(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Anales de la prensa boliviana: Matanzas de Yáñez, 1861-1862"

Google 



This is a digital copy of a book that was prcscrvod for gcncrations on library shclvcs bcforc it was carcfully scannod by Google as parí of a projcct 

to make the world's books discoverablc onlinc. 

It has survived long enough for the copyright to expire and the book to enter the public domain. A public domain book is one that was never subject 

to copyright or whose legal copyright term has expired. Whether a book is in the public domain may vary country to country. Public domain books 

are our gateways to the past, representing a wealth of history, culture and knowledge that's often difficult to discover. 

Marks, notations and other maiginalia present in the original volume will appear in this file - a reminder of this book's long journcy from the 

publisher to a library and finally to you. 

Usage guidelines 

Google is proud to partner with libraries to digitize public domain materials and make them widely accessible. Public domain books belong to the 
public and we are merely their custodians. Nevertheless, this work is expensive, so in order to keep providing this resource, we have taken steps to 
prcvcnt abuse by commercial parties, including placing lechnical restrictions on automated querying. 
We also ask that you: 

+ Make non-commercial use of the files We designed Google Book Search for use by individuáis, and we request that you use these files for 
personal, non-commercial purposes. 

+ Refrainfivm automated querying Do nol send automated queries of any sort to Google's system: If you are conducting research on machine 
translation, optical character recognition or other áreas where access to a laige amount of text is helpful, picase contact us. We encouragc the 
use of public domain materials for these purposes and may be able to help. 

+ Maintain attributionTht GoogXt "watermark" you see on each file is essential for informingpcoplcabout this projcct and hclping them find 
additional materials through Google Book Search. Please do not remove it. 

+ Keep it legal Whatever your use, remember that you are lesponsible for ensuring that what you are doing is legal. Do not assume that just 
because we believe a book is in the public domain for users in the United States, that the work is also in the public domain for users in other 
countries. Whether a book is still in copyright varies from country to country, and we can'l offer guidance on whether any specific use of 
any specific book is allowed. Please do not assume that a book's appearance in Google Book Search means it can be used in any manner 
anywhere in the world. Copyright infringement liabili^ can be quite severe. 

About Google Book Search 

Google's mission is to organizc the world's information and to make it univcrsally accessible and uscful. Google Book Search hclps rcadcrs 
discover the world's books while hclping authors and publishers rcach ncw audicnccs. You can search through the full icxi of this book on the web 

at |http: //books. google .com/l 



Google 



Acerca de este libro 

Esta es una copia digital de un libro que, durante generaciones, se ha conservado en las estanterías de una biblioteca, hasta que Google ha decidido 

cscancarlo como parte de un proyecto que pretende que sea posible descubrir en línea libros de todo el mundo. 

Ha sobrevivido tantos años como para que los derechos de autor hayan expirado y el libro pase a ser de dominio público. El que un libro sea de 

dominio público significa que nunca ha estado protegido por derechos de autor, o bien que el período legal de estos derechos ya ha expirado. Es 

posible que una misma obra sea de dominio público en unos países y, sin embaigo, no lo sea en otros. Los libros de dominio público son nuestras 

puertas hacia el pasado, suponen un patrimonio histórico, cultural y de conocimientos que, a menudo, resulta difícil de descubrir. 

Todas las anotaciones, marcas y otras señales en los márgenes que estén presentes en el volumen original aparecerán también en este archivo como 

tesümonio del laigo viaje que el libro ha recorrido desde el editor hasta la biblioteca y, finalmente, hasta usted. 

Normas de uso 

Google se enorgullece de poder colaborar con distintas bibliotecas para digitalizar los materiales de dominio público a fin de hacerlos accesibles 
a todo el mundo. Los libros de dominio público son patrimonio de todos, nosotros somos sus humildes guardianes. No obstante, se trata de un 
trabajo caro. Por este motivo, y para poder ofrecer este recurso, hemos tomado medidas para evitar que se produzca un abuso por parte de terceros 
con fines comerciales, y hemos incluido restricciones técnicas sobre las solicitudes automatizadas. 
Asimismo, le pedimos que: 

+ Haga un uso exclusivamente no comercial de estos archivos Hemos diseñado la Búsqueda de libros de Google para el uso de particulares: 
como tal, le pedimos que utilice estos archivos con fines personales, y no comerciales. 

+ No envíe solicitudes automatizadas Por favor, no envíe solicitudes automatizadas de ningún tipo al sistema de Google. Si está llevando a 
cabo una investigación sobre traducción automática, reconocimiento óptico de caracteres u otros campos para los que resulte útil disfrutar 
de acceso a una gran cantidad de texto, por favor, envíenos un mensaje. Fomentamos el uso de materiales de dominio público con estos 
propósitos y seguro que podremos ayudarle. 

+ Conserve la atribución La filigrana de Google que verá en todos los archivos es fundamental para informar a los usuarios sobre este proyecto 
y ayudarles a encontrar materiales adicionales en la Búsqueda de libros de Google. Por favor, no la elimine. 

+ Manténgase siempre dentro de la legalidad Sea cual sea el uso que haga de estos materiales, recuerde que es responsable de asegurarse de 
que todo lo que hace es legal. No dé por sentado que, por el hecho de que una obra se considere de dominio público para los usuarios de 
los Estados Unidos, lo será también para los usuarios de otros países. La l^islación sobre derechos de autor varía de un país a otro, y no 
podemos facilitar información sobre si está permitido un uso específico de algún libro. Por favor, no suponga que la aparición de un libro en 
nuestro programa significa que se puede utilizar de igual manera en todo el mundo. La responsabilidad ante la infracción de los derechos de 
autor puede ser muy grave. 

Acerca de la Búsqueda de libros de Google 



El objetivo de Google consiste en organizar información procedente de todo el mundo y hacerla accesible y útil de forma universal. El programa de 
Búsqueda de libros de Google ayuda a los lectores a descubrir los libros de todo el mundo a la vez que ayuda a autores y editores a llegar a nuevas 
audiencias. Podrá realizar búsquedas en el texto completo de este libro en la web, en la página |http : / /books . google . com| 



I 



s^s"u^^.\" iBi. JaKÍ,i67i. 



Igariratti College Lífirarg 

CHARLES MINOT 



; Eeceived Í.7 JWo . i'^'^í' 



i 



n 



I 



u 



"C 



ANALES DE LA PRENSA BOLIVIANA 



XI L'l ."] I 



/ -^ 



MATANZAS DE YANEZ 



1861^1868 



POR 



O. RE]3SrjÉ3- 



'^(ó 





SANTIAGO DE OHILE 

IMPRENTA CERVANTES 

Bandera, 73 -^ 

1886 



( 



1 (.A. '. M . 



N 



..1 



í 
■% 



7 



MATANZAS DE YÁÑEZ 



•/ 



i 



VI PRÓLOGO 

— Ahora sí quiero verle. No hay pieza conveniente en 
la casa; pero d lo menos tendrá la mesa. 

Y desde entonces^ mañana y tarde, fué nuestro comen- 
sal aquel pujante proveedor de las monjas, ^ 

Bien pensado, tenia éste urgencia inaplazable de lan- 
zar esos aerolitos. Su truhanería hacia lo demás: descri- 
bían una curva que iba á espirar entre reliquias que un 
tiempo fueran vasos de eleccibny de insigne devoción, ¡Pe- 
ro él,,,! ^^Las gacetas lo diceny luego esfalso,\\ ¿Por quk 
una tacha tan rigorosamente condenatoria? 

¡Ahf Hincan ellas á veces el diente hasta dejar abierta 
herida que sangra y sangra, ¡Cuántos hay que en la inti- 
midad pueden decir años más tarde, de esas injurias im- 
presas, como el personaje del antiguo teatro español: 

Quisiera^ Ensebio, callarlas 
Y aun olvidarlas quisiera; 
Porque, cuando se repiten, 
Hacen de nuevo la ofensa. ..! 

Lo tengo perfectamente bien averiguado, Á H no le 
causaron jamás, ni en la epidermis, el más leve rasguño 
las gacetas. 

No tocaron nunca su persona, Pero veíalas contraídc^, 
en Bolivia, á entronizar y á derrocar tiranos; y eso 
bdstb para detestarlas, aunque conociese que eran meros 
agentes, como el verdugo. 

Su espíritu consen)ador, que buscaba por el camino del 
orden la libertad, sentíctse agraviado de aquellas vocin- 
gleras, que, según él, servían para extraviar de la verda- 
dera senda á los de arrihlt y ti los de abajo, haciende que 



r-.". 



PROLOGO Vil 

lie resultas el país fuese ^ par el precipicio de las vías de 
hechoy á parar bajo el sable del despotismo pacificador. 

Tócale al desceñidle nte reparar^ con una muestra de 
consideración^ la severidad de aquél juzgador patriota^ 
cuyo sepulcro está siempre abierto en el corazón del que 
esto escribe. 

Reconciliémonos con esos girones del aliento social, que 
nos llegan animosos como ráfagas calientes, traykndonos 
de lejos las pulsaciones de la vida que pasó. 

Reconciliémonos; porque, si para los contemporáneos 
mienten y yerran las gacetas, dicen verdad (hasta la ver- 
dad misma de su errar y de su mentir) para ante la 
historia, 

¿Cuándo, andando el tiempo, no se delataron á si pro- 
pias las falacias de la improvisación apasionada ó inte- 
resada? Solamente en casos muy excepcionales la critica 
lejana deja de discernir, con claridad, aquello cierto que 
yacía escondido bajo las ocultaciones ó contradicciones de 
la prensa. 

Podría citar casos de la historia, en que la prensa más 
aviesamente lisongera b calumniadora, llegó á ser testigo 
jidedigno de la verdad pasada. 

Un amigo conozco que á peso de romana compra gace- 
teña vieja de Santiago, Las twches de invierno se ocupa 
en sacar recortes y pegarlos en volúmenes metódicos. Es 
increible la suma de verdad social y política que allí que- 
da concentrada, salta?ido con toda la fuerza de la vida. 

Enseñóme una vez el volumen que había formado con 
las OrCtuadoncs de la prensa tocante al oro de Alfreda 
Farajf. Eran un asombro de elocuencia estas . páginas» 



L 



1-' 



A'UI PRÓLOGO 

Aparece allí en persona la sociedad arrebatada por d 
vértigo de sacar^ de piedras brutas^ oro á pungidos. Uno 
siente los latidos de la quimera en los cerebros^ y ve pro- 
ducirse el movimiento en toda la periferia social, Actffs^ 
contratos, litigios, enlaces, festines, entre personas ajenas 
del torbellino, aparecen relaciofiados por hilos conduc- 
tores con la fe de otros en los prodigios del famoso reac- 
tivo. 

La gacetería entra á la larga á figurar en la categoría 
de los demás documentos históricos, que, como es sabido, 
ó revelan en derechura la verdad, ó la denotan informan-, 
do sobre ella indirectarnente ante d discernimiento del in- 
vestigador. 

Y tiempo llega en que se piude muc/ias veces argumen- 
tar: wLas gacetas lo dicen, luego es cierto, w 

Ojalá siroa de ejemplo demostrativo este volumen. 

Es un libro de bolivianos para bolivianos. Con todo, 
fw fuera difícil, exprimiendo el jugo de sus páginas, fil- 
trar de la sustancia una bebida de BoUvia para el pala- 
dar de las demás gentes. 

Por mi parte, no he intentado ensayarme como quiera 
en una obra de sabor literario. Prefiero modestamente 
servir á las investigaciones sobre la historia de aquel país, 
ofreciéndole aquí un denso manojo de luz primitiva, que 
el arte narrativo utilizará más tarde para sacar de las 
sombras un suceso terrible, expresión genuina de un esta^ 
do social de la república. 

Ahora siete años pegada con goma yo también y comen- 
taba en la margen numerosos periódicos. Eran peri&dicos 
de Solivia, Asi pegados y comentados, con intento más 



PROLOGO iX 

hien bibliográfico que histórico^ perecieron en ausencia mía 
esos recortes^ consumidos por las llamas. 

Mis amigos salvaron^ junto con no poca parte de mi 
biblioteca^ los que han servido para compaginar el pre- 
sente volumen^ y aquellos con que podríanse formar toda- 
vía unos dos más. 

Luciano, en uno de sus admirables diálogos^ uos hace 
asistir á una discusión con Hesiodo, el docto cantor de 
los tiempos en que la historia andaba confundida con la 
fábula, 

Licino le dijo: ^^¿ De quién sino de ti mismo, inspirado 
Hesiodo, pudiera yo saber lo que debo creerte? A vosotros 
oh poetas, amigos predilectos de los dioses y esos autores' 
de todos nuestros bienes, toca decirnos con franqueza loque 
sabéis, y confesarnos la verdad de vuestros dichos para 
disipar nuestras dudas, w 

Kl sabio cadencioso contestó: uMis rapsodias, querido 
amigo, no son tanto obra mía como obra de las Musas, 
esas confidentes del Destino, causante de todos nuestros 
males, y consultoras de su libro inexorable. A ellas píde- 
les cuenta de lo que han dicho por mi boca, y de aquello 
que han querido pasar en silencio. ^^ 

Las gacetas bolivianas son las Musas que han dictado 
el presente centón. Confidentes fueron de esos bandos, au- 
tores de tantos males. El libro son de sus designios. In- 
terrogadas con calma todas á la vez, dan aienta hoy de 
lo que dijeron y de lo que callaron entonces. 



ÍNDICE 



PÁQS. 



Pbólogo V 

«ElJnicio Publicóla 1—202 

cEl Telégraf op 203—247 

«El Constitucional)) 249-273 

«El Boliviano» 275—282 

«El Pueblo» 282—306 

«La Causa Nacional)) 307 — 332 

«El Liberal» 333—396 

«El Club» 397—423 

«El Sol de Setiembre)) 425—448 

Apéndice. —Piezas del proceso 451 — 499 



XX9 o^-^L» » jc^c» gjr-»t3 »>rn^ g j<r»cg orncg gjc-^j gjcx 



L 



CAPITULO PRIMERO 



"EL JUICIO PUBLICO" 
X861 

Noticia bibliográfica. — Matanzas del 23 de octubre. — Redacción, 
espíritu y color político de este periódico. — Su arrogante apa- 
rición. — Idea general sobre sus trabajos. — Sanción de la vin- 
dicta pública. — ^J. C. Barragán; sus antecedentes. — Un folleto 
de J. Córdoba, el ex-presidente. — ^J. M. Santibáñez y Barra- 
gán. — Barragán fiscal. — Apareoe de testaferro contra Córdoba. 
— Stt célebre entrevista con R. Fernández. — Imputa á éste las 
matanzas. — Fernández contra la prensa. — La mañana siguien- 
te -de la carnicería. — Motivos para recordar lo poco que se 
publicó sobre el espantoso suceso. 

£9te periódico de La Paz, publicado en la Impren- 
ta Paceña, comenzó á aparecer el 29 de noviembre 
de 1S61, y cesó con su ñiimero 47 el 20 de marzo del 
año siguiente. £1 numero 19^ correspondiente al 30 de 



1 < 



K> 



2 ; Matanzas de Yáñez 

diciembre, es el postrero del año 1861. Aunque des- 
tinado á ser eventual, los primeros tiempos salía casi 
diariamente ó día por medio. 

El folio común de oficio, á dos columnas, fué su 
forma de tamaño hasta el número 39 (febrero 16). 
Adoptó el folio ordinario de gaceta, un poco ancho, á 
cuatro columnas, desde el número 40, correspondiente 
al 20 de febrero de 1862. Este ensanche fué debido 
al aumento de materiales y suscritores á la vez. 

La existencia de este periódico está vinculada al 
recuerdo de un enorme suceso de la historia boli- 
viana, en sus más aciagos días de hierro y de dis- 
cordia. 

El 23 de octubre de 1861, el comandante general 
de armas de La Paz, coronel Plácido Yáñez, en alta 
noche mandó asesinar con la fuerza pública á un me- 
dio centenar de ciudadanos, que arbitrariamente había 
hecho- encarcelar días antes á título de belcistas cons- 
piradores. Un mes cabal después de este suceso, el 
populacho de I^ Paz, cansado de ver impune y siem- 
pre revestido de autorida^i al perpetrador de esta car- 
nicería, tomó por asalto el palacio donde estaba encas- 
tillado con su gente, y ajustició al criminal con dos de 
sus cómplices. Se retiraron las turbas en seguida á sus 
casas. 

Se retiró el populacho justiciero sin querer plegarse 
á la rebelión militar de tres cuerpos veteranos, rebe- 
lión que esa mañana sirviera al pueblo de prdudio y 
base para la ejecución. Triunfante y aterrada á la vez, 
no se atrevió entonces esa rebelión á vitorear á su 



1f- 



\El Juicio Públicow j 

caudillo. El caudillo era el Ministro del Interior, Ru- 
perto Fernández, á quien el pueblo sindicaba de ha- 
ber sido el instigador de Yáñez. Ausenté con el go- 
bierno, estaba á la sazón Fernández en Sucre. La 
soldadesca rebelde se sometió al orden días después 
sin resistencia. 

El Juicio Publico es, en la prensa procesante de 
estos hechos extraordinarios, el periódico que repre- 
senta propiamente los ofícios de juez instructor y de 
físcal. La acción del ministerio publico fué ñoja y nula 
aquella vez. En este concepto, la verdad histórica de- 
berá informes importantes á esta publicación. 

Propietarios y directores fueron los hermanos Ba- 
rragán. La redacción era fírmada una parte y otra 
anónima; suscrita los primeros tiempos por Ezequiel 
Peñaranda y los posteriores por Rosendo Mendieta. 
Pero era cosa sabida que el verdadero y principal re- 
dactor era el abogado J. Cirilo Barragán, que uno de 
los inspiradores era el comerciante y ex-director del 
Colegio de Artes Vicente Barragán, y que también in^ 
tervenía en la dirección Román Barragán, quien tuvo 
una vez que sacar la cara por el periódico, con motivo 
de un juicio por jurados, 

Firmantes ó no, ninguna de estas personas ejercía 
cargo público con sueldo, y todos vivían de sus habe- 
res ó de su trabajo privado. Es increible el nervio de 
soberanía que esta circunstancia presta á los escritos 
de esta gaceta. Trata á los otros periódicos de alto á 
bajo. Aunque tildada mañosamente de opositora al 
gobierno, la redacción no lo era en rigor de verdad; 



4 Matanzas de Yáñez 

era independiente tan sólo. El Juicio Público refleja 
esta independencia hasta el último día dé su exis- 
tencia 

No sin frecuencia estuvo de punta, como decirse 
suele, con los escritores ministeriales; pero fué tan sólo 
en cuanto á pasiones é intereses que no eran decidi- 
damente los del primer magistrado. Con éste estaba 
de acuerdo en dos cosas fundamentales: mantenimien- 
to del orden constitucional, oposición á Ruperto Fer- 
nández. Esta oi)osición suya era de un tinte subidísi- 
mo y encendido. 

En una palabra, el color político de El Juicio Pú- 
blico era el belcismo; su objetivo de combate el se- 
tembrismo, bando de los antiguos sostenedores de la 
•dictadura de Linares. 

E^to explica sus disidencias con ciertos escritores 
gobiernistas de La Paz, que se plegaron por completo 
á Achá después de haber servido á Linares. 

Pero el bdcismo y el antisetembrismo de El Jui- 
cio PÚBLICO no fueron, desde un principio, como su 
odio á Fernández y á su séquito, sentimientos francos y 
categóricos. £1 periódico surgió instantáneamente á 
impulsos de la indignación que, en cierta hora propi- 
cia para dar expansión á esta clase de energía, produ- 
jeron en La Paz las matanzas de Plácido Yáñez. Esta 
ocasión vino después de ajusticiado Yáñez por el pue- 
blo, y después todavía de haberse sometido la sedición 
militar áe Balsa al orden legal (novienibre 28). 

Despejado de esta suerte el escenario dentro de la 
ciudad, y completamente pronunciada una reacción 



' wEl Juicio Públicow s 

violenta de los ánimos contra el ministro Ruperto Fer* 
nández, se presentó El Juicio Piíblico ceñido con 
la toga de la magistratura constituyéndose arrogante- 
mente en juez arbitro y severo componedor de lo» 
partidos. Vinieron los estrujones de la polémica y de la 
chismografía, y aquí El Juicio Público hubo de des- 
tocarse mal de su grado, arremangándose á veces la 
garnacha, para barajar y sacudir recio y fuerte en la 
condición de contrincante. 

Como quiera que tan sólo habría que rebajar un 
poco los colores y suavizar las sombras, para que el 
cuadro fuera históricamente verdadero, como tomado 
que es á raíz de lo natural, véase el escenario donde le 
place presentarse, cuando menos como fiscal del cri- 
men, á El Juicio Público: 

«•Cuando en Bolivia vemos el crimen y el estermi- 
nio como último recurso de la depravación de los par* 
tidos, es llegada la hora en que la voz de la conciencia 
del hombre honrado se alce, para enrostrar á tan mal- 
decidos bandos su abominable encarnizamiento. 

«Renunciando las facciones interiores á los fueros 
de la naturaleza y la humanidad, se han armado del 
puñal alevoso y han levantado en cada lado el enroje- 
cido estandarte de la matanza, que ha hecho brotar un 
raudal incontenible de sangre inocente en esta tierra 
de maldición. 

«iSi bien el germen de estas facciones estaba latente» 
llegaron ellas á caracterizarse al principio con el nom- 
bre de ballivianistas y crucistas; después, de belcistas y 
linaristas; y hoy están de pie, sangrientas, bajo la ho- 



6 Matanzas de Yáñes 

rríble consigna de setembristas y marcistas (i), par 
hacer mañana una variante aiín más espantosa. 

'lEn estas facciones hay sus tránsfugas, sus rene 
gados, sus apóstatas, sus ^traidores. Es muy corriente 
que el más estrecho y favorito cofrade, se convierta ei 
cruel verdugo de sus camaradas de la víspera; porque 
no profesándose en tales prosejitismos principio alguní 
civilizador, político ni humanitario, la granjeria peí 
sonal es el solo punto objetivo de estos afiliados; y í 
granjeria subleva en ellos las pasiones más salvaje 
(esta expresión es muy débil), subleva los instintos d 
las bestias de que más se horroriza la creación. 

'iperfidia, ingratitud, desnaturalizada atrocidad, soi 
moneda corriente entre los bandos de Bolivia. 

"Pero el pueblo, el verdadero pueblo, ¿en pos d' 
qué va? Va como toda asociación de hombres culto 
6 bárbaros en pos del prc^reso. Y ¿quién aleja y oscu 
rece ese porvenir? Los bandos, que cada día recibei 
y dan de alta en sus ñlas á gente mala, así como dismi 
nuyen cada día en esas ñlas las plazas del honrado, de 
industrial, del progresista, del hombre bueno, en fin. 

«Aquellos en quienes aun no se ha extinguido L 
luz de la conciencia humana; aquellos que adn conser 
van un rayo de esperanza en los destinos de la especii 
racional, tomemos las armas en las filas de esos hom 
bres buenos, para protestar contra la depravación di 
los banderfos antisociales llamados políticos. Haga 



r 



wEl Juicio Públicon 7 

mos ver que si hay épocas lúgubres para las naciones, 
y ei\ pleno meridiano del siglo XIX se hacen exhibi- 
ciones de barbarie, que avergonzarían á los cafres y á 
los caribes, también puede llegar un día de regenera- 
ción, que haga conocer que la Providencia no aban- 
dona del todo á los pueblos, n 

Aquí se ve claramente al ciudadano que, al contem- 
plar desde su casa las horrendas escenas de la calle» 
salta afuera despavorido en busca de garantías, y salta 
pensando no tan sólo en lo presente sino también en lo 
porvenir de su país. Pero al mismo tiempo no es difícil 
percibir, allá en el fondo de este fervor altanero por la 
estabilidad social y por el reportamiento de los parti- 
dos, un algo más que late y que parece inclinarse á ful- 
minar el anatema contra un bando en servicio de otros. 

£s lo que desde allí á poco saltó con fuerza á la su- 
perficie en el ardor de la polémica. Es también lo que 
impulsando con brío los trabajos de este periódico, le 
hizo vencer mil peligros en su espinosa carrera, y ello 
con gran ventaja de esa aureola victoriosa con que han 
menester coronarse, en sus sanciones, la moral política 
y la vindicta publica. 

¡Quién pudiera dar, á estos movimientos de la pren- 
sa justiciera, algo de esa indignación vehemente y 
contenida de ciertos oradores ingleses, que apareando 
como dos corceles la pasión tribunicia y el espíritu 
jurídico, recorren la arena de sus fiscalizaciones dejan- 
do allí estampadas, claras y paralelas, las huellas del 
subsanable error impetuoso y de la verdad estricta I 

La indagación execratoria de las matanzas, y el es- 



4 K 






ÍNDICE 



PAGS. 

Pbólogo V 

«ElJtácio Públicos 1—202 

€ÚE1 Telégrafo» 203—247 

«El Gonstiincional)) 249*273 

«El Boliviano» 275—282 

«El Pueblo» 282—305 

((La Cansa Nacional» 307 — 332 

((El Liberal» 333—396 

«El Club» 397—423 

«El Sol de Setiembre» 425—448 

Apéndice. —Piezas del proceso 451 — 499 



Matanzas de Yáñes 
1 otra parte. Están en la prensa ipaceña de estos 
arücularmenCe El Telégrafo contiene los des- 
! El Juicio Púbuco todo cuanto se relaciona 
icusación. 

inia que J. Cirilo Barragán sostenía la vara en 
ICIO Pi^Bi.ico sin soltarla ni flaqiiear jamás un 
Nanido en La Paz en condición modesta, y pa- 

constante habitador de la ciudad, donde solía 
cargos concejiles 6 municipales, no era la vez 
1 que tomaba cartas en la prensa. Corría por 
3 su firma un folleto político, á que es referente 
ero 2572 de mi catálogo impreso. La historia 
producción es la siguiente: 
loba, presidente caldo, se divertía un poco libi- 
nente en el Perií, relegado al desprecio de los 
bían sido sostenedores principales de su gobier- 
: eran los belcistas. Había sido mal fideicomi- 
el poder, y los ojos oposicionistas se volvían al 
mitente su suegro, que era Belzu. No cesaban 
ibirle tos descontentos á Europa; según el uso, 
ibían de la manera siguiente: 
neral, venga, venga sin tardanza. Los pueblos 
an y sus amigos lo aguardamos con los brazos 
is, prontos á sacrificarnos por usted. ¿Cómo 

dejarnos aquí colgados ó entre las garras del 
■ Vuele á salvar á esta patria querida y á derra- 
)r ella, junto con nosotros, su sangre de ciuda- 
' de soldado. ¡Viva el general Belzulir 
1 el ingrato argonauta mostrábase sordo así á los 
¡es como á los mensajeros. Y tanto fué que, á 



w El Juicio Púhlicow II 

fines de 1858, segundo año que comenzaba para la 
dictadura de Linares, alguien les dijo que aquello era 
una majadería, semejante á la de los portugueses aguar- 
dando la vuelta del rey don Sebastián en su caballo 
blanco. 

Fué entonces cuando cayó á los pies de Córdoba 
un diluvio de cartas que decían así: 

••General, venga, venga sin tardanza. Los pue- 
blos... etc. ti 

Córdoba se entusiasmó al escuchar esta 'música pa- 
ra él enteramente nueva, se apercibió para emprender 
una cruzada restauradora, y lanzó el célebre folleto 
precursor intitulado Manifiesto y Programa, (Nume- 
ro 2152 de mi catálogo impreso.) 

Córdoba había sido un agraciado de la ciega fortu- 
na. Su rápida ascensión, desde humilde hasta encum- 
brada esfera, no había sido en alas de la osadía, la 
intriga y el partidarismo doctoral certeramente com- 
binados, para un golpe de mano, en el cuarto de ban- 
deras de un cuartel. Subió al mando por las gradas del 
favor legalizado, dejando pasmados á los pretendientes. 
El origen legítimo de su investidura no era tachable 
según los dictados de una sana política. En cualquier 
país medianamente constituido, hubiera sido inviolable 
en su puesto de primer mandatario. 

Una vez echado al suelo por la revolución, el con- 
cepto público se había uniformado en Bolivia acerca 
de su persona. En manera ninguna ese concepto era 
favorable á sus empresas de pretendiente. Lo mejor 
que se pensaba de él, era, que la docilidad de su ca- 






1 



12 Matanzas de Yáñez 

rácter y la sensibilidad un poco ingenua de su joven 
espíritu, le alejaban por completo de la escena y de 
los actores de la política boliviana. 

Pero las cartas consabidas y las sugestiones de los 
proscritos desesperados, que le rodeaban en Puno y 
Arequipa, enardecieron hasta tal punto el corazón 
bondadoso de Córdoba, que el folleto citado rompió 
en desahogos descompuestos de despecho y de coraje. 
Vociferó imprecaciones de odio al setembrismo usur- 
pador, recordándole el tenor de sus tablas de sangre y 
de martirios, cual si quisiese fundar en ellas títulos 
para una retaliación vengadora. 

Sus adversarios entendieron que este era un nuevo 
acto de docilidad, y, sin culparle gravemente por supo- 
nerle influido, vieron con recelo detrás de Córdoba un 
impulso de terribles motores reaccionarios. 

Los redactores del follet'o de Córdoba habían baja- 
do el estilo, hasta tocar en el tono habitual de la dia- 
triba altoperuana de pura casta. La prensa seria del 
interior le dijo: 

"Debemos observar al general Córdoba, que la ma- 
ledicencia y el dicterio sientan muy mal al que ocupo 
un puesto elevado, cuyo recuerdo debiera dignificar 
todos los actos ulteriores de la vida, aun en la rigidez, 
de la desgracia. ti 

Córdoba había dicho aludiendo muy suavemente á 
sus francachelas de otros tie nipos: 

"Si Bolivia me culpa de negligencia ó de juvenilesi 
errores, confieso que, en medio de la depravación de 
costumbres, difícil era que la conducta del mandatario 



i?f*'^j.ji- 



i 



\yEl Juicio PÚblicO^^ 13 

fuese irreprensible; pues, colocado en un centro de 
corrupción, á él y á todos arrebata su ímpetu, n 

Confesión doblemente desacertada, desdorosa sin 
ventaja de la discusión, y perjudicial al proselitismo 
popular que Córdoba se presentaba solicitando. 

Los contrarios se pusieron en el caso mas favorable 
á la intención de este último, en el caso de que no 
había querido referirse al pueblo boliviano, sino al cír- 
culo que sostenía y estrechaba en aquel entonces al 
gobierno. Y le replicaron así: 

«Sí pues existía un mandatario sin la suficiente 
fuerza de voluntad para resistir á ese torrente de co- 
rrupción que le impelía, la nación ejerció uno de sus 
más altos derechos y cumplió con el más sagrado d^ 
sus deberes al sustituir, por el recurso formidable de 
la revolución, á ese dócil y maleable mandatario, otro 
que consideró de patriótic¿^ resolución, enérgico, resis- 
tente á las mundanales seducciones, por su fe mas pu- 
ra que los destinos del pueblo. ir 

Mi opinión particular es que para verificar una 
mudanza no debió tocarse el recurso formidable de la 
revolución, y que la nación, ó lo que así se apellidó, 
contra todo derecho escrito, faltó entonces al más im- 
perioso de sus deberes para consigo misma. Pero, en 
país sujeto á cambios y removido hasta el profundo 
por el cau(£llaje y las facciones, el argumento era pro- 
pio del intelecto social, y fué reputado como un argu- 
snento ad kominem incontestable. 

£so no obstante, el folleto de Córdoba contenía un 
grupo de caigos gravísimos contra el gobierno de la 



14 Matanzas de Ydñet 

dictadura. Al hablar de El Fénix, de Sucre, he he- 
cho valer la parte eficiente que le cupo en las opinio- 
nes oposicionistas y en los conatos revolucionarios del 
tiempo. 

Esta simiente revolucionaria, ó, más bien, este pá- 
bulo, era lo que más temían de la prensa los conduc- 
tores del partido dominante. Por eso, y tan pronto 
como el folleto comenziS á circular, se dieron á reba- 
tirlo duramente las gacetas setembristas, y se pensó en 
oponerle cuerpo á cuerpo otro folleto. 

Sujeto afable y caballeroso en su trato, José María 
Santibáñez, jefe político de La Paz, indujo sagazmente 
al vecino pacíñco y ajeno de las reyertas y granjerias 
políticas, J. Cirilo Barragán, á que publicase el folleto 
apetecido. 

i'Es menester, le dijo, que un ciudadano como usted 
haga con buenos modos un llamamiento hacia el buen 
camino á Córdoba. ¿No se conocen ustedes desde la 
infancia y han mantenido siempre cordiales relaciones? 
Pues usted es el llamado para eso, amigo mío, y el 
hombre que debe en esta ocasión hacer valer las ideas 
progresistas y dtÜes que profesan los hombres de or- 
den, enemigos de revueltas estériles... etc., etc.n 

Barragán se comprometía á escribir y se ecbó á 
cuestas un fardo superior á sus fuerzas. En primer lu- 
gar, algunos cargos eran de imposible ó dificultosa 
contestación. En segundo lugar, aquello de rebatir una 
invectiva con una exhortación, era como querer vencer 
á un moro lanza en ristre invitándole á bautizarse. 



M 



w El Juicio Públicow ij 

£1 propósito virtual del folleto no era disuadir amis- 
tosamente; pero Barragán entendió que ese era el ver- 
dadero propósito. De aquí resultó que fué hecho y 
rehecho, y, en suma, fué escrito garbosamente por San- 
tibáñez y suscrito por Barragán. 

Allí se .trata de persuadir á Córdoba de que aquella 
en que ardía su corazón es malo y perverso, y ello á 
mérito de consideraciones generales muy atendibles 
según los antecedentes de los partidos, los trabajos de 
organización empeñados al presente, y las visiones y 
previsiones del porvenir. Todo esto ¿con el tono sensa- 
to y el lenguaje comedido y elegante propios del autor. 
Domina esa ñuidez oratoria que contra las vías de 
hecho inspira siempre lá posesión del poder, señala- 
damente en países dilacerados por la anarquía donde 
es derecho decir: lo pasado, pisado. 

El adagio personal y el alegro amistoso, con que 
preludia y finaliza la sonata, ciñen á ésta armoniosa- 
mente» imprimiéndole un timbre suavísimo de soca- 
rrona ironía. El introito ó adagio me parece ser de 
Barragán. Allí tuvo él la mala cautela de estampar, 
conao para un inevitable contraste ulterior de estilos, 
esto que sigue: 

••Dígase apego á la apacible domesticidad 6 falta de 
connato espontáneo, aplazada ha estado siempre para 
mí la entrada en los negocios pilblicos.it 

Meses después Barragán fué nombrado fiscal del 
distrito de La Paz. No era empleomaniaco, se sintió 
abrumado por los expedientes, tenía en ejercicio otros 



Matanzas de Yáiiez 
s más productivos, renunció una vez sin éxito, y, 
L, hizo dejación del puesto con motivo de lo si- 
e, que fué notorio en La Paz: 
i un aviso en las gacetas de esta ciudad, en ei 
ierto maestro de sastrería ofrecía premio al que 
olviese un paleto del señor ministro Ruperto 
idez, paleto que le había sido sustraído del taller. 
>resen(arse dicho sastre en casa de Barragán á 
ar obra le contó que, por causa de aquella sus- 
¡n, el ministro habíale vejado con dicterios y 
zas; le contó cómo, después de esto, su deseo 
tir del mal paso tentando la buena suerte de 
ar el paleto. Pensóse entonces en el aviso, y 
;án lo redactó, 

ninistro de gobierno hizo llamar á Barragán á la 
; su despacho, y, á presencia de no sé cuántos 
lies y del sastre mismo, se entabló entre ambos 
iente diálogo auténtico: 

'sted ha tenido la ligereza de tomar el nombre 
personaje publico en artículos mal íntencio- 

\rtículos? V. G. hablará tal vez de un aviso para 
recobrar una especie de su pertenencia. 
Isted me nombraba allí intencional mente. 
)n cuanto á mencionar nombres, V. G. conven- 
nmigo en que se puede tomar el de Dios con el 
3 debido, si viene al caso. 
jttraño mucho que usted ande metido con esa 
lia — y señaló Fernández al sastre, — y que un 
naiio judicial esté de escritor. 



1 



y\El Juicio Público\\ 77 

— He tenido que ver con este menestral para favo- 
recerle; -parece que no hay ley que prohiba escribir á 
los empleados; antes bien, las hay que imponen á los 
fiscales la obligación de defender á la clase pobre; que 
en cuanto al empleo, lo había hace tiempo renun- 
ciado. 

— Ninguna de sus razones me satisface y debe ter- 
minar esta retahila. 

— Bien; pero será porque V. G. no quiere conven- 
cerse y porque yo, si he venido aquí, ha sido por lla- 
mado de V. G. con quien no recuerdo haber tenido 
antes relación. 

Barragán salió y dejó en el acto la fiscalía. Ello 
pasaba por mayo de 1860, esto es, ocho meses antes 
del mayor encumbramiento de Fernández por virtud 
de su golpe de Estado. 

Estos eran lo» antecedentes del hombre que empuñó 
la espada vengadcrra de las víctimas de 23 de octubre, 
subiéndose para ello, con la sola fuerza del corazón, á 
lo más alto de la tribuna periodística de la república. 

Pero quien quisiere, al trasluz del presente caso, 
conocer por el derecho y por el revés la estofa de los 
hombres del tiempo y de la tierra, tenga paciencia 
unos cuantos meses, hasta llegar al capítulo sobre El 
Eco del Norte, de la misma ciudad de La Paz. Allí 
asistirá á la ruidosa prevaricación de Barragán como 
ciudadano. 

Invoca hoy la moral política, la causa de los princi- 
pios republicanos y la majestad dé la ley contra el 
sangriento, mezquino y desorganizador espíritu de cau- 



i8 Matanzas de YáfUz 

dillaje. Mafiana, en un torrente de sangre y lágrimas, 
se lanzará á las vías de hecho contra el régimen cons* 
titucional, porque ya tiene amo á quien servir. Hoy 
son el orden y- la ley, porque no son Belzu ni Fernán- 
dez los ídolos predilectos de su proselitismo. Mañana 
se amotinará á secas contra el presidente recien electo 
en las urnas y proclamado por el congreso, y ello para 
seguir á Gregorio Pérez, militar alzado sobre el pavés 
revolucionario por la poquedad enceguecida del pro- 
vincialismo localista de La Paz. 

En cuanto á Ruperto Fernández, desde su primer 
número El Juicio Público sostuvo que él movió po- 
sitivamente el brazo del asesino Yáñez; pero, ante un 
criterio desapasionado, no hizo valer para ello ninguna 
prueba .convincente. Algo más: en toda la prensa de- 
tractora de Fernández no encuentro nada que, en 
términos rigurosos, me persuada de tamaña imputa- 
ción. 

Más adelante dilucidaremos este punto, que por 
conducto de la prensa se relaciona con algunas intimi- 
dades de la política boliviana. 

El Juicio Público en esta parte de sus tareas cía* 
mó en coro con las demás gacetas gobiernistas. \Jk 
execratoria general rompió cuando aquel cabecilla e^ 
taba caído boca abajo, ó sea hundido para sieínpré. 
Es justo reconocer que aquel periódico se anticipó- 
algunos días para acelerar esa caída. Femáiide2 se 
incorporó un instante en Salta: para lanzar á los gace- 
teros una mirada de soberano desprecia 

Él sabía muy bien hasta dónde y de lo que son ea 



\\EÍJumo Públicon /p 

Bolivia capaces, contra el caído en particular, los escri*" 
tores asalariados. 

"La prensa periódica en Bolivia, dijo^ ha llegado á 
ser una mercancía para los malos en perjuicio de los 
buenos. Y si no, recordemos los periódicos desde la 
época de su existencia política hasta nuestros días; j 
se verá que sus columnas han servido dé cadalso para 
reputaciones respetables, para ciudadanos honrados y 
hasta para personas que, por sus servicios á la patria y 
4, la humanidad, debían creerse exentas de la difa- 
mación. 

(>£1 ilustre general Sucre, fundador de la república; 
los generales Santa Cruz^ Velasco y Ballivián; los doc- 
tores Serrano, Olafieta, Linares y otras notabilidades 
bolivianas, han sido elogiados y vilipendiados alterna- 
tivamente en el poder ó en su caída; y cuando hasta 
la memoria de los que han muerto ha sido propinada 
por las pasiones desenfrenadas de partido, nada tengo 
que extrañar al ver hoy en la picota mi humilde repu- 
tación, fi 

La versión que El Juicio Público da del suceso 
nocturno del 23 de octubre, es el resultado de prolijas 
averiguaciones que los directores practicaron en La 
Paz, desde la mañana siguiente hasta la fecha del apa- 
recimiento del periódico, ó sea durante poco más de 
un mes» 

Aquella mañana de horror, de ira y de vilipendio 
para la ciudad, salió el principal redactor á vagar en 
busca de noticias. Con el natural deseo de contemplar 
el ctfadto que presentaba la plaza en esos momentos» 



20 Matanzas de Yáñes 

; confundió en los grupos despavoridos de plebe 
lestiza que intentaban penetrar en el recinto, AHÍ eti 
tiarcos de sangre yacían amontonados los cadáveres. 
tejémosle la palabra: 

iiLlegados á la esquina de Indaburu encontramos 
Q grupo de centinelas, jefes y oficiales que impedían 
r pueblo su ingreso á la plaza. Había también otros 
rupQS de curiosos allí mismo. En esta actitud tuvl- 
los la insensatez de expresar bien recio al coronel 
ajardo, ante los señores Ladislao Marino, Mon- 
is, etc., que la escena que estaba á la vista del mundo 
ra de la barbarie más atroz, el más horrible asesinato. 
»ichos señores convinieron {la verdad sea dicha) en 
\ funesto de los sucesos. Pero algún individuo con- 
isto que las muertes habían sido consecuencia de un 
lotín de tropa y de un ataque de la cholada, con la 
rcunstancia de haber sido arrebatado del cuartel el 
^ronel Lizárraga, cual lo probaba su desaparición 
asta ese momento. 

"Replicamos que, si en realidad hubo ataque de la 
[lolada, debió de haber sido metrallada esta gente por 
s calles; pero que los presos, inocentes y durmiendo, 
:an un depósito sagrado en poder de !a autoridad, y 
ue, el haber sido asesinados en tal condición, consti- 
lía un crimen de los más salvajes. 

>iSe nos dijo que habían sido muertos por orden del 
imandante general. Volvimos á replicar que éste era 
ti asesino y que era menester huir de esta región es- 
antosa. 

"Por muchas partes expresamos públicamente núes- 



\jJLl Juicio Púhlicow 21 

tro dolor esa mañana. Si no hubo algún aviso á Yáñez 
que nos hubiera perdido, fué afortunadamente por la 
nobleza de los señores que presenciaron nuestra acti- 
tud y escucharon nuestras voces. Les estamos gratos. 
. »«En nosotros este no fué un acto de valor; era sola- 
mente un movimiento instantáneo de la naturaleza, el 
moius natura que nos es común con los irracionales al 
aspecto de la sangre y los cadáveres, antes que el cal* 
culo haya venido á hacernos prudentes, mostrándonos 
de qué conveniencias nos privaremos, y qué peligros 
podremos correr, si nos hacemos partidarios de la jus- 
ticia ó si abogamos por la humanidad, m 

Este último párrafo contiene solamente alusiones de 
polémica. No obstante, sin intento y con una inge- 
nuidad terrible, ¿no parece un latigazo á esas caras 
frías, mudas y durísimas como un candado de acero, 
á esas caras que allí curioseaban en la plaza sin tinte 
ninguno de civismo que las animase en la mejilla, si- 
quiera sea por involuntaria lástima? El director perdió 
toda prudencia y no supo allí lo que se dijo; pero los 
nobles silenciosos que le rodeaban, si callaron enton- 
ces, callaron también después. No le acompañaron á 
indignarse por su país; pero tampoco quisieron com- 
prometerse mal delatándole. Es esto lo que él les 
agradece. 

La prensa setembrista y la prensa gobiernista, que 
juntas formaban la mayoría de la prensa, sepultaron 
en una ola inmensa de olvido la carnicería del 23 de 
octubre. Por eso mismo, y persiguiendo en ello una 
especie de reparación, he querido conceder, en estos 



9t MaUMsas iü Ydña 

ales, páginas extensas al asunto, y por ende á Ei, 
ICIO PÓBUCO que fué, contra ese crimen, el campsóa 
nodado de la vindicta publica. 
Pero cabe aquí ante todo una declaracidn previa. 
ir puro que se quiera suponer el celo de esta gaceta 
s de obtener una reparacidn justiciera, y por más 
e su fervor en defender á las que considera inocen- 
i víctimas sea muy sincero, el testimonio y las apre- 
iciones de El Juicio PiSblico deben ser acogidos, 
obstante, con la debida circunspeccián. Ello por 
>tivo5 obvios de natura! prudencia y no por ninguna 
:ha grave ni caliñcable. Afortunadamente, el perii}- 
■x> provocó debates contradictorios, por donde ha 
dido recaer certidumbre sobre muchos puntos im- 
rtantes del suceso. 



)$Í«í«íií4M««9í9íi«(C4M$9«íi0i<Mit4CC9ií<«4MM4tit4t«9$(>if 



CAPITULO II 



y 



l< 



JUICIO PÚBLICO 
(Continwuibn) 



Prisiones en róasa de belcista^. — ^Aprobación del gobierno y de- 
claración de sitio. — Matanza del 23 de octubre. — Aviso oficial 
de YáSez. — Pide ascenso para su hijo. — Unas cincuenta vícti- 
mas* — Declaración de un oflcial de guardia. — Relación hecha 
por El Juicio Público. — Prisión de J. Córdoba. — Celadas. 
— Logran inquietar su espíritu. — Asesinato de Córdoba. — 
Victimación de F. P. Belzu, de Hermosa, de Espejo y de Val- 
derrama. — Matanzas de otros detenidos de categoría. — Ma- 
tanza de presos desvalidos. — Leandro Fernández. — Autos. — 
Una carta de J. M. Santibáffez. — ^¿Antecedió provocación? — 
Luz que arroja la prensa sobre este punto. — El gobierno acuer- 
da no improbar la conducta de Yáñez. — Noticias sobre unas 
cartas del Ministro del Interior. 



Visitando los departamentos del centro y del sur, 
el gobierno estaba ausente de La Paz desde los pri- 



¡^« •■•tK , 



r>"^ 



24 Matafizas de Yáñez 

meros días de setiembre. Quedaron desempeñando 
allí la jefatura política el doctor Rudecindo Carvajal, y 
la comandancia general de armas el coronel don Plá- 
cido Yáñez. 

Por el Ministerio del Interior y con fecha 28 de 
agosto, el gobierno dispuso que, durante su ausencia, 
la Columna Municipal de la ciudad quedase sujeta al 
mando inmediato del comandante general, y no del 
jefe político, como lo prescribía el régimen interior. 

Durante el mes de setiembre corrían en la ciudad 
rumores de una próxima revolución belcista. 

No era inverosímil que los belcistas conspirasen. 
Tampoco era inverosímil que las autoridades se des- 
mandasen contra los belcistas so pretexto de conspi- 
ración. Por el modo de ser general de las cosas en el 
país y por el rumbo especial que llevaban en La Paz, 
tan probable era entonces lo uno como lo otro. ' 

Por esto, y porque esos días daba sus primeros pa- 
sos en el camino de su vigencia la recién promulgada 
constitucitSn, era lo apetecible y lo más seguro, que el 
partido que poseía la autoridad y la fuerza, se estuviese 
á las medidas represivas en sostén del orden legal, que 
no á las preventivas, odiosas de suyo cuando no in- 
justificables. 

En la noche del 29 del mismo mes y en la mañana 
del día siguiente se practicaron en la ciudad numerosas 
prisiones. Pasaba de una treintena el numeró de los 
arrestados. Eran todos de lo más granado del partido 
belcista allí existente; coroneles, generales, un ex-mi- 
nistro de Estado, etc, , 



\^El Juicio Públicow 2S 

£1 1 8 de octubre inmediato fué aprehendido en su 
chacra y reducido á prisión el ex-presidente de la re- 
pública, Jorge Córdoba. 

Estos arrestos y otros de personas de inferior condi- 
ción se verificaron de orden del comandante general, 
con ó sin conocimiento del jefe político, y dándose 
por fundamento que la autoridad militar había descu- 
bierto una conspiración de cuartel contra el orden 
publico. 

Al gobierno se le informó que esta conspiración fué 
descubierta antes de estallar. Ninguno fué detenido, 
no obstante, en flagrante delito; antes bien fueron arran- 
cados casi todos á deshoras de la cama, ó estando de 
visita durante la primera parte de la noche. 

También fueron encerrados en calabozos veinte ó 
más individuos de la clase de tropa, pertenecientes al- 
gunos á la Columna Municipal, y ello por considerár- 
seles comprometidos á apoyar en dicho cuerpo el mo- 
vimiento sedicioso. 

Dirigiéndose al gobierno, el jefe político confirmó el 
hecho de una conspiración descubierta, agregando que 
la ciudad había salvado de grandes males merced á la 
energía y acierto del comandante general. 

Igualmente avisó el jefe político al gobierno que, 
con estas medidas de seguridad y de precaución, la 
ciudad estaba ya tranquila, y que el pueblo, lejos de 
conmoverse, había visto con disgusto la tentativa se- 
diciosa. 

. El gobierno desde Pptosí aprobó lo obrado; dispuso 
que todos los detenidos, tanto militares como paisanos, 



30 Matanzas áí Yáñea 

fites^i juzgftdos por un consejo ordinario de guerra; y, 
pira suspender el goce de las garantías individuales 
del régimen constitucional, declaró en estado de sitio 
el distrito de La Faz y las provincias de Ingavi y 
Pacajes. 

Para dictar esta última medida se fundó en que ba- 
bla llegado el caso constitucional de conmoción inte- 
rior, por cuanto el plan estaba dirigido contra el wden 
publico, y que con temor se ignoraba todo su alcrace. 

El decreto de sitio es de 5 de octubre, expedido al 
tenerse conocimiento de los arrestos, y al tiempo de 
ordenarse que se proceda militarmente contra indivi- 
duos del fuero civil ordinario, aprehendidos extraju- 
dicialmente á tines de setiembre anterior. 

Desde años atrás la antigua capilla de Loreto, sita 
en el costado oriental de la plaza mayor, está destina- 
da á salón universitario, á recinto legislativo, á prosce- 
nio de los pronunciamientos contra el gobierno exis- 
tente y á local de otros actos públicos del vecinda- 
rio de La Paz. Conserva todavía su coro alto sobre la 
puerta principal, la cámara que sirvió de sacristía y otras 
dependencias interiores. 

En este edificio fueron encerrados los presos polí- 
ticos. El general Córdoba fué alojado en el coro. 

Otros presos fueron puestos en el edificio de la po- 
licía situada cerca de allí, y también en la cárcel 
pública y en el cuartel del batallón Segundo, cuartel 
situado á dos <S tres cuadras de la plaza. 

En él estado de alarma en que á la ciudad mante- 
nían estas prisiones en masa y el proceso militar de 



^^El Juicio PuHícqh tf 

t(x}os lo$ detenidos, acrecían de suyo ó por otras cau- 
sas los decires y cuchicheos sobre una inminiente rebe- 
lian bdcista apoyada por la cholada. 

£i 17 de octyl^ire tuvo lugar un consejo ordina- 
rio de guena p^oa ju^;ar á los presos de la clase de 
tropa. No tuvo resultado y concluyó con escándalo. 
Y^ detenidos protestaron allí que sus declaraciones 
habían sido adulteradas. Daba sus razones un defen- 
sor contra la competencia del consejo y la organiza- 
ción del proceso, cuando fué echado afuera con de- 
saire por el presidente. 

Á las doce de la noche del 23 de octubre se oyeron 
en la plaza disparos de fusil y cierta vocería. P0C09 
momentos después entró Plácido Yáñez en el edifícío 
de Loreto. Declarando á voces que quería escarmen- 
tar á los belcistas sediciosos, mandó fusilar en el acto 
á casi todos los detenidos allí existentes, sacándo- 
les para ello de sus camas á la plaza. Haciendo traer 
á los demás presos políticos que estaban en la policía 
y en la cárcel pública, mandó que también fuesen eje- 
cutados y lo fueron acto continuo en la puerta del 
Loreto. 

Al mismo tiempo dispuso que fuesen fusilados los 
detenidos que estaban aposentados en el cuartel del 
batallón Segundo. Los militares José Santos Cárdenas 
y Leandro Fernández pasaron á aquel lugar y ejecu- 
taron dicha orden inexorablemente. 

Fernández fué el que, subiendo al coro con algunoe 
soldados, había poco antes fiisilado en su lecho al ge- 
neral Córdoba. La primera orden de muerte dada^or 



28 Matanzas de Ydnes 

Váñez fué relativa á esta ejecución. Todas sus órde- 
nes fueron verbales esa noche. 

El alcaide José- María Aparicio fué quien, en esos 
momentos, había recordado á Váñez que en la cárcel 
publica existían algunos detenidos políticos. Tres pre- 
sentó y fueron ejecutados. La prensa ha sostenido, 
sin ser contradicha, que estaban detenidos por causas 
ajenas de la política, si bien habían servido al gobierno 
de Córdoba y eran partidarios suyos. 

Estos son en esqueleto los hechos perfectamente 
establecidos é incontrovertibles. Existen, además, algu- 
nos pormenores igualmente bien averiguados. Hé aquí, 
mientras tanto, el aviso oficial que, por un correo ex- 
traordinario, que partió en la tarde del siguiente día 24 
de octubre, dirigió Váñez al gobierno, y, que éste reci- 
bió en Sucre en la noche del z8 inmediato, cuatro días 
después: " 

ítÁ las doce de estu noche, dice con fecha atrasada 
. del 23, memorable y de eterno recuerdo en los fastos 
de la gloriosa causa de setiembre, una turba desenfre- 
nada acometió al palacio, el cuartel donde se hallaban 
tres compaiíías del batallón Segundo Cazadores de U 
Guardia, el local del Loreto donde existían los presos, 
el de la cárcel y los' puestos de guardias de ambas poli- 
cías: los que acometían al palacio y Loreto, situados 
en la circunferencia de la pila, los portales y la calle 
del Comercio, sostenían un fuego demasiado activo; y, 
mientras se disponía la columna que está encuartelada 
en palacio, nos defendíamos con algunos rifleros que 
se colocaron en las ventanas. 



^^ El Juicio Fúb¡ico\\ 2g 

«'Organizada y bien municionada que estuvo la tro- 
pa, hice abrir las puertas del palacio, salí á la plaza; y 
con el esfuerzo y denuedo que distingue á estos va- 
lientes, los dispersé á todos los facciosos; como éstos 
hicieron- el ataque en todas direcciones, y el fuego 
sostenido de más de media hora demostraba la te- 
nacidad en su inicua pretensión de destruir el orden 
publico, invocando á Córdoba: se avanzó con el mayor 
esfuerzo, hasta conseguir que abandonasen la plaza: 
mientras tenía lugar este hecho horrible, Córdoba 
acometió al ofícial de guardia teniente segundo Miguel 
Nüñez y tomándolo del pescuezo ordenó que lo ama- 
rrasen, poniéndose los demás presos en actitud muy 
hostil. Á este mismo tiempo los presos que permane- 
cían en el batallón Segundo, consiguieron atropellar á 
los centinelas y avanzaron sobre el cuerpo de guardia, 
de cuyas resultas ha sido herido el oficial de guardia te- 
niente segundo Manuel Zamorano, se han fugado cinco 
presos y han muerto y sido heridos los que aparecen 
en la lista que se adjunta. El coronel Lizárraga que 
vivía en una tienda ¿il lado del cuartel, ha sido asalta- 
do por los cholos, saqueado, y no se sabe hasta este 
instante cuál sea su suerte. 

'•Momentos eran estos, en que para reprimir la au- 
dacia de los infames facciosos, era preciso tomar una 
medida enérgica, castigando á Córdoba que se presen- 
taba como principal caudillo, poniéndolo fuera de la; 
escena de sus intrigas; pues con la muerte de éste y el 
castigo ejemplar de los agentes más comprometidos 
desde tiempo atrás para fomentar la siedición, entroni- 



JO Matansas de Yáñes 

2ando el imperio del desorden y vandalaje no tenían 
á quién invocar los tumultuarios. La adjunta lista' 
dará una razón exacta de los que han sido fusilados en 
el momento crítico, en que pretendían apoderarse de 
hi guardia del Loreto y del cuartel del batallón Segun- 
do. Menos mal es el esterminio de estos hombres 
funestos, que el sacrificio de las infinitas víctimas que 
que sf hubiesen inmolado á su implacable odio, rencor 
y venganzas. 

"Al poner en conocimiento del supremo gobierno 
este hecho tan escandaloso y temerario, cumpliendo 
con un deber sagrado de justicia, debo recomendar al 
teniente coronel primer jefe de la Columna, Francisco 
Benavente, el que tanto al tiempo de organizar su 
fuerza, cuanto en el ataque sobre los facciosos que 
acometían por la calle del Comercio, ha manifestado 
la mayor serenidad y bizarría; al teniente coronel José 
Santos Cárdenas y mis ayudantes comandante Luis B. 
Sánchez, capitán Leandro Fernández y el teniente pri- 
mero José Agustín Franco y el igual Darío Yáñez, que 
cumpliendo con su deber, han permanecido constan- 
temente á mi lado, ejecutando las órdenes que se les 
daban; y se ha distinguido por su valor el expresado 
Darío Yáñez, cuyo ascenso se deja al arbitrio del su- 
premo gobierno; al capitán secretario de la causa y á 
los jefes y oficiales de la plaza, que á loa primeros tiros, 
se han presentado con el mayor entusiasmo á ofrecer 
sus servicios, expresándose el nombre de ellos en lá 
lista que se incluye. 

'■En el fragor del fuego de los amotinados y los sos- 



^^El Juicio Fúblicoít j/ 

tenedores de la ley, se presentó S. S. el jefe política 
Dr. Rudecindo Carvajal, que por esta circunstancia no 
pudo reunirse á palacio, acreditando su celo é interés 
por el orden publico; cí señor intendente de policía y 
sus comisarios, los ciudadanos Camilo Elío, médico 
Mariano Virreira^ Cipriano Marino y el pensionista 
Felipe Jurado, se han manifestado muy decididos 
p(»r la actual causa, y han ofrecido sus servicios en 
circunstancias de no haberse aun restablecido el or^ 
den^ 

"Queda el orden público perfectamente restablecido 
contra el esfuerzo y pérfidas intenciones de los revol- 
tosos, que tenían su plan perfectamente combinado, 
premeditado y con los recursos de las armas y muni" 
dones que se habían proporcionado y la seducción de 
algunos riñeros; y sólo al esfuerzo, abnegación y pa* 
triotismo de los valientes que sirven á mis órdenes, se 
debe el triunfo completo de la causa de setiembre, que 
ya es imperecedera é incólume. A nombre de la na- 
ción he concedido un medio grado á los oñciales de 
las compañías del batallón Segundo, que se expresan 
en la lista que se acompaña y al capitán Antonio Gu- 
tiérrez. . 

itAl terminar este parte también recomiendo la con- 
ducta que ha observado el saijento mayor Demetrio 
Urdininea, el que á pesar de estar preso, se manifestó 
muy entusiasta por la presente causa^ p>or lo que se le 
ha puesto en libertad. 

"Sírvase V. G poner este parte en conocimiento 
de S, E. el presidente provisorio de la república, ase- 



J2 Matanzas de Yáñez 

gurándole que el orden será inamoyible en este depar- 
tamento, etc.ri 

RELACIÓN DE LOS QUE HAN MUERTO 

Jorge Córdoba. — Lorenzo Vega. — José María To- 
rres. — Hermenegildo Clavijo.— ^Pedro Espejo. — José 
Agustín Tapia. — Luis Valderrama. — Francisco de Pau- 
la Belzu. — José María Ubierna. — Juan Crisóstomo 
Hermosa. — Mariano Calvimonte. — Victoriano Muri- 
11o. — José Ugarte. — ^José Zuleta. 

TROPA 

Manuel Aguilar. — Basilio Suárez. — Manuel Álvarez. 
— Juan C. Cáceres. — Bernardino Camacho. — Carlos 



Pérez. — Paz, octubre 24 de 1861.^— El comandante 
ayudante, — B. Sánchez, 



Inútil ha sido buscar en la prensa oficial ni en la in- 
dependiente la lista de los muertos y heridos en cierto 
combate del Segundo, á que Yáñez se refiere en su 
oficio. El jefe de la respectiva sección ministerial An- 
tolín Flores, al verificar de orden del gabinete la pu- 
blicación en Sucre, certifica tínicamente la lista de fu- 
silados que con el título de Relación acompaña Yáñez 
á dicho oficio. 

Un ápice al lado de tanta enormidad. Yáñez se in- 
teresa por su hijo. "Y se ha distinguido, dice, por su 
valor el expresado Darío Yáñez, cuyo ascenso se deja 
al arbitrio del Supremo Gobierno, n Con este motivo 
un diario de Lima dijo: "Esto muestra que el padre 



r^' 



uEI Juicio PÚblÍ€0\\ JJ 

era sin duda ninguna de pura extracción indígena, sin 
gota de sangre caucásica en las venas ni mucho menos 
en la cara.ii 

Mas adelante ha de notarse la declaración de Fran- 
cisco Benavente, segundo de Yáñez esa noche. Allá no 
es la tropa de linea atacada en su cuartel por los fac- 
ciosos; al revés, los del batallón Segundo salieron de 
su cuartel y se unieron en la calle con los facciosos 
para atacar el palacio. 

¿Verdaderamente existió un ataque á mano armada? 
Siendo cierto que hubo tiroteo, ¿fué verdadero ó simu- 
lado? ¿Tuvo parte Yáñez en la simulación, ó la lleva- 
ron á cabo otros para inñamar el encono de Yáñez 
contra el belcismo y dar suelta á su natural feroci- 
dad? 

Puntos son estos tan interesantes como complexos; 
pero adrede no he querido fíjar tesis sobre ninguno de 
ellos. Estractemos aquí sin plan preconcebido. Vea- 
mos qué verdad clara y sincera se desprende de ese 
raudal onduloso, arremolinado y á veces turbio con 
que están formadas las páginas de la prensa general 
de estos días. 

£n vista de las declaraciones prestadas en la prensa 
ó en autos por Cárdenas y Fernández, quienes en el 
cuartel del Segundo ejecutaron como queda dicho las 
órdenes de Yáñez, resulta que la lista de muertos hecha 
por éste es incompleta. En ese cuartel los sacrifíca- 
dos pasaron cuando menos de treinta y seis, soldados 
y gente desvalida casi todos. 

¿Intentó Córdoba atropellar á sus guardas en la 

3 



f Matanzas de YAñez 

la que dice Yáñez? ¿Se pusieron los demás presos 

ictitud hostil, como lo afirma? 

[e dicho antes que es punto establecido como in- 

Tovertible, en BolLvia, que los presos fueron arran- 

is de sus lechos para recibir la muerte sin resisteti- 

El dicho de Váñez y el de sus escritores es al 
■ecto lo único en contrario. En cuanto á lo que 
-rió con el desventurado ex-presi dente, he aquí la 
aración que por la prensa prestó e! teniente se- 
do Miguel Núñez, á quién según Váñez, Córdoba 
listió para acogotarle en los momentos de sentirse 
i en la calle. Dice así; 

La noche del funesto 23 de octubre me hallaba de 
rdia, como oficial subalterno, sin otro objeto que 
odiar al finado general Córdoba, sin embargo de 

había un capitán y otro subalterno de guardia. 
A pesar de que Yáñez me dio orden que lo ejecu- 
, desobedecí, y cuando consultaba con el capitán 
¡uardia entró el cuñado de Yáñez y lo hizo ejecu- 

como declararán los rifleros de quien recibieron 

orden, n 

•espués de este preámbulo refiere el hecho de la 
Lera que sigue; 

A los primeros tiros la víctima trató de levantar- 
— (Deben de ser los tiros que al principio se oye- 
en la calle.)— "Prevenido por mí á que permane- 
1 tranquilo, lo hizo; cuando de repente se apareció 
oronel Váñez en compañía del capitán Leandro 
lández, ayudante y cuñado, á quien el capitán N. 
is le impuso de lo ocurrido, é inmediatamente dio 



^' El Juicio Públicow jj 

la orden Yáñez que lo ejecutasen. Obedeciendo el 
citado capitán Fernández á la sentencia pilatuna, lo 
mandó fusilar en su propia cama.»? 

Este desobedecedor de la sentencia pilatuna y junto 
con eso guardián supernumerario del general, omite 
lo que veo consignado á su respecto en otros testimo- 
nios. Cuando entró Yáñez por la puerta principal, y 
cuando el capitán de guardia le informó que los presos 
no se habían movido de sus lechos, Núñez saltó di- 
ciendo desde el coro: «»E1 general Córdoba ha queri- 
do atropellarme.il Á lo que se siguió la orden de •»Pé- 
guenle cuatro tiros, n con que comenzaron las matan- 
zas esa noche. 

Hé aquí ahora cuanto refiere El Juicio Publico 
como resultado de sus prolijas indagaciones con res- 
pecto á la prisión y muerte de Córdoba y á las demás 
ejecuciones del Loreto. Apenas habría quizá que mo- 
dificar algún ápice de este relato. En vista de todo lo 
que se ha publicado para declarar el asunto, me pare- 
ce exacto dicho relato en lo concerniente á la noche 
del 23. Dice en sustancia: 

— Como es de uso y costumbre en tales ocasiones, 
se procedió previamente á sembrar la alarma. Decires 
misteriosos y rumores más ó menos incoherentes co- 
menzaron á correr en la ciudad. Ningún conocedor 
dejó de barruntar que eran síntomas inequívocos, de 
que se estaba preparando el campo para alguna al- 
caldada ó tropelía contra las personas desafectas al 
gobierno. Y en efecto, tuvieron lugar de allí á po- 
co las prisiones en masa de 29 y 30 de setiembre 



Matanzas de Yái'iez 
i;cutadas todas por orden exclusiva de la 
¡litar. 

residente Jorge Córdoba pasaba mientras 
lilo en su chacra. Desde que solapados 
lieron soplando bocanadas de persistentes 
pudo bien presumir que con aquellas pri- 
itaban aún satisfechos los setembristas. V 
Días después, el ex-presidente era traído 
■j reducido á prisión. 

ilarmas, prosigue El Juicio Público, y 
ios no eran todo lo apetecible para los su- 
Yáftez, Habían con ello_logrado, para otros 
ar la índole terrible de este hombre estú- 
n de antemano señaladas ciertas víctimas, 
icebido el plan luciferino de sacrificarlas 
\ ley. De eso se trató después de las prí- 
o estaba ya listo á mediados de octubre, y 
ás que hacer sino dar la seftal, y servirse 
pública para destruir de un golpe, en La 
lio del partido belcista. El proceso no les 
do satisfactorio. — 

periódico muestra en diversos pasajes tal 
intituivo de la inocencia de Córdoba, y el 
suyo tan delicado con motivo de ciertas pa- 
ridas por éste en momentos críticos, que, á 
extensión y otros inconvenientes, prefiero 
e dejar toda la palabra á nuestro periódico, 
xcesos solían a veces desequilibrar la dis- 
general. Era además populachero. Con 
umerosas entre la cholada, y muchas onzas 



^^El Juicio Públicow J7 

de oro éh los bolsillos, el proyecto de evasión á favor 
de un alboroto ó bochinche en la calle, proyecto pro- 
pio ó ajeno, de que se habló entonces por la prensa, 
no es inverosímil. Pero nada tengo por averiguado. Hé 
aquí lo que sobre eso da como cierto El Juicio Pú- 
blico: 

•'La calumnia y la falsía zumbaban en todos los 
oídos, como precursores de la más espantosa catás- 
trofe. La ejecución de la atroz farsa fué preparada por 
estos precedentes: 

»»Se había instruido á dos soldados rifleros para que, 
aproximándose á Córdoba con oficios de afectada be- 
nevolencia, le inspiraran confianza, á fin de lograr, á 
fuerza de sugestiones, hacerle aceptar un plan de eva- 
sión para sí y de salvación para los demás presos. 

"Desde luego Córdoba rechazó toda excitación, te- 
meroso instintivamente de cualquier infame lazo, ase- 
gurando á los soldados seductores que, inocente él en 
su conciencia, nada podía temer en el fondo mismo de 
su prisión. Le objetaron los soldados que cuando se le 
había tomado preso, era con algún fin terrible y que 
pensase en su salvación, protestando que ellos podían 
disponer de la guardia y de muchos Sargentos de tropa. 

iiAdviértase que el cabo Calvimontes hacía de con- 
tinuo la guardia á Córdoba. 

"Al fin éste contestó á sus instigadores que él no se 
mezclaba en nada, y que si ellos tenían algún designio 
humanitario lo verificaran. Entonces aseguraron los 
soldados, que el pueblo y la tropa estaban resueltos á 
salvar á un antiguo presidente de Bolivia, y señalaron 



3S Maiansas áe Yánes 

noche en que el acontecimiento figurado tendría lu- 

r: era la del 23, 

"El general Crirdoba, con estos incidentes alarman- 

i, no se habfa desnudado esa noche. Advertido por 

sos seductores de la hora de una mentida salvación, 

e no era en realidad sino el toque al degüello más 

oz, se pone de pie á eso de las doce de la noche en 

lugar de su prisión, el coro del Loreto, y da estas 

ees: 

— ¡Muchachos, aniba! 

oEnliéndase que los soldados de la farsa habían 

lo relevados, y que en lugar de ellos había de guar- 

1 un oficial y tropa, que nada sabían del plan. Di- 

oficial quiere contener á Córdoba que jadea di- 
;ndo: 

— ¿No oyen que el pueblo me victorea? 

"Pasaba en efecto un grupo por la plaza, de! que 

ieron tres ó cuatro voces de / Viva Córdoba! 

"Le volvieron á echar ep su cama, donde quedó 

jy tranquilo hasta que comenzó el estruendo de las 

scargas, seguidas de dianas y vivas por la autoridad, 

1 que se notase ataque extraño. Córdoba sobreco- 
jo con estos sucesos, y viendo ya desarrollarse á su 
;ta un plan inicuo, una trama esjjantosa, vuelve á 
liarse y dice: 

— Señor oficial, he estado como atolondrado ó loco, 
le vertido no sé qué expresiones. 
"En este estado hace abrir Yáñez el salón de la 
diversidad, penetra en el recinto donde dormían los 
isos, dando estas voces: 



w El Juicio Públicow 3p 

— Cobardes, ¿por qué no han tomado la guardia? 
Ahora me conocerán. 

i<El capitán de guardia contestó: 

— Señor coronel, nadie se ha movido de su cama. 

»«Y nótese que antes habían mandado á los presos 
ponerse boca abajo. 

ii£n esto un oñcial de guardia dijo desde el coro: 

— El general Córdoba ha querido atropellarme: 

»«La contestación de Yáñez fué: 

— Péguenle cuatro tiros. 

n De seguida el oficial preguntó: 

— ¿Cumplo, señor, la orden? 

«»É hizo la pregunta por otra vez. Contestó el capi- 
tán Ríos: 

— Espere. 

*«Y saliendo Yáñez, por la puerta principal del sa- 
lón, se presentó luego el capitán Fernández, cuñado 
de Yáñez, en el coro, prisión de Córdoba, quién á la 
sazón se hallaba boca abajo, y le dice Fernández: 

— Siéntese, picaro. 

»'Lo hace Córdoba, y en el acto truena sobre él una 
descarga de cuatro rifles. Después se oye la voz de: 

— Péguenle otro... otro más. 

»«Y fueron seis los balazos con los que quedó en 
silencio profundo el coro. 

»«En esto volvió á entrar Yáñez con mayor furia en 
el salón, en compañía de su hijo, del comandante Sán- 
chez y de val-ios oficiales de la plaza, preguntando: 

— Y ¿dónde está ese Valderrama? como haciendo 
notar un motivo especial. 



40 Malansas áe Yáñez 

i'Se le contestó que se hallaba en la policía; 
orden de traerlo y de que los presos bajasen á 
para sacarlos á la plaza. Sus expresiones fueron 

^Que bajen esos picaros para sacarlos de 
en cuatro. 

"Los presos no se movieron, embarcados pi 
tupor. Y entonces el comandante conocido 
tuerto SáncJuz, indicó que fuesen muertos en 
mas; lo que indudablemente habría verificádc 
haber faltado cápsulas, las que los soldados ] 
al recibir la orden de la ejecución en las camai 

"Al ver Yáñez que los presos perraanecíar 
viles en sus lechos, pidió con furia la lista de 
, sos, que debía tener el oficial de turno para r 
de la guardia. £1 oficial la buscó apresurado, 
trada que fué, empezó á llamar segiin ella, 

"El primero fué don Francisco P. Belzu 
para salir quiso antes calzarse, pues estaba d 
No se le permitió y fué obligado á salir desea 
cuanto salió de la puerta hacia la plaza, se oyi^ 
carga que lo derribaba. 

"En seguida se llamó al general Ascarrun; 
dilata un tanto su salida; y se siguió llamandi 
lista al general Hermosa. Este salió tranqi 
pronto como fué llamado. Llegado puerta afu 
nó la descarga. 

'^Después fueron nombrados por lista el 
Calderón y el doctor Eyzaguirre, los mismos 
se movieron de sus puestos tan pronto como st 
mó. Entonces Yáñez sin atenerse á la lista dij< 



-f»-í"-T^-\' 



wEl Juicio Públicow 41 

— Á ver el chileno Espejo. 

'«Este salió pronto y resuelto, y recibió su descarga. 

"En este estado se oyó la voz descompuesta de Val- 
derrama, que despavorido entró á darse contra la 
mampara del salón gritando: 

— {Favorézcanme que me asesinan! 

»»Lo sacaron á bayonetazos y se le dieron varias 
descargas en la plaza. 

••Siguiendo la lista llamaron á don Luciano Mendi- 
zával, quien pidió que se le permitiera vestirse. Mien- 
tras tanto salió Yáñez al lado de afuera de la mampara, 
de donde regresó en compañía de su hijo. Intercedió 
éste por Mendizával, expresando que bastaba ya de 
muertos y que eran ¡nocentes. Entonces suspendió 
Yáñez las ejecuciones diciendo: 

— Agradezcan á esta criatura; pues de otro modo 
habrían muerto todos ustedes, picaros. 

•»En tal estado salió Yáñez á la plaza, donde siguie- 
ron las matanzas de los detenidos que se iban trayendo 
de las prisiones de la policía y de la cárcel. Oíase la 
detonación de las descargas con intervalos. m 

Baste por ahora con lo copiado. Hago merced al 
lector del acarreo de presos desde la policía y del aca- 
rreo desde la cárcel pública. 

En cuánto á la carnicería que en esos momentos 
tenía lugar dentro del cuartel de arriba, ó sea del ba- 
tallón Segundo, el proceso levantado por El Juicio 
PÓBT.ico, en sus columnas, es riquísimo en fragmentos 
descriptivos, que horrorizan el alma: ¡Admirable ma- 
gistratura la de la prensa! Tuvieron que comparecer 






}' 



42 Matanzas de Ydñez 

ante la mesa de redacción del periódico, temerosos y 
obedientes, no pocos de los que intervinieron en la tra- 
gedia de aquella noche. 

En aquel recinto todo fué tan atroz como inicuo 
por punto general. No hay á este respecto para qué 
poner en prensa la crítica sobre ciertos incidentes 
inverosímiles ó contradichos. 

En lo que todos están contestes es en que los dete- 
nidos eran sacados individualmente de sus calabozos, 
algunos medio desnudos ó envueltos en sus coberto- 
res, y eran fusilados sucesivamente en un mismo sitio, 
á fin de no ensangrentar en diversos parajes el cuartel. 
Puede calcularse en treinta y seis ó cuarenta los cadá- 
veres del montón que allí quedó. 

En la declaración judicial de Francisco Mogrovejo, 
oficial que acompañaba á Yáñez esa noche, aparece 
consignado un rasgo sobre el primer impulso de Yá- 
ñez, en los momentos críticos de un ataque que parecía 
ser de tropa veterana y, por lo mismo, nada desprecia- 
ble. Según Benavente, amigo y compañero de Yáñez, 
éste creía ser ataque de las compañías del Segundo 
sublevadas. Á pesar de eso dio colocación á su gente y 
dejó el campo acto continuo diciendo: "Primero los 
tiramos á todos esos conspiradores, y luego los ata- 
caremos if — (á los que hacían una descarga desde la 
calle del Comercio). — Y se dirigió Yáñez al Lo- 
reto. 

Pero la declaración judicial interesante es la del 
cuñado de éste, la del sicario Leandro í'ernández. Si 
hay justicia sobre la tierra, este calificativo les per- 



\} El Juicio Público^ 4j 

tenece en propiedad perpetua á él, José Santos Cár- 
denas y á José María Aparicio. 

El procedimiento criminal boliviano, tomado del 
francés, adopta, para la actuación de estas entrevistas 
del juez con el declarante, la forma textual de la inter- 
locución dialogada, con preferencia á aquellos relatos 
expositivos con sus que inagotables y sus sempiternos 
gerundios. Vamos, pues, á escuchar, puede decirse de 
viva voz, á uno de los principales cómplices de Yáñez. 
Omito cuanto es referente en su declaración á lo que 
se llamó el combate de la plaza, á la entrada de Yáñez 
al Loreto, etc. 

»« Obediente, dice Leandro Fernández, á la orden 
que había recibido, entré á la habitación del general 
Córdoba y le hice pegar cuatro balazos. Di parte al 
coronel Yáñez, quien ordenó á Cárdenas que en el 
momento fuese á fusilar á todos los presos del cuartel 
de arriba, menos á Demetrio Urdininea, mandándo- 
nos en su compañía á Franco y á mí. 

"Entramos al cuartel de arriba, en cuyo corredor 
encontramos un cadáver; como la noche era oscura no 
puedo dar razón de quién sería. Cárdenas, después de 
entregarme á Urdininea, se internó en el cuartel en 
compañía de Franco, y principió á ejecutar lo que le 
habían mandado, desde la una y media ó dos hasta las 
tres ó cuatro de la mañana, sin que yo me hubiera 
mezclado en ninguno de esos actos. 

"Verificado esto, regresamos al Loreto conduciendo 
á Demetrio Urdininea, donde dio parte Cárdenas al 
comandante general, expresando que ya había fusilado 



44 Matanzas de Yáñt 

todos los presos del cuartel de ar 
ya á cuarenta y tantos ó cincuenta 
■amos en la plaza varios cadávere 
ue habían sido ejecutados por or 
stas circunstancias se presentó el a 
Lparicio, expresando que á su ca 
ompromelidos en la revolución, 
landó que inmediatamente los traje 
ío vi más, porque me retiré á desci 
iiyo cuarto de banderas permane 

'^ Preguntado: ¿Quiénes eran los 
lego de palacio, puesto que cuam 
áñez no quedó un solo hombre, pi 
>s fueron llevados al Loreto y la C 
uedó en las bocacalles de la plaza? 

'•Cotttístó: Nadie, porque los riñe 
consecuencia de que no había sin 
i la calle del Comercio; debiend 
oreto no salió un solo tiro. 
' "Preguntado. ¿Cómo es que dice i 
3 en los actos del teniente coronel 
ietoriano N. se le abalanzó intercei 
á quién trató de matarlo personal 
■las, y si no lo hizo fué porque nc 
lo á causa de estar estrechado por 

" Contestó: Es cierto que un indi 
jmbre ignoro, me abrazó diciendo 
ited matar,ii y yo ordené que lo 
in abrazado de mí le pegaron de a 



¡|^'i'...'!|j^|j¡i^ ''Í^¡M 



^^ El Juicio Páblico^y 4¿ 

que yo no sé quién trajo en ese momento orden del 
coronel para que matasen á todos los presos. Esto su- 
cedió junto á la puerta de su calabozo. 

^^Preguntado: ¿Á qué distancia.se hallaba el cala- 
bozo, que se acaba de mencionar, de la puerta del 
cuartel? 

^^Contestó: Está al interior como á unos veinticinco 
pasos. 

^^ Preguntado: Mientras esto sucedía, ¿dónde se ha- 
llaba Demetrio Urdininea.^ 

^^ Contestó: Estaría en la puerta. 

^^ Preguntado: ¿Cómo lo abandonó cuando estaba á 
su cargo? 

^^ Contestó: Con objeto de saber cuántos habían sido 
fusilados, entré y lo dejé junto á los soldados que es- 
taban en el zaguán. 

^^ Preguntado: ¿k cuántos individuos de los ejecu- 
dos conocía? 

«« Contestó: No vi sino dos cadáveres, uno de ellos 
incógnito y el otro el rubio de quien he hablado. 

^^Preguntado. ¿Cómo podía estar muerto el rubio 
cuando, según acaba de decir, se le abalanzó y lo ma- 
taron después que él había entrado? 

^^ Contestó: Antes de que se me entregara á Urdini- 
nea entré con Cárdenas y ordené que lo ejecutaran al 
individuo de que se trata; entonces fué que se me 
abalanzó. 

^^ Preguntado: ¿Cómo más arriba ha expuesto que 
los únicos que se internaron en el cuartel fueron Cár- 
denas y Franco? 



Matanzas de Ydi'iez 
Recién recuerdo que ta 
h: Ya que recuerda qi 
amblé n haber visto ó h 
Yo hicp ejecutar al sen 
lacho. No vi á quiénes 

U>: ¿Quién fué el qup ; 
mente fué perdonado, 
. de su calabozo y lo m: 
Nadie, ri 

del seide me parece sul 
T de esta declaración, I 
de la cual he cercenad' 
ere directamente á Yáñ 
laraciones que se habr 
inmediata hecha con 
se quiso abrir un juicio 
no conocimiento de ci 
t octubre, es cosa acer 
stancia inequívoca en \. 
tánea. 

vaya el lector á imagin 
Cá constituido reo, ni qu 
lagación sobre la crlmii 
se pasea contoneándose 
ros cómplices de Yáñez, 
, han escapado de I^ 
scondidos ó medio ocu 
caso que el presidente í 
.eandro Fernández ha e: 



wEl Juicio Públicos 47 

que su cuñado Yáñez procedió á los asesinatos á vir- 
tud de instrucciones de S. E., según documentos que 
dicho Fernández sostiene haber poseído y que hubo 
de poner en manos de uno de los jefes de la oposición 
parlamentaria. El presidente no quiere dejar correr 
rumores tan perjudiciales. «»Tan infame calumnia, aca- 
ba de decirse publicamente en nombre suyo, merece 
ser comprobada y castigada mediante las formas esta- 
blecidas por la ley.íi Y en Oruro, el secretario general 
de Estado requirió el 23 de diciembre al fiscal del dis- 
trito de Cochabamba, para que allí se diesen de oficio 
y sin tardanza los pasos necesarios hasta el total fene- 
cimiento de la causa. 

Á la sazón crímenes más espantosos había impunes, 
que urgía comprobar y castigar mediante las formas 
legales, y á cuyo efecto la secretaría general de Esta- 
do pudo asimismo requerir una y diez veces á las judi- 
caturas, para la prosecución de la causa hasta su com- 
pleto fenecimiento. 

Pero es lo cierto, que á este requerimiento de inte- 
rés personal, la prensa debió la adquisición de cierta 
sumaria indagatoria, donde figura la declaración ó sea 
confesión de Leandro Fernández. No se exhibieron 
los decantados documentos, y Achá se dio entonces 
por vindicado del cargo y con razón. Es fuera de duda: 
no dio S. E. instrucciones por escrito á Yáñez, para 
asesinar en la oscuridad de la noche con la fuerza 
pública á presos; no. Honra y prez por ello á su sen- 
tido común. La memoria del presidente goce á sus 
anchas de esta bienaventurada inocencia, lo más dis- 



Matanzas de Yá 
ernidad ella le ¡ 
z. 

nández, no mez 
íes, despachó fe 
José Agustín Fi 
ipo nada; cuan 
:uciones. ¡Oh! i 
bara matanza d' 
lignación no ha 
las insignias de 
■emió (equivoca 
de aquella nocí 
toda una noche 
tocaron sino ci 
r crueles encarg 
do, donde Ferná 
1 de Cárdenas, 
dicho Franco en 
rectificando la p 
e dicho Carden; 
mbte, Pero ¿qu 
remente por la s 
i Franco como 
castellano pro 
ién entréPii 
lesde La Paz, al 
de ser lynchado 
de indignación i 
I á este criminal 
que intervino er 



l"^». 



% • 



^^ El Juicio Públi€0\y 4g 

era ya conocida en todos los pueblos del tránsito. Él 
declaró, no obstante, ante el juez lo que sigue: 

«De La Paz no he salido de fuga, sino de día; pues- 
to que aun me he presentado en público, y he visitado 
por dos veces al presidente. En la segunda le fui pre- 
sentado por un caballero cuyo nombre no recuerdo, 
pariente de don Luciano Mendízával.ti 

Si el presidente Achá no vio en este negocio sino 
aquello que pudiera afectar á sus personales intereses, 
fuerza es reconocer qué anduvo errado en sus cuentas 
al preterir de todo en todo para el caso los intereses 
de la vindicta pública. Luego hemos de ver cuan poco 
barato va á costar al primer magistrado su omiso pro- 
ceder en todo lo que se relaciona con los criminales 
del 23 de octubre. 

José María Santibáñez, que desde Tacna observaba 
atentamente ' los sucesos, me escribió remitiéndome 
todos los papeles públicos del día. Dice así con fecha 
23 de noviembre de 1861: 

'»Aun no podemos conocer la verdad de lo ocurrido 
en La Paz la noche del 23 del pasado. Las relaciones 
hechas por la prensa, como usted habrá visto por los 
periódicos que le remito, y las relaciones que hacen las 
cartas particulares sobre este horrible suceso, no sólo 
están discordes sobre los incidentes y circunstancias, 
sino en abierta contradicción sobre el origen, sobre la 
naturaleza y, en una palabra, sobre el fondo mismo 
del acontecimiento. 

•'Tengo á la vista dos cartas escritas por personajes 
notables de I^ Paz, extranjeros avecindados en el país 

4 



so Matanzas de Yáñes 

desde muchos años, los dos dignos de crédito; y mien- 
tras en una se dice que hubo realmente tumulto popu- 
lar ó revolución, y, por consiguiente, combate con la 
fuerza de línea, se asegura en la otra, con entera con- 
fianza, "que el pretendido Ataque al cuartel y á la 
plaza es una farsa grosera, calculada para asesinar á 
nombre de la ley á 55 bolivianos indefensos.» Vacila 
el juicio, y la certidumbre moral es imposible entre 
testimonios tan contradictorios. 

'lEsperemos, puea, que el tiempo nos revele la rea- 
lidad, que la luz de la verdad aclare esa horrible esce- 
na cobijada por la oscuridad de la noche. Entretanto, 
creo yo que, cualesquiera que hayan sido los motivos 
que impulsaron á Yáñez á cometer estos actos de car- 
nicería, una vez dominada la situación, era feroz, co- 
barde, bárbaro, sacriñcar á los que, como el doctor 
Tapia, permanecían inofensivos en prisiones apartadas 
del teatro de los sucesos. 

"Escribo al amigo Salinas indicándole la imperiosa 
necesidad en que se halla el gobierno, de someter á 
un juicio severo al coronel Yáñez para descubrir la 
verdad; porque, de otro modo, la misma oscuridad 
que reina da lugar á interpretaciones desfavorables, 
que hacen pesar sobre el gobierno una inmensa res- 
ponsabilidad moral. TI 

Es fuera de duda que, durante los días subsiguien- 
tes, los vecinos miamos de Ia Paz no estaban conpor- 
des en si hubo ó no, en realidad, provocación 6 conato 
sedicioso. Después de dos ó tres semanas, disipadas 
ya las naturales sombras del estupor, comenzó á aso- 



x^EiJuüh Púhlic<h\ 5/ 

marse y se abrió- ancho paso en los ánimos la certi- 
dumbre clarísima de la verdad: habíase positívamente 
simulado por la autoridad un ataque. 

Acaso la tardanza de este desengaño contribuyó no 
poco á comprimir desde luego la cólera popular, ha- 
ciendo á la postre más grande su estallido. £1 hecho 
es que el pueblo buscó el 23 de noviembre con 
ahinco al comisario primero Manuel Monje, para lyn- 
charlo después que á Yáñez. Él se había puesto con 
tiempo á buen recaudo. Acusába^ele de que esa noche 
fatal hizo ademán de atacar la plaza mayor vitoreando 
á Belzu para atraer incautos. 

<¿Qué fundamentos de carácter jurídico pudiera re> 
vestir ante la historia esta popular creencia? Hé aquí 
un punto interesante, acerca del cual el protocolo de 
las declaraciones periodísticas arroja alguna luz sufí- 
cientemente clara, capaz de producir convicción en 
juicio. 

Llama la atención que El Juicio Público no se 
detenga á discutir ni averiguar el punto. Pasa por en- 
cima de la afirmación relativa al ataque, pisándola con 
desdén. No deja de impresionar al investigador esta 
forma de desprecio tratándose de un hecho tan capital. 
Cuando más dice irónicamente el periódico^ que le 
muestren las señales materiales causadas por las balas 
en los muros y techos de los edificios, ni qué combate 
ha sido éste sin heridos en la derrota, sin persecución 
]>or las calles, sin más muertos literalmente que los 
presos que arrancó Yáñez de sus lechos para ser fu- 
silados. 






■> Pítblkú» 53 

y que ni aun para ello dio 

constancia, en nlngiin do- 
:nsa, sobre el hecho notable 

sea transitoria, de las com- 
ez mismo en su parte al 
a tan grave. Se refiere á un 
de uno de los jefes del Se- 
i momentos, los detenidos 

sus centinelas y avanzaron 
ia; hace valer el hecho de 
iesaparecido, lo cual resultd 
ixactitud para el caso, 
nérgicamente por la prensa, 
lo que sigue: 

que los acometíamos, se 
su cuartel; y como en estos 
por la calle del Comercio, 
Jenó que avanzara sobre la 
\. Yo avancé inmediatamen- 
jpo de gente que venía en 
: replegó á la esquina de la 
(esquina noreste), y de allí 
lía éste, hasta que á un sol- 
se al presidente de la re- 

1 del grupo, y luego se me 
osé Pinto, á quien le mandé 
ité por qué motivo habían 
fuego. Él me contest(í, que 



5^ Maiansas ie Yáñez 

con motivo de haberse aproKimiido seis ti odio hom< 
bres á la esquina del cuartel, disparando tiros, habían 
salido en su persecución. " 

i'Como este piquete estaba á las órdenes del comi- 
sario mayor don Manuel Monje, á quien en aqudlos 
momentos no vi, pregunté por él y Pinto me contestó: 
que había reñido con la fuerza; que cuando ésta fué 
rechazada se había ido, 

i'Habiendo amanecido el día se presentó el señor 
Monje, y preguntado dónde había estado, contestó á 
Yáñez y á mí: que se había dirigido A casa del corre- 
gidor para que mandase un aviso aJ coronel Cortés, el 
cual se hallaba con el resto del batallón en AchocaJla.Fi 

1^ declaración de Benavente es de una importancia 
extraordinaria, por lo mismo que en este punto no ha 
ddo contradicha ni rectificada mediante la prensa, que 
yo sepa. 

Segiin Benavente, acudieron una después de Otra 
dos partidas de asaltantes á la plaza. Primeramente, 
ia fuerza pública sublevada, que tras de un primer re- 
chazo se retiró en dirección de su cuartel. Pasaba esto 
en una esquina de la plaza. En segundo lugar, casi al 
mismo tiempo y por distinta esquina llegó haciendo 
fuego contra la plaza otro grupo de gente, y fué el que 
siempre haciendo fuego contra la plaza se replegó ¿ la 
esquina inmediata. 

En este grupo apareció el teniente Pinto; allí había 
acabado de estar el comisario de policía Monje; «o 
era aquel un mero pelotón de gente allegadiza; en ese 
grupo est^^Knin piqutíe de la fuerza pública, coman- 



«Eljuiáo PúMieo-' SS 

dada por dos agentes inmediatos de la autoridad. 
¿Por qué estaba allf ese piquete haciendo fuego contra 
d palacio, adonde debía suponer acuartelados y de 
donde salieron i contestar el fuego la Columna Muni- 
cipal y las witwidades militares del gobierno? Rebel- 
des no pedia haber por ese lado sido sostenedores del 
orden. 

Consta sin contradicidn det protocolo los tres hechos 
que siguen: Una vez que Yáñezy Benavente salieron á 
la plaza con la columna, el palacio qued(5 desguarnecido 
y solo, pues Váñez se llevd consigo los pocos rifleros 
que habían sido colocados en los balcones en tanto se 
annaba y salla afuera la columna. Cuenta Benavente 
que Váiiez le dijo en esos momentos; ''Nos han su- 
blevado las compañías del Segundo.n Dice el coronel 
en su parte oficial que los rebeldes atacaban á las auto- 
ridades en seis puntos diferentes de la publacídn. 

Analizando esta parte del suceso, un periódico de 
Tacna dijo: "¡Y Yáfle/ y Benavente dejaron mien- 
tras tanto descubieita su retaguardia, el reducto que 
seivía de base á sus operaciones y á su autoridadiu 

YiAet no se curó para nada de su retaguardia. Re- 
cuérdese la ya citada declaraciiín del subalterno Mo- 
^veja De atii aparece que tampoco se curó de su 
vanguardia. Did colocación á su gente y dejó el cam- 
po acto cwUinuo diciendo: "Primero los tiramos i to- 
dos esos conspñradoresii — (los presos del Loreto),— "y 
después los atacavemosn— ^(á los facciosos, que hacían 
un activísima fu«go; /•Kj» sostenido por más de media 
ifira, 4en«iStrando la ttmnidad de su inicua pretensión de 



Matanzas de Yáñez 
■den público, segün el aviso del . 

lero 41 de El Juicio Púbuco ( 
iguel Pizarro rectificando á Ber 
sigue entre otras cosas: 
lia aciaga noche lo que hubo d 
irentar el motín, se dispararon ! 
bfan preludiar la niatanza pro} 
combinado. A la detonación qti 
in las tres compañías que est 
la recoba de Sucre, con sus 
lo en buen orden. Habiendo 
: á la media cuadra, es decir, 
licho cuartel, en dirección á li 
:Ía la plaza principal, en frente 
ion Domingo Cardán, mandó 
je hacía de jefe, y dio la ord 
;n á una voz / Viva Córdoba! '. 
aprendieron la marcha adelai 
5 forma la casa de la señorj 
itro ¡Viva el general Belzu! 1 
ínciados por el expresado docl 
Rada, don Fructuoso Monje ; 

aquel barrio; personas idóneas 
su caso depondrían la verdad. 
ito, de la parte de la policía 
astián, emprendió movimiento 

Columna Municipal el céleb 
Riéndola hacia la plaza por la c¡ 
ornando y repitiendo los viva; 



•• ».- « 



v.El Juicio Fúblico\) S7 

Córdoba, é incitando á los artesanos que ocupan algu- 
nas tiendas de aquella calle, lo mismo que á los de 
los portales de la plaza mayor, con reiterados golpes 
en las puertas, para que salieran á tomar parte, pues 
que había pronunciamiento y revolución á favor de di- 
chos personajes. Mas los inocentes menestrales, llenos 
de cautela, permanecieron encerrados sin salir de sus 
talleres, pues que, por lo que posteriormente se ha 
sabido, habrían sido otras tantas víctimas sacrificadas 
con tan inicuo engaño. Pero Monje continúa con la 
algazara y los fuegos vagos y al aire que mandaba dar: 
testigos de toda esta farsa y ficción fueron los que ha- 
bitan el barrio. 

