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Full text of "!A divorciarse tocan! : juguete cómico en tres actos original"

,_:_. _; . _ 



7A6S ACTOS CÓMICOS \ 

DE. 



PeLLAvLUCIO 



I 



Cubierta 

de 

este 



Lo reto Prado 
Enrique Chicote 

y 

Francisco Melgares 



de 

¡A divorciarse focan! 



12 3 JACINTO ^APELLA 
Y JOSÉ DESLUCIÓ 

¡A DIVORCIARSE TOC 



JUGUETE CÓMICO, EN TRES ACTOS 
ORIGINAL 



Est/enado en el Teatro Cómico, de Madrid, 
el día 10 de Diciembre de 



ANTONIO M 




t>****3^' 



AÑO VI | 5 DE MARZO DE 1932 

MADRID 



NÚM. 



234 



R E P AR T O 

PERSONAJES ACTORES 



Valentina Loreto Prado. 

Cristina Consuelo Nieva. 

Esmeraldina Carmen L. Solía 

Jenara J ulia Medero. 

Liberada Pe P ita del Cid - 

Petra Luisa Melchor. 

1> eresa Josefina Infiesta. 

Bi asa Emilia del Cid. 

Mcasia ..'..'. . Amalia Anchorena. 

Luda Natividad Rodrigue». 

Pascasio Enrique Chicote. 

Teodoio Francisco Melgares. 

Amador José Cuenca. 

Ciríaco JoKé Sampietro. 

Manolo Rodolfo Recober. 

Benigno José Lucia 

Federico Antonio Martínez. 

Miguel - José Delgado. 

Benito Juan Jiménez Romero. 

La acción en Madrid.— Época actual.-^Acotaciones del lado del 

actor. 

Nqta.— Las cuatro últimas mujeres y los cinco últimos hombres 

admiten el doble. 




ACTO PRIMERO 

Un comedor lujoso, pero sin grandes refinamientos. Puerta de 
entrada al foro y urea puerta más en cada uno de los laterales. 
Bn el lado derecho del foro, haciendo chaflán con el lateral de 
dicho lado, un balcón. La mesa del comedor, cor. servicio para 
dos cubiertos, aparece colotíada en el centro. Es de día. 



ESCENA PRIMERA 

(Aí levantarse el telón, Petra entra por la izquierda, y, dirigién- 
dose a alguien de dentro, dice :) 

Petra. — Sí, señor. Descuide usted, señorito. Ahora mismo la 
pondremos. (Se dirige hacia el foro.) Ya estamos con la manía. 
(Llamando.) ¡Matea! ¡Matea! Y luego falta que a la otra le pa- 
rezca bien, 

Nicasia. — (Por el foro izquierda.) Oye, tú, que la Matea no 
puede venir ahora. 

Petea. — Pues haga usted el favor, seña Nicasia, de echar una 
«ano, que . al señorito se le lia encaprichado almorzar frente al 
baleó». (Entre las dos llevan la mesa frente al halcón.) 



608775 



Nicasia.— Ya me ha contao la Matea que os tienen fritas coa 
sus 'chifladuras. 

Petra.— ¡ Calle usted, por Dios! De algún tiempo a esta parte, 
todo el día se lo pasan regañando y haciéndonos deshacer todo 1© 
que el otro nos mandó que hiciéramos. 

Nicasia.— ¡ Oh, pues eso no ! Quejaros al sindicato, y, por lo me- 
nos, que las tonterías os las paguen aparte. 

Petka . En seguida. (Se oyen dos timbrazos muy fuertes.) ¡Ya 

íestá ahí! . ' 

Nicasia.— Pues ahí te quedas. Yo me bajo a mi portería» (Jfu- 

tis foro.) 

Pbtea. — Vamos a ver. (Más timbrazos.) 

ESCENA II 

Valentina y Petra. 

Petra.— ¡Que ya va! Esta señorita se ha creído que una tié 
motocicleta pa correr por los pasillos. 

Valentina.— (Por la derecha.) Pero, Petra... (Al fijarse en la 



mesa camoia de tono, indignándose.) ¡ Ay, mi sangre!... ¿Esto 
qué es? 
Petrj 
comedor 



qué es? , o_i 

Petra.— Si a la señorita no le "inrita" demasiao, la mesa del 



Valentina.— Pero ¿qué animal la ha puesto aquí? 

Petra.— Su esposo de usté ayudao por una servidora; conque 
vamos, que no ha sido ningún animal. 

Valentina. — Tienes razón, ha sido un tronco. 

Petra. — ¡ Señorita ! 

Valentina.— ¡Naturalmente! ¿Con qué derecho se contravienen 
mis órdenes? Yo he dispuesto que la mesa debe estar en el cen- 
tro que es su sitio, y en el centro estará mientras yo permanez- 
ca en esta casa, que no serán muchos días, porque ya estoy hasta 
la coronilla de ese hombre, y lo más probable es que hoy mismo 

^^ra^ITos, señorita, que no es usté nadie! Total por una 

cabezonería. . . 

Valentina.— Ayúdame a ponerla en su sitio. 
Petra— Sí señorita. (Colocan la mesa en el centro.) 
Valentina— Y escúchame, Petra: hasta que yo salga de aquí, la 
mesa no se moverá de donde acabamos de colocarla. ¿Me en- 
tiendes? 



Petra. — Por mí... 

Valentina. — ¡Pero aunque hubiese un terremoto! (Mutis por la 
derecha.) 

Petra. — Bueno. Pues que te alivies dentro de lo posible. 



ESCENA III 
Dichos y Pascasio. 

Pascasio. — (Por la izquierda.) Oye, Petrita... (Indignándose al 
ver la mesa. ) ¡ Ay, que me lío a' tiros con mi sombra ! 

Petra. — Don Piascasio, no se ponga usted así, que ha sido la 
señorita... 

Pascasio. — Pero ¡maldita sea mi estampa!... ¿Aquí quién 
manda ? 

Petra. — Eso es lo que yo me estoy preguntando desde que en- 
tré en la casa. ¡Señores!... Que mande el que sea, pero uno solo. 

Pascasio. — Coge de ahí. (Por la mesa.) 

Petra. — Pero, señoritos..., ¿por qué son ustedes tan cabezotas? 

Pascasio. — Oye tú, rica, obedece y no saques defectos... (Vuel- 
ven a poner la mesa frente al oalcón.) 

Petra. — Usté perdone, señorito, que no me refería al tamaño del 
tortíao que usté disfruta. Aludía a la testarudez que tienen ustedes 
ambos a dos, que nos va a hacer que estemos llevando en oroce- 
sión a la mesita hasta que anochezca. 

Valentina. — (Por la derecha. ) ; Ah ! . . . ¿ Pero es así como se 
obedecen mis órdenes? 

Pascasio. — ¿Pero es que yo no soy el jefe de lia. familia? 

Valentina. — ¡ El colocar la mesa frente al balcón es estúpido, 
ilógico y antiestético ! 

Pascasio. — Pues será antiestético, esdrújulo y peripatético ; pe- 
ro para mí es higiénico, porque me da el sol en los ríñones y me 
los calefacciona. 

Valentina. — ¡ Pasdasio..., pongamos la mesa en su lugar debido! 

Pascasio. — Está en su lugar descanso. 
, Petra.. — Pero, ¿por qué no la parten por la mitad y cada cual 
se sienta donde quiera? 

Valentina. — ¡A ti qué te importa este asunto!... ¡A la cocina! 

Petra. — 'Aparte.) ¡Tanto orgullo y es hija de un ladrillero! (Mu- 
tis foro izquierda.) 



ESCENA IT 
Valentina y Pascasio. 

Pascasio. — (Aparte.) (Para no darme hoy a mí el sol en l»s rí- 
ñones tendría que haber eclipse.) 

Valentina. — Le advierto a usted, caballero, que estoy decidida 
a separarme de ti. 

Pascasio. — Y yo te advierto a usted que lo que estoy deseando 
es que sea cuanto antes. 

Valentina. — Lo que tarde mi abogado en preparar la demanda 
de divorcio, porque sepa usted que ya be avisado hoy a un abo- 
gado. 

Pascasio. — Celebro haber coincidido, porque precisamente hoy 
también he mandaüo yo llamar al mío. 
Valentina. — ; Es uwted inaguantable ! 
Pascasio. — ¡ Y usté insufrible ! 

Valentina. — ¡ Lo feliz que voy a ser cuando no le vea ! 
Pascasio. — ¿Pues y yo cuando no la oiga? 

Valentina. — Te propongo una transacción en el asunto de la 
mesa. Para evitar discusiones y escenas violentas, mientras este- 
mos juntos cada día dispondrá uno donde ha de estar colocada 
la mesa. # 

Pascasio. — Acepto. 

Valentina. — Claro que empezaré yo a disponer; que para eso 
he sido la que Ha tenido la idea. 
Pascasio. — Conforme. 
Valentina. — Pues ayuda. 

Pascasio. — Sea. (Colocan la mesa en el centro.). Ahora que ma- 
' ñaña se pone frente al balcón, y así el reparto es equitativa. 
Valentina.— i Como te encarguen a ti del reparto de las tie- 
rras, me veo con una maceta de pensamientos ! Tienes el peor de- 
fecto que puede tener un hombre : el autoritarismo. Como se te 
ponga una idea en la cabeza, hasta que la logres. 

Pascasio. — Si nos víamos a divorciar en plazo tan breve creo 
que le deben tener a usted sin cuidado mis defectos. 

Valentina. — En absoluto. Pero esto no quita para que cuando 
salga de esta casa me lleve el recuerdo de sus tiranías. 
Pascasio. — ¿Tirano yo? 

6 



Valentina. — Usted, que no me ha dejado presentarme a dipu- 
tado, ¡ y a estas horas sería yo una señorita Campoamor ! 

Pascasio. — La déspota y la tirana lo ha sido usted, que hta. en- 
sayado conmigo todos los atropellos. 

Valentina. — ¿ Yo ? 

Pascasio. — Usted, que empezó por obligarme a deshacerme de 
todos mis amigos. 

Valentina. — ; Porque eran unos guerguistas ! 

Pascasio. — A poco me hizo usted dejarme el bigote para que lu- 
ciera esa brocha debajo de las narices. Por su mandato ingresé en 
las filas melquiadistas. 

Valentina. — Yo creí que era el partido del porvenir. 

Pascasio. — Y últimamente, me tiene usted loco, porque aún no 
me he hecho azañista. 

Valentina. — ¡ Porque es el que viene pegando ! 

Pascasio. — ¡ Ay, si me hubierla dado a mí por imitarle ! 

Valentina.— ¿ Qué dices?... ¿Pegarme tú a mí? ¡Cobarde! 

Pascasio. — ¡ Valentina ! 

Valentina.- — ¡ Pascasio ! 



ESCENA V 
Dichos y Petka. 

Petba. — (Por el foro, con una sopera que coloca sobre la mesa.) 
La comida está servida. 

Valentina. — En fin, no merece usted que yo me lleve un dis- 
gusto. 

Pascasio.— Lo mismo digo, señora. (Se sientan a la mesa, cada 
uno en un extremo.) 

Valentina. — (Aparte.) (¡Y que me haya gustado alguna vez este 
tío ordinario! ¡Es que me daba de cachetes!) 

Pascasio. — (Aparte.) (¿En qué estaría yo pensando cuando car- 
gué con esta mona histérica?) (Saca un periódico y se pone a leer.) 

Valentina. — (Probando la sopa en cuanto se sirve.) ¡ Esto es 
una salmuera ! 

Petra. — ¿Qué dice usté, señorita? 

Valentina. — (Disimulando.) No, nada. (Aparte.) (¡Qué salada 
eres, preciosa!) (Alto.) Que se te ha olvidado echar sal a la sopa. 
Que esto no hay quien lo pruebe de dulce que está. (Vuelca el 
salero en la sopera.) Ahora puede que no tome la sal. (Aparte) 



(Como lo pruebe revienta.) (Petra pasa la sopera a Pascasio, este 
se sirve, y en cuanto prueba la sopa finge devolverla.) 

Pascasio. — ¡ Mi santa madre ! 

Valentina. — ¿Qué..., ha tomado la sal! 

Pascasio. — ¡Si me ha dejao la boca en dame viva! 

Petua. — La señorita que ha añadido sal... 

Valentina.— ¡ Llévate eso! (Petra nace mutis por el foro iz- 
quierda, llevándose la sopera.) 

Pascasio.— Pero, releñe, ¿tú es que me has tomao a mí por un 

cordero ? 

Valentina.— Señor mío, yo trataba de hacerle un favor, por- 
que la sopa estaba sosísima. Si se me ha ido la mano, ¿yo qué 
culpa tengo? 

Pascasio. i Ay, como se me vaya a mí ! (Pascasio apoya el pe- 
riódico en. la botella, y Valentina se sirve vino, dejando caer el 
periódico. Pascasio lo vuelve a apoyar soore la jarra del agua, y 
Valentina vuelve a repetir el juego de servirse y dejar caer el pe- 
riódico. Guando Pascasio se harta y va a deeir algo, entra por el 
foro izquierda Petra, trayendo una fuente.) 



ESCENA VI 
Dichos y Manolo. 

Petra.— El portero de la casa de la calle de Hermosilla pre- 
gunta por los señores. 

Pascasio. — Que espere. 

Valentina.— Que pase. (Petra hace mutis foro izquierda, Va- 
lentina y Pascasio se sirven de la fuente.) 

Pascasio.— (Aparte.) (Bueno, si no llega a implantarse el ui- 
vorcio yo era un candidato al crimen pasional.) 

Manolo. — ¿Dan ustedes su permiso? 

Valentina. — Pase, Manolo. 

Manolo.— Buenos días tengan ustedes. Y que aproveche. 

Pascasio. — Gracias. 

Valentina. — ¿Qué, ocurre algo? 

Manolo.— Mayormente, nadh, señorita. Que han venido a al- 
quilar el piso bajo. Les he dicho seiscientas pesetas... 

Valentina.— ¿Y lo han encontrado caro? 

Manolo.— No, señorita. Lo que ocurre es que... verá usté, se- 
fiorita Que la que quiere alquilar el cuarto es una señora de 



esas que llevan los brillantes a barullo y que se pintan de colo- 
rao hasta la punta de la lengua..., y, la verdad, como tengo esas 
instrucciones de ustedes..., pues me he creído que debía consul- 
tarles antes. 

Valentina. — Ha hecho usted muy bien. 

Manolo. — Es esta señora. (Entrega una tarjeta.) 

Valentina. — (Leyendo.) Esmeraldina Velázquez. 

Pascasio. — ¡ Hombre, 1/a cubanita ! 

Manolo. — Pa mí que debe ser del teatro. 

Pascasio. — La vedette de Maravillas. 

Valentina.- — ¿ Esa deseo cada ? 

Pascasio. — ¡ Guapa mujer ! 

Valentina. — ¡ Indecente ! 

Pascasio. — ¡Mujer!... No se debe hablar así de las personas sin 
conocerlas... 

Valentina. — ¡ Si el indecente es para ti ! 

Manolo.— ¡ Ah ! Se me olvidaba decir a los señores que al ma- 
nifestarle yo a la señora en cuestión que a los dueños no les 
agradaba ¡alquilar los pisos a señoras solas, se echó a reír y me 
contestó: "¡Pues sí que. tiene jhibilla !... ¿Sabe? Pero, en ña, hoy 
irá mi viejito a hablar con el propietario". 

Valentina. — ¿Su viejito?... ¡Ay, su viejito! 

Pascasio. — Quizás sea su padre. 

Valentina. — ¡ O su tío el memo ! 

Pascasio. — Es que viejito, en muchos sitios de América, es una 
palabra, de cariño. 

Valentina. — Entre esa clase de señoras el viejo es el que las 
sufraga los gastos. ¡ El que se sacude ! 

Pascasio. — Pues sea lo que sea, si paga los ciento veinte du- 
ros, ¿por qué no alquilarle el cutirto? 

Valentina. — Yo haré lo que tenga por conveniente, que para eso 
la casa es mía. Y después de todo, estando esperando lo que es- 
tamos esperando..., no debía usted provocar estas discusiones. 

Pascasio. — Es verdad. 

Manolo. — (Ingenuamente.) ¡Ah!... Pero ¿están ustedes espe- 
rando?... 

Valentina. — Estamos esperando. 

Manolo. — ¡Quién lo iba a decir!... ¡Al cabo de tantos años de 
matrimonio... y salir ahora!... 

Pascasio. — ¡ Pues ahí está ! 

Valentina. — ¡ Y que ya no tiene remedio ! 

Manolo. — ¿Pero faltará mucho?... 

9 



valentina. — ¡ Qué ha de faltar! unos días. 

Manolo. ¡Mi madre! Pues con todos los respetos, señorita, no 

se le nota a usté nada. 

Valentina. — Que no se me nota, ¿el qué? 

Manolo. — ¡ Qué va a ser ! Lo que se les nota a todas las seño- 
ras que están de meses mayores. 

