguando en Lugo revueltas de armados bandos contendientes; la que le 
obliga a penetrar en Portugal, detenerse en la Guarda, resucitar a una di- 
funta en Guimaraes, reposar en Braganza y profetizar en Alenquer; la que 
le. señala en Ciudad Rodrigo por casa de hospedaje la capilla de San Gil 
Abad, convertida después en Convento y le asigna el descubrimiento de 
una fuente de tres caños, dándole esta forma en reverencia a la Sma. Tri- 
nidad y íe hace bendecir desde allí el lugar donde se estableció más tarde 
el convento de Ntra. vSeñora de los Angeles : la que en Plasencia le conduce a 
la Ermita de Santa Catalina del Arenal, destinada a futuro claustro de sus 
Religiosos; la que en Monteceli del Hoyo le hace realizar un prodigio en 
la muerte de un piadoso lego llamado el de Cáscales; la que en Arévalo le 
convierte en constructor de una Capilla, que fué muy venerada por los 
fieles; la que le muestra en Madrid edificando un convento y descubriendo 
milagrosamente una fuente, y la que le lleva a su antojo hasta Ocaña y 
Toledo. Huete, a su vez, nos indica una cueva por él habitada y una fuen- 
te milagrosa existente en una capilla que visitó el Santo y que se secó al 
vender un Guardián dicha capilla. San Miguel del Monte, próximo a Al- 
cocer, lo cuenta entre sus visitantes. Soria sé empeña en alojarlo en un mo- 
nasterio de Benedictinos y en hacerle reunir los primeros materiales para 
la fábrica de un convento. Ayllón le hace construir una capilla, y le con- 
templa gustando el agua de una fuente, llamada después Fuente de San 
Francisco. Burgos, no sólo nos le señala edificando convento, sino confe- 
renciando con Alfonso VIII y sirviendo de modelo a uno de los escultores 
del claustro de la catedral, que en el tímpano de la puerta colocó su efigie. 
Tudela lo pone allí al habla con Sancho el Fuerte, rey de Kavarra, y le hos- 
peda en casa de un caballero de la familia Varayz, al .cual profetiza que 
nunca le faltará descendencia, y oblígale a bendecir sus aguas que desde 
entonces tienen gran eficacia contra las calenturas (i). Logroño lo hace ver 
curando milagrosamente al hijo de un noble caballero apellidado Medrano, 
que agradecido le ofrece su casa y huerta para edificar convento. Roca- 
forte, cercano a Sangüesa, no sólo vindica para sí el honor de haber sido 



(1) Merece consignarse aquí la inscripción grabada en el frontispicio de la fuen- 
te llamada de San Francisco : dice así : 

"Porque Moysés tocó un risco, 
Agua dio, que a un pueblo cura ; 
Y ésta, sana calentura 
Porque la tocó Francisco". 



— 43 — 

el primer pueblo español visitado por el Santo y agraciado con una funda- 
ción, sino que señala la Fuente de San Francisco en donde el Santo apa- 
gó' la sed, y nos habla de un moral por él plantado, que secó al abandonar 
aquel lugar los Religiosos y tomó a reverdecer no bien regresaron de nue- 
vo a habitarlo, y de una piedra que le servía de lecho y se llama Piedra del 
descanso de San Francisco (i). Pamplona dice haberle obsequiado casi dos me- 
ses en el Monasterio de San Francisco de la Peña y oídole predicar por or- 
den del rey de Navarra en su ciudad, para calmar los ánimos, alterados por 
sangrientas revueltas. Tarazona nos lo indica recibiendo hospitalidad de un 
ermitaño, y terreno de una familia labradora para edificar convento, y dan- 
do el hábito de la Orden a un canónigo de la familia de los Vierlas. Barce- 
lona lo conduce primeramente a la capillita de San Nicolás, y luego al hos- 
pital del mismo nombre, y hácele predicar a los barceloneses cierto sermón 
del que nos ofrece extracto el eminente Fír> Francisco Eximenis. Lérida 
muestra su asombro al contemplarle indicando al ciudadano Borriá dentro 
de un arca una cantidad de dinero destinado a construir convento, asegu- 
rándole que, aunque escaso, no llegará a agotarse hasta que se termine la 
fábrica. Cervera pretende que fué el Santo quien con sus manos colocó la 
primera piedra de su Convento. Gerona señala la fecha de la permanencia 
de San Francisco en la ciudad, como timbre de honor a la partida de naci- 
miento de su claustral morada. Por último, Vich lo sorprende víctima de un 
desmayo y recibiendo el beneficio del agua, para apagar la sed, de manos de 
un pobre labriego, conmemorando este suceso con la erección de una capi- 
llita, que lleva el nombre de Sant Francesch s'hi moria; y en el castillo de 
Rodonyá le presta albergue la familia Tamarit, y en la parroquia de San Es- 
teban de Cerveíló lo acoje hospitalaria la casa de Lladoner, y en los térmi- 
nos de San Juan des-Pí lo reciben bajo su techo los labradores Codina. ¿Qué 
más ? Hasta Sevilla — por no quedarse atrás — se lo figura anunciando que la 
plazuela donde solían ejecutar a los reos de muerte llegaría a convertirse en 
solar de un convento de la Orden, y lo pone, luego, en marcha hacia la Rábi- 
da, "donde se detuvo algunos días y predicó en su iglesia". 

Tales son, en su conjunto, las tradiciones españolas relativas a la per- 
manencia de Francisco de Asís en España. El P. Átanasio López, al re- 
unirlas en un trabajo históricoi (2), no a todas atribuye la misma importancia. 



(i) Según nos comunica el editor D. José Vilamala, consérvanse aún allí anti- 
guas pinturas, alusivas al paso de San Francisco por dicha población. 

(2) Viaje de San Francisco a España, cit. — Entre las muchas tradiciones aquí con- 
signadas, no hallamos la relativa a Villanueva de la Barca, distante una media legua 
de Santillana del Alar, de que se hace eco D.* Emilia Pardo Bazán, en sus relaciones 
de viaje Por la España pintoresca (t. 32 de la "Colección Diamante", Barcelona, Anto- 
nio López, Editor), pp. 64-65, diciendo: 

"Afirma la tradición oral constante y admitida por los autores más concienzudos, 
que San Francisco, al dirigirse a Compostela para visitar el sepulcro del Apóstol, dur- 



— 44 — 

limitándose en general a explorai- en lo posible su punto de procedencia, y 
relegando definitivamente algunas de ellas al panteón de la fábula. No es 
posible, en efecto, ni que el Seráfico Fundador haya recorrido tantas pobla- 
ciones en tiempo tan relativamente corto de viaje, ni que la invención pia- 
dosa no tenga parte muy importante en la elaboración de las mismas. Sólo el 
descubrimiento de datos más antiguos — consignados quizá en códices no 
aun descubiertos, como los de las obras de Fr. Gil de Zamora, gran escritor 
y contemporáneo de San Buenaventura — , podría concederles legítima paten- 
te de ingreso en los dominios de la Historia. Ello no obsta, sin embargo, pa- 
ra que admiremos todo el encanto legendario que las informa, deplorando 
no haya hallado cada una hasta el presente cantor digno de sus recuerdos, 
cual lo tuvo, para dicha nuestra, la tradición franciscana de Vich, en el ge- 
nio del inmortal Verdaguer. 

A canibio de lo inseguro y enigmático de las tradiciones ex^Duestas, séa- 
nos permitido consignar aquí un hecho histórico acaecido antes de abando- 
nar el Santo la Península, y que quizás no sea sino uno de los muchos que 
debió realizar a su paso por nuestras poblaciones. Refiérome al episodio de 
San-Celoni. La Crónica de los XXIV Generales lo expone diciendo : 

En el mismo camino, junto a San Celoni, entre Barcelona y Gerona, acaeció que 
el compañero de San Francisco, acosado por el hambre, entró en un majuelo y cogió 
algunos i-acimos de uvas. Viole al punto el guardaviñas, y echándose sobre él, le des- 
pojó de la túnica o hábito. Pidió el Santo con tanta humildad al dueño que le devolvie- 
se el hábito, que no sólo se lo entregó, sino que invitó también a ambos para cenar en 
sn compañía. Habló San Francisco con devoción y fervor tan grandes acerca de Dios, 
que el bienhechor concibió gran afecto hacia el huésped y sus frailes, de modo que dijo 
al Santo, que mientras el Señor le conservase la vida, quería dar hospedaje a todos los 
religiosos que pasasen por San Celoni. Contestó San Francisco: Me agrada tu ofreci- 
miento; cúmplase tu voluntad. 

Hízose, pues, este hombre amigo de San Francisco y bienhechor general de sus 
frailes. Pasado algún tiempo, murió; y celebrándose sus funerales, comenzó el pueblo 



mió una noche en esta casa, apoyando la cabeza en una piedra que^ se conservaba^ y 
enseñaba hasta hace pocos años. En la obra del P. M. Felipe de la Gándara, "Descrip- 
ción, armas y origen de la muy noble y antigua casa de Calderón de la Barca", escribe 
el continuador, P. M. José del Río, en la dedicatoria a San Francisco de Asís: "Es tan 
antigua y tierna la devoción que a vos, grande santo, tiene la familia de Calderón, que 
aún antes de usar este apellido, y desde que, pasando por Galicia, honrasteis la casa 
hospedándoos en ella, os tiene por su tutelar y patrón". 

...El paso de la barca de Villanueva era camino obligado de los peregrinos, a San- 
tiago de Compostela. En Santillana existió muchos siglos una fundación hospitalaria 
para esos peregrinos, y_ aún creo que, extinguidas las peregrinaciones, quedan rastros 
de la caritativa institución. Siendo entonces deber de cristianos caballeros, y a más san- 
tiaguistas, dar posada al peregrino, no cabe duda que lo ejercerían los señores de la 
Barca; y algo dice en favor de la estancia (;le San Francisco la constante veneración 
que en estas comarcas se tributó a la piedra, cuyo paradero ignoro." 

Añade la autora que "en la habitación donde reposó San Francisco, se ve una es- 
tatuíta del Santo". 

De ser cierta esta tradición, tal vez pudiera servir de base. para localizar el prodi- 
gio realizado por San Francisco en su viaje por España, de que hace mérito el P. Ló- 
pez, en La Proiñncia de España, etc., pp. 248-49. 



— 45 — 

a murmurar de los religiosos porque no se hallaban presentes a las honras de tan gran- 
de amigo. Al punto entran en la iglesia doce frailes cantando, melodiosamente, de modo 
que los circunstantes se llenaron de profunda admiración. Hízose mientras tanto la 
comida para los religiosos, mas a la hora de comer todos desaparecieron y ninguno 
pudo ser hallado; teniéndose por cosa segura que había sido San Francisco, acompaña- 
do de otros santos frailes o ángeles vestidos con el hábito de los Frailes Menores. En 
memoria de este grande prodigio, se preparó en la mencionada población un hospicio 
para que los frailes que por aquel lugar pasasen, pudieran albergarse en él, corriendo 
todos los gastos por cuenta de los fondos comunes (i). 

Este postrer episodio nos demuestra que el corazón de San Francisco no 
fué insensible a las muestras de afecto recibidas a su paso por nuestra Pa- 
tria. Puesto durante unos dos años en contacto con los españoles, considera- 
dos a la sazón como cruzados del Occidente cristiano contra la invasión is- 
lamita, es indudable que alimentó por ellos un arnor de predilección, un 
amor muy intenso. De este amor nos ofrece indicios muy significativos cuan- 
do allá, en Damiata — reciente todavía su viaje a España — , asiste a uno de 
aquellos combates legendarios entre los cruzados de Oriente y los musulma- 
nes, en que toman también parte muchos guerreros españoles. El Santo, que 
había hecho esfuerzos por impedir aquella lucha, a causa de haberle mani- 
festado de antemano ú Señor los resultados, al contemplar los miles de hijos 
de la Cruz tendidos sobre el campo de batalla, sintió agolpársele las vehe- 
mencias de la compasión a las pupilas ; pero — al decir de su primer biógrafo, 
Tomás de Celano — , 

lloraba principalmente por la muerte de los españoles, cuj'o temerario arrojo en el 
manejo de las armas, había dejado entre ellos muy pocos sobrevivientes (2). 

¡ Quién sabe — exclama el P. López — si en aquellos momentos se recordaba el Santo 
de las sinceras pruebas de afecto recibidas en España, con ocasión de visitarla, lo cual 
contribuyó a aumentar su dolor viendo como sucumbían heroicamente los hijos de 
nuestra patria por dilatar el reinado de la fe! (3). 

Este mismo amor obligó al glorioso Apóstol a no dejar para último tér- 
mino a nuestra nación, en lo relativo a cumplir la orden del cielo, aquí reci- 
bida, de fundar por el mundo conventos de su instituto. Es indudable que 
a los muy escasos frailes que por aquí debió dejar, no tardó en enviar desde 
Italia varios otros que vinieron a proseguir sus empresas de apostolado, a 
establecer definitÍA'amente las fundaciones por él aceptadas y a abrir otras 
nuevas. ¿Qué mejor regalo podía hacernos, en correspondencia a nuestra 



. (i) Analccta franciscana, t. III, pp. iqo-i. Nos servimos de la trad. del P. Lórr.z, 
Viaje de San Francisco a Esl?aña, cit., pp. 95-96. 

(2) Cklano, Vita secunda, part. II, cap. IV. — Acerca de la realidad de este suce- 
so, impugnado por algunos, vid. Archivo ibero-americano, 1920, núm. XLIII, p. 498, y 
Archivum Franciscanum Históricum, de Quaracchi, 1923, pp. 245-46. 

(3) La Provincia de España de los Frailes Menores, Santiago, 191 5, p. 212. 



-46- 

hospitalidad, que poner a nuestro servicio la actividad y celo apostólico de 
sus hijos, los más queridos, algunos de los cuales, como su primogénito 
Bernardo de Quiníaval y el extático Beato Gil, habían visitado nuestro sue- 
lo, debiendo, luego, el primero actuar probablemente durante dos años como 
Primer Ministro Provincial de la Provincia de España, y el segundo bene- 
ficiarla con sus escritos ? (i). Así que, no satisfecho con valerse, asimismo, 
de los recursos de la pluma, a favor de los españoles (2), determinó en el 
Capítulo celebrado el 14 de mayo de 121 7 enviar a la Península considera- 
ble número de religiosos, según lo expresa la Crónica de los XXIV Genera- 
les en esta cláusula: iunc etiam misit in Hispaniam fratres multas (3), co- 
locando, como parece más que probable, a la cabeza de los mismos, a su pri- 
mogénito en Cristo, Fr. Bernardo de Quintaval. El objeto de esta misión lo 



(1) Puede apreciarse la difusión de estos escritos en España en el estudio biblio- 
gráfico que precede a Máximas de un Santo, del P. Atanasio López (Madrid, lyio, 
pp. 9-29), en donde el P. López expone las códices y ediciones conocidas, al publicar- 
las de nuevo, sirviéndose literalmente del texto presentado por el P. Damián Cornejo. 

(2) Consta, por lo menos, que envió, por medio de Fr. Juan Párente (1219), una car- 
ta dirigida a todos los Gobernadores, Jueces y Rectores, que éste ^leyó ante el Senado 
de ¡a ciudad de Zaragoza, y otra más dirigida al Estado Eclesiástico, leída también 
por el mismo Fr. Juan Párente a los Magistrados de dicha ciudad. Menciónase también 
otra carta del Santo a Fr. Elias, publicada en español por el P. Luís de Rebolledo y 
que Wadingo tradujo al latín. Otra más tradujo también del español al latín el célebre 
analista, dirigida a los Custodios de la Orden y que se conservaba en Zaragoza desde 
tiempos de Fr. Juan I'arente (Vid. P. López, La Provincia de España, cit, pp. 262- 
72). A su vez, el P. Castro, recoge la noticia (Árbol Chronológico, part. I, lib. L 
cap. VI) de que, habiendo escrito los ciudadanos de Astorga al Santo solicitando fun- 
dase allí un .convento, éste les contestó aceptando, con una carta que comenzaba: En 
Jesu-Christo muy ainados Señores... En Pastrana consérvase, asimismo, una copia de la 
Regla de San Francisco, considerada como escrita por el Santo, jpero que, según el 
P. Lucio M." Núñez (en Archivo íbero-americano, art. "¿Escribió San Francisco la 
Regla de Pastrana?", t. I, pp. 16-78) parece no datar de más allá de la mitad del si- 
glo XIIL Algunos de estos escritos figuran en la edición de los Opúsculos del Santo, 
hecha por los PP. de Quaracchi, igo4, de donde se descartan como no auténticos mu- 
chos de los publicados en la colección de Wadingo. En conformidad con la edición de 
éste último, tenemos actualmente en España las Obras completas del B. P, San Fran- 
cisco de Asís... trad. en romance por alqunos devotos del Santo (Teruel, 1902,^ en ¿j.", 
387 págs.), Doctrina espiritual de San Francisco de Asís, por el P. Mariano' Fernán- 
dez (Tánger, 1905) y Má.yimas de San Francisco de Asís, por el P. Elías Passarell 
(Barcelona, 18S8). También nosotros hemos publicado una obrita, titulada Pensamien- 
tos de San Francisco de Asís (Madrid, 1910, en id.", 125 págs.), utilizando la edición de 
Quaracchi, el Specuhmi perfectionis (Quaracchi, 1901), la Leyenda de San Francisco 
de San Buenaventura, trad. por el P. FerríVnuo (Santiago, 1904), y II Cántico di Fra- 
íe Solé, del P. Nicolás Dal-Gal, (Ronla, 1908), y clasificando las máximas por or- 
den de materias. 

(3) Analecta franc, t. III, p. 10. — Axcerca de algunos de los primeros discípulos de 
San Francisco en España, se conservan todavía preciosas tradiciones, como, por ejem- 
plo, la de Fr. Vital, descrita en Leyenda aragonesa de Norberto Torcal, a cuya pia- 
dosa costumbre de repartir entre los pobres las sobras de la comida, se atribuye el ori- 
gen de lo que dio más larde en llamarse la sopa de los conventos. 

Entre los más ilustres seguidores inmediatos del Seráfico que visitaron nuestra Pa- 
tria, debemos contar, aparte del primogénito Fr. Bernardo de Quintaval, del extático 
Fr. Gil y de Fr. Juan Párente, a los cinco protomártires de Marruecos, a los siete 
mártires de Ceuta, a los dos mártires llamados de Teruel (todos ellos honrados por la 
Iglesia con culto público), a Fr. Zacarías de Roma y a Fr. Gualterio, a quienes tam- 
poco faltó culto público en Portugal, Fr. Bcnincasa de Todi, Fr. Clemente de Toscana, 
I^r. Nicolás Órbita, Fr. Bernardo de Humanal, etc., etc. De todos ellos pueden verse 
amplios datos, en la cit. obra del P. López, La Provincia de España de los Frailes 
Menores. 



— 47 — 

manifiesta también la citada Crónica, al añadir a las palabras anteriores, que 
los envial a 

a fin de que, en conformidad con lo que Dios le había ordenado, se estableciesen en 
lugares de la Provincia de Santiago, y convirtiesen a los herejes que habían acudido en- 
tonces a España y robusteciesen en la fe a los demás fieles. 

A este mismo año de 1217 se refiere el célebre historiador de la época, 
Lucas de Tuy, al decirnos, en su "Historia Universal", que las fundacio- 
nes de conventos franciscanos se hallaban, a la sazón, en pleno vigor por 
toda España: Eo tempore per totam Hispaniam... fratrum Minorum 
CONSTRUUNTUR MONASTERiA (i) j dándonos así clara muestra de lo bien acogi- 
dos que eran en nuestra Patria los discípulos del Caudillo de Asís, a los 
cuales nada regateaba para sus fundaciones la generosidad de los españoles. 

En tal forma aparece en nuestro suelo, como cuerpo regular organizado 
oficialmente, la Provincia Seráfica de España, que abarcó todos los reinos 
diversos de la Península, hasta después del año 1232, en que la multiplica- 
ción de los religiosos en tan vasto territorio hizo necesaria su división en va- 
rias otras Provincias, dispuestas cada cual a elaborar una de las áureas es- 
trofas de aquella epopeya inmortal, que hizo exclamar a crítico tan poco 
sospechoso como Rená>í, en su Vida de Jesús, cap. 75 : 

El gran movimiento umbro del siglo XIII, es, entre todas las fundaciones religio- 
sas, el que más se asemeja al movimiento galJleo. 

En esta época luce el período más activo de fundaciones franciscanas 
en nuestra Patria, y al mismo se refiere el actual Arzobispo de Valladolid, 
Sr. Gandásegui^ al exclamar : 

en esta noble tierra, consagrada del todo a la defensa de los intereses de la Reli- 
gión y de la Patria, alcanzó tal éxito la misión extraordinaria de Francisco, que en 
Cataluña y Navarra, en Aragón y Castilla, en Asturias y Galicia, surgieron los con- 
ventos de los hijos del Seráfico Patriarca, fomentando el espíritu religioso, base del 
heroísmo y de la grandeza del pueblo hispano (2). 

Mucho, sin duda, debió contribuir a ello la ejemplaridad edificante de 
tan santos religiosos, cuya presencia arrancaría, a los que por vez primera 
los veían, frases parecidas a ésta de uno de los personajes de Amor que ven- 
ce al amor : 

...ese "buen fraile" que transmite 
con la palabra ardor sagrado 
que las entrañas me derrite... 



(i) Vid. Acta Sanctorum, Maiij t. VII, p. 299. 

(2) Legísima, Crónica del Congreso Nacional Terciario de 1914, Disc, p. 191. 



-48- 

¡ En su mirada qué ternura ! 
y su frente — bajo el capuz — 
¡que nobilísima y que pura! 
¡ Todo él parece envuelto en luz ! (i) 
El espíritu del Patriarca— alega Aguilar — se comunicaba a sus subditos por tan 
extraña manera que cada uno parecía otro San Francisco (2). 

Consta, en efecto, que la vida de aquellos frailes era ejemplarísima, re- 
partiendo su tiemípo entre los ejercicios de su santificación y de la de sus 
prójimos. 

Empleados enteramente — diremos con el mismo escritor— €n obras de caridad y 
mortificación, ¡ cuántas virtudes extraordinarias suponen I ¡ cuántas soberbias humi- 
lladas! ¡cuántos odios apagados! ¡cuántos vicios reprimidos! ¡cuántas restituciones 
Jiechas, y cuántos perjuicios indemnizados y resarcidos ! (.3;). 

El propio Seráfico Fundador, que tanto se interesaba por la prosperidad 
de la Orden en España, pudo reconocerlo claramente antes de partir de este 
mundo. 

Sucedió — nos dice Tomás de Celano — que un virtuoso clérigo español tuvo en cier- 
ta ocasión la dicha de ver y conversar con San Francisco; y hablando sobre los frailes 
de España, le hizo, entre otros, el relato siguiente, que consoló mucho su corazón: "Unos 
frailes de tu Orden — le dijo — que moran en nuestra patria en un pobrecito eremitorio, 
de tal suerte tienen distribuido su reglamento, que la mitad de ellos se ocupan en las la- 
bores domésticas, y mientras tanto los otros se consagran a la contemplación. De este 
modo, los que se dedican una semana a la vida contemplativa, pasan en la siguiente a 
b vida activa. 

A cuyas palabras, añadió luego el clérigo, por vía de ejemplo : 

Cierto día, dispuesta ya la mesa para comer y tocada la campana convocando a los 
religiosos, reuniéronse todos en refectorio, a excepción de uno de los que se ocupaban 
er. la contemplación; y luego de esperar por él algunos momentos, fueron a llamarle a 
su celda, en ocasión que el Señor le estaba dando a gustar otros manjares más delica- 
dos que los terrenos. Halláronle tendido en tierra sobre su rostro y extendido en for- 
ma de cruz sin dar señales de vida, porque no se advirtió en él respií'ación y movi- 
miento. A sus pies y cabecera lucían dos candelabros despidiendo maravilloso resplan- 
dor e iluminando toda la celda. Dejáronlo, pues, en paz, por no querer impedirle que 
disfrutase de estos celestiales regalos, sin despertar al amado hasta que él quisiera. Al 
fin, volvió en sí el fraile, y levantándose al punto, fue a refectorio y dijo, según cos- 
tumbre, su culpa. Esto tuvo lugar — concluyó el clérigo — en nuestra patria. 

Embargóse de júbilo el corazón de Francisco oyendo tal relato de la santidad de sus 
hijos, y desatando la lengua en alabanzas al Señor, al cual atribuía la gloria de todo. 



(i) a. Rey Soto, op. cit., Madrid, igiy, p. lOQ. 

(2) "Admirable virtud de la Iglesia", publ. en El Pensamiento Español, 1867, 
646. 

(3) Id. ibid. loe. cit. 



— 49 — 

dijo con gran emoción: "Os doy gracias, Señor, guía y santificador de los pobres, por- 
que habéis regocijado mi corazón con estas noticias de mis frailes. Bendecid, os rue- 
go, con abundantes bendiciones a aquellos religiosos; y a todos aiantos por sus bue- 
nos ejemplos hacen amable su profesión, llenadlos de dones celestiales (,1)". 

Y no hay duda que Dios bendecía los esfuerzos de aquellos santos frai- 
les, realizando en favor suyo grandes prodigios a trueque de asegurar el 
éxito de sus fundaciones. Danos cuenta de uno de ellos la tantas veces men- 
tada Crónica de los XXIV Generales, al escribir : 

Cuando San Francisco distribuyó a sus religiosos por el mundo, destinó cuatro de 
ellos para el Reino de Aragón, dos de los cuales se dirigieron a Lérida y fueron hos- 
pedados en casa de un noble ciudadano llamado Raimundo de Barriacho. Comenzaron 
los buenos frailes a hablarle de las cosas del cielo con tal fervor, que dicho caballero 
se aficionó en extremo a ellos y a su Orden, de modo que los religiosos se atrevieron 
a rogarle que les edificase convento, prometiéndole en nombre de Dios que con esto no 
sufriría menoscabo su hacienda. Creyó el piadoso Raimundo las palabras de los frai- 
les, y sin pensar en más tomó por su cuenta la ejecución de la fábrica; pero a medida 
que ésta iba creciendo, disminuían considerablemente sus intereses, de suerte que el no- 
ble caballero, viendo concluido su dinero, fué a quejarse amargamente a los religiosos, 
a los cuales maltrató. Los frailes, viéndolo tan enojado, puestas en Dios sus esperan- 
zas, volviéronle a decir: "Señor, no os intranquilicéis: id a vuestra casa y examinad 
cuidadosamente si vuestro dinero ha disminuido o no, pues no dudamos que cumplirá 
el Señor lo que os hemos prometido". Volvió, pues, Raimundo a su casa y encontró las 
arcas llenas de dinero, lo cual le causó gran admiración y no menos alegría ; y diri- 
giéndose al punto a donde estaban los religiosos, se postró ante ellos y les pidió humil- 
demente perdón de los malos tratamientos y ofensas que les había hecho (2). 

Al lado del anterior suceso, otros pudiéramos aducir como comproban- 
tes de la solicitud con que el glorioso Santo alentaba la laboriosidad de nues- 
tros religiosos de España después de la muerte, favoreciendo milagrosa- 
mente desde el cielo a sus bienhechores y popularizando, por este medio, la 
difusión de su Orden en nuestros territorios. Pudiéramos aducir, por ejem- 
plo, el de aquel bienhechor de Tardajos (Burgos) que, en premio de la hos- 
pitalidad dispensada a los religiosos, deseando a la hora de la muerte ser 
asistido por ellos y no pudiendo esto realizarse a causa de una gran nevada, 
recibe inopinadamente la visita de dos franciscanos que le acompañan has- 
ta el postrer suspiro, y desaparecen, luego, misteriosamente; no menos que 
el de la hija del propio bienhechor que, en peligro de morir por asfixia, in- 
voca a San Francisco y éste se le aparece, le restituye la salud y le anuncia 
— para que viva prevenida — la enfermedad que ha de conducirla al sepul- 
cro (3). 

Pudiéramos aducir, igualmente, el caso de aquella mujer de Olite, que 
resistiéndose a observar como día de guardar — según allí se hacía — ^la festi- 



n 



Vita secunda, part. III, cap. CXXXV. 
, , Analecta franc, t. III, pp. 184-86. 
(3) GoNZAGA, De Origine serapk. relie/., Prov. Burgensis, conv. I. 

Fraticiscanismo . ~ 4 



_ 50 — 

vidad del Santo, se ve al punto privada de razón y de memoria, sin recobrar- 
las de nuevo hasta que algunas buenas personas interceden por ella ante el 
Seráfico Patriarca (i). 

Pudiéramos mencionar el caso de aquel labrador de Sahagún que, en vez 
de cortar un cerezo seco, se aviene al consejo de un amigo suyo, invoca al 
Santo, y el árbol torna a reverdecer y cubrirse de frutos, que envía el agra- 
ciado, en muestra de gratitud, al próximo convento de Franciscanos (2), 

Pudiéi'amos traer a colación el incidente de los viñadores de Villesios que, 
amnenazadas las cosechas por una epidemia, lo eligen por Patrono, y se ven 
libres de tales estragos, destinando, por ello, cierta cantidad de vino, como 
limosna, para los religiosos de un Convento (3). 

Pudiéramos, en fin, hacer saber el beneficio otorgado a un sacerdote de 
Falencia, cuyos trigos le devoraban habitualmente unos gusanillos en el hó- 
rreo, y que no bien invoca a San Francisco, contempla conjurado el peligro 
y destina desde entonces cierta cantidad a limosna entre los pobres (4). 

Pero ¿qué necesidad hay de multiplicar los episodios, para reconocer la 
intensidad del amor de San Francisco a España, ni que mayor praeba de la 
protección que le dispensa que la de la extraordinaria difusión de su Orden 
por toda la Península ?. . . 

¡Ah!, bien podemps exclamar, con la egregia Blanca de los Ríos, 
que, al alejarse el Santo de nuestro suelo, su espíritu, 

el espíritu del grande amador, se quedó entre nosotros (s). 

Transcurrirán algunos años, llegará a su ocaso la decimotercia centuria, 
y podrá ya decirse que el espíritu de San Francisco está adueñado casi por 
completo de iiuestra Patria, a la cual puede llamar, con más razón que el 
egregio Arturo Farinelli: 

questa mia seconda patria amatissima (Jo). 

Y esa será, entonces, la ocasión de cantar con el señor Ruano: 

¿No veis marcadas en el patrio suelo 

De Francisco las huellas? 
En el bordado pabellón del cielo 
No lucen tantas fúlgidas estrellas, 
Como son de virtud los resplandores 
Con que a España vistieron los Menores (7). 



(i) Celano, tract. de mimculis, p. 397. 

(2) Id. ibid., p. 428-9. 

(3) Id., ibid., p. 429. 

(4) Id., ibid., loe. cit. — Estos y otros milagros se hallan reunidos por el P. López, 
en La Provincia de España, cit., p. 451 y sig. 

(5) Conferencia, "San Francisco y las fuerzas renovadoras del amor". 

(6) Nicolás González Ruiz: "Crítica literaria hispano-europea ", publ. en El De- 
bate, 20 de febr., 1926. 

(7) San Francisco en Santiago, publ. en El Eco Franciscano, 1910, pp. IS4-SS- 



V 



San Francisco reviviendo en sus Religiosos españoles. - Multiplicación de 
conventos en la Península en el siglo XIII. - Conventos de Clarisas en Es^ 
paña, por la misma época. - Obra de expansión al exterior : franciscanos es- 
pañoles en Inglaterra, Irlanda e Italia. - En las Misiones del Sur de España, 
de Tierra Santa y de Marruecos, predilectas de San Francisco y los espa- 
ñoles. - En otras Misiones 



Llega, a todo esto, la hora de la glorificación de Francisco de Asís. Tras- 
ladado al cielo el Santo, su Orden aparece triunfadora en todas partes, como 
envuelta en la brillantez de sus resplandores de inmortalidad, que al mundo 
stibyugan, exigiéndole homenajes de admiración y tributo de alabanzas. Bien 
lia dicho Zorrilla al exclamar : 

El njunclo olvida a quien inciensa vivo: 
¡ feliz aquel a quien difundo inciensa ! 
Prueba evidente de que en vida vale, 
el que de ella al salir, al mundo sale (1). 

La gloria del Caudillo, revive en sus hijos, encargados de continuar su 
empresa por el mundo. Sí, en ellos revive su gloría, ¡y qué gloria!... 

Se ignora todavía — escribe Emilio Castelar — quien escribió la Imitación (de Cris- 
to), atribuida divei-samente a varios escritores teológicos; pero nadie puede dudar de 
quien la realizó; pues lo dice la pintura moderna exaltada por su idea creadora, la 
epopeya dantesca sugerida por su luminoso espíritu, la metafísica del idealismo me- 
dioeval a sus intuiciones obediente, la democracia rediviva de sus ejemplares actos y de 
su redentora palabra. Cristo — ^añade — ^liabía sido enterrado en las bárbaras institucio- 
nes feudales, faraónico sepulcro de moles enrojecidas por humana sangre y ahumadas 
por devastador incendio, en cuya cumbre lo asombraba todo siniestra horca y en cuya 
base yacía tristísima esclavitud, exhalando átomos envenenados de odio, los cuales con- 
densaban perdurable peste, de cruentísima guerra. ¿Qué se había hecho del "amaos los 
unos a los otros"? ¿Dónde se cumplía la promesa dada por su Redentor a los redimi- 
dos, de que sólo llegarían a reconocer un monarca y señor, nuestro Eterno Padre que 
está en los cielos? No había montaña en que pudiera el sermón de las bien^venturan- 



(i) Poesía "A Narciso Serra", publicada en Ihisír. Esp. y Americana, 1878, 
c- I, p, 22. 



— 52 — 

zas, inspirado en la más ardiente caridad, repetirse ; coronadas todas por el casco se- 
ñorial, significando arriba el despotismo y la servidumbre abajo, sostenidos por aque- 
llas alimañas de los timbres y escudos feudales, con garras y dientes asoladores; águi- 
las, buitres, milanos, unicornios, lobos, tigres, leones, leopardos, más feroces en la so- 
ciedad que los brutos carniceros de la naturaleza. Pues, bien: Cristo, enterrado en las 
moles del feudalismo, resucitó en la persona del Penitente. Abrasarse de suyo en d 
amor al prójimo; sentir universal compasión hacia los dolores de todas las criaturas; 
reconocer el parentesco de cada cuerpo con las cosas creadas y de cada espíritu con 
las increadas ideas; contrastar las fatalidades múltiples valiéndose de la oración arden- 
tísima: he ahí el plan y obra de San Francisco, todo fe, todo bondad, todo dulzura; 
elocuente como un tribuno antiguo, exaltado como un profeta hebreo, austero como im 
cenobita oriental ; Arcángel que apagaba con sus alas el fuego de todos los infiernos ; 
armado de una palabra persuasiva cuando los demás se armaban de hierro hasta los 
dientes; apasionadísimo de la Naturaleza y de su hermosura en aquella asoladora ca- 
cería, donde se atormentaba con crueldad increíble a todos los seres inferiores; poeta 
místico para quien los mundos forman como una escala que sube al Empíreo y los 
rumores de la creación como un hosanna que loa eternamente al Criador : dotado de in- 
tuiciones sobrenaturales, sugeridas por el corazón latiendo a la caridad, que le inspira- 
ban todas las cosas, aún las más humildes e inertes ; audaz innovador que dedujo del 
Evangelio una sociedad enteramente democrática y presintió la unión de todos los 
hombres en una indispensable igualdad; modelo de virtudes efusivas y de verbo efi- 
caz ; un redentor en el olvido y en el sacrificio de sí mismo, en el amor a los demás, en 
la resignada y triste aceptación de todos los dolores, por el bien de la humanidad y por 
el nombre de Dios, a los cuales debió que su vida fuera holocausto santísimo a semejan- 
za del holocausto de la cruz y su muerte transfiguración súbita, a semejanza de la 
transfiguración del Tabor (i). 

Estas palabras del gran tribuno, encaminadas a trazar la personalidad 
de Francisco de Asís, nos muestran indirectamente cual debía ser la de sus 
hijos, formados según su corazón, y destinados a proseguir su empresa en 
medio de la sociedad, en aquellos instantes en que, legándoles misión tan 
augusta, se despide de ellos para esperarlos al lado de su Dios. 

Ellos, como su Seráfico Padre, después de darse del todo al Señor, se 
daban también por completo al pueblo; y ésto en forma de poder servir de 
justificantes a la frase aquella de Salvador Minguijón: 

Sólo sienten la democracia los aristócratas del espíritu (2). 

De aquí el que su actuación en medio de la sociedad florezca con los en- 
cantos de la de tan glorioso Caudillo. 
Bien dice el P, José de Sigüenza: 

los santos que fundaron las religiones, están como despiertos en sus hijos y sucesores. 



(i) "Plutarco del pueblo — San Francisco de Asís", publ. en El Liberal de Ma- 
drid, 20 de agosto de 1894. Ilustra este trabajo un precioso busto de San Francisco, 
artísticamente dibujado. 

(2) Vid. "Por los seres inferiores", publ. en El Debate, 11 de oct. 1921. 



— 53 — 

según nos lo indica el nombre de cada fundador con que son conocidos (i). 
Ignoramos a punto fijo la situación de la Orden Seráfica en España 
por los años de la muerte de su Fundador. Hay que esperar a fines de 
aquel siglo, para verlos establecidos definitivamente en todos los pueblos 
importantes de la Península. El P. López^ enumerando los Conventos exis- 
tentes a la sazón, señala en Galicia, Asturias y Portugal, los de Compos- 
tela, Coruña, Pontevedra, Orense, Lugo, Vivero, Ribadeo, Oviedo, Aviles, 
Guimáraes, Alenquer, Lisboa, Coimbra, Leiría, Braganza, Santarem, Por- 
talegre, Evora y Oporto; en León y Castilla, los de Burgos, León, Sala- 
manca, Zamora, Mayorga, Astorga, Villaf ranea del Bierzo, Ciudad . Ro- 
drigo, Monteceli, Río de Olmos (Valladolid), Arévalo, Madrid, Soria, 
Ayllón, Huete, Avila, Medina del Campo, Carrión de los Condes, Palencia, 
Nuestra Señora de la Hoz, Segovia, Santander, Castro-Urdiales, Vitoria, 
La Bastida (Toledo) y Logroño; en Navarra y Aragón, los de Tudela, 
Sangüesa, Tarazona, Pamplona, Zaragoza, Daroca, Monzón, Jaca, Teruel 
y Huesca ; y en Cataluña y Mallorca, los de Lérida, Gerona, Cervera, 
Vich, Barcelona, Montblanch, Tarragona y Mallorca; o sea, sesenta y cua- 
tro Conventos (2). A estos Conventos, debemos añadir los fundados hasta 
la misma época y habitados por Religiosas Clarisas, a los que dedica otro 
trabajo especial el propio diligente historiador, mostrándonos documentos 
en que consta que las Clarisas se hallaban ya en Burgos, Zamora y Zara- 
goza en 1234, en Barcelona en 1236, en Pamplona en 123®, en Medina 
del Campo en ^246, en Alcocer en 1260, en Salamanca en 1245, en Ciudad 
Rodrigo y Tarazona en 1244, en Calatayud en 1249, ^^ Estella y Vitoria 
en 1289, en Orduña en 1295, en Toro en 1267 y en AUariz en 1282. Te- 
nían también monasterios en las ciudades de Lisboa, Santarem y Oporto, 
Por último, no es improbable que haya sido Santiago uno de sus primeros 
puntos de residencia en España, no obstante carezcamos de datos indubi- 
tables de su presencia en dicha población, hasta el año de 1289 (3). 



(i) Historia de la Orden de San Jerónimo, t. VIH de la "Nueva Biblioteca ae 
Autores Españoles", Madrid, 1907, p. 7. — El R. P. Ramón Ruiz Amado, da a entender 
en Mundología (Libr. Religiosa, Barna., 1923, p. 128), que los discípulos de San Fran- 
cisco decayeron del espíritu de su fundador "aflojando en la austeridad, que oponía un 
perpetuo mentís a los principios ' del mundo", sin darse cuenta que la Regla del Sera- 
neo, tal como él la implantó, sigue siendo aún hoy día la norma de vida de sus Reli- 
giosos. Semejante apreciación, mu^ resobada en historias antiguas, ha sido refutada 
victoriosamente por. el eminente crítico capuchino P. Hilarín Félder, en su obra Die 
Idéale des heliges Fransiskus vom Assisi (Paderbon, 1923), fruto de largos años de 
estudio. Véase una exposición de la misma en Florecillas de San Francisco de Totana 
(1926, p. 59). 

(2) La Provincia de España, etc., pp. 12.5-234. 

(3) Los Monasterios de Clarisas en el siglo XJII, publ. en El Eco Franciscano, 
1912, p. 187 y sig. _ 

. Estos Monasterios de Clarisas aumentaron, luego,, considerablemente en los siglos 
siguientes, hasta convertirse en la Orden religiosa de mujeres más extendida entre 
nosotros, llegando en 1835 a la cifra de 440, según diré más abajo. En cuanto a la 
historia de las Religiosas Clarisas, puede consultarse el librito del P. Devesa, La 



— 54 — 

He aquí, en breves palabras, el cuadro espléndido de fundaciones que 
se ofrecen a la vista como primer fruto de la influenciíi. franciscana en 
nuestra Patria. Este fruto basta para obligarnos a decir con versos del 
insigne Palafox : 

la cosecha declara, 
en contrarios divinos, 
los divinos valores 
de aquellos sembradores 
que fueron con Francisco peregrinos (i). 

¡ Comienzos gloriosos, para los Franciscanos españoles, destinados a 
extenderse y dilatarse como las olas del océano por todas las regiones de 
América, por el norte del continente africano y por Filipinas, Japón, Chi- 
na y gran parte de los territorios asiáticos! (2). I^a obra de expansión que 
se desenvuelve en la Península, a raiz de la muerte de San Francisco, no 
se circunscribe tan estrechamente a los límites de la patria, que prescinda 
por completo de las demás regiones a que los arrastra el celo del aposto- 
lado. No es preciso ver muy a lo lejos para descubrirlos penetrando en 
Inglaterra por los años de 1224 con Fr.. Pedro, llamado el Español, que 
fué Guardián en Northampton y doce años custodio de Oxford, en tanto 
otro fraile, de noble alcurnia, Fr. Tomás de España, llegaba a ocupar la 
guardianía de Cambridge. Algún año después, en 1226, son también pro- 
bablemente los franciscanos de España los que desde Santiago toman rum- 
bo hacia Irlanda y dan vida a la fundación de aquella Provincia Seráfi- 
ca (3). 



Orden de Monjas Clarisas en sus diferentes ramificaciones, Barcelona, 1911. Cuenta 
actualmente la Orden de Clarisas en España con 211 conventos, la rama de Clarisas 
de la Divina Providencia con 12, y las de Franciscanas Concepcionistas con 86, dis- 
tribuidos por toda la Península, (Vid. Anuario Eclesiástico para 191Q, Barcelona, Su- 
birana, pp. 398-400). 

No hay para que advertir que jtmtamente con las Clarisas, se difundió por Es- 
paña y América la devoción a su Santa Fundadora. Digno es de notarse de un mo- 
do especial que en Buenos Aires sea tenida por Patrona Menor de la ciudad. En el 
atrio del Convento de Clarisas, hay un monumento a la Santa, con esta inscripción : 
"Santa Clara, protectora de los patriotas vencedores del ejército inglés el 12 de agos- 
to de 1806"; y a su fiesta acude a hacer guardia de honor ante el altar, en los cultos de 
su fiesta, un cuerpo de tropas con bandera. Vid. "La segunda Patrona de Buenos Aires", 
publ. en El Plata Seráfico, cit., 1919, pp. 177-179, y 1920, p. 263. 

(i) Obras del Ven. D. Juan de Palafox y Mendosa, t. VII, Madrid. Impr. de 
D. Gabriel Ramírez, 1762, p. 527. 

'.^) En tiempos del P. Luís de Granada, según nos dice él mismo, contaba ya 
"mayor número de conventos y religiosos que todas las demás Ordenes juntas". Com- 
párense los sesenta y cuatro conventos de frailes y los veinte de monjas de fines del 
siglo XIII, con los. sietecientos veinticinco de frailes y cuatrocientos de monjas exis- 
tentes en tiempo de la exclaustración, y se dará uno cuenta de la admirable progre- 
sión de nuestra Orden en España durante las centurias siguientes ; y esto sin poner 
atención ^ en los miles de conventos por ellos fundados y sostenidos en América y 
otros países. (Vid. Fecundidad de la Orden Franciscana, por el Ii.mo. P. Alcocer, 
Arzobispo de Bostra, publ. en El Eco Franciscano, 1909, pp. 261-65). Sólo en el 
territorio de la Provincia Seráfica de Santiago (Galicia, Tierra de Campos, Asturias 
y Extremadura) había, cuando la exclaustración, cuarenta y seis conventos, con mil 
trescientos sesenta y siete Religiosos, y veinticinco conventos de Clarisas con tres- 
cientas treinta y seis Religiosas. (V. P. Manuel M," Núñez, Aurora Seráfica en Es- 
paña, publ. en El Eco Franciscano, 1509, pp. 296-300). 

(3) Vid. P. A. LÓPEZ, La Provincia de España, etc., cit., p. 236 y sig. 



— 55 — 

De entre los españoles sale, asimismo, Fr. Antonio de Segovia, gran 
apóstol, para evangelizar en Francia, en tanto despliega su actividad en 
Portugal el célebre Fr. Antonio de Santarem, haciendo honor al hábito 
que viste (i) y acompaña otro de los nuestros, llamado Fr. Juan, a Fr. 
Juan de Fiancarpino a la misión de Tartaria, de donde regresa en 1254, 
para presentarse, como portador de gratas nuevas, en la Corte Ponti- 
ficia (2). 

Y ellos .son, por último, los que en la propia Italia, cuna de la Orden, 
se distinguen en la persona del más glorioso de los hijos de la Provincia 
Franciscana española, San Antonio de Padua, colocado por el Seráfico 
Patriarca al frente del movimiento científico de la Orden, al cual podemos 
considerar — en su calidad de primer Profesor en nuestras aulas y de Após- 
tol el más célebre de las muchedumbres — como representación viva de la 
actuación múltiple del franciscanismo patrio^ lo mismo entre los hombres 
de ciencia que entre los hombres del pueblo (3). Así dan muestras de vita- 
lidad al exterior los religiosos de España en pleno siglo trece, manifes.tan- 
do prácticamente a los ojos del mundo, ser dignos miembros de una Orden 
en la cual — al decir del ilustre 'orador P. Sebastián de San Antonio — 
"han de contarse treinta emperadores, más de treinta emperatrices, ochenta 
y tantos reyes, cien reinas, más de mil príncipes y princesas, tantas Tia- 
ras, tantos Capelos, tantas Mitras, doscientas y cuarenta y seis Provincias 
{regulares) y más de nueve mil conventos, en los que han de vivir más de 
cuatrocientas mil personas... (4)". 

Finalmente, para que nada falte de grandioso en semejante conjunto, 
hallamos, entre los que rodean a San Francisco moribundo, representada a 
España en la persona de Fr. Felipe de Castilla, compañero del Táuxnaturgo 
Paduano, al cual cupo la suerte de ser de los primeros en ver y tocar los 
benditos estigmas del abrasado Serafín, y que pasó la vida en Italia, sem- 
brando prodigios a manos llenas, con aplauso y asombro de las muche- 
dumbres (5). 

A la vista, pues, de este cuadro de expansión, tiempo es que repitamos 



(O Vid. Crónica de los XXIV Generales, en Analecta Franciscana. Quarac- 
chi, t. III, 1897, pp. 33S-37. Ambos Antonios--dice el P. Bernardino Sderci da 
Gaiole — "no fueron realmente indignos de llevar el nombre del Taumaturgo de Pa- 
dua". (Vid. LApostolato di San Francesco e dei Francescani, Quaracchi, 1909, 
cap, XI, pp. 468-72). 

(2) Vid., P. LÓPEZ, La Provincia de España, etc., p. 380. 

(3^ "Gran gloria fué para nuestra nación que haya sido un Portugués el primer 
Maestro de la Religión Seráfica, que tantos hombres doctos ha dado al mundo" {,Ser- 
moes do Padre Mestre, Fr. Sebastiao de San Antonio, t. I, Lisboa, 1779, p. 18). Sin 
duda en atención a la ciencia del Santo Taumaturgo, es llamado en el Oficio li- 
túrgico de la Orden: "sidus Hispaniae" y "nova lux Italiae". 

(4) P. Sebastiao de Santo Antonio, Sermoes, cit., pp. 16-17. 

(5) Fr. Felipe recibe los honores del público culto, con el nombre de San Filipino, 
en Montalcino, celebrándose su fiesta el 25 de abril. — P. López, op. cit., pp. 217-220. 



- 56 - 

con Pardo Bazán, puesto el pensamiento en las futuras empresas evange- 
lizadoras de nuestros frailes: 

Dado estaba el impulso. Los Franciscanos habían aprendido a tomar el báculo y 
alforja y andar los caminos del universo. Al saber el suplicio de los cinco prótomár- 
tirés de Berbería, San Francisco casi se desmaya de gozo y bendice al convento de 
Alenquer, "donde brotaron aquellas cinco rojas y fragantes flores". Bendigámoslo 
también nosotros, porque estos que siguen al Cordero con la estola tinta en sangre, son 
bienhechores de la humanidad, preparan el suelo para la civilización. Ya los encontrare- 
mos do quiera, donde haya un palmo de tierra, no visitado aún por la cruz, siempre 
nómadas, siempre dispuestos a la suprema afirmación ante la cuchilla (1). 

Previo todo lo expuesto, quédanos aún por señalar la principal ac- 
tuación misional de los Franciscanos espaiioles en aquella primera época 
de la historia hispano-seráfica. Esta actuación tiene por norte la empresa 
ideada por el Seráfico Fundador, y que el gobierno español hizo suya 'tan 
por lo firme que no retiró de ella su mano protectora desde el siglo XIII 
hastai nuestros días. Describiéndola el P. Lemmens en su primera fase, ex- 
clama: 

Tanto San Francisco como sus primeros discípulos, dedicaron todo su celo a la 
cvangelización de los Sarracenos establecidos en Oriente, en el Norte de África y 
«•n el Sur de España... De tal modo es ésto cierto, que el mismo San Francisco fué 
quien envió los primeros misioneros a evangelizar la España Musulmana, Marruecos, 
Túnez, el Egipto, Siria y Palestina. (2). 

Pues, bien: dichas regiones de apostolado, primeras que entraron en los 
planes del gran Apóstol, son las que desde un principio atrajeron la activi- 
dad de los Franciscanos españoles. Estos, siguiendo la marcha triunfal de 
las huestes de San Fernando, establecen residencia fija en Baeza (1228), 
asientan sus reales en Ubeda (1234) y se dejan ver permanentemente en 
Córdoba y otros puntos, para así renovar en los pueblos recién conquista- 
dos al Islam la obra misional que en Valencia coronaron con el martirio, 
por los años de 1227, los llamados Mártires de Teruel, hermanos suyos de 
hábito, Beatos Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato (3). Estos, caminan- 
do sobre las huellas de nuestros cinco Santos Protomártires de Marrue- 
cos (1220) y de los siete más sacrificados en Ceuta (1227), inauguran su 
apostolado en Túnez, Berbería y el Magreb, fijando definitivamente en és- 
te último imperio los jalones de esa epopeya luminosamente heroica de las 
Misiones de Marruecos, que apenas si han logrado interrumpir las perse- 



(i) Colón y los Franciscanos, pp. 13-14- 

(2) Las Misiones Franciscanas, trad. del P. Fr. Pascual Bailón, O. F. M., 
Murcia, 1925, p. VIH. 

(3) Vid. P. A. LÓPEZ, La Provincia de España, etc., cit., pp. 307-09 y 86-94. 



— 57 — 

cuciones del islamismo en siete centurias (i). Y éstos son, por último, los 
que en las naves catalanas abordan a las playas de Oriente, y preparan con 
sus gestiones diplomáticas y apostólicas el terreno, para que la Orden Se- 
ráfica, bajo los auspicios de los monarcas de Aragón, penetre y se sostenga 
en los Santuarios de Palestina, abandonados por los Cruzados, haciendo 
que inauguren así, de hecho, nuestros Reyes las tareas de ese Real Patro- 
nato de los Santos Lugares, que en no interrumpida serie de siglos vela 
eficazmente, para honor del Catolicismo, por el explendor del Sepulcro 
de Ci'isto y demás Lugares de la Redención del linaje humano (2). La Es- 
paña oficial, cual si hiciera suyos los planes de evangelización del Caudillo 
Seráfico, no abandonó nunca en estos puestos de peligro a nuestros Misio- 
neros, y después de ver convertido a la fe todo el Sur de la Península, con- 
sideró siempre como timbre de honor apoyarlos con todo su prestigio y 
fuerza en Marruecos y en Tierra Santa (3), 'sin por eso despreciar la ayu- 
da de su cooperación misional en otros inmensos territorios; cooperación 
que nos obliga a exclamar con el P. Lemmens : 

A principios del siglo XV ya predicaban en las Islas Canarias, desde donde fácil- 
mente se extendieron por las costas de Guinea y el continente africano. Cuando al 



(i) Id. ibid., pp. 293-312. — Baste transcribir a este propósito, las palabras si- 
guientes, debidas a la pluma de un escritor ilustre: 

"Tolerados unas veces y perseguidos otras, si les destruyen sus conventos con pa- 
ciencia y amor los reedifican, aprovechando un período de bonanza ;^ fundan hospi- 
cios y nosi)itales, como el de Mequinez, edificado en 1691, llevan allí médicos peri- 
tos que extiendan sobre la fama de sus curaciones la simpatía hacia los^ frailes ,\ ejer- 
citan la caridad en grado heroico en tiempos de hambre, peste y demás calamidades 
públicas ; y libran a los cautivos cristianos de sus cadenas, compartiéndolas con ellos, 
y transformando con su presencia en verdaderos santuarios aquellos inmundos cala- 
bozos que Cervantes ilumina con su palabra para que los veamos, en los^ Tratos 
de Argel y al referir en el Quijote el episodio del cautivo.— Salvo breves períodos de 
tiempo, en que por severas ordenes fueron expulsados del imperio marroquí, así vi- 
vieron en él los frailes de San Francisco, logrando por su abnegación y virtudes, 
captarse las simpatías, lá admiración y el respeto de los musulmanes, y prestando 
eminentes servicios a España, que, celosa de sus intereses, en ocasiones diversas los 
acreditó como embajadores de sus reyes cerca del Sultán, y con él celebraron trata- 
dos y convenios, dispensándoles una acogida tan afectuosa como no la tuvieron nunca 
los representantes de las más poderosas naciones." (Juan Menéndez Pidal, Misio- 
nes Católicas de Marruecos, Álbum hispano-marroqtií. Barcelona, 1897, p. 19-20). 

Respecto a la impresión que en los Sultanes producía la conducta de nuestros Mi- 
sioneros, recordamos^ haber oído a uno de éstos — el M, R. P. José M.° Escola — que 
Mule3'- Ghassani tenía entre .sus adornos de palacio un cuadro del Seráfico Padre. 
Interrogado en cierta ocasión, por la causa, contestó: "Este hombre es uno de los más 
grandes que han venido a la tierra; pues, sin otras armas que su ejemplo, logra, des- 
pués de tantos siglos, mantener en pié por todo el mundo un verdadero ejercito de 
hombres que sólo piensan en sacrificarse por los demás". 

(2) En todo lo relativo a este particular, vid. nuestras obras España en Tierra 
Santa y Relaciones mutuas de España y Tierra Santa a través de los siglos, impresas 
respectivamente en Barcelona, 1909, y Santiago, 1912. Debido a ello, gozan los Reyes 
de España dd derecho de Patronato en los Santos Lugares, y se reza a diario por 
ellos la Oración Pro Rege, con la cláusula repetn nostrum en las procesiones solem- 
nes del Santo Sepulcro, Santuario de la Natividad (Belén), Santuario de la Anuncia- 
ción (Nazaret), etc. En el gran mapa de Ministros Generales de la Orden hecho en 
^759. por Andrés de Rossi y dedicado a Carlos III por el Rmo. P. Clemente de 
Panhormo, Mtro. gral., figura a la cabeza el escudo de Armas de España, uno de 
cuyos cuarteles lo ocupa el escudo de Tierra Santa. 

(3) Ibidem. 



-58- 

fin del mismo siglo los españoles y los portugueses descubrieron nuevos rumbos y 
nuevas tierras, tanto al Este como al Oeste, al momento los misioneros franciscanos, 
los hijos del Serafín de Asís, siguieron a los exploradores y descubridores (i) en las 
Antillas, en la América meridional, en la central y en la septentrional, como en la 
India y en la Indo-China: en las Filipinas, lo mismo que en la China y el Ja- 
pón. (2). 

En una palabra, diríase que para la actividad de nuestros apóstoles no 
había por ningim lado límites ni fronteras. ; Ah, bendita la hora en que el 
Seráfico Padre se decidió a enriquecer nuestra Patria con los elementos 
civilizadores de tan abnegadas huestes!... 

Saludemos, pue.s, a la nueva milicia apostólica, con estos versos del 
P. Pumarega: 

'¡ Salud ! Tu nacimiento tuviste allá en Umbría, 
tu incomparable herencia la tierra toda fué; 
Europa, y Asia y África, América, Oceanía 
bebieron presurosas el riego de tu fe. 

Desde que en el Alverne, con púrpura sangrienta 
la huella de mi Padre te dio un nuevo florón, 
a purpurinas fuentes lanzástete sedienta, 
y hallástelas en China, Marruecos y Japón (3). 



ü) No sólo los siguieron, sino que figuraron a su lado, convirtiéndose poco menos 
que en com.pañeros suyos inseparables. Sabido es que de Sevilla apenas salía una 
expedición sin llevar a bordo Fanciscanos. Y por lo que respecta a Portugal, el fran- 
ciscano Juan de Xira impulsó a Juan I a la conquista de Ceuta (1415)1 otros fran- 
ciscanos acompañaron a Gonzálvez Zarco y a Tristán Vas al descubrimiento de Ma- 
deira y Porto Santo, edificando en Madeira su primer convento el año 1475. En 1440 
habitaban ya en las Azores los conventos de Agrá y de la Praia. Encontrárnoslos, asi- 
mismo, en 1466 en Cabo Verde y en 1491 en Guinea y el Congo. Por los años de 1500 
ocho franciscanos van con Pedro Alvarez Cabral en la segunda expedición al Ex- 
tremo Oriente, expedición que una tempesiad arroja a las costas del Brasil, permi- 
tiendo así gue Fr. Enrique de Coimbra celebre en aquel territorio la primera Misa, 
y que siguiendo, luego, hacia la India, deje a tres de los frailes evangelizando en 
Calcuta y a cuatro en Cochim. Cuatro franciscanos más se embarcan en la siguiente 
expedición de Juan de Nova, otros más en la segunda de Vasco de Gama y gran 
número de los mismos en la de Alfonso de Albuquerque. Merced a estas expediciones, 
los Franciscanos portugueses extendieron su obra evangelizadora por dilatadísimas 
regiones orientales, singularmente en la India, en donde los halló más tarde San 
Francisco Javier, sosteniendo con ellos — singularmente- con Fr. Vicente de. Lagos 
— muy amistosas relaciones. No hay para que decir que a las demandas que de nue- 
vos operarios hacían al Rey de Portugal D. Juan III y a las que éste hizo, en tal 
sentido, al Papa Paulo III, obedeció la ida al Oriente de aquel gran Apóstol de las 
Indias Orientales. (Vid., J. P. Ferreiea, Orna (¡loria de Portugal no extremo Orien- 
te, publ. en Boletim Mensal da Ordem Terceira, Braga, 1823, pp. 129-134). 

(-) Lemmens, op. cit., p. IX, — En lo relativo a las Misiones franciscano-españo- 
las en Filipinas, India, China, Japón, etc., véase la obra del P. Lorenzo Pérez, Ori- 
nen de las Misiones Franciscanas en el Extremo Oriente, Madrid, 1916, en 8.°, 290 
páginas. 

Sobre las mismas Misiones, publica casi continuamente el mismo docto historia- 
dor trabajos meritísimos en Archivo íbero-americano de Madrid y en Archivum fran- 
ciscanmn Historicum, de Quaracchi. 

La actuación en China de los antiguos misioneros españoles, revive actualmente en 
el nuevo Vicariato español del Schen-si Septentrional, bajo la dirección de su primer 
Vicario Apostólico, hijo de la Provincia Seráfica de Santiago, limo. P. Celestino 
Ibáñez, obispo titular de Bagi. Este Vicariato ha sido confiado hace pocos años, a 
nuestra Provincia Seráfica de Cantabria. 

(3) Vibraciones, pp. 125-26. 



VI 



Los Franciscanos y España. - Relaciones con nuestros Reyes : amor de 
familia : el cordón franciscano en el escudo real : nuestro hábito sirvien- 
do de mortaja a los monarcas : la fiesta de San Francisco, fiesta nacional : 
el Santuario de la Casa de San Francisco Santuario español : los Ministros 
Generales de la Orden, Grandes de España. - Relaciones con la nobleza: 
llegada de Fr. Juan Párente : los Franciscanos acompañando a los con- 
quistadores : los em.blemas de la Orden en los escudos nobiliarios y en 
las fachadas de los palacios. - Relaciones con el pueblo : testimonios his- 
tóricos de los siglos XIII y XIV : empresas de apostolado : propaganda 
por el libro : obras de beneficencia : instituciones de enseñanza : devocio- 
nes y prácticas populares. 



En tanto, reflorece espléndido al exterior en los Franciscanos españoles 
el espíritu evangélico del Seráfico Patriarca, en la Península germina ma- 
ravillosamente, invadiendo, por decirlo así, todas las gerarquías sociales; 
desde lo más humilde a lo más encumbrado. El celo del Fundador alen- 
taba en ellos, y los favorecía para la propaganda el número, si bien no po- 
damos decir de aquellos primeros tiempos de la Orden, lo que decía en el 
siglo XVIII el célebre benedictino P. Feijóo, es a saber, que de este nú- 
mero de Religiosos 

le viene tener más de cincuenta mil Panegiristas, que son oídos de todo el mundo, 
porque su propio instituto les da ocasión para tratar con todo género de gentes y les 
congrega infinito número de devotos. (1). 

Merced, pues, a su espíritu apostólico y a su número, los Franciscanos 
logran establecer con todas las clases sociales de la Península, verdaderas 
relaciones de familia, comenzando por las propias Casas real.es, en donde 
vemos muchas veces florecer, por su concurso, la piedad, con no menos lo- 
zanía que en los claustros. Puede muy bien asegurarse que en ninguna 
Casa real de Europa se admira adhesión más sincera y honda y perma- 



^1) Vid. Justa repulsa, etc., escrita contra el franciscano P. Soto Marnií, impug- 
nador de sus escritos, Madrid, Imp. de Antonio Pérez, 1749, Prólogo. 



— 6o — 

nente al glorioso Fundador que en las de Castilla, Aragón y Portugal. Le- 
yendo el trabajo histórico del P. ATANy\sio López, titulado: Devoción de 
la Familia Real de España, a San Francisco y su Orden (i) vése clara- 
mente que las relaciones entabladas por los Franciscanos con San Fernando 
y proseguidas con Alfonso X, con carácter de verdadera intimidad de fa- 
milia, apenas si sufren eclipse en el decurso de los siglos hasta llegar al 
propio actual monarca Alfonso XIII, que vela solícito por los intereses 
franciscano-españoles en Tierra Santa y Marruecos, tiene a uno de los Re- 
ligiosos — al R. P. Federico Curieses — por confesor de la Casa Real y pre- 
side con toda su Real Familia la inauguración del Congreso Nacional 
Terciario de 1922. Hechos parecidos, vai'iadísimos, de toda índole, se su- 
ceden en las relaciones seculares de los Franciscanos con todos nuestros 
Monarcas. Difícil sería encontrar, en el decurso de tantos siglos, uno sólo 
que no les distinguiera con particular afecto, dando así ejemplo a los prín- 
cipes para hacer lo propio. De igual modo que doña Leonor, hija del Santo 
conquistador de Sevilla, dejó en legado su corazón a los Frailes Menores, 
a los caules — en frase de su hijo — , "profesaba entrañable amor" (2), no 
será temerario afirmar que la mayor parte de las personas reales lo tenían 
de ellos aprisionado en vida, llegando varios príncipes y princesas a entre- 
gárselo por completo, ingresando en la Orden Seráfica o en la de Santa 
Clara, enlazando Enrique III su real escudo de annas con el nudoso cor- 
dón seráfico y ordenando le amortajaran con el hábito de San Francis- 
co (3), y afiliándose casi todos en las milicias de la V. O. T. de Penitencia. 
Sirva de botón de muestra este párrafo de una carta de la reina doña San- 
cha de Mallorca, escrita en 1334 al Capítulo General de la Orden: 

Mi amor grande — exclama — a esta Religión, tan mía como vuestra y acaso más 
que vuestra inía, en la leche lo bebí y lo heredé con la sangre. Soy hija de Claramonda, 



(i) Publ. en El Eco Franciscano, 191 1, n.° de i de Octubre y sig. — Acerca del 
Franciscanismo en la Real Casa de Aragón, vid. P. Pou: "Visionarios, beguinos y 
fraticelos catalanes", publ. en Archivo ibero-americano, 1925, níim. de enero-febrero, 
p. 10 y sig. 

(2) Fué reina de Inglaterra, como lo fué igualmente Catalina, hija de los Reyes 
Católicos y esposa del desgraciado Enrique Vill. Catalina llevaba siempre debajo de} 
traje, como Terciaria, el hábito de San Francisco, ayunaba los viernes y sábados y 
vigilias de la Virgen y pasaba cada mañana seis horas en la iglesia. (Vid. Vera et 
sincera Historia Schismatis Anglicani. De ejus Origine et Progressu, composita A 
R. D. Nicolao Sandero, anglo, Doct. Theologo, aucta per Eduardum Risthorum. 
Coloniae Agriphinae, 16-28, pp. 4 y 5 — ^y Wadingo, Anales, etc. (ed. 1535) "• 7> 2." 
ed., p. 387. 

&) Vid. P. Lorenzo Pérez, "Los Duques de Pastrana", publ. en Archivo ibero- 
americano, 1922, núm. de julio-agosto, pp. 48-49. — A su vez, Enrique IV, distinguió 
entre las maravillas artísticas con que inundó el Alcázar famoso de Segovia, la sala 
destinada a gabinete y despacho dé reyes, tomando como asunto decorativo de la misma 
el cordón franciscano; por lo cual es llamada la Sala del Cordón. Ocúpase de la 
misma Eugenio Colorado, en Segovia: ensayo de una crítica artística, (Segovia, An- 
tonio San Martín, 1908, p. 85), y ha sido publicada su fotografía en La Esfera de 
Madrid, número del 3 de octubre, 1925, ilustrando un trabajo de Ángel Dotor, titu- 
lado: "Visión de Segovia". 



— 6i — 

reina de Mallorca, de santa memoria e hija de la Orden Tercera de San Francisco... 
Soy hermana de Fr. Jacobo de Mallorca, Primogénito de mi casa, que por vestir, 
vivir y morir en el pobre saco de San Francisco, despreció la púrpura, el cetro y la 
corona. Soy del linaje clarísimo de Santa Isabel de Hungría, hermana uterina de la 
madre de mi padre, el rey Jacobo de Mallorca... Yo no os puedo llamar siervos, sino 
hijos míos, y con más ternura que si os hubiera engendrado, porque es mucho más 
castizo, más verdadero, más íntimo el amor del espíritu que el de la carne. (1). 

¿Puede darse nada más tierno, expresivo y elocuente, que estas frases 
salidas de un corazón virtuosísimo? 

No es, pues, de admirar que se gloriasen nuestros Reyes de seguir las 
huellas del Serafín de Umbría, y que los instantes postreros los utilizasen 
para dar de ello elocuentes testimonios. San Fernando antepone a todas sus 
glorias el honor de ser amortajado con el hábito franciscano (2); y casi 
en nuestros mismos días hemos visto a Isabel II y al rey consorte D. Fran- 
cisco de Asís, emulando este amor seráfico de sus antepasados. Su hija, la 
infanta Doña Paz, tía de nuestro Monarca, canta al recordar el sepelio de 
una y otro: 

Estaban ambos vestidos 

del hábito franciscano, 

y ningún poder humano 

les diera tanto esplendor. (3). * 

Pero, ¿a qué pretender agotar aquí un tema inagotable? Baste consig- 
nar, para concluir, tres hechos, que quizá no hayan tenido igual en nación 
alguna: el del rey D, Juan II, que en 24 de febrero de 1420 publicó im 
edicto ordenando se guardase en todos sus dominios comio día festivo el 
de la fiesta del Santo — disposición que se observó hasta la restricción de 



(i) Vid. Crónica XXIV Generalum, en Analecta Franciscana, t. III, p. 509. 
— Este amor, que parece ser herencia en nuestros monarcas, llegó hasta a colmar de 
privilegios a los subditos que se prestaban a hacer de Síndicos en nuestros Conventos, 
o recibían de ordinario en sus casas, como huéspedes, a los Religiosos. Data la primera 
concesión de tiempos de Sancho IV, o sea, del último tercio del siglo XIII, con res- 
pecto a los Síndicos, y de los de Carlos V, con respecto a los segundos, según docu- 
mentos que obran en el Archivo de nuestro Colegio de Santiago (Carp. 52-2, n.° 3), 
eximiéndolos de muchas cargas comunes, como del hospedaje a las tropas, contribu- 
ciones, etc. Las casas reconocidas oficialmente para hospedar a los frailes alcanzaban 
en 1Ó83, sólo en Galicia, la cifra de mil ciento setenta y dos (Ibid., n. 2, p. 12). 

De esta conducta de los monarcas, aprendían las Autoridades subalternas a com- 
portarse generosamente con los Religiosos. Así vemos, por ejemplo, que el Concejo 
de Noya, al señalar en 1569 las condiciones impuestas al médico titular de la villa, 
incluye entre ellas la de servir gratis a los frailes de San Francisco (Pablo Pérez 
CosTANTi, Notas viejas galicianas, t. II, Vigo, impr. de los Sindicatos Católicos, 
1926, p. 178); 

(2) Vid. Wadingo, Annales, t. III, ad. an. 1252, p. 280. — En la información de 
reconocimiento del Santo, hecha en 1468, fué hallado vestido con túnica talar de paño 
y con la cabeza protegida por el mismo paño, que los testigos no aciertan a decidir 
si tiene forma de corona o de capilla. Acia Sanctorum, Maii, t VII, p. 375. 

(3) Colección de poesías religiosas, escogidas -entre las que se publicaron en "El 
Eco Franciscano", Barcelona, Fidel Giró, p. 124. 



— 62 — 

fiestas hecha por Urbano VIII, pero que restableció, luego, Felipe IV, a 
lo menos para la clase libre (i) ; el del i"ey Felipe III erigiendo a sus ex- 
pensas un magnífico Santuario en el solar de la casa donde nació el Se- 
ráfico Fundador (sobre el cual ejerce aún hoy día España su Patronato) 
y enviando cuantiosas limosnas a favor de mejoras introducidas en el Sa- 
cro Convento de la Basílica de San Francisco (2), y, por último, el honor 
concedido de muy antiguo del título de Grandes de España a favor de los 
Ministros Generales de la Orden, con el carácter de Grandes de primera 
clase, que en 1665 les ratificó Felipe IV (3). Y si, tal vez, se deseara prue- 
ba real de afecto aún más expresivo, nos la daría Carlos II, el cual llegó 
a sentar algunos días a su mesa, en el regio sitio de Aranjuez, a más de 
doscientos cincuenta religiosos de la Orden (4). 

Estos ejemplos de nuestros reyes, contaron con dignos émulos entre la 
nobleza española, de los que no nos aventuramos ni aún a tejer breve sín- 
tesis, por juzgarlo poco menos que imposible, dada la abundancia de los' 
datos que se conservan. Si desde un principio existieron relaciones amisto- 
sas entre los Franciscanos y la nobleza, éstas debieron aumentar conside- 
rablemente con motivo de la llegada a la nación de Fr. Juan Párente, en 



'.U P. LÓPEZ, ibid. n." cit, p. 644. 

('-) P. Pou: "Felipe III y los Santuarios Franciscaiios de Italia", publ. en Archivo 
ibero-americano, igiS, núm. VIII, p. 212 sigf., y 1916, niím. XIII, p. 74 sip._ 

Los cristianos de Marruecos, puestos bajo la dirección de nuestros Religiosos, con- 
tribuyeron con sus limosnas a la erección de la Basílica de Asís, según nos lo dice 
el P. LÓPEZ, apoyado en la autoridad de Cristofani. Vid. La Prov, de España, cit., 
PP. 379-80. 

El primero de los españoles en favorecer a los Religiosos, domiciliados a la som- 
bra del Sepulcro del Santo, fué, sin duda, el gran Cardenal Albornoz, el cual cons- 
truyó a sus expensas un nuevo brazo del Sacro Convento de Asís, para que fuese des- 
tinado a Enfermería. (Vid. P. León Bkacaloni, L'Arte franciscana, etc., Tode, 1924, 
D. 81). 

(3) P- José M." Pou "Sobre la Grandeza de España, a favor de los Generales 
Franciscanos". Publ. en Archivo ibero-americano, 1919, n. XXXI, p. 8 y sig. — Felipe 
IV, después de confirmar este título, dice, en su despacho del 24 de octubre: "y si por 
respeto al hábito de sus santos Fundadores, más pudiéramos con nuestro . decoro ha- 
cer, mucho más haríamos en su obsequio". — También "tiene categoría de Grande de 
España", en representación de la Segunda Orden Seráfica, la Abadesa de las Descal- 
zas Reales de Madrid, si hemos de creer a Gustavo Morales, en Madrid de mi vida- 
Añoransas, Madrid, Gráfica Universal, 1924, p. 327. 

(4) P. LÓPEZ, en El Eco Franciscano, 191 1, p. 737. — La Orden Franciscana sabía 
corresponder, por su parte, a las pruebas de amistad de nuestros Reyes, en forma la 
más elocuente y persuasiva. Entre mil ejemplos que pudiéramos aducir, preferimos, 
como más eficaz, el de la publicación de los grandes mapas de la Orden, corres- 
pondientes el uno a la serie de Ministros Generales, dibujado y esculpido en Roma, 
1759, por Andrés de Rossi, y el otro a los Santos de la Orden, del año siguiente, de- 
bido al mismo renombrado artista. Ambos llevan al frente el escudo de España, y 
al final las dedicatorias siguientes: Carolo III Hispaniarwn, Indiarum et utriiisqúe 
Siciliae, Regí Catholico, Decessorum Reqmn, oui Ordinem Franciscanum perpe- 

rUIS BENEFICIIS 0RNARUNT, EIUSQUE MINISTROS GENERALES HlSPANIAE ESSE MAGNA- 
TES yoLUERUNT, non minus^ tantae pietatis qnam amplissimi Impertí haeredi, sericw 
Ministroruín Generalium eiusdeni Ordinis offert _ consecratqne. — F. Clemens a Pan- 
hormo, Ministcr Gencralis LXXXVIII. — Marice Amalice Hispaniarum Indiarmn- 
quc Regina; Catholicce cuius in Ordinem Franciscanum pietatem egregiam percunta 
ET magna BENEncENTi^ TESTANTUR EXEMPLA, scricm Sanctorum Beatorumqué se.vus 
utriusq. eiiisdem- Ordinis offert. — Frater Clemens a Panhormo, Minister Generalis 
LXXXVIII. 



-'63- 

calidad de segundo Ministro de la Provincia de España, por los años de 
1218. Traía el nuevo Ministro cartas de recomendación para los reyes, los 
obispos y los magnates; y tal resonancia debió adquirir su aparición en 
medio de la Corte, que uno de los escultores que a la sazón trabajaban en 
las portadas de la Catedral de Burgos, quiso dejar allí consignada la esce- 
na, para perpetua memoria. Aparece en ella un Franciscano en actitud de 
presentar su Regla al rey y a la reina de Castilla, que lo> eran, por aquel 
entonces — en caso de ser el franciscano, Fr. Juan Párente — San Fernan- 
do y su esposa doña Beatriz, De donde parece deducirse que el hecho debió 
atraer la atención en la Corte y facilitar así el contacto de los Franciscanos 
con la nobleza, entre la cital no tardan en adquirir prestigio, toda vez que, 
cuando la conquista de Sevilla, dos de ellos acompañan a San Fernando, y 
se hallan ocupando vistosos puestos, es a saber : Fr. Lope de Asin, el Obis- 
pado de Marruecos, y Fr. Pedro González Gallego, el de Cartagena; y 
cuando la conquista de Valencia, acompañan al rey D. Jaime los Francis- 
canos Fr. Iluminado y Fr. Pedro Sude (i). De hecho, a individuos de la 
nobleza, se debe la fundación de muchos de nuestros conventos : de indivi- 
duos de la nobleza son la mayoría de los enterramientos y Misas de funda- 
ción que había en nuestras iglesias, y aún se dá el caso de que el entusias- 
mo franciscano les haya obligado a veces a utilizar asuntos de la Orden para 
ornamentación de las fachadas de sus palacios, cual acontece, por ejemplo, 
en el de los Condestables de Castilla, en Burgos, y en el de la calle de 
Herradores, en Valladolid, llamados ambos Casas del Cordón por haberse 
valido en ellas los arquitectos, como de motivo ornamental, de nuestro 
cordón seráfico (2). 

No faltaron, por último. Casas de rancia prosapia que llevasen como 
timbre de honor este mismo cordón a figurar entre sus distintivos de glo- 
ria, cual ocurre con la de Quirós, que, por extraño constraste, en tomo a 
este hinchado lema: "después de Dios, Quirós", forma adorno con tal 
símbolo de humildad a los prestigios de su escudo de armas (3). Ni debe 
extrañarse que el cordón seráfico figure como símbolo de preferencia en- 
tre J,os nobles, como figura también entre varones ilustres de otras clases ; 
pues, el enérgico Sr Claros, que lo ostentaba con orgullo, no temía afir- 
mar ante el Parlamento español de 1867, que 



(i) Vid. JovELLANOS, Obras, t. I (publ. en Biblioteca de Autores Españoles, de 
Ribadeneira, t. XLVI), p. 431- 

(2) P. Ramón M.* Blanco: "El cordón de San Francisco, motivo arquitectóni- 
co", publ. en El Eco Franciscano, 191 1, p. 116-118. 

(3) p. DÍAZ DE San Buenaventura, Primera parte del Espejo Seráfico, al fsnal 
de la "Dedicatoria", que lleva la fecha de 1682. 



-64- 

El humilde cordón de San Francisco, puede, no solamente adornar las banderas 
pacíficas de un hombre parlamentario, sino ilustrar las del más bizarro de nuestros 
regimientos (1). 

Pero, donde en realidad hallaron los Franciscanos elemento inmejora- 
ble a la difusión del espíritu de su Seráfico Fundador, fué en medio de las 
clases humildes. Viviendo, como vivían, del trabajo y de la mendicación, 
sin bienes ni rentas, su propio método de vida les ponía forzosamente en 
contacto con el pueblo, con el que se comunicaban y rozaban casi de continuo, 
dándoles ocasión el estado de necesidad en que se hallaba para ejercer con 
más frecuencia su apostolado de caridad y de doctrina. 

Ya a raíz de la muerte del Seráfico Fundador, nos dice el famoso Lu- 
cas DE Tuy: 

en aquel tiempo se construyen por toda España monasterios de Frailes Predica- 
dores y de Frailes Menores, y se predica por doquiera la palabra de Dios (¡2); 

y la Crónica de los XXIV Generales asegura que por la misma época flo- 
recieron en España muchos frailes conspicuos en santidad y prodigios, y 
consiguientemente verdaderos apóstoles en sentido evangélico (3). Más 
'tarde, en el último tercio del siglo XIV, es D. Juan I, rey de Aragón, quien 
escribe al Ministro General de la Orden, manifestándole 

el íntimo afecto de devoción que profeso, entre las demás Ordenes que sirven al 
Seilor, a Vuestra Orden, tan esplendente con obras de claridad en la santa Iglesia 
de Dios (4). 

Y antes de D. Juan I de Aragón, o sea, a fines del siglo XIII y co- 
mienzos del XIV, pondera los servicios de Dominicos y Franciscanos a 
favor del pueblo, un magnate de la Corte de Castilla, el príncipe D. Juan 
Manuel, nieto de San Fernando, al escribir en su Libro de los frailes pre- 
dicadores : 

como quier que las Ordenes et religiones son muchas, et muy sanctas, sabed que 
dos órdenes son las que al tiempo de agora aprovechan más para salvamiento de las 
almas et para ensalzamiento de la sancta fe católica; et esto es porque los destas ór- 



(i) Vidr en El Pensamiento Español, 1S67, p. 365, su discurso pronunciado a fa- 
vor de los Franciscanos de Olite. 

(2) "Eo tempore per totam Hisponiam Fratrum. Praed¡cato,rum et Fratrum 
Minorum construuntur monasteria, ct ubique verbum Dei praedicatur ". Acta Sancto- 
riirii, Maii, t. Vil, p. 299. — Lo propio dice Fr. Juan Gil de Zamora en la "Vida del 
.San Fernando". 

(3) Vid. Analecta cit., t. III, pp. 33S y sig. 

(4) "...Ínter ceteros Ordines Altissimo servientes, erga Ordinem vestrum, ope- 
nim claritatis prcfulgidum, in ecclesia santa Dei, geramus intime devotionis aífec- 
tum". Carta del 20 de septiembre 1387, publ. por el P. Andrés Ivars en Archivo 
ibero-americano, 1925, núm. LXVIII, p. 249-250. 



- 65 - 

denes predican, et confiesan, et han mayor afacimiento con las gentes, et son las de 
los frailes predicadores et de los frailes menores (1). 

A tiempos muy antiguos, pues, debe remontarse ese ejercicio del mi- 
nisterio apostólico, casi constante, por pueblos y aldeas, hondamente re- 
novador del espíritu y costumbres cristianas, que eternizó en la historia el 
nombre de muchos celebérrimos misioneros franciscanos, entre los cuales 
merece especial mención el P. Fr. Antonio das Chacas, al cual llama en 
1 701 el editor de sus "Obras Espirituales", Primer Misionero Apostólico 
en este Reino de Portugal y Fundador del Seminario de Varatojo, desti- 
nado a Misiones, creando así un semillero de apóstoles que prosiguiesen 
su empresa (2). Por tales medios, puestos los Franciscanos en continuo 
roce con el pueblo, tenían forzosamente que convertirse en servidores 
suyos. 

Bien puede, por lo mismo, generalizarse la afirmación que, hablando 
de nuestros religiosos de Orense, hace el ilustre historiador Murgüía, en 
su obra Galicia: 

Los Franciscanos — exclama — eran del pueblo, por él sufrían, con él estaban para 
todo (3). 

Por otra parte, es de suponer que la gloria de Francisco de Asís, céle- 
bre en toda Europa, no tardaría en divulgarse entre las multitudes, cuando 
escritor de la talla del célebre historiador LudAS de Túy — que es muy fá- 
cil haya conocido y tratado al Santo, de igual modo que trató al famoso 
Fr, Elias de Cortona — no pierde conyuntura para encomiarle en sus obras, 
tan estimadas a la sazón por el público. Consta, por lo menos, que en las 
Vidas de los Santos del dominico español Fr, Rodrigo de Cerrato, que 
corrían entre el vulgo del siglo XIII, se hallaba con las demás la vida de 
nuestro Santo; que otra vida del mismo Santo escribió entonces el eminen- 



(i) Vid, Biblioteca de Autores Esl>añoles, de Ribadeneira, t. LI: "Escritores en 
prosa anteriores al siglo XV", Madrid, 1860, pp. 364-65. 

(2) Dícenos la Condesa de Atouguía, en sus Memorias Autobiográficas, que 
^" 1737, siendo de edad de, quince años, y repugnándole mucho oir sermones, fué obli- 
gada por su madre a asistir a los de unos misioneros franciscanos de Varatojo, y^ lo 
hizo con desagrado y violencia; mas, luego, oyó con gusto al que predicó y volvió a 
su casa hecha un mar de lágrimas, iniciándose entonces en ella un cambio radical de 
vida, (Vid. Valerio A, Cobdeiro, S, J., Memorias da líltima Condesa de Atoxiqtiía, 
Pontevedra, 1916, p. 16). 

(3) Impresa en Barcelona; 1888, p. 960, nota. — Una de las ocasiones en que más 
se echa de ver la unión de los franciscanos y del pueblo, nos la ofrece el perÍ9do 
de la guerra de la independencia, según puede admirarse leyendo Héroes y Mártires 
fiallcffos, del P. Legísima (Santiago, Tip. de El Reo Franciscano, 1912) y Los Frailes 
í'ranciscanos en Cataluña, por el P, Francisco Aragonés, (Barcelona), E, Rodrí- 
guez SoLÍs, al ilustrar su obra Los guerrilleros, en 1808 (Madrid, Impr, de F, Cao, 
1887, cuad, n, p, 12) con un grabado en el que aparece el P, Juan Rico, llevado en 
triunfo por el pueblo, por las calles de Valencia, traza, sin pretenderlo, la apoteosis 
de nuestro franciscanismo hereditario. 

Franclscanismo.— 5 



— 66 — 

te franciscano Fr. Juan Gil- de Zamora, y que otro escritor franciscano 
de primera talla, Fr. Francisco Eximenis, propagaba también en sus es- 
critos los episodios biográficos del gran Apóstol de la Edad Media (i). Al 
lado de éstos doctísimos escritores de la época, ¡cuántos otros no tendrían 
a gala consagrar su pluma a enaltecer las virtudes del Serafín de Asís, 
para hacerlo así más conocido y estimado de nuestro pueblo ! Tanto llega- 
ron a difundirse los hechos del Santo, que Fr. Luis de León pudo decir 
en su tiempo, al redactar el prólogo de la primera edición de las obras de 
Santa Teresa: 

Las historias de las Ordenes de los Santos Domingo y Francisco andan en las 
manos y en los ojos de todos (2). 

¿Cómo, pues,, no hacerse eminentemente popular nuestro instituto en 
la Península? 

Agregúese a lo dicho, su actividad continúa en obras de caridad y la 
protección que dispensaba siempre a los necesitados, especialmente a los 
hijos del pueblo que se veían impedidos, por falta de recursos, de seguir 
la carrera de letras. Famosísima se ha hecho, la que dio en llamarse la sopa 



(i) P. López, La Provincia de España, etc., cit., pp. 93 y asS-so- 
(2) Carecemos de datos suficientes para trazar un resumen bibliográfico de las 
Vidas de San Francisco publicadas en estos últimos tiempos en España y América. 
La laboriosa formación de la Orden en nuestra Patria, tras el largo eclipse de la ex- 
claustración, apenas si permitió otra cosa que ofrecer al público traducciones de las 
obras más conocidas en el extranjero,_ si exceptuamos el admirable San Francisco de 
Asís, de Pardo Bazán, el San Francisco y su Convento de Asís, de Castelar (muy 
entusiasta pero dé tendencias a lo Sabatier), la Galería Seráfica del P. Francisco 
Mestres (Barcelona, 1857)), Historia de San Francisco de Asís, por Daurignac 
(trad. esp., Santiago, 1878), El Serafín Encarnado, Barcelona, Tip Católica de la ca- 
lle del Pino, 5, 1879, y otras de escasa importancia. Las que más se han difundido ac- 
tualm.ente entre el vulgo, son Vida popular de San Francisco, por el P. Pelegrín de 
Mataró, o. M. C, edic. Vilamala; Vida de San Francisco de Asís para el ptueblo, 
por el P. Alfonso M." Santarelli, O. F. M., trad. del P. José M.' Otin (edc. Vila- 
mala, 1923), Vida de San Francisco de Asís, por el P, Leopoldo de Cherancé, Ma- 
drid, 1883) ; (hay otra trad. hecha por Josefa de Cusnia, Terciaria, Barcelona, 1910, 
en 8.°, 424 pp.), y Vida popular de San Francisco, por el P. Luis Nieto (Barcelona, 
1912). Han llamado también mucho la atención entre nosotros, las Vidas de San 
Francisco, de los dos grandes convertidos franciscanófilos, Joergensen y Chester- 
ton. Del primero tenemos dos traducciones, del P. Antonio Pavez y del R. M. Ten- 
REiRO (edic. de La Lectura, en 8.°, 596 pp.), respectivamente. También fué editada por 
el P. Pavez, en Santiago de Chile, la obra del P. Pascual Robinson, titulada; El 
verdadero San Francisco de Asís. Juntamente con estas obras merece colocarse, el 
Espejo de perfección franciscana, de la Srta. Mascaró, y El verdadero Fraile Me- 
nor, del P._ Ghilardi (ambos de las editoriales Gili, de Barcelona), la Brevísima re- 
seña histórica de la Orden Franciscana, por el P. Antonio M." de Barcelona, O. M. 
Cap. (Barcelona, 1918), La Historia de los Frailes Menores del P. Lanciano, O. F. M., 
trad. por el P. Benito Sastre del Río, O. F. M., y el A. B. C. Franciscano, de los 
PP. Narciso Nieto y Pedro R. Pumarega, O. F. M., libritos tan conocidos entre 
jiosotros. La revista San Antonio, de la Habana, nos anuncia en su número de di- 
ciembre de 1924, p, 745, que el P. Luís Sarasola. de la Provincia Seráfica de Can- 
tabria, está trabajando en una nueva vida de San Francisco, que esperamos sea dig- 
na de su pluma, y en el núm. de enero de 1925, p. 28, agrega que igual tarea tiene en- 
tre manos la egregia poetisa chilena Gabriela Mistral, como consecuencia de su re- 
ciente, visita a la ciudad de Asís. El tema de la vida del Poverello es inagotable, y si- 
gue ejerciendo cada día mayor atracción entre los más preclaros iníjenios. 



- 6; - 

de los conventos, que facilitó a España la formación literaria de muchos de 
sus ingenios, a los que proporcionaban los frailes alimento gratuito y dejó 
como recuerdo los atributos del tenedor y la cuchara que usan en el tri- 
cornio — cuando ostentan su traje típico — los estudiantes de nuestras Uni- 
versidades. Ni es, tampoco, menos conocida la obra de los Franciscanos, 
de abrir, en todos sus conventos. Escuelas de Artes y aún Escuelas ele- 
mentales gratuitas, que tanto contribuyeron al fomento de la cultura na- 
cional. 

Pueblo hay en España de más de mil vecinos — escribe Roselló — que tenía un Con- 
vento de Franciscos con catorce frailes, y se enseñaba en él desde las primeras le- 
tras hasta la Teología; mantenía diariamente más de treinta estudiantes pobres y 
acaso otras tantas familias necesitadas del pueblo mismo (i). 

Merced a estos y a otros muchos aspectos de la actuación de nuestros 
religiosos, el espíritu de la Orden Seráfica llegó a penetrar tan íntima- 
mente en el corazón del pueblo español, que adquirió aura popular entre 
nosotros todo cuanto lleva el sello del carácter franciscano, sobresaliente, 
más que otra cosa, en la floración de la piedad cristiana, 

inmutable en su esencia — dice Brou — pero no en sus formas externas. Puramen- 
te litúrgica y simbólica — añade— en la alta Edad Media, hízose en el siglo XIII más 
escolástica y doctrinal : luego tendieron sus vínculos tradicionales, aunque sin rom- 
perse, a desarrollarse separadamente, bajo la influencia de las Ordenes Mendican- 
tes, en, los cultos afectivos y místicos de la Pasión, la Eucaristía y María Santí- 
sima (2), 

adquiriendo modalidad en los Franciscanos y pasando de ellos al pue- 
blo, en prácticas tan laudablemente hermosas y tan generalizadas entre 



(i) Mina de oro, Madrid, 1845, p. 204. — Puede verse, por vía de ejemplo, lo que 
hacían en tal sentido los Franciscanos en Ribadavia y los personajes ilustres que allí 
se educaron, en nuestro librito Los Franciscanos en Ribadavia, Santiago, 1924, 
PP- 35-40.— Tan abundantes llegaron a ser los centros de enseñanza en España, mer- 
ced a la actividad de los -.Franciscanos y de otras Ordenes Religiosas, que no faltó 
quien los considerara como un peligro para la agricultura y la industria, entre ellos 
Pedro Fernández de Navarrete en su obra Conservación de monarquías (1626), en 
donde se lamenta de que haya "en tan corta latitud como la que tiene España... trein- 
ta y dos Universidades y más de cuatro mil Estudios de Gramática (Filosofía y Ar- 
tes), daño que va cada día cundiendo (I)". (Cit. por A. Salcedo Ruiz, La Literatu- 
ra Española, Madrid, Calleja, 1915, t. II, p. 138.). 

En lo que respecta al éxito con que en nuestros Conventos se realizaba la ense- 
ñanza de los seglares, véase, como muestra, lo que Josef Vieira y Clavijo escribe 
en Elogio de D. Alonso Tostado (publ. en "Colección de las obras de elocuencia y de 
poesía premiadas por la R. A. Española", part. i.', Madrid, 1799, p. 181. Después de 
presentarnos a Tostado como de origen humilde, manifiesta que "venció desde su 
primera infancia, entre los franciscanos de Arévalo, las tortuosas dificultades de la 
wamática y de la Retórica..., de suerte que su primer uso de razón fué usar con 
lacuidad del arte de analizar los pensamientos y de mandar las pasiones. Estas fueron 
— concluye — las armas con que se presentó en el campo de la Universidad de Sala- 
manca...". 

. (2) Cit. por el P. CordeirOj S. J., en Memorias da última Condessa de Atouguia, 
cit., mtrodugao, p. XXI. 



— 68 — 

nosotros, como, por ejemplo, la devoción del Vía-Crucis, importada de 
Jerusaíén por nuestros frailes, la práctica de los Nacimientos, a que dio 
margen la función de Navidad ingeniada por San Francisco en Greccio,, 
la costumbre tan simpática del toque de Ángelus, instituida por San Bue- 
naventura, la tan común de usar para mortaja el hábito del Santo (i), y 
sobre todo, el entusiasmo despertado a favor de la Concepción de María 
Santísima, que mereció a nuestra nación el título de Nación de la Inmacu- 
lada y que obligaba a cantar en los templos : 

A la Religión sagrada 
de San Francisco debemos, 
que en alta voz te cantemos 
el blasón de Inmaculada (2). 



(i) a partir de tiempos de San Fernando, hallamos generalizada la costumbre 
d<; que el sayal franciscano se utilice como mortaja, aún por personajes tan ilustres 
como Enrique III y la Reina Católica. Esta costumbre tomó más firme arraigo en 
el reino de Aragón, en donde son muchos los reyes, condes, etc., sepultados en^ tem- 
plos de la Orden o con hábito de San Francisco, según puede verse en Epigrafía ca- 
talana en la Edad Media, publ. por Antonio Elias de Molins en Revista de Archi- 
vos, Bibliotecas y Museos, t. XV y XVI. De Esiiaña pasó esta costumbre a Améri- 
ca, siendo los conquistadores los que dieron el ejemplo; puesto que nos consta que 
hallándose enfermo Hernán Cortés, en su campaña de Honduras, se agravó "de tal 
manera — dice Eduardo Martínez López — que se temió por su vida, llegando hasta 
hacerle un hábito de San Francisco para enterrarle". (Vid. Historia de Centro- Amé- 
rica, Tegucigaljja, Tip. Nacional, 1907, cap. VI, p. 76). Ni fueron tampoco ajenos a 
tan piadosa práctica los más famosos de la independencia americana, ligados por 
vínculos de amistad a nuestros religiosos. (Vid., por ejemplo, "El General San Mar- 
tín y los Franciscanos", publ. en El Plata Seráfico, cit., 1920, p. 35 sig.). Hablando 
Benjamín Vicuña Makenna, en La corona del héroe, de la inhumación en Lima de 
los restos mortales del jefe de la independencia de Chile, General D. Bernardo O'Hi- 
gins, nos dice que, al abrirse el sepulcro, se vio con admiración que los recubría "la 
mortaja del religioso franciscano, sobre la cual se veían los blanquizcos nudos de la 
íuerda; la capilla calada, los brazos cruzados sobre el pecho y los pies descalzos, de- 
jando ver las falanjes de los huesos, unidos todavía por sus ligamentos... Bajo el 
iiábito franciscano estaban ocultos el kepis y la casaca militar ' . (Vid. la Rev. de 
Chillan-Chile-£Z Misionero Franciscano, 1925, p. 188.). 

Tan general costumbre, dio margen a leyes especiales del Gobierno sobre expen- 
dicíón de mortajas de San Francisco, que hemos recordado en nuestro folleto Los 
/franciscanos en Ribadavia, Santiago, 1924, pp. 40-41, y que sirven de prueba indi- 
recta al arraigo que entre nobles y plebeyos logró adquirir. 

Bien podemos concluir, por consiguiente, con el Profesor de la Universidad Com- 
\)ostelana, Sr. Cotarelo Valledor: "nuestras más insignes figuras históricas no va- 
cilaron en seguir las huellas del más grande de los humilde.*> ciñendo su emblemático 
cordón y amortajándose con su hábito pardo, como si aún en las negruras de la 
tumba quisieran testificar de su humildad. (Disc, publ. en la Crónica del pripter Con- 
greso Nacional Terciario de Santiago de Compostela, Santiago, 1909, p. 147.). 

(2) Todo lo dicho en este capítulo, se halla brillantemente confirmado, por un 
distinguido Religioso exclaustrado, el P. Mestres, el cual escribe en Galería Será- 
fica, t. I, pp. 284-85: 

"Quisiera saber dignamente ponderar la devoción constante que han tenido a 
la franciscana familia nuestros católicos monarcas, la religiosa nobleza española y la 
honrada plebe de nuestra patria.^ Dan de ello testimonio los multiplicados cenotafios 
de personas distinguidas que había en nuestros claustros, y las muchas limosnas pro- 
cedentes de gente, poco acaudalada las más veces, con que se alimentaban nuestros 
numerosos conventos. Seiscientos, años habíamos estado en España: durante este lar- 
go período, la política había presentado varios aspectos, y constantemente habíamos 
sido apreciados y queridos del rey, de la nobleza y de la plebe. El franciscano, hoy 
comía en el palacio del grande, mañana en la choza del pobre, y en todas partes era 
bien visto. Tan pronto desempeñaba una embajada importante, como curaba a un 
menesteroso; se hacía todo para todos". Y descendiendo a casos concretos de la con- 



-69- 

Enlazando, finalmente, tales recuerdos de la influencia seráfica, con el 
de la venida a España del glorioso Fundador, no estará por demás repe- 
tir con el Sr. Esténaga: 

La interna emoción que produjo el paso de aquel pobre peregrino por nuestra pa- 
tria, se ha agigantado con los siglos. Sus religiosos hicieron gloriosas las huellas de 
aquellos benditos pies descalzos, las que ni aún el tiempo, que todo lo consume, ha 
podido borrar, porque dejaron tras sí la estela luminosa de millones de hijos que 
visten el pobre sayal y llevan los pies descalzos (1). 



vivencia familiar de franciscanos y españoles, señala como empresa común de ambos 
la conservación y guarda de los Santos Lugares y la devoción al misterio de la Con- 
cepción Inmaculada, y concluye: "estos dos hechos hacen franciscana a la España 
y española a la Orden Seráfica". 

(i) Disc, publ. en Legísima. Crónica, cit., 1922, p. 297. 



VII 



La Tercera Orden en los dominios españoles. - Su origen. - Miembros 
ilustres. - Terciarios ' de hábito descubierto. - Terciarios viviendo colegial- 
mente. - Terciarios Regulares hospitalarios. - Terciarios seglares: su nú- 
mero e importancia entre la nobleza y el pueblo. - Su reflorecimiento en 
Portugal. - Su difusión por América y demás Misiones españolas. - Leyes 
pontificias para nuestros Terciarios. - Manifestaciones públicas. - Frutos 
de santidad. - Empresas, de beneficencia. - Antes y después de la 

exclaustración. 



Todo este movimiento de relaciones entre los hijos de San Francisco 
y los españoles, se condensa, por decirlo así, en una empresa que las com- 
prende todas : la de alistar a los hijos de nuestra Patria en las milicias del 
Serafín de Asís, tratando así de hacerlos hermanos suyos, sin distinción 
de clases ni jerarquías, por medio del ingreso en la Ven, Orden Tercera 
de Penitencia, especie de prolongación del claustro franciscano por el 
mundo. El texto de la carta de la reina Doña Sancha de Mallorca, que 
consignamos más arriba, nos demuestra lo antigua que es entre nosotros 
la Tercera Orden, desde el momento en que mucho antes había penetra- 
do en el real palacio, inscribiendo entre los Terciarios a su propia madre. 
Quizás, precisamente, de los reales palacios partiera este movimiento de 
atracción hacia el Pobrecillo de Asís, puesto que, en frase dtel P. Díaz de 
San* Buenaventura, son los reyes de España los que con su ejemplo 

han multiplicado tanto los soldados de esta Sagrada Milicia, que no se hallan 
hoy (1687) en todas las Religiones en nuestra España tantos Religiosos, como hay 
Penitentes en esta Orden sola (1). 

No es, en efecto, en Aragón tínicamente en donde hallamos Terciarios 
en el Real Palacio, sino también en Castilla y Portugal, pues como a Ter- 
ciarios nos presenta nuestra liturgia al rey San Fernando, entre nosotros. 



(1) Espejo Seráfico (primera parte) por el P. Francisco Díaz de San Buena- 
ventura, Santiago, 1683, p. 211. — Quien desee conocer, en resumen, la historia gene- 
ral de la V. O. T., puede consultar con fruto la obra del P. Fredegando de Ambe- 
RES, titulada: La Tercera Orden Secular de San Francisco, (1221-1921), trad. por el 
P. Marcos de Escalada, (Barcelona, Vilamala, 1925.). 



— 71 — 

y a la reina Sta. Isabel, entre los portugueses. Figurando, pues, los reyes 
a la vanguardia, ¿qué extraño es que la grandeza española y el pueblo si- 
guieran su ejemplo? Los genios ilustres de la literatura y de la ciencia, 
desde el Beato Rain::(undo LuU; los guerreros de la talla de Hernán Cor- 
tés y D. Juan de Austria; los artistas dignos de figurar al lado de Veláz- 
quez y Murillo, todos, con ligeras excepciones, debían pertenecer a la 
Tercera Orden, todos se gloriaban de ceñirse con aquel simbólico cordón 
del que dice Lope de Vega en su poesía A las Llagas :. 

Vuestro Cordón es la escala 
de Jacob, pues hemos visto 
por los nudos de sus pasos 
subir sobre el cielo empíreo, 
no gigantes, sino humildes; 
porque su brazo divino 
levanta rendidos pechos 
y humilla pechos altivos. 

Y es que la filiación a la Tercera Orden llegó a ser considerada tim- 
bre de honor en nuestra España, aun entre los personajes de la más alta 
nobleza. Como para pregonarlo así elocuentemente ante el público, vemos 
a Enrique III de Castilla pintar sus armas reales ceñidas con la cuerda 
de San Francisco (i); ejemplo que siguen varias casas de Grandes de 
España, como la muy ilustre de Quirós (2), en tanto que otras lo colocan 
a la vista del público en las propias fachadas de sus palacios, por ejemplo, 
los Condestables de Castilla en Burgos, según en otro lugar advertimos.' 
Por lo que respecta a la capital de España, llega a afirmar el P. Isidoro 
Gutiérrez, que 

en aquella ilustrísima villa no se tiene por noble el que no es hijo de esta Or- 
den (3). 

Nueva muestra de la consideración y prestigio adquiridos por nuestra 
Tercera Orden en España, la constituye el entusiasmo de gran número de 
hijos de la misma en aparecer ante la sociedad con el hábito de penitentes 
al exterior, según vemos lo hicieron sabios como Raimundo Lull en el si- 
glo XIV y Cristóbal Colón en el XV (4). El P. Manuel Buenaventura 



.(i) Vid. P. DÍAZ DE San Buenaventura, Espejo Seráfico, Santiago, por An- 
tonio Frayz, 1683, cap. I, docum. 9, núm. 11. 



(2^ Id., ibid.7 en la Dedicatoria — al final— firmada en 1682. 



..„ Directorio de la Venerable Orden Tercera... En Valencia, por Diego de 
Vera, 1705, p. 66. 

(4) En cuanto a Cristóbal Colón, merece conocerse el trabajo publicado en La 
Vos de San Antonio, de Sevilla, 1914, p. 495, del cual extractamos los datos siguien- 
tes: Las Casas dice que le vio por las calles vestido, poco más o menos, "como un 
fraile franciscano", {tíist. de las Indias, lib. I, cap. 102, Ms.). El Cura de los Pa- 



— 72 — 

DE Aranguren, para demostrarnos la excelencia de esta laudable cos- 
tumbre, exclama: 

nuestro católico rey Felipe II... ¿estimó en menos al Conde Don Artal, cuando 
lo vio vestido de este santo hábito? Responde el rey con la obra, y dice que no; si 
bien hizo mayor estimación de su persona, considerando, como tan discreto, que quien 
en lo exterior estaba tan compuesto y concertado, más lo estaría en el interior. Y 
así, con el católico y santo celo que tenía de poner coto y tasa en los trajes y vani- 
dades, lo hizo Virrey de Aragón. 

Y añade: 

Pregunto más: nuestro ejemplarísimo rey Felipe III ¿estimó en menos al Almi- 
rante de Castilla, cuando lo vio con este santo. hábito vestido? Respondo que no, sino 
antes en más, pues grandemente gusta que los más de sus Pajes y Caballeros lo 
traigan (i) ; y así a dicho Almirante lo trataba con mucho amor y llaneza ; como 
también lo hizo a la entrada de Afrila, que a los caballeros que le salieron a recibir 
con el hábito descubierto, los acariciaba y honraba con más particular agrado... (2)- 

En cuanto a la fprma y color del hábito que exteriormente llevaban 
los Terciarios, los señala el P. Buenaventura Tellado del modo siguiente : 

Los Hermanos, túnica talar en forma de Cruz, cuyo cuerpo y mangas sin plie- 
gues se ajustan al talle, y el faldón llega a la rodilla; manto o capa algo más lar- 
ga, etc., todo de paño humilde y color ceniciento, y el sombrero blanco, que tire al 
color mismo. Las Señoras Hermanas, la misma túnica respectiva, basquina del mis- 
mo color, con tocado, mantellina, o manto a uso de la Patria, etc., procurando en 
todo religiosa compostura (3). 



LACIOS afirma que lo recibió en su casa por este tiempo {áe regreso de su segundo 
viaje), y que se presentó "con el cordón de San Francisco a la cintura y un ropaje 
que recuerda el de los Franciscanos". {Hist. de los Reyes Católicos, Ms., cap. Vil). 
HuMBOLD atestigua que fué en Sevilla donde se presentó por primera vez vestido 
de Terciario. {Hist. de la Geogr. du. Nouv.^ Cent., t. I, p. 22). Washington Irving, 
observa que se hizo Terciario a consecuencia de un voto. (Hist. de la vida y viajes 
de Colón, lib. IX, cap. II). Oviedo y Valdés, que tomó esta decisión por estar has- 
tiado y cansado del mundo. (Hist. particular y general de las Indias, libr. XV, capí- 
tulo XIII), y, en cambio, Rossely de GorgÚes, asegura que ingresó en la Tercera 
Orden por espíritu de fe y devoción. (Cristóbal Colón, lib. XI, cap. IX). 

fl) Sabemos, de hecho, que era Terciario de hábito descubierto, el maestro de 
uno de los hijos de Felipe III, Pedro Díaz Morante. Zeballos, en sus Excelencias 
del arte de escribir, 1692, pp. 29 y 172, llama al insigne calígrafo "maestro de Prín- 
cipes, hijos de Reyes, Príncipe del Magisterio, Escritor general, hermano de hábito 
descubierto de nuestro Seráfico Padre San F"rancisco... único fénix por la pluma". 

Otro famoso calígrafo — Felipe Zabala, que figura entre I9S fundadores de la 
Congregación de la Magdalena y de la del Refugio — era también de hábito descu- 
bierto. En 1631 fué nombrado examinador de los maestros de Madrid. (Manuel 
Rico y Sinobas, Diccionario de Calígrafos españoles, etc., Madrid, 1903, p. 197). 

(2) El Tercero Seráfico, instruido y ejercitado.... En Pamplona, por Martín 
Joseph de Roda, 1747, part. I, cap. Vi, pp. 24-25. — El P. Arbiol, hablando de los 
Terciarios de la nobleza, nos dice, a su vez: "Pocos años hace, pasó de esta vida 
mortal el Excmo. Sr. Duque de Villahermosa, que coronó su vida vistiendo públi- 
camente el Hábito descubierto, con un grueso cordón de la Tercera Orden Seráfi- 
ca". (Los Terceros Hijos del Humano Serafín, Zaragoza, cuarta impresión, 1740, 
part. II, cap. IX, p. 159). 

(3) Promfituario de Terceros, verdaderos hijos del Serafín Llagado... Salaman- 
ca, en la impr. de la Santa Cruz, 1729, pp. 101-102. — Esta forma del hábito exte- 
rior de los Terciarios, obedecía, en parte, al deseo de evitar que la gente los con- 



— 73 — 

Este hábito, no era permitido llevarlo libremente a quien quisiese, sino 
que se requería para ello permiso expreso, nunca otorgado sin especiales 
condiciones. Véase, sino, lo que nos dice el P. Isidoro Gutiérrez, ha- 
blando de su Provincia franciscana de San Juan Bautista: 

En ella — exclama — siempre se ha practicado dar el hábito descubierto a mujeres 
doncellas o viudas, llamadas comúnmente Beatas, las cuales, después de tres anos 
de Noviciado y hechas informaciones jurídicas de su virtud y de otros requisitos 
que disponen sus constituciones, son admitidas a la profesión de la Tercera Orden 
con votos simples de obediencia y perpetua castidad, y los Prelados cuidan de su 
aprovechamiento espiritual, por estar encomendadas a su dirección. Y este piado- 
so encargo, tan conforme a la voluntad de nuestro Seráfico Padre San Francisco, 
ha resultado copiosísimo fruto, llegando por este medio muchas almas a la cumbre 
de la perfección (1). 

Harto se comprende, en efecto, que personas que se complacían en 
presentarse ante la sociedad en hábito de penitentes, aún viviendo en el 
seno de sus familias, no podían dejarse guiar en ello de una virtud vulgar 
y rutinaria, y que su espíritu debía estar bien basado en el desprecio del 
mundo y sus vanidades, en forma de servir de buen ejemplo a los demás. 
A estos Terciarios es a los que debe aludir, en el siglo XIV, la petición 
sexta de las Cortes celebradas en Soria (1380), en la cual se dice: 

en los nuestros regnos haj' muchos homes et mujeres que se han fecho et facen 
de cada día Fraires de la Tercera Regla de San Francisco, et que se están en sus 
casas et en sus bienes (2), 

palabras que parecen descubrirnos que tales Fraires llevaban al exterior 
algún signo distintivo de su instituto, tales como el hábito y el cordón. 
Tanto llegó a generalizarse esta costtimibre, sobre todo entre las muje- 
res, que en pleno siglo XVITI era considerado ya como de moda imitar en 
el traje la forma del hábito, obligando al desenfadado Torres Villarroel, 
a poner en boca de Quevedo estas palabras : 



fundiese con los Religiosos o Religiosas propiamente dichos. Escribe a este propó- 
sito, D. Juan Rodríguez de Sobarzo en su Instrucción de los Terceros Hijos de 
San Francisco, Madrid, 1655, p. 288: "de ninguna manera ha de ser con manto de 
sayal ; porque esa forma de hábito es de las Religiosas Recoletas de la- T. O., como 
le traen en el muy religioso Convento de las Misericordias de Oropesa, de esta Pro- 
vincia de Castilla; y aunque no sea de sayal, es también de las Religiosas Descalzas 
de la primera Regla de Santa Clara; y como que puede ser en grave daño de dichas 
Religiosas, c|ue mujeres que no lo son, ni fámulas suyas, traigan por las calles há- 
bito de Religiosas, porque puede ser que les quiten la honra y la comida ; y por eso 
Inocencio IV, año octavo de su Pontificado y de Cristo Nuestro Señor 1250, mandó 
en favor de las Monjas de Santa María de Salamanca, que se llaman damianitas, 
al Obispo de dicha ciudad, que de ninguna manera permita que las mujeres traigan 
dicho hábito fuera de la clausura". 

(1) Op. cit., pp. 70-71. 

(2) ,Cit^ por EsTÉNAGA en el Disc. publ. en la Crónica del tercer Congreso Nacional 
Terciario por el P. Legísima, Madrid, 1922, p. 300. 



— 74 — 

Aquel color ceniciento, imitando en Jas flexibilidades de la seda el burdo sayal que 
vistió el Serafín Francisco, honra y gloria de nuestra Religión, ni aquella cuerda de 
rico torzal, que suple por el cáñamo con que hoy se oprimen sus santos hijos, tam- 
poco es cosa que pide particular consideración, porque en mi tiempo lo vistieron 
muchas, y ya por voto, promesa, necesidad, antojo o devoción, no había dama vieja 
o moza que no fuese camandulera (1). 

No es, pues, de extrañar que, al ir generalizándose, diera margen a 
lamentables abusos, en forma de hacerse urgente, para sostenerla en su 
primitivo prestigio, recurrir a la alta protección de los monarcas. Así ocu- 
rrió en tiempos de Felipe IV, el cual, cediendo a ruegos del Visitador Ge- 
neral de la Tercera Orden, Fr.. Pedro de Frías, trata de señalar severas 
leyes, en su Real Provisión de 17 de agosto de 1628, en contra de algu- 
nos 

así hombres como mujeres que traían el hábito de ella (la Tercera Orden) inde- 
centemente, unos por su mal modo de vivir, con que causaban escándalo en la repú- 
blica, y otros por estar con el dicho hábito en tiendas públicas y oficios bajos, ejer- 
citándolos, y otros muchos que habían tomado el dicho hábito para andar mendi- 
gando por los lugares con diversos títulos, y otros que lo traían sin licencia de los 
Prelados y Visitadores de la dicha Orden, todo lo cual era en gran daño de la re- 
pública, descrédito del hábito de San Francisco y contra lo contenido en la Regla 
de la dicha Orden Tercera y estatutos de ella (2). 

Sin embargo, tales abusos, por lo mismo que constituyen una excepción 
en la observancia general, nos demuestran, por la ley del contraste, que los 
Terciarios de hábito descubierto seguían, por lo común, fieles al espíritu de 
este seráfico instituto, constituyendo el grupo selecto de almas elegidas, des- 
tinado a producir dentro del seno mismo de la Tercera Orden milicias de 
cuerpos auxiliares de Ordenes Religiosas, cuya actuación benéfica en el es- 
cenario de la vida social proporcionó a España y América verdaderos días 
de gloria. No puede causarnos extrañeza, por consiguiente, que muchos Ter- 
ciarios de hábito descubierto de Cádiz, emulando los ejemplos del B. Rai- 
mundo Lull, se empeñaran en seguir a Marruecos al B. Juan de Prado, se- 
gún nos lo dice el P. Domingo de la Soledad, tomándolo, al parecor, de 
documentos de la época (3), ni que el célebre Calderón de la Barca prefiera, 
en su testamento, ser acompañado en sus funerales por Hermanos de la 
"Tercera Orden de hábito descubierto (4)". Tantas fueron las personas ilus- 



(1) Snerios morales (t. II de sus Obras), Madrid, 1794, p. I34' 

(2) P. Díaz de San Buenaventura, op. cit., p. 392. 

(3) Sol Seráfico, o Exposición del origen, estatutos... de la Santa Orden Tercera, 
reimpreso en Cádiz, 1729, pp, 9-10. — El Beato Juan de Prado, al decir de este autor, fué 
quien instituyó en 1629, la Tercera Orden Gaditana "según consta de algunos instru- 
mentos que se hallarán en los Archivos de la Primera y Tercera Orden". (Ibid., loe. cit). 

(4) Vid. el testamento en la Revista La Crus, de Madrid, 1881, t. I, p. 531. 



— 75 — 

tres en santidad que florecieron entre los mismos, que el P. Gutiérrez ex- 
clama : 

si hubiera de hacer individual mención de otras innumerables personas venerables 
de la Tercera Orden que al mismo tiempo florecieron en diversas Provincias, y especial- 
mente en estos Reynos de España, era menester un dilatado volumen para referir sus 
nombres solamente. 

Invita, luego, al lector a que pase la vista por el catálogo de las señaladas 
preferentemente por el P. Arbiol, en la tercera parte de Los Terceros Hijos 
del Humano Serafín (Zaragoza, 1697) y en las que incluye el P. Díaz de 
San Buenaventura en su Espejo Seráfico (1683, cap. I, docum. 9 al 11), y 
termina advirtiéndonos que sólo en la Crónica de su Provincia de San Juan 
Bautista se relata la vida prodigiosa de veinte Terciarios pertenecientes a 
ella, de la que nos da un extracto, añadiendo la relación de algunas otras de 
época posterior a la Crónica, o sea, a 1665 (i). 

Hemos hablado, en primer término, de los Terciarios de hábito descubier- 
to, porque de ellos tomaron origen, a nuestro modo de ver, los Institutos di- 
versos regulares de que se vanagloria haber sido cuna la Ven. Orden Ter- 
cera. Ateniéndonos al Motu Propio "Paterna Sedis Apostolicae", de 10 de 
diciembre dé 1725, hallamos, dentro del Cuerpo de la Tercera Orden, tres 
estados de personas, es a saber, de seculares, de los que viven en Colegios y 
de Regulares ; y se reconoce en el mismo que 

no sólo han reformado las depravadas costumbres de los pueblos, sino que han pro- 
ducido frutos copiosísimos de virtud y santidad (2)". 

Es de suponer, por lo mismo, que en tales años habían desaparecido las 
extralimitaciones que en 1532 lamenta otro escritor, respecto a Terciarios 
independizados de toda sujeción a sus superiores legítimos que con hábito 
exterior vivían, por aquel entonces, en eremitorios o en casas de seglares, 
obrando a su antojo o según su devoción personal les inspiraba (3), y que — 



(1) Op. cit, pp. 70-86. 

(2) Breve resumen de los privilegios y gracias que los Sumos Pontífices... han 
concedido a las tres Ordenes de Nuestro Padre San Francisco, etc. Sale a la luz en 
nombre de esta Santa Provincia de la Purísima Concepción. Año 1728, pp. 147-49- 

(3) Vid. Compendium privilegiorum a variis summis pontificibiis el apostólica sede 
fratribus minoribus, necnon alus fratribus mendicaniibus concessorum, per quendam fra-' 
tem minorem provinciae santi jacobi, 2.* edic, Salamanca, Ildefonso Forres, fol. 154-58. 

No debió, sin embargo, ser tan radical la desaparición de tales abusos, que no diera 
pretexto a coplas picarescas, como la siguiente de Benegassi y Lujan, en su Carta se- 
gunda de las instructivas, etc., (Madrid, Impr. de Miguel Escribano^ sin fecha de impr. 
p. 25) en donde aconseja se eviten, como peligrosas a la paz domestica, las visitas de 
las viejas : 

"Que aunque en el anciano aprisco, 

por virtuosas verdaderas 

pasan algunas Terceras, 

hay pocas de San Francisco". 
Existe, igualmente, entre los viejos cantares de Galicia, otro alusivo a semejantes 



-76- 

aparte de los Terciarios autorizados para usar el hábito — , muchos de ellos 
vivían colegialmente, es decir, en comunidad, pero sin votos monásticos (i), 
y otros como verdaderos Terciarios Regulares, De las Terciarias que vivían 
colegialmente, cree el P. Tellado que proceden las Ordenes Religiosas de 
Terciarias, cuyo primer origen señala de fecha anterior al 1324, formando 
así como un tránsito gradual entre Terciarias simples, Terciarias de hábito 
descubierto y Terciarias de vida colegial, hasta llegar al estado de Regula- 
res (2). Generalmente, los edificios en donde hacían vida colegial, o vivían 
en común, recibían el nombre de Beateríos y sus moradoras el de Beatas. Su 
número debió ser crecidísimo. Muchos Beateríos se convirtieron después en 
conventos de Clarisas o Concepcionistas. El Convento de la Concepción de 
Bilbao, originario del siglo XV, no perdió el dictado de Beatas de San Ma- 
mes, ni aun después de ser trasladado en 1505 a las proximidades de la ciu- 
dad, pues con él lo designa el plano gi'áfico de Bilbao hecho en 1544 por 
HoGEMBERG (3). También fueron Beateríos, nacidos en los siglos XIII y 
XIV respectivamente, los conventos bilbaínos de Clarisas de Santa Clara y 
Santa Cruz, como igualmente el de Clarisas de Durango, que proviene de 
1439, y en el cual la vida clarisa data de 1610 (4) y en el convento terciario 
de Santa Isabel de Gordejuela, de 1446 (5). El antigup Beaterío de Túy, 
sigue también siendo de Religiosas Terciarias de Clausura, y el de Santa 
Bárbara de la Coniña, lo fué hasta hace muy pocos años, en que adoptó la 
Regla de las Clarisas (6). 

Muchos de estos Beateríos se dedicaban a obras de caridad, y sus Bear 
tas se anticiparon en re^íetidas ocasiones a desempeñar el ministerio de nues- 
tras Congregaciones modernas, según tendremos ocasión de ver más ade- 
lante. 



abusos en las jóvenes, (Vid. Rodríg'uez Marín, Cantos populares españoles, Sevilla, 
1882, t IV, p. 377) : 

Non te cases, non te cases 
con beata de cordón; 
teñen sempre a Dios nos labios 
y ó demo no corazón. 
También Torres Villarroel (op. cit., t. 11,^ cit, p. 135) pinta con negros colores 
parecidas extralimitaciones, si bien, luego, atenúa el vigor del cuadro, haciendo que 
le responda Quevedo: "eso pasará entre cuatro mujerzuelas^ que rompen la vida en 
ese vicio...". 

(i) a este grupo pertenecen, por ejemplo, "las Hermanas Terceras que hoy (lóss) 
viven en Comunidad en esta Corte, en la calle de Preciados, sin salir jamás de_ casa ; 
})orque aunque no son verdaderas Religiosas, traen el hábito exterior de las Religiosas 
de la Tercera Orden y profesan la Tercera Regla de Penitencia, como los demás Ter- 
ceros que viven en sus casas, y rezan de Comunidad el Oficio de Nuestra Señora". 
(Rodríguez de Sobarzo, op. cit, trat. II, cap. XIII, fol. 184). 
<2) Op. cit, p. 19. 

(3) Vid. P. Larrinaga, La tradición artística de la Provincia Franciscana de 
Cantabria, San Sebastián, 1925, p. 55. 

(4) Id. ibid., pp. 56-57. 

(5) Id. ibid.. p. 58. 

(6) Vid., López Ferreiro, Galicia en el Ultimo tercio del siglo XV, cit, pp. 270-72 
y 411. 



— 77 — 

Otro tanto puede decirse de los Terciarios de liábito descubierto, que vi- 
vían colegialmente, regentando hospitales, como el fundado en Valencia, a 
principios del siglo XIV, por Ramón Guillem Cátala, en tanto otros hacían 
vida de ermitaños en los montes próximos a la población (i). De ellos 
nacieron los Institutos Terciarios de varones, cuyo origen trata de señalar el 
P. Tellado, buscando apoyo en una bula de Juan XXII, para darlos como 
habitando ya en conventos antes de la fecha antedicha (2). Según el P. Hol- 
ZAPFÉL, muestran estos Terciarios Regulares organización estrecha en el 
siglo XVI, hallándose unidos en España bajo la dei^endencia de su propio 
Ministro General (3). No obstante, Clemente VII, en su Bula "Ad uberes 
fructus", citada por Rodríguez de Sobarzo, supone que los Terciarios 
Regulares, traen su origen de tiempos de Eugenio IV (1433-1447), dándolos 
como muy multiplicados en partes de España (4) ; y este autor asigna a 
León X la misión de confirmar la Regla especial porque se rigen 

los Terceros religiosos que con voto solemne viven en Conventos y Comunidades 
de hombres y mujeres y que hay en Andalucía, Portugal y Castilla (5)". 

Refiriéndose a sus tiempos, nos asegura el propio Rodríguez de Sobar- 
zo que 

los Padres Terceros... tienen muchos conventos, muy graves en Portugal y Anda- 
lucía, 

y que las Religiosas Terciarias son 

Religión tan grave, que puede competir con la de Santa Clara (6)". 

Aparte de los Terciarios Regulares propiamente dichos, muchos son los 
Institutos formados según la Regla y modo de ser de la Tercera Orden, na- 



(1) Vid., Tr. José Teixidor, O. P„ Antigüedades de Valencia..., Valencia, 
1895, t. II, pp. 293-97. 

(2) Ibid., loe. cit. 

(3) Manuale. hist., cit., p. 608. 

(4) Véanse las palabras textuales de Clemente VII: "Ac a tempore dicti Eugenii 
IV, praedecesoris nostri, ut ex ejus literis praedictis, etiam apparet, Fratres Ordinis 
de Paenitentia, huiusmodi domos et loca in communi habere ceperint, et ab inde citra 
benedicente Domino in diversis, praesertim hispaniarum partibus, vita communis huius- 
modi multiplicaverit...". (Op. cit., fols. 248-49)- 

(5) Op. cit., fol. 227. — Esta Regla, a que aquí se alude, es la promulgada en 1543 por 
Paulo III para los Terciarios Regulares, al propio tiempo que otra para las religiosas 
Terciarias y una más para los Terciarios seculares. " Hay que advertir-— dice el P. Frede- 
GANDO DE Amberes — que estas tres suertes de Reglas tuvieron valor únicamente en Es- 
paña, en Portugal y en las Indias Occidentales, países n quienes iban enderezadas." (La 
Tercera Orden secular de San Francisco, cit. pp. 138-39). "Andando el tiempo — pro- 
sigue el mismo autor — el estatuto de Paulo III, enderezado a los Terciarios de Espa- 
ña, se extendió ampliamente por los Soberanos Pontífices a toda la Tercera Orden en 
general, reservando al Ministro General de los Frailes Menores la facultad de intro- 
ducir las modificaciones convenientes, segi'm las circunstancias". (Ibid. loe. cit, p. 140). 

(6) Op. cit., fols. 48-49. — Hablando Holzaphet, de los Terciarios Regulares, dice 
que su Congregación hispana tenía en el siglo XVIII cuarenta conventos con ocho- 
cientos sesenta. Religiosos. (Manuale hist. cit, p. 610). 



-78- 

cidos con finalidad especial en una y otra región de los dominios españoles. 
Entre estos quizá sea el más antiguo el de los Terciarios de San Francisco 
de Mellid, en Galicia, cuyo origen no se conoce a punto fijo y que se creen 
fundados por varios caballeros Hermanos de la Tercera Orden en la comar- 
ca, con el fin de atender hospitalariamente a los enfermos y dar posada a 
los peregrinos que se dirigían a Compostela. Consta de un modo cierto que 
existía ya este instituto en 1363, en que aparecen donativos otorgados a su 
convento de Sancti Spiritus, y que 

durante casi todo el siglo XV fué una gran escuela de cultura y moralidad, y un 
elemento de prosperidad para la villa (1)". 

Otro donativo parecido, nos descubre a los frayres da orden tergera de 
san Francisco (que sospecliamos sean de los anteriores), habitando en 1380 
en la ermita de Santa Marta, próxima a Ribadavia (2). De los mismos, tal 
vez, sea, igualmente, la fundación Terciario-Regular que en 1401 supone 
existente en Valparaíso, de la diócesis de Tuy, la bula Sücrae Religionis, 
de Bonifacio IX (3), como lo eran también los de Santa Cristina en San- 
tiago y de San Antón en Ribadiso (4). 