"Sería demasiado difuso contraerse á objetar punto 
por punto la plaga de mentiras y contradicciones que 
contiene el artículo de que me ocupo: basta decir que 
su autor no se ha fijado en que la fuerza inferior, 
dispuesta por él en el palacio, que segiín asegura, no 
constaba más que de 70 hombres, pudiese superar y 
vencer tan fácilmente las de los. supuestos sublevados, 
que debían ser doble ó triple comparadas con aquélla; 
y basta fijarse que en un combate tenaz de un fuego 
activo, en calles y plazas, no hubiera muertos ó heri- 
dos de una lí otra parte, cual pudiera suceder en lucha 
menos descomunal. No aparecen vestigios de más san- 
gre que la que fué vertida á torrentes, impía y alevo- 
samente, con motivo de los asesinatos. Las leves heri- 
das que cita (á ser cierto) se las causarían entre sí los 
mismos actores del drama sangriento, incidental ó 
casualmente, puesto que el oficial N... resultó con uix 



5$ Maiansoi át Yáñta 

levísimo raspet<5n, que no lo inutiHsií ni aun para rele- 
var la guardia al capitán Sánchez que se hallaba en el- 
I-oreto mientras hiio de comandante. A los dos días 
del suceso, éste fué ajustado de su haber.if 

No obstante lo dicho más arriba, siempre llama 
sobre manera ta atencidn el dicho aquel de Bena- 
vente: "A la hora después de los fusilamientos, vinie- 
ron á la plaza, ya en orden, las compañías sublevadas.rr 

Miguel Pizarro dice con tal motivo de Benavente; 
r<Su descaro, cinismo y atrevimiento Uega á querer 
sustentar la estupenda mentira de que hubo motín y 
sublevación de las compañías que guarnecían esta 
ciudad. iT 

Por más que Pizarro se sobresalte de indignacitin, 
la verdad es que el aserto de Benavente se conciHa 
muy bien con lo declarado por dicho Pizarro y con la 
efectividad de una sublevación de las compañías: su- 
blevación externamente simulada con vivas y tiros, su- 
blevación tan primorosamente fingida que llegó al punto 
de engañar al mismo Benavente, quien, á la cabeza de 
otro cuerpo distinto, dentro de la pbza, no podía sa- 
ber lo que fuera de allí pasaba, sea mañosamente, sea 
en realidad de verdad, con las comiiaiSías del Se- 

£1 resultado de la indicación de Santibáñez al mi- 
nistra Salinas para que Yáñez sea juzgado, va á verse 
en el siguiente párrafo del folleto de Ruperto Fernán- 
dez sobre estos sucesos, pánafo cuyos asertos se 
acuerdan perfectamente con los documentos oficiales 
y la notariedad de los hechos: 



«•Escribiendo, .pues, á Yáñei, ^mo üjunarle asesi- 
no? ,[C6mo anticipar su ¿dio él ministro que debía juz- 
gar de su conducta? Por eso es que, en comunicación 
oficial y en la particular, ni se aprobaba ni se conde- 
naba la medida extrema y violenta de que Yáñez daba 
cuenta; porque asi se resolvió en acuerdo de gabinete, 
al que coocurrieron Achá, Bustillo, Salinas y Ávila, 
sin discrepar ninguno de dios de este pensamiento; 
de modo que asombra el descaro con que hoy se pre-, 
sentan estos iiombres infamando la memoiia del que 
ya no existen 

Que en la correspondencia oficial ni se aprobó ni se 
reprobó la medida extrema y violenta, lo está probando 
con mayor elocuencia el hecho de que el gobierno no 
retiró á Yáñez su confianza después de la carnicería: 
siguió éste ejerciendo la primera autoridad militar del 
departamento y no se le sometió á juicio. Puede que 
el lector encuentre que todo esto significa una explí- 
cita aprobación solemne, aquella que Yáñez debió 
más apetecer. £1 presidente, además, colmó la me- 
dida de su aprecio particular, corroborándole su con- 
fianza con otra mayor confianza, que veremos más 
adelante. 

£n cuanto á una circunspecta reserva confidencial, 
Ruperto Fernández estaba seguro, años más tarde, de 
no haberla violado soltando en la ocasión epístola com- 
promitente. Navegando juntos entre Mejillones y Co- 
bija, le toqué en discreta y urbana plática el caso, y 
aquel célebre corifeo dijo cosas curiosas que referiré 
más adelante, y entre ellas manifestó la seguridad de 



Matanzas de Yáñe¡ 
ían contra él documente 
larán sin documentos, n 
mentes! Olvidó aquí d 
os cartas suyas á Yáñez 
é inmediatamente despi 
lespués del lynchamiento 
la prensa, y son de la r 
ria, I^ primera fué escri 
liones en masa, y la seg 
natanza de los prisionero 
. oportunidad reveladoi 
las. 



i^« w r - 



.MÍíU^LUAJLlUAÍJAi.AltllíJLlUUJ^JUJU.ÍJ.'. Ui I'. ILIZ t . 



CAPITULO III 



u 



EL JUICIO PUBLICO" 



iseí 



( Continuación) 

Las cartas del ministro. — Impresión que causaron. — Análisis de 
la segunda. — Su sentido. — Estallido de la prensa limeña. — 
Origen del dicho: "Con perversidad y sin decoron. — Alcance 
temerario. — La prensa independiente y sensata. — Unos jóve- 
nes juristas y San Román. — Caballero. — Barrientos. — Quija- 
rro. — Mayor encumbramiento de Carvajal. — Ecuestre actitud 
oratoria del presidente.— Un día de patria en La Paz. — Fer- 
nández presentado como instigador. — Precipitase á la revuelta. 
— Bibliografía — Vanas incitativas justicieras. — Diez años más 
tarde. — El proceso de la prensa es insufíciente. 

Hé aquí la primera carta: 

1 1 Señor coronel Plácido Yáñez. — La Paz. — Potosí, 
octubre 6 de 1861. 



ff 



Muy querido amigo: Su oficio y carta del 30 me 



02 Matanzas de Yd^ez 

han sacado de cuidados, pues temía que esc 
pajuelas burlasen su vigilancia y llevasen 
|)lan de conspiración; pero usted les ha dad 
una buena lección, que contendrá á los d* 
hará ver que el gobierno y sus autoridades 
puestos á castigar los crímenes. 

iiHan sido aprobadas todas las medidas 
debe obrar con confianza, pues estando yo 
nete no le faltará apoyo decidido. 

riVea usted modo de salvar al amigo que 
los partes de la conspiración; y para el efecl 
ga usted al fiscal que en las declaraciones d 
procure presentarlo como cómplice, pero m 
denunciante; y al tiempo del consejo de gi 
usted de que se le absuelva, lo cual será rr 
saben preparar bien el sumario. Á todo traní 
ted salvarlo de que aparezca haciendo un pap 

itPor el correo escribiré á usted más exti 
pues hoy estoy un poco enfermo. 

irMis afectos á Benavente y á los demás * 
la Columna, que se han portado muy bien. 

iiSuyo, afectísimo amigo. — Ruperto Fei 

He aquí la segunda carta: 

iiSeñor coronel Plácido Yáñez. — La Pa 
noviembre 4 de 1861. 

"Muy estimado amigo: Por el parte ofici; 
por su apreciable carta del 27, estoy inform 
pormenores del suceso desgraciado del 23 



^^ El Juicio Públicow ' 6j 

che. Son tan variadas y apasionadas las rdaciones que 
se hacen de lo ocurrído que es imposible formar un 
juicio recto mientras no hablemos personalmente con 
usted y recojamos informes imparciales. Entretanto, 
resalta un hecho que los enemigos de la causa de se- 
tiembre no pueden negar; y es la seducción en el cuar- 
tel y el ataque á mano armada á las autoridades, dando 
lugar con este hecho á la bizarra defensa que usted ha 
dirigido con energía y á la que se debe la salvación de 
ese pueblo, que hubiese sido víctima del saco y del 
puñal; por consiguiente, las consecuencias desgracia- 
das del hecho sólo pueden imputarse á los que lo han 
provocado. 

nSensible es que en el batallón Segundo haya pene- 
trado la desmoralización por descuido ü otras causas, 
y es preciso que usted, con su acostumbrada actividad, 
saque de ese cuerpo á todos los contaminados. 

iiPara mejor juzgar del acontecimiento del 23 y sus 
consecuencias, el gobierno se trasladará á esa ciudad, 
donde tendremos ocasión de hacer á usted justicia. 

Con la esperanza de darle un abrazo del 25 adelante, 
me despido como siempre. — Su afectísimo amigo y S. S. 
—Ruperto Fernández.» 

Estas cartas causaron vivísima impresión en toda la 
repüblica. La prensa del día está llena de ellas y con 
su examen. El autor reconoció la autenticidad del 
texto. Hizo estribar en él una parte de la propia de- 
fensa, bien así como la mayoría de fa opinión veía en 
las cartas la prueba de que Fernández había movido 
positivamente el brazo del asesino. 



(. ' Matanzas áe YdtUs 

i ja entonces Fernández que en esta c 
10 se descubren odio ni planes de v 
iDtimiento político de una situación i 
■ que á lo más resalla en ella un esj 
ivor de una represión enérgica pan 
^o. Eugenio Caballero saltó y le obsi 
iiiera espíritu y sentimiento pueden 

se quiere, en tales cartas, menos el '■ 
nagistrado en un caso extraordinario t 
irigirse á un subalterno que acaba de ] 

de sangre la constitución y las leyes, 
o que atañe á nuestro caso es que, t 
izga ó, mejor dicho, se prejuzga sol 
lad del acontecimiento en la segunda 
osla con calma un poco, ya que las c 
|)oráneas no la consideran sino coi 
¡ran delito. Me atrevo á creer que es 
iz primera que se examine tranquilan 
lento, que tan ancho paso acertó 
ipo en lo más extremado y fiero de la 

u sentido me parece claramente fa 
rmidades cometidas por Yáñez. 
te suponer es que la variedad y la pa 
linistro impiden formarse de pronto U 
lO él sostiene refiriéndose á las not 
[ivas á meros accidentes sino á lo 
I, Es aquí sustancial aquello que sirv 
ar la legalidad ó ilegalidad del procei 
Dor el subalterno. Pues bien: según i 



7sr^ ■f- 



wEl Juicio Püblicow ój 

carta, este punto esencial ísimo es ya conocido con cer- 
tidumbre por el superior. El ministro sabe sin género 
de duda que hubo seducción* en el cuartel; tiene segu- 
ridad sobre que hubo ataque á mano armada á las au- 
toridades. Afirma estas cosas categóricamente cdmo 
ciertas y como bastantes para explicar el suceso. 

¿Cómo es entonces que dice que entre los informes 
contradictorios é interesados, le ha sido imposible for- 
marse un juicio recto sobre lo ocurrido? Necesita ma- 
yores informes para pronunciarse, y á renglón seguido 
cree en lo que Yáñez le refiere sobre lo más controver- 
tible del suceso. 

Pero se dirá que lo cree tan sólo interinamente, por 
virtud de una mera aquiescencia revocable, prescrita 
por la disciplina oficial del despacho, la cual tiende á 
favorecer en el primer momento, con una presunción 
de verdad, el aserto del subalterno informante. 

Nó es aceptable esta explicación. El sentido de la 
carta en este pasaje no es hipotético sino asertivo. Con 
referencia á las variadas y apasionadas relaciones de lo 
ocurrido, dice así: 

iiEntretanto, resalta un hecho, que los enemigos de 
la causa de setiembre no pueden negar; y es la seduc- 
ción en el cuartel y el ataque á mano armada á las au- 
toridades, dando lugar con este hecho á la bizarra de- 
fensa que usted ha dirigido con energía y á la que se 
debe la salvación de ese pueblo, que hubiese sido víc- 
tima del saco y del puñal, n 

El superior manifiesta aquí resueltamente que está 
en posesión de una parte importantísima y funda- 

5 



i Matanzas de Yáñez 

:al de la verdad, y lo manifiesta bien así como 

1, en mitad de una disputa, dice: á lo menos esto es 

>r eso no es extraño que, después de esta conquista, 
1 él ya bien establecida, en su entendimiento, la 

lisa suficiente para deducir una conclusión incon- 

nal y definitiva. Esta conclusión el ministro la 

ula sin más trámite, y es absolutoriamente favora- 

1 proceder del subalterno: 

or consiguiente, dice, las consecuencias desgra- 

s del hecho, sólo pueden imputarse á los que lo 

>rovocado.Fi 

prensa de Lima dudó también, y no se pronun- 
ntre los informes contradictorios que la. llegaron en 
mer correo. El siguiente le trajo el oficio de Vá- 
\11 I yó as b o aquella confesión cuando 

d q eneldos los asaltantes de la 

11 g 1 de proceder á castigar á Cór- 

1 d d enidos. Aquella prensa no 

dó j y ás trámite estalló unánime 

a \ anez. Ten^o esas publicaciones á la vista, 
rnández, que presta fe al informe de su subalter- 
1 todo lo demás, no para mientes en esta paladina 
rsión, que torna contra Yáñez toda la fuerza de la 
nción legal, y no ordenó el enjuiciamiento inme- 

del que, según el propio dicho yla notoriedad 
lecho, aparecía como feroz conculcador de la 
itución y las leyes. 

aplazamiento para no pronunciarse sino después 
Lievos informes y de oir á Yáñez personalmente. 



w El Juicio PÚblifOw 6j 

^o resulta ser, después de lo dicho, un trámite un 
poco irrisorio ó cuando menos inoficioso? 

Fernández afirma que ya tiene la evidencia de un 
hecho que nadie, ni los enemigos, pueden negar; he- 
cho que por sí solo sirve á caracterizar la corrección 
de los actos de Yáñez; hecho que convierte dichos 
Qctos desgraciados en cargo contra los provocadores, 

Corforme á esta manera de considerar la carnicería, 
Yáñez no responde tampoco de la sangre derramada 
arbitrariamente sin necesidad. La opinión del ministro 
es muy clara: basta que haya habido ataque y seduc- 
ción, para que nada importen, ni el hecho de no haber 
agredido los presos durante el conflicto, ni el hecho 
de haber sido fusilados después do vencida la rebelión. 
£s esto lo que se sabrá más tarde con mejores infor* 
formes en La Paz, «• donde, agrega el ministro, tendre- 
mos ocasión de hacer á usted justicia, n 

Fernández no solamente desestimó la gravísinta con- 
fesión de su subalterno, y omitió por eso expedir la 
orden de someterle inmediatamente á juicio. Ahora le 
abona y alienta con doctrinas que tienden á establecer, 
antes del pleno conocimiento de causa, la perfecta 
indemnidad del breve y sumario fusilador de presos. 

Después de lo que antecede, ¿no' parece que esta 
justicia, que se va á hacer á Yáñez en La Paz, ha de 
consistir necesariamente en ascenderle á general ó 
cosa parecida? Porque no ha de olvidarse que, según 
el ministro, á la bizarra defensa y á la energía desple- 
gadas por dicho jefe militar, se debió la salvación de lí^ 
c^ud^d la noch? 4^1 23 de octvibr?. 



68 Matanzas de Ydñfs 

Concedamos á Fernández que ni las leyes positivas; 
ni las morales, le hubiesen sugerido criterio ninguno 
para juzgar del hecho en vista solamente del oficio de 
Yáñez. Concedámosle que en su carta no soltó prenda 
valedera, improbatoria ni aprobatoria, sobre aquello 
que debió someterse á juicio en el acto para su pleno 
esclarecimiento. Siempre queda en la carta un algo 
que se trasparenta y se impone, un algo que se presta 
hoy á una palmaria apreciación: su tono. Ciertamente, 
no es el propio de un superior que no quiere anticipar 
su fallo al dirigirse á un subalterno, cuya conducta en 
breve tendrá que juzgar sobre materia sangrienta y 
gravísima. 

Cuando en el examen de ese gran fonógrafo que se 
llama la prensa, uno se ejercita un poco en percibir 
con distinción, á la distancia, los diversos ecos y ru- 
mores que constituyen la opinión de un pueblo, se 
convence más bien que nunca que, en ciertos pueblos 
de carnes asendereadas por rudos mandobles, la opi- 
nión tiene así y todo en su epidermis puntillos de rnuy 
sensible nobleza, que nadie puede lastimar impune- 
mente ni con leve rasgo de la pluma. 

Tal sucedió en Bolivia con la carta de Fernández. 
Fué el tono de ésta, impasible ó mal nivelado con el 
fiel de la consternación pública, lo que principalmente 
sublevó con violencia los ánimos. Dijeron: nCon per- 
versidad y sin decoro.ip 

En efecto: uti fluido cordial circula á modo de savia ■ 
en- el estilo, y este fluido dista enormemente de ser 
por virtud de la ocasión triste y penoso. Es una carta 



I 



\\ El Juicio Público 



II 



Ag 



de espíritu complaciente y alentador. Poca cosa para 
empañar con nubes la estima y buenas relaciones^ poca 
cosa cincuenta ciudadanos fusilados á media noche 
sin una fantasma siquiera de juicio. Y se despide del 
amigo con la esperanza de darle prontamente un abrazo. 

La prensa general encontró que esta carta signifi- 
caba nada menos que una aprobación explícita. Anto- 
lín Flores en Sucre y dicho Fernández en Salta, fueron 
los únicos escritores que no consideraron así la cosa. 

Á mí me parece que con ella hizo Fernández llegar, 
al espíritu del asesino, confianza contra todo temor 
de castigo, y la confianza de haberse conquistado, 
á pesar de todo, un título de merecimiento á fuer de 
buen partidario resuelto. Nada más en el campo de 
las intenciones y conjeturas. 

Con esta carta, no obstante, han querido algunos 
explicar la soberbia y obstinado furor de Yáñez, des- 
pués de las matanzas, contra los presos sobrevivientes. 
Poh'ticamente, y aun quizá jurídicamente hablando, 
esta deducción es atendible, siempre que pueda sub- 
sistir después de descartado del caso todo lo que, en 
dicha arrogancia, hubiese habido de ardidoso y bala- 
drón. La prensa no arroja datos sobre este particular. 

Con vista de la carta, uno se explica ahora las for- 
midables intemperancias de la prensa detractora de 
Fernández. Cierto periódico daba entonces, como 
cosa existente, el ajuste de una aparcería sanguinaria 
entre Fernández y Yáñez para concluir con los belcis- 
tas. Citaba los días en que el pacto se maquinó. 

Quizá no fué esta especie sino una mera ironía 



^b Matanzas de Váñeii 

calumniosa, con referencia á algo partcldo á cierl 
compadrazgos de sectarios sobresaltados, compadr, 
gos no raros en las civiles discordias, y cuyos cofrad 
en ocasión de alentarse unos á otros la confianza, 
concitan fanáticamente al calor del vino, dicienc 
iiHemos de concluir con esos malvados.n 

Sea de ello lo que fuere, hoy asombra que DOn 
solo mérito de estas cartas, las pasiones contem[ 
raneas hubiesen sostenido de voz en cuello, que Fi 
nández movió positivamente el brazo del asesino. 
tan siquiera debiera aceptarse en sana Idgica aque 
otra conclusión, que tanto propalaron los periódic 
de entorlces: ti Luego Fernández íiié el instigador i 
Yáfiez..! 

Fué El Juicio Publico uno de los que, i po 
^ndar el camino de las acriminaciones violentas, Kbá 
á estos liltimos términos el peso de la acusación cont 
Fernández. 

Mientras tanto, ¿cuál era la actitud de la pren 
independiente y sensata del país al recibir la prime 
hotitiáP 

Esa clase de prensa no había hecho, por aqi: 
entonces, las conquistas de dominio que ha alcanzai 
más tarde, y que no han sido escasa parte en otorgai 
algunas prendas de seguridad para el porvenir. M 
por eso mismo su calificación del becho, si reflejó o 
valentía el duelo y el agravio de las leyes, es claro q 
nos dará una idea significativa sobre la conmoci< 
que sobrecogió entonces á los buenos. Nota importa 
tísima en el concierto del criterio publico es aque! 



w El Juicio Públicow y I 

conmoción; debe ser destacada así de la grita des- 
compuesta como del malévolo silencio, para calcular 
por ahí lo que tuvieron que afrontar Fernández y los 
miembros todos del gobierno, al consagrar cual lo 
hicieron la impunidad del asesino. 

Tan pronto como se recibió la noticia, se fundó en 
Sucre un periódico con el exclusivo objeto de condenar 
el crimen y exigir con urgencia su condigno castigo. 
Félix Acuña desplegó en El Pueblo toda la intrepidez 
y el fervor patético de un tribuno. En su propio lugar 
pueden ser consultadas la cuenta y razón de su labor. 
Eran principalmente de combate sus columnas; tradu- 
cían el grito de vetiganza de un partido feroz y alevo- 
samente agredido de muerte. Pero había sido agredido 
arbitrariamente á la sombra de la ley por los ejecutores 
de la ley, y esta circunstancia prestó, á esos clamores, 
algunos arranques muy capaces de llevar sano convea- 
oimiento á los espíritus imparciales. 

Todavía se recuerdan las interpelaciones é increpa- 
ciones de El Pueblo al presidente, al difundirse la 
noticia de que la conducta de Yáñez no había sido re- 
probada. 

Curioso es que en las demostraciones legales que 
por aquel entonces se hicieron de la enormidad del 
atentado, no figure el título de njefe superior del nor- 
te, ti que pasando por sobre encima del jefe político, 
se atribuye Yáñez en su parte oficial; título hasta ese 
momento inédito, de cuya anterior investidura nada 
publicaron las gacetas del gobierno, y respecto del cual 
no fué notificado ni el mismo jefe político. 



k 



^^-'-t 



y 2 Matanzas de Yáñez 

La autoridad de jefe superior político y militar es 
vieja y soldadesca importación colombiana, entera- 
mente desconocida por las ulteriores constituciones 
de Bolivia, si bien tiene la virtud de suprimir la di- 
recta subordinación jerárquica de los jefes departa- 
mentales. 

Pocos días después de llegada á Cochabamba la no- 
ticia del 23, apareció allí una hoja suelta, suscrita por 
cinco jóvenes juristtis. Con el sentimiento vivo de las 
garantías consignadas en la recién jurada constitución 
y penetrados de honda pena por los males que consigo 
traerá á la sociedad y al Estado cualquier barreno en 
el régimen legal, miran ante todo en el suceso de La 
Paz un crimen atroz contra la ley fundamental de la re- 
pública, cometido por los mismos encargados especial- 
mente de ejecutar y hacer ejecutar allí las leyes. 

El escritor Victoriano San Román, . presbítero, que 
encuentra deliciosos los asesinatos, escribe confiden- 
cialmente á Yáñez, pidiéndole dinero para contestar 
por la prensa á estos jóvenes protestadores. Tres años 
después la prensa reveló esta carta. Su texto es curioso. 
Al punto se arrepiente en ella y agrega el sacerdote: 

II Lo mejor sería que mandase usted un poder en 
blanco para acusarles judicialmente, y que le prueben 
que usted es asesino. Estoy cierto que todos ellos irían 
á parar á la cárcel. Escriba usted al fiscal Carmona, 
que es su amigo, y mande dinero para abogado y pro- 
curadores. Este es el medio de poner freno á la male- 
dicencia de estos mozuelos atolondrados, n 

Esta intentona de cabala, del extravío del sentido 



r 



wEl Juicio Públicow 7J 

moral en alianza con las retrecherías abogadiles, no 
tuvo consecuencias contra los jóvenes juristas. 

Una hoja suelta de Oruro entregó á la indignación 
publica cierta carta de Francisco Caballero, empleado 
judicial de alta clase en dicha ciudad. Invita en ella á 
Yáñez á alzarse contra la constitución por Fernández 
el ministro. Le dice, en 29 de octubre, algo semejante 
á lo que acabamos de ver: 

fiPorlos acontecimientos de la noche del 23, no 
pueden los setembristas menos que darse el parabién y 
declarar que usted ha obrado como hubiera obrado 
cualquiera de los que de corazón pertenecen á esa cau- 
sa, que tantos sacrificios nos cuesta. Segunda vez ha 
sido usted el salvador del país, de la causa y de todos 
nosotros. Si en algo puede servir este su amigo, deseo 
que me ocupe para hacer su defensa, su completa jus- 
tificación y el encomio de su patriótica conducta. n 

Tres días después que los jóvenes juristas, Pablo 
Barrientes, sujeto de recursos independientes, amigo 
del orden, consagrado al trabajo, que tenía el título de 
haber sido uno de los constituyentes y el de haber da- 
do por cuenta de sus electores su voto para la investi- 
dura de Achá como presidente de la república, alzó la 
voz en otro papel suelto de Cochabamba, para protes- 
tar contra el atentado y para reclamar el pronto y con- 
digno castigo del criminal insigne; criminal que tanto 
había ultrajado á la humanidad, cuanto había bañado 
en sangre inocente é ilustre la constitución pactada á 
tanta costa por todos los partidos de Bolivia. 
Citaba el artículo 7 que dice así: 



b 



7^ Matanzas de Ydñés 

I. Queda abolida para siempre la pena de muerte, á 

ser en los tínicos casos de asesinato, parricidio y 
ición á la patria, entendiéndose por traición la coni- 
cidad con los enemigos externos en caso de guerra, u 
Al mandar Yáñez fusilar á ciudadanos constituidos 

prisión, y al ejecutado por sí y ante sí, ha agravado 

enorme crimen con tres circunstancias; i.* Haberse 

nsumado contra una prescripción expresa de la cons- 

lición; 2 * Las focmas horrorosamente sumarias de 

ejecución; 3.» El numero de las víctimas. 

Cita Barrientes, además, el articulo 11 de la constí- 

:ión, que dice: 

itEn caso de conmoción interior que ponga en peli- 

3 la constitución 6 las autoridades creadas por ella, - 

declarará en estado de sitio el departamento ó pro- 

icia donde exista la perturbación del orden, quedan- 

alif suspensas las garantías constitucionales; pero 
rante esta suspensión el poder ejecutivo se limitará, 
n respecto á las personas, á arrestarlas ó trasladarlas 
I punto sitiado á otro de la nación, sí no prefieren 
ir del territorio.— Bajo ningdn pretexto es permitido 
iplear el tormento ni oteo género de mortificación. n 
Váftez habfa procedido á los arrestos en pleno régi- 
;n constitucional, y todos los ciudadanos fueron re- 
cidos i prisión fuera del caso de delito /'« fraganti 
le las leyes comunes explican. 
£1 artículo 5 constitucional es terminante: 
iiNadie puede ser detenido, arrestado, preso ni con- 
nado, sino en los casos y según las formas estableci- 
s por la ley; ni puede ser jiurga Jo por c 



^^El Juicio Páblicow 75 

especiales, ó sometido á otros jueces que los designa- 
dos con anterioridad al hecho de la causa, n 

La declaración de sitio por el gobierno fué posterior 
y cómo para legalizar los arrestos. 

Segün Barrientos^ el artículo ii ha sido infringido 
por el gobierno por otro capítulo más. El estado de 
sitio en que están el distrito de La Paz y dos provincias 
del departamento, existe sin que haya ocurrido con- 
moción ni se haya perturbado un solo día el orden 
reinante. El descubrimiento de una trama conspira- 
dora no es conmoción. El significado jurídico de esta 
palabra es perturbación violenta, tumulto, levantamiento 
6 altercuidn de alguna provincia. Estado, etc. 

Con fecha 20 de noviembre, desde Potosí, y en hoja 
impresa allí mismoj el setembrista Antonio Quijarro 
reclama enérgicamente el jcmgaimeiU» de Yáñez, Jo re- 
clama como una necesidad improrrogable pata el go- 
bierno, para el setembrismo, para Yáñez y para todo el 
mundo. 

Cree que la declaración de sitio y el juzgamiento 
militar de los conspiradores descubiertos en La Paz, 
son actos mconstitucionales. Afirma que hay en los 
ánimos una tendencia irresistible á preguntarse, si estas 
dos infracciones fundamentales no son en buena lógica 
la fatal premisa, el golpe en la noble, la estocada á fon- 
do, que ha hecho brotar del cuerpo social ese chorro de 
sangre, en cuyo charco yace ahora anegada por los 
suelos la constitución del Estado, 

Si estalló la guerra civil, si fu¿ necesario suspender 
el régimen constitucional en La Paz, si llegó entonces 






y 6 Matanzas, de Yáñez 

el caso de no seguir allá sino los principios . de la ñlo- 
sofía ó de la religión ó de la general conveniencia, ¿qué 
sombra de razón hay para haber sacriñcado la vida hu- 
mana fuera de acto de combate? ¿por qué se ha viola- 
do la sagrada seguridad del prisionero? ¿cómo es que 
se ha fusilado á lo bárbaro, á lo vil y á lo cobarde, cu- 
briendo de esta suerte con el sambenito del crimen á 
la autoridad publica? 

¡Qué! ¿Los belcistas son acaso de peor condición 
que los facinerosos salteadores é incendiarios, á quie- 
nes se les interroga, se les defiende, se les sentencia? 
¿Están declarados fuera de la ley? ¿Son los parias de 
Boliviá? La nación, puesta de pie por la consternación 
y el estupor, reclama el juicio de Yáñez, inmediato, 
solemne, público, conforme á la ley. 

Esta misma prensa de Potosí, encarándose á Achá 
y á Fernández, no ha mucho ministros y á la Vez de- 
rrocadores de Linares, les decía: 

1 1 Los autores de esa extraña evolución política lla- 
mada ügolpe de Estado, II han contraído un compro- 
miso formidable, ó, usando su lenguaje, han cargado 
con una inmensa responsabilidad. Están obligados á 
practicar actos de abnegación á toda prueba, de un 
desprendimiento sin límites, de un patriotismo, de lujo, 
de un amor por la justicia llevado hasta las alturas del 
heroísmo. Están obligados á todo eso, para convencer 
al mundo de que la pureza de la. intención presidió á la 
consumación del acto. Están obligados á todo eso; por- 
que así lo reclaman la justicia, el. pundonor y la conve- 
niencia pública, cuando lo extraordinario del ceño en 



F 



^^El Juicio Públicow 77 

las acciones humanas, hace que éstas fluctiíen entre la 
sublimidad y el crimen, fi 

Tres días después de recibir el presidente esta vehe- 
mentísima invectiva, nombraba ministro de Estado al 
bueno pero acomodaticio Rudecindo Carvajal, que te- 
nía por el momento la tacha insubsanable de haber 
sido primera autoridad de La Paz cuando Yáñez con- 
sumó á mansalva las prisiones y las matanzas, y que 
tenía el delito de haber abonado unas y otras al día 
siguiente, mediante notas oficiales de que después se 
arrepintió. Fué uno de los recomendados por Yáñez 
en su parte oficial sobre la noche del 23. 

Guando después de haber otorgado su perdón á los 
pretorianos sublevados por el coronel Balsa, en 23 de 
noviembre, entró el gobierno constitucional á La Paz, 
ala cabeza del ejército, el 28 de dicho mes, detenién- 
dose el presidente Achá en uno de los puntos más do- 
minantes de la plaza mayor, proclamó en voz alta al 
pueblo paceño allí congregado por el entusiasmo ó la 
novelería. Deplorando que el breve tiempo de su au- 
sencia hubiera sido señalado por tan funestos males en 
la ciudad, dijo: i?Yáñez ha muerto y su instigador vive 
todavía, n 

Ese mismo día el ministro secretario general de Es- 
tado, Manuel Macedonio Salinas, en una circular álos 
jefes políticos de la república, dijo que el presidente, 
en esa alocución, había señalado al •» verdadero autor 
de los asesinatos del 23 de octubre, n 

Alambre eléctrico no había que hasta Sucre trasmi- 
tiera los citados textos al señor ministro del Interior 



j*. 



fS Matanzas de Yáñís 

Ruperto Fernández. En cambio, pechos tuibutentos 
hay en donde golpean, como hitos conductores, las 
intuiciones subitáneas del cálculo político, con la pers- 
picacia suficiente para reflejar en el cerebro, sin retardo 
de segundos, el hecho á el peligro que á esos pechos 
se les enderezan desde lejos. Noviembre 28: ese día 
mismo se apercibió Fernández en el sur pata sin más 
respiro ni vagar declararse en rebelión. 

Con todo el ímpetu de la ambición desapoderada y 
del resentimiento enceguecido, hacíala estallar el 30 en 
Sucre y tres días después en Potosí. 

Fernández, al lanzarse de propia cuenta á la revuelta, 
entendía apoyarse en ja sublevación áA btttaüón Ter- 
cero, encabezada por Balsa en La Ts.z el 23 del mismo ■ 
noviembre. Su teíégrafo interior le falló en esta parte: 
esa faAiUfda sublevación había claudicado el mismo 
día ante la majestad de la expiación de Yáñez. No 
tuvo entonces Fernández otro recurso que la fuga 
(diciembre 4). 

La intentona de su secuaz Agustín Morales en Po- 
tosí, fué rechazada y desbaratada sin demora el 3, 
como puede verse en Jul Pueblo de Sucre. 

El gobierno supo en I^ Paz el 4 por la noche la re- 
belidn fernandista de Sucre. 

Ese día se congregó un comicio, que llamaremos 
oficial, con asistencia de empleados y corporaciones, 
con golpe de vecinos y de curiosos noveleros. i-Pero y 
¿qué hacía el obispo?n preguntó un periódico después 
de las últimas tribulaciones de la ciudad. Moraba en 
su palacio. Hoy aparece aquí el obispo, quizá á con- 




uEl Juicio Públicow 7p 

solar al gobierno. Y se presentó Achá con sus minis- 
tros á despedirse del pueblo paceño antes de partir 
contra el perjuro de la constitución, etc., Achá se 
abstuvo de llamar, á su ministro Fernández, ministro 
traidor. 

Hago merced al lector de todo lo que allí se peroró 
y vociferó. Dos tópicos principales brindaron á manos 
llenas el caudal oratorio: el argentino aventurero, des- 
organizador y corruptor de la patria ajena; el instigador 
de las matanzas del 23 de octubre. El lugar era á gri- 
tos muy elocuente á este último respecto. Estaban los 
congregados dentro del Loreto. Todos se alentaron y se 
enardecieron contra el vandalismo extranjero. Por eso 
El Juicio Público dijo que ese había sido un día de 
patria, ««el espectáculo más espléndido de nacionalismo, 
■—tal vez quiso decir de bolivianismo^ — que idearse 
pueda. II 

Entre los artesanos se firmó ese día una protesta 
que decía: "Este pueblo heroico, este pueblo de haza- 
ñas increíbles en la historia, bajará al malvado de la 
silla que tantas ilusiones ha creado á su fantasía, n 

El 7, en momentos de salir para Orurp, recibió el 
gobierno avisos del 2, de Potosí, por donde se ha ve- 
nido en conocimiento que, horas antes de estallar su 
rebelión, Fernández hubo de ser aprehendido en Sucre 
por encargo de las autoridades de ?otosí. ¿Era para 
ser procesado como á «'verdadero autor de los as.esi na- 
tos del 23 de octubrePi» Á lo menos, cua^ndo de^de La 
Paz se prescribió nuevamente esta diligencia á las auto- 
ridades de Potosí, el presidente acababa de decir á 



\ 



■V 



So Matanzas Y¿e Ydñez 

gritos en la plaza: "Yáñez ha rauerto y su instigador 
vive todavía. II 

Aquel cabecilla sin escrúpulos no pudo llevar en 
paciencia esta vez el cargo de instigador; cargo en 
verdad tremendo, pero que si partía desde muy alto, 
no estaba por eso mismo exento de tacha ó de sos- 
pecha, ni exento de ser una de las tantas imposturas 
6 falsedades políticas del tiempo. Lo rechazó inme- 
diatamente por la prensa en el extranj/ero, cual si la 
mancha perjudicase á aspiraciones todavía no extin- 
guidas. 

Diónos Fernández en esta ocasión el siguiente retra- 
to de Yáñez: 

«'El genio depende, en gran parte, del concurso de 
nuestras pasiones buenas y malas; y á Yáñez no le 
faltaba esa reunión de unas y otras, ayudadas por una 
gran energía de carácter, para llevar á cabo lo que se 
proponía sin que lo detuviesen obstáculos ni peligros. 
Su carácter participaba de los errores de una viciada 
educación por los hábitos adquiridos en el cuartel 
desde la clase de tropa; de modo que el prolongado 
imperio de la tiranía de nueve años, cuyos rigores su- 
frió, vino á formar en él un odio profundo y una espe- 
cie de horror á sus autores. Era, además, un hombre 
original: llegaba á convertir el valor en temeridad, la 
justicia en crueldad, la fortaleza en capricho, y el 
patriotismo en intransigencia perseguidora. Así es, 
que los atentados que cometió, tal vez no fueron obra 
de un corazón depravado, sino el producto de una 
alma exaltada, de su fanatismo político, ó los efectos 




■ni- \v. 



wEl Juicio Públicow 8i 

de un torrente de circunstancias, que no pudo ó no 
supo dominar. II 

Fernández cree en este escrito, que el 23 de octubre 
fué la consecuencia fatal de un motín de cuartel, que 
provocó la ira furiosa de Yáñez, por cuanto éste iba á 
ser entonces la primera víctima. Cree á pie juntillas 
en los partes oficiales de Yáñez, y sostiene que éste, 
rodeado esa noche de mil circunstancias que no había 
podido calcular ni prever, mandó en el conflicto fusilar 
á los presos, como un medio extremo para dominar el 
peligro é intimidar al enemigo. 

Contra el cargo de instigación dice, y dice con habi- 
lidad:- • • 

. «'Mis relaciones privadas con dicho jefe, sábenlo 
muchos en Bplivia y muy particularmente los del cír- 
culo de Achá, no eran bastante buenas para inspi- 
i:^rnos confianza el uno al otro. Yáñez, amigo íntimo 
y partidario de Achá desde Sutimarca, me miraba 
con los recelos que engendra el antagonismo en po- 
lítica y como un obstáculo para el triunfo de su can- 
didato. 

••El hecho mismo de su muerte ha venido á confir- 
mar este aserto. Yáñez se encerró en el palacio sos- 
teniendo al general Achá, de acuerdo con el ministro 
Avila, y combatiendo en su concepto contra mí. Véa- 
se la nota de Avila en que da parte del acontecimiento 
del 23 de noviembre desde Calamarca, y véase la pro- 
clama del coronel Balsa de 24 del mismo mes.n 

El oficio y la proclama confirman lo que dice Fer- 
nández, 

6 



\ 



i. 



n 



82 Matanzas de Yáñez 

Sobre el cargo de instigación, fuera de los artículos 
especiales de los periódicos, que apenas si son en este 
punto valederos como marcadores de la subidísima 
temperatura de las pasiones, tenemos un folleto que el 
imputado publicó tocante á los acontecimientos del 
día, y tenemos otro que en respuesta safcó á luz inme- 
diatamente Eugenio Caballero; Uno y ottó corren ins- 
critos en mi catálogo impreso, bajo los números 2099 
y 2567. 

Curiosa es sin duda ninguna aquella actitud ecuestre 
de Achá, señalando con el dedo al nverdadeto autor 
de los asesinatos del 23 de octubre, n 

Un editorial de El Comercio de Lima, decía en los 
mismos días de la llegada del presidente á La Paz, que 
el ministro Fernández estaba obligado, estaba forzosa- 
mente compelido, si era inocente, á acusar y perseguir 
con energía á los culpados, á fin de justificarse él mis- 
mo. Y este diario ¿por qué no dijo ésto mismo con 
respectó á Achá en particular y al gabinete en general? 
Es cosa vista: el ministro del interior, hasta desde el 
exterior, aparecía llevando en hombros todo el peso de 
una gran responsabilidad. 

El diario agregaba: 

iiPero tememos que no lo haga. La prensa quereci-' 
be inspiraciones del gobierno de Bolivia, en vez de 
tronar contra el delincuente, busca excusas á su cri- ' 
men. Si cabe en lo posible, esto es más odioso todavíe 
que el crimen mismo. 

II Cuando un empleado público comete uno de esos 
atentados, el gobierno que no lo persigue por todas las 



^^ El Juicio Páhtke^^ 83 

vías abiertas por las leyes, hade suyo el delito y tíu^' 
rándolo estimula al crimen, n 

No he podido conocer lo que este diario dijo cuan- I 

do supo, que no Fernández solo sino el gobierno en- 1 

tero, dispusieron que continuase Yáftez en el mando - 

militar de La Paz, después de su atentado. 

Mientras tanto, véase lo que El Juicio Piíblico 
dijo sobre el particular al presidente. Junto con diri- 
girle un saludo respetuoso de bienvenida, y de signifi- 
carle su deseo de que el espíritu de orden qué reinaba 
en la población encontrase, de parte del magistrado, un 
propósito positivo de restablecer en ella el imperio de 
la justicia y de la seguridad, indicó, cual una muestra 
inequívoca de dicho propósito, el castigo de los asesi- 
nos y cómplices del 23 de octubre. 

Es amarga la ironía con que al respecto demostró su 
desengaño. 

iiCuando en el extranjero, donde en lá actualidad 
se nos está juzgando como á salvajes, se vean algurtos 
de nuestros poriódicos, eii los cuales se hacen brillan- 
tes referencias del estado progresivo de nuestra patria, 
de nuestros municipios, de nuestra instrucción publica 
y J)ppular, de nuestras magistraturas, de nuestros ejér- 
citos valerosos y defensores de la justicia, se pregun- 
tará sin duda: «[por qué en una nación de tantos héroes, 
de tanto caballero, de tantos sabios, de tanta ilustra- 
ción y virtud, se cometen á deshoras por la autoridad 
publica las atrocidades del 23 de octubre, contra las 
cuales unos cuantos protestan y á las que los mas apa- 
ñan? ¡Qué contrastes tan ridículos presenta ante el 



Matanzas de Yáñes 
1 pueblo en que la impostura y la falsedad 

'ensa queda constancia sobre cierto rumor 
, muy valido desde esos días entre et pueblo, 
cual un conciliábulo de perversos setem- 
i(a sido buena paite en inflamar, hasta mo- 
tes de la catástrofe, el fanatismo y los ins- 
(ititz. Pero no se' pensó en poner á jueces 
;s sobre la pista del hecho denunciado; hecho 
ludo ser inexacto, pero que hasta hoy en día 
1 como verosímil. 

ra eso peligroso y tal vez era muy ventajoso 
á los hombres de! gobierno, que Fernández 
'natin el único fulminado por el anatema. 
os más tarde este hombre llevaba todavía el 
diosísimo cargo de instigador. 
la justicia histórica exige que se le oiga lo 
;a posible sobre el punto; exige que se extraí- 
los elementos reconstructores de la verdad, 
los hasta hoy día en la cantera misma de los 
^X proceso de la prensa es insuñciente para 
e en tan subido grado. 



^H^^^J^I^f««í§§l^»KI§l§«§Wm§m»WI«í^m^íf§f§^ 



CAPÍTULO IV 



"EL JUICIO PUBLICO" 

iseí 

(Continuación) 

¿Escribió Achá á Yáñez? — Ifiraoralidad política. — Barruntos. — 
Un documento de confianza. — Carta satisfactoria. — La grita 
se vuelve contra Achá. — Escena nocturna con el hijo de Yá- 
ñez. — Acusación ante el congreso. — Rechazo.— Desmedida 
reacción. — ¿Es admisible la absoluta inculpabilidad política de 
Achá? — Achá no quiso jamás pesquisar las matanzas. — Peli- 
grosísima situación del presidente. — Cartas restropectivas. — 
Un ministro insignificante en un gobierno pretoriano. — Doblez 
del presidente. — Los traidores.— Un banquete en Potosí y 
otros antecedentes.^— Achá y Morales entregando á Belzu al 
universal oprobio. — Achá belcista. — Opiniones de Fernández. 
— Aberraciones que sirven de solaz* 

Cuando la prensa denunció lj|s cartas de Fernández, 
la segunda sobre todo, tan reveladora del espíritu y 
conducta del ministro, todos preguntábanse natural- 



Matanzas de Yáñez 
: iiY Achá ¿también ha escrifo á Yáñez? Si le ha 
I ¿cuál ha sido el tenor de esa carta del presí- 

ecir verdad, después del acuerdo de gabinete 
ncionó la impunidad y ratificó la prepotencia de 

en el lugar mismo de su crimen, el punto es de 
lísimo interés histórico. Para lo que es ju^ar 
la moral política del gobierno de Achá en aque- 
isión solemne, basta y sobra con que esté bien 
icida la verdad de aquel acuerdo. Y que por él 
lazaron la remoción y el juzgamiento inmediatos 

prensa proponía, es un hecho notorio que no 

hoy ser revocado á duda. 
' contenía ya aquel acuerdo todo cuanto podía 
er la arrogancia del criminal? Una carlita del 
ente ¿era necesaria aun más? 
)dio setembrista se había dado aquella noche el 
de los dioses con la sangre donde hervía el odio 
a. Belcistas y setembristas fueron los dos facto- 
a persona de Achá se presentaba á trasmano del 
I. El presidente aparecía como si dijéramos colo- 
in la sombra que la persona de Fernández pro- 
a, al ser bañada por el siniestro resplandor de la 
za de La Paz. ¡Era tan intensa y tan notoria la 
e Fernández! El interés del presidente estaba á 
ultas ruinosas de la contienda entre esos dos 
s, cada uno de los cuales tenía su caudillo, que 
imente no era Achá. 

ra tal en la sociedad la perturbación del criterio 
9, que con sólo no retirar de su gracia á los em- 



f 



V. El Juicio Fúblicow 87 

pleados belcistas y á los empleados setembristas^ logró 
esquivar esos días el presidente buena parte de la odio- 
sa responsabilidad, desviándola hacía la persona de 
Fernández. £1 discernimiento sobre la responsabilidad 
de todo^ los miembros del gobierno que apadrinó á 
Yáñez, no se presentó á los ánimos sino confusamente, 
ó si decimos mancomunado con las inculpaciones ge- 
nerales contra uno sólo de esos miembros, contra Fer- 
nández. Por eso es que el presidente pudo decir en 
actitud ecuestre y. trágica: n Yáñez ha muerto y su ins- 
tigador vive todavía. II 

Pero, según aparece de algunas insinuaciones de la 
prensa, el hecho concreto y enteramente personal, de 
haber escrito el presidente al asesino como si tal cosa, 
comenzó á asomar su feo semblante algunos días des- 
pués en las aseveraciones de la oposición contra Achá. 

— Carta presidencial, decían, hay sin duda ninguna. 
Achá ha visto ante todo en este asunto el interés de su 
ambición personal, que es mantener en la fidelidad á 
Yáñez y no suscitar con su silencio los temores ó re- 
sentimientos de éste. Si los periódicos ministeriales 
propalan las cartas de Fernández para más perder al 
rebelde en el concepto público, omiten de seguro el 
publiciir la9 de Achá para no perjudicar, ante ese mis- 
mo concepto, al gobernante que costea esos periódicos. 
'Unas y otras cartas han debido de estar en poder del 
servidpr del gobierno que sacó á luz solamente las car- 
tas de Fernández. — 

Menos impetuoso é infinitamente más astuto que su 
ministro, el presidente ha dejado, entre los altope- 



88 Matanzas de Yáñts 

ruanos mismos, fama de artista consumado ei 
de fingir. La presunción no era por eso infundada. Por 
aquel entonces Achá rayaba ya muy alto en su fama 
de artero y de hipácrita. Según eso, era muy capaz de 
haber salido del paso sin descontentar á Yáñez, escri- 
biéndole una carta perfectamente dorada y cabalística 
á la vez. 

La verdad es que, en esta especie de estilo, la boli- 
viana labia politi(;a ha modulado verdaderos primores 
del arte, muy superiores, en mi entender, á esos de- 
chados que nos maravillan al recorrer los diez y ocho 
volúmenes, de Muratori, que se titulan Ánnali d'líalia. 
. No faltaban algunos que creyesen que Achá, como 
la pitonisa de Delfos algunas veces, había preferido 
prud en tfsi mámente callar, aunque arrostrando las alar- 
mas de Yáñez. 

En estas y otras suposiciones estaban los ánimos 
cuando la prensa, esta formidable vocinglera, entregó 
al publico el siguiente documento: 

i'Señor Dr. Dn — La Paz, y noviembre 27 de 

1861. — Mi querido — Como supongo que la 

noticia de los últimos sucesos llegue á esa desfigurada, 
te daré una ligera idea de ellos. Ya sabes los inauditos 
asesinatos que ?1 coronel Yáñez cometió el 23 del pa. 
sado con el general Córdoba, etc.— El pueblo todo es- 
peraba impaciente el condigno castigo de tan insigne 
malhechor; más cuál fué su indignación cuando, ha- 
biendo llegado á esta ciudad el general Avilan— {minis- 
tro déla guerra) — p-el zr de éste por la tarde, el zz por 
la mañana todos los presos restantes de la horrible ca- 



liiillmiil 



^^El Juicio Públicow 8q 

tástrofe fueron puestos en libertad, y Yáñez^ destinado 
á hacerse cargo del batallón Tercero y brigada de artille- 
ña que mandaba el coronel Balsa^ quien debía quedar 
de comandante general de esta plaza,,, — (Firmado). Je- 
rónimo, n 

Ruperto Fernández, defendiéndose contra Achá, fué 
quien hizo valer esta prueba sobre la alta confíanza, que 
el asesino del 23 de octubre hubo de merecer al pre- 
sidente de la república, tan luego de conocerse el cri- 
men por dicho presidente. Una rebelión frustró la me- 
dida oficial, ó sea el cumplimiento de la medida oficial, 
y el hecho quedó por un momento desconocido. 

La siguiente nota es de Fernández: 

II Entre varias cartas que existen sobre este hecho 
he escogido la de don Jerónimo Tobar, porque sien- 
do empleado de la administración de Achá y uno de 
los protestantes contra mí, merecerá más crédito*" 

Ni el hecho aseverado ni la autenticidad de esta 
carta han sido contradichos por medio de la prensa. El 
opúsculo defensivo de Achá guardó silencio. El pro- 
testante Tobar enmudeció. 

Llegaba aquí en estos apuntes, cuando cansado de 
buscar luz precisa sobre este particular en el cúmulo de 
periódicos, sudtos y folletos del tiempo, me encuentro 
casualmente, entre los papeles salvados del incendio 
que todos conocen, con esta antigua nota marginal de 
un escribiente mío. uSe copia la carta de Achá á Yá- 
ñez después de la matanza. •• 

Carta existía. No he parado desde entonces' hasta 
no dar con ella. Hé aquí con sorpresa esa carta. Mu- 



jft^ >. 



^ Mai^nzas de Yáñez 

chas veces se me había deslizado de las manos, oculta 
en el Cuerpo de documentos de cierta publicación 
de 1S65 destinada, entre otras ^osas análogas, apro- 
bar (quién lo creyera! la i^robación que Achá no fué 
dueño de dar p<»: causa de las intrigas que le ro- 
deaban: 

irSeñor coronel Plácida Yáñez,— -Sucre, noviem- 
bre 10 de i86i. — Mi tan querido amigo: — A fin de que 
no le falten mis; comunicaciones, .y entre usted en cui- 
dados, le dirijo ésta dejando mi carta en el correo; 
porque, como lo tengo insinuado, salgo mañana de 
aquí con el deseo de darle pronto un abra;sQ, — Me tie- 
nen sin vida en este momento y mi cabeza e§ un vol- 
cán con tanta pretensión, solicitudes y etiquetas. — :En 
Bolivia la presidencia es un suplicio. — Adiós» traigo* — 
Suyo.— ¡/ofi María de Achá,^^ 

Los que se devanaban los sesos barruntando sobre 
si Achá había escrito ó no á Yáñez, ¿qué pencaron al 
leer esta epístola cordial y solícita? Aquellos que soste* 
nían^ que la prudencia del magistrado no había podida 
menos que dejar en inquietud al asesino, no escribién- 
dole, ¿qué dijeron al ver que dicho magistrado corría 
á dar un abrazo á su tan querido amigo? 

Esos que llegaron á imaginarse que la habilidad ora- 
toria dd presidente había sabido íiltrar, en el ánimo 
del reo algún beleño, á fin de contentar al subalterno 
mas sin soltarle prendas sobre la aprobación del supe- 
rior; esos tales, ¿qué confesaron cuando vieron que, 
no pbstante que el presidente partía junto ó antes del 
correo, escribió á Yáñez, tan sólo para que ni por una 



r 



^^El Juicio Públicow ^ p/ 

sola vez falten á éste sus cartas, y á fin de que no én* 
tre por ello en cuidados? 

Achá tenía antagonistas políticos y enemigos perso- 
nales. Una vez que Fernández cayo y quedó fuera de 
la escena, 14 figura de Achá se destacó sola ante la 
imaginación popular. Se destacó así comg tendiendo 
la mano con gesto de inteligencia al asesino. El pre- 
sidente oyó, (}e^de ese día, zumbar á sus oídos el nom- 
bre de Yáñez como una sangrienta acusación. 

Porque conviene saber que la grita de émulos y opo- 
sitores, ante^ que el verdadero clamor de la conciencia 
pública, ofuscada por las discordias del tiempo, hacía 
sin descanso recaer la odiosidad del crimen sobre el 
presidente, acusándole de una participación más ó 
menos directa, y aun señalándole al aborrecimiento 
público como á instigador encubierto de Yáñez. 

Vano fué que la ausencia de ninguna prueba con- 
cluyente y que las. publicaciones de la prensa gobier- 
nista desmintiesen la inculpación. £1 espíritu de par- 
tido es infatigable y no cejó. Mantuvo constantemente 
vivas las vacilaciones de la opinión, derramando para 
ello en la prensa, los clubs y la tribuna referencias, 
alusiones y toda suerte de amaños insidiosos. 

La tormenta iba condensando sus nublados y nu- 
barrones. £1 presidente se había limitado al principio 
á responder provocando la investigación judicial. Des- 
pués hizo dar á la prensa algunos documentos que 
conservaba en su poden Co^a es muy sabida que Achá 
Jsabía tener calma, y que su dominio sobre los demá^ 
comeni^ba. efícacísino^mente por el dominio de sí 



"^'i^- 

w^'-- 



p2 Matanzas de Yáñez 

mismo. Jamás la prensa había dispuesto allá de mayor 
suma de libertad. Nunca se ha desbocado tanto para 
decir lo que se le antojase contra el jefe del estado. 
Los anales del periodismo en Bolivia deben á Achá, 
por su gran tolerancia, un testimonio de simpatía. Tan- 
ta magnanimidad acredito en el hombre un temple 
superior. 

A dar consistencia á la sospecha vinieron los dichos 
del hijo de Yáñez y de Leandro Fernández. Según éstos, 
el comandante general había procedido á los fusila- 
mientos á virtud de instrucciones comunicadas por el 
gobierno. Y aunque el hijo estaba interesado ^n remo- 
ver el oprobio que había recaído sobre su nombre, y el 
seide Fernández estaba manchado hasta los codos con 
la sangre de los asesinatos, se concibe fácilmente que 
sus asertos, propalados en país agitadísimo, suminis- 
trasen ancha tela á la maledicencia contra Achá. 

Tres años trascurrieron de esta manera. No se puede 
decir que era ya brecha la que la oposición tenía abier- 
ta por este lado contra el presidente; pero sí que el 
naneo era ocasionado á cómodas cargas de caballería 
•ligera y disparos de guerrilla. Porque aquella áspera 
sonaja, odiosa y sangrienta, tendía á poner en ñla las 
aprehensiones y sospechas hasta de los ánimos mas im- 
parciales y menos prevenidos. 

' Hacia el mes de setiembre de 1864 era cosa valida 
que papeles auténticos existían, según los cuáles que- 
daba fndemne, si cabe, la responsabilidad de Yáñez por 
las matanzas. Entre esos papeles estaba la orden da- 
da por el presidente para que, al primer tiro sedicioiso 



r 



^^El Juicio Públicow jy 

que en La Paz se oyera, procediese Yáñez á fusilar á 
cuantos creyese comprometidos en el conato, dando 
cuenta con lo obrado. Esos papeles contenían también 
las felicitaciones que Achá y todos los que le rodeaban 
dirijieran al autor del 23 de octubre. Le daban las gra- 
cias por haber en tal coyuntura salvado al país de una 
horrenda catástrofe. 

Por fín el asunto fué llevado á la asamblea legislati- 
va, reunida por aquel entonces en Cochabamba. Acu- 
sado el presidente ante este cuerpo por infracciones 
de la constitución, uno de los cargos formulados contra 
la persona del mandatario, fué el de haber tenido parte 
en los sucesos del 23 de octubre. 
- En términos más concretos se decía, que no había 
sido extraño á la preparación de esos sucesos, á los 
cuales, segün se agregaba, había más tarde otorgado 
amplio asentimiento. 

Era jefe de la oposición parlamentaria Adolfo Balli- 
vián, conocido en Bolivia por su callar benóvolo y cuya 
moralidad publica infundía, con su rigidez, respeto aun 
á sus mismos adversarios. La expectación era muy gran- 
de, así por esta circuntancia, como porque era creencia 
aceptada que él estaba en posesión de esos terribles 
do<ítHnentoá. Parecía confirmar esta creencia el hecho 
de haber ido recientemente á La Paz, y vuelto con ce- 
leridad, Darío Yáñez. Este aseguraba que había traído 
consigo á Cochabamba los papeles de su padre. 

¿Qué había de positivo en todo esto? 

La verdad es que hubo momento en que la oposi- 
ción creyó, que había sonado la hora de descargar 






jV Matanzas de YdHe» 

sobre Achá un golpe postrero y mortal. Darío Ytícf 
acababa de ofrecer á Ballivián la famosa orden origi- 
nal. Habiendo éste creído en tal ofrecimiento, dití tre- 
gua al debate contra el gobierno^ en tanto se recobraba 
él gran documento de manos de Ramdn Estruch, eit 
cuyo poder estaba depositado, segiln decía Yáñef, 

En realidad de verdad tal documento no existía. 
Pen^ Como dice un memorialista coetáneo, sea depra- 
vaciiín mora!, sea un deseo extraviado de lavar la me- 
moria paterna de aquella mancha de sangre, el hecho 
es que el joven concibió el proyecto de borrar un cri- 
men con otro crimen: determinó falsificar una orden de 
fusilamiento. Contaba para ello con obtener el auxilio 
de su amigo y protector Estruch, excelente calígrafo y 
dibujante. 

Reconvenido éste para qué restituyera tos documen- 
tos depositados, entregó algunas cartas; mas no la que 
los opositores reclamaban con vehemencia. Con respec- 
to á ella rechazd como falso el aserto de Daifo Yáñez, 
sobre que éste se la había dejado á guardar. Para con- 
vencer de ello á Ballivián y á sus amigos, se dispuso 
que dos de éstos, ocultos en un aposento contiguo á la 
habitación ^en que habían de tener una entrevista Da- 
río Yáñez y Ramón Estruch, escuchasen y juzgasen. 

De noche y á la hora convenida, Néstor Gatindo y 
Genaro Palazuelos, jóvenes honorables y fidedignos,- 
se constituyeron en una pieza oscura que comunicaba 
por una puerta con la habitación donde Estruch aguar- 
daba al hijo de Plácido Yáñez. El joven entró. Escu- 
chemos, acerca de lo que pasó, la declaración judicial- 



wEl Juicio Públicow Q¡ 

dé Palazuelos, que, conteste con la de Estrüch y conf 
la de Galindo, es no obstante la más concreta al res- 
pecto de lo que nos interesa. Dice así: 

irY después de las salutaciones, le dirigió la palabra 
él señor Estruch, haciéndole cargos sobre cómo quería 
comprometer su reputación, asegurando á todos haber 
depositado en su poder los anteriormente referidos do- 
cumentos, siendo así que ni los había visto. A lo que 
contestó Yáñez diciendo: que en manera alguna trata- 
ba de hacerle quedar mal, puesto que en ültinío resul- 
tado estaba dispuesto á decir la verdad; con tal propó-- 
sito aun estaba redactando una carta en ese mismo día. 
Qu6 poco más ó menos, y en este mismo setitido, se 
siguieron otras varias explicaciones, que dieron el re-» 
sultado de hacer conocer que las repetidas cartas ja^ 
más fueron puestas en manos ^t Estruch. 

iiEn este estado, tomó el señor Estruch la luz qué 
había en su habitación y pasó, seguido de Yáfiez, á la 
en que estábamos nosotros, y nos dijo: que si estaba- 
inos satisfechos de no ser éí depositario de papel algu-. 
no, así como dé la impostura de Yáñez. Quien á su 
vez, y dirigiéndose á nosotros, ños dijo: que puesto qo€ 
el señor Estruch 'había querido vindicarse, él también 
lo quería; y dedaraba, en ese momento, que si ofreció 
las tantas veces repetidas cartas, fué porque don Ra- 
món Estruch le había ofrecido falsificar litiá carta, 
en el sentido de vindicar la memoria de su padre en 
tuanto á los acontecimientos del 23 de octubre. 

iiAl oír esto, don Ramón Estruch se alteró en tér- 
minos que levantó demasiado la vo7, y negó hacién- 



Ir 



p(5 Matanzas de Yáñez 

^ole el siguiente razonamiento: Que no estando i 
personalmente interesado en vindicar la memoria de 
finado coronel Yáñez, ¿cómo podía suponerse que s< 
prestara á hacer recaer ia responsabilidad de los gra 
yísimos hechos del 23 de octubre, sobre otras persona 
cuya culpabilidad no le constaba á él en manera algu 
na? En contestación á esto, replicó Yáñez: que el hechi 
de la falsiñcación no importaba una calumnia, puesti 
que habían existido cartas que vindicaban la memori. 
de su padre, y que las había tomado en La Paz doi 
Julio Méndez. 

"En este estado y satisfecl)o el principal objeto, qu 
consistía en comprobar la no existencia de tales carta: 
cortamos la disputa, don Néstor GaÜndo y yo, recor 
viniendo á Yáñez, con una dureza que sólo podría dii 
culpar la situación, sobre el perverso papel que habí 
jugado engañando á unos y á otros, para hacer cref 
en la existencia de los papeles ya mencionados, y sobr 
el más que infame papel que había querido hacer u 
presentar á otros individuos, con documentos falsos 
sobre hechos de la m^ alta y grave responsabÍIÍda( 
Cortada así la disputa y cuasi botado Yáñez de la cas: 
nos salimos después de él.-.n 

Habiendo después de esto comparecido Darío Y; 
fiez á la presencia judicial, negó bajo juramento que I 
anterior conferencia hubiese tenido lugar, negó qu 
había hablado con Estruch lo que ya sabemos, neg 
que hubiese allí visto á Galindo y á Palazuelos, y neg 
que éstos le hubiesen hecho reconvención alguna. 

En una de las cartas originales exhibidas, anterior 



wElJidcio Páblicow gj 

las matanzas, el presidente decía al comandante gene- 
ral Yáñez: 

iiHa hecho usted bien de mandar á Darío á Lima, 
pues mi deseo es también que se forme ese joven; yo 
lo recomendaré al señor Bustamente.ii 

No fué á Lima. Ahora ya le tenemos perfectamente 
bien forms^do, sin necesidad de haber ido á Lima. 
Tres año$ en su propio país han sido para ello sufi- 
cientes á su tierna juventud. 

Impuesto el presidente de lo ocurrido, mandó le- 
vantar acerca de aquella maraña y su desenredo una 
sumaria información, que, leída al día siguiente en la 
asamblea, produjo enojo improbatorio en todos los 
bancos, y un sentimiento muy vivo en favor de la ino- 
cencia de Achá. 

Bajo esta doble impresión, fué votado el mismo día 
el proyecto de censura contra el poder ejecutivo, pro- 
yecto que había propuesto la comisión de constitución 
y policía judicial, y que venía discutiéndose con calor 
desde cuatro días atrás. En la noche del i8 de octu- 
bre de 1S64, fué rechazado en todos sus puntos, in- 
cluso entre ellos el cargo relativo á las matanzas. 

Allá donde la presión atmosférica está sobrecargada 
de recriminaciones mutuas y de pomün exacerbamiento, 
es visto que nó pueden funcionar las balanzas de pre- 
cúsión equitativa, con cuyo auxilio debiera distribuirse 
siempre la justicia. Sucedió que, á partir de este ins- 
tante, la reacción en favor de Achá, sobre el asunto 
del 23 de. octubre no tuvo ya límites en Solivia y aun 
fuera de BoKvia hasta el presente día. £1 discemi- 

7 



p'á" Matanzas de Yáñez 

miento en busca del justo medio no apr 
ció, después de entonces, diferencias d 
libras, ni de arrobas. Quintales habían í 
el platillo del cargo, y se arrojaron tonel 
descargo. Brazo y fiel de la balanza st 
violencia, y ya no hubo escala marcadoi 
grados posibles, 

Y tanto fué y ha sido, que años atráí 
persuasivo historiador extranjero, impre: 
brillo del voto parlamentario que se acá 
ha ceñido también á su turno al presíd 
la candida túnica de la inocencia radi< 
cho, entonces, que las gacetas del tien 
por la ventolera de una reacción repara< 
procIamadOfá toda fuerza la ninguna r 
del presidente? ¿Qué mucho, que plu 
magistrado que ya pasó á inejor vida, 
punto de Yáñez y el 23 de octubre, se f 
rosas en tejer á la memoria de Achá 
azucenas y azahares? 

Por eso ahora, á mi vez, invocando 
moría aun no desagraviada de las víci 
que no se trata sino de un fallo de verd 
cidn política é histórica, opongo categó 
restricción al alcance que, á aquella vi 
querido dar los autores de los folletos i 
la Biblioteca Boliviana, y el autor del ir 
dio histórico sobre la administración de 

Porque, ciertamente, una cosa es z 
histórico no salir uno manchado materí 



wEl Juicio Públicow pp 

propia sangre de las víctimas, y otra cosa es tiznarse 
rostro y manos con la cordial intimidad del empolvo- 
rinado y todavía humeante asesino; asesino y asesinos 
que estamos obligados nosotros mismos á poner en las 
garras de la justicia. Pero si hay diferencias entre es- 
tas cosas, la hay mucho más todavía entre una abso- 
luta inculpabilidad en los sucesos del 23 de octubre, y 
el hecho de no haber ni tan siquiera improbado Achá, 
como mandatario, el proceder del perpetrador, con el 
mérito solo del aviso de octubre 24. 

uAsí tuvo lugar, dice el historiador Sotomayor Val- 
dés, la segunda información sobre las matanzas del 23 
de octubre de 1861, información que acabó de excla- 
recer la absoluta inculpabilidad del general Achá con 
respecto á aquellos sucesos, n 

¡Absoluta inculpalidad! 

Es lo cierto que durante la administración de Achá, 
ni después, se ha mandado levantar especial informa- 
ción indagatoria sobre la verdad de lo ocurrido en 
aquella tremenda noche. Mucho menos se organizó 
en aquel entonces un proceso para un solemne juicio 
plenario. En otro capítulo se verá la suerte de no sé 
qué causas militares ó procesos comunes, con que se 
entretuvo á la opinión y que quadaron en nada. Eran 
contra los subalternos asesinos Cárdenas y Aparicio. 

La información sumaria de 1861 y la de 1864 á que 
se refiere el párrafo citado, y que juntas constan de 
unas cuantas fojas, se contrajeron pura y exclusiva- 
mente á dejar establecido este hecho: es jactanciosa 
cuanto falsa la añrmación de que existían documentos 



L 



Matanzas ie Ydfiet 
ditaban que el actual pTCsídente de ta reptj- 
ié María de Achá, había dado orden escrita 

se ejecutasen Iqe fusilamientos, 
imien^o he dicho? En 1861, dos meses des- 
iecretarío general de Estado ya los calificaba 
latos. ¡'Leandro Fernández, decía él con fecha 
:iembre, ha esparcido la voz de que éste (Yá- 
letití los asesinatos del 23 de octubre, en La 
mandato del jefe supremo del estado.ri 
londe mejor se ve que el presidente consideró 
el 13 de octubre, ?s en su orden general de 
iembre de 1861. Una vez trasladado á La 
ercioró por sí mismo de la verdad sobre lo ocu- 

noche. Dice el artículo 3.' de esa orden ge- 

bién son borrados de la lista militar, por haber 
ido en los asesinatos perpetrados en la noche 
e octubre ultimo, el coronel Pedro Cueto, el 
coronel graduado Santos Cárdenas, el sargento 
)emetrio Urdininea y e! capitán Antonio Gu- 

mente, á Achá no se le probó que él hubiese 
. inaudita insensatez de ordenar, bajo su firma, 
is á granel con la fuerza pdblica. Lejos de eso, 
Kido que quien ta! sostuvo es un impostor y 
ro. Pero también, por otro lado, es cosa ave- 
que el presidente Achá no requirió jamás á 
:aiuras, hasta obtener como debía el exclare- 
I de aquel crimen horrendo, y el castigo de los 
cometieron á título de inmediatos delegados 



wEl Juicio Públicow lóí 

suyos aquella noche. Lejos de eso, confirmó su amis- 
tad cordial al asesino principal, estorbó su juzgamiento 
é intentó revestirlo con mayor fuerza bruta en el tea 
tro de su brutal atentado. 

Así es que, de aquella inculpabilidad relativa á la 
absoluta inculpabilidad del general Achá con respecto 
á aquellos sucesos, hay una enorme distancia. Dentro 
de esa distancia cabe una discreta reserva jurídica. 
La conducta subsiguiente de aquel magistrado bien 
equivale á un positivo am()aro del reo. Su conducta 
anterior no le abona: él había colocado y mantenido 
adrede á Yáñez en La Paz, Lo equitativo sería que el 
tribunal de la historia absolviese á Achá de la instan- 
cia, mas no de la acusación. 

Tres son las pirámides expiatorias con que deudos y 
amigos han intentado, dentro de la enorme distancia 
ya señalada, exornar el túmulo de José María de Achá. 
Uno de los folletistas citados deriva de todos estos 
antecedentes las conclusiones verticales que siguen: 

I.® 1 1 Que los asesinatos de la noche del 23 de octu- 
bre fueron la obra exclusiva del coronel Yáñez; 

2.* »»Que si algún cómplice hubo en ellos, pertene- 
ciente al gabinete, ese cómplice no fué sin duda el ge- 
neral Achá; y 

3.® iiQue el general Achá nunca dio una amplia 
aprobación á esa hecatombe sangrienta, y que, si no la 
condenó y castigó como correspondía, fué porque 
su autoridad en aquella época se hallaba encadenada 
por las redes de la intriga, como lo revelará algún día 
la historia, ti 



102 Matanzas de Ydñez 

Esta ültiroa excepción, fundada en k 
intriga, debe de referirse necesariamenl 
inmediatos y posteriores á las matanzas. 

Está fuera de toda duda que Achá rot 
intriga venciendo, en la primera mitad í 
la rebelión setembrista de su ministro 
asimismo, es notorio que tornó á rompe 
gas venciendo, en pocos días, la rebelit 
marzo inmediato. Ni después de la pri 
pues de la segunda victoria, su autoridad 
y libre de intrigas, se ocupó en exclarece 
sangrienta hecatombe de octubre 23. 

¿Hasta cuándo se pretendía que dicha 
guiera rompiendo redes de intrigas, para 
que ya no se sentía encadenada? De sob: 
para bien establecer la sanción de la vim 
con tres años subsiguientes de mando. 

¿Qué hay de efectivo tocante á la re 
¿Hay huellas de este hecho en los anal 
sa? ¿Hé aquí un punto interesante qut 
lógicamente hacia los días de las mata 
bre 23 de 1861, de donde nos habfamo: 
tanto. 

Porque es menester, á fin de abarcar 
todos sus lados, figurarse una idea cabal 1 
del presidente, situado entre pretoriano! 
cia, como eran los cuerpos armados, y 
del gobierno que sobre esta base conspii 
■ presidente. Es menester figurárselo sin a 
autoridad en ninguna de esas prestacioní 



r-f- x^ 



wEl Juicio Públicow loj 

> • 

requeridas á los ciudadanos por todo régimen cons- 
titucional, y figurárselo sin apoyo en la moral deprava- 
da del tiempo, que excusaba por costumbre la traición 
militar y la traición política. , 

Trabajos históricos han aclarado este punto. Por 
ellos se ha visto que encontró sus armas el presidente 
en el disimulo y la simulación, manejadas con sere- 
nidad y maestría inauditas. Pero estas dilucidaciones 
han sido posteriores, y aquí tratamos ante todo de con- 
servar al semblante de la prensa su. frescura nativa, y 
á su testimonio el timbre peculiar de aquello que sue- 
na actuando por sí mismo en los sucesos. 

He tenido la costumbre de conservar, como otros 
tantos jirones de la realidad coetánea, las cartas remi- 
sivas de los papeles públicos de Bolivia. Sus informes 
é impresiones ilustran, á las veces, cuando uno quiere 
explicarse la razón del mentir, ó del callar de la prensa. 

Dos que voy á trascribir aquí no me fueron dirigi- 
das á mí, sino á mi amigo el comerciante argentino 
Napoleón Pero, residente entonces y hoy en Valpa- 
raíso. Él me las remitió en copia al remitirme del puer- 
to mis paquetes de impresos por noviembre y diciem- 
bre de 1 86 1. Las matanzas se supieron por el gobierno 
el 28 de octubre. Son procedentes dichas cartas de 
jefes mercantiles de casas extranjeras muy respetables 
de Bolivia. 

Dice la primera, llegada en el primer vapor de no- 
viembre y es de Sucre: 

"El gobierno está muy dividido; los únicos amigos 
entre, sí son Achá y Bustillo. Salinas es un ente ente- 



I 



Matanimáe Yáñet 
; insignificante, y Fernández es quien lo hace 
o sabe Achá cómo de5pren<lerse de Fernán- 
>res y Balsa. Al salir de Potosí et gobierno pa> 
£, el general Achá mandó un extraordinario al 
[ante general de Oruro para que, descuidando 
, ilesarme el batallón que éste manda. Fernán' 
supo en el Baño (cuatro leguas de Potosí), y 
otro á Balsa para tjue tenga cuidado. El lilti- 
;<S primen?, y por consiguiente los proyectos 

quedaron frustrados y el ministro triunfante. En 
\. E. reunió á todos los jefes y oñciales sueltos 
aza y á otros adictos á él, para que tomasen el 
cuando Flores hiciera salir su batallón.n — (En 
el quedan todos los pertrechos y tas dotaciones 
iulas, cuando sale el cuerpo á lavar.)— ^Supo 
ores, y desde entonces deja todos los días,' en 
lo de guardia, cien hombres con bala dispuesta 
s salen los otros. Se habla mucho de un nuevo 
le Estado. £1 partido de Linares se ha pegado 
ndez, el de Belzu á Bustillo.ii 

años más tarde este último, Bustillo, me con- 
jul en Santiago estos hechos entre muchos del 
mo boliviano. Entró en desenvolvimientos que 
n las sinuosidades de la prensa, penetrando 
ominios de la historia propiamente dicha. Bas- 
itras tanto, con la anterior fotógrafo de aquel 
) pretoriano, de pura estirpe bizantina d me- 
aliana. 

lificativo de >iente enteramente insigniScante» 
ie deba aplicar en rigor de verdad i. Manuel Ma- 




wElJtddo Publico^ ios 

eedonío Salinas. Reñexione el lector, que allá donde un 
ministro previene con otros más veloces los correos se- 
cretos del primer magistrado, y donde éste fragua mo- 
tines de cuartel para subvenir al mantenimiento del 
orden legal, lord Chatham y Cavour, con toda su cien- 
cia de gobernación reformista y regeneradora, pasarían 
también dentro de su gabinete por entes enteramente 
insignificantes. 

£n la segunda carta tenemos ya que Balsa, preveni- 
do á tiempo por el ministro, se ha largado de cuenta 
propia á La Paz, se ha sublevado contra el presidente, 
y no ha podido proclamar al ministro por causa de la 
ira popular, que aprovechó del desorden para ejecutar 
á Yáñez, á quien suponía instigado al crimen del 23 por 
el ministro. Es escrita el 24 de noviembre, en La Paz, 
al día siguiente de la ejecución, hecho que ha dejado 
paralizado á Balsa dentro de su mismo triunfo. Dice así: 

»íMuy señor mío: Para lo que pueda convenir, ó 
bien para que sepa usted la verdad de todos los suce. 
sos, me tomo la franqueza de relatárselos. 

"Con fecha 4 del corriente nos escriben de Sucre 
Achá y el ministro Fernández. Asegura el primero, 
que por los acontecimientos del 30 ide setiembre y 23 
de octubre últimos, se veía obligado á abandonar su 
política de fusión, para no aceptar más cooperación 
que k de setembristas, cuyo caudillo no podía ser otro 
que él. £1 señor Fernández nos dice con la misma fe- 
día, que todo estaba arreglado con el general Achá, 
quien había convenido en un cambio de gabinete, por 
lo que Bustillo debía dejar la cartera, etc.^ eCc. 



io6 Matanzas de Yáñez 

"Y ¡quién creyera que este hombre engañaba 
ñor Fernández y á todos sus amigos! Pues, en Pt 
(medio camino entre Sucre y Oruro) hace reconi 
Melgarejo por primer jefe del batallón Primero, 
vechando de que el coronel Flores quedó en 
para venirse con Fernández. El i6, al mismo tii 
retira del cuerpo dos capitanes y á cuantos erai 
gos de don Ruperto y de Flores. También nía 
general Ávila con instrucciones para que aquí 
igualmente en Húsares, y para que desarme el bí 
Tercero del coronel Balsa. En fin, á dejar á Fi 
dez fuera de todos sus amigos. 

"El 22 se sospecha aquí algo de todo lo refei 
en esa noche se descubre que al día siguienti 
desarmado y disuelto el batallón de Balsa, qui 
mediatamente pone el hecho en conocimiento 
demás jefes, oficiales y tropa; y todos unánimes i 
ven batir al batallón Segundo y á la Columna W 
pal {con los cuales iban á disolverlos), y á las ■ 
y media de la mañana de ayer (un raes después 
fusilamientos de Yáñez), se lanzaron sobre la Col 
la que tomaron sin resistencia, é inmediatamei 
bre el batallón Segundo que mandaba el corone 
tés. Han peleado ambos cuerpos en la calle á q 
ropa, y los muertos pasan de ciento y en proporc 
heridos. En el combate, que ha sido muy sang 
ha muerto el coronel Cortés y otros muchos oi 
de ambos cuerpos. El coronel Balsa, herido c 

a vivado á nadie 



>■ .■ » 



^^El Juicio Públicow loj 

i 'El coronel Yáñez estriba en el palacio con cuaren- 
ta hombres, y no quiso rendirse después de la toma 
del Segundo. El resultado ha sido que á viva fuerza 
abrieron la puerta; y la cholada, que se había plegado 
á Balsa, totnó á Yáñez y lo hicieron pedazos y arras- 
traron por la plaza, cometiendo mil barbaridades con 
el cadáver, lo mismo que con el' de un comisario de 
policía. 

"Nada sabemos del interior con certeza, ni menos 
de don Ruperto; pero de seguro que el 22 debían ha- 
cer en Sucre y Potosí un pronunciamiento contra el 
general Achá, por cuanto éste traicionaba al ministro 
Fernández. 

»»De todo lo referido, y según se ve hasta este mo- 
mento, tendremos otro combate en ésta dentro de seis 
días, entre el general Achá, que vendrá de Oruro, y 
los de acá, que no aflojan. Ávila fugó ayer, como á las 
siete de la mañana, para Oruro. 

»»No tengo más tiempo y me repito, etc., etc.»' 

Nicanor Flores, en el folleto 2436 de mi catálogo 
impreso, folleto que con sus documentos es casi una 
autobiografía, declara sobre la situación del presidente 
en Sucre: 

»»Si no hubiese sido hombre de honor y caballero, 
no estaría hoy el general Achá mandando en Bolivia; 
y no porque yo le hubiese dado avisos de lo que se 
tramaba contra él, como pérfidamente ha tratado de 
hacerlo creer alguno, sino simplemente porque me ne- 
gué á poner en prisión al magistrado indefenso, que 
me había confiado la guardia de su persona." 



io8 Matanzas áe yáÜte 

■ En una carta que viá esos días la luz en el mime- 
ro 6 de Zd Causa de Setiembre de Sucre, decía Flores 
en noviembre i6 á Achá. 

■lAcabemos, mi general. Quédese usted con el triunfo 
de haberme engañado como i un niño. Por mi parte, 
quiero llenar mi último deber declarando francamente 
lo que usted no ha querido expresar sino con el hecho: 
Quedan rotos todos y cada uno de los compromisos 
que con usted tuve.i' 

Poco antes acababa de recordarle que el i6 de ene- 
ro, subsiguiente día del golpe de Esladoi ambos preto- 
rianos se habfan jurado recíprocamente buena fe y leal- 
tad hasta la muerte. 

La prensa había dejado columbrar la hondura de la 
discordia, cuya esencia deletérea corroía ya las entra- 
fias mismas del gobierno, preparando el estallido de 
disturbios sangrientos. El día de la llegada del gobier- 
no á Potosí, el 4 de octubre, si no me equivoco, tuvo 
lugar un banquete oficial en el palacio de la ciudad. 
Hé aquí la versidn que de los brindis principales di^ 
El Teligra/o del 32 de octubre en La Paz. 

Esta versidn no fué rectificada sino en cierto pasaje 
referente á Bustíllo. 

El señor Fernández, — i'El momento es precioso y la 
actualidad me exige revelar una verdad que debió per- 
manecer oculta. Sepa el mundo entero que si me com- 
prometí á dar el golpe de Estado, como lo hice, en el 
término de veinticuatro horas, fué con la condición de 
hacer flamear incólume la bandera de Setiembre para 
sostener esa causa, esa causa santa, esa causa de Dios. 



nEl Juicio Público^ lop 

Digo de Dios, señores, porque lo es de la humanidad, 
y todo lo que es de la humanidad es divino. Sean 
caprichos ó absurdos, si vienisn del pueblo, debemos 
respetarlos, y si sublimes, exaltarlos... admirarlos. Se- 
ñores: yo brindo porque fui el autor de ese golpe de 
Estado que debía dar nueva vida á la gran revolución 
de Setiembre, y no el traidor, como se ha querido ca- 
lificarme. 

•>¿Yo traidor al señor Linares? No lo he sido, seño- 
res. £1 señor Linares no quería comprender su difícil 

« 

situación, y hubo necesidad de que llegara el tristísimo 
momento de obrar, como obré, posponiendo las afec- 
ciones que me ligaban á ese hombre, á quien debemos 
gratitud y respeto, á la patria. Este es el hecho. Si el 
general Achá obra contra los principios de setiembre, 
se verá abandonado de todos los amigos que le rodean, 
del ejército, que es el vigía de setiembre, y... se verá 
obligado á descender del mando con ignominia, etc., 
etc.» (¡Bravo! ¡Bravo I) 

El señor Busiülo, — í»Seis meses antes de que dejara 
el mando el general Belzu, me retiré de su servicio, y 
desde entonces no conservo con él relación alguna; 
quiero, pues, poner un sello en mis labios para no to- 
car materias que exaltarían... Ó bien, señores, yo brin- 
do, no por la causa de setiembre, sino por la causa de 
la nación... de la humanidad... •> (SensaaónJ. 

El señor Morales ^ el doctor Fernández y el señor La 
Riva le interrumpen y le interpelan. 

«No quise, á propósito, tocar semejante materia... 
pero sépalo también el publico que me honro de haber 



IZO Matanzas de Ydtlez 

sido ministro de Belzu, como otro díí 
haberlo sido del ilustre general Achá. 
les me ha injuriado, asegurando que y 
á S. E. el ilustre presidente: protesto 
to. (Sonrisas, murmullos y toses). ^^ 
mal al homtu'e que más idolatro? Cu 
BelKU le serví con lealtad jídesprendim 
a! muy más digno general Achá?» "^ 

El señor Morales. — '¡¿Qué es eso de 
Señores: asf como otras veces le hice 
de mi caballo, así lo juro hacer mil ve' 
pretenda volver á Bolivia, Señores: o 
preciemos á ese miserable, que es el bi 
patria; á ese hombre, por desgracia bol 
constituirse en jefe de bandoleros, < 
más sagrados derechos del hombre, ta 
dad é insultando á la humanidad entei 

" Belzu no vendrá, señores, no; si q 
crímenes, que venga. (Todos, "^ue 
ga.'ti). Señores, brindemos por la san 
tiembre que convlrtiá en cenizas el mi 
vo! bravo.'). 

S. E. el Presidente. "Señores, yo b 
sión, y porque á ese hombre de miseí 
lo despreciemos; porque el enemigo di 
no lo es particularmente del hombre 
no imagino por un momento que pien 
la patria que desoíd, á la patria que III 
de ignominia. Belzu no volverá. Yo p 
ñores, lo único que ofrezco á mt pa 






wEl Juicio Públicow III 

corazón, que inteligencia no tengo; pero con los seño- 
res Fernández, Salinas y Bustillo, que me guiarán por 
la buena senda, espero alcanzar mi deseo de hacer á 
la patria todo el bien que ambiciono, ti 

El señor La Riva, «'Señor presidente: en vano invo- 
cáis la fusión. El motín proyectado en La Paz y los 
trabajos reaccionarios de los belcistas, son los resul- 
tados de esa fusión que invocáis. £s preciso decir la 
verdad de corazón: estoy contra vuestra fusión. Ha 
habido fusión, pues la habéis proclamado; y ¿se han 
aprovechado de ella para el orden? Con los saqueado- 
res de marzo es imposible la fusión. Hay un abismo 
que nos separa de ellos, como lo hay entre el vicio y 
la virtud, entre la honradez y el latrocinio, entre el se- 
tembrista y el marcista.n 

En cuanto á ciertas expresiones tocadas de bajeza 
suma, que se ponen en boca de Bustillo, ha de tenerse 
en cuenta que El Telégrafo era escrito por setembris- 
tas adversarios de aquel ministro. Quien le ha conoci- 
do en la intimidad puede asejgurar una cosa. Bustillo 
no tenía corazón de esos como el mármol que antes se 
quiebran que doblarse, no; pero en su espíritu brilla- 
ban como potencias dos claridades, la sensatez y la 
perspicacia. Lo que El Telégrafo le atribuye supone 
que carecía, aquel estadista, del conocimiento necesa- 
rio para evitarse un perjuicio grave: el de prosternarse 
públicamente ante un ídolo. 

He conservado adrede las manecillas tipográficas de 
El Telégrafo, 

Lo curioso es oír aquí á José María de Achá exe- 



L 



IJ2 Matanzas de Yáñtz 

erando á Belzu. Las gacetas gobiernistas elogiaron con 
tal motivo su enérgica y patriótica elocuencia. 

Recuérdase mucho un dicho suyo: «En Bolivia no 
tienen memoria, n Y así deb^ de ser. Porque, á la ver- 
dad, solamente en pueblos sordos por completo á los 
gritos del día de ayer, y donde el individuo olvida has- 
ta lo que le es más personal, pudo haber un Achá que, 
ocho años más tarde, se presentase pintando con horror 
y detestación al mismo pretoriano, cuya tiranía militar 
sostuvo con las armas por más de cuatro ó cinco años. 

Achá fué belcistá. Se alzó por él contra la autoridad 
del congreso y del gobierno popular. 

Achá fi^é además uno de los declarantes que, 
en 1850, trasmitió á los jueces militares ciertas confi- 
dencias ó quejas de Belzu, moribundo ó convaleciente 
á causa de las heridas que Morales le infiriera cuando 
intentó asesinarle. Achá en dicho proceso contribuyó 
con eficacia á llevar al patíbulo á Laguna, para vengar 
á Belzu. 

Ni se diga que el hecho quedó sepultado en los ar- 
chivos. José Gabriel Telles, en el folleto 118 de mi 
catálogo impreso, publicó el año 1856, entre las más 
condenatorias, la declaración de Achá» Es ella tan te- 
rrible, que, para quien conoce la astucia de todos estos 
políticos hasta en la hora de la muerte, y particular- 
mente la astucia y vengativa índole de Belzu, no pue- 
de menos que entender sino que Belzu quiso decir, 
por intermedio de Achá: «Fusílenme á Laguna, n Y 
Laguna fué fusilado. 

Lo que en sus escritos Fernández aduce contra 




wEl Juicio Püblicow 113 

Achá, contribuye no poco á sugerirnos una idea del 
escabrosísimo terreno, del volcán quizá, sobre que pi- 
saba el presidente, cuando el atentado de La Paz vino 
á reclamar de él un pronto y ejemplar castigo. Fer- 
nández, que al derrocar á Linares había invocado Ja 
impopularidad que á éste su protector y jefe habían 
acarreado sus persecuciones arbitrarías, no podía con- 
formarse con la- política de fusión que pretendía im- 
plantar Achá. Su idea fija era que debía gobernarse 
con el apoyo exclusivo de los setembrístas, poniéndose 
para ello á raya de su ruina ó exterminio al belcismo. 

li Nadie ignora, dice, que la marcha del gobierno se 
había desviado completamente del sendero que le abrió 
el golpe de Estado; que las preferencias de Achá por 
el partido belcista inquietaban seriamente á los setem- 
brístas; y que esa natural desconfianza é inquietud de 
unos y otros, imprimían un carácter incierto y agitado 
á la política del gabinete. Á este tiempo el partido bel* 
cista, apoderándose, por medio del ministro Bustillo, 
de las pasiones del mandatario débil, preparaba sorda- 
mente la mina que debía estallar bajo los pies de un 
gobierno sin unidad de acción. 

nEste partido conspiró al principió para derribar al 
ministro que representaba la causa de setiembre, el 
cual le servía de obstáculo, á fin de hacer triunfar más 
tarde, en medio del desorden general, su causa perso- 
nal, que el buen sentido publico, la sana razón, y, so- 
bretodo, las tempestades revolucionarias habían recha- 
zado pnra siempre. 

"Todos esos trabojos, diriLjid .s por es;)íi¡H!s tiirhu-- 



IX^ Matanzas it Yámz 

lentos y peligrosos, cuyos elementos ordir 
chusma y la agitación, se removían tenebros 
chando la coyuntura de mostrarse á la luz 

tiEl general Achá, semejante á esos 
rostro risueño, de exterior pacifico, de m 
nuantes,, que ocultan en su seno el venen 
siones y unos odios violentos, continuaba inr 
zando á ambos partidos, al belcista y al 
debilitando á éste y fortaleciendo á aquél, 
do sus fuerzas para la lucha en que más t 
despedazarse, para que, de entre sus ruinas 
se alzase el partido acliista, que nunca ha 
fuera del circulo de su familia. 

iiEn tal situación se proyectó la visita 
lamentos del siir, sin plan ni objeto de uti 
ca; y al mismo tiempo recibió Achá una dt 
dada de la conspiración que se tramaba po 
tas con motivo de haberse aproximado su 
que debía estallar á la salida del gobierno j 
pas que guarnecían La Paz. No hizo cas< 
ni del clamor público {pues los principales 
la ciudad le representaron los riesgos á quí 
expuestas sus vidas y propiedades con un 
intempestiva), y abandonó La Paz sobrepi 
las instancias é inconver 'entes que se le 
por uno de los ministros, que fu( yo. 

"Existen muchas personas respetables 
que atestiguan este hecho.. De modo que 
premeditación ó sin ella, dejó preparado el 
bahía (le ¡irodiuir tantos desastres. Su del 



wEl Juicio Públicaw líS 

falsía no le permitieron conjurar á tiempo los males 
que amenazaban al país, y que hubieran sido precabi- 
dos con sola la presencia del gobierno y del ejército 
en La Paz. Por todo remedio, llamó al coronel Yáñez, 
que estaba en Cochabamba, pues quería dejar la im- 
portante plaza de La Paz en manos de un amigo suyo 
que no tuviera compromisos políticos conmigo; y para 
tranquilizar á los paceños les dijo á su despedida: nOs 
dejo al valiente coronel Yáñez, que es el terror de los 
pajuelerps y con quien no se jugarán los conspirado- 
resji Y esa su previsión ha quedado cumplida en todas 
sus partes á costa de muchas víctimas. 

••Pero aún no es todo. Descubierta la conspiración 
antes denunciada, Yáñez llamó á varios de los com- 
pronfietidos, y les dijo: •• que si persistían en perturbar 
úoxátvíy los fusilaría con la constitución en el pecho.w 
Esta ocurrencia la participó al general Achá en carta 
particular, y éste la publicó en los salones de palacio, 
con aire risueño y satisfecho por su acertada elección, 
de comandante general, en la persona del coronel 
Yáñez. 

•'Posteriormente he encontrado la explicación de es- 
ta conducta, porque he visto una carta del general 
Achá al coronel don Agustín Morales, en la que le 
^Kt'. Los pajueleros me han pagado mal; es una canalla 
d laque es preciso exterminar, Y si esto decía al jefe 
superior del sur, con quien no tenía buenas relaciones, 
la presunción está porque dijese lo mismo á Yáñez, 
jefe superior del norte, que era su amigo de íntima 
confianza, 



L 



Il6 Matanaas áe Váñez 

\\\a carta original que contiene los conceptos copia- 
dos, existe en poder del coronel Morales, y no sólo se 
publicará oportunamente, sino que servirá para apoyar 
una acusación cuando se reúna la próxima asamblea 
nacional. 

iiPoi complemento de esta conducta, Cuando Achil 
pensó en separar al coronel Balsa del mando del bata- 
llón Tercero, premió la conducta de Yáñez eligiéndo- 
lo para reemplazar á Balsa. Así aparece de las órdenes 
que el ministro de la guerra Avila comunicó en La 
Paz, la víspera del movimiento encabezado por Balsa. 
Tengo varias cartas de La Paz que revelan este he- 
cho, y publico al final una de persona fidedigna." ' 

Es la carta que arriba queda trascrita, cuando pro- 
puse la presente tesis, sobre si Achá improbó ó se 
dispuso á castigar los asesinatos del 23 de octubre. 

Prosigue un momento más Fernández, á quien es 
menester oír mucho ya que ha sido condenado en de- 
masía. 

"El general Achá y su ministro Salinas, con hipo- 
cresía sin igual, parecieron asustados de la situación 
violenta del país, pronunciado abiertamente contra la 
fusión, tan mal entendida y peor realizada por ellos; y 
advertidos por mí del peligro que corrfa el orden pú^ 
blico, y de la necesidad de un cambio en la política, 
tomaron el consejo imparcial de personas respetables 
de la capital Sucre. Fueron llamados los señores Hi- 
larión Fernández, Andrés María Torrico y Gregorio 
Anibarro, y de común acuerdo se resolvió verificar di- 
cho camMo, fchiindose el gobiinw rn fratf" d'l pnrtids 



wEl Juicio Públicow iij 

setemhrista para gobernar con él^ por ser el más prepon- 
derante en la nación y el único que proclamaba prin- 
cipios. 

t'El general Achá contrajo este solemne compromiso 
por actos oficiales, á presencia de los altos funcionarios 
de la corte suprema, del consejo de Estado, del tri- 
bunal general de cuentas y de las corporaciones depar- 
tamentales; y mandó publicar su nuevo programa en 
el numero 4 de El Constitucional^ periódico oficial. 
Veamos ahora cómo llenó sus ofrecimientos." 

Fernández refiere aquí las separaciones inesperadas 
de Morales en la jefatura superior del sur, de Flores y 
otros jefes y oficiales en el batallón Primero; el envío 
de Ávila á La Paz para sacar á Balsa del batallón Ter- 
cero, y ello á fin de entregar el mando de dicho cuer- 
po al perpetrador de la carnicería de octubre 23, etc. 

Cosa que no poco divertirá al lector es la santa in- 
dignación con que Fernández estalla contra la doblez 
y perfidia de Achá, y la sacratísima cólera de Achá por 
la traición y alevosía de Fernández. ¿No hemos oído 
poco ha á Morales execrando á Belzu en los estrados 
de la moral universal, por causa de sus concusiones y 
porque con su depravación insultó á la humanidad; á 
Belzu, que, á lo menos, no fué jamás rapaz mercader 
con los dineros públicos, y que, siguiendo ciego el na- 
tural instinto, veneró, como cualquiera otro padre, la 
virtud y el pudor de sus hijas? 

Convenido si por estas y otras aberraciones se pinta 
entre los hombres á la justicia vendada. Pero, sin duda 
ninguna, los principios morales han de ser tan necesa- 



iiS Matansas de 

ríos al hombre social como lo! 
seres que viven, cuando vemo: 
sin ley saltan heridos en el ali 
y se duelen con elocuencia d 
tenido ocasión de cometer. 

Dejémoslos que de esta su( 
á otros, en estas sus discordias 
nes con la sangre y el sudor <j 
con ver que, al menudearse %> 
arbitrariedad y de perfidia, vaj 
tiendo todos en lo íntimo la tori 
más todavía, que ninguno de 
á sorbos la triunfadora impur 
consolémonos de la expulsión i 
que caen sin remedio en el ab; 
de la intriga y de la fuerza, qu 
tes las fauces, asfixiado cada u 
hacia arriba resuello moral de ; 
buena fe y de respeto á las ley 



^ 



^^^^^.♦^♦♦^♦^^^♦^^^^♦♦♦^♦^T^^'0^>^ 



CAPÍTULO V 



"EL JUICIO PUBLICO." 