Valentina.— ¡ Pero, idiota!... ¿Quién le ha dicho a usted que 
yo?... 

Manolo.— ¿No acaba de decir usté que están esperando... lo 
que están esperando? 

Valentina. — ¡ Una albarda para usted ! 
Manolo. — Como usté mande, 

Valentina. — i Lo que estamos esperando es el divorcio ! 
Manolo. — Usté perdone. 

Valentina. — Retírese y no vuelva a meterse donde no le llamen, 
y a esa buena señora le contesta usted que de ningún modo con- 
sentiré que una mujerzuela de esa clase venga a habitar una casa 
que edificó una señora tan virtuosa como mi santa madre. 
Manolo. — Así se hará y usted perdone. 
Valentina. — ¡ Vaya, vaya ! 

Manolo. Muy buenas, señoritos. (Manolo hace mutis por el fo- 
ro. Petra, que durante la anterior escena ha estado sirviendo la co- 
mida, al llegar a este momento ya tiene hasta recogida la mesa, y 
también hace mutis por él Joro.) 

Valentina. — (Dirigiéndose hacia la derecha.) ¡Pues no falta- 
ría más ! 

Pascasio. — Bueno, pero como he de averiguar la vida privada 
de los inquilinos, tendrás que (alquilar los cuartos a las Ursulinas. 
Valentina. — ¿Decía usted algo? 

Pascasio. — Que aproveche, señora. (Mutis por la izquierda.) 
Valentina. — Igualmente... y con la misma intención. (Mutis por 
la derecha.) 



ESCENA VII 
Liberada y Petra. 

(Por el foro derecha entran LIBERADA y PETRA. La primera 
es una muchacha que viste un poco a lo masculino, pera joven y 
bonita. Trae un cartapacio o cartera con documentos.) 

10 



Liberada.— Algo extraordinario tiene que haber sucedido para 
llamarme con esta urgencia. 

Petra. — Pues como extraordinario no ha pasao na. Que se han 
molestao, que se han insultao y que se han amenazao. Pero de 
ahí no han pasao. Y esto no es nada extraordinario, es lo de todos 
los días. 

Libéhada. — ¿Y tu señorita, está?... 

Petra.— En su habitación. Pase por aquí. (Liberada hmce mutis 
por la derecha, y al ir a seguirla Petra, Pascasio entra por la iz- 
quierda, y la llama.) 



ESCENA VIII 
Petra y Pascasio. 

Pascasio.— Oye, Petra. ¿No habrá venido algún recado para mí? 

Petra. — No, señorito. 

Pascasio. — ¿Ni me habrá llamado por teléfono mientra* he sa- 
lido algún abogado? 

Petra. — El único abogado que ha venido... 

Pa&casio. — ¿Que- lia venido un abogado y no me habéis dicho 
nada?... 

Petra. — Pero si ha preguntado por la señorita, y con ella se ha 
encerrado en su cuarto. 

Pascasio. — ¡Mi mujer encerrada con un hombre! 

Petra. — Con un hombre, no. 

Pascasio. — ¡Con un abogado! ¿Qué más da? 

Petra.— Es que ese abogado es una abogada. Aquí tiene sa tar- 
jeta. 

Pascasio.— ¡ Atiza ! (Leyendo.) "Liberada Cadenas, abogado. Es- 
pecialista en divorcios". 

Petra.— ¿Pero es que de verdad se van a separar los señoritos? 

Pascasio.— ¡Y tan de verdad! Estas cosas yo no las hago de 
mentirijillas. Separación absoluta y perpetua. Y ahora oue ya es- 
tás enterada de que voy a divorciarme de la señora, y quisiera 
simpática Petrita, que me dijeses, con toda claridad, si yo podría 
contar contigo... 

Petra.— ¡ Por Dios, señorito, que aún es usté un hombre casado ! 
Cuando llegue el momento ya veremos, lo pensaré. Pero mientras 
tanto conténgase señorito, conténgase... 

Pascasio.— Pero si yo... 



11 



Petra— ¡No, no insista, se lo ruego! Confórmese conque le diga 
que no me es usté indiferente... Pero hasta que llegue el momen- 
to ; déjeme, déjeme!... (Mutis, coqueteando por el foro.) 

Pascasio.— Bueno esta demente no me ha dejado explicarle que 
lo que quería saber' es si estaría de mi parte o de mi mujer Y 
el caso es que, después de todo, como muy mal no está la ctoca. 
Cepillándola un poquito se podría.. 



ESCENA IX 
Pascasio y Amador. 

Amador.— ¿Se puede? . nA ,., 

PASCASio.-Ya lo creo que se pue... ¡Ah!... ¡Amigo Amador! 
Amador.— Querido Pascasio. Encantado de verle. 
Pascasio.— Le esperaba a usted con ansiedad. 
AMADOR.-¿Pero tan firme es su propósito de divorciarse como 
me dice en la carta,? 

PASCASio—Más aún, porque desde que se la he escrito hasta 
ahora me ha dado setenta motivos nuevos. 

Amador.— Pero, ¿de qué clase son esos motivos? 
Pascasio. — ¡De ordago! 
Amador.— ¿Cómo de ordago? 

PA S cAsio.-Que no hay manera de sufrirlos. Que basta que yo, 
diga blanco pa que ella responda negro; y en cuanto digo me tiene 
que llevar la contraria, y el día entero se lo pasa pinchándome con 
reticencias y pulMas que me hacen la vida insoportable. 

Amador.— Vamos a ver. ¿Usted se casaría muy 3 oven verdad. 
Pascasio.— ¡ Hombre ! Las tonterías no se cometen más que en 

la infancia. 

Amador— Pero usted se casó bien enamorado. 

Pascasio.— ¡6aro!... No es que viaya a decir ahora que si car. 
gué con la Valentina fué a la fuerza, pero sí ocurrió algo espe- 
cial Su padre tenía un tejar en el camino de Canillejas, mi padre 
un solar colindante donde almacenaba materiales de derribo, y yo, 
que entonces ya hacía chapuzas por mi cuenta, pues con ^ motivo 
d. tener que hacer una casa, nos reunimos; el padre de la Valen- 
tina puso los ladrillos, mi padre el balconaje y las vigas, yo la 
mezcla..., y puestos a mezclar..., pues nos casamos la Valentina y 

el que narra. . „„■> 

Amador.— Pero hasta ahora se han llevado ustedes muy bien, 6 no? 

12 



Pascasio. — Hombre..., en visita no íbamos a mentarnos las fa- 
milias, pero no liaría ni tres semanas que nos habíamos dasao, y 
porque yo tuve un ataque de indignación, porque me sirvieron un 
plato de sopa helao y lo tiré por la ventana al patio, pues fué la 
Valentina, agarró la sopera, la tiró también por la ventana y me 
dijo : "Si quieres que almorcemos en el patio dilo y te ayudaré a 
bajar objetos". 

Amador. — ¡ Caracoles ! 

Pascasio. — ¡ Si es un genio que no hay quien lo aguante ! 

Amador. — Sin embargo, no es razón suficiente para plantear un 
divorcio. 

Pascasio. — ¡ Recoliflores ! ¿ Pues qué hace falta para divorciar- 
se? ¿Ir a parar a alguna clínica de urgencia? 

Amador. — Hay que buscar un hecho concreto. Por ejemplo..., que 
su esposa tuviera un amante. 

Pascasio. — ¡Hombre! Eso no sería motivo pa divorciarse..., se- 
ría pa abrirle la cabeza ! 

Amador. — O que fuera usted el infiel. O un vicioso empedernido, 
9 un dilapidador... 

Pascasio. — No hay nada de eso. 

Amador. — Pues lo único que nos queda donde fundamentar la 
demanda es en la incompatibilidad de caracteres. 

Pascasio. — ¡ Pues hombre ahí está ! 

Amador. — Pero, ¿y las pruebas? ¿Han llegado a agredirse? 

Pascasio. — ¡ No crea usted que le ha faltado mucho ! 

Amador. — ¿Pero no han llegado? 

Pascasio. — Y yo qué sabía... Pero vamos, si es indispensable... 
¡la sacudo!... 

Amador. — ¿Insultos y frases gruesas sí se han cruzado entre us- 
tedes ? 

Pascasio. — Hemos agotao el diccionario. 

Amador. — ¿Y hay testigos? 

Pascasio. — Hombre..., ya sabe usté que la gente no acostumbra 
a invitar a los vecinos pa insultarse. Son cosas que se hacen me- 
jor en la intimidad. 

Amador. — Pues no teniendo testigos... 

Pascasio. — ¿Que hemos perdido el tiempo? 

Amador. — Naturalmente. 

Pascasio. — ¡ Ah ! Tenemos las criadas. 

Amador. — No es suficiente. Tanto para fundamentar la deman- 
da como para lograr que el divorcio se pronunciara a su favor 
sería preciso que alguien, extraño a la casa hubiese presenciado 

13 



«nie usted tflataba a su esposa con la mayor dulzura y la más ex- 
quisita cortesía, y ella en cambio, le correspondía a usted Te- 
jándole, insultándole o faltándole al respeto. Únicamente de esta 
manera conseguiríamos nuestro propósito. 

Pascasio.— Pero, ¿seguro que lo conseguíamos? 

Amador. — Seguro. 

Pascasio.— Pues no diga usté más, porque esto lo logro yo an- 
tes de diez minutos. Anorte, mismo llamo por teléfono a los por- 
teros o a un guardia que vive en el patio, los encierro en mi des- 
pacho... , . . 

Amados.— Sí, pero verá usted... (Siguen hablando en -eos baja.) 



ESCENA X 
Dichos, Valentina y Liberada. 

(VALENTINA y LIBERADA entran hablando por U derecha.) 

Valentina. — No sé si' podré dominarme. 

Liberada— Pues si usted no se reporte no lograremos »ada. Ha 
de proceder con una amabilidad exagerada hacia su esposo para 
que los testigos puedan dar fe de la diferencia de tr'ato. 

Valentina.— Mucho trabajo me va a costar. 

Liberada.— ¡Ah!... ¿Pero está usted aquí, Amador? 

Amador.— ¡ Querido colega! Por lo visto vamos a ser contrin- 
cantes. 

Liberada. — En el terreno profesional únicamente. 

Amador.— Desde luego. Con su permiso voy a la Audiencia. 

Liberada. — Yo también voy allí. 

Amador.— Pues si quiere, abajo tengo el coche. 

Liberada. — Encantada. 

Amador. — Señores. . . 

Valentina. — Vayan ustedes con Dios. 

Liberada.— Hasta la vista. (Mutis por el foro Liberada y Ama- 
dor.) 

Pascasio.— Beso a ustedes... al uno las- manos y a la otra los 

P ies - ^ ■ , X 

Valentina.— (Aparte.) (¡Y que tenga yo que fingir!...) 

Pascasio.— (Aparte.) (Vamos por los testigos.) (Mutis por U iz- 
quierda.) 



14 



ESCENA XI 
Valentina, Blasa y Ciríaco. 

Valentina. — Bueno, ¿ya quién buscaría yo que me sirviera de 
testigo? (Por el foro cruzan de derecha a izquierda Blasa y Ciríaco. 
Este lleva varias lecheras de metal.) 

Blasa. — (Asomándose desde el foro.) Muy buenas tardes, seño- 
rita. 

Valentina. — Hola. ¿Qué, ocurre algo, Blasa? 

Blasa. — No, señorita, que se nos ha ido el repartidor y vengo 
acompañando a este chico, que es de mi pueblo, pa enseñarle las ca- 
sas y que le conozcan. 

Valentina. — Muy bien. 

Blasa. — Hasta ahora, señorita. (Hace mutis por la izquierda.) 

Valentina. — (Acudiéndole una idea.) Oiga usted, Blasa... ¡Blasa! 

Blasa. — (Asomándose.) Mande, señorita. 

Valentina.— ¿ Usted me querría hacer un favor? 

Blasa. — ¡ Por Dios, señorita ! Lo que usté quiera. 

Valentina. — Se le Va a hacer algo raro, pero en definitiva no es 
nada importante. 

Blasa. — Diga usté. 

Valentina. — Mire, Blasa; yo nscesito que usted entre en esta ha- 
bitación para que desde allí pueda escuchar la conversación que 
voy a tener con mi esposo. Pero sin perder un detalle y fijándose 
muy bien hasta en el tono en que yo le hablo y en el que él me 
hable a mí. 

Blasa. — Pero, ¿y eso para qué? 

Valentina. — No puedo entretenerme ahora en darle explicacio- 
nes. Si me quiere usted hacer este favor, yo se lo agradeceré infi- 
nito, y si no ¿qué se le va a hacer?, tendré paciencia. 

Blasa. — De ninguna manera, señorita. Si yo por usté rodar que 
me mande. 

Valentina. — Gracias. (CIRÍACO aparece en el foro con sus le 
eheraa.) 

Blasa. — Voy a despedir al chico. 

Valentina. — No, que pase con usted, así no estará usted sola. 
(Aparte.) (Y que mejor son dos.) 

Blasa. — Bueno, tú, Ciriaco. (Le hace señas con la cabeza de que 
la siga y el muchacho lo hace. Aparte.) (¿Se habrá vuelto loca?) 
(llutis Blasa y Ciriaco por la derecha.) 

15 



ESCENA XII 
Valentina, Petea y Blasa. 

Petra.— (Por el foro.) Señorita. 

Valentina. — ¿Qué pasa? _ 

Petra.— Un caballero que pregunta por los señores. 

Valentina.— ¿ Quién es? „,„„«— P i nisn d 

PETRA.-Dice que no le conocen. Viene para alquilar el piso 

"v^A^Que pase aquí, al comedor; qué m.s da. ü¿ 

US l e :Z-l* Caereena, OSga usté, señorita. Ligo que voy a 
baS -en un vuelo a la tienda, porque es que he dejao en el despa- 
cho a Z chica pequeña, y no vaya a alarmarse si tardamos, la sa- 
biendo que estamos aquí, si ocurriera algo me avisaba... 

Valentina.— Bien ; pero suba pronto. 

Blasa.— En seguida. (Mutis foro.) 

ESCENA XIII 
Valentina y Teodoro. 

(Por el foro entra TEODORO, joven, elegante, distinguido, jovial.) 

Teodoro -A los elegantes y diminutos pies de usted, señora. 

VALENTiNA.-Beso a usted Ul enguantada y distinguida mano. 
iAnnrtp\ (;Qué tí o más finolis!) 

U Teodoro.- ¿ Es a la propietaria de la casa de la calle de Hermo- 
silla 157 a quien tengo el honor" de dirigir la palabra. 

V^lentina.-A la misma si no mienten las escrituras que obran 
en mi poder debidamente inscritas en el Registro de la Propiedad. 

Teodoro -Pues yo vengo de parte de la señorita Esmeraldina Ve- 

lázquez. ■«„_« 

VAL E NTiNA.-Ya. ¿La vedette de Maravillas? 

Teodoro— Justo. ¿La conoce usted de trabajo? 

Valentina. — Sí, señor. 

Teodoro.-¿ Acaso la ha visto en "Las pie es rojas? 

Valentina -La he visto en sus propias pieles, porque esa seifc. 
rl J saTe lía escena casi como su mama la depositó en el mundo- 

16 






Teodoro. — Sí, claro; las revistas de hoy día tienen esas exigen- 
cias que no es posible soslayar. Sin embargo, contra lo que usted 
pudiera Imaginarse, Esmeraldina es una santa. El salir a escena 
con tan poca rop'a y el tener que retorcerse como lo hace en "La 
chirimoya" le cuesta lágrimas de sangre. Todos los días me lo dice : 
"¡Ay, viejito..., cuándo podré retirarme!" Porque ella, créame, se- 
ñora, no tiene otra ilusión que retirarse. 

Valentina. — Pues que se lo pida a Aaaña. 

Teodoro. — En fin, el asunto es que se ha enamorado del piso ; 
principalmente por el jardincito > qué dice le recuerda, yo no sé por 
qué, la manigua de Cuba, su patria. Calcule usted el disgusto que 
le habrá proporcionado el saber por el portero que su esposo se 
niega a alquilarle el piso por el hecho de ser una señora sola, que 
no lo es, porque yo respondo por ella. Es una inquilina tranqui- 
la que no recibe a nadie. Únicamente a mí, que soy..., ¿cómo le 
dirí/a, yo?... ¡Ah, sí!... ¡Su gigoló ! 

Valentina. — Bueno, señor de gigoló. 

Teodoro.- — Teodoro Balconcillo, para servirle. Deportista e hijo 
del magistrado del mismo nombre y apellido. 

Valentina. — ¡Ah!... ¿Hijo de un magistrado? (Aparte.) (Este sí 
que podría ser un testigo.) 

Teodoro. — Yo no alquilo la casa a mi nombre porque soy ca- 
sado y... 

Valentina. — Comprendido, señor Balconcillo. Y desde luego, tra- 
tándose de una persona de la solvencia de usted, por mi parte no 
tengo ningún inconveniente en alquilar el piso a esa señorita. 

