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in 2010 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/analesmuseonat01mexi 



ANALES 



I 
Al ANALES 



DKI. 



Museo Nacional de Arqueología 

Historia y (Etnología ^c •■ ' ^ --/^ 

TOMO I 




MÉXICO 
MUSEO N. DE ARQUEOLOGÍA, HISTORIA Y ETNOLOGÍA 

1909 



654742 

jUS . z. SI 



Tai^LBUCS DK ImPHENTA, fOTOORABADO V EJI^í;! 'APBRN'ACIO?* DEL, ESTABL-KCIMIENTO. 




INTRODUCCIÓN. 



Tuvo un oriofen reciente el Museo Nacionnl de México. 

Bajo la dominación española, sólo existía una pequeña coleccicui 
de antigüedades, formada en su mayor parte de los códices y ma- 
nuscritos indígenas que el Caballero milanés don Lorenzo de Bo- 
turini y Benaduci, Señor de la Torre y Homo, había logrado reunir 
á costa de inauditos sacrificios, y las cuales le fueron confiscadas de 
la manera más injusta por el Gobierno Virreinal en 1743. Estas an- 
tigüedades permanecieron guardadas primeramente en la Secre- 
taría del \'irreinato, y después en la Biblioteca de la Real y Ponti- 
ficia Universidad de México, adonde pasaron por orden del Exmo. 
Señor Bailío D. Frey Antonio María de Bucareli y Ursúa, Virrey 
de la Nueva España: en uno y otro lugar las mermaron extraordi- 
nariamente el descuido, la humedad, los ratones y los hurtos. 

Consumada la Independencia, el Gobierno Nacional no sólo 
conservó en la misma Universidad las antigüedades 5^a existentes, 
sino que, además, asignó para el establecimiento de un jardín botá- 
nico la suma anual de $ 1892, 1 real, 3 granos, destinados á cubrir 
los sueldos de un Director catedrático de Botánica y de un jardine- 
ro y los gastos del jardín. 



VI 



Al hacer esto, el Supremo Gobierno no pensaba aún en fundar 
el Museo Nacional, cuya formación debía ser obra del tiempo, se- 
gTin manifestaba á las Cámaras del Congreso General don Lucas 
Alamán, Secretario de Estado y del Despacho de Relaciones Ex- 
teriores é Interiores, en la Memoria que presentó el 11 de enero 
de 1825. No obstante, ú fines de este año, don Sebastián Camacho, 
sucesor de don Lucas Alamán, anunciaba á dichas Cámaras que el 
Museo Nacional había quedado establecido, bajo «los más felices 
auspicios,» con un conservador, encargado «de su arreglo, seguri- 
dad y fomento,» y con muchos proyectos de «viajes científicos, des- 
cubrimientos, excavaciones y otras operaciones.» que nunca se hi- 
cieron. El Museo, pues, no tuvo otro fin que la conservación de al- 
gunas antigüedades, faltas de clasificación, orden y concierto. 

Propiamente, el Museo nació en virtud del decreto de 21 de 
noviembre de 1831, que ordenó su creación formal y su división en 
tres ramos: de antigüedades, de productos de industria y de histo- 
ria natural y jardín botánico; este decreto dispuso que quedara 
bajo la dirección de una junta de siete personas de notoria ilus- 
tración, pero sin sueldo alguno, y que tuviera la siguiente planta 
anual de empleados y gastos: 

Un conservador, secretario de la Junta Di- 
rectiva $ 1200.00 

Un catedrático de Historia Natural 1200.00 

Un dibujante conserje 600.00 

Un jardinero 600.00 

Para compra de objetos y gastos de conser- 
vación y mejoras del Establecimiento , . 3000.00 
Para gastos de escritorio y pago de mozos. 800.00 
Para gastos menores y pago de peones y 

hortelano de Chapultepec 1000.00 



Total $ 8400.00 



El Ejecutivo de la Unión procedió en seguida á organizar el 
Museo, de acuerdo con el mencionado decreto, y nombró miembros 
de la Junta Directiva á los Sres. Pablo de la Llave, Isidro Ignacio 
Icaza, Miguel Bustamante, José Mariano Sánchez Mora, Ignacio Cu- 
bas, Dr. Rafael Olagufbel é Ignacio Mora. Aunque el Ejecutivo de 
la Unión estaba facultado, desde el 20 de mayo de 1831, para 
transladar el Museo á la casa principal de la extinguida Inquisi- 



vil 

ción, aplazó indefinidamente la mudanza, y el Establecimiento con- 
tinuó en la Universidad, sin poder alcanzar desarrollo alguno: to- 
davía muchos años después pasaba «desapercibido,» según hacía 
notar don Manuel Orozco y Berra. 

Llegado acá el Archiduque Maximiliano, declaró, el 4 de diciem- 
bre de 1865, que el «Museo Público de Historia Natural, Arqueolo- 
gía é Historia» quedaba bajo su inmediata protección, y mandó 
que fuese transladado al departamento del Palacio Nacional que 
hoy ocupa y que sirvió anteriormente para Casa de Moneda; que tu- 
viese una biblioteca formada de los libros pertenecientes á la Uni- 
versidad y conventos suprimidos, y que el Gobierno sufragara los 
gastos de instalación, conservación y fomento, que no se fijaron. 

Luego que el Supremo Gobierno Constitucional venció al Ar- 
chiduque Maximiliano, dedicó al Museo, en el Presupuesto de Egre- 
sos Federales correspondiente al año fiscal de 1867 á 1868, la can- 
tidad de $ 12,000: la mitad para gastos y la otra mitad para sueldos 
de un Director, dos Profesores de Historia Natural, un Prepara- 
dor, un escribiente vigilante de los salones, un mozo y un portero. 
Desgraciadamente las penurias de la Hacienda Pública impidieron 
al Supremo Gobierno, durante largos años, aumentar la dota- 
ción pecuniaria del Museo, la cual sólo ascendía á $ 12,160.00 en el 
año fiscal de 1876 á 1877; por lo que, el Museo tampoco mejoró en- 
tonces. 

Elevado á la Suprema Magistratura el C. General Porfirio 
Díaz, restaurador indiscutido de la paz pública y primer factor del 
progreso actual de México, todos los establecimientos educativos 
federales comenzaron á recibir muy grande impulso. El Museo, que 
ya en el año fiscal de 1877 á 1878 tenía asignados $ 13,360.00, con- 
tó con una suma incesantemente mayor en cada uno de los años 
siguientes, la cual llegó á ser de $ 24,797.20 en el de 1900 á 1901; 
de manera que el Museo pudo desarrollarse, á la par que se des- 
arrollaba todo el país. 

Debemos manifestar que por virtud de la muy ilustrada é inte- 
ligente iniciativa del Sr. Lie. D. Justo Sierra, quien se hizo cargo 
del ramo federal de Instrucción Pública, primero como Subsecreta- 
rio, el 14 de junio de 1901, y cuatro años después, como Secretario 
de Estado, el Museo Nacional progresó más rápidamente aún, y 
al fin se convirtió en un establecimiento verdaderamente docente, 
pues desde entonces no ha cesado de abrir cátedras de todas las 
ciencias que cultiva, de establecer diversos talleres, de multiplicar 
sus publicaciones, de ensanchar su biblioteca y de clasificar y des- 
cribir cuantos objetos expone al público. Al propio tiempo ha 



VIII 



aumentado extraordinariamente sus colecciones (en cerca de seten- 
ta mil objetos, dm^ante los dos últimos años). 

Semejante desarrollo volvió insuficiente el local del Museo y 
obligó al Ejecutivo de la Unión á dividirlo, el 1° de febrero del pre- 
sente año, en dos establecimientos independientes, llamado uno Mu- 
seo Nacional de Arqucolos'ía, Historia y Etnología, y el otro, Museo 
Nacional de Historia Natural. Aquél continúa en el antiguo edifi- 
cio anexo al Palacio Nacional, y el segundo está siendo translada- 
do á un edificio nuevo de suficiente amplitud. 

Buena prueba de los esfuerzos que hace el Supremo Gobierno 
de la Unión para perfeccionar los establecimientos educativos na- 
cionales, es la considerable suma de ciento doce mil pesos que el 
actual Presupuesto de Egresos señala solamente al Museo Nacio- 
nal de Arqueología, Historia y Etnología, ó sea el décuplo de la 
dotación que tuvo todo el Museo Nacional en el año fiscal de 1867 
á 1868. 



* 



El programa de los Anales del Museo Nacional de Arqueología, 
Historia y Etnología será el mismo á que se ajustaron los Anales 
del antiguo Museo Nacional, con la única modificación de que ya 
no tratarán de las ciencias que forman la Historia Natural. 
México, 1" de abril de 1909. 

Genaro GarcIa. 



(^ 



HRRVE NOTICIA 

DE 



ALGONDS Ummm de ínteres histórico para MEXIi, 

QUE SE E.VCUENTKAX 

Efí LOS ARCHIVOS Y BIBLIOTECAS DE WASHINUTON. Ü. C; 



por V. Salado Álvarez, 

Socio DE NÚMERO DEI. LlCEO Al TAMIKANO, V CoKRKSroXnlEXTE 15K I.A AcADFMlA MEXICANA. 



At 




ADVERTENCIA 



Durante mi estancia en la capital de los Estados Unidos, al re- 
gistrar las colecciones de manuscritos que se hallan en las biblio- 
tecas y archivos públicos, tropecé con muchos papeles relativos á 
México, que, en mi concepto, merecen llamar la atención de los es- 
tudiosos y hombres de ciencia, por constituir un manantial de co- 
nocimientos históricos, hasta ahora no explotado. 

Quizá este catálogo tenga el mérito de atraer la atención de 
los que se ocupan en investigaciones relativas á México : si logra 
tal cosa, habrá cumplido su objeto plenamente. 

La mayor parte de los manuscritos que enumero pertenecen á 
la Cougressioiial Librar y, de Washington ; así es que en los luga- 
res en que no menciono otra colección, debe entenderse que de 
esa fuente proceden los documentos. 

Doy rendida y cordialmente las gracias al señor Secretario de 
Estado, Root, que se dignó abrirme las puertas de los archivos del 
Departamento de Estado; á Mr. Worthington C. Ford, jefe del De- 
partamento de Manuscritos de la Librar y ofCongress, á Miss Eli- 



zabeth Howard West, dependiente de ese negociado, y á Mr. Hol- 
mes, Director del Burean of American Ethnology. 

Todos facilitaron esta tarea y contribuyeron á aliviar ó aquila- 
tar otras que ejecuté en el tiempo que viví en la vecina República, 
y las cuales quizá no habría llevado á cabo sin la cooperación de tan 
generosas personas. 

México y abril de 1908. 

V. Salado Alvarez. 



jíS#5i^oa^^igoií^ 




Al ; emporio | de el ¡ Nuevo Mundo | Centro ¡ de la | liberalidad, 
y magnificencia | Archivo | de | Nobleza, Ciencia y Virtud | 
Mineral | de \ Inaenios, y Riquezas | Refugio ! de | Pobres 
y Desvalidos ¡ Epilogo ] de | Grandezas | la Gran Ciudad y 
Corte impr.i | de | México | vn su aficionado D. y C. 1760. Ma- 
nuscrito, tamaño doceavo, forro de badana, 178 páginas, exce- 
lente carácter de letra. 

Chistosa refutación, en prosa y verso, del Trienio Astrológico de 
don Diego de Torres y Villarroel, burlándose de los pi-onósticos que so- 
lian hacerse acerca de cosas venideras y en tiempo fijo. Está dirigido á 
un personaje que no se menciona, y dícese que fué escrito «por el em- 
peño en que me puso una señora de solicitar limosna para una obra de 
charidad.» 

Alvarez de Toledo, José.— Carta en español dirigida en 25 de no- 
viembre de 1813, desde Nashville (Tenn.) á Mr. Lancelle rehu- 
sando una proposición del general Humbert sobre levantamien- 
to de tropas para invadir las posesiones españolas. 

Carta en español «á su amigo Mr. Shaler,» en dos hojas tamaño 

folio, fechada en la habitación del General Oyerton (probable- 
mente en N. Orleans) «á 28 de Nov.e de 1813» y dirigida á Mr. 
William Shaler de Washington. 

Habla de las complicaciones y dificultades con que tropezaba, de la 
posibilidad del auxilio á los patriotas me.xicanos por parte del gobierno 
de los Estados Unidos y de las esperanzas de aquéllos de ver libre á 
su país. 

1 



Álvaxez de Toledo, José. — Carta á Shaler, en dos hojas tamaño fo- 
lio, fechada en Nashville á 16 de enero de 1814, y tratando de la 
expedición del Dr. Robinson, de quien el signatario había deter- 
minado separarse. También toca lo relativo :í la posible inter- 
vención de los Estados Unidos en la revolución mexicana. Este 
legajo se halla en el Departamento de Estado. 

■ — — Con el título Papcrs niatiiig tu Louisiana and tlic soiitlivni 



botíiidai'y hay en el Departamento de Estado un tomo que 
arroja gran luz sobre la guerra de independencia en Tejas, 3^ 
su carácter esencialmente filibustero; de tal manera, que queda 
justificada la aserción del Dr. Me. Caleb, de que la expedición 
Gutiérrez Magee fué sólo el prólogo de la guerra de 46. Hay en 
e.sta colección cartas de Toledo, Gregor Me. Gregor, Robinson 
y otros muchos, y razón detallada de la misión de Shaler ;í Te- 
jas en 1813. El resto del tomo lo ocupa la relación del viaje de 
Bernardo de la Harpe. 

(Véase Burr, Aaron.) 

América, Descubrimiento de.— «America, Spanish Colonies. Copies 
of letters relating to exploration and settlement of México and 
South America with instructions concerning Nuñez de Balboa., 
Hernando Cortez, letters from Mexican Bishops & descriptions 
of routes to the Philippines.» 

En este legajo se hallan muchas copias manuscritas de documen- 
tos relativos á la historia de las Indias; á México se refieren particular- 
mente la 

«Exposición de los Obispos de México, Oaxaca y Guatemala a 
S. M. de 4 de Diciembre de 1537» y la 

«Capitulación celebrada entre Diego \'elazquez 3' Hernán Cor- 
tez para el arreglo de la expedición á Yucatán y Nueva España — 
Sacada de la copia auténtica, que se hizo á petición del primero, 
por Vicente López escribano ptiblico de Santiago del Puerto de la 
Isla Fernandina a trece de Octubre, mil quinientos diez y nueve, 
por mandato del muy virtuoso Señor Andrés de Duero, Alcalde en 
la dicha Ciudad por sus Altezas » 

Estas y las demás piezas se hallaban, según se dice, una en la biblio- 
teca de don Pascual de Gayangos, y las demás en la colección de don 
Juan Bautista Muñoz. Están hechas con particular primor y acuciosa- 
mente corregidas. Los originales han desaparecido en España y algu- 



nos de ellos se híillan en Inglaterra (como las cartas inéditas de varios 
al Cardenal Ximénez); de otros se ignora el paradero. 

Persona que ha hecho el cotejo con las copias que se han estampado 
en las publicaciones españolas, me refiere que éstas contienen conside- 
rables variantes. 

Berrio de Montalvo, Don Luis. (\^éase Spanish tracts.) 

Burr, Aaron.—Let/iTS i¡i rclation to Biirr's Conspiracy. 

Un volumen folio que comprende muchísimas cartas relativas 
á la conspiración de Aaron Burr firmadas por Clayborne, Benson, 
Wilkinson, Toledo y otros muchos. El eruditísimo doctor Walter 
Flavius Mac Caleb escribe en el prefacio de su libro «The Aaron 
Burr Conspiracy» (pág. XIV) que «estas cartas son en extremo 
importantes y contribuyen grandemente á aclarar el conjunto de 
la conspiración, especialmente el postrer período, que puede fijar- 
se en el juicio de Richmond.» 

Vale la pena de mencionarse especialmente un escrito anónimo fe- 
chado en Madrid á 23 de diciembre de 1814 y dirigido probablemente á 
Fernando VII; dicho papel concluye así: 

«No hay tiempo que perder, y debemos, en la presente favorable cir- 
cunstancia, en que se hallan envueltos los Estados Unidos en una gue- 
rra con Inglaterra, aprovechar la ocasión que se presenta de establecer 
por medio de bien dirijidas Negociaciones Diplomáticas, una ventajosa 
linea divisoria que separe los dos Estados terminando las discordias y 
los peligros á que ha dado margen el ti-atado de san Ildefonso, y por 
medio de buenas y oportunas disposiciones en las Provincias limítro- 
fes poner los territorios de V. M., limites con los Estados Unidos, en 
una situación respectable, capaz de poder contener los progresos de un 
vecino ambicioso que en pocos años ha avanzado ya la mitad del cami- 
no que le separaba de las ricas Posesiones de V. M. en el continente de 
la América Septentrional.» 

Asimismo merece citarse una serie de cartas escritas por don José 
Alvarez de Toledo, en que se habla, entre otras cosas, del proyecto de 
colocar en el trono de México á la Infanta Carlota, en virtud de los dere- 
chos que en su favor habían declarado las cortes de Cádiz, «abrigán- 
dose la esperanza de que los Estados Unidos no consientan la realiza- 
ción de ese plan.» También censura Toledo la intervención que en el 
ejército independiente había concedido el coronel don Piernardo Gutié- 
rrez á uno de los complicados en la conspiración de Burr. 

Toledo se extiende acerca de las probabilidades de formar un con- 
greso, ya fuera independiente del de Rayón ó en conexión con el que és- 
te acababa de establecer. 

En el legajo se halla también la nota reservada N.° 4, del virrey Ca- 



lleja, participando el estado 3^ ocurrencias del reino de Nueva España y 
la noticia acerca de la invasión proyectada en la provincia de Tejas 
y costa de Vera- Cruz, por la Luisiana, y dando cuenta de las provi- 
dencias tomadas. El original fué aprehendido por uno de los corsarios 
de Buenos Aires, estaba fechado en I." de marzo de 1816 y dirigido al 
Ministro de la Guerra. 

Californias.-Año.s— 1700 — 1702— 1704— 1706— 1708— 1709— 1710 
—1712— 1714— 1715— 1716— 1717— 1718— j^ 1720 5^22-23-24. 
Libro en folio, de 64 fojas, pasta de pergamino, que lleva en el 
tejuelo el título: «Californias desde 1700-1724 (a.s).» 

Es el registro, en papel sellado, de las órdenes que llegaban acer- 
ca de pago de fondos que por ayuda de costa suministrada por la real 
corona ó por cualquier otro capítulo, se recibían de las diferentes mi- 
siones. La creo obra muy interesante y altamente reveladora del estado 
económico y social de aquella comarca. 

Colonias españolas.— «Rapport surL'état et laSituationExacte des 
Colonies Espagnoles de TAmerique á la fin de 1817.— Conte- 
nant la Position des af taires dans les Colonies salvantes : 

Les Florides et Tile D'Amelie. 

Le Nouveau Mexique. 

Les deux Californies. 

Le Mexique. 

L'ile de Cuba et Porto Rico. 

Le Papayan. 

La Nouvelle Grenade. 

La Terre ferme. 

Vénézuella et Margarita. 

La guayanne et L'orenoque. 

iVlonte Video et El Sto. Sacramento. 

Le Paraguaj' et Buenos Ayres. 

Le Chili et Chiloé. 

Le Perou. 

Londres 13 janvier 1818.» 

Informe en 28 fojas acerca de la situación política de la i\mé- 

rica española, fechado en Londres el 13 de enero de 1818. Vie- 
nen ;í continuación otros tres escritos fechados en la misma ca- 
pital y que llevan los títulos de Sécond, Troisiciiic y Oiiatriéme 
vnpport, con 14, 20 y 25 páginas respectivamente, llevando fe- 



chas de 17 de abril, 10 de julio y 30 de septiembre del mis- 
mo año, 1817. 

Parece que esta colección se formó con las noticias que suministra- 
ban los agentes ingleses enviados á la América. Ninguna persona que 
desee conocer la situación de las colonias españolas en aquel período, 
puede ignorar estas relaciones llenas de datos acerca del comercio, de 
detalles nuevos sobre las personas y de apreciaciones no siempre des- 
caminadas tocante á los sucesos. 

Cortés, Don José.— Memorias ¡ sobre las Provincias | del [ Norte 

de Nueva España | por | D. José Cortés Teniente | del Real 

Cuerpo de I Ingenieros | Año de MDCCXCIX. 

Un volumen empastado con ciento setenta y siete pág;inas de 

texto y cuatro de índice. Ochenta y ocho páginas Comprenden las 

Memorias propiamente dichas, y el rpsto el «Diario y Derrotero 

de los descubrimientos de tierras á los ríos N. N. O. E. de Nuevo 

México por los R. R. P. P. Fr. Silvestre Vélez Escalante y Fr. 

Francisco Atanasio Domínguez.» 

La obra de Cortés fué traducida é impresa, en parte, en Señale Exe- 
cutivc Docítnients 78, p. 3, pp. 119-127-33 Congress 2." session. 

El diario de los padres está publicado en el tomo I de Documentos 
para la Historia de México, serie II, México, 1853. 

Corwin-Doblado, Tratado. — «Tratado Corwin Doblado y conven- 
ción Corwin Zamacona.» 

Copia en 12 fojas del tratailo y la convenciíjn que se mencio- 
nan, y de los cuales el primero tiene por objeto que los Estados 
Unidos presten á México once millones de pesos con interés de 
seis por ciento anual. El decreto de aprobación respectivo está 
firmado en México á 11 de diciembre de 1861. La convención, que 
se refiere á la manera como se ha de pagar á los comisionados, 
lleva la fecha de 17 de abril de 1862. El enunciado del documento 
está en español y el texto en inglés. 

Corwin Zamacona. (Véase Corwin, Doblado.) 

Domínguez, Fr. Francisco Atanasio. (Véase Cortés, Don José.) 

Domínguez, P. — «Diario del Padre Domínguez en Sonora y Si- 
naloa.» Burean of American Ethnology, N.° 7582, bóveda 2, 
shelve 82, 1898. Fué enajenado por el Dr. León en % 10. Ciento 



cinco páginas, inclusive el torro. Noticia de una visita á las mi- 
siones de Chihuahua. Sonora y Sinaloa, con curiosísimos datos 
acerca de estadística, situaci(')n de las misiones, iijlesias con 
que contaban, etc. 

Empieza por unas notas llamadas, Ipi/iifrs t/c lo qin- se observa 
en gen.' para el remedio, que son las ideas del autor acerca de 
la manera de atajar los males que padecían las misiones. Habla 
primero de Sonora (en la cual comprende la alta y la baja Tarao- 
mara), sigue con Sinaloa y trae luego unas Ordenaciones genera- 
les connmes para lodos los padres /nissioneros. Concluye con la 
noticia de las cantidades que el autor recibió para los gastos de 
la visita. El cuaderno cst;i escrito con dos caracteres de letra. 



Font, Fr. Pedro. -«Diario que formó el P. F.Pedro Font Prcd.'' 
apeo, del Colegio de la Sta. Cruz de Queretaro, sacado del Bo- 
rrador que escrivio en el camino del \"iage que hizo á Monte 
Rey y Puerto de S.° Franco, en comp.-^ del Then.'e Coronel de 
Cavallería, Cap." del Presidio de Tiisac y Comandante de la 
Expedición de familias 3' Soldados p.^ el nuevo Establecimiento 
de aquel Puerto, D." Juan Raut.^ de Ausa, por orden y Dispo- 
sición del En-c.'tio Sr. Baylio Frey D." Ant.^ María Bucareli, y 
Usua, Then.'^ Gral. virrey Governad.'' y Cap." Gral. de esta 
N.'"» España, comunicada al Rdo. P.e Guard." del Colegio de la 
Sta. Cruz de Queretaro fr. Romualdo Cartagena por carta que 
le escrivio dada á 2 de henero de 1775 e intimada á dho P.^ por 
otro R.do Guar.dn por carta de fecha de 20 de henero del mis- 
mo año, con encargo de acompañar á dho. Sr. Comandante en 
todo el viage y de observar las alturas del camino. Acompa- 
ña á este Diario un mapa de todo el viage en el cual se señala 
con puntos el camino, se expresan por números las jornadas y 
se distinguen por abecedario los lugares ó parages particula- 
res de que se hará mención en este Diario, todo hecho y tra- 
vajado de vuelta de viaje en esta misión de Ures por el mes de 
junio del presente año, mil setecientos setenta y seis. No pu- 
de aver este plan pero he sacado otro de otro padre que co- 
rresponde al Diario del P.e Garces y da alg." luz sobre el derro- 
tero del P.e Font al Puerto de S." Franc.°» 
Manuscrito de veintiuna fojas en cuarto menor, escrito de mano 
del Padre Beaumont. Acompáflanlo una «Planta hichonographica 
de la Casa Grande del Río Gila» y un Plan de la Boca del Puer- 
to de S." Francisco. En 37° 49' — ".» 



Tanto la copia como su original pertenecieron al Dr. don Nicolás 
León, quien vendió éste al Dr. John Nicholas Brown, de Providence, 
Rhode Island. El manuscrito principal se halla ahora en la «John Cár- 
ter Brown Librar}'», Brown University, y el traslado en la Congrcssio- 
nal Lihrary. 

El Burean of American E/ ¡iiio/ogy po&ee una preciosa copia en que 
es mu}' de mencionarse el plano de Casas Grandes. 



Garcés, Fray Francisco. — Manuscrito en folio tam;ui(j ordinario. 
Doscientas once páginas, inclusive la hoja en blanco que sigue 
' á la del título. Se halla en la dirección del Bi/reaii of American 
EtJuiology bajo el número 7415. Se compró al Dr. Nicolás León, 
y carece del mapa, que probablemente acompañó la copia pri- 
mitiva. Según el Dr. Elliot Coues, este traslado fué hecho an- 
tes del 4 de agosto de 17(S,'), pues así aparece en la nota de las 
páginas 210-211, firmadas en la fecha citada por Miguel Vale- 
ro Olea, secretario del virreinato. 



La portada del manuscrito es como sigue: 

«Diario formado por el P. Fr. Francisco Garccs, Hijo del Cole- 
gio de la Sta. Cruz de Queretaro en el viaje que ha hecho el año 
de 1775 por mandado del Exmo. Sr. D." Fr. Antonio María Buca- 
reli y Vrsua, thenien General, Virrey Governador y Capitán gral. 
de esta Nueba España, intimado por .su carta de 2 de henero del 
mismo año, determinado en la Junta de Guerra hecha en México 
en 28 de noviembre del año antezedente; y asimismo mandado por 
el R. P. Fr. Romualdo Cartagena, Guardian de dho. Colegio en car- 
ta de 20 de enero de 75 y por su sucesor el R. P. Fr. Diego Xime- 
nez en carta de 17 de febrero del mismo año en las que me orde- 
nan que acompañado de otro religioso me junte con el Theniente 
Coronel D." Juan Bautista de .\usa, y el R. P. Fr. Pedro Font, que 
van hasta el puerto de S." Francisco: y que acompañándolos hasta 
el Río Colorado espere allí su buelta con el compañero que llebe, 
y en este intermedio examine los parages, trate con las naciones 
inmediatas y explore el ánimo y disposición de sus Naturales al 
Catequismo y X'asallage de Nuestro Soverano.» 

El libro ha sido traducido al inglés con este título: 

< On the trail of a spanish pioneer, the diary and itinerary of 
Francisco Garcés (missionary priest) in his travels through Sono- 
ra, Arizona and California 1775-1776. Translated from an official 
contemporaneus copy of the original Spanish manuscript, and edi- 



8 

ted with copious critical notes by Elliot Coucs, Editor of Lcwis and 
Clark, of Pike, of Henry and Thompson, Fowler journal, Larpen- 
teur, &. &. Eiíitheen maps, vicws and facsimilcs in two volumes. 
New York Francis P. Harpcr 1900.» 

Garcés, Fray Francisco.— «Diario que ha formado el P.e Fr. Franc.*' 
Garcés hijo del Colegio de la S.t» Cruz de Qucretaro del viage 
que ha hecho este año de mil setecientos setenta y cinco, por 
mandado del Exc.™» Sr. Frey Dn. Ant.o María Bucareli y Usua 
Theniente Gral. Virrey Governad.r y Cap.° Gral. de esta Nue- 
va España, intimado en su Carta de dos de henero de 1775, y 
determinado en la Junta de Guerra, hecha en ¡México en 28 de 
s.tre de 1774; y así mismo mandado por el R. P. Fr. Romualdo 
de Cartagena Guard." de dcho. Colegio, en carta de 20 de hene- 
ro de 1775 y de su succesor el R. P. Fr. Diego Ximenez, en car- 
ta de 17 de febrero del mismo año, en las que me ordenan, que 
acompañado de otro Religioso, me junte con el Then.te Coro- 
nel D." Juan Bautista Ausa y el P. Fr. Pedro Font que van has- 
ta el Puerto de S." Franc»; y que acompañándolos hasta el Rio 
Colorado, espere allí su vuelta, con el compañero que lleve, y 
que en este intermedio examine los parages, trate con las na- 
ciones inmediatas y explore el camino y disposición de sus na- 
turales al Cathechismo y al vasallaje de N.° Soberano.» 

Nueva copia del Diario del Padre Garcés, en sesenta páginas, cuar- 
to menor, probablemente tomada del original que existe en el Burean 
of American Ethnology ó del que se publicó en el tomo I, segunda se- 
rie, pp. 225-374 de Docununlos para la Historia de México (México, 
Imp. de Escalante, 1854). El ejemplar perteneció también al Dr. León, 
quien asegura que. dicho papel es de la mano del padre Fr. Pablo de la 
Purísima Concepción Beaumont; si bien dista mucho de la pureza, cla- 
ridad y hermo.sura del primer manuscrito. El de que trato ahora fué 
vendido en ocho pesos por el Dr. León, y contiene, respecto del que 
existe en el Instituto Smithsoniano, muchas variantes que anota el fina- 
do Dr. Coues. 

Garcés, Lie. don Ramón. Garcés, Licenciado don Manuel. Chi- 
huahua.- Año de ldll.-~Quadern() N." 10. — Dos declaraciones 
de otros tantos reos de insurrección. — Lie. D." Ramón Garcés. 
— Lie. D." Maní. Garcés. — Pieza l.-"^ (Con otro carácter de letra.) 
Chihuahua, march 21 184.S. James \'. .\. Shields Srgt. Major 
Infy Battn Mo Vols (rSargento mayor del batallón voluntarios 



de infantería de Missouri?). Por la fecha, parece que este ma- 
nuscrito fué tomado como botín en Chihuahua, en tiempo de la 
ouerra con los Estados Unidos. Es un expediente incompleto, de 
102 páginas, que empieza con un oficio de don Nemesio Salcedo 
á donjuán Ruiz de Bustamante, fecha 29 de mayo de 1811, orde- 
nándole proceda á sumariar «á D." Ramón y D." Manuel Gar- 
ces que fueron aprehendidos en el Parage de las Norias de Ba- 
xan en compañía de los Reos cabezas de la insurrección,» y 
concluye con una representación de don Manuel Garcés, retrac- 
tándose y procurando justificar su nombramiento de asesor en 
Zacatecas, durante el gobierno del conde de Santiago. La fecha 
de presentación de este escrito es 23 de agosto de 1811, con- 
forme consta del acuerdo marginal de Salcedo, mand;indolo 
■ pasar al asesor Bracho, y del dictamen de éste aplazando su píi- 
reccr para cuando se conozca el resultado de los exhortos en- 
viados á Zacatecas. 

Gómez, Don Jacinto. (\^éase Muñoz, Don Cayetano.) 

Gutiérrez de Medina, Don Cristóbal. (Véase Spanisii tracts.) 

Jesuitas.- Serie de noventa y dos documentos en español, acerca 
de un pleito seguido entre los jesuítas y la mitra de México, 
sobre pago de diezmos que la Compañía adeudaba por las ha- 
ciendas de Tiripitfo, Cucha y San José, y en el que, habiéndose 
rehusado los regulares ;í satisfacer lo que se les cobraba, se 
fijaron contra ellos tablillas de excomuni()n. 
El hecho acaeció en agosto de 1738, conforme consta del dis- 
curso apologético escrito por el padre José María Monzuo. 

Se hallan también muchos documentos anexos referentes á la 
disputa y algunos títulos de las tierras mencionadas. 

Piírece que estos papeles fueron tomados en la ciudad de México, 
durante la guerra con los Estados Unidos; que permanecieron muchos 
años en la Secretaría de Guerra, en Washington, y pasaron de allí á la 
de Estado; últimamente paran en la Co>ií(rcssíoiial Library, por dispo- 
sición del Presidente Th. Roosevelt. 

Es errónea la fecha (1631) que sobre este pleito se asigna en el enun- 
ciado del expediente. 

Marina. -'Testimonio a copia del Reglamento de Sueldos, y razio- 
nes de Marina, expedido por su Magestad (que Dios guarde).» 

Anales. ^ 



10 

Este manuscrito es curioso, porque da á conocer tanto lo que gana- 
ban los marinos cuando se hallaban en tierra, como las gratificaciones 
que recibían una vez embarcados, y las raciones que al dia les tocaban. 

El testimonio está firmado por Juan Martínez de Soria, Secretario 
del \'irreinato. 



"Me. Lane-Ocampo Treaty."— Copia íntegra, en LS fojas y en len- 
gua inglesa, del Tratado ¡NIc. Lañe Ocampo, firmado en \'era- 
Cruz ú 14 de diciembre del 59. 

Parece haber sido éste el original que se envió para información 
particular del Secretario de Estado ó del Presidente de la República, 
pues tiene correcciones que demuestran se estudió y examinó cuida- 
dosamente. 

Mechuacán. — «Relación de las ceremonias y ritos y población y go- 
bernación de los Indios de la Provincia de Mechuacán, hecha al 
Illmo. Sr. Don An|pnio de Mendoza, \'irrey y Gobernador de 
esta Nueva España por S. M. Q. D. G.» 

Limpia y preciosa copia de dos manuscritos presentados á don 
Antonio de Mendoza. El primero está impreso, aunque con nota- 
bles vaiñantes, en la colección de «Documentos Inéditos para la 
Historia de España,» 1869, Tomo Lili, páginas ó á 293. Otra edi- 
ción se estampó en Madrid (Librería de M. Murillo, 1875), 293 pá- 
ginas en octavo. 

Esta copia contiene numerosísimas ilustraciones á colores, que no 
se reprodujeron en las ediciones españolas; sin que esté en ellas tam- 
poco el «Calendario de toda la indicada gente por donde han contado 
sus tiempos hasta hoy ahora nue\amente puesto en forma de rueda pa- 
ra mejor ser entendido,» con que conclu3^e el libro. 

"Moctezuma.— Decretos — años de 1708-709-710-711-712 y 1713.» 
Manuscrito de 115 páginas, empastado en pergamino y que per- 
teneció á la colección de E. Boban, anticuario de París. 

Se dice en el forro que contiene varios decretos relativos á los des- 
cendientes de Moctezuma; pero lo cierto es que \"o no he encontrado 
cosa alguna que tenga relación con tal asunto. 

Monclova, Junta de. — Expediente de nueve hojas en folio, relativo 
á las contestaciones que se siguieron entre el Brigadier don Ne- 
mesio .Salcedo, comandante general de las Pro\"incias internas. 



11 

y don Manuel de Salcedo, Gobernador de Texas, sobre las cau- 
sas porque env'ió á Durango, custodiados por un teniente vete- 
rano }■ veinte hombres, á diez sacerdotes de los que puso á su 
disposición la junta de Monclova. 

En este expediente está la lista original, formada por Elizondo, 
de los nombres y calidades de los presos, fecha en Monclova á 26 de 
marzo de 1811. De la colección donada por J. V. N. Shields, sargen- 
to mayor del bat;illón de infantería de voluntarios de Missouri. El 
manuscrito lleva esta indicación: Chihuahua, march 21, 1847. 

Morales, Pedro de. ^W'ase Spaxish tracts.) 

Morfi, Padre Agustín de.— «Memorias para la historia de la Pro- 
vincia de Tejas escritas por el Reverendo Padre Juan Agustín 
de Morfi lector jubilado é hijo de la Provincia del Santo Evan- 
gelio de México.» Manuscrito de 242 páginas en folio menor, con 
encuadei-nación moderna y el plano coloreado de un proyectode 
población. 

Esta copia, que es contemporánea del autor \- probablemente escrita 
por él mismo, ó bajo su cuidado, fué enajenada por el Dr. don Nicolás 
León. 

El manuscrito se detiene por el aflo de 1690; pero según parece hay 
otro mejor y más completo, que Bancroft tuvo á la vista, y que llega 
hasta 1782, tiempo en que la obra se escribió, pues en el libro IV, pág. 
124, al hablarse del Padre Fray Pedro Ramírez de Arellano, se dice 
«que este digno Ministro murió el año pasado de 1781.» 

En los Dociimciitos pura la Historia Civil y Eclcsiaslica de la Pro- 
vincia de Tejas, Tomo 1, hay una advertencia del Padre colector, Fray 
Francisco García Figueroa, en que asegura éste que el Padre Morfi, 

«asaltado de una maligna fiebre, murió antes de concluirlas (las 

memorias) siendo Guardian de este convento grande (de San Francisco 
de México) el 20 de Octubre de 1782.» 

Muñoz, Don Cayetano.— Certificado en una hoja, finnado por los 
Dres. don Cayetano Muñoz y don Jacinto Gómez, en Durango, 
á 1.° de marzo de 1813, asegurando que son higiénicos, ventila- 
dos y de buena capacidad los calabozos que habitan los reos 
insurgentes. Este documento pertenece también á la colección 
donada por Shields. 

Murphy, N. S.— Carta autógrafa, en dos hojas, firmada por N. S. 
Murphy, Ministro de los Estados Unidos en la república de Te- 



12 

jas, en Galveston, ;í 14 de octubre de 1843. Está dirigida á Ro- 
berto ). Waiker y trata de la intervención de Inglaterra en los 
negocios téjanos, tema que tanto se explotó en la época de aque- 
lla escición, no sin entrar en algunas curiosas disquisiciones 
acerca del punto de la esclavitud. Este documento fué compra- 
do á Jorge D. Smitb, quien lo adquirió del mismo Waiker. 

Nueva España, Gobierno de.— «Vandos y reglas impresas corres- 
pondientes al uirreynato de Nueva Esp.^ Libro 1.° sobre Cruza- 
da, Inmunidad, Moneda, bebidas prohividas y Loterías.» Com- 
prende cincuenta y tres bandos de virreyes acerca de los pun- 
tos que detalla el título. De estos bandos algunos estíln impre- 
sos y otros manuscritos. Empieza con el bre\'e de Benedicto 
XIV concediendo al re}' de España la facultad de administrar 
el producto de las bulas de cruzada, y concluye con el bando 
que el marqués de Croix expidió en 17 de julio de 1771 decla- 
rando las fechas en que se han de celebrar los sorteos de la 
lotería. 

«Vandos y reglas correspondientes al virreinato de Nueva Es- 
paña. Libro 2.° Aduanas. Pulques y Alcavalas, Abastos de car- 
nes, assiento de víberes. Algodón, géneros por Goatemala, Co- 
mercio libre, Filipinas y Acapulco, comercio ilícito, extrange- 
ros, capitán del Puerto y Maestranza de Vcracruz, Marina y 
Batallón extinguido de Barlovento.» Treinta y cinco piezas, in- 
terpolados manuscritos é impresos. Empieza con las Ordenan- 
zas déla Real Aduana expedidas por el Conde de Revillagigedo 
(1753) y concluye con el «Reglam.'" de Dros. q.'^ deben contri- 
buir los Géneros comestibles de America á la entrada en Car- 
tagena expedido por S. M. en el año de 1750.» 

«Vandos y reglas correspondientes al uirreinato de Nueva Es- 



paña. Libro III sobre declaraciones de guerra y pazes, tropas, 
presidios internos, y milicias.» Sesenta y una piezas folio. La 
primera es el «Vando de 2S de Julio de 1727 sobre represalias 
con motivo de recelo de rompimto. con Ingleses» y la última 
«Reglamto de Presidios Internos, a.° de 1771.» 

Nuevo Mé-K.ico.—D/an'o de Don Antonio de Otcnnín, Goberna- 
dor y capitán general del rej^no y provincias del Nuevo Mé- 
xico. Año de 1681. {Bttreau of American Etlinologx, número 
5283, 1896.) 



13 

Manuscrito de 272 páginas en tamaño de earta. Carece de portada y 
de las primeras hojas; pero la relación es perfecta. Empieza por la no- 
ticia de las armas que para la entrada recogió el gobernador Otermín; 
sigue por el acta de 5 de noviembre de 1681, en que el ejército «marchó 
de esta plaza de armas de nuesta Señora de Guadalupe del Paso, Ha- 
biendo su Señoría nombrado todos los cabos de guerra necesarios, dis- 
puesto las compañías de caballada, muías de los carros ganados y ar- 
bolado el real estandarte con la guardia necesaria, tomando clarines 
se salió en toda marcha y militar disciplina pasóse el rio de norte y se 
tuvo la tomada de aquel rio, todo en conserva y á la vista uno de otro 
hasta que cerca de meterse el sol prosiguióse la marcha en la misma 
forma hasta que se llegó á un paraje que llaman «el estero largo.» 

Es la relación de la batida que el gobernador dio á los apaches, es- 
crita con hermoso, viril y animado estilo, probablemente por mano del 
secretario de gobierno y guerra, Francisco Javier, que autorízalas actas 
diarias. 

Autos de guerra de la reconquista de este Reyno déla Nueva 

Méjico, victorias y triunfo.s, que mediante la protección de Ma- 
ría Santísima Señora Nuestra tiene conseguidos, obediencia, 
rendimiento y vasallaje que por fuerza de armas han dado to- 
dos los pueblos de Teguas, Taños, Janos Picuries, Taos y 
Jemes, Queres de Santo Domingo y Cochiti; que con el desvelo 
y continuadas campañas y guerras sangrientas, ha dado á di- 
chas naciones lo tiene todo ya pacificado y puestos sus minis- 
tros el Señor Gobernador Don Dieg'o de Vargas Zapata Lujan, 
dignísimo y merecidísimo Gobernador de este reyno de la Nue- 
va Méjico, su nuevo conquistador, á su costa conquistador y ro- 
blador (?) en el 3^ castellano de sus fuerzas y presidios por su 
magestad. 

Relación de una entrada contra los bárbaros dirigida al vi- 
rrey conde de Galve y fechada en Santa Fe á 14 de octubre de 
1694 años. 



^Documentos de la insurrección de los indios en Nueva Méjico 
por su reconquistador don Diego de Varg'as Zapata Lujan Pon- 
ce de León, Año de 1693. 73, págs. tamaño cuarto. Contiene di- 
ferentes diligencias acerca de la reconquista, empezando por el 
parecer de los frailes misioneros, encabezados por Fr. Salva- 
dor de San Antonio. En general, son noticias acerca de los 
sucesos de armas, todos autorizados por Alfonso Real de Agui- 
jar, secretario de gobierno y guerra. 



14 

Los escritos antecedentes esti'in sacados de un original que se halla 
en poder del general W. W. H Davis, de Dojiestown, Pensilvania, )' no 
pueden publicarse sin su permiso. 

Las copias que conozco son de máquina, y en mi concepto, muy poco 
fidedignas. En nuestro archivo se encuentran muchos documentos acerca 
de las empresas de Zapata, pero lo.s títulos son distintos de los que he 
transcrito. 

Olivares, lUmo. don Francisco Gabriel, obispo de Durango.— Cu- 
riosísimo expediente de ciento cinco páginas folio, conteniendo 
la competencia promovida por don Francisco Gabriel de Oli- 
vares, obispo de Durando, en las causas instruidas á 
Fraj' Ignacio Jiménez, regular de la observancia, capellán de la 

hacienda de Tetillas. 
Fray Carlos Medina, reg. obser\'ante. 
Fray Bernardo Conde, reg. observante. 
Fray Pedro Bustamante, mercedario. 
Don Mariano Balleza. 
Don Mariano Hidalgo Muñoz. 

Son interesantísimas la comunicación reservada del obispo, fechada 
en 6 de julio de 181 1, }• los anónimos suplicatorios ó amenazantes que 
se encontraron pegados en las puertas de la catedral de Durango, tra- 
tando de impedir las ejecuciones. En mi concepto, está completo el ex- 
pediente. 

Esta colección, lo mismo que la causa de los licenciados Garcés, en- 
tiendo que fué conocida y utilizada por don Carlos María Bustamante 
en el «Cuadro Histórico» y en «Las Campañas de Calleja». Pertenece 
también á los papeles de Shields. 

Otermin, Don Antonio. (Véase NuE^•o México.) 

Peón de Regil, Don A. L.- Subsecretario de Estado yNegociosEx- 
tranjeros en el Imperio de Maximiliano. Minuta original de la 
comunicaci(')n N.° 133, que subscribió el mencionado sujeto pro- 
testando contra el pasaje del discurso en que el Emperador de 
Austria comunicaba al Reichsrath la innovación que en los dere- 
chos de los agnados de la corona de Austria había traído la acep- 
tación de la corona de México por parte de Maximiliano. 

Pérez de Ribas, Andrés.— Corónica y Historia Religiosa de la Pro- 
vincia de la Compañía de Jesús de México en Nueba España, y 
Fundaciones de sus Colegios y Casas; Ministros que en ellos se 



15 

exercitan, y Frutos gloriosos que con el fax'or de la divina gra- 
cia, se an cojido y varones insignes que trabajando con fervo- 
res santos en esta viña del Señor, pasaron á gozar el premio 
de sus santas obras ú la gloria. Unos derramando su sangre 
por la predicación del S.*" Evangelio; y otros exercitando los 
ministerios, que el instituto de la Compañía de Jesús profesa; 
hasta el año de 1654. Escrita por el P. Andrés Peres de Ribas 
de la misma Compañía y Provincias de Nueba España, natural de 
Córdoba. Dedicada a Nuestro Glorioso Patriarca San Ignacio 
de Loyola, fundador de la Sagrada Religión de la Compa- 
ñía de Jesús. 

Copi;i de 160 páginas en folio, que dicen fué tom;id:i del original que 
.se guardaba en la casa de San Pedro y San Pablo. El manuscrito está 
trunco hacia el capítulo XV, que lleva por enunciado: «Ofréceseles sitio 
á los de la Compañía para su morada, admítenlo y disponen en él su po- 
bre casa, donde comienzan a exercitar sus ministerios.» 

Este fragmento, aunque sólo refiere los principios de la Compañía, 
merece mencionarse particularmente por la animadísima «Descripción 
de la insigne Ciudad de México, insigne en el orbe» (páginas 93 á 141, 
cap. XI). ^ 

Privilegios de Indias.— Volumen doceavo de 177 fojas. Carece de 
portada (el título que se le da lo tiene grabado en el tejuelo) y 
es verisímil suponer que haya sido escrito por 1740, época del 
pontificado de Benedicto XIV, pue,': así se indica en la foja se- 
gunda del original. •«Allego íí las gracias concedidas p ■■ los Ro- 
manos Pontífices á los Indios, much.» de las concedidas d varias 
sacratíssimas Religiones, sgn. consta p."" las Bullas que las con- 
cedieron para los Indios como se explicaron Adriano Sexto, 
León décimo, Pablo tercero, S. Pío Quinto, Clemente Octavo, 
Clemente Undécimo, y quantos Pontífices renovaron hasta el 
presente Benedicto décimo quarto la BulldAi/iii/an/i/i Salí/ti.» 

El objeto del libro es que los párrocos y ministros tengan «á la mano 
un compendio de los dros., gracias, concessiones, priuilegios, i preminen- 
cias» (de los indios) á fin de «libertarlos de innumerables vexa- 

ciones, facilitarles imensos bienes i hacerlos que disfruten á manos lle- 
nas las gracias q. á larga mano les han franqueado, assi los Romanos 
Pontífices; como Ntros. Cathólicos Monarchas.» 

El libro está escrito en forma de diccionario, con las decisiones de 
concilios }' pontífices, leyes de monarcas y citas de teólogos. El autor 
parece hombre discreto, de criterio amplio y bien orientado y lleno de 



16 

amor por la raza conquistada. A fojas 14 se encuentra el articulo Hcchi- 
scro, en que divide á éstos en «tres raleas de hombres ó mugeres:» «los 
que tienen pacto implícito ó explícito, mediato ó inmediato con el Demo- 
nio, }' estos son verdaderamente hechizeros, otros que nada de esto 
tienen, pero hazen daño con cosas naturalmente perniciosas, 3' con otras 
q. son naturalmente proficuas suelen curar, p.° como unas y otras se 
suelen ignorar, se juzga q. lo hacen por arte diabólico, y p.r eso son lla- 
mados también hechizeros aunque en realidad no lo son. Los otros no 
son mas que unos embusteros engañadores q. no saben ni hasen mas q. 
mentir diciendo q. hasen y pueden haser lo q. ni hasen ni peuden, y esto 
para q. los teman ó regalen. De estos terceros hay muchíssimos, de los 
segundos vastantes, de los primeros pocos, y mui pocos.» Concluye el 
autor declarando que en su larga práctica no ha topado con un solo he- 
chiero de A'erdad y que lo mismo le aseguró el venerable y apostólico 
padre Juan de Ugarte después de más de treinta años de experiencia. 

Provincias Internas.— Informe anónimo del Comandante General 
de las Provincias Interiores, 308 páginas, pasta moderna de 
pergamino. De seguro fué esta la minuta del que se envió al vi- 
rre}' y debe de haberse escrito de 1778 á 1782, pues empieza el 
tomo con un oficio de aquella fecha en que el Comandante se 
obliga á remitir su trabajo por partes. Está fechado en Arizpe 
á 23 de abril de 1782. 

Es una interesantísima exposición que da grandes luces acerca de 
la vida doméstica y civil de Nuevo México, Tejas, Colorado y Arizona, 
pero, sobre todo, de Chihuahua, Sonora, Coahuila x Durango, que no pue- 
de dejar de conocer nadie que desee saber la verdad acerca del gobier- 
no, situación y recursos de aquellas provincias. 

El autor demuestra (como también lo demuestra Cortés en su infor- 
me) que no eran los funcionarios españoles (ó por lo menos no lo eran 
siempre) los sujetos apáticos, expedienteros é indolentes que la imagi- 
nación popular supone. Hombre de gobierno y hombre de acción, hombre 
práctico y hombre de estudios, el que dirigió este escrito, merece ocu- 
par lugar prominente entre los administradores que formó la disciplina 
de Carlos III. 

Prueba de ello pueden ser sus «arbitrios para prevenir la ruina de 
Sonora», que todavía son de aplicación actual, y las «Resoluciones ex- 
pedidas en 13 de junio de 1779 para el manejo de avilitaciones,» que de- 
latan á un empleado acucioso, honrado é inteligente. 

Orders and Decrees.-New México. I-1715-97.-II-1798-1816.- Pre- 
ciosa colección de los decretos, órdenes, bandos y demás dispo- 
siciones de carácter gubernativo expedidos en México ó en las 



17 

Provincias Internas, bien haj'an sido de observancia general, 
bien destinados exclusivamente al gobierno interior de aquellas 
partes. 

Todos llevan refrendos y anotaciones de los capitanes generales, vi- 
rreyes, gobernadores y secretarios. No creo que exista colección seme- 
jante ni aun en nuestro Archivo General; ésta parece obra de algún cu- 
rioso que coleccionó el material con sumo cuidado. 

Robinson, Dr. J. H.— En el departamento de Estado se halla un to- 
mo que en el tejuelo lleva el título de Paper a relating to the 
revoltea spanish provinces. 

Entre otros documentos tocantes á Sud América hay uno que 
tiene esta dirección en la primera hoja: «The Honorable James 
Monroe esq, Secretary of State Washington City.-July 26 1813.» 
Mansucrito en inglés, de cuarenta y cuatro fojas útiles, tama- 
ño de carta, escritas por una sola cara, firmado por el Dr. 
John H. Robinson y dirigido al Secretario de Estado, James 
Monroe. Es un informe respecto de los incidentes que le ocu- 
rrieron al auti;)r en su viaje hasta Chihuahua, desempeñando 
una comisión del gobierno americano. 

Salió el 15 de octubre de 1812, y en Trinity River se topó 
con el ejército de Magee, quien lo interpeló sobre su misión en 
aquel lugar, cu territorios de la República y llevando bandera 
de los Estados Unidos. Robinson respondió que era portador de 
una misión oficial de aquel gobierno para el capitán general 
de México (sic). Magee lo dejó pasar, no sin pensar que Robinson 
hubiera sido enviado por el gobierno americano para tomar 
posesión de la Florida oriental. Trae una larga serie de con- 
testaciones acerca de la misión y concluye con un párrafo en 
que habla sobre la importancia de la revolución mexicana. 

Carta en inglés, tamaño común, en una hoja, dirigida á James 

Monroe, fechada en Chambersburgh á 5 de noviembre de 1813. 
Habla de la conducta que deben observar los Estados Unidos 
en caso de que los insurgentes logren adueñarse de la Florida. 

Carta en inglés, en una hoja, dirigida al general José Alvarez de 

Toledo y fechada en Natches á 4 de enero de lcS14. Habla de las 
armas y recursos que el firmante tenía adquiridos para ayudar 
á la revoluci(')n mexicana. 

Anai.es •J 



18 

Sabine River, Question of. — Expediente incompleto acerca de los 
asuntos del Sabine River, 3^ que, á cuenta, es el borrador de al- 
guna nota en que se contestaba el memorial que Gorostiza es- 
cribió ;i su salida de los Estados Unidos. 

Salcedo, Don Nemesio. (Véase Robi.xson, Nuevo México, y Mo\- 

CLOVA, JUNTA DE.) 

Shields, J. V. N. (Véase Garcés, Lie. don Ramóx; Olivares; Mon- 
CLOVA, Y Muñoz, Don Cayetano.) 

Solórzano y Pereyra, Don Juan. (\^éase .Spaxish tracts.) 

Spanish tracts. -Con el título de «Spanish tracts. Nos. l-6"^)-1638- 
1671» y en un grueso volumen están reunidos sesenta y nueve 
manuscritos é impresos españoles que se dice pertenecieron al 
famoso consejeix) de Indias, donjuán de Solórzano y Pereyra, 
autor de la «Política Indiana.» Entre los impresos referentes á 
México se halla el rarísimo «Informe del nuevo beneficio que se 
ha dado á los metales ordinarios de plata por azogue y philo- 

sophia natural » por el Lie. Luis Berrio de Montalvo, y 

dirigido al Conde de Salvatierra. (México, imprenta del secreto 
del Santo Oficio, 1643.) 

Entre los manuscritos, que son de altísima importancia para la 
historia de España, de las Indias en general y sobre todo del Perú, 
hay estos referentes á México: 

Gutierres dv Medina, Don Cristóbal. — "Informe apologético en 
defensa del escudo de las Armas R.s de Castilla y León, contra 
los escudos q.^ en su lugar se fijaron en la Rl. Capilla de los Re- 
ves de la Nueba Cathcdral de la Ciudad de los Angeles el año 
de 1649.» 

Informe de veinte fojas, una blanca y tres con los escudos en 
colores de los reyes de Castilla y del obispo don Juan de Palafox. 
Seguramente que formó parte de algún otro expediente, pues está 
numerado de las fojas 149 á 169. Está dirigido al Exmo. Señor don 
Luis Méndez de Haro, Conde Duque de Olivares, marqués del Car- 
pió, Conde de Morente, Gentil hombre de la Cámara de Su Mages- 
tad y su cauallerizo Mayor.» Está fechado á 20 de febrero de 1650. 
Considera el desacato de haberse colocado en el testero de la ca- 
pilla de los re\'es de la Catedral de Puebla el escudo de los mar- 
queses de Ariza, que era el de la casa de Palafox, y se encamina 
á probar que debe castigarse «tan ridicula 3- atrevida necedad.» 



19 

Morales, Pedro de. — «Auiso 3^ adbitrio en serbicio de su Mag'cs- 
tad y en beneficio de los naturales del piru y nueba españa — al 
ex.™o s."'' Conde Duque.» 

M. S. en una foja, firmado por Pedro de Morales, proponiendo 
se otoríjue títulos de hidalg'os á los mestizos nacidos en las Indias, 
pues « son gente de pressumpcion y ellos en si mismos se regulan 
por gente noble por la parte que tienen de españoles, q.e en alguna 
no fundan mal su opinión, pues las indias sus madres no tienen 
nada de judias ni moras si no solo la ignorancia en que vivieron 
sus pasados.» 

Tejas, Declaración de independencia.— «Declaración del Pueblo de 
Tejas reunido en Convención General.» Manifiesto en una hoja 
firmado en la Sala de la Convención en San Felipe de Austin 
el 7 de noviembre de 1825 (sic). 

Este ejemplar rarísimo de la Declaración, contiene los artículos que 
todos conocen acerca de abolición de la soberanía de México en el te- 
rritorio tejano. Como presidente de los comisionados de Harrisburgo 
figura el famoso don Lorenzo de Zavala. 

Tejas, Guerra de. — Oath of Allegiance. Voto de fidelidad presta- 
do por William Balleart el día 8 de marzo de 1S42 ante el Chief 
Justice del Condado de Galveston, Texas. 

Manifiesto al Estado, de la diputación Permanente con el Con- 
sejo de Gobierno y Diputados residentes en la Capital. 
Manifiesto en una hoja, fechado en Monclova, á 26 de junio de 
1834 y dirigido á los Coaluiiltejanos, explicándoles las «últimas y 
desagradables ocurrencias políticas acaecidas en la ciudad fede- 
ral.» Termina declarando que el Presidente «absuerve (sic) y con- 
funde las funciones de los demás poderes revistiéndose de uno in- 
menso que ha sido preciso desconocerle: 110 reeoiioeieiido por le- 
gales sus aetos gubernativos Iiasta que las Cámaras no estén en 
el libre ejercicio de sus funciones.» El manifiesto está firmado por 
Marcial Borreg'o, como presidente, y por José de Jesús Grande, co- 
mo Secretario. 

Tejas, Guerra de (1842-44).- Interesantísima serie de trescientos 
veinte documentos que se custodian en el Departamento de Esta- 
do y que en su totalidad se refieren á la independencia de Tejas 
y á las relaciones del gobierno de los Estados Unidos con el de 



20 

México y el de la provincia rebelde. Originales se hallan las mi- 
nutas de la famosa respuesta ;í Rejón, instrucciones á los cón- 
sules y agentes diplomáticos, pasaportes y nombramientos, y 
cartas confidenciales de Calhoun Webster, Howard. Slianon, 
Horeston, Upshur, Tyler, Murphy, etc. 

Casi no hay un solo documento de este expediente que no arroje una 
gran luz sobre las causas de la guerra americana, la forma en que se 
concertó }' llevó á cabo y los planes de los promovedores. Pocas piezas 
de este legajo han sido publicadas, pues según parece constituían el ar- 
chivo oficial 3' particular del ministro Murphy, rcjiresentante de los Es- 
tados Unidos en Tejas. 

Escojo al azar este documento que puede dar idea de la importancia 
de los otros. Es de mano del famoso juez Arthur Up.shur, secretario de 
Estado de Tyler: 

«-Prívate and confidential— Washington, 23 Jan. 1844.— Sir: As a 
private opportunity offer, I avail myself of it to send a duplícate of mj' 
dispatches. In my letter of the 16th. instant I stated that I was not sur- 
prised at the reluctance of President Houston to conclude a treaty of 
annexation so long as the succes of the measure was doubtful. Upon 
reflection I incline strongly to think that there ís very little in that view 
of the subject. England extends her protection to Texas, not for the 
sake of Texas, but for her own sake. She can make just as advantageous 
an arrangement after the rejectíon of the treaty as before; and she wíU 
be just as anxious to make it. Indeed as the object of her own com- 
merce, she will be naturalh' be inclined to make her arrangements upon 
a more permanent and extended scale, when she perceives that there 
ís no longer any danger that the United States will interfere wíth her. 
I do not thínk, therefore, that thís consíderation need ínfluence General 
Houston. Indeed the ratification of the treaty by this government may 
now be regarded as certain. Every day strengthens the convíction that 
the measure is desired by all part of our country. 

«I trust, Sír, to your zeal and patriotism to pushthís matter promptly 
and earnestly. The salvation of our Union depend of its success. 

«I WÍU not reitérate what I have alreadj' saíd upon thís subject, but 
leave to your reflection the momentous issues now depending on your 
judgement and industry. 

«Captain Tod, who bears this, has my confídence. I hope you will 
convers wíth him freely. 

«Your obedient servant 

«^-i. Upsliiir.» 

Tejas, Historia de la época colonial.— «Documentos para la histo- 
ria política y civil de la provincia de Texas.» Dos tomos folio 
menor, pasta de pergamino, el primero de 301 y el segundo de 



21 

288 páginas. Algunos de estos documentos fueron tomados 
de los legajos 21 y 28 de nuestro Archivo Nacional; aunque, á lo 
que parece, difieren de ellos tan notablemente, que casi pueden 
llamarse obras distintas de las coleccionadas en aquellos libros. 
Los otros, según me figuro, se isografiaron de fuentes distin- 
tas. La lista de los documentos es la siguiente: 

TOMO I. 

Breve compendio de los succesos de Tejas por el Sr. 

Bonilla año de 1772 f° 1"^ 

Nota del Padre colector f' 47. 

Derrota de la jornada del General Alonzo de León, 

año de 1689 f° 49. 

Instrucciones por el Superior Govierno p'^ la entra- 
da de Texas año de 1691 f 611 

Demarcación por el General Don Domingo Teran, 

año de 1692 f° 69. 

Derrotero del Alférez Dn. iVlejandro Bruno, año de 

1692 f'* 115. 

Declaración del Aj^udante Dn. Alonzo Rivera, año 

de 1601 .' t" 119. 

Parecer del Padre Comisario Fr. Damián Masanet, 

y demás Religiosos Misioneros, año de 1631 .... t" 124. 

Diario de los R. R. P. P. Misioneros, año de 1691 . . í" 126. bto. 

Diario del Capitán Martínez, año de 1691 f^ 146. 

Carta para el Marques de Sn. Miguel de Aguayo, 

año de 1715 f° 14:1 bto. 

Dictamen Fiscal, año de 1715 f° 159. bto. 

Representación por el Marques de Sn. Miguel de 

Aguayo, año de 1715 f° To 

Dictamen Fiscal, año de 1716 f° 152. 

Patente: Luisiana, año de 1713 f" 153. bto. 

Declaración de Dn. Luis de Sn. Denis y Dn. Medar f" 153. 

Dictamen Fiscal, año de 1715 f° 157. 

Informe de M. R. y V. P. Fr. Antonio Margil de Je- 
sús, año de 1716 f° 260. bto. 

Informe de Domingo Ramón, año de 1716 f" 162. 

Dictamen Fiscal, año de 1716 f" 163. 

Carta de M. R. y V. P. Fr. Antonio Margil de Jesús, 

año de 1716 f 163. 

Carta del Capitán Domingo Ramón, año de 1716. . . í" 163. bto. 



22 

Derroteros para las Misiones de los Presidios inter- 
nos año de 1716 f" 164. hto. 

Representación de su Exa. por el Capitán Domino-o 

Ramón, año de 1716 f" 181. bto. 

Certificación de los R. R. Misioneros f" 1(S3. bto. 

Carta del Capitán Domingo Ramón, a Su Exa: año 

de 1716 f" 184. 

Representación á su Exa por los P. P. Misioneros. . f" 184. 

Carta del R. P. Guardian del Convento de Quereta- 

ro á S. E. año de 1716 í° 186. 

Carta del P. Fr. Antonio Olivares a Su Exa f" 186. bto. 

Otra carta del P. Fr. Antonio Olivares a Su Exa ... f'^ 189. 

Dictamen Fiscal, año de 1716 £° 191. 

Dictamen del Fiscal de Real Hacienda; año de 1716. f° 193. 

Junta de Guerra y Hacienda, año de 1616 f'^' 219. bto. 

Representación delM. R. y V.^ P.e Fr. Antonio M;ir- 

gil a Su Exa: año de 1718 f° 230. bto. 

Carta del M. R. P.e Fr. Isidro Félix de Espinosa a S. 

E. año de 1718 f" 231. 

Otra del Padre Espinosa á S. Exea, año de 1718. ... f" 23;i 

Carta del Padre Hidalgo a Su Exea, año de 1718. . . 1° 234. bto. 

Directorio para un viaje a la Provincia de Tejas año 

de 1718 f° 234. bto. 

Relación de los Empleos, Méritos y Servicios del 
Sarjen to Mayor Don Martín de Alarcon, año de 

1721 ." f-' 239. bto. 

Diario de Fray Gaspar de Solís: año de 1767 f" 249. 

Informe del Rmo Padre Comisario General sobre Mi- 
siones f" 286. bto. 

El tomo concluj^e con esta nota del Padre colector: 

«Certifico que estos Documentos de Tejas, se han copiado bien 

de sus originales. — México veinte 3^ ocho de octubre de mil sete- 
cientos noventa y dos. — Fr. Francisco Garcia Figueroa.» 

TOMO II. 

índice de las cincuenta y siete piezas comprendidas en este libro. 

Diario del viaje del Marques de S^ Miguel de Aguayo año . . 1722. 
Carta al M. R.o P. Comisario General. 

Despacho de Su Exea 1729. 

Representación de los Religiosos 1729. 

Carta del Padre Fray Miguel Sevillano 1729. 



23 

Representación del P. Fray Miguel Gonzabal a Su Exea. Dic- 
tamen Fiscal 1748. 

Informe de la Real Casa 174(S. 

Petición de los P. P. Misioneros de Sn. Xavier y Pareceres. 1748. 

Dictamen Fi,scal 1748. 

Informe á Su Exa. de Don Torivio Urrutia 1746. 

Informe .1 Su Exa. del P.e Fr. Mariano de los Dolores 1746. 

Parecer del Señor Audictor de Guerra 1744. 

Escrito del P.e Fr. Mariano de los Dolores 1749. 

Oti'o escrito del mismo Padre. 

Autos del Capitán Urrutia. 

Consulta de Su Exa. al Capitán Urrutia 1749. 

Dictamen Fiscal 1790. 

Escrito á Su Exa. del P.e Fr. Benito Bermudez de Snta. Ana. 

Parecer del Señor Auditor 1790. 

Carta de Urrutia al Sr. Birrey. 

Relación del P.e Fr. Miguel Molina, al R. P. Guardian y dis- 

cretorio del colegio de San Fernando de México 1798. 

Informe de los P. P. Misioneros sobre el estado de los mi- 
sioneros 1762. 

Petición del P.e Fr. Mariano Fran.™ de los Dolores. 

Carta del P.e Gaspar de Solís al Ex.u^t» P.e Com.o (kiardian 

Fr. José Antonio de la Oliva 1744. 

Carta del P.^- Fr. José Maria Alcieza al R."io P.^' Com." tle 

Najera 1761. 

Otras cuatro cartas del mismo Rmo. P.e 

Otra del mismo Padre á los R. R. P. P. discretos 1761. 

Carta del P.e Fr. Diego Giménez al R."'" P. Comisario Fr Ma- 
nuel de Najera 1761. 

Otra del mismo al R.'"" P.e Fray Man.ei de Najera 1761. 

Descripciones de las Mi.siones del Colegio de Santa Cruz en 

el Rio de San Antonio 1740. 

Representación de la \'illa de San Fernando á el Sr. Gov."" 

de Texas Barón de Ripperda 1770. 

Cartas del Sr. Barón de Ripperda al Caballero de Croix. . . 1777. 

Diez y ciete cartas del Ten.'e Gral. Don Atanasio de Mesieres, 

la I.-"» de 1778 y las restantes de 1779. 

Expedición del expresado de Mesieres y oficios del Sr. Co- 
mand.te 

La anotación final reza así: 

«Certifico: Que estas piezas de Texas corresponden á sus ori- 



24 

ginales. México veinte y nuebe de octubre de de mil setecientos 
noventa y dos.— Fr. Francisco Garcia Figueroa.» 

Vargas Zapata, Don Diego. (\^(:>ase Nue\o México.) 

Vélez Escalante, Fr. Silvestre. {Véanse Cortés }• Zuxi.) 

Vera-Cruz, Plano de la ciudad de.- Levantado probablemente por 
los años de 1846 á 184<S, quizá con motivo de la entrega de la 
ciudad á los americanos (29 de mai'zo de 1.S46). 

Yell Archibold.— Carta en dos hojas, «prívate and confidential,» di- 
rigida al Presidente Polk con fecha 26 de marzo de 1845. En- 
tra en explicaciones reservadas acerca de la intervención in- 
glesa en Tejas, de la necesidad del auxilio americano, de la falta 
de honorarios de los «leaders» de la revolución y de otros mu- 
chos particulares que pertenecen .1 la parte aún oculta de aque- 
lla guerra. 

Zuñí, Misión de Nuestra Señora de Guadalupe de.— 2." Libro de 
las partidas de Baptizados en esta Mission y Pueblo de N.fa s. 
de Guadalupe de Zuñí. Púsolo Fr. Silvestre Vélez de Escalan- 
te, Ministro de dicha Miss." el año de 177v^, dia 8 de henero.» 
Libro de ciento noventa fojas que llega hasta el año de 1841. 

«Volumen de Casados y Finados. Consiste de dos libros: el pri- 



mero de los quales contiene los Casados en esta Miss." de N.» 
Sra. de Guadalupe de Zuñi: y el segundo los Finados en la mis- 
ma desde el dia diez de mayo de 1773.» 

Libro de sesenta fojas con pasta de becerro, que llega hasta el 
25 de mayo de 1847. 

Libro de cuarenta }' cinco fojas destinado á registrar las pa- 



tentes y circulares que recibía la misión. 

Es muy interesante, por más que esté incompleto, roto en partes y 
en partes ilegible; pero muchísimas providencias están claramente es- 
critas y dan perfecta idea de la vida eclesiástica, doméstica y civil de 
las misiones. 



•^5 



ESTUDIO SOBRE LA FECHA "4 AHAU" 

Y LA cronología BASADA EN ELLA. 

Escrito con motivo de la desobstrucció de la antigua Teotihuacan, 
por Paul Henning. 



Analks. 



n 




"Akau,» como es bien sabido, es el vigésimo signo diurno del ca- 
lendario maya. Antes, \a palabra se traducía, siguiendo á Brasseur, 
con «Ah-au,y> «el del collar;» pero más recientemente Stoll pro- 
pone «A¡i-au,» «señor del terreno cultivado,» i y Seler, ^A/i/iau,» 
«el señor de lo alto,» «el sol.» 2 Ya veremos que de todas estas eti- 
mologías, la última, indudablemente, es la más acertada. 

Interpretación alguna del f(li/o no existía y aun no existe. Es 
á ella, pues, á la que nos vamos á dedicar. 

Comparando el glifo con cualquiera de las tres interpretaciones 
citadas de la palabra, no se puede decir si una de ellas le sirvió ó 
no de motivo, porque el glifo, en su forma cursiva — y es en la que 
con más frecuencia se encuentra — no es más que un signo mnemo- 
técnico, inteligible sólo para el iniciado. Para el que no lo es, su 
forma corriente presenta, cuando mucho, una cara dibujada de 



1 Spracheder Ixil-Indianer, Leipzig, 1887, p. 155. 

2 Abhandlungen, tomo I, p. 500. 



28 

frente, y á veces ni aun eso, sino puramente un conjvmto bien obs- 
curo de líneas rectas y circulitos. 

Pero ya que indiscutiblemente tiene forma cursiva, es segu- 
ro que hay también forma más completa, de donde aquélla se 
derivó, y esta forma más completa es la que nos suministra la 
adjunta «plancha jeroglífica núm. 2,» como la llama el señor Se- 
1er. Los «.4//í///» que en ella se notan, son de una ejecución tan es- 
merada y bella, que el problema que nos ocupa se resuelve por 
ellos sin la menor dificultad. Es « Ahau,^> efectivamente, una ca- 
ra dibujada de frente. Mas las mejillas están infladas, y en el cir- 
culito formado por los labios entreabiertos se ve el signo ik, «so- 
plo, aire.» 

Ahora bien, los cakchiqueles, parientes de los maya, tenían 
en el lugar del calendario que corresponde al ma^-a «A/ian,^ el 
nombre de «Ah-pu.>^ «el que sopla,» «huracán.» Idéntico este dios 
con Qiietzalcoatl, había recibido este nombre por haber sido el 
autor del EJiccatoitatitiJi, sol ó cataclismo, cuya característica 
principal fué, como lo indica su nombre, un fortísimo huracán. 

Resulta, pues, que, según las consideraciones que preceden, 
se debe declarar motivo del glifo «A/iaii,^ la cara de Qiietsal- 
coatl-Hiiracán, así como los naturales se lo figuraban en la oca- 
sión mencionada. 

Pero no consideraremos la tarea concluida aquí. 

Trataremos de estudiar con más latitud el aspecto y significado 
cronológico de aquella notable era ó sol, y tanto para este fin, como 
para comprender por qué los maya llamaron á aquel glifo -^ Alian, ^ 
y por qué la fecha inicial de que se sirvieron para sus cómputos, 
fué un día «4» de este nombre, echaremos una ojeada sobre los da- 
tos que siguen. 



'^% 




FKAtl.MKNTo |i|; 1. A n.\N( HA .IKKiK.I.IIICA M Al. L'. — (.^i;i.Ei:. ) 



29 



* 
* * 



Número 1. 

Códice RamIrez, cap. 4. 

Historia de los mexicanos por sus pinturas. 

(Ehecatonatitih.) «Y en este tiempo comian los maceguales pi- 
ñones de las pinas, y no otra cosa, y duró qiiefalcoatl seyendo sol 
otros treze vezes cincuenta y dos, que son seiscientos y setenta y 
seis años, los cuales acabados, tezcatlipiica por ser dios .... dio 
un coz á quegalcoatl, que lo derribó y quitó de ser sol, y leuantó tan 
grande ayre, que lo Ileuó y ;i todos los maceguales, sino algunos que 
quedaron en el ayre, \ estos se bolvieron en monos y ximias, y 
quedó por sol tlalocatecli, dios del infierno, el qual duró hecho 
sol siete vezes (jinquenta y dos años, y son trezientos y sesenta y 
quatro años, en cuyo tiempo los maceguales que auia no comian 
sino afifiutli que es vna simiente como de trigo, que na<;e en el 
agua. 

(Tletonatiuh.) «Pasados estos años, quefalcoatl llouió fuego del 
gielo, y quitó que no fuese sol atlalocatecli, y puso por sol á su mu- 
gar chalchiuttlique , la qual fué sol seis vezes (jinquenta y dos años, 
que son trezientos y dosaños, y los maceguales comian en este tiem- 
po de vna simiente como mahiz que se dice cintrococopi: ansi que 
desde el nacimiento de los dioses fasta el cumplimiento de este sol 
ouo según su quenta dos mili y seiscientos y veynte y ocho años.» 



30 



Número 2. 

PóPOL VuH, p. 26-30. 