Más tarde, otros Institutos Terciarios siguen las huellas de los anterio- 
res, mereciendo en este punto particular mención la Congregación de los En- 
fermos Pobres, llamada de los Obregones, e instituida bajo la Regla y há- 
bito de la Tercera Orden por el Siervo de Dios Bernardino de Obregón (5), 
y la Hermandad y Hospital de Convalecientes de Nuestra Señora de Be- 
lén, en Guatemala, que tanta difusión logró en América con el nombre de 
Religiosos Betlemitas, y cuya fundación se debe al Ven. Pedro de San 
José Betancurt, hijo de la Orden Tercera de aquella ciudad (6). Y en caso 
de haber sido — como se cree generalmente — Terciario de hábito descu- 
bierto el glorioso San Juan de Dios, pudiéramos agregar a las anteriores, 
en algún modo, su Orden de Hospitalarios, cuyo hábito llegó a confundir- 
se por su color y forma con el de los Franciscanos en el siglo XVI — según 
más adelante veremos — , hasta el extremo de ser considerados por el pue- 
blo como miembros de una misma familia. ¿Ni para qué mencionar, por 



(1) Vid. LÓPEZ Ferreiro, Historia de la Basílica Compostelana, Santiago, t. VII, 
190S, p. 71 y sig. 

(2) Vid. nuestra reseña histórica, Los Franciscanos en Ribadavia, Santiago, 1924, 
p. 10 y sig. Aun no perteneciendo éstos a los de Mellid, pertenecían los del cercano 
nneblo de Regodeigón (ibid., p. 11-12). 

(3) Ibid. pp. 13-15. 

(4) P. Atanasio López: Recuerdos de una excursión, publ. en 'Diario de Gali- 
cia", de Santiago, abril, 1917. 

(5) "Fueron los obregones — dice Estrada. Catoyra — dignos émulos de los Her- 
manos de San Juan de Dios, y dejaron en la América Española imperecedero re- 
cuerdo de sus obras de caridad. (Vid. Publicaciones del Instituto de Esttidios Ga- 
llegos, t. II, Coruña, Zincke Hnos., p. 24). 

(6) P. Aranguren, op. cit., p.- 17. 



— 79 — 

último, a las Ordenes Religiosas, fundadas por Terciarios Franciscanos, 
pero que se salen en la Regla, constituciones y formas de vestido de lo que 
en la Tercera Orden se preceptija, no teniendo, por ende, con la misma 
otra relación directa que la de la filiación de su Fundador respectivo? 

Abarcando, ahora, en su conjunto el cuadro admirable de la Tercera 
Orden en los dominios de España, que gozó de especial predilección por 
parte de la Santa Sede (i), bien podemos decir que sobre ella tenía fijas 
de un modo especial sus miradas el cielo. A propagarla y difundirla se 
dedicaban nuestros Religiosos, a partir de los primeros tiempos de la Or- 
den. Las estadísticas de 1385, nos dan la existencia de diez hermandades 
en Aragón y ocho en Castilla, siendo de advertir, con el P. Fredegando, 
que en esas estadísticas 

hácese caso omiso de varias hermandades locales,; que van englobadas en las pro- 
vincias terciarias citadas, 

y que debe tenerse 

como probable y muy fundado, que por cada convento de Frailes Menores, situado 
cu ciudad, villa o punto de importancia, existía una hermandad Terciaria (2). 

Con razón puede decirse más todavía, respecto al siglo XV (3). En 
el siglo XVI, con ser época de decadencia de la Tercera Orden en gene- 
ral, la hallamos muy floreciente en nuestra Patria, merced al celo de nues- 
tros Religiosos, entre ellos San Pedro de Alcántara, de quien sabemos la 
promovió en varias ciudades, como Plasencia (4), Salamanca (5) y Ba- 
dajoz, imponiendo singularmente en esta última el hábito a muchos caba- 
lleros y señoras ilustres, entre los cuales se cuenta D. Juan de Al varado, 
uno de los más , nobles del país, y la Ven. Isabel de Alvarado, su herma- 
na (6). Y que semejante' empresa fuese del agrado del Altísimo, muy 
claramente nos lo manifiestan las palabras aquellas que dirigió el Señor a 
la Clarisa Sor María de la Antigua y que ésta consigna en su Desenga- 



(1) Entre los documentos pontificios dirigidos especialmente a Terciarios de Es- 
paña, figuran las Letras de Pío II, Fia Deo et Ecclesiae, de 13 de julio de 1462, las de 
Paulo III, Exponi nobis, de 14 de septiembre, de 1537, y Ad fructus uberes, de 3 de ju- 
lio de IS47, y las de Alejandro VII, Exponi nobis, de 18 de julio de 1657, cuyos ]3rivile- 
gios y gracias extiende Benedicto XIII a todo el cuerpo de la Orden, en su Constitución 
de 10 de diciembre de 1725. Vid. P. Domingo de la Soledad, op. cit., pp. 3-42, donde 
copia traducida esta última, en la que se citan las anteriores. 

(2) Op. cit., pp. 168-69. 

(3) Ibid., p. 169 y sig. 

(4) Vid. Fr. Juan de San Bernardo, Vida de San Pedro de Alcántara, libr. I, 
cap. XXVIII, XXIX y XXXII. 

(5) Id. ibid, libr. II, cap. XVIU. 

(6) En esta ciudad estableció también (.1S2Q) la Cofradía del Cordón, que ape- 
nas si daba entonces señales de vida. (Id. ibid., íibr. I, cap. XXXIV). 



— So- 
ñó de Religiosos, etc., con ocasión del fallecimiento de Felipe II en 1598, 
es a saber, que 

a su Reyno, Hijo y Nieto les he de dar un reyno de claridad y llamas de mi di- 
vino amor y éstas encendidas en la fragua del amor mío, én la Orden de mi buen alférez 
Francisco, mediante la Tercera Orden. Y aunque la haya en otras partes y Provin- 
cias, no ha de resplandecer como en España... (i). 

En este tiempo, en efecto, es cuando la Tercera Orden brilla en Espa- 
ña y sus dominios con esplendor incomparable. No obstante existir ya 
aquí floreciente, sobre todo desde que Martino V, electo en 1417, la some- 
tió a la dirección de los Religiosos de la Primera Orden en el año décimo 
de su pontificado (2), a fin de que éstos, tomándola como cosa propia, la 
difundiesen con más entusiasmo y constancia entre los fieles, entre los 
cuales brillaba pujante, en especial en Aragón; sin embargo, su despertar 
lucidísimo, se desenvuelve — digámoslo así — ^a partir del año 1606, en que el 
Capítulo General de los Franciscanos, celebrado en Toledo, dispone, con 
respecto al particular, lo siguiente: 

Téngase cuidado de promover, en todos los Lugares de los reinos de Castilla la 
Tercera Orden, instituida por nuestro Padre San Francisco para los Seglares, para 
que cada día lleve nuevos frutos de Santidad, como lo ha hecho en el reino de 
Aragón. 

Estas mismas cláusitlas las hacen suyas en 162 1 los PP. Capitulares 
de la Congregación General de Segovia y en 1633 los del Capítulo Gene- 
ral de Toledo (3). A partir de este período, revive y se restaura de tal 
modo, que — en frase del P. Gutiérrez — 

florece en singulares virtudes y ejemplos por todas estas Provincias y dominios 
de nuestro Católico Monarca (4). 

Refiriéndose a la primera de las fechas citadas, escribe, a tal propósi- 
to, el P. Arbiol: 



(i) Cit. por el P. Gutiérrez, op. cit, pp. 20-21, el cual las toma de la edición 
flecha en Barcelona el año 1607. 

(2) Vid., Rodríguez de Sobarzo, op, cit., fol. 149. — Holzapfel, en su Manua- 
k hist. Ord. Min., Herder, 1909, p. 600, reconoce que en todas partes disminuyó mu- 
cho la T. O. durante el siglo XVI, excepto en España y América; lo que no deja de 
«eder en honor de nuestros Religiosos y Terciarios. 

(3) P. DÍAZ DE San Buenaventura, op. cit., p, 393, y P. Gutiérrez, op. cit., 
p. 20. 

(4) Ibid., loe. cit. — A este impulso recibido en nuestra península, se debe el que 
obtuvo la Tercera Orden en el extranjero, en forma de que pueda escribir el P. Fre- 
degando: "Abrieron marcha en esa espiritual empresa las hermandades de España 
y Portugal, extendiéndose rápidamente por las dos naciones poderosas y aventure- 
ras". (Op. cit., p. 174). 



— 8i — 

Este año se celebró Capítulo General en San Juan de los Reyes de Toledo, y en 
é\ se resolvió que la Tercera Orden que nuestro Seráfico Padre San Francisco había 
instituido para los que viven en sus casas, se predicase y publicase de nuevo en todas 
las Provincias de España; para lo cual despachó letras el Rmo. P. Comisario Ge- 
neral Fr. Pedro González de Mendoza por todos los Reynos y Provincias de su 
Familia. Empezóse a executar tan acertada resolución en la ciudad de Toledo, y 
fué tan notable el efecto que hizo la predicación en todos los estados, que parecía a 
su primera fundación y que se renovaban aquellos fervorosos deseos que se desper- 
taron con la predicación de nuestro Seráfico Padre San Francisco cuando instituyó 
esta sagrada Orden de Penitencia (1). 

Y lo ocurrido en Toledo, se repitió con más o menos éxito en casi to- 
das las, poblaciones de importancia, y de un modo extraordinariamente 
embelesador en la capital de España, según nos lo recuerdan todos cuan- 
tos tratan sobre el particular, entre ellos el P. Gutiérrez, cuyas son estas 
palabras : 

El católico y devotísimo Rey y Señor Don Felipe III, habiendo convocado los 
Grandes de su Reyno, para que tomasen ejemplo de su Real Persona, recibió el há- 
bito de esta Tercera Orden, y le dio la Profesión el Reverendísimo Padre Ministro 
General Fr. Benigno de Genova. Y a su Magestad siguieron en esta acción de tanta 
devoción y humildad muchos Grandes de su Corte, y el Señor Condestable de Cas- 
tilla Don Eernardino de Velasco, que en el año 1612, recibiendo el hábito, sanó de 
«na enfermedad muy peligrosa que padecía. Y los Excelentísimos Duques del In- 
fantado, los de Escalona, los de Alcalá, los de Arcos y los de Villa-Hermosa (2). 

A imitación de tan influyentes personajes, los demás del Reino siguen 
su ejemplo. Basta, para apreciar la importancia de semejante movimien- 
to, leer en el capítulo XXXII de la Exposición de la Regla, escrita por 
el P. Miranda, el catálogo de los principales títulos de casas nobles espa- 
ñolas, repetidos algunos de ellos, en la pág. 112 y sig. de Sol Seráfico 
de P. Domingo ! de la Soledad, para asombrarse, con este último escri- 
tor, de 

ver tanta Grandeza y Nobleza tanta empleada en seguir las humildes huellas del 
humildísimo Serafín (3). 



(i) _ El autor sigue diciendo (op. cit., pp. 68-69) que como consecuencia de ello 
se suscitaron vivas discusiones acerca de si la observancia de la Regla de la Tercera 
Orden era obligatoria bajo pecado, y que para mayor seguridad consultó el Comisa- 
rio General, soore el caso, a los Doctores de las Universidades de Alcalá y Sala- 
manca, los cuales respondieron en sentido negativo. En este mismo sentido respondió 
el eximio Suárez, en resolución fechada en Coimbra a 6' de octubre de 1608. 

(2) Op. cit., pp. 62-63. — A continuación relata como recibieron también el há- 
bito de la Tercera Orden los reyes Felipe IV, Carlos II, etc. 

. (3) Op. cit., p. 221-24, en donde refiere, como caso curioso, la filiación Tercia- 
na de D." Carlos de Asia, primogénito del Gran Khan de los Tártaros, con trata- 
miento de Príncipe reconocido por los Papas y los reyes, apadrinado en su bautizo 
por nuestro Carlos 1,1, venido a España en 1689 y puesto a servicio de las armas 
españolas en Ceuta. Preséntalo este autor como fervorosísimo Terciario, muy asiduo 
en asistir a los cultos de la Orden en dicha ciudad : " y yo le vi en distintas ocasiones 
en que fui morador de aquel convento". 

Franciscanisrao.— 6 



— 82 — 

• Por su parte, el P. Arbiol, aludiendo a la porción de España que le 
es más conocida, nos dice: 

En estas principales ciudades dé la Corona de Aragón, Zaragoza, Valencia, Bar- 
celona y Pamplona de Navarra, apenas se hallará caballero de Título, ni de conoci- 
da Nobleza, que no esté alistado bajo las preciosas banderas de la Tercera Será- 
fica Milicia (1). 

Y refiriéndose a las demás poblaciones, repite: 

En todos los pueblos y lugares de este Reino, aunque en ellos no haya conventos 
de Religiosos, es una bendición de Dios ver el ansia devota con que fomentan los 
sagrados ejercicios de esta Tercera Orden de Penitencia, comenzando desde los hom- 
bres más principales de los pueblos hasta los más pobres jornaleros: todos, con 
emulación santa, todos instan para que se les dé el hábito, y se pongan los ejercicios 
de la Tercera Orden en buena forma. Los sujetos más calificados piden ocuparse 
en los empleos más humildes... (2). 

Lo propio hace notar el P. Tellado^ con relación a una de las Terce- 
ras Ordenes más notables : 

A muchos — exclama — sirve de ejemplo lo que siempre me edificó y edifica en 
esta Venerable e ilustre Orden Tercera de Salamanca, donde, sobre la piedad del 
sexo, se acredita tan calificada Nobleza, de especial incentivo para el devoto... (3). 



(i) Op. cit., ,p. 159. 



(2) Op. cit., loe. cit. Debió ser por aquellos tiempos cuando comenzó a estable- 
cerse la Tercera Orden, en pueblos donde no había conventos. El mismo P. Arbiol, 
aconsejando con gran empeño este procedimiento, indica que para mantenerla en su 
fervor basta que se halle al frente de la misma un sacerdote celoso y que vaya de 
vez en cuando a presidir sus funciones algún Padre del convento más próximo. "Así 
se hace — añade — en la ilustre villa de Alquezar, cuya iglesia es Capilla Real y Co- 
legial insigne del Obispado de Huesca. Allí no hay convento de Religiosos, pero son 
los señores Eclesiásticos tan entrañablemente devotos de nuestro Seráfico Padre San 
Francisco, y se han aplicado con tan ejemplar vigilancia a asistir a los Hermanos 
y Hermanas de la Tercera Orden, que el Padre Presidente de Terceros no les hace 
falta para que los ejercicios santos vayan^ bien gobernados. Sube una vez u otra del 
Convento de Barbastro, a cuya Guardianía pertenece esta villa, les hace una pláti- 
ca... De esta manera se ha conservado muchos años la Tercera Orden en esta villa, 
y al presente se conserva en tan excelente punto, que puede ser método y ejemplar 
de mayores pueblos". (Ibid., p. ^T^. 

(3) Op. cit, p. 97.— -Esta Tercera Orden tenía impreso un precioso Manual de 
¡os Terceros Franciscanos de Salamanca, del que conocemos la edición hecha en 
1782, _ salida de la imprenta de Sancha, en Madrid, con la Regla, Constituciones, 
prácticas y ejercicios que allí estaban en uso. Resalta entre los ejercicios (al igual 
que en élRomancero espiritual hecho por Lope de Vega para los Terciarios y gene- 
ralmente en todos los libros antiguos de piedad, escritos para los mismos), el del 
Santo Vía-Crucis, particularísimo entre los Terciarios, los cuales lo extendieron tan- 
to por España, bajo la dirección de los Religiosos, que "no se hallará población — 
dice el P. Domingo de la Soledad — en toda ella que no tenga Vía-Sacra; y tan fre- 
cuentadas de los piadosos corazones de los Españoles, que admira a las demás na- 
ciones ; como la_ práctica lo enseña en el Convento de la Regular Observancia y en 
éste de los Religiosos Descalzos de Nuestro Seráfico Padre San Francisco (Cádiz), 
donde es tan frecuente el Ejercicio del Vía-Crucis, que todos los días, desde que 
amanece hasta que es muy de noche, no cesan de visitar, así hombres como mujeres 
de todas calidades y estadoSr causando edificación a unos, aliento a otros y a otros 
severa reprensión". (Op. cit., p. 767). 



-83- 

Y otro tanto pudiera decirse de las demás poblaciones de España, en 
donde la importancia de la Tercera Orden se nos manifiesta aún hoy día 
en el recuerdo de las obras por ella llevadas a feliz término. Un ligero 
examen de las Capillas — algunas de ellas verdaderas iglesias — erigidas 
por tal época para los cultos de los Terciarios en muchas partes, especial- 
mente en las principales poblaciones de Galicia, bastaría para demostrarnos 
el grado de esplendor alcanzado entonces por su notoria influencia. 

Semejante movimiento de renovación se desenvuelve también en Por- 
tugal, por aquellos mismos años, bajo las iniciativas y dirección de nues- 
tros Religiosos. No hay para que decir que el origen de la Tercera Orden 
en esta nación, data de los primeros tiempos. A favor de su propaganda en 
Lisboa, trabajó, a mediados del siglo XVI, nuestro San Pedro de Alcán- 
tara (i), y en Viseo el famoso P. Marcos de Lisboa, recibiendo (1557) el 
hábito Terciario muchedumbre de fieles de ambos sexos, a cuya cabeza iba 
el Vicario Capitular de la diócesis, D. Pedro Marquerio (2) ; pero su ver- 
dadero período de grandeza, proviene, en realidad, según hemos dicho, 
de 1606, 

siendo infinitos — en frase del P. Jerónimo de Belén — los Venerables y las per- 
sonas de rara y conocida virtud que la han ilustrado, condecorándola señaladamente 
la Casa Real j' las principales familias de esta Corte y Reino, las cuales se precian 
mucho de este Seráfico blasón (3), 

Figura entre sus más ardientes promotores un predicador insigne de la 
Provincia Franciscana de Mallorca, el P. Ignacio Garcías (Garcés ?), cuyos 
elocuentes sermones logran conducir a las filas de la Tercera Orden, por 
los ailos de 1615, unas setecientas personas, fruto de sus esfuerzos de siete 
meses de propaganda, formando con ellas en Lisboa una Congregación ^ 
modelo, en la cual, a los ejercicios de la propia santificación, tales como la 
disciplina semanal en común, procesiones penitenciales y frecuencia de Sa- 
cramentos, se une el ejercicio de las obras de caridad, singularmente lo que 
hoy se llamaría la oljra contra la trata de blancas, alimentos a los meneste- 
rosos que eran servidos por el propio Ministro — casi siempre de la alta 
aristocracia — , coste de funerales a los Hermanos pobres, etc. Compuso, 
además, para su acertado régimen un librito especial. En tal forma llegó 
a prosperar esta Congregación, que años después, en 1644, alcanzaba ya la 
cifra de once mil Terciarios, contándose entre ellos gran parte de la no- 
bleza, altos dignatarios eclesiásticos y civiles, y — lo que es más — Comuni- 



(i) Vid. Fr. Juan de San Bernardo, Vida de San Pedro de Alcántara, libi. II, 
cap. II. 

(2) Orbis seraphicus, t. II, p. 798: P. Fredegando, op. cit.. p. 174. 

(3) Chronica de la Provincia de los Algarves, part. 1, Lisboa, 1750, p. 127. — A 
continuación relata la vida de muchos Terciarios que se distinguieron por su virtud. 



^84- 

dades enteras de. otros institutos religiosos, como la del Convento de Pal- 
mella (?) y la del monasterio de Comendadores dos Santos, pertenecientes 
ambas a la Orden Militar de Santiago (i). Creciendo, creciendo siempre 
en número, apenas había en 1688 fiel alguno en Lisboa que no perteneciese 
a la Tercera Orden, sirviendo su conducta de estímulo para que otras Con- 
gregaciones de Portugal emularan bien pronto los ardores de su actividad 
. y su celo. La animación y el entusiasmo por la propaganda Terciaria eran 
comunes a todos (2). 

Por los años de 17 10, la Provincia Franciscana de Arrábida acogía bajo 
su amparo a la Tercera Orden, estableciéndose, entonces, de nuevo en la 
villa de las Caldas, con grandísimo provecho de los fieles. A la misma se 
agregaron en 1730 los Terciarios de la villa de Obidos, con Capillas espe- 
ciales en ambos sitios para sus cultos; y una y otra población quedaron 
desde entonces convertidas en centro de atracción para todos los pueblos 
circunvecinos, que siguieron muy luego su ejemplo (3). Y así iba dilatán- 
dose proporcionalmente por todos los dominios portugueses, hasta el pun- 
to de que, a mediados del mismo siglo, pertenecieran a ella el rey D. Juan V 
y toda la Casa Real (4), a despecho de no pocas circunstancias adversas, 
entre las cuales debe mencionarse la ley contra las llamadas manos muer- 
tas, obra del Marqués de Pombal (21 de febrero de 177S), prohibiendo 
testar a favor de las mismas en más de un tercio del capital hereditario, y 
que también a ella la hirió de lleno (5). Tuvo, en cambio, la suerte de ser 
una de las tres Cofradías o Hermandades a las cuales respetó la vida el 
mismo Pombal en abril de 1771, por su ley de extinción de todas las res- 
tantes, pudiendo de este modo seguir adelante en su empresa instauradorá 
sin mayores y más sensibles quebrantos (6). 

No es de admirar, por lo tanto, que la Tercera Orden alcanzara en todo 
España,, por aquellos tiempos, un número casi increíble de adeptos, y que 
a ejemplo de lo que ocurría en nuestra Patria se difundiera con vida exu- 
berante, merced a las iniciativas de nuestros misioneros, por las regiones 
todas confiadas a la actividad de los Religiosos españoles (7). 



(i) Como nota curiosa, consignaremos aquí, que, cuando la extinción de la Com- 
pailía de Jesús, muchos Jesuítas se hicieron Terciarios Franciscanos. En Imola 
(Italia) tomaron el hábito diez (cinco de ellos, españoles), en los años 1773, 74, 87 J 
802, constando en las actas la admisión de casi todos a la profesión. (Vid. Gaddoni, 
/ Frati Minori in Imola, Quaracchi, 191 1, p. 239, App. IV, n. 64). 

(2) GuBERNATis, Ofb'is Scraplitcus, t. II, p. 99 y 823, en donde cita la Chro- 
nica Seraph. Portugalliae, lib. II, cap. XXVI. 

(3) Vid. Chronica da Provincia de Santa María da Arrábida... pelo M. R. P. 
Fr. Joseph de Jesús María, Lisboa, 1735, t. II, p. 741. 

(4) V. P. Jerónimo de Belén, Chronica, cit., introduqao, p. CLXXXVII. 

(5) Vita di Sebastiano Guiseppe di Carvalho e Meló Márchese di Pombal, et- 
cétera, t. V, 1781, p. 62. 

(6) Ibid, op. cit., t. IV, p. 162. 

(7) Dice, con respecto a una de ellas, el P. FREDEGAND9: "Memorable sera 
siempre el vuelo extraordinario que tomó en Ñapóles esta institución seráfica entre 



- 85 - 

Sirvan, para ello, de ejemplo las tierras de América. La entrada de la 
Tercera Orden en el Nuevo Mundo, la representa Cristóbal Colón, el gran 
Terciario. Años después, vemos a los hijos de la Tercera Orden colaboran- 
do con nuestros Religiosos en la colonización y civilización de América. 
Por iniciativas de la emperatriz Isabel, esposa de Carlos V, salen en 1529, 
de Salamanca, seis matronas Terciarias, llamadas entonces vulgarmente 
Beatas, y toman rumbo hacia Méjico, a donde llegan al año siguiente, pa- 
ra consagrarse a la educación e instrucción de niñas, lo mismo en la parte 
religiosa que en las artes propias de la mujer; y tanto se dilata y extiende 
este grupo de Terciarias educadoras, bajo la vigilancia- de los Obispos y la 
dirección de nuestros Religiosos, que al poco tiempo cuentan con Colegios 
en Taquimulio, Tezcuco, Quanthitlano (sic), Tlalmanulco, Tepeacac y 
Theuacán, en los cuales educan de 400 a 500 alumnas en cada uno (i). 

Mas, dejando a un lado a estos y otros elementos Terciarios que, pro- 
cedentes de España, acudían a trabajar en la evangelización del Nuevo 
Mundo, la época en que allí descubrimos el nacimiento de la Tercera Or- 
den, como propiamente nacida en América, coincide con la del resurgir es- 
pléndido que obtiene en España, a partir de las inciativas ya dichas del Ca- 
pítulo General de Toledo en 1606. Quiere el P. Daniel Sánchez que la 
primera Tercera Orden del contienente americano sea la de Guatemala, en 
Centro-América, nacida en 14 de diciembre de 1613, con la toma de hábito 
del célebre poeta Bartolomé Martínez de Anillo, natural de Uceda, ar- 
zobispado de Toledo, y dice: 

Las VV. 00. Terciarias que se tienen por más antiguas en el Nuevo Mundo, 
como son las de Méjico, Puebla de los Angeles y Zacatecas, comenzaron a fundarse 
en septiembre de 1614, y la del Perú algo después, como asegura el P. Salinas en 
su Crónica. Por eso es considerado el hermano Bartolomé Martínez, como el primer 
Terciario americano (2). 

Otra hay, sin embargo, cuyo origen se remonta a fecha anterior, la de 
Olinda (Brasil), en donde existían ya Terciarios congregados en Herman- 
dad y con Capilla propia — si hemos de creer a Jacobao — por los años de 



la _muchedumbre. El Mmistro General de los Observantes, P. Juan Bautista Cam- 
pana, fue el alma de este ferviente entusiasmo; y merced a su incansable celo, la 
urden lercera engrosó considerablemente sus filas, recibiendo el hábito Terciario 
personas de gran prestigio en la ciudad : el mismo Virrey D. Manuel Fonseca, conde 
tie Monterrey, y su noble esposa doña Leonor María de Guzmán, que habían recibido 
e. habito en España, profesaron en esta ocasión con singular ejemplo de sus vasallos 
en manos. del citado Padre General". (Op. cit., p. 178). 

(i) Vid., Wadingo, Anuales Ordinis Minormn, t. XVI, 2." ed., pp. 265, 285-86, 

\T ^íl rY^^v. '^ ?^^^- ^^ Guatemala, Milicia de Cristo, núm. de abril, 1917, "La 
V. U. i. tranciscana en Centro-América". 



— 86 — 

1585. Esta Hermandad sirvió como de punto de partida para la difusión 
rápida de la T. O., por todo el Brasil (i). 

Así nace la Tercera Orden allende los mares. A estos Terciarios, no 
tardan en unirse otros caballeros, entre ellos, el famoso poeta, elogiado por 
Cervantes, Baltasar de Orena, oriundo de Zamora, que se afilia entre 
los hijos de San Francisco, el 31 de octubre de 161 5 (2). La circunstancia 
de llevar estos Terciarios hábito descubierto, promovió en contra de aque- 
lla Tercera Orden tal persecución (3), que hubo necesidad de recurrir, en 
busca de amparo, al rey Felipe III, el cual puso coto a la audacia de los 
enemigos con una Real Cédula, dirigida al Presidente y Oidores de la Au- 
diencia de Guatemala, en donde les dice : 

Os encargo y mando, no impidáis a ninguno el tomar el hábito de la Tercera 
Orden de San Francisco, ni le vayáis a la mano en ello, y que, antes bien, para la 
buena y mejor ejecución de su intento, le deis la ayuda y favor que fuere menester, 
que de ello me tendré por servido (4). 

Merced a esta provisión, la Tercera Orden pudo desembarazarse de obs- 
táculos, y seguir reclutando prosélitos, entre los cuales los cuenta tan ilus- 
tres como el Ven. Pedro de Betancurth, Fundador de los Betlemitas, al 
cual hacemos alusión en otra parte de este trabajo. 

Si bien los Terciarios guatemalecos de entonces, que conocemos, son 
de hábito descubierto, no por eso debe deducirse que no los hubiera allí, a 
la sazón, de los que no lo ostentaban al exterior, cual acontece por aquel 
tiempo en otros países de América, como en los correspondientes al suelo 
de la actual Solivia. Allí, en efecto — según testimonio del P. Diego de 
Mendoza — la generalidad de los Terciarios traían interiormente el esca- 
pulario y el cordón, no obstante hubiera también 

muchas personas de varios estados, hombres y mujeres, que resueltamente dan 
de mano a las vanidades y locuras, de pompas y galas (y) visten hábito de sayal o 
estameña de color de ceniza, sotana y capa ceñidos de cuerda gruesa y dilatada como 
lüs Religiosos de la Primera Orden; y las mujeres viven con especial modestia y 
Religiosa vida, y con ejemplo perseveran (5). 



(i) P. Basilio Bovver; O. F. M., A Provincia Franciscana da I. C. do Brasil, ñas 
f estas do Centenario da Independencia Nacional, 1822-1922, Petrópolis, 1022, p. 13S. 

(2) Milicia de Cristo, cit., núm. de agosto. 

(3) Frecuentes debieron ser aún en España estos casos. De uno de ellos nos 
dan cuenta unos Memoriales que en pro y en contra se conservan en la Universidad 
de Oxford, acerca de la institución que llaman los Tercerones de San Francisco. 
Incúlpasela de haber cambiado la nueva Orden el traje _ castellano, haber causado 
escándalos y hacer a los españoles piisilánitnes y ceremoniosos, y _ sale a su defensa, 
redimiéndolos de estas injurias, Fr. Martín de Roxas, Comisario de Corte de la 
Orden. (Vid. Archivo íbero-americano, t. XIX, 1920, p. 155). 

(4) Rev. Milicia de Cristo, cit., 1917, núm. de abril, loe. cit. 

(5) Crónicas de la Provincia de San Antonio de los Charcas, Madrid, 1665, 
pp. 77-78. 



-87- 

Semejante incremento, nos da idea de la actividad de nuestros Misio- 
neros. Uno de los más grandes evangelizadores de Centro-América, el Ven. 
P. Margil, que. acostumbraba asegurar el fruto de sus propagandas con la 
institución de la Tercera Orden, escribía, de regreso de una de sus ex- 
cursiones apostólicas por el territorio de Nicaragua: 

todos a emulación, quedan hijos de N. P. S. Francisco (1). 

Y así es como la Tercera Orden se propaga y difunde asombrosamen- 
te por América. Así es como allí logra florecer en forma de dar al Catoli- 
cismo héroes admirables, de la talla de aquel gran Terciario del Ecuador, 
que se llama García Moreno. 

Lo mismo se practicaba en las Misiones del Extremo Oriente: 

¿A cuántos — exclama el P. Domingo de la Soledad — ^los Religiosos de nuestra 
Seráfica Descalcez, Misioneros de aquellas remotas regiones, después de haberlos 
instruido en los Preceptos de nuestra Santa Fe y radicándolos bien en la Ley Santa 
y verdadera de Jesucristo, les han dado el santo Hábito de esta Venerable Orden 
Tercera, alistándolos ya soldados de la Milicia del Dios de los Ejércitos, en las ban- 
deras de su Alférez Francisco, nuestro glorioso Padre? A muchísimos; y diez y sie- 
te de éstos, martirizados en el Japón... tienen ya culto público (2). 

En el mismo Marruecos observa idéntica conducta el Beato Juan, de 
Prado, instituyéndola en 163 1 (año de su martirio) entre los cautivos 
cristianos ; 

y hoy — ^alega el citado escritor en 1729 — se halla establecida en su Corte y Me. 
trópoli Mequínez, con la misma formalidad que pudiera estarlo en la más devota 
ciudad de nuestra España, siendo los espirituales incrementos de sus hijos, los mí- 
seros cautivos, y de algunos reducidos a nuestra Santa Fe, muy correspondientes al 
fecundo riego con que los Religiosos de esta Santa Provincia, Misioneros Apostóli- 
cos en aquel Reino, los fertilizan (3). 

No es, por lo" tanto, de extrañar la difusión y arraigo de nuestra Terce- 
ra Orden en España y sus dominios. A más de setenta mil llegaban los 
Terciarios sólo en la Capital, por los años de 1690, según teátimonio de la 
generalidad de los escritores (4). De los de Valencia, nos dice en 1703 el 
P. Gutiérrez que 



(i) Vid. P. Daniel Sánchez, Un gran Apóstol de las Américas, Guatemala, 
Tip. de San Antonio, 1917, p. 173. — En la cit. Milicia de Cristo, pueden leerse las 
biografías de los principales Terciarios de Centro-América. 

(2) Op. cit., pp. 96-97. 

(3) [bid., pp. 9-10. 

(4) Vid., P. Alonso Robles, Compendio de la,_ Ven. Orden Tercera de N. P. San 
Francisco y práctica de sus espirituales ejercicios... Tercera impresión, Falencia, 
1824. (La I.* debe ser de 1774), p. 24. Este mismo autor nos dice que sólo en la 
rama franciscana de la Regular Observancia, llegaban a celebrarse, a favor de los 
Terciarios y bienhechores, 4.170.000 Misas anuales; noticia que toma de la obra 
Monte Celio, del Ilmo. Sr. González de Mendoza. (Ibid., p. 33). 



— 88 — 

de presente pasan de nueve mil los Hermanos y Hermanas que hay (1) ; 

y por lo que se refiere a Cádiz, 

se hallan (en 1729) en las dos Oi'denes Terceras suj'as... más de doce mil hijos 
e hijas, según la más genuina calculación; pues sólo en un año han tomado el Santo 
Hábito y profesado en la Venerable Orden Tercera de este Convento de los Padres 
Descalzos (es decir, en una de ellas) más de cuatro cientos, como consta de sus li- 
bros (2). 

Por estas cifras, puede juzgarse aproximadamente el número de Ter- 
ciarios de las demás poblaciones españolas. Y en cuanto a las de las colo- 
nias, que no les iban a la zaga, fórmese idea sabiendo que a fines del si- 
glo XIX, 

en la V. O. T. establecida en Sampaloc — arrabal de Manila — sabemos que pa- 
san de doce mil los asociados, y serían muchísimos más, si no lo impidieran ciertas 
causas, que no creemos oportuno consignar aquí (3i). 

Más numerosa todavía debía ser la existente en la ciudad de Méjico, 
pudiendo apreciarse su importancia con solo saber que aún en la actuali- 
dad consta de dieciocho centros diversos dentro de la población (4). 

Lo propio puede decirse del Perú, en donde la hallamos extendida, por 
los años de 1755, por Lima, Panamá, Trujillo, Ayacucho, Chiclayo, Chan- 
ca! y Cajamarca (5). 

En esta ciudad de los Reyes, Lima, Corte del Perú... — escribe Fr. Diego de Cór- 
IJOBA — está muy zanjada esta Venerable Orden, y mucha nobleza la profesa (6). 

No debía hallarse menos dilatada por las regiones de la Provincia de 
San Antonio de las Charcas (hoy Bolivia), en la que contaba con centros 
numerosos en Sucre, La Paz, Cochabamba, Chuquioaca, Salinas, Oruro, 
Tarija y Potosí, cuando, refiriéndose en 1655 a esta última ciudad, a la sa- 
zón con 50 a 60.000 almas, nos dice el P. Diego de Mendoza: 

casi lo más de la República es de la Tercera Orden (7). 



(i) Op. cit., p. 66. 

(2) P. Domingo de la Soledad, op. ci., p. 103. 

(3) Carbonero y Sol, Homenaje a San Francisco, cit., p. 314. 

(4) P. Ramón García Muiños, en El Eco Franciscano, de Santiago, 192S, P. 112. 

(5) Vid. Archivo íbero-americano, Febr. de 1919, pp. 99 y sig. 

(6 Crónica Franciscana de la Provincia del Perú, libr. V, en donde dedica 
siete capítulos a relatar las vidas de los Terciarios ilustres de aquellos pueblos, en- 
tre los cuales incluye (Cap. XXVH) a Sor Mariana de Jesús, tan conocida vulgar- 
mente con el sobrenombre de la Azucena de Quito. 

(7) Crónica de la Provincia de San Antonio de los Charcas, cit., pp. 7^ y 

sig. — También había en esta ciudad, gremio de Cordígeros, al que pertenecían úni- 
camente los poseedores de minas. En las págs. 475-601, pueden verse una serie de 
biografías de Terciarios que vivieron con fama de santidad, entre ellos Teodoro de 
Candía, que vivió cincuenta años, cerca de Mizque, como ermitaño, y acabó sus 
días en el convento franciscano de dicha villa a los 125 de edad. 



- 89- 

Ni debía desmerecer dé las anteriores, la Tercera Orden de Buenos Ai- 
res, la cual cuenta entre sus glorias la de haber admitido al hábito Tercia- 
rio el lo de agosto de 1727, al famosísimo D. Bruno Mauricio de Zavala, 
Gobernador y capitán general del Río de la Plata y fundador de la ciudad 
de Montevideo (i). 

La generalidad de los datos expuestos se refiere a una época en que 
no trabajaba aún de lleno en la propaganda y difusión de la Tercera Or- 
den todo el cuerpo de milicias de la Orden Franciscana. Recórrase, sino, 
con la vista, lo que de su tiempo nos dice, en 1655, el Sr. Rodríguez de 
SOBARZO : * 

Los Padres y Hermanos — exclama — de nuestra reforma de San Pedro de Alcán- 
tara, como son tan vigilantes en conservarse sin ocasiones de distraimientos espiritua- 
les... no se meten en dar hábitos a Terceros, ni tener Tercera Orden que gobernar, 
visitar y corregir en los lugares en donde tiene convento la Observancia, que es la 
verdadera madre de todas las reformas de la Religión (2). 

Por lo que respecta a los Religiosos Capuchinos, observa que 

La sacra Congregación de los Cardenales, que concedió a los Regulares de dar 
liábitos a Terceros y Terceras de su Religión, exceptuó a los Padres Capuchinos, por 
su especial retiro del mundo que profesan, 

advirtiendo que 

esto, para religión tan santa y retirada del mundo, es grave inconveniente y puerta 
para muchas relajaciones y distraimientos e inquietudes, que si por evadirse de ellas 
les prohiben sus constituciones confesar los fieles y sacarlos de pecado, más inquietu- 
des les ha de causar, como verán, el cuidar del gobierno de la Tercera Orden. 

Dice, no obstante, que a la sazón podían ocuparse de ello, en virtud 
de la comunicación de privilegios de los Franciscanos, y de que habían 
obtenido el 31 de enero de 1620 que la Sagrada Congregación retirase la 
prohibición qtie les tenía hecho de poder recibir mujeres a la Tercera 
Orden, citando, a tal efecto, al P. Leandro, Capuchino, en su Explica- 
ción de la Primera Regla, p. 12, sobre el cap. VI, n. 8., y manifestando 
que, en efecto, comenzaban entonces a trabajar en tal sentido. Y concluye : 

Yo lo atribuyo a su buen deseo que tienen de aprovechar las almas y poi; eso me 
parece bien que en los demás lugares en que están solos, extiendan la Tercera Or- 
den, y se multipliquen los siervos de Dios y Terceros Hijos de su Padre San Fran- 
cisco... (3). 



(i) En el Archivo de la misma, se conserva actualmente la Solicitud y el 
Acta de admisión. Vid. L'Union S'eraphique, de Montecarlo, 1916, p. 266. 

(2) Instrucción de los Terceros Hijos de San Francisco, cit., fol. 252. 

(3) Ibid., fols. 250-57. 



— 90 — 

De todo lo cual se deduce que no debía ser todavía muy intensa la 
labor de propaganda de los Padres Capuchinos a mediados del siglo XVII. 
Por último, tampoco debía tener gran fuerza la propaganda en tal sen- 
tido de los Terciarios Regulares, toda vez que, según el mismo autor, 
tuvieron entonces los de Portugal que sostener pleito para obrar en este 
punto con libertad de acción (i). 

Fácil es comprender, por lo mismo, el impulso gigantesco que debió 
recibir la Tercera Orden desde el momento en que todos los Regulares 
de la Primera Orden y aún los de la Tercera, aunaron sus esfuerzos para 
secundar, en lo posible, el llamamiento de renovación salido en 1606 de 
nuestro Capítulo General de Toledo. Cooperando eficazmente a tales es- 
fuerzos, vemos a la Santa Sede dictar nuevas disposiciones encaminadas 
a organizar convenientemente y orientar con seguras normas movimiento 
tan consoladoramente renovador, Dícenos, a este propósito, el tantas ve- 
ces citado P. Isidoro Gutiérrez, que la Tercera Orden debe regirse 
únicamente por la Regla y los Estatutos 

que se contienen en el Espejo Seráfico, al fin de cada capítulo de la Regla, que 
comienza en el folio 226... (2). 

Y añade a continuación: 

La razón es porque el Papa Inocencio XI, en su Bula dada a 28 de junio de 1686, 
n.anda que se guarden dichos Estatutos contenidos en el Espejo Seráfico y que se go- 
bierne por ellos la Orden Tercera: luxta praemisa statuta, ac Ordinis Constitutíones 
in Spcculo Seraphico contentas et expUcatas. Y revoca Su Santidad cualesquier 
Constituciones Apostólicas y de la Orden, y costumbres en contrario. Y lo mismo ha- 
bía mandado antes Alejandro VII, por su Breve que comienza: Exponi nobis, dado 
a 28 de julio de 1657. Y por último, el mismo Pontífice Inocencio XI, en 13 de ma- 
yo de 1688, dio otra Bula que empieza: Exponi nobis nuper fecit dilectus filius Fr. 
Franciscns Días, etc., y se hallará página i del Directorio de las tres Ordenes, en que 
manda Su Santidad al Nuncio de los Reynos de España, que con penas y censuras, si 
fuere necesario, haga observar dichos Estatutos, contenidos en su Bula y en la de 
Alejandro VII, que son los del Espejo Seráfico, no obstante cualquiera contradic- 
ción. Y esto mismo dispone el Capítulo General de Roma del año 1688, título: Pro 
Tcrtiariis, núm. 42 (3). 

Merced a estas disposiciones, en las que tan brillante papel desempeña 
nuestro- P. Díaz de San Buenaventura, pudo la Tercera Orden recibir 
una idéntica dirección en España y sus dominios, dedicarse más segura- 



(i) Ibid., fol. 2S9. . „ ,. . ^ , , , , 

(2) Dice el P. Arbiol, op. cit., p. 38, que dichos Estatutos están tomados del 
Directorium Triiim Ordinum, impreso en Roma en 1689, lo cual no puede ser exac- 
to; pues el P. DÍAZ de San Buenaventura imprimió su Espejo Seráfico, seis años 
antes, o sea en 1683. 

(3) Op. cit., fol. 6-7. 



— 91 — 

mente á su actuación religiosa y benéfica y ofrecer a la sociedad cuadros 
tan magníficamente bellos como el ocurrido en 1726: 

Cuando llamó más la atención de los fieles todos — nos dice el P. Domingo de la 
Soledad — ^la inmensa familia del Seráfico Francisco en su Orden Tercera Secular 
fué el año de 26, en el cual salieron en muchas partes de nuestra España, no sólo sus 
hijos, sino también sus hijas en Comunidad, separados unos de otros y en distintas 
ocasiones, a visitar las Iglesias, para ganar el Plenísimo Jubileo del Año Santo, que 
Nuestro Santísimo Pedre Benedicto XIII se dignó extender a estos Católicos Rey- 
iios...; y al ver tantos y tan numerosos Escuadrones..., admirados los más, prorrum- 
pían diciendo: Que de las cuatro partes del Catolicismo, a las tres ceñía el cordón 
de. San Francisco, y los menos votaban que a lo menos la mitad eran hijos del abra- 
sado Serafín de la Iglesia en su Orden Tercera; y con fundamento bastante lo pue- 
den así publicar y sentir... (i). 

Parecido cuadro al que acabamos de presentar — ^y que se desenvolvió 
en Compostela — arranca a la inspiración del famoso Cura de Fruime, 
D. Diego Antonio Cernadas los versos siguientes, que demuestran la 
opinión en que era tenida nuestra Tercera Orden y el númpro de sus hi- 
jos, en el siglo XVIII: 

Esta sola Hermandad tan respetable 
es la más oportuna, pues compendia 
de la Iglesia en sí todos los estados 
suavemente ceñidos en su cuerda. 

Hermánanse el plebeyo con el noble, 
el rico con el pobre se ladea, 
el Clero Secular y el Religioso 
siguen con igualdad la misma Regla. 

En el sexo devoto nada menos 
esta misma sagrada Orden se observa; 
de suerte que, en este árbol entroncados 
están todos los ramos de la Iglesia. 

Por eso, cuando todo el Cristianismo 
quiere pagarle a Dios inmensa deuda, 
sale bien abonada la fianza 
en un Orden, que todo lo comprehenda (2). 

Pero, más' aún que estas manifestaciones públicas, y la frase del P. 
Gutiérrez de que de 



(i) Op. cit, pp. 102-103. — Esta importancia de los Terciarios y el disfrute de los 
privilegios concedidos en aquel tiempo por la Santa Sede, dio margen a algunos liti- 
gios, aunque de poca importancia. Fué uno de ellos el pleito promovido por el Obis- 
po de Calahorra y la Calzada sobre exención de las Capillas de la Tercera Orden de 
la jurisdicción episcopal, promovido en 1638 contra los Terciarios de Bilbao, en el 
que intervinieron sucesivamente como jueces el Nuncio de Su Santidad, el Concejo 
Real a que apeló el señor Obispo, otra vez el . Nuncio y finalmente el Consejo Su- 
premo, terminando a favor de la Tercera Orden, Refiérelo extensamente Rodríguez 

DE SOBARZO, op. cit., íols. ifiS-ÓS. 

(2) Obras en prosa y verso del Cura de Fruime, etc., t. II, Madrid, 1778, p. 17. 



— 92 — 

estados inferiores del pueblo es sin número la familia de esta Venerable Or- 
den (:1), 

nos interesa a nosotros averiguar los frutos espirituales obtenidos en la 
propaganda y difusión de la empresa Terciaria. De ellos se hace eco en 
1681 el Profesor de la Universidad de Oviedo, Dr. Francisco de la 
Cerda^ al decir que 

por medio de la Tercera Orden, la Orden Primera Seráfica ha criado los mayo- 
res espíritus y más esclarecidos Penitentes que veneraron y veneran los fieles en 
cinco siglos (2). 

Y el P. Fr. Juan de Fraga^ utilizando en 1777 el énfasis oratorio, 
exclama, dirigiéndose a los Terciarios : 

Hay algunos que procuran copiar en sí las virtudes de aquellos héroes que ilus- 
ti'aron vuestro Instituto. Hay quien, a imitación del glorioso San Lnis, adora al Se- 
ñor en espíritu y verdad... tributa a Dios las debidas alabanzas con tal devoción que 
la inspira a cuantos la miran; quien busca en todo la gloria de su Majestad, cumple 
con puntualidad los preceptos de la Regla y recibe con el mayor respeto y venera- 
ción a nuestro Dios Sacramentado. Hállanse fieles imitadores de la imponderable 
caridad de vuestro glorioso Hermano San Roque, exponiendo su vida por socorrer a 
los pobres enfermos... que se dedican con fervoroso celo a recoger varias limosnas 
do los Ricos para distribuírselas a los Pobres, y aún añaden de sus propios bienes 
para que el socorro sea más abundante. Los Hospitales, Cárceles, Calabozos y Su- 
plicios publican el celo con que muchos de vuestros y vuestras Hermanos practican 
las obras de Misericordia, mereciendo el título de Padres de los Pobres, Defensores 
de las Viudas y Protectores de los Huérfanos. Hay Sacerdotes del Señor y Minis- 
tros del Altar que renuevan en este siglo el celo ardentísimo de un San Ibón por la 
salvación de las almas; que trabajan con fruto en la instrucción de los Pueblos, 
educación de la juventud, conversión de los pecadores, perseverancia de los justos, 
aumento de la gloria de Dios y de la Iglesia... No faltan también Letrados hábiles 
que intentan imitar la piedad y sabiduría de aquel famoso y caritativo Abogado de 
los Pobres, defienden sus causas, sostienen sus intereses, los protegen contra los 
Grandes que injustamente quieran oprimirlos, los consuelan en sus trabajos y alien- 
tan con consejos saludables, con desinterés semejante al que aquel gran Santo y 
Hermano vuestro practicó en su profesión. Algunos imitan al glorioso San Conrado, 
y, disgustados como él del mundo, renuncian con generosidad cuanto éste les ofre- 
cía y... se retiran a los desiertos, octipándose en la meditación de la eternidad y 
ejercicios de rigurosísimas penitencias. Es innegable que, sin salir de vuestras Ca- 
pillas e Iglesias, renuevan muchos, en los días de sus espirituales ejercicios, las es- 
pantosas penitencias de aquel antiguo solitario, y que tiñendo con la sangre de sus 
venas los instrumentos de la mortificación, se les pudiera adoptar lo que decía el 
Profeta Elias: ¿Quiénes son éstos que vienen de Edoin, que vienen de Bosra con 
las ropas teñidas de sangre? En fin, el espíritu de penitencia, carácter de vuestro 



(1) Directorio, cit., p. 65. 

(2) Vid., P. Díaz de San Buenaventura, Espejo Seráfico, cit., p. 15. 



— 93 — 

Seráfico Instituto, engendra en muchos un vivo horror al mundo corrompido... No 
puedo pasar en silencio se ven aún entre los individuos de esta Seráfica Orden, fieles 
imitadores de su glorioso Hijo San Elceario, que guardan una admirable continen- 
cia, como la observó aquel y su esposa Santa Delfina, fruto también de esta Orden, 
observando los mismos medios de que se valió aquel incomparable Conde para el 
arreglo de su casa. Al ver las de éstos, fácilmente puede discurrirse, parecen más 
monasterios muy Regulares que habitaciones de gentes que viven en estado de ma- 
trimonio (1.). 

A través de este párrafo ponderativo del P. Fraga, ¡ como nos parece 
a nosotros asistir en espíritu a una consoladora renovación de la vida de 
los primitivos cristianos en nuestra Patria!... 

Si de aquí, pasamos, luego, a observar el espíritu de beneficencia de 
la Tercera Orden, individual o colectivo — que suele brotar, como de la 
raiz la planta, del espíritu de piedad — nuestro asombro subirá de punto al 
oir exclamar al Sr. Esténaga, refiriéndose a los Terciarios de los si- 
glos XIV y- XV: 

Sus beateríos eran hospitales de enfermos y peregrinos, casas de expósitos y 
remedio de todas las necesidades (2). 

Para no aducir aquí sino alguno que otro ejemplo, mencionemos ante 
todo a la noble matrona terciaria de Valencia, D.* Soriana, que consigue 
fundar un edificio para Arrepentidas, al que aporta también su ayuda (13 
de mayo de 1345) el Municipio de la ciudad, y que Pedro IV permite 
agrandar en 15 de marzo de 1362, poniéndolo bajo su real protección; en 
donde ella misma, secundada por otras Terciarias, conocidas entonces con 
el sobrenombre de Beatas, presta sus servicios materiales y de educación 
religiosa (3). De las Beatas Terciarias de Salamanca, echa mano, asimis- 
mo, la emperatriz Isabel, para que vayan en 1529 a establecer en Méjico 
Colegios de enseñanza de niñas, que debieron ser los primeros fundados 
en América con tal objeto (4). 



(1) Compendio de la V. O. T. de N. P. S. Francisco y práctica de sus Espiri- 
riinales Ejercicios, por el R. P. Alfonso de Robles. Falencia, 1824. Tercera impre- 
sión. La carta del P. Fraga, puesta al comienzo, lleva la fecha de 1774, pp. 13-14. 

(2) Disc. cit. por Legísima, Crónica del III Congreso Nac. Tere, de 1921, cit., 
p. 300. 

(3) Vid. Teixidor, Antigüedades de Valencia, cit., t. II, pp. 235-39. — Este mis- 
mo autor nos habla (pp. 201-03) de otra gran casa de mujeres terciarias, situada fue- 
ra de los muros de Valencia, cerca de la puerta de San Vicente, en donde rezaban 
juntas el Oficio prescrito por la Regla y hacían celebrar Misas. A las habitadoras de 
esta Casa "Terciarias de la Orden ele Menores", dejaba dos sueldos Nicolasa, mujer 
de Miguel Golduer, en su testamento, fechado a 18 de agosto de 1345 (Cfr. también 
VVadingo, Annales, etc., t. VII, ad. an. 1343). 

(4) Wadingo, Annales, t. XVI (2." ed.). pp. 265, 285-86, 299. — También hubo 
Terciarios que se dedicaron a la enseñanza. 'Juan de Alfonso, Canónigo de Coim- 
bra, afirma de sí mismo, con sentimientos de noble agradecimiento, deber su educa- 
ción eclesiástica a los Hermanos Terciarios de San Francisco (1406)". (P. Frede- 
GANDO, op. cit., p. 212. 



— 94 — 

No menos notorio debía ser el celo y calidad de nuestros Terciarios 
de hábito descubierto, cuando el gran apóstol Dominico San Vicente Fe- 
rrer acude a ellos para encomendarles el cuidado de los niños huérfanos. 
Los Terciarios, accediendo a sus deseos, no sólo se. encargan de ellos, sino 
que, después de la muerte del Santo, fundan una Cofradía especial para 
que los atienda con mayor solicitud. Estos Terciarios hallábanse también 
a servicio del Hospital de Santa María de Valencia, fundado por el ciu- 
dadano Ramón Guillem Cátala, el cual, si bien confía la administración a 
los Jurados de la población, dispone en su Testamento que en él tuviesen 
dei'echo a ser asistidos los Hombres de la Penitencia, o sea los Terciarios. 
Por los años de 1334, era Fr. Jaime Just quien dirigía el Hospital acom- 
pañado de otros Terciarios, en virtud de lo" dispuesto por el testador en 
su codicilo de i de mayo del mismo año. Llamábase también a estos Ter- 
ciarios ermitaños, según se desprende de las actas del Concejo (15 de ma- 
yo, 1409) en que habla de la 

Casa e Hospital deis de la Ter^a Regla de Sant Francesch, appellats Hermitans, 

y de San Vicente Ferrer recibieron consejos e instrucciones, guardando 
con suma veneración el Crucifijo que, viviendo el Santo, servía de guión 
a los Disciplinantes de dicho Hospital, al salir en procesión el Jueves San- 
to por la noche (i). Algunas mandas testamentarias posteriores nos dan 
a conocer que en el Hospital eran recibidos nuestros Terciarios de há- 
bito descubierto y otros pobi-es enfermos, y que el Administrador tenía 
obligación de proveer de lo necesario a los Terciarios Ermitaños que ha- 
cían vida penitente en los montes, siempre que éstos se lo demanda- 
sen (2). 

Por último, en la misma ciudad de Valencia, trabajó D. Luis de Ca- 
banillas y Villarasa, muy afecto a San Francisco, en el establecimiento de 
un monasterio de la Tercera Grden, con el tituló de Jerusalén y advoca- 
ción de la Virgen del Pasmo, destinado, tal vez, a algún fin. benéfico, y 
que por bula de Alejandro VI (9 de julio de 1496) fué puesto más tar- 
de a disposición de la Orden Seráfica (3). 

Desde eí siglo XV — alegaremos con el Sr. Esténaga — las demostraciones del 
espíritu altamente social de los Terciarios, son incontables: no hay lágrima que no 



(i) La Institución de Disciplinantets fué muy común entre nuestros Terciarios. 
Si bien data su fundación del siglo XIII, su promotor en Italia fué^ más tarde el 
franciscano B. Juan de Pace, que la estableció en Pisa. De esta Cofradía o Compañía 
era síndico en 1335 un Terciario franciscano. En 1840 eran siete las Compañías de 
Flagelantes de Pisa, y tenían un Hospital para servicio de sus enfermos. (Vid., Bar- 
soTTi, Pro-Memoria sul B. Giovanni della Pace, Pisa, 1901 ,pp. 78 nota, 85-88 y lio). 

(2) Vid. Teixidor. Antigüedades cit., t. II, pp. 299-301. 

(3) Id. ibid., t. II, pp. 201-203. 



— 95 — 

enjuguen, ni necesidad que no remedien. Se multiplican los Montes de piedad, los 
Pósitos de grano para los humildes labradores, la enseilanza a los niños, las Casas 
de arrepentidas, los Hospitales y los Asilos de ancianos. Sólo por vía de ejemplo, 
citaré una institución nacida fuera de nuestra Patria, en el siglo XVII, pero conna- 
turalizada en España. Son esos ángeles de paz, las de blanca toca, que pasan de- 
rramando dulzuras y consuelos a los desvalidos, a los menesterosos. Pues bien, las 
Hermanas de la Caridad brotaron del corazón de un Terciario, de San Vicente 
de Paúl. 

Recorred cada uno de vosotros las instituciones benéficas y más prodigadas por 
doquier en las diversas regiones de España, y sin temor a equivocarnos, podemos 
asegurar que las nacidas en los siglos XVI y XVII, casi en su totalidad, se deben a 
Terciarios Franciscanos... En confiíniación de lo dicho citemos, siquiera sea muy 
someramente, los pingües y abundosos frutos que durante esta época produjo la 
Orden Tercera de Madrid. Bernardino de Obregón, aguerrido militar... se entrega 
a la virtud, e instituye la Congregación de los Siervos de los Pobres, que tenía por 
fin asistir a los enfermos en los hospitales. El Venerable Antón Martín fundó el 
Hospital de San Juan de Dios, junto a la plaza que hoy lleva su nombre. El con- 
vento de Religiosas y el Oratorio, ambos llamados del Caballero de Gracia, fueron 
edificados por Jacobo de Gracia. La Venerable doña Antonia de Cristo y Ocampo 
hizo un Colegio para doncellas... en la calle de Atocha. Otro Colegio, con el título 
de la Magdalena, fundó para arrepentidas en la calle de la Hortaleza, una señora 
muy principal y Terciaria. La Ilustrísima Hermandad del Refugio la constituyeron 
don Pedro Lasso de la Vega, don Juan Jerónimo Serra y otros Terciarios. La 
Hermandad llamada de la Concordia, nació como una hijuela dentro de la misma 
Orden Tercera de esta Corte. La Congregación de San Pedro, de los naturales de 
Madrid, la formó Jerónimo de Quintana. La hora de Oración, que había en el Ora- 
torio de la Magdalena, la estableció Blas de Arenas, Y, por último. Doña Lorenzo 
de Cárdenas y Manrique, hija de los Condes de Puebla del Maestre, fundó el Hos- 
pital de la Orden Tercera y la celebérrima Obra pía de la redención de cautivos 
cristianos de Marruecos (1). 

Tales son las palabras del Sr. EsténIaga, el cual les pone término, 
diciendo : 

Ni el crítico más descontentadizo podrá menos de rendirse ante tal cúmulo de 
pruebas (2). 

Hablando de esta misma Orden Tercera de Madrid — la más impor- 
tante, sin duda, de España y sus colonias — , nos dice el P. Gutiérrez : 

Tienen allí una iglesia para sus ejercicios espirituales que puede competir con la 
de los Religiosos, y en el aliño y adorno de sus altares la excede. En ella se da 
cada día celebración de Misa a muchos sacerdotes pobres: tienen un Hospital sólo 
yara los Hermanos pobres de la Tercera Orden que caen enfermos, a donde se les 



(1) El P. Lorenzo Pérez ha publicado un precioso trabajo titulado :"La Ter- 
cera Orden de Madrid y los cautivos", en Archivo ibero-americano, 1920, núm. XLII, 
Pp. 289-320. 

(2) Legísima, Crónica del III Congr. Nac. Tere, de 1921, cit., pp. 300-01. 



-96- 

asiste con imponderable caridad y limpieza, pagando la Comunidad a los Médicos, 
Cirujanos y Apotecario. Y a quien no vea las cuentas, se le hará increíble la exhor- 
bitante cantidad que se gasta todos los años en la asistencia de los Hermanos en- 
fermos de aquella casa de piedad Seráfica. En dicho año (1690) o el siguiente se 
hizo una muy copiosa Redención de Cautivos Cristianos en Argel por parte de la 
misma Orden de Madrid, donde comúnmente suele ser Ministro della uno de los 
Señores Grandes de primera clase; y los Señores más principales suelen tener el 
oficio de Sacristán (i). 

A tenor de esta Tercera Orden, aunque en forma más modesta, se 
obraba en las demás. 

Todo lo que se hace — exclama el P. Arbioi. — en la Tercera Orden de Madrid, 
no se puede hacer en la de Zaragoza, ni todo lo que se hace en la de Zaragoza se 
puede hacer en la de Huesca, ni en otros pueblos menores (2). 

Y el P. Gutiérrez, después de ocuparse brevemente de la de Madrid, 
en los términos expuestos, agrega por su parte: 

Y aunque no todo lo que se hace en la Tercera Orden de Madrid se puede prac- 
ticar en esta ciudad de Valencia... ni lo que se puede practicar en esta ciudad de 
Valencia se puede practicar todo en otras ciudades y pueblos menores; pero en 
todas las partes donde está plantada la dicha Orden, y los Prelados y Religiosos Vi- 
sitadores (3) la cultivan con el debido cuidado, produce copiosos frutos de virtud y 



(i) Directorio, cit., pp. 65-66. — Lo propio dice el P. Arbiol, op. cit. pp. 38-39; 
sólo que, en vez de lo que el autor afirma de los Sacristanes, concreta más y dice: 
"Uno de estos años era Sacristana de la Tercera Orden de San Francisco de Ma- 
drid, una Señora Grande de España, y lo tenía a mucha honra". Y el P. Domingo^ 1»; 
LA Soledad (op. cit, p. 119), concretando más todavía, exclama: "La Excelentísima 
Sra. Duquesa de Avero... por los años de 1690 era sacristana de la Venerable Or- 
den Tercera de la villa de Madrid, teniendo a mucha dicha su Excelencia que la hu- 
biesen conferido tan santo ministerio". 

Este hecho, responde a la tendencia, muy habitual en los Terciarios de aquellos 
tiempos, de dedicarse al servicio del culto y a obras de caridad a favor de los necesi- 
tados. No sólo los individuos de la nobleza tenían a gala obrar así, sino también los 
mayores genios de la literatura. De Lope de Vega, que se hizo .terciario en 161 1 
(Ángel Salcedo Ruíz, Resumen histórico crítico de la literatura española, Madrid, 
ion, pp. 338), nos dice un contemporáneo y amigo suyo, también famoso literato, 
Dr. Juan Pérez de Montalvan, en 1636: "Retiróse de las ocasiones leves; trató só- 
lo del remedio de su alma; solicitó el hábito de la sagrada Orden Tercera... estuvo 
al servicio de los hospitales. (Vid. Fama postuma de la vida y muerte del Dr. Frey 
Lope Félix de Veqa Carpió, reimpresa en "Biblioteca de Autores Españoles", deRi- 
badeneira, t. XXIV, Madrid, 1885, p. XI). 

(2) Op. cit., pp. 38-39. — La Tercera Orden de cada sitio amoldaba su actuación 
social a las necesidades locales y a los propios medios de subsistencia, cual lo hace 
aún en la actualidad. De ordinario acude siempre a trabajar al puesto que ofrece 
mayor peligro. De aquí el que, al ver tan combatida, por ejemplo, en la Argentina, la 
enseñariza religiosa, se haya aventurado la Tercera Orden de Córdoba (de la misma 
República) a fundar y sostener brillantemente su gran colegio educativo de la In- 
maculada, hoy tan floreciente, secundando las iniciativas de su celosísimo Director — ■ 
alma de la misma — R. P. Antonio Martínez. 

(3) El Sr. Rodríguez de Sobarzo, ponderando (op. cit, fols. 320-21) la impor- 
tancia de los Visitadores o Comisarios de la Tercera Orden, cita de las Constitucio- 
nes generales de la Orden Primera, "el título de la Restauración de la T. O." con 
estas palabras: "Elíjanse Ministros para la T. O., que sean de ciencia, vida y cos- 
tumbres aprobadas" — y otra constitución de las que hizo en el Cap. Gral. de Toledo 
de 1633 el Rmo. P. Juan Bta. Campania: "Y para que los Comisarios de la Tercera 



— 97 — 

santidad, como consta de la experiencia. Y en la universal propensión que tienen 
los fieles de todos los estados para entrar en este sagrado Instituto, se verifica a la 
letra lo que dice el Papa Sixto V en la Bula... (Divince charitatis altitudo, de 29 de 
agosto de 1587) de que parece que toda la Iglesia Católica se quisiera anegar en la 
imitación, amor y devoción de nuestro Seráfico Padre San Francisco, que es como 
un imán celestial que tira a sí los corazones cristianos : Totam se veUt in Sancti 
Francisci imitatione, devotione et amorc immeryerc (1). 

Tal es el cuadro brillantísimo que nos ofrece la vida Terciana en 
nuestra Patria (2). ¿Para qué insistir ya más sobre este punto, dada la 
elocuencia de los datos expuestos? 

Pudo la funesta obra de la exclaustración interrumpir en algunos pue- 
blos esta brillantísima cadena de oro de la vida Terciaria, al privarla de 
los legítimos directores; pero no por eso logró despojarla del todo de las 
eficacias de su espíritu de piedad, que en varios sitios conserva aún el 
sabor de las costumbres antiguas de la Orden (3). He aquí, como Le Brun, 



Orden pocen en esta vida parte del fruto de su trabajo, determinamos que el que hu- 
biere ejercitado su oficio seis años loablemente, sin interrupción, goce de las exencio- 
nes que gozan los Definidores que han sido; pero si dichos Comisarios hubiesen sido 
Definidores, y ejercitaren el dicho oficio por seis años, gozarán de las exenciones que 
gozan los que han sido Provinciales". — Y añade el autor: "Y si miramos a la prác-^ 
tica, ella también da el oficio de Visitador, en las cortes y ciudades populosas, a per- 
sonas de más prendas (quejas de los Predicadores conventuales)... En. este convento 
de nuestro P. S. Feo. de Madrid, hemos conocido todos, de pocos años a esta parte. 
Visitadores de la T. O. que habían sido Lectores de Artes y Teología, otros Lectores 
jubilados y muchas veces Prelados en la Religión, y como ayer vimos en esta Casa, 
su Majestad (Dios le guarde) dio una Mitra al P. Cruz, Visitador General de la 
T. O. ; y en la verdad, sujetos semejantes son menester en esta Corte y Casa y otras 
semejantes, por las gravísimas concurrencias que suele haber de juntas, en que presi- 
de dicho Padre Visitador, a muchos Caballeros, Príncipes y Clero, en que ha de dar 
su voto y hacer pláticas a menudo, y aun dentro del Real Palacio, donde es fuerza 
entrar muchas veces a dar hábitos y profesiones, y hacer pláticas espirituales...". 

También los Visitadores de otras partes gozaban de. exenciones y privilegios. De 
los del Perú, nos dice Fr. Diego de Mendoza (Crónica de la Provincia de San An- 
tonio de las Charcas, Madrid, 1665, pp. 77-80) que tenían voto en el Capítulo Provin- 
cial los Rectores de la Tercera Orden de Cuzco, Potosí y Chuquisaca, únicos que ac- 
tuaban independientemente, pues en los demás sitios desempeñaban ese cargo los 
Guardianes de los respectivos Conventos. 

(1) Op. cit, pp. 65-67. 

(2) Del que nos ofrece en América, podemos formarnos idea recordando que 
fueron seis lerciarias de Salamanca — según ya dijimos — las primeras que en 1529 
fueron a establecer Colegios de niñas a Méjico; que en Guatemala dio vida un Ter- 
ciario, el Ven. Betancurth, a la Congregación hospitalaria de los Betlemitas, la cual 
tanta difusión obtuvo más tarde en América, y a la cual introdujo en Lima, en el 
último tercio del siglo XVIÍ, edificándole hospital,- el conde de Lemos, Pedro Fer- 
nández de' Castro (Vid. Lavalle, Galería de retratos de los Gobernadores y Virreyes 
del Perú, Barcelona, Edit. Maucci, 1909, p. 98) ; que en el Alto Perú fundaron en el 
siglo XVII los Terciarios Manuel de Salvares ( — 1650) y Simón Lombatini, el Mo- 
nasterio de Agustinas ("Mónicas") de Potosí, y el primero de ambos la Casa de Re- 
cogidas de la misma ciudad, para mujeres y niñas pobres, encomendándoselo a las 
Terciarias, de las que fué Abadesa algún tiempo la Sierva de Dios María Suárez de 
Jesús ( 1653). (Vid., P. Diego de Mendoza, Crónica, cit., pp. 475-601). 

(3) El cuadro que ofrecía en Portugal, a principios de siglo, nos lo pinta O li- 
bro dos Terceirós Franciscanos (Braga, 1903), hecho por uno de los miembros de re- 
dacción de A Vos de Santo^ Antonio, en la forma siguiente: "Entre las muchas Ter- 
ceras Ordenes que viven aún en Portugal, como monumentos derrocados de las mu- 
chísimas y florecientes que en años más felices... se desarrollaban adheridas a los 
claustros franciscanos, apenas tiene vida canónica una escasa media docena, siendo 
entre éstas dos o tres las que comprenden lo que es una Orden, lo que es una disci- 

Franciscanismo.— 7 



-98- 

nos describe una función mensual vespertina de la Tercera Orden de 
Zaráuz : 

En los cultos mensuales de la tarde, durante el rezo de la Corona Franciscana, 
seis hermanos, vestidos con la recia túnica y ceñidos con el blanco cordón, hacien- 
do caso omiso del respeto humano, van a lo largo de la iglesia cargados con cruces, 
con una soga al cuello y con una corona de espinas en torno de las sienes, o perma- 
necen quietos y en pié junto a una cruz y con los brazos extendidos sobre ella, o 
están sentados en un banquillo con las manos atadas y una caña entre ellas, o se 
inclinan sujetos a una columna que recuerda los azotes, o' están postrados en memo- 
lia de la Oración de Jesús en el Huerto. Y entre tanto, cuelga el escapulario de la 
Tercera Orden sobre todos los pechos, de mujeres y de hombres, y luego hay expo- 
sición solemne del Santísimo Sacramento y sermón en vascuence, y bendición y 
procesión por el claustro bajo del convento, en la cual es llevada en triunfo la 
imagen del dulce y penitente San Francisco (i). 

No es esta sino una de las fases variadísimas de la vida pública de 
nuestras Ordenes Terceras, tan ricas e ingeniosas antes en sus múltiples 
actos de piedad. 

Nuestros abuelos y aún nuestros padres — escribía en 1887, p. 266, Mensajero del 
Sagrado Corasón de Jesús, de Bilbao — recuerdan con sentimiento y entusiasmo aque- 
llos sacos de penitencia, aquellos escapularios, aquellas reuniones devotísimas, aque- 
llas públicas maceraciones, aquellas procesiones en que, al frente de todas las cofra- 
días, marchaban como a la cabeza, los Hermanos de las venerables Ordenes Terceras. 



plina de vida religiosa, y las que gozan de una organización canónica y franciscana, a 
tenor de las constituciones pontificias": confiesa, sin embargo, que "unas realizan 
grandes fiestas y procesiones esplendidas, nutren hospitales y asilos de niños y ancia- 
nos, y se consagran a catcquesis y otras obras cristianas, buenas y necesarias sin du- 
da, pero faltándoles, dentro de esta aparatosa corteza, la savia seráfica, la organiza- 
ción disciplinar, el espíritu que vivifica : son Cofradías ricas que nada mfluyen en la 
santificación individual, ni, por consiguiente, en la social, y nada más." (pág. 7). — En 
la actualdad ha recobrado ya mucha vida, merced al celo de nuestros Religiosos y a 
la publicación, Boletim Mensal da Orden Terceira, que éstos dirigen y editan en 
Braga; por manera que bien pudo decir el P. Antonio Correia en el segundo Con- 
greso internacional de Roma, celebrado en 1921 : "Los Terciarios portugueses pue- 
den afirmar, ante el Congreso internacional de Roma, que, en medio de las dificul- 
tades de estos últimos tiempos, continúan e intensifican el amor práctico de Nues- 
tro Señor Jesucristo, la frecuencia diaria o casi diaria de la Eucaristía, amor y 
fuerza de todos nosotros, y ejercitan todas iiuestras tradicionales obras de miseri- 
cordia, logrando salvar sus iglesias, hospitales, asilos, patronatos de niños y gim- 
nasios, destinados a los Terciarios viejos o enfermos, a la educación de sus' hijos, 
y a la de los niños de las obreras Terciarias que trabajan en las fábricas. Nuestros 
Terciarios han desarrollado su actividad en todos los terrenos : en el mismo Parla- 
mento, como diputados católicos, han dejado oír su voz serena, tranquila, llena de 
buen sentido, de verdad y de justicia, en momentos peligrosísimos para la causa de 
la Iglesia, haciendo que sus palabras fuesen escuchadas con deferencia, con respeto 
y casi con reverencia por toda la Cámara," (/í. II Congr. Intern. del T. O. F., 
cit., p. 263). 

(i) Vid. "Desde Zárauz", publ. en El Eco Franciscano, cit, 1914, p. 201-02. — ■ 
Idénticas costumbres se observaban hasta hace pocos años en varias Terceras Orde- 
nes de Castilla. Lo propio debía hacerse antes en Galicia. Al tomar posesión, en 1915, 
de la antigua iglesia franciscana de Ribadavia, descubrimos en el fondo del "Arma- 
rio de la T. O., muchas coronas de espino, sogas y cráneos... que eran, sin duda, los 
instrumentos utilizados para esas ceremonias por los Terciarios antiguos. 



— 99 — 

¡Qué edificante cuadro, sublime en su sencillez, evocando en la memo- 
ria las costumbres de nuestros Terciarios de antaík)! 

Quizá, empero, en ninguna región — apreciada en su conjunto — se haya 
conservado tan en contacto con el pueblo el espíritu de los antepasados de 
la Tercera Orden, como en la de Mallorca. Mallorca, a despecho de todas 
las vicisitudes, sigue siendo eminentemente franciscana y terciaria. 

Franciscana— dice el P. Cerda — por la devoción general que el pueblo mallor- 
quín profesa al Patriarca de Asís y a los santos de las Ordenes Seráficas; por su 
amor a las personas y cosas franciscanas, y, sobre todo, por las costumbres y prác- 
ticas piadosas de carácter y origen franciscano, que se conservan en Mallorca como 
tradiciones sagradas, y casi diremos como rasgos de su misma fisonomía y propia 
personalidad. Y terciaria, porque sus dieciseis mil Terciarios representan más del 
5 por ICO (el 5*33) de su población total ; porque apenas hay pueblo donde no se 
halle organizada una numerosa Hermandad; porque en la mayoría áe las poblacio- 
nes educan a los niños y sirven a los enfermos religiosas Terciarias Franciscanas 
(1), y porque Dios Nuestro Señor, en su bondadosa Providencia, ha querido que 
los Religiosos Franciscanos, encargados de sostener y aumentar en Mallorca el 
movimiento y el espíritu seráfico, fuésemos también Terciarios: los Terciarios Re- 
gulares de San Francisco (2). 

He aquí como se conserva en Mallorca, en todo su primitivo encanto, 
esa vida que fué la de toda España, que fué la de América, durante siglos 
y siglos. Con tal tenacidad lograron implantarla nuestros mártires espa- 
ñoles en los Terciarios del Japón, que perduró entre sus descendientes 
hasta después de mediados del siglo XIX, durante dos centurias — según 
dijimos en un principio — a despecho de la ausencia de toda clase de Mi- 
nistros católicos, rezándose entre ellos hasta el Oficio que prescribe la 
Regla de la Tercera Orden. ¿Por qué en España, en cambio, y en Amé- 
rica, perdió gran parte de su vigor, conservándose solo floreciente en al- 
gunos lugares? 



(i) Considerable es el número de Congregaciones Regulares de Terciarias Fran- 
ciscanas existentes en España. Aparte de las de Mallorca a que hace alusión el P. 
CerdÁj tenemos las Franciscanas Isabelinas, con treinta y cinco casas ; las Francisca- 
nas Misioneras de María, con tres casas aquí, dos en la Argentina, dos en Chile y dos 
en el Perú; Terciarias Franciscanas de Figueras, con casa en Figueras; Terciarias 
Franciscanas del Buen Consejo, con once casas ; Terciarias Franciscanas de la Con- 
cepción de Cataluña, con veinte casas aquí, dos en Marruecos, una en la Argentina,. 
y dos en el Uruguay; Terciarias Franciscanas de la Inmaculada, de Murcia, con doce 
casas; Terciarias Franciscanas de la Inmactilada, de Valencia, con treinta casas; 
Terciarias Franciscanas de la Natividad (Darderas) con doce casas; Terciarias Fran- 
ciscanas Francesas de la Enseñanza, con cinco casas; Terciarias Franciscanas de 
la Divina Pastora, con veinticuatro casas; Franciscanas del Rebaño de María, con 
once casas; Franciscanas de los Sagrados Corazones, con quince casas; Franciscanas 
de Santa Cruz, con once casas ; Hermanas de la Caridad de Santa Ana, con setenta y 
dos casas. Todas ellas se dedican a servir al pi-ójimo en Hospitales, Asilos, Colegios, 
Clínicas, etc. (V. Anuario Eclesiástico de 1919, Subirana, Barcelona, p. 400-403). 

(2) Estos Terciarios Regulares, tienen conventos en las poblaciones mallorquí- 
nas de Arta, Cara, Inca, La Porciúncula (Sunyer), Lluchmayor y Palma de Mallor- 
ca (Anuario, cit., p. 387). — Hay otra rama de Religiosos Terciarios Capuchinos, fun-" 
dados en 1899 por el Excmo. y Rmo. P. Luis Amigó y Ferrer, que constaba en 1919 
de lis Religiosos, distribuidos en ocho conventos (Annario cit. p. 387). 



— 100 — 

Hoy, por fortuna, ha cambiado la escena, y la Tercera Orden Espa- 
ñola puede dar ante el inundo espectáculos de grandiosidad en sus Con- 
gresos Nacionales de 1909 en Santiago (i) y de 1914 y 1921 en Madrid 
(2), cual no se halla ejemplo en ninguna otra nación católica. Sobre todo el 
último, honrado con la presencia del Rey que consagró España al Corazón 
Deífico, y de toda la Real Familia, de gran número de Prelados, de la 
Grandeza de España y Ordenes Militares, superó a cuanto puede decirse. 
¿Vuelven aquellos tiempos? "Aquellos tiempos vuelven...", responde el 
P. Legísima, Secretario y Cronista del Tercer Congreso. 

Existe nuevamente perfecta compenetración entre la historia patria y la historia 
franciscana; se deslizan ya por el mismo cauce, fertilizando la misma tierra, co- 
rriendo bajo un mismo cielo... Nuevamente, para bien de la Patria y de la Orden, 
se escribirán en el mismo libro las glorias franciscano-españolas, eco de las pa- 
sadas... (3). 

Y es que — como dice Miguel Peñaflor en El Universo, de 19 de di- 
ciembre de 1925 — , 

en España, en donde tanto y tan hondamente arraigó el f ranciscanismo ; donde 
existen las más gloriosas tradiciones franciscanas ; donde sus reyes y sus estadistas, 



(i) Crónica del Primer Congreso Nacional de Terciarios Franciscanos, cele- 
brado en Santiago de Galicia del 28 de julio al i.° de agosto de 1909 (escrita por el 
R. P. Fr. Francisco M." Ferrando, O. F. M.) Santiago, 1910. En 4.°, 255 pp. — Con 
motivo de este Congreso se organizó para el 19 de Septiembre del mismo año un bri- 
llante Certamen literario-artístico-musical, del que se da cuenta en la misma Cró- 
nica, pp.^ 227-249. Los doce trabajos premiados fueron publicados en folletos aparte 
con ef título general de Biblioteca del Certamen celebrado en honor de San Fran- 
cisco. 1909. Santiago de Galicia, (Barcelona, Tip. Católica, 191 1), y son: l.-Personali- 
dad físico-moral del Seráfico Patriarca, por D." Casilda Mexia y Sales (35 pp. en 
8.°) ; II.-La impresión de las llagas en el cuerpo de San Francisco. Realidad- 
histórica de este hecho, por el P. Fr. José Mosquera Pajarin (63 pp.) ; III.-La Or- 
den de Monjas Clarisas en sus diferentes ramificaciones, por el R. P. Fe. Da- 
niel Devesa Pérez (43 pp.) : IV. — San Francisco, Apóstol por su celo..., por 
D. Justo Macaya Laquidain, Pbro. (65 pp.) : V. — El Caballero de Cristo, por el 
R. P. Fe. Juan R. Legísima (78 pp.) : Ví. — El Pregonero del Gran Rey, por la 
Señorita M.° del Carmen García Neira (47 pp.) : VIL — San Francisco de Asís, 
heraldo de Cristo, por el M. R. P. Fr. Jaime Sala Moltó (51 pp.) : VIII. — Utili- 
dad práctica que reporta a las parroquias la Venerable Orden Tercera, por el 
M. R. P. Andrés de Ocerin Jáuregui (35 pp.) : IX. — La Misión Franciscana de 
Marruecos, desde su restablecimiento en 1856..., por el R. P. Fr. José M." Alvarez 
Infante (ios PP-) : X. — Actividad fecunda del Seráfico Patriarca en lo temporal 
•y espiritual, por el Pbro. D. B. (Delfín Bóveda), (172 pp.) : XI. — El Seráfico Pa- 
dre San Francisco, modelo de actividad para sus hijos..., por el R. P. Fr. Án- 
gel Prieto Román, (126 pp.) : y XII.— Vida compendiosa y popular de San Fran- 
cisco de Asís, por el R. P. Fr. Luis Nieto Andrés (125 pp.). — Los Religiosos pre- 
miados son todos Franciscanos y los no Religiosos Terciarios. Alma del Congreso 
y del Certamen, fuélo el autor de la Crónica. R. P. Ferrando. 

(2) P. Juan R. Legísima, O. F. M. — Crónica del (II) Congreso Nacional de 
Terciarios Franciscanos, celebrado en Madrid del 16 al 20 de mayo de 1914, en el 
séptimo Centenario de la venida de San Francisco a España. Madrid, Impr. de Ló- 
pez del Horno, 191. "5 (en 8.°, 794 PP-)- — Del mismo autor, es la siguiente: Crónica 
del JII Congreso Nacional de Terciarios Franciscanos celebrado en Madrid los días 
28, 29, 30 y 31 de octubre, y i de noviembre de 1921, con motivo del VII Centena- 
rio de la Fundación de la V. O. T. — Madrid, Impr. de López del Horno, 1922 (en 
8.^ S70 pp.). 

(3) Ultima Crónica, cit. (1921), pp. 18-19. 



— lOI — 

y SUS capitanes, y sus navegantes, y sus filósofos, y sus artistas, vistieron el hábito 
y ciñeron el cordón de la Orden,... es inmensa la legión de los devotos del Patriar- 
ca que santificó las poéticas riberas del Arno. 

Las letras, las artes, el Pueblo, la Nobleza, el mismo Monarca Español — con- 
cluiremos con Roca de Togores — rinden tributo de admiración y de cariño a San 
Francisco en la Tercera Orden... (1). 

Idéntico cpnsolador movimiento se observa en las repúblicas america- 
nas,^ hijas de nuestra Patria, algunas de las cuales se anticiparon a nosotros 
en la celebración de Congresos Nacionales Terciarios, como el Argentino- 
Uruguayo de 1906, en el que tomaron parte los personajes más ilustres 
del Plata, lo mismo en el campo social, que en el de la política católica, 
de las ciencias y de la literatura, fieles todos al programa trazado 'en las 
frases del Apóstol: instaurare omnia in Christo (2). 

Este programa renovador, q'ue tan,; brillanteinente reflejan nuestros 
Congresos, anima a la par los variadísimos aspectos de propaganda de 
nuestros Religiosos (3), eficazmente secundada por los grandes propagan- 



(i) // II Congr. Intcrn. del T. O. F., cit., p. 265. 

(2) Vid. Segundo Congreso Terciario Franciscano Catequístico Argentino Uru- 
guayo, Buenos Aires, Impr. de A. Grau, 1907. — No menos notable fué el Primer 
Congreso Terciario Argentino (1903). En e! estudio "Acción social católica", publ. en 
Revista Católica de Cuestiones Sociales, de Madrid, 1925, p. 381, se lee, con res- 
pecto al mismo: "Los votos expresados sobre el particular por el I Congreso, tu- 
vieron satisfacción en 1910, con el establecimiento en Buenos Aires de la Universi- 
dad Católica, en franca prosperidad actual". — También conocemos la Crónica del 
primer Congreso Nacional de la Tercera Orden Franciscana, celebrado en Santiago 
de Chile en 1920 (240 págs. de 19 por 27 1/2), la cual puede servir como de demos- 
tración palmaria del desarrollo alcanzado por nuestros Terciarios de dicha Repú- 
blica. 

(3) Limitándonos a la propaganda hecha por medio de la Prensa, y haciendo 
abstracción de las muchas Revistas franciscanas consagradas a este objeto y aun 
de los muchos libros publicados en diversos puntos de España y América — por no 
hacernos demasiado extensos, nos limitaremos a indicar las principales obras pu- 
blicadas por los Religiosos de la Provincia Seráfica de Santiago. Son estas obras : 
Estatutos Generales para la V. O. T. Secular,... publicados por acuerdo de la 
Congregación General de Paslrana... en julio del año 1893. Madrid, 1894 (en 4.°, 
^7^ Pp. (redactores, PP. Coli, y Ferrando). — Regla de la T. O. secular. Ediciones 
en Santiago, de 1904, 1907 y 1910 (en 32.", 32 pp.) — P. Francisco M." Ferrando: 
La Venerare O. T. después del Breve "Qui multa", Santiago, 1902: en 12.°, 164 
pp. — Id., Ahnanaque del Terciario Franciscano para 1902, Santiago, 1901 : en 8.°, 
68 pp. — P. lfi"RANCisco M. Malo: Cartilla y Regla de la V. O. T. de Penitencia,... 
Orihuela, 1883 : 16 pp. — P. José Coll : Regla y vida de los Terciarios Francisca- 
nos, Madrid, 1893: en 32.°, 32 pp. — Id., La Tercera Orden de San Francisco, Ma- 
drid, 1893 :_ en 12.°, .^92 pp. — P. Mariano Fernández : León XIll y la V. O. T. de 
San Francisco de Asís, Madrid, 1893: en 8.°, 100 pp. — Id., SS. D. Leonis PP. XIII 
Acta ad Tertitun Qrdinein spectantia, Quaracchi, 1901 ; en 8.°, 100 pp. — P. Martín 
Manterola: H ojitos Terciarias: serie de hojitas mensuales, impr. en Santiago, que 
comprende 120 números.-;-/í/., Instituto Popularísimo (La Orden Tercera Francis- 
cana). - Tomo I. - Secciones: C^i^ónica, histórica, apologética, musical y litúrgica; 
Santiago, 1923: en 8.", 700 pp. — Id., Cánticos de técnica, estructura y género diver- 
sos, etc., principalmente de la V. O. T. de Penitencia, Barcelona, 1924: en 8.", 
151 pp. — P. Modesto Armada, La V. O. T. de nuestro Seráfico Padre San Francis- 
co, Su naturaleza y acción, Santiago, 1923: en 8.°, 152 pp. — P. Plácido-Angel Rey 
Lemos (hoy, Obispo de Lugo) ; El Terciario Franciscano, 1877-1897. Homenaje a Su 
Santidad el Papa León XIII,... Santiago, 1897: en 4.° mayor, 80 pp. — Id., Instruc- 
ciones sobre la Regla de la V. O. T. de San Francisco, Barcelona, 1897 : en .32.°, 
126 pp. — P. Samuel Eiján, La Tercera Orden Franciscana en la vida social, Bar- 
celona, 1912: en 8.°, 294 pp. — ^y P. Jesús M." Lestón Pláticas Familiares sobre la 
V. O. T., Santiago, 1913, en 8.", 504 y 667 pp. 



— 102 — 

distas Terciarios, uno de los cuales augura que, de volver a generalizarse 
la Tercera Orden en nuestra sociedad, 

grande sería su influencia en las públicas y privadas costumbres, grandísima su 
trascendencia social. 

Y añade: 

Más que los decretos de los Reyes, más que los discursos de los Parlamentos, 
tnás que las bayonetas de los soldados, más que la vigilancia de la policía, volvería 
a ser entonces elemento de nueva regeneración y vida, la humilde, la grosera, la 
abyecta Cuerda de San Francisco (1). 

Sí, eso fué en lo pasado de nuestra historia nacional. 

Por eso, con la urdimbre 
de los buenos deseos, los Terciarios 
que sienten del amor sonar el timbre, 
formando una legión de voluntarios, 

levantan la bandera 

de la Orden Tercera (2). 

Y por eso la presencia del primer Congreso ya dicho, obliga a excla- 
mar a un poeta, que ve cual -tiende a revivir lo pasado en lo presente: . 

Y hoy mismo, ¿no habéis visto, 

Con emoción extraña, 
Del Serafín imitador de Cristo 
El casto aroma embalsamando a España? 
En el regio palacio, en la cabana, 
En la ciudad y en la escondida aldea, 

Su espíritu flamea, 

Y de Francisco se alza un relicario 
Donde quiera que, hum.ilde y animoso. 
Del cristianismo campeón glorioso 
Alienta y vive el férvido Terciario (3). 

Asi, pues, ¿bastará lo hasta ahora expuesto, para repetir, con El Men- 
sajero del S. Corazón de Jesús, de Bilbao, 1887, p. 261 : 

bien puede afirmarse que el catolicismo continúa apoyándose en San Francisco 
de Asís y en su triple familia franciscana, cuyas ramas se extienden por todo el 
mundo? 



(i) F. Sarda y Sai.vany, Propaganda Católica, Barcelona, t. IX, p. roo.' 

(2) Emilio Berenguer Mora, en Recuerdo Seráfico, etc., publ. en Vigo, Talle- 
res de E. B. Totilla, 1919, p. 6. 

(3) José M." Ruano: San Francisco en Santiaqo, publ. en El Eco Francisca^ 
no, 1910, p. iS4-.'í;.';. 



VIII 



La España franciscana y América. - El descubrimiento para la historia. - 
La leyenda del lobo y su conquista para la Fe. - Los Franciscanos civili-' 
zando un Nuevo Mundo. - Botón de muestra. - Empresa pedagógica. - 
Cooperación de las tres Ordenes Franciscanas. - ¿Anda de por medio el 
•Serafín de Asís? - La alegoría de Rubén Darío. - "¡Vuelve, Francisco!..." 



Pero, volvamos hacia atrás los ojos. 

En la marcha triunfal de la vida franciscana española, llega un mo- 
mento en que el espíritu de Francisco de Asís, difundido por los miembros 
de las tres Ordenes, invade todos los aspectos de la actividad social de la 
Península. Los hijos del Serafín de la Verna se han multiplicado de un 
modo prodigioso, y el pueblo puede elaborar ya aquel su refrán, que ha 
hecho famoso — repitiéndolo en nuestros días — la musa de Verdaguer: 

O por Fraile o por Hermano, 
todo el mundo es franciscano (1). 

Diríase que Gabriel d'Annunzio piensa tanto en España, como en 
Asís, al decir de esta última, en El aventurero sin ventura: 

Toda la ciudad es una imploración. El alma del Padre Seráfico se difunde por 
todo el valle, bendice y consuela todos los hogares. Los labios se mueven para el 
amor y la plegaria, las .rodillas se hincan, la mano traza la señal de la cruz. En cada 
mujer hay una clarisa, en cada hombre un terciario. 

España, en una palabra, hállase en condiciones de descubrir-— para cris- 
tianizarlo — aquel continente misterioso que otro genio franciscano, ■ el 
Beato Raimundo Lull, halló antes perdido entre los misterios de la 
ciencia, deduciéndolo, con intuición de vidente, del flujo y reflujo de las 
olas del Atlántico (2). 

Llega, en efecto, la hora más solemne de la historia mundial, en que 



(i) San Francesch, cit., pp. 141-42. 

(2) Trata este asunto el sabio mallorquín en el Quodlibeto intitulado: Qces- 
twnes per artem demostrativam solubües, quaest. 154; y hace sobre este texto, un 
bello estudio, la Sra. Pardo Bazán, en Colón y los Franciscanos, pp. 29 y s'ig. 



— I04 — 

una Terciaria — Isabel la Católica — se decide a empeñar sus joyas para 
comprar un nuevo continente, y otro Terciario — Cristóbal Colón — que al 
retiro franciscano de la Rábida 

lia volado con alma soñadora 

a pedir a la cruz de ese convento 

la orientación andaz de su camino, 

— como diría el. vate americano Bejrnardino Abárzua (i) — , dispone las 
carabelas que han de traérnoslo para civilizarlo, dándole nuestra lengua 
y nuestra cultura, y conducirlo con los vínculos del amor a los pies de 
Cristo. Misión es esta última que no pueden realizar los héroes de la es- 
pada, sino .los héroes de la cruz, y que exige número incalculable de obre- 
ros civilizadores a favor de empresa tan inmensa. ¿Y no será, quizás, para 
llevarla a cabo en el menor tiempo posible, para lo que el Señor no sólo- 
dispone la , multiplicación de los religiosos franciscanos en nuestro suelo, 
sino que expansiona el espíritu de su Fundador entre los demás españoles, 
a fin de que, animados todos de idéntico ardor de apostolado seráfico — 
lo mismo conquistadores de territorios que conquistadores de almas — resul- 
te eminentemente franciscana la epopeya, protegida por los frailes dé la 
Rábida, resuelta por una reina Terciaria y por otro genio Terciario ini- 
ciada? 



(1) "El poema de Colón", publ. en Misionero Franciscano, Revista de Chillan, 
1924, p. 130. 

Al visitar hace poco e! General Primo dk Ribera — Presidente del Directorio Mi- 
litar — el convento de la Rábida, dejó escrito en la celda del P. Marchena: "Para 
los doctrinarios que querían ver borrada de la historia de España la influencia de la 
fe cristiana, será buena lección visitar esta celda, donde el ascetismo enRendró el 
impulso que había de mover y ayudar la más grande obra de España". (Vid. El Eco 
Franciscano, cit., iQ2ñ, p. 2Q3). — Y en este mismo sitio, pronunciando Zorrilla de 
San Martín, en 1892, El Mensaje de América, con motivo del IV Centenario del 
Descubrimiento, dice, a su vez : " La América nació de una herida de gloria que 
esa España se hizo en el corazón... El descubrimiento de América, su conquista, su 
colonización, fueron un desgarrón de las entrañas de España; por esa enorme he- 
rida se derramó su sangre sobre el otro mundo... La América, señores, reconoce su 
deuda : en las puertas del Convento de la Rábida, arrodillada en esta tierra que pisó 
Colón el mensajero, y qu<> es la tierra santa de la redención americana, a la que 
'América vendrá un día en piadosas peregrinaciones, besa hoy en la frente a la' 
fiera España, a la buena España; la besa, sobre todo, en sus cicatrices, la llama ma- 
dre, la llama grande, en el transporte de justicia secular que ahora afluye a mis 
labios desde todas vuestras almas refundidas en la mía". {Conferencias y discursos, 
2." ed., Buenos Aires, 1905, pp. ."Jo-si). 

Estos mismos recuerdos, obligan a exclamar, en Colombia, a_ Fr. Ignacio Anto- 
nio Posada, dirigiéndose a los Franciscanos españoles, en su discurso "El Religio- 
so y la Patria" : 

"...no debéis miraros como extranjeros ei'. la tierra. ..no podréis extraviaros en 
ella ! ¡ Por todas partes encontraréis la cabana de vuestros padres, oiréis el idioma 
de vuestros abuelos ! ¡ No habrá ya mares, ni desiertos, ni montañas ignoradas para 
vosotros!". {Velada literaria, etc., Antolocjía, Calí, Tip. J. M. Sinisterra, 191 1, p. 23). 

El Convento de la Rábida ha sido restaurado hace algunos años, con fondos reuni- 
dos por suscripción provincial, merced a las iniciativas del gobernador de Huelva, 
D. Mariano Alonso del Castillo. (Vid. El Pensamiento Español, cit., 1868, p. 231). 
Hoy lo habitan religiosos Franciscanos. De lo que allí recuerda el paso de Colón, ha 
trazado el artista catalán Felipe Masó, unos croquis, que pueden verse reproducidos 
en La Ilustración Española y Americana, 1877, t. I, p. 336. 



— IOS — 

Acaba de decir nuestro rey Alfonso XIII, ante las autoridades civiles 
de toda la nación, reunidas en el Palacio del Hielo de Madrid — 22 de enero 
de 1925 — que 

Dios quiso elevarla (a España) a la cumbre de la gloria, confiándole la altísima 
misión de abrir un nuevo mundo a la Fe y Civilización cristianas (1). 

Asi lo dijo el monarca y asi es, Pero es también ciertísimo, que España 
asceridió a esta cumbre de su gloria llevada en alas del celo apostólico que 
en ella infundió el Patriarca de los Menores, porque la conversión y 
civilización del Nuevo Mundo, no menos que su descubrimiento, son tan 
inseparables de la actuación del espíritu franciscano, que bien puede de- 
cirse tiene aquí perfecta renovación la escena aquella del lobo de Gubbio, 
tan bellamente descrita por los poetas americanos Rubén Darío y Al- 
fredo GÓMEZ Jaime. Francisco de Asís conjura la ferocidad del lobo, el 
cual sigue sus huellas hasta la cumbre, símbolo de la fe sobrenatural. Allí 
la vida religiosa de Francisco, observada por la fiera, hace que ésta vaya 
transformándose. . . 

Absorto, con los ojos clavados en el cielo, 
aquel tesoro vivo de giacia y de consuelo, 
contempla a Dios. En tanto la fiera ennoblecida 
por algo prodigioso que penetró en su vida, 
empieza a transformarse, por fuerza del amor, 
en un sagrado símbolo de gloria y de dolor. 
Así, cuando del éxtasis divino despertando, 
busca al lobo Francisco, cegado por la luz, 
sólo ve un corderillo que lo mira temblando 
con ojos que recuerdan al mártir de la Cruz (2). 

Establézcase un paralelismo entre esta escena y la de la civilización 
cristiana de los antiguos pobladores de América, transformados de lobos 
en corderos por el espíritu de San Francisco, y podrá apreciarse en toda 
su belleza la grandiosidad de la epopeya más asombrosa que contempla- 
ron los siglos; la de dar una civilización completa a un mundo nuevo, tal 
cual se la dio la actuación seráfica al gran continente de allende el At- 
lántico. 

Más todavía: como representantes más genuínos de ese espíritu será- 
fico, figuran allí en primera línea los hijos de la Primera Orden Fran- 
ciscana, que si de una parte se sacrifican a favor de la civilización de 
aquellas gentes, se convierten de la otra en defensores abnegados de los 



(i) Vid. El Debate, de Madrid, 23 de enero, 1925. 

(2) GÓMEZ Jaime: El Hermano Lobo, publ. en Revista Franciscana del Perú, 
Lima, 1924, PP. .364-45- 



— io6 — 

indígenas en frente a los abusos de algunos de los dominadores. Gui- 
llermo A CHAVAL, cuyos entusiasmos patrióticos le inducen a pintar la 
dominación española con pincel injustificadamente recargado de sombras, 
hace en esto justicia a nuestros evangelizadores exclamando: 

La Conquista y el Coloniaje no podían así ser tin dolor eterno, y Dios enviaba 
alguna vez un San Francisco. Entonces aparecía la cruz... ¡Cuan grande no debía 
ser el asombro del salvaje! Acaso pensara que aquel hombre aparentemente igual 
a los otros europeos procedía de otra estirpe. Por vez primera oía hablar de paz, 
de caridad, de dulzura y de perdón, sin que esas palabras fueran seguidas del sar- 
casmo que las coronaba otras veces. Recién escuchaba aquella voz que trémula de 
fe llevaba a sus oídos la Revelación... En lugar del látigo sólo veía un cordón, y 
un cordón que oprimía justamente el mismo cuerpo vestido por el sayal. Por un 
momento parecía que la ambición dejaba su sitio al Evangelio, y así sobre el hori- 
zonte del Atlántico asoinaba un sol de paz... (1). 

Tal es, en pocas palabras, el cuadro maravilloso de la epopeya evan- 
gelizadora de los Franciscanos; de esa epopeya grandiosa, cuyo primer 
eslabón va a buscar a La Rábida en genio creador de Eduardo Marquina, 
para poder luego decirnos: 

que juntos, desde entonces, con la venia de Dios, 
¡hacen un nuevo mundo San Francisco y España! (2). 

Estudiar, ahora, bajo este punto de vista, las fases diversas de dicla 
epopeya, no puede caber, por sus proporciones colosales, dentro de las 



(i) El Clero Argentino de 1810 a 1830, t. I, Buenos Aires, impr. de M. A. Rosas, 
1907. Edición costeada por el "Museo Histórico Nacional", Prólogo, pp. 12-13. — 
El papel que este autor y otros muchos hacen representar a los directores^ de la go- 
bernación española en Indias, se halla hoy desautorizado^ por la sana crítica; pues 
alguno que otro caso particular, no quita fuerza al interés grandísimo que ponía la 
Madre JPatria en enviar allí virreyes y gobernadores dignos en todo de tan altos 
puestos. Leyendo la Galería de retratos de los Gobernadores y Virreyes del Perú, cu3ro 
texto se debe a la pluma de J. A. de Lavalle (Barcelona, Edit. Maucci, 1909), há- 
llase en ella la mejor apología de la actuación española en tal sentido. Véase, por vía 
de ejemplo, como pinta al Conde de LemoS, D. Pedro Fernández de Castro (murió 
en 1672), que tantas instituciones benéficas dejó fundadas en Lima: 

"Fué el conde de Lemos hombre sumamente religioso, humilde y caritativo: hacía 
oración, oía dos misas, rezaba el Oficio parvo, el divino, el santo rosario y comul- 
gaba diariamente; asistía a cuantas fiestas, octavarios y distribuciones religiosas se 
celebraban en la ciudad: mandaba aplicar 30 misas por el alma de todos aquellos a 
quienes hacía ajusticiar... barría con sus manos la iglesia de los Desamparados, ce- 
baba las lámparas del Santísimo y tocaba el órgano en la Misa cantada de los 
domingos: visitaba a los enfermos en los hospitales, les servía la comida de rodillas, 
les besaba las manos y les dejaba cuantiosas limosnas : del último de sus hijos hizo 
padrino a un negro africano, esclavo del convento de San Francisco, en cuya cocina 
sirvió por más de veinte años, sin haber salido de ella sino para éer padrino del 
hijo del Virrey." 

A despecho de éste y mil otros casos parecidos — lo decimos con tristeza — , ha 
podido escribir, en 1868, El Pensamiento Español, p. 236: "Los héroes españoles 
de la _ conquista y civilización de América no tienen en ninguno de aquestos vastos 
imperios creados por su esfuerzo, monumento alguno que acredite su memoria". 

(2) Vid. "La poesía de San B'rancisco de Asís", publ. en El Debate, 24 de 
mayo, 1926. 



— 1-07 — 

extrecheces del presente trabajo. Volúmenes enteros serían cortos para 
abarcarla, ni aun en síntesis (1). ¿Bastará en nuestro caso aducir, como 
botón de muestra, un solo cuadro, siquiera sea reducido a dosis homeopá- 
tica? Helo, pues, aquí, extractado de la conferencia "Los Misioneros de 
Nueva Espafía", del profesor mejicano Don Romano Muñoz, por la» 
diestra pluma del autor de Prinñcias religiosas de América, R. P. Ra- 
món G. MuiÑos. Habla en ella de los primeros franciscanos que aborda- 
ron a Nueva España, 

inmortales varones que son las avanzadas de esta cultura mejicana y que rotura- 
ion la tierra en que se iban a depositar las simientes de la civilización española, 

y dice: 

Las instrucciones que los Misioneros recibieron al venir, son notables por el alto 
sentido humano y práctico que en ellas campea: 

— Predicad con alegría; id y enseñad a aquellas gentes; que ni el que planta, 
i'.i el que riega haCe algo, sino Dios es quien da el fruto, 

Y agrega a continuación: 

Iban ellos, los , Hermanos Menores del Santo de la Umbría, descalzos, miserables, 
pobres de traje, pero ricos de bondad que aun ilumina hoy nuestra gratitud. Muchos 
de ellos perecieron a manos de los indios; otros sustituyeron las aras sangrientas en 
que se consumaban los sacrificios, por altares limpios en que se consumía el Cordero 
inmaculado y se encendían como cirios el amor de Dios y el amor al prójimo. Aca- 
tando el verso maravilloso, se quitaban las sandalias a veces, para no herir las 



(1) La bibliografía de la actuación franciscana en América es copiosísima. Nos 
limitaremos, por lo tanto, a indicar aquí las obras siguientes, escritas por Religiosos 
de la Prov. Seráfica de Santiago : P. José Coll : Colón y la Rábida, Madrid, 1892, 
en 8.°, pp. 485. — P. Ramón García Muiños: Primicias religiosas de América, San- 
tiago, 1894: en 8.°, XVI-291 pp. — P. Daniel Sánchez: Un gran Apóstol de las 
Américas (P. Antonio Margil de Jesús), Guatemala, 1917: en 8.°, 255 pp. — Id., His- 
toria de los Indios de Nueva España escrita en 1540 por Fr. Toribio de Benavetí- 
tc, etc., Barcelona, 1918. Por lo demás, el P. Ángel Ortega tiene en publicación 
una obra, en cuatro tomos, titulada La Rábida, y en la Rev. de Madrid, Archivo 
íbero-americano, se publicarj en casi todos los números trabajos de gran importancia 
sobre la colonización franciscano-americana. 

Entre los trabajos históricos de conjunto, relativos a una región determinada, 
citaremos el 'titulado La Orden Franciscana en Costa Rica, obra extensa de Eladio 
Prado (Cartago, 1925), que ofrece la ventaja de ofrecernos, en copiosos grabados, 
la intensa labor artística del franciscanismo en dicha República. 

Son, por último, además, dignas de consulta. La Orden Franciscana en el Uru- 
guay, por el P. Pacífico Otero_ (Buenos Aires, i9o8),_ y otra del mismo autor, titu- 
lada : Dos héroes de la reconquista : La Orden Franciscana en el Tucumán y en el 
Plata (Buenos Aires, 190^). Para COTocer la actuación misional en Nuevo Méjico, 
véase P. Otto Maas : Viajes de Misioneros Franciscanos a la Conquista de Nuevo 
México, Sevilla, 1915. Con este asunto se halla enlazado el Libro segundo de la Cró- 
nica Miscelánea, de Fk. Antonio Tello, sobre la conquista de la Provincia de Xa- 
lisco en el reino de Galicia y Nueva Vizcaya, descubrimiento de Nuevo Méxicoi 
etc., (Guadalajara, Impr. de "La República Literaria", 1891. El P. Otto Maas tiene, 
también, otro libro muy importante, titulado: "Las Ordenes Religiosas de España y 
la Colonización de América, en la segunda parte del siglo XVIII", (Barcelona, 
Fidel Giró, 1918). 



— io8 — 

piedras riel camino. Comiendo mal, caminando extensiones inmensas con unas cuan- 
tas tortas de maiz en Ja manga de su hábito, como decía el limo. D. Fray Juan 
de Zumárraga ; combatiendo con la palabra y con las señas cuando la palabra 
faltaba, aprendieron la teología que no conoció Santo Tomás, que eran los nuevos 
idiomas en que tenían que trasmitir sus enseñanzas a los aborígenes. 

Se les veía en los atrios de los templos recién construidos, o a la entrada de los 
mercados, y se valían de los niños o de figuras geroglíficas para enseñar el Credo 
y las oraciones de la Iglesia, o les pintaban los pecados que venían a borrar de sus 
almas y a condenar en sus costumbres. Fr. Juan Caro les enseñó el canto, Pedro 
c!c Gante las matemáticas, la lectura, el trabajo en los talleres; Mendieta, Olmos, 
Giberti y Sahagún y Fr. Alonso de Molina estudiaron con devoción y pericia las 
lenguas que se hablaban en esta Nueva-España; y hubo uno de vida simple y ejem- 
plar llamado Fray Francisco Tembleque, a quien se debe la arquería de Cempoala 
y que dejó labor perdurable en las piedras que fue colocando su paciencia con la 
(gracia de su sabiduría. 

Los tmos pintando, los otros tallando, los otros enseñando a contar, iban por 
los pueblos y aldeas, apaciguando una rebelión aquí, calmando una pena allá, cola- 
líorando en la redacción de las leyes, a veces se convertían en niños jugando con los 
niños para poder aprenderlos más fácilmente el idioma ; y era de vérseles a la tarde, 
cuando recogidos a la sombra de un árbol del .convento, como en el atrio de Texcoco, 
se cotejaban los apuntes que habían tomado durante las faenas escolares del día. 

De ese modo aprendieron el náhuatl y penetraron los secretos de plantas y mine- 
rales desconocidos, legándonos un tesoro de saber y de bondad que hoy es regocijo 
de los que continúali difundiendo la llama sagrada de la cultura patria. Estudiaron 
ti mixteca, el totonaco, el zapoteen, el chontal, el otomí, el huasteco y el tarasco; 
escribieron sermones, manuales litúrgicos y vocabularios de todos esos idiomas; hi- 
cieron versiones parafrásticas, traducciones de vidas de Santos, o de autos y piezas 
dramáticas y de libros como las fábulas de Esopo, y mientras vertían a los idiomas 
de los naturales los bandos del Gobierno virreynal, trazaban los planos de las ciuda- 
des, las nóminas de los tributos y dejaron escritas con caracteres castellanos, esos 
que un escritor llamó justamente manuscritos epigráficos y que son una fuente 
inexhausta de noticias de aquellas costumbres que hoy son la delicia de los que 
sc.ndean el misterio latente del folklore. 

Los nom.bres de Sahagún, Zumárraga, iíotolinia, Mendieta y de todos los escri- 
tores beneméritos que haciendo paréntesis de fruición de sus ratos de ocio se consa- 
graban a redactar sus memorias de viajes — como el Padre Ponce — o las noticias que 
sirven a maravilla para reconstruir la vida prehispánica — como Torquemada, Ar- 
k'gui, Burgos, Vetancurt y Florencia — resplandecen como, astros de magnitud perdu- 
rable en los fastos de nuestra ,vida colonial y en el zodíaco fulgurante de nuestro 
corazón (1). 

He aquí, en esos rasgos históricos, trazados por el Sr. Muñoz, una 
muestra de la acción civilizadora de los Franciscanos Españoles, que pue- 
de repetirse al trazar el cuadro de la formación de cada uno de los infini- 
tos pueblos de tantas hoy día florecientes nacionalidades. Entre los diver- 
sos aspectos que ofrece esta acción a la curiosidad histórica, uno hay que 



0) "Semana franciscana (en Méjico)", publ. en El Eco Franciscano, cit, 1924, 
PP. .=569-70. 



— 109 — 

revela a maravilla los desvelos civilizadores de nuestros misioneros. Me 
refiero a las escuelas de enseñanza entre los indios, cuyo grado de supe- 
rioridad sobre las actuales podrán apreciar los lectores, a la vista de esta 
descripción, relativa a la primera, instituida por Fr. Pedro de Gante en 
Méjico. Cedamos la palabra al P. Bottaro, el cual nos dice: 

En 1526 (es decir, dos años después de desembarcar en aquellas tierras los Fran- 
ciscanos) fué trasladado a Méjico, donde fundó la célebre escuela de San Francisco, 
en la cual llegaron a juntarse hasta mil niños, los cuales, según Icazbalceta, por la 
mañana recibían lecciones de lectura, escritura y canto, y por la tarde se les predicaba 
y se les enseñaba el Catecismo. Las escuelas eran salones espaciosísimos, a manera 
de talleres, construidos junto a la iglesia. Esta escuela es la que en los prim.eros 
tiempos adquirió gran resonancia y produjo abundantísimos frutos, pues llegó a orga- 
nizarse de tal manera, que en ella se enseñaban, no solamente las letras, sino que se 
establecieron talleres de sastrería y zapatería, carpintería y herrería, hubo clase de 
pintura, canto, música y arquitectura. Esta escuela era, no sólo un centro importantí- 
simo de cultura intelectual, sino que era, a la vez, un centro de propaganda catequís- 
tica, pues los niños, así que se encontraban en condiciones de desempeñar por sí. mis- 
mos las diversas funciones que habían aprendido, eran enviados a las diversas iglesias 
que se habían construido, vecinas a Méjico, y allí oficiaban las Misas, cantaban los 
Oficios, propagaban la religión y combatían los cultos idolátricos. De este misnid 
Colegio salían los que habían de gobernar a los pueblos, como los alcaldes, los jueces 
y regidores, que eran otros tantos intérpretes y propagandistas de las enseñanzas mo- 
rales y religiosas que habían recibido en el Colegio; de allí mismo salían maestros, 
que, al volver a sus pueblos, llevaban consigo los gérmenes de una verdadera reno- 
vación moral e intelectual que, de tal manera se había pronunciado, que el Arzobispo 
Zumárraga, en 1544, veinte años después de iniciada la conquista, quería que se tra- 
dujese al español el catecismo que en mejicano había compuesto el P. Córdoba, porque 
eran tantos los que sabían leer... (r). 

Y puesto que acabamos dé nombrar al franciscano Fr. Juan de Zumá- 
rraga, no estará por demás decir que, paralelamente a la educación esco- 
lar, inauguró gloriosamente la difusión de la cultura por medio de la intro- 
ducción de la imprenta en América, emulando asi las iniciativas realizadas 
en España por nuestro Cardenal Cisneros. 

Lo que el uno — dice Montes de Oca— llevó a cabo en el antiguo mundo, rodea- 
do de una falange de sabios y con elementos de todo género, el otro lo emprendió 
en la Nueva España, teniendo que llevar de Sevilla la primera imprenta que cruzara 
los mares, y sirviéndose de inexpertos indígenas y de colaboradores ignorantes del 
idioma en que estampaban las máximas evangélicas (2). 



(i) Fr. José M." Bottaro: "Cuarto centenario de la fundación de la primera 
Escuela en América", publ. en El Plata Seráfico de Buenos Aires, 1024. P- 286 sig. — 
Acerca de las escuelas franciscanas de primeras letras en la Argentina, vid. Fr. Luis 
DE Córdoba: El Convento de San Francisco de Santiago del Estero, 1Q22, p. 89. 

(2) Elogio fúnebre del Cardenal Cisneros, publ. en El Plata Seráfico, 1918, 
V. 169. 



— no — 

Al propio tiempo que así educaban nuestros Religiosos a los indios, 
inaugurando gloriosamente las primeras escuelas de América, hacían lo 
propio para con las niñas, nuestras Terciarias de hábito descubierto, seis 
de las cuales fueron enviadas de Salamanca — ^por gestiones de la empera- 
triz Isabel, esposa de Carlos V — para establecer en Méjico los primeros 
Colegios. Habiendo salido de España en 1529, diéronse tan de lleno a su 
empresa, que al poco tiempo contaban con Colegios de 400 y 500 alumnas 
en las ciudades de Tuquimilio, Tetzcuco, Quanthitlano (sic), Tlalmanal- 
00, Tepeacac y Tehuacán, contribuyendo, en tal forma, eficazmente a la 
civilización del país (i). 

Pero lo miás notable en este particular, es que hayan contribuido tam- 
bién poderosamente a la civilización americana nuestras Religiosas espa- 
ñolas de clausura. El Todopoderoso, como para darnos a conocer la efica- 
cia de las oraciones de las Vírgenes del Señor a favor de la conversión 
del mundo, quiso premiar los ruegos de una de ellas — de la Ven. María 
de Jesús de Agreda — por la conversión de los indios de Nuevo Méjico, 
haciendo que ella contribuyese milagrosamente a instruirlos y convertirlos. 
He aquí como se divulgó el prodigio, tal cual nos lo relata el P. SAMA^^E- 
go: en 1622, los Misioneros franciscanos de Nuevo Méjico, pocos en nú- 
mero para la evangelización de tan extenso territorio, comenzaron a reci- 
bir la visita de numerosos indios del interior que venían a solicitar el bau- 
tismo, y aseguraban 

que había muchos días que andaba una mujer en su reino predicándoles la ley de 
Jí-sucristo; que a tiempos se les ocultaba y no sabían donde se recogía; que ella les 
había puesto en el conocimiento del verdadero Dios y su ley santa, y ordenándoles que 
iüs viniesen a buscar, para que los bautizasen. Admiráronse — añade — los religiosos 
del prodigio, y mucho más cuando, llegando a instruir a aquellos indios, los hallaron 
perfectamente catequizados. 

Prosigue el P. Samaniego exponiendo los medios por los cuales llegó 
a inquirirse quien fuese la tal mujer en ocho años continuos, al término 
de los cuales cayeron en la cuenta de no ser otra que la gran Sierva de 
Dios, la cual, estrechada y compelida por la obediencia, se lo declaró 
abiertamente, alegando que no podía decir el cómo, pero que 

el modo — exclama — a que yo más me arrimo y que más cierto me parece fué, es 
aparecer un Ángel allá en mi iigura, y predicarlos y catequizarlos, y mostrarme 
acá el Señor lo que pasaba, para el efecto de la oración (2). 



(1) Wadingo, Annales, etc., t. XVI, 2." ed., pp. 265, 285-86, 2gg. 

(2) Vid. Mística Ciiidad de Dios, t. I, Barcelona, 1860; Relación de la vida, 
etc., cit. XII, pp. 20S-213. 



— III — 

Maravilla, en verdad, asombrosa en la que se nos descubre la bondad 
del Altísimo, haciendo intervenir también en la evangelización de Amé- 
rica a una de nuestras Religiosas de clausura, a fin de que, de este modo, 
las tres Ordenes Franciscanas tuviesen parte directa en tan admirable 
empresa. 

Así formaban un Nuevo Mundo los franciscanos. Lo propio que los 
mencionados en Méjico, lo hacían los que en 1540 acomjpañaban a Fr. Gon- 
zalo Méndez a Guatemala (i), los que en Costa Rica 

fecundaron con su savia la tierra toda (2), 

los que con el P. Luis Bolaños evagelizaron las tierras del Paraguay, los 
que secundaron en su empresa gigantesca al admirable San Francisco 
Solano, que fué para las Indias Occidentales lo que San Francisco Javier 
para las Orientales, y al cual veneran como Apóstol y patrono, no sólo la 
Argentina, Uruguay, Chile y Perú, sino muchos otros pueblos del nuevo 
continente (3). ¡Qué labor gigantesca la por ellos realizada a costa de sa- 
crificios inmensos! 

Frades foron os primeiros 

arrufados argonautas 

que alcendéno a lus do esprito 

na noite sen fin das almas 

pol-o esforzó descobertas 

e o anemigo aferrolladas. 

Foron... do Sur nos Ilaneiros 

que bica, saudoso, o Plata, 
e os Andes irtos, coroan; 

ñas parcelas abrasadas 

do trópico, en que Dios puxo 

do ceio as menesmas galas... 



douquer que do Sagro Verbo 
o credo azul se inorara, 



(1) P. Daniel Sánchez, San Francisco de Guatemala y sus imágenes, Guate- 
mala, 1917, p. 43- 

(2) Vid. Heraldo Seráfico, de Costa Rica, 1922, p. 324. 

(3) A pesar de no haber sido beatificado el Santo hasta 1675, ni canonizado 
hasta 1726, antes de los veinte años de su muerte, "las ciudades americanas más 
populosas le aclamaban su protector y especial patrono ; Lima, por acuerdo oficial 
de ambos Cabildos, a instancias del pueblo, a 26 de junio de 1629, Plata el 15. de 
febrero de 1631 ; Panamá, el 4 de julio de 1631 ; Cartagena, el 11 de octubre de 
1631; Cuzco, en 1632; Santiago de Chile, el 28 de agosto de 1633, etc." (Enciclo- 
pedia Espasa, t. XXIV, p. 1.058). _ Vid. sobre el particular el ya cit. libro del 
P. Otero, Dos héroes de la reconquista, que son San Francisco Solano y el P. Luis 
Bolaños. — En la Crónica del Sc.anndo Congreso Terciario... Argentino-Uruguayo, 
puede leerse un buen trabajo del P. Otero, tit. "San Francisco en el Plata", pági- 
nas 441 y sig., acerca de la actuación de los Franciscanos en estas regiones de 
América. 



— 112 — 

a homildá de San Francisco, 
que homildes varos encarnan 
paseou sua insignea gloreosa 
pol-os milagres oupada (1). 

Esta verdad misma, la expresa en prosa el P. Inocencio Marchessi, 
escribiendo en La Unión, de Santiago de Chile, el 21 de diciembre de 1919: 

Los historiadores de todas las naciones y de todos los siglos... reconocen a la Or- 
den Franciscana el gran mérito de haber sido la Orden religiosa que más ha trabajado 
por su civilización y progreso. Su trabajo ha sido sin interrupción, no dejando en su 
apostólico ministerio laguna alguna, como otras de que si apenas queda el recuerdo. 
Desde su descubrimiento hasta el presente, el franciscanismo ha penetrado hasta las 
regiones más apartadas. No ha habido mares, ni ríos, ni desiertos que hayan podido 
detener su marcha y oponerle barreras. Animado por el fuego de la caridad de Cristo, 
el franciscanismo ha llevado a todos sus habitantes, ignorados por tantos siglos por 
la vieja Europa, luz, verdad, verdadera y sólida civilización". 

No fué, por consiguiente, su obra, obra de un día o de años, como la 
de los conquistadores de armas, sino lenta, secular, erizada de sacri- 
ficios incalculables; pero es también la única que perdura para dicha de 
España, que vio rotos por un grito de independencia los vínculos materia- 
les que antes las unían a la metrópoli. Sí, pasó para España el período 
del dominio material, obra de sus caudillos; mas le queda todavía allende 
los mares el fruto de la obra de los frailes, es a saber, su lengua, su fe, 
sus costumbres, sus ideales, informando todo un continente; quédale, en 
una palabra, — para simbolizarla en su forma más augusta — 

¡La cruz del misionero, 

abrazando la tierra americana!,... 

en frase del argentino Ricardo Gutiérrez (2). Y, ¿por qué no decirlo? 
Quédale, con ello, lo que más debe enorgullecería. Manifiéstalo así des- 
de Caracas el poeta Antonio Calcaño, al exclamar: 

¡ Eterno galardón, lauro fecundo ! 
El es ¡oh, España!, tu mejor diadema... 

i lu fe que a Dios dá un mundo ! (3) ; 



(i) Antón de Pepino, poesía "¡Vida!", en El Eco Franciscano, 1925, pp. 
161-62. — Respecto a los Franciscanos portugueses y españoles que evangelizaron el 
Brasil, vid., P. Basilio Bovver, O. F. M., A Provincia Franciscana da Inmaculada 
Conceiqao do Brasil, etc., Pretrópolis, 1922, pp. 11-13. — En esta reseña histórica 
puede admirarse la actuación de nuestros frailes brasileños, _ en la que brillan, como 
astros de primera magnitud, Fr. José da Costa Acevedo, primer Director del Museo 
Nacional (s. XVIII) y Fr. Francisco Marianno da Conceigao Velloso, del mismo si- 
glo, botánico el más célebre de aquella nación. (Vid., ibid., pp. 263-64 y 264-72). 

(2) "El Misionero", publ. en Gómez-Bravo, S. J., Tesoro poético del siglo XIX, 
t. VI, Madrid, 1902, p. 260. 

(3) "Oda al Concilio Vaticano", publ. id., t. VI, p. 69. 



— lis- 
ie de la que allí son heraldos, según ya dijimps, esos héroes obscuros que 

ebrios todos de un vino luminoso 
que no beben los bárbaros, y envueltos 
en andrajos, son almas de coloso 
que treparán a la impasible altura 
donde afilan sus hojas los laureles, 
con que ciñes de olímpica verdura 

en tu vasto proscenio, 
a los ungidos de tu crisma ¡ oh, Genio ! (1). 

Pero, no, no. Los frailes, como rehuyendo esta gloria, atribúyensela 
por completo a su glorioso Fundador, Véase lo que refiere uno de aquellos 
grandes evangelizadores, el P. Toribio de Beíía vente: 

Es tanta la devoción — exclama — que en esta tierra, así los Españoles como los 
naturales, tienen con San Francisco, y ha hecho Dios en su nombre tantos milagros, 
y tantas maravillas, y tan manifiestas, que verdaderamente se puede decir que Dios le 
tenía guardada la conversión de estos Indios, como dio a otros de sus apóstoles los 
de otras Indias y tierras apartadas; y por lo que aquí digo, y por lo que he visto, 
barrunto y aún creo que tina de las cosas y secretos que en el seráfico coloquio pa^ 
saron entre Jesucristo y San Francisco en el monte Averna, que mientras San Fran- 
cisco vivió nunca dijo, fué esta riqueza que Dios aquí le tenía guardada, a donde se 
tiene de extender y ensanchar mucho su sacra religión; y digo que San Francisco, 
padre de muchas gentes, vio y supo de este día (2). 

Y bien, ¿será verdad? ¿Será verdad la interpretación de la escena que 
añade Rubén Darío a la antigua leyenda del lobo de Gubbio? Rubén 
Darío, después de mostrarnos el lobo convertido en cordero por San Fran- 
cisco, torna a convertirlo en lobo más feroz que en un principio, pone de 
nuevo en su busca al Santo, y hace que aquél responda a los consejos del 
Seráfico en son de amarga rebeldía. ¡Ah! Es cierto que la marea anti- 
religiosa que un día se levantó en Europa llegó a aquellas tierras, y fecun- 
dó nuevas ideas en muchas partes y trastornó muchos cerebros, que se 
imaginaron poner una pica en ^Flandes, emprendiendo una campaña de 
exterminio contra el que había arrancado a sus pueblos del seno de la 
barbarie, contra el que 



abre en sus hordas la primera brecha 
al pensamiento humano (3), 



(i) Guillermo Valencia, Poemas, Buenos Aires, "Ediciones mínimas", igiS, 
7. — Que las huellas de su influencia no se han perdido del todo, lo manifiesta, con 
respecto a una de las regiones, Clemente Barahona Vega, al escribir en De la tie- 
rruca chilena, t. II, Santiago de Chile, Impr. Universitaria, 1916: "Parece que los 
franciscanos fueron los primeros sacerdotes que llegaron a Chile. Aun se conservan 
las costumbres que dejaron los primeros misioneros... (p. 68). 

(2) Historia de los indios de Nueva España, cit., trat. III, cap. I, p. 147. 

(3) Ricartx) Gutiérrez; "El Misionero", cit. 

Franclscanisroo.— 8 



— 114 — 

no obstante, pudiera alegar el fraile, en son de defensa: 

...sobre el rastro de la sangre mía 

con que el desierto indómito fecundo, 

tiene la libertad la férrea vía 

por donde cruza el porvenir del mundo (I). 

Sí, la libertad comprada por la sangre y sacrificios del fraile, es para 
todos, menos para la Religión que los redimsó de la vida de la selva, para 
el fraile que así le trajo el sol de la civilización, a aquellos sus ascendientes, 

...pálidas legiones 

de espectros que en la noche de sus cuevas 

al ritmo de sus tristes corazones, 

viven soñando con auroras nuevas 

de un sol de amor en mística alborada (2). 

Mas, no, no es ingrato el pueblo americano. El pueblo amiericano, 
como antes el español, sufrió la desgracia de ver regidos sus destinos por 
hombres audaces, enemigos de su pasada historia y sus creencias, que le 
convirtieron a él en primera víctima, después de haber expulsado de su 
lado al fraile. Y el pueblo, entonces, se sintió malo y — obscurecida la edti- 
cación primera — estuvo a punto de volver a la antigua barbarie, aunque 
disfrazada de progreso. 