Teodoro.- — Muchísimas gracias. Con razón me decía yo que te- 
nía usted cara de ser una buena persona. 

Valentina.- — ¿Le parezco buena persona, verdad? 

Teodoro. — Estoy seguro de ello. 

Valentina. — ¿Se atrevería a decirlo delante de gente? 

Teodoro. — ¿Por qué no? 

Valentina.— Muchas gracias. (Toca un timare.) Pues nada, voy 
a avisar -a mi esposo, porque ya se hará usted cargo que aunque 
la casa es mía yo no quiero tomar ninguna determinación sin el 
consentimiento de mi marido. 

Teodoro. — Es usted una esposa modelo. 

Valentina.— En efecto, soy una esposa modelo. ¿También se 
acordará usted de esta frase si tuviera que repetirla? 

Teodoro. — Desde luego. 

Valentina. — ¿No tendrá ningún inconveniente? 

Teodoro. — ¿Por qué? 

17 



Valentina.— -¿Y si tuviera que atestiguarlo? 

Teodoeo.— Lo mismo. (Aparte.) (¿Por qué me dirá estas cosas.') 

Valentina.— Muy bien. Pues ahora, en cuanto salga mi esposo, 
yo haré todo cuanto me sea posible para que le complazca. 

Teodoeo.— Se lo estimaré infinito, porque a Esmeraldina es que 
le ha gustado el jardincito..., ¿cómo le diré? Quizá más que yo. 

Valentina.— No sea usted modesto. Si usted con esa ondula- 
ción debe ser de los que las atropellan. 

Teodoeo.— No me gusta presumir; pero, en efecto, mujer que 
me dice una vez : Teodoro, a la segunda ya me está diciendo : ¡ Te 
adoro ! 

Valentina. — ¿Se equivocan? 

Teodoeo. — No, se enajenan. 

Valentina.— ¡ Ah, sí! Se comprende. 



ESCENA XIV 

Dichos, Petea y Pascasio. 

Valentina.— (A PETRA, que entra por el foro.) Di al señor que 
tenga la bondad de venir. (Petra hace mutis por la tgquierda.) 
Teodoeo.— ¡ Cómo pagarle tanta molestia! 
Valentina.— Quizá no tardando mucho yo le pida a usted otro 

favor. 

Teodoro. — Con mil amores, señora. 

Valentina.— Pues escuche: Cuando salga mi esposo, yo le rue- 
go que mientras se habla del asunto del piso tome usted buena 
nota de su actitud, de sus palabras... 

Teodoeo. — ¿Qué quiere usted decirme, señora? 

Valentina.— ¡Chiss!... Ahí sale. (Por la izquierda mitran PAS- 
CASIO y PETRA, ésta hace mutis por el foro.) 

Pascasio. — ¿Qué hay, cielín? 

Valentina. — (Extrañada.) ¿Eh?... 

Pascasio. — Petra me ha dicho que me llamabas... 

Valentina.— Perdona si te he interrumpido, vidín, per» es que 
este señor... 

Pascasio. — Caballero. . . 

Tbodoeo. — Señor mío. 

Valentina.— Mi esposo, don Teodoro Balconcillo, aquí el joven 
viene a alquilar el piso de Hermosilla, el que le gusta a la ve- 
dette. . 

Pascasio.— El que le gusta ¿es el señor o el ¿uso? 



Valentina. — El piso, hombre. 

Teodoro. — Digamos... los dos. 

Pahcasio. — Cien, es lo mismo. Pues nada, en eso lo que tú di- 
ga:-, Valoutinita. Ya sabes que tu voluntad es la mía, máxime eB 
un asunto que te pertenece a ti por completo. (Aparte.) (Me pare- 
ce que no se puede estar más cariñoso.) 

Valentina. — Eso de ninguna manera, Pascasdtín. Tod© lo mío 
es tuyo. ¡ Pues no faltaba más ! 

Teodoro. — (Aparte.) (¡Cómo se quieren! ¡Es una pareja feliz!) 

Pascasio. — ¡ No puedo aceptarlo, vida ! Tú eres la que has de 
decidir. 

Valentina. — Pero, ¿he hecho yo algo en mi vida que »o haya 
sido dictado por ti? 

Pascasio. — (Aparte.) (¡ Ay, qué hipócrita! A esta también ia ha 
aleccionado la abogadita.) 

Valentina. — Yo le ruego a usted, caballero, que a fin áe que 
mi esposo se percate de la clase de persona a quien va a alquilar 
el piso, porque mi opinión es que debe alquilárselo, le repita usted 
como a mí las virtudes que adornan a esa señorita. 

Teodoro. — Dice usted bien, señora. (A Pascasio.) Esmeraldina 
Velázquez es única en el género. 

Pascasio. — Sí, la conozco. La he oído cantar aquella rumba que 
decía: (Canturreando.) "Mamita, yo quiero pulpa." (Marcando 
unos pesos de rumia.) 

Teodoro.- — Mamita, dame mamey. 

Los dos. — Y dime qué es lo que basemos... 

Valentina. — (Aparte.) (Yo creo que hacen el buey.) 

Teodoro. — Bien. Y entonces, ¿qué recado llevo a Esmeraldina? 
¿Puede contar con el piso? 

Pascasio. — Por mí no hay inconveniente ; tú decidirás, ¡ amor 
mío ! 

Valentina. — ¡ Yo lo que tú determines, tesoro ! 

Teodoro. — (Aparte.) (¡Qué matrimonio más encantador!) 

Pascasio. — (ídem.) (¡ Embustera !) 

Valentina. — (ídem.) (¡ Farsante !) 

Teodoro.— Bueno, pues ustedes dirán... 

Pascasio.— Yo y¡a he dao mi opinión. 

Valentina. — Y yo la mía, que es la de siempre. Lo «ue ordene 
mi dueño y señor. 

Teodoro. — (Aparte.) (¡Qué par de tórtolos!) 

Pascasio. — Sin embargo... 

Teodoro. — Vamos, caballejo, que ya veo que es usted ^aies ha 
de deeidir. ¿Accede?... ¿Verdad? 

19 



PASCAsio.-(A»08cado.) Por mí, sí; peto que sea ella la que 
8 e lo día porque yo conozco a mi mujer y si yo tomo una deter 
LiuacL sea la que fuere, tan pronto como usted salga de aquí 
Z ha de censurar terriblemente... y yo no quiero ajaste* 
V ALENTI KA.-(Q M e 1 na,c,) Pero... ¿te has vuelto loco ^scas^ 
Pascasio.-; Ah! Caballero, usté es testigo. , Me Ha llamado 

loco ! 

Valentina. — Cariñosamente. 

Pascasio.— Cariñosamente, pero loco. 

Teodoro.— Bien, pero en resumidas cuentas... 

valentina -Que si mi esposo está conforme, suyo es el piso. 

pÍscaso-pÍo ¿ c6mo voy a ser yo el que decida, después de 
haberte oído gritar hace un momento que de ningún modocon- 
sentTrías que una casa que te leg6 tu áanta madre fuera a servar 
Para albergar las liviandades de una mujerzuela como esa se- 

ñorita? 

Valentina.— ¡ Yo no he dicho eso! 
Pascasio.-; Se lo has dicho al portero! 

Valentina.—; Mentira ! omhl , ((t „ 9 ¡ No ! 

Pascasio.— 1 Me ha llamado embustero!... Loco y embustero. , «o 
Valentina.— ¿Sabe usted lo que le digo? 
Teodoro. — ¡Por Dios, señores! 

VALENTiNA.-(A P arttí«doíe y pasando aliado de P aseas*) ; De- 
jeme usted en paz ! (A Paseasio.) Que a mi no me la da usted, , so 

^Pas'cTsio.-í Hipócrita también! (A Teodoro.) Tenga la bondad 

«Le no olvidarlo. , 

VALENTiNA.-Bsa fingida mansedumbre que ha estadc ►usted de- 
mostrando es consecuencia de las instrncciones de su abogado. , b» 

n^t^'sorptpos que por primera vez en su vida me 
ha dedicado usté, qué. son sino consejos del suyo 

Valentina.-; Naturalmente! ¿Es que de por mi iba yo a pno- 
p'ear a un idiota como usted? 

Pascasio.— ¡ Qué cinismo! • 

Valentina.-(A Teodoro.) Caballero, sea usted testigo. , Me ha 

llamado cínica! ,. , 

Pascasio.-; Y usté a mí idiota, que esto no se lo dxce a su 

marido ninguna mujer decente! . -ndeceste a su 

Valentina.— ¡Ah!... ¡Y ahora indecente!... , *ndece»te 

legítima esposa!... ¡Canalla!... ¡Bandido! 
Pascasio. — ¡ Histérica ! 

20 



Valentina. — ; Morral ! 

Teodoro. — ¡Pero, señores..., cálmense! 

Pascasio. — Usted recordará que de ella ha partido la agresión... 

Valentina. — No he hecho más que contestar a sus groserías e 
incumplidamente. 

Pascasio. — Por si olvida alguno de los insultos voy a escribír- 
selos en un papel. 

Teodoro. — Por mí no se moleste. (Pascasio se retira a un lado 
y escribe en un papel febrilmente.) 

Valentina.— (.Acercándose a Teodoro.) Supongo que un hombre 
de honor como usted no se negará a dar su testimonio si se lo 
pidiera la justicia. 

Teodoro.- — Pero escuchen ustedes... 

Valentina. — Voy a darle una nota de todos los epítetos insul- 
tantes que me ha dirigido ese grosero. (Se va al extremo opuesto 
que Pascasio. También escribe nerviosamente.) 

Teodoro. — (No, esto sí que no, aunque me cueste regañar con 
Esmeraldina. ¿Verme envuelto en un proceso, expuesto a que lle- 
gue a oídos de mi mujer que he alquilado un piso a una vedette, 
para que le dé también por divorciarse y el suegro me retire la 
renta?... ¡No, no, no! Yo me largo sin despedirme.) (Inicia el 
mutis. ) 

Pascasio. — (Deteniéndole.) ¡Caballero!... Aquí tiene usté la 
nota... ¿Su nombre es Teodoro Balconcillo? 

Teodoro. — Eso eso. 

Pascasio. — ¿ Domicilio ? 

Teodoro. — (Rápido después de dudar un momento.) En la Pros- 
peridad, Avenida de Cervantes, 112. Hotel. 

Pascasio. — Muchas gracias. Ya puede retirarse. 

Valentina. — ¡ Un momento, señor ! Aquí tiene la lista de loa 
conceptos calumniosos y groserías que me ha lanzado ese in- 
dividuo. ¿Su gracia es Teodoro Balconcillo? 

Teodoro. — Sí, señora. 

Valentina. — ¿ Domicilio ? 

Teodoro. — Guzmán el Bueno, 36, Carabanchel Alto, donde tie- 
nen su casa. 

Valentina. — Muchísimas gracias. Usted ya ha tomado posesión 
de la suya. 

Teodoro. — ¡Señores..., hasta la vista! 

Pascasio.-h Hasta el día del juicio ! 

Valentina. — ¡ Eso es ! ; Hasta el día del juicio ! 

Teodoro. — ¡Hasta el juicio final! (Mutis foro.) 



ESCENA FINAL 

Valentina y Pascasio. Luego Nicasia, Benito, Micuel y Ciríaco. 

Valentina.— Mañana mismo presentará mi abogado la deman- 
da de divorcio, que será fallado a mi favor, porque este testigo, 
que es todo un caballero, declarará contra usted. 
Pascasio. — Eso ya lo veremos. 

Valentina.— Estoy dispuesta hasta regalarle el piso. 
Pascasio. — ¡ Eso es un soborno ! 
Valentina. — ¿Y quién me lo demuestra? 

Pascasio.— ¡ Inocente ! Pero, ¿usté se figura que yo me succiono 
las yemas de los dedos? Que declare ese señor lo que quiera, que 
contra Su declaración estarán las de mis testigos. 
Valentina. — ¿De qué testigos? 

Pascasio— De los que he tenido el talento de prevenirme. (Aso- 
mándose a la izquierda.) Salgan ustedes. (Entran NICASIA, BJS- 
NITO y MIGUEL.) 

Valentina. — ; La señora Nicasia! 
Pascasio. — La portera, sí, señora, y su hijo y... 
Nicasia.— (Presentando a Miguel.) Aquí es el electricista que 
estaba repasando la escalera, y como usté me dijo que si podía 
subir con alguien más sería mejor... 
P4SCASI0. — Muy bien hecho, Nicasia. 

Nicasia.— Una, ¿a qué está?, a servir a los señores. T que 
esos dos duros que nos ha ofrecido usté por cabeza nunca están de 
más en casa de un pobre. 

Pascasio.— Bien, bien, dejemos eso. El asunto es que ustedes 
.se habrán hecho cargo de que la señora me ha insultado gravemente. 
Nicasia. — Sí, señor. 
Benito. — Lo hemos oído. 

Valentina. — También habrán oído ustedes los insultos que él 
me ha dirigido a mí. 

Pascasio. — No han podido oírlos, porque no es cierto que ye 
los haya lanzado. 

Nicasia. — No, señorito ; no los hemos oído. 

Benito. — Ni una palabra. 

Valentina. — ¡ Qué sinvergüenzas ! 

Pascasio. — ¡Añadan..., aüadan esta frase! 

Valentina.— ¿Conque no le han oído llamarme indecente? 

22 



Nicasia. — No, señora. 

Benito. — No, señora. 

Miguel. — ¡Ea!... ¡Pues yo sí lo he oído! 

Nicasia. — ; Miguel ! 

Pascasio. — ¡ Ay, mi madre ! 

Miguel. — Las cosas claras y el chocolate pa las viejas. Yo 
no me vendo por dos duros, y la verdad es que los dos se han. 
puesto como hoja de perejil. 

Nicasia. — ¡ Pa eso no has subido con nosotros, so ganso ! 

Miguel. — ; La gansa lo será usté ! 

Benito. — ; A mi madre no la faltas tú ! 

Nicasia. — ¡ Déjale, que no tié una mala bofetá ! 

Pascasio.— ¡ Pero, señores ! 

Miguel. — ; Ni hay quien me la dé ! 

Benito. — ¡ O puede que sí ! 

Miguel. — ¡ Embustero ! 

Nicasia. — ¡ Granuja ! (Se van a enzarzar los dos hombres y 
Nicasia; Pascasio los separa.) 

Pascasio. — ¡Por Dios! Señores, cálmense. (A Miguel.) Usté se 
retira y en paz. Si yo con dos testigos tengo bastante. 

Valentina. — (A Miguel.) ¿Usted declara a mi favor? 

Miguel. — Yo declararé la verdad, o sea en contra de los dos. 

Pascasio. — ¡ Estas más sola que un hongo ! 

Valentina. — ¡ Pero, idiota ! . . . 

Pascasio. — ¡Otro más, otro más! 

Valentina.— ¿Crees tú que lo que a ti se te ocurra no se me 
ha ocurrido a mi tres horas antes? Yo también tengo mis tes- 
tigos. (Asomándose a la derecha.) Sal, muchacho. (Entra CIRÍACO 
con sus lecheras.) ¿Has oído todos los insultos?... 

Ciuiaco. — ¿ Eh ?. . . 

Valentina. — ¡ Que si has oído los insultos ! 

Ciríaco. — Cuando suba mi tía. 

Valentina. — ¡Dios mío!... ¡Si es como un tabique!... ¡ Hi único 
testigo que tengo... y me resulta sordo! 

Todos. — ¡ Es sordo ! 

Ciríaco. — ¿Qué dicen? 

Valentina. — ¡ ¡ Que así revientes ! ! 

Ciríaco. — Desde chico ; sí, señora. 

Valentina— ¡ Dios mío!... ¿Por qué habrá sordos? ¿Por qué 
habrá sordos en el mundo?... (Desesperada se deja caer en un si- 
llón mientras Pascasio se ríe y cae el telón.) 

FIN DEL ACTO PRIMERO 

23 




ACTO SEGUNDO 

Salonoi.o elesaate , eo,»et6n. Puerta a. foro y eos mas en caaa 
uno de los laterales. 






ESCENA PRIMERA 

Esmeraldina y Jenaea ^ 

(Al levantarse el telón ESMERALDINA y JEN ARA aparecen sen- 
tadas en primer término del lado izquierdo. Esmeraldina es joven, 
oonuav enante. Habla con ligero acento cuoano, viste un m ama 
\ la Jenara, una flamenca aue ya traspuso los cuarenta, aunque 
sil edeluen ver, tiene un periódico en la mano que en seguida 
Zasolre la mesita aue Hay entre ellas con los útües de fumar.) 

jEN AHA.-Esto esta pero que mas claro que la la» .Don Anselm. 
ha untao a Benítez pa que le dé un bombo a su bailanna 

EsM E RA L DiNA.-Pero esto es una injusticia. ¿ No soy yo la vedette 
y ella una desconocida? 

Jen ara. — Natural. 



2-1 



Esmeraldina. — Entonces, ¿por qué su nombre va a sonar más 
que el mío? 