1861 

(C4>ntinuacibn) 

Ufanía paceña por el lynchamun(o.—l^vc& clases elevadas. — Co- 
micip político. — El pueblo y el motín de Balsa. — Retrospecto 
délas matanzas. — Rudecindo Carvajal.— Su aviso al gobier- 
no.— Una primera, consulta suya. — Iniquidad que aconsejó y 
obtuvo. — Yáñez quería matar pronto y harto. — Carvajal intenta 
detenerle con consultas al gobierno. — Dos nuevas consultas. — 
Declaración de sitio — Una ingenuidad terrible de Carvajal. — 
Responsabilidad del gobierno. — Pobre Carvajal. — denuncia la 
jefatura y se queda. — Un padre de la Buena Muerte. — Carva- 
jal el 24 de octubre. — Lágrimas matutinas de Vega. — El fiscal 
Sanginés.— Muerto el perro. 



"Quisiera ir con la calma de un río; pero me arre- 
bata un torrente. I» Así decía Montesquieu, no obstante 
que sabía empuñar con vigor la brújula en el océano 



I20 Matanzas de Ydñes 

de sus ideas. Es también lo que pudiera decir el que, 
descendiendo á lo pasado, quisiese allá bogar dentro 
del caudaloso oleaje de la prensa, en un país removido 
hasta el profundo. 

Un rápido nos ha llevado ya sin quererlo hasta la 
expÍ!K:ii5n de Yáñez. Mientras tanto, siguiendo íirhies 
por el álveo del río, tendríamos todavía, antes de eso, 
que tocar con algunas afluencias y confluencias de he- 
chos importantes. Estas corrientes de pasión y opinión, 
á la manera de un motor hidráulico formidable, son 
las que nos llevarían, con la mayor suma de fuerza, á la 
caída profunda que se llama el lyníhamienío popular de 
aquel desventurado. 

Dice El Juicio Público, con referencia á la tremen- 
da expiación del 23 de noviembre: 

iiA los periódicos que increpan á La Paz apatía y 
abyección en los días de las matanzas y horrores re- 
cientes, este heroico pueblo ha contestado con la cabe- 
za de los asesinos. ¡Qué respuesta tan formidable y 
iublimeln 

La prensa general se refirió más principalmente á las 
í3ases superiores de la ciudad; al señorío acomodado, á 
los diputados, á los jueces, etc. 

No se puede negar que la plebe paceña, provocada 
más que nada por la impunidad insolente y amenazan- 
te del asesino y sus cómplices, reasumió tumultuaria- 
mente la soberanía, para el solo acto de hacer justicia 
je Dios lynchando á los culpados. Pero el cargo de 
!os periódicos en lo principal quedó siempre de pie. 

El vecindario no asomó cabeza en esto para nada. 



wEl Juicio Público^ 121 

Hizo acto de presencia en comicio político, después de 
ejecutado Yáñez, cuando estaba ya vencida bajo el peso 
de la ira popular la triunfante rebelión fernandista de 
Balsa. Malherido éste físicamente y también en lo mo- 
ral, vio que su atentado perecía de hora en hora dentro 
del vacío. Vio que perecía de inanición, y abrió enton- 
ces puertas á una junta de vecinos. 

Allí acudieron los políticos. Se presentó el belcis- 
mo y ¿cómo no? En el comicio aquel se trató de 
rectificar principalmente la aguja de marear, un poco 
perturbada. Los patricios, en tal coyuntura, forma- 
ron colectividad para mantener á flote la nave po- 
lítica. Mostraron acto continuo la popa al árido islote 
solitario representado por Balsa, y maniobraron para 
enderezar rumbo hacia las amplias aguas del tínico 
poder subsistente, que era el gobierno. Esto consta con 
inequívoco sentido en los documentos de la prensa. 

Caso de haber quedado Balsa, sobre victorioso con- 
tra las armas del orden legal, fuerte además moralmen- 
te, sea por la adhesión ó sea por la indiferencia popular, 
las que para el caso dan allá lo mismo, ¿habrían vuelto 
las espaldas airosamente los vecinos, cual lo hicieron, á 
aquel pretoriano de Fernández? ¿Habría existido, y caso 
de existir el comicio, habría su civismo afrontado á 
Balsa? ¿Habría usado, para ello, de un poco de denue- 
do en combinación con algiín sentimiento de respeto 
al orden legítimo? ¿Habría declarado rebelde usurpador 
á Balsa? 

Cuando se verificó el comicio, no solamente estaba 
ya Balsa ^ imposibilidad física y moral de tener pro- 



V 



122 Matansas de Ydñez 

babilidades de éxito contra el régimen lega!. La barra 
en el comido fué inmensa. Cuando uno de los patri- 
cios pidid que se explicase el sentido de las palabias 
habiéndose verificado un cambio político, contenidas en 
el bando de convocatoria, el pueblo, con tono amena- 
zador, gritd: "jQue se expliquen! ¡que se expliquen!" 
Por eso una gaceta, refiriendo lo que también consta 
de los documentos, dice; 

"Afuera se hablaba del bofetón que el pueblo había 
dado á esta tentativa revolucionaria. En ese ¡listante 
triunffí ya el pueblo con su fuerza moral. Nada había 
que esperar." 

Más equitativo sería decir que nada había entonces 
que temer de la tentativa revolucionaria. £1 comicio 
de vecinos antes bien tenía mucho que temer y mucho 
que esperar del gobierno legal. 

Y ¿dónde estaban, mientras tanto, las autoridades 
legítimas? 

Rudecindo Carvajal era, cuando las matanzas, el jefe 
político en esta sociedad compuesta de soldados, de 
presupuestívoros, de plebe turbulenta y holgazana, de 
señorío sin civismo ni mayor cultura, de iridiada estií- 
f)ida y de industriales tímidamente egoístas. Las fuer- 
. zas sociales militantes eran dos: la soldadesca pretoriana 
y la plebe proselitista. Una y otra de casta indígena ó 
mestiza, y, por lo mismo, radicalmente incapaces am- 
bas de comprender y practicar los deberes republicanos. 

Las clases todas, sin exceptuar la indígena, que tam- 
bién suministraba núcleos de formación á la estructura 
política, componían en comiín el protoplasma de donde ■ 



•y. 



wEl Juicio Públicow 12 J 

se venían derivando y desprendiendo los gérmenes 
de vida, que, convenientemente fermentados y fecun- 
dados en sus intrínsecos requisitos, por condiciones 
externas que no es del caso referir, creaban malas 
fuerzas orgánicas y lanzaban, como es notorio, la arbi- 
trariedad y la violencia á producir la anaquía. 

£1 estado social tenía, pues, raíces hondas; y no ten- 
dría yo más que enumerar somexsimente los actos oñ- 
ciáles de aquel referido mandatario, para que se viese 
reflejada en su persona la naturaleza especial del hom- 
bre político boliviano, nacido fatalmente del desorden 
para el desorden, buscando siempre el equilibrio de 
sus actos en la cuerda de las exigencias de partido, 
entre dos puntos fijos que son el hoy y el mañana de 
su hogar, y todo á la luz de nociones confusísimas 
sobre responsabilidad moral en política" 

Y téngase presente que Rudecindo Carvajal no per- 
tenecía al gremio numeroso de los pervertidos. Nada 
menos que eso. Era, más que un hombre de leyes, un 
excelente ciudadano según los tiempos de su país. 

Pero léase el folleto numero 375 de mi catálogo im- 
preso, folleto donde trató él de explicar sus circuns- 
tancias y su actitud de primera autoridad durante las 
matanzas de Yáñez. Allí se verá á las claras, que su 
criterio indicador del deber, fluctuó á menudo, entre la 
complacencia al mandón y la impopularidad del mo- 
mento. 

La figura de este conspicuo y muy bien quisto per- 
sonaje de la política boliviana, es un luminosísimo tér- 
mino de comparación, para medir la talla moral de 



L 



134 Maianzat de Yáñez 

tantos otros personajes inferiores d peores, como son 
los que de ordinario se forman en las entrañas de esa 
misma política. No he recibido !a corona fúnebre del 
pnícer; pero estoy seguro que ella es un monumento 
ciclópeo, erigido por el provincialismo paceño en sitio 
muy prominente del panteón nacional. En los momen. 
tos de mayor exaltación, la prensa de los agraviados le 
guardó miramientos increíbles. 

Carvajal es, por lo mismo, un carácter digno de ser 
conocido á través del suceso que nos ocupa. Al revés 
del comiin de los políticos altoperuanos, su palabra 
suele ser ingenua y sincera dentro de sus cautelas. Es 
ella la que nos va á transparentar sus actos £1 amor 
entrañable al puesto pdblico está por ella misma dela- 
tado con pruebas heroicas. Comenzó con fuerza á dar 
de sí ese amor en el hombre, al punto mismo también 
que comenzó lo terrible á diseñarse en la situación. 

En las personas de Carvajal y de Yáñez, colocadas 
frente á frente, se ven representados el civilismo y el 
militarismo, ó sean el doctor y el pretoriano, dos ti|K>s 
genuinos y dos factores de la política boliviana. Habla 
el doctor: 

iiEn los días próximos á la salida del gobierno para 
ei Sur, se anunció en La Paz con profundo y casi uni- 
versal disgusto, que el coronel Plácido Yáñez quedaría 
altf de comandante general. Por mi parte sentí, al sa- 
berlo, viva repugnancia á continuar de jefe político. 
Sien comprenderá cualquiera la razón de mi antipatía, 
tocante al individuo que se asociaba á mi persona en 
el gobierno local. 



wEl Juicio Pubtícow I2S 

itRepresefnté de palabra al ministró de gobierno mi 
deseo de separarme del puesto, sin franquearle expli- 
caciones sobre las causales que verdaderamente me 
asistían. Igual insinuación hice ante el señor presi- 
dente. Mas me redujeron á la resignación, de una 
parte las amistosas manifestaciones de ambos persona^ 
jes, y de otra el empeño y hasta súplicas bondadosas 
de muchos caballeros de mi afecto, para que no dejara 
la jefatura. La prensa misma se opuso, como puede 
verse en El Telégrafo del mes de agosto del citado 
año 6i, á que se me admitiera la renuncia del puesto 
que ocupaba. 

nSin duda creían éstos que yo serviría, con la auto- 
ridad política, de algún contrapeso á Yáñez, cuyo ca- 
rácter arbitrario y feroz harto conocían y temían. 

iiMal de mi grado hube, pues, de conformarme con 
tni posición pública en ese momento, y cuando, en 
verdad, sentía muy distante de mi ánimo la persuasión 
de que pudiera el hombre del derecho y de anteceden- 
tes opuestos en política á los de Yáñez, hacer respetar 
las garantías de todos, y mucho menoB las de aquellos 
tan enconadamente aborrecidos por el militar despó- 
tico, á cuyas órdene3 estaba sujeta exclusivamente la 
fuerza material del distrito. 

•iPor nota ofícial del ministerio del interior se me 
previno, desde luego, en 28 de agosto, que durante la 
ausencia del gobierno, la columna municipal de la ciu- 
dad quedaba al mando inmediato del eomandante ge- 
neral. I^^ autoridad política se veía asi del todo desar- 
niíuiíi }p^<]i;inte esta suprema (lis|K>sici(5n.ii 



120 Matanzas de Yáñez 

Los preliminares eran amenazadores; pero nadie 
hubiera creído que lo tremendo había de comenzar 
tan luego al punto. Prosigue Carvajal: 

i'Muy pocos días después de haber dejado La Paz 
el presidente de la república, insinuaba Yáñez su régi- 
men de arbitrariedad, ordenando secretamente, y como 
jefe militar del departamento, la prisión, sin causa co- 
nocida, del señor Diego Povil, Se hallaba éste én la 
ciudad, y ya le precftdía la orden para que se le apre- 
sase al llegar á Corocoro, hacia donde era sabido que 
debía encaminarse. 

iilnformado yo, por un aviso particular, de esa me- 
dida clandestina y atentatoria á las garantías indivi- 
duales, que acababa de proclamar la nueva carta, 
comprendí esa total ausencia de escrúpulos, en el co- 
mandante general, para lanzarse á las violaciones de la 
ley. Y guiado prudentemente por el sentimiento de 
respeto á los derechos legítimos del ciudadano, me 
propuse evitar semejante tropelía, haciendo, prevenir, 
con reserva de Aii persona, a! señor Povil, sobre el peli- 
gro que lo amagaba en su viaje á Corocoro. 

"Él marchó, sin embargo. Pero burlando las ase- 
chanzas de la partida, que de orden de Yáñez le per- 
seguía, apareció al cabo refugiado en el Perú. Cordial- 
mente he debido complacerme de mi conducta; pues 
no hay duda que así se salvó aquel caballero de pere- 
cer entre los victimados en b horrenda catástrofe de 
octubre. 

iiExiste en la ciudad de La Paz el amigo respetable 
de qiiicn me valí para dar aviso al sei^or Povil. 



l^Y 




wEl Juicio Públicos 127 

r»De tal manera principiaron las transgresiones del 
funesto comandante general, tan justamente repugna- 
do por el pueblo, quien rara vez sé engaña en sus pre- 
sentimientos y previsiones. 

M En pos de este hecho vimos sucederse algunos días 
de tranquilidad; y no se divisaba el menor síntoma de 
perturbación en el orden publico. Bajo tal aspecto pre- 
sentaba yo el estado político del Norte en mis corres- 
pondencias particulares al jefe de la nación. 

iiLlegó finalmente el 30 de setiembre á torcer él 
curso de las cosas. 

. mEíi la noche de ese día y eri la mañana del si- 
guiente se habían hecho varias prisiones por mandato 
exclusivo de la autoridad militar. Sorprendido con tal 
ocurrencia, la que vino á participarme ^ú mi casa el 
señor Vega, intendente de policía, á las siete de la ma- 
ñana, inmediatamente me apersoné con el jefe Yáñez. 

1 1 De sus explicaciones resultaba que sé había descu- 
bierto una conspiración de cuartel, en el momento 
mismo de estallar. Me manifestó muchas pruebas 
hasta materiales sobre el caso: y creí, en efecto, como 
creyeron algunas personas, entre otras el ilustre gene- 
ral Browñ, que era evidente la tentativa de una revolu- 
ción por el partido belcista contra el gobierno, n 

Rudecindo Carvajal, vocal antes de ahora de una 
corte de justicia, consideró correctas las prisiones en 
masa, hechas por la autoridad militar en pleno régimen 
constitucional, sin previo estado de sitio ni forma jurí- 
dica ninguna. 

Al mismo tiempo que Yáñez, Carvajal informó al 



128 Matanzas de Ydñez 

gobierno de la manera siguiente, en setiembre 30. Este 
documento no lo ha publicado él; se lo publicaron á él. 

•'Por los partes, dice, que dirige con el presente ex- 
traordinario S. S. el comandante general, se impondrá 
el gobierno de haberse cortado á tiempo los planes de 
conspiración tramados por los partidarios de Belzu, para 
entronizar á su caudillo en el mando de la república 
y desquiciar el orden constitucional que actualmen- 
te rige. 

»Han sido presos los principales autores del plan de 
conspiración, así como las clases é individuos 4^ tro- 
pa en la columna municipal, con quienes contaban y 
sobre quienes tenían sus trabajos establecidos, para que 
estallara un motín de cuartel como base del movimien- 
to. La lista nominal de unos y otros individuos la 
acompaña á su comunicación el señor coronel Yáñez. 

»»La actividad, vigilancia y acierto de este funciona- 
rio, en sus medidas de precaución y seguridad, han 
salvado á esta ciudad y al país de los peligros que los 
amenazaban... if 

Y junto con esto decía también al gobierno: 

"Aun no se conocen los pormenores del plan de 
conjuración: aprehendidos sus autores y sindicados en 
él, recién se principiará con los procedimientos judicia- 
les que descubran la verdad de las cosas, n 

Tarjo aquí el recikn^ no por lo incorrecto sino por 
lo pintoresco. 

Esos días se hizo cómplice de detención arbitraría el 
fiscal del distrito Saturnino Sanc;¡nés, qtiien estaba 
o'í'iga l<\ pí)r el artículo 440 c!c \\\ It v dtl j n ccdimicn- 



r 



wEl Juicio Públicow I2g 

to criminal, á trasladarse inmediatamente á las caree* 
les, á hacer poner en libertad á los detenidos 

Carvajal indicó al gobierno, que, puesto que los ciu- 
dadanos aprehendidos habían conspirado sobre la ba- 
se de un motín de cuartel, su juzgapciiento debía ser 
por un consejo de guerra, como lo previene para esos 
motines el código de enjuiciamiento militar. Sus pa- 
labras al respecto no son menos dignas de citarse que 
las anteriores: 

»»A lin de proceder con acierto en materia tan deli- 
cada) y que los conspiradores no se acojan a las formas 
de la constitución que no han sabido respetar, dirijo 
á V. G. la presente consulta.»! 

Magnífico encontró el gobierno, si bien un poco 
basto ó grueso el procedimiento aconsejado por su je- 
fe político de La Paz. Encontró áspero aquello de arro- 
jar á puntapiés á los presos políticos que corriesen á 
asilarse en la constitución. A fin de perfilar y bruñir 
un tanto el procedimiento, dispuso y declaró el estado 
de sitio. • 

¿Cosa más eficaz y sencilla? De esa manera queda- 
ban suspendidas en La Paz las garantías constitucio- 
nales. Podía entonces un comandante de armas apre- 
hender, por sí y ante sí, á un medio centenar de 
ciudadanos alegando que estaban en sus casas y en los 
cuarteles conspirando, según se vería muy bien des- 
pués que se supiese la verdad. Podíase, además, proce- 
der militarmente contra estos delincuentes civiles y po- 
líticos del fuero común. Y todo esto, que no podía 

9 



I 



2 JO Matanzas de Yáñíz 

liacerse ayer y se hizo ayer, fué licito eiiti 
hoy se declara que desde hoy en adela 
poder hacerse. 

Según él nos lo asegura, aquí habían si 
de Carvajal. Refiere que su colega Yáftez 
pronto y harto. 

¿No había éste intentado, al siguiente 
siones, hacer juzgar á los detenidos poi 
verbal de guerra? ¿No había intentado ej* 
do cuenta con lo obrado? Pues, precisamei 
ner BU terrible brazo, el jefe político invi 
diente de los consejos ordinarios de guei 
consulta al gobierno. Ello á sabiendas de 
éste desechado tamaño arbitrio, Pero, á 
ponía traba por algunos días á la viole 
hombre, y se ganaba tiempo para ver de 
negocio formas más regulares. Tal es la si 
que declara Carvajal. 

Ahora el gobierno salía adoptando dí 
los consejos de guerra, 

¿Era para complacer á Yáñez, para qu 
diese á matar harto y pronto á punta 
marciales? La historia tendría sobrados 
sospecharlo respecto del gobierno. 

Adoptados los consejos ordinarios de 
hacer? 

Dos cosas se le ocurrieron en esta tribi 
vajal, y dos cosas logró hacer con maestr 
mente altoperuana: detuvo otra vez el br 



Juicio Publican l^I 

ueva consulta al gobierno, y deja 

i de que había á la sazón renun- 
e político. 

porque, de los documentos que 
mente el furor de Váñez, y tam- 
y epístola de renuncia le sirvie- 
larco de sangre del 23 de octubre. 
:aduras al día siguiente. Nítido 
do empuñar, acto continuo de la 
la cartera de Hacienda en el go- 
jngularlsimo. 
>ii estas dos: 

orno autores de un plan de cons- 
rden piSblico, ¿podrán pedir el 

que les acuerda la constitucitín 
> de la república, suspendiéndose 
miento militar que se sigue? To- 
1 en adelante complicados segiín 

(¡serán arrestados y sometidos á 

bien, conforme al estado de si- 
:ura á mandar trasladarlos de un 
idblica.si es que no preñriesen sa- 

sabiduría del gobierno. No po- 
lación so pretexto de no querer 
midad jurídica. La constitución 

cautelosa contra la arbitrariedad 
ego, decía, que se restablezca el 
hogares las personas trasladadas. 



1 



rst Matansas de Ydñtt 

y serán sometidas á juicio coníbmie al aitfculb 5.41 

Este artículo declaraba atentatorio todo procedi- 
miento que no fuera el del fuero común. 

DespuéE de haber pedido venik para cumplir ó no 
con la constitución, Carvajal concluye refiriéndose á 
loE presos futuros con estas ingenuas palabras, terribles 
de puro ingenuas: 

I' Porque no cabe duda, que si todos han de ser so- 
pietidos á juicio, conio los que actualmente se hallan 
presos, es ineficaz la tnedída de sitio que se ha toma- 
do con respecto á esta ciudad, medida que supone el 
estado de conHagrpciiin d conmoción del departamento 
li provincia que gon declarados en estado de sitio. 
Felizmente, esta ciudad y ti distrito de Pacajes é In- 
gavi se conservfin en paz y tranquilidad; porque no 
existe una conmoción abierta y declarada, aunque hu- 
biese tenido lugar un conato de rebelídn.'i 

Hasta excesiva es ja palabra conato de rebelwn: des- 
cubrimiento de un pl^n de conspiración sería lo exacto. 
Nada hubo extemo, segün Váñez y Carvajal cuando 
I dieron aviso al gobierno. La sociedad no ñié alarmadk 
sino con la^ prisiones en masa. 

Vuelvo á repetir: hay sobrados indicios para que la 
historia pueda sospechar que el gobierno quería dejar 
hacer ^1 feroz Yáñez en La Paz por medio de los con- 
sejos de guerra. 

Pobre Cai'vajal. También consultó sobre otro punto: 

•I Últimamente deseo saber: si la circunspección, 
encargada en la nota á que contesto, se ha hechotam- 
bién extensiva al comandante general del departa- 



wÉi Juicio Püblkow 73^ 

mentó; y 9i «stft aüioíidad, en las medidas que acor- 
dare y ejecutare, lo hará por si sola ó de acuerdo con 
la jefaHira. 

"Tanto más urgente -es este esclarecimiento que 
solicito, chanto que el señor comandante genera!, en 
sus actos y comunicaciones oficiales, se titula jefe su- 
perior del Norte^ sin que hasta la fecha conozca yo de 
un B}odo oficial las condiciones civiles ó militares de 
esa superioridad, tf 

Fué en -esta misma iecha (octubre 12) cuando elevó 
la renuncia de que se ha hablado» Este paso era para 
un hombre de leyes inaplacable. Era muy de sospe- 
charlo: Yá^ez estaba adredé para proceder por las vías 
'de hecho encima del régimen constitucional. 

Oigamos cómo explica el mismo Carvajal estos pro- 
-cedimientos suyos; oigámosle sin interrupirlc}, que su 
modo de decir es siempre, allá en el fondo, el del hom- 
bre bueno: 

«' ¿Qué pude, que debí hacer, mayormente cuando 
se ponían á mi vista pruebas, y en mis manos de auto- 
dad, por algunos del mismo partido y que hoy figu- 
ran en «empleos püblicos, cartas de Arequipa, Puno y 
Tacna, todas en igual sentido, denunciando una próxi- 
ma tenftativa de rebelión? 

" Nada lógico es juzgar de acontecimientos extraor- 
dinarios, en los momentos en que se efectúan, con la 
mistna serenidad y acierto qué cuando ya han pasado, 
y sé tiene un conocimiento casi indudable de los ante- 
cedentes que los han motivado. Ahora que la socie- 
dad ha podido columbrar los motivos misteriosos para 



1^4 Matanzas de Yáñez 

sucesos tan funestos, se discurre, se examina y se pío- 
nunciael fallo con una calma estoica contrato que 
se hizo, y se señalan los remedios que pudieron haber- 
se empleada para evitar el mal. 

riCon tales antecedentes y en cumplimiento de mis 
obligaciones públicas, al paso de dar parte al supremo 
gobierno, dirigí una circular á las demás jefaturas po- 
líticas, comunicando el descubrimiento en La P^ de 
un conato de anarquía. 

irEn esos momentos me participó el comandante 
general su designio, ya deliberado, de someter á los 
detenidos á un consejo verbal de guerra que los juzgase 
sobre la marcha, juntamente que á quince á más solda- 
dos de la columna, á quienes tenía en prisión rigurosa 
y mortificante. 

"Me alarmó sobre manera semejante proyecto, cuya 
concepción entrañaba indudablemente intenciones si- 
niestras; y de sübito se me ocurrió proponer la idea de 
un juicio en consejo ordinario de guerra, conforme al 
código militar vigente. Mas le hice ver la necesidad de 
consultar previamente con el gobierno. 

iiExasperado se resistía Yáñez á desechar su primer 
pensamiento. Al cabo de una dilatada conferencia lo 
reduje á mi parecer, logrando mi propósito de ganar 
tiempo á tin de favorecer á los arrestados políticos. Me 
lisonjeaba la esperanza, y aun la positiva presunción, 
de que, interviniendo el gobierno, se desechase el juz- 
gamiento indicado, y que aquél impusiese por lo mismo, 
al comandante general, bajo de responsabilidad, un 
procedimiento más legítimo y ajeno de vaguedades 



r 



\\ El Juicio Público \y IJS 

respecto de su sana interpretación, para la garantía y 
defensa de los sindicados en la tentativa de convulsión 
interior. 

fiAlcanzado mi objeto de contener por aquel medio 
la violencia á que se disponía Yáñez, nos dirigimos por 
separado al supremo gobierno. 

"Seguidamente comuniqué, en mi oficina, al señor 
tesorero don Manuel Camilo Crespo, allí presente, el 
arbitrio mío para resguardar, á los acusados, de los 
arranques arbitrarios del funcionario que ya se titulaba 
jefe superior del Norte. Igual confidencia, en desahogo 
de mis congojas del momento, deposité en mi amigo 
el señor Bustamante, llegado de Oruro á la sazón, de 
paso para el Perú en comisión oficial. También impuse 
de aquel arbitrio oportuno al señor fiscal del distrito 
doctor Saturnino Sanginés. 

iiEste digno magistrado, con el celo que lo distin- 
gue, se apersonó en la jefatura para informarse, de si 
era efectivo que hubiese estallado una conspiración de 
cuartel, y si había delito evidente para el arresto de 
tantos ciudadanos; pues que, como custodio de la ley, 
no debía él permitir las infracciones en que podía haber 
incurrido la autoridad militar. 

nSegún llevo dicho, yo le expuse, que, en la conve- 
niencia forzosa y momentánea de frustrar el perverso 
designio concebido por Yáñez, de proceder al juicio de 
los presos en consejo verbal de guerra y dar cuenta 
con lo obrado, le había sugerido, para evitar males 
irreparables, la idea del juicio militar ordinario, con- 
sultándolo antes con el gobierno. 



1^6 Matanzas de Yéñez 

•iFara no dar campo á las desconñanzas del-coBoan- 
dante general sotKe la verdad de la consulta por mi 
parte, le llevé m¡ nota relativa que se cerró y selló en 
su presencia. De tales precauciones era preciso valer- 
se, para contener sus ímpetus á un déspota semejante, 
y no dejar resquicio á su genio suspicaz. 

'iFor ese mismo espíritu, reconocido en su carácter, 
era dable suponerle muy capaz, en aquellas circunstan- 
cias, de violar tenebrosamente mis comunicaciones al 
gobierno. Y ¿de qué género de intrigas hubiera sido 
incapaz quien, con sus posteriores atentados, ha escan- 
dalizado al mundo? 

itFor aquella razón hube de limitarme, en dichas 
comunicaciones, despachadas por un correo extraordi- 
nario, á expresar lo muy preciso, consonando en lo 
posible con algunos conceptos de Yáñet y ain descubrir 
todavía mis propias apreciaciones sobre ks miras si- 
niestras que á éste le suponía, ni mi estado de inquie- 
tud en orden al proyecto de juzgamiento que le había 
contrariado. 

iiA poco de esto, el citado señor fiscal instó, me- 
diante mi cooperación, porque se entregase á los dete- 
nidos á disposición de los jueces del fuero comdn. 
Yáñez, en tono soberbio repuso que él sólo era respon- 
sable de la conservación del orden publico, teniendo 
para ello facultades que á todos excluían del derecho 
de contrariar sus determinaciones, bien fuesen muy ile- 
gítimos los pretextos. 

irAun más sucedió, en este sentido, con el señor lis- 
cal doctor Sanginés, como se verá al fin de estas páginas 



..J 



^^El Juicio PMicow /J7 

(Dúcumenias números 2^ 3 y 4)^ sobre lo cual excuso 
comentar. 

iiYáñez, cuya calidad de jefe superior del Norte no 
conocía yo oficialmente, roe dirigió en 1 2 de octubre 
una nota-orden, para que la tesorería publica suspen- 
diese el pago de pensiones á muchos individuos por él 
carneados de belcístas. A ün de guardar toda la pru- 
dencia posible en mi conducta, al atravesar por tan 
azarosa situación^ y no obstante de serme extraña su 
competencia para dictar semejante medida, trascribí la 
orden al señor tesorero, y en la misma fecha elevé el 
original al conocimiento del suj^remo gobierno por el 
órgano respectivo. (Documento número j,) 

trOmito hablar de varias otras medidas posteriores, 
relativas á destitución de empleados subalternos, como 
sindicados de belcistas; medidas que igualmente puse 
en coBoctmioito del gobierno, -con fecha 19 del citado 
octubre. 

"Por todo lo referido se viene en conocimiento del 
grado de omnipotencia que Yáñez se arrogaba; y sólo 
podía poner coto á tamaños desafueros la suprema au- 
toridad, dercuyas benéficas disposiciones se esperaba 
el remedio á tan ciitica situación. 

iiHabÚLÜ^ado, finalmente, el correo tcayendo, no 
lo qne se aguardaba, sino providencias que debían em- 
peorar el estado de las cosas y, por el abuso, dar en- 
sanche á la audacia del comandante general y jefe 
superior del Norte, para átropellarlo todo como fatal- 
mente sucedió. £1 gobierno, en acuerdo de gabinete, 
resolvió el juzgamiento en consejo de guerra ordinario, 



L 



,■* 



1^8 Maia?iza$ de Yd/lez 

de los detenidos belcistás, declarando al mismo tiempo 
los distritos de La Paz é Ingavi en estado de sitio. 

I? El decreto de sitio apuró él malestar. Vacilé, por 
mi parte, en cumplirlo dentro de mi jurisdicción, apo- 
yándome en el precepto del gobierno, de que tan lue- 
go como hubiese desaparecido la circunstancia de 
conmoción, se le avisase para mandar cesar el estado 
de sitio. La conmoción de hecho no existía: se trataba 
únicamente de comprobar y juzgar el intento de ella 
que se había descubierto. Yáñez, empero, á quien re- 
presenté el caso, se negó con incontrastable tenacidad 
á mi propósito. Sólo me quedó el recurso, á la vez que 
de publicar el decreto, de hacer ante el supremo go- 
bierno las observaciones contenidas en mi oficio de 12 
de octubre. {Documento número 6,) 

«I En la misma ocasión, á causa de mi angustiada si- 
tuación para continuar una lucha moral con mil arbi- 
trios sostenida contra las demasías de Yáñez; y viendo 
ya que sin el inmediato apoyo del gobierno, impotentes 
serían todos mis esfuerzos para rectificar el giro legal 
de las cosas, tan fanáticamente torcido, elevé mi re- 
nuncia en forma. {Documento número 7.)?! 

Gran silencio guardó el gobierno tocante á la supe- 
rioridad septentrional que Yáñez se arrogaba. En 
cuanto á la renuncia, contestó en octubre 20 que él, 
Carvajal, era un buen ciudadano, un probo magistrado, 
uno de esos hombres necesarios etc.; que se quedase 
no más en la jefatura y que á la patria hiciese ese nue- 
vo sacrifici9, muy requerido en los momentos por la 
opinión y por el gobierno, etc. 



r 



\y El Juicio Pttbiicow i^g 

Y Carvajal se quedó. Dejó el puesto en noviembre 
para subir al ministerio. 

Evidentemente, Carvajal tenía miedo á Yáñez, y 
Carvajal llevaba á cuestas antecedentes de belcista, si 
bien es cierto que tiempo hacía que, por andar fuera 
de las ñlas, no respondía á la lista del partido. Por 
esto, y porque temía la tacha de desleal al gobierno, 
molestábale mucho la idea de aparecer como encubri- 
dor indulgente de las faltas del belcismo, ya que el 
concepto público- no cesaba de colocar del lado de este 
bando las secretas simpatías de Carvajal. Otra razón 
más era ésta para haberse retirado desde un principio. 

iijAi! de mí, se decía, si con entereza contrarío las 
arbitrariedades y violencias de Yáñez. Capaz es esté 
furioso de pensar que estoy patrocinando á mis anti- 
guos amigos, y todavía hasta es capaz de sentarme te- 
rriblemente la mano, imputándome complicidad en el 
plan revolucionario de que les acusa, n 

Esto explica por qué este empleomaniaco doctor, 
muy lejos de reprobar el atentado de las prisiones en 
masa, se sintió fácilmente llevado, no sólo á tolerarlas, 
sino también á cohenestarlas oficialmente. 

El acento candoroso de su estilo irritó á los ami- 
gos de Achá. Hoy por hoy, no recaiga tanta severidad 
sobre el individuo como sobre su medio ambiente 
social. Á mi juicio, su sano corazón era exclusivamente 
suyo propio; su ofuscamiento moral, que, así comió lo 
estamos viendo, se amañaba á la iniquidad por retener 
un puesto público, obra era, ante todo, de los tiempos 
en aquella tierra.. 



i40 Matanzas de Yámz 

Entcftba yo al despacho del. presidente Tomás Frías 
en el palacio de Oruro, el aao 1875, en el montieato 
que salía un hombre gmnde, rostro encendido, edad 
cercana á los sesenta. El presidente me dijo: — "^Le 
conoce?" Y cuando advirtió la sorpresa de n^i curio- 
sidad 'ál saber que aquel que había salido era Car- 
vajal, agregó: — "Acaba de. prestarme su juran»ento 
de'mmistro de Hacienda. Es oíidnista laborioso y en- 
tendido en nuestros arreglos rentísticos, corazón sose- 
gado y espíritu recto. Un excelente padre de la Buena 
jMuerte, para ayudar en su agonía á este mi gobierno, 
ya próximo á cesar." 

Espíritu recto, perfectamente; pero me parace que 
:1a rectitud implica cieírta entereza de carácter. 

Por lo demás, ni una palabra entonces ni poco des- 
pués sobre el antecedente de las matanzas. La opiniÓD 
de Tomás Frías, con todo, tiene para mí mucha fuer- 
za. Espero que este su total olvido del 23 de octubre 
.sea, para el lector, otro rasgo pintoresco del país. 

Carvajal, como ya se sabe, suscribió al día siguiente, 
bajo el dictado de Yáñez, la célebre circular á los jefes 
políticos de la república, documento en que se coho- 
nesta lo sucedido la noche del 23 de octubre. 

Ruperto Fernández asegura que así también se lo 
escribió á él en carta particular. Carvajal le decía: "La 
xiudad se ha salvado de una catástrofe mediante la 
actividad y energía del comandante general." 

Yáñez dijo en su parte al gobierno sobre -el aj de 
pctubre: 

•«En el fragor del fuego de los amotinadas y los sos- 



r 



wEt Juicio Páhltcow 141 

tenedí>res de la ley, se presentd S. S. el jefe político, 
doctor Rudecindo Carvajal, que por esta circunstancia 
no pudo reunirse á palacio, acreditando su celo é in- 
terés por el orden público.'» 

Lejos de desmentir este grosero embuste, Carvajal 
sopo corresponder á la fineza recomendaticia con 
análoga fineza en su célebre circular. Mentira por 
mentira. 

Él se ha quejado por cuanto un periódico de Co- 
chabamba calificó de mañoso aquel parte. Fué tímida 
7 mañosamente inicuo. 

Llegó á la plaza en el día, atravesando los grupos 
de pueblo mudo y aterrado. Se despachaba en el pa- 
lacio un correo extraordinario. Era ineludible oficiar 
sobre lo ocurrido al gobierno. Á Carvajal no le cons- 
taba la reniega por amotinamiento popular. Exigió que 
se le diese «n parte oficial del suceso; Fué ese parte 
con la añadidura- de algunos elogios á Yáñez, lo que ^ 
en copia legalizada trasmitió al gobierno, y lo que, 
para usar de otra condescendencia, trasmitió en su 
circular oficiosa á los jefes políticos de la república. 

"Así procuré, dice ingenuamente, poner á cubierto 
mr responsabilidad sobre la inexactitud que pudiera 
haber en los hechos relatados. •» 

El parte que le pasaron, en su brevedad, era á pedir 
de boca. Decía: 

'•Á eso de las doce y cuarto de anoche, han sido 
atacados á fuerza de fuego todos los puntos de guardia 
de esta población, por una facción de hombres que iti*> 
vocaban el nombre del exgeneral don Jorge Córdoba, 



L 






142 Matanzas de Yáñez 

habiendo muerto y resultado heridos varios individuos 
de tropa y particulares en el combate ^^ 

Suscribe este parte como intendente de policía 
Máximo de la Vega. Pero éste no había presenciado 
muertes en combate sino asesinatos. Á las cuatro de 
Ja mañana, según afirma Carvajal, "vino Vega á parti- 
ciparme lo ocurrido, lleno de terror y espanto y con 
las lágrimas en los ojos por las victimaciones que ha- 
bía presenciado.»» 

¡Qué lágrimas las de Vega! 

Carvajal cuenta sus angustias con colores que están 
sacados de la notoriedad de los hechos, y que nos pin- 
tan el aire ambiente donde á sus anchas respiraban los 
instintos del insigne malhechor publico. Dice: 

1 1 En esos momentos no contaba con recurso alguno 
que me sirviese de apoyo. Me hallaba aislado y luchan- 
do, en mi impotencia, contra la exaltación de un fu- 
rioso que respiraba sangre y venganza. 

«I El comandante general aseguraba que había sofo- 
cado una conmoción popular combinada con un motín 
de cuartel, y no existía un solo individuo, de los pocos 
que permanecían en la plaza, que asegurase lo con- 
trario. Los jefes y oficiales que presenciaron las esce- 
nas de esa noche, estaban subordinados á la autoridad 
militar de Yáñez y dependían inmediatamente de él. 
Ninguno se habría prestado á dar una declaración que , 
contradijese los asertos de su jefe, y menos hubiese 
obedecido á mi llamamiento, hecho con el fin de le- 
vantar una sumaria información para esclarecer la ver- 
dad de todo lo ocurrido en esa funesta noche. 



r 



^^ El Juicio Públicow 14J 

«•Cada uno tenía fija la vista en el carácter feroz y 
exaltado de Yáñez. Nadie quería pasar por el trance 
de agonía á que fué sometido el capitán don -Benigno 
Guzmán. Este joven oficial, hoy comandante de ejér- 
cito y mayor de plaza de la capital, entró en La Paz 
con el batallón Cortés (el batallón Segundo comandado 
por Cortés), á que pertenecía. Sorprendido con las 
ejecuciones que habían tenido lugar, tuvo la impru- 
dencia de lamentarlas en un estrecho círculo de ami- 
gos. Yáñez, á quien no le faltaban espías, supo la ocu- 
rrencia y mandó llamar al capitán. Inmediatamente 
que éste se presentó, dio la orden para que fuese fusi- 
lado en el salón mismo de la casa de gobierno. Los 
rifleros, que servían de retén y escolta al comandante 
general, tenían ya preparadas sus armas, y, en el mo- 
mento de descargarlas ¡un milagro salvó á Guzmán!ii 

Este milagro fué la intervención tan casual como 
afortunada de Benavente. Éste entraba ese momento 
é hizo recuerdo á Yáñez, que el oficial Guzmán era 
deudo inmediato del presidente Achá. 

"Habría deseado que otro más enérgico y menos /«- 
silánime que yo hubiese ocupado en esos días aciagos 
la jefatura política de La Paz. Quizá uno de tantos 
valientes que después ha criticado mi conducta habría 
hecho un ejemplar castigo con Yáñez, mandándolo fu- 
silar sobre el montón mismo de sus víctimas, n 

Después de consumados ó conocidos tamaños exce- 
sos y tamañas flaquezas, compréndanse ahora los esta- 
llidos de la prensa independiente. 

Pero, antes de recoger estos clamores de la huma- 



J44 Matanzas de Ydñez 

nidad indignada, citará un caso pintoresco, para cerrar 
este punto sobre los irreparables agravios, que los ma- 
gistrado» de La Paz infirieron á la constitudón y á las 
leyes, en laa personas de los detenidos y saerificados en 
octubre. 

IDespués de ocho días que los ciudadanos estaban 
sumidos' en los cárceles bajo tribunales de sangre y con 
alarma de la sociedad entera, Saturnino Sanginés, el 
ñscal, á petieióo de parte y no de oficio, dirigid timidí- 
simamente una nota indagatoria al comandante gene- 
ral, no tampoco sobre las prisiones en masa, sino tan 
síSIo sobre la del hijo de la persona ocurrente y acerca 
de la autoridad que estuviese juzgándole. Los demás- 
detenidos no le merecieron atención. 

No sé 3Í Yáñez toniá por lo serio este reclamo del 
custodio de las garantíasi individuales, sustentáculo de 
las personas y propiedades, portaestandarte á abande- 
rado de la conciencia públícaj atalaya avanzado de la 
sociedad, etc., con que los retumbantes documentos 
oficiales de Solivia solían denominar á estos señores 
fiscales. No sé si entendió que lo que este Sanginés 
quería, era recabar ó apañar para sí un documentito 
de ulterior resguardo, á fin de estarse á su sombra más 
quedo que nunca en su casa. 

Había por ahí en la ley del procedimiento criminal 
una prescripción primordialísima, pero algo riesgosa 
de cumplir en la ocasión, y_que Sanginés se había cui- 
dado muy bien de no cumplir, siquiera sea humilde- 
mente, ante Yáñez; y dice así á los fiscales tpcante á- 
prísiones arbitrarias: 



1. 



^^ El Juicio Público w I4S 

í»En caso de alegarse causa legal para la detención, 
harán conducir al detenido inmediatamente ante su 
juez respectivo.» 

No había remedio: era ineludible encararse á la fiera 
y decir á presencia suya á los detenidos: — «« A la calle 
todos.'» Ó bien, si bien se quiere y para más conceder: 
— iiÉstos al fuero comiín, aquéllos al militar ordinario, 
y yo estaré allá para ver todo eso.» Yáñez de seguró 
no obedecía. Perfectamente. Pero á costa sólo de uil 
acto de entereza Sanginés quedaba indemne con 
honor. 

Bien sabía el coronel Yáñez que no ha sido raro en 
la milicia el acudir derecho á un puesto de muerte y 
perecer allí á sabiendas por honor y por deber. No mé 
parece que el presente fuese en el foro un caso seme- 
jante. Mas, quizá aquel acto reposado de celo intrépi- 
do y generoso, hubiera provocado una crisis oportuna 
en el furor de Yáñez, cayendo esta rectitud sobre ese 
furor, ó conjo centella ó como baño de antipiriña. 

Carvajal y Sanginés cambiaron después cartas de 
purificación sobre su conducta, cargando en la romana 
todo el peso á la furia de Yáñez. Hay que creer sobre 
su palabra á estos dos togados, que se hacen profun- 
das genuflexiones para darse mutuo testimonio de su 
respectiva ñdelidad con la ley. Es esto lo vínico diver- 
tido que encuentro entre los escombros de aquella tra- 
gedia sangrienta. 

Entretanto, dada esa furia salvaje, me parece que 
si hubo alguien en La Paz que estaba expresamente 
remunerado para — y obligado á — morir antes que un» 

19 



I 



TY"! 



146 Matanzas de Yáñez 

cualquiera de las cincuenta víctimas del 23 de octubre, 
ese era sin duda Saturnino Sanginés. 

De los términos que usó Yáñez al dar respuesta á 
la tímida, tardía y forzada pregunta del fiscal, se dedu- 
ce que el primero no tomó al segundo por lo serio, 
pensando quizá que se las había meramente con uno 
cualquiera del vulgo, ó sea con un curial trémulo y en- 
corvado. No temió equivocarse y le echó socarrona- 
mente este bufido: 

"Mientras tanto, el silencio se debe imponer y no 
admitir recursos de esta naturaleza, los que se propo- 
ne esta comandancia general no escuchar, como cua- 
lesquiera otros que se le puedan dirigir por las autori- 
dades, que por condescendencia con los conspiradores^ 
parece que toman una parte interesada en lo que de- 
bían reprobar, pidiendo más bien que recaiga el con- 
digno castigo. 1 1 

Chitón con esto ó como el vulgo dice; i» Muerto el 
perro. II ■ 



CAPÍTULO VI 



"EL JUICIO PUBLICO" 

leei 

{Continuación) 

Invectivas contra el egoísmo paceño. — Hojas impresas apelan á 
la ira popular. — Noble actitud indignada de la prensa peruana. 
— Temple vehementísimo de la prensa tacneña. — La América 
y El Comercio, — Excitaciones marciales. — Deprecaciones. — 
Lo furibundo y lo gemebundo. — La tecla biográñjdii. — Ecos in* 
teridfes por un escarmiento. — El Pueblo y otras publicaciones. 
— Increpaciones. — El santo obispo con su clero. — Alarmas. — 
Un rayo de esperanza. — Yánez amenazador. — Un capitán de 
guardia. — Consejo del obispo. — Las suplicantes tocando á las 
puertas de Balsa. — Libertad de los detenidos. — Rugidos del 
coraje popular. — Un curioso tipito boliviano: el vividor donr. es- 
tico. 



Un impreso boliviano de Tacna, fechado en noviem- 
bre 5, decía entre otras cosas, bajo la impresión cau- 
da en dicha ciudad por las matanzas: 



14^ Matanzas áe Váñez 

II... Hay una consíderac¡i5n, lo decimos con profunda ' 
tristeza, que lleva la muerte hasta el fondo mismo 
alma: no podemos comprender cómo es que cuando I 
se juega tan atrozmente con la vida humana..., no se I 
levanta la ciudad en masa para esterminar el mal!,.. 
¿Qué es del patriotismo nacional, qué de esos esforza- . 
dos ciudadanos de otros tiempos? ¿Cuál es el hombre, | 
cuál es el monstruo, que arrebatado de santa indigna- i 
ción no se subleva, como la tempestad, contra los ac- ; 
tos antisociales, contra las crueldades de marca mayor, I 
contra los crímenes de imponderable gravedad, contra I 
las maldades sin término de comparación, contra el I 
asesinato, en fin, de los ancianos, de los enfermos, de I 
los ministros del altar?... ¡Qué pueblos, qué hombres, I 
qué tiemposlii 

Días antes, otra hoja, también impresa en Tacna \ 
[noviembre \.°\ invocaba con más fe y confianza al I 
pobre pueblo, de cuyos rangos habían sido inmolados I 
10 menos de treinta individuos. Mostrando más segu- F 
ra la venganza, fiándola á estas toscas manos, qui 
saben escamotear nada ni prestidigitar en política, 
:fa á Yáñez: 

'iSicario: ¿por qué habéis enlutado vuestra patria? 
soldado soez: ¿por qué habéis manchado tan negra-. 
Tiente la historia de BoHvia?... líien pronto caerá s 
>re vuestra cabeza la venganza del pueblo, que es 
ie Dios.it 

La misma prensa boliviana de Tacna decía en otra 
30ja suelta, con relación á la gallarda avilantez o 



w El Juicio Püblicow I4g 

que Yáñez se mostraba en La Paz, merced á las tole- 
rancias del egoísmo y del miedo: 

II Desgraciado el país donde un inmundo esbirro, 
hez del pueblo, hijo de la canalla, puede impunemente 
disponer de vidas y haciendas... Los pueblos que no 
saben defender su libertad merecen besar sus ca- 
denas, m 

Otra hoja impresa el 14 de noviembre, en Tacna, y 
que, como las anteriores, tuvo vasta circulación en Bo- 
livia, vista la radical impotencia de los bolivianos re- 
sortes sociales, pedía la intervención de los gobiernos 
de América para devolver la salud viable á tan dilace- 
rada república. Decía entre otras cosas: 

r I Insultada la moral en el santuario mismo de las 
leyes, rasgado el código fundamental por el soldado 
que ayer juró custodiarlo, escarnecida la religión con 
el ultraje de sus ministros, y reducidas á la orfandad 
en un momento de calor tantas familias ilustres, son 
precedentes muy notables para añrmar que en Bolivia 
la barbarie ha levantado su trono sobre las ruinas la 
civilización. Deber de los pueblos y gobiernos ameri- 
canos es, pues, emplear los medios de. combatir esa 
barbarie y restablecer la civilización vecina, si se quiere 
conservar la propia, n 

La prensa genuinamente peruana, ligada entonces 
por muchos vínculos con la política boliviana, estuvo 
casi unánime en reprobar el 23 de octubre y en pedir 
el pronto castigo de los culpados. 

En este sentido, escribieron los redactores de El 
Comercio y áe El Independiente^ de Lima, y los de El 



^ 



i$o Matanzas de Yáñez 

Porvenir y át La América^ de Tacna. Estas gacetas 
circulaban ampliamente en Bolivia. 

El número 7,115 át El Comercio decía: 

fiY si todo no ha sido mas que un motín fígurado, 
con premeditación de matar, como lo aseguran con- 
textes todas las comunicaciones de Bolivia, Yáñez no 
sólo es caliñcable de asesino, sino también de cobarde 
y villano asesino. n 

El número 7,109 decía: 

M Pasajeros venidos de Arequipa nos aseguran que á 
•ultima hora se había recibido allí la noticia de la/uga 
del degollador Yáñez. Quiera el cielo que eso sea 
exacto. Si el mal causado por el asesino no tiene re- 
medio, así se salvaría á lo menos el honor de esta Amé- 
rica, probándose con la fuga de Yáñez, que el gobierno 
de Bolivia estaba dispuesto á castigarlo con la severi- 
dad á que se ha hecho acreedor, n 

Al publicar el parte de Yáñez al gobierno. El Mer- 
curio de Iquique^ decía en su número 18, entre otras 
cosas: 

iiEn momentos que acababa de saciar su sed de 
sangre en la aristocracia de la desgraciada Bolivia, 
aquel tirano americano detalla á grandes rasgos su me- 
morable carnicería, carnicería que ni el polvo de los 
años borrará en Bolivia, n 

Al leer dicho parte, los redactores de El Indepen- 
diente^ de Lima^ que atónitos se ocuparon al principio 
en analizar las noticias breves y concisas de los prime- 
ros correos, estallaron reprobando á Yáñez sin más 
trámite en el número 227. Dijeron: 



^^ El Juicio Públtcow iji 

iiEscribimos estas líneas dominados todavía por la 
profunda impresión de temor y de espanto, que ha 
producido en nuestro ánimo la lectura de las comuni- 
caciones venidas por el vapor del Sud. El crimen que 
el comandante militar Yáñez acaba de cometer, es un 
atentado capaz no sólo de desacreditar á Bolivia, sino 
á todo un continente. Por fortuna, el Perií ha contes- 
tado, por su parte, con un grito unánime de reproba- 
ción, n 

Según un escrito de la época, las ofícínas departa- 
mentales, las cancillerías consulares, los escritorios 
mercantiles, las imprentas más conocidas, recibían en 
La Paz estos papeles de formidable censura, papeles 
con cuya remisión los editores peruanos se apresuraban 
á significar su simpatía á la ciudad y á las familias do- 
lientes. El Comercio tenía, además, suscritores en La 
Paz, en Sucre y probablemente también en Cocha- 
bamba. 

Cartas directas de La Paz y Arequipa, y los infor- 
mes de un corresponsal suyo en el Desaguadero, deter- 
minaron el juicio de El Comercio desde la primera 
hora. En su número 7,105 encabezaba así sus comu- 
nicaciones recibidas: 

»La Paz ha sido teatro de una matanza tan odiosa, 
que es imposible que haya un solo americano que oiga 
narrar, sin sentir rubor, los episodios de ella. Como 
hijos de este continente y como hombres, no podemos 
menos que protestar contra asesinos que infaman á los 
pueblos sudamericanos. Baldón eterno sobre los ase- 
sinos de San Juan y de La Paz. La maldición del cielo 



IS2 Mt/anz'as ái Yáñcs 

y de los hombres persiga por todas partes sus pasos.» 

Días después, al recibir el número 459 de £1 Teté- 
grafo, correspondiente al 27 de octubre, exclamó aquel 
diario en su ya citado número 7,ir5: 

"Coronel Yáñez: atentados de esta naturaleza nunca 
lograron cubrirse con una tira de papel, ni se borran 
con cuentos tristemente forjados por et estoicismo de 
algún escritor sanguinolento. En las tumbas heladas 
donde yacen aquellas víctimas, sacrificadas á un mortal 
odio de partido, reciban de la justicia un soplo de 
valor para deciros enérgicamente: que lo que habéis 
mandado compaginar en El Telégrafo es mentira. I^s 
sombras que os rodean os dicen: ¡mentira! Vuestra 
conciencia criminal desde el fondo os grita; ¡mentira!" 

Son notables estas impresiones de la prensa extraña 
que, vecina á los sucesos, observaba las cosas de Bo- 
íl via. 

La prensa de Tacna figura en otra categoría. Indu- 
dablemente se puso por simpatía al servicio de los 
agraviados y del resentimiento público en Bolivia. Qui- 
zá en alguna parte su redacción fué inspirada ó Influida 
por la emigración residente en la ciudad. I.^ prensa 
tacneña circulaba profusamente en Bolivia. Tenía su 
parte en la polémica de los partidos interiores. Siem- 
pre ha sucedido que, cuando el periodismo indepen- 
diente es medroso a yace amordazado en Bohvij, la 
prensa de Tacna, ó cuando menos su imprenta, ha 
servido de tribuna á la oposición boliviana. 

Encaminado á lastiniar saludablemente en lo vivo 
el sentimiento nacional, es un articulo de La América 



\\ El Juicio Füblicow i§j 

de aquella ciudad. Entre varias especies conducentes 
á presentar ante el pueblo boliviano un sombrío retrato 
de sus conductores, contiene lo que sigue: 

uTan extraordinarios sucesos, horribles en el fondo, 
atroces en la forma, que propagan por todas partes la 
alarma y el peligro, anunciando en el continente ame- 
ricano la peor de las reacciones, la reacción de la bar- 
barie, han puesto á Bolivia en estado de sitio, conti- 
nental, hanla- constituido en completo entredicho con 
todas las naciones del mundo, y especialmente con las 
repúblicas vecinas, que rechazan indignadas ^1 contagio 
del mal. 

ii¿Quién, en adelante, tratará con Bolivia, uncida 
como está al carro del crimen?»» 

El tono y conclusiones del suelto impreso el 14.de 
noviembre en Tacna, y el espíritu del anterior párrafo 
de La América , se hallan en perfecta armonía con un 
editorial de El Comercio de Lima, aparecido también 
estos mismos días. 

Encuentra éste, en el texto del oficio de Yáñez al 
gobierno, la medida de la sima en que ha caído el es- 
tado social boliviano; porque allí el pretexto que se 
invocó al matar, de oficio se declara ahora paladina- 
mente por sí mismo un mero pretexto: ¡tanta es la fri- 
volidad con que Yáñez se presenta alegando meras 
frases en favor de un crimen tan grande, cometido con 
la fuerza pública en un pueblo civilizado! 

Y después de algunos consejos referentes á la elec- 
ción de hombres públicos, el tal artículo dice: 

"La indolencia con que miran los estadistas ameri- 



1^4 Matanms de Ydñez 

canos la falta de sensatez, dignidad y patri< 
que algunos gobiernos se conducen, es inco 
é ¡njustiñcable. La no intervención se ha llt 
la negación de advertencias y consejos a 
Para que Bolivta tenga derecho á las sim] 
América, necesita ser más humana y ocupan 
temente de la ci^lización y mucho menos <j 
sicidn de empleos." 

Enderezado precisamente al espíritu de 
la clase popular, cuya sencillez no juega pa 
la baraja de los empleos, es un artículo c 
. que apareció en El Comercio de Lima, corre 
al 1 8 de noviembre y que fué transcrito en B 
se dice: 

i'Esperad un momento. El castigo es neci 
gara el día. Dios es justo. El asesinato y e 
nunca quedaron impunes.n 

Otro artículo, boliviano probablemente, 
ció en la prensa de Lima, circuló en Bolivia 
crito en La Paz, se muestra espantado y a 
lo acaecido en esta illiima ciudad. Concluyi 

iijPueblos! ¡despertad! Vuestro adormec 
más funesto que el letal marasmo de las la) 
tinas. Sacudid ¡a vergonzosa inercia que os a 
fended vuestos tesoros dilapidados, vuest 
encadenada, vuestra vida amenazada por h( 
catombes!" 

El I." de noviembre, en Iquique, se escr 
prensa lo siguiente, bajo la impresión del ( 
griento: 



wEl Juicio Piiblicou 7/5 

"¡Pueblo boliviano! ¿Dónde has sepultado el pa- 
triotismo que tanto te caracteriza? ¿Cómo consientes 
que se improvisen cadalsos para tus ilustres hijos...? 
etcétera. 

En una hoja boliviana de Tacna, tras un cuadro des- 
consolador de la república, en que aparecían el crimen 
triunfante, las garantías violadas, el pueblo en disper- 
sión, las muchedumbres hambrientas, etc., etc., se dijo 
más ó menos ppr este mismo tiempo: 

"¡Pueblo de Bolivia! ¡Lo que nos asombra es vues- 
tra larga paciencia 1» 

En un artículo suscrito el 1 1 d^ noviembre en Iqui- 
que y que circuló en La Paz, impreso en La América 
de Tacna, Juan de la Cruz Benavénte pinta á los hom- 
bres de I^ Paz confundiendo sus lágrimas con la 
sangre derramada, y proclama á las mujeres á íin de 
que sean ellas las que asalten el palacio para castigar 
á Yáiíez. 

>'Id, les dice, al antro del asesino con todas las que 
sean esposas, madres ó hijas, y arrojadle de La Paz, 
donde le toleran los hombres,,, etc." 

Venían igualmente de Tacna hojas sueltas como la 
que lleva por título: Una lágrima sobre la tumba de las 
victimas del 2j de octubre. 

Para cada una de las víctimas ilustres ó distinguidas 
hay un rasgo de ardiente conmiseración en esta necro- 
logía. Este obituario consigna, como allí se dice, los 
ayes doloridos de millares de amigos y parientes, ayes 
también por la patria querida, que rueda al abismo. 

"Mas no: el espíritu alienta aun. Heroicos hechos 



1 



ijó. Maganzas de Yáñez 

hablaron en favor de vuestra historia, y ellos serán la 
garantía de vuestro porvenir.»» 

En el estilo fúnebre la prensa del interior no se dejó 
sobrepujar por la prensa boliviana del exterior. 

Lo qlie llamaremos aquí el tono mertor del reclamo 
político con sus varios semitonos se asila á veces en 
la literatura. El espíritu de partido tiene dondequiera 
una nota deprecatoria, que concierta maravillosamente 
bien con esas peroratas gemebundas é inofensivas, que 
á menudo resuenan al borde de los sepulcros en Boli- 
via. Este concierto se acuerda con el disimulo y la si- 
mulación intencionales, que están en la índole de la 
raza. 

Porque no se puede negar que la literatura de cres- 
pones, cirios, ampolletas, guadañas y: paños negros con 
calaveras y canillas blancas, es género predilecto del 
ingenio mediterráneo boliviano. Esa es allá cuerda so- 
nora, cuya amplitud se aviene á variedad de sones y 
sonsonetes. Uno de ésos sones suele ser el odio ó el 
resentimiento político. La nota fúnebre ha solido es- 
tampar alguna vez páginas de radiosa alevosía. Invisi- 
ble como el filo de una daga florentina, la malicia de 
la prensa lastimera y lúgubre, en Bolivia, ha tenido 
ocasiones de no dejarse sentir sino cuando ha apare- 
cido clavada ya en el corazón de un adversario. 

En el presente caso Sucre, Cochabamba y Potosí 
nos han dejado .muestras muy curiosas. Por senderos 
apartados y floridos, llenos de inmortalidad y de eter- 
nos descansos, el espíritu político se encaminaba ma- 
lignamente, en estas producciones, á excitar la venganza 



w Él Juicio Público^} /J^ 

del pueblo de La Paz. Uno que no conociese el tecla- 
do de ardidosos resortes de la prensa altoperuana, pu^ 
diera candorosamente caer en la celada patética de 
estos compungidos escritos. Formaría quizá candoro- 
samente con estas plegarias un lacrimatorio al uso an- 
tiguo, para ofrendarlo hoy día tipografiado á los manes 
de los belcistas inmolados el 23 de octubre. 

Con fecha 5 de noviembre, un boliviano residente 
en Tacna publicó en- EL Porvenir de dicha ciudad 
un artículo mixto, pues se puede fácilmente descoma 
poner en dos partes, una gemebunda y otra furibunda. 
£n mitad de su carreta la pluma del escritor, cansada 
de fingir ternezas, comienza á chisporrotear, y de re- 
pente, como si ñiera el metálico punto extremo de una 
corriente eléctrica, descarga su ira vengadora incitan- 
do al pueblo paceño á la rebelión. 

Las notas medias de este registro de sonidos tan 
distantes, son también aquellas en que brilla más la 
hipocresía plañidera propia de esta clase de escritos 
políticos! 

— Noche lóbrega en la ciudad. La bestia feroz acaba 
de ser desencadenada por sus domadores; Mientras 
tanto, sueño dulcísimo de los corderos inocentes en^ 
las prisiones, etc. En seguida, carnicería por calles y 
plazas, etc. Silencio sepulcral, etc» Al día siguiente, luz 
del sol del siglo XIX alumbrando la hecatombe, la 
infortunada nación muda de espanto, la América indig- 
nada y atónita, etc., etc. 

—Mirad á este antiguo mandatario supremo, amorta" 
jado con sus hiimedas y teñidas sábanas; contem|)]ad 



í§S Matanzas je Ydñez 

más allá al sabio jurisconsulto, revolcada j tinto en su 
propia sangre; aquí, un virtuoso hacendista durmiendo 
desnudo el sueño eterno en las baldosas de la plaza; 
allá, el montón de cadáveres destrozados á bala de ce- 
rradas descargas, etc., etc. — 

No ñilta en este escrito uno solo de esos lugares ora- 
torios prescritos en sus recetas por los retóricos ate- 
nienses, y que se ven brillar con todas las pompas de 
la decadencia en las arengas de los sofistas alejan- 
drinos. 

fiY escucho el ¡ai! de los agonizantes. Y la voz de un 
padre que dice: hijo mío, ¿dóndeestás? Y la de un hijo 
que exclama: padre mío, ¿por qué me habéis abandona- 
do? Y la de un esporo que dice: esposa mía, las dulces 
caricias que me brindabas en los primeros días de nues- 
tro amor, sírvenme también de consuelo en los dltimos 
momentos de mi vida. 

II Y oigo la voz del matador que dice: herid sin com- 
pasión, bala con ellos. Y los genízaros se lanzan como 
lobos hambrientos á devorar su presa. ¡Y principió la 
matanza y se consumó también! jAh! ¡Terrible y tristí- 
simo espectáculo, cuadro desgarrador, la ciudad de La 
Paz un lúgubre panteón! 

iiDel seno de ese pueblo infortunado, por entre el 
ahullido y algazara de los asesinos salió el eco del ¡ai! 
de las víctimas; eco que vaga incierto por la atmósfera de 
Bolivia; eco, que resonando en el corazón de los ame- 
ricanos, ha puesto en guardia á los habitantes del mun- 
do de Colón, y ha sido como una consonancia de la 
voz aquella que decía: Despierta Itatia, 



^^El Juicio PiMicow ijg 

iiSi, Bolivia va á despertar, porque el eco de ese ¡ai! 
no se extinguirá. £1 estará eternamente clamando ven- 
ganza. Y la venganza, os lo digo, ha de llegar. ' Pero, 
¡temblad, malvados! jtemblad asesino! Porque la ven- 
ganza de los pueblos es terrible. . . . 

iiiArriba, bolivianos! La infamia y el baldón para vo- 
sotros si permanecéis indiferentes,., etcn 

Hago á los pacientes lectores merced de la perora- 
ción flamígera proclamando en esta parte el desquite 
sin cuartel. 

También la cuerda biográfíca se puso al servicio 
de la indignación, para tocar en sus resortes motrices 
la formidable máquina popular. £1 más certero fué Pe- 
dro Lozano. £n una hoja suelta impresa en Cochabam- 
ha decía: 

nLa publica indignación que ha corrido por todoar 
los ángulos de la república, haciendo hervir cada cora- 
zón, cada vena de las almas generosas» me ha puesto 
la pluma en la mano para mostrar ligeramente, que ese 
anatema horroroso contra los matadores del general 
Córdoba, tiene un fondo noble de verdadera justicia, n 

La muerte del general fué^ sin duda ninguna, la' que 
más impresionó al país. Parece que el gobierno mismo, 
con presunciones ó con certidumbre de su inocencia, 
mandó por correo extraordinario orden de ponerle en 
libertad. Llegó tarde. Al leer el pliego (cuenta una ga- 
ceta) dijo Yáñez: nHace dos diasque está libre y des-, 
cansando en grandes, ir 

Agrupando Lozano un conjunto de hechos públicos 
CQncretos, presenta encima de ellos á aquel hijo del 



1 



, l6o Matanzas de Váñez 

pueblo paceño; lo presenta descollando entre Untos 
poderosos de plebeya estirpe, descollando por su filan- 
tropía con los desgraciados y con los pobres, mientras 
ejercía mandos que ensoberbecen. Le sigue en su rápi' 
da cartera, hasta verle empuñar el estandarte de la cle^ 
mencia y de la inviolabilidad de !a vida, una vez .que 
hubo, por el camino de la elección directamente popu- 
lar, pisado el solio de la suprema magistratura. Allí le 
contempla, y allí acumula las citas para demostrar que 
Córdoba seguía apellidándose, entonces como siempre 
i'hijo del pueblo, ir 

Tales fueron las formas indirectas y solapadas, con 
que la escasa prensa independiente del interior, pre- 
tendió seguir el impulso vigoroso y turbulento, si bien 
muy fuera de la tangente, que á los ánimos daba desde 
Tacna el espíritu boliviano allí asilado. Pero también 
hubo formas francas y categóricas. 

Fué sin disputa en intensidad primera entre las pri- 
meras El Pueblo, periódico de Sucre, su- escritor Félix 
Acuña. Aun cuando no se hubieran estampado en la 
república, otras manifestaciones oportunas de un noble 
espíritu justiciero, era de creer que, para el desagravio 
debido por la conciencia publica d la moral histórica, 
había de bastar como testimonio vindicatorio este solo 
eco vehemente, sostenido, intrépido y generoso. Fué 
un grito de esos que se lanzan sea lo que fuere el hoy 
d el mañana de quien los lanza; fué un anatema que 
parecía envolver en el reato de Yáñez al gobierno y á 
un partido declarado preponderante. Ese gobierno 
era el gcdñemo boliviano, que quiere decir atropella- 



cr^ 



w El Juicio Públicow i6i 

dor; ese partido era el setembrísta, que quería decir 
bando de violentísimos arranques. 

Mientras reinaba sepulcral silencio en La Paz, y 
cuando el gobierno ni siquiera improbaba teóricamente 
la carnicería, Yáñez veía con ira que la gaceta sucrense 
circulaba en la ciudad, haciendo que los ánimos se 
cobrasen y reportasen allí para perseguir un castigo. 

»»Como siempre, decía El Pueblo^ Solivia ha estado 
sumida en la abyección. Extraño ha sido para algunos 
que se hubiera levantado siquiera una voz débil contra 
el matador inhumano. . . Ciertamente, que se han resen- 
tido nuestros hábitos de esclavitud y humillación... La 
impunidad del crimen que hoy oprime nuestros corazo- 
nes (pensemos con la calma de la reflexión), ¿á qué 
dólorosas y sangrientas consecuencias conducirá á los 
hombres que, constituidos en legítima defensa, tuvieran 
que prevenir la agresión, repeler la fuerza con la fuerza, 
la violencia con la- violencia? La venganza de los 
agravios, comprimida un momento por la vehemencia 
del dolor, con el ardor de la indignación se inflama 
como la pólvora, y enciende el fuego inextinguible de 
una reacción creciente, impetuosa. Porque la expan- 
sión, tanto en lo físico como en lo moral, está siempre 
en razón directa de la compresión.»» 

Proféticas y singulares palabras. 

En otro lugar ya hemos visto el moderado pero 

enérgico grito de justicia, levantado por Antonio Qui- 

jarro en Potosí, y por los jóvenes juristas y por Pablo 

Barrientos en Cochabamba. 

Unas honradamente patrióticas como las anteriores, 

II 



102 Malaitzai 

otras políticamente intencioi 
se ven en los escritos piíblii 
taciones del resentimiento í 
hora tras hora, junto con Íq\ 
Paz. Llegaban también inc 
llegaba y hablaba con pun: 
mencia á la sociedad pacen, 

La sociedad, ó sean las el 
increpaciones especiales. 

En una de las protestas i 
de ahora he citado, se dice > 

¡íV ¿quién ha levantado 
atentado? ¿quién ha osado r 
villanos asesinatos? Y ¿qué 
gados del pueblo, que planti 
sus garantías? ¿Qué hacen 1 
dictador y los que maldijeron d Belzu, á Córdoba, 
Linares, por sus abusos? ¿Qué hacen los que rij 
marcha de la repiiblica, y los que otras veces o 
taron al pueblo y le aconsejaron que defendies 
derechos? ¡Tristes preguntas! Y, entretanto, el p 
desfallece, tiembla de horror, y desespera de su di 
en medio del letargo mortal de los que le prome 
su felicidad!... ¿Por qué no exigen una reparacic 
insulto y una satisfacción para el pueblo?... 

líY ¿de dónde nace, pues, el estupor universa 
silencio de todos los que representan la socieda 
su patriotismo, sus luces y su celo por las gar 
públicas? El miedo, tal vez el ejemplo de otros g 
nos, la debilidad... 



JVT 



li- 



li 



\ El Juicio Públicow 163 

Hombres de luces, de patriotismo, de voluntad 
firme, escritores acendrados y celosos por él bien de 
la sociedad, diputados del 61, autoridades guardado- 
ras de la ley, sacudid vuestro letargo; estáis haciéndoos 
criminales con vuestro silencio, que el pueblo traduci- 
rá, y con razón quizá, por tolerancia, debilidad y co- 
bardía... 

MjLa sangre vertida cobarde y villanamente sobre las 
frescas páginas de una constitución, que ayer naciera de 
la soberanía del pueblo, ha ahogado la voz de los es- 
píritus más fuertes, que no han podido ó no' han osado 
levantarla en alto, y ha dado el ultimo golpe, el golpe 
mortal, á toda esperanza de prosperidad, á toda fe en 
el gobierno, á toda confíanza en sus prohombres y á 
toda garantía de sus más caros derechos! La república 
agoniza... 1 1 

Diez meses apenas que había sido derribada la dic- 
tadura de Linares, á título principalmente de que 
mutilaba, con sus antojos arbitrarios, las instituciones 
republicanas. Tan reciente era la fecha, que habría sido 
imposible olvidar, que uno de los objetivos de la re- 
forma fué conquistar el goce de las garantías indivi- 
duales, y la inviolabilidad de la vida por causas políti- 
cas. Tres meses apenas que la flamante constitución 
Ijabía sido jurada en este sentido, promulgándose con 
beneplácito de todos como un pacto de transacción 
patriótica entre los partidos. 

Por más grande que se suponga ser el extravío de 
éstos y su mala fe, tales hechos y los correspondientes 
dictados actuales de la razón pública, tenían necesaria- 



n 



164 Matanzas de Yáñes 

.mente que abrirse paso en todas las conciencias boli- 
vianas, viniendo sus palpitaciones á tocar, como si 
fueran un requerimiento severo, á las puertas del ve- 
cindario numeroso donde se habían aposentado el cri- 
men y sus perpetradores. 

A esta excitación á las jerarquías superiores de la 
sociedad paceña, para un esfuerzo moral y combinado, 
tendente á buscar un desagravio á la vindicta pública, 
se agregaron ciertas interpelaciones á cuerpos ó perso- 
nas determinadas. 

n¿Qué hace el obispo, qué han hecho los sacerdo- 
tes?ri Esta pregunta salió de la prensa boliviana de 
Tacna. En su sobresalto llegaba, ni más ni menos, á 
demandar al pastor diocesano denuedo y abnegación. 
Los hechos van á decirnos, que con exigir ai magnate 
y d su grey de operarios mero civismo, ó sea ardor 
boliviano en sangre humana, el periodista habría pedi- 
do enormente demasiado. 

El montón de cadáveres y el charco de sangre coa- 
gulada cubrían una parte de la acera y calle, que en la 
plaza enfrentan á la puerta del Loreto. Era la mañana 
del 24 de octubre. Se concibe la consternación y de- 
sesperación de las familias, que se agolpaban á saber 
cada cual la suerte que !e había cabido en la carnice- 
ría. El pueblo inferior se arremolinaba atónito en la 
puerta del cuartel dei Segundo, y se derramaba en pe- 
lotones hacia el cementerio. Centinelas apostados por 
todas partes estorbaban el libre acceso á los sitios san- 
grientos. 

En esto, que eran las nueve de la mañana, 11^ de 



wEl Juicio Públicon l6^ 

Achocalla el coronel Cortés con una parte del batallón 
de su mando, el Segundo. La otra parte había figurado 
en La Paz la noche del 23 de octubre. Asomó á la pla- 
za haciendo resonar alegremente sus músicas y trompe- 
tas. Fué esta música un rayo de esperanza para los que 
hasta aquí habían librado con vida en las prisiones. 
Recibían constantemente las amenazas de Yáñez sobre 
que proseguiría los fusilamientos, con vista del proceso 
y, más que todo, según fuere ó no agresiva la actitud 
exterior del populacho. 

Ni obispo, ni clerecía, ni señorío viril, aparecieron 
en esos momentos, siquiera sea para hacer acto público 
de presencia compasiva por nada ni por nadie. El obis- 
po aparece más tarde, días después, entre bastidores, 
favoreciendo una salida de señoras y criaturas desoladas 
á la calle, á mendigar descasa en casa misericordia y 
garantías. 

Una pintoresca polémica se sostuvo algún tiempo 
después, desde El Telégrafo por una parte y El Juicio 
PUBLICO por otra, sobre á cuál jefe militar la humani- 
dad doliente debió su mayor gratitud en estos trances. 
Los candidatos á la guirnalda fueron varios. Uno de 
ellos ¡quién lo creyera! fué el gobierno mismo. ¿No 
pretendió un momento hacer creer al vulgo, que había 
destacado de Sucre al ministro de la Guerra por sólo 
redimir á los cautivos? Pero la prensa hizo ver con ,toda 
evidencia que el ministro vino expresamente á desar- 
inar al cabecilla fernandista Balsa. Esto no obsta para 
que por añadidura hubiera traído instrucciones huma- 
nitarias en favor de los cautivos. El campo de esta re- 



5 Matanza¡ 

gacetera quedó sembí 
lida ésta en el matraz 
rdad para la crónica ( 
■rde pronto, los afligid 
n el coronel Cortés iit 

I presente, se lanzar: 
: matador; no reparara 
á ta sociedad, al gobíi 
sticia.M 

ro, por lo mismo que 
sin mezcla, tenía bien 
!n de la disciplina mi 
res civiles. Se negó á 
lo, no deliberó con ni 
comandante general ^ 
rdía de vista y lo teñí; 
ijicarpo Eyzaguirre ci 
ia veintena de compa 
'asados algunos días e 
cólera del asesino, a 
el grito humanitario i 
■sperar la protección d 
:o, cada instante, y c 
lazas de aquel frenéti 
juiera, una detonado 
to, y tras eso una < 

1 este estado de mort£ 
j los presos, cuando e 



'¡icio J'iiblÍ(ou léf 

el corone! Balsa al mando del 
m escuadrón de Húsares y de 
ría. Nuevo rayo de esperanza 
nnsttrnaciij corazón de los dt- 

oii la sanjjre del 3.i de wtubrp. 
ir un loiiirapesíi al (>f>der exter- 

1, cercado de recelos y descon- 
iferaba amenazas de muerte y 

en las personas de los detent- 
s personas querían oírle, y eran 

de lo hecho y se ufanaba con 
icer. Su jactancia tenía los aires 
' segura de sí misma. 

que tales amenazas iban á te- 
1 ó cual noche. I^ inocencia y 
'enturados penetraron hasta el 
uardianes. Quiso consolarlos d 
Tres de ellos recibieron de un 
^ue sigue: 

resuelto á sacrificarme, y sola- 
er podrán hacer con ustedes al- 
idré que armarles con los fusiles 
se defiendan," 

y aliento, estas palabras lleva- 
de los detenidos. Consideraron 
sus vidas. No había tiempo que 
¡dirigirse? Buscar amparo en el 
io hasta aquí, era menester que 



i68 Matanzas de Yáñez 

éste hablase por si lograba interponerse entre las victi- 
mas y el sacrificador. Comunicaron los detenidos su- 
cuita á una ó dos esposas, y éstas hicieron lo demás. 
En menos de una hora habfan disturbado todas las fa- 
milias. La sociedad infantil y femenina se puso en 
alarma. La población salid entonces á la calle á mos- 
trar interés pacífico por los amagados. Por vez prime- 
ra hubo zozobra en comün, compasión y misericordia 
á la luz del claro día. 

El ronco y vulgar susurro se encargaba, por su lado, 
de esparcir la especie de que Yáñez se alistaba para 
pasar á cuchillo, en alta noche, á los del Ijireto. De- 
cires misteriosos agregaban que serían todos sepulta- 
dos secretamente en el traspatio de aquel edificio. Este 
individuo aseguraba haber visto afilar los cuchillos, 
aquél otro había visto abrir los fosos. Terror frenético 
se apodera de las pobres familias. Madres, esposas é hi- 
jas salen como locas á la calle. Comienza una femenina 
propaganda de duelo, un vía crucis para implorar con- 
miseración y auxilios. 

Fué en esta coyuntura cuando el obispo tuvo, den- 
tro de su palacio, ojos para ver y oídos para escuchar 
y corazón para sentir y boca para decir: 

— i'Vayan reunidas, vayan sin tardanza á casa del co- 
ronel Balsa; yo haré que las acompañen los padres 
guardianes de San Francisco y de la Recoleta y el co- 
mendador de las Mercedes. Pero ¡por amor de Dios! 
cuidado Con provocar tumultos que pudieran ser fu- 
nestos á los desdichados presos: vayan por parcialida- 
des y obren con prudencia." 



^ ^^ El Juicio Públicow i6p 

Hé aquí de cuerpo entero el obispo. A la mañera 
de éste también se conmovían todas las gentes de igle- 
sia que imploradas fueron. Daban consejos. Con esta 
actitud, él y su clero pudieron dar la respuesta á la 
hoja antes referida, que decía con desesperado candor 
«'•Obispo de La Paz! .¡Sacerdotes de Bolivia! ¿Por 
qué habéis permanecido tranquilos cuando la sangre 
de vuestros hijos corría á torrentes? ¿No sabéis que el 
arzobispo de París se presentaba, crucifijo en mano, 
en los formidables arrabales de San Antonio, predican- 
do la paz y la concordia entre hermanos anarquizados, 
y que, herido por el plomo homicida y derramando 
sangre á borbollones, decía gozoso: nDios quiera que 
la mía sea la ultima que se derrame: el buen pastor 
debe dar la suya por sus ovejas?»! 

Las puertas de la casa de Balsa se abren á estos 
grupos de mujeres suplicantes, presididas por religio- 
sos. Clamorean, cercan al hombre, le arrancan una 
promesa generosa. Ante la humanidad, ante la patria, 
ante Dios, se hace responsable de la vida de tanto ciu- 
dadano indefenso, él ciudadano armado. Así lo jura á 
madres, esposas, hijas, amigas y señoras compasivas 
allí gimiendo. El arbitrio queda concertado: tropa de 
su batallón cubrirá la guardia del Loreto; los sayones 
de Yáñez serán relevados por soldados de confianza; 
en vez de matadores habrá custodios. Estas segurida- 
des devolvieron un poco de calma á las familias. 

£1 relevo que se consideraba salvador no pudo, em- 
pero, verificarse fácilmente, ni sin altercados con los 
tenientes de Yáñez, nf sin resistencia de Yáñez mismo. 



m Malangas de Vd/ieS 

tal el terror qiíe éste hombre lial 
ralas gentes, que era opinión cas 
, que, sin el relevo, los presos del L 
sacrífícados irremisiblemente la 
estalló la rebeliÓJi de Halsa, iiiiich 
»lo lle};ara v eje< iitLira en \'áñe?^ 1 

ero todaviii más antes ljuc: ese r¡eí;g 
lOvienibre llegó á La Paz el ministre 
ichó esa tarde el clamor general, nc 
vigilantes de Balsa rondaban en la 
;to, habló con los oficiales del Tere» 
jardia del edificio. Pudo quizá pi 
no aquel frenesí sanguinario de qu 
estaba Váñe?. poseído. Tomó su n 
:auciones para el día siguiente. Por 
lo se présenlo en el I.orelo y puso f 
os. El alborozo fué inmenso en 1 
les desde este niomento los rugldO! 
r. 

1 acto revistió solemnidad y íaé mu 
í couio lo refiere £¿ Telégrafo en 
;ro is de 1862): 

El día indicado, en compañía de I 
les y del vecindario, se apersonó'i — 
¡uerra general Celedonio Ávila) — » 
eto y puso en plena libertad á eso: 
dé un momento á otro aguardaban, 
acerbas anglistias, la hora fatal de 
Éstos, semejantes al resucitado Lázs 




^^f"* » i 



y\El Juicio Públicó\\ 171 

da Escritura, manifestaban á porfía, con las más paté- 
ticas expresiones, sus sentimientos de eterna gratitud 
al ángel tutelar que les h^bia salvado la vida. 

"El general Ávila, lleno de las más tiernas emocio- 
nes en esta grandiosa escena, los abrazó, y confundido 
entre ellos les dijo: *»AI daros la libertad he cumplido 
(on las prescripciones del jefe supremo de la nación, 
quien ha conocido (¡ue sois víctimas de la más nefan- 
da maldad. >i 

"Repitió esto mismo á las corj^oraciones civiles y 
eclesiásticas, que se presentaron en su alojamiento al 
objeto de darle las gracias por el acto magnánimo que 
en aquel día había ejercido," 

Después de esto, Avila pasó toda ese día y esa no- 
che departiendo amigablemente con Yáñez. 

En varios pasajes de las declaraciones publicadas se 
hacen referencias al dicho aquél de Yáñez, á los cons- 
piradores, de «fusilarlos con la constitución en la ca 
beza,it ó bien Kcon la constitución en el pecho,» ó 
según otros »*en la frente. •• En lo sustancial el dicho 
no parece ser inexacto, si se ha de dar crédito á los 
mismos á quienes fué dirigido. 

Por otro lado ya hemos visto que Ruperto Fernán- 
dez refiere, que sabedor Achá de esta ocurrencia por 
carta particular del mismo Yáñez, la celebraba en los 
salones del palacio en Sucre. No he visto que los es- 
critores de Achá negasen este aserto de Fernández. 

Según éste, el presidente se holgaba públicamente 
de haber acertado eligiendo á Yáñez para el comando 
militar de La Paz eii aquellas circunstancias. \.o% pa- 



IJ2 Matanzas de Yáñtz 

'.Uros (belcistas) iban á tener allí en dicho coronel 
horma de su zapato. 

Ya hemos visto que Yáñez cumplió su palabra: fu- 
tí á los belcistas con la constitución en sus pechos, 
lora va á verse el caso de un individuo azotado con 
constitución en las nalgas. 

El anciano Francisco Romero Mamani, corregidor 
; indígenas en Escoma y Guaichu por los años 
■ i^3^i guarda de la ribera oriental del Desaguadero 

tiempos inmediatamente posteriores, y hoy en día 
^acil de menor y mínima cuantía en la ciudad de 
i Paz, pasó en la tarde del a de noviembre á la tien- 
i de í^uardientes y botillería de doña Ignacia Sala- 
r, con motivo de una notificación, y allí se expresó 
1 términos duros contra los recientes asesinatos del 23 
; octubre. No faltan concurrentes á estos estableci- 
ientos. Al día siguiente por la mañana, Mamani era 
ducido á prisión, y, á pocos momentos, acompañado 
; sus gendarmes, se aparecía allí Yáñez en persona, 
"xLO llamar á alguien que entró á poco. "¿Este es Ma- 
ani?" — preguntó. El recién entrado respondió: "Ma- 
ani." 

Lo que después pasó lo refiere dicho Mamani en su 
nnunicado de diciembre 3, inserto en el número 14 
liciembie 19) de El Juicio POblico: 

"Sin más formalidad que su bárbara y satánica fero- 
dad, he sido tendido en tierra, habiéndoseme desear- ' 
ido con la mayor inhumanidad más de trescientos 
alos. 

"Nótese que en ese trance fatal, en que creí exhalar 



wEl Juicio Públicow i'/j 

el ultimo aliento, por razón de mi edad octogenaria, 
con las lágrimas y ruegos más suplicantes pedí que se 
me sometiera á juicio, para con ^u resultado más bien 
sufrir el fusilamiento con que se me amenazó. Todo 
fué en vano. El tirano estaba acompañado de su hijo, 
quien con fría indiferencia espectaba ese cuadro que 
para otro hombre hubiera sido lastimoso... Este suce- 
so se verificó á presencia de todos los detenidos de la 
cárcel, los más por sospechas del terrorista... »i 

Hubo polémica con ocasión de esta denuncia. Lo 
peor para Mamani es que Mamani por nadie fué des- 
mentido. Todos confirman por la prensa el hecho de 
la azotaina. Pero es justo declarar que los concurren- 
tes ala pulpería no aparecen aquí como delatores. 
Desempeñó este oficio la dueña de casa, la Salazar. 
Pretendiendo ésta alzar el cargo, lo confiesa por la pren- 
sa paladinamente: 

••Confieso, dice, que como mujer me asusté, y temí 
que comprometiera mi casa. Es por esto que en con- 
versación se lo avisé á Jiménez, sin que después hu- 
biese tenido conocimiento del resultado, que ha sido 
tan aflictivo para el imprudente alguacil, n 

Jiménez era ni más ni menos comisario de policía. 
En la pila bautismal le pusieron Bartolomé Luis. Su 
postrera intervención en este negocio fué cuando, in- 
terrogado por Yáñez, respondió: "Mamani;!! y se dio 
comienzo á la flagelación del anciano. 

Ya hemos podido sorprender lo que hizo por aque- 
llos días el obispo. Los personajes y las corporaciones 
fueron increpados á la par del obispo. Mas, para po' 



Matanzas á 
inder sobre el punto 
Lrse, de la prensa, qi 
, al i>ont<Sn,de las c( 
onldn aferrado con g. 
social, y que el qii 
examinar. 

e, en mar tan revuel 
cosa fácil pescar con 
n pintorescos, por ej 
e Jiménez, como el 
ados á la vez dan d' 
E señorea. Ix»s rasgo 

depresión moral d 
ndos sin duda ningí 
, y consisten en hec 

á la publicidad y á 
i colectivamente pa; 
s muy determinadas 
js diputados, las co 

la magistratura jud 
to con el vecindario 

ciudadanos, no se 
:ada cual á nids no | 
»:ho social tan giue 
i¡ con dedos ni con c 

en especie y vivo i 
is memorables. Hec' 
lidad colectiva de ü 
liento solidario al br 
2 ser de todos y de c; 



riíT-^' 



. ^^El Juicio Públicou lys 

el mismo enorme monstruo sociológico, que se trata 
de estudiar analíticamente por partes, ó sea en alguna 
de sus articulaciones, ó sea más bien en algunos de 
sus nervios motores? ¿No es todo Bolivia? 

Eso de quedarse agazapado en su casa, cuando uno 
está quietecito allí y la arbitrariedad ensangrienta las 
demás casas contando con el mutismo de los no ultra- 
jados, es recurso de tímidos egoístas, indiferentes á la 
cosa pública é indignos del elogio ó vituperio de la 
prensa. No hay más que dejar que esta innoble mez- 
quindad pontifique majestuosamente puertas adentro. 
¿Qué nos diría si la interrogásemos.^ Este gran callar 
colectivo, por causa de enseñar demasiado, no enseña 
nada. Por eso renuncio á trasuntar aquí algunas de 
sus resonancias, porque es innegable que tiene en la 
prensa ruidos este gran callar. 

Antes que al vulgo anónimo y poltrón prefiero á su 
legítimo engendro, prefiero la persona del soldado pre- 
toriano. El acto público, bueno ó malo, contiene una 
afirmación positiva sobre la vida política, y la vida 
política de una sociedad es escuela moral y expe- 
rimental. Los vividores domésticos, que no saben salir 
al comicio de la sociedad ni en los grandes días, no 
tienen puesto ni cabida en el tribunado de la prensa, 
que es instituto republicano del espíritu público. Con 
vista de ellos me explico con claridad á Yáñez, y eso 
me basta. Mientras tanto, Yáñez, impulsado en su 
ferocidad por el fanatismo político, crece á mi vista 
cien codos delante de los vividores domésticos. ¡Qué 
tipito este! 



Ij6 Matantes de Yáñez 

De todo lo anterior se deduce claranii 
en que deben tomarse las jactanciosas j 
Juicio Póblico: 

"Á los (jeriódicos que increpan á L 
abyección en los días de las matanzas y h 
tes, este heroico pueblo ha contestado 
de los asesinos. ¡Qué respuesta tan foi 
blimeiii 



^iIi4M^iS^4^4&i?«<i^-^i¡^j^d^^i^%^^^^<^^.^^«^^ 



CAPITULO Vil 



"EL JUICIO PUBLICO" 

leea 

(Conclusión) 



Sarcasmos sobre las matanzas. — Definición del setembrismo.— 
El golpe de Estado. — Ofensas á los personajes caídos. — La 
aristocracia feble. — El motín belcista y la prensa belcista. — 
Una declaración aguardada con curiosidad. — Conflicto de El 
Juicio Público. — Malévolas transcripciones. — Táctica burda 
de ataque. — Fuerzas para pacificar el Sur. — Las leyes y el 
militarismo pretoriano. — Últimos momentos de El Juicio Pi ■ 
BLico. — Su opinión postrera sobre los partidos. 

En El Libera!, de Sucre, se dio cuenta de un suel- 
to, aparecido los primeros días de febrero en La Paz, 
sobre el descubrimiento de una conspiración en favor 
de Belzu. Los ciudadanos con tal motivo sometidos á 
juicio se descartaron bien, fueron absueltos y todo 
quedó en nada. Menos la alarma, que era grande, en 

12 



ijS Matanzas de Yáñez 

ibrma de una inquietud indecible, y menos la rí 
3elcista, que indudablemente se apercibía para las vías 
ie hecho. 

En la hoja aquella se decía: ¡'¿Buscaban un gobier- 
no de garantías? Contesten los infames revoltosos 
3el 23 de octubre." A este cruel sarcasmo se siguieron 
3tros. En un periódico se dijo que si mañana resonara 
;n Solivia otro vez el nombre de Belzu, también tor- 
naría á resonar el violín del 23 de octubre. 

No sé lo que sintieron entonces los belcistas. Lo que 
5S El Juicio Público no perdió su aplomo. Replicó: 
iiY si ese nombre se pronunciara por superchería y 
para satánicos designios, ¿qué harían entonces los ino- 
:entes? Repetirán sólo: venga Dios contra el infier- 
no.i' 

A ese espíritu resuelto, según cierto calificativo de 
Ruperto Fernández, para concluir con los belcistas, 
luestro periódico le da el nombre de nespíritu degolla- 
dor propio del setembrismo.'t 

Ensayóse con tal motivo en definir y establecer la 
filiación política del setembrismo. El punto es de in- 
;erés. Es el concepto piíbüco del belcismo respecto del 
ietembrismo, estos dos grandes y fieros bandos de las 
discordias bolivianas. 

Decía así: 

iiEs preciso que nos entendamos. 

"Si por setembrismo se comprende progreso, Hber- 
;ad, imperio de la razón, desarrollo industrial, ensan- 
:he de los derechos del hombre, instrucción del pue- 
jln, en fin, realización de In veídfldera repiíblícn, 



■ ■ J"* 



\y El Juicio Piíblicow lyg 

entonces no hay boliviano honrado que no sea setem- 
brista, ni puede haber cosmopolita que no corriera á 
acogerse á tan espléndida bandera. Los que así entien- 
den el setembrismo y obran en este sentido, son los 
regenadores de la patria, los nobles soldados del por- 
venir. Su memoria será venerada por las generaciones. 
Entonces el setembrismo es y será la más noble de las 
causas. 

"Empero, si la palabra setembrismo se toma por 
consigna para dar cima á aspiraciones bastardas, para 
formar bandeh'os exclusivistas, para hacer un centro 
de reunión al proselitismo sangriento y exterminador 
del bando que se cree rival: si el setembrismo ha de 
ser la clave de un constante monopolio del poder, para 
tener aprisionado á ese noble pueblo que otro día, lle- 
no de ilusiones, consumara una revolución social con 
la fe más pura en mejores destinos: si el setembrismo 
ha de marcar la división más bárbara y funesta de par- 
tidos, y ha de consignar en nuestra historia la era de 
Tiberio y Diocleciano, entonces los setembristas de 
tal bando serán los renegados de la naturaleza, los ver- 
dugos y depredadores de la humanidad. 

"Es preciso distinguir el setembrismo-causa, del se- 
tembrismo-pretexto. 

"El cristianismo es y ha sido desde su cuna la más 
grande causa de la especie humana, y ¿cuántas abomi- 
naciones no se han cometido en su nombre por I9S 
falsos cristianos, por los correligionarios de la hipocre- 
sía? No hay crimen que no haya cometido Fernández, 
d Antecristo del setembrismo, á nombre del setem* 



!^^^ 



i8o Matanzas de Yáñez 

brismo. Lo invocó á tiempo de cometer la más infame 
de las traiciones, — la del 14 de enero. Lo invocó Yá- 
ñez con su cuadrilla en las negras horas de las matan? 
zas de dormidos. Entre los afiliados del crimen que 
capitaneaba Fernández, se hizo del ««Viva setiembre" 
la contraseña de sangre y el nema de las comunicacio- 
nes públicas y privadas. Invocaron setiembre los trai- 
dores á la patria, en 50 de noviembre último, al tiempo 
de vender la patria al extranjero, y en el instante de 
atravesar los corazones de los ilustres defensores del 
honor nacional con el plomo asesino. 

"La causa de setien>bre fué aclamada por una gran 
mayoría de la nación; sí, como lo es toda causa de los 
pueblos. Pero, ¿qué se propusieron éstos "con tan so- 
lemne proclamación? Lo diremos sencillamente: el im- 
perio pleno del derecho y el rápido impulso del pro- 
greso. Uno de los votos más ardientes, consignados en 
las actas populares, fué dar las más altas franquicias á 
la emisión del pensamiento por la prensa, emisión que 
tanto aborrecen las tiranías y tanto temen los cómpli- 
ces de grandes crímenes contra la sociedad. 

••La primera herida mortal dada á la causa de se- 
tiembre, fué el decreto de 31 de marzo; autocrática 
ordenanza, que condenó al silencio á un pueblo, en 
momentos en que más necesitaba de la libre -emisión 
del pensamiento para fijar sus destinos. 

••Los pueblos recibieron un primer desengaño, vie- 
ron la esterilidad de tantos sacrificios recientes por la 
libertad, y desesperaron de su salud, traicionados por 
los caudillos que tantos bienes les habían hecho etitte- 



^^El Juicio Públicow i8i 

ver en falaces promesas, que se hicieron pedazos el 
día que empuñaron esos caudillos el poder. 

••Pero, al silencio de la prensa sigúese siempre el 
sordo rugir de la opinión comprimida, dispuesta siem- 
pre á estallar. Así sucedió; y el malestar público se 
pronunció desde aquel momento, para marchar sin 
detenerse con creciente cortejo de calamidades. La 
opinión zumbaba indignada debajo de la compresión. 

••Hubo un partido que creyó poder aprovechar de 
esta disposición crítica de los ánimos, para proclamar 
la reacción, porque los partidos han buscado siempre 
en el descontento popular el apoyo de sus tentativas. 
La política se colocó en la ruta funesta de los hechos: 
estallaron motines, se levantaron patíbulos políticos y 
fué ultrajada y cubierta de oprobio la faz de una noble 
revolución. 

"Cuando se proclama la causa del derecho y de la 
justicia, es un atroz ultraje á ella ftiisma el tesón de 
sostenerla con sangrientas violencias. •• 

¿Cómo negar que dentro de esta invectiva hay un 
manojo de verdades históricas? 

Pero lo que está muy bien caracterizado es el per- 
petuo prurito de los setembristas, de cubrir sus iniqui- 
dades de tres años con el entusiasmo popular y revolu- 
cionario, que un día los pusiera en posesión del poder. 