«Y de este modo fué su destrucción (es decir, la de los hom- 
bres en la ocasión del Ehecatonathúi) ; fueron inundados, y del 
cielo descendió una resina espesa .... porque no habían pensado 
delante de su madre y de su padre quién es el corazón del cielo, cu- 
yo nombre es Huracán; á causa de ellos se obscureció el haz de la 
tierra y una lluvia tenebrosa principió, lluvia de día, lluvia de no- 
che Entonces se vio correr á los hombres, atropellándose unos 

á los otros llenos de desesperación. Querían subirse á las casas, y 
éstas, desplomándose, los hacían caer á tierra; querian treparse á 
los árboles, y los árboles los arrojaban lejos de sí; querían refugiar- 
se en las cuevas, y éstas se cerraban delante de ellos. Así se consu- 
mó la ruina de estas criaturas humanas .... se dice que sus descen- 
dientes son los monitos que hoy día se ven en los bosques.» 



* 
* * 



Número 3. 
IXTIJLXÓCHITL. 

Relaciones, p. 21. 



«El cual (Qiietsalcoatl), ido que fué de allí, á pocos días suce- 
dió la destrucción y asolamiento referido de la tercera edad del 
mundo, y entonces se destruyó aquel edificio y torre tan memora- 
ble y suntuosa de la ciudad de Clioliila. . . . , deshaciéndola el viento; 



y después los que escaparon de la consunción de la tercera edad, en 
las ruinas de ella edificaron un templo á Qiietsalcoatl, á quien colo- 
caron por dios del aire, por haber sido causa de su destrucción el 
aire, entendiendo ellos que fué enviada de su mano esta calami- 
dad .... Y según parece por las historias referidas y por los ana- 
les, sucedió lo referido algunos años después de la Encarnación de 
Cristo Señor nuestro.» 



* 
* * 



Número 4. 

IXTLILXÓCHITL. 

Relaciones, p. 14. 



«Había .... 270 (años) que los gigantes se habían destruido, 
cuando el sol y la luna eclipsó, y tembló la tierra, y se quebraron 
las piedras, y otras muchas cosas y señales sucedieron, aunque no 
hubo calamidad ninguna en los hombres (?); que fué en el año del 
ce Calli, lo cual, ajustada esta cuenta con la nuestra, viene á ser en 
el mismo tiempo cuando Cristo nuestro Señor padeció, y dicen 
que fué á los primeros días del año.^ 



* 
Número 5. 

S AH AGÚ N. 

Historia General,, México, 1829-1830, tomo I, p. 77. 

«La primera fiesta movible se celebraba á honra del sol en el 
signo que se llama Ceocelutl, en la cuarta casa que se llamaba 
naolin: en esta fiesta ofrecían á la imagen del sol codornices, é in- 



32 

censaban, y en el medio mataban cautivos delante de ella á honra 
del mismo. En este mismo dia se sangraban todos de las orejas, 
chicos y grandes, á honra del sol, y le ofrecían aquella sangre.» 



* 
* * 



Sahagún. 

Historia General, México, 1829-1830, tomo I, p. 286. 

«La cuarta casa de este signo se llamaba Olin: decia que era 
signo del sol, y le tenian en mucho los señores, porque le tenian 
por sil signo, etc.» (es decir, al morir iban á la casa del sol). 



Número 6. 

F A B R E G A T. 

Explicación del Códex Telleriano Remensis, 

Parte primera, lám. 40. 

(Tonatiini.) «Este Tonatiliii quiere decir el sol. Este era se- 
ñor de estos 13 días á donde quiera, aquí ó en todo este calendario 
que hubiese dos manos, se celebra la fiesta, á donde hubiese una 
es ayuno. Los que nacían en estos días, serían principales en el 
pueblo. Dícese que si en su día, c¡iie es cuatro temblores, acaeciese 
á temblar la tierra, y a eclipsarse el sol, que en este día se acabaría 
el mundo; que es la 4.ta vez que se ha de perder el mundo . . . . » 



33 



* 
* * 

Número 7. 

Duran. 

Historia de las Indias de Nueva España, tomo II, c. 88. 

«Huuo en esta tierra vna orden de caualleros que profesauan 
la mili<;ia y ha(;-ian boto y promessa de morir en defenssa de su 
patria .... los quales tenian por dios y caudillo al sol y por pa- 
trón ... todos los que profesauan y entrañan en esta compañía 
eran gente ylustre y de balor todos hijos de caualleros y señores. . . . 
y assi la fiesta de los caualleros y hijos-dalgo hecha a onrra de su 
dios el sol a la qual llamauan naiiholin que quiere de(;ir quarto mo- 
lúmiento debaxo del qual nonbre la solenigauan conforme a la 
calidad de las perssonas cuya fiesta era. Esta fiesta celebrauan dos 
beges en el año: la primera a diez y siete de margo y la segunda 
era a dos dias de dicienbre . . . . » 



* * 



Se notará que todos estos datos, sin excepción, se entresacaron 
de autores que en sus obras más bien no se ocupan de la historia 
é instituciones de la península yucateca; pero no por esto dejarán 
de venir al caso, porque donde quiera que penetrara el calendario 
nahoa —y el de que «.Aliaii^^ forma parte, no es otra cosa-— conser- 
va, en principio, su forma original. 

Veamos, pues, qué nos dicen los documentos aducidos. 

Los núms. 1 á 4 contienen, en primera línea, descripciones más 
ó menos completas del Ehecatonatiiih. Se nota alguna diversidad 
en los comentarios, de tal modo, que, á primera vista, hasta se pu- 

Analbs. 5 



34 

diera creer que sería difícil conciliarios. Sin embargo, hay que tener 
en cuenta que la versión del Códice Ramírez es puramente religio- 
so-cronológica; que Ixtlilxóchitl representa al testigo de tierra aden- 
tro que se da cuenta del huracán, terremoto, etc., principalmente; y 
que el Pópol Viih da la relación del testigo de la ribera del Mar Ca- 
ribe, las tierras circundantes de la cual, como lo comprueban la tra- 
dición yucateca y la haitiana, fueron visitadas por una terrible inun- 
dación, debida á la submcrsion de muchos terrenos á lo largo de 
la costa. 1 

Esa diversidad tiene, pues, su razón de ser. 

Pudiéramos, á vamor abundamiento, haber aumentado el mate- 
rial descriptivo de este suceso, mas no es nuestro propósito estu- 
diarlo detalladamente en todos sus aspectos. 

Lo que de él necesitamos saber en conexión con la presente oca- 
sión, viene expuesto en los documentos que preceden, ó si acaso no, 
acontecimiento demasiado conocido es el Ehecatonatinh para ne- 
cesitar comprobantes para todos sus detalles. 

Consistió en una conmoción sísmica, como pocas habrá habido 
en la historia de la tierra; fué acompañada de un terrible huracán 
de lo más devastador, y seguido de una obscuridad tan espantable, 
que, para describirla, los naturales solían decir que los astros del 
firmamento se habían trocado en tsitsiiiiimé, es decir, demonios in- 
fernales, que en esta forma bajaron de lo alto para devorar á los 
hombres. 2 

La causa de tan terrible catástrofe, fué, según el Pópol Vii/i, 3 
la ingratitud de los hombres hacia la deidad, por cuyo motivo 
ésta, Quetsalcoatl-Hiiracdn, los castigó del modo indicado. 

Y tan profunda huella ha dejado en la memoria de los natura- 
les el Ehccatonathih, que tradiciones referentes á él no sólo se 
encuentran en las naciones civilizadas de Anáhuac, Centro-Améri- 
ca y Perú, sino hasta entre las tribus salvajes de la América del 
Norte. En regiones como las referidas, donde conmociones sís- 
micas son de suma frecuencia, sólo un suceso de extensión y 
violencia completamente extraordinarias puede haber producido 
semejante impresión. 

Es indudable que por haber sido tal el Eliecatonatiuli, quedó 



1 Lauda, Las cosas de Yucatán, ed. Brasseur, introd., § V. Pópol ViiJi, cap. 
13. p. 2L 

2 Sahagún, Historia General, libro 6, c. 8; id., id., libro 7, c. 1; Seler, 
Abhandlungen, tomo III, 1908, p. 329. 

3 Véase el documento núni. 2. 



35 

de término divisorio entre dos eras mayores, poniendo fin á la 
tercera y principiando la cuarta. 

Los documentos núms. 3 y 4 son interesantes, además, por las 
indicaciones cronológicas que contienen. 

Según el primero, el Ehecatonatinh ocurrió algunos años des- 
pués de la encarnación de Jesucristo; según el segundo, coincidió 
con el terremoto que tuvo lugar al tiempo de la muerte del Na- 
zareno en el otro hemisferio. Suponiendo que fuera correcto es- 
to, el Ehecatonatiuh tuvo lugar, según el documento núm. 3, por el 
año 28 ó 29 de la era vulgar, ó según el núm. 4, como fué á prin- 
cipios de un año nuevo, en los primeros días del año 34 de la 
era propiamente cristiana. Sin embargo, no disponemos por aho- 
ra de medio alguno para verificar este cálculo; porque, aunque 
Ixtlilxóchitl, para sacarlo, habla de «historias» y «anales,» no se 
ve cómo llegó al resultado expresado. Sólo fácilmente podemos 
convenir en que el Ehecatonatiuh no sea asunto muy antiguo. 

Forzosamente algo de lo que recordaban los naturales ha de 
haber ocurrido en tiempos comparativamente recientes, y la era 
mayor, que aun no había terminado cuando se descubrió la Amé- 
rica, y en la que, por consiguiente, vivieron los naturales al tiempo 
de conquistárseles, era precisamente la cuarta, iniciada por el 
Ehecatonatiuh. Además, estas eras, por mayores que fuesen, co- 
mo eran de origen puramente histórico, no cosmogónico, no pue- 
den haber sido excesivamente largas. La circunstancia de que la 
cronología de la última era — que precisamente es á la que perte- 
nece el glifo discutido aquí — contiene cálculos de 3,500 á 3,800 años 
y más, no es necesariamente prueba de una grande extensión de 
todas ellas: como en el caso del Códice Ramírez (documento núm. 
1), se trata indudablemente de reconstrucciones posteriores. 

De manera que el Ehecatonatiuh, sin duda alguna, es asunto, 
si no absolutamente, cuando menos relativamente moderno. 

En cuanto al día en que tuvo lugar el Ehecatonatiuh, eviden- 
temente fué un día 4 de un año nuevo, porque dice Ixtlilxóchitl 
que, según sus informantes, «fué en los primeros días del año,» y 
el número que acompaña á <^Ahau^^ en la fecha inicial, es precisa- 
mente 4. Lo mismo se colige también de los documentos 5, 6 y 7; 
mas como «-/ Ahati» era fecha de mal augurio, por haber perecido 
en ella multitud de gente, en el Tonalániatl lo encontramos en una 
trecena (ce océiotl), con este carácter, y por haber sido el primer 
mal suceso de la era, en la primera trecena de suerte correspon- 
diente. 

Queda así fuera de su lugar cronológico original, reducido á 



36 

asunto puramente convencional de augurio, ocurriendo, además, 
dos veces durante el año solar. Sin embargo, son tan patentes los 
manejos de los nahuales en esta materia, que, sin temor de contra- 
dicción, se puede decir que el Ehecatonatiuli debe haber tenido lu- 
gar el día antes expresado. 

Hasta ahora nada hemos dicho acerca de la armonía de los do- 
cumentos aducidos, que, salvo dos errores muy palpables que se 
encuentran en el núm. 1, es perfecta. Comparando este documen- 
to con los núms. 2 y 3, se notará que está desacorde con éstos, 
primero, respecto á qué deidad quedó de «sol,» es decir, de regen- 
te supremo de la era nueva iniciada por el Ehecatonathih. Dice el 
Códice Ramírez que en esta ocasión Tetscatlipoca «dio una coz á 
qiiefalcoatl, que lo derribó y quitó de ser sol,» nada de lo cual se 
afirma ni por el Pópol Viili ni por Ixtlilxóchitl ; por lo contrario, 
se colige de estos dos que Quetsalcoatl era dueño completo de la si- 
tuación en la ocasión citada, la que manejó á su antojo y parecer. 

Efectivamente, está errado el Códice Ramírez en este punto; 
respecto á él, los intérpretes de la «Historia de los mexicanos por 
sus pinturas» se equivocaron. Porque si fuera verdad que, al tiem- 
po mencionado, á Quetzal coatí hubiera seguido Tetscatlipoca y 
después, á éste, Tlalocatecli (Tlalocanteciüitli), entonces Tetscatli- 
poca, por ser cabalmente el dios de los sarnosos, bubosos, etc., es 
decir, de todos aquellos que después de muertos iban al Tlalocan, 
y por consiguiente Tlnlocantccuhtli, 1 se hubiera seguido á sí mis- 
mo, entrando de este modo dos veces consecutivas de regente. Esto 
naturalmente está errado, pues entró solamente una vez, de Tlalo- 
catecli, ya que estaba bien avanzada la cuarta era mayor. Al tiempo 
del Ehecatonatiiih no podía ser dios supremo, porque estaba en su 
apogeo Quetsalcoatl. 

Otro ptmto en que los intérpretes del Códice Ramírez no 
aciertan, es el de atribuir el huracán que sopló al tiempo del Eheca- 
tonatiuh á Tetscatlipoca: es bien sabido que este fenómeno fué 
obra de Quetsalcoatl, como todo lo que constituye aquel suceso. 
Harían los intérpretes esta declaración errónea á favor de Tetsca- 
tlipoca por ser partidarios de éste; para desprestigiar á Quetsalcoatl 
quitaron en lo sucesivo el título de Yoalliehécatl, que correspondía 
á éste, al señor de los odiados tolteca y se lo otorgaron á su enemi- 
go implacable. 2 



1 Sahagún. Historia General., Apéndice, libro III, c. 2. 

2 Sahagún, Historia General, México, 1829-1830, tomo III, p. 122: 

^(Los nahoa) tenian dios á quien adoraban, invocaban, y rogaban pidien- 



37 

No cabe la menor duda de que se trata aquí de un caso de par- 
cialidad muy patente. 

Teniendo en cuenta lo que por los documentos citados hemos 
podido averiguar, es bastante sencilla la historia y significado del 
glifo «Ahau.» 

Representa decididamente la cara de Qnctsalcoatl-Hiiracdn, 
así como, según los naturales, apareció, al tiempo del Ehccato- 
tiatiuh, el día inicial de la era mayor en que vivían al descubrir- 
se la América. Marcaron ellos la fecha de este suceso por medio 
de esta cara, agregándole el número 4, por haber tenido lugar el 
Ehecatonatiuli el cuarto día de un año nuevo. Habiendo comen- 
zado la era con un día «-/ Alian, >^ naturalmente servía este día 
también de base á la nueva cronología propia de esta era. Es- 
tos son rasgos fundamentales que se le notan al sistema cronoló- 
gico nahoa, dondequiera que se le encuentra; al lado de ellos se 
notan divergencias locales de importancia puramente circunstan- 
cial. 

Como la persona del dios castigador era la figura central de to- 
da aquella terrible catástrofe, á causa de la cual había recibido el 
nombre de Yoallieliccatl, la sola cara de él bastaba para recordar 
á los naturales todo aquel suceso hasta con sus detalles y toda la 
importancia y consecuencias que para su raza y pueblo había te- 
nido. 

Al principio, todos ellos mirarían aquel suceso desde el mismo 
punto de vista. Suertes distintas políticas —y la suerte política de 
los pueblos antiguos americanos siempre afecta á su religión, y vi- 
ceversa — destruyeron esa unidad. Los maya, parece que hasta los 
tiempos más modernos, reconocieron á Qiictsalcoatl como único y 
verdadero regente de la era; llamaron, tanto su cara como el día 
designado para ella, <'Ahaii,» el «Señor de lo alto» (Seler), «el sol,» 
«dios regente supremo.» Sus parientes, los cakchiqueles, parece que 
se atuvieron más bien á la manera como estaba dibujada; á lo 
menos al día designado por ella le llamaron Ali-pu, «el que sopla,» 
«huracán.» Los nahoa y, por influencia de ellos, los mexica, parti- 
darios devotos de Tetscatlipoca, ya reconociendo á éste como dios 



do lo que les convenia y le llamaban Yoalliehecatl, que quiere decir noche y 
aire, etc. » 

Id., id., tomo I, p. 241: 

«El dicho Titlacaoñn era invisible, y como obscuridad y aire.» 

Id., id., id., p. 242: 

^Titlacaodti también se llamaba Tescatlipuca, eto 



38 

regente supremo de la era, indudablemente A causa de la victoria 
alcanzada por él sobre Quetsalcoatl, al tiempo de la destrucción 
de sus antepasados, los tolteca primitivos, no podían designar la fe- 
cha del Ehecatouatuth con la cara del dios «sierpe emplumada,» 
sino la marcaron con el signo «-^ Olin,^ «4 terremoto.» O tal vez, 
desde el punto de vista local, le dieron este nombre porque la cara 
central de la piedra del calendario es idéntica á la del glifo ma3'a 






Pasando del dia «-^ A/?an» y su origen á la cronología basada en 
él, es preciso recordar que en varias ocasiones el Dr. Seler ha opi- 
nado que poca esperanza hay de ver algún día la cronología maya 
y, en sentido más lato, la nahoa, relacionada con la nuestra, de ma- 
nera que las fechas de ésta se puedan expresar exactamente en los 
términos de aquélla. En efecto, como lo demuestra su estudio titu- 
lado «El significado del calendario ma\-a para la cronología históri- 
ca,» 1 su escepticismo parece bien fundado. Si todas las fechas ex- 
presadas en los términos de dicho calendario son por el estilo de 
las discutidas allí, difícil será el formarse una idea correcta del gran 
pasado americano. 

Mas no creemos que el sistema de computación por medio del 
Toualdiiiatl sea el único que jamás haya existido entre las nacio- 
nes civilizadas del continente norte-americano, ni siquiera creemos 
que durante el tiempo transcurrido desde el Ehecatonatinh hasta la 
conquista, esto haya sido el caso; sino, por lo contrario, estamos 
convencidos de que, siguiendo las investigaciones, se descubrirá, 
cuando menos, otro sistema que presente menos dificultades que 
el nahoa para relacionársele con la cronología histórica. 

Lo que á ello nos inclina son las siguientes dos razones: 

Ya notamos, al discutir la fecha «-/ Alian, » que ésta se había re- 
ducido por los nahuales á asunto puramente astrológico ó de augu- 

1 Abhandlungen, tomo I, p. 586 y sigts. 



39 

rio, no obstante que, tratándola de esta manera, se la sacaba de su 
lugar cronológico original. Hay en esto síntomas de un cambio, po- 
co acertado por cierto, porque si otras fechas históricas expresadas 
en términos del Tonaldmatl han corrido la misma suerte, aunque 
ésta se pudiera relacionar con la cronología histórica, nada gana- 
ríamos con ello por faltarle al sistema de cómputo basado en el 
Tonaldmatl, lo más esencial: la exactitud histórica. 

La otra razón es que, estudiando un poco más detalladamente 
el cambio de régimen que tuvo lugar al entrar Tlalocatecli (Tets- 
catlipoca) de regente de era, se echa de ver que, al mismo tiempo, 
hubo un cambio de sistema cronológico, y siendo el que se inaugu- 
ró en esta ocasión el Tonaldmatl , antes naturalmente debe haber 
habido otro. 

Los pormenores del suceso, es decir, los que ha3^ los trae Saha- 
gún en el § 12 del cap. 29 del libro 10 de su «Historia General.» 
Trata este párrafo de los «mexicanos,» mas por ocuparse también 
de sus antepasados, «los primeros habitantes» de la Nueva Espa- 
ña, contiene datos valiosos acerca de éstos. Por cierto que no ex- 
pone en este lugar toda su historia; sólo dice en breves palabras 
que fueron «extrangeros venidos de otro mundo» que llegaron á 
la ribera americana en un punto llamado «donde se llega por mar,» 
naturalmente. 

Entre los demás hechos mencionados de ellos, sobresalen, para 
nosotros, dos: 

Primero, que estos primeros habitantes, después de haber vi- 
vido largo tiempo en Tainoanclian (que, según Seler, significa «ca- 
sa de la bajada»), guiados en todos casos por sus aiiioxoaque, éstos, 
no se dice por qué motivo, se fueron rumbo al Oriente, llevándose 
á su dios y también todas las pinturas, libros, etc., que contenían 
sus instituciones, ciencias y artes. Es decir, que con esto, en el len- 
guaje de los naturales, se produjo «obscuridad;» habiéndose ido el 
dios ó «sol,» se perdió toda luz ó, en otros términos, concluyó cier- 
ta era. 

El segundo hecho es que siguió este estado de cosas, esta «obs- 
curidad,» hasta que entraron en consejo Oxomoco y Cipactónatl. 
Tlalteteciiin y Xocliicaitaca, nahuales, todos, que anteriormente 
habían inventado la astrología judiciaria y el arte de interpretar los 
sueños, es decir, el Tonaldiiuill, y los que entonces se encargaron 
del nuevo orden de cosas. 

«Compusieron la cuenta de los dias, de las noches, de las horas 
y las diferencias de tiempos, que se guardaron mientras señorea- 
ron, y gobernaron los señores de los Tultecas (del segundo im- 



40 

perio) 1 y de los mexicanos, de los Tepanecas y de los Chichime- 
cas, etc.» 2 

Es decir, que estos nahuales establecieron la cuenta de los años 
según el Tonaldinatl, como existió al tiempo de la conquista; pero 
como no se introdujo sino hasta el advenimiento de estos pueblos, 
el modo de computar cronológicamente de los «primeros habitan- 
tes» era naturalmente distinto. 



* * 



Resta saber quiénes eran estos «primeros habitantes,» quién 
era el dios que los abandonó )' cuál el tiempo del cambio de era. 

No es difícil contestar á estas preguntas. 

Tratándose de los «primeros habitantes» de la Nueva España, 
precursores de los tolteca del segundo imperio y de los mexicanos, 
tepanecas y chichimecas, no pueden haber sido otros que los tol- 
teca primitivos, ó sean los del primer imperio. 

Siendo Oiicfsalcoatl su dios y señor — y, nótese bien, Sahagún 
hace liablar á los amoxoaquc de «un dios nuestro señor que así 
como se va, queda de volver al acabarse el mundo» — , la deidad lle- 
vada á Oriente por los sacerdotes intérpretes de los hbros sagra- 
dos, fué él, y suyas las instituciones, ciencias y artes que con esto 
se perdieron. 

Por último, la era que así terminó, era necesariamente la oca- 
sionada por la caída del imperio de los tolteca primitivos, la que. 



1 Los «Anales de los Cakchiqueles» hablan de dos imperios llamados To- 
lan en este continente: el primero, Tolan, «de la salida del sol» ó «princi- 
pio de era,» y, por consiguiente, de los tolteca primitivos; el segundo, de «Zí- 
bálbay,' «del lugar de los muertos» ó Norte. Este, indudablemente, es idén- 
tico al Tolan fundado por los tolteca ■^ Hiicytlapalanecas,-' como los llama 
Ixtlilxóchitl (Relaciones, p. 29); es decir, no se fundó sino hasta después de la 
destrucción de los tolteca primitivos, al tiempo de ocupar los terrenos de 
éstos, tribus nuevamente venidas del Norte. 

2 Sahagún, Historia General, tomo III, p. 140. 



41 

por ser el mismo TetscatUpoca el destructor y perses^uidor impla- 
cable de este pueblo, debe haber precedido inmediatamente al tiem- 
po en que éste, á guisa de TlalocanteaiJitli, reemplazó á Qtietsal- 
coatl como dios supremo, regente de la era. 

Como este cambio de régimen no tuvo lugar sino hasta yix bien 
entrada la cuarta era mayor, es decir, la que principió con el Ehe- 
catonatmh, resulta que aquella otra cronología, cuyo hilo estamos 
siguiendo, pertenece al tiempo que medió entre el Ehecatonatuih y 
el advenimiento de Tetzcatlipoca-TIalocatccli, y es obra é inven- 
to de los tolteca primitivos. 

Pero, para mayor claridad, recapitularemos. 



* 



Como ya vimos anteriormente, Quetzalcoatl-Huracdn, según 
los naturales, causó el Ehccatonathih, porque la gente de aquellos 
tiempos «no había pensado delante tle su madre y su padre, quién 
es el corazón del cielo, cuyo nombre es Huracán.» l Disciplinados 
de esta manera los que se escaparon del castigo, los sobrevivientes 
entran en la edad cuyo primer año, según Ixtlilxóchitl, lleva el nom- 
bre de ce í-a/// (documento núm. 4), «signo de planeta que significa 
prosperidad é imperio próspero y abundante, dichoso en todas las 
cosas.» 2 Sigue evidentemente la edad de oro de los tolteca primi- 
tivos, cuando «adoraban á un solo señor que tenian por dios, al 
cual le llamaban Qiietsalcoatl, cuyo sacerdote tenia el mismo nom- 
bre;» 3 cuando «el maíz era abundantísimo, las calabazas muy gor- 
das de una braza en redondo, y las mazorcas del maíz eran tan lar- 
gas que se llevaban abrazadas,» etc. 4 Pero esta misma prosperi- 
dad sin par de los tolteca los echa á perder. Aprovechándose del 
decaimiento de su modo de ser moral, anteriormente riguroso, na- 



1 Pópol Viih, p. 26. 

2 Relaciones, p. 29. 

3 Sahagún, ed. Bustamante, tomo III, p. 112. 

4 id, id., tomo I, p. 244. 

Anales. 



42 

ciclo al temor de Quetzalcontl, el enemigo de éste, el implacable 
Tetscatlípoca, pervertidor de los pueblos, introduce y luego sis- 
tematiza prácticas perniciosas y organizaciones contrarias ;í la vi- 
da del Estado y la sociedad tolteca (Ixcuiname). 

«Los inventores de estos pecados — dice Ixtlilxóchitl (á causa 
de los cuales pereció también el segundo imperio tolteca en tiem- 
po de Topiltzin) — fueron dos hermanos, señores de diversas par- 
tes, irmy valerosos y grandes iiigronirínticos, que se decían, el 
mayor Teseatlipitca y el menor Tlallaiiliqiiitescatlipuca.y 1 

Corrobora esto Sahagún en el tercer libro de su «Historia Ge- 
neral,» porque describe allí detalladamente las fechorías de Tets- 
catlipoca, el cual, siendo nahual, primero figura como seductor 
de la hija de Hiiémac, y luego en los distintos papeles de viejo 
cano (c. 4), Tobeyo ú hombre de extracción baja (c. 5), guerrero 
valiente (c. 8), Tlacanepan-Oiexcotsin é india vieja (c. 11). 

Logra, por fin, la disolución del Estado tolteca. 

El último sacerdote de Quetsalcoatl (no el dios mismo, como 
frecuentemente se ha dicho) se resuelve á abandonar el campo. La 
edad de oro toca á su fin; «la prosperidad é imperio próspero y abun- 
dante, dichoso en todas las cosas,» característicos de ce calli, se true- 
can en ce técpatl, es decir, en la desolación más completa. Manda el 
último Quetsalcoatl quemar sus casas preciosas; esconde sus teso- 
ros en las sierras y barrancas; «cambia» los árboles de cacao en 
mezquites y ordena á los pájaros de plumaje precioso que se vayan 
delante de él á Tlapallan, en las orillas del mar, donde se embarca 
para partes desconocidas. 

Así como él, los tolteca también abandonaron á Tula. Lo que 
se hizo de ellos, Sahagún lo indica sólo de una manera indirecta; pe- 
ro sabemos que en la guerra que á poco estalló entre ellos y 
los partidarios de Tetscatlipoca, todos perecieron, excepto aque- 
llos cuyos descendientes, más adelante, se llamaron nahoas. 2 

Es muy natural que, habiendo desaparecido los tolteca, sus po- 
sesiones fueran en el curso del tiempo ocupadas por otra gente, fá- 



1 Relaciones, p. 47. 

2 .Sahagún, Historia General, México, 1829-1830, tomo III, p. 121: 

«Los Nahoas eran los que hablaban la lengua mexicana, aunque no la 
pronunciaban tan clara, como los perfectos mexicanos; y estos Nahoas, tam- 
bién se llamaban Chichimecas, y decían proceder de la generación de los Tul- 
tecas, que quedaron cuando los demás salieron de su pueblo, y lo abandona- 
ron, lo que acaeció en tiempo, en que el dicho Quetsalcoatl, se fué á la región 
de Tlapallan.» 



43 

Gilmente los «nuevos colonos» 1 de que nos habla Sahagún en el 
párrafo antes citado. Y como éstos evidentemente habían escapa- 
do de la guerra de exterminio en contra de los tolteca, no podían 
ser otra cosa que partidarios de Tetzcatlipoca, - que, por consi- 
guiente, quedó de dios supremo, regente de la era nueva que esta- 
ba principiando. 

Por cierto que la deidad que entra de «sol,» terminada la regen- 
cia de Quetsalcoatl, según el Códice Ramírez, es Tlalocatecli; pero 
ya explicamos que éste no es otro que Tetscatlipoca. Preferiría el 
cronista aquel nombre para indicar, tal vez, que siendo Tetscatli- 
poca el autor de las prácticas é instituciones inmorales que habían 
causado la caída del imperio tolteca, una vez victorioso él, no sólo 
florecieron aquéllas, sino también las enfermedades que tal estado 
de moral pública favorecía, siendo más grande que nunca el núme- 
ro de difuntos que, por motivo de la enfermedad de que habían 
muerto, tenían el derecho de entrar en el Tlalocan. 

Celebrando el nahualismo, cu\'o jefe era Tetscatlipoca, con la 
terminación forzosa de la era tolteca, su más bella victoria, natural 
era que todos aquellos que tuvieran que ver con las cosas del nuevo 
régimen, pertenecieran á lo más florido de él. A.s{ leemos de Oxo- 
nioco X Cipactóiiatl, Tlaltcteciiin y Xocliicauaca, que eran nahua- 
les toltecas, es decir, habilísimos, sabios, inventores del Tonald- 
matl, herboristas de mérito, etc. 3 

Lástima que sea tan difícil averiguar todas las nociones que los 
naturales asociaban con estos nombres. 

De los dos primeros, dice Seler que, para los mexicanos, eran 
«prototipos de adivinos y curanderos, á la vez que inventores del 
calendario, por ser éste la base principal de todas las suertes y 
profecías.» -^ En el Pópol Viih, donde aparecen bajo los nombres 



1 La edición Bustamante no trae estas palabras. Tampoco la de Lord 
Kingsborough. Sólo se encuentran en la edición francesa, de Jourdanet. Pa- 
recen, sin embargo, dignas de fe, tanto porque no hay motivo para creer que 
hayan sido añadidas al texto original, como porque concuerdan con las tra- 
diciones relativas y con otras fuentes de investigación ya citadas. 

2 Diego Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala, págs. 5 y 6: 

« después que Tezcatlipoca Hucmac vino en demanda de Quetsal- 

cohiiatl, se hizo tanto de temer de las gentes, como no les obiese hallado, hizo 
matanzas á toda la tierra, de suerte que se hizo temer y adorar por dios, tanto 

y de tal manera, que pretendió escurcccr la fama de Quctaalcolmatl ; de 

tal manera que no había provincia de éstas que no le adorasen por dios, etc.» 

3 Sahagún, libro 10, c. 29, §§ 1 y 12; libro 4. c. 1, fin. 

4 Abhandlungen, tomo II, p. SI. 



44 

Xpiyacoc y Xmucane, se les llama «abuela del sol, abuela de la luz,» 
fácilmente por el papel importante que desempeñaron en la inicia- 
ción de la nueva era. Cuando se trata de la creación de la segunda 
raza de hombres, ellos reciben orden de echar sus suertes por me- 
dio de los tBÜé 1 y de granos de maíz, porque «este viejo era el 
maestro del tsité . . . .; mas la vieja era la adivina, la formadora, cu 
yo nombre es Chirac an Xniiicane.» - 

Menos célebre que esta primera pareja, es la segunda, Tlalte- 
teaiin y Xochicaiiaca. Qué diera su fama á este último, no aparece 
en los escritos de ninguno de los autores antes citados. En cuanto 
á llaltetecuin, parece idéntico á IxtUlton, el dios de las aguas ne- 
gras que, en tiempo de los aztecas, servían para curar las enferme- 
dades de las criaturas. 3 

El mérito m.ás grande de los cuatro, era, tal vez, el haber inven- 
tado el calendario de la nueva era, hecho que es muy interesante 
para nosotros, porque, como ya dijimos, comprueba que, antes del 
régimen de TetscatUpoca, existía otro sistema cronológico, el de 
los tolteca primitivos, distinto del que se basa en el Tonalámatl. 
Este mismo lo demuestra así. La división del tiempo por trecenas 
de distinto augurio, es indudablemente obra de los nahuales, 4 
mientras que la división de él por meses de veinte días hasta com- 
pletarse el año solar, es decididamente patrimonio de sus antece- 
sores. 

Pareciéndose mucho m;ís el modo de medir el tiempo de éstos 
al que empleamos nosotros, ha}' la espectativa de que esta cronolo- 
gía americana más antiguíi sea más fácil de relacionarse con la 
cronología histórica, á la vez que más correcta que la cronología 
nahoa. 



1 Seler, Gesammelte Abhandlungen, Berlín, 1904, tomo II, p. 78, y sig., 
artículo «Zauberei im alten México» (La hechicería en el México antiguo). 

2 Pópol Vii/i, p. 22. 

3 Sahagún, libro I, c. 16. 

4 Dice Sahagún, en la introducción del libro 4.° de su Historia General 
(tomo I., p. 279), que «Estos adivinos no se reglan por los signos ni planetas 
del cielo, sino por una instrucción que según ellos dicen, se las dejó Qiietsal- 
coatl, la cual contiene veinte caracteres multiplicados trece veces,» etc. La 
atribución de este invento á Quelsalcoatlj considerada la relación de éste 
con los nahuales, es gratuita. 



45 



Muy provechosa nos ha resultado hasta aquí la consulta del ca- 
pítulo 4 del Códice Ramírez y la del § 12 del capítulo 29 del libro 10 
de Sahaffiín. Hemos visto en qué circunstancias terminó la prime- 
ra subdivisión de la cuarta era mayor y en cu;Ues principió la se- 
g-unda, y qué personas, más adelante divinizadas, tomaron parte en 
todo aquello. Continuando el método que hasta aquí hemos emplea- 
do, fácilmente muchos detalles hallarían su dilucidación todavía; 
mas es preciso que este estudio toque á su fin. 

En conclusión, sólo un punto nos parece dig-no de mención aquí, 
y es el luyar que Saha^ún asií^na á Teotihuacan en conexión con 
la subdivisión de la cuarta era ma^^or, porque si sus informan- 
tes aciertan á decir verdad, Teotihuacan fué, sin duda alguna, des- 
pués de la gran Tula (cuya ubicación aun no conocemos), la ciudad 
más importante de aquellos tiempos, siendo el modo como llegó á 
tal, el siguiente: 

La guerra de exterminio, cuya víctima fué la nación tolteca, pro- 
movió la gran emigración continental que Sahagún describe en el 
§ 12, cap. 29, libro 10 de su «Historia General.» Directamente no 
dice nada de aquel terrible conflicto — tal vez él mismo no se daba 
cuenta de que de tal cosa se trataba — ; pero no faltan en su des- 
cripción indicios de que no por motivos pacíficos dejaron las tri- 
bus americanas de aquella época sus asientos originales. 

Leemos, por ejemplo, que iban siempre delante los tultecas, i na- 
turalmente, porque eran los perseguidos, y que en pos de ellos iban 
los nalioas y también los olincca vixtotin. «De estos se cuenta que 
fueron en pos de los Tultecas, cuando salieron del pueblo de Tullan 
y se fueron acia el oriente llevando consig'o las pinturas de sus 
hechicerías, y que llegando al puerto (de Panuco) se quedaron allí 
y no pudieron pasar por la mar,» etc., '^ y «que antiguamente .so- 



1 Tomo m, p. 144. 

2 Tomo m, p. 142. 



46 

lían saber los maleficios ó hechizos cuyo caudillo -^ señor tenía 
pacto con el demonio,» etc. 

Indicios por el estilo abundan también en el cap. XII del libro 
III de la misma obra; por ejemplo, cuando Quetsalcoatl, antes de 
irse á Tlapallan, manda quemar sus casas, convierte los árboles 
de cacao en mezquites, entierra sus tesoros en los barrancos y man- 
da á las aves de plumaje rico que se vaj-an ;1 Anáhuac. i Abando- 
nando Tolan, se va «al Oriente» \ «á Tlapallan.» Lo mismo los na- 
hoasy los olmeca vixtotin van en pos de los tultecas «hacia Orien- 
te,» los unos, y «al país de las siete cuevas,» - al «Chicornóstoc , » los 
otros. 

En esto aparentemente ha}'^ sentido doble, mas el pasaje siguien- 
te hará ver cómo se han de entender estos dos términos: 

Quetsalcoatl, decidido á abandonar á Tolan, contesta á los na- 
huales que le preguntan á dónde iba: «yo me voy hasta Tlapallan 
(norte) .... vinieron á llamarme, 3" llámame el sol (oriente).» 3 Aho- 
ra bien, «ir á Tlapallan» quiere decir «ir al país de los muertos,» 
«morir;» «ir á oriente,» en cambio, significa «pasar á la casa del 
sol,» «á la gloria celestial,» porque allí iban los grandes señores al 
morirse. Para poder llegar allí, tenían, naturalmente, que atravesar 
el mar, como se dice lo hizo Quetsalcoatl. -i Es, pues, bastante cla- 
ro el carácter de aquella emigración. 

Podemos suponer que las naciones perseguidoras, para poder 
vencer á un pueblo tan poderoso como lo fué el tolteca, no entra- 
ron en la lucha sin tener organización á propósito. Al principio, tal 
vez sí; ya que ésta tomó carácter serio, no. Así lo confirma Saha- 
gún. Y es sumamente interesante saber que esta organización se 
efectuó en Teotihuacan: «... hasta que llegaron al pueblo de Teu- 
tioacan, donde se eligieron los que habían de regir y gobernar á 
los demás; y fueron electos los que eran sabios y adivinos, y los 
que sabian secretos de oicautamiciitos.» 5 No es imposible que de 
allí en adelante Teotihuacan quedara convertida en el centro de las 
operaciones en contra de los tolteca; cierto es que ya exterminados 
éstos, era el centro religioso principal, porque de Tamoanchan. 



1 Tomo I, p. 255 y sigts. 

2 Los primeros «fueron A dar en un valle entre unos peñascos, donde llo- 
raron todos sus duelos.. ..: en este valle había siete cuevas,» etc. Tomo III, 
p. 144. 

3 Tomo I, p. 257. 

4 Tomo I, p. 259. 

5 Tomo m, p. 144. 



47 

(los nuevos colonos) «^iban á hacer sacrificios al pueblo llamado 
Teutioacan, donde hicieron á honra del sol y de la luna dos montes, 
y en este pueblo se elegían los que hablan de regir á los demás,» 
etc. 1 

Testifica también la importancia de este pueblo, en aquella épo- 
ca, el hecho de que de allí salieron los nuevos dioses de la segunda 
subdivisón de la era mayor iniciada por el Eliecatonatiith. El que 
sale de sol, es decir, de regente supremo, es Na/ia/iuafs/ii, «el pe- 
queño buboso.» Según el Códice Ramírez, el nombre del nuevo 
sol era Tlalocatecli (Tlalocantecuhtli) , y ya explicamos por qué los 
intérpretes le dieron este nombre. La designación de Nanalmatsin, 
«el pequeño buboso,» coincide perfectamente con lo que dijimos en 
aquella ocasión; idea semejante parece contener la designación de 
Cuexcotsin, otro apodo de Tetscntlipoca. En cuanto al así llama- 
do mito de Nanahuntsin, notamos que, si bien el lenguaje de que 
está revestido es alegórico, el asunto de que trata no deja de ser 
bien histórico. 

Aun cuando el poder político en tiempo del segundo imperio 
tulteca ya no residía en Teotihuacan, .sino en Tula Tlapallan, Teo- 
tihuacan era todavía una de las ciudades más importantes de aque- 
lla entidad política: «... entre las más señaladas fué Teotihuacan, 
que quería decir «ciudad y lugar de Dios.» Era esta ciudad mayor 
y más poderosa que la de Tula,» etc. 2 

Por lo mismo, vñwy acertada ha sido la medida lomada para 
descubrir las ruinas de un pueblo tan importante, pues al poder es- 
tudiar los restos de aquel gran centro de civilización, hay la espe- 
ranza de que se aclare, por fin, mucho de lo que ha permanecido 
obscuro en la historia de aquellos tiempos. 



1 Tomo III, p. 141. 

2 I.xtlilxíkhiU, Relaciones, p. 38. 



¿vr 



4.'0 



PLANO HECHO EN PAPEL DE MAGUEY, 

gLH SE CONSERVA 

I:\ EL MISHO XACIOXAL DE MÉXICO, 

por Alfred P. Maudslay. 



Anales. 



^^ 




^ro 



,^%'S^M.:¿A>M 




PLANU HECHO EN PAPEL DE MAGUEY, <jUE -I 



. A EN ESTE MUtíEO. 



51 








[Para los Anales del Museo 
Nacional de México/ 



Claramente éste no es un plano de la antigua ciudad de México 
(Tcnochtitlán y Tlaltelolco) entera, pues la dirección general de las 
principales calzadas de la ciudad primitiva es bien conocida y no 
coincide con la de las calzadas que muestra este plano. 

Las figuras de los gobernantes de México con sus jeroglíficos, 
á saber: Motecuhzoma Ilhuicamina, Axayácatl, Ahuítzotl, Mote- 
cuhzoma Xocoyotzin, Cuitláhuac (?), Cuauhtémoc y otros, clara- 
mente indican que este plano debe de estar de algún modo relacio- 
nado con México (Tenochtitlán), y el problema es encontrar esta 
relación. 

Los puntos cardinales están marcados con tinta en el plano, pe- 
ro no es probable que hayan sido fijados por obserx'ación, y 3-0 me 
permito sugerir que el punto septentrional sea cambiado á la dere- 
cha, de modo que lo que es ahora esquina N. E. del plano venga á 
ser el Norte. La calzada principal y el canal cruzarán entonces el 
plano de Poniente á Oriente, y también es mi opinión que ésta es 
una parte de la calzada de Tacuba, situada en el lado occidental 
de la ciudad. 

Las pisadas marcadas en esta calzada van de Poniente á Oriente 
y, por tanto, deben de conducir al Gran Teocali de Tenochtitlán. 

Hacia el lado occidental del plano, la calzada se encuentra con 
otras dos calzadas que forman un ángulo obtuso en el punto de 



52 

unión. En este punto se ve un templo, un - ojo de agua» y un ensan- 
chamiento con una pared ó un espacio pavimentado de una parte 
de la calzada que va hacia el Norte. Creo que esta es la posición 
que en la calzada ocuparon Pedro de Alvarado y sus hombres du- 
rante el sitio de la ciudad. 

Bernal Díaz escribe: 

« acordamos q todos nos fuésemos a meter En la califa- 
da En vna placeta donde Estaban vnas torres de ydolos q les 
Abiamos ya ¡ganado y habia espacio para hazer nros ranchos y 
avnq Eran muy astrosos q En lloviendo todos nos mojavamos E 

no eran para mas de Cubrirnos del sereno » (Hist. X'erdade- 

ra. Cap. CLI.) 

El lugar de este campamento puede haber sido el Puente de Al- 
varado ó todavía más adelante hacia el Poniente. 

El propósito, tanto de Cortés como de Alvarado, era llegar al 
Gran Teocali y Tiánguiz de Tlaltelolco. Aun antes de estudiar es- 
te plano, había yo venido ,i la conclusión de que Alvarado, después 
de cruzar el lago por la calzada, debe de haber volteado á la iz- 
quierda en la dirección de Tlaltelolco, poco después de su llegada 
á las orillas de la ciudad. Si Alvarado se hubiera internado mucho 
en la ciudad por la línea de la calzada de Tacuba, difícilmente 
podría dudarse que él y Cortés habrían intentado reunirse, pero no 
lo intentaron \' no se reunieron sino hasta que se encontraron cer- 
ca del Gran Teocali de Tlaltelolco. 

Sin embíirgo, la calzada ó camino anotado en este plano, que 
corre de Norte á Nordeste, nos da exactamente lo que se necesita- 
ba, esto es, un acceso casi directo al Teocali de Tlaltelolco, y se 
notará que las pisadas, puestas en la calzada señalan en esa direc- 
ción; los dos puentes marcados en el plano pueden haber sido las 
dos zanjas donde la lucha más encarnizada tuvo lugar. 

El canal que con dirección al lado Este del phino corre casi pa- 
ralelo á la calzada que hemos estado considerando, cruza la cal- 
zada de Tacuba en ángulos rectos. Este puede ser el canal marca- 
do C en el plano de la ciudad (á mediados del siglo XVI) del Sr. 
García Cubas. En este último plano aparece que el canal da vuelta 
hacia el Oriente, formando fmgulo recto, cerca del Puente del .San- 
tísimo, pero es muy probable que este canal seguía derecho hacia 
el Sur hasta desembocar en el lago, y en ese caso habría atrave- 
sado lo que ahora es plaza de San Juan, de modo que el templo ano- 
tado en el plano en el lado occidental del canal, y al Sur de la cal- 
zada de Tacuba, puede marcar la posici(')n del Tiánguiz de Moyo- 
tlan. 



53 

Si estas indicaciones son correctas, se verá que la ig-lesia mar- 
cada Santa María viene á quedar en su propio lugar, es decir, que- 
daría suficientemente cerca del sitio de Santa María la Redonda, 
que fué fundada en 15'_'4, en calidad de Parroquiíi de indios. 

La circunstancia de que las casas y las cabezas humanas (con 
excepción de la figura de Axayácatl y el templo situado en la unión 
délas calzadas) están representadas como si estuvieran viendo des- 
de el Norte hacia el lado Norte de la calzada principal, é ijíualmen- 
te viendo desde el Sur hacia el lado Sur de la misma, parece indi- 
car que la calzada, la cual creo es la de Tacuba, formaba una divi- 
sión principal en la ciudad, quizá la división entre Tenochtitlán y 
Tlaltelolco. 

Las fi,ííuras de los .ijobernantes de Tenochtitlán están coloca- 
das donde es de esperarse encontrarlas, en la dirección, más ó me- 
nos, de la ciudad de Tenochtitlán, con excepción de la de Axayá- 
catl, quien probablemente por ser el conquistador de Tlaltelolco 
está colocado en lo que puede considerarse lado de Tlaltelolco. 

En el ángulo Noroeste del plano hay un camino marcado con pi- 
sadas que van con dirección al Poniente; arriba de este camino está 
escrito en español lo que parece decir "Camino de Apisalco," pe- 
ro la escritura est;í muy borrada y soy de opinión que esto se to- 
me por "Camino de Atzcapotzalco," en cuyo caso é.ste sería un ca- 
mino corto de Tlaltelolco á Tacuba y Atzcapotzalco, que se uniría 
á la calzada á alguna distancia más allá del margen occidental del 
plano; probablemente fué un;i angosta vereda de terraplén que cru- 
zaba una parte poco profunda del lago, la cual v^ereda ha de haber 
sido fácilmente destruida cuando los mexicanos estaban preparan- 
do la defensa de su ciudad. 



TrA.\'SCRIPCI(')\ de la obra TrrULADA « SiX MONTHS RESIDENTE AND 

TRAVELs i.\ México» (Seis meses de residenxia v viajes en Mé- 
xico), POR W. BuLLocK F. L. S. (London, John Murrav, 1824.) 

« Los antiguos manuscritos ó dibujos hechos por mandato de 
Moctezuma por los mejores artistas de sus dominios y que sirvie- 
ron para tenerle al tanto de los movimientos de los españoles, están 
hechos en pieles de venado, y algunos en una especie de papel he- 
cho de la fibra del maguey americano. Estas pinturas son objetos 
de'mucho interés, y tan apreciadas por el Gobierno, que no obstan- 
te la gran liberalidad y ayuda de toda clase de que fui objeto por 
parte de las autoridades públicas en mis investigaciones sobre el 



ó4 

estado primitivo del país, ninguna de mis ofertas pudo inducirlas ;í 
deshacerse de estos manuscritos; solamente se consintió en dejar- 
las en mi poder, después de haber garantizado yo que una vez co- 
piadas en Inglaterra, las devolvería á México. 

"Se cree que el mapa mutilado de la ciudad original, en el esta- 
do en que ésta fué encontrada por Cortés á su primera llegada; se 
el único documento auténtico actualmente existente que puede dar 
idea de las dimensiones y regularidad de su plano. 

"Desgraciadamente este mapa es hoy sólo un fragmento." 
. La muy imperfecta copia del plano que se puhlic(3 con la pri- 
mera edición de la obra de Bullock, lleva por título "La Antigua 
Ciudad de México tomada del mapa original hecho por orden de 
Moctezuma y para Cortés, mapa traído á Inglaterra en 1823 por 
Mr. Bullock."" 

La pequeña etiqueta impresa en inglés que todavía está adheri- 
da, fué sin duda puesta allí por Mr. Bullock, quien exhibió sus co- 
lecciones mexicanas en la Egyptian Hall de Londres. 

Afirma Mr. Bullock que el plano había formado parte de la co- 
lección del Caballero Boturini. 

La siguiente anotación se encuentra en la obra "Idea de una 
nueva Historia General de la América .Septentrional por el Caballe- 
ro Lorenzo Boturini Benaduci." Madrid, 1740. 



"Índice de los §§ co.xtexidos ex este cat.a.logo. 
''Historia Mexicana. 
"§ VIL Mapas. 

"15. Un Mapa (original) en papel Indiano, grande ci >m( > una saba- 
na. Demuestra la situación de dicha Imperial Ciudad, que (como su- 
pongo) se hermosee) en el Re^-nado de Yzcohuatl. con las Azequias 
Reales, y particulares de qualquier barrio, y casa. Se me figuró, 
que tenia México en su Gentilidad un Plan semejante al de Venecia. 
Estc't roto en el medio, y representa, assi los Reyes Gentiles, como 
los Caziques Christianos, que governaron en ella." 



55 



APÉNDICE 



Informe relativo al plano hecho en papel de maguey, que se con- 
serva EN EL Museo Nacional de México, por Antonio García 

CUBAS.l 

He examinado y estudiado, con empeño, el plano antiguo que tuvo 
Ud. á bien enviarme, á fin de emitir acerca de él mi opinión. 

Paso á cumplir sus deseos, manifestándole que expongo mis 
ideas con no poca desconfianza, por el conocimiento que abrigo de 
que toda aserción sin fundamento sólido, contribuye únicamente á 
dificultar más la solución de los embrolladores asuntos de nuestra 
historia antigua. 

Hecha esta salvedad, expongo las ideas que me ha sug'erido el 
examen del plano que, en papel de maguey, existe en el Museo Na- 
cional, y del cual se me remitió una fotografía, advirtiendo que re- 
lacionaré mis observaciones á las del Sr. Maudslay. 

No solamente por las figuras de los monarcas que se ad\icrten 
en el plano, sino por la disposición de los canales y calzadas y dis- 
tribución de los solares, casas y hortalizas, puede asegurarse que 
;í ninguna otra población indígena, como á la ciudad de Tcnochti- 
tlán, puede referirse el expresado documento. 

Las indicaciones hechas por nuestros caracteres, corresponden 
evidentemente á una época posteriora la de la formación del plano, 
que, como todos los de su especie, no se recomienda por su exacta 
orientación, ni por sus distancias, que no se hallan sujetas á escala de- 

1 La Srla. Adela Bretón, inteligentísima artista inglesa que se ha consa- 
grado desde hace años á tomar copias directas de nuestros más importantes 
monumentos arqueológicos, vino expresamente de Inglaterra, por encargo 
del Sr. Maudsla}', á tomar una copia del plano de referencia, la cual mostró 
al Sr. García Cubas para que, en vista de ella, se sirviera darle un informe 
sobre dicho plano. El Sr. García Cubas se prestó gustoso ¡i ello y redactó el 
presente dictamen. 



56 

tcrmin.'iila. ni por la posici(')n relativa de los luíjares. circunstancias 
en que principalmente estriba la dificultad para resolver acertada- 
mente cuestiones que conciernen Ci nuestra historia antigua; sin em- 
bar<>o, en la de que se trata, puede asegurarse que la parte de la 
ciudad representada en el documento que estudiamos, correspon- 
de A la Occidental de los barrios de Tlaltelolco, Cuepopan y Mo- 
yotla. 

El quinto barrio de Tenochtitlán era el de Tlaltelolco, y estaba 
limitado por la zanja que corría de Oriente, determinada por los 
puntos conocidos hoy con los nombres de Puente del Clérigo, Puen- 
te de Tezontlale y Puente Blanco y que en el plano es, á mi enten- 
der, el que señalo con las letras A. y B. 

Entre esta calzada y la que parece dirigirse á Tlaltelolco, se 
observa la capilla C. que debe ser la de Santa Catalina del barrio 
menor de Coatlán, de que trata el Padre Sahagún en su historia de 
la conquista de México. 

El propósito de Cortés, como el de Pedro de Alvarado, era el 
de acercarse prontamente al Teocalli y Tianguiztli de Tlaltelolco, 
según manifiesta el Sr. Maudslay; mas para precisar la calzada que, 
al efecto, siguiera el segundo, necesario es fijarse en la circunstan- 
cia de que la de Tlacopan, en los momentos de la Conquista, se 
hallaba limitada, á uno y otro lado, por las aguas del lago, y de la 
cual el primer camino directo paní Tlaltelolco, al abandonar la men- 
cionada calzada, partía hacia el Norte del lugar conocido con el 
nombre de cortadura de Tecpantzinco. Ese camino no es otro que 
el determinado hoy por la Avenida de Santa María, con lo cual está 
de acuerdo el historiadorOrozco y Berra. Por esta razón la calzada 
que Pedro de Alvarado siguió para el ataque de Tlaltelolco fué 
la que de la cortadura de Tecpantzinco partía hasta el Norte di- 
rectamente al gran Teocalli, hallándose la placeta á que alude Ber- 
nal Díaz del Castillo, en el lugar cerca del cual se levantó el templo 
y convento de la Concepcicjn. Juzgo que en el lugar del plano en 
que se advierte un Teocalli, c/ ojo de agua y el ensanchamiento de 
la calzada de Tlacopan, corresponde á la cortadura de Tolteacalli, 
lugar en que se levantó la Ermita de los Mártires, y no á la de 
Tolteca acalopan, donde se supone el salto de Alvarado. Me indu- 
cen á creerlo así, el manojo de tules i que se ve tras del individuo 
en cuclillas, el teocalli y. al pie de éste, un estanque y no ojo de 
agua, practicado para recoger y distribuir una parte de la qiK' :'i 
Tenochtitlán conducía el caño de Chapultepec. 

1 4 cascabeles de culebra ¿con parte del cuerpo? A. Bretón. 



o/ 



El canal que hacia la parte Oriental del plano se señala, y pasa 
á inmediaciones del templo denominado Santa María, conviene con 
el señalado con la letra C. en mi plano del siglo XVI. Ese canal 
se prolon.qaba al Sur antes de la Conquista, según el Señor Orozco 
y Berra, al tianguiztli de México, en lo que está de acuerdo la aser- 
ción del señor Maudslay; mas debe observarse que la diferencia 
observada con respecto á mi plano de mediados del siglo XVI, 
proviene de que muchos canales habían sido cegados y entre ellos, 
en parte, el que nos ocupa 

No estoy de acuerdo en que la calzada de Tlacopan fuera la lí- 
nea divisoria entre México y Tlaltelolco, pues de esta manera los 
barrios de Cuepopan y Atzacoalco, que eran mexicanos desde la 
fundación de la ciudad de Tenochtitlán, quedarían en el territorio 
de Tlaltelolco. 

El plano en cuestión no puede referirse á la antigua ciudad de 
Atzcapotzalco, porque las condiciones topográficas de ésta no con- 
cuerdan con las que aquél señala, y .sí convienen en todo con las 
de la antigua ciudad de México. En aquella población no abunda- 
ban, como en ésta, los canales, ni el agua que los alimentase, y ha- 
llándose, además, situada á más alto nivel que la superficie del 
gran lago, cuyas aguas sólo llegaban á Popotla, no podían éstas 
bañar .sus barrios, como acontecía con respecto á los de la gran 
Tenochtitlán. 

Como ya he manifestado, el receptáculo que se advierte en el 
repetido plano, no es tal ojo de agua, sino un pequeño estanque 
artificial para recoger y distribuir parte de la que conducía el ca- 
ño de Chapultepec, y menos aún puede admitirse que dicho estan- 
que haga referencia al manantial de Zancopinca, situado á una legua 
N. O. de Tlaltelolco, distancia media entre esta población y la de 
Atzcapotzalco. 

Probablemente que el caño que conducía á dicho barrio el agua 
del manantial, se hallaba hecho en la calzada que señala el pla- 
no en su ángulo N. O., y la cual, según su dirección, era camino 
para Atzcapotzalco. 

Debe tenerse presente, como dato interesante, que hasta el año 
de 1618 se tuvo conocimiento del mencionado ojo de agua, por ha- 
ber hecho mención de él el Doctor Cisneros, según asienta el 
señor Orozco y Berra, en la memoria para la Carta Hidrográfica 
del Valle de México, quien manifiesta, además, que el acueducto 
para conducir el agua á Tlaltelolco debe haber sido construido á 
principios del siglo XVTII. 

Este dato corrobora la idea que he expresado deque el llamado 

8 



58 

ojo de aguíi, consi,í;nado en el documento que ha sido objeto de mi 
estudio, no puede referirse al manantial de Zancopinca. 

Por último, manifiesto que, según mi parecer, el plano es autén- 
tico, y que, al estudiarlo, surge una dificultad que implica contra- 
dicción, y que sólo puedo explicarme acudiendo á otra conjetura 
que, como tal, no contiene una solución conveniente. Si el plano 
es anterior á la Conquista, la extensión que en él se da á la parte 
Occidental de la ciudad no existía, pues toda esa parte, en gene- 
ral, se hallaba cubierta por las aguas del lago; si es posterior á 
la Conquista, el terreno de la población había crecido al Occiden- 
te, por la violenta retirada de las aguas desde 1524, pero entonces, 
con motivo de la destrucción y reedificación sucesiva de la 
ciudad de México, habían desaparecido los caracteres típicos 
de la población indígena. La conjetura, mu}" a\enturada, pero úni- 
ca que ocurre para destruir la contradicción, es la siguiente: ;No 
representará el plano, en la parte del lago comprendida entre los 
lugares conocidos ho}^ con los nombres de la Santa Veracruz y 
San Hipólito, una sucesión de ordenadas chinampas? ;No serán 
aquellas de que nos hablan los primitivos historiadores de México, 
y las cuales, al asentarse y consolidarse por la retirada de las 
aguas, acrecieron el terreno de la Capital? 

Estimo en 40 metros la longitud y en .30 la latitud de los solares 
señalados en el plano y en los que se hallan uniformemente distri- 
buidas las habitaciones v las hortalizas. 



^-^ 



MODU DE ELEGIR ESPOSA 

UNTRE liií; indios Mmm iiel i'uebiji di: san gaspab, 

ESTADO DE MÉXICO, 
POR EL PBRO. CANUTO FLORES. 



Ci 




En el año de 1899 fui nombrado cura de Zumpahuacán por dis- 
posición del limo. Sr. Arzobispo de México, Dr. D. Prospero María 
Alarcón, tomando posesión el 21 de enero del mismo año. 

Zumpahuacán ó Tzompahuacán, por las ruinas de sus teoca- 
llis, construcciones y monumentos, y por los demás vestijíios que 
existen en él, no cabe duda que fué un pueblo floreciente en los 
tiempos pre-hispánicos, cuya historia y fundación se han perdido 
en el transcurso de los tiempos. 

Está al Sur de Tenancingo, y dista de éste 16 kilómetros. Su 
posición topog'ráfica es montañosa jMbundante en riquísimos y va- 
riados ejemplares de mármol, tccalli, cuarzo, etc., etc. 

Su xegetación, en parte, es pobre y aún miserable, y en parte, 
exuberante, con alguna vareidad de maderas finas. 

En sus montañas y barrancas se da con abundancia la palma 
con que se fabrican los sombreros que reciben este nombre, y hay 
también millares de magueyes de los que se extrae el méxcatl que 
los indios toman con exageración en todas sus festividades. 

Hacia el Sur de Tzompahuacán, y á una distancia de catorce 
kilómetros, hay un pueblo de indios de raza mexicana, el cual se 
llama San Gaspar, y una de cuyas costumbres voy á describir, tal 
como he tenido oportunidad de observarla. 



62 

En las parroquias que tienen pueblos distantes, en tiempo de 
cuaresma el párroco dedica á éstos algunos días para exhortar- 
los y prepararlos á que cumplan con el precepto anual de la con- 
fesión; y para eso tiene necesidad de estar viviendo entre ellos, á 
fin de atenderlos más de cerca en sus asuntos espirituales. 

Una de estas cuaresmas me tocó ir á San Gaspar. Llegué un 
miércoles, y al toque de campana se reunió el pueblo, que se com- 
ponía de íSOO habitantes, en el templo. Les indiqué el objeto de mi 
visita y la necesidad que tenían de cumplir con el precepto de la 
Santa Madre Iglesia, confesándose. Terminado mi discurso, con 
gran sorpresa vi que un anciano, de los que en los pueblos llaman 
fiscales, empuñando la vara, símbolo de la autoridad, se colocó á mi 
derecha, y echando una mirada á la muchedumbre, mirada que hi- 
zo bajar los ojos á todos, en su idioma mexicano les dirigió una ex- 
hortación, que produjo suspiros y lágrimas, por lo que comprendí 
la elocuencia de este anciano ó Jiiiehue (viejo), como le llaman. 

Era el anciano de rostro arrugado y venerable, cabeza cana, 
mirada viva y penetrante, nariz semi-aguileña, dentadura comple- 
ta, pero gastada hasta las encías, y bigote escaso y blanco, y pio- 
cha. Vestía camisa de manta, con botones colorados ep el cuello 
y la pechera, y negros en los puños; calzones de la misma tela, 
calzoneras de gamuza color de yesca, las cuales le llegaban hasta 
las rodillas, y calzaba cacles 6 guaraches de piel de toro, sin curtir, 
con el pelo por dentro y una correa para sostenerlos por entre los 
dedos de los pies. Llevaba las calzoneras abrochadas á la cintura 
por dos grandes botones lisos, de bronce, y una especie de cintu- 
rón de cuero llamado canana, con tres bolsillos ó compartimientos 
de la misma piel, que sirven para guardar, en uno el tabaco, en 
otro el totonioscle, ó sean hojas de maíz para hacer cigarrillos, y 
en el tercero el eslabón y la piedra de pedernal con que encienden 
lumbre. De su cuello pendía un rosario con su crucecita y un cor- 
dón no muy limpio sosteniendo un marquito de hoja de lata con la 
Virgen de Guadalupe; y por encima de estas cosas, atado á mane- 
ra de corbata, un pañuelo rayado de colorado y blanco. 

Terminado su discurso, todos los oyentes se hincaron; les 
echó la bendición, y, en silencio y ordenadamente, fueron saliendo 
del templo. 

Al día siguiente, jueves, celebré el Santo Sacrificio de la Misa; 
en seguida les prediqué y después me senté á confesar. Durante 
todo el día pude observar que únicamente casadas ó viudas se 
acercaban al confesionario, y que por la noche venían los hom- 
bres de iguales estados. 



63 

El viernes, que fué el primero de Cuaresma, dije la Misa á las 
seis de la mañana, y cuando hube terminado y al comenzar el 
sermón, vi con admiración que mi auditorio se componía única- 
mente de ancianos de ambos sexos. Concluida la plática, pregunté 
al sacristán, que era indio del mismo pueblo, el motivo de aquella 
novedad extraña para mí, y él, con ese misterio que la gente de 
su raza acostumbra, me dijo que los jóvenes se estaban asean- 
do y preparando para la reata que tenía que verificarse en el ce- 
menterio aquella tarde. 

Esto me llamó aún más la atención, y guiado por la curiosidad 
de ver lo que harían los indios esa tarde, manifesté á mis fieles que 
únicamente confesaría esc día hasta las doce, porque me sentía un 
poco indispuesto. A tal hora me levanté del confesionario y mandé 
al sacristán que me llevara la comida á la sacristía y me dejara solo 
toda la tarde, porque quería estar absolutamente apartado de todo 
negocio, y únicamente deseaba dormir; le ordené también que me 
dejara las llaves de la sacristía y que se fuera, advirtiéndole que si 
algo necesitaba, le tocaría la campana. 

Esto lo hice para despistar al sacristán, ó mejor dicho, para 
quitarle toda sospecha de que yo quería observar sus ceremonias, 
lo que me dio magnífico resultado. Se fué el sacristán y yo perma- 
necí solo dentro de la iglesia, buscando el modo más cómodo de 
verlo todo. Subí al coro, y el lugar más á propósito que encontré 
fué una pequeña ventana ovalada que dominaba el cementerio, tal 
como lo buscaba y deseaba. 

Eran las tres de la tarde, y al toque de campana que dio el sa- 
cristán, una gran multitud, por no decir todo el pueblo, se agrupó 
en el cementerio. 

Niños, adultos y ancianos tomaban por asalto las bardas del re- 
cinto mortuorio, para ver mejor desde arriba de ellas; las niñas y 
mujeres permanecían, unas formadas alrededor de las bardas, por 
dentro, y otras, paradas junto á las tres puertas que tiene el atrio. 

Este conjunto semejaba un gran corral en donde fuera á hacerse 
un jaripeo. 

Estando todos los espectadores dentro del cementerio y en el 
mejor lugar que podían, y ya en silencio, entraron el huclnic, anciano 
ya dicho, con una cruz como de metro y medio de largo, adornada 
con flores de sempoalxóchitl, floripondios y hojas de carrizo, tras 
él un ejército de solteronas como de 3.5 á 40 años y en seguida otro 
de solterones. 

Las mujeres iban todasbañadas y limpias en sus ropas; con las 
trenzas atadas con una cinta colorada, y arracadas en las orejas y 



64 

flores de rosa de Castilla en la cabeza. Cada una llevaba una es- 
coba adornada con flores de monacillo, y una jicara con un anillo 
atado á un pañuelo grande y colorado. 

Los hombres solterones también iban bañados y limpios en su 
ropa, llevando cada uno un cántaro llamado zos:ocolt, adornado con 
las mismas flores de sempoalxóchiü , y una jicara grande, vacía. En 
el hombro izquierdo portaban una reatita nueva >" delgada; en el cue- 
llo un pañuelo grande, azul, con un anillo, y en la mano una corona 
de flores de todos colores. 

Detrás de esta comitiva iban los músicos, que eran seis; dos to- 
cando chirimías; dos, violines; uno, una tamboni, y el otro, una jara- 
nita. 

Una vez que el Iiuehue llegó á la puerta de la iglesia, que es- 
taba cerrada, se hincó, y á su imitación todos los concurrentes. En 
seguida entonó un canto en idioma mexicano, acompañado por los 
solterones. Terminado este canto, el luidme los arengó; en segui- 
da la música tocó un sonecito muy alegre, terminado el cual, el 
liiichuc permaneció en la puerta de la iglesia, á donde le llevaron 
un asiento de madei-i para que se sentara, colocándose junto á él 
los músicos. 

Entonces los tof)iles (mozos de la iglesia) regaron agua en todo 
el atrio, para evitar el polvo, y las mujeres solteronas comenzaron 
;í barrer. Los solterones dejan inmediatamente sus zozocoles; to- 
man sus reatitas, y ya puestas en aptitud de lazar, de cuatro en 
cuatro forman una gran valla á las solteronas. De pronto sale un 
solterón de la valla; dirige una mirada á todas las muchachas, de se- 
guro á la que más le simpatiza; se acerca á ella, le echa una lazada 
en el cuello, y si la muchacha se queda con la reatita, es señal evi- 
dente de que admite las relaciones amorosas del solterón, quedando 
confirmado con esto el contrato esponsalicio; mas si la doncella, in- 
mediatamente que siente la reatita en su cuello, se la quita y la arroja 
al suelo, es señal que no admite las relaciones de ese solterón, 3' en 
tal caso el novio, decepcionado, se aparta de los demás compañe- 
ros de amores. 

Y así sucesivamente hacen los demás solterones; y los que han 
sido afortunados, luego que ven que la solterona se quedó con su 
reatita, van á traer la corona que ya traían preparada y la ponen 
en la cabeza de la novia. En seguida le van regando el suelo con 
agua mezclada con flores, y la novia barriendo. 

Una vez que los afortunados salieron victoriosos en su empre- 
.sa, los decepcionados vuelven á instar haciendo las mismas cere- 
monias que antes, hasta no encontrar novia ó ver su desengaño 



65 

completo por el desprecio de todas, para quedar únicamente con 
la esperanza de ser más felices en el año venidero; porque hay que 
advertir que esta ceremonia ó modo de elegir esposa se hace ca- 
da año en todos los viernes de Cuaresma. Terminado el acto, y 
cuando el sol se está ocultando, á sus últimos rayos todos los sol- 
terones afortunados se van á colocar en la puerta principal del 
templo; y puestos en pie á la derecha del liiicliiic, allí esperan á 
sus novias, que, coronadas de flores, se ponen á la izquierda del 
anciano. 

Reunidos así los agraciados, el hiiehue les hace una exhorta- 
ción en idioma mexicano, la cual después supe era para hacer com- 
prender á los pretendientes la terrible obligación que tenían de 
respetar á las doncellas elegidas y de no mancillar su honor; pues 
el que faltase á esto, se sujetaría á horribles penas. Desde ese mo- 
mento debían de preocuparse por el porvenir de sus esposas y fa- 
milia, puesto que iban á formar un hogar, y éste debía ser honrado. 
Había que doblar los esfuerzos para adquirir bienes temporales, 
á fin de no sufrir la miseria, y que ser cariñosos con sus esposas 
y obedientes con sus padres, pues por el hecho de haberlas elegi- 
do, desde aquel momento tenían que trabajar para alimentarlas 
y vestirlas, y por lo mismo debían de ir á la casa de la prometida 
para que los padres de ésta vieran Sus costumbres, sus trabajos, 
sus virtudes, su honradez, y si, en una palabra, eran dignos de sus 
hijas. 

A las doncellas les manifestó que debían de ser cariñosas con 
sus pretendientes, obedientes y fieles á su estado; que, sin necesidad, 
jamás anduvieran solas por los caminos y campos; que no fueran 
celosas, porque el celo descompone los matrimonios. 

Terminadas las alocuciones del hiichiie, cada uno de los pre- 
tendientes entregaba, delante del anciano, el pañuelo y el anillo á 
su prometida, y éstos á la vez recibían de la novia otro pañuelo y 
otro anillo, quedando con esto confirmado el contrato esponsalicio. 
En tanto, los solterones que entraron á la lid, saliendo desengaña- 
dos, se habían apartado del grupo de sus compañeros, para ir á 
confundirse con el grupo de espectadores. 

Pasada la entrega de las prendas, el huehiie se hincó, y á .su 
imitación, todos, delante de la puerta mayor del templo; allí oró 
un rato, y después entonó) un canto muy triste en su idioma. Ter- 
minado el canto, los músicos empezaron á tocar; entró ki alegría 
en todos los ánimos, y las familias de las doncellas elegidas dieron 
sus felicitaciones á los pretendientes y manifestaron sus agradeci- 
mientos. 

Anales. 9 



66 

A las siete de la noche terminó todo. Las doncellas que no 
aceptaron novio, ó que no fueron eleí^idas, con carrizos enflorados 
y seguidas de niñas de corta edad, acompañaron hasta sus casas 
i1 las doncellas elegidas. 

Los solterones decepcionados, también con palmas en las ma- 
nos, adornadas con flores senipoalxóchitl, acompañaron á los afor- 
tunados hasta cierta distancia de .sus casas. 

\"illa Guerrero, mayo 24 de 1908. 



Lp1 



epigrafía oueretana, 

COLECCIÓN DE INSCRIPCIONES 

ANTIGUAS Y MODERNAS, TOMADAS DE MONUMENTOS, TEMPLOS, 

FUENTES, PINTURAS, SEPULCROS, ETC., ETC. 

EN LA CIUDAD DE SANTIAGO DE QÜERETARO, 



I 



\AL1:.\T1.\ F. FRÍAS. 



1.5 




INTRODUCCIÓN 



El gran libro que encierra en sus folios las etapas del mundo 
desde su creación, sus progresos, sus grandes epopeyas, sus des- 
cubrimientos, sus fechas luctuosas, sus hombres célebres, etc., etc., 
etc., y que se llama Historia, tiene, á no dudarlo, cuatro poderosas 
palancas en la Arqueología, Iconografía, Epigrafía, y Etnografía, 
sin cuya valiosa ayuda no habría llegado á la altura en que hoy 
se vé. 

Míís de una vez el curioso historiador suspende su pluma por 
falta de una fecha importante, de un dato de sumo interés, ó del 
nombre de algún hombre célebre; pero examinando inscripciones 
antiquísimas, visitando monumentos ya casi destruidos por la 
mano inclemente del tiempo, alcanza el objeto que persigue, vol- 
viendo lleno de entusiasmo á continuar sus tareas, para legar á las 
generaciones futuras el fruto de sus afanes. 

Un monumento patentiza, ya la gratitud de quien lo erige, ya 
la memoria de un hecho, ó bien la efigie de algún personaje céle- 
bre; mas en todos casos la Epigrafía es quien le da vida y lo hace 
perdurable. 

El vulgo ve en él, únicamente, su mayor ó menor hermosura 
colectiva. El artista, sus modelados y demás pertinenti's al arte; 



70 

mas el historiador sólo dirig-e su mirada ;i la inscripción que él con- 
tenga, para legar ú sus pósteros la historia de aquel hecho, ó la 
biografía del héroe que represente. 

«El uso de perpetuar con inscripciones la memoria de algún 
hecho, dice el gran historiador César Cantú, data desde el princi- 
pio del mundo. 

«El uso de las inscripciones es antiquísimo; y aún sin examinar 
las columnas esculpidas por Adam y Set, encontraremos algunas 
en los monumentos de más remota antigüedad que cuentan la India, 
la Mesopotamia y el Egipto. Job deseaba que sus palabras fuesen 
escritas en bronce ó piedra; y en efecto, los metales y las piedras 
fueron las materias más usadas para los epígrafes. Herodoto (Po- 
limnia) refiere, que por decreto de los anfictiones se erigió un mo- 
numento con inscripciones á los valientes que perecieron en las 
Termopilas. Tuciélides leía en las columnas las injusticias de los ti- 
ranos; y con frecuencia menciona tablas en que los griegos escri- 
bían sus tratados de paz ó de alianza. 

«Platón cuenta que Hiphías hizo disponer pequeñas columnas 
de piedra con preceptos de moral. 

«Según Tito Libio, Aníbal elevó un altar donde se leían sus em- 
presas, en púnico y en griego. 

«Pohbio y Dionisio de Halircanaso nos hablan de las tablas his- 
tóricas conservadas en el Capitolio. 