Jenara. — Si suena menos, mujer. Por eso la dan el bombo. Pa 
ver si así suena. 

Esmeraldina. — ¡ Es un asco ! ; Con lo que me ha costado a mí el 
dichoso estreno de "El Polo Norte"... ¡Hasta hacer cama ocho 
días! 

Jenaka. — ¿Pero a quién se le ocurre irse al Polo sin más abrigo 
que un sostén? 

Esmeraldina. — Te digo que estoy desesperada. 

Jenara. — ¡Qué diferencia de estos tiempos a los míos! Entonces 
se conquistaban los puestos sólo por arte. Salíamos arropadas 
hasta la nuca. Y no como ahora, que tenéis que enseñar al público 
lo que antes no le enseñaba una a su marido más que en contadas 
solemnidades. Claro que entonces había que cantar, no como ahora, 
que en vez de probar la voz a las tiples les miden las pantorrillas. 

Esmeraldina. — ¡ Qué cosas dices ! 

Jenara. — Cantaba yo "El rey que rabió'' con un sentimiento... 
Como que al llegar en la romanza a aquello de |Ay, de mí..., ay, 
de mí...", había noches que se asomaba el médico a las cajas para 
preguntarme si me dolía alguna viscera. 

Esmeraldina.— ¿Es que te daba algo? 

Jenara. — Me daba tres duros el empresario. Y por quince cochi- 
nas pesetas me quedaba ronca de tanto cantar... 

Esmeraldina.- — ¡ Qué explotación ! Así se explica que después de 
tanto arte y tanto saber cantar te tuvieses que salir del teatro 
sin una mala peseta. 

Jenara. — De esto tuvo la mayor parte de la culpa el charrán 
de mi marido, q. a. r. d. s. h. 

Esmeraldina. — ¿Qué dices? 

Jenara. — Q. a. r. d. s. h. ¡ Que así reviente donde se halle ! Era 
tenor de género grande, pero como sinvergüenza, más grande que 
el género 

Esmeraldina. — ¿Y qué te hizo? 

Jenara. — 'Pues la chirigota siguiente: mientras estaba yo desem- 
peñando "Los diamantes de la corona", me empeñó todos los de 
mi propiedad, desapareció con una partiquina ¡ y hasta ahora ! 

Esmeraldina. — ¡ Qué guanajo ! 

Jenara.— En fin, eso ya pasó. 



ESCENA II 
Dichas y Lucia. 

Lucia. — (Por el foro derecha.) Señorita... 

Esmeraldina. — ¿Qué hay? 

Lucia. — Una señora pregunta por usted. 

Esmeraldina. — ¿ Quién es ? 

Lucia. — No la conozco, y no ha querido dar su nombre. 

Jenara. — ¡ Caray ! 

Esmeraldina. — Mira, recíbela tú, Jenara, que yo voy a aviarme 
un poco, no sea que se presente mi viejito. (Mutis primera izquierda.) 

Jenara. — Dila que pase. (Mutis Lucía foro derecha.) ¡A ver 
quién es esta señora desconocida!... 

ESCENA III 
Jenara y Cristina 

Cristina. — (Por el foro derecha.) Con permiso. 

Jenara. — Pase usted. 

Cristina.— (Avanzando.) Muy buenas. ¿La señorita Esmeraldina? 

Jenara.— No puede salir en este momento porque está, muy ocu- 
pada con el modisto, el peluquero, el zapatero, el sombrerero, la 
masajista y el perfumista. 

Cristina. — ¡Vaya una lista! 

Jenara.— Ahora que lo que usted desee de ella puede comuni- 
cármelo a mí, que soy su amiga íntima y consejera. 

Cristina. — No hay inconveniente. 

Jenara. — Siéntese. (Lo hacen.) 

Cristina. — Muchas gracias. Pues verá usted. Yo soy la presi- 
denta de la Junta de damas de "La alerta social", institución que 
tiene por objeto el amparo de los obreros inmóviles. 

Jenara. — ¿De qué obreros dice usted? 

Cristina. — De los inmóviles. Existen los parados, que son los 
que accidentalmente no trabajan, y viene luego los inmóviles, que 
son los que no han trabajado en su vida. A estos últimos son los 
que nosotras tratamos de proteger, porque de los parados ya se 
ocupa el Ayuntamiento. 

26 



Jenaka. — ¡ Magnífico ! Es una idea de lo más altruista. ¡ Pobreci- 
os inmóviles ! 

Cristina. — Por simpatía nos han enviado su adhesión varios 
íiputados y concejales. Y como ahora tratamos de organizar una 
'unción benéfica para allegar fondos, quisiéramos que Esmeraldina 
^os prestase su concurso. 

:J,enara. — Si le es posible no creo que se niegue. Yo se lo pre- 
cintaré. 

Cristina.— Muchísimas gracias. 

Jenaea. — Espere un momento. Con su permiso. (Mutis primera 
•quiérda.) 

Cristina. — No faltaba más. 



ESCENA IT 
Valentina y Cristina 

Valentina. — (Entrando por el Joro derecha.) Bueno, lleve de an- 
ísala más tiempo que si hubiera venido a sacar la cédula. (Al ver 
i Cristina.) Esta no tiene pinta de vedette. Pero entre dialogar con 
el perchero o con esta señora, o lo que sea, opto por esto. (Alto.) 
Señora... 

Cristina. — Señora... 

Valentina. — Usted no es la artista, ¿verdad? 

Cristina. — No. 

Valentina. — Ya me lo figuraba. La pregunta era porque..., por- 
que, vamos, de alguna manera hay que empezar a hablar. 

Cristina. — Sí, claro. Pues la vedette me parece que tiene varias 
visitas. 

Valentina. — No me extraña. Estas mujeres tienen más visitas 
íue Marañen, 

Cristina. — Por lo visto usted tampoco es artista. 

Valentina. — No, señora. A mí el teatro me hace muy poca gra- 
cia, y estas señoritas, que enseñan con tanta facilidad los inte- 
riores, me dan cien patadas. Yo soy una señora casaca... 

Cristina. — Y tal vez su esposo... 

Valentina. — No, señora, nada de eso. No es que yo vaya a poner 
las manos en el fuego por mi marido, pero que vamos, si yo hu- 
biera venido para una reclamación de ese género, no iba a estar 
con esta tranquilidad. Hubiera entrado derribando los muebles, 
iando gritos... 

27 



Cristina. — Usted perdone. 

VALENTiNA.-De nada. Yo he venido únicamente para avengu 
las señas de un pirandón que es el individuo que le costea _a 
meraldina la subsistencia y los recreos, porque es que na estado 
casa para alquilarle un piso para la vedette 7 me ha dado un, 
señas de su domicilio más falsas que las dos pesetas que me 
"argado el chófer en la vuelta. ¿Usted no conocerá al anugoito 

Esmeraldina? ,. 

Cristina.— No, señora. Si yo casi no la conozco a ella. 
y! entina-Es un pollo de e.os que ahora fabrican por sen 
ClIo que así tenía que ser para haberse dejado enganchar p 
esta pájara, que le estará arruinando... 

C^Lí-lQné atrocidad! ¿ Y puede que hasta sea casad*? 
Valentina. — Claro que lo es. 
Cristina. — 'Parece increíble... 

Valentina.-Y, además, tonto. Es hijo de un "»f*rad* 
Cmstina.— (Preocupada.) ¿Hijo de un magistrado T t 
¿No sabe usted su nombre? 

Valentina. — Teodoro Balconcillo. 
Cristina. — ¡ i Ah ! ! 
Valentina.— ¿Le conoce usted? 
Cristina.— i i Es mi marido ! ! 
Valentina. — ¡ i Atiza ! ! 
Cristina. — {Muy nerviosa.) ¡Infame!, 
sido yo tan estúpidamente ñel!... ¡Ay!... i Ay ! 
Valentina.—; Señora, por Dios, cálmese ! 
Cristina. — ¡Ay!..., ¡ay!... 

Valentina.-; Ahora sí que he hecho las diez de últimas! 
Cristina— ¡¡ Ay..., aaaayü... {Cae desmayada, sujetándola Ya 
lentina, que la lleva hasta una silla del lado izquierdo) 

Valentina.-! Pues sí que la he hecho yo buena!... , Senoia 
{Znlole aire.) No, si cuando yo meto la pata, la meto de verdad 
¡Ay, que yo creo que se ha muerto!... ¡Socorro! ¡Auxilie!... 
ñora ! ¡ Señora !... 



¡ Canalla ! ¡ Y que le hay 
{Le da un mtaque 



ESCENA V 

Dichas, Esmeraldina, Jenara y Lucia. 

(Simultáneamente entran ESMERALDINA y JENARA, por la iz- 
quierda, y LUCIA por el foro.) 

Lucia. — ¿Qué pasa? 

Jenara. — ¿Qué es esto? 

Esmeraldina. — ¿Qué ocurre? 

Valentina. — Casi nada. Esta señora que se ha sincopad*. 

Esmeraldina.- — Pero usted... 

Valentina. — Ya les explicaré quién soy. Ahora atiendan a la 
privada. 

Esmeraldina. — Pero, ¿cómo ha sido el accidente? 

Valentina. — Pues que... la estaba explicando una película algo 
dramática y de pronto le ha dado un ataque de nervios y se ha 
desmayado. 

Esmeraldina. — ¿ Y qué hacemos ? ¡ Habrá que avisar a un mé- 
dico ! 

Jenara. — Deja, deja de avisar a nadie. Vamos a echarla en la 
cama y que descanse. Esta señora debe ser una histérica terrible, y 
en cuanto se le pase la impresión de la película se levantará sin 
acordarse siquiera... 

Valentina. — (Aparte.) (¡En seguida se le va a olvidar!) 

Jenara. — (A Lucía.) Ayúdame. 

Lucia. — Vamos. 

Esmeraldina. — ¡ Qué contrariedad, como no vuelva en sí prosto ! 

(Entre Esmeraldina, Jenara y Lucía se llevan a Cristina por 
la izquierda.) 

Valentina. — La contrariedad va a ser cuando vuelva. Yo no me 
espero. Ya averiguaré las señas de este tío en otra ocasión. 

ESCENA VI 
Valentina y Teodoro 

Teodoro. — (Desde el dintel del foro. Trae un paquetito de confi- 
tería.) ¿Dónde está mi ciiollita? 

Valentina. — ¡Atiza..., quién está aquí! (Remedándole.) ¡En la 
cainita y desmayadita !... 

29 



G ^n™::f,i » .. — «-•- -:™ Fer . « 

VALM-iNA^-iToma! Eso ya acabo yo de. comprobarlo. Per. «aas 
son la. senas «,ae me d.d nsted »»« »• ^ ^ 

Teodoro.— Perdone, seuora. Se conoce que a¿u <x 

^rrf-SÍ, desde luego. (***.) (Te veo, Mateo.) 
Teodoro.—; Sabe Dios las señas que le daría.... 
VALF.NTiNA.-4Las de un profesor veterinario. 
Teodoro.-! Lo que lo siento, señora! 

T "rss¡: £■£- :á s.-fs-r J-=^ ■- 

STÍiSSSS -«e - -or se ba —d.,^ 

- rv= = sr «-— trür 

y ocbo pesetas ane me ba coat, .do e tay y eso ™ ^ ^ , 

^bTa^-J^C-- Pero no puedo acceder a 
s„ demanda. Coasld.re ,ue yo soy un bombre casado. 

vatfn^ina — ¡Pero con su criollita ! 

Teodoro -Con lo que usted quiera; pero reflexione y comp en 
Teodoro. V. ceso de divor cio no puede pasar 

da que mi "J*™™* £ gab ¿ el moti vo de mi visita a ustedes, 
1D ^"indi redón que lo dejase suponer, podría conturbar la 
7 t m^ñot Y esto de ninguna manera. Yo tendré mis trapi- 
tos" peTo foTro l suflcientemeute cauto para que mi e*o- no se 

entere y viva feliz. 

Valentina.— (Aporte.) (¡Estás fresco!) 

SSS^SÍ *£'««- dirá •„ ,ue arnera, pero yo nece- 
sito su testimonio y usted me sirve a m. de testigo. 

oarraTe^Tpor b, ,a trastada ,ue le esta nsted fcaciend». 

^ ^ • -rr't.+r, p" un chantage vergonzoso '. 

"nI-iÍ —so e/que un bombre casado *e -ermita 
la majadería de estar sosteniendo a una tunanta. 
Teodoro.-» Señora..., repórtese ! 



30 



Valentina. — Me reporto; pero usted viene a declarar. 
Teodoro. — ¿Pero es que quiere usted perderme? 
Valentina. — De vista. No sea usted cursi. Hay mil pretextos que 
stifiquen su presencia en nuestra casa. El piso lo podía usted 
lerer para su esposa. 
Teodoro. — Eso es verdad. 
Valentina. — ¿Lo está usted viendo? 

Teodoro. — Vaya, pues siendo así, ya me avisará usted el día. 
Valentina. — Ahora mismo. Precisamente vive a dos pasos de 
; uí mi abogado, la señorita Liberada Cadenas. De modo que en 
momento nos presentamos en su despacho, firma usted su deela- 
ción y por ahora no le molestaremos más. 
Teodoro. — Perdóneme, pero ahora no me muevo de aquí. 
Valentina. — Si es que es urgente. 

Teodoro. — Lo más urgente para mí es ver a Esmeraldina. 
Valentina. — Pero, ¿para qué esas prisas? ¿Por qué no se va 
ted, mientras tanto, a ver a otra? 
Teodoro. — Si es que ella estará impaciente. 

Valentina.— Estas mujeres tienen mucha paciencia para esperar. 
¡Teodoro. — ¡ Ea, pues basta! En esto no transijo. 
Valentina.— Bueno, bueno, pues otra cosa. Yo iré por mi abo- 
do, que le extienda aquí mismo su declaración..., usted la firma... 
Teodoro. — Eso ya es otra cosa. 

Valentina.— Pues voy corriendo. ¡Muy suya! (Mutis foro de- 
\cha.) 

Teodoro— Hasta ahora. Y Esmeraldina sin enterarse de que he 
nido. Me voy a poner el pijama para darle una sorpresa. (Mutis 
[gunda derecha.) 



ESCENA VH 

Valentina y Lucia 

Lucia.— (Por la primera izquierda.) ¡Mi madre con la señora! 
irda más en volver que si se hubiese ido a América. 
Valentina.— (Entrando precipitadamente por el foro ) ¡ Ay que 
íne también él!... ¡ Ay, que viene! 
Lucia. — ¿Qué le ocurre, señora? 

Valentina.—; Mi marido, que al ir a salir le he visto que subía 
escalera ! Y aun cuando ya me figuro a lo que viene, yo quisiera 
i cosas. Tome usted dos duros. (Se los da.) 

31 



Lucia.— Muchas gracias. 

VAi^NTiNA—Quisiera que él no se enterase de que yo e.toy aqai 
y quisiera, también, cerciorarme del objeto de su visita. 

Lucia. — Yo me enteraré. 

Valentina.— Prefiero otra cosa. Tenga otro duro. 

Lucia.— Muchas gracias. Usted dirá. 

Valentina.-Pucs quisiera que me permita ocultarme en alguna 
de estas habitaciones, desde donde pueda escuchar sin ser vista. 

Lucia.— Sí, señorita. Pase usted aquí. 

VALENTiNA—Gracias. (Inicia el mutis hacia la primera de, echa.) 

Lucia.— ¿No quiere alguna cosa más la señorita? 

vTlentina.-No tengo más suelto. Digo, no, nada. Muchas gra- 

d Luc^Y^mios mal. Todo no van a ser susto, (Mutis por 
el Joro.) 

ESCENA VIII 

Cristina y Jenaea 

(Entran las dos por la primera izauierda. CRISTINA se ha aui- 
tado el sombrero.) 

jenaea.— ¿Qué, se le ha pasado ya? 

Cristina -Sí, sí, señora. Muchas gracias. ¡Qué necia he sido . 
Afortunadament; existe el divorcio y podré rehacer mi vid. 

Jenara.-Yo creo, señora, que usted debía retirarse a su casa... 

Cristina— He decidido esperar a que venga mi marido para 
que no tenga ni la posibilidad de negar su infamia. Y una vez 
que celebre con él esta última entrevista, ¡a divorciarme! 

Jenara— A tales razones no hay argumentos que oponer. Y 
puesto que así ha de ser, voy a ocuparme un poco de Esmeraldina, 
oue ya ha visto usté cómo la hemos dejado. 

Sristina.-SÍ, cuídela, no vaya a darle algo..., (Aparte.) (Ya que 

no se lo he dado yo.) 

Jenara.— Pues hasta ahora. Está usté en su casa. 

Cristina.— i Ya me lo imagino ! Por eso permanezco con esta tran- 

^ENARA.-Uparte.) (Esta niña nos ha estropeao la temporada.) 
(Mutis primera izquierda.) 



32 



ESCENA IX 
Valentina, Cristina, Lucia y Pascasio. 