Y así me apalearon y me eciiaron fuera, 
y su risa fué como un agua hirviente, 

y entre mis entrañas revivió la fiera 

y me sentí lobo malo de repente, 

mas siempre mejor que esa mala gente. 

Y recomencé a luchar aquí, 

a me defender y me alimentar, 

como el oso hace, como el jabalí 

que para vivir tiene que matar. 

Déjame en el monte, déjame en el risco, 

déjame existir en mi libertad, 

vete a tu convento, hermano Francisco... (3). 

Así responde el lobo simbólico de Rubén Darío, disculpando su vuelta 
a la mala vida pasada. Por fortuna, son pocas las naciones americanas que, 
consumidas en fragor de luchas civiles, no se hallan en período de franca 
renovación social, atentas a su engrandecimiento, realmente prodigioso. En 



(i) Id., ibid., cit. 

(2) Guillermo Valencia, Poemas, cit. 

(3) Rubén Darío: Canto a la Argentina y otros poemas: poesía, "Los motivos 
del lobo". 



— 115 — 

proporción a este engrandecimiento, vuelven los ojos al pasado, y recono- 
cen que nunca serán bastantemente agradecidas al beneficio que les han he- 
cho sus frailes colonizadores y civilizadores. Antes que América, fué evan- 
gelizada toda el Asia, y Asia sigue de espaldas al progreso. En cam)bio, el 
heroísm.o del misionero español redimió un mundo en pocos siglos y lo 
l)uso en condiciones de marchar a la cabeza de los pueblos. Esa es su obra. 
Y esa obra la premian por el lado de California, levantando en la mayor 
parte de las ciudades estatuas a San Francisco, a Fr. Junípero Serra y a 
sus primeros colonizadores, y en varias repúblicas con solemnes homenajes 
de admiratión hacia los Religiosos a los cuales tratan con amor de fami- 
ba (i). Y aun en aquellas repúblicas, tiranizadas por la irreligión oficial, 
que hacen el papel de malas hijas cerrando las puertas a los que fueron sus 
padres en la vida de la civilización, hay miiles y millones de almas que gimen 
con Albertazzi Avendaño: ' 

Hermano San Francisco, buen hermano, 
tan bueno como el buen Samaritano, 
tan puro como un lirio del Señor ; 
mi canto deslucido y vacilante 
va buscando tu huella rutilante 
y el perfume celeste de tu amor... 

Desde que te marchaste, vive el hombre 
esclavo del prestigio y del renombre, 
siervo de un ideal pobre y banal, 
ignorante de su alfa y de su omega, 
debilitado en una lucha ciega 
donde no brilla el sol de un ideal... 

¡Vuelve, Francisco!... (2). 

¡Ah! sí, volverá Francisco, representado en sus hijos, a esas pocas Re- 
públicas dominadas por el espíritu sectario,... 



(1) Por no aducir, sobre el particular, más que un ejemplo, me limitaré a 
citar unas palabras del Mercedario Fr. Pedro PASCt'Ai. Taborda, el cual, hablan- 
do délos B'ranciscanos de La Paz (Bolivia), dice: "Al tratar de la Iglesia de San 
Francisco, no puedo menos que congratularme de la conducta tan noble y generosa 
con que el pueblo de La Paz ha sido agradecido en todo tiempo a los franciscanos, 
que con tanto celo apostólico y ardientes deseos de hacer el bien a esta culta socie- 
dad, han trabajado incansablemente por el bien de ella. Sobre todo resalta el fuego 
latente que los franciscanos abrigan para con la patria, habiendo fundado ellos en 
el local del Convento un colegio gratuito para la enseñanza de los niños ; y no 
obstante su reciente fundación en abril de 191 1, asisten ya más de 200 niños", (Ras- 
nos históricos de las Ifilesias y Conventos de La Fas, La Paz, Tip. La Unión. 
191 1, p. 20). 

(2) "Plermano Francisco", publ. en Heraldo Seráfico, de Cartago (Centro- 
América), 1924, pp. .H5i-.'Í2. 



— ii6 — 

Aunque el otoño silve furores, 
de San Francisco veréis las flores 
con su fragante corola abierta... (:]). 

volverá — repito — a continuar la obra que en las demás Repúblicas sud- 
americanas sigue realizando sin descanso, cuando el sentimiento de gratitud 
y de justicia se iniponga a sus gobernantes; y oirá, a su vuelta, algo pare- 
cido a estas estrofas con que en 1919 saludó Abel A. Arellano, la entra- 
da de nuestro Rmo. P. Ministro General en Chile: 

Por dondequier el franciscano humilde 
Grabando fué en América su huella; 

Su Virgen fué la de ella, 

Y su amor fué su amor : 
Era el tosco sayal ciencia divina. 
Arte y riqueza y símbolo de gloria; 

Ayer himno, hoy historia 

Del celestial favor. 
Goza, gózate. Padre, en hora buena; 
Es mansión de Francisco el orbe entero: 

No el tiempo pasajero 

Su obra osará tocar. 
Gózate, que has hollado el mundo todo, 
Y hollarás nuevos montes, nuevas playas; 

Mas, donde quiera vayas 

No dejarás tu hogar (2). 



(i) Gregorio Arcila, en "Flores eternas", publ. en Velada lírico-literaria, 
etc., Antología..,, Cali (Colombia), Tip. de M. Sinisterra, 1911, p. 78. 

(2) Núm. extraordinario de La Comisaría Franciscana de Tterra Santa en Chi- 
le, 1920. p. 7. 



I X 



El Franciscanismo y nuestras Ordenes Religiosas. - Apostolado entre in- 
fieles. - Franciscanos y Benedictinos. - Franciscanos y Agustinos. - Fran- 
ciscanos y Dominicos. - Franciscanos y Mercedarios. - Franciscanos y Je- 
rónimos. - Terciarios, fundadores de Ordenes Religiosas. - San Francisco 
y San Juan de Dios. - San Francisco y San Ignacio de Loyola. - Los Fran- 
ciscanos y San Francisco Javier. - Los Franciscanos y Santa Teresa de 
Jesús. - San Francisco y San José de Calasans. - Nuestra Tercera Orden, 

modelo de las demás. 



Cuanto atrás dejamos dicho con respecto a la civilización de América 
por el espíritu seráfico de Francisco de Asís, quizá incline a creer a alguno 
que fueron únicamente los Franciscanos — con exclusión de las demás Or- 
denes Religiosas — los que tomaron sobre sí la responsabilidad de esta em- 
presa gigantesca. Quien así lo pensara, iría, sin duda, muy descaminado. 
Las Ordenes Religiosas de nuestra Patria, quien más quien menos, apor- 
taron todas su relativa cantidad de esfuerzo a esa empresa sin segundo, 
que no ha tenido aún cantor digno de sus hazañas. Cierto que en la misma 
trabajaron directamente los Franciscanos en su gran mayoría; pero esto 
nada quita a la participación que hayan tenido las demás Ordenes religio- 
sas, singularmente las de origen español, sino que en cierto modo las une 
a todas, con fraternales vínculos de ampr, en el trabajo de esta nueva 
inculta viña del gran Padre de familias, y las une — y esto es lo que afecta 
a nuestro propósito — bajo las influencias del espíritu del Patriarca Será- 
fico, que es quien, en último término, ha venido a encender en el mundo el 
celo del apostolado evangélico permfinente, a favor de las naciones no cris- 
tianas. ¿Dónde, ni en qué tiempo había, anterionnente a Francisco de Asís, 
Misiones organizadas permanentes en países infieles? El fué, en realidad, 
el primero en establecer la cruzada de actuación misional no interrumpida 
en Tierra Santa y en Marruecos, y es su Regla la primera que dedica un 
Capítulo entero para hablar de los frailes que quisieren ir a tierras de in- 
fieles. ¿Qué sé ha hecho, pues, en la civilización de América, sino llevar 
a la práctica esta transcendental iniciativa del Serafín de Asís? Mérito es 
que le corresponde por completo, y en el que todas resultan imitadoras. 



— ii8 — 

Pero, hay más todavía. Un jesuíta francés, el P. Orlanpo, nos dice en 
su Saint Fmngois d'Assise (París, 1889), que 

todo lo que ha producido la Iglesia durante seis siglos, es franciscanismo o ani- 
mado del espíritu de San Fraticisco (1); 

y entre todo cuanto ha producido la Iglesia durante esos seis siglos, no creo 
:;-haya nada tan importante como la creación de las Ordenes Religiosas, sin- 
gularmente las que han tenido origen en nuestra Patria, y que son, por lo 
mismo, en el presente caso, más merecedoras de nuestra atención. ¿Alienta 
en ellas el franciscanismo? 

Hecordemos, ante todo, a este propósito, la frase aquella del Patriarca 
de Guzmán, alusiva a San Francisco, que nos conservó el primer biógrafo 
de nuestro Santo: 

, en verdad os digo, que todos los demás religiosos deberán seguir a este Santo 
varón, por ser tanta y tan grande la perfección de su vida (2). 

Estas palabras las hallamos confirmadas en la historia de las Ordenes 
Religiosas españolas, no menos que en las extranjeras, en todas las cuales 
se nos descubren las relaciones del espíritu franciscano con las mismas. 

Merece contarse entre las primeras, por su antigüedad e imiportancia, la 
Orden Benedictina, tan difundida, a la sazón, en la Península y cuyo 
ministerio tiende, más que nada, a la vida contemiplativa. Esta Orden, tan 
benemérita de la Iglesia, se mostró protectora decidida y entusiasta del 
Pobrecillo de Umbría, cediéndole en Santiago terreno para edificar con- 
vento, de igual modo que antes se lo había cedido en la Porciúncula, en 
Asís, para establecer allí su cuna de origen. Dicha cesión, pues, ¿no indica 
en algtín modo, ciertos lazos de simpatía y amistad entre el Santo y los 
Benedictinos (3)? Y tratándose de un Santo tan extraordinariamente gran- 
de como el Seráfico Fundador, ¿qué extraño sería que, al abrigo de la 
amistad, penetrara el fuego de su ardor seráfico en los corazones de los 
hijos de San Benito, y que también entre ellos tuviera cumplimiiento la 
frase del jesuíta P. Garzón al decir que nuestro gran Patriarca 

formó un plantel de Santos en torno suyo que inundaron el mundo y lo reno- 
varon? (4). 



(i) Casi con las mismas palabras dice lo propio el P. Mauro Ricci, S. P., cit. 
en 11 Tci'i:' Ordinc di San Francesco, del P. Basilio da Gueccio, Quaracchi, 
í8SS, p. Q3. 

(2) Vid., Celano, op. cit., pp. 280-82, y Spcculum, cap. 45. 

(3) En uno de los libros de cuentas del antiguo Monasterio de Melón, que con- 
serva en su Archivo el actual Párroco de dicho pueblo, se consigna la cantidad 
de limosna que anualmente entregaban los monjes a los Franciscanos, y que sirve 
dé comprobante a la protección que se complacían en dispensar a los Hijos del Se- 
rafín Llagado. 

(4) Meditaciones est^iriUiales, Madrid, iQis, p. 480. 



— 119 — 

No sabemos que Francisco haya tenido en España otras relaciones con 
Benedictinos, que con los de Santiago, aunque es de suponer que en varias 
partes se detuviera en sus monasterios, cual se detuvo repetidas veces en 
Italia; pero sí creemos poder conjeturar que su influencia no fué ajena 
a los Religiosos de dicha Orden. Y decimos esto, porque en nuestras visi- 
tas a los archivos de varios pueblos de la Provincia de Orense, hemos po- 
dido observar que en los libros de los prioratos-parroquias de los mismos, 
cuando sus monjes-párrocos nomibran en las actas de defunción u otras a 
San Francisco, le anteponen indefectiblemente la cláusula "Nuestro Pa- 
dre"; lo que indica que debía estar generalizada o ser muy común entre 
ellos la costumibre de hacerse Terciarios. 

En lo cual nada habría de extraño, si se tiene en cuenta que en el ex- 
tranjero llegó a dejarse sentir tan profundamente en muchos de sus mo- 
nasterios el espíritu franciscano, que uno de ellos, el de la Montaña Negra 
de Antioquía, se le sometió en absoluto, cambiando en masa sus monjes el 
hábito benedictino, por el de los Frailes Menores (i). 

También penetró, y muy vivamente, en los monasterios de la antigua 
Orden de Agustinos, según puede suponerse de las i-elaciones existentes 
entre los fundadores de nuestro Convento de Olivares (Portugal) y el mo- 
rasterio de Santa Cruz de Coimbra, en donde fueron depositados los restos 
gloriosos de los Protomártires Franciscanos, y de donde salió San Antonio 
de Padua — entonces monje agustino — ^para vestir la librea del Patriarca 
de los Menores. Este, en los primeros años de conversión, había adoptado 
por vestimenta un hábito muy parecido al de los Ermitaños de San Agus- 
tín, Doctor de la Iglesia, preferido siempre en las aulas de la Escuela Fran- 
ciscana; y la idea que de él debieron formarse los hijos del Águila de Hi- 
pona, parece reflejarse en estas palabras de uno de ellos, el P. Mtro. Agus- 
tín Antolínez, el cual, comentando unos versos de San Juan de la Cruz, 
nos dice : 

No todas las heridas de amor son llagas, sino algunas, como si dijésemos, las de 
aquel serafín de Amor San Francisco, cuyas llagas del cuerpo son señales de las del 
aima; que de las llagas del alma, pensamos que salieron, como efecto de su causa, 
las del cuerpo, que las señalan como mano de reloj... (2). 



(i) Golubovich, Biblioteca bio-bibliográfica della T. Sta., t. I, Quaracchi, 1906, 

(2) Vid', cit., en "España y América", Madrid, 1926, p. 198.— Es indudable la 
influencia franciscanista que origina el trato con los Religiosos de la Orden Seráfica. 
De ello hallamos una prueba manifiesta en el preclaro Religioso Agustino, P. M. Vé- 
LEZ, el cual nos dice de sí propio, en Humanismo cristiano (publ. ibid., pp. 183-86), 
que ejerció el cargo de Profesor de Griego, en San Francisco de Lima, donde el 
Señor "me deparó los alumnos ideales que yo quería... Pero si algún bien hice— 
agrega — a mis franciscanos, mayor me lo hizo a mi el Señor por ellos. Su com- 
pañía primero, y después su amistad y la "rica biblioteca de su convento... me hicieron 



— 120 

Ni hay para que decir que los hijos de San Agustín y de San Fran- 
cisco se entendieron siempre como buenos hermanos, según lo demjuestra, 
entre otros casos, su actuación misional en Filipinas, a donde éstos fueron 
llamados en 1573 a compartir con los Agustinos las fatigas de la cristiani- 
zación de aquel vasto territorio (i). 

Por lo que resixcta a la Orden de Santo Domingo, parece inútil hablar 
sobre el particular, desde el momento en que la amistad entre los dos Pa- 
triarcas, sirvió de emblema a la unión estrechísima de sentimientos y de 
afectos en que vivieron a través de los siglos, como miembros de una sola 
familia, sin que en ello fuera óbice la divergencia de pareceres en cuestio- 
nes escolásticas (2). La propuesta, copiada al principio de este trabajo, que, 
según Tomás de Celano, hizo Santo Domingo a San Francisco, de unir en 
una las dos Ordenes, bien a las claras demiuestra que estaba el gran Patriarca 
de Guzmán en todo conformp con el espíritu e ideales del Serafín de Asís 
y dispuesto a adoptarlos por suyos íntegramente, adoptándolos, al propio 
tiempo, para su Orden. ¿Y podría esta influencia de Fi-ancisco resultar ine- 
ficaz en la actuación que Domingo imprimía a su Orden, hallándose cual 
se hallaba tan dispuesto a fundirla con la Orden Seráfica? (3). 



conocer y amar a su Orden, tan pobre y tan humilde, y en ella, y por esas mismas 
cualidades, una de las manifestaciones espirituales más poderosas y fecundas, más 
populares, simpáticas y_ perennes del cristianismo... Además, creo que San Francisco, 
mi gran Santo, se unió entonces con mi gran padre San Agustín, para protegerme 
también con su capita pobre. Al menos, he creído sentir alguna vez su protección 
amorosa". Habla, luego, de la posibilidad de que San Francisco, después de su con- 
versión, se haj'a formado en los claustros agustinianos, y que utilizó el hábito de los 
ermitaños de San Agustín, indicando de paso que San Agustín fué siempre el Doctor 
predilecto de los Franciscanos, y concluye: "Por esto, sin dejar de ser agustino, y 
cabalmente por serlo, soy desde entonces franciscanista, o, por lo menos, francisca- 
nófilo". 

(i) Vid. P._ Lorenzo Pérez, O. F. M., Origen de las Misiones Franciscanas en 
el Extremo Oriente, cit., cap. I. 

(2) La cuestión que, entre unos y otros dio más juego, fué la de la Concepción 
Inmaculada de María, de la que eran entusiastas propagadores los Franciscanos. El 
jesuíta P. J. M. Oller^ en España y la Inmaculada Concepción, Madrid, G. del Amo, 
1905, hace de éstos el más cumplido elogio, al asignar su propaganda en nuestra Pa- 
tria a "los religiosos de San Francisco, que por aquel entonces iban estableciéndose 
en nuestro suelo (p. 68)", y decirnos, con frases del P. Camilo Abad, S. J., que una 
de las Cofradías en honor de este misterio, establecida en San Francisco de Burgos, 
nació allí "al mismo tiempo que la Orden Seráfica" (p. 59). "Al ver — añade (p. 189)- 
a un religioso franciscano, bien se podía exclamar : es un entusiasta devoto y panegi- 
rista de la Purísima Concepción. Y a la verdad, con escritos innumerables, con fer- 
vientes exhortaciones, con mil afanes, se desvelaron siempre por iina creencia, que 
vino a llamarse, con mucha justicia, la creencia franciscana... Bendijo el cielo tantos 
sudores, y con la gracia especial que Dios concedió a los humildes hijos de San Fran- 
cisco para llegar al corazón del pueblo sencillo, no es mticho obtuviesen en todas 
partes afirmar más y más la creencia y culto de la Concepción Inmaculada". 

En la Rev. El Eco Franciscano, 1926, publica el R. P. Ángel Prieto, O. F. M., 
con el título: "La Inmaculada Franciscana", una larga serie de artículos, estudiando 
la cuestión bajo el punto de vista teológico-crítico. 

(3) He aquí como resume un crítico ilustre las relaciones de Santo Domingo con 
San Francisco: 

"Fundamos en una nuestras Ordenes — dícese que le propuso, cosa que Francisco 
no quiso aceptar ; tras de lo cual rogóle Domingo que, por lo menos, le diera, como 



— 121 — 

No es, pues, extraño sean en su ministerio tan parecidas. Por eso se 
las llama Ordenes gemelas. Aludiendo el escritor ilustre, D. Francisco 
DE Asís Aguilar, a sus fundadores, exclama: 

La misión de estos dos varones, nacidos en lugares y condiciones tan diferentes, 
debía ser una misma, completándose los trabajos de uno con los trabajos de su com- 
pañero. Un sabio y elegante biógrafo de Santo Domingo las compara a dos árboles 
gue, nacidos a distinta orilla de un camino, crecen separados hasta enlazar después 
sus ramas para dar sombra grata al viajero (1). 

Así viven, en realidad, sus Ordenes, renovando en su trato y en su 
misión el abrazo de los dos Patriarcas. 

Nacidas ambas al pie del altar de la Virgen, allí se juntan sus corazones, 
para ofrecerle, los unos las azucenas de la pureza — símbolo de la Concep- 
ción Inmaculada — y los otros las encendidas rosas — alegoría de los mis- 
terios del Rosario — a tenor de lo que canta D. Juan de Iriarte: 

Francisci te, Virgo, colit, Guzmanis et Ordo: 
Lilia pura praebet hic, ille Rosas (2). 

Casi a los mismos años pertenece también la Orden española de la Re- 
dención de cautivos, de Nuestra Señora de la Merced. Una tradición poco 
seria pretende que su Fundador San Pedro Nolasco sostuvo relaciones 
con el Seráfico Patriarca, al cual convidó a comer en Huete (Cuenca), lia- 
llcándose allí de paso los dos Fundadores (3 ; pero la que, al parecer, reci- 



piadoso recuerdo, la cuerda de su cintura. Poco después debían volver a verse en la 
Porciúncula los dos fundadores de Ordenes, y en el año anterior a la muerte de San- 
to Domingo, aun se encontraron otra vez en Roma. En esta última ocasión, en el in- 
vierno de 1220 a 1221, el cardenal Hugolino, que abrigaba en su pensamiento los planes 
de. una reforma general del Clero, debe haber propuesto a Francisco y Domingo, que, 
en lo por venir, ios más altos empleos de la jerarquía eclesiástica fueran desempeña- 
dos por miembros de las dos nuevas Ordenes. Tanto Domingo como Francisco ne- 
gáronse a aceptarlo. 

— Mis frailes son menores — dijo este último — , y no han de convertise ahora en 
mayores. 

Bajo el influjo de San Francisco, en el Capítulo de Pentecostés celebrado en Bo- 
lonia en 1220, impuso Domingo a su Orden la prohibición de poseer bienes, siendo 
así que aún en 1218, había solicitado del Papa la confirmación de las propiedades 
conferidas a sus monasterios, y en su lecho de muerte, maldijo a lodos los que que- 
brantaran la pobreza evangélica de sus frailes." 

(Jorgensen, San Francisco de Asís, trad. de J. M. Tcnrreiro, Ed. "La Lectura", 
Madrid, lib. IH, cap. VL pp. 341-42.) 

(i) "Admirable virtud de la Iglesia", publ. en El Pensamiento Español, de Ma- 
drid, 1867, p. 645. 

No deja de ser sumamente halagüeño para nosotros que sea im hijo de España, el 
destinado por el cielo a cooperar directamente con su Orden en la empresa a que con- 
sagró sus esfuerzos Francisco de Asís. Domingo, era sucesor de los Guzmanes por 
línea paterna y del excelso magnate gallego D. Pedro Froilaz, Conde de Traba y Ayo 
de Alfonso VII, por la materna. Vid. Fr. Aureliano Prado, O. P., "La Orden de 
Predicadores en Galicia", extracto de la Rev. dominicana Memorándum, de Vergara, 
Tip. de "El Santísimo Rosario", pp. 654 y 687. 

(2) Obras sueltas de D. Juan de Yriarte, i 774, t. I, p. 200. 

(3) Vid. LÓPEZ, Viaje de San Francisco a España, cit., p. 28. 



V — 122 — 

bió los honores de verdad real en los anales de la gloriosa Orden Mercedaria, 
es la que su Historiador General, el P. Mtro. Fr, Felipe Colombo, con- 
signa extensamente en su Vida del Glorioso Patriarca San Pedro Nolasco, 
Fundador de la Orden Real y Militar de María Santísima de la Merced, y 
en la cual se nos presenta — con posterioridad al Capitulo de las Esteras — 
al Seráfico Padre y al Padre Querúbico penetrando en Barcelona, 

donde les esperaba San Pedro Nolasco, sabiendo por aviso del Cielo su venida. 

Después de hablarnos el autor de las relaciones de San Pedro con Santo 
Domingo, añade : 

No fueron menos gustosos los coloquios que tuvo con el Serafín Francisco, las 
veces que le visitó en su Convento, y las que el Seráfico Padre fué a ilustrar con 
sus luces la Casa de Nolasco. Admirábase viendo la profunda humildad del Será- 
fico Padre; pero su rara penitencia, su desnudez y su pobreza sin exemplar, lo de- 
xaba confuso, diciendo a sus Religiosos: Hermanos, ¿quién a la vista de este es- 
pejo penitente, no se afrenta de lo poco que hace por Dios? ¿Cómo no nos corre- 
mos, viéndonos escogidos de su Madre, y quedando tan atrás en su servicio? jCómo 
nos espantan las asperezas, si las que miramos en este Serafín humano, nunca hasta 
rihora pensadas, no le acaban? Ea, acabemos de creer, que obrando por' Dios, nada 
liay dificultoso... Con que todo era a vista de San Francisco, reprehenderse de siervo 
iriútil, y solicitar que sus hijos se adelantasen en desnudez, y penitencia, con aquel 
exemplar. 

Por su parte, San Francisco 

hacía... igual aprecio de nuestro Santo, poniéndole a los suyos por guía. Herma- 
nos, les decía, pensábamos que habíamos hecho algo en dexar el mundo y no nos 
havíamos dexado a nosotros? Mirad estos Relixiosos, que ni su vida, ni su libertad 
es ya suya, sino de los cautivos, exponiéndose cada día a perder lo uno y lo otro 
por redimirlos a ellos. Nosotros andamos entre Christianos que se, compadecen de 
nuestra miseria : pero éstos andan entre Bárbaros que los desprecian y los ultrajan. 
Quedando el Seráfico Padre con una santa emulación de la ocupación de San Pedro 
Nolasco y con grandes deseos de ir a padecer por Christo algo de lo mucho que 
nuestro Santo havía padecido y conoció que havía de padecer. Profetizó a San 
Pedro Nolasco la ida a Valencia y trabajos de Argel; y otras cosas que después le 
sucedieron y las publicó en gloria de su amigo Francisco. 

A continuación se reúnen, entreteniéndose en santos coloquios, los tres 
Patriarcas y después de estimularse mutuamente a la prosecución de la 
respectiva empresa, 

se deshizo aquel Triunvirato Sagrado, que eligió Dios- para reparo del mundo, 
acudiendo cada uno a donde Dios le llamaba. 

Y añade, por último, el autor: 



— 123 — 

Quedó aquella Casa de María tan llena del buen olor de aquellos sus amados hijos, 
y Nolasco experimentó tanto en el fervor de los suyos que conoció se le havía pe- 
gado la fragancia de tan buen'os Huéspedes, y porque durasse en su Familia, hizo 
luego constitución de que en nuestras Casas y Monasterios se hospedassen con 
caricia a los hijos de Santo Domingo y San Francisco, que quisieren hacernos esse 
favor. De que han dicho algunos, lo pagó el Seráfico Padre, hospedando en su Se- 
pulcro a los dos Patriarcas, juntando Dios por medio de sus Angeles, aquellos tres' 
cuerpos que tan unos fueron en caridad y amor en vida, en la Capilla o Bóveda de 
Assís, después de muertos (1:). 

• Este episodio, considerado en pasados siglos como histórico, no deja de 
tener gran iitiiportancia aún desde el punto de vista.de la leyenda; pues 
aparte de lo que haya podido influir en el ánimo de los lectores y admira- 
dores de los hijos de los tres Patriarcas para acercarlos unos a otros en 
semejanza de ideales, puede muy bien reputarse como símbolo de unión 
entre Mercedarios y Franciscanos, a quienes un mismo ministerio reunió 
muchas veces en tierras de infieles, en donde se dedicaban los hijos de San 
Francisco, a semejanza de los hijos de la Merced, a la obra de la redención 
de cautivos, y aun a morar entre los que no podían redimir y administrarles 
espiritualmente, consolándolos así en sus infortunios (2). 

Años después, aparece en España la gloriosísima -Orden de los Padres 
Jerónimos, fundada en nuestra nación por los discípulos de Fr. Tomás 
Succio. Con decir que, según San Antonino de Florencia, dicho célebre Re- 
ligioso era hijo de la Orden Seráfica, pues había adoptado por norma de 
conducta la Tercera Regla de San Francisco, tenemos lo suficiente para 
considerar esta Orden como renuevo frondosísimo del espíritu del Serafín 
de Asís (3). Y algo parecido podemos afirmar de varias otras Ordenes 
Religiosas nacidas en el extranjero, que tuvieron por Fimdadores a céle- 
bres Terciarios Franciscanos, cual ocurrió, entre otros, con los hijos de 
San Cayetano, de San Vicente de Paúl y de San Francisco de Paula y San 
Camilo de LeHs, que tanta difusión alcanzaron en nuestra Patria (4), como 



(1} Obra arriba citada, Madrid, Antonio Marín, 1760, libr. III, cap. VII, p. 187. 
— Debemos esta cita a la amabilidad del reputado literato gallego e ilusttre Merce- 
dario, P.. Pedro Nolasco Gaite. 

(2) Acerca de los Franciscanos de Tierra Santa y los cautivos, vid. nuestra 
obra España en Tierra Santa, cit., p. 128 y sig. Por su parte, el P. Juan Rosende 
ha publicado en Archivo ibero-americano, 1914, t. I, p. 120 v sig., un trabajo histó- 
rico titulado Los Franciscanos y los cautivos en Marruecos. 

(3) Vid. P. SiGÜENZA, Historia de la Orden de San Jerónimo, cit, p. 6. — 
Según el P. Aeanguren, op. cit, p. 1.15, eran Terciarios de hábito descubierto los 
Etos. Carlos de Monte Gránelo, Conde de Romandiola y Gualtero Marzo, a los cua- 
les nos presenta como iniciadores de dicha Orden en la Península. 

(4) Sería realmente importantísimo "" estudio acerca de la infiltración del 
espíritu franciscanista en las demás Ordenes Religiosas, así antiguas como modernas, 
nacionales como extranjeras. El Sr. Zorrilla de San Martín, hablando de la Ins- 
titución de los Salesianos, en una luminosa Conferencia, exclama entusiasmado : 

"¿Habéis notado, señores, las analogías entre Dom Bosco y San Francisco de 
Asís, entre la obra de pobrecito del siglo XIII, y la del pobrecito del siglo XIX? 
Habéis visto como la índole de ambos los induce a reclutar sus hijos en el -pueblo, a 



— 124 — 

tamlbién de la española, conocida con el nombre de la Orden de la Peni- 
tencia, fundada por el Siervo de Dios Juan Alfonso Várela de Losada, 
(1723-1769), natural de Brigos (Chantada), cuya Regla compuso la Reli- 
giosa Clarisa Sor Rosa del Castillo, siendo el principal propulsor de dicha 
Orden, el franciscano P. Marcelino Valcárcel, Doctor en Salamanca, y 
oriundo de Barco de Valdeorras (i). 

Pero donde la influencia del espíritu seráfico se nos muestra animando 
más por lo hondo la fundación de las Ordenes Religiosas, es precisamente 
en la edad de oro de nuestra historia patria. Entonces, cuando el francis- 
canismp parece invadirlo todo en España, cuando la Orden Franciscana se 
halla difundida por doquiera en prodigioso número de individuos (2), cuan- 
do sus grandes místicos sirven de lumbreras hasta a las lumbreras de la 
santidad, el poder de su difusión adquiere caracteres de asombro (3). 

Ved, por ejemplo, a San Juan de Dios, fundador de los Religiosos 
Hospitalarios. Tiénesele tradicionalmente por hijo de la Tercera Orden; 
y algo,' quizá, pueda suponerse en tal sentido, sobre todo dado el afecto a 
San Francisco de su familia, cuyo padre acabó los días hecho religioso 
franciscano en un convento de Lisboa (4). Consta, además, que durante su 
pennanencia en Ceuta, a raiz de la conversión, tuvo de Director de concien- 



confundirse con el, a ceñirse una cuerda, a tomar un báculo y una alforja casi vacía, 
y caminar los caminos del uiiiverso sin más guia ni apoyo que la Providencia de 
Dios? ¿Habéis visto la analogía entre los terciarios de San Francisco y los coope- 
radores salesianos? ¿Habéis notado la tendencia a hermosearlo todo con el arte, que 
acerca a Dom Bosco y a San Francisco? 

No cabe, desgraciadamente, señores, en las proporciones de esta conferencia, el 
estudio interesantísimo de ese parangón..." (Discursos y Conferencias, cit., p. 226). 

Otro luminoso paralelo entre San Francisco de Asís y San Vicente de Paúl, ha 
trazado la pluma del librepensador francés Julio Simón; paralelo que puede verse 
en El Plata Seráfico, cit., 1911, p. 1.33. 

Tampoco es ajeno a la influencia franciscana San Francisco de Sales, el cual se 
afilió el 10 de enero de 1600 a la Archicofradía del Cordón de San Francisco, y que 
decía, en cierta ocasión: "¿Ignoráis, por ventura, que yo soy miembro de la Orden 
de San Francisco, y que estoy ligado a él por este triple cordón que difícilmente 
puede romperse; los dos nombres de mi bautismo (Francisco-Buenaventura) y la 
íijiación que he recibido de los Generales?". (Vid., Revista Franciscana, de Vich, 
1925, p. 159). — San Francisco de Sales es fundador de la Orden de la Visitación, a la 
cual comunicó su espíritu _ Seráfico. 

(i) Vid. Vida del Siervo de Dios Juan Alfonso Várela de Losada, etc., pot\ 
Mgr. Vicente Sard, y trad. por D. Antonio Cedrón, Lugo, Tip. de "La Voz de 
la Verdad", 1915. . 

(2) Nos dice el P. Alonso Robles, Compendio de la V. O. T., cit., que las esta- 
dísticas presentadas en el Capítulo General acerca de difuntos Religiosos y Clarisas 
(cada seis años) fluctuaban entre las considerables cifras de 18.000 y 20.000, de las 
cuales debe corresponder más de la mitad, a los conventos de los dominios de Es- 
paña (p. 3S). Esto puede darnos una idea aproximada del número de los miembros 
de la Orden Seráfica. 

(3) No menos de maravillar es esta influencia franciscanista en los propios cori- 
feos protestantes de aquella época. Le Lutero, nos dice Bossuet, que siempre cuen- 
ta entre los santos "a San Francisco, y a San Buenaventura y a los demás del si- 
glo Xni"; y añade: "San Francisco, entre todos los otros, le parecía un hombre 
admirable y animado de un maravilloso fervor de espíritu". (Historia de las varia- 
ciones, etc., trad. de Díaz de Baeza, t. I, Barcelona, Impr. Riera, 1852, p. 150). 

(4) Fr. Luciano del Pozo, Vida de San Juan de Dios, Barcelona, igo8, p. 8. 



— 125 — 

cía a un franciscano (i). Estos datos nos dan a entender que, de no haber 
sido Terciario, estaba, al menos, muy en contacto con nuestra Orden y se 
dejaba influenciar por su espíritu. 

También es m/uy significativo que Lope de Vega, en su Canción al ex- 
celso Padre Sati Juan de Dios, traiga a cuento, aludiendo a sus primeros 
tiempos de conversión, el ejemplo de San Francisco, en sentido de que 
San Juan de Dios, se lo tenía por modelo. Dice así : 

En fin, a Mercader te inclina el Cielo, 
Principios de Francisco, imagen suya, 
De libros, no de joyas ni de armas... 



Así el Padre mayor de los Menores 
Te dio la forma de su gran manía 
Y el rudo vulgo te cubrió de Iodo. 



El P. Fulgencio de Écija, razonando sobre esta última estrofa, .cree 
descubrir en ella indicios de la filiación Terciaria del Santo (2). Lo induda- 
ble es que el Serafín de Asís se le ofrece por ejemplar en su conducta, y 
orientador en su vocación a servir en los hospitales, que nuestro Patriarca 
tenía por una de sus ocupaciones predilectas y en la que quería le imitasen 
sus discípulos, los cuales llevaron la cosa hasta el extremo de decirnos 
Salimbene que los religiosos Legos vivían habitualmente en los hospita- 
les (3) ; caritativa obra que tan a pecho tomaron después en España — según 
ya hemos visto — los hijos de la Tercera Orden, sobre todo la Regular. A 
éstos debía tener presente el Dr. José A. del Cueto al escribir que en 
los institutos religiosos de beneficencia, 

a los votos esenciales se unió el servicio espiritual y corporal de los pobres en- 
fermos en los hospitales; servicio elevado y eminente de que fué cont'tmio símbolo 
aquel purísimo beso de caridad y reverencia que dio San Francisco al infeliz leproso 
que humildemente le pedía una limosna en nombre de Cristo Nuestro Señor (4). 

¡Ah!, indudablemente, este símbolo fué el que infundió en San Juan 
de Dios su vocación y le sostuvo santamiente en ella. 



(i) Id. ibid., p. 36. 

(2) Vid, la Rev. Adalid Seráfico, "San Francisco y España", 1923. El P. Vvl- 
cencío de Ecija, en la serie de artículos publicados con este título desde el 20 de 
enero de 1919 en la citada Revista, estudia con gran detención las relaciones del 
espíritu franciscano con éste y otros Santos Fundadores de que seguiremos ocupán- 
donos. 

(3) Cit. por el P. LÓPEZ, La Provincia de España, etc., cit., p. 240, en donde 
nos habla de un Lego español llamado Fr. Martín, que servía a los enfermos en el 
hospital de Sena, en tiempo del generalato de Fr. Elias. 

(4) Escrito de contestación a la demanda propuesta por la Secretaria de Sani- 
dad y Beneficencia, etc., Habana, 191 S. — ^Aludiendo al episodio del leproso, dice poé- 
ticamente Valle Inclán: "Esta rosa del rosal franciscano tiene el aroma de aque- 
llas que se abrían en los huertos nazaritas cuando pasaba la sombra de Jesús". 
(Obras, t. I. La lámpara maravillosa, p. 121). 



— 126 — 

En vísperas de lanzarse por estas veredas de sacrificio, le puso Dios de- 
lante al famoso Maestro Juan; de Avila, Juan de Avila, que debió a un 
franciscano la merced de que sus padres se decidiesen a enviaile a estudiar 
a Alcalá y que gozó de la íntima amistad de San Pedro de Alcántara, tenía 
también templada el alma por el amor del Patriarca de Asís, según lo dá 
a entender el mismo Lope de Ve'ga (i) eh la Canción citada anteriormente. 
Así que bien podemos suponer que, al orientar la vocación de su penitente, 
le propuso el ejemplo del Poverello como estín^lo a sus elevados ideales. 

Por último, a la muerte de Juan de Dios, en Granada, hubo gran dis- 
cusión entre los diversos conventos de la ciudad, cuyos religiosos se dispu- 
taban el honor de conducir a hombros el cuerpo del Santo; y, para diri- 
mirla, resolvió el Arzobispo 

que lo llevasen por turnos, principiando por los Franciscanos, porque Juan de 
Dios con ningún Santo podía compararse mejor que con San Francisco de Asís (2). 

Bien dice, pues, Lope de Vega, repartiendo entre el Maestro Avila 
y San Fi^ancisco, el mérito de la orientación del destino de Juan de Dios: 

El vuelo de aquel Águila seguiste, 
Hasta que hallaste al Serafín llagado. 

Y decimos nosotros, a nuestra vez: ¿hay o no espiritual parentesco en- 
tre Francisco de Asís y Juan de Dios, cuyos discípulos llegaron a imitar 
tan a lo vivo la forma de hábito de los Frailes Menores, que parecían per- 
tenecer todos a una misma familia ? (3). 



(i) "Avila insigne, o Águila sagrada, 

Fértil, fecundo, universal estilo, 

Crisóstorao español, boca dorada, 

que de algún Serafín tocaste el filo". 
AI igual que eí Beato Juan de Avila, otros personajes insignes nos ofrecen en su 
vida relaciones de verdadera intimidad con la Orden Seráfica. De uno de ellos, del 
Ven. Palafox, nos dice su biógrafo P. Antonio González Rosende, aludiendo al 
trato que tenía con los Franciscanos de San Gil, de Madrid, entre los cuales eligió 
confesor: "de cuyo instituto, pobre, rígido y mortificado fué siempre devotísimo": y 
añade: "por la devoción y enseñanza que lograba de la comunicación de estos Reli- 
giosos, pasaba muchos tiempos del año retirado en su clausura y ceñido a su regula- 
ridad". {Vida del limo, a» Exento. Sr. D. Juan de Palafox y Mendosa..., 2.* ed., Ma- 
drid, Impr. de D. Gabriel Ramírez, 1762, p. 31). 

(2) GoREA, Hist. de la esclarecida vida y milagros de San Juan de Dios, Madrid. 
1622, p. 87. 

(3) Consérvase en el Archivo de San Francisco, de Santiago de Compostela, 
legajo s6, un. documento notarial, suscrito en Madrid a 25 de octubre de IS93. en el 
que se incluye la Carta Executoria de 22 de diciembre de 1592, dada en contra de 
los Religiosos de San Juan de Dios, por razón de que "los dichos Hermanos de 
Juan de Dios que había en esta nuestra Corte y en otras partes, de pocos días a 
esta parte habían mudado el hábito y traje de suerte que, trayendo manto y som- 
brero pardo, como agora lo traían, no había diferencia dellos a los frailes de San 
Francisco, de lo cual resultaban algunos inconvenientes en perjuicio de la dicha 
Orden, porque como los dichos Hermanos de ordinario andaban ocupados en ejerci- 
cios lícitos según su Instituto, contrarios a la dicha Orden de San Francisco, no 



— 127 — 

También lo hay — y tx\\iy acentuado — entre San Francisco y San Ignacio 
de Loyola, Fundador de la Compañía de Jesús. Indudablemente que en los 
primeros días de su conversión, al dedicarse a la lectura de las vidas de los 
Santos', debió fijar de un modo especial su atención en la del Seráfico Pa- 
triarca,- una de las más vulgarizadas en su época, proponiéndose, desde lue- 
go, imitarle tan perfectamente, que hasta adoptó al exterior la forma de 
hábito del Santo. De aquí el que le sea dado mostrárnoslo a uno de sus 
l'.ijos, Rafael de los Reyes (i), en Montserrat, exclamando: 

Y el pensamiento celestial le inspira 

de trocar las galanas vestiduras 

con el sayal con que a Francisco imita. 

Por los años de i6io, nos dice el General de los Terciarios, P. Anto- 
nio DE SiLLÉs, que San Ignacio se confesó en Montserrat con un francis- 
cano, de cuyas manos recibió el hábito de la T. O., desprendiéndose allí 
definitivamente de su espada y tahalí (2). Tuvo, en efecto, por confesor 
suyo, a, un franciscano durante mpchos años; y por su parte, el ilustre je- 
suíta P. Remigio Vilariño, no vacila en señalarlo como Terciario 
insigne en su estudio "Las Terceras Ordenes Religiosas", publicado en El 
Mensajero del Corazón de Jesús, de Bilbao, 1913, p. 198. Pero, aun dado 
caso de que materialmente no vistiera el hábito franciscano de la Terce- 
ra Orden, cual vistió el de la Primera su sobrino Fr, Martín Ignacio de 
Loyola, al cual hallamos en 1602 tomando posesión de la sede episcopal de 
Buenos Aires (3), bien podemos decir que en sus obras se inspiró y que 
hizo esfuerzos para imitarle y heredar el espíritu de la Orden Seráfica, 
difundido en el mundo por los discípulos del Apóstol de Umbría. Uno de 
sus libros predilectos fué la Explicación de los Evangelios o Vita Christi, 
vertida a nuestro idioma por el franciscano Fr. Ambrosio Montesino, 
de orden de los Reyes Católicos. Ignacio extractaba de este libro los pasa- 
jes que más le impresionaban; y es notorio — como observa el P. Fita y 



podían los seglares hacer diferencia si eran frailes o no...". Y a la excusa de que 
hace ya cuarenta años que así lo llevan, se responde en el documento que no es 
exacta la afirmación, porque "ahora han alargado el capote de la rodilla a los pies, 
dándole forma de sayal y han convertido el escapulario en capilla, igual en todo a 
la de Reformados y Capuchinos...". 

(i) Fundación de la Compañía de Jesús, Jerez, pág. 16. 

(2) Cit. por el P. Hilario de Barenton, O. M. C, en Grand Álbum francts- 
cain, París, igog, sec. IV.— En el Museo de Bellas Artes de Sevilla hay un cuadro 
de Lucas Valdés, titulado: Alegoría de la institución de la V. O. T. con el rey San 
Fernando, en donde se halla, en actitud de recibir el hábito, un personaje noble, que 
muchos identifican con San Ignacio (Vid., P. Fulgencio de Ecija, "San Francisco 
y España", publ. en Adalid Seráfico de Sevilla, 1922, p. 182). 

(3) Era franciscano descalzo. En su tiempo se establecieron los _ Jesuítas en la 
capital de la Argentina. Vid., Rómulo B. Carbia, Historia eclesiástica del Río de 
la Plata, Buenos Aires, 19141 t. I, p. 51 y sig. 



— 128 — 

Colomé (i) — que coinciden con las del Vita Christi no pocas frases de 
sus fampsos Ejercicios Espirituales. Finalmente, el glorioso Fundador de 
la Compañía, regulaba frecuentemente sus actos por los del Fundador de 
los Menores, tomándolo por modelo. El mismo nos dice en su Autobio- 
grafía, que a veces, se paraba a pensar razonando consigo : ¿ qué sería si yo 
hiciese esto que hizo San Francisco?... Y así discurría por muchas cosas 
que hallaba buenas... 

San Francisco hizo ésto; pues yo lo tengo de hacer (2). 

De aquí, el mucho parecido que entre ambos se advierte, y el que pueda 
decirnos el jesuíta P. Alfonso Torres, hablando del libro de los Ejer- 
cicios del Santo de Loyola, que en éste el 

mismo autor revela su corazón hasta un extremo, que recuerda las efusiones de 
un San Buenaventura y un San Francisco (3). 

Fácil nos es, a la vista de estos datos, formarnos idea del amor que' 
Ignacio de Loyola profesaba a San Francisco y a la Orden Seráfica y de 
la estima y aprecio en que los tenía. Este su aprecio y estima supo el Santo 
transmitirlo a sus primeros discípulos, entre los cuales y los hijos del Se- 
rafín Llagado reinó entonces verdadero recíproco amor de familia, según 
nos lo demuestran sus relaciones y el empeño de los Franciscanos en acre- 
centar las fundaciones de la Compañía, Bastaría, a tal fin, — si otros datos 
no hubiese — la lectura de las Cartas de 3an Francisco Javier, el más 
grande de todos ellos (4). Dice, en efecto, en una carta a los Jesuítas de 
Roma (18 de septiembre de 1542): 

en ella {en Goa) hay un gran convento de Religiosos Franciscanos (5) ; 

y en otra, escrita también desde Goa a San Ignacio (18 de octubre de 1543) 
le ruega envíe un religioso para educar los niños indios que 

hasta aquí han sido adoctrinados y enseñados por el R. P. Jacobo Borbano, es- 
clarecido hijo de la Religión de San Francisco (61). 



(i) La Santa Cueva de Manresa, pp. .38-39 y Si. 

(2) P. José M,* March, S. J., Autobiografía de San Ignacio de Loyola, Barce- 
lona, 1020, pp. 12-13. — Es notable el paralelismo que traza en "San Francisco y 
España {Adalid Seráfico, cit., 1922, número de junio y sig.) el P. Fulgencio de 
EcijA entre las virtudes y hechos de los dos Santos. 

(3) "Ascéticos Jesuítas Españoles", publ. en Semana y Conpreso ascéticos de 
Vallndolid, Valladolid, 1926, p. 255. 

(4) Cartas de San Francisco Javier, recogidas por el P. Cutillas, Barcelona. 
Edit. Subirana, 1884. 

CS) Id., p. 34. 
(6) Id., p. 47. 



— 129 — 

Luego, en carta que escribe desde Cochín (26 de enero de 1548), al rey 
de Portugal, D. Juan III, insinúa sus relaciones con el P. Fr. Juan de Vi- 
llacondea, y pondera 

los innumerables trabajos que en obsequio de Dios y servicio de la V. A. ha 
tolerado y padecido en estas regiones (i), 

y habla del Obispo armenio Jacobo Abuna, el cual, en su ministerio, 

se vale de los Padres de San Francisco, que le cuidan tan bien que no hay más 
que desear; y si no fuera por esto, mucho tiempo ha que el buen anciano, consumi- 
do de trabajos, hubiera muerto..., porque a él nada le falta, por la mucha caridad 
de los Padres Franciscanos (2). 

Más aún: en otra carta del 14 de enero de 1549 escrita a San Ignacio 
desde Cochin, le dice que Fr. Vicente, franciscano, compañero del Obispo 
de Goa, 

y'amantísimo de nuestra Compañía, 
fundó en Cranganor 

un gran Seminario, capaz para cien alumnos, 

y que 

con el mucho amor con que me trata, me ha dicho y afirmado muy de veras que 
el dicho Seminario lo quiere encomendar y entregar a la Compañía, 

así como el régimen de 70 lugares de los alrededores, y que los semina- 
ristas 

son de la primera nobleza (3). 

Escribe, luego, a 28 del mismo mes, al P. Simón Rodríguez, y previo 
el anuncio de la llegada a Cochin de seis PP. Franciscanos portugueses, 
le participa que — de paso para Bazaín — 

me aboqué con los Religiosos Franciscanos, los cuales, como reducidos a número 
tan corto, me han pedido eficazmente que destine algún Padre de la Compañía, el 
cual tome a su cargo el proveer a los neófitos de lo necesario con el dinero asignado 
y de gobernar aquel Seminario; y a este fin he dejado allí a Melchor Consalvo y 
vn hermano que le ayude. 



(i) Id., p. 135-36. 

(2) Id., p. 137. 

(3) Id., p, 151. 



(2) Id., p. 137. 

(3) Id., p, 151. 

Franciscanlsmo.— 9 



— 130 — 

Con tal motivo, insiste el Santo en hablar del Seminario ofrecido por 
Fr. Vicente a la Compañía, ponderando su buena fábrica y excelente dis- 
tribución, y agrega : 

¡ Oh, qué bien tan grande ha hecho a este país Fr. Vicente ! El es muy amigo mío, 
V también de toda la Compañía, y dice que, muriendo él, quiere dejar el gobierno 
del Seminario a la Compañía. Es increíble — concluye el Santo — cuanto él desea un 
sacerdote de la Compañía, buen maestro de gramática, para que le enseñe a aquellos 
jovencitos seminaristas, y para predicar todas las fiestas al pueblo. Es necesario darle 
este consuelo. Enviad, os suplico, este tal sacerdote, el cual en todo se esmere a 
darle gusto y complacerle... (1). 

Por último, en la misma carta, consigna la declaración siguiente, que 
tiene gran valor en labios del gran Javier: 

Todos los padres franciscanos son nuestros amigos... (2). 

Nada más elocuente, para probar esta última afirmación, que los datos 
anteriormente expuestos, en los que nos descubre la pluma de un insigne 
Santo la .vida de afecto, de intimidad, de miútua convivencia de aquellos 
primeros discípulos de Ignacio y de los hijos del Serafín de Asís, proce- 
dentes de Portugal, en la que nada nos habla de intereses, de animosida- 
des, de contiendas, sino sólo de lo que debe importar al religioso: del 
acrecentamiento de la gloria de Dios y del bien de las almas (3). ¡ Qué ad- 
mirable ejemplo nos han dejado que imitar ! ¡ Cómo parece querer perpe- 
tuarlo el insigne Fundador de Loyola, al preferir para escudo de honor 
de su Compañía, el anagrama J. H. S., eminentemente franciscano, sacado 
en triunfo en Roma un siglo antes, tras reñidísima controversia, por los 
insignes Minoritas San Bernardino de Sena y San Juan de Capistrano... ! 

Volvamos, ahora, los ojos a otra" gloria religiosa nacional, a la que 
llamamos actualmente la Santa de la rasa, a la incomparable Santa Tere- 
sa DE Jesús. Toda la grandeza de su prestigio se cimienta en su santidad 
y en su ciencia mística, con las que llevó a feliz término la reforma de 



(i) Id., p. 157-58. 

(2) Id., p. 158. — En particular, nombra aquí a "Fr. Antonio Casal, su Custo- 
dio". Y añade que "dentro de dos años, cumple el cargo de Custodio y desea volver 
a Portugal. Estimaré — termina diciendo — cjue saquéis la licencia del Rey, para que 
'pueda, cumplido el tiempo de su cargo, partir: porque ha más de cinco años que en 
estas regiones ha estado sirviendo a Dios y al Rey". 

{3) No son los Jesuítas los que menos han contribuido a popularizar las glorias 
franciscanas. Refiriéndose el P. Ruiz Amado nada, más que a lo por ellos publicado 
acerca de San Antonio de Padua, júzgalo argumento suficientemente comprobatorio, 
o bien, "público testimonio de la fraternidad que reina entre las diferentes familias 
religiosas y de que en el cielo no hay diferencia de hábitos". (Vid. su trad. de la 
Vida de San Antonio de Padua, por Nicolás Heim, Barcelona, Subirana, 1907, p. 10). 
Muestra, asimismo, su afecto a San Francisco, el hecho de que varios^ de ellos se 
liayan inscrito en la Tercera Orden, cuando la extinción de la Compañía, según ya 
hemos dicho. 



— 131 — 

la Orden Carmelitana, ingeriéndole nueva vida, en unión con otro gran 
místico, el excelso San Juan de la Cruz, Y bien, ¿dónde la Santa descu- 
brió esos elementos de vida nueva que levantaron su Orden a un grado 
de incomparable esplendor, sino en el espíritu seráfico? A esto alude, sin 
duda, Ricardo León al decirnos en Los caballeros de la Cruz — puesta la 
vista en los dos grandes reformadores — : 

si la Doctora mística y San Juan de la Cruz, hubieran sabido manejar los pince- 
les y traducir con el dibujo y el color sus noches del espíritu, sus castillos interiores, 
>,us luminosos éxtasis, tened por cierto que pintaran algo así como las Concepciones, 
la Visión de San Francisco... (1). 

En efecto, toda la actuación de Santa Teresa se desenvuelve en puro 
amibiente de franciscanismo. Bastaría para demostrarlo la intervención per- 
sonal de nuestro San Pedro de Alcántara. Hablando del mismo, dice el 
P. MiR, que 

así Santa Teresa como las novicias tenían (de él) tan buenos recuerdos, que le 
consideraban, y así lo era, como su institutor y maestro (2). 

Otro franciscano, perteneciente a la Provincia Seráfica de Santiago — 
el P. Alonso Maldonado — del que nos habla ella misma en el Libro de 
Jas Fundaciones, cap. I, fué quien persuadió 

con gran fuerza a la Santa a multiplicar sus monasterios, 

según testimoíiio de la M. María de San FraisTciscg^ Carmelita Descalza, 
en las informaciones hechas en Medina del Campo para la causa de bea- 
tificación. Finalmente, un tercer franciscano, el P. Diego de San Buena- 
ventura, se erigió en uno de sus más grandes favorecedores de la refomia 
carmelitana, conforme ella lo declara en una carta al Carmelita P. Maria- 
no de San Benito, cuya muerte tuvo lugar en Túy por los años de 1579 (3). 
Si, luego, pasamos de las relaciones personales con los Franciscanos, a 
las obras en que nutría su espíritu, veremos que son también las mejo- 
res obras de nuestros grandes místicos, las que la elevaron al conocimien- 
to perfecto de la vida de santidad, en que resultó tan incomparable maes- 
tra. Hablando, en efecto, el P. Fita del Tercer Abecedario espiritual del 
franciscano P. Osuna, afirma que esta obra la 



(1) Las caballeros de la cnis, Madrid, iQió, p. 114. — A lo antes dicho, puede 
servirle de interpretación lo que en la pág. 13S, añade, presentándonos ^ al Seráfico 
Patriarca en "la Visión de San Francisco, abrazándose al ardiente Serafin, en cuyos 
labios parece que se escucha el soneto inmortal : 

No me mueve, mi Dios, para quererte...". 

(2) Vid., P. MiR, Sanfa Teresa de Jesús, t. í, pp. 528-627. 

(3) Vid., P. Torres, Crónica de la Santa Provincia de Granada, cap. XLIX. 



— 132 — 
tuvo por guía Santa Teresa (y bien le valió) durante veiente años (1). 

La propia mística Doctora escribe de ella, en el cap. IV de su Vida, 
que al leerla 

no quiere más usar de otros... teniendo aquel libro por maestro. 

Otras obras clásicas, que eran frecuente lectura de Santa Teresa, son 
el Tratado de la Oración y Meditación de San Pedro de Alcántara y 
el Oratorio de Religiosos del franciscano P. Antonio de Guevara, 
Obispo de Mondoñedo, a las cuales concede tanta importancia que se las 
deja recomendadas especialmente en sus Constituciones a las Religiosas, 
cual lo hace igualmente con el Cartujano, traducido por nuestro Fr. Am- 
brosio Montesino (2). Apacentóse, asimismo, en las sabrosas páginas 
del Arte de servir a Dios, por el minorita Fr. Alonso de Madrid, 
colocado por Menén'dez y Pelayo en primera línea entre todos los clá- 
sicos de la Mística Española (3). Mencionemos, por último, el libro del 
célebre médico de D. Juan II de Portugal y después lego franciscano, 
Fr. Bernardino de Laredo, Subida del Monte Sión, cuya primera edi- 
ción se hizo sin nombre del autor (Sevilla, 1535), y del que se valió Santa 
Teresa en una de sus mayores tribulaciones, para exponer al confesor su 
estado de conciencia, señalando con rayas los párrafos donde se hallaban 
indicadas 

todas las señales que yo tenía, 



(i) P. Fita. Devoción al S. Corazón de Jesús difundida en España, Madrid, 
1778.— El P, José M." Sáenz de Tejada, S. /., en el Apéndice a la obra del P. Bain- 
VEL, S. /., La devoción al Sagrado Corazón de Jesús. (Barcelona, Libr. Relipf., 1922) 
cita al P. Francisco de Osuna (1530) como uno de ios principales promotores de la 
devoción al S. Corazón de Jesús en nuestra Patria. También cita, como tales, a la 
Clarisa del Convento de Valladolid — tía paterna de San Francisco de Borja — Sor 
Francisca de Jesús (murió 1557), a la clarisa Sor María de la Antigua, de San- 
ta Clara de Marchena (murió 1617) y al Ven. Pbro. Terciario Juan de Briviesca 
(1624). Vid., op. cit. Apéndice IV, pp. 48.3-488. 

A los de estos, podemos añadir, con El Plata Seráfico, 1922, pp. 185-87, los nom- 
bres de San Antonio de Pádua, Fr. Francisco Jiménez, P. Juan de Cartagena, San 
Pedro de Alcántara y Sor Angela María Astorch, fundadora del Convento de Ca- 
puchinas de Barcelona, ciue estableció en Barcelona la primera Congregación espa- 
ñola del Sagrado Corazón de Jesús (1640). 

Sabido es, oor otra parte, que el Sagrado Corazón le señaló San Francisco a Santa 
Margarita de Alacoque "para que me dirigiera en los trabajos y suírimientos que me 
habían de sobrevenir". (Vid. El reinado del Corazón de Jesús, o doctrina completa 
de la B. Marparita, por un Padre Oblato, trad. del P. Ortiz, vol. II, Madrid, 
1910, p. 70-71). 

(2)^ Vid. Biblioteca de Autores Españoles, t. Lili, p. 264. — Del Tratado de la 
Oración y Meditación, dice textualmente la Santa en el Libro de las fundaciones, 
cap. XXVIII, que por él "se gobernaban" habitualmente sus monjas, a las cuales 
se lo recomienda también en el Camino de perfección. 

(3) Historia de las ideas estéticas, t. III, p. 118. 



— 133 — 

según nos dice en el cap. XXII de su Vida (i). 

Bien puede decir, de consiguiente, el Carmelita P. Silverio de San- 
ta Teresa: . :• , ; 

Mediante la lectura devota, ninguna Orden Religiosa influyó tanto en la Virgen 
ele Avila, como la de San Francisco (2). 

Mas, cual si todo ello fuera aún poco para que se enriqueciese hasta 
lo sumo con los tesoros del espíritu seráfico, quiso San Francisco en per- 
sona aparecérsele para adoctrinarla por sí mismo, completando en tal for- 
ma las lecciones prodigadas por los suyos. Así consta históricamente su- 
cedió una vez al menos (3), si bien se cree que las apariciones se sucedie- 
ron con frecuencia. Habiendo hecho pintar, en cierta ocasión, la figura 
del Santo en. una ermita suya, recomendóla a las Religiosas a fin de qus 
la tuvieran en mucho, porque se parecía al San Francisco vivo del cielo (4). 

En una palabra, en tal abundancia se aprovisionó el alma de Santa 
Teresa de las riquezas del espíritu seráfico, que casi puede decirse que no 
alienta otro en su vida. Sin duda por ello, afirma el P. Ruiz-Amado que 
el espíritu de Santa Teresa y el de San Francisco son uno mismo (5). 
Mgr. Jourdan Passardielle;, va todavía más allá, al hacer actuar con- 
juntamente a los dos Santos en el alma de la sierva de Dios, la admiríi- 
ble Santa Teresita del Niño Jesús, puesto que nos dice: 

Creo yo que... dos grandes águilas de la santidad, Teresa de Jesús y Francisco 
de Asís, la prepararon a subir hacia esas alturas (de la perfección), cobijándola 
bajo sus potentes alas (6) ; 



(i) Vid. "Ascéticos Carmelitas Españoles", publ. en Semana y Congreso Ascé- 
ticos de Valladolid, Valladolid, impr. de la Casa Social Católica, 1926, p. 158. — El 
Agustino P. Bruno Ibeas (ibid., p. 215) hace, a su vez, honor al "amor franciscano, 
que tan honda y brillante repercusión ha tenido en la ascética carmelitana de Santa 
Teresa y San Juan de la Cruz, al través de los cálidos hilos conductores, que, par- 
tiendo de San Buenaventura, terminan en el autor del Tercer abecedario espiritual 
y en Bernardino de Lavredo". 

(2) P. Silverio de Sta. Teresa, C. D., Obras de Santa Teresa de Jesús, t. I, 
Burgos, 1915, p. 180. — ^En El Eco Franciscano ha publicado (1914, p. Soo-03) el 
P. Ákdrés de Ocerin Jáuregui, o. F. M., una reseña bio-bibliogránca de "Fray 
Bernardino de Laredo". 

(3) P. Silverio ue Santa Teresa, C. D., op. cit., t. 11, p. 105. 

(4) Id. ibid., p. .361. — En una estampa, que tenemos a la vista, de la Casa Edi- 
torial Bonasse-Lebel, de París, aparece la Santa de rodillas y con las manos cru- 
zadas sobre el pecho, recibiendo la visita de los gloriosos San Francisco y Santa 
Clara. 

(5) Nuestra Alegría, Barcelona, 1919, p. 178. 

(6) P. Romualdo de Santa Catalina, C. D. : Sor Teresita del Niño Jesús, 
Barcelona, 1914, p. X. Así puede decir Mgr. Jourdan, que San Francisco de Asís 
revive hoy día en Sor Teresita y considerar como una gracia especial, que en la fiesta 
del Santo — 4 de octubre de 1897 — se celebren sus funerales (p. XI). 

También se ve muy ostensible la influencia franciscana en la fundadora del Insti- 
tuto de Carmelitas de la Caridad, M. Joaquina de San Francisco Vedruna de Mas, 
según puede observarse leyendo la Vida y obra de una insigne educadora, etc., por el 
P. Ignacio de Pamplona, O. M. C, Vich. Editorial Seráfica. 1926, cap. VI y sig. 



— 134 — 

y de igual modo podemos decir nosotros que lo propio ocurrió con la Or- 
den Carmelitana, tan vigorosarajente renovada por la gran Reformadora, 
la cual no puede ser rebelde a las influencias del espíritu franciscano, sin 
serlo, al propio tiempo, a los ejemplos y doctrinas de la Doctora Abu- 
lense. Por satisfechos pudieran darse nuestros grandes místicos del siglo 
de oro, aunque otra cosa no hubieran conseguido, que informar el alma 
tan grande, tan luminosa, de la Santa de la raza (i), 

Y, ¿qué decir, por último, del franciscanismo de San' José de Cala- 
ZANZ, fundador excelso de las Escuelas Pías? La influencia del Seráfico 
Patriarca en el Santo es tan grande y directa, que no falta razón al 
P. Fulgencio de Ecija para compararla 

a la del Arcángel Rafael con Tobías. 

Acerca de semejante influencia, ha escrito el Escolapio P. Man'üel Pi- 
NiLLA un largo estudio en Revista Calasancia, de Madrid, 1914, pp. 698 
y sig., que viene tejido con admirables sucesos extraordinarios en tal sen- 
tido. Durante su permanencia en Roma, iba el Santo a orar diariamente 
ante el altar de su santo Protector, en la Iglesia de los Doce Apóstoles; 
y, cuando encontraba cerrada la puerta, entraba por el claustro contiguo 
y conversaba muy gustoso con los hijos de San Francisco. El trato con 
los Franciscanos aumentó su devoción al Santo. Este, parecía haber sido 
designado por Dios, no sólo para formarle en perfección, sino también 
para abrirle camino en la empresa de fundación dé la Orden Calasancia 
y exponerle los designios que sobre él tenía formados la Providencia. 

Era José uno de los más austeros y puntuales en cumplir — aun sin 
estar inscrito en ella — los deberes de la Congregación de las Llagas de 
San Francisco. En 1595 fué en peregrinación a Asís 

vestido con la túnica de la Confraterniáad de las Llagas, ceñido del cordón fran- 
ciscano, y a pié descalzo. 

Allí le favoreció el Seráfico Padre con una admirable visión... Al año 
siguiente, 1596, disfrutó de los encantos de otra nueva visión, el día de 
la fiesta de los Estigmas y dentro de la Iglesia de la Confraternidad de 
las Llagas. En ella volvió a presentársele San Francisco, acompañado de 
tres herm(0sísimas doncellas, símbolo de la Pobreza, Castidad y Obedien- 
cia... Transcurrió un año más, y San José se puso otra vez en camino 
para Asís, deseoso de ganar la indulgencia de Porciúncula. El P. Jimk- 
NÉc Campaña^ que describió con estro brillante este viaje, exclama y dice: 



(i) Quien más detenidamente ha estudiado la influencia del franciscanismo 
en Santa Teresa, es el famoso crítico protestante G. Echegoyen, en su obra: 
L'Amour divhi, Essai sur les sources de Sainte Thérése. 



— 135 — 

Y a medida que él se hunde 
En el ancho abismo informe 
De su humildad, Dios le alza 

Y junto al cielo le pone. 

Y el que adora las cenizas 

De un serafín que fué hombre, 
Con el serafín se encuentra 
Bañado con sus albores. 

Pinta a continuación como vuelve Francisco a presentársele con las 
ti-es doncellas del año anterior y le invita a celebrar con ellas los desposo- 
i'ios, pronunciando los tres votos monásticos; y añade que le entregó, 
entonces, el Seráfico Llagado, tres anillos con que celebrar sus bodas Qs- 
pi rituales. 

Y el galán enamorado 

Que al celeste amor responde, 
Los puso a sus tres Esposas 
Que el rico velo descogen. 

Era la rica Pobreza, 

La Castidad, flor de amores, 

Y la Obediencia cantaba 
Dulces victorias, incólume. 

Diéronse alegres las manos, 

Y entre nimbos y arreboles. 
De los ámbitos del cielo 
Llovieron perlas y flores... 

Y la visión al borrarse. 
Como al sol vela la noche, 
En éxtasis misterioso 
Calasanz arrebatóse (i). 

Agrega a esto uno de los biógrafos (2) que Francisco, antes de alejar- 
se, dio a Calasanz la enhorabuena, congratulándose en sus espirituales 
nupcias, de las que tantos beneficios habían de seguirse por los hijos que, 
a consecuencia de tales desposorios, iba a otorgarle el cielo. Y, en efecto, 
al año siguiente— 1597 — aparece, para asombro del mundo, como Fun- 
dador de una nueva Orden, destinada a la enseñanza: la Orden de las 
Escuelas Pías. Fundador ya y jefe de una milicia selecta-, dá, por ultimo. 



(i) Romancero de San José de Calasans: "San Francisco de Asís desposa a 
San José de Calasanz con la Pobreza, la Castidad y la Obediencia". 
(2) Losada, Vida de San José de Calasans, Madrid, 1837, pp. 48-50. 



— 136 — 

oficialmente su nombre en 1599 a la Confraternidad de las Llagas, cual 
si pretendiera ligar su nuevo instituto a los ideales del Apóstol de Umbría. 
Y bien, decidme: ¿hay o no elementos de franciscanismo en la formación 
de la Orden Escolapia? Las rápidas líneas de esta descripción harto nos 
indican, como observa el P. Pinilla, que 

llena está su biografía de relaciones amorosísimas con San Francisco, hasta e! 
punto de que el Serafín de Asís fué siempre y en todas ocasiones un protector 
poderosísimo de San José y éste templó constantemente su alma en el espíritu del 
Santo Fundador de los Franciscanos (1). 

Con lo dicho, damos por terminada la reseña de la influencia del espí- 
ritu seráfico en el origen y vida de las Ordenes Religiosas Españolas, 
pues no hay para que acumular más datos comprobatorios de que, aun 
con respecto a ellas, tuvo su perfecto cumplimiento la afirmación del je- 
suíta P. Orlando, puesta al principio, es decir, que 

todo lo que ha producido la Iglesia desde hace seis siglos es franciscanismo o está 
animado del espíritu de San Francisco. 

Baste saber — por no citar más que un caso — que la sola institución de 
la Tercera Orden Seráfica jjor San Francisco de Asís, fué una verdadera 
revelación para las demás Ordenes Religiosas, las cuales no se desdeñaron 
de seguir su procedimiento, por medio de la creación de Terceras Ordenes 
similares de los respectivos Institutos, con las cuales llevar también ellas al 
mundo las eficacias de su apostolado, imitando así a Francisco, no solo 
en su espíritu, sino también en sus procedimientos. De aquí precisamente 
el que la actuación religiosa sobre el pueblo viniera a ser siempre en el 
fondo franciscana, aún perteneciendo a otras Ordenes los individuos que 
tomaban parte en la misma. En la época aquella en que la unión de dois 
reinos bajo el cetro de los Reyes Católicos, elevaba a las cumbres el es- 
plendor de nuestra unidad nacional, la unión de todas las fuerzas vivas, 
así del Clero como del pueblo, de la nobleza como de la milicia, en el 
lugar de encuentro del franciscanismo, no podía por menos de servir de 
elemento propulsor de todo su progreso. Y así vemos que nunca España 
fué más grande y poderosa que en aquellos siglos de oro, en que bajo el 
impulso de los grandes místicos franciscanos, se fonna la mística espa- 



(i) "Franciscanismo de San José de Calasanz", publ. en Revista Calasancia, 
de Madrid, 1914, p. 698 y sig. En esta misma Revista, 1914, núms. de agosto-oc- 
tubre, ha publicado el P. Claudio Sedaño un curioso trabajo, titulado: "La psico- 
logía comparada de San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús y San José de 
Calasanz ". 



— 137 — 

ñola (i), que ha de merecer a la nación el título de "nación teológica" ; 
y dentro del ambiente de esa mística, se disuelven los residuos maleantes 
que dejó tras sí la desaparición del dominio de la morisma, y se consolida 
el espíritu español en la formación de su carácter y costumbres, y llegan a 
su período álgido la ciencia de nuestras universidades, el clasicismo de 
nuestros literatos, la inspiración de nuestros artistas, los éxitos de nues- 
tros guerreros, la extensión de nuestros dominios. Los Rej^es Católicos, 
conquistando Granada y forjando la unidad nacional, inauguran el período 
de una España grande, inmortal: Carlos V y Felipe II la sostienen para 
los siglos siguientes a alturas inaccesibles; pero hay entre estos y aquellos 
monarcas un período de consolidación y ascenso que sólo puede realizar el 
mejor gobernante que han conocido los mundos, el gran Cisneros, vestido 
con el sayal del Penitente de Umbría (2); y ¡Cisneros es, en este caso, 



(i) Entre los principales escritores místicos franciscanos, figuran, ademas de 
los mencionados por Santa Teresa, Fr. Antonio Panes, Fr. Francisco Ortiz, Fr. Juan 
de Bonilla, Fr. Andrés Soto, Fr. Antonio Sobrino, Fr. Gabriel de Toro, Fr. Anto- 
nio Alvarez, Fr. Juan de la Fuente, Fr. Pedro de San Buenaventura, Fr. Francis- 
co Evía y "otros veintiséis ascéticos clásicos de la Orden Seráfica, que cita el gran 
polígrafo Menéndez y Pelayo. (Vid. El Eco Franciscano, cit., 1914. p. . 502). — Ac- 
tualmente ha comenzado a publicar el P. Antonio Torró, de la Provincia ^Será- 
fica de Valencia, una obra, de cinco tomos, titulada Estudios sobre los Místicos 
Españoles, (Barcelona, Vilamala, 1924) que esperamos constituya un monumento 
grandioso a la mística del siglo de oro, haciendo resaltar toda la suma importancia 
de su actuación en la grandeza y prosperidad de España. Entonces nos será dado 
apreciar en toda su exactitud lo que establece Menéndez y Pelayo, al escribir: 
'"Desde los tiempos del abrasado Serafín de Asís, y del beato Jacopone y de Ra- 
món Lull, parece que los franciscanos han tenido vinculada la filosofía del amor, 
de que es gran maestro San Buenaventura, como de la racional lo es Santo Tomás. 
Los libros más clásicos y bellos acerca del amor de Dios, durante el siglo XVI, son 
debidos a plumas de frailes menores, y entre todos ellos daría yo la palma, de buen 
grado, al extremeño Fr. Juan de los Angeles, uno de los más suaves y regalados 
prosistas castellanos cuya oración es río de leche y de miel". (Hist. de las ideas 
estéticas, t. II, 1884, pp. i,38-.39). 

De las Cien meditaciones del amor de Dios, hechas por Fr. Diego de Estella, 
dice (íbid., pp. 143-44) "que son braserillo de encendidos afectos, cuyo poder y efi- 
cacia para la oración, reconoce San Francisco de Sales, que le imitó mucho en 
su tratado sobre la misma materia"-. Este gran místico es uno de los más estudia- 
dos de nuestros días. Archivo íbero-americano, le ha dedicado todo un número 
extraordinario _ de 280 pp. (Julio-agosto, 1924) ; y por él podemos formarnos idea 
de la influencia inmensa de nuestros místicos sobre todo el mundo cristiano. Vid. 
P. M IGUEL- Ángel : La vida franciscana en España entre los dos coronamientos de 
Carlos V., publ. en " Revista de Archivos. Bibliotecas y Museos ", durante los años 
1912. 1913^ y 1914. Una de las obras del P. Estella, la Vida de San Juan Evanpe- 
lista. debió ser — ^al decir de Adolfo de Castro — ^la que inspiró al Coronel D. José 
Cadhalso el pensamiento dominante de sus famosas Noches lúgubres. (Vid. Los 
dos San Juanes, en La Ilustración Española y americana, 1877, t. I, p. 219). 

Por_ lo que respecta a Portugal, son de las más notables las Obras espirituacs 
do espiritual e veneravel Padre Frey Antonio das Chagas, Primeyro Missiona- 
rw Apostólico Franciscano neste Reyno de Portugal, Fundador do Seminario de 
Varatojo. Primeyra e Segunda Parte Parte. — Lisboa, na officina de Micjuel de 
Llandes. Anno de M. DCCI, en 8.°, .';o4 pp. — Vid. la bibliografía de este autor, 
hecha por el P. López, en Archivo íbero-americano, 1919, pp. 40-42. 

(2) Vid. Conde de Cedillo, El Cardenal Cisneros, Gobernador del Reino, Ma- 
drid,_ 1921. — El ilustre autor de esta obra, llama a Cisneros "gran Monarca ecle- 
siástico, que ejerció mayor influencia en los destinos de su patria que series enteras 
de reyes seculares; el mejor, entre los hombres de Estado, que ha producido esta 
fecunda _ tierra de Castilla; uno de los más grandes caracteres nacidos para trazar 
sus destinos a la Humanidad", (p. 4). 



- 138 - 

representación viva de un franciscanismo que florece triunfador por todos 
los ámbitos de la Península!... 

Sí, repitámoslo una vez más con Verdaguer: 

¡O por Fraile o por Hermano, 
todo el mundo es franciscano! 



X 



Resorte de la empresa franciscanista. - El amor invadiendo las esferas de 
la vida social. - San Francisco de Asís, Serafín humano, centro de dif%i- 
sión del amor. - Sti amor en la ciencia, por medio de nuestros sabios. - Su 
amor en la piedad, por medio de nuestros místicos. - Su amor en la bene- 
ficencia, con la renovación del ejercicio de las obras de misericordia. - Su 
amor en la epopeya nacional, agigantándola. - Su amor en la Literatura 
y el Arte, ennobleciéndoles. - Cuadro siritético de a^tiMción¡, francisca- 
nista. - El franciscanismo contemporáneo y nuestros grandes pensadores 



Vista ya la influencia ejercida por Francisco de Asís en España, justo 
será averiguar cuál sea el resorte que esta influencia puso en juego para 
lograr adueñarse del espíritu de los españoles, hasta el punto de confun- 
dir su vida poco menos que con la vida de la nación. Estos resortes no son 
otros que los que actuaron desde Asís sobre todo el mundo, pero que nues- 
tra Península sintió más de lleno en sus eñcacias, por hallarse, a la sazón, 
en mejores condiciones para hacer tal actuación más próspera y lozana. 

¿Quién, en efecto, ignora la situación social del siglo XIII, cuando 
en ella intervino el Serafín de Umbría? Dice la Iglesia, en la oración 
litúrgica de la fiesta de los Estigmas, que el mundo sentía en sus entrañas 
una invasión de frío: frigescente mundo; y esta invasión de frío, que pa- 
ralizaba los movimientos del alma en la orientación de su vida propia, era 
la que ponía en labios del Apóstol de Asís, aquel grito de angustia: "el 
Amor no es amado". Faltaba, en efecto, el fuego del amor divino ani- 
mando la ciencia, que había concluido por recatarse en los grandes mo- 
nasterios en busca de refugio; faltaba en los gobiernos, conducidos por el 
señorío feudal a representar el papel de autoridades "de horca y cuchillo" ; 
faltaba en los pueblos, cuyo ideal de grandeza no descubría otras cumbres 
de porvenir halagüeño que el ejercicio constante de las armas, gerjujinado- 
ras del odio entre unos y otros ; faltaba en la literatura, hecha esclava de 
trovadores y juglares que la prostituían para convertirla en paregirista de 
vicios y pasiones abyectas; y faltaba, por último, en el arte, frío, estoico, 
degenerado, hablando más a los sentidos que al corazón. No, no era amado 
el Amor, el Amor que une a Dios, que nos enseña a ser hermanos, que 



— 140 — 

independiza al espíritu de la servidumbre de las pasiones, que purifica y 
embellece y alegra la vida. Era necesario, por decirlo así, un segundo 
redentor, que abriera su pecho en llamas sobre un mundo de hielo, y obrara 
en él parecidos efectos que el del Gólgota ; y ese redentor vino en Francisco 
de Asís. 

Cuando el mundo se enfrió, dice el Obispo de Pinar del Río, Jesucristo lo calentó 
con sus llagas: cuando comenzaba a enfriarse por segunda vez, llagó Cristo al Sera- 
fín de Asís, para calentar al mundo (i). 

Un eximio poeta, estudiando los efectos de este amor en el Mártir de 
la Verna, con relación a atraerse para Dios los amores humianos, pone en 
boca del Santo estas palabras : 

Desde entonces, por tales amores, 

enclavado vivo; 
y en tal cruz hora muero enclavado: 

¡he ahí el Crucifijo! (2). 

Otro poeta, lo ■ eleva a las alturas para merecerse distinción tan sobe- 
rana, y traer al mundo las eficacias de esta representación augusta: 

Para robar su amor, dióte el Amado 
amor de Serafín y un alto vuelo... 
Volaste, Padre mío, al alto cielo 
y a Dios robaste el corazón llagado (3). 

¿Se necesitaba, por ventura, otra cosa para que el orgullo humano — 
águila altanera que pretende dominar todas las cumbres — se sometiera al 
influjo de este Cruciferario de Cristo? Oíd. oid a otro poeta, que asiste 
a su descenso de las alturas, con representación tan encumbrada: 

¡ Hermosa tarde de un hermoso día ! 
Por los cielos purísimos de Umbría, 
Francisco, el Serafín, se ve bajar ; 
el águila, al mirarle el pié llagado, 
bajo él extiende el ala con cuidado 
para que en ella pueda el pie apoyar (4). 

No, nada hay tan admirable como este hecho que ofrece nuevo reden- 
tor a la Edad Media. La Edad Media, estremecida por escalofríos de 
admiración, lo ve con asombro: 



(i) Vid. Rev. San Antonio, de la Habana, 1924, p. 518. 

(2) J. Da Viña TrasmontEj El Crucifijo de San Francisco, publ. en El Eco 
Franciscano, cit, 1916, p. íoo. 

(3) P. Francisco Iglesias, O. F. M., Flores y Frutos_, Barcelona, 1924, p. 238. 

(4) P. Pedro R. Pumarega, O. F. M., Elevaciones, publ. en El Eco Francis- 
cano, 1922, p. 31. 



— 141 — 

¡ Oh misterios del dolor ! 
¡oh, deliquios de amor santo 1 
El de arriba es el Modelo, 
la imagen es el de abajo: 
el Original divino, 
y la copia un ser humano... (1). 

Y, en efecto, al decir del Fénix de nuestros ingenios, el Señor, com- 
placiéndose en su Siervo, 

imprimióle como estampa, 
viéijidole papel tan limpio, 
en el cuerpo a Cristo muerto, 
y en el alma a Cristo vivo (2). 

He aquí precisamiente, lo que necesitaba por ideal la Edad Media para 
sacudir las morbideces de su enfriamiento moral, causa de tantas desdi- 
chas : tener ante la vista e inspirarse en un ser que llevara a Cristo muerto 
— por obra de la mortificación y pobreza — en el cuerpo, y a Cristo vivo 
— por obra de una gracia extraordinaria — en el alma, en los ojos, en la 
boca, en todas sus acciones. Y el ideal apareció, entonces, irradiando in- 
cendios de caridad: apareció en un Serafín envuelto en ardores, que le 
brotan de manos, pies y costado... 

El Modelo ideal está imitado 
con tan supremo acierto, que parece 
que en un molde divino han vaciado 
a Cristo y a Francisco, i Siglo trece ! 
tu prodigio a través de las edades 
ilumina desiertos y ciudades (3). 

Nada tiene, por lo tanto, de extraño, que hombre de tales prerroga- 
tivas, hombre convertido en Serafín humanado, el cual 

hecho un volcán vivo 
de divinas llamas, 
de amores vivía 
y amor respiraba (4), 



(i) Fr. B. Sáenz de YiTERi, O. F. M., El Pregonero del Gran Rey, publ. en 
la Rev. San Antonio, cit., 1924, p. 532. 

(2) Lope de Vega, A las Llagas, publ. en Romancero y Cancionero sagrados, 
de Ribadeneira, romance 327, p, 122. 

(3) Fr. Buenaventura de Salazar, O. F. M. : A la Impresión de las Llagas, 
publ. en la Rev. San Antonio, cit., 1924, p. 529. 

(4) Sor Martina de la Natividad, Clarisa: El Serafín de Asís, publ. en £1 
Eco Franciscano, 1915, p. 623. 



— 142 — 

ejerciese en nuestra Península influencias de atracción renovadora, capa- 
ces de hacer preludiar a los españoles del siglo XIII el cantar popular 
de los españoles del siglo de oro, tan bellamente glosado por Damián* de 
Vegas : 



Tal sello impreso traéis, 
Francisco, en vos, que pregunto: 
si sois Cristo o su trasunto, 
pues mucho os le parecéis (1). 



Todo, entonces, afluyó en torno a él: todo acudió a solicitar su ayuda 
para renovarse, para ascender, para subir... Y un grito, grito de demanda, 
de encendida súplica, palpitó en todos los labios, para decir, como el actual 
Magistral de la Basílica Coinpostelana : 



j Serafín del amor ! 
enseñadme a volar... (2). 



'■'¡Enseñadme a volar!", dijo la ciencia española; y la ciencia fran- 
ciscana, cuyo primer representante oficial es San Antonio de Padua, des- 



(i) Vid. Romancero, etc., de Ribadeneira, cit, pp. 555-56.— El entusiasmo de 
nuestro pueblo por el Santo, lle^ó a revelarse en cantares tan ingeniosos como el 
siguiente, consignado por Melchor de Palau en su obra Cantares Populares, Bar- 
celona, IQOO, p. 202 : 

"San Francisco es más que Dios, 

en cuanto a las llagas digo; 

que al Santo se las dió_ Dios, 

y a Dios se las dio un judío." 
Otros cantares consigna el mismo autor, de los que entresacamos: 

"Mucho quiero a San Francisco, 

porque tiene cinco llagas..." (p. 65). 
Y este otro: 

"A San José pido el ramo, 

a San Francisco el Cordón, 

a Santa Rita la espina 

y a mi amante el corazón." (p- ói)- 
Quien desee mayor copia de cantos populares sobre San Francisco, consulte a 
Rodríguez Marín, en Cantos populares españoles, Sevilla, 1882, t. I, pp. 207-8, 227, 
427, 442; t. II, pp. 116, 218, 219; t. IV, pp. 143, 377, 412; t. V, p. 135.— -En esta obra 
abundan también extraordinariamente los relativos a San Antonio de Padua y otros 
Santos Franciscanos. 

Digna es, por último, de consignarse, esta preciosa oración, muy popular — al 
decir de R. Monner y Sans (Vid. El Plata Seráfico, 1923, p. 178) — entre los niños 
de Extremadura (el primer cuarteto, lo trae algo modificado Rodríguez Marín, op. 
cit., t. I, p. 227) : 

Padre nuestro San Francisco 

que de mi Dios fuiste alférez, 

ruégale a mi buen Jesús 

que de mi alma se acuerde; 

no le digas que es la mía, 

que lo ha ofendido mil veces ; 

pero cuando se lo digas, 

que esté su Madre presente, 

¡que delante de las madres 

hacen los hijos mercedes ! 
(2) Luciano Rodríguez: A San francisco' de Asís, publ. en El Eco Francis- 
cano, 1912, p. 595. 



— 143 — 

pues de adquirir nuevos bríos en el corazón de un doctor llamado Doctor 
Seráfico y de pedir alas a otro doctor, el Doctor Sutil, que le rinde va- 
sallaje a los pies de la Virgen Inmaculada, viene a asociar en nuestros 
sabios las ternuras del amor con las arideces de la inteligencia, para trans- 
figurarla y ennoblecerla, haciendo que conviva amigablemente con 

el espíritu de oración y devoción, al cual todas las cosas temporales deben ser- 
vir (1), 

y dé a la ciencia nacional los prestigios de nombres tan ilustres como el 
de Fr. Juan Gil de Zamora, que fué — según el P. Fita — para sus tiempos 
lo que para los suyos San Isidoro, y tras él los de esos doctores de uni- 
versal renombre que se llaman Fr. Gonzalo de Balboa, Fr. Alvaro Pela- 
gio, Fr. Poncio Carbonell, Fr. Francisco Eximenis, Fr. Pedro Tomás. 
Fr. Pedro Gallego, Fr. Juan de Marbres, Fr. Antonio Andrés y Fr. Juan 
Basols, por no citar sino algunos de los que florecieron en los siglos XII E 
y XIV (2). 



(i) Palabras de San Francisco en su Regla de Frailes Menores. 

(2) Gran número de nuestros franciscanos, siguiendo las corrientes de la épo- 
ca, iban a hacer sus estudios superiores a las más célebres univeijsidades de Itaüa, 
Francia e Inglaterra, Figuran varios de los arriba citados en el número de los más 
ilustres discípulos de Duns Escoto. Que" también tuvo otros de nuestra Patria en 
sus Aulas el inmortal franciscano Rogerio Bacón, nos lo evidencia A. Thomas, en 
su trabajo, Roger Bacon et les étudiants espagnoles (publ. en Revue Hisl^anique, 
IV-i8), en donde nos dice que explicando un día Bacón el Líber veg^tabilium, no 
acertó a traducir él vocablo bélenum (beleño). "Entonces — dice el Maestro en su 
OiJtis mahis — sonriéronse burlonamente mis escolares españoles, a quienes era fa- 
miliar la palabra". 

Acerca de los estudios entre los Franciscanos de España, vid. ,P. Atanasio Ló- 
pez, Los estudios franciscanos en España durante los siglos XIII y XIV, publ. en 
El Eco Franciscano, cit., IQ21, pp. 238, 333 y 428; Los estudios franciscanos en Es- 
paña durante el siglo XV, publ. ibid., 1Q21, pp. 248 y 453; Los estudios francisca- 
nos en España desde el resurgimiento de la Observancia hasta la Bula de unión de 
León X, igzi, pp. 498 y 596, y 1Q22, pp. 79 y 108. Vid., además D. Vicente La- 
fuente.- Recuerdos acerca de San Buenaventura y los Estudios Franciscanos en Es- 
paña, publ. en La Cruz, 1874, t. 11, y P. Antonio Martín, Los Franciscanos en la 
cnseñatisa, Barcelona, Vilamala, 1924. 

Dícenos Menéndez y Pelayo {Hist. de las ideas estéticas, etc., Madrid, 1883, 
t. 1 cap. IV, p. 3';5) que "no está representada España hasta el siglo XVI en los 
anales de la Escolástica por una cadena de doctores, como los que ennoblecieron 
ias aulas de París . Es, en efecto, en el siglo XVI, cuando comienzan a adquirir 
esplendor nuestras universidades españolas, en las que tanta gloria cabe a la ciencia 
íranciscana. En El Eco Franciscano, 1912, pp. 817-821, publicó el P. Andrés de 
Ucerin-Jauregüi, un catalogo auténtico de los "Religiosos ilustres de la Provin- 
cia de Santiago en_ la Universidad de Alcalá". Sobre otros de^ la Universidad de 
salamanca, ha publicado también el P. Atanasio López importantes trabajos en la 
misma Revista, no menos notables que su reseña bibliográfica sobre nuestros sa- 
nios, publ. en Archivo ibero-americano, 1920, núm. de septiembre-octubre, pp. 3o=í- 
12, y el estucho sobre Pr. Pedro Gallego (Ibid., 1925, II, pp. 65-91); y. por su 
parte, el P. Manuel Bandín prepara actualmente un trabajo histórico, sobre otros 
Í'K''narf •r,^« }^ Univcrsidad de Santiago No deja, por último, de constituir una 
Rio u para nuestra Orden el que haya sido Cisneros el fundador de la célcbrt 
Universidad de Alca a, y e que, emulando su ejemplo haya llevado a cabo, en 1613, 
el iLMo P. Trejo el establecimiento de la de Córdoba (Argentina).~Vid. Fr Tosí' 

-íiiTrfrrS'^^'^r^rr ;"/^^'''"^f.^- ^^ ^¡r- ^- ^''^' F^<ndador de l Unt 
^crsutad de Lurdobq. Córdoba (Argentina, 1920). 

En Eludes Francxscames, de París, 1908, XX, pp. 43-48, ha publicado el P. Don. de 



e 



— 144 — 

De este modo vino a tener, entre nosotros, perfecto cumplimiento, el 
cuadro alegórico trazado por Manuel Siurot, en el cual Francisco de 
Asís, representando al Amor, somete a su influjo a Platón, que personifica 
la ciencia, y le obliga a despedir su cortejo de nereidas, tritones y genios, 
con estas palabras : 

Decidle (a Grecia) que Platón no volverá allá. Está crucificado con los humildes... 
Se ha hecho franciscano (1). 

"¡Enseñadme a volar!", gimp, luego, el espíritu sediento de perfec- 
ción, que parece ligado en sus anhelos expansivos a las resonancias auste- 
ras de un concepto de justicia eterna, apenas animado por confortadoras 
sonrisas; y aparece — cristalizando en la mística franciscana — el espíritu 
del Seráfico, dulce, acariciador, sonriente, agitándose en atmósfera de ale- 
gría inefable, para infundir su vida en la mística nacional, y formarle lo 
que Blanca de los Ríos Lampérez llama 

carácter determinante y esencial 

de la misma (2), floreciendo en prodigios de Santidad como los que nos 
revelan los nombres de San Pedro de Alcántara, San Pedro Regalado, 



Caylus, o. M. C, un interesante trabajo, titulado: "Ximenés créateur du tnouvement 
théologique espagnol". — Acerca de las cátedras universitarias de los Franciscanos en 
España y América, vid., P. Ephren Longpré, O. F. M., La philosophie du B. Duns 
Scot, París, Libr. S. Frangois d'Assise, 1924, pp. lo-ii, y P. Goyena, S, J., en "Ra- 
zón y Fe", Madrid, 1923, pp. 57-64. 

Lo relativamente poco que se va descubriendo sobre este punto, demuestra que 
no la erró Pardo Bazán, al escribir en Colón y los Franciscanos: "Los Franciscanos 
fueron la Orden científica y la Orden viajante, y en ella fermentó la nueva era 
con todos sus progresos ", (p. .38). De aquí el que simbolice a esta Orden en "un 
misionero que sale a predicar las verdades de la fe, y vuelve trayendo en sus al- 
forjas de mendicante las conquistas de. la ciencia", (p. 10). 

A partir de tiempos de la exclaustración, son contados los Franciscanos que ejer- 
cen su ministerio en las Universidades ; pero, no por eso, dejan de hacerlo en algunos 
Seminarios eclesiásticos, y en especial en sus Escuelas y Colegios, que abundan 
extraordinariamente, sobre todo en nuestras Congregaciones Terciaria_s de Regu- 
lares. De los datos reunidos por el Rmo. P. Antonio Martín, en su obra Los Fran- 
ciscanos Españoles en la Enseñansa, cit., resulta que enseñan éstos a setenta y siete 
mil alumnos, en seis cientos setenta y seis Colegios y Escuelas (p. 150). Y lo propio 
sucede entre los de América. Así, por ejemplo, la Provincia de ios Doce Apóstoles, 
del Perú, sostiene Colegios en Arequipa, Cusco y Juliaca (Puno). (Vid., Revista 
Franciscana del Perú, 1926, p. 366) ; y la de la Inmaculada Concepción, del Brasil, 
educa en sus Colegios tres mil setecientos veinte y siete alumnos, y otros mil tres 
cientos setenta y ocho en sus Escuelas parroquiales. (Vid., P. Bovver, op., cit, 
pp. 202-229). 

(I) _ Litr de cumbres y resplandores de la Criis, cap. "Franciscano", p. 77, — Otro 
trabajo del mismo carácter, ha incluido el autor en el mismo volumen, titulado: "Suel- 
ta de amores" 

(2) Influjo de la mística, de Santa Teresa especialmente, sobre nuestro gran- 
de arte nacional, leída en la Real Academia de Jurisprudencia el 20 de febrero de 
1013, Madrid, p. 33. — En el capítulo anterior hemos mencionado ya los nombres de 
nuestros principales místicos españoles; lo cual no obsta para que digamos aquí 
con Ricardo León; 

"La gran Escuela mística y ascética de los siglos XVI y XVII, que es la quinta- 



— 145 — 

San Diego de Alcalá, San Pascual Bailón, San Francisco Solano, San Pe- 
dro Bautista, San Francisco Blanco, San Martín de la Ascensión, San 
Felipe de Jesús, San Francisco de San Miguel, San Gonzalo García y— 
por no hacerme interminable — los Beatos Apolinar y compañeros márti- 
res, y Juan de Cetina y Pedro de Dueñas, y Nicolás Factor, y Sebastián 
de Aparicio, y Juan de Prado, y Julián de San Agustín. 

"¡Enseñadme a volar!", gimen miles de infelices, sumidos en la en- 
femiedad y el abandono, a quienes nadie tiende una mano caritativa; y se 
presenta en la historia la empresa de beneficencia de los Terciarios Regu- 
lares y de las Terciarias de muchas poblaciones, creando hospitales para 
los enfermos, asilos para los peregrinos, colegios de enseñanza para las 
doncellas pobres; y a su lado están los hijos de la Primera Orden, que 
difunden la enseñanza entre los hijos del pueblo facilitándoles carrera 
gratuita en sus Escuelas de Artes y sostienen a los estudiantes necesitados 
de nuestras Universidades con la famosa "sopa de los conventos", exten- 
siva en sus aplicaciones a viajeros y a mendigos, haciendo así de la cari- 
dad organizada una esi^ecie de elemento renovador, no conocido, a favor 
de todas las víctimas de la penuria, hasta el punto de convertir con su 
ejemplo el beso de San Francisco al leproso en símbolo el más apropiado 
de nuestras instituciones de beneficencia. 

"¡Enseñadme a volar!", repite la Patria misma, viendo ya libre la 
Península de los molestos invasores de allende el Estrecho; y el espíritu 
franciscano le señala desde la Rábida las rutas del mar tenebroso que 
oculta un mundo, y la conduce en triunfo a Oran para abrir a su influen- 
cia el continente africano, y robustece su nervio de gobierno con la for- 
mación de las milicias permanentes, y la pone a la altura de los mejores 
centros educativos de Europa con la creación de la Universidad de Al- 
calá de Henares, y la conduce a Lepanto con el Terciario D. Juan de 
Austria para salvar el mundo en peligro, siendo la nave San Francisco la 



esencia de la teología católica y representa, desde el punto de vista intelectual, el 
más puro y alto esfuerzo filosófico de nuestra raza, permanece aún, en pleno flo- 
recimiento de la erudición y de la historia, como una cumbre solitaria, mal cono- 
cida por los doctos y enteramente inaccesible para el vuIro". (PróloRo a las Medi- 
taciones devotísimas del amor a Dios, del P. Diego de Estella, en la edición de la 
"Biblioteca Gil-Blas" de Renacimiento, Madrid, p. IX). 

Con todo, bastará para formarse una idea de conjunto la preciosa conferencia 
que dedica a esta materia el P. Antonio Torró^ en Semana y Congreso, Ascéticos, 
de Valladolid, cit., pp. 136-148. — Al decir de Quevedo, nada se ha añadido de nuevo 
a lo que de Teología Mística escribió el príncipe de todos nuestros ascéticos, San 
Buenaventura. ^Biblioteca de Autores Españoles, t. XXIV, Madrid, 1859, p. 418). 

Y puesto que la ocasión se brinda a ello, la aprovechamos para hacer nuestras 
estas palabras de Pardo Bazán, en Colón y los Franciscanos, p. 10: "Ni es, ni 
puede ser mi propósito sentar que únicamente los Franciscanos tuvieron místicos, 
filósofos de la naturaleza y rnisioneros, pues también en las demás Ordenes los hubo: 
sólo indico que en la franciscana se ha de buscar su representación más saliente, 
adecuada a los fines especiales de la Orden y a la origmalísima personalidad del 
Fundador". 

Frandscanismo.— 10 



— 146 — 

primera en romper el fuego, hiriendo en el corazón el poderío del nnonstruo 
otomano, siempre con el alfanje levantado sobre la cerviz de la civiliza- 
ción europea (i), y le dá, por último, a la gran masa de su población, 
alistada en las filas de su seráfica milicia por ley la más eficaz y renova- 
dora que todas las leyes civiles, la Regla de la Tercera Orden, que sirvió 
de base Ae renovación social, a la Europa de los siglos medios (2). 

"¡Enseñadme a volar!", suspiran, por últimio, la Literatura y las Be- 
llas Artes, faltas de aliento vivificador de sus creaciones; y el francisca- 
nismo lleva a ellas sus corrientes de amor sobrenatural y con estas lo 
funde para que produzca esa primavera de grandes literatos y excelsos 
artistas que han de marcar rumbo e imponer su genio en medio de todos 
los pueblos cultos, según veremos más claramente en las páginas que 
siguen. 

Todo, en una palabra, renace a nueva vida. 

De aquí el que pueda exclamar D. Diego Tortosa, ante la realización 
de estos hechos, para los que sirvieron de instrumentos las milicias del 
Caudillo de Umibría y sus coojjeradores abnegados: 

Sin Francisco de Asís, no hubiera cruzado por la tierra la falanje gloriosa de 
Hermanos Menores, lleiíando nuestros pueblos de Universidades, y nuestras Uni- 
versidades de sabios, y nuestras bibliotecas de volúmenes, y nuestros campos de ri- 
queza, y nuestras ciudades de hospitales y asilos, y nuestra historia de héroes, de 
santos y de mártires; y realizando, a la vez, en toda su pureza, los principios funda- 
mentales de la verdadera democracia (3). 

Asimismo, el hecho de que lleguen al arte estos efectos renovadores, se 
deduce de las palabras siguientes de uno de nuestros críticos: 

Con el siglo XIII un soplo de vida y de poesía corre de un extremo al otro de 
Europa... La arquitectura gótica celebra en estos momentos sus más gloriosos triun- 
fos; la estatuaria ve surgir de un lado las grandes esculturas de nuestras catedrales; 
la pintura sale de su largo abatimiento ; las costumbres se dulcifican tornándose más 
caballerescas ; un lujo vivificador y fecundo reemplaza a la fría suntuosidad del pe- 



(i) Mandaba la nave el ilustre segoviano D. Cristóbal Suárez. Vid. Colmena- 
res, Historia de la insigne ciudad de Sef¡ovia, t. III, pp. 206-08. 

(2) He aquí, sobre este punto, unas frases del gran sociólogo y Primado de 
las Españas, Cardenal Reig : " San Luís, re.v de Francia, como su Ministro Esteban 
Boileau, visten el honrosísimo escapulario del Terciario Franciscano, y de acuerdo 
con San Buenaventura, realizan una labor político-social, por demás eminente, redac- 
tan la carta constitutiva de la manumisión de los municipios, dándoles como regla 
electiva y de funcionamiento de su magistratura los mismos artículos de la Regla 
de la Tercera Orden Franciscana. Ambos, también de acuerdo con San Buenaven- 
tura, dan a las cofradías y corporaciones el mismo modo de gobierno y de funciona- 
miento de la Tercera Orden, y una vez más se realizarla promesa de Jesucristo: 
"Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra". {Disc. publ, en Le- 
gísima, Crónica del Conoreso III Nacional Terciario, de 1921, Madrid, 1922, p. 41 1- 

(3) Disc. publ. en Legísima, Crónica del II Congreso Na-c. Tere, de 1921, 
cit, p. 451. 



— 147 — 

riodo romano: el mundo occidental halla... su equilibrio y levanta los vuelos (i). 

En fin — concluiremos con el Rector honorario de la Universidad Com- 
postelana, • Sr. Barcia Caballero — : 

Francisco de Asís lo llenó todo con su espíritu. Comenzando por las costumbres, 
que se endulzaron con la caridad y se purificaron con la penitencia, pasó a la litera- 
tura, que es siempre espejo fiel donde aquellas se reflejan, y a través de ella i^c 
infiltró en todas las manifestaciones del arte. La Arquitectura, la Escultura, la Pin- 
tura y la Música crearon y pensaron en seráfico. La ciencia, a su vez, se afilió a 
ella; y ascendiendo hasta el fin llegó a la Filosofía, y se adueñó al cabo de todos 
los entendimientos y de todas las voluntades (2). 

De donde puede deducirse, con Blanca de los Ríos, cuan 

incalculables fueron los frutos de la difusión de la doctrina y del espíritu fran- 
ciscano por el mundo : ciencias físico-naturales, filosofía, sociología, artes : todo re- 
nació purificado, renovado con tan prodigiosa transfusión de vida (3). 

El balance social de esta Orden — concluiremos con Severino Aznar — es en los 
siglos pasados imponente: servidores providenciales del pueblo, artífices de la evo- 
lución social en el siglo XIII, predicadores' de la pobreza y humildad, creadores, 
con los dominicos, de las misiones de Oriente y de Occidente, civilizadores de Amé- 
rica, oradores, filósofos, teólogos, escriturarios, naturalistas, físicos, místicos, poetas, 
matemáticoSj inventores, catedráticos, fundadores, gobernantes, Santos, de todo han 
dado al mundo y a España (4). 

¡ Milagros de la actuación renovadora del Cnicif erario de Cristo ! 

Nada, pues, tiene de extraño que el insigne Quevedo, dirigiéndose al 
Rey Católico, abogue porque — en caso de pretender elegir un Santo qtxe 
comparta con Santiago los honores del patronato nacional — se le otorgue 
este honor a San Francisco: 

Hácese agravio — escribe — a la costumbre tan anciana y tan venerable destos rei- 
nos, perjuicio a todos los santos naturales dellos y casi más que a todos a .San 
Francisco (que, no siendo de España, vino personalmente a fundar a ella, como el 
íianto Apóstol lo hizo, que es más fineza que en el natural), santo serafín, cruz 
viva, pasión de Cristo repetida, patriarca de tanta y ejemplar y apostólica religión, 
que ella sola apuesta con la caída de los ángeles restaurar las sillas ; que sus mila- 
gros y predicación ilustran y engrandecen los dos mundos, que sus hijos los reducen; 
cuyos mártires no caben en las historias; cuyos autores y escritos enseñan y enri- 



(i) Vid. Biblioteca Popular de Arte (Madrid, La España Editorial), t. XV. 
"Los Tapices", pp. 31-32. 

(2) "El Serafín de Asís", publ. en El Eco Franciscano, cit., 1909. p. 24Q. . 

(3) "San Francisco y las fuerzas renovadoras del amor", publ. én El Universo, 
1918. núm. de 28 de enero. 

(4) S. AzNAR, Las grandes instituciones del Catolicismo, Madrid, López del 
Horno, 1912, cap. IX, p. rgo. 



— 148 — 

quecen la Iglesia. Y no es inconveniente, señor, que ya que los procuradores de corte 
no se acordaron de este traslado de Jesucristo, deste serafín sacrosanto, para que 
fuese su patrón, ni advirtieron cuan natural estandarte vivo es de los ejércitos de 
la fe y del Dios de los ejércitos, san Francisco, que es una cruz de sayal y el sello 
de los despachos de nuestra redención; y que haciéndole Cristo como él, no fuera 
mucho le hicieran los procuradores de corte como Santiago; y quien es traslado 
de Cristo, bien podía ser compañero de su apóstol; a poderse pedir este patronato (i). 
¡Santo sublime! — exclama Sanchis Sivera — ¡cuan dichoso eres, que aun des- 
pués de muerto, conmueves profundamente! (2) iBendito seas, corazón de amor I — 
grita otra voz, desde las columnas de El Pensamiento Español (3) — . Alcanza para 
nuestro siglo un soplo del espíritu en que ardías, y la tierra será regenerada. 

Tan grande es, en efecto, esta conmoción, que obliga a exclamar a la 
eximia escritora antes citada: 

nunca (como ahora) se impuso tan poderosamente, tan apremiantemente la evoca- 
ción del grande amador de Asís, del que incendió en amor la Edad Media, del Santo 
de cu)^o corazón brotó la llama de amor que purificó el mundo (4). 



(i) Biblioteca de Autores Españoles, de Ribadeneira, Obras... t. I, p. 288. 

(2) Dos meses en Italia, Valencia, 1902, p. 335. 

(3) "Influencia de San Francisco de Asís, en las Bellas Artes", publ. ibid., 
p. 647. — Las últimas palabras expuestas, brotaron en período de turbulencias sociales, 
durante la época nefasta de la exclaustración, en que era casi desconocida ya en 
nuestra Patria la influencia del Franciscanismo. Como comprobante de que nuestros 
Religiosos permanecieron fieles hasta aquella época al espíritu de su Orden, sirviendo 
abnegadamente a sus prójimos en todos los órdenes de la vida social, léase esta des- 
cripción del P. Bartolomé Altemir, hecha en vista de los datos reunidos en el 
último Capítulo General que, pocos años antes de la exclaustración se celebró en 
España. Dice así textualmente: "Hay para alabar a Dios del prodigioso número de 
religiosos hermanos nuestros que, en medio de unos siglos como el 18 y el 19 han 
florecido y brillado en letras y santidad. Algún día puede que llenen muchas páginas, 
si los tiempos permiten al nuevo Cronista General la continuación de la Historia de 
la Religión. Entre tanto, quedan los. apuntes remitidos por las Provincias al Capítulo 
en el Archivo general de la Orden. De éstos resulta que apenas hay ciencia ni 
arte que no hayan adelantado con sus luces y descubrimientos los sabios religiosos 
de nuestros días. Resulta también un sinnúmero de religiosos de santidad extraordi- 
naria... cuyas virtudes heroicas no ceden a las de tantos como nos refieren nuestras 
historias. Resulta, por último, que son innumerables los que, ya en misiones, ya en 
consultas a los muy RR. Arzobispos y Obispos, ya en comisiones particulares y deli- 
cadísimas han servido a la Iglesia^ en términos de serle de mucho consuelo, evitándole 
males que, como a la Hija de Sión, la hubieran afligido y quizá cautivado, i Cuántos 
en América, Filipinas, Jerusalén y otras partes han dado la sangre por Jesucristo! 
¡Y cuantos la han vertido también a manos de los enemigos, por ser fieles al jura- 
mento que todos tenemos prestado a Nuestro Augusto Soberano en las dos épocas 
diferentes en que, por distintos medios, aunque con un mismo fin, se le ha disputado 
su Soberanía ! El mundo se pasmará al leer tan continuos rasgos de heroísmo espa- 
ñol y cristiano, si algún día salen a luz. En el ínterin, los calabozos donde gimieron, 
los cadalsos en donde expiraron y los hospitales donde se ofrecieron a Dios por la 
caridad tantas víctimas franciscanas en las diversas epidemias de Cádiz, Sevilla, 
Barcelona y otras poblaciones de nuestra península, gritan a voces contra la falsa 
f.lantropía del día que en los claustros de San Francisco... se encuentran en toda 
su pureza las virtudes cristianas y las sociales que tanto cacarea el mundo sin co- 
nocerlas". (Hi.<ttoria del Capítulo General celebrado en... Alcalá de Henares el día 
29 de mayo de 1830, Madrid, 1,932, impr. de Miguel de Burgos, pp. 23-24). El 
párrafo citado termina diciendo: "El curioso que, no teniendo a mano los documentos 
en que me apoyo y a que me refiero,^ quisiere cerciorarse de esto, lea el folleto intitu- 
lado la Verdad sin disfraz, que yo di a luz en Mallorca el año 1812, e"> el cual hago 
ver... los muchos santos y sabios que han dado los Institutos Religiosos en los 
tiempos modernos o en nuestros días". 

(4) San Francisco y las Fiier,zas renovadoras del amor, cit. 



— 149 — 

En torno a su figura — exclama el ilustre Vázquez Camarasa, Magistral de Ma- 
drid — se agrupan los más diversos tipos de hombres y de ideas. Los artistas de 
b.oy, como los del siglo XIII, buscan en él inspiración, las escuelas literarias le ponen 
de moda, multiplicando sus biografías, el Protestantismo le rinde homenaje por la 
pluma de Sabatier, hasta algunos panteístas, a través de sus errores, saludan en 
Francisco un alma llena de poesía en perpetua comunicación con el alma universal, 
los hombres de acción estudian en su vida y doctrinas altísimas lecciones de justicia 
social, los católicos le aman cada vez con más fervor; nube magnífica de universal 
admiración lo envuelve (1). 

A cuyas frases pudiera aún añadir el homenaje de nuestros oradores 
mes excelsos, desde Emilio Castei-ar al insuperable Vázquez de Mella ; 
el de nuestros más encumbrados sociólogos, con el Cardenal Reig, Aman- 
do Castroviejo y Marín Lázaro, que nutren en las doctrinas del Satito 
sus enseñanzas, y — ¿por qué no decirlo ?— hasta el de nuestros más previ- 
sores políticos, que tienen a la vista la afimiación aquella del célebre Joa- 
quín Costa: 

Necesitamos en el gobierno Bismarks injertos en San Francisco de Asís, con 
más de San Francisco de Asís que. de Bismarks (2), 

o bien exclaman con J. Burgada, puestos los ojos en el más excelso de 
los iX)líticos franciscanos : 

ahora... cuando necesitamos concentrar en el patrio solar las vivientes energías, 
es cuando más genial aparece, en la mente del pensador, la personalidad de Cisneros, 
y aun en la orientación de nuestra política exterior, hemos tenido que rectificar, 
por la fuerza de las realidades, hacia la política de Cisneros (3). 

Y es que los más privilegiados ingenios de nuestros días, fieles a las 
lecciones de la historia, reconocen con Suárez Salgado que 

el espíritu franciscano, penetrando en todos los organismos sociales y religiosos, 
lo mismo que en todas las manifestaciones de la actividad humana, vivifica, cura, 
ilustra, conquista, transforma y santifica, como el soplo de Dios, 

y que — en frase del mismo gran orador — 

la poesía, la arquitectura, las bellas artes, todo, todo resurge embellecido, agran- 
dado, bajo la influencia del espíritu franciscano, que imprimió su sello imborrable 



(i) Disc, publ. en Legísima, Crónica, cit., p. 374.-;-En el presente .año de 1926, 
y como preparación a las fiestas centenarias, ha organizado el Colegio de Doctores, 
de Madrid, una larga serie de Conferencias franciscanistas, en las que vemos des- 
filar a los más altos prestigios literarios y científicos de nuestro movimiento con- 
temporáneo. 

(2) Cit por Severino Aznar, en el art. "Costa", publ. por "El Correo Espa- 
ñol", 1911, núm. del 10 de febrero. 

(.3) Art. "Cisneros", en la Revista madrileña Novedades, iQiy, núm. de 15 de 
julio, p. 2. 



— 150 — 

y su fisonomía propia a las glorias y grandezas del mundo católico, escalonadas en 
los siete siglos que cuenta de duración la familia seráfica (1). 

Por lo cual, no es extraño que traten de difundirlo en mil formas, 
para hacer penetrar sus corrientes en los diversos organismos de la vida 
hispano-americana, con la esperanza de que — cual lo dice Vázquez de 

Mella — 

el alma española en que el (Santo) infundió con su espíritu nuevo vigor y vida, 
seguirá en adelante siendo fiel a la fuerza recibida de la Orden Franciscana, y sabrá 
en edades venideras y en la época presente corresponder a ella, acrecentando su glo- 
ria al difundir la del Serafín de Asís (2). 



¡Ah, Santo, Santo gloriosísimo 



¡ Dichosos los que llenas con tus preciados dones, 
y envías por el orbe con mística misión, 
para esiJarcir la llama de tus ilustraciones 
y endulzorar los pechos con mieles de tu unción! (3). 



(i) Disc. publ. en Crónica del Primer Conqresc Nacional Terciario, de Santiago, 
Santiago, 1910, p. 103. 

(2) Disc. pronunciado en el Sequndo Congr. Nac. Tere. (1914), Santiago, 1914. 

p. 3. 

(3) Marcelino García González, Peregrinación, Mondoñedo, 1921, p. 97. 



PARTE SEGUNDA 



FRANCISCANISMO EN LA LITERATURA 



«¡Cuando llegará el día en que 
alguno escriba las vidas de nues- 
tros poetas franciscanos con tan- 
to primor y delicadeza como de 
los de Italia Ozanam!» 

(Menéndez y Pelayo en el Dis- 
curso de Recepción en la A. Es- 
pañola). 



San Francisco en la literatura. - Derechos de primacía del Santo en la 

renovación literaria de la Edad Media. - El Seráfico Padre y el Dante. - 

Los primeros poetas franciscanos, precursores del autor de la "Divina 

Comedia", - Su influencia en la literatura española. 



La influencia de San Francisco en la literatura española, merece sec- 
ción aparte. Volúmtenes enteros se necesitarían para llenar este tema en 
toda su amiplitud, debiendo, por lo mismo, circunscribimos en estas líneas 
a esbozarlo ligeramente. De la importancia que para el franciscanismo 
encierra el aspecto literario, no cabe dudar en manera alguna, desde el 
momento en que ha pasado a ser verdad comprobada esta afimiación de 
Pardo Bazán: 

para estudiar y conocer una época en espíritu y verdad, se acude, mejor que a 
sus crónicas, a sus monumentos literarios (1). 

Hay quien atribuye al Dante, en forma exclusiva, el renacimiento 
poético de Europa, negando — a pesar de lo que el Dante sostiene — que 
haya tenido precursores (2). Contra semejante afirmación, alzan su voz 
los más conspicuos historiadores mpdernos de literatura, los cuales, al se- 
ñalar la aparición de la poesía netamente cristiana, destinada a herir de 
muerte la poesía de los trovadores provenzales, señalan a Francisco de 
Asís en puesto de preferencia, diciendo como Navarro Ledesma en su 
Historia literaria: 

Sobresaliendo de la común vulgaridad trovadoresca, se apartan de los lugares 
del sentimiento provenzal los poetas de la Escuela de Umbría, y, sobre todos, el 
delicado, el tierno, el divino poeta místico San Francisco de Asís (i 182-1226), cantor 
de la sencillez y de la pobreza, enamorado eterno de la humanidad, fogoso apasionado 
do su Religión. 

Y así es, en efecto. Representante augusto el autor de la Divina Co- 
media de la primavera literaria que aparece, entonces, en el mundo, no 



8 



Obras Completas, t. XXVII, "San Francisco de Asís", t. I, p. .321. 
Entre otros, Villemain, cit. en la Rev. Estudios Franciscanos, de Barcelo- 
na, 1922, p. 361. 



— 154 — 

por eso puede privar a Francisco de Asís de su derecho de primacía. El 
Cántico del Hermano Sol, formulado por el Estigmatizado de la Vema, 
es el primero que en su lengua vulgar se conoce, y es, al propio tiempo, el 
primero en donde florecen las efusiones de esa esencia de amor seráfico 
que prestó savia a la revivificación de la cultura literaria, la cual halla en 
el Dante la meta del encumbramiento, ¿Por ventura deja de ser el Dante, 
con toda su grandeza, uno de los satélites del Cantor de Asís, cuyas hue- 
llas quiso seguir de cerca haciéndose hijo suyo de la Primera Orden y 
se hizo de hecho de la Tercera, y cuyas glorias exalta en el Canto XI del 
Paradisof 

Antes ya que Dante, se embebían en los ideales de fuego de Francisco, 
otros cantores de estro vigoroso, de los que tomó ejemplo. De labios de 
hijos del Padre Seráfico, brotaron, tras el Cántico di Frute Solé, las in- 
mortales estrofas del Dies irce y el Stábat Mater, llamadas por Menén- 
DEZ Y Pela YO la mayor oda y la mayor elegía del cristianismo; y 

ni en uno ni en otro — prosigue el gran polígrafo — creemos escuchar la voz aisla- 
da de un poeta, por grande que él sea, sino que en los versos bárbaros del primero 
viven y palpitan todos los terrores de la Edad Media, agitada por las visiones del 
milenario, y en el segundo todas las dulzuras y regalos que pudo inspirar, no a un 
hombre, no a una generación, sino a edades enteras, la devoción de la Madre del 
Verbo (1). 

Más aun: cuando con Francisco de Asís y sus hijos 

llegó el siglo XIII, la edad de oro de la civilización cristiana, a la vez que la 
teología dogmática y la filosofía de Aristóteles,... la inspiración mística, ya adulta 
y capaz de informar un arte..., corría por el mundo de gente en gente llevada por 
los mendicantes franciscanos, desde el santo fundador... soberano poeta en todos los 
actos de su vida y en aquel simpático y penetrante amor suyo a la naturaleza, hasta 
Fray Pacífico, trovador convertido, llamado en el siglo el Rey de los versos, y San 
Buenaventura, cuya teología mística, aun en los libros en prosa, en el Breviloqumm, 
en el Itmemrium mentis ad. Deuin, rebosa de lumbres y matices poéticos, no indig- 
nos, algunos de ellos, de que Fray I.uís de León los trasladase a sus odas. Y en 
pos de ellos Fray Giacomino de Verona, el ingenuo cantor de los bienaventurados, 
y el Beato Jacopone de Todi... que fué en su género frailesco, beatífico y popular, 
singularísimo poeta, mezcla de fantasía s ardiente, de exaltación mística, de candor 
pueril y de sátira acerada (2). 



(i) Discurso de recepción en la R. Academia Española — 6 de marzo de i88i — , 
publ. en la Rev. La Cruz, de Madrid, i88i, t. I, p. 386. — Quien desee estudiar dete- 
nidamente los orígenes de la poesía franciscana, debe consultar la obra de Adolfo 
Gaspary, Storia della Letieratura Italiana, vol. I, Torino, ed. Loescher, 1914, pp. 134- 
152. . . , 

(2) Menéndez y Pelayo, Discurso, cit., 392. — Con estas apreciaciones de nues- 
tro crítico, están en completo acuerdo todos los modernos críticos europeos, los cua- 
les no vacilan en afirmar, con Henry Thode (Saint Fran^gois d'Assise et les Ori- 
gines de l'Art de la Renaissance en Italie, París, Libr. Renouard, t. II, pp. 124-148), que 



— iss — 

Fuerza será, de consiguiente, reconocer, que, a la par del Dante, 

San Francisco de Asís, Jacopore nte Todi y la falange innumerable de los 
poetas franciscanos, son— como asegura el P. Miguel Mir— representantes ilustres 
de este numen cristiano poético (1), 

merced al cual, en plena Edad Media, 

rasgados los crespones de las opacas nieblas, 
el montón de negruras, aquel caos de tinieblas, 
se convierte en un cielo todo fulgores, luz... 
y al mirar el camino que la diestra del Santo 
señala entre los riscos del dolor y el quebranto, 
vemos triunfante, enhiesta, la salvadora cruz (2). 

Y bien: ¿llegaron las influencias de este "cielo todo fulgores" a nues- 
tra Patria, comió elementos de rehabilitación de nuestra vida literaria, a 
la sazón emtielta en mantillas por las extrecheces del lenguaje vulgar 
rudimentario? ¡Ah!, bien podemos imaginarnos que el movimiento de re- 
novación poética inaugurado por Fran'cisco de Asís y sus hijos, debió 
poner en boca de la España de entonces, algo parecido a estos versos de 
Quintana : 

¡ Venid, padres del canto ! ¡ Almas sublimes, 
de la tierra esplendor! ¿No sois vosotros 
los que, admirando el universo, y llenos 
de inmenso fuego, al contemplar las leyes 
en que el orden se asienta, arrebatados 
del sagrado furor de vuestra lira, 
el amor, la virtud y el bien cantabais 
y de los hombres la rudez pulisteis? 



¡ Mísera humanidad 1 Padres del canto, 
venid : a vuestra plácida armonía 
el hombre sorprendido alza la frente, 
y ledo mira al sol : ya en sus entrañas 



de San Francisco y sus primeros discípulos data el origen de la poesía del sentimiento 
y de la divulgación de los Misterios o representaciones dramático-religiosas. Cabe en 
esto gran parte a San Buenaventura, el cual — como dice el P. Graciano Martí- 
nez en La objección contemporánea contra la Crus, "con sus místicas efusiones, 
había de dejar alfombrado el Itinerario de la mente hacia Dios". Hablando Joaquín 
Espar, en su Arte de Retórica (Barcelona, Vda. de Plá, i86o,^ pp. IS4-SS), de su 
estilo, aduce, como muestra, un párrafo descriptivo de la impresión de las Llagas de 
San Francisco, y exclama : " Es .tan hermoso, canta tan dulcemente al oído, embarga 
de tal manera la fantasía y lleva tan suavemente e.l corazón, que bien se conoce ser 
un serafín quien así refiere las glorias de otro serafín". 

(i) Al Pie del Altar. Devocionario clasico-poético, Madrid, 1902, p. VII. 

(2)] Dolores del Río Sánchez-Granados: "San Francisco", publ. en El Eco 
Franciscano, 1916, p. 10.3. 



-156- 

arde el amor; esposo, padre, amigo, 
hombre es ya, en fin: en sociedad se anida, 
y el cielo alegre a su ventura ríe (i). 

Y Francisco y sus hijos se avienen a esta súplica. 

Parécenos, en efecto, hermosa alegoría de la literatura española el cua- 
dro de Casta de hidalgos en que sale al encuentro del Serafín de Asís, 
peregrino hacia Compostela, un poeta llamado Jesús, y le dice : 

...¡Perdona, padre mío y bendíceme, en nombre del Padre omnipotente que está 
en los cielos! Tu, que eres el poeta del amor cristiano; quien siente, mejor que ningún 
otro elegido, piedad y ternura por todo lo que vive en el mundo, desde el ala de la 
mariposa hasta el corazón del hombre ; ¡ préndeme en tu dulce fuego de caridad i 
Yo soy un hombre pecador, un triste poeta que en vano busca su camino... Oye, 
dulce dueño de mis penas... 

Y Francisco le responde: 

Puesto que amas, regula tu amor... Sea tu amor activo, militante como el fuego. 
No place a Cristo amor sin obras. Pon tu locura en la locura santa de la Cruz (2). 

Dejando, empero, a un lado tan bello simbolismo del poeta español so- 
licitando ideales del Poeta de Asís, puede muy bien decirse que llegó a la 
Península este elemento de renovación literaria, pictórico de amor divino, 
juntamente con los otros de renovación religiosa y social, aportados, en los 
comienzos de la Orden Seráfica, por los hijos del Pobrecillo de Asís, y 
esto en tal grado — según advierte el ya citado P. Mir (3), 

que la nación donde esta forma tuvo mayor desarrollo, donde alcanzó mayor 
perfección, y donde tuvo más y más aventajados cultivadores fué nuestra España, 
en aquel período gloriosísimo del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII y que 
solemos apellidar el siglo de oro. 

De aquí el que los buenos literatos de fina observación psicológica des- 
cubran las esencias del espíritu seráfico como diluidas en los conceptos más 
sabrosos de las mejores composiciones de nuestro Parnaso nacional. 



(i) Obras..., París, Libr. esp. de Garnier, 1882, p. 529. 

(2) Ricardo León, Casta de hidalgos (en Obras Completas, de la edic. "Rena- 
cimiento", 9.* edición), II, pp. 168-69. 

(3) A[ Pié del Altar, cit., p. VIII.— Un hermano del P. Miguel Mir, el P. Juan, 
fué también gran conocedor de los secretos de la literatura franciscana. Para su 
obra Frases de los autores clásicos españoles (L'Iadrid, Gregorio del Amo, 1890), uti- 
lizó, entre otras, las de nuestros escritores de los siglos XVI y XVII, Sor María 
DE Jesús de Agreda, Fr. Juan de los ángeles,. Fr. Alonso del Castillo, Fr. An- 
tonio DE Córdoba, Fr. Damián Cornejo, Fr. Felipe Díaz, Fr. Luis de Escobar. 
Fr. Antonio Fuentelapeña, Cap., Fr. Antonio de Guevara, Fr. José Antonio 
DE Hebrera, Fr. Pedro Mañero, Fr. Diego Murillo, Fr. Baltasar Pacheco, 
Fr. Juan de Palma, Fr. Juan de Pineda, Fr. Luis de Rebolledo, Fr. Pedro de 
Salazar, Fr. Diego de la Vega y Fr. Enrique de Villalobos, según consta en las 
pp. XXXV-XLII y en la mayor parte de las de la obra. 



— 157 — 

¿No veis — dice Ricardo León, aduciendo un ejemplo — no veis en estas rimas 
tan hermosas y tan sinceras la misma entrañable devoción, la misma dulce familia- 
ridad, con que San Francisco de Asís estrecha en sus brazos temblorosos el cuerpo 
de Cristo en el insigne cuadro; la ternura resplandeciente con que el Niño Jesús 
se posa en el libro de San Antonio; el deliquio inefable con que Félix retiene el 
divino Niño ante la Madre que llega con los brazos abiertos? fl). 

La historia de nuestra gran literatura mística y ascética está por escribir — observa 
la eximia Blanca de los Ríos Lampérez — : acaso no nos hemos detenido a pensar 
hasta donde penetró y regeneró nuestras energías creadoras, en que proporciones se 
sumó y combinó con nuestro genio indígena y hasta que términos agrandó en nuestra 
mente la noción de la verdad interna y de la externa, apresurando el triunfo defini- 
tivo de la forma nacional en la novela y en el teatro, aquella vida nueva, renovadora 
y fecundante de la mística inspiración, que habiendo ya florecido tan gloriosa en la 
Italia del siglo XIII en los eternos versos del Dante, bajo los desnudos pies del 
Serafín de Asís, en los labios de San Buenaventura, de Fr. Giacomino de Ve- 
iíona y del Beato Jacopone y Lull, hombre-legión, que siendo él sólo una enciclope- 
dia, aun fué más rico en amor que en pensamientos, diríase que de propósito 
retardó su germinar en Castilla, para que su savia vivificante empapase las raíces 
de toda nuestra cultura estética, y su floración maravillosa coincidiese con los días 
sin ocaso de nuestros dos siglos de oro (2). 