«Han llegado también hasta nosotros inscripciones en piedras 
preciosas, en vidrio, plomo, marfil, y más aún, en vasos de vidrio. 

«Panvinio fué el primero que en 1618 condujo la Epigrafía á 
nuevo esplendor; á él toca también la gloria de haber primera- 
mente obsei-vado las inscripciones en ladrillos, y todas las reliquias 
lapidarias, no obstante que ya en 1534 había publicado Apiano su 
libro: luscriptiones sncrosaucice veüistatis, non Hice qnidcni vo- 
inancB sed totiiis feí'c orbis., y Goltz en 1.566 y 75 ilustrando la Re- 
ligión, la Historia, la Geografía y la Cronología, con la descripción 
é interpretación de lápidas y medallas. .V Panvinio toca la gloria 
de haber subsanado los errores de sus antepasados, y plantar un 
nuevo sistema para la interpretación de las escrituras; y de su épo- 
ca acá, aun cuando muchos dan la gloria á Gruter, no le pertenece, 
puesto que no hizo más que seguir en todo las huellas de Pan- 
vinio.» 

Demos siquiera, aunque de paso, y siempre guiados por el gran 
historiador, i una hojeada acerca de los epigrafistas y sus obras, 
desde aquella época al presente: 

1 Cesar Cantú. Historia universal. Toni. .\'T, pág. 399, párrafo 11. 



71 

Doni colecciona 0,0()0 inscripciones publicadas por Gori en 17ol. 
En 1699 Fabretti da íí luz la primera colección de inscripciones 
exenta de falsedades. 
En 1707 Gruter colecciona <'/i/scr/f>f/(Vics autiqíKC totiui^ orhis 

ROIIKUÜ. 

En 1781 Bayer fija la verdadera edad de las inscripciones. 

En 1815 y 25 Morcoelli presenta un sistema para descifrar las 
inscripciones según el estilo de cada una. 

Petrarca coleccionó y remitió al rey Carlos IV su rica colec- 
ción de inscripciones. 

Nicolás de Rienzi con el estudio déla Epigrafía, se vio tentado 
de restaurar la República antigua. 

Morcoelli publica en 1780 su obra. De Stilo iiiscriptiouiiiii 
latinar. » 

Nicolai en 1703 su '^Tracta/iis de sigiis vctenim.> 

Zacaria en 1770 publicó su «I/isfífits. Antii/tiaria. Lapidaria.» 

D. Coleti publica en Venecia en 1785 su ^ Nota' et Sigice (¡na; 
in Níunnis et Lapidibiis obtiiiehant Explicatie. - 

Seguier escribe su « Prolegoiiieiia epigráfiea, que es una histo- 
ria de la Epigrafía. 

Spotormo escribe y publica en 1813 su '^ Trae tatas,- del arte epi 
gráfico. 

En 1838 Hugo Witenbach publica en Trier su «Nevé Beitrag 
sur antiquen Heiduiisehen eiid Cristi ielieii Epigra/i/c.» 

Franx en 1<S40 sus < Ete/iiei/ta Epigrafiees greecc.> 

Notari en 1858, su « Tratado de Epigrafía Latina é Italiana.» 

Gaspar Orelli en el mismo año, publica una colección de ins- 
cripciones latinas, muy útil para el estudio de la Epigrafía, cuyo 
tercer tomo escribió Guillermo Enzcn. 

Gustavo X'ilmanus en 1.S73 publica su > Exe/i/pla iiiseriplioiniiii 
latiuaruin in usuin precipua- aauteiuicinn.» 

La Academia de Berlín publica un suplemento perpetuo ;í la 
gran colección de inscripciones latinas, con el título de «Ep/iei/n-ris 
Epigráfica. " 

«El Boletín Epigráfico» de la (jalia, empezado en 18N1 por Flo- 
rian Vallentin, se ha convertido después de la muerte de su fun- 
dador, en un boletín de Epigrafía general, dirigido por Roberto 
Mowat. 

En 1883 publica Heinricli Brugch, su ■ T//e saurus iuscriptio- 
nuin egiptiaruni.» 

Edmundo Chishull, fué el priniei-o que reunió inscripciones grie- 
gas anteriores á la Era Vulgar. 



El abate Sebastián Donati. escribió un arte crítico lapidario, y 
el Padre Oderice varios epígrafes inéditos. 

No sería suficiente una introducción, sino obra por separado, 
para enumerar las obras que se han publicado y los varones insig- 
nes que á ello se han dedicado. Baste decir que en todas épocas 
y en todas las partes del mundo civilizado, se han fundado socie- 
dades y academias con el objeto de cultivar esta ciencia tan útil á 
la historia. 

El arte cristiano es, quizá, uno de los que poseen mayor número 
de inscripciones y epígrafes, no obstante que el Paganismo abun- 
da en ellas, mu}- especialmente en la época nefanda de los Nero- 
nes; porque no obstante que De-Rossi afirma que antes de Carlo- 
Magno, no había colección de inscripciones cristianas, es tal el 
número de ellas, que se necesitarían algunos volúmenes para colec- 
cionarse. 

Hoy existen, según el Abate Martign\-, i tres colecciones, y son: 
La célebre palatina ó vaticana, editada por Gruter. La segunda, 
editada por Glosteruburg, que es esencialmente cristiana. La ter- 
cera, es la de \>rdum que De-Rossi ha exhumado. 

Haj' otro ejemplar, el de Goetwich, que él mismo supone tener 
afinidad con los itinerarios del siglo VII, que en estos últimos tiem- 
pos han guiado con tanta utilidad á los anticuarios. 

Pedro Sabino, profesor en el archigimnasio romano, es el pri- 
mero que, después del renacimiento, reúne un cuerpo especial de 
inscripciones cristianas, cuya colección ha sido encontrada en la 
biblioteca de S. ¡Marcos en W^necia. 

Martín Suret ;i mediados del sig-lo XVI se dedicó á reunir y 
descifrar inscripciones cristianas, teniendo por fortuna muchos imi- 
tadores. La colección de los Manucios en el \'atican.j, cuenta vein- 
te volúmenes, enriquecidos con notas antiguas. Compulsados por 
CittadiniDoniy el célebre Marini,no han sido revelados sino por De- 
Rossi. 

En la biblioteca de Chiggi, existe otro manuscrito compilado 
por un anónimo español bajo el pontificado de Pío \^ 

En 157S. un undimiento ocurrido en la Vía Salaria, descubrió 
la Roma subterránea, ocasionando esto una nueva riqueza á nues- 
tra ciencia, siendo sus primeros exploradores, Chacón, Macario 
y Winghe, sin que log'rasen amenguar la gloria de Bosio, que fué 
el Cristóbal Colón de las catacumbas, perteneciéndole el honor de 
haber reunido en cuerpo todas aquellas inscripciones cristianas, 

1 Diccionario de .\ntigüedades cristianas, pág. 384. 



73 

cMicontradas en el subsuelo romano, desconocidas hasta entonces 
desde los primeros tiempos del cristianismo. 

En 1616, Gruter editó su gran colección, enriquecida con los 
manuscritos de Escalíjero, escapando á su investi^g^ación, desgra- 
ciadamente, las colecciones de Cittalini, Sirmoni y otros. 

Pronto tuvo imitadores en Doni, Alcandro, Macelo, Peirese, Bri- 
sio, etc., mas merced á la diligencia de Severano Bosio, compiló, 
como dicho queda, una sola y riquísima colección, a^'udado por 
Secua. 

En la biblioteca de París se encuentra también una colección 
de Montfancon. 

Continuando la tarea de sus antecesores, tenemos á Fabretti, 
Marangoni y Boldetti, que durante treinta años dedicáronse á di- 
chos estudios, pereciendo en un incendio los trabajos de Marangoni. 

En Florencia se conserva la colección de inscripciones sobre 
vasos dorados, reunida por Bounarrotti. 

El Vaticano también posee la rica colección del P. Lupi. 

Gori intentó reunir en una todas las colecciones que del arte 
cristiano se hubieran escrito; mas por las circunstancias que concu- 
rrieron, no pudo realizar su laudable tarea. 

Más feliz que su predecesor, Maratori, puso en planta el pro- 
yecto de aquél, pero no logró terminarlo. 

El célebre Zacaria tomó la determinación de clasificar las ins- 
cripciones de los ocho primeros siglos; pero su obra no debía de 
servir de un modo especial mas que á los teólogos, y de aquí que 
la tituló « Del //50 dr /as inscripciones en las cosas teológicas, » obra 
que imitó el P. Danzetta. 

Si la muerte no sorprendiera á Marini, habría sido, según el 
sent'r del Cardenal Maii, la primera lumbrera de su siglo en lo con- 
cerniente á la Epigrafía. 

De-Rossi es quien se ha llevado la palma entre los epigrafistas; 
pues en el pequeño espacio de cuatro años (ld'i7 á 61) ha publica- 
do su primer volumen que contiene 1374 inscripciones cristianas, 
número que sobrepuja á las más ricas colecciones conocidas has- 
ta hoy. 

Esta obra indispensable á los arqueiMogos, lleva por título: «Ins- 
cr ¡pilones C/irlsllance ¡irbis Hontce, séptimo scecnlo a/itñ/i/lores,» 
y que, según su autor, constará de seis volúmenes, que ios sabios 
espcraacon gran impaciencia. 

Respecto á las inscripciones de los demás países del mundo 
cristiano, tenemos algunas colecciones especiales, que cada uno, 
respecto al país que explora, suple el trabajo del ilustre romano. 

10 



74 

El Abate Gazzera publid') en 1N4'' las inscripciones cristianas 
del Piamonte. 

Edmundo Le-Blant, también ha escrito una obra excepcional 
que ha titulado: ^Inscriptioiis dircticiiiies de totite la Gaitlc aiitC' 
r/nirs aii huiticiiic siccle. El primer volumen apareció en IR^d y 
el seíjundo en l.Síx"). 

En nuestros tiempos tampoco han faltado g-enius que continúen 
la tarea de los que nos precedieron. 

En nuestra República no llegan á doce, sin temor de errar, los 
epigrafistas; porque si bien es cierto que han surgido de cuando 
en cuando genios dispuestos á investigar esta ciencia, han toma- 
do di\-erso rumbo (laudable por cierto \' de mucho provecho á nues- 
tra historia) dedicando sus afanes, más bien á la traducción de je- 
roglíficos, escritura propia de nuestros aborígenes, que á coleccionar 
y descifrar inscripciones. 

Nuestro Instituto Bibliográfico Mexicano, ad.scrito á la Biblio- 
teca Nacional, y fundado por el entonces Ministro D. Joaquín Ba 
randa, á iniciativa del infatigable bibliófilo Dr. D. Nicolás León, de- 
bería tener, según nuestra humilde opinión, una sección especial 
para la Epi.grafía, con sus socios correspondientes en todos los Es- 
tados, lo cual vendría á dar mucha luz, no sólo para la historia co- 
lectiva de nuestro país, sino aún para la local de cada Estado y 
población. 

La falta de estímulo y ejemplo hace que en las generaciones 
que van cruzando el tiempo, se pierdan en la obscuridad del retrai- 
miento, muchos genios y quizá notables lumbreras, que llegan al 
ocaso de la existencia sin haber prestado á sus semejantes el bien 
que pudieran, ya por su aplicación al estudio, ya por su natura! 
agudeza de ingenio, ó por ambas cosas. 

Mas esto no excluye en manera alguna de la deuda que con 
nuestra patria tenemos, de procurar su engrandecimiento confor- 
me á las fuerzas y dotes de que hemos sido dotados por la Provi- 
dencia; si mucho, mucho; si poco. poco; noestamos obligados á más. 

El Autor. 

Santiag^o de Querétaro, Junio 3 de 1000. 



"1Í 



AL LECTOR. 

No es otro mi objeto al presentarte este mi pequeiio trabajo, 
sino perpetuar en unas cuantas páginas cuantas inscripciones he 
podido encontrar en esta mi patria, y ayudar así al historiador, ya 
que, conociendo mi insuficiencia, no me he atrevido hasta hoy á 
formar la historia del suelo que me vio nacer, no obstante de te- 
ner reunidos, después de veinte años de laborioso empeño, un sin- 
número de datos acumulados en cuatro tomos con dos mil p;i sainas. 

Siempre he comido el pan ageno; y por ende comprenderás 
que el ocio ha sido siempre esquivo para mi; y aunque mis afec- 
ciones por esta clase de estudios han tenido lucha constante con el 
deber, ha predominado éste. 

Hágote esta .salvedad, porque aunque he deseado pre.sentarte 
correcta y cronoli')gicamente mi colcccií'm, no puedo hacerlo, tan- 
to por falta absoluta de tiempo, como porque jamás he tenido en 
mis manos una obi-a de esta naturaleza, ni un mentor que me guie 
con sabias instrucciones. 

En tal virtud, creo y espero que mis errores sean dignos de tu 
conmiseración; mas si á tu juicio no la merecieren, permíteme te 
remita al final de mi anterior introduccií'm, ratificando así aquel mi 
sentir. 

El Autor. 



76 



Inscripción que como homenaje á Cristo Rey y con motivo de 
la terminación del siglo XTX. y principio del XX. colocó el Obispo 
3- V. Cabildo, en lápida de mármol, en el muro á la entrada de la 
santa iglesia Catedral. 



A JESUCRISTO REDENTOR • 

GUIA, LUZ Y VIDA 

GLORIA DEL GENERO HUMANO 

REY DE LOS SIGLOS: 

EN DEBIDO HOMENAJE 

EL OBISPO Y CABILDO 

DE QUERETARO. 

AL FINALIZAR DEL .SIGLO 

DECIMONONO 
F.KIIEN ESTE MONUMENTO. 



En el frontis del antiguo Hospital Real i^calle de los locutorios 
n." 12) 3- sobre la puerta de entrada, se vé la inscripcii'tn siguiente: 

Se acabó el (Conv.to Hosp.' R.i de !a Limpia 

Concepción de esta Ciud.d) 

30 de Nob. de el Año de 1765. 



En el Panteón n.° 1 existen los restos de la Corregidora D.-' 
Josefa Ortiz de Domínguez, que fueron traídos de México en 1894. 
En el monumento de cantera, levantado por el Gobierno del Esta- 
do ese año, se lee la inscripción siguiente: 

1 Todas las inscripciones están fielmente tomadas y con su propia ortoyrafia. 



I 

MAKMA JOSEFA OKTIZ 
DE 

domínguez 
heroína 

DE LA 

INDEPENDENCIA NACIONAL. 

SE TRASLADARON SUS RESTOS, DE MÉXICO, A ESTE I.UCAR 

OCTUBRE 23 DE 18Q4. 



Inscripciones en las campanas del templo niand del pueblo de 
S. rVdro de la Cañada. 

«S. I'IÍDRO.» — REFORMADA V AUMENTADA POR TODOS 
LOS \-ECL\OS DE ESTE PUEBLO. — MAYO 21 DE 1.S77. 



Ma— PETRONIL.A— TU eres PEDRO y sobre esta piedra edificaré 
MI iGLESLv.— S. Matt. C. 16. V. 18— Parroquia de S. Pedro de la Cañada, 
-lunio 29 de 1901.— Señor Cura D. Luis G. Villaseñor.— I. A. For. 



En el Panteí'm de S. l'"ernando de México existían aún en 1002, 
los restos de! (".i-al. José .\1. .'Vrteaga, Gobernador que fué del Es- 
tado. 

En la .li'abel.i había dos lápidas de míirmol. La del lado dere- 
cho decía: 

RESTOS DE 

JOSÉ M. arteac;a ^■ 

CARLOS SALAZA 
JULIO DE 

1869. 

La del lado derecho decía: 

El general 

JOSÉ M.A arteaga 

SUCU.MUIO (a.ORIOSA.MENTE EN LA CIUDAD DE UrUAPA.M 

El 21 DIC OCTUBRE DE 186.5. 



7S 

I'AKTIÜAKIO LEAL NOBLE N' ARDIENTE 

POR MÉXICO MLRIO COMO VALIENTE. 

Sus amisíos y subalternos dedican este homenaje ;i su niemoiia. 



Bn el iTiuro del edificio de < í.a Academia,' en esta ciudad y 
calle del mismo nombre, existe una grande hípida de mármol con 

la siguiente: 

EN ME.MORIA 

DEL PATRIOTA GOBERNADOR, i.KAL. 

JOSÉ MARÍA ARTEAC.A 

PROTECTOR DE LA INSTRUCCIÓN POPCI.AR. 

yUERETARO OCTUBRE 21 DE INNS. 



En el templo de S. Ajíustín y en el presbiterio, existe un cua- 
dro mural que representa la Conversión de S. Agustín. En el mis 
mo cuadro se lee la si.guiente: 

). Jesús Ruiz copió del original del celebre 

Maestro Miguel Cabrera, que se haya en la 

\'. Congregación Oratoriana de S. Miguel Allende. 

Enero 2H de 1901. 



En el exconvento de a.i>"ustinos, y en el patio principal, CNistc una 
fuente cuyos soportes de los ángulos figuran soldados romanos. 
V en el peto de uno de ellos se lee la siguiente: 

Esta Pila 

Hiso y costeo 

Xtr." Patuon 

El caPltan Reforsado 

D.n Julián Díaz 

DE L.\ Peña. 

Año de 

1748. 



79 

En la capilla del templo de la Cruz existe un monumento hu 
milde cubriendo los restos del maloíírado poeta queretano Eleute 
no Frías y Soto, y en la hipida se lee el sio-uiente, hecho por él 
mismo para este objeto. 

Soneto. 

Al pasar de este asilo los umbrales 
Hasta el nombre olvidé; volví á la nada 
De donde fué la humanidad sacada 
Por los sabios decretos eternales. 

En mi vida encontré bienes y males; 
A mi Dios ofendió mi alma obstinada 
Mas volvió á la virtud, y perdonada 
Se fué á habitar los mundos celestiales. 

Aquí quedó mi cuerpo, pobre resto 
De lo que antes se llamaba «El hombre;» 
Curioso, ven á verme descompuesto 

Hecho polvo. . por eso ni mi nombre 
Dejo grabado en mi mansión mortuoria, 
Que al mundo no he de dar ni mi memoria. 



En la fuente del claustro del exconvento de S. Antonio se ve 
en el centro del borde de la taza un escudo de cantera con la in.^ 
cripci(')n siti'uiente: 

SEPTIEMBRK 
16 
DE 

]7;í7. 

En la fuente de la calle de «Garmilla,» y en el ;ini;ulii únicdque 
tiene, se ve una pequeña estatua de cantera y en su base la in> 
cripción siguiente: 

SAN ANDRÉS APÓSTOL. 
AGOSTO 24 D ISll. 



En la clave del arco del presbiterio del templo nuevo del pue^ 
blo de S. Pedro de la Caiíada, se lee: 

1.S71. 



1 



80 

En la fuente pública de la plazuela del < Puente, > frente al me- 
són de S. Sebastián, se lee: 

A ESPENSAS DEL 

M. Y. A. 

SE AGRANDÓ ESTA PIl.A 

AÑO DE 

1828. 



En la caja repartidora de aguas que furma parte del exd inven- 
to de «Propa.í-anda fide,» existe, en el centro del frontis, un cuadro 
donde existic) el escudo de armas del más grande benefactor que 
ha tenido esta ciudad, cuyos beneficios aún perduran, y cuyo es- 
cudo borraron la barbarie é ingratitud. 

En ambos lados se ven lápidas con las inscripciones siguientes: 

Eápida de la derecha: 



Reynando las España^ 
N. Catholo Rey D. Pheli 
pe \". qe D.s g.e y siendo \'irrey 
enesta nueva Espa.a el Exni" 
S.r Marq.s de Casafuerte, se 
empezó esta magnifica 
Obra en la Alberca, el día 
26 de Di7.e de 1726. y se co(n) 
cluió hasta esta Caja el dia 
15 de Octr.e de 1735. siendo 
X'irrej- y Arz.o de Mex.f el Yl 
lutrr.o y Exm.o S. D.r D. Jn." An.i<' 
\'izarron y Eguiarreta, Y 
Corre jd.r en esta M. Noble 
y Leal Ciud.d de Querétaro 
D. Greg.o Ferrón. Fué Juez 
Superintend.te de ella el So.i- 
D.n Juan Antonio Vrrutia 
y Arana Caballero del 
Orden de Alcántara y 

L;ipida de la izquierda (continúa la inscripci(in): 



81 



Marques de l;i \'illa del \'il 

lar del Águila, natural de la 

Prov.a de Álava, Que dése 

ando el bien común, puso 

en ella (con todo esmero) 

desde su primer met.» 

no solo el travajo de su tra 

zamt.o y asís.» personal, sino tam 

bien las expensas de 88287, p.s 

A que contribuid el Vezin 

dr." de dha Ciud.d asi Eclesi.o 

y Regular, como Secular, 

con la cantidad de 24504. p.s 

que junta con la de arri 

va, suman 112791. p.s 

Por cuyo beneficio debe 

esta Ciudad mostrársele 

perpetuamente agradecí 

da y encomendarle a. D.s 

que le de por — Obra tan 

heroica la Bienaventuranza. 



Inscripciones de las campanas del templo de S. Agustín. — La 
campana mayor tiene la siíjuiente: 



El esquilón: 
Esquila: 



WESTR.A MADRE DEL 
SOCORRO. 

NVESTKO l'.XDRE SAN AGUSTÍN", 
AÑO DE 1831. 

SE HIZO EN 4 DE JULIO DE 

1.S54. 

POR EL R. P. PRIOR F. VICE.\TE 

GELACIO GARCÍA DUEÑAS. 



Inscripciones existentes en la alberca, adelante del pueblo de 
.S. Pedro de la Cañada: 

SE LLMPIO. 
EN ENERO D. 1871. 
SIENDO GOBERNADOR, EL C. JULIO 
M. CERVANTES Y PRSDTE. DEL A 
YUNTAMIENTO EL C. RAMO.V V. QUINTANA. 

Anales. 1 1 



S'j 



CONSIGVIOSK LA FABRICA d[r] 
ESTA AlVERCU el AÑO d[e] MIL 
SETECIEXTOS V VEL\t[e] Y OCHO 

REYxaxDO N. cathol.o Monarc." 
D Phelip : V. (qe Dios G.e) Goveno est[a) 

NVa ESpa EL EXM» Marq s d[eJ Cassa-FV[E]RT'' 

Cav.o DEL ord[e]x d[e] s. xiag.o a EXPExsas 

d[e] lo q co[x]tr muyeron los mo 

radores d[e] muv xoble Ciud.J 

de Santiago d[e] Qveretaro. 



El 15 de Septbre. de 1894. 
el Ayuntamiento de la Cañada 

dedica este monumento 
Al insigne benefactor D. Juan 

Antonio Urrutia y Arana 
Marques del Villar del Águila. 



Siendo Gobernador el C. Gral 

Rafael Olvera, y prefecto del Dis 

trito el C. Lie. Felipe Herxaxdez, se 

limpió esta alberga del 21 al 26 y: 

el Comisionado Regidor, Ingeniero C. 

Carlos Alcocer midió el agu 

-a de los veneros, resultando el 

gasto de 69,2 litros por segundo. 

Enero 26 de 1884. 



el 1 de Ji-Lio de 1879, 

Ante el C. Gobernador del Estado, GRAL. AX 

TONIO GALLÓN, acompañado de las comisiones 

del H. Congreso é I. Aj-unt.," los ingenieros re 

sidentes en esta Capital aprovechando la 

limpia de la alberca, practicaron las obser 

vaciones siguientes: — Agua que sale 

para la ciudad estando llena la alberca, 

30 Litr. ó 4000 pajas.— Agua que dan los manan 

tiales libremente, 70 Litr. ó 9333,3 pajas. 

Querétaro, 26 de Julio de 1879. 



83 

En la clave del arco de la entrada á la casa (Desdén, 6) donde 
vivi() V murió la benefactora D.-' Josefa \"ergara y Hernández, se 
lee: 

A. D. t 1727. 



En el antifíuo orejano de la Parroquia de S. Sebastián, se lee 
la siyuiente: 

A Mayor gloria de Dios N. S. se concluyó 
el dia 6. de Marzo de 1812. años. 



Sobre el zag-uán de la antigua Alh(')ndiga (antigua calle de la 
«Alhóndi.o-a,» n.° 16, y hoy de «Juan Caballero y Osio,» n.os3,4y 5). 
en cuya ca.sa vivió y murió nuestro benefactor el Br. D. Juan Ca- 
ballero y Osio, existió (hoy está dentro de la casa, arrumbada por 
allí' una givmdc cantera con la siguiente: 

Gov.o Los Esp. la Ctho.» Mag.d de 

Ntr.o Rey i S. D Phelipe V. (q. D. g.e) siendo Virr 

ey, Gob.r Cap." G.i de esta n.u^ Esp. ña D " Ju." de Acuña 

Marq.s de Cassa-fuerte & se acabo esta Ob.a sie.do 

Prec. i Alg.i Maior de esta Ciud. D. Pedro 

Frexomil i Figueroa. Año 1731. 



Inscripción muy borrada que aparece sobre la puerta de la 
iglesia de S. Antonio, la cual fué tapada con cal, en alguna vez que 
la ignorancia pretendió quitar la gloria al bienhechor. 

Las letras entre paréntesis son las que aun no se descubren y 
que \'o presumo deben ser. 

(ca)sa de (reli)gion de (don ju)an c(ab)allero 

Y OCIO PR(ES)B0 COMISSO DE CORTE D.el 

S.TO TBI(BU)NAL d[e] (la IJNQ.O" (Y ALGUACIL .MAYOR 

A CUYAS) ESP.s SE PINTO ESTA VGL(ESIA) 



En la .sacristía del templo de S. Francisco (hoy Catedral) bal- 
dos sepulcros en el suelo, cubiertos con lápidas de cantera del ta- 
maño natural de un cadáver. 



84 



Las inscripciones que tienen son por demás orijíinales; piro 
como los caracteres de ellas no pueden ser estampados en estas 
pí'iííinas, ni aun valiéndose de los tipos comunes actuales, me con- 
formo con insertar la descif ración que he hecho. La de la primer.! 
lápida es así: 

Entierro (léase sepulcro) del Capitán Antonio de Leyva y de y 
de (,sic) D.'' Maria de Tovar %• Godines su mujer, vecinos que fue- 
ron de este pueblo y agora lo son de la ciudad de México y de 
sus herederos. 1644. 

Y la de la otra es como sigue: 

Entierro (léase sepulcro) de Luis.de Tovar Godines, Secretario 
de la Gobernación y Guerra desta Nueva España, >• de Duarte de 
Tovar, }' de D.'"* Beatriz de Coreóles y Godines; sus padres, y 
de sus herederos. 1644. 



El templo de Santa Rosa tiene dos soportes caprichosos y ele- 
gantes que sostienen sus muros por la parte de la calle. Debajo de 
cada uno de estos arcos está una inscripción de las siguientes: 



* 


El Año 


ce acá 


DE 


vo 


175<) 



En el descanso de la escalera principal del Palacio Municipal, 
se ve una grande lápida en el muro, con la inscripción que sigue: 

Rei\[a].\do La CAthc* Mag» 
Del S.o^ Do Carlos IH, v siex 

DO VlREI DE esta N* EsP.* EL 

Ex.Mo S.K Makq.s d[e] Croix. se fa 

BRICAROX estas CaSAS R* 

I Carzees. a espenzas y= 
soLiciTMD d[e] D.í-' Martin 

JOSEH DE LA RoHA AbOG.AD" 
DE LOS Rs COXSEJOS Y CoREG» 

desta n* Cvidad Añ DE 
1770= 



En el mismo Palacio Municipal (antes habitación de los Corre- 
,yidf)res\ en la pieza que habitó la Corre.ií'idora D.-' Josefa Ortiz de 
] )omínL;"uez. se ve en el piso una lápida de mármol con la sii^uiente: 

Ex ESTE LUGAR, LA SkA. COKKEGIÜHKA 

D.^ JOSEFA OrTIZ de DOMÍNGUEZ, DlÓ 

LA SEÑAL CONX'ENIDA PARA LLAMAR A 

D. Ignacio Pérez, en la noche del 13 
DE Septiembre de 1810. 

Hn las pilas de ayua bendita del templo de S. José de (iracia 
se lee !a siguiente: 

Mavo 11 de 
"l770. 



En el ói-oano anticuo de esta misma ifílesia se lee la siguiente: 

Se reformo compltmente éste órgano y se le 

agregaron otras misturas por el Sr organista 

D. Pedro Besares á- impulso del M. R. P. Fr. 

Ygnacio Colon actual Prior de este Conbento 

Hospital R. sexta vez electo. IS04. 



En una cruz de cantera que existe en el cementerio del anti^^uo 
templo parroquial del pueblo de San Pedro déla Cañada, dice: 

170M. 



En una pintura existenle en el coro del convento de Teresitas 
(hoy Seminario Conciliar) y que representa á Santa Teresa traspa- 
sada por un dardo, está la sis^aiientc: 

El año 807. 

á 5 Fero dia de 

S." Felipe de Jesús 

se terminó este 

choro. 



Inscripciones en el templo de la Con|Síre<iación. 
En Mayo de 1902, se pusieron unas lápidas conmemorativas en 
ambos muros de la ijijlesia, debajo de la bóveda del coro. 



86 



KSTE DKCOKADO NUEVAMENTIi 

SANTO TEMPLO FUE CONSAGRADO POR 

n-E DECORADO EL ILLMO. SEÑOR 

KL día 12. OBISPO DR. D. 

DE MAYO RAFAEL S. CAMACHO 

DE EN 30 DE NOBRE. DE 

1680. 1888. 

A JESUCRISTO 

VERDADERO DIOS Y \ERDADERO HOMBRE. 

REDENTOR DEL GEXERO HU.MAXO. 

REY DE LO.S REYES Y SE.ÑOR DE LOS POTENTADOS 

EN RECONOCIMIENTO 

DEL PODER 

QUE SOBRE CÍELOS Y TIERRA 

LE HA DADO EL PADRE. 

LA L V V. CONGREGACIÓN DE CLÉRIGOS -SECULARES 

DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE 

DE ESTA CIUDAD 

EN EL AÑO SEGUNDO DEL 

SIGLO XX. 
ESTE .MONUMENTO DEDICA. 



i 



AL SUMO PONTÍFICE 

LEÓN XUI. 

VICARIO DE JESUCRISTO. 

PADRE Y Dr. INFALIBLE 

DE LA IGLECIA CATÓLICA. 

REY DE ROMA 

EN TESTIMONIO DE ADEHE.SION FILIAL 

Y COMO PROTESTA SOLE.MNE CONTRA 

EL SACRILEGO DESPOJO 

QUE DE SU PODER TEMPORAL 

HA LLEVADO A CABO 

LA IMPIEDAD EN EL SIGLO XIX. 

LA \. \ V. CONGREGACIÓN DE CLÉRIGOS SECULARES 

PE SANTA MARÍA DE GUADALUPE 

DE ESTA CIUDAD 

C(XNSAGRA ESTE MONU.MENTO 

EL AÑO XXV 

DE SU PONTIFICADO. 



87 

En 1890 aun se (.-onservaba en el coro bajo ck-l convento de Ca- 
puchinas un retrato de pincel que representaba al célebre Dr. D. 
luán Caballero y Osio, teniendo al pie la siyaiiente: 



El Sr. Lie. ''o D. Juan Cavallero y Ocio 

Presbítero Originario de la Ciudad de San 

tiago de Querétaro Comiss"" de los S'"'* Trib" de 

[nqon y Cruzada Vic"" in capite y Juez eclest™ 

en ella Prefecto de la \''' Congre°" de los Sres. Sa 

cerdotes de M/' S.** de Guadalupe su principal 

fundador como del Seminario de S. Javier y 

Beaterío de Sta Rosa de Viterbo e[n] dha Ciu' 

y de otras muchas y magnificas 

\' piadosas obras, Padre de los Pobres, honra de su 

Patria. 

Murió de edad de 63 a.* el mes de Abril 

de 

1 707. 



Pronto á desaparecer el monumento Ievantad(j en el interior de 
la huerta del exconvento de h\ Cruz al Sor. Marqués de la Villa 
del Villar de la Águila, insigne bienhechor de esta ciudad y mu}- 
especial de dicho convento, hemos tomado una fotografía de! cita- 
do monumento, consistente en una estatua, de cantera, del Sor. 
Marqués, sobre un pedestal, en medio de un tanque. Las inscrip- 
ciones que tiene el pedestal son como sigue: 

Poniente, ó sea el frente: 



Erigió el reconocimiento y la 

gratitud esta Estatua en aten 

cion obsequio y PerPetua me 

moria del M. Ilt.<^ y Nobliss'"" S.'' 

D. Juan de Urrutia, Cauallero 

de Alcántara. Marques de la 

Villa del Uillar del Águila: 

Quien ideo, asistió y condujo a 

sus expensas el Agua a esta Col 

legio y entro en este Estanque y Hu 

erta el dia 30 de Octubre del año. 

de 1735 



( )rÍL-nU': 



Sur. 



Norte. 



S8 



De c|iiiinto en Aguas estriva 
natía su memoria Nive; 
en Agua el Marques se escrive 
Porqué su Memoria activa 
cresea, Triunfe, y siempre \i\ a 
con esto para su gloria 
quedan con executoria 
mexor que en oro bruñido 
contra Rios de su Olvido 
Raudales de su memoria. 



Reputóse a Ynaccesible 
este Prodigio, y Torrente: 
y el Marques puso en corrie|nJte 
Claro, palpable, y üisible 
este raudal O inposible, 
y en este adusto Eriazo, 
donde nunca humno alie[n] 
llegó con el pensamiento; 
que alcanza Marques tu 
Brazo 



.Marqués la Cruz te há seruido 
con sangre, de Rede[m|pcion: 
Tu Marqués de Corazón 
a la Cruz agradecido 
con Agua la as redimido, 
y en lo humano tu Esplendor, 
tu Poder, bondad y amor 
mas q heroico, mas q regio 
A sido para el Collegio, 
su segundo Redemptor. 



En 1S2Ü, se inaug'uró un monumento vn esta ciudad, en la plaza 
principal, frente al Palacio Municipal, y con motivo del estableci- 
miento de la Constitución del año de IL'. 

Sobre un pedestal estaba la estatua de la Libertad, y en los 
cuatro lados de l;i base se veían las siguientes inscripciones: 



89 

A Fernando séptimo 

Rey católico de las españas 

Dignisimo padre de la patria 

Por haber jurado la Constitución 

El pueblo queretano 

En testimonio de su gratitud. 

C. E. M. 

A 14 de Octubre de 1820. 



Tus virtudes cívicas 

¡Oh Querétaro! 

Te han hecho siempre digna 

de ser libre: 

Gózate porque ya eres 

Lo que siempre has merecido ser 

¡\'iva la libetrad! 



«La Religión católica romana 
La española será perpetuamente; 
Otra ninguna la nación hispana 
Fuera de la apostólica co[n]siente.» 
¡Oh enérgica expresión y soberana! 
¡Oh ley fundamental, ley exelente.! 
Que así proteje, enzalsa y asegura 
La única religión divina y pura 



¡Union! ¡Preciosa unión! sin quien no puede 

Probar el mísero hombre las dulzuras 

De amable sociedad: de quien procede 

Suave torrente de delicias puras: 

Haz que en los pechos españoles quede 

Fijo tu influjo, firmes tus venturas; 

Y que jamaz la desunión nefanda 

La paz perturve que la ley nos manda. 



A raíz del fusilamiento de Maximiliano, fué visitada con ahínco 
la celda que le sirvió de última prisión en el convento de las Capu- 
chinas, y todos los visitantes escribían pensamientos en los muros. 
He aquí algunos de ellos, los que. al ser transformada la pieza por el 
Sr. Gallegos, que compró ese lote, cuidó de pasar fielmente á un 
íUbum. 

Anales. 12 



90 

«Querétaro, Junio 10 de 1<%7, á las ocho y minutos de la ma- 
ñana. 

«No hace tres horas todavía estaba preso en esta celda el Em- 
perador. Lo fui observando durante su camino al patíbulo. Iva 
resignado. El pueblo que rodeaba el coche, estaba conmovido. 
Maximiliano murió con serenidad. 

«¡Pobre Maximiliano! aun oigo la descarga que le privó de 

la vida. Aun recuerdo con simpatía la amabilidad con que trató 
siempre á los oficiales que dimos guardia á la puerta de este cala- 
bozo. 

« Yo le perdono la muerte de mi hermano y cuanto sufrí durante 
la guerra contra la intervención francesa v el imperio. 

L. M. Z. 



«Junio 22 de 1867. 

«No ha de pasar mucho tiempo sin que veamos á los traidores 
colocados en los puestos públicos, viviendo á la sombra de la Cons- 
titución de 57. que tanto aborrecieron mientras no moría el Archi- 
duque. 

/. Lopes. 



«Julio 7. de 1867. 

«Responsables de sus actos, pagaron con la vida sus delitos los 
criminales Maximiliano, Mejia y Miramon. Los traidores no volve- 
rán á pensar en otro usurpador; y á pesar de todo, es necesario 
estar alerta, porque carecen de delicadeza y son infames. 

Wcuscslao S. Morqiicclio. 



«Agosto 12 de 1867. 

«Los últimos cadáveres de la comedia imperial, fueron una loca 
y un cadáver. La ambiciosa no cuenta con las simpatías de Méxi- 
co; Maximiliano sí. Y eso hombre, porque como Emperador, el 
pueblo lo maldice. 

Jesús Olvera. 



«Nadie tan leal como Mejia, tan valiente como Miramon, ni tan 
noble como Maximiliano. — .30 de Agosto. — 

Santiago Frías. 



91 

«Pensó Europa que teníamos miedo. ;Dónde está Iturbide?. 
«Septiembre 15 de 1867. 

Martines de la Peña. 



«¡Maximiliano! tu fuiste tan buen liberal como ilustrado. Creiste 
enaltecer á México y víctima del engaño te ceñiste la corona del 
martirio. 

«Septiembre 30 de 1867. 

L. Ramírez. 



«El descendiente de cien reyes muerto en el cadalzo! No mere- 
ciste esa suerte pues estabas ya predestinado. — Querétaro, No- 
viembre 17 de 1867. 

/. M. C. 



«Justicia ó venganza? ¡Quien sabe! La posteridad juzgará 

imparcialmente el terrible acto ejecutado por la República de Mé- 
xico. — Querétaro, Enero 12 de 1868. 



A. Melgar. 



«El cerro de las campanas espera que venga otro ambicioso. 

«Marzo de 1871. 

Francisco J Delgado. 

«Febrero 12 de 1873. 

«Aun no se orea tu sangre en el cadalzo, y estando tan reciente 
el desastre imperial, ninguno puede juzgarte sin pasión. 

Miguel Gallegos. 



«Aquí estuvo prisionero S. M. Maximiliano 1" Emperador de Mé- 
xico y sus heroicos Generales Miramon y Mejia, que después de 
una defensa nunca vista fueron vendidos por el traidor Miguel 
López. 

Ignacio T. Chaves. 

«Al entrar en la celda ocupada por el Emperador Maximiliano, 
no me fué posible de hacer una revista de toda la vida de un prín- 



92 

cipe desde su casamiento que presencié, de su popularidad cuando 
gobernaba la \^enetia, de su vida tranquila y feliz en el palacio de 
Miramar, de las esperanzas que le quitaron de este retiro, de sus 
buenos deseos é intenciones para México; y triste fué mi corazón 
ú ver de frente el resultado, un calaboso y en efecto un cadalzo; y 
como 3'a se han apagado las pasiones políticas, no se queda mas 
que un infortunio tan grande, que mi sentimiento de compasión tan 
justamente merecido. 

«La prisión parle, l'histoire répond. — Querétaro, 10 de Setiem- 
bre de 1878. 

Eniilc Bubiiyck d'apres Belgique. 



«Con el mas profundo respeto me descubro delante de un gran 
infortunio, y admiro la abnegación de tres héroes unidos en la co- 
mún desgracia. 

«Querétaro, Marzo 2 de 1881. 

Fnmcisco J. Carrasco. 



«¡Pobre Maximiliano! el mundo entero te llora, pero el destino 
fué inf leccible. Moriste como hombre grande y fuiste digno hijo de 
Cario Magno. El Emperador murió, pero el hombre vivirá siempre 
en la memoria de los hombres de corazón. Recibe pues un recuer- 
do que te consagra quien te vive agradecida y nunca olvidará que 
la distinguiste con tu cariño. 

«Abril 12 de 1881. 

Angela Peralta de Casfera.y> 



En 1843, se erigió en la plaza mayor y en el mismo lugar don- 
de existió el monumento á la Constitución, un monumento alinsig- 
ne benefactor el Marqués de la Villa del Villar del Águila. 

En los cuatro lados del basamento se veían en grandes carac- 
teres de metal las inscripciones siguientes: 

Norte: 

Al Sor Marqués de la Villa del Villar del Águila. 
Poniente: 
Porque costeó y dirigió la introducción del agua á esta ciudad. 



93 

Oriente: 

Le consagra este monumento el año de 1843. 
Sur: 

El .M. [. Ayuntamiento en testimonio de pública gratitud. 



En la capilla de la huerta del exconvento de las Teresas (hoy 
Seminario Conciliar) existen las inscripciones siguientes: 
Sobre la cajonera de la Sacristía: 

El S"" Dn. Juan Antonio del Castillo y Llata Coronel de exercito y 
Comandante de Sierra gorda dirigió esta Capilla, Conbento é Iglesia, 
nació en el lugar de Soto la Marina Montañas de Santander el 24 de Ju- 
nio de 1743 ha Sido Nuestro Padre y primer Cíndico nos Compuso y Cos- 
teó el Hospicio en donde estubimos 2. años dio la mayor parte de la pie- 
dra que se gasto en la fábrica y Capilla nos presto el dinero para Con- 
cluir la Iglesia, dio quatro mil pesos, para el Capellán, Sufrió nobecientos 
que se llevaron los Oficiales, nos recibió en su Hacienda de Carretas 
cuando Benimos con los mayores Obsequios mandó habió y Coches para 
que nos Condujeran á trabajado en este Conbt Como Berdadero Padre 
nos da cuanto se necesita estos y otros muchos fabores nos tienen muy 
Obligados 3' debe tener parte en Cuants Exercisios se hagan aqui y lo 
mismo con la Sra su Esposa a quien bemos como M^ cullos Oficios des- 
empeña a el Igual de Nro Padrecito y jamas le olbiden los que existen 
y lo mismo los que le Subsedieren mientras el Conbt exista que espe- 
ramos en Dios sera hasta el Juicio Universal: El Sor Teniente Coronel 
Dn Manuel Samgo Sobrino de dicho nro Padrecito trabajo mucho en este 
Conbt y Capilla sufriendo soles incomodidades Cuidando de memorias 
y pago de Oficiales y todo lo perteneciente á esto se le debe Correspon- 
der con Oraciones Y Exercisios y todos tres en su bida y después de su 
Muerte Cuando esto se escribe son Bibos el año de 1812. en el mes de 
8bre á 19. 



En la capilla, ;í ambos lados de la puerta, están las siguientes: 

Por los años de 1864, fue profanada y 

sumamente deteriorada esta Capilla 

á consecuencia de la revolución anticris 

tiana; y en el año de 1896, fue restaurada 

por el limo y Rmo Sr Obispo Dr. D. Rafael S. Camacho 



Anales. 12' 



94 

Se fabricó esta Capilla de limosna habiendo 

le costado muchas berguensas y afanes á N 

M. R. M. Priora Maria Barbara de la 

Consepcion en el décimo año de su Gobierno con 

el fin de desagrabiar a N. M. S"i'i de Gpue 

por los ultrajes que a sufrido en esta insurrec 

cion. se conclullo el 30 de Obre de 1812. 



El 12 de Diciembre de 1885, con motivo de la renovación de la 
jura del Patronato, fueron colocadas en el templo de la Congreg-a- 
ción dos lápidas de mármol con las siguientes: 

La Nación Mexicana 

juró por Patrona principal 

á 

Ntra Señora Santa Maria de Guadalupe 

el dia 24 de Mayo de 

1737. 



La Diócesis de Querétaro 

renovó el juramento nacional 

del Patronato 

de 

Ntra Señora Santa Maria de Guadalupe 

el dia 12 de Diciembre 

1885. 

Por disposición del limo Sr. Obispo 

Dr. D. Rafael S. Camacho. 



En el templo citado y en el salón de acuerdos existe un busto 
del fundador Br. D.Juan Caballero y Osio con la inscripción si- 
guiente: 

Nunquam oblivione obruetur 

munifisentia benefactoris 

Joanis Caballero. 



Sobre la puerta falsa del frente se pintó, en 1804, el retrato del 
Br. D. Lucas Guerrero, su escudo de armas y la siguiente: 

Sgeculorum posteritas excipiet 

gloriam fundatoris 

Lucce Guerrero. 



95 

En el exconvento de San Agustín, hoy Palacio Federal, se ve, en 
el muro de la escalera principal, la siguiente inscripción en mármol: 

Siendo presidente de la República el Gral. 

D. Porfirio Diaz y por iniciativa de su secretario 

de hacienda Manuel Dublan, se reconstruyó este 

edificio destinado á las oficinas federales, y se inau 

guró el 15 de Maj'o de 1889. 

Ingeniero José M. Romero 
director. 



En la fuente pública existente en el jardín de Santa Clara se ve 



la siguiente: 



LA XOXVLVSVJIA CV^•DAD, 

EL R. COWEXTO DE STA CLARA. 

V 

OTROS VXTERESADOS 

EX ESTE JIOX\'MEXTO, 

LO ERVGYERON 

AÑO d[e] 

1.S06. 



La fuente pública de la plazuela de la Cruz fué la primera que 
hizo el Sr. Marqués y tiene la taza de cobre. Por debajo de ella se 
ven grabadas en alto relie^"e las siguientes inscripciones: 

LOS BEZINOS DES t[e] X\"EB0 P\EBL1T0 

LA COXDVCIOX A LA PLAZA SIEX 

AXO DE ..... . D[e] AGVA EL S" M» 

nrPERAXDo s. .\i Ax cost[e]ado 

DO J\-ES SUPER R1XT[e]xd[e]xTE 

OA-IDEXCL\ d[e] DS d[e] ORDEX CAN 

Descifración: 

Los vecinos de este. nuevo Pueblito, imperando Su Majestad 
(Felipe V.), han costeado la conducción á la plaza el año de (1738), 
siendo juez de orden, superintendente de aguas, el Señor Marqués, 
por providencia de Dios. 



En la casa donde habitó y fué preso el héroe déla Independen- 



96 



cia Nacional D. Epigmenio González, colocó el Ayuntamiento una 
inscripción en mármol, como sigue: 



El distinguido patriota 

EPIGMENIO 
GONZÁLEZ 

benemérito del Estado, 

aqui habitó; aqui fué aprehen 

dido fabricando municiones, 

para ploclamar la 

INDEPENDENCIA DE 
MÉXICO SU PATRIA 

en Setiembre 13 de 1810. 



En el muro exterior del Palacio Municipal, antes Casa ele los 
Corregidores, colocó el Ayuntamiento, en lápida de mánnol, la si- 
guiente: 

En este Palacio habitó 

LA 

distinguida heroína 

JOSEFA ORTIS DE 

Domínguez 

desde él dando aviso oportuno 

al patriota Ignacio Ayende, 

apresuró la Independencia Nacional 

haciendo se distinguiera en la 



oscuridad de los tiempos 

y brillara en la historia de 

México, la memorable noche del 

15 de Setiembre de 1S10. 



En el actual monumento levantado al Sr. Marqués, en la Plaza 
de la Independencia, en 1892, se ven, en la base, las cuatro inscrip- 
ciones siguientes: 
Oriente: 

El 28 de Marzo de 1843. 

se colocó la primera piedra de esta 

fuente, y la estatua del Señor Marqués, 

que se levantaba sobre la columna 

central, fué destruida por una bala de cañón 

en el sitio de esta ciudad el año de 

1867. 



Sur: 



97 



$131,091.00 
costó la introducción del agua potable 

á la ciudad, y la obra fué dirigida 
personalmente por el Señor Marqués 

DE LA VILLA DEL VILLAR DEL ÁGUILA, 

quien de su propio caudal donó para ella 

$88,287.00. 



Norte (frente del monumento): 



Poniente: 



EL PUEBLO QUERETANO 

á su insigne benefactor 

D. Juan Antonio de Urrutia y Arana, 

MARQUÉS 

de la Villa del Villar del Águila, 
erige este monumento 

EN TESTIMONIO DE GRATITUD. 

1892. 



EL 26 DE DICIEMBRE DE 1726. 

se comenzó en la alberca la obra de 

introducción del agua potable que 

surte á la ciudad, y se concluyó en la 

caja distribuidora, situada en la Cruz 

EL 15 DE OCTUBRE DE 1735. 



En el frente de la peaña de la estatua y, en los ángulos ;;runca- 
dos, se leen las siguientes: 
Oriente: 

Septie.mbre lo DE W)2. 
Poniente: 

DIEGO ALMARAZ V GUIELEX 
K HIIOS. 



En el templo de la Congregación 3" en los muros del presbiterio , 
sobre la puerta de la sacristía y sobre la puerta falsa del frente, 
se ven las siguientes: 

ESTE SANTO TEMPLO FUE DEDICADO 
EL DÍA 12 DE MAYO DE 1680. 

Anales. lo 



98 



DECORADO \UEVAME\TE. FUE CONSAGRADO 
POR EL ILMO. SEÑOR OBISPO D." D." 
RAFAEL S. CAJIACHO 
EN 30 DE NOVIEMBRE DE 1S8Í^. 



En 1.° de Junio de 1675, se puso la primera piedra del templo de 
la ConnreiSíación, y dentro de ella se puso una cajuela de plomo, 
medallas de oro y plata \' una placa de bronce con la siguiente ins- 
cripción hecha pur cl Dr. D. Carlos de Si.s^üenza y Góngora: 

D. O. M. 

Ex autoritate Mariannae 

Hispaniarum Reginas, 

Caroli II Filii chariss. ad Imperium regendum, 

Annis ohstantibus, 

Nondum acciti vigilantissimíe Cuiatricis, 

Fundamenta hsec BasiÜcse 

In honorem Beatiss. Virgin. MariíC de Guadalupe 

Collectitia construendíE 

Presbyteri Soeculares Queretani, 

Perpetuitatem precantes, 

Operosa devotione posuerunt, 

Kalend, jun. Ann. jubilaei 

M.DCLXXV. 

Archiepiscop. Mexicanum, & Pro — Regale munus gerente 

Fr. Payo de Rivera Enrríquez, 

Ordin Eremit. Div. August. 

Pis, Religios, Sapientis. Patre Patriie amantissimo. 

Nisi Dominu.s edificaverit domum, in \anum 

laboraverunt, qui edificant eam. 

Psalm. 125 vers 1. 



Sobre la puerta del «Cliucolatero» de la misma Congregación 
se ve una pintura de cuerpo entero que representa ;í D. Fausto 
Merino, y al pie la siguiente: 



A LA MEMORIA 

DE D.^' FAVSTO MERINO, I OCIO. 

DEDICA AGRADECIDA 

ESTA PINTVRA 

LA 1L\STRE V BEN. CONGREGACIÓN 



99 
DE presbíteros secvi.ares, 

PORQVE 

deposito en ella 

sv amor y s\' conpiansa 

Nombrándole 

administradora i patrona 

de s\s piadosas fvndaciones. 

fve natvral de esta cvidad en la qve murió en 1 1 
de febrero de 1784 a los 73 anos c\'mplidos de 

SVE DAD DEJANDO TODO SV CAVDAL' ALCVIDADO DE 

ESTA CONC.REGASION PARAQVE SE DESTRIBUVESE 

EN SVSTENTO DE>"PrESOS SOCORRO DE PoBKES Y 

ALIBIO DE LAS ALMAS DEL P\'RGATORIO. 



En el último arco del acueducto se ve esta fecha:- 

Marzo 23 de 1735. 



En el presbiterio de la iglesia de S. l'"ranc¡scu, hoy Catedral, y 
en el muro del lado de la Epístola está una lápida que dice: 

D. O. M. 

HIC jacet Rev. Pater Josephus Carranza, Pascuarensis, Ordinis 
Minorum Sac. Theolog. Magister emeritus. ae SS. Apostolorum Petri et 
Pauli Michoacanensis Eparchiae Minister, qui omnigenam eruditionem 
cum acérrimo judicio, Reipublicae que, studium cum seraphica humili 

tate mirifice copula vit Desideratissimo Viro in ipso initae amicitia; 

limine é vivis sublato, Josephus Marianus Beristain, Archidiaconus Me- 
xicanus hune lapidem in seternum suíe maestitiae monumentum posuit. 
Obiit die décima Decembris ann. 1813. íetatis suíe ()3, R. I. P. 



En el pedestal de la estatua del Cura de Dolores, que se descu- 
brió por el Gobernador lng.° D. Francisco González de Cosío el 
16 de Septiembre de 1S97, se ve la inscripción sií^uiente: 

AL HÉROE 

DE LA 

PATRIA, 



lou 

DE LA 
INDEPENDENCIA 

NACIONAL 

BRIGE ESTE MONUMENTO 

LA GRATITUD DEL PUEBLO QUERETANO. 

SEPTIEMBRE 16 DE 

1897. 



Con motivo del tercer centenario del descubrimiento de Amé- 
rica, se instaló en la calzada de la estación del F. C. Central, un 
monumento al ilustre genovés el 12 de Octubre de 1894. 

El monumento es de cantera, consistente en un pequeño zócalo 
que sostiene un pedestal sobre el cual descansa la columna que 
por mucho tiempo sostuvo la estatua del Sor Marqués del X'illar 
del Ág-uila en la plaza de armas, y que hoy, en vez de aquélla, sos- 
tiene la del descubridor de las Américas. 

En el tablero del frente del pedestal se ve el escudo de armas 
de la ciudad en bajo relieve y sobre él una inscripción que dice: 

ESCUDO DE ARMAS. 

1.SQ4. 



Al pie del escudo está la siguiente: 
(Lado Norte). 

Fechas históricas, memorables de Querétaro. 

Año de 144í). los otomies habitantes de este lugar, fueron subyu- 
gados por Moctezuma I.'' Julio 26 de 1531, fundación de Cretaro 
por Don Fernando de Tapia. 

Octubre 27. de 1531. se le dio nombre de pueblo llamándose San- 
tiago de «Cretaro.» 

Septiembre 2Q de 1712. se tituló por el Rey Don Felipe V, «Muj^ 
noble y leal ciudad.» 

Septiembre 13 de IMIO. Conspiración por la Independencia na- 
cional. 

Mayo 30 de 1H4S. Ratificación del «Tratado de Guadalupe Hi- 
dalgo.» 

Mayo 15 de 1867. Terminación del sitio de Querétaro establecido 
por el ejército republicano. 

Diciembre 21 de 1876. Conferencias del General Porfirio Díaz y el 
Lie. José M." Iglesias en la Hda. de la Capilla. 



101 

(Lado Poniente). 

Benefactores de Querétaro. 
Juan x^ntonioUrrutia y Arana, Marqués de la Anilla del \'illar del 
Aííuila. 

María Josefa Verseara y Hernández. 
Fausto Merino. 
Pbro. Juan Caballero y Osio. 
Juan Antonio del Castillo y Llata. 
José Maria Pérez de Arce. 
Francisco Fagoa^a. 

(Lado Oriente). 

Patriotas Queretanos en 1810. 

María Josefa Ortiz de Doming-uez. 

Epigmenio González. 

Emeterio González. 

Vgnacio Pérez. 

Luis Mendoza. 

Lie. Lorenzo de la Parra. 

José Ygnacio Villaseñcjr Cervantes. 

Juan José Garcia Rebollo. 

Pbro. José María Sánchez. 

Fray José Lozano. 

Lie. Juan N. Mier y Altamirano. 

(Lado Sur). 

Datos meteorológicos de Querétaro. 

Altura del Observatorio sobre el nivel del Mar 1850 metros. 

Presión barométrica media ;1 0° en un decenio 0614, ■" '" .38. 

Temperatura media á la sombra 16,° 37. 

Máxima anual por término medio 24," 09. 

Máxima id. id. id. id. 11,° 72. 

Máxima maximorun en un decenio 35, 10. 

Mínima minimorun id. id. id. 2° bajo cero. 

Altura media de la lluvia anual 0,525 ™ ™ 90. 

Id máxima maximorun en 24 horas, 0,073. ■" 

X'iento dominante, Este. 

Velocidad media anual del viento por seg.^s O,'" '■XX 

Id máxima en un decenio 20, ™ 33. 



102 

Coordenadas geográficas del Observatorio. 
Latitud N. 20= 25' 38." 
Long^itud al O. de México 1° 17' 27." 

Septie.mbre 16 DE 1.SQ4. 



En el pueblo de S. Bartolomé, Estado de C.uanajuato, hay un 
hospital y baños de iigun caliente medicinal que pertenecieron 
al hospital de esta ciudad; hechos ambos por D.=* Beatriz de Tapia, 
hija del Conquistador D. Fernando. 

Al entrar al hospital citado se ve una lápida de cantera con la 
inscripción siguiente: 

Se íicavo esta Obra, en el año ele 1804 

Governando la Yga N. SSmo. P.e el Sor Pió VIL 

y Remando en las españas N. C. M el S. D. 

Carlos IV. (Q. D. G.) y siendo Gral de N. Sa 

crati.mn Religión N. R.mo p. Pr. José Marti.z y Pri 

or del Conv.o Hospital R.i de la Ciudad de Quero el 

M. R. P. Fr. Juan Ign" Colon a cu3^o cargo se Di 

rijio este Hospital de S. Carlos Borromeo a mayor 

hon" y Gloria de Dios N. S. y veneficio Publico. 

En Catedral, en la capilla de Ntra. Sra. del Puebhto, están ente- 
rrados los dos Señores Obispos Garata y Camacho, primero y se- 
gundo, respectivamente, de esta Diócesis. 

En cada uno de los sepulcros hay una lámina de mármol con su 
inscripción respectiva. He aquí las dos: 



Hic jaeet illmus dominus 

Dr. D. P>ernardus de Gárate. 

Hujus Diócesis, de Querétaro 

Prinnus Praesul 

vir 

vera. ac. .solida scientia 

ceterarun quidem. rerum 

Praesertim vero, sacras, jurisprudenctias 

laude, conspicuus 

obiit supremum. diem 

Mexici 

tertio, calendas augusti 

anno Dni. MDCCCLXVI. 

R. I. P. 



103 

Hic jacet 

Illmus et Rmus. Dominus. 

Dr. D. Raymundus. Camacho 

hujus. eclesiae de Querétaro 

secundus. pryesul 

¡Vir inclytus! 

¡Fidelis sHcerdos! 

¡Pontifix. venerandus! 

integritate. morum 

doctrina, simul. ac. prudentia 

veré conspicuus 

terris. datus 

anno D. N. I. ¡MDCCCXVIII. 

vitam. profudit 

anno MDCCCLXXXIV. 

per misericordiam. Dei 

R. I. P. 



Frente >í la parroquia de S. Sebasli;in, en l;i casa llamada -del 
faldón,» existe en la pared, cerca de la esquina, una cantera con la 
siguiente inscripción: 

Govern la Gan Vniver 

Yglc^' la Sant" del S. Pío VI. 

i la Metrop"-' de Mex'" el Illmo 

S D"' D" Alonzo Nuñez de |aro| 

en el año 351,, d" la Fvndac" de 

Quert." 333,, de su Erecc" en Frot",, 

247,, de su Convr" u D[s] 123 de su Er 

ecc" en Ciud^^ 40,, de su Est"" de ag"- 

limp^ 22,, de la Ereec" de S" Sebast" 

en Parroch'' 16„ de su Seculaiz. 

10„ de su divis" Seg''-' Co al rref* Co el 

de 1778,, de la £■■'' Vlg-^ de Chto á 

26,, de |ul" se bendixo esta agua 

sacada á distancia de 13/" v-ar' 

i C° el costo de 2372,, pesos '/a real. 

Por esta inscripción venimos en saber lo siijuiente: 
Que en 1427 se fundi'i Querétaro. 

en 1445 se hizo frontera. 

en 1531 se conquistó. 

en 1655 se hizo ciudad. 

en 1738 se metió el ajiun. 



1U4 

en 1756 se hizo curato S. Sebastián, 
en 1762 se secularizó, 
en 1769 se dividió segunda vez. 

en 177H se metió el agua de la fuente pública, con cuyo mo- 
tivo, según creemos, se puso la inscripción. 



En el frontis, sobre la puerta de la iglesia de S. Antonio, se lee 

Se acabó 1677. 



la siguiente: 



En el muro derecho de la Santa Escala, en la misma iglesia, está 
una inscripción de mármol que dice: 

Se reconstruyó esta rapilla 
por Fr. Antonio de Jesús Adame 
1898. ' 

En la cornisa de la torre de S.José de gracia hay una inscrip- 
ción que dice: 

Agosto 30 de hS,S8. 

En el monumento levantado á la fundadora del Hospicio, D."' Jo- 
sefa Vergara y Hern;indez de Frías, en el interior del templo de la 
Cruz, se ven, en mármol, las inscripciones siguientes: 

Queréturo á su benefactora 

La Sora D;i M-* Josefa 

\'ergara y Hernández. 

lulio 22 de 1809. 



El Ayuntamiento 

en testimonio de pública gratitud 

le mandó erigir 

este monumento. 

Obre 30 de 1869. 



En el claustro del exconvento de Jesuítas, hoy parroquia del 
Sagrario, en el muro de la escalera principal, hay un cuadro mu- 
ral con los retratos de los fundadores. Al pie del cuadro está la 
siguiente: 



105 

El Doctor D. Diego Barrientes Ribera Justicia maior desta Juris- 
dicción de Querétaro Assess" E después del Exmo Señor | Márquez de 
Serralvo Virrey desta Nueva España y la Señora María de Lomelin su 
Esposa I Patronos insignes deste Colegio de la Compañia de Jesús cuia 
fundación otorgaron el dia 20 de Junio año 1625. 

En la fuente del patio principal del Liceo Católico se levantó 
un monumento í'i Cristo Rey, con motivo de la entrada del nuevo 
siglo. 

Allí se ve la sisuiente, en letras realzadas en ki cantera: 

Christus 

vivit. et regnat 

in 

saecula saeculorum 

amen. 



Prid. Kal. jan. 

ann. 

M C M [. 



En el cuadro mural que la Diócesis regaló á la Basílica de Gua- 
dalupe, cuando la renovación de dicho teinplo, fué colocada al pie 
una inscripción en bronce, en 1001, que á la letra dice: 

En 
justo homenaje de reconocimiento 

A Cristo Rey inmortal 

la Diócesis de Querétaro 

acudió á esta insigne Colegiata 

el dos de Julio de MCM. 

para desagraviar á su Divina Magestad 

de los pecados de todos los hombres 

y como recuerdo de su obra expiatoria 

consagró este monumento. 



En el segundo cuerpo de la torre de Catedral, por el interior, se 
lee lo siguiente: 

ACBOZE ANO D 1678 C ESEPNR SEND Cn E MR EP AUALO'iso 

Descifración: Año de 1678, á 3 de Septiembre, siendo Guardián 
el M. R. Padre Antonio Alonso. 

Anales 14 



10() 

En el antiguo colegio de S. Javier, hoy Colegio del Estado, se 
ve una inscripción en cantera en el muro de la escalera, ;í la entra- 
da del zaguán, á mano derecha, y dice: 

Gobernando la Catholica Yglecia la S. del Sr. 
Pío \l. Pont. Mac. reinando en las Españas la C. 

a. Mac. del Sr. D. Carlos II. bajo el auspicio 

del Exmo. Sr. Br. D. Fr. Antonio Bucareli y Ursua, 

Virrei Gobernador 3^ Capitán de esta Nueva España 

y del Yllmo. Sr. D. Alonso Nuñez de Aro y Peralta, Ar 

zobispo de México del Concejo de su M se abrieron 

estos Colegios reales Seminarios, Siendo su primer 

Rector el Sr. Dr. D. Josep Antonio de la Via, Cura 

de la R. Parroquia de Santiago, Ecleciastico de 

de (sic) este Partido y Comicionado R. para su estable 

cimiento el Sr. D. Francisco José de Urrutia, Corre 

jidor por S. M. de esta N. Ciudad y su Provincia 

en primero de Marzo de 1778. 



En el monumento lc\anlado ;í D. Benito juíirez con motivo del 
centenario, dice: 
(Frente). 

EL RESPETO 

.\L DERECHO AGENO 

ES LA PAZ. 

En la parte posterior: 

1S06. 
1906. 



Inscripción que actualmente está en una cantera, al pie de la 
gran cruz que se halla á la entrada de la necrópolis del Espíritu 
Santo. (Panteón n.o 2.) 

Se hizo esTe eanpo (sic) sanTo De ho 

rDen DL 3' LuSTre cauíLDo Por u 

BerSe ex PerimenTaDo en esTa 

no Bi Li Sima ciuDad Vn co[n] Ta Jio Xen 

eraL Por cu>^o moTíuo Tomo Por Prouide 

nSia eL qUe de SuS ProPioS Se HiZiera 

eSTa o Bra. Año DE 1737. 



107 

En el exconvento de S. Francisco, hoy Colegio Pío Mariano, y 
al primer descanso de la escalera principal, antes de romper am- 
bas escaleras para arriba, se leen en uno y otro descanso, por ex- 
plicarme así, unas inscripciones de masilla de cal, incrustadas una 
de cada lado, y ya casi borradas por el transcurso del tiempo. 

Tomando á mano derecha, se lee: 

DlÓ PRINCIPIO 
AÑO 

1693. 
Tomando á la izquierda: 

SE ACABÓ 
AÑO 

1698. 



En la curiosísima cajonera existente en la sacristía del templo 
de Teresitas. se ve, bajo de su cornisamento, la siguiente: 
(Corrida.) 

A EXPENSAS DE D. LUIS DE FIOUEROA. 
KEQUIESCAT I\ PACE. AMEN. 



En el balcíjn corrido que existe en la portada del Teatro Itur- 
bide, y en el centro del barandal, haciendo juego con las demás fi- 
guras, se lee la fecha siguiente: 

1.S50. 



En la bóveda del nicho derecho de los de la planta baja del 
frontis del templo de la Merced, se ve, en las cifras realzadas de 
mezcla, lo siguiente: 

1866. 



En la huerta del exconvento de monjas Teresas, hoy Seminario 
Conciliar, existe una capilla, la cual fué renovada por disposición 
y á expensas del limo. Sr. Dr. D. Rafael .S. Cama'cho, tercer Obis- 
po de esta Diócesis. 

En los muros del interior existieron las siguientes inscripciones, 
las que fueron destruidas al entrar el nuevo decorado, pero que el 
autor cuidó de copiar antes que fueran echadas al olvido. 



108 

En el muro de la derecha estaba una pintura del insigne Tres 
Guerras, representando á Santa Teresa de Jesús; dos religiosos 
de la orden á su lado, otro religioso recibiendo un libro, (;Los Es- 
tatutos?) y una religiosa arrodillada recibiendo otro. 

Según el decir de las monjas que sobrevivieron á la exclaus- 
tración, el religioso que recibe el libro es S. Alberto; la religiosa 
era la Abadesa en ese tiempo, y los otros religiosos, los que dice 
la inscripción al pie, que es la siguiente. 

El autor adquirió una fotografía de esta pintura, momentos an- 
tes que desapareciera bajo los barretazos del incivil operario. 

El M. R. P. Fr. José de la Cruz director espiritual 

de N. R. M. P. y de barias hijas P. mui amante 

de esta comunidad. El M. R. P. Fr Manuel del Espi 

piritu Sto, muerto con opinión de santidad. 

A ambos lados del altar estaban las siguientes: 

La Sra. Marquesa que fue de 

Seiba Nevada después Monja de 

Rejina, tomó el S.^° Hab." en N. Con.'° 

Antiguo de México i bino de Nobi- 

cia con las fundadoras quien dio 

todo el dinero para la fundación 

con mucho gusto i anuencia de su 

Hijo politico el S.'' Marques D. José 

Gutierres, i su Hija, en el dia Marque 

sa, le ayudó á costear la obra con trein 

ta mil p.^ le costo muchas lagrimas q.'' bi 

niera la Usencia, y le concedió N. Sr. ber 

no solo el C.^"^ acabado sino completo el 

numero de monjas serlo en este 

convento y exercer los oficios hasta el de 

Superiora siguiendo la Observancia. 

El Sr. Maestre Escuelas Dr D. Juan 

José de Gamboa Comisario Gener.' 

Sub-delegado de esta N. E Cape 

Han Mayor 1." y Fundador de este 

: Conv.f" Conductor y quien costeó 

el Viaje de las 8 Fundadoras dio to 

dos los pasos hizo la representación 

al Rey y alcanzó la Lisencia des 

pues de haber negado á otro. Padre 

Espiritual de 20 años de N. M. R. 



109 

M. Sor M. Bárbaia de la Concepción 

El Padre más amante de esta Co 

munidad de quien se hará una 

memoria perpetua ofresiendo á 

jesús Cuanto dicte la gratitud. 



En la peaña de la estatua del Sr. Marqués, existente en el jar- 
dín de la Independencia, frente á Palacio, se lee la sig^uiente: 
Lado Oriente: 

Septiembre 16 de 1892. 



Lado Poniente: 



DIEGO ALMARAZ 1 GUILLEN 
E HIIOS. 



En la pintura que representa á D. Fausto Merino, existente en 
la Congregación, se lee, además de la inscripción citada atrás, la 



siguiente: 



FVE NATVRAL DE ESA CIVDAD EN LA q\'E MVRIO EN 11 DE 

FEBRERO DE 1784 A los 73 AÑOS CVMPLIDOS DE SVE 

DAD DEJANDO TODO SV CAVDAL ALCVIDA 

DO DE ESTA CONGREGASION PARA QUE SE DESTRl 

BVYESE EN SVSTENTO DE PRESOS SOCORRO DE POBRES 

VERGONSANTES YALIBIO DE LAS ALMAS DEL PVR 

GATORIO. 



En la artística fuente con \nsta al jardín y que trunca el ángulo 
único del Mercado de S. Antonio, existen las siguientes inscrip- 
ciones: 

Al frente, 

PARA ORNAMENTO Y COMODIDAD P\BL1CA 

EL, M. Y AYUNTAMIENTO, 

AÑO DE 1797. 

Al respaldo, 

ESTA FVENTE Y MERCADO 

EXPENSO CON SVS SVELDOS 

EL GOBERNADOR DEL ESTADO 

AÑO DE 1848. 



no 

Nota: 

El Gobernador á que se refiere la inscripción, lo fué O. Fran- 
cisco de Paula Mesa. 

En la base del kiosco del jartlín se lee: 

AYI'NTAMIENTO 
DE 

1887. 



Sobre la puerta de la Administración de Rentas se ve la ins- 
cripción siguiente: 



TRIBUNAL SUPERIOR DE JUSTICIA 

Y 

ADMINISTRACIÓN GENERAL 

DE RENTAS 

1889. 



En el último ;irc() del acueducto se ve la siguiente: 

Marzo 23 de 1735. 



En la alcantarilla del jardín de vSanta Clara, está la siguiente: 



LA NOVILISIMA Cl\- 
DAD, 
EL R. CONXRNTO DE STA. 
CLARA, 
Y OTROS LN'TERESADOS EN ES- 
TE MONVMENTO LO ERIGIERON 
AÑO DE l.SOí). 



En la esquina de la calle de Cabrera 3^ Mercado Escobedo, se 
ve la siguiente: 



«MERCADO — 
DEL DOCTOR PEDRO ESCO- 
BEDO, ILUSTRE QUERETANO 
Y FUNDADOR DE LA 



ESCUELA DE MEDICINA 

DE LA CAPITAL DE LA 

REPÚBLICA. » 



En c-1 Mercado ücl Carmen se ve la siguiente: 



EL 

AYUNTAMIENTO 

DE 



En el exterior de la barda de la huerta del exconvento de la 
Cruz, lado Norte, se ve la siguiente: 



POR ESTE LUGAR ENTRARON 

LAS TROPAS REPUBLICANAS EN 

LA MADRUGADA DEL 15 DE MAYO 

DE 1<%7. TERiMINAXDO ASI EL SITIO 

DE ESTA CIUDAD. 



A mitad del muro O. del templo de S. Agustín, por el exterior, 
se lee la siguiente: 



Año ly.T). 



En la base de la farola del centro del jardín de Santa Clara, 
se lee: 

1877. 



Inscripción colocada en el truniis del Palacio de Gobierno, con 
motivo del primer centenario del nacimiento de D. Benito Juárez. 

EX DOS .MEMORABLES ÉPOCAS 

HI.STORICAS 

ESTUVO ALOJADO EX ESTE PALACIO 

EL BENEMÉRITO CIUDADAXO 

BENITO JUÁREZ 

PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA 
MEXICANA 



ÍV2- 

4 DE JUNIO DE 1863. 

CUAXDO ATKA\EZO EL PAIZ 

PARA SAL\AR LA DIGNIDAD 

DE LA PATRLA COMBATIDA 

POR LA INVASIÓN EXTRANGERA, 

Y 5 DE JULIO DE 1867 

DESPUÉS DE HABER SALVADO 

LA SOBERANÍA DE LA REPÚBLICA. 



COLOCASE ESTA LAPIDA 

CONME.MORATFV^A 

EN EL PRI.MEK CENTENARIO 

DEL NACDIIENTO 

DEL ESCLARECIDO PATRIOT.A 

2 DE iMARZO DE 1906. 

MARZO 2 DE 1906. 



CONCLUSIÓN. 

He terminado la tarca que me impuse. Réstame decir que me 
impelió á ello (en 1900 que comencé á formarla), el estímulo de un 
tomo Ms. muy curioso, escrito por mi buen amigo el escritor D. 
Vicente Acosta, Presbítero secular de esta ciudad, en el cual él 
comenzó la tarea que hoy yo termino. 

Nunca creí que el fruto de mis ratos de ocio, que entonces tu- 
viera, llegaría á ser honrado con su publicación en los «Anales del 
Museo Nacjonal.» 

Réstame aún por publicar todas aquellas inscripciones (que no 
son pocas) tomadas de cuadros, retratos de personajes, religiosos, 
monjas, bienhechores, gobernantes, etc , etc. y que publicaré cuan- 
do pueda hacer tirada por separado. 

Entre tanto, el historiador (á quien mucho servirán mis inci- 
pientes trabajos) y yo, debemos estar reconocidos al Sr. Director 
del Musco Nacional de México, por tan señalada gracia. 

Santiago de Querétaro, Enero 1° de 1908. 



CABALLOS QUE TRAJERON LOS CONQUISTADORES 

l'OR líL I.IC. RAMÓN MENA 



Avai.es 15 




Los Códices postcortesianos de factura indígiena pueden sumi- 
nistrarnos enseñanzas valiosas relativas al orif^en de una buena por- 
ción de nuestra fauna doméstica. 

Voy á referirme ahora al ganado caballar, fundándome en el co- 
nocidísimo «Lienzo deTlaxcala,» en el núm. 6,22.S y en el de la Aca- 
demia de Puebla. Todos existen en nuestro Museo Nacional, siendo 
copia este último; pero su original, como los anteriores, está sobre 
manta de algodón y procede de los pictógrafos de la buena época 
del Imperio Azteca (la de Motecuhzoma II). 