Cristina. — ¡ Que me haya engañado ese bandido ! (Se sienta en 
primer término del lado izquierdo. Por el foro derecha entran 
LUCIA y PASCASIO.) 

Lucia. — (Invitando a pasar a Pascasio.) Aquí estará usted mejor. 

Pascasio. — Gracias, joven. Ahí va un durito por bonita. 

Lucia. — Muchas gracias. 

Pascasio- — Y dos pesetas por lo que le sobresale la educación. 

Lucia. — Muchísimas gracias. (Aparte.) (Bueno, hoy es que llueven 
duros.) (Miitis foro derecha.) 

Pascasio. — (Reparando en Cristina, que está de espaldas a él, 
arreglándose los laoios con el lápiz.) ¡Calla, si hay alguien!... 
¡Toma, como que debe ser ella! (Alto.) Señora..., perdone que 
bolle... (Aparte.) (No me oye.) (Muy fuerte.) Perdone que hollé... 

Cristina. — ¡ Ay !... 

Pascasio. — ¿La he asustado a usted? 

Cristina. — ¡ Ya ha visto que sí ! 

Pascasio. — Lamento en el alma, señora, haberle ocasionado a 
usté este trastorno. Seguramente estaría usté meditando alguna 
escena interesante. 

Cristina. — ¡ Interesantísima ! 

Pascasio. — (Aparte.) (No me equivoqué. Es la "vedette".) Pues 
disculpe mi torpeza y en compensación le anticiparé que vengo a 
darle una buena noticia. 

Cristina. — ¿A mí? 

Pascasio. — A usté. Yo soy el propietario de la casa número 157' 
de la calle de Hermosilla... ' 

Cristina. — ¡ Ah !... 

Pascasio. — (Aparte.) (fQué alegría le ha dado!) (Alto.) Pascasio 
Andanada, maestro de obras, para lo que usté guste mandar. Su- 
pongo que ya se figurará usté a lo que vengo, a decirla que pue- 
de disponer del piso que para usté ha ido a alquilarnos su ami- 
guito don Teodoro Balconcillo. 

Cristina. — Señor mío, don Teodoro Balconcillo no es mi amigui- 
to ; es mi esposo. 

Pascasio. — ¿Su esposo? 

3 '<->'■-> 



Cristina. — Mi esposo. 

Pascasio. — Vamos, ande, si ya estamos... 

Cristina.— ¡ Le digo a usted que es mi esposo legítimo» No lo 
dude un momento. I 

Pascasio— Señora..., yo no lo dudo. ¿Pero si es asi, por qué 
nos ha dicho otra cosa y por qué no pone el cuarto a su nombre?. 

Cristina.— Porque el piso no lo quería para mí, sino para la 

"vedette". 

Pascasio.— ¿ Eeeeh?... Pero, ¿no es usté la artista.' 

Cristina.— Le estoy a usted diciendo que yo soy su esposa. 

Pascasio.— ¿Y la "vedette" es otra? 

Cristina.— ¡ Naturalmente ! ¡Usted se ha colado! 

Pascasio.— Me lo he calado, pero ¿no es este el cuarto de la 
"vedette? 

Cristina. — Sí, señor. 

Pascasio. — ¿Y viven ustedes los tres juntos? 

Cristina.— ¡ Caballero..., yo soy una mujer decente! La casua- 
lidad ha hecho que me entere de la infamia de mi esposo y estoy 
aquí para aguardar su llegada y comunicarle que todo ha termi- 
nado entre nosotros. , „«i.„i 

Pascasio.— ¡ Pues sí que me he estado columpiando un ratito . 

Cristina.— No tema usted haber cometido ninguna indiscreción 
porque de este contubernio ya estaba bien al corriente por su 

mujer. 

Pascasio.— ¿Por qué mujer? 

Cristina.— ¿Pero tiene usted más de una? 

Pascasio.— ¡ Ah ! ¿Por mi mujer dice usté? 

Cristina. — Claro. 

Pascasio.— ¿ Pero está aquí mi mujer? 

Cristina. — Ha estado. 

Pascasio.— ¿Vendría también, como yo, en busca de su espose 
para que fuera testigo?... 

Cristina— De los insultos que usted le ha dirigido. 

Pascasio.— ¡ Qué cínica! Si la que me ha insultado y me hí 
escarnecido ha sido ella. Claro que su esposo será un caballero.. 

Cristina—Mí esposo es un fresco. ¿No lo está usted viendo 
De modo que no espere usted de él nada bueno, ni tampoco 1, 
tema, porque, ¿qué fuerza puede tener la declaración de un testo, 
go de una moral tan relajada como la suya? 
Pascasio.— Eso no lo saben los jueces. 
Cristina.— ¿Cómo no lo han de saber si hoy mismo presentar 
yo mi demanda de divorcio? 

34 



Pascasio. — ¿Usté también va a divorciarse? 
Cristina. — ¿Pero es que usted cree que debo soportar que mi ma- 
rido me la esté dando con queso? 

Pascasio. — Del más legítimo gruyere, sí, señora. ¡ Pero si pare- 
ce mentira ! Yo me creí que la señora del adulto que nos ocupa 
sería una calcomanía. Así que cuando la he conocido a usté es 
que me he quedao alelao. 

Cristina. — ¿Es algo inaudito, verdad? 

Pascasio. — Calle usté, señora. Incomprensible. Con una mujer 
tan joven y tan guapa. Si todavía hubiera sido al revés... 
Cristina. — ¿Cómo al revés? 
Pascasio. — Que hubiera sido usté la que... 
Cristina. — ¿Yo soy una mujer digna?... 

Pascasio. — Desde luego; pero que..., vamos, que hubiera tenido 
más explicaciones. 

Cristina. — Cierto. (Pequeña pausa.) ¿Y su esposa también le 
ha engañado? 

Pascasio. — Hombre..., en el sentido que a usté, no creo. Pero sí 
he sido engañado", porque de novios era una mansa cordera y en 
cuanto nos casamos se convirtió en una arpía de instintos perver- 
sos que no ha tenido más placer que el de amargarme la existencia. 
Cristina. — ¡Qué pena es el equivocar el camino de la vida! 
Pascasio. — Con lo feliz que yo hubiese sido con una mujer afa- 
ble y cariñosa que me hubiera dejado quererla. 

Cristina. — ¡ Esa era toda mi ilusión ! Tener un marido a quien 
le gustase yo más que nadie y que me guardara todos los respe-. 
tos <;ue yo a él. ¿Es mucho exigir esto? 

Pascasio. — Es nada para lo que usté se merece. 
Cristina. — ¡ Somos dos víctimas de nuestro error ! 
Valentina. — ¡ Pobrecitos pichoncitos ! 

Pascasio. — Pero ya tenemos el divorcio para subsanarlo. 
Cristina. — En parte. 

Pascasio. — O en absoluto. Porque, ¿quién nos dice que todo el 
desacierto que tuvimos la primera vez para elegir pareja no lo 
vamos a tener ahora de fortuna? 

Cristina. — Es muy difícil encontrar una persona comprensiva y 
que a la par nos agrade. 

Valentina. — ; Qué monada de niña ! 

Pascasio. — Cuestión de suerte. (Insinuándose- y acercándose mu- 
cho a ella.) ¡Yo ya creo haberla encontrado!... 
r Cristina. — Caballero..., permítame usted que me levante... 

Pascasio — Usté se pone en la postura que esté más cómoda. 

35 



casados. . 

Pascasio —Pero deseando divorciarnos. 

Pascasio. nedo nunca más! 

Cristina. — ¡An, eso si. i^ u 
,Pascasio.-¡NÍ yo con esa cascarrabias! 
Cristina.— ¡ Es insoportable ! 
Pascasio.— i Insufrible ! 
Cristina.—! Estúpido ! 
Pascasio.— i Mema ! 
Cristina.—; Presumido ! 
Valentina.—; Majaderos ! 
Cristina.— ; Si hasta es gangoso! 
Pascasio.—; Si hasta ronca ! 

£S¿3Í££» ^* - o ™ rd0 ! w „ J 

tura, disimuladamente.) t* no ve u&te 

^st^^o que noto no es precisamente la de la Pro- 

videncia: (Se la retira con suavidad coaueteand. 

Valentina.-; La que puede que ™^ ™ '^J^ jun 
Pascasio.— Si el mismo mal nos aqueja, ,poi que no 

tos el remedio? , 

«STmA.-Con.au amores. ^ „,„ en dos fc„ t as! 

SS^QÚél^te, Después de todo, *M «■ 4 

SSE^W^Í*. m as retenta voy a «n,r, 

Cristina.— ¡ Por Dios! 

Pascasio.-; Y lo que voy a quererla ! 

Prístina. — : Pero a mí sola? 

Cristína 4 /anorte.) (i Se decidió !) . 

S¡52£3Í(S'.-3«¡ '¿» - — - »° a l0 '° ra, "' ¡ 

estamos diciendo? 

Valentina.-; Una desvergüenza ! 



36 



Pascasio. — Vamos a casa del abogado. 

Cristina. — Más tarde. Ahora no, po;que me he propuesto no salir 
de esta casa hasta que llegue mi marido. Quiero sorprenderle aquí 
dentro para que no pueda excusarse después. 

Pascasio. — Bien pensado. Si tuvieran aquí teléfono podría lla- 
mar al abogado. 

Cristina. — Eso sería muy conveniente. (Pascasio toca un timbre.) 
Disponer de un abogado para el momento de la sorpresa... 

Lucia. — (Por el foro.) ¿Han llamado ustedes? 

Pascasio. — Sí. ¿Hay aquí teléfono, preciosa? 

Lucia. — Sí, señor. Venga conmigo si quiere utilizarlo. (Mutis foro 
izquierda. ) 

Pascasio. — Vamos. 

Cristina. — Piropea usted hasta a las criadas. 

Pascasio. — Es un vicio que he adquirido. 

Cristina. — Usted tiene cara de ser muy enamorado. 

Pascasio. — ; Como que me tuvieron que. destetar antes de tiempo 
porque piropeaba a la nodriza ! 

Cristina. — Así, pues, el ser galante le viene de lejos. 

Pascasio. — De mi abuelo, que murió en Buenos Aires. 

Cristina. — ¡Qué gitano! 

Pascasio — ¡ Bonita tú ! 

Cristina. — ¡ Adulador ! 

Pascasio. — ¡Mieles de diosa de tus labios manan! 

Cristina. — ¡ Qué frase ! 

Pascasio.— (Aparte.) (De "María o la hija de un destajista".) 

Cristina. — Es una frase demasiado dulce para un maestro de 
obras. 

Pascasio. — ¡ Muy dulce ! ¡ Como que soy el pirulí de la construc- 
ción ! (Mutis los dos foro izquierda.) 



ESCENA X 

Valentina y Teodoro. 

Valentina.— (Por la primera derecha.) ; Ay, la madre de la ma- 
dre de la madre de mi madre,'... ¡Pero qué canallas! ¿Y qué haeff 
yo? ¿Le mato a él?... ¿La arrastro a ella?... ¿Pego fuego a la casa 
y de aquí no sale ni el gato?... ¡Esto es lo que yo haría a gusto- 
Pero no, no. Creerían que yo tengo algún interés en conserva- ese 
mamarracho y lo que estoy deseando es perderle de vista. ¡Decir 

37 



que yo ronco ! ¡ Y él, que en cuanto se queda dormido se pasa la 
noche soplando!... Que en verano menos mal, me sirve de ventila- 
dor. Pero en invierno..., no sé cómo no he cogido una pulmonía. 

Teodoro. — (Por la segunda derecha, vistiendo un pijama muy lla- 
mativo.) Me he bañado y me he perfumado 

Valentina. — ¡ Atiza ! 

Teodoro. — Así que ya estoy aviado. 

Valentina. — ¡ Y tan aviado que está usted ! 

Teodoro. — ¡ Ah, señora; usted! ¿Y su ahogado? 

Valentina. — ¡ Se ha ido a China a recolectar mandarinas ! 

Teodoro. — ¡ Caray qué lejos ! 

Valentina. — Más lejos está usted que vive en Babia. 

Teodoro. — ¿Qué quiere decir con esa metáfora? 

Valentina. — ; Que es usted idiota! ¿Está esto claro? 

Teodoro. — ¡Pero esta agresión!... 

Valentina.— Por supuesto que usted so tiene bien merecido lo 
que le ocurre. Un -hombre casado, en vez de tener amiguitas, se debe 
preocupar de su esposa y no hacer el ridículo. 

Teodoro. — ¡Señora!... ¿Eso es que quiere usted hacerme sospe- 
char que Esmeraldina me es infiel? 

Valentina. — Usted tiene más infieles que el sultán de Marruecos. 

Teodoro. — ¡ Eso es una calumnia abominable ! Esmeraldina está 
enamoradísima de mí. Me ha dado miles de pruebas. 

Valentina. — ¡Vamos, hombre, despiértese! 

Teodoro. — Le aseguro... 

Valentina. — Además, que yo no me refería ahora a esa pájara 
A quien aludo es a su propia mujer. 

Teodoro. — ¡ Ah ! Señora, medite sus acusaciones porque esto sí 
que no se lo tolero. Mi esposa es una santa a quien tiene usted que 
mirar con la veneración con que se contempla a una Virgen en los 
altares. 

Valentina. — Es usted más tonto de lo que parece. 

Teodoro. — ¡ Señora !... 

Valentina. — ¡ Y cuidado que tiene usted pinta de castigador ! 

Teodoro. — Le ruego... 

Valentina. — Cuando yo vea a su esposa en un altar la miraré 
como usted dice, pero cuando me la encuentro abrazada a mi pro- 
pio marido, ¿qué berenjenas de santidad voy a ver en ella? 

Teodoro. — ¡ Usted ha perdido la razón ! 

Valentina. — ¡ Y su mujer la vergüenza ! 

Teodoro. — ¡ Repórtese o no respondo ! ¡ Repito que mi mujer es 
una santa ! 

38 



Valentina. — Pues se habrá creído que mi marido es el sacristán 
y por eso le trataba con esa confianza. 

Teodoro. — -¡ Usted está loca ! 

Valentina. — ¡Pero so' necio, si acabo de sorprenderlos aquí 
mismo ! 

Teodoro. — ¿Que mi mujer está aquí? 

Valentina. — ¡'Aquí ! 

Teodoro. — Pero si... 



ESCENA XI 

Dichos, Cristina y Pascasio. 

(Por el )oro izquierda entran CRISTINA y PASCASIO, muy aca- 
ramelados.) 

Valentina. — ¡ Fíjese en la postalita ! 

Los tres. — ¡ ; Ah ! ! 

Teodoro. — ¿ Pero tú. . . ? 

Pascasio. — ¡ Valentina ! 

Valentina. — Pasen, pasen ; no les dé a ustedes rubor. 

Pascasio.— Me parece, señores, que aquí huelgan las palabras. 

Valentina. — Por una huelga más, ¿qué importa ai mundo? 

Teodoro. — ¡ Tu presencia en esta casa es inexplicable e improce- 
dente, Cristina ! 

Cristina. — ¿Y esto me lo dice usted en pijama y en una casa que 
no es la suya? 

Teodoro. — Yo te explicaré... 

Cristina. — Se lo explicará usted a mi abogado. ¡Hace falta ci- 
nismo ! 

Valentina. — Lo que hace falta es no tener ni chispa de decoro 
para antes de separarse de su esposo estarse ya preparando el sus- 
tituto. 

Cristina. — Señora, a usted nadie le ha dado vela en este en- 
tierro. 

Valentina. — ¡ Ay, mi madre! ¿Y el cirio de mi marido? 

Pascasio. — ¿Pero no estaba usté deseando divorciarse? 

Valentina. — ¡ Y lo estoy ! ¡ Si a mí no me importa usté tres 
pepinos ! 

Pascasio. — ¡ Te veo, besugo ! 

Valentina. — ¡ El besugo lo es usté ! Por eso ha simpatizado con 
esa quisquilla romántica. 

39 



¿¿¿SEISES:- atdn de su -J 

é*s£S£Z?~ „«*. se — .. 

Pascasio.— ¡ Valentina ! 
Valentina.-! Vaya usté a paseo! 
Teodoro.-; Perdóname, Cristi na . ¡ 

S£2EX^^^ «ue ech.se en cara 

^^^Sístina, que las apariencias engañan! 
Valentina.-; Qné tres mamarrachos. 
Teodoro. — i Deslenguada ! 
Cristina.— i Grosera ! 
Valentina.—í Poca lacha ! 
Teodof.o. — ¡ Señora ! 
Pascasio.—; Valentina ! 
Valentina.—! Qué gentuza ! 

ESCENA FINAL 
Dichos, Esmeraldina, Jenara y Lucia. 