(i) Los Caballeros de la Crus, cit., p. 134. 

(2) Influjo de la mística, de Santa Teresa especialmente, sobre nuestro grande 
arte nacional, cit., pp. 7-8. — Este mismo pensamiento lo desarrolla, más ampliamente, 
en su Conferencia "San Francisco y las fuerzas renovadoras del amor", que vio la 
pública luz en el^ periódico El Universo, de Madrid, IQ18, núms. del 28, 29 y 30 de 
enero. En esta última, reconoce que el espíritu franciscano "encendió con su soplo 
abrasado en el Amor de los Amores, la gran hoguera mística que renovó todo el 
ambiente espiritual de Europa y produjo al Dante y al Giotto, y engendró en ellos 
todo el arte cristiano, lleno de vida y de salud". (Núm. cit, del 28 de enero). 



I I 



Franciscanismo literario en España. - Primeros literatos: a) catalanes- 
mallorquines: Raimundo Lull, en la poesía y en la novela; Raimundo 
Sábunde, Ansias March, Pons La-Clota, Fr. Anselmo Turmeda: b) cas- 
tellanos: Alfonso el Sabio, Fr. Juan Gil de Zamora, Fr. Diego de Va- 
lencia, Fr. Juan Rodríguez del Padrón, Arcipreste de Hita : c) portu- 
gueses: El romance de Torres-Nova^, El Milagro de los peces, Felipa de 
Portugal, Alfonso el Misionero, Gil Vicente, etc. - Observaciones acerca 
de la literatura franciscanista en este período. 



Es, en efecto, en Raimundo Lull, donde descubrimos algunos de los 
primeros brotes de literatura franciscana en la Península, pero tan vigo- 
rosos y lozanos, ya que MeNÉndez y Pelayo no vacila en parangonarlo 
en todo a los poetas fanciscanos de Italia, de los que hereda, con el cor- 
dón seráfico, la inspiración magnífica; y esto "sin recelo de quedar venci- 
do". Así lo asegura en el Disctirso de Recepción en la Academia Espa- 
ñola (i) ; y en lo propio insiste en su Historia de las ideas estéticas de 
España (2), de donde tomamos estas palabras, que nos revelan la trans- 
venación del espíritu seráfico en el pecho del gran miallorquín : 

• Ramón Lull — escribe — es uno de los grandes místicos de la Edad Media. Su 
corazón era casa de amores, como él mismo dice. Para él cantaba siempre el pájaro 
en los vergeles del Amado. ¡ Cuan grande daño es (exclama con frase ardentísima) 
que los hombres mueran sin amor ! 

Unas veces, con devoción ififantil, desearía haber andado por el mundo 
cuando Jesús era pequeñuelo, para jugar con él todo el día. Y otras veces 
vuelven a arder en los versículos de su canto los fuegos de la enamorada 
Sulamita, que dan tan extraño resplandor al Libro del amigo y del amado. 
El amor místico es para Ramón Lull 



(i) Cit., p. 392. 

(2) Madrid, 1883, t. I, cap. IV. p. 374.~D. Jerónimo Roseu.6, publicó en Pal- 
ma, en 1859, por primera vez las Obras rimadas de Ramón Lull, escritas en idiornts 
catalán-provensal. 



— 159 — 

medio entre creencia e inteligencia, entre fe y ciencia, y en su grado extático y 
sublime se hacen una actualidad en esencia, quedando, a la vez, distintos y concor- 
dantes. 

Pero, no míenos franciscanista que en poesía, se nos muestra Raimun- 
do LuLL en la novela. Apóstol y propagandista, antes que nada, de los 
ideales católicos renovados por Francisco de Asís, válese de todos los me- 
dios para ingertarlos en el alma de las muchedumbres. Su Libre del Or- 
are de Cabayleria, tiende a trazarnos un cuadro completo de las leyes 
propias de perfectos caballeros cristianos. Su Libre del Ordre de Clerecía 
— perdido, por desgracia, pero al que se alude en el anterior — señala la 
pauta a que han de ajustarse los clérigos (i). Y viene, por último, Blan- 
querna, novela excelsa, retrato acabado de 

altísimo ideal de vida cristiana (2), 

en la cual el eximio y penetrante sociólogo Amando Castroviejo cree 
descubrir el desarrollo completo de la actuación social de la Tercera Or- 
den, desde el punto de vista de los estados diversos de la vida cristiana: 

noveló — ^nos dice — la Regla de la Tercera Orden y dejó esculpida en su inmortal 
libro Blanquerna, Maestro de perfección cristiana, la más grandiosa apología de 
la paz (3). 

Por donde se ve que el espíritu franciscano, adelantándose siglos y 
siglos a nuestro progreso, ofrece en esta novela la mejor de las solucio- 
nes a los más arduos problemas de la vida social contemporánea, según 
hace ver el docto sociólogo antes citado en la exposición detallada de la 
misma. 

Así, pues, el primer brote de f ranciscanismo literario aparece en Ma- 
llorca, en la persona de Raimundo Lull^ franciscano en su hábito, fran- 
ciscano en sus ideales y franciscano en su espíritu de apostolado, que le 
condujo a Túnez en busca de la palma del martirio. El grandilocuente 
Marcelo Macías, visitando la tierra del héroe, nos dice: 

al tender la vista por la planicie del mar, cuyas olas venían mansamente a morir 
a mis pies con sordo murmullo, parecíame ver acercarse a la costa la nave en que 
dos piadosos mercaderes genoveses trasladaron a la isla el ensangrentado cuerpo 



(i) Salcedo Ruiz, La Literatura Española, cit., t. I, pp. 303-05. 

(2) Id. ibid., loe cit — Blanquerna ha sido editada en dos tomos, con prólogo de 
Menéndez y Pelayo, en Madrid, 1883, impr. de la Viuda e Hijos de Aguado, por 
la Revista de Madrid. 

(3) Disc. "La Ven. O. T. y la paz social", publ. en Legísima, Crónica del (II) 
Congreso Nacional Terciario, etc., Madrid, 191 S. p. 312. 



— i6o — 

del mártir, y a los Franciscanos de Palma salir a recibirlo, reclamarlo por suyo y 
darle en su iglesia honrosa sepultura (1). 

Por este camino de orientación poético- franciscana siguieron al gran 
místico muchos otros vates de Cataluña, entre ellos el célebre barcelonés 
del siglo XV, Raimundo Sabunde, dejando así marcada en la literatura 
catalana la impronta de la influencia de nuestros poetas italianos (2). El 
propio AusiAs March se somete gustoso a las inspiraciones de Dante, 
sin entroncar poco ni mucho, cual algunos lo pretenden, con la corriente 
de los trovadores provenzales 

para quienes el amor fué sólo halago de los sentidos, o discreteo galante y corte- 
sana gentileza (3). 

A la miisma época que Raimundo Lull^ pertenece Fr. Francisco 
PoNS La-Clota^ del convento de Frailes Menores de la Palma, que por 
encargo del rey tradujo a la lengua catalana el Corán de Mahoma (4), y 
Fr. Anselmo Turmeda, franciscano de Mallorca, al cual las influencias 
de la filosofía averroista, recibidas durante la época de sus estudios en 
Bolonia, condujeron desgraciadamente a la apostasía, llegando a adherirse 
en Túnez a la secta de Mahoma. Si bien no pasa de literato mediocre, la 
celebridad que adquirió y la leyenda, hoy tenida por apócrifa, de su con- 
versión y martirio, hicieron hasta tal punto populares sus escritos poéticos 
Libre des hons amone staments y Cohles a la divisió del Regne de Ma- 
Uorqíies, que el iDrimero de ambos — al decir de Agustín* Calvet — ha 
servido 

durante varios siglos de único libro de lectura para los muchachos que acudían 
a las escuelas conventuales de Cataluña (5), 



(i) Disc, publ. en Crónica del primer Congreso Nacional Terciario de Santiacjo 
de Compostela, Santiago, 1909, p. 140. 

(2) Menéndez y Pelayo, Historia de las ideas estéticas, cit., t. I, p. 374. — El 
Conde de la Vinaza, en Sania Teresa de Jesús: Ensayo crítico, (Madrid, 1882, 
PP- 52-55), considera a Ramón LuU como "la inicial gloriosísima de nuestro misti- 
cismo" y cree ver sus continuadores en "los franciscanos (que) desde la sagrada 
cátedra especialmente empezaron a hablar al pueblo en el lenguaje de aquellos ^him- 
nos fervorosos, con aquel aroma de devoción mística, con aquella poesía dulcísima 
y divina, y con aquella espontaneidad del beato mallorquín". 

(3) Id. ibid., loe. cit., p. 395. — Las obras de este famoso poeta, se publicaron en 
Barcelona (Roca) en 1864, voí. en 4.". 

(4) En 18 de noviembre de 1381, encargó Pedro el Ceremonioso a Ferrer y Gi- 
labert, procurador suyo en el reino de Mallorca, que hiciese copiar y traducir del 
latín al romance el ejemi^lar del Corán que había en el convento de Franciscanos dd 
Palma, escribiendo también al guardián con el mismo, objeto; y el traductor lo ponía 
personalmente años después en manos del monarca, en un volumen de 271 hojas de 
papel, dando orden el rey, a 11 de octubre de 1382, se le entregara por su trabajo 
la suma de 56 reales de oro. (A. Rubio y Lluch, Documents per l'historia de la 
cultura catalana mitq-eval, "Instituí d'Estudis Catalans", 1908, t. I, núms. 323, .334)- 

(5) Fr. Anselmo Turmeda, Barcelona, Casa edit. "Estudio", 1914, p. 158. 



— i6i — 

y en Cataluña y Mallorca — alega el P. José M.« Pou — 

hasta unos cincuenta años atrás no había hogar que no tuviese alguna de sus 
obritas (1). 

Menéndez y Pelayo, cree sospechoso de moralidad el Libre, adu- 
ciendo, al efecto, una estrofa por cierto poco recomendable (2), pero él 
Sr. Calvet asegura que dicha estrofa debió ser adulterada, toda vez que 
no se halla en igual forma en el ejemplar existente en la Biblioteca de 
Estudios Catalanes, añadiendo que» 

aunque algunas de sus estrofas respiren cierto aire socarrón y ligero, el fondo 
del libro es de una moralidad y devoción solidísimas (3) ; 

lo cual, unido a la creencia común de ser obra de un mártir franciscano, 
debió influir no poco en su difusión y en el bien que produjo en miles de 
escuelas y hogares (4). 

Respecto a la influencia franciscana en la literatura de Castilla, sería 
curioso averiguar si se hallan los primeros vestigios de la misma en las 
poesías escritas en gallego por Alfonso el Sabio, o bien en las de su amigo 
y consejero el P, Juan Gil de Zamora, al cual encomendó la educación de 
su hijo Sancho IV. Sabido es que el P. Gil de Zamora^ al igual de Rai- 
mundo LuLL, escribió, no sólo obras teológicas y científicas, sino tam- 
bién históricas, místicas y de oratoria, de las que apenas si llegaron a pu- 
blicarse ligeros fragmentos y el Oficio de la Virgen, dedicado al mpnarca; 
existiendo todavía en bibliotecas nacionales y extranjeras más de cuarenta 
códices que contienen sus tratados de Sagrada Escritura, Historia Ecle- 
siástica y Civil, Sermones, y el gran Diccionario de Ciencias Naturales. 
El día en que sus obras se publiquen, quizás podamos descubrir en ellas 
los resortes de la influencia de este gran escritor del siglo XIII en la lite- 
ratura del país, que le reconoce como a uno de los grandes sabios de su 
tiempo (5). 



(i) Vid. Boletín de la Real Academia de Buenas Letras, de Barcelona, 1914. 
p. 465. 

(2) Orígenes de la novela, introd., p. CVII, nota. 

(3) Op. cit, p. 156. 

(4) El Sr. Calvet comprueba brillantemente que el Libre esta en sr?n parte 
ti aducido casi a la letra de La dottrina dello Schiavo di Barí, obra anónima italia- 
na del siglo XIII, ofreciéndonos un paralelo de las estrofas de ambos (pp. ijg-ióS). 
Por su parte, el P. Pou, en el estudio cit., (pp. 46-70) resurne todos los trabajos crí- 
ticos hechos sobre Turmeda, diciendo que fué escritor medianejo, teólogo adocenado 
y de nula convicción moral. 

(5) P. A. LÓPEZ, Los estudios durante el siglo XIII, entre los Franciscanos de 
España, publ. en El Eco Franciscano, cit., 1912, p. 293. — El .Sr. Salcedo y Ruiz 
(La Literatura Esp., cit., t. I, 261) lo señala también como una de los probables 
auxiliares en la composición de la Estoria de Espanna del Rey Sabio. Hurtado y 
J. de la Serna, en Historia de la Literatura Española, M-záñá, 1919, p. 100, cree lo 
contrario. 

Franciscanismo.— 11 



— • l62 — 

De todas estas obras, es en el Oficio Mariano j dedicado por su autor a 
Alfonso el Sabio, donde el P. Gil de Zamora nos descubre las cualidades 
de su inspiración poética. Hállase al fin del Liber Jesu et Mariae, — códice 
conservado en la Biblioteca Nacional (B. C. 178) — y de allí lo tomó el 
P. Fita, dándolo a conocer en el Boletín de la Academia de la Historia, 
(tomo IX, pp. 379-409). Las composiciones de este Oficio, son piezas suel- 
tas en honor de la Santísima Virgen, escritas en lengua latina. Califícalas 
Menéndez y Pela yo de 

las más curiosas de autor español del siglo XIII, 

y no puede dudarse que en ellas encarna el sentimiento y elevación de 
ideales de los primeros discípulos del Serafín de Asís. Nuestro gran polí- 
grafo, advirtiendo en las mismas las huellas del carácter peculiar de los 
hijos de San Francisco, escribe: 

Todas ellas son rítmicas y se acercan mucho a las formas de la versificación po- 
pular, aunque predominan las rimas perfectas. Fr. Gil de Zamora es, probablemen- . 
te, el más antiguo de los poetas de su Orden en España, y sus versos recuerdan a 
veces en su estructura los dos Stabat atribuidos al Beato Jacopone. 

Y cita, por último — en comprobación de este último aserto — , los si- 
guientes de nuestro poeta: 

Quid vigoris, quid amoris, 

Quid affectus, quid dulcoris, 

Habet nomen Virginisl... 
Dicant illi qui damnati. 

Sed ad vitam revocati 

Sunt Mariae precibus. 
Dicat ille desperatus, 

Vitae domus, sed salvaíus 

De inferni faucibus. 

Dicant omnes tribulati 

Et peccatis onerati 

Ubi sit refugium. 
Ad petendum, ad habendum 
Certe, tute, recurrendum 

Ad Mariae gremium... (i). 

De estas efusiones de Gil de Zamora debió tomar Alfonso X la savia 
franciscanista que circula por sus Cantigas de Sania María. Cierto que, 



(i)_ Vid. Historia de la Poesía Castellana en la Edad Media, t. I, p. 6.í. — Notoria 
• es la influencia de las obras de este autor en nuestra literatura nacional. Distingüese 
entre los que se inspiraron en ellas, Fernán Pérez de Guzmán (de quien nos ocu- 
paremos más adelante), el cual cita muchas veces al célebre franciscano. Menéndez 
Y Pelayo, op. cit., conjetura que en el libro D.e proeconis Hispaniae del primero se 
inspiraron las ideas y la tendencia apologética del segundo al escribir sus Loores de 
los claros varones de España "donde predomina el generoso intento de celebrar jun- 
tas todas las glorias españolas". (Op. cit., t. II, p. 75). 



— i63 — 

como lo advierte el Marqués de Valmar^ se inspiró el Rey Sabio para su 
cbra en los himnos y secuencias de la Iglesia (i) ; i>ero no lo es menos que 
sigue, en gran parte, las relaciones materiales del poeta franciscano, con el 
cual le unía una muy estrecha amistad, 

¿Cómo liabía de ignorar Alfonso X — pregunta el autor antes citado — lo que en 
niateria de narraciones mariales sabía Gil de Zamora, cuando todo patentiza que 
estos dos fervientes devotos de la Madre de Dios se infundían mutuo entusiasmo por 
su sagrado culto? (2). 

De aquí el que trate de imitar, en cierto modo, al Poeta de Asís, lla- 
mándose a sí propio (cantiga X) 

trovador de Santa María, 

de igual modo que el Seráfico se proclamaba a sí y proclamaba a los suyos 
por 

trovadores o juglares de Dios (3). 

Otro franciscano ilustre del siglo XIV, el leonés Fr. Diego de Va- 
lencia, ejerció, asimismo, en su época, notable influencia literaria. Fer- 
nán Sánchez de Talayera, al introducir problemas teológicos en una 
cuestión poética, hácelo intervenir entre sus personajes, presentándonoslo 
como 

muy grant letrado et grant maestro en todas las artes liberales, e otrosí era un 
grant físico, estróíogo et mecánico, 

y le asigna el papel principal poniendo en sus labios la solución capital 
del problema expuesto. Como literato, siguió Fr. Diego las corrientes de 
la época, muy avenidas con la musa trovadoresca, escribiendo versos harto 
profanos. 

Su trova, En' un vergel deleitoso, es — dice Salcedo Ruiz — la mejor amatoria del 
Ccaicionero de Baena (4), en el cual, hay también composiciones poéticas de otro 
franciscano de aquella época, llamado Fr. Alonso de la Monja (5:). 



(i) Estudio histórico, crítico y filológico sobre las Cantigas de Alfonso el Sabio, 
Madrid, Suc. de Ribadeneira, 1897, p. 36. 

(2) Ibid., p. 160. 

(3) Ibid., loe, ciL 

(4) Vid. Menéndez y Pelayo, oí), cit., t. I, p. 391. y Ea_ Literatura Española, 
cit., t. I, p. 310-11. — A estos mismos tiempos pertenece, el príncipe D. Juan Manuel^ 
uno de los dos grandes prosista^ del siglo XIV, cuyas palabras en elogio de los Fran- 
ciscanos hemos citado en otra parte de este trabajo. Sus trabajos guardan parentesco 
con los de Raimundo Lull, singularmente El libro del caballero e del escudero, en 
el que llega a copiar casi a la letra los primeros capítulos del Libre del Ordre de' 
Cabayleria. En El Conde Lucanor, ejemplo 31, trae un caso alusivo a los Francisca- 
nos, muy pintoresco por cierto. 

(s) Vid. Menéndez y Pelayo, op. cit., t. I, p. 41Ó. 



— i64 — 

Nada sabemos que haya escrito en verso en sentido religioso; y — de 
creer a Menéndez y Pel/íyo — hay que esperar a mediados del siglo XV, 
para hallar a un cantor de la tierra que ofrezca reminiscencias de amor 
seráfico en sus escritos, después de haberlas ofrecido de mundano amor 
en la corte de D. Juan II. Refiriéndose al egregio Fr. Juan Rodríguez 

DE LA CÁMARA O DEL PaDRÓN, 

quizá el primero de nuestros escritores en quien, aunque vagamente, comienza a 
despuntar el sentimiento poético de la naturaleza; y no es esta la menor singula- 
ridad de sus obras (1), 

encuentra también en estas el insigne polígrafo 

cierto sentimentalismo apasionado y cierta vaguedad mística que, unidos a la lan- 
guidez blanda y femenina del ritmo, denuncian al momento su patria y origen, no 
menos que su indubitable parentesco con los poetas del Cancionero Vaticano (2), 

pero que pudiera derivar también en parte de sus simpatías hacia el Sera- 
fín de Asís, cuyo pueblo natal haya quizá visitado en sus correrías por 
Italia, o con cuyos religiosos haya tratado antes de su conversión, si se 
rozó con ellos al realizar, como es verosímil, su viaje a Tierra Santa. Para 
el P. Atanasio López, Rodríguez del Padrón y su íntimo amigo Ha- 
cías, 

son gloria y ornamento de la literatura nacional del siglo XV (3). 

En ambos destaca sobremlanera la nota sentimentalista. Es casi indu- 
dable que el primero habla de sí propio, cuando en Estaría de dos amado- 
res, escribe que 

Para distraer sus tristes pensamientos, salía por la agrá senda (quizá la que con- 
duce a Herbón) a escuchar los cantos religiosos de los siervos de Dios, que ponían 
en honda conmoción las fibras más recónditas de su corazón (4), 



(1) Historia de la poesía castellana de la Edad Media, Madrid, I9i4> t. II, p. IQQ. 

(2) Id. ibid., p. 200. — ^Varios fueron los poetas del siglo XV que glosaron al- 
■ gunos de los versos de Rodríguez de la Cámara, rindiendo así homenaje a su_ re- 
nombre, siendo los que comienzan Vive leda si podrás los preferidos para tal objeto. 
Entre las glosas a estos versos, hay una muy curiosa de Domingo Ximénez, morador 
de Cartago (Costa Rica) en el siglo XVI, contra el gobernador de la ciudad. (Vid. 
Eladio Prado, La Orden Franciscana en Costa Rica, cit., p. 156). En cambio, el 
insigne Tapia, prefirió glosar la canción Fíieqo del divino rayo, con la que se despi- 
dió del mundo para encerrarse en el convento franciscano de Herbón. Vid. Nueva 
Biblioteca de Autores Españoles, t. XXII, pp. 458-50, y Paz y Melia, Obras de Juan 
Rodrigues, etc., Madrid, 1884, p. 33. 

(.3) La Literatura crítico-histórica y el trovador Juan Rodrigues de la Cámara 
ü del Padrón, Santiago, 1918, p. 23. Es este el mejorjsestudio histórico existente sobre 
el célebre literato, y en él puede consultarse una copiosísima bibliografía, acerca del 
particular. Las Obras de Rodríguez de la Cámara, editadas por Paz y Melia, de- 
ben su publicación a la Sociedad de Bibliófilos Españoles. 

(4.) P. A. LÓPEZ, op. cit., p. 50. — A esto mismo debe hacer alusión en el canto 
de Siervo libre de amor, que comienza: "Cerca del alma, cuando están...". 



~i65- 

influyendo estos en la ternura de sus composiciones, las cuales fueron en 
tal número, que pudo decir de sí propio: 

sy yo tanto escreviera 
en la mar, yo bien pediera 
todas las ondas lennir (;1). 

Digamos, empero, ahora, que aun en pleno siglo XIV suena el noni- 
bre de Francisco de Asís en boca de nuestros literatos, siquiera sean éstos 
tan libres y desenvueltos como el asendereado Arcipreste de Hita, Juan 
Ruiz. Dicho poeta, en efecto, que en su Libro de cantares, más bien rinde 
homienaje al amor profano que al cristiano, al poner en danza a 

clérigos e legos, e flayres e monjas, e duennas e joglares 

para salir al encuentro a Don Amor, mientras alude a otras Ordenes Re- 
ligiosas con indiscretas frases, se contenta con decir, al hablar de los 
Franciscanos : 

Non va y Sant Francisco, mas van flayres menores (2). 

Más todavía; en la vida pobre de éstos debe fijarse, al hacer que acon- 
sejen a Do^i Amor que no vaya a hospedarse al convento: 

Sennor, disen los clérigos, non quieras vestir lana. 
Estragarle un flayre quanto el convento gana, 
La su posadería non es para tí sana, 
Tienen muy grand galleta, e chica la campana. 

Non te farán servicio en lo que dicho han, 
Mandan lechos sin ropa, e manteles sin pan. 
Tienen cosinas grandes, mas poca carne dan, 
Coloran su mucha agua con poco azafrán (3). 

Tampoco tardó en florecer el franciscanismo en Portugal, en donde — 
al decir del Sr. Esténaga — 

se nos manifiesta, a fines del siglo XIII, con la Visión de la Mujer de Torres- 
Novas, romance que semeja un apólogo evangélico, y con El milagro de los peces, 
poema de agradable sabor arcaico, ambas composiciones de autor anónimo. En el 
siglo XV, una princesa de la misma nación, D." Felipa de Portugal, que luego fué 
monja Clarisa en el Monasterio de Odivellas, nos presenta las tiernas estrofas : 



Ci) Paz y Mélia, Obras,, cit, p. 28. — En este volumen se hallan reunidas las que 
se conocen de este gran poeta. Su numen parece revivir, en uno de los descendientes 
de su estirpe, la eximia poetisa gallega Rosalía Castro de Murguía. (Vid., Euge- 
nio Caeré Aldao, Estudio bio-bibliográfico-crítico sobre Rosalía Castro, publ. en 
"Boletín de la R. Academia Gallega", Coruña, 1926, p. 52. 

(2) Biblioteca de Autores Españoles, cit., t. LVII, "Poetas castellanos anterio- 
res al siglo XV", Madrid, 1864, ij. 265. 

Cl) Ibid., p. 286. — Otra alusión a los Franciscanos se halla en la tan famosa 
Danza de la muerte. 



— i66 — 

"¡Oh. fuego santo, vida y luz", etc., impregnadas de bello Franciscanismo. En el 
siglo XVI, Alfonso el Misionero, con el romance El Temblor de tierra en las 
Azores; Gil Vicente, con sus delicados Autos Pastoriles, y Agustín Tomé, con la 
plegaria relativa a la pobreza, que escribió en las meditaciones poéticas tituladas 
Sufrimientos de Jesús, son claro testimonio de la influencia que ejerció el Francis- 
canismo en la literatura lusitana. En el siglo XVII, vinieron a dar testimonio de 
este influjo Antonio das Chagas con sus Elegías, y Francisco López, con sus 
Redondillas en honor de San Antonio y de los Mártires de Marruecos, y última- 
mente, en el siglo XVIII, el célebre P. Caldas, insigne poeta lírico, tenido en gran 
estima por Pío VI (1). 

Volviendo, ahora, los ojos al centro de la Península — para abarcarla 
de una sola ojeada — es de lamentar que no hayan llegado hasta nosotros, 
y no conozcamos todavía sino muy pocos de los ilustres representantes 
de nuestro movimiento poético de los siglos XIII al XV, toda vez que, 
en opinión de Estalrich (2), 

la influencia de los primitivos franciscanos centelleó largo tiempo en los versos 
españoles. 

De ello se lamenta también el P. Mir, al exclamar: 

el número de los poetas de aquella edad es, ciertamente, imponderable... pero 
¡ cuántos de estos frutos del ingenio permanecieron ignorados 1 ¡ Cuántos se perderían 
apenas escritos ! ¡ Cuántos habrá devorado el tiempo, consumidor de todas ¡as 
cosas ! (3). 

A través de lo poco que de aquella época se conserva, adivínase fácil- 
mente un largo eclipse de la influencia franciscanista en la literatura es- 
pañola, provocado por las circunstancias, y en especial por las agitaciones 



(i) El Franciscanismo en las Bellas Letras, publ. en Legísima, Crónica del Con- 
ffreso Nacional de Terciarios Franciscanos..., cit., 1915, PP- .331-32. 

(2) Cit. en Archivo ibero-americano, de Madrid, 1922, núm. LI, p. 421. 

(3) Al Pié del Altar, cit., p. VIII. — Pudiéramos, en prueba de ello, consignar 
los nombres de muchos poetas franciscanos cuyas composiciones no han llegado hasta 
nosotros. Sirva de ejemplo el P. Bernardo Lavandeira, de la Provincia Seráfica 
de Santiago, al cual — como a "célebre orador y poeta" — dedica el Cura de Fruinte, 
una larga poesía (t. II de sus Obras, cit., p. 44) en donde, le dice : 

"Tu que en el amor de todos, 

como un Príncipe servido, 

reinas, de modo que tengo 

por corona tu cerquillo...". 
En nuestros mismos días ocurre lo propio, a nesar de las facilidades que hay para 
la impresión. Por nosotros mismos hemos visto preciosas composiciones poéticas (al- 
gunas de ellas premiadas en públicos Certámenes) del célebre orador P. Antonio 
Medina, de la Provincia Seráfica de Cataluña, que el autor se empeñó en no publi- 
car, y que, tal vez, se hayan extraviado. Lo propio debió acontecer a otra colección 
de poesías del delicado vate P. Julián Reclero, de nuestra Provincia de San Gre- 
gorio Magno, algunas de las cuales pueden saborearse en la Rev. El Eco Franciscano. 
Por último, el P. Juan M." Prieto, de esta Provincia Seráfica de Santiajío, publi- 
có durante su carrera de Leyes, muchas composiciones de mérito en periódicos re- 
gionales, de las que no queda apenas sino el recuerdo, por decidida voluntad deL autor 
en no exhibir la copia de las mismas que quizá tenga aún en su poder. 



— i67 — 

tan rudas del cisma de Occidente (1378-1416), que imprimen en la vida 
social depresiones de honda decadencia, extensivas a todos los órdenes. 
En período de formación la lengua Castellana, hasta el punto de que los 
propios hijos de Castilla prefieran para sus concepciones poéticas la ga- 
laico-portuguesa, bien podemos imaginarnos que los Franciscanos de nues- 
tra Patria, a imitación de los primeros discípulos del Serafín de Umbría, 

elevan, al par que el alma a las alturas del Cielo, el lenguaje común a un ins- 
trumento poético de admirable precisión y encantadora armonía (1:), 

luchando por sostener las irradiaciones del ideal seráfico, puesto en pe- 
ligro en Europa 

desde que pasó — como observa Salcedo Ruiz — aquel fervor por la vida penitente, 
austera y perfecta, de que fué San Francisco de Asís el más insigne represen- 
tnnte (2). 

Con todo, la obscuridad histórica de tales tiempos no permite apreciar 
semejante actuación con toda claridad. Hay que esperar a que el nuevo"' 
género de literatura iniciado por San Francisco y sus compañeros, pro- 
duzca los 

tres colosos que habían de imprimir nuevos rumbos al movimiento literario uni- 
versal (3,) — 

Dante (1265-1341), Petrarca (1301-1374) y Boccacio (1313-1375) — 
para que por estos conductos penetre triunfal en nuestra literatiira y 
extirpe de la misma el reinado del amor libre de los provenzales, consoli- 
dando definitivamente el del amor cristiano, fecundante en su plenitud de 
vida. Dante, sobre todo, es el que primero llega a nosotros, con su Divina 
Comedia, que traducen Enrique de Villena en 1427 y Andrés Febrer 
en 1428, y que no tarda en tener imitadores del corte de Juan de Mena, 
cuyo Laberinto sale a luz en 1444 (4). Con la Divina Comedia aparece en 
España el más glorioso monumento poético, elaborado en la fragua ar- 
dientemente celestial del Franciscanismo, y con esta aparición literaria, coin- 
cide el desenvolvimiento de la influencia . religiosa, siendo — como dice Me- 
néndez y Pélayo — carácter especialisimo de este período 

V 

la afición a la lectura de los moralistas... en la forma directa con que aparece la 
doctrina en los libros de los moralistas clásicos (5) ; 



(i) Salcedo Ruiz, La Literatura Española, cit., t. I, p. 276. 

(2) Id. ibid., t. II, p. 48. 

(3) Id. ibid., t. I, p. 277.. 

(4) Id. ibid., t. I, pp. 39.'5 y 4I9, y t II, p. 348 y sig. _ 

(5) Historia de la poesía castellana en la Edad Media, cit., t. II, p. 17. 



— i68 — 

siendo tan eficaz su éxito, que dio alientos a 

un modo de pensar que no era ya el del siglo XV (1). Aquí concluiremos con 
el mismo historiador — la llama de amor viva la han tenido los místicos : el sublime 
amor de Dios ha triunfado en nuestro arte de todos los amores terrenos (2). 

Y es entonces, cuando centellean en la Península las primeras poesías 
líricas de nueva marca, cuando los cantos provenzales apagan sus notas 
comp faltos de ambiente que les preste resonancias y cuando terminan de 
cantar en castellano los poetas gallegos Macías y Rodríguez del Padrón, 
como antes habían cantado en gallego los poetas castellanos (3). Con estos 
dos literatos se despide de la historia española la casta de los antiguos tro- 
vadores ; y el último de ambos, al romper su lira de profanidades cortesanas, 
para encerrarse en el convento franciscano de Herbón, toma en las manos 
la de la poesía mística, y gime en Fuego del divino rayo: 

La falsa gloria del mundo 

e vana prosperidat 

contemplé ; 

con pensamiento profundo 

el centro de su nialdat 

penetré. 

03'ga quien es sabidor 

el planto de la serena, 

la cual, temiendo la pena 

de la tormenta mayor, 

plañe en el tiempo mejor. 

Asig yo preso de espanto 

que la divina virtud 

offendí, 

comienco mi triste planto 

fazer en mi inventud 

desde aquí, 

los desiertos penetrando 

do con esquivo clamor 

pueda, mis culpas llorando, 

despedirme sin temor 

de falso plazer e honor (;4). 



(i) Id, ibid., t I, p. 376. 

(2) Id. ibid., t. II, p. 402. 

(3) Id. ibid., t. II, pp. 348 y sig. 

(4) Cit. por el P. A. López, La literatura crítico-histórica y el trovador Juan 
Rodríguez de la Cámara..., cit., pp. 51-52. — Por estos tiempos los Franciscanos se- 
guían favoreciendo con su protección a los literatos. De Pedro Guillen de Segovia 
— que floreció en el reinado de Enrique IV — sabemos que el Religioso observante a 



I I I 



Franciscanismo literario, precursor del siglo de oro. - En tiempo de los 
Reyes Católicos. - "Los doce triunfos de los doce Apóstoles" , de Juan de 
Padilla. - Parentesco franciscano de Jorje Manrique. - El Marqués de San- 
tillana y nuestros Santos. - Actuación de Fernán Peres de Gusmán. - Pablo 
de Santa María en las "Edades del mundo". - Alvares Villasandino y Cis- 
neros. - Otros poetas de la época. 



Llegamos, con lo dicho en el capítulo precedente, a la época aquella en 
que — como diría el Cura de Palacios — , 

fué en España la mayor empinación, triunfo e honra e prosperidad que nunca 
España tuvo; 

es decir, al período de actuación de los Reyes Católicos y de Cisneros. En 
miedio del resurgir espléndido de la nación en todos los órdenes de la acti- 
vidad humana, la literatura — favorecida de un modo especial por la im- 
plantación de la imprenta (i) — se asoció al general florecimiento iniciador 



auien mostró su situación desesperada, hizo cambiar la suerte del poeta, recomen- 
dándolo eficazmente al arzobispo Carrillo. (Vid. Menéndez y Pelayo, op. cit., t. II, 
p. 436). — En en siglo XVI, protegieron tambiéii (a lo que parece) los Franciscanos 
de Cartago, al poeta Domingo Ximénez, perseguido por haber publicado unos ver- 
sos contra el Gobernador. (Vid., Eladio Prado, La Orden Franciscana en Costa Ri- 
ca, cit, p. 156). 

(i) Bastaría, para honra de la Patria, la establecida en Alcalá por Cisneros, en 
la que se editó la famosa Biblia Complutense, "primera en su género — dice Fran- 
cisco ViLLosLADA — ^y que constituye la gloria mayor de España como monumento 
tipográfico y del arte^ de grabar punzones. Arnaldo Guillermo Brocar — continúa 
el mismo escritor — fué, según Quintanilla, quien, para dicha obra "labró los cha- 
racteres en todas lenguas, los primeros del orbe... De estos characteres se valió des- 
pués Arias Montano para la Biblia Regia, que estaban en la Universidad, en poder 
de Juan Brocario, impresor de ella...". Editada la Complutense en 1514-1517, al 
enviar a Amberes, a Cristóbal Plantino, los punzones y matrices utilizados en la 
misma, .para confeccionar la segunda (1.1569-1573), logró éste, por tal medio, formar 
"una riquísima colección de fundiciones — alega Villoslada — de que surtió a toda 
Europa", facilitando así la difusión de la imprenta. Y concluye: "Si la imprenta y 
el grabado tipográfico hubieran seguido en España como empezaron, no habría en 
el mundo quien pudiera disputarnos la primacía en el arte; pero creo que después 
de este tiempo no se volvieron a grabar punzones en la Península hasta el pasado 
siglo". Solo esta empresa costó al Cardenal Cisneros cincuenta mil doblones. Vid. Vi- 
lloslada: Apuntes sobre el grabado tip. en España, publ. La Ilustración Española 
y Americana, Madrid, 1877, t. I, p. 102). 

El Sr. Menéndez y Pelayo, menciona, en su Historia de la poesía castellana 
en la Edad Media, t. III, Madrid, 1916, p. 34, muchas de las obras publicadas en 
Alcalá a expensas de Cisneros y repartidas gratis entre las clases diversas a quienes 
afectaban; y no duda escribir: "Pocos príncipes han igualado a Cisneros en esplen- 
didez, como Mecenas y como protector del arte tipográfico". 



— 170 — 

de las magnificencias de sti siglo de oro (i). Y es, en realidad, altamente 
halagüeño para nosotros, en tales circunstancias, oir a i^ersona tan autori- 
zada como Menéndez y Pelayo: 

La poesía religiosa en tiempo de los Reyes Católicos está representada especial- 
mente por dos franciscanos, Fr. Iñigo de Mendoza y Fr. Ambrosio Montesino, 
y por un monje cartujo, Juan de Padilla, Los dos primeros conservan muchos ras- 
gos de la poesía tradicional de su Orden, y en el segundo, sobre todo, es visible la 
influencia de los Cánticos Espirituales, del Beato Jacopore de Todi, así en la ex- 
presión popular de los afectos místicos, como en lo candoroso y enérgico de la 
sátira moral (2). 

Anterior a dicha época debe ser, el poeta Fr. Lope del Monte, del 
cual no conocemos sino una poesía sobre la Concepción Inmaculada de la 
Virgen, revestida de cierto carácter apologético. Tráela, en su colección, el 
Tesoro de la Poesía Castellana, siglo XV, publicado por "Biblioteca Uni- 
versal", de Madrid, 1882, p. 108; y dice en ima de sus estrofas: 

Con esta razón concuerda 
El maestro Suelchote; 
En mucho mejor acuerda 

El doctor so til Escote..., 

pregonando asi el sello franciscanista de su inspiración, a tan alto objeto 
consagrada. 

De igual modo que en estos poetas franciscanos se refleja directa- 
mente el espíritu tradicional de la Religión Seráfica, así se refleja indirec- 
tamente en el cartujo Juan de Padilla, antes citado. Llega a éste, por 
decirlo así, a través de la Divina Comedia del Dante; y es al Dante a 
quien trata de imitar, sobre todo en Los doce triunfos de los doce Após- 
toles. Como miuestra de la infiltración del espíritu franciscano en su célebre 
poema, véanse estas dos estrofas consagradas a enaltecer a Francisco y a 
sus hijos, en donde dice: 

Aquí se mostraba la grande pobreza 

de la seráfica santa persona : 

cinco ñudicos tenía su zona, . 

y parda la veste, señal de dureza. 

¡ O más que no pienso muy alta nobleza 

que tanto quisiste hacerte menor ! 

por donde te hallas agora mayor 



(i) Si bien el llamado siglo de oro, comprende desde mediados del siglo XVl 
hasta mediados del XVII, propiamente hablando, puede considerarse este período 
literario desde el advenimiento de los Reyes Católicos hasta la muerte de Carlos II. 
Vid. Salcedo Ruiz, La Literatura española, cit., t. II, p.i. 

(2) Historia de la poesía castellana en la Edad Media, t. III, cit., p. 41. 



— 171 — 

con la divina celeste riqueza 
que hace tu orden de buena mejor. 
Por todas las partes del mundo poblado 
coruscan tus rayos en grande manera, 
mostrando la santa perfecta carrera, 
según que la bobo tu Cristo mostrado. 
Toviste las llagas del Crucificado 
ya denotando tu gran perfición: . 
exemplo dexaste por tu religión 
de la pobreza, que hobo turbado 
e turba la claustra por otra razón (1). 

No es, por lo demás, Juan de Padilla el único al cual llega la savia 
poética del f ranciscanismo en los versos de la Dwina Comedia. Recorriendo 
las páginas del tomo III de la citada Historia de la poesía castellana en la 
Edad Media, de Menéndez y Pelayo, h?illamos el precioso estudio sobre 
la influencia dantesca en nuestra Patria, en tiempo de los Reyes Católicos, 
que ocupa todo el cap. XXIII (pp. 77-124), en donde esta influencia se 
pone bien de manifiesto en los principales poetas de la época, y de un modo 
particular en el ilustre Marqués de San'tillana Iñigo (López ?) de Men- 
doza. El gran poeta Gómez Manrique — cuyo franciscanismo es fácil des- 
cubrir, sabiendo que su madre D." Leonor de Castilla fundó el Monasterio 
de Santa Clara de Calabazanos (2) y que en este Monasterio se hizo Clarisa 
una hermana suya, a la cual dedica sus versos sobre el Nacimiento del 
Señor (3) — llega, sobi^e este punto, al extremo de decir al Marqués: 

con vos que emendays las obras del Dante 
e otras m.ás altas sabeys componer (4). 

Pues bien: este imitador de Dante es también admirador, como Dan- 
te, de la obra del Serafín de Asís. En una poesía dedicada a San Vicente 
Ferrer y a nuestro Fr. Pedro de Villacreces, exclama: 

...e de la orden menor 
a Francisco conocí, 
sanctos frayres otrosí, 
vi otros que nombraré, 
e por muchos pasaré 
cuyas vidas non leí. 



(i) Nueva Biblioteca de Autores Espartóles: "Cancionero castellano del siglo 
XV", por R. FouLCHÉ Delbosh, t. I, Madrid, 1912, p. 380. 

(2) Vid. Juan Hurtado y J. de la Serna, Historia de la Literatura Española, 
Madrid, 1921, p. 200. 

(3) R. Foulché-Delbosc, op. cit., t. II, Madrid, 1916, p. 26. 

(4) Id., ibid., p. 53- 



— 172 — 

Vi al Sancto paduano (■!) 

e a la muy acepta e chara 

a Cristo, beata Clara, ■ 

con otros que non explano; 

e vi al napolitano ' 

e al glorioso Luis 

que dexó la flor de lis 

por el siglo soberano (2). 

Y escribe en un Soneto, sobre la Fundadora de las Clarisas : 

Clara por nombre, por obra e virtud, 
luna de Assis e fija de ortulana, 

de sanctas donnas enxemplo e salud, 

entre las veudas una e soberana: 
principio de alto bien e juventud 
perseverante, e fuente, de do mana 
pobreza humilde, e closo alamud 
del seraphico sol muy dina hermana (3). 

Y agrega en otro más, a San Bernardino de Sena: 

serás perfeto e disciplo diño 
de aquel pobre seraphico; e guardando 
el orden suyo, ganaste el divino 
logar eterno, do vives triunfando (4). 

Tampoco es desconocido Francisco y los suyos a Fernán Pérez de 
GuzMÁN. Sabemos de este poeta que se inspiró para algunas de sus com- 
posiciones en las obras del insigne franciscano Fr. Juan Gil de Zamora (5); 
y es casi indudable qiie juntamente con esta inspiración llegó hasta su 
alma el soplo de un amor que, al hablar de la soberbia, le hace descubrir en 
Francisco al humilde entre los humdldes: 

aqueste combate con sus grandes vientos 
tan bien de Francisco su baxa casilla, 



(i) Es esta la vez primera que vemos aparecer en la poesía nacional la figura de 
San Antonio de Padua, la cual ha de imantar más tarde a tantos y tantos literatos 
nuestros. Hace años ha publicado en la imprenta franciscana de Sevilla una colección 
moderna de estas composiciones el P. Ángel Ortega, O. F. M., con el título Can- 
cionero de San Antonio. Su nombre se halla exaltado, sobre todo, por la poesía popu- 
lar. En Cantos Populares Españoles, de Rodíríguez Marín, cit., puede el curioso des- 
cubrirlos a granel, en t. I, pp. 426, 428, 444, 445, 4SI-S2, 460; t. II, pp. 214, 215, 217, 
218, 223, 261, 443-44, 445, 462; t. III, pp. 439, 503, 507, 5o8; t. IV, pp. 142, 309-10, 
316 y 531. — Y esto, sin contar los de carácter regional, no menos abundantes. El P. Le- 
gísima, ha reunido muchos de los populares en Galicia, en su trabajo: "Folk-lore 
Antoniano Gallego", publ. en El Eco Franciscano, cit., 191 1, pp. 352-57. 

(2) Id. ibid., t. I, p. 228-29. 

(3) Id. ibid., t. I, p. 525. 

(4) Id. ibid., t. I, p. 526. 

(5) Hurtado y J. de la Serna, op. cit., pp. 194-96. 



— 173 — 

como de Pompeo la su alta silla 

fasta que trastorna los sus fundamentos (1). 

Ni menos le es desconocida la figura excelsa del Caudillo de la Es- 
cuela Franciscana, al cual alude en la estrofa siguiente: 

A esta qüestión errónea e malvada, 

non ya de christiano, más de hombre gentil, 

sería necessario el Doctor sutil, 

porque haun que falsa, es algo fundada (2). 

A ejemplo de los literatos antedichos, rinde también homenaje a la Or- 
den Seráfica, asociándola a la de Santo Domingo, la musa de Pablo de 
Santa María, en su poema Las edades del mundo : 

En tiempo de aquestos fueróri comenzadas 
las Ordenes de aquestos frayles menores, 
conviene a saber, de los predicadores, 
de dominicos e franciscos llamadas, 
deste sobredicho papa confirmadas 
que fizo comienzo segund que sabes 
el año de mili ciento noventa e tres, 
en tierra de Asís e Tolosa fundadas (3). 

Tal fuerza, en una palabra, va adquiriendo el ideal franciscano en la 
literatura, que no llega a sustraerse a sus eficacias el más licencioso de los 
vates que figuran en el Cancionero de Baena, Alfonso Alvarez Villa- 
SANÍDiNO, el cual honra al Santo Fundador, en la persona de uno de sus 
hijos más ilustres, al escribir, refiriéndose a Cisneros : 

Sea creydo y bien escuchado 

el buen Fr. Francisco entre los oyentes, 

porque sea el reyno de males guardado, 

y sean los nobres al rrey obedientes. 

Las belinosas crueles serpientes 

mueran con cuyta y pesar doblado 

que al non predica el sabio probado 

sy non que sanen los que son dolientes (4). 

Finalmente, y para completar en algún modo este desfile literario, con- 
signamos aquí un trozo de cierto romance del siglo XV-XVI, de autor 



(i) R. Foulché-Delbosc, op. cit., p. 637. 

(2) Id. ibid., t. I, p. 6iS. 

(3) Id. ibid., t. II, p. 179. 

(4) Id. ibid., t. II, p. 438. 



— 174 — 

anónimo, publicado por Santiago Alvarez Camero, en Revue Hispani- 
que, núm. 97; donde se dice al Padre Seráfico: 

Vuestros tiernos desafíos 
con Dios de tal fuerza son, 
que, por mostrarse muy hombre, 
viene a las manos con vos. 
BravOj con Dios en apuestas 
andáis, Francisco, pues sois 
quien lleva en palmas la cruz 
que Dios al hombro llevó. 
Al peso de la cruz vuestra 
el de su cruz añadió, 
que, aunque contrapeso, alivia ■ 
el peso de la pasión... 

Ni hay para qué hablar aquí de otros poetas de la época, cuyas obras, 
en una.u otra forma se relacionan con el franciscanisnio. Ya se trate de 
los que se inspiran en libros de Religiosos de la Orden, como el Corvadlo, 
o reprobación del amor mundano, de Alfonso Martínez de Toledo, basado 
en parte en el Libro de las Donas de nuestro Eximenis (i), ya de los que 
escriben sus trabajos por orden o indicación de los mismos, cual le sucede 
con el Triunfo de María al fecundo Martín Martínez de Ampies (2), o 
bien de los que sostuvieron relaciones con ellos, a semejanza del patriarca 
del teatro español, Juan de la Encina, que en su Tribagia, de desmayados 
versos, relata la vida que en Jerusalén hizo en su compañía, y como tuvo 
la suerte de celebrar 

...mi primer Misa, que allá fui a decilla 

AI Monte Sión, dentro en la Capilla 

A do el Sacramento Christo instituyó (3). 



d) Vid., Hurtado y J. de la Serna, op. cit., pp. 240-41. 

(2) Merece — ^por lo curioso — ^incluirse aquí todo el titulo, que dice así: Por 
alabanco de la preciosa Fircjen y madre dechristo jhesu : comiega el libro intitulado 
iriunpho de maria; por martin martines de ampies, compuesto : y en emienda de siís 
delictos a el otorgada por el reverendo doctor fray goncalo de rebolleda, frayle me- 
nor, como por padre de sti confesiÓ... (Zaragoza, 1495). 

Más conocido que por esta y. otras obras (que describe Menéndez y Pelayo, en 
su Historia, cit., pp. loo-ioi) lo es Martínez de Ampies, por su traducción del Via- 
je de la Tierra Santa, de Fernando de Breidembacii, deán de Maguncia, impreso en 
Zaragoza en I408. 

(3) Se publicó, por primera vez, en Roma en 1521. Menéndez y Pelayo hace 
una amplia descripción del mismo en su Antología de poetas líricos castellanos, 
t. VII, pp. I-G. En compañía de Juan de la Encina visitó también los Santos Lu- 
gares D. Fadrique Enríqu.ez, Marqués de Tarifa, al que debemos, a la vez, otra 
relación del viaje, en pro,sa. Abundan las relaciones de semejantes peregrinaciones a 
Tierra Santa en los siglos XV y XVI, sin que haya una sola que no pueda ser con- 
siderada — ^por lo que tratan de los hijos del Serafín de Asís — como obra francisca- 
nista. Vid. ntro. libro España en Tierra Santa, Barcelona, 1909, pp. 60-77. 

Por lo que respecta a haber celebrado Ju.w de la Encina su primera Misa en 
Jerusalén, no es este el único caso que conocemos. También fué allá a celebrarla, 



— 175 — 

El movimiento franciscanista, por aquella época, florece radioso en 
todos los órdenes, dando espíritu y vida a la cultura nacional, que repre- 
senta en sus más altas formas el genio inmortal de Cisneros, hasta el punto 
de poder decirse que España se hizo, entonces, emiinentemente franciscana, 
ungiendo todas sus empresas con el óleo de los ideales del Serafín de Asís. 
A la cabeza de tal movimiento — incluso en el terreno cultural — figuran los 
Reyes Católicos, especialmente la gran Isabel; así que pudo muy bien de- 
cirnos Lucena: 

Lo que los reyes fasen, bueno o malo, todos ensayamos de lo faser; si es bueno, 
I3or plaser a nos mesmos; si es malo, por aplasér a ellos. Jugaba el rey; eran todos 
tahúres : estudia la reyna, somos todos estudiantes (1 ). 

Por lo cual, no ,podía menos de ser eficaz este ejemplo para la difusión 
franciscanista, tan arraigada en la reina', y que culmina por su política 
en la dirección de Cisneros, por su amor al arte en el monumento francis- 
cano de San Juan de los Reyes de Toledo, y por sus entusiasmos a favor 
de las letras, sosteniendo al pié del trono a los poetas Fr. Iñigo de Men- 
doza y Fr. Ambrosio Montesin'o, i-epresentantes de la literatura religiosa 
de aquel período, según hemos indicado al comienzo de este capítulo, y que 
estudiaremps con más claridad en el siguiente. 



sobre el Santo Sepulcro, D. Juan Ruiz de Pelegrina, Maestrescuela de la Catedral 
de Burgos y Chantre de la de Segovia, en donde está sepultado (murió en 1497), 
según lo manifiesta su inscripción sepulcral (Vid. Ricardo de Orueta, La Escultu- 
ra funeraria en España, Madrid, 1919. p. 201. 

(i) Cit. por Salcedo Ruiz^ La Literatura Española, cit., t. II, p. 24. 



I V 



Triunfo de la poesía cristiana. - Poetas franciscanos en tiempo de los Reyes 
Católicos : Fr. Iñigo de Mendosa y Fr. Diego Montesino : Fr. Antonio de 
Guevara y la novela : Fr. Francisco de Avila y otros. - Poetas franciscanos 
del siglo XVI: Fr. Bernardino de Laredo, Fr. Antonio de Santa María, 
Fr. Juan de los Angeles, Fr. Alonso Ortiz, Fr. Luis Escobar, Fr. Francisco 
Ortiz, Fr. Alonso de Traspinedo, Fr. Paulino de la Estrella, Fr. Gabriel de 
Mata, Beato Nicolás Factor, Fr. Arcángel de Alarcón, Fr. Juan Pineda, 
Fr. Pedro de los Reyes. - Poetas franciscanos de los siglos siguientes: Fr. 
Diego Murillo, Fr. Miguel de Avellán, Fr. Juan de Timoneda y otros. - 
Certámenes poéticos en los siglos XVII y XVIII. - Nuestras monjas lite- 
ratas. - Juicio acerca de la literatura franciscana: "los poetas del pueblo": 
su influencia en los grandes literatos españoles. - Poesía franciscana en los 
conventos, en los cultos y en las misiones. 



Al frente de su San Francisco de Asís (il), dice el P. Wendelin Meyer, 
O. F. M. : 

Para el ojo que sabe mirar, el mundo tiene siempre profundidades doradas. 

Esta sentencia, aplicada a nuestro caso, explica la tendencia de la poesía 
franciscana, por llevar al terreno literario el espíritu democrático de la Or- 
den, en forma de hacerlo asequible al pueblo, de darle a sentir su vida, de 
transvenar en él las ternuras de esas profundidades doradas, o sea, de sus 
sentimientos y afectos, tan llenos de luz y colorido, de introducir, en suma, 
los elementos populares, en un arte que hasta entonces se había mantenido 
generalmente en la esfera aristocrática, hablando más bien con énfasis que 
con naturalidad, bastardeando las pasiones en vez de elevarlas, dirigién- 
dose con preferencia al entendimiento que al corazón. De aquí el que los 
mismos poetas, que en versos profanos brillaban a gran altura, fuesen la 
mayor parte de las veces, al tratar de asuntos religiosos, fríos, indolentes, 
desmayados, cual si vertieran sobre sus creaciones cristianas abundante 



(i) Su Vida, su obra, su alma, trad. directamente del alemán por Emilio Sanz, 
e impreso por la Editora Internacional Madrid-Berlín-Buenos Aires (1924). P- 7- 



— 177 — 

jugo de adormideras. Apagado, o poco menos, en nuestra literatura, el 
fuego que centellea en los trabajos poéticos de Raimundo Lull — de pro- 
cedencia genuinamente franciscana — no vuelve a sentirse su calor en nues- 
tros literatos, hasta que el espíritu tradicional de la Orden Seráfica encar- 
na en dos poetas de la talla de Fr. Iñigo de Mendoza y Fr, Ambrosio 
Montesino, para difundirse triunfador por toda la Península, al amparo 
del ambiente de reacción católica que producen en nuestra Patria las con- 
mociones violentas de la hidra protestante. 

Tal es, en realidad, el papel que desempeñan los dos ilustres francis- 
canos, a los cuales — sin duda por esta causa — dispensaron su protección y 
sus favores los Reyes Católicos, poniéndolos así en situación de influir más 
poderosamente en el movimiento literario de España, y de. hacer saborear 
en sus conceptos los de los primeros poetas franciscanos * de Italia, tan 
gloriosamente personificados en el Beato Jacopone de Todi (i). 

A R. Foulché-Delbosc, debemos la publicación moderna de los tra- 
bajos poéticos del primero de ambos, Fr. Iñigo de Mendoza (2), que 
ocupan desde la página i a la 120 en el tomo I (Madrid, 191Í2) del Can- 
cionero castellano del siglo XV, publicado en "Nueva Biblioteca de Auto- 
res Españoles". Sobresalen entre ellos, por su mérito, Vita Christi, el 
Regimiento de príncipes y el Sermón trovado sobre las armas del rey Don 
Fernando. Famosa, más que ninguna, es la primera, que comienza: 

Aclara, sol divinal, . » 

La cerrada niebla oscura 
Que en el linaje humanal 
Por la culpa paternal 
Desde el comienzo nos dura; 
Despierta la voluntad, 
Endereza la memoria, 
Porque syn contrariedad 
A tu alta majestad 
Se cante divina gloria. 

No hemos de ser nosotros quienes ponderemos el mérito de las obras 
de este poeta insigne, al cual no faltaron rabiosos émulos que inútilmente 



(i) La primera edición que se conoce en España de sus Obras, es la siguiente: 
"Cantos Morajes, Spirituales y Contemplativos. Compuestos por el Beato F. Jaco- 
pone de Tode, Frayle Menor. Traducidos nuevamente de vulgar Italiano en Hes- 
pañol". (Lisboa, en casa de Francisco Correa, 1586). 

(2) Falta entre ellos la paráfrasis que, de unos versos latinos, escribió Fr. Iñigo, 
celebrando las bodas de los Reyes Católicos, publ. en Archivo ibero-americano, de 
Madrid, 1915, núm. 10, p. 129. — Hay, además, de este autor, un Tratado breve 3» muy 
bueno de las cerimonias de la missa co sus comteplaciones (en caracteres góticos, 
imjjr. en 1489), dividido en doce capítulos y dedicado a doña Juana de Mendoza, 
mujer del poeta Gómez Manrique, de quien hemos hablado anteriormente. 

Franclscanlsmo.— 12 



— 178 — 

trataron de manchar su nombre con la calumnia. Menéndez y Pelayo, 
que es quien mejor y más ampliamente lo ha estudiado, bajo el punto de 
vista crítico (i), ha podido escribir de él, en son de defensa : 

en los muchos versos que tenemos de Fu. Iñigo, no hay cosa alguna que desdiga 
de su profesión religiosa, y sí muchos que prueban la entereza de su carácter, la 
libertad cristiana de su espíritu y la ferviente piedad de su corazón (2). 

En cuanto al Vita Chñsti, nos advierte el gran polígrafo, que 

en la narración hay mucha fluidez y gracia ; notable desembarazo en la parte sa- 
tírica; pero lo que principalmente recomienda el poema y le da carácter popular, es 
la presencia de elementos líricos, himnos, romances y villancicos. La aparición de 
los romances, sobre todo — ^añade — es muy digna de tenerse en cuenta, y veremos 
que se repite en el Cancionero de Fr. Ambrosio Montesino (3). 

Contemporáneo nuestro poeta y amigo de Gómez Manrique (según 
lo da a entender el hecho de dedicar a su esposa una de las obras), pare- 
cen ambos haberse identificado en los procedimientos literarios, puesto que 
— al decir del citado historiador — en algunas de sus composiciones 

compitió Fr. Iñigo de Mendoza con lo mejor de Gómez Manrique... convir- 
tiendo, a imitación suya, la sátira política en severo magisterio y función social 
generosa, en vez del carácter agresivo e iracundo que había tenido en los afrentosos 

tiempos de Enrique IV (4). 

» 

Juzguen nuestros lectores de la dulce gravedad de sus lecciones, por 
ésta que da a los que rigen a los demás, inclinándoles a la templanza: 

Como la piedra tirada 
Sin su gana contra el cielo, 
En faltando en ser forzada, 
Su condición de pesada 
La hace caer al suelo, 
Así cercana caída 
Tiene, la gobernación, 
Si la gente sometida 
Sola fuerza la convida 
A tomar la sujección, 
Forcejeando el corazón (5). 



(i) En su Historia de la poesía castellana en la Edad Media, cit., ,t. III, capi- 
tulo XXII, pp. 4I-S6. 

(2) Id. ibid., p. 44. 

(3) Id. ibid., p. 48. 
(4) Id. ibid., p. s6. 

(5) R. Foulché-Delbosc, op. cit., p. 57- 



~ 179 — 

Nada tiene, pues, de extraño la difusión y popularidad increíble que 
obtuvieron las poesías de Fr. Iñigo, cuyos distintivos, según hemos nota- 
do, son su carácter esencialmente popular, la introducción del romance que 
tan bien se amoldó a nuestra literatura, y la dulcificación de la sátira 
politica, a la que roba su veneno, para transformarla en medicina curati- 
va. Tan al vivo vio en ellas retratados sus sentimientos el alma de nuestro 
pueblo, que — ^aparte de sus ediciones independientes — 

las po€sías de Fr. Iñigo de Mend¡oza fueron el fondo principal de varios cancio- 
neros, que son indisputablemente los más antiguos que se publicaron en España (1). 

contribuyendo así muy mucho a depurar el gusto y a abrir nuevos hori- 
zontes a la inspiración poética. 

Pero, si mucho debe la literatura a la labor de Fr. Iñigo, de más 
aún es deudora a Fr. Ambrosio Montesino, natural de Huete y obispo 
que fué de Cerdeña. Grande debía ser su prestigio, cuando los propios Re- 
yes Católicos le dieron el encargo de verter a nuestra lengua la Vita 
Christi del Cartujano, primera obra que se imprimió en la imprenta de 
Alcalá. 'Menéndez y Pelayo, después de presentárnoslo, como 

prosista de grave, castizo y abundante estilo 
y como 

poeta de rica vena, de mucha ingenuidad y sentimiento piadoso, 

no vacila en declarar que la traducción de Vita Cristi 

está hecha en noble y robusto lenguaje y es una de las mejores muestras de la 
prosa, de aquel tiempo, 

haciendo resaltar que 

mereció la honra de servir de lectura espiritual al Beato Juan de Avila y a San- 
ta Teresa de Jesús, y durante todo el siglo XVI, fué libro de uso frecuente entre 
los predicadores, para quienes había dispuesto el traductor una Tabla metódica a 
modo de repertorio. 

Retocó, además, Fr. Ambrosio— prosigue — por orden del Rey Católi- 
co, una antigua versión de las Epístolas y Evangelios para todo el año con 



(f) í'MfiNÉNHEZ Y Pelayo, op. cit, loe. cit., p. 45, en donde enumera varios de 
estos antiguos Cancioneros y encarece su importancia. En la Biblioteca del Esco- 
rial (III. K. 7) se guarda un Cancionero ms. de las principales poesías de Fr. Iñigo, 
en el que se notan muchas variantes, con relación a las impresas. 



— i8o — 

sus doctrinas y sermones, mejorándola de tal suerte, que Mayans, en su 
Orador Christiano, la llama con razón 

un monumento del lenguaje castizo español (1). 

Esto, por lo qque respecta a Moíítesino, como prosista de innegable 
influencia literaria, sobre todo, merced a la primera de las obras mencio- 
nadas (2). 

En cuanto a su actuación poética, 

no es propiamente— «xclama el mismo competentísimo autor — ^un poeta místico, 
sino un orador sagrado en forma poética, un expositor popular del dogma y de la 
moral cristiana, un teólogo que pone su ciencia al alcance de las muchedumbres con 
un fin, no escolástico, sino de educación práctica, valiéndose de aquellos símiles y 
razonamientos que más derechamente podían herir la inteligencia y enfervorizar la 
voluntad de sus oyentes (3) : 

es decir, que se valía de la poesía para cumplir, en medio del pueblo, la 
misión propia de la Orden Seráfica, inspirándose para ello en los prime- 
ros discípulos de Francisco de Asís, tan por lo hondo, que 

parece un eco de los Franciscanos del siglo XIII, y especialmente del Beato Ja- 
COPONE DE ToDi... a quicn se parece sobre todo, en el enérgico realismo de sus pin- 
turas satíricas (4). 

Las obras poéticas de nuestro poeta figuran en el tomo XXXV de la 
Biblioteca de Autores Españoles de Ribadeneira, publ. por D. Justo de 
Sancha, ocupando desde la página 401 a la 466, bajo el título: Cancio- 
nero de obras de nuevo trovadas (Madrid, 1855). Cada una de las compo- 
siciones lleva al frente el nombre del personaje a cuyos ruegos se hizo, y 
que son todos generalmente de la primera nobleza del reino; lo que de- 
muestra la alta estima de que gozaba el afortunado poeta. Así, por ejem- 
plo, el Romance compuesto en honor de San Francisco, lo hizo a instancias 



(i) Op. cit., pp. 57-59, en donde añade: "Otras versiones de obras de piedad 
hizo Fr. Ambrosio, entre ellas las Meditaciones de San Agustín, que quedaron iné- 
ditas; y compiló un Breviario de la Inmaculada Concepción, para uso de las reli- 
giosas de su Orden, con lecciones para todos los días de la semana y algunos 
himnos". 

(2) La edición de cuatro hermosos volúmenes en folio, fué costeada por Cis- 
neros y es magnífica. Ángel Salcedo Ruiz, reproduce en La Literatura española, 
cit, t. II, p. 293, la portada artística, en donde aparece el autor de rodillas presen- 
tando su obra a Fernando e Isabel. A alguna distancia, también de rodillas, está 
representado el Religioso que le acompaña. Para la bibliografía -de las obras de 
Montesino, vid. Menéndez y Pelayo, op. cit., loe. cit., p. 57 y sig. 

(3) Id. ibid., loe. cit., p. 61. — El estudio que dedica a nuestro poeta, ocupa desde 
la pág. s6 a la 72. 

(4) Id. ibid., p. 62. 



— i8i — 

del Cardenal Cisneros (p. 420), y las Coplas en honor del mismo Santo, 
por orden del Cardenal González de Mendoza. Otras hay compuestas por 
complacer a la Reina de Portugal, etc., y como poeta favorito suyo, escri- 
bió unas coplas. . . por mandado de la reina Isabel, estando su alteza en el 
fin de su enfermedad. 

He aquí, por vía de muestra, un trozo apologético-descriptivo, en que 
se refiere al cuerpo llagado del Seráfico Fundador ; 

Este cuerpo es confusión 
Del hebreo y del morisco, 
Que niegan la Redención, 
Las plagas y la pasión 
Renovada en San Francisco. 

Porque si po padeciera 
En la carne nuestro Verbo, 
¿Qué criatura pudiera 
Dar llagas de tal nlanera 
A su siervo? 

El las tiene en carne santa 
Dentro en la ciudad de Asís, 
Con frescura tal y tanta, 
Que ninguna verde planta 
Es tal, ni. la flor de lis. 

Porque son tan relucientes 
En aquel cuerpo sin par. 
Que confirman los creyentes 

Y convidan a las gentes 

A llorar. 

Son redondos, no cuadrados 
Los clavos que en él se miran. 
De su carne allí formados, 

Y tan duros y apretados, 

■ Que nunca de allí se tiran. 

Negros son, mas apacibles, 

Mirados de cerca o lejos, 

No mudables ni movibles, 

Porque en sus plantas sensibles 

Son reflejos. 

La causa más señalada 
Que de todas estas tomo. 
Es ver tan autorizada 
Su regla y carne sagrada 
Con tan adorable plomo. 



— l82 — 

Que ha por sellos, pendientes 
De cordones amarillos, 
Las llagas de Dios recientes, 
Que son, si paramos mientes, 
Cinco anillos. 

No le debe ser molesto 
Ninguno de los mortales. 
Ni se le tenga mal gesto, 
Pues que ha Dios en él puesto 
Tan lucíferas señales; 

Tan lindas, tan rubricadas, 
So hábito de pardillo. 
Del muy alto fabricadas. 
En fragua de amor labradas. 
Sin martillo.», (i). 

A la vista de estos versos, puede apreciarse el mérito de las composi- 
ciones de Montesino, en medio de la laboriosidad de aquel lejano período 
de formación literaria. Lo que de su paso ha quedado como de genio per- 
sonal e innovador, lo indicaremos con frases de Menéndez y Pelayo, 
que dice: 

Fué de los primeros en infundir el sentimiento místico en la poesía popular... 
pocos le ganaron en sentimiento fresco y en ingenuidad primitiva (2) ; 

compuso representaciones para ser cantadas o recitadas en Navidad, y can- 
tares ajustados a la música que, con letra profana, andaba en boca del 
pueblo (3); fué el primer poeta conocido que hace alusión al descubri- 
miento de América (4), y, en una palabra, 

cumplíase... en las obras de Fr. Ambrosio Montesino aquel fenómeno literario 
que ya hemos reconocido como uno de los principales caracteres de la lírica en este 
tiempo: la transfusión de la poesía popular en la artística (5). 

¡Cuántos méritos en un solo poeta! 

De aquí, la difusión inmensa de su Cancionero, con el que nadie se 
aventuró a competir, disputándole el predominio. Juan López de Ubeda 
(muerto en 1596) en el prólogo de su Vergel de flores divinas, confiesa 
que no hay otro Cancionero conocido más que el de nuestro poeta; y el 



(i) Biblioteca de Autores Españoles, cit., t. XXXV: "Romancero y cancionero 
sagrados", p. 454- 

(2\ Oij. cit, loe. cit, p. 71. 

(3) Ibid., pp. 64-66. 

(4) Ibid., p. 7a. 

(5) Ibid.. p. 66. 



- i83 - 

plan que éste se propuso de transformar en asuntos piadosos, no sólo el 
metro, sino también el espíritu de nuestro romancero castellano, tuvo imi- 
tadores de valía, no sólo en el citado López de Ubeda, sino también en 
Valdivieso, Maldonado, Lope de Vega, etc. ((i). 

Al lado de estos dos insignes Minoritas que tanto influyen en el rena- 
cimiento poético español, no podía faltar, eri la corte de Isabel la Católica, 
un genio innovador que debía influir también poderosamente en el mejo- 
ramiento y perfección del género novelesco, tan bastardeado, a la sazón, 
en manos de novelistas adocenados, anticipándose en cierto modo a Cer- 
vantes. Refiérome a Fr. Antonio de Guevara, que no dejó la Corte 
para vestir el hábito franciscano hasta después de la muerte de la gran 
Reina, pero que a la Corte volvió como Cronista y predicador del Empe- 
rador Carlos V, desempeñó elevados cargos, acompañó al Monarca en 
la jornada de Túnez y en sus viajes por Italia y falleció siendo obispo de 
Mondoñedo (1545). 

Es Fr Antonio de Guevara uno de nuestros grandes místicos, que 
gustaba leer habitualmente la Santa Doctora de Avila, inmortalizando el 
nombre al frente del Monte Calvario y Oratorio de Religiosos; es varón 
de excelentes cualidades pedagógicas en sus Epístolas familiares (1539 X 
1545), en Una década de la vida de los diez Césares y en Aviso de priven 
dos y doctrina de cortesanos, etc., donde, a pesar de lo vulgar del asunto, 
corre a chorro suelto la vena del ingenio satírico; es moralista práctico en 
El Menosprecio de corte y alabanm de aldea (1539), editado modernamen- 
te por Martínez Burgos, donde pone de relieve las ventajas de la vida 
del campo, pero es célebre sobre todo por su iamoso Libro llamado Relox 
de Principes, más conocido por el título de Libro áureo del emperador 
Marco Aurelio (1529), que no dejó de suscitarle famosos contradictores, 

acaso por no comprender — dice Hurtado y J, de la Serna— que Guevara no 
pretendió ser historiador, sino moralista y satírico, que tomaba la leyenda o la his- 
toria como pretexto para sus disquisiciones (2). 



(i) Vid. Hurtado y J. de la Serna, Hist, de la Literatura Española, cit., pá- 
gina 563. — El P. Atilano Sanz, resume en España y ^América (1918, núm. de IS 
de marzo) el juicio que le merecen Fr. Iñigo y Fr. Ambrosio, diciendo que son 
"franciscanos ambos, representantes castizos del espíritu de su Orden y poetas am- 
bos, no de elevados vuelos y estilo altisonante, sino candorosos y sencillos, compe- 
netrados del alma popular de la multitudes cristianas, cuyos sentimientos, ternuras, 
fe sencilla y hasta vulgar lenguaje parecen patrimonio exclusivo de los seráficos 
religiosos". 

(2) Op cit., p. 417. El primero de todos fué el bachiller Pedro de Rúa con sus 
Cartas Censorias, a las que contestó Guevara. "Su seudo-historia — ^alega el propio 
crítico, cit.,— fué una broma literaria, bien lejos de parecerse a los falsos croni- 
cones . 



_ i84 — 

Publicó Guevara esta novela histórica, presentándola como traduc- 
ción de un supuesto manuscrito antiguo, puesto en la idea de 

hacer un Relox de Príncipes por el cual se guiase todo el pueblo cristiano. 

En las tres partes de que consta, finge a veces cartas de Marco Aure- 
lio, e introduce temas variadísimos que le prestan amenidad y gracia, 
hasta el punto dé que, no sólo llegó a hacerse eminentemente popular, 
sino que en la misma se inspiraron los grandes literatos nacionales y ex- 
tranjeros, sin excluir al autor inmortal del Quijote, creando así una nueva 
corriente de ideales en la literatura europea. 

En prueba de ello, y a fin de que nuestros lectores puedan apreciar 
toda la importancia que encierra esta novela para el movimiento literario 
mundial, he aquí unas palabras del escritor crítico, antes citado: 

El éxito del Marco Aurelio — escribe— fué tan grande como el de Amadis y La 
Celestina. Hurtado de la misma cámara real, se difundió en copias manuscritas y en 
varias ediciones fraudulentas, y luego en múltiples reimpresiones, y se tradujo a 
las principales lenguas de Europa. En Francia, a más de la traducción de Herberay 
i>ES EssARTS, fué utilizado por Brantome, por Lafontaine y era leído por el padre 
De Montaigne. En Inglaterra inició la influencia española en la literatura inglesa, 
junto con una adaptación de los cuatro primeros actos de La Celestina. Algunos auto- 
res, como Landman, ven en Guevara la causa del eufuísmo (especie de preciosismo 
literario, así llamado por aparecer en la novela de Lily, titulada Etiphues, the ana- 
tomy of zvit). Otros, como Garret Underhill, creen que este fenómeno no es de 
imitación directa de Guevara, sino a través de Pettie, Sir Thomas Elyot, emba- 
jador cerca de Carlos V, y de otros aficionados a las obras del Obispo de Mondo- 
fiedo, traducidas por Lord Berners (1532) y por Sir Thomas North (1537). Des- 
pués de 1582, Guevara fué suplantado en el gusto inglés por Fray Luis de Granada. 
El Telémaco hizo obscurecer en Europa la fama del Marco Aurelio (1). 

Nos hemos extendido más de lo acostumbrado acerca de la influencia 
de estos tres célebres literatos franciscanos, que rodearon el trono de los 
Reyes Católicos, para que por ellos puedan apreciar nuestros lectores — 
como por botones de muestra — ^la parte que en la renovación y orientación 
del movimiento literario de la época — fermentador del de nuestra edad de 
oro — corresponde a la Orden Seráfica, y reconocer, al propio tiempo, los 
misteriosos conductos po^ los cuales penetró en nuestra literatura clásica el 
espíritu del Pobrecillo de Asís, que tantas joyas de nuestra producción 
nacional había de vigorizar y embellecer con su savia cristianamente re- 



(i) Op. cit., p. 417. — También lograron imitadores las demás obras de Gueva- 
ra. Del Menosprecio de corte, pasaron algunas ideas al Qiiijote; y por modelo la 
tomaron, según M. Burgos, otras del mismo tema, de escritores como Luisa Ligea, 
Pedro de Navarra, y Gallegos, secretario del Duque de Feria. (Ibid., pp. 417-418). 



- i8s - 

novadora. Por lo dem^s — y dejando para algún ingenio privilegiado la 
tarea de puntualizar detenidamente en la actuación de los demás literatos 
franciscanos — ^asunto que no cabe en los límites de nuestro trabajo — nos 
limitaremos a ligeras indicaciones sobre los principales de que tenemos no- 
ticia, pasando por alto el nombre de algunos contemporáneos de los ante- 
riores, como los del P. '.Moner y de Fr. Juan de la Puebla, cuyas poe- 
sías se conservan inéditas en la Biblioteca del Escorial, y recordando 
únicamente — de los de aquel tiempo — ^al autor del Cancionero de la vida y 
la muerte y Vergel de discretos, o sea a Fr. Juan de Avila, que editó 
Hans Gysser en Salamanca, en 1508, o sea, el año mismo en que Fr. Am- 
brosio Montesino firmaba en San Juan de los Reyes, de Toledo, la 

significación epistolar para el rey D. Fernando, 

que va al frente de su Cancionero. 

,Menéndez y Pelayo atribuye mucha importancia, no sólo por su ex- 
tremada rareza, sino también por las noticias históricas que contiene, al 
poema de La vida y la muerte. Está encabezado con dos epístolas, una en 
prosa y otra en verso, al Cardenal Cisneros. Su plan consiste en ingeniar 
una altercación, pleito y disputa, recilla e cuestión contra la muerte, a la 
cual increpa la vida por sus crueldades y desafueros, respondiendo ella en 
el mismo tono, hasta que el autor hace intervenir, como arbitro, a San 
Buenaventura, que las pone en paz. En la descripción que la muerte hace 
de sus víctimas, desfilan innumerables personajes, entre los cuales figuran 
nuestros Fr. Iñigo de Mendoza y Fr, Ambrosio Montesino. He aquí 
los elogios que les dedica, y que pueden servir para apreciación de su cor- 
te literario: 

Cayó también en mi choza 
El sotil componedor 
Fr. Iñigo de Mendoza, 
Muy alto predicador, 
Muy gracioso decidor, 
De trovadores monarca, 
De profundos dichos arca. 
Y minero de dulzor. 



Yo seré muy triunfante 
D'aquel poeta lozano, 
Orador muy elegante 
En el metro castellano, 
Gran pregonero cristiano 
Del sacro Verbo divino, 
Fr. Ambrosio Montesino, 
Traductor del Cartujano (i). 



(i) Op. cit,, loe, cit., p. 1 1 5-1 1 7, donde hace una descripción amplia del poema. 



— i86 — 

Así, pues, con estos cuatro ilustres literatos, Iñigo, Montesino, Gue- 
vara y Fr. Francisco de Avila, rompe marcha en el desfile de la his- 
toria del renacimiento poético español, esa pléyade de Franciscanos ilustres 
que — afieles a las tradiciones heredadas de Francisco de Asís — ^hacen cofo 
a nuestros grandes místicos (entre los cuales se cuentan muchos de ellos) 
para inocular en el terreno de nuestra literatura esencias de amor de cielo (i). 
Entre ellos culmina Fr. Bernardino de Laredo, avalorando su Subida 
al Monte Syón, con las delicadezas conceptistas de Versos de Amor, y 
Aforismos que yo saqué para mi en el Nombre de Jesús, donde los hay 
tan bellos como los siguientes: 

El que con amor trabaja, 
holgando gana ventaja. 

El gusto del vero amor, 
en todo toma sabor. 

El que es bien enamorado, 
nunca halla río sin vado. 

El que es más enamorado, 
es de sí más descuidado. 

Quien no cesa de desear, 
no puede cesar de amar. 

Donde más veces pensamos, 
es señal que más amamos. 

El ánima enamorada, 
siempre está necesitada (2). 

A su lado aparece Fr. Antonio de Santa María, autor de la obra en 
verso La vida y milagrosos hechos del glorioso San Antonio de Padua (Sa- 
lamanca, Guillermo Foquel, 1588), con la cual creía Fr. Juan de los An- 
geles que iba a eternizar el nombre (3). El propio Fr. Juan de los An- 
geles — uno de los grandes místicos del clasicismo — ^tan eminente como 
prosista, hizo, a la vez, ensayos de poeta en versos como los que dedica al 
Santo Taumaturgo : . 



(i) Aludiendo a esta época, escribe Sánchez Cantón, que no es fácil "recoger 
la influencia ejercida en las letras castellanas del tiempo por la poesía franciscana ; 
los sentimientos — añade — ^y las devociones que de ella proceden, infiltrándose desde 
mediados del siglo XIII y arraigaron de tal suerte, que no es empresa hacedera se- 
guir sus huellas" (San Francisco de Asís en la escultura española, Madrid, 1926, 
p. 21). 

(2) La Subida al Monte Syón, fué editada en Sevilla, en 1535, y figura entre 
los libros predilectos de Santa Teresa de Jesús. Tomamos los versos citados, de 
los que del autor publicó en El Eco Franciscano, cit. 1914, pp. 501-02, el P. Andrés 

DE ÓCERIN-JÁUREGUr, O. F. M. 

(3) Vid., Nueva Biblioteca de Autores Españoles: "Obras Místicas del M. R. 
P. iFr, Juan de los Angeles", t. I, Madrid, 1912, p. XI, editado por el P. Jaime Sa- 
la, O. F. M. 



- i87 - 

Divino Antonio, noble lusitano, 

Honra de la Española nación nuestra, 

Luz del gran firmamento que nos muestra 

El camino del cielo, claro y llano ; 

Depósito precioso paduano, 

Cuya vida de vidas es maestra, 

De hoy más conocerá la gloria vuestra 

El mundo ingrato, sin memoria y vano (i). 

Y viene con los anteriores Fr. Alonso Ortiz, regalándonos tres ro- 
mances a lo divino, que dio a conocer no ha muchos años el hispanófilo 
norteamericano Hungtington. Y viene Fr. Luis de Escobar, poeta gnó- 
mico, con el regalo de sus Proverbios de consejos y avisos a manera de 
letanías, cuya reedición vio la luz pública en Valladolid (1550), por obra 
del editor Francisco Fernández (2); y viene Fr. Francisco Ortiz, mol- 
deando en su Epistolario (Zaragoza, 1552) elegantes octosílabos, pregone- 
ros de muchas misericordias del Señor; y viene Fr. Alonso de Traspi- 
NEDO, jubiloso con su Manojuelo de mirra, copillado, allegado, amontona^ 
do, o sacado de diversos montes y breñas... por trabajo y diligencia de 
un .Religioso de la Orden de Menores (3) ; y viene Fr. Paulino de la 
Estrella, trayéndonos, para nuestro solaz, sus Flores del desierto, pri- 



(i) Ibid., loe. cit. — Su editor, el P, Sala, afirma que Fr. Juan de los Angeles 
compuso poesías latinas y castellanas— de las que nos aduce diversos ejemplos — ''no 
sólo en octosílabo,^ tan espontáneo y natural a nuestra habla castellana, pero tam- 
bién en el endecasílabo". (Ibid., pp. XI-XVI). 

fa) El título exacto de esta obra, nos lo dá el Romancero y Cancionero Sa- 
grados de la "Bibl. de Autores Españoles", cit, p. 311, en esta forma: "Las cuatro 
cientas respuestas a otras tantas preguiítas que el ilustrísimo señor don Fadrique 
Enrique, almirante de Castilla y otras personas enviaron a preguntar en diversas 
veces al autor, no nombrado mas de que era fraile menor; con quinientos prover- 
bios de consejos y avisos a manera de letanía, agora segunda vez estampadas, co- 
rregidas y enmendadas; y por el mesmo autor añadidas cient glosas o declaraciones 
a cient respuestas que páresela habellas menester. Dirigido a los ilustrísimos seño- 
res don Luis Enríquez, almirante de Castilla, y doña Ana de Cabrera, duquesa de 
Medina, su mujer, condes de Módica, etc. En este año M. D. L., con privilegio im- 
perial. Aquí se ponen estas cuatrocientas respuestas, porque había otras muchas más 
con ellas, las cuales se imprimirán presto, placiendo a Dios; que será la segunda 
parte deste libro". . 

Así la portada, impresa con tintas encarnada jr negra; y al final dice: "Im- 
presso en esta muy noble villa de Valladolid (Fenicia otro tiempo llamada), en casa 
de Francisco Fernández de Córdova, junto a las Escuelas mayores. Acabóse a 
veinticinco días del mes de mayo, año de M. D. L. Un vol. en folio, de 182 hojas, 
letra gótica, a dos columnas". — En este Cancionero hallamos (pp. .310-311) por vía 
de muestra, las poesías del autor, tituladas: Peligros del mundo, Tiempos de misC'^ 
ria y Trabajos del mundo. Pueden también verse sus glosas al Miserere, al Ora pro- 
nobts y Libera, nos, Dómine, en la cit Biblioteca, t. XLII, "Poetas líricos de los 
siglos XVI y XVII", t. II, Madrid, 1857, pp. S49-SO. 

(3) He aquí el título propio: Fascicuhis Myrrae, el cual trata de la Pasión de 
nuestro Redentor Jesucristo. Áñadiósele un tratado devotísimo de la vida de Cristo 
y también un confesionario muy provechoso para el pecador penitente. Imprimióse 
en Anvers, en el Unicornio dorado, por Martín Nutio, I553, en 8.°, 247 hojas. 
(Vid. Romancero y Cancionero sagrados, cit., pp. 7S4-S6, en donde pueden verse 
algunas poesías de este autor. 



— i88 — 

litera y segunda parte, cogidas en el jardín de la Clausura Minorttica de 
Londres, impresas en Lisboa (en 12.°) el año 1575, por Antonio Craes- 
beck (i); y viene Fr. Gabriel de Mata, abundoso en sus Canciones 
(1584), y convertido en cantor del Seráfico Patriarca en su Caballero Asi- 
sto (2); y viene el ÍBeato Nicolás Factor, varón santísimo, aureolando 
sus virtudes con unas Canciones místicas, dadas al público por (Fr. Anto- 
1:10 Ferrer en su Arte de conocer y agradar a Jesús (1620) (3), y viene 
Fr. Arcángel de Alarcón, envuelto en los aromas de su Vergel de 
plantas divinas, editado en '6.^ en Salamanca por los años de 1693 (4); y 
Fr. Juan de Pineda, con sus obras poéticas Chiliadas y Una viíión admi- 
rable, hacia el 1585 a 1598 (5) y finalmente Fr. Pedro de los Rbyes, 
que, aun sin ser autor del célebre soneto, que se le atribuye, "No me mue- 
ve, mi Dios, para quererte", compuso obras poéticas, halladas hace poco 
manuscritas en Alcalá de Henares, según nos lo comunica el P. Antonio 



(i) Hay poesías de este autor en el Romancero y Cancionero sagrados, núme- 
ros 209, 824 y 825. Una de ellas, trasladada a las columnas de Archivo íbero-ame- 
ricano, \g12z, núm. de juHo-agosto, pp. 138-39, por el P. Pedro P. Hernández, pa- 
rece ser glosa del "N.o me mueve, mi Dios, para quererte". 

(2) Primera, segunda y tercera parte del (Caballero de Asisto, en el nacimento^,^ vida 
y muerte del Seráfico Padre San Francisco, poema en 8.* rima. Impreso en Bilbao, 
por Matías Mares, año 1587, en 4° menor. Trae un trozo de este j)oema, al nú- 
mero 756, el Romancero y Caniiconero sagrados, cit. — Escribió también la Vida de 
San Dxeqp de Alcalá, eñ octava rivia. (Vid. Archivo íbero-americano, 1918, nú- 
mero de enero-febrero, p. 153). , . 

(3) También cultivó la poesía el Patrono insigne de. los Congresos Eucansticos. 
Varias de sus composiciones pueden verse en Opúsculos de San Pascual Bailón, 
publ. por el P. Jaime Sala, O. F. M., Toledo, impr. de Rodríguez, 191 1. 

(4) Trae el cit. Romancero, varias poesías tomadas de este libro, a los núme- 
ros 16, 17, etc. — Su primera obra poética lleva el título siguiente: Connino devotíssi- 
ma diversi generis sima in laudem Immaculatae Dei Genitricis Virffinis Mariae, pu- 
blicada en Barcelona en 1590. Años después aparece el Vergel de plantas divinas en 
varios metros espirituales. Dedicado a la Virgen sin mansilla, gloriosíssima madre 
de Dios y piadosa avagada nuestra, por el P. F. Archangel de Alarcón, Capuchino 
de la Provincia de la Madre de Dios de Catalunya, en Barcelona, en la imprenta de 
Jaime Cendrat, 1594 (Vid., Torres Amat, Diccionario crítico de los Escritores Car 
talanes, Barcelona, 1836). Hay otra edición de 1836. (P. Alenqon, Biblioteca Maria- 
na Ord. Min. Cap., Roma, 1910, pp. 8-9). 

(5) Fr. Juan Pineda, es el escritor niás fecundo del siglo XVI. Julio Céja- 
DOR le llama '!archimillonario del idioma", según testimonio de Azorín en Clásicos 
y Modernos. Al decir de Luis Ocharán, en su novela Lola, "sólo el tesoro de uno 
de sus libros ostenta más de dieciocho mil vocablos; y hasta ahora — ^añade — , que 
yo sepa, ningún escritor de extraños países, de los presentes y pasados siglos, pudo 
medir su riqueza de léxico, con la del celebérrimo franciscano . Entre sus mejo- 
res obras, fíguran los Diálogos familiares de Agricultura Cristiana, (Vid. P. Ra- 
mos Púmarega, en "El paso de la Condesa", publ. en El Eco Franciscano, 1921, 
pp. 291-95.) — ^A su yez, D. Bernardino Martín Mínguez, después de hablar en 
Ilustración Es_pañola y Americana, "sacando del olvido al sabio más poderoso del 
siglo XVI, y que en caudal lingüístico también supera a todos los que enriquecen, 
embelleciéndola, nuestra historia literaria", comenzó en El Correo Español, nú- 
mero de 26 de septiembre de 1906, una serie de articulitos titulados: "El P. Fray 
Juan de Pineda", con el fin de "descorrer todo el velo que oculta las macizas ri- 
quezas contenidas en las espesas capas, o filones, de que se componen las rimas del 
humilde Fraile". Y concluye el art. I. (único que conocemos): "A los que viven 
de prestada erudición, buena panera se les proporciona con las obras del P. Fran- 
ciscano". 



— i89 — 

Navarro (i), mereciendo, por su elevada inspiración los más entusiastas 
elogios del Fénix de los ingenios (2). 

Adentrémonos, a continuación, por la impenetrable selva poética de 
las centurias siguientes, y nos saldrán al paso el gran místico Fr. Diego 
MüRiLLO, con su Divina y dulce y provechosa poesía... sacada a luz por 
Fr. Juan Calderón, en Zaragoza, 1616 (3); el avispado Fr. Miguel 
DE AvELLÁN, con los tcsoros de su Cancionero y de sus Décimas y glosas 
en alabanza a Nuestra Señora (Málaga) por Alonso Rodríguez, 1615); 
el famoso Fr. Juan de Timoneda, obsequiándonos con sus Cuatro obras 
muy santas, en 1611 (4); el profundo y regalado Fr. Antonio Panes, con 
su rica y variada colección de poesías místicas y ascéticas, entre las que 
se distingue, por su mérito, la segunda parte de la Escala mística, o sea 
Estímulo del amor divino (Valencia, 1675) (5) '■> ^^ poeta dramático Fray 



(i) En la Introducción a las Poesías del P. Fr. Diego de Murillo, Valencia, 
Tip. Moderna, 1906, p. X. — ^De esta Inirodticción tomamos los datos de poetas fran- 
ciscanos, que no aparecen con nota especial en el texto. 

(2) En efecto, Lope de Vega, en la rima 6." del Laurel de Apolo con otras ri- 
mas (Madrid, 1630, en 4.°, p. 62), dice de él, entre otras cosas: 

"Oh, amado Padre mío, 
Corona ilustre de tu patrio rió. 

El célebre Jarama; 
Amor fué tu laurel, gloria tu fama, 

Y tu sandalia, nube 

Que en pedazos del cielo al sol te sube; 

Y con tanto decoro. 

Que con reliquias de la tela de oro 
De tu sayal, más rico que su esfera, 
Le puedes remendar si se rompiera." 
El Romancero y Cancionero Sagrados, cit., trae de Fr. Pedro de los Reyes, las 
magníficas glosas a la octava, "¿Yo para qué nací?", al núm. 728 de la colección. 

(3) Las ha publicado últimamente el P. Antonio Navarro, O. F. M., con el 
título arriba expuesto, en un vol, en 8.", de XXXVIII, 203 pp. — Sirva como mues- 
tra de su estilo esta estrofa En alabanza de Nuestro Seráfico Padre San Francisco: 

El que dar a un blanco tira, 
y ve que está lejos del, 
■ alza un poco más la vira, 
gran Francisco a dar en él. 

Y así menester serán 
las alabanzas que os dan, 
para que lleguen a Vos, 
alzarlas casi hasta Dios, 
porque otras no llegarán. 

(4) Cuatro obras muy santas. — La primera, un Diálogo de la Magdalena; la se- 
gunda. La pavana de Nuestra Señora; la tercera. El chiste de la monja; la cuarta. 
Un chiste a la Asunción de Nuestra Señora. Impr. en Alcalá, en casa de Andrés 
Sánchez de Espaleta, año 1611, pliego suelto en 4.". — De ella ha tomado el Roman- 
cero y Cancionero Sagrados, cit., el romance "Cristo y la Magdalena", que lleva 
en la colección el núm. 633. 

Aljjunos años después, en 1619, publicó su obra en verso La conversión del beato 
Francisco, ú poeta franciscano Fr. Lorenzo de la Cueva. (Vid., Sánchez Cantón, 
San Francisco de Asís en la escultura española, cit., p. 39). 

(5) Era morador del convento de Priego y le dio gran popularidad la tan sabida 
décima que comienza: "Bendita sea tu pureza , como se la dio también a Fr. Fran- 
cisco Serra, natural de Tortosa (1629-1792) la composición de los Gozos de la Pu- 
rísima, que comienzan: "Para dar luz inmortal...". (Vid. Archivo íbero-americano, 
1920, núm. XL, pp. 156-57). — En Estímulo del amor divino "reúne varias composi- 



— 190 — 

Francisco Antonio de Madrid, Capuchino, conocido en el siglo por 
Gabriel de Moncada y famoso por La espuela del amor, los celos (i); 
Fr. Diego de Salazar, que firmaba, a siete de noviembre de 1641, su en- 
tremés El sacristán ahorcado, cuyo manuscrito se conserva todavía (2); 
Fr. Juan Alegre, una de cuyas loas mereció ser puesta en escena en 1660, 
con motivo de las fiestas de la dedicación de la catedral de Jaén (3) ; Fray 
Bernardo Abarca, del cual sólo conocemos un soneto dedicado a San 
Francisco Solano (4); el celebrado cronista de Aragón, P. José Antonio 
Heibrera, autor del Jardín de la elocuencia (Zaragoza, 1667) ; el Cronista 
General, Fr. Damián Cornejo, con sus Obras jocosas (Poesías varias), de 
las que existe el manuscrito hecho en el siglo XVIII por Phelipe de Val- 
divia y Manrique (5); y en pos de todos estos, Fr. Antonio Marqués, 
conocido por su Vida de Nuestro Seráfico Patriarca San Francisco de 
Asís (en Alcalá, por Julián García, 1710) (6); Fr. Antonio Montiel, de la 
Provincia de Granada, que compuso el poema épico Eustaquio o La Re- 
ligión laureada (Málaga, Luis Carreras, 1796, dos tomos) (7); Fr. Pe- 
dro González, que trae en su Pan'egyrico laudatorio una poesía latina a 
Clemente XI (8); Fr. Francisco de San Juan de Capistrano, panegi- 



ciones piadosas, de versificación fluida y correcta y libres de culteranismo y casi de 
conceptismo". (Hurtado y J. de la Serna, op. cit., p. 767). — Véanse por vía de 
ejemplo estas dos estrofas, recogidas al azar: 

Si hallaste j'a la senda de la vida, 

descárgate de todo lo que es tierra; 

todo afecto de carne circuncida, 

la Cruz abraza, el propio amor destierra, 

lo eterno pesa, lo caduco olvida. 

cierra los ojos y la boca cierra; 

todo lo que no es Dios ténlo por humo; 

no quieras otro bien que al que es bien sumo. 
Ven amor, ven amor, y no tarde 

tu dulcísimo fuego, 

pues ves mi corazón que en ansias arde; 

y por más que con lágrimas le riego, 

temo que le consuma 

de la amorosa sed la fuerza suma. 
(i) El 28 de marzo de 1641 tomó el hábito de capuchino, falleciendo en 1644. 
iRev. de Archivos, Bibliotecas y Museos, t. XIX, p. 385). — ¿Será este poeta el 
Fr. Francisco de Madrid, autor del romance Sueño político, inserto en el Cajón 
de Sastre, de Nifo? 

(2) Rev. de Arch., cit., "Décadas del teatro antiguo español", por Narciso Díaz 
DE Escobar, t. XIX, 386.— Otro entremés, de parecido título y de carácter francis- 
canista. Los Sacristanes hurlados, se debe a la pluma de Luis Quiñones de Bena- 
VENTE. Trae un trozo del mismo Monner y Sans, en Antología Franciscana, cit. 

(3) Id. ibid., t. XXI, p. 109. 

(4) Lo transcribe— tomándolo de un códice del Vaticano— ^rc/uw íbero-ameri- 
cano, 1918, núm. XXVI, p. 278. 

(5) Archivo íbero-americano, t. IX, p. 187. 

(6) En el primer pliego de este libro, figuran un Romance heroico endecasí- 
labo a Santo Domingo, de Fr. Diego Hurtado Leonés, y poesías de D. Gabriel 
de la Torre Setién y D.» María Teresa Marqués,. hermana- del autor. Del P. Mar- 
qués es, asimismo, una traducción en verso del Cur mundus militat, incluida por el 
P. Juan Blasquez del Barco, en Trompeta Evangélica, etc., Madrid, 1723, p. 504). 

(7) Nos da noticias de los PP. Marqués y Montiel, la Biblioteca de Autores 
Esprrftoles.t XXXU, "Poetas líricos de los siglos XVI y XVII", Madrid 1854, p. X. 

(8) Vid. Archivo ibero-americano, 1924, núm. de marzo-abril, p. 206. 



— 191 — 

rista en Laureados triunfos de la vida y martirio del B. Juan de Prado y 
de los cultos celebrados en su honor en Cádiz (i); Fr. José Prieto de 
i,os Angeles, describiendo una fiesta en honor de San Pedro en su obra 
en metros diversos Mystico desposorio y panegyrica fraternal unión, et- 
cétera (2); Fr. Antonio Muñiz de San Pascual, cuyos Cantos Místi- 
cos son un homenaje a Maria Santísima y a su dulce Jesús (3); Fr. Vi- 
cente Martínez Colomer, uno de los más leídos poetas y novelistas del 
siglo XVIII, entre cuyas obras más notables pueden citarse Vaticinios del 
Turia sobre el reifiado de Carlos IV (Valencia, 1789) La Narciso., La petí- 
metra galante, La Dorinda, Trabajos de Narcisa y Filomena, El hallazgo 
de Alejandría, El Valdemaro, las Odas a la venida de sus Magestades (Va- 
lencia, 1802). El filósofo en su quinta (Valencia, 1808), Sor Inés (181 5) y 
la colección Poesías (Valencia, 181 8), y una tragedia titulada La Ruper- 
to (4), y, por último, el Beato Diego José de Cádiz, que ha puesto su 
firma al pié de muchas composiciones poéticas, afanosamente recogidas 
por los pueblos (5). 

Al lado de estos poetas, merecen figurar, Fr, Ángel de Badajoz, Fray 
Francisco de San José, Fr. Francisco de Santiago, Fr. Francisco 
Sejrra, Fr. Feliciano de Sevilla, Fr. Miguel de Luna y Fr. Nico- 
lás DE AIallorca, Capuchinos, no menos que los casi innumerables que 
tomaron parte en Certámenes poéticos. En el celebrado en Sevilla, en ho- 
nor de la Inmaculada, el 26 de abril de 1615, figuran los trabajos de nues- 
tros poetas Fr. Fernando de Barrionuevo, Fr. Juan Daza, Fr. Diego 
DE FoNSECA, Fr. Alonso de Merino y Fr. José Jiménez (6). En el ce- 



(i) Ibíd., núm. de mayo-junio, p. 336. 

(2) Ibid., loe. cit., p. 334. 

(3) Impr. en Cádiz, 32 pp. en 8.°, 1788. 

(4) Vid. Enciclopedia Espasa. t. 33, p. S28. 

(5) Constan algunas de ellas al final del Verdadero retrato de un misionero 
perfecto, etc., del P. Luis Antonio de Sevilla (Sevilla, 1862, pp. 615-29). — Don 
E,BUARD0 M.* ViLLARASA, nos díce que "algunas obtuvieron una popularidad asom- 
brosa"; y aduce, por vía de ejemnlo, una de las más conocidas que no figura entre 
las anteriores. (Vid. Revista Católica, de Barcelona, i86s, PP. 264-65). — ^También, en 
1866, se han impreso en Cádiz, sus "Gozos en alabanza de María Santísima, Nues- 
tra Señora y de su Santo Rosario", que comprende 37 octavas, glosando la copla: 
"Cantemos con devoción — a. la que es de Dios Sagrario; — Señora, por tu Rosario- 
Logré yo mi salvación". (Vid. Archivo ibero-americano, 1924, p. 215). — Al estudio 
del Beato Diego como poeta, dedica, el P. Sebastián de Ubrique, Capuchino, en su 
reciente Vida del Beato Dieqo José de Cádiz (Sevilla, impr. de "La Divina Pastora") 
todo el cap. V, del tomo IL PP- 92-126, en donde pueden saborearse sus principales 
composiciones en verso. 

Entre las muchas composiciones hechas en honor del B. Die^o José de Cádiz, 
figura "El apóstol capuchino en el siglo dieciocho..." Elogio alegórico en verso he- 
roico, por D. Lucas Ángel Dejarabazary (1789), en el que intervienen el Ángel 
tutelar de Cádiz; La gracia; Cádiz, Luzbel, la Avaricia y la Lascivia. Termina de 
este modo: "En este Elogio se ve--de Fr. Diego la eficacia — la victoria de la gra- 
cia — y el gran triunfo de la fe". {Archivo, cit., loe. cit., p. 214). 

(6) Vid. P. Antonio Navarro, en la Introducción a las "Poesías del P. Fr. Die- 
go Murillo", cit, p. X. 



— 192 — 

lebrado en Santiago de Compostela en 1659, hallamos a los franciscanos 
Fr, Gabriel de Noboa, Fr. José Gil Taboada, Fr. Antonio Piñeiro, 
Fr. Gonzalo pe Mena Garcés, Fr. Benito de Castro, Fr. Domingo 
DE Soto, Fr. Domingo Manan, Fr. Fernando Losada Enríquez, y la 
Religiosa Clarisa de Allariz, D." Isabel Rodríguez (i). En el que tuvo 
lugar en Alcalá, en 1730, y cuyos trabajos reunió D. Agustín de Agui- 
rre en su Sagrada métrica lid (Alcalá, 1730), hallamos al P. Matías de 
Velasco, formando parte del tribunal calificador, y al P. Eusebio Gon- 
zález DE Torres agraciado con el primer premio y con otros dos pre- 
mios al P. José del Espíritu Santo y al Capuchino P. Lorenzo de To- 
ledo. Finalmente, en el Certamen oficial de 1809, convocado para conme- 
morar los sitios de Zaragoza, presentó el P. Antonio Armengol, del Con- 
vento de Guadix, un "Rasgo poético e interlocución métrica en elogio de 
la muy ilustre, noble, fiel y siempre constante Zaragoza" (20 hojas en 4.°), 
y el P. Francisco Molina y Moyano, de Santiago de Porcuna, "Zara- 
goza rendida y triunfante" (8 hojas en 4,°) (2). 

Tuvo también la Orden Seráfica unos dignos representantes en el pa- 
lenque de la crítica histórico-literaria en los célebres PP. Rafael y Pe- 
dro Rodríguez Mohedano, hermanos ambos en sangre y religión, y que 
juntos emprendieron en Granada la elaboración de su Historia literaria 
de España, a tenor de la comenzada en Francia por los Benedictinos. 

Principia — dice uno de nuestros críticos — con fenicios y cartagineses, y sigue con 
la época romana y los escritores de esta edad, terminando en Lucano: discutieron 
multitud de puntos de Historia General, Geografía y crítica históricas, Arqueología, 
Epigrafía, etc., y tantas digresiones y falta de proporción les impidió llegar a la 
materia más interesante y propia del título de la obra (3), 



(i) Vid. Boletín de la Real Academia Gallega, Coruña, 1918, núms. 124 y 12S.— 
Nos da noticias biográficas de estos poetas, el P. Atanasio López, en Archivo ibero- 
americano, 1919, núm. XXXVI, _p. 410 y sig. 

(2) Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, "Certamen oficial", etc., de Ma- 
nuel F. MoURiLLO, t. XVIII, pp. 283-89. — ^No menos común que los Certámenes, 
era la i)ublicación de trabajos poéticos con motivo de fiestas especiales, según he- 
mos podido observar más de una vez. En el Catálogo de Ms. del Seminario de San 
Carlos de Zaragoza, se halla un Tratado de las insignes ' fiestas celebradas en San 
Francisco de Anteqiiera, en honor de los Mártires del Japón el 11 de febrero de 
1628. Compuesto en verso y prosa por diferentes autores. (Ibid., t. XX, p. 131). Otra 
obra parecida tenemos en la Verídica relación de los cultos celebrados en Cádiz en 
el Convento de Capuchinos, con motivo de la beatificación de S. Lorenzo de Brin- 
dis (Cádiz, 1783), en la que se consignan (pp. 20-42) los car telones de versos, en oc- 
tavas, décimas, etc., distribuidos pQr las capillas de la iglesia y por los claustros. 
{Archivo ibero-americano, 1924, pp. 219-20, nota). En las mismas fiestas organizadas, 
con motivo de la visita del Ministro General, entraba en escena la actuación poética: 
así vemos que al visitar Zamora en 1675 el Rmo. P. Alfonso Salizanes, se le obsequió 
en el convento con la representación de dos comedias, _ obra de Manuel Vallejo, y 
con la de otras dos en la Plaza Mayor. {Rev. de Archivos, etc., cit., t. XXI, p. 500). 

(3) Hurtado y J. de la Serna, op. cit., p. 801. 



— 193 — 

dejándola interrumpida en el tomo X (1766-1791). De "monumental" 
califica este trabajo López Peláez (i) ; y Serrano y Sanz no duda, a su 
vez, en presentarnos a los PP. Mohedanos 

como de los más eminentes ingenios de España en su época (2). 

Si pretendiéramos, ahora, dar aquí una idea del movimiento literario 
entre nuestras Religiosas, asi Clarisas como Concepcionistas, peligro co- 
rreríamos de extendernos más de lo justo. Nuestras Religiosas literatas, 
pueden figurar dignamente entre los cultivadores ilustres del ingenio. SoR 
Isabel Rodríguez, citada más arriba, no es sino una de las menos cono- 
cidas. Aun hecha abstracción de nuestras grandes escritoras místicas, entre 
las cuales descuella la Ven. Sor María de Jesús de Agreda — de cuyas 
Obras Completas se ha hecho ha poco una edición crítica en la Editorial 
de Herederos de J. Gili, Barcelona — hallamos entre ellas nombres tan 
preclaros, como el de la Concepcionista D.'' Constanza de Rivera, a la 
cual dedicó sus Sagradas Poesías su hermano Luis de Rivera (Madrid, 
1626), y el de Sor Sebastiana Sandi, monja de Santa Clara de Madrid, 
una de cuyas "décimas" mereció ser incluida en el poema en quintillas, 
titulado La Cruz, (¡Madrid, 1612), de Albanio Ramírez de la Trapera. 

En el Homenaje a San Francisco de Asís por Carbonero y Sol, se 
mencionan también (pp. 269-73) ^^s escritoras franciscanas Sor María 
Villena, de la Familia Real de Aragón (siglo XVI), por su Vida de 
N. S. J. C; Bta. Juana Rodríguez, por sus Revelaciones y por varias 
obras ascéticas; Sor Juana María de la Cruz de Reboredo, por su 
Explicación de los Santos Evangelios; Sor María de la Antigua, de 
Marchena, p6r su Desengaño de Religiosos y de almas que^ tratan de vir- 
tud; Sor Isabel de Medina, por sus obras ascéticas; Sor Isabel de la 
Paz, de Murcia, poetisa y escritora insigne; Sor Beatriz de Langa, por 
sus trabajos místicos; Sor Jerónima de Priego, por su Vida interior; 
Sor Jerónima de la Ascensión, de Toledo, fundadora en Manila (1621) 
por sus tres libros en folio, titulados: Floresta franciscana de ilustracioties 
celestiales, anotadas y puestas en orden por Fr, Antonio de Santa Ma- 
ría; Sor Ana de Cristo, de Getafe, por sus Meditaciones sobre lugares 
de la Sagrada Escritura, y Sor María de los Dolores Quiroga (Sor 
Patrocinio), por su Ejercicio en honra de la Virgen del Olvido. No obs- 
tante los títulos de varias de estas obras, no sean de los que sirven de 



(i) Las poesías de Feijóo, Lugo, 1899, p. 6. ... ,„TrTr,. ..i- 

(2) "El Consejo de Castilla y la censura de libros en el siglo XVIIl", pubU- 
cado en Revista de Archivos, etc., t. XV, pp. 2hS-S7- 

Franciscanismo.— 13 



— 194 — 

aperitivo al gusto literario moderno, es indudable que en muchas de ellas 
se encierra gran caudal de inspiración poética, cual sucede, por ejemplo, 
con la de Sor María de la Antigua, tenida por una de las joyas clási- 
cas de la época, y a la cual tributa justos elogios Serrano y Saííz en sus 
Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas, t. I, pp. 42-49, 100 

y 139- 

Entre las Religiosas que mayor celebridad literaria adquirieron, figura 
Sor Gregoria de Santa Teresa (murió en 1737), natural de Sevilla, lla- 
mada por Menéndez y Pelayo "alma del siglo XVII", cuyas formas 
poéticas se hallan fielmente retratadas en estos sus versos: 

Con dulce tranquilidad 
mi pobre barca navega, 
con una obediencia ciega, 
sin temor de tempestad. 
Que aunque faltan vela y remo 
segura es la barca mía, 
pues siendo Jesús mi guía 
nada falta y nada temo (i). 

En el siglo XVIII, nos sale, también, al paso Sor Ana de San Jeró- 
nimo, de las Franciscas Descalzas de Granada, de quien nos dice D. Leo- 
poldo Augusto de Cueto 

que llenó de admiración a cuantos la conocieron, por sus acendradas virtudes, por 
su ingenio clarísimo y por su erudición extraordinaria. 

Hija del afamado poeta y académico D. Pedro Verdugo, cábele la 
gloria de tener por hermano a otro de nuestros célebres vates, a D. Al- 
fonso Verdugo y Castilla, cuyos primeros pasos alentó ella con elegan- 
tes octavas, en las que exclama: 

Creced a ser blasón de nuestra era; 
de vos también se cuente enriquecida : 
vuelva a vivir en vos quien os dio vida (2). 

Descúbrese en estos versos la predilección de nuestras Religiosas por 
la literatura. Muchos años antes, nos proporciona otra muestra aún más 
elocuente en tal sentido, la Religiosa Clarisa de Salamanca Sor Bernar- 
da María, al lamentar la desaparición del célebre Montalván, gimiendo: 



(i) Vid., Salcedo Ruiz, La literatura española, cit., t. III, p. 21. 

(3) Biblioteca de Autores Españoles, cit., t. LXI, "Poetas líricos del siglo 
XVIII", t. I, Madrid, 1869, pp. LXXXI y 123-24. En. esta última página se citan 
las Obras Poéticas de la madre Sor Ana de San Jerónimo. 



— 195 — 

Suspende muerte, suspende 
(Si es posible) tu rigor, 
Que oscureces el mayor 
Rayo de luz que hoy se atiende; 
Mas tu astucia ya se entiende. 
Pues se arma de manera 
Que le vuelve a la primera 
Edad; porque si él hablara. 
Su respeto te turbara, 
Su elocuencia te rindiera. 

Los que lágrimas tenéis, 
¿Para cuándo las guardáis. 
Pues lo que laurel miráis. 
Deshojado sauce veis? 
Mas, bien sé que me diréis 
Que, aunque la pena es notoria. 
Se os borra de la memoria; 
Porque allá, en la mejor vida. 
Le darán la bienvenida, 
Cielo a cielo, y gloria a gloria (1). 

Al mismo siglo de Sor Ana pertenece la Concepcionista gaditana Sor 
María Gertrudis de la Cruz y Horé, ilustre escritora de la cual se 
ocupa Serrano y Sanz en la citada Biblioteca de Escritoras Españolas, 
t. I, pp. 223-32. En la Vos de San- Antonio, de Sevilla, pueden verse (1921, 
pp. 328-31) varias composiciones poéticas latinas y castellanas debidas a 
su pluma, como también el soneto que en honor de esta poetisa compuso 
el Marqués de Méritos. En cambio, las poesías de la M. Clara María 
Escoto, monja capuchina del monasterio de Sacer, que comienzan: O 
Dios sobrano y eterno, y Con el rey Don Gaspar, duermen en el abandono 
en la Biblioteca Universitaria de Sassari (2), cual lo dormirán sin duda 
tantas otras de nuestras poetisas Religiosas, en las cuales la inspiración 
toma siempre rumbo hacia las alturas (3). 



(i) Biblioteca de Autores Españoles, cit.. Poetas líricos de los siglos XVI y XVII, 
t. n, Madrid, 1857, p. 548. 

(2) Rcv, de Archivos, etc., cit., t. XXII, p. 501. 

(3) Nótase actualmente entre nuestras Religiosas relativo movimiento literario. 
En la Colección de Poesías Religiosas recogidas entre las que se publicaron en "El 
tico Franciscano" (Barcelona, Fidel Giró, 1905), figuran varias que responden a los 
nombres de Sor Francisca del Pilar, Sor Catalina de Santa Balbina y, sobre 
todo, Sor Emilia de San Juan Bautista, de inspiración lucidísima; y en el núme- 
ro de esta Revista, correspondiente al Centenario de Santa Clara, igiz, pp. 466 y 
siguientes, hay un Florilegio de Poesías a la Santa Fundadora, donde se ven cuatro 
composiciones de Clarisas anónimas. 

Por lo gue respecta a libros por ellas publicados, sirvan de ejemplo: La Marga- 
tita escondida, de Sor Catalina de San Antonio, del Conv. de Toledo, editada en 
1661, y reimpresa en Madrid en 1903, en 4.°, pp. 104, y La Bella Prisionera, de Sor 
Angela de las Llagas (Valladolid, 1923, en 8.°, pp. 86); ambas sobre la vida de 
la Venerable Madre Beatriz de Silva; Santa Clara de Asís, por el P. Leopoldo de 



— 196 — 

De igual modo que nuestras poetisas religiosas, también los poetas 
franciscanos (r), quien más quien menos, ostentan en sus composiciones 
lo que pudiéramos llamar el aire de familia, ese sello inconfundible de 



Cherancé, trad. del francés por una Religiosa Clarisa, Barcelona, iQii, en 8.°, 
PP- 233; y Santa Clara, opúsculo publicado en francés... por Sor María de Jesús, 
Clarisa, y trad. por el Ilmo. Sr. Conde de Aldama, Burgos, 1912, en 8.°, pp. 64. 
Distínguense, entre todas, Sor Eulalia Anzizu (falleció en 1916) poetisa y escri- 
tora de gran cultura, que publicó varias obras jj entre ellas la Historia del Real Mo- 
nasterio de Pedralbes; y Sor M." Encarnación Heredero, autora de la colección 
de lecturas amenas, El ramo de flores y de una Vida de Sor Alaría la Pobre, edita- 
das estos últimos años en Toledo. 

En cuanto a trabajos sueltos de nuestras Religiosas, pueden hallarse en abun- 
dancia, no sólo en Revistas Franciscanas, sino entre las a ellas consagradas o las 
que ellas mismas dirigen y publican. Figura entre las primeras El Jardín Seráfico, 
de nuestros PP. de Vich, y entre las últimas. Archivo Agredano, de las Concepcio- 
nistas de Agreda (Soria), cuyo primer núrtiero se publicó en febrero de 1913; El 
Vergel Concepcionista, de las Peñaranda de Duero (Burgos), fundado en enero de 
1924, y Anales de las Franciscanas Misioneras de María, de Pamplona. Las cuatro 
Revistas citadas son publicaciones mensuales. 

(i) Interrumpida por la exclaustración la cadena de oro de nuestros poetas fran- 
ciscanos, reflorece de nuevo en estos días. Entre los Religiosos que han publi- 
cado últimamente colecciones poéticas, justo es mencionar a Fr. Ambrosio de Valen- 
ciNA, O. M. C, cuyas Poesías religiosas o flores de mi juventud, impresas en Sevi- 
lla, alcanzaron en pocos años seis ediciones, y a nuestros Religiosos Fr. Pedro Mi- 
guel, por su tomo Crepúsculos (Barcelona) ; Fr. Celso González, por Plantas del 
Clima (en 8.° prol., pp. 170), Burgos, 191S; P. Pedro Ramos Pumarega, por Vibra- 
ciones (Santiago, 191S, en 8." prol., pp. 160) ; al P. Luis García Nieto, por Estelas ■ 
(Sevilla, 1921, en 8.°, pp. 176); y P. Francisco Iglesias, por Flores y Frutos (en 
8.°, pp. 288), Mis tempestades sonoras (en 8.°, pp. 300) y Campanes al vol (en cata- 
lán, en 8.°, pp. 375), impresos todos ellos en Barcelona, 1924. Nosotros, a nuestra 
vez, hemos publicado El Lirio entre espinas (Barcelona, 1903, en 8.°, pp. 328); Cua- 
dros de mi tierra (Santiago, 1913, en 8.°, pp. .328) ; Rumores del Avia (Santiago, 
1918, en 8.", pp. 176) ; Con flores a María (Santiago, 1918 en 8.°, pp. 146) ; Ofreci- 
mientos de Pascua al Niño Dios (Santiago, 1914, en 8.°, pp. 25) y los tomos de 
poesías gallegas Mágoas (Santiago, 1913, en 8.°, pp. 116) y D'a-y-alma (Santiago, 
191S, en 8.°, 116), Aleteos^ (id., 1926, en 8.°) y Froliñas de San Francisco, hoy 
en prensa. — Hay también la Colección de Poesías Religiosas recogidas entre 
las que se publicaron en "El Eco Fronmcano ". (Barcelona, F. Giró, 1905, en 8,°, 
pp. 272), en la que se incluyen composiciones de los PP. Juan M.* Prieto, Juan de 
Dios León, J. Villarrica y J. M. Albacete. 

Por lo que respecta a la parte dramática, el P. Jaime S.\la, ha impreso Un exa- 
men de Primera Comunión, drama, en un solo acto en prosa y verso (Alcoy, 1910), 
y el P. Manuel Balaguer Valor, La Reconquista, drama en verso, en dos actos 
y tres cuadros (Onteniente, 1912, en 8.°, pp. 68), La Princesa de Cornaull Santa 
Úrsula, drama en dos actos, en prosa y verso (Valencia, 1924, en 8.°, pp. 56) y El 
Mártir del amor San Tarcisio, drama en verso, en tres actos y dos cuadros (Valen- 
cia, 1924, en 8.°, pp. 112). Un Padre del Colegio de Arántzazu, ha vertido al caste- 
llano — adicionándolo con una Balada — el drama en tres actos de Francisco Noel, El 
Poíverello, o la vocación de San Francisco, (San Sebastián, Imí)r. "San Ignacio de 
Loyola", 1926, 16 pp. en 8.°). — Finalmente, nosotros publicamos, con el pseudónimo 
de Fraysel, Un siglo que se muere, drama en un acto y en verso (Lugo, 1900, 4." 
mayor, pp. 54), e Hisem, o San Francisco en Egipto, drama en un acto y en verso 
(Lugo, 1 90 1, en 8.° mayor, pp. 75). 

Todos estos poetas colaboran frecuentemente en diversas publicaciones periódicas, 
singularmente en las que editan las Provincias Seráficas de España y América, y 
a su lado cultivan el divino arte muchos otros Religiosos, con no poco aplauso del 
público. Enumerar aquí a todos y cada uno de nuestros poetas que aun no han pu- 
blicado sus trabajos en volúmenes aparte, sería tarea larguísima, dada su variedad 
y su número. Baste decir, al efecto, que cada Revista viene a ser un verdadero ar- 
chivo de inspiración franciscana, y que con ayuda de sus colecciones fuera muy fá- 
cil hacer una primorosa Antología Seráfica, digna de su renombre y de su prestigio. 
A fin de poder facilitar esta labor a quien intente abordarla, consignamos aquí los 
títulos de las principales publicaciones, que son: 

En España: El Eco Franciscano (Santiago de Galicia); Archivo íbero-america- 



— 197 — 

amor, de ingenuidad, de candor seráfico que parece desprenderse de los 
inflamados acentos del Serafín de Asís. Humildes y modestos, considera- 
do cada cual aisladamente, como lo es todo lo que está marcado con la 
impronta del franciscanismb, forman en conjunto un poder de fuerza ava- 
salladora, de igual modo que las gotas Unidas en un río, dejando sentir 
su influencia en medio de la sociedad. Con razón ha podido decir el poco 
sospechoso Navarro Ledesma en su Historia Literaria que 

los poetas franciscanos son, como era natural, los que más procuran acercarse a\ 
pueblo, pero sin que desdeñen las formas cortesanas troivadorescas (i) ; 

y con más razón podemos decir nosotros, que — ^no menos que el Dante 
y Petrarca — a los cuales reconoce Juan de la Encina en el Arte de 
hiien trovar, notoria influencia en los orígenes de la poesía española (2) — 
influyeron ellos en su desarrollo y pei-feccionamiento, sobre todo si se 
tienen en cuenta las buenas relaciones de amistad que ligaron a nuestros 
colosos de la literatura con los poetas franciscanos o bien con los miemp 
bros del Seráfico Instituto. Cervantes elogiando a su amigo el P. Pedro 
de Padilla, Lope de Vega tegiendo el panegírico de Fr, Pedro de los 
Reyes y Calderón de la Barca relacionándose con los Franciscanos de 
Madrid y una hermana suya Clarisa, del convento de Toledo, nos mani- 
fiestan indirectamente el grado en que esta compenetración del espíritu 
franciscano y del suyo creador fué íntima y profunda. ¿Y qué diríamos 
si el estudio detenido de la actuación franciscanista de nuestra literatura, 
llegase a revelarnos otros misterios de tales relaciones, que quizás aguar- 
den entre el polvo de los archivos el contacto de una mano erudita que 
los muestre como revelaciones a pública íuz? ¡Ah — exclamaremos con 
Menéndez y Pelayo — 



no (Cisne, 12, Madrid); Vida Franciscana (Cisne,, 12, Madrid); Apostolado Francis- 
cano (Guipúzcoa, Zarauz) ; La Vos de San Antonio (San Buenaventura,- Sevilla) ; 
Espigas y Azucenas (Franciscanos, Murcia) ; El Porvenir Antoniano (Franciscanos, 
Santiago de Galicia) ; Acción Antoniana (Franciscanos, Valencia) ; Arantsasu (Gui- 
púzcoa. Oñate, Arántzazu) ; El Monasterio de Guadalupe (Cáceres, Guadalupe) ; Re- 
vista Franciscana, (Barcelona, Vich); El Jardín Seráfico (Barcelona, Vich); Estu- 
dios Franciscanos (Capuchinos, Sarria, Barcelona) ; El Adalid Seráfico (Capuchinos, 
Sevilla) ; El Mensajero Seráfico (Madrid) ; Heraldo de Cristo (Baleares, Palma de 
Mallorca, etc., etc.. 

En América : El Piala Seráfico (Convento de San Francisco, Buenos Aires) ; 
San Antonio (Cuba, Apruiar, 87, Habana); Revista Franciscana del Perú (Perú, 
Apartado 222, Lima) ; Revista Seráfica de Chile (San Francisco, Santiago de Chi- 
íe) ; Verdad v Bien (Correo Progreso, La Granja, Santiago de Chile) ; El Misione- 
*o Franciscano, (Chile, Chillan) ; Heraldo Seráfico (América Central, Costa Rica, 
Capuchinos, Cartago) y varias otras que no recordamos a punto fijo. 

En orden al estudio de la actuación de los poetas franciscanos españoles, no co- 
nocemos otro trabajo que el titulado Nuestros literatos, del P. L. Nieto, referente 
a los del Colegio de Misioneros de Santiago de Galicia, publicado en El Eco Fran- 
ciscano, cit., 1909, p. 301 y sig. 

(i) Cit. por Blanca de los Ríos en Influjo de la mística, etc., cit., p. 33. 

(2) Cit. por Menéndez y Pelayo, Historia de las ideas estéticas, etc., t. I, p. 428. 



— 198 — 

¡Cuándo llegará el día en que alguien escriba las vidas de nuestros poetas fran- 
ciscanos con tanto primor y delicadeza como de los de Italia Ozanam! (i). 

Esta historia, sin embargo — por mucho que los archivos nos descubran 
— ^no podrá llegar nunca a revelarnos todos los secretos de la actuación 
franciscana en la literatura (2). Póngase atención en el espíritu de pobreza de 
la Orden, que no a todos permitió imprimir sus composiciones, y obsérvese, 
por otra parte, el secreto que nos revelan estas palabras del poeta del si- 
glo XVI, Cristóbal Cabrera: 

por ventura" me reprenderás, que , no hago lo que otros teólogos y religiosos, que 
aunque hacen sus sonetos, no los divulgan por su gravedad (3), 

y se comprenderá, por lo poco que hemos expuesto, lo muchísimo que en 
este punto ha quedado oculto para siempre a la actividad de nuestros 
investigadores, pero que no por eso dejó de influir poderosamente en el 
ambiente literario, revistiendo a la Orden de un prestigio e influencia tan 
favorables en el ánimo de nuestros escritores, que, aun a fines del si- 
glo XIX, al publicar Damián Isern sus trabajos de crítica literaria con 
el pseudónimo de "Fray Juan de Miguel", nos descubre los reflejos de 
semejante influencia, diciendo: 

hubo periódicos que me creyeron fraile franciscano, y aun ignoro si por esto o 
por otra causa me llenaron de elogios... Aprovecho esta ocasión para hacer constar 
que no soy fraile de verdad... aunque de Fraile tengo algo (4.). 



(i) Discurso de recepción en la Real Academia Española, publ. en la Rev. La 
Crus, de Madrid, 1881, t. I, p. 392. 

(2) Muchos Franciscanos, quizá sin componerlos, influían, aun en la laiJor dra- 
rriátíca de los seglares. Así acontece, por ejemplo, con el P Castillo, del Conven- 
to de Herbón, que se encargó de dar instrucciones concretas (1566^ al dramaturgo 
Juan González de Canabal, para un Auto Sacramental, que debía celebrarse en 
Padrón (Vid., Pérez Costanti, Notas Viejas Galicianas, cit., t. II, p. 74). Al^ pro- 
pio dramaturgo, le p^porcionó elementos para otro Auto, el predicador Fr. Lázaro. 
(Ibid.. p. 76). Indudablemente había en nuestros Conventos, Religiosos conocedores 
de los secretos de la escena. Dícenos, en efecto, el citado autor, que un franciscano 
de Santiago, Fr. Francisco Pérez, compuso (1598) una comedia, para ser represen- 
tada el día de San Antonio (p. 38), y nos manifiesta, hablando de Antonio de Mon- 
DRAGÓN, que se estableció en Santiago, como Autor y Actor dramático en 1582, .'•n- 
tes de ir a vestirse con la librea seráfica a nuestro Convento de Muros (Ibid., p. 38). 

(3) Marcelo Macías, Poetas religiosos inéditos del siglo XVI, Coruña, 1890, 
pp. 22-23. — No por eso se desdeñaban nuestros teólogos e historiadores de incluir 
las composiciones poéticas, como timbre de honor, al frente de sus obras más serias, 
sobre todo en los siglos XVII y XVIII, en que gran parte de los libros científicos 
aparecen con ellas, ya en plan de ensalzar al autor, ya en el de ponderar las excelen- 
cias del_ asunto en^ los mismos desarrollado. Un lijero recorrido de observación por 
las bibliotecas, sería más que suficiente para poder catalogar los nombres de innu- 
merables poetas nuestros, de los que no se conserva obra, alguna por sefjarado. Así, 
por ejemplo, en las obras del P. Francisco del Castillo Velasco, De tribus virtuti- 
bns theolofficis y De Encarnatione (Auterpiae, 1641), figuran con poesías, en la pri- 
mera, Fr. Francisco Clement y en la última Fr. Urbano Serrier. Otra muy bella 
poesía sobre el Doctor Sutil, precede al prólogo de Fons illiviis Theoloqiae Scoticae 
Marianae (Madrid, 1730), del P. Carlos del Moral. 