Dice que, á pesar de este estado de cosas, los hom- 
bres de bien y la masa popular, cuyo instinto certero 
rara vez se equivoca en la explicación de los hechos 
públicos, miraron con marcadísimo desvío ó con des- 
precio el golpe de Estado del 14 de enero. Presintie- 



l82 Matanzas de Yáñez 

ron que iba á ser preludio de un mayor envilecimiento 
de los caracteres políticos. 

"Un hecho de profunda perfidia, por grandes obje- 
tos que se propusiese, era incapaz de fundar ningdn 
orden de cosas laudable ni legítimo, i' 

El crimen, segiin nuestro periódico, no puede ser- 
vir de base para nada que esté llamado á establecer 
derechos y obligaciones recíprocas, como son aquellos 
que constituyen el mecanismo de tm partido en ejer- 
cicio del poder. 

Tocando la cosa más de cerca, dice sobre la dicta- 
dura: 

'•La dictadura del doctor Linares había llegado á 
fatigar al pueblo. Habiéndose inaugurado su adminis- 
tración bajo los auspicios del derecho, declaró e! he- 
cho y la violencia como el único símbolo de su gobier- 
no. La absorción del espíritu nacional en una férrea y 
caprichosa voluntaH, de la cual estaban colgadas todas 
las garantías sociales, había hecho, ante la nación, vi- 
talmente necesario el descenso de Linares del poder. 
De otro lado, á lo último ya no ejercía el dictador, por 
la creciente gravedad de sus males, ese poder sino para 
satisfacer las perversas miras de un extranjero, cuya 
depravación afectó aquél haber descubierto en hora ■ 
postuma. 

"Fernández era el alma de esa dictadura: conocía 
bien este aventurero que él pueblo se exasperaba de 
un gobierno que él mismo, el aventurero, habla calcu- 
ladamente conducido al desacierto. 

'iLa nación conocía al fatal mentor, al criminal ins- 



w El Juicio Píblicow i8g 

tigador que Linares sostenía á despecho de todos lus 
balivianos. Fernández no era al fin sino un funesto 
prestidigitador, que sabía agitar erltre sus manos á una 
momia irascible, á cuya voluntad presunta sacrificaba 
la vida y los intereses nacionales de un país de heroi- 
cos recuerdos. 

><Esta era la actitud de Bolivia la víspera del 14 de 
enero. 

"La madrugada de este día sorprendió al pueblo con 
el rumor de un cambio político. Todos se agitaron. 
Diversos rumores circulaban - sobre la índole del acon- 
tecimiento. Muchos le creían popular. 

"Pero, más tarde, un intenso y desgarrador desen- 
gs^ sembró el espanto en todos los espíritus y heló 
todo^ los corazones. Fernández á la cabeza de un ba- 
tallón era el que proclamaba el motín militar. 

»»Su presencia arrancó un grito de maldición al pue- 
blo. Las miradas de indignación y desprecio seguían 
poT todos lados á todos los que aprobaban aquel exe- 
crable suceso. Tuvo que soportarlas el general Sán- 
chez, que ascendido poco há por el dictador, paseó ese 
día por la plaza mayor su ignominia y su ingratitud, á 
la cabeza de una división seducida y engañada. 

»«E1 pueblo es siempre noble en sus primeros arran- 
ques. En ese día po vio ya en Linares sino una vícti- 
ma digna de miramientos, y convirtió su odio contra 
una infidencia la más inesperada.» 

Ni una palabra sobre el otro reo de esa atroz infi- 
dencia, el actual presidente Achá. 

El estado mayor del partido setembrista, en La Paz, 



Tt? 



184 Matanzas de Yáñez 

estaba muy resentido con El Juicio Público, tanto 
por sus acriminaciones un poco genéricas respecto á 
las carnicerías del 23, cuanto por ciertas transcripcio- 
nes, aun más recriminatorias, tomadas de la prensa 
belcista por nuestra gaceta. 

Según estos escritos, el setembrismo (y esta palabra 
usada en absoluto) había estimulado, azuzado é infla- 
mado los feroces instintos de Yáñez. 

Como en ese estado mayor estuviesen figurando 
hombres verdaderamente intachables y dignos de gran 
respeto, como Tomás Frías, Evaristo Valle y Adolfo 
Ballivián, El Juicro Público hubo de restringir el al- 
cance de ^sos escritos, con entereza ciertamente, y 
poniendo á salvo los derechos de la prensa garantida, 
pero diciendo en desagravio lo siguiente: 

í» Algunos escritores quieren suponer que pretende- 
mos hacer recaer los crímenes del 23 de octubre en 
el partido setembrista. Error. No queremos sino qué 
recaiga sobre sus verdaderos autores. Una absoluta 
generalización sería demasiado injusta. Nuestro tesón 
de buscar pruebas, es por conocer la verdad, para ha- 
cer una justa apreciación del hecho y de sus perpetra- 
dores. 

»íSi hacemos algunas transcripciones, es por dar á 
conocer á todos el juicio que la prensa de otras partes 
ha hecho del acontecimiento más alarmante, por su 
ferocidad, que en el presente siglo ha podido tener lu- 
gar en un pueblo del orbe cristiano.»» 

Pero llegó el caso en que los tres individuos nom- 
brados acusasen la transcripción de un suelto de la 



w El Juicio Púhlicow 1 8^ 

prensa boliviana de Tacna, múXyúdiáo ¡Adelante^ setem- 
bristas! Ijí transcrijíción fué condenada en la perso- 
na de su garante Román Barragán. Éste dijo de nuli- 
dad ante la corte suprema y la obtuvo. Mientras se 
tramitaba, no sin peripecias y emociones, este juicio 
de imprenta, El Juicio Público se mostró duro y 
durísimo contra los setem bristas. 

Antes se había ensañado contra los infidentes, y por 
lo mismo, secuaces de Fernández, dejando en paz á 
los leales al dictador, entre los cuales figuraban Frías, 
Valle y Ballivián. Ahora los disparos son también con- 
tra los leales, á quienes trata de señalar, en mal punto, 
á las animadversiones mestizas ó plebeyas. 

Pinta el aristócrata de las viejas monarquías euro- 
peas, benéfico, patriota, etc., y habla de que la aristo- 
cracia no tiene razón de ser en nuestras repúblicas: 

••Por desgracia vemos en las repúblicas esas aristo- 
cracias de impostura, esas noblezas postizas, que co- 
mo cosa bastarda, son el reverso de la virtud y de la 
fraternidad filosófica. En tales sociedades, donde la 
igualdad debía ser la esencia del cuerpo colectivo, esa 
igualdad de la razón y de la religión, que establece ne- 
cesariamente las categorías del verdadero mérito; en 
esas sociedades, por la más funesta aberración, saltan 
á engreírse aristócrat*\s hechizos, que toman la inhuma- 
nidad por hidalguía, el egoísmo é indiferencia cruel ha- 
cia sus semejantes por gran tono, la absorción de la 
sustancia pública por título hereditario, y el eterno 
monopolio del poder por blasón incuestionable de la 
raza. 



/iRÍ Matanzas dt Ydfíez 

"El aristócrata de esta laya, si no mira con estúpida 
lifeTcncia, se complace en las calamidades piiblicas 
:e no le tocan. Verá morir al pueblo de hambre y 
snudez, y una mirada sañuda y desdeñosa tan sólo 
sponderá á lo^ lamentos de \í desgracia; verá cadá- 
res de ilustres víctimas no aristócratas, de inocente 
merme pueblo descuartizado ert las plazas por la ma- 
I de un verdugo consabido, y lejos de verter tJna 
;rima, de hacer un gesto de horror á la sangre co- 
endo y á los miembros humanos, esparcidos, ese 
istócrata trabajará por infamar la memoria de tas 
:[imas, para emponzoñar hasta el mismo dolor de las 
lérfanas familias. 

"Sacando argumento de hechos infaustos que por 
ucho tiempo pasaron, y contra los que ha habido las 
ás sublimes protestas, perseguirá al inocente pueblo 
1 permitirle un momento de reposo, haciéndole re- 
rcerse sin consuelo entre la miseria y la ignorancia; 
de esto sacará también cómodo pretexto para hacet- 
morir por el látigo y el tormento, en los traspatio 
! cuarteles y en el abandono de los páramos, 
•i'l'al es el ligero paralelo entre el verdadero noble y 
aristócrata bastardo." 

Los setembristas de El Telégrafo motejaron como 
la falta, á El Juicio Público, el que su espíritu y 
ndencias más ó menos bien encubiertas fuesen bel- 
slas. 

El hecho es que El Juicio PtíBLico apareció para 
clamar el desagravio de la moral pública, cuando di- 
10 bando acababa de ser asesinado en las personas 



^^El/uicw Públicow 187 

d/£ cincuenta de sus miembros. Es también un hecho 
que dejó el palenque de la prensa cuando acababa de 
estallar en Sucre un motín, que invocó á Belzu contra 
la constitución y las leyes. 

Es lo que bien interesa consignar en estos anales 
del periodismo. Ese deslinde cronológico señala á esos 
clamores su valedero diapasón, y de aqueste diapa- 
són arrancó El Juicio Público su nota dominante y 
memorable. Lo demás ^qué nos importa ahora? Todo 
induce á creer que no tenía á Belzu por candidato, y 
que tampoco lo t^nía una parcialidad respetable del 
bekismo. 

Estalló aquel motín, y los redactores de nuestra ga- 
ceta quedaron colocados en una posición espinosa, 
ellos que venían defendiendo con intrepidez á los 
caídos, defendiéndolos en campo legal con armas lí- 
citas. 

••Aquí los queremos ver,n — se dijeron entonces con 
maligno placer los setembristas de El Telégrafo^ — "aquí 
los queremos ver. Esos redactores tendrán ahora que 
hablar, ora reprobando con la energía más vehemente 
aquellas tendencias proditorias, ora aprobando un he- 
cho en que sólo la ceguedad é interés depravados de 
un infame partido pueden fundar esperanzas. *• 

El sábado 15 de marzo salió por la tarde el nume- 
ro 46 de El Juicio Público, que era aguardado con 
ansiedad desde las primeras horas del día. Sus pala- 
bras revestían. para todos una doble solemnidad: la de 
una determinación concienzudamente adoptada y la 
de un sabor inusitado y peregrino en Bolivia, donde 



i88 Matanzas de Yáñez 

lo común eran sólo prensa autoritaria y prensa revolu- 
cionatía. Hé aquí esas palabras: 

»Se sabe que en la capital de la repdblica ha esta- 
llado un movimiento revolucionario, y que la suprema- 
autoridad se prepara á reprimirlo con prontitud, por 
los medios que la ley pone en sus manos. Muy bueno, 
muy oportuno. 

»«Así como deploramos los males de nuestra desgra- 
ciada patria, así también tenemos la satisfacción de 
que rija una constitución y un gobierno que ha pro- 
testado acatarla hasta en sus ápices. Que cumpla tan 
solemne juramento, y esto le acarreará más glorias que 
mil triunfos sobre hermanos y mil ovaciones del parti- 
do vencedor. 

fiUn gobierno nacional no tiene la fatal necesidad 
de apoyarse en un partido para combatir á otros. La 
ley y los medios de ejecutarla, que los pueblos han 
depositado en sus manos, son suficientes para reprimir 
los avances, tanto de las personas como de los mismos 
partidos. 

irCada uno de éstos está en acecho de los destinos 
de la patria, para darles el giro que más conviene á su 
índole y á sus. intentos. Si el gobierno ha tenido la 
ventura de sorprender á tiemix) las tramas de un par- 
tido, que castigue á los verdaderos delincuentes, con- 
forme á esa ley tantas veces invocada. 

I» Pero que no vuelva á suceder, por Dios, que se 
entregue un partido aprisionado á la rabia de su rival. 

»»Aun no acaba de deplorar el mundo, con respecto 
á Bolivia, los horrores de semejante política.... n 



wEl Juicio Públicox\ i8g 

Es menester estar muy al tanto de la política boli- 
viana, para poder saborear todos los ápices de consu- 
mada malicia contenidos en estos serenos y llanísimos 
conceptos. Pero es terreno pecaminoso el de querer 
glosar muy á fondo la prensa de partidos tan encona- 
dos y astutos. No obstante, la malicia puede conocerse 
por el verdadero furor con que dichos conceptos fueron 
recibidos por El Telégrafos en su numero 486, corres* 
pendiente al 19 de marzo. 

Entretanto, dos cosas saltan á la vista en este artícu- 
lo: primera, no existe la aguardada reprobación enér- 
gica, vehemente, de las tendencias proditorias del bel- 
cismo; segunda, un gobernante puede sostenerse en 
Bolivia sin el apoyo resuelto de un partido, siéndole 
en tal caso suficientes los medios legales para contener 
los desmanes de las facciones anárquicas. 

¿Está dicho esto último con un sentido práctico 
capaz de parar el golpe del calificativo que merece lo 
que no está dicho con sinceridad? Lo primero ¿acredita 
un deseo decidido de ver consolidadas las instituciones 
wfihn>fiid^^an¿amieBtfeQ de), ordcrn legal? En uno y 
oÉft^casa me parece que no, Y no hay pora qué mora- 
lizar aquí sobre el deber tribunicio de apoyar^ por sqI»& 
cualquier otro interés, el principió de autoridacE, auto- 
ridad legítima, contra los embates de la solditdesca^ 
pretoríana, en un país minado y contraminado por la^* 
faecionesr del caudillaje. 

Pero á donde no puede uno seguir á El Telégrafo 
es hasta la severidad con que condena, en los escrito- 
i^s de El Juicio Publico, su improbación tibia dej 



-bk^^ 



igo Matanzas de Yáñez 

motín belcista y su reclamo simultáneo de garanlías al 
poder represor. ¿Debían anatematizar por malvados á 
sus correligionarios sediciosos? Tanto rigor de viijud 
apenas era exigible de huhianos lidiadores, si la pren- 
sa es escueta de disciplina democrática para milicianos 
políticos, y no claustro cenobítico de votos solemnes 
para heroísmos de otro mundo. La gaceta setembrista 
exigía bien, pero exigía demasiado de la gaceta beícista. 

Entretanto, era deber de toda prensa honrada sos- 
tener al presidente legítimo Achá contra todo avance 
revolucionario. 

Duro, durísimo conflicto para los intrépidos belcis- 
tas de El Juicio Piíulico, que ya veían coronados sus 
valerosos esfuerzos con una vastísima circulación del 
periódico en toda la república. Esta circulación aumen- 
taba la influencia positiva del periódico mucho más 
allá de los muros de L:^ Paz, en momento que estaba 
próxima á abrirse la campaña electoral déla legislatura 
y de la presidencia. 

Pero tuvieron el noble sentimiento de su situación 
nueva. Aun vencida, la rebelión belcista acababa de 
desautorizar la palabra de los redactores, que para bel- 
cistas habían reclamado justicia conforme á las leyes y 
contra las vfas de hecho. Por eso, y antes que bastar- 
dear el timbre distintivo del periódico con otros tonos 
y otras modulaciones, bajaron de la tribuna dejando 
la escena. 

Los adversarios no sospecharon esta dimisión. Creían 
que los propietarios y redactores habían de seguir ma- 
niobrando, segiin los casos, tras, contra ó al sesgo.de 




i\El Juicio Públicow igi 

* 

la corriente. Olvidaron que en Solivia á nueva weixaf 
óm^ nueva gaceta. 

El Juicio Publico, á su t|o]gada stfbfifsteifcia eco- 
nómica, juntaba entonces la ventaja moral y positiva 
del reciente triunfo que acababa de obtener, en la su- 
prema corte, contra los tribunales de La Pan. En el 
citado numero 46 dice tX respecto lo siguiente: 

M Hacemos la transcr¡pc¡<índe un papel suelto de Tac- 
na titulado ¡SetembrisfaSy adelante! para dar á conocer 
la impresión que ha hecho eti los ánimos la causa que, 
con tenacidad, se siguió á nuestro editor responsable 
pm el simple hecho de una transcripción. Pero es pre- 
ciso qoe cot^ozca el mundo, que si en Bolivia hay al- 
gunos j^ces que desconocen los deberes de su sagrado 
ministerio, también hay altos magistrados que dan ex- 
piéndidas pruebas de encumbrada justificación. Así ha 
sucedido en nuestro ca^o, con la excelentísima corte 
soprema de la nación, á cuya eminente probidad de- 
bemos el h^ber cesado toda persecución á nuestro res- 
pecto y el gozar hoy de la plenitud de las garantías 
indtviduales.il 

La transcripción acusada y condenada en La Paz, fué 
la que nuestro periódico hizo del suelto tacneño inti- 
tulado ¡Adelante^ setembristas! Contenía inculpaciones 
injustas y sangrientas contra determinadas personas. 
El nuevo suelto que hoy transcribe contiene el siguiente 
párrafo, que copio aquí para que se conozcan á la vez 
el temple de todo el escrito y la perversa hipocresía 
del periódico transcriptor; 

•'¿Creéis, ¡x)r vchlüraj matar la idea despedazando 



ig2 Matanzas de Yáñes 

el cráneo que la cobija? Ó, como aquel 
historia, «ipensáís acaso contener el océ 
una copa? ¡Necios! Suponéis que cort: 
á los que se quejan y sacando los ojos á 
habéis hecho olvidar vuestras iniquidad 
Os asemejáis á los asesinos que borran 
huellas de la sangre derramada, como 
eso no siguieran arrastrando consigo h 
ata al crimen, soga que tarde 6 temprati 
los sobre la horca. Aun humea la sang 
los setembristas en las manchadas cal 
¡Quién lo creyera! Todavía el setembri; 
aguzando en secreto el puñal homicida, 
en secreto! ¿No está la justicia en poi 
están confiados á ellos los altos puestosi 

El Telégrafo declaró, después de esta 
que en adelante no guardaría ya miram 
critores que habían depuesto toda bue. 
cusión, abjurando del respeto debido i 
los colegas del periodismo, hasta el pui 
invectiva más allá de una vehemencia 
aun en tiempo de mayor exaltación qu< 
etc., etc. 

El Juicio Público no tuvo ningiín 
en convenir en todo esto, mas sin darse 
¡'Francamente decimos, agregó, qne nc 
escritos, ni como algunos de los que coi 
gra/o, ni como el intitulado ¡Setembr 
transcrito en El Juicio Pi5blico. Son,] 
presión del encarnizamiento de los part 



w El Juicio Públicow ig^ 

el pueblo y el gobierno debieran contener en sus justos 
límites como á esos seres atacados de insania.'» 

Indudablemente que esta táctica de combate .no era 
ingeniosa; pero su misma calidad basta estaba tejida 
como para sacar de quicio á los contrarios; y así suce- 
día en efecto. Éstos gastaban, no obstante, algunos 
adarmes de espíritu agudo al preparar sus grajeas. 
Así, por ejemplo, decían lo siguiente, que tiene impor- 
tancia para las nomenclaturas históricas, y que alude 
con oportunidad al famoso saqueo de marzo, ejecutado 
por los belcistas en 1849, y á las recientes expoliacio- 
nes de Sucre y Potosí, también en marzo consumadas: 

(«Los partidos que hicieron la revolución de 1857 to- 
maron la denominación de setembrisias^ es decir, que 
rehusaron llevar el nombre de linaristas por temor de 
que se les tachara de ser bando personal. ¿Por qué el 
partido belcisia no abandonaría esta denominación, to- 
mando asimismo el nombre del mes en que siempre 
se ha hecho notable? Por nuestra parte creemos que 
debieran ellos adoptar el de marcistas. Marzo es el mes 
de acontecimientos memorables de nuestra historia. 
En un marzo los belcistas se hicieron célebres, en otro 
marzo quieren renacer á una mayor celebridad." 

Por esos momentos la ansiedad general en La Paz 
era extremada, con respecto al resultudo del choque 
entre la división constitucional puesta al mando del 
general Gregorio Pérez, y las fuerzas revolucionarias 
organizadas por los belcistas en Sucre y Potosí. 

Pérez acababa de salir de La Paz el 14 de marzo 
con' dirección á la capital de la república, llevando 

^3 



194 



Matanzas de Yáñez 



consigo el batallón Primero. Debían de incorporársele 
en Oruro una sección de artillería, el regimiento Sucre 
y la columna municipal de aquella ciudad. 

Por correo extraordinario se supo el 15 que los fac- 
ciosos habían desocupado Sucre el 1 1 con la mira de 
pertrecharse y engrosarse en Potosí. Comunicaciones 
fidedignas aseguraban que el vecindario sucrense no 
había tomado parte y que reprobaba, in petto se en^ 
tiende, el movimiento. Burlas y rechiflas de los estu- 
fiiantes habían acompañado á^su salida á los cabecillas 
Torrelio y Aguilar. Las autoridades legítimas, pronta- 
lamente restablecidas, hacían esfuerzos para que los 
vecinos formularan una protesta por escrito contra el 
motín pretoriano de la columna municipal, motín que 
constituía el origen militar y base única de la rebelión. 

Con esta ultima noticia y con la de no ser más que 
unos doscientos hombres los que los facciosos habían 
logrado organizar y movilizar en tan pocos días, los 
partidarios del gobierno decían el 15 por boca de El 
Telégrafo: nÁ nuestro juicio, la pacificación del sur 
será completa, porque los facciosos de Sucre carecen 
de apoyo moral y material, m 

Antes de partir Pérez, al pretoriano Balsa le bajó de 
lo alto un amor muy grande á la constitución y á las 
leye^. Junto con empaparse en sangre y enlutar un 
centenar de hogares, habíalas conculcado á secas, sin 
invocar nada ni á nadie, el 23 de noviembre del año 
próximo pasado. 

1 1 Circunstancia es esta, dice ahora, en que sería una 
mengua para todos los hombres de corazón, para los 



r». 



\El Juicio Públicow igs 

que conservan un resto de amor al país y á sus insti- 
tuciones, y en especial para los militares de honor, no 
empuñar la espada y volar en apoyo de los defensores 
del orden, n 

£1 gobierno le dio las gracias, ofreciendo utilizar sus 
servicios oportunamente. 

Este aplomo increíble valió á Balsa mansas brisas 
de olvido que fueron á soplar benéficas sobre sus he- 
ridas. El trivialísinio concepto uno hay sanción moral 
en Bolivia,ri comenzó á descender como bálsamo para 
él y como hiél para los huérfanos é inválidos constitu- 
cionalistas del 23 de noviembre. 

Muy pronto hemos de ver también al actual general 
en jefe de los defensores del orden, á Gregorio Pérez, 
alzarse á su vez contra ese orden invocando su yo, por 
ser éste preferible á la constitución y las leyes. El pro- 
selitismo que entonces acaudilló este pretoriano costó 
igualmente mucha sangre y daños al país. 

Hé aquí lo que á punto mismo dice un impreso de 
estos momentos para caracterizar la actual rebelión 
soldadesca de Sucre: 

'iQuisiéramos que se reúnan todos los belcistas en 
sinagoga plena, y que después de meditada discusión 
y puesta la mano sobre el pecho, sin dar oído más que 
á las inspiraciones de la conciencia y de la razón, nos 
respondieran á esta pregunta: ¿Qué motivos tenéis 
para revolucionaros? Los hombres de corazón callarían. 
Un belcista exaltado y rojo, que quisiese romper el 
silencio para expresar su pensamiento con franqueza y 
audacia, nos diría: — n Nosotros hacemos la revolución 



igó Matansas de Yái 

simplemente para que gobierne Bi 
años de prosctipcilin hemos sufric 
prohombres han sido asesinados ei 
queremos dominar, porque querer 

Se recordará la manCTa arroganl 
que El Juicio Público aparecid 
diar entre los partidos, cada vez ir 
tud de su egoísmo y sus rencores i 
quisiese cerrar el ciclo de sus traba 
tuando la falacia de aquel orinan: 
de marzo se presenta él vistiendc 
la tc^a de arbitro arbitrador y am 
Con la formalidad imperturbable 
menzar de nuevo sus tareas, dice:. 

riQue el pueblo imparcial y sen; 
cián respectiva de los bandos, ] 
. diestra, con previsora conciencia 
que amaga. Respecto de nosotros, 
procurado dar pruebas de imparci 
clones, acusando el crimen en cua 
mos hecho una irrevocable profe 
pendencia, y esto nos es característ 
crea que pudiéramos someter nui 
ningiin caudillaje. Lo que hemos i 
nemos entre los partidos para que 

tiTampoco nos arredra la amen 
fiscal, ni otras que se nos hacen n 
te. No lo primero, porque existe u 
cional que garantiza el cumplimien 
vas á la libertad individual, sin ce 



^\ El Juicio Púhlicoyy /p7 

de los partidos en furia. No lo segundo, porque el apo- 
yo de una conciencia pura desconoce todo temor. . . 
ir Nos complacemos al leer los partes de haber ter- 
minado ó de estar próximo á terminar el motín del Sur. 
Ojalá los negocios públicos tomen su marcha normal 
y que entremos de una vez en el palenque en que sólo 
deban luchar la razón y la ley, cuyo eco es el periodis- 
mo y con cuya arma podemos lidiar con ventaja noso- 
tros los escritores públicos, enemigos naturales de las 
vías de hecho. Sucediendo al actual conflicto la calma 
política, calmará también la efervescencia de los parti- 
dos..." 

Pero antes que eso suceda y durante el actual con- 
flicto, fué táctica de nuestra gaceta el vituperar el mo- 
tín setembrista de noviembre en el Sur y en el Norte, 
señalado por la traición de Fernández en Sucre y por 
el sangriento combate de Balsa en La Paz. Ahora bien, • 
los amigos de estos cabecillas rodeaban actualmente al 
presidente Achá en la ultima ciudad, y las alusiones y 
referencias de El J Jicio Público tendían á abochornar 
á los cortesanos y á impresionar á Achá, sembrando 
entre unos y otros la poca gana de anatematizar con 
furor el actual motín belcista del Sur. 

Aquella confianza en el buen éxito de la campaña 
contra los facciosos no estaba exenta de zozobras, y 
con razón. En Potosí había dos mil fusiles y mucho 
dinero en la casa de Moneda. Esto era grave. En una 
solución librada á la brutalidad^de la fuerza, entra por 
mucho en el cálculo de probabilidades, como factor, 
el acaso sin lógica. 



- igS Matansas de Yáñez 

En los encuentros de las facciones del caudillaje bo 
liviano era principal agente el militarismo; y el mili- 
tarismo, por el estado social engendrado, era aleve, 
desvergonzado y sin principios. Genízaros e! presidente, 
en su proclama de uso y costumbre, llamaba á los trai- 
dores de la columna municipal de Sucre; pero los que 
de I.a Paz y Oruro iban á combatirlos en sostén de la 
ley, eran también genízaros, como pudo certificarlo 
más tarde el mismo Achá, presidente constitucional. 

Lo cierto es, que cuando el 9 de abril llegó á La Paz 
la noticia de la total dispersión de los rebeldes, no 
pudo menos que confesar en un documento publico, el 
gobierno, que su espíritu acababa de salir de una mor- 
tal inquietud, 

A la sazón veinte días hacía que El Juicio Publi- 
co había dejado de existir. No cantó su muerte como 
el cisne su próximo fin, ni celebró con pompa sus pro- 
pias exequias como Carlos V al abandonar la munda- 
nal batalla. Firme al pie de la brecha estaba en el pos- 
trero, cual estuvo en el primero de sus días, asumiendo 
la judicatura política en el foro tempestuoso de los 
partidos, zurrando á manteniente al setembrismo pa- 
ceño, si bien ahora más qne nunca particularizándose 
contra éste, mediante el ardid pueril de no llamarle 
partido sino partidos. 

Pero su mal intento le delata ante nosotros; y 
véase sí su generalización, meramente verbal, no es 
también, por muchos conceptos, una generalización 
sustancial, con sentido perfecto y justicieramente histó- 
rico, respecto de todos los bandos, e! belcista incluso. 




^\ El Juicio Público w JQ0 

Las alusiones locales y personales, perdidas para la 
posteridad, no perturbarán sino acentuarán la integri- 
dad del juicio. Dice: 

mLos partidos conjuran en su ayuda á todos sus afi- 
liados, no importa si son grandes criminales, no im- 
porta si el anatema universal, y el de ellos mismos, 
han marcado la frente de algunos renegados de la pa- 
tria y de la humanidad. 

II Los últimos acontecimientos de la capital no han 
hecho sino servir de piedra de toque, para conocer los 
grados de iracundia que se profesan los dos partidos 
belcista-y setembrista. Se miden de hito en hito, se 
amenazan, se denuestan, se enfurecen y se lanzan al 
terreno de la lucha. 

II i Qué diferencia de esta época á aquella en que, 
habiéndose levantado el pendón de extranjero motín 
por Fernández en Sucre! El pueblo, el verdadero pue- 
blo, levantó su majestuosa frente, prestó su apoyo al 
gobierno, y en pocas horas quedó aniquilada la perfidia 
del huésped ingrato, y salvado el honor nacional. Su- 
cedió instantáneamente la paz, la clemencia con todos 
los delincuentes políticos, que se cobijaron bajo la égida 
del espíritu de confraternidad y filantropía, que carac- 
teriza al pueblo boliviano, con pocas excepciones. 

nPero los partidos, los envenenados partidos, más se 
resignan al baldón de coyunda extranjera que á la re- 
conciliación, exigida por los futuros destinos de Boli- 
via, por la naturaleza y por la misma religión. 

"Sobre los partidos está, no obstante, ese pueblo, 
hijo predilecto de Dios, compuesto de propietarios, in- 



^ 



20Ó Matanzas de Yáñez 



dustriales; pensadores y artesanos. Son las abejas de 
la Ref)ública. Sus tareas y lucubraciones se ven á me- 
nudo interrumpidas por los zánganos partidaristas, que 
no les permiten elaborar el espléndido panal de las 
sociedades, que consiste en el progreso y la ventura. 

«•Pero ese pueblo se ilustrará al fin sobre sus ver- 
daderos intereses; conocerá que los partidos son el 
enemigo capital de su dicha y reposo, y ahogará los 
partidos todos á la vez con esa omnipotencia que sólo 
es concedida á un designio verdaderamente nacional 

»»Bien sabemos que todas las revoluciones de Boli- 
via, que marcan otras tantas eras luctuosas, harv venido 
acompañadas de un abundante y falaz cortejo de prin- 
cipios, propósitos y promesas más ó menos lisonjeros. 
¿Qué han viáto como consecuencia los pueblos? Tan 
sólo el eclipsarse cada día más y más la estrella de su 
porvenir, socavarse más bajo sus plantas la fosa de su 
ruina. El partido que domina hoy, siempre más detes- 
table que el que dominó la víspera. 

"Y no sólo eso: cada partido á su vez ha fundado, en 
el aniquilamiento de Bolivia, su título para dominarla 
eternamente. Cada partido dice: »»Yo operé una revolu 
ción social en tal época ó mes; esta revolución ha he- 
cho de la patria un cadáver; pues bien, de allí arranca 
mi exclusiva prerrogativa de eterno dominio." 

«»Es abominable el contraste que forma la actualidad 
tristísima del país con las balandronadas de principios, 
progreso y perfectibilidad social que arrojan los parti- 
dos. Y lo remarcable es que el mundo ya contempla 
compasivo y horrorizado á lá joven nación, explotada. 



wEl Juicio PúbltCOw 201 

deshonrada y envilecida antes de haber llegado á la 
pubertad. 

"Con atroz injusticia los partidos de Bolivia se dis- 
putan hoy la presa. Aparte de que en los sistemas 
republicanos el gobierno nacional debe resolver y re- 
primir las odiosas parcialidades, entre nosotros no hay 
partido que pueda, con justicia, atribuirse la satisfac- 
ción de haber labrado un bien positivo á la patria, be- 
neficio que pudiera fundar un título de merecimiento, 
raucho menos que le concediera la prerrogativa exclu- 
siva del mando. 

"Este prurito exclusivista no es estéril, sino dema- 
siado fecundo en calamidades. Fernández dijo: Quiero 
mandar tan sólo con el partido setembrista. Y una divisa 
semejante es en su caso la de todos los partidos, y por 
mandar entienden nuestros políticos dominar^ poseer^ 
aniquilar. 

"Los partidos han sido incapaces de obrar el bien 
alejándonos del mal. En adelante continuarán demos- 
trando su impotencia como una calamidad inevitable 
de la patria. 

"Buen ejemplo tenemos de esta verdad en la rebe- 
lión extranjera de noviembre próximo. En ese aconte- 
cimiento, tan alarmante para la [dignidad y honra na- 
cional, los partidos ¿qué hicieron? Guardar lá actitud 
del egoísmo y de la intriga, conservar esa espectación 
del cuervo para lanzarse, cuando convenga, sobre la 
consabida presa descuidando al rival, ó bien para po* 
nerse á merced del vencedor haciéndoselo propicio y 
aplazar las tentativas. 



202 Matanzas de Yáñez 

í'Sólo los pueblos, con su heroísmo innato y con el 
sentimiento intuitivo del honor nacional, pudieron en- 
tonces salvar la patria, al gobierno y las instituciones, 
del conflicto más calamitoso que han ofrecido nuestros 
lúgubres anales. 

»«¡ Pueblos de Bolivia! reinstalaos en vuestros dere- 
chos, que tan sólo así los partidos depondrán sus pre- 
tensiones liberticidas, y se retirarán arrepentidos á una 
vida de reparación.*» 

Las adulaciones de siempre al pueblo boliviano por 
su heroísmo ionato y su vivo sentimiento del honor 
nacional. Es indudable que los escritores allá necesitan 
el uso de esta salsa, puesto que con ella todos guisan 
sus manjares. Pero, francamente, esto de que el pueblo 
de Bolivia, compuesto de artesanos, propietarios, indus- 
triales y pensadores, sea el pueblo predilecto de Dios, 
me parece poco conciliable con aquello de que el mun- 
do ya contempla horrorizado á la joven nación, envile- 
cida aintes de llegar á la pubertad. 



■I • • 



>f$^»^$^K€$<>^e^K^^€»»€$^c»»^»»^$^>^-^$^H>^ ^ 



CAPÍTULO VIII 



"EL TELÉGRAFO" 

1868—1864 

iseí 

Noticia histórica y bibliográfica. — Los coroneles Flores y Balsa 
ligados á Fernández. — Achá se deshace del primero é intenta 
• lo propio con el segundo. — Libertad de los presos políticos. — 
Alarmantes rumores en La Paz. — Estalla la rebelión del Ter- 
cero. — Combate con el Segundo, — El grito popular: ¡La cabe- 
za de Yáñezl — Yánez en el palacio. — Su ejecución por el pue- 
blo. — Dos ejecuciones más. • 

Si El Juicio Público^ bien compulsado por la críti- 
ca, puede contener y contiene en efecto el proceso 
histórico del 23 de octubre, no presenta la misma fuen- 
te copiosa de información con respecto al hecho co- 
rrelativo de las matanzas. La ejecución de Yáñez un 
raes cabal después, debe estudiarse en toda la prensa 
del día, pero más principalmente en El Telégrafo. 



304 Matanzas de Ydñez 

Este periódico de La Paz apareció el sábado r6 de 
octubre de 1858, y concluyó con su niSraero 755 
el 31 de diciembre de 1864. Acababa entonces de con- 
sumarse en Cochabamba el gran motín militar enca- 
bezado por Mariano Melgarejo {diciembre 28), que 
echando por tierra al gobierno legítimo y el régimen 
constitucional, entrañó para el país las consecuencias 
de una revolución, pero revolución de la peor estirpe 
soldadesca que allá se recuerda. £1 despotismo [wr 
ella entronizado, durante sus seis años de tropelías, de 
violencias y de patíbulos, no dió cabida á las empre- 
sas dei periodismo que no fueran abyectas de espíritu 
ó venales por sus medios de subsistencia. 

Durante los dos primeros años y meses de su exis- 
tencia, Et Telégrato sostuvo la dictadura de Lina- 
res. Por ello no se podrá concluir, que los jóvenes 
qtie redactaban con ardimiento esas columnas, care- 
ciesen de digiiidad tribunicia, ni que su adhesión de 
sectarios á la persona del caudillo setembrista dejase 
de ser sincera y patriótica. 

Cuando dos de los ministros de Estado (enero 14 
de 1861), maniataron y expulsaron al dictador invo- 
cando libertad y protestando abnegación, pero en rea 
lidad para quedarse uno y otro en la arena, á dispu- 
tarse á brazo partido la presidencia, El Telégrafo 
debía naturalmente de experimentar y experimentó 
con efecto ima dislocación en su espíritu. Había que 
pasar bruscamente de la defensa á la condenación de 
la dictadura, purante el breve'Jnterregno del estupory 
del rubor redactó la sección editorial Félix Reyes Ortiü. 



1 






»»-£■/ Telégrafow 20S 

Pasó el intervalo agudo 6 áspero de la transición. 
Muy sin demora la convocatoria de la asamblea, la 
campaña electoral, los ideales legislativos de una re- 
forma, la congregación respetable del cuerpo nacional, 
abrieron á los escritores públicos sendas y puntos de 
mira elevados y que implicaban, como antecedente ló- 
gico y como, requisito político, la aceptación del orden 
existente y aun su defensa por sobfe los hechos con- 
sumados el 14 de enero. 

Reanudó entonces con desahogo sus tareas El Te- 
légrafo, tareas conservadoras del poder constituido, 
considerando las cosas desde el punto de vista de las 
facultades del gobierno y de las obligaciones de los 
gobernados. 

Usaba lente de color y de aumento al practicar sus 
observaciones en este sentido. La sangre setembrista 
se agolpaba hirviendo á su cerebro, al contemplar las 
faltas ó desmanes del belcismo. 

Por eso no lialló palabras elocuentes con que deni- 
grar las matanzas de Yáñez y perseguir á los culpados 
y culpables. Desplegó en cambio un enorme silencio. 
Con todo, se negó con valor y nobleza á calumniar á 
las victimas. 

¿Su subsistencia material? No libre estuvo jamás, en 
su carrera, de subvenciones ministeriales ó gajes gu- 
bernativos, á título remuneratorio de servicios y por 
contrata. Así y todo, no perdió del todo el espíritu de 
empresa independiente, aspirando en lo posible á con- • 
tar con suscripciones libres en el comercio y en el 
vecindario, y abriendo en una de sus páginas un trc- 



1 



2o6 Matanzas dt Yáñes 

cho é palestra neutral, accesible aun para las polémicas 
políticas de cierto temple ó alcance. 

Puede concluirse, que durante los seis añgs de su 
total duración, los ecos de este periódico respondían á 
la necesidad moral del orden en las diversas esferas 
política, religiosa é Industrial, que constituían, junto 
con la enseñanza publica y la vida municipal de La 
Paz, lo más activo del movimiento del país y de la lo- 
calidad. Fué por eso sostenedor <S amigo de los tres 
gobiernos que se sucedieron en el poder desde 1858 
hasta 1864; y son á saber: la dictadura de Linares, el 
triunvirato del golpe de Estado, la presidencia de 
Achá. 

Su forma de tamaño ha sido habitualmente el folio 
mayor de gaceta boliviana á cuatro columnas, con ex- 
cepciones momentáneas del folio comdn de oficio á 
dos columnas. Aparecía ya trisemanal, ya bisemanal, 
ya eventual, ya también diariamenle, si bien esto üllt- 
rao por breves intervalos. La Imprenta de Vapor y la 
Imprenta de la Opinión se han alternado para publi- 
car El Telégrafo. 

El año 1861, El Telégrafo tocaba en enero 5 al 
número 306 y en marzo 31 al número 329. 

Desde el número 330, correspondiente al 15 de 
marzo, se publica diariamente en folio común de ofi- 
cio á dos columnas, hasta el número 459 correspon- 
diente al 27 de octubre. Nicolás Acosta, el erudito 
autor de los Apuntes para la Bibliografía PertoáisHca 
de la Ciudad de La Paz, da cuenta del número 460 
(noviembre 27) en la misma forma de tamaño, número 



••jÉ"/ Telégrafo\\ 20J 

que no conozco; y debe de ser interesante, por cuanto 
contiene la primera parte de un relato cuyo término 
veo en el número 461, relato referente á la rebelión de 
Balsa, muerte de Yáñiz y demás sucesos en la ciudad 
acaecidos entre 23 y 28 de noviembre de 1861. 

Desde el número 461, correspondiente al 4 de di- 
ciembre, apareció eventualmente El Telégrafo, vol- 
viendo á su habitual forma grande, ó sea cuatro 
columnas en folio de gaceta. El último número del 
año 186 1 es el 468, correspondiente al 28 de di- 
ciembre. 

Tocaba El Telégrafo en su número 458 cuando 
sobrevinieron las matanzas. El número 459, del 27 de 
octubre, salió por obra de fuerza mayor publicando los 
documentos y la versión del asesino sobre aquellos 
horrores. Calló seguidamente un mes entero. 

Sucesos ligados con las matanzas son los que, un 
mes cabal después, tornaron á ensangrentar la ciudad 
de La Paz. Me refiero al motín de Balsa y á la expia- 
ción de Yáñez. 

Las publicaciones de la prensa coetánea contienen 
materiales suficientes, á mi juicio, para un cabal esta- 
blecimiento de la verdad sobre aquellos sucesos. El 
Telégrafo ante todo. Sé decir que hasta su núme- 
ro 476 (febrero 5 de 1862) contando desde el ya cita- 
do número 460 (noviembre 27 de 1861), contiene lo 
más luminoso de la polémica contradictoria de afir- 
maciones, negaciones y rectificaciones, que se suscitó 
esos días sobre el suceso principal y sus incidencias. 
Pueden tomarse en cuenta, á mayor ilustración ó abun- 



2oS Matanzas de \ 

damiento, lo publicado por El 
números 2 y 13 {noviembre 30 y 1 
el rarísimo pliego suelto paceño 
gaáa del 23 de Nm'iembre, el ni 
sucrense La Causa Nacional (< 
lleto inscrito en mi catálogo ¡n 
ro 888. 

El que quiera tomar á lo seri 
historia al militarismo pretoriam 
en estas fuentes impresas hacer < 
y menudencias, sobre el escándE 
la expiación famosa del 23 de 1 
La Paz. 

Mientras tanto, hé aquí lo qui 
ver, se presenta como bien averi 
de los hechos, sobre los primero 
constitución de 1861 en elvíací 

Desde que la asamblea na 
arrancada á una batalla paríame 
perto Fernández boliviano de r 
colegirse que este corifeo políti 
mente á la presidencia de la rt 
ejecutó ese día un acto de jus 
abrió ancha puerta á la ambiciór 
bre. Es la verdad que, para ce 
ministro de Estado, no había « 
declaratoria, declaratoria con ta: 
y por lo mismo con no inferií 
tida. 

Los coroneles Nicanor Flore 



r 



iiJS'/ TeUgrafayy 20^ 

« 

gentinos de nacimiento, y bolivianos hasta lo más 
hondo del corazón como Fernández, si bien no con los 
títulos muy calificables que á éste asistían para obte- 
ner el nacimiento legal, estaban ligados á él por íntima 
amistad y por una perfecta comunidad de opiniones 
políticas. Tenían respectivamente el mando de los ba- . 
tallones Primero y Tercero del ejército. 

Á la sazón Fernández, en el puesto de ministro del 
Interior, suscitaba embarazos de todo género á los tra- 
bajos conciliadores del presidente Achá, trabajos enca- 
minados á reclutar y formarse un partido personal pro- 
pio, en campo situado entremedias del belcismo y del 
setembrismo. Junto con esto y por consecuencia, el mi- 
nistro, declarándose en abierta pugna con los belcistas, 
asumía en el poder la gestión de los intereses del par- 
tido setembrista, poderoso partido de odios vengativos, 
compuesto de hombres resueltos y muy agraviados del 
belcismo. 

Trece días después de haber sabido el suceso de 
las matanzas, el presidente partió para el Norte, dejan- 
do en Sucre á Fernández y á Flores, quienes debían 
reunífsele en pocos días más en Oruro. Escapaba de 
una mansión peligrosa, de entre las redes y asechanzas 
que rodeaban su inerme autoridad legal. 

Tanto aquellos corifeos como todos los setembristas 
de su facción, quedaron adormecidos con el beleño 
que les había propinado Achá, sobre que un cambio 
abiertamente setembrista de política debía presto con- 
• sumarse en la gobernación del país. Achá no encontró 
inconveniente para que se declarase en un periódico 

14 



3Í0 Matanza 

oficial, á nombre ^e) gobi 
políticamente el Estado, 
brazos del partido seiemb 

A tres jornadas antes < 
de noviembre separó á Fl< 
llón Primero, haciendo a 
jefe al coronel Mariano M 
ba que se quedara en Su 
dante general de armas. I. 
Chayanta, el 17, destacó < 
al ministro de la Guerra ( 
parar del comando del 
título de jefe superior po 
debía tomar el mando di 
puesta del Tercero, del es 
sección volante de arliller 
Tercero, y algunos creen í 
la división. 

Otros arreglos en el eje 
dentes todos á separar de i 
ministro, confiándoles ce 
nando los huecos con ofi 

El general Avila llegó á 
Esquivó con maña las exi; 
por una orden general api 
ascensos del 23 de octul 
con él. Le manifestó que 
nado por el presidente p 
mando del Tercero. 

A Balsa se le propuso 



'afo» ai I 

ral de La Paz. Él califíci5 
rada la proposición, 
ano, el ministro puso en 
Jcos del LoreCo. Igual- 
alabozos, á los soldados 
mbre en el concepto de 

i Paz, en todas sus esfe- 
ilato que esos señores y 
■lentes todos del 23 de 
nientos, del simulacro de 
erfa. 

con su división se acen- 
}s rumores de un próxi- 
por la mano del mismo 
: enero ultimo. 
secretas insinuaciones de 
jna revuelta setembrista. 
con urgencia las cosas, 
I el siguiente punto de 
il 23 del octubre, tenía él 
política semibelcista del 
prometerse de un inme- 
orial del inflexible Fer- 

)residente de la república 
tel general, una división 
sCros del despacho. En 
co aguardaba los aconte- 
de la reptíblica. 



3t2 Matansas de Ydñes 

El coronel Balsa, sea que así lo tei 
usara como ardid de seducción, hizo 
del 22 á los jefes y oficiales de su r 
tallen Tercero sería desarmado al sij 
esto se llevaría á cabo por medio del 
y de la columna municipal. 

Váñez, con unos cuarenta rifleros i 
esa noche en la Caja, ediñcio coloni 
guio sureste de la plaza mayor, ángul 
dos calles que desembocan en la esq 
Id columna municipal no ocupaba yi 
cío, como en tiempos de mayor des 
público. Estaba en el cuartel de San 

Eran las cuatro y veinte y cinco m 
dnigada, cuando se oyó en el centro 
detonación ligera de tiros de fusil. M 
despertaba sobresaltada la población 
de descargas y tiroteos consecutivo 
un combate dentro de la ciudad. 

Era que el batallón Tercero, al m 
Narciso Balsa y Federico Tardío, ap 
piezas de artillería y por la columna 
taba al batallón Segundo en su cuarl 
Recreo. Las cosas habían comenza 
siguiente: 

Sin ser sentido y en obra de poct 
con dos compañías del Tercero, se ; 
lumna municipal y la incorporó sin 
fílas. Tardío, al mando de las otras ci 
cero, y la artillería y la columna 



y\El Telégrafos 2x3 

órdenes, pasaron acto continuo á sitiar y á intimar ren- 
dición en su cuartel al batallón Segundo. 

Una partida, destacada por Balsa en los primeros 
instantes para observar en la plaza mayor los movi- 
mientos del comandante general, disparó inopidamente 
algunos tiros, los primeros que se oyeron y que fueron 
para el Segundo un alerta del peligro. Dispertó y 
corrió á las armas. 

Una descubierta improvisada al instante, mientras 
adentro se armaba el batallón, cruzó no lejos de la 
puerta algunos fuegos con gente del Tercero, en la 
calle del Recreo, calle que por delante del cuartel sube 
al oeste hacia los barrios centrales. Mas, al punto 
mismo, vítores patrióticos y voces fraternales introdu- 
jeron allí la incertidumbre, mientras ambas partidas 
avanzaban en dirección convergente; y poco después 
la confusión era grande al encontrarse unos y otros 
compañeros de armas. No ha podido averiguarse de 
cuál grupo partieron primero las protestas pacíñcas. 

Acababa entonces de formarse el batallón á la iz- 
quierda de la puerta del cuartel. Momentos después 
llegó Tardío con tres compañías del Tercero. ¿Qué 
ocurría? Súpose entonces allí toda la verdad. Acababa 
este batallón de sublevarse con los demás cuerpos de 
la plaza, y exigía que el Segundo siguiese este movi- 
miento para salvar la patria. 

En orden silencioso de formación permanecían am- 
bos cuerpos, firmes, armas al hombro, muy cerca uno 
del otro, mientras el comandante Pablo Caballero, jefe 
accidental del Segundo, conferenciaba con Tardío. Por 



214- Matanzas de Váñez 

breves momentos nada anunció alH que estos dos cuer- 
pos veteranos del ejército, hablan de peleai' luego el 
uno contra el otro. 

Vítores y algunos disparos de fusil resonaban fuera 
del recinto. Pelotones de plebe turbulenta comenza- 
ban á fluir. Una parte del Tercero, la columna mu- 
nicipal y la artillería, mientras tanto, habían tomado 
posiciones dominantes y seguras en torno del cuartel. 
Un toque de corneta aguardaban para romper el 
fuego. 

Apareció entonces Balsa al centro de una escolta de 
rifleros y seguido de su cometa de órdenes. Avanzó 
por el flanco hasta el centro del batallón sitiado. Fué 
recibido con un abrazo por Caballero. 

Todo parecia allí de paz, con tendencias á un ave- 
nimiento, que señalase al débil la trivial zaga del mal 
fuerte, cuando se presentó el coronel José María Cor- 
tés, primer jefe del Segundo. Este hombre noble y va- 
liente cambió al punto la faz de las cosas, señalando á 
los suyos, con ascendiente moral irresistible, la senda 
del deber. 

Balsa escapó allí de la muerte. Obra fué ya lodo de 
segundos. Cortés apostrofa á sus soldados, ordena que 
disparen sobre el traidor, él mismo le descerraja un 
pistoletazo, su escolta rodea á Balsa herido, salvan 
presto con él en brazos el corto espacio que los sepa- 
ra de sus compañeros, retíranse á su línea de comba- 
te, suena la corneta de Balsa y se rompe el fuego con- 
vergente contra el batallón Segundo. 

Mientras el enemigo repechaba la vía pública para 




wEl Telkgrafoy\ 2IS ■ 

ganar la esquina de la Moneda, tiempo breve tuvo el 
coronel Cortés para desplegar en secciones su fuerza, á 
fin de resistir con individualidad á los diferentes pun- 
tos del ataque. Estaban los suyos á pecho descubierto 
en la calle. La derecha extrema de los contrarios, 
aquella que 6,e. más cerca les acosaba, habíase para 
petado á la entrada de la Alameda detrás de unas ta- 
pias frente al cuartel. 

"Fuego y avancenti tocaba la corneta de Balsa; y el 
fuego era vivísimo de una y otra parte, sin que el avan- 
ce fuera posible para nadie en aquellos momentos. 

Casi al mismo tiempo de trabarse el combate en 
condiciones tan desventajosas para las armas de la 
ley, recrudecía el brío de los contrarios con creces de 
mortandad para las filas del Segundo. Tuvieron, éstas 
que replegarse hacia el cuartel, al paso que se estre- 
chaba en torno suyo el círculo de fuego, por virtud de 
un refuerzo inesperado que acababa de recibir el ene- 
migo. 

Tenía Balsa, el grueso de sus fuerzas y su base dé 
operaciones hacia el occidente, en la calle del Recreo, 
esquina y puente de la Moneda, á la derecha de Cor- 
tés. Por las bocacalles de su retaguardia y de su mano 
izquierda afluía en oleadas el populacho preguntando: 
ii¿Y Yáñez.^ ¿Cuál va contra YáñezPir 

Vista su actitud, obvio fué el ardid de decirles que 
Yáñez se. defendía allá abajo con el Segundo den- 
tro del cuartel. No oyeron más. Las turbas entraron 
furiosas al ataque, poniéndose de parte de los rebel- 
des con piedras y con palos, con las armas de los 



2l6 Matanzas de Ydñez 

muertos y de los heridos, y con el torrente de sus pe- 
chos y de sus gritos que servían de antemural y de 
aliento á los soldados de Balsa. 

La resistencia del Segundo fué valerosa por más de 
media hora. Fué mucho durar. En aquella situación 
no era suficiente el valor del soldado boliviano, exce- 
lente en el primer impulso. AUí, para salir con éxito 
y triunfar, se habían menester otros requisitos mora- 
les en el valor. Desde el primer momento un desastre 
fué indefectible y todo se confabulaba para acelerarlo. 

Muy al principio cayó mortalmente herido el hom- 
bre heroico, el coronel Cortés. Estaba también fuera 
del combate su segundo el coronel graduado Miguel 
Lizárraga. Caballero era algo conferenciador con — y 
un poco abrazador de — los traidores que se acercaban 
á intimarle rendición. ¿Quién hubiera sostenido entre 
las balas el valor del soldado? ¿Quién hubiera infla- 
mado su constancia y su fe en la buena causa? 

Los rifleros de Yáñez no acudían en auxilio de estos 
defensores del orden, ni llamaban'la atención del ene- 
migo por otros puntos. Entre muertos y heridos ya- 
cían en el campo unos ciento treinta soldados, casi 
todos del Segundo. Á eso de las seis y media de la 
mañana la dispersión era completa. Un puñado de 
valientes intentó hacerse fuerte algún tiempo más en 
el cuartel. Sobrevino un asalto, y el cuartel fué entrado 
en tropel por plebe revuelta con granaderos. 

Antes de que aquello se verificase. Caballero atra- 
vesaba los fuegos, ganaba las alturas de San Pedro, 
ponía en salvo dos compañías y las incorporaba en el 



>yEÍ Ttlegrafg<y 317 

Quenco con el escuadrón HiSsares. Prudencia á que 
más tarde correspondid el gobierno sacándole del cuer- 
po, y enviándole á sentarse en una oñcina militar de 
Santa Cruz. 

Húsares y aquel resto de! Segundo emprendieron 
todo ese día la retirada hasta Calamarca. 

Mientras á cuatro y cinco cuadras de la plaza ma- 
yor se verificaba este combate, Yáñez no dio un paso 
fuera de aquel recinto central. AI principio estuvo den- 
tro de la Caja; en seguida se paseó un rato con su es- 
colta por las aceras como en observación ó en ademán 
demostrativo. 

Los grupos de curiosos decían al verle: "Yáñez está 
por el ordeni'. Otros replicaban: i-Y entonces ¿porqué 
no acude á apoyar al Segundo?ii Nadie ixidia afirmar 
con seguridad ni lo uno ni lo otro. En aquellos mo- 
mentos la inercia de Yáñez, así podía traducirse por 
bien entendida reserva estratégica en favor del orden, 
como por complicidad con la rebelión. Era cuando 
menos una inercia con astucia. 

Á lo último, Yáftez se encerró con toda su gente en 
el palacio, ediñcio alto y sólido, bien que muy expug- 
nable por fuerzas superiores. Pocos momentos antes 
había emprendido la fuga e! general Avila á reunirse 
en el Quenco con el escuadrón Húsares, llevándose la 
seguridad de que Yáñez se sostendría por el orden en 
el palacio. * 

Las fuerzas de Balsa estaban triunfantes. Con eso 
todo era, sin embargo, encogimiento en tomo de los 
jefes rebeldes. Viendo estaban que del fragor humean- 



2i8 Matanzas de Yáiiez 

te de! combate surgía i ndeiwn diente una i 
nueva. Viendo estaban que se iba levantand 
un solo hombre, y que se engrosaba y se arm, 
enfurecía y se lanzaba hacia la plaza la mayor ■ 
las fuerzas numéricas militantes: ia masa popu 
pacta, sedienta, inmensa y soberana. 

"La cabeza de Yáñez,ii fué su único peni 
cuando, á eso de las siete y media de la mat^a 
naban en la calle del Recreo las dianas de la 

Ellos, estos jefes sin fe ni ley, acababan d 
con sangre á los leales, para labrar sobre esta 
la usurpación de Ruperto Fernández; y hé aqi 
voluntad enfurecida del pueblo se apoderal 
victoria, para ajusticiar á ios que la fama s 
desde un mes atrás, como sanguinarios precur 
Fernández. 

Sin ley ni fe, se ha dicho; pero ¿cámo du 
en esos momentos, la conciencia de su delito 
gantó más, ante su estupor, la majestad d( 
sanción inesperada y tremenda de la justicia ( 

Torrentes de plebe, encabezada por grupc 
derables de cholos armados, desembocaban ei 
por las calles que van á acabar juntas en la 
del palacio. i'¡La cabeza de Yáñez, la cabez¡ 
ñez!" es el grito formidable de aquella muche 
que venía del combate, ebria entre el olor d 
vora y la sangre, arrebatada por el impulso d 
de la venganza, buscando con clamoreo atro 
asesino del 23 de octubre. 

Entre la multitud que llenaba de cabezas 



.,.^_J 



'Ei TeUgmfoo 219 

i y granaderos de Balsa resaltaban 
en la supetñcie pardusca y moví- 
.nchas que flotaban de aquf para 
desarraigado sobre las olas en un 

1 antes huido por encerrarse en 

n de parte del motín triunfante, 

;ntos su desengaño con indecible 

1 rendija dz las cerradas ventanas 

, que estaba levantada sin remedio 

acha de la vindicta nacional, ha- 

nplada un mes entero en la ciudad 

lielos del terror en el fuego inten- 

nprimido. 

:n la fuga, jl^ evasión dentro de 

uros sitiados! 

1 palacio tenía que ceder al impul- 

Un caí^onazo la abrió de par en 
lia en una columna hizo temblar 
Jn popular invadió el patio y todo 
esta fábrica. La ola creciente lie- 
segundo piso y lo cubrió en todos 
Gente y gente seguía con empuje 

El nivel perseguidor subió enton- 
asta llenar sus cámaras y galerías. 
!" fué un grito inmenso y prolon- 
en este momento en la plaza. Allí 
á Yáfiez en el caballete de uno de 
)s del edificio. Raro y misterioso 
a de la ciudad entera, él mismo 



320 Matanzas de Ydt 

subfa por sus pies al más culmin: 
pudiera imaginar. No fué larga su 
detonación, y el atl ético cuerpo del 
de octubre cafa al profundo de la i 

Cárdenas, Fernández y Aparic 
Sánchez eran buscados por todas pi 
Leopoldo Dávita, que se hizo odÍ( 
cementerio el día de las inhumacic 
en la calle de la Caja. El ayudante 
Sánchez recibió la muerte denlro c 
dados de Yáñez fueron amnistiad 
liario del palacio fué tocado. El pi 
hogares silencioso. 

Tal es lo que considero cierto 
sobre los extraordinarios sucesos d 
tan enormes dichos sucesos, que i 
por volver á la prensa en busca de 
res. Entremos á las oñcinas de E 
encima de la mesa de redacción, 
frescos de este periódico y toda 
de estos días. Busquemos algunos 
ja, que es inmensa. 



*»<*<*^«í^<*=<*-«=c*3c«>c^<^c4|c>eígcc^o^^^ 



CAPITULO IX 



"EL TELÉGRAFO" 

(Conclusión) 

1861 

Pormenores sobre el 23 de noviembre. — Últimos momentos de 
Cortés. — El combate según Caballero. — Confusión y falacia 
de Balsa vista la actitud del pueblo. — Cómo describe el com- 
bate. — Su defensa contra un cargo grave. 

Agustín Aspiazu, sujeto honorable, que ha desem- 
peñado altos puestos públicos y que merece fe, fué tes- 
tigo ocular de muchos sucesos de este día. Su relato 
fué la pieza que abrió la polémica investigadora de la 
verdad. En El Telégrafo del 4 de diciembre (nú- 
mero 461) refiere tocante á la muerte de Yáñez lo que 
BÍgue: 



■ 232 Matanzas de Yáñez 

•lUn hombre de atlética estatura aparece en 
los techos de la policía y más de cinco mil v> 
áamaxi: ¡Él es.' 'el asesino. Un sargento del I 
Tercero le pone el punto, y á la detonación i 
sigue el estruendo de un cuerpo que se despl 
una elevación inmensa. 

'■Abierta la casa del señor García, en cu5 
cayó Yáñez, la multitud se arroja sobre su cad; 
conducido á la plaza. 

iiA la voz de que Yáñez lia muerto, la t 
genteii— (la gente espectadora que llenaba la 
vecinas, mientras el populacho actor ocupaba \ 
la plaza, el palacio y la calle de la Caja) — use f 
en la plaza por las cuatro bocacalles, como ol 
tas cataratas. ^ 

■ilxis soldados que escoltaban el cadáver, ' 
como otras tantas hojas secas en un remolino c 
I^ gorra de la víctima es arrojada por los ai 
bastante algazara; en seguida la levita, luego 
talones, y Últimamente los vestidos interiores. 

itjAl Lorelo, a! Loretoln gritó la multitud, y 
ver fué conducido al salón de la Universidad, 
se le dirigieron varios apostrofes por causa de 1 
mas sacrificadas en la noche del 23 de octubre 

nOtra vez comienza á agitarse la multitud 
mando oleadas, el cadáver es arrastrado por e 
lacio, á pesar de millares de voces que gritaba 
cenizal! ri 

Aspiazu reflere lo que sigue tocante al comfc 
crítica con conocimiento de la polémica invest 




■v^-z % 



"jE'/ Telegrafon 22j 

no tendría que rectificarle sino puntos pocos sustancia- 
les. Uno de ellos es el diálogo entre Cortés y Balsa, cu- 
ya efectividad tampoco afirma asertivamente Aspiazu: 

II Hacía meses que el pueblo murmuraba de un 
nuevo golpe de Estado, que debía ser dado por el mi- 
nistro Fernández. Esta conversación se hizo más ge- 
neral á la llegada del coronel Balsa y en la víspera del 
23 de noviembre. Los hechos han justificado la des- 
confianza del pueblo; éste se engaña pocas veces. 

iiÁ las cuatro y veinticinco minutos de la mañana 
de dicho día, la población fué despertada por dos des- 
cargas consecutivas de tres ó cuatro fusiles. Era el ba- 
tallón Tercero que, comandado por sus jefes Narciso 
Balsa y Federico Tardío, y con cuatro piezas de arti- 
llería, asaltaba al batallón Segundo, alojado en el cuar- 
tel de la calle del Recreo. 

1 1 Se dice que antes de principiar los fuegos, d coro- 
nel Balsa llamó al coronel Cortés y le dijo: n Amigo, 
todo el ejército se ha pronunciado por Fernández y 
sólo resta que el cuerpo de su mando complete este 
pronunciamiento.»! Á lo cual se dice que contestó el 
coronel Cortés: Que si todo el ejército estaba pronun- 
ciado, el batallón Segundo tendría ocasión de dar 
pruebas de su valor y lealtad al gobierno. Que á esto 
se oyeron un grito de ¡viva Fernández! y un pistole- 
tazo disparado á quemarropa contra N. Caballero, ter- 
cer jefe del batallón Segundo. En este mismo instante 
Cortés es herido mortalmente por una bala de rifle, y 
el fuego se rompe entre ambos cuerpos. 

"A las cinco de la mañana el batallón Tercero, des- 




22^ Matanzas de Yáñez 

tacado en pequeñas partidas, ocupaba los siguientes 
puntos: Esquina superior del hospital de mujeres, es- 
quina inferior de la calle de la Merced, esquina de San 
Agustín, esquina de la casa de Moneda, alturas de 
Cara-güichinca, calle de San Jorge y torres del hospi- 
tal y de las Recogidas. 

iiTodas estas partidas hacían un vivo fuego con- 
tra el cuartel de la calle del Recreo y contra algu- 
nos destacamentos del batallón Segundo, que luchaban 
á cuerpo descubierto. El jefe Caballero, con un pu- 
ñado de valientes, se abre paso por medio de los ene- 
migos, arroja á varias partidas de sus puestos y se 
dirige al Alto por San Pedro. Los destacamentos del 
batallón Segundo se reconcentran en el cuartel soste- 
niendo un fuego activo. 

1 1 Poco antes de las siete de la mañana aparece una 
bandera blanca en el cuartel. Otra bandera del mismo 
color aparece en el puente de la Moneda. Las paces 
estaban aceptadas por ambas partes y, sin embargo, el 
fuego no cesaba. 

iiAl principio de la refriega, e1 coronel Balsa es he- 
rido en el muslo. Un dependiente de don Claudio 
Rivero le ofrece poner un paño de aguardiente: el he- 
rido acepta la oferta, y al dirigirse á la tienda, es lla- 
mado por unas señoritas que presenciaban el combate 
desde las ventanas de la casa de don Juan Mas. Cuan- 
do se le vendaba la herida, el coronel Balsa se expresó: 
II Han querido hacerme tragar una pildora dorada, pero 
use han equivocado. m 

II Parece que estas palabras se referían á la indicación 



N 



wEl Telegrafow 23S 

que se le hizo día antes, de que se encargara de la 
comandancia general de este departamento. 

n Vendada la herida, el coronel Balsa montó á caba- 
llo á dirigir en persona el combate. El corneta de ór- 
denes del batallón Tercero daba las señas de avancen 
y ataquen, 

II Al cabo de dos horas y media de un fuego soste- 
nido, el cuartel es tomado por el Tercero, ayudado por 
la cholada. 

M Durante la lucha, Yáñez permanecía en el palacio 
con cuarenta hombres. Muchos hacían lá siguiente 
pregunta: ii¿Yáñez está en la revoluciónpn — mNo, con- 
testaban unos; va guardando la plaza. n — mSí, contesta- 
ban otros; ¿por qué no baja á proteger el cuartel, n 

1 1 Yáñez estaba en la revolución; y á haber atacado 
con sus cuarenta hombres, por retaguardia de cual- 
quiera de las partidas del batallón Tercero, el triunfo 
habría estado por el batallón de Cortés, n 

Á Balsa se le imputó una alevosía, la muerte de 
Cortés durante el diálogo. Se organizó un proceso. 
Este relato, como se ve, no confirma el cargo. La ver- 
dad es que no hubo diálogo. 

Agustín Aspiazu también refiere lo siguiente: 

"A eso de las ocho y media de la mañana me di- 
rigí al hospital con mi amigo don Ramón Mas, á ver 
al coronel Cortés. Cuado llegamos, el sacerdote, des- 
pués de darle la absolución, le dijo: 

— Los señores Mas y Aspiazu. 

— Que pasen, contestó el enfermo. 

"Y tomando luego nuestras manos nos dijo: 

15 



230 Matanzas de Yáñes 

—\o limero en defensa de las leye. 
mi hijo. 

iiEntra el hijo y se lanza en brazos dt 
un. rato de silencio, interrumpido por ! 
padre moribundo y del hijo herido en ■ 
bate. 

"Los espectadores no pueden permai 
ran juntamente con el joven descenso 
menta pot su padre. 

•iDespues de algunos instantes, el tm 
pora y pregunta al hijo: 

— ¿Quiénes han vencido? 

— Los facciosos. 

— ¿Tomaron el cuartel? 

—Si. 

— ¿Has recogido el equiíjaje? 

— Todo se lo han llevado. 

— ¿Y los papeles? ¿Y mi cartera? 

— Están en mi poder. , 

—Abrázame Conozco que me qut 

instantes de vida.,.. Amigos, decid al 
i[ue la suerte de mí hijo le queda confi 

El coronel no falleció en ese momer 
mismo narrador fidedigno; 

i'l'asada esta atroz escena — (el lynd 
ñez)— me dirigí- segurida vez al hospit; 
del doctor Ramón Salinas, á ver al cot 
( "El enfermo, al parecer, no corría 
ligro, á pesar de que la herida se I 
entre la clavícula y el omoplato. Los p 



piísr- 



íi-fi*/ TeUgrafow ' 22j 

taban comprometidos, y esto nos hizo concebir muchas 
esperanzas. 

••Inmediato al lecho del coronel Cortés, se hallaba 
postrado un joven oficial. En su pálido semblante ya co- 
menzaban á notarse los primeros signos de la muerte. 

— Señor, me dijo tendiéndome la mano ensangren- 
tada, un poco de caldo. Siento un ardor que me de- 
vora. 

— ¿En dónde está usted herido? le pregunté. 

— Aquí, me contestó, mostrándome una enorme he- 
rida en la boca del estómago. 

♦•Inmediatamente llamé al cura don Juan de Dios 
Medina, para que le prestase los auxilios espirituales. 

— ¿Cree usted que mi herida es de muerte? me dijo. 

uLuego dando un profundo suspiro: 

— jAh! no quisiera morir. 

—¿La gracia de usted? le pregunté. 

— Vicente Arraya, natural de... 

'•Un grito de dolor vino á interrumpir estas últimas 
palabras. 

»»En seguida bajé al depósito de los muertos. Entre 
éstos se hallaba tendido el joven oficial N. Balsa. Has- 
ta estas horas, que serían las once de la mañana, las 
víctimas pasaban de treinta allí, y los heridos de 
ochenta. 

"A las dos de la tarde regresé al hospital. 

"Cortés acababa de espirar. El hijo estrechaba sollo- 
zante las manos heladas del padre. Muchos jóvenes 
con los ojos arrasados en lágrimas, presenciaban esta 
desesperante escena, Arraya, presa ya de la muerte, 



22S Matanzas de Ydñez 

comprimía con ambas manos su herida del estómago. 

"Por la tarde, el carro fúnebre atravesaba lacalle 
Ancha conduciendo el cadáver de Yáñez. En lugar de 
plañideras, sagufan el carro una turba de mujeres fu- 
riosas. Le hacían cargos por las víctimas del 23 de oc- 
tubre. En esto el cadáver es arrebatado y arrastrado, 
y otra vez puesto en exposición vergonzosa. 

i'El hombre que un mes antes había infundido te- 
rror á 70,000 habitantes, era hoy la buria y el juguete 
del más débil. 

iiDe noche reina en la población la oscuridad y 
el silencio de los sepulcros. Amanece el 24 sin el me- 
nor desorden.!' 

Un soldado del Tercero, que se hallaba de guardia 
en el hospital, giraba la vista en todas direcciones bus- 
cando alguno en quien descargar su fusü. Á este tiem- 
po se presentó á la puerta del hospital el abogado 
Martín Paredes Campos. El semblante del soldado se 
cubrió de alegría. uNo podía haber ¡legado más i 
tiempo, dijo. Usted es el juez que en Sicasica me apre- 
sóir, Y sin más, disparó el arma sobre Paredes Campos, 
Erró el tiro y exclamó desoldado dando una patada 
contra el suelo: 'tiMal haya sea!'' Se preparaba á un 
segundo disparo cuando alguien estorbó su intento. 
El doctor dijo: ''Hé ahí á lo que se expone en Bolivia 
un juez." y 

Un testigo fidedigno refiere de ese sitio y momento 
lo que sigue: 

'■Otro soldado ebrio recibe orden de despejar la 
multitud de gente que se hallaba en el patio del hos- 



y\El TeUgrafow 22^ 

pital. "¡Señores, retirarse!»? dice; y sin más prevención 
hace fuego. La bala pasó silvando por eocima de una 
multitud de cabezas sin herir á nadie. Un joven que 
estaba á mi lado dijo: »'En estos instantes más se apre- 
"cia la vida de un perro que la de un hombre.»» 

Pocos días después del suceso circulaba en La Paz 
una hoja suelta, en folio común de gaceta boliviana, á 
tres columnas, impresa por la Imprenta del Pueblo en 
Oruro. Desde un principio fué rara esta publicación. 
No obstante, contiene dos documentos de valor esen - 
cial sobre el motín de 23 de noviembre. 

Es el primero una carta de oficio del general Ávila 
al presidente, datada en Calamarca el 24, una jornada 
al sur de La Paz. Avisa brevemente lo ocurrido en la 
ciudad hasta el momento de su salida, las siete de la 
mañana más ó menos. 

El segundo documento es un parte de la misma fe- 
cha y lugar, suscrito por el comandante Pablo Caba- 
llero, tercer jefe del batallón Segundo. Comunica lo 
ocurrido en el campo del combate hasta* el momento 
que tuvo él por conveniente abandonarlo, para ganar 
en retirada, con parte de la gente, el ribazo de San 
Pedro y de allí el camino real por el Quenco hasta 
Calamarca. 

Su relación contradice y acrimina á Balsa. Hízose 
valer en el proceso de asesinato, bien así como el testi- 
monio de otra carta escrita por el segundo jefe Lizárra- 
ga. El presidente consideró como político el delito 
del 23 de noviembre, y lo cubrió con un decreto de 
amnistía. La suprema corte declaró que aquella muer- 



2JO Matanzas de Váñi 

te ocurrió en delito militar. En esta causa se mandó 
sobreseer el 7 de marzo de 1861. 

Caballero refiere las cosas de la manera siguienle a 
Avila: 

riHacía muchos días que corría el rumor de que la 
división Ualsa, que había llegado á aquella ciudad 
el 15 del presente mes, proyectaba una revolución en 
que se 'proclamaría la elevación del ministro Fernán- 
dez á la suprema magistratura. 

itLa salida del escuadrón Húsares, de La Paz, y la 
entrada á la misma de V. G., parecieron disipar aque- 
lla vocinglería, ó á lo menos así lo creían las personas 
que no se persuaden hasta dónde puede llegar la per- 
üdia humana. 

iiEI coronel Corles, el igual Lizárraga y yo descan- 
sábamos en esta persuación, y más que todo en los 
sentimientos patrióticos y de elevada nobleza, de que 
suponíamos poseídos á los jefes y oficiales del bata- 
llón Tercero. Nos limitábamos, por consiguiente, á 
• tomar en nuestro cuartel las precauciones de mera 
seguridad para el orden interior. 

uLa noche del 22 era yo jefe de día, y como tal salí 
tarde de la noche á rondar los cuarteles y puestos de 
guardia. Serían las tres y media de la mañana cuando 
llegué al cuartel del batallón Tercero. Me anuncié en 
mi calidad. Se me contestó que diera media vuelta, 
pues el jefe había ordenado que no se abriera la puerta 
á nadie. Regresé á mi cuartel, 

irHacia media hora que estaba allí cuando oí una 
descarga de fusilería, que venía de la esquina de la 



rtnr; 



casa de Moneda y otros tiros del puente que está á 
retaguardia. Llamé á ]a guardia sobre las armas, y 
mientras los capitanes de las demás compañías hacían 
lo propio, ya estuvieron presentes el primero y segundo 
jefe, quienes mandaban formar las compañías en el 
patio y repartían cápsulas. 

nAunque el fuego había cesado en este corto inter- 
valo, temiendo el jefe que los enemigos tomaran algu- 
nas posiciones ventajosas, ordenó inmediatamente que 
salieran las fuerzas á la calle para afrontarse á aquéllos. 

»»E1 coronel Balsa, que anunciándose como mayor 
de plaza, había hecho abrir el cuartel de la columna 
municipal, y que sacando de allí toda la fuerza, lo 
mismo que la artillería (que existía en la Merced) 
había destacado una parte de sus fuerzas sobre Cara 
vichincha y San Pedro, posiciones dominantes de 
nuestro cuartel, y el resto en la Alemeda, tras de unas 
paredes que existen frente al cuartel, y de los solares 
del cuartel nuevo; hallándose el grueso de las fuerzas- 
en toda esa calle que se halla á la derecha del cuartel. 

riColocados así, y formando el batallón Segundo á 
la izquierda del cuartel, se rompió el fuego por una y 
otra parte con una viveza muy tenaz. Mientras tanto, 
por orden del jefe, atacaba yo con una partida á los 
enemigos situados en la quebrada, el capitán Teodoro 
Villalpando se dirigió á la esquina del hospital por don 
de aparecieron algunos soldados de la parte contraria, 
el mayor Eleodoro Camacho atacaba á los de San Pe- 
dro, y el coronel primer jefe acometía de frente con el 
resto de las fuerzas. 



¿ji Matanzas de Ydñes 

ifEn este estado hizo tocar el coronel "cesar el fue- 
goir. Obediente, mandé en retirada d la partida que 
comandaba, y me replegué sobre las del primer jefe. 

"Entonces vi, señor general ministro, un hecho que 
parece inaudito. 

riEI coronel Balsa traía su fuerza de flanco por las 
dos veredas de la calle, al medio venían tres piezas de 
artillería, y él á la cabeza victoreando á '^sus her- 
manos del batallón Segundo, al orden y á S. E. el 
general Achá.n Llega donde estábamos, me abraza 
con expresiones de cordial cariño y me pregunta por 
el coronel Cortés. Al echarme el brazo al cuello, me 
asesta al oído una pistola, cuyo frío me hace agachar 
rápidamente, y la bala, en vez de tocarme, hiere á un 
soldado que se hallaba á mis espaldas. 

"Seguidamente toma la otra pistola, y le da un tiro 
al primer jefe, que se hallaba á poca distancia. Ésle, 
aunque herido, grita conmigo n; traición Ni Y tomando 
un fusil por el cañdn daba de golpes á los enemigos, 
en tanto que los nuestros rompían un violento fuego 
sobre aquéllos. 

"La lucha se bizo entonces sangrienta y encarnizada, 
como lo es toda lucha cuerpo á cuerpo. 

"El primero y segundo jefe estaban heridos y fuera 
de combate. No me era, por consiguiente, posible 
pasar más allá de la esquina de la Moneda, hasta donde 
retrocedieron los enemigos. Retrocedí, pues, hacia el 
cuartel, y de allí seguí para la Alameda, de donde nos 
hacían fuego. 



n^/ TeUgrafon • íj^ 

"Cuando quise volver al cuartel, no me era ya posi- 
ble. El enemigo había ya ganado el alojamiento del 
primer jefe que está frente á dicho cuartel. Dejando 
entonces en la Alameda al ayudante mayor Pablo 
Iriarte para que sostuviera el fuego, me dirigí á San 
Pedro con el capitán Tomás Fontao. Allí encontré al. 
mayor Camacho, quien, levemente herido había esca- 
pado de los enemigos que le hicieron prisionero. 

•'Acompañado de éstos, viendo que me faltaban las 
suficientes cápsulas para volver sobre el enemigo, y 
viendo al mismo tiempo que por la falta de los jefes 
estaba en dispersión la mayor parte de nuestra fuerza, 
me retiré á las alturas de San Pedro. De allí, por el si- 
lencio en que quedó el cuartel, noté que ya estaba to- 
mado éste. Esperanzado entonces en la protección del 
escuadrón Húsares, me dirigí á esta parte, siendo lo 
demás del conocimiento personal de V. G. 

"Mientras S. S. el primer jefe pueda dar á V. G. una 
información nominal, acerca del comportamiento de, 
los jefes, oficiales y tropa del batallón Segundo, séame 
permitido decir á V. G., que nunca he visto mayor 
bizarría, y que me es sensible deplorar la muerte der 
capitán Agapito Villegas, y las heridas de los señores 
jefes Cortés y Lizárraga y de los oficiales Pomier, 
Arraya y otros. Oportunamente se pasará una relación 
de éstos y de los de la clase de tropa que han perecido 
en un fuc^ activo de más de tres horas de duración; 
ptuliendo asegurar desde ahora que ha sido mayor la 
pérdida del enemigo, cuya tropa, engañada villana- 



234 Malanzas di Vane: 

mente, está hasta ahora en la persua 
leado por el orden y contra un hatal 
Kan rebelde." 

El 24 \a.m.á Balsa, titulándose jefe 
y militar del Norte, una proclama a 
mando. Entre otras cosas, decía á 1 
Tercero: ■ 

"Habéis salvado I.a Pa?. y vengad 
política del Estado. El monstruo del : 
llenó de terror y espanto á esta indi 

"No hay poder, por fuerte y ca 
que pueda resistir á vuestro valor; ; 
granaderos del Tercero. 

ri;Soldados! Habéis ennoblecido i 
soldado boliviano; y la historia, la g 
ria... etc." 

En los documentos oficiales del go 
que los soldados del Tercero hab(a 
una nueva traición las armas del sol 
que la constitución del Estado, mu 
sido vengada por el motín de Balss 
pisoteada una vez más con escarnio t 

Balsa decia también en su proclam 
dos habían peleadi> por el pueblo y 
siendo por ello acreedores al titulo 
¿aderes del más populoso y denodado p 

Que Balsa adule al pueblo paceño 
ficativos que más lisonjean á su prov 
dad populosa y denodada, —cosa es 




uEl Telégrafo^ 235 

forme con el sentido práctico de cualquier jefe de 
facción. Además, acababa él de palpar que el popula- 
cho enfurecido era capaz de algo, en su hora, cpntra 
un jefe fuerte y caprichoso, soberbio de su ferocidad. 
Pero lo que raro me ha parecido y hasta indigno es 
que El Juicio Piiblico^ periódico justiciero, pretendie- 
se prestar asenso á la otra patraña de Balsa; es á, sa- 
ber, que el 23 de noviembre tuvo por objeto castigar 
al autor del 23 de octubre. 

Desde el día mismo que Balsa entró con sus fuer- 
zas á La Paz, quedó Yáñez en precaria situación y, 
para el caso de un choque ó conflicto, á merced de 
aquel jefe. ¿Por qué entonces no aprehendió al asesi- 
no? ¿Por qué, siquiera, no puso en libertad á tanto 
ciudadano arbitrariamente detenido . y amagado de 
muerte? Un desmán ó atentado suyo en obsequio de 
la constitución, de la humanidad ó de la vindicta pu- 
blica, hubiera sido bastante para sujetar á castigo al 
autor del 23 de octubre, y fuera preferible en todo 
caso al crimen revolucionario del 23 de noviembre. 

CcJh sobrada razón los hechos denotan que ese de- 
signio no cupo en la mente de Balsa la madrugada 
del 23. El Telégrafo, en su número 471, de ene^ 
ro 13 de 1862, decía rebatiendo la especie: . 

"Todos sabían que Yáñez dormía en el palacio, y el 
coronel Cortés frente al cuartel de la calle del Recreo. 
Si Balsa quería castigar á Yáñez, ¿por qué, en vez de 
dirigirse al cuartel, no se dirigió al palacio?... Si Balsa 
quiso castigar á Yáñez, ¿cómo es que éste liltimo se 
paseaba muy fresco en la plaza durante el combate, á 



n 



336 Matansas dt Yáñez 

pifesencia de un destacamento del batalMn Tercero, 
situado en la esquina inferior de la Caja?" 

El Juicio Público no rectificó ni podía rectificar ta 
verdad de este hecho notorio. Estaba esos días dado á 
elf^iar á Balsa, sea por mero espíritu de oposición al 
gobierno, sea con la mira de atraer hacia el belcismo 
los resentimientos y la desgracia de aquel pretoriano 
de armas tomar. Evadióse por una oblicua sahda y 
dijo: 

"¿Quién podrá negar que Balsa, — inocente ó crimi- 
nal, leal ó traidor, — fué el medio, tortuoso si se quie- 
re, de que se valió Dios para infligir un castigo que 
sólo su brazo hubiera impuesto? Dígasenos: dquíén 
hubiera operado ese castigo, — primer paso de la rege- 
neración del país y de la vindicta de !a humanidad? 
Señálesenos á ese predestinado, que lo que es entre 
nosotros creemos que nadie, nadie, hubiera castigado 
á Váftez. Estas son nuestras convicciones.'' 

Balsa quiso castigar á balazos al Segundo, que se 
mostraba fiel á su bandera sosteniendo el orden legal. 
En prueba de ello, un articulista saltó en la prensa con 
esta otra pregunta contundente: 

"Si el motín se proponía castigar á Vái^ez, ¿cómo es 
que, cuando el pueblo se asoció al ataque en el su- 
puesto de ser contra Yáñez el motín, los del Tercero 
le hacían creer que dicho asesino se había encastillado 
en el cuartel del Segundo, lo que era y resultó falso?" 

El Telégrafo asestó á El Juicio Público el golpe 
postrero con esta otra pregunta del número 473 (ene- 
ro 10): 



»jE/ Teligrafaw 2^7 

"Si el combate del 33 de noviembre no tuvo otro 
objeto que castigar á Yáñez, ¿con qué motivo se con- 
vocó el día 24 á este vecindario en el salón de la Uni- 
versidad? ¿Sería para que se juzgara á Yáñez, que ya 
estaba muerto?'» 

El Juicio Público cayó en la veleidad de colgar á 
Balsa también el título de libertador de los detenidos. 
El Telégrafo apoyó por merecido el dictado. 

"Ese día, dijo, esta sociedad ha tenido la gloria de 
recibir en su seno á todos los malhechores que de lá 
cárcel se fugaron á favor del motín." 

Por desgracia para el periódico belcista* tan efectivo 
es el hecho de esta fuga, como el de la convocatoria 
al vecindario, por haber ocurrido un cambio político^ 
según decía el bando publicado por orden de Balsar 

Para mayor confusión de El Juicio Público^ pocos 
días después Balsa mismo, forzado á una declaración 
con que poder rebatir la fama, que le imputaba delito 
de muerte alevosa en la persona del coronel Cortés, 
manifestó por la prensa, entre otras cosas, sus miras 
con respecto á Yáñez en las siguientes palabras: 

"Eran las cuatro de la mañana cuando ordené al 
teniente coronel Tardío que con tres compañías del 
batallón se situara, sin dejarse sentir de nadi^, en el 
puente de la Moneda. Luego mandé cuarenta hoinbres 
para que rodearan la manzana de la Caja, con la orden 
de hacer preso á Yáñez siempre que intentase salir de 
ella ó se propusiese hacer cualquier acto de oposición. " 

No. La ausencia solamente de un pretexto cualquie- 
ra confesable, pudo hacerle decir en su prpclania que 



2jS Matanzas de Yáñez 

quiso vengar la constitución y libertar 
no á La Paz. Fué un motín á secas el 
pro|)io herido, para entronizar á un u 
con la trascendencia de un cambio po 
por los suelos la constitución. 

No perdamos esta oportunidad de 
Balsa. Su palabra tiene valor esencial 
ria del suceso. Así también se verá 
que su objetivo, el 23 de noviembre, m 
el batallón Segundo. Él contíntia: 

i-En seguida me dirigí personalmer 
pañías al cuartel de la columna muí 
ésta sin ninguna resistencia, marché 
' con las compañías que estaban bajo 
Tardío, y durante la travesía por las 
tiros por el lado de la Caja. 

"Juzgando por estos tiros que se 
combate entre el coronel Váñez, que 
' guardia en la Caja, y los cuarenta ho 
yo apostado en'rededor de ésta, apre 
hacia el puente de la Moneda. 

"Al llegar á la esquina de San Ag 
mi ayudante para que, adelantándose, 
dio que yo era el que avanzaba con m 
hiciera movimiento nt ruido alguno 
aproximación. 

iiMuy luego regresó el ayudante as 
no había un solo hombre en el puenti 

"En este momento oí unos tiros y 
te del batallón de Cortés, A fin de i 



v*»^r 



y\El Telégrafo w 2jg 

que allí ocurría y de buscar á Tardío, marché en aque- 
lla dirección, seguido de algunos rifleros y de mi cor- 
neta de órdenes. 

«•Pocos instantes después descubrí que las compa- 
ñías de Tardío estaban muv cerca del batallón de 
Cortés. 

"Apresuré entonces mis pasos hasta encontrar á 
Tardío. Díjome éste, al verme, que el batallón de 
Cortés se había rendido, y que, por este motivo y 
también por tomar una buena posición militar, había 
abandonado el puente y se había aproximado hasta 
aquel punto. 

••Con esta seguridad avancé hasta el centro de dicho 
batallón, donde encontré al comandante Caballero. 
Saludándome éste afectuosamente, me dio un abrazo 
en señal de paz y amistad. Con lo cual acabé de con- 
vencerme de la realidad de la rendición de aquel 
cuerpo. 

•»En tales circunstancias salió, no sé por qué acci- 
dente, el tiro de una pistola que yo llevaba en la mano, 
é hirió á uno de los soldados del batallón de Cortés. 

••Sorprendido y apesadumbrado por este accidente, 
me aproximé á dicho soldado, me incliné sobre su 
cuerpo tendido, y principiaba á darle satisfacciones, 
ofreciéndole una pronta curación y un buen obsequio 
pecuniario, cuando, de improviso y tomándome brus- 
camente de un brazo, me arrebató de aquella posición 
y de aquel lugar el sargento mayor don José Camacho, 
acompañando esta acción violenta con estas expresio- 
nes: "jLo matan, mi coronel !m 



240 Matanzas de Yáñez 

•lAl acento agudo de estas palabras, y en el momen- 
to de verme arrastrado por el mayor Camacho, distin- 
guí recién al coronel Cortés, que colocado cerca de mí, 
ordenaba á sus soldados, con ademán furioso, que me 
matasen al instante. A estas voces él y sus soldados 
descargaron sobre nosotros; él sus pistolas contra mí, 
y aquéllos sus fusiles contra los míos. 

««De resultas de esta imprevista y repentina descarga, 
fui yo herido en la pierna por Cortés, quedando ut^a 
multitud de mis soldados tendidos en línea sobre el 
suelo. 

«•En tan crítica circunstancia fui súbitamente arran- 
cado, otra vez, de en medio de aquel peligro inminen- 
te por el sargento Peñaranda, quien me colocó en un 
instante en medio de mis granaderos. Con ellos retro- 
cedí hacia el puente, para preparar la defensa q el 
ataque, en la lucha que tan inesperadamente había 
comenzado el coronel Cortés. 

««Debo adveitir aquí, que esta retirada fué hecha por 
los soldados de mi batallón defendiéndose, esto es, 
haciendo fuego contra sus agresores. 

««Cuando, vuelto de mi sorpresa, hube colocado las 
fuerzas de mi mando en las posiciones más ventajosas, 
lo cual se hizo con la celeridad. posible, ordené recién 
que principiara el ataque contra el cuartel. 

«•En estos momentos y en medio del ruido de la 
fusilería, oí upas voces de soldados que decían: «'Ya 
cayó Cortésri Por ellas comprendí que el coronel Cor- 
tés había sido muerto ó herido, n 

Bajo la primera impresión del dolor, el hermano del 



•El Telkgrafon 241 

cd un violentísimo escrito contra 
;sa muerte con el cargo de alevo- 
w Nacional, de Sucre, en su nü- 
inte al 10 de diciembre de 1861. 
nítidos á El Telégrafo asegura- 
E pública insistió en la imputación 
no reina todavía pacífico silen- 

n detenimiento este asunto en los 
Mi parecer es favorable á la ino- 
) á juicio de buen varón, 
liando, aquel pretoriano está libre 
i el proceso aparecen en su contra 
¡os, y son tachables é inforntales. 
iCa indignación del momento hu- 
:l castigo de Balsa, es indudable 
t éste incluido en la amnistía sin 
>ía dictado el presidente Achá al 
spués á La Paz. 

i se limitó á dar versiones ó co- 
lenos desfavorables y execratorios 
I jefe guardaba desdeñoso silencio, 
la verdad de lo ocurrido, que e! 
izgase como quisiera. Salió á la 
con una invectiva, tan sólo para 
ie desprecio á la muchedumbre dt; 

m su juramento á la constitución, 
]re y de soldado para con el que 
,s armas del orden y de la ley, etc. 




242 Matafizas de Yáñez 

I f Estoy caído, dijo, y esto basta para explicar el valor 
y la injusticia de mis adversarios de la prensa. n 

Su invectiva estaba calculada para causar impresión 
en las gentes, y á fe que la causó. Habla con gravedad 
de hidalguía y de los nobles sentimientos propios de 
un corazón bien puesto. Todo esto arde en su pecho 
con fiereza brillante, y fué significado con verdad y 
energía. 

Puede parecer ello increible al lector extranjero; 
pero no cabe duda qu<e, sintiendo y expresándose asi 
después de su prevaricato. Balsa era sincero y acertaba 
además á ser elocuente ante la sociedad boliviana. El 
aire ambiente estaba allí constituido con la química 
necesaria para alimentar la vitalidad genésica del mili- 
tarismo. Hay vigor nativo en la avilantez de Balsa. Los 
pulmones del pretoriano, tipo del traidor desvergonza- 
do sin saberlo, podían respirar á sus anchas en seme- 
jante atmósfera. 

Tan luego como principió á ganar terreno en la opi- 
nión la creencia de que había él dado muerte alevosa 
al noble Cortés, su humor impasible cedió de su ma- 
jestad, y el hombre se sintió lastimado en lo vivo de 
sus sentimientos. ¿Se podía ser sin desdoro traidor pu- 
blico, pero no asesino común? La verdad es que érale 
insoportable que el vulgo dejase de ver eií él un héroe 
pretoriano, cubierto en su perfidia con la aureola de la 
desgracia. Acudió por su honor ante los tribunales y 
saltó á nuestra arena, á la prensa. 

Acabábamos de verle sin descaecer, sin bastardear de 
lo que cumple á uií cabal genízafo híicedoí* de sultanes. 



>'El Teligrafon 243 

No turbado ni con mucho el sentido, no turbado por 
el oloi capitoso de toda esa sangre traidora y de toda 
esa sangre leal, derramadas tan sólo por su innoble 
culpa. ¡Quién piensa en eso! Trivial y desusada sensi- 

Pero ¡ah! esto otro, este asesinato, con su sangre y 
sus lágrimas, es cosa diferente. Esto sí que traspasa el 
alma. A un lado, fe militar, que aquí está el verdadero 
punto de honor. Y lo que se decía sobre esta otra 
sangre derramada, le arrancó la calma. Visible es la 
pena que á su espíritu causaba aquel odioso cargo. Sus 
palabras, al recordarlo, están tocadas de emoción pro- 
funda. 

A su descalabro se mostraba sensible. A su espíritu 
no se asomó, entretanto, ni la más remota sospecha de 
que el jefe había manchado para siempre su honor y 
su memoria, rasgando como lo hizo la bandera consti- 
tucional fiada á su defensa. Ceda esto en su abono. 
No lo sintió adentro ni ello le punzó desde afuera. 
Presto hemos de oirle una vez más. El lector va á 
presenciar este curioso fenómeno psicológico, ó sea 
más bien dicho sociológico. La ignorancia de Balsa, 
sobre que puede caber deshonra en una perfidia políti- 
ca y militar, es á todas luces invencible. El candor de 
esta traición es purísimamente virginal. 

Enfermo y triste desde el 25 de noviembre, no tardó 
mucho tiempo sin caer él también, y según me parece, 
algo bajo el peso de la vida. Por este lado es leve su 
memoria ante la moral histórica. Éste á lo menos no 
ofreció el espectáculo de una rehabilitación ultrajante! 



244 Matanzas de Yáñ 

Quizá, en sus líltimos momentos, 
deseado es que los rasgos que 1 
arrancó á su pluma militar, preva 
cepto público, así como si fuesen 
conciencia triste pero tranquila, ó 
la sinceridad de su alma, festón c 
más tarde entrambos sepulcros. 

Es lo que, por virtud de una pía 
voy d hacer transcribiendo aquí alg 
fos. Tienen la elocuencia de una d 
lación de las borrascas revoluciona 
dor de que se venía hablando. Lé 
fluye de lo, hondo tanta sencillez d 

ifProbo y humano por carácte 
perder lo que más estimo en el mu 
ría sin vacilar á perder la vida (y ojalá que hubiera 
concluido en la jornada del 23), antes que manchar 
mi honra con una acción indigna. Durante los aí^os 
que cuento de vida y en los mil lances más ó me- 
nos peligrosos en que me he encontrado, he puesto 
siempre mi mayor empeño en observar, conforme á 
mis naturales sentimientos, las regbs de la decencia, 
de la humanidad y de lo que se llama valor de bue- 
na ley. 

"Nunca, jamás, se me ha imputado una acción de 
que pudiera avergonzarme, y cuánto menos alguna 
que pudiera cubrirme con el odioso manto del crimen. 
Estaba reservado al doctor Manuel José Cortés, hoy 
poseedor del portafolio de Instrucción Pública, el lla- 
marme asesino de su hermano. 



irto al coronel Cortés. 
Por el contrarío, casi he sido yo 
idefcnsa. ^Cómo hacer para que 
:l señor ministro de Instnicción, 
á fin de que, calmando su dolor por la irreparable pér- 
dida de su hermano, me haga la justicia que exijo, y á 
la que, por mis antecedentes y por mi conducta publi- 
ca, me juzgo acreedor sin embargo de hallarme hoy en 
desgracia? 

i'El sentimiento, cualquiera que sea su intensidad, y 
cualquiera que sea la causa que lo produzca, no da 
derecho á nadie para ser injusto, es decir, para hacer 
acriminaciones falsas, desnudas de toda verdad. 