{P0 r «„ „** rt*~ entra, «»«'»» ' "" 
ES M^ M »A.-Pero, seaore,.. UI-~ . «W*~> >**; 

aí, ° n « seüora va estamos todos. Puede echar el 

Valentina. — Si, senoid, ¿<* 

domicilio. discutir porquerías, ¿dónde ri 

Valentina. — Como t>e ^t 

«■££££-.«*> -;-«■>•' 

¡SS^-rS^ -dad de sa„t de - easa »-. 

me vi:-°r-BesSr;:e „,» r . — 

»,« -v ustedes también! 
Esmeraldina.— i i- usxeue» 

Teodoro.— Vamos, Cristina. 



¡íe: 1 



';;. 



r 



40 



Cristina. — ¡ No intente usted ni acercarse a mí, porque le des- 

3CÍO ! 

Teodoro. — ¡Cristina! ¡Que soy tu marido'! 
Cristina. — ¡ Ya no es usted nada mío ! 
Teodoro. — ¡ No me obligues a emplear la violencia ! 
BÍístina. — ¿Contra mí? ¿Pero cree usted que yo iba a tolerarlo? 
Teodoro. — ¡ Cristina ! 

Pascasio. — (Interponiéndose.) Señor mío... Sepa usté que esta 
>.jer no está sola. Que hay un hombre que la ampara. 
Teodoro. — ¿ Quién ? 
Pascasio. — ¡ Yo ! 
Cristina.- — ¡ Gracias ! 

¡Valentina. — ¡ Ay, mi madre ! ¡ Pero oye, tú, abogao de neurasté- 
:as!... Chevalier de perra gorda. 

Pascasio. — Señora..., ni a usté le interesan mis asuntos, ni a 
los suyos. ¿No quería usté divorciarse? ¡Pues a divorciarse! 
ro de verdad, sin pamplinas. Todo acabó entre nosotros. ¡ Vira 
divorcio ! 

Cristina. — Sí, señor. ¡A divorciarse tocan! 

Esmeraldina. — (Pasando al lado de Teodoro.) Tú no te apures, 
e aquí estoy yo para quererte. Y grita también ¡ Viva el divorcio ' 
Teodoro. — Tienes razón. ; Viva el divorcio ! 

(LUCIA entra por el foro y se coloca junto a Jenara.) 

Valentina. — Yo también grito como ustedes y con más fuerza 

e ustedes : ¡ Viva el divorcio ! Pero viva también la vergüenza, y 

mo veo que aquí en la tertulia escasea... 

Teodoro. — ¡ Señora ! 

Valentina.— Justo es que trate de imponerla la única persona 
íe la tiene. Conque (A Pascasio) tú podrás hacer lo que quieras 
?sde el día que, en efecto, nos hayamos divorciado ; pero mientras 
mto, tú cumples con tu deber y ahora mismo sales de aquí con 
i mujer ; ¡ que te odia !, pero que es tu mujer. Y a esa mona ave- 

ada que la acompañe el necio de su marido, o que se compre un 
erro, o que se busque una carabina. 

Pascasio.— (A Cristina.) No conteste usté, señora, porque esas 
álabras no merecen más que el desprecio. Yo le he dicho a usté 
ue la acompaño... 

Valentina. — ¡ Y no la acompaña ! 

Pascasio. — Pero..., ¿cómo? 

Valentina.— ¡ Pues así! (Le coge de un brazo fuertemente.) 

Pascasio. — ¡ Valentina, suelta ! 

41 



Valentina.-; No quiero! (A los demás.) Pero, ¿qué """"» 
des? ¡Hale a la calle!... ¡Pero pronto!... ¡Fuera !... Fuera he 
dicho" . ¡Sinvergüenzas..., granujas, canallas, miserables !.., So 
gentuza! (Como un torbellino empica a tirarles cuanto encuentra a 
mano; llores, cojines, melotes, etc. Por el foro huyen C^INA 
y TEODORO. Por la primera izquierda ESMERALDINA y JENARA 
y por la segunda del mismo lado, LUCIA.) 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 




42 




ACTO TERCERO 

La escena representa la oficina de un juzgado. Al foro dos gran- 
rifLilT £" aS i T% "«g an u ^sta el suelo, con sus rejas correspon- 
dientes. En el lado derecho, dos puertas. La del primer término da 
acceso a los pasillos; la del segundo, más pequeña y sin hojas. 
7 i e L ■ ^Q^ei'do, otra puerta con mampara que lleva un cris- 
tal. Encima de esta puerta un letrero que dice "Secretaría". En- 
tre las dos ventanas, una mesa grande, y a su izquierda otra me- 
sa más chica, con una máquina de escribir. Un banco entre las 
dos puertas del lado derecho y otro en el lateral izquierdo. Algún 
armario con legajos, sillas, etc. 



ESCENA PRIMEEA 

Teodoro, Federico y Menendez. 

(Al levantarse el telón, MEÑENDEZ escribe a máquina. FEDE- 
RICO dicta, leyendo en un papel de oficio que tiene en la mano.) 

Mekendez. — (Después de escribir un poco.) Demostrado. 
Federico.— Por lo que solicita el inmediato depósito en casa de 
sus padres. 

Menendez. — (Al terminm- de escribir.) Padres... 



43 



T .,. „ , f 11( s oto etc.. (Menénde* stf/ue eecri- 

Federico— Leída que le fué, etc. etc.. * 
tiendo. Por ía primera derecha entra TEODORO.) 

Teodoro.— Señores, buenos días. 

Menendez.— Buenos días. 

Fedebico.— Hola, Teodorito. ¿Qué hay? 

Teodoro.— i Desesperación ! 

Federico— Vamos, calla. Si eres el nomine de la suerte. 

Keddeico . ?odrás creer que estoy sin fumar, 

Teodoro. — ¡De la suerte. <- jruu a 
porque no tengo dinero para comprar tabaco. 

Federico. — ¿Tú? B11P «»rn<? donde se ha ida 

Teodoro.— Pues te los acepto. 
Federico. — Ahí van. 
Teodoro. — Gracias. 
Federico— Y un cigarrito. 
Teodoro. — Estimando. 
Federico.— Entre nosotros... 

" -Ir ^r í i =iTS xr, 

de verme arruinado. Mi pacue me auuj. 

li suegro me ha cerrado el acceso a **¿^^T* £* 
graciado de los hombres! Claro que luclia * P£JJJ y P^ 

r er da a y r ef ^o'rCeraSrqurai^ que sigo disp. 
^dfde y dLr r voi:er á a mí. Por esto yo tjpj- -erer 
Cristina doblemente que otros mandos a sus ™*^ 

Federico-Cuíco, yo te disculpo, porque la >eidad QU 

Cubanita está jamón. 

Teodoro.— ¡ Para comérsela! 

Federico.— Por eso digo que está jamón. 

Teodoro.— Me tiene loco este asunto. 

Federico— ¿Y has nombrado abogado? 

Teodoro. — Aún no. . 

. Federico— ¿Quieres que se encargue mi novia? 

Teodoro -¿\erdad, que tú hablas con una abogada. 



44 



Federico. — No tardará en venir, porque precisamente llera la 
representación de la señora en esta demanda en la que estás tú 
citado de testigo. 

Teodoro.- — ¡ Ah ! ¡ Defiende a esa estúpida parlanchína ! 

Federico. — Usas unos calificativos... 

Teodoro. — ¡La odio! Ella ha sido la causa de mi perdición. 

Federico. — Pues si quieres que hable a Liberada... 

Teodoro. — Ya te avisaré. Lo que si quisiera, que es por lo que 
he venido tan pronto, es que me facilitarás una entrevista, a so- 
las, con mi mujer. 

Federico.- — ¿ Yo ? 

Teodoro. — Tú, naturalmente. Como ella también está citada de 
testigo, a ti te es fácil hacerla pasar a ese cuarto vuestro, por 
ejemplo. (Señala al de la segunda derecha.) Yo entro, y cara a 
cara los dos, sin testigos, tengo la seguridad de que convencería 
a mi mujer, porque me quiere. Y si hiciéramos las paces, te de- 
bería mi tranquilidad, mi bienestar, el amor de Esmeraldina... 

Federico. — Y cincuenta pesetas. 

Teodoro. — ¡ Gachó, eres un detallista ! 

Federico. — Ya sabes que tú dispones de mí como quiera*. 

Teodoro. — Estamos a la recíproca. 

Federico. — Bueno, pues te vas a meter en la Secretaría, que 
siempre está mejor... 

Teodoro. — Pero, ¿y don Anselmo? 

Federico. — Está muy acatarrado, y si acaso viene, será mny 
tarde. Y así, en cuanto ella venga... 

Teodoro. — Conformes. Y agradecidísimo. 

Federico. — ¡ Vamos, anda ! 



ESCENA II 

Dichos, Teresa y Benigno. 

(Por la primera derecha entran TERESA y BENIGNO. Bste es 
un viejecito ochentón, muy afable y cortés, sumido de carnes y, 
al ser posible, diminuto. Viste modestamente, pero muy pulcro y 
atildado. Teresa es otra anciana, aunque algo más joven, andará 
por los sesenta y tantos. También modesta y aseada. Lleva trn ve- 
Uto y traje negro.) 

Benigno. — Muy buenos días. 

Teresa. — (Reconviniéndole cariñosamente.) ¡Pero Benigna!... 

45 



Benigno.— (Soberbíete.) ¡O callas o te retiro la pensión que 
pienso pasarte! 
Teresa. — Callaré. 
Benigno.— (Acercándose a la mesa.) Muy buenos días tenga 

ustedes, señores. 
Federico. — Buenos. 

Benigno.— ¿Ustedes serían tan amables que nos hicieran el fa- 
vor de decirnos qué es lo que hay que hacer para divorciarse? 
Federico. — Para divorciarse, ¿quién? 
Benigno.— Nosotros. Queremos divorciarnos. 
Teresa. — El es el que quiere. 
Benigno.— ¡ Los dos, queremos los dos! (Volviéndose a ella muy 
rabiosillo.) ¿No hemos quedado en casa que los dos? 

TERESA.-Jíueno, hombre, pues los dos; pero no te excites que 
luego te da la tos. 

Benigno— ¡En cuanto me separe ya no toseré más! ¡Y eso * 
ti no te importa ! ¡ Pero hemos quedado en que los dos queríamos 
divorciarnos ! 

Teresa. — Pues los dos. Como tú quieras. 
Benigno.— Ya lo oyen ustedes: Queremos divorciarnos. 
FEDERico.-Muy bien, pero esto no es de nuestra competencia. 
Vayan ustedes a un abogado y que presente una demanoa funda- 
mentando los motivos. 

Benigno. — Muchas gracias. 

Teodoro.— Pero, y ustedes ¿por qué quieren divorciarse? 
Benigno. — Pues... (Le' da un acceso de tos.) 
Teresa.— (Maternalmente.) ¿Lo ves? Ya estás tosiendo. (Se 
acerca a sostenerle y él la rechaza.) 

Benigno.— ¡NO me toques! Y retírate. ¿No ves que estamos ha- 
blando'' (Confidencialmente a Teodoro.) Era una criada que te- 
níamos en casa, y por gratitud, por lo bien que atendió a mi di- 
funta, me casé con ella. No es mala persona, y muy limpia, y ha- 
cendo'silla, pero... ¡Es vieja! 

Teodoro. — (Aparte.) ¡Caray con el guayabo! 
Benigno.— Toda mi ilusión era tener un heredero, y... nada. La 
culpa es de ella. Está hecha una ruina. Y ya que existe el divor- 
cio para bien de los ciudadanos, ¿por qué no gozar yo ae sus be- 
neficios' Lo de antes era insensato. De modo que se podían cam- 
biar los muebles al hacerse viejos, comprar otra vajilla si se 
desportillaba, y en cambio había que aguantarse con la misma 
mujer por estropeada que se hubiera puesto. 

Teodoro.-; Hombre..., es que una mujer no es un perchero. 



•id 






Benigno. — Según, según. Claro que si hubiera vivido aquélla..., 
¡mi verdadera mujer!... era otra cosa. ¡Mi primer amor!... ¡Y 
tan bonita!... Pero ésta, no... No ha sabido ni borrarme su re- 
cuerdo. Por eso me divorcio, y quien sabe, quizá casándome con 
una jovencita... 

Teodoro. — Eso no está bien. 

Benigno. — No, si yo no abandonaría a la Teresa. Si quería vivir 
con nosotros, bien, y si no le pasaría una pequeña renta. 

Teodoro. — Pero, hombre, a sus años casarse con una jovencita 
es peligroso. 

Teresa. — (Aparte a Federico.) No le lleven la contraria, que 
está muy delicadito, y cuando se disgusta se pone a morir. Dé- 
jenle con su manía, que en el fondo es un caballero. Si quiere que 
vuelva a ser su criada, lo seré. ¿Qué más da? El caso es que no 
se disguste, que está muy malito el pobre, muy malito. 

Teodoro. — 'Usted piénselo bien. 

Benigno. — Estoy decidido. (A Teresa.) ¡A buscar un abogado! 
(A Federico.) Muchas gracias por sus informes. 

Federico. — De nada. 

Benigno. — Ustedes perdonen la molestia y hasta que volvamos 
por aquí ya con todo dispuesto. (A Teresa, iniciando el mutis.) ¡A 
casa de un abogado ! 

Teresa. — Donde quieras. 

Benigno. — Muy buenos días. 

Teodoro. — Vayan coa Dios. 

Benigno. — Servidor de ustedes. 

Teresa. — Vamos. (Le a va coger del brazo y él la rechaza.) 

Benigno. — ¡ No me sujetes, que no necesito apoyo ! ¡ Aun puedo 
erguirme, y andar derecho, y firme, y... (Le da un acceso de tos % 
haciendo esfuerzos para dominarse y andar derecho hace mutis 
por la primera derecha.) 

Teresa. — (Siguiéndole, humilde y cariñosa.) ¡Pobre Benigno! 

Teodoro. — ¡ Vaya un Matusalén decidido ! 

Federico. — Y queriéndose casar con una chávala. 

Teodoro. — ¡ Los hay firmes ! 



ESCENA III 
Teodoro, Federico, Menendez y Amador. 

Amador. — (Por la primera derecha.) Buenos días, señores. 

Federico. — Muy buenas, don Amador. 

Amador. — ¿Qué, soy el primero? 

Federico. — Sí, señor. 

Amador. — Oiga usted, Federico: como me figuro que no habrá 
dificultades, para ganar tiempo, conforme vayan llegando las par- 
tes y los testigos, podría ir usted tomándoles declaración. 

Federico. — Así pensaba hacerlo. 

Amador. — Perfectamente. 

Teodoro. — Oye tú. En secretaría estoy. Y ya sabes... 

Federico.— Descuida. (Mutis Teodoro por la izquierda y Fcde„ 
rico por la segunda derecha.) 

Amador.— ¿Qué tal sigue don Anselmo? 

Menendez. — Por el estilo. No sabemos si vendrá hoy. 



ESCENA IV 
Liberada, Amador y Menendez, 

Liberada. — (Por la primera derecha.) ¡Salud, señores! 

Amador. — ¡ Querido colega ! 

Liberada. — ¿No ha venido aún su cliente? 

Amador. — Ni el de usted, por lo visto. 

Liberada. — Vamos a tener que pelearnos solos. 

Amador. — Le auguro a usted una victoria. 

Liberada. — No tengo la menor confianza. Sé que es usted un 
adversario temible. 

Amador. — Frente a usted soy insignificante. ¡Me olvido de todo 
contemplándola ! 

Liberada. — ¿Galanterías también? 

Amador. — ¿Y per qué no? ¿O es que su título de abogado va a 
borrar sus encantos de mujer? 

Liberada. — Dejemos esta conversación. La encuentro peligrosa. 

Amadob. — Pero agradable. 

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Liberada. — Quizá. 

Amador. — La emoción del peligro me subyuga. ¡ Cuántas veces 
ne he asomado a un precipicio!... (Inclinándose hacia ella.) 

Liberada. — (Separándole suavemente.) ¡Que se puede «sted 
wer. compañero ! 

Amador. — Ya me agarraré donde pueda. 

Liberada. — ; Formalidad ! 



ESCENA V 
Dichos y Federico. 

Amador. — ¡ Qué preciosísima es usted ! (FEDERICO entra por la 
legunda derecha trayendo un montón de legajos. Al sorprender 
a actitud de Liberada y Amador, tira los legajos sobre la mesa vio- 
entamente.) 

Federico. — ¡ El sumario ! 

Amador. — ¡ Ah ! 

Liberada.— ¡ Ah ! 

Amador. — (Cambiando de tono y disimulando.) Naturalmente qne 
a Sala se indignó y a pesar del brillante informe de su abogado, 
condenaron. No hay título alguno que autorice el acercarse a 
toa señora y, contra su voluntad, importunarla diciéndole : ¡ Bo„ 
rita, encanto, tesoro!... (Separándose después de haber colocado 
os piropos a Liberada.) ¡No hay derecho! 

Federico. — (Muy enérgico.) ¡No, señor; no hay derecho! 

Amador. — (A lAbercda.) ¿Ve usted? Naturalmente que no U> 
iay. ¿Qué, ya está ahí ol sumario? 

Federico. — Sí, señor. 