Los tres Códices mencionados relatan- hechos de los conquis- 
tadores, hechos en los que tomaron parte activa los indígenas con- 
versos. 

Como es natural, en dichos documentos está representado no 
pocas veces el caballo, con aquella fidelidad característica en los 
escribas mexicas; cierto que el dibujo no siempre es bueno, pero in- 
dicaciones de color, de abundancia ó escasez de crines, de hierro, de 
expresión y movimientos, son constantes y no .siempre falta lo re- 
dondo del costillar, lo grueso ó delgado del vientre, el sexo, ni la 
longitud de la aiartilla. Tales indicaciones son bastantes para es- 
tablecer, sin temor de duda, la procedencia de los caballos que tra- 
jeron los conquistadores castellanos. 

En el siglo XVI era común en España el caballo andaluz, muy 



116 

solicitado por la gente de guerra, puesto que era un caballo ligero, 
brioso y resistente á la fatiga. 

El caballo andaluz es descripto en los tratados especiales con 
los siguientes términos: cabeza acarnerada, cuello grueso, crin es- 
casa, orejas grandes y bien puestas, pecho ancho, lomo bajo, cuar- 
tillas largas, costillar redondo, alto el nacimiento de la cola, hierro 
de las casas de monta, en una de las ancas; colores dominantes: ba- 
yo, castaño 3' tordo. 

Una ojeada sobre las láminas que acompañan este trabajo es 
más que suficiente para la identificación del caballo andaluz, y co- 
mo si ello no fuera bastante, habn'alo con recordar á Bernal Díaz 
del Castillo: él nos habla de un caballo castaño y de una yegua 
overa, y con su minuciosidad, nos dice de la alzada y de la clase 
de los caballos de los conquistadores. 

El estudio presente es de interés para los ganaderos, porque co- 
nocida la ascendencia de los caballos «del país,» como denomina- 
mos á los nuestros, pueden mejorar la raza con hábiles cruzamientos; 
y cabe advertir que un elemento como este que se les proporciona, 
solamente los códices pueden facilitarlo, y así, resulta que los códi- 
ces tienen un objeto algo más amplio que el puramente arqueoló- 
gico. 

Huelga decir que el caballo andaluz es de procedencia berbe- 
risca 3' que éste lo es de procedencia árabe. 

Reproducimos la serie de hierros quemadores de las casas de 
monta, porque es casi seguro que algunos deben de existir aún en 
la Provincia española, pudiendo, por lo mismo, quien lo desee, pro- 
curarse la identificación. 

Sorprende, en verdad, que los pictógrafos indígenas dieran al 
hierro de las caballerías gran importancia. 

Los hierros que se reproducen son todos de figuras del «Lienzo 
de Tlaxcala. > 

Los caballos que monta el Conquistador y que aparecen en las 
láminas I y II, no llevan el hierro, tal vez por estar tomados por 
un lado que no corresponde á la anca en que lo tienen. Los caba- 
llos de las láminas III, I\^ y V, tampoco tienen hierro, pero la es- 
tampa de vmos y otros es la misma á que nos venimos refiriendo, 
la del caballo andaluz. Por de contado, los caballos que figuran no 
son únicamente los de los Jefes, sino también los de los solda- 
dos; la falta del hierro y el escaso adorno del jaez nos llevan á esta 
presunción. De jefes, de soldados, ó de unos y otros, son de alzada y 
con las características bien definidas de su ascendencia árabe. 

La correspondencia de las ilustraciones es así: las de los hie- 



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117 

rros, las marcadas con los números 2, 41, y 28, son tomadas del 
«Lienzo de Tlaxcala,» en el Homenaje á Colón., Ed. del Museo N. 
de México, 1S92. Los números que van abajo, indican la lámina 
respectiva. 

Las figuras de la lám. III pertenecen al Lienzo de la Academia 
de Puebla; la L1m. V, al núm. 6,228, que es de factura tarasca. 

Podríamos reproducir caballos de algunos otros Códices poste- 
riores á los mencionados; pero con perjuicio de la brevedad nos con- 
ducirían á la misma conclusión que hemos alcanzado, con el apoyo 
gráfico de los tres tipos de Códices postcortesianos, ya citados al 
principio. 

Los números que llevan las láminas III y V, corresponden á los 
del Catálogo del Museo. 

México, Marzo de 1908. 



,1^ 



LA CONJl'RA DE AARON Bl'RR 

Y LAS 




POR AMERICANOS DEL OESTE. 
MONOGRAFÍA 

POR V. SALADO ÁLVAREZ, 

Miembro correspondiente de la Academia Mexicana y socio de número 
DEL Liceo Altamirano. 



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I 



En el estado mayor del gran Jorge Washington militaban, du- 
rante la guerra de independencia, dos mozos que por su ingenio, 
su despejo y su ambición, parecía destinar la suerte á los honores 
más grandes y á las posiciones más encumbradas; pero que la suer- 
te misma se había de complacer en colocar en campos opuestos, 
hasta traer la muerte del uno y la ruina del otro. 

El mayor de aquellos mancebos llamábase el capitán Alejandro 
Hamilton, y decíase el otro el capitán Aaron Burr. Años después, 
cuando cargado de achaques, de desengaños y de dolores, recapi- 
tulaba Burr su aventurera vida pasada, solía decir que si de joven 
hubiera leído más á Sterne que á Voltaire, habría llegado á darse 
cuenta de que el mundo era bastante ampHo para dos rivales; 
pero tarde comprendió verdad tan palmaria, que de hacerlo en ho- 
ra propicia otra hubiera sido la suerte de ambos, y otro, tal vez, el 
giro que tomara la historia de México. 

Nació Aaron Burr en Newark, estado de New Jersey, el 6 de 
febrero de 1756; era hijo del Rev. Aaron Burr, teólogo eminente 
á quien se considera como fundador de la universidad de Prince- 
ton, y de Esther Edwards, hija de Jonathan Edwards, otro teólo- 
go, quizás el más grande que haya producido el nuevo mundo. 

Anales. 16 



122 

Emparentado por todas las ramas con ministros y educadores fa- 
mosos por sus luces y su rectitud, Aaron Burr estaba inclinado á 
la iglesia }• á la cátedra, con tanto más fundamento, cuanto que ya 
desde niño se anunciaba su aguda y precocísima comprensión. 

Pero si Aaron heredó el entendimiento de sus antecesores, no 
recibió asimismo sus tendencias sanas y pacíficas. Sólo contaba 
cuatro años de edad l cuando, por causa de un altercado con su 
profesor, se escapó de la casa y anduvo errante varios días; á los 
once estaba listo para matricularse en Princeton, donde se rehusa- 
ron á admitirlo por su extremada mocedad; á los trece entraba á 
las clases de sophomore y se graduaba á los diez y seis. 

Su tío, Timoteo Edwards, en cuyo poder quedó por muerte de 
sus padres y abuelos, trató de hacerle abrazar la carrera de divine, 
en que tanto se habían señalado los suyos; pero en verdad que no 
podía haber nada más irracional ni infundado que tal deseo. El chi- 
co se extasiaba ya en la lectura de los enciclopedistas franceses 
que á la sazón privaban, y el viejo era, conforme nos lo pintan, 2 un 
riguroso ordenancista, un carácter forjado en frío y un rigidísimo 
teólogo puritano que más moraba en la sombra del Sinaí que en 
la dulzura, la luz, el amor 3" la compasión de la montaña de las 
bienaventuranzas. Pronto debía brotar el choque entre dos natu- 
ralezas tan opuestas; y en efecto, desgarrado Burr, como nuestros 
clásicos decían, de la casa de su pariente, se propuso seguir la ca- 
rrera del derecho, la ciencia de los hombres, ya que no era para 
él la ciencia de Dios, en que sus antecesores habían brillado. 

Apenas empezaba á tomar noticia de las Pandectas y la Insti- 
tuía, al lado de su hermano político, Tappan Reeve, cuando lo dis- 
trajo de tan pacífica ocupación el tronar de los cañones de Le- 
xington. Diez y nueve años tenía cuando empezó su carrera mi- 
litar, y era, desde entonces, en comer y beber, espartano, capaz de 
contentarse con dormir unas cuantas horas y de soportar sin pro- 
testa todas las fatigas físicas. De pronto y noble entendimiento, en 
plazo muy breve se asimiló todos los libros de la ciencia de la gue- 
rra; dotado de voluntad tenacísima, nadie mandaba en el ejército 
con más imperio que él; de natural exquisitamente bondadoso, sus 
soldados lo adoraban. Nunca supo Aaron Burr lo que era el mie- 
do; sus nervios no llegaron á estremecerse nunca, y á pesar de 
que se encontró frente á frente de las catástrofes más terribles 



1 Memoirs oj Aíiruii Biiir by Matthcw L. Davis, vol. I, p. 2."5. 

2 The true Aaron Burr, by Charles Burr Todd., pag". 2. 



123 

de la historia americana, jamás lleg-ó á perder la plena posesión 
de su persona, i 

Preparábase á la sazón la heroica aventura del Canadá, bajo la 
conducta del coronel Benedict Arnold, }' Burr armó y equipó á sus 
expensas una compañía que bien menguada quedó en aquella ex- 
pedición, punto menos que fabulosa, en que por veintisiete días 
anduvieron los hazañosos americanos perdidos entre agrestes so- 
ledades, muertos de hambre y de frío, y obligados á comer hasta 
las correas de los zapatos y el cuero de las cartucheras. Murieron 
muchos, desertaron otros, enfermaron los más, y al fin la columna, 
que había salido fuerte de cosa de dos mil hombres, llegó á las co- 
lonias británicas reducida á menos de seiscientos. 

Había que llevar un mensaje al general Montgomery, y cuando 
se mostraban dudosos ó negativos los otros expedicionarios, Burr se 
propuso para el caso; disfrazado de sacerdote atravesó las doscien- 
tas millas que de la ciudad de Montreal distaba su campo y entregó 
el papel al general amigo. Tan complacido quedó éste, que hizo su 
ayudante á Burr con el grado de capitán. 

La tropa se encaminó contra Quebec, tratando de sorprender 
la guarnición; pero ésta pudo darse cuenta de lo que pasaba, dis- 
paró un cañón, y todos los de la sección de Montgomery cayeron 
difuntos, menos Burr y su guía. El joven ayudante, sin aturdirse, 
se echó en hombros al general muerto, y con él á cuestas cami- 
nó hasta depositar en campo amigo el cuerpo del malogrado jefe, 
con cuya vida acabó la esperanza de conquistar el Canadá para 
la Unión. 

Tan sonada fué aquella hazaña, que, pasados de ella muchos 
años, un ex-capellán de la heroica columna, que visitaba New- 
York, quiso hablar á Burr, que vivía en la gran ciudad, viejo, triste 
y enfermo. 

— No haga usted tal, le dijo su acompañante, que x'Varon Burr 
está muy mal quisto y considerado por todos como traidor. 

— ;Traidor? — respondió el sacerdote. Nunca creeré que hayasido 
de madera de traidores aquel hombre tan esforzado y tan discre- 
to ; debe de haber en esto alguna lamentable equivocación. V des- 
cribió luego aquella noche de luna, aquel arrogante mozo portador 
de la más fúnebre carga, aquel caminar por las praderas cubier- 
tas de nieve, aquel recatarse de las balas de los ingleses, y aquel 
llegar al real americano y deponer en tierra con filial piedad los 
despojos mortales del héroe. 

1 Orth, Fivc ainen'c/ni politidans, p. 21. 



124 

Cuando Burr volvió A su país, el ffeneralWashinston lo colocó 
en su estado ma3"or; pero deseoso el joven de tener mando activo, 
renunció su puesto al lado del libertador, pasó á mandar las líneas 
de Westchester y á poco se casó con Teodosia Prevost, viuda de 
un general inglés y mujer en quien, por no ser rica, ni hermosa, ni 
joven, resaltaban más la portentosa cultura del entendimiento, la 
gracia exquisita de la conversación y la bondad nativa del espíritu. 
A su lado Burr fué dichoso por varios años, quedándole á la muer- 
te de la dama una sola hija, llamada Teodosia, como la madre, y 
marcada por la suerte, á semejanza de las mujeres de York, para 
tristes y trágicos destinos. 

Burr había ascendido á coronel; pero como no abrigaba idea 
mu}^ elevada acerca de las capacidades militares del gran Was- 
hington, y éste no lo mirara con buenos ojos, renunció su puesto 
en el ejército y se dedicó á estudiar leyes. En seis meses quedó ca- 
paz para presentarse á solicitar el grado, Negáronse los doctores á 
admitirlo á examen, puesto que se necesitaban cuatro años de es- 
tudios; pero el altivo coronel respondió que ese tiempo, cabalmen- 
te, lo había empleado con más fruto que en leer «los cien mil libros 
de aquella ciencia enmarañada y torpe:» sirviendo con las armas 
en la mano á su país, que en días de angustia y turbación lo había 
llamado á su defensa; que en cuanto á su habilidad, de ella podría 
juzgarse después de las pruebas. Fueron éstas tan rigurosas é in- 
trincadas como pudieron combinarlas los examinadores; pero el 
candidato salió avante, quedando licenciado como abogado en le- 
yes y admitido como consultor en el foro de la ciudad de Albany. 

No tardó en trasladarse á New York, donde de nuevo tropezó 
con Alejandro Hamilton, que acababa de dejar la carrera militar 
por causas idénticas á las de Aaron; pero que, á fuer de discre- 
to y precavido, en vez de granjearse la enemistad del gran hombre, 
haciéndole saber la opinión que de sus aptitudes se había formado, 
supo atraerse su favor consiguiendo que lo ayudara singularmente. 

Hamilton y Burr eran desde entonces rivales en el ejército, ri- 
vales en el foro, rivales en opiniones, y pronto debían ser también 
rivales en política. Y en verdad que pocas veces ha habido dos 
sujetos más contrapuestos y difíciles de amalgamarse. Hamilton 
era conciliador y discreto, conocía á maravilla el arte de vivir y 
estaba seguro de alcanzar un rápido encumbramiento. Hijo de un 
escocés ignorado, nacido en una islilla insignificante de las Indias 
occidentales, pobre y sin recursos, por aquellos tiempos estaba lla- 
mado ya á los puestos más elevados, pues acababa de contraer 
matrimonio con la bella hija del general Schuyler, jefe, de una de 



125 

las dos familias que gobernaban pulítieamente el estado de New 
York; Burr casó con una viuda pobre que recibió de su marido «só- 
lo su limpia espada por herencia.» 

Elocuentes, lo eran ambos ; pero la elocuencia de Burr era du- 
ra, concisa, punzante, sin distins^os ni consideraciones, sin galas ni 
adornos: la de Hamilton era noble, reposada, llena de artificios re- 
tóricos y de elegantes y oblicuas figuras que hacían por extremo 
grato su discurso. Lo que Hamilton hablaba en dos horas, Burr lo 
destruía en unos cuantos minutos; pero sobre las ruinas que deja- 
ba Burr, Hamilton alzaba después un gallardo castillo que era en- 
canto de los ojos y alegría del entendimiento. 

En valor podían competir; pero el de Hamilton era reposado, 
razonador y reflexivo, mientras que el de su émulo era fogoso, ar- 
diente y capaz de atropellar por todo. 

La entrada de Burr en la política parece la de aquellos bisontes 
que Chateaubriand describe penetrando en la selva americana; en 
cuatro años pasó de simple abogado á rival de los hombres de es- 
tado más eminentes y á presunto sucesor de Washington; y sin 
estar enlazado con las familias reinantes, sin contar con servicios 
extraordinarios á su país y sin estar ligado con ninguno de los par- 
tidos que se disputaban el poder, alcanzó una fortuna política que 
todavía maravilla. 

No fué ésta, dice Orth, debida al prestigio de sus antecesores, 
nativos de Nueva Inglaterra, como pensaba John Adams; ni á bajas 
y tenebrosas maquinaciones, como llegó á escribir Hamilton ; ni á 
su reputación militar, como conjeturaba Jefferson; ni á suerte loca 
y temeraria, como vociferaba el inconsulto populacho. Su eleva- 
ción se debió á que Aaron Burr fue el primer político americano que 
comprendió la importancia de la organización compacta. Nada me- 
nos á Burr se atribuye el haber utilizado y puesto en pie de 
guerra la famosa organización de Taniinany Hall, que todavía du- 
ra lozana \ floreciente, valiéndose del influjo que ejercía sobre un 
tal Moone}", fundador del club. 

Senador durante seis años, pronto aspiró á gobernador de New 
York, el estado-imperio, cargo que era entonces tan codiciado como 
ahora, por su gran sueldo y por la representación que traía consigo. 
El famoso Wit Clinton ganó la elección; pero la habilidad que des- 
plegó Burr y las fuerzas de que hizo alarde, llamaron grandemente 
la atención de su rival más encarnizado, el coronel Alejandro Ha- 
milton. 

Lo cierto es que los turbios manejos de Aaron, tan distantes de 
los que hasta entonces se habían practicado en la política america- 



126 

na, empezaron á preocupar á todos, al grado que el mismo Hamil- 
ton escribió á Rufo Kmg que consideraba «un deber de conciencia» 
(religious duty) entorpecer la carrera del terrible político. 

Del mismo parecer era Washinaton, pues en 1794, como un con- 
A^entículo republicano le recomendase á Burr para desempeñar el 
puesto de ministro americano en París, el Presidente contestó con 
seguridad, que tenía como regla de su administración no designar 
para cargo importante á sujeto cuya inmaculada honradez no le 
constara. 

Cuando parecía inminente la guerra con Francia, Hamilton fué 
ascendido á general y nombrado para un puesto de peligro; Burr 
quedó desconocido é ignorado. Todavía más, el fundador de la 
Unión encargó al pueblo en su último mensaje, cabalmente redac- 
tado por Hamilton, que se cuidara de las organizaciones políticas 
secretas y de miras torcidas, aludiendo, de seguro, á los propósitos 
de Burr, y á hazañas su\\as como la fundación del banco de Man- 
hatan, que parece cosa ideada conforme á los procedimientos vi- 
gentes ho}'^ en los Estados Unidos. 

Cosas eran estas que debían ennardecer la lucha é inclinar á 
Burr al empleo de todos sus recursos; pero también Hamilton y sus 
amigos habían de mover los que poseían. Pintábase al partido fede- 
ralista como reunión de cínicos volterianos, ateos, jacobinos y per- 
vertidos, 5^ á Burr como un Napoleón, un Catilina, un César, un 
enemigo de la libertad, en fin. El hábil intrigante fué propuesto 
como candidato para vice-presidente por la convención de Filadel- 
fia, en mayo de 1800; el país entero se conmovió; el día del escru- 
tinio, la asamblea de representantes decidió no separai'se hasta que 
estuviera hecha la elección; todos los diputados estaban presentes, 
los enfermos se habían hecho conducir en canapés ; uno que estaba 
á punto de muerte, era atendido por su mujer, y se comía y dormía 
en el local délas juntas. Al cabo de siete días, Jef f erson resultó elec- 
to presidente y Burr vice-presidentc. 

Nadie ha dirigido con más habilidad y talento que éste las ta- 
reas del senado de los Estados Unidos, ni se ha visto nunca un ma- 
gistrado más francamente pervertido, menos cuidadoso de las for- 
mas y más lleno de esa soltura agradable y fina que fué el distintivo 
de Burr durante su existencia. 

Uno de sus biógrafos i píntanoslo de pequeña estatura, pues 
apenas alcanzaba cinco pies seis pulgadas, delgado de complexión; 
erguido de cuerpo y clásica la apostura de la cabeza. La boca la 

1 Orth, op. cit., p. 25. 



127 

tenía grande, largas las narices, pequeñas las orejas, la frente an- 
cha en la base y angosta en el nacimiento, comunicándole este de- 
talle un aspecto muy particular al rostro. Sus ojos eran ardientes 
carbones, al grado que no hubo nadie que resistiera su mirada. Re- 
posado en su porte, lleno de aparente calma en su discurso, en sus 
hábitos sobrio, aquel sujeto privilegiado era á un tiempo mismo 
petimetre y erudito, ingenioso y reflexivo, benévolo y sin entrañas. 

En 1804 aspiró de nuevo al cargo de gobernador de Nueva York, 
pero de nuevo fué ruidosamente derrotado; la activa labor de Ha- 
milton traía resultados decisivos, y por consecuencia de ella ata- 
caban acerbamente á Burr los periódicos del partido demócrata, i 
El perdidoso, lleno de acedía, pidió á su rival explicaciones que éste 
le suministró amplísimas: había ido contra el político, no contra el 
hombre, y daba descargos tales y tan claros, que habrían sa- 
tisfecho al más descontentizado. Pero Burr tenía sed de la sangre 
de su enemigo, y sin admitir réplica ni espera, precipitó las cosas 
hasta obtener un duelo á muerte. 

Años después, Burr contaba el caso al famoso Jeremías Bentham, 
y éste escribía en sus Memorias:'^ «Me habló de su duelo con Ha- 
milton ; estaba enteramente seguro de matarlo, por lo cual creo que 
el lance fué poco menos que un asesinato. > Y en efecto, Hamilton 
quedó gravemente herido y murió al día siguiente del encuentro ; 
no sin declarar que tenía propósito de disparar su pistola al aire. 

jVquel homicidio fríamente premeditado, el inmenso valor de 
Hamilton, el poder de los enemigos de Burr, la privanza que el due- 
lo estaba adquiriendo en los Estados Unidos y que hacía temer 
;l las gentes previsoras que llegara á propagarse tan terrible cala- 
midad, levantaron grita tan grande, que no falta quien crea que 
fué Burr quien murió en los collados de Wechawken, ó que por lo 
menos, hubo dos muertos después de la tremenda jornada. 

Es verdaderamente curioso el saber que, si Burr y Hamilton 
fueron rivales en política, rivales en el foro y rivales en el cam- 
po de honor, fueron también rivales en una empresa colosal y 
que pensaron había de inmortalizar sus sendos nombres: la conquis- 
ta de la América Española. Se lee en Life of Alexandcr Hamilton, 
libro escrito por el hijo del biografiado, John C. Hamilton, á páginas 
217 del tomo VII: «Había entonces una empresa digna de un hombre 
de las más elevadas aspiraciones: emancipar á la América Española 



1 Como muestra de los ataques que en esos días se estilaban, vé;ise la 
curiosísima pieza Tlie Battlc of Muskingitin, or defeat of the Burritcs. 

2 Citado por James Parton, The Ufe mu/ time of Aaron Biirv, vol. 11, p. 170. 



128 

de un cetro colonial, teórica y prácticamente el más pesado de la tie- 
rra; capacitar á las numerosas poblaciones que la forman para es- 
tablecer gobiernos de tendencias moderadas y adecuados á sus 
condiciones; abrir al mundo un comercio importantísimo, postrado 
por un monopolio opresor; apartar, una vez por todas, el único pe- 
ligro serio á que estaba expuesta la Unión americana, la división 
del enorme territorio que se encontraba al sur de sus límites; cor- 
tar, como Hamiiton decía, el mido gordiano de los grandes desti- 
nos déla nación; parar el progreso de las doctrinas revolucionarias, 
que Francia propagaba á la sazón en aquellas regiones, y unir el he- 
misferio americano en una gran sociedad de intereses y de princi- 
pios comunes, contra la corrupción, los vicios y las teorías nuevas 
de Europa; todos estos eran temas dignos del genio más grande, y 
Hamiiton palpó claramente la importancia del movimiento. Creía 
que la empresa era de fácil realización, y que para llevarla á tér 
mino serían suficientes diez mil hombres a5mdados por los natura- 
les oprimidos y por una marina competente. Esa fuerza habría 
bastado (así lo esperaba confiadamente), para que su nombre se 
designara por la posteridad agradecida con el título de Libertador 
de la América Española. ^> 



II 

En ejercicio de su cargo de vice-presidente de la república, Burr 
siguió presidiendo el senado, tocándole participar en el jurado del 
juez Chace, acusado de prevaricato y falta á sus deberes oficiales, 
y ora porque le corriera prisa de salir lo más pronto posible en 
busca de la aventura que tenía premeditada, ora porque le llega- 
ran al alma las manifestaciones de desagrado que le hacían sus 
conciudadanos de New York 3" New Jersey, 1 ello es que el sábado 
dos de marzo de 1806 se despidió de sus colegas los senadores y 
renunció su encargo, pronunciando en la ocasión un discurso tan elo- 
cuente, que El Federalista de Washington escribió que «laasam- 

1 Carta de Burr á su yerno Joseph Alston, fecha 22 de marzo de 1805. 
Habla en ella con dolorosa ironía de que en New York se le había declarado 
exento de los derechos de ciudadanía y de que sus paisanos de New Jersey 
trataban de ahorcarlo en efigie. 



129 

blea entera habia llorado, no siendo poderosos los senadores para 
reprimir sus lágrimas, pues más de media hora transcurrió antes 
de que llegaran á recobrarse lo necesario para poder elegir un 
vice-presidente temporal.» 

Burr parecía muerto políticamente; pero él creyó que aquel 
letargo no era sino el preludio de una nueva vida, y satisfecho y 
seguro salió para el oeste con la intención aparente de pasar allá 
la primavera, pero, en definitiva, resuelto á intentar la conquista de 
México. 

Este pensamiento ciertamente que no era nuevo para Burr: 
por el año de 1796, i siendo John Jay gobernador de New York, el 
coronel Burr tuvo con él ciertas pláticas reservadas acerca de tal 
asunto. Burr expresó en aquellas ocasiones su opinión sobre la 
América española, que, en su concepto, podría ser fácilmente ocu- 
pada después de introducirse en ella la propaganda revolucionaria. 
Contestó Jay que precisamente lo atrevido de la idea podía ser 
parte para el logro completo de ella, pues en verdad que no le pa- 
recía impracticable; 3^ desde entonces, hasta 1805, el ambicioso Burr 
no dejó un instante de pensar en la manera de llevar á cabo pro- 
pósito tan arriesgado como peregrino. 

Y en verdad que las circunstancias eran como mandadas hacer 
para la realización del intento: los Estados Unidos acababan de ad- 
quirir la Luisiana, y aquel traspaso, que señaló especialmente la 
administración de Jefferson, aumentó, si cabe, en los hombres del 
oeste, que se sentían más que nunca impulsados por su prurito de 
aventuras, el afán de po.seer tierras. Y como si quisiera azuzar- 
los, impacientándolos, España dictaba cada día disposiciones más 
y más restrictivas en lo que á sus dominios tocaba. En 9 de enero 
de 1804 el comandante general de las Provincias Internas, don Ne- 
mesio Salcedo, ordenaba al gobernador don Antonio Cordero que 
no permitiera á persona nacida la entrada á Nueva España, pues 
los emigrantes sólo llevaban por objeto maquinar contra los domi- 
nios de S. M. C. - El mismo Salcedo Ileg'ó á tal extremo, que en oc- 

1 Davis, Meiiioirs of Aaroii Burr, tom. II, cap. XX, p. 376. 

2 The Aaroii Burr Conspiracy by Walter Flavius Me. Caleb, exquisi- 
to estudio que está basado en datos irrecusables y en fuentes antes no explo- 
tadas, y que me ha servido en gran manera para el conocimiento de lo que 
constituye la verdadera conjuración de Burr y sus trabajos respecto á México. 
Puede asegurarse con verdad, que antes del libro del Dr. Me. Caleb, todo era 
tinieblas y confusión en esta materia, y que las ha venido á disipar el erudi- 
tísimo trabajo del historiador. A menudo citaré & Mr. Me. Caleb, pues difícil 
sería decir las cosas con más tino y con más doctrina que los que él emplea. 

Avales. 17 



130 

tubre de 1805 se quejó á Iturrigara}' contra la expedición de Le- 
wis y Clark, que socapa, decía Salcedo, de descubrir las fuentes 
del Missouri, trataba en realidad de soliviantar á los indios alia- 
dos del Rey. i 

En concepto de los empleados españoles, los Estados Unidos 
sólo se ocupaban en sustraer las naciones indias de la dependen- 
cia de España; para cuyo efecto fortificarían pronto el puerto de 
Natchitoches, hallándose ya en ese lugar las compañías americanas 
que se esperaban para guarnición. 2 

Empeoró las cosas, si cabe, la ruptura de las negociaciones in- 
tentadas por los americanos para fijar los límites de la Luisiana 
conforme á sus ideas. En 24 de mayo de 1806 Era}' Francisco Gil co- 
municaba á Iturrrigaray que tomara todas las disposiciones nece- 
sarias para evitar cualquier atentado por parte de los americanos 
«pues han ya sido recibidos en audiencia de despedida los dos 
plenipotenciarios americanos, don Jaime Monroe y Mr. Pinkney.» 3 

Más cundió la alarma al saberse que comisionados del Gobier- 
no de Washington habían hecho interrogar á los habitantes de 
Natchitotches acerca de si podían contar con ellos en el caso de una 
guerra contra España. En el mismo despacho se daba cuenta de 
la salida de una expedición de veinte hombres destinada á abrir 
un camino hasta el Illinois; expedición que se pensaba aumentar 
hasta el número de mil exploradores, que ganarían tres pesos dia- 
rios cada uno. 4 

Las incursiones hacia el oeste desconocido iban creciendo en 
número é importancia. Irujo comunicaba que la comisión nombra- 
da por el gobierno americano para explorar el Missouri había lle- 
gado á esta (¿Washington?) en noviembre de 1806 «atravesando por 
tierra 340 millas desde las márgenes de dicho río, habiendo vuelto 
á embarcarse en otro llamado Koskooske, brazo del Columbia, ba- 
jando todo este afluente y reconociendo el Océano Pacífico hasta 
la desembocadura.» 

El marqués proponía que se formaran establecimientos en las 
márgenes del Columbia, < pues mucho abunda la caza en tales terri- 
torios y pueden exportarse las pieles á Filipinas, á cuyo efecto los 



1 Ib., pág. V>. 

2 M. SS. Archivo N.^cion.-\l. Provincias inlenias. Tomo 239, pp. 66 y 72. 

3 M. SS. Archivo Nacional. Reales cálalas. Tomo l^.i, pza. núm. 137, 
p. 284. 

4 M. SS. Archivo Nacional. Cordero á Salcedo, Be.xar, 'lo de noviem- 
bre de 1805. Provincias internas, tomo 239, pp. 74 y Ib. 



131 

naturales de estas islas ó la Compañía Mercantil organizar án e 
comercio con los naturales.» 1 

Los americanos se internaban en dominios españoles recono- 
ciendo el curso del Colorado hasta su origen, y los subditos de 
Carlos IV" se limitaban á «patrullar el terreno en question para. ... 
impedir que se hagan establecimientos en él.» - 

Hacía pública propaganda de sus doctrinas una junta llamada 
Mexican Associatioii ó SpaiiisJi Association, la cual, con el pretex- 
to de obtener datos y noticias acerca de las cosas del sur de los 
Estados Unidos, en realidad se ocupaba en dar á conocer las ideas 
nuevas entre los colonos españoles. 

Cierto que se había obtenido la cesión de Luisiana y que con 
eso había terminado por el momento la causa de cualquier dispu- 
ta, pero r cuáles eran, por el oriente, los límites de la provincia que 
había enajenado Napoleón? ¿Llegaban á Iverbille ó al Perdido? 
¿Y por el oeste? ¿Se debía entender que el lindero se extendía has- 
ta el Arroyo Hondo, hasta el Sabina ó hasta el Río Grande? 3 

Mas á donde quiera que llegaran tales aledaños, había otra causa 
para que los occidentales consideraran la obra incompleta: los abo- 
rrecidos dones poseían casi todo el curso del Padre de las Aguas, 
los barcos de la gente del oeste no podían, sin pagar onerosísimas 
gabelas, pasar del límite que habían marcado los poseedores del gran 
río, y no era posible consentir, sin mengua de la honra, dejar tierras 
fértiles y enormes fuentes de riqueza en manos que no habían de 
explotarlas. « Estos republicanos, escribía en enero de 1805 á Itu- 
rrigaray el obispo del Nuevo Reino de León, se consideran due- 
ños de toda la tierra hasta el Río Grande. » 

Y la verdad es que ni estaba el virreinato apercibido para la de- 
fen.sa, y que en México no se conocía siquiera la extensión de los 
recursos de que, en caso ofrecido, podían disponer los enemigos. 
Hombres determinados, valientes, hechos á todas las fatigas, cono- 
cedores del terreno, filibusteros sin escrúpulos y capaces de aco- 
meter las más locas empresas con tal que para ejecutarhis sólo se 
requirieran arrestos, bríos y perseverancia, aquellos pionieers no 
habían de prescindir fácilmente de su empeño, que se complacían 
en cubrir con colorido humanitario y civilizador. 

« Si sobreviene una guerra, escribía Bradford, el director de la 



1 M. SS. Archivo Nacional. Iturrigaray íi Cevallos, 20 de enero de 1807. 

2 M. SS. Archivo Nacional. Cevallos, por acuerdo de Godoy, el prínci- 
pe generalísimo, 24 de marzo de 1807. 

3 Me. Caleb, p. 10. 



132 

Oi'leans Gaséete (24 de mayo de 1805), si sobreviene una .q-uerra, 
España tiene todas las probabilidades de perderla y ninguna de 
ganar .... Por el oeste caerán en nuestras manos las Floridas, y 
por el suroeste Nuevo México con sus incontables riquezas: no tie- 
nen, en verdad, manera de oponerse á la in\asión. . . . Nos dará esta 
guerra la llave de la parte sur del continente; y los soldados de 
la libertad, movidos por el fuego del 76 y por el genio de Washing- 
ton, marcharán al combate, no para traer botín, sino para vengar 
los agravios hechos á su país y dar libertad á un nuevo mundo. 
La sangre inocente de los naturales, que tan pródigamente de- 
rramaron los crudelísimos Cortés y Pizarro, clama venganza to- 
davía, y por ella desenvainarán la espada homicida los descen- 
dientes de Moctezuma y de Manco Capac tan pronto como se 

acerque el ejército salvador. . . . De este modo, bastarán diez y 
ocho meses para que dos continentes queden sujetos al dominio 
de nuestras le3^es.» 

Al leer esto, se ocurre preguntar por qué tan generosas dispo- 
siciones no se aplicaban á la emancipación de los pobres negros, 
que estaban á la vista de los declamadores, y que quizás eran pro- 
piedad de los que tan generosamente deseaban libertar á gentes 
que nada les tocaban: hay que sospechar que esa filantropía sólo 
era el tapujo de apetitos menos puros y altruistas, ó que, por lo 
menos, como escribe el discreto Me. Caleb, estaba mezclada en 
gran proporción con la concupiscencia de adquirir lo que poseía 
un soberano cuyas posesiones se codiciaban. 

Cuando Burr llegó á Nueva Orleans, su situación era muy dis- 
tinta que en el este. Mirábasele allí como al duelista afortunado, 
como el héroe de cien combates sangrientos y de cien luchas amo- 
rosas, como el político hábil y osado que se había opuesto brava- 
mente á los hombres de la situación, y como el abogado diestro en 
las artimañas legales y en los recursos de la curia. Recíbesele 
con los brazos abiertos, danse comidas y fiestas en su honor y en 
ellas se habla sin recato de la salvación de la gente de raza espa- 
ñola del yugo oihíiioso que la oprimía. 

Trescientos eran al menos, los miembros de la Asociación mexi- 
cana; pero la ciudad entera, según dice el historiador Adams, sim- 
patizaba con los conjurados y sin reserva se ponía de su parte; el 
secreto de la conquista de México no sólo se escribía en los pape- 
les públicos, sino que andaba en todas las bocas considerándose la 
cosa más sencilla y natural del mundo. 

Pertenecían á la Asociación John Walkins, jefe político de Nue- 
va Orleans, y James Workman, magistrado del Tribunal. Daniel 



133 

Clark conocía el proyecto en todos sus pormenores y se había com- 
prometido á anticipar cincuenta mil pesos para el logro de la 
obra. 1 

Este mismo Clark había estado en México en dos ocasiones dis- 
tintas, celebrando conferencias con los oficiales de los regimien- 
tos de Nueva España y obteniendo la seguridad de la cooperación 
de éstos. También se había consultado al obispo católico de Nue- 
va Orleans, y estaba listo para promover lo que fuera necesario. 
S. S. lima, designó á tres sacerdotes jesuítas como agentes muy 
apropiados para el trabajo, y se les empleó conforme á lo propues- 
to. El obispo era hombre muy culto é inteligente, había vivido en 
México y solía hablar con suma libertad del disgusto que reinaba 
entre el clero hispano americano. 

De paso diré que era condición indispensable para la ayuda de 
los clérigos, que no se había de causar molestia ninguna á los insti- 
tutos religiosos. También estaba en el secreto Madame Javier Ta- 
rejón, superiora del convento de Ursulinas de Nueva Orleans, que 
mandó á México algunas monjas de su religión. A reserva de las 
decisiones que se tomaron posteriormente, el desembarco debía 
efectuarse en Tampico. 2 

Ya Burr tenía noticias de la mala voluntad de los clérigos ha- 
cia el gobierno, y ya sabía que si les conservaba intactas sus po- 
sesiones, los sacerdotes quedarían neutrales. Contaba, además, el 
nuevo Cortés, con las promesas de ciertos jefes de milicias españo- 
las, para unírsele en masa tan pronto como apareciera en Texas, 
al frente de un regular cuerpo de tropas. 3 

Esta participación de los eclesiásticos en el movimiento, no de- 
be de haber sido mera invención de Burr. En 12 de ma3'o de 1906. 
el intendente Morales escribía desde Panzacola al virrey Iturriga- 
ray: «Existe en Nueva Orleans un grupo considerable cuj^o fin es 
revolucionar el reino de México; y en verdad que las condiciones 
de la frontera se prestan á maravilla para tal intento. > Hace sa- 
ber luego que tenía noticias fidedignas de que se propagaba la re- 
volución por medio de escritos y emisarios que circulaban de un 
extremo á otro del país. Había en el complot muchos eclesiásticos, 
y muchos subditos habían sido ganados á las nuevas ideas. 4 Burr 
aseguraba que podía contar con muchos amigos en territorio es- 



1 Davis, Mcnioirs of Aaron Burr, II, p. 381-382. 

2 Davis, Memoirs of Aaron Burr, loe. cít. 

3 Parton, Life of Aaron Burr, II, p. 58, 59. 

4 Me. Caleb, op. cit., p. 64. 



134 

pañol ; qiie no menos de dos mil sacerdotes católicos estaban en el 
secreto y que á ellos se unirían todos los paniaguados de éstos, l 

Los recursos de Burr eran mu}" escasos: ciento treinta hom- 
bres, según el autor de las Memorias, pero tenía la seguridad de 
aumentarlos en proporción grandísima aprovechánduse del entu- 
siasmo reinante. El general Andrew Jackson se había ofrecido á 
reunírsele, acompañándolo con toda su división; « Adair no iría en 
persona, pero alistaría un respetable contingente.»'- Se le habían 
incorporado también veintisiete jóvenes de las principales familias 
de Pittsburg, algunos de ellos con el consentimiento de sus padres 
y debido á la influencia del general Neville. 3 Miles de aventure- 
ros estaban prontos á alistarse bajo las banderas del jefe popular 

El pretexto ostensible para empezar la aventura filibustera con- 
sistía en lo siguiente: el gobierno español había donado un millón 
doscientos mil acres de tierra en la Washita ó Cuachita, región si- 
tuada en la parte sur de Oklahoma, regada por el río de su nom- 
bre y capaz de comunicarse fácilmente con el Mississippi. El coro- 
nel Lynch había comprado las seis décimas partes de la concesión 
en cantidad de cien mil pesos, que no había podido pagar íntegra- 
mente, si bien la tierra estaba poblándose ya con rapidez. La mi- 
tad de los derechos de Lynch pasó á Burr por cincuenta mil pe- 
sos, de los cuales no había dado el adquirente más que cinco mil 
pesos al contado, si bien interesando en el asunto ;í muchos de sus 
amigos y partidarios, de los mismos que Hamilton llamaba mirmi- 
dones de Burr. 4 

El astuto coronel pensó que la situación de su heredad lo favo- 
recía en extremo para su proyectada conquista, pues no sólo podía 
servirle de refugio en caso de un descalabro, sino aprovecharle 
grandemente para intentar un golpe de mano contra México, y para 
justificar la actitud de colonizador que pensaba asumir, pues la con- 
cesión avecindaba Kansas, Colorado, el Territorio indio, Nuevo 
México y Texas. 



1 Me. Caleb, op. cit., p. 90. 

2 Jenkinson, Aaroii Burr, p. 350. 

3 Me. Caleb, op. cit., p. 81. 

4 Davis, Memoirs oj Burr, II, p. 380. 



135 



III 



Pero no se limitó la diligencia de Burr á procurarse amigos y 
valedores que le ayudaran con su persona ó con su dinero; recu- 
rrió, además, á otro arbitrio que se le figuró el más agudo y dis- 
creto que podía pensar conspirador alguno, y fué hacer que lo 
ayudaran á su empresa y la costearan con su dinero los mismos 
que iban á ser perjudicados con ella. 

En 29 de marzo de 1805 1 decía á Lord Harrowby el ministro 
inglés, Antony Merry, acreditado ante el gobierno de los Estados 

Unidos: «Mr. Burr me ha asegurado que los habitantes de la 

Luisiana parecen dispuestos á independerse de los Estados Unidos, 
y que sólo se han detenido en la ejecución de su buen deseo por 
la dificultad de obtener de alguna potencia extranjera la ayuda 
que han menester á fin de concertarse con los demás vecinos 
de los estados occidentales, que deben, al cabo, de tener algún in- 
flujo sobre ellos por causa de los ríos que los comunican con el 

Mississippi Mr. Burr me ha asegurado que no obstante 

que casi todos los habitantes de la Luisiana son de origen francés 

ó español por clarísimas razones prefieren la ayuda de la 

Gran Bretaña á la de Francia; pero que si el gobierno de S. M. no 
juzga conveniente escuchar su propuesta, se dirigirán á Francia, 
la cual, por circunstancias especiales que se reservan, estará pron- 
ta á auxiliarlos del modo más cabal » 

Continúa el ministro dando á conocer la buena voluntad de 
Burr para enviar, si es preciso, comisionado suficientemente ins- 
truido que trate el asunto en Londres, y declara así la parte subs- 
tancial de las propuestas. 2 «Por lo que á auxilio militar se re- 
fiere, dice que les bastarán dos ó tres fragatas é igual número de 
navios pequeños que se estacionen en la desembocadura del Mis- 
sissippi para impedir los bloqueen las fuerzas que envían los Esta- 
dos Unidos, y para mantener expeditas las comunicaciones con 
el Océano. Es todo lo que necesitan. Por lo que á dineros se 



1 Me. Calc'b, op. cil., p. 20. 

2 Me. Qikb, op. cit., p. 23. 



136 

refiere, les sobraría con un préstamo de cien mil libras para los 
primeros gastos de la empresa, si bien todavía no pueden hablar 
con absoluta seguridad tocante á esta espinosa materia.» 

Por lo que hace ú la manera de arbitrarse los fondos, el desen- 
fadado coronel sugiere una que se le figura excelente: los Estados 
Unidos tienen que enviar á Inglaterra doscientas mil libras en el 
mes de julio inmediato; bastaría con que la mitad de esa suma se 
aplicara á obra de tan perentoria utilidad como la propuesta, y na- 
die podría darse cata de la ayuda que había prestado la madre 
patria á los insurrectos del oeste. 

Lisonjeaba á la Gran Bretaña nada menos que con la especta- 
tiva de que, una vez separada Luisiana y realizada la independen- 
cia de los estados del oeste, los del este se segregarían sin tardanza 
de los del sur, «quedando de este modo destruida virtualmente la 
inmensa potencia que ahora empieza á levantarse en el hemisferio 
occidental.» 1 

Por último, á punto de salir Merry de Washington 2 recibe la 
visita de Burr, quien vuelve á insistir en su empresa amenazando 
con cederles la gloria y los provechos que resultaran, á Francia, á 
España ó á ambas; pero si ni ellas aceptaban, la obra se ejecuta- 
ría sin auxilio extraño y en plazo brevísimo. 

Mas como si no bastara aquella intriga, Burr imaginó otra 
que se le figuró todavía más aguda y sutil que la que le había ser- 
vido para el ministro inglés: se había enviado á Nueva España 
una comisión que llevaba consigo instrumentos geográficos desti- 
nados á observaciones, se habían solicitado pasaportes para dife- 
rentes individuos, y lo que era más grave, en periódicos y conver- 
saciones se hablaba sin recato de la expedición filibustera que ha- 
bía de encabezar el revoltoso coronel. 

Por de pronto la aventura le parece quimérica y ridicula al mi- 
nistro español, marqués de Casa Irujo: se trataba solamente, se- 
gún comunicaba este diplomático al ministro Cevallos en 5 de 
agosto de 1805, de explotar el candor del ministro inglés. 3 Pero 
por los fines de ese año visitó en Filadelfia al marqués el ex-sena- 
dor Johnatan Dayton, gran amigo y conmilitón de Burr. -^ Empezó 
por inquirir si resultaría pesado para S. M. C. galardonar con 
treinta ó cuarenta mil duros á quien le llevara noticias ciertas 
acerca de las cosas que tramaban los enemigos del nombre espa 

1 Me. Caleb, op. cit., p. 48. 

2 Me. Caleb, op. cit., p. 69, 70. 
'¿ Me. Caleb, op. cit., p. 39. 

4 Me. Caleb, op. cit., p. 54. 



137 

ñol en América. Irujo aseguró que su amo era liberal y que el de- 
nunciante podía abrírsele confiadamente, seguro de una buena re- 
compensa. Dayton habló entonces del propósito de separar de la 
Unión los estados del oeste y de invadir las Floridas y el i'eino de 
la Nueva España, mediante el auxilio que en dinero y barcos 
proporcionara Inglaterra. El alzamiento estallaría en febrero ó 
marzo de 1806, y el gobierno americano ni tenía noticias de los 
acontecimientos, ni podía impedirlos, dada su falta de recursos. 

Exageró Dayton los de Burr, dijo que la costa de Panuco esta- 
ba designada para el desembarco, y aseguró que eran muchos los 
parciales con que los filibusteros contaban en Texas, á donde man- 
daban constantemente emisarios que los tuvieran al tanto de las no- 
vedades del virreinato. 

Irujo no echó en saco roto las noticias de Dayton y pensó en 
aprovechar su oficiosidad de delincuente lionrado, como le llama 
en sus despachos; pero á poco el intrigante, de seguro asesorado 
por Burr, cambió de táctica y convino en que el jefe de la conspira- 
ción lo había facultado para decirle que España no tenía que afli- 
girse por sus colonias: al contrario, podía creer en la sincera y 
cordial amistad de los separatistas; en lo relativo á límites, todo se 
arreglaría á placer del gobierno de Carlos IV; y en lo que á. las 
Floridas tocaba, las cosas no sufrirían mudanza, pues aparte que 
Burr y los suyos deseaban la amistad de España, á sus intereses 
convenía que una potencia extraña tuviera posesiones en los es- 
tados del oeste y los de la costa atlántica. 1 

Irujo consideraba excelente la oportunidad que se presentaba 
de destruir el poder «colosal que se desarrollaba, como quien dice, 
á la puerta délas más preciosas é importantes colonias» españolas 
y urgía porque se facilitara á Burr el auxilio que pedía, pues In- 
glaterra ó Francia podían ganarle á España por la mano. Y tanta 
era la ceguera del torpísimo diplomático, que todavía en noviem- 
bre de 1806, 2 cuando era de pública notoriedad que la expedición 
conquistadora debía tomar tierra en Veracruz. 3 escribía confiada- 
mente á Cevallos (noviembre 7 de 1806), que sólo se trataba de 
independer varios estados y formar una república del oeste con 
Burr á la cabeza; por lo cual bate palmas, advirtiendo que sólo por 
un exceso de precaución había indicado algunas medidas de cui- 
dado al gobernador Folch, de la Florida occidental. 



1 Me. Caleb, op. cit., p. 60. 
■¿ Me. Calcb, op. eit., p. 92. 
3 Me. Caleb, op. eit., p. 86. 

Anales. 18 



138 

No lleg^ó el arbitrista Burr á obtener el medio millón de duros 
que decía necesitar y que Irujo le habría entreíjado caso de tener- 
lo á su disposición; pero Dayton sí recibió mil quinientos pesos, 
quedando el marqués obligado por otros mil y una pensión anual 
de mil quinientos pesos. La pensión no se acordó, pero sí recibió 
el que«l ministro llamaba delmciiente honrado, otros mil pesos y 
algunos gajes más. l 

El marqués de Irujo explicaba así .su intervención en el asunto: 
«Con esta fecha escribo á los Governadores de ambas Floridas lo 
que sigue: — «En el mes de Diziembre del año próximo pasado ma- 
nifesté al Exmo. Sor. Don Pedro Cevallos se fraguaba aquí una 
conspiración á cuya caveza se hallaba el último Vice Presidente 
de los Estados Unidos, con el obgeto de separar de la unión los Es- 
tados del Oeste, y que entrava en las ideas de los conspiradores 
hacer una expedición contra México, y aún eventualmente apode- 
rarse de las Floridas, y todo con el obgeto de hacer más popular 
el estado de cosas que se proponían establecer allí, y atraer á sus 
banderas todos los espíritus inquietos y ambiciosos de este país 
excitando su ambición por la perspectiva de las minas de Méxi- 
co; informé también á la Corte había sabido que el coronel Burr 
no solo se había dirigido al Ministro inglés en solicitud de que 
su corte apoyase este plan, sino que había enviado también un 
agente á Londres para el mismo obgeto. El Gobierno Ingles no en- 
tró en estas ideas, y los conjurados se vieron precisados á limitar 
las suN^as al plan primitivo de la emancipación de los Estados del 
Oe.ste. Quando por la muerte de Pitt se formó en Inglaterra una 
nueva Admon., entiendo que Burr había renovado sus propuestas 
á aquel Gabinete. Qual haya sido o sea el obgeto de este último 
paso me es enteramente desconocido, solo si se me aseguró confi- 
dencialmente que el coronel Burr había abandonado las ideas de 
estas expediciones, y que su obgeto estaba concentrado en la re- 
volución ó sepaiacion de los Estados del Oeste. Para este efecto 
p.artio de aquí á principios de Agosto ultimo y supe que antes de 
su partida había organizado en parte los medios que debían ser- 
virle para executar \ consolidar su empresa, disponiendo secreta- 
mente un acopio de Armas, víveres y otros efectos de esta natu- 
raleza, como igualmente el enganche de aventureros en varios 
estados que deben unírsele en Maneta en todo el mes de Diziembre. 
Las diligencias que ha practicado desde que se halla en los estíi- 
dos del Oeste á fin de preparar los medios de excutar su plan exi- 

1 Me. Culeb, op. cil., p. b8. 



139 

taron la atención de este íjobierno, rezeloso ya de sus intenciones, 
asi por avisos anteriores que liabi'a recevido, como por las sospe- 
chas que excitaban los movimientos del Coronel Burr.» i 



IV 



Estas diligencias eran, por decirlo así, exuberancias del qcnio 
maleante de Burr, muestra de su deseo de llevar á cabo una intri- 
ga artística, un bellissiiiio iugnnnn á la italiana; la parte sustan- 
cial de la empresa estaba vinculada en el cumplimiento de tres 
condiciones que parecían de segura realización: 

La ayuda del general James Wilkinson. 

La guerra con España. 

La complicidad del gobierno de los Estados Unidos. 

Wilkinson había sido nombrado gobernador del territorio de 
Orleans, recién adquirido. Según Burr, era Wilkinson quien había 
concebido primero la idea de la conquista de México; según Wil- 
kinson, 2 que en toda esta intriga se reveló el más hábil y afortu- 
nado de todos los picaros que en ella tomaron parte, había conocido 
á Burr en la época en que éste servía 1 cálmente á su país y ejecuta- 
do las hazaiías que lo hicieron tan famoso; siendo aquél vice-presi- 
dente de la república, le indicó la conveniencia de escribirle en clave 
y él aceptó figurándose que se trataba de cosas del servicio; pero 
tan pronto como llegaron á su poder cartas enigmáticas, alarman- 
tes y comprometedoras, Wilkinson, sin vacilar, había delatado el 
movimiento al presidente de la república. 

Burr dice lo contrario: uno de sus más ardientes partidarios era 
Wilkinson, 3 quien á la hora que se proclamara la guerra contra 
E.spaña estaba pronto á salir con seiscientos veteranos que tenía 
listos, yendo Burr á su zaga con la gente colecticia que alcanzara 
á reunir. 

Wilkinson negó constantemente su culpabilidad; pero fueron 
tales las pruebas que en su contra se acumularon, sobre todo en el 



1 M. SS. Archivo Nacional. Provincias internas, tomo 230, exp. 30, p. 404. 

2 Wilkinson. Memoirs of my own-tinies, t. II, caps. VIII, IX y X, passim. 

3 Davis, Memoirs of Burr, 11, p. 380. 



140 

virulento alegato de Daniel Clark, Proofs ou thc corruption of Ge- 
neral James Wnkiiisou,\ frescamente por el Dr.Mc. Caleb, quej^a 
no debe caber duda de la duplicidad del gobernador de Luisiana. 

La guerra con España era cosa segura para Burr y sus ami- 
gos. 1 Parton dice que «todos los milicianos se ocupaban en hacer 
sus aprestos y se hallaban prontos para cuando se les llamara al 
campo.» En un banquete público que en Nashville se dio en sep- 
tiembre de 1806,Jackson desarrolló el viejo tema de brindis: «mi- 
llones para la defensa; ni un maravedí para tributo.» El mismo 
Jackson lanzó, en octubre de 1807, una proclama en que luego de 
hablar de la amenazante actitud de los españoles, «acampados ya 
dentro de los límites de nuestro territorio,» pedía que la tropa es- 
tuviera lista para cumplir con su obligación. 

De acuerdo con ese belicoso temperamento, Jefferson expidió 
una proclama (3 de diciembre de 1805) que rezaba así: «No han te- 
nido resultado satisfactorio las negociaciones que con España ini- 
ciamos para el arreglo de las mutuas diferencias. Se rehusa aque- 
lla potencia á satisfacer perjuicios sufridos por nosotros durante 
la pasada guerra, de los cuales, por cierto, se ha confesado respon- 
sable, í'i no ser en circunstancias tales que afectan otras reclama- 
ciones que no están en modo alguno ligadas con aquéllas. Mas aún, 
ha aplicado pnícticas idénticas á la guerra actual ; por cierto que 
los daños llegan 3'a á una suma crecida. Nuestro comercio que tran- 
sita por el Mobila continúa obstruido por gabelas arbitrarias y ve- 
jatorias inspecciones, y no se ha accedido á nuestra propuesta de 
ajustar legalmente los límites de Luisiana. 

«Mientras las cosas se ponen en claro, hemos evitado tomar 
violentamen'"e posesión de nuestros puestos en los territorios dis- 
putados, pensando que la otra potencia contendiente no nos obli- 
garía á hacer un ejemplar empeñando conflictos de autoridad cuya 
terminación no se puede fácilmente preveer. Pero como no ha sido 
así, razón nos asiste para disminuir nuesti^a confianza. Se han he- 
cho incursiones dentro del territorio de Orleans y Mississippi, se ha 
capturado á nuestros ciudadanos arrebatíindoles su propiedad en 
los mismos lugares que España había abandonado, é interviniendo 
para perpetrar tal abuso soldados y dependientes de aquel gobier- 
no. Por eso al fin he creído necesario ordenar á las tropas que 
guarnecen la frontera, que estén prontas para proteger á nuestros 
nacionales y para repeler con las armas cualesquiera agresiones 
en lo futuro » 

1 Me. Caleb, op. cit., p. 81 y sig. 



141 

Seguía hablando de los agravios, confesaba que muchos de ellos 
podían arreglarse por amistosos convenios, pero que, en cambio 
«algunos no tenían más solución que la fuerza;» mencionaba las 
fortificaciones, artillería y demás preparativos que estaban pen- 
dientes y concluía por tratar del levantamiento de un ejercito de 
300,000 soldados, compuesto principalmente de mozos entre los 
diez y ocho y los veintiséis. 1 

La famosa Orleans Cassette, que llevaba siempre la voz de aquel 
absorbente //«^o/5/;ío, decía en 23 de septiembre de 1806: «He- 
mos sabido con gusto que al fin ha resuelto el gobierno rechazar 
por la fuerza las agresiones de nuestros enemigos: en verdad que 
los hemos tolerado m;'is de lo que puede exigirse al humano sufri- 
miento El periodista se las prometía felices, asegurando 

no sólo el vencimiento de los españoles, sino la necesidad de perse- 
guirlos por largo trecho; y continuaba: «Confiadamente podemos 
esperar que nuestro presidente, que tanta parte tuvo en la inde- 
pendencia de los Estados Unidos, acogerá presuroso y satisfecho 
la propicia oportunidad que se le presenta de otorgar á nuestros 
oprimidos hermanos de México los bienes inestimables de la li- 
bertad que nosotros gozamos Esta es la ocasión de distin- 
guiros, bizarros luisianeses Si los esfuerzos generosos de 

nuestro gobierno se logran cumplidamente, qué envidiable va á 
ser la situación de Nueva Orleans. Siendo el depósito de los in- 
contables tesoros del sur y de la inagotable fertilidad de los estados 
del oeste, pronto rivalizaremos con las ciudades más opulentas del 
mundo.» 

Que el gobierno de los Estados Unidos no vería con malos ojos 
el auxilio que le prestaran voluntarios animosos y que nada le cos- 
taran, se cae de .su peso; pero cuando la combinación estaba en sa- 
zón y á punto de lograrse la desgració un hecho impensado. 

Los españoles estaban acampados en Nacogdoches bajo las ór- 
denes de don Antonio Cordero; - cuatrocientos hombres más, que 
mandaba don Simón de Herrera, se hallaban en Arroyo de Piedra. 
Al llegar Wilkinson á Natchitoches no trató con Herrera, sino di- 
rectamente con Cordero, declarando de plano que era americano el 
territorio que poseían los españoles; manifestó que el presidente le 
había ordenado considerar el Sabina como límite temporal de los 
Estados Unidos, y que trataría á toda costa de llevar á cabo aque- 
lla determinación expeliendo por la fuerza á los invasores. 

1 A coDtpüatioii of tlie messages anil papers of llic presidents, vol. 1, p. 
384, 385, fifth annual message, 3 december 1805. 

2 Me. Caleb, op. cit., p. 132 



142 

La respuesta de Cordero, el jefe supremo, estaba concebida en 
los términos que debía esperarse: había recibido órdenes para sos- 
tener el punto, y no lo abandonaría sino mediantes nuevas instruc- 
ciones que comunicara el comandante g^eneral de las Provincias 
Internas, don Nemesio Salcedo, ;i quien ya había escrito sobre el 
caso 

Pero el veintisiete de septiembre, i mientras Burr presidía el 
banquete de Nashville y la muchedumbre aplaudía ruidosamente 
el brindis de Jackson: «para la defensa millones, ni un maravedí pa- 
ra tributo;» mientras el ejército americano ardía en deseos de pro- 
bar su acero en pechos enemig-os, yjef f erson esperaba tembloroso la 
noticia de la ruptura. Herrera, de propia autoridad, dispuso la reti- 
rada y la bandera española ondeó por última vez en Arroyo de 
Piedra. Había pasado la crisis. 

Y es lo curioso que aquel paso arriesgado de un subalterno tra- 
jo para España un doble y excelente resultado: evitar una gue- 
rra en que probablemente no habría llevado la parte mejor, y 
sentar que el Sabina había de considerarse el límite de los Estados 
Unidos, alejando por entonces cualquier pretensión á Texas, que 
muchos americanos creían comprendida en la Loiiisiann-piir- 
chase. 

Aquella tan atrevida como inesperada determinación ¿se debía 
tan sólo al buen deseo de Herrera, á sus propósitos de paz y á su 
buena voluntad á los americanos? Los documentos que se conser- 
van en nuestro Archivo Nacional van á darnos completa razón de lo 
acontecido. 

El secreto se supo guardíir tan bien, que la Gaceta de México 
podía lanzar esta chistosa gasconada en su número de cinco de no- 
viembre de 1806. ''Sobre las noticas que se lian divulgado de 
nuestras Provincias internas, se halla en papel público de los 
Estados Unidos: Nueva Orleans 2 de octubre. Las cartas recibi- 
das en este día de Naches y del fuerte Adam, dicen que se han he- 
cho todos los preparativos necesarios para ir ?\ frente de los Espa- 
ñoles y rechazarlos del terreno que usurpan. El resto de las tro- 
pas arregladas por el Coronel Kingsburry ha dejado en el fuerte 
Adam, partió ya para Nacuiteches bajo el mando del Capitán Spar- 
arks. El Mayor Fernando, y L'CIaiborne le aguardaban de un ins- 
tante á otro (cuando el correo partió del fuerte Adam) con los Dra- 
gones del Capitán Parrar. Un destacamento de Milicias también 
estaba en marcha para Nachitoches, dirigiéndose por los Rapides. 

1 Me. Caleb, op. cit., p. 134. 



143 

No se duda que para el día de hoy haya habido derramamiento 
de sangre si los españoles no han retrocedido ó dejado libres aque- 
llos puestos. (Gazeta de Orleans. — Monitor de la Luisiana, N. 655). 
— México 5 de Noviembre. Nadie duda de que si estas fuerzas que 
citan los colonos se hubiesen determinado á introducirse en los do- 
minios del Rey de España, conseguirían (aunque vertiéndose san- 
gre, como ellos dicen) rechazar las pocas tropas que había allí, y 
apoderarse de campos solitarios; pero ya estas medidas serán in- 
fructuosas respecto de las que ha tomado el Comandante de Pro- 
vincias internas D. Nemesio Salcedo para inutilizar esta injusta 
tentativa. Tenemos la satisfacción y confianza de que á este Gefe 
le asiste, además de sus conocimientos militares, un espíritu sobre- 
saliente: que están adornados de lo mismo sus oficiales subalter- 
nos el Coronel D. Antonio Cordero, Gobernador de Texas, el Te- 
niente Coronel D. Simón de Herrera, el Ayudante Inspector D. 
Francisco Viana y otros, á quienes ha mandado varias tropas, cu- 
yos soldados tienen dadas también sobradas pruebas de .su valor: 
en suma, si los Colonos intentan (acaso por travesura) la hostiüdad 
que se proponen, pueden tal vez retirarse con demasiado escar- 
miento. — Lo diremos más claro — con los cascos nmchacados . ...» 

Pero en verdad que las cosas no andaban tan bien como presu- 
mía el gacetero virreinal. El comandante general Salcedo oficiaba 
á Iturrigaray (3 de diciembre de 1805) pidiendo que enviara vio- 
lentamente á Cordero ochocientos hombres de tropa sobre los se- 
tecientos con que ya contaba; para lo cual proponía sacar, en caso 
de urg-encia, los que fueren menester de las provincias de Chihua- 
hua y Sonora; pero, como esas tierras, á su vez, quedaban des- 
guarnecidas, solicitaba seiscientos hombres de caballería, uno ó 
dos oficiales del cuerpo de ingenieros, quince ó veinte hombres del 
cuerpo de artillería y el número de cañones volantes que fuere 
posible. 1 

«V. E. se hará cargo, continuaba Salcedo, de que debiendo ver- 
se la enunciada Provincia de Texas como el territorio más expuesto 
á ser invadido en las novedades del día, no debe mi cuidado des- 
cansar un momento hasta ponerla en el pie de defensa que requiere 
la conducta y poder del Gobierno Americano, pues aunque lleve 
mi consideración hasta la incertidumbre del resultado de todos sus 
preparativos, teniendo los antecedentes que V. E. no ignora, de la 
posibilidad de un rompimiento, jamás en un suceso adverso creería 
haber satisfecho lo que debo al Rey, ni cubierto mi responsabilidad, 

1 M. SS. Archivo N.\cional. Provincias internas, t. 23^, pp. 73 y 80. 



144 

si prevalidado de haber apurado los arvitrios de este mando omi- 
tiese impetrar de V. E. los demás auxilios que con tanto fundamen- 
to considero necesarios.» 1 

La situación era apurada en verdad. En la provincia de Texas 
había setecientos hombres por todo auxilio; 3' el territorio compren- 
día «el dilatado espacio de trescientas leguas que corre la frontera 
de los Estados Unidos sobre la provincia de Texas, y ciento cin- 
cuenta de costa.» 2 

La respuesta de Iturrigaray fué verdaderamente desconsolado- 
ra. «Luego que recibi, dice, la carta de V. S. de 3 de Diz. último, 
en que me pidió 600 hombres de Cavallerfa, uno ó dos oficiales de 
Ingenieros, y 15 ó 20 hombres de artillería y el núm.° de cañones 
volantes que me fuere posible, dispuse que me diesen los informes 
convtes. sobre la facultad ó dificultad que hubiera para proporcio- 
nar esa gente, y lo correspondiente á Art. á los Sres. Comte. de dho. 
R. Cuerpo, 5^ de la 10a. Brigada de Milicias, ps. qe. en cuanto á los 
oficiales de Ingenieros me veo absolutamente imposibilitado de ha- 
cerlo respecto qe. solo hay cuatro en el distrito de mi mando. 

«He recivido ya aquellos informes, }• de ellos resulta qe. sin des- 
atender la defensa de la Colonia del N. Santadr. y del Nuevo Rey- 
no de León no se pueden facilitar los 600 hombres respecto que 
son muy pocos mas los que en ambas se hallan armados, pero en 
el caso de ser preferente reformar á Texas lo sería también veri- 
ficarlo con Tropas Mejicanas de la Colonia y Nuevo Reyno en cu- 
yos parajes hay formados dos cuerpos de 300 hombres entresaca- 
dos de las Compañías sueltas; que no parece verosímil que los Es- 
tados Unidos emprendan desembarco en las costas de la Colonia 
dejando á sus espaldas lo de Texas, pero que como las conjeturas en 
tales casos son demasiado falibles tampoco se puede confiar que 
no sucederá, ni opinar que la Colonia no necesita guarnición por 
esta razón. 

«El Sor. Comdte. de Artillería dice que no solamente no puede 
facilitar oficiales de Artillería sino que es necesario que se le auxi- 
lie con los primeros del exercito y que costara trabajo el completar 
todos los que falten de los segundos: Que algunos cañones volan- 
tes podrían removerse pr. Mar á la Bahia de Sn. Bernardo, pero te- 
niéndose presente que en dicha Bahía solo hay de 5 á 6 pies de fon- 
do, y que debiendo ir dhos. cañones con sus municiones y todos los 



1 M. SS. Archivo Nacional. Provincia.s Internas, tomo 239, pp. 73 y 80. 

2 M. SS. Archivo Nacional. Salcedo á Iturrigaraj-, Chihuahua, 23 de 
diciembre de 1805. Provincias Internas, tomo 239, exp. 3o, p. 26. 



145 

útiles necesarios pa. el servicio es preciso consti-uirlo todo y esto 
demanda trabajo y tiempo, pues no se puede desmembrar nada de 
lo q.e corresponde al tren volante de Vera Cruz conservándolo con 
el mayor cuidado por si se presentase el Enemigo. 

«Manifiesto á V. E. todo lo referido en contestación á su citada 
carta y á la posterior de 23 del mismo q.e acavo de recibir, p.» su 
inteligencia y govno; añadiendo que siempre franquearé á V. S. 
quantos auxilios fueren posibles, p.o que al mismo tiempo es pre- 
ciso se haga cargo de las atenciones q.e demanda Veracruz y sus 
costas laterales en toda su estension, y la necesidad de que acuda 
yo oportunamente a su defensa y resguardo como puede suceder 
sin todos los auxilios y medios que exigen y son precisos acomo- 
dando y convinando mis disposiciones a los nuevos recursos con 
q.e cuento y de q.e sea .suceptible el actual estado de las cosas de 
este Reyno.» i 

Y los preparativos de los filibusteros no sólo eran conocidos, 
sino que se exageraban grandemente. El ministro Caballero escri- 
bía á Iturrigaray (Aranjuez, 24 de marzo de 1807) que el gobierno 
americano pretendía á viva fuerza tomar las posesiones españo- 
las; que se preparaban en el Ouintoqui 15,000 cazadores que in- 
vadirían ííTexas, y que ya era. como quien dice, propiedad de los 
colonos del Norte la margen izquierda del Sabina, de la cual se 
habían apoderado los americanos sin que pudiera impedirlo el 
fuerte de Nacogdoches por falta de caballos, víveres y otros 
recursos. 2 

En tales circunstancias no se ocurría más que á remedios de es- 
tampilla, ;í frases hechas que en nada aligeraban la situación. Cuan- 
do se comunicaba que había reunidos en Natchitoches 7,000 hom- 
bres y 20 cañones, la respuesta era: «que el comandante general 
ocurra al virrey para la defensa: que obre siempre con la pruden- 
cia y precaución que exije el crítico estado de las cosas, y en caso 
de no confiar en la defensa de todo el territorio, abandone lo me- 
nos útil antes de exponerse al desaire de una retirada en que las 
tropas preveen desgracias.» 3 

« no caben más medios que los conocidos y posibles en 

nuestra situación, y llevando por cierto el principio de que el ve- 
cino no nos es amigo, debemos procurar la defensa como si efecti- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Provincias internas, tomo 239, e.\p. 3, pp. 82 
y 83. 

2 M. SS. Archivo Nacional. Cédula.s Reales. Cédula núm. 113, p. 174. 

3 M. SS. Archivo Nacio.xal. Caballero á Iturrigarav. Aranjuez, 7 de ma- 
yo de 1807. 

Anales. 19 



146 

vamente estuvieran invadidas nuestras posesiones, sin decir des- 
confianza ni dejar de tenerla.» i 

Conocemos la versión de los jefes españoles acerca de la reti- 
rada de Herrera. «El general americano Wilkinson hizo intimación 
para que las tropas de su majestad se retiraran de la otra parte 
del rio Sabina y para ello se puso en marcha dicho general con el 
Exercito de su mando en número de seis mil hombres de Infante- 
ría, Cavallen'a y tren correspondiente de Artillería, pasando los 
límites de Arroyo-Hondo, y colocando destacamentos avanza- 
dos en los puestos que juzgó á propósito. 

«Las tropas del Rey se disponían á atacarlas, pero reflexionan- 
do el Comandante, D. Simón de Herrera, que sólo tenía trescien- 
tos hombres disponibles, se resolvió á suspenderlo y dar cuenta al 
Governador de la Provincia, conservando, sin embargo, su posición: 
El Governador de Texas le contestó, en cumplimiento de lo preveni- 
do por el Comandante General, se mantuviese en observación de 
los movimientos de los americanos, sin dar paso que pudiese cali- 
ficarse de hostilidad, y que procediese á mantener bajo este prin- 
cipio el decoro de las armas del Rey, si notaba provocación de 
parte de aquéllos. 

«El general americano, bien fuese por el recelo del vigor con que 
podría ser recibido por nuestras tropas, prácticas en aquel terreno, 
ó porque recibiese otras instrucciones, consecuentes á la carta es- 
crita por el Comandante General el 16 de Septiembre al Goberna- 
dor C. Clayborne, y de la que no había tenido contestación; pro- 
puso al Comandante español retiraría sus tropas de Arroyo -Hondo 
siempre que las nuestras repasasen el Sabinas, quedando las cosas 
/// Estatuqno sin pasar unos y otros los límites indicados hasta 
que la question quedase terminada y resuelta por los Goviernos 
respectivos; y convenidos en esto se verificó la retirada de los ame- 
ricanos sin esperar la contestación del Comandante General de la 
Provincia, mediante las convenciones que particularmente hizo el 
Comandante de nuestras tropas. 

«Repite Salcedo la escacez de tropas, y auxilios de toda espe- 
cie de que necesita para oponer una fuerza vigorosa y capaz de con- 
tener á los americanos, según ha manifestado anteriormente. 

«Sin embargo de este extraordinario incidente, dice Salcedo que 
no innova las disposiciones de defensa que había noticiado á S. 
A. S. anteriormente, relativas á la permanencia de las tropas reu- 

1 Al. SS. Archivo N.aciü.val. Reales Cédulas, vol. 19S. Cabalkro .'i Ilu 
rrigaray, 16 de abril de 1807. 



147 

nidas en determinados puntos de la frontera, pues además del res- 
peto que causarían ;í los revolucionarios, podrían obrar según 
conviniese en caso de ser atacado el Reino de Nueva España.» 

La resolución era de lo más vago, pero también de lo más des- 
consolador: podían haberla firmado conjuntamente Demócrito y M. 
de la Palisse: 

«En vista de todo se ha servido el Sermo. Príncipe Generalísi- 
mo Almirante resolver: Que desde esta distancia no es posible de- 
tallar las marchas y movimientos de las tropas; pero suponiendo 
nuestra prudente desconfianza que si el enemigo puede ofendernos, 
no perdonará ocasión y medio; deben también hacerse mayo- 
res nuestros aprestos y diligencias, siguiendo el movimiento del 
enemigo para burlar sus ideas por posiciones del Exercito.» 1 

Y lan ocultos quedaron los móviles de aquella retirada, que al 
visitar las Provincias Internas el famoso viajero Zebulon Montgo- 
mery Pike, escribía este sabrosísimo trozo publicado años después: 

« Contaba don Antonio Cordero cosa de cincuenta años de edad, 
era de cinco pies seis pulgadas de estatura, blanco y de ojos azu- 
les; el cabello lo llevaba echado hacia atrás, y en cada prenda de su 
traje se dejaba ver que era un soldado. Robusto de constitución, 
su cuerpo no parecía fatigado por las muchísimas campañas que ha- 
bía hecho ni desfigurado por las numerosas heridas que había re- 
cibido de mano de los enemigos de su rey. La corte de Madrid lo 
había escogido entre muchos oficiales para enviarlo á América 
con el fin de disciplinar y organizar las milicias, y había servido 

ya en casi todos los reinos y provincias de Nueva España 

Era unixcrsalmente querido y respetado, }' sin duda el personaje 
más popular de las Provincias Internas. Hablaba bien latín y fran- 
cés; era generoso, caballeresco, valiente y de verdad adicto á su 
rey y á su patria. Debido á tales partes había llegado á adqui- 
rir el grado de coronel de caballería y gobernador de las provin- 
cias de Coahuila y Texas. 

« Don Simón de Herrera mide cosa de cinco pies once pulgadas 
de altura, ojos negros resplandecientes, piel morena y cabello oscu- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Reales Cédulas, 1807, tomo 198, Cédula 
n.° 194, f. 305. 

Sobre lo desguarnecido de la provincia de Texas y los cuidados que con 
razón inspiraba á sus guardianes, pueden verse en el Archivo Nacional los 
M. SS. de Provincias Internas, tomo 201, 5 de abril de 1810 (Bonavia á Sal- 
cedo), y despachos subsecuentes sobre estado de tropas, plan de defensa, ex- 
ploraciones y fortificaciones. Véase asimismo, en el propio volumen de Pro- 
vincias Internas, la larguísima nota de 25 de abril de 1810 (Salcedoá Bonavia). 