(4) Cascotes y machaqueos. Pulverisaciones..., Madrid, Libr. de la Vda. de 
Hernando, 1892, p. VII. 



— 199 — 

Mientras tanto, y teniendo en cuenta que la mayoría de nuestros poe- 
tes son poetas místicos y que muchos de ellos escribieron también de las 
mejores obras místicas en prosa tan manoseadas por nuestros antepasados, 
bien podemos establecer, desde luego, como indubitable que por ellos, como 
por canales conductores, se corrió al medio ambiente de la literatura nacio- 
nal el espíritu del Serafín de Asís, representado particularmente en San 
Buenaventura, de quien dice Menéndez y Pelayo que influyó activa- 
mente en los místicos 

de la escuela española, quienes convirtieron en asidua lectura suya el Brevilo- 
quium y el Itinerarium mentís in Deum, de cuyos despojos están sembrados sus es- 
critos (1). 

No hay duda, en efecto, que el ideal franciscano se adueñó bien pron- 
to del ideal literario de la Península, según hemos visto anteriormente al 
observar su aparición en Cataluña, Castilla y Portugal, sin que esto quie- 
ra decir que se le haya otorgado siempre puesto de honor en las compo- 
siciones de muchos poetas, comb, por ejemplo, del Arcipreste de Hita, 
Juan Ruiz, cuyos ideales trovadorescos, más bien rinden ln)menaje al 
amor profano que al cristiano, con el que llega a mostrarse a veces irres- 
petuoso y procaz en su Libro de cantares, escrito a mediados del si- 
glo XIV (2). 

Esta influencia se advierte, por modo particular, en lo que D. Adol- 
fo de Castro llama 

cierto género de poesía especial, formado en las soledades del claustro, que en 
nada (?) se asemeja a las demás composiciones de asuntos religiosos, en que tan rica 
es la literatura española; género filosófico, melancólicamente grave, como que tiene 
siempre por asunto la brevedad de la vida y el temor de la eternidad... La religión 
y la filosofía — sigue diciendo — , hermanadas en estas obras poéticas, escritas con 
una sencillez de lenguaje que parece es usada de intento para engrandecer más la 
sublimidad del asunto, debieron producir grande efecto en ánimos de hombres edu- 
cados en siglos de ascetismo. Los autores de estas poesías — concluye — eran monjes 
y frailes (3), 

El mismo docto escritor añade más adelante, que nació tal género de 
poesía en el siglo XVII y tuvo imitadores en el siguiente — sin duda por 
no conocer textos anteriores — ; y continúa: 



(i) Historia de las ideas estéticas, etc., t. I, p. 355. 

(2) Publicóla, según ya dijimos, en la Biblioteca de Autores españoles de Ri- 
badeneira, t. LVII, entre las de "Poetas Castellanos anteriores al siglo XV", D. Pe- 
dro José Pidal, Madrid, 1864, pp. 225-282. 

(3) Biblioteca de Autores Españoles, de Ribadeneira, t. XLH, "Poetas líricos 
de los siglos XVI y XVII", t. II, p. XVI. 



— 200 — 

estas composiciones ascéticas se publicaban siempre en hojas sueltas y en una 
sola plana. Algunas de ellas se colocaban en cuadros en los claustros de algunos con- 
ventos y monasterios, para inspirar más la devoción y recogimiento en los ánimos, 
así de los religiosos que los habitaban como de los seglares que entraban en ellos... 
están escritas sin artificio, como he dicho, sin pompa de palabras; pero tal vez 
sus autores incurren en cierto desaliño, en alguna incorrección gramatical, en algu- 
na dureza en los versos. Esto demuestra que siendo, como son, en su mayor parte, 
excelentes, en los autores se ve la espontaneidad con que escribían, poseídos de un 
entusiasmo, hijo del espíritu filosófico-cristiano, que en el retiro de sus celdas ani- 
maba a estos religiosos para transmitir a los fíeles los desengaños de la vida (1 . 

Era, en efecto — por lo que a nosotros atañe — , muy común en los 
conventos franciscanos tener a la vista semejantes composiciones ascé- 
ticas, no ya solamente en cuadros, sino fijadas en los muros de las ofici- 
nas y a lo largo de los claustros y los corredores. 

Unas décimas de lo que va de ayer a hoy — ^anade D. Adolfo — ^puestas en el claus- 
tro bajo de los capuchinos de Cádiz, y frente a la entrada del panteón, causaban un 
efecto terriblemente melancólico en los que visitaban aquel sitio (2). 

También merecen indicarse los que desde muy antiguo se conservan 
en el confento franciscano de Herbón. Son del siglo XVII, y de ellos 
ha trasladado el P. Atanasio I^ópez a las columnas de El Eco Francis- 
cano, 1912, pp. 210-11, los relativos a las Estaciones del Via-Crucis, exis- 
tentes en el claustro bajo. Juzgúese de su mérito, por los de las dos pri- 
meras : 

Considera, alma perdida. 
Que en aqueste passo fuerte. 
Dieron sentencia de muerte 
Al mismo Autor de la Vida. 

Advierte lo que le cuestas. 
Ingrato, a tu Criador, 
Pues por ser tu Redemptor 
Cargó con la Cruz a cuestas. 

A continuación ponemos una décima, perteneciente a otro de nuestros 
Conventos, al de Priego, tomándola de la colección, que ha sido publicada 
en la citada Revista: se halla, con otras, en el De-Profundis: 

Uno al otro, Dios amante, 

nos hacemos a porfía 

ofensas yo, cada día, ' 

finezas tu, cada instante. 



(i) Biblioteca, cit., t. cit., p. XIX. 
(2) Id. ibid., loe. cit. 



— 20I — 

Pues, mi Señor, si no obstante 
que desprecio tus favores, 
me los haces Tu mayores, 
no sé si, ignorante, diga 
que mi ingratitud te obliga 
o me ofenden tus favores. 

Estos versos, escogidos al azar, no son sino una muestra de los mu- 
chísimos que en Priego se hallan esparcidos por la portería, claustro bajo, 
sacristía, De-Profundis, refectorio, escalera principal, claustro principal, 
puerta de las tribunas, puertas de las celdas (29 redondillas), celdas del 
claustro superior (9 tercetos), lugar del desayuno, noviciado (14 redon- 
dillas), oratorio del noviciado y Vía-Cnicis (dísticos latinos, iguales a los 
del convento seráfico de Pastrana). En fin, puede decirse que cada pared 
es una página literaria, digna del siglo; de oro, y todo el convento un 
poema (i). Más todavía: muchos de los cuadros existentes en los claus- 
tros conventuales, tenían debajo su explicación en verso. El Dr. Mes- 
tres, ha conser\'ado en su Galería Seráfica, cit., las dos Décimas que, 
puestas en azulejos, ilustraban los cuadros de Viladomat en los claustros 
de San Francisco de Barcelona, colocándolas en la obra al lado de las 
láminas que reproducen dichos cuadros. Y por si esto no fuera suficien- 
te para realzar el sentimiento poético, cónstanos que la poesía llegó a in- 
vadir el recinto de las mismas iglesias. He aquí — para muestra — ^la re- 
dondilla puesta en el altar de San Luis de Anjou, de San Francisco, de 
Barcelona, trazada en letra gótica debajo de su imagen, según testimonio 
del mencionado Dr. Mestres, op. cit, t. II, p. 311: 

El que al mundo causó espanto, 
Veinte y dos años tenía, 
Cuando fué en un solo día 
Rey, obispo, fraile y santo. 

¡Ved si eran amantes de la poesía, los hijos del Pobrecillo de Asís! 

Finalmente, no sólo los Franciscanos daban esta muestra de predilec- 
ción a la poesía, sembrando de sus creaciones los conventos, sino que se 
servían de ella como de auxiliar poderoso en sus campañas de apostolado. 
Entre otras muchas que pudieran aducirse para el caso (2), trae el autor 



(i) Vid. El Eco Franciscano, 1884, pp. 392-Q7, y 1885. pp. 4-13-44-49 y 84-88, 
(2) Archivo ibero-americano, 1925, t. I, p, 288, menciona: Versos que cantan en 
las Misiones los Religiosos de San Francisco, Tolosa, 1812, 8 hojas en 32.°, y Ver- 
sos que los PP. Misioneros Franciscanos del Colegio de Olite cantan en sus Misio- 
nes, con otros que se dan a lus a instancia de los PP. Misioneros Fr. Juan Manuel 
Morentin y^ Fr. Francisco Goñi, con motivo de hallarse haciendo Misión en la ciu- 
dad de Oviedo, Oviedo, 1852, 40 pp. en 32.°. En la época actual abundan estos Cán- 
ticos de Misión, publicados en Devocionarios y en folletos aparte. 



— 202 — 

antes citado, tres muy curiosas, una de ellas de Décimas a la brevedad de 
la zñda, con alusión a las horas que da un reloj, obra de un religioso Ca- 
puchino anónimo, y otras dos de religiosos Franciscanos, tituladas: Sae- 
tas espirituales que los padres predicadores apostólicos de la religión Se- 
ráfica de nuestro padre San Francisco van cantando por las calles en las 
■misiones que hacen por toda España con orden de su Santidad, y Déci- 
mas en donde están resumidos los sermones que predican en sus misiones 
por toda España, con orden de Su Santidad, los padres predicadores apos- 
tólicos de la Orden de nuestro padre San Francisco. Véase una de estas 
ultimas : 

Mira que has perdido el juicio, 

Pues, de tí propio homicida. 

Te vas quitando la vida 

Con uno y con otro vicio; 

Porque del loco artificio 

Temporalmente te ves 

Lleno de humano interés, 

Ahora estás muy ufano; 

Pero, repara, cristiano. 

Que esto es ahora; ¿y después?... (I;). 

El juicio que al Sr. de Castro merecen dichas composiciones, no pue- 
de ser más halagüeño. 

La pureza de la frase — exclama — dá más majestad a estas poesías. Escritas para 
todos, por todos pueden ser entendidas. Las personas de alta inteligencia deben ad- 
mirar la sublimidad de aquella filosofía, y las de menos conocimiento, venerarla. 
¡Mérito grande es sin duda el de estos autores, que, en un siglo en que el gusto 
estaba corrompido, se hicieron indiferentes a la afectación del lenguaje que tanto 
estimaban los doctos, para que sus obras mereciesen el aplauso general ! Bien com- 
prendieron que no es la pompa del estilo lo que dá grandeza a los escritos, si la gran- 
deza no está en los pensamientos (2). 

Con estas palabras, harto claramente se nos demuestra el esmero que 
ponían nuestros religiosos en infundir en las multitudes populares, por 
medio del buen decir poético, el espíritu de su Seráfico Padre, de igual 
modo que lo hacían penetrar en las regiones de la alta literatura nacional. 

Y lo que, en este punto, hayan logrado literariamente con su propagan- 
da y ejemplo, cualquiera lo adivina, dada la importancia de su número que 
bien a las claras se nos manifiesta en los versos siguientes; 



(r) Biblioteca de Autores Españoles, cit., t. cit., pp. XVII-XVIIL 
(2) Biblioteca, cit., t. cit., p. XVIL 



— 203 — 

Quien quisiere saber del gran Francisco 
Que hijos oy el mundo le sustenta, 
En esta breve suma hallo la cuenta, 
Que ciento veinte mil tiene en su aprisco. 

Provincias ciento veinte; y el Morisco 
Treinta y cinco conventos representa, 
Sin once mil que viven oy sin renta, 
Que al mundo espanta ver este obelisco (1). 



(i) De un Soneto, publ. en Epitome del viaje a Marruecos del P. Fr. Francisco 
de la Concepción, por Fr. Ginés de Ocaña (Seviía, Juan Cabezas, 1675). 



V. 



El Franciscanismo en la orientación del teatro nacional y de la novela. - 
El espíritu religioso, informador de las representaciones dramáticas. - San 
Francisco en "Las Cortes de la muerte". - Franciscanista regenerador de 
la novela: Cervantes y el Quijote. - Afirmación del espíritu franciscano 
en el teatro clásico: los Terciarios Lope de Vega y Calderón y su empresa 

renovadora. 



El modo más elocuente de reconocer la influencia del franciscanismo 
en la literatura española, nos lo revela a nosotros la creación del teatro 
nacional. Hasta tal punto, en efecto, se adueñó nuestra poesía religiosa del 
ánimo del pueblo, que ni aun pudo prescindir de ella en medio de sus 
expansiones y regocijos públicos, convertidos así en elementos inaprecia- 
bles de ilustración y de cultura. Resultante, sin duda alguna, de la influen- 
cia de nuestros místicos, no nació el teatro español sino para servicio de 
la Religión, ansiosa de santificar en los individuos hasta el ambiente pro- 
pio de la diversión y esparcimiento. 

¿Quién ignora — observa Mesonero Romanos — que una buena parte del inmenso 
repertorio de nuestro antiguo teatro está compuesta de comedias o lo divino, de vi- 
das de santos, de misterios religiosos, de místicas alegorías, de autos sacramentales, 
y que esta inclinación de nuestros poetas a ocuparse en tales asuntos, viene desde 
los principios de nuestra escena, como que puede decirse que ésta nació en la Igle- 
sia, y creció y se fortificó a la sombra de la misma? (1). 

Dice Agustín de Rojas, hablando de una sola población de España 
— ^y lo propio debe poder afirmarse de las demás — ^y refiriéndose a los 



(i) Biblioteca de Autores Españoles, de Ribadeneira, t. XLIX, "Dramáticos 
posteriores a Lope de Vega, t. H Madrid, 1859, p. XI. — En esta Biblioteca — el me- 
jor archivo que tenemos de nuestra cultura literaria — ^no se ha incluido de propósito 
(si descontamos sólo dos) "ninguna de estas innumerables producciones" (ibid., loe. 
cit); lo cual dificulta grandemente nuestro trabajo de investigación, que casi queda 
reducido al registro de catálogos de obras dramáticas, no todos razonados, sino de 
meros títulos, y éstos tan genéricos la mayor ^arte de las veces, que resulta impo- 
sible adivinar tras ellos el asunto que en las mismas se desenvuelve. 



— 205 — 

orígenes de nuestro teatro nacional, en el que se modelaron los de Euro- 
pa y América: 

Y al fin no quedó poeta 
En Sevilla, que no hiciese 
A algún santo su comedia (í). 

Esta multiplicación de producciones religiosas representativas, se im- 
puso de tal modo, que Suárez de Figueroa, tratando de clasificar las 
obras teatrales, no ofrece a los autores sino dos caminos de orientación, 
en pleno siglo XVI: 

A uno—dice — llaman comedias de cuerpo, al otro de ingenio, o de capa y espada. 

y añade, por lo que respecta al prirnero: 

En las de cuerpo, que sin las de reyes de Hungría o de príncipes de Transilvania, 
suelen ser de vidas de santos, intervienen varias tramoyas y apariencias (2). 

Ni se crea que tal preferencia obedecía exclusivamente a ideales de los 
autores. ¡Ah, no! Es que lo reclamaba el ambiente profundamente reli- 
gioso del pueblo, que no iba al teatro tan solo por divertirse, sino por 
ilustrarse, tomándolo por recreativa escuela de buenas costumbres. Díga- 
lo, sino, Hurtado de 'Mendoza, el cual exclama, a fines del siglo XVI, 
en su comedia Más merece quien más ama'. 

Dar gusto al pueblo es lo justo; 
Que allí es necio el que imagina 
Que nadie busca doctrina, 
Sino desenfado y gusto (3). 

Alentando este mismo luminoso ideal, ingenió el Serafín de Asís y pro- 
pagaron en un principio sus hijos las representaciones escénicas, en el si- 
glo XIII, cuna auténtica de la difusión del teatro por los pueblos. Bien 
dice autoridad tan competente como la de Elías Tormo : 

El teatro moderno, del litúrgico medieval viene; y a éste quien le dio las alas del 
corazón fué San Francisco (4). 



(i) Citado ibid., p. cit., y en el "Discurso sobre Calderón de la Barca", pu- 
blicado en La Cruz, Rev. de Madrid, i88i, t. 1, p. 691. 

(2) Biblioteca cit., t. XLV, "Dramáticos contemporáneos de Lope de Vega", 
t. II, p. 12, nota. 

(■3) Biblioteca cit., ibid., p. XXXIX, col. j-'- 

(4) Vid., SÁNCHEZ Cantón, op. cit., discurso del Sr. Toemo, p. 80. 



— 206 — 

Y relatando, luego, una dé las más características representaciones fran- 
ciscanas, ingeniadas por el Seráfico — la de la celebración del misterio de 
Nochebuena en Greccio — concluye: 

En aquel instante, pienso, fué la revolución estética de la humanidad; fué la fe- 
cha del nacimiento del Arte moderno, con el reinado artístico de la ternura, de la de- 
licadeza y del amor (1). 

Natural era, por consiguiente, que el teatro, conservando la legitimidad 
de su sello de origen, se convirtiera en elemento de renovación, no sólo 
cultural, sino religiosa, o, lo que es igual, en escuela de buenas costumbres, 
siguiendo las orientaciones del franciscanismo y dejándose embeber de su 
espíritu. De que así lo fué en antiguos tiempos no cabe la menor duda; 
como no la cabe, tampoco, de que con harta frecuencia se convirtió en ins- 
trumento glorificador del glorioso Patriarca y sus hijos. 

Uno de los primpros dramas en que vemos aparecer a Francisco de 
Asís, es el titulado Las Cortes de la Muerte (2). Esta obra, comenzada 
por Miguel de Carbajal y concluida por Luis Hurtado de Toledo, 
en cuya ciudad se editó por vez primera en 1557, es digna de todo aplau- 
so — observa D. Justo de Sancha — 

aun como ejemplo de estilo y de locución, y pocas podrán competir con ella ni en 
artificio y facilidad del diálogo, ni en la gravedad de las sentencias, ni en la censura 
de las costumbres de la época, ni en la preparación e ingeniosísimo desempeño de 
algunas escenas (3). 

Por medio de este auto, Francisco se convierte en predicador para los 
españoles en pleno teatro. Suena su voz allí, ponderando las excelencias 
de su Dama, la Pobreza: 



¿Qué sentirán, os demando, 

los ricos cuando ya vieren 

a los pobres descansando, 

y ellos mezquinos penando 

sin redención, ni la esperen? (4). 



(i) Ibid., p. 84. 

(2) Quizá sea anterior al mismo el Aucto de Sant Francisco, incluido en la Co- 
lección de autos dramáticos del siglo XVI por Rouanet, y citado por Rodríguez 
Marín, en su Don Quijote anotado (t. I, p. 314), donde hallamos, en boca de San 
Buenaventura, estas palabras: 

"Vamos a hazer oragión 

a la hermita 
[al aquella Alteza ynfinita, 
que le esfuerce por do vaya, 
y en breve tiempo nos traya 
nuestra compaña bendita." 

(3) Romancero y Cancionero Sagrados, cit., p. VIL 

(4) Escena IX. 



— 207 — 

En otra de las escenas, en la IV, recomienda la mortificación, volvién- 
dose contra la Carne y diciendo: 

Quien luego no te rechaza, 
» gran mal para sí atesora; 

que eres buitrera a do caza 
Satanás, y despedaza 
tantas almas cada hora... 

Por último, en la escena XX, pone a las almas en vela contra las ase- 
chanzas del común enemigo y exclama: 

¿Qué os parece del pesar 

que el Demonio tiene, hermanos, 

de veros desengañar? 

Procurad de os desatar, 

que os tiene atadas las manos. 

Hemos querido citar aquí estos versos de Las Cortes de la Muerte, 
para que los lectores puedan apreciar por ellos el papel altamente morali- 
zador que nuestros dramaturgos hacen representar generalmente en el 
teatro clásico, no sólo al Padre Seráfico, sino también a los Santos de la 
Orden, y en general a los Franciscanos, sosteniéndolos a la altura de su 
misión y dentro del carácter propio de su ministerio. Dada la frecuencia 
con que los sacan a escena, no puede dudarse que debieron contribuir muy 
mucho, en tal forma, a popularizar su nombre y llevar al ánimo de las 
multitudes los tesoros de la mística franciscana. 

Por otra parte. Las Cortes de la Muerte debieron representarse en Es- 
paña con harta frecuencia, lo que demuestra la predilección del público 
del siglo de oro por tan salvadoras enseñanzas. Y decimos esto, porque, 
de prestar crédito al Sr. Gayangos, 

no sería imposible . que esta composición sea el Auto de las Cortes de la Muerte, 
que iba representando la compañía de Ángulo el Malo, de que se hace mención en 
el Quijote. La fecha de la composición, el título y hasta la indicación de algunos de 
los personajes que iban en el carro, lo hacen presumir con harto fundamento (i). 



(i) Cit, ibid., p. VI, nota, por D. Justo de Sancha, el cual desvanece a conti- 
nuación las dificultadas que pudieran oponerse a esta hipótesis, por razón de incluir 
el Quijote entre los personajes del drama uno perteneciente a Las Cortes del casto 
Amor, obra de propiq Hurtado de Toledo, y que viene a formar con él una obra 
misma, lo que pudo dar lugar a una equivocación de Cervantes. Por el contrario. Ro- 
dríguez Marín, en sus Notas al Quijote (Ediciones de "La Lectura", Madrid, igii, 
t. in, p. 206) cree que la Loa y el Auto de las Cortes de la Muerte, pertenecen, res- 
pectivamente, a Mira de Amezcua y Lope de Vega, ambos a dos poetas francis- 
canófilos. 



— 2o8 — 

En cuyo caso, semejante indicación en el Quijote harto nos demuestra 
la popularidad de Las Cortes de la Muerte, toda vez que no es de suponer 
que Cervantes, al pintarnos el cuadro de una Compañía andariega que 
va representando comedias de pueblo en pueblo, iba a asignarle la repre- 
sentación de un drama que no fuese sobradamente conocido por el público. 

Esta sola indicación, en obra de tanta monta, basta para revelarnos el 
espíritu franciscanista del soberano de nuestras letras. Su obra predilec- 
ta, el Quijote, al mencionarla, se convierte hasta cierto punto en propa- 
gandista del ideal seráfico, al que no era ajeno el genio del inmortal Cer- 
vantes, que abre así el ciclo de una literatura neta y profundamente cris- 
tiana y destierra de la Península, al ridiculizarlos eficazmente, los famo- 
sos "libros de caballería" que tanto daño causaban en las buenas costum- 
bres. Resuelto su ánimo a abordar tal campaña renovadora, mal podía 
prescindir en su Quijote de la savia fecunda que nutrió los gérmenes del 
renacimiento científico y poético español en la mente de Raimundo Lull, 
que penetró en el teatro — a lo que sabemos — introducido por la musa de 
Carbajal y Hurtado, y que debía igualmente adentrarse por los domi- 
nios de la novela, para convertirla en elemento de mbralización y de sano 
progreso. 

Y ¿quién mejor que él para semejante empresa? 

Pues bien: si el estilo y las máximas de Cervantes no bastaran como 
comprobantes de su estudio de nuestra literatura mística, otro hallaríamos 
en el propio Quijote capaz de darnos con la luz en los ojos. Refiérome a 
aquel pasaje en que dice Sancho al Ingenioso Hidalgo: 

Quiero decir, dijo Sancho, que nos demos a ser santos, y alcanzaremos más bre- 
vemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de 
ayer (que según ha poco, se puede decir de esta manera) canonizaron o beatificaron 
dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban 
sus cuerpos, se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más 
veneración que está, según dijo, la espada de Roldan en la armería del rey nuestro 
Señor, que Dios guarde (i). 

No hay que olvidar, por otra parte, que Cervantes nombra dos veces 
a San Francisco y a su Orden (2) y que dos veces también usa la frase 

aunque me lo pidiesen frailes descalzos, 



(i) El Quijote, edición y notas de Francisco Rodríguez Marín, t. V, pági- 
nas 159-60. . , ^ .. , . , 

(2) Ibid., t. I, p. 283. — Sobre San Francisco y el Quijote esta componiendo ac- 
tualmente un importante estudio el Prof. de Literatura del Instituto de Santiago, 
D. Manuel Vidal Rodríguez. 



— 209 — 

testimoniando así — en sentir de Rodríguez Marín — 

la fama que la descalcez de algunas órdenes religiosas había alcanzado de hábil 
en persuadir (1). 

En cuanto a la formación de su gusto literario en fuentes de espíritu 
seráfico, recuérdese que conocía y hace alusión manifiesta a las Epísto- 
las familiares de Fr. Antonio dé Guevara (si bien en forma irónica) (2), 
y aduce sentencias de tan hondo franciscanismo como la copla aquella de 
Juan de Mena, que comienza: 

i Oh, vida segura la mansa pobreza, 

Dádiva santa desagradecida I 

Rica se llama, no pobre, la vida 

Del que se contenta vivir sin riqueza (3). 

Hay, por último, otra obra clásica en la literatura franciscana que 
Cervantes debió conocer a perfección, hasta el punto de que los críticos 
cervantinos creen descubrir a cada paso, a través del Quijote, huellas in- 
delebles de su influencia. Muy claramente resalía esta influencia en varios 
pasajes, como, por ejemplo, en la sentencia de la bolsa del ganadero (4), 
en los usos y forma de dar la paz (5), y en uno de los episodios que aduce (6), 
tomados probablemente del Norte de los Estados de Fr. Francisco de 
Osuna, que es la obra a que aludimos, iadmirable bajo todos conceptos, y 
que — juntamente con la Agricultura cristiana, de Fr. Juan de Pineda — 
utilizan a cada paso los comentaristas de la inmortal novela para poner 
en claro o justificar muchas de sus palabras y modismos, según puede ob- 
servarse en el más excelente de todos, el Sr, Rodríguez Marín. Este 
docto académico, deseoso de poner en claro las relaciones del Norte de los 
Estados con el Ingenioso Hidalgo (en el cual no se halla mencionado ex- 
presamente) i-azona y escribe en la forma siguiente: 

Fr. Fr.\ncisco de Osuna se crió en Osuna, su patria, y, como dice él, a las 
migajas de la' casa de Ureña, en los primeros años del siglo XVI; algunos lustros 



(I) Ibid., t. VI, p. 207. 

(2) Ibid., t. I, p. 20. — Lo cual no le impidió aprovecharse de algunos de sus 
conceptos, como, por ejemplo, del razonamiento sobre la edad de oro. (Vid. Hur- 
tado y T. DE LA Serna, Hist. de la Literatura Española, cit., p. 416. 

(3) Ibid., t. VIL, pp. I.34.-3S, en donde Rodríguez Marín, nos recuerda como 
esta famosa copla (la CCXXVII de las Trescientas de Juan de Mena), no sólo 
halló acogida en El Quijote, sino también en La Far salía del poeta cordobés Lugano, 
en La Celestina (acto I) y en Gusmán de Álfarache de Juan Martí (libr. I, capí- 
tulo VIII). 

(4) Vid., Hurtado y J. de la Serna, op. cit., p. 508. 

(5) El Quijote, cit., t. II, p. 180. 

(6) Ibid., t. VII, p. 168, 

Franciscanismo.— 14 



— 210 — 

después, fué allá como gobernador y juez de la Audiencia del Conde, el licenciado 
Juan de Cervantes, abuelo paterno de nuestro autor, eft tiempo en que era ya fa- 
luoso por sus virtudes y por los altos puestos que ocupó en su Orden, el hoy lla- 
mado Crisólogo minorita, al par que por sus obras, que debieron de ser muy leídas 
y celebradas en Osuna, su patria, especialmente en las casas de los . allegados a los 
Girones. Así, paréceme muy posible, y aun muy probable, que El norte de los esta- 
dos... fuese conocido de Cervantes, quizás por haberlo visto y leído, siendo ado- 
lescente, en la casa cordobesa de su abuelo (1). 

Tales son los indicios más salientes de franciscanismo que resaltan en la 
inmortal novela del Manco de Lepan to (2). Si gigantes han sido los éxitos 
de esas dos grandes novelas franciscanistas que se llaman Blanqiierna de 
LuLL y Marco Aurelio de Guevara, los de la de Cervantes, puede decir- 
se que constituyen lo único en su género. Ni el Corvadlo o reprobación del 
amor mundano, de Alfonso Martínez de Toledo (siglo. XV), inspirada 
en el Libro de las donas del franciscano Eximenis (3), ni la ''Vida de 
Guzmán de Alfarache, salida de la pluma de Mateo Alemán y Enero, 
que escribió igualmente (1603) una Vida de San Antonio de Padua y fué 
contemporáneo de Cervan'Les (4), ni las creencias novelescas de Gon- 
zalo DE Céspedes, perteneciente a la misma época y miembro, como el 
autor del Quijote, de la Tercera Orden (5), sufren, en modo alguno, pa- 
rangón con el Ingenioso Hidalgo, cuya influencia en la literatura mundial 
es tan decisiva y tan honda que aún en la actualidad perdura, dominando 
todas las cumbres, y llevando por doquiera los gérmenes de esas ense- 
ñanzas franciscanistas que hoy reflorecen de nuevo en las creaciones de 
los mejores novelistas contemporáneos (6). 

En vista de lo expuesto, ¿podría Cervantes haber escrito su Quijo- 
te sin pensar en los Franciscanos? Quizás, por lo mismo, resulte un sím- 
bolo dé la influencia seráfica en la obra mencionada, el cuadro de E, Oli- 
va, premiado con segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas 
Artes, de 1884, cuyo título es: "El Autor del Quijote, en sus últimos días. 



(i) Ibid., loe. cit. 

(.2) Como sosteniendo este espíritu franciscanista, a su modo, introduce JuAK 
MoNTALVO, en Capítulos que se olvidaron a Cervantes (Barcelona, Montaner, 1898, 
pp. 99-105) la reseña picaresca del encuentro del inmortal manchego con una comu- 
nidad franciscana. 

(3) Vid., Hurtado y J. de la Serna, op. cit., pp. 240-41. 

(4) Id. ibid., p. 532. 

(5) Id. ibid., p. 54S. . . , 

(6) Aduciremos— por no citar sino alguno que otro — tragmentos de un poema, 
incluida en Leyendas Españolas, de José Joaquín de Mora ; Los frailes y sus con- 
ventos, de Víctor Balaguer; Sotilesa, de José M." Peree(a; Cuentos del Hogar, de 
Antonio de Trueba; El Amor de los Amores y Casta de hidalgos, de Ricardo 
León; Un servilón y un liberalito, de Fernán Caballero; Fray Francisco, del 
P. Luis Coloma, etc., etc. Últimamente, Aurora Lista, ha novelado en sus diversos 
aspectos la vida de la Tercera Orden Franciscana, en Memorias de un estudiante, 
Sevilla, impr. de La Divina Pastora, 1904; vol. en 8." prol., pp. 282. 



— 211 — 

escribe laí dedicatoria al Conde de Lemos", en el cual, junto al enfermo, 
que la redacta sentado en la cama, aparece puesto en pié un religioso 
franciscano (i). Es, en efecto, el amor seráfico el que informa la sustan- 
cia de esta obra sin parangón, verdadera encarnación literaria del espíritu 
hispano en la figura alegórica del caballero manchego: 

Ahora pienso — escribe Rafael Sánchez Mazas — que San Francisco (empeora- 
das hoy cien veces las cosas) sigue con la mano en el aire para bendecir al herma- 
no de siempre, a Don Quijote, que, sin saberlo ni decirlo, sigue siendo su hermano 
de verdad, y no le ha traicionado nunca (2). 

Por lo demás, el franciscanismo del inmortal Manco de Lepaaito, re- 
salta bien a las claras en aquel Soneto al Seráfico Padre, que dice: 

Muestra su ingenio el que es pintor curioso 
Cuando pinta al descuido una ñgura. 
Donde la traza el arte y compostura, 
Ningún velo le cubre artificioso. 

Vos, Seráfico Padre, y vos hemoso 
Retrato de Jesús, sois la pintura 
Al desnudo pintada, en tal hechura 
Que Dios nos muestra ser pintor famoso. 

Las sombras de ser mártir descubristeis 
Tan lejos, en que estáis allá en el cielo 
En soberana silla colocado. 

Los colores, las llagas que tuvisteis. 
Tanto las suben, que se admira el .«'uelo 
Y el pintor en la obra se ha pagado (3). 

Por último, Miguel de Cervantes llevó su afecto a este "Retrato 
de Jesús", al Serafín Llagado, al punto de alistarse oficialmente entre sus 
hijos en las milicias de la Venerable Orden Tercera de Penitencia (4). 
Extínguese así, en efecto, franciscanamente, la vida 

del gran Miguel de Cervantes que ¡oh, vergüenza! — exclama D Marcelo Ma- 
cÍAS — ^muere en la soledad de la pobreza, abandonado de todos, menos de sus her- 



íi) Lo reprodujo La Esfera, de Madrid, en su número iii. — En cuanto a la 
influencia del Quijote en la literatura europea, baste consignar el homenaje de Ale- 
mania, consistente en la erección a Cervantes de un monumento en el Toboso, en 
cuyo Comité figura S. M. Alfonso XIII, como Presidente honorario, y del que acep- 
tó, en~ 10 de septiembre de 1923, ser miembro, el propio Ebert, Presidente de aque- 
lla república. (Vid., Almanaque Ba/illy-Bailliere, 1925, p. 183.) 

(2) San Francisco, los Espectadores y España, publ. en "A. B. C", de Madrid, 
23 de oct., 1926. 

(3) Romancero y Cancionero Sagrados, cit., p. 46, Soneto 25. 

(4} En El Eco Franciscano, 1921, pp. 426-451-475-500, puede verse un precioso 
trabajo literario sobre el ingreso del inmortal novelista en la Tercera Orden, que 
lleva por título: "La última novela ejemplar de Cervantes". Con el título "Los úl- 
timos días de Cervantes", puede verse el de Adolfo de Castro en La Hormiga de 
Oro, cit, 1891, pp. 512 y sig. 



— 212 — 

manos de la Orden Tercera, que rodean su lecho de muerte y le consuelan en su 
agonía (1). 

¡Digno téi-mino franciscanistá del genio que preside las cumbres de 
nuestra literatura nacional, desapareciendo del escenario ante las miradas 
de los siglos, rodeado de sus Hermanos y ceñido humildemente con el 

cordón del Dante! 

El cordón — el de Terciarios franciscanos — que ciñe Cervantes, lo lu- 
cen también esos dos gigantes de nuestra cultura patria, cuya misión nos 
revelan estos versos de Quintana : 

De consejo y de reglas impaciente, 
Audaz inunda la española escena 
El ingenio de Lope omnipotente... 



Mas enérgico^ y grave, a más altura. 
Le eleva Calderón y el cetro adquiere 
Que aun en sus manos vigorosas dura (2)* 

Ambos genios, en efecto, inauguran — cada cual por su parte — ^los dos 
más excelsos períodos de nuestro gran teatro clásico, que sirvió de ideal 
y de norte a los restantes de Eunopa. 

Lope de Vega, ya declarado verdadero jefe y dominador de la escena española, 
alcanzó — como dice uno de nuestros críticos — sobre los escritores contemporáneos tal 
superioridad, que desaparecieron ante su viva luz todas las individualidades propias, 
para venir a fundirse en el crisol de su modelo. El teatro español, ya desde él no 
pudo calificarse de otra manera que de teatro de Lope de Vega, pues bajo sus ban- 
deras se alistaron todos los ingenios contemporáneos, quedando, sin embargo, a lar- 
ga distancia del maestro en la invención, fecundidad y desenfado. 

Y el mismo critico agrega poco después : 



Ci) Disc. pronunciado en el Primer Conc/reso Nacional de Terciarios, de San- 
tiago de Compostela. (Vid, Crónica del Primer Congreso, ítc, Santiago, igog. itá- 
gina 140). — Dice, sobre este particular, Miguel Santos Oliver, en Vida y semblan- 
za de Cervantes (Barna., Montaner y Simón, 1916), que Cervantes profesó en la 
T, O. en Sil casa, por estar enfermo, el 2 de abril de 1616. "A ella habían pertene- 
cido sus difuntas hermanas doña Andrea y doña Magdalena (a ésta le costearon el 
entierro los Terciarios, por ser pobre (p. 288) — ; a ella pertenecía su esposa; a ella 
hubo de tender, naturalmente, por su sentido de la vida de todo en todo francisca- 
no;.." íp. 336). Lo único que se sabe de la muerte de Cervantes, es "que al cadáver 
se le vistió con el hábito de la Venerable Orden Tercera, que la caja fué llevada en 
hombros por sus hermanos de profesión y que, en el corto trayecto desde su do- 
micilio a las Trinitarias, anduvo descubierto de rostro, según la regla de dicha Or- 
den" (p. 339). Su hija, doña Isabel de Saayedra, manda en su testamento (19 de 
sept., 1652), ser enterrada por los Terciarios y acompañada por 18 Religiosos de 
San Francisco y los niños desamparados..." (p. 344), 

(2) Poesías, Las reglas del drama, Madrid, 1821, tomo IL 



— 213 — 

El segundo periodo de nuestro teatro, inaugurado por Don Pedro Cale|erón de 
LA Barca, hacia el 1636, es, sin duda alguna, aún más brillante y esplendoroso que 
el primero... recibió su carácter especial de la espléndida musa y galana fantasía 
del mismo Calderón... 

Ambos periodos, de Lope y Calderón, componen juntos el teatro ai)€llidado an- 
ttgno español, que tanta influencia tuvo en los demás de Europa (1). 

¿Para qué hablar del franciscanismo de uno y otro? Sabido es que lo 
mismo Lope de Vega — fénix de los ingenios — que Calderón de,> la. 
Barqa — principe del teatro europeo^ — vienen a ser poco menos que dos 
misioneros, que se valen de las tablas como de pulpito, para engrandecer 
los temas más augustos de la. religión y, muchas veces, del patriotismo. La 
trama dramática no es en ambos sino una urdimbre en la que van engar- 
zando los pensamientos más bellos de las enseñanzas y de la mística fran- 
ciscana. Dícelo, con respecto a Caldeírón, la serie prodigiosa de sus 
Autos Sacramentales; y lo reconoce, por lo que toca a Lope de Vega, el 
propio Menéndez y Pelayo, al exclamar: 

En todas las obras religiosas de Lope, se nota singular amor y veneración a la 
Orden de San Francisco y cierta preferencia por el sentir teológico de los doctores 
de la Orden Seráfica (2). 

Pero, como si aun esto fuera poco, no se da por satisfecho el Fémx 
de los ingenios en sus ideales franciscanistas, sin escribir dramas espe- 
ciales consagrados exclusivamente a realzar su gloria. No es fácil, sin se- 
guir paso a paso por la inmensa selva de su labor literaria, reconocer to- 
dos los vestigios de este ideal, toda vez que la vaguedad' de los títulos no 
siempre nos descubre el secreto del plan que desarrolla tras ellos. Basta, 
sin embargo, consultar un simple catálogo de sus obras, para descubrir a 
primera vista varios dramas de asunto franciscano, entre los cuales pode- 
mos citar los siguientes: El Serafín humano (San Francisco), El Santo 
negro Rosambuco (San Benito de Palermo), El Truhán del Cielo (Fr. Ju- 
nípero), San Antonio de Padua, Los mártires del Japón, San Diego de 
Alcalá, San Roque y Tercera Orden de San Francisco (3). 

Hablando Menéndez y Pelayo de la primera de todas, o sea de Eí 
serafín humano, nos dice: 



(i) Biblioteca de Autores Españoles, de Ribadeneira, t. XLIII, "Dramáticos con- 
temporáneos de Lope de Vega", Madrid, 1857, t. I, pp. VU, IX-X. 

(2) Vid., Obras de Lope de Vega, publ. por la Real Academia Española; to- 
mo II, "Autos y coloquios", Observaciones preliminares, p. XXV. 

(3) Vid., en Biblioteca de Autores Españoles, t. LlI, "Comedias de Lope de 
Vega", Catálogo, p. 545 y sig. 



— 214 — 

Aunque incluida por Lope de Vega o por su editor entre las que creía mejores, 
es, a mi juicio, una de las más endebles. Contiene, sin unidad alguna He plan y como 
en forma de cuadros sueltos, toda la vida de San Francisco, con muchas anécdotas 
de los compañeros del Santo, tomadas de los Fioretti, insistiendo principalmente 
en las atribuidas a fray León, La pecorella di Dio, y al inocentísimo fray Junípero, 
cuyas simplicidades, rebosando de santa alegría, forman el ingenuo entremés de la 
divina leyenda franciscana. 

Y añade muy luego: 

si se entra en los detalles, aun reconociendo que el poeta más popular de España 
algo mejor pudo hacer en honra del Santo más popular de la cristiandad, es impo- 
sible dejar de admirar la ardiente efusión mística de algunos trozos: 

Dulcísimo Jesús, yo estaba ciego ; 
Yo estaba ciego, vida de mi vida. 
Pues no te abrí cuando llamaste luego. 

¡Oh, voluntad sin mi Jesús perdida! 
¿Qué amabas tu, que mi Jesús no fuese. 
De tinieblas del mundo oscurecida? 

¿Es posible, mi Dios, que no te oj'ese 
Francisco, cuando tú dabas suspiros, 
Porque la puerta a tu hermosura abriese? 



¡ Tú los inviernos en mi calle helando 
Tu relagado cuerpo, y yo durmiendo 
Muerto y amortajado en lienzo blando! 

¿Qué amores dulces estarías diciendo 
A una bestia del campo, a un ignorante? 
"Abre, Francisco, que me estoy muriendo" (i). 



La segunda comedia, o sea El Santo Negro Rosamhuco, cuyo texto 
aparece muy estragado, por no haberle publicado Lope por sí mismo, no 
la juzga el sagaz crítico digna de tan gran poeta; pero advierte que este 
trabajo 

debió ser muy grato al vulgo de su tiempo, con las escenas de demonios, las 
palizas y los cohetes. Así es que no solo se sostuvo en el teatro, sino que otros in- 
genios repitieron como a porfía el mismo argumento, 

atmque alterándolo y deformándolo de tal modo, que obligó a decir a 
Benegassi y Lujan (1750), en la Vida que del mismo Santo escribió en 
seguidillas, 



(i) Estudios sobre el teatro de Lope de Vega (edic. de "Obras completas", to- 
mo II, Madrid, 1921, pp. 3-4). — Esta comedia es posterior a 1618. "El autor promete 
una segunda parte, que quizá sería La gloria de San Francisco, citada en el catálogo 
de Huerta, pero desconocida hoy". Ibid., loe. cit., p. 3. 



— 215 — 

sin duda— agrega el docto polígrafo — ^para que se cantase al sen de la bandurria 
en las barberías y a la puerta de las tabernas: 

Con que se verifica 

Que San Benito 
Fué esclavo solamente 

De Jesucristo; 

Pero aunque libre, 
No libre de comedias 

Que le esclavicen. 
De un tal Portocarrero 

Le hacen esclavo, 
Pero es una comedia 

Todo aquel paso; 

Que en los ingenios 
Suelen ser las mentiras 

Más que los versos. 
Espadachín le fingen, 

Guapo y tremendo, 
Que a mucho más obligan 

Los mosqueteros; 

¡Oh. vulgo, vulgo, 
Qué de ficciones causa 

Tu necio gusto! (1). 

Ocúpase también Menéndez y Pelayo de "las comedias El Truhán 
del cielo y San Antonio de Padua. Aludiendo a la primera, exclama: 

Esta comedía, que indisputablemente es de Lope, para lo cual la prueba del estilo 
basta, podría creerse idéntica a la que con el título San Antonio de Padua se men- 
ciona en la segunda lista de El Peregrino (1618) ; pero nos inclinamos a creer que es 
diversa, pues, aunque el taumaturgo portugués aparezca en esta obra, como apa- 
rece también San Francisco, el verdadero protagonista de ella, el que le dá nom- 
bre, el truhán del cielo y loco santo, es fray Junípero, cuyas sublimes insensateces 
y santas simplezas se dramatizan aquí, siguiendo, aunque de lejos, el relato de los 
catorce capítulos que le dedican los Fioretti di S. Francesco, conocidos de Lope, ya 
directamente, ya por medio de las crónicas franciscanas... (2). 



(i) Op. cit., loe. cit, pp. 18-19. — San Benito de Palermo es uno de los que mayor 
popularidad consiguieron en España y Portugal. Entre las curiosas leyendas a que 
dio margen esta popularidad, merece mencionarse la de la imagen del Santo en casa 
de un fumador, que trae Cob.'VL, en Del Folk-lore de Asturias' CÉdit "Voluntad", Ma- 
drid, pp. 6g-7i. — Otra no menos graciosa, refiere A. Thomaz Pires, en Cantos Popu- 
lares Alemtejanos, iQ2S, en donde una mujer, creyéndose desairada por el Santo por 
haberle resultado mal la boda de su hija, se despacha en estos términos : 

Santo Benedicto, 

Santo Morau, 

o que tu percisabas 

era urnas azas de pan. 

Santo Benedicto, 

Santo Pandilha, 

como tens a cara 

assim deste marido 
' a minha filha... 

(2) Op. cit, p, lio. 



— 2l6 — 

Respecto a la comedia San Diego de Alcalá, que debió ser compues- 
ta para ser representada con motivo de las fiestas de canonización del 
Santo (1588), reconoce el propio crítico que 

es obra de monstruosa composición dramática, pero de muy real poesía, la cual 
principalmente nace de la evidencia inmediata y eficaz con que el autor nos repre- 
senta las costumbres populares que describe... El carácter del Santo — ^añade— está 
lleno de rasgos delicadísimos y excede a todos los de su género que Lope trazó en 
obras análogas... Aun el mismo Sismondi, con toda su sequedad protestante, encuen- 
tra tierno y poético aquel monólogo en que el pobre ermitaño Diego pide perdón 
a las flores que está cortando para adornar su capilla, y aquel otro pasaje en que 
increpa al cazador porque destruía los conejos. Este profundo respeto por la vida 
de los animales, por las plantas, por todas las obras del Creador, es la quinta esencia 
de la poética caridad franciscana, y Lope ha sabido interpretarla con la profunda 
penetración que él tenía de todas las cosas ingenuas y populares... (i). Esta come- 
dia, que es de las más irregulares, pero también de las más características en su gé- 
nero, ha llamado la atención de algunos críticos, especialmente de Grillparzer y 

de SCHAEFFER... (2), 

Por último, La Orden Tercera, o bien, Los Terceros de San Francisco, 
busca su trama dramática en la biografía de Santa Isabel de Hungría y 
hace figurar entre los personajes a San Luis, rey de Francia, prometién- 
dose, al final, una segunda parte que no sabemos haya llegado a escribir- 
se. En esta comedia colaboró con Lope de Vega el famoso Juan Pérez 
DE MoNTALVAN, según nos dice este último, hablando del comediante Ro- 
que de Figueroa : 

Lope y yo nos juntamos para escribirle a to3a prisa una que fué La Tercera 
Orden de San Francisco, en que Arias representó (en Madrid) la figura del Santo 
con la mayor verdad que jamás se ha visto. Cupo a Lope la primera jornada y a 
mi la segunda, que escribimos en dos días, y repartióse la tercera en ocho hojas 
cada uno. 

MeInéndez y Pelayo la califica de 

muy floja, como obra de dos ingenios y escrita con tal premura (3). 



(i) En El rústico del cielo, llevó Lope la pintura de esta quinta esencia al extre- 
mo de lo ridículo, al retratar la figura del Carmelita Hermano Francisco. "En el tea- 
tro — dice nuestro autor citado (ibid., loe. cit, p. 83) — , no se puede abusar de nada, 
y menos que de nada del tipo de un siervo de Dios, pero tonto de nacimiento, como 
se pinta al hermano Francisco, que en edad madura mata a un hombre sin darse 
cuenta de su acción, y llama tinoso al diablo, y hermanos a los rábanos, a las beren- 
genas, a las zanahorias y al perejil, como si quisiera parodiar la sublime ingenuidad 
con que el Patriarca de Asís llamaba frate al sol y a todas las obras del Creador, 
incluso las bestias mortíferas. Lo que es sublime — concluye — en la leyenda francis- 
cana, parece aquí una interpretación grotesca...". , 

(a) Op. cit., loe. cit., pp. 62-63. 

(3) Ibid., loe. cit, pp. 102-103. 



— 217 — 

A tenor de las antedichas comedias, otras pudiéramos citar de Lope 
2?E Vega, ya inspiradas en relatos de escritores franciscanos, como la de 
El Niño Inocente de la Guardia, llamada también El segundo Cristo, de 
cuyo asunto se hace eco el Fortalitíum Fidei de Fr. Alonso de la Espi- 
na (i), ya principalmente en sucesos de nuestros Religiosos, cual aconte- 
ce en El saber por no saber y vida de San Julián de Alcalá de Henares, 
que viene a ser 

la historia de las santas candideces de un bienaventurado lego de la Orden de 
San Francisco, sabio para Dios y simple para el mundo, a quien Lope conoció segu- 
I amante en Alcalá, siendo estudiante (2). 

Pero, ¿qué necesidad hay de escribir ni una palabra más en demos 
tración de la influencia del espíritu seráfico sobre el Fénix de los ingenios? 
Si acaso la hubiera, baste el titulo de unai de sus obras religioso-literarias. 
que dice: Romancero espiritual para recrearse el alma cotí Dios. Y re 
dempción del género humano. Con las Estaciones de la Vía Crucis. Com 
puesto por Lope de Vega Carpió, a devoción de los Hermanos de la Ter 
cera Orden del Seráfico Padre San Francisco... (3). 

Por lo que atañe al inmortal autor de los Autos Sacramentales, lo de- 
cimos todo al traer a la memoria que en su casa solariega de Villanueva 
de la Barca recibió hospedaje — según la tradición — el Seráfico Patriarca 
con motivo de su viaje por España, teniendo, por ende, la devoción al 
Santo casi en herencia; pues, como dice Josef del Río en una Dedi-ca- 
loria al Serafín de Asís, 

es tan antigua y tierna la devoción que a vos, grande santo, tiene la familia de 
Calderón, que, aun antes de usar este apellido y desde que, pasando por Galicia, 
honrasteis la casa, hospedándoos en ella, os tiene por su tutelar y patrón (4). 



(i) Vid., ibid., loe. cit., p. 75. 

(2) Ihid., loe. cit., pp. 81-82. "La viveza de expresión y la pintura de costum- 
bres (en la misma) merecen aplauso, como siem.pre". (Ibid., p. 82.) 

(3) Edición moderna, hecha exactamente sobre la de Pamplona, en 1624, de Juan 
de Oteyza, debido al entusiasmo de hispanófilos norteamericanos. — El P. Fulgencio 
VE EcijA, recuerda, además, que, al ingresar en la T. O., publicó sus "Contemplati- 
vos discursos a instancias de los Hermanos Terceros de Penitencia del Seráfico San 
Francisco" (dos piezas literarias sobre la vida de Cristo) y tres años después (en 
1612), los "Cuatro Soliloquios de Lope de Vega Carpió, llanto y lágrimas que hizo 
arrodillado delante de un Crucifico, pidiendo a Dios perdón de sus pecados, después 
de haber recibido el hábito de la T. O. de Penitencia del Seráfico San Francisco". 
En las Rimas Sacras del mismo (Madrid, 1619, p. 22), hay dos Sonetos descono- 
cidos, que — con las anteriores noticias — reproduce el P. Fulgencio en Adalid Será- 
fico, de Sevilla, cit., 1926, p. 190. 

(4) Vid. Pardo Bazán, Por la España Pintoresca, cit., pp. 64-65. — No obstante 
haber utilizado Calderón el espiritualismo franciscano en su labor poética, no he- 
ñios podido dar con ninguna composición suya alusiva al Seráfico Patriarca. Sólo 
le nombra, en una, como de paso, con motivo de las fiestas de San Francisco de 
■Eorja (Vid., Poesías inéditas de Calderón., t. LXXI de "Biblioteca Universal", Ma- 
drid, 1881, pp. 223-225). 



— 2l8 — 

Consta, además, que Calderón de la Barca era miembro activo de la 
Tercera Orden de Madrid, y que fué comisionado por la Junta para escri- 
bir la Crónica de la Tercera Orden, encargo que aceptó gustoso, pero que 
sus ocupaciones no le permitieron desempeñar debidamente (i), 

Al despedirnos, ahora, de Lope y Calderón, genios los más grandes 
de la raza española, aduciremos aquí dos muestras de esta su cualidad por 
excelencia. Toimaremos la primera, relativa a Lope, del Romancero Es- 
piritual, que acabamos de citar. Desarrolla en ella el tema de la Impre- 
sión de las Llagas. Dice así: 

Vos os hicisteis menor, 
Pero Dios tan grande os hizo, 
Que el sol, pisado por Vos, 
Piensa que lo pisa Cristo. 
Ajustado Dios con Vos 
Como Elias con el niño. 
Resucitó la humildad 
Que profesan vuestros hijos. 
¡Qué ejemplo, un Buenaventura, 
Un Antonio, un Bernardino, 
Un Diego, un Julián y tantos. 
Pontífices y arzobispos I 
Cielo es vuestra Religión; 

Y como sol habéis sido 
Queréis que haya luna clara 
Más que su mismo apellido; 
Pues si sus muchas estrellas 
Son mártires infinitos, 
Como las llagas parece. 

Que el imperio habéis partido; 

Y por eso tantos reyes, 
Sobre sus brocados ricos 
Pusieron vuestro sayal 

Por más precioso vestido (i). 

La segunda muestra, la que se refiere a Calderón, está en prosa, 
pero habla aún más elocuentemente de su espíritu franciscano, por ser de 
lo último que confió al papel el autor de Autos Sacramentales. Me refiero 



(i) La revista Vida Franciscana, de Madrid, 1921, pp. 113-115, trae copia de 
las Actas que se refieren a este particular. Según consta en la de 11 de agosto de 
1652, habiéndose dicho que Calderón no aceptaba la propuesta "respondió el dicho 
Sr. D. Pedro Calderón que tal recado no abía enbiado a la Junta ni se abía escu- 
sado de hacer tal obra, y serbir a la Orden en cosa de tanto lucimiento, que de nuebo 
se ofrecía a hacerlo y lo haría como abía dicho, pero que no pareciese a la Junta 
era negocio tan brebe, y requería mucho tiempo, y que lo haría y acabaría, dándole 
Dios bida, haciendo cuanto pudiese...". (Ibid., p. 114). 

(2) Romancero Espiritual, cit., fols. 127-28, y en Biblioteca de Autores Españo- 
les, cit., t. XXXV, romance 327. 



— 219 — 

u su Testamento, que lleva la fecha del 20 de mayo de 1681, pocos días 
antes de su muerte. En él dispone... ser 

interiormente vestido del avito de mi seráfico padre San Francisco, ceñido con su 
cuerda... que para mi entierro no ccmviden más accmpaña/inieiito q%te doce religiosos 
de San Francisco, y a su Tercera Orden de óbito descubierto, doce sacerdotes que 
acompañen la cruz, doce niños de la doctrina y doce de los desamparados... 

También menciona, ktí. las cláusulas testamentarias, a su hermana, 
Clarisa en Toledo, y al franciscano P. Alfonso de Cañizares, a quien lega 
varios libros (i). ¡He ahí la última estrofa del himno franciscanista de 
Calderón, que tantas otras áureas de seráfica dulcedumbre cantó al pie 
del Sacramento de nuestros altares! ¡He ahí como sabían ser humildes 
los genios de aquella España, que tenía, a la sazón, más glorias de que 
enorgullecerse, que con todos su orondos adelantos las más florecientes 
naciones de nuestros días! 



(^^) Publicado en la Rev. La Crtis, de Madrid, 1881, t. I, p. SS'i Y sig. — ^Muchos 
otros literatos — ^siguiendo la costumbre dominante entre la nobleza y el pueblo — or- 
denaron se les sepultase con el hábito franciscano, costumbre que vemos aún florecer 
en nuestra época, en Verdaguer, Pardo Bazán, etc. Ni faltan tampoco poetas que 
ordenen lo propio en sus composiciones. Sirvan de ejemplo Teodoro Llórente y 
Eduardo Pondal. Dice, en efecto, el primero en su poesía Testament; "De fe y 
humildad en prueba, amortajadme con el hábito del buen padre San Francisco; de 
coronas y pompas mundanas, cruces, insignias y bandas — ¡ vanidad 1 — ^no me pongáis 
nada". (Vid. El Eco Franciscano, cit, 191 1, p. 524). — Por su parte, el célebre autor 
de A campana d'AUons, consigna en otra: 

"Cando eu pasar d'esta vida 
levádeme a Ponte Ceso, 
non vestido este meu corpo 
de profano vestimento, 
mais do sayal de Francisco, 
cinxido, humilde, sinxelo, 
— que anque humilde non nacín, 
humilde reposar quero — 
e xa alí me sepultado 
no monumento paterno." 
Y así fué sepultado, cual lo tenía dispuesto, el célebre Pondal. {Boletín de la Real 
Academia Gallega, IQ17, p. 224). — En la misma forma fué amortajado el ilustre no- 
velista Eugenio Selles. (A, B. C, núm. de 14 de oct., 1926). 



V 



El franciscanismo en los dra^naturgos del siglo de oro. - Montaívan y 
Tirso de Molina. - Imitadores franciscanistas de Tirso. - Las obras de 
Vélez de Guevara, Villegas y Godines. - Moreto y "El Príncipe persegui- 
do". - Belmonte Bermúdes y "El Dinblo predicador" . - Influencia de los 
dramaturgos del siglo XVI en los poetas modernos. - Dramaturgos fran- 
ciscanistas de los siglos XVII y XVIII. - Eclipse del franciscanismo en 

en el teatro. 



Otros dos famosos dramaturgos de la época, comparten con Lope y 
Calderón el beneficio de utilizar en sus obras elementos franciscanistas: 
Juan Pérez de Montalván^ que compone, en unión con el Fénix de los 
Ingenios, el drama sobre la Tercera Orden Seráfica (i), y por sí solo. 
Divino portugués (San Antonio de Padua), Hijo del Serafín (San Pedro 
de Alcántara), y San luau de Capistrano (2); y Tirso de Molina, que 
cuenta entre sus dramas de esta índole La elección por la virtud, sobre el 
franciscano Sixto V antes de llegar a Cardenal, Favorecer a todos y a'inar 
a ninguno, sobre Beatriz de Silva, fundadora de nuestras Religiosas Con- 
cepcionistas, y El Caballero de Gracia, sobre el insigne Terciario Jacobo 
de Gracia, al cual hicimos alusión al tratar de la Tercera Orden. De igual 
corte es La Santa luana, tres dramas, en el segundo de los cuales hay 
una escena (la primera) que viene a ser un canto franciscano a la natura- 
leza, singularmente desde donde dice en una acotación: 

Descúbrese un campo con aves y un río con peces, oyendo predicar a la Santa... 

Mi Seráfico llagado 
Predicaba muchas veces 



(j) Vid. en Biblioteca de Autores Espafioles, cit, t. LII, "Comedias de Lope de 
Vega", la nota puesta en el índice alfabético, a la Comedia, Tercera Orden, p. 545 
y siguientes. 

(2) Vid. Biblioteca, cit., t. XLV, "Dramáticos contemporáneos de Lope de Ve- 
ga, t. II, Madrid, 1858, pp. XLXV-LX. 



— 221 — 

A las aves y a los peces 

Cuando no estaba en poblado... (i). 

Por último, El burlador de Sevilla y convidado de piedra — evocado 
de las hazañas áe Don Juan Tenorio — ^termina con estos versos: 

Y el sepulcro se traslade 
A San Francisco, en Madrid, 
Para memoria más grande (2). 

Entre los dramaturgos de esta misma época, hallamos al Dr. INI ira 
Mescua, de cuya pluma brotaron Mártires del Japón y Negro del mejor 
amo (San Benito de Palermo), drama, este, último, que Menéndez y Pe- 
layo tiene por mejor escrito que el similar de Lope de Vega, logrando 
suplantarlo en las tablas y siguiendo representándose hasta mediados del 



(i) Vid. Biblioteca de Autores Españoles, cit., t. V, "Comedias escogidas de 
Fray Gabriel Tellez (El Maestro TTirso de Molina)", Madrid, 1850, páginas 
XXXVII-XLIV. 

(2) Vid. Biblioteca Universal: "Colección de los mejores autores antiguos y mo- 
dernos", t. CV, Madrid, Sucesores de Hernando, 1918, p. 139. — D. José Zorrilla, al 
resucitar la memoria del tronado caballero, en su Leyenda de Don Jtian^ Tenorio 
(Fragmento), Barcelona, Montaner y Simón, 1895, hace intervenir también a los 
Franciscanos, pero confiándoles el papel poco airoso de prestarse a colaborar en lan- 
ces e intrigas entre familias rivales. 

No hay para qué decir aquí que las citadas comedias de Tirso de Molina tuvie- 
ron muchos imitadores, si bien no todos utilizaron el argumento en el sentido mo- 
ralizador que aquél se propusiera. Por el trabajo bibliográfico que pone D. Emilio 
Cotarelo V MoRi al frente de las Comedias de Tirso de Molina {Nueva Biblio- 
teca de /Autores Españoles, t. IX) en el t. II, (Madrid, 1907), vemos que el Burlador 
de Sevilla (se halla en dicho tomo, p. 623 y sig.), dio base a las comedias de Dumas 
y Zorrilla, y a la zarzuela publicada por este último, con música del Maestro 
Manen (p. X) ; que El Caballero de Gracia lo tomaron por asunto, entre otros, An- 
tonio Enríquez Gómez, y en la época moderna Luis Mariano de Larra, falseán- 
dolo por completo en su drama estrenado en el Teatro Español el 2'i de noviembre 
de 1871 _(p. XI) — se halla la de Tirso en este mismo tomo cit, p. 358 y sig. — ; que 
La elección por la Tnrtud (puesta por Cotarelo, en el t. I, p. 343 y sig.) sirvió en 
1658 para la confección de El hijo de piedra y segundo Pió V, de Juan de Matos 
Fragoso, el cual la adicionó con los sucesos de Sixto V, hasta el advenimiento al 
pontificado (p. XIX) ; que el tema de Doña Beatriz de Silva, lo trató también Lope 
DE Vega en la comedia que se le atribuye, titulada El Milagro de los celos y Don 
Alvaro de Luna, y como él el toledano Blas Fernández de Mesa (1664), en dos 
comedias que llevan por título La Fundadora de la Santa Concepción (pp. XVIII- 
XIX) ; y que, por último. La Santa Sor Juana de la Cruz, Religiosa Terciaria del 
Convento de Cuba (Toledo) (1481-15, 34), cuya vida escribieron Fr. Antonio Daza 
(Zaragoza, 161 1) y Fr. Pedro Navarro (Madrid, 1622) y cuyo expediente de beati- 
ficación fué promovido a instancias del Cardenal Trejo, dio margen, en sus tres 
partes (incluidas en el t. I de las cit. Comedias, pp. 238-333), a la de BTernaldo 
de Quirós, La Luna de la Sagra: Vida y muerte de Santa Juana de la Cruz (Ma- 
drid, 1653), a la de José Cañizares, El Prodigio de la Sagra: Sor Juana de la Cruz 
(Madrid, 1724)^ y al poema en octavas reales de Alonso Jerónimo de Salas Barba- 
dillc: Los triunfos de la Beata Sor Juana de la Cruz. En 'verso heroico (cuatro 
cantos), publ. en Madrid, 1621, en 8.°, (pp. XXXV-XXXVII). 

Dícenos, por último, el Sr. Cotarelo (tomándolo de Serrano y Sanz, Escrito- 
ras Españolas, II, p, 651), que en la Biblioteca del Escorial se conserva un volu- 
minoso códice, titulado: "Libro del conorte que es el que se escribió de los sermones 
que predicaba Santa Juana de la Cruz estando elevada", escrito durante su vida 
(1505), cuyo contenido quizá ella misma haya dictado a sus discípulas. (Ibid, pági- 
nas XXXVI-XXXVII.) 



— 222 

siglo XVIII (i); a Luis Vélez de Guevara, que cuenta entre sus dra- 
mas el de La conquista de Oran: Gran Cardenal de España (Cisneros); a 
D. Juan o D. Francisco Villegas, . que tomó por tema de una de sus 
representaciones, Como nació San Francisco; y al Dr. Felipe Godínez, 
que, para llevar a las tablas un episodio de la vida de San Francisco, se 
valió del extraño título: O el fraile ha de ser ladrón o el ladrón ha dp; 
ser fraile (2). En El príncipe perseguido pusieron mano — escribiendo cada 
cual su jornada — ^los poetas Luis Belmonte Bermúdez, Moreto y An- 
tonio Martínez, correspondiendo al segundo la escena en que parece 
querer ridiculizarse la vida conventual, sin duda con el designio de poner 
luego correctivo a los murmuradores por boca del príticipe que va a visi- 
tar el convento (3). Pero el más famoso de todos estos dramas es el de 
Belmonte Bermúdez, titulado El mayor contrario amigo y diablo predi- 
cador, impreso con censura eclesiástica, y hecho con la idea de trazar la 
apoteosis de la Orden Seráfica y de la caridad cristiana. En él introduce 
a un diablo que, por permisión divina, se hace fraile y llega a ser predi- 
cador y catequista. Gozó este drama popularidad grandísima, sin que na- 
die viera en él cosa censurable ; iDero después de dos siglos de constantes 
aplausos, acabó por ser prohibido, a causa de ciertos donaires en que 
algunos descubrieron que abunda en él más que la sal la pimienta. Esta 
obra, al decir de Mesoneros Romanos, da derecho a su autor 

para ocupar un puesto entre los notables escritores de nuestro teatro. 

Y añade el propio crítico que 

cuando la actual generación le ha vuelto ver aparecer en la escena, con su rús- 
tico desaliño, con sus chistosas salidas... y su franca locuacidad, la ha recibido con 
toda la simpatía que aun en los sujetos menos dignos suele excitar una persecución 
infundada (5). 



(i) Vid., Estudios sobre el icatro de Lope de Vega, cit., t. II,. p. 18. 

(2) Biblioteca de Autores Españoles, cit., t. XLV, "Dramáticos contemporáneos 
de Lope de Vega", t. II, cit., p. V-XXXIX. 

(3) Ibid.. loe. cit, pp. XXIV y XXXIX, nota. 

(4) Ibid., loe. cit., pp. XXII y XXIII. — Está calcada esta pieza dramática, en 
Fray Diablo, comedia religioso-fantástica, atribuida a Lope de Vega. En la pági- 
na XXII nos dice Mesonero Romanos, que entre los autores a quienes se ha atri- 
buido esta obra, figura "un padre Damián Cornejo (que no sabemos quién era, ni si 
existió)". El P. Damián Cornejo, escribió una Crónica General de la Orden de San 
Francisco, y es contado por el P. Juan Mir (Vid. Frases de autores clásicos espa- 
ñoles, Madrid, Gregorio del Amo, iSgg) entre los clásicos de nuestro idioma. No sa- 
bemos que se haya dedicado nunca al género dramático, pero sí que cultivó el poético. 
Archivo íbero-americano, 1922, núm. XLIX, p. 222, sospecha que a él pertenece un 
vSpneto, que figura como de autor incógnito en la colección, Canciones de San Fran- 
cisco. Esbozo de una antología franciscana, o sea San Francisco en la, poesía clásica 
y moderna, de D. Ricardo Sa.ns. 

Entre los que utilizaron el argumento de Bermúdez, figura el argentino Ven- 
tura DE LA Vega en El diablo predicador, libreto de la ópera puesta en música por el 
Maestro Basili (Vid. Menéndez y Pelavo, Hist. de la poesía hispano-americana, 
cit., t. II, p. 443). — Las Obras de Ventura de la Vega, las publicó en dos tomos 
Montaner, en Barcelona, 1894. 



— 223 — 

Tal es, en sus líneas generales, el cuadro franciscanista que nos ofre- 
ce la literatura teatral hispana en medio de los esplendores del siglo XVI. 
De la influencia de sus grandes genios en las generaciones que los suce- 
den, es inútil hablar en estos momentos, pues salta claramente a la vista. 
Aún en plena edad moderna reflorece este movimiento de atracción para 
el espíritu. Prosigue todavía su acción de literatos-apóstoles. Oigamos, 
sino, por vía de ejemplo, al vate pontevedrés Nicolás Taboada Fernán- 
dez, que dice, dirigiéndose a Calderón: 

Entonces pienso que tu mismo has sido 
quien, desde las esferas del pasado 
y desde el siglo aquel en que has vivido, 
depositaste acaso, 
de tu genio divino al vivo peso, 
los búcaros de flores 
en el ^Itar moderno del progreso. 

Y creo en Dios, que para tí ha formado 
cetro de gloria y de moral la palma; 
ert ese eterno Dios que te ha otorgado, 
con el candor de su virtud sencilla, 
un pedazo de su alma ( 1) 
y un rayo de la luz de su pupila. 
I Por eso creo ya ! ¡ Por eso siento 
que el alma mía de esperanzas llenas, 
y que algo grande por mis venas corre 
como nunca ha corrido por mis venas! 



¡Ya de un antro de sombras me elevaste 
y en claridad inmensa me recreas 1... 
¡Ingenio universal... bendito seas I (i). 



Siguiendo las huellas de estos genios, que impusieron su prestigio li- 
terario al mundo, continúan los dramaturgos del siglo XVII y parte del 
XVIII repartiendo los tesoros de su inspiración, entre asuntos de glorias 
nacionales y asuntos de glorías religiosas, en que cabe también muy bue- 
na parte al espíritu del franciscanismo, y a los miembros más ilustres de 
las Tres Ordenes Seráficas. Entre estos últimos, bien podemos señalar 
El Caballero de Gracia, del portugués Enrique Gómez Zarate; El lego 
de Alcalá, de Juan Vélez de Guevara; Santa Isabel de Portugal, de 
Francisco de Rojas (2) ; Alférez de Cristo y mejor padre de los pobres 
y Caballero Asisio y Ventura de Francisco, de Rodrigo Pacheco; Cano- 



(1) Albores, Poesías premiadas..., Madrid, 1883: "Oda a Calderón de la Bar- 
ca", p. 86. 

(2) Se ha publicado íntegra en las "Comedias de Rojas Zorrilla", tomo LIV 
de la Biblioteca de Autores Españoles, de Ribadeneira, Madrid, 1861, p. 255 y sig. 



— 224 — 

nisado en vida (San Diego de Alcalá), Columna de la Iglesia (Santa Rosa 
de Viterbo) y Los tres mayores prodigios del humano Serafín, de Juan 
Francisco 'Manuel {i}', El Caballero de Gracia, de Antonio Enríquez Gó- 
mez ; San Félix de Cantcdicio y El Job de las mujeres (Santa Isabel de 
Hungría), de Juan Matos Fragoso; Santa Rosa de Viterbo, de Fran- 
cisco González de Burtos; Fr. Francisco Jiménez de Cisneros y Jubi- 
leo de Porciúncula (2), de Juan Bautista Diamante; Grandezas del sa^ 
yol, de Tello de Meneses; San Pascual Bailón, de Paulino Homedes; 
Azote de la heregía (San Jácome de la Marca), de N. Bustamante; Pas- 
mo de penitencia (San Pedro de Alcántara ?), de Juan Velasco y Guz- 
mán; Santa Isabel, reina de Portugal, de Manuel Villaflor; Custodio 
de la Hungría (San Juan de Capistrano), de Antonio de Zamora; Pere- 
grino en su patria y milagroso enfermero (San Roque), de Antonio Té- 
llez de Acebedo; San Antonio de Padtia, de Juan Salvo y Vela; Lo 
que vale ser devoto de San Antonio de Padua y Viva imagen de Cristo 
(San Francisco), de José de Cañizares. A todos estos drainas o come- 
dias de autores conocidos, podemos, finalmente, agregar los siguientes de 
autores anónimos: Bernardino de O bregón, Capuchino español, Humano 
Serafín (San Francisco), Nuevo iris de su patria (San Bernardino de 
Sena), Pluma, púrpura y espada: gran Cardenal de España (Cisneros), 
Restauración de Oran: Gran Cardenal de España, Santa Rosa de Viter- 
bo, San Francisco de Asís: Menor de los Menores, Caballero de Gracia, 
Santo, rey y esclavo (San Luis, rey de Francia), Vencer con humildad 
(Santa Isabel de Hungría) y Milagros del Serafín, considerado como de 
Alonso de Osuna, según Sánchez Cantón, op. cit., p. 39. 

Figuran los títulos de las representaciones teatrales que acabamos de 
enumerar en el copiosísimo Catálogo, puesto por Mesonero Romanos al 
frente de su Colección : Dramáticos posteriores a Lope de Vega, que com- 
prende desde los años de 1635 hasta los de 1740 (3) ; y sumándolos, a los 
antes indicados, harto se echa de ver la influencia que en nuestra literatura 
representativa logró el Santo humilde por antonomasia. Y esto, claro está, 



(i) a este poeta asigna,^ además, Sánchez Cantón, op. cit., p. 39, la comedia ti- 
tulada San Francisco de Asís, o el menor de los menores. 

(2) Menciona D. Emilio Cotarelo esta comedia en uno de sus trabajos sobre 
Bautista Diamante, y dice de la misma: "es comedia devota, de las más desordena- 
das que se han escrito"" (Vid. Archivo ibero-americcmo, 1916, núm. XVIII, p. 473)- 

(3) Biblioteca, cit., t. XLIII, "Dramáticos posteriores a Lope de Vega", pági- 
nas XXXXII-XLVIII. — De otros trabajos, dramáticos, no mencionados todavía, nos 
da cuenta Fernández Moratín, en su Catálogo (Obras dramáticas y líricas, t. VI, 
Madrid, Est. Central, 1846), tales como Fr, Julián, Icqo de Alcalá, por Lanine y otro 
anónimo del mismo título (p. 39), San Pascual Bailón, de Campillo (p. 87), Vidaí y 
muerte de San Pedro de Alcántara, de Rodríguez (p. 96), La mujer más peniten- 
te... Mariana de Jesús, hija de la V. O. T. (Toledo), de José de Lovera y Men- 
dieta (p. 123) y El ángel lego y pastor San Pascual Bailón, de Antonio Pablo y 
Fernández (p. 123). 



— 225 — 

sin aducir a tal objeto otros dramas que los que afectan directamente a 
asuntos o a miembros del Seráfico Instituto, pues si nos fuera dado llevar 
nuestras investigaciones a los de igual índole en que se hace intervenir 
el carácter franciscano, no hay duda que el presente trabajo llegaría a 
adquirir proporciones desmesuradas, ya que harto que espigar habría en tan 
abundante mies hasta nuestros días, desde el AtUo de la Oveja Perdida, 
impreso en 1575 por Juan Timoneda, en que 

Otro pastor será visto, 
Dicho Cristóbal Pascual, 
Que so el grosero sayal 
Viste persona de Cristo (1). 

y desde Las glorias del mejor siglo, del ilustre jesuíta P. Valentín de 
CÉSPEDES (1610) en que una figura alegórica (La gloria de Dios), dice a 
San Ignacio de Loyola: 

Al gran Guzmán de España 
El Serafín Francisco le acompaña, 
Que al mundo en luz inunda 
Con su prole fecunda, 
Que en su misma pobreza 
Ha vinculado la mayor riqueza. 
Aquí el de Padua, aquí Buenaventura, 
, Destierran la prolija sombra oscura 
Del hereje insolente; 
Y el Escoto sutil, siempre valiente, 
Con su ingenio profundo 
Da gloria al cielo, adníiración al mundo (2). 

lAy! por desgracia, tras estas épocas de gloria, vinieron épocas en que 
se proscribió del teatro la representación religiosa. Envenenóse el ambiente 
social con doctrinas volterianas y enciclopedistas, y no iba ya el público 
a estos espectáculos en busca de doctrina y ejemplos morales con que dig- 
nificar el espíritu (3). Ahogada el alma en sus aspiraciones de perfecciona- 
miento, las pasiones bajas se imponen y exigen incentivos de otra índole 
con que apacentarse. ¡Qué diferencia entre el ambiente de fines del siglo 
XVIH y el de los siglos aquellos en que 



(1) Biblioteca, cit., t. LVIII, "Autos Sacramentales desde su origen hasta el 
siglo XVII", Madrid, i86s, p. 74- 

(2) Biblioteca, cit., t. XLIX, "Dramáticos posteriores a Lope de Vega", t. II, 
Madrid, 1859, p. 140. 

(.3) Fueron ijrohibidos los autos o dramas sacros, en tiempo de Carlos III. Isa- 
bel II, los prohibió de nuevo^ el 30 de abril de i86Si por los inconvenientes a que podía 
dar margen su representación ante un público poco propicio al ideal religioso. Vid., 
VicTORrNo Tamayos "¿Deben representarse los Dramas Sacros?", publ. en Blanco y 
^egro, cit., 4 de abril, 1926. 

Franclscanismo. —15 



— 226 — 

por voto del pueblo — según dice Eduardo González Pedroso — se verificó la in- 
troducción de las obras dramáticas en sitios consagrados (1 ), 

y abrillantaron 

la escena patria aquellos singulares poemas, constituyendo, por el extraordina- 
rio amor que el pueblo les tenía, uno de los hechos más característicos de nuestra 
antigua civilización I (2). 

Pero, en fin, quiso transigirse con el progreso moderno, sacrifican- 
do los ideales religiosos, y se cointenzó por expulsar estos dramas del tea- 
tro, para que el pueblo aprendiese allí otra vida, otras aficciones. No éra- 
mos dignos del siglo de oro de nuesti^a grandeza nacional. Acusados por 
todo un JovELLANos de 

supersticiosa costumbre, 

por Leandro Fernández Moralin 

de haber alimentado la equívoca devoción del vulgo, haciendo cada vez más di- 
fícil la reforma de nuestro teatro, 

y por Martínez de la Rosa 

de absurdos, monstruosos y perjudiciales a la dramática, 

quedaron proscritas definitivamente por decreto de 1765 las representa- 
ciones que más contribuyeron en España y América a formar nuestro 
carácter, nuestra reputación, nuestro espíritu patrio. Desgraciadamente, tras 
este primer paso de descenso, no hemos aún parado de descender de to- 
das las cumbres a que sublünaron a España sobre las demás naciones nues- 
tros antepasados. ¿Verdad que, en tales circunstancias, no le sería posible 
¡cantar, cual en el siglo XVI, al autor de la Farsa sacramental dé las Bo-^ 
das de España, como síntesis de su obra: 

El divino Amor y España 
Para en uno son? (3). 



(1) Biblioteca, cit., t. LVIII, "Autos Sacramentales", cit, p. XI. 

(2) Id., ibid., pp. VII-IX.— Que el pueblo veía en nuestro teatro antiguo un ele- 
mento de instrucción religioso-nacional, lo manifiesta este canto que, en tiempos de 
Felipe III, hacía oir Madrid, por boca de sus poetas, refiriéndose a los Autos Sa- 
cramentales : 

"lY qué bien parece loco 
El Pueblo! Pues hubo quien 
Dijo que el día de Dios 
Era cada cascabel 
De un danzante, silogismo 
Contra el apóstata infiel." 
(Id., ibid.. loe. cit., p. XXIX). 

(3) Id., ibid., p. 7S, col. 2.' 



VII 



El franciscanismo en la poesía lírica. - Francisco de Aldana. - Cristóbal 
Cabrera. - Jttan de Arambiiru. - López de Ubeda. - Valdivieso. - Damián 
de Vegas. - Lope Maldonado. - Pablo Verdugo. - Alonso de Bonilla. - 
Alonso de Ledesma. - Muchos otros. - El enciclopedismo contra el fran- 
ciscanismo: cdmpaña de descrédito. - Literatos franciscanos del siglo XIX. 
- Camibio de orientación en la literatura' hispana. - Frutos amargos. 



Volviendo, ahora, a nuestro asunto, justo será advertir que, al propio 
tiempo que en el teatro, alentó el espíritu del Serafín de Asís en todos los 
ramos de la cultura literaria, especialmente en la poesía lírica (i). Perdidas 
en el abandono, por obra principalmente de la exclaustración, la gran ma- 
yoría de obras de carácter religioso de esta índole, quédanos aún lo sufi- 
ciente para apreciar el papel de alta importancia que al franciscanismo 
otorgaban nuestros poetas clásicos (2). Nada diremos, a tal propósito, de Lo- 
pe DE VeíGA y otros dramaturgos que en mil formas lo han exteriorizado, 
dejándonos joyas literarias de mística unción e inapreciable mérito de las 



(i) Por no hacernos demasiado prolijos, renunciamos a tratar aquí asunto tan 
interesante como la influencia del franciscanismo en la lírica de nuestras lenguas re- 
gionales, no obstante algo de ello pueda ya deducirse de lo antes expuesto al tratar 
de los franciscanistas Raimundo Lull en la catalana y Alonso el Sabio en la galaico- 
portuguesa. Suplan, pues, esta deficiencia, las siguientes frases de Blanca de los 
Kíos Lampérez: "Por eso dije otra vez — exclama en uno de sus discursos (publ. en 
La Esfera, de Madrid, núm. de mayo, 1926) — que delante de cada magna floración 
literaria va un gran renovador de la lengua, que con significativa insistencia suele ser 
un místico o un alma penetrada en misticismo: en la Italia del siglo XIII, San Fran- 
cisco, abriendo el camino a Dante; entre nosotros, Raimundo Lulio, "el que reposa 
de la lengua provenzal la catalana, y Ja bautiza haciéndola grave, austera, religio- 
sa..." (Menéndez y Pelayo: De la Poesía Mística), y el autor de las Cantigas, el que 
siendo patriarca y enriquecedor de la prosa castellana, quiso ungir en misticismo la 
lengua que el maestro llamó "primer instrumento de la lírica peninsular", la ga- 
llega o portuguesa, "que en rigor merece llamarse lengua de los trovadores españoles, 
para que por toda nuestra Península ardiera el habla en espíritu antes de florecer 
en belleza... '. Modernamente se ha repetido casi idéntico fenómeno, en Jacinto Ver- 
DAGUER. alma del renacimiento literario de Cataluña, y en Rosalía Castro, alma del 
de yfalicia, en la que hizo revivir el genio de su ascendiente Rodríguez del Padrón. 

(2)_ Muchos de ellos, sin embargo, no lo manifiestan expresamente en sus ver- 
sos, smo que, más bien, lo dan a conocer en sus obras en prosa, ya directa, ya indi- 



— 228 — 

que se muestran ricos nuestros Cancioneros y Romanceros sagrados. 
Al lado de los mismos, figuran otros de eterna nombradla, cual lo es, en 
primer término, el capitán Francisco de Aldana, muerto gloriosamente 
en África, cuyas obras publicó su hermano Cosme, en Milán (i * parte) 
y en Madrid (la 2.'*), por los años de 1591. Menéndez y Pelayo lo coloca 
entre los poetas de la escuela mística (i), y el P, Miguel Mir, ha escogi- 
do entre las composiciones del castizo autor, para ilustrar su Devocionario 
poético, el siguiente soneto Al Monte Alverm'a: 

Dichoso monte en cuya altiva frente, 
De pinos y altas hayas coronada, 
Hizo el santo varón nido y morada 
Que la pobreza amó tan ricamente. 

Aire cual nuevo sol resplandeciente 
Que diste al Serafín fácil entrada 
Por do fué de las llagas trasladada 
Su imagen del Señor Omnipotente. 

¡Oh, del eterno amor, nunca tal visto 
Amado amante, pues unión tan alta 
Salió del Hacedor con su hechura! 

Que lo que a él causó mi culpa y falta. 
En vos, alma especial, nos muestra Cristo 
Ser privilegio y don, ser gracia pura (2). 

Este prodigio de la Impresión de las Llagas, parece ser el preferido de 
nuestros poetas clásicos, al tratarse de Francisco de Asís. Otro poeta de 
mediados del mismo siglo, Cristóbal Cabrera, lo canta en una coímpo- 
sición como la anterior, diciendo: 

Amaba Sant Francisco en tanto grado 
Al Redentor del mundo, que quisiera 
Morir mil veces, si posible fuera, 
Con él en una cruz dura enclavado. 



rectamente, como Santa Teresa, San Juan de la Cruz, y la mayoría de los escri- 
tores místicos. Lo propio sucede con Quevedo, del cual hemos aducido ya varios tex- 
tos, y que tiene frases, para San Francisco, como la siguiente: "Llagas^ merecidas 
por Dios, son dignidades, son galas. Resucitó la humanidad de Cristo enjoyada con 
ellas; dándoselas Cristo én su cuerpo a San Francisco para soberano blasón; vivo, 
era retrato de Cristo, y para su gloria, resucitado" (Providencia de Dios, edic, de 
"La Verdadera Ciencia Española, Barcelona, 1882, trat. III, p. 169). — Parecida sen- 
tencia brota también de la pluma de un discípulo de San Juan de la Cruz, el V. P- 
Juan de Jesús María, el cual, en su Tratado de la Oración (158^, ed. de Toledo, 
por Sebastián Rodríguez, cap. VII), compara el amor afectivo al vino en fermenta- 
ción, y exclama: "Este divino y amoroso mosto vino a bullir y hervir tanto en San 
Francisco, que rompió la vasija de su sagrado cuerpo por cinco partes". No multi- 
plicaremos_ aquí los textos en prosa, por temor a hacernos interminables. 

(i) Historia de las ideas estéticas en España, t. 11, Madrid, 1884, pp. 36-40. 

(2) Al pié del Altar, cit., p. 307.— Este mismo Devocionario, trae (p. 310) otro 
soneto de Lope de Vega sobre el mismo asunto. 



— 229 — 

Y sentir la herida del costado, 
Los clavos, los azotes, de manera 

Que en él y su pobreza el mundo viera 
A Jesucristo en parte retratado. 

En ésto Dios, que a nadie nunca olvida, 
Con cinco llagas quiso que sintiese 
Dolores y tormentos bien extraños. 

Y es maravilla que el dolor pudiese 
Llevar a Cristo en breve de esta vida 

Y a Sant Francisco no, hasta dos años (1). 

Forma parte este trabajo del Instrumento espiritual, en donde muy a 
las claras se advierte la influencia del espíritu seráfico, informando todas 
las composiciones de Cabrera. Y así debía ser, en realidad, dadas las ín- 
timas relaciones que unieron a este poeta con el insigne primer Prelado 
de Méjico, el franciscano P. Zumárraga, a cuyos ruegos compuso "otro 
librico", titulado Flores de consolación (2). 

Con la inspiración de Cabrera^ corre parejas la de Juan de Arambu- 
RU, natural de Vitoria, de fines del siglo de oro. Al escribir su poema 
Lágrimas de San Pedro, ofrece a las miradas del afligido apóstol la figura 
del Seráfico Patriarca... 

Alta humildad en vida gloriosa 
Mostraba un santo de sayal vestido. 
Que en la difícil regla religiosa 
Tuvo el grado más alto y más subido. 
Virtud del cielo en alma venturosa. 
Señal divina en cuerpo acá nacido, 
Le hicieron singular entre la gente 

Y santo entre los santos excelente. 

Pone, luego, en boca de San Pedro las palabras siguientes, dirigidas 
al Poverello'. 

Hermoso ramo de la más florida 
planta que toca con su cumbre el cielo, 
que contra las raíces de tu vida 
te levantaste a Dios con presto vuelo, 

Y mereciste ver en tí esculpida 

La imagen del Señor que adora el suelo. 

Teniendo con milagro señalado 

El mortal cuerpo, pié, mano y costado; 



(i) Marcelo Macías; Poetas religiosos inéditos del siglo XVI, Coruña, 1890, 
P- 95. 

(2) Id. ibid., p. 23, 



— 230 — 

Alcanza, pues mejor llorar supiste 
Que yo, lo que llorando no he alcanzado; 
O hayas de vivir, o ya viviste 
En la tierra de Dios tan regalado 
Merezca yo el perdón que mereciste 
Y no vea a Jesús de mi apartado. — 
Esto soñaba Pedro que decía 
Cuando le despertó la luz del día (i). 

También Lupercio Leonardo de Argensola enaltece en su Canción 
IV este misterio, pero bajo un punto de vista diferente. Después de des- 
cribirlo y de ponderar la influencia que, por medio de las llagas, ejerce 
sobre el demonio, prosigue: 

¿Veis los hombres con ásperos vestidos, 

Y con -sogas ceñidos, 

Seguir aprisa al redentor segundo? 
Mas, no es mucho que acabe tal empresa. 
Si trae las fuertes armas por despojos; 
Que en las manos y pies del mismo Cristo 
El ángel negro con su daño ha visto 
Romper de sus prisiones los cerrojos, 

Y quitarle por fuerza la gran presa. 
Así la gente que en sus lazos presa 
Tuvo por suya, ve ofrecerse al templo: 
Tanto puede, Francisco, vuestro ejemplo (2). 

Aparte de esta composición, trazó el mismo Argensola el siguiente 
artístico Soneto, descubierto y publicado por Foulché-Delbosc, en Re- 
vue Hispanique, de New- York, núm. 114, de cuya lectura no queremos 
privar a nuestros lectores. Dice así: 

Después que al mundo el Rey divino vino 
Con máscara mortal villana, llana, 
A dar la gente cortesana sana 

Y reducir su desatino a tino. 

Labró una casa a do el indino diño 
Se vuelve, y gracia sobrehumana mana. 
Do El mismo está, y el alma insana sana 
En especies de pan divino y vino. 



(i) Id. ibid., pp. 139-140. — Aparte de este libro, publicó el Sr. Magias en la 
Rev. Dogma y Razón, año II, un trabajo sobre el propio Aramburu, en el que in- 
cluye un Soneto al Seráfico Padre (p. 77) y el trozo que aquí trasladamos (p. 397> 
col. 2.*). 

(2) Biblioteca de Autores Españoles, cit., Poetas líricos de los siglos XVI 3) 
XVII, t. II, Madrid, 1857, p. 280. — A continuación, puede leerse una canción dedi- 
cada a Felipe II, con motivo de la canonización de San Diego, y en la pág. 283 el 
Soneto LVÍII, en honor de este Santo. 



— 231 — 

Sobre la puerta, de un diamante amante 
Grabó las armas que el Eterno terno 
Le dio en la cruz, por deshonrada honrada. 

Este es Francisco, el Viandante andante, 
De quien temblando está el caverno Averno. 
¡ Tanto a Dios la humildad sagrada agrada ! (1). 

Inútil será, por lo demás, aducir aquí las muchas composiciones a San 
Francisco que ilustran las obras de nuestros más ilustres poetas. Todos 
ellos parecen rivalizar en afectos y entusiasmos hacia el Santo de Asís. 
Juan López de Ubeda, en su Cancionero, no solo exalta el episodio de 
los místicos desposorios con la Pobreza, sino que en su romance A las 
Llagas, pondera 

Aquel asirse con Dios, 
El ser del aprisionado, 
Aquel no querer soltarle 
Aquel dulce ser amado. 
Aquella bondad de Cristo 
De sí le tiene olvidado: 
Trocóse en Cristo Francisco, 
Amó y quedóse llagado (2). 

Valdivieso, en su Rontancero espiritual, lo ofrece a nuestra conside- 
ración en el "Romance de todos los Santos", representando un papel de 
la más alta importancia: 

Hermanico el remendado, 
El amortajado vivo, 



Dicen que lo dejó todo 
Hasta dejarse a sí mismo, 
Y sé que por cinco partes 
revienta de puro rico... 
Con las insignias del rey 

Entró el rey de armas, Francisco, 

Descubriendo en campo blanco, 

Ardiendo, topacios cinco; 

Los soldados que le siguen 

Son tantos y tan lucidos, 

Que pueden a sangre y fuego 

Conquistar el paraíso (3). 



(i) En la propia Revista, ha publicado igualmente Foulché-Desbosc, núm. 92, 
Las Rimas del Incógnito, en donde hay una a San Francisco, que comienza: "Divino 
santo, vuestras llagas vellas...". 

(2) Vid. Biblioteca de Autores Españoles, de Ribadeneira, t. XXXV, "Cancio- 
nero y Romancero sagrados", cit, p. 121. 

(3) Ibid., t. cit., p. 113. 



— 232 — 

Observemos, a continuación, a Damián de Vegas, famoso glosador por 
cuatro veces del canto popular; "Tal sello impreso traéis". Dirígese tam- 
bién a Francisco y le dice: 

Pues de tanto amar a Dios 
E imitar a Cristo, es visto 
Parecer una de dos ; 
O que vivís muerto en Cristo 
O que el muerto vive en Vos ; 

Con el cual estáis tan junto 
Que es harto poderse hallar 
Ojos de tan alto punto 
Que sepan determinar 
Si sois Cristo o sti trasunto. 



Bien os ha Dios descubierto 
Que os ama de amor profundo, 
Pues otra vez muestra al mundo 
En vos vivo a su Hijo muerto. 

Por tanto, no os espantéis. 
Padre, que el mundo os arguya 
Si sois él o imagen suya 
Porque se le parecéis (i). 



A tenor de los anteriores, canta Gonzalo Arcóte de Molina (1548- 
1599) <1U6 en Nobleza de Andalucía (Sevilla, 1588, fol. 183) pone en re- 
lación con San Fernando a los Patriarcas Domingo y Francisco, dicién- 
donos en una octava real que el rey tuvo en más su trato que el de los 
mayores monarcas. Y, a su vez, el Carmelita Fr. Pedro de Padilla, no 
satisfecho con cantar personalmente en su Jardín Espiritual, consigue que 
juntamente con él le encomien en este liliro — son sus palabras — 

algunos de los famosos Poetas de Castilla, 

tales como Pedro Láinez, el Dr. Campuzano, Gonzalo Gómez de La- 
que, Gabriel López Maldonado, Lope de Vega ^ y Miguel de Cer- 
vantes. Véase aquí una estrofa de la de Padilla: 

No quiere semejanza en ésto 
El firme amante con su dulce Amado, 
Sino que para más en él mudarse, 
No pudiendo morir crucificado. 
Tomó el mundo por cruz, y en ella puesto. 
Quiso de voluntad crucificarse, 



(i) Ibid.,,t cit., p. SSS. 



— 233 — 

Supo morir al mundo de manera 
Que con mucha razón decir pudiera: 
Estoy vivo sin vida, 
Que solo Cristo en mi vive y anida. 

Y puesto que sería nunca acabar, si continuáramos por tal camino, 
cerremos esta serie de trozos literarios con el de Lope Maldonado, el 
cual nos dice: 

Quien quisiere saber si es aprobada 
Una verdad que a todo el mundo informa, 
Que el verdadero amante se transforma 
En pura forma con la cosa amada, 

Mire aquella verdad en tí encerrada 
Que al mundo puso nuevo ser y forma, 
Mire aquella humildad que así reforma 
La libertad y la altivez pasada; 

Mire el silencio y la pobreza santa, • 
Seráfico Francisco, que te han dado 
La celestial y victoriosa palma; 

Veráte grande, al par de cualquier planta, 
Ve.ráte, como a firme enamorado, 
En tu Dios transformado cuerpo y alma (1). 

Por este estilo, revistiendo mil formas, adaptándose maravillosamente 
a la inspiración de todos los poetas, aparece Francisco de Asís en nuestra 
literatura, ya aislado, ya formando grupo con otros héroes de la Iglesia y 
de la humanidad. Acuérdase de él Pablo Verdugo al cantar a Santa Te- 
resa, con motivo de las fiestas de beatificación celebradas en Salamanca (2), 
Alonso de Bonilla, para realce de su Nuevo jardín de flores divinas, 
impreso en Baeza en 1617, Alonso de Ledesma, al trazar sus Juegos de 
noches buenas a lo divino \^), y — por no citar otros — -D. Luis José Mu- 
ñoz DE León y Ocaña, al consagrarle su Vida en compendio de San 
Francisco de Asís, en romance endecasílabo (4). 

Por su parte, el Ven. Px\lafox, hácele objeto de sus alabanzas entu- 
siastas en los cantos XXI, XXXVIII, XL, XLIX y LI de sus Varias 
Poesías Espirituales. En vez de citar trozo alguno de los cantos mencio- 
nados, preferimos copiar el Soneto que lleva por subtítulo: "Claman sus 



(1) Jbid., í, cit., p. 46. 

(2) Ibid., t. cit., p. 45. — En las celebradas en Córdoba por igual motivo, sácalo 
también a colación la célebre poetisa Cristobalina Fernáneez de Alarcón, en una 
niagnífica composición, que ha sido recientemente publicada, en Homenaje literario a 
la gloriosa Doctora Santa Teresa de Jesús, en el tercer centenario de su beatificación, 
Madrid, impr. "Alrededor del Mundo", p. 9. 

(3) Ibid., t. cit., núm. 383. 

U) Se conserva manuscrita en la Biblioteca Provincial de Cádiz. 



— 234 — 

hij'os en Purgatorio, para subir al cielo por su intercesión", en el cual se 
alude a una tradición respetable muy común en España: 

En santa cárcel detenidos presos, 
o Patriarca nuestro I te aguardamos, 
echa la cuerda, de que asir podamos: 
gócense en Dios los humillados huesos. 

Delitos, ignorancia, culpa, excesos, 
tu intercesión, tu nombre aquí llamamos 
remedie, por tu ruego nos veamos 
Ubres, en salvo, cuanto agora opresos. 

Suceda luz perpetua a las tinieblas, 
holganza igual, apenas desiguale, 
a guerra de temor, de amor victoria. 

Tuyos somos, o Sol, rompe esas nieblas, 
y pues de Redemptor muestras señales, 
redime, y trueca nuestra pena en gloria (1). 

De igual modo que al Santo, honran también los poetas a sus hijos. 
¿Hacen otra cosa, por ventura, Ubeda al cantar a Santa Clara (2), Be- 
nito Carrasco al escribir el romance que comienza "Celestial santo fray 
Diego" (1594), Cristóbal Bravo al enaltecer a uno de nuestros reli- 
giosos martirizado en Francia por herejes (1585), Diego López y un 
poeta anónimo al hacer vibrar su lira en alabanza del mártir franciscano 
de Constantinopla Fr. Gonzalo Lobo y de trece religiosos moradores del 
Santo Sepulcro (1577), y otros dos aI^ónimos en los romances San An~ 
tonto del Dohlón^y Liberación de dos cautivos por el Taumaturgo de 
Padua (3). 

Sigamos, luego, observando, y descubriremos que, aun en pleno si- 
glo XVIII, en medio de los hervores de propaganda antirreligiosa de los 
enciclopedistas, escribe Benegassi y Lujan la Vida del portentoso negro 
San Benito de Palermo, descrita en seis cantos jocoserios (Madrid, Juan 
de San Martín, 1750); y Camporedondo su Tratado filosófico-poético 
escótico, compuesto en seguidillas... (Madrid, Miguel Escribano, 1757); 



(i) Obras del Ven. D. Juan de Palafox y Mendoza, cit., t. VII, p. 541. 

(2) Biblioteca de Autores Españoles, cit., t. XXXV, p. 309.— He aquí una de sus 
bellas estrofas: 

Clara: la claridad siempre abrazaste, 

Y en tus obras contino esclareciste, 

Y de tinieblas claridad sacaste, 

Y claro vaso para tu Dios fuiste; 
Al alma a claridad siempre guiaste 
Por el camino claro que anduviste, 

Y así te ha dado Dios por tal victoria 

¡ Oh, Clara! en premio claridad y gloria. 

(3) Vid., Biblioteca de Autores Españoles, cit., t. X, "Romancero general", to- 
mo I, Madrid 1854, PP. LXX-XCUI. 



— 235 — 

y la Monja Bernarda, D.'' María Nicolasa, su Vida de Clemente XIV en 
dos cantos y un romance (Burgos, José de las Navas, 1794) ; y José Ma- 
ría Marín, su Vida inimitable de Santa Juana de Valois, poema en doce 
cantos (Palertno, 1747), y el ya citado Muñoz de León y Ocaña, su 
Vida de San Antonio de Padua, en romance endecasílabo, existente en la 
Biblioteca Provincial de Cádiz; y Gaspar Francisco de Quincoces, sus 
Glorias de Castilla... santísima mda de San Pedro Regalado, poema en 
octavas, tres cantos (Valladolid, 1747); y Eugenio Gerardo Lobo, sus 
composiciones al Cronista Franciscano de Aragón, P. José Hebrera, y a 
Santa Catalina de Bolonia 'i) y, por último, el famoso Cura de Fruime, 
las suyas a la Tercera Orden de Santiago, al célebre orador P. Lavan- 
deira y al más renombrado de los relojeros gallegos, Fr. Manuel del 
Pío (2). 

Y — para concluir — ^Jerónimo CánceIíi, cuyas Obras poéticas fueron 
publicadas por Manuel Martín (Madrid) en 1761, parece declararnos el 
movimiento general de atracción del Seráfico, al resumir el común sentir 
de los españoles, poetas y no poetas, en una de sus Seguidillas a San Fran- 
cisco, en que exclama: 

Sin duda que Francisco 

Todo lo entiende, 
Pues (to) que todos dicen: 
con él me entierren; 

frase familiar esta última — dice la Academia — 

con que uno da a entender que es del mismo gusto, genio o dictamen de la per- 
sona o personas a quienes se dirige o alude (3) . 

Tales son los principales vestigios que nos recuerdan en la literatura 
española la influencia del franciscanismo (4). Los trastornos filosóficos y 



(i) En las Obras de este autor, t. I, pp, 198-206, se halla la prmiera (al P. He- 
brera), contenida también en la Biblioteca de Autores Españoles, cit., t. LXI, "Poe- 
tas líricos del siglo XVIII",. Madrid, 1869, pp. 40-41- La poesía a Santa Catalina de 
Bolonia, se halla en Poesías varias de id., t. II, Madrid, 1769. PP- 12-14- 

(2) Pueden verse en las Obras del autor, impresas en Madrid, 1779. t, II.— La 
última, figura, al frente de la obra encomiada Arte de relaxes de ruedas (dos to- 
mos), Santiago, 1756.— Otro "Cura de Fruime", Antonio Francisco de Castro. 
dedica, a la vez, en sus Poesías (Orense, 1841, pp. 7-1 1) una Oda al franciscano 
P. Malvar, arzobispo de Santiago, en recuerdo del camino oue mandó construir en- 
tre Santiago y Pontevedra. 

(3) Vid., Rodríguez Marín, en sus notas al Qíiijote, cit., t. VII, p. 95. — Que- 
dan todavía por no incluir en esta serie otras poesías a S. Francisco que pueden 
verse reunidas en la Antología franciscana, cit., del Sr. Monner y Sans. ^ 

(4) Nada hemos dicho en estas páginas de la existencia de la poesía satírica 
contra los Franciscanos.- Alguna hay, de no mala intención, como, por ejemplo, la 
de D. Luis de GóngOra, que comienza: "En trescientas santas Claras", (.Biblioteca, 
cit, t. XXX, "Poetas líricos de- los siglos XVI y XVII". Madrid, i8S4, P. 489)- 
Otras contra los frailes indistintamente, como Jas publicadas sin nombre por el po- 



— 236 — 

políticos que desde el siglo XVIII se prolongan en interminable serie has- 
ta más de mediados del siglo XIX, trajeron también como consecuencia 
el eclipse de esta influencia tantas veces secular en nuestras letras. El Se- 



lítico de tiempos de Felipe V, D. Rafael Melchor de Macanaz (Biblioteca, cit., t. 
cit., p. XXV). Y otras, finalmente, alusivas a algún individuo, como las Quejas de 
Castilla, dirigidas a los Reyes Católicos contra Cisneros, y publicadas- por D. Pe- 
dro José Pidal, en su Prólogo al Cancionero de Baena, en las que leemos : 

"Traes un lobo rapaz 

En hábito de cordero, 

Que en son de poner en paz, 

Nos muerde más de lijero; 

En la cueva, do yacía, 

Raíces crudas comía; 

Y después se entró lamiendo 

Y en tu hato está mordiendo 
Los mastines cada día." 

En el mismo plano que las Quejas de Castilla hay que colocar Las locuras del 
P. Méndez: Cartas de D. Juan de la Sal (1616), más que picarescas, puestas por el 
P, Juan Mir, como modelos, en Frases de los Autores Clásicos Españoles, Madrid, 
Gregorio del Amo, 1899, pp. 790-92. y que, a buen seguro, no figuraran en esta obra, 
si se tratase en ellas de dejar malparado a algún miembro de la benemérita Compa- 
ñía de Jesús. En cambio, para quien conozca el estilo peculiar del Dr. Diego de To- 
F.RES Villarroel, nada tiene de extraña esta descripción que hace {Obras, cit., to- 
mo XV, p. i8s) del Capuchino León de Guareña, que fué a asistirle en una grave 
enfermedad: "El pobre religioso— exclama— es cierto que tiene una figura estrujada, 
cetrina, grave y pavorosa, y un semblante ceniciento, aterido y ofuscado con el pe- 
lambre mantecoso y desvaído de su barba; a cuyo aspecto añadían duplicados terro- 
res las broncas obscuridades del sayal y la negra gruta de su capuz sombrío y cau- 
daloso: teníalo regularmente empinado y escondidas las manos en los adustos boque- 
rones de las mangas, de modo que parecía un macario penitente, que respiraba muer- 
tes y eternidades por todas sus ojeadas, conyunturas y movimientos".' 

En prueba de que dichas frases no encierran ningún sentimiento molesto, véase 
lo que dice con respecto a los PP. Capuchinos: "Hame concedido la bizarra pobre- 
za y la extrema piedad de los reverendos padres definidores Capuchinos de las dos 
Castillas una celda en el Convento de Salamanca, donde .me meto a temporadas a 
divertirme y a guardarme de los ociosos... Tengo también, por la piedad de dichos 
reverendos pad'res, abierto y aparejado, en una de las capillas de su iglesia, el hoyo 
que ha de recoger mis zangarrones y. en poder de Dios mil y trescientas misas, que 
se ha rezado en los conventos de religiosos descalzos...". 

Entre los trabajos de este autor, señala "un pronóstico" para el año 1764, inti- 
tulado : Las Vistillas de San Francisco, con enigmas y acertijos distintos (Vid. ibid., 
p. 156), que no sabemos haya sido publicado. 

Más sensible es, sin duda, la lectura de un Soneto que corre entre las poesías — 
casi todas amatorias — del célebre P. Benito Jerónimo Feijóo, y cuya paternidad — al 
decir de López Peláez — no está aún bien definida. Es una invectiva que, con pre- 
texto de herir al impugnador del Teatro Crítico, P. Soto Marne, resulta altamente 
injuriosa a la Orden Seráfica, cuyos prestigios encomia el P. Feijóo, debatiendo con- 
tra su impugnador en Jiista repulsa, y en la que contaba, por otra parte, con entu- 
siastas admiradores, de la talla de los famosos PP. Mohedanos. Por el buen nombre 
de nuestro ilustre paisano, deseáramos no hubiese salido de su pluma semejante 
parto infamatorio, que si a alguno deshonra, es a quien lo escribe, demostrando que 
su corazón no alienta muy por encima de esas regiones donde se forman las tor- 
mentas. (Vid., Antolín López Peláez, Las Poesías ' del P. Feijóo, Lugo, Tip. de 
G. Castro, 1899, prólogo). Puede verse el Soneto aludido en la pág. 85 de esta co- 
lección. 

Mencionemos, también, a D. Joseph Joachim Benegassi y Lujan, el cual en 
El no se opone de muchos y residencia de inqenios (Madrid, Impr. de Miguel Es- 
cribano, sin año, p. i8),_ después de decir que "en los retiros de los Claustros suelen 
estar los mejores ingenios, aunque perseguidos de no pocas murmuraciones", fustiga 
a los murmuradores, diciendo:^ 

"Aquí más de dos Juníperos 
pintan lo discreto escándalo, 
y hacer quieren a lo místico 
disimulo de lo bárbaro.". 

Entre todos estos textos, figura en primera línea, por su antigüedad — pues data 



_ 237 — 

rafín de Asís, considerado como ídblo del pueblo, debía sufrir los rudos 
golpes de los sañudos perseguidores de la Iglesia, que a nada perdonan a 
trueque de salirse con la suya. Vemos, entonces, que 

VoLTAiRE se goza en tratar despectivamente al simplón de Asís, en su Dicciona- 
rio Filosófico; Pedro Bayle toma a pechos resumir en su Diccionario Histórico 
toda suerte de ideas descabelladas contra Francisco Asisiense; Edmundo Scherer, 
hace objeto de mofa las "manchas" del estigmatizado, extrañándose que haya quien 
ponga en él los ojos, y Volfango Goethe, yendo a Asís en 1786 a quemar su grano 
de incienso en la patria de Propercio en homenaje al genio clásico del templo de 
Minerva, aparta con desagrado el rostro de la "construcción babilónica" de la Ba- 
sílica franciscana (1). 

De aquí el que, a ejetríplo de los caudillos de la impiedad, el servitm 
pécus de sus imitadores en nuestra Patria tratara de desterrar al Santo 
de Umbría del terreno artístico y literario^ y siguiera años y años en esta 
empresa, no obstante el éxito alcanzado, aun en tales épocas de borrasca, 
por obras informadas por su espíritu, tales como La Diosa y la Furia, en 
tres tomos, reeditada en Madrid en 1867 (Librería de E. Aguado), en que 
no da el nombre su autor, P. Francisco Tiburcio Arribas, O. F. M., y{ 
Las ruinas de mi Convento, publicada por vez primera en 1851 (2) : 
testimonios irrecusables de que el espíritu franciscano seguía alentando en 
los pueblos de raza española. Por aquel mismo período se percibían en 
España los ecos inspirados de poetas franciscanos, de la talla del P. Mi- 



de fines del siglo XIV — un texto de la famosa Dansa de la muerte, especie de sá- 
tira donde ' se fustigan los excesos de los diversos estados eclesiásticos y seculares 
(Vid., Biblioteca, cit., t. LVII, "Poetas anteriores al siglo XV", p. 383). Al tocar 
la vez al Fraile Menor, responde la Muerte a sus lamentos diciéndole: 

Maestro famoso, sotil e capas, 
Que en todas las artes f uestes sabidor, 
Non vos acuytedes, limpiad vuestra fas, 
Que a pasar abredes por este dolor... 
Como la peor entre las peores merece figurar una contra San Francisco, de Sa- 
MANiEdo, cuyo espíritu licenciosamente perverso pone frases de indignación en la 
pluma de Menéndez y Pelayo. Por fortuna, corre en libros que solo raras perso- 
nas conocen. Esta, y alguna que otra no tan obscena, son los únicos desahogos volte- 
rianos que se han permitido los poetas impíos contra la Orden Seráfica. 

(i) P. León Beacaloni, L'Arte francescana, etc., Todi, 1924, pp. 341-42. — ^A 
pesar de lo arriba dicho, no por eso se libraron del todo los corifeos de lá impiedad 
de la influencia del Franciscknismo. Bien a las claras la refleja, por ejemplo, Vol- 
taire, en su Fr. Fulgencio y Marco Aurelio, cuyo trabajo reprodujo traducido 
la Revista Seráfica de Chile, en 1908, pp. 142-^4, 

(3) De esta obra se han hecho muchas ediciones, llegando, además, a publicar- 
se en folletín en los principales periódicos. Tiene esta novela una segunda parte ti- 
tulada : _ Mi Claustro, por Sor Adela. Finalmente, en 1875, apareció (Barcelona, Es- 
tabl. Tip. de Luis Tasso) una tercera parte independiente con el título: Las delicias 
del Claustro y mis últimos momentos en su seno. Mucho han discutido los críticos, 
acerca de la paternidad de Las Ruinas, inclinándose unos a favor del P. Ramón 
EuLDÚ, O. F. M., y otros de D. Fernando Patxot. Sin embargo de que nada pue- 
de establecerse aún en firme^ parece lo más probable ser este último el autor, y el 
P. Buldú el protagonista, lil Apostolado de La Prensa, de Madrid, ha hecho, en 
1920, una nueva edición de la Primera Parte, sin nombre de autor. 



— 238 — 

GUEL Magraner (i), P. Lüis Esparza (2) y P. Francisco Pons (3), 
combinados con los del P. Martínez-Colomer y otros citados anterior- 
mente; pero su voz era demasiado débil para imponerse entre el tumulto 
de la literatura malsana en boga. Nuestros grandes poetas, dados a soltar 
ditirambos a la libertad y al progreso, no se preocuparon de otros amores 
que de los amores profanos. Si alguno, tal vez, se acordó de los hijos de 
San Francisco, fué para hacerles representar un papel contrario al que 
ocuparan siempre en la tradición española, como, por ejemplo, D. José 
Zorrilla en su ya citada Leyenda de Don Juan Tenorio. 

Y es entonces cuando vemos a ingenios privilegiados, enseñar al pue- 
blo doctrinas que lo lancen al libertinaje y a la desesperación. ¡Qué falta 
les hacía un Fi'ancisco de Asís, como genio orientador de sus ideales! Si 
Quintana le hubiera contemplado expirante, cantando entre embriague- 
ces de éxtasis, ¿se atrevería a exclamar: 



(i) Fué poeta dramático, autor de varias comedias morales y de otras sobre 
asuntos bíblicos. (Vid. Carbonero y Sol, Homenaje a San Francisco de Asís, cit., 
p. 276. 

(2) Este autor publicó, en Valencia, por los años de 1801, su Exposición en 
prosa y verso, del libro de los Cantares, en 8." Tiene, además, impresa, en el mismo 
año, una Exposición poética de las virtudes y vicios. Falleció con fama de santidad 
en Jerusalén, dejando entre sus manuscritos una Defensa de la Religión Católica con- 
tra, los griegos cismáticos. — Sobre este autor y sus obras, vid. el estudio publ. por el 
P. Gerardo Bolada, en Archivo íbero-americano, cit., núm. LXXI, pp. 339-82. 

A su lado podemos colocar al mártir de Damasco (1860), recientemente beatifi- 
cado, B. Francisco Pinazo, entre cuyos manuscritos, autorizados con su firma, se 
hallan cien pareados, algunos de ellos tan preciosos como los siguientes: 

Vuelve gracias por agravios. 

Que así negocian los sabios. 

Él sabio no ha de fiar 

De quien no sabe callar. 

Para quien ama y espera, 

La cruz pesada es lijera. 

El que su gusto procura, 

En todo hallará amargura, etc. 
(Vid., Archivo íbero-americano, 1926, II, pp. 264-65, y P. Francisco Llorens, Vida<. 
de los Beatos Carmelo Bolta y Francisco Pina::a, de la Orden de Frailes Menores: 
Valencia, Renovación, 1926, pp, 26-27). 

(3). El P. PoNS es autor de la obra en versos latinos: Compendio de las ex- 
celencias del puerto de Mahón, impreso en 1819. También publicó, en 1837, un Com- 
pendio de la poesía^ latina y castellana, y la obra en dos tomos Nuevo método para 
aprender por principios fáciles la lengua latina. (Homenaje, loe. cit.) — Noi hacemos 
aquí mención de otros poetas ojie han dejado inéditos sus trabajos, como, por ejem- 
plo, el P. Bartolomé Escarrer, autor de un "Poema dramático de San Buenaven- 
tura y Santo Tomás de Aquino", que en 1834 halló Bover en el Archivo de la Co- 
fradía de los Angeles del convento de San Francisco, de Palma de Mallorca. (Vid. 
P. A. LÓPEZ, San Buenaventura en la bibliografía española, cit., p. 63). 

Otros hay, finalmente, como el exclaustrado Dr. D. Francisco de Asís Mes- 
tres, de los que no conocemos obra alguna poética suelta, pero que matizan sus obras 
en prosa con trozos de versos, hijos del ingenio. Dicho Padre, "distinguido orador 
sagrado y autor de yarias obras religiosas". (Vid. La Ilustración Española y Ame- 
ricana, Madrid, 1877, t. I, p. 94), ha dejado alguna que otra poesía— sobre todo una 
sobre el llanto de San Francisco — en su Galería Seráfica. (Barcelona, impr. de José 
Kibet, 1857, 2 vol.). También aduce varios trozos sueltos de otras diversas, entre las 
cuales nos place consignar el siguiente juego poético de Castell, sobre el nombre 
de Francisco (t. I, p. 64) : 

Figurara Redemptoris Accepit Nulla Careas Integri Seraphici Crucifixi Vulneri- 
bus Signatus. 



_ 239 — 

Morir fuera mejor; más ¡ayl que abiertas 
Ya a devorarme aspiran 
De la siguiente edad las negras puertas? (1). 

Si EsPRONCEDA hubiera tenido en cuenta su solicitud en retirar las 
hormigas de los senderos para que no fuesen holladas, en poner miel a 
las abejas en invierno para que no pereciesen de haimbre, en llorar de com- 
pasión en presencia de corderillos destinados al degüello, ¿no sentiría re- 
niordimíento de decirnos: 

¡ Oh ! ¡ caiga el que caiga I ¡ más vino ! ¡ brindemos 
a aquel que más beba, loores sin fin...! (2). 

Trueqúese feíi risa mi dolor profundo... 
i Que haya un cadáver más qué importa al mundo ! (3). 

¡Lecciones frías, heladas, glaciales, qué no fecunda el amor cristiano, 
dignas en todo de una sociedad que olvida al cielo, que tiene por Dios 
al egoísmo! 

En medio de esta sociedad vivía Selgas, y Selgas escribía, observán- 
dola: 

La civilización moderna ha empleado todas sus fuerzas en conducirnos a la po- 
sesión de todas las felicidades; la ciencia, el arte, la literatura, la industria y la polí- 
tica han ejercido sin descanso su influencia civilizadora para llevar a nuestras cos- 
tumbres, a nuestros sentimientos y a nuestras ideas la suprema cultura. Mas, ¡ah, 
inexorable despotismo de la historia I Cuando íbamos a coger el fruto ya sazonado 
de nuestro progreso, nos encontramos de manos a boca con el caos en la ciencia, la 
degradación en el arte, la prostitución en las letras, la codicia en la industria y el 
envilecimiento en la política; nos encontramos sin ¡deas, sin sentimientos y sin cos- 
tumbres (4), 



(i) Obras, de Quintana, París, Garnier, 1882, p. 535. 

(2) Obras Poéticas, de Espronceda, París, Garnier, 1889, p. 476. 

(3) M ibid., p. 282. 

(4) Cosas del día, Madrid, 1876, A. de Carlos e Hijo, p. 23. — El propio Rubén 
Darío reconoce esta verdad, al exclamar, en España contemporánea (t. 19 de sus 
Obras, edic. de El Mundo Latino, Madrid, p. 22): 

"No dejaron semillas los árboles robustos del gran cardenal, del fuerte duque, 
de los viejos caballeros férreos que hicieron mantenerse firme en las sienes de Espa- 
ña la diadema de ciudades. Los estadistas de hoy, los directores de la vida del 
reino, pierden las conquistas pasadas, dejan arrebatarse los territorios^ por miles de 
kilómetros y los subditos por millones. Ellos son los que han emancipado al León 
simbólico de antes : ellos los que han influido en el estado de indigencia moral en 
que el espíritu público se encuentra...". — A lo cual ale^a justamente el citado 
escritor: "...en España... el Catolicismo forma parte, o está unido tan íntimamente 
al alma general, a tal extremo que España ha de ser siempre católica o no será..." 
me. 93). 



VIH 



El Frarmscanismo en la literatura portuguesa. - Origen común de la lite- 
ratura portuguesa y la española: su identidad de ideales en el siglo de 
oro. - Sa de Miranda. - Gil Vicente y los Franciscanos: labor francisca- 
f lista. - Camoens, cantando a San Francisco. - Otros literatos y dramatur-* 
gós. - Los poetas y literatos franciscanos: Fr. Agostinho da Cruz, Fr. 
Gaspar Barreiros, Fr. Francisco de Portugal, P. Francisco Macedo. - Mon- 
jas poetisas: Sor María do Ceo. - Más poetas franciscanos. 



Muy poco hemos dicho, en cuanto llevamos expuesto, acerca del fran- 
ciscanism,o en la literatura portuguesa. Hermana gemela de la castellana, 
expresando sus conceptos en un lenguaje que reconoce idéntica proceden- 
cia, puede decirse que en unos mismos ideales bebieron ambas la inspira- 
ción que las robusteció, elevándolas a las excelsitudes del clasicismo. 

Estos ideales llegaron a la literatura portuguesa por intermedio de la 
literatura castellana, que fué también por mucho tiempo el molde en que 
fundían sus cantos los más grandes literatos de la ' nación vecina. Puede 
decirse que, extinguidos en el siglo XV los ecos postreros del Cancione- 
ro de Baena, la influencia de la escuela lírica galaico-lusitaha se somete 
en Galicia a la de la literatura castellana en auge, y por ella se deja ava- 
sallar en Portugal, aunque sin por eso extinguirse, en forma de que los 
mejores poetas portugueses, tan pronto escribían en castellano como en 
su propia lengua nativa (i). 



(i) Menéndez y PelayO; Historia de la poesía castellana, cit., t. III, pp. 305 
y sig. — Entre los literatos portugueses que han escrito en castellano, algunas de 
sus composiciones, cita Romero Ortiz, en el siglo XV, al infante D. Pedro; en 
el XVI, a Sa de Miranda, Diego Bernardes y Pero da Costa Perestrello; en el 
XVII, a Francisco Ca de Meneses, Francisco Rodrigues Lobo, Antonio de Sousa 
Macedo, Francisco Chil Rolim de Moura, Fr. Bernardo de Brito, Jacinto Freiré de 
Andrade, Simón Machado, Baltasar Estago,_^ Francisco de Portugal, Manuel de _Fa- 
riay Sousa, Manuel de Galhegos, Paulo Gongalves de Andrade, Vasco Mourinho 
de Quevedo, Duarte Riveiro de Macedo, Fr. Jerónimo Bahía, Antonio Villarboas e 
Sampaio y Andrés Nunez da Silva; y en el XVIII, a Manuel Botecho, Manuel de 
Sousa Moreira, Condesa de Ericeira y Cayetano José da Silva. "Los compiladores 
— añade — de las Fénix renascida y del Postilhao de Apolo (s. XVIII), recogieron in- 



— 241 — 

Con Francisco Sa de Miranda (siglos XV-XVI) penetra en Por- 
tugal la influencia italo-clásica, casi al propio tiempo que se hace sentir 
vigorosa en nuestra Patria, y a ella se suma la de las obras de Juan de la 
B'.NCiNA y Rodríguez del Padrón (i), de los cuales hemos hablado an- 
íerionnente. Escribió setenta y cinco poesías en castellano, y era admi- 
rador de Gaecilaso, cuya muerte lamenta en la égloga Nemoroso. 

Sus poesías son sentenciosas y ricas de filosofía y sana moral (2). 

Por este mismo tiempo descuella el célebre Gil Vicente, al cual no 
llegó la influencia italiana c^e los literatos, pero si — ^y muy de Uencí — ^la del 
franciscanismo, del que da gallardas muestras en sus obras, sin por eso 
dejar de hacerse eco de los desmanes de alguno de nuestros Religiosos, 
indigno de serlo, cual sucede en Fragua' d'amor. Testimonio de esta su 
espiritual filiación franciscana, es el hecho de que su esposa recibiera se- 
pultura en San Francisco de Evora, donde se lee este epitafio, que a él 
se atribuye: 

Aquí jaz a mui prudente 
Senhora Branca Becerra, 
Mulher de Gil Vicente, 
Feita térra (3); 

y el que en 1531, al ser reputado un violento terremoto como castigo por 
la tolerancia con que se miraba a los judíos conversos, llegando por ello a 
tramarse entre el pueblo su exterminio, haya acudido al convento fran- 
ciscano de Santarem, consiguiendo con sus excitaciones a los frailes que 
éstos tomaran como cosa propia desvanecer la opinión errada "del vulgo 
e impidiesen así las matanzas (4). Nada, pues, tiene de extraño, la ten- 
dencia franciscanista que revela en sus obras, tan importantes y de tanta 
monta, toda vez que son únicas en el clasicismo de la literatura portuguesa. 



distintamente composiciones de ambos idiomas". Y concluye: "Desde_ entonces, ¡qué 
cambio tan radical !...". {La literatura portuguesa en el siglo XIX, cit, p. 7.) 

En efecto: "decíase antes — observa Rodríguez Elias — que España y Portugal 
eran dos países que, no obstante su parentesco, vivían vueltos de espalda el uno al 
otro"; pero "hoy ya no puede decirse con certeza lo mismo. Uno y otro han co- 
menzado a virar, para volverse de cara. No están todavía frente a frente; o, lo que 
es igual, no han concluido aún de conocerse. En este movimiento giratorio, Portu- 
gal ha ido más de prisa que España...". ("Revista de Libros", en Faro de Vigo, 10 
de mayo de 1905, p. 3). ¡Ojalá vuélvala — ^y muy pronto — a mirarse de cara!... 

(í) Vid., Id. ibid., loe. cit. 

(2) Hurtado y J. • de la Sebína, Hisl. de la literatura española, cit., p. 336. 

(3) Menéndez y Pelayo, op. cit., loe. cit., p. 399. — En la misma iglesia fué se- 
pultado (1557) el propio Gil Vicente (Vid. L. Fernández Moratín, Obras dramáti- 
cas y líricas, t. VI, cit., p. 29). 

(4) Id. ibid., loe. cit., pp. 398-99. 

Franciscanismo.— ]6 



— 242 — 

Su labor dramática de treinta y cuatro afios--dice Menéndez y Pelayo — signi- 
fica mucho más : es la historia entera del teatro de su país, que sin gran hipérbole 
puede decirse nació y murió con él il). 

Tiene, además, el gran- mérito — característico de los literatos francis- 
canos — de haber introducido en la literatura portuguesa los elementos de 
la poesía popular (2). 

Al lado de Gil Vicente se halla el inmortal Camoens, sobradamente 
conocido para que nosotros nos entretengamos aquí en ponderar sus mé- 
ritos. De la influencia franciscanista en el príncii^e de los poetas lusita- 
nos, puede mu)' bien darnos clara idea el soneto siguiente, que dedica al 
glorioso Fundador de los Menores : 

Como louvarei eu Serafim Santo, 
tanta humildade, tanta penitencia, 
castidade e pobreza e paciencia 
com este meu inculto e rudo canto? 

Argumento que as Musas poe espanto, 
que faz muda a grandíloqua eloquencia. 
O 'imagen que a divina Providencia 
de si viva em nos faz para bem tanto! 

. Postes de Santos urna rara mina; 
almas de mil a mil ao Céu mandastes 
do mundo que perdido reformastes. 

E nao roubáveis só como a doutrina 
as vontades raortais, ,mas a divina, 
pois os seus rubis cinco Ihe roubastes (3). 

A despecho de los esplendores que se desprenden del genio de Camoens, 
no fué éste comprendido apenas de sus contemporáneos, descendiendo, en 
medio del mayor abandono, al sepulcro, colocado en la iglesia de Santa 
Ana, que es de Religiosas Franciscanas. Al lado halló también reposo, el 
gran literato lusitano Diego Bernades^ rival afortunado suyo, pero vínico 
de quien recibió algunas alabanzas el autor de Los Lusiadas (4). 

Diego Bernardes (1520-1605) cuenta entre sus poesías una Carta, di- 
rigida a su hermano Fr. Agustín de| la Cruz, franciscano y gran poeta 
(del que pronto nos ocuparemos) en la cual le dice: 



(i) Ibid., loe. cit., p. 396. 

(2) Ibid., loe cit. 

(3) Vid. la sección "Antología Franciscana", de la Revista bracarense, Bole- 
titn Mensal da Ordem Tere eirá, 1924, p. 106, de donde tomaremos muchas compo- 
siciones de este trabajo. 

(/O Vid., Fernando Denis en la Biografía de Camoens, puesta al frente de Los 
Lusiadas, trad. de Manuel Aranda, cit., pp. LII y LIX. 