Amador. — Pues voy un momento a otra secretaría y vuelvo. A 
er si para entonces ya han acudido los testigos. Hasta ahora. (Mu- 
ís primera derecha. ) 



ESCENA VI 

Liberada, Federico y Menendez. Después Valentina y P»tea. 

Liberada. — ¡ Federico !... 
Federico. — ¡ No hay derecho ! 
Liberada. — Ya lo has dicho. 



Federico. — ¡ Sí, a lo que no hay derecho es a que seas tú tan 
coqueta ! 

Liberada.— ¿Qué dices? 

Federico. — ¡ Lo que acaban de ver mis ojos ! 

Liberada.— ¡ Si me estaba contando una causa ! 

Federico. — ¿Pero tú crees que a mí me la da ese necio? Un 
abogado engañará a cualquiera, pero a un ofiical de mesa de un 
Juzgado no le engaña ni todo el Colegio de abogados en pleno. 

Liberada. — ¡ Qué estás obcecado, Federico ! 

Federico. — ¡ Que eres tú muy falsa ! 

Liberada.- — ¡ Me ofendes ! 

Federico. — Pues para no ofenderte más, lo mejor es que lo de- 
jemos. (Por la primera derecha entran VALENTINA y PETRA.) 

Valentina. — Buenos días. 

Liberada. — ¡ No, eso no, Federico mío ! ¡ Si yo no quiero a na„ 
die más que a ti ! 

Valentina. — ; Atiza ! 

Federico. — ¡ Pero flirteas con cualquiera ! 

Liberada. — ¡ Eso es mentira ! 

Valentina. — ¡ Señorita ! 

Federico. — ¡ Y a mí no me pones tú en ridículo ! 

Liberada. — ¡ Que te engañan los celos r 

Federico. — ¡ Déjame ! 

Liberada. — ; No quiero ! 

Valentina. — ¡Pero Liberada!... 

Federico. — i Hemos terminado ! 

Liberada. — (Aorazándose a él.) ¡No, Federico mío, no! 

Federico. — ¡ Que me dejes ! 

Liberada. — ; Antes me matas ! (El tratando -le huir y ella agién- 
dose a él, hacen mutis por la segunda derecha.) 

Valentina. — ¡Señóles!... ; Es lo que me quedaba por ver! ¡He 
ido a tomar de abogado a la dama de las camelias ! 

Petra. — Es uria pasional. 

Valentina. — Es una idiota. 
Petra. — Pues así soy yo. 

Valentina. — Ya lo sé, hija mía. 
Petra. — Digo de pasional. 
Valentina. — ¡ Y yo de idiota ! 
Petra. — ; Señorita !... 



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ESCENA VII 
Valentina, Petra, Pascasio, Amador y Menendeb. 

(Por la primera derecha entra AMADOR y detrás PASCASIO.) 

Amador. — Pase por aquí. 

Valentina. — (A Petra.) ¡Calla, que mira quien entra! 

Amador. — (A Menéndes.) ¿No ha venido ningún testigo? 

Menendez.— Nadie. 

Amador— (Al fijarse en Valentina y Petra, que están sentadas 
en el banco del lado derecho.) ¡Ah, caramba! ¿Se ha fijado usted? 

Pascasio.— ; Quien hace caso de medias noches, habiendo no- 
ches enteras ! 

Valentina— (A Petra.) ¡ Ay que ver lo desmejorado que está 
ese animal en los pocos días que falta de casa. ¡Claro que tam. 
bien habrá que ver cómo lo estarán tratando! 

Petra.— Pues y le encuentro mejor, señorita. Y hasta más 
guapo. 

Valentina.— Oye tú, pasional, ¿pero es que yo te he traído 
conmigo para que me lleves la contraria. 

Petra— Señorita, usted pregunta y una da su opinión. Ahora, 
si molesto, de aquí en adelante me haré cuenta de que soy un 
monaguillo y a todo lo que me diga contestaré amén. 

Valentina— ¿Sí, eh? ¡Y yo me la haré de que soy obispo, y 
puede que te confirme ! 

Petra. — ¡ Señorita !... 

Valentina.— ¡ Pues estoy yo de buen temple! Tengo los ner- 
vios que me servirían para varillas de paraguas, peto de esos 
grandes de anuncio. 

Amador.— (A Pascasio.) Debería usted saludar a su señora 

Pascasio— ¡En seguida! Para que se crea que trato de recon- 
ciliarme con ella. 

Amador— No, para demostrar que en usted es hábito de cortesía. 

Pascasio.— Déjese de complicaciones y vamos al asunto que 
ya estoy deseando que termine mi divorcio y el de mi futura se- 
ñora—la actual de Balconcillo—, que pasará a ser de Andanada en y 
cuanto nos unamos. 

Amador. — ¿Están ustedes de acuerdo? 

Pascasio— Hasta en el color del linoleum. Estamos como dos 

51 



tórtolos, y ella más atortolá todavía. Dice que tengo en la con- 
versación una volutuosidad que le recuerda a Marco-Antonio. 

Amador.— ¡ Caray ! Si Marco Antonio nació el año ochenta... 

Pascasio. — Mi edad. 

Amador. — Pero antes de Jesucristo. 

Pascasio. — ; Ah ! Yo soy de después 

Amador. — Naturalmente. 

Pascasio.— Pues será a otro Marco Antonio al que ella se re- 
fiera El caso es que encuentra en mi los suficientes atractivos para 
enamorarse. (Levantanilo la voz y acercándote hacia la dereclia 
para que le oiga Valentina.) Y Hacerme grata la existencia, por- 
gue, sin presumir de tobillero, aun hay aquí figura... 

Valentina.— ¡ Para un cascotazo ! 

Pascasio. — ¿Ya estamos tirando cainitas 'r 

Valentina.— ; Cascotes, cascotes! He dicho cascotes. Yo no soy 
miserable ni para tirar cosas. 

Pascasio -Le advierto a usted, señora, que si viene en son de 
pelea pierde el tiempo lastimosamente, porque yo i ni la escucho. 
Y lo que siento es que aun la veo. 

Valentina— Pues yo también le veo a usted, ¡ so mamarracho ., y 
le veo y no le veo como siga diciendo groserías. 

Pascasio.— ; Le ruego que no me dirija la palabra! 

Valentina. — ; No habérmela dirigido usted! 



ESCENA VIII 
Dichos y Federico. 

Federico.— (Por la segunda derecha.) Señora, su abogado le rué. 

ga que pase. 

Valentina.— Que se espere, que bastante me ha hecho esperar 
ella a mí. (A Pascasio.) Decía que usted fué el que inició esta 
conversación, al ponerse a hacer el ganso, levantando la voz para 
que yo le overa que si había o no había mujeres que se bizcaban 
por sus hechuras gitáoanas... ¡ Para matarlo! ¡Vamos, que pre 
sumir usted, con esa pinta ! Usted no puede presumir ya más quj 
de reuma. 

Pascasio. — ¡ Valentina ! 

Valentina.— ¡ A ver, que le miren los calzoncillos, a rer si n^ 

los lleva de bayeta! 

Pascasio. — ; Hemos acabado, señora ! 



Valentina. — ¡ Y tan acabado ! De esto no tenga usted ninguna 
duda ; pero que, vamos, si tuviera uster] algo más que serrín en 
la claraboya, no se hubiese usted puesto a alardear de conquista- 
dor delante de la que aun es su esposa y que si está tan comedida, 
es porque es muy decente y muy como es debido, y hasta que el 
divorcio termine no se considera desligada de la fe que prometió. 
Claro que una vez que sea libre, no crea usted que me voy a morir 
de pena, ni a meterme en un rincón... ¡qué disparate! Me aviaré 
con todos los refinamientos de la coquetería y con la cara alegre 
y la mirada desafiadora saldré a la calle pidiendo guerra... Y 
entonces puede que se entere usted de la mujer que ha tenido, 
cuando vea que los hombres, embobados con su gracia, le hacen 
calle y la dicen al pasar: "¡Qué monumento!... ¡Qué monumento!" 
(Mutis por la segunda derecha.) 

Pascasio. — Lo menos se ha creído que es la Giralda. 



ESCENA IX 
Petra, Pascasio, Amador, Federico y Menendez. 

Amador. — Oiga usted, Federico: ¿no podríamos empezar? 

Federico. — Estoy esperando a que salga el abogado de la parte 
contraria. 

Amador. — ¡ Ah, muy bien ! (Amador saca un periódico y se pone 
a leer junto a la ventana, en el lado izquierdo del foro. Federico 
V Menendez consultan papelotes, detrás de la mesa, y Petra, que 
está al lado derecho, llama la atención a Pascasio, que se acerca 
a ella.) 

Petra. — ¡ Señorito !... 

Pascasio. — Hola, mujer. 

Petra. — Pero ¿no me había visto usted? 

Pascasio. — Sí, hija; pero con estas complicaciones... ¿Qué, qué 
ha habido por casa durante estos días que yo he faltado? 

Petra.— Pues ya ve usted, la señorita tan contenta. Yo soy la 
que ha estado bastante triste. 

Pascasio.— ¿ Qué te ha ocurrido? 

Petra. — ¿Y me lo pregunta usted? 

Pascasio. — Me parece que es el único medio de enterarme. 

Petra. — ¡Pues debía usted suponérselo!... 

Pascasio. — Hija, yo soy muy torpe para las charadas. 

Petra. — Me da mucho rubor decírselo..., pero, vamos..., como 
ya veo que, efectivamente, van ustedes a divorciarse... 

63 



— 



Pascasio. — ¡Toma!... ¡Y tan efectivamente! 

Petra. — ¡Pues ea; para qué andar con remilgos!... ¡Le voy a 
contestar a usted, señorito!... Y eso que creo que ya no debía lla- 
marle a usted... ¡señorito! 

Pascasio. — Pues no me lo llames. Después de todo, tienes ra- 
zón. Ya no soy tu señorito. 

Petra. — ¡ Es verdad ! Ya no es usted mi señorito porque ha pa-'í 
sado usted a ser... ¡el hombre a quien ya puedo querer libre- 
mente y a quien adoro ! 

Pascasio. — ¡ Pero, Petra!... ¿Qué dices? 

Petra. — ¡ Qué me he decidido ! Ya se acordará que cuando us4 
ted me pretendió... 

Pascasio.- — ¿Yo? 

Petra.— ¡ No me haga sufrir fingiendo un olvido que no es cier. 
to ! Usted me pretendió y yo no quise ni escucharle entonces, 
porque estando en su casa me parecía una traición, y yo soy in- 
capaz de una vileza. Pero le prometí pensarlo, y ahora, que ya va 
a ser usted enteramente libre, antes de que otra se anticipe y se 
apodere de usted... Y eso que creo que ya no debía lj/amarle de 
usted... 

Pascasio.—¡ Tú crees una porción de tonterías ! 

Petra. — ¿Qué escucho? 

Pascasio. — ; Que te serenes y vuelvas a la realidad ! ; Yo no te 
he pretendido nunca ! 

Petra. — ¿Cómo que no? ¡Y tuve que rogarle que se contuviera !í 

Pascasio. — ¡ Muchacha, que estás demente ! 

Petra. — ¡Dios mío!... ¡Con las noches que me he pasado so-1 
fiando ocn usted y diciendo en voz alta : Pascasio, Pascasio mío ! 
(Se abraza a él.) 

Pascasio. — (Calmándola.) ¡ Bueno, bueno, mujer ! (Aparte) 
(¡Otra víctima! ¿Qué tendré yo este año para las señoras?) 

Petra. — ¡Pascasio!... ¡Mi Pascasio! 



ESCENA X 

* Dichos y Cristina. 

Cristina. — (Entra por la primera derecha, y al ver a Petr<l 
abrazada a Pascasio, exclama. ) ¡ ¡ Ah ! ! 
Pascasio.- — ¡ Atiza ! 
Cristina. — ¡ Qué horror ! 
Pascasio. — ¡ Cristina !... 



54 



Ceistina — ¡Déjeme usted en paz! (Se dirige a la mesa.) 
Petra. — (A Pascasio.) ¡No me deje sola! 
Cristina. — Muy buenos días. 
Amador. — A sus órdenes, señora. 

Pascasio— (A Petra.) Siéntate y espera a tu señorita. Ahora 
no me puedo ocupar de ti, 

Petra. — ¡Qué ingrato! (Se sienta en el banco.) 
Pascasio.— (A Amador con quien habla Cristina.) ¡Con per- 
miso! (Llevándose a Cristina aparte.) Escúchame, Cristina... 

Cristina.— Es inútil. Ya me he dado cuenta dé su afición a las 
criadas de servicie, que es la pasión más cursi que conozco. Es 
usted un tenorio doméstico. 

Pascasio. — ¡Pero si yo no quería! Era ella... 
Cristina. — ¡No me dé usted explicaciones, que me ponen ner- 
viosa las mentiras ! 

Pascasio. — ¡ Pero si no es mentira ! 

Cristina. — ¿Y era usted el que me juraba que me tendría una 
fidelidad de perro? 

Pascasio. — ■; Más aún ! ¡ De perro disecado ! 

Cristina.— ¡Embustero!... ¡Son ustedes todos lo mismo!... 
; Falsos, perjuros, polígamos ! 

Pascasio. — ¡ Por su madre, escúcheme ! 

Cristina.— ¡Y pensar que yo me estaba interesando por él' 

Pascasio. — ¡ Cristina mía ! 

Cristina. — ¡ Yo no soy nada de usted ! 

Pascasio. — ; Tesoro mío ! 

Cristina.— ¡Engañarme..., hasta antes de haberme separado de 
ini marido ! 

Pascasio. — ¡ No lo creas ! 

Cristina.— ¡ Infame !... ¡Embaucador!... ¡Ay, que me da el his- 
térico!... ¡Ay..., ay ! (Le da el ataque.) 

Pascasio.— (Sujetánd ola en sus brazos.) ¡Pero, Cristinita ! 

Amador. — ¿Pero qué le ocurre? ' 

Ceistina. — ¡Ay!... ¡Ay! 



ESCENA XI 

Dichos y Teodoro. Luego Valentina y Liberada. 

Teodoro— (Por la izquierda.) ¿Qué pasa aquí? (Al ver a Cris- 
Una en brazos de Pascasio.) ; ¡ Ah ! ! ¿Usted abrazando a mi mu- 
jer?... ¡Miserable! (Le da una bofetada.) 

55 



_K^^M 



Pasgasio. ¡Mi madre! (Suelta a Cristina, que inmediatamente 

vuelve en sí, sin necesitar el auxilio de Amador, que había acudi- 
do a sostenerla.) 
Federico. — ¡ Atiza ! 
Menendez. — ¡ Arrea ! 
Amador. — i Que la estaba sosteniendo ! 
Pascasio. — ¡Le pisoteo el hígado! 
Teodoro- — ¡Atrévase! (Los contienen.) 

Petra.— (Abalanzándose sobre Pascasio y trayéndosclc al lado 
derecho.) ¡No, Pascasio!... ¡Tú no te pierdas! 
Pascasio. — ¡ Déjame en paz, imbécil ! 

Petra.— ¡ Despreciarme de esa manera! ¡Ay..., ay..., ay... (Le 
da un ataque y cae desmayada en los brazos de Pascasio.) 
Cristina.— ¡A mí no se me acerque usted! 
Teodoro. — ¡ Pero, Cristina ! 
Pascasio. — ¡Otra que se me priva! 

Valentina.— (Entrando por la segunda derecha, seguida de Li- 
berada. Al ver a Pascasio.) ¡ ¡ Ah ! ! ¿Abrazando a mi doncella, y 
en público? 

Pascasio.— ¡ Si se ha desmayado! 
Valentina.— ¡ Canalla ! (Le da una bofetada.) 
Teodoro. — ¡ Ay ! 

Pascasio. — ¡Eeleñe..., y van dos! 

Valentina. — ¡ Aprenda usted a tener decoro ! (Pascasio, al reci- 
bir la bofetada, se desprende de Petra, a quien recoge Liberada.) 
Liberada. — (Tratando de reanimar a Petra, que lo hace en se- 
guida.) ¡Señorita! 

Pascasio. — ¡Esto es un atropello! 

Valentina. — ¡Y usted es un sátiro! (En el lado izquierdo, Teo- 
doro trata de reconciliarse con su mujer, que le rechaza .y se acer- 
ca a Amador.) 

Cristina. — ¡ Reclamo su protección, caballero ! 
Teodoro. — ¡ Cristina, que me lío a tiros ! 
Amador. — ¡Le ruego que no moleste a mi cliente! 
Teodoro. — ¡Es mi mujer! (Siguen disputando.) 
Valentina.— ¡ Hace falta tener poca' vergüenza ! 
Pascasio. — ¿Pero, encima insultos? 
Valentina. — ¡ So viejo verde ! 

Federico.— (Golpeando en la mesa con un tintero.) ¡Orden, or- 
den, señores ! 

Pascasio. — ¡ Tengo los can-illos echando humo ! 