"Veinte y cuatro años han pasado desde que, de 
edad de diez y seis años, me enrolé en clase de cadete 
en el ejército de línea de Bolivia. Durante este largo 
tiempo he concurrido á todos los sucesos de armas que 
han tenido por objeto, ya sostener el imperio de la ley 
y de las instituciones, ya conservar la integridad terri- 
toiial de la república. 

"Entre otros hechos, sólo mencionaré el combate de 
Mecapaca, el año 1841, en que fui el único oficial as- 
cendido por el presidente Ballivián: e! de la famosa 
jornada de Ingavi, en que fui premiado con una meda- 
lla de honor, y recomendado- por el consejo marcial 
que caliñcó la conducta de los jefes y oficiales que 
combatieron en ella. 

"Tampoco dejaré de hacer notar, que en el año 
de 1848, peleé en favor del soberano congreso conslitu- 
ente; y que, consecuente con mis principios y opinio- 



246 Matanzas de Ydñez 

nes políticas, fui jefe y vencedor diez años deáj^ués en 
la batalla de Cuchiguasi. 

•«En estos combates, como en otros muchos cuya 
referencia omito, me he visto rodeado verdaderamente 
de graves peligros; pero siempre he salvado de ellos 
sin ninguna nota que pudiera manchar mi reputación. 

«>Mucho menos pudiera haber adquirido esa nota en 
el combate del 23, y especialmente en conflicto con un 
amigo como el coronel Cortés, á quien siempre estimé. 

••Para que el señor ministro se convenza de que yo 
no he sido quien hirió á su hermano, quiero hacer una 
relación sucinta y clara, sin ambages ni reticencias, de 
lo ocurrido en aquella mañana, apoyándola en la de- 
claración judicial de personas dignas de entero crédi- 
to. En atención á ella no dudo que el señor Cortés 
rectificará su juicio, respecto del modo como falleció 
su distinguido hermano. »i 

Este es el lugar de los párrafos narrativos que hemos 
visto arriba. Y concluye Balsa de esta manera: 

••Tal es la relación verídica que, á fe de caballero y 
de hombre honrado, hago de los sucesos ó circunstan- 
cias que dieron lugar á la muerte del coronel Cortés. * 
De ella no resulta, ni que yo hubiese tenido conferen- 
cia ó entrevista de clase alguna con aquél, en tales 
momentos, ni que yo lo hubiera muerto ó herido. Quien 
diga lo contrario falta á la verdad y la ofende villana- 
mente, por sólo vender lisonjas y adulaciones al señor 
ministro de Instrucción Publica. 

••Para probar esto me hallo dispuesto á sostener la 
verdad de mi relación ante cualquier juez ó tribunal. 



'.^/ Telégrafos 247 

ironel Cortés, que no murió fin el 
: ser herido y que, durante su per- 
pital, estuvo recibiendo á sus ami- 
con ellos acerca de! suceso del 23, 
>or la prensa don Agustín Aspiazu, 
le que lo hubiese herido, 
rdad, haberme dirigido tal ¡nculpa- 
ue conmigo estuviese. 
oira parte, uno de esos soldados 
un campo de batalla, resignándose 
10, sin proferir pueriles quejas, Mu- 
laz de arrojar mentirosas acrimina- 
ra de nadie, y todavía mucho me- 
i que supieron combatir lealmente 

nando del seüor ministro Cortes, y 
dirigido cartas anónimas A Sucre 
'isos falsos, que rectifiquen su juicio 
2 desgraciada del coronel Cortés 
°s siempre litil y loable en cualquie- 

lis detractores pueden hacer de mí 

ecialmente ahora que me hallo des- 

ir mis heridas, con tal que respeten 

la y conservada al través de nume- 

isitudes.'i 

Sn está escrita por Narciso Balsa en 

:iembre de 1861, 



>CO;OCO;>:o0005CiOCOCCCOCCCCOCOQ£f 



INSTITUCIONAL" 
iseí 

:nibte.— I^ociedail ilel Urden.— Lia ma- 
leral Péiei. — Capilulaciones.— Endada 
;jérciio.— Yifieiy 3a|sa.— Rebelión de 
gobierno. — Flojfs y Achá. — Bíblíi^ra- 

de jefe superior [jolitíco y militar 

rigió el 23 al presidente de la niu- 

1 estos términos: 

nando ha creído, como yo, llenar 

i deberes más sagrados impuestos 

I, en cuyas manos depositó el pue- 

tas, señor, fueron pisoteadas por 

as respetar. 

f al respetable cuerpo (¡ue preside 

de hoy, d horas cinco de la tarde. 



2^o Matanzas de Yáñez 

en el salón de la Universidad, á nombrar las autorida- 
des que deben mantener el orden en el país y garantir 
la propiedad, no tiene el que suscribe por objeto arras- 
trar á US. á un compromiso político, y sí sólo poner 
en práctica la libertad, primer principio que invoca el 
soldado republicano.»' 

El presidente de la municipalidad contestó el mis- 
mo día: que acababa de dar las órdenes conducentes 
á la reunión, en la seguridad de que esta aquiescencia 
no importaba de su parte ni de parte de la corporación 
municipal un compromiso político, y sí sólo el deseo 
de cautelar la tranquilidad pública y la propiedad, in- 
minentemente amenazadas en aquellos momentos. 

Publicado un bando convocatorio por orden de 
Balsa, y circulados oficios á varias autoridades y cor- 
poraciones en el mismo sentido, el jefe rebelde hacía 
estribar la reunión de la junta popular, en el hecho de 
haber ocurrido la mañana del 23 un cambio político. 

El domingo 24 se verificó á las cuatro de la tarde la 
junta. Allí concurrió el segundo de Balsa, Federico 
Tardío, en el concepto de dar cuenta del cambio y 
dejar constituido el comicio. Al punto de entrarse á 
deliberar se retiró. Presidía Diego Monroy como ca- 
beza del ayuntamiento. 

Antonio Gutiérrez, un jefe militar en retiro, no ad- 
mitió el hecho ni el dicho de que se hubiera verifica- 
do el día anterior un cambio político. Fué apoyado 
por la concurrencia. Continuó entonces exponiendo, 
que, existiendo establecido legalmente un gobierno 
nacional, no era lícito arrogarse facultad ninguna de 



r^.ir- 



wEl Constitucional^^ 2^1 

nombrar empleados. Lo contrario sería, de parte de la 
junta, cometer un grave delito contra la constitución. 

El presidente de la junta indicó entonces, que nada 
era más natural que la subsistencia de las autoridades 
legales existentes antes del suceso del 23. Propuso que 
en su mérito se llamase á Rudecindo Carvajal, jefe 
político legítimo. 

Apoyaron esto todos los patricios. La muy numero- 
sa barra popular que asistía, hizo manifestaciones ca- 
lurosas de asentimiento. 

Tornóse á instar, á manera de interpelación, sobre 
el sentido que se había querido dar á las palabras 
cambio político^ contenidas en el bando convocatorio. 
El presidente puso término á este debate, que amena- 
zaba ser tempestuoso, con todo de ser inmensa la ma- 
yoría que apoyaba con insistencia el restablecimiento 
de las autoridades legales. 

Acto continuo se dio aviso de lo ocurrido á Balsa, 
diciéndole que quedaban restablecidas las autoridades 
legales. 

El 25 estaba la ciudad silenciosa y á la vez inquieta. 
Los más, ocupados en averiguar noticias. Y en mentir, 
según dice un cronista de la prensa, en mentir cada 
cual conforme á su pasión política. 

Por la noche hubo conciliábulos y negociaciones. 

••Eran, dice un periódico de la ciudad, hombres de 
paz y de justicia, de actividad y de entusiasmo, los que 
trabajaban por disminuir los males del país.»» 

Así se pasó la noche confiriendo lo más conveniente 
á la salvación del orden y de la propiedad. El resul- 



2J2 Matanzas de Yáñt 

tado de todo este hormigueo fué el 
un caudillo tranquilizador, y que \ 
carácter meramente local y de buen 

Al día siguiente se mandó llamar 
capaca al general Gregorio Pérez. 
lando á redimirlos á todos y á salv3 
Esto no podía ser á secas: partió ui 
al señalado del dedo público, 

Á las cinco de la tarde del aé se 
sámente la Sociedad del Orden, c 
nos respetables, pacíficos, capaces 
con sus influencias de imprimir, en i 
un movimiento vigoroso á la opinió 
orden legal. 

Pero parece que era punto men 
según el estado social y los hábitos, 
desempeñase ningún acto de pres 
sólo, como persona mayor de edad 
Cierto es también que subsistía den 
soldadesca de Balsa, rebelde y sin < 

En sus debates, actas y oficios e: 
valer con algún alarde los impulsos 
lectiva, como si no tuviese la junta 
orden y la legitimidad de los poden 
Parece que éste era un sentimiento > 
escogidos. 

Es posible, según esto, que si la i 
amado, como sus representantes, el 
porque es mejor y más útil que el ( 
temor á la soldadesca pretoriana hi 



i'El Consiiluñonal» syj 

un tropiezo ese día, mas nunca una imposibilidad para 
obrar por sí solos el bien. Entonces no se hubieran 
visto las cosas menguadas y grotescas que se vieron. 
Vaya un ejemplo: 

Punto muy interesante para esas gentes y muy de 
consecuencias, fué el saber quién había sido eP primer 
mortal que en aquellos mares desconocidos descubrió 
tierra. Premio tía de tener algún día, como lo tuvo el 
marinero descubridor, en la carabela de Colón. Sépalo 
la historia por boca de la prensa: 

iiHonroso es mencionar el nombre del distinguido 
señor Pedro Iturri, que fué el primero en indicar, co- 
mo oportuna, la intervención pacífica del señor general 
Pérez, á quien debía arrancársele del retirg rural que 
habla elegido para no tener mas participación en los 
acontecimientos de nuestra nada halagüeña política. n 

Esta cuerda de las recomendaciones captatorias vi- 
braba que dio gusto* estos días. De un escrito suyo 
aparece que Iturri andaba lleno de satisfacción y de 
esperanzíis. 

Rudecindo Carvajal salió entonces á luz para servir 
al restablecimiento del orden bajo la égida benéfica de 
Pérez, y mientras el gobierno supremo proveía lo con- 
veniente á la causa pública. Dice un periódico: 

"El señor jefe político, que no ha descansado un 
solo instante por el bien del país, que no excusó nin- 
guna coyuntura para contribuir a la pacificación, aplau- 
dió este pensamiento, el de llamar al general Pérez. 
Mamado el señor Tardío para que emitiese su voto 
sobre este particular, convino en ello. 




2^4- Matanzas de Yáñez 

»i Véase la descripción que hicimos en el numero an- 
terior, n 

Eso sí que no. Basta con lo copiado y con lo que 
se copiará, para que veamos lo interesante aquí; y es 
la manera cómo vecindario y plebe van á una forman- 
do y formando al caudillo pretoriano. Siguen las pom- 
pas. 

Antonio Fernández, un cronista de la prensa, refiere 
lo que sigue: 

«I Se nombró una comisión de jóvenes amigos del 
general Pérez, quienes condujeron á éste la nota fir- 
mada por los señores Carvajal y Tardío. Le hicieron 
una exposición verbal sobre la situación de La Paz y 
sobre la necesidad de su presencia en ella. Dócil y 
sensato, el modesto general Pérez aceptó. 

mEI 26 se rumoreó la venida de este señor: el pue- 
blo se agitó, y convencido hacia las cinco de la tarde 
de la verdad, cubrió contento las calles por donde en- 
tró aquél. 

1 1 Decíase que venía á proclamarse, ó á sostener la 
revolución. Al principio se ansiaba por ver su persona: 
y después, por saber su pensamiento. La arenga del 
señor Monroy descorrió el velo, y manifestó la insensa- 
tez de los que atribuían ambición ó decepción á un 
hombre de bien á toda prueba. 

1 1 El señor Monroy le expresó: que el pueblo, de 
acuerdo con la fuerza armada, le habían llamado como 
al ángel tutelar de la paz, del orden y de las institu- 
ciones: que como representante que fué de la nación 
en la asamblea que dio una constitución y una auto- 



onstitucionala 25$ 

comprometido á realizar el pensa- 
resado por aquel cuerpo soberano: 

Sociedad del Orden, compuesta 
bles ciudadanos, é instalada hacfa 
lifestaba el deseo vehemente de 

después de tanta sangre vertida, 

I contestó: riHombre del orden, 
y de las instituciones, me esfor- 
záis y darle paz y tranquilidad, de- 
posible, mi sangre, sacrificando mi 
ción.ri 

ir el coinentario elocuente que da 
labras de Gregorio Pérez, 
ocos meses este hombre de orden, 
; instituciones, se alzará contra e! 
, alegando pura y simplemente que 
presidente, que el que acaban de 
piíblicos y de proclamar el con- 

ido se esforzó en hundir un poco 
: el presente de una contienda ci- 
iolenta, sazonada con provincialis- 
derramamiento copioso de sangre 
er él presidente contra las insCitu- 

nplió su fervorosa promesa de es- 
\i y tranquilidad á su país, derra- 
:angre y sacrificando su vida por 



256 Matanzaí 

Y ha de tenerse muy en 
era entonces, como dicen 
pacfñco. Habló con la m 
lector puede estar comprem 
sido todo lo malo que liiz< 
tes de esta otra ambición e¡ 

Conocíle poco después c 
tiago. Me dejó la impresió 

Tanto y tanto fué lo cju 
saberse cómo su talla, que 
en agosto 18 de 1862, hab: 
de los gigantes. 

Leo en un memorialista, 
plaza mayor de La Paz, 
blanco. Vestía gran uniforr 
en la cabeza un plumero c 
ba lindísimo, arrebatador. 
amor provine i alista, como 
pulacho por los cuatro án 
gárselo. 

Algo por el estilo me ha 
sencial Guillermo Matta. 
arrogante y marcial, en ur 
en tropel le cercó y estorbf 
muro y dejarle fijo en un si 
los y cholas, prodigándole 
le las piernas y los estribos 

Hoy por hoy, durante 
bre, por ignorarse sí la fue 
orden ó resistirá á las del 



'E¡ Cohstitvaonalu 2¿j. 

visitas y tarjetas y recados y gimo- 
>arte de la sociedad paceña. 
1 despacharon un correo extraordi- 
e Achá, comunicándole la manera 
:ión del vecindario congregado en 
[lido el restablecimiento det orden 
kliante una transacción con los jefes 
cibió esta noticia en Calamarca, y la 
;brar como una nueva dichosa, por 
:emor de un próximo derramamiento 

i; la Sociedad del Orden, envió á 
rno una comisión honorable: Su en- 
durase reducir á éste á la clemencia 
. Debía arrancarle promesas valede- 
intos concretos. Eran los principales: 
lediante una capitulación, derogación 
>, amnistía para los amotinados. 
pranoel presidente al Quenco, posta 
as de la ciudad. AIK recibió la me- 
> diplomático, la del obispo diocesa- 
sión arriba dicha. Recibió también 
litulación solicitada por los rebeldes, 
s armas, y en cambio exigían olvido 
puridad para sus personas, etc. £1 

á todo sin dificullad y con señales 
icencia. Como era natural, nada es- 
ni firmó, 
o quedaron seguros ni satisfechos. 

presidente condiciones que, junto 
17 



2^8 Matanzas de YMez 

con impetrar garantías personales, imponían formas y 
exigían concesiones propias sólo de una convención; y 
en estas solemnidades no quiso Achá consentir. 

Retiraron entonces sus primeros ofrecimientos. £1 
ejército llegaba mientras tanto á extramuros de la ciu- 
dad. 

Por esto» y porque el espíritu de discordia y el tem- 
ple bélico de la soldadesca rebelde no estaban en la 
sazón del todo sometidos, creyóse durante el día que 
habría combate en las calles de la ciudad. 

Aquí fueron los buenos oficios de Pérez. El vecinda- 
rio, agazapado en sus casas. Propúsose aquél ante todo 
evitar un desborde. Tenía que correr de uno á otro 
cuartel, perorar á la tropa, sosegar á aquellos hombres 
desesperados por huir ó pelear. No faltó quien les so- 
plara al oído que el presidente venía á quintarlos y á 
fusilar oficiales y jefes. 

En esto sacaron del cuartel, en silla de manos, al 
coronel Balsa. La conmoción fué muy viva. 

"Habían peleado aquellos soldados, dice un cronis- 
ta de la prensa, por amor á este jefe solamente, sin 
tener otra idea que seguirle y ejecutar su voluntad. I^ 
subordinación es la gran virtud del soldado. Por eso 
es un crimen abusar de esta virtud. Fué conducido 
aquel jefe á casa del cónsul del Ecuador señor Ara- 
puero." 

Es importante que se sepa el estado de impotencia 
física en que yacía Balsa. Esto disminuye algunos qui- 
lates á las intrepideces legitimistas de aquellas horas. 

Por fin obtúvose que los rebeldes se resignarán á 



"Él Constitucional'' j/p 

deponer las armas, á trueque del perd<in de sus vidas 
y de ser eximidos de cualquiera humillación 6 vejamen 
degradante. La promesa fué verbal. 

Llegó el presidente con su comitiva á la plaza. El 
concurso era inmenso, señaladamente de cholada. Da- 
mas en los balcones, flores, vítores, etc. 

Luego entró el ejército y á su cabeza el general Ce- 
ledonio Avila. Componíase del batallón Primero, al 
mando del coronel Mariano Melgarejo; de una parte 
del batallón Segundo, denominado hoy Cortés, al man- 
do del comandante Pablo Caballero; de un escuadrón 
de caballería á las órdenes del sargento mayor Lucin- 
do Revilla; del escuadrón Húsares, á las del teniente 
coronel Juan Antonio Rojas; del escuadrón Bolívar, al 
mando del coronel Carlos de Villegas. 

Poco más tarde entró la columna de Omasuyos, á las 
órdenes del coronel Ignacio Zapata, á la que se reunió 
luego la columna de Corocoro. Estas dos columnas, 
unidas á las dos compañías del Segundo, salvadas 
del desastre del 23, formarán en adelante el bata- 
llón Cortés. 

Por entre la vocería y los vivas saltó de repente y 
comenzó á acentuarse y á rugir un grito terrible: ''¡La 
cabeza de Cueto! ¡La cabeza de Cuetoln El piqHilacho 
quería más cabezas. 

Reñriéndose i esta escena, El Telégrafo dijo: 

"¿Por qué la cabeza de Cueto?... Que el día del 
combate ultimo estuvo al lado de Yáñez. Pero él igno- 
raba que Yáñez estuviese comprometido en revolución 
algUna... 



loo Matanaas de YáHes 

■'Aquí nos viene una filosofía muy 
tal... No hay en Bolivia muchos Yáfi 
Bolivia muchos pueblos que se cebe 
Cuando haya esos tiranos, abortos di 
difícil calcular que habrá pueblos abor 
I.a reacción, por otra parte, es siempr 
la acción; la venganza más que la ofi 
un pueblo más que la de un hombre.' 

Segtin aparece de algunas referen 
prensa ministerial, hacia camino desd 
los ánimos la creencia de que Yáñez 
mente el 33 de acuerdo con Balsa. 1 
solamente que dejd hacer ese día al t 

En el número 483 de El Teligrá/o, 
al 13 de marzo de 18Ó2, Manuel San 
un artículo muy notable, en que se 
una perfecta connivencia con la rebelí 

Para - demostrarlo, el articulista a ñ 
mandante general Yáñez eludió la sal: 
de artillería, salida prescrita por el g( 
el 13 de noviembre; que de acuerdo c 
al oficial de guardia de la columna 
Manuel Camino, que en la ronda noc 
cibiera al mayor de plaza sin el trám: 
la persona previamente, á cuya franqu 
Balsa, titulándose mayor de plaza, ei 
al cuartel y se apoderase de la colum 
un destacamento del Tercero huía al í 
Segundo, Yáñez con su partida de rií 
esquina del palacio, punto dominanti 



Constitucional» 261 

itacar la retaguardia, á pesar de 
il Ávila; y que, una vez conven- 
I amotinados, se encastilla con 
sin quemar un grano de polvo- 
rácter iracundo, y con todo de 
1 febril y muy recientes sus des- 
il, etc., etc. 

indez en Oruro, decía á Yáñez 
re, en la carta auténtica que ten- 
III, página 73. 
;rno había resuello poner en li- 
breo que en este correo hubiera 
\ ¿qué dirá? Ya es sabido que 
inete y natural es que haga por 

nás abajo cada día. La prueba 
□rales de la jefatura superior del 
;sa jefatura; todo lo cual era el 
3s el último golpe, es decir, la 
ernández, que la tienen dispues- 
nismo tiempo que la disolución 
;ro y Tercero, ■ 
i mero está dispuesto el golpe 
general deberá ir al cuartel es- 
ar él mismo orden para que sal- 
e tiempo caer la columna muni- 
cuartel. Para disolver el Tercero 
bien las medidas á fin de aga- 
jmientos. 
:abado el negocio, y desparecida 



302 Maíansas de Yáñez 

causa, y creado el gobierno de los pajueleros á nues- 
a costa, con nuestros esfuerzos y sacriñcios. 

"La separación de usted es un hecho indudable, y 
ucho más con los ültímos sucesos. Fernández delte 
r conducido á la República Argentina. 

iiEsta es, amigo, nuestra sítuacidn, y este el trance 
;l que tenemos que salvar nuevamente á la causa de 
tiembre- Y lo conseguiremos sólo uniéndonos los 
tembñstas como lo hemos sido siempre. 

"Le incluyo una carta de Sucre que acaba de llegar, 
deseo que en contestacidn á ésta me diga usted con 

franqueza de nuestra amistad, lo que piensa usted 
:erca de lo que en ella le dicen; teniendo entendido 
le, desde Oruro, todo el Sur está conflagrado con 
:e pensamiento, que 'es el ünico que puede sal- 
imos. 

"Piense usted que vamos andando á entregamos 
aniatados á los pajueleros, y mañana ¿qué será de 
jsotras? ¿qué será de usted en particular? No hay 
ás que la horca,' de la cual podemos librarnos haden- 
} un esfuerzo, de los que sabemos hacer. 

¡■Encargo á usted mucha reserva de mi carta, y de- 
o que usted me conteste aunque sea por extraordi- 
irio, dirigido al comandante general de Oruro. i> 

Este documento ¿viene á confirmar el aserto de San- 
itebanP Nadie lo dudó desde entonces. 

No reposó muchos dfas después de su entrada á \^ 
az el presidente. 

En la ultima asamblea constituyente se discutió y 
irobó una moción famosa; aquella que declaiatMi 



•I El ConsHtuewHal<\ 26 ji 

bien de la patria los ministros Achá y 
ido derribaron del poder á lu jefe, el 
s. Antonio Quijarro dijo entonces en la 

os en que los ministros de Estado no 
lirse en delegados de la soberanía na- 
H'ecto de destituir á un mandatario su- 
aar el principio contrario fuera abrir 
ndable en las leyes y en los actos piS- 
la autorizar á los actuales ministros del 
i, para que mañana le obsequien á él 
de Estado.it 

lente lo que acababa de suceder en el 
)lica. El ministro del Interior enviaba 
:u renuncia, y dos días después por el 
y& el decreto de su destituci<in al presi- 
péndice de quedar encatrado del su- 
:1 autor del decreto. Fernández contaba 
na con que otra asamblea, constituyente 
, había de declarar que él había torna- 
: á merecer bien de la patria. 
nos visto en otra parte, el expreso que 
ia al gobierno, habíase puesto de Sucre 
atro días. Es el plazo ordinario de un 

Había cabalgado al trote en cuarenta 
e posta, para recorrer las 124 leguas 

median entre una y otra ciudad, fastas 
la cuenta extraoficial, suman unas 140 

46 cuadras cada una, á raz¿n de 150 
ra. Todo esto estaba medido como en 



204 Matanzas de YiUlez 

tiempos de la colonia, con la mira d< 
de sus salarios á los indios postillones 

El día siguiente fué consagrado á J 
para la nueva campaña. Salieron las 
tería precedidas del escuadrón Hüsai 
ci<ín de artillería que estaban fuera d< 
guarnición de infantería y de coracero 
dó en La Paz á las órdenes del genen 

Además, se declaró en estado de si 
Sucre; se refundió el despacho de loi 
ríos de Estado en una secretaría gene 
pueblo y al ejército las proclamas de i 
Achá lució este día la procacidad del 
torio en campaña, peculiaridad del pai 
que la conducta de Fernández merecí 
ñcativos. Al ejército dijo el presidenti 

i'Aün no acabáis de sofocar el grito 
salió de los cuarteles, cuando vuestra 
mandada en el Sur para restablecer el 
rio de las leyes. El insigne traidor Ru 
se ha investido por sí y ante sí del pi 
comprime la opinión de la capital de '. 
la columna municipal, puesta á sus dr< 
leal coronel Olañeta.» 

La historía no tendrá que quitar 
enunciación del hecho. 

La rebelión de Fernández tuvo un 
interesante. Contra el uso frecuente, 
Hunciamienlo. 

Hasta entonces en el país todo m< 



El CorntitHcionaUi 265 

respectivo comicio reasumídor de la 
de la respectiva protesta ñnnada en 
a el caudillo de la revolucián. Por 
ítico, en vez de decir amotinarse ii 
jítr el pronunciamiento, tal día hubo 
\ax\o prepara su pronunciamiento fxm 
lerpo del ejército, etc. 
:e: "Fernández comprime la opinión 
cargo es exacto. ¿Por qué omitió 
te ordinario y facilísimo del pronun- 
Tcntcs y lirmantes hormiguean en 
ides. Su motín por este lado fué ex- 
; del acta firmada por muchos, un 
rmado por Fernández, que decía: 
supremo de la repiíblica." 
que era del Interior, Fernández se 
to de su motín con los elementos 
ad ptiblica: el jefe político Pedro 
lante de armas Nicanor Flores, la 
. Fué aquel un acto administrativo, 
íembre, día de preparativos y de des- 
nte tuvo por útil el concunir á una 
i. El Constitucional (numero 6 
scribe del modo que sigue este acto 

ís solemne en este día fué la reunión 
cado por el gobierno en el salón de 
Loreto). Rebosaba hasta la plaza la 

;e acompañado de los ministros de 



- .»-l 



266 Matanzas de Itáñez 

Estado. Con la lectura del documento de la investidu- 
ra de Fernández, da cuenta de la situación al puebla 
Sus entusiastas palabras por el sostenimiento de la 
constitución, eran contestadas con protestas enérgicas 
del pueblo. Los nombres de Fernández, Morales y Flo- 
res, asociados á recuerdos de victimaciones en el Pra- 
do de Sucre, en Copacabana, en el recinto mismo del 
Loreto, hizo brotar la indignación de todos los labios. 

"¡Qué inmensa diferencia entre Fernández, que in- 
sulta á la soberanía nacional al investirse del poder su- 
premo por sí y ante sí, y el general Achá, que llama al 
pueblo para encargarle el triunfo de su propia causa! 

»»La protesta entusiasta que publicaremos es la con- 
testación auténtica con que el denodado pueblo paceño 
responde al llamamiento del gobierno." 

Encabeza esta protesta en favor del orden constitu- 
cional á toda costa y en contra de cualquiera rebelión, 
el general Gregorio Pérez. 

Un poco tarde vino Achá á recordar los fusilamien- 
tos de Flores en Copacabana y el crimen de Morales 
en el Prado de Sucre. 

Reo era este último de un delito comün. ¿Por qué, 
en vez de conferirle mando y hasta magistraturas mili- 
tares, no entregó su persona á los tribunales de justi- 
cia? La política del país hacía esto imposible, se dirá, 
Cuando la dignidad no está en las cosas, es razón 
demás para que no huya de las palabras del primer 
magistrado. 

En su proclama á la nación, Achá decía de Fernán- 
dez, con referencia á Flo^es, lo que sigue: 




?r^"5»^ 



t^El Constitudonalw 267 

»£n su despecho é insensata vanidad, califícó de 
revolución oficial el acto de haber yo separado del 
mando de un batallón á un jefe traidor, que debía con- 
sumar el nefando crimen, y que es abominable por sus 
asesinatos en Copacabana,\\ 

Me inclino á creer que Achá, antes del 30 de no- 
viembre, no tenía pruebas de la traición de Flores, ó 
mejor dicho, de su intención traidora, cuando, al sepa- 
rarle del Primero, le confío la comandancia general de 
Sucre. El calificativo propio y decoroso en aquel so- 
lemne documento oficial debía ser otro. 

Había alzamiento indigenal en Omasuyos el año 
1S60. Allá fué Flores con una brigada á pacificar por 
las armas la tierra. Era dictador Linares y ministro de 
la Guerra José María de Achá. En oficio de 16 de oc- 
tubre, éste trasmitió á Flores las instrucciones á que 
debía sujetar su conducta militar. Allí se lee literal- 
mente, entre otras cosas, lo que sigue: 

»»Dispone S. E. el presidente, que á los indios que 
han figurado como jefes de la sublevación, los mande 
. ejecutar inmediatamente; y, si entre éstos figuran algu- 
nos de los asesinos del doctor Guerra, aunque no figu- 
ren como jefes, tengan también el mismo destino qtie 
aquéllos, w 

Flores despachó á la eternidad cinco prisioneros in- 
dígenas. El gobierno aprobó. ¿Dónde tiene ahora la 
memoria Achá para salir, desde el altísimo puesto que 
ocupa, con un sarcasmo tan atroz contra sí mismo? 

Flores contestó por la prensa con calma imperturba- 
ble y con fuerza: . 



208 Matanzas de '. 

"Si aijut;lbs ejecuciones puec 
de Copacabana, no soy yo por c 
pías están mis manos. No me v 
Recibí órdenes terminantes. La! 
me obligaba la disciplina milita 
cuanto me fué posible. Di cuen 
debfa darla. Se aprobó mi conc 
ella. ¿Sobre quién debe recaer 1 

La prensa de Achá guardó p 

Las autoridades de Potosí se 
aprehender á Morales, Flores ] 
El golpe estaba hábilmente con 
tarse la noche del 30 de novien: 
llegaba de vuelta el conductor s 
Clones, y avisaba que Flores, 
sublevados, caerían en armas pr 

En camino para Oruro y con 
tieron de La Paz Achá y su esl 
mañana del 6 de diciembre (i). 

Era algo que atentaba á todoí 

(I) Lugar es este de fijar ciertas Te 
de 1S61, que andan un poco disconformes en la prensa. El 
Constitucional, periódico del gobierno, es la üiente autocizadi 
respeclo de ellas. El 4 por la noche supo el gobierno en La Pac 
la relwliún de Fernández en Sucre; el 5 tuvo lugar el comicio de 
corporaciones y aalorídades para la despedida de Achá; el 6 salió 
á campaíia para el Sat el presidente; al siguiente d(a por la no- 
che se supo en La Paz la intentona y rechazo de Moiales en Po- 
(cni, que el presidente supo el 6 al anochecer en Calamaica; el 
8 supo hit en CancoUo ta fuga de Fernández, 7 el 10 se hint 
piiblica en La Paz. 



iiE¡ Constiiudonatiy 26^ 

en La Paz, primeramente el gran desconcepto público 
de Fernández después de las matanzas, y en segundo 
lugar el buen sentido, muy favorable al gobierno legí' 
timo, de que tenía dadas prendas el vecindario de Po- 
tosí. En este centro de recursos militares mandaba 
como jefe político el coronel Hilarión Ortiz, militar 
valiente, pundonoroso y no menos amante de las leyes 
que José María Cortés. A su disposición estaba la co- 
lumna municipal del departamento. 

Era, además, dueño de improvisar, armar y movili- 
zar un cuerpo de partidarios de la constitución, com- 
puesto de empleados públicos, comerciantes, mineros, 
etc. El régimen legal había logrado hacer esta impor- 
tante conquista de voluntades, én aquel vecindario 
laborioso, de inveterados hábitos sumisos y obedientes. 

Las autoridades de Oruro habían propendido desde 
un principio á dejar aislada la rebelión en Sucre, mien- 
tras de norte y sur se concentraban fuerzas para ir á 
ahogarla en su cuna. El jefe político, coronel Lorenzo 
Velasco Flor, acuarteló luego al punto el batallón cí- 
vico de la ciudad. Él decía que, sin aguardar refuerzos 
veteranos de La Paz, estaba listo á marchar de un 
instante á otro á Potosí, movilizando para ello aquel 
batallón mal armado, y llevándose consigo parte del 
escuadrón Sucre, unas dos piezas de artillería y la co- 
lumna municipal. 

Esta última, la gendarmería, era en todas las ciuda- 
des tropa en toda regla del país, y, por lo mismo, casi 
igual en calidad á las que formaban el ejército de lí- 
nea. Pero su condición sedentaria las predisponía á 



>7a 



Matanzas de Yáñez 



dar oídos á las promesas de la incansable conspiracidn 
desorganizadora, que tiene su asiento habitual en los 
centros urbanos de la república. 

Jefe superior militar del Sur era el general Agreda. 
A él correspondía el comando de las fuerzas combina- 
das de Oruro y Potosí. 

Largas distancias, diferencias en la sociabilidad de 
los siete centros urbanos, y vida im poco aparte en lo 
intelectual y económico, imprimen un modo de ser fe- 
deratÍTO á las agrupaciones territoriales de la familia 
boliviana. 

Al día siguiente de la salida de Achá, El Consti- 
tucional aparecía con estas palabras de última hora: 
' nEl infame Morales y su pandilla han sido vergon- 
zosamente derrotados en Potosí, la madrugada del 3 
de los corrientes (diciembre), por los valientes y leales 
general Sebastián Agreda y coronel Hilarión Ortiz." 

Y con esta breve cita queda conduido este capítulo 
sobre El Constitucional, periódico oficial, cuya bi- 
bliografía contiene algo digno de saberse por los curio- 
sos investigadores, á mérito de ser dichas columnas un 
tepertorio auténtico de las actuaciones gubernativas, 
durante unos meses en que el poder ejecutivo estuvo 
ambulante de aquí para allá, como la guarnición de 
reserva de una plaza sitiada, cuando se ve en el caso 
de acudir, ya á las brechas abiertas, ya á los baluartes 
que han apagado sus fuegos. 

Nicolás Acosta, en su opúsculo 203 de mi catálogo 
impreso, dice que fuera de los números 5 y 6, los de- 
más de este periódico se publicaron fuera de La Pa2. 



■<* 




uEl Constitucional^ 271 

Es un error excusable. En 1862 han existido en la re- 
pdblica periódicos con este título y que no correspon- 
den á la presente empresa ofícial. 

Eventual á tres y después á cuatro columnas del 
folio mayor de gaceta boliviana, este repertorio de los 
actos administrativos del gobierno apareció sucesiva- 
mente en Sucre (números i, 2, 3 y 4), en La Paz (nú- 
meros 5 y 6), en Oruro (nümeros 7, 8, 9 y 10), y en 
La Paz (nümeros 1 1 hasta el 43). En Sucre por la 
Imprenta Boliviana, en Oruro por la del Pueblo, en La 
Paz por la de Vapor. 

El numero i.^ apareció el 26 de octubre de 186 1; el 
día 29 sacó dicho numero un suplemento con los docu- 
mentos llegados al gobierno sobre las matanzas. El nit- 
mero 43, último que tengo á la vista, es correspondiente 
al 2 de noviembre de 1862. Desde el número 24 
(abril 5) apareció á cuatro columnas, sin ensanche en 
su forma de tamaño. La materia contenida en los bole- 
tines de Oruro, fué inmediatamente incorporada á la 
edición paceña. Esto mismo se hizo siempre que el go- 
bierno se expedía fuera de La Paz por medio de otras 
gacetas. 

Mariano Donato Muñoz dirigió la publicación en 
Sucre, Félix Reyes Ortiz en La Paz, 

El II de noviembre, el presidente con dos de los 
ministros y su estado mayor general salieron de Sucre, 
Bajo la dirección del ministro del Interior apareció en- 
tonces el número 4 de El Constitucional, último pu- 
blicado en dicha capital. 

El áo instalaba el gobierno su despacho eo Oruro, y 



2'^2 Matanza 

el a5 tenia que abandonar 
Paz por la rebelión de Bal 
no. Fué parada de breves 
taba de regreso en Oruro c 
Fernández en Sucre. Allí 
un mes. 

Á estos días correspond 
reftos de El Constituck 
se decretaron nuevos honi 
mantés borraduras militar 
nández, ascensos á los oíi< 
ensanchaba su cora2i5n co 
diplomática del Fenf, y p 
monto de las fuerzas. del t. 
ciembre levantd el estado 
quedd vigente la constituc 
secretaria general fué supr 
expedirse por los cuatro d 

Por más que sea fuenl 
cronológica intitulada Col 
á tomar muy á lo serio la 
ción de los jefes instructc 
que allí ñgura (tomo IV dt 
el I." de enero de 1862 ei 
todavía entonces en Orun 
Paz el 9 de dicho mes y í 
tarde. 

Así consta de El Con< 
dicos del día. 

V tiempo es ya que dig 




T5«r,-i-.^ 



•I-E/ Constitucional^ 27 j 

Norte, cuajada de hechos, y que penetremos de una 
vez en la prensa del Sur, preñada de ideas. Pero es 
fuerza que llevemos de La Paz en la carpeta El Boli- 
vianOy periódico de Yáñez, para que nos sirva de puen- 
te natural al observar, en su propio teatro, actos y 
pasiones que muy bien se ligan con las pasiones y los 
actos de aquel hombre. 



18 



tHh-^=«='*"*==»«*==*==íí«*> 



'ÍTULO XI 



LNO" Y "EL PUEBLO" 

3ei-isea 

-.s calumiiiosas de El Boliviano. — 
ñero 459 de Eí Tííégm/o.—Fatiíica. 
Sucre.— Félix AcuBa.— Clama por el 
nvecliva contra el sctembrííiiio. — In- 
aa del verbo B<lnt. — Palinodia del bel- 
luevos, — Buslillo. — Napoleón Agreda 



La Paz y El Pueblo de Sucre 
mente después de las matanzas, 
tro en contra de Yáñez. 
in periódico bisemanal, en folio 
latro columnas, publicado en la 
apareció el 2 de noviembre y sü 



2j6 Matanzas de Yáñez 

ultimo número es el 6, publicado el 20 del mismo mes, 
tres días antes de ser ajusticiado el inspirador y soste* 
nedor de la publicación, Plácido Yáñez. 

Generalmente se atribuye la redacción á Pedro Te- 
rrazas y á Mariano Picolómini. £1 primero, no obs- 
tante, protestó oportunamente con energía, que jamás 
había tenido intervención directa ni indirecta en esta 
publicación, n Interpelo, dijo, á la conciencia de los 
redactores, editores ó impresores para que me desmien- 
tan, si falto á la verdad, m 

Proponiéndose defender las matanzas del 23 de oc- 
tubre, su tópico general es acriminar y denigrar á las 
víctimas, presentándolas, por medio de declaraciones 
testimoniales, «como Tevducionaríos de envenenados y 
desorganizadores propósitos, en cuyos planes entraba 
por mucho el saquee, -el incendio y los patíbulos de la 
ciudad de La Paz. Según esto, Yáñez, haciendo, abor- 
tar y f eprimiendo estas maquinaciones -de una manera 
oportuna y adecuada al escarmiento, había libertado á 
la población de su ruina y á la república de una in- 
fausta vergüenza; pues los belcistas eran ni más ni jne- 
nos una gavilla de malvados, sin freno moral, de^rtic- 
tores por instinto^ preñados <ie odios furiosos, «te. 

Pero lo que más se encamina en este periódico á su 
ñn^pecial, dejustiñcar la ferocidad del 2 3rde octubre, 
es todo lo que publica para hacer ver qu^ las vÍ€ti«Hifi 
se hicieron esa noche reos in /ragantí <le un 4elito d^ 
sublevación á mano armada, en connivencia con el 
populacho que por afuera arremetía á balazos «oqiü^ 
los ;PUotos de guoicdia. 




wEl Boliviana\y 277 

Gomo por las informaciones fidedignas de El Juicio 
P^licatsXA demostrado que no ocurrió tal levanta- 
miento de la cholada, que los detenidos perecieron 
quietos é inermes, que no hubo ataque verdadero sino 1 
simulado en un cuartel y en la plaza, mediante tiros al 
aire é insidiosos vítores, etc., no hay para qué ocupar- 
se en extractar este periódico, poco informativo de la 
verdad, y donde no resalta sino una protervia seca y 
repugnante. 

£1 gobierno, ni en sus días de mayor furor contra 
los belcistas, se atrevió á prohijar las calumnias de El 
Boliviano. En actos y documentos confesó siempre 
que los fusilamientos de esa noche fueron asesinatos 
feroces. Lo mismo dijo su prensa más autorizada. 
% El Boliviano circuló muy poco, además. Casi se 
puede decir que fué' secuestrado de la circulación ó 
destruido por el brazo de la indignación popular pace- 
ña. El hecho es que en La Paz misma es rarísimo. 
Los cuatro ó cinco coleccionistas allí existentes, apenas 
si conocían dos números cuando Nicolás Acosta pu- 
blicó, en 1876, sus bien informados Apuntes para la 
Bibliografía Periodística de la Ciudad de La Paz, 

Disipado un poco el vértigo durante el día subsi- 
guiente, Yáñez, al lucir la claridad del segundo ó del 
tercero día, sintió en su pecho la urgencia de presentar 
al país la noche del 23 de octubre, no á la luz de su 
personal furor sangriento, sino á la de una conñagra- 
ción tremenda, estallada por dentro y fuera de los 
cuarteles. 

Como inspirador del periodismo ese día, su idea do- 



378 Matanzas 

minante es presentarse radl 
grado con su temerario arroj 
triunfante^ en un conflicto e 
de las instituciones constituí 
rosos trances de sangre y tr 
que pasíir venciendo. Condi 
mente en la lobreguei de ur 
naciones anteriores. Pero al 
y su energía, que no le han 
tante en mitad del caCaclism< 
reprimido con severidad eje 
miento proditorio, para mayí 
público, perjuicio irreparablt 
la gloriosa causa de setierabí 

Tal es, con su espíritu y s 
lo más encumbrado que se 
en las demás producciones, 
dísticas, que esos días á la 
debieron. 

Ese es también el pensam 
abominables embustes, imp 
para explicar á Yáñez. 

El Boliviano, escrito ir 
mas diestros en manejar la d 
peñó en desenvolver ese pen 
especies demostrativas respe( 
de aquella noche. Pero lo q 
la mente de aquel hombre, a 
responsable ante el país, no < 



elmanou sjg 

imprevisivamente revelado- 
;n otra parte. 

onstancia que el 35 de octu- 
reo expreso, orden terminan- 
■ inmediatamente en libertad 

ordenó al fiscal de la causa 
esa misma mañana éste pi- 
le echar bandos para rema- 
1. Ahora urgfa presentar el 
iviano. El correo partta el 2 7. 
los que de allí salen para el 
ra en todas direcciones. De 
el territorio, donde está I^ 
dos ios puntos de la repiibU- 

imprimir, para ser llevado 
lambiín lo genuino y lo pri- 
le Yáñez. 

irtió el 24, fué para comuní- 
quello que la posteridad pue- 
ción indagatoria del culpado, 
faz del país consta de lo que 
dinario del 27, El Bouvia- 
o seis días más tarde, con 
marias, tendentes á corrobo- 
}nes del correo, 
ampada á dos columnas, en 

pliego de oficio, debajo de 
uy conocida en los anales de 
randes dimensiones. Es El 



28p . Maianzas de Yéñez 

Telégrafo, En ese menguado tamaño se presentó aqué- 
lla tarde la gaceta setembrista. 

De allí tomó la prensa del Pacífico, y probablemen- 
te de allí se difundieron por el mundo civilizado la 
proclama de Yáñez, un parte del comisario de poHda 
Monje y unos relatos suscritos por un Villar y por un 
Toranzos, literatura de horca y ctichillo^ como los calificó 
la prensa de Tacna. 

Resalta en Yáñez el propósito de acriminar á Cór- 
doba. Acabamos de verlo: órdenes acababa de recibir 
para ponerle en libertad. 

Dice que los amotinadores, invocando á dicho ge- 
neral, tomaron la plaza y forzaron las puertas del Lo- 
reto para sacar á su caudillo y á los presos que allí 
existían. Asegura que en el cuartel del batallón Se- 
gundo se sostenía una lucha tenaz con los presos que 
dentro había y con los cholos que de fuera atacaban, 
apoyados por algunos rifleros que Córdoba había po- 
dido seducir. Dice que Córdoba, en esas circunstan- 
cias, luchó por dos veces con el oficial que le hacía la 
guardia. Quería poner á éste preso, lo que no pudo 
conseguir. 

Uno se explica que Yáñez faltase enormemente á la 
verdad en su proclama, puesto que tenía un enormísi- 
mo interés en ocultar ó cuando menos en presentar 
disculpable su furor sangriento. Nó se hallaban en tan 
dura extremidad los que se firman Villar y Toranzos. 
Es lícito creer que, al mentir éstos calumniando á las 
víctimas, procedían bajo la presión sobresaltada de 
Yáñez en este momento solemne. 



''\El B&iiviano" ¿Sí 

Decía Toianzos, que treinta y ocho presos fueron 
puestos en libertad esa noche por el cabo Terán; que 
Éstos atacaron á balazos el cuei^o de guardia, hiriendo 
á su comandante; que el jefe Sánchez y el oñcial Tejc- 
rina, despertando, hicieron en las cuadras tomar las 
armas á la tropa de linea y fusilaron algunos presos 
que hacían fuego. 

Discutiendo atónito un periódico peruano las noti- 
cias de Boiivia, preguntaba á este respecto: 

"Y ¿con qué armas hacían fuego esos presos ai la 
guudia no fué rendida? Las armas existentes en las 
cuadns fueron tomadas por los oficiales Sánchez y Te- 
jerina, cuando despertaron é hicieron armarse á la tro- 
pa, l^jos de servirles á los presos, esas armas sirvieron 
para fusilarlos. ¿Ó el señor Váñez permitía el uso de 
armas particulares á los presos?'' 

Villar decía que dos compañías del batallón Segun- 
do y la mayor parte de la columna municipal hablan 
sido compradas para apoyar el levantamiento de la 
plebe. 

Esta testiñcación aparece como única y como ins- 
tantáneamente olvidada en e! protocolo de la prensa. 
Eso sí, los presos del cuartel del Segundo eran en gran 
parte soldados sueltos, sindicados de seducción, perte- 
necientes á aquellos cuerpos. 

Después de haber publicado todas estas cosos, los 
directores de El Tdégra/o, como arrojando la pluma 
y romi»endo sus prensas, escribieron en el último ren- 
glón del número 459, que las contenía: 

"¡Desesperado y para siempre muere El Telép-afo!'* 



382 Matanzas de Ydi. 

Vuelto más tarde á b vida, un 
áwote coa el belcísmo, usando ur 
nobleza que cubriecon de honra á i 
viuia, declararon los setembristas c 
que sigue: 

»A1 ver la prensa profanada con 
hecha acerca de los sucesos del i 
mos la suficiente energía para prc 
atrocidades, publicando que £1 Te 
perado.'i (Febrero 3 de 1862, niin: 

Mientras que en La Paz enn 
mayor y por desesperación la prí 
aparecía en Sucre Ei. Pueblo, cél 
energía y á veces por la violencia d 
nicio. 

Este periódico eventual, publica 
en papel de oficio por la Imprenta 
el 3r de octubre de 1861. Su ni 
postrero, salió á luz en ia primera 
de r86a. Su editor responsable y 
linico redactor fué el abroado Féli 
Sucre hacia iSio en cuna pobre ; 
allí mismo el 29 de agosto de 186^ 
naba la presidencia de la corte si 
saca. 

Acuña concibió la determinad 
periódico para lanzar un grito enéi^ 
defender la inocencia de las vícEin 
y ejemplar castigo del 23 de octub 

Sin dotes ni preparación literarii 



:i Putblo« 383 

il lenguaje, que no sin motivo 
diterial, inserto en el numero a 
bre 9), y el otro intitulado El 
era transparenda, que aparecid 
1 numero 4, p&saron por aquel 
3 de elocuencia en el género 

la pacato. Señalóse en los ülti- 
ismo y su odio al setembrismo. 
xtremidades ardientes que con 
riodisia. 

ielzu, fué ante todo abogado 
nada del gobierao, y estuvo en 
itre los servidores del caudillo. 
Trasmisión Legal figuró algo 
persecuciones setembristas la- 
1, hasta el punto de inflamar el 
lucha en la plaza de corifeo 
pertenece á este agitado perío- 

;, como ciudadano, abogado, 
iiputado y juez, ha dejado en 
nión de bueno segün su tiem- 
; ocasión y poco para la prensa 

ibre de calidad duradera y ca- 
li; pero en él la hipérbole apa- 
fuerza del pensamiento. Esta 
áe la vulgaridad ese estilo. Por 
as. Acuña posee una hacha de 



384 Matamas <ü Ydñez 

leñador. En cambio, su frase gruesa y toja como un 
tizón de fuego, golpea, quema y tizna cabe-eos sin tocar 
jamás en los suelos. 

Dentro de seis números de El Pueblo logró aquel 
alx^ado concentrar inmensos raudales de ira, la ira 
que las persecuciones setembristas babfarr arrancado á 
su pecho durante tres años. Día hubo en que sulñen- 
do esa ira con sus llamas un peldaño -más de altura en 
la mente del periodista, logró la pluma abarcar en toda 
su generalidad la gran ira del partido beictsta. 

El Pueblo acometió desde su námero r la fiscal 
zación enérgica del atentado de Váñez, uCreíanos, 
dijo, que en. la crisis salvadora de eneron — (la caída del 
dictador Linares)— "habíase regenerado el poder y re- 
cobrado su justa y pacíñca acción; creíamos que, cc«i 
el planteamiento de un régimen constitucional, habíase 
reconstituido el edificio publico, cuando menos sobre 
las bases de una perfecta seguridad individual. ¡Vana 
esperanza!" 

Encárase al presidente Achá para advertirle que mi- 
re bien lo que ha pasado, porque aquella sangre estará 
salpicando su frente, en tanto que la vindicta póblica 
y la humanidad no sean desagraviadas. V ¿á quién 
sino al supremo jefe incumbe, en caso tan extraordi' 
narío, ejercer sus atribuciones ejecutivas para presbff 
toda eficacia á la acción de la justiciaP Maestra por 
eso asombro por el rumor que corre, que el gobierno 
no ha improbado siquiera la matanza del 33 de o& 
tabre. 

El Pueblo encuentra en las palabras del oficio dt 



Vááez U iconfesíáa naás atroz de la ferocidad de éste. 
CiMklba, ultim&do para que ya no tuviese á<quieH 
iewcaf en adelante los facciosos, ullúnado después 
que la tropa habla dispersado completamente á dichos 
Sanáasvt, «iUimado porque se prestfitíUia coroo prioci- 
falicauáillo fluentras dormía en su cajaboao, etc., £tc.; 
los Aesais piisicinecos, castigados ejentplarmeate con 
4l Hi^io, fpor cuanto Váñez opina que estaban d« 
antemano comprometidos á fomentar la sedición. 

"Yáfiec está en sA deber de justiñcat su oonducta. 
iHmta'este «toBtento se sesenta como la más aangui- 
juiw y ifcroz. Si él jiistiSca que fué mevjti^le la muer; 
4e láe ios fusilados; si coe ese liecho ha alK^do en su 
auna una -espantosa revolucjón, comiHáinieado el de- 
»rden f «ncadenando la anarquía, que se le premúi 
sí, que se le premie. " 

Si. PiwsLO fiosttene que d juzgamiento de Yáfiez 
es vmií necesidad de la política franca y leal del go- 
bierno. JDiscute el punto y no disimula sus temores 
respecto de una probable impunidad escandalosa. Se 
extremece á la sola idea de tamaña impunidad, por la 
tmnenda provocadón que ella envolvería, y como si 
eliredactoradivinEne lo que sucedió. £n el ciyiftulo VI, 
página i6i, he citado estas palabras. ' 

Hac£ Aotar que uno de los fusilados, el ex-presiden- 
te Cócdoba, inauguró y sostuvo dos años el gobierno 
de la [mansedumbre y de la clemencia en Bolivia, y 
qiK dsoretó, jamás infringió y mantuvo, por entre ten. 
taócnes ile saagre, el principio de la inviolabilidad de 
la «da itUMM». 



286 Matanzas de Vdñes 

Elmuy conocido periodista Pedrí 
suelto necrolt^ico, dice, refiriéndose ; 
tiro en que Córdoba fué inmolado po 
bles: 

"El que sancionó la inviolabilidad 
na debía morir fusilado, sin garantú 
santuario de la ley, en el sitio mismo 
dos del pueblo abolieron por su eje 
muerte. I- 

Eugenio Caballero recordaba en ui 
que, durante la administración de Có 
administración, II como él dice, Yáñez 
Se vio comprometido en el motín de 
gravemente y estuvo preso. Bien proi 
torio, Córdoba le echó tierra á eso. Y 
se fué a vivir tranquilamente á su cas 

Cuenta el pueblo, que días antes c 
de Fernández en Sucre, el presidente A 
dido á' ciertas insinuaciones cautelos 
Kjlmposible! Fernández no traicionar. 
dos gobiernos de que es miembro int 

Acuna afirma lo que sigue, un pocí 
algo de los escritos de Fernández, 
parte: 

frLos setembristas han trabajado c( 
gftima de los pueblos, suscitando de 
táculos á la política de fusión. No bai 
naciones, ni hubo artificios que no ba 
ción, ni existe palanca que no hayan r 
hacer surgir en torno del gobierno ] 



..£■/ Pueblo» 2S7 

% desconñanzas respecto de los belcistas. 
: conflicto entre hombres de un mismo 
cto traducido á la prensa, entre un sucio 
lonalidades ruines y aleves ataques al 
ro que descollaba en el gabinete por su 
1... De aquí ese predominio insolente, 
sjercer presión sobre el presidente y s\is 
do vacilar las creencias hasta en el buen 
eral Achá... De aqut ese grito impío de 
burlando la conñanza de los partidos, 
er instantáneas explosiones de desorden, 
dieran normalizar en el país la discordia 
ir partido de la diVisidn y desprestigio 

is han rechazado en La Paz, lo sabéis, 
infamia á que el traidor los invitara con 
ambio poñHco. Ellos han proclamado el 
ido vigente el régimen constitucional. 
il jefe de la nación entre calurosas ex- 
: patriotismo, lanzando en La Paz gritos 
contra los perturbadores de la tranqui- 
las elocuente que exhibirse pueda de la 
belcista Acuña, al expresar estos con- 
cuando días más tarde (en Solivia estas 
ipidamente) estallaba en Sucre el motín 
rzo. Acuña alzó su voz entera y honrada 
I, y para aconsejar á sus correligionarios 
;equio del bien pdblico, sometimiento 
gimen constitucional. 



3t8S Matanzas de Y,áñez 

Dice Acuña que la palabra Belzu, en boca de los 
seteiabrístas, tiene la virtud satánica de poner en acti- 
vidad, dentro de sus cerebros^ las células orgánicas del 
miedo y en s^us corazones las fíbras impulsoras dd mal, 
Aciago y m^ico vocablo: en las cifras de sus dos bre- 
ves articulaciones, encierra la fórmula algébrica de un 
valor equivalente á la más alta potencia de protervia y 
de avilantez, de que antes y ahora fuera capaz aquel 
sañudo bando perseguidor. Porque es cosa tan usada 
como vista que, en profiriendo ellos las dos silabas fa- 
tales, al punto como por ensalmo se revuelcan en ^lus 
antros, y se lanz¿ui afuera enceguecidas las furias todas 
de la perversidad setembrista 

En vista de lo que con vigor incomparable nos di- 
ce Acuña aquí, no puede uno menos que exclamar: 
iqué de cosas no les habrá hecho Belzu á los setem- 
bristas! Preciso es convenir, por eso, en que la tesis 
está planteada con singular arrogancia. La espada ^ 
de dos filos, y sería menester esgrimirla con maestría. 

Crece de punto la curiosidad de observar la dialéc- 
tica usada en esta invectiva por el tribuno belcista, 
cuando uno recuerda la fama, de especie particular, 
que circunda el nombre de Belzu en el exterior. En un 
libro impreso años atrás en París, se dice por uno que 
visitó el país: 

II Belzu fué uno de aquellos tipos curiosos de la his- 
toria americana que merecen un estudio especial. Co- 
mo ninguno, ha tenido el talento de fanatizar con su 
persona las masas, hasta el punto de merecer el nom- 
bre que con justicia se Je ha aplicadotoá^ ;de un^ veizt 



de.Mahoma boliviano. El pueblo y la indiada que en 
ese país es muyiiumerosa, le adoraban de una manera 
extraña. Si há habido un nombre popular, en el sentido 
genuino de esta palabra, en algún país, ese nombre es 
el de Belzu en Bolivia. No hay quien no lo sepa. Aun 
en él día, los indios de las altas mesetas de la cordille- 
ra vierten lágrimas á su recuerdo. Belzu es hoy un ti- 
po más que un personaje histórico, i» 

£1 asunto propuesto por Acuña es contencioso en 
sus antecedentes. Fué Belzu un inicuo tirano, y, no obs- 
tante eso, su administración contiene puntos dignos 
de estudió. La trasmisión legal del mando, y de re- 
sultas el gobieirno apaciguador y envuelto en formas 
presidido por Córdoba, han servido de circunstancias 
atenuantes al partido belcista. Este partido, como lo 
veremos más adelante, ha utilizado todo esto en sus 
polémicas con el setembrismo; bando que conspiró sin 
tregua nueve años, derribó á Córdoba con la constitu- 
ción de 1 85 1, y fundó en reemplazo otra tiranía, tiranía 
perfectamente estéril para el reposo público y para el ré- 
gimen legal, y con cosas á su vez dignas de estudiarse. 

Compréndase ahora si El Pueblo tenía armas y 
recursos para sus invectivas. El hecho es que éstas le 
dieron fama. Fué desmedida esta fama, no sólo con- 
sideradaJiteraria sino también políticamente. La parte 
política tiene importancia histórica. 

Sostiene Acuña, con buenas razones de polémica, co- 
sas que hoy no revisten el mismo interés que entonces. 
Sostiene que el belcismo paceño fué puesto adrede en 
prisiones, para ser entregado dormido, el 2;^ de octubre 

t9 



1 



t2go Mcttantas de Yáñez 

á la saña de su rival el setembrtsmo. Sostiene que este 
último ha descendido al ínñmo grado de la prostitucióiv 
política, al dejarse acaudillar por el insigne traidor y 
verdugo de su propia causa Ruperto Fernández, etc. 

Pero lo verdaderamente muy notable entonces y 
hoy y que también sostiene Acuña, es esto que sigue: 

Los motines setembristas de 23 y 30 de noviembre 
ultimo, contra el actual régimen constitucional creadp 
ide comi&Q acuerdo por todos los partidos, el setembris- 
ta incluso, han impreso en la frente de éste el estigma 
de lá depravación revolucionaria. Cese de hoy en adu- 
jante su sempiterno himno heroico á la gloriosa. causa 
de setiembre. De hoy más, su propia infamia le sella 
los labios para venir nuevamente á enrostrarle sus fal- 
tas pasadas albelcismo. ¡Silencio! Inclinarse respetuo- 
sos delante del belcismo. Este partidp da hoy precia^ 
ros ejemplos de su sumisión á las leyes. Ha renunciado 
para siempre á las vías de hecho. 

Bajo la impresión moral cauáiada por esta manera 
patriótica, republicana y nueva de argumentar por la 
parte de un partido caído y prentendiente, circuló laya 
referida invectiva de Acuña sobre el vocablo Bdzu 
pronunciado por labios setembristas. 

No ha faltado quien escriba, no há mucho tiempo, 
un volumen muy sentido y bien dicho en favor del 
gobierno setembrista. Hasta es allí considerado como 
estadista el caudillo. Entretanto, las persecuciones por 
desquite y las persecuciones preventivas (no como pre- 
tenden algunos las represiones sangrientas de Linares) 
claman todavía, y prestah con su ihiquidad y su reftcor 






V 



-elocuencia á la colera de Acuña, á pesar del tiempo y 
de todas las defensas posibles. 

Hé aquí un extracto de la invectiva: 

-^El estadista que esa palabra nombra pasó ya con 
fuero á la serena historia, desde el momento mismo en 
que; sumiso, trasmitió el poder publico á. un sucesor 
salido de las uinas electorales. 

— ¿Sus faltas anteriores? Este gran caso ejemplar de 
)a trasmisión legal, en Bolivia, borró esas faltas en la 
cuenta corriente de los partidos, regenerados de hoy 
más por el hecho de dicha trasmisión, regenerados para 
entrar en éampo nuevo á lidiar con nuevas armas. 
Belzu descendió, el primero, por las gradas de la ley á 
la condición' de simple ciudadano. Cerraba tras sí, para 
éi y para todos, el período de las vías de hecho. ¡Con 
cuánta mayor razón se puede sostener que acababa 
también de suprimir en sus enemigos el derecho polí- 
tico de las represalias violentas! 
[: ■ — Pero ¿qué hicieron sus enemigos? Vencidos en el 
nuevo campo abierto al régimen legal, apelaron á las 
vías de hecho y consumaron en tres años una oSra 
desmedida de violencias contra los amigos de Belzu. 
Se hartaron de desquites y vengazas. Y cuando la 
usura en los cobros del rencor clamaba á la concien- 
cia pública con gritos doloridos, una mañana dos mi- 
nistros del dictador maniataron y expulsaron al jefe del 
gobierno, y dijeron á la nación lo que va á leerse: 

— «'Este caudiUo, que tan fuerte se proclamaba, no 
consiguió, con sus violencias de genio y de carácter, 
trias que organizar la oposición y lanzar tiuevod gér^ 



2gz Matanzas de Yáñez 

Tnenes de irritación y de desorden, aun entre los hom- 
bres más adictos á la causa que representaba, fi (Ma- 
nifiesto de la Junta Gubernativa de enero 15 de 1861). 

— Y ésos secuaces del mal caudillo son los que hoy 
en día, á la sombra del régimen constitucional, quieren 
de nuevo suscitar persecuciones y perpetuar en su pa- 
tria las borrascas inclementes de la anarquía. ¿Por 
qué? Porque tan sólo á favor de la guerra civil viven 
ellos fuertes contra las leyes. Y por eso es que ahora 
gritan en son de alarma ¡Belzu! á sus fieros setem- 
bristas. 

— No pueden nada dentro de las prácticas constitu- 
cionales que hoy imperan, y profieren ¡Belzu! como si 
quisieran decir: »»¡Aquí nuestros sicarios!-i 

—Porque Belzu ha sido para los setembristas la su- 
prema razón de Estado del despotismo, un pregón 
de prescripciones, una guadaña sangrienta. 

— Belzu han dicho; y, con este nombre preñado de 
falaces peligros y conflictos, han publicado edictos de 
destierro, han poblado las cárceles, han levantado ca- 
dalsos. Belzu\ y luego al punto comenzaban las bati- 
das rurales, las requisas domiciliarias, las sorpresas á 
deshora, las intimaciones para dejar el hogar ó la pa- 
tria. 

-^Porque Belzu estaba escrito, como timbre herál- 
dico, en las vitelas invitatorias que entre sí se distri- 
buían los setembristas para tales pasatiempos, que son 
los festines con que, en días sombríos, han querido 
aturdir esos políticos los pavores de su ambición. 

'^BelzUi en el vocabulario setembrista, es el verbo 



^ ■■■'-:• ^ 



•»jE/ PíublOw 2pj 

activo y pasivo de la política setembrista. Su modo 
indicativo, ¡a revolución belcista que desde afuera ruge d 
nuestras puertas^ tenía tiempos y números de invención 
ingeniosa. El subjuntivo tenía condicionales, y se cpnr 
jugaba mediante persecuciones linaristas, preventivas 
de la revolución adentro. No pudiendo ya la persecu-* 
ción, el 30 de noviembre ultimo acaban de usar la re- 
belión preventiva. 

— Imagínese cualquiera todo lo que hay de inicuo, 
de aleve y de pérfido en el doble sentido con que, esos 
gramáticos de la corrección sangrienta, usan la fatal 
palabra. 

— '»Diz que Belzu viene, n Corríase la voz en tiem: 
pos de Linares, y no tardaba en verificarse lo que to- 
dos, de norte á sur de ia república, han visto. Centena- 
res de bolivianos que huían despavoridos, camino del 
ostracismo, escarpando las rocas andinas, trasmontan- 
do á pie las nevadas cumbres, en busca de extranjero 
asilo; mientras que otros, menos listos, eran deportados 
á mortíferas selvas, ancianos no pocos, la salud que- 
brantada para siempre, la vida suspensa entre el ham- 
bre y las fieras. 

— ¡Terrores y violencias con la sola virtud de una 
palabra; terrores y violencias que por tanto tiempo han 
hecho hervir en nuestras venas la hiél de la indignación 
santa! 

—••Belzu regresa de Europa. »i Y Belzu mientras tan- 
to recorría Italia y Francia estudiando sus institu- 
ciones. » «¿Conque Belzu vuelve á BoliviaPn dijo el 
íuerte caudillo popular de la libertad; y, apellidando 



\ 



2p4i Matanzas de Yánez 

entonces la salud pública, se declaró en 14 de marzo 
de 1858 dictador indefinido, irreponsablé y terrible. 

— ¿Que los belcistas conspiraron y estallaron? ¡Pues 
no! De resultas, es claro. Un estad© de cosas tan vio- 
lento debía engendrar necesariamiente fuerzas de reac- 
ción, que el derecho natural amplía y la común defeiea 
impulsa. De aquí debieron venir explosiones del suifri- 
miento comprimido. Y con efecto" vinieron, unas veces 
en el Sur y otras en el Norte, y vinieron poniendo en 
gran auge el derecho penal de represión. La dicta- 
dura ¡ay! ejerció este derecho á punta de cadalsos, 
hasta inmolar presbíteros y salpicar con sangré los 
altares. 

— El golpe de Estado fué apenas una gran crisis del 
mal y no su extirpación. Eliminó al caudillo y desar- 
mó á los setembristas, dejando no obstante que siguie- 
sen, como hasta ahora, infiltrando ponzoña en las venas 
del poder, para armar su brazo de saña ó de recelo 
contra los inermes belcistas. 

— Todos lo saben; todos recuerdan la tremenda no- 
che del 23 de octubre último. Vociferando Belzu, el 
feroz setembrista de La Paz ha segado en sus camas 
nobles cabezas encanecidas, esforzados pechos ilustres^ 
preciosas víctimas que han caído sin proceso y sin de- 
jar ni la mas leve huella de delincuencia política. 

— Hoy mismo mueven sus palancas de vieja astucia 
y procuran retemplar en sus secuaces los enconos vie- 
jos. ¿Quieren todavía otros mártires? Pero eso sería ya 
regalarse voluptuosamente con el sabor de la sangre. 
Y si no ¿por qué entonces ciertas autoridades andan 



nEl Pueblen 2g¡ 

ya con alarmas sobre pretendidos aprestos de los bel- 
cistas en el exterioi? «Belzu en Tacnan han soplado al 
oído del jefe del Estado, á ñn de enervar su espíritu 
conciliador, complicar su política, llevar por donde 
quiera la zozobra. 

— ^¿Pretenden acaso provocar acciones 'y reacciones 
violentas, á ñn de preparar el desprestigio del actual 
gobernante, y abrirse paso por allí al suspirado imperio 
del absolutismo setembrísta? ¡Jamás! que aquí están 
ante todo nuestros pechos. 

— Los. que hemos bebido gota á gota el cáliz de las 
persecuciones sangrientas del setembrismo, no tolera- 
remos jamás la restauración de la causa setembrista. 
Hoy en día vivimos reposando de las fatigas á la som- 
bra del régimen constitucional, al amparo tutelar de un 
mandatario emanado de la ley, constituido encima de 
las facciones. Albergando tranquilas aspiraciones natu- 
rales y legítimas, fiaremos la 'suerte del partido á la 
marcha regular del buen gobierno, prestando á este 
último nuestro leal y enérgico concurso, sobre todo 
para estorbar el paso á la reconquista setembrista. 

— Es ya iniítil que estos empedo^rridos secuaces, co- 
mo en las funestas guerras civiles de otro tiempo, 
enarbolen ahora el nombre de Belzu como pendón de 
combate. Los hombres que, derrocando en 1857 ¿1 
gobierno constitucional, proclamaron la famosa causa 
de setiembre, que tan duramente conocemos; los hom- 
bres que en noviembre 30 de 186 1 acaban de prostituir 
el estandarte de esa causa á los pies del mismo Ruperto 
Fernández, contra el actual régimen constitucional que 



2§^ Matafizas de Yáñez 

habían contribuido á implantar en el reciente ' congre- 
so, esos hombres no pueden, no, competir en buena 
lid con los hQ\c\^i^ pajueleros, que con la trasmisión 
afianzaron en desmedro propio el régimen constitucio- 
nal de 1855, y Qu^ hoy apoyan el régimen de 1861 
como simples ciudadanos sin poder ni autoridad, 

— Un esfuerzo patriótico más de parte de nuestros* 
fieles correligionarios; y, el aliento político del perverso 
y fementido bando, habrá sucumbido bajo el peso de 
una decrepitud bienhechora; habrá sucumbido para 
siempre bajo el renaciente oleaje de una actualidad 
fecunda. 

— ««El tiempo, que en su marcha natural deja caer el 
polvo de la nada sobré las huellas humanas, no arras- 
tra en su empuje ascendente sino hombres nuevos y 
nuevas cosas para el porvenir .del mundo." — 

Este arranque oratorio de El Pueblo revistió in- 
mensa autoridad moral en toda la república durante... 
dos meses y medio» Es uno de los tantos casos curio- 
sos que ofrece el periodismo allá. ¿Qué pasó?' Senci- 
llamente, un motín belcista. Con lo que claudicó aver- 
gonzada tamaña elocuencia. 

Por fundadas que fueran estas reconvenciones, iqyé 
valor podían tener siendo diatriba, proferida á campo 
raso de las vías de hecho, campo donde crece con la 
abundancia de la mala yerba la diatril^a? Su fuerza 
estuvo en que era lanzada la invectiva desde un pedes- 
tal, en el pacífico palenque de la prensa constitucional 
lista. Ese pedestal era el sometimiento patriótico del 
belcismo al régimen legítimo. Ahora bien: lá inme- 



■<•. 



^^El Puebio\\ ¿p7 

diata rebellón de marzo convirtió en mogote de basura 
el zócalo marmóreo. Fué arrojado dicho material á 
las encrucijadas donde se asaltan unas á otras las fac- 
ciones anárquicas. 

Un belcista de gran calidad me ha asegurado que la 
invectiva de Acuña, con su motín complementario, tu- 
vieron el peso de un acontecimiento trascendente. «»No 
sabría decir cuál perjudicó más á cuál, si la invectiva 
al motín, ó el motín á la invectiva. No todo es cons- 
pirar y asaltar; un partido tiene que medirse á puño y 

■ 

lengua diariamente con sus rivales, y nosotros queda- 
mos desde entonces mancos y tartamudos, n 

Esto debe indicarnos que en el concepto público 
hacían ya su camino la necesidad y la majestad del ré- 
gimen constitucional. 

Bien merecido tuvo este descalabro el belcismo, 
bando sin principias. Aquella triste palinodia le devol- 
vió su descrédito, un tanto olvidado por las faltas de 
su rival. De hoy más, en las contiendas de la prensa, 
descenderá cien palmos el nivel de la ciudadela donde 
tenía él belcismo enarbolada su bandera. 

El eje sobre que giraba el partido tenía, como el de 
todos estos bandos, un polo de odio y el otro de amor. 
Es indudable que d escritor sucrense logró verter con 
fuerza y ^entereza la iracundia de la inmensa mayoría. 
Estoen cuanto al polo del odio. Tocante al otío polo, 
Acuña no acertó á posar esta extremidad del eje de 
rotación sobre punto de amor firme y seguro para el 
equilibrio. Ni todos renunciaban ?L Belzu como caudi- 
llo, ni todos los belcistas eran corregibles. 



2^ Matanzas ie Yáñez 

Era lo propio que acoQteda eti las ñlas del partido 
setembrista. Había deserciones, para lo peor y tam- 
biéfi para lo mejor, en uno y otn> bando. Y era un 
progreso político. 

Acuña había situado resueltamente las aspiracioines 
del partido belcista en el campo legal; había desakir 
ciado á Belzu como caudillo por las vías de hecha El 
partido belcista, por su composici<}n, ó sea por el nivel 
social de la gran mayoría de sus sectarios, era. incapaz 
de comprender aquel acto de civismo político, ni mu- 
cho menos era capaz de realizar este desprendimienta 
patriótico. 

Mereció la improbación destemplada de El Juicio 
Público (número i6 de diciembre 23). Este órgano 
caracterizado del belcismó paceño calificó á Acuña de 
escritor parcialista. Sostuvo que el actual gobierno, 
legal como era, no debía buscar otr^ apoyo que el de 
la nación para sostenerse, ni tener otra norma que la 
justicia eterna para sistemar sus actos administrativos. 
Dijo que, lo que el escritor sucrense pretendía, era gra- 
bar en el reverso de la aciaga medalla cabalística dé 
Fernández: que Achá se echase exclusivam^^e en bra- 
zos del partido belcista. 

El vigor de esta caída contundente no debe ser juz- 
gado por la crítica literaria. El grupo át EI/MÍÍÍ0 M- 
blico prevaricó, después de muy pocos meses, e» ¿1 
motín de agosto, para entronizar al pretoriano Féte& 
Acuña, el noble Acuña, cerró sus puertas á sus viejos 
amigos el día de la rebelión de marzo. ¡Qué digo! Sa- 
lió al pronunciamiento, y, por entre murmullos y amena^ 



zas, reprobó aquel atentado contra la con3títuci<ín y las 
leyes. 

Luego que percibió El Pueblo que se había colo- 
cado fuera de la corriente belcista, paró sus prensas. 
£1 escritor, después de unos días de campo, tornó tan 
sólo á su papel sellado. . 

Y es digno de notarse que, tres años más tarde, uno 
de los autores del motín belcista, declaró casi llorando 
ante el gentío que rodeaba la fosa de Félix Acuña: que, 
á pesar de aquella grave disidencia, nunca había podi- 
do arrancar del pecho el sentimiento de admiración y 
de respeto, que le inspirara el intrépido escritor^ pa- 
triota. 

Véase al respecto la pieza á que es referente el nú- 
mero 2,486 de mi catálago impreso. 

Son verdaderamente oratorias las ya citadas palabras 
de Acufta: 

ífEl tiempo, que en su marcha natural deja caer el 
polvo de la nada sobre las huellas humanas, no arras- 
tra en su empuje ascendente sino hombres nuevos y 
nuevas cosas para el porvenir del mundo, n 

Nada cuyas huellas hayan sido más prontamente 
borradas por los polvos del tiempo, nada más estéril 
para la labor del porvenir que aquel partido belcista 
tan famoso, que tenía la pujanza de revolver la tierra 
boliviana hasta en los yacimientos primitivos de su so- 
ciaUlidád, hasta en sus estratificaciones indigenales 
más inertes. 

La amiente del porvenir estaba en el cercada del 
partido setembrista, dfe este vengativo luchador de 



joo Matanzas de Yáñez 

/blanca cimera, de sudores vanos é impotentes, de ar- 
mas que herían hasta al ponerse en guardia. De allí 
salieron los hombres nuevos y las nuevas cosas del 
partido constitucionalista, único bando sano y fuerte 
de éstos tiempos, que será vencido y no morirá. 

Aunque en hogar belcista, Félix Acuña pertenecía, 
sin duda ningún^, á la raza de los hombres nuevos 
para nuevas cosas. ¿Sus viejos odios? También los' te- 
nían por su lado los puritanos del setembrismo, que, 
formando la agrupación llamada impropiamente dé 
los rojos^ supieron por sus virtudes y sus servicios 
echar las bases conciliadoras del partido constituciona- 
lista. 

No. El tribuno que afrontó el desprecio y el resen- 
timiento de sus propios amigos, por apartarlos del mo- 
tín pretoriano, por señalarles las vías legales como 
única esfera para sus trabajos, era muy capaz de sentir 
con grandeza, en el alnia, la significación patriótica de 
la concordia. 

¿Que pregonaba la exclusión y el anonadamiento 
del setembrismo? Claro se está si con terror personal 
estaba viendo alzarse, enconadísima y terrible, la reac- 
ción setémbrista, con Ruperto Ferhández á la cabeza.' 

No obstante, el 20 de noviembre, diez días antes 
del motín de este caudillo, Acuña consideraba todavía 
posible en Bolivia la política fusionista. Visiblemente 
impresionado, aconsejábala como cosa de necesidad 
improrrogable, y suplicaba al general Achá que no de- 
jase de mirarla desde el punto de vista cristiano. 

Es la verdad que los tiempos eran de crueles incer- 



f^.T 



uEl Puebloxx joi 

m 

tidumbres, así para los belcistas como para los setem- 
brístas. £1 presidente Achá cabalgaba el potro del 
mando, estribando de un lado en una parcialidad dé 
setembristas y de otro en una parcialidad de belcistas. 
I^ cuesta de la fusión era empinada, el potro indómito, 
y los postillones, que eran los ministros actuales, eran 
hombres que habían aprendido el oficio arreando en los 
desfiladeros ya de uno ó ya de otro campo. Largas no 
había dado el tiempo todavía, para que el presidente 
hubiera podido poner, en pie de campaña, un bando 
propiamente personal y de su entera Confianza. 

Antes de la rebelión de Fernández, la inquietud de 
los belcistas era grande en Sucre. En el complicado 
aspecto de las cosas, la fusión se les presentaba como 
una tabla de salvamento. Esa rebelión frustránea les 
despejó un tanto el horizonte, neutralizando el perni- 
cioso efecto causado por cierta noticia sobre el descu- 
brimiento de una conspiración belcista en La Paz. La 
formidable invectiva antes extractada, tiene el coraje 
propio de quien sale de mortales zozobras, para en- 
trar de improviso á devolver golpe por golpe. 

Véase si el caso no era como. para contar insegu- 
ramente con el bien de dormir en el hogar todas las 
noches, ó como para tener pesadillas de destierros, 
carcelazos y encuentros de armas. Refiriéndose á las 
maquinaciones belcistas de I^ Paz, una mañana del 
mes de noviembre El Constitucional^ gaceta del minis- 
terio, soltó estas categóricas palabras: 

••Con este triste desengaño, el gobierno, que inició 
tan placentera como patrióticamente el sistema fiisio* 



'I 



302 Matanzas ik Yáñez 

nista, se ha visto pxecisado á retroceder, y se propone 
en adelante regir la república apoyándose en el partido 
iietembrista.M 

Recordando largos años atrás estos tiempos de agí* 
tactoi^es y recelos, me decía Rafael Bustillo aquí en 
Santiago: 

riEn aquella tempestad de odios y de aspiraciones, 
el peligro veníanos de todos lados. Cada uno temía 
ser fulminado ó por detrás, ó desde arriba, ó de frente. 
Y había todavía otro peligro bajo las plantas. Ese nos 
mantenía á todos ñrnáes de pecho pero blandos de 
piernas, como los marinos cuando combaten, que se 
baten por no hundirse y para hundir. El tal peligro era, 
no la exclusión del propio y la preferencia del contra- 
rio bando por el gobierno, sino la caída del gobierno 
mismo á los golpes de una reacción violenta del ene- 
migo. 

••Dentro del nutridísimo caserío de la pequeña capi- 
tal, los antagonistas de la polémica se daban diariamente 
codo con codo yendo y viniendo, ó tropezaban unos con- 
tra otros cuando caminaban leyendo absortos las furi- 
bundas ñlípicas. Imprenta había donde se servia uno y 
otro bando, la cual, para evitar trompones y garrota- 
zos, tenía dos entradas, una para los belcistas y otra 
para los setembristas.o 

Bustillo fué también uno de los que en esta ocasión 
se separaron del belcismo intransigente. Su declaración 
consta de la gaceta ministerial que acabamos de ci- 
tar. Pero entre la separación de Acuña y la de Busti- 
llo hay esta diferencia: Acuña no aceptó diiió más tarde 



r,~rri 



:y por mano del congreso un puesto en la magidtraturt, 
núentras que Bustillo recibió de Achá primeramente 
una cartera ministerial y después una misión diploma 
tica. Esta última incontinencia hubo de cerrarte con 
desdoro la entrada al congreso de 1862. 

£l Pueblo paga un tributo de simpatías á un ma- 
logrado defensor del gobierno constitucional en estos 
idias tremendos: á Napoleón Agreda, aquel agraciado y 
despejadísimo mancebo que, en la madruga del 3 de 
diciembre de 1&61, cayó herido de muerte bajo los 
portales del palacio de Potosí, cuando, al Udo de su 
padre don Sebastián el general, salió á hacer frente á 
los que pretendían asaltar el cuartel, capitaneados por 
Agustin Morales. 

La prensa de Sucre y la de Potosí llevaron á esta 
sepultura nmtutina ñores vistosas de papel pintado, 
como si la hora y el sitio no les brindasen para la 
ofrenda siemprevivas frescas y naturales. Hablaron de 
aplicación ejemplar, de lucidísimos estudios, de talento 
descollante, de heroico valor y de colmadas dotes. 
Nada de eso. Era uno de tantos. Sus títulos valederos 
al recuerdo son otros, que constan como ciertos é in- 
dudables. ^ 

En la figura de Napoleón Agreda uno ve claramente 
bosquejado un individuo genuino de la raza altope- 
ruana y de la juventud de su tiempo. La pasajera vi- 
bración de su existencia se desprendió un punto de la 
masa coral de las demás, para signar una nota propia 
^uya en la página del día. 

El i."* de mayo de 1859 hacía én Sucte, deíitíó dfe 



I / 



^04 Matanzas de. Yáñez 

hogar, turbado, cuando la madre lloraba la ausencia 
del esposo, y el eSposo rñilitaba peregrinando en las 
breñas de la política. 

Para no venir á 'menos ni bastardear de lo que ren- 
día la tierra boliviana, un día se hacía llevar del cole- 
gio á la cárcel por revolucionario, y de la cárcel al 
colegio para graduarse ert leyes arités de salir al destie- 
rro. Los jueces le habían ábsüelto, mas no la policía 
de Linares. Los profesores lo aprobaron unánime- 
mente. 

Es fuerza reconocer, que el guardián setémbrista de 
la ciudad^ anduvo ese día laxo como un mínimo obser- 
vante de las reglas del partido: dio sueltas á Napoleón 
por unas horas, á íin de que se presentase en la Uni- 
versidad. 

. Cuando el joven iba del consejo de guerra á la comir 
.sión de exámenes, dijo á uno que.pasaba: »«Dél aula á 
la jaula y de la jaula al aula, á fin de ser á toda costa 
un doctor chúquisaqueño.M Ironía finísima, que bien 
pudiera guardar para su pincel la historia. 

Fué la ultima sonrisa de su jovialidad maligna y fis- 
gona. Volvió pensativo del destierro, nublada á veces 
la frente como si le asaltaran tristes presentiraiéntosi 
Pero había nacido en la ruta frecuentada y no se 
había formado para tomar otra . ruta independiente'. 
Entró en la carrera de los empleos bajo el gobierno 
constitucional. 

El Sur amenazaba tempestad, y se designó al padre 
para tener el superior comando militar de esos depar- 
tamentos. La víspera de esta separación el joven logró 



wEl Pueblo 



II 



30S 



penetrar á solas al despacho del presidente en Oruro, 
y le dijo: 

«Lo sé, habrá combates. Es ocasión que yo cum- 
pla con dos deberes: quisiera defender con mi pecho 
la constitución, y quisiera estar en el peligro al lado de 
mi padre. Moriría con gusto peleando por ella junto á 
él. Señor, pido aquella gracia, n ^ 

El presidente, parándose, le puso conmovido una 
mano sobre el hombro y con la otra le ciñó una espa- 
da de oficial. «Pronto á Potosi, le dijo; de esta calidad 
de defensores há menester allá la buena causa, n 
'^ Despuntaba la claridad del día cuando Morales, que 
acababa de atropellar sin estrépito una avanzada no le- 
jos de la Alameda, se deslizó cautelosamente en la 
plaza mayor de Potosí. Allí destacó un pelotón sobre el 
palacio, donde dormían aposentados las autoridades, la 
guarnición y los agentes de la policía. 

Había ya logrado penetrar sin estorbos en este últi- 
mo despacho, y trataba Morales de pasar al departa- 
mentó del cuartel, cuando fué sentido por los jefes, 
rechazado al punto y arrojado con los suyos á la calle. 
La guarnición guiada por el general Agreda salió en- 
tonces á la plaza. Morales se incorporaba en ese ins- 
tante al grueso de su gente y emprendía marcha en 
retirada, mas no sin volver caras un momento para 
hacer disparar una descarga. 

Napoleón Agreda cayó herido y espiró al lado de su 
-padre. 



20 



■****««**«*«♦«*♦**' 



ULO XII 



NACIONAL" 



presideute. — Su ambición. — Pre- 
i. — Trabaja por el setembrismo 
maníResla ceder á eslas miras. — 
Medidas contrarias i Fernándei. — 



ción y disuelta la asamblea 
presidente provisional más 
itemporizar con las dos enco- 
le estaba dividida la repübli- 
;lfa á aplazar las resoluciones . 
tntaba delante de cualquiera 



3o8 



Matanzas de Yáñez 



medida, capaz de lastimar los respectivos intereses re- 
celosos del belcismo ó del setembrismo. 

Era excusado exigirle que no se desviara del sen- 
dero abierto por el golpe de Estado, conforme al cual 
los actuales usufructuarios del poder no debían que- 
dar supeditados á las exigencias del belcismo, sino 
antes bien debían propender á dejar establecida en la 
república la preponderancia del partido setembrista, 
para el mejor ejercicio del régimen constitucional. 

Achá se resistía á imprimir al gobierno tendencias 
preferentemente favorables al setembrismo. Mucho 
más resistía el favorecer la prepotencia de este bando 
con detrimento del belcismo, por más que intentaron 
demostrarle que, con sus fluctuaciones y con su pro- 
miscuo trato de belcistas y setembristas, lo que estaba 
labrando, en suma, era el predominio próximo y de- 
sastroso del belcismo. 

En privado solía á veces caer en dudas y descon- 
fianzas el presidente. 

Era de clara razón, de modales corteses y afables, 
dócil al consejo, de palabra circunspecta sin aparecer 
taimada. Tocaba en la persuasión y hasta se empina- 
ba sobre la elocuencia, cuando su frase, culta y militar 
á la vez, se esforzaba en pintar cómo el magistrado 
anhelaba vivamente dar, para sus pasos, con la verda- 
dera senda del bien del país. 

Uno de los signos habituales y simpáticos de su cor- 
tesanía, era el escuchar con atención profunda á su 
interlocutor. Abría por eso entrada franca i toda cíese 



i'La Causa Nadonah 30^ 

de dictámenes. Sugestiones contradictorias llegabaí) con 
facilidad hasta sus oídos. ¡Cuántas de estas sugestiones 
no estaban ligadas estrechisimamente con exigencias 
menesterosas y con peticiones de empleos! Limitados 
eran éstos en número, y los pretendientes formaban 
una suma diez veces mayor. De aquí la necesidad de 
excluir á éste y llamar á aquél, necesidad preñada de 
inconvenientes gravísimos en aquellos momentos. 

¿De veras deseó complacer á todos sin disgustar á 
ninguno.' La tarea era imposible. Entretanto, momen- 
tos había en que se mostraba desesperado. Achá aca- 
bó por sentar plaza de magistrado débil, ante sus inme- 
diatos consejeros. 

En piíblico y hablando en abstracto, mostrábase niuy 
resuelto y nunca indeciso. 

Declaraba que había escrito fusión en la bandera 
de su gobierno. Decía que esta política cumplía á sus 
deberes de mandatario transitorio, mayormente cuando 
el país se preparaba á entrar en la liza electoral, para 
la renovacián de todos los poderes del Estado confor- 
me al nuevo régimen. 

Agregaba que, para esta liza, era su deseo más ar- 
diente equilibrar en la balanza oficial á los partidos 
políticos, á fin de que entrándose sobre bases equitati- 
vas á ensayar la vigencia de la. constitución, los parti- 
dos se reorganizasen ampliamente dentro del ejercicio 
r^ular de las instituciones, se desenvolviesen allí en 
competencia, y el preponderante conquistase ctwno pa- 
cífica victoria el poder en el campo de la legalidad. 



¡lo Matanzas de Yáñez 

Todo esto, que era de todos y para todos, no fué 
óbice para que el presidente tuviera también en mira 
sus intereses particulares. 

Su intento más verdadero era atraerse prosélitos per- 
sonales en ambos campamentos, á la sombra del hala- 
go, la confianza y las promesas. En cuanto a los recal- 
citrantes belcistas ó setembristas, que peleasen allá sus 
odios y se despedazaran unos con otros, á fin de apro- 
vecharse él del botín, reunir los dispersos y quedar 
solo. 

Estas miras maquiavélicas podrán ser tan mezquinas 
cuanto lo han demostrado después los hechos; pero es 
fuera de " toda duda, que la fórmula alta y hábilmente 
política estaba hallada por Achá, para decorar y con- 
decorar sus intereses, Fernández, mal de su grado, 
tenía que reprimir sus bríos; y los reprimió algiín tiem- 
po, cuando más le impulsaban esos bríos á aniquilar al 
belcismo, para conquistarse un premio, el de ser él en 
adelante caudillo del partido setembrista. 

La asamblea constituyente se clausuró el 15 de 
agosto. Cuando el gobierno dejó La Paz, en setiem- 
bre, estallaron las primeras graves disidencias entre el 
presidente y su ministro, tocante á la dirección que 
convenía imprimir en los negocios. Luego en Potosí 
se hizo público el desacuerdo. Fernández no podía 
resignarse con la presencia de Rafael Bustillo en el 
gabinete, ni mucho menos con el ascendiente que este 
hábil belcista alcanzaba día á día en los consejos de 
Achá. 

Así estaban las cosas, cuando circunstancias inevi- 



"La Causa Namnaln jn 

.nejos de Fernández y sus tra)»jos en el 
iujeron al presidente á quedaí en Sucre 
rced de aquel hombre osado y de sus 
[ue eran los soldados de Flores y de Mo- 
olvide que aquél era jefe del batallón Pri- 
i del presidente, y éste comandante de 
como tal disponía en Sucre de la colum- 

■nández en aprovechar la coyuntura? Fió- 
le él por su parte no se prestó. Fernández 
do menos que la ¡dea brotó en su cere- 
Mra apoderarme con violencia del man- 
iritodos los bolivianos que pude despren- 
há y mandarlo al exterior, sin resistencia 
do visitaba los departamentos del Sur 
batallón de mí entera confianza por es- 
tras tanto el ministro que la política del 
) se deñnía todavía en favor de aquella 
e setembristas que él acaudillaba. Otra 
abrista repugnó siempre al autor del 14 
;tendfa él, ni más ni menos, un cambio 
¡terio. Quería que fuesen llamadas al go- 
as que merecieran toda su confianza. 
lestar ante Achá estas exigencias, Fer- 
nía otra cosa que hacer sino usar la dia- 
al del setembrismo: et país está abierta- 
iciado por la gran causa gloriosa de la 
: setiembre; el país rechaza al belcismo 
compuesto con raras excepciones de la 



.^7j> Matanzas de Yáñez 

gente sin propiedad, ó sin industria, 6 sin ocupación 
conocida, y que no proclama principios, ni sirve á otra 
idea que á la de entronizar á su caudillo Belzu, ídolo 
de las chusmas turbulentas y saqueadoras. 

Otra faz del asunto eran los peligros personales, que 
tanto Achá como Fernández corrían al sentir que se 
avecinaba de cerca una reacción belcista. Ésta no po- 
día sino ser terrible después de las matanzas de octu- 
bre. Ella envolvería en una total ruina todos los inte- 
reses y á todos los parciales formados á la sombra de 
la obra comün, el golpe de Estado. 

En los consejos del gobierno, el ministro agotaba 
todas las artes de la retórica y de la intriga, para de- 
mostrar al presidente y á los demás individuos del ga- 
binete, qué los tétminos medios de la fusión conducían 
derechamente á la anarquía. Á su entender, la fusión 
era una tregua, cuando los tiempos eran de guerra, 
guerra hasta aniquilar, al belcismo, origen permanente 
de próximas catástrofes. 

Dentro de su encerramiento sin industria, agitación 
y malestar tenían que haber necesariamente en aqtíella 
sociedad ó agregado de castas y de razas, combatida 
sin tregua, en su geográfica y etnológica deformidad 
constitutiva, por las necesidades ordinarias de la lucha 
por la vida, lucha formidable allá donde milita en pri- 
mera fila fel ocio indigente y depravado. 

Y no cabe duda que, la agitación y el malestar habi- 
tuales, estaban ahora exacerbados por la presión de la 
atmósfera moral, sobrecargada de desconfianzas red* 
procas y áé ese desabriiíiiento indecible, piropio de 




»»Z<z Causa Nacwnalw jij 

los espíritus que se interesan con exceso en los tiego- 
cios políticos. 

La oratoria de Ruperto Fernández, pesando la siiui 
ción, cargaba en el platillo de los males peculiares de 
la actual política fusionista, la agitación y malestar pro- 
fundos de la sociedad boliviana. 

Estos dolores eran causados por dolencias crónicas, 
por los estragos que de tiempo atrás venían haciendo 
en ella los vicios de la barbarie soldadesca, por el cinis- 
mo en que yz tocaba la prostitución e«ipleomaniaca, 
por el furor cada vez más enceguecido de las facciones 
desorganizadoras, por la turbulencia de la plebe igno- 
rante y sectaria, por la ausencia de un partido de pro- 
pietarios é industriales que sirviera de cuadro ó núcleo 
á una milicia conservadora, y por aquel sempitertio 
círculo vicioso del purgatorio nacional que se resume 
en estas palabras: somos revolucionarios de puro pobres^ 
y somos pobres por revolucionarios. 

Por fin, la separación voluntaria de Rafael Bustillo 
del gabinete, separación impuesta á este individuo pot 
la fuerza de las cosas del momento, dio alientos á Fer- 
nández en su empresa de ver cambiado conforme á 
sus miras todo el ministerio. Fué entonces cuando in- 
sinuó la perspectiva de su renuncia en caso de que no 
se verificase ese cambio. uVeo, señor, — dijo al pre- 
sidente, — que estoy en desacuerdo con mis compañe- 
rc(s, y siéndome imposible proseguir de esta suerte en 
las tareas del gobierno, acompañaré á usted solamente 
hasta Cóchabamba, donde pienso retirarme. ir 
Insistía enérgicamente en que el país entero estaba 



214 . Matanzas de Yáñez 

pronunciado por la causa de setiembre, y en que urgía 
llamar al ministerio otras personas que por sus antece- 
dentes y opiniones políticas inspirasen confianza al 
setembrismo. 

Achá ofrecía meditar todo esto con madurez, de- 
mandaba nuevos datos, rogaba á su ministro que no 
dejase de asistirle con sus consejos, y se mostraba 
' convencido con el entendimiento, é irresoluto con la 
voluntad. 

Esto pasaba después de las prisiones en masa. Presto 
vinieron los nuevos datos y una mayor asistencia de 
consejos. 

Después de las matanzas obtuvo Fernández que el 
presidente y el ministro Salinas se mostrasen en Sucre 
disuadidos por fin de su política fusionista. Convinie- 
ron en que era efectivamente imposible apartar de las 
vías de hecho al belcismo. 

Yáñez y Fernández les presentaban esos atentados 
de la autoridad como la prueba más concluyeníe de 
la implacable conspiración belcista. Hé aquí el pa^p 
que este bando daba á los esfuerzos del gobierno para 
llamarle á la conciliación y á la legalidad. Y Achá y 
Salinas confesaron que el aserto era indudable, y Achá 
escribió que los pajueleros le habían pagado mal y que 
pensaba acabar con ellos. 

Hay que distinguir entre la tesis y la prueba jde la 
tesis. La intransigencia y la depravación del belcismo 
eran la cosa más probable del mundo. Las prisiones 
soldadescas en masa de ciudadanos inviolables, y las 
matanzas á granel de belcistas dormidos, constituyen 



wr 



:-rm 



wLa Caíisa Nacional \\ ^jij 

ün argumento, ciegamente muy extraordinario, para 
demostrar aquella depravada intransigencia. Pero, por 
extraño que parezca, el hecho del argumento es his- 
tórico. 