148 

ro. Nació en las Islas Canarias; sirvi<5 en la infantería en Francia, 
España y Flandes ; habla con perfección el francés y conoce algo 
de inglés. Es agradable conversando con sus iguales y correcto y 
comedido al tratar con sus inferiores; en los actos todos de su vida 
es uno de los sujetos más bizarros y bien criados que 3^0 haya vis- 
to. Conoce bien á los hombres por haber morado en varios países 
y sociedades, y sabe emplear, según conviene, las aptitudes de sus 
subordinados. 

«Vivió en los Estados Unidos durante la presidencia del gene- 
ral Washington, fué presentado al héroe, y siempre habla de él en 
los términos de la más exaltada A'eneración. Ahora es teniente co- 
ronel de infantería y gobernador del Nuevo Reino de León. La 
capital de su gobierno es Monterrey, y si hubo alguna vez un go- 
bernante querido de sus administrados, sin duda que este lo fué He- 
rrera. Al terminar su período salió para México acompañado por 
trescientas personas de las más respetables en su distrito y llevando 
consigo los sollozos, lágrimas é imploraciones de muchos millares 
de otras que pedían continuara en el gobierno. 

«Creyó prudente el virre}^ acceder temporalmente á tales de- 
seos, á reserva de que el monarca confirmara ó no el nombramiento. 
Cuando yo estuve allí, Herrera llevaba ausente cosa de un año, y 
durante ese tiempo las gentes de arraigo en Monterrey no habían 
querido que se efectuara un solo matrimonio ó bautizo en sus fa- 
milias, esperando que tornara el padre común y consintiera en 
dar con su presencia lustre y alegría á tales ceremonias. ;Qué 
prueba mejor podía darse de estima y consideración á un hom- 
bre? 

«Si quisiera bosquejar un paralelo entre los dos amigos, diría 
que Cordero era hombre de más letras y Herrera de más mundo. 
Cordero, vive soltero hasta ahora. En su primera mocedad, Herre- 
ra casó en Cádiz con una dama inglesa, y por la suavidad de su 
trato la señora es tan querida y estimada de las mujeres como lo es 
de los hombres su noble esposo: tiene de ella varios hijos, uno de 
los cuales j^a le sirve al rey actualmente. 

«Los dos amigos se hallan conformes en un punto: su odio á la 
tiranía y su secreto propósito de no consentir que caiga esta parte 
tan floreciente del Nuevo Mundo en las manos de otro amo que no 
sea el que su honor y lealtad han jurado defender, consagrándole 
Andas y haciendas. 

«Quizás valga la pena hacer notar, continúa Pike, que al ge- 
neral Herrera le debemos el no estar ahora guerreando con Espa- 
ña; cosa que se comprobará por la anécdota siguiente, que me re- 



149 

lato en presencia de su amis'o Cordero y que éste confirmó en to- 
dos sus puntos. 

«Al comenzar las dificultades en el Sabina, el comandante ge- 
neral y el virrey se consultaron, disponiendo de mutuo acuerdo man- 
tener intactos los dominios de su amo común. El virre}^ ordenó á He- 
rrera que se incorporara á Cordero con 1,300 hombres; y tanto el 
virre\" como el general Salcedo le dispusieron á aquél que atacara 
á nuestros soldados si llegaban á pasar el Río Hondo. Tales preven- 
ciones se reiteraron á Herrera, actual comandante del ejército es- 
pañol en las fronteras, y dieron origen á los muchos mensajes que 
éste envió al general Wilkinson, cuando nuestras tropas seguían 
su camino de avance; pero mirando no se detenían éstas, convocó 
un consejo de guerra para saber si debía ó no acometer. 

«Fué opinión del consejo que debía comenzarse una guerra de 
guerrillas, pero evitándose siempre una acción decisiva. 

« Mas á pesar de las órdenes del virrey, de las del comandante 
general Cordero y de la opinión de sus subordinados, tuvo la fir- 
meza y temeridad de pactar con el general Wilkinson el arreglo 
que existe hasta el presente acerca de límites en la frontera. Al 
volver, fué recibido por Cordero con suma frialdad, dando ambos 
cuenta á sus superiores de lo que habían ejecutado. 

« Mientras no tuve la respuesta, dice Herrera, pasé los días más 
amargos de mi vida, pues si estaba seguro de haber servido fiel- 
mente á mi patria, también lo estaba de haber violado los princi- 
pios de la disciplina militar. 

«La contestación llegó al fin, dándole las gracias el virrey' y el 
Comandante General por haber desobedecido sus órdenes, y ase- 
gurándole que recomendarían al rey sus servicios en los términos 
más calurosos. Yo no sé cuál haya sido la causa de tal cambio, pe- 
ro la carta se publicó y la confianza quedó restablecida entre los 
dos jefes y sus tropas.» 

En su sexto mensaje anual, de 2 de diciembre de 1S06, dirigido 
al Senado y á la Cámara de Representantes, el Presidente Thomas 
Jefferson decía: l «Habiendo recibido noticia de que un gran nú- 
mero de sujetos particulares combinaba en cierta parte de los 
Estados Unidos una expedición ilegal contra territorios que perte- 
necen á España, creí necesario, así por una proclama como por ór- 
denes especiales, tomar medidas para impedir y terminar la em- 
presa arrestando y sujetando á procedimientos judiciales á los je- 
fes y fautores.» 

1 A compilatioii ofthe messages and papers of the presidents,\o\ I, p. 406. 



150 

En 22 de enero de 1807 el mismo Presidente decía i en un men- 
saje especial: «Obsequio gustoso el deseo de la Cámara de Repre- 
sentantes, que se me comunicó por resolución de 16 del corriente, 
suministrando, bajo la reservM necesaria, los informes con que 
cuento acerca de una combinación ilegal de individuos privados 
contra la paz y seguridad de la Unión, y de una expedición militar 
por aquéllos dispuesta contra el territorio de una potencia que es- 
tá en paz con los Estados Unidos; así como de las medidas que he 
dispuesto para reprimir una y otra.» 

En seguida pasa á explicar el Presidente cómo empezó á reci- 
bir primero denuncias que se le mandaban bajo la forma de cartas 
que «constituyen legal y formal prueba;» pero sin que el estado de 
las cosas le consienta decir todavía los nombres de los comprome- 
tidos, «exceptuándose el actor principal, cu^-a culpabilidad no ad- 
mite discusión.» «El primer móvil del complot, continúa el Presi- 
dente, lo era Aaron Burr, en otro tiempo distinguido con el favor 
de su patria.» Hace saber luego cómo en octubre de 1806 comenzó 
á darse cuenta de los fines de la conspiración; pero estos eran tan 
confusos y estaban envueltos en tal misterio, que no se podía obte- 
ner materia para una querella. 

Pensó mandar un agente confidencial que averiguara lo que 
acontecía; pero los sucesos se precipitaron, y pudo saberse que ya 
estaban en conserva muchos barcos, se hacía acopio de provisio- 
nes para ellos é intrigaban en el Ohio y sus aguas muchas gentes 
peligrosas. Previno Jefferson al general Wilkinson que se pusiera 
de acuerdo con el comandante español del Sabina para caer sobre 
los rebeldes desde la parte acá del Mississippi para la defensa de los 
puntos interesantes de dicho río. 

Un agente de Aaron Burr había sido comisionado para sobor- 
nar á Wilkinson explicándole los propósitos de los conjurados, exa- 
gerando sus recursos y haciendo ofrecimientos tales en ganancias 
pecuniarias }' en mando, que otro que no hubiera sido el fiel gober- 
nador, que poseía á carta cabal «el honor de un soldado y la fide- 
lidad de un buen ciudadano,» las habría aceptado sin vacilar. 

Lo que Aaron Burr tramaba era nada menos que separar de la 
Unión todos los estados más allá de los montes Alleghany y una 
invasión de México. Para el efecto había «colectado en cuantos lu- 
gares contaban con influencias él ó sus seides, á todos los truhanes 
\-iolentos, furiosos y desalmados que están siempre dispuestos pa- 
ra empresas análogas; 3^ seducido á varios excelentes ciudadanos 

1 A conipilntion ofthc lucssagcs aud papcrs, ofthc prcsidents, vol I,p. 412 
y .siguientes. 



151 

asegurándoles que contaban con la confianza del gobierno y su 
secreta ayuda. > 

Refiere cómo fracasó el complot, el éxito que habían obtenido 
los conjurados; y concluye anunciando que en el juicio que se efec- 
tuará á poco estarán garantizados suficientemente los intereses 
de la sociedad y los de los presuntos culpables, por la presencia de 
las más elevadas autoridades judiciales 

El plan consistía en reunirse l los conjurados el 1.'^ de noviem- 
bre; salir el 15 de Ohio Fall acompañados de 500 ó 1,000 hombres 
y llegar á Natchez, Mississippi, del 5 al 15 de diciembre, reuniéndo- 
se allí con el general Wilkinson. 

Harrman Blennerhasset, irkmdés de nación, hombre de algún 
talento, de pocas luces, de escasísima prudencia y de ninguna ha- 
bilidad, estaba metido de hoz y coz en la conjura, é impaciente de 
que aquélla se llevara á cabo y de atraerle simpatizadores, escri- 
bió en los periódicos de la región, con el pseudónimo de Oneerist, 
muchos artículos en que hablaba franca y desembozadamente de 
dividir la Unión y conquistar á México. 

Pero á principios de octubre las cosas empezaron á tomar cariz 
tan alarmante, que un grupo de ciudadanos se reunió en junta en 
Wood county, W. Virginia,- á fin de deliberar acerca del «miste- 
rioso y verosímilmente traidor designio de Burr y Blennerhasset.» 
Las resoluciones que se tomaron en la reunión dan á conocer cuál 
era el estado de los ánimos: se acordó reunir un cuerpo de volun- 
tarios, colectar armas, publicar artículos en los papeles públicos, 
constituirse en jimta permamente y, sobre todo, protestar formal 
acatamiento á la Constitución de los Estados Unidos y someterse 
á las autoridades que aquélla establecía. 

Blennerhasset tuvo lenguas de lo que se tramaba, supo que, sin 
darse cuenta de ello, había revelado el complot á un enviado pre- 
sidencial que se decía John Graham, supo de la expedición de la 
proclama de Jefferson, y supo, sobre todo, que había órdenes para- 
prenderlo y secuestrar los aperos de la expedición, y salió de es- 
capada en compañía de su familia, seguro, como dice el refrán espa- 
ñol, de que más vale salto de mata que ruego de buenos. 

Ni los cinco mil, ni siquiera los mil ó los quinientos desesperados 
que se decía estaban comprometidos, ni los caballos, ni las armas, 
ni el dinero que se debía afrontar para aquella conquista que iba 
á borrar los rastros y á emular las hazañas de la de Cortés, llega- 
ron ;i tiempo de utilizarse, si acaso los había. Mississippi abajo sa- 

1 Historie Blcitiici'liasscl islaiul Itoinc by Alvaro F. Gibbens, p. 23. 

2 Historie Blennerhasset island heme by Alvaro F. Gibbens, p. 26. 



152 

lió la flotilla compuesta de trece botes, inclusive los que llevaban 
al jefe reconocido. 

Se capturó á los expedicionarios en Arroyo de Piedra, á trein- 
ta millas de Natchez; á Aaron Burr se le condujo hasta Washiníí- 
ton, donde el populacho quedó prendadísimo de su audacia y des- 
enfado, siendo la resolución del jurado que lo juzafó «que tras el 
examen que de las pruebas se había hecho, resultaba que Aaron 
Burr no era culpable de nins;ún crimen ni delito contra las leyes de 
los Estados Unidos.» 

El sutil tramposo estaba libre, pero no seguro; pues de mano 
del Presidente había una orden para to take íhc hody of Aaron 
Burr, al /ve or dead, and to confíscate his propertyy El ex-vice- 
presidente anduvo fugitivo muchos días; pero al fin fué detenido 
por el capitán Gaines, llevado al fuerte de Stoddard y después á 
Richmond, donde debía juzgársele. 

Saliendo de la serranía, al entrar á los caminos más frecuenta- 
dos, pasaron por Chester. Carolina del Sur, cerca de una posadi- 
11a donde estaban reunidos unos cuantos vecinos. Burr pensó apro- 
vechar la oportunidad para una escapatoria, saltó violentamente 
de su caballo y dio una gran voz diciendo: «Yo S03' Aaron Burr, 
que vengo detenido militarmente, y reclamo la protección de las 
autoridades civiles.» Perkins, así se llamaba el conductor, echó 
también pie á tierra y poniéndole á Burr la pistola en la sien, con 
malos modos le ordenó que montara de nuevo. Burr cerdeaba des- 
confiado; pero Perkins, que á cuenta era hombre brusco, lo cogió 
por la cintura y lo puso á horcajadas en la silla, un soldado tomó 
las riendas y la expedición se metió bosque adentro antes de que 
hubieran podido discernir la significación del caso los atónitos 
campesinos que lo presenciaban. 

«La indiferencia de la gente, dice el puntualísimo historiador 
Parton, el mal trato que sufrió, la idea de su inocencia y la viola- 
ción de ley que importaba el triunfo de sus enemigos, todo se vino 
á las mientes de Burr y lo anonadó. Por primera vez, después de 
todas sus desgracias sin ejemplo, su voluntad de hierro lo abando- 
nó por un instante y lloró amargamente. ...» Que era lo que había 
hecho -SU antecesor, Cortés, aunque, por cierto, en coyuntura algo 
más apretada que aquella. 

El sábado 26 de marzo llegaron á Richmond el prisionero y sus 
custodios, y el lunes inmediato compareció aquel ante el Presiden- 
te de la Suprema Corte de Justicia, que lo era el famoso John Mar- 

1 Todd The true Aaron Burr, p. 39. 



153 

shall; había sido puesto en libertad bajo fianza, y después de tres 
días de debates se le declaró culpable sólo de un misdemeanov, 
(delito de menor cuítntía) aunque el juez dispuso que se le juzgara 
por crimen de alta traición. 

El gran jurado empezó el 22 de mayo de 1807, y fué uno de los 
más famosos que ha habido desde aquel tiempo, por el crimen que se 
atribuía á los acusados, por la categoría del principal de entre ellos, 
por el número y calidad de los defensores, por la importancia de 
los testigos, por la inmensa cantidad de gentes— damas, sobre todo, 
— que ocurrieron á presenciar los debates, y por el tiempo que és- 
tos duraron, que no fué menor de cinco semanas. 

Al fin el gran jurado determinó juzgar á Aaron Burr y Blen- 
nerhasset por iudictemeiit de traición, y, después de muchas peripe- 
cias, el 31 de agosto declaró «Decimos nosotros, los que f orina- 
mos el jurado, que de las pruebas que hemos examinado Aaron 
Burr no aparece culpable del delito que se le impida.y Era aque- 
lla la absolución por falta de pruebas (scotch verdict) y Aaron 
Burr y sus defensores se esforzaron por obtener un fallo de sim- 
ple inculpabilidad, que al fin se otorgó tanto en lo que tocaba al 
cargo principal como en los accesorios. 

Al leer en qué consistía la acusación, ocurre preguntar si real- 
mente Aaron Burr era tan culpable como se le ha supuesto. Claro 
que si sólo hubiera tratado de conquistar á México no tendría sobre 
su cabeza el cargo de traición que se le acumula; pero como procuró 
fraccionar la Unión y encender una guerra civil, llevó mucho tiem- 
po y lleva todavía un sambenito que apenas ha conseguido quitar- 
le la habilidad de sus apologistas, que son muchos y excelentes. 

Según Trujo, con quien están conformes historiadores tan serios 
como Adams, era el plan de Burr introducir á la capital federal un 
buen número de sus sicarios, sorprender al Presidente, al Vi- 
ce-Presidente y Presidente del Senado, disolver el gobierno y 
apoderarse del dinero que se hallara en los bancos de Washing- 
ton y Georgetown, y del arsenal de Eastern Branch. Aprovechán- 
dose de la consternación que sobrevendría, el nuevo Catilina 
entraría en arreglos con los estados; pero, si como parecía pro- 
bable, no lograba sostenerse en Washington, quemaría los bu- 
ques de guerra que se encontraran en el Navy Yard, menos dos ó 
tres fragatas, en las cuales se haría á la vela para New Orleans, 
donde proclamaría la independencia de Luisiana y del oeste. 1 

También asegura Irujo que era el designio deBuiT «disolver el 

1 Me. Cíileb, op. cit., p. 59. 

Anales. 20 



154 

Congreso, matar al Presidente ó á quien hiciera sus veces y po- 
nerse él mismo á la cabeza de un gobierno fuerte.» 1 

Los Morgans sostuvieron (y casi fueron los únicos testigos de 
cargo) que el osado coronel pensaba nada menos que en tomar á 
Washington con doscientos hombres, á New York con quinientos 
y en echar al Potomac al Presidente y al Congreso. 2 

Baladronadas eran estas, como observa Me. Caleb, más dignas 
del entendimiento huero del barón de ¡VIunchaussen, que de hom- 
bre cuerdo y bien equilibrado como Burr lo era sin duda; y la 
prueba de que lo que perdió el famoso filibustero fué sólo su afán de 
obtener auxilios extraños, de querer costear la expedición con el 
dinero de sus enemigos, en suma, el pasarse de listo, es que el úni- 
co documento importante que en su contra se presentó es la famo- 
sa carta de 29 de julio de 1806 que no contiene nada que se refiera 
á traición. Únicamente ha}- en ella un párrafo 3 que puede apli- 
carse á la expedición de México: «está lista para recibirnos la gen- 
te del país á quien vamos á salvar. Sus comisionados, que nada 
menos ahora están con Burr, dicen que si se protege su religión y no 
se les sujeta á un poder extraño, en tres semanas pondrán á aquél 
en el mando. Los dioses os llaman á la gloria y á la fortuna » 

Como se ve, no hay nada que haga relación á los tenebrosos 
intentos que tanto han ennegrecido la memoria de Burr, y ocurre 
preguntar por qué causa Jef f erson, que era un político agudo, no 
permitió que su enemigo se alejara á una expedición en que en- 
contraría la ruina ó quizas la muerte, y cuando, si la empresa se 
lograba, serían sus resultados en detrimento de España, el eterno 
enemigo, y en favor de los Estados Unidos. 

La respuesta la hallamos en las siguientes líneas que parecen 
inspiradas en el conocimiento exacto de los hechos. -^ John Smith, 
senador por Ohio y que fué detenido por complicidad con Burr. 
dijo en conversación á sus amigos que, antes de que los trabajos de 
Burr llamaran la atención, Mr. Jefferson tuvo con él (Smith) una 
entrevista privada en que le interrogó acerca de si era amigo de 
oficiales españoles en Luisiana y Florida. Como Smith respondie- 
ra afirmativamente, le dijo que parecía inevitable una guerra con 
España, por lo cual convenía estar al tanto de la opinión de aque- 
llas gentes acerca de los Estados Unidos, y el grado de confian- 



1 Me. Caleb, op., cit. p. 62. 
"2 ¡Nlc. Caleb, op. cit., p. 76. 

3 Wilkin.son, Mciitoirs, 11, p. 317. 

4 Bunicfs Notes, p. 264. 



155 

za que en su buena vuluntad se podía abrigar para el caso que 
estallara la contienda entre los dos países. Le suplicó que las visi- 
tara para informarse de aquellas cosas, Mr. Smith cumplió con 
el encaroQ y ú su vuelta pudo comunicar á Jefferson que, tanto el 
gobernador como los empleados inferiores y los habitantes en ge- 
neral, no sólo eran partidarios de los Estados Unidos, sino que es- 
taban deseosos de anexarse á este país. Esto pasaba en la prima- 
vera anterior al «mensaje de guerra,» que se envió al Congreso en 
diciembre de 1805. 

«Aunque era confidencial el dicho mensaje, pronto estuvo al ca- 
bo de su contenido el cuerpo diplomático residente en Washington; 
por lo cual el embajador francés recibió órdenes de Napoleón, su 
amo, para informar al gobierno americano que Francia tomaría 
parte, en unión de España, en cualquier disputa que ésta pudiera te- 
ner con los Estados Unidos. Y es histórico que, después de la inti- 
mación, se abandonó el proyecto de guerra contra España, que se 
había comunicado en mensaje confidencial, y al que había hecho 
clara referencia el Presidente, lo cual coincidió con las medidas 
que se tomaron para atajar los movimientos de Mr. Burr.» 

El mensaje de Jefferson debe de haberse conocido en Francia 
en principios de 1806; el embajador ha de haber recibido las ins- 
trucciones y hecho su intimación á mediados de ese año, y concuer- 
dan así perfectamente el veto puesto contra la expedición de Mé- 
xico, el encarcelamiento y juicio de Burr y sus cómplices, y los 
designios de Napoleón contra España, la cual quería no quedara 
desmembrada ni reducida en sus posesiones ultramarinas, ya que 
el gran capitán tenía dispuesto agregarla al imperio. 

Y resultaría un caso curioso y digno de noticia: los realistas 
americanos creían que el Emperador de los franceses era el ene- 
migo jurado de los rejx's de España, y en puridad era su defensor, 

su fiel aliado y su amigo aunque con la mira puesta en la 

península, caso que tales cosas sean verdad. 

Y parecen serlo, porque las confirma un fragmento de una carta 
de Jefferson, escrita á raíz de los sucesos. 1 «Nación ninguna ha 
sido para con otra más pérfida é injusta que España con la nues- 
tra; y si hasta ahora hemos conservado quietas las manos, ¡la sido 
por respeto d Francia y por lo iiiiiclio cu que tenemos su amistad. 
Aguardamos por eso de la buena voluntad del Emperador que ó 
bien obIi,nard d España d hacernos cumplida justicia ó que nos 
la ahatulonard sin reservas. Sólo un mes pedimos para posesio- 

1 Jefferson á James Bowdoin, ministro de España, abril 2 de 1807, Jeffer- 
son, MSS. 



156 

narnos de la ciudad de México. No puede haber prueba más clara 
de la buena fé de nuestra nación, que el vigor con que obró y los 
gastos que hizo para sofocar la intentona que recientemente me- 
ditaba Burr en contra de México; y aunque primeramente ideaba 
la separación de los Estados del oeste y para tal fin obtuvo auxi- 
lios de Trujo (pues tal es el modo ordinario de obrar de ese pueblo 
para con nosotros) pronto pudo convencerse de que no había ma- 
nera de quebrantar la fidelidad de las gentes de esa región, por lo 
cual todos sus esfuerzos los enderezó contra México; empresa que 
es tan popular en estepa's, que nos habría bastado dejar a Burr 
en libertad para que hubiera conseguido partidarios con que lle- 
gar d la ciudad de México en seis setnaiias» 

La expedición de Burr lograda, México en poder de america- 
nos en 1807, los Estados Unidos guerreando con Francia por pro- 
teger la conquista de los filibusteros del oeste, el gran ejército al 
lado de las milicias provinciales por defender los territorios del rey 
de España ¿Cual habría sido en tal caso la suerte de Méxi- 
co, la suerte de España, la suerte de Estados Unidos y la suerte 
del mundo? Celdfait songer, como decía M.me de Sevigné. 



V 



No conozco los primeros despachos en que se haya noticiado 
la tentativa de Burr al virrey y autoridades de Nueva España. El 
que inserto enseguida parece ser consecuencia de otros que ha- 
bían mediado sobre la materia y se halla en una comunicación que 
el marqués de Irujo dirigía á donjoseph Vidal, comandante del 
puesto de Nacogdoches: «Me consta que Burr y sus sequaces, 
entre ellos personas de algún carácter, han reclutado en varios 
parages del Ohio de toda Casta de gentes, ofreciéndoles por el tér- 
mino de seis meses 15 ps. mensuales y 200 asps. de tierra en el 
Rio Colorado que desagua en el Misisipi. A mi bajada de Fort Pitt 
he visto algunas de esas gentes y lanchas con dos proas en que 
debian baxar y también ovserve que los vecinos de aquellos esta- 
dos cstavan sobre las armas para impedir su paso dorn. del Presi- 
dente. No obstante logró Burr pasar con 80 hombres embarcados 



157 

en Chalan y cuatro barcos de la construcci(')n que llevo dicho llegó 
á Naches donde fué arrestado por la autoridad civil y baxo fianza 
se le permitió estar livre deviendo ser juzgado en todo el termino 
de la semana presente. Es mi opinión que el resultado será poner- 
lo en livertad y que luego para mejor disfrazar sus malévolos pro- 
yectos vendrá á establecerse en Wahita en las Tierras que com- 
pró de un tal Barón de Bastrop y allí hacerse fuerte á medida que 
vayan llegando sus partidarios hasta tanto que se juzgue capaz de 
poner en planta sus planes, que se pueden inferir se dirijan á dis- 
turbar la tranquilidad de estos Paises con miras hostiles. Me han 
informado personas fidedignas del Naches que Burr se explicó de- 
clarando que el Gral. Wilkinson es el primero de la caveza de este 
secreto Plan, que según dize tiene principio de quince años á esta 
p.te y que viendo ahora este Gl. que la cosa mudava de aspecto 
contrario, había cambiado de sentimientos para hacerse lugar con 
su Gobierno y con nosotros. — Este es el lenguaje que públicamen- 
te usa el tal Burr y el mismo que la mayor parte de la gente ere 
y que 3^0 no dificulto. — Dice también dho. Burr que el referido Ge- 
neral tiene ya recivido como cien mil duros para la execusión de es- 
te plan cuya suma con otra más considerable le ha sido enviada 
por individuos de este Reyno de México. Lo que me consta es que 
el Barón de Bastrop esta sospechado por sugetos de carácter 
en el Naches de hallarse cómplice en los proyectos de Burr, por dife- 
rentes circunstancias que dan indicios vehementes del fundamento 
de estas sospechas, y aunque no obstante no son concluyentes. Es 
notorio sin embargo que Bastrop es amigo de Burr que le vendió 
al parecer entre él y un tal Moorchouse sugeto de la más mala con- 
ducta que estuvo condenado á ser ahorcado en los Estados Unidos 
por falcificar Villetes de Banca las Tierras del Washita; que dicho 
Barón está indiciado considerablemente, y que proyecta planes 
que jamás pondrá en ejecución por falta de crédito, á no ser que 
otros sujetos los emprendan en su nombre.— Esta es la situación 
que publicamente se delata de este Barón y que yo solo menciono 
repitiendo lo que ha llegado á mi noticia. — Es también del caso 
insinué á V.md que será preciso si lo estimare por conveniente es- 
tar en la mira de quanto Extranjero se pueda introducir en estos 
parages, aunque pretexten y aparenten negocios muy distintos de 
los planes de Burr.» 1 

Irujo había abierto los ojos, y arrepentido de su vieja credu- 
lidad recaía en el más absoluto escepticismo, ó le había hecho com- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Provincias internas, tomo 239, E. 3, fs. 44. 



158 

prender la verdad el g-obierno de Madrid; ello es que refería así el 
juicio de Burr y la actitud del gobierno americano: 

«En estas circunstancias, las únicas medidas que ha podido to- 
mar este Gobierno, han sido de entrar en un acto de acusación, 
en el Tribunal de Frankford contra el citado Coronel Burr espe- 
cificando en él el procurador del distrito el doble obg;eto de las 
miras de Burr; pero este proceso según acabo de saber no ha sido 
mas que una farza pues Buit queda en la misma livertad de obrar 
que antes, y una proclamación del Presidente de los Estados Uni- 
dos, en que por motivos que podrían comprometer su popularidad, 
y por miedo del citado Coronel Burr ni se atreve á mencionar su 
nombre ni su proyecto de desmembrar la unión sino menciona úni- 
camente que se ha descubierto la existencia de una conspiración 
contra México é intima á los Ciudadanos de estos Estados se abs- 
tengan de entrar en ella, y que por el contrario denuncien al rig-or 
de las leyes á los que sepan implicados en este atentado. Como es- 
toy persuadido que estas medidas débiles de un Gobierno más dé- 
bil todavía no contrarrestan la execusión de los planes de Burr.}' 
como nunca me inclino á creer que su único objeto es la de la se- 
paración de los Estados del Oeste, con todo, en la incertidumbre 
de las verdaderas miras de este hombre peligroso y emprehende- 
dor, me ha parecido prudente informar á V. S. de todas estas cir- 
cunstancias para su gobierno, en el supuesto de que me consta 
empiezan ya á baxar de los Estados del Oeste algunos abenture- 
ros para reunirsele al citado Coronel y que hacia el 23 del mes 
pasado había en Pittsburg unos cien de ellos preparándose para 
baxar al Ohio. También me hallo informado que tres de los ami- 
gos íntimos de burr, y que deven hacer papeles principales en sus 
operaciones cualesquiera que sean, están para embarcarse de un 
día para otro para la Nueva Orleans.» — Aunque tengo motivos 
fundados para creer se hallará V. S. imformado de estos antece- 
dentes, quizás con más detalles y pormenores que lo executo á ho- 
ra pr. no dejar á la casualidad, me ha parecido propio hacer á V. S. 
estas comunicaciones debiendo añadirle que requiere de parte de 
V. S. y en toda esa frontera la mayor vigilancia.» i 

La intervención de las gentes del oeste y la popularidad de la 
aventm-a burrista no dejaban de preocupar al de Casa Trujo, pues 
escribía así al respecto: 

«Tengo razones para considerar como muy probable se ha in- 
tentado y se intentará poner en los intereses de Burr las tropas al 

1 M. SS. Archivó N.\cioxal. Provincias internas, tomo 239, exp, 3, fs. 40. 



159 

mando del General Wilkinson. No puede calcularse qual puede 
ser el éxito de esta tentativa; pero si aquellas tropas deslumbradas 
por la oferta de paga y ración doble, y sobre todo por la perspec- 
tiva de las minas de México que deven aguzar tanto su codicia, en- 
trasen en cuerpo de las miras de Burr, y se viesen reforzados por 
tres ó quatro mil aventureros, las consecuencias podrían ser de 
alguna seriedad. Por otra parte, si para realizar sus miras mas á 
su saibó se prometen verificarlas ensarzando en guerra las dos 
Naciones, verán al modo de cometer alli algunas hostilidades ó las 
aconsejaran á nuestra parte » i 



VI 



Al quedar Burr quito de culpa y pena salió para Europa; des- 
embarcó en el puerto de Falmouth y se encaminó á Londres, ú don- 
de llegó felizmente en 16 de julio de 1S08. Llevábale al antiguo 
mundo el deseo de conseguir que algún gobierno europeo — Fran- 
cia ó Inglaterra — le ayudara á libertar México del poder de España 
y libertarse él mismo de los crueles y tenaces acreedores que le 
habían causado múltiples desazones, entre otras, rematarle su her- 
mosa casa de Richmond Hill. 

Cuatro años, de l<SOiS á 1(812, viajó por Inglaterra, Escocia, Sue- 
cia, Alemania y Holanda, padeciendo hambre y frío, sujeto á terri- 
bles privaciones, pero sin abandonar su pensamiento de conquistar 
á México. Cuántas veces el pobre aventurero debe de haberse com- 
parado con Colón en lo miserable y en lo ambicioso, y cuántas ha 
de haberse sentido desanimado al ver que los hombres á quienes 
ofrecía un mundo nuevo, le volvían desdeñosos la espalda. 2 

El día que él llegaba á Londres, entraba á Madrid José Bonapar- 
te, y la noticia casi equivalía al derrumbamiento de todas sus espe- 

1 M. SS. Archivo Nacion.\l. Provincias Internas, tomo 239, E. 3, fs. 43. 

2 Es curioso que uno de los intentos que con mayor constancia persiguió 
Burr haya sido aprender el español, de seguro para comunicarse con sus fu- 
turos subditos; si bien parece haber hecho pocos progresos en la materia. Su 
diario (recientemente publicado enRochester,N.Y., por\VilliamSamson,ydis- 
tinto casi en todo del incorrectísimo que en 1838 sacó de estampa Davis), en 



160 

ranzas. Burr no podía dirigirse al gabinete inglés, porque éste ha- 
bía decidido firmemente consagrarse á la defensa de los reyes 
destronados y no había de ser quien contribuyera á que se menos- 
cabaran los derechos de aquéllos; en cuanto á Napoleón, que consi- 
deraba á Nueva Espaiía parte de sus dominios, locura habría sido 
pedirle que se desprendiera de lo más floreciente y saneado que 
poseía ó pretendía poseer. 

Por disposici(')n del ministerio, Burr tuvo que salir de Londres, 
y se hallaba en Gotinga cuando supo una noticia que mucho le ha- 
lagó: «£■/ emperador consiente en la independencia de México y 
de las otras colonias españolas;» y añade el desenfadado coronel, 
por vía de comentario: «¿Por qué no hizo el diablo que me dijeran 
esto hace dos años?» 

Alentado por la noticia habló al duque de Cadora, escribió al 
rey de Westfalia, quien, como se sabe, estuvo casado con una ame- 
ricana, la Señorita Patterson, y era muy conocido en América; de- 
fendió su pleito ante el duque de Otranto; pero ni el ministerio de 
relaciones dio importancia á los planes del soñador, ni el rey Je- 
rónimo estaba en París, ni Fouché dijo una palabra que pudiera 
tomarse como expresión de la voluntad del que era entonces amo 
indisputable de Europa y del mundo. 

Su tema constante era acercarse á Napoleón, hablarle y decirle 
sus planes; estaba seguro de convencerlo, de arrancarle su con- 
sentimiento y su protección, de arrastrarlo sin remedio á la empre- 
sa de México. Para alcanzar su deseo se convirtió en eterno preten- 
diente, en habitante de antecámaras y galerías. ¡Qué memoriales 
escribió, qué cartas compuso, qué trazas imaginó, qué planes tenía 
ideados; pero ni planes, ni cartas, ni memoriales sirvieron de nada 
ante la enemiga infatigable del gobierno de Jefferson, servida á ma- 
ravilla por su representante en Paris,l Jonathan Russell. ¡México 
ha sido abandonado! exclamó al fin en carta á su hija; y tras mil 
peripecias regresa á su tierra á terminar obscuramente su vida, que 
Jefferson había pintado demano maestra: lade un «hombre pequeño 
en las cosas grandes, y grande en las chicas.» 

Para aquel hombre arisco y altanero, que no admitió nunca su- 

que apuntaba todo, desde sus gestiones cerca de los príncipes, hasta sus di- 
gestiones de los almodrotes nacionales, contiene notas como ésta: ^Pnrted at 
thePotit ifcsarts, he to go oiisonie ermiiti, I to come Home; but wcut round by 
Mol; out, Redil tivo Jioiirs iii iiiy S'p' graiiiiiiar' Made caf blanc Asi- 
mismo hay noticias de conferencias con españoles, de pesquisas sobre cosas 
de México, etc. 

1 Parton, Lije muí Times of Aaron Burr, II, p. 201 y sig. 



161 

misión ni sintió medrosidad, y que miró siempre al mundo con ade- 
mán de reto, su hija fué un suave electuario que sin falta curó to- 
das las llagas de su larga y aventurera vida; no de otro modo en 
los picos más agrios y en las cimas más elevadas de las crestas al- 
pinas, crece oculta y modesta la florecilla azul del eldekveise, 
encanto de los ojos é imán constante del arriesgado viajero, que 
por conquistarla suele perder hasta la vida. 

Durante todas sus luchas, Aaron Burr pensó en el bienestar 
de su Teodosia, y puede asegurarse que tanto como sus penden- 
cias con Jefferson ó con Hamilton le preocuparon los estudios 
de la rapaza, su destino en la vida y las cosas todas que le con- 
cernían. 

Contribuyó á hacerla humanista, teóloga, política y entendida, 
como seguramente lo fueran pocas mujeres de su tiempo, «en eso 
que llaman razón de estado y modos de gobierno.» Tanto le preo- 
cupa que su hija empiece el aprendizaje del griego como que no es- 
criba acurate por acciirate; laiidnam por laudanum; intirely por 
entirely, por más que advierta que esta última palabra se mira 
de las dos maneras, si bien la segunda es la más propia. 

Véase el plan que le propone para distribución de un día: 

«Plan del día 16 de diciembre de 1793. 

«Aprendí doscientas treinta líneas, con las cuales terminé, el 
Horacio. Omití el Terencio, dejando la gramática griega para 
mañana. 

«Practiqué dos horas, menos treinta y cinco minutos que dedi- 
qué al descanso. 

«Hewlet, maestro de baile, no \'ino ho}'. 

«Ayer comencé con Gibbon, 3^ á mi parecer requiere por lo me- 
nos tanto estudio y atención como Horacio; no pondré, pues, su 
lectura entre los meros divertimientos. 

«Patiné una hora, di veinte caídas y noté la ventaja de tener la 
cabeza y los miembros duros. 

«Mamá está mejor; comió con nosotros á la mesa y todavía se 
encuentra sentada y sin sentir dolor.» 

Participó Teodosia de la suerte de Aaron en todas las coyun- 
turas adversas ó favorables, y su matrimonio con Joseph Alston, 
gobernador que fué de la Carolina del Norte, no disminuyó, sino que 
confortó los lazos entre el padre y la hija. Burr y los dos casados 
se consultaban todos los pasos que el pf ¡mero había de dar en 
asuntos políticos, se hacían recomendaciones cariñosísimas y vi- 
vían en constante comunidad de ideas y de sentimientos. 

Al lado del filibustero se sentó Teodosia durante los días críti- 

Anales. 21 



162 

eos del juicio de Richmond, y su mirada suave y blanda debe de 
haberlo alentado, cuando no le infundía esperanzas de buen éxito 
su voz serena y persuasiva. 

El destierro de Aaron fué una positiva desgracia para su hija: 
al saber que se hallaba pobre y abandonado, expuesto á ir á la cár- 
cel por deudas de dos ó tres duros y constreñido á residir en In- 
glaterra por disposición de los que allá mandaban, ha de haber 
más de una vez lanzado el apostrofe que el padre lanzó al aban- 
donar aquel país de proscripción. «Sacudo el polvo de mi calzado y 
me alejo de tí, tierra maldita, liisiiln ////losp/fal/biHs, como se te 
llamó 1800 años ha.» 

Siniestras visiones empezaron á pcrturbíir el claro entendimien- 
to de la hija de Burr; y en carta dirigida á su marido habla con to- 
da claridad de su muerte y otorga sus últimas disposiciones segu- 
ra de pasar pronto á mundo mejor. 

A Aaron le sorprendió la noticia de la muerte de su nieto, el 
hijo de la bella dam;i, niño extremadamente precoz y destinado 
por los suyos nada memjs que á ser el sucesor de Burr en el trono 
de México. Dispúsose que la cuitada señora pasara á New York 
á vivir algún tiempo al lado del desengañado pretendiente; pero sin 
que se sepa cómo, Teodosia desapareció misteriosamente, quizás 
en una tempestad en el mar, quizás á manos de piratas, quizás en 
una rebelión de los marinos que tripularon el barco. Apenas si años 
después se encontraron reliquias de la infeliz, presumiéndose que 
su altanera belleza fué pasto de la lujuria de gentes desapoderadas 
que no llegaron á dolerse de la discreción, ni del talento, ni de la des- 
gracia de la pobre é infeliz señora. 

Tanto amaba aquélla á su padre, que solía mirarlo con «mi- 
rada de humildad, admiración, reverencia, amor y orgullo 

y que más bien habría deseado no haber venido á la vida que de- 
jar de ser hija detal padre.» 

«Al convencerme de su muerte, escribía el tri.ste aventurero, el 
mundo se convirtió para mí en un erial y la vida perdió todo su 
valor.» 

Valetudinario, achacoso, con la mitad del cuerpo presa de la 
parálisis, pero con el entendimiento expedito \' firme, Aaron Burr 
llegó á los ochenta y tres años lleno de melancolías y desabrimien- 
tos y sin más aliciente que el de enseñar el manejo de la lengua 
inglesa, en que había sobresalido, á unas niñas de quien fué apode- 
rado judicial. 




,^^,^>¿^¿^/a. 



163 



VII 



Cualquiera pensará que Burr trataba de emancipar á México 
del ominoso yugo de rúbrica para plantear una república más li- 
beral, perfecta y bien ordenada que la americana; pero no habría 
nada más falso que tal suposición: Burr quería ser rey ó empera- 
dor de México y fundar una dinastía. 

Burr tenía como punto de mira ;'i México, «que es uno de los paí- 
ses más bellos y ricos del mundo; »1 Burr < ibaá ser rey de México 
y Mrs. Alston (Teodosia Burr) sería la reina de México cuando el 
coronel muriera. Muchas fortunas había hecho para otros; pero 
ahora iba á levantar la suya. Contaba con numerosos partidarios. 
en tierra española; nada menos había comprometidos más de dos 
mil sacerdotes católicos romanos que no tardarían en reunírselc 
con sus amigos.» 

Decía el Western World que el proj^ecto del coronel Burr era 
muy amplio de suyo, pues no sólo afectaría los intereses de la re- 
gión oeste de los Estados Unidos, sino el mundo todo. «La revolu- 
cióH en las provincias españolas de Norte América, continuaba, trae- 
rá otra en Sud América, y si todas esas tierras incorpíjradas á los 
estados del oeste de la Unión se organizaran en la forma de impe- 
rio que encabezara hombre de la habilidad y la inteligencia del co- 
ronel Burr, presentaría un fenómeno que en la historia política del 
mundo apenas sería igualado por el moderno imperio de Francia.» 

El famoso jurista Jeremías Bentham, que en su tiempo tuvo una 
inmensa fama como reformador del sistema legislativo y, sobre to- 
do, del derecho penal, fué amigo de nuestro conquistador y en sus 
memorias escribió lo siguiente: «De esta manera conocí al coronel 
Aaron Burr: había él dado orden á un librero para que le remitiera 
cuantos libros míos se publicaran; entonces era yo apenas conocido; 
pero tal paso indicaba de sobra conformidad entre sus ideas y las 

1 Burr á Smith; Octubre 26 de 1806. Seríate Reports en Me. Caleb, p. 89. 



164 

mías .... Realmente pensaba en hacerse emperador de México, me 
indicó que yo debía ser el legislador de aquel país y que enviaría 
un buque de guerra para conducirme 

Me pareció hombre de prodigiosa intrepidez, y nada menos tenía 
ideado, caso de que su proyecto fracasara en México, proclamarse 
rey en los Estados Unidos. Decía que los mexicanos lo seguirían 
como una manada de gansos. «^ 

Tanto gustó el proyecto al sabio inglés, que seriamente llegó á 
pensar en mover sus penates á las altiplanicies mexicanas, no lle- 
vando á cabo su deseo sólo por la oposición de sus amigos y por 
las dificultades de la traslación. Decía en carta de 31 de octubre 
de 1808, dirigida á Lord Holland: «Tan molesto me siento con el 
frío de nuestros inviernos ingleses, que gran parte del tiempo que 
debía emplear en menear la péñola lo paso pensando en el frío y 
procurando, aunque en vano, evitar la desagradable sensación que 

produce Ojos y pies riñen constante batalla por el calor; 

éstos nunca tienen bastante; aquéllos no desean tener nada — nueva 
edición de la parábola de los miembros. México, según el parecer 
de autoridades públicas y privadas, posee un clima en que se evi- 
tan tales cosas: la temperatura es á gusto del interesado; si se ne- 
cesita calor, se baja unas cuantas varas; si frío, se sube otras 
pocas.» 

Y tan claramente como Burr se expresaban sus segundos y 
cabos. ^ Depuso un testigo que había oído decir á Clark que de 
buena gana entraría en la empresa de conquistar á México, con tal 
que los aventureros se decidieran á no volver más á los Estados 
Unidos. «Por ejemplo, usted puede llegar á ser duque,» fué una 
de las expresiones que juró el testigo haber oído de boca de Clark. 

«Sienten sumo descontento, dice T/ic CJmrleston Coiirrier, con- 
tra el gobierno español, el pueblo en general y en particular 
los sacerdotes, los cuales, por reciente decreto de la Corte de Ma- 
drid, han quedado privados de la mayor parte de los productos de 
sus iglesias, cosa que los inducirá á cambiar fácilmente de amo y 
á sacudir su abyecta esclavitud é ignorancia, y la endemoniada in- 
fluencia del Príncipe de la Paz. » 

Prueba fehaciente de los intentos de Burr y de la formalidad 
de sus preparativos son los tres mapas que el Dr. Me. Caleb en- 
contró en poder de Mrs. Thomas C. Wording, quien los heredó 
de su abuelo el Dr. John Cummins, que vivía en Bayou Pierre, 

1 Citado por Me. Caleb, p. 114. 

2 Parten, op cit, II., p. 4"). 



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165 

territorio de Mississippi, donde definitivamente fracaso la expedi- 
ción de Burr. 

El acucioso historiador describe así los tres mapas. El número 
uno (que mide treinta y nueve por treinta y dos pulgadas) es de la 
reg"i(3n inferior del iVíississippi con Natches, Nueva Orleans, los te- 
rrenos de Washita, Nuevo México y Yucatán. El mapa número 
dos es una carta marítima (veintitrés por veintinueve pulgadas) y 
muestra con extraordinaria minuciosidad el plano de la costa del 
Golfo desde Nueva Orleans hasta Campeche; islas, barras y calas 
están perfectamente dibujadas, existiendo, además, los sondeos co- 
rrespondientes. La carta está lindamente dibujada en papel que 
lleva la marca de agua de 1801. 

El mapa número tres, que se reproduce en la presente edición, 
tomándolo de la obra de Me. Caleb, en el original mide cuarenta 
y cinco por diez y nueve pulgadas y reproduce con meticulosa co- 
rrección la sección comprendida entre México y Veracruz hacia 
el este y al oeste de México. El escrupuloso cuidado con que han 
sido ejecutados estos mapas denuncia un conocimiento del terreno 
que sólo pudo haberse obtenido de fuentes españolas; confirmando 
en esta opinión la circunstancia de que en uno de los casos la lon- 
gitud está computada con arreglo al meridiano de Cádiz. 



VIII 



Luego que Wilkinson estuvo seguro de que no habría guerra 
con España, y más seguro aún de que no prosperarían las tra- 
zas de su camarada Burr, echó las suyas con gran destreza. Es- 
parció voces de que los conjurados caerían sobre Nueva Orleans 
en número de siete mil, que robarían bancos y almacenes, sin des- 
cuidarse, por supuesto, de matar hombres y niños,' y de llevarse 
consigo á las más garridas doncellas, de seguro para servir de cor- 
tejo á los vencedores á su entrada á México. 

En seguida aquel rufián de rufianes proclamó la ley marcial. 
Mandó formar una guardia de ciudadanos armados hasta los dien- 
tes, que impidiera la entrada de los facinerosos; pidió, casi con lá- 
grimas en los ojos, el auxilio de los buques extranjeros anclados 



166 

en el puerto, prohibió que alma nacida entrara á la ciudad ó sa- 
liera de ella, declaró que derramaría hasta la última gota de su 
sangre por defender el puesto que se le había confiado, y se pro- 
clamó, nuevo Cicerón, salvador de la ciudad atacada por aquel 
catiliiiariaii charncter, como apellidaba á Burr. i 

Pero no le bastaba á Wilkinson haber salvado á su patria; tam- 
bién pretendió haber salvado á Nueva España. Al mismo tiempo 
que encarcelaba, gemía, causaba terror, movía á compasión, daba 
noticia de tremendas conjuras y asombraba á los orleaneses con 
su habilidad de histrión consumadísimo, enviaba á México á Wal- 
ter Burling- en misión extraordinaria y confidencial. 

El pretexto ostensible era la compra de muías y caballos; á 
Jefferson se le habh') de la conveniencia de examinar por mar y 
tierra los caminos que á Nueva España conducían; á los jefes es- 
pañoles encargados de los puestos de Florida y Tejas, de dar al 
g'obierno virreinal noticia circunstanciada de los planes de Burr; á 
Iturrigaray de la lealtad y buenas partes de Wilkinson, que había 
logrado desbaratar la espantosa tempestad que se avecinaba sólo 
por amor á España; 3" como Burling sintiera temores de ir á habi- 
tar un castillo ó á trabajar una mina, su jefe lo proveyó de un pa- 
saporte que le sirviera en cualquier circunstancia apurada. 

Burling llegó á México en enero de 1807 y regresó á Nueva Or- 
leans en febrero; en 12 de marzo el virrey decía lo siguiente á Ce- 
vallos: 2 «En mi carta de 20 del pasado, empieza Iturrigaray, co- 
muniqué entre otras cosas que tenía noticia de la llegada de un 
edecán del general americano Wilkinson portador de despachos 
que se suponía se relacionaban con las intenciones del coronel 
Burr. El edecán llegó, en efecto, y me entreg^ó la carta del general 
que en copia acompaño. Por ella puede Y . E. enterarse de que el 
firmante hace gran hincapié en las medidas que ha tomado con 
riesg'o de su vida, fama y fortuna, para salvar, ó al menos para pro- 
teger este reino de los ataques de los insurgentes. Llama mi aten- 
ción con suma especialidad acerca de que Veracruz y .sus costas 
estaban escogidos como punto de ataque, y hasta indica que los 
bandidos, como los llama, pueden llegar á la ciudad de México. Por 
último, toca el punto que había anticipado y es el relativo al pag'o 
de sus .servicios. Por una parte pide ochenta 3^ cinco mil pesos y 

1 Quien desee detalles de este período puede consultar álos autores que 
han escrito sobre la materia 3-, sobre todo, el curioso y rarísimo opúsculo 
Faithfiil picturc of the polilical situation of New Orleaiis at tlie cióse of the 
last and the begining of the present year , 1807. 

2 Me. Caleb, op cit., pp. 168, 169. 



167 

veintiséis mil por otra, pero no contento con esto dice que conside- 
ra justo y equitativo que se le reembolsen las sumas que se ha vis- 
to obligado á gastar á fin de sostener debidamente la causa del 
buen gobierno, orden y humanidad. 

«De acuerdo con los deseos del general, después de hacer tra- 
ducir la carta, la destruí en presencia de su edecán, el cual, aparte 
de apoj^ar la demanda de su jefe, nada me dijo de nuevo acerca de 
las intenciones del coronel Burr. 

«Al contestarle al general le di á entender que me tenían sin 
cuidado los revolucionarios, pues me hallaba preparado para repe- 
lerlospor la fuerza, aunque se presentaran en número mucho mayor; 
y le informé también que no podía pagar la suma que me pedía sin 
órdenes expresas de S. M., haciéndole saber cómo tenía dispuesto 
todo para la pronta vuelta de su edecán. 

«En conclusión, dándole las gracias por su celo marcial le insi- 
nué que le deseaba éxito completo en la prosecusión de .sus rectas 
intenciones. El edecán salió de aquí para Veracruz, de donde zar- 
pó el 10 de febrero para Nueva Orleans en la goleta «Liberty» 
acompañado de sus intérpretes y sirvientes.» 

A pesar de mi empeño no logré encontrar en el Archivo Gene- 
ral el despacho transcrito, l 

Sin embargo, mi impericia ó mi mala fortuna nada arguyen en 
contra de la existencia de la nota, cuya veracidad se halla compro- 
bada por otras muchas. Al referir el ministro Caballero las diligen- 
cias de Salcedo para contrarrestar la conjuración de Burr, asegura 
que se había presentado á éste < un edecán del General Americano 
Wilkinson, de quien traía una carta para el expresado \'irrey, que 
debía darle en mano propia, siendo tan importante, que conducía á 
la seguridad del Reyno, pues manifestaba que el ex-vice Presiden- 
te Burr, asociado con otros individuos, tenía prevenidos doce mil 
hombres, á los que debía unirse ma^^or numero para atacar á Nue- 
va Orleans, y rendida esta invadir después al Reyno de Nueva Es- 
paña, dirigiéndose después de dicha Plaza á Veracruz.» ^ 



1 Tampoco lo hallaron los comisionados del Museo Nacional ni el dis- 
tinguido historiador H. E. Bolton, que han trabajado con gran empeño en la 
recolección de documentos: Todas las notas tocantes á esta negociación 
existen reseñadas en los índices, pero los libros remiten siempre á la co- 
rrespondencia con el Príncipe Generalísimo Almirante; y desgraciadamente, 
ó han desaparecido esos registros, ó se han e.xtraviado sin poderse dar con 
ellos por el momento. 

2 M. SS. Archivo Nacio.x.al. Reales cédulas, 1807, tomo 108, cédula 
núm. 194, f. 305. 



168 

Substancialmente repite el contenido de la nota de 12 de marzo 
la carta de fray Francisco Gil al virrey Iturrio^aray, que dice así: 
«He recibido la carta de V. E de 12 de marzo ultimo en que da 
noticia de la que le entrego el edecán del General Americano Wil- 
kinson dándole parte de las providencias que había tomado con 
riesgo de su vida para precaber ese Reyno de los ataques de los 
insurgentes pidiéndole 221,000 pesos para desvaratar los planes de 
los vandidos 3- gratificaciones de los Espias. De que enterado S. 
M. asi como de la respuesta que V. E. dio teniendo tomadas todas 
las medidas para que sus Rs. armas queden con aquella gloria y 
honor que corresponde, se lo digo á V. E. para su inteligencia 
y en contestación á dha. Carta.» 1 

Quizás al mismo Burling ó á otro enviado del tunante Wilkin- 
son se refieren estas frases de una nota de Irujo al comandante de 
las tropas españolas en Béxar: «En la carta queescrivíá \'. S. en 
5 del corriente se me olvidó explicarle con mas claridad una idea 
importante que no hize mas que indicarle. Aunque el personage 
alto de carácter y gordo de cuerpo que V. S. tiene en frente 
puede haberle manifestado rasotics muy poderosas para ganar su 
confianza, repito que en estas circunstancias debe \". S. oirle con 
mucha circunspenccion. Es un hecho que no puede dudarse esta 
unido con Burr en sus planes: me hago cargo lo fácil que le sera 
dar a ciertas circunstancias una interpretación plausible; pero tam- 
bién estoy convencido de que si por su calculo se promete sacar 
con Burr mayores ventajas, se valdrá de esta misma confianza pa- 
ra sorprender la buena fe de V. S. y por un doble juego causarnos 
tanto perjuicio quanto pueda ser útil si procede con la lealtad debi- 
da Por esta consideración, calculando sobre el 

carácter intrigante de ciertas personas, y que en su conducta y 
obgeto no miran sino á sus intereses particulares sin pararse en los 
medios, ni en la necesidad de guardar consecuencia que se acerque 
á la desconfianza y que \'. S. esté muy alerta y averigüe tatnbien 
por otros canales los que pasa entre sus vecinos.» 2 

Todavía en doce de abril de 1807 Cevallos contestaba dándose 
por entendido de la visita de Burling y avisando que, «según lasnoti- 
cias que aqui tenemos, el General Wilkinson esta vehementemen- 
te indiciado de hallarse en unión é inteligencia con Burr,» y en 



1 M. SS. Archivo Xacioxal. Reales cédulas, tomo 200, cédula núni. 12, 
f. 20. 

2 M. SS. Archivo X.-\cioxal. Provincias Internas, tomo 239, E. 3, fo- 
jas. 43. 



169 

27 de septiembre del mismo año el virrey hacía saber que nada te- 
nía que añadir sobre la presencia de Burling. 1 

Pero si las tremendas ocurrencias acaecidas en el reino de 
Nueva España hacían olvidar aquel incidente, no lo olvidaban por 
igual los enemigos de Wilkinson. 

En Davis, Memoivs of Aaron Bnvr, II, p. 400 y siguientes, se 
hallan estos documentos, que confirman el contenido del despa- 
cho de Iturrigaray acerca de la conducta de aquel que, según 
Jefferson, procedió siempre tvitJi tJie ¡lonoiir of a soldier and tJie 
fidclity of a good citizcu: «Estado de Louisiana, ciudad de Nueva 
Orleans, Ante mí, Guillermo Young Lewis, notario público adscri- 
to á la ciudad de Nueva Orleans, comisionado y jurado en forma, 
compareció hoy Ricardo Reynal Keene, licenciado en leyes y con- 
sultor de derecho; y á mí, el mencionado notario, me entregó los 
documentos siguientes, pidiéndome que los agregara á los de mi 
protocolo corriente, á saber: 

1.° Un certificado de la virreina de México fechado en Madrid 
á 24 de enero de 1816. 

2." Una carta del Reverendo Dr. Mangan, fecha en Madrid á 
21 de julio de 1821. 

3." La respuesta del dicho Dr. Mangan á la carta citada, fecha 
en Madrid á 21 de julio de 1821. 

Y de conformidad con lo pedido agregué á mi protocolo corrien- 
te los dichos documentos para que allí queden depositados y pue- 
dan servir en lo que sea menester después de señalarlos con ne 
variehiv á fin de identificarlos con el presente acto. 

Es hecho en Nueva Orleans á los 24 días del mes de diciembre 
de 1836, en presencia de los testigos Guillermo T. Lewis y Gusta- 
vo Harper, de este domicilio, que firman con el interesado y con- 
migo el Notario. — -Firmados, Ricardo R. Keene, Gidllermo T. Le- 
wis, Gustavo Harper. — W. J. Lewis, N. P. 



Certificado de la virreina. 

Atendiendo á que vS. E. el señor Marqués de Campo Sagrado, mi- 
nistro de la guerra, se ha servido acceder á la petición que Ricardo 
Raynal Keene, coronel de los reales ejércitos, le dirigió con fecha 
12 del corriente con el fin de obtener mi declaración respecto á la 
comisión que el brigadier anglo americano Jaime Wilkinson dirigió 

1 M. SS. Archivo Nacional, Reales cédulas, tomo 198. 

Anales. 22 



170 

á mi finado esposo don José Iturrigaraj^ teniente general de los 
reales ejércitos de México y virrey de aquel país; ahora, con el fin 
indicado, declaro y certifico que, habiendo acompañado á ¡México 
á mi citado esposo, y hallándome allí con él durante el tiempo que 
ejerció el cargo de virrey, esto es del año 1802 al 1808, recuerdo 
perfectamente bien la susodicha misión, que llevó un sujeto llama- 
do Burling; y aunque ahora no puedo aventurarme á relatar los por- 
menores de la dicha comisión, pues no me lo consiente la flaqueza 
de mi memoria, la exposición que Keene ha dirigido al ministro de 
la guerra relatando los artificios y estratagemas de Wilkinson por 
medio de su agente confidencial, es cierta y verdadera en el fondo. 

Las miras interesadas de Wilkinson al reclamar grandes sumas 
de dinero por supuestos desembolsos que había tenido que hacer 
para contrarrestar los planes del vicepresidente americano Burr 
en contra de México, parecieron al virrey no menos incompati- 
bles con los derechos de S. M. que irreconciliables con el honor de 
un oficial y un patriota al servicio de un estado extranjero. Debi- 
do á esto el virrey no dio á Burling un solo peso, antes bien dictó 
providencias para que inmediatamente saliera del país. 

Esto expongo en cumplimiento de la orden de S. E. el ministro 
de la guerra. Madrid, enero 4 de 1816. 

María lués Jdiircgiii de Iturrigaray. 



Madrid, á 21 de julio de 1821. 

Reverendo Padre: 

Envío á usted una declaración de la virreina doña María Inés 
de Jáuregui de Iturrigaray, fecha 24 de enero de 1816, tocante á la 
intriga que en 1806 á 1807 trató de llevar á cabo el brigadier Wil- 
kinson por medio de Mr. Burling á fin de obtener dinero del virrey 
de México. En diferentes conversaciones que con la virreina tuve 
acerca del asunto, me dijo que gozaba usted de la absoluta y com- 
pleta confianza de su marido, y que ademas que él le habló á usted 
sin reservas del caso, lo comisionó para interpretar la carta que 
Wilkinson mandó por medio de Burling, y la cual carta estaba es- 
crita en lengua inglesa. Si el virrey no hubiera muerto como mu- 
rió, repentinamente, me habría suministrado sin duda la declara- 
ción que me dio su viuda. Y como es justicia que usted me comuni- 
que lo que sepa acerca de la susodicha declaración de la virreina, 
le ruego que lo haga Debo sólo añadir que en una de sus conver- 
saciones el virrej^ me dijo que en la repetida carta, al hablar Wil- 



171 

kinson del servicio que había prestado impidiendo la invasión de 
México por el vicepresidente Burr, se comparaba á sí mismo con 
Leónidas en el Paso de las Termopilas. Cuente usted, reverendo 
padre, con mi profundo respeto. 

Richard Raynal Keene. 

Coronel al servicio de S. M. C. 



Al Rev. Dr. Mangan, rector del colegio irlandés de Salamanca. 

Madrid á 23 de julio de 1821. 

Querido señor: 

Leí con todo cuidado la declaración que vino inclusa á su grata 
de 21 del corriente firmada por la ex-virreina de México, doña Ma- 
ría Inés Jáuregui de Iturrigaray, y relativa á la famosa embajada 
que el general Wilkinson mandó al esposo de aquella, don José de 
Iturrigaray, virrey de México. 

Como S. E. tuvo á bien emplearme como intérprete en la entre- 
vista que concedió á Mr. Walter Burling, portador de la carta del 
dicho general Wilkinson y comisionado suyo para manifestar al 
virrey la importancia de la Embajada, lealmente confieso que 
la declaración de la virreina es enteramente cierta, pues el objeto 
de la tal embajada era ponderarle al virrey los grandes sacrifi- 
cios pecuniarios que Wilkinson había emprendido para frustrar el 
plan de invasión que el expresidente Burr tenía concertado contra 
el reino de México, y solicitar, en atención á esos importantísimos 
servicios, una bonita y redonda suma: doscientos mil pesos. 

No puedo menos de observar que el virrey don José de Iturri- 
garay recibió esa pretensión con enojo é indignación ordenándome 
decir á Mr. Burling que si el general Wilkinson había en algún 
modo contrarrestado cualquier traidor intento de Burr, no había 
hecho más que cumplir con su obligación; y que el virrey tendría 
buen cuidado de defender el reyno de México contra cualquier ata- 
que ó invasión; por lo cual no se creía autorizado para dar á Wil- 
kinson un maravedí por sus supuestos servicios. Concluyó dispo- 
niéndole á Burling salir de la ciudad de México, haciéndole escoltar 
hasta el puerto de Veracruz, donde se embarcó para los Estados 
Unidos. 

Esta es, en mi concepto, la sustancia (según puedo recordar) 
de la famosa embajada del general Wilkinson al virrey de México 
don José de Iturrigaray, quien por cierto no anduvo descaminado 
al hablarle á usted de Leónidas, pues recuerdo bien que el general 
Wilkinson, tras de ponderar en pomposo estilo las dificultades que 



•172 

había tenido que vencer para trastornar los planes de Burr, con- 
cluía diciendo: «Yo, como Leónidas, atrevidamente me arrojo en 
el desfiladero.» 

Original le devuelvo á usted la declaración de la virreina doña 
María Inés Jáuregui de Iturrig-aray , y quedo de usted af mo. 

Pal y i cío Mangan. y> 

Rector del Colegio Irlandés de Salamanca. 

Al Sr Ricardo R. Keene, coronel al servicio de S. M. C. 

Por lo tanto certifico que la anterior es copia exacta de los ori- 
ginales que agregué á mi registro corriente. En testimonio de lo 
cual extiendo el presente, firmado de mano y sellado con mi sello, 
en Nueva Orleans ú 26 de diciembre de 1836. 

Gitilleynio Y. Lewis,Not. Piib.^ 

Y da la picara casualidad, dice Me. Caleb, que el mismo día que 
el virrey escribía A Cevallos sobre la conseja inventada por Wil- 
kinson y sobre su petición de dinero, el general dirigía á Jefferson 
un informe sobre la condición de México, suponiendo que lo había 
recibido de Burling. El papel iba acompañado de una solicitud de 
quinientos pesos, suma que se contaba había invertido Burling en 
su loable empresa. Y Jefferson no tuvo ánimo para negar aquella 
miseria al jefe á quien juzgaba un servidor fiel de su país y un ami- 
go decidido de su administración 



IX 



Pero ¿ejerció alguna influencia la tentativa de Burr en los suce- 
sos posteriores que se desarrollaran en la Nueva España ? Así lo 
pensaban los españoles que tenían la responsabilidad de las Pro- 
vincias Internas, pero por más que no sea posible descubrir paren- 
tesco entre los planes de Hidalgo y los de los filibusteros america- 
nos, entre el imperio americano de Aaron Burr y Teodosia Alston 
y el reino español que debía encabezar Fernando VII, no hay ma- 
nera de desconocer que sí tienen gran similitud y son, por decirlo 
así, los eslabones de una cadena, los términos de una progresión, la 
conjura del segundo Vice-Presidente americano, la horrible y san- 



173 

g[uinaria g'uerra que en Texas encabezaron Gutiérrez y Magee, las 
fogosas prédicas de Benton y la final usurpación de los territorios 
situados al norte del río Grande. 

En 1809 comunicaba el cónsul en Nueva Orleans á don José Vi- 
dal la llegada de Wilkinson acompañado de buen golpe de tropas 
y su paso á la Habana para conferir con el gobernador don Vicen- 
te Folch. «Deseoso yo de averiguar, dice el cónsul, el verdadero 
obgeto de este viage para en cumplimiento de mi dever participár- 
selo á V. E. practique todas las diligencias posibles, pero el resul- 
tado no era mas que dudas y conjeturas pr. qe. este Gobierno es 
impenetrable algunas vezes sobre sus asuntos políticos. Permane- 
cí en esta obscuridad é inquietud hasta el 28 del mes po. po. en el 
que de intento vino á buscarme á mi casa el Gobernador de esta 
Provincia D. Guillermo Claiborne con el objeto de comunicarme 
reservadamente una carta que havia recivido del Presidente Jeffer- 
son, cuyo contenido se reducía á manifestarle, lo muy sencible que 
le era saber que por un efecto de tramas políticas, se pretendía 
desacreditar contra E.spaña y sus colonias á los Estados Unidos 
pretextando como un crimen el Embargo que subsistía, pero que 
podía comunicar en su nombre á todo español que el y el Gobier- 
no deseaban sinceramente los felices sucesos de la España sobre 
las armas del tirano de la Europa; y que si desgraciadamente lle- 
gaba á rendirse, los Estados Unidos prestarían toda clase de soco- 
rros y auxilios á las colonias que bajo los auspicios de Fernando 
7.° sus sucesores ú otra clase de Gobierno no quisiesen sufrir el 
yugo de la Francia, creyéndose suficientes para esta empresa sin 
influencia de qualquíer otra Nación que tenga estas miras. 

«A esto añadió el Gobernador que atendidos los muchos recur- 
sos y fuerzas de Napoleón, era muy probable su triunfo en la Es- 
paña, y que le parecía que su Gobierno declararía de buena gana 
la guerra á la Francia, y se manifestaría Protector y Aliado de 
todas las colonias que no quisiesen seguir la suerte de la Metrópoli 
en caso de ser conquistada, y que igualmente me aseguraba que 
si los Americanos enviaban su representante para tratar sobre es- 
tos puntos con los Estados Unidos, serían muy bien recibidos, y 
sacarían todas las ventajas más favorables. » 1 

Las pretensiones americanas, sin embargo, menudeaban con 
tanta priesa, que casi no pasaba día, semana, ni mes, sin que se re- 
cibieran denuncias respecto de tal punto. Puede servir de muestra 
ésta que trasmite al Real Acuerdo un anónimo residente en la Ha- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Marina, 1809-1814. No. 1, Reservado. 



174 

baña: «A V. Alteza se dirige un leal español que penetrado de los 
más sanos sinceros deseos en cooperar por su parte en quanto le 
sea posible á la conservación de los Dominios de su legítimo So- 
berano el Adorado Fernando Séptimo, y le da la noticia de haber 
visto varias cartas de 23, 24 y 25 de Marzo próximo pasado, de 
Orleans, de diversa letra, y todas combienen en gtie se está prepa- 
rando una rchohicioii en ese Nueho Mundo auxiliada y fomentada 
por los Anglo americanos, los que están acopiando tropas en el 
mencionado Orleans, y que cinco mil de ellos en el próximo sep- 
tiembre desembarcarán en Tampico, ó Tabasco, época en que hará 
la explosión. También dicen que frecuentemente tienen correos de 
lo interior del Re^-no de los viles que están madurando, el plan del 
modo de que ya se halla en Orleans. 

Cree el qe. dirige á V. A. esta noticia que si las referidas car- 
tas son infundadas nada perjudica este aviso, y si lo contrario, 
surtirá el efecto que haya lugar en los nobles pechos de los qe. ten- 
gan presente que su existencia y felicidad consiste en la de nues- 
tra Patria, la España, y de ningún modo en separarse de ella; 
quanto más afligida esta, es quando ha)' más obligación; y que 
triunfante como debemos esperarlo, el menos acreedor de su agra- 
decimiento y gratitud vivirá con leyes suaves y unos veneficios 
que no disfrutará el más leal de otro cualesquiera Gobierno de los 
conocidos; por lo solido y estable qe. sera el que nos rija. 

Dios gue. las vidas de V. A. ms. as. para el santo fin á que está 
creado tan esclarecido congreso. Havana 21 de abril de 1809.— 
Serenísimo y fidelísimo Rl. Aquerdo de México.» 1 

Y la forma de empezar la revolución no era otra que la ideada 
por Burr. 

«El partido de Burr aunque oculto es considerable, escribía el 
cónsul de Nueva Orleans al jefe de las armas en Béxar. En esta ciu- 
dad de Nueva Orleans, continuaba, hay en el día de sus partida- 
rios que están empleados en su antiguo proyecto. Si están soste- 
nidos por los ingleses ó los franceses no me atrevo á decir; pero 
si diré que temo mucho de la desunión de nuestro Pais. Las intri- 
gas son extraordinarias. Viva Vm. con cautela sobre sus asuntos 
de intereses en esta provincia para que no sea una de las muchas 
inocentes víctimas de estos espíritus ambiciosos y destruidores.» 2 

En 1816, dice Davis, el general Toledo escribió á Burr en estos 
ó parecidos términos. «Aunque no tengo el honor de conocer á us- 

1 M. SS. Archivo Nacional. Marina, 1809-1814, ís. 6-7. 

2 M. SS. Archivo Nacional. Marina, 1809-1814. Vidal al Virrey. 



175 

ted personalmente, la fama de sus talentos y de sus buenos deseos 
en favor de la causa de América, han hecho su nombre familiar 
entre nosotros.» Se le llamaba en seguida para tomar la dirección 
política y militar de los negocios de México, como si Toledo hubiera 
podido disponer del puesto que tan liberalmente otorgaba; pero 
buenas ó malas las facultades que se atribuía era demasiado tarde 
para Burr: estaba muy viejo, muy lleno de cuidados, muy desenga- 
ñado y, naturalmente, desechó la invitación. 1 

En la correspondencia del que no vacilo en llamar ilustre diplo- 
mático, don Luis de Onís, se encuentran docenas de despachos en 
que se habla de los temores al peligro americano y á la pérdida 
de las más ricas provincias españolas. He aquí este que puede ser- 
vir de tipo del género: 

« Exmo. Sor. 

«Muy Sor. mió: En este instante acavo de saber por el Cónsul 
de S. M. en Nueva Orleans, q.e corre allí la voz de que el Gober- 
nador de aquel Estado se prepíiraba á salir para Natchitochez con 
la tropa q.^ se había publicado marcharía al Norte con el General 
Wilkinson, y q.e nadie dudaba q.^ su objeto era el ir á tomar po- 
sesión de la Provincia de Texas á nombre de los Estados Unidos, 
reproduciendo la misma escena que se ha puesto en planta para 
tomar posesión de la Florida Occidental, y se había empleado en 
la Oriental que después se ha evacuado. 

«Creo de mi obligación ponerlo en noticia de V. E. por si no le 
ha llegado esta noticia por otro conducto; añadiéndole que he vis- 
to un plan q.^ ha mandado sacar este Gobierno de las Provincias 
internas, en el qual fixa los límites entre este pais y las posesiones 
de S. M. en rio Brabo ó del Norte, remontando por el curso de este 
rio hasta el grado 32 y tirando una linea á el oeste de dho. grado 
hasta el mar pacifico, quedando por consiguiente como territorio 
Americano toda la Provincia de Texas, el Nuevo Santander, par- 
te de Nueva Vizcaya, Coahuila y la Sonora, y toda la extensa 
Provincia de Nuevo México. Aunq.e este proyecto parezca quime- 

1 Dudo mucho de la autenticidad de la carta que Davis atribuye á To- 
ledo; no solamente sabía éste que no podía ofrecer lo que no era su3^o ni le 
había entregado nadie, sino que, mientras no se demuestre lo contrario, de- 
bemos considerarlo un buen patriota. Y prueba de su buena fé son las cartas 
que obran en el expediente llamado Lctters in relation to Biirr's Couspira- 
c\, que se halla en la Library of Congress, en las cuales rechaza todo pro- 
pósito de intervención de los Estados Unidos en los negocios mexicanos y 
reprende duramente á su compañero Gutiérrez de Lara por haber admitido 
en sus huestes á un individuo comprometido en los manejos de Burr. 



176 

rico por el momento, puede V. E. contar con q.e no se perderá de 
vista, y q.'^ se aprovecharan todas las circunstancias para realizar- 
lo, si no se acude con tiempo á destruir la gavilla de bandidos q.^^se 
han introducido en la Provincia de Texas. 

«Renuevo á V. E. mis respetos y pido á Dios g."^ su vida m.s 
a.s Philadelphia, 11 de Sep.te de 1813. 
Exm.o S."" 
B. La M. de V. E. 

Su m.s at.t" Serv.r 

Luis de Ofiís (rúbrica.) 
Exmo. S.or Don Fehx Calleja. 
\^irrey de Nueva España. 1 



Cuando Texas declaró su independencia, el viejo y revoltoso 
Burr siguió con sumo interés las peripecias de aquella lucha tan 
dolorosa para nosotros, y cuentan que un día, al leer las noticias 
que venían de la tierra insurrecta, exclamó radiante de gozo: «¡\^a- 
ya! ;Lo ve usted? ¡Si yo tenía razón; sólo que me había anticipado 
treinta años á los sucesos! Y ¡oh asombro! Lo que hace treinta 
años se apellidaba traición, ahora se llama patriotismo.» 

Y tenía razón Aaron Burr, porque si Jackson y Houston fueron 
los que obtuvieron el fruto de aquella vergonzosa y triste hazaña, 
Burr fué quien la planeó, quien la ideó, y quien no la ejecutó por 
causas que no estuvieron en su mano. Su desairada tentativa fué 
sólo el prólogo de la inicua invasión del 46 y de las conquistas del 
flamante imperialismo americano. 