— 243 — 

¿En qué te merecí, oh Agostinho, 
Para que en esta selva me dejases, 
Tomando para ti mejor camino? (1). 

Y Fr. Agustín, a su vez, parece excitarle las ansias de amoldarse al 
ideal franciscano, exclamando en un Soneto que le consagra: 

El pueblo, cuyo aplauso recibiste. 
Viendo tu blando Lima dedicado 
Al Príncipe Real, fiel y excelente. 

Te loará mucho más, cuanto escribiste ; 
Mas a mi, caro hermano, menos loado, 
Me ensalzará el Señor eternamente (2). 

Expuesto lo que antecede acerca de los dii majares de la literatura lu- 
sitana, fáicil es comprender que de su franciscaniátno participaron, más 
o menos, los demás' poetas, soimetidos a su dirección e influencia. Desde 
el agustiniano Fr. Tomé de Jesús, en el siglo XVI (3), y el jesuíta P. An- 
tonio ViEiRA (4) y el Oratoriano P. Bernardes (5) en el XVII y XVIII, 
hasta el XIX, en que Antonio Javier Ferreira de Acebedo, compone 
el drama: Santo Antonio librando o pae do patíbulo (6), y Antonio Pe- 
reirá Aragao, escribe el suyo original: A rainha Santa Isabel é d-Di- 
riz (7), la savia franciscánista circula abundosa por su campo literario, 
dando gracia y esplendor a los más bellos trabajos de sus buenos escri- 
tores. 

¿Ni para qué ocultar que parte de este éxito corresponde propiamen- 
te a nuestros literatos franciscanos, entre los cuales se cuentan muchos dig- 
nos de figurar en primera línea? De los más antiguos, y también de los 
más gloriosos, es, sin duda, Fr. Agostinho da Cruz, poeta-cumbre del 
siglo de oro (1540-1619). Supónese que sostuvo relaciones con Fernán 
Rodríguez Lobo Soropita (8). No conocemos todas sus obras poéticas, 
pero bien podemos insinuar que no desmerecen de las de su hermano Die- 
go, antepuesto a Camoens por sus contemporáneos. Dícenos del mismo, 
Fernando Denis, en la Biografía de este último : 



(i) Fernando Maristany, Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua por- 
tii.guesa. Valencia, Edit. Cervantes, 1918, p. 51 y sig. 

(2) Id. ibid., loe. cit. 

(3) Antología Franciscana, cit., 1924, p. 181. 

(4) Ibid., 1923, pp. 273-7S. 

(5) Ibid., año cit., p. 243 

(6) Vid., Antonio Romero Ortiz, La literatura portuguesa en el siglo XIX, 
Madrid, Tip. de Gregorio Estrada, 1869, p. 188. 

(7) Vid. id. ibid.. p. 350-51- 

(8) Vid. Archivo íbero-americano, extractando la obra de Fidelino de Figuei- 
RiDo, Cartas de Meriendes y Pelayo a García Pérez (Coimbra, 1921), en el núm. de 
enero- febrero, de 1922, pp. 137-38. 



— 244 — 

desde el año 1560 vestía el hábito de religioso en el Convento de Santa Cruz de la 
Sierra de Cintra; y a partir de aquella época no salió jamás de su retiro, en medio 
de solitarias montañas. — Este siervo del Señor, como se le llama, vino a ser, por de- 
cirlo así, extraño a los hombres y al mundo. En la cumbre del monte Arrábida, sólo 
celebra la divinidad y los grandes espectáculos de la naturaleza; a veces habla de 
amor, pero de amor domado por la religión: si dice una palabra de las pasiones 
humanas, es para humillarse ante la eterna grandeza: si los combates vienen a su 
pensamiento, no son los combates de los hombres los que canta, sino la lucha de los 
elementos... (1). 

En cuanto al mérito de sus composiciones, observa Menéndez y Pe- 
layo: 

Pasa generalmente por poeta místico, pero es, más bien, ascético. Sus églogas es- 
pirituales son muy bellas. En lo demás, fáltale arranque lírico (2). 

Nuestros lectores pueden formarse idea de la perfección de las mismas, 
por dos sonetos a San Francisco, de los cuales extractamos : 

(Del primero) : 

Como é propio do amante desejar-se 
Na cousa amada todo transformado, 
E vos con tanto amor o desejastes, 

Deus, de voso ardor santo namorado, 
Quis também nésse hábito encerrar-se, 
E vos no proprio Deus vos transformastes. 
(Del segundo) : 

Seráfico Francisco, assinaldo 
Naquelas cinco partes, donde estava 
Amor, quando por si se trasladava 
Para mostrar en ti o seu traslado. 

Assi como na Cruz fora pregado, 
Asi consigo mesmo te pregava: 
Das chagas deque nela se chagava, 
Dessas mesmas te deixa a tí chagado (3). 

Tal es el númien de Fr. Agostinho da Cruz. El papel que él desem- 
peña en la literatura, desempéñalo Fr. Gaspar Barreirgs en el terreno 
de la crítica histórica del siglo XVI, en que es considerado como uno de 
los más gloriosos campeones, digno de emparejar con Luis Vives y An- 
tonio DE Nebrija (4), demostrándonos estos dos ejemplos el florecimien- 



(i) Los Lusiadas, trad. cit., p. LII. 

(2) Horacio en España, cit., pp. 409. 

(3) Antología Franciscana, cit., 192S, p. 308. 

(4) Archivo ibero-americano, cit., 1922, pp. 137-38. 



— 245 — 

ío literario que reinaba a la sazón en nuestros conventos portugueses, en 
los cuales se contaban varones tan preclaros como Francisco de Portu- 
GALj que d'espués de distinguirse en el mundo como bravo guerrero y sen- 
timental poeta, tomó el hábito de la Orden en Lisboa, en donde murió en 
JÓ32 (i). Diez años después de esta fecha, o sea el 28 de diciembre de 
1642, vestía también la librea franciscana el celebérrimo P. Francisco 
Macedo, cuyos vastos conocimientos en todos los órdenes, se extendie- 
lon igualimente al de la literatura, de que son buena muesti*a las varias 
comedias en latín que a su pluma debemos (2). Por estos mismos tiem- 
pos, distingüese, igualmente, como literato, Fr, Sebastián do Regó, con- 
siderado por Fr. Manuel do Cenáculo^ como autor de las Paraphrases 
latinas as odes de Horacio e a Eneida de Virgilio: códice que, en sentir 
de Menéndez y Pelayo, es el que hoy día se conserva en la Biblioteca 
Pública de Evora (3). 

De nuestros conventos de monjas salió también una poetisa lucidísi- 
ma, llamada María Eza y Tabora, nombre que cambió por el de Sor 
María do Ceo, al entrar en religión en el Convento de la Esperanza de 
Lisboa, a la edad de 18 años. Había nacido en la misma ciudad el 11 de 
septiembre de 1658. Su carácter de poetisa drítmática resalta brillante- 
mente en sus comedias: En la cura va la flecha, Preguntarlo a las estre- 
llas y En la más obscura noche, y en los Autos Mayor finesa de amor y 
Fe y As lágrimas de Roma, de que nos habla Narciso Díaz de Escovar 
en "Décadas del teatro antiguo español" (4), Por su parte, Romero Or- 
Tiz le asigna las dos obras poéticas : Engaños de bosque y Desengaños 
de río, publicadas en Lisboa el año 1741 (5). Como muestra de su gusto 
literario, pondremos aquí estos versos suyos, con los que hemos dado, ca- 
sualmente, leyendo La Trapa de L. J, .M. (Madrid, impr. hispano-filipina, 
1881, p. 80): 

Dichosa soledad, silencio amado, 
Páramo del amor, lugar querido, 
Adonde se perdió todo el cuidado, 
Adonde se ganó todo el sentido. 
¡ Qué áspero es tu temor cuando pensado 1 
¡ Qué blando tu rigor cuando advertido 1 
Solitaria mansión, voz sin deslices, 
¡ Ah, silencio de amor, y cuánto dices ! 



(i) Ibid., loe. cit. 

(2) Vid. Narciso Díaz de Escovar: Décadas del teatro antiguo español (1640- 
49) publ. en Revista de Archivos, etc., t. XIX, p. 390. 

(3) Vid., Horacio en España, cit., pp. 145-146. 

(4) En Rev. de Archivos, etc., cit., t. XXI, p. 136. y t. XXVII, p. 503. 

(5) Op. cit, p. 84. 



— 246 — 

Nombres son los antedichos que bastan para honor del franciscanismo 
portugués, que tanto contribuyó a la riqueza y brillantez del lenguaje, y 
produjo estilistas tan fatnosos como nuestro Fr. Marcos de Lisboa^ con- 
tado entre los clásicos (i), Fr. Antonio das Chacas, de quien hemos 
hablado anteriormente, y el brasileño Fr. Francisco de Monte Alver- 
NE (2). Al prestigio de estos nombres unen el suyo en las siguientes cen- 
turias Fr. Plácido de ¡Andrade Barroco, Terciario Regular de Lisboa 
(i 750-1819), autor del Sacrificio de Melchisedec, poema dramático em 
louvor do Sanctissimo Sacramento (Lisboa, 1799) y de Sonetos no casa- 
mento do conde da Redinha (Lisboa, 1776); Fr. Francisco Busse, tam- 
bién Terciario Regular de Lisboa (1756-1813), que escribió: Rimas, poe- 
sías líricas de um natural de Lisboa (1789, dos tomos) y Églogas 'campes- 
tres, canto- heroico a paz de Portugal con Hespanha e Franga (Lisboa, 
1802); Fr. Juan Silverio de Lima, profesor de Filosofía y socio de la 
Academia de Ciencias de Lisboa (1751-1829), al cual se deben las Horas 
Marianas en verso heroico (Lisboa, 1782), y, finalmente, el P. Alejan- 
dro DEL Espíritu Santo, gran predicador, natural de Arcos de Valde- 
ven (1749-1811), cuyas obras (t. I, Lisboa, 1855; t. II, Coimbra, 1856) 
fueron publicadas por José Lourenqo Tasares da Paixao e Sousa (3). 



(i) Romero Ortiz, qp. cit„ p. 12. 

(2) Antología Franciscana, cit, 1924, pp. 7(>-77- 

(3) Sobre estos literatos, vid. Romero Ortiz, op. cit., pp. 28-31. 



IX 



El franciscanismo en los orígenes de la literatura americana. - A raiz de 
la conquista. - Los Franciscanos, introductores de la literatura entre los 
indios. - Los Franciscanos y el teatro religioso indígena. - Dramaturgos 
franciscanos en lenguas del país: Fr. Pedro de Betanzos, Fr. Juan Alon- 
so, Fr. Juan Bautista, Fr. Andrés de Olmos, Fr. Luis de Fuensalida. - 
Indios literatos. - Representación indio-franciscanista en Tlaxcala. 



Y ¿qué decir, mientras tanto, de la literatura hispano-americana ? Amé- 
rica — no hay para que insinuarlo — nació a la civilización bajo la tutela 
paternal de nuestros grandes misioneros, más atentos, sin duda, a iniciar- 
la en los rudimentos de la cultura, que en las exquisiteces del arte, para 
el cual no se hallaba en condiciones, en un principio. Y, sin embargo, pue- 
de decirse que en el ambiente literario le enseñaron ya entonces esos mi- 
sioneros a dar sus primeros vagidos, por descubrir en ello un medio de 
hacer penetrar más fácilmente en sus almas los sentimientos del ideal re- 
ligioso. 

Así que Menénde;z y Pelayo, después de hacernos en i6io la pre- 
sentación de Fernán González de Eslava, como dramaturgo que nos 
brinda en Méjico con el primer cuerpo o colección de obras * poéticas, 
agrega y dice: 

las primeras representaciones sagradas eran mucho más antiguas, y se habían 
introducido desde los primeros tiempos de la conquista, no solo en lengua castella- 
na, sino en lenguas de los indios, 

pues 

los misioneros franciscanos se valieron alguna vez del teatro sagrado como de 
medio catequístico (i). 



(i) Historia de la poesía hispano-americana, t. I, Madrid, 1911, p. 53. 



— 248 — 

No sabemos — a causa de la carencia de noticias exactas — si así lo prac- 
ticaron en la Argentina, donde 

es ya un hecho sabido que la orden seráfica sentó la primera piedra del edificio 
religioso en Buenos Aires por los años de 1580-83 (1), 

o en el Ecuador, en cuyas tierras 

a las órdenes monásticas y especialmente a la de San Francisco, se debió la pri- 
mera cultura del país y el establecimiento de las primeras escuelas, 

siendo 

el primer colegio de cuya formal organización se tiene noticia el de San Andrés, 
establecido por los franciscanos en 1556, así como a un franciscano, el P. Jodoco. 
Rickle, se había debido la introducción de la primera semilla de trigo (2) ; 

nos consta, en cambio, que pusieron en práctica este procedimiento en 
Centro-América, en cuyas tierras coloca nuestro gran polígrafo, entre los que 

dan honrosísimo y calificado principio a la cultura literaria de Guatemala con 
sus obras catequísticas e historiales, 

al incomparable alumno de la Provincia Seráfica de Compostela, Fr. Pe- 
dro DE Betanzos (3), de igual modo que alumnos de la misma Provincia 
son los primeros grandes evangelizadores de Méjico, que también intro- 
ducen idénticas representaciones teatrales entre sus indios, siempre bajo 
el acicate de mayor utilidad en el incremento de la propaganda reli- 
giosa (4). 



(1) RÓMULO D. Carbia, Historia eclesiástica del Río de la Plata, Buenos Aires, 
t. I, Alfatt Omega, 19141 P- 92 y sig. 

(2) Menéndez y Pelayo, op, cit, t. I, pp. 79-80. — Acerca de este punto, puede 
verse la obra cit., del P. Francisco M.° Compte, Varones ilustres de la Orden Se- 
ráfica en el Ecuador, Quitó, 1885 y 1886, dos volúmenes. De igual modo iban los 
franciscanos estableciendo escuelas y colegios por todas las regiones del continente, 
en armonía con las necesidades de tiempos y lugares. El Colegio de San Francisco 
de Asís, en Lima, para educación de indios nobles, no se fundó hasta los años 
161S-1622. Vi^. Míenéndez y Pelayo, op. cit., loe. cit., p. 183. 

(3) Op. .cit., loe. cit., pp. 176-77. — La Biblioteca de Beristain, cuenta 131 es- 
critores, en gran parte guatemalecos y en su mayoría franciscanos, pero entre los 
cuales sólo se conocen quince como poetas propiamente dichos (Ibid., p. 178). El 
primer impreso de fecha conocida, de la imprenta en Guatemala, es un sermón, de 
Fr. Francisco de Quiñones y Escobedd, predicado el 4 de octubre de 1660, según 
el propio historiador (Ibid., p. 177), con lo que no parece estar conforme el P. Da- 
niel SÁNCHEZ, el cual en su Catálogo de los escritores franciscanos de la Provin- 
cia de Guatemala (Guatemala, Impr. de San Antonio, 1920, pp. 28-29), vindica esta 
preferencia para^ la obra El Puntero (1641) del P. Fr. Juan de Dios Cid. 

(4) Vid. Historia de los indios de Nueva España, escrita a mediados del si- 
glo XVI, por el R. P. Fr. Toribio de Benavente... sácalos nuevamente a la luz el 
R. P. Fr. Daniel Sánchez García, Barcelona, Hered. de J. Gili, 1914, p. V y sig. 



— 249 — 

Difícil nos es apreciar en toda su exactitud la parte directa que en 
esto corresponde a los franciscanos. Lo tardío de la implantación de casi 
todas las imprentas de América, el espíritu de pobreza de la Orden que 
dificultaba la publicación de trabajos considerados como de mero entrete- 
nimiento y aun el desbarajuste de los archivos que siguió a la época de 
la expulsión de los frailes, parecen actuar de consuno para ocultarnos el 
caudal abundante de aquella primera floración americana de nuestros 
apóstoles que buscó en las lenguas indígenas el secreto de expansión de 
cultura literaria entre los indios. Algo, sin embargo, conocemos, aunque 
muy poco en proporción. Nos consta, por ejemplo, que Fr. Juan Alon- 
so, nacido en 1556, 

compuso en metro índico, en el idioma mejicano y cakchiquel, lo que en el Géne- 
sis se escribe de la creación del mundo, la caída de nuestros primeros padres, mu- 
chas vidas y martirios de Santos y de la Pasión y muerte de Nuestro Redentor, 
para que a sus tiempos las cantasen y representasen, como hasta el día de hoy se 
hace, 

escribía en 1714, el cronista P. Vázquez, aludiendo a lo que en Guatema- 
la estaba atín en práctica (i). Y Menéndez y Pelayo, al desentenderse de 
tratar de los dramaturgos en lenguas indígenas, hace, no obstante, una 
excepción, con algunos, para decirnos: 

Suenan entre ellos los nombres de Fr. Juan Bautista, franciscano, que compuso 
dramas espirituales de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo en náhuatl, 
y de Fr. Andrés de Olmos, franciscano, que hizo representar delante del virrey 
Mendoza y del arzobispo Zumárraga su célebre auto de El Juicio Final, causando 
íiran edificación a todos, indios y españoles (2). Anterior a todos ellos — concluye — , 
había sido Fr. Luis de Fuensalida, uno de los doce primeros misioneros de su 
Orden, que compuso, en lengua mexicana, Diálogos o coloquios entre la Virgen Ma- 
ría y el Arcángel San Gabriel (3). 

Ni hay para que decir que, a ejemplo de nuestros misioneros; también 
los indios aspiraron a representar papel de dramaturgos, cual sucedió con 
uno de los descendientes de los reyes de Tezcuco, llamado D. Bartolo- 



(i) Chranica de la Provincia de Santísimo Nombre de Jesús de Guatemala de 
el Orden de Nuestro Seráfico Padre San Francisco,... por el R. P. Francisco 
Vázquez. Guatemala, Impr. de San Francisco, año de 1714, t. I. pp. 600-610. 

(2) Aunque el Sr. Menéndez y Pelayo no lo dice, cónstanos que este drama 
lo compuso en lengua mejicana el P.^ Olmos (1529). Mucha importancia debían dar 
aquellos apóstoles a dramas de esta índole, cuando vemos ocuparse en componerlos 
a evangelizadores como el P. Olmos, considerado, después del Ven. P. Margil, como 
el más activo y laborioso de los misioneros de Centro-América. Era Fg. Andrés 
de Olmos, natural de Oña (Burgos) y fué a Nueva España acompañando a Zumá- 
rraga. De las muchas obras que escribió, nos da cuenta el P. Daniel Sánchez en 
su cit. Catálogo de escritores franciscanos, _p. 69. 

{?,) Historia de la poesía hispano-americana, cit., t. I, p. 55. 



— 250 — 

MÉ DE Alba, que trasladó al nahualt tres comedias del Fénix de los in- 
genios, Lope de Vega (i). 

Estos ligeros datos nos ponen de manifiesto la intervención de nues- 
tros Religiosos en la prosperidad y florecimiento de. la literatura indígena 
americana. No satisfechos con componer trabajos dramáticos en las len- 
guas del país (2), ellos mismos se encargaban a veces de organizar y diri- 
gir las representaciones. Menéndez y Pelayo nos hace saber que Fr. To- 
EiBio de Benavente, célebre autor de la Historia de los indios de Nueva 
España, 

dirigió y organizó algunas de estas fiestas del Corpus y de la Epifanía en Tlax- 
cala, desde 1538 por lo menos, 

y añade que hubo entre ellas una de carácter histórico, 

por las paces hechas entre el emperador y el rey de Francia (3). 

Toma, sin duda, la noticia de la descripción de la misma que el P. To- 
RiBio nos hace en la mencionada Historia (4), y de ella vamps a tomar 
también nosotros el cuadro final de dicha representación, que nos refiere 
en los términos siguientes, como muestra de la forma en que se celebra- 
ban tales actos: 

Pasando la procesión a otra plaza, en otra montaña se representó como San 
Francisco predicaba a las aves, diciéndoles por cuantas razones eran obligadas a 
alabar y bendecir a Dios... Las aves, llegándose al Santo, parecía que le pedían su 
bendición, y él se la dando, les encargó que a las mañanas y a las tardes loasen y 
cantasen a Dios. Ya se iban y como el santo se alejase de la montaña, salió al tra- 
vés una bestia fiera del monte, tan fea que a los que la vieron así de sobresalto les 
puso un poco de temor; y como el santo la vio, hizo sobre ella la señal de la cruz, 
y luego se vino para ella; y reconociendo que era una bestia que destruía los gana- 
dos de aquella tierra, la reprendió benignamente y la trajo consigo al pueblo, a do 
estaban I05 señores principales en su tablado, y allí la bestia hizo señal que obede- 
cía, y dio la mano de nunca más hacer daño en aquella tierra; y con esto se fué 
la ñera a la montaña. 

Quedándose allí el santo, comenzó su sermón diciendo: que mirasen como aquel 
bravo animal obedecía la palabra de Dios, y que ellos que tenían razón y muy gran- 
de obligación de guardar los mandamientos de Dios... y estando diciendo esto Salió 
uno fingiendo que venía beodo, cantando muy al propio que los indios cantaban 
cuando se embeodaban; y como no quisiese de dejar de cantar y estorbase el ser- 



(i) Menéndez y Pelayo, op. cit., loe. cit. 

(2) "Los actores — dice Menéndez y Pelayo — eran exclusivamente indios, y las 
piezas se componían en su lengua, con alguno que otro villancico en castellano". 
Op. cit., t. I, p. S3- 

(3) Op. cit, loe. cit. 

(4) Edición del P. Sánchez, cit., tratado I, cap. XV, pp. 77-95. 



— 251 — 

món, amonestándole que callase, si no que se iría al infierno, y él perseverase en 
su cantar, llamó San Francisco a los demonios de un fiero y espantoso infierno que 
cerca a él estaba, y vinieron muy feos, y con mucho estruendo asieron del beodo y 
daban con él en el infierno. Tornaba, luego, el santo a proceder en el sermón, y 
salían unas hechiceras muy bien contrahechas, que con bebedizos en esta tierra muy 
fácilmente hacen malparir a las preñadas, y como también estorbasen la predicación 
y no se fuesen, venían también los demonios y poníanlas en el infierno. De esta ma- 
nera fueron representados y reprendidos algunos vicios en este auto. El infierno te- 
nía una puerta falsa por donde salieron los que estaban dentro; y salidos los que 
estaban dentro pusiéronle fuego, el cual ardió tan espantosamente que pareció que 
nadie se había escapado, sino que demonios y condenados todos ardían y daban vo- 
ces y gritos las ánimas y los demonios; lo cual ponía mucha grima y espanto aun a 
los que sabían que nadie se quemaba... (1). 

Esta descripción basta para mostrarnos como los Franciscanos evan- 
gelizadores no despreciaban los elementos de la sana literatura, am.oldán- 
dola a la capacidad mental de los indígenas, con el propósito no solo de 
entretenerles, sino también de instruirles. Pero lo que tenían de entusias- 
tas con respecto a las buenas representaciones dramáticas, lo tenían tam- 
bién de adversos cuando en las representaciones peligraba el fruto de sus 
enseñanzas, en orden a la moralidad de los indios. Después de los sacri- 
ficios que les imponía su misión civilizadora, érales muy diiro que compa- 
triotas suyos vinieran a destruir en poco tiempo, con representaciones es- 
cénicas de mal gusto, el fruto de tantos afanes. Porque españoles eran, 
en efecto, y no indígenas, aquellos a quienes se dirigía el arzobispo fran- 
ciscano Zumárraga — ^al cual hemos visto autorizar con su presencia la re- 
presentación del Juicio Final del P. Olmos — para decir: 

a otro que Fr. Juan Zumárraga busquen que los excuse... y por solo esto, aun- 
que en otras tierras y gentes se pudiese tolerar esta vana y profana y gentílica _ cos- 
tumbre, en ninguna manera se debe sufrir ni consentir entre los naturales de esta 
nueva Iglesia. Porque como de su natural inclinación sean dados a semejantes re- 
gocijos vanos, 3' no descuidados en mirar lo que hacen los españoles, antes los imi- 
tarán en estas vanidades profanas que en las costumbres cristianas. Y demás de desto 
hay otro mayor inconveniente, por la costumbre que estos naturales han tenido de 
su antigüedad, de solemnisar las fiestas de sus ídolos con danzas, sones y regocijos, 
y pensarían, y lo tomarían por doctrina y ley, que con estas tales boberías consiste 
la santificación de las fiestas (2). 

Más enérgico todavía el gran apóstol de Centro-América en el si- 
glo XVII, P. Margil, viendo interrumpidas sus predicaciones en Zacate- 



(i) Ibid., pp. 94-95. 

(2) Cit. por Menéndez y Pelayo, ibid., t. I, p. 53. — ^A pesar de todo, a la muer- 
te del Arzobispo se volvió a las andadas, y hubo precisión de que el Concilio ter- 
cero Mejicano de 1585, tomara acuerdo de prohibir toda representación profana en 
días festivos, autorizando solo las de "historia sagrada u otras cosas santas y útiles 
al alma", previa la censura del diocesano. Id. ibid., loe. cit., p. 54. 



— 252 — 

cas por ttna coanpañía de comediantes, penetra con el Crucifijo en alto en 
el lugar de la escena, hace uso de la palabra y arrastra en pos de sí al 
gentío hasta la iglesia, cantando las Letanías de la Santísima Virgen (i). 



(i) Semejante rasgo de audacia, estuvo a punto de costarle la vida, que Dios 
le salvó milagrosamente, con el castigo y conversión de los comediantes. Vid. P. 
Daniel Sánchez, Un gran apóstol de las Américas, Guatemala, Tip. de San Anto- 
nio, 1917, cap. XXIX, pp. 152-53. 



\ 



X 



Introducción del teatro español en América: su carácter franciscanista. - 
Primeros poetas franciscanófilos: Bermúdes Belmonte, Baltasar de Ore- 
na, Bartolomé Martines, Fr. Diego de Hojeda, Centenera, Pedro de Oña, 
Luis de Ribera. Larrañaga. - Degeneración literaria. - El gusto clásico en 
nuestros conventos de monjas : la Madre Cantillo, Sor Violante de Cisneros, 
Sor Josefa Bravo, Sor Francisca de la Cueva, Sor Úrsula de San Diego. 



La cultura literaria en América, afianzada en sus comienzos con ele- 
mentos de inspiración franciscana y robustecida en el espíritu del pueblo 
recién convertido con letrillas de cantos e himnos de vulgarización que, a 
estilo de España, amenizaban los ejercicios del culto, no fué tampoco de 
malsanas tendencias en los orígenes de su vida profana, ni indigna tam- 
poco de los esplendores literarios de nuestro siglo de oro. Menéndez y 
Pelayo al situar en las auroras de la décimo séptima centuria los comien- 
zos del teatro que pudiéramos llamar secular, nos advierte que sus repre- 
sentaciones se ejecutaban con dramas y comedias del gran terciario Lope 
DE Vega y sus discípulos, dándonos a conocer los nombres de algunos 
poetas de mayor prestigio que, después de haber hecho célebre su nombre 
en España, fueron a cosechar nuevos laureles a las tierras vírgenes del 
Nuevo Mundo. Hay, sobre todo, entre ellos uno cuyo nombre no es des- 
conocido en la, literatura franciscana: refiérome a Luis de Belmonte y 
Eermúdez, el famoso literato que en su popular comedia El Diablo pre- 
dicador trazó la apoteosis de la Orden Seráfica — ^aunque en fonna que 
los tiempos posteriores juzgaron algún tanto inconveniente — y que, sin 
duda, enriqueció por aquella época el repertorio del teatro americano con 
nuevas y singulares produciones, dignas de su talento, puesto que consta 
que en las dos veces que estuvo en Nueva España compuso allí muchas 
comedias y dio Cima a la Vida en verso de San Ignacio de Loyola (i). 



Ú) Menéndez y Pelayo, op. cit., loe. cit., p. 54-55. 



— 254 — 

A la par de este poeta, otros hallamos por aquellas tierras que hacen 
honor por su prestigio a la literatura franciscana. Sea, entre todos, el pri- 
mero el zamorano Baltasar de Orena, uno de los que asistieron al Con- 
cilio de Trento, y de los primeros exclarecidos varones que figuran en 
América como Terciarios de hábito descubierto, cuya actuación como al- 
calde de Guatemala corresponde a los años de 1591. En orden a su in- 
f.uencia literaria, no creemos haya sido de poco fuste, cuando mereció 
de la musa de Cervantes este levantado encomio: 

Toda suavidad que en dulce vena 
Se puede ver, veréis en uno solo... 



El nombre de éste es Baltasar de Orena 
Cuya fama al uno y otro Polo 
Corre ligera del Oriente a Ocaso, 
Por honra verdadera del Parnaso (1). 



Compañero inseparable de Orena, fuélo el primer Terciario que se 
conoce del Nuevo Mundo, Bartolomé Martínez del Anillo, natural de 
Uzeda, arzobispado de Toledo, nacido en 1550, al cual califica el cronista 
VÁZQUEZ de 

hombre muy noticioso de humanas y divinas letras, gran poeta y que había te- 
rido caudal y trato grueso (2). 

No se conocen de sus poesías sino unas redondillas que hizo para las 
Estaciones del Vía-Crucis de Guatemala, de las que copiamos las si- 
guientes : 

Consuela el Dador del Bien, 
entre sus penas ansiosas, 
a las tristes y llorosas 
Hijas de Jerusalén. 

De la túnica y la piel 
despojan al inocente, 
y dale el pueblo insolente 
vino mirrado con hiél. 

Con duros clavos aquí . 
clavaron en un madero 
al inocente Cordero, 
pobrecita alma, por tí (3). 



(i) Calatea, libro VI, canto de Calíope, de donde lo toma Menéndez y Pe- 
i.ayo, op. cit., t. I, p. 178. — Ocúpase también de este poeta el P. Sánchez, Catálo- 
go de escritores, cit, P- 71. 

(2) Vid. la Rev. de Guatemala, Milicia de Cristo, núm. de abril de 191 7. 

(3) Ibid., núm. de maj'o, 1917. 



— 255 — I 

En lugar de preferencia debe ser colocado también Juan de Caste- 
llanos, celebrado autor de Elegías de varones ilustres de ludias, en cuyo 
testamento declara haber compuesto en "octavas ritmas" un libro titula- 
do Vida y muerte y milagros de Sant Diego, llamado de Alcalá], para imA 
primir el cual deja en depósito el dinero necesario. Sus relaciones con los 
I] i jos de San Francisco se manifiestan en las mandas testamentarias que 
deja a favor de Franciscanos y Clarisas (i). 

Poco después de esta misma época florece en el Perú el famoso domi- 
nico Fr. Diego de Hojeda, natural de Sevilla, que, al escribir las páginas 
áureas de su Cristiada, no se descuida de mencionar honrosamente, al lado 
del glorioso fundador de su Orden, a 

...el hombre serafín del cielo nuestro 
De las virtudes un segundo todo... 

y de consignar, casi a renglón seguido, como — ante los ojos con que con- 
templa Cristo el porvenir — 

...destos patriarcas venerables 
De las dos celestiales religiones, 
Había en la pintura innumerables 
Hijos de valerosos corazones... (2). 

Recuerda en el libro XI el Apostolado del Seráfico y exclama (estro- 
fa 87) : 

Y aquel humano Serafín ardiente, 
Archivo santo del amor divino, 
De Dios llagado imagen excelente. 
De Dios pobre dibujo peregrino; 
Excelso capitán de humilde gente, 
Guía sagaz del áspero camino 
De la perfecta Cruz, la cruz llevaba 
Francisco, y sin hablar, la predicaba. 

Y antes ya, en el libro V, nos dice, aludiendo a su proselitismo : 

También el Padre y Serafín alado. 
Encendido én feliz y eterna llama, 
Con su grave academia estaba honrado 
De hijos dignos de perpetua fama; 



(i) Vid. Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, t. XXXV, pp. 272-93. 
(2) La Cristiada, publ. en Biblioteca de Autores Españoles, de Ribadeneira, to- 
mo XVn, "Poemas épicos", libr. IV, p. 452. 



— 256 — 

De la Buenaventura acompañado, 
(Que así el Doctor Seráfico se llama), 
Amores con sus manos escribía 
Y escribiendo, a su escuela arder hacía... 

Contemporáneo del anterior es el vate español Martín del Barco 
Centenera, autor del poema La Argentina y conquista del Río de la Pla- 
ta, poco notable por su inspiración, pero de innegable interés histórico, 
puesto que tomó parte en los episodios que relata, entre los cuales figu- 
ra el 

de la muerte del franciscano Fr. Alonso de la Torre, a quien el mismo Cente- 
nera, perdido con él en los bosques, ayuda a cortar algunas ramas para hacerse 
una cama de hojas donde pueda cerrar los ojos para siempre (1), 

y el del martirio de otro Religioso de la Orden, que iba en la expe- 
dición de Mendoza (1535), al cual dedica en el canto XV las estrofas 36, 
Z7 y 38, que comienzan: 

Aquí quiero no quede por olvido 
Un caso que me viene a la memoria, 
Del grande Patriarca enriquecido 
De bienes duraderos en la gloria... (2). 

¿ Y qué decir, ahora, del chileno Pedro de Oña, celebrado autor del 
Arauco Domado? Su musa, contagiada por los extravíos del culteranismo 
en boga, vuélvese hacia la figura gigantesca del Apóstol de la América 
del Sur, para cantarle, como Hojeda a San Francisco y su Orden y Cen- 
tenera a los dos franciscanos. ¡Ah! bien merece por cierto, como expre- 
sión de gratitud americana, su excelso evangelizador las estrofas vibran- 
tes de la Canción Real en que se recogen las excelencias de San prancisco 
Solaíp, introd^idendo' 'al río Limia que habla con el Tibre en Roma '(3). 
Menéndez y Pela yo, al ocuparse de esta composición, nos dice : 

En medio de las lobregueces del culteranismo, todavía centellea de vez en cuando 
el vivo ingenio del autor del Arauco Domado, en este que podemos llamar su canto 



(i) Menéndez y Pelayo, op. cit., t. II, p. 377. 

(2) Copia este trozo poético el P. Pacífico Otero en Dos héroes de la Con- 
quista. Buenos Aires, 1905, pp. 9-10. — Centenera fué a la Argentina en la expe- 
dición del adelantado Juan Ortiz de Zarate, en 1574, como Vicario de la Armada y 
figuró más tarde como arcediano de la iglesia paraguayo-platense. No conocemos 
directamente su poema, compuesto de XXVIII cantos, e impreso la vez primera en 
Lisboa, 1602, por Pedro Crasbeck. 

(3) Está publicada en la segunda edición de la Vida, virtudes y milagros del 
santo Padre Fr. Francisco Solano, por Fr. Alfonso de Mendieta, 1645. 



— 357 — >^. . 

de cisne, puesto que por entonces debía ser muy anciano, y no volvemos ya a en- 
contrar noticias de su persona (1). 

Y de igual modo que Pedro de Oña en Chile, así se expansiona en 
Potosí, a donde le ha conducido la suerte, la musa clásica del egregio se- 
villano Luis DE Ribera, del cual dice nuestro gran polígrafo: 

verdaderamente enriqueció aquel cerro con venas de poesía más preciosas que la 
plata de sus entrañas (2). 

Mientras de tal modo inmortalizaba su nombre el ilustre vate, su fan- 
tasía elaboraba rica miel dé emociones, revoloteando en tomo al recuer- 
do de su hermana Constanza María, trionja profesa de las Concepcionis- 
tas, a la cual dedica allí su colección poética, firmándola a i de marzo de 
i6i2 (3). No tenía, ciertamente, Bruno Francisco Larrañaga, una her- 
mana religiosa franciscana, como la de Luís de Ribera, que le hiciera las 
veces de ángel tutelar en el curso de sus elucubraciones literarias ; pero 
tenía, en cambio, en el ejemplo del autor de Arauco Domado, cantando al 
evangelizador de sus tierras, una orientación que seguir para hacer él lo 
propio con el que evangelizó incansable las de Centro Amiérica; y hacia 
éste, en efecto, enfoca su inspiración, de la que brota, por los años de 
1788, su Eneida Apostólica, o epopeya que celebra la predicación del V. 
Apóstol de Occidente P. Fr. Antonio Margil de Jesús, intitulada "Marq- 
uida" . Noble es el empeño de este autor, en exaltar al héroe de sus can- 
ciones y preciosos los elementos de que echa mano su musa, puesto que nos 
presenta su obra 

escrita en puros versos de P. Virgilio Marón, traducida a verso castellano : 

con todo, el poema no está a la altura de su ideal, para cuyo desempeño 
íe necesitan más poderosas energías que las concentradas en el numen de 
Larrañaga (4). Por otra parte, la época no favorecía tampoco el éxito. 



_(i) Op. cit., t. II, p. 321. — Sobre el mismo Santo, publicó también la Vida del 
Señor San Francisco Solano, en sagrado canto latino y castellano (Granada, 1789), el 
literato Francisco Ruiz Polonio (Vid., J. Toribio Medina, Diccionario de Anóm- 
alos, cit., t. II, p. 280). 

(2) pp. cit, t. II, p. 273. 

(3) Las Sagradas Poesías de Don Luís de Ribera, dirigidas a la Señora Cons- 
tanza María de Ribera, monja profesa en el hábito de la Concepción..., fueron pu- 
bacadas en Sevilla en 1612, en un tomo en 4.°, por el editor Clemente Hidalgo. Da 
«lias tomó varias D. Justo de Sancha para su Romancero y Cancionero Sagrados, 
(P^. S6-57 y 267-269), publ. en la Biblioteca de Autores Españoles, de Ribadeneira, 
t. XXXV, cit. 

(4) Al autor, que publicó su obra en Méjico, por los años de 1788, lo criticó 
Álzate, en términos de obligarle a escribir una Apología por la Margileida y s» 
Prospecto, y satisfacción a las Notas de la Caseta de Literatura, impresa en Méxi- 
co, 1^89, en la Imprenta Nueva Madrileña de los Herederos del Licenciado D. José 
<ie Jauregui, que había hecho también la edición de la Margileida. 

Pranciscanismo.— 17 



— 2S8 — 

manteniéndose, lo mismo en España que en América, a merced de un am- 
biente literario completamente corrompido y degenerado' por excentrici- 
dades y barbarismos de toda índole (i). 

Si algo pudo, en tales circunstancias, mantenerse incólume en el co- 
mún naufragio de la literatura hispano-americana, ese algo hay que ir a 
sorprenderlo — ¡quién lo diría! — ^a los asilos de refugio de los conventos 
de monjas. No soy yo quien lo dice: lo dice nada menos que el más pres- 
tigioso representante de la crítica contemporánea. 

Aun en los tiempos de mayor decadencia para nuestra literatura — escribe Me- 
KÉN0EZ Y Pelayo— se conservó no marchita en los claustros de religiosas, la deli- 
cadisima flor de la poesía erótica a lo divino, conceptuosa y discreta, a la vez ino- 
cente y profunda; la cual, no solo en las postrimerías del siglo XVII, sino en todo 
el siglo XVIII y a despecho del general entibiamiento de la devoción, derramaba 
todavía su exquisito perfume en los versos de algunas monjas, imitadoras de Santa 
Teresa. Tales fueron, en Portugal, Sor María do Ceo, en México Sor Juana Inés 
DE LA Cruz... en Sevilla Sor Grecoria de Santa Teresa, en Granada Sor Ana 
DE San Jerónimo, y otras que sin gran esfuerzo podrían citarse. 

Y como para atestiguarnos que no podía faltar en tierras del Nuevo 
Mundo, en tan armonioso concierto monástico, la voz . inspirada de nues- 
tras Religiosas franciscanas, agrega a continuación y escribe: 

A estos nombres pide la justicia se añada el de Sor Francisca Josefa de la 
Concepción (conocida por la Madre Castillo), religiosa en el Convento de Santa 
Clara de la ciudad de Tunja (falleció en 1724), que escribió en prosa digna del si- 
glo XVI, una relación de su vida, por mandato de sus confesores, y un libro de 
Sentimientos Espirituales, que viene a ser pintoresco mosaico de textos de las Sa- 
gradas Escrituras: dos romancillos intercala, no tan felices como la prosa, pero de 
la misma tradición y escuela (2). 

En armonía con estas tendencias de la Madre Castillo, se mueve la. 
inspiración de otras religiosas franciscanas de América, de cuya inspi- 
ración nos han quedado pocos modelos, figurando honrosamente entre las 
mismas la monja concepcionista Sor Violante de Cisneros, del Convento 
de Lima, y Sor Josefa Bravo de Lagunas, abadesa de Santa Clara de la 
misma ciudad. Esta última, en efecto, concluye un soneto a la muerte de la 
Reina Bárbara, diciendo: 



(i) Lo que Larrañaga con el P. Margil, eso hizo también Joaquín Fernández 
DE LizARDi con otro de los grandes héroes franciscanos, oriundo de Nueva España.^ 
Su trabajo, se publicó en México en 181 1: son Cincuenta Octavas en honor del glo- 
rioso protomártir San Felipe de Jesús (Vid., J. Toribio Medina, op. cit., t. I, p. 225)», 

(2) Op. cit., t. II, pp. 24-29. — ^Las obras de esta Religiosa fueron publicadas en 
Santa Fe de Bogotá, 1843, en 8.°, por su sobrino A. M. de C. y A., con el título; 
Sentimientos Espirituales /de la Venerable Madre Francisca Josefa de la- Concep- 
ción' de Castillo. Relipiosa en el Convento de Santa Clara de la ciudad de Tunja, 
en la República Neo-Granadina del Sur-América. Escritos por ella misma^ de or- 
den de sus confesores. La Vida de la Venerable Madre Francisca Josefa de la 
Concepción, escrita por ella misma, fué impresa en Filadelña, en 1817. 



— 259 — I 

Que a mi, para seguirte, me prepara 
El religioso saco en su ceniza 
Del fin postrero la verdad más clara (1). 

Ni debemos olvidar tampoco — por haber dado vuelo a la inspiración 
ajenar— a Sor María Ana de Valenzüela Faxardo, del Convento de la 
Concepción de la ciudad de Santa Fé, a cuya profesión dedica una poesía 
Francisco Alvarez de Velasco en su Rhitmica Sacra, impresa en 1703, 
consagrando otra, destinada al canto, a la Hermandad de la Escuela de 
Cristo, establecida en dicho Convento; a la Ven. Fundadora del monas- 
terio de Santa Clara de Quito, Sor Francisca de la Cueíva^ en cuyo 
honor incluye un "Mausoleo Panegírico" el Mtro. Jacinto de Eguía, 
de Guayaquil, en su Ramillete de varias flores poéticas recogidas y culti- 
vadas en los primeros abriles de sus años, dado a luz en Madrid, 16715, 
por el impresor Nicolás de Xamares (2), y a la Madre Sor Úrsula de 
San Diego, autora del Convento espiritual, por una Religiosa Capuchina 
Lega en la ciudad de Granada, en la reimpresión de cuya obra, hecha en 
1813, en Santiago de Chile, por D. de C. Gallardo, hay — a la página 53 
— unos versos en elogio de la misma (3). 



(i) Los cita Menéndiez y Pelayo, op. cit., t. II, p. 214. 

(2) Id. ibid., pp. 26 y 86. 

(3) Vid. F. T. Medina, Bibliografía de la imprenta en Santiago de Chile, San- 
tiago de Chile, en casa del Autor, 1891, p. SS- 1 



XI 



Los Franciscanos en el movimiento literario hispano-americano. - Pri- 
meros poetas: PP. Escudero, Cid, Alonso de iáranda, Jua/n de Ayllón, 
Baldomero Illescas y Alejo de Alvites. - El P. Francisco de San Carlos en 
el Brasil. - El P. Navarrete y la "Arcadia Mexicana": representación li- 
teraria del P. Navarrete: ^i proselitismo. - Fr. Diego de Fringas y Fray 
Cayetano Rodríguez. - Otros poetas franciscanos. - Evolución de Fray 

Mateo Chuecas y Espinosa. 



Hora es ya de tratar de la participación directa que corresponde a los 
Religiosos Franciscanos en el movimiento hispanorliterario de América. 
Algunos conocemos dignos de figurar con gloria en estas páginas. Son dos 
de ellos, de mediados del siglo XVII, los PP. Escudero en Chile — men- 
cionado por Menéndez y Pelayo (i) — ^y Juan de Dios Cid, natural de 
Guatemala, que dejó escrito un tomo de poesías varias y al que se debe 
la obra El Puntero, que pasa por ser la primera impresa en su ciudad na- 
tal (2). A ellos podemos agregar, el P. Alonso de Aranda (cuya fecha 
ignoramos), hijo de Falencia, que cuenta entre sus escritos un libro, en 
8.", titulado Las musas de la gracia en el sagrado Parnaso de España; o 
historia de las nueve hermanas Santa Librada y compañeras (3). En la 
misma centuria (1630), publicó el franciscano Fr. Juan de Ayllón, la 
Relación en verso de las fiestas celebradas en Lima con motivo del octa- 
vario de los veintitrés mártires del Japón, en la cual — ^sometido el autor 
al mal gusto de la época — , 

campean — al decir del Sr. Palma— los más extravagantes retruécanos y las más 
enigmáticas antítesis (4). 



(i) Op. cit., t II, p, 337. 

(2) P. Daniel Sánchez, Catálogo cit., pp. 28-29. 

(3) Beristain, Biblioteca hispano-amerícana, t. I, p. 85. — AI lado de este poeta, 
merece figurar el P. Fr. Apolinar de la Concepción, uno de los más fecundos escri- 
tores franciscanos del Brasil, en el siglo XVIII. (Vid., P. Basilio Bovver, op cit., 
pp. 93 y sig.) 

(4) Discurso leído en la inauguración de la Academia Peruana, el 30 de agos- 
to de 1887. 



— 201 — 

Más resonancia debió alcanzar, sin duda— apuesto que gozó de repeti- 
das ediciones — , la obra del P. Fr. José de Castro, bautizada con el ti- 
tulo: Viaje de D. Desiderio del Final Experto (Madrid, 1694). En ella re- 
fiere en verso las peripecias de su ida y regreso de Roma, en 1688, toman- 
do como punto de partida 3' vuelta la ciudad de Zacatecas, enriqueciéndolas 
con observaciones propias (i). 

Florecía en Lima por aquellos años el entusiasmo a favor de la cultu- 
ra, llegando a establecerse una Academia Literaria en el propio palacio 
de Esquiladle, cabeza de aquel movimiento; Academia que contaba entre 
sus miembros más asiduos al religioso de la Orden Seráfica, Fr. Baldo- 
MÉRO Illescas (2); pero ni aun con tales recursos logró el buen gusto 
recobrar en los ánimos la importancia y predominio de que tan gallardas 
muestras nos da en España durante la anterior centuria; antes bien, ve- 
mos agravados semejantes resabios de culteranismo en la labor literaria 
del franciscano P. Fr, Alejo de Alvites, de mediados del siglo XVIII, 
que no puede prescindir de ellos ni aún en el título mismo de su Puntual 
descripción, fúnebre lamento y suntuoso tumulto... de los funerales cele- 
brados en la misma ciudad, con motivo de la muerte de la Reina de Por- 
tugal, el 15 de marzo de 1756 (3). 

El contagio, empero, no era exclusivo del Perú, sino que se extendía, 
según ya advertimos, a toda América y a nuestra Península, incluso Por- 
tugal, y aun al mismo Brasil, en cuyos dominios brillaba, por aquel en- 
tonces, nuestro religioso de Río Janeiro P. Francisco de San Carlos, al 
cual dio renombre su poema épico La Asunción, dividido en ocho cantos 
y escrito en variados endecasílabos, 

colmado de alabanzas por toda la prensa brasileña (4). 

Por fortuna, la reacción literaria iba abriéndose camino, aunque peno- 
samente; y es para nosotros motivo de orgullo ver figurar en Méjico, con- 
vertido en alma y vida de la Arcadia Mexicana, fundada con tal objeto, a 
uno de los primeros vates americanos de la época, al franciscano P. Ma- 
nuel de Navarretej (i 768- i 809), cuya actividad poética se desarrolla 
prodigiosamente a principios del siglo XIX, Consiguiendo imponerse entre 
los literatos de toda América, muchos de los cuales llegaron a considerar 



(i) Vid., José Toribio Medina^ Diccionario de Anónimos y Seudónitnos hispor 
no-americanos, Buenos Aires, impr. de la Universidad, 1925, t. II, p. 275. 

(2) Menéndez y Pelayo, t. II, p. 184. — Lo mismo dice Lavalle, en Galería de 
retratos de los Gobernadores y Virreyes del Perú, cit., p. 71. 

(3) Id. ibid., loe. cit, p. ai6. 

(4) Nació el P. Fiiancisco de San Carlos en 1763 y murió en 1829. (Vid. Car- 
bonero Y Sol, Homenaje a San Francisco de Asís, cit., p. 270.) 



— 262 — 

como un honor el convertirse en serviles imitadores suyos. El P. Nava- 
liRETE comenzó en 1805 a publicar sus poesías en el Diario de México, 
dejándose llevar en las profanas de las ideas que le sugerían sus autores 
predilectos, más que por propio sentimiento, por espíritu de imitación. 
Dio esto margen a que muchos le juzgasen hasto desfavorablemente; y 
Menéndez y Pelayo, volviendo por los fueros de la verdad, llega a con- 
vertirse en paladín de su inocencia, proclamándolo 

religioso irreprensible 

y atribuyendo su conducta a 

pura imitación y artificio de escuela. 

En el largo estudio que dedica a su labor literaria (op. cit., t. I, pp. 102- 
105), nos hace ver que 

donde raya a mayor altura es en sus poesías morales y sagradas, aunque cier- 
tamente no carece de defectos, siéndolo y no pequeño, su misma extensión, unida 
a cierta languidez soñolienta que en el total de la composición se nota... Discurre con 
mucha elevación — añade — , siente con cierto fervor melancólico..., pero las alas no 
le 'Sostienen bastante, ¡Ojalá Navare!etbí|— concluye— hubiese eácrito siempre con 
aquella indefinible mezcla de sencillez y elegancia que hay en algunos versos de sus 
Ratos tristes, los cuales hacen pensar ya en el próximo advenimiento de la dulce 
melancolía lamartiniana !, lo cual no es poca loa para un poeta del siglo XVIII. 

A esta poesía, en efecto, corresponde aquella su estrofa que dice: 

¡Dulces momentos, aunque ya pasados, 
A mi vida volved, como a esta selva 
Han de volver las cantadoras aves. 
Las vivas fuentes y las flores suaves. 
Cuando el verano delicioso vuelva (t). 

Concluye, por último, nuestro gran crítico, poniendo al P. Nav arre- 
te al nivel de Fr. Diego González y de Meléndez, y afirmando que en 
el género de poesía íntima y de moderno lirismo 

crece la figura del humilde franciscano, y es justo decir de él lo que dijo en Mé- 
xico el más popular de los poetas españoles de nuestro siglo: "los defectos de sus 



(i) Las poesías del P. Navarbete, se han publicado en dos volúmenes, con el 
título de Entretenimientos poéticos. Hay dos ediciones, por los menos, una hecha en 
México (1825) y otra en París (1835). — La poesía cit. en el texto y otra titulada 
La mañana, pueden verse en Las cien mejores poesías (líricas) mejicanas, Méjico, 
Porrúa Hnos., 1914, editadas por los Profesores Castro Leal, Toussaint y VÁz- 
UUEz DEL Mercado, pp. 39-41. 



— 203 — 

obras son los de su tiempo, y sus bellezas y excelencias le son propias y persona- 
les" (I). 'i; 

De seguir, ahora, la serie de poetas franciscanos de la América Espa- 
ñola, fuerza nos sería detenernos a ponderar los méritos del P. Fr. Die- 
go DE Brincas, no conocido en lo que se debe por su Musa americana, o 
Cantos de los \A tributos de Dios, traducidos en verso castellano de los que 
cu latín escribió el jesuíta Abad (México, 1785) (2). Igual distinción de- 
biera tributarse al argentino Fr. Cayetano Rodríguez, 

maestro del célebre Moreno y uno de los hombres más importantes de la revo- 
lución, 

que si bien 

brilló más como orador sagrado que como poeta, 

— ^al decir de Menéndez y Pelayo — compuso después de 1810 muchos 
•versos patrióticos, entre los cuales se hallan los siguientes, alusivos al paso 
del general San Martín por los Andes: 

Parece que las nieves, que los mismos 

Peñascos eminentes. 
Que los profundos hórridos abismos 
A su valor se muestran obedientes (3). 

De fecha ya anterior a los mismos, es su Poema qu^ un amante de la 
patria consagra al solemne sorteo celebrado en la plaza Mayor de Buenos 
Aires, por la libertad de los esclavos que pelearon en su defensa . (1807) : 
poema que hace exclamar al crítico J. M, Gutiérrez: 

Este dignísimo varón, no se sintió inspirado por la victoria, que costaba sangre, 
sino por la magnanimidad que desataba cadenas del pié del hombre esclavo (4), 

en lo que realmente se descubren los sentimientos de un corazón todo 
ternuras. 

Ternuras deben destilar también, el Elogio en verso castellano a honor 
de los dos Patriarcas Santo Domingo y San Francisco, por Fr. F. G. 



S 



Op. cit, t. I, p. 104. 
. Menéndez y Pelayo, ibid., t. I, p. 88. 

(3) Id. ibid., loe. cit. 

(4) Para todo lo relativo a este poeta, vid. P. Pacífico Otero: Fray Cayetano, 
Buenos Aires, igo8, y Centenario del ilustre franciscano Fr. Cayetano José Rodri- 
gues, de Fr. Luis de Córdoba, publ. en El Plata Seráfico, 1924, pp. 73-81. 



-264- 

(R. Rengifo, Santiago de Chile, 1827) (i); el Breve compendio en verso 
castellano de los principales sucesos de la vida y muerte de San Francisco 
de Asís, escrito por el hijo de su orden seráfica Manuel Fernández y 
publicado por Fray Gregorio Vázquez en 1834 — nueva edición de 16 
páginas en 12.°, 1847, Independencia, Santiago de Chile — (2); El Serafín 
de Asís, San Francisco, a sus devotos: Poesías sobre la construcción del 
tempíb de la Recoletd — Santiago de Chile, Independencia, 1847 — (3)>* ^1 
Eomaíice jocoserio en que se refieren los principales milagros, y sucesos 
de la vida y muerte de San Antonio de Padua, escrito por el chileno Ma- 
nuel Fernández en 181 2 3; publicado por el padre franciscano Fray 
Gregorio Vázquez — 32 pp, en 8.*>, la misma imprenta, 1846 — (4); y las 
Poesías o Cantos que el devoto religioso hace en acción de gracicLs por la 
redención del linaje humano, dedicadas al Papa Pío IX por el lego reco- 
leto franciscano )Fr. Jesús M.° Gal vez — 80 pp. en 8.", 1854, Diario, 
Valparaíso — (5). Este mismo autor, publicó en Santiago de Chile (1848), 
con las iniciales F. J. M. G., Un romance sobre la virtuosa vida y precio- 
sa muerte del R. P. Fr. José de la Cruz Infante, Reformador del Convento 
de Recoletos Franciscanos (6). 

En la misma época, publicaba el M. R, P. Pedro Luis Pacheco y 
Ceballos, de la Provincia de Paraguay, su Paráfrasis del Padre Nuestro, 
que para uso de algunas devotas compuso en décimas... (1834, pp. 8, en 
8.°); y el R. P.Fr. José Francisco Valdés, de la Provincia de Sah 
Diego, de Méjico (1850), su poesía intitulada: Jaculatorias a las Cinco 
Llagas de Nuestro Señor Jesucristo (7). 

Por último — ^y dejando a parte los noanbres de algunos franciscanos 
que guardan relaciones indirectas con la literatura (8) — cerraremos esta 
serie evocando la memoria del peruano Fr. Mateo Chuecas y Espinosa, 
muerto en 1868. No será mengua a su honor decir que su musa se andu- 
vo a veces por los cerros de Ubeda, puesto que él mismo lo reconoció 
himiildemente 

haciendo un auto de fe con la mayor parte de sus versos profanos, 



(i) Ramón Briseño: Estadística bibliográfica de literatura chilena. Santiago 
de Chile. Imprenta Chilena, 1862, p. 259. 
(2) Id. ibid.. p. S39. 
Ci) Id. tbtd., p. .316. 

(4) Id. ibid., p. 311. 

(5) Id. tbtd.. p. 259. 



(6) Vid. J. ToRiBio Medina, op. cit., t. II, pp. 215-16. 

(7) Vid. Archivo íbero-americano, cit., 1924, núm. de enero-febr., p. 87, en 
donde se halla transcrita esta última composición poética. , 

(8) Por ejemplo, el celebérrimo P. Vicente Solano (del Ecuador), que se las 
tuvo tiesas con el turbulento literato limeño D. Manuel Lorenzo Vidaurre, des- 
enmascarándolo en su trabajo de controversia El penitente fingido, etc., impreso en 
Cuenca (Ecuador) el año 1841, y reimpreso en las Obras de Fr. Vicente Solano, 
precedidas de una biografía del Autor, por Antonio Borrero, Barcelona, 1895. 



- 265 - 

en frase de Menéndez y Pela yo; antes al contrario J' mucho cede en su 
elogio el que, cambiando de rumbo, haya consagrado, luego, su inspiración 
a composiciones ascéticas de verdadero mérito, de las (jue pueden formar- 
se idea nuestros lectores, a la vista de esta décima, con que termina una 
de ellas (r) : 

Si no se apoya el saber 
En la tranquila conciencia. 
De nada sirve la ciencia 
Condenada a perecer. 
Solo el que sabe obtener 
Por una vida arreglada 
Un asiento en la morada 
De la celestial Sión, 
Sabe más que Salomón, 
Y el que no, no sabe nada. 

Las enseñanzas que en semejante lección se encierran, influyeron tam- 
bién decisivamente en la orientación de otro poeta franciscano, natural de 
Méjico, de Fr. Pablo de la Madre de Dios. Molina^ muerto en 1872. 
Aprisionado algún tiempo por los excesos de la hidra revolucionaria, que 
le había arrojado del Claustro, exclama al final de unos días de espiritual 
recogimiento : 

Salgo del cielo al mundo corrompido : 
Sí, casa santa, al cielo te comparo. 
Aquí yo el bien probé de un modo raro : 
Supe aquí, lo que nunca había sabido. 

¿Qué era yo hace diez días?... un atrevido 
Que a mi Dios insultaba con descaro: 
Un ingrato, que huyendo de su amparo. 
En un fango de horror vivía sumido. 

Mas, ya que tu clemencia, Padre amado. 
Movió mi corazón en el retiro, 
Al verte por mi amor crucificado; 

No permitas, Señor, que mi suspiro 
Se mire por el mundo arrebatado, 
Ya que a poseerte solamente aspiro (2). 



(i) La coiiia íntegra Menéndez y Pelayo, en su Historia de la poesía hispano- 
americana, tantas veces citada, t. II, pp. 242-43. — No mencionamos aquí otros escri- 
tores de los que sospechamos han debido dedicarse a trabajos literarios, como, 
por ejemplo, el P. Fr. Benito Gómez, de Santiago de Chile, propuesto, en 1814, 
para dirigir la Gaceta del Gobierno de Chile, segundo periódico, en orden de fechas, 
que vio la luz pública en dicha ciudad. (Vid., Medina, Bibliografía de la Imprenta 
de Santiago, cit., p. 137). De nuestros muchos poetas modernos de América, los úni- 
g>s que sabemos han coleccionado sus composiciones, son los PP. Antonio Pávez, 
Roberto Lagos y Raimundo Morales. Hállanse reunidas en un volumen de 300 
pp. en 16.°, con el título: Ensayos poéticos, Santiago de Chile, 1916. 
, (2) Vid., Fr. Luis de Ntra. Sra. del Refugio: Historia breve del Colegio 
('('... Zapopán, publ. por el Comité Central Pro-Cabañas, Guadalajara (México), tip. 
C. M, Sáinz, 192S, pp. 41-42. 6. 



— 266 — 

Por lo hasta ahora expuesto, bien a las claras se denuncia el interés de 
los Franciscanos hispano-americanos en orden al incremento de la cultura 
literaria: incremento al que contribuyeron también por, medio de la en- 
señanza, cual se advierte en el P. Fr. Francisco Alfaro, autor probable 
de Principios de Retórica o elocuencia, impresos en Chile el año 1850 (i). 

En presencia, pues, de tantos y tan ilustres representantes del francis- 
canismo literario, no tememos hacer nuestras estas frases de Pardo Ba- 
zÁN : 

pocos hombres habrán tenido mayor irradiación poética que San Francisco, ¿Qué 
ntucho — añade — si el espíritu del trovador milagroso y la poesía se reducen a una 
palabra melodiosa y dulce, bella en la lengua humana como en la seráfica? (2). 

Todos estos poetas que acabamos de citar, no llegaron a serlo en for- 
ma de que la posteridad pueda encumbrarlos al rango de los que figuran 
en primera línea, impedidos muchos de ellos de merecerse tal distinción 
en fuerza del mal gusto literario dominante desde el siglo XVIII. Ha- 
blando de la literatura mejicana — que fué la que más se distinguió en 
América — dicen los Sres. Castro Leal, Toussaint y Vázquez del Mer- 
cado, que, en sentir de muchos, 

en la literatura del país, una vez muerta Sor Juana, no se encuentra un verda- 
dero poeta hasta la aparición de Gutiérrez de Nájera, 

afirmación con la que no están conformes sino tratándose de poetas-cum- 
bres (3): y es, en realidad, muy triste para nosotros que, después de ver 
salir de un convento los postreros ecos de la literatura clásica, netamente 
cristiana, los primeros de la edad moderna que se escuchan en América, 
broten de corazones envenenados por el ambiente de la incredulidad más 
monstruosa. ¡Cambio general, ciertamente, pero que aquí llega al límite! 
Manuel Acuña, nacido en 1847, que acaba en plena juventud por el 
suicidio, nos da la clave de este cambio, al exclamar en Horas negras: 

En aras de la fe vertí mi llanto; 
perdida ya la fe, busqué la orgía; 
pero el vicio acreció mi desencanto, 
y el vicio, la virtud, todo me hastía (4). 



(i) Vid. J. ToRiBio Medina, op. cit, t. II, p. 164. 
(2) San Francisco de Asís, t. II, cap. IX p. 321. 



(3) Las cien mejores Poesías (líricas) mejicanas, cit., p. IX. 

(4) Enrique González Martínez, Parnaso de México, México, Porrúa, t. I. 
IQ19, p. 187. 



— 207 — 

¿Qué lecciones, pues, han de darnos los poetas sin fe, esos poetas que 
matan su esperanza en la orgía, esos poetas hastiados que todo lo ven de 
color obscuro? 

Oíd, oíd, al aludido Gabriel Gutiérrez Nájera, que nace algunos 
años más tarde, en 1859: 

¡ Sombra, la sombra sin orillas, esa 

que no ve, que no. acaba... 
La sombra en que se ahogan los luceros... 
Esa es la que busco para mi alma! (1). 

Y desde ella, desde esa sombra, que es para él absoluta, abomina de 
la existencia y abre en contra de Dios la boca blasfema... 

Sí ; i la vida es el mal ! El dios que crea 
es el esclavo de otro dios terrible 
que se llama el Dolor... (2). 

No seguiremos copiando monstruosidades, ¿Qué va a esperarse de esos 
poetas que no miran al cielo, que se esconden de la luz? Sin la luz, sin, 
esa luz que llamamos fe, no puede haber esperanza, ni goces puros, ni 
consuelos dignos de tal nombre. Y lo peor es que, tales cuales son y pien- 
san, tratan de que sean y piensen los demás. ¡Propaganda funesta, la de 
envolvernos a todos en tinieblas de negaciones, la de ocultarnos nuestro 
destino, la de dejamos sin guía ni orientación en este destierro! ¿Verdad 
que no debe ser degeneradora la noble misión de los poetas? 

Luis Rosado Vega, que viene al mundo veintisiete años después, in- 
fluenciado por tales ideas, no vacila ya en infiltrar en el pueblo gérmenes de 
un indiferentismo absoluto, sin respeto a la ley, a la conciencia, ni a na- 
die... 

Caminante, 

que preguntas a tu sino 

si está próximo o distante 

el final de tu camino; 

sigue, sigue hacia adelante, 

no preguntes si es difícil el acceso, 

qué. te importa que no puedas con el peso 

de tu carga... Ya al final de tu jornada 

llegarás, 



(O Id. ibid.. t. II, p. 3S0. 
(2) Id. ibid., p. 332. 



— 268 — 

llegarás, y cuando llegues con el alma atribulada, 

no hallarás 

más que viento, sombras... nadal 

nada más (1). 

¿Se necesitan otras lecciones para que el mundo retroceda de nuevo a 
la barbarie?... 



(i) Id. ibid., t. I, p. 3S7- 



XII 



El franciscanismo en la literatura contemporánea. - Reacción mundial 
franciscanista. - Orientación de los grandes literatos hacia San Francis- 
co. - El nuevo movimiento en España: personajes ilustres. - Menéndez y 
Pelayo, Verdaguer, Pardo Basan y Cástelar. - En busca de las huellas 
franciscanas. - Poetas y novelistas afectos al franciscanismo. - El "estilís, 
franciscano" . - Florilegio de versos franciscanistas. 



Con lo dicho últimamente, cerramos la fase de esa literatura cuyos 
postreros cantos perecen ahogados entre las fauces de un ideal sectario, 
nacido a la sombra de los enciclopedistas franceses, y empeñado en llevar 
el escepticismo a las inteligencias, el hielo a la fantasía y el hastío y los 
desengaños al corazón. ¿Para qué reproducir aquí los trazos salientes de 
esa campaña de podredumbre y de odios, cuyo recuerdo trágico está toda- 
vía en la memoria de todos? 

Cuadro tan luctuoso, que se extiende al mundo civilizado, con miras a 
divorciarlo por completo del ideal sobrenatural, nos da a nosotros la me- 
dida de lo que puede esperarse del ideal humano cuando vuela a espaldas 
del ideal divino. Por fortuna, ni aun en el cieno de locuras que barnizan 
con el oro de su inspiración los poetas, logró perderse el germen de las 
antiguas tradiciones, si bien lamentablemente alterado. Tras las vehemen- 
cias de una pasión que erigió monumentos literarios a todos los desvarios 
de la razón, apareció con su. mueca repugnante la desilusión en los rostros, 
descendieron sobre los corazones las hieles de las negaciones absurdas, y 
la poesía quiso elevarse de nuevo, pero sin conocer ya el rumbo, tratando 
de armonizar el sentimiento con la falta de creencias, las dulzuras del mis- 
ticismo con la irreligiosidad. 

Ese descreimiento sentimental — observa Juan Valera — ese misticismo irreligioso, 
es enfermedad endémica en nuestro siglo (i). 



(i) Obras de D. Juan Valera, t. VII, Madrid, 1890, p. 308. 



— 270 — 

Muy bien pinta los esfuerzos internos de esa lucha entre una y otra 
tendencia, la musa inspirada de Guillermo Valencia: 

tener la frente en llamas y los pies en el lodo, 
querer verlo, sentirlo y adivinarlo todo: 
eso fuiste, ¡oh, poeta I Los labios de tu herida 
blasfeman de los hombres, blasfeman de la vida, 
modulan el gemido de las desesperanzas, 
¡oh, místico sediento que en el raudal te lanzas! (!)• 

¡Ah, sí! I A cuántos se les podía gritar con Balbontín: 

I Pájaros tristes que tembláis dentro del nido! 
¡dejad el lodo, que es dolor y esclavitud! 
¡volad al alto espacio apetecido 1 (2). 

Diríase que la poesía, nuevo hijo pródigo, poco satisfecha de los gritos 
de lá musa desmelenada de Espronceda y de la sonrisa amarga que des- 
tilan los versos de Campoamor y de las indecisiones en que fluctúa el genio 
escéptico de Núñez de Arce, toma los ojos a los días antiguos, llenos de 
sol, embriagados de luz, pictóricos de aromas; y 

en el triste derrumbe del pasado, 

cual soñador minero, 
se vuelve hacia el filón abandonado, 
de nuevo a rebuscar algún venero (3). 

Este "filón abandonado" — único capaz de responder colmadamente a 
las exigencias de un ideal poético que domine las cumbres — no es otro que 
el sentimiento, la dulzura, la ingenuidad traslucida, el amor ingenuo, esen- 
cialmente cristianos, que, ál decir de Henry Thode (4) introdujo en el 
ambiente literario San Francisco de Asís, plasmando en sus esencias las 
estrofas de su Cántico del Hermano Sol, y abriendo así rumbo á los pro- 
ceres de nuestra literatura clásica. Semejante dirección parece señalarle 
a la poesía moderna, el desgraciado Manuel Acuña — que, de seguirla, 
hubiera evitado su infortunio — al exclamar en Esperanza: 

Depon y arroja el duelo 
De tu tristeza funeral y yerta, 
Y ante la luz que asoma por el cielo 



(i) Poemas, Buenos Aires, 1918, p. 25. 

(2) La risa de la esperanza, Madrid, 1914, p. 152. 

(3) Agripina Montes del Valle (de Bogotá): "Salto del Tequendama", publ. 
en Gómez-Bravo, Tesoro poético del siglo XIX, t. VI, Madrid, igp2, p. 69. 

(4) Saint Francois d'Assise et les origines de l'art de la Renaissance en Itahe, 
París, Libr. Renouard, t. II, pp. 124-148. 



— 271 — 

En su rayo de amor y de consuelo, 
Saluda al porvenir que te despierta. 

Ya es hora de que altivas 
Tus alas surquen el azul como antes; 
Ya es hora de que vivas, 
Ya es hora de que cantes; 
Ya es hora de que enciendas en el ara 
La blanca luz de las antorchas muertas, 
Y de que abras tu templo a la que viene 
En nombre del amor ante tus puertas (i). 

"La que viene"' — símbolo de esa esperanza — es la figura simpática del 
Estigmatizado de La Verna. 

Es, sin sombra de duda — observaremos con el corazonista P. Pedro Voltas — , 
una de las personalidades más robustas, una de las obras de la gracia más maravi- 
llosas, uno de los bienhechores de la humanidad, más insignes. Posee, además, el don 
de una universal simpatía y de una perenne juventud. Es, en otras palabras, como se 
dice ahora, una actualidad. La bibliografía y literatura franciscanas son hoy mismo 
copiosísimas. No solamente los críticos y los estudiosos de todos los campos, aún 
opuestos, más también los hombres de acción, y, en particular, los sociólogos, vuel- 
ven los ojos hacia Francisco... (2). 

La voz del gran Thennyson, clamando de en medio del mundo de la 
Reforma : 

Dulcísimo San Francisco, ¿por qué no estáis con nosotros?, 

excita en -torno suyo la curiosidad general. 

Todos creen reconocerle — ^agre^ Georígé GtOyau — , todos creen comprenderle. 
Los artistas escrutan sus miradas. Los devotos siguen sus pasos. La piedad cristia- 
na, impaciente de acción y ansiosa de conquistas apostólicas, se agrupa más y más 
de día en día bajo los auspicios de este maestro. Los panteistas en sus descoloridas 
y a menudo pretenciosas ilusiones, se complacen en considerar a San Francisco como 
alma que acertó a comunicarse con la Naturaleza y ponerse en contacto con el alma 
universal... Los ascetas lo veneran. Los hombres de acción buscan y nallan en la 
vida y en la doctrina de San Francisco de Asís una continua lección de justicia, que 
es como el aspecto positivo y concreto, y como el desarrollo externo del reino di- 
vino... (3). 

Sí, es verdad: viene el restaurador excelso de la Edad Media, para re- 
generarlo todo en Cristo: viene hasta para la literatura. 



(i) Poesías. París, Garnier, 1885, p. 99. 

(2) "San Francisco v la democracia cristiana", publ. en Anuario Eclesiástico 
Para 1926, Barcelona, Subirana, sección 2.", pp. iio. 

(3) Cit. en El Eco Franciscano, 1921, p. 306. 



— 272 — 

En estos días — exclama Revista Popular, de Barcelona— parece que en el quicio 
de la puerta se ha sentado San Francisco de Asís, y nos ofrece, si le abrimos, eu 
una mano una rosa y en la otra un pájaro (1.). 

¡Bellas alegorías poéticas de un alentador optimismo, en que la rosa 
representa el amor y el pájaro la dulce alegría del vivir, respondiendo así 
satisfactoriamente a las ansias de nuestro resurgimiento estético!... 

Se siente un anhelo 
de subir volando y olvidar el suelo, 
que hace despreciables todas las riquezas, 
todos los laureles, todas las grandezas, 
si no es la grandeza de ganar el cielo (2). 

De atenernos a lo que nos dice el P. Bracaloni, este despertar del ac- 
tual movimiento que suscita la figura del Santo de Asís, se inicia en el 
mundo, precisamente con la aparición, en 1826, de la obra Franziskus von 
Assisi, eim Trouhadour, de Joseph von Gorres, editada en Estrasbur- 
go (3). La presentación en escena de San Francisco como poeta, constitu- 
yó entonces para los intelectuales una revelación, originando en investiga- 
dores y literatos verdadero afán por descubrir todos los misteriosos se- 
cretos de su actuación múltiple; y 

continúa siendo — en frase del crítico americano Antonio Gómez Restrepo— tema 
inagotable para los historiadores y fuente de inspiración para poetas y artistas. 

Y añade: 

El escritor inglés Leshi Johuslon, en reciente número de la Quarterly Review, 
estudia las tendencias místicas de varios poetas recentísimos, de diversa religión y 
raza, y analiza lo que otro escritor ha llamado "the mystical revival". Sin confun- 
dir conceptos muy distintos, ni ver influencia de un misticismo sincero en lo que 
probablemente no pasa de aficción literaria, es de notar que poetas que escriben en 
distinto hemisferio, coinciden en la preferencia dada a ciertos temas de la vida de 
San Francisco, o de la Leyenda Áurea (4), 



(i) Art. "Vida Nueva", pübl. ib., núm. de 20 de abril, 1924, p. 221. 

(2) Balbontin, op. cit., p. 209. 

(3) // Cántico di Frote Sale, Todi, Tip. Tuderte, 1925, p. 2. 

(4) Cit. en El Eco Franciscano, 1915, p. S49. — Aludiendo, sin duda, a los admi- 
radores del Santo, cuya conducta está en pugna con sus ideas, escribe Felipe Pedreira : 

"Tras de las huellas gloriosas del Humilde y del Pacífico, formemos en cortejo 
las almas empinadas y ensoberbecidas. Gloriémonos en el martirio de San Francis- 
co, aunque sería más franciscano que . nos gloriásemos en el martirio propio. Ame- 
mos sus llagas de fuego, nosotros, que evitamos los rasguños y el menor alfilerazo. 
Entonemos un himno a su amor divinizado, celestial, al amor del Serafín de Asís, 
nosotros, los del amor sensual, que halagamos al barro y mimamos a la bestia, y 
mal educamos al cuerpo, y arrastramos el alma por todos los fangos. Cantemos a 
San Francisco cuantos no tenemos espíritu franciscano. Vayamos a la luz, nosotros 
que somos la sombra." (En pos del Serafín, publ. en "La Región", de Orense, 19, 
jumo, 1926). 



— 273 — 

Y no es, por cierto, lo más curioso — con serlo tatito — ese inopinado 
concierto de creyentes y no creyentes, de acatólicos y católicos, de tibios 
y fervorosos, en someterse a la influencia de un Santo, que, haciendo la 
guerra al mundo, renunció a todo, por amor de Dios: lo realmente extra- 
ño es que ocupe uno de los primeros puestos de tal movimiento un pro- 
testante y racionalista de la talla de Pablo Sabatier ; que una de las más 
l;ellas apologías de la mística española influenciada por el franciscanismo, 
la debamos a la pluma docta de otro protestante, de G. Echegoyen, autor- 
de L'amour divin (i), y que, de ese mismo campo protestante nos traiga 
el Poeta de Asís, como cogidos de la mano, a los grandes literatos, el di- 
namarqués JoERGENSEN y el inglés Cherteston, para que lo den a co- 
nocer y lo hagan amar más intensamente de los mismos católicos, en sus 
célebres Vidas, traducidas hoy a todas las lenguas europeas. 

Por fortuna, en España y América, no tuvimos necesidad de que la 
sacudida del despertar franciscanista nos viniese, como quien dice, del 
campo enemigo. Compenetrado cual lo estuvo siempre aquí con el ideal re- 
ligioso, puede decirse que su vida — aunque lánguida — siguió influyendo en 
nuestros mejores literatos poetas y prosistas, ya directamente, ya por me- 
dio de la fuerza de atracción de sus grandes figuras históricas. 

Esto prueba — como diría Navarro Villoslada — la gran fuerza que tiene aquí 
tcdavía lo tradicional, lo antiguo, lo verdaderamente español: esto -prueba que en 
literatura, como en política, aun tenemos que perder en nuestro país, aun hay mu- 
cho que salvar, aun la revolución rinde parias al orden (2). 

No hay duda que en la conservación de este sentimiento franciscanista, 
a través del período revolucionario, cabe gran parte a la actividad de nues- 
tros Religiosos exclaustrados, muchos de ellos de dotes eminentes, que ya 
cicupando, tras rudas oposiciones, vistosas cátedras en las Universidades, 
ya interviniendo por medio de la pluma en el saneamiento del ambiente 
social, dejaron tras sí gloriosos recuerdos e imborrables huellas. Los nom- 
bres del P. Pedro Bartolomé Casal, Profesor de Literatura griega y la- 
tina en la Universidad de Compostela y autor de varias obras sobre la ma- 
teria (3), del P. RiESCO Le-Grand, amigo y protector de Balmes y escri- 
tor infatigable y vigoroso (4), del P. Tiburcio Arribas, autor de La 

(i) Vid. Revue des Sciences philosophiques et Ihcologiques, París, Gabalda, Oc- 
tubre. 1924, p. 498 y sig. 

(2) El Pensamiento Español, cit., 1867, p. 812. 

(3) Entre otros trabajos suyos profesionales y periodísticos, algunos de los cua- 
les se conservan inéditos en el Archivo de este Colegio de Santiago, figura su Epí- 
tome de Literatura Griega y Latina, editado en Santiago, impr. de M. Miras, 1881, 
vol. de 325 pp. en 8." 

(4) Sobre el P. Riesgo Le-Grand ha publicado el P. Buenaventura Díaz un 
extenso estudio, muy documentado, en El Eco Franciscano, cit., 19x0, en donde se 
ua cuenta de todas sus obras. El P. Riesgo fundó y dirigió siempre, en Madrid, un 
batallador periódico con el título de El madrileño católico. Vid. ibid., pp. 342 y si- 
Jíuientes. • , >f>^ .^t' j 

Franciscanismo— 18 



~ 274 — 

Diosa ^y ¡a Furia y de otras publicaciones (i), del P. Ramón Bxn.DÚ, va- 
rón de vastísima cultura y alma del movimiento intelectual de Barcelona 
durante muchos años (2), del P. Francisco de Asís Mestres, que cuen- 
ta, entre sus muchas obras, la popular Galena Seráfica (3) y de varios 
más que harían interminable el catálogo, son como otros tantos focos dé 
luz en tal período de confusas revueltas, las cuales llegaron a tal extremo, 
que NúÑEZ de Arce consideraba, en 1873, como acto de heroísmo, la pu- 
blicación de una obra poética inspirada en sentimientos religiosos, y decía, 
admirando al héroe: 

en medio del trastorno general que conmueve las entrañas de nuestra sociedad, 
cuando vacila y^cae con pavoroso estrepito, y no sabemos si se hundirá bajo nues- 
tras plantas la tierra que pisamos, resquebrajada y rota, cuando las mismas sombras 
que nos espantan acaso nos impiden ver los abismos que nos cercan, cuando en to- 
das las almas hay el presentimiento de la catástrofe..., bienaventurado el poeta que 
recoge nuestras creencias, alza su voz sobre el tumulto de las pasiones desencade- 
nadas y... tiene valor para dirigir a esta generación tan frenética como desgraciada 
el piadoso ruego que Virgilio pone en boca de Eneas fugitivo, sin hogar y sin pa- 
tria: Düs sedem cxiguam rogamus: os pedimos un pobre asilo para nuestros dioses 
que quizás no tendrán templo mañana (4). 

No — lo repetimos — , no muere, a pesar de todo, el ideal franciscanista 
en nuestro suelo. Quizás a veces se le adultere, se le desfigure, se le pre- 
sente sin calor y sin vida ; pero late así y todo en los poetas de aquella, 
época. José Joaquín de IMora, fallecido en 1864 y considerado como com- 
pinche de literatos volterianos españoles, escribe su famoso Soneto sobre 
el Beato Diego José de Cádiz, al cual tributa también un sentido recuer- 
do en los conocidos Fragmentos de un poema de sus Leyendas Españo- 
lo s: José Zorrilla, incluye en Recuerdos y fantasías (1844), Una aven- 
tura de 1360, en que interviene don Pedro el Cruel y un lego de San 



(i) La Diosa y la Furia consta de tres tomos, edit. por segunda vez en Madrid,, 
Aguado, 1867. Entre sus otras publicaciones, figuran Cartas doctrinales, 1S72, El 
Solitario de Babel, 1875, y El Misterio de iniqímad, editadas todas ellas en la im- 
prenta de Aguado, sin nombre de autor, pero con el de "un Misionero Francisca- 
no". Vid. también La Ilustración Española y Americana, cit., 1877, t. I, p. 94. Fa- 
lleció el P. Arribas el 15 de mayo de 1876. 

(2) Además de sus obras, y de las muchísimas publicadas bajo su dirección, en- 
tre otras el Tesoro de la Oratoria Sagrada, de copiosos volúmenes, . se le debe la 
fundación de Revista Franciscana, de Barcelona (hoy, en Vich), que dirigió hasta 
la muerte. — Como literato, es autor de una comedia en un acto y en verso, titulada 
Santa Rosa de Viterbo, de la que se ha hecho recientemente nueva edición en la 
Editorial Seráfica de Vich. 

(3) Califícale La Ilustración Española y Americana, loe. cit., de "distinguido 
orador sagrado y autor de varias obras religiosas". Falleció el 17 de noviembre 
de 1876. 

(4) Prólogo a Las mujeres del Evangelio, de Larmig (2.* ed., México, Herre- 
ro y C.\ 1894. PP. XXII-XXIII). , 



— 275 — 

Francisco : Núñez de Arce nos regala su poema Raimundo Lulio, consi- 
derando al gran Terciario en el episodio que dio margen a su conversión: 
VÍCTOR Balaguer, publica Los frailes y sus conventos: Teodoro Lloren- 
te:, uno de los grandes poetas, manda en la poesía Testanient que 
se le entierre con el hábito de San Francisco: Manuel Tamayo y Baus, 
saca a pública escena a una excelsa Terciaria en su drama Juana de 'Ar- 
co (1874), hermosa imitación del de Schiller (i). Y Campoamor enalte- 
ce al P. Marchena en su poema CoWíí; el Duque de Rivas, busca en el 
Hermano Melitón, uno de los personajes de su Don Alvaro, y Manuel 
del Palacio — por no citar otros — inquiere tipos en los conventos para 
sus Veladas de otoño (1884). Buscad, luego, las huellas del franciscanis- 
mo en la novela de igual época, y las descubriréis a cada paso, ya entre 
las bromas regocijadas y a veces maleantes de Ayer, hoy y mañatía, de 
Antonio Flores, ya llamando a gritos a la conmiseración, como en Rui- 
nas de mi Convento, tan predilectas del público, que corren con el nom- 
bre de Patxot. Los españoles pintados por sí mismos, trazados para ha- 
cer reir a los ociosos, se impregnan de suave ternura al trazar, con la 
pluma de Antonio Gil y Zarate, la silueta literaria de El Exclaustrado. 
Segade y Campoamor y Neira Mosquera, resucitan las tradiciones de 
Francisco de Asís en Compostela, el primero en su novela Cotolay y el 
segundo en Monografías de Santiago. Armando Palacio Valdés, se 
acuerda en Marta y María (1883) de la gloriosa Terciaria Santa Isabel 
de Hungría, si bien para encajarle un episodio que corresponde a la vida 
de otra Terciaria, la Beata Delfina, esposa de San Elceario. ¿ Ni quién no 
descubre a primera vista tipos franciscanos de primer orden en el P. Apo- 
linar de Sotileza, de José María de Pereda, calificado por Menéndez 
Y PelAyo como 

el tipo más asombroso de fraile, después del Fra Cristóforo de Manzoni, 

y en el Fr. Gabriel de La Gorriona, de Fernán Caballero, y en el Fray 
Juan de José Velarde, que, aunque sin clasificación definida, resultan 
liermanos legítimos de los que alientan en La Clueca Blanca de Adolfo 
Clavarana, del P. Díez, franciscano de Santiago, inmortalizado por Ló- 
pez FeJrreiro en A tecedeira de Botiaval, y de aquel Fr, Juanico, del 
Convento de Olite, al que hace honor, en El Farolón (de "El País de la 
Gracia") la pluma amena del jesuíta P. José María del Castillo? (2), 



(i) Sobre el mismo asunto había publicado Antonio Zamora, más. de un siglo 
antes, La Poncella de Orleans, una de las primeras que se escribieron en Europa 
sobre Santa Juana de Arco. 

(2) No incluímos en esta serie — ^por ser numerosísimos — a los literatos que' se 



— 276 — 

Todas estas manifestaciones literarias, aspiran a llenar, hasta cierto 
punto, el vacío ocasionado entre nosotros por la exclaustración, a fin de ha- 
cer patente — por decirlo con palabras de José Pacífico Otero — 

lo que siete siglos de vida histórica vienen repitiendo en torno a este Santo, para 
el cual tienen telas primorosas los pintores, bronces y mármoles los artistas, ojivas 
y ábsides las basílicas, loas resonantes los trovadores, oblación total de su pensa- 
miento los preclaros maestros del misticismo y de la humana filosofía (i). 

¡Y eso que se trata de un período de sobreexcitación sectaria, muy 
bien simbolizado por Cláv arana en estas frases que, aludiendo a cierta 
imagen de San Francisco, pone en labios del Tío Embrolla: 

Como llevaba hábito... y entonces había tanta libertad, tuve que esconderlo (2): 

de un período en que la vista de los abandonados conventos hacía excla- 
mar, como Rosalía Castro, ante el de su país natal : 

Tristes campanas de Herbón, 
Cando vos oyó, partídesme 
As cordas do corazón (3), 

o bien hacían se les volviesen, con ella, las espaldas a los que, claudicando de 
su destino; se transformaban en mansiones señoriales... 

...que o retiro amado 
pareceume a alma limpa d'un monxe 
sumerxida n'os lodos mundanos! (4). 

} Triste período aquel en que el pobre no hallaba ya a las puertas de 
las mansiones conventuales, quien le dijera con Miguens Parrado: 

Pas.ad, pasad, buen hombre. Mi padre San Francisco 

al pobre caminante, en su sagrado aprisco, 

y entre sus pobres frailes, le brinda albergue y pan ! (5). 



ocupan de nuestros Conventos. Valga por todos el nombre de Gustavo A. Becquer, 
que en la obra por él comenzada en 1857 con el título Las Templos de España, de- 
dica un largo estudio al de San Juan de los Rej^es, de Toledo, a cuyos abandonados 
claustros se retiraba a manejar los pinceles, según él mismo lo refiere en su pinto- 
resca narración, "Tres fechas". (Vid., Obras..., t. I. Madrid, Fernando Fé, 1881, 
pp. XX y I4Q sig.). 

(r) Por los senderos de Italia, ed. Renacimiento, Madrid, pp. 154-155. 

(2) Lecturas populares, Segunda colección, Madrid, José del Ojo, 1886, p. lio. 
— Estudia a Clavarana como franciscanista el P. Exupére de Prats de Moli-o, 
en Ames Franciscaines. Tolouse, 1912, pp. 163-IQ4. 

(3) Follas Novas (t. III de Obras Completas), Madrid, Suc. de Hernando, 1909. 
p. 177. 

Í4) IWd., I>p. 337-239. 

(S) Evocaciones. Córdoba, Impr, Argentina, 1913, p. 11. — Esta obra de caridad, 
utilizada a favor de los estudiantes necesitados, arrancó al desaprensivo Antonio 



— ^11 — 

Afortunadamente, en aquellos mismos años, la Orden Seráfica estaba 
íiún representada, no. sólo por ilustres exclaustrados, sino también por 
alguno que otro Convento y por las mayores celebridades nacionales de 
la cultura patria, gloriándose de ceñir el cordón Terciario, varones como 
Claros/ Nocedal, Aparisi, Balmes y Sarda y Sal van y, que sostenían 
vivo el fuego sagrado. Y es, entonces, a mayor abundamiento, cuando 
comparecen en escena las cuatro figuras literarias que podemos considerar 
como las sobresalientes de la reacción f ranciscanista : Menéndez y Pe- 
layo, colocado a la cabeza de los genios de la crítica histórica ; Jacinto 
^'^ERDAGUER, padre del renacimiento literario de Cataluña; Emilia Par- 
do Bazán, que se encumbra a uno de los primeros puestos representativos 
de la cultura de la raza, y Emilio Castelar, primer orador del siglo. 

¿Qué decir de Menéndez y Pelayo? Con indicar que en su discurso 
de recepción .en la Academia, comienza por proclamar a Francisco de Asís 
por 

soberano poeta en todos los actos de su vida 

y a sus discípulos por propagandistas incansables de la poesía del amor 
a Dios, a los hcanbres y a la naturaleza, está dicho todo. Estas primeras 
afirmaciones, las corrobora, luego, en todas sus obras, dando a conocer 
el tesoro oculto de la producción literaria y científica de los religiosos es- 
pañoles, con quienes lo ligaba el vínculo de una dulce amistad (i). Amigo 
de los mismos, hasta el extremo de haber intentado alistarse en las mili- 
cias de la Primera Orden, fué también Jacinto Verdaguer, el cual nos 
dice que, con su vocación poética nació su vocación franciscana, y que su 
empeño era hacer que arnbas conviviesen en buena armonía dentro de 
su pecho. Así lo expresa en el prólogo de su grandioso poema Sant Fran- 
cesch, adiccionado con el Romancerillo de Santa Clara, y así se echa de 
ver en todas sus obras, especialmente en sus Idilis y en sus Cants Mis- 



Flores la confesión siguiente: "La sopa boba, lector, fué la madre de muchos de 
nuestros más grandes hombres, y bien haría la Academia de jurisprudencia en eri- 
gir una estatua, y no de piedra ni de bronce, sino de oro finísimo, para mejor ex- 
presar lo mucho que se le debe. Acércate a esas, universidades de Salamanca, de Al- 
cala y de yalladolid... Haz que te digan por qué los hijos de las primeras casas de 
España tenían^ a gran honra ostentar en el sombrero de picos una cuchara de ma- 
1 j^"" ^ sabrás que... la Iglesia, las letras y las armas han debido sus mejores pa- 
ladines a los parroquianos de la llamada sopa boba, que se daba gratis en los con- 
ventos". (Ayer, hoy y mañana, cit., t. I, pp. 129-30). — Todavía en nuestros días nos 
recuerda Alejandro Barreiro, en Del arte gallego, La Coruña, 1917, p, 192, que 
en la que recibía en la portería del Convento franciscano de Santiago, encontraba 
remedio a su indigencia el célebre escultor Antonio Fernández. 

.(i) En una carta al P. Antonio Pávez, fechada a 6 de agosto de i8go, decía 
e' msigne polígrafo: "Siempre he tenido afecto a los hijos del Seráfico Patriarca, 
y en ellos- he encontrado benevolencia y estimación superior a mis méritos". (Vid.. 
Revista Seráfica de, Chile. 1908, p. 184. 



~ 278 — 

tichs, joyas de la literatura catalana (i). En la que se refiere a Emilia 
Pardo Bazán, ahí están sus Apuntes autobiográficos, reseñándonos sus 
relaciones con los franciscanos de Santiago (2), de las que son resultante 
su admirable S'on Francisco de Asís: siglo XIII, quizás la obra prineipal 
entre las suyas. No satisfecho su franciscanismo con la publicación de este 
trabajo, que alcanzó popularidad grandísima, su pluma aprovecha cuantas 
circunstancias se le ofrecen para divulgarlo en sus otros escritos, por 
ejemplo en Colón y los Franciscanos, De mi tierra, Cuentos nuevos y Por 
la España pintoresca. Por último, como si algo faltase para completar el 
cuadro, aparece Emilio Castelar, desbordándose en lirismos de insupe- 
rable elocuencia al ocuparse del Serafín de Asís, cuyo carácter falsea a 
veces, guiado por prejuicios de doctrina, hasta el punto de llegar a decir, 
en uno de sus escritos : 

La obra que había comenzado San Francisco de Asís, y que no había podido 
concluir Jerónimo Savonarola, esa obra de dar al cristianismo, en sus tendencias 
sociales, un carácter profundamente democrático, maduró en los dos ilustres fun- 
dadores del protestantismo suizo, en Calvino y ZuingHo (3). 



(i) En la edición de sus Obras Completas, emprendida por "Ilustración Cata- 
lana", el poema Sant Francesch ocupa el tomo XV, el cual fué vertido al español 
por Francisco Badenes y Dalmatj (Barcelona, Agustí, 1909). Del franciscanismo 
del gran poeta se ocupa extensamente el P. Exupére de Frats-de-Mollo, en Ames 
Fr<Mcjsca*nfs, cit. — iVírdaguer ifué amortajado con el hábito franciscano, como 
también ese otro gran catalán, Juan Maragall, de corte franciscanista, del cual dice 
JoApuíN Montaner (Primer libro de odas. Villanueva de la Serena, 191 s, p. 89) en 
Epitafio : 

Dormido al sueño de la muerte fría, 

envuelto en un sayal de -franciscano, 

aterido reposa nuestro hermano, 

nuestro padre en la santa poesía. 

(2) Publ. al frente de su novela Los Pasos de Ulloa, Barcelona, Cortezo y C", 
t. I, 1886, pp. 56-58. — La primera edición del San Francisco, fué publicada en dos 
tomos (Madrjd, por Miguel Olamendi, 1882). Juan Barcia Caballero, en sus Es- 
tudios literarios, titulados Mesa revuelta, la considera como nuevo punto de partida 
de una era de esplendor para la literatura patria, y el Sr. Roca de Togores. presen- 
tó a la Academia de la Historia un extenso informe de la misma, que puede verse en 
sus Obras Completas, cit., t. /VI, pp. .419-489. 

(3) Historia del movimiento republicano en Europa, Madrid, 1874, t. II, capí- 
tulo CXIII, p. 744. — Ante lo categórico de tales afirmaciones, sería de ver la cara 
tulo CXIII, p, 744- — Ante lo categórico de tales frases, sería de ver la cara 
que pondría Castelar, si viera desmentidas sus afirmaciones por un escritor más 
radical que él, el cual pondera el absolutismo dictatorial de Calvino diciendo: "Se 
cree soñar cuando se recorren esos edictos de 1543... (en que Calvino) somete todo 
un pueblo a. las exigencias de su feroz virtud... (y en que) los ginebrinos, hasta en- 
tonces tan celosos de su libertad, la sacrifican a la tiranía más implacable que ima- 
ginarse pueda." (Eduardo Rod, en Las Capitales del ntímdo, Barcelona, 1893, 
P. .366). 

No es, pues, de extrañar que el gran orador se haya visto en ocasiones dura- 
mente vapuleado por diarios que como El Sif/lo Futuro, de Madrid, (vid. núm. de 30 
de noviembre de 1875 y sig:) trataron de poner correctivo a sus excesos. También 
escribió sobre el particular el franciscano exclaustrado y Profesor de Literatura 
Griega y Latina de la Universidad Composfelana, P, Pedro Bartolomé Casal, va- 
nos artículos en El Porvenir, de Santiago (números de 6, 9 y 10 de diciembre de 
1875 y de 17 dé mayo de 1876). Refiriéndose el P. .Casal a las impresiones recibidas 
por Castelar, aduce unas palabras del gran tribuno, respecto a ""la iglesia de los 
Angeles en Asís, cuna de los Franciscanos", en cuyo recinto "la inteligencia se abre 



— 279 — 

Sin embargo, de este y otros parecidos dislates, la actuación francis- 
canista de Castelar, sembrada en sus muchos libros, ofrece páginas tan 
admirables como las del San Francisco y su convento en Asís (i), en las 
que se tienden en amplias ondas de entusiasmo las ternuras de un corazón 
que le ama hasta el delirio. Estas cuatro excelsas figuras son, indu- 
dablemente, las que resaltan como propulsoras del reflorecimiento del 
franciscanismo literario de la raza española, en unos años en que el hijo del 
Serafín de Asís comenzaba a aparecer de nuevo por nuestra Patria. 

¡Oh, no le veis!... Sus indulgentes 
místicas manos penitentes, 
pálidas manos de ideal, 



a la fe y el corazón a la esperanza, sintiendo vivamente la grandeza . de aquellos 
hombres y participando de sus aspiraciones en la medida que puede participar el espí- 
ritu moderno" (num. cit. de El Porvenir, del 7 de diciembre). Auguraba, a la sazón, 
el P. Casal que dicha visita debía influir en la orientación del ideario de Castelar ; 
y sin duda a ello se deba en parte el que en uno de sus discursos de mayo de 1876, 
en el Congreso, haya podido decir: "Yo, señores diputados, a pesar de pertenecer 
a la filosofía y a la democracia y a las ideas modernas, yo he asistido como pere- 
grino al convento de Asís... Yo creo que es necesaria una reacción idealista, espiri- 
tualista, si no queremos perder los últimos restos de la libertad; y creo más, creo 
que no pueden ser pueblos libres más que los pueblos religiosos". (Cit en El Por- 
venir, num. de 17 de mayo, 1876: "Don Emilio Castelar en Asís y en el Congreso"). 

No faltaron al gran tribuno imitadores de sus ideas, que aun llegaron a extre- 
marlas; y a los cuales pudiera decir el gran orador lo que Pedro Antonio de Alar- 
cÓN escribió a Marcelino Sors Martínez, por haber utilizado uno dfe sus cuentos 
para escribir el poema Las penas de los dos colosos: "en medio de la satisfacción 
que me ha proporcionado usted, quédame el remordimiento de haberle inducido a 
falsear algo ía historia, como yo la falsee, arrastrado por otros escritores". (Figura 
esta carta al frente del poema, ed. Coruña, Ñaveira, 1881, p. 7). 

Por^ lo demás, no podrán olvidar nunca los Franciscanos los favores que les 
dispensó siendo Presidente de la República, ni el fervor con que asistía en el Con- 
vento de Puenteareas, a la Salve cantada, que solía encargar los años que venía a 
veranear en Mondariz. 

_(i) Figura en la 2.* parte de sus Recuerdos de Italia (3.* ed. de Ilustración Es- 
partóla y Americana, desde las págs. 103 a 225). — Entre sus trabajos sueltos, mencio- 
naremos, tan sólo, San Antonio de Padua, publ. en Almanaque de La Ilustración, 1896, 
pp. 11-23, el aún más notable "Plutarco del pueblo", publ. en El Liberal, de Madrid, 
núm. 20 de agosto, 1894, y la novela El suspiro del moro, Madrid, Fortanet, 1886, en 
donde (t. I, cap. X, pp. 126-127) trae la preciosa descripción siguiente: 

"En lo más alto de la colina..., como una de las coronas místicas por la religión 
puestas sobre las cabezas de los guerreros litúrgicos, una iglesia franciscana con sus 
cúpulas, que penetran allá en lo infinito y de las cuales parece alzarse la oración a 
los cielos, como se alza de los incensarios el incienso. En altar, que reverbera todos 
los esplendores del Renacimiento, campea hermosa Virgen, tallada por diestras ma- 
nos, y al pié de la Virgen flamean como guirnaldas las velas encendidas por lá 
piedad y por sus santas esperanzas. Mientras los mosquetes y los cañones hacen re- 
temblar el suelo y asombran con sus nubes de humo el aire; mientras vibran los 
aceros en siniestros choques, a cuyo estridente ruido la sangre se cuaja en las venas; 
mientras los gritos de ira, los juramentos de despecho, las voces de guerra, • los cla- 
mores de los combatientes, los ayes de los heridos, el estertor de los moribundos, se 
dilatan por todas partes, convirtiendo aquellas bienhadadas, campiñas en verdadero 
infierno; dentro de la iglesia el órgano eleva en sus notas a las alturas los cánticos 
de los penitentes, de los cenobitas, de las mujeres, pidiendo, como náufragos, al 
fc-terno, que tienda su iris sobre aquella horrible lluvia de sangre, y vuelva, como 
en las orillas del Mar Rojo, contra los nuevos Faraones que desconocen hasta Su 
Providencia, el omnipotente brazo, a cuyo esfuerzo quedan los humildes ensalzados 
y abatidos los soberanos." 



— 28o — 

hechas de albor de luna y nardo, 
albas esplenden sobre el pardo 
color austero del sayal. 

Su austera faz, seca y enjuta, 
que nada la altera ni inmuta, 
paz, calma irradia, beatitud... 
Sus pies adviértense desnudos... 
Bajo los tonos del sol crudos, 
símbolo emerje de virtud... 

Allá en su celda ahora le veo... 
Al duro golpe — en su deseo 
de sufrir y de padecer — 
de la nudosa disciplina, 
del Yo en lo más hondo, divina 
emoción siente florecer (1). 



(i) Eduardo Manuel Martín Losada, El devoto de la santa poesía, Compos- 
tela, 1914, p. 47. (Prescindimos aquí de la escritura fonética del autor).— No que- 
remos desaprovechar la conyuntura para consignar ahora algunos datos relativos a 
poetas franciscanos, que hemos descubierto a última hora. Sea el primero, entre ellos, 
Fr. Francisco del Castillo, autor de Proverbios de Salomón, interpretados en. 
verso español y plosados... . (impr. en Cuenca, por Juan de Canova, 1558, en 12.°, 
pp. 262), que comienzan: "El hijo sabio, muy grato — es a su padre; — ^y es tristeza el 
insensato— de su madre". (Vid. José Pío Tejera, Biblioteca del Murciano^ t. I, Ma- 
drid, Rev. de Arch., Bibl. y Museos, 1924, pp. 151). ^ , 

En esta misma Biblioteca, t. I (pp. 568-569), aporta el autor una poesía compues- 
ta en 1611 por Fr. Alonso Oliver, natural de Villena, con el título: La palma mis- 
teriosa, símbolo del misterio de la Santísima Trinidad, que figura al final de la Reco- 
pilación sobre cosa^ de Elche, de Cristóbal Sanz, y está toda ella en octavas ; y nos 
liabla de Fr. José Ordóñez (p. 571), al cual debemos un trabaJ9 medianejo, titula- 
do: Poema encomiástico en diversos metros al V. Doctor Sttbtil y Mariano. Fray 
Duns Escoto. En Murcia, por Joseph Díaz Cayuelas. Año 1733. 

También S05 Ana de Robles.. Clarisa del Convento de Baza, compuso Elogios a 
María Santísima, premiado en el Certamen de Granada de 1661, en que actuó de 
juez calificador el franciscano Fr. Ignacio de Cárdenas, y que fueron publicados 
bajo la dirección de Luís Paracuellos Cabeza de Baca. 

Otro poeta franciscano desconocido, es el P. Juan RoimRO, morador de la Rá- 
bida en 1718, del cual nos da conocer un Romance a la Virgen, el P. Ángel 0]rtega, 
en su obra cit., La Rábida, t. IV, pp. 141-143. 

Dignas son, asimismo, de mención, las Cartas familiares y algunos otros opúsculos 
en prosa y verso del Ilmo. Sr. D. Fr. Miguel de Santander (Capuchino), M)adrid, 
en la impr. de Benito Cano, 1806. Varias de las cartas contienen composiciones poéti- 
cas, algunas de -carácter festivo^ como la de las pp. 267 y sig., que comienza: "Can- 
temus protinus — jam nova cántica; — nam meus frater — canta que rabia. — Siendo pia- 
doso, — siendo de Italia, — todo lo cree, — todo lo traga". Son especialmente notables; 
los versos hechos para una procesión que solían hacer las monjas (pp. 259-268). En- 
tre los de las cinco poesías que van al final (pp. 345-375), se distingue, Espejo del 
Religioso, de la que transcribimos: "Con quien te injuria, (sé) clemente — en las hon- 
ras, confundido — si te reprenden, sufrido, — si reprendieres, prudente.— Con las muje- 
res, severo, — de su trato, retirado, — de sabios, aconsejado,— -del que ignora, conseje- 
ro. — Sin tu voluntad, cautivo, — de tu incierto fin muy cierto, — vivo vivé como muer- 
to — hasta que muerto estés vivo". 

En tiempos más próximos a nosotros, brillaron por su ingenio poético, Fr. Dá- 
maso Calvo, autor de varias poesías latinas, publicadas en La Crus, etc., (Vid., P. 
Agustín Renedo, O. S. A., Escritores Palentinos, t. I, Madrid, Impr. Helénica, 1919, 
pp. 111-112) y Fr. Julián Reglero, el cual — aparte de las editadas en El Eco Fran- 
ciscano — imjprimió separadamente: Cánticos: Poesías varias, Manila, Impr. de Ami- 
gos del País, 1883, y El Buen Pastor y sus Ovejas, Madrid, Impr. de Infantería de 
Marina, 1888 (Id., ibid., t. II, pp. 317-318). 

Por tener relaciones con nuestro asunto, consignaremos, a la vez, la obra del 
P. Ruperto de Manresá, O. M. C, La Virgen María en la literatura hispana: No- 



— 28l — 

Lentamente iba abriéndose camino «la restauración cristiana en la lite- 
ratura, pero con la solidez necesaria para autorizar la afirmación del aca- 
démico Manuel Cañete, de que 

...el ronco graznar de ía osadía 
no en sacrilega pugna destructora, 
podrá ya sofocar la encantadora 
voz de la casta y virginal poesía (1). 

Nuestros escritores, en vez de dedicarse, como Juan R. Somoza, a 
ponderar las bellezas de algún antiguo edificio franciscano (2), o a la- 
mentar con José Selgas la desaparición de nuestro Convento de San 
Diego de Lorca, refugio y asilo de desgraciados (3), prefieren más bien 
asistir a la reconstrucción de los mismos, siguiendo el ejemplo de Sofía 
Casanova (4), internarse en ellos con Pérez Lugín en La Corrcdoira 
y ¡a Rúa (5), o con Rey Soto, en Remansos de paz y Campos de guencd 
(6), describir según se les alcanza, su método de vida como José Pacífi- 
co Otero en El peregrino de la ilusión (7), tomar parte en sus cultos, 
como Herminia Fariña en Seára (8) y Victoriano García Martí en 
Lugares de devoción y de belleza (9), o bien seguirles en sus empresas 
apostólicas, como el citado Pérez Lugín en La Casa de Troya, o Jaime 
SolA en Ramo Cativo, popularísimas ambas en nuestro suelo. Y es lo más 



tas y apuntes, cuyo primer tomo apareció en Roma, en 1904, y el segundo en Barce- 
lona. Subirana, en 1905. 

Por último, entre las obras franciscanas, a cuyo frente se hallan poesías enco- 
iTiiásticas, se distingue Destierro de ignorancias y aviso de penitentes, del P. Alonso 
UE Vascones, por tratarse de unos versos de Lope de Vega, que copia íntegros el ci- 
tado P. Renedo (op. cit., t. III, p. 253-254), y de los que entresacamos: "Estaba 
entronizada — la ignoi-ancia del mundo en estos días; — 'pero la ardiente espada — tomó 
Vascones del celoso Elías.-^vengando los agravios-— de tantos necios que se llaman 
sabios. — No el elénico lenguaje — le adorna de retóricas figuras; — conformes pluma y 
traje — muestran el celo y las entrañas puras; — que libro y dueño han sido — desnu- 
dos de artificio y de vestido". 

Cerraremos, por fin, esta nota, mencionando a Gaspar de Avila, que en 1612 es- 
cribe una canción, dedicada a la Clarisa de Madrid, D.* Jerónima Sandi (se halla al 
linal del poema de Albanio Ramírez de la Trapera, titulado: La Crus), y nos de- 
ja, entre sus dranias franciscanos, los de El venerable Bernardino de Ohreqón-y Ld 
sentencia sin firma, o San Jjiati de Capistrano (Vid., Pío Tejera, op. cit, pp, 59 y 
63). Ignoramos si habrá hecho algo parecido, el célebre poeta Francisco Q\scales 
(m. 1642), pero no por eso puede dudarse de su franciscanismo, desde el momento en 
que consigna, entre sus mandas testamentarias, que su cuerpo sea "puesto en un ataúd, 
aforrado y vestido con el hábito del señor" San Francisco". (Vid. op. cit.. p. 127). 

(i) Publ. en El mundo ilustrado, edit. Espasa, Barcelona, 1879, t. II, "Al Con- 
de de San Luis", v,- 760. 

(2) En Serpentinas, Lugo, 1910, pp. 158-159. 

(3) En Delicias del nuevo paraíso, Madrid, 1887, pp. 71 y sig. 

(4) En El Pecado, Madrid, Hernando, 191 1, p. 7^. 

(5) _ Segunda ed., Madrid, Pueyo, 1923, pp. 213-221, donde se describe su per- 
manencia en el Convento de Louro. 

(6) Madrid, impr. Cervantina, 1915, pp. 194-197. 

(7) Edit. Pueyo, Madrid, 1925. 

(8) Edit. Pontevedra, 1924, p. 5. 

(9) Edit. "Mundo Gráfico^', p. 91. 



— a8!2 — 

iiotable del caso que nuestros literatos, si bien quizá en tales descripciones 
no busquen sino medios de prestar colorido a sus novelas o relaciones, no 
lo hacen en la forma molestamente festiva del autor del Ayer, hoy y ma- 
vatta-, o para poner en ridículo sus obras como varios escritores de la épo- 
ca de la Revolución (i), sino en tono de franca simpatía y afecto, que 
pone en evidencia la excelente impresión que les produce la nueva actua- 
ción franciscana, o tal vez como recurso para vulgarizar sus enseñanzas y 
ejemplos, a imitación de Pardo Bazán en El cinco de copas y en Cuatro 
socialistas (2). 

De una y otra cualidades gozan los cuadros diversos que conocemos 
sobre el particular. Búscalos Francisco González Díaz:, en el teatro de 
sus escuelas de enseñanza del Puerto (Canarias), y escribe en el capitulo 
"Franciscanos" de Visiones del mar y de la playa: 

En la escuela, abierta de par en par, pajarera mística, los chicos cantan a toda 
Isora las albanzas al Altísimo, y cantando aprenden la Aritmética, como si fuese 
asunto de juego... Los golfillos se cobijan entre los pliegues de la túnica de los Re- 
ligiosos ; les besan la mano, les besan el Crucifijo. A su modo les adoran. Por la 
mañana, cantaban en quejumbre: "¡dos y dos son cuatro!": por la tarde, en la pla- 
ya, bajo la mirada postrera del sol, entregan su alma a sus maestros. Los verdade- 
ros discípulos así se entregan. Los Franciscanos saben ser maestros a la usanza del 
Maestro... saben sonreír y bendecir: por eso triunfan, sin más armas que la cruz 
trazada con la mano sobre el pecho..." (3). 

Otra pluma, quiere darse cuenta de su espíritu de abnegación, y mar- 
chando tras sus huellas, entre el horror de las inundaciones de Consuegra, 
consigna con asombro : 

El estado de descomposición es tan grande, que los trabajadores niéganse a apro- 
ximarse a los cadáveres, cjue seguramente quedarían insepultos, a no ser por los 
frailes franciscanos, entregados a la penosa y triste tarea de conducir al cementerio 
y enterrar a los muertos que van descubriéndose entre los escombros... Ahora tra- 
bajan lo inconcebible, sacrificando hasta sus vidas en provecho de sus semejantes, y 
ofreciendo ejemplos dignos de ser imitados hasta por los qufr..se precian de buenos. 
Los tres primeros días que siguieron a la catástrofe trabajaron sin descanso, como 



(i) Por ejemplo, José Oje.\, en Flamen, incluido en la colección de cuentos o 
leyendas gallegas, titulada Céltiqos (Orense, 1883), haciendo resaltar alguna creen- 
cia popular consignada por el P. Arbiol, que a la sazón era tenida como histórica, 
y que no admite nuestra actual cultura. Por aquellos tiempos, el Sr. Ojea — persona 
competentísima — profesaba ideas, de las que más tardé se independizó, convirtiéndose 
en fiel hijo de la Iglesia, y muriendo abrazado al Crucifijo. 

(2) Obras completas, t. X, pp. 58-64 y 157-163. 

(3) El ideal franciscano de enseñanza aquí expresado por González Díaz, alien- 
ta igualmente en Alvaro López Núñez, el cual, en su Silva de dichos y hechos, 
Madrid, Minuesa, 1922, p. 92, nos presenta a los chicos saliendo ordenadamente de 
ima escuela, y haciendo volar por los aires las estrofas del Himno al Hermano Sol, 
del Serafín de Asís. 



— 283 — 

ahora, y tuvieron por todo alimento pedazos de pan que pudieron recoger. Sus pro- 
visiones, las pocas que les quedaron, las distribuyeron entre los pobres (1)> 

Por Último, Juan Neira Cancela, los observa en Galicia, en donde 
tienen varios centros de Misiones para el extranjero, y escribe en Las 
Montañas de Orense (2), que dichos Religiosos 

van y vienen incesantemente, a semejanza de las emigradoras golondrinas, y en 
cumplimiento de un deber ineludible, a los abrasadores desiertos de África, a los 
bosques lejanos de América, a los mares borrascosos en cuyos solitarios islotes vi- 
ven sus habitantes, desposeídos de razón, de fe, de creencias... Hasta aquellos apar- 
tadísimos hemisferios — añade — llegan los modestos frailes... jóvenes, casi niños, en 
fcl desarrollo de sus fuerzas físicas, para regresar, al cabo de cortos años, cuando 
aun no alcanzan la edad madura, extenuados, con reflejos débiles ep la mirada antes 
penetrante y escrutadora, y sin extremecimientos físicos de vida; que todo lo han 
perdido, que todo lo han gastado en defensa de Cristo y de sus inmortales ense- 
ñanzas. 

En una palabra, los nuevos Religiosos, apreciados a través de la lite- 
ratura actual, se presentan a la consideración en forma de poder decir 
de cada uno de ellos, lo que de uno de sus aiwstoles, oriundo de Galicia — 
el P. Gerardo Noya — decía él Boletín Oficial del Obispado de Gibraltar: 

Era un vrdadero hijo del Seráfico Patriarca San Francisco, en el traje, en la pa- 
labra, en el celo apostólico, en la unción evangélica, en el amor de Dios, que bro- 
taba de su corazón y abrasaba a los oyentes con las llamas divinas de la gracia (3). 

En efecto, añadiremos con el ya citado González Díaz: 

han corrido los tiempos: ellos, los Franciscanos, permanecen los mismos de siem- 
pre. Son los correligionarios del gran Cisneros, vanguardia de la Iglesia... Esos 
hombres, envueltos en sus amplios hábitos, sombríos, anacrónimos; esos misione- 
los a quienes precede y anuncia el resplandor de caridad de San Francisco y el per-7 
fume de los "fioretti" son los abnegados obreros de la civilización cristiana (4). 

¿Quién se acuerda ya de poner en juego contra ellos los antiguos tó- 
picos sectarios, acusándolos de seres inútiles, retrógrados, enemigos del 
progreso? (5). 



Ci) Publ. por La Libertad, de Madrid, y reproducido en La Hormiga de Oro, 
dé Barcelona, iSgr, p. 423. 

(2) Edit. por I. Moreno, Madrid, p» 40 y sig. 

(3) Cit. en La Hormiga de Oro, Barcelona, 1888, p. 441. 



(4) Qp. cit., loe. cit. 



._, Dice, a este propósito, D. Alejandro Pid.'^l, recordando la campaña revo- 
lucionaria, ante el monasterio de Guadalupe, que actualmente restauran los Fran- 
ciscanos : "Y lo más gracioso del caso es que sostenía muy en serio que la barbarie 
no era el latrocinio, la proscripción, la profanación, el saqueo, la mala venta, el 
fierribo estúpido... Eso no. Lo bárbaro era la Religión que había fundado aquel San- 



— 284 — 

A partir, pues, de la reaparición de los Franciscanos y de la actuación 
de nuestros grandes literatos ya dichos, el franciscanismo toma vuelos en 
todos los pueblos de raza española. 

Se puede afirmar — diremos con el P. Ventura Vargas, Director de "Verdad y 
Bien", de Santiago de Chile — que no haj' poeta, máxime en los tiempos actuales, que 
haya escapado a su influencia, ya que claramente se deja sentir en la poesía mo- 
derna' el espíritu franciscano, en el amor con que los poetas acentúan la naturaleza 
y en el persistente afán de prodigar a todas las cosas el calificativo dulce de her- 
manos y hermanas, como San Francisco, que^ llamaba así hasta a la insensible ro- 
ca (i). 

Esta influencia, muy general, en veidad, entre los poetas, penetra tam- 
bién insensiblemente, espiritualizándola, en los dominios de ía novela, has- 
ta el puntó de reconocer su necesidad, el propio Rafael Mainar, erigido 
en maestro de periodistas, el cual, parece sacrificarla, hasta cierto punto, 
al interés, cuando escribe: 

quizás es demasiado pronto para suministrar ciertas artísticas exquisiteces al gran 
público del folletín, 

prefiriendo se sigan publicando los de intrigas y crímenes de corte rocam- 
bolesco (2). De todos modos, el ideal se va abriendo camino en todos los 
campos y obteniendo cada vez mayor niimero de prosélitos y admiradores, 
si bien no siempre actiie en la forma perfecta que fuera de desear, y que 
tan bella aparece, por ejemplo, en Loe corretones de Antonio de True- 
ca (3). 

Las numerosas citas, sembradas por las páginas de este libro, bastan 
ciertamente para que nuestros lectores aprecien lo asombroso 4^ este mo- 
vimiento, en el que aparecen nombres literarios de los más altos prestigios. 
Entre ellos los hay tan significados hoy día como el de Ricardo León, 
cuyas obras El amor de los amores^ Casta de hidalgos y Los caballeros de 
la Cruz, ostentan verdaderas joyas franciscanas. El famoso Clarín (Leo- 
poldo Alas) ha rendido también culto al franciscanismo, en su trabajo, 
Leyenda de oro: un nuevo capítiilo de la vida de San Francisco, que pue- 



luario, los^ religiosos que habían levantado aquel templo y escrito y conservado 
aquellos códices y aquellos libros, y adquirido y hecho pintar aquellos cuadros y 
aquellos frescos, y lo habían adornado con aquellas joyas perdidas. Y se repetían 
aún cantares y chascarrillos sobre "la ignorancia y holgazanería de los frailes", 
como me decía un señor que se había pasado la vida comiéndose muy en paz y 
tranquilo los pegujales robados y malvendidos del desamortizado convento (alude 
al de Guadalupe)". (Vid. Discursos en honor de Menéndez y Pelayo (9 de julio, 
igi2), publ. por El Debate, Madrid, 1912, p. 64). 
(i) Rev. Verdad y Bien, 1924, p. 426. 

(2) Arte del periodista, Barcelona, "Manuales Soler", cap. X, p. 132. 

(3) Vid. Cuentos del hogar, Madrid, 1876, p. 166 y sig. 



-285- 

de verse en las columnas de "Ilustración española y americana", t. 63; 
primer trimestre de 1897, pp. 63, 80, 152. A su lado merece figurar Ángel 
DE Barcia, por sus Recuerdos de Asís, publicados en "Revista de Estu- 
dios Franciscanos", de Barcelona, t. V, 1910. Sígase, luego, el curso de las 
firmas más conocidas, y se descubrirán las huellas franciscanistas, en el 
t, I, de Ensayos de Miguel de Unamuno, en Memorias del Marqués d& 
Bradomin y en Mieles del rosal, de Ramón de Valle Inclán, en Historias 
de un alma. Paisajes espirituales, San Antonio de Padua y El brazo de la 
rasa, de Adolfo de Sandóval, en Memorias de un desmemoriado, de 
Benito Pérez Galdós, en Historia de la Literatura de Julio Cejadór, 
en ^/ p-ié del altar y Santa Teresa de Jesús y en la reimpresión de varias 
obras franciscanas de Miguel Mir, en Misiones católicas de Marniecos, 
de Juan Menéndez Pidal, en Cuadros europeos, La Virgen de Aránza- 
zu, etc., de José María Salaverría, en ¿Quién es San Francisco de Asís? 
Y en La Porciúncula (poema), de Elpidio de Mier, en La sopa de los 
Conventos de Vicente Lafuente, en Obras Completas de Juan Mara- 
gall, en Las grandes instituciones del Catolicismo, de Severino Aznar; 
en Fray Francisco, del P. Luís Coloma; en España Mariana, del P. Ce- 
peda; en Cancionero de San José de Calasans y otras obras del P. Jimé- 
nez Campaña; en Al amor del terruño, de Juan Bautista Andrade; en 
Memorias de un estudiante, de Aurora Lista; en I^ola y Marichu, de 
Luis de Ocharán; en Como ¡a luna blanca, de Antón del Olmet; en 
El huracán de mi vida. De la serpiente a la Virgen y Luchas secretas (ff). 
de Sebastián de Luque ; y en innumerables colecciones poéticas y litera- 
lias, suscritas por nombres tan prestigiosos, como los de Carolina Va- 
lencia, Carolina Coronado, Filomena Dato, la Infanta Paz de Bor- 
PÓN. Navarro Salvador, Eduardo Marquina, Monner y Sans, Javier 
Ugarte, Blanco Belmonteí, Francisco de Iturribarría, Blanca de 
LOS Ríos, Isabel Cheix, Antonio de la Cuesta Sáinz, Le Brun, Mu- 
ñoz Pabón, Sanz y Aldar, y cien y cien otros. Y esto sin contar a direc- 
tores de Revistas, de la talla de Sarda y Salvany y Carbonero y Sol, 
a quienes tanto debe la propaganda franciscana. Y esto sin aducir la serie 
interminable de leyendas tan primorosas como Leyenda aragonesa de NoR- 
KERT0 Tokcal, o Xan Brancellao (2) de Lamas Carbajal, o El Crucero de 



(i) En esta obra, añade el autor a su nombre, como único título de honor, el 
de "Terciario Franciscano", que es también el único que figura en las tarjetas mor- 
tuorias de D. Ramón Nocedal, jefe del Integrismo Español. 

(2) Este episodio apenas si se diferencia, del atribuido en Asturias a un Con- 
vento dominico. Parece ser reflejo del que sensibiliza Tirso de Molina, en uno de 
los personajes de "Los tres maridos burlados", al que da el nombre de Santíllana, 
de igual modo que ocurre con el episodio del Lobo de Gubbio, al que tanto se pare- 
ce el atribuido al obispo compostejano Adaulfo, expuesto por Cabal en Del Folk- 
lore de Asturias, cit, pp. 144-146. 



— 286 — 

San Francisco de Manuel Alvarez Sánchez, o Sor Clara del "Drama 
Universal" de Campoamor, o San Francisco y la gárgola de José María 
Pemán, o El corazón de Cosme IV "el Generoso" de Mauricio LÓPE2: 
RoBEiRTS, o La Rosa de oro de "Almanaque Salesiano para 1926". Y esto, 
sin traer a cuento ese desfile sin fin de trabajos sueltos que casi a diario 
aparecen en las columnas de la prensa periódica, tan rebosantes de emo- 
ción y colorido, como los famosos Misioneros heroicos, de Ramiro de 
Maeztú; Por unas monjas, de Azorín; La santidad del franciscano Re- 
galado, de Francisco Mendizábal; La visión de un Papa, de Alfredo 
Brañas, y Por los seres inferiores, de Salvador Minguijón. Y esto, fi- 
nalmente, sin hacer entrar en cuenta a los grandes oradores de España 
que han alzado su voz, ya en el Congreso español, como Rovo Vilanova, 
para defender, en 1922, la enseñanza dada por nuestras Religiosas, ya en 
los tres magnos Congresos Terciarios de 1909, 1915 y 1921, para estudiar 
en sus aspectos múltiples, la actuación franciscana; como Vázquez de 
Mella, Amando Castroviejo, Marcelo Macías, Francisco Suárez 
Salgado, Armando Cotarelo, Carmelo de Echegaray, Remigio Gan- 
DÁSEGUi, Francisco González Rojas, Lago González, Manuel Simó, 
Manuel Basulto, Narciso Esténaga, César Abellás, Luis Calpena, 
Enrique Vázquez Camarasa, Cardenal Reig, Diego Tortosa, Señante, 
Marín Lázaro, etc., etc. (i). 

Y lo propio pudiéramos decir de otros innumerables trabajos litera- 
ritis, de índole diversa. Estudia el Marqués de Molins, en sus Obras 
(Madrid, M. Tello, 18S2, tomos IV, V y VI) diversos aspectos de la ac- 
tuación franciscana; conságrale José María Arroita-Jáuregui, el t. II 
de las suyas (Bilbao, La Editorial Vizcaína), con el título: Por el País de 
San Francisco; cántale repetidas veces, el Marqués de Lozoya, en varios 
libros (2) ; el Conde de Cedillo, en Ocios Poéticos (Toledo, 1915) ; Miguel 
Costa y Llobera, en Las noches de San Francisco; Pérez Villamil, en 
Sermón de San Francisco a las aves; M. R. Blanco-Belmonte, en Pen- 
samiento; AvELiNO GÓMEZ, en Romanceiro Conipostelán (Madrid, Libr. 
Puga), y José Manuel Meseguer, en Flores de mi musa; y estudia An- 
tonio GoicoECHEA su acción social en Conferencias y Discursos varios 
(Madrid, 1917), y Miguel A. Rodenas divulga sus hechos en La Leyen- 
da Dorada (Madrid, Bibl. Hisp., 1914, t. III), y publica Andremio en La 



(i) Del discurso de Royo Vilanova, da cuenta El Debate, 18 de julio, 1922: los 
restantes, a que aludimos, se hallan coleccionados en las Crónicas de los respectivos 
Congresos ya citadas. — Rovo Vilanova lleva escritos muchos trabajos franciscanis- 
tas, entre los cuales recordamos, ahora, Alondras y ruiseñores, publ. en La Nación, 
de Madrid, 6 de octubre, 1926. 

(2) Singularmente en Sonetos Espirituales y en Romances del llano (edit. Reus- 
Madrid) en donde se distingue (p. 46) la poesía titulada "El Predicador". 



~ 28; — 

Vos (Madrid, oct. 1926) su San Francisco en la tierra, y refresca Anto- 
nio Palomero su recuerdo en "La Hermana Agua" de El libro de los 
elogios (Madrid, Libr. de Beltrán), y describe Jenaro Xavier Vallejos 
su tránsito en "Crepúsculos" {El Debate, 5 de oct., 1926), y enaltece con 
su pluma J. Francos Rodríguez sus méritos en San Francisco el Grande 
(A B C, I de oct., 1926); la Condesa de Parcent incluye en sus Poesías 
Selectas (¡Málaga, La Ibérica, 1903) su preciosa leyenda "Fray Juan de la 
Puebla" (pp. 365-441), y aporta José Devolx García, en Nuevas Poesías 
(Málaga, 1925) la Leyenda Gratmdina, que guarda relaciones con Santa Cla- 
ra de Antequera, y nos dan nuevas traducciones del Cántico del Hermano 
Sol, Rosa Bohigas en castellano (El -Universo, Madrid, i de oct., p. 15), 
y L. Amado Carballo en gallego (A nosa térra, Coruña, i junio, 1926). 