Á Fernández, en el ofuscamiertto del despecho, se 
•le ha escapado decir que aquellos dos señores no cre- 
yeron de veras en la fuerza del argumentó. Se hallaban 
cuando menos en el caso de aquel otro; qne necesitaba 
de ver para creer. Dijo: 

•»E1 general Achá y su ministro Salinas, con hipo- 
cresía sin igual, parecieron asustados de la situación 
violenta del país, pronunciado abiertamente contra la 
fusión tan mal entendida y peor realizada por ellos. Y 
advertidos por mí del peligro que corría el orden pu- 
blico, y de la necesidad de un cambio en la política, 
tomaron el consejo imparcial de personas respetables 
de la capital Sucre. Fueron llamados don Hilarión Fer- 
nández, don Andrés María Torrico y don Gregorio 
Aníbarro.ii 

La mayor prueba de la hipocresía está en haber con- 
ferido lo conveniente con estos tres enemigos jurados 
del belcismo. 

De común acuerdo entre el gabinete y estos tres 
setembristas se resolvió verificar un cambio radical en 
la política del gobierno. El programa había de jesu- 
mirse así: echarse en brazos del partido setembrista, 
para i'egir con su apoyo la administración del Estado. 

Fernández á la isizón había ya progresado lo bastan- 
te en su labor infatigable, de recobrar la confíanzsí y 
coñciÜarse la adhesión de la parte más numerosa y re- 



Jí6 Matanzas de Yáñez 

suelta del bando setembrista. Podía á lo menos consi- 
derarse como caudillo necesario de los setembrístas 
menos escrupulosos en política y más sobresaltados 
contra el belcismo. * * 

Cuando oyó que Achá consentía en apartarse de los 
términos medios en la presente época de transición, y 
que consentía en poner á raya al belcismo en provecho 
del setembrísmo, un horizonte risueño se abrió á sus 
aspiraciones, lisonjeándose con la esperanza de obte- 
ner, para su candidatura, el triunfo en las muy próxi- 
mas elecciones presidenciales. 

La preponderancia del setembrismo quedaba esta- 
blecida, y ¿cuál otro del partido podía exhibir, como 
caudillo, un agregado mayor de fuerzas vivas con raí- 
ces en esa clase de opinión que quita y pone mandil 
nes en el país? 

Achá contaba personalmente con pocos partídaríos; 
y si bien su provisional investidura suprema era legíti. 
ma, y daba prestigios y arbitrios considerables á su 
poseedor, señaladamente si éste era jefe militar, era en 
cambio esencialmente pretoriana la naturaleza socidó- 
gica del gobierno en Bolivia, y con preteríanos con- 
taba ya Fernández, allá donde tuviesen soldados que 
mandar Balsa, Flores, Morales y otros jefes dd ejér- 
cito. 

Todo lo cual era motivo de los celos y recelos del 
no menos ambicioso Achá. Porque estaba escrito que 
estos dos. negros autores del golpe de Estado, no ha- 
bían de lavar con el desprendimiento perscmal la man- 
cha de su traición á Linares. Para mayor realce de la 



í'Z^ Causa Nacionah^ 317 

moral política >en la historia, uno y otro inmediata- 
mente han de presentarnos el espectáculo de un ra- 
bioso antagononismo de sed» sed de mando, y por 
causa del cu»} competían en apartar á porfía de sus 
labios los raudales de aonegación patriótica, que la 
posesión transitoria del poder les brindaba para cal- 
marse á si propios y para rehabilitarse entre los bue- 
nos. 

iQué había de contentarse Fernández con acuerdos 
tcn^ftdos en conejo de gabinete! Prendas queria &egu> 
rss, UiequívocQs testimonios, el sello de un solemne 
c^EQfH^miso, atar á Achá al setembrismo con la co- 
yunda de Ja fe pública. 

Upa ocasión brillante y solemne iba á presentarse á 
p.anto. "S/nágiQ que fuese aprovechada, y lo obtuvo. 

£q una de esas reuniones aparatosas á que son muy 
aficionf^dos los bolivianos, en la despedida del presi^ 
dente al partir para el Norte, se congregaron en el gran 
salón del palacio los altos poderes nacionales, como 
sQn la suprema corte, el supremo tribunal de cuentas 
y el consejo de Estado. Allí estaban también las auto- 
ridades, corporaciones y tribunales departamentales. 
Delante de este concurso Achá declaró su determina- 
ción de separarse, por escarmiento, de su anterior po- 
lítica fqsionista, para no gobernar en adelante sino con 
ei apoyo del partido setembrista. 

Una carta del tiempo y que se publicó, dice que el 
páivo tuvQ esa noche que dobdar con fuerza el pico 
QQ|)tra el bor^ de la jaula, para ver de dar impulso 
elástico á su vuelo al amanecer. Esto debe de referirse 



3lS Matantas de YdA 

á que la víspera de la salida, sea p 
pues de la solemne arenga las tuvi 
sea pOT cumplir con algún ofrecimii 
entrad á Ruperto Fernández los oí 
culo de periódico, articulo en que 
declaración hecha de viva voz en 
despedida. Este es el escrito qui 
Constitiuional, y que tantas zozobrs 
belcistas. 

Tanto urgía á Achá salir cuanto 
verío de Sucre, como era útilísimo á 
á solas allí unos días después de las i 
En saliendo, el presidente recobraba su seguridad per- 
sonal, y con ella podía esforzarse por entrar en el ejer- 
cicio pleno de su autoridad. Quedándose el ministro, 
era ya dueño de combinar á sus anchas ciertos arre- 
glos con Flores y con Morales, dos principales propug- 
náculos de su creciente ambición. 

El Otro era Balsa, el más bien armado de los tres. 
Estaba allá en l^a Paz á la cabeza de una divisiún. 
Muy ui^ente era por eso á Fernández disponer acá en 
el Sur las cosas á su amaño, por si llegaba pronto el 
caso de coger á Achá entre doa fuegos. 

En otra parte hemos visto ya cómo, después que se 
hubo alejado un tanto de la capital, adoptó el presi- 
dente medidas que le pusiesen en posesión efectiva del 
poder, y que apartasen de su lado las asechanzas y 
desarmasen las pretensiones de su ministro. También 
hemos visto la contrariedad y el despecho que aquellas 



1 Causa Nacionahí 31^ 



;es como oportuí 

S' (.). 

icipio amonestaciones persuasivas, 

iones que dejaban puerta abierta á 
y por último se preparó á la re- 

„ j „. idujo con urgencia á Balsa á que la 

diese base amotinando acto continuo la división que 
comandaba. 
' Paso previo fué renunciar el 27 el cargo de minis- 
tro del Interior. Y como eran á la sazón alarmantes 
las noticias que del Perd venían, y eran tales que acon- 
sejaban á todo boliviano verdaderamente tal, ó aplazar 
sus conatos anárquicos á renunciar á ellos ante el pe- 
ligro extemo de la patria, Fernánde?. encontró expedí 
tivo obviar este inconveniente por medio de un párrafo. 
Este párrafo dice así: 
F "Si una guerra extranjera pusiera en peligro la inde- 
pendencia de la patria, ó el ponzoñoso elemento reac- 
cionario comprometiese los sagrados derechos de la 
sociedad, y V. E. se decidiese á sostener vigorosamente 
la causa de setiembre, me hallará á su lado como el 
último de sus servidores, ir 

También, y para lo que pudiere servir, hizo uso del 

párrafo el coronel Agustín Morales, antes de tomar el 

comando militar de los rebeldes. Escribió igualmente 

el 27: 

«Señor presidente! 1^ adjunta instruirá á usted de 



(1) Véanse los espitólos IV desde la pigin 
pidaaaoQi 



, 103 y VIH en U 



J20 



Matanzas de Ydñéz 



la tormenta que se prepara coyatra el psiís al otro lado 
del Desaguadero. Si ella es evidente, como parece, 
puede usted disponer de mis servicios para ^ly^r al 
país; porque, cuando se halla éste en peligro, yo olvido 
lo que puede contrariar este objeto, n 

Tomadas e$tas precauciones, encaminadas á salvar 
al paí$ de las tormentas que le preparaban sus enemi- 
gos exteriores, los conjurados quedaron en espera de 
noticias sobre la tormenta que ellos por su parte ta^n- 
bien preparaban al país dentro del territorio. 

Estas noticias, más pronto quizá que se esp^r^bg, 
llegaron á Sucre el 29 confirmadas con 1^ proclaiiig (}e 
Achá en Oruro, que presentaba á su ministro cq^o 
premeditado caudillo del motín de Balsa. No hat^ 
tiempo que perder. 

Es necesario reconocerlo: sus propios manejo^ (^li- 
garon á Fernández esta vez á escoger entre la fuga 61a 
revuelta. Él optó por la revuelta. Y tan acertadainiente 
optó, que unas cuantas horas de atraso en rebel^nne, 
hubieran puesto su persona, y á sus secüapes Fiares y 
Morales, en las garras de los esbirros que galopando 
venían de Potosí á enjaularlos á todos y enviarlos al 
exterior. 

Esto, que hoy fuera lo más conveniente á Fernán- 
dez, ento;ices hubiera sido considerado por él como un 
chasco amargo. 

El pueblo estaba bajo la impresión de las muy 
recientes exequias de Linares, y doblaban por un canó- 
nigo en los campanarios 4e la ciu4ad, cuando Ffi|m^- 
dez se encaminó con su séquito al cuartel, se Jj^^ptO* 






."i 
f 



'íZrtT Causa Nacionalw 



32Í 



clamar presidente por la columna municipal, mandó 
convertir los dobles en repiques, se ciñó la banda que 
acababa de servir para las exequias de Linares, se diri« 
gió al palacio y expidió allí el decreto y proclama de 
su rebelión. 

Los motivos en que funda su pronunciamiento con- 
tra la constitución y contra la autoridad legítima de 
Achá, son dignos de recordarse por lo increibles. 

Declara que asume el mando supremo de la repú- 
blica, por cuanto los cambios verificados por Achá en 
el ejército importan una revolución oficial, equivalente 
á una deslealtad para con él, Fernández, jefe del se- 
tembrismo; y por cuanto el afán de Achá por conten- 
tar á dos partidos, su prurito de aplazar toda medida 
trascendente, su táctica de conjurar toda complicación 
orillándola, eran pasos que conducían derechamente á 
lá anarquía, y convenía desenlazar con una revuelta 
esta política, impropia de gobiernos republicanos. 

Todo esto es literal, así como la afirmación, de que 
el país es hoy víctima de la ambición más absurda. 

Inmediatamente sobre la base de la columna muni- 
cipal tomáronse hasta unas cien altas entre los cholos 
más revoltosos. Por medio de la secretaría general, 
confiada á Manuel Buitrago, antiguo colega de Fer- 
nández en el gobierno de Linares, se giró á cargo de 
la tesorería departamental por fondos para movilizar 
una expedición contra Potosí, para muñir de una caja 
militar á estos expedicionarios, y para atender á la 
guarnición de cien hombres que en Sucre quedaba á 
escoltar á S. E. el nuevo presidente. 

21 



>.# 



/ 



J2S Matanzas de Ydnez 

Esa misma noche, 30 de noviembre, Agustín Monh 
les partía á Potosí» á la cabeza de las huestes liberta- 
doras, que tocaban al número de unos ciento cincuen< 
ta hombres. 

Una jornada habían éstos ganado cuando comenza- 
ron las tribulaciones de Fernández. Sus noticias de 
La Paz eran desoladocas: Yáñez lynchado^ Balsa herí- 
do, su rebeli^Sn claudicante, el nombre del extranjero 
Fernández puesto en la picota del odio popular como 
instigador del asesino, Achá á marchas forzadas con su 
V ejército sobre La Paz, á recoger y añanzar la vídoriá 

del orden constitucional. 

£1 4 de diciembre temprano recibía Fernández las 
comunicaciones oficiales que avisaban» á las autorida- 
des de Sucre, el completo restablecimiento del gobier- 
no legítimo en La Paz. Poco más tarde, ese mkmo 
día» un correo expreso le avisaba el rechazo y fuga de 
la expedición de Morales la madrugada del 3 en Po- 
tosí. Suceso es este que tengo referido de ligera, en el 
capítulo XI, página 305. 

Con sigilo á eso de las once de la misma noche, 
Ruperto Fernández iba á su vez de fuga, camino de la 
frontera, con los principales setembristas comprometi- 
en la rebelión* 

Uno sólo se quedó, un coronel, el mismo que, en 
desempeño de la jefatura política del distrito, habíase 
adherido con el propio carácter á la subversión del 
orden constitucional, poniendo demás de eso á las ór- 
denes de Fernández la columna del ínunicipio* Lia- 



HTHT" 



■•I 



•'Za Causa Nacional \y jjj 

mábase Pedro Olañeta, célebre más tarde por sus des- 
caradas bajezas en tiempos de Melgarejo, 

La madriígada del 5 fué encontrado en el cuartel, 
contraído á la reaccionaria' tarea de disolver la escolta 
preadencial del fugitivo^ ello como en ademán de pres- 
tarse otra vez al orden restaurado. Acto continuo es- 
cribió al jefe superior militar del Sur la siguiente curiosa 
carta de oficio, que los periódicos circularon en toda la 
república. 

"Señor general: Arrastrado atrozmente, como suce- 
de con los hombres, me he visto sin saber cómo com- 
prendido» contra mi voluntad, en la farsa que se ha 
operado en estos días. Hoy, señor general, sometido 
á las deliberaciones que US. quiera tomar de mi indi- 
viduo, como soldado que soy, no he tenido otro inte- 
rés que el conservar el orden publico, después de kt 
fuga de los principales cabecillas de la revolución 
de 30 del pasado, esperando que US. sabrá conside- 
rarme con las garantías que le están en sus manos y 
querer á los qué vuelven del letargo y engaño.»* 

El presidente Achá, que era blando á la clemencia, 
perdonó el delito y tamaña indignidad, y cosechó de 
este ingrato nuevas traiciones á la causa constitucional. 

Instado ó no instado, para que se encargue de la 
autc»:idad superior del distrito de Chuquisaca, al objeto 
de conservar el orden en los momentos de acefalía en 
que se encontraba la capital, por la fuga de Fernández 
y de sus secuaces, Manuel José Cortés asumió aque- 
lla autoridad en Sucre accidental ó trahsitoriamente, 



334 Matansa 

mientras el gobierno de If 
na que se hiciera allí cai^i 

De este modo quedaba 
titucional, alterado en el c 
motín de noviembre 30. 

Este mismo día del añ( 
el niimero i de La Caus/ 
dico de la adminisCracidn 
cer junto con ella. 

Su fonna de tamaño fu¿ 
liviana á tres columnas, 
toda especie, corresponde 
polémica, etc. Desde el 1 
nuyó muy poco el papel y 
composición. La primen 
apareció en la Imprenta 
ro 22, correspondiente al 
[venta fué siempre la de I 

Hasta el numero 13, 
correspondiente al 26 d( 
apellidaba modestamente 
sustancia órgano de los 
nizado el 23 de diciembr 
ro 14, que apareció en a 
meses de interrupción, se 
expreso de periódico ofici 

Aunque sujeto á días 

otros tiempos como quine 

aparecimiento un periódic 

Mi colección llega hasta 



i sazdn m Cochabani- 
amblea legislativa, y á 
ro meses de vida. He 
no sacó sino muy po 
latro. 

fo la redacción Bene- 
TÍo cuando no recita 
' famoso en la farma- 
ríple de amapola que 
s todo, hasta sobre la 
marzo de 1S63 se hizo 

este periódico lleva ea 
de su contenido. Las 
) forman es cierto una 
de esta gaceta; pero 
i materia semioñcial y 
;n que toda ella en ar- 
s de la administración 

dos meses que experi- 
6z La Causa Nacio- 
Icista en que se ocupa 
lestro periódico un ar- 
mtos sobre ese aten- 

;ontra Fernández, La 
tiple que, por sobre 
trazando agudamente 

:a. Pero en el conjunto 



j^ Jfa/anaas d 

ni todas las voces son de pee 
todos liinpias, ni los falsete! 
cidn el acento de la verdad. 

De los documentos publi< 
pocos de los cuales pueden c 
htdonal y en La Causa Nac 
trabajos de zapa contra la caí 
de meses atrás por Fernándc 
á sur, y se encaminaban á coi 
militares, á fin de deberlo ti 
traidón j^retoriana. Pero es 
piecisitín la responsabilidad c 
tan vilipendiado. 

La prensa gobiernista ha p: 
maquinaba maduramente des 
de Estado. Allá esto quería á 
premo con la fuerza armada j 
integrante del gobierno. Es i 
menos es preciso distinguir. 

Fernández, ante todo, busc 
cimentar sus aspiraciones sup 
si decimos entre los propios 
lo que implica, no hay duda 
muy posible un motfn alevosi: 
desde luego. 

£1 teclado para mover est 
gabinete de ministro del Int 
tendían primeramente á la ■ 
ejército, fuerzas mdviles y pai 
atnbalante del gobierno bolivi 



que son guamkiones fijas 
>d \-eterana. 

jas muy grandes en esta 
trabajos; trabajos de íoj- 
de su poder pt^ftioo, en> 

pieconcebida de fiar pre- 
nto á un golpe militar ya 

6 no se ditrfa; este era un 
idez ignoraba; dependía de 

poder obtenerse el poder 
i esto es lo que los hechos 
Y creo también que, aan 
lo dicha confirmaciiin, la 
omplicada l;dx)r era en sí 
)ra. fiaste adrertir que era 
3e las leyes, contraría á — 
la conservación tndispen- 

los esfuerzos det ministro 
-ñas electorales. 
Bolivia exclusivamente á la 
id está, eso sí, en que ella 
io, tas urnas son aobera- 
les é independientes. Mu- 
obierno ó un pretendiente 

mández por apartar de sU' 
y por sustentar el settoi- 
fustdn podía acarrear la 



^28 Matanzas de Ydñez 

debilidad y la caída del orden político actual, y entona 
ees ya no habría urnas soberanas en la república sino 
despotismo belcista. La preponderancia del setembris- 
mo salvaba, en su concepto, la paz y las urnas, Y to- 
davía este salvamento no era todo para él. 

Aspiraba á merecer la confianza y la gratitud de este 
último bando, hoy descalabrado y caído, pero bando 
numeroso, mejor compuesto que su rival y no menos 
furibundo para la lucha. £1 nervio pretoriano que 
Fernández le presentaba como prenda de fuerza y co- 
mo aporte suyo á la alianza, era el gaje más preciado 
para captarse la confianza del setembrismo, el timbre 
más fuerte para sellar el pacto. Ahora el partido podía 
lanzarse, como allá se dice, con la seguridad de que 
las urnas y su resultado serían mantenidos. 

¿Por qué no aguardó las urnas? Los hechos contie- 
nen la respuesta. Por incontinencia y bastardía de 
ambición. 

Cuando el presidente desbarató los trabajos de su 
ministro en una parte del ejército, el ministro resolvió 
sublevar la otra parte. Entonces y sólo entonces. Eso 
tiene el poder contar con genízaros; están rfesueltps á 
todo á una señal; el ánimo está listo siempre al golpe 
pérfido. Dígase lo que se quiera: un solo adarme de 
conciencia ó de honra es en todo caso íín estorbo. No 
hay milicia tan excelente por su presteza como la pre- 
toriana. Cae como el rayo, con brillo; y su brillo está 
en la sorpresa de su desvergüenza y de su alevosía. 

Antes de saber el motín de Balsa, ¿tenía ya resuelto 
Fernández atentar, contra el orden legal? Algunos dicen 



.a Causa NácioHoli' 32^ 

, desde que comenzaron á acentual 
con el presidente, desde las tent: 
desarmar el batallón Primero (i), t 
á sus pretorianos, y les encarecí 
eñaL 

esto. Cita lo que en 2 1 de noviem 
de la columna municipal de Potos 
duardo Dávalos. Decíale: 
•Á, como jefe inmediato de lacolun 
lad del orden publico en esa ciudac 
otros lo alteren, no siendo los be 
is trabajos bien arreglados por toda 

explicación. Fernández no contab 
iro sino contra los belcistas. Al 
(rtiz, y este jefe no era pretorianc 
>r, sumiso á las leyes y estaba resuel 
por ellas. Allí estaba también ^r( 
toda la confianza del presidente. L 
I era muy corruptible, y en marz 
casi tan corrompida como la de Si 
ho decir; pero aquellos dos jefes 1 
erco, y se esforzaban actualmente e: 
I que en las ñlas había dejado Me 

>n todo, no fueron tan satisfactorio 
« prometían, 

gnienm del capitulo IV, págraa i6i en 4 



jjo Matanzas de Ydñez 

Morales pudo caer de sorpresa liasta las [mertas tiel 
palacio y del cuartel, merced á la traición de tres cb* 
misarios de policía, apostados desde el Pilcom^ para 
observar los movimientos de Fernández en Sucre. Por 
esta misma causa, las fuerzas de Morales sorprendie- 
ron una pequeña fuerza que se organizaba en Bdrt^^ 
nueve leguas antes de Potosí, y desbarataron uttá 
avanzada apostada en el camino á Sucre, y tonumm 
cautivo al ayudante de la comandúncia general que en 
dtwervación rondaba por esos campos. 

Y tanto no contaba Fernández con mngdh níbvi- 
mtento originario 6 proviniente de Potosí, que su carta 
á Dávalos contenía también esto que sigue: 

»»^Me escriben de esa ciudad, que el coronel Orttz se 
rodea de lodos los belcistas, y trata de desairar á los^ 
empleados setembristas, creyendo con demasiado can- 
dor que los primeros han de apoyar de buena fe al 
gobierno del general Acbá. 

«•Este error puede conducirnos desgraciadamente i 
la ruina de la causa de setiembre, que es de la nación; 
y es^reciso que usted no caiga en esa trampa, ni per- 
ínita que á la columna municipal entren hombres qtie 
no inspiren confíanza por sus compromisos coh la re- 
volución de setiembre. Pesa sobre usted etc.i» 

Pero al mismo tiempo, y seguramente para alentar 
un poco la confianza ó el entendimiento, el ministro 
decía al jefe de la columna: 

"Las noticias últimas de La Paz" — (Balsa estaba 
ya allá con su división) — "han calmado nuesira in- 
quietud, y por eso he resuelto quedarme aquí unos 



: Causa Namnali^ jji 

días niás, hasta recibir una contestación del pKsid«nt« 
sobre varios puntos de la política interior, que se com- 
plica mis y trms, por k influencia que tan tomando 
algunos pajueleros en los cot^ejds del gabinete. 

'iLa separación del coconel Flores del batallón Pri- 
tuero, y la del coronel Morales de ta comandancia 
genend, h*n e;usperado al partido setembrísta, que se 
snpooe arlado en las esperanzas que el general Achá 
le hizo concebir al tiempo de lu salida de esta ciudsd, 
de echarse en los bracos del partido setembrista. Mi 
permanencia ha contribuido mucho á calmar la agita- 
ción de los ánimos. II 

Toda?Í3 en estos mismos días desaprobaba su con- 
ducta al presidente por las remociones de Flores y de 
Morales, iratándole á que formasen un nuevo gabinete 
que imprimiera temple setembrísta al gobierno. En- 
tonces todavía le decía: uLo hecho ya no tiene rame- 
db; procuremos ahora pM-ar sus consecuencias.^ 

No cjd>e duda que sus tratos y compromisos preto- 
ríatws. aceleraron los pasos de Fernández á la rebellón 
del 30, Pronunciado Balsa, era imposible no prMiUn- 
ciarse. ¡Cómo dejarle colgado, y mucho mia cuando 
Achá acababa ya de descubrir todas las connivencias 
pretorianas de su ministro! 

Ese mismo día 30 escribía Fernández al corcniel 
Lorenzo Velasco Flores, jefe político y militar de 
Oturo: 

"Mi querido amigo: Ha llegado el momento de las 
pruebas, y usted que tantos ofrecimientos roe tiene 
hechc», quiero ver cómo se porta... Si usted es setem- 



33' Ma 

brísta de corazón me ayudará; y si no, allá nos ve- 
remos.'! ' 

Al comandante de armas de Tanja, coronel Nicolás 
Rojas, le decía el 29 de noviembre: 

"Los desaciertos del general Achá han provocado 
en los pueblos y en el ejército una revolución. En La 
Paz el coronel Balsa con su división, compuesta del 
batallón Tercero, Húsares, restos del Segundo y cua- 
tro piezas de artillería, se pronunció el 23, y el genera) 
Achá quedaba en Oruro con sólo el Bolívar y los res- 
tos del batallón Primero, que no le pertenece. 

iiEs llegado el momento de salvar la causa de se- 
tiembre... Agreda, vino á Potosí como jefe superior, 
y hoy mismo sale el coronel Morales sobre él con una 
fuerte columna. Cuento con su cooperación decidida,ii 

Circunstancias imprevistas y otras causas estorbaron 
el motín en Tanja. 

La execratoria de Fernández ha abultado estas y 
otras faltas del hombre. La execratoria de los caudillos 
vencidos es -una evolución bélica de la prensa boli- 
viana, evolución que no por ser lógica deja de ser im- 
petuosa en sus desahogos. 



n 



324 Matanzas de Yáñez 

acorde entre sí sino también disconforme con las reglas 
del contrapunto y la composicidn, cuando maneja la 
batuta ese maestro que se llama opinión pública, ó si 
decimos para el caso las opiniones bolivianas. 

Primera parte, en todas estas sinfonías, después de 
la invocacidn al vencedor, es una execración, la del 
caudillo que acaba de caer. 

Un amigo pretendía estudiar el gobierno de Santa 
Cruz en los periódicos de la década crocista. El héroe 
le tenía ya casi deslumhrado con sus pruebas. Le en- 
señé los periódicos de la sinfonía velasqmsia y aun los 
de la halüvianisla, dos sinfonías subsiguientes, cuyas 
primeras partes desenvuelven un mismo tema bajo el 
titulo de Restauración. Este formidable expurgatorio 
política y administrativo le mostró una faz opuesta de 
las cosas, y hasta le señaló el alto sitio para colocarse 
el investigador en medio. 

La execratoria del caudillo Fernández como preten- 
diente es tan furibunda^ que hace pensar en las raíc^ 
que la ambición de aquél debía de tener en uno de tos 
bandos ¿qué digo? en todos los bandos bolivianos. 

Parano desvianne lejos de la prensa en mis asectos, 
recuerdo' á este propósito las siguientes afirmaciones de 
un periódico setembrista, El Telégrafo (número 463 de 
diciembre iz de 1861), 'afirmaciones que no fueron, 
en lo sustaiKÍal, contradichas ni en el ardor de la po- 
lémica: 

•lApenas se instaló la asamblea nacional, cuando 
los antisetembristas, que veían en Fernández un ángel 
Salvador, le coronafon con las flot-es de tumultuoso 



\ El Liberal" jyj 

11 patriotismo y enaltecieron su 
ulo de rojos á los ver4aderos se- 
rían en todo esto triturada U ?no- 
spara más exaltar á aquél. 
. que un pueblo entero ha con- 
storia habrá de recoger á fin de 
aginas. 

de poder, se creyó con todo eí 
dulacióo le preseirtara, y coaeete 
u elevación era indudable. 
lidó este primer triunfo, era me- 
u declaratoria de boliviano, 
lutisino. En este acto de eterna 
ación sin ejemplo, los setembris* 
orror los rostros, y los aniisetern- 
n estrepitosos gritos, dirigiendo 
quienes veían, por todo estc^ que 
jugaba con la conciencia de los 
ludibrio de la asamblea y humi- 

os, hechos que no pueden tie^r- 
ron á pleno sol, delante de lodo 

[ue algo por el lado de la sensibi- 
a de Fernández, que no era dura, 
lada. Su amor al poder tenia mu- 
10 de sus escritos se le escapó un 
;cible amargura. Indudablemente, 
i buscarle muchas deslealtades y 
y tniichos tnliiSfiigios. Encoli- 



JJÓ Matanzas a 

traron allá á solas y sin malla 
apuñalearon sin piedad. 

íQué sancidn! 

Históricamente quiere est< 
política no le dañó sólo en to 
clon, sino que también le arn 
de homenajes y protestas, < 
aspiraba á vivir en la religión 

Alguien ha dicho: nEl hon 
te.li Uno se siente desintegra 
a^^a creencia. ¡Qué no será 
después del 30 de noviembrí 
nández fué asaltado y robad 
cuadrilla de fementidos. 

Lo que en su execratoria e 
carie en lo sensible, fué sin < 
gularisimo denuesto de adví 
versal de extranjero, que se 
lluvia de fuego sobre Sodoma 

Cosa es muy sabida que el 
cólera'boliviana es arrojar á f 
un pecador es infligirle una 
vez se dejó ver que arrojarle < 
jero en la frente, es la conde 
nández fué arrojado del parí 
sobre ninguna otra cabeza cei 
bia la espada. del arcángel e: 
sobre la cabeza de Fernández 

Aun concediendo que Boli 
de promisión para sólo los e 



•lEl Liberain ,7^7 

e extienda sino el universo de las 
iulta que sobrepujaron la medida 
de la sentencia contra Fernández. 
quellos desdenes al advenedizo y 
jigantesco por el extranjero Fer- 
osan la prensa y los documentos 
eron entonces lo más terrible, y 
apaz de estorbar una leve sonrisa 

jorrecidos en Solivia me he acer 
erior, con vivísima curiosidad: á 
lávente y á Ruperto Fernández, 
entonces, y sólo entonces, he ve- 
xir qué, dentro de diversos bandos, 
n desquite de ese aborrecimiento, 
hasta admiradores. Me despedí, y 
tpatfa lidiaban por abrirse paso en 

r que esto mismo, durante el fragor 
1 también en la conciencia de mu- 
os ó imparciales de Bolivia? Á pesar 
o no descuidasen en e! trato el uso 
rlitos de la Sagacidad, es indudable 
:l don de colarse, como por obra de 
s ánimos para avasallar voluntades, 
le Quevedo decía que en los autos 
>lderón, el tentador de la flaqueza 
se dejaba caer en la escena con tal 
marcialidad, que más bien parecía 
> dueño de casa. 



j^S MatíHzas d¿ Ydaez 

Los sucesos i)iíbHcos en Bbüvia distan trecho para 
semejarse á un escenario religioso. Pero la folletería y 
la gacetería proclaman de vo¿ en cuello, que en la co- 
m)ddia de la política figura siempre allá, como prota- 
gonista, el enemigo malo entre comparsas ó legiones de 
demonios. ¿Qué raro es entonces que aquellos dos 
altos personajes de Estado, cada uno en su época, 
hayan dirigido más de una vez la tramoya, la intriga ó 
la catástrofe, imprimiendo á sus burlas contra la fe po- 
lítica una avilantez luciferina, reluciente y corruptora? 

Benavente no era precisamente lo que se llama un 
hombre malo, sino cualquiera otra cosa menos temi- 
ble, pero más irritante. Poseía, además, los atributos 
del cómico de alto coturno, y sé decir que entraba en 
escena á lo conquistador, irresistiblemente. 

Sabía en Lima que los emigrados me habían col* 
mado el cerebro de carbón en polvo, de basura y de 
podre á su respecto. Se presentó, no obstante, á la 
bienvenida y al primer conocimiento. Echando un pa- 
so atrás, con aquella grandiosidad que le era caracte- 
rística exclamó: «»¡ Ah! El vivo retrato de su noble pa- 
dre. Venga ese pecho.»» Y me estrujó contra su corazón 
entre sus brazos. 

Calcule el lector. Hombre desarmado y hombre ga« 
nado al golpe. 

Ruperto Fernández era torvo y un poco desmañado 
en apariencia; pera dentro de todo eso sabía ser íntimo 
y cordial con quien quería. Con el que esto escribe 
su primer saludo fué un gruñido. La relación del caso 
no tiene interés general. 



"El Liierai" 339 

ie entender con este caiKliilo c¿le- 
a eso que se llama famüiarmente 
0. Y tanto debe de ser asi, que, con 
iido muy insinuante, y %i mis bien 
timígo los primeros momentos, su 
o paso en mi curiosidad y en mi 

lettraji conversadoaes pudiera deri- 
uo canal, y este canal nos Uavaría 
mUanzas y al de la rebelión de no- 
;odo está ya irai^citameiue ambe> 
los anterioreE. Fernández confiímii 
n ápice su expocicidn de Salta. Una 
ra. Al mencionai el a&o 1861, dijo: 
in enmienda." Pero ¿de parle de 
do que errores suyos. 
Etencia que la noche del 33 de oc- 
iva sediciosa, oo precisamente de 
, sino de los choiot en la calle «oa 
:ipado de los presos principales y 
□os soldados del cuartel Yá&et no 
hes aguardando de un momento i. ■ 
Todo esto trafa exasperado y medio 
re. Es una vulgaridad la so^>echa de 
otros una tentativa sediciosa, con U 
t de sí, una vez por todas, aquel so- 
iñez vivía, 
menos: 

de ímpetu no puede existir comfiU- 
|udla soche está deaotande que en 



^^ Mata 

Yáñez hubo ímpetu á i 
¿Qué complicidad cabt 
no existid concurso d 
nianifestaciiín explícita 
dudar sobre el concurs 
en el repentino de Yi 
Sucre. 

"Se dice que con pn 
previendo fácilmente q 
ira hicieran lo demás. ! 
y del pensamiento críi 
mentó físico, ñera echa 

"Agregan que esto n 
mis intenciones; que e: 
mente cálculos recdndi 
nen que Yáñez quedd 
instigado, y que este hi 

"Pero no advierten, 
que la efectividad exb 
cubierto por este lado 

"Un mismo vínculo 
cente y á mf el cuipadi 
Uno y otro sostuvimos 
de las prisiones en ma 
sus informes sobre la 
uno y otro acordamo 
improbar desde luego I 
rencia: que Achá fué, 
aquel hombre á I^ Pa: 

i'El no enjuiciamie 



in fué acorda 
lete. Ningur 
amos cuatro 
rsario declar 
Lvila), partids 



la exécralo ri 
lebía dejar : 

la atención i 
memoria de 
mportante d< 
1 Segundo co 
artel. Tocan 
sobre el vftK 
liferencial, hi 

ie octubre pi 
¡no de la re 

nte su carrer 
' valor á toda 
y convenía' 
tancias deter 
lando el fue. 
i un valiente 
5 proditorios. 
ante general, 
orcionada al 



34^ Matanzas de Yáñez 

mientras d gobierna iba al Sur á desbaratar las manió 
bras de Morales, quien hacía alarde de tener en StH 
manos la suerte del país... tt 

Hay ó hubo en la República Argentina un ministro 
de Estado, chicheño, natural de Tupiza, repüblita de 
Bolivia. Este indmduo tiene horror al hombre y al 
nombre boliviano. Huyeles el cuerpo como si fueran 
iHia brasa de fuego. Ha escrito una obra en dos pai^ 
tes,— ^ttiabajos médicos y trabajos literarios, — que per* 
tewecen ciertamente en cuerpo y alma á la bibliografía 
ftrgentiria. 

Al fevés de este personaje, Fernández era argentíiio 
en Bo$ivia. Era hijo de un con&nel de ía indepen- 
dencia, que emigrado por esta causa tuvo este \ci]o^ 
antes de 1825, en una regnícola délas Provincias Uni- 
das del Río de la Plata. Fernández era bonaerense. 

Peií) tanto el tupiceño en el Plata como el bo- 
jiaerense en Bolivia, no querían llevar el nombre cali- 
fittttíVDde 6U naícimiento. ¿Á cuál le era esto ventajoso 
y á cuü no? De seguro, en la elección de Femáirfer 
hubo generosidad, amor que solo se siente y no se ex- 
plica. 

Uno que le trató muy de cerca un tiempo decí^ 
q«e no tuviera Fernández ^famiás la éalma suSciaiie 
para componer un libro. Sus escritos son adm de uiut 
vida agitadísima. Figuran; entre los folletos de la 
bibliografía boliviana, bajo los mSmeros 348, 843, 2099 
y 2387 de mi catálogo impreso. 

Depuesta al parecer toda ambición cuamio le conocí, 
y entregado por completo al ejercicio de la abogacía 



en el litoral, al hablarme de ciertos cuantiosos asuntos 
que á su cargo corrían, me dejd la impresión de un 
hombre astuto y perspicaz en esos manejos, con el 
criterio legal no quizá sullcientemente ilustrado por el 
estudio, pero listo en ingeniar medios expeditivos y 
concluyentes. 

Estadistas hay por cuyas venas, entre el cerebro y 
las manos, vibra ganoso el ñüido veriñcador. Si este 
hombre poliiico era también un estadista, cual sostie- 
nen muchos bolivianos de su tiempo, pertenecía sin 
duda ninguna á aquella dase de estadistas que dicen 
]ioco y hacen mucho. 

Desde la cima, no por cierto de las grandezas sino 
de las desventuras de Bolivia, jamás pudo Fernández 
consmtir en que se le negase el nombre de boliviano. 
Apellidarle argentino era herirle; no esto por desprecio 
6 malquerencia á los argentinos, muy lejos de eso, 
sino á causa de otro amor exclusivo y excluyente. 

Ya puede comprenderse si esta parte flaca y vulne- 
rable del hombre de partido, habrá ó no servido de 
blanco comodísimo y mortal á sus, adversarios, así en 
la prensa como en la tribuna de Bolivia. 

Por este lado La Causa Nacional, de Sucre, so- 
brepujó á El Juicio Piiblico, de La Paz, en injusticia 
y en violencia. 

Trifón Medinacelí, escritor gobiernista, olvidó en el 
primer» de dichos periódicos, al calificar la condición 
política de ese nacimiento, que ninguna potestad so- 
berana había disuelto, antes de 1S35, la comunidad y 
el vinculo que existían entre las altas y las bajas pro- 



344 Matanzas de Yáñ 

vincias de un mismo virreinato, 
madre por seguir al padre, optan 
siempre por Bolivia cuando se ve 
política. 

Bolivia fué desde entonces el üi 
nández; inorando allí, vivía domes 
iguales; era boliviano hasta la mé 
La asamblea constituyente de i8i 
moral es muy respetable, no pii<j 
cuencia de estos hechos, Ponien 
sesión asaz tempestuosa, declaró á 
boliviano de nacimiento. 

Un escritor boliviano defendid ; 
camente en esta y en otras much 
de la execratoria, durante la exe 
de la execratoria. Ese escritor es A 
gado, natural de Sucre, fundador ; 
BERAL, eco muy interesante de la i 

Semanal, de Sucre, apareció el 9 
dos meses después de caído Fernái 
el niimero 24 (agosto 3). I^ forma 
de gaceta menor á tres columnas, 
números aparecieron en folio con 
columnas. Usó de la Imprenta 1 
Beeche. 

Abierta y briosamente contrario 
cusa sus simpatías muy decidida: 
Fernández y Morales, proclama 
Ciregorio Pérez á la presidencia, y 1 



El Liberal» 34S 

a presidencial de José María de 

! independencia respecto del se- 
il advertir que, por amor á Fer- 
antibelcistas furiosos, está dis- 
imper lanzas con el setembrismo 
I primero y desprecia al segundo. 
El Liberal pretende desatar el 
íanzainiento legal del orden pú- 

puede ser más interesante. La 
lelto es pintoresca, 
inseña y ensueño, iris y áncora 
partidos todos, y para los hom- 
insternados viven fuera de las 
^piración ardiente hacia el plan- 
1 constitucional en la repiSblica, 
ingre derramada y de tanta ruina 
ar este objetivo, venimos á la 

que "hemos marchado siempre 
uestros esfuerzos, agotando pri- 
para luego matar en nosotros 

m i ni st rae ion Sucre, la observan- 
ciona), de parle de los gobiernos, 
aratosa, en realidad fementida y 
de revoluciones. Debía suceder 
atre, extinguida en el ánimo po- 
:1 imperio del derecho, se alzara 
e la fuerza, como arbitra arbitra- 



i.' "f 



^ 



J4Ó Matanzas de Yáñez 

dora y, junto con eso, como fomentadora de nuestras 
contiendas civiles. 

— De aquí han resultado males que empeoran cada 
vez más y más el terreno para el planteamiento del ré- 
gimen constitucional. Han sido maleados los hábitos 
sumisos y otros varios antecedentes coloniales, muy 
favorables al buen orden. Hanse acumulado para la 
labor política entidades perniciosas y fuerzas disol- 
ventes. 

— ¿Quién no contempla hoy minado por donde 
quiera el principio de autoridad? '¿Quién no ve alzarse 
por todas partes altanero el espíritu de insubordinación? 

— Lo que es la administración del municipio, antes 
de ahora no infecunda en quehaceres de índole comu- 
nal, es hoy rodaje chillón y favorable -tan sólo á inte- 
reses mezquinos. 

— Más nos valiera estar recién salidos de una tiranía 
á lo Rozas, que no como estamos, en campo esterili- 
zado por el desprestigio de las instituciones, vivaquean- 
do bajo el plomo de nuestras discordias, transidos por 
el frío de nuestros desengaños y de nuestro escepti- 
cismo. Más nos valiera; porque así quizá, como nuestra 
hermana del sur, surgiríamos ahora animosos, merced 
al escarmiento de una experiencia fí^ca, y, por lo sus- 
mo, aguijoneadora del espíritu. De este mod» RdseA- 
tregariamos ahora con amor nuevo y con rirgins^ entiF 
siasmo á las prácticas de la vida libre per el d^^echo y 
dentro del derecho. — 

Nada dice este político sobre la práctica 4el trabajo 
allá donde refnan el ocio y la pobreza revolucionarios, 



..J 



"El Liberal» J, 

nada; ni se digna ver que la ubicación geográfk 
sido no escasa parte en favorecer el reportamicnt* 
cional entre nuestras hermanos del Plata. No.dej 
ser curiosa esta prescindencia de una ecuación tar 
portante para el planteamiento del problema. A 
va á verse con mayor exttnñeza el remate de todo 
lirisnto. 

— ¿Qué hacer para encarrilar este país desenca 
do por treinta y siete aflos de trastornos? ¿Por di 
y cómo buscar el sendero legal entre escombros 
tados en todas direcciones por las vías de hechi 
cuando aqui el caudillo ef todo y la ley nada! — 

Uno tiene que reconocer el valor incisivo y coi 
to de los términos con que el problema está ptenb 
Por eso mismo se deseara que este ingeniero con! 
tor no prescindiera de la esencíalísima ecuación 
nómica. Pero lo admirable es su descubii miento 
incógnita apetecida. 

— "Perdida la autoridad de la ley, no queda 
esperanza que el hombre. Elegir á uno capaz de t 
dr ¿ la práctica los principios fundamentales de : 
tro sistema político, etc., etci' 

Es indispensable, después de esto, copiar tn^ 
mente lo demás hasta la conclusión del artlcukr 

liHarto nos ha enseñado una dokiioga eipenc 
para no abandonar de una vex «sa carrera testi 
de aventura y desengaño. 

"Sólo hi verdad tiene el poder de reconqui» 
confianza: recurramos, pues, á ella para salvar la 
litaciones. 







348 Matanzas de Yáñez 

•* La oportunidad ' se aproxima*, ' sepamos aprove- 
charla. •> 

Se refiere aquí á las urnas electorales. 

Esto de la verdad al respecto de un Salvador, ó sea 
del Verbo encarnado en un Redentor, es solución un 
poco teológica ó, más bien, judaica. Nada dice el es- 
critor sobre la dificultad que hay de dar con el verda- 
dero Mesías, entre tantos falsos Mesías como son los 
preconizados por los pseudo-profetas. El Mesías de El 
Liberar era el bueno de Gregorio Pérez. 

¿No es verdaderamente curioso ver cómo, en el país 
del militarismo, la planta del caudillaje germina espon- 
táneamente, así en los cerebros cultivados como entre 
los baldíos, tanto entre la plebe inconsciente y secuaz 
como entre los políticos que elaboran la razón de Es- 
tado? 

En esto hay algo para desesperarse, por no poder 
salir algiín día del círculo vicioso en que la sociedad 
se retuerce desde la independencia acá. Así lo indica 
otro periódico, preguntándose qué dirán nuestros pa- 
dres los fundadores, qué dirán de su malhadada obra, 
qué dirán desde sus sepulcros. Pero no todos han des- 
cendido á esta mansión. 

<^¡Almas ilustres y virtuosas; idos á gozar, en el otro 
mundo celestial, de la bienandanza que se os debía y 
que OB ha sido negada en esta triste vidali» , 

jEn el otro mundo...! 

Son las palabras de despedida, un poco acibaradas 
sin duda ninguna para los lectores del tiempo, qué un 
eco de la prensa boliviana dirige á uno de esos ilustres 



.> ,. yj. 



V Liberal» 

quien se partía para 
I viajero ha vuelto. 
udido no era otro q 
del célebre gueirille 
Manuel Aseen sio Pad 
a ella misma, de esa i 
is meridionales del A 
que dicha señora habí 

una pensión mensu 
con fuerza de ley; per 
suspendida á virtud 
biemo; orden cuyos 
3 pudo reparar en tie 
lente por el jefe supeí 

de esas órdenes dict 
netáticas del tesoro, > 
zo á ciegas: i'Se suspt 
;l pago de pensiones 

1 triste anuncio es El 
2. Fué la única de la 
¡te fallecimiento. Razi 
lación no pueda más 
nró debidamente la \ 
muerte de la bercúca 

D la lanza con empuje 
ilanco mameluco, blu 
casco liviano de bruf 



1 

SSO Maíanstms de Yáüez 

coa cimera, la tenieiita coronela.dexkis giserriUas <k k 
independencia altoperuana, comparte hoy día, enla 
imaginación del pueblo, comparte con su ilustre esposo 
la marcial legendaria nombradla de caudillos deno- 
dados y constantes, caudillos de las partidas de cam- 
pesinos, que en servicio de la causa patriota regaron 
con su sangre las antiguas provincias de La Plata jr 
Potosí. 

E^ do&a Juana Asurduy, de sai^re mestiza en ese 
grado de cruzamiento en que predomina más bien 
que la t^z indígena el tinte andaluz. Nació en Chur 
quisaca el 8 de marzo de 1781, y allí mismo rindió 
el álátao suspiro el 25 de mayo de 1862, á la edad 
de 81 años. 

Mayo 25, célebre fecha de au ciudad natal, por ser 
k dd nacimiento de la ca'usa, á que debía doáa Juana 
consagrar sus años juveniles de amor, de gl(^ y de 
libertad. 

Su espíritu no fué extraño, ni con mucho, á la ru- 
dimentaria educación que la colonia brindaba aiia á 
linajiudos y adinerados criollos. Pasó algún tiempo 
«entue monjas con el Año Cristiano debajo de los ojo& 
Cumplía los 24 el día justo y cabal de 1805 en que 
se desposaba con Padilla. Siete años apenas de hogar 
apacü)le le tenía el destino reservada 

Desde 181 2 el infatigable jefe de montoneros, siem- 
pre sobre el caballo, apareciendo tan pronto en un 
k^gar como en otro, se consagró enterameafte á la 
•guerra contra los realistas; guerra de partidarios, de 
caballería irregular y ligera, entre sierras y breñas, con 



"El Liberah 351 

emboscadas y ^rpresas, sin cuarteles de invierno ni 
comisaría proveedora. Doña Juana peleaba al lado del 
esposo y más de una vez la tocó llevar al combate al- 
gunas partidas. Cinco años aquellos de infatigables 
correrías y terribles encuentros. 

Desde 1S16 tos ejércitos realistas señorearon predo- 
minantes los centros principales del Airo Perú. \a. 
terrible republiqueta andante del ^r recibió nido 
g(%>e, golpe nunca bien reparado, en el sangriento 
combate del Villar. De allí escapó herida doña Juana 
dejando en el campo entre los mtiertos á su esposo. 
Unióse entonces á las caravanas de la eniigración á la 
Argentina y dejó el Alto Perú. 

Alguna vez en Salta las montoneras de Güemes la 
llamaron; su grado de tenienta coronela le abrid un 
puesto en esas ñlas; el propio instinto de la guerra la 
arrancaba quizá del albergue al campamento. Fen» 
hay tiempos que no vuelven á buscar al que una vee 
dejux)n en la soledad de los recuerdos. Estaba ella 
fuera de sus montes y laderas; había perdido su égida 
marcial en la jornada de 1816. La esposa de Padilla 
no estaba destinada á figurar ni señalarse entre I09 
gauchos, tomo entre los cholos voluntarios había sabi- 
do figurar y señalarse. 

Hubo de volver al ht^ar íijo y pacifico en poblado, 
resignada á su nueva suerte, que era otra batalla, la de 
■trabajar para vivir y suspirar en tierra extraña. 

Por. fin, el estruendo de Ayacucho resonó en el hos- 
pitalario asilo como un llamamiento del suelo natal. 
Fué de los primeros en repatriarse. Un año después, 



1 



JJ2 Matanzas de Yáñez 

en 1825, Simón Bolívar le estrechaba la mano en 
Chuquisaca y decretaba su pensión. 

En llegando hubo de abrir una nueva suerte de cam- 
paña, la de los litigios engorrosos y gravosos, para re- 
vindicar un predio de su propiedad, no bien adquirido 
en su ausencia por terceros. al amparo de la ley marcial 
de los realistas. Pero de mano de los vencedores halló 
pronta justicia por la vía administrativa, y luego ai 
punto pasó á labrar la tierra en pos de adquirir por 
allí un bienestar para la vejez. 

No lo alcanzó. I^ejos de eso, en sus ültimos años 
tuvo que vender aquella finca para hacer frente á pre* 
miosas necesidades. £1 presupuestó nacional Seguía 
anualmente glosando, en la partida de pensiones, el 
ítem aquel de Simón Bolívar: '«Á la tenienta coronela 
de la. patria doña Juana Asurduy... 480 pesos.n Pero 
el pago era alguna vez intermitente y precario. Los 
tiempos no eran de plata sino de hierro. No eran dife- 
rentes de aquellos en que ella guerreaba por fundar 
esta patria independiente y sin ventura. 

No alardeaba, sin embargo, de lo pasado ni murmu- 
raba de lo presente. Era sobria de palabras como un 
veterano. Algunos niños curiosos y ladinos, en sabien- 
do que moraba de paso en la ciudad, nos costeábamos 
hasta su alojamiento y la acosábamos á preguntas. 
Imposible . que se prestara nunca á un franco relato. 
Pero una vez, tocada seguramente en la noble, abrié»- 
dosele con ceño varonil las ventanillas de la nariz casi 
,tanto como la boca, esclamó: 






nEl Liberaba JS3 ' 

««¡Guay, que al fin rajaron Ja tierra aquellos chape- 
tones malditos!t> 

Rajaron la tierra, Esto sí que es escapar llevando 
el terror y velocidad del rayo. 

Pero todo esto es ya historia antigua. Veamos un 
Tetrospecto de historia contemporánea. 

Un periódico de Potosí decía en diciembre de 1861, 
refiriéndose á la facción de setembristas acaudillada 
por Fernández: 

í'Uná facción iinplacable, desconociendo los senti- 
mientos fusionistas, de reconciliación y de fraterni- 
dad que había proclamado el gobierno de mayo, pre- 
tendía sostenerse en el poder á toda costa, dominar la 
república sin piararse en medios, por criminales y ne- 
fandos que fueran. 

*»Esa facción, ¡X)seída de ideas oligárquicas, teme- 
rosa de que con Ja fusión se le cayese de las manos 
un poder que creía ejercer con derecho exclusivista, 
levantó el estandarte .de la rebelión contra el gobierno 
de mayo, proclamando para mayor ignominia á un 
extranjero, que había tratado de establecer en Bolivia 
su do0iinación por medio de la sangre y del terror. 

mLos escandalosos asesinatos de La Paz en 23 de 
octubre, e«as víctimas sacrificadas en el silencio de la 
noche, esos lagos de sangre, que han manchado la 
historia de Bolivia con crímenes propios sólo de hordas 
antropófagas, han sido las premisas de aquella rebelión. 

»»Lo8 acontecimientos del 23 de noviembre en La 
Paz, del 30 del mismo en Sucre y del 3 de diciembre 
en Potosí, por donde se ha manifestado aquella rebe- 

23 



^ 3j4 Matanzas de Yáñez 

lión, han hecho correr nueva sangre en La Paz y en 
Potosí, y son la consecuencia inevitable de los trabajos 
que se iniciaron con las matanzas de octubre. 

"Muchas víctimas tenemos á estas horas que deplo- 
rar. Pero, entretanto, el buen sentido del pueblo boli- 
viano, que miró con horror los asesinatos y con des- 
dén la nefanda rebelión, ha salvado al país de la 
espantosa anarquía en que parecía hundirse, y ha res- 
rablecido radiante y puro el régimen constitucional, m 

Es un tópico habitual de la prensa de Bolivia este 
del buen sentido del pueblo boliviano salvándose per- 
petuamente á sí mismo, y salvando á punta de amor 
al orden la civilización del género humano. Los perió- 
dicos de todos los colores y los caudillos de cualquiera 
talla están allá concordes en el sistema viejo y nuevo 
de adular por este lado al pueblo boliviano. Prodigan 
á la opinión del país, á la gloriosa sensatez de la hija 
predilecta de Bolívar, los términos de son más lison- 
jero y de más sarcástico sentido. 

¡Ay del escritor boliviano que se atreviera á en- 
rostrar á ese pueblo sus enormes faltas! Que cosechara 
impopularidad sería cosa lógica, aun cuando hablara 
oportunamente para la enmienda. Pero es el caso que 
el mundo se le vendría encima. Con la mejor buena 
fe los hijos de Bolivia le fulminarían el anatema de 
infame traidor. Contemplarían, allá en su majestad 
inviolable, contemplarían á este reprobo de los repro- 
bos arrastrando las cadenas del universal desprecio, 
baja la frente, escondiéndose de sus semejantes por 
los senderos de una vida oscura y miserable. 




- .^ 



»E¡Liberal>t j^j 

En los tópicos adulatoríos un candidato ó pteten- 
diente no debe allá retroceder ni ante lo asquerosa 
Así, por ejemplo, es de grandes resultados para la po- 
pularidad frases como esta; "Me postro de hinojos á 
besarle las llagas á la purísima Bolivia." ¡Labios y na- 
rices sobre aquellas llagasl La nauseabunda mentira es 
uno de los rasgos más patéticos y enérgicos de la . 
prensa política. 

Por aquí puede verse que el periddico potosino no 
anduvo temerario con sus sarcasmos adúlatenos sobre 
el buen sentido y amor al orden del pueblo boliviano, 
y tiene mucha razón cuando establece enlace estrecho 
entre los sucesos del último semestre de i86i en el 
norte y en el sur de la repiíblica. 

Hay que recordarlo nuevamente. Por pacto recién 
jurado de todos los partidos, imperaba entonces é im- 
pera todavía una liberal y cautelosa constitución polí- 
tica. Gobernantes y gobernados están, pues, coloca- 
dos en el caso de acreditar su patriotismo y su buen 
sentido en vísperas de unas elecciones, que serán ge- 
nerales y para la renovación de todos los poderes del 
Estado. 

En las'prisiones en masa y en las matanzas de bel- 
cistas hemos visto lo que, tocante á observancia cons- 
titucional, pudo ofrendar ante el buen sentido del país 
el poder ejecut¡voysu,políticafusionista. En la rebelión 
femandista de sur y norte hemos visto lo que, para la 
cabal vigencia del pacto, brindó la lealtad de los se- 
tembristas. Pero existe en la república otro partido. 
Ahora vamos á ver cómo sabfan cumplir sus deberes 



^2^ MaUaaás dt Yáñes 

políticos y praclkáT sti sometimtento á l« 1^ los bel- 
.cislas. 

El encadetumiento de los hechos es aquí manffies- 
to; pero, francamente,' me parece que por entre estos he- 
chos no saha á figurar crano factor del producto el 
buen sentido del pueblo boliviano. 

Setembiistas y belcistas he dicho. Por ellos entien- 
do aquí la parte gruesa de uno y otro partido^ la 
turbamulta más apasionada que intelectual, esa que 
milita impetuosamente en las revoluciones bc^ivianas. 
Bien se puede advertir que estas dos mayoiias befigc- 
nntes, cada una por su lado, no prestaban su apoyo al 
gobierno legal. Fiados en este turbul^Uo mal espfíitu, 
un poco distante del buen sentido político, los direc- 
tores de las rebeliones de cuartel que hemos presen- 
ciado y vamos todavía á presenciar desde los bakooes 
de la prensa, cuentan y contarán siempre de s^uro 
con tener prosélitos y con poder engrosar sus filas de 
combate tan luego de haber Utazado su grito contra el 
orden legal. 

Son las columnas de un peiiódico, nutridísimo de 
informaciones, en el lugar propio de los sucesos^ las 
que van á poner delante de nuestros ojos un escándalo 
más, el escándalo que en la primera página del régi- 
men constitucional vigente hacta ya falta, el escanda 
belcisU. £n des^rgüenza y audacia la prevaricación 
bekista, no quiere ir en zaga de la prevaricación sc- 
tembrísta, al lanzarse por la pendiente de las vías de 
hecho. 

Como siempre, genizaros sin fe ni 1^ darán cala 



r^ 



••<£/ Liberahy J57 

casa de gobierno el primer golpe de mano, golpe fun- 
damental del trastorno, y lo darán á la persona misma 
que tiene en ellos fíada la custodia de su autoridad y 
del orden legal. 

Este periódico informativo es El Liberal. 



- ^«r» ->#»— í[íji^.4 



ERAL" 



\ Sucre. — Agreda 

)estaca el gobierno la división 
Potosí. — Agreda y Orliz no 
I^ombale de la Caijterla. — Cn- 
lailiia de los zurrones. — Con- 
. — Los rebeldes en retirada á 
'isión Pérei. — La piensa, 

isterio de Gobierno, Isaac 
una hoja suelta que daba 
iescubierta el lunes lo de 
lombre que él da á lo que 
Liyo, transcrito por El I.i- 

ablemente Salinas), según 



jóo Matanzas de Yáñez 

aparece de la fírma, escribe á su tk) don Isidoro Belzu 
manifestándole la situación política del país y 4a soitm- 
7ie ilusión que Belzu padece pretendiendo vencer en d 
campo electoral: — que el único medio de entrar en el 
poder es verificar una revolución, para cuyo efecto 
basta con que proporcione 500 fusiles en las fronteras, 
y mande un despacho de general, tres de coroneles y 
autorización, con firma completa, al señor cónsul ar- 
gentino don Pedro Sáenz para que opere á su arbitrio; 
pues éste, aunque sabe que Belzu le tiene mal afecto, 
hará todo con su plata, influencia y talento político, etc. 

"Esta carta fué tomada al militar, retirado hace 
años, Gregorio Castillo, en el punto de San Andrés, 
más allá de Corocoro, camino á Tacna. 

•'Traído éste, se ha fugado de Corocoro, mediante 
su tío el jefe político don Manuel Velasco Flor, quien 
se halla sometido á juicio por esta falta. 

«•Han sido reducidos á prisión el señor Sáenz y 
don Ramón Salinas, médico; y se/ les sigue el juicio 
•respectivo por los jueces competentes. 

»'La carta será publicada cuando termine el estado 
«umario de la causa. 

"La Paz está tranquila..» 

No es la verdad que estuviese tranquila sino ex- 
teriormente. El gobierno sentía rugir debajo de sus 
pies una conspiración belcista, y quería dar la voz de 
alarma para defenderse y ser defendido. Quería que 
se pusiese de pie en favor del orden su propio partido 
oficial, y además uno de los partidos que con más 
violencia atacaba al gobierno. Este partido no era otro 



que la facción setembrista. Porque cm de esperar que 
este bando se estremeciese al oír con amago el nom- 
bre de Belzu. 

Los ecos de la prensa setembrista acreditan que así 
sucedió con efecto. El bando entero se levantó al alerta 
en todas sus filas; desde la vanguardia intransigente y 
conspiradora, hasta la secta puritana y sedentaria; desde 
aquelia parcialidad que no había tenido escnápnlo en 
dejarse encabezar á mano armada por Ruperto Fer- 
nández, hasta la caterva que, junto con otros sedi- 
mentos del oleaje político, comenzaba á conglome- 
rarse en torno del aspirante Agustín Morales. El 
ultra-setembrismo detestaba con cólera al presidente 
Achá; pero más odiaba con rencor profundo y con 
miedo á Belzu. 

Con d alerta del gobierno se juntaba ése algo en los 
átomos de la atmósfera política, precursor de una bo- 
rrasca. 

En estos últimos días escribía el presidente á Agre- 
da, jefe político y militar en Sucre, sobre que Belzu 
pensaba penetrar de incógnito á La Paz, con el objeto 
de dar cima á los trabajos que allí se maquinaban en 
su favor. Murmurábase cautelosamente en Sucre que 
Belzu vendría á Oruro con sigilo, lo cual acreditaba 
como existente una base de fuerza que encabezar y co- 
ino muy próximo un estallido. Por último, el rumor de 
tina revuelta en Sucre mismo^ revuelta con la mira de 
restablecer allí el mando de Belzu,' llegó á oídos de las 
autoridades políticas. 

De resultas, Agreda había prevenido al jefe de Po- 



..j 



j62 Matanzas de Yáñez 

tosí para que estuviese alerta; había estimulado el celo 
del comandante de la guarnición de la capital; habíale 
ordenado que dispusiese una salida pronta de la tropa 
a acantonarse en Yotala, á fin de preservarla del temi- 
ble contagio urbano. lEstámos en marzo de 1862. 

Pasada sin novedad la fiesta callejera del carnaval 
sin que se oyeran, en las ruedas cantantes y danzantes 
de esas noches, más que vítores de los cholos á Agus- 
tín Morales, — »»ídolo de todos ó de la mayor parte de 
los artesanos de aquí,»» dice El Liberal, — nada por 
las apariencias hacía presentir un movimiento en sen- 
tido .tan diametralmente opuesto; y lo era, en verdad, 
cualquiera tentativa que abriese el camino del poder á 
Belzu, víctima escapada milagrosamente del puñal de 
Morales. 

Día señalado para que saliese la tropa era el 8 por 
la mañana. £1 7 á las cuatro de la* tarde cundió 
la voz por la ciudad de »»¡alboroto en el cuartel! ¡revo- 
lución!» Agreda se sentaba en esos momento? á la 
mesa. Salió inmediatamente armado y seguido de su 
ayudante. Por el camino al cuartel se le juntaron dos 
oficiales fieles. 

¿Qué había pasado? El teniente coronel José Benito 
Canales, en quien el jefe político tenía depositada su 
confianza, procediendo de acuerdo con el oficial de 
guardia Serapio Carrasco, acababa de sublevar la co- 
lumna en el cuartel de San Francisco, y había proclama- 
do presidente de la república á Manuel Isidoro Belzu. 

Un pelotón de unos quince hombres con las armas 
preparadas, á la cabeza del cual se puso aquel jefe, 




U Liberal» 

Itata por donde debía 11 

entínela, en la esquina 
areció el pelotón. Algu 
icnló una descarga sobr< 
1 su ayudante hacia el i 
mido opuesto Canales 
is de fusil. Se encontrar 
pistoletazo, hubo Can£ 
arle el arma. Al habla i 

lución es por Belzu.- ¿L. 



t al cuartel. 

, la tropa fué gratificada 
omesas. Acudieron al 
etirados; mas no Rivad 
js que gozaban pensioi 
Q Torrelio, Aguilar, Peñs 
i sueldo ni pensión, 
ntaron en la prisión de i 
o belcista, entre los cu 
Torrelio, Luis Guerra (i 
., Peñaranda y otros. D 
ena por la situación del 
los por una parte y Ágrí 
;ución: 
úieral en los pueblos ) 




'j64- Matanzas de Yáñez 

ejército. No deseche usted tan bella ocaskki, y acep- 
tándola, póngase á la cabeza de ella para dhigitia. 
' — Solamente en este sitio pudieran ustedes habenne 
hecho semejante propuesta. La rechazo con indigna^ 
cf($n y eneigfa. Ustedes ofenden mi honor. 
• — Pero ¿no es usted amigo de! general Belzu? — pre- 
guntó Guerra. 

— ¡No! Jamás lo he sido ni lo seré en nii vida. 

Á esta respuesta Guerra presentó á Agreda una 
carta, y le dijo: 

— Esta es para usted. Léala. 

Tomóla Agreda, y notando que iba diñada Al Se- 
ñor Don..., sin designación de nombre ni s^Hido, 
quiso devolverla con aspereza, y dijo: 

— Yo no me llamo Señor Don y nada tengo que ver 
con este papel. 

Guerra insistió con encarecimiento para que la carta 
fuese leída sin acalorarse. 
' Agreda leyó en sustancia lo que sigue: 

'»Estoy resuelto á salvar la patria y á practicar el 
último sacrificio. Ud., que es mi amigo verdadero, me 
ayudará en mi empresa, que no será difícil cuando ha> 
ya patriotismo. — Manuel Isidoro Belstt.» 
^ ¿Era auténtica? Agreda aseguró por la prensa que 
no sabría decirlo. Las gacetas tampoco dSucidaron el 
punto, que, á la verdad, fué y es de escasísimo interés. 
Qué importa si el fondo de las cosas era el de siem- 
pre: incitativa á la traición, salvar á la patria, liltimo 
sacrificio, etc. Nunca ha de dejar de hallarse un mili- 



J 



H^l Lideraiw j᧠

tar dispuesto á encabezar un motín. ¿Quién será. él? 
Podía ei nombre dejarse en blanco. 

Aquí ñiUó en el papel aquello: *>de todas partes me 
llaman." Pero de viva voz se había ya declarado por 
los circunstantes la universal invocación á Belzu. . 

Se retiiaron los belcistas. Quedó tan sólo un hom- 
bre, que Agreda dice que no había visto nunca. Éste 
le dijo: 

— Soy hermano del comisario Chavarría. Fui á La 
Paz por negocio particular. De ahí me mandaron . á 
Tacna. Soy el conductor de esa carta sin rótulo. £1 ge- 
neral Beku me encargó que la entregase xd señor Gue- 
iTft. Así lo he verificado sin que nadie más lo supiera. 

Y salió. Á pocos momentos entró José Vicen \ 
Dolado, yerno y uno de los principales partidarios de 
Belzu, y dijo á Agreda: 

' — Cuidadoso por usted, traigo mi cama y vengo 
acompañarle esta noche. 

Durmió, con efecto, en el cuarto de banderas, al la- 
do de Agreda, entre los centinelas. 

Á la mañana se despidió dici&ndo que iba á ver si 
lograba mejorar la condición del prisionero. 

Á poco rato volvió asegurando que, mediante escri- 
tura de fianza, había conseguido la traslación de Agre- 
da á casa de Dorado, donde el primero seguiría custo- 
diado por una guardia Agreda aceptó. Inmediatamente 
fué trasladado á la casa y recibido allí con todo género 
de atenciones por la familia. 

£1 rigor de las revoluciones bolivianas está á me- 



j66 Matanzas de Yáñez 

nudo templado por escenas intermediarían de cortesía 
intrigante y de generosidad caballeresca. Más de una 
vez, en estas últimas, el "hoy por tí y por mí mañana" 
asoma cautelosamente la cabeza entre los embates de 
las pasiones enconadas. Pero no es menos cierto que 
la mujer tercia siempre con el desprendimiento de una 
efusiva bondad. Casos se citan de heroica abnegación 
femenina al servicio del adversario. 

La esposa de Dorado era, por otra parte, una nobi- 
lísima matrona, acaso la más distinguida de su tiempo. 
Era la poetisa y literata Mercedes Belzu de Dorado, 
hija legítima de la escritora Juana Manuela Gorríti. 

Como es de regla, el motín proclamatorio necesita- 
ba decorarse con la respectiva acta de pronunciamien- 
to. Algunos quisieron esa noche aplazar para después 
del combate el cumplimiento de esta formalidad. Te- 
mían que fuese demasiado omisa ü hostil la actitud 
del vecindario. Prevalecía, no obstante, la opinión de 
los que pensaban, que no les faltaría vecindario que 
poder presentar, ante los demás pueblos, como clamo- 
reador de Belzu y fírmante del acta. 

El 8 es convocado el vecindario al gran salón de 
tales pronunciamientos. No concurrió ni con mucho la 
mayoría, ni aun la mitad, ni tan siquiera un octavo del 
vecindario; pero hubo concurrentes de calidad según- 
dona y tercerona en el número bastante para salir del 
paso, más ó menos como tantos otros acertaron antes 
á salir. 

Cuando llegó la hora de las responsabilidades, el 
gobierno dijo hábilmente que suspendía todo proce- 



¡•El Liberal'i 



3(>7 



ú conlra los simples ñrmantes, en 
alescencia inconsciente respecto de 
iignilicancia social respecto de otros, 
ario pudo entonces sin riesgo salir de 
£jar un desistimiento, 6 á hacer en 
iencia con su negativa. Dicho sea en 
\ parte prefirió hacer esto más tarde, 
jelcistas camino de Potosí, 
imicio donde compareció el belcista 
ín queda dicho en las páginas 287 
1 constitución para reprobar aquel 
convencer á sus correligionarios que, 
:s, obtendrían el triunfo de su causa 



"•■•'■'^ 



I transacciones con el partido domi- 
lar medros personales? Jamás!ri Le 
chinas de general reprobación. Y co- 
lese ya por otra parte muy explicable, 
ifael Bustillo en el comicio, quien ha- 
ita la personalidad más conspicua del 
y acaso en la república, los cargos y 
' los denuestos de pasados y traidores 
los cuchicheos y murmullos, consí- 
1 nota discordante de Félix Acuña. 
scistón en el bando belcista. Desde 
edó diseñada con más firmeza la fu- 
e claramente hubo de señalarse más 
odujo escándalos de prensa muy te- 
les belcistas! — decía pocos días des- 



$68 Matanzas de Yáñez 

{Miés El Liberal; — documento "que es un insuHo de 
la verdad, del buen sentido, de ^ste pueblo y de la re- 
piiblica.'i 

Se extendió con efecto y se firmó el acia de (iso, 
desconocedora de la autoridad del gobierno establecido 
y que concedía facultades .omnímodas al ciudiUo pro 
clamado, etc. Del comicio salieron nombrados Maria- 
no Torrelio por jefe de las tropas revolucionarias, Jo^ 
Vicente Dorado por prefecto y José María Aguilar 
por comandante de armas. Era éste un reputitdo jefe 
de caballería, hidalgo, de cara blanca, caldo lastimosa- 
mente en extravío. 

Esa noche fueron arrestados los tenientes coroneles 
Gabino Pizarroso y Federico Tardío; los doctoras 
Omiste, Mercado y Oropeza, con más Juan José Cho- 
pitea. 

' El coronel Aguilar, confiriéndose á sí propio el gra- 
do de general, dirigió á los pueblos la proclama de uso 
y costumbre. Decía entre otras cosas: 

itMuchos caudillos de segundo orden, dividiéndola 
nación en distintas facciones, á cual más encarnizadas 
unas ^contra otras, prometían un porvenir talvez mis 
luctuoso que la pasada dictadura. Sólo un hombre 
puede dominar la situación del país, y este es el ilus- 
tre capitán general Manuel Isidoro Belzu.n 

El 9 y lo, al mando de ciertos comisarios, fueron 
destacadas en diferentes barrios partidas para erigir 
cantidadas de dinero á sujetos determinados y para 
sacar caballos de las casas particulares. Como no ha- 
bía en el pueblo entonces coches de ninguna suerte de 



<'El liberal-i jóff 

servicio, el único vehículo eran las muías y los caba- 
llos. Hasta en nuestros dfas no hay casa mediana- 
mente acomodada que no tenga por eso pesebre con 
muías y caballos de silla. 

No habiendo sido encontrado en casa Manuel Sán- 
chez de yelasco, magistrado de la suprema corte, la 
anciana su esposa fué llevada a! cuartel de policía. 
Hubo de entregar dos mil pesos á trueque de ser puesta 
en libertad. 

Agrega El Liberal, que de análoga manera lograron 
juntar hasta diez mil pesos los amotinados. El hecho 
me parece inexacto. 

Es cuenta aparte lo qu^ hubiesen apañado del teso- 
ro departamental, que t^ulzá no sería mucho más de 
dicha suma. 

Mariano Aguilar, una de los que figuraron en esta 
rebelión, escribía á un coronel su amigo, residente en 
Padilla, empeñándole "á coadyuvar allá al pronuncia- 
miento de la capital. Decíale entre otras cosas: 

•iLa América horripilada recuerda los asesinatos de 
I-a Paz, y es precisó acabar con los setembristas, sin 
que quede uno solo pn Bolivia. Ha llegado la hora de 
nuestra venganza, y es preciso no pensar ya más que 
en exterminarlos. ' 

"El nombre de Jíehu será nuestro grito,' y se acaba- 
rán ya los sufrimientos de nuestros ariiigos. Haga us- 
ted entender á los cholos que los haremos ricos, y que 
se alisten para formar una columna, que será bien gra- 
tificada; pues tendremos plata de grado ó por fuerza.'' 

Agreda no quedó más de doce horas tranquilo er. 



v» —i f 



•^ 



j^o Háatanzas de Ydñez 

casa de Dorado. No sin sorpresa á las 7 de esa misma 
noche fué conducido al cuartel entre dos nías de gen- 
darmes. Allí se le señaló un calabozo 6 cuarto interior 
para alojamiento con centinela. Al día siguiente Dora- 
do lo condujo á una habitación que le tenía preparada 
en el cuartel de policía. 

Engrosada con presidarios, cholos díscolos y hara- 
ganes de levita raída, la columna facciosa marchó el 1 1 
con dirección á Potosí. Agreda estaba con el caballo 
ensillado para seguir junto con ella, cual se le tenía 
prevenido un día antes. En el momento de la partida 
se presentó Aóis y le dijo que quedaba en libertad. 

Dos horas después se restablecía el orden legal en 
la ciudad. Agreda partió seguidamente á incorporarse 
en las filas que debían sostener al gobierno en Potosí. 
••Voy á buscar, — dijo en la proclama de estilo,— voy 
á buscar la victoria ó la muerte, n 

Pero no encontró ni muerte ni victoria. 

Esa tarde y esa noche la reprphación del atentado, 
por todas las clases de la sociedad, fué tanta y tan 
vehemente en los estrados y corrillos de la capital, que, 
aun amortiguando, para obsequio de la historia, la vi- 
veza de la pintura hecha por varios periódicos, siempre 
se pudiera hoy día calificar de anatema esa reproba- 
ción enérgica y unánime. Hasta belcistas improbaron 
el motín belcista. — ^n Belcistas caseros contra belcistas 
del monte, M decía un papel coetáneo al notar las con- 
quistas que, en este campo, venía haciendo el presi- 
dente Achá más bien que el régimen legal. 

VA jefe político sustituto Gregorio Aníbarro, perse- 



\^El Liberaba ' j// 

guido y viejo detestador de Belzu, enfrascó sus bríos 
todos en este levantamiento del espíritu publico contra 
sus antiguos adversarios. Quisiera que se convirtiese 
en un formidable concurso de voluntades, que robus- 
teciendo la. autoridad del gobierno, aplástase para 
siempre de miierte moral á los belcistas. 

Como no había horas que perder á fín de benefíciar 
al intento el calor de los ánimos, en la mañana siguien- 
te 12 convocó á comicio á todo el pueblo para protes- 
tar contra el atentado escandaloso. 

Aníbarro era lo que puede decirse la crema genuina 
de un neto chuquisaqueño á las derechas. Mostró, no 
obstante, en la ocasión más presteza que conocimiento 
de la tierra nativa. £1 gran salón de los pronuncia» 
mientos y de las protestas contra los pronunciamientos 
se abrió; mas, para alzar la voz ^n público contra lo 
que se estaba reprobando con calor en privado, la 
asistencia fué lastimosamente escasa. 

Gentes había, que por su calidad y condición ajena 
de los empleos, estaban llamadas á prestar su más fír-: 
me apoyo moral al orden. Todos ellos quisieran no 
ver sustituido el orden actual por el mando belcista. 
Pero en hora oportuna no habían salido á ahogar con 
la persuasión el pronunciamiento, cuánto n^énos ha- 
bían de salir á reprobarlo ahora qne el motín estaba 
ea campaña abierta contra la constitución y las leyes. 
Bien 'merecían que otro motín tras otro motín vinieran, 
á pisotearles el rostro y el vientre. 

Lá reunión se formó de empleados en consorcio de 
ünds dos centenares de particulares, i-aplana mayor 



■n 




jy2 Matanzas de Yáñez 

de esta guardia de honor de la ley pacífica, se compu- 
so de unos quince principales de la ciudad, no extraños 
á la política militante ni satios enteramente dé renco- 
res. Las filas de la protesta se compusieron de estu- 
diantes universitarios, de buenas gentes segufidonas y 
de artesanos acomodaticios. 

La ciudad albergaba un promedio de tres mil varo- 
nes en estado de alzar la voz como ciudadatios activos 
y pasivos, tres mil patriotas capaces de sacar inmensas 
ventajas para su país, con solo hacer acto de presencia 
colectiva en ocasión tan oportuna. 

Els lícito creer que si los belcistas no hubieran e^^po^ 
liado los dos mil pesos y no hubieran robado muías y 
caballos y sillas de montar, no hubiera existido tampo- 
co ni ésta correteada y trabajosa protesta escrita. 

Quedóse Aníbarro echando bandos para que las 
genteis no anden formando grupos, no se reúnan en 
ningún paraje más de ocho individuos, se cierren de 
día y de noche fondas y cafés, vengan por la noche 
al palacio los comerciantes á organizarse y salir en 
patrullas, y haciendo á todos saber que él sabrá de- 
fender el orden legal con la fuerza armada de que dis- 
pone. 

Medid^ precaucional de los revolucionarios fué po- 
ner desde el mismo día 7 en incomunicación Sucre 
con Potosí. Avanzadas destacadas en los caminos de 
acceso, estorbaban que ningún aviso partiera de la ca- 
pital á las autoridades potosinas. Éstas, en tal conflic- 
to, mandaron una partida exploradora compuesta de 
oficiales de la plaza y de algunos jóvenes voluntarios, 



> 



j 



•«s;*; 



llenos de ardor y entusiasmo por cooperar á la des- 
truccción del motín de Sucre. 

Esta partida capturó en Quivincha al cabecilla co- 
ronel José Martínez, alias el Colachueca^ belcísta de 
mala calidad y de peores antecedentes. También fue- 
ron aprehendidos con él tres más que le acompañaban 
en esos campos. Todos fueron á parar á la Moneda 
para mayor seguridad de sus personas. Este hecho in- 
signiñcante no fué sin consecuencias en Potosí. 

¿Qué hacía entretanto el gobierno? El gobierno boli- 
viano está siempre en vela por su. existencia. Seguía 
ahora con ojo atento la contienda de odios belcistas y 
setembristas; seguíala inquieto Achá, dispuesto á soltar, 
en defensa de su autoridad y de su subsistencia efi el 
mando, aquí la jauría belcista contra el motín setem- 
brista, allá «viceversa la jauría setembrista contra el 
motín belcista. Pero su mayor empeño era en obtener 
la lealtad del ejército, y en beneficiar el apoyo moral 
que le prestaba la débil autoridad de la constitución. 

Aplicando hoy el oído á los rugidos de la prensa de 
entonces, puede uno calcular la intensidad con que 
vibraba y era sacudida por sus resortes el alma huma- 
na, sacudida para todo linaje de emociones, hasta las 
más contrapuestas y tremendas. 

«Estamos ya en el segundo día de carnavales, de 
estas locas y divertidas fiestas. Suspendemos nuestros 
trabajos para dar expansión á los sentimientos del co- 
razón y á los anhelos del alma. Humor, buen humor, 
bellas y encantadoras hijas de Sucre. Animación y 
entusiasmo, ardorosos é inteligentes hijos de la capital. ir 



> H 



■ I 



* f 



2J4 Matanzas de Ydñez 

Así decía £l Liberal, abriendo á los placeres el 
raudal de la vena epicúrea, la antevíspera del 7 de 
marzo en Sucre. ¡Del 7 de marzo que, enseñoreado 
del país, hubiera sido un abismo de males para el ban- 
do á que pertenecía aquel periódico! 

Para el gobierno no había néctar ni -beleño capaz de 
prestar á sus vigilias mortales la paz siquiera de una 
sola siesta. 

La máquina motriz de una general revolución bel- 
cista de toda la república estaba situada debajo de 
sus pies, en La Paz misma, que no hubiera podido el 
gobierno dejar un momento para salir á campaña, sin 
que luego al punto hubiese dado trecho á un estallido 
subterráneo, ó á una defección de los pretorianos guar- 
dadores de la plaza. Como queda dicho en el capítu- 
lo VII, página 193, hubo entonces de desprender una 
división pacificadora del Sur al mando del general 
Gregorio Pérez. 

ti Allá les envía A cha una oruga que ustedes en el 
Sur van á transformar en una brillante mariposa que 
le libe el panal á Achá,ii dijo con tal motivo cierta 
carta inserta en un periódico. 

El tiempo se encargó de confirmar la profecía so- 
bre esta mariposa, que no pasó de mariposa. £1 panal 
fué de sangre. Dura cosa: no era dable pisar la cerviz 
á un caudillo por medio de un teniente, sino á costa 
de ver á este delegado convertido en otro nuevo cau- 
dillo más enhiesto y soberbio que el primero. 

Nt) podía el gobierno tener temores del lado de 
Cochabamba. Allá en el valle estaba acantonado el 



Liberal"! ^75- 

i noticias más seguras eran 
claraban en mayoría contra el 
biertamente las exacciones y 

en Sucre. Improvisóse en la 
3 de unas 500 plazas al man- 
1, y se promovía en el valle de 
un escuadrón mdvil con cua- 
irido regimiento. Por el lado 
ieron trabajos para movilizar 

estorbar en Quiroga cuánto 

á Santa Cruz. 

:iijn trasladaba sus reales al 
podía ser considerado en el 
)so de recursos. 
evolucionaría, no sin cometer 
ines de uso en tales casos, se 
zo á Potosí, ya Agreda estaba 
á ¡as once de la mañana, 
ontrá al jefe político y inilitar 
cíales de la guarnición. Fué 
iciones debidas á un fiel com- 
ozmente acudía á compartir 
ciudad. Sus primeras interro- 

naturalmente á saber el nii. 
;rza armada con que Potosí 

(a allí motivo para desesperar 

constaba de unas doscientas 
ida y reglada. Unos ochenta 



jyó Matanzas de Ydnez 

voluntarios, todos ellos empleados y trabajadores de la 
casa de Moneda, guarnecían con buenos rifles este 
«norme y sólido edificio de la época colonial. Un me- 
dio centenar de jóvenes resueltos, todos ellos comer- 
ciantes y dependientes del gremio de minería, formaba 
una partida montada y armada de rifles á las órdenes 
de Narciso de La Riva, un propietario particular. 

Estas tres fuerzas estaban animadas de un excelente 
espíritu marcial en favor del orden. Los ánimos se 
mostraban decididos á defender la constitución y á 
sus autoridades con valor y con honor juntíuxiente. 
Agreda revistó las armas y municiones, exhortó á la 
tropa y fué acogido con protestas ardorosas y aclama- 
ciones. 

Tanto la guarnición de la Moneda como los volun- 
tarios de La Riva, miraban la empresa desde un punto 
to de vista menos legitimista y más particular. Los bel- 
cistas venían presididos de una triste fama. Sus exac- 
ciones y extorsiones, requeridas todas ellas por la 
necesidad extrema de sostenerse y moverse, provoca- 
ban, en las gentes que vivían pacíficamente de su tra- 
bajo al amparo del orden legal, sentimientos repulsivos 
semejantes á los que inspiran los bandoleros y saltea- 
dores de caminos. La rebelión belcista supo rodearse 
de esta atmósfera desde el primero hasta el ultimo mo- 
mento de su existencia. 

Su caso fué tan ejemplar, que desde entonces el 
motín pretoriano procuró siempre tener dinero fiscal 
en caja para las primeras gratificaciones del cuerpo 
traidor, y contar de seguro con cantidades ciertas en 



n El Lióeral II J77 

)lico, ó con los fondos de alguna obra pía 
wcia ya vista de antenianu. Las épocas en 
1 en las tesorerías departamentales la con- 
ligenal, han sido por eso de muchos temo- 
rden público. 

lido muy fea suerte, dispersándose á me- 
sin figurar en ningiia combate, una fuerza 
en Sucre de la misma manera que estos 
ie Potosf. Bien es cierto que los de la ca- 
ites que laboriosos particulares, setembrís- 
ros y detestadores del belcismo, con mucha 
ante y ningunas obras positivas. 
}mo jefe de mayor graduación, asumió el 
lerior de las fuerzas de Potosí, 
lera de toda duda, que desde la llegada de 
>tan en el ánimo del coronel Ortiz singu- 
ías. 

Q día 13, al retirarse ambos de uno de los 
ares, el coronel dijo al general: 
ba y estoy dispuesto á salir hasta Samasa, 

allí á esos bandoleros. 

igo, — Agreda contestó,^ — no; eso sería fa- 

tropa en vano. Aguardemos á que vengan, 
que ü otro punto de las goteras podremos 
1 mayores ventajas. 

ituralmente indicado para un aposesiona- 
:uno era el de ¡as alturas de la Cantería. 
irdÓ sobre esta operación ese día. No se 
ra en practicar un reconocimiento, 
a mañana salia de la jefatura á caballo Aní- 



37^ Matanzas de Yáñez 

ceto Arce, un industrial interesado por el orden públi- 
co. Elncontróse con Agreda y le dijo: 

— Me dio cita para hoy á esta hora el coronel Ortiz, 
~á fín de salir á examinar los campos de San Roque y 
de la Cantería, y ahora me dice que está ocupado. Más 
tarde volveré. 

— Bueno, amigo» — contestó Agreda; — iremos juntos. 

Ni Agreda ni Ortiz fueron jamás. El primero hubo 
de atenerse en todo á los informes que poco más tarde 
le trasmitió Arce sobre aquellas localidades. 
- El coronel Francisco Yáñez estaba en el Baño en 
observación. Acompañábale una partida de jóvenes 
allegadizos, deseosos de prestar sus servicios á la causa 
de las leyes junto con los detensores de la plaza. Tan 
luego como el coronel divisó á los rebeldes, retrocedió 
dos leguas hacia la ciudad y trasmitió, como es de 
creerse, el pronto aviso á la plaza. A medida que hubo 
de ir retrocediendo ante el avance de los enemigos, 
fué despachando emisarios de alerta á las autoridades. 
Por ultimo llegó él mismo á las goteras de la ciudad 
con los rebeldes á la vista, sin que el campo estuviese 
todavía ocupado por las armas constitucionalistas. 
¿Habían resuelto estos soldados no salir? No, sin duda 
ninguna; porque, andando un poco más, pudo él adver- 
tir que llegaban éstos al arrabal de San Roque con la 
pretensión de ocupar á tiempo las alturas. 

El tiempo había trascurrido, dentro de la ciudad, 
sirl que se supiese si los defensores de la plaza salían 
al campo ó se quedaban á combatir en las calles ó en 
sus cuarteles. Agreda estaba en su habitación cuando 



.iberal'i 379 

le dijo: — "Señor general, ya 
rpresa. Agreda ha sostenido 
;ia de 1o^ partes trasmitidos 

:sta llegada debieron de ha- 
el Oniz. En oficio del día 
ués la prensa, decía á horas 

la Guerra: 
aria debe dormir esta noche 

mañana á esta hora tendré 
car á V. G. el triunfo de 
cciosos.i' 

;r¡do que el estado de ánimo 
)¡amente el de un vencido. 
arcial ardimiento contra los 
es digno de notarse que no 
¡os de eso: se desmontó del 
go para quedar de igual con- 
ereno las órdenes de mando, 
>¡o en lo más reñido del en- 

tar, que antes de salir Ortiz 

e los aguardemos aquí no 

estaba usted dispuesto á sa- 

í Agreda, 

« Ortiz. — Ya está ensillado 

;ral. 

: las tres de la tarde, 200 in- 




jSq Matuuzas de Ydñez 

fantes de la columna municipal, y unos cincuenta 
rifleros montados. Tenían que combatir contra 450 
insurgentes, de los cuales tan solo 60 eran vetera- 
nos. Cerca de 300 hombres de combate, reclutados de 
improviso para la rebelión en siete días. Era mucho 
para Can mala causa en distritos tan hostiles al bel- 
cismo. 

Gran consternación reinó desde este momento en 
la chindad. Oyóse muy luego un nutridísimo fuego de 
fusilería hacia el lado de la Cantería por el espacio de 
media hora. Momentos después anuía por las calles la 
gente vencedora. Algunas personas piadosas traían en 
una camilla el cadáver ensangrentado y desnudo del 
coronel Ortiz. 

Démosle la palabra á Agreda respecto de loque 
había ocurrido. Es fuente autorizada. De este relato 
aparece la imprevisión y el desconcierto de que dieron 
pruebas lastimosas los jefes militares de la plaza, y el 
mismo Agreda antes que todos. 

"Al llegar á las puertas de la Alameda encuentro al 
coronel Yáñez con su partida; le pregunto por el ca- 
mino que traían los enemigos, siempre en la inteligen- 
cia de que se hallaban distantes. Me dice: — »*El ca- 
mino de la Cantería; ya están cerca. «< Mando que tome 
la vanguardia y redoble el paso. 

t^Llego al arco. Descubro q\ie los enemigos subían 
por la falda, espaldas del Condorcunca. Cambio de 
direccícki por la derecha y salgo al campo por un es- 
trecho paso. Formo en columnas por mitades y avan- 
EO al trote con intención de ocupar aquella altura. 



r 



ti^/ LiberOihx 381 

Cuando llegué á la base lod enemigos, dómindndo ya 
la cúspide, rompen un fuego activa 

»< Al instante mando al teniente coronel Davalo^ con 
dos mitades á que se posesione de aquel punto intere* 
sante. S%oIe, animaiido las miUides, qué trepan la 
cima con la bravura del soldado boliviano. Cuando los 
enemigos daban ya la espalda, sentí los fue^ del 
resto de nuestra columna, que, sin motivo en mi con- 
cepto, los dirigían sin orden ni método. Bajo presuroso. 
Ni la voz de sus jefes ni el toque de cometa pudo ya 
contenerlos. 

• ««Unos cuantos soldados, de los quel el señor Ortiz 
enganchó en aquellos días, y que estaban ya én media 
falda, habían vuelto la cara y disparado sobre sus com- 
pañeros. Esta fué la causa de los fuegos desordenados, 
del pánico que se trasmitió en toda nuestra lín^a y de 
la derrota que sufrimos en consecuencia. 

"Al misdio de ella, envuelto entre los fugitivos, es- 
cuché una voz que decía: — »»Dávalos, ya no puedo 
más; favorézcame usted. »• Vuelvo la vista y veo que el 
generoso y valiente teniente coronel Dávaloá, én mo- 
mentos tan difíciles y apremiantes, se baja del caballo 
y se lo da á Ortíz. Ya no le vi más. \ 

"En Caisa supimos, por un sargento, que habí£^ si<}o 
víctima de la traición y de la infamia de un soldado 
suyo. ¡Desgraciado coronel! Habría dado la mitad de 
mi sangre por volverle á la vida.»» 

La verdad es que la columna municipal de Potosí 
^ no merecía toda confianza. Oficiales y clases suyos 




3^^ 



Matanzas de Yáñez 



había que estaban á la sa^^n pr<5fugo$ ó procesados por 
delito de seducción. 

El vecindario y la masa popular de Potosí acogieron 
á puerta cerrada á los rebeldes triunfadores. Dice una 
carta de Potosí impresa en El Constitndicfnal, de 
La Paz: 

= «I Los propietarios, empleados y artesanos huyeron y> 
se encerraron en sus casas. En la plaza paseaban sólo 
Frontaura como prefecto del departamento, el argen- 
tino Zamudio como administrador de correos, Torrelio 
y Árien de plumas blancas (causas únicas de este ban- 
dalaje), y varios otros de plumas negras é insignias de 
coroneles. El palacio era un laberinto...» 

No era completo el triunfo todavía. Lo atduo y lo 
más interesante de la empresa quedaba por acometer. 

En el centro de la ciudad de Potosí, y ocupando 
unas dos manzanas de su planta, álzase el célebre 
edificio de la casa de Moneda, gigantesco y macizo 
monumento de granito, que desde los días de la coló-, 
nia esconde en el dédalo de sus patios, oficinas, pasi- 
llos, talleres y recámaras, un mundo de secretos dra- 
máticos y de leyendas populares. Allí estaba el director 
encerrado con sus ochenta voluntarios, dispuesto á 
soportar un sitio de pocos días, mientras venían en su 
auxilio del Norte tropas regladas del gobierno. 

Corríase que dentro del edificio había inmensos 
tesoros y considerables pertrechos y armamento. 

Los belcistas venían precedidos de la triste fama que 
sabemos, fama de expoliadores y exactores. Por eso, en 
aposentándose dentro de la ciudad, desplegaron con 



on los vencidos y r 
iesvios y repulsas qi 
lanifestarles. 
y su codicia en otra 
epasaban por delar 
y no veían cómo 
- pTontamente aquel 
ia, la noche y h m 

^nes elementales ei 
en la Moneda. O f 
jedar allí. Un emi 
arnición cívica. No i 
s, ni los sujetos sos| 
)s abiertamente coni 
Allí quedaron algún 
os José Martínez, 
)s, de valor equívoca 

iero dejar la palabn 
me sobre estos sucí 

ñor. Apenas pudier< 
sve horas. En este 
or de la Moneda i 
tas intrigas de tos et 
lente desalentaban 
un el orden, sino qi 
a Martínez, que se h 
un calabozo. Del I 



'^^ 



jS^. . Matanzas fU Yáñez 

modo pusieron en libertad á los demás presos que 
eran custodiados en ]a casa de igual manera. 

«Desventurados los jefes de la casa, si hulnesen re- 
tardado la capitulación por media hora más. La muer- 
te les aguardaba seguramente en premio de su lealtad 
y servicios. 

••Habiendo caído desgraciadamente la Moneda en 
manos de los enemigos, puesto en libertad Maitinez 
y los demás presos, y en poder de éstos todos los em* 
pleados de aquélla, se dio principio, sei>or, á la exac- 
ción de los caudales públicos. 

••Extrajeron 55,406 pesos 5 y medio reales de los 
fondos de la Moneda y banco de rescates; 20,000 pe- 
sos de la propiedad del azoguero Matías Arteche, que 
se hallaban en poder del tesorero don Mariano Sa- 
las; 1,000 pesos depositados secretamente por el con- 
tador de monedas en poder de don Manuel Anselmo 
Tapia, pertenecientes á los pensionados. La denuncia 
de este depósito se hizo por otro empleado bekísta. 
No contentos con tanto caudal que se distribuyeron 
libremente como botín de guerra, impusieron además 
un empréstito á los señores comerciantes, mineros y ca- 
sas de la ciudad. Eln seguida arrebataron con violencia 
del interior de las casas, de los ingenios y de todas las 
haciendas del cercado, cuantos caballos y muías encon- 
traron; de tal modo que cada uno de los jefes y oficia- 
les han conducido dos ó tres animales para su re- 
monta, d 

Uno no sabe qué creer. El ministro de Hacienda, 
en su memoria de 1862, declara que las rapiñas fisca- 



r 



"^/ Liberalw gS^ 

les de. tos reyolucionarios de mar^o y los" gíistos exce- 
dentes á que. dieron lugar, forman un total de 103,000 
^ tná$ pe$os. El ministro de <jobiemo, en su ntemoría 
de jese año, dijo que ocasionaron al tesoro publicó una 
pérdida de 150,000 pesos, sin decir si contando $(un^ 
bien los gastos represivos, y sin especificar si la pérdi- 
da es en Potosí solamente, bien que dándolo ^ á en- 
tender. ' 

Los zurrones de plata amonedada tiesaparecieron. 
^ómo no había de. ensanchárseles el corazón á .áque? 
líos hombres? . 

Rebosando entusiasmo y patriotismo, el corojiel Ma- 
riano Torrelio, de raza indigeha, titulándose general y 
yéi^ superior militar del. Sur, dirigió el 16 á la fuerza 
rebfelde, que él apellidaba ejército libertador,. wna pror 
clama gfíindiJocuente que concluía a$í; 

«'Compañeros de armas: El caminó que eondute iai 
templo de la gloria. está cubierto de espinas y /precipi- 
cios. Vosotros, que lleváis el estandarte de la confraf- 
ternidad, superaréis todas las dificultades, para que, eo 
el suelo de la querida hija de Bolívar, imperen los prip- 
cipios republicanos que hemos proclatóado. Juntos nos 
sentaremos en el festín de la libertad, m 

Quince días permanecieron en Potosí los revolucio- 
narios proveyéndose de cuanto pod/an apetecer parg 
• uiia larga campaña. Destruyeron el armamento qufi no 
pod/an llevar. Tenían dinero, pero nada obtenían por 
compra. Despojaron de sus muías, caballos, monturas y 
correaje á todos los ingenios de laboreo y beneficio de 
las inicias, Reclutaron gjente en estos establecimientos 

25 



■» I. 