Pero estas cosas ya no las vio Aaron; tiempo hacía que su al- 
ma inquieta reposaba en mansiones más altas, y que su cuerpo 
baldado había ido á unirse á los de sus ma^'ores en el cementerio 
de la Universidad de Princeton, donde jMce todavía. 2 



1 M. SS. Archivo N.-\cio.\.al. Tomo 26, Sección de Historia. Operaciones 
de Guerra. 1810-1820. 

2 Apenas habrá en la historia americana asunto más largamente tratado 
que el de la romántica vida de Aaron Burr, sus arrojadas empresas, su idea 
de separar los estados del oeste de la Unión Americana y sus ¡deas preimpe- 
rialistas. Seguramente que llegan a millares los libros y artículos escritos 
acerca de aquellos perturbados y obscuros tiempos y de aquellos personajes 
misteriosos é interesantísimos. Quien desee enterarse por menudo de la lite- 
ratura BURRisTA, puede registrar Burr Bibliography, a list oj Books relating 
to Aaron Burr by Hainilton BuUock Tonipkins, Brooklin, 1892, 89 p. 250 
copies priiited. 



ni 



EL CLERO MEXICANO 

HN LA Ki;\(IH ClON I)H LA I.\1)L;I'L.XI)LXCL\ 

POR ELIAS AMADOR. 



Anales 2!'í 



'K-fZ 




Uno de los caracteres más sobresalientes de la terrible y san- 
grienta lucha de nuesti^a primera independencia es, sin duda algu- 
na, el participio que en ella tuvo el elemento sacerdotal del país. 

Es verdad que entre los primeros campeones ó iniciadores de 
tan gloriosa idea figuraron varios personajes de la clase secular, 
y por tanto, extraños al ejercicio del ministerio eclesiástico; pero 
también es un hecho evidente que al lado de los preclaros Primo 
X'erdad y Ramos, Azcárate, Cristo, García Obeso, Michelena, 
Allende y otros beneméritos patriotas, aparecen igualmente, des- 
plegando el lábaro sanio .de la redención mexicana, insignes 3' 
respetables ministros del altar, quienes, poseídos de acendrado pa- 
triotismo y de ardiente amor á la libertad, tuvieron bastante abne- 
ción y valor para arrojar la primera semilla de la independencia 
en el escabroso campo del dominio colonial. 

Muchísimo debemos á la inmensa y brillante falange de caudi- 
llos y defensores de la oprimida patria en aquella época memora- 
ble \' tormentosa; pero es preciso tener presente que en el número 
de esos caudillos y defensores se cuentan también centenares de 
ministros de la Iglesia, para quienes debe estar siempre vivo en el 
pecho de los buenos mexicanos el noble sentimiento del respeto 
y la gratitud, porque esos sacerdotes, esos soldados de la milicia 
eclesiástica, al depositar al pie de sus venerados altares la tran- 



180 

quilidad o la paz del ministerio espiritual, se lanzaron resueltos y 
animosos á consagrar á la patria el continente de atrevidos esfuer- 
zos, de costosos sacrificios y aún de admirable heroísmo, para sal- 
varla de su duro cautiverio. 

No es mi propósito, sin embargo, hacer un relato detallado de 
aquella revolución gigantesca 3- redentora, en cuya historia brillan 
tantos nombres de héroes venerados, de intrépidos defensores de 
la libertad 5' de inolvidables mártires, á la vez que se registran 
numerosos episodios tan importantes como sorprendentes; porque 
el objeto principal de este trabajo es tratar del participio más ó 
menos directo }• activo que en la lucha de la independencia tuvo 
el sacerdocio católico, asumiendo en ella un papel verdaderamen- 
te notable y ocupando un campo más extenso que el que le seña- 
lan los anales de aquella época. 

Sabemos, es verdad, que hubo entonces algunos sacerdotes 
campeones, algunos eclesiásticos legisladores, gobernantes y po- 
líticos, _v no pocos que empuñaron las armas para ir ;í los campos 
de batalla á defender á la patria; pero también es cierto que los 
historiadores que de dicha época se han ocupado, no nos han tras- 
mitido los nombres de todos los sacei^dotes que figuraron como 
insurgentes ó como realistas, y de la mayor parte de ellos no refie- 
ren los hechos más notables que los distinguieron, ni los servicios 
que en alguna línea prestaron á sus respectivas causas ó partidos. 

Tal vez sea aventurar demasiado ñ incurrir en una apreciación 
exagerada el asentar que la influencia ó la actitud del sacerdocio 
en aquella tremenda revolución, fué tanto ó más importante y de- 
cisiva que la que presentó entonces el elemento laico de la Nación; 
pero la misma historia y los datos que todavía están proporcionan- 
do los documentos que se refieren á ese tiempo, nos autorizan á 
recibir como un hecho indudable esa aserción. 

Procuraremos, pues, ocuparnos preferentemente en demostrar 
hasta donde sea posible, las razones y los hechos en que se funda 
esta opinión. 

Hemos dicho que el participio del elemento sacerdotal en la 
lucha de la independencia es uno de sus más sobresalientes carac- 
teres, y esta verdad está claramente indicada por la historia, cu- 
yas páginas han recogido ya, para conservarlos perpetuamente, 
los nombres de muchos sacerdotes, que 3'a en pro ó en contra de 
la causa que entonces se debatía, aparecen formando numeroso 
grupo en el campo de aquella magna contienda. 

En efecto, ;quién ignora que Fray jMelchor Talamantes fué 
uno de los tres primeros caudillos que en el año de 180S iniciaron en 



181 

el seno del Ayuntamiento de México la idea de la independencia, 
astuta y hííbilmente simulada con !a necesidad de reunir una junta 
ó congreso nacional, del que debía surg'ir la aurora de esa anhela- 
da independencia? ;Quién ignora que el P. Talamantes, esforzado 
y fiel colaborador de Primo Verdad y de Azcárate, fué víctima de 
su generosa adhesión á nuestra libertad, por lo que sucumbió car- 
gado de grillos en un infecto y obscuro calabozo de la prisión de 
San Juan de Uiúar 

Nadie ignora, en fin. que el año de 1800 iba á estallaren Va- 
lladolid una insurrección en favor de la independencia, de la que 
fueron principales motores D.José María García Obeso, el P. D. 
Nicolás Michelana, Fray \^icente García y otros sacerdotes que 
fuei'on puestos en prisión y sometidos á un ruidoso y dilatado 
proceso, cuando desafortunadamente abortó aquella conspiración. 

Sin embargo, parece que quiso entonces el negro genio de la 
fatalidad sellar con dura mano los labios de aquellos hombres ab- 
negados, para que un pueblo por tantos años encadenado y envi- 
lecido no llegara á escuchar el santo verbo de la libertad, ni á cono- 
cer los derechos políticos y las perrogativas que justamente le 
correspondían. 

Pudieron, es verdad, las persecuciones, las cárceles, el destie- 
rro y aun la misma muerte poner un sombrío y desconsoladgr pa- 
réntesis en la iniciada obra de nuestra emancipación; pero la si- 
miente había germinado ya, á despecho de los que en vano pre- 
tendieron destruirla, y debía, por lo mismo, desarrollarse fecunda- 
mente y producir frutos apreciados y abundantes. 

La antorcha de la libertad había ikiminado el e.spíritu de mu- 
chos mexicanos, indicándoles la senda que debían seguir para rom- 
per con golpe formidable y seguro los hierros que oprimían á la 
Nación. 

El fuego del patriotismo había inflamado muchos corazones y 
solamente faltaba que sonara la hora solemne de lanzar el atrevi- 
do reto á nuestros seculares dominadores. Faltaba soUnnente que 
apareciera el caudillo que debía convocar al pueblo á la tremenda 
y necesaria lucha. 

Esa hora sonó el 16 de Septiembre de 1810. El caudill(j llama- 
do á empuñar el estandarte de nuestra redención apareció en el 
pueblo de Dolores. 

;Qu:én era ese caudillo? ;De dónde venía ese libertador de un 
pueblo que durante tres siglos había sido esclavo de un monarca 
extraño y poderoso? 

Bien lo sabe va el mundo todo. Esc libertador, ese genio ex- 



182 

traordinario, cuya voz resonó con eco imponente en toda la Nueva 
España, era un venerable eclesiástico, un cura de almas en la je- 
rarquía sacerdotal. 

;Qué móviles impulsaron á D. Miguel Hidalgo y Costilla á aco- 
meter una empresa tan ardua como temeraria? ¿Qué potentes re- 
sortes pudieron obligarlo á trocar su pacífico ministerio relig'ioso 
por la difícil y turbulenta misión de libertador y de guerrero? In- 
dudablemente no fueron otros que el grande y sincero deseo de 
ver libre al pueblo mexicano, así como la firme convicción de que so- 
lamente la libertad podía traer á México los inapreciables benefi- 
cios de su autonomía, su bienestar y engrandecimiento. Y como 
para conseguir tan elevado fin, ó para hacer triunfar tan excelente 
idea, se hacía necesario remover formidables obstáculos y destruir 
los poderosos elementos que servían de apoyo á nuestros penin- 
sulares dominadores, igualmente era preciso apelar á recursos 
supremos, á medidas violentas, á vig'orosos esfuerzos y á cruen- 
tos sacrificios, ya que las quejas y las desdichas de una nación du- 
ramente esclavizada, había llegado al extremo de reclamar una jus- 
tii y forzosa reivindicación. 

El espectáculo que el cura Hidalgo dio entonces á México y al 
orbe entero, fué realmente una sublime manifestación del más vivo 
y pujante patriotismo, porque sólo el amor á la patria puede con- 
ducir á revoluciones de tanta magnitud; pero aquel atrevido caudi- 
llo, sin medir el tamaño gigantesco de la empresa, sin parar mien- 
tes en los grandes peligros que iban á envolverlo y sin hacer cuenta 
del crecido número de sus poderosos adversarios, levantó en alto 
a enseña nacional, y con unos cuantos reclutas ó patriotas colec- 
tados intempestivamente en la hora suprema del primer peligro, 
convocó al pueblo mexicano á sacudir el ominoso \'ugo, poniéndo- 
se á la cabeza de ese puñado de valientes, para marchar resuelto 
á enfrentarse con los disciplinados batallones del gobierno virrei- 
nal, como Espártaco había marchado á combatir á los ejércitos de 
Craso con una banda de setenta gladiadores. 

La voz del abnegado libertador obraba verdaderos prodigios en 
las multitudes cansadas ya de tanto doblar la cerviz, ávidas de li- 
bertad, sedientas de justicia, deseosas de gozar las prerrogativas 
que constituj-en el bien común de los pueblos libres y civilizados. 
Y como el sacerdote de Dolores les hablaba de esa libertad, de 
esa justicia y de esas prerrogativas, como una aspiración noble, 
imperiosa y redentora, esas multitudes surgían de los campos, de 
las aldeas y de las ciudades en tumultuoso tropel, no para es- 
cuchar, como Jos adeptos del legendario profeta de Arabia, las se- 



183 

ductoras promesas de un fantástico paraíso, sino para oír y se- 
cundar la patrii'itica voz del caudillo que proclamaba la sah'ación 
del pueblo ante la tremenda perspectiva de una lucha que iba á de- 
satarse como huracán devastador sobre el suelo mexicano. 

Pero, ¿de dónde se tomarían armas 3^ recursos suficientes para 
poner en pie de guerra aquellas muchedumbres colecticias é indis- 
ciplinadas, á fin de que ellas pudieran resistir el formidable cho- 
que de los ejércitos del rey? Este problema pudo preocupar al pri- 
mer jefe de la insurrección, mas no le arredraba, porque sabía muy 
bien que cuando un pueblo se resuelve á destruir las cadenas que 
lo oprimen, no encuentra valladar capaz de detenerlo en su jus- 
ta lucha contra los tiranos. Sabía, igualmente, que donde ha\' ver- 
dadero patriotismo y abnegación, valor y perseverancia, allí está 
el mejor arsenal, allí el invencible baluarte, allí la expectativa de 
la victoria. 

Las huestes del atrevido campeón marchaban ;i la guerra hen- 
chidas de patriotismo y de arrojo; desbordantes de entusiasmo sus 
pechos; sus corazones sacudidos por el ardiente amor de la patria 
3' sus ojos fijos en el lábaro que les indicaba la senda del deber, 
para conducirlas al fin á la deseada conquista de su libertad. ¿Con 
qué mejores armas ó más poderosos elementos podía contar el ín- 
clito sacerdote? 

Además, tenía en sus manos otra arma temible y de agudo fi- 
lo, para esgrimirla con provecho contra sus adversarios: esa arma 
era la religión, las creencias heredadas de muchos siglos, que ha- 
bían echado profundas raíces en el corazón del pueblo, y por las 
cuales éste sería capaz de consumar los más grandes sacrificios pa- 
ra defenderlas 3' conservarlas. La sagacidad y el cálculo político 
del cura Hidalgo le hicieron comprender las inmensas ventajas que 
podía acarrear á la causa de la independencia el empleo de seme- 
jante arma, 3' por tanto, no vacil(') en provocar el celo religioso y 
aun el fanatismo de las masas, para empeñarlas más vivamente en 
favor de la empresa que se acometía. En efecto, la idea de liber- 
tar á la patria, defendiendo al mismo tiempo la religión, ó patroci- 
nando esa empresa con el apo3'o de los sentimientos religiosos, era 
realmente una idea fascinadora que hacía arder el fuego del entu- 
siasmo en el pecho de los mexicanos. 

Así es que para mantener vivo ese fuego, para acrecentarlo y 
para hacer que se desbordase sobre el campo enemigo como la la- 
va hirviente de un volcán, apele") el sacerdote libertador á un inge- 
nioso recurso que podía darle ese resultado. Tal fué el hecho de to- 
mar en Atotonilco una imagen de la V'irgen de Cundalupc, á fin de 



184 

que sirviera como enseña ó como estandarte del improvisado ejér- 
cito insurgente. Tal vez haya sido ese paso un absurdo, una hi- 
pocrecía ó un sacrilegio, según el criterio de los enemigos del cu- 
ra Hidalgo; ó bien pudo ser un acto fundado en sentimientos de 
verdadera fé 3' devoción; lo cierto es que desde entonces el grito 
de guerra de los insurgentes fué: ¡Viva Xi/estra Scilora de Giia- 
daliipe! ¡Mueran los gacliitpiíies! 

Las multitudes entonces poseídas del fi^enético entusiasmo, obe- 
dientes á la voz de su atrevido jefe y confiadas en la justicia de su 
causa y en el poder de su sagrado estandarte, se arrojaban animo- 
sas y ciegas á buscar el triunfo ó la muerte en los combates. 

Corto fué el período de lucha que tocó al héroe de Dolores en 
la borrascosa guerra contra el poder español. Medio año solamen- 
te, pero medio año de titánicos esfuerzos, de impulsos atrevidos, 
de episodios admirables, de triunfos, de desastres y aun de turbu- 
lencias y sacudimientos, que fueron los precursores de la prolon- 
gada lucha que iba á enrojecer con la sangre de inúmeras víctimas 
el suelo mexicano. 

Durante ese breve tiempo la figura del padre de la patria apa- 
rece gigantesca y respetable, no solamente porque él fué el pri- 
mero que se atrevió á romper con mano firme los hierros de la do- 
minación hispana, sino también porque supo dar un ejemplo de po- 
sitivo y heroico patriotismo, consagrando todas sus aspiraciones y 
desvelos á la conquista de la libertad que había proclamado en la 
memorable aurora del 16 de Septiembre. 

Nada importa que la adversidad haya marcado con amargos 
desastres la rápida campaña del sacerdote insurgente. Nada im- 
porta que durante ella hayan ocurrido escenas deplorables y aun 
reprobadas, ni que algunos errores y torpezas se descubran en su 
vida como hbertador y como guerrero. Todo esto no debe empe- 
queñecer el alto valor de tan atrevida y grandiosa empresa ni em- 
pañar la brillante gloria del que supo acometerla, ni tampoco dis- 
minuir el respeto y la gratitud que le debe la patria libertada, por- 
que Hidalgo no se presentó ante ella como un hombre infalible, 
como un militar experto y acreditado, ó como un genio revestido 
de virtudes ó caracteres extraordinarios. 

Su aparición en la escena de la guerra fué, sencillamente, la de 
un desinteresado y sincero patriota, pronto á luchar y á sacrificar- 
se por la hbertad de un pueblo oprimido, y por lo mismo, se había 
impuesto el deber de combatir, pero no la responsabilidad de triun- 
far. Si á la sombra de su jefatura revolucionaria se cometieron 
excesos que repugnan ;í la moral y ;i la civilización, es preciso te- 



185 

ner en cuenta que casi siempre las revoluciones, aun las más jus- 
tas y populares, estallan y se desarrollan entre el furioso torbelli- 
no de losánimos exaltados, délas iras impetuosas, de las venganzas, 
de las persecuciones y de todos los males que forman el insepara- 
ble cortejo de una contienda á mano armada. 

Además, el espíritu público en aquella época estaba terrible- 
mente predispuesto contra el poder de nuestros viejos dominado- 
res, y por tanto, era demasiado difícil contener dentro de los lími- 
tes del orden, de la disciplina y de la obediencia, aquellas turbas 
de guerreros improvisados, en cuyas filas se introducían también 
no pocos facinerosos y gentes para quienes el asesinato, el incen- 
dio y el pillaje eran armas necesarias y lícitas, al usarlas contra 
enemigos injustos y tiranos. Y estos males, estos excesos que no 
pudo contener el cura Hidalgo, tampoco pudieron evitarlo los de- 
más caudillos de la insurrección, porque á medida que ésta se ex- 
tendía y se prolongaba, desgraciadamente iba seguida de las du- 
ras calamidades que surgen del campo de la guerra, ó que son las 
funestas consecuencias de ella. 

Como quiera que sea, la obra de aquel insigne campeón fué, en 
verdad, grande y meritoria; y la actitud que en ella asumió debe 
considerarse como un hecho heroico y admirable, precisamente por- 
que sin haber sido un militar práctico ó un guerrero asendereado, 
dio el ejemplo de que se podía combatir con legiones inexpertas y 
casi desarmadas, contra enemigos potentes y numerosos. Muy opor- 
tuno fué, sin duda, ese ejemplo, porque inspirándose en él, muchos 
otros defensores de la patria se lanzaron á la revolución, no con- 
duciendo tropas veteranas ó regulares, sino grupos de ciudadanos 
animosos, de campesinos atrevidos que solamente empuñaban lan- 
zas, machetes y cuchillos, y aun de indígenas que combatían con 
hondas y con flechas, esas armas primitivas de los antiguos pobla- 
dores de nuestro suelo. 

El cura Hidalgo dio igualmente otro ejemplo provechoso á la 
causa de la insurrección, demostrando que los sacerdotes podían 
también ser buenos ciudadanos y defensores de la patria, supuesto 
que, si como ministros de la religión estaban obligados á velar con 
solícito cuidado por el bien espiritual de las almas, como individuos 
de la sociedad y como ciudadanos no debían ver con indiferencia 
las desgracias que en lo temporal abrumaban al pueblo. 

Así fué que, muchos eclesiásticos, sugestionados por el ejemplo 
del cura caudillo, inspirándose en las nobles ideas que' él proclama- 
ba, é impulsados también por el laudable fin de ayudar á redimir al 
pueblo esclavizado, trocaron las vestiduras sacerdotales por los bé- 

Anales. 24 



186 

lieos arreos. La espada ocupó la mano que llevaba el incensario; 
y el humo aromado con que éste henchía las santas naves del 
templo, iba á ser substituido por el humo de la pólvora y el in- 
cendio. 

La voz de esos sacerdotes dejaba de resonar como eco divino 
ó como acento prof ético en el altar y en la cátedra sagrada ; pero 
iba á escucharse como grito de guerra en el combate ó como ex- 
hortación patriótica en la proclama revolucionaria, en el periódico 
y en el pulpito. 

Es un hecho histórico fuera de toda duda, que desde los prime- 
ros días del inolvidable Grifo de Dolores, el cura Hidalgo tuvo á su 
lado algunos sacerdotes que. como él, estaban decididamente uni- 
dos á la causa de la emancipación y resueltos á sacrificarse por 
ella. 

Puede decirse que los eclesiásticos que formaron el pie vetera- 
no de la numerosa legión de sacerdotes insurgentes, fueron D. Ma- 
riano Balleza, D. Francisco Olmedo, D. Ignacio Hidalgo y D. Fer- 
nando Zamarripa. 

En San Miguel el Grande aumentó el número de sacerdotes adic- 
tos á la independencia, pues al pasar por aquella \'illa el cura Hi- 
dalgo, nombró al Lie. Ignacio Aldama Juez absoluto de ella, y éste 
desde luego organizó una junta de Guerra 5^ otra de Policía, de las 
que formaron parte el Dr. D. Francisco Uraga, el R. P. Fr. Miguel 
Flores y los Presbs. D. Ignacio Mejfa y D. Manuel Castilblanque. 
Algunos otros eclesiásticos de dicho lugar no solamente aprobaron 
la insurrección, si no que también la fomentaron con la palabra y el 
ejemplo. 1 El Brigadier D. Diego García Conde se quejaba de los 
religiosos de San Miguel el Grande, diciendo que eran espíritus ma- 
lignos é insurgentes mal disimulados, y pedía fueran substituidos 
con otros. 

Este movimiento insurreccionista del clero se operó también de 
una manera palpable en Celaya, en S. Miguel, en Guanajuato, en 
Salvatierra y en otros lugares de las Provincias de Valladolid y de 
Jalisco, pues á medida que el cura Hidalgo recorría esas poblacio- 
nes, crecía también el número de eclesiásticos que se consagraban 
al servicio de la patria, unos tomando las armas, otros desempe- 
ñando comisiones y empleos, otros exhortando al pueblo á adherir- 
se á la causa de la insurrección, predicando en favor de ella, de- 
fendiéndola y propagándola de varios modos, sin que pueda decirse 

1 Colección de Documentos para la Historia de México, por J. E. Hernán- 
dez y Dávalos. Tomo I, pág. 106. 



187 

que para ello fueron constreñidos ú oblig^ados por la fuerza, porque 
su adhesión apareció como franca y expontánea en la mayoría de 
los casos. Necesariamente este ejemplo del clero sirvió de po- 
deroso estímulo para que muchas personas, desechando temores 
y preocupaciones, se lanzaran también á la defensa de tan justa 
causa. 

Fué positivamente un vértigo de entusiasmo, un sacudimiento 
de patriotismo el que entonces se apoderó de multitud de sacerdo- 
tes; y si los que simpatizaban con las ideas de la insurrección, no 
todos tuvieron suficiente valor para proclamarlas y defenderlas á 
cara descubierta, sí hubo muchos que les prestaron su apoyo, aun- 
que aparentando una fingida neutralidad ó indiferencia, tal vez para 
evitar así las persecuciones y peligros que una actitud resuelta po- 
día acarrearles. 

De muy diversas maneras se hizo ostensible ó manifiesta la ac- 
titud del clero en favor de la insurrección ó en contra de ella, no 
solamente en el corto tiempo que tocó á D. Miguel Hidalgo acau- 
dillarla, sino también durante los diez años que transcurrieron has- 
ta la consumación de la independencia ; pero pretender reseñar to- 
dos los casos que caracterizaron esa actitud, sería tarea dilatada y 
motivo para consagrarle extensos volúmenes. Nos concretaremos, 
por lo mismo, á presentar en los estrechos límites de este artículo 
los más interesantes ó notables de esos casos, aunque sin seguir el 
orden cronológico de los acontecimientos. 

Es muy oportuno reproducir aquí las siguientes palabras salidas 
de los labios de un sacerdote netamente realista: «Sobre los .suje- 
tos que ha inflamado el Monstruo Hidalgo, es materia bien dilata- 
da, no solo por la generalidad, y publicidad con que lo ha hecho, 
sino por la multitud de secuaces que ha tenido, y por la rapidez con 
que ha arrastrado tras de sí, una gran multitud de Curas y Ecle- 
sidsticos Seculares, y Regulares. Es constante y publico que Hi- 
dalgo ha inflamado á los pueblos arengándoles, y entusiasmándoles 
al séquito de su Infernal sistema de revolución. Su odio infernal 
contra todo Europeo, contra el Legitimo govierno, y contra el tri- 
bunal Santo de la fé, ha procurado trasmitirlo á los suyos, con aren- 
gas, proclamas, y manifiestos, y Periódicos ; y con tan buen efecto 
á sus intentos, que á no constarnos por una notoria y deplorable 
experiencia la gran muchedumbre de Pueblos, y personas de todos 
Estados que lo han seguido, y contribuido á sus diabohcos inten- 
tos, parecería temeridad el creerlo. Lo parecería igualmente ase- 
gurar que es grande el numero de individuos del Clero secular y 
regular que siguen á Hidalgo en su cruel sistema de revolución; si 



188 

no fuera tan publico y notorio como es el gran numero de Sacer- 
dotes que ha tenido y tiene de su parte » 1 

En efecto, era realmente notable el número de sacerdotes que 
en tan pocos días habían in,s:resado á las filas de la insurrección, lo 
que necesariamente llenó de recelos al gobierno realista, provo- 
cando al mismo tiempo una seria alarma entre los dignatarios del 
alto clero, que veían con disgusto y con temor la diaria deserción 
de sus subditos eclesiásticos, no tan sólo por el atrevimiento de és- 
tos para hacer pública ó manifiesta su adhesión á la causa de la in- 
dependencia, sino, principalmente, por el poderoso y eficaz impulso 
que debían comunicarle, supuesto que el predominio ó la influencia 
del clero en todas las esferas de la sociedad era bastante extensa 
y avasalladora, por no decir que casi incontrastable. Por lo mismo, 
era preciso que las autoridades superiores de la Iglesia hicieran 
causa común con la potestad civil, prestándose mutuo apoyo en 
aquella revolución que amenazaba con graves peligros á la misma 
Iglesia y particularmente ;í los intereses de la Corona de España. 

El Obispo de Valladolid, D. Manuel Abad y Queipo, anticipán- 
dose á la voz de otros Prelados había hecho oír la suya en sus fa- 
mosos Edictos de 24 y 30 de Septiembre de 1810, reformados por 
el de 8 de Octubre del mismo año, en los que excomulgaba al cura 
Hidalgo, condenando duramente la revolución iniciada en el pueblo 
de Dolores. Casi al mismo tiempo el Santo Tribunal de la Inquisi- 
ción tomaba también cartas en el asunto, resucitando una cuenta 
atrasada que por cuestiones de incredulidad tenía pendiente el re- 
ferido cura con aquel poderoso Tribunal, y, por lo mismo, lo citaba 
en un Edicto de 13 de Octubre de 1810 á que se presentara á con- 
testar los cargos que se le habían hecho con diez años de anterio- 
ridad. 

Bien comprendían los jueces del temido Tribunal que el acusado 
no se presentaría en persona á defenderse de esos cargos, cuya 
importancia puede medirse por el prolongado y prudente silencio 
que sobre ellos guardó el Santo Oficio, porque de haber compare- 
cido ante él el cura Hidalgo en los momentos en que levantaba la 
vibrante voz del patriotismo proclamando la independencia, habría 
sido tanto como desbaratar con un súbito golpe de temor y de fla- 
queza el grandioso proyecto de hacer libre á la patria; habría sido 
cometer una inconsecuencia grave y vergonzosa, que hubiera pues- 
to en manos de los enemigos el fruto de los primeros y valiosos es- 

1 Informe de Fr. Simón de Mora á la Inquisición de México. Febrero 22 
de 1811. 



189 

fuerzos que el pueblo mexicano íkicí.'i en pro de su emancipación. 
Todo esto lo sabía ó lo calculaba el Tribunal de la Inquisición; de 
manera que al festinar en todo el Virreinato su Edicto citato- 
rio, m;ís que la sumisa presencia del acusado hereje y apóstata, lo 
que deseaba era nulificar de algún modo la obra redentora que él 
había emprendido, haciéndola aparecer sacrilega y herética y en- 
caminada á destruir el Trono y el Altar. 

Por fortuna el cura Hidalgo tuvo la suficiente previsión de no 
caer en el torpe lazo que se le tendía, prefiriendo que se le relaxa- 
ra en Estatua, y no que su voz fuera á apagarse para siempre en 
las neg-ras prisiones que con ansia devoradora lo esperaban, como 
espera el carnicero lobo la pieza que necesita para saciar su 
hambre. 

El Santo Tribunal de la Fé conminaba con la pena de excomu- 
nión ma3'or y quinientos pesos de multa á todas las personas que 
aprobaran la revolución, que prestaran cualquiera ayuda al cura 
Hidalgo, que leyeran sus proclamas ó que no denunciaran ;í los que 
favorecían y propagaban las ideas revolucionarias.! 

Poco se preocupó el cura de Dolores con las amenazas del San- 
to Oficio, ni mucho menos con la necesidad de ir á disputar sobre 
sutilezas teológicas y sobre puntos de Historia Eclesiástica. Así es 
que echando á un lado los cargos que se le hacían de haber nega- 
do la existencia del Infierno y del Limbo, el cumplimiento de la pro- 
fesía de las Setenta Semanas de Daniel, la autenticidad de la histo- 
ria de Susana, la del Himno de los Tres Niños, la de Beel, las gue- 
rras del Dragón con el Ángel, la canonización de los Santos, la 
pureza de María, la ilicitud de los diezmos, etc., ^ fijó preferente- 
mente su atención y su ahínco en los asuntos de la. guerra y en el 
triunfo de la noble causa que defendía. 

Sin embargo, el cura Hidalgo procuró sincerarse de esas acu- 
saciones en el Manifiesto que dirigió al pueblo como contestación 
al Edicto del Tribunal de la Fé. 3 En ese documento, en el que ex- 
hortaba á los americanos á abrir los ojos para que conocieran dón- 
de estaban sus verdaderos intereses y su felicidad, se encuentra la 
siguiente declaración: 

«Os juro desde luego, amados conciudadanos míos, que jamás 



1 Edicto contestando el segundo Manifiesto de Hidalgo. Octubre 13 de 
1810. 

2 Continuación de la causa instruida por el Tribunal de la Inquisición al 
cura D. Miguel Hidalgo y Costilla. México, Diciembre de 1810. 

3 Doc.s para la Hist., Hernz. Dávalos, T. 1.°, N." 54, pág. 125. 



190 

me he apartado, ni en un ápice, de la creencia de la Sta. Ig-lesia 
Católica; jamás he dudado de ninguna de sus verdades: siempre he 
estado íntimamente convencido de la infalibilidad de sus Dogmas, 
y estoy pronto á derramar mi sangre en defensa de todos y cada 
uno de ellos.» 

«Todos mis delitos traen su origen del deseo de vuestra felicidad: 
si este no me hubiese hecho tomar las armas, yo disfrutaría una 
vida dulce, suave y tranquila: yo pasaría por verdadero católico, 
como lo soy, y me Hsonjeo de serlo; jamás habría habido quien se 
atreviese á denigrarme con la infame nota de la herejía.» 

Está declaración aparece confirmada en otro Manifiesto á los 
americanos, consagrado á expresarles cuál era el verdadero moti- 
vo ü la causa de la insurrección, motivo que el cura Hidalgo con- 
densaba ó reducía á estas pocas palabras: «Para la felicidad del 
Reyno, es necesario quitar el mando y el poder de las manos de los 
Europeos: este es todo el objeto de nuestra empresa, para la que 
estamos autorizados por la voz común de la nación.» 

Nueve artículos formaban el final del referido Manifiesto, y en- 
tre ellos eran seis marcadamente sanguinarios. 

Ojo por ojo y diente por diente. A tal extremo habían llegado 
ya los partidos en aquella lucha que apenas comenzaban á desarro- 
llarse, pero que desde entonces había tomado el camino de la más 
terribles represalias. 

El draconiano decreto del cura JHidalgo amenazaba con pasar 
á cuchillo á los europeos y aun á los americanos que se manifesta- 
ran enemigos de la insurrección, y á esa amenaza respondía el \\- 
rrey Venegas diciendo al General Calleja que era preciso castigar 
con el último suplicio á todos los que fueran capturados con las ar- 
mas en la mano, i y el Brigadier- D. José de la Cruz, dando orden 
al jefe de su vanguardia para que si el pueblo de Valladolid aten- 
taba contra la vida de los europeos, fueran pasados á cuchillo to- 
dos sus habitantes y se prendiera fuego á la ciudad. 2 

En Guanajuato, cuando entró allí el ejército de Hidalgo, pere- 
cieron asesinados por el furor popular el Intendente Riaño y mu- 
chos europeos. Pocos días después el Gral. D. Félix Calleja tomaba 
la revancha, ordenando que su tropa entrara á dicha ciudad al to- 
que de á degüello, de lo que resultó una bárbara carnicería que de- 
jó regados con centenares de cadáveres las calles y los cerros in- 
mediatos, carnicería ejecutada en inermes víctimas de todas eda- 

1 Oficio del Virrey á Calleja, Novbre. 4 de 1810. 

2 Oficio del Brigadier Cruz al Gral. Calleja. Goleta, Diciembre 27 de 1810. 



191 

des y sexos, y que á duras penas pudo contener el humanitario 
sacerdote Fr. José María de Jesús Belaunzarán, quien, implorando 
misericordia ante la soldadezca enfurecida contra el pueblo, consi- 
jíuió que no siguiera ya tan horrorosa hecatombe; pero sí la con- 
tinuó Calleja, haciendo fusilar á ocho coroneles y oficiales insur- 
gentes, á varios infelices ejecutados por la mano del verdugo, que 
habían sido sorteados entre muchos reos, así como á todos los ofi- 
ciales y operarios de la casa de moneda que había comenzado á 
establecer allí el Gral. D. Ignacio Allende. 

El cura Hidalgo, pocos días después del grifo de Dolores había 
enviado una tropa de insurgentes para capturar al Gral. Calleja en 
la Hacienda de San Francisco y conducirlo á la presencia del mis- 
mo cura; pero este intento fracasó, porque el jefe realista acababa 
de salir de aquel lugar. Tal vez el pensamiento del caudillo insur- 
gente haya sido exterminar al enemigo más formidable que enton- 
ces tenía la causa de la independencia. 

El Virre}^ Venegas había cuotizado á razón de diez mil pesos 
cada una, las cabezas de Hidalgo, Allende y Aldama, provocando 
así la codicia de asesinos mercenarios, para acabar de un golpe con 
los principales promotores de la insurrección. 

Las hecatombes de centenares de europeos indefensos, orde- 
nadas por Hidalgo en Valladolid y en Guadalajara, aun considerán- 
dolas como una necesidad de las circunstancias ó como un paso 
previsor y de seguridad para la causa insurgente, fueron en reali- 
dad inhumanas y atroces y forzosamente debían producir en el cam- 
po enemigo las explosiones de indignación y de ira que iban á tra- 
ducirse bien pronto en proditorias venganzas y en espantosos cas- 
tigos, como en realidad sucedió, pues el Brigadier D.José de la Cruz 
había hecho fusilar en Acámbaro, á fines de Diciembre de 1810, á 
diez y seis insurgentes cuyos cuerpos fueron colgados en las en- 
tradas principales de la población. 

En Guadalajara también fueron ejecutados de orden de Calleja 
once insurgentes, habiéndoseles disparado por la espalda, por no 
haber tenido á la mano ni horca ni verdugo. 

Pero no seguiremos adelante con el relato de sucesos que de- 
muestran el pasional antagonismo y la repugnante recipi^ocidad 
de venganzas que daban á la revolución un tinte sombrío y un as- 
pecto aterrador, porque multiplicar aquí esa clase de sucesos sería 
extraviarnos del camino que nos hemos propuesto seguir en este 
trabajo 

El cura Hidalgo había recorrido en pocos días y como en mar- 
cha triunfal, el trayecto que media entre el pueblo de Dolores, Va- 



192 

Iladolid y el Monte de !as Cruces, logrando obtener en este último 
punto una importante y costosa victoria contra el jefe realista D. 
Torcuato Trujillo, victoria que le hubiera abierto las puertas de la 
Capital del Virreinato, si en lugar de retroceder hubiera avanzado 
sobre ella. Las razones que lo obligaron á dar tal paso las exphca 
en un documento escrito en.Celaya el 13 de Noviembe de 1810. 1 

Desgraciadamente ese primero y glorioso triunfo de las armas 
americanas fué seguido pocos días después por un deplorable de- 
sastre en el pueblo de San Gerónimo Acúleo, donde el Gral. Calle- 
ja |infiri(') al ejército independiente una seria derrota de funestas 
consecuencias para la causa de la insurreccicm, y, sobre todo, para 
el jefe principal que la acaudillaba, sobre quien comenzó desde en- 
tonces á soplar el viento de la adversidad, hasta que ai fin lo arro- 
jó en el abismo de una dolorosa desgracia. 

El Generalísimo Hidalgo se replegó á Valladolid con los restos 
de su ejército, y lejos de desmoralizarse con la pérdida que acaba- 
ba de sufrir, procuró dar nuevo impulso á la revolución, consagrán- 
dole enmedio de aquellas duras circunstancias todos los esfuerzos 
y energías que podían sugerirle su inquebrantable patriotismo y la 
ciega fe que tenía en el triunfo de la causa popular. 

Según refiere D. Lucas Alamán en su Historia de México, el 
cura Hidalgo se ocupó principalmente en \"alladolid, de escribir un 
manifiesto que fué leído de su orden en las iglesias, contestando á 
las acusaciones que se le hicieron en el Edicto de la Inquisición. 

Allí confirió el cargo de Intendente de aquella provincia á D. 
José María Anzorena, hombre que aparentaba ser muy piadoso, lle- 
vando exteriormente el hábito de beato de San Francisco. 

En la referida ciudad recibió Hidalgo la plausible noticia de que 
el valiente campeón D. José Antonio Torres se había apoderado de 
Guadalajara, y desde luego dispuso que fuera celebrada con rego- 
cijo público y con una misa de gracias á la que él mismo asistió. 

Pensó entonces en marchar á Guadalajara, pero antes de esto 
dio orden al Intendente Anzorena para que los españoles que tenía 
presos en Valladolid fueran degollados. Esa sanguinaria senten- 
cia fué cumplida y aquellas infelices víctimas, en número de ochenta, 
fueron conducidas en dos grupos á los inmediatos cerros de la Ba- 
tea y el Molcajete, en donde se les sacrificó inicuamente por un 
indio cruel y sanguinario á quien llamaban Tata Ignacio. 

Durante la prisión de dichos españoles les sirvió de carcelero 

1 Colección de Documentos de Hernández Dávalos, T. II, número 129, 
pág. 221. 



193 

el P. Manuel Muñoz, á quien llamaban el Padre Chocolate, y de 
quien se dice que los trataba duramente, aunque el citado histo- 
riador Alamán pone en duda esa aserción. 

El P. D. Luciano Navarrete con una escolta de sus soldados con- 
dujo al matadero d la segunda partida de las mencionadas víctimas 
\ en seguida emprendió el cura Hidalgo su marcha á (".uadalajara. 
á donde llegó pocos días después. 

Muy solemne fué la recepción que se le hizo en la capital de la 
Nueva Galicia. La Real Audiencia, el Cabildo Eclesiástico, i el Con- 
sulado, la Universidad }• otras corporaciones salieron d encontrar- 
lo á extramuros de la ciudad, á la que entró el 25 de Noviembre en- 
tre el vistoso desfile de las tropas, de la comitiva en coches, gente 
de á caballo y el numeroso pueblo que lo aclamaba enmedio del 
ruido de las músicas, de los cohetes y repiques en todos los tem- 
plos. En la Catedral se entonó un solemne Te deimi y de allí se le 
condujo al Real Palacio, donde el Generalísimo de la revolución 
recibió á los jefes y oficiales de todos los cuerpos. En la noche hu- 
bo un gran banquete que la ciudad le ofreció. 

El mismo día de su llegada á Guadalajara se ocup<í el cura Hi- 
dalgo en el despacho de asuntos administrativos, y como si hubiera 
querido corresponder con un acto altamente noble y humanitario á 
la ruidosa recepción que allí se le hizo, declaró abolida la esclavi- 
tud, derogadas las leyes relativas á tributos, prohibido el papel sella- 
do y extinguido el estanco del tabaco, pólvora y otros objetos. - 

Al día siguiente expidió nombramiento de Comandante al cura 
de Ahualulco. D.José María Mercado, para que se pusiera al fren- 
te de las fuerzas que operaban sobre el Puerto de San Blas, é igual 
nombramiento expidió al Coronel D. Rafael Híjar para que se en- 
cargara de la Comandancia de Tepic, y ai Dr. D.José María Her- 
mosillo, acompañado del P. Fr. Francisco Parra, lo comisionó para 
que pasase á insurreccionar á Sonora }- Sinaloa. 

Durante su permanencia en dicha ciudad dictó diversas dispo- 
siciones para el arreglo del gobierno en aquella Provincia, nom- 
brando Intendente de ella ó funcionario principal á D. José María 
Chico. 

Al mismo tiempo ordenaba que se hiciera vestuario para las 
tropas, que se encontraban casi desnudas á consecuencia de los con- 

1 El mismo Cabildo celebró con misa solemne y sermón la derrota de 
Hidalgo en el Puente de Calderón. (Julio 7 de 1811.) 

'1 Bando expedido en Guadalajara el 2ó de Noviembre de 1810. Colección 
de Hernández Dávalos. T. I, N.» 145, pág. L'43. 

Anales. 25 



194 

tinuos movimientos en la campaña, y como para esta urgencia y 
otras que demandaba la situación se necesitaban recursos, tuvo 
necesidad de poner mano en el dinero de algunas obras pías que 
guardaba el clero de la ciudad, como lo había hecho antes en Silao, 
de cuyos templos fueron extraídos los caudales que en ellos tenían 
ocultos algunos europeos. 

Ordenó también que nadie tomara caballos ni forrajes sin pe- 
dirlos previamente á las autoridades y que toda persona que se 
presentara como encargada de alguna comisión, sin estar autoriza- 
da en debida forma, fuera aprehendida. 

Ocupóse igualmente de equipar, disciplinar y aumentar sus mer- 
madas tropas, lo que pudo conseguir en lo posible; y como afortu- 
nadamente en esos días había logrado el cura D.José María Mer- 
cado rendir la plaza de San Blas, le fueron remitidos de allí algunos 
cañones de grueso calibre, con los que pudo reforzar la artillería. 
Muchas personas se le presentaron al jefe de la revolución ofre- 
ciéndole sus servicios, los cuales aceptó para el desempeño de 
diversas comisiones, cargos y empleos. Entre esas personas figu- 
raron algunos eclesiásticos, como los Sres. D. Francisco Severo 
Maldonado, D.José Ángel de la Sierra, D. Francisco de la Parra y 
otros de quienes se hablará más adelante, supuesto que lo que aho- 
ra se va narrando se refiere especialmente á la parte que represen- 
tó el caudillo de Dolores hasta el día que fué sacrificado en Chi- 
huahua. 

No solamente trabajaba el cura Hidalgo en fomentar la insu- 
rrección, para hacerla fuerte y respetable, sino que también quería 
que el nuevo sistema de gobierno fuera reconocido y ayudado por 
el de los Estados Unidos, á cuyo fin confirió nombramiento de Mi- 
ni.stro Plenipotenciario á D. Pascasio Ortiz de Letona, autorizán- 
dolo para que negociase con el gabinete de Washington un tratado 
de comercio y una alianza ofensiva y defensiva. Sin embargo, el 
referido Ortiz de Letona no llegó á desempeñar su alto encargo, 
porque habiendo sido capturado en Molango (Veracruz), se suicidó 
tomando un veneno, por temor al castigo que le esperaba, i 

El Lie. D. Ignacio López Rayón, que se había unido al caudillo 
insurgente y fungía como su secretario, fué investido con el carác- 
ter de Ministro Universal. 

La prensa, ese poderoso y eficaz resorte que tantos servicios 
presta al pensamiento y á la civilización, debía prestarlos también 
á la causa de la independencia, y á este fin se encaminaron á la vez 

1 Compendio de Hist. de Jalisco, por Kavarrete, pág. 69. 



195 

los esfuerzos de Hidalgo, haciendo que se publicara el primer pe 
riódico consagrado á la defensa de la insurrección y confiando á 
los DD. Maldonado y Sierra el encargo de redactarlo. Ese perió- 
dico se denomino El Despertador Amerieatio, del cual parece que 
se publicaron tres números solamente y se imprimía en la impren- 
ta que el Dr. D. Francisco Parra, eclesiástico patriota y entusiasta 
por las ideas independientes, puso á disposición del cura Hidalgo. 
En esa misma imprenta se publicaron también algunos bandos y 
papeles del gobierno revolucionario, así como el Manifiesto en 
que dicho cura se sinceraba de la nota de herege y hacía conocer 
á la nación mexicana que el objeto principal de la revolución era 
independer México de España, pero bajo el cetro de Fernando Vil, 
así como expulsar á todos los españoles perniciosos que habían pro- 
vocado la guerra. 

Entre tanto el Teniente General D. Ignacio Allende, que después 
de la batalla de Acúleo se había separado del Generalísimo Hidalgo 
con una parte del ejército, se dirigió rumbo á Guanajuato, entrando 
á aquella ciudad donde fué batido por el Brigadier D. Félix Calleja 
que la recuperó. Durante esa jornada ocurrieron las horribles ma- 
tanzas cometidas por el populacho contra los españoles y por los 
soldados realistas contra muchos habitantes de la ciudad, según 
queda referido ya. 

El Gral. Allende se vio obligado á dirigirse á Guadalajara, don- 
de todavía se encontraba el cura Hidalgo. Ambos caudillos se ocu- 
paron de equipar y armar cuanta tropa les fué posible, á fin de sa'ir 
al encuentro de Calleja que marchaba 3^a á batirlos. 

Tal vez la marcha del jefe realista Calleja, que se dirigía sobre 
Guadalajara, haya reanimado el espíritu y las esperanzas de los 
europeos y sus adictos en aquella ciudad, haciéndoles concebir el 
proyecto de una contrarevolución, pues según parece, esa noticia 
llegó á oídos del cura Hidalgo, quien desde luego los hizo poner 
presos en el Colegio Seminario, sin que precediera ninguna formal 
averiguación acerca de su culpabilidad. Esos infelices prisioneros 
fueron inhumanamente degollados de orden de Hidalgo en las Ba- 
rranquitas de Belén, cerca de Guadalajara, lo que se ejecutó de 
noche y procurando ocultar la magnitud de tan sangrienta carni- 
cería, pues se asegura que pasaron de quinientas las víctimas que 
perecieron en ella. 

Un historiador jalisciense ha dicho que esa carnicería fué una 
injusta represalia por los horrores que estaban cometiendo Calleja 
y el Virrey Venegas, así como por haberse atribuido á manejos 
ocultos de los españoles el incendio del parque que tenía en Aguas- 



196 

calientes el jefe insurgente D. Rafael de Iriarte, en cuj^o siniestro 
perecieron muchas personas. 1 

El cura Hidalgo, no considerando conveniente resistir en Gua- 
dalajara á las tropas de Calleja, convocó una junta de Guerra en la 
que fué acordado que se fortificara el puente de Calderón, á fin de 
librar allí una batalla decisiva. 

El ejército insurgente salió de Guadalajara á situarse en el puen- 
te referido, donde el día 17 de Enero de 1811 tuvo lugar un san- 
griento combate en el que el Gral. Calleja con doce mil hombres de 
buena tropa derrotó completamente al cura Hidalgo y á Allende, 
que contaban con cerca de cien cañones de varios calibres y cien 
mil combatientes, pero armados con muy pocos fusiles, pues el ma- 
3'or número llevaban lanzas, machetes, chuzos y palos. En ese com- 
bate tomaron parte siete mil indios flecheros que acaudillaba el 
patriota cura de Huajúcar, D. José Pablo Calvillo. 

Hidalgo y Allende, con los restos de su derrotado ejército, toma- 
ron el rumbo de Aguascal lentes, y Calleja se dirigió á Guadalajara, 
donde fué recibido con muestras de regocijo, aunque no con la ge- 
neral alegría y con las ruidosas demostraciones que se habían dis- 
pensado al Generalísimo insurgente. El jefe realista mandó poner 
luego en libertad á diez y seis sacerdotes regulares que había de- 
jado allí presos el cura Hidalgo. 

Los caudillos de la revolución llegaron á Aguascalientes, don- 
de reunieron alguna tropa; pero como entre ellos habían comenzado 
á surgir algunas diferencias desde que Allende culpaba á Hidal- 
go de negligencia y cobardía, por no haberle enviado la tropa y 
los cañones que le había pedido para la defensa de Guanajuato, 
esas diferencias se acentuaron más en Guadalajara y acabaron por 
estallar de una manera lamentable y aun con cierto escándalo en 
Aguascalientes, pues se ha dicho que allí el Gral. Allende llegó á 
amenazar con una pistola al cura Higalgo, á quien culpaba de que 
por su torpeza é impericia se había perdido la batalla de Calderón. 

Diversas son las versiones que acerca de este asunto consig- 
nan algunos historiadores; pero lo cierto es que el resultado de las 
disputas que desgraciadamente introdujeron la discordia entre 
los principales jefes de la insurrección, fué que el Gral. D. Ignacio 
Allende substituyó como Generalísimo de los ejércitos americanos 
al cura Hidalgo, quedando éste solamente investido con el mando 
político, aunque en realidad desde entonces no lo ejerció sino en 
muy pocos casos. 

1 Compendio de Hist. de Jalisco, por Xavarrete, pág. 74. 



197 

De Aguascali entes siguieron los caudillos revolucionarios ha- 
cia Zacatecas, á donde llegaron el 27 de Enero. Allí se proveyó 
el ejército insurgente de algunos recursos y pertrechos de guerra, 
y se unieron al caudillo D. Víctor Rosales algunos patriotas zaca- 
tecanos y dos sacerdotes. 

El Generalísimo Allende nombró al Lie. D. Ignacio Aldama pa- 
ra que en calidad de Embajador pasara á los Estados Unidos ;i 
agenciar armas y recursos, con el fin de fomentar la revolución. 

No podía el pequeño ejército insurgente permanecer en Zaca- 
tecas mcás tiempo, sin peligro de ser ventajosamente atacado por 
las triunfantes tropas realistas, y por esta razón dispuso Allende 
desocupar la ciudad, lo que verificó en los primeros días de Febre- 
ro, dirigiéndose rumbo al Norte. Una parte del ejército marchó di- 
rectamente al Saltillo al mando de Allende y Rayón, y la otra, en 
la que iban Hidalgo y otros jefes, tomando el camino de Mate- 
huala y Catorce, se dirigió también al Saltillo. 

Reunidos allí nuevamente los jefes de la revolución, determinó 
el Generalísimo Allende dejar cubierta aquella plaza con alguníi 
tropa, cuj^o encargo recayó en el Lie. D. Ignacio Rayón, habien- 
do los referidos jefes abandonado el Saltillo para seguir su cami- 
no al Norte, llevando muy poca tropa y los caudales y equipajes 
que habían podido escapar hasta entonces. 

El 17 de Marzo llegaban á un punto denominado Acatita de 
Bajan, pero inopinadamente fueron asaltados por la tropa del re- 
negado insurgente Ignacio Elizondo, quien logró acabar de des- 
truir allí aquel reducido y desmoralizado resto de defensores de la 
patria, capturando á los principales caudillos y jefes de la insurrec- 
ción, que en vano intentaron hacer alguna resistencia en medio de 
aquella alevosa sorpresa, tramada á impulsos de una ruin vengan- 
za y quizás bajo las sugestiones del Illmo. D. Primo Feliciano Ma- 
rio, Obispo del Nuevo Reino de León, quien indudablemente no era 
extraño en aquella inicua maquinación. 

Entre los prisioneros hechos en Acatita de Bajan se contaron 
los sacerdotes siguientes: 

Clén'gos.—D. Miguel Hidalgo y Costilla, D. Mariano Balleza, 
D. Francisco Olmedo, D. Nicolás Nava, D. Antonio Ruiz, D. Igna- 
cio Hidalgo y D. Antonio Belán. 

Rí'¡/g-/osos. — Fr. Cai-los Medina, Fr. Bernardo Conde, Fr. Gre- 
gorio de la Concepción y Fr. Pedro Bustamante Paredes. 

Todos éstos, excepto el cura Hidalgo, fueron llevados á Parras, 
pero por motivos de seguridad se les remitió á Durango. 

El Ex-Generalísimo D. Miguel Hidalgo y Costilla, el Generalí- 



198 

simo D. Ignacio Allende, el Capitán General D. Mariano Jiménez, 
el General D.Juan Aldama, los Mariscales D. Manuel Santa María, 
D. Nicolás Zapata, D. Francisco Lanzagorta, D. Mariano Hidalgo, 
Tesorero y 22 jefes y oficiales fueron remitidos á Chihuahua, don- 
de se procedió á instruirles las causas correspondientes. 

£1 resultado de algunas de esas causas fué la terrible pena de 
muerte que se le aplicó á la mayor parte de los prisioneros, quie- 
nes fueron ejecutados paulatinamente desde el 10 de Mayo hasta 
el 31 de Julio, en que le tocó su turno al infortunado cura de Do- 
lores. 

Parece que de una manera intencional se dejó para lo último la 
sentencia que se meditaba contra el temido caudillo de la insurrec- 
ción, quizá con el propósito de prolongar sus duros sufrimiento en 
la obscura cárcel en que se le tenía rigurosamente preso y engri- 
llado. 

La causa que se formó al cura Hidalgo se había comenzado el 
7 de Mayo, figurando en ella como Juez D. Ángel Abella y como 
Notario D. Francisco Salcido, nombrados por el Comandante Ge- 
neral de Provincias internas, D. Nemesio Salcedo. 

La referida causa contiene 56 puntos ó preguntas, todas cons- 
tituyendo los diversos cargos que se hicieron á Hidalgo como autor 
principal de la insurrección, y substancialmente se reducían á ha- 
cerlo reo de alta traición, sedicioso, tumultuario, conspirador y 
mandante de robos y asesinatos. 

El Juez Avella se esforzó cuanto pudo aguzando su ingenio ó su 
astucia para obligar al reo á que confesara todas las faltas y crí- 
menes de que se le acusaba; pero ese esfuerzo era por demás, por- 
que la suerte del caudillo de la independencia estaba jíi decidida 
en la mente de sus enconados enemigos, y por lo mismo, cuales- 
quiera que hubieran sido sus descargos, no podía esperarse ningu- 
na lenidad, ninguna clemencia, ninguna conmiseración de parte de 
unos jueces que habían sido inflexibles y crueles con los primeros 
reos llevados al patíbulo en Chihuhua. 

Puede asegurarse que tanto el nombre del cura Hidalgo como 
los de los demás prisioneros, estaban 3^a de antemano escritos en 
las listas de SilaA 

El cura Hidalgo, durante los interrogatorios que se le hicieron 
en su proceso, se manifestó siempre humilde, tranquilo y resigna- 



1 E.stas listas fueron tres y las personas que en ellas figuraban como pros- 
critos debían sufrir la pena de muerte. 



199 

do, respondiendo con ingenuidad 3' con franqueza á lo que se le 
preguntaba, sin ocultar la realidad, sin vacilaciones, sin temores, sin 
entretener á sus jueces con estudiados sofismas ó subterfugios, 
sin descender al terreno de la humillación, sin dejar de recono- 
cer sus faltas en lo que creía haber obrado mal, sin procurar que 
se le tuviera lástima, sin hacer que recayese en otros la grave res- 
ponsabiHdad que le resultaba como autor principal y jefe de la in- 
surrección, la cual había promovido de buena fé, porque la consi- 
deraba justa y necesaria para la felicidad de esta parte de las Amé- 
ricas, pudiendo, sin embargo, haber errado en algunos medios al 
poner en práctica su pensamiento. 

Agotadas las averiguaciones en la referida causa, tocaba su 
turno al Fiscal, Lie. D. Rafael Bracho. Éste, lejos de llenar su co- 
metido con la equidad que demanda una imparcial y recta justicia, 
y con la conciencia propia de un espíritu ilustrado y sereno, se 
presentó en la barra como una pantera ansiosa de clavar las ace- 
radas garras en el cuerpo de su víctima, ó como el feroz antropó- 
fago que desea beber hasta la última gota de sangre de su inerme 
prisionero. 

Los instintos destructores y vengativos de Nerón y de Domi- 
ciano no superan en crueldad á los inhumanos y verdaderamente 
brutales deseos del Lie. Bracho en su dictamen ó parecer fiscal, 
pues en él, después de pretender apoyar su juicio en las constan- 
cias procesales, manifestaba lo siguiente: 

«Me parece no sería bastante con destrozar su cuerpo á la cola 
de cuatro brutos, sacarle el corazón por las espaldas, ó aplicarle 
otro exquisito cruel género de muerte de los conocidos » 

«Soy de sentir, que puede V. S. declarar que el recitado Hidal- 
go, es reo de alta traición, mandante de alevosos homicidios: que 
debe morir por ello; confiscándole sus bienes conforme á las re- 
soluciones espresadas; y que sus proclamas y papeles seductivos, 
deben ser dados al fuego pública é ignominiosamente.» 

«En cuanto al género de muerte, á que se le haya de destinar, 
encuentro y estoy combencido de que la mas afrentosa que pu- 
diera escojitarse, aun no satisfaría completamente la venganza 
pública, que él es delicuente atrocísimo que asombran sus enormes 
maldades; y que es difícil que nazca monstruo igual á él; que es 
indigno de toda consideración por su personal individuo: pero 
es Ministro del Altísimo, marcado con el indeleble carácter de Sa- 
cerdote de la ley de gracia, en que por nuestra fortuna hemos na- 
cido; y que la lenidad inceparable de todo cristiano, ha resultado 
siempre en nuestras leyes, y en nuestros soberanos, reverencian- 



200 

do á la Iglesia y sus Sacerdotes, aunque hayan incurrido en deli- 
tos atroces.» t 

El Lie. Bracho concluyó opinando que por falta de instrumen- 
tos y de verdugos se pasara por las armas al cura Hidalgo. La 
Junta ó Consejo de Guerra, apoyado en esa opinión, pronunció 
sentencia de muerte contra él. 

¡Tal fué el parecer de aquel hombre que en tan alto concepto y 
en tan singular estima tenía á los Ministros del Altar, nidrcados 
con el indeleble carácter de Sacerdotes de la ley de gracia! 

Para despojar á Hidalgo de ese carácter, á fin de que su muer- 
te apareciera como la de un reo ó criminal del orden común, se 
necesitaba degradarlo. A este propósito comisionó el Obispo de 
Durango, Illmo. D. Francisco Gabriel Olivares, al Doctor D. Fran- 
cisco Fernández Valentín. Éste se había excusado al principio, 
pero al fin tuvo que proceder á la ceremonia litúrgica respectiva, 
la cual se verificó el día 26 de Julio, soportándola el reo con man- 
sedumbre y resignación. 

Faltaba únicamente que se cumpliera lo principal de la terrible 
sentencia; esto es, la ejecución del reo. Ésta tuvo lugar el 31 de 
Julio de 1811 en el interior del Hospital Real, donde desde el prin- 
cipio se le había puesto preso. 

He aquí lo que respecto á los últimos momentos del benemérito 
caudillo refiere D. Pedro Armendáriz, que fué el oficial encarga- 
do de la escolta que fusiló á dicho caudillo. 2 

« concluidos todos los pasos de la degradación, que con 

la misma humildad sufrió, se me entregó; lo conduje á la capilla del 
mismo Hospital, siendo ya las diez de la mañana, en donde se man- 
tubo orando á rratos, en otros reconciliándose, y en otros parlan- 
do con tanta entereza, que parecía no se le llegaba el fin á su vida, 
hasta las nueve de la mañana del siguiente día, que acompañado 
de algunos sacerdotes, doce soldados armados y yo, lo condujimos 
al corral del mismo Hospital á un rincón donde le esperaba el es- 
pantoso vanquillo: la marcha se hizo con todo silencio: no fué exor- 
tado por ningún eclesiástico en atención á que lo iba haciendo por 
si en un librito que llevaba en la derecha, y un Crucifijo en la iz- 
quierda; llegó como dije al banquillo, dio á un sacerdote el librito, 
y sin ablar palabra, por si se sentó en tal sitio, en el que fué atado 
con dos portafuciles de los molleros, y con una venda de los ojos 



1 Causa instruida en Chihuahua al cura Hidalgo. Hernández Dávalos, 
Tomo I. 

2 Carta del mismo Armendáriz al Impresor de la «Abeja Poblana.» KS'JL'. 



201 

contra el palo, teniendo el Crucifijo en ambas manos, y la cara al 
frente de la tropa que distaba formada dos pasos, á tres de fondo 
y á cuatro de frente: con arreglo á lo que previne le hizo fuego 
la primera fila, tres de las balas le dieron en el vientre, y la otra 
en un brazo que le quebró: el dolor lo hizo torcerse un poco el 
cuerpo, por lo que se safó la venda de la cabeza y nos clavó aque- 
llos hermosos ojos que tenía: en tal estado hice descargar la segun- 
da fila, que le dio toda en el vientre, estando prevenido que le 
apuntasen al corazón: poco estremo hizo: solo si se le rodaron 
unas lágrimas muy gruesas: aun se mantenía sin siquiera desme- 
recer en nada aquella hermosa vista, por lo que hizo fuego la ter- 
cera fila que volvió á errar no sacando mas fruto que haberle he- 
cho pedazos el vientre y espalda, quizá seria porque los soldados 
temblaban como unos azogados: en este caso tan apretado y las- 
timoso, hise que dos soldados le dispararan poniendo la boca de 
los cañones sobre el corazón, y fué con lo que se consiguió el fin. 
Luego se sacó á la Plaza del frente del Hospital, se puso una me- 
sa á la derecha de la entrada de la puerta principal, y sobre ella 
una silla en la que lo sentaron para que lo viera el público que cua- 
si en lo general lloraba aunque sorbiéndose las lágrimas, después 
se metió adentro, le cortaron la cabeza que se saló, y el cuerpo se 
enterró en el camposanto » i 

Un indio tarahumar fué el que cortó con afilado alfange y de 
un solo tajo la cabeza del exánime campeón, por lo cual el Coman- 
dante General Salcedo obsequió con veinticinco pesos á dicho ta- 
rahumar. - 

La cabeza de Hidalgo, lo mismo que las de Allende, Jiménez y 
Aldama, fueron remitidas á Calleja en dos cajones que recibió el 
Intendente de Zacatecas el 20 de Agosto, quien no las pudo enviar 
á su destino hasta el siguiente mes. He aquí el comprobante res- 
pectivo: 

«Entregó el Alférez Don Cosme Prieto las quatro cabezas de 
los Cavecillas Mig.' Hidalgo Costilla, Allende, Aldama y Ximenez, 
dándosele recibo en el pasaporte que trae de U. y las conduciré al 
Sor. Gral. D. Félix Maria Calleja, qe. es á quien deben remitirse se- 
gún U. me significa. Dios gue. á U. ms. as. AguascaHentes 7 de 
Sep.í^ de 1811. — Diego Garda Conde. ^"^ 

1 El cadáver de Hidalgo se sepultó en la capilla de San Antonio del Con- 
vento de San Francisco en Chihuahua. 

2 Últimos instantes de los primeros caudillos de la independencia, ^poT 
D. Luis González Obregón, página 21 (1896;. 

3 Documento en el Archivo General de Zacatecas. 

Anales. 26 



202 

Pocos días después esos venerables despojos fueron colocados 
sobre garfios de hierro en los cuatro áng-ulos del Castillo de Gra- 
naditas, en Guanajuato, á fin de que sirvieran de escarmiento á los 
rebeldes que seguían la causa del intrépido cura de Dolores. 

Pero no pasaremos adelante sin referir que durante su prisión 
en Chihuahua había escrito un Manifiesto á todo el mundo, cuyas 
primeras palabras, llenas de amargura, parecían reproducir la hon- 
da angustia que experimentaba el eclesiástico prisionero. En ese 
Manifiesto se lamenta de los errores que había cometido, de los 
males que había causado á la patria, de la ruina de caudales oca- 
sionada por culpa de él, así como de la perdición de muchas almas. 
Quiere morir arrepentido y pide se le perdonen los excesos que co- 
metió contra el Santo Oficio, contra la Religión y sus ministros, y 
desea que su muerte ceda para la gloria de Dios 3" su justicia. 

Ese documento tiene fecha de 18 de Mayo; esto es, dos meses 
y doce días antes de que su autor fuera conducido al patíbulo. La 
autenticidad de dicho Manifiesto ha dado lugar á diversas incerti- 
dumbres, discuciones y conjeturas, porque ciertamente esa auten- 
ticidad parece á primera vista sospechosa, supuesto que una re- 
tractación solemne no era de esperarse del más distinguido y es- 
forzado campeón de la independencia, por la cual acababa de lu- 
char con tanto interés, con tanta fé y abnegación. 

Sin embargo, en el referido Manifiesto se advierte más bien 
que una indecorosa retractación, un franco arrepentimiento, y na- 
da extraño debe parecer que el cura Hidalgo sintiera en aquellos 
supremos momentos en que su espíritu se entregaba á las místi- 
cas contemplaciones, tal vez cre3rendo que una próxima muerte lo 
obligaría á comparecer ante el Eterno Juez, el natural deseo ó la 
necesidad de tranquilizar su. conciencia por medio del arrepenti- 
miento de los males de que él solo se consideraba culpable. . 

El cura Hidalgo había ordenado y consentido terribles é inhu- 
manos castigos; había hecho que en los campos de batalla se de- 
rramara abundante sangre; había autorizado el despojo de losbienes 
de sus enemigos, con lo que, sin duda, vino la ruina y la miseria de 
muchas familias; y aunque semejantes males son inevitables é in- 
herentes á todas las revoluciones, ¿por qué no había de deplorar- 
los el que tan directa }' activa parte tomaba en ellos? ¿por qué no 
había de recordar con horror y con tristeza las sangrientas heca- 
tombes, las huellas de desolaci<3n, las desgracias y las lágrimas sur- 
gidas por la lucha que él había provocado y sostenido, por más que 
ésta fuera justa y necesaria? 



203 

Si en este sentido fué su arrepentimiento, nada tiene de censu- 
rable, y mucho menos en un hombre que era sacerdote, que como 
tal había hecho votos de practicar las doctrinas de una religión de 
paz y de caridad, que le obligaba á apartarse de los intereses del 
mundo, para consagrar exclusivamente su espíritu y su corazón al 
cumplimiento de los deberes que le imponía esa misma religión. 

Si el cura caudillo se sintió arrepentido de haber faltado en al- 
guna parte á esos votos y deberes, esto tampoco nada tiene de ex- 
traño ni de reprochable. 

Son varias las objeciones que pudieran hacerse con respecto al 
citado documento; pero aun admitiendo que él haya sido una ma- 
nifestación propia, meditada y expontánea del cura Hidalgo, ésta 
no puede destruir la patriótica y grandiosa obra por la que él com- 
batió con tanto ardor y heroísmo, ni tampoco pudo despojarlo de 
la celebridad y de los méritos que se conquistó al dejar al pueblo 
mexicano el inestimable legado de su independencia. 

La noticia de su prisión, lo mismo que la de su cruel suplicio, 
fueron recibidas con inmenso júbilo por el Virrey Venegas, por el 
Brigadier Calleja y por los demás acérrimos paitidarios de la cau- 
sa realista, quienes erróneamente creyeron que la muerte de Hi- 
dalgo y la de sus compañeros de suplicio era el último y formida- 
ble golpe que debía acabar con la insurrección; pero como la causa 
que ellos defendían era la causa común del pueblo mexicano, por 
la que éste seguiría combatiendo y sacrificííndose, muy pronto pu- 
dieron convencerse de esos errores los que tal vez confiaron en que 
los postreros alientos del genio de la libertad se habían apagado 
para siempre bajo las ensangrentadas tumbas de los mártires de 
Chihuahua. 

Sin embargo, la desaparición de tan esforzados campeones in- 
fundió ánimo y lisonjeras esperanzas al partid(^ realista. 

El pérfido EHzondo fué premiado por esa obra de iniquidad, que 
se consideró como un acto admirable y heroico, cuando en reali- 
dad no había sido otra cosa que un afortunado golpe de cobarde 
audacia. 

El clero ultra-realista no podía permanecer indiferente en pre- 
sencia de un suceso que le proporcionaba sobrados motivos para 
celebrarlo con visibles muestras de júbilo. Así es que las broncí- 
neas lenguas de las campanas de muchos templos se desataron en 
ruidosas manifestaciones; la voz de los .sacerdotes fué dirigida al 
Cielo como un cántico de gratitud por el señalado triunfo de las 
armas realistas; los solemnes Tedeum resonaron en la casa de Dios 
como un himno surgido del sacerdotal regocijo, y las preces lauda- 



204 

torias de obispos y de otros miembros del clero llevaron entusias- 
tas felicitaciones al jefe del Virreinato y á varios representantes de 
la autoridad civil. 

Así terminó la vida revolucionaria del insigne sacerdote que, por 
su acrisolado patriotismo y por su heroica abnegación, se hizo 
acreedor á las justas bendiciones, al respeto y á la eterna gratitud 
del pueblo mexicano. 

Debemos saber ahora qué es lo que el clero hizo, ó cuál fué el 
papel que desempeñó durante la guerra de la independencia. 

Ya queda referido antes que en varias poblaciones de las Pro- 
vincias de Guanajuato, Valladolid y Guadalajara, fué crecido el 
número de sacerdotes que se adhirieron á la insurrección, y entre 
ellos hubo muchos que le prestaron importantes servicios y que 
por esto sufrieron penalidades, castigos 3" persecuciones. Por lo 
mismo es preciso hacer una merecida mención de esos patriotas 
sacerdotes. 

En la batalla de Acúleo fueron hechos prisioneros los RR. PP. 
Fr. José María Esquerro, Fr. Manuel Orozco }• los Presbs. José Ma- 
riano Abad y Cuadra 3" José María Castañeta, á quienes se pusie- 
ron presos en el Convento de San Francisco de Querétaro, formán- 
doseles causas por insurgentes é imponiéndoles castigos diversos. 
El P. Abad 3^ Cuadra falleció en Veracruz el mes de Diciembre de 
1814, al ser deportado á Manila á sufrir un castigo de diez años 
de destierro. 

Algunos sacerdotes acudían expontáneamente á ponerse bajo 
las órdenes del cura Hidalgo para combatir al gobierno español. El 
Dr. D. José Antonio Magos, unido al cura de Huichapan, había or- 
ganizado en la Sierra de Xichú una compañía de indígenas, con la 
cual se dirigió en busca del cura de Dolores, pero la interposición 
de las tropas realistas le impidieron unirse á él. Esto, sin embar- 
go, no fué óbice para que dicho Magos siguiera tomando las ar- 
mas casi hasta la consumación de la independencia. 

Los PP. Fr. Antonio Patino, Fr. Juan Salazar y Presb. Juan 
José Manuel Jiménez del Río se habían unido al ejército insurgente 
en Acúleo. El último llevaba una guerrilla de sesenta hombres que 
había logrado armar con lanzas 3' machetes 3" allí le confirió el Ge- 
neralísimo el título de Teniente Coronel. 

En Guadalajara también había expedido el Generalísimo despa- 
chos ó autorizaciones para organizar tropas, á varios sacerdotes, 
entre los que figuraban algunos que se hicieron realmente notables 
por su entusiasmo, por su patriotismo, por su actividad 3' por su 
valor, como el cura de Ahualulco, D. José María Mercado, que obli- 



205 

gó á capitular á los defensores del pueblo de San Blas, y que supo 
vencerá los enemigos en algunos combates, sucumbiendo al fin tní- 
gicamente en aquel mismo puerto. 

El cura del valle de Huajúcar, D.José Pablo Calvillo, que insu- 
rreccionó á los indios de Colotlán y otros pueblos de Jalisco, así 
como los Cañones de Tlaltenango y Juchipila en Zacatecas, logran- 
do reunir un ejército de cinco á seis mil combatientes, con los cua- 
les prestó valioso apoyo á la causa insurgente en aquellos lugares. 

El P. D. Brígido Lesama, á quien dio comisión el cura Hidalgo 
para que organizara tropas en Jalisco y Zacatecas. 

El famoso cura D. Luciano Navarrete, Brigadier, de quien tan- 
tas veces hacen mención los jefes realistas que operaban en el Ba- 
jío y en Michoacán, donde dicho sacerdote fué incansable en hos- 
tilizar á las tropas del Rey, derrotándolas algunas veces. 

El P. García Ramos, activo y decidido compañero de armas del 
cura Calvillo, de Rosales, de Abad Miramontes, de González Her- 
mosillo, de Oropeza y otros jefes que mantuvieron vivo por mu- 
cho tiempo el fuego de la insurrección en Zacatecas, Jalisco, Aguas- 
calientes y San Luis Potosí. 

Además de los anteriores también tomaron las armas en la Nue- 
va Galicia los eclesiásticos D. Marcos Castellanos, D. Miguel Ga- 
llaga y D. Francisco Parra, consejero de D.José María González 
Hermosillo, y de brillante hoja de servicios en la guerra de la in- 
surrección. En otros lugares el P. Garcillita, el Br. D.Juan de Dios 
Romero, el P. D.José Antonio Díaz, el cura del Valle de Santiago, 
el P. D. Rafael Pérez, Fr. José Orcillez, Dr. D. Francisco Uraga, 
un P. Ibarra de Tepeji del Río, Presb. José Antonio Díaz, Dr. Ig- 
nacio Ayala, Presb. Manuel Correa, Fr. José Vargas, el intrépido 
y famoso cura D. José Antonio Torres y otros muchos. 

Por último, los atrevidos y beneméritos PP. Fr.Juan Villerías, 
Fr. Luis Herrera y el lego Blancas, caudillos principales de la insu- 
rrección en San Luis Potosí é incansables defensores de ella en los 
combates. 

En las demás Provincias del Virreinato fueron también muchos 
los eclesiásticos que tomaron las armas desde el principio de la in- 
surrección. 

En el campo contrario, esto es, en defensa de la causa del Re}- , 
figuraron también muchos ministros de la Iglesia, pudicndo citar- 
se entre ellos como más notables á los siguientes: 

El cura de Matehuala, D.José Francisco Alvarez, de triste ce- 
lebridad por los muchos fusilamientos que mandaba ejecutar en sus 
prisioneros, á varios de los cuales imponía castigos atrozmente 



206 

crueles, mutilándolos y aun quemándolos en hoí^eras, por lo que 
desde entonces se le designó con el apodo de Cura Chicharronero- 

El cura del Mineral de Catorce, D. José María Semper, inde- 
pendiente en los primeros días de la insurrección, pero poco des- 
pués furibundo \ sanguinario realista, á quien se daba el dictado 
de Caudillo Libertador. 

El P. D. Antonio Labarrieta, cura de Guanajuato, también in- 
surgente al principio, pero después decidido defensor del gobierno 
realista. 

D Francisco Rodríguez Bello, cura de Chilapa, que organizó 
una fuerza de 400 hombres, con la cual combatió á los insurgentes 
al lado del Comandante D. Joaquín de Guevara. 

El P. D. Nicolás Verdín, que hizo en San Blas una contrarrevo- 
lución contra el cura D.José María Mercado. 

El P. D.José Mateo Braceras, organizador y jefe de las Compa- 
ñías de Realistas de San Sebastián y Tlaxcala en San Luis Potosí. 

Rl P. José Ignacio Lozano, cura de Mezquitic, San Luis Poto- 
sí, con 400 hombres que él organizó ofrecía al Intendente de aquella 
Provincia no volver la espalda ante el enemigo. 

El Subdiácono D. Juan Manuel Zambrano, autor de la contra- 
rrevolución realista en Béjar y aprehensor del Lie. D. Ignacio Al- 
dama \ de Fr Juan Sa-azar, lo que le valió el grado de Teniente 
Coronel. 