Cosa sería de hacernos interminables, siguiendo por este camino, por- 
que la literatura franciscanista en nuestra Patria muestra su impronta por 
doquiera. Sólo en la serie de novelas publicadas por la "Biblioteca Patria", 
de Madrid, podemos enumerar, como reflejo de este ideal. La gran reve- 
ladora. Rayo de luna y Ante todo lo ainado de Adolfo de Sandóval, De Ma- 
drid al Chaco de Ortega Munilla, La estatua de nieve de Diego de San 
José, con su relato "La última Misa de Lope de Vega", La fnadre del 
Cardenal (Cisneros) de Gerardo Requejo Velarde, donde se cita un tro- 
zo del drama de Fernández y González titulado: "La muerte de Cisne- 
ros"; La tragedia de Don Iñigo, de Pedro Luis y Gálvez, enlazada con 
la V. O. T. de Madrid ; La visita al paraíso, de Mauricio López Roberto, 
que parece un comentario al "Cántico del Hermano Sol"; El ansia de ver 
mundo, de Fernando Mora, en la cual se rememora la devoción a San 
Antonio en Galicia; Melitón Sauro de Benito Isidro Lapeña, cuyo pro- 
tagonista concluye por hacerse Lego franciscano; El sacristán de las Pas- 
cualas de Curro, Vargas, con la destrucción del Convento a manos de los 
herejes invasores; la ya citada Como la luna blanca de Antón del Olmet, 
mneg-írico del heroísmo de una de nuestras monjas Concepcionistas, entre 
los horrores de la Semana Trágica ; En pos de la vida, de Vicente Díaz 
DE Tejada, donde en "Pequeñas causas", describe el asalto de las turbas 
a un convento franciscano y, por último. El despertar de un alma, de Luís 
DE Terán, al que pone término con la conversión del anticlerical Urquizo 
bajo la dirección del franciscano P. Otaño, próximo a embarcar para las 
Misiones de China. 

¡Ah! sin duda alguna qué cada uno de estos escritores, han debido 
repetir, al ponerse en contacto con el ideal franciscano, algo parecido a lo 
que de sí propio expresa Luis G. de Ursina : 



— 288 — 

Sentí en mi pecho una caricia pura 
que con su refulgencia cristalina 
fundió mi ser en no sé qué ternura 
religiosa y divina (1). 

Y es que este ideal franciscano, enemigo de odios, de disensiones., de 
turbación interior y exterior, tiene como lema luminoso el sentimiento 
de fraternidad, que es el solo sentimiento capaz de obrar entre todos, bajo 
la dirección del Padre celestial, el milagro de una unión íntima por medio 
de la soldadura divina del amor. Su resultante no puede ser otra, en el 
terreno estético, que producir en las almas un sano y reconfortante opti- 
mismo, con vistas a lo bueno, a lo verdadero, a lo bello. Es lo que Eduar- 
do Marquina ha llamado: 

la poesía de la vida, 

que hace consistir, en 

la vida humilde de las cosas. San Francisco— añade — la expresó amando a la 
hermana luz, a la hermana agua, al hermano lobo, porque, aceptándolos como son, 
los ve en el fondo de su vitalidad. 

Y concluye: 

La poesía de la vida es un estado de alma y no necesita de amplios horizontes : la 
c*sa, la plaza del pueblo, el reposo, el deber cumplido: he aquí algunos temas inefa- 
bles (2). 

A este plan se ajustó la inspiración de José María Gabriel y Galán, 
tan honda y tan tierna en su misma ingenuidad: ar mismo se ajusta, la de 
José María Pemán, en páginas De la vida sencilla; y de él formó su pro- 
grama José Antonio Balbontin, al escribir al frente de La risa de la 
esperanza : 

la humanidad necesita la esperanza del cielo para vivir sin amargura, y es obra de 
amor al progreso y al bien y al triunfo de la fraternidad en este siglo de desespe- 
ranza, inflamar ante sus ojos cansinos la lumbre divina de las eternas llamaradas (3). 

De aquí, la nueva orientación literaria que va abriéndose camino, ins- 
pirada ante todo en la leyenda franciscana, a la cual trata de imitar hasta 
en la forma. 



(i) Poesías escogidas, París, Edit. franco-íbero-americana, 1920, p. 163. 

(2) Extracto de la Conferencia pronunciada el 14 de febrero de 1925 en la Es- 
cuela Superior del Magisterio, y publicado en A. B, C, Madrid, núm. del 16, de 
•dicho mes y año. 

(.3) Op. cit, p. II. 



— 289 — 

Conozco entre los hombres de letras — dice el benedictino P. Justo López de 
Urbel — quienes no saben de San Juan; Bautista apenas el nombre, y saben al de- 
dillo las hazañas . de Fr. Junípero ; entre los poetas — ^agrega — ^hay una manera será- 
fica, un estilo franciscano... los hijos de las musas se han sentido ' hermanos de to- 
das las cosas que un poeta puede ver e imaginar en el mundo sensible e imagina- 
ble. Ha sido un incremento rapidísimo de la familia humana... También yo tengo 
a ratos la debilidad de hacer y de publicar versos, prodigando con pocos escrúpulos 
esas cartas de fraternidad, comunes entre los poetas modernos (i). 

Y en efecto : a poco que se observe el ambiente literario que aspira- 
mos, descúbrese claramente dicha orientación. Frases parecidas a la de 

agua pura y franciscana 

de García Martí (2), abundan entre nuestros literatos, como abunda 
igualmente la de "El hermano Amor", que R. Cansinos-Assens puso por 
título a una de sus producciones amenas (3). También son harto frecuen- 
tes títulos semejantes de fraternidad, aplicados a toda clase de seres. El 
autor de Los poemas de los pinos, por ejemplo, dialoga con ellos y comien- 
za así : 

Un pino me saluda: ¡Buenas tardes, hermano! 

Y yo saludo al pino : ¡ Hermano, buenas tardes ! (4). 

A su vez, CÁNDIDO Rodríguez Pinilla, en "¡Hermano Árbol!", la- 
emprende a ditirambos con un álamo, y le dice: 

De tí el derecho a la piedad reclanio, 
yo que nunca lo tuve; a la alegría. 
"Hermano", el Sol de Asís te llamaría; 
yo también te lo llamo (s). 

Y lo que- Rodríguez Pinilla, con' el árbol, lo hace el Marqués de 
LozoYA con las flores^ exclamando: 

¡Mis pobres florecillas 
que estrellas semejáis en la pradera! 

Por castas y sencillas 

Francisco os escogiera 
por gala de su humilde primavera (6). 



pr,(i) Las Florecillas de San Francisco", art. publ. en Revista Eclesiástica de los 
^^•Benedictinos de Silos, 1925, pp. 634-635. 

(2) ' Lttffáres de devoción y de be Ilesa, cit., p. 15. 

(3) Edición de Esquemas, igzi. 

(4) Xavier Bóveda, op. cit., Madrid. Ithpr. Gráfica, 1920, p. .43. 

,„, ^S) Vid., Ramón Segura de la GArmilla: Poetas españoles del siglo XX: An- 
•'o'09»o. Madrid, F. Fé, 1922, p. 316. . 

(o) Poesía "Primavera", publ. én El Debate, 20 dé mayo, 1926. 
Franclscanismo— 19 



— 290 — 

Lo propio sucede, tratándose de irracionales. Cierto que Julio J. Ca- 
sal, al recordar en El lobo la leyenda del de Gubbio, no se atreve a tanto, 
porque para él el lobo es símbolo de la crueldad (i), al contrario del Se- 
ráfico, que así le denomina, sin duda para atraerlo a instintos menos crue- 
les; pero, en cambio, lo usa Emilio Carrere al encontrarse con Un pe- 
rro vagabundo: 

Hermano can — ^Francisco te diría: — 

eres pardo y humilde, como el sayal del Santo, 

y franciscana y dulce es la melancolía 

de tu humano mirar, que anubla el llanto (2). 

En igual sentido, llama C. Cabal, en Del Folk-lore de Asturias, p. 173, 
"franciscana" a la gallina, atendiendo a su color y utilidad ; y llama Adol- 
BO Clavarana, en Clueca blanca, "franciscanillos" a los poUuelos, a cau- 
sa de su candidez y sumisión (3), y busca Verdaguer en el color del há- 
bito seráfico, un símil aplicado a las alondras, tan amigas del Poeta de 
Asís... 

... les aloses, 
Íes de plomatge pobrigó y burell, 

com el habit de ses ordres... (4). 

y otro en la forma de la capucha, aplicado a las cogujadas: 

saltirons la cogullada 
fent pujar y fent baxar 
sa cogulla franciscana (5). 

Semejantes figuras, antes que nuestros poetas modernos, penetraron ya 
muy hondo en el propio sentimiento poético del pueblo, amenizando hasta 



(1) En Nuevos horisontes, Madrid, Pueyo, 1916, p. 46. — En parecida forma se ex- 
presa Alejandro Nieto, al terminar "Un poco de luz franciscana" (publ. en El Eco 
Franc, 1927, p. 98), diciendo: 

En el mundo suyo era hermano el lobo; 
en el mundo nuestro es lobo el hermano. 

(2) Publ. en. La Esfera, de Madrid, núm. 544, (7 de junio, 1924). 

(3) Vid. sus Lecturas populares, 2.* colee, Madrid, J. del Ojo, pp. 207-215. 

(4) Verdaguer, Obras, t. cit., p. 94. 

(5) Id., ibid., loe. cit. — En lo relativo al cordón franciscano, baste recordar la 
frase "cordonazo de San Francisco", señalando el primer temporal revuelto con que 
suele inaugurarse el invierno. Al hábito, en su conjunto, suelen dársele diversos sig- 
nificados simbólicos. Teodoro Llórente, lo reputa, en Nou líibret de versos, Valen- 
cia, ¡mpr. de Doménech. 1909, p. 257, por símbolo de fe y de humildad: 

De fe y humiltat en proba, 

amortafleume ab la roba 

del bon Pare Sant Francés... 



— 291 — 

sus más conocidas ladivinanzas. De las cuatro, relativas al conejo, que trae 
Rodríguez Marín en Cantos populares españoles, t. I, p. 207, he aquí dos 
que nos recuerdan, la primera a los Terciarios de hábito descubierto, y la 
segunda a nuestros frailes: 

En el campo me crié, 
con hábito de Tercero; 
no soy santo, ni soy Dios, 
ni he de parar en el cielo... 
Primero que ningún santo 
anduve por el desierto, 
vestido de franciscano, 
descalzo de mozo y viejo; 
no soy confesor ni santo, 
ni puedo entrar en el, cielo... 

Estas y parecidas composiciones, asocian de ordinario al título de her- 
mano, alusiones directas al ideal f ranciscanista ; pero otras entran más 
directamente en él, recordando episodios de nuestras gestas. El título de 
Hermanas golondrinas, usado por Juan GutiérreíZ. Gilí en su Primer 
libro de versos (í), reviste dicho aspecto, en forma oratoria que recuerda 
la del Santo al predicar a los pájaros : 

Hermanas golondrinas: 

quiero llamaros como San Francisco, 

el seráfico apóstol 

renovador de la Pasión de Cristo. 

Vosotras que cruzáis mares y tierras, 

¿conocéis el camino 

que conduce a Bevaño, 

donde acallaron sus alegres trinos 

vuestras lindas hermanas saetera 

al escuchar la voz del peregrino, 

para que al pueblo ansioso predicase ? 

Y tu, ¡oh hermano halcón! ¿tu no has salido 

de tus agrestes montes, 

y el Alvernia no has visto 

y la mística celda donde el Santo 

tuvo un halcón por cuidadoso amigo? 



. (i) Edit. Barcelona, 1918, pp. iip-120.— »Otro poeta, Juan Laguía Lliteras, usa 
iRual estilo en Humos de señorío. (Barcelona, 1918), llegando a llamar a Ramón 
basáis "Mercurio con alma franciscana, que no tiene alas en el caduceo, sino en el 
corazón" (p. 87); y diciendo en Elegía de las arañas (p. 109): 

Hábiles y febriles tejedoras, 

las hermanas arañas, 

Srolpngan su trabajo más allá de las horas 
¡lando la sustancia de sus propias entrañas. 



202 — 

Y vosotras ¡oh tórtolas gemelas! 
de las virtudes más hermosas símbolo, 
por lo castas y humildes y 9bedientes; 
y vosotras, palomas, que los nidos 
abandonarais si el sublime pobre 
' volviera la palabra a dirigiros, 
¿no sabéis si una vez vuestras hermanas 
picaron en las palmas del herido 
de los divinos clavos, y por eso 
rosa tenéis como la sangre el pico?... 

En una palabra — y por no alargarnos en demasía — el titulo de frater- 
nidad adjudicado a los irracionales, sirve comúnmente de estimulante para 
rememorar las manifestaciones de amor del Serafín de Asís, con miras a 
alentar las almas a su imitación. Comprendiéndolo así Josís Devolx Gar- 
QÍA^ declara que la verdadera esencia poética se cifra en amarlo todo en 
el Señor y exclama: 

¡ Amarlo todo ! Célicas visiones 

al" gran Santo de Asís su sentimiento 

de amarlo todo en Dios le anticipaba; 

y en alas de su extático ardimiento, 

el creador del cielo franciscano 

al pajarillo y a la fiera amaba 

y con justicia al sol llamaba hermano (i). 

¡Ah, si este lema fuera la pauta de gobierno de la humanidad! ¡Si re- 
sultara un hecho la visión de Blanca de los Ríos Lampérez, al exclamar, 
en el Soneto Se acerca : 

Con mudos pasos, como va la nieve, 
vistiendo de blancura lá alta sierra, 
el Serafín de Asís vuelve a la tierra 
donde Caín de pié la sangre bebe (2). 

Entonces en el mundo no habría más que un cetro de oro, en forma de 
rama de olivo. 

•Con todo se impera — dice Rafael Sánchez Mazas — ... Se impera también con la 
\irtud. Se -impera, poniéndose a la cabeza de los pobrecitos del mundo, y así. se crea 
el r^no luminoso de San Francisco (3). 



(i) Nuevas poesías. Málaga, Tip. Salesiana, 1925, p. 183. 

(2) A este Soneto, contestó La Época, con otro, titulado: ¡Ojalá! Ambos pueden 
verse en Antolofiía Franciscana de Monner y Sans, cit.. p. XV. 

(3) "Mussolmi por San Francisco", publ. en ^BC, de Madrid, 18. de diciembre, 

igas. 



— 293 — 

A sentar, por decirlo asi, los jalones de este reino luminoso tiende la 
literatura de ideal y estilo franciscano, que vuela de los seres insensibles 
c irracionales hasta el hombre, para elevar al hombre hasta Dios. Dos pie- 
zas teatrales franciscanistas sirven, para ello, de hilo conductor a este 
ideal, que se refunde en el amor. La primera, original de Antonio Rey 
Soto, enseña, en la persona de un hijo del Serafín de Asís, el justo em- 
pleo que a este amor debe darse, evitando su desorientación y envileci- 
miento; que tal es la tendencia de Aftwr que vence al amor (i). La tenden- 
cia de la segunda, o sea de Navidad, de Gregorio Martínez Sierra (2), 
trae a San Francisco al proscenio, a fin de que él conduzca hasta el Amor 
recién nacido, a los pobres, a los obreros, a los desheredados, en busca de 
un amor que les infunda la dicha, que mal pueden esperar del mundo (3), 
enseñándoles a amar la pobreza como la amó el Niño de Belén, porque la 
pobreza es la compañera inseparable del trabajo, manantial de todo pro- 
greso, y haciendo que se hallen tan a gusto con la compañía de ambos, que 
puedan exclamar con Ramón Cabanillas: 

Non me deixedes soyo:- 
levádeme no medio, 
Pobreza, miña moza, 
Traballo, compañeiro! (4). 

¿Ni qué recurso más eficaz para conservar indemne nuestra elevación 
de espíritu? Hasta para sus campañas agrarias la juzga necesaria Basilio 
AlvareIz, pues nos dice: 

Peregrino en este camino de nuestro resurgir, quiero continuar caminando con dig- 
nidad franciscana, porque no se puede jugar a los apostolados sin estar propicios a to- 
da hora a sacudirse las sandalias. Además, soy de los que creen que el dinero envir 
lece. ¿Quién sabe si nuestra fuerza está en nuestra propia pobreza? (5). 

Así quiere el ideal franciscano que el hombre viva en el valle de lá- 
grimas c[ue llamamos destierro, dándole, en cambio, por tesoto el más pre- 
ciado, la posesión de Dios. Xavier Bóveda parece aspirar a esto último, 
como a complemento de su ventura. Oídle, sino, cuando solloza: 



(i) Segunda edición, Madrid, Pueyo, 1918. Fué estrenado con clamoroso éxito 
este drama en Coruña el 12 de febrero, y en Madrid, del 26 de marzo de 1917. 

(2) Navidad. Milagro en tres cuadros, publ. por la "Edit. Renacimiento", 1916. 
con música de Joaquín Taurina y dibujos de Alberto Durero. — Otros dramas fran- 
ciscanos han aparecido últimamente. Plácenos consignar, entre ellos. Mártir de amor, 
.narración escénica en nueve cuadros y en verso, por José Martínez Díaz (Zaráuz, 
impr. de F. Elustondo, 1926, 6§ pp. en 8.". 

^ (.3) Vid. "Un drama franciscano", por el P. Pumarega, publ. en El monasterio de 
Guadalupe, 1921, pp. 277-278. 

(4) Da térra asoballada (t. I. de sus Obras), Villagarcía, p. 78. 

(5) Abriendo el surco. Habana, R. Veloso; 1913, p. 66. 



— 294 ~ 

¡Quién, como San Francisco, pudiera ¡oh Dios! ir lleno 
— en el pecho una estrella— de Tí; sin que el abismo 
me torturara el alma y atormentara el cieno 
— mi carne pasional — de mi hondo escepticismo! (1). 

De este modo, nosotros podríamos seguir más alegremente las huellas 
del Seráfico que, contento y satisfecho con Dios, pasó por el mundo — en 
frase de Pompeyo Gener — 

cantando sus himnos extasiadores, con una música inspirada por el inmenso amor, 
por la divinidad misma, que como un efluvio le llegaba del fondo de la naturaleza, 
y le hacía unir en estrecha hermandad, los pájaros, los peces, las mariposas y las 
flores con los seres humanos (2). 

¡ Manera de amar realmente subyugadora, a la cual ño pudo resistir 
ni el corazón del jefe de los 

jóvenes bárbaros, 

Alejandro Lerroux, el cual declara que, merced a este amor, es nuestro 
Santo el único que recibe cultos de admiración en su espíritu! (3). 

La misma Colombine, se cree en el deber de honrarle con su pluma, 
mediante su trabajo : "Las mujeres en la vida de San Francisco", publica- 
do en la Revista madrileña "El Hogar y la Moda" (1926); y lo propio 
hace Luis de Zulueta, dando a luz en La Libertad, de Madrid, 6 de enero, 
1927, su artículo El Centenario de la Fraternidad, en donde parece justifi- 
car la actitud de los escritores descreídos, exclamando : 

no pocos librepensadores y creyentes libres reconocerán que su corazón es un altar 
secularizado, donde se venera la espiritual imagen de este incomparable "joculator 
Domini", trovador de Dios, que seráficamente transido del amor divino, hizo de su 
vida entera un cántico de la más pura fraternidad humana... El* Santo de Asís es de 
todos... ¡Cuántas y cuan distintas flores del espíritu contemporáneo encontrarán en 
el alma franciscana sus semillas de luz ! 

Pero el, ideal franciscanista quiere más todavía: quiere influir hasta 
después de la muerte, dándonos por mortaja para el sepulcro la librea hu- 



d) Canto a la raza gallega y versos de fe y de silencio, Buenos Aires, J. Es- 
trach, 1923, p. 33. 

(2) Historia de la literatura, Barcelona, Montaner, 1923, p. 289, . ., 

(3) En efecto, hablando de Concepción Arenal, manifiesta que en su alma sintioí 
"la sensación del vacío", cuando de ella "se marchaba Dios, el Dios de mi madre, el 
de mi infancia", dejándole "los altares desiertos, la iglesia muda y sombría"; pero 
que, aun así, "la tolerancia, suprema bondad de la razón, unió (en ella) en un mismo 
culto, el de mi admiración, a un Sonto de la Iglesia Romana, y a una mujer santifica- 
da por la vida y por sus actos: San Francisco de Asís y Concepción Arenal; un mís- 
tico que llamaba hermanos a los peces del mar, y una mujer sublime que trataba como 
hermanos a los miserables, repudiados por la sociedad". (Francisco Mañach: Con- 
cepción Arenal, Buenos Aires, Impr. de Juan A. Alsina, 1907. p. 141). 



— 295 — 

milde del Serafín de Asís. Por algo José María Riaza, describiendo El 
cortejo de los muertos, exclama: 

Los cadáveres sombríos 

van en ataúdes negros; 
y a través de las rendijas de la caja 

me parece que los veo 
con un áspero sayal de penitente 
y las manos enlazadas sobre el pecho (I). 

Y es que, semejante costumbre, dala ya por tradicional entre nosotros 
Francisco Villaespesa^ señalando' en La poesía de la Rasa, como carac- 
terístico, lo de 

...entregar, tras afanosa lucha, 
el alma a Dios y el cuerpo a los gusanos, 
calada sobre el rostro la capucha 
,y con un Crucifijo entre las manos (2). 

Y el célebre Amos de Escalante, de quien asegura Menéndez y Pe- 
layo que sus dos grandes amores eran el mar y los Franciscanos y que 

puede decirse que murió asido al cordón franciscano, de que habla en un Soneto, 

no satisfecho aun con lo dicho, quiere más todavía, quiere que la influen- 
cia franciscanista alcance al otro lado de la tumba; y en el Soneto de re- 
ferencia, titulado Cruz Terminal, traza un cuadro relativo a la expiación 
de las almas del Purgatorio y dice: 

En la sangrienta cruz Cristo reposa, 
Al pié su Madre abandonada gime, 
El fuego purgador abajo nada; 

Y sola el alma que lloró dichosa 
Salva la onda fatal y se redime 
Al cordón franciscano asegurada (3). 

Así habla el franciscanismo literario de nuestros días, de acuerdo en 
todo con el religioso. Si alguno, pues, preguntase con el ilustre Mara- 
gall: 

¿Qué haría un San Francisco que hoy saliese, cómo hablaría a las gentes de 
ahora...? (4); 



(i) Cortejo de quimeras, Madrid, impr, de Hijos de Alvarez, 1912, p. 42. 
(3) Academia de la Poesía Española, Sesión de honor presidida por la Infanta 
Doña Paz de Borbón, Madrid, IQII, pp. 20-21. 

(3) Vid., Menéndez y Pelayo, Estudios de critica literaria. Madrid, 1907, t. IV, 
pp. 271-279, en donde habla del mismo y transcribe el Soneto anterior y otra poesía 
ae Escalante, titulada : Un sermón de San Francisco. 

(4) Obras Completas, cit., t. V, art. r8o. 



— 29b — 

yo creo que, sin perjuicio de hablar a veces con alguna dureza al herma- 
no lobo, cual lo supone M. Gómez de Baquero (i), no por eso tendría 
necesidad — según parece indicarlo Juan Domínguez Berrueta (2) — de 
cambiar de lenguaje para ponerse al habla con el mundo actual. Bástale, 
en efecto, el suyo del siglo XIII, que ahora trata de imitarse, con su sen- 
cillez, con su dulzura, con su luminosidad, con su candor ingenuo, para 
realizar con éxito su empresa de restauración social cristiana. Y no, no se 
desdeñaría el Juglar dé Dios, de que también a él le tratasen los demás en 
igual forma, repitiéndole aquel sonetillo de Joaquín A. Bonet, que dice: 

Dulce poeta de Asís, 
que llevas sayal de espinas 
bajo la túnica gris; 
por tus pasiones divinas, 

por las ansias que te encienden 
y la serena canción 
que de tus labios aprenden 
los limpios de corazón; . 

por tus terribles cadenas, 
y por el ramo de venas 
que, palpitando en tu sien, 

aroma el huerto cristiano, 
. yo también te llamo hermano. 

En loa de Cristo. Amén (3). 

¡Ah, reaparezca entre nosotros, representado en el franciscanismo le- 
gítimo, el Poeta de Umbría! 

Sayal de ceniza, 
bordón peregrino y agrestes sandalias, 
misericordiosas manos de azucena 

y de luz del alba: 
i Dios quiera que pronto volváis a este mundo, 

que hacéis mucha falta! (4). 

¡Cuánta necesidad tenemos de tí, — exclama, a su vez, Adolfo de Sandóval — de 
tu ejemplo, de tu verbo, de tus consuelos, de tus orientaciones! San Francisco de 
Asís, amadísimo y benditísimo Fratello, y pavero di Cristo, ¿volverás pronto entre 



(i) "Del programa mundial", publ. en El Sol, 10 de diciembre, 1925. — "A mu- 
chos es fácil que les diese cordonazos", alega, por su parte Luis de la Peña en "Fran- 
ciscana" (Poesías, Santiago, 1926, p. 56). 

(2) "Franciscanismo", publ. en Nuevo Mundo, Madrid, 26 de octubre, 1914. 

(3) Cantigas, Gijón, Tip. "El Comercio", 1921, pp. 137-138. 

(4) "Lex suprema", por Fernando López Martín, publ. en La Esfera, cit., núm. 
de 30 de enero, 1926. — La ha traducido al gallego, publicándola en La Región, de 
Ótense, 2 de septiembre, 1926, el admirable poeta íranciscanista Antonio Noriega 
Várela. 



— 297 — 

nosotros? La celebración del Centenario VII de tu tránsito, i será el comienzo de ese 
tu retornó? (1). 

En realidad, puede decirse que San Francisco se halla ya en espíritu 
con nosotros, y que en la resurrección del espíritu nacional que en Espa- 
ña se opera, aparece éste en la forma en que F. Venzel Prouta hace aban- 
donar la huesa al Quijote, es a saber, 

vestido con el hábito frantíscano y adoptando dicho hábito como símbolo del nue- 
vo estado en que volvía al mundo (2). 

Todo, en efecto, parece indicárnoslo así, como respuesta a un común 
anhelo de inspirarse en su conducta y hacer suyos sus ideales. 

Por la misericordia de Dios — exclamaba,, en 1910, Villelga Rodríguez — ^habrá 
de salvarnos el espíritu del Evangelio, espíritu de la familia seráfica (3). 

El Problema Social se resolverá — responde desde Chile un ilustre Prelado — si- 
guiendo los ejemplos luminosos del gran Santo (4). 

¡Qué se difunda en la sociedad el espíritu de Francisco, que es él espíritu evan- 
gélico!, alega el Agustino P. Celestino Elvira, aspirando a idénticos consoladores 
(.'•xitos (5). 

Y la celebración del VII Centenario de su subida al Cielo, tráenos iii- 
discutiblemente la prueba de que su espíritu seráfico actúa ya prodigiosa- . 
mente en España. Su Majestad Alfonso XIII, aceptando la presidencia 
del Comité Nacional de las fiestas centenarias, el Gobierno señalando tan 
fausta efeméride con la entrega a los Franciscanos de San Francisco el 
Grande, los Prelados publicando magníficas Pastorales conmejiiorafíivas, 
el pueblo contribuyendo con sus Diputaciones y Ayuntamientos a la erec- 
ción de soberbios monumentos en Compostela, Cerro de los Angeles, Mont- 
serrat, Murcia, etc., los festejos públicos en su honor, las peregrinacio- 
nes, las asambleas sinnúmero que bajo sus, auspicios se organizan, ¿no pre- 
gonan muy por lo alto verdad tan consoladora? 

Pues bien: el reflejo de situación semejante es, sin duda, el que admi- 
ramos en el mundo literario, como testimonio irrecusable de su influencia. 



(i) "Ante el Centenario de San Francisco", publ. en La Estrella del Mar, Madrid, 
1926, pp. S12-513. 

(2) Don Alonso Qnijaiio el Bueno. Continuación de Don Quijote de la Manch-a, 
Toledo, 1922, cap. I, pp. 9-10. 

(3) Minúsculas, Barcelona, Hdros. de J. Gili, 1910, Mirando a Sati Francisco, 
P- 53. 

(4) "San Francisco y el Problema Social", por el Obispo de Chillan, publ. en 
Paz y Bien, de Chillan, Chile, I926, p. 306. 

(5) "El VIII Centenario de San Francisco", publ. en La Ciudad de Dios, 
1926, p. 353. 



— 298 — , 

Empeñarse— dice el P. Conrado Rodríguez, O. S. A, — en negar la existencia de 
la poesía franciscana, es decir que no existe la luz, porque se tienen cerrados los 
ojos (1). 

A esta poesía, en efecto, rinden tributo los hombres más ilustres dé la 
actualidad, en discursos como los pronunciados en la Academia de Juris- 
prudencia de Madrid, en actos literarios como los celebrados en Comillas 
y Loyola, en conferencias como la de Economia Franciscana de Amando 
Castroviejo en la Universidad de Santiago, de El Franciscanismo y la 
Medicina de Royo VilanoV'a en la de Zaragoza, y de Actuación de San 
Francisco, de José Casado García, en la de Valencia. Por su parte, la 
Real Academia de Bellas Artes ha escuchado los vibrantes discursos de 
recepción sobre San Francisco en la Escultura, de Sánchéíz Cantón, y 
San Fra'ndsco en la Pintura^ de Elías Tormo, y hánle consagrado sen- 
dos volúmenes varias empresas editoriales, como la de Lecturas Católicas 
de los Salesianos de Barcelona, nuestra obra Huellas Seráficas, en dos to- 
mitos, asociándose asi a la glorificación del Santo, y La Novela Mundial, 
la de Ramón M." Tenreiro, titulada Dama Pobreza, con la cual 

rinde el homenaje de sus admiraciones a aquel fiel imitador de Cristo (p. 6). 

A tenor que en dichas Universidades y Academias, ha resonado el ver- 
bo franciscanista en numerosos centros culturales, como en La Acción Ca- 
tólica de la Mujer que, reunida en Asamblea magna, escuchó complacida, 
durante la sesión de clausura, la voz vibrante de Cristina de Arteaga, 
proponiéndole como modelo al Santo de Asís, reconociendo de buen gra- 
do que 

Este gran impulso de amor del Asisiense es también la causa del éxito que, apenas 
nacida, logra la Acción Católica de la Mujer... Las mujeres — concluye — , en nuestra 
humildad, podemos hacer una obra eficaz, como San Francisco con la suya (2). 

No hay tampoco periódico ni Revista que no se haya puesto de gala 
para encomiar al Santo, ofrendándole sus más ricas flores, distinguiéndose 
en esto las Ordenes Religiosas. IJa Academia Calasancia, de Barcelona, 
1926, p. 254, le rinde obsequio, por medio de la pluma del F. Alberto 
Bertomeu, 

como modesta' contribución al gran homenaje que el mundo entero tributa a 
Francisco. 



(r) "El Franciscanismo en nuestros poetas de ahora", publ. en La Ciudad de 
Dios, 1926, p. 441. 

(a) Vid., La Ejjoca, de Madrid, 6 de mayo, 1926. 



— 299 — 

Razón y Fe, publica, por boca de D. Zurbitu, que su trabajo "El Ju- 
glar de Dios" (1927, p. 38), 

será un homenaje más en este VII Centenario. 

En la Revista de los PP. Pasionistas, El Pasionario (1926, pp. 451- 
455), manifiéstase que 

en más de un lugar hemos contribuido... a enaltecer la figura excelsa, del Sera- 
fín llagado, 

sdvirtiendo que 

Los Pasionistas miramos a San Francisco como al San Pablo de la Cruz del 
siglo XIII y a San Pablo de la Cruz, como al San Francisco del siglo XVIII, 

Y por este estilo, todas y cada una de las publicaciones religiosas de 
España. 

Y con ellas,, todas las otras, aun las adversas o indiferentes al Catoli- 
cismo, en forma de que pueda decir el escolapio P. Fernando Garrigós: 

San Francisco creó un nuevo tipo de santidad: el franciscanismo. El íranciscanis- 
mo forma una escuela bien calificada. Hasta quienes menos la practican, aciertan a 
distinguirla y admirarla en quienes con desenfado la siguen. . El franciscanismo es 
tan insinuante, que penetra eficazmente en las diversas capas sociales. No es maza 
que quebranta con estrépito, sino barrena que en silencio se hunde, perfora y ra- 
iaCl). 

El franciscanismo — agrega Tomás Gillin — ^hoy en intenso estudio por los más 
escogidos talentos, está dando los más copiosos frutos para la mayor gloria de Dios 
y de su Iglesia (2) ; 

puesto que — ^al decir del P. Bertomeu, — 

nadie ha podido sustraerse a la invencible atracción de la figura del Santo, agi- 
gantada por la perspectiva de siete siglos, circundada por un halo de poesía, aureola- 
da por los fulgores de una santidad, toda ella bondad, mansedumbre, dulzura (3*. 

Hay evidentemente en nuestra sociedad, — concluiremos con Manuel Grana — ten- 
dencias colectivas y razonadas que, por feliz contradicción, admiran y ensalzan al 
Santo reformador, aun esquivando, tal vez, repugnando las virtudes fundamentales 
de su santidad. Esto que Chesterton llamaría "el problema de San Francisco de 
Asís", es precisamente la prueba de su grandeza. No queremos imitarle, no que- 
remos renunciar a su influencia, no podemos resistir ,el impulso íntimo de su santidad, 
r.o podemos destruir la simpatía que nos inspira (4). 



(i) "El Santo de las grandes renunciaciones", publ. en Rosas y Estriñas, de Va- 
tcncia, oct., 1926. 

(2) "San Francisco y el poeta Verdaguer", en La Gaceta del Norte, 3 de octu- 
bre, 1926. 

Í3) "Al margen de un Centenario", en La Academia Calasancta, 1926, p. 2M- 

(4) "El Problema de San Francisco", publ. en El Debate, s de oct., 1926. 



— 300 — 

Semejantes expresiones, harto claramente denuncian el sentimiento de 
los mismos incrédulos y racionalistas, hacia el Santo de Asís, Pasaron ya 
por fortuna aquellos tiempos de sectarismo absurdo en que, por despojar a 
los genios de todo carácter religioso, se indignaba Lamennais oyendo de- 
cir que Dante había sido Terciario franciscano, 

casi con igual irritación — observa el Marqués de Molins — que la que nuestro 
Quintana emplea en sincerar a Cervantes de haber pertenecido a la misma Or- 
den (1). • 

Muy al contrario, tiénese hoy a gala convertirse en admiradores suyos 
entusiastas, prescindiendo — por supuesto — -no pocos de imitarlo en su con- 
ducta, pero .tratando de atraérselo y hacerlo convivir cada cual en sus 
ideales, hasta el punto de que nada menos que Roberto Castrovido pre- 
tenda establecer un paralelismo entre San Francisco y Giner de los Ríos 
y entre la actuación franciscana y la Institución libre de Enseñanza; ex- 
tremos que unos a otros se repelen, como indica muy bien El Siglo Futuro, 
en "Los grandes talentos y los grandes desatinos", del 31 de enero de 1927. 

De aquí el que abunden entre nuestros literatos, f ranciscanistas de du- 
dosas tendencias, contra los cuales da la voz de alerta el agustino P. Con- 
rado Rodríguez, en su extenso estudio: El Franciscanismo de nuestros 
poetas de ahora, publicado en La Ciudad de Dios, 1926, pp. 441-460. Tla- 
les literatos, entre los cuales señala a los dos Machados, a Villaespesa, 
a Salvador Rueda y a aquel Juan Ramón Jiménez, de quien dice Á, Ma- 
chado en Poesías Completas, p. 224: 

Que Juan Ramón Jiménez, 
pulse por tí su lira franciscana, 

tienden a convertir el amor del Serafín de Asís, en amor panteístico, des- 
naturalizándolo sustancialmente, al igual que parece hacerlo F. López Mar- 
tín en la, poesía" Panteísmo, que publicó La Esfera, 27 de diciembre, 1926, 
p. 21. Aun éstos, empero, se entusiasman contemplando la figura del San- 
to, repitiendo implícitamente con Eugenio d'Ors; 

Celebremos, a nuestra manera, el Centenario de San Francisco! (2). 

jAh! ¡quién sabe si el Santo concluirá por atraerlos a sí totalmente, 
sobre todo si se* sienten con valor para decirle desde el fondo del alma, con 
el desgraciado G. Carducci: 



(i) Obras de D. Mariano Roca de Togores, Marqués de Molins, t. IV, Madrid, 
M. Tello, 1882, p. 271. 

(2) "Glosa'', publ. tn A B C, 14 de oct., 1926. 



— 30I — 

... Oh, che una traccJa 
Diami il cantó umbro déla tua parola, 
L'umbro cielo mí día de la tuá faccia' (1). 

Lo realmente curioso, sería llamar aquí ahora a colación, no ya los 
muchos que se dedican a reeditar o comentar las joyas diversas de la an- 
tigua literatura franciscana (2), sino más bien a los poetas, cuyos trabajos 
no pueden haberse a mano fácilmente, por andar diseminados en diversas 
publicaciones y revistas, exigiéndoles un homenaje de veneración al gran 
Poeta de Asís. Nos saldrían, entonces, al paso, a centenares, con las palpi- 
taciones de la emoción en los labios, recordando los hechos más salientes 
de la vida del Seráfico. Saldrían el jesuíta P. Rochel, o Sor María 
Rosario Isabel de Epálza, con sus creaciones; "El Amor no es amado", 
o bien el P. Ramos Pumarega, razonando igual tema con el título de Que- 
rellas, y diciéndonos : 

Y apagaron su luz las estrellas, 

y rompieron las rocas en llanto, 

y sintióse un rumor gemebundo, 

un son mayestático, 

que vagaba por montes y valles, 

por selvas y prados. 

Era el eco de todos los seres 

en endechas sus quejas clamando: 

¡lloremos! ¡lloremos! 

¡el Amor, nuestro Dios, no es amado! (3). 

Saldría Leonardo Olivera, con su "Sermón de la montaña", en el 
que aparece Francisco rodeado de volátiles, a los cuales endereza la predi- 
cación, y aconseja mansamente. ¡Y qué bien que nos pinta el cuadro 
la musa de Verdaguer en "San Francisco y los paj arillos " : 



(i) Poesíe (Bologna, Zanichelli, 1926: soitcto). 

(2) Merecen citarse, de un modo especial — por tratarse de literatos muy conoci- 
dos — ^íos nombres de Pérez de Villamil, Jaime Collell, José Carner, C. Rivas 
Cherif y Gómez Carrillo, que han prologado otras tantas ediciones de Florecillas 
de San Francisco, no menos que los PP. Jaime Sala y José Novoa, que han antepuesto 
a dos ediciones más introducciones críticas. Las publicaciones recientes de obras de 
nuestros clásicos son muy copiosas, -como lo son igualmente los estudios hechos sobre 
los mismos. Sólo uno de los libros de la Ven. Madre Agreda, la Mística Cwdad da 
Dios, ha merecido extractos como los de .Santiago el Mayor y Vida de San José del 
P. Mariano Fernández, y una Vida de la Virgen de Emilia Pardío Bazán, aparte de 
¡a edición moderna de sus Obras, dirigida por el P. Nazario Pérez, S. J. Los mis- 
nios políticos — ^por no salimos de la misma escritora Concepcionista — han puesto los 
OJOS en la Madre Agreda, para estudiarla en sus relaciones epistorales con Felipe IV, 
smgularmente D. Francisco Silvela, prologando sus Cartas al Rey, y Joaquín San- 
^SEz Toca en Felipe IV y Sor María de Agreda (Editorial Minerva, Barcelona, vol. 
de 200 pp,), ambos a dos ex-Presidentes del Consejo de Ministros. De otros libros mo- 
dernos sobre diversos autores, puede juzgarse en vista de las notas puestas a este 
trabajo. 

(3) Vibraciones, cit., p. 7. 



— 302 — 

Al predicarles Francisco, 
junto a un roble se apoyaba. 
Los que juegan por los valles, 
saltaban de rama en rama; 
los que al cielo se remontan, 
suspensos el vuelo paran. 
Unos pósanse en la yerba, 
los otros sobre las matas. 
¡Los más queridos de todos 
en sus rodillas y espalda! 
Tiene uno cada retoño, 
cada árbol una bandada (1). 

Y es entonces, en medio de tal enjambre, cuando Olivera, pone en 
boca del Santo estas palabras: 

No seáis como los hombres... 
i Por Dios, no seáis ingratas 1 
Cantad, cantad, avecillas, 
mis hermanas... (2). 

Saldría, el agustino Fr. Claudio Garcí.^, diciendo en "El Hermano 
Lobo", que lo propio que con las aves, lo hizo con la fiera de Gubbio, cau- 
sa de tantos estragos en el pueblo, amansándola milagrosamente; 

El lobo desde aquel día 
tan manso, como un cordero 
viviendo en Gubbio tenía 
libre entrada en todo el pueblo. 
Le cuidaban con cariño, 
regalaban con esmero 
y era el verle regocijo, 
porque era. grato recuerdo 
de aquel Serafín de Asís 
que tal bien les hizo en ello; 
y cuando el lobo murió, 
fué tanto su sentimiento, 
que lloraban en su muerte 
por su santo compañero (3). 

Saldrían Davina Trasmonte, con el "Peregrino de Umbría" (4), ha- 
bláñdonos de sus viajes; Sánchez-Granados, presentándionos a "San 



(i) Trad. del Conde de Orgaz. Vid. El Eco, cit., 1918, p. 473- 

(a) Vid. El Eco, cit., 1919, PP. 458-59- 

(3) La Voz de San Antonio, 1925, p. 170-71. 

(4) Vid. El Eco, cit., 1916, pp. 71-7.1. 



— 303 — • 

Francisco en España (i), y Barcía Eléicegui, ponderando sus peniten- 
cias: 

De amor por los hombres 

el pecho abrasado, 

laceraste por ellos tus carnes 

y por ellos sin tregua has luchado. 

La cruz fué tu espada, 

tu armadura el sayal tosco y áspero, 

tu coraza rigores y ayunos, 

caridad tu bandera y tu heraldo. 

Campeón de gloriosas empresas, 

caudillo esforzado, 

cruzaste este mundo 

por huellas dejando 

abundante semilla de bienes 

y lumbreras de amor puro y santo (2). 

Saldrían Luya Cabanelas, rememorando su permanencia en Egipto, 
en "Preparado el lecho está" (3), y Juan Menéndez y Pidal^ encarecien- 
do en "San Francisco en África", su entrevista con el Sultán y la des- 
pedida que éste le hace con aire de intima confidencia: 

En las fronteras del campo 
Malek-kadel se paró, 
y abrazándose a Francisco 
díjolé quedo y con voz 
suplicante y conmovida: 
— Ruégale por mi a tu Dios, 
y, libre, por mis estados 
predida su Fe y Amor. — 
Y es fama que en la agonía 
a Malek-kadel salvó 
del Pobrecillo de Assisi 
la celeste aparición (4). 

Y Manuel García Sañudo^ recordando en aquel mismo suelo su 
ideal misional, cantaría, a la vez, en Nuevas florccUlas de San Francisco, 
puesta la mirada en los tristes cautivos: 



(1) Vid., id., 1914, pp. 255-56. — San Francisco, cantado como peregrino, tiene 
sus buenas poesías en "La sombra del Pobrecito", de Miguel R, Seisdedos (Vid. 
España y América, cit., 1 5 abril, 192 1, pp. 1 14-11 5), y en "Caminito de Santiago", 
del Marqués de Lozoya, (publ. en El Debate, cit., 24 de febrero, 1927). 

(2) Vid.. id...i9iS. P. S88. 

(3) Vid., id., 1923, p. 467. 

(4) Albwn hispano marrogui, Barcelona, 1897, pp. 25-26. 



__ 304 — 

Sus abiertas llagas no encuentran cauterio 
ni sus almas tristes el Pan que conforta, 
gimen en amargo, duro cautiverio, 
y la frase dulce, que aliento reporta, 
no suena en su oído... 
¡ Lejos de su Patria y en poder de infieles, 
son pájaros tristes, por artes crueles • 

sacados del nido! 
Y estoy decidido 

a endulzar un tanto sus amargas hieles!... 
Así dijo Francisco de Asís, 
— "el varón que tiene corazón de lis". 

Y por su bendita voluntad llegaron 
a tierras marruecas, señalado aprisco, 
los santos pastores 
hermanos del Pobre Francisco 
y en el surco sembraron las flores 
— con sangre abonadas — de la Caridad... 
¡Y las florecillas ya fructificaron 
con los dulces frutos de la santidad ! (1) 

Y Badenes y Dalmau, viendo como el Santo se mortifica revolcán- 
dose entre nieve y espinos por los pecados de los hombres, diría, vertién- 
donos al castellano "La Indulgencia de las rosas" de. Verdaguer : 

Aun menos blanca que tu alma 
es, Francisco, la nieve esa. 
Con rubíes de tu sangre 
¿por qué teñida la dejas? 
. ¿ Por qué flagelas tu cuerpo, 
hermoso ángel de inocencia? (2). 

Y Lago González, presentándonos a la Hermana Clara, en la que tan 
al vivo se refleja el espíritu seráfico, en los momentos en que aparece ante 
los sarracenos con el sagrado viril en las manos, haría vibrar las cuerdas 
de su lira, para cantarle: 

Santa Clara, Santa Clara, 
tu corazón es un. ara, 
son tus manos un altar; 
en el ara arde el amor; 
brilla como un luminar 
en tus manos él Señor (3). 



(i) Publ. en La Correspondencia de África, de Ceuta, 12 oct., 1926. 

(2) Vid. El Eco, cit, 1914, pp. 890-92. 

(3) Vid., id., 1922, p. 607. No desagradará, seguramente, a nuestros lectores, sabo=- 



— 30S — 

Y entre los muchos que acudirían, luego, a cantarnos el milagro de los 
milagros, el de la Verna, como Sanz y Aldar (i), y Fr. Celso Gonzá- 
lez (2), y Sor Emilia de San Juan Bautista (3), adelantaría hasta nos- 
otros el mago orensano, Rey Soto, para leernos su poesía "El nuevo 

Cristo" : 
< 

La noche iba mediando serena y estrellada, 
y Francisco de Asís, extático, escuchaba 
su propio corazón — ruiseñor que cantaba — , 
Y el corazón decía: 



rear este soneto del propio autor, dedicado también a la Santa (Vid., id., 1913, p. AS'2) : 

"Del ancho valle en el florido seno 
casi en la falda de robusta loma, 
sa torre humilde entre el follaje asoma 
el santo albergue de memorias lleno. 

¡Es San Damián! Es el pensil ameno, 
nido de aquella singular paloma 
que, cuando a Cristo en ambas manos toma, 
vence y deshace el ímpetu a^areno. 

i Es San Damián ! De místicos amores 
y de pobreza y humildad preclara 
viven allí mil peregrinas flores. 

Pero entre todas, con belleza rara, 
es rosa de eucarísticos amores 
el alma virginal de Santa Clara." 
Otra preciosa poesía conocemos de este insigne hijo de Galicia, tan prematuramen- 
te arrebatado hace meses a la Sede Compostelana. Titúlase "El tesoro del alma", y 
se publicó por vez primera en El Ideal Gallego, de Coruña (10 de mayo, 1925). He 
aquí algunas estrofas: 

Por un valle de amargura 
van, en una noche oscura, 
dos mendigos a la par, 
y a un humilde peregrino 
que encuentran en el camino 
de este modo oyen hablar: 

— Pobrecillos de la tierra 
a quien mueve cruda guerra 
de los hombres la ambición, 
■ alzad los ojos al cíelo, 
buscad en Dios el consuelo 
y ensanchad el corazón. 

• Yo gocé de la riqueza, 

y encontré que era tristeza 
la que ventura creí. 
Después fui pobre de Cristo, 
y cual entonces me he visto 
nunca tan rico me vi. 

Y sobre su pecho vieron 
. llamas que les parecieron 
una hermosa flor de lis. 
Y exclamaron de rodillas: 
— ¡Qh rico porque te humillas! 
Tu eres Francisco de Asís. 

(1) Vid., id., 1914, pp. 397-98. 

(2) Vidr, id., 1920, p. 4S9. 

\3) Colección de Poesías de... El Eco, ed. cit., p. 197 sig. 

Franciscanismo— 20 



— 3o6 — • : 

— La perfecta alegría, 
el Amor del Amor, 
es el goce divino del Dolor. 
¡ Alma mía, alma mía, 
que te colme de penas el Señor! — 

Y he aquí que, de repente, 

sobre el cáliz inmenso — llama viva, bullente — 

del sol en el Oriente, 

con un nuevo fulgor 

de increible esplendor. 

— Luz de Luz que no han visto 

jamás ojos humanos — descendía en la luz, 

sin cegar cegador, 

el propio Jesucristo 

enclavado en la Cruz. 

¡Y Jesús enclavado 

a Francisco ha abrazado 1... 

La carne de Francisco también resplandecía... 

Y en el alto silencio, que sucedió, se oía: 
— ¡Oh, mi Amado! 

— ¡Oh, mi Amado!... 
Era que a Jesucristo Francisco respondía. 
Después cayó la noche; y Francisco postrado 
en tierra, levantarse, de dolor, no podía. 
¡Igual que Jesucristo, todo estaba llagado! (1). 

Y Andrés Sobejano^ aprovecharía la coyuntura para dirigirse a él 
con acentos de siiplica y decirle : 

Por ese abrazo tuyo que al Señor te incorpora, 
dame el olvido de otros sarmentosos y viles, 
y en él dame la cáustica locura embriagadora 
que transporta las mentes a los altos pensiles. 

Y dame, fínalmente, la impresión de tus llagas 
que ñjen a mi alma a tu augusto modelo, 
y mis manos sujeten, derramadas y vagas, 
y mis pies esclavicen a la senda del cielo. 

Esas llagas extremas en mi espíritu inserta ; 
no más que con las cuatro tu sangre me salpiques; 
porque la del costado la llevo siempre abierta, 
¡ y sólo espero pronto que tu la santifiques ! (2). 

Y saldría a escena, tras Sobejano, el escolapio Jiménez Campaña, pa- 
la hablarle en su Canto a la muerte, y decirle: 



(i) Rev. "San Antonio", de la Habana, 1924, p. 530. — Más tarde, apareció algo 
modificada en La Esfera, Madrid, núm. de 7 de febrero, de 1925. 
(2) Vid. Espigas y Azucenas, cit., 1925, PP. 4S0-4S1. 



— 307 — 

¡Oh, clavel escondido 
el más hermoso del temprano huerto, 
para las ansias del placer perdido, 
para las ansias del amor despierto! 
¡Oh Serafín que por Jesús deliras 

de este destierro obscuro 

en el lloroso valle; 
tu que llagas de amor abiertas miras 

en tus pies y en tus manos, 

y en tu pecho que es muro, 
sordo a los golpes del placer liviano: 

¿por qué dices que calle 

la invicta valentía 
de tu amor al Amor de los amores, 

si al llegar tu agonía 
con su hueste de insólitos dolores, 

con lengua sobrehumana 
tu llamas a la muerte dulce hermana? 

Y luego de terminar Jiménez Campatía, podría Ángel Luya describír- 
noslo en "El Tránsito", ordenando que le despojen de sus ropas para mo- 
rir, y le tiendan así desnudo sobre el desnudo suelo: 

Se ha dispuesto a la pelea 
desnudo de humanas armas; 
que el enemigo es astuto 
y en los bienes de la tierra hace emboscada (1). 

Y volvería de nuevo Sánchez-Granados, ansiosa de oir sus últimas 
frases, de recoger su postrer aliento; y en medio del diluvio de sollozos 
que exhalan los circunstantes, nos diría : ^ 

Escucha... Es Francisco 
el que canta con claros acentos 

un salmo... ¡Los santos 

muren sonriendo! 
¡Ah! sin duda que está vislumbrando 
por brillantes resquicios de cielo 

rincones de gloria... (2). 

¡Desfile espléndido de nuestros poetas actuales en que su inspiración 
aborda uno a uno los más bellos episodios de la vida del Seráfico, en for- 
ma de ofrecernos, en conjunto, el cuadro brillante de su vida santísima, 
transfigurándose y refloreciendo ante nuestros ojos entre océanos de luz! 



(O Vid. El Eco, cit., 1913, p. 582. 
(2) Ibid., 1922, pp. 112-13. 



— 3o8 — 

¿Cómo no amar a un Santo tan amable? ¿Cómo no sentir, en medio de 
las agitaciones del mundo moderno, el saludable y renovador influjo de 
su espíritu, augurio de tranquilidad interna, disponiéndose a seguirlo dó- 
cilmente? ¿Cómo no renacer con él a nueva vida? 

Un brillante poeta moderno, Juan Bautista Andrade, parece hacerse 
eco de este movimiento de atracción general, al decir en su composición: 
Un lienzo de San Francisco: 

¡Bendito seas, Serafín de Umbría, 
que me diste la paz tan suspirada! 
¿Con qué voy a pagarte tus mercedes? 
¿Con ser bueno y cristiano? ¿Eso te basta?... 
Ya ciño tu cordón; ya de mi pecho 
cuelga tu imagen santa. 
Divino poeta del amor cristiano, 
tu caridad mi corazón inflama. 
Muda estaba mi lira, y tu la hiciste 
vibrar en tu loor esta alabanza. 
Ya repite tus cánticos sublimes... (i). 

También el patriarca de los vates gallegos, Juan Barcia Caballero, 
exclama, poco antes de morir, en El Peregrino de la Umbría-, 

Peregrino de Umbría : a tí llega un poeta 
con hambre de descanso, con gran sed de amor ; 
el mundo le ha burlado con tristes desengaños, 
y ya no quiere al mundo y solo busca a Dios. 



Yo tuve, como todos, mis años de locura 
en que rae daba miedo la sombra de la Cruz; 
error de mis sentidos, viciados por el mundo 
que, la verdad mostrándome, desvaneciste tu (2). 



Otro poeta, en cambio — Sebastián de Luque — , al romper las liga- 
duras de la incredulidad, ansioso de un bienestar que no puede hallarse en 
las cosas de la tierra, vuelve las pupilas interrogádoras hacia los que en el 
mundo prosiguen la actuación del Seráfico,, y después de gustar bajo su 
amparo satisfacciones insólitas, hasta entonces desconocidas, formula este 
acto solemne de confesión pública, en la que parecen palpitar los acentos 
de una sociedad, en posesión ya de su ailtes olvidado ideal: 



(i) Al Amor del terruño, Barcelona, M. Marín, 1915, pp. 175-83. 

(2) Publ. en El Eco, 1926, pp. 350-351. — ^En este núm. de la cit. Reviistá, se pu- 
blican otras muchas poesías, entre l^s cuales señalaremos (de poetas aun no citados) 
Leyenda azul, de Francisco Sánchez, y El sermón de los pá'jciros; . de Gerardo A. 
LiiiESES, ambas a dos muy hermosas. 



— 309 — 

Yo hallé en su Orden el Jordán bendito 
que calmara la sed del alma mía, 
y desde entonces mi alma sigue su jornada, 
esperando tranquila y resignada. 

Y volviéndose, luego, a Francisco de Asís, exclama emocionado: 

¡Gloria al Caudillo, a sus virtudes gloria! 
Del Cristianismo infatigable obrero, 
él alcanzó del bueno la victoria. 
¡ Feliz aquel que sigue su sendero I 
Honremos del gran Santo la memoria 
con nuestro amor profundo y verdadero. 
¡Oh glorificador de las ideas!... 
¡ Oh humano Serafín ! ¡ Bendito seas ! (1). 

Y es que esa Orden es la destinada a representarle ante la sociedad, a 
reproducir su misión, a mantener siempfe en auge su influencia. En ella 
í^e halla el espíritu de Francisco. Dígalo, sino, con cálidos acentos, la musa 
áé VÁzQUEz-EsTÉVEZ, la cual, como absorta ante el vigor que manifiesta 
hoy día, a despecho de tantas y tan adversas vicisitudes históricas, no pue- 
de por menos de reconocer en tal fenómeno la intervención misteriosa de su 
Caudillo, al exclamar: 

¡Ya pasaron siete siglos! Mas tu vives floreciente... 
floreciente, esplendorosa, con belleza soberana, 
sin mancilla en tu grandeza, ¡bendita Orden franciscana! 
No te empaña el claro ambiente 
• ni el infierno destructor; 
pues te alumbra desde el cielo, con los nimbos de su frente, 
un caudillo sin segundo ; tu preclaro Fundador (2). 

Con tales palabras del autor de Expansiones del alma, cerramos esta 
breve exposición hispano-poética, para elaborar la cual, no hemos tenido 
necesidad de exigir tributo a todo el inmenso caudal franciscanista de nues- 
tros poetas áctiiales, sino que escogimos únicamente de lo que hallamos más 
(le cerca. Juzgúese, por aquí, de lo mucho que en pocos años de resurgi- 
miento va atesorando nuestra literatura. Esto, por lo que respecta a Es- 
l^aña, en donde parece que la mayor parte de nuestras mentalidades han 
adoptado como axioma práctico la sentencia aquella de Gustavo Morales : 

Poder unir con el nombre de San Francisco el propio nombre... no cabe mayor 
gloria (3). 

Pero, faltan todavía Portugal y América. 



(i) De la serpiente a la Virgen, 2.* ed., Madrid, -loog, pp. 220-21. 
{2) Vid. El Eco Franciscano, 1Q09, p. 266. 
(3) Madrid de mi vida. Añoranzas, cit., p. 214, 



XIII 



Reacción franciscanista en Portugal - Sus efectos en, Ega de Qiwircs. - 
Franciscanismo entusiasta de Guerra Junqueiro. - Su influencia en Ma- 
gaihaes Lima y Teófüo Braga. - Como lo aprecia en la historia Manuel 
Ribeiro. - Tcixeira Pascoaes y el Santo. - Antonio Correia de Oliveim, - 
Una leyenda de Antonio de Castro. - Súplica de Antonio Ferreira. - Tri- 
logía de poetas franciscanos. 



El movimiento de renovación franciscanista en Portugal, proviene — ^a 
lo que podemos inferir — , del extranjero, haciéndose sentir, hondo y ava- 
sallador, en ingenios de gran prestigio que figuran a la cabeza de la lite- 
ratura del país. He aquí como lo aprecia, nada menos que ÉgX de Quei- 
Róz, gran talento envenenado por ambiente naturalista del peor gusto : 

Todo esto — exclama — son cuestiones temerosas. Desciendo de ellas, con especia- 
lidad hacia ese renacimiento espiritual, hacia ese "nevoeiro místico" que en Francia 
y en Inglaterra va envolviendo lentamente la literatura y el arte, y que juzgo será 
benéfico — benéfico, como todos los nublados emanadores de fecundo rocío y donde 
las flores brotan con más vigor, más corazón, más gracia y más suavidad de aroma. 
Cierto que nadie osará afirmar jamás, teniendo fijo sobre sí el ojo rutilante e iró- 
rico de la ciencia, que de las heridas abiertas por el cilicio en el cuerpo de San 
Francisco de Asís, brotaban rosas de divina fragancia. Pero tampoco vacilará jamás 
r.inguno, por miedo a la ciencia y a las censuras de la filosofía, en acudir a aspirar 
con la imaginación, y, de ser posible, a recoger, las rosas que brotan de la sangre del 
Santo incomparable (i). 

Semejante apreciación del movimiento franciscanista, implica, en boca 
de EgA de Queiroz — al decir del crítico José Agostinho — ^una 

abjuración formal de todo su pasado literario y artístico (2). 



(i) Cit. por José Agostinho, en su estudio crítico Eca de Queiros, Porto, Casa 
editora de A. Figueirinhas, 1925, pij. 168-69. 

(2) Ibid., loe. cit, p. 168.— De los desahogos de este "su pasado literario", había 
sido también víctima indirectamente el propio Seráfico Padre, singularmente en la 
blasfema Ciratlar, que tuvo el mal gusto de traducir, parafraseándola, la musa anti- 
rreligiosa de Curros Enriquez (Vid., Obras Completas, Madrid, Hernando, iQio, 
t. III, p. 284), en la cual leemos: 

"Un tanto por el tiempo cruel deterioradas,. 
Se dan a bajo precio quinientas toneladas 
De antiguas osamentas de óptima calidad : 
Mil pies de San Vicente, seis mil de San Francisco, 
Et coetcra... Todo eso se vende como cisco, 
Y es para abonar viñas, de inmensa utilidad." 



— 3" — 

Díríase que le subyuga el ideal franciscanista. Mirando al Santo de 
Asís, estudiando su obra, enaténtrala más admirable en si misma y en sus 
efectos, que la de la pomposa civilización moderna. Así que — como tra- 
zando un vivo contraste entre una y otra — , escribe el cuadro siguiente, 
que bien vale la pena de consignar al pie de la letra : 

Ali, á porta do cafe, entre a indiferenca e a pressa da Cidade, sentí a vaga tris- 
teza da mniha fragilidade e da tninha solidao. Bem certamente estava como perdido 
num mundo, que me nao era fraternal. Quem me conhecía?... Se eu sentisse fame, e 
o confessasse, ninguém me daría metade do seu pao... Se eu fosse un santo, aquela 
turba nao me importava com a minha santidade : e se eu abrisse os bracos e gritasse 
ali no Boulevard — "ó homens, meus hirmaos!"... os homens, mais ferozes que o 
tobo ante o pobrezinho de Assís, ririam e passariam indiferentes (1). 

Este recuerdo del Pobrecito de Asís, que amansa al lobo, frente a los 
instintos de una sociedad egoísta que nó se ablanda al oír el nombre de 
"hermanos", conmueve al poeta, que ha cantado en son de triunfo los des- 
ordenes de esa sociedad abyecta. Por eso le es simpática y atrayente la 
figura del Padre Seráfico. ¡Quién lo diría, tratándose del autor obsceno y 
sacrilego de La Reliquia! 

Semejante ideal franciscanista, que así actuó en el ánimo de Eqa de 
QuEiROz, manifiéstase aún más maravilloso en otro gran poeta moderno, 
en Guerra Junqueiro. Diario de Noticias, relatando, a 9 de julio de 1923, 
una interview con el poeta, la resume en estas palabras : 

Su existencia moral, que partió de los sarcasmos de D. Joao y de la Velhice, para 
acabar en los religiosos brazos de San Francisco, el santo de los santos, como él 
lo llamaba, es una lección soberbia, viva, vehemente, inquieta, tempestuosa de belleza. 

Y es que, en medio de sus extravíos. Guerra Junqueiro — al decir del 
citado Agostinho — sentía esa tortura intima 

que arrebató, con las claridades inefables de la luz espiritual de San Francisco 
de Asís su superior talento... de entre las garras del satanismo realista, que amena- 
zaba tragarlo y pulverizarlo, agotándolo y esterilizándolo (2). 

Cierto día— exclama otro escritor — puso el poeta los ojos encantados en la estre- 



(i) Antología Franciscana, cit., 1923, f). 33a. — Pertenece este trozo literario a la 
obra postuma del autor, La ciudad y las sierras, cuya traducción española, hecha por 
Eduardo Marquina, publicó la Edit. Maucci, de Barcelona. Vid., 5.* edición, p. a^S, 

En este mismo libro (pp. 16-17), Pone en boca de una persona, esta alusión al mis- 
mo episodio: "Las mieses no comprenden las Geórgicas; y fueron necesarÍQS el socorro 
solicito de Dios, y la inversión de todas las leyes naturales, jr un violento milagro, pa- 
ra que el lobo de Gubbio no devorase a San Francisco de Asís, que le sonreía y tendía 
los brazos y le llamaba hermano lobo...". 

Antología Franciscana, cit., trae otro trabajo franciscanista del mismo literato, ti- 
tulado: Freí Ginebra (Vid., 1926, pp. 42-44). 

(2) Op. cit., p. i8p. 



— 312 — 

lia de Asís. Y experimentó al punto los beneficios de aquella luz divina. . Horrores 
como los de A Vola común, solo puedeh conjurarse, barrerse y desterrarse con los 
resplandores del Cántico del Sol (1); 

A la vista de semejantes afirmaciones, siéntense naturalmente deseos de 
conocer las ideas que este cambio hizo nacer en el ánimo del poeta. Juan 
Grave, examinando los manuscritos de Junqueiro, nos da a conocer al- 
gunas de importancia. Véase, por ejemplo, el juicio que formó de Fran- 
cisco de Asís, como poeta: 

Na essencia e verdadeiramente, é Nun' Alvares maior poeta, do que Camoes, e 
San Francisco de Assis maior poeta do que Nun' Alvares. 

La misión del Santo, la juzga en estos términos, escribiendo, en 1902-3, 
una Carta-prefacio para Pobres de Raúl Brandad: 

O monge radiante (S. Francisco), na destra poderosa, en vez de caveira, tem um 
globo de oiro constelado onde se ergue urna cruz. Tem o universo e Deus. O extase 
cm S. Francisco e em todos os verdadeiros grandes santos, nao é quietismo egoista. 
Resulta da ac^ao e hiper-acgao. A alma do santo embebe-se em Deus, e irradia — 
depois em actos de amor, na humanidade. 

Estudia, asimismo, en 1906, la cuestión religiosa y dice: 

Para bispos escolham santos, e a questiao religiosa desaparece num momento. 
Spinosa ou Scopenahuer entender— se am muito bem com S. Francisco de Assis. 

Y en 1907, proponiendo Diario de Noticias a muchos personajes la 
cuestión: ¿en qué consiste la felicidad?, recibió de nuestro poeta esta res- 
puesta : 

A felicidade consiste em ser santo, como San Francisco de Assis (2). 

Guerra Junqueiro, que así apreció el ideal f ranciscanista, puso por 
corona a estas ideas, la orden de ser conducido al sepulcro — cual se hizo — 
acompañado de una imagen del Santo (3). 

Nos hemos detenido algún tanto en ponderar la influencia f rancisca- 
nista en EgA de Queiroz y Guerra Junqueiro, por ser éstos precisa- 
mente los dos grandes literatos modernos de Portugal, descarriados ambos 
en su camino y subyugados los dos en sus días postreros por los esplendo- 
res de renacimiento que llegó a ellos demasiado tarde para influir podero- 



(1) "Simpatía de Guerra Junqueiro por San Francisco": trabajo publ. en Bole- 
tín Mensal da Orden Terceira, de Braga, 1923, pp. 275-79- 

(2) Ibid., loe. cjt. 

(3) Ibid., loe. cit. 



— 313 " 

síimente en. su actuación literaria. Juzgúese por el efecto causado en tan 
estragados espíritus, el que habrá producido en la . mayoría de los poetas 
de la nación hermana (i). Aun algunos tan tristemente célebres por sus 
ideas reliigosas, como Magalhaes Lima (2) y Teófilo Braga (3), no 
han dejado de rendir al Poeta de Asís los homenajes de su admiración. 
Es que San Francisco aparecía a sus ojos con una luz nueva, sumamente 
atráyente. Manuel Ribeiro, recogiendo las impresiones de tan singular 
aparición, parece expresar el sentimiento común al escribir: .. 

Son uní apaixonado do poverello de Assis que, sendo o mais humano dos Santos, 
foi quem mais aproximou Deus do homen... S. Francisco amava a vida e quería fa- 
zer florir na Ierra a beleza do Céu... Nao pode deixar de considerarse este Santo urna 
nova incarnagao de Deus humanado para rejuvenescer ,0 Evangelho. Se o século 
XVI é caracterizado pelo fenómeno social da Renascen^a das artes, o mais alto 
acontecimiento do Século XIII fora íambém urna renascenía, a renascen^a religio- 
sa de San Francisco de Assis. O sentimento renóva— se, o coraqao abre^-se a todas 
as ternuras efusivas. Deus é amor, piedade, caridade, bondade. Foi ele que enter- 
neceu a natureza do espirito suave de Jesús, que tornou o sofrimento belo, que fez 
fraternizar os homens e as cousas, que tornou a alma cnstá sensivel ás sinfonías 
líricas. dos ninhos, das fontes, das. brisas e das flores. Foi ele o revelador do lirismo, 
o criador da jwesía moderna, porque Francisco de Assis, que foi un santo, foi tam- 
It-m um grande poeta. Ele faz da estética urna virtut cristiana. A arte, filha da emogao, 
(ievia naturalmente ser impressionada por este frémito vivificador que sacudía as rai- 
zes geladas do sentimento, e da sensibilidade, Com o franciscanismo o pitoresco 
anima a pintura, com o lirismo se torna a alma da poesía... Grande Santo! Santo 
t'nico! (4). 



(i) Respecto a Alejandro Herculano, no conocemos de él otra cosa que sus 
Leyettdas y Narraciones (t. XI de "Biblioteca Universal", Madrid, 1803), en donde 
(p. 146), presenta a franciscanos y dominicos, recogiendo de entre los escombros los 
restos de destrozados cadáveres y dándoles sepultura sin otra luz, en medio de la 
noche, que la de las antorchas. El episodio se desarrolla trágico en "Arras por fue- 
ro de España". 

. Conocemos también una narración histórica del Barón de CoLAgo y Magnamara, 
titulada Fatah, en la cual hace frecuente mención honorífica de nuestros Religio- 
sos de Marruecos. Tradújola del portugués el P. Salvador Garrió, O. F. M., y ha 
sido impresa en la Tipografía de la Misión Gatólica, de Tánger. 

(2) Antología Franctscmta, cit., 1923, pp. 371-74. 

(3) Ibid., p. 147. Por cierto que en la traducción del Cántico di frate Solé, de 
Teófilo Braga, no deja de ser graciosa la siguiente afirmación, con que termina: 

"Reconhego este Cántico, chamado 
Das criaturas: fe-ho San Francisco, 
E Antonio o PortugueSj que brilha em Padua, 
Po-lo em verso por silabas contadas 
Deu-lhe forma poética... 
^uis Cardoso, nos da, en A Aguia, otra traducción al portugués del mismo Cántico. 

(4) Antología Franciscana, cit.. 192J, pp. 90-91. En las mismas ideas abunda 
Afonso Lopes Veira (ibid., 1924, p. 26), de cuyo trabajo traducimos; "Nadie po- 
ara comprender la sensibilidad de la Europa medioeval, a partir del siglo XIII, sin 
tener en cuenta la venida de aquel que nació en una ciudad de la Italia Umbra, a la 
cual, según Dante, debiera llamarse Oriente, puesta atención en el Sol allí nacido — 
oan Francisco de Asís. 

El poeta supremo del Cántico del sol, el esposo alegre y fiel de la dama Pobreza, 
coronada de flores, fué quien más decisivamente influyó en los destinos del pueblo 



— 314 — 

Tales son las frases de Manuel Ribeiro, cuyos entusiasmos acaban 
de producir una obra notabilísima, titulada: A revoada dos Anjos,.dQ in- 
tensa emoción franciscanista, que despierta en Portugal gran interés. 

No menos emoción se refleja ciertamente en la obra reciente del ilus- 
tre literato lusitano Fidelino de Figueirido: Sqb a cmza do tedio (Rua- 
dos Rostroseiros, 125, Lisboa). Es un romance precioso, en el cual, hablan- 
do de su amigo, el filósofo Luis Cottbr, se convierte en heraldo del espí- 
ritu franciscanista, con ponderaciones al afecto que profesaba al Seráfico 
Padre y a sus estudios sobre San Buenaventura (pp. 11 3- 116), dando así 
una nueva prueba del vigor del renacimiento franciscano portugués, tan 
vivo aun entre los mismos librepensadores, que arranca al conocido Bour- 
BÓN E Meneses esta confesión sicera, consignada en Diario da tarde, nú- 
mero de 2 de octubre de 1926: 

Eu son un descrente. Soube rezar e ja nao me lembro. Meus olhos dispersan-se, 
atónitos, na poeira das estrelas... Maís, diante de San Francisco de Assis, o meu 
pensamento ajoelha num preludio de misteriosa turvagao... 

No es extraño, por lo mismo, que los poetas portugueses, descubrien- 
do en Francisco de Asís una nueva luz que les halaga, canten jubilosos 
como las aves ante la aparición de la aurora. Y estos cantos llevan todos 
esencias de amor franciscanista. Véase, por ejemplo, como se expresa el 
delicado Teixeira de Pascoais, en uno de sus Sonetos al Santo: 

S. Francisco de Assis falava outrora 
A's aves e ás ervinhas, triste e só,.. 
Se tudo quanto vive, sofre e chora, 
E a mesma alma eterna, o mesmo pó!... (1). 

Por isso ele sentia pena e dó 
Por tudo quanto doira a luz da aurora, 
E nao bebeu no pogo de Jacob 
Aquela agua de vida redentora. 

Irma morte, irmao corpo, irmas ervinhas, 
O pedras! Ermas fontes pobrezinhas! 
Lobos, viviando á lúa em erma serra! 



europeo, de donde salía. El hombre del Amor, y por ende, el mayor de los hombres, 
consiguió hermanar, en momentos de descomposición, a la dividida y confusa Euro- 
pa de su época, estrechándola en una unidad espiritual que sólo en nuestro tiempo, 
y por razón también de simpatía — ^única fuerza fecunda— comienza a elaborarse". 
(i) a esta frase, de forma panteística, da el poeta la explicación siguiente: "O 
meu panteísmo nao é maís que o sentimento poético da vida universal, animaudo su- 
periormente nao só os seres coma as propias coisas, maís destacados, isolados do 
Deus uno e creador". Vid. ibjd., 1925, p. 112. 



— 315 — 

Quanto vos amo eti Deus! E sinto bens 
Que esta térra que eu beijo é nossa tnae 
E que a sombra de Deus anda na Tierra! 

Bajo parecido aspecto considera al Serafín de Asís Antonio Correia 
DE Oliveira, en el Soneto "O Sol", que figura en su libro: Pao Nosso- 
Alegre-Vinho^Aseite de Candeia: 

Doce irma Lúa é a freirinha: é Clara. 
Irma Pobreza, ele a festeja e ampara 
E ao Homen: lobo que se fez cordeiro. 

Noite em martirio: em abandono e enigmas... 
— O' seráfico Sol, cheio de Estigmas: 
Chagas de Cristo, luz do mundo inteiro! 

Otros hay, en cambio, que prefieren a estas apreciaciones de conjunto, 
considerar a Francisco bajo un punto de vista especial. Abundan, sobre 
esto, las composiciones modernas en la Antología Franciscana, ya citada, 
en donde tantas joyas van recogiéndose de la literatura portuguesa. Alli- 
podrá verlas el lector, honradas por valiosas firmas. Siempre en ellas pre- 
dominan ingenuos sentimientos de ternura. Y es en tal sentido, en el que 
presenta al Santo la musa de Eugenio de Castro, al hacerle relatar esta 
preciosa leyenda, que tan bien caracteriza su amor a las criaturas: 

Por amor e caridade 
Fui dos brutinhos irmao, 
De irmao dando-lhes o nome 
E tamfaem o coragao... 



Urna vez víndo da esmola, 
Com a alma em Jesús Cristo, 
Vi una coisa a meus pés 
Como 'inda nao tinha visto. 

Toda erizada de espinhos 
Essa coisa repelía 
Pela sua fealdade... 
Mais palpitava e sofría! 

Sofría... Bastaval Entao 
Curvei-me humilde; e ligeiro 
Do chao erguí nestas maos 
Um pobre ourigo cacheiro. 

Agonizava o infeliz 
Em tremuras dolorosasl 
Beijei-o e pico-me, enchendo 
A miha boca de rosas! 



— 3i6 — 

Morreu o pobre en meus bracos, 
Triste para min sorrindo... 
Nunca vi um ser tao feio, 
Nunca tive um irmao tao lindo! (i). 

Otro nombrado poeta, Luiz de Magalhaes, trae, en Froita de Sonhos, 
el soneto intitulado: A morte de S. Francisco, del que entresacamos: 

Deitado sobre a térra dura e fría, 
o Poverello acaba de expirar. 
Em cruz os bracos e cerrado o olhar, 
O seu labio divim aínda sorría.., 

Entao aquela humilde companhía 
De pobres e de Irmaos prosta-se a orar 
E comenta em solutos a prantear 
O Apostólo do Amor, seu mestre e guía. 

Por esos cauces corre la inspiración franciscanista de Portugal, obser- 
vando al Poeta de Asís en relación con lo humano, cualsi pretendiera, 
amoldándose a las mentes enfermizas de nuestros intelectuales modernos, 
prenderlos en la magia de estos encantos, para así conducirlos más fácil- 
mente a: lo divino. Lo cual, por supuesto, no quiere decir que no haya entre 
sus poetas, gente para todos los gustos. Ahí está — :sin ir más lejos — ^An- 
tonio Ferreira^ cuyos vuelos revolotean en torno a su corazón, puesta 
la mira en el bienestar propio. El es quien dice al Poverello : 

Solitario, que segues tao contente 
O caminho mais arduo, que nos guía 
Da nossa escura noite áquele día, 
Em que vive tao clara a imortal gente; 

Esperta este meu sonó, em que dormente 
Tive tegora esta alma, se-me guía 
Por onde eu suba aos Céus, que antes nao via, 
De min mesmo engañado cegamente (2). 

¡Ay, ojalá repitan lo propio, con acentos salidos diel alma, tantos 
poetas descarriados, que se ahogan en el lodo, que se asfixian en el am- 
biente de la duda, sin acertar a descubrir a sus males un remedio, . puesto 
tan al alcance de su mano! No puede hablarse a Francisco en esta forma, 
sin recibir los beneficios y consuelos de su protección augusta. 



(1} Ibid., 1924, p. 372. 
(2) 



Ibid., 192S, p. 49. — No incluímos aquí muchas otras composiciones poéticas, 
por no hacernos demasiado extensos. Por lo demás, la ^ literatura franciscanista es 
copiosísima en Portugal. Sólo en A Época, de Lisboa, núm. del 4 de octubre, 1926, 
publica Julio Eduardo dos Santos una nueva versión del Cántico di Frate Solé, 
Matilde Conceicao, As roseiras de San Francisco y Luiz de Magalhaes su Canu- 
co a San Francisco. 



— 317 — 

A alentar estos ideales más altos de atracción seráfica, con virtiendo la 
labor poética en apostolado, tienden los esfuerzos de no pocos literatos, en- 
tre los cuales es justo no olvidar a los que visten sayal franciscano. Conoci- 
do de sobra es ya el P, Joaquín Cápela por su colección de poesías, y por 
las que vierte a diario en publicaciones diversas. En esta misión literaria le 
acompañan otros dos franciscanos, los PP. Al ves Correia y Días Pal- 
MEiRA. Todos tres mueven sus alas en constante dirección hacia las alturas. 
Sus voces suenan en la tierra, pero vienen de arriba, de lo alto, entre es- 
plendores de luz. 

Oíd, sino, al P, Cápela, en Missa Nova- Almas: 

Olhaí ao alto: a vida é urna AscetiQao 
Que surge e se levanta — e é tamanha — 
Da triste e enmaranhada escuridao. 

Do cimo sobranceiro da montanha 
Veréis melhor o louco desvarío 
Daquelas que seguiram voz estrana. 

Em mar desfeito, indómito e bravio, 
Ha ondas de infelizes pelo mundo 
Quais náufragos perdidos de um navio... 

— O' almas, sobre abismo tao profundo, 
P'ara além da térra erguei o vosso olhar 
A'luz esplendorosa em que me inundo (1).. 

El P. Días Palmeira se acuerda, a su vez, en A figueira estéril, de los 
desheredados de la fortuna. Su voz semeja un lamento. Vuélvese a los que 
derrochan locamente lo que de Dios han recibido para bien de todos y 
les dice: 

Nao neguéis, ó ricos, a esmola ao pobre! 
Dai do que vos sobre 
Aos Lázaros, que, da vossa mesa 
Pedem as migalhas, que caen ao chao! 
Nao consumáis vossa riqueza, 
Amontoada com o suor da pobreza 
En luxo vao! 



Dai esmola ao pobre, 

Dailhe do que vos sobre. 

— Nao venha sobre vos a maldi^ao! (2). 



Así ejerce el P. Días Palmeira su apostolado poético. 

Por ultimo, del P. Alves Correia, mencionaremos dos trozos literarios. 



(i) Ibid., p. 342. 

(2) Ibid., 1924, pp. 1 16-17. 



-318- 

El primero, tomado de "San Francisco e as estrelas", viene a ser un re- 
sumen del ideario franciscanista de los poetas citados, que miran a la crea- 
ción; el segundo, que corresponde a su "Cántico franciscano", enlaza este 
ideario con el más elevado y sublime del Poeta de Asís : 
¡Qué pensamientos tan delicados los del primero! 

Na térra havía un santo humilde como un verme 
Sua alma como un sol dentro dum corpo inerme. 

Era un imán oculto. Atraia-lhe em roda, 
como divino Orfeu, suspensa a criagao toda. 

Nunca en alma de poeta um sentir tao profundo 
Soube avaliar assim o que há de Deus no mundo (1). 

En cuanto al siguiente, ¿qué mejor corona para poner digno término 
a este capítulo? 

Sigamos do Evangelho a senten^a formosa 
Que diz: anda na lus, serás filho da luz. 
Da térra, pelo sol, subamos a Jesús, 
Seguindo de Francisco a esteira luminosa. 



Contemplamos Francisco a Jesús abracado! 
Seus grandes coragoes como palpitan certo! 
Quiseram-se abragar, ambos de peito aberto 
Juntando os coragoes, a critura eo Incriado! 

O amor estremécese a natureza inteira. 
Espíritos e sois sao uma mesma prole: 
O que bem pressentiu messor lo frate solé 
E ao mundo todo enviou uma luz mais fragueira (2). 



(i) Ibid., TO. 311-12. 

(2) Ibid., 1^2. p. 311. — Hermano del P. Ai.ves Correia, es otro distinguido poe- 
ta franciscanista, Joaquín Correia, del que pueden verse también composiciones de 
mérito en la Antología cit. 



XIV 



Reacción del franciscanismo literario en América. - Siguiendo el ejemplo 
de España. - Corrientes renovadoras. - Franciscanismo de Zorrilla de ^an 
Martín. - Franciscanismo en la leyenda. - Estilo franciscano. - Francisca- 
nismo en Rubén Darío y Gómez Jaime. ~ Alta representación francisc'amsta 
de Amado Ñervo: sus imitadores. - Florilegio poético franciscano-americano. 

Conclusión: 



Expuesta, en capítulos anteriores, la renovación literario-franciscanista 
de España y Portugal, ¿qué decir de la de las naciones de nuestra raza, que 
forman él Nuevo Mundo? ¿Bastará poner de manifiesto que en ellas tiene 
eco jubiloso tan consolador movimiento, en beneficio de los ideales espiritua- 
les en auge ? 

No puede negarse que si la Península perdió sobre las mismas su ascen- 
diente político, conserva aún su predominio en orden al movimiento literario. 
Aparte del ambiente que allí le forman con sus obras nuestros grandes escri- 
tores, hallamos una prueba indubitable de nuestra intervención literaria en 
la afluencia de personajes que allá acuden a diario a comunicarle nuestra 
cultura artística. Este solo dato bastará para reconocerlo: en diciembre de 
1923, se hallaban en la República de Chile doce compañías españolas de tea- 
tro, con un total de cuatrocientos artistas, y no menos de cuarenta y ocho 
escritores y periodistas en plan de propaganda vulgarizadora (i). De aquí 
puede deducirse razonablemente los que habría por las demás repúblicas del 
Nuevo Continente, No sé yo hasta que punto servirán muchos de tales ele- 
mentos para actuar como vehículos conductores del verdadero espíritu nacio- 
nal en medio de nuestros pueblos hermanos, toda vez que no es el ideal de 
nuestra cultura, sino el interés, lo que generalmente mueve sus pasos. De to- 
dos modos, el hecho es así ; y en él se nos demuestra el ambiente de adapta- 
ción que allá reina para nuestro gusto literario, máxime cuando éste responde 



.(1) Vid., Almanaque Bailly Bcñlliere, 1925, p. 183. — Impresos ya los pliegos an- 
teriores, hallamos en Biblioteca del Murciano, cit., p. 151, el nombre de un poeta 
íranciscano del siglo XVI, llamado Fr, Mateo de Jumilla, misionero en Caxalmal- 
ca. Es autor de un Catecismo en verso, que luego tradujo a la lengua indígena, y 
murió martirizado por los iridios, después de haber convertido a la fe millares de 
infieles. 



— 320 — 

a los sentimientos de origen, educación y desarrollo de su civilización cris- 
tiana, que le formó ixira la vida social la cuna de oro de su infancia. 

Nada tiene, |X)r otra parte, de extraño que el f ranciscanismo español halle 
en América entusiastas cooixiradores, desde el momento en que América es 
franciscanista y>ov razón de nacimiento. P'ranciscanos fueron sus primeros 
apóstoles, sus primeros Prelados, sus primeras escuelas, su primera impren- 
ta. De ellos heredan los más ricos tesoros de su civilización. Y como por 
grandes que sean los extravíos de una raza, difícilmente puede desarraigar 
del corazón el primer amor que la acarició en la cuna, todo cuanto a fran- 
ciscanismo se refiera debe tener repercusiones hondas, sojuzgadoras, en su 
espíritu. 

Y las tiene ¿cómo dudarlo? Tiénelas tan elocuentes, en lo relativo al 
respecto literario, que el P. Ramos Pumarega no vacila en escribir: 

Es tan fecunda la literatura franciscana en América, que se podrán llenar varias 
cuartillas con solo citar los nombres de autores del día; lo qué no es de estrañar si 
se recuerda que el Nuevo Mundo escuchó su "canción de cuna" de labios francis- 
canos. El amor de América a los franciscanos, no se borrará jamás: lo lleva en la 
sangre (1). 

A estas ¡jalabras del P. Ramos Pumarega, pudiéramos añadir estas 
otras del Heraldo Seráfico, de Cartago, Revista de Centroamérica, que 
hablan nada más que de Costa Rica, pero que tienen aplicación a las de- 
más Repúblicas : 

Escalonados por Costa Rica, de oriente a occidente, de norte a sur, los que po- 
dríamos llamar, a la usanza antigua, palomares seráficos — ^Ips conventos francisca- 
nos — , fecundaron con su savia la tierra toda; y al presente, a través de la calma 
centenaria, parece como que se perciben las cadencias de aquellos Hijos del Patriar- 
ca de la Umbría: las montañas y los valles, las praderas y los ríos, el suelo rico 
y fecundo, sólo esperan la voz del artista de la palabra que las evoque, para derra- 
rrar a torrentes sus melodías franciscanas, encerradas en su seno virginal (2). 

Y en efecto: al simple anuncio de un Certamen poético en honor de 
San Francisco, que tuvo lugar en la capital de Costa Rica el 4 de octubre 
de 1922, con asistencia del Presidente de la República y del Ministro de 
Educación Pública, respondieron los literatos con la presentación de no- 
venta y nueve composiciones, resultando premiados, entre otros, los pres- 
tigiosos poetas Carlomagno Araya, Napoleón Quesada, Rogelio Sote- 
la, Eladio Prado y Carlos Luis Sáenz (3); lo que demuestra el senti- 



(i) Vid., El Eco Franciscano, 1921, p. 292. 

(2) Heraldo Seráfico (Costa Rica), i$22, p. ^24. 

(3) Ibid., loe. cit. 



— 331 — 

miento altísimo de simpatía de que goza entre los cultivadores de la lite- 
ratura de Centroamérica el manso Pobrecillo de Asís. 

Y lo propio nos asegura de la República de Chile el P. Ventura Var- 
gas, O. F. M., desde las columnas de Verdad y Bien, presentándonos la 
generalidad de los literatos chilenos, influenciados del espíritu francisca- 
no, y dándonos, como muestras de primer orden, los nombres de Julio 
Vicuña Cifuentrs, Abel Arellano, Gabriela Mistral y Abel Gon- 

TIÁLEZ, 

por citar los más conocidos (1). 

A estos, podemos añadir, entre los cantores que dejan oir su voz en la 
Argentina y otras regiones, a Alejandro Miguens Parrado, en varias 
composiciones y sobre todo en la que lleva por título: ¡Pobre y loco! (2), 
a Ricardo Gutiérrez en El Misionero, etc., y sobresaliendo entre todos 
los ya dichos, a Antonio Hurtado en su leyenda Los Padres de la Mer- 
ced, a PiNiLLA Méndez, en su Oda a Cisneros, a... pero ¿qué ganaría- 
mos con llenar aquí de nombres páginas y páginas? El número de los 
poetas franciscanistas no puede reducirse a cifras. Suelo virgen, educado 
en gran parte por los nuestros, 

cántanle a nuestro admirado Padre los chicos y los grandes ; si éstos con galanu- 
ra de frase, aquéllos con sencillez encantadora. Cántanle buenos y malos ; aquéllos 
con fervoroso entusiasmo, éstos con ímpetu sorprendente... ¡Qué encantos desprén- 
dense de vuestra atrayente figura, Padre mío Seráfico, cuando hasta los sepultados 
en las pavorosas tinieblas de la incredulidad no escapan a la vibración intensa que 
produce vuestra simpatía! ¡Cuan profundo arraigo alcanzó vuestro nombre... cuan- 
do nadie logra ni pretende siquiera sustraerse a vuestra influencia cautivadora!... 
¡Bien hayas, Seráfico Patriarca, porque vives con intensidad tan insospechada en 
tantos corazones! (3). 

Lo primero que parece debe exigirse a la musa americana moderna, 
es un homenaje de admiración a sus descubridores y misioneros. Y este 
homenaje surge por doquiera, sensibilizando en notas tan armoniosas, como 
las que el gran poeta Carlos Spano, consagra en la Argentina, a Isabel la 
Católica y a Fr. Juan Pérez, al celebrar el descubrimiento de América. 



(i) Núm. de octubre, 1924, p. 426. — De Gabriei,.\ Mistral, conocemos varios 
trabajos franciscanistas, entre ellos "Motivos de San Francisco. - Comentarios a su 
^''da", publ. en El Plata Seráfico, cit., 1925, pp. 206-212. 

(2) Sólo en su colección Poesías, editada en Córdoba (Argentina), en 1905, ha- 
llamos las siguientes, de carácter abiertamente franciscano : El Misionero español ei\ 
'(is playas americanas. La Milicia Seráfica, Fe y patriotismo y Córdoba y sti Pastor. 
^icluímos a Miguens Parrado ,entre los poetas americanos porque en tierras de 
America descubrió los tesoros de su inspiración, y no por razón de su cuna de ori- 
gen, que es Cesures (en Galicia). 

(3) Heraldo Seráfico, cit,, 1922, p. .324; 
Franciscanismo— 21 



— 322 — 

Adivínanlo un sabio y una reina. 
Aquel representando las virtudes 
que a la sombra florecen del Santuario, 
iluminadas por fulgor celeste (1). 

En igual sentido alienta la gratitud hacia los Misioneros, que son los 
que más intensamente realizaron la empresa de la colonización y civiliza- 
ción del Nuevo Continente. Valga por todos el que le tributa el gran autor 
franciscanista de la "Epopeya de Artigas", el cual, entre las bellas estro- 
fas de su espléndido Tabaré, nos los da como representados a todos en una 
figura seráfica: 

Es la del P. Esteban 
Encarnación de aquellos misioneros 
Que del reguero de la sangre hacían 
La primer senda en medio del desierto, 

Y marchaban al sitio 
Hasta el cual penetraba el Evangelio, 
Con el cadáver solo y mutilado 
De algún mártir sin nombre y sin recuerdo. 



Y para coronar dignamente el símbolo, describe, luego, al Tabaré per- 
seguido, que busca y halla protección en el evangelizador : 

Se abrió paso entre el grupo, 
Tendió al indio los brazos, y éste, al verlo, 
Se aferró a su sayal, dobló la frente 
Y en tierra dio con su extenuado cuerpo (2). 

Bien puede, pues, cantar Ricardo Gutiérrez, en su poesía El Fraile, 
señalando al pueblo americano: 

...el fraile, en la suprema virtud del sacrificio, 

le abrió un nuevo camino de amor y de esperanza... 

y ésto sin reparar en sacrificios de ninguna índole, toda vez que 

En la heroica revuelta, pasó como una imagen 
tallada en el dolor bárbaro de los caídos, 
que puso sobre el labio reseco el agua pura 
de una larga mirada de perdón y de olvido (3). 



(i) Versos, cit. por Ortega Munilla en De Madrid al Chaco, cit., p. iis. 

(2) Tabaré, Montevideo, Barreiro y Ramos, 1889, pp. loi y 11 1. 

(3)» Caroá y Caretas, de Buenos Aires, ñúm. de 10 de octubre, 1925. — ^En el cen- 
tro del dibujo ilustrativOj aparece el busto del P. Salvador Villarnovo, franciscano 
de Santiago, que allí paso lai;gos años ejerciendo su ministerio. 



. — 323 — 

No, no es posible que Ja literatura americana prescinda de sus educa- 
dores. Obra de justicia les hace Victoriano Agüeros, al afirmar que a 
ellos se debe la iniciación de los indios en el ambiente de la cultura litera- 
ria (i). Fruto es para éstos, de Las violetas del Convento, hermoso símbo- 
lo que adopta Florinda Krause como, epígrafe de una de sus composi- 
ciones... 

...modestas flores 
despreciando los honores 
y las grandezas humanas, 
en el convento secretas 
florecen, cual las violetas, 
las virtudes franciscanas (2). 

Florecen, si, esas virtudes...; y en busca de sus aromas andan los li- 
teratos americanos, para elaborar sus trabajos, aunque no todos lo hagan 
a lo seráfico. Léanse, por ejemplo, las Leyendas históricas mexicanas de 
Heriberto Frías (3), y se verá que no puede prescindir del recuerdo 
de nuestros frailes al escribir, entre otras. Amor de eschvos, Los dos mon- 
jes, La maldición y Albor de aurora. Léanse Leyendas y Roiiiances de 
Aurelio Luis Gallardo, y surgirán ante los ojos las severas formas del 
Convento de Zapopán (4). Léanse Tristes y alegres del P. Alberto Ris- 
co, S. J., y se gustarán mieles de la antigua belleza en El Cristo de la Ab' 
solución, de vSan Francisco de la Paz, de Bolivia (5), y se presenciará en 
Vicuñas y Vascongados como los frailes se desvelaban en socorrer a las 
víctimas de los bandos contendientes, en las tragedias del Potosí (6). 
Léanse, finalmente. Tradiciones peruanas, de Ricardo Palma (7), y el 
carácter franciscano resaltará en Predestinación, Los endiablados. El Jus- 
ticia Mayor, Muerta en vida, El Resucitado y El fraile y la Monja del 
Callao; pudiendo enterarnos, de paso, de la popularidad de que gozaban 
los Religiosos y del arraigo que en aquel suelo adquirieron las devociones 
franciscanas, hasta el punto de pasar 

de mil los vehículos que el día de la Porciúncula lucían en la Alameda de los 
Descalzos de Lima (6) ; 



(i) Vid. su "Correspondencia literaria de Méjico" en Ilustración española y 
americana^' 1878, t. I, pi). 370-374. 

(2) Publ. en El Plata Seráfico, Buenos Aires, 1925, p. 174. 

(3) Edición Maucci, Barcelona, 1899. 

(4) Edit. en San Francisco de California, 1868, libr. II. 

(5) Edit., Madrid, Apostolado de la Prensa, 1918, pp. 15-19. 
(5) Ibid., p. ,94o. 

(7) T. I (único que conocemos), Barcelona, Montaner, 1893. 

(8) Ibid., p. 232-233. 



— 324 — 

y de la solicitud con que en nuestros conventos se atendía a los menes- 
terosos; puesto que nos dice, hablando del ya indicado: 

La portería del Convento estaba poblada de gente pobre, que recibía de manos de 
un lego escudillas de comida: ¡Verdadero festín de los mendigos, en que hacía el 
gasto la caridad cristiana! También la clase acomodada, hermosas mujeres y elegan- 
tt^s donceles, se acercaban a pedir al fraile un trozo de pan bendito (1). 

Juntamente con estas tradiciones, aparece en los literatos, viva y pal- 
pitante, la doctrina del Serafín de Asís, bastando para ello citar una com- 
posición, la de Juno Vicuña Cifuentes, titulada La perfecta alegría (2); 
y aparece la dulcedumbre del estilo franciscano — en ningún sitio más en 
boga que en América — ^moldeando versos tan preciosos, como los de Gotas 
de ajenjo, de Julio Flores, que comienzan: 

La ola dijo al murallón: — Hermano, 
tres siglos ha que te golpeo en vano... 
Y dijo el murallón con voz arcana: 
— ¡ Flagela más, flagela más, hermana ! (3). 

¡ Ah ! ¿ Para qué indicarlo siquiera ? Quizás a las riquezas maravillo- 
sas de este estilo, cultivado y vigorizado en los primores de la leyenda se- 
ráfica, se deba la popularidad de que gozan muchos de los poetas de 
aquel" suelo, en donde la fantasía parece nacer con las alas abiertas para 
dominar de un vuelo las cumbres. Leyendo el Himno a San Francisco, át 
Antonio Gómez Restrepo (4), o Súplica, de María Eva G. L. de Bus- 
TiNZA, o Vislumbrando una Patria, de Mariano A. Guerra, o Dies irae\ 
de Joaquín V. González^ o El Cardenal Cisneros, de Ignacio Montes 
DE Oca (5), hállanse estrofas cuajadas de luz, vestidas de púrpura y 



(i) Ibid., p. IDO. — 'Nada decimos aquí de la influencia del franciscanismo en la 
novela hispano-americana, por falta de elementos comprobatorios. Únicamente te- 
nemos noticia de una poco recomendable, de E. Barrios, titulada El Hermano Asno. 
Sabemos que el literato chileno Ricardo A. Lathan, va a publicar un estudio sobre 
franciscanismo americano, que quizás agote el tema. Por lo demás, bueno será tener 
presentes estas palabras de Rubén Darío en España Contemporánea, cit., p. 292: 
"Nuestro organismo mental no está constituido todavíai, y si en lírica podemos pre- 
sentar dos o tres nombres al mundo, toda la novela americana producida desde la 
independencia de España no^ vale este solo nombre, por otra parte poco simpático 
para mí : Benito Pérez Galdós ". 

(2) Puede verse en Verdad y Bien, Revista de Santiago de Chile, 1925, p. 409- 

(3) Vid., Eduardo de Ory, Parnaso Colombiano, Cádiz, Edit. España y Amé- 
rica, p. íps. 

(4) En Verdad y Bien, cit., 1925, p. 396. 

(5) El Sr. Montes de Oca, Obispo de Potosí, es uno de los más grandes ora- 
dores de la América Española, al cual debemos, entre otros trabajos, su brillante 
Elogio fímehre_ del Cardenal Cisneros. (Vid. El Plata Seráfico, cit., 1918.) En esta 
misma Revjsta, 1918, pp. 178-179, se hallan tres sonetos a Cisneros con el título arri- 
ba expuesto. Con él comparte los lauros de la oratoria, D. Ramón Ángel Jara, 
Obispo 'de La Serena, que fué profesor de Retórica y Elocuencia Sagrada en el 
Convento Máximo de Sari Francisco, de Santiago de Chile. (Vid. Revista Seráfica 
de Chile, 1917, p. 174.) 



— 325 — 

oro, que nada tienen que envidiar a la siguiente de Alfonso Duran, en 

La Impresión de las Llagas: ■ 

Absortos los ángeles, 

soitaron un grito, 
y en Francisco, la mente y el pecho 

y el alma y las venas, 
todo fué un torbellino de penas 
y un dolor y un amor infinito (!■). 

Y entiéndase lo propio de Arzánegui, cuya lira se estremece de emo- 
ción al cantar en San Francisco,' amante llagado: 

Dolor de caridad, dolor que vive 

de solo recordar que Dios ha muerto: 

dolor hecho de amor, amor que escribe 

con sangre: "Soy de Dios, Dios es mi puerto" (2). 

En el mismo teatro, cuando aparecen en escena óperas franciscanis- 
tas, como la que, con música del Mtro. Balisi, preparó Ventura de la 
Vega, modificando la contextura de El Diablo Predicador (3), o cuando se 
conciben dramas como El Teniente Coronel Fray Luis Beltrán, de Artu- 
ro Giménez Pascual, inspirado en amores a la Patria (4), no pierde el 
estilo esa frescura, esa elasticidad sedosa, esas vibraciones de emoción que 
le caracterizan. 

En esta labor de renovación literaria tiene, también, el francisca- 
iiismo, repercusión brillante en el Brasil, en donde los hijos del Serafín 
de Asís han dejado huellas tan profundas de apostolado, renovadas ince- 
santemente por nuestros Religiosos actuales. Baste saber, a tal propósito, 
que sólo la Provincia Franciscana de la Concepción, sostiene con brillantez 
las publicaciones periódicas Cruzeiro do Sul y Sineta do Ceu, en Lages, 
Folha do Pobo y Der Compass en Curityba, L'Amico en Rodeio, y O 
Centro y O Gremio en Petrópolis. Cuenta, además, en esta última po- 
blación, con dos Revistas tituladas Voses de Petrópolis y Echo Seraphico, 
y dispone en la misma de un Centro de Buena, Prensa, que edita obras 
abundantes en sus secciones diversas, de ascética, devoción, religión, ins- 



(i) Ibid., 1Q24, p. 17. 

(2) Ibid., 1924, p. 51. 

(.3) Menéndez y Pelayo, Historia de la poesía hispano-americana, cit., t. II, 
P- 443. 

^(.4) Tomo de 135 págs. en 8.", edit. en Buenos Aires, Talleres Gráficos "Atlánti- 
c'a , 1920. — También ha publicado Gustavo Gallinal un "misterio franciscano en 
''■es cuadros" titulado Hermano Lobo, que puede verse en La Unión, de Buenos Aires, 
5 de octubre de 1926, avalorado con una ilustración de Alejandro Sirio. Otra pie- 
2a dramática, titulada Hacia Perucjia, ha aparecido, con la firma de Augusto Perin, 
en El Plata Seráfico, cit., 1926, pp. 3SO-354- 



— 326 — 

tructiva, poética, recreativo-teatral, escolar, musical e histórica, inundan- 
do así la república de trabajos de toda índole. 

De aquí el que el ideal dominante, venga a ser en un todo franciscanista, 
reconociendo que no en toda belleza hay poesía. 

La belleza poética es — según el crítico brasileño Gastao Franca Amarai, en O 
Bello-Poético — ^la que origina en nosotros sentimientos inmaculados, destituidos de 
sensualidad y violencia, que producen éxtasis y admiración por la naturaleza, aspira- 
ción a lo perfecto, a la divinidad suprema, misticismo, entusiasmo y dulcedumbres 
sujestivas sin fin, nimbado todo ello por vaga y deliciosa nostalgia. 

Como muestra de las creaciones literarias del Brasil, nos complacemos 
en trasladar aquí el Soneto que Alvaro de Campos escribió- en 191 1 en 
San Sebastiao, sobre las ruinas de Nuestra Señora del Amparo. Es un 
homenaje al antiguo apostolado seráfico, titulado Pas, que dice : 

Repousade socegados, Franciscanos, 
Sob os lages das ruinas do convento, 
Beijadas pelas vagas dos océanos. 
Aos bafejos frenéticos do vento. 

Aquí onde fundastes, entre arcanos 
Da natureza o altar dos pensamentos, 
Hao de ficar, vencendo sempre os annos, 
Synthetizados vossos sentimentos. 

Hao de vos respeitar sempre a memoria " 
As geracoes, o tempo, o amor, a historia. 
As virtudes, a sciencia, a eternidade. 

Dormí en paz. Apostóles de Jesús, 
A'sombra protectora de uma cruz, 
Ao respeito de toda a humanidade (1). 

Pero, para admirarlo en todo su esplendor, hay que subir hasta los 
grandes maestros, que quizá lo sean en parte por haber buscado alientos 
a su genio en la inspiración franciscana. Ahí está, por ejemplo, Rubén 
Darío, príncipe de la literatura modernista. Al verlo brillar con la opu- 
lencia de lo? literatos excelsos, divagando las más de las veces por sendas 
nada recomendables, nadie sospecharía cuales sean los secretos manan- 
tiales de su inspiración, ni aun cuando esta inspiración gallardea más 
triunfalmente, en su célebre poesía franciscanista Los motivos del lobo^ 
de la que hemos copiado anteriormente algún período. Y, sin embargo, 
Rubén Darío es un enamorado del Serafín de Asís. Dícenoslo bien cla- 
ramente José M.* Semprun Gurrea: 



(i) Vid. P. Basilio Bovver, O. F. M., A Provincia Franciscana da Immaculjad-a 
Conceigao do Brasil, ñas festas do Centenario da Independencia Nacional, Petrópo- 
lis, 1922, pp. 95 y 200-301. 



— 327 — 

Entre los motivos sencillos — exclama — de la poesía eterna que atrajo repetida- 
mente aquella luminosidad que esplende, co>mo halo imborrable, en la cordial dulzu- 
ra del poema de Asís... los ricos pirmajes de sus cisnes y de sus pavones se aba- 
tieron bajo los blancos pies descalzos, ante el árido sayal en que se mortiñcaba, más 
í'ien que se cubría, rica y pródiga de caridad, la santa pobreza franciscana... El 
poeta, que supo cantar las glorias de Helios... bien podría dejarse encender en las 
chispas- que todavía saltan de la zarza florecida con la sangre ardorosa del Poverello... 
y por la médula de todos sus versos va fluyendo, leve y a veces caprichosa, como 
cuadra al peculiar humor de aquel poeta, pero llena de fácil ternura, la devota ad- 
miración hacia aquella vida, cuyo perfume se siente mezclado al divino perfume de 
¡as Florecillas (1). 

Y en efecto, así es. Y como cotnprobante de ello, vayan aquí las estro- 
fas de la poesía que dedica a uno de nuestros grandes apóstoles: 

Un báculo que era como un tallo de lirios, 
una vida en cilicios de adorables martirios, 

un blanco horror a Belcebú; 
un salterio celeste de vírgenes y cantos, 
un cáliz de virtudes y una copa de cantos, 

tal era fray Mamerto Esquiú. 

Y luego: 

Crisóstomo le anima, Jerónimo le doma, 
su espíritu era un águila con ojos de paloma, 
su verbo era una flor... (2). 

No, no hay duda que Rubén Darío llega a lo más alto de su itispira- 
ción, lo mismo en estos versos ai insigne Prelado franciscano, que en Las 
^notivos del lobo, consagrada al Seráfico Patriarca. 

Con esta última composición, corre parejas la de otro gran poeta ame- 
ricano, de GÓMEZ Jaime, ocupándose de idéntico episodio. Titúlala El 
Hermcmo lobo, y de ella hemos adelantado ya la última parte a nuestros 
lectores. Ninguna, entre las muchas que Gómez Jaime lleva publicadas, 
adquirió la resonancia de esta última. También él obtuvo en el ambiente 
f ranciscanista el más clamoroso de sus éxitos. Tan bella es, que no nos 



(i) Vid. "Versos de Rubén Darío a Fr. Mamerto Esquiú", publ. exi El Debate, 
Madrid, núm. de 21 de agosto, 1925. 

(2) Ibid., loe. cit. — ^t)e otro gran apóstol franciscano, del P. Fr. Vicente Sola- 
no, canta el ilustre poeta del Ecuador, Luis Cordero, en Inovación (publ. en La 
Hormiga de Oro, Barcelona, 1890, p. 514): 

tu voz severa, 

perínclito Solano, 

no se ha extinguido aun: suena doquiera, 

cual la de Pablo austera, 

como la del Crisóstomo elocuente... 

arguye, increpa, manda, 

sobrecoje y humilla... 



_ 328 — 

resistimos al deseo de transcribir aquí las estrofas en que hace la presen- 
tación de Francisco de Asís: 

De pronto, en aquel sitio tan lúgubre y salvaje, 
como si fuera el genio doliente del paisaje, 
del fondo de una cueva, refugio tenebroso, 
se ve surgir un hombre, de aspecto misterioso ; 
un hombre que se aleja con macilento paso, 
como un fantasma lívido bajo el fulgor de ocaso. . 

Burdo' sayal recata su cuerpo enflaquecido : 
el áspero sendero, de abrojos revestido, 
huellan sus pies desnudos. Sobre su mustia frente 
se ve temblar un halo de luz fosforescente. 
Por entre ios peñascos, su mística figura, 
bajo el opaco velo de la neblina oscura, 
deslizase callada; su dulce faz serena 
es una hermana triste del lirio y la azucena. 

Tan débil como un junco, parece que la brisa 
lo encorva con sus alas : espiritual sonrisa 
vaga en sus finos labios, y en tanto que se aleja 
por el sendero indócil sin lanzar una queja, 
con ojos visionarios que buscan el vacío, 
no siente los abrojos, ni la humedad, ni el frío. 

Es Francisco, el asceta, ferviente solitario 
que llora los suplicios del mártir del Calvario. 
Es el manso y glorioso serafín de la Umbría, 
alma toda ternura, sentimiento y poesía, 
que, cual pálido cirio del altar del Señor, 
derritiéndose en llanto, se consume de amor... (i). 

He ahí, pues, presentado a Gómez Jaime, con la presentación que él 
liace del Serafín de Asís, en El Hermano Lobo. Esta composición, como 
Los motivos del lobo, de Rubén Darío, están señaladas, no solo como las 
mejores creaciones de ambos poetas, sino como las de más subido precio 
de la literatura americana franciscanista. Si alguna hay que, en tal senti- 
do, las supera, ya que no por el objeto, por la suavidad seráfica del estilo 
y por el espíritu no menos seráfico que la infoima, es, sin duda. La Her- 
mana Agua, de Amado Ñervo. 

Llegamos, en efecto, con Amado Ñervo, a la cúspide del francisca- 
nismo literario americano, de igual modo que llega él con esta su poesía 
sublime a la cvispide de su inspiración. 

La Hermana agua — observa el célebre crítico Calixto Oyuela — ofrece, con ple- 
na madurez artística, lo más esencial y característico de su espíritu. Mucho de cuan- 



(i) Vid. Revista Franciscana del Perú, cit., 1924, pp. 634-645. 



— 329 — 

to se admira y conmueve, en diversas formas, en sus más valiosos libros posteriores, 
cu concepto cristiano de la -vida, su resignación consciente y viril, su luz de eterni- 
dad, su fertilidad imaginativa, el fácil movimiento de su expresión, está ya presente 
en esta inspiración admirable, tan justamente celebrada (1). 

No es esta, como tantas otras, mero juego de palabras, o desfile lumi- 
noso de imágenes retóricas. 

En ella — ^al decir de Alejandro Quijano — el gran lírico, en un ancho impulso 
franciscano, ama la gloria del agua múltiple: la canta en la lluvia y en la nieve, en 
la bruma y en el cielo (2), 

y en cada uno de estos aspectos, sorprende lecciones prácticas de mara- 
villosas doctrinas para los hombres, como, por ejemplo, cuando les en- 
seña a ser caritativos, diciendo: 

para cubrir los peces, que agonizan de frío, 
mis piadosas ondas se cristalizan... 

y cuando les insinúa que el bien debe hacerse, por ser bien, y no con 
miras a remuneración alguna tehiporal, en estos otros versos: 

Los gérmenes conocen mi beso cuando anidan 
bajo la tierra, y luego que son flores, me olvidan. 
Lejos de sus raíces las corolas felices, 



(i) Prólogo, a la obra Elevación de Amado Ñervo (t. XV de sus O.bras Com- 
pletas), pp. II-I2. Figura La. Hermana Aatta entre las composiciones de este volumen. 
(2) Amado Nerno, Homenaje a la memoria del poeta, publicado pof la Univer- 
sidad Nacional, México, 1919, p. 89. — He aquí algunos datos sobre el poeta y que este 
mismo autor nos suministra: 

"Jacona, peiqueñita ciudad, albergaba un grande y vetusto Seminario. En él cur- 
sara Ñervo las clásicas humanidades; estudiara latines; ayudara, en las megas ma- 
ñanas, a la Misa que celebraba un austero fraile. Y el ánima, ya propicia, encasti- 
llóse aquí, bajo la Dirección y al cuidado de graves religiosos en el amor de Dios; 
hízo^e más quieta y recatada, tornóse mística. El misticismo... hizo suyo al poeta. 
Y lo hizo suyo definitivamente. No importa que en las épocas de dudas apareciera el 
hombre, a través de sus versos, levemente, heterodoxo; su alma no dejó de ser nun- 
ca mística" (Ibid., p. 85). 

A tal estado de ánimo alude, sin duda el poeta, al exclamar en El Milagro : 
"Dudé ¿por qué negarlo?, y en las olas me hundía, 
como Pedro, a medida que más hondo dudé : 
Pero tu metendiste tu diestra, y sonreía 
tu boca murmurando: "¡Hombre de poca fe!". 

¡ Qué mengua I Desconfiaba de tí como si fuese 
algo imposible al alma que espera en el Señor; 
como si quien demanda luz y amor, no pudiese 
recibirlos del Padre, fuente de luz y amor...". 
Pero, al fin, el poeta volvió a hallar el sendero. 

"Heteredoxo un tanto — añade Quijano — respecto a sus creencias infantiles, inte- 
resado en diversas doctrinas esotéricas y aun deseando a veces la serenidad del 
nirvana", quiso, sin embargo, a la hora del último partir, oyendo ^uizá en su inte- 
rior el agnosco veteris vestigio flamae del mantuano, abrazarse piadosamente a la 
cruz y besar en ella, con labios trémulos, la efigie de aquel qu,e vino, en un impulso 
de amor, a absorver y destruir el Mal jk a llevarnos derechamente hacia el Bien de- 
finitivo." (Ibid., pp. 97-98.) 



— 330 — 

no se acuerdan del agua que regó sus raices... 

I Qué importa ! Yo alabanzas digo a Dios con voz suave. 

La flor no sabe nada, ¡pero Dios si lo sabe! 

Bastan estos versos para conocer a Amado Ñervo, único en su géne- 
ro. El propio Rubén Darío, admirado de su numen, le pregunta: 

Fraile de los suspiros, celeste anacoreta, 
que tienes en blancura l'azúcar y la sal, 
muéstrame el lirio puro que sigues en la veta 
y hazme escuchar el eco de tu alma sideral (r). 

Sin duda, Rubén ignoraba que nuestro poeta tenía por inseparables li- 
bros de lectura el Kempis y las Florecillas, que no abandonó sino con la 
vida. Pero, bien se echa de ver cual sea ese lirio puro que sigue, en aque- 
llos versos, de Tú filosofa: 

Con el farol de tu ñlosofia 
no hallarás nunca a Dios, oh mente esclava, 
sino con el amor : i quien más le amaba 
— San Francisco de Asís — más le veíal 



Mientras que "el despreciable" iluminado 
ni pierde el tiempo en discutir ni duda, 
¡ve cara a cara la verdad desnuda, 
y se funde con Dios, porque lo ha hallado ( (2). 

Del mismo modo fué también hacia Dios — tras las huellas del San- 
to—, después de aprender, a costa de duras lecciones que se traslucen en 
sus escritos, lo que tan bellamente expresa en El prisma roto: 

No más vida exterior, ámenla otros. 

La verdad está dentro de nosotros 

y en mi mente inmortal veré sus huellas. 

Pedí cielo y estrellas al abismo, 

y hallé, tras largo viaje, que en mi mismo 

llevaba sin saber cielo y estrellas (3). 

Y fué, entonces, cuando dio con su ideal, que fué también el del Se- 
rafín de Asís en sus relaciones con la tierra. Indícalo ya el título de una 
de sus poesías, la de ¡Oh Santa Pobreza !, título tras el cual se lee: 



(i) Trae estos versos Eduardo de Ory en su obra Rubén Darío, Cádiz, Edit. 
"España y América", pp. 172-173. 

(2X Elevación, cit., p. 98. * 

(3) Op. cit. 



-^33^ — 

. Callado y sereno— me hallarás, y lleno 

del santo Ideal, 
que en los rubios días — de mis lozanías 
y ahora, en m¡ ocaso, — ^aviva mi paso 

por el erial. 

En tal situación de ánimo, aspira Amaüo Ñervo a ser el poeta de lo 
bueno y de lo bello ; quiere, en Mi verso, labrar,' con haces de luz, 

emblemas para todos los amores, 
espejos para todos los encantos, 
y coronas de astrales resplandores 
para todos los genios y los santos. 

Y transformado por lo augusto de esta misión, se inunda su alma de 
optimismo, con todo cuanto en derredor observa, según nos lo dice en 
Éxtasis : 

Cada vez hallo a la naturaleza 
más sobrenatural, más pura y santa. 
¡ Para mi, en derredor, todo es belleza, 
y con la misma plenitud me encanta 
la boca de la madre cuando reza, 
que la boca del niño cuando canta! 

Y es inútil, inútil pretender de su musa frases de odio, de indigna- 
ción, de amargura. Si algo le acontece de adverso, a sí propio se achaca 
la causa. Bien nos lo expresa, en su poesía, En paz, en donde disculpa a 
los que pueden causarle daño... 

porque veo al final de mi rudo camino 
que yo fui el arquitecto de mi propio destino ; 
que si extraje las hieles o la miel a las cosas, 
fué porque en ellas puse hiél o mieles sabrosas; 
cuando planté rosales, conseché siempre rosas... 

Amado Ñervo, en suma, es el poeta que sabe sonreír siempre, aun en 
medio de la desgracia, que no tiene riptas de sombras en su lira, que con- 
serva su fe en el porvenir. Oídle, sino, en El Milagro: 

¡ Señor, yo te bendigo, porque tengo esperanza ! 
Muy pronto mis tinieblas se enjoyarán de luz. 
Hay un presentimiento de sol en lontananza: 
¡me punzan mucho menos los clavos de mi cruz! 

Y bien, ¿quién no descubre, en el que así se expresa, las características 
del franciscanismo, de un franciscanismo robusto y sano, y alentador y 



— 332 — 

optimista? A través de los versos transcritos (i), ondea triunfal el lema 
"¡Paz y Bien!", del sublime Poeta de Asís, fijando orientación a sus idea- 
les y comunicándole eficacias de luminosidad renovadora. Con justicia 
puede afirmarse que 

la admiración que sentía por San Francisco sembró su espíritu de reminiscen- 
cias seráficas, florecidas más de una vez en páginas inmortales (2). 

En sus acentos, como en los del Santo de Umbría, no hallan nunca 
resonancias las ideas que traen, luto al alma, que infiltran en el corazón 
las desilusiones obscuras, que sirven de mortaja a la alegría del vivir cris- 
tiano; todo en ellas es claridad, transparencia, dulzura, amor saludable, 
sin gritos de dolor rebelde, sin crispaciones de odio maligno, sin latidos 
de indignación desgreñada. De aquí, el que su actuación no sea estéril ; de 
aquí, el que, merced a sus iniciativas, se halle en vías de posibilidad el 
milagro de unión espiritual de todos los pueblos de raza íbero-americana, 
al que consagró preferentemente sus esfuerzos, ■ 

Fué hacia el sur — exclama Enrique González Martínez — en misión de paz, de 
amor y de concordia. Dejó en tierra española, flotando al viento, su bandera blanca, 
y fué a plantar otra en las cumbres centrales de América, entre las nieves eternas y 
el vuelo insigne de los cóndores. Murió en misión de amor ; los brazos de todos los 
pueblos híspano-americanos se tendieron... y el gesto unánime juntó y enlazó las 
irianos que antes se saludaban desde lejos (3). 

Y Miguel Medina . Hermosilla, estudiando esta misma actuación de 
Ñervo, agrega: 

hoy, que la humanidad toda se siente estremecida por una fiebre invencible y 
misteriosa de perfeccionamiento,* como resultado fatal del derrumbe incontenible de 
viejas teorías sociales, bárbaras e inicuas, que en su bancarrota están proclamando el 



(i) Todas las poesías citadas, se hallan reunidas en el volumen I de Parnaso 
de México, que dirige Enrique Fernández Granados (México, J. Aguilar, Vera, 
1919, en 8.°). 

(2) El Plata Seráfico, cit, 1919, p. 133. 

(3) Amado Ñervo, Homenaje, cit., p. 114. "Las manos que antes se saludaban 
desde lejos", tiene aquí un significado harto triste; pues indica la falta de unión en- 
tre las repúblicas sudamericanas — que alguien tiene empeño en fomentar — ^y la aun 
más sensible^ que se advierte entre ellas para con la Madre Patria. No falta razón — 
aunque quizá recargue demasiadamente el cuadro — a Siul Ednesor, para decir, en 
sus Apuntes para el hispamo-aviericanismo (Montevideo, 192.1;, p. 10): "Grandes, por 
i!o decir invencibles, son las dificultades con que tropieza aquí el hispano-america- 
nismo... Por allá (por España) todo es afección hacia estos países, deseos vehemen- 
tes de acercamiento, constantes trabajos en pro de este ideal, franqueza, lealtad, no- 
bleza (/en algo ha de conocerse que es, al fin, su Madre t); por aquí reina la indiferen- 
cia, impera la ignorancia, domina la presunción, se agita el odio y se oculta la trai- 
ción". Y en otro lugar (p. 117), añade: "En resumen, el amor a la Madre Patria, 
el cariño a la raza y el acercamiento de espíritu hispano-americano, no son por ahora 
más que utopías, que revelan los buenos deseos y laudables propósitos de algunos 
ilusos". 



— 333 — 

entronizamiento de un esplendente ideal de virtud y de amor, el poeta debe hacer 
obra bella y obra buena, para -que los pueblos, que han tenido la vitalidad de produ- 
cirlos, reciban en recomi)ensa la orientación y la luz que se desprenden siempre del 
alma fúlgida de esos elegidos (1). 

Ñervo — concluiremos con Hilario Medina — era el representante de ese gran 
movimiento espiritualista de la humanidad presente, que como horrorizada y enlo- 
quecida por los estragos de la íiltima guerra, vuelve sobre sus pasos y tiende a rea- 
lizar las formas de vida del pasado. Esas formas reposan en conceptos fundamen- 
tales que han modelado la obra de los siglos y de las generaciones... Es maravilloso 
el eco que encuentra en el espíritu humano una palabra que nos cuenta las dulzuras 
misteriosas de una vida mejor (2). 

Tal es, en sus líneas generales, la empresa acometida por Amado Ñer- 
vo. Dícelo él mismo, al finalizar su volumen El éxodo y las flores del ca- 
mino : ■ 

Lector: Este libro, sin retórica, sin procedimiento, sin técnica, sin literatura, sólo, 
quiso una cosa: elevar tu es¡fíritu. ¡Dichoso yo, si lo he conseguido! 

No faltan, bien lo sé, quienes le respondan con González Martínez : 

nosotros, cogidos un instante por la magia del admirable poeta, agradecemos el 
presente, y tornamos, al cerrar el libro, a nuestras viejas inquietudes (3) ; 

l>ero, aun así, fuerza es reconocer con él mismo, que 

la contagiosa suavidad de su optimismo hizo prosélitos, • y sobre el campo san- 
griento de la tierra en convulsión, se vuelcan hoy las rosas sudamericanas, y desde 
las cumbres andinas hasta nuestros volcanes nevados, hay un extremecimiento de ad- 
miración y un gemido de razas fraternas (4). 

¿ Será ese el comienzo de una nueva era de bienestar y unión hispano- 
americana? El poeta deja la solución de este enigma al porvenir, limitán- 
dose a decirnos en La Montaña : 

Finé mi humilde siembra: las mieses en las eras 

comienzan a dar fruto de amor y caridad ; 

se cierne un gran sosiego sobre mis sementeras... 

¡ Ah ! ¡ quiera el cielo que ese fruto se multiplique en forma de lo- 
grar, como éxito el más señalado, la adhesión perfecta, incondicional, de 
todos los pueblos de la raza, al llamamiento que, a raiz de la muerte del 
poeta, formula Medina Hermosilla: 



(í) Ibid,, pp. 40-41. 

(2) Ibid., T)o. 77-78. 

(3) Ibid., p. 12. 

(4) Ibid., p. 104. 



— 334 — 

¡ Hermanos de la América Latina ! fundamos nuestro pensamiento, agrupemos 
n:iestras banderas, enlacemos nuestras espadas, desatemos bajo la gloria del cielo 
americano el vuelo de nuestras águilas, de nuestros cóndores; y el espíritu luminoso 
de Amado Ñervo, que vivió en una perenne aspiración de armonía y de bien, ben- 
decirá desde su Olimpo el divino prodigio de nuestra unión... (1). 

En espera de que esto suceda algún día, es para nosotros un consuelo 
la circunstancia de que la actuación franciscanista de Amado Ñervo, va 
dejando de ser la obra aislada de un genio, para convertirse encobra de 
asociación literaria. No diremos que el gran vate haya creado escuela, pro- 
piamente dicha; pero sí que el surco por él abierto ampliamente en la 
literatura, sigue ensanchando más cada día con nuevos operarios, que pa- 
recen seguir sus huellas (2). De entre éstos, vamos ahora nosotros a selec- 
cionar varios trozos poéticos con que formar un ramillete de alabanzas al 
Poeta de la Umbría, para término y coronamiento de este trabajo. No ne- 
cesitaremos, a tal fin, molestarnos mucho, pues basta y sobra para nues- 
tro objeto utilizar varios números de la Revista Heraldo Seráfico, de Car- 
tago, en la que se nota la solicitud con que una mano hábil va archiván- 
dolos cuidadosamente. 

Sea, pues, el primero de todos, Albertazzi Avendaño, que en su 
■'Hermano Francisco", pide al Santo inspiración: ¿para qué? 

Para hacer que esta lira miserable, 
al corazón de los humanos hable 
con aquella piadosa convicción, 
que en cada cima edificó un convento, 
sobre el feroz instinto un sentimiento, 
y una esperanza en cada corazón. 

Como el ave aterida que en desierta 
y oscura noche fuese hasta la puerta 
valor, amor y trigo a mendigar, 
así mi alma en la tremenda duda 
de esta hora inquietante, amarga y ruda, 
llega a tu corazón como a un altar (3). 



(1) Ibid., p. 57. — ^Antes aun de esta unión, debe realizarse la de los subditos en- 
tre sí de varias pequeñas repúblicas, revueltas de ordinario en luchas civiles de in- 
trigas, como niños que no salen nunca de la infancia, para las cuales parece tener 
algo de profética la recriminación de Rodríguez Galván en El Privado del Virrey: 

Cada año un qobernante, cada mes un motín. 
Ingratos y traidores y vanos y salvajes, 
a la virtud humilde agobiarán a ultrajes, 
hasta que Dios, colérico, los anonade al fin. 

(2) Sólo entre los poetas mejicanos, de ideas afines a las de Ñervo, enumera 
Fernández Granados, a Rafael Cabrera, María Enriqueta Caramillo, Eduardo 
Colín, Balbino Dáyalos, Rafael López, Francisco M.* de Olaguibel, Manuel 
de la Parra, Luis G. de Urbina,- y aun a sí propio, en su Parnaso de México, t. I, 
cit., aduciendo de todos ellos varias composiciones poéticas. 

(3)' Heraldo Seráfico (de Costa Rica), 1924, pp. 351-52. 



— 335 — 

Adelanta, luego, Rogelio Sotela, en el "Poema de San Francisco". 
Vedle describir el regreso del Seráfico a la ciudad natal, a raiz de su con- 
versión: 

Ahora, llena el alma de un nuevo amor, volvía 
— los ojos apagados por la melancolía, 
el traje hecho guiñapos y mustia ya la tez — 
el que fué mozo altivo y gentil de la Umbría, 
que llenaba la calle con su loca alegría : 
traía el porte exhausto y desnudos los pies. 

Loco para las gentes, 
el hondo iluminado regresaba al hogar. 
Y todos se mofaban, aún sus propios parientes, 
de su enjuta apariencia, de su escuálida faz. ' 

Pero el noble Francisco, entre aquel vocerío, 
pasó como pasara la prora de un navio 
que firme y suavemente corta el mujir del mar. 
Nunca tanta paciencia y humildad se hubo visto, 
y fué así como vieron a ese hermano de Cristo 
comenzar su camino, lleno de amor y paz (1). 