"^ 



j86 Matanzas de Yáñez 

entre los trabajadores. En una palabra, dejaron des- 
montadas las faenas mineras, con daño enorme de una 
industria que es procomunal por sus beneficios, como 
que éstos se distribuyen en aquella ribera entre los ri- 
cos, los pobres y el fisco. 

El despojo de los ingenios y el enrolamiento de sus 
trabajadores, eran dos actos que por sí solos bastaban 
para acarrearle^ el odio del vecindario entero. Es tam- 
bién lo más censurable que cometieron, y aquello con 
que hubieron de soltar la máscara de afectada mode- 
ración, exhibida la tarde de su victoria. 

Hízose el vacío en torno de los libertadores. Egoís- 
mo no fué ni indiferencia lo que el pueblo de Potosí 
acertó á desplegar estos días á la faz de la soldadesca 
opresora. La ciudad volvió con desprecio las espaldas 
á los exactores públicos. Las casas se cerraron, ningún 
ciudadano transitaba por las calles, la población pre- 
sentaba el aspecto de un cementerio. Ante esta actitud 
tan imponente y tan hostil, tuvieron los revolucionarios 
belcistas que quedarse aislados en el palacio y los cuar- 
teles. 

Por eso un documento autorizado ha podido muy 
bien afirmar, que el vecindario de Potosí no tenía para 
•qué protestar por escrito á la faz de la república contra 
aquellos opresores. 

'«Si la ilustrada Sucre, — dice, — ha protestado solem. 
nemente contra la facción de filibusteros y rotos, que 
de su seno se ha levantado furiosa, el pueblo de Poto- 
sí y muy señaladamente todos los setenibristas, es de- 
cir la mayoría de este vecindario, ha sabido maldecirla 



1 1 Et Liberal \ \ , j<?7 

con arrogancia y valor bajo la presión de ochocientas 
bayonetas.»? 

Los jefes belcistas hubieran querido lucir en saraos, 
misas de gracia, retretas, etc., los penachos y entorcha- 
dos que les decretara Belzu desde Tacna. Nada de 
esto fué posible. El pueblo desplegó en cambio un 
espectáculo muy significativo. Honráronse con pompa 
extraordinaria los restos del coronel Ortiz. Todo el 
mundo asistió á esta ceremonia con recogimiento. Dis- 
cursos patéticos, llenos de civismo, fueron pronuncia- 
dos en las calles por donde pasaba el fúnebre convoy. 

Después de esta manifestación se comprende muy 
bien que los belcistas no se atrevieran á convocar el 
vecindario para un pronunciamiento, de donde saliera 
á brillar la consabida acta reasumidora de la soberanía, 
cuajada de firmas proclamatorias del caudillo redentor. 

La prensa y algunos documentos oficiales pintan 
vejámenes y atropellos cometidos esos días contra las 
personas. Posible es que hayan ocurrido algunos casos 
sueltos y por motivos especiales; pero es fuera de toda 
duda que esos negros colores tienen su origen en el 
enojo causado por las exacciones públicas y privadas 
arriba dichas. 

No había completamente vuelto espaldas la legión 
de rebeldes belcistas, cuando se hizo cargo acciden- 
talmente de la jefatura política un vecino principal de 
Potosí, José G. de Quesada. En su informe es él quien 
ha podido decir, bajo el imperio de una viva impre- 
sión y después de lo arriba transcrito, esto que sigue: 

•'Aquí, con la mano en el corazón y la vista fija en 



3S8 



Maianzas de Yánez 



el deber, y como industrial, separado de la vida pú- 
blica^ sin aspiraciones á ella, y con la independencia 
necesaria para ' no engañar al gobierno, debo franca- 
mente hacerle saber: que el partido setembrísta, com- 
puesto de individuos de todas clases y condiciones de 
este ilustre vecindario, ha sabido desplegar contra el 
bandalaje armado, de Sucre, un patriotismo y una ac- 
tividad tal, que sin hipérbole puedo decir que sólo son 
propios de los tiempos heroicos de Roma. Y si tanto 
valor y entusiasmo han escollado en la Cantería de esln 
ciudad, sólo ha sido debido á los estúpidos y cajH'icbo- 
sos empeños de alguien, que quería sojuzgar al malo- 
grado coronel Ortiz.ii 

Esta ultima estocada á fondo hizo saltar á Sebastián 
Agreda. Saltó á la prensa con su folleto 374 de mi 
.catálogo impreso. Propúsose explicar su conducta mili- 
tar en Sucre y Potosí, durante los días que corren 
desde el 7 hasta el 14 de marzo. 

En otros de sus escritos Agreda nos ha dejado tristes 
muestras de la procaqidad altoperuana en sus arran- 
ques más descompuestos. Su estilo es aquí muy mo- 
derado, particularmente con Quesada. 

No tenía el gobierno por qué dudar aquella vez de 
la lealtad de Agreda. Eso sí, pruebas no tuvo ni de su 
actividad ni de su pericia. 

Es común la creencia que después del desastre de 
la Cantería se encerró Agreda en la Moneda. 

Salió fugitivo del campo el 14, acompañado de Vá- 
ñez, Dávalos, dos ofípiales más y unos trece jóvenes 
riñeros voluntarios de Potosí. En Caisa quedó Yáñez 



«El Liberal^ s8g 

con los rifleros á hacer la guerra en los alrededores. 
Por ahí cerca andaban también otros rifleros volunta- 
rios montados. Estaban capitaneados por Mariano Ba- 
rrenechea, coronel en retiro y propietario irK3ustrial 
como Yáñez. Debían en combinación operar en Por- 
co, provincia donde pudiera decirse está enclavada la 
ciudad de Potosí, 

Váñez maniobró con presteza y acierto. El ii destro- 
zó completamente en La Lava un destacamento de re- 
beldes, que pretendía llegar hasta Puna, capital de la 
provincia, con la mira de levantar por Belzu esas po- 
blaciones. 

Agreda y Dávalos pasaron á la capital de la provin- 
cia de Chichas, á prevenir cualquier movimiento sedi- 
cioso por esta parte, que es abundosa de gentes ague- 
rridas y de abastecimientos El jefe político Ventura 
Machicado ya tenía en Cotagaita bien armados y equr- 
pados go infantes y 30 caballos, que en plazo de veinti- 
cuatro horas pudieron partir con'Ágrega á Vitiche. De- 
bían allí juntarse con unos 60 caballos de lanza que 
lior su lado debía mandarle el jefe político de Cinti, 
no sin reservarse á más de eso unos 30 infantes para 
guarnición de Camargo. Hubo aquí un movimiento 
sedicioso con pronta reacción y algunas desgracias. 

Plan era de Agreda hallarse el 28 de marzo en- las 
inmediaciones de Vjiiche, á la cabeza de unos 350 
hombres. Creyólo por un momento realizable. El jefe 
político de Tarija ofreció despacharle el za unoS 200 
veteranos bien armados. Pero ni los de Cinti ni los de 
Tarija llegaron nunca, y Agreda entonces se presentó 



jp¿7 Matanzas de Yáñez 

solo en el Baño en el cuartel general de la división Pé- 
rez, manifestando sus desebs de acompañar á éste en 
la campaña. Pérez tuvo á bien contestarle: »»que la al- 
ta clase militar del general Agreda no le daba ocasión 
de satisfacer esos deseos, n 

El general Pérez, que siguiendo de Oruro el camino 
ordinario á Potosí, se había desviado desde las alturas 
de Leñas hacia el oriente, con la mira de ganar á los 
rebeldes el camino de Sucre, y evitarse á sí propio la 
angostura de San Bartolomé, se encontraba á nueve 
leguas de Potosí con su división de todas armas, en 
actitud de querer cuando menos arrinconar en Chichas 
la rebelión belcista. Advertidos de este bien pensado 
movimiento, los rebeldes desocuparon con precipita- 
ción Potosí en la madrugada del 29 de marzo, y logra- 
ron ganar la delantera en el camino de Sucre á las ar- 
mas constitucionales. 

Ufanos llegaron á Sucre el i.® de abril. Decían á 
cuantos se les acercaban: "Pérez ha contramarchado 
de Leñas; sabe muy bien que los que aquí manejan 
este negocio son gentes que lo entienden, n Á otros les 
decían en la intimidad: "No sabemos por el momento 
si emprender marcha á Oruro ó á Cochabamba. El 
general Belzu debe de estar á estas horas en La Paz 
con 500 rifleros, etc.n Y no faltaba cierta clase de mu- 
jeres que corrieran estas especies con que consterna- 
ban á la ciudad. 

El Centinela del Orden^ gaceta potosina, de un solo 
número quizá, se encargó de sacudir la lana, á estas 
perniciosas entrometidas. Decía de las de Potosí,* que 



nEl Liberal'^ jgi 

ercenarias estuvieron encargadas de 
unos pata el . valor y otros para el 

z, caminó con celeridad por la ruta 
El 3 de abril estuvo en son de ata- 
e la capital. El 4, mediante tiroteoü 
Uros dentro y fuera de la ciudad, 
r efusión de sangre á los 1,500 re- 

VIH y IX hemos podido figurarnos 
'strategia desplegada en estos com- 
civil boliviana. \ eso que allá se las 
das por ambas partes. Una pasada i 
,s constituyen algunas veces, en tale: 
¡ento de mayor precisión y maestría 
i con arte, que supongan el valor j 
is disciplinadas, fiados á maniobran 
;an de la rutina elemental, son im 
s de raza indígena ó mestiza, mer 
ilución permanente, que libran át 
■ del combate al éxito de un primei 

a de aquel militarismo tan famosc 
í-ertido como destructor, rico de co 
aspirantes, y á cuya entereza y pe 
cho la república su honor y la inte 
torio, para no deberles hoy día un; 
ra mente honorable. 
r de todas las páginas gárrulas y reso 
ibieron entonces sobre la campai^i 



•^•^ 



392 



Matanzas de. Yáñez 



meridional del general Pérez contra los rebekies bekis- 
tas, formaría un volumen y este volumen representa al- 
gunos kilogramos de peso y algunos centímetros de sü- 
perficie cúbica. lAh! El ojo atento no ve allí escrito el 
sano entusiasmo inspirado por el triunfo de la cons 
titución y del gobierno legítimo. Ese volumen pretende 
convertirse én un pedestal de granito, donde pronto se 
vea entronizado á un nuevo caudillo de la rebelión 
contra las instituciones. 

Los periódicos de Sucre y Potosí y numerosas hojas 
sueltas están llenos con los pormenores de aquella 
campaña. Fué demás de eso decantada, más bien que 
contada, por el jefe de estado mayor en el folleto 448 
de mi catálogo impreso. De los documentos aparece 
que la pericia del general en jefe escapó de una obvia 
emboscada por la misericordia de Dios. 

Un espíritu crítico advierte en las operaciones finales 
de la hueste pacificadora flojedad. Agreda, no tanto 
por cohformarse con el querer anticipado de su com- 
pañero, como por desconfianza en la lealtad, valor y 
disciplina de su viciada tropa, había preferido com- 
batir á campo abierto en Potosí. Pérez en Sucre, con 
gran confianza en los cuerpos reglados de su mando, 
no quiso forzar la externa posición enemiga y aguardó 
adentro á ser acometido. Se ocurre preguntar: ¿en cuál 
caso estuvo más expuesta la ciudad al saco y las vio- 
lencias? 

Para resolver debe tomarse en cuenta respecto de 
Pérez el resultado, que al acierto juntó lo humanitario. 
Su actitud defensiva y contenida bastó á la dispersión 



r 



de tos contrarios, y el derramamiento de sangre fi>¿ 
]X)r eso relativamente escaso. 

Las campanudas [iroclamas presidenciales de uso y 
costumbre, al ejército por su lealtad incomparable y 
á la nación por su amor al orden, rebosan de entusias- 
mo y concluye una de ellas, á tontas y i locas, coA 
este irónico despropósito: 

'I Las naciones del nuevo mundo os observan, para 
dirigir un justo reproche á las testas coronadas de Eu- 
ropa, que creen incompatible el orden con las institu- 
-ciones democráticas! I 

El corazón de Achá labró de un golpe un áar«e 
broche, con que quedó cerrado el proceso del calmen 
belcista. Otra amnistía más, y van tres en favor de 
otros tantos atentados contra el orden constítuctonat, 
durante los nueve meses que apenas lleva éste de eiis- 
tencia. Pero si quedaba restablecido en todas part« el 
imperio de la suprema ley política, ¿cómo exigir que 
la amnistía no exceptuara á los principales traidores 
La prensa malcontenta de las pasiones sometidas, pero 
no domadas, era eso lo que del presidente exigía con 
ingratitud y desenfada Éste, no obstante, supo aquella 
vez colocarse con entereza en la altura propia del 
magistrado justo y magnánimo. 

De tempestad de odios pudiera calificarse )a vio- 
lencia de la prensa oficial y de )a prensa setembrista 
contra el belcismo, vencido, pero siempre temible, pOr 
ser pennanentes en la repdblica tas malas fuerzas so- 
ciales con que pudiera de nuevo reorganizarse aqiNl 
bando. No bastó que alzaran el grito de reprobación 



jg4 Matanzas de Yáñez 

los vecindarios de Cochabamba, La Paz, Oruro, etc., 
mediante protestas acordadas en comicios públicos. 
Tronaron en la prensa los viejos rencores y recrudeció 
el ímpetu de inflamadas pasiones. 

La alternativa misma de temor y de esperanza, — 
triunfo en Potosí y derrota en Sucre, — con que señaló 
su rápida carrera el movimiento del 7 de marzo, remo- 
vió hondamente los ánimos é hizo estallar con mayor 
fiereza la conturbada ira. ' 

Para los que de lejos observamos las cosas es un 
poco inoficioso saber cuál revolución boliviana es más 
execrable. que cuál. Pero no debía de ser así para los 
que eran actores en la mortal contienda, ni mucho 
menos para los damnificados espectadores. Estaban 
avezados todos á lo rudo, y podían más bien que na- 
die sentir en el cuerpo las magulladuras de una rudeza 
y de, otra rudeza. 

Aquella manera atropelladora, rapaz é impúdica con 
que se señalaron los marcistas, contribuyó no poco á 
hacer odiosa inm^iatamente su memoria. 

Luego también hasta la muerte misma de Ortiz, 
culto y apuesto militar, de origen patricio en Sucre, 
ciudad de jerarquías y linajes, respetados grandemen- 
te por aquel entonces todavía, daba creces al enojo 
contra los que habían quebrado para siempre esa visi- 
ble espada, puesta con valor y lealtad al servicio de las 
instituciones. 

Todo esto daba materia, menos que por su monto 
por su rápido recaudo, para que la prensa enconase 



r 



iiEl Liberal:! ^gs 

con sus escritos la herida causada en la imaginación 
de las gentes. 

El Liberal estalló de los primeros en el sui de la 
repiiblica, teatro de aquel atentado y sus desmanes, 
Y ¿por qué nó habíamos nosotros ahora de tomar nota 
ejemplar de estos y otros furores, ya apagados en su 
sitio, para trasmitirlos más lejos, como los ecos comar- 
canos trasmiten á otros ecos y á otros ecos los gritos 
estentóreos? 

"¡Ladrones!" — les gritó la gaceta sucrense cuando 
todavía imperaban los amotinados y se preparaban á 
regresar de Potosí á Sucre. Y se ve que al punto per- 
dió ya del todo la decorosa compostura,- que no debe 
jamás abandonar el mjnisterio de la prensa, siquiera sea 
en la hora del combate ni aun al desplegar coraje inu- 
sitado. "¡Ladrones!" — les gritó entonces; y, con más 
título á disculpa que otros periódicos, tornó á gritarles 
"¡Ladrones!" cuando los jefes del motín huían despa- 
voridos al exterior. 

i'La cuadrilla de ios Amaya de Mizque nada era en 
comparación de esta otra cuadrilla. ¡Qué calamidad 
para Solivia! Al solo nombre de Helzu se ha levanta- 
do de los suelos la chusma famélica, corrompida, sin 
más religión que el puñal, el saco, el robo y todo gé- 
nero de iniquidades,.. 

"De la cárcel han salido los facinerosos más reinci- 
dentes, y han sido colocadas de capitanes y oficiales 
en la división belcera que los bandidos formaron aquí. 
¡Testigo todo el pueblo si 



3g6 Matanzas dé Yáñez 

«'Los hombres más perdidos, de taberna y de puna) 
en cinto, eran los otros ofíciales y jefes. El escuadrón 
ioh! ««el escuadrón sagrado^ era compuesto de perdi- 
dos y pervertidos, de los hombres más viciados de la 
sociedad, de ebrios consuetudinarios." 

Esta lava de volcán, sometida hoy al crisol del análi- 
sis, da buena ley de verdad. Está averiguado que el mo^ 
tín dio suelta y empleó en sus ñlas á todos los presida- 
rios de la cárcel de Sucre. El que se nombra escuadrón 
sagrado se compuso de haraganes sin ofício y con levi- 
ta raída; caterva de militares sin pensión que abunda 
en las poblaciones de Solivia, frecuenta malos sitios, 
sirve de larva en el fermento de las conspiraciones, y 
sale en cardumen á la plaza pública los días de revuel- 
ta, como sale voraz una peste de lagartos y caimanes á 
las riberas del Marmoré después de una inundación. 



. . CAPÍTULO XV 

"EL CLUB" 

leei-iees 

pensauíieiUo de una asociación particulu apaciguado 
si. — Propósilos de apoyar i la autoridad, de acón 
trseila al bueo légimea. — Se ha de e¡ercitar part 
Uva y ddibeíativaniente el derecho de petición. — 
el Club ConstLlucional con estas miras. — Su ói| 
prensa. — Doctrinas contradictorias í átealUablís. 
cho de petición ante la municipalidad, — Estallido d 
dia, — Se disuelve el Club. 

Un grupo de jóvenes patriotas y muy int* 
vecinos de Potosí, vivamente impresionjulc 
terribles acontecimientos que desde 23 de ( 
venían sticediendg en la repiiblica, y qu^ co 
de sangre, odios y escándalos, venfan mar< 
pasos incipientes de la recién promulgada cot 
convinieron en fundar un club político de fn 
ñca, completamente ajeno del espíritu de < 
cefiido en todo á la ley. 



jpS Matanzas de Ydñez 

Dar allí ejeiiipio y norma de vene 
fundamental, ser respetuosos con la 
aconsejarla y ya en disuadirla al res| 
actos 6 medidas, no reconocer bandc 
guno de los asociados, profesarse en ( 
tolerancia, etc., etc.; todo con la mi 
acudir juntos, caso necesario, en auxi 
bienestar social y de las garantías indi 

¿De qué manera? Mediante el ejerc 
tades constitucionales de reunión y d( 
gadas al ciudadano, y que el club se pi 
como actos preparatorios, para enseg 
dura y colectivamente el derecho de ] 
poderes públicos 6 las autoridades toe 

El club había de reunirse para et 
por convocatoria pública, previo aviso 
seguridad; tendría su mesa directiva, s 
y un órgano en la prensa; no formu 
ción sobre intereses generales ó lo< 
acuerdo de la mayoría y siempre por 
junta delegada, etc. etc. 

Ver establecidas entre ia corporaci 
y la autoridad una franca y liberal' 
érala meta á que aspiraban los promc 
Esperaban para eso que el club prc 
fuesen proscritos de las labores sobrt 
esos recelos mutuos, demasiado frec 
'gracia, entre el poder y la opinión. 

Muy lejos del estado presente, el c 
bajar para que gobernantes y gobernai 



^<El Cluhn jgg 

de la esfera comunal, hasta 
las inevitables divergencias no 
enojo los ánimos, ni alterar la 
el pdblico reposo. 

la y este concierto, una vez esta- 

1 club, habrán de redundar en 
los de abajo como de los de 
|uien más habrá de salir medrado 
la acción gubernativa entonces, 
i más desembarazada y fructuosa 
ir la justicia, en el agitado campo 
:chos de los ciudadanos, 
nonio Quijarro, Demetrio Calvi- 
ipos prometíanse, según aparece 

promotoras, nada menos que 
villa imperial de su nacimiento, 
de la edad de oro, que el héroe 
■esca contempló con sus propios 
LS afortunadas. 

e los estatutos y de las explica- 
y de que el periódico El Club 
imo y selecto archivo, 
'echa del 2 de diciembre de 1861; 
en su totalidad de seis páginas 
El 3 sobrevino la intentona fer- 
:ontra la plaza. Este número apa- 
1 de ofício á dos columnas. El 
de febrero 22 de 1862, ycontie- 

responsables de Ei. Club Déme- 



^oo Matanzas de Yáñez 

trio Cajviiuonie, Pedro A. Nogaks, Il<lefoi>£o L.9^r»- 
va, Daniel Campos, Juan Ts^a, Mariano B. Airuet» 
y el Ibmado el Pedro Hachi Vargas, 

Estamos alu^a en diciembre de iS6i. £n marzo 
{H^iíao coyuntura se presentó (cuando los facciosos 
helcistas cayeron sobre la plaza), que nos hizo ver, que 
tal vitalidad cívica y tanto vigor de e^;)íritu público 
existían en el vecindario de Potosí, que sólo se baya;B 
menester allí organización, pilotos, rumbos y otras co* 
sas que son de arte y entendimiento, para obtener dd 
concurso de esas buenas voluntades resueltas graiKies 
ventajas en obsequio de la causa constitucional. 

Por eso nada raro es que el libro de inscripciones 
del club tuviese, en el promedio de diciembre, pobifir 
das de abundantes firmas sus páginas abiertas de p^ 
en par. Como en toda asociación de la especie, había 
allí nombres adocenados y vulgares, y eso entraba con 
mucho acierto en las miras del club. La generalidad 
era sana, sin sospecha y respetable. Y aunque apare- 
cían como adherentes no pocos doctorcitos empleoma- 
niatos é intrigantes, no figuraba en el club ninguno de 
esos militares retirados ó cuartistas, casi todos haraga- 
nes y de escuela pretoriarta. 

Por entre la ñorescencia de l^s tecnias democráticas, 
s6 asomó también entonces el grano conservador, bien 
así ccMno debió de asomarse el tropel de otras muchas 
buenas ideas en aquellas inteligeticias ardieí^tes. Recor- 
dando las actuales convulsiones de la república, d^cía 
la prensa del club: 

"Puígs bien, en este momento de crisis, en este mo- 



r 



uEl Cbibn 401 

mentó de conflicto para la patria y de terror para lo 
buenos ciudadanos, parece que el peligro común h 
unido á los hombres, y les ha hecho conocer la neces 
dad de trabajar en favor del orden, tan enérgicament 
como en favor de la libertad. 

iiAniniado de este sentimiento noble y patridtlco, s 
ha formado á sí mismo y por sí mismo el ciub const 
tucional. Ijjs ciudadanos de I'otosl se han convencid 
de que, 3in orden, no puede haber verdadera garantís 
sin unión no puede haber fuerza, y sin libertad n 
puede haber progreso. Así es que se ha formado í 
club constitucional llevando por lema orden, unión 
libertad. 

'■El club se propone sostener el orden á toda cost! 
Comprende que sólo por este medio puede salvarse 6 
país de la ruina y de la disociación, á que marcha coi 
pasos precipitados. Comprende que sólo con el ordei 
puede alcanzarse la libertad, ese brillante faro de 1 
civUización moderna. Comprende que sdlo un régimei 
constitucional puede asegurar el ejercicio de las garar 
tías de libertad y de igualdad, que forman hoy el en 
sueño de los patriotas del mundo, 

"Una triste y dolorosa experiencia ha venido ya . 
manifestarnos, que marchando de revolución en revc 
lución, no hemos hecho otra cosa que arruinar el país 
Lo hemos detenido en la brillante carrera de civiliza 
ción á que están llamados ¡os pueblos hispano-ameri 
canos, y por este camino nos veremos expuestos quiz- 
alguna vez á perder nuestra independencia autonómica 

iiHijos de la libertad, nacidos en el ardor heroio 




./o? Matanzas de Yáñez 

de la independencia, no podíamos transigir con la 
tiranía ni con el despotismo. Deseábamos un gobierno 
nacional y justo, un gobierno que olvidado de todo 
rencor y ajeno de toda bandería, reuniese á todos los 
bolivianos bajo una sola égida, el pabellón nacional, 
emblema de la libertad y de las garantías. 

«•Eso deseábamos; y, como ninguno de nuestros go- 
biernos correspondió á esta halagüeña esperanza, á 
este ideal que se habían formado los hijos de la inde- 
pendencia, nos hemos levantado contra todos los go- 
biernos, y á todos los hemos echado abajo por medio 
de una revolución. 

»»Pero, desgraciadamente, el medio que habíamos 
escogfdo para alcanzar la libeitad que deseábamos, era 
el menos á propósito para hacemos libres. 

«'Hemos marchado de revolución en r/svolución, y 
la libertad que buscábamos ha huido de nosotros como 
una sombra fugaz. Porque, en verdad, una revolución, 
por santa que sea, no puede crear sino déspotas y ti- 
ranos. 

«•Un orden legal en que se sustituya el imperio de 
las leyes á la arbitrariedad del sable; un régimen cons- 
titucional en que el mandatario de la república no salga 
de la cartuchera del soldado, sino del ánfora en que 
está depositada la voluntad nacional, es el único que 
puede salvar al país y realizar los ensueños de libertad 
que forman la ilusión de nuestra vida política. 

•«Convencidos de esta verdad por largas y dolorosas 
decepciones, hoy nos proponemos sostener el orden y 
líi torístitücidri, cotí la eRpetñh?.ft de que, cittietitadas 



^^ 



..£/ Clubi^ 403 

nzaretnos la verdadera libertad y 
senda del progreso.i' 
bor pusieron en planta los direc 
1 para beneficiar el riquísimo ve 
n, de un lado el buen espíritu de 
y de otro la propia experiencia 
icarmiento de las revoluciones? 
iteresantfsimo de dilucidar, i por 
er 'establecido pruebas en mano, 
es son las doctrinas profesadas y 

iquel entonces, que el club cons- 
no quería hacer la guerra en. la 

;bía ser contra los enemigos del 
los que conspiraban y se amoti- 
. las autoridades. V naturalmente 
n tiempos de guerra, deliberando 
10; prestando al gobierno su con- 
lespués de cada victoria obtenida, 
el poder el premio en concesiones 
íactoras, á lo menos con respec- 
'otosí. Ij3 positivo y lo político era 

patriotismo convencido, en aquel 
ar porque la necesidad moral del 
1110 una urgencia inaplazable, pre- 
[suprema, á los vecindarios acó- 
gremio de los propietarios rura- 
lo eminentemente práctico y lítii 



^04 Matanzas de Yáñez 

era, que estas fuerzas naturales é interesadas, de la so- 
ciabilidad, coadunasen toda su eficiencia en las entrañas 
y en el brazo de un bando militante, de un legítimo 
partido republicano, annado para sostener por donde 
quiera á toda costa el régimen vigente. 

Indudablemente, como decfa una gaceta de! tienipo: 
'iguerra en la guerra.^ 

Entretanto, el grupo promotor del club se proponía 
contener, ante todo, los abusos autoritarios y ensayar 
un ensanche en el ejercicio de las libertades pdblicas. 
Santo y muy bueno; pero es el caso que, en este pun- 
to, era de temer que el club quedara pronto colocado 
en las ñlas de la oposictdn al actual gobierno. 

Sí para alguna campaña se preparaba el club, era 
precisamente para dar contra las usurpaciones y abu- 
sos de los poderes públicos. Tendrá, pues, que colo- 
carse frente á frente á la autoridad, de potencia á 
potencia. Y si no ¿á dónde van á parar ciertas convic- 
ciones proclamadas por los directores? 

Declararon que estaban convencidos de que las de- 
masías y desmanes autoritarios eran los provocadores 
únicos, (5 cuando menos principales, de los trastornos 
del orden público. Desde la roca de esta seguridad ex- 
perimental ¿iban á tender sus redes, á trillar el vado, á 
echar sus puentes de paz y legalidad á la ribera de los 
anarquistas? 

El lector va á juzgar si había medio de hacer política 
positiva con estos tribunos líricos; 

"Si el gobierno, decían, quiere marchar paralela- 
mente con la opinión del pueblo, sabrá encontrar 



"El Club" 405 

íntica esa opinión en la palabra colectiva 
dos. 

nodo calla el acento de la impostura que 
Jo el nombre de la opinidn popular. Los 
:iculares de los favoritos quedan amorda- 
;uto engaño deja de precipitar en el error 
lulo. 

no un derecho, un deber, la libre asocia- 
iudadanos, si comprenden que deben ser 
;omo seres libres é inteligentes, y no co- 
e agregado pasivo de hombres sujetos. 

las catástrofes revolucionarias que esta- 
;! exceso del poder, ya por desacuerdo de 
pinión popular, tal es el más trascendental 
ub... . 

S central no se propone utilizar, á su vo- 
^ndencias suyas exclusivistas, la fuerza y 
le todos los miembros que pertenezcan al 
nité, que será nombrado por los socios, 
rá ser más que un ejecutor de todo lo que 
club en general. El club es, pues, el so- 

• Carencia de espíritu público. Hé aquí las 
ociales, señaladas siempre por nuestros 
isadores. Iniciarnos en el uso de aquel 
»mbatir estos dos males..." 
iques de independencia estaban sa^ona- 
dsitos ya manifiestamente opositores. Na- 
jr el país t:omo estos ecos espontáneos y 
enerosos, que aterrados por el espectáculo 




4o6 Matanzas de Yáñez 

de sangrientas tropelías y por conspiraciones tene- 
brosas, aspiran con todo eso á mayor libertad aún y á 
menor autoridad. Porque los promotores del club de- 
cían á sus prosélitos: 

»*C!erto es que los resabios del coloniaje nos dieron 
el espíritu de obediencia ciega, el hábito de abdicar la 
iniciativa personal en punto á trabajo y con respecto á 
la cosa pública, para esperarlo todo de la autoridad. 
Cierto que las más de las veces todas las injusticias, 
todas las tropelías, todas las indignidades del poder, 
han sobrepasado las protestas aisladas y sordas del 
ciudadano. 

»»Pero ¡basta! El pueblo debe ser ya el pueblo: im- 
ponente como el océano, sensato como la razón, justi- 
ciero como la historia... 

»» Hacemos, pues, un llamamiento, párá que com- 
prendiendo todos sus derechos é intereses legítimos, 
cumplan sus deberes cívicos asociándose libremente. 

»» Queremos ver si aun vivimos en medió de una 
sociedad dispuesta, por su apatía, á ser mandada como 
una turba de rusos. 

•'Queremos ver si merece el vasallaje. 

"Queremos ver si sensible por fin aíite ef testamen- 
to de libertad legado por sus heroicos antecesores, ya 
puede poner el peso de su opinión .en la balanza ad- 
ministrativa y política de los gobiernos... 

«*¡Sí! No lo dudamos. Fácil será á todos comprender 
que la divergencia de los ánimos fué siempre un pe- 
destal para las arbitrariedad: dividir para reinar^ dije- 
x<M los déspotas. 



^yEl Club; 

"jHa llegado el lieiiipo de que, en saní 
comunidad de intereses, en solidaridad di 
bienes, unirse para serfmrtts digan los pi 

Las lineas que antecedieron inmediata 
que acaban de leerse, decían asf: 

"Al ensayar este derecho, ya tan comúr 
del mundo civilizado, el club se propor 
despertar la comunicación adormecida en 
gobierno, quiere anudar estos anillos di 
cadena que rotos se chocan y entrechoca) 
tablecer esa armonía y entablar ese com' 
de comitentes y comisionados. 

"No lo dudemos: por este impolítico y 
vorcio, la opinión ptiblica se ha model 
regla de una actitud pasiva, la inmutab 
fuerza de inercia. No lo dudemos: esta es 
la cual un trabajo misterioso, íntimo, sei 
en todas las clases de la sociedad para arra 
sistemático á todo gobierno y producir Is 
cia de los buenos en todo, la separación 
sociedad y de la autoridad, la política de 1 
y de la negación incrédula, qu^es la más 
gonzosa que un pueblo democrático pudi 

'tOjalá que nuestro ensayo no venga 
una decepción más.'> 

La obra de pacificación y de buen enci 
consistía, para ellos, no en aplacar en la 
trabajo privado, de la enseñanza popular y 
patriótico de las clases superiores, aquel : 
di do por la cosa publica y aquella codicia 



^o8 Matanzas de Yáñez 

vora de los gobernados, ardor y codicia que con sus 
asaltos quitaban el sueño de la seguridad propia á los 
gobiernos, haciéndoles consumir sus vigilias, la sangre 
boliviana y el tesoro en la ardua tarea de conservarse 
por la fuerza. 

Hablaban en Potosí esos días de opinión bien for- 
mada y de libertad sanamente sentida por masas de 
plebe indígena ó mestiza, ignorante, tributaria ciega 
del caudillaje soldadesco, factor principal de las revo- 
luciones de Bolivia. Proponían las manifestaciones 
colectivas del espíritu de libertad, escenas grandiosas 
y temibles hasta en democracias bien equilibradas y 
munidas de buena educación política; las proponían 
como contrapeso al poder provocador y como elemen- 
to conservador del orden. 

Tomemos aquí nota de estos clamores del malestar 
social. Cuanto más elocuentes, tanto más denuncian 
el turbamiento del concepto público. Los periodistas 
que con esos clamores razonan para ilustrar á las gen- 
tes, se dirigían única y virtualmente á la escasa mino- 
ría que pudo oirles, á la minoría que sabía leer y 
escribir. El factor formado por la inmensa mayoría 
era sordo; ese no podía ser influido por los escritores. 
¿Será por eso que éstos no toman en cuenta la eficien- 
cia positiva de ese factor en los hechos de caudillaje y 
de seducción, propios de la política boliviana? Y ese 
factor, no obstante, el factor de la plebe revoluciona- 
ria, representaba la mayor cantidad de fuerza ponde- 
rable en la ecuación qué nos ocupa. 

Cualquiera ve que es inexacta semejante manera de 



r 



plantear los problemas sociales. Esta álgebra 
debidamente con el más ni con el menos los 
tes positivos y negativos que le suministra 
político. Da en su trinomio como efectivo 
sociales que no existen, ó que existen ob 
sentido contrario. Eleva á una. potencia d 
raices que apenas si consentirían una adia 
multiplicación simple. 

El Club decía paladinamente: "á discordi. 
dia.ti Después de eso pensaba nadar en un c 
libertad. Á la discordia, que brotaba sólo co 
za de los jugos propios de la tierra, el cK 
oponerle la concordia derivada de las ideas rf 
de un agrupamiento de ciudadanos, congre) 
profeso para sentir concordia. 

I.os hechos van á decirnos que esto caree: 
tido práctico. La discordia va á persistir i 
abundantemente por sí sola. La concordia 
inventada por obra de esfuerzos combinado 
inventada ni para empeñarse en un solo emb 

Redactadas las bases del club y nombrada 
ta provisional, dióse, en fines de noviembre 
conocimiento de la formación del club al jei 
y al fiscal de! distrito. 

Este aviso se lo impusieron á si mismos v 
mente los individuos de la comisión, pues : 

■ prescrito como requisito por la ley fundamer 
república. Se proponían revestir el aparecin; 
club y todas sus operaciones ulteriores con 

■ teres de legalidad, publicidad y espíritu de c 



4IO Malanzas de Yáiiez 

son propios de una asociaciÓQ sana y bien intencionada. 

Presidía por aquel entonces la administración local, 
en Potosí, un sujeto que ya conocemos, culto, de bue- 
na raza, franco, moroso, poco avisado y de sentimientos 
ipuy caballerescos. Caso curioso. Más bien que intea- 
cionalmente tocado de habilidad, fué á parar esta vez 
sin prentenderlo á los linderos de la habilidad más con- 
sumada. ¿Cómo? Siguiendo el camino de la novelería 
entusiasta de los promotores del club. Desplegó una 
tolerancia suntuaria, sin otra intención que acordar su 
tono de voz al diapasón romanesco que las cosas lle- 
vaban. 

La jefatura contestó inmediatamente autorizando la 
existencia del club sin traba ni restricción ninguna. £1 
físcal no contestó; antes requirió á la jefatura para que 
impidiera la reunión del club, mientras no se obtuvie- 
se para ella una licencia del supremo gobierno. 

Se fundaba en el artículo 213 del código penal pro- 
mulgado el 6 de noviembre de 1834. 

En casos como el presente, el pago del alquiler de 
casa suele ser, más tarde ó más temprano, la soga vul- 
gar que estrangula estas corporaciones, ahogándoles en 
la garganta la voz del espíritu pübliqo, antes que los 
recelos del poder envíen sus sargentos al recinto de las 
sesiones. 

£1 jefe político de Potosí tuvo la magniñca idea de 
libertar de este peligro á la asamblea deliberante. Le 
otorgó una franquicia, se la otorgó con la mejor buena 
fe dd mundo, sin celada, por evitarle de veras un gra- 
vamen ruinoso, y turbando para ello el apartamiento 



'•El Club., 411 

de un edificio consagrado poi la ley, cona^rado hac 
en sus muros y sus bancos, á especial y delieadÍHii 
instituto. 

Porque consta de las ¡nfomiacionea de la [H%n! 
que á petición de los interesados, la jefatura puso 
disposición del club, para sus juntas y debates, una 1 
las aulas del colegio de Pichincha, con tal que I 
reuniones de aquél no perjudicaran á las tareas esc 
lares de éste. 

Hiio más el coronel Hilarión Ortiz. Felicitó, á noi 
Imc del gobierno, 'lá los jóvenes patriotas que con t 
loables ñnes se proponen llevar á la práctica los prin 
píos fundamentales que consagra la constitución, n 

El 8 de diciembre fué convocado por la prensa 
club para su reunión inaugural. Verificóse el 12 del m 
mo con solemnidad y con gran concurso de ciiidadaní 
Honró la sesión con su presencia el jefe político. 

Adelantándose el presidente Antonio Quijarro pi 
nuncio el discurso inaugural. Los bolivianos son a 
cionadfsimos á la literatura académica y á las reunión 
solemnes. Luego al punto de comenzar, e! orad 
enuncia el gran salto mortal de equitación republíi 
na, que por encima de las mayorías del caudillaje s 
dadesco, y para norma democrática de costumbres ' 
tierra de Bolivia, pretende el club dar para ir á caer 
centro mismo de esos comicios, que con c(»ici«ii 
homogénea de sus deberes y derechos, deliberan 
otros países sobre la cosa piiblica: 

"Permitidme que sea sincero y que os diga conc 
tera convicción: la reunión pacifica y constitucioi 



T^M 



4.17 Matanzas de Yáñez 

que tiene lugar en este recinto, después de las escenas 
de sangre y de horror que han helado de espanto á la 
nación, y que la han hecho deplorar la pérdida de pre- 
ciosas existencias, como la del valiente caballero coro- 
nel Cortés; esta reunión, digo, después de tan angus- 
tiosos acontecimientos, verificada por ciudadanos que 
quieren aspirar el soplo vivificante de la vida demo- 
crática, y entregarse á las tranquilas y dignificadoras 
emociones de la libertad, forma ciertamente un bello 
contraste capaz de enorgullecer, y nos da derecho para 
augurar, que de esos terribles desmoronamientos que 
hacen estremecer el edificio social, se abren nuevos 
horizontes y' que la obra del progreso avanza. m 

Es probable que el auditorio entendiese mejor que el 
que esto escribe el sentido de una palabra exótica que 
el orador usa en los siguientes conceptos. Si por ella 
se entiende el gobierno de una sola capa social, gobier- 
no que él reprueba, es verdaderamente inconcebible 
cómo en Bolivia, á fuerza de comicios deliberantes, se 
pudieran conglomerar ó sea más bien refundir, en una 
sola capa compacta y soberana, las estratificaciones so- 
ciales formadas por la mayoría de indios quichuistas ó 
aimaristas ó guaraníes, por los mestizos provinientes 
del cruzamiento de estas razas entre sí y con la espa- 
ñola, y por los criollos que forman desde la colonia en 
escasa minoría la superficie superior que sabe leer y 
escribir y habla castellano. Desde luego, la igual apti- 
tud para el gobierno de sí mismos por sí mismos, que 
el señor presidente del club atribuye á estas razas y á 
estas castas, se vería trabada en su ejercicio, como en 



"£/ Club; 413 

la. gran fábrica de Babel, por la diversidad de len- 
guas. 

"Compleja sin duda es, dijo, la causa de los escasos 
adelantamientos de Bolivía en el movimiento ascen- 
sional del progreso, del malestar político y de la insen- 
sata guerra civil que la devora. No se puede descono- 
cer esta verdad. Pero también es evidente, que el 
manantial más fecundo del infortunio público, con esta 
d la otra excepcidn, se halla en el hecho de haberse 
establecido la estratocracia como forma ordinaria de 
gobierno. 

i'Cietto es que este mal no sólo aflige á Bolivia, y 
que, lejos de ello, él se extiende, como una inmensa 
plaga, sobre todos los Estados de Hispano América. 
Pero esa generalidad del mal, que hiere á toda una 
raza, sirve para demostrar que proviene de una causa 
común, mas no que debamos resignarnos á él. 

i'Bien sabéis, señores, que son inherentes al gobier- 
no estra toe rático males incalculables, como lo son- á 
todos los gobiernos monopolizados por una clase de 
la sociedad. Diarias y terribles enseñanzas nos inculcan 
esta verdad en Bolivia. Nos parece que atín sentimos 
las vibraciones de la última catástrofe que ha sacudido 
la máquina social. 

"Innegable como es el mal que estoy señalando, si 
no queremos que se perpetúe, trabajemos por vigori- 
zar las instituciones sociales, y tendamos sin descanso 
á llevarlas al terreno de la práctica. Facilitemos á la 
opinión pública medios de manifestarse con unidad, 
de una manera auténtica, y tal que no puedan adutte- 



414 



Matanzas de Yáñez 



rarla los falsiñcadores políticos. Propendamos, en 
cuanto nos sea posible, á que la propaganda de lá 
verdad aspire á la universalidad de la nación. 
. «Hé aquí cabalmente uno de los objetos del club 
constitucional. Hacer que la verdadera opinión reine, 
que la soberanía no sea una palabra sin sentido, que 
el ciudadado por humilde que sea su posición no des- 
aparezca, en las complicaciones sociales^ como la gota 
en la inmensidad del océano. ¡Ojalá que fuera dable 
multiplicar las sociedades de este género tanto, que no 
sólo las. hubiera en las ciudades y los cantones, sino 
también que se las ramificara en cada barrio y aun en 
cada gremio... 

Estas son ideas pertenecientes á una colectividad 
pensadora del vecindario. Su enunciación nos advier- 
te de algo curioso: la miopía al contemplar como obstá- 
culos sustanciales los simples síntomas del disturbio 
desorganizador que anida en las entrañas del cuerpo 
social. Es propio del vulgo que razonando estime como 
causas esenciales del mal político los meros síntomas. 

El orador se encara contra dos mortales enemigos: 
los dificultistas y los indiferentistas. Por su boca hemos 
visto cómo el intelecto boliviano sube á la altura para 
formarse concepto de la extensión de su estado social. 
Ahora vamos á ver cómo penetra en la hondura para 
calcular su profundidad. Veamos solamente lo que dice 
de los diñcultistas el orador. En ello hay una alusión 
desdeñosa contra quien quiera que objete, como im- 
practicable y como inconducente, la existencia en Po- 
tosí del club observador v fiscalizador. 



.,A 



xLos din cultistas, á quienes un ei 
pericoU^ros de la sociedad, no pued 
adelante sin quejarse de las dificulta* 
encontrar en la ejecución, dificultad 
son invencibles. Los dificultistas abu 
p<^rc país, más que lo que puede ii 
condenan irremisiblemente todo gene 
nes, y con tono de profunda convi 
"Eso que ustedes qnieren establecer 
bueno en otras partes; aquí no hay to 
pulíanos, y es una utopia de muc 
implantadón de instituciones que jmt 
cido.ii 

>iPor deferencia al sentido común, 
ciiín de este linaje no bay por qué ref 
la esgrimen bastaría deciries: "Si no 
democráticos, ,ino es verdad que algui 
empezar por crearlos? ¿Por ventura ir 
docta de aquel necio, que con el lit 
aguardaba la dltima moda para bacer 

"Pero donde se ostentan más con< 
callisCas, es cuando nos hablan de la 
zación política y administrativa que si 
en el país; del arbitrarismo de nuestro 
de la irremediable facilidad con que 
expresión del pensamiento público, 
ejercicio de las libertades. 

"Por lo que á mí respecta, y círcu 
la actualidad, afirmo que ese temor se 

"Además, diré que to que frecuei 



I - ',' 




416 Matanzas de Yáñez 

apellidado libertad, en puridad ha debido caliñcarse 
de explosiones de la licencia, estallidos del interés in*' 
dividual en busca de egoistas satisfacciones. Aun cuan- 
do esto no fuera así, ¿no es verdad que podríamos 
interrogar al poder despótico y arbitrario, como refiere 
la historia que se interrogó á Felipe II, monarca abso- 
luto sin igual: ¿Y qué harías, si cuando tii dijeras ^/, 
todos respondieran noh\ ¡Ah! Si existen déspotas, pre- 
cisamente es porque abundan escla,vos.ii 
• En Bolivia «[abundaban en inmensa mayoría los ver- 
daderos ciudadanos? Á lo menos iban en adelante á 
abundar de un golpe y como por ensalmo, ¡Obra del 
club en las ciudades, los cantones, los suburbios y los 
gremios! Hasta el ejemplo histórico es curioso aquí, el 
del pueblo que no se encaró jamás ni pudo sociológi- 
camente encararse en España al rey su amo. 

Presumo que el lector estará ya viendo la avería 
pintada. 

Una gaceta del tiempo dijo que este discurso fué 
admirable por su seso y por su peso. El orador era 
uho de los constituyentes de 1861. Desde entonces el 
vecindario de Potosí le colmó con sus sufragios para 
que fuese su representante en el cuerpo legislativo. Es 
hoy uno de los diplomáticos y estadistas de Bolivia. 

El jefe político declaró instalado el club, y desde 
este día entró en el ejercicio de sus funciones. 

La primera sesión que celebró fué para examinar 
una ordenanza sobre patentes que acababa de dictar 
la municipalidad. Después de un debate en que la or- 
denanza fué combatida y condenada, acordóse usar 






contra ella el derecho de petición, elevando al consejo 
de Estado un memorial, en el que solicitaba el club 
la suspensión de aquel impuesto. > 

El concejo municipal se consideró con esto invadi- 
do en el ejercicio de sus atribuciones constitucionales. 
Pronunciáronse acalorados discursos en aquel consis- 
torio. Entre los cabildantes era casi unániftie el con- 
cepto, de que el club entablando estaba verdadera 
competencia á la autoridad del municipio, y que, así 
los debates públicos como el reclamo colectivo sobre 
las patentes, tendían á hacer odiosa la gabela y á des- 
pojar de sus prestigios á la corporación ante las masas 
populares. 

En carta de ofício al presidente del municipio, la 
junta central del- club explicó respetuosamente el pro- 
cedimiento y el reclamo. Explicólo desde el punto de 
vista democrático y constitucional, tarea fácil y rudi- 
mentaria, y desde el punto de vista de la opdirtunidad y 
conveniencia de la medida, lo cual está sujeto á apre- 
ciaciones específicas que no nos competen ni inte- 
resan. 

Un largo capítulo pudiera aquí escribirse sobre la 
maraña de chismes y correteos, que con tal motivo se 
armó en Potosí desde el 9 hasta el 12 de febrero, días 
en que los actos de ambas corporaciones se produje- 
ron y produjeron el conflicto. No se dio largas á nada, 
todo fué un estallido, la atmósfera estaba cargada de 
electricidad, este fluido no era el de la concordia. Par- 
tió el correo, y partió llevando al gobierno paquetes de 
fósforo y paquetes de bilis. 

27 . 



^i8 Matanzas de Yáñez 

Tal fué el primer y postrer ensaya que de sus fon- 
ciones hizo el club constitucional de Potosí. No sé lo 
que después pensaron sus apóstoles de la prensa, ni la 
respetable agrupación de vecinos criollos que le servía 
de nücleo. Ella, en este paso inicial de las tareas, se 
vio supeditada á la masa mestiza, que entró allí á hom- 
brearse en son de igualdad democrática con el señorío. 

Quizá el fracaso vino á advertir á los fundadores, que 
hay prácticas democráticas atenienses y anglosajonas, 
imposibles en una sociabilidad compuesta de indios, 
mestizos y criollos, etnológicamente antagónicos, so* 
ciológicamente inamalgamables al efecto de producir, 
en consorcio, un mismo interés y una homogénea ap- 
titud para la cosa publica. 

Esto no obstante, sorprende en este suceso sin gra- 
vedad política la violencia con que asomó en él la 
cabeza el espíritu de casta, luciendo su procacidad alto* 
peruana y dándonos la medida de la discordia social. 

Días después el órgano ofícial del club, entre otras 
cosas de subidísimo tinte, decía lo que aquí sigue por 
vía de ejemplo. A cada municipal le tocó su gota en 
este asperges de agua maldita: 

•»El club fué acusado; y ¿porqué? Porque ese día no 
se compuso más que de masa ruda, de insolente plebe 
y de un populacho jtumultuoso. Fué acusado porque 
los peticionarios eran pobres é infelices, y porque el 
totum potest no sabía de qué vivían los peticionarios. 
Pues bien, si hay autoridad sobre la tierra que así pre- 
gunte y así hable fuerza es responderle. 

"Si esos peticionarios no viven de la usura que pro- 




' ducen los grandes capitales; sí esos peticionarioB no 

viven en la holgania consumiendo los talegos forma- 
dos por la próspera fortuna en el silencio y la oscurí- 
■ dad del tiempo; si na viven de las prevaricaciones, de 
la chicana y de la estafa; si no viven del monopolio, 
de la adulación y de la vil granjeria; si no viven usur- 
pándole lo suyo al pobre, al huérfano, á i» viuda y al 
jornalero; si no viven de la empleomanía ó vendiendo 
la fe publica; si no viven de esta suerte los peticionarios; 
y si pues viven satisfaciendo todas sus necesidades con 
modestia y pobreza, y el peso de la ley no ha caldo 
! hasta ahora sobre ellos, claro es que viven de algo que 

sea lo contrario de lo enunciado, de algo que sea pro- 
I ducido por el trabajo material á mental, y que viven 

¡ del sudor de su frente. 

I •'Pero falta todavía que preguntar, «jen qué duermen 

! y qaé comen? Bien pudieran preguntar eso también, 

I seguros de que no dejará de haber una voz, por hu- 

I milde que sea, que conteste asi: duermen en la paja 

pero con sueño tranquilo, sin aquellas emociones que 
causa la fiebre devoradora del rico; comen lo que pro- 
duce la tierra y no el fruto del sudorde otro hombre... 
"El establecimiento del club constitucional es el 
complemento del desarrollo de las ideas democráticas; 
es una institución liberal por excelencia y un fecundo 
generador de liberudes públicas. 
I iiNo es, no, el mercado de intrigas viles, sino un 

acto solemne de la manifestación de los derechos del 
ciudadano. No es el lugar donde el esclavo rinde hu- 
millación ftl tirano, sino templo donde el patriotismo y 



-»-»;— ycr 



^ 



^ 



420 Matanzas de Yáñez 

la virtud se admiran y acatan. Es por ultimo el solio 
de la libertad, rodeado de ese pueblo que ejercita sus 
derechos y reclama sus garantías. 

iiSi unión é igualdad son el móvil y objeto de sus 
acciones, y la libertad el estandarte de su partido, ¿qué 
será del ambicioso turbulento, que aborrece la paz y 
ama la guerra intestina, como medio de realizar sus 
ensueños sanguinarios? ¿Qué será del ignorante intruso 
si se deja llevar de los arranques de su corazón per- 
verso, en una dirección opuesta á los intereses del 
pueblo? ¿Qué será del defensor de la tiranía, del adula- 
dor sin vergüenza, del frío y del indiferente? 

«« Fácil será compreiíder que sus delirios, sus ten- 
dencias, sus maquinaciones, sus intrigas y sus afanes 
por el mal público, escollarán contra el patriotismo de 
•todo un pueblo esforzado, que los llenará de infamia 
marcándoles con la señal que mancha la frente de los 
desgraciados... M 

De la fugaz memoria del club constitucional de 
Potosí queda constancia plena en El Club, su órgano 
en la prensa de la ciudad. Las diez y seis páginas en 
folio mayor, de que consta su colección cabal de tres 
números, se contraen exclusivamente á su objeto. Co- 
-mo todas estas gacetillas transitorias, están dichas pá- 
ginas preñadas de espíritu boliviano y animadas por la 
intención política del momento. Con más derecho que 
otras, ellas debían fígurar en el libro de las ideas de la 
época. 

Y en esto de las ideas del tiempo y de sus focos de 
irradiación, ha de tenerse muy en cuenta que acabamos 



F"^ 



' .i 



de tantear el sentido práctico de las ideas bolivianas, 
en manantial del llano y nó en vertiente de las cum- 
bres. 

Para utopías reformistas Cochabamba. Vivían eñ 
Atenas, con Mirabeau, unos decididos por Stuart Mili 
y otros en favor dé Cousin. Juntas hervían en La Paz 
las mezquinas pasiones y las pasiones terribles, tragan- 
do sangre y echando espuma de intrigas y de alevosía. 
En Sucre pontificaba, entre sus mestizos politiqueros, 
la poltronería opinante y dogmática del señorío acomo- 
dado. Estas gentes no servían para nada viril en favor 
del buen gobierno. ' • 

Potosí, vecindario dócil, un poco por costumbre en- 
corvado ante la arbitrariedad soldadesca, era con todo 
eso un vecindario sencillo, que había visto ya mucho 
dentro de su histórico recinto, que comerciando con 
esto ó con aquello y pellizcando por aquí ó por allá su 
argentífero cerro, comía y bebía gran parte con el tra- 
bajo de sus manos como Dios manda. 

En la hondura que ya por aquel entonces se habían 
cavado á sí mismas las cosas bolivianas, es punto cu- 
rioso de advertir, que la prensa de las cuatro ciudades 
principales tenía conciencia clara del mal, y que con- 
cebía, como único tolerable y posible régimen de vida 
política, el régimen constitucional. 

De La Paz hemos visto ya demasiado. Dé Sucre 
algo, y queda todavía algo por ver. En esta corte doc- 
toral está el areópago moralizante. Nos ha de decir lá 
prensa sucretise su fallo histórico sobre el setembrismo. 
. lastima que én estos días de hierro y fuego no 



42:1 Matanzas de Ydñez 

tenga plaza la fantasía cochabambina con sus ideali- 
dades sociológicas. Allí sí que hay cosas inauditas que 
ver. La ideología bizantina del régimen constitucional 
fundará allá su cátedra dentro de pocos meses. 

Un volumen muy interesante de los anales de la 
prensa^ durante el gobierno de Achá, debería intitular- 
se La apelación al pueblo^ y en esas páginas tiene Co- 
chabamba el lugar más luminoso. Son ellos, además, 
los que han ensayado mejor el régimen municipal, y 
los que con pruebas valederas han servido más á la 
enseñanza primaría en Bolivia. 

Prescindamos de las facciones y de sus hipocresías y 
de sus apostasías. Demos oídos únicamente á la razón 
publica, manifestada por ecos sanos y unánimes de la 
prensa. Si como no cabe duda el intelecto boliviano 
tiene ya conciencia clara de la gravedad del mal, y si 
su consenso ha adoptado como específico único un 
remedio, ó sea mejor dicho un régimen, el régimen 
constitucional, ¿qué decir de los alcances de ese inte- 
lecto cuando uno ve que la fuerza de su colectividad 
se queda en lo intuitivo, y que, en pasando de allí á lo 
trascendente, se descompone y se disuelve dicha fuer- 
za con verdadera lástima? 

tara dar con una muestra ó un ejemplo nos he- 
mos quedado en este buen Potosí, árido, frío, paca- 
to, arruinado, y que es con todo eso centro material 
de recursos políticos en la república. Nos hemos que- 
dado aquí, para que, al contemplar el alcance práctico 
de las ideas de Potosí, se pueda ver a fortiori la demos- 
tración específica de las ideas en Bolivia. 






nEl avhu 

El método era seguro. Porque, si el movir 
las ideas políticas en aqueste centro social, p 
cuado para los raudos vuelos por la rarefací 
lectual y física del aire ambiente, nos sumir 
su andar, en vez de paso enderezado y firme, 
gantes contoneos ó un ritmo lírico febril, clai 
que tendremos una idea del loco ditirambo d 
se arremolinan en los cerebros allá en las otrai 
dades, centros mucho más cultos y animado! 
gantes que Potosí. 



1 



PÍTULO XVI 

)L DE SETIEMBREi. 

IBSl 

petiodismo boliviano. — Los tres periodos 
I.— FtJIetos y periódicos del primer perio-^ 
segundo El Seld' Setiembre. — Su numero 
las matanus. — Guerra de Linares á la co* 
iva. — Su mala p^ina polItíCH. — La gran 
ibre, — Fenómeno de refracción moral.— 

la nómina bibliográfica de los pe- 
rnos compulsados, el argumento de 
tiempo transcurrido entré principios 
[ y ñnes de abril de 1862. 
:ones eñ casa ajena, ni penetrar en 

el palacio, ni en los conciliábulos 
iresenciado en !a arena de la prensa 
es de la historia boliviana durante 

prisión en masa de los belcisias, la 



420 Matanzas de Yáñez 

matanza de los mismos, la rebelión fernandista del Sur 
y del Norte, el lynchamUnto popular de Yáñez, la re- 
belión belcista del Sur, el perjurio y el pisoteo de la 
constitución de 1861 pactada por los partidos bolivia- 
nos, y como suma de cuentas el afianzamiento de la 
autoridad militar de Achá, y sus seguridades de obte- 
ner la presidencia constitucional en las elecciones que 
ya comienzan. 

No se dirá, no, que son eminencias poco dominantes 
las que forma coo sus cdumnas esta construcción que 
sé llama la prensa. En Bolivia el año 1S61 tenemos un 
ejemplo. Nos hemos paseado á \o largo de la gs^eria 
en un edificio semestral de unaá diez puertas. Con 
sólo asomamos desde allí á la calle y á la plaza, be* 
mos podido contemplar, en toda su verdad, la cosa 
publica que aciertan á ejecutar en su patria las faccio- 
nes bolivianas, tras el afán enfurecido y sai^riento de 
sus discordias sin salida. 

Pero nada hemo» dicho sobie la manem como está 
sffi constituido y compartido este observatorio, y es lo 
que voy á hacer pegando aquí con goma io que ahora 
diez años esctibía en la Revista Chilena^ de Santia- 
go, con motivo de un opúsculo estadístico sobre la 
prensa de La Paz aparecido en Bolivia. Decía lo que 
sigue: 

»»ün inventario general de las publicaciones perió- 
dicas que han existido en Bolivia es tarea vasta y labo- 
riosa, no precisamente porque en suma la prensa tenga 
allá una actividad intensa ó mayor, por ejemplo, que 
en Chile, la Argentina ó Colombia, sino por causa de 



r 



«El Sel áe Sttiembrt^ 437 

la pasajera existencia de esas mismas hojas volanderas, 
que con su respectiva serie de pocos números, tienen, 
no obstante, que figurar todas en un catálogo como 
otras tantas entidades bibliográficas, señalada cada una 
no sólo por su título, sino también por el espíritu y 
tendencia de toda la publicación durante su efímera vi- 
da. Todas ellas van desapareciendo unas tras otras 
con el interés ó pasión del momento que las dictó, pa- 
ra ceder su puesto, al cabo de una treintena ó de un 
centenar de números, á otras gacetillas con título dis- 
tinto y tendencias diferentes. 

"En La Paz han solido aparecer gacetas de publi- 
cación cotidiana; pero e! diario propiamente dicho, 
con su duración de años y su perseverancia de prc^ 
sitos políticos, no ha existido casi mmca en Solivia, ni 
como empresa industrial de un editor, ni como arma 
política de un partido, disciplinado para la lucha per 
manen te dentro de un reducto de principios. 

"En cambio, !as gacetillas eventuales, que con viva' 
cidad febril se publican á la vez en las seis ciudades 
principales de la república, no son de ordinario meno! 
de ao, subiendo su número en épocas transitorias has- 
ta 50 ó 60, sin contar la variedad de hojas sueltas, que 
de diez años á esta parte, absorven no poco de la: 
polémicas sobre intereses públicos ó privados. Unas 
de acuerdo j^otras en abierta polémica, todas esas ga- 
cetillas representan, con el matiz local, las diversas 
parcialidades militantes en que está dividida la opi- 
nión en materia política. El debate se empeña de con- 
tinuo en pro ó en favor del gobierno, haciendo toda) 



438 Matanzas de Yáñez- 

vincular ciegamente el interés público ó la salvación 
nacional en el triunfo ó predominio de una persona, 
que es el jefe 6 candidato de la facción ó partido que 
paga la imprenta. Escribe el que tiene tintero y papel. 
No se usa el tajar la pluma. 

••Como la política, ocupación ó preocupación de 
todos, está allá sujeta á vaivenes y cataclismos ince* 
santes, se explica por qué esas pequeñas empresas se 
organizan tan sólo para atender á la exigencia local de 
la hora presente, y por qué nacen y desaparecen las 
gacetas con tanta prontitud, sin dejar por eso vacío 
nunca el campo de la publicidad. El móvil de hoy 
cambia y se transforma mañana, á veces con u^a rapi- 
dez vertiginosa, y para cada nuevo impulso los brazos se 
mudan ó se alternan, como para un combate singular 
cuerpo á cuerpo. 

. "De esta manera anónima y casi dispersa se man* 
tiene en Bolivia cotidianamente una publicidad cente- 
llante y formidable, poco vecina en su espíritu á la 
atmósfera serena del sano patriotismo, y palpitando 
con todas esas intermitencias del pensamiento y esas 
volubilidades de la pasión, propias tan sólo de espíri- 
tus que alientan en una sociedad convulsionada habi- 
tualmente por la anarquía. 

«Ya se comprende la importancia histórica que á la 
yuelta de una generación comenzará á teoer el acopio 
de todas estas hojas volanderas. No sabemos cómo 
los anales de aquel país, tan menesteroso de enseñan- 
zas elocuentes, pudieran más tarde establecer su tesoro 
de experiencias domésticas, sin atender á la crónica 



i£J_ 



«El Sol di Sthembre» 4ig 

I de errores y extravíos que se encierra 
eriódicos, sin asistir á sus rudos deba- 
tos oficiales y los hechos pdblicos, sin 
uz de su fuego la intencidn y sus mdvi- 
en sus páginas esos arrebatos trreftexí- 
:os, que al disimulo arranca el ardor 
la improvisación. 

del arte histórico estos escritos encie- 
la riqueza magnífica. Cuando pretenda 
incial presentarse con sus adherencias 
1 estas hojas las que darán las telas y 
ariosos y característicos, para vestir cl 
lechos al uso de su época. ¡Qué matices 
Considerada en este punto de vista, la 
ina fuente original donde ir á limpiar 
lulcrales del tiempo, que empañan y os- 
stancia el aspecto de lo pasado. No es 
;gurar, que bien usadas sus aguas, re- 
pocas arideces en el campo de la na- 
an algunas cosas hasta dejarlas ñaman- 
ciertas fisonomías con la frescura de la 

1 considerarlo así los contemporáneos, á 
sspíritu implacable de destrucción que 
ntra la gacetería. El us¿ doméstico y el 
co de los gaceteros acaban, al cabo de 
on todo lo que ayer no más lanzaba la 
a expresión duradera de la actualidad, 
ios, y ya se venden al peso de romana 
dientes ó luminosas, que en sus rápidos 



I 

430 Matanzas de Yáikz 

vuek» Ilevaft consigo^ s^tín el tenor sublime de sus 
rótulos, el eco de los pueblos, la voz de la razén, el 
estandarte nacional, el bien publico, el anatema, la 
conciliación, la juventud, la libertad, el orden, la lej 
la patria, etc. ' 

"Sin desatender la prensa de otras localidades de 
Bolivia, que á fuer de coleccionista infatigable el señor 
Acosta trata de salvar de la destrucción, allegando to- 
das las formas tipográficas que asume en dichas locali- 
dades el pensamiento boUviano, en el presente opúscu- 
lo se contrae á consignar tan sólo lo que es peculiar al 
periodismo de La Paz, su ciudad nativa. Lo hace ano- 
tando año por año y con las más prolijas designaciones 
descriptivas, no menos de 170 publicaciones entre 
diarios y periódicos, durante los cincuenta y dos años 
corridos desde que en dicha ciudad se introdujo la 
imprenta: 

«Los datos estadísticos que arroja este catálogo tan 
concreto y específico, son numerosos é interesantes. 
Vemos en él figurar un diario que alcanza al tomo X, 
contando catorce años de una existencia no exenta de 
vicisitudes y de algunas interrupciones. Entre otros de 
menor duración, se menciona un periódico semanal 
que se publicó sin interrupción diez años cabales con 
un mismo espíritu predominante. Periódicos eventua- 
les son los que llenan gran parte del catálogo; pero no 
son pocos los que fenecen después de tres ó cuatro 
años de existencia. El año de 1848 hubo en La Paz 
3 diarios, 3 periódicos bisemanales, 2 trisemanales y 4 
eventuales. El año 1861 hubo 2 diarios, 2 periódicos 



r 



II 



El Sol de Seüembreu 



43^ 



biseinanates, 2 trisemanales y 14 eventuales^ La prensa 
de 1872 era: 2 diarios, 2 periódicos bisemanales y i^ 
eventuales. 

><Si se advierte que los intereses comerciales ó de 
otro orden figuran en parte nimia, ó no í^msn para 
nada, en las columnas de estas gacetas, todas ellas 
esencialmente políticas, se habrá de convenir en que 
la actividad de los debates sobre la cosa publica suele 
asumir, en La Paz, proporciones relativamente consi- 
derables.» 

Acabamos de verlo: veinte gacetas políticas sólo en la 
ciudad de La Paz en 1861. Ello se explicó entonces fá- 
cilmente. Debemos distinguir tres períodos para la pren- 
sa en el expresado año. El último período es el nuestro. 
No sé cómo pudiéramos figurarnos una idea cabal de 
la acentuación de los ecos que han servido para el 
presente libro, si no conocemos el timbre de las épo- 
cas que antecedieron y engendraron dichos ecos. 

El primer período corre desde enero hasta mayo, y. 
el segundo desde el \,\ de dicho mes hasta fines de 
agosto. 

Cuando en enero 14 de 1861 sobrevino en La Paz 
el golpe de Estado, la prensa entró en un período de 
actividad extraordinaria en todo Bolivia. Echando ese 
golpe de Estado al suelo una dictadura, que tanto ha- 
bía hecho enmudecer el pensamiento libre en todas 
sus manifestaciones sociales, fué también un golpe de 
impulsión al espíritu boliviano, y obtuvo que éste se 
lanzara á la arena política desplegando allí sus fuerzas 
anas viriles. La prensa fué en la ocasión el circo de- las 






43? Matanzas de Ydmz 

fieras, y esas fíeras eran las ¡deas y. las. pasiones desen- 
cadenadas en su primer embate de libertad. 

El 1 6 de eneró al amanecer llegó á Oruro la primera 
noticia documentada del suceso. Desde este punto y 
sin pérdida de momentos se propagó con ella el asom- 
bro por todas las villas y aldeas en la ruta de Potosí, 
en la de Sucre y en la de Cochabamba. Consulto la 
gacetería del tiempo, y advierto que en la primera 
quincena de febrero era ya inmensa la agitación. en to- 
das partes. 

Considérese que los belcistas volvían de la opresión 
á la expansión; volvían del destierro ó de sus escondi- 
tes ó de las zozobras cotidianas de su hogar; volvían 
echando chispas de ira y de venganza como unos ener- 

■ 

gúmenos. 

Con una plumada sería imposible marcar lo que por 
el alma de la comunión setembrista pasaba en estos 
momentos. Pero lo que sentían no era ciertamente so- 
siego esos sectarios. 

Con raudos bríos se armó al punto la disputa por la 
prensa. 

No se olvide que no cabían á la sazón contemplacio- 
nes á ningún poder reinante. Los hombres de la junta 
gubernativa tenían que hacerse perdonar su felonía sin 
ejemplo, y la autoridad de la junta era temporal ó 
transitoria. ¿Quién será mañana el nuevo César? Nadie 
lo sabía. £1 país estaba en plena campaña electoral, y 
de los comicios iba á salir una asamblea, y los poderes 
de esa asamblea eran constituyentes.^ 

«Vencer ó morírit era la divisa de los dos bandos 






wEI Sol de *Setiembre\^ 4jj 

más poderosos en que estaba dividida la república, esto 
es, de los belcistas ü oprimidos de ayer, y de los se- 
tembristas ó derrocados de hoy día. Ninguno tenía 
«pie seguro en el poder, y lo codiciaban ambos con 
todas las vehemencias de la ambición por desquite y 
por miedo. 

"Fusiónif escribía en su bandera una nueva parcia- 
lidad. Esta agrupación pretendía ganarse las personas 
asimilables y los intereses conciliables de uno y otro 
partido, á íin de formar con estos elementos y el ele- 
mento militar un tercer partido, que sirviera de base á 
la candidatura de José María de Achá á la presidencia 
de. la república. ^ 

Documentos^ son de valor- esencial para la historia 
del golpe de Estado ciertos folletos coetáneos, dictados 
(para más bien decir) por el acontecimiento mismo. 

Fué el primero de todos la Exposición que dirige D. 
José María Linares d sus compatriotas. Tan luego co- 
mo llegó el dictador expulsado á Valparaíso, lanzó esta 
amarga y honda queja contra la bastarda ambición y 
la negra perfidia que acababan de arrebatarle el poder. 

Días después y de la cámara de Linares salía la pu- 
blicación de Mariano Baptista, intitulada El 14 de 
Enero en Bolivia. 

Un mes adelante Linares remitió impreso á laasam 
hlea el informe político y administrativo que llevabr 
por titu\o: Mensaje que dirige el ciudadano /osé María 
Linares á la contención boliviana de t86i. 

Evaristo Valle, como ministro durante la dictadura, 
informó á la asamblea en un folleto sobre los ramos 

28 




434 Matanza^ de Ydñez 

de culto y de enseñanza publica que habían corrido á 
su cargo. 

Las inculpaciones hechas por Linares y por Baptista, 
menos que de ningún calibre poh'tico, eran de enorme 
peso moral para la dignidad y rectitud de carácter de 
los tres autores del golpe de Estado. Así lo entendte- 
ron luego al punto ellos mismos, y sus respuestas no 
se dejaron aguardar en La Paz. J// respuesta titúlase el 
folleto de Achá, Contestaábn queda V. Ruperto Fernán- 
dez se llanca el segundo folleto, y Contestación dd gene* 
ral Manuel A, Sánchez lleva en su portadada el tercero. 

Pertenecen á e$tie momento político los foUetóA 9576, 
3027 y 3440 de mi catálago impreso. 

La cuenta y razón de la prensa poMtiba de estos días, 
sus días de mayor tempestad, no caben dentro de este 
libro. Pertenecen á esa parte de los aisles que debería 
titularse El golpe de Estado, Libro mucho más intiore- 
sante que el presente; porque, si los trasuntos que £of- 
man éste aciertan á reflejar algo de la fisonomía social, 
los que deben componer aquél transparentan en Bolivia 
el !alma humana con algunas de sus más intensas vi- 
braciones. 

Aquel arranque de la prensa de 1861, que dilató su 
impulso cuatro meses con demostraciones de fogosísi- 
ma actividad, fué á espirar á las puertas de la asamblea 
constituyente. 

Durante dicho período aparecieron en La Paz, fuera 
de los órganos estrictamente oficiales y de El TeUgra^ 
fo^ estos periódicos de poca dura pero de mucha inten- 
ción, qufe tengo á lá Vistn. 



uEl Sol de SeüetnhHw 4j§ 

El Indicador^ que sostenía la candidatura presiden- 
cial de uno de los triunviros, el general Manuel Anto- 
nio Sánchez; La Linterna^ papel setembrista y opositor 
á los triunviros; La República^ en sostén y defensa de 
estos últimos; El Padre Cobos^ periódico satírico por 
Félix Reyes Ortiz; La Bandera Tricolor^ órgano enér- 
gico del partido belcista; La Concordia^ órgano de los 
parciales del general Gregorio Pérez, caudillo en cier- 
nes; otro salvador más, que indudablemente ya se sen- 
tía aguijoneado por el clamor de la patria, pues había 
dado en gustarle la letra de molde para salutaciones y 
gratulatorias populacheras. 

La Voz de la Juventud^ periódico setembrista, y el 
Eco del Ejército,^ adversario del anterior y fusiofíista, 
participan, por su espíritu, de la impulsión primera o 
arranque arriba mencionado, si bien ambos aparecie- 
ron en I^a Paz cuando ya había abierto sus sesiones lá 
asamblea. 

. En Cochabamba vieron la luz publica esos días El 
Cazador, que no conozco sino por sus debates con El 
Crepúsculo, órgano de las utopias de Lucas Mendoza 
de la Tapia, quien quería, entre otras cosas increíbles, 
un directorio de cinco mienibros para gobierno defini- 
tivo dé Bolivia. Esté último periódico era favorable al 
golpe de Estado, bien así como lo era también allí mis- 
mo La Actualidad, órgano retemplado de los belcistas ' 
contra los sétembristás^ Proclama éste la fusión con 
Achá por presidente, mientras que El Tiempo invocaba 
á este mismo, mas sin excusar su odio á los belcistas. 
De El Constitucional^ que poi* entonces escribieron 



I 



4j6 Maganzas de Yáñez 

algunos jóvenes, conozco tan sólo un número, el nú- 
mero I, en defensa de la administración dictatorial. 

En Potosí La Situación^ redactado con vigor por 
Antonio Quijarro, enarbolaba bien alto las enseñas se- 
tembristas, así para juzgar y calificar el acto del 14 de 
enero, como para entrar en lucha con los belcistas y 
con los fusionistas de Achá al derredor de las urnas 
electorales. El Amigo del Pueblo es otro periódico se- 
tembrista coetáneo, de Potosí. 

Un grupo de fíeles linaristas, puritanos caballerosos 
del setembrismo, sostuvieron por este tiempo en Sucre 
El Fhnix^ para justificar por sus fines patrióticos y por 
la enormidad de los obstáculos los actos de la dictadu- 
ra. Pretendieron también traer á reunión á los setem- 
bristas de la república, á quienes suponían no sin 
motivo estupefactos por el asalto inaudito y sorpresivo 
del 14 de enero. 

Nada más noble que el tono ni más laudable que los 
trabajos que dominan en esta nutrida publicación. 
Desenvolvieron los ideales de lo que ellos denomina- 
ban el setembrismo genuino para la obra de la regene- 
ración delpais. Eran las doctrinas^ según ellos, que 
Linares hubiera realizado si le hubieran dejado tiempo 
de hacer, ó más bien si hubiera sido capaz de hacer. 

lÁ Causa de Setiembre apareció allí en la primera 
hora, en febrero, y llegó eventualmente con sus seis 
números hasta octubre. Se midió cuerpo á cuerpo con 
los belcistas de Bolivia, y principalmente con los de 
La Actualidad de Cochabamba, periódico de largo y 
apasionado aliento. 



í'El Sol de Setiembre" ^^y 

El niiniero postrero de La Causa de Setíe//i6re Sipare- 
ció para dar alas á la revolución de Ruperto Fernández. 
En la sumaria organizada sobre dicho atentado figura 
ese boletín como el cuerpo de un delito. Véase al res- 
pecto el folleto 1913 de mi catálogo impreso. 

En la primera quincena de febrero apareció igual- 
mente en Sucre otro campeón de la causa dictatorial, 
fulminador implacable de todos los belctstas del uni- 
verso mundo: tal es SI Centinela de la Revol^dbn de 
Setiembre. Según tengo á la vista, sacó sus pliegos, en 
folio mayor de gaceta á tres columnas, hasta tocar en 
el número 29, correspondiente al 12 de octubre. Llegó 
la noticia de las matanzas de belcistas á granel, y... 
¿para qué más ya? 

La Causa de los Pueblos era el órgano, en Sucre, de 
los intereses y pasiones belcistas, antes de quedar con- 
gregada en La Paz la asamblea nacional el i ." de mayo. 

Con este hecho quedó abierto para la prensa otro 
período, período especiante y de menor actividad, que 
acaba con la clausura de aquel célebre cuerpo consti- 
tuyente el 15 de agosto. 

No hay para qué tomar nota de las publicaciones 
periodísticas, que por haberse producido durante las ' 
sesiones, están empapadas en el espíritu de aquel gran 
momento parlamentario. \^ verdad es que lo intenso 
de la lucha se había trasladado entonces á la tribuna. 
Diré sólo que en julio 4 comenzó á aparecer en Sucre 
un periódico setembrista, bajo la impresión de esos 
tremendos debates del belcismo con el setembrismo. 
Este periódico es El Sol de Setiembre. 



43i 



Matanzas de Yéñez 



Publicado por la Imprenta Boliviana en pliegos del 
folio común de oñcio á dos columnas, echó á la circu-» 
lación eventual seis números, nutridísimos de setena^ 
turismo, hasta poco antes de las matanzas de Yáñez.* 
Obra era del grupo selecto, flor de los leales á Lina- 
res, de esos que en el primer período, ó sea en el 
momento político del golpe de Estado, habían escrito 
El Fénix. El sol de setiembre no podía ser . otro que 
Linares, '>el señor Linaresn, como ellos no dejarónr 
nunca de nombrarle. 

La idea que movió el aparecimiento é inspiró los^ 
escritos del presente periódico es, que el dictador José- 
María Linares supo mostrarse digno de la confíafiza 
nacional, durante los tres años y meses que ejerció la 
suma del poder público en Solivia. Ello en contradic- 
ción razonada y apasionada con los diputados que en 
la asamblea pretendían, por aquel entonces, que se 
declarase legislativamente lo contrario. 

Un suceso notable prolongó hasta la época de las 
matanzas este setembrista eco, correspondiente al se- 
gundo período de la prensa de 1861. Las ideas y sen-- 
timientos que dictaron El Sol de Setiembre durante 
el período legislativo, aparecieron con su antiguo títu- 
lo cuando espantaba Yáñez; aparecieron dictando el 
postrero acento convencido de los puritanos. 

Si es cierto, como secuenta, que Ruperto Fernández 
tenía iluminado el semblante por intenso placar se- 
tembrista, cuando á media noche corrió á comübkar^ 
al préndente Achá en su lecho la noticia dé las má-- 
tanzas, fuerza es reconocer que esa islegHa no tuvo 



r 



•lEl Sol de Se¡temiire¡f 4J^ 

rama ^litica de ser en tal momento; ¡jues, con que- 
dar destruido el meollo del belcismo en La Par, no 
pueda ni con mucho el partido belcista en Bolivia, y 
porque lo que á esas horas acababa de perecer sin 
esperanza era más bien el setembrísmo, con la muerte 
de su caudillo Linares el 6 de octubre en Valparsfao. 

En efecto, casi al mismo tiempo llegaron á Sucre la 
noticia de esa -íBuerte y la noticia de las matanzas. 
Eliode noviembre reapareció enlutado El Sol de 
Setiembre, en la persona de su ndmero 7 y postrero. 
Fué un pliego en folio mayor de gaceta á cuatro co- 
lumnas, al cual se siguió días después otro pliego igual 
de alcance, con la discurseria y verserla fdnebres de 
uso allá un día de exequias. , 

Salió esta vez tan sólo para llorar sinceramente, en 
todos los tonos de la prosa y del verso, la muerte del 
amado y admirado caudillo, "el héroe de !a historia 
contemporánea de Bolivia, héroe cuya estatua merece 
ser colocada al lado de las de Bolívar, de Sucre y de 
Ballivián, ornada la frente, por los bolivianos todos, 
con una guiñarla de rosas entretejidas con laurel. n 

También sucumbió entonces ¡lara siempre el setem- 
brismo. De sus ruinas, durante la administración de 
Achá, iba á nacer, con el concurso de algunos recién 
venidos y en ausencia de no pocos desertores, el gran 
partido constitucionalista de Bolivia, que había de 
proponerse otra cosa que el bien en abstracto y la mo- 
ralidad en general; partido político en la acepción le- 
gítima y rigurosa de la palabra, pues aspiraba concre- 
tamente á ensayar reformas preconcebidas de índole 



" * r 



440 Matanzas de Yánez < 

i 

administrativa» dentro de las fórmulas sagradas de una 
suprema ley común de labor y de combate. 

De aquí el interés que entraña el estudio .de la ad-; 
minístración de Achá. 

Cuando llegó la noticia de la muerte de Linares el 
gran debate sobre los actos dictatoriales tocó á su tér- 
mino, arrojando menos apasionados pero más razona- 
dos destellos. 

Dije en otra parte que esa dictadura fué estéril para- 
el reposo público y para el régimen legal, y que con 
todo eso sus trabajos eran dignos de estudiarse. * Eran- 
lo y todavía lo son. La dictadura produjo arl)itrariedad^ 
para todos, y cosechó revolución para todos y para bí 
propia; pero dejó surcos de labranza para otros que: 
quisieren cruzar con el arado el campo. 

Por más que se empeñen los belcistas en demostrar \ 
lo contrario, no hay que desconocer el puñado de. 
buena simiente que el espíritu reformador del setem- 
brismo acertó, durante su gobierno, á arrojar en el te-, 
rreno administrativo. Estos precedentes, muy luego, 
no habían de ser inútiles en Bolivia para nuevos arre-- 
glos, ni para franquear un poco el paso al estableci- 
miento del régimen constitucional. 

Este último, para que pudiera ser ensayado como pa-. 
lestra de legítimos partidos poh' ticos, había nienester 
como mínimun un cierto aporte de esfuerzos individua- 
les, un agregado indispensable de buenas voluntades; 
reclamaba el ejercicio de ciertas virtudes republicanas: 
ineludibles, y esas virtudes las desplegaron, contra to- 
da suerte de tentaciones, individuos salidos* del setem-- 



¡lEl Sol de Setiembre" 441 

brismo puritano. Esto habla muy alto en favor del an- 
tiguo jefe. 

El dictador Linares había declarado guerra á muer- 
te á la corrupción y al abuso en el desempeño del ser- 
vicio público. Fué su punto de mira más culminante. 
Y ciertamente, aunque los resultados no correspondie- 
ron al ardor del intento sino á lo adocenado de Ioe 
medios, es innegable que el sucesor débil cosechó no 
poco de lo que aquel poder fuerte había conseguido 
en tres años sembrar. 

Pero, á la vuelta de esta límpida página adminis- 
trativa, ¡qu5 cúmulo de errores y qué ineficacia de re- 
sortes desgastados borronean, con sus tropiezos y caí- 
das, la página política del setembrismo! Y es esta 
página política indudaWemente la ardua página y la 
página de oro, aquella donde es menester escribir con 
mayor acierto; porque también es la página credencial 
■ del estadista, la que se impone por sí misma luego a! 
punto, y en la que más se miran y cuidan de leer los 
contemporáneos. 

Sucumbió el setembrismo para siempre. Hasta el 
nombre aquel de setembrismo era ya una inconvenien- 
cia lógica y moral, en el nuevo estadio político abiejto 
en el año 1861 por los sucesos. 

Á Linares siempre repugnó que el bando de sus 
parciales se bautizara en el poder con el nombre de 
partido linarista. Los primeros meses del triunfo la 
causa se denominó "el cañón de setiembre.iF y poco 
después en definitiva "la revolución de setiembre.n 
Mal nombre, apodo irrisorio y oprobioso, ahora en la 



44^ 



Matanzas de Yáñez 



actualidad más bk;n que nunca, ahora que se abría el 
juicio de jseskiencia <ie la tlictadura, regulando para 
ello el peso de los cargos por la altura de la confianza 
popular de setiembre. 

Recordaba ese nombre la sublevación de la artillería 
de Oraro el % de setiembre de 1857, contra el gobier- 
no jurado al pie de las banderas, el gobierna constituí 
cional y apaciguador de Jorge Córdoba. Fué aquelht 
la traición más negra y más ingrata, entre las más des- 
vergonzadas y pérfidas que recuerda el militarismo 
pretoríano en Bolivia. 

Hora de vértigo para Antonio Vicente Peña, hom- 
bre bien nacido, de raza caucásea, culto, educado para 
el honor. Su propia conciencia le abatió desde el día 
siguiente la cabeza. No estaba hecho para la avilantez 
pretoriana. No levantó más la frente. Desde entonces 
vivió en la oscuridad el que llevaba una carrera bri- 
llante. Murió sin valimiento y retirado en Santa Cruz, 
st^ suelo natal. 

Esta sublevación ftié una de las bases de la gran revo- 
lución de setiembre y uno de los motivos de su nombre. 

I^ revolución fué ciertamente grandiosa. Se levan- 
taron hasta las piedras. {Qué ensueños, qué novelería^ 
qué loco entusiasmo, qué transporte de la nación entera! 
Nueva era de libertad, de orden y progn^o abierta de 
un golpe. 

Inclinarse todos, que ahí pasa el caudi)h> suspirado, 
el conspirador implacable de nueve años; inclinarse 
todos, que pasa el estadista trayendo bien meditadas y 
resueltas, por su talento docto, todas las solaciones de) 



if^/ Sol de Setiembre w ^^j 

presente y del porvenir, soluciones que el mtlitatismo no 
ha hecho sino complicar con su sable estúpido. Y llo- 
vían como un diluvio sobre la persona de Linares ka 
aclamaciones, las ñores y las lágrimas de la veneración 
agradecida y del patriotismo esperanzado. 

En acogidas de tan universal y espontáneo ardi- 
miento no hay para . qué mentar las salvas, repiques, 
músicas, arcos y festines de uso común en Bolivia con 
los vencedores revolucionarios. Pero deben recordarse 
los programas de administración y gobierno, que aun- 
que triviales por sus perspectivas esplendorosas y por 
la fuerza centrífuga de sus buenas intenciones, esta 
vez se salieron de la ordinaria órbita para estar bien 
á nivel de las promesas del caudillo y de los deseos 
del pueblo. Estos programas fueron otra de las bases 
de la revolución. 

Setiembre, revestido con todas las galas primaverales 
de una naturaleza tropical, setiembre presenció de pie 
estas sublimes escenas, y, con el impulso vital de sus 
ardores renacientes, las estrechó entre sus brazos gigan- 
tescos, lastiñócon fulgores imborrables en la imagina- 
ción de la juventud, y les dio su nombre sonoro y 
parecido ciertamente al estampido fugaz del cañón. 

Pero setiembre no muere sino que pasa y vuelve, y 
reaparecerá hasta la consumación de los siglos recor- 
dando esto que sigue: la causa que lleva su nombre 
en Bolivia^ por estos obstáculos y por los otros (nin- 
guno de allanamiento previsto ó improvisado por el 
profeta á pesar de ser todos habituales), fracasó con su 
equipo.de laudables intenciones, fracasó en isu empeño 



444 Matanzas de Yáhez 

de realizarlas por los medios rutinarios del militarismo, 
que son los extrañamientos f>or precaución, la mordaza 
de la prensa, la cárcel por sospechas, los fusilamientos 
por delitos políticos, el despotismo desmañado y bron- 
co por sistema. 

Véase por esto si no es cierto, que el apelativo 
adoptado por el linarismo, era el propio nombre de 
un testigo, acusador hoy de aquel bando político: el 
mes de setiembre. 

Esta revolución de setiembre, con tanto énfasis y 
vocinglería alardeada después de su caída, es uno de 
los fenómenos más curiosos del alucinamiento político.' 

La causa de setiembre es santa porque es la causa 
de Dios, decía Ruperto Fernández. Pero pudo agre- 
gársele, por vía de correctivo, que lo fué sólo en su 
pascua florida de Navidad, en setiembre, cual su nom- 
bre lo declara. Después de entonces los setembristas 
se consagraron á la causa del diablo, ó sea si quieren á^ 
la causa de Dios por los medios del diablo. 

Aquel mes glorioso había dejado imperecederos re- 
cuerdos en el espíritu de sus usufructuarios. Compren- 
do perfectamente lo que al presente pasaba en el inte- • 
rior de éstos. Llenaban con la imagen del bien perdido 
el vacío abierto ahora por la realidad de su pérdida. 
Esa imagen era la del voto popular de setiembre; esa - 
realidad era la negrura sin ejemplo del 14 de enero. 
Estas fuertes impresiones trabajaban su alma, ausen- - 
tándola (permítaseme) de la política positiva. 

Un día cierto filósofo contemporáneo propuso á la 
prensa científica de Europa este problema nuevo:. No ^ 






wEl Sol de Setiembren 44$ 

há mucho estaba yo alegre, ¿porqué estoy ahora triste? 
¿Qué nube me ha envuelto sin advertirlo mi concien- 
cía? Afuera, todo lo mismo: ¿porqué una mudanza tan 
completa adentro? 

Main de Biran trató entonces de explicar el hecho 
por lo que él llamaba la refracción moral. 

Según este filósofo, la conciencia está envuelta por 
una atmósfera de leves percepciones inconscientes, ve- 
nidas de nuestros órganos, y todo lo qué de fuera 
llega no penetra en nosotros sino refractándose en ese 
medio. Ahora bien: si sobreviene un cambio en dicha 
esfera inconsciente, se produce en la conciencia esa 
mudanza cuyas razones ó caudales nosotros no vemos, 
pero que á veces contrastan demasiado con la realidad 
externa. 

• En los setembristas el fenómeno de hi refracción 
moral se determinó más patentemente si cabe. La no- 
vedad sobrevino afuera, y, cuando la impresión se in- 
ternó á tocar á las puertas de la conciencia, salió lo in- 
consciente á recibir á lo real; y eran lo inconsciente 
todas esas percepciones inmarcesibles venidas del mes 
de setiembre, que, flotando sin cesar en las moradas de 
la memoria, estaban dispuestas á envolver y empapar, 
y empapaban y envolvían hasta lo más seco y duro 
que por allí se presentase. 

¿Hay todavía setembristas? se preguntaban cuando 
murió Linares. Y ¡cómo no ha de haberlos! era su in- 
genua respuesta. Los habrá mientras haya en Bolivia 
altas aspiraciones, mientras el imperio de la justicia 
sea una necesidad inaplazable, mientras la libertad sea 



446 Matanzas de YdfUz 

el punto concéntrico de las instituciones irrevocable- 
mente adoptadas, mientras sea un deber combatir todo 
lo adverso á los principios constitutivos del orden so- 
cial, mientras el patriotismo sea una religión de los ciu- 
dadanos, religión que nos obligue á morir por el bien y 
por todo lo que es de origen divino en. la humanidad. 

No,— agreglaban, — no, jel setembrismo no ha muerto! 
¡La gloriosa causa de setiembre está de pie! ¡Arriba, se- 
tembristas! 

Y no había medio de sacar de aquí á los hombres 
de setiembre. Fuera de ellos no había sino reprobos y 
enemigos. Ellos eran desde setiembre la grey escogida 
para prc^ugnáculo de la causa de Dios en Solivia. 
Ellos y la ^anta causa formaban una sola entidad po- 
lítica. 

Pero es la verdad que caídos caudillo y bando con 
la suma á cuestas de no pocas iniquidades y de mu- 
chos desaciertos, los hombres del setembrismp queda- 
ron destituidos de su encargo político, quedaron inca- 
pacitados para invocar de nuevo la santa causa que 
habían bastardeado, y cuánto más inhabilitados para 
que se les confíase de nuevo en Bdlivia el servicio de 
Dios. Era menester que la cosa pública se pusiese de 
hoy más á prueba de otros hombres, aun cuando fue- 
ran adversarios del setembrismo. Es lo que el pueblo 
entendió con su admirable instinto. 

Muerto había quedado, ante la razón política, el 
bando setembrista; muerto á impulso de ese levísimo 
golpe tremendo que se llamó ««el golpe de Estado, m 
Fué sepultado al mismo tiempo que Linares, en octu- 



r 



rEl Sol de Setiembrfn ^7 

bre, junto con las victimas belcistas del 23, uNoche, — 
dijo Yáñez, — memorable y de eterno recuerdo en los 
fastos de la gloriosa c&usa de setiembre.n Invocatoria 
injusta, pero que muestra hasta dónde estaba verificán- 
dose entonces en los espfriius el fenómeno aquel de la 
refracción moral. 

y es lo particular en la prensa, eco fídelísimo de las 
agitaciones del país desde el golpe de Estado hasta la 
elección constitucional de Achá, que según ella de- 
muestra, tampoco los belcistas, absortos en la pasión de 
las elecciones parlamentarias y presidenciales, y por 
ende en la gran polémica de cargo y data sobre la dic- 
tadura, no se dieron cuenta exacta del sitio vulnerable 
y mortal donde ir b. asestar, con el machete de la lógi- 
ca política, el golpe postrero y de gracia al setembrís- 
mo romanesco, despechado y violento. 

¿Qué más? Hasta desconocían en sus gacetas los 
belcistas ó pasaban por alto los días gloriosos del mes 
de setiembre, y hasta negaban el santo encargo fiado 
entonces á los brazos regeneradores del linarismo por 
el voto unánime de! pueblo; cuando la fuerza de l.i 
dialéctica aconsejaba á los belcistas conceder todo eso 
á manos llenas, para más ponderar la indignidad de la 
cuenta rendida y el abuso de la confíanza defraudada. 

Pero bien pronto habló el país entero en los comi- 
cios electorales más libres que hayan existido en el 
mundo. Eso sf, que cuando el debate fué llevado de la 
prensa á la tribuna, la argumentación belcista cobró 
más nervio y desplegó formas más incisivas. 

¡f,ástiniat todo eso quedaría sobrado aquí. Basle coH 



448 



Matanzas de Yáñez 



lo dicho para comentar los escritos de El Sol de .Se- 
tiembre. Y basta para poner fin á este libro sobre las 
matanzas nocturnas de Yáñez, contempladas á la luz 
dé las publicaciones de la prensa. 



PIÉSITIDIOE 



r 



H í lA fkfH ^ot 0M t H t H W.Jm'* í A>M * t gM*«ft#ii t ' » < 



PIEZAS DEL PROCESO 



1861-1862 

Autos referentes á los detenidos y á las matanzas. — Consejo de 
guerra del if del octubre. — El general Córdoba es sentenciado 
i muerte dos dfas después de sepultado. — Concepto popular 
acerca de los procesos.— Informaciones luminosas suministra- 
das por la prensa. — Selección de lo declarado en ella por los 
unos y por los otros. — Publicación de diez y siete cal»lleros 
sobrevivientes. — Otra de Julián Urquidi. — Otra del general 
Ascarruni. —Declaración judicial de Pedro Zúñiga.— Publica- 
ción de un relato atribuido á Lorenio Foronda. — Pormenores 
n este relato contenidos. 



I^ prensa boliviana ha convenido unánimemente en 
llamar matanzas del Loreto, á todas las que Plácido 
Yáñez mandó ejecutar ó ejecuta por sí mismo en La 
Paz la noche del 23 de octubre de 1861. 

He dicho en otra parte que proceso especial sobre 
este suceso no existe, porque nunca se levantó ni se 
mandó levantar; pero hubo autos militares concernien- 
tes á laa víctimas antes y después de su inmolación, y 
relativos á algunos de los cómplices de Yáñez, no co- 



45^ 



Matanzas de Yáñez 



mo tales, sino como reos de privados delitos aquella 
noche. Éstos autos podrían descomponerse hoy todos 
cronológicamente en tres cuerpos generales, compren- 
sivo cada uno, si bien se quiere, de cuadernos par- 
ciales. Tomando como punto de partida su iniciación, 
estos cuerpos generales serían: 

Primero: los autos militares de lo que se llamó la 
conspiración descubierta antes de estallar, y con cuyo 
nombre se ejecutaron las prisiones en masa de belcis- 
tas, comenzadas en la noche del .29 de setiembre 
de 1861. 

Segundo: la sumaria información militar concernien- 
te á lo que se denominó la revolución del 23 de octu- 
bre, sofocada y castigada esa misma noche. Compren- 
de las tentativas de seducción á los centinelas y el 
amotinamiento de los presos. 