Los curas de Xalpan y Landa fueron autorizados por el Virrey 
\'enegas y por e! Arzobispo de México, en Diciembre de 1810, pa- 
ra armar gente destinada á combatir á los insurgentes. 

No fueron éstos los únicos que se lanzaron al campo de la gue- 
rra, pues pueden contarse por centenares los sacerdotes que en 
las filas de los partidos contendientes desenvainaron también la 
espada, \ que olvidándose del divino precepto que ordena no ma- 
tar, hacían verter la sangre de sus semejantes en nombre de Dios 
y de la buena causa. 

El clero que se mezclaba en la revolución debía también parti- 
cipar de los estragos que ella producía, y por lo mismo, no estaba 
exento de pagar el tributo de sangre que á su actimd bélica le po- 
día corresponder. 

En efecto, los primeros eclesiásticos sacrificados en aquella lu- 
cha fueron Fr. Juan Baquerín y Fr. Martín Septién, que perecieron 
asesinados á pedradas por el populacho en Granaditas, al entrar 
el cura D. Miguel Hidalgo y Costilla á Guanajuato, sin que les va- 
liera haber llevado en las manos un crucifijo. 

En Guadalajara fueron sacrificados un lego carmelita y un sa- 



207 

cerdote dieguino, que murieron entre el numeroso grupo de pri- 
sioneros que e! mismo cura Hidalgo mandó degollar allí. 

Un sacerdote de apellido Gutiérrez, que desde San Luis Poto- 
sí iba huj'endo de la revoluci(3n, lo mataron los insurgentes, llevan- 
do su cabeza hasta Guanajuato. 

El P. Estavillo, cura de Sta. Ana Chautempan, anciano octoge- 
nario, fué también asesinado á puñaladas en la torre de la iglesia, 
donde se encontraba oculto. 

Igual suerte corrió el P. Fr. Agustín Monroy en el camino del 
Venado á Matehuala. 

Asesinado murió un P Flores, de San Juan de los Lagos, por 
un insurgente de Teocaltiche, conocido con el apodo de Diente Mo- 
cho. El cadáver del P. Flores fué colgado de un árbol, y pocos días 
después uno de los cómplices en ese proditorio asesinato, fué col- 
gado del mismo árbol en que lo había sido dicho P. Flores. 

Por el lado contrario también se contaron algunas víctimas al 
principio de la revolución. 

El P. Fr. Luis Herrera y el lego Blancas, intrépidos y entusias- 
tas defensores de la independencia en las Provincias de S. Luis 
Potosí y de Nuevo Santander, sucumbieron fusilados en la Villa de 
Aguayo, hoy Ciudad Victoria, víctimas de la infame perfidia de los 
insurgentes tránsfugas de aquel lugar. 

Fr. Juan Villerías, uno de los principales y más atrevidos cau- 
dillos de la insurrección en San Luis Potosí sucumbió también pe- 
leando en la Villa de Matehuala, después de haber luchado sin des- 
canso en varios combates contra las tropas realistas. 

En el encuentro que con ellas tuvo el mismo Villerías en Cerro 
Colorado, murieron combatiendo un Padre carmelita que era Bri- 
gadier y un religioso, cuyos nombres no se mencionan en los do- 
cumentos que á ellos se refieren. 

Alejémonos ahora del campo de la guerra, para saber en qué 
otro terreno se hizopalpableel participio del clero en lainsurrección. 

Uno de los motivos que proporcionaron oportunidad para co- 
nocer ese participio y que sirvió para descubrir las simpatías ó el 
afecto que muchos sacerdotes profesaban á la causa de la inde- 
pendencia, fué la excomunión al cura Hidalgo y á sus partidiuños, 
condenando como herética y criminal la obra de la revolución 
proclamada por él. 

Aparte de los Edictos del Obúspo de Valladolid y de la Inquisi- 
ción, de que ya se ha hablado antes, aparecieron algunas Pastora- 
les de otros Prelados, encaminadas á combatir los principios de la 
insurrección, esgrimiendo en ellas armas más ó menos contunden- 



208 

tes y argumentos y frases en que podía descubrirse palpablemente 
el espíritu que dominaba á sus autores. 

El Obispo de Puebla, D. Manuel Ignacio Campillo, en su Exhor- 
tación de Septiembre 30 de 1810 recomendaba á sus diocesanos 
observ'aran quietud, subordinación, fidelidad 3- amor al Rey. 

El de Antequera ó Oaxaca, lilmo. Antonio Bergoza y Jordán, 
en su Edicto de 30 de Noviembre del mismo año, después de llamar 
infiel, apóstata é infame á Hidalgo, y de profetizar que su temerario 
proyecto se desvanecería, exclamaba diciendo: — «Ea pues ama- 
dos Diocesanos mios, concluiré con el venerable Kempis exortando 
á seguir la Cruz; vamos juntos á pelear contra los reveldes. Jesús 
iríí con nosotros, y será nuestro auxilio, pues es nuestro Capitán.» 

D. Juan Cruz Ruiz de Cabanas, Obispo de Guadalajara, liacía 
extensivos, en su Edicto de 24 de Octubre, los anatemas pronun- 
ciados contra el cura de Dolores por la Inquisición, por el Obispo 
de Valladolid y por el Arzobispo de México. 

El Arzobispo Lizana y Beaumont, en su Edicto de 18 de Octu- 
bre, manifestaba los errores proclamados por los jefes de la insu- 
rrección, y en el de 11 del mismo mes declaraba bien expedidos los 
del Obispo de Valladolid. 

Todos estos documentos son ya bien conocidos en la historia 
de aquella época, y por lo mismo, no nos detendremos en analizar- 
los, supuesto que en lo substancial se reducían á un solo ó común 
objeto: la defensa de la causa del Key y la destrucción de la causa 
insurgente por todos los medios posibles, ó con todas las armas 
que se pudieran empuñar contra los defensores y adeptos de la in- 
dependencia. 

Los Edictos de la Inquisición y del Obispo de Valladolid fue- 
ron los que más llamaron la atención pública, provocando manifes- 
taciones y disputas en que no solamente tomaban parte los laicos, 
sino también muchos individuos del clero. Entre éstos no fueron 
pocos los que opinaron y sostuvieron que tales Edictos eran injus- 
tos y sospechosos, tanto porque eran obra de los gachupines, co- 
mo porque para anatematizar á Hidalgo había resuscitado la In- 
quisición un antiguo proceso contra él. Esas disputas llegaron á 
producir frases en que sus autores hablaban el lenguaje de la ira 
y aun de la inmoralidad, pues hubo sacerdotes que manifestaron el 
deseo de beberse la sangre de los gachupines, y no faltó alguno 
que dijera que el Edicto de excomunión contra el cura Hidalgo es- 
taba bueno para limpiarse con él una parte oculta del cuerpo. 1 

1 Informe de Fr. Simún de Mora á la Inquisición. Febrero 22 de 1811. 



209 

Varios eclesiásticos aconsejaban que no debía hacerse caso de 
las excomuniones fulminadas contra Hidalgo y sus partidarios, y 
esto, naturalmente, hizo que muchas personas perdieran el temor 
á esas amenazas ó castigos de la Iglesia, hasta el extremo de que 
algunas mujeres se permitían también disputar acerca de la v'ali- 
dez }' eficacia de esas armas espirituales. 

Por último, las discusiones y polémicas provocadas por los re- 
feridos Edictos dieron lugar á muchas denuncias ante las autori- 
dades civiles y militares, así como ante la Inquisición y otros re- 
presentantes de la Iglesia, quienes en el confesionario recibían nu- 
merosas delaciones, la mayor parte procedentes de personas del 
sexo femenino, i 

A consecuencia de las mencionadas disputas y delaciones mu- 
chos sacerdotes fueron procesados, particularmente en Queréta- 
ro, en Guanajuato, en San Miguel el Grande y en otros lugares del 
Bajío, que fué donde entonces ardía más viva la llama de la insu- 
rrección. 

Las cárceles públicas y las de los Conventos abrieron las puer- 
tas de sus calabozos para proporcionar obscuro albergue á muchos 
eclesiásticos que habían tenido el atrevimiento de discutir los Edic- 
tos de la Inquisición y los de los Obispos, manifestando su sentir 
respecto de esos documentos. 

Esas mismas cárceles se abrieron también para recibir á los 
ministros de la Iglesia que habían tenido la osadía de predicar en 
favor de la insurrección ó de defenderla de alguna otra manera 
en muchos lugares del Virreinato. 

En el Convento de San Francisco de Querétaro existían reclu- 
sos á principios de 1811 veintiséis sacerdotes acusados de insurgen- 
tes, entre los que figuraban como más notables, Fr. Bernardo Con- 
de, Fr. Juan Salazar, Fr. José de Jesús Belaunzarán, el Dr. Anto- 
nio Labarrieta, el Dr. José María Cos, el Br. Honorato Leal y el 
Presb. José Mariano Abad 3- Cuadra. 

En la cárcel de la Inquisición y en algunos conventos de Méxi- 
co existían también reclusos muchos sacerdotes tenidos por infi- 
dentes, lo mismo que en San Luis Potosí, en Guadalajara, en Gua- 
najuato, en Valladolid, en Oaxaca, en Zacatecas, en Aguascalien- 
tes y en Durango. Algunos de esos sacerdotes habían muerto en 
la prisión, otros fueron enviados á los presidios ultramarinos de la 
Habana, de España y de Filipinas, y los demás cumplían sus conde- 
nas en el país ó se les retenía en reclusión en los conventos. 

1 Archivo General de la Xación. Tomo denominado "Inquisición." 
Anales 2/ 



210 

Citaremos los nombres de varios eclesiásticos que sufrieron 
castigos en los presidios ultramarinos. 

Fr. Cristóbal Avala, Hipólito de México, que estuvo preso un 
año en San Juan de Ulúa y dos en la Cabana de la Habana, engri- 
llado, vejado y sufriendo duras privaciones. 

Al Presb. Anastasio Benavente, Brigadier que fué en las tropas 
del cura Morelos, y se le desteiTÓ perpetuamente á España; de allí 
se le condujo á las Islas Canarias y después á Manila, donde falle- 
ció el 28 de Mayo de 1819. 

Fr. Jo.sé Micieres, Dieguino de Puebla, desterrado en 1811 á 
Puerto Rico y remitido de allí á España. 

El Presb. José Nicolás Caballero, que estuvo preso en Manila 
hasta el año de 1820. 

Fr. Luis Gonzaga Oronoz, Franciscano de Zacatecas, desterra- 
do á la Habana por diez años. 

Al Presb. Fracisco Olmedo, que había sido capturado en Aca- 
tita de Bajan, se le sentenció á cinco años de destierro á España, lo 
mismo que á los RR. PP. Fr. Vicente de la Concepción y Fr. José 
Lozano, religiosos de San Luis Potosí. 

En la cárcel de la Inquisición estuvieron presos algunos sacer- 
dotes, entre ellos el Dr. D. Sixto Berduzco, miembro de la Suprema 
Junta Nacional y ferviente defensor de la independencia. Fué pues- 
to en libertad en el año de 1820. 

El P. Ramón Javier Dávila Bravo, originario de Olintla, Pue- 
bla, sufrió estrecha prisión en San Juan de Ulúa, cargado de cade- 
nas y sujeto á muchas miserias y penalidades, hasta que, á causa 
de ellas, se hizo demente y falleció en aquella fortaleza. 

En el pulpito se habían distinguido en Guanajuato, predicando 
en favor de la independencia, los PP. Labarrieta, Belaunzarán y 
Conde. Este último en un paroxismo de su patriótico entuasiasmo 
llegó á proferir las siguientes frases: «Señor, Justicia te pido con- 
tra los gachupines. 

En Celaya el P. Lecuona preconizaba como buena la causa del 
cura Hidalgo, y exhortaba á sus oyentes á que la siguieran. 

En Valladolid el Br. D. José M. Vieyra, comisionado por el cu- 
ra Hidalgo, ocupó el pulpito para defender y propagar dicha 
causa. 

El P. Fr. Francisco Saavedra hacía lo mismo en Zacatecas, y 
aun publicó una proclama en favor de la independencia. 

El Br. D. José Antonio López de Cárdenas, de Temazcalcingo, 
clamaba en el pulpito diciendo que ojalá que el cura Hidalgo aca- 
bara con todos los gacluipines. 



211 

El P. D.José Antonio Gutiérrez de Lara. en la Villa de Revilla, 
Texas, levantaba también la voz en el templo para predicar en 
pro de la independencia. 

En Tejupilco el Br. D. José López de Cárdenas \exó en el pul- 
pito una proclama del cura Hidalgo, y al explicarla al auditorio 
decía: que si por un sacerdote de la tierra había comenzado la in- 
surrección, por él se había de derramar hasta la última gota de 
sangre. 

El Br. D.José Antonio Gutiérrez, cura de Ahuiztlán. en su fer- 
vor patriótico lanzaba terribles amenazas en Sultepec y otros lu- 
gares contra las personas que se resistían á entrar al partido de la 
insurrección, y aun se dice que en algunos casos empleó la fuerza 
física para obligarlas. Este sacerdote influyó con la Junta de Zitá- 
cuaro para que expidiera títulos de Mariscales, Brigadieres, Coro- 
neles y Comandantes, en favor de muchos eclesiásticos, lo que 
contribuyó bastante para que la insurrección tuviera incremento 
en aquellos lugares. 1 

El insigne patriota Fr. Servando de Teresa Mier, cuando el 
Gral. D.Javier Mina ocupó el puerto de Soto la Marina, no sola- 
mente arengaba al pueblo exhortándolo á defender la independen- 
cia, sino que concedía indulgencias á todos los que de buena fé se 
adherían á ella. 

Finalmente, en Guanajuato, cuando el Gral. Allende estuvo allí 
después de la batalla de Acúleo, muchos sacerdotes predicaron, no 
solamente en las iglesias sino en las calles y en las plazas, exhor- 
tando al pueblo á ayudar á la defensa de la ciudad, porque la causa 
de los insurgentes era justa. 

El sacerdocio realista no debía permanecer mudo ante aquella 
insurrección espiritual de sus colegas contrarios, y entonces apa- 
recieron también ocupando la cátedra sagrada numerosos eclesiás- 
ticos. 

El P. Fr. Diego Bringas y Encinas, entusiasta y fiel realista, fué 
uno de los que más se esforzaron en combatir en el pulpito á la in- 
surrección, y frecuentemente exhortaba en los campos de batalla 
á los soldados del Rey, animándolos á combatir con valor. Este sa- 
cerdote era Capellán en el ejército de Calleja y se hizo notable por 
sus sermones predicados en Guanajuato y en México, \- por su im- 
pugnación á un manifiesto del Dr. D.José María Cos. 

El Dr. D. Sebastián Betancourt y León, Canónigo de la Catedral 



Documentos en el Archivo General de la Xación 



212 

de \'al!aciolid. combatió también en el pulpito á la independencia, 
y no conforme con esto iba diariamente al campamento realista, 
cerca de aquella ciudad, á exhortar á los soldados. 

El Padre Vélez, de Tepic, predicó un furioso sermón contra el 
cura insurgente D. José María Mercado, lo que dio margen á que 
se operara allí una contrarrevolución realista como la que el P.\^er- 
dín acababa de hacer en San Blas. 

Don Mariano \"illar, cura de Sta. María Amealco, exhortaba 
;í sus feligreses á que de ningún modo ayudaran á la causa de los in- 
surgentes, y en un sermón predicado contra ellos pedía ;i la A'irgen 
del Rosario que protegiera con un feliz éxito las campañas del 
Gral. Calleja. 

Fr. Isidro A. Escalona, Superior del Convento de la Merced en 
México, aparte de los escritos que trabajaba en Lagos para encen- 
der el celo de los eclesiásticos en la predicación á favor de la cau- 
sa del Rey, consagraba sus esfuerzos para que en todos los Con- 
ventos de la mismíi Orden se formara una tropa auxiliar espiritual 
de dicha causa. Ese sacerdote decía que México era un Paraíso, 
pero que desgraciadamente había entrado en él la serpiente en 
forma de criollismo. 

A los anteriores pueden agregarse el Dr. José María Zenón y 
Mexía, jesuíta de México, Fr. Nicolás Pacheco, Capellán del ejér- 
cito de Calleja, Pedro José Mendizábal, de Querétaro, Pedro José 
Ignacio Calderón, del Arzobispado de México, Fr. José Joaquín Ca- 
ballero, Prior del Convento de San Agustín de Valladolid, aunque 
no fueron solamente éstos, sino muchos más los que ocuparon la 
cátedra sagrada para predicar contra la revolución ó para defen- 
der la causa del Rey, pues casi todos los curas y sus capellanes te- 
nían órdenes y recomendaciones para ayudar en ese sentido. 

El Abad de los Religiosos de San Pedro en México, D. Mariano 
Beristáin, informó en Octubre de 1910 al Virrey que había dado 
orden para que en los confesionarios, en los pulpitos y en las con- 
versaciones se atacara á la revolución. 

El P. Fr. José Agustín de Vega, Provincial del Convento de San 
Francisco de Zacatecas, exhortaba á sus cofrades á emplear todo 
su celo en la predicación contra la causa insurgente y en favor de 
la del Rey. 

En esos días había tomado tan serio aspecto la actitud del clero 
en favor de la causa insurgente, que el Virrey Venegas, justamente 
alarmado de que muchos sacerdotes se adherían á ella de una ma- 
nera manifiesta, prestándole su apoyo físico y moral por cuantos 
medios les era posible, ordenó al Brigadier Calleja y á otros jefes. 



213 

que á los insurgentes que fueran aprehendidos, principalmente si 
eran eclesiásticos, se les fusilara. 

Por fortuna esa tremenda orden no fué debidamente cumplida, 
á pesar de que no eran pocos los sacerdotes que fueron hechos 
prisioneros como apóstatas y rebeldes. 

El mismo Virrey y el Gral. Calleja, en vista del incremento que 
tomaba la insurrección en muchas partes, y particularmente en e! 
Bajío, había excitado al Arzobispo de México para que fueran en- 
viados religiosos franciscanos de Pachuca á celebrar misiones y 
ejercicios á los pueblos del Interior, con el fin de que por ese me- 
dio se contuvieran los rápidos progresos de la rebelión. Los fran- 
ciscanos de Pachuca no pudieron cumplir esa comisión; pero sí los 
Cruciferos de Querétaro, de cuyo Convento salió en Marzo de IS] 1 
el Rev. P. Fr. Manuel Estrada con cuatro religiosos del mismo con- 
vento, que recorrieron las poblaciones de Celaj^a, Irapuato, San 
Miguel, Guanajuato, Lagos, Aguascalientes y algunos lugares de 
las Provincias de San Luis Potosí hasta la hacienda de Bocas. 

El P. Estrada informaba al Brigadier Calleja desde Aguasca- 
lientes el buen éxito de dichas misiones, agregando que había cele- 
brado allí unas honras fúnebres en honor de los europeos degollados 
por los rebeldes, y en una carta posterior le decía, que un millón de 
veces se alegraba y otras tantas se complacía de la prisión del He- 
rege. Traidor y Fratricida Hidalgo y sus compaiieros cabecillas. 

En Querétaro el P. D. Manuel Toral había arreglado también 
unas misiones protegidas por el Brigadier García Rebollo. 

En algunas otras partes del Virreinato igualmente se verifica- 
ron misiones con el mismo fin, aunque en reaHdad ese recurso no 
surtió todos los buenos resultados que de ellas se esperaban, su- 
puesto que la insurrección continuó propagándose aun en los mis- 
mos lugares que acababan de escuchar la autorizada voz de los 
misioneros. 

El Capítulo del Convento de San Francisco de San Luis Potosí 
dispuso se privara de sus oficios eclesiásticos, honores, beneficios 
y prerrogativas á todos los sacerdotes que de aquella corporación 
habían tomado parte en favor de la independencia, ó que en lo su- 
cesivo la tomaran, i 

Con el propósito, también, de poner un imponente valladar á los 
progresos de la revolución se habían organizado en muchos luga- 
res Juntas de Seguridad, encargadas de instruir causas y sumarias 
á los reos del delito de infidencia, y como entre ellos figuraban al- 

1 Documento en el Archivo Nacional. 



214 

gunos sacerdotes, se nombraron Jueces Eclesiásticos para que, aso- 
ciados ñ los de la Autoridad Real, tomaran parte en esas causas. • 

El Virrey Veneijas, al tener noticia de la insurrección que iba 
á estallar en Querétaro antes de la de Dolores, pidió al Obispo de 
Michoacán que nombrara un eclesiástico de confianza para que co- 
nociera en las diligencias que allí se debían practicar, 5^ ese nom- 
bramiento le fué conferido al Dr. D. Félix Osores y Sotomayor. 

En México había sido también nombrado Juez de la Junta de Se- 
guridad y buen orden, el Dr. D. Félix Flores Alatorre, originario 
de Jalapa, en el Estado de Zacatecas, y descendiente de uno de los 
conquistadores espafiolcs que vinieron con Don Ñuño de Guzmán. 

Sin embargo, ni las amenazas, ni las cárceles, ni los sangrien- 
tos castigos, ni las pastorales de los obispos, ni las predicaciones, 
ni las promesas, ni el indulto, fueron suficientes para contener el 
torrente revolucionario que se desbordaba con estrépito amenaza- 
dor sobre todas las comarcas del Virreinato. 

El \"irrey redoblaba sus órdenes y sus medidas para poner un 
dique á ese torrente: los jefes militares hacían esfuerzos en el mis- 
mo sentido, sembrando el terror y la desolación en todas partes; 
los Obispos prodigaban los anatemas, y los partidarios del Rey ha- 
cían todo lo posible para que la tormenta de la insurrección no aca- 
bara por aniquilar el vacilante régimen del gobierno español. 

El Brigadier Calleja, algo desmoralizado con aquella situación, 
decía al Virrey desde San Luis Potosí, que la insurrección era ge- 
neral, que en las mismas tropas del Re}^ había entrado la perfidia, 
que las proclamas y pasquines sediciosos aparecían fijados en las 
puertas de las iglesias, y que la conducta de muchos cléi'igos lo obli- 
gaban á tomar medidas severas para cortar el cáncer. 

El mismo Calleja decía al Virrey que en Irapuato todos sus mo- 
radores, inclusos los frailes, eran insurgentes. 

En resumen, ni el lamentable sacrificio del ínclito caudillo de 
Dolores y sus dignos compañeros, ni la desaparición del benemé- 
rito cura Mercado, ni la muerte de los valientes legos Herrera y 
\'illerías, ni los reveses que habían sufrido los defensores de la pa- 
tria, habían podido apagar el incendio producido por el sacro fue- 
go de la libertad. Antes por el contrario, esas dolorosas pruebas, 
esos cruentos sacrificios, esos reveses, parece que sirvieron para 
avivar la llama de ese incendio. 

La causa del pueblo había sufrido solamente una transforma- 
ción ó un cambio, á semejanza de los árboles que pierden sus ho- 
jas al soplo de un inesperado huracán, para volver á cubrirse de 
nuevo y vigoroso follaje. 



215 

Así es que á los extintos caudillos y defensores de la independen- 
cia debían suceder otros campeones, otros atletas, otros héroes y 
tal vez otros mártires. Y así sucedió en efecto. 

El Gral. D. Ignacio Rayón, que había quedado en el Saltillo con 
alguna fuerza, emprendió la marcha rumbo á Zacatecas el 26 de 
Marzo de 1811, log^rando derrotar al Comandante realista D. Ma- 
nuel Ochoa en el Puerto de Piñones. 

Rayón prosiguió hacia Zacatecas, cuya plaza estaba defendida 
por D. Juan Manuel Zambrano, á quien atacó allí el 14 de Abril, de- 
rrotándolo completamente y ocupando la ciudad, en la cual perma- 
neció algunos días. 

En esa jornada se distinguió el intrépido cura insurg'ente D.Jo- 
sé Antonio Torres, á quien encomendó Rayón el ataque al Cerro 
del Grillo, cuya posición fué rendida por el vigoroso asalto de los 
soldados de dicho cura. 

Durante ese tiempo, 3^ no habiendo tenido un resultado satisfac- 
torio las negociaciones ó arreglos que el jefe insurgente había pro- 
puesto al Brigadier Calleja por conducto de D. José María Rayón 
y del P. Gotor, avanzó dicho Calleja sobre Zacatecas. El Gral. Ra 
yon no juzgó conveniente esperarlo en esa plaza, la que desocupó 
para dirigirse á Michoacán; pero cerca de la hacienda del Maguey, 
entre Zacatecas y Aguascalientes, lo alcanzó el Coronel Emperán 
del ejército de Calleja. Rayón tuvo que presentarle batalla; pero 
fué derrotado allí por el jefe realista, y con los restos de tropa que 
le quedaron continuó su marcha á Michoacán, en cuya Provincia 
logró pocos días después dar poderoso impulso á la in.surrección, 
creándole nuevas tropas y elementos y extendiendo el fuego revo- 
lucionario á otras Provincias. 

En el Bajío aparecieron nuevos adalides insurgentes: Albino 
García, Rosas, Matías Ortiz, Güemes el Anglo- Americano y otros, 
entre los que también figuraban alg;unos sacerdotes, como fueron 
los PP. Navarrete, Garcillita, Saavedra, García, Macías, Sánchez 
y algunos más. 

En JalLsco siguieron combatiendo el denonado Gral. D. José An- 
tonio Torres, D. Encarnación Rosas y el P. D. Marcos Castella- 
nos. 1 

Estos dos últimos habían derrotado al Oidor Recacho enjamay 
y poco después se hicieron fuertes en la isla de Mezcala, cuya po- 



1 Hubo dos caudillo.s del mismo nombre: D.José Antonio Torres que fué 
ahorcado y descuartizado en Guadalajara el 28 de mayo de 1811, y el cura D. 
José Antonio Torres, subalterno del Gral. D. Itínacio Ravón. 



216 

sición resistió muclio tiempo los rudos ataques de las tropas rea- 
listas. 

El cura Ramos, Hermosillo, Oropeza, Casas y Abad Miramoii- 
tcs, ayudados y dirigidos por el infatigable y patriota cura D.José 
Pablo Calvillo, sostenían la lucha en el sur de Zacatecas, en Aguas- 
calientes y varios lugares de Jalisco. 

El lego Vinerías y el indio Bernardo de Lara (á) Huacal, hos- 
tilizaban á las tropas del Rey en las Provincias de San Luis Potosí 
y Nuevo Santander. 

En la Sierra de Xichú el cura D. José Antonio Magos, y por Hui- 
chapan y otros lugares de Querétaro los Villagrán. 

En el Sur, el indomable cura D.José María Morelos, secundado 
por sus valientes compañeros el cura de Xantetelco, D. Mariano 
Matamoros, los Bravo, los Galeana y el P. D.José Manuel Izquier- 
do. En el Bajío el inolvidable D. Pedro Moreno y el bizarro Gral 
D. Javier Mina. 

En Michoacán D. Ignacio Rayón y sus hermanos; D.José María 
Licéaga, D. Juan Pablo Anaya, D. Víctor Rosales, el intrépido cura 
D.José Antonio Torres y los Dres. D. Sixto Berduzco }' D. José Ma- 
ría Cos. 

Por último, el insigne patriota D. Guadalupe Victoria, Valerio 
Trujano, Vergara, Guzmán, en Veracruz, y tantos otros que en 
muchas partes del país tomaron las armas en defensa de la inde- 
pendencia. 

Todos tienen ya un merecido lugar en la historia y en el cora- 
zón del pueblo mexicano, porque no solamente prosiguieron la glo- 
riosa obra comenzada por el inmortal Hidalgo, sino que también 
supieron luchar por ella con abnegación, con valor y con heroísmo, 
haciéndola atravesar un largo período de combates y de inauditos 
esfuerzos, hasta que el invicto caudillo suriano D. Vicente Guerre- 
ro puso fin con el histórico Abraso de Acatempan, á aquella desas- 
trosa lucha que tantos sacrificios y tantas vidas había costado al 
suelo patrio. 

El furor de la guerra era cada día más imponente entre los par- 
tidos antagonistas y había llegado á tomar el car;'icter de un mal 
contagioso, supuesto que si los sacerdotes que empuñaron las ar- 
mas en defensa de la independencia, formaban ya una legión cuj^o 
número iba aumentando, los sacerdotes adictos á la causa del Rey 
no escaparon de ese contagio, formando otra legión de combatien- 
tes bastante numerosa. 

A los comienzos de la revolución los Padres Carmelitas de San 
Luis Potosí habían organizado una guerrilla con peones de sus ha- 



217 

ciencias y pagada con los fondos del Convento, la cual pusieron al 
mando del le.£|;o Fr. Bartolomé de la Madre de Dios y á disposición 
del Brigadier Calleja, i 

En Zacatecas se organizó una tropa que se denominaba Coin- 
paíiía Feniandiiia Patriótica Zacatccaua, armada con lanzas y 
puñales, teniendo por especial objeto combatir en favor de la Re- 
ligión y del Rey hasta derramar la última gota de sangre, pero úni- 
camente dentro de los muros de la Parroquia de aquella ciudad. - 

El cura de León, Dr. Tiburcio Caamiña, organizó en dicho lugar 
una tropa que se llamaba Patriotas Voluntarios de Fernando Sép- 
timo y Defensores del Santuario. 

El Can(')nigo D. Francisco Lorenzo de Velazco, autorizado por 
el Comandante de armas de Oaxaca, había formado también allí 
una milicia eclesiástica para la defensa de la Religión y de la 
Patria. 

El Obispo D.Juan Cruz Ruiz de Cabanas se consagró á orga- 
nizar en Guadalajara un cuerpo de tropa formado de eclesiásticos 
y seculares, que llevaban una cruz roja al pecho y que eran llama- 
dos con campana á hacer ejercicios militares, i 

El Obispo de \^alladolid. Abad y Queipo, deseando combatir por 
toda clase de medios á la insurrección, mandó bajar las campanas 
de las torres de aquella Catedral para hacer cañones, cuya cons- 
trucción dirigía él personalmente. ^ 

Por último, (y no es este el único caso de igual género) el cura 
de Zacatecas, D. Vicente Ramírez, había solicitado permiso del 
Brigadier Calleja para organizar en dicha ciudad una Compañía 
de Patriotas Eclesiásticos, ofreciendo erogar de su propio peculio 
una buena parte de los gastos; pero el jefe realista consultó el asun- 
to con el Virrc}' y éste contestó únicamente que se dieran las gra- 
cias al cura Ramírez por su loable deseo y patriotismo. 

La cooperación del clero se hizo también manifiesta por medio 
de la ainada de dinero y de otros recursos materiales, pues no fal- 
taron sacerdotes que de esta manera protegieron á sus respectivas 
causas. 

El P.José Rafael Ayala, además de haber tomado las armas en 
las tropas del caudillo D. Ignacio Rayón, hizo explotar por su pro- 

1 Hisl. Lie S. Luis Potosí, por D. Manuel Muro, cap. I, pág. 9. 

2 Documentos en el Archivo General de Zacatecas. 

3 Historia de México por Don Lucas Alamán., tomo II, página 5. 

4 Estudios sobre la Historia General de México, por Ignacio Álvarez, to- 
mo IV, pág. 55. 

Anales. ¿O 



218 

pia cuenta una mina ck- hierro cerca de Ajuchitlán, íí efecto de que 
sus metales sirvieran para ¡a construcción de armas y otros ob- 
jetos 

El Br. D. Juan de Dios Romero también había tomado las ar- 
mas en favor de la insurrección, y no conforme con esto, contribu- 
yó con importantes elementos de su hacienda de San Andrés Urué- 
taro, de la cual salieron más de 300 caballos, SOOreses, 1,200 cargas 
de trigo, 4,000 fanegas de maíz y una suma de 86,000 en efectivo 
para auxilio de las tropas insurgentes, aparte de otros recursos 
que la madre de dicho sacerdote, señora Soravilla, había facilitado 
también, por lo que se la condujo á Valladolid, donde los realistas 
la tuvieron detenida como ocho meses. 

El cura de Malacatepec, Dr. Ignacio Vicente Arévalo, era el 
director de una fábrica oculta de cañones y de lanzas que los insur- 
gentes tenían en aquel rumbo 

Cuando el Generalísimo Hidalgo estuvo en el Monte de las Cru- 
ces, se le presentó allí el Presb. D. Rafael Mañón, dueño de la ha- 
cienda de San Pedro Nose, ofreciéndole sus recursos. El jefe insur- 
gente lo nombró segundo Proveedor del Ejército, empleo que el 
P. Mañón cumplió enviando remesas de pan, verduras y otros co- 
mestibles. 

El patriota y valiente cura de Nopala, D. Manuel Correa, que 
tanto quehacer dio á los realistas en Michoacán y en el Bajío, to- 
maba las campanas de los templos para hacer cañones con ellas. 

Al Presb. del Obispado de Valladolid, D. José María Gutiérrez 
de la Concha, le fueron confiscados sus bienes porque se ocupaba de 
conducir remesas de plata de Guanajuato para los insurgentes del 
Interior. 

El P.José Antonio Segura, de quien D. Carlos M. Bustamante 
decía que era un insigne é incorruptible patriota, había gastado ca- 
si todos sus recursos en fomentar la revolución, y al morir, dejó lo 
que le quedaba al Brigadier insurgente D. Francisco Osorno.i 

Otros sacerdotes favorecían á la causa del pueblo ocup;índose 
ellos mismos de conducir correspondencia ó enviar correos para 
los jefes insurgentes. 

Los sacerdotes realistas tampoco quedaban atrás en esta línea, 
pues muchos de ellos habían hecho donativos de consideración al 
gobierno realista, comprando armas y vestuario para equipar mili- 
cias urbanas, desempeñando importantes comisiones y sirviendo 



1 DocumeiUos en el Archivo General de la Nación. 



219 

gratuitamente como capellanes en las tropas veteranas y en los cuer- 
pos provinciales. Entre estos sacerdotes se debe mencionar al P- 
Francisco Bravo, que hizo interesantes donativos, á Fr. Luis Ga. 
lindo, del curato de Meztitlán, Fr. Anselmo Gotor, Br. José Hipólito 
Díaz, Fr. José Rafael Sánchez Espinosa, cura de Tlanchinol, D. Ma- 
riano Meana, de Huejutla. Fr. Diego Bringas y Encinas y Fr. Simón 
de Mora Este último fué designado para ir á las haciendas del 
norte á comprar una gran cantidad de caballos destinados á las tro- 
pas del Rey, los cuales condujo á través de un largo camino lleno 
de peligros y dificultades. 

El Obispo D. Primo Feliciano Marín, del Nuevo Reino de León, 
facilitó $26,000 para haberes y vestuario de las tropas realistas de 
aquella Provincia. 

En suma, parece que la división ó el cisma que se operó enton- 
ces entre el clero católico, fué un motivo poderoso para proporcio- 
nar elementos y partidarios á los bandos contendientes, y la verdad 
es que en ese antagonismo eclesiástico los sacerdotes arrastraron 
á las multitudes á la revolución, ensangrentándola más y haciéndo- 
la más temible y estragosa, porque el ejemplo de muchos de esos 
sacerdotes que extorcionaban á los pueblos, que ejercían duras re- 
presalias ó venganzas, que cometían punibles excesos, que toma- 
ban parte en los combates y que á veces ellos personalmente ha- 
cían uso de las armas contra sus adversarios, fué suficiente estímu- 
lo para que esas multitudes siguieran el mismo camino, y con tanta 
más razón, cuanto se les animaba con el forzoso y santo deber de 
la defensa de la Religión, del Rey y de la Patria, que invocaban 
los realistas, ó bien con el triunfo de la causa americana y aun 
de la misma Religií'm, que era la patriótica divisa de los insur- 
gentes. 

Lo curioso es que los ministros de la Iglesia que habían tomado 
las armas, preferían á sus nombres eclesiásticos ó jerárquicos de 
Bachilleres, Presbíteros, Curas, Doctores, Cancuiigos, etc., los nom- 
bres militares de Capitanes, Comandantes, Coroneles, Brigadieres 
y Tenientes Generales. Algunos sacerdotes, para no confundirse 
con los que no eran soldados, llevaban las divisas militares aun cuan- 
do fuera sobre el vestida) ordinario, y llegó á decirse en aquel tiem- 
po que el cura Morelos concurría algunas veces á misa portando su 
uniforme de Generalísimo, y que á la /lora del Evangelio se ponía 
en pie y desenvainaba la espada. i 

La revolución seguía propag.'índose en todo el país y resonab;i 

1 Dociiincnto en el Archivo General de la Nación. 



220 

con estrépito aterrador desde Oaxaca hasta la lejana Provincia de 
Texas, y desde Soto la Marina hasta las playas del Pacífico. Casi 
no había comarca del A'irrcinato donde no se hubiera escuchado 
el grito de libertad, y aunque las armas del Rey lograban sofocar 
los movimientos revolucionarios en algunas partes, en otras esta- 
llaba con aspecto amenazador, poniendo en continua alarma al go- 
bierno realista; y á medida que sucumbían varios jefes insurgentes, 
que otros eran capturados y que algunos se indultaban, aparecían 
nuevos gladiadores conduciendo al terreno de la lucha á las hues- 
tes insurgentes, entre los cuales se contaron muchos sacerdotes, 
pues el participio de éstos no dejó de sentirse ni en los días más 
aciagos y difíciles de esa lucha. 

Los combates se sucedían uno tras otro, y á pesar de que la 
suerte era á veces adversa ;í las armas insurgentes, en otras las fa- 
vorecía con importantes triunfos y con gloriosas victorias, prolon- 
gándose así por varios años aquella tenaz y borrascosa disputa, que 
ha dejado huellas imborrables en muchos lugares de la República 
y recuerdos imperecederos de tantos beneméritos caudillos que se 
distinguieron por su constancia, su valor y sus sacrificios en defen- 
sa de la patria. 

El gobierno realista no se fiaba 3^a solamente en la fuerza física 
desús armas, ni en el apo^^o moral desús disposiciones gubernativas 
para contener la insurrección, sino que también procuraba la ayu- 
da del clero para aprovecharla de diversas maneras. 

Multitud de sacerdotes fieles á la causa del Rey fueron autori- 
zados para conceder indulto á los insurgentes }' aun para hacerlos 
que depusieran las armas, ofreciéndoles en ciertos casos empleos, 
seguridades y consideraciones de parte del gobierno. 

Todos esos sacerdotes tenían la extricta obligación de dar noti- 
cias al V^irrey y á los jefes superiores de tropas, acerca de los mo- 
vimientos de los insurgentes y de lo que éstos hacían al ocupar las 
poblaciones, y aun en Nueva Orleans había un P. Sedella que in- 
formaba al \"irrev' respecto á los trabajos de los insurgentes en aque- 
llos lugares. 

El P. Fr. Vicente Escalera, Guardián del Convento de Guada- 
lupe, de Zacatecas, fué comisionado por el Brigadier D. Diego Gar- 
cía Conde para ir á Michoacán á conferenciar con el caudillo D. 
Ignacio Rayón y con el Dr. Cos, á fin de participarles la restitución 
de Fernando 7.° al Trono de España y de ofrecerles el indulto si 
deponían las armas. En el cumplimiento de esta comisión, que des- 
empeñó con asiduidad 3' en medio de algunos peligros el P. Escalera, 
no se obtuvo buen éxito, porque el cura insurgente D. José Antonio 



221 

Torres lo hizo regresar de Pénjamo, sin haberle permitido hablar 
con Rayón y con el Dr. Cos. 

Poco antes de esta tentativa el Virrey había comisionado secre- 
tamente á los PP. Neven 5^ Anselmo Gotor para que fueran tam- 
bién á Michoacán á seducir á los oficiales insurgentes; pero descu- 
bierta esa trama, fueron capturados dichos sacerdotes y reducidos 
á prisión. 

Varias tentativas del mismo carácter se habían hecho en otras 
partes ; pero ni este recurso, ni los demás que se empleaban, fueron 
bastantes para destruir ó debilitar al partido independiente. 

Convencido de esta verdad el Brigadier García Conde, decía al 
Virrey Calleja lo siguiente en un informe que acerca del estado de 
la insurrección en las Provincias de Guanajuato, Valladolid, Gua- 
dalajara, Zacatecas y San Luis Potosí, le rindió en México el 5 de 
Enero de 1.S14. « pero el Señorito malcriado subsiste (la in- 
surrección) aun con los mismos proyectos de exterminio y con sus 
pocas fuerzas divididas lleva sus depravados Planes adelante con 
demaciados progresos en la aniquilación. 1 

Así es que el g'obierno virreinal multiplicaba el número de sus 
tropas y aun hacía venir soldados de España á reforzarlas para 
combatir á la insurrección; pero ésta se presentaba formidable con 
el apoyo de la voluntad popular y sostenida por los heroicos es- 
fuerzos de los jefes que la acaudillaban; y sobre todo, robustecida 
é invencible por la excelencia y la justicia de los principios que pro- 
clamaba. 

Si la causa realista tenía á su lado jefes fieles, expertos y ani- 
mosos, la insurrección contaba con ciudadanos decididos y valien- 
tes, que sin haber sido militares de profesión, supieron humillar á 
soldados del Rey, consumando actos admirables de valor y de he- 
roísmo; y lo más sorprendente es, que algunos sacerdotes dieron 
también ejemplos palpables de este género. 

No necesitamos consignar aquí las hazañas guerreras de esos sa- 
cerdotes, porque la historia las ha referido ya, á lo menos en lo que 
concierne á los principales, como el ínclito General D. José María 
Morelos, el cura D. Mariano Matamoros, el Dr. D.José María Cos, 
el cura D.José María Mercado, Fr. Luis de Herrera, Fr. Juan Vi- 
nerías, el cura D.José Antonio Torres, el P. D. Luciano Navarre- 
te, el P. Izquierdo y otros más, cuyos hechos militares sería mujr 
prolijo relatar en este artículo. 

Sin embargo, es preciso no olvidar que los nombres de esos 

1 Documento en el Archivo General de la Nación. 



222 

eclesiásticos se hicieron notables en la heroica defensa de Cuantía, 
en Acapulco, en el Puerto de San Blas, en San Agustín del Pal- 
mar, en Santa María del Río, en los fuertes de los Remedios y de 
San Juan Evang^elista, en Toluca, en Sultepec y otros lugares. 

No debemos olvidar tampoco algunas acciones recomendables 
y heroicas de varios sacerdotes insurgentes, como sin duda lo fué 
entre ellas la que se refiere del P. D.José Manuel Izquierdo, Briga- 
dier insurgente, y es como sigue: 

El Coronel D. Manuel Concha había capturado cerca de Temas- 
calcingo á D. Nicolás Izquierdo, padre del sacerdote referido, y ya 
sea por sugestiones del jefe realist;i ó bien por un acto expontá- 
neo, el infortunado prisionero escribió una carta á su hijo, exhor- 
tándolo á que depusiera las armas y se indultara, pues, de esto de- 
pendía que se salvase la vida del mencionado prisionero. Sin em- 
bargo, el P. Izquierdo, luchando entre los deberes que como hijo 
necesitaba cumplir y los que le imponía la defensa de la patria, se 
vio obligado al fin, ahogando con íntimo dolor aquellos sagrados 
deberes, á contestar á su padre, diciéndole que no quedaba más re- 
cui^so que conformarse con hi suerte, y por lo mismo, le recomen- 
daba supiera morir con resignación. 1 Como ei^a de esperarse, los 
realistas lanzaron sobre el P. Izquierdo los epítetos más duros y de- 
nigrantes, llamándolo desnaturalizado, infame, ingrato, perverso, 
lo mismo que habían dicho del invicto campeón D. Pedro Moreno, 
cuando éste se resignó á que su pequeña hija Guadalupe quedara 
á merced del realista Brilanti, que la había capturado inicuamente. 

El P. Luna, de quien se dice que había concurrido con el Gral. 
D Ignacio Rayón á varios combates, fué procesado en Querétaro 
porque se descubrió que tramaba una conspiración en la tropa rea- 
lista, seduciendo á varios sargentos y soldados. 

El cura Saenz, de Nombre de Dios, también fué procesado por- 
que se ocupaba de reunir allí gentes y elementos para apoderarse 
de la ciudad de Durango. 

F"i'. Juan Montoro andaba con las armas en la mano defendien- 
do la causa de la independencia al lado del cabecilla Vargas, y 
cuando éste fué derrotado en el cerro del Fraile, cerca de Ajuchi- 
tlán, el P. Montoro caj^-ó prisionero en los momentos de estar ha- 
ciendo fuego él mismo con un cañón. Se le juzgó sumariamente y 
fué sentenciado ;i la pena capital, pero al marchar al patíbulo de- 
claró con admirable entereza que había tomado participio expon- 
táneamente en hi revolución, porque la juzgaba buena 3- justa. 

1 D. Nicolás Izquierdo fué fusilado por orden del Coronel Concha. 



223 

Otro sacerdote, el Presb.Luis Collado, que había concurrido á va- 
rios combates contra los realistas por el rumbo de Zimacatepec, 
ayudó decididamente á la Suprema Junta Nacional, proporcionán- 
dole asilo cuando se vio obligiada á salirse de Zitácuaro. 

Varios eclesiásticos, entre ellos D. José Manuel Izquierdo, D. 
Lino Ortiz y D. Nicolás Martínez, sufrieron la pérdida de conside- 
rables intereses que les fueron confiscados por haber tomado par- 
te en !a revolución de la independencia. 

El Dr. D.José María Cos, caudillo bastante conocido y mencio- 
nado en la historia por su ardiente patriotismo y marcada adhesión 
á la causa mexicana, ya como miembro de los gobiernos naciona- 
les, ya como intrépido soldado ; 1 como escritor público, como 
autor del famoso Plan de Paz y Guerra, de proclamas y manifies- 
tos patrióticos 3^ de disposiciones gubernativas interesantes, y co- 
mo representante y comisionado de la provincia de Zacatecas para 
entenderse con los principales jefes de la revolución acerca del ver- 
dadero carácter de ésta; el Dr. Cos, decimos, le prestó tantos y tan 
importantes servicios á la patria, que para enumerarlos sería pre- 
ciso extendernos demasiado en este artículo. El Dr. Cos, en su pa- 
triótico afán de propagar y defender los principios de la indepen- 
dencia, se consagró á construir con sus propias manos caracteres 
improvisados de madera y tinta de añil para la publicación del 7///s- 
trador Nacional. - 

Notable también fué el Dr. D.Sixto \'erduzco, pues no solamen- 
te form(') parte de la primera Junta Nacional llamada de Zitácuaro 
y del Congreso de Chilpancingo, trabajando con abnegación y cons- 
tancia en favor de la independencia, sino que también tomó las ar- 
mas y corrió no pocos peligros, hasta que al fin fué á caer en ma- 
nos de los realistas, quienes lo retuvieron en prolongada prisión, de 
la que logró quedar libre el año de 1820, en virtud del indulto que 
entonces se concedí*') á todos los reos políticos, como una gracia 
otorgada con motivo del restablecimiento de la Constituciiui espa- 
ñola de bS12. 

Igualmente debe mencionarse al valiente cura Teniente Gral. 
D. Mariano Matamoros, digno y fiel compañero del benemérito cau- 
dillo D.José María Morelos. Infatigable en el cumph'miento de .sus 
deberes como un buen patriota y como intrépido soldado, hizo 
triunfar las armas insurgentes contra Dambrine en el .Sur y con- 



1 Organizó en el pueblo de Dolores un regimiento al que le puso el nom- 
bre de La Muerte, con el que peleó contra los realistas en algunos combales. 

2 México Viejo por D. Luis G. Obregón, Cap. XV, p. 200. 



224 

ira varios jefes realistas en San Agustín del Palmar y en otros lu- 
gares; pero desgraciadamente fué hecho prisionero en el combate 
de Puruarán. 1 El Gral. Morelos, en nombre del Congreso Nacio- 
nal propuso al \^irrey y al Ayuntamiento de México la libertad de 
200 europeos presos y la de los eclesiásticos Fr. Pedro Ramírez y 
Fr Antonio Neven, por la del cura Matamoros ; pero aquellas autori- 
dades realistas, comprendiendo que su causa ganaba más con la de- 
saparición del bravo insurgente que con la libertad de los 200 euro- 
peos, rechazaron la indicada proposición, dando á conocer con 
semejante repulsa el temor que les infundía el cura Matamoros co- 
mo defensor de la causa insurgente; y por lo mismo, lo llevaron al 
patíbulo, sin embargo de que dicho sacerdote había perdonado la 
vida á unos prisioneros realistas, á ruegos de los sacerdotes de San 
Agustín Chalchicomula. 

Del intrépido cura D.José Antonio Torres también puede de- 
cirse que fué un defensor acérrimo de la causa mexicana, á la que 
le consagró toda su actividad y energía hasta los últimos años de 
la lucha, distinguiéndose como jefe atrevido y valeroso en los com- 
bates y como perseguidor incansable de las tropas realistas. La vi- 
da de ese sacerdote, como partidario de la independencia, ofrece no- 
tables actos de valor, de abnegación y de heroísmo, que lo hacen 
acreedor á que se le coloque en el rango de los mejores campeo- 
nes de la patria. 

En cuanto al cura de Nucupétaro y de Carácuaro, D.José María 
Morelos y Pavón, Generalísimo de las armas americanas, mucho 
habría que referir, porque su aparición en la liza de la patriótica 
contienda fué la aparición de un nuevo }• esforzado adalid, de quien 
la patria podía esperar valiosos servicios, porque desde que el cu- 
ra Hidalgo lo comisionó en Charo, á fin de que organizara tropas 
en la Costa del Sur, demostró en pocos meses suficiente audacia, 
actividad y valor para que desde entonces se le considerara j'a como 
un caudillo temible y respetado, supuesto que con un grupo de 25 
hombres armados de escopetas y lanzas había recorrido desde Za- 
catula hasta Acapulco, engrosando sus tropas, atra3'endo proséli- 
tos á su causa, 2 insurreccionando á los negros de aquella costa y 
dispersando y venciendo á Páris y á otros jefes realistas desde el 
Sur hasta las márgenes del Mezcala, poniendo, como dice el histo- 
riador D. Lucas Alamán, en el maj^or peligro el dominio español 
en Nueva España. 3 

1 El día 5 de Enero de 1814. 

2 Entre ellos á los valientes y p;itrioias Bravo y á los Galeana. 

3 Historia de México, T. U, pág. 314. 



225 

El cura Morelos, después de haber luchado con arrojo y con he- 
roísmo en aquella montañosa comarca, vino á prestar importante 
ayuda en las Provincias de Oaxaca y Valladolid, donde las proe- 
zas del indómito caudillo le valieron el renombre de héroe y la cele- 
bridad con que justamente le distingue la historia, pues el mismo 
Alamán, que se ha manifestado adversario ó enemigo de la inde- 
pendencia, dice que el cura Morelos fué el hombre mas notable de 
los insurgentes. 

En efecto, su carrera como defensor de la patria es toda una 
serie de episodios interesantes, de hechos sorprendentes y de ac- 
ciones gloriosas que revelan al patriota entusiasta y decidido, al 
partidario fiel y abnegado, al republicano puro, al luchador de ca- 
rácter inalterable en las más difíciles situaciones y en los más gra- 
ves peligros; previsor, astuto, audaz, incorruptible en materia de 
dignidad y honradez, íntegro en el manejo de los caudales públi- 
cos. Sin embargo, para conocer mejor el carácter de ese hombre 
insigne y el importantísimo papel que desempeñó en la revolu- 
ción, imprimiéndole un aspecto formidable, sería preciso leer sus 
decretos, sus bandos, sus informes, sus opiniones en asuntos polí- 
ticos, sus proclamas, su correspondencia militar y otros docu- 
mentos que forman la historia del inmortal defensor de Cuantía, 
entre ellos la causa que se le instruyó antes de que se le fusi- 
lara. 

Con sobrada razón el gobierno realista mandaba perseguir sin 
tregua y encarnizadamente al indómito guerrero, recomendando 
su exterminio por todos los medios posibles; y cabe referir aquí 
que cuando el General Calleja formalizó el sitio de Cuautla, in- 
tentaba exterminar al cura Morelos de una manera inicua y feló- 
nica, ordenando que se le espiara sigilosamente con el fin de apro- 
vechar la oportunidad de matarlo. Para la realización de tan negra 
tentativa se tenía dispuesto que cuando Morelos saliera de paseo 
al Platanar y se le descubriese, le hicieran fuego simultáneo los 
soldados de una tropa oculta al intento, y aun toda la arti- 
llería del mismo rumbo. Pero quiso la suerte que el intrépido 
caudillo no sucumbiera entonces herido por las balas reahstas, 
aunque desgraciadamente fué capturado después en el combate 
de Tesmalaca y conducido al suplicio en San Cristóbal Eca- 
tepec. 

La captura del Gral. Morelos causó inmenso regocijo entre los 
más acérrimos realistas, y fué celebrada con demostraciones pú- 
blicas y con festividades religiosas en algunas partes, como lo ha- 
bía sido la del cura Hidalgo, la del Gral. Mina y hasta la de Pedro 

Anales. 29 



226 

Rojas (á) El Negro, temible insurgente que merodeaba por las cer- 
canías de México, i 

Los realistas consideraban de tan transcendental importancia 
la prisión del cura Morelos, que el Real Tribunal del Consulado de 
México mandó luego al Virrey Calleja un donativo de más de on- 
ce mil pesos, para que fueran distribuidos como premio entre la tro- 
pa que había derrotado y hecho prisionero al valeroso campeón 
insurgente. 

Inmensa y en sumo grado deplorable fué esa desgracia para la 
causa de la libertad, y aunque ella produjo algún desaliento en las 
filas de la revolución, no fué motivo para que la guerra contra el 
gobierno realista dejara de seguir vigorosa y constante, supuesto 
que aun quedaban en pie otros esforzados campeones, como el in- 
victo D. Vicente Guerrero en las montañas del Sur, D. Guadalu- 
pe victoria en Veracruz y muchos otros en varias comarcas del país. 

Además, la causa de la independencia tuvo á su servicio algu- 
nos sacerdotes ilustrados que la defer^dieron en la prensa al lado de 
los buenos patriotas D. Carlos M. Bustamante }• D. Andrés Quintana 
Roo, como D José Manuel Herrera, cujeas producciones vieron la 
luz en El Ilustrador Nacional, en El Ilustrador Americano y en el 
Despertador Americano del Sur. También el Dr. D. Francisco 
Severo Maldonado y el P. D. José Ángel de la Sierra cooperaron 
con sus escritos en el Despertador Americano que se publicó en 
Guadalajara en Diciembre de 1810. 

El Dr. D. Manuel Iturriaga, de acuerdo con el cura Hidalgo, ha- 
bía formado un plan en que explicaba algunos medios para reali- 
zar la independencia y lo que convenía hacer después de realizada. 

El P. Fr. Vicente Santa María, que acompañó al Gral. Morelos 
en su expedición contra Acapulco, fué el autor de la Constitución 
Provisional del Imperio de Anahuac, que se juró en Oaxaca y 
Chilpancingo, según refiere el P. Fr. Manuel Gutiérrez Solana en 
la declaración jurídica que rindió al Comandante General realista 
del Ejército del Norte en Valladolid. - 

Otros sacerdotes desempeñaron comisiones importantes en los 
Estados Unidos, y uno de ellos fué el Dr. D. Francisco Peredo -y 
Pereira, á quien el Gral. D. Ignacio Rayón confirió el encargo de 
ir á aquel país á comprar armas para las tropas insurgentes y á 
tratar asuntos diplomáticos con el gobierno de dicho país y con los 

1 El Cabildo de la Colegiata de Guadalupe celebró misa cantada y Te 
ítciim por las victorias de Liñán contra el Gral. Mina y por la captura del iVé- 

;'o.— (Oficio de Rafael Casasola al Virrey. Febrero 13 de 1818.) 

2 Documentos en el Archivo General de la Nación. 



ti-!' I 



227 

representantes de Inglaterra y Santo Domingo. El P. Peredo lo- 
gró adquirir una regular cantidad de armas en Boston y en Fila- 
delfia, las que fueron desembarcadas en el Puerto de Nautla. 

Por último, y para no aumentar ya estos ejemplos del partici- 
pio del clero en la guerra de independencia, es preciso indicar que 
en ella hubo también sacerdotes mártires, porque m;írtires fueron 
los que sumidos en obscuras cárceles, como el invicto P. Mier, autor 
de la notable Historia de la Revolución de Nueva España, experi- 
mentaron duras penalidades y dolorosas miserias, ó bien sufrieron 
los rigores del ostracismo en lejanas prisiones ultramarinas. Már- 
tires también deben considerarse los sacerdotes que fueron inhu- 
manamente asesinados, ó que pagaron en el patíbulo su adhesión 
á la causa que defendían. 

En el número de esos mártires debe figurar en primera línea el 
inmortal cura de Dolores D. Miguel Hidalgo y Costilla, quien pre- 
cedió en el camino del suplicio á los beneméritos sacerdotes D. 
Mariano Balleza y D. Ignacio Hidalgo 3' Muíioz, fusilados en Chi- 
huahua; á Fr. Juan Zalazar, pasado por las armasen Monclova; 
á Fr. Luis Herrera, al lego Ildefonso Blancas y dos reHgiosos sa- 
crificados en la Villa de Aguayo; á Fray Pedro Bustamante, Fr. 
Carlos Medina, Fr. Bernardo Conde y Fr. Ignacio Jiménez, lle- 
vados al patíbulo en el rancho de San Juan de Dios, cerca de Du- 
rango, y sepultados de caridad; á Fr. Segundo Gómez, fusilado en 
Valladolid el año de 1814, por orden del Brigadier D. Ciríaco del 
Llano; á Fr. Juan Montoro. en Ajuchitlán; al Presb. José Valdivie- 
so, fusilado felónicamente por el realista Lamadrid en Tlalpam el 
año de 1817; al benemérito P. D. Guadalupe Salto, sacrificado en 
Valladolid de una manera cobarde y cruel, por haberse defendi- 
do heroicamente. 

El movimiento revolucionario había llegado ya á los últimos 
días del prolongado período en que los defensores de los dos par- 
tidos contendientes se disputaban el triunfo en medio de una lucha 
implacable, tenaz, desastrosa 3'^ sangrienta, en la que se tocaron 
los extremos de las más enconadas venganzas, de los suplicios más 
atroces, de las iniquidades más repugnantes y aun de acciones ca- 
racterizadas por una inconcebible barbarie, al mi.smo tiempo que 
de esa lucha surgían actos de admirable patriotismo y abnega- 
ción, de pa.smosa intrepidez, de constancia inquebrantable y de bri- 
llante heroísmo. 

La revolución atravesaba entonces por una crisis que infundió 
algún aliento á los realistas, haciéndoles concebir lijeras espe- 
ranzas, supuesto que varios de los principales caudillos habían 



228 

sucumbido ya y que acababan de ser capturados D. Nicolás Bra- 
vo, D. Ignacio Rayón, el Dr. D. Sixto Verduzco, el P. Talavera y 
algunos otros; pero no por eso se encontraba la causa de la inde- 
pendencia en un estado precario ó agonizante, porque en muchas 
partes del país seguía ardiendo la llama de la insurrección. 

Sin embargo, un suceso imprevisto le vino á dar maj^or impul- 
so y á conducirla á su triunfo definitivo. En España se había ope- 
rado un movimiento revolucionario que obligó á las Cortes á res- 
tablecer la Constitución de 1812, y como ésta entrañaba principios- 
que constituían una seria amenaza para la Iglesia Católica, el alto 
clero de México recibió con desagrado ese golpe de la política li 
beral en España, y por m;ís que se procuró oponer varios obstácu- 
los á la promulgación de dicho Código, éste fué jurado en la ma- 
yor parte del Virreinato, y aun los prelados, curas y demás ecle- 
siásticos, debían, como lo ordenaba un decreto real, explicar en los 
templos y en los seminarios la referida Constitución, á fin de que 
el pueblo pudiera conocer sus derechos civiles y practicarlos. 

Muy tai'de llegó -á comprender el gobierno español el grave 
error ó la falta de haber mantenido en la ignorancia á los pueblos 
de sus colonias americanas, privándolos por tanto tiempo del go- 
ce de esos benéficos derechos. 

El suceso mencionado vino á operar una reacción repentina, 
inesperada é increíble en el seno del clero realista, pues éste, por 
despecho ó por un cálculo político que podía favorecer sus intere- 
ses, se apresuró á patrocinar, aunque de un modo oculto, una causa 
que en el fondo le era antipática y repulsiva, á la cual acababa 
de combatir encarnizadamente con todas las armas que tenía en 
sus manos. 

Es un hecho histórico sabido, que en el templo de la Profesa fué 
donde el P. D. Matías Monteagudo, en unión de algunos dignata- 
rios de la Iglesia, celebró juntas secretas con el fin de poner en 
práctica sus proyectos para dirigir por un nuevo camino la revo- 
kición de la independencia. 

Faltábales un jefe de confianza, un hombre capaz de correspon- 
der á sus cálculos y á sus deseos; pero fácilmente lo encontraron 
en D. Agustín de Iturbide, rezagado entonces en la Capital del Vi- 
rreinato; y aunque estaban frescas todavía las imborrables huellas 
de sangre y desolación que ese jefe realista había dejado en el Ba- 
jío y en Michoacán, no tuvo escrúpulo ninguno en afiliarse en el 
número de los miserables excomulgados;^ volviendo súbitamente 

1 Así llamaba Iturbide á los insurgentes cuando los combatió sanguina- 
riamente en el Bajío. 



229 

la espalda á su antiguo partido, á fin de complacer á los sacerdo- 
tes de la Profesa, poniéndose al frente de las armas realistas en el 
Sur, para volverlas después contra los mismos que nuevamente 
se las habían confiado. 

Unas cuantas evoluciones ó correrías militares del Coronel Itur- 
bide fueron el preludio de la rápida campaña que iba á dar el gol- 
pe de gracia al gobierno español en el territorio mexicano, cam- 
paña que terminó en Acatempan con la generosa y patriótica ac- 
titud del inmaculado caudillo suriano D. Vicente Guerero, quien 
no queriendo que se derramara ya más sangre en aquella deses- 
perada lucha, y deseando que el pueblo mexicano entrara al fin 
en posesión de la libertad, que tantos esfuerzos y sacrificios le ha- 
bía costado, dejó en manos de Iturbide la triunfante bandera de la 
Independencia. 

Sin embargo, antes que Iturbide proclamara en Iguala el Plan 
de las Tres Garantías, había ocurrido en Mérida un movimiento 
que tuvo por objeto proclamar la independencia y deponer á las 
autoridades realistas. Ese movimiento lo promovieron los llama- 
dos Saiijuaiiisfas, apoyados por el Ayuntamiento y por los PP. del 
Convento de San Francisco, á cuyo frente apareció como jefe el 
P. Fr. José Lanuza con 400 conjurados que pretendieron obligar á 
la Diputación Provincial á adoptar el proyecto de dicho A^'unta- 
miento. Los PP. Franciscanos quisieron dirigir una proclama al 
pueblo, pero la fuerza armada intervino y aquella conmoción ter- 
minó, después de que los insurrectos habían derribado una estatua 
de Fernando VIL 1 

En resumen, el participio del clero se puede ver también en el 
Acta de Independencia, ese último y eterno monumento de la lu- 
cha de nuestra emancipación, pues en esa Acta figuran algunos sa- 
cerdotes autorizando con sus nombres el triunfo glorioso de la 
patria. 



: * 



El relato anterior es, en verdad, limitado ó deficiente, porque no 
nos hemos propuesto escribir una historia completa y extensa del 
participio del clero en la lucha de la independencia, sino únicamen- 
te ima breve monografía que pueda dar alguna idea de ese parti- 
cipio. 

1 Documentos en el Archivo Gral. de la Nación, Octubre de 1820. 



230 

Sin embargo, con todo lo que hemos' referido acerca de este 
asunto, puede comprobarse que uno de ios caracteres más sobre- 
salientes de la mencionada lucha fué la intervención del clero en 
ella, intervención realmente notable é interesante, porque contri- 
buido de una manera inequívoca á dar prestigio, desarrollo 3' po- 
tencia á la revolución, en todas sus faces, en todos sus movimien- 
tos y en todos los asuntos que directamente se relacionaban con 
ella.- 

En efecto, la influencia del sacerdocio católico se hizo sentir en 
favor de la causa nacional, desde los primeros intentos revolucio- 
narios que fracasaron en México y en Valladolid. 

Un sacerdote benemérito, cuyo nombre jamás olvidará el pue- 
blo mexicano, fué quien proclamó la independencia, defendiéndola 
con la palabra y con las armas. 

Otros sacerdotes la propagaron insurreccionando á los pueblos 
por medio de la predicación y de prockimas y exhortaciones pa- 
trióticas; otros la defendieron con las armas en los campos de bata- 
lla, y algunos le prestaron valiosa ayuda con su influencia y sus 
recursos. 

En la Junta de Zitácuaro. en la de Jaujilla, en el Congreso de 
Chilpancingo y en las otras corporaciones que representaban al 
gubierno insurgente, figuraron también varios sacerdotes, y las 
piimeras Constituciones que se formularon para el régimen inde- 
pendiente fueron escritas por sacerdotes, así como muchos docu- 
mentos públicos que le dieron importancia y crédito á la revo- 
lución. 

En el desempeñu de ¡írduas é interesantes comisiones y empleos 
figuraron igualmente sacerdotes, lo mismo que en las tropas insur- 
gentes en calidad de capellanes. 

En el periodismo, como se ha visto ya, no faltaron tampoco sa- 
cerdotes que consagraran á la patria los esfuerzos de su patriotis- 
mo y talento, y hasta en las Cortes de España, frente á frente del 
Rey y de sus más fervientes servidores, hubo sacerdotes mexica- 
nos que hicieron resonar su voz en defensa de la patria, como el 
insigne doctor D. Miguel Ramos Arizpe, que sufrió alhi una dura 
persecución por haberse atrevido á abogar enérgicamente en fa- 
vor de la causa mexicana. 

Tal fué la actitud del clero católico en la época de que nos he- 
mos ^ocupado; y aunque la conducta personal de algunos eclesiás- 
ticos haya sido vituperable, este no es motivo para que sus servi- 
cios á la causa de la independencia dejen de ser apreciables y me- 
ritorios. 



231 

Tampoco debe ser motivo para disminuir el valor de esos m ír- 
ritos, el hecho inne.oable de que alg^unos sacerdotes, olvidando los 
sentimientos humanos, ordenaban ó permitían inicuas matanzas 
y sangrientas ejecuciones, porque el carácter de aquella ííuerra de- 
soladora entrañaba indispensablemente la comisión de terribles 
castigos 3' venganzas, y desórdenes punibles que muchas veces se 
hicieron inevitables. Y esos sentimientos humanos llegaron de tal 
modo á pervertirse en algunos miembros del clero, que hasta el 
Obispo Bergosa, de Oaxaca, dio una prueba de inhumanidad opi- 
nando que debía matarse al clérigo insurgente Crespo, cuando el 
Virrey preguntó ú. dicho prelado qué castigo podía merecer ese 
eclesiástico.! 

En resumen, pudo haber sido censurable en algunos respectos 
la cooperación del clero en la lucha de la independencia, pero de 
todos modos esa cooperación fué muy provechosa y de indiscuti- 
ble importancia para el triunfo de la causa insurgente, como lo de- 
muestra el testimonio de sus mismos enemigos, entre los cuales 
debe citarse al Brigadier D.José de la Cruz, quien, i-efiriéndose al 
clero de Valladolid, decía lo siguiente:— «El origen de todos esos 
males es el clero, numerosísimo en esta ciudad, quien ha autoriza- 
do con su criminal indiferencia estos desórdenes; quien ha abande- 
rizado los Pueblos á la insurrección; quien seduce 3' ha seducido 
las conciencias de los vecinos, pintándoles como justa la cau.sa de 
rebeldía, y quien hasta en el confesionario ha esparcido estas de- 
testables máximas. »2 Semejantes quejas é inculpaciones salieron 
también de los labios del Virre3', lo mismo que de varios jefes rea- 
listas y de los mismos jerarcas de la Iglesia mexicana. 

«Esta guerra civil q.e miro gracias á Dios al terminarse ha cundi- 
do como el fuego por los indios y el Populacho, contribu3'endo á ello 
poderasam.te los malos Clérigos 3' Frailes q.e tanto influjo tienen 
sobre vnos 3^ otros.» (Oficio de D. Nemecio Salcedo á Calleja, Du- 
rango,Febro 21 de 1811. — Op.** Guerra, Realistas. — Nemesio Sal- 
cedo, t. 1, p. 85.) 

Decía el Crnl. D. Torcuato Trujillo a! Virre3- Venegas, en ofi- 
cio de 13 de Enero de 1811, lo siguiente: 

«Haga \'^. E. porque el Exmo. Arzobispo me de un buleto cual- 
quiera por aquello de excomunión, y V. E. su superior orn. 3^ esté 
autorizado para ahorcar una media docena (nada mas) de Cléri- 
gos y Frailes, pues estos picaros me tienen achicharrado y en es- 

1 Periódico Oficial de Oaxaca, núm. 9 de Enero de 1890. 

2 Oficio del Brigadier Cruz al Virrey. \"alladolid, Dcbre. 29 de 1810. 



232 

tos paises desde que se conquistaron no han visto colgado un es- 
pantajo de estos, y es muy combeniente p.» q.e declaren lo que han 
robado y tienen oculto, como para exemplar escarmiento y no sean 
espias como lo son, y reveldcs en su corazón.»! 

A pesar de que con lo expuesto se ha demostrado de una ma- 
nera evidente que la causa de la independencia le debió mucho al 
sacerdocio católico, esto de ninguna manera empequeñece los emi- 
nentes servicios que á ella le prestaron los demás caudillos y de- 
fensores que no pertenecían al gremio eclesiástico, ni mucho me- 
nos los despoja de los merecidos laureles que supieron conquistar 
en aquella lucha gloriosa y redentora, que fué considerada como 
una rebelión criminal, herética }' reprobada, porque la táctica de 
los tiranos ha sido siempre juzgar los derechos del pueblo como 
un absurdo 3^ su libertad como un crimen. 



1 Hist. Op.^ Guerra.— Realistas— Trujillo Torcuato, t. 2, p. 1,")3. 






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DE LA 



CULTURA THPAXECA 

POR MANUEL GAMIO. 



Anales. 



^3^ 




Importancia histórica de la familia tepaneca.— Estudio comparativo de algu- 
nos monumentos }• otros vestigios existentes en el territorio que ocupó 
esta tribu nahoatlaca.— Algunas aclaraciones relativas á la retirada de 
Hernán Cortés por terrenos pertenecientes al antiguo Reino Tepaneca. 



Generalidades. 

Los posti"eros vestigios de la civilización tolteca se extendían 
débilmente á trav'és de las altas mesas mexicanas y descendían, 
salvando pronunciados contra fuertes, hasta alumbrar con sus des- 
tellos las ignotas comarcas del S. 

Por aquel entonces aparecen en el Anáhuac las belicosas tur- 
bas chichimecas que acaudillara Xólotl, el príncipe-guerrero cuya 
filosa macana hizo escalar al bronco otomí los agrios riscos de 
donde ya otra vez, siglos atrás, observara la invasión, la carrera 
esplendorosa y la fatal decrepitud del sabio pueblo tolteca. 

Comentábase á grandes pasos el bienestar del poderoso reino, 
y sus guerreros implantaban por doquier la soberanía del gran Xó- 
lotl, cuando un suceso que la historia aun no ha depurado, trocó en 
invadido al invasor de ayer: cuatro nobilísimos caballeros, proce- 
dentes de regiones vecinas á Amaquemecan, hogar primitivo del 
chichimeca, solicitaron de Xólotl la concesión de bosques y tierras 



236 

paní las numerosas familias que los se.uuían, las cuales, según doc- 
tos historiadores, eran las primeras tribus naohatlacas. 

El contacto de esos emigrantes con los subditos de Xólotl ori- 
íí'inó la división de este pueblo en dos ramas: aculhuas y chichime- 
cas; la primera, posteriormente llamada texcucana, fué el portavoz 
de la cultura en el Anáhuac hasta la invasión hispánica, en tanto 
que la segunda, refractaria íí la civilización de la época, conservó 
el nombre primitivo, así como sus hábitos de pueblo errático y sil- 
vestre. 

Del florido tronco aculhua se desprendió, como vigorosa rama, 
la monarquía tepaneca. 

El pueblo así denominado, resistente y viril, dotado de gran 
mentalidad y de asombrosa adaptación al medio, recibió del progre- 
sista aculhua sabias enseñanzas que en poco tiempo lo elevaron 
á la categoría de potencia rival de aquélla, tanto por la respetabi- 
lidad de sus instituciones militares, como por el inusitado incre- 
mento que alcanzaron en él la Industria, la Agricultura, el Comer- 
cio y otras ramas ó factores del progreso humano. Atzcapotzalco, 
capital del reino, superó en ocasiones la grandeza é importancia de 
los afamados centros aculhuas, Tenayuca y Texcoco. 

La aparición de las últimas tribus emigrantes en la fértil región 
lacustre, fomentó, en cierta manera, viejas disenciones entre te- 
panecas y aculhuas, las que terminaron con el triunfo de aquéllos, 
ayudados por las aguerridos hijos de Aztlan. Fué entonces cuan- 
do el poderío del imperio tepaneca se extendió rápidamente, siendo 
considerado su monarca como el Sumo Señor, ante quien rendían 
homenaje los reyezuelos de casi todo el país de Anáhuac. 

Desgraciadamente la serie de tecutlis que comprendió la mo- 
narquía, nos muestra sapientísimos varones, cu\'as altas virtudes 
engrandecieron á la Nación, junto con tiranos ignorantes de la cien- 
cia de gobernar, que arrojaron por tierra el patrio vestigio y pro- 
vocaron, por sus desmanes y exajerado rigorismo hacia los pue- 
blos tributarios, el odio unánime de los Señores, en particular de los 
de Tenoxtitlan y Aculhuacan, quienes, unidos, acabaron con el po- 
der tepaneca. 

Sin embargo, conociendo los vencedores las raras dotes de es- 
te infortunado pueblo, le permitieron figurar siempre en los suce- 
sos que tuvieron por teatro el Anáhuac en tiempos posteriores. 
Efectivamente, mexicanos, aculhuas y tepanecas rigieron sin ce- 
sar los destinos del hermoso país de los lagos, hasta que, al golpe 
de las tizonas castellanas, rodaron maltrechos y enrojecidos los 
áureos copillis de sus reyes. 



237 

Precisaba esbozar á grandes rasaos el importante papel que en 
nuestra historia antigua desempeñó la nación tepaneca, para en se- 
guida considerar los medios con que debemos auxiliarnos para pro- 
curar esclarecer su importante pasado. 

Los monumentos, así pictográficos como arquitectónico-escul- 
tóricos, que fueron obra de aculhuas y mexicanos, y escaparon al 
furor del fanatismo, son relativamente numerosos é importantes, 
pues del cuidadoso estudio que de ellos y de las relaciones inme- 
diatamente posteriores á la Conquista han hecho eminentes hom- 
bres de ciencia, ha surgido, más ó menos luminoso, el interesante 
pasado de aquellas familias, que, con la tepaneca, constituyeron la 
agrupación más digna de estudio en la civilización pos-tolteca 
del N. 