Vedlo, presentando al Santo entre los seres más desgraciados: 

Leprosos. (Los había amado el Nazareno). 
Leprosos. Relegados a una terrible cruz. 
Francisco hace que surja Dios de su mismo seno, 
tal como de un algibe la gloria de la luz (2)< 

Vedlo, finalmente, describiendo su amor a la naturaleza : 

El agua es buena hermana que toda sed mitiga, 
las florecillas tienen para él un corazón; 
hermano es de los árboles, hermano de la hormiga, 
de la hierba, del hombre, de los lobos, del sol. 

Así su voz bendita es lumbre para el ciego, 
agua para el sediento, venda para el dolor, 
sombra para los cuerpos, para las almas fuego, 
para todos los seres, mansedumbre y perdón. 

En él se filtró el cielo: su corazón encierra 
todo germen fecundo de amor que hay en la tierra, 
y a los hombres y a todo, se abre como una flor... (3). 

También José Gregorio Añí barro, lo canta bajo este aspecto, pon- 
derando las delicadezas de su amor seráfico. Oíd uno de sus Sonetos al 
Santo : 



(i) Ibid., 1922, p. 326. 

(2) Ibid., loe. cit. 

(3) Ibid., loe. cit. ■ 



— 336 — 

La creación fraternizó contigo, 
los seres todos tus hermanos fueron; 
cuanto tus ojos vieron y no vieron 
de todo por igual fuiste testigo. 

A las aves del cielo diste abrigo ; 
el sol y las estrellas sonrieron 
al amor tuyo, cuando todas vieron 
¡oh dulce Serafín!, que eras su amigo. 

En fraterna igualdad fué vinculada 
ave campestre con el trigo rubio; 
las alondras y hormigas, la becada 
con el lobo cruel que viste en Gubbio. 
En tí vivió el Edén con su inocencia; 
en tí miró su síntesis la ciencia (1). 

Por su parte, Carlos Luis Sáenz, pr,efiere presentárnoslo como aman- 
te de Dios y de los hombres en su "Loa a San Francisco de Asís" : 

A los pecadores 
les daba su amor. 
— Son los pobrecitos 
de Nuestro Señor. — 



A Fr. Ángel manda 
¡ oh Santo divino ! 
tras los tres ladrones, 
con pan y con vino. 

¡ Oh dulce Francisco ! 
tu prédica ardiente, 
era como el agua 
pura de la fuente. 
¡Oh dulce Francisco, 
tus santas heridas, 
eran como rosas 
de amor florecidas! 
i Oh Santo Francisco 
de Asís, el divino, 
tu alma era tan pura 
como un claro trino ! 

Y como eras pobre 
de toda pobreza, 
Cristo te dio toda 
su inmensa riqueza. 

Y como era tu alma 
de amor encendida, 
te dio la limosna 

de sus cinco heridas (2). 



(i> Ibid., 1922, p. lis. 
(2) Ibid., p. 331-32. 



— 33f — 

También el apostolado social del Santo ha tenido sus cantores. Oigamos 
a uno de ellos : 

Hablaba, y sus palabras emprendían el vuelo, 
Buscando en las alturas santa consagración. 

Y luego de cernirse cual nubes en el cielo, 
Deshacíanse en tenue lluvia de bendición. 

Hablaba, y con las armas de luz, cual un andante 
Caballero, esgrimiendo la espada del amor, 
Aquel hombre pequeño, en su humildad gigante, 
De las eternas glorias insigne trovador, 

Cubriendo con su sombra el inmenso horizonte. 
Un poco loco, a veces, y siempre serafín, 
Al hablar parecía la luz que sobre el monte 
Ilumina la tierra de uno al otro confín. 

Y aquella tarde, Asís, para toda la tierra, 
Con el andar del tiempo Santa Jerusalén; 
Asís, cuna de odios y asechanzas en guerra 
Del Redentor moderno ignorada Bethlehem, 

Vio realizarse en ella extraña maravilla: 
El lobo y el cordero, de San Francisco en pos, 
En santa paz comieron en la misma escudilla, 

Y juntos reposaron bajo el cielo de Dios. 

Y en la sagrada llama de la paz encendidos 
En torno al pregonero de la santa igualdad, 
Pobres y ricos, sanos, enfermos y afligidos. 
Uniéronse en abrazo de amor y santidad. 

Y se reconciliaron, olvidando querellas. 
Con las hermanas bestias, el hermano árbol, 
Los hermanos gusanos, las hermanas estrellas. 

La casta hermana luna, y el buen hermano sol (1). 

Veamos, por último, como estudian los poetas americanos a Francisco 
en el misterio de La Verna, al que han consagrado su inspiración, entre 
otros, Guillermo Villegas Soto (2), Juan Pagani (pseudónimo, Hugo 
SoH ('}) y Eladio Prada. Este último, que es también cultísimo historia- 
dor f ranciscanista, comienza por dirigir su salutación a la sagrada mon- 
taña : 

¡ El Monte Alvernia ! ¡ Monte solitario, 
que el alma cautivó de un peregrino! 
¡ El Monte do recóndito Calvario 
encontrará a través de su camino! 



, (1) Roque C. Otamendi, "Pax et Bonum", publ. en La Nación, Buenos Aires. 
Jium. de 3 de oct., 1926. 

(2) Heraldo Seráfico, 1924, pp. 362-63. 

(3) Ibid., p. 364. 

Franciscanismo— 22 



-338 - 

Es un girón bellísimo del ci|elo 
que le tendió el Señor. 
Es el Tabor letal del Povcrello 
que mendigaba Amor. 

Seguidamente, al poner al Santo en relaciones íntimas con el Sera- 
fin, describe así los sentimientos de dolor y de gozo que, a un tiempo 
mismo — según San Buenaventura — le embargaban el alma : 

¡Tranquilo y quieto Mar de la dulzura 
que bebe y gusta el alma.., 
mezclada con la insólita amargura 
en el vaso sagrado de la calma! 
¡ Oh Mar ! ¡ Oh mar que el mundo desconoce 
ignorando las mieles del Dolor... 
al ignorar que ^n dolor no hay goce, 
porque es hija la pena del Amorl 
¡Oh Mari ¡Oh bravo Mar, y Mar calmoso 
que sumerge al humilde Poverello! 
Si mira a la Pasión... ¡pierde el reposo! 
Si mira a su Jesús... ¡se ve en el Cielo!... 
Si tórnale a mirar crucificado, 
la invicta cruz le hiere... 
y si remira al dulcemente amado, 
de gozo el pobre muere (1). 

AÑÍBARRO, pensando en el mismo suceso, escribe: 

El dolor se derrama en cinco rayos 
sobre los miembros de Francisco herido. 
Cuantos fueron deliquios y desmayos, 
la víctima feliz no lo ha sabido. 
No lo supo Francisco, traspasado 
en sus manos y pies y en su costado. 

Y concluye con una alusión al célebre cuadro de Murillg, encerrada 
en estos términos: 

Te estrechaste a la cruz con blando lazo, 
Jesús agonizante fué tu amigo; 
su diestra desclavó, y con su abrazo 
él pacto del amor selló contigo (2). 

Este asunto, constituye para otro poeta el fondo de "El cuadro anti- 
guo", ante el cual se encuentra inesperadamente en una casa de campo: 



íi) Ibid., 1929, p. 329-30. 
(2) Ibid., p. lis. 



- — 339 — 

— ¿Por qué llagas abiertas el Santo 

sangrándole tiene? 
pregúntele a la dueña del cuadro 

con voz reverente. 
— Por expiar — ^me contesta — maldades 

de todas las gentes. 
Lo que sufre el Hermano Francisco, 

Caín lo merece (1). 

Al mismo cuadro alude J. Restrepo Rivera cuando exclama, en uno 
de sus Sonetos: ^ 

Mira Francisco con dolidos ojos 
de su Señor en cruz la faz doliente, 
los fieros clavos, la corona hiriente, 
y de las llagas los senderos rojos. 

Y exclama : Mi Señor, yo siento enojos 
de no poder llamaros dulcemente. 

Mas ¿cómo hablar al Puro, al Inocente 
ante quien mundo y cielo están de hinojos? 
Entonces Cristo, ante el celeste asombro 
del Siervo fiel, arranca del madero 
de amor y de dolor, la diestra mano; 

Y le dice, posándola en su hombro: 
Habíame como al lobo y al cordero. 

Di el vocablo de amor. Llámame hermano (2). 

Por líltimo, — ^y a fin de no extendernos en demasía — ^hagamos com- 
parecer al colombiano Eusebio Robledo, el cual, en su Soneto "El Santo 
de Asís", diríase que traza una síntesis de las ideas expuestas por los an- 
teriores poetas. Dice de este modo: 

Arde en cariño intenso por todo lo que brota 
de los reflejos áureos de matutina luz, 
y de las transparencias brillantes de la gota, 
y de los rojos broches y el lánguido sauz. 

Y su alma vive en éxtasis, y su alma vive inmota, 
envuelta del eterno en el niveo capuz... 

y su amor a Natura lo lleva hasta la rota 
vena, que vierte Vida en ánforas: la Cruz. 

Y mientras sus decires en ardorosas preces 
suenan con los arroyos y halagan a los peces 
y cantan las alburas de nardos y de lis, 

la faz del Nazareno, del que vistió los lirios, 
retrátase sonriente, ya libre de martirios, 
en el ciistal del alma de Francisco de Asís (3). 



(i) Ibid., IQ24, P.p. 363-64. 

(2) Glosa Franciscana, publ. en Dios y Patria, de Sevilla (Colombia). 

(3) Eduardo de Ory, Parnaso Colombiano, cit., p. 224, 



— 340 — 

Véase ahora, como Hernán Zamora Elizondo, describe la última en- 
fermedad del Santo: 

La Hermana Sonrisa, < los labios del Santo 
llenaba de dicha — miel en una flor — 
y como en su boca no fué extraño el canto, 
Francisco cantaba, cantaba, y en tanto 
lamía sus carnes Hermano Dolor. 



El dolor hermano, como Hermano Lobo, 
iba consumiendo la carne mortal, 
mientras que Francisco de Asís, en su arrobo, 
al dolor hermano, como a Hermano Lobo, 
le daba de abrigo su tosco sayal. 

Dolor de Francisco de Asís, ariioroso; 
dolor de Francisco de Asís, celestial ; 
dolor que no abate, dolor milagroso 
que como Longino hiere sigiloso 
de su propia lumbre buscando el raudal. 

Dolor de sentirse de sombras cercado 
cuando a las pupilas fué esquiva la luz, 
dolor el del cuerpo marchito y llagado 
con las cinco llagas del Crucificado: 
vértices y centro de mística cruz. 

Un canto divino temblaba en la boca, 
en el cuerpo feble temblaba el dolor, 
acaso su lodo se trocara en roca 
que en vez de abatirlo, cuando en ella choca, 
hace del torrente fugaz trovador. 

Por eso Francisco cantaba y reía 
mientras que sus carnes lamía el dolor, 
porque si el hermano cuerpo se extinguía, 
el alma serena del Santo nacía 
mecida en los brazos de Nuestro Señor (1). 



Finalmente, y para concluir, bien estará consignar el Soneto que, a la 
influencia mundial del Apóstol, consagra la musa de Carlomagno Araya, 
en El Amor del Serafín de Asís. Es como sigue : 



(i) "Momento franciscano", publ. en Heraldo Seráfico; cít., núm. de noviem- 
bre, 1926. — El episodio de la muerte de San Francisco ha sido celebrado bellamen- 
te por muchos poetas, entr° los cuales se distingue Aníbal F. Chirrini Meló, en La 
muerte del Santo (Vid. El Plata Seráfico, 1926, pp. .344-.347). con versos tan senti- 
dos como este: 

"¡Venga hasta nos la musa sacrosanta 

que te inspiró sus trovas en el lecho, 

y puso un ruiseñor en tu garganta, 

y un ramo de azucenas en tu pecho ! " 
Contiene dicha poesía una traducción libre del Caneco del Heniuuio Sol. Otra 
traducción del mismo Cántico, la debemos a Abel González, publ. en Pas v Bien, 
de Chillan (Chile), IQ26, pp. 330-31. En orden, a la vida de San Francisco, en con- 
junto, señalaremos la Oda a San Francisco, de Mary Pega Molina. (Vid. El Plata 
Seráfico, cit., 1926, p. 314), que concluye con una hermosa imploración mística. 



— 341 — 

En una gran torre de luz, su quimera 
que sobre la vida se puso a construir, 
hace siete siglos clavó su bandera 
que tiene un escudo grabado en zafir. 

Hace siete siglos que alzó por doquiera 
esa insignia sacra. Y al ir y venir 
de muchos instantes, parece que fuera 
esa amplia bandera, la del Porvenir... 

Bandera de ensueño, bandera de- lumbre, 
para tí^es pequeña la más alta cumbre, 
la más vasta cumbre del Huarisancar... .. ■■, 

jUno de tus pliegues, bandera de afanes, 
ocultar bien puede todos los volcanes, 
el cielo, la tierra, los astros y el mar! 

A vuelta de cuanto hasta el presente llevamos dicho, fácil es apreciar 
el puesto de perfección y entusiasmo que ocupa el ideal del Poverello en 
el lienzo vastísimo de la literatura americana. Si es verdad, — como se lo 
dice Añíbarro al Santo — que 

Brotó la nota célica escondida 
en el salterio de tu amor profundo, 
y con ella la pauta de la vida 
que levantó de su sepulcro al mundo (1). 

no creemos aventurado suponer que los reflejos de esa nota célica, regu- 
lados por lu pauta de la vida, son los que hoy fulguran en la inspiración 
de sus más ilustres literatos contemporáneos, cuando cantan de cara al 
sol, y cantan con esas inflexiones de resignación mansa, que palpita en 
estos versos de Fernando Fortún: 

...No sufro más dolores 
que el dolor infinito de soportar la vida 
monótona y silente, guardando los amores 
divinos, hasta el úHimo día de la partida (2). 

¡Ah, bien hacen en tomar a Francisco de Asís, ix)r guía de su labor 
poética, pues mejor guía no puede darse en lo humano! Por algo canta 
uno de ellos: 

Jamás ningún Poeta, 
ningún hombre de ciencia como Francisco halló 

esa virtud secreta . 
que hace que toda cosa se anime con su voz (3). 



-(i) Heraldo Seráfico, 1922, p. iis. 

(2) La hora romántica, Madrid, 1907, p. 87. 

(3) Rogelio Sotolla, en Heraldo Seráfico, 1922, p. 328. 



— 342 — 

Y esta su voz, voz de paz, de amor, de ternuras, continúa emitiendo ca- 
dencias inefables bajo las brillanteces del cielo americano. 

Sí — exclama el gran orador D. Ramón Ángel Jara— vive aún Francisco entre 
nosotros. Vive en sus obras, que subsisten ; vive en sus hijos, que le - imitan. Las 
comarcas todas... han escuchado su voz, y hasta nosotros, en este rincón lejano, le 
hemos visto brillar como preciosa joya de la corona de nuestra Iglesia. Nuestros 
mayores nos han legado una profunda veneración a ellos. Los amamos con ternura, 
el pobre los llama sus amigos y hasta el salvaje araucano los bendice (1). 

Al cerrar, con esto, el estudio de la influencia del Autor del Cántico di 
Frate Solé en el mundo literario íbero-americano, creemos sinceramente 
que lo expuesto basta para comprobar que ninguna lengua conocida le 
cantó más ni se embebió tanto en sus ideales, como la de nuestra raza, 
variada en sus modalidades, pero única en el fondo y en los sentimientos. 
¡Dígnese, el Serafín de Asís, otorgamos en premio, que los que esta len- 
gua hablamos no lleguemos tampoco a tener sino un solo corazón. Somos 
— al decir de una pluma germana — 

la raza de las grandes hazañas, de las aventuras sobrehumanas, (que) después 
de haber grabado su planta victoriosa en todos los campos de batalla del mundo y 
de haber dejado la estela luminosa de sus naves en todos los mares de la tierra, 
'rgra conquistar el tercer elemento (2) 

con el vuelo de España a América, llevando a la cabeza al capitán Franco, 
renovador, hasta cierto punto, de la hazaña de Colón. Ambas hazañas, la 
de Colón y la de Franco, ostentan sello franciscanista (3). Si la primera 



(1) Obras Oratorias, t. L Santiago de Chile, Tip. "La Gratitud Nacional". 
1920: panegírico del Santo. — Resultante de estos entusiasmos franciscanistas, es la 
esplendidez con que en América se celebra el VII Centenario. Todos tienen a gloria 
lomar parte en él, a imitación de los PP. Agustinos, de quienes dice Fr. Valeriano 
Tango, O. S. A., en Ecos del Valle, de Panamá: "Los PP. Agustinos... hemos cele- 
brado también cultos especiales" (Vid. "San Antonio", de La Habana, cit, 1926, 
p. 671). "¡También nosotros!" puede responder cada una de las diversas clases 
sociales, con los Seminaristas Terciarios de Buenos Aires (Vid. "El Plata Será- 
fico", cit., 1926, pp. :^25-?'>6). Muchos son, además, los monumentos al Santo que se 
proyectan en la capital de la Argentina y otros puntos, llegando en Colombia a aco- 
meterse, en su honor, la construcción de yna basílica nacional. La Prensa, Por su 
parte, no se queda en zaga, dedicándole números extraordinarios, como el de La Na- 
ción, de Buenos Aires (2 de octubre), donde hay trabajos tan notables, como El 
Seráfico", de Leopoldo die Lugones; "San Francisco de Asís y el arte religioso , de 
José González Castillo; "Hermano Lobo", de Gustavo Gallinal, y "Pax et Bo- 
num", de Roque C. Otamendi; y esto, sin perjuicio de que repitan muchos de dios, 
a tenor de Dtos y Patria, (de Sevilla-Colombia, 23 oct., 1926): "Por razones de filia- 
ción religiosa y por los grandes amores que nos unen al sayal franciscano, publica- 
remos en varios números diversos escritos relacionados con la personalidad del San- 
to". ¡Gloria al Genio de Asís! . 

(3) "¡Salve, España!", art. del diario alemán argentino Deustche La Plata Zet- 
tunq, cit. en La Región, de Orense, 4 de marzo, 1926. 

(3) Los Franciscanos de la Rábida bendijeron a Franco — como un día a Colon— 
en el momento de la partida, y los Franciscanos de Buenos Aires fueron los encar- 
gados por el Gobierno Argentino de oficiar en la Mis* de Campaña que se celebro, 
a la llegada de los aviadores, al pié de la estatua de Colón. Añadiremos, como por- 
menor curioso, aue una tía carnal de Franco es Religiosa Clarisa en el Convento de 
la Coruña, en donde ejerce actualmente el cargo de abadesa. 



— 343 — 

unió Airiérica a España, para recibir de ésta todos los elementos de la ci- 
vilización católica, ¿por qué no ha de servir la segunda para extrechamos 
de nuevo en las efusiones del amor seráfico, hasta el punto de que nues- 
tras glorías nacionales las consideremos mutuamente como propias unos 
y otros, puesto que todos somos miembros dé una misma gran familia?... 

¡Oh, las glorías nacionales, 
dulce alivio de mis males, 
mi ilusión, mi fe, mi encanto! 
Como español, las aliento; 
como cristiano, las siento; 
como trovador, las canto. (1). 



(i) "Versos de juventud", de Pascual Lull Jiménez, publ. en la Rev, Oro de 
Ley, de Valencia, 1925, p. 33. 



^ 



PARTE TERCERA 



FRANCISCANISMO EN EL ARTE 



«No conozco ningún país en 
Europa (exceptuando a Italia, 
que, por ley natural, y por la 
sola existencia, del Giotto, tenía 
que llevarse en esto la prima- 
cía) donde la idea franciscana 
se haya expresado mejor en el 
arte.» 

(E. Pardo Bazán, Por la Es- 
paña Pintoresca.) 



San Francisco de Asís y las Bellas Artes.'- Renachmento artístico, nacido 
en torno al sepulcro del Santo. - El arte bizantino y el arte ojival. - La 
Basílica de Asís, primera de estilo ojival en Italia. - Arquitectura relativa 
a nuestros edificios españoles. - Modalidades que le imprimen los Fran- 
cisca^ws en las diversas regiones de la Península. - Principales edificios 
franciscanos en Galicia, Vasconia, Castilla y Aragón. - San Juan de los 

Reyes, de Toledo 



Cúmplenos estudiar, en esta Tercera Parte, un nuevo aspecto de la 
actuación del Seráfico de Asís, en lo concerniente a los pueblos hispano- 
americanos; el relativo a las Bellas Artes-(i). Mal podían las Bellas Artes 
sustraerse a la influencia renovadora del Pobrecillo de la Umbría, hallán- 
dose su vida tan íntimamente ligada a la de la literatura, y moldeándose 
una y otra en el ambiente de las públicas y privadas costumbres, cuya ele- 
vación-moral adquiere sus más espléndidos grados de encumbramiento en 
las exquisiteces subidísimas de la mística seráfico-española que es — por 
decirlo con frases de Alfonso Pérez Nieva — 

una mística rebosante de alegría, de entusiasmo por la naturaleza, obra de Dios. 
E! rudo sayal— añade — , los pies descalzos, el mendrugo de pan comido al borde 
del arroyo, no son incompatibles con el gozo que despierta lo creado; y el humilde 
de los humildes, el que ha hecho voto de pobreza, canta en versos henchidos de con- 
tento... las delicias de la vida sin poseer nada positivo fuera del aire, de la luz, de la 
placidez del campo, de la armonía de las aves. E*— concluye — una mística de son- 
risa, de beatitud satisfecha... (2). 



(i) Tan ardua es esta empresa, que casi casi tenemos que cerrar los ojos — por te- 
mor a desalentarnos en ella — para no leer las siguientes frases de Menéndez y Pe- 
layo, que dicen: "Sería de todo punto temerario... aquí, amén de ocioso, un estudio 
acerca de San Francisco y su influencia en el arte. Temas de tal magnitud no deben 
tocarse por incidencia, cuando no hay seguridad de decir algo importante y nuevo". 
(Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, cit., t. II, p. s). Disculpe nuestra audacia el 
deseo de presentar, reunido en estas páginas, cuanto sobre el particular ha llegado a 
nuestras manos, dejando para otros ingenios la tarea de realzarlo y engrandecerlo 
con nuevas investigaciones y personales estudios técnicos. 

. (2) "Las dos iglesias del Convento (en Asís)", publ. en La Esfera, cit., 23 sep- 
tiembre, 1926, p. 4. 



-348 — 

JPor manera que, aun tratándose de las Bellas Artes, puede sostener- 
se con Micaela Díaz que 

dificil, más todavía, imposible cosa es hallar doctrina dotada de un dinamismo 
cordial, como la que brota de la clara fontana del franciscanismo (1). 

Y es que la transformación social, llevada a cabo por Francisco a im- 
pulso de las efusiones inagotables del amor, despertó en los que le suce- 
dieron ideales más tiernamente artísticos que los que podían proporcio- 
narles las ya trasnochadas normas del bizantinismo histórico, dueño, a la 
sazón, de los dominios del arte. Esta escuela, antes omnipotente, que hizo 
surgir la mole basilical de San Marcos de Venecia, con sus majestuosas 
arcadas, sus severas bóvedas y sus imponentes cúpulas, era ya incapaz de 
satisfacer los anhelos de una sociedad renovada por el espíritu seráfico 
del Fundador de los Menores, puesta en contacto con la naturaleza. Vien- 
do esta sociedad al PovereUo comunicándose hasta con los seres inanima- 
dos, a los que distinguía con el dulce nombre de hermanos, exigía que el 
arte, en sus manifestaciones múltiples, se animara con tal impulso de 
vida, renunciando a su rigidez, a su frialdad,' a su inexpresivo aspecto. En 
una palabra — diremos con el P. Oriol de Barcelona — . ■ 

así como al morir Jesucristo, nació un nuevo sistema de arte que empezó por 
florecer en las sombrías catacumbas, del mismo modo, sobre el sepulcro de San 
Francisco, se forma un nuevo arte que^tiene muchos puntos de contacto con el de las 
catacumbas (2) . 

Es, en efecto, la gran Basílica edificada sobre la tumba gloriosa del 
Santo el monumento orientador de la nueva florescencia artística, no solo 
f de Italia, sino de todo el mundo civilizado. Califícala Prudenzzano de 

cuna del arte italb-cristiano, 

Nencioni de 

nueva Divina Comedia, 
Castelar de 

una de las más bellas cumbres del espíritu humano, 
Venturi de 



(i) Franciscanismo", publ. en Lectura Dominical, de Madrid, 1926, pp. 296-297. 
(2) "San Francisco y el Arte", disc. publ. en Estudios Franciscanos, de Bar- 
celona, cit., 1922, p. 3s8. 



— 349 — 
la más preciosa casa de oración de que puede enorgullecerse la tierra, 

y Melani de . 

la más ilustre escuela de la pintura del trescientos en Italia y monumento único 
que resume la evolución estilista de la pintufa nacional, desde fines del siglo XIII, 
en el arte cíclico de Giotto y sus seguidores (1); 

y aunque hay en el techo de Asís — alegaremos con Manuel Siurot — contornos 
«jue no lo son, ausencias del detalle, perspectivas que no se deciden y una caracterís- 
tica dureza, está allí por primera vez el aire queriendo manifestar su transparencia, 
!a luz afanándose en pintar el color, y aquellas caras y manos afiladas mostrando ya 
en sus nervios la primera sensación de vida (2). 

Para formar el relicario augusto de esta cuna del nuevo arte, eligióse, 
entre los estilos arquitectónicos en boga, el ojival, desconocido por enton- 
ces en Italia. Pasa por autor de los planos de la Basílica, el célebre Nico- 
lás DE Pisa, que representa, como arquitecto, en el renacimiento italiano, 
igual papel que Dante en la literatura y Giotto en la pintura, y al cual 
se debe la construcción de los conventos de Franciscanos en Florencia y 
de San Antonio en Padua. Así, pues, viendo a Nicolás de Pisa construir 
en la tierra del arte el primer templo gótico, a Giotto decorarlo con las 
primeras creaciones pictóricas de su renovador procedimiento para dar 
vida allí a las escenas salientes de la actuación del Seráfico y a Dante 
abrir nuevo cauce a la corriente literaria de Europa con su Divina Co- 
media, en la que reconoce su filiación franciscana, bien pueden repetir lite- 
ratos y artistas, contemplando la ciudad natal de San Francisco, con el 
propio egregio poeta: 

no la llaméis Asís, pues os quedáis cortos ; llamadla Oriente, si queréis hablar 
con propiedad. 

No hemos de ponderar, ahora, nosotros la influencia de este grandioso 
monumento en la arquitectura mundial. Para Italia, constituye, desde lue- 
go, el punto de partida de una serie interminable de primorosas cons- 
trucciones, siendo los Franciscanos los primeros en hacer suyo el estilo 
ojival de la Basílica, cuya iglesia inferior vemos terminada en 1230, en 
tanto que la superior lo es en 1253. Hasta tal punto adoptaron los Frailes • 
Menores este estilo para sus templos, que llegó a ser conocido con el nom- 
bre de estilo arquitectónico franciscano, en el cual entra de lleno el tipo 
ojival, si bien amoldándose a los gustos y costumbres de cada región de- 



fi) Vid. P. León Bracaloni, L'Arte Francescana, etc. Todi, 1924, p. 108. 
(a) "Asís", publ. en Cada Maestrito..., revista de Huelva, núm. de 15 de sep- 
tiembre 1925. 



— 350 — 

terminada y al espíritu de j^breza de la Orden, que no permitía derro- 
ches de fastuosidad en los edificios. Merced a tales circunstancias, lo que 
podemos llamar estilo franciscano, reviste en cada parte modalidades di- 
versas, dentro del plan común del gusto ojival, agrupándolas el P. Fac- 
CHiNETTi, por lo que respecta a Italia, en cuatro clases : la umbro-toscana, 
la veneciana, la emiliana y la lombarda (i). 

Por lo que respecta a nuestra Patria, era ya conocido el estilo ojival 
de muchos años atrás, manifestándose sus primeros destellos en el inmor- 
tal Pórtico de la Gloria, construido en 1188 por el Maestro Mateo, a la 
entrada en la gran Basílica Compostelana (2), y perfeccionándose y enri- 
queciéndose progresivamente, por influencias de nuestro carácter de raza, 
por imposiciones del clasicismo y por elementos del arte islámico, hasta 
constituir algo propio nuestro: el arte nacional. Entre la época del Maes- 
tro Mateo y el año 1591, correspondiente a la terminación de la giróla 
y capilla mayor de la Catedral de Segovia, corre el período más lozano de 
desenvolvimiento de este arte, sustitutivo del románico, culminando sit apo- 
geo durante todo el siglo XIII, en que se elevan al cielo catedrales como 
las de Cuenca (comenzada en 1208) y la de Burgos (en 1221), y no ini- 
ciándose su decadencia hasta 1321 (3). 

La parte que en tal empresa corresponderá la influencia de la Basí- 
lica de Asís, no es fácil determinarla concretamente; pero puede vislum- 
brarse algún tanto, dado el espíritu de la Orden Seráfica, que hallaba la 
arquitectura ojival, como dice Lampérez, 

ideal en sus elementos y en su inspiración, 

en que 

el arte cristiano se desliga de toda forma antigua y las crea propias, con técnica 
hasta entonces desconocida, constituyendo una de las más asombrosas conquistas dd 
espíritu humano (4). 

De aquí, el que los Franciscanos la hayan adoptado por suya, en la 
medida de sus alcances, no sólo en Asís, sino por doquiera, y especial- 
mente entre nosotros. 



(i) Saggio ¿'iconografía francescana, Milán, 1926. - De esta obra ha hecho un 
ligero extracto, con el título "De Arte", Federico Leal, en la revista madrileña £' 
Universo, 27 de agosto, 1926, pp. 13-14; y en él nos recuerda la frase aquella de 
BossuET en que proclama al sublime mendigo de Asís por "verdadero padre del arte 
italiano". 

(2) Merece consultarse sobre el particular el precioso estudio arqueológico-doc- 
Irinal El Pórtico de la Gloria (Santiago, tip. El Eco Franciscano, 1926, en dos to- 
mos) de M. Vidal Rodríguez, en el que se hallará una copiosa bibliografía sobre el 
mismo asunto. 

(3) Vid. Vicente Lampérez y Romea, Historia de la Arquitectura Cristiana Es- 
pañola en la Edad Media, t. II, Madrid, 1909, pp. 13-14. 

(4) Ibid., loe. cit., p. 8. 



— 351 — 

Parece como que la Orden de Asís — exdama un escritor — se hizo durante él si- 
jrlo XIII ^ ios siguientes la enamorada protectora del arte ojival. Mil doscientas 
iglesias gótiras levantadas en medio siglo y dedicadas al Santo, testimonio son de los 
lazos que unían a esta hermosísima ' arquitectura con la Orden de hermanos menores. 
Al morir en mal hora el arte gótico, asesinado por el frío renacimiento en el si- 
jflo XVI, en brazos de los Frailes Franciscos exhala los últimos alientos de su 
preciosa agonía (L). ^ 

A estas tan elocuentes palabras, añade el propio escritor las que á 
continuación copiamos, como reveladoras de la difusión de esta su em- 
presa por la Península: 

También en España sembraron los hijos del humilde Santo, la semilla gótica. 

Semejante siembra, manifiéstase, en efecto, no en el corte aristocrático 
de las grandes catedrales, en cuya construcción no escaseaban los recursos, 
sino en el sentido de adaptación del mismo a los edificios modestos: em- 
presa que, en algunas regiones como Galicia, se capta el concurso de los 
Religiosos Dominicos, llegando juntos a constituir algo así como el ojival 
popular, difundido luego ampliamente hasta por las aldeas más humildes. 
A semejanza de lo que ocurría en Italia, también en España el nuevo es- 
tilo se pliega a las influencias del medio ambiente, sin por eso perder su 
fisonomía peculiar: 

La arquitectura franciscana... — dice Lampérez — tiene variadísimas manifestacio- 
nes, de acuerdo con las características del país; así, es catalana en la de San Fran- 
cisco de Palma de Mallorca; toledena, en San Juan de los Reyes, de Toledo; gallega, 
en San Francisco, de Lugo; mudejar, en el Convento de la Rábida. Es en Galicia, 
añade, donde la arquitectura monástica de franciscanos y dominicos, tiene una ma- 
uifestación especialísima, completa y uniforme (tratándose, por supuesto! de la de 
tiempos de la Edad Media), por no decir idéntica. Bien avenidos estos institutos por 
su pobreza y humildad, con el estilo románico arraigado en las construcciones popu- 
lares gallegas y con la sencillez a que obligan los toscos materiales del país (gra- 
nito, madera), adoptaron a sus necesidades y a sus ideales el estilo gótico gallego 
de transtcióot y la planta de San-Gall. No creo — ^termina diciendo— que se conserve 
ningún convento completo en Galicia; pero de lo existente, parece deducirse que 
sólo la iglesia y el claustro y el capítulo se construían con relativa monumentalidad, 
pues lo demás era reducido y pobrísimo (2). 



(i) "San Francisco de Asís en las Bellas Artes", publ. en El Pensamiento Es- 
pañol, cit., 1868, p. 647. 

(2) Op. cit., loe. cit., p. SI 17. - Jesús Carro García, nos dice en "La monu- 
mentalidad en Galicia" (publ. en la Rev. Domeqc en Galicia, Coruña, núm. de julio, 
1926, p. 09), que las iniciativas arquitectónicas de Franciscanos y Dominicos vinieron 
5_ perturbar la marcha de la arquitectura regional, imitadora del Maestro Mateo. 
añadiendo que éstos "al construir sus templos y conventos, lo hicieron ya con un 
Rusto ojival y con un sello propio de su Orden". Entre lo construido ya con arreglo 
a este nuevo tipo cita, aparte de lo propio de ambas Ordenes y de la de Santa Clara, 
una portada y nave de la Trinidad, en Orense, y una linterna del crucero de la cate- 



— 352 — 

A esta tan laboriosa empresa arquitectónica de los Franciscanos, debe 
el arte nacional no pocos de sus antiguos monumentos. Galicia Iq^ conserva 
tan brillantes, como la arcada ojival de mediados del siglo XIII, que se 
admira en el convento de San Francisco de Santiago, los templos de San 
Francisco de Pontevedra, Betanzos y Noya (declarado el primero Monu- 
mento Nacional), el de San Francisco de Orense (cuyo claustro fué tam- 
bién declarado Monumento Nacional en ii de septiembre de 1923), y, por 
último, el de San Francisco, de Lugo, al cual el citado Sr. Lampérez re- 
puta por 

monumento típico de la Orden y de la región (1). 

De no menor mérito debían ser los enclavados .en Vasconia, de uno de 
los cuales — el de San Francisco de Bilbao, edificado en 1475 con primores 
del arte ojival combinados con el arabesco — nos dice Juan Ernesto Del- 
MAS, que • 

fué una de las obras más suntuosas de su tiempo, y... su iglesia no tenía rival, ni 
por su tamaño, ni por su belleza, entre cuantas se habían fabricado dentro del terri- 
torio de las Provincias Bascongadas. 

De su mérito, podemos formarnos idea — escribe el P. Juan R. de La- 
RRiNAGA — a la vista del Semanario Pintoresco Español, del día 6 de mar- 
zo de 1853, PP- 73"4» 6^ donde hallamos 

un doble testimonio, gráfico y descriptivo a la vez; el primero, en el dibujo: 
San Francisco de Bilbao, del fecundo Pancho Brincas, que representa, a través de 
tina de las portadas de aquél, algunos detalles de su interior, como trozos de su bó- 
veda, de la cornisa general, un sepulcro muy hermoso, un gracioso ventanal, etc., ; y 
d segundo, o sea el descriptivo, en el artículo que, abogando por la conservación de 
dicho templo, amenazado de ser derribado como su gran convento, escribió el 21 de 
noviembre de 1852 el crítico de arte F. L. de Moniz, 

en el que pondera su gallarda nave, sus preciosas ojivas, sus variados en- 
terramientos, sus agrupadas esbeltas columnas de distintos gustos y sus 



dral orensana (siglo XV) ; una portada de Irice Flama (s. xiii) ; las iglesias de San- 
tiago y^Sta. María del Azogue, en Betanzos (s. xiv) ; la San Martín de Noya (s. xvi). 
la sacristía de Osera, y la famosa cocina de Sobrado de los Monjes (s. xv). 

(i) Los grandes monasterios españoles (de la "Colección Popular de Arte"). 
Editorial Calleja, Madrid, p. 53. - Por no ser demasiado prolijos, no hacemos 
aquí la descripción de éstos y otros edificios franciscanos. Del de Betanzos nos dice 
Pardo BXzán: "La iglesia de San Francisco, panteón general del señorío de Be- 
tanzos, privada ya de su claustro bellísimo, pide con urgencia reparación". (Por la 
España Pintoresca, t. 32 de la "Colección Diamante", Barcelona, p. 189). Por fortu- 
na, hállase ya restaurado, merced a los PP. Franciscanos; que de él tomaron pose- 
sión en 1915. 



-- 353 — 

lindos adornos de delicada crestería, doseletes y caprichos arabescos, cons- 
tituyendo 'todo ello un conjunto de inimitable belleza (i). 
A tenor de este edificio sagrado, 

sería notoria injusticia — alegaremos con Cristóbal de Castro — olvidar los tem- 
plos de Santa Clara (1232)... y San Francisco (1242), construcciones erigidas en la 
creciente villa de Vitoria durante el reinado del rey santo, y que han guardado hasta 
nuestros días algunos miembros arquitectónicos, tales como las bóvedas y las porta- 
das, con el noble sello de aquel arte juvenil y grandioso que disputaba el dominio 
del mundo religioso al ya vencido estilo románico (2). 



(i) La tradición artística en la Provincia Franciscana de Cantabria, cit., pp. 47 
y sig. - Capole a este edificio igual suerte que a tantos otros cuya pérdida lamenta' 
un redactor de El Pensamiento Español (loe. cit.), al exclamar: "¡Cuan hermosos 
son algunos conventos e iglesias ! ¡ Qué preciosidad el convento e iglesia de San 
Francisco de Barcelona I No queremos recordarlo : el corazón se cubre de luto y no 
se puede reprimir un ¡ay! de dolor. Flor delicada que hace treinta y tres años tron- 
chó en mal Hora el vendaval de la civilización moderna. En el civilizado siglo xix se 
entregó a las llamas el precioso templo dedicado a aquel Santo". 

Parecidos lamentos exhala Pardo Bazán a la vista del de Medina de Rioseco. 
"Vimos también, escribe, el derruido convento de San Francisco... ¡oh, dolor I Ape- 
nas hay ciudad en España donde el convento de San Francisco no esté desmoronado y 
abandonada su iglesia. El de mi pueblo (Coruña)..., dedicado a presidio primero y 
a almacén de maderas después ; el de Guadalajara, guardando el material de Ingenie- 
ros; el de Avila, sirviendo de establo a bravios novillos... Y este de Medina de Río- 
seco, que poseyó toda clase de riquezas artísticas, que tiene porte de Catedral, aun luce, 
en su abandono, interesantes restos del antiguo esplendor... No costará mucho restau- 
rar tan bella iglesia. Parte de sus notables vidrios de colores, los aprovecharon para 
una Capillita las Hermanas de la Caridad" (Por la España Pintoresca, cit., pp. 13.I-34) ; 
y en cuanto a su magnífica verja de dos cuerpos, rematados por cinco medallo- 
nes con figuras — obra ejecutada por A. B. Andino en 1532 — , hállase hoy en la igle- 
sia de Santa María, en donde se conservan también algunas de sus preciosas alha- 
jas y ornamentos, debidos a la munificencia de los Almirantes de Castilla. Dice el 
Bachiller Villalón (cit. por José Martí y Monsó, en Estudios histórico-artísti- 
cos relativos a Valladolid, etc., p. 488), hablando de la mencionada verja: "a mi 
ver, excede a las siete maravillas del mundo". 

Por íó general, los edificios franciscanos debían su existencia a la generosidad 
de los pueblos, mas bien que a recursos de las Comunidades. Cuando en 1658, a con- 
secuencia de la explosión de un polvorín, quedó reducida a escombros parte de la 
Coruña y el convento de San Francisco, son las autoridades coruñesas las primeras 
en solicitar ayuda de las demás de Galicia, para levantar de nuevo este último. 
"Con que se halla, exclaman, esta ciudad con el desconsuelo que se deja conside- 
rar, y particularmente siendo acabada la comunidad de San Francisco, siendo en 
su estimación la primer parte y principal con que tenemos todos el mayor consuelo, 
y así, de orden de estos señores (los del "Real Acuerdo") represento a V. S. este 
subceso, para que, continuando su piedad, la cvercite con los religiosos de Nro. Pa^ 
dre San Francisco, para que, con st^ ayuda, y de todos nosotros, puedan volver a 
edificar su templo y tener casa en que vivir, y este pueblo no^ carezca del bien qué 
recivía desta comunidad". A semejante invitación correspondió el concejo compos- 
telano con la suma de mil reales, "por ser para obra tan meritoria, y de mucha ca- 
ridad y servicio de Nro. Señor" (Vid. Pablo Pérez Costanti, Notas viejas gali- 
cianas, cit. t. I, 1925, pp. 70-71)- 

(2) Catálogo monumental de España. Provincia de Álava, Madrid, Ribadenei- 
í?' 191S, p. 157- — En las pp. 84-85, describe históricamente el convento de San 
Fíancisco, afirmando que fué el principal de la Orden en el Norte y "uno de los 
TOejores que había en nuestra nación", y que "se celebraron en él las juntas gene- 
rales de Álava y sesiones del Ayuntamiento". También habla en las pp. 88-qo del 
Convento fr£^nciscano de San Antonio en la misma ciudad, ilustrándolo con un gra- 
bado. — ^Es de suponer que el arte ojival tuviera muchos imitadores en las Vascon- 
gadas, dado el número de Franciscanos y Terciarios de aquella región. A fines del 
siglo XV, eran Terciarias de hábito descubierto, todas las sororas de las ermitas de la 
^illa de Oñate, (P. José A. Lizarralde, O. F. M.. Andra Mari, Bilbao, Dochao de 
L-riguen, 1926, p. 99), y en su suelo, en Arántzazu, fué donde fundó Fr. Pedro dé 
Oñate los Tercerones de San Frmicisco, aprobados en 1501 por Alejandro VI: fue- 
ion de corta duración. (Id., ibid., pp. 99-100). 



— 354 — 

Este mismo autor (pp. 229-230) da gran importancia a nuestro con- 
vento de San Andrés de Murga — la Bastida — (1471), 

uno de los más grandes de la Provincia de Cantabria. En pié— añade — ^no quedan 
más que los lienzos del claustro y el esqueleto de su arquería; alguna torre que son- 
ríe por sus ventanas derruidas, como una calavera por su desdentada boca; tal cual 
machón robusto afianzado a la eternidad como el brazo de un titán al suelo; aquí 
un muro donde las claraboyas desoladas producen el dolor de pupilas ciegas; allá un 
ara de altar por donde, como en la oda de Rodrigo Caro a Itálica, crece y se ex- 
tiende el jaramago (p. 230). 

Para provistar de agua al Convento había un largo acueducto, con 10 puentes y... 
pilares de sillería "que denotan la consistencia y solidez de construcción tan interesan- 
te, por ser tal vez la única de este género en toda la provincia de Álava" (sólo hay en 
pié uno dé los puentes y varios pilares). 

¿Y qué diremos de los edificados en partes de Aragón, Cataluña y Ma- 
llorca? Del de Zaragoza, dice Ceán-Bermúdez, ser 

monumento respetable... de arquitectura gótico-tudesca, 

comenzado en 1286 y terminado en 1360. 

Su iglesia, añade, era de una sola nave... de doscientos cuarenta y seis pies de 
largo y setenta y cinco de ancho (1). 

En 142 1, comenzaba Miguel Navarro los claustros notables de San 
Francisco el Grande, de Valencia, pagándosele por cada arcada cien flori- 
nes (2). Finalmente, el señalado por Lampérez como característico de la 
arquitectura franciscana catalano- valenciana, merece al P. Oriol de Bar- 
celona este elogio ponderativo: 

El suntuoso convento de San Francisco de esta ciudad (Palma) bastaría por si 
solo para dar una idea del desarrollo del arte franciscano en Mallorca. Hable, sino, 
aquella magnífica iglesia, con sus retablos y sus imágenes y sus lienzos; hablen 
aquellos claustros que, si bien lloran desconsolados el miserable abandono porque 
lian pasado, conservan, con todo, algunos girones de lo que un tiempo fueron (3 ). 

Francisco de Herrera, arquitecto y escultor, la enriqueció en el si- 
glo XVII, con 

la magnífica portada principal, obra grande y majestuosa por su altura y ornatos 
de no mal gusto de arquitectura, aunque afeada con algunos colgajos y moños, pero 



(i) Eugenio Llacuno y Amirola, Noticia de los arquitectos y arquitectura 
de España, con adiciones de Ceán-Bermúdez, t. I, Madrid. En la Imp. Real, iSag» 

pp. S4-."5.';. 

(2) Id. ibid., loe. cit. pp. 95-90. 

(3) Discurso cit., publ, en Estudios Franciscanos, cit., p. 364, 



— 35S — . 

de muy buena escultura, pues que se ven en ella cuatro grandes estatuas, la de San 
Jorge en lo más alto del arco exterior, la de la Virgen Inmaculada sobre la columna 
o pilastra que divide las dos puertas contenidas en él, y abajo, al uno y otro lado, 
las de San Francisco y el Sutil Escoto; todo ello trabajado con mucha diligencia y 
buen gusto en la hermosa piedra de Santañí (t). 

Con los ya citados edificios franciscanos corren parejas los de Castilla. 
El de Burgos, comenzado poco antes de 1256, se debe a la generosidad de 
D. Ramón Bonifaz, que tanta parte tuvo en la conquista de Sevilla. 

La buena arquitectura gótica de la iglesia, observa Ceán-Bermúdez, manifiesta 
el estado y gusto que había en el reino por aquella edad (2). 

También es notable el de Santa Clara de Toro, mandado reedificar en. 
1408 por Juan II, y cuya primera fundación llevó a cabo en 1255 la hija 
de Alonso el Sabio, Doña Berenguela (3). Con respecto al de la misma 
Santa en Tordesillas, en el cual construyó una capilla el Maestre Gui- 
llen DE RoHÁN, arquitecto de la Catedral de León (4), hácenos saber 
Lampérez que 

es un monumento sin par, 

añadiendo que 

la historia, la novela y el arte juntáronse para hacerlo interesante (5). 

Es dé estilo gótico, con marcadas acentuaciones de mudejar (6). Otro 
a Santa Clara edificó en Segovia Enrique IV, al propio tiempo que cons- 
truía en la misma ciudad el suntuoso de San Antonio para los Francisca- 
nos, llamado San Antonio el Real, digno de su magnificencia (7). 



(i) Gaspar Melchor de Jovellanos, Obras, t I (publ. en Biblioteca ^dc Au- 
trres Españoles, de Ribadeneira, t. xlvi, p. 435. La descripción de la iglesia co- 
mienza en la p. 431. Débese la estatua principal del Santo, puesta en el retablo, a 
Jaime Blanquer "el mejor escultor que produjo Mallorca" (Ibid., p. 435). 

(2) Vid, Llaguno y Amirola, op. cit., loe. cit., p. 53. 

(3) Ibid., p. 87. — Se halla sepultada en el mismo, pudiendo verse la descripción fu- 
neraria en C. Fernández Duro, Memorias hist, de la ciudad de Zamora, t. II, Madrid, 
Ribadeneyra, 1882, en donde se ocupa ampliamente de la fundación de dicho Convento. 

(4) Ibid., pp. 102-103. 

(5) Los qrandes monasterios, cit., p. 53, 

, (6) Del mismo estilo es el convento de la Rábida, del cual dice Lampérez: 
Hoy, pasada una vergonzosa etapa de abandono y olvido; restaurado con cariño y 
descrito con sabiduría, el convento . de la Rábida ha adquirido sitio eminente. Y más 
debiera alcanzarlo, si los americanos, tan pródigos en viajes a la Europa llamativa, 
tuviesen conciencia de que un alto deber filial les impone la visita al lugar donde se 
engendró su venida al mundo" (Ibid., p. 58). 

(7) Vid. la descripción de ambos, en Eugenio Colorado: Segovia, Ensayo 
ae una crítica artística, Segovia, A. Sanz Martin, 1Q08. - En la pág. 204, nos hace 
saber que . había en la portería de San Antonio el Real dos estatuas orantes de los 
Keyes Católicos, asistidos respectivamente por San Francisco y Santa Clara. 



— 356 — 

Y — por no citar otros — dícenos José Ramón Mélida, hablando de San 
Francisco de Cáceres (1471), que su iglesia de tres naves, con crucero y 
cabecera de estilo ojival, es 

tan austera como la Orden para que fué construida; 

siendo también ojival el claustro (i). 

Réstanos, ahora, mencionar San Juan de los Reyes, de Toledo, man- 
dado edificar por los Reyes Católicos, y 

en cuyas paredes exteriores hicieron (éstos) colgar como por trofeo, año de 1475, 
las infinitas cadenas de los cristianos que habían libertado de la esclavitud en sus 
conquistas: monumento triunfal, mucho más noble que cuantos ostentó el orgullo 
romano (2). 

¿Qué vamos a decir de él nosotros, tratándose de una de las obras 
más clásicas del arte nacional? Imposibilitados de extendernos demasia- 
damente, nos limitaremos a transcribir las siguientes frases del Señor 
Lampérez : 

Cifra y compendio de cuantas magnificencias reunieron las artes españolas en los 
días de la unidad nacional, es el convento franciscano que fundó y elevó la Reina 
Católica, en cumplimiento de un voto, en 1476. Fué en un principio humilde y pobre, 
y contra ello protestó la gran Isabel, según un Cronista, diciendo a los frailes de la 
Bastida: "¿esta nonada me habedes fecho aquí?". Rehecho suntuosamente, no lo go- 
zaron concluido los Reyes Católicos. 

Fué autor de esta maravilla arquitectónica Johan Guas, que desde 
1459 prestaba sus servicios artísticos en la Catedral Primada (3), deján- 
dolo tan perfecto y acabado, que no es maravilla se le señale aun hoy día 
como de lo mejor entre lo mejor de España. Pascual Lull Jiménez, en 
su recorrido alegórico a través del cam^x) de nuestras glorias patrias, al 
poner los ojos en las arquitectónicas, declara sus preferencias por el mis- 
mo, al sostener que su ideal sería 

Correr valles y poblados, 

y al fin, con los píes cansados, 

siguiendo imperiosas leyes. 



(i) Catálogo monumental de España. Provincia de Cááceres, t. II, pp. .38-3Q. 
(2) Llaguno y Amirola, op. cit., p. 113. 

/s) Vid. Los grandes monasterios, cit., pp. 42-43. - La obra de este artista 
fué completada en siglos posteriores por otros artistas de renombre, entre ellos, por 
VergarA el Viejo (Nicolás), al cual Felipe II, siendo Príncipe, encargó la cons- 
trucción de la fachada principal del Convento, y por Juan Bautista de Monegro 
(1609), que hizo la de la iglesia, según planos corregidos por Covarrubias. Con 
dibujos de Monegro — añade Llaguno y Amirola — "se hicieron después las puer- 
tas y el pretil que circunda la plazuela que está delante. Diseñó también las esta- 
tuas que se mandaron hacer entonces, y acaso labraría por sí mismo algunas" (Op. 
cit, t. III, pp. lio y 117). 



— 357 — 

buscar fuerzas y reposo 
en algún claustro precioso 
como San Juan de los Reyes. 
Y allí, con voz reverente, 
bajo la luz esplendente 
de una ojiva soñadora, 
recitar pausadamente 
una estrofa incandescente 
de la Mística Doctora (1). 

Por desgracia, el San Juan de los Reyes actual, dista mucho de ser el 
de antiguos tiempos. Ha muy pocos años, escribía a este propósito Pardo 
Bazán: 

San Juan de los Reyes, como nadie ignora, se halla entregado a restauradoras 
manos, muy inteligentes por cierto: las de Arturo Mélida. Pero, ni Mélida pudo, 
ri en realidad puede nadie evitar la mezquindad que aflige al arte arquitectónico mo- 
derno, al intentar una imitación del estilo del XV, en el edificio destinado a servir 
(le Escuela de Industrias artísticas... La restauración del claustro está hecha con su- 
ma felicidad y primor: los monstruos de las gárgolas son un prodigio por su dibujo 
y su desempeño, pero la piedra blanca me lastima los ojos y me desilusiona. Por mi 
fortuna, he visto el 'claustro de San Juan de los Reyes antes de que se intentara 
restaurarlo: le he visto con zarzas, con yedra, con ortigas, contemplativo, desolado, 
con la hermosura de lo ruinoso. Hoy, aquello es una nebulosa arquitectónica, sor- 
prendida en el desorden de la creación: aquí surge un león partido en dos mitades, 
por un lado las ancas, por otro la formidable testa aureolada con su melena ruti- 
lante ; allí empieza a retorcer su hojarasca el cardo y la vid ; allá una alimaña que 
se encrespa queriendo destacarse del bloque de granito, que aun aprisiona sus nervio- 
sos miembros... Por todas partes flechas y yugos, emblema de aquella unión conyu- 
gal, casta y fuerte, que formó nuestra gloria. El techo de alfarge del segundo cuer- 
po, s.e ostenta ya demasiado crudo y vivo en sus colores, y allá, en el fondo, quedan 
aún cámaras negruzcas, sin techo ni piso, con alto ventanaje que cae a la iglesia (2). 

La importancia capitalísima de San Juan de los Reyes, estriba en ser 
el primero en su clase, que transforma el arte gótico florido en plateresco, 
introduciendo en el primero elementos renacentistas. Así se observa, dice 
Karl Woermann, que 

la apariencia del alto interior, iluminado por* la cúpula de linterna, es neo-gótica 
en el alzado, ricamente plateresca en la ornameiitación plástica de las paredes cuyas 



büsSba tamhjl i'^V"^*^"*^^ ¿ P"^'- ^"/':^ i^ ^'y- Valencia, 1925. p. 24.-BÉCQUER 
seS^consTa en v.r nf *I° ^^ ^^" -í."^" ^^ 1°' ^^y^s oara solaz, en sus ocios literarios. 
"&riofln^V5^ K^ ^S' escritos, y Alfonso . Pérez Nieva se extasía ante sus 
de "Bl£t^^»''páf^V;"°^''^ í^ ^^^^ "^' ""^ *^«' ""«' (Vid. El buen sentido, t. IX 



"ÍKKÍ; / i^'j-v..o.., vuia uc dKuja inas que aei CJ 

biblioteca Patria", pp. 73-74). 
(a) Por la España Pintoresca, cit., p. 141-42. 



-358- 

fiajas de letreros recuerdan los de la Alhambra, y particularmente renacentista en 
el conjunto de su exhubérante pesadez (1), 

En él parece despedirse de la historia el arte antiguo, y dar sus prime- 
rizos frutos el nuevo, del que es primer glorioso ejemplar en Castilla, la 
iglesia franciscana de San Antonio de Mondéjar, terminada a expensas 
del Gran Conde de Tendilla, hacia 1508, y destruida no ha mucho, para 
emplear sus materiales ¡en la construcción de una plaza de toros!... (2). 

Resumiendo, ahora, todo lo dicho hasta el presente, podemos repetir 
•estas palahíras, sobre nuestras igleáias, del arquitecto académico Jos'ó 
Oriol Mestres: 

La arquitectura religiosa fué admirablemente aplicada en casi todas, rica en unas, 
modesta en otras y mística siempre... Desde el estilo romano bizantino en su estado 
de transición, hasta el gótico florido, o de la tercera época, pueden citarse modelos 
completos en muchos puntos de España (3 ). 

Hemos citado nada más que estos pocos ejemplares de arquitectura 
franciscana, para que sirvan como de ejemplo a los lectores, de todos los 
otros de carácter antiguo edificados en nuestro suelo (4), en los cuales no 



(i) Historia del arte en todos los tiempos y pueblos, trad. de M. H. Alcalde, 
Madrid, Edit. Calleja, t. IV, p. 353. - A este tipo obedece la construcción de San 
Francisco de Torrijos, edificado en 1492 por doña Teresa Enriquez, llamada La 
Loca del Sacramento, la cual invirtió en las obras ciento treinta mil escudos de oro. 
''Es — ^al decir de Miguel Antonio Alarcón — "una de las más maravillosas obras 
que en España nos dejó el arte gótico en el postrer período de su vida, como últi- 
ma llamarada de luz que se extingue" (Apuntes históricos de la villa de Torrija^ 
(Toledo), Valencia, 1894, impr. de F. Vives, p. 201). Destruido el edificio por los 
franceses, y restaurado en 1820-23, volvió a ser arruinado por los que lo adquirie- 
ron en tiempos de la exclaustración (Ibid., pp. 209-10). También fué destruido cuan- 
do la guerra napoleónica el convento edificado, por el mismo estilo, en Torrelagu- 
na (1S12) a expensas del Cardenal Cisneros, por mano de Juan Campero (Llaguno 
Y Amirola, op. cit., t. I, pp. 145-46). 

De tiempos del propio gran Cardenal es la Capilla Mayor de la Catedral,, obra que 
causa asombro a los especialistas. Como prueba de la protección que dispensó a las Be- 
llas Artes, diremos únicamente que nara hacer el retablo de dicha Capilla, reunió e hizo 
trabajar en Toledo a los nueve mejores escultores de la época, cuyos trabajos pueden 
verse descritos ibid., p. QO y sig., y en La Catedí'al de Toledo, Breve reseña hist., (2." 
ed., 1 905). 

Conserva, también la Catedral de Toledo varias obras y objetos, regalados por 
los Generales de la Orden Franciscana, Rmos. PP. Fr. Juan de Ñapóles (p. 55) y 
Fr. Miguel Ángel Rosas (p. 69), y por nuestro Cardenal Alameda y Brea (pp. 31-32). 

Lo propio han hecho, en la medida de sus fuerzas, a favor de sus Catedrales V 
Diócesis, los muchos Prelados franciscanos de España y América, de los cuales 
sólo mencionaremos aquí los dos suntuosos Seminarios edificados en Lugo y Burgos 
respectivamente por nuestro llorado Cardenal Aguirre. 

(2) SÁNCHEZ Cantón, op. cit., p. 22. 

(3) Cit., por el Dr. Mestres, Galería Seráfica, cit., t. I, pp. 314-15- 

(4) No tenemos datos concretos acerca de los antiguos edificios franciscanos 
en Portugal, si bien nos consta que algunos de ellos, al menos, correspondían tam- 
bién al tipo gótico. Alejandro Herculano, en Leyendas y Narraciones (t. XI de 
Biblioteca Universal, Madrid, 1813, p. 14.5), hace mención, aludiendo a Lisboa, de 
"el gótico monasterio de San Francisco, junto a su hermana mayor, la iglesia de 
los Mártires"; y en Álbum do Porto: Chchés e simili-gravuras do Marqués AbrrM 
(Empresa Gráfica A. .Universal, Porto), se ven varios grabados preciosísimos de la 
iglesia gótica de San Francisco y de la de Santa. Clara, pertenecientes, la primera al 
siglo XIV, y la segunda al xv (1416). Ambas han sido restauradas en el siglo XVir. 
no quedando de las primitivas, en la primera, sino los ábsides. - Finalmente, Karl 
WoERMANN (op. cit. t. III, p. 480), nos habla de la iglesia de San Francisco ae 
Santarem (hoy Museo), "notable por su elegante claustro de arcos apuntados . 



— 359 — 

lucen generalmente esplendores de ornamentación mal avenidos con la po- 
breza del seráfico instituto; toda vez que, aun en casos en que bienhecho- 
res generosos pretendiesen edificar a los frailes soberbios edificios, venta 
a servirles de toque de atención el ideal del humilde Fundador, expuesto en 
su Testamento por estas palabras : 

Guárdense los frailes de recibir las iglesias y moradas modestas y otras cosas 
que para ellos se edifícan, si no son cual conviene a la santa pobreza que en la Regla 
prometimos, morando siempre en ellas como peregrinos y advenedizos. 

Esto explica la resistencia de los Religiosos de la Bastida a dar a San 
Juan de los Reyes las proporciones de suntuosidad proyectadas por la 
Reina Católica, y nos descubre, al projpio tiempo, la causa de que, aun en 
los grandes templos franciscanos, reine cierta sobriedad decorativa, denun- 
ciadora de toda ausencia de lujo exajerado. No pueden carecer de ese 
sello característico ni aun sus más rumbosas construcciones. 

Lo cual, por supuesto, no quiere decir que los Franciscanos no hayan 
sido propagandistas entusiastas de la arquitectura, que pudiéramos llamar 
aristocrática, aun reservándose y prefiriendo para sí la popular. Póngase- 
les, conio a Cisneros, en ocasión para ello, y se convertirán en sus prime- 
ros y más decididos protectores, a imitación de este gran Cardenal, que 
funda la Universidad de Alcalá para refugio de la ciencia, que edifica 
excelentes Colegios destinados a doncellas pobres, para refugio de la vir- 
tud y que avalora su Catedral de Toledo con inestimables joyas, lo mismo 
de riquísima indumentaria eclesiástica, que de objetos tan valiosos como 
la célebre Custodia de Arfe, primera en suntuosidad entre todas las co- 
nocidas (i). 



(i) Vid. La Catedral de Toledo. Breve reseña (2.* ed.), Toledo, 1905. - Dicha 
Custoidia la comenzó Enrique Arfe, por encargo de Cisneros, en 1524. Hay en ella 
una Custodia exterior, toda de oro y plata, con un peso de 184 kilogramos, y otra 
interior en la que se empleó (adquirido por el gran Cardenal) el primer oro que 
vino de América para la Reina Católica. Para formarse idea del mérito de esta 
obra, baste decir que la Custodia interior, toda de oro, tiene quince mil tornillos 
para unión de sus piezas, jr está adornada con doscientas cincuenta pequeñas esta- 
tuas (Ibid., pp. 73-ÍÍ4). Dejó, además, Cisneros en la Catedral, un trozo de lápida 
del Sepulcro de Cristo, engastado en marco de plata, con piedras preciosas (ibid., 
p. 29), y magníficos ornamentos de imponderable mérito (ibid., p. 19, 37, etc.). 



.II 



Franciscanos arquitectos. - Predilección por la arquitectura. - En los pri- 
meros siglos de la Orden y en las Misiones: enseñanza misional arqui- 
tectónica. - Arquitectos célebres: Fr. Lorenzo Jordanes, Fr. Lorenzo de 
Santa Rosa, Fr. Miguel de Aramburu, Fr. Diego de Madrid, Fr. Luis 
de Barcelona, etc. - Nuestros arquitectos en América: nombres conoci- 
dos: edificios que se les deben. - Arquitectos franciscanos españoles del 
siglo XVIII: Fr. Atanasio de Aznar, Fr. Francisco de las Cabezas, 
Fr. Manuel de la Peña, Fr. Manuel Antonio Caeiro, Fr. Antonio Fer- 
nández, etc. - Actividad de Fr. Vicente Cuenca. - Arquitectos contem- 
poráneos 



Una de las primeras iniciativas de los Franciscanos en España, debió 
ser — aparte, por supuesto, de su actuación ministerial — la de la construc- 
ción de templos y moradas en que guarecerse, lo cual llevó a muchos de 
ellos, como de la mano, al conocimiento práctico de los métodos y reglas 
arquitectónicas, que les permitiesen consagrarse directamente a tal em- 
presa. 

No es posible — dado el número de sus fundaciones — que los Fran- 
ciscanos descuidasen el cultivo de la arquitectura, tan necesaria para la 
construcción de sus conventos e iglesias, muchos de los cuales— quizá la 
mayoría; — debieron ser edificados directamente por miembros de su insti- 
tuto, no obstante no conozcamos ahora sus nombres, como no se cono- 
cen tampoco los de los autores de muchos antiguos edificios nacionales. 
Hijos de un Santo que inaugura su período de conversión reedificando 
por su mano tres pequeñas iglesias de los alrededores de Asís, ¿cómo 
dejar de imitarle en este particular, sobre todo en unos tiempos en que 
los constructores de oficio no estaban en proporción numérica con la mul- 
titud de edificios sagrados que , exigía nuestro territorio, a medida que 
era reconquistado, y el territorio inmenso de América, según que se iban 
formando y poblando los miles y millares de reducciones de indios? Bien 
que muchas veces, tratándose de sus personas, imitaran a su Santo Fun- 



— sol- 
dador, recién llegado a la Verna, cuando manda construir su celda y lu- 
gar de oración con troncos y ramas de árboles, o a Antonio de Padua, 
cuando, echándoselas de arquitecto, dirige la construcción de una morada 
aérea entre los brazos del ramaje de urt árbol corpulento, cerca del cas- 
tillo de Camposampietro, para allí pasar los últimos días de la vida, sus- 
penso entre el cielo y la tierra (i), su actuación en tal sentido debía 
orientarse hacia el arte al proyectar edificios propios para el debido fun- 
cionamiento de la vida regular, o bien para el servicio y utilidad de sus 
prójimos. De aquí el que sus edificios antiguos sean considerados, no obs- 
tante su sencillez, como modelos de arte popular de la respectiva época, 
y de aquí también el que puedan figurar dignamente entre los arquitectos 
de primera nota varios de los Religiosos artistas cuyo nombre ha llegado 
hasta nosotros, y que no solo se distinguieron, como es natural, en obras 
de carácter religioso, sino también en otras diversas de utilidad pública, 
en armonía con lo que dice en su Primera Regla el Padre Seráfico: 

Los Frailes que sepan trabajar, trabajen, ejercimdo el arte que sepan, sí no es 
contra la salud de su alma (2), 

Ignoramos aun a estas fechas, la parte directiva que pudieron tomar 
en sus primeros edificios e iglesias españolas, como la de Orense, cuya 
data de origen está señalada en 1221, en documento oficial de la época, 
descubierto por el P. Manuel Bandín en el Archivo Catedral de dicha 
ciudad y del que posee copia fotográfica el P. Atanasio López; cosa tan- 
to más importante, cuanto que es el primero ciertísimo, en orden de fe- 
chas, entre nosotros, ante el tribunal de la crítica histórica. ¿Cómo pene- 
trar con paso seguro por entre los misterios artísticos de edades tan re- 
motas? 

Entre nuestros antiguos ReKgiosos arquitectos, debemos colocar el 
nombre de Fr. Fernando Bolaño, morador en el siglo XIV del conven- 
to franciscano de Lugo, del que consta que actuaba en 1333 como procu- 
rador de la obra del puente de aquella ciudad sobre el Miño, y al que 
historiadores como López Ferreiro — en Galicia en el siglo XV, San- 
tiago, 1888, p. 256 — consideran constructor del mismo (3). Ningún otro 
nombre de aquel siglo y los dos siguientes, llegan a revelarnos el cultivo 



(1) Facchinetti, La Vita di Antonio da Padova, Milán, 1923, p. 186-87. 

(2) Cap. VII. En el cap. V de la Segunda Refi:la, dice también que sus hijos 
deben trabajar fiel y devotamente, recibiendo las cosas necesarias al cuerpo, como 
precio de su trabajo. 

,, (.3) Vid. P. Atanasio López: "Artistas Franciscanos Españoles", publ. en El 
hco Franciscano, 1916, p. SQS-gó. A este trabajo, que comenzó a publicarse en la 
pagina 570 de dicho año, corresponden las noticias de arquitectos, que no aparezcan 
con indicación especial en este capítulo. 



— 362 — 

de esta rama de arte entre nuestros frailes, sin que por eso podamos 
deducir que eran ajenos entonces a ella, pues nos consta que en pleno 
siglo XVI la hacían objeto de ensieñanza para los indios en América, sobre 
todo en Méjico, en donde Fr. Pedro de Gante, fundador del primer plan- 
tel educativo del Nuevo Mundo, estableció en 1526 su célebre "Escuela 
de San Francisco", provista de salones espaciosísimos para el aprendizaje 
de Artes y Oficios, entre los cuales se contaban también 

la pintura, canto, música y arquitectura (1). 

Mirando a tiempos más cercanos a nosotros, vemos a los Frailes Me- 
nores imitar incansables a su Fundador en la faena de construir o recons- 
truir iglesias, y aun edificios de beneficencia. Ya es Fr. Lorenzo Jorda- 
nes (2), encargándose en 1638 de levantar el Hospital de í^amplona, una 
de cuyas fachadas, de dos cuerpos, dórico el primero y jónico él segundo, 
ostenta ocho columnas de piedra negra en cada mo de ellos (3) : ya es Fr. Lo- 
renzo DE Santa Rosa, que toma sobre sí la empresa de dirigir las obras 
del convento del Alcantarinos de Mondoñedo, de la Capilla de los Reme- 
dios de la misma ciudad, del palacio de Buenaire y del puente de San Lá- 
zaro, por donde pasa la carretera de Mondoñedo a Viilanueva de Loren- 
zana. A esta época pertenece también Fr. Miguel de Aramburu, llamado 
por Cean-Bermúdez 

famoso arquitecto de la provincia de Guipúzcoa, 

que levantaba el convento franciscano de Tolosa, a principios del mismo 
siglo, intervenía en el dé las Clarisas de Azpeitia (4) y trazaba la Casa Ayun- 
tamiento de Rentería, y otras obras de igual índole, no menos que los Ca- 
puchinos Fr. Diego de Madrid, a quien se debe el convento de su Orden 
en Jaén (1657) y Fr. Luis de Barcelona, que concurrió en 1660, con 
otros arquitectos, como examinador de la Capilla áú Sagrario de la Cate- 
dral de Sevilla. En Sevilla adquirió, asimismo, gran renombre el Terciario 



(i) Vid. Fe. José M.* Bottaro, "Cuarto centenario de la fundación de la pri- 
mera escuela en América", publ. en El Plata Seráfico, de Buenos Aires, 1924, p. 287. 

(2) Diverso de este arquitecto, de que nos habla el P. López, debe ser Fr. Lo- 
renzo DE JoRNES, da Cantabria, al cual señala el P. Larrinaga (La Tradición ar- 
tística, etc., cit., pp. 69-70) las obras de reparación y ampliación de la parroquial de 
Mundaca (i6.'54), las de construcción del Colegio de San Prudencio en Vitoria 
(1638-40). etc. . . 

(3) Suyo es, asimismo, el edificio de Vitoria, denominado "Casa de la Miseri- 
cordia " (1687), cuyas obras dirigió, en sentir de Cristóbal de Castro (Vid., Catá- 
logo monumental de España. Prov. de Alaz'a, cit., pp.. 90-92), el cual le presenta 
como reputado por "uno de los mejores arquitectos de su época". 

(4) Vid., P. LizARRALüE, O. F. M., Historia del Convento de la Purísima Con- 
cepción de Aspeitia, Santiago, 1921, pp. 156-58. — Otras obras, que las aquí citadas, 
se deben a este arquitecto, de las que hace mención el P. Larrinaga en Im tradición 
artística en la Provincia Franciscana de Cantabria, cit., pp. 68-69. 



— 3.63 — 

Regular Fr. Manuel Ramos, portugués de Viana de Camina, por haber 
reparado la escalera de jaspes del Palacio Arzobispal, en estado ruinoso, 
y haber llevado a cabo la atrevida escalera grande del convento de Tercia- 
rios de aquella población, situada entre dos claustros y dispuesta para ser- 
vicios de ambos, sosteniéndola ocho jaspeadas columnas de orden toscano, 
puestas de dos eri dos sobre un solo pedestal. De parecido modo se dis- 
tinguió eri Cantabria Fr. Martín de las Llanas, construyendo en 1665 
la capilla de Santa Ana en el Convento de San Francisco de Vitoria (i), 
y, por último, en Mallorca — según testimonio del P. Oriol de Barce- 
lona — 

el celebérrimo capuchino mallorquín P. Micuict. de Petra, 

construyendo la iglesia de Capuchinos de Palma, 

que no deja de ser una joya dentro de su estilo ('2). 

Más intenso, quizá, que en nuestra Patria, debía ser por aquel entonces 
este movimiento en la América Latina, en donde nuestros Misioneros, con- 
sagrados por completo a la conversión y civilización de los indios, se veían 
en la precisión de atender, no solo a la construcción de iglesias, sino tam- 
bién de conventos, y de edificios públicos y privados. Ya hemos visto antes, 
que esta necesidad de construcciones, hizo que en la primera escuela de 
Méjico instituyera Fr. Pedro de Gante la clase de arquitectura entre las 
diversas de Artes y Oficios allí florecientes; y claro está, que mal podía 
ejercerse esta enseñanza en los comienzos mismos del siglo XVI, sin con- 
tar jpara ello con hábiles profesores entre los mismos misioneros. 

Asunto es este, ciertamente, importantísimo y del cual prometía el 
P. Atanasio López en 1916 ocuparse 

en un trabajo especial, para el cual — dice — tenemos acopiados datos en abundan- 
cia (3); 

y a este trabajo — que no sabemos haya publicado todavía — tendremos que 
esperar para ofrecer un cuadro elocuente de semejante manifestación ar- 
tística de nuestra Orden en el Nuevo Mundo ; puesto que es excaso lo 
que a mano nos ha venido en asunto de tal importancia, ni creemos lo haya 
tratado nadie hasta ahora con la detención que se merece. 

De lo poco que hemos podido averiguar, se deduce que los primeros 
templos de América debieron ser de condición muy modesta. De madera 



(i) Vid. P. Larrinaga, op. cit., p. 70. 

(a) Disc, etc., publ. en Estudios Franciscanos, de Barcelona, cit. 1922, p. .364. 

(3) Vid., El Eco Franciscano, cit, p. 596. 



— 3^4 — 

y tapias era el primitivo dé Buenos Aires, edificado por los Franciscanos 
hacia el año 1580 (i), y al que sustituyó el actual, erigido en 1754, que 
— ^al decir de Benedicto XV, en su decreto de 8 de enero de 1919, decla- 
rándolo Basílica Menor — 

tanto por su antigüedad y magnitud, como por sus notables obras de pintura y es- 
cultura, aventaja... a las demás (iglesias) de la ciudad, de tal modo que- se ha con- 
siderado valioso monumento histórico ( 2). 

Más afortunado Méjico, contó con buena iglesia de nuestra Orden des- 
de los días de la conquista, siendo la tínica en que durante los tres o cuatro 
primeros años hubo Sacramento: 

después — añade el P. ToRiBio de Benavente— ^1 segundo lugar en que se puso 
es Tetzcoco; y así como se iban haciendo las iglesias de los monasterios, iban ponien- 
do el Santísimo Sacramento (3;). 

Entre todos los objetos de arte, reservábase para el Dios de Taber- 
náculo lo mejor y más exquisito. 

Pénese el Santísimo Sacramento — nos dice el mismo célebre apóstol — reverente y 
devotamente en sus custodias bien hechas de plata, y demás de esto los sagrarios ata- 
viados de dentro y de fuera muy graciosamente con labores muy lucidas de oro y 
de pluma, que de esta obra en esta tierra hay muy primos maestros, tanto que en 
España y en Italia los tendrían por muy primos, y los estarían mirando con la boca 
auierta, como lo hacen los que nuevamente acá vienen ^4 ). 

Por lo que atañe a los indios, confiesa que 

adornan sus iglesias muy pulidamente (5) ; 

y en cuanto al primer Prelado franciscano de Méjico, Fr. Juan de Zumá- 
iraga, nos hace saber que, a raíz de su llegada, puso 

mucho cuidado y diligencia en adornar y ataviar su Iglesia Catedral, en lo cual 
gastó cuatro años toda la renta del obispado, 



(O Vid., RoMULO D. Carbia, Historia eclesiástica del Río de la Plata, t. I. 
Buenos Aires, 1914, pp. 8.3-84.— Quizá para esta iglesia fuesen las campanas, orna- 
mentos, etc., que el P. Ribadeneira traía de España en 1583 y que se perdieron en el 
viaje, pues solo se salvaron de los riesgos de la navegación "los frailes con sus bre- 
viarios (Ibid., p. 41). 

. (2) Vid., El Plata Seráfico, de Buenos Aires, 1919, pp. 231 y '239.— Esta igle- 
sia es considerada como panteón de hombres ilustres. Pueden verse los nombres de 
los principales allí sepultados, ibid., 1919, pp. 170-71. 

(3) Historia de los indios de Nueva España, trat. I, cap. XII, p. 65. — A esta 
primera iglesia franciscana de Méjico, debe aludir D. Antonio Máñez Jerez, al afir- 
mar, en uno de sus discursos, que en dicha capital "existe la iglesia de San Francisco, 
levantada con dinero de Hernán Cortés y con material de los aztecas" (Cit. en El 
Debate, 19 de febrero de 1927, p. 3: "El Centenario franciscano en Sevilla"). 

(4) Ibid., loe. cit., pp. 65-66. 

(5) Ibid., loe. cit., cap. XIII, p. 67. 



— 3^5 — 
a causa de que 

entonces no había proveídas dignidades en la Iglesia, sino todo se gastaba en 
ornamentos y edificios de la Iglesia, por lo cual está tan ricamente ataviada y adorna- 
da como una de las buenas iglesias de España (i). 

También en las misiones de California trataron nuestros misioneros 
de realzar, en lo posible, la magnificencia de sus templos. He aquí como 
se describe uno de ellos en Weekly Bulletin, de donde lo tomó a la letra 
Revista Católica, de Barcelona (1870, p, 60)': 

El edificio de la misión de San Carlos fué construido como todos los demás de 
las misiones de California. En el centro, de un lado de la plaza o ancho espacio, 
había una iglesia, una simple casa oblonga de ladrillos crudos, con las paredes muy 
recias, una torre morisca en un ángulo o en medio de la fachada, con el techo cu- 
bierto de rejas coloradas; el interior, alegremente adornado y decorado, contenía, al 
cabo de pocos años, algunas pinturas regaladas por los religiosos de Méjico y Es- 
paña. 

A pesar de lo dicho ha poco, uno de los modernos historiadores de ar- 
quitectura, aludiendo precisamente a la Catedral, a la iglesia de San Fran- 
cisco y a la de San Agustín, de Méjico, no vacila en escribir: 

Las primeras construcciones españolas en México carecieron de arte, y a la vez 
se caracterizaron por un pesado aspecto común de fortaleza (2). 

Este mismo historiador, hace notar, luego, los progresos arquitectóni- 
cos del país, influenciados por el arte español, señalando las semejanzas 
que existen entre la Capilla de Cristo de Tlacolula (Oaxaca) y Santa Isa- 
bel de los Reyes de Toledo (3). Por las láminas con que ilustra su obra, 
caemos en la cuenta del incontable número de imágenes franciscanas de 
los templos mejicanos (véase, por ejemplo, el núm. 36) ; y en cuanto a 
edificios de la Orden Seráfica, señala, como de los más suntuosos, el de 
Santa Clara de Querétaro, que promete ilustrar en el tomo II de sü obra 



(i) Antonio Cortés, La ArQuitectura en México, t. I, Méjico, Talleres del 
Museo Nacional de Arqueología, 1914, p. 2. 

(2) No deben, sin embargo, ser tan despreciables dichas construcciones, cuan- 
do en ellas se basa el actual "estilo misionero", que pone actualmente de moda la 
arquitectura norteamericana, tomando orientación precisamente en la primitiva de 
Nueva España. Sobre este particular, y con el título de "Influencia española en la 
arquitectura norteamericana", ha pronunciado el 9 de mayo de 1926 una conferencia 
el Director de la Escuela de Arquitectura D. Modesto López Otero, en la Real 
Academia de Bellas Artes, en donde dice que los arquitectos de los Estados Unidos 

han evocado la gran arquitectura vireinal del centro del Continente, y todos van 
transportando y traduciendo temas de la propia Península, dando lugar a una eviden- 
te manifestación de la influencia española, en una gran arquitectura extranjera, con 
e.vtensión e intensidad que no tiene entre nosotros precedente". , fCit. en El Debate, 
II de mayo, 1926.) 

(3) Antonio Cortés, op. cit., p. 20. 



- 366- 

(i) y el de San Francisco de Acatepec, cuya época de fundación igno- 
ra (2), y de la que dice textualmente, que en ella 

saltan a la vista las reminiscencias arábigas. Revestida — añade — de variados azu- 
lejos y ladrillos de intensa coloración... podemos considerarla como ejemplar único 
entre los monumentos reveladores del fogoso misticismo de otros siglos (3). 

Idénticos progresos debieron efectuarse en las demás regiones de Amé- 
rica, no obstante no nos permita el desconocimiento de datos concretos, 
afirmar nada, por ahora, de un modo exacto. En La Paz (Bolivia), el tem- 
plo de San Francisco fué el priinero edificado por Religiosos (1547). El 
escritor mercedario Fr. Pedro Pascual Taborda, observándolo después 
de la reconstrucción hecha en 1773» nos dice: 

En la construcción de este majestuoso templo se gastaron 1.200,000 pesos, según 
consta en el archivo del Convento... es uno de los mejores de esta ciudad; es de 
pura piedra labrada y su orden toscano puro nos recuerda los severos claustros de 
la Edad Media (4), 

Magnífico era, igualmente, el de San Francisco de Lima, hasta el punto 
de darse en él sepultura a muchos virre^^es del Perú, fallecidos en el des- 
empeño del cargo, cual sucedió con el Marqués de Cañete (m. 1561), el 
Conde Neyva (m. 1564), el Conde de Salvatierra (m. 1569), y el Marqués 
de CastelI-dos-Rius (m. 1710) (5)... Hablando del de Catamarca, funda- 
do por el Conde de Lemos, D. Pedro Fernández de Castro (m. 1672), nos 
dice La valle, 

que se dice es muy notable obra de arquitectura (6). 

En Guatemala, se trabajaba, en el siglo XVI, en tallas de escultura 
para la iglesia de San Francisco (7), pero ignoramos la época de la cons- 
trucción del templo anterior al actual, que fué comenzado el 3 de mayo 
de 1800, actuando en él sucesivamente de arquitectos, los PP. Fr. José 
A. CoMATo, Fr. Buenaventura Villageliú y Fr. José A. Orellana, 
doctores todos tres y catedráticos de la Universidad de San Carlos, merced 



(?) 



Ibid., p. 19. 
Ibjd., p. 9. 
(i) Ibid., p. 22. — Ilustra el autor la reseña de esta iglesia con magníficos gra- 
bados, comprendidos entre los núms. 45 y 69. 

(4) Ras.gos históricos de las iglesias y conventos de La Pas, La Paz, Tip. de 
La Unión, 191 1, p. 19-20. 

ÍS) Lavalle, Galería de los retratos de los Gobernadores y Virreyes del Perú, 
cil., pp. 32, 36, 88 y 120, respectivamente. 

(6) Op. cit., p. 98. 

(7) P. Daniel Sánchez^ San Francisco de Guatemala y sus imágenes, Guate- 
mala, 1917, p. 73, 



— 36? — 

a cuyos esfuerzos pudo contar la ciudad con uno de sus más imponentes 
edificios religiosos, de 88 metros de largo por ii'8o de ancho, y en el cru- 
cero de 2^ por II '8o, al que hace honores de cripta una iglesia más, de 
tres naves (i). Lo único que, de aquella lejana época del siglo de oro, 
ha llegado, en este punto, hasta nosotros, es un documento del cual copia 
el P. Daniel Sánchez estas palabras: 

Todos los Religiosos de esta Provincia trabajaron mucho en juntar indios y ha- 
cerles pueblos e iglesias, pero ninguno tanto como el P. Betanzos (2). 

En el Perú los hallamos también en pleno período de edificación de 
iglesias, no ya solo en la Ciudad de los Reyes, sino en Guamanga, Cuzco 
y Quito, para continuar las cuales aportó limosnas el Virrey peruano. 
Marqués de Cañete, según nos lo manifiesta en carta suscrita el 15 de sep- 
tiembre de 1556 (3). 

Por último, en Santiago de Chile, ponían los Franciscanos, en 1572, la 
primera piedra al templo de San Francisco, 

formidable mole de granito, 

en frase del P. Roberto Lagos, y 

único edificio del siglo XVI que ha quedado en pie en la capital de Chile (4). 

Pero, ¿qué mucho que esto hicieran nuestros Religiosos, si hasta lle- 
garon a acometer la empresa de edificación de toda una ciudad, la de Pue- 
bla de los Angeles (1539)? En el salón municipal de dicha población,, con- 
sérvase un cuadro muy antiguo en el que aparece el P. Motolinia con 
otro español, 

rodeado de indios fijando estacas y echando cordeles para trazar la ciudad, 

prueba simbólica — si otros datos no hubiera — <ie su participación en la 
creación de una de las más importantes poblaciones de la América Espa- 
ñola, en donde tuvo también la satisfacción de celebrar ¡a primera Misa 
diclia en tal punto (5). 



(i) Id. ibid.. pp. 6-7, 

(2) Vid.,. Catálogo de los escritores franciscanos de la Provincia... de Guatetnalat, 
cit., p. 22. — El P. Pedro de Betanzos llegó a Guatemala en 1542. 

(3) Cit. en Archivo íbero-americano, 1925, I, p. 260. 

(4) Vid. "El templo de San Francisco en Santiago", publ. en Revista Seráfica 
ae Chile, 1013, p. 284. 

(5) Vid., Prólogo bio-bibliográfico a la Hist. cit., del P. Toribio, escrito por el 
P. Sánchez, p. XV. — Al lado de este episodio, pudieran figurar estas frases de 
Gil Gelpi; "Un fraile franciscano (P. Tembleque) levantó el grandioso acueducto 



- 368- 

Pasados años y años, en la misma Argentina, eii la cual— al decir de 
Juan Kraufruss — \ 

los padres franciscanos fueron los primeros en materia' de construcciones (1). 

tíos hallamos con un arquitecto de gran mérito. Descúbrenoslo la planta 
(conservada en el Archivo de Indias) del "Primer proyecto de la Catedral 
de Córdoba", cuyo texto dice a la letra: 

Mro. Alarife, que regulo la obra el P.e fray Vicente Muñoz, Lego del Orden 
Seraphico, natural de Sevilla. - Verdadera estampa de la Iglesia Catedral de Cordo- 
va, Prov. del Tucuman, estrenada y colocada en el día 25 de Mayo y año 1758... (2). 

Algunos años antes, por los de 1738, construían los Franciscanos Re- 
formados en Buenos Aires, bajo la dirección de los arquitectos jesuítas 
Blanqui y Primoli, su excelente iglesia 

con plantas modernas bellísimas— dice el P. Cattaneo— que podrían figurar con 
reputación en cualquier parte de Europa (3); 

y un arquitecto franciscano erigía la capilla de San Roque, de la misma 
ciudad (4). 

Otro arquitecto conocemos que vale por muchos, y cuya memoria ha 
ilustrado el P. Manuel Bandín Hermo con importante trabajo en las co- 
lumnas de Archivo íbero-americano : nos referimos al célebre hijo de Qui- 
to Fr. Antonio Rodríguez, llamado por el P. Compte 



de Zempoala; el Canal de Desagüe estuvo mucho tiempo bajo la dirección del P. 
Flórez y de otros Religiosos, que dirigieron tan importantes obras con actividad y 
acierto. Es muy probable que los frailes fueran también consultados para trazar los 
planos de los trabajos que se hicieron en las minas de Zacatecas, Guanajuato, Poto- 
sí y Huancavelica ". (Cit. por Julián Juderías, en La Leyenda negra, Barcelona, 
4.* edic, p. 180). Fué, por último, un franciscano, Fr. José Antonio Buceta, el pri- 
mero que introdujo el agua en Guadalajara (Méjico), según nos lo dice Fr. Luis de 
Ntra. Sra. del Refugio, O. F. M., en su Historia breve del Colegio de... Zapopán, 
cit, p. 18-C. 

(1) Arquitectura colonial en la Argentina, Córdoba (R. A.), A. Biffinandi, p. 
186. — Es de suponer que al frente de esas construcciones figurasen los propios frailes 
colonizadores, cual vemos sucede aún hoy día en territorios apartados de Misiones. 
En el Bosquejo histórico de las Misiones Franciscanas de Santa Fe, Santa Fe,^ Est. 
Tip., J. Benaprés, 1897, por el P. Vicente Caloni, nos describe la construcción _ de 
los hermosos templos de las Colonias de San Antonio de Obligado y de San Javier, 
«rígidos por el P. Hermes Constanzi en 1874 y 189S, respectivamente (pp. 17. 21, 
24-28). Otros templos hay en aquellas misiones, levantados en la misma época, por 
los Misioneros, como el de la Colonia de Avellaneda (pp. 19-21) y el de la Reduc- 
ción de San Martín (pp. 32-33). Al final del Bosquejo (pp. 117-121) puede verse la 
biografía del citado P. Constanzi, asesinado villanamente por un bandido en 1897. 
después de treinta años de apostolado, durante el cual logró la fundación de muchos 
pueblos. 

(2) Cit. por Juan Kraufruss, op. cit., p. 107. — Es esta construcción la mas 
importante de la época colonial en la Argentina, pasó por muchos períodos, y no la 
llevó a cabo el autor de la planta indicada. (Vid. ibid., p. 9.'5 y sig.). 

(3) Vid., id. ibid., p. 106. 

(4) Vid. Enrique Udaondo, Crónica histórica de la Venerable^ Orden Tercera 
de San Francisco en la República Argentina, publ. en El Plata Seráfico, 1921, p. 122. 



— 369 — 

arquitecto sobresaliente, 

3' del ctial quizá no se conservara memoria, de no. haber ocurrido los inci- 
dentes provocados en Quito en 1567, a fin de impedir su marcha a Lima, 
en donde, a la sazón, estaban edificando iglesia los Franciscanos. Escritos 
varios Memoriales en tal sentido, vemos que el Procurador de la ciudad le 
llama en el suyo 

obrero y arquitecto mayor de las fábricas del convento de esta ciudad, de dicha 
Keligión, 

en las que trabajaba ya en 1654 ; que en el de las Clarisas se hacen notar 
los daños que ocasionaría al convento de las monjas la marcha de Fr. An- 
tonio, encargado de las obras de su iglesia y otras partes del claustro, 

con que nos quedaremos para siempre sin dichas oficinas y sin iglesia que de 
limosna nos hacia. . . ; 

que en el de los PP. Dominicos se solicita la misma gracia, en atención a 
las obras que de limosna les hace en su convento, y que sin él no podrán 
continuarse, 

por ser dicho Fr. Antonio persona esencial para dichos edificios y para todas 
las necesidades de la ciudad, 

y que, finalmente, en el de las autoridades civiles, se insinúa la pérdida que 
con ello se les ocasionaría para sus planes de embellecimiento de la ciudad 

por balerse de dicho religioso para los edificios públicos, como siempre se ha 
balido. 

De donde resulta que Fr. Antonio, puesto a servicio de su convento, 
del de Santa Clara para edificarles la iglesia de tres naves, cuya 

esbeltez y elegancia — dice el P. Compte— admiran a los conocedores y peritos en 
d arte arquitectónico, 

de los PP. Dominicos a la dirección de cuyos trabajos atendía y de la 
Justicia y Regimiento de - Quito para lo atinente a la construcción de edi- 
ficios públicos, es en la capital del Ecuador el arquitecto imprescindible, de 
cuya actuación pende la laboriosidad constructora de cuanto allí se edifi- 
ca de importancia (i). 



(i) P. Manuel Bandín Hermo: Un artista franciscano en Quito, publ. en "Ar- 
chivo íbero-americano", 1923, año X, pp. 341-358. 

Franciscanlsmo— 24 



— 370 — 

Al lado de ¡este religioso ilustre y laborioso, que así honra a su 
Patria y a su Orden en tierras de allende los mares, hallamos en Es- 
paña en la décimo octava centuria, entre los más distinguidos, al lego ara- 
gonés Fr. Atanasio de AznaRj recibido en 1758 como académico de mé- 
rito en la de San Fernando, y autor de la iglesia parroquial de Mune- 
brega, partido de Calatayud, que forma un cuadrado perfecto dividido 
por cuatro columnas, prestando sostén a graciosa cúpula. Fr. Francisco 
DE LAS Cabezas^ contemporáneo del anterior y natural de Enguera (Va- 
lencia), dirigió, a su vez, la obra del Convento de Alcoy, con el retablo 
mayor de la iglesia, hecho de estuco, y el trasagrzrrio y coro de la iglesia. 
Suya es también la fábrica del Convento de San Francisco dé Alcira, y 
lo es, sobre todo, la de San Francisco el Grande, de Madrid, que dirigió 
durante siete años, o sea desde 1761 hasta 1768, en que quedaron en 
suspenso las obras. No terminaron éstas hasta después de veinticuatro 
años de comenzadas, poniendo remate a la cúpula el director de la Real 
Academia, D. Miguel Fernández, por los años de 1784 (i). 

Bastantes años antes, o sea en 1742, dábase comienzo en Santiago de 
Compostela al grandioso templo actual de San Francisco, en cuyas obras 
hallamos trabajando como arquitecto, a mediados de siglo, al religioso 
lego Fr. Manuel de la Peíña, hijo del Convento de Herbón, el cual co- 
rría, al propio tiempo, con la dirección de la iglesia de Camarinas y la 
del Convento franciscano de Pontevedra y con otra del de Monterrey. 
Más tarde, sucede en la construcción de la iglesia de San Francisco de 
Santiago al arquitecto antedicho, el religioso Fr. Manuel Antonio Caei- 
RO, al cual corresponden, cuando menos, la fachada y la cúpula. De otro 
.irquitecto más podemos hacer mención en Compostela: llámase Fr. An- 
tonio Fernández, natural de Noya, al que se deben la Enfermería y 
cuarto nuevo del convento, las ventanas de los dos claustros, el acueducto, 



(i) D. José Calabuig Revert, nos da cuenta de todos los incidentes de estas 
últimas obras en su lujoso libro El Real Templo BasilicaJ de San Francisco el Gran- 
de, en la historia y en las artes, ^ Valencia, impr. "La Gutemberg", pp. 61-71. — 'Ha- 
bí ándonos el mismo autor de la iglesia antigua, que dejó el puesto a la actual, nos 
dice que era muy capaz, pues constaba de 25 capillas y 41 altares, todos los cuales, 
menos cuatro, tenían Patrono o dueño legitimado, y que su estilo era gótico, aunque 
no el único. Y añade: "La iglesia demolida era la más importante y venerada, así 
por su riqueza como por su historia, entre los antiguos edificios de Madrid, y sola- 
mente a San Martín cedía en mera antigüedad". En ella se celebraron en marzo de 
IS24 memorables sesiones que duraron veintidós días y a las que asistieron los Con- 
sejos de Castilla, de Aragón, de la Inquisición, Indias, etc. Allí se celebró, por úl- 
timo, la famosa "Concordia de Madrid", en 13 de enero de 1526, solemnizando la paz 
entre Carlos V y Francisco I (pp. 61-62). 

Para la reconstrucción, llevada a cabo por Fr. Francisco, presentó planos D. Ven- 
tura RodIríguez Tizón, célebre arquitecto, que, a la edad de diecinueve años, 
había construido ya la Capilla de la Tercera Qrden de Colmenar de Oreja, siendo, 
no obstante, preferidos los del Religioso. "Esto fué causa — dice Karl Woermann— 
para que los panegiristas de aquél, tratasen con injusto menosprecio a esta obra, cuya 
arquitectura es noble y bien compuesta". {Historia del arte en todos los tiempos y 
pueblos, di., t. VI, p. S94). 



— 371 — 
la Sala Capitular y la Biblioteca. Era — dice un manuscrito de la época— 
en la arquitectura muy diestro... seguro y pulido en sus obras. 

Del arquitecto franciscano de la época, Fr. Mateo Mallen, sólo cono- 
cemos una obra de esta índole, la de la iglesia del pueblo de Segant, siendo 
incomparablemente mucho mayor su fama como escultor habilísimo. 

Qaro está que ni son estos los únicos arquitectos españoles que ha te- 
nido nuestra Orden, ni son tampoco las obras mencionadas las únicas que 
a ellos deben la existencia: son, a lo sumo, los que hasta el presente ha 
logrado arrancar al misterio de los archivos el reciente despertar de la 
investigación histórica. ¡Quién sabe las sorpresas que todavía nos reservan 
otros nuevos descubrimientos ilustrativos de esta rama cultural de nuestro 
suelo! A veces un solo documento basta para revelamos de golpe toda la 
actuación compleja de uno de estos inteligentes artistas. Así sucede, por 
ejemplo, con Fr. Vicente Cuenca, nacido en la ciudad de San Felipe el 
27 de abril de 1767 del cual ha descubierto una nota autobiográfica Don 
Ventura Pascual y Beltrán, dándola a conocer en El Obrero Setor- 
cense. Dicha nota forma parte de la obra manuscrita Pictórica biográfica 
Vaientitta de Marcos Antonio Orellana (i) ; y por ella sabemos que 
Fr. Vicente, ingresó en la Orden, en su ciudad natal, a los 17 años de 
edad, y que una vez profeso, comenzó a trabajar en las obras de varios 
Conventos, especialmente en la iglesia de Jesús, bajo las órdenes del ar- 
quitecto director. En 1786, ya hizo de por sí la fachada principal de la 
iglesia del convento de San Felipe, y otras cosas de menor importancia: 
en 1787, la Sacristía y Panteón del Convento de Sueca. En 1788, otras 
obras en el de San Felipe, yendo, luego, a ayudar en la obra de la iglesia 
del convento de Jesús, que aún seguía. En 1795, hizo la Sacristía, una 
cisterna y una cañería de agua en el Convento de Xiurona, continuando, 
además, las obraá de la Capilla de Comunión y atendiendo a la construc- 
ción de caminos y puentes, por encargo del Corregidor. Fué seguidamen- 
te al Hospicio de Utiel a proseguir una iglesia comenzada poco antes, la 
que no dejó hasta cubrirla y hacerle la media naranja y el retablo mayor, 
trabajando también un retablo, un camarín y un tabernáculo en la iglesia 
cié la parroquia, un edificio para el caballero Blas Almanzón, obra hidráu- 
lica en el río Idesa y otras varias. Después volvió a San Felipe para diri- 
gir la reconstrucción de la Colegiata, lo que no le impidió atender a la obra 
de paseos públicos en la Alameda, a la de un dique en el río Aíbaida y otro 
para la acequia de Enovas. Tanta actividad le suscitó adversarios, y para 



(i) La publica íntegra Archivo ibero-americano, cit., 1922, núm. 49, p. 281 y sig. 



— 372 — 

sobreponerse a sus contradictores fué en 1800 a Madrid, sé sometió a ri- 
gurosos exámenes y obtuvo de la Academia de San Fernando el título de 
Arquitecto; y a continuación acometió la empresa de la traída de aguas 
a San Felipe, construyó una Capilla en el Convento de PP. Dominicos 
con portada de cantería y una casa para' D. Andrés Diego. Continuó en 
Muro la iglesia hasta hacerle la media, naranja, "muy famosa", levantó 
en Albaida tres puentes sobre tres distintos ríos y los planos para el ce- 
menterio, se puso en Aúllente a dirigir la fábrica de un convento de PP. 
Dominicos, y en Beginanim el de las Monjas y la Capilla de la M. Inés, 
prosiguió la iglesia de San José en San Felipe y la fábrica de la "Casa de 
Comedias", remató en La Granja, en Ayacor y en Llanera las torres de 
sus respectivas iglesias y trazó el plano de la de Regla; en el convento de 
Jesús, el pie del pulpito, y en el de San Francisco, la enfermería ; y tomó 
de nuevo la dirección de la Colegiata de San Felipe, de la que fué nombra- 
do arquitecto; concluyó un magnífico tabernáculo en Nuestra Señora, y, 
finalmente, trazó los planos de ampliación del convento de Portaceli... 

Esto nos dice, en sustancia, Fr. Vicente Cuenca de sí propio, a 26 
de enero de 1806, sin que conozcamos, apenas, nuevos datos de su activi- 
dad hasta el año de 1845, ^^ que falleció a la eíad de cuarerxta y nueve 
años. Lo único que sabemos, es que posteriormente residía en el convento 
de Játiva, en donde fundó y regentaba una Academia o Escuela de Ar- 
quitectura, a beneficio de los hijos del pueblo (i). Este dato, unido a los 
anteriores, basta para rodear de una aureola de celebridad el recuerdo del 
incansable religioso, y para damos a entender lo mucho que habrán hecho 
en honor del culto y para bien de sus prójimos tantos otros que permane- 
cen anónimos y aun esos mismos de los cuales sólo nos es dado conocer 
alguno que otio hecho aislado, y no quizá de los de mayor importancia. 

En nuestros mismos tiempos, hallamos varones dignos de emparejar 
con los antiguos en esta clase de conocimientos. Reciente está todavía la 
memoria del Donado H." Antonio Alcayne, que en 1881 construyó en 
Tánger una iglesia de estilo mudejar y dirigió las obras de restauración 
del Colegio franciscano de Chipiona; la de otro Donado, hijo de este Co- 
legio de Santiago, el H." Ambrosio Polo, que desde 1875 — año de su in- 
greso — se ocupó en obras de restauración en los conventos de Santiago, 
Louro, Herbón y Puenteareas, y planeó y dirigió la fábrica del de Castro- 
verde de Campos; y de otro hijo de este Colegio, Fr. José Rodríguez, 
célebre también como escultor, que cuenta entre sus principales méritos de 
arquitecto, la colocación de un artístico altar de mármol, traído de Sevilla, 
en la iglesia de San Lorenzo, de Compostela, la grandiosa escalera de lai 



(i) Vid., ibid., loe. cit., p. 282. 



. — 373 — 
casa-palacio de lá Duquesa de Medina de las Torres, en Vilaboa (Villa- 

■m 

garcía), la construcción de varias casas-misiones e iglesias en Marruecos, 
como las de Casablanca, Saffí y Modagor, y en Andalucía las obras de los 
Conventos de Fuenteovejuna, Estepa, Lebrija, la restautación de la igle- 
sia Regina coeli de Sanhicar de Barrameda, y sobre todo el Colegio e igle- 
sia de las Religiosas de la Divina Pastora y el magnífico templo de Nues- 
tra Señora de Regla, ambos en Chipiona (i). Hagamos mención, por úl- 
timo, de Fr. Mateo Company^ hijo de la Provincia franciscana de Va- 
lencia, que entre las muchas obras que a su arte se deben, tiene la muy 
excelente de la gran iglesia de San Antonio, de Barcelona, barriada de 
San Gervasio, magnífica y hermosa bajo todos los aspectos (2). Lo mis- 
mo esta iglesia de Barcelona que la de la Virgen de Regla — obras dé nues- 
tros arquitectos contemporáneos — hacen reflorecer en nuestros días aque- 
lla arquitectura ojival popular, que tanto dominó en los primitivos tiem- 
pos de la Orden en España, viniendo como a prestar realce a la arquitec- 
tura aristocrática de nuestras catedrales góticas, que reconocen como a her- 
mana suya, a la triple Basílica ojival de Asís y en algunas de las cuales 
han hecho sus artistas figurar la imagen del Santo Fundador o bien su 
hábito, sin duda para que en aquellos poemas en piedra no faltase una 
estrQÍa de elogio al Apóstol de la época, que había venido a visitar nuestro 
suelo (3). 



(i) Vid. P. Legísima, "Fr. José Rodríguez", en El Eco FroHciscanc. 1910, 
PP- 65-70. — ^Al lado de Fr. José Rodríguez, se formaron, en Santiago, el cono- 
cido escultor y organero Fr. Manuel Fernández, tan famoso por sus obras en laí 
región; en Chipiona, el competentísimo ebanista y mecánico Fr. Félix Ormazabal 
y el organero Fr. Domingo Morató, y en Marruecos, muchos obreros que trabaja- 
ron a sus órdenes y a él deben el prestigio de que hoy gozan como maestros de 
obras en el Magreb. 

(2) Vid,, El Eco Franciscano, cit., 1912, p. 508. 

(3) Varias de las construcciones expuestas en este capítulo, vienen a caer directa- 
mente dentro de la esfera de la ingeniería industrial y agrícola, en la que tan fecun- 
do se mostró el movimiento franciscano. Acerca del desenvolvimiento del ideal del 
trabajo seráfico y sus derivaciones para la agricultura y la industria ha escrito un tra- 
bajo luminosísimo, el Sr. Castroviejo, con el título: "La economía social del Fran- 
ciscanismo", publ. en El Eco, cit., 1926, pp. 577-584. Nosotros, por nuestra parte, nos 
limitaremos a recordar la actuación en Méjico de nuestro Bto. Sebastián ije Apari- 
cio que, desde 1553, pasa cuarenta años enseñando a los indios la agricultura, e intro- 
duce allí el servicio del arado, domesticando para ellos dos bueyes salvajes, acomete 
la construcción de una carretera entre Méjico y Zacatena, prolongada hasta los An- 
geles; e ingenia el uso de las carretas para utilidad de las minas de Zacatecas. A su 
lado merece figurar Fr. Junípero Serra, cuyas obras d« canalización para regadío en 
California, se propone, como estímulo de su política hidráulica, D. Rafael Gasset, Mi- 
nistro de Fomento, en el preámbulo a su Real Decreto de 17 de diciembre de 1909 (Vid., 
El Eco, cit,, 1919; p. ico). 



III 



Enlace de la arquitectura y la escultura: imágenes antiguas de San Fran- 
cisco, COMO motivo ornamental de nuestros edificios religiosos. - La es- 
cultura en Galicia durante la Edad Media: su influencia en España y en el 
extranjero. - Primeras esculturas del Santo, debidas a la escuela com- 
postelana: las de Ciudad Rodrigo y de Santiago. - Las de las' catedrales 
de Burgos y León. ~ Otras esculturas de los tres primeros siglos y em- 
blemas de la Orden en fachadas, retablos, sepulturas, etc. - Las de Pablo 
Ortis en el mausoleo de D. Alvaro de Luna. - 



En el movimiento de renovación que produce en España' la actividad 
arquitectónica de los hijos del Serafín de Asís, no podía permanecer inac- 
tiva lá escultura, llamada a ilustrar con sus decoraciones el esplendor de 
nuestros grandes edificios ojivales. Dueña, a la sazón, de los dominios del 
arte, éralo la Escuela Compostelana, formada bajo las influencias del ma- 
ravilloso Pórtico de la Gloria, del Maestro Mateo, la cual, abandonando 
poco poco los viejos moldes estéticos, imponía nuevos ideales en todo 
conformes con el ideal seráfico, no sólo en España, sino también en mu- 
chas partes de Europa (i). No le es, en verdad, necesario esperar el adve- 
nimiento de la influencia de Giotto, para adueñarse de la figura atrayente 
de San Francisco, a fin de hacerla encarnar en sus creaciones. Esta figu- 
ra no era desconocida entre los hijos de Compostela, que habían tenido 
la suerte de verla cruzar, como peregrino, por sus calles, y gozaban del 
beneficio de contar, en el seno de la ciudad, con la primera de sus funda- 
ciones españolas. Tales circunstancias, unidas a la actividad de los Fran- 
ciscanos allí moradores, los cuales no dejarían de divulgar a todos vientos 
las escenas ix)éticas de la vida de su Caudillo, en centro tan frecuentado 
por peregrinos de las más apartadas regiones, debieron de influir no poco 



(i) Vid., sobre el particular, la ya citada obra El Pórtico de la Gloria, de Vi- 
dal Rodríguez, pp, 14 y sig.— Con más detención hemos tratado «ste punto en "San 
Francisco en el arte gallego", publ. en El Eco Franciscano, 1926, pp. S3I-S48. 



~ 375 — 

en nuestros artistas para convertirlo, desde luego, en objeto de sus pre- 
ferencias (i). 

Claro está, que no es fácil — ^a la distancia de siete siglos — apreciar he- 
chos semejantes con mirada certera. Hay, sin embargo, motivos para creer 
que los primeros escultores españoles de nuestro Santo, tuvieron el nio- 
delo poco menos que a la vista. Así lo- cree Fernández Sánchez, el cual 
exclama, hablándonos de la ermita de San Payo del Monte, situada en 
las faldas del Pedroso: 

Vimos allí una preciosa estatua de granito, sin cabeza. Es buena lástima, por 
cierto; pues, sobre ofrecernos un modelo excelente del grado de perfección a que la 
escultura había llegado en el siglo décimo-tercio, no sería temeraria la presunción de 
tjue tendríamos en ella el retrato fiel de uno de los héroes más extraordinarios que 
cruzaron por el mundo, San Francisco de Asís. Hacía pocos años que el Santo Pa- 
triarca habitaba en la región de los justos, y no es inverosímil, sino muy natural, 
que el escultor copiase en la piedra los rasgos de la celestial hermosura que había 
contemplado en el original aquí mismo, en la Ciudad del Apóstol (2). 

Tampoco sería difícil opinar lo propio al crítico de arte, Francisco 
Alcántara, desde el momento en que nos dice : 

Se comprende la impetuosidad proselitista de San Francisco, cuando los modernos 
jios acercamos en los libros a su alma seráfica. Atrae como un abismo y se sueña 
con sus divinas andanzas (3). 

Leyendo, poi ejemplo, la obra Por la inquietud a Dios, del eximio ar- 
tista Bilibrordo Verlake, conducido por el Santo desde las sombras 
del calvinismo al seno católico de un claustro (4), fácil es suponer el espí- 
ritu de atracción por él desarrollado en Compostela entre los cultivadores 
de la escultura. Muy abundante debió ser ésta en Galicia durante el si- 
glo Xni, no obstante no se hallen en la actualidad ejemplares; ya que no 
es de suponer que nuestros artistas dejaran de hacer aquí, lo que hicieron 
al ir a realizar trabajos fuera de la región, cual sucede en los ejecutados 
por discípulos de la Escuela Compostelana en la Catedral de Ciudad Ro- 
drigo. A Ciudad Rodrigo, en efecto, hay que acudir para admirar las 
primeras esculturas del Padre Seráfico, existentes, tal vez, en el mun- 



(i)^ Téngase en cuenta que en Santiago de Compostela existían no pocos artistas 
extranjeros, para cuyo aprendizaje exclusivo se fundó más tarde el "Colegio de San 
Jerónimo. 

(2) Stmtiago, Jerusalén, Roma, cit., t. I, p. 229.— López Ferreiro, insinúa la 
sospecha de que sea autor de la misma, Pedro Boneth, que en r^ói dirigía obras de 
reparación en el Convento franciscano. Vid. Historia de la S. A. M. Iglesia de San- 
iiago, cit, t, V, p. III-3. 

(3) "La Exposición Nacional de Bellas Artes", publ. en El Sol, cit., 26 de ma- 
yo, loaó. 

(4) Memorias de un monje pintor. Trad. por Dom Justo Péeez de Urbel, Be- 
nedictino de Silos, Friburgo, Herder, 1923. 



— 376 — . " 

do. (i), y salvadas, quizás, del naufragio de los siglos por razón de hallar- 
se, no aisladas, sino formando parte, como motivo ornamental, de los 
capiteles de las columnas. 

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Estas esculturas — observa Sánchez, Cantón— tienen relación artística con el pór- 
tico de la Gloria, de Santiago, y es más que verosímil que respondan a recuerdos ico- 
nográficos gallegos 02). 

De una de ellas, que ofrece interés especialísimo, nos da ya noticia 
el P. Atanasio López en su Viaje, de San Francisco a España, reprodu- 
ciénédola en grabado aparte (3). Es de cuerpo entero y de tamaño natural, 
y se halla en un arranque del nervio de la bóveda, sobre el coro, dándonos 
la impresión de que refleja el paso del Santo por. España. Sánchez Can- 
tón, tan competente en la materia, la describe, diciendo : 

Es, en verdad, singular monumento. El Santo, descalzo, con bastón de peregrino, 
se representa con semblante juvenil, sin barba, e implacablemente acusado el rasgo 
de las orejas separadas, que señaló Celano. La expresión del rostro, la postura del 
bastón y el ademán del brazo izquierdo indican que acaba de pararse y qué habla 
como preguntando; place pensar que peregrina a Compostela... No es obra de gran 
arte, ni la distancia a que está del suelo requiere primores de ejecución; pero es tan 
ingÉnua la actitud y tan sencilla la expresión; hay tal alegría en el conjunto, que, 
aun prescindiendo del valor histórico, merecería señalarse como una de las escul- 
turas que marcan el tránsito del hieratismo románico a la . libertad del arte nuevo. 
Su íecha no puede ser muy posterior a la de la portada y antes de mediar el si- 
glo XIII (¡4). • 

Esta escultura de la portada, a que aquí hacemos alusión, de igual 
modo que las restantes de Ciudad Rodrigo a que haremos referencia, tuvo 
la suerte de descubrirlas el insigne D. Manuel Gómez Moreno y de anun- 
ciarlas por primera vez el ya citado Sánchez Cantón. Nada menos que 
tres capiteles de la portada occidental están consagrados a la representa- 
ción de figuras franciscanas: 

en el primero — dice nuestro crítico — ^un fraile; en el segundo un franciscano, 
ti Fundador, predica sonriente a los pájaros, acompáñanle dos frailes sentados, y 
parece forma en el grupo el del primer capitel; en el tercero, aparece de rodillas. 



(i) Según el P. Facchinetti (cit. por Federico Leal, en De Arte, publ. en El 
Universo, cit., p. 13), no se ha descubierto aún en Italia escultura alguna del si- 
glo XIII, en honor del Santo. 

(2) San Francisco de Asís en la Escultura Española. Discursos leídos por el 
Señor D. Francisco Javier Sánchez Cantón y_ por el Excmo. Señor D. Elias 
Tormo y Monzó, en la recepción pública del primero... (en la Real Academia de 
Bellas Artes), Madrid, p. 10. — Es este el único trabajo hecho exprofeso _ sobre tan 
importante materia, y al cual, por lo mismo, haremos frecuentes referencias. 

(3) Hablan de la misma escritores tan respetables como Wadingo, y. de ella se 
ocupaba en 1671 Fr. José de Santa Cruz, el cual la califica nada menos que de 
"primer retrato de San Francisco que se copió en el mundo". 

(4) Op. cit., pp. 9-10. 



— 377 — 

detrás de Fr. León, como deslumhrado, tapándose de la luz con la mano; delante, 
el serafín, con corona y cubierto de alas, puesto en la cruz y sostenido por dos ánge- 
les. Acerca de la fecha de la portada — agrega — escribe el Sr, Gósiez Moreno: "Co- 
mo no cabe dudar que estos capiteles son del mismo tiempo y autor de lo demás, hay 
i|ue asignarle una posterior a 1224" (año de los Estigmas). Esto es, que sin el dato 
iv-onográfico seguro, habría de creerse anterior, por razones de técnica. Es notoria 
— concluye — ^la importancia de estas representaciones de pasajes franciscanos ; si se 
:¡dvierte que las más antiguas, registradas en Italia, son las que Berlinghieri firmó 
i.r. I23S 01). ■ . 

No son, empero, dichas esculturas las únicas que en esta catedral se 
relacionan con San Francisco. Otras dos ékisten, además, demostrando 
los entusiasroQS del artista por el modesto Peregrino de Compostela: 

Una — continuaremos con Sánchez Cantón — en capitel interior, al lado del Evan- 
gelio, segundo tramo desde el crucero, pila segunda, no tan viejo como los de la 
portada, donde aparece un alma llevada sobre un lienzo por dos ángeles; a los lados, 
tres franciscanos con cordón y capucha: uno con el libro abierto, como mostrán- 
dolo, y en tomo, pájaros que vuelan. .1 Y todavía, en el mismo templo y en su fa- 
chada lateral, parece descubrirse otro San Francisco del siglo XIII; más ello es 
dudoso. La tercera estatua de la derecha en el alto friso, encima del arco, lleva ca- 
pucha, cordón y bastón, y aunque sobre el hábito quizá se distingue algo como un 
escapulario, la duda se aminora al ver decorado el fondo del arco de su doselete por 
■.m ángel alado, mientras en los demás — salvo en la sexta — ^hay elementos florales. 
Es, además, la única efigie qué está en contemplación de algo celestial, con la mira- 
Ja hacia lo alto (2). 

La existencia de tantas esculturas en ün templo no franciscano, parece 
demostrarnos indirectamente que el tema entró, desde sus comienzos, muy 
de lleno en los dominios de la escultura, sobre todo en Galicia, de donde 
procedía el escultor o escultores. Con todo, no se conoce en esta región^ 
como procedente de tal época, sino una obra de esta índole, decoi-ando tam- 
bién uno de los capiteles que se conservan en el Convento de Compostela, 
algo posterior, en sentir del autor mencionado, a las de Ciudad Rodrigo: 

Es — nos dice — ruda escultura en granito basto. El Santo, en pie, descalzo, barba- 
do, con la capucha echada y el libro entre las manos, dirige al cielo sus ojos, quizá 
combatido por alguna diabólica tentación, ya que a sus plantas hay un animal con 
cabeza humana y un pájaro grotesco le habla al oído; tal vez los monstruos sean. in- 
dependientes de la figura Santa (3), y se repiten en este capitel, como en otros del 



(1) Op. cit., p. 8. — El autor se inclina a creer que, del mismo modo que el 
aprendizaje técnico, llevó de Santiago el escultor las noticias y recuerdos del Sera- 
fín de Asís, que trasladó, luego, a la piedra (p. 9). 

(2) Op. cit, Pp. 9-10. 

(3) El hecho de que los monstruos se relacionan con el Santo, se deduce de 
otra figura franciscana, con capucha, cordón y sandalias, puesta en el ángulo de la 
derecha de la anterior, en actitud de taparse el oído con una mano, como para no 
percibir las sugestiones tentadoras. Quizá, en vez de tratarse de San Francisco (del 
(lue no se distinguen aquí características especiales), representen ambas esculturas, al 
fraile recogido y al fraile que se deja llevar de las distracciones. 



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mismo claustro, donde alternan con la Anunciación, la disputa del alma y un bufón 
tocando un cuerno. Es sentida la expresión del San Francisco; y la dureza del ma- 
terial y la escasa maestría del entallador, al ocultar todo artificio, plasman el tema 
con la encantadora sencillez del arte popular. De tafes circunstancias se deduce la di- 
ficultad de fechar este capitel (i). 

Quizás a igual época que la anterior, según el mismo, correspon- 
dan las famosas representaciones franciscanas, existentes en las puertas de 
las Catedrales de Burgos y León, más importantes desde el punto de vista 
artístico. Es fácil hayan sido hechas ambas bajo la dirección del Maestro 
Enrique; gozando de precedencia en antigüedad la de la Catedral bur- 
galesa, situada en la puerta alta o de la Coronería. La escultura francisca- 
na — que unos creen representa a San Francisco y otros a Fr. Juan Pá- 
rente — está descalza, sin barba y con la cabeza descubierta a medias, y os- 
tenta en las manos la Regla dé la Orden, formando parte de un grupo en 
el cual Santo Domingo muestra a los monarcas San Fernando y Doña 
Beatriz las Bulas de la suya (2). La de León, se desenvuelve en el tím- 
pano de la puerta de Nuestra Señora la Blanca, figurando el cielo a la iz- 
quierda y el infierno a la derecha del grupo, cuya descripción tomamos del 
mismo afamado crítico: 

Al lado del ángel organista — exclama — hay una deliciosa escena: un franciscano 
conversa con un rey, y una monja, en segundo término, presencia la plática. La bea- 
tUud se refleja en sus semblantes joviales y quizá rejuvenecidos al gozar del Paraí- 
so. Una suposición se adentra al presenciar esta "sacra conversazione". ¿Serán es- 
tos personajes, San Francisco, San Fernando y Santa Clara? La fecha de la porta- 
da — que es de las más hermosas del gático en España — ^puede fijarse hacía el año 
1270; sabido es que San Francisco fué canonizado en 1228; que Santa Clara, muer- 
ta en 1253, fué beatificada tres años después, y que si Fernando III no subió a los 
altares hasta 1671, en las Cantigas de su propio hijo se le tenía ya por bienaven- 
turado (3). 

Son estas representaciones de episodios franciscanos las que hoy día 
reflejan la influencia del Seráfico Padre en los dominios de la escultura 
del siglo XIII, debiéndose en mucho su conservación a la circunstancia, 
que ya indicamos, de hallarse adheridas a los bloques de edificios religio- 
sos, y no completamente aisladas, cual acontece con la mutilada de San 
Payo del Monte. En la misma forma se conservan, de la propia época, la 
famosísima cabeza tenida por de San Francisco, del arco exterior de la 



(i) Op. cít, pp. lo-ii. 

(2) Vid. P. López. Viaje de San Francisco a España, cit. 

(.3) Op. cit., pp. 11-12. — En sentir del Sr. Esténaga, las esculturas de Burgos 
y León "demuestran hasta la evidencia, como el franciscanismo propagóse ya a me- 
diados del siglo XIII tan rápida y venturosamente, que mereció ser glorificado en las 
dos más bellas floraciones del arte ojival en España allende el Guadarrama". (Disc, 
publ. en Legísima, Crónica del Congr. Nac. Terciario de 1921, cit., p. 303). 



— 379 — 

puerta existente entre la Catedral y su claustro de Burgos, frente a un 
¿ngel que sonríe, y la del fraile encapuchado, con cordón, y de rodillas, 
que en medio de otros religiosos, ocupa uno de los capiteles de la puerta 
de Santa María del Palacio, en Olite, con el título de Franciscus pem- 
tens (i). ¿Cuántas otras, hechas como efigies aisladas, no se habrán per- 
dido para siempre en el aluvión de los siglos ? (2). 

Esta, costumbre de hacer figurar a San Francisco en las fachadas de 
los grandes edificios religiosos, sigue dominando igualmente en los siglos 
siguientes. Al siglo XIV debe pertenecer el relieve de San Francisco re- 
cibiendo los Estigmas, puesto — con orla del siglo anterior — sobre la puerta 
del Convento de Santa Bárbara, de la Coruña. En el siglo XV, extién- 
dese semejante costumbre aún a edificios no consagrados al culto, tales 
como la fachada del Colegio de San Jerónimo, de Santiago, sin por eso 
dejar de seguir adornando las columnas del interior, cual acontece con la 
imagen de la misma época, que se admira en la Capilla del Hospital Rea¡l 
de la misma ciudad; y como muestra de igual costumbre a comienzos del 
siglo XVI, podemos señalar la portada de Santa Paula, en Sevilla, entre 
cuyos medallones, colocó Pedro Millán el que contiene, puestas en pié, 
las figuras del Santo Patriarca y San Bernardino de Sena. 

Del efecto que la vista de tales imágenes, adornando las fachadas, pro- 
duce en el ánimo, puede hablarnos el P, Domingo Romero, O. P., el cual, 
en su "San Francisco de Asís y nuestros tiempos", publ. en La Gacetd 
del Norte, Bilbao, núm. 29 de septiembre, 1926, exclama, a la vista de una 
de ellas : - 

Cuantas veces pasé por delante de la iglesia de San Francisco de Buenos Aifes, — 
y fueron muchas — ^y levanté la vista para contemplar la colosal estatua del Santo, 
extendiendo sus brazos en actitud protectora sobre el Dante, Isabel la Católica y 
Colón, decía en mis adentros: ¡Óh, quién fuera Colón, Isabel o el Dante para me- 
lecer una actitud tan paternal de parte del Santo Patriarcal 



(i) Sánchez Cantón, op. cit, p. 13. — Sería mucho de desear el estudio dete- 
nido de esta última escultura. La particularidad de no hallarse en el título el califi- 
cativo Sanctus, parece hacernos entrar en sospechas de que dicha obra haya podido 
trabajarse en vida del Serafín de Asís. Téngase en cuenta, por otra parte, que la 
inscripción Franciscus petnitens, guarda relaciones con los primeros años de la vida 
apostólica del Santo, más bien que con los posteriores ; toda vez que¡ a la sazón, él y 
sus discípulos eran conocidos con el dictado de "hombres de penitencia de la ciudad de 
Asís", y que a cuantos les preguntaban entonces quienes fuesen, respondían con la 
frase que han conservado los Tres Compañeros: " Poenitentiales sumus, et in civi- 
tate Assisii nati sumus". (Vid., Arnaldo Fortiti, Nuova vita di San Francesco 
d Assisi, Milano, 1926, p. 174). ¿ Quién sabe si con este nombre se dio a conocer 
nuestro Santo", a su paso por España, y si a esto se debe la inscripción de la es- 
cultura arriba indicada?... _ . , . . < 

(2) Quizá deba contarse entre éstas la venerada en Huete, que— al decir del 
I*. Ortega (Crónica de la Santa Provincia de Cartagena, Murcia, 1:740, part. I. 9)— i 
"según tradición sentadísima en aquella tierra, se hizo viviendo aún nuestro Será- 
fico Padre y es muy vera efigie suya". 



— 38o — 

¿ Qué más decir sobre este punto ? 

Hasta las casas particulares de la nobleza y repetidos edificióis públi- 
cos, se gozan en ostentar plausibles huellas de franciscanismo, ptefirierido 
los emblemas de la Orden para ornamento de sus fachadas ; 'testimoriio de 
ello, los casos — que en otra parte dejamos expuestos — del palacio de ios 
Condestables de Castilla, en Burgos, en el que se hallan enlazados con el 
cordón seráfico los escudos de los Vélaseos, Mendozas y Figueras; la 
Ca<sd del Cordón, en Valladolidj frente a la iglesia de San Ambrosio, que 
lo muestra como motivo arquitectónico, y el Colegio Mayor de San Ilde- 
fonso, de Alcalá de Henares, en que Pedro de la Cutera (1541-53) lo 
coloca ciñéndole el frontis (i). Más entusiasta todavía, Enrique HI de 
Castilla, introduce, asimismo, el Cordón franciscano, para adorno de una 
de las mejores salas de su palacio de Segovia, y rodea con él su real escu- 
do de armas, dando así ejemplo a familias aristocráticas, como la de Qui- 
rós, para hacer lo propio. Y esto, por supuesto, sin mentar otros (emble- 
mas franciscanos, utilizados en tal sentido, como, por ejemplo, er anagra- 
ma del Nombre de Jesús, del que asegura I^ópez Ferreirg^ habláiidonos 
de la Galicia del siglo XV : 

Pocos serán los monumentos, ya en piedra, ya en metal, y& en madera, que no& 
quedan de aquella época, que no lleven esculpido tan augusto Nombre (2). 

Vitoria nos muestra, a su vez, en la Calle de la Cuchillería, una nueva 
Casa del Cordón, del siglo XVI, en la que el Cardenal Adriano de Utrech 
recibió la noticia de su elevación al Pontificado; obra ojival de la época 
florida, que tiene rodeados sus dos típicos arcos . por el cordón seráfico y 
ostenta sobre uno de ellos, puesta de rodillas, .la imagen orante de San 
Fraricisco (3). • 

Coii mayor razón aún resalta el mismo emblema en fachadas dé tem- 
plos, cómo la magnífica de San Francisco de Trujillo (1507) (4) y en cua- 
dros escultóricos de tanto mérito como el precioso Calvario, cincelado en 
alabastro, que se admira en la iglesia de PP, Capuchinos de Sevilla (nú- 
mero 9) (5). 



(i) Vid., Llacuno y Amirol.v op; cit, t. II, p. 18. 

(2) Galicia en el último tercio del siglo XV, cit., p. 274. 

(3) Vid. Cristóbal de Castro, en Catálogo monunientál de España, t. cit., p. 08. 
en donde puede verse un grabado representando la fachada. 

(4) Vid. Catálogo monumental cit., Prov. de Cáceres, por Mélida,, cit, p. .366. 
ÍS) Hoy día tiende a renovarse este sistema, ciñiendo al exterior con el cordón 

seráfico el Templo Expiatorio Nacional del Tibidabo, a fin de que sea — en frase de 
María Victori