Tercero: Los autos iniciados en diciembre inmedia- 
to contra Cárdenas, Aparicio y no sé cuáles otros, co- 
mo reos de particulares delitos en aquella ocasióiv; in- 
dividuos todos ellos á quienes la autoridad tuvo que 
someter floja y aparatosamente á juicio, ya á más no 
poder con el peso del clamor general. 

Se comprende perfectamente que toda esta papela- 
da no formaría sino una parte del proceso histórico. 
Para la debida instrucción de este proceso definitivo, 
es diligencia esencial el acumular toda la documenta- 
ción política del día y los anales de la prensa. 

Providencia de oficio sería inmediatamente encargar 
reos á los poderes aplicadores y ejecutores de la ley, 
que dejaron impune el atentado y , omitieron la opor- 
tuna pesquisa. 

Punto muy interesante es saber el estado y paradero 
de las causas militares seguidas por Yáñez contra los 
detenidos, primeramente como á conspiradores desde 
sus casas antes del 29 de setiembre, en seguida como 
á conspiradores dentro de . las prisiones días antes 



Apéndice. — Piezas del proceso 4.53 

del 23 de octubre, y después como á revolucionarios esa 
noche en connivencia con la cholada arremetedora des- 
de las calles. Parece que todos estos autos ó una parte 
solamente, la relativa á la noche del 23 quizá, fueron 
remitidos al gobierno unos doce días después de dicha 
fecha, sin que hoy yo sepa el grado de instrucción que ^ 
revestían. 

La prensa informa que, á los quince días de iniciada 
la, primera causa, ya estaban muy voluminosos y en es- 
tado de verse los autos, no obstante que á los presos 
del Loreto se les había tomado su confesión solamen- 
te, y no además de ésta la previa indagatoria que las 
leyes prescriben. Lo cierto es que el 16 de octubre se 
dio la orden para que, al siguiente día 17, se celebrara 
el consejo de guerra ordinario que debía juzgar á los 
conspiradores de setiembre. Debía presidir este tribu- 
nal el general de división Manuel de Sagárnaga. 

Una sucinta crónica que por aquellos tiempos cir- 
culó sobre lo ocurrido en La Paz los últimos tres me- 
ses, y que está inscrita en mi catálogo impreso bajo el 
numero 31, dice al respecto lo que sigue: 

»'Se presentaron los reos del cuartel de arriba, en 
aquel temible recinto, con toda la ufanía de una con- 
ciencia sin reproche. Se leyó el proceso por el fiscal, y 
dos de los acusados notaron que sus declaraciones no 
eran las que habían oído leer; que, puesto que se tra- 
taba de la culpabilidad de un hecho revolucionario y 
del descubrimiento de la verdad, no podían dispensar- 
se de reclamar ante el consejo sobre las alteraciones 
que habían advertido en sus exposiciones. Sin embar- 
go de tan atroz aberración el consejo nada dijo sobre 
el particular. 

*»Un hábil defensor de uno de los reos, con el aplo- 
mo de la razón y de la justicia, expuso: que ni el con- 
sejo era competente ni el proceso se hallaba bien orga- 
nizado; y, á tiempo de dar sus razones, el presidente lo 



454 Matanzas dt Yáñtz 

mandó salir fuera y salió con el último desaire. Seme- 
jante incidente es, sin duda, escandaloso y un ultraje á la 
ilustración del siglo, á la circunspección del acto y á 
los derechos naturales del hombre. 

•lAsí terminó el numorándum consejo de guerra, de* 
jando, por su puesto, descubierta la farsa y en trans- 
parencia á sus autores, n 

Por otro conducto se sabe lo mismo. El Juicio Pu- 
blico afirmaba en diciembre 9 que, en el último con- 
sejo de guerra, varios soldados aseguraron que sus de- 
claraciones habían sido alteradas. 

Siempre es mucho menos esta falsedad, aunque vi- 
llana, que echar fuera á un defensor arrostrando para 
ello el escándalo ante el mundo. 

Tamañas monstruosidades puede^n revocarse á duda. 
Para concederles asenso se requiere que estén bien con- 
firmadas. Entretanto, quien conozca un poco algunos 
recovecos del cuartel, propios de la política soldadesca 
del país, acaso no encontraría de todo punto inverosí- 
mil dichas monstruosidades. 

Por si pareciere que esta opinión desdice de la me- 
sura propia de un imparcial analista, no tiene cualquie- 
ra boliviano sino hojear el boletín de sesiones de la 
asamblea legislativa de 1862, donde puede encontrar 
la constancia de un hecho referente al cuaderno de 
autos concerniente al general Córdoba. Éste fué sen- 
tenciado á muerte dos días después de asesinado; es 
el mismo fiscal quien lo confiesa ante el congreso. En 
una representación suya, fecha 12 de agosto de ese 
año, reproducida por las gacetas del día, dice así: 

"El 25 de octubre — (es el teniente coronel Ángel Fa- 
jardo quien habla), — fui llamado y requerido por la 
causa, que se hallaba en el mismo estado dicho, sin 
conclusión fiscal. Exigido á terminarla, se me mandó 
poner la sentencia á horas once de la mañana del día 
subsiguiente al asesinato del encausado... if 



r 



Aphidia.—- Piezas del proceso 4^ 

En la tierra de las rebeliones militares el congreso 
debió premiar la doble prueba que dio entonces Fajar- 
do de subordinación y disciplina. No sé si las leyes 
bolivianas obligan á los fiscales á poner cierta clase de 
sentencias cuando así se lo manda el superior. Lo que 
■es. á algunos quizá les agrade más, en este pretoriano, 
Ift manera como califica de inocente su proceder ante 
los legisladores. Él dice: 

"Un muerto dos días antes, era designado, dos días 
después de sepultado, á la pena capital. Esto importo 
como sentenciar á nada, 6 vice versa no tener facul- 
tad de sentenciarlo á que resucite á sufrir otra conde- 
na, y esto en la circunstancia predicha...i[ 

El fiscal Pedro Cueto, organizador de los procesos 
generales cayó en completa desgracia. El dia de las ex- 
piaciones, el 23 de noviembre, clamando el pueblo por 
la cabeza del anciano coronel, buscaba á éste por todas 
partes para proceder á lyncharlo al par que á Váñez. 
Ya hemos visto que el gobierno lo expulsó, con igno- 
minia, del ejército. 

Este hecho, así como también el hecho de que el 
gobierno no haya dado publicidad á estos procesos, ni 
inmediatamente, ni después en sus días de furibundas 
recriminaciones á los belcistas, lalvez denoten algo de 
muy significativo en favor de la opinión vulgar; es á 
saber: que toda esa pajjelada era escandalosa é inicua, 
apenas explicable por el enceguecimiento del odio y 
del miedo y por la perversión moral de sus autores. 

Véase en El Boliviano lo que ocurrió con un pri- 
mer ensayo de publicación hecho por Váñez con in- 
tento de justificar las matanzas. 

£n cambio de la oscuridad judicial, la prensa ha 
publicado importantes piezas producidas ante el ju- 
rado de la opinión. Los sindicados, los culpables y los 
delincuentes del 23 de octubre dejaron oír con liber- 
tad sus cargos y descargos impresos. Los agraviados 



vn- 



4$6 Matanzas de Yáñez 

sobrevivientes ocuparon también por su parte las 
luninas de la prensa. Puede afirmarse^ que todos los 
actores activos y pasivos del acontecimiento, han com- 
parecido en los periódicos como deponentes. Del ca- 
pullo de sus dichos contextes ó contradictorios, se 
puede fácilmente hoy hilar la verdad en la rueca de la 
crítica, se pueden armar la trama y la urdimbre con 
que haya de labrar tela fína de historia una lanzadera 
bien manejada. 

En obsequio de la verdad y del arte que la cuenta 
he allegado una selección sustancial de producciones 
en el pro y en el contra respectivos. Mi parecer es que, 
sobre aquella catástrofe, tenebrosa hasta en sus ante- 
cedentes y consiguientes, la prensa coetánea arroja un 
torrente de luz ejemplarizadora de los hombres y re- 
tratadora del país. Lástima fuera no salvar del olvido 
esta parte tristísima de los anales bolivianos. 

Porque es indudable que hay un estado social pro- 
fundamente humano, por todo extremo elocuente, 
hasta en ciertas piezas menudas de este proceso de un 
pueblo durante sus horas de mayor discordia, de vér- 
tigo y de inaudita impunidad. Tengo aquí sobre la 
mesa algunos recortes de la prensa de bandería, recor- 
tes que, en la iracundia de su encono, muestran ¡qué 
digo! son ellos mismos las trizas de un terrible estado 
social, ya insoldable ni por la liga de la ley con la 
comprensión de la fuerza. Estos recortes patentizan el 
espesor de la fractura producida en las tablas de la 
ley constitucional, por las propias autoridades jura- 
mentadas para contrarrestar, dentro del buen régimen, 
el embate de las pasiones desorganizadoras. 

El año 1861 El Juicio Público destinó lo princi- 
pal de sus columnas á dar vado al cúmulo de informa- 
ciones y testimonios sobre el 23 de octubre y 23 <ie 
noviembre. Durante los meses de enero y febrero 
de 1S62 prosigue y pone tármino á su tarea. Calla por 






Apéndice. — Piezas, del proceso 4J7 

fin, sea porque esté ya agotada 1^ materia^^ sea porque 
otros intereses reclamen su atención. 

Este es el momento de agrupar algunos traslados ó 
extractos sobre el suceso de las matanzas. El Juicio 
PÚBLICO suministra lo más; lo menos ha sido traído 
aquí de otras publicaciones coetáneas. 

En su número 5, correspondiente al 5 de diciembre, 
aquél periódico publicó una declaración suscrita por 
unos diez y siete de los detenidos que salvaíon de la 
carnicería. Son los siguientes: Luciano Alcoreza, Ma- 
teo Belmqjite, Policarpo Eyzaguirre, Pastor de la 
Riva, José M. Calderón, Saturnino Quachallíi, Lucia- 
no Mendizával, Juan Saravia, Miguel Sardón, Francis- 
co Medina, Antonio Palma, Manuel Palma, José R. 
Bayarri, Abelardo Rodrípez (sic), Feliciano Ceballos, 
Toribio Sanginés y Manuel Pizarro. 

Todos estas, según tengo entendido, ó son personas 
notables ó son miembros bien conocidos del partido 
belcista. 

Protestan que el proceso consiguiente á las prisiones 
en masa no fué sino una trama ardidosa, ó mas bien 
. una celada para hacer caer á víctimas, que Ruperto 
Fernández consideraba como estorbos á sus prodito- 
rios planes ambiciosos. Dicen que á sabiendas de la 
índole sanguinaria y violenta de Yáñez, dicho Fernán- 
dez le confió la comandancia dé armas para servirse 
de él como de un sicario. Que Demetrio Urdininea 
fué asociado á Yáñez para esos fines, etc., etc. 
. Según eso, Urdininea tentó á los incautos N. Zuleta, 
antiguo criado del general Belzu, y á José Ugarte, ex- 
sereno mayor de La Paz, para que reclutasen prosélitos 
' en el medio batallón Segundo que guarnecía la plaza. 
Estos fueron á poco constreñidos á que hablaran para 
la revolución á personas decentes del vecindario. Ur- 
dininea aseguraba á estos agentes,, que se contaba para 
una revolución con muchos soldados de la columna 



45^ Matanzas de Yáñez 

municipal y con los sargentos del escuadrón Húsares. 

Zuleta se abocó al malogrado Francisco ^ de Paula 
Belzu, so pretexto de preguntarle con interés afectuoso 
por su hermano el general. Fué entonces cuando le 
indicó, que tan sólo hacían falta fulminantes de fusil 
para llevar á cabo un magníñco trastorno, que Zuleta 
consideraba posible contándose cual se contaba con 
Urdininea. Francisco de P. Belzu aconsejó al criado 
que no se metiera en empresas tan peligrosas. 

Viendo Urdininea que nada avanzaba por esta vía, co- 
mo ni tampoco en sus pérfidas conferencias para tentar 
al conocido revolucionario Diego Povil, ex-prefecto de 
la época de Belzu, dictó á Zuleta una carta que éste 
escribió, y se suponía dirigida á un tal N. Rosel, del 
cantón de Luribay, suscrita por las iniciales S. S» Allí 
se prevenía que los imaginados sargentos del escua- 
drón Húsares, cuerpo que no se nombraba, hicieran 
ya el movimiento convenido, puesto que el 3 de octu- 
bre iba á estar el general Belzu en Corocoro, y que en 
La Paz se debía contestar á ese movimiento en la ma- 
drugada del 30 de setiembre. 

Yáñez mandó tomar esta carta á las doce de la no- 
che del 29 de dicho mes, de poder de un pobre hom- 
bre, N. Zúñiga, escogido de antemano al efecto. Ella 
sirvió de cabeza de proceso. Aprehendidos ya una 
hora antes cuatro de los supuestos conspiradores, los 
señores Espejo, Gutiérrez, Bayarri y Mendizával pre- 
senciaron el hecho siguiente: 

Encarándose Yáñez á estos detenidos, antes de 
abrir la consabida carta, les relató el contenido de ella 
diciéndoles: "Picaros, canallas, aquí está el plan de 
la conspiración de ustedes, y ahora verán cómo los 
fusilo con la constitución en la cabeza.?» En seguida, 
alargó el pliego cerrado al teniente coronel Benavente, 
quien con mano trémula rompió el sello y leyó lo que 
sabía Yáñez. 



r 



Apéndice. — Piezas del proceso 4sg 

"Puesto que aun nada^sabla Yáñez hasta entonces, 
como lo aseguró impávido, ¿cómo es que horas antes 
habían sido capturados los individuos sindicados de 
■conspiradoresPiF Los declarantes sostienen que tan ini 
cua prataña quedó preparada por Fernández para quf 
Yáñez la ejecutase por medio de Urdininea. 

En la madrugada del 30 de setiembre todos los su 
puestos conspiradores fueron sorprendidos en cami 
dentro de sus respectivas moradas; y cayeron, sin re 
sistencia, ni escape, ni dificultad, en poder de los agen 
tes de Váñez, ' 

Después de diez días de encarcelamiento y de se 
guras expectativas de quedar libres todos de un ¡ns 
tante á otro, no aparecía ninguna cita contra los su 
puestos degolladores incomunicados. Ni se atinaba cor 
lo que se les debía preguntar. Unos eran interrogado: 
sobre si tenían noticia de una revolución y sobre quié 
nes debían dar fulminantes para ella; otros, si en si 
viaje á Copacabana habían oído algo sobre el imagina 
do trastorno; á éstos se les preguntaba por la conversa 
ción que tuvieron al tomar tin vaso de cerveza día: 
antes de su captura; á aquéllos sobre la intención coi 
que fueron olraequiados los jefas y oficiales del Según 
do y del Tercer batallón en el cantón de Caracato; ; 
en fin, á los demás, si conocían á Zuleta, á Povil, i 
Zúñiga ó á Obando. 

Hé ahí los hilos y la madeja de la tremenda revuel 
ta que debía comenzar, según los interrogatorios, po 
la muerte de Váñez y de su segundo Benavente, y qui 
habla de seguirse con el incendio, el saqueo y el de 
güelio etc. etc. ii¡Santo Dios, qué honda inmoralidac 
para darse trazas con que perseguir á los que temía ; 
odiaba el extranjero Fernández y sus secuacesln 

En ia causa no había más que las confesiones di 
trastornos por Zuleta y Ugarte, unas citas á Povil ; 
TJrquidi — (la declaración de éste en las columnas di 



•^r 



460 Matanzas de Yáñez 

El Juicio Público puede verse mas adelante), — y 
careos de Urdininea con los dos desventurados ya 
dichos. 

Urdininea se hizo sorprender, á los quince días de 
detenido, cierto numero de cajas de fulminantes^ que 
se decía debieron servir para la revolución. 

Pero ni esta estratagema ni los indicios que maño- 
samente suministraban algunos soldados que, escogi- 
dos al ojo por Yáñez, aparecían presos como sospe- 
chados del contagio sedicioso, establecían una base 
sqfíciente de acusación, presentable ante el publico ni 
ante el gobierno contra tanto ciudadano perseguido á 
título de criminal contra la seguridad del Estado. <[Eran 
éstos los delincuentes de cuyas maquinaciones espan- 
tosas Yáñez había salvado á la ciudad, mediante los 
esfuerzos de su vigilancia y patriotismo? 

En tal conflicto fué menester forjar otros procesos 
para encubrir los pérñdos manejos del primero. Tal 
fué de forzado el acuerdo á este respecto, que ya no 
se volvió á hacer mención de la causa principal ni del 
crimen que había dado origen á las prisiones en masa 
de 29 y 30 de setiembre, á las dos memorables procla- 
mas de Yáñez tocando á rebato, al sitio de la ciudad 
y dos provincias por el ejecutivo, y á las vociferaciones 
de la prensa antagonista ó asalariada. Esta ultima, ya 
en El Telégrafo y ya en £1 Boliviano^ fundado expro- 
feso para ello, se esmeró en sembrar el espanto con la 
pintura antojadiza de los asesinatos premeditados por 
los supuestos conspiradores. 

La ocasión de nuevos procesos y de una carnicería 
con el nombre de represión instantánea, se fué á bus- 
car tentando con maña á los detenidos á que se esca- 
pasen de una muerte, que no se cesaba de pintárseles 
como segura. Nada se logró; fué necesario entonces 
forjar un motín para ultimar en sus lechos á los dete- 
nidos. 



Apíndice. — Hezas del proceso 461 

Hacinados en un calabozo oscuro los que declai 
ron en la. primera causa, y asesinados sin compasión 
descargas, excepto el famoso Urdininea, que resul 
haber estado entre dichos presos para espiar sus m 
mínimos movimientos, el proceso quizá y sin qui 
rehecho de nuevo en el laboratorio del fiscal Cuet 
no pudo, sin embargo, rendir mérito tan siquiera pa 
apellidar tentativa á eso que se había comenzado pi 
calificar, ante el país, de conspiración descubierta 
tiempo de estallar. 

i'No queremos recordar lo que hemos sufrido 
ensayarse con nosotros la mashorca; y relegando 
olvido lo pasado, con la mano comprimida al corazó 
perdonamos de buena fe i. nuestros detractores, a 
como agradecemos profundamente á los que nos hí 
considerado víctimas inocentes y líbertádonos del sací 
ficio que se nos tenía preparado. ¡Quiera el cielo no: 
vuelvan á repetir, por la recrudescencia de las pasione 
otras escenas tan crueles y degradantes como las qi 
hemos atravesado! ... " 

Este manifiesto está fechado en 1^ Paz á 5 de c 
ciembre de r86i. 

Se han omitido aquí en mucha parte los conceptc 
y frases que contienen, acriminatorios cargos conti 
Fernández. Son simples imputaciones, sin pruebas, t 
tono propio de agraviados. 

Julián Urquidi, militar en retiro absoluto, emplead 
antes de los sucesos en la mayoría de la columna mi 
nicipal, ante la mesa de redacción de los escritores c 
El Juicio Público (número 3 de diciembre 2), con 
pareció y declaró lo que en sustancia sigue: 

En los días anteriores á las prisiones en masa, < 
sargento mayor Demetrio Urdininea encontró á Urqu 
di, y previos los preámbulos del caso para alentar I 
confianza, le dijo; — "Usted, que está en la columr 
municipal, tiene proporción de seducir á la clase d 



402 Matanzas de Yáñez 

tropa y sargentos para una revolución, cuyos trabajos 
tengo muy adelantados por otras partes, n Urqui4i 
aceptó la invitación y las promesas, pero aceptó fingi- 
damente. 

Éste, que conservaba buenas relaciones anteriores 
con Yáñez, se hallaba un día en la puerta del palacio 
conversando en el puesto de guardia. £1 comandante 
general, pasando por allí, le reconvino ásperamente, y 
le dijo que si volvía á verle por esos sitios vería Urqui- 
di lo que es bueno. 

Urdininea se abocó una segunda vez con Urquidi é 
inquirió de él lo que hubiese adelantado en la empresa 
consabida. Contestó que muy bien y que tenía habla- 
dos á muchos de la tropa. Todo sin ser cierto. 

En un tercer encuentro Urdininea reconvino á Ur- 
quidi por su morosidad^ Este salió del paso diciendo 
fingidamente que ya tenía prontos á los dos sargentos 
primeros de la columna. 

En una cuarta y última entrevista Urquidi es citado 
por Urdininea á su casa para hablar del negocio. La 
cita hecha, Urdininea se fué con Zuleta. La entrevista 
debía tener lugar el 28 de setiembre. Urquidi estaba 
receloso y temía mucho á Yáñez; no concurrió. 

En la mañana del 29 fué hecho preso Urquidi con 
todos los demás. Estando en tal condición en palacio, 
el jefe Benavente le reconvino diciéndole: que cómo, 
estando tan considerado en la columna, había tenido 
la villanía de seducir dos sargentos primeros. 

Como Urquidi tenía en su conciencia la seguridad 
de no haber hablado á nadie acerca de las proposiciones 
de Urdininea, declara que comprendió al punto que 
éste era el agente secreto de Yáñez para una trama in- 
fernal. 

Con fecha 11 de diciembre de 1 861 comparece en 
las columna de El Juicio Público (número 12 de 
diciembre 15) el anciano general Calixto Ascarrunz, 



Apéndice. — Piezas del proceso 46-3 

pariente del ex-presidente Behu y su partidario. Es uno 
de los que escaparon de la muerte la noche del 23. 
Declara en sustancia lo siguiente; 

Tiene perfecta seguridad sobre que no ha existido 
conspiracitin belcista; que las tramas á dicho partido 
atribuidas han sido nada más que una invención ma- 
quiavélica para exterminarlo; que Ruperto Fernández 
es el autor de esta cabala tenebrosa, interesada como 
estaba su ambición en hacer desaparecer el obstáculo 
más fuerte para llegar á sus fines; que dicho Fernán- 
dez es propiamente quien ha armado el brazo ciego y 
torpe del feroz Yáñez; que los gaceteros de El TeU- 
grafo y de El Boliviano prepararon la atmósfera de 
desconfianaa y recelos, en que había de inflamarse el 
rencor salvaje del asesino; que este rencor inspiró á 
éste Cavilosas arterías, encaminadas á saciar sus odios 
á la sombra de un pretexto; que el presidente Achá 
fué engañado al tomar como efectiva cosa la fantasma 
de una conspiración, y al echarse en brazos de los 
crueles setembristas contra los belcistas, mirando de 
reojo á éstos y como á enemigos intransigentes; que el 
decantado proceso vino á revelar la inocencia del bel- 
cismo y á poner en conflicto á los inventores de la pa- 
traña revolucionaria; que bien se han guardado de no 
publicar ese proceso en el tiempo sobrado que tuviercMi 
desde las matanzas hasta la expiación, y cuando dicha 
publicidad casi era reclamada como una necesidad inde- 
clinable de su vindicación; que Yáñez obró el 23 con 
toda la premeditación de un enconadísimo agente, en- 
cardado de preparar con astucia y de consumar con 
ferocidad un golpe mortal; que á los generales -Her- 
mosa y Aicoreza y al teniente coronel Espejo les tenía 
él anunciado el propósito de clavarles á balazos la 
constitución en el pecho; que es notorio en la ciudad 
que se habían mandado cavar zanjas profundas el día 
anterior en el cementerio; que Yáñez instruyó á los 



» V 



464 Matanzas de Yáñez 

sargentos Calvimonte y Vilches pasa que en la' prisión 
propusiesen la fuga al irialogrado general Córdoba, etc.; 
que en prueba Calvimonte fué fucilado para que con 
él perezca su secreto, y que Vilches ha desaparecido 
misteriosamente y se cree que está ya sepultado; que 
el público ha visto con indignación el juicio seguido á 
dicho general, fundado en la declaración de dos sol- 
dados instruidos al efecto, y en la de su tierno criado 
amenazado por los azotes, las cuales declaraciones han 
constituido la plena prueba con que. pidió la muerte el 
físcal de la causa; que Yáñez no quedó saciado el 23 
de octubre, sino que pensaba concluir con los sobre- 
vivientes la noche anterior á la llegada del ministro de 
la Guerra, quien al siguiente día puso en libertad á los 
'titulados reos; que hubieran perecido todos sin reme- 
dio, á no ser que el coronel Balsa mandó soldados de 
su batallón á cubrir la guardia de los detenidos, y ello 
por compasión, á requerimiento de las familias y para 
frustrar de ese modo las miras del implacable asesi- 
no... etc. 

Muchas otras generalidades poco instructivas afírma 
bajo su palabra Ascarrunz. Ha sido necesario consig- 
nar solamente las anteriores aquí, por venir de su per- 
sona y porque estuvo en realidad de verdad unos 53 
días, puede decirse, en capilla con el Jesús en la boca. 

En cuanto á los cargos que se le hicieron y por los 
cuales fué á dar á la cárcel, dice lo siguiente el ancia- 
no general: 

"Mi supuesta criminalidad se basaba en haberme 
dicho Benavente, en mi prisión, que Zúñiga aseguró 
haberme entregado una carta. Puesto en libertad, mi 
primer cuidado fué aclarar este único punto de cita. 
Usando de mi derecho, pido entonces que judicial- 
mente declare Zúñiga, y por la absoluta negación de 
éste, quedó destruida dicha cita. De manera que mi 
inocencia está completamente probada, y sólo resulta 



w 



Apéndice. — Piezas del proceso 46^ 

la red que se tendía sirviendo de instrumento el pérfi- 
do traidor Demetrio Urdininea, que tan infamemente 
figura como agente principal en la declaración del 
expresado Züñiga... 

'•Creo que con el documento auténtico que á conti* 
nuación publico, conocerán la nación y el gobierno mi 
absoluta inocencia. Hoy no pretendo más que poner* 
me á salvo de cualesquiera otras violencias que quisie* 
ran cometerse en mi persona; porque cierto, estoy, que 
los enemigos del titulado partido belcista, no cesarán 
de estar inspirando desconfianzas al general Achá, para 
convertir ese brazo, que debiera edificar el monumen* 
to de la fusión, en el de perseguidor. 

««Señor general Achá: que la justicia marque vues- 
tros pasos; que con ella lavéis la sangre vertida en 
vuestra legal administración; que las garantías ofrecir 
das á los ciudadanos no sean ya una mera promesa 
sino un hecho; que Bolivia, en fin, cese ya de ser el 
teatro de sangrientas escenas, y que reinen en ella or- 
den, paz y progreso. 1 1 

Pedro Züñiga declaró ante el juez parroquial, á 
requerimiento de Ascarrunz, lo que entre otras cosas 
sigue textual: 

«'Que habiendo arribado á esta ciudad, y á los dos 
ó tres días de su llegada — (de Tacna), — lo encontró 
Demetrio Urdininea y le dijo al que declara: í»que se 
trabajaba una revolución, para lo que contaba con el 
comerciante Povil, quien era el cabecilla, y que él 
había quedado en esta ciudad como agente principal: 
que se hallaba resentido, porque, habiendo sido te- 
niente coronel, lo habían rebajado á mayor y que le 
daban una corta pensión. n El que declara le contestó: 
«•que haría muy mal, y que no debía ser ingrato con 
un gobierno que le daba un pan que comer, n 

«'Que después de esta entrevista fué dicho, Urdini- 
nea por repetidas ocasiones á la casa del qué expone. 



4&6 Matúft9msíte VMes 

paca Ikrvarlo i la saya, á «fecto de inostrarle^ima corta 
escntá i Povü 'didéndole á éste: ««que la nevoloción 
marchaba «n buen pie.»i Que dicha carta iba CK>n 
nombre supuesto, la que llevó un tal N. Espada^ oooi- 
ptiitQ de ZiiVeta. 

•«Que d 29 de setiemtoe, Ur4¡ninea hablaba cxmí^üí 
teniente ooponel Benavente en la pueita dÉÜ^paiaxsio 
con (bastante entusiasmo, después de loo^íle entrad 
el primero «tía carta dhngtda á un satg/Mx)^ para ei 
punto de Luribay, cuyo contenido igiiom; ia <qae se le 
hiso aceptar á la fuetza y gttítt^eétudóh sA que deckera 
oon cuatro pesos. Despi^ xle ésto fu,é á buscar al uol- 
yor de plaza para -eftOieggtfle dicha carta, porque d ^eft* 
ponente sospechaba q«e fuese alguna intriga de Urdi- 
nin^^p^o^iBO^enoontrando á dicho nxayor de plaea, 
seÜDé á su (cassk 

^'Qive habiéndolo tomado preso á las diez de la 
noch¿, ^entregó la carta á un cORvísarto depoücía, cuyo 
nom^bre ignora, advirtiendo á dicho comisario que «era 
carta que le había entregado Deoietrio XJit&ainea. 
Desfpués de lo cujd, I» llevaron preso ai fxriado, y de 
aUí ai duaitel de Sucve «donde, da ^oche dd cg de oc- 
tubre, los reunieron á todos los presos que se hallaban 
eo déoh<» cuartd 'en «en calabozo, y el mayor de ]^kiza 
oidené que los ñisilaraa; habiendo el exponente ¿dva- 
do «rrtie los cadáveres que lo cubrieron. 

«•Que la misma declaración ha prestado en d pro- 
ceso que se seguía por la supuesta conspiración. Ésta 
dijo ser la verdad en fuerza del juramento, etcn 

José Santos Cárdenas, el mayor de plaza, publicó 
el 4 de diciembre, en La Paz, una relación vindicato- 
ria de su conducta, como ejecutor de los fusilamientos 
á granel verificados en el cuartel del Segundo. Mi co- 
lección de sueltos ha quedado descabalada por el 
incendio en esta parte, y me es imposible compulsar 
ít5Lttta4iti6títt nquí áqtiel irtipoHnntísitnrt dotiiirtento. 






v U 



ApkmUcei-^Piems del proceso 



467 



Demias de Ta quciosidad que inspira el ver cómo 4iraté 
de sífKerarse aquel ^hombre feroz, su atestado t^idría 
aquí valor esencial par» -d pleno conocimiento de 
causa prescrito por la equidad ée la justicia. 

Los números 9 y 10 de El Juicio Público, corres- 
pondientes al II y 12 de diciembre, puUicaron un 
relato muy por menudo de lo ocurrido en la nache 
del 23 de octubre en el cuartel del Segundo. Sabido 
es que aquí tuvo lugar el prólogo de la tragedia; de 
de aquí partieron los primeros ' tiros, aquellos que al 
puntó de ser sentidos hicieron decir á Yáñez, según 
refiere su segundo Benavente: »«Nos han sublevado 
las colmpama& del Segundo, ri Dicho relato es hecho 
por uno de los presos, el antiguo oficial retirado Lo- 
penzo Foix>nda, quien cuenta lo que pasó y lo cjue 
fMiéo ver ü oír esa noche en el cuartel. Los redactores 
ío publican en la sección editorial del periódico; pero 
el relato les ha sido remitido, ellos mismos no lo han 
recogido de boca del declarante. 

Éste no desautorizó dicha declaración por la prensa, 
qoe sepamos. 

Así y todo, desde que El Juicio Público la entre- 
gó diciendo que la daba tal cual se la habían dado, 
declinó al respecto de ella toda responsabilidad; y este 
waevo testimonio, sobré la existencia de una satáiMca 
superchería para preludiar con un motín los asesinatos, 
asume un carácter un poco anónimo y algo desestima- 
ble en este proceso, si se atiende á que, en las demás 
declaraciones. El Juicio Público ha actuado, puede 
decirse, como notario y sobre la mesa de su redacción, 
para autentizar las firmas de los declarantes. 

Fuerza es pot eso omitirlo por más que añada, á lo 
ya sabido, pormenores nuevos é interesantes. En sus- 
tancia, ellos son referentes á las reiteradas tentativas y 
á los relevos dé ciertos centinelas, para con unas y otros 
ver de hacer caer á los infelices detenidos en cualquier 



-^ 



"^ 



4.68 Matanzas de Yáñez 

desliz tendente á acometer como facilísima la empresa 
de escaparse, ó á entrar en un complot que les devol- 
viese la libertad á favor de un alboroto. 

No obstante las anteriores consideraciones, voy á 
entresacar algunas particularidades, que caracterizan 
unas el hecho del 23 con verosimilitud y sin acriminar 
por demás á nadie gravemente, y otras que, si acentúan 
la responsabilidad moral de Cárdenas, es en un punto 
que está confirmado por la declaración de Leandro 
Fernández, que se verá más adelante. 

Foronda fué aprehendido la noche del 2 de octubre 
y llevado acto continuo á presencia de Yáñez en el 
palacio. Este sacó una lista del bolsillo al ver á Foron- 
da y dijo: >»¿Con que éste es el picaro de ForondaPn 
Y ordenó que fuera puesto en una pieza del piso supe- 
rior del palacio, y trasmitió al oído algún encargo al 
comisario Vera. 

Poco rato después entró el comandante general 
en el cuarto del preso. Le denostó en tono violento, 
diciéndole que era un picaro, un saqueador de los 
tiempos de Belzu y Córdoba. Le preguntó que en qué 
correteos estaba esas noches, y si andaba conquistando 
la cholada para una revolución. 

Foronda contestó que para tales cosas no tenía ni 
recursos ni influencia; que desde tiempos de la confe- 
deración había servido á los mandatarios como cual- 
quier otro militar; que fué dado de baja á consecuen- 
cia de una retirada, que hizo de Pelechuco en cierta 
cruzada de Linares contra el gobierno; que en tiempos 
de Córdoba estuvo sujeto a una exigua pensión otor- 
gada antes; que constantemente había estado atenido 
á su trabajo personal para subvenir á la alimentación 
de su familia, etc. 

Yáñez iracundo replicó: que tenía pruebas del deli- 
to, que iba á sentar mano de hierro sobre belcistas y 
cordobistas, que haría humear todás esas cabezas, y 



Aphidtce. — Piezas del proceso ^6p 

que si Foronda quería salvarse no tenía sino descu- 
brirle el plan de los revolucionarios. 

Nótese este "hacer humear cabezas de belcistas y 
cordobistas.il Hace recordar el íangis montes et fumi- 
gant del gran lírico sagrado. He visto fusilará un hom- 
bre: efectivamente, el cadáver quedó humeando. 

Aquel insistió en sus denegaciones; el enojo de Vá- 
ñez subió á furor. Llamó con amenaza dos rifleros. 
Entraron. Entonces ordenó que llevasen al preso al 
cuartel de la Recoba. Allí fué puesto incomunicado y 
tendido boca abajo. Cueto, el fiscal, le interrogó tres ó 
cuatro días después, sobre si conocía á Urdininea, á 
Zuleta, á Ugarte y á otros, y sobre cuáles tratos de re- 
volución tenía con éstos. Habiendo respondido que 
no conocía á ninguno, quedó en paz dentro de su ca- 
labozo hasta la noche del 23. 

Gritos de / Viva Córdoba.' ; Vira Behu! habían sali- 
do del cuarto de prevención á eso de las doce en esa 
noche. Los centinelas habían dicho á los presos: ¡Afue- 
ra! Ya están libres. ¡Afuera, vayan á armarse! Los 
presos no se movieron. Se habían disparado adentro 
algunos tiros ai aire. Tropa, comandada por el sargen- 
to mayor graduado Claudio Sánchez, acababa de salir 
á la calle. Eran poco más de las doce de la noche. V 
continúa el relato: 

"Después de ha.berse dado dentro del cuartel y en 
la puerta los tiros al aire, y oidose los vivas, tanto á 
Belzu y Córdoba como al orden y al general Achá, se 
oyeron también en el interior varias descargas de fusil. 
Preguntó Foronda al antedicho cabo ¿por qué era eso? 
y éste contestó que estaban fusilando á todos los pre- 
sos en sus camas, como ■ en realidad había sucedido. 
En este trance el oficial de guardia Gorena entró en 
el calabozo de Foronda y los demás; los hizo levantar 
de sus camas, donde permanecían inmóviles para ha- 



470 Makinzas de Yáñez 

cer resaltar su inocencia, y los obligó á pasar á oteo 
calabozo en que estaban reuniendo otros presos. 

tt'Reunidos que fueron, entraron el tuerto^ Sánchez, 
el cuñado de Yáñez Leandro Fernández, y Cárdenas, 
quien en alta voz dijo: A ver esosfácaros beldstas y ear- 
dobistasy que mueran todos. Y empezó en efecto á hacer 
fusilar dentro del mismo calabozo indicado, en el que 
á bakt y bayoneta murieron los presos; debiendo ftor 
tarse que, durante esta mortandad, dicho Cárdenas 
ponía en salvo á Demetrio Urdininea. 

u£n este mismo acto sucedió un incidente. Llama- 
ron del lado de la puerta principal á un hombre, qjae 
lo era el cojo Victoriano N., con el objeto de que fue-! 
se fusilado. Este desgraciado, en su desesperación, se 
abalanzó al capitán Fernández y lo abrazó tan fuerte- 
mente que éste no podía desprenderlo. £n esta actitud 
la víctima, en medio de los lamentos más tristes, le 
decía al capitán: xque no lo matasen, que ante Dios y 
los hombres era inocente, que tenía tiernos hijos que 
perecerían si no hacía arreglo alguno con ellos.»! Fer*- 
nández en medio de estos alaridos, quiso hacer uso de 
sus pistolas contra el infeliz Victoriano; pero vio que 
éste, con la desesperación de la muerte, lo había estre- 
chado de manera á impedirle todo movimiento: como 
además los rifleros no podían desprenderlo ni hacer 
fuego sobre ambos, ordenó Fernández que dejasen al 
desdichado, en ademán ó con aire de perdonarlo. Taa 
pronto como Fernández se vio libre de aquel desespe- 
rado. Cárdenas hizo tomar á la víctima por los cabellos 
y arrastrarla fuera del calabozo, é inmediatamente fué 
destrozado á balazos en medio de los más punzantes 
gritos. 

«Después de esto, el mismo Cárdenas, mayor de 
plaza, volvió á entrar en el calabozo, y viendo aun vivo 
á Foronda le dijo: "que cómo había escapado ese pka- 
ro belcista saqueador, y que muy luego sería fusilado; 



qtm á Córdoba lo habían. b«cho peUakar ^^ m* cai^a» 
y <^tte fnesen.ahQi»sus»pftr^hiairÍQe¿;1fUw^)fem:iUci^^ 

"En seguidai Ciidee^ ocdenó que se saqi^i^tv \m «ar< 
á¿«eces. <& loiS ítisHddQs. iitam nfui^rj»., Al; hi^^f ^li^gis- 
¿vo ó. exam^Q dbeUioi;» como eo vn moaítóia di(> cqs4<¿^ 
oiQertos^ recoBt)ciemft qw llabío» qu^^dd:^ c^s- viá^ 
Msma«3i Obandb y N* S(IÍA33. BiS^ost. al: vess^, de^cu- 
báírtos,, gsrttmroR díapcfcyQridos! dicb»doj quet ya q^w. b 
dmna. psoviácoieíar.tQs Mmw p^r r-^^peto ¿ ^ia 

debíase conservárseles vivos y perdonarlos». Cárd^ü&as^ 
stii: hdcef easQ de Dio» m d^ tos* lame^to^, ii^andc^ que 
los indicados Saliía^ y Obas^do pasa^^en al calabozo 
doiídie estaha Foronda;,, y allí fueron acabado* de ma^ 
tar." 

En este punto, y á propósiio de estos ^jeetrtoreSi 
que sift duda ninguna aventajaj^on ^n encarni^ansiento 
ai mismo Yáftez, los redactores de El. Jükio Púcwco 
consignan al margen esta notita: "El objeto de k>^ 
mamadores, al reunir en un solo, y secreto recinto á las 
víctimas que asesinaban, era, sin duda, paya que la 
aangre se acumulase en lugar determinado y oculto* <j 

Prosigue el relato: 

"Sacados al patio estos nuevos cadáveres, volvió á 
entrar en el calabozo Cárdenas, el sereno mayor Ra- 
naón Reto y el carcelero Aparicio^ y expresaron qui^ 
fusilasen á todos k)§ presos restantes con la cQnstitUr 
eiiÓR en la frente. En efecto, llamaron á Celada fuera 
de su calabozo, é intmediatamente fué fusilado» 
. »»En e$te moi«ento entro el fiscal con su secretario 
Antonio Gutierre?, y tom4 una razón ó. nota- de los que 
existían en el cuartel, tatito vivos coitta muertos^ De 
estos últimos no se sabe cómo hubiesen dispuesto, ni 
de su número, pues en aquel recinto sólo reinaban el 
terror y la muerte. 

"Así terminaron las escenas del 23 de octubre por 
la noche, que en el cuartel Sucre han sido más feroces 



47^ Matanzas de Yáñez 

y sangrientas que en ninguna otra parte, con tantos 
infelices individuos de tropa y de pueblo, sacrifícados 
sin más delito que su miseria y su indefensión. 

i«Al día siguiente 24 vino don Santos Cárdenas con 
pistolas en la cintura y un rifle en la mano^ é hizo las 
más terribles amenazas á los presos restantes^ insís* 
tiendo siempre en su tema favorito de que los karia 
fusilar con la constitución en la frente; y ordenó al ca- 
pitán de guardia que, en cuanto levantaren la cabeza, 
fusile á todos... 

i>Á las tres de la tarde entró el comandante general 
Yáñez en el cuartel¿ y tras él un religioso del convento 
de la Merced, el que trajo un mensaje de su prela- 
do para aquél. No se supo su contenido. Yáñez pre- 
guntó al religioso, que quién era ese prelado: contestó 
el otro que era el padre Conde. Yáñez encargó al 
mensajero, que también á dicho padre le haría dar 
cuatro balazos. 

»í Habiendo entrado aquél al calabozo donde estaba 
Foronda, expresó que se habían escapado los mayores 
criminales. Y saliendo al patio, el mismo Yáñez dijo 
que: ««esos cobardes y débiles no habían sabido cum- 
plir ni llevar á cabo las instrucciones que se les die- 
ron... •« No se sabe á quiénes se refería con estas 
expresiones. »»Pero (continuó) ellos desaparecerán en 
este momento.*» En efecto, hizo sacar á Züñiga para 
que fuese ejecutado; y estando los rifleros para tirarle, 
Yáñez dijo: «»Es preciso que le acompañen otros, y 
para ello debo ver el proceso.»» Y ordenó que se pu- 
sieran platinas y grilletes á los restantes.»» 

Hasta aquí el relato de Foronda. 



■^■^■^^^^^^-^^^'Í'J^^^^^-^.^^^^^^ 



DeclaiAcióa, por la prensa, de Félix Endarra. — La viuda de 
Tapia culpa' í Benavente, — Éste rechaza, en la prensa de 
Sucre, el caigo y refiere lo ocurrido esa, noche. — Varios an- 
tecedentes é incidencias posteriores. — Comentario de £l Jui- 
cio PÚBLICO. ^Declaran ón judicial de Leandro Femán.lei. 
— Declaración por la prensa del coronel Bayarri. — Una rec- 
tilícación de Cárdenas. — Lo ijue éste encuentra inexacto.— 
Otro fragmento de Cárdenas. — ¿Hubo motín en el cuartel de 
las ejecuciones? — Declaración, por la prensa, de András Cue- 
to, hijo del fiscal.— Castigo.— Lo que es en Bolivia un inten- 
dente de policía. 

En el niímero 26 de El Juicio Pi5blico, corres- 
pondiente al 13 de enero de i86z, Félix Endarra, 
antigilo maestro mayor de panaderos, como de cin- 
cuenta años, declara lo siguiente; 

iiEl I." de octubre del aciago 61 me enrolaron entre 
el ntímero de las víctimas predestinadas á las matan- 
zas del 23. Manuel Guerra, ronda de las garitas, Palza, 
Jiménez y otro disfrazado, ftieron los que me pren- 
dieron y sacaron enfermo de mi cama, después de una 
requisa la más inquisitorial de cuanto había de más 
secreto en mi casa. Me llevaron preso y me pusieron 
en un calabozo con Meneses; mas, habiendo sido 



1 



474 Maiaftzas de Yánes- • 

puesto éste en libertad, quedé preso en compañía del 
finado Victoriano Murillo, José María Campero (hijo) 
y el victimado Lorenzo Vega. 

"Desde luego es de notar que eittpi^aton Jas .insi- 
nuaciones de los centinelas, que en todos los calabo2X)s. 
hacían á los presos, diciéndoles: — ^íque .debían tentar 
un esfuerzo para librarse de tan injusta prisión y que 
ellos los apoyarían;»' — estando, como se ha visto, com- 
binados estos centinelas con Yáñez, para llevar á cabo 
sus infernales proyectos de asesinatos contra pacíficos 
é inocentes. 

ii Llamado ante el fiscal Cueto, me preguntó éste si 
conocía á Zuleta y á Züñiga. Le dije la verdad: que no 
los conocía ni sabía si existían eri este mundo. Á esto 
me repuso el fiscal que yo había tenido reuniones de 
sedición en mi casa. Sin embargo, me dijo también, 
conociendo mi inocencia: "¿Qué enemigos tiene Ud. 
para estar tan constantemente perseguido y chismea- 
do?" Le respondí que un hermano mío Manuel Irusta 
y un Francisco Zorrilla se habían conflagrado para per- 
derme; el primero por los motivos viles de interés que 
dije al principio, y el segundo por haberme opuesto yo 
á que se case con mi hijastra, por lo que, perdida toda 
esperanza, me juró con necia saña que me perseguiría 
hasta la muerte. 

"Esta fué mi declaración y todo cuanto tenía que 
exponer en ella; la declaración de un hombre honrado 
y pacífico, ajeno de toda política y mucho más de tra- 
mas de una conspiración, urdida por monstruos per- 
versos para lograr sus inicuos fines. Concluida mi der 
claración me retiré á mi calabozo hasta el 25 poc la 
noche. 

"Todo lo que pudiese referir yo de esta tremenda 
noche, como víctima milagrosamente escapada,, al mis- 
mo tiempo de corroborar la fe y verdad de los hechos 
horribles que se cometieron, nunca puede pintar >b 



Apéndke. — Piezas del proceso 47^ 

crueldad y saña del matador Váñei y sus insignes cijm- 
¡itices de asesinata 

"Eran las doce ó una de la mañana, cuando otmoü 
en el cuartel dos tiros dados al aire: estos tivoi salieron 
deL lado del corral dirigidos á la preTencitin, y los cen- 
tinelas que habían sido pre venció nalnteníe cambiados, 
fingieron sorprenderse: inmediatamente vino el cabo 
de guardia á ordenar á lo$ centinelas de los c^aboíios, 
que ak menor movímienEo fusilaran á todos k» presos. 
En esto sucedió el íu^o nutrido y exterminoáor de 
los asesinos, que nos Ilend á todos de espanto: por to- 
das partes se oían descargas y tiros de wi combate 
ht más estiiptdamente urdido, y nosotros no atinába- 
mos á descifrar lo que pasaba, y nos hallábamos eo la 
más horrible confusión. iSolAuíente las que hemos ago- 
nizado' en medio de los tormentos de esa espantosa 
noche, y que parece un sueño infernal de hoiror, po- 
demos idear hasta dónde puede llegar la feriactdad de 
Váñez y su pandilla de asesinos! 

i'En medio de esta confusión cesó un poco el fuego; 
pero fué para llevar á cabo el infernal proyecto de 
nuestros asesinos: así es que un rato después nos arrea^ 
ron á todos los presos al calabozo núm. i.°, donde nos 
reunieron, como en un redil á mansos corderos, sin 
permitirnos casi que nos vistiéramos, al menos á Ips 
tres que estábamos en un mismo calabozo, diciéndo- 
ttos que no había para qué, puesto que íbamos á mo- 
rir. Al instante entraron Leandro. Fernández, cuñado 
de Yááez, Sánchez el tuerto, célebre consejero de 
• Yü\ez, y e! mayor de pUza Cárdenas: todos manifes- 
laban un aspecto horrible y una especie-de algazara 
diabólica. 

"Es imposible concebir lo horriblemente atroz de 
este instante; ese trasteo de presos despavoridos, esa 
confusión y angustias de nuestra suerte: paréela que la 
provideneía misma había dejado de serl Pero lo <|uc 



476 Afatanzas de Yáñez 

más nos espantaba, eran los gritos infernales de Sán- 
chez, Cárdenas y Fernández que decían: ««que mueran 
estos picaros belcistas y cordobistas! que no quede 
ninguno! fuego! mátenlos! mátenlos... !ii Así gritaban, 
echando espuma por la boca como fieras enfurecidas: 
y todo fué muerte, destrucción, horror, sangre, labe- 
rinto de unos que caían, de otros que trataban de 
ocultarse entre los ya muertos, de otros que corrían 
con la bayoneta sepultada en sus entrañas y hasta de 
los mismos muertos que nadaban en tanta sangre! 
¡Santo Dios, cuánta crueldad, cuánto terror para asesi- 
nar indefensos! 

i*Por un designio providencial hemos quedado para 
contarla uno que otro testigo de tan tremenda histo- 
ria, desconocida hasta hoy aun á la ferocidad del cora- 
zón más perverso y depravado. — En medio de esta 
carnicería salió libre el infinitamente infame y malvado 
Demetrio Urdininea, que hasta se hizo atormentar por 
ser espía: ¡ejemplo incomprensible de mostruosidad! 

«í El 24 en la mañana aparecieron Cárdenas y demás 
verdugos, armados de rifles, pistolas y puñales, á ha- 
cernos saborear sus terribles amenazas á los pocos que 
habíamos sobrevivido, pero que ellos no conserva- 
ban sino por tener el infernal placer de procurarse 
otro condigno espectáculo, ó la continuación del que 
se había inaugurado por primera vez en este mundo: 
entre sus amenazas nos decían estos blasfemos, que nos 
harían fusilar con la constitución en la frente; dicho 
usual de Yáñez, y su gavilla. Á las 3 de la tarde rea- 
pareció Yáñez, y viendo que algunos habíamos que- 
-dado, entre los cuales Ztíñiga, Foronda y yo, ordenó 
que al momento desapareciésemos; y estando Zúñiga 
para ser ejecutado el primero, y los rifleros en prepa- 
ren^ dijo Yáñez que algunos más debían acompañar 
nos, para lo que debía vtr el proceso. Entretanto man- 
dó se nos pusiesen prisiones, y el verdugo Aparicio se 



Apéndice. — Piezas del proceso ^77 

complació eri remachárnoslas con un placer de Satanás. 

"En estas circunstancias oi un recado que el coman- 
dante general de las matanzas mandó, no sé á propó- 
sito de qué, al R. padre Conde, con el comisario Pan- 
toja, diciéndole: que le haría pegar cuatro balados. 
Pero esto en términos más altivos y groseros. 

I' El 25 á las ocho de la noche nos condujo Cárdenas, 
el mayor de plaza, á la cárcel á las 19 víctimas restantes 
del 23, con orden de Yáñez, para que se nos ejecutara 
al primer tiro que hubiese. Permanecimos allí hasta 
el 7de noviembre, en que nos dispersaron por diferentes 
puntos distantes, con la previa advertencia de que si 
hablábamos ó nos quejábamos, siquiera con una sola 
palabra, nos costaría caro. Yo fui conducido á Araca, 
siri saber dónde ni qué suerte habían corrido mis com- 
pañeros, hasta que la providencia nos manda al general ■ 
Avila y nos libró del monstruo Yáñez en la madruga- 
da del 23 de noviembre." 

I-a viuda del doctor y ex-ministro de Estado José 
Agustín Tapia culpa, entre otros, á Francisco Bena- 
vente, jefe de la columna municipal que Yáftez tenía 
acuartelada en el palacio, y le inculpa el ser uno de los 
cómplices en el asesinato de su esposo la noche del 23 
dé octubre. Con este motivo Benavente sale á rechazar 
este cargo en la prensa de Sucre, y declara lo que 
sigue: 

'iHallándome acuartelado con la tropa de mi mando 
en el palacio de gobierno, oí, á eso de las doce de la 
citada noche, una voz fuerte que decía utirosti. En ese 
acto estaba yo recostado en mi cama, y como siguie- 
sen las voces y los tiros de fusil, rae levanté inmedia- 
tamente, tomé la espada, y antes de salir de m¡ ha- 
bitación, penetró en ella una bala atravesando una 
ventana y dos puertas. Entonces salí precipitadamente, 
al corredor y allí encontré al coronel Yáñez, quien me 
dijo estas palabras; 



4jd MaUmttuie Yáñez 

— Nos han sublevado las compañías dd "Segunda; 
forme usted su fuerza, mientras yü contengo á los su- 
blevados desde las ventanas con los pocos riáes que 
tengo. 

)<£l fuego no cesaba en la plaza. 

«<A1 formar la fuerza en el patio, la que en aqudlos 
momentos no pasaba de setenta hombres, fué herido 
«n soldado. Luego que estuvo ordenada ella, mandé 
cargar las armas, y habiéndoseme reunido el 'coman- 
dante general, abrimos la puerta principal del palacio 
y sfilímos á la plaza. 

"Los sublevados, viendo que los acometíamos, se 
retiraron en dirección de su cuartel; y como en estos 
momentos se iiacía fuego por la calle debComerdo, d^ 
comandante general ordenó que avanzara sobre la cs^ 
quina con veinte hombres. Yo avancé inmediatamente 
é hice retroceder al grupo de gente que v«nk en díndc- 
ción de la plaza. Él se replegó á la esquina de lacnsa 
del gener&il Ballivíán — (esquina noroeste)-^ ;de allí 
me hacía fuego, y yo sostenía éste, hasta que áütn sel- 
dado le ordené que vivase al presidente de lá repú- 
blica. 

üA este viva ccmtestaron del grupo, y luejgo se me 
dio á conocer el teniente José Pintó, á quién le mahdé 
avflfnzar, y le pregunté porqué motivo habían salido 
del cuartel haciendo fuego. Él me contestó qu^ owi 
motivo de haberse aproximado seis ü ocho hx>mkÁ'es á 
la esquina del cuartel disparando tiros, habían salido 
en su persecución. 

»«Como este piquete estaba á las órdenes del comi- 
sario mayor don Manuel Monje, á quien en aquellos 
momentos no vi, pregunté por él, y Pinto me contestó: 
que había venido con la fuerza, y que cuando ésta fué 
rechazada se había ido. 

í» Habiendo amanecido el día, sé presentó el jseñof* 
Monje, y preguntado á dóhde había estado, coiitestd 






Apéndm. — Piezas del proceso ¿j^^ 

íA coty^nel Yáñez y á mí: que se híibía dirigido á casa 
del corregidor para que mandase un aviso al coronel 
Cortes, ^el cual se hallaba con el resto del batallón en 
Achocalla. 

»»El fuego de esta noche dio por resultado tres sol^ 
d&dos heridos, uno de la columna de mi mando, dos 
pertenecientes á la quinta compañía del bataltón. Uno 
de éstos se encontró poco más arriba de la puerta de 
Loreto; otro, que había caído en la esquina del Obispo, 
se %ké arrastrando hasta las dos cuadras, donde unas 
mujeres lo disfrazaron y lo llevaron á un rancho: de 
allí «e le condujo al hospital 

•'Mientras yo guardaba el puesto que se me había 
ootíñado, el comandante general, después de haber dis- 
persado á los revolucionarios, había mandado abrir la 
pcierta de Loreto y hecho fusilar al general Córdoba y 
otros señores. Á la hora después de los fusilamientos, 
vinieron á la plaza, ya en orden, las compañías subleva- 
das, y como á horas tres de la mañana se me aproxi- 
mó el coronel Yáñez y me dijo: 

—He fusilado á algunos de esos criminales. 

mYo le contesté: 

—Usted sabrá lo que ha hecho. 

"Restablecido el orden me retiré á palacio, dejando 
la fíierza al matido de los tenientes Ercilla y Camino. 
Me hallaba yo en la sala, y á uno que otro de los ofi- 
ciales que entraban les pregunté: ¿á quiénes ha fusiJad© 
el comandante general? Pero nadie me podía dar ra- 
zón, hasta que, á las siete de la mañana, me manifestó 
la lista de los ejecutados un ayudante que, si mal no 
recuerdo, fué el teniente Barriga. Impuesto entonces 
de ella, quedé sumamente sorprendido porque com- 
prendí que Yáñez había cometido un verdadero aten- 
tado, y para informarme mejor acerca de lo sucedido^ 
salí fuera después que los cadáveres habían sidd tott- 
ducidos al panteón. 



480 Matanzas de Yáñez 

"Pregunté al capitán José María Rivas, que en esa 
noche estuvo de guardia en Lóreto, si los presos ha- 
bían hecho resistencia, ó si él los encontró armados en 
los momentos del motín de la tropa; y me contestó que 
ninguno se había movido, ni se les encontró armas: 
que sólo el general Córdoba había luchado por dos ve- 
ces con el oficial que le hacía la guardia, queriendo sa- 
lir afuera. 

í'Al señor Máximo Vega, intendente de policía, le 
hice igual pregunta con respecto á los señores Tapia, 
Valderrama y Ubierna, y me dijo que ninguna resis- 
tencia habían hecho, y que más bien los dos últimos se 
hallaban dispuestos á sostener el orden. 

'•Estos datos me convencieron plenamente de que 
se había castigado á hombres inocentes, y entonces re- 
solví ponerme de acuerdo con el coronel Cortés, para 
tomar con él algunas medidas que evitaran los ulterio- 
res extravíos que Yáñez pudiera haber tenido. 

> i Habiendo entrado á la ciudad dicho coronel Cor- 
tés con el resto del batallón, á horas ocho y media del 
24, tuve ocasión de verle á las cinco de la tarde en pa- 
lacio; pero no pudimos acordar cosa alguna, porque el 
coronel Yáñez no nos dio lugar. Al día siguiente me 
dirigí á casa de dicho coronel á horas doce. Al entrar 
en su habitación salía el mayor Eleodoro Camacho; y, 
hallándome sólo con aquél, le signifiqué el atentado 
que se había cometido, que la población estaba aterra- 
da, y le supliqué, que, como jefe más caracterizado, dis- 
pusiese lo que debíamos hacer para tranquilizar la ciu- 
dad. El señor Cortés me contestó: 

"Que era cierto cuanto yo le había dicho; pero que 
" ya no se podía tomar medida alguna, desde que el 
»* hecho se había sometido, por el coronel Yáñez, á la 
»* deliberación del gobierno, constituyéndose respon- 
«• sable de sus consecuencias; que se debía esperar el 
»' resultado, y que, en el caso que Yáñez quisiese co» 



Apéndice, — Pkzas del proceso 481 

i» meter otro atentado, lo evitaríamos, quitándolo del 
»* medio, ff 

"Después de este desgraciado suceso, ordenó Yáñez 
tiue se les privase de toda comunicación con sus fami- 
lias á los presos que quedaban en Loreto; y como yo 
no podía ver con intiiferencia esta medida, me interesé 
varias veces con ^quiél, sufriendo los malos modos y 
sosteniendo con él (?oestíones desagradables, para que 
revocase esta ord^n, lo que no pude conseguir. Pero 
sí obtuve el permiso de que las familias de los señores 
Policarpo Eyzaguirre, Luciano Mendizával, Guachalla, 
Saravia y Sardón pudiesen entrar á verlos. Apelo al tes- 
timonio de dichas familias, y al del teniente coronel 
Nolasco Vega, quien sabe cuántas veces me empeñé 
por conseguir la comunicación de los presos. 

"Otra ocasión tomé interés para que el comandante 
general permitiera que un médico entrase á curar al 
teniente coronel Bayarri, en su prisión, suplica que 
hacían doña Mercedes Ballivián y la esposa de aquél, 
á quienes se negó á aceptar el comandante general; y, 
tan luego como obtuve el permiso, salí del cuartel y 
encontré á estas señoras en una tienda de la esquina 
de la Caja, y les avisé que se había conseguido lo que 
solicitaban, y dado la orden para la entrada del mé- 
dico. 

"En cuanto pude serví á las familias de los presos. 
Si no conseguí todo lo qne solicitaban, no fué porque 
yo hubiese dejado de insinuarme con Yáñez, cuyo ca- 
rácter era bastante fuerte. 

"Antes del suceso del 23 fueron presos los señores 
Bustillo y Cordero, quienes, por el mal estado de 
su salud, no podían soportar el rigor de la prisión, y se 
empeñaban con muchas personas para, guardar la pri- 
sión en sus casas. Yáñez no aceptaba las garantías que 

31 



4S2 Matanzas de Yáñez 

aquéllos ofrecían, ni quería oír nada á este respecto. 
Yo lo persuadí para que accediera á tan justa petición, 
concurriendo al empeño que hacían otras personas, y 
en esta concesión tuve gran parte, como pueden decir 
los mismos señores. 

"El 24 de octubre fué presentado al comandante 
general, por unos indios, el cabo Lastra, que pertene- 
cía á la columna de mi mando, y que se hallaba preso 
en el cuartel de las compañías sublevadas. Inmediata- 
mente ordenó Yáñez que lo fusilasen. Cuando ya se 
hallaba amarrado Lastra para la ejecución, oyendo las 
voces de éste entré á la sala, y le pregunté dónde se 
había hallado. Me contestó que en los momentos de 
la revolución del cuartel, se había ido de fuga al cerro, 
de donde fué conducido por los indios. 

•*Con esta exposición, le dije á Yáñez que no había 
delito para fusilarlo, y me replicó que era clase y que 
debía morir. Yo alegué que no era delincuente, desde 
que no se había mezclado en la conspiración, y al fin 
conseguí salvarle la vida; pero Yáñez suspendió la or- 
den del fusilamiento, disponiendo que fuese conducido 
al cuartel del coronel Cortés para que fuese castigado 
con 500 palos; orden que según supe se había cumpli- 
do, pero no con ese numero. . 

••A los pocos días después de este suceso, tuvo 
aviso Yáñez, de que el mayor graduado Benigno Guz- 
mán, del batallón Segundo, había criticado sus actos 
en una visita. Inmediatamente lo hizo llamar á pala- 
cio, y cuando Guzmán entró á la sala, Yáñez exaltado 
le reconvino fuertemente, y ordenó que en el acto le 
quitasen la espada y lo fusilasen. La tropa obedecien- 
do esta orden tomó inmediatamente las armas, y cuan- 
do Guzmán se hallaba á punto de perder la vida, me 
introduje al salón, y le dije á Yáñez que se contuvie- 
se, porque no había razón, ni derecho para fusilar á 
aquel oficial. Yáñez insistió en la medida; pero al fin 



Apéndice. — Piezas del proceso 4S3 

cedió á las reflexiones que le hice, y mandó suspender 
la ejecución ordenando quedase preso, de donde lo 
inandó al cuartel general. 

"Interpelo al expresado Guzmán i»ara que exponga 
si esto es cierto, lo mismo que al cabo Lastra en la 
parte que le corresponde, 

t'Desde el momento que salimos de iialacio con el 
coronel Yáñez, á contener el motín de la plaia, no tu- 
vimos ocasión de hablar sobre los fusilamientos, hasta 
el 24 á las doce del día, hora en que pude encontrar- 
lo solo en su dormitorio. Entonces suscitó él mismo 
conversación sobre las ocurrencias que tuvieron lu- 
gar, y yo le manifesté abiertamente mi opinión, conde- 
nando los fusilamientos; porque aquél no tenía dere- 
cho ni causa motivada para imponer la pena de muerte 
á unos presos desarmados y que no habían tomado 
parte alguna en el motín; y que esta medida no i)odría 
él justificar ante el gobierno ni ante la sociedad. Yá- 
ñez me repuso bastante agriado, que: "yo no era quien 
iidebía hacerle esos cargos, y que él sabría lo que ha- 
■ibta de coritestar á los que se le hiciesen;" con lo que 
terminamos la conversación. 

irEn cartas particulares que dirigí á S. E. y 'al ex- 
ministro Fernández, les referí el hecho y les dije que 
tenía el sentimiento de no haberme hallado en aque- 
llos momentos al lado de Yáftez, que á estarlo, lo 
habría contenido. El señor Carvajal, jefe político en 
ese entonces, y hoy ministro de Hacienda, me oyó 
hablar varias veces, reprobando aquel hecho: á otras 
muclias personas que hablaron conmigo en La Paz, 
acerca de los sucesos del 23, les manifesté mi reproba- 
ción; y, si esto no es así, interpelo á la persona ó per- 
sonas que me hubiesen oído aprobar los fusilamientos, 
para que me desmientan. 

"Algunos escritores, que escriben ])or escribir, y que 
no saben lo que escriben, han querido salpicarme con 



4^4 Matanzas de Yáñez 

la sangre de las víctimas del 23. Uno de ellos, encarta 
escrita á Tacna, y publicada en el periódico de aquella 
ciudad, ha asegurado que yo hice fusilar á más de 
treinta individuos de tropa en el cuartel, á donde nó 
tuve motivo para haberme aproximado, pues es sabido 
que yo permanecí en la esquina del Comercio, sin mo- 
verme de ella, como se me había mandado. ¿Por qué 
no habéis averiguado bien los hechos, señor escritor, 
para consignarlos en un documento publico? Otro de 
los escritores, al referir el fusilamiento con que fué 
amenazado el mayor Guzmán, afirma que yo fui uno 
de sus sacrificadores, cuando es público que le salvé 
la vida, como puede exponerlo el mismo Guzmán. 

'•Tal es la relación verídica de los sucesos de la no- 
che del 23 de octubre: de ella resulta que yo no estu- 
ve presente á las ejecuciones de las víctismas, que me 
hallaba en un lugar apartado, y que sólo supe de ellas 
en la mañana del 24, Si esto es evidente ¿cómo se 
atreve la viuda del señor Tapia, á clasificarciíne de 
cómplice en el fusilamiento de su marido? Habéis he- 
rido, señora, mi honor^ del modo más cruel é injusto; 
pero os perdono en respeto de vuestro indefenso 
dolor. 

••Si yo hubiese ejecutado las órdenes de Yáñez, para 
victimar á los presos, ó hubiera estado siquiera presen- 
te á la victimación, quizá podría hacérseme responsa- 
ble de esa sangre; pero yo no he tenido directa ni 
indirectamente parte alguna en esos atentados, y ojalá 
que antes de perpetrarse hubiesen llegado á mi noti- 
cia. Pues entonces habría salvado la vida de los presos, 
como salvé la del cabo Lastra y mayor Guzmán, po- 
niéndome entre el sacrificador y las víctimas. 

njuzgue ahora el publico de los hechos, y de la 
parte que me ha cabido en ellos, y juzgue también si 
ha tenido razón la viuda del señor Tapia, para llamar- 
me asesino. II 



>*..^ 



Apéndice, — Piezas del proceso 48^ 

Esta declaración está suscrita por Francisco Bena- 
vente, en Sucre á 16 de enero de 1862. 

Al reproducir este interesante relato, en sus núme- 
ros 34 y 38 (febrero 4 y 12 de 1862), El Juicio Pú- 
blico le opone un correctivo de soberano desdén, en 
la parte relativa á la sublevación de dos compañías del 
ejército. Entrega al desprecio de la ciudad de La Paz 
entera la desvergüenza que, según nuestro periódico, 
deja presumir en su autor tamaño embuste. Considera 
semejante aserto una blasfemia contra la notoriedad y 
el buen sentido público, unánimes en declarar sobre 
este punto, que, cierto ataque en son sedicioso ocurri- 
do esa noche, no fué sino una inicua é insidiosa patra- 
ña. Apela á todo el vecindario para que diga, si no es 
verdad que no han quedado en la plaza ni en las ca- 
lles más estragos visibles, más sangre, ni más cadáve- 
res que los causados por los fusilamientos de Yáñez. 

Pero ya en otro lugar se ha hecho ver, que el hecho 
de la insidiosa patraña puede conciliarse muy bien con 
el aserto de Benavente. Este estaba en la plaza con su 
gente, y bien pudo haber tomado como cosa verdadera 
la patraña insidiosa que se forjaba, con otra tropa, "en 
las calles vecinas entre las sombras de la noche. La 
popular certidumbre sobre que hubo simulacro de com- 
bate, en vez de tiroteo verdadero, sobrevino largos días 
después del suceso. Esa certidumbre á posteriori es la 
que ha inspirado el desprecio con que está sazonada 
esta rectificación de El Juicio Público. 

Ya hemos visto una parte de la declaración de 
Leandro Fernández, el feroz ejecutor. Veamos ahora 
la parte donde dicho oficial refiere lo ocurrido en el 
combate de la plaza y en el Loreto. Esta declaración 
fué prestada ante la justicia ordinaria en Cochabamba. 
Dice: 

"Esa noche dormía yo en el cuarto de prevención 
en compañía de Cárdenas, el teniente primero N. Ji- 



486 Matanzas de Yáñez 

ménez, el oficial de guardia teniente primero N. N., el 
mayor N. Solís, el teniente segundo N. Barriga, ídem 
primero N. Mogrovejo, teniente primero Ercilia y otros 
muchos cuyos nombres no recuerdo. Á eso de la una 
y media de la mañana golpearon la ventana del cuarto 
en que dormíamos, no sé si fué el sereno mayor ó al- 
gún comisario, expresando que habían dado tiros en 
el cuartel de arriba. Inmediatamente nos vestímos v 
fuimos á dar parte al comandante general, á quien en- 
contramos que también se vestía. 

••Entretanto crecía el fuego, á cuya consecuencia el 
coronel Yáñez colocó en cada una de las ventanas del 
palacio dos rifleros, de los seis que tenía consigo, con 
orden de que dirigieran sus tiros al Loreto, de donde se 
daban otros tiros. Hecho esto, bajamos del alto del 
palacio y armamos la columna municipal, repartiendo 
cápsulas y demás objetos necesarios, y salimos con di- 
rección al Loreto, donde había cesado completamente 
el fuego. Al mencionado lugar, es decir al Loreto, sólo 
continuamos marchando N. Franco, el coronel Yáñez, 
su hijo Darío del mismo apellido, el teniente coronel 
Cárdenas, el igual Luis Sánchez, yo y los seis rifleros; 
habiendo quedado distribuida la columna en las cua- 
tro bocacalles, á órdenes del teniente coronel Bena- 
vente y demás oficiales que tengo mencionados. 

'•Llegamos al Loreto, cuya puerta golpeó el coronel 
Yáñez, llamando al capitán de guardia N. Rivas, y 
preguntándole qué novedad había. Este abrió la puer- 
ta y contestó: que nada había adentro; que sólo de la 
plaza habían pegado unos tiros y pateado la puerta 
con las expresiones de / Viva Córdoba! La guardia ha- 
bía estado sobre las armas, las que estaban cargadas 
por orden de Rivas, quien la había puesto á cargo de 
Bernardo Gandarillas. Como tengo dicho, expuso Ri- 
vas que no hubo novedad en el Loreto; que lo línico 
que había tenido lugar era que Córdoba había; tratado 



I ^k2 






Apéndice. —Piezas del proceso 48'^ 

dé amarrar á Miguel Niíñez, que lo custodiaba en el 
coro, por medio de los seis rifleros que le servían de 
guardia. 

»»Á este parte dijo el coronel Yáñez que por qué no 
le habían pegado cuatro balazos, y ordenó á Nüñez por 
dos veces mandara ejecutar al general Córdoba; órde- 
nes jque fueron desobedecidas bajo el pretexto de que 
no tenían cápsulas. Visto esto, se me dio la misma 
orden por el comandante general en presencia de Cár- 
denas, Luis Sánchez, Franco, su hijo Darío y el tenien- 
te segundo Barriga, entregándome para el efecto un 
cajón de cápsulas. n 

El teniente coronel José Bayarri, con fecha 12 de 
diciembre, declara en el número 463 de El Telégrafo 
lo que sigue: 

»»Es el caso que la noche del 29 de setiembre últi- 
mo, á horas diez y media poco más ó menos, fuimos 
aprehendidos en la tienda de mi hermano político To- 
más Crespo, situada en la plaza principal, el teniente 
coronel Antonio Gutiérrez, don Pedro Espejo y yo. 
Habiéndonos conducido al palacio custodiados, se nos 
reunió allí con don Luciano Mendizával, á quien en- 
contramos acostado, pues lo habían capturado con 
anterioridad. 

••Á cosa de la una ó dos de la mañana, fué introdu- 
cida una persona á la habitación: este individuo, según 
supimos después, se llamaba Pedro Zúñiga, á quien 
condujeron ó hicieron entrar llenándolo de impreca- 
ciones é insultos groseros y torpes. Apersonándose 
entonces el nefando Yáñez, dijo, poseído- de la más 
brutal impaciencia y furia: 

— Ya se halla descubierto el plan de la revolución que 
intentaban, 

•'Vertiendo estas expresiones antes de haber proce- 
dido á la apertura y lectura de una carta ó comunica- 
ción ficta y forjada exprofeso, como punto de partida 



4S8 Afatanzas de Ydñez 

para sus ulteriores perversos designios; y nos dirigilí 
las palabras siguientes: ^ 

— Picaros^ los he de fusilar con la constitudim in 
la cabeza, ' 

H Entonces el teniente coronel Benavente, qoe taiíi- 
bién estaba allí, se propuso leer dicha carta en vi>z 
alta, principiando poco más 6 menos en los tériyiños 
siguientes: uSeñor don S. S., etc. Mi querido amigo: 
i' Aviso á usted que el general está muy pronto y cei^a, 
<'y que en ésta la columna se halla en buena disposi- 
"ción y lista; y usted hable á Húsares todo esto... etc.i< 
Con más otras particularidades que no fué posible re- 
tener ni fijarse en ellas. Al advertir nosotros semejante 
imp>ostura y perfídia, no pudimos menos que estar 
poseídos de una justa indignación. 

'•Según se ha llegado á inquirir y consta á cuantos 
conocen la malhadada ficción, el origen de ésta se 
acordó, sin duda, en algún conciliábulo tenebroso, de( 
modo que aparece, á saber: 

»»En momentos en que pasaba por la' «puerta del pa- 
lacio el expresado Zúñiga, le salió al encuentro Deme- 
trio Urdininea, quien ha adquirido una perfecta cele- 
bridad con haberse prestado dócil á representar odiosos 
papeles en tan espantosos sucesos, y le dijo: 

— ^Amigo, sé que usted se marcha para Luribay, y 
hágame el servicio de llevar esta carta. 

•íZúñiga le replicó que era positivo que se encami- 
naba para Cochabamba; m'as no para el punto que 
se le había indicado, por cuya razón no podría com- 
placerlo. 

ííÁ lo que le repuso Urdininea que sería mejor que 
tomase la ruta que le había mencionado desde que era 
mucho más inmediata á Cochabamba. 

i 'Continuando con sus excusas aquél, le contestó: 

— No, señor." 

'•En tales circunstancias recurrió Urdininea al ex- 



Aféndüe'. — Piesas áet proceso 48^ 

pedieiite de una especie de itiandalo, por el que, simu- 
lando una empeñosa insinuación, insistid en que de 
todos modos se encomendase de su trasporte, siquiera 
para mandarla con otro de quien pudiera valerse en el 
tránsito, y, para obligarlo, lo gratiücó con cuatro pe- 
sos. Á tan exigente porfía le con descendí ó, recibiendo 
incautamente la carta, y se dirigió á su alojamiento. 

i'No habían trascurrido algunos momentos desde 
esta escena, cuando habiendo mandado tras él á quie- 
nes lo capturasen, no bien entró en su habitacii^ se 
apoderaron de su persona y de la carta antedicha, lo 
mismo que de un documento de cancetamiento del 
dueña de casa, que estaba sobre una mesa. 

'iCon tan detestable superchería cómeme la serie 
de atrocidades inauditas llevadas á cabo, de un sistema 
torpemente calculado, cuyos resultados proditorios y 
sangrientos han sido las matanzas y asesinatos horroro- 
sos; sin que en el espacio de los veinte y tres días que 
■ antecedieron, pudiese justificarse ni comprobarse cosa 
alguna que presentase el aspecto del delito imputado 
y supuesto. 

"Referir las mortificaciones, vejámenes y tormentos 
que sufrimos en la prisión, sería interminable. Baste 
decir que todos los que sobrevivimos, después de la 
espantosa catástrofe, no contábamos con un instante 
de seguridad, como si se nos hubiera deparado una 
continua agonía; porque la idea de la muerte nos an- 
gustiaba incesantemente, con el ejemplo y la memoria 
de nuestros desgraciados compañeros, que fueron vic- 
tinrados tan brutal é inhumanamente. 

"Hacer reminiscencias de aquellos actos nefandos, 
en los que tuvieron parte, como cómplices, coloborado- 
res é instrumentos dóciles, todos ¡os que formabas el 
círculo de la bestia feroz, cuyo calificativo se le ha 
aplicado ai forajido Váñez, sería preciso enumerar 
todos los sicarios y esbirros, que con íntima convicción 



490 Matanzas de Yáftez 

el pueblo los conoce y los distingue individualmente. 
Uno de ellos, recomendado en el parte inicuamente 
forjado por el perverso Yáñez, con el dictado de biza- 
rro teniente coronel^ es Cárdenas, quien se expidió en 
cuanto se le encomendaba, con todo celo y agilidad, 
ejecutando la carnicería mas inhumana en el cuartel 
de arriba con los desventurados que se hallaban presos, 
sorprendiéndolos en sus camas desnudos y despreve- 
nidos al inminente riesgo, cuya realidad tocaron fatal- 
mente... ti 

En su primera juventud fué cuando Bayarri ingresó 
al ejército. Tocóle concurrir á las campañas del Perú 
combatiendo en Yanacocha, Pampas, Bichongos y So- 
cabaya. Se halló en la batalla de Ingavi. Se había 
.sometido al mando legal de Achá, aceptando del teso- 
ro una pensión de retiro. 

En el mismo número en que apareció la antedicha 
declaración. El Telégrafo publicó una breve y poco im- 
portante rectificación de Cárdenas. Tan sólo por pro- 
venir de este inhumano subalterno, el más cruel asesi- 
no esa noche después de Yáñez, es fuerza copiarla 
aquí íntegra. Dice así: 

»»En la vindicación que tengo escrita con fecha 4 
del actual, al hacer en el acápite cuarto la relación de 
lo ocurrido en el cuartel de la antigua recoba, donde 
más bien salvé veintiún presos, porque no tenía las 
mismas ideas y carácter sanguinario que Yáñez, apare- 
ce citado como uno de los individuos que presenciaron 
la orden de éste, para que se me fusile, porque no fue- 
ron ejecutados todos los presos indicados, el capitán 
Vargas; éste ha sido un error involuntario, en lugar 
de decir ó referirme al capitán Valverde, que estuvo 
junto con Yáñez. Y más bien el mayor Gervasio Var- 
gas, que en ese acto se presentó, casi fué fusilado por 
el mismo Yáñez, que le acometió con su pistola, y fué 
despedido de la plaza; advirtiendo que en las mismas 



Apirtdiee. — Piesas del proceso 4gi 

circunstancias el cruel Yáñez asesinó á N, Vega, con 
ios soldados que estaban á sus órdenes. 

■ rCon este motivo aprovechp también la ocasión de 
contradecir lo que se asegura en el niímero 6 de Ei, 
J Uicio PUBLICO, articulo Horror á los tiranos, relativa- 
mente á mi persona, de haber sido quien mandé eje- 
cutar á aquéllos del modo inhumano que se describe. 
Kste artículo se escribió sin duda antes de verse mi 
vindicación, en la que he refei ido las circunstancias 
del caso, y observé otra conducta muy distinta de la 
que se nie imputa, y sólo apremiado por esa fatal ac- 
tualidad en que me hallaba; y en el curso de los deta- 
lies que se irán analizando resaltará la verdad de mis 
exposiciones. Por fin, no se quiera también tomar 
ai^umento contra mi de la hora, que sólo por error de 
pluma, aparece en mi vindicación, de las tres de la 
mañana, cuando se fusiló por Yáñez al general Córdo- 
ba, que fué más antes, como lo sabe el pueblo.— Zff 
Paz, diciembre g de /Jíí/.— Santos Cárdenas, fi 

Me parece que El Juicio Público ha fallado á la 
justicia con respecto á Cárdenas. Ha debido insertar 
ó extractar en sus columnas la defensa de diciembre 4. 
Prescribíaselo asi el hecho solo de provenir de un in- 
dividuo contra quien estaba dicho periódico acumulan- 
do tantos testimonios condenatorios. 

Del articulo de El Juicio Público es necesario 
copiar aquí los párrafos que Cárdenas quiere ver recti- 
ficados. Son casualmente en dicho artículo los únicos 
párrafos que contienen relación de hechos. Es por de- 
más exquisito y extraño el puntillo del hombre éste, 
I.^ escuece la epidermis una perorata política, que se 
compone de simples apreciaciones. Dice 'la perorata 
en diciembre 6; 

'■Con Váñeí pagaron su complicidad el mihtar Luis 
Sáncheü, que, en la noche de la impía y salvaje carni- 
cería del 23 de octubre, decía gue se fusile á los presos 



4g2 Matanzas de Yáñez 

rn sus propias camas: así es que desnudos y dormidos 
fueron sorprendidos en la Universidad. Expi<5 también 
sus crímenes el comisario Leopoldo Dávila, quien, con 
despotismo y amenazas, vejaba á todos los dolientes 
que en el panteón querían desahogar sus sentimientos, 
derramando sus lágrimas sobre los cadáveres destroza- 
dos y sangrientos de padres, hermanos, esposos, hijos, 
parientes y amigos. 

«Pero se libertaron de la cólera del pueblo y de su 
tremendo poder, el militar Santos Cárdenas que á íoélos 
los infelices soldados presos en un calabozo, . en el 
cuartel de la antigua recoba, calle arriba de la plaza 
mayor, los mandó fusilar dándoles fuego á discreción 
como d un grupo de cerdos, 

t< Pigmea, como eres, debe ser también tu alma, y 
menguado tu corazón, tus inclinaciones, y nada hidal- 
gos tus sentimientos. 

«'El carcelero José María Aparicio, alias el Toncoro, 
ds igual estatura y temple, quien, entre los que fusiló, 
comprendió también á José Torres, que estaba recluso 
por cosas muy privadas y por diferencias con su mu- 
jer. Estos y otros sicarios aun existen, á los cuales no 
dudamos que el gobierno mandará someter á juicio. i? 

Las palabras tarjadas son en sustancia las que. Cár- 
denas encuentra inexactas. Justamente las que cual- 
quiera que lea el citado artículo consideraría dictadas 
al periodista por sólo el calor del debate. 

Los párrafos anteriores y posteriores del editorial de 
El Juicio Público, editorial de donde he sacado los 
que acaban de leerse, son una invectiva contra las ten- 
dencias violentas de los que ejercen un mando cual- 
quiera en Bolivia. El lema es este artículo de la cons- 
titución: 

!• Nadie puede ser detenido, arrestado, preso ni con- 
denado sino en los casos y según las formas estableci- 
das por la ley, etc.n 






■"V .■ .- c ■ 



«14» 



Apéndice, — Piezas del proceso 



493 



Es precisamente aquel artículo uno de los que, esa 
noche, desligaban á Cárdenas de toda obediencia mi- 
litar de mera ordenanza, y que facultad le daban para 
ponerse á buen recaudo á trueque de no bañarse en 
uti lago de sangre inocente. 

No he podido haber en este momento la hoja suel- 
ta de diciembre 4, de donde están tomadas las ante- 
riores y subsiguientes palabras de Cárdenas. Hay que 
copiar aquí lo que de ellas otros han copiado en las 
polémicas de la prensa. 

Todo lo que éste haya proferido tocante á la carni- 
cería del cuartel de la antigua recoba, ó sea t\ cuartel 
del Segundo, es precioso aunque nada nuevo diga. Hé 
aquí otro parrafito suyo citado por José Agustín Fran- 
co, en su comunicado inserto en el numero 8 de El 
Juicio Público: 

*»En ese mismo acto,»? — dice Franco que dice Cár- 
denas en su escrito vindicatorio, — »»me ordenó (Yáñez) 
también con la mayor severidad, que marchara al cuar- 
tel de la antigua recoba á fusilar á todos los presos que 
estaban allí, sin que deje á ninguno, lo que presenció 
el teniente Franco y algunos oficiales de la columna. n 
Franco sostiene que esta referencia es sobre que él 
presenció el acto de darse la orden, y no el acto de los 
fusilamientos mismos. 

Nadie duda de que la orden fué dada. Yáñez con- 
fiesa que terminado el combate la dio para castigar á 
los detenidos. Hizo de juez. Cárdenas, Fernández y 
Aparicio desempeñaron entonces el oficio de alguaciles 
de sangre. Cumplieron todos de esta suerte lo ofrecido 
por Yáñez, de fusilar á los detenidos con la constitu- 
ción en el pecho. 

Hé aquí otro breve fragmento de la publicación he- 
cha en defensa suya por Cárdenas. Está citado por un 
peri<5dico: 

••Me dirigí al cuartel donde se me dio una descarga 



494 Matanzas de Yáñez 

de fusilería, y logré con sólo m¡ denuedo y valor, sin 
dar un tiro, tranquilizar el motín, habiendo encbntrado 
ya dos muertos, que no supe quiénes eran, fusilados 
por Claudio Sánchez, que había estado antes que yo.n 

Claudio Sánchez se presentó con este motivo para ser 
juzgado y fué absuelto por la justicia militar ordinaria. 

Note el lector, que si Yáñez comisionó á Cárdenas 
y á Fernández para ir á fusilar presos en el cuartel del 
Segundo, y los mandó solos y entraron solos, era sin 
duda porque no temía que en ese cuartel hubiera ocu- 
rrido novedad contra el orden y la disciplina, cuánto 
menos si hubiera sabido que allí se habían sublevado 
la tropa ó los presos. 

Recuérdese sobre lo principal la declaración de Fer- 
nández, quien también llegó al cuartel juntamente con 
Cárdenas. Confirma que ambos fueron enviados allí 
solos; no ciertaraeute á afrontar ilesos descargas cerra- 
das, ni á tranquilizar ningún motín á fuerza de bravu- 
ra y sin disparar un tiro. Se les envió á fusilar á man- 
salva presos con la fuerza pública aposentada en ese 
cuartel. Penetraron en éste y procedieron á desempe- 
ñar su tarea sin el menor tropiezo, sacando sucesiva- 
mente de sus calabozos á los presos, dando la muerte 
á todos en un mismo sitio, encontrando siempre obe- 
dientes para la matanza á los soldados. Nadie allí osó 
desobedecer á estos sicarios. 

Aun cuando no existiera la confesión de Fernández 
sobre la manera y circunstancias con que breve y ex- 
peditivamente se consumaron en el cuartel las ejecu- 
ciones, manera y circunstancias que alejan toda idea 
de amotinamiento sofocado por Cárdenas en el acto d 
antes de verificarse esas ejecuciones, está el proceso 
general de la prensa, conteste sobre el hecho de que 
los presos no se movieron esa noche en sus calabozos 
sino para tenderse boca abajo, .y que fueron victimados 
sin hacer ellos la menor resistencia. 



J 



Apéndice.— Piezas del proceso 4^5 

- En et número 461 de El Telégrafo, correspondiente 
al 4 de diciembre, se presentó ante la opinión Andrés 
Cueto, hijo del fiscal Pedro Cueto, y se anunció de 
esta manera; 

i'Con el profundo pesar que al hijo causa la calum- 
nia que contra su padre se desala, haciéndole victima 
de injustas venganzas, llamo hoy día la atención pú- 
blica, y ruego á los hombres sensatos se dignen escu- 
charme, y después fallar, absolviendo ó condenando á 
ini desgraciado padre. Y yo, que tengo la conciencia 
de la sanidad de sus intenciones; yo que conozco la 
verdad, ¿cómo no he de esperar la absolución del jui- 
cio recto de la opinión públicaPn 

El que con modos tan persuasivos así comienza, se 
echa no obstante á cuestas la tarea de una probanza 
dificultosísima, primero por su naturaleza esencialmen- 
te negativa, y segundo porque va contra el hecho tan- 
gible y notorio. Este hecho no es otro que el propósito 
mancomunado, de Cueto y Yáñez, de perseguir de 
muerte en La Paz á los presos belcistas, por medio de 
un proceso militar. 

Entretanto, la pieza que va á leerse es de importan- 
cia histórica. En ella puede notarse un dato que arroja 
inmensa luz sobre uno de los puntos más oscuros de 
esta catástrofe tenebrosa. Esta defensa contiene una 
revelación. En su vista pedia el fiscal nada menos que 
la libertad inmediata de los que habían sido detenidos 
en setiembre. ¡La libertad! No fué escuchado. Las 
complacencias de Cueto con el superior furioso no fue- 
ron, pues, de tan indómita índole, qije no cayeran 
quebrantadas debajo de algún peso enorme, el peso 
jurídico de la inocencia de los detenidos. 

¡La libertad inmediata de los que fueron asesinados! 
Tan sólo se pidió que quedaran en la cárcel tres ó 
cuatro belcistas hasta que se evacuaran ciertas citas 
del proceso. Era qav/A lo más que podía hacer, .en 



4'96 Matanzas de Yáñez 

obsequio de su odio 6 de su docilidad aquel pobre fis- 
cal. Repito que este dato es de un valor capitaL 

La defensa del padre hecha por el hijo prosigue así: 

"Don Napoleón Quijarro, en un papel suelto, qtie 
es el apasionado eco de las victimas, dice de mi padre: 
i* Fiscal perpetuo, estuvo en el plan tenebroso de los 
"acontecimientos de la noche del 23 de octubre ül- 
"timo.ti 

i'No comprendo cómo pudiera aventurarse semejan- 
te aserto, sin fundarlo en algiin hecho, en algún dato, 
y también debía ser revelado al público para conven- 
cerlo; porque la sola palabra de un hombre ique es- 
cribe tomando un seudónimo, no puede ser basta^ute 
comprobante ^e un delito que á todos nos tiene ate- 
rrorizados. 

i'La noche del 23 de octubre, en que tuvo lugar tan 
infausto suceso, se recogió mi padre á casa á las nueve, 
y se puso á dormir á las once según su costumbre. Á 
las tres y media oyó que se le golpeaba la puerta; y era 
el sirviente que estaba en la puerta de calle, quien le 
avisó que un ofícial lo llamaba á nombre del coman- 
dante general. Lo hizo entrar, y era el sargento mayor 
retirado don Santiago Ayoroa, que le repitió que el co- 
mandante general lo llamaba. Como era natural, le 
preguntó si había alguna ocurrencia, y le contestó: que 
había estallado un motín; pero que había sido sofocado 
y fusilados muchos de los presos. 

*«Mi padre púsose á vestir inmediatamente, y en ese 
momento entró don Toribio Eduardo, dueño de la ca- 
sa, avisándole que desde la media noche había habido 
tiros, y que ha debido haber alguna revolución. Poco 
después salió mi padre á la calle, y fué visto por las 
señoritas Bacarresa. Llegó á la plaza y vio terimnado 
aquel espectáculo lúgubre, que lo llenó de terroí. A pe- 
sar de que Yáñez era hombre que nó permitía una ^ok 
reflexión contraria á sus ideas, mi padre con modo 



J 



r 



, Apéndice.^ Piezas del proceso 4^J 

^uave le hizo reproches que por supuesto fueron desa- 
tendidos. 

"Llamado otra vez, díjole Yáñez que era nombrado 
■juez fiscal para que organice una .sumaria; y mi padre 
se excusó,' resistió con tenacidad, alegando que era jefe 
[Kililico de Corocoro, y que tenía necesidad de dispo- 
ner su marcha. Pero Yáftez insistió hasta decirle que lo 
hacia responsable, y que darla parte al supremo go- 
bierno de su negativa á prestar un servicio, que él creía 
importante. 

"Mi padre, subalterno, ¿podía desobedecer á un jefe 
superior, constituido legalmente por el supremo go- 
bierno? Aceptó la comisión sin voluntad espontánea, 
y porque su deber así lo prescribía. V se forma una 
acusación de esie simple hecho, como si no conocieran 
que al militar no le es dado deliberar sobre la acepta- 
ción ó renuncia de una comisión de esta naturaleza. 
No tiene más que obedecer. 

"Pero bien: ¿por qué se hace un crimen de haber 
sido juez fiscal, cuando esta función es determinada 
por la leyP^Qué crimen es ser fiscalía Conozco que es 
odioso el puesto, ¡lorque tiene que perseguir y porque, 
mientras se descubre la verdad, aun el inocente tiene 
que sufrir; pero el líscal ¿es responsable de esto? Aun 
en lo civil es odioso el destino de acusador piíblico; 
porque los sindicados ó los reos no miran la ley sino 
la persona que los acusa. Está en la naturaleza de las 
pasiones que los acusados y los reos odien al fiscal y 
al juez. 

i'No me es^ pues, muy extraño que esas pasiones se 
desenfrenen hby día, aprovechando de la crisis que 
acabamos de pasar; pero esos hombres no tienen ra- 
ón, y no la tienen aún más si reconocen la verdad de 
s hechos relatados, y de que en la organización de la 
Diaria nada ha habido de ilegal. 

"No la ha habido tampoco en las opiniones de mi 



4(^S Matanzas de Yáñes 

padre, y si alguna vez las opiniones fiscales pndieran 
constituir un crimen, sepan los detractores que en su 
\ primera vista, que corre en el expediente relativo á 

aquel suceso, concluyó por pedir que inmediatamente 
se, pusiera en libertad á todos los sindicados, excepto á 
tres 6 cuatro, contra quienes había citas que debían 
ser exclarecidas con los careos y otros medios que sólo 
pueden tener lugar en el juicio. 

'•Me refiero á un documento irreprochable y exis- 
tente; y no creo que la pasión pudiera seguir hasta ei 
grado de desconocer la fuerza de esta razón, que por 
sí sola bastaría á justificar á mi padre calumniado. 

••Fuera de los testigos presenciales que he citado, 
ahí están los jefes y oficiales de la columna municipal, 
los de las tres compañías del batallón Segundo y todos 
los empleados de policía, que afirmarán que mi padre 
entró á la plaza cuando ellos estaban formados y cuan-: 
do ya había pasado toda la horrible escena; ¿cómo pu": 
do, pues, estar en el plan tenebroso? 

••Interpelo á la conciencia de los hombres honrados, 
y me harán justicia. Y cuando quieran los apasiona- 
dos poner por todo comprobante de acusación,- que 
han pedido la cabeza de mi padre y que el pueblo lo 
acusa, yo les diré: ••Malos caballeros sois, porque de- 
••cís lo que no creéis; pues sólo los estúpidos ó los muy. 
••malos pueden creer, que los gritos de unos cuantos, 
••son bastante proceso para condenar. •• 

••Esos gritos pueden ser de unos cuantos malhe- 
chores reunidos, á quienes mi padre ha tenido que. 
castigar en el largo tiempo qne ha sido intendente de 
policía. Esos gritos pueden ser dados por otros que 
han sido azuzados por tantos caballeros que se creen 
honrados, y que hacen alarde de pedir la cabeza de los 
* que constantemente hemos sido sus enemigos políti- 

cos. Y esos son los que hablan de justicia: esos, otros 
tantos caribes que quieren sangre de los inocentes, 



Apéndice. — Piezas del proceso 41^ 

para vengar la que fué derramada por un furioso sin- 
gular de nuesta, historia. — Andrés Cueto.» 

El suelto paceño intitulado La madrugada del 2j de 
noi'ientbre, suelto que comenzó á circula el 25, al enu- 
merar' los individuos á quienes buscó el pueblo para 
hacer con ellos justicia de Dios, contenía las palabras 
siguientes, y son ias que han dado mateen á la pieza 
anterior: n... á don Pedro Cueto, el perpetuo fiscal de 
sangre y director tenebroso de las farsas preparatorias 
de las matanzas, y á otros muchos esbirros y caribes de 
la caverna llamada policía.'' 

Bl 29 de noviembre, día siguiente de su llegada á La 
Paz, el gobierno expidió una orden general en que se 
daba de baja con ignominia y se borraba de la lista mi- 
litar al antiguo intendente de policía y reciente fiscal de 
guerra que nos ocupa. El decreto decía que S, E. "ha 
visto con indignación la execrable conducta observa- 
da por el coronel Pedro Cueto en la crisis pasada, y, 
no siendo permitido que jefes de este proceder perte- 
nezcan en el ejército actual, dispone... etc." 

Desde que se consolidó el gobierno pretoriano en 
Bolivia, con la ciudad de La Paz po* sede habitual, la 
intendencia de policía es allí el instrumento que eje- 
cuta toda suerte de tropelías y extorsiones soldadescas 
contra los individuos ó el vecindario. Su atribución 
principal es atentar contra las garantías individuales. 
Apenas hay persona de buena clase y de nobles sen- 
timientos que se preste á desempei^ar este destino 
ahora. Hace cerca de treinta años que ejercen el ofi- 
cio, en casi todas las intendencias, militares pretoria- 
nos, es decir, de esos que á punta de motines quitan 
y ponen presidentes de la república. 



J.^