Por lo contrario, muy difícil ha sido el esclarecimiento de la his- 
toria tepaneca, tanto por la escasez casi absoluta de monumentos 
tepanecas, como por la de datos, que la historia y la leyenda sumi- 
nistran profusamente, refiriéndose á aztecas 3' aculhuas. 

Boturini, según uno de sus comentadores, dice á este respecto: 
«debo decir que sin embargo de haber sido este reino tepaneca 
(') de Atzcapotzalco, una de las famosas y pujantes monarquías que 
hubo en esta tierra, especialmente en los reinados del Imperio Tex- 
cocano, no he podido hallar entre tanto cúmulo de documentos que 
he reconocido, una historia formal de ella como se hallan de las de 
los tolteca, chichimeca, mexicanos y otros, y sólo se encuentra 
tal cual relaci<')n, mal ordenada y llena de despropósitos.» 

Confirmando el aserto del sabio italiano, pudiéramos citar nu- 
merosos conceptos que sobre el mismo asunto 3^ en el mismo sen- 
tido han estampado las plumas de respetabilísimos historiógrafos 
mexicanos y extranjeros. 

Seducido por la importancia histórica de aquella secular nación 
pre-hispánica, y conociendo el limitado campo que en ese particu- 
lar ofrecen los manantiales meramente históricos, decidí empren- 
der su estudio, dándole principio por la investigación de los vesti- 
gios que aun pudieran existir en el antiguo suelo tepaneca (Atzca- 
potzalco, Tacuba, Popotla, San Bernabé, etc., etc.). 

Creo haber sido afortunado en esa tarea, según se verá, por la 
importancia del material arqueológico allí encontrado, el cual paso 
á describir, dividiéndolo en dos grupos: 

I. — Una serie de montículos de factura netamente pre-cortesia- 
na, de los cuales sólo puedo estudiar, por la premura de tiempo, los 
que existen entre las poblaciones de Tacuba y San Bartolo Naucul- 
pan, lugar á que está muy próximo el .Santuario de los Remedios. 



238 

n. — Un lecho arenoso que ocupa varios kil(')metros cuadrados 
de extensión, se encuentra á una profundidad media de dos metros, 
y contiene mezclados, con la grava y las arenas, objetos de cerámi- 
ca, mascarillas de deidades, restos humanos, hachas, flechas, etc.. 
etc., en gran profusión. 

Aunque no exploré en sus detalles el interior de los monumen- 
tos mencionados en el primer grupo, puedo decir que presentan 
gran interés arqueológico por ser los únicos que, en relativo buen es- 
tado, se conservan de aquella civilización y están más cercanos á 
esta capital. 

Considerados desde el punto de vista histórico, les reconozco 
una importante misión, pues vienen á descorrer el velo que ocul- 
taba hasta hoy el importantísimo pasaje de la Historia de la Con- 
quista, relativo á la retirada de Cortés de la ciudad de Tacuba ha- 
cia el lugar en que posteriormente fué construido el Santuario de 
los Remedios. Cortés, en efecto, refiere en su carta II, que duran- 
te su retirada hacia el último de esos lugares, encontró dos cerros 
coronados por teocallis, en los cuales se fortiticó temporalmente; 
los que han hecho historia de la Conquista, citan como único lu- 
gar en el que Cortés se fortificó, antes de salir para Cuautitlan 
y Zumpango, el cerro natural de Totoltepec, llamado por otros de 
Moctezuma, 1 y no mencionan el primero de los montecillos, que 
fué un precioso auxilio para los fugitivos españoles. En mi humilde 
opinión, los montecillos que coloco en el primer grupo antes men- 
cionado, son los eslabones que habrán de reconstruir aquella in- 
teresante parte del itinerario de Cortés. 

La interesante y extendida sabana de vestigios mencionada en 
segundo lugar, podrá esclarecer cuestiones de innegable trascen- 
dencia. ¿La capital tepaneca fué tan grande que en su perímetro que- 
daron comprendidas las poblaciones de Atzcapotzalco, Tacuba, Po- 
potla 3' pueblos adNacentes, según parece por la continuada capa de 
vestigios allí existentes? ¿Esta población, de importancia igual ó ma- 
yor que la de México, pudo ser olvidada en la tradiciím histórica? 

Fuera menester erudición muy vasta y largo tiempo para re- 
solver satisfactoriamente tan difícil cuestión. Así, indicadas las 
causas que me movieron á abordar este estudio, paso á exponerlo. 



1 \.'d colina donde existe actualmente el Santuario de los Remedios se lla- 
ma, coméenla época pre-cortesiana, «cerro de Otoncapolco.» En ocasiones 
se le ha llamado equivocadamente «cerro de Moctezuma» y «cerro de Totol- 
tepec.» nombres que corresponden á otras eminencias que están situadas al 
XO. de ütoncapolco, á dos ú tres kilómetros. 



239 



esperando que sean perdonadas sus muchas deficiencias, en gracia 
de lo arduo que es el problema y en consideración á ser ésta una 
introduccicm solamente de los estudios que sobre el particular pue- 
da yo emprender en lo sucesivo. 



Los iiionticulos de Sanctóruní y el Conde. 

Recorriendo los hermosos campos que fueron asiento del pueblo 
tepaneca, aparecen, sabias y justas, las causas que le hicieron 
fundar allí su hogar y erigir altares imperecederos en loor de sus 
místicas divinidades. 

Pueblo relativamente civilizado, guardaba celosamente las en- 
señanzas que como piadoso recuerdo le transmitiera la misteriosa 
cultura del Norte y Noroeste. No muy industrioso y esencialmen- 
te agrícola, á su llegada al Anáhuac eligió para su cultivo los pla- 
ntos más fértiles é irrigados: Atzcapotzalco,Tacuba, Popotla y sus 
alrededores, llenaban dichas condiciones, pues extendían sus terre- 
nos como una inmensa sabana de insignificante decHve, constitui- 
da por tierra vegetal, donde las semillas germinaban exuberantes 
y abundosas, y que era irrigada por los desagües de varios arroyos. 

En la extensa planicie sorprende á cada paso la existencia de 
montecillos cubiertos por cactáceas y matojos de grama, que á 
primera vista semejan colinas de formación plutónica. Sin embar- 
go, una observación superficial hace ver en seguida que son emi- 
nencias artificiales, tanto por su estructura, como por la naturaleza 
geológica del terreno que los sustenta. 

De entre ese grupo de montículos, solamente me referiré en es- 
ta parte de mi estudio á dos, llamados Cerro de Sanctórum y Cerro 
del Conde, por no haber sido aún descritos ni explotados y por re- 
querir bastante tiempo el ocuparse de los restantes, bien conocidos 
los unos y poco mencionados los otros. 

La primera de estas eminencias, cuya orientación difiere poco 
del meridiano, está situada entre el pueblecillo de .Sanctórum y el 
Panteón Español, á 500 ó 600 metros al SO. de este último y á la 
izquierda del camino de Tacuba á San Bartolo, y presenta las si- 
guientes medidas (aproximadamente, pues el arado escaló parte de 
las vertientes, dificultándose localizar el arranque de aquéllas;: 
de S. á N., 47."i; de P. á O., 32."" Altura máxima, fi."' T,a vertiente 
norte queda coi'tada por el terraplén del Ferrocarril de Circun\a- 
lación. 

El tajo que produjo tal corte muestra la estructura interior de 



240 

adobe ó <^xdmith colocado en hiladas que alternan en algunos lu- 
gares con capas de conglomerado hecho de tierra y guijarros. El 
conjunto se levanta sobre una lámina de cemento ó mortero, cuvi> 
espesor es de tres centímetros y luce un fino pulimento en la cara 
superior. 

La parte que ve al O. ostenta con más claridad aún la estruc- 
tura por hiladas, pues debe haber sido socavada posteriormente. 

Hacia el S. aparece, en la parte superior de la vertiente res- 
pectiva, una oquedad que señala la planta de un compartimiento, 
donde aun se distingue el quicio de una puerta. A primera vista se- 
meja ser esa habitación de factura pos-hispánica. 

El costado poniente se mantiene intacto, pues sólo superficial- 
mente ha sido arañado por la reja del labrador. Por este flanco, aun 
no profanado, pudiera explorarse metódicamente el monumento. 

En la cúspide y hacia este mismo rumbo, existen dos, que tal vez 
fueron barbacanas ó defensas en tiempos no muy lejanos. 

La reseñada estructura de este monumento presenta gran se- 
mejanza con la del de Cholula, aunque en forma y dimensiones di- 
fieren mucho. 

El Cerro del Conde dista cerca de un kilómetro de la población 
de San Bartolo Naucalpan, hacia el S. de ella, y mu}" cercano del 
Molino Blanco, á su parte S. O. 

Sus dimenciones son: de N. á S., 9,")."!; de E. ;i O., 60."' Altura de 
la meseta superior, 19.'" Extensión de la meseta, 1,7)00 á 2,000.™'^ 

A diferencia del monumento de Sanctórum, el del Conde se en- 
cuentra en perfecto estado de conservación. 

Su estructura es idéntica á la de aquél, cuando menos en las 
partes que aparecen al descubierto, como es en la vertiente S., que 
presenta las características hiladas de ■^xaniHl, y la del N.E. don- 
de asoma el conglomerado que 3'a mencioné, i 



Objetos ciicontrdiios en los lugares donde J'loreeió en un tiempo 
la momxrqiiía tepatwea. 

Si, como yd quedó expuesto, muy contados y obscuros datos se 
conocen de aquel histórico pueblo, cabe advertir que las investiga- 
ciones encaminadas ha.sta hoy á hacer su historia, se limitaron de 



1 Posteriormente ha .sido exoavado en la meseta superior un pozo que 
pe rmite ver claramente el corte de una plataforma de cemento calizo puli- 
mentado. 





ti. 
Q 



241 

preferencia íí la consulta de escasas noticias existentes en biblio- 
tecas y archivos y que bien pocas son las exploraciones que, con 
el fin de ampliar estos informes documéntanos, se han emprendido 
en las que fueron pertenencias de aquel Imperio. 

Aunque el dominio tcpaneca fué en ocasiones de gran exten- 
sión, como á raíz del sojuzgamiento de la nación aculhua y du- 
rante la servidumbre de los mexica, este estudio sólo se refiere al 
territorio comprendido en lo que con propiedad debiera llamarse 
imperio neo tepaneca, que empieza durante el período de libera- 
ción del reino aculhua, decae con la toma de Atzcapotzalco por 
las fuerzas aculhua-mexicanas y tiene su resurgimiento al consti- 
tuirse la alianza tepaneco-azteco- aculhua, pasando los reales 
privilegios de aquella capital á la nobilísima corte de Tlacopan, 
Tacuba, cuyo regio «icpalli» ocupó el monarca elegido por el 
vencedor. 

Al NO. de la villa de Tacuba se extienden las feraces cemen- 
taras de la hacienda de Clavería, cortadas en varios puntos de su 
superficie por extensos zanjones que han sido abiertos para explotar 
un lecho arenoso allí existente. Esta sábana, constituida por silica- 
tos, se encuentra á profundidades variables entre uno y tres metros, 
y limita la capa superior de tierra vegetal con las inferiores de na- 
turaleza arcillosa. Sobre óstas, y confundiéndose con el lecho de 
siliza, aparecen, en gran profusicm, diversos vestigios de una cultu- 
ra pasada. Acompaño á este estudio tres fotografías de algunos de 
los ejemplares que encontré en estas excavaciones y en otras pe- 
queñas que hice. 

Deseoso de conocer la extensión del terreno que ocultaba tales 
restos, efectué numerosos sondeos, que sacaron á luz idénticos vesti- 
gios, en los siguientes lugares: Atzcapotzalco, Tacuba, Popotla, San 
Joaquín, .San Juanico, .Sanctórum, ¡San Miguel, Los Reyes, San Ber- 
nabé, Camarones, San Martín, Santa Apolonia, etc., etc.; así como 
en los terrenos de la hacienda de .San Isidro, San Antonio y otros 
lugares. 

Donde la profusión de ellos se hace verdaderamente notable, 
es en los mencionados terrenos de Clavería, que están situados en 
el triángulo que forman las poblaciones de Atzcapotzalco, Tacuba 
y Popotla. 

Transcribo aquí las cuestiones expuestas con anterioridad: 

¿Tacuba, Atzcapotzalco y Popotla forman parte de un único y 
extenso poblado cuya importancia fué olvidada posteriormente, 
como todo lo que se refiere á la familia tepaneca? ¿En qué época 
tuvo lugar ese florecimiento? 

Anales. 31 



242 

;Cut1Ies son los verdaderos límites que alcanzaron las agnas en 
esos lugares? 

Muy sumariamente vo}^ á considerar estas cuestiones, dado el 
corto tiempo empleado en su estudio, así como la limitada exten- 
sión de este trabajo; en la inteligencia de que tan íntima debe ser 
la unión entre ellas, que, refiriéndose á una, es forzoso incluir á las 
dos restantes. 

Comenzaré por describir los ejemplares hallados en los sitios 
que originan la discusión, dividiéndolos en varios grupos. 

Grupo N.° 1. — 20 cabecitas ó mascarillas humanas. Interpreta- 
ción probable, según sus atributos: 

1. — Xiiitcciitli-tlct! (Dios del fuego). Teotleciiili en el pecho y vo- 
lutas de humo en el tocado. 2. — TI áloe (Dios del agua). Anteojeras 
(Seler). 3. — Toci (Abuela de los hombres). Tocado y ornato facial. 
4. — -Diosa agrícola. Tocado de íxcatl ó algodón. 5. — ChnlchiutUcuc 
(Diosa del agua). 6. — Cabeza de diosa. 7 á 19. — Representaciones 
de dioses penates y de ofrendas étnicas que se depositaban en los 
túmulos. 20- — ^Representación rudimentaria del rostro humano, se- 
mejante á las que existen de Casas Grandes y de los diffs del SO. 
americano. 

Grupo N.° 2. — 12 malacates labrados, uno de los cuales repre- 
senta un corte del joyel de Ehccatl. 

Grupo N.° 3. — Armas: 2 hachas de piedra 3' 2 flechas de obsi- 
diana. Nótanse claramente los procesos de percusión y pulimento 
en la factura de las dos primeras. 

Grupo N.° 4.— Instrumentos de música: 4 embocaduras de chi- 
rimías ó flautas y una de trompeta. 

Grupo N.° 5. — Motivos de ornato en relieve y pintados: 20 pie- 
zas. Distínguense: 1 trozo de cemento ó mortero desprendido en el 
montículo de Sanctórum (Tacuba), un fragmento de «aiéyetl,» ó 
enagua de típica ornamentación, y un trozo de penacho, además 
de algunas grecas en los restos de alfarería y una curiosa repre- 
sentación del «¡it/itstlf» ó púa del sacrificio. 

Grupo N.° 6. — Partes del cuerpo: 10 piezas que comprenden 
bustos, piernas, etc., etc., siendo las principales un pie y un busto, 
en cuya parte posterior aparece el apéndice que, según Orozco y Be- 
rra, servía para fijar tales objetos en las cavidades de los muertos. 

Grupo N.° 7. — Cascabel de cobre, hueso de coyol labrado, con • 
ducto de pipa 3" pequeña ánfora de barro. Los dos primeros ejem- 
plares son de importancia, pues el primero dará alguna luz á la his- 
toria de la metalurgia indígena 3' el segundo remonta á tiempos 
pre-hispánicos el arte de labrar huesos de frutos. 



■i'^tiflír^ » 










Malacatesdií barro enconthados en Ci. averia, Taclba, D F 









Hachas dh piedra v puntas de obsidiana encontkadas en Claveria, Tacuka, D. h. 



243 

Grupo N.° 8. — Restos animales y vegetales: vértebra humana, 
quijada de coyote, trozos de madera y de maguey. 

Grupo N.° 9. — Asas de recipientes, dos de las cuales ostentan 
labrados. 

En estos ejemplares se notan las características de la cultura 
nahoatlaca primitiva (armas de piedra, motivos de arte elemental, 
cerámica primitiva, etc., etc.), influida por el espíritu post-tolte- 
co-aculhua, que no sólo le hizo abrazar sus creencias míticas y 
esculpir los personajes de su olimpo, sino le impuso hasta los más 
nimios detalles de su portentosa civilización. Esto indica que el pue- 
blo de que fueron tales vestigios, existió en el «tcpaiieca-tlalli,» 
cuando ya los subditos de Qnctsalcoatt esfumaban su personali- 
dad en las páginas de la historia. 

No hay datos que permitan suponer que los tolteca ocuparon 
alguna vez aquel territorio. En cambio, la nación aculhua sí plantó 
allí sus pendones desde remotos tiempos, pues no cabe imaginar el 
que hubiera desdeñado cultivar tan fértiles tierr;is, que eran el flo- 
rón más precioso del Imperio. 

Caseríos chichimecas fueron los primeros poblados, y dieron 
nombre á varios lugares, siendo el principal Atzcapotzalco, que ya 
existía cuando el príncipe ó caudillo Aculhua l.° obtuvo del uto- 
narcn Xólotl carta de ciudadanía y dominio señorial sobre las 
tierras que circundaban ádidui población. Aun no se sabe á cien- 
cia cierta si la familia tepaneca llegó acaudillada por Aculhua 1.°, 
ó con posterioridad se refugió en Atzcapotzalco, sujetándose á la 
soberanía de ese tecidli. Qaeda sí aceptado que el origen de la no- 
ble ciudad se remonta á la época del primer florecimiento chichi- 
meca, alcanzando después un progresivo é ilimitado desarrollo (la 
expansión de la ciudad era más fácil y rápida que la de México, 
pues se verificaba en terreno firme y plano, en tanto que la cimen- 
tación sobre pantanos era tarea laboriosa en esta última) hasta lle- 
gar á ser, en tiempo que sujetó á Aculhuacan, la primera y maravi- 
llosa capital del Anáhuac. Extendiéndose al N. y al P. de ella lome- 
ríos poco adecuados para la construcción, y al O. las aguas del la- 
go, forzo.samente debió prolongar su población hacia el S., ó sea 
hacia Tacaba. Esta poblaciini, de origen idéntico al de Atzcapotzal- 
co, debió seguir, aunque en menor escala, un proceso de expansión 
semejante al de Atzcapotzalco, que tendía, por razones naturales, 
hacia el N. y algo hacia el NO. 

Después de la derrota de Maxtla por mexicanos y aculhuas, la 
residencia del tecutli tepaneca se transladó á Tacuba; esta ciudad 
debió adquirir gran importancia, extendiéndose aún más sus lími- 



244 

tes. que probablemente se confundieron con los de Atzcapotzalco 
(hay que notar que á igualdad de población, las villas indígenas eran 
más grandes que las nuestras, pues cada habitación estaba encla- 
vada en el centro de un solar, donde eran cultivadas legumbres, 
flores, etc., etc.). 

En cuanto al manto arenoso tantas veces citado, me permito 
opinar que no es lecho antiguo del lag:o, cuando menos en la parte 
correspondiete al subsuelo de Atzcapotzalco y Tacuba, puesto que 
dichas ciudades nunca fueron lacustres en su larga historia. 

Más justificado sería atribuir el origen del lecho á las frecuen- 
tes avenidas de los torrentes vecinos, como los de Los Remedios, 
Consulado, Cuautitlan, etc., etc., que hasta la fecha inundan, en 
ocasiones, los terrenos del P. de la Capital. 

Resumiendo lo anterior, creo que las ciudades de Atzcapotzal- 
co y Tacuba, separadas en un principio (primer florecimiento chi- 
chimeca, siendo Xólotl monarca), fueron paulatinamente extendién- 
dose, la primera hacia el S., la segunda hacia el N.. hasta confundir 
sus suburbios y formar en realidad un extenso y largo poblado, que 
tenía por cuarteles principales los antiguos núcleos de las primiti- 
vas ciudades. 



Algunas aclaraciones referentes al itinerario que siguió Hernán 
Cortés en su retirada de Tacaba al lugar donde hoy existe el 
Santuario de Los Remedios. 

En la Historia de la Conquista hay un pasaje que ha quedado 
por esclarecer en los comentarios que se han hecho hasta hoy á los 
preciosos relatos de sus dos grandes actores é historiógrafos: Cor- 
tés y Bernal Díaz. 

Me refiero á la interpretación que se ha dado á sus palabras en 
lo relativo á la desastrosa retirada de las huestes españolas entre 
Tacuba y el Santuario de Los Remedios. Se impone también recti- 
ficar la omisión cometida al no citar la villa de Tlalnepantla (Teo- 
calhuican de los otomíes), como aposento donde se albergaron aqué- 
llos, temporalmente, al retirarse de Los Remedios. 

Numerosas y muy doctas plumas han referido la epopeya que 
tuvo su período álgido en la noche de sangre del 30 de junio de 
1530; mas creo acertado referirme sólo á Cortés y del Castillo, ya 
que fueron actores de sus relatos y que los hechos que refieren am- 
bos son indiferentes á su amor propio de guerreros, circunstancia 
única que podía orillarlos á desvirtuar ú omitir. 



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245 

Cortés, en su carta II, relata así el mencionado pasaje: 

«Y llegado á la dicha ciudad de Tacuba (día 1.° de julio de 
1520), 1 hallé toda la gente remolinada en una plaza, que no sabían 
dónde ir; á los cuales yo di priesa que saliesen al campo antes que 
se recreciese más gente en la dicha ciudad y tomasen las azoteas, 
porque nos harían desde ellas mucho daño. E los que llevaban la de- 
lantera dijeron que no sabían por dónde habían de salir, y yo los hi- 
ce quedar en la rezaga, y tomé la delantera hasta los sacar fuera de 
la dicha ciudad, y esperé en unas labranzas; y cuando llegó la rezaga 
supe que habían recibido algún daño, y que habían muerto algunos 
españoles y indios, y que se quedaba por el camino mucho oro per- 
dido, lo cual los indios cogían; y allí estuve hasta que pasó toda la 
gente, peleando con los indios, en tal manera, que los detuve para 
que los peones tomasen un cerro donde estaba una torre y apo- 
sento fuerte, el cual tomaron sin recibir daño alguno, porque no 
me partí de allí ni dejé pasar los contrarios hasta haber ellos toma- 
do el cerro, en que Dios sabe el trabajo y fatiga que allí se reci 
bió, porque ya no había caballo, de veinticuatro que nos habían que- 
dado, que pudiese correr, ni caballero que pudiese alzar el brazo, 
ni peón sano que pudiese menearse; y llegados al dicho aposento, 
nos fortalecimos en él, y allí nos cercaron y tuvieron cercados has- 
ta la noche sin nos dejar descansar una hora (Esta noche fué la del 
1.° de julio de 1520). 

«En este desbarato se halló por copia que murieron ciento y 
cincuenta españoles y cuarenta y cinco yeguas y caballos y más de 
dos mil indios que servían á los españoles, entre los cuales mataron 
al hijo y hijas de Muteczuma y á todos los otros señores que traía- 
mos presos. 

«Y aquella noche, á media noche, creyendo no ser sentidos, sa- 
limos del dicho aposento muy calladamente, dejando en él hechos 
muchos fuegos, sin saber camino ninguno ni para dónde íbamos, más 
de que un indio de los de Taxcaltécal nos guiaba, diciendo que él 
nos sacaría á su tierra si el camino no nos impedían; y muy cerca 
estaban guardas que nos sintieron, y asimismo apellidaron muchas 
poblaciones que había á la redonda, de las cuales se recogió mucha 
gente, y nos fueron siguiendo hasta el día; y ya que amanecía (día 
2 de julio de 1520) cinco de caballo, que iban adelante por corredo- 
res, dieron en unos escuadrones de gente que estaban en el cami- 
no, y mataron algunos de ellos; los cuales fueron desbaratados, cre- 
yendo que iba más gente de caballo y de pie. Y porque vi que de 

1 He creído conveniente señalar fechas á los sucesos. 



246 

todas partes se recrecía gente de los contrarios, concerté allí la 
de los nuestros, }' de la que había sana para algo, hice escuadrones 
y puse en delantera y rezaga y lados, y en medio los heridos, é asi- 
mismo repartí los de caballo; y así fuimos todo aquel día, peleando 
por todas partes, en tanta manera, que en toda la noche y día no 
anduvimos más de tres leguas. E quiso Nuestro Señor, ya que la 
noche sobrevenía, mostrarnos una torre y buen aposento en un ce- 
rro, donde asimismo nos hicimos fuertes; é por aquella noche nos 
dejaron, aunque casi al alba (ó de julio de 1520) hubo otro cierto re- 
bato, sin haber de qué, más del temor que ya todos llevábamos de 
la multitud de la gente que á la continua nos seguía el alcance.» 

En este pasaje de la carta de Cortés hay tres puntos de alta 
importancia que serán la esencia de los razonamientos subse- 
cuentes. 

1.° — Dirigiendo á sus soldados (el día siguiente al de la «Noche 
Triste,» ó sea el 1." de julio de 1520), que salían de Tacuba sin sa- 
ber qué rumbo adoptar, llegó á unas labranzas, donde esperó á los 
rezagados y contuvo el impulso de los indios, en tanto que «toma- 
sen (los soldados que con él habían salido primeramente) un cerro 
donde estaba una torre y aposento fuerte.» 

En este asilo, que fué el primer lugar donde aliviaron algo su de- 
rrota los fugitivos, permaneció Cortés hasta la media noche: «Y 
aquella noche, á media noche, creyendo no ser sentidos, salimos 
del dicho aposento » 

2.^* — En las primeras horas del día 2 de julio, emprendieron la 
retirada de ese cerro, dirigidos por un indio tlaxcalteca: «más de 
que un indio de los de Taxcaltécal nos guiaba, diciendo que él nos 
sacaría á su tierra » 

Fueron tan recios los combates, que dice: «en toda la noche y 
día no anduvimos más de tres leguas.» 

3.° — El segundo y más seguro refugio que deparó el destino á 
los conquistadores, y en el cual permanecieron la noche del 2 y 
madrugada del 3 de julio, fué aquel que Cortés señala así: «E qui- 
so nuestro Señor, ya que la noche sobrevenía, mostrarnos una torre 
y buen aposento en un cerro, donde asimismo nos hicimos fuer- 
tes » 

Bernal Díaz, sobre el mismo particular, asienta, en el capítulo 
CXXVIII de su historia, lo que sigue: 

« .... y diré cómo estando en Tacuba, se habían ajuntado mu- 
chos guerreros mexicanos de todos aquellos pueblos y nos mataron 
allí tres soldados: acordamos lo más presto que pudiésemos, salir 
de aquel pueblo, y con cinco indios taxcaltecas, que atinaban al 



247 

camino de Taxcala, sin ir por camino, nos guiaban con mucho 
concierto, hasta que llegábamos á unas caserías que en un cerro es- 
taban, y allí junto, un cu, su ndoratorio, como fortaleza, á donde 
reparamos: quiero tornar á decir que seguidos que íbamos de los 
mexicanos y de las flechas 3^ varas y pedradas que con sus hon- 
das nos tiraban, y como nos cercaban, dando siempre en nosotros, 
es cosa de espantar, y como lo he dicho muchas veces y estoy har- 
to de lo decir, los lectores no lo tengan por cosa de prolijidad, por 
cauza que cada vez ó cada rato que nos apretaban y herían, y da- 
van recia guerra, por fuerza tengo de tornar á decir de los escua- 
drones que nos seguían y mataban muchos de nosotros: dejémoslo 
ya de traer tanto á la memoria, y digamos que nos defendíamos: 
en aquel cu é fortaleza nos albergamos y. . . . hicimos una iglesia, 
que se dice Nra. Sra. de Los Remedios.» 

Teniendo en cuenta los datos señalados en el relato de Cortés 
y comparándolos con los que ofrece el de Bernal Díaz, se ve inme- 
diatamente que el primero menciona con toda claridad el hecho de 
haberse fortificado, en esa parte de su retirada, cu dos distintos 
cerros coronados por torres (serían teocali ísj y aposentos fuertes. 

Bernal Díaz (con él todos los autores que han hecho historia de 
la conquista) menciona sólo un cerro como refugio donde se apo- 
sentaron: «y con cinco indios taxcaltecas que atinaban al camino 
de Taxcala,. . . . nos guiaban. . . . hasta que llegábamos a unas ca- 
serías que en un cerro estaban, y allí junto, un cu, su adoratorio. 
como fortaleza, á donde reparamos . . . . » lugar que poco después 
identifica colocándolo donde posteriormente se levantó el .Santua- 
rio de Los Remedios. 

Dos cuestiones se imponen desde luego: ;cuál de los dos teoca- 
Itis que describe Cortés con^esponde al citado por Bernal Díaz? El 
teocalli anónimo del relato cortesiano ;cuál es? ¿en dónde está? 

Intrigado por tan interesante problema histórico, emprendí el 
reconocimiento de los lugares que están ligados al itinerario segui- 
do por los conquistadores, de Tacuba á Los Remedios, á fin de ob- 
tener datos reales que dieran fuerza y claridad alas informaciones 
de fuente histórica. 

Siguiendo un orden cronológico, precisa considerar en princi- 
pio la dirección que siguió Cortés al abandonar la plaza de Tacu- 
ba. Según lógicas presunciones, adoptó el rumbo del P.; en efec- 
to, el encarnizado y constante ataque de los contrarios, debe ha- 
ber hecho que su retirada de aquella plaza siguiera por natural 
impulso hacia el P., puesto que los grupos más numerosos y hosti- 
les del enemigo venían (ó, al menos, era lógico que Cortés lo ere- 



248 

yese así) ;i la retag^uardia, siguiendo la dirección de la calzada de 
Tenoxtitlan, es decir del O. Tal providencia era la más conve- 
niente, dadas las circunstancias, puesto que al N. tropezarían con 
Atzcapotzalco, la capital tepaneca, aliada de los mexica, donde 
serían destrozados, en tanto que por el S. llegarían á Tacubaya 
y Chapultepec, puestos mexicanos. A valorizar mi aserto viene 
un dato muy importante: hace algunos años fué explorada con- 
cienzudamente una eminencia que se encuentra al SO. de la plaza 
de Tacuba y que era llamada «Cerrito de Tacuba,» habiéndose he- 
cho buen acopio de lanzas, corazas, espadas, macanas, flechas, res- 
tos humanos, etc.; no parece aventurado suponer que ese lugar (so- 
bre la eminencia fué construido después un hermoso chalet), cons- 
tituyó el primer eslabón en la retirada de Tacuba, indicando el rum- 
bo que siguió (croquis, núm. 1). 

Sigamos al caudillo hacia el P.: « . . . . tomé la delantera hasta los 
sacar fuera de la dicha ciudad, y esperé en unas labranzas ... y 
allí estuve hasta que . . los detuve para que los peones tomasen un 
cerro donde estaba una torre . . . . » Claramente se comprende que 
el teocalU á que alude este pasaje, estaba á una distancia relativa- 
mente corta de Tacuba, puesto que Cortés, desde unas labranzas 
intermedias, esperaba á los rezagados y contenía al enemigo, mien- 
tras que los soldados de la avanzada asaltaban al teocnUi. 

Los comentadores de Cortés dicen unánimes que ese primer 
teocalli se erguía en el cerro donde hoy queda el Santuario de Los 
Remedios, y es llamado indistintamente de Moctezuma, de Totol- 
tepec y de Otonteocalco ú Otoncapolco (debiéndole corresponder, 
como yz. expuse, este último nombre). 

Tal error histórico aparece en todas las relaciones y comenta- 
rios que se han hecho de la Conquista. En seguida expongo algu- 
nos razonamientos que creo ayudarán al esclarecimiento de ese 
obscuro pasaje. 

El teocalli mencionado en primer lugar por Cortés no fué el 
que estuvo en el cerro de Otoncapolco, como quedará comprobado 
por las siguientes consideraciones: 

Cortés no menciona en su relación el Santuario de Los Reme- 
dios como sucesor del teocalli en la cú.spide de ese primer cerro. 

No lo coloca lejos de Tacuba, pues dice que sacó á los soldados 
de la ciudad y esperó en unas labranzas á los rezagados, ayudando 
indirectamente al asalto del cerro, «porque, dice, no me partí de allí 
ni dejé pasar los contrarios hasta haber ellos tomado el cerro.» 

;Cómo pudiera Cortés auxiliar á la vez á rezagados que huían 
de la ciudad y á asaltantes del cerro, tratándose del de Los Reme- 



249 



dios, que estíí íí ocho kilómetros aproximadamente de Tacuba (ero 
quis, núm. 5). 



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249 

dios, que está á ocho kilómetros aproximadamente de Tacuba (ero 
quis, núm. 5). 

De las palabras de D. Hernando se desprende, como ya dijimos- 
que el primer cerro estaba cercano á Tacuba, pues no hace hinca- 
pié en la distancia, á la que sí alude al referirse al seg^undo teocalli 
donde se refuífió, el cual estaba en el cerro de Otoncapolco: «y así 
fuimos .... peleando por todas partes, en tanta manera, que . ... no 
aiidnvinios mas de tres leguas. E quiso Nnuestro Señor. . . . mos- 
trarnos una torre y buen aposento . . . . » 

Bernal Díaz hace mención de los guías tlaxcaltecas que se 
ofrecieron á conducir á los españoles poco antes de avistarse el 
teocalli de Otoncapolco. Cortés alude al mismo incidente, después 
de citar al primero de los dos tcocallis, y al dirigirse ya hacia donde 
estaba el segundo. 

Un testimonio conduciente que confirma los razonamientos an- 
teriores, nos lo suministra un hecho que calló tal vez el orgullo de 
Cortés y de Bernal Díaz, y que refiere el verídico Sahagún: cuan- 
do, afligidos y temerosos, velaban los españoles en Otoncapolco 
(actualmente Los Remedios), un grupo de indígenas otomíes de 
Teocalhuican, acudió á ofrecer sus servicios á Cortés, quien los 
aceptó y aun les prometió rendir la próxima jornada en su pueblo 
de Teocalhuican ó Tialnepantla, como lo hizo en realidad, pues sus 
tropas pasaron por aquel pueblo en el transcurso del día 3. 

Los habitantes de Teocalhuican, tributarios de la corona azteca, 
no se hubieran atrevido (como de hecho no lo hicieron) á auxiliar á 
los españoles en un lugar tan cercano á Tacuba (que formaba par- 
te de la triple alianza tepancco-azteca-aculhua), como estaba el 
primer teocalli, y sí lo efectuaron en el segundo, el de Los Reme- 
dios, que distaba mucho más. 

La considerable distancia que media entre Tialnepantla y Los 
Remedios, adicionada á la relativamente corta (dice Cortés que tres 
leguas) que había entre los dos teocallis, debieron recorrerla los 
españoles en una jornada, si queda en pie el error de confundir el 
primer /í'OíV//// con el segundo. El 2 de julio pernoctaron en Los Re- 
medios, pasando el 3 por Tialnepantla; esto demuestra claramente 
que el segundo teocalli era el de Los Remedios, y desecha toda hi- 
pótesis que tienda á dar tal indentificación al primero, pues sería 
tanto como revelarnos un nuevo y grandioso milagro de la Con- 
quista: un grupo disímbolo de guerreros cansados é inválidos, con- 
tinuamente asediados por el enemigo, que salvara decenas de kiló- 
metros en el espacio de un día. 

Por último, demos una ojeada retrospectiva para conocer el 

Anales. 32 



250 

empico que de las noches del 2 de julio al 30 de junio hizo Cortés: 
día 3 de julio recibe hospitalidad de los otomíes en Teocalhuican 
ó Tlalnepantla. Noche del 2 de julio y madrugada del 3, se aposen- 
ta en Otoncapolco (Los Remedios). Noche del 30 de junio, «Noche 
Triste,» entre México y Popotla. Ahora bien, la noche del 1.° de 
julio ;no abrigó á Cortés con sus sombras? Si la hubiera pasado en 
plena retirada, ¿no lo diría, como lo hace al referirse á la «Noche 
Triste»? Afirma concisamente en su relación que desde el atardecer 
(de un día cuya fecha no menciona, pero que es inconcusamente el 
1.° de julio) hasta la media noche permaneció fortificado en un /eo- 
calli, que debía estar cercano á Tacuba, pues se sobreentiende por 
la relación de Cortés que desde las «labranzas» inmediatas á dicha 
villa observó el asalto á la eminencia, en tanto llegaban los reza- 
gados. 

Creo suficientemente demostrado que el teocalli á que aluden 
Bernal Díaz é historiógrafos posteriores, corresponde al segundo 
de los mencionados por Cortés, debiendo referirse, por tanto, la no- 
ta que sitúa en Los Remedios al último y no al primero. 

En cuanto á la segunda parte, que consiste en identificar el pri- 
mer teocalli donde Cortés hizo la primer escala desde su salida de 
Tenoxtitlan, voy á suministrar datos para indentificar la pirámi- 
de ó montecillo artificial que debió sustentar entonces aquel teoca- 
lli. Para ello me permitiré indicar el itinerario que en mi opinión 
siguió Cortés hasta Los Remedios. 

Por las razones expuestas en otro lugar, dije que D. Hernando 
salió de Tacuba (croquis) por el P., temeroso de marchar por los ca- 
minos reales, que dificultaban las maniobras de la caballería y de- 
bían ser muy concurridos en esos días de revolución para el Ana- 
huac, y que desvió su retirada un poco hacia el S. del camino que 
comunicaba á San Bartolo Naucalpan con Tacuba, como lo ates- 
tiguan los vestigios (lanzas, corazas, flechas, arcos) de los sangrien- 
tos combates que sostuvo en las inmediaciones del «Cerrito de Ta- 
cuba» ya mencionado (croquis, núm. 1\ que hoy está enclavado en 
plena villa, hacia el .SO.; allí es probable que haya existido el teo- 
calli principal de Tacuba, y desde el cual pudieron hacer los indios 
gran mortandad á los fugitivos, siendo tal vez esaparte de la refrie- 
ga aquella á que alude Cortés diciendo «3^ esperé en unas labranzas; 
y cuando llegó la rezaga supe que habían recibido algún daño y 
que ¡labíaii muerto algunos españoles y indios.» 

Llegamos á la parte más interesante de la cuestión: Cortés, in- 
mediatamente después de reunir á los rezagados, escaló con ellos 
el cerro y teocalli que los de la avanzada hacía poco habían asa!- 




d 



Q 

c 

■r. 



o 



251 

tado. Sólo hay en ese rumbo de Tacuba una eminencia de factura 
indígena, pre-hispánica, que reúna para el caso las condiciones de 
tiempo, lugar, estructura y distancia, necesarias á la explicación 
satisfactoria del relato cortesiano y al cómputo preciso del tiempo 
que empleara desde su salida de Tacuba hasta su llegada á Los 
Remedios. 

Este monumento, cuya altura aproximada es de 12 á 15 metros, 
está situado al SO. de Tacuba (croquis, núm. 2), á menos de un 
kilómetro de distancia é inmediato al pueblo de San Joaquín. Existe 
en su cúspide una construcción que pertenece, así como el monu- 
mento y el solar que lo contiene, al Sr. Lie. D. Francisco Hernández, 
Secretario del Gobierno del E. de Hidalg'o. Un examen superficial 
de la eminencia revela claramente su estructura de hiladas de ado- 
be indígena ó «xdinitl» de los aztecas. Las lluvias lo han deslavado 
en algunas partes; no obstante, se reconoce su estructura piramidal, 
así como la perfecta orientación tan frecuente en los monumentos 
pre-hispánicos. Vulgarmente se conoce esta construcción con el 
nombre de «Torreblanca.» 

En esta eminencia, cuyas condiciones de identidad he repetido 
numerosas veces, se irguió el « aposenfo» que menciona Cortés (pues 
la torre á que alude debe haber sido probablemente el basamento 
de aquél, que era el teocalli) y en el que resistió el empuje del ene- 
migo desde la tarde del 1.° de julio hasta las primeras horas del 
2, en que lo abandonó sigilosamente, dejando prendidas grandes 
fogatas. 

Vagaban desorientados en su fuga los españoles, cuando algu- 
nos indígenas, de los aliados tlaxcaltecas, se ofrecieron, según Cor- 
tés y Bernal Díaz, á encaminarlos, por senderos poco frecuentados, 
á terrenos de la República Tlaxcalteca. 

Probable es que los guías indicaran una dirección paralela ala 
del camino que une á Tacuba con San Bartolo y Los Remedios, 
pues así evitaban, dejándolos hacia el S. y SO., los caseríos de indí- 
genas hostiles, que existieron donde hoy se encuentran los pueblos 
de San Joaquín, San Juanico y Sanctórum, y á los que se refiere 
el caudillo extremeño diciendo: «que él nos sacaría (el guía tlaxcal- 
teca) á su tierra .... y muy cerca estaban guardas que nos sin- 
tieron, y asimismo apellidaron muchas poblaciones que había á la 
redonda . . . . > Debieron entonces tropezar con otro monumento 
pre-hispánico que existe al NO. del pueblo de Sanctórum, ó al me- 
nos avistarlo, por ser la eminencia dominante en esos lugares (¿Es- 
te monumento fué teocalli, fuerte ó túmulo, ó más bien observato- 
rio, idéntico á los que sabemos eran construidos en las goteras de 



252 

los poblados, y desde las cimas de los cuales espiaban centinelas 
ó guardias? La exploración y descripción particular que de él hice, 
aparecen al principio de este estudio) (croquis, núm. 3). 

Siguiendo su retirada hacia el P., se ve obligado Cortés á orga- 
nizar escuadrones por la constancia y ensañamiento del ataque 
enemigo, que sólo le permitió adelantar en ese día tres leguas (dis- 
tancia hipotética que debe haber exagerado la mente de Cortés, por 
la espantosa brega que mantuvo ese día) y llegar al segundo teoca- 
lli: «en toda la noche y día (es decir, desde la madrugada del 2 de 
julio hasta el atardecer del mismo día) no anduvimos más de tres le- 
guas. E quiso Nuestro señor, ya que la noche sobrevenía, mostrar- 
nos una torre y buen aposento en un cerro . . . . é por aquella noche 
nos dejaron, aunque casi al alba (del día 3 de julio) hubo otro cier- 
to rebato . . . . » 

Bernal Díaz es más explícito en la descripción del lugar donde 
estaba dicho segundo tcocalli: «hasta que llegábamos á unas case- 
rías que en un cerro estaban y allí junto un cu, su adoratorio, co- 
mo fortaleza, adonde reparamos ... y digamos cómo nos defendía- 
mos en aquel cu é fortaleza. . . . }' en aquel cu y adoratorio, des- 
pués de ganada la gran ciudad de México, hicimos una iglesia que 
se dice Nra. Sra. de Los Remedios . . . . » (croquis, núm. 5). 

En esta parte del itinerario ocurre una duda: al pie de la coli- 
na de Totoltepec ó Moctezuma (en cuya cima está el santuario de 
Los Remedios) y hacia el O., por donde venían los castellanos, 
se extiende la población de San Bartolo Naucalpan (del mexicano 
nnhui, cuatro; calli, CRSí\;y pan, lugar de, sobre, en: «Lugar de las 
cuatro casas»), tributaria de la monarquíii azteca y relativamen- 
te importante, pues en su parte SO. aun existe un montículo ar- 
tificial denominado «Cerro del Conde,» que tal vez fué observato- 
rio, tal vez pirámide, que sustentó el tcocalli principal de la pobla- 
ción (ya describí sumariamente este monumento al referirme en 
otro lugar al de Sanctórum). 

¿No será esta población (que, repito, está al pie de la colina de Los 
Remedios) aquella cuyas caserías menciona Bernal Díaz, y el «Ce- 
rro del Conde,» el basamento del teocalli, donde, según Bernal y 
Cortés, se aposentaron la noche del 2 de julio? La cúspide de la co- 
lina llamada Otonteocalco por el autorizado Sahagún, si alberga- 
ba algún poblado, era de mucho menor importancia que Naucal- 
pan, pues el terreno es muy quebrado é impropio para asiento de 
una ciudad, no existiendo allí, por otra parte, vestigios que, como 
los del monumento del Conde, nos muestren la categoría del lugar. 

Aquí debiera terminarse mi estudio en lo referente al itinerario 



253 

de Cortés; pero me creo obligado á continuarlo algo más, por ser 
oportuno indentificar la villa de Tlalnepantla, como la población 
donde fueron albergados los españoles en la noche del día 3 de 
julio. 

El itinerario que siguió Cortés durante el día 3 de julio, lo re- 
fiere la historia con relativa claridad; acepto á ese respecto la opi- 
nión de Sahagún, quien asevera que, aprovechando el Capitán es- 
pañol la buena disposición que habían mostrado los indios proce- 
dentes de Teocalhuican, se dirigió de Otoncapolco á ese pueblo, 
encontrándose á su paso con Acueco, Palacoayan, Atizapan (donde 
hoy se encuentra el actual Atizapan de Zaragoza) y por último Teo- 
calhuican, poblado entonces por otomíes sujetos al poderío azteca. 

Teocalhuican ha sido un nombre de lugar que menciona en tal 
ocasión la historia; pero que había carecido de significación por ig- 
norarse el sitio preciso que ocupó la población, hasta que una ex- 
cursión verificada por el personal de la clase de Arqueología de 
este Museo, esclareció inesperadamente la obscuridad del punto his- 
tórico en cuestión. 

En efecto, examinando el frontispicio de la iglesia parroquial de 
Tlalnepantla, encontramos dos lápidas que mostraban esculpidos 
el nombre Teocalhuican y su escudo, consistente en varios símbo- 
los del «caH/,» casa, bajo los cuales se distinguían otros tantos sig- 
nos numerales. Los mismos símbolos aparecen esculpidos en la su- 
perficie de un «ci/a/ntxicall¿,» que hace veces de pila en el bautis- 
terio. 

La colocación de esas lápidas (que conmemoraban un nombre 
gentil) en sitio tan honorífico del cristiano templo (en el fronti.spicio, 
sobre la puerta principal), es sólo explicable como muestra de gra- 
titud de los conquistadores hacia el pueblo que les impartió precio- 
so auxilio en Totoltepec, durante la fatal noche del 2 de julio, y les 
brindó franco hospedaje el día 3. 

Poca importancia habíamos dado á nuestro hallazgo, hasta que 
al emprender este estudio lo recordé y procedí á hacer una justa 
identificación, que reviste de gran interés histórico á la olvidada 
villa de Tlalnepantla. 

Terminado este estudio, debo advertir que distintas circunstan- 
cias me impidieron documentarlo convenientemente. Cuandu pue- 
da publicar un opúsculo que estoy haciendo sobre el itinerario se- 
guido por los españoles en su retirada de Tenoxtitlan, agregaré 
amplia documentación, rectificando ó ratificando los conceptos aquí 
expuestos. 



Genaro García 

LEONA VICAEIO 

HEROÍNA INSURGENTE 



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-4 



ADVERTENCIA. 



í* 



Ircs son los estudios bioyrá ticos q 
■ f _- acerca de Leona Vicario: el primero, 
Ir su ami.cro el Lie. don Carlos María de !'■ 
i.! Sig-lo XIX» del jueves 25 de agosto de 1842; < 
--¡iin Francisco Sosa, en las pjíg-inas 1069 á 1075 de sus 
' ■ .Me.Kicanos Disting'uidos,» impresas el afii- ' ' 
' '■!• don Jacobo María Sánchez de 'ri I~;:i!- üi' 
•ida» del 1." de octubre de 1894. 

I ' sgraciadamente ninguno de eso.<i in 

■n amplia y seria, sino • , á 

i.^M ~ I usgos y no fielnr ••''•■ '■ r;i 

la Independencia; así. ; .en 

■lar de los antecedentes hereditarios, <')n, vida íntima y 

meros amores de Leona, y unánimemente también aseguran que 




EGfN RETH vfó AL OUBO Ql'B GUAJiDA EL Í^R. DON (tV rlXEUMO 

RnE"! A V Rio 



-^51 





AD\^ERTENCIA. 

Tres son los estudios biográficos que conocemos 
acerca de Leona Vicario: el primero, publicado por 
su amigo el Lie. don Carlos María de Bustamante, en 
«El Siglo XIX» del jueves 25 de agosto de 1842; el segundo, por 
don Francisco Sosa, en las páginas 1069 á 1073 de sus «Biografías 
de Mexicanos Distinguidos,» impresas el año de 1884, y el tercero, 
por don Jacobo María Sánchez de la Barquera, en «La Patria Ilus- 
trada» del 1.° de octubre de 1894. 

Desgraciadamente ninguno de esos estudios encierra una in- 
vestigación amplia y seria, sino que todos se limitan á trazar, á 
grandes rasgos y no fielmente, la colaboración de Leona en la obra 
de la Independencia; así, por ejemplo, de manera unánime omiten 
tratar de los antecedentes hereditarios, educación, vida íntima y 
primeros amores de Leona, y unánimemente también aseg'uran que 



Anales. 



33 



258 

sacrificó sus alhajas y cuanto poseía, con el objeto de auxiliar ú los 
insurgentes, acción hermosa, pero que contradicen los inventa- 
rios y las cuentas que de los bienes de Leona formó en distintas 
épocas su tío y curador el Dr. don Agustín Pomposo Fernández 
de San Salvador. Comúnmente nuestros historiógrafos no han he- 
cho más que reproducir los trabajos ya impresos, similares á los 
suyos, sin introducir en ellos modificación substancial, por falta de 
tiempo ó de voluntad para emprender nuevas investigaciones, ine- 
vitablemente lentas y penosas: á causa de esto, la historia patria 
presenta aún los mismos errores y deficiencias de que adolecía 
cuando comenzó á escribirse. 

Empero, muy ajenos estamos de pensar que hemos corregi- 
do todos los errores y llenado todas las deficiencias de los es- 
tudios susodichos; antes bien, vemos claramente que nuestro tra- 
bajo se reduce á simples apuntes sin h ilación, hipotéticos en 
gran parte, y condenados de seguro á efímera vida; pues no obs- 
tante nuestras pacientes pesquisas, fueron tan incompletos los do- 
cumentos que pudimos coleccionar, que frecuentemente nada nos 
dijeron respecto de largos lustros y nos obligaron á inferir, de aque- 
llos inventarios y de aquellas cuentas, sentimientos, ideas, hechos 
y costumbres de Leona, no teniendo absolutamente ninguna otra 
fuente de donde sacarlos: por lo cual nuestra tarea resultó un poco 
difícil y sobradamente ingrata. 

Antes de concluir, queremos dar aquí un público testimonio 
de gratitud á las siguientes personas, que del modo más genero- 
so se sirvieron prestarnos su valiosísima ayuda en el presente tra- 
bajo: 

Al finado Monseñor don Joaquín J. de Aráoz, que puso á nues- 
tra disposición la causa original instruida contra Leona Vicario y 
sus cómplices, que, aunque únicamente se refiere á un breve perío- 
do de la vida de nuestra heroína, ha sido el documento que princi- 
palmente hemos aprovechado. 

Al señor Lie. don Ramón Vicario, que nos facilitó un antiguo 
retrato de Leona y unos apuntes genealógicos de la familia Vicario. 

Al señor Lie. don Joaquín Obregón González, Gobernador del Es- 
tado de Guanajuato, que nos proporcionó diversas noticias biográ- 
ficas del Lie. don Octaviano Obregón, novio de Leona, recogidas 
por los señores don José M. García Muñoz y don Jesús D. Ibarra. 

Al señor don Melchor G. Cárdenas, Gobernador Interino del Es- 



259 

tado de Coahuila, que nos remitió una copia de las actas de las sesio- 
nes del Congreso local, en las que fué discutido y aprobado por acla- 
mación el proyecto de decreto que presentaron los señores Dipu- 
tados don José Manuel Cárdenas y don José Ignacio Sánchez, el 24 
de octubre de 1827, á fin de que la villa del Saltillo se denominara 
en lo sucesivo ciudad de Leona Vicario. 

Al señor Canónigo Lie. don Vicente de P. Andrade, que buscó 
y copió para nosotros, en los archivos eclesiásticos de esta capital, 
las actas de bautismo y de sepultura de Leona. 

Y al señor don José María de Agreda y Sánchez, .Subdirector de 
la Biblioteca Nacional, que revisó el archivo de la extinguida Real 
Universidad de México, conservado allí, para comunicarnos las fe- 
chas en que el Dr. dun Agustín Pomposo Fernández de San Salva- 
dor fungió como Rector de la misma. 




CAPITULO I. 



sus PADRES Y NACIMIENTO. 



En la Capital de la Nueva España, á los 23 días del mes de ju- 
nio de 1787, don Gaspar Martín Vicario, español oriundo de la villa 
de Ampudia, del Corregimiento de Falencia, en Castilla la Vieja, 
casó en segundas nupcias 1 con la joven doña Camila Fernández de 
San Salvador y Montiel, natural de la ciudad de Señor San José 
de Toluca. ^ 

Don Gaspar había venido á la Nueva España en busca de for- 
tuna; dedicándose al comercio con un trabajo asiduo, una econo- 
mía rigurosa y también seguramente una inteligencia no común, 
logró hacer en pocos años un capital de algo más de ciento sesen- 



1 Fué su primera mujer doña Petra Elias Beltrán, fallecida el 3 de enero 
de 1786, de la cual tuvo una hija llamada María Luisa, que casó con don An- 
tonio Guadalupe Vivanco, Marqués de este nombre. (Ramón Vicario. Apuntes 
genealógicos de la familia Vicario.) 

2 Copia del acta de bautismo de doña Leona Vicario. 15 de abril de 1789. 
— M. S. en mi poder. 



262 

ta mil pesos, que en aquellos tiempos se podía reputar por muy 
considerable. 1 El hecho de que don Gaspar alcanzara aquí los dis- 
tiníjuidos cargos de Familiar de Xúmero del Santo Oficio de la In- 
quisición, de Regidor Honorario de la Nobilísima Ciudad de Mé- 
xico, de Cónsul del Tribunal de Mercaderes y de Conjuez de Alza- 
das del Tribunal de Minería, - prueba que cumplía fielmente con 
sus deberes de católico, era hombre ilustrado y disfrutaba de la 
estimación general de las diversas clases sociales de la Nueva Es- 
paña. 

Los padres de doña Camila fueron don Casimiro Fern;índez de 
San Salvador y El Risco, natural de Zacatecas, y doña Isabel Mon- 
tiel García de Andrade, nacida en esta capital; 3 se establecieron 
en Toluca y tuvieron cinco hijos: don Agustín Pomposo, don Fer- 
nando, doñajunna Agustina, doña Camila y don José Arcadio; -t don 
Casimiro murió desde temprano, dejando pobres y niños todavía 
á sus hijos. Don Agustín Pomposo, que aunque era el mayor, sólo 
contaba trece años de edad, se vio obligado á trabajar afanosamen- 
te para mantener ;í su madre viuda y á sus pequeños hermanos. 5 

Doña Isabel tuvo extraordinarias dotes para educar á sus hijos 
y hacer de todos ellos hombres útiles y respetables. Su hijo don 
Fernando siguió 3^ terminó la carrera de Licenciado, por lo que lo- 
gró matricularse en el Ilustre y Real Colegio de Abogados, el 16 de 
mayo de 1782; 6 después recibió, entre otros, el honrosísimo cargo 



1 Doña Camila dejó al morir la cantidad de ciento veinticuatro mil pesos. 
(Agustín Pomposo Fernández de San Salvador. Cuerpo de bienes de doña 
Camila Fernández de San Salvador. 12 de enero de 1809. En Causa instruida 
contra doña Leona Vicario y sus cómplices. 1813 y siguientes. M. S. en mi 
poder.) Esta suma fué heredada en su totalidad de don Gaspar, pues la fa- 
milia Fernández carecía de bienes. (Copia del testamento de doña Isabel Mon- 
tiel, viuda de Fernández de San Salvador. 4 de mayo de 1813. En Causa cita- 
tada, instruida contra Leona.) Como de la misma suma correspondieron á 
Leona, hija de doña Camila y don Martín, 41,000 pesos (A. P. Fernández de 
San Salvador. Cuerpo de bienes citado), y María Luisa, la primera hija de don 
Gaspar, debió heredar otro tanto, resulta que la fortuna de éste ascendía á 
$ 165,000, por lo menos. 

2 Copia citada del testamento de doña Isabel iSlontiel, viuda de Fernán- 
dez de San Salvador. 

3 A. P. Fernández de San Salvador. Cuerpo de bienes citado. 

4 Copia citada del testamento de doña Isabel Montiel, viuda de Fernán- 
dez de San Salvador. 

5 Ibídem. 

6 Lista de los Abogados que se hallan matriculados en el Ilustre y Real 
Colegio de Abogados. (México.) 1792. Pág. 8. 



263 

de Oidor Honorario de la Real Audiencia, i Don Agustín Pomposo, 
sin embargo de que casi no disponía de ningún tiempo libre para de- 
dicarlo al estudio, también consiguió matricularse en aquel Colegio, 
el 16 de septiembre del propio año de 1782;- posteriormente ocupó 
altos puestos en la Real Audiencia y en la Real y Pontificia Univer- 
sidad, y mereció que ésta informara en su favor al Rey de Espa- 
ña, el año de 1S03, á fin de que se dignase premiar sus loables he- 
chos con plaza togada en la Real Audiencia. -S Don Agustín Pom- 
poso y don Fernando escribieron varias obras que fueron muy leí- 
das. Don José Arcadio, por último, si bien no adquirió título profe- 
sional, se educó de manera amiloga, y desempeñó en distintos pun- 
tos el delicado empleo de Administrador de Rentas Reales, -l 

Ahora bien, como las madres atienden por igual la educación 
de sus hijos é hijas, debemos suponer que doña Isabel cuid(') tam- 
bién con eficacia de la de doña Juana Agustina y doña Camila; y 
como, por otra parte, sería arbitrario pensar que éstas tuvieran 
una inteligencia y un carácter muy inferiores ú los de sus herma- 
nos, pues en las herencias psíquicas suele haber individuos mejo- 
rados en quinto y tercio, pero no proscritos de una manera absolu- 
ta, debemos creer que doña Juana Agustina y doña Camila llegaron 
á ser tan aprovechadas y estimables como sus tres hermanos. 

Don Gaspar y doña Camila contaban de casados poco menos 
de dos años, cuando, el 10 de abril de 1789, vino al mundo á estre- 
char más los lazos de su unión, una hija que fué bautizada solem- 
nemente, cinco días después, con los nombres de María de la So- 
ledad Leona Camila, en la Parroquia del Arcángel .San Miguel, de 
esta ciudad, y apadrinada por su honorabilísimo tío materno don 
Agustín Pomposo.-'^ Desde entonces todos llamaron sencillamente 
Leona á la niña. 



1 Mariano de Zúñiga y Ontíveros. Calendario Manual y Guía de Foras- 
teros para el año de 1813. Mé.xico. Páy. 53. 

2 Lista de los Abogados citada. P&g. 9. 

3 Méritos y Servicios del Doctor D. Agustín Pomposo Fernández de San 
Salvador, Abogado de la Real Audiencia de México. (Sin lugar ni fecha de 
impresión.) Fol. 2.— Nuestro ejemplar tiene una ñola autógrafa de don Agus- 
tín Pomposo que dice que e^ta rel;ici(Jn fué publicada por el Oidor U. Ciríaco 
González Carvajal. 

4 Copia citada del testamento de doña Isabel Montiel, viuda de Fernández 
de San Salvador. 

') Copia citada del acta de bautismo de doña Leona Vicario. 




CAPITULO II. 



su EDUCACIÓN. 



Siendo sus padres buenos 6 ilustrados, ya se colifíe con cuánta 
diligencia cuidarían de educarla hien. 

Si hoy día la educación de la mujer dista mucho de ser satis- 
factoria, no obstante que pensadores y gobiernos le consagran con- 
tinua atención, en aquellos años, que casi nadie se preocupaba por 
ella, era de tal modo deficiente y viciosa, que á las mismas muje- 
res de las clases ricas dejaba condenadas á una existencia de ig- 
norancia y naderías. Para educarse, les bastaba aprender de me- 
moria el Catecismo de la Doctrina Cristiana; á leer de corrido y 
mal escribir; á bordar con chaquira, pero no á coser, porque no ha- 
bían de mantenerse de la costura; á comer con limpieza; vestir á la 
moda; andar de manera airosa; bailar campestres, boleros, con- 
tradanzas y valses, y á tocar y cantar un poco y no bien. Hay que 
convenir en que con esto tenían bastante, y aún en que les salía 
sobrando la lectura y la escritura, pues, según decía uno délos es- 
critores más sinceros y profundos de aquella época, con que las 

Analbs 34 



266 

señoritas del alto kirio supieran aliñarse al estilo del día, tocar el 
fortepiano y bandolón, cantar una polaca, danzar con compás un 
campestre \^ bailar una contradanza sin escrúpulo, no necesitaban 
más para casarse con als"ún hombre de su rango, i El propio 
escritor nos descubre que las damas de la alta sociedad, para re- 
matar con su ejemplo la perniciosa educación que recibían sus hi- 
jas, se levantaban tarde; perdían mucho tiempo en asearse y ves-' 
tirse con el objeto de salir á pasear por la Alameda, muellemente 
recostadas sobre los blandos cojines de sus carruajes, ó á hacer 
compras en las tiendas de ropa del Parián; volvían á sus casas al 
medio día; almorzaban; recibían visitas hasta las dos y media; co- 
mían y dormían siesta; se levantaban á las seis; tomaban chocolate; 
salían nuevamente á pasear, ó se entretenían en ataviarse hasta las 
ocho, hora en que solían ir al Coliseo ó á algún baile; volvían ya 
muy avanzada la noche, cenaban y se acostaban. Esta vida tan 
acabadamente estéril, no sufría variación sino cuando las señoras 
se enfermaban, ó daban tertulia en sus propias casas. Así que, ocu- 
padas siempre en comer, vestirse y distraerse, jamás tenían tiem- 
po para dedicarlo á otra cosa, siquiera fuese la lectura de algiin li- 
bro diminuto. 2 

Respecto de las mujeres pobres, se puede decir sin hipérbole 
que carecían de educación por falta de escuelas públicas. En 1790, 
verbigracia, la ciudad de México contaba 56,932 mujeres, fuera de 
una pequeña porción no empadronada, y no obstante que solamen- 
te las mujeres solteras de 8 á 1() años de edad alcanzaban el con- 
siderable número de 8,753, los colegios establecidos para ellas eran 
seis meramente, á saber: el Real de San Ignacio de Loyola, vulgar- 
mente llamado de las Vizcaínas, con 266 alumnas; el de Belem, con 
235; el de Guadalupe de Indias, con 125; el de la Enseñanza, con 60; 
el de Jesús María, con 40, y el de las Niñas, con 33; ó sea un total 
de 759 educandas, 3 que no equi^■alía ni á la oncena parte del míni- 
mo de la población escolar femenina. 

Justo es decir que la Monarquía no cuidaba mejor de la educa- 
ción de la mujer en la Península, donde, según el Censo Español, 



1 Suplemento al Pensador (Mexicano. Periódico publicado por don Joa- 
quín Fernández de Lizardi. ¡México). Lunes 29 de noviembre de 1813. Pág. 92. 

2 { J. Fernández de Lizardi.) La Quixotita y su Prima. Por el Pensador Me- 
xicano. México, 1818. Tomo I, págs. It)l-lb2. 

3 Estados secular y eclesiástico de los habitantes de la Ciudad de Méxi- 
co, empadronados en el año de 1790. Ejecutados por el Br. don José Antonio 
Álzate y Ramírez. M. SS. en mi poder. 



267 

ejecutado de orden del Rey, comunicada por el Exmo. señor Con- 
de de Floridablanca, Primer Secretario de Estado y del Despacho 
en el año de 1787, existían numerosas provincias de más de cien mil 
habitantes, como Ávila, Falencia y Loria, y aún de más de doscien- 
tos mil, como Ciudad Real, Cuenca y León, sin un solo colegio pa- 
ra niñas nobles ni para niñas pobres; la misma Capital de la Penín- 
sula tenía únicamente seis colegios para niñas nobles y dos para 
niñas pobres, con 249 y 206 alumnas, respectivamente. 1 

De los colegios para niñas pobres establecidos en la Nueva Es- 
paña, el menos mal organizado era el de San Ignacio, cuya educa 
ción consistía en habituar á las colegialas al recogimiento y al si- 
lencio constantes, sin permitirles salir de sus viviendas, inquietar 
á sus compañeras, ni hacer ruido alguno; á levantarse diariamen- 
te á las cinco y media, oír misa á las seis y ocupar la mañana en 
aprendizajes de lectura y escritura y principalmente de costura y 
bordado, «ó semejantes honestos exercicios,» que se hacían mien- 
tras las primeras, ó sean las colegialas mayores y más discretas, 
leían en alta voz libros espirituales; á comer en silencio é inmedia- 
tamente dar gracias á Dios y dormir la siesta; á repetir, ya avan- 
zada la tarde, las labores de la mañana y descansar breve rato; á ir 
á los coros, al sonar la oración, para hacer allí «disciplina, con las 
puertas cerradas y sin luz,» los lunes, miércoles y viernes, y para 
rezar, los días restantes, rosarios, coronas, letanías, novenas y de- 
vociones particulares hasta las siete y media, en invierno, y hasta 
las ocho y media, en verano; á cenar á las nueve y acostarse en 
seguida. 2 Excelente método para aniquilar el delicado sistema 
muscular de la mujer é hipertrotiar, en cambio, su ya excesivo sis- 
tema nervioso, por falta de aire, de sol, de gritos, de movimientos 
y de juegos; para anonadar su espíritu por falta asimismo de estí- 
mulo y de expansión y por exceso de ideas abstractas de religio- 
sidad extremada, y para romper, en fin, su frágil carácter con aque- 
llas prácticas rigurosas y abrumadoras que las convertían en autó- 
matas inertes. Era, pues, plausible que las escuelas de niñas no se 
multiplicaran en la Nueva España. 

Tampoco resultaba necesaria aquí en manera alguna la instruc- 
ción délas mujeres pobres. El eminente escritor á quien nos hemos 
referido antes, hacía notar que les bastaba con aprender á coci- 



1 Véase el Estado General anexo á dicho Censo, en el cual queda sinte- 
tizado todo éste. 

2 Constituciones del Colegio de S. Ignacio de Loyola de México. Madrid. 
(Sin fecha. Constitución XXV.) Págs. 21-22. 



268 

nar un poco, coser una camisa, bordar al tambor y dar una esco- 
bada. Manifestó esto con motivo de una nueva escuela que una se- 
ñorita profesora estableció en el callejón de la Olla, de la Capital, 
animada del noble propósito de ensanchar considerablemente la 
educación de la mujer, reducida hasta entonces «á sólo la escritu- 
ra y costura. >> Nuestro eximio escritor juzgó que aquella escuela 
no tendría alumnas, y así lo dijo, porque no sabía mentir, i 

Empero, don Gaspar y doña Camila fueron de los poquísimos 
padres que en la Nueva España procuraron educar á sus hijos de 
la mejor manera posible, comprendiendo que no hay otro medio más 
eficaz de desarrollar las virtudes, de corregir los vicios, ni de su- 
plir las deficiencias de los individuos. Y como don Gaspar y doña 
Camila no volvieron á tener otro hijo, pudieron consagrarse ente- 
ramente á educar á Leona, que, para colmo de ventura, vino al 
mundo dotada de un «natural talento,» 2 manifestado en sus dis- 
cursos infantiles, donde las cosas y los hechos quedaban califica- 
dos con admirable distinción, 3 y dotada también de una bondad y 
de una energía asimismo naturales, de las que dio sobradas prue- 
bas durante toda su vida. 

Aunque no sabemos positivamente cuáles fueron los procedi- 
mientos de la educación de Leona, sus felices resultados nos reve- 
lan que don Gaspar y doña Camila cuidaron, ante todo, de ajustar- 
se de manera estricta al supremo mandamiento de la ley divina, que, 
según la palabra de Jesús, fielmente conservada por el Evangelis- 
ta San Mateo, nos obliga: primeramente, á amar á Dios con todo 
el corazón, con toda el alma y con todo el entendimiento fex toto 
corde tito, & in tota anima tiia, & in tota mente tita), y después, á 
amar al prójimo como á uno mismo (sicitt te ipsitm). 4 Fué propia- 
mente el P. Maestro Gerónimo Ripalda quien divulgó aquí esta doc- 
trina con su Catecismo, obra popularísima que ha alcanzado entre 
nosotros innumerables ediciones. 

Y efectivamente, don Gaspar y doña Camila lograron hacer de 



1 J. Fernández de Lizardi. Suplemento citado. Págs. 89-92. 

2 Carlos María de Bustamante. Necrología (de la Sra. D.-"^ María Leona 
Vicario de Quintana). En «El Siglo XIX» del jueves 25 de agosto de 1842. 

'i Jacobo M. Sánchez de la Barquera. Biografía de la Heroína Mexicana 
Doña María Leona Vicario de Quintana. Mé.xico, 1900. Pág. 1. 

4 Sauctvin lesv C/in'sti Evangelivtn Secumdiiiii Maíceum. Caput XXII. 
En Biblia Sacra. Ad óptima qiuequc vcteris, vt vocaiit, íra/atioiiis cxeiitpla- 
ria summa diligentia parique castigatu. His adieciinvs Hcbraicorum, Chal- 
dieoruní, GrcEcontiii q. iiomitmm iiitcrpretatioiiem, Cion Iiidicibiis copiosis- 
simis. Lvgdvui, M.D.LXII. Pág. 430. 



269 

Leona una perfecta cristiana, habituada á las prácticas más puras 
del culto católico y á las mejores muestras de amor hacia nuestros 
semejantes, que son las que tienden á aliviar los males de los opri- 
midos, los dolientes y los pobres. Pero no se contentaron con esto; 
velaron, además, por la salud y el desarrollo físico de Leona, condi- 
ciones esenciales del bienestar individual; disciplinaron y robus- 
tecieron su voluntad para formarle un carácter, sin el cual no es 
fácil mantenerse siempre dentro de la senda de la virtud; instruyé- 
ronla tan completamente como les fué dable, á fin de librarla de 
los infinitos males de la ionorancia y del error, y\ por último, culti- 
varon en ella el buen gusto, que con sus plácidas emociones aumen- 
ta nuestro natural amor hacia la vida. 

De tal suerte, los gérmenes de bondad, energía é inteligencia 
que, hemos dicho, Leona trajo al nacer, brotaron y crecieron armo- 
niosa y espléndidamente por virtud de la cotidiana savia de aque- 
lla educación ejemplar. 



CAPITULO III. 



sus PRIMEROS ANOS DE ORFANDAD. 



Era ya una joven Leona, cuando fallecieron, primero, don Gns- 
par y, poco después, el 9 de septiembre de 1807, doña Camila. 1 Am- 
bos debieron de morir tranquilos, pensando que su hija quedaba 
con las armas de la virtud, de la inteligencia y del saber, para salir 
victoriosa en las luchas del mundo. 

Don Agustín Pomposo se hizo entonces cargo, como curador, 
de la persona de Leona y de sus bienes hereditarios, conforme lo 
dispuso dofia Camila en su testamento, considerando que don Agus- 
tín Pomposo había sido un verdadero padre para ella, desde sus 
primeros años hasta su muerte, y por tenei" demasiada experien- 
cia del honor y el desinterés de tan noble hermano. 2 



1 A. P. Fernández de San Salvador. Cuerpo de bienes citado. 

2 El testamento fué otorgado en México, el 12 de junio de 1802, y añadi- 
do, el 12 de agosto de 1807. M. S. en mi poder. 



272 

Con el objeto de cuidar mejor de Leon;i. don A.siustín Pomposo 
pensó que debía v'ivir á su lado; pero como á la vez quiso que Leo- 
na disfrutase de la maj'or libertad posible, alquiló una casa muy 
grande, la número 19 de la calle de Don Juan Manuel, que fué 
la que más g'ustó ú Leona, entre muchas que vio, y allí formó don 
Aiíustfn Pomposo dos viviendas separadas: una que destinó á 
Leona y otra que reservó para si }' su familia; no obstante que es- 
ta segunda habitación era muy inferior á la primera, don Agustín 
Pomposo resolvió pagar de su propio peculio la mitad de la renta 
de la casa, i que ascendía en junto á 366 ps. 6 rs., por cada tercio 
anual. Esto y el haber pagado espontáneamente don Agustín Pom- 
poso, de su propio peculio también, la mitad de los gastos de los fu- 
nerales de dofia Camila, que importaron 1,700 pesos, y que Leona 
se empeíiaba en sufrirlos todos ella sola, - permitían augurar qué 
don Agustín Pomposo administraría con escrupulosa honradez los 
bienes hereditarios que le había confiado su hermana. 

Leona debió haberse transladado de la casa murtuoria, ubicada 
en la calle del Ángel, á su nueva casa, muy poco después del 3 de 
noviembre, día en que se firmó el contrato de arrendamiento co- 
rrespondiente. 3 Leona llevó consigo á su antigua servidumbre, 
que era numerosa, y desde luego se ocupó en vestirla de luto; 4 de- 
dicóse á la vez á comprar y mandar construir muebles nuevos, por- 
que su madre había fallecido de enfermedad contagiosa 3' orde- 
nado que ninguno de los suj^os tomara Leona; por último, distrajo 
un tanto su orfandad reciente con el arreglo de su casa, donde con- 
virtió una bodega en cochera para guardar sus dos carruajes, pin- 
tó algunas puertas, abrió nuevas é hizo otras composturas. ^ Ha- 
bituada Leona á toda clase de comodidades domésticas, cuidaba 
naturalmente de conservárselas. 

Desplegó exquisito lujo para amueblar su casa con canapés 
que tenían cojines forrados en seda; mesas grandes, rinconeras, si- 
llas, cómodas y aguamaniles de madera de bálsamo y embutidos; 
espejos grandes con otros ovalados en los copetes; baúles de li- 



1 A. P. Fernández de San Salvador.Cuenia de mi sobrina doña María 
Leona Martín ^'■icario, desde el dia de la muerte de su madre, doña Camila 
Fernández de San Salvador, acaecida la noche del 9 de septiembre de 1807 
26 de abril de 1815. En Causa citada, instruida contra l.i misma Leona. 

2 Ibídem. 

3 Ibídem. 

4 Ibídem. 

5 Ibídem. 



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273 

naloé pintados, 1 candelabros de cristal azul turquí dorado, bombas 
de cristal blanco con sus cadenillas para colgar y pinturas de va- 
lor. 2 El mismo buen gusto aparecía en su vajilla de Sajonia, en sus 
vasos de cristal dorado, en sus cucharas, cucharones, tenedores, 
cuchillos, braserito, candeleros, saleros y vinagrera, todos de pla- 
ta, 3 y principalmente en los útiles y enseres que sólo ella usaba, 
como su rosario de perlas y oro, de siete misterios; sus escobe- 
tas con guarnición de seda y plata, para peinarse; su partidor de 
plata y sus peines de carey; sus fundas de almohada hechas de cam- 
bray y entretejidas con lazos de listón; su almohadilla de madera 
de bálsamo con chapita y llave de plata; su dedal de