R6 



Valentina. — (A Petra.) Y tú, preciosa, a espabilarte a !a calle. 
Ya te estás largando a casa, a recoger tu baulito. 

Petra. — Pero, ¿cómo? 

Valentina. — ¡ A toda velocidad, si no quieres irte de la patada 
que te dé en los riñones ! 

Liberada. — ¡ Cálmese ! 

Petra. — ¡ Qué desgraciada soy ! (Mutis primera derecha.) 

Teodoro.- — (A Cristina.) ¡Tienes que oírme y me oyes! 

Cristina. — ¡ Que pido auxilio ! 

Valentina. — ¿No podía usted haberse esperado siquiera unas 
horas? 

Pascasio. — ¡ No tengo que darle a usted explicaciones ! 

Valentina. — ¡ Indecente ! 

Pascasio. — ¡ Valentina, que no respondo ! 

Valentina. — ¡ Pegúeme usted si se atreve ! 

Cristina. — (A Teodoro.) ¡Que te he dicho que no! 

Teodoro. — ¡ Cristina ! 

Amador. — ¡ Señor mío ! 

Valentina. — ¡ Calzonazos ! 

Federico. — (Golpeando furiosamente en la mesa.) ¡ Orden, or- 
den, repito o desalojo el local!... 

Valentina. — ¡ Un poco de paciencia, Besteiro, que antes tam- 
bién tuvimos que aguantarle a usted lo suyo ! Y si esto no es la 
plaza de la Cebada, tampoco será un cine. 

Amador. — Señores : Yo ruego a todos un poco de calma para 
que podamos dar cima al objeto para que hemos sido convocados. 
A menos que las partes desistan de llevar adelante la demanda. 

Pascasio. — ¿Quién habla de desistir? Lo que estoy deseando es 
ser libre cuanto antes. 

Valentina. — Pues la que le oye a usted... ¡ Para qué contarle, 
hermano ! 

Pascasio. — (Aparte.) (Estas dos tortas que me he tragado yo 
hoy se le tienen que indigestar a alguno.) (Se sienta al fondo , 
junto a la mesa; Valentina y Liberada lo hacen en el banco del 
lado derecho.) 

Federico. — Aun no ha venido casi ningún testigo ; pero iremos 
despachando a los que hay. Desde luego, las partes, ¿se ratifi- 
can en las declaraciones que han presentado sus abogados ! 

Pascasio. — Desde luego. 

Valentina. — Sí, señor. 

Federico. — ¿No tienen nada que añadir? 

Pascasio. — Yo añadiría que he sido abofeteado. 

57 






Valentina. — ¡ Por impúdico ! 

Pascasio. — ¡Por una tía loca! 

Valentina. — ¡ Sinvergüenza ! 

Pascasio. — ¡ Y por un cobarde ! 

Teodoro.- — ¡Eso de cobarde!... {Trata de ir hacia Pascasio, y 
Amador le obliga a sentarse donde estaba, que es en el lado iz- 
quierdo. ) 

Amador. — ¡ Tenga la bondad de no moverse de su sitio ! 

Pascasio. — ¡ Ay, si no me las paga ! 

CRiSTiNA.-^-La lástima es que no ha dado usted con otro hom- 
bre que le hubiera correspondido. 

Teodoro. — ¿ A mí ? ¡No hay quién ! 

Pascasio. — ¡ Ya lo veremos ! 

Federico. — Pero, señores, ¿es que vamos a empezar otra vez? 

Valentina. — ¡ Buena gente se ha reunido aquí, buena gente ! 

Liberada. — Usted no haga caso. 

Federico. — Pues no teniendo nada que afiadár, tengan la bon- 
dad de firmar sus declaraciones. Pascasio Andanada. 

Pascasio. — Servidor. {Va a la mesa.) 

Federico. — Aquí. 

Pascasio. — {Después de firmar.) Encantado de firmar mi li- 
bertad. 

Valentina. — ¡ Una pluma, corriendo, para mí ! 

Liberada. — Un poco de paciencia. 

Federico. — Valentina Pérez de Andanada. 

Valentina. — Con la pluma en la mano. 

Federico. — Aquí. 

Valentina. — {Después de firmar.) ¡ Gracias a Dios que mé libré 
de la esclavitud ! 

Liberada. — Aun hay que esperar a 10 que el juez decida. 

Valentina. — ¿ Todavía ? 

Federico. — Vamos con los testigos. Cristina Estrada de Bal- 
concillo. 

Cristina. — Servidora. {Estaba sentada junto a la ventana del 
lado izquierdo, a la izquierda de Amador. Se levanta y va a sen- 1 
tarse en una silla que habrá delante de la mesa.) 

Federico. — Siéntese. 

Cristina. — Gracias. 

Federico. — ¿Usted ha sido testigo de alguna de las disputas ha- 
bidas entre el matrimonio Valentina Pérez y Pascasio Andanada?, 

Valentina. — ■; Toma ! Ella y todos los presentes. ¡Pues menuda! 
acabamos de tenerla aquí mismo ! 

58 



fteDEiticü. — Tenga ia bondad de contestar cuando se la pregunte. 
Pascasjo. — ¡ Y luego presume de educación ! 
Federico. — ■; Diga, señora ! 

Cristina. — Pues yo, de este matrimonio, lo único que puedo de- 
larar es que los conocí en el cuartito que mi esposo le tiene pues- 
3 a una sinvergüenza... 

Teodoro. — ¡ Eso es falso ! 

Valentina.—; Es mucha verdad ! Y aun quería ponerle otro 
íejor. 

Federico. — ¡ Y dale ! 

Liberada. — ¡ Pero cállese ! 

Cristina. — ¿Conque falso y le encontré a usted en pijama? 

Federico— Señora, de esto ya hablará usted con motivo de su 
ivorcio. Ahora limítese a decir lo que sepa respecto del matrimo- 
io por quien se le pregunta ! 

Cristina.— Pues de ese matrimonio ni sé nada, ni me importa, 

Federico. — ¿Qué concepto le merecen? 

Cristina. — ¡ Detestable ! 

Valentina. — (Con soma) ¿Mi marido también? 

Cristina. — También. 

Valentina— ¡ Parece increíble! ¡Con el gusto que le abrazaba 
sted el otro día ! 

Pascasio. — ¡ Eso es mentira ! 

Teodoro. — ¡ Ya ajustaremos cuentas ! 

Valentina. — ¡ Te desprecia por gordo ! 

Federico. — ¿Pero no se puede usted callar? 

Valentina— Cuando oigo una tontería, no, señor. Y como dicen 
stedes tantas... 

Federico. — ¡ Basta ! 

Liberada.— ; No sea usted imprudente! Está usted empeorando 
i causa. 

Valentina— (Aparte.) (Me parece que esta abogadita va a ir 
itrás de la doncella.) 



ESCENA XII 

Dichos y Ciríaco. 

(Por la primera derecha entra CIRÍACO tímidamente. Trae la 
tpeleta de citación en la mano.) 
Ciríaco. — Muy buenas. 

Valentina. — Pero, ¿a qué vienes tú aquí, alhaja? 
Ciríaco. — ¿ Eeeh ? 

59 



Valentina. — ¿Que a qué vienes? 

Ciríaco. — Que la seña Nicasia no puede venir porque está de 
parto. 

Valentina. — Pero, ¿ya? 

Ciríaco. — Sí, señora. 

Valentina. — ¿Y qué ha tenido? 

Ciríaco. — Dos terneros. 

Valentina. — ¿Pero cómo va a tener dos terneros la Nicasia? | 

Ciríaco. — Si la que parido es una vaca. Ella es que la esta 
asistiendo. 

Valentina. — ¡Que te zurzan! (Le hace señas de que se acerque' 
a la mesa.) 

Federico. — ¿Trae usted citación? 

Amador. — Acerqúese. 

Pascasio. — Es como una tapia. 

Federico. — (Gritándole.) ¿Su nombre es Ciríaco Torralba? 

Ciríaco. — iSí, señor. 

Federico. — ¿Dónde vive? 

Ciríaco. — Nicasio Gallego, 112. En la lechería "La ubre EftonuV 
mental". 

Federico. — ¿Y qué servicios desempeña? 

Ciríaco. — ¿ Eeeh ?. . . 

Pascasio. — ¿Que qué hace usted allí? 

Ciríaco. — Estoy para recibir los avisos por teléfono. 

Pascasio. — ¡ Pues sí que recibirá muchos ! 

Ciríaco. — Y pa repartir 

Federico. — ¿Y qué sabe usted de las relaciones que mediab^ 
entre don Pascasio y su señora? 

Ciríaco. — ¿Eeeh?... 

Pascasio. — (Gritando.) ¿Que qué sabe? 

Ciríaco. — Ordeñar. 

Federico. — ¡ Es imposible ! 

Amador. — Y sin importancia su declaración. Mi opinión es pres- 
cindir de él. 

Liberada. — Y la mía. 

ESCENA XIII 

Dichos, Esmeraldina y Jenara. 

Esmeraldina. — (Entrando por la primera derecha, seguién ^ 
JENARA.) Muy buenos días. 

Jenara. — ¡Chica, qué barbaridad!... ¡Cuántos amigos! 

60 



Valentina. — ¡ Ya estamos todos aquí ! 

Cristina. — ¡ Esa mujer ! 

Teodoro. — (¡Y cómo la hablo yo delante de ésta!) 

Esmeraldina. — Traía esta carta para el señor secretarlo. 

Federico. — (Saliendo delante de la mesa.) No está, pero yo te 
represento. (Lee la carta.) 

Valentina. — (Aparte.) (¿Qué se traerán estas pájaras en el 
buche?) 

Teodoro. — (¡Está que chilla de guapa!) 

Federico. — Pues descuiden, que se les atenderá lo mismo qu« 
ai hubiera estado don Anselmo. 

Esmeraldina. — Nos era muy violento tener que declarar de- 
lante de tanta gente, y así, haciéndolo aparte, nos evitan ese 
bochorno. 

Jenara.— Y que muy fácilmente nos sueltan una pullita, con- 
testamos con una chirigota y ya se armó el mitin. 

Federico. — •; No, por Dios, que estamos en sesión continua ! 
¡Pasen por aquí! (Mutis los tres por la izquierda.) 

Valentina. — (A Liberada.) Pero, ¿qué óleos vienen a pintar 
aquí ese par de galochas? 

Liberada. — Trataré de enterarme. 

Teodoro. — (Después de mirar disimuladamente por el cristel 
ie la mampara.) (Ese fresco se va a aprovechar de que yo no 
puedo intervenir.) 

Cristina. — ¡ Ahí la tiene usted ! Por mí no se prive de hacerte 
la visita. 

Teodoro. — Cristina, eso ha sido un relámpago y tú eres la 
eternidad. 

Cristina. — ¡Y tú, un sinvergüenza! 

Teodoro. — Lo que quieras, pero perdona y olvida. 

Cristina. — ¡Nunca! ¡Le odio a usted! 

Pascasio.— (A Amador, con quien está hablando delante de l» 
mesa.) Si no fuera necesaria mi presencia, yo preferiría mar- 
charme, porque después de haber firmado la declaración me ea- 
uentro violento delante de mi mujer. 

Amador. — Pues vayase, que si algo ocurre aquí estoy yo. 

Liberada. — {Paseándose ante la puerta de la izquierda, atiaban- 
do por el cristal de vez en cuando.) (¡Qué hará ése ahí con esa» 
nujeros!) 

Pascasio. — (A Amador.) Acompáñeme hasta la puerta, que quiero 
scurrirme. 

Amador. — Con mucho gusto. 

01 



-_—___ 



Pascasio. — Hasta la tarde. 

Amador. — Adiós. (Mutis Pascasio primera derecha.) 

Valentina. — (Aparte.) (Se ha marchado y sin decir siquiera: 
"¡ Por ahí te pudras !'* La mujer que le llega a tomar cariño a un 
hombre la debían atar al cuello una piedrecita de tres arrobas y, 
con mucho cuidado, ; al océano, a alimentar sardinas! T no es 
que sienta haberme divorciado, porque cada minuto es mayor 
mi alegría. Qué digo cada minuto, ¡cada segundo!... i Si estoy 
ya que me troncho!) 

Cristina. — ; Le he dicho a usted que me divorcio, y me divorcio ! 

Teodoro. — ; Cristina, que yo voy a hacer una barbaridad ! 



ESCENA FINAL 
Dichos, Petra y dos hombres. 

Petra.— (Por la primera derecha.) ; Ay, señorita, qué desgracia! 

Valentina. — ¿Pero tienes valor de volverte a presentar ante mí? 

Petra. — Perdóneme usted, señorita, que es que yo no sabía irme 
de pena que tenía. Estaba esperando a que usted saliera... 

Valentina- — ¡ No me importa nada tuyo ! 

p ETBA . ¡ pero si no es nada mío ! Si es que al salir de aquí 

le ha atropellado un auto al señorito. 

Valentina. — ¿Qué dices? 

Petra. ¡y si no le ha matao, le debe faltar muy poco! 

. Todos. — ¿Eeeh?... 

Valentina. — ¿Pero a Pascasio?... ¡Pascasio! (Se precipita ha-*S 
cia la primera derecha a tiempo que entra PASCASIO, sin sombre- \ 
ro y con las ropas rotes. Le acompañan un ordenanza y un par 
ticular. ) 

Pascasio. — No se alarmen, que no ha sido nada. 

Valentina. — ; Pascasio ! 

Amador.— ¿Pero le ha atropellado? 

Ordenanza. — ¡ Menudo revolcón ! 

Pascasio. Pero no me ha hecho nada, sietes aparte. (Liberada ij 

hace mutis a la secretaria repentinamente. Valentina, que estí 
repasando a su marido, le advierte un pequeño arañazo en eT i 

cuello.) 

Valentina.— ¡ Aquí tienes sangre! 

Pascasio. — Que no, mujer. Si no ha sido más que el susto. 

Valentina.— ¡ A ver un vaso de agua! ¿Pero no hay aquí quien J 
traiga nn vaso de agua? 



02 



Menendez. — En seguida. (Mutis segunda derecha.) 
Valentina. — (Señalándole en el cuello.) Tienes todo esto amo- 
ratado. 

Pascasio. — Bueno, señora, menos sobeo, que usted no tiene ya 
nada que ver conmigo. 

Valentina. — ¡ Ni ganas, so animal ! 

Menendez. — (Por la segunda derecha con un vaso de agua.) 
El agua. 

Valentina. — (Dándole el vaso de agua a Pascasio, que se lo bebe.) 
Si le atiendo a usted es por humanidad exclusivamente. 

Pascasio. — Es que yo insisto en divorciarme. 

Valentina. — ¡ Y yo, <. on más fuerza que antes ! 

Pascasio. — .¡ Ali, entonces bueno ! (Vuelve a beber. Se oye un 
¡estrépito de grandes voces hacia la secretaría.) 

Amador. — ¡Pero otro escándalo! (Por la izquierda salen en pelo, 
ton y disputando ESMERALDINA, JEN ARA, LIBERADA y FE- 
DERICO.) 

Esmeraldina. — ¡ Qué horror ! 

Jenara. — ¡ Vaya una niña ! 

Federico. — ¡ Eres injusta ! 

Liberada. — ¡ La estabas abrazando ! 

Federico. — ¡ Mentira ! 

Teodoro. — ¡ Ay, qué canalla ! ¡ Para que se fíe uno de los amigos ! 

Esmeraldina. — Vamonos Jenara, que está visto que de algún 
tiempo a esta parte no se me logra nada. 

Jenara. — Calla, mujer; si no vamos a un sitio que no tenga- 
mos que salir corriendo. Ni que fuéramos dos globes trotera. 

Teodoro. — ¡ Cristina, hagamos las paces, que me corre prisa ! 
Que tengo que ir a matar a un granuja! (Por Federico.) 

Cristina. — ¡Nunca! ¡Viva el divorcio! 

Valentina. — Anda, vamos a casa. 

Amador. — Pero, ¿es que ya no se divorcian ustedes? 

Pascasio. — ¡ No hemos de divorciarnos ! 

Valentina. — ¡ Naturalmente que nos divorciaremos ! ¡ No falta- 
ría más! Pero cuando se ponga bien. Mientras tanto, vayan uste- 
des a cumplir con su deber de activar el divorcio, que yo me 
róy a cumplir con el mío de cuidar a mi marido. 

Pascasio. — ¡ Pero conste que yo insisto en divorciarme. 

Valentina. — (Tirando de él hacia la primera derecha.) ¡Anda 
i tu casa, chalao, anda a tu casa ! 

Pascasio. — ¡ Que yo quiero divorciarme ! (Valentina sigue tirando 
le él, y cae el telón.) 

FIN DEL JUGUETE 

63 




Qiil 



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lumoctsmo 



Lo 



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humorísticos 



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Sección 



i 

Contra 



I 

Contra 



e s 
extrañas 



a I la 



neurastenia g hipocondría 




2}emanavio español de k\ 

I K-HITO, DIRECTO R | 



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Sginas \ JQ / Colores 4 

i 



I CÉNTIMOS I 
V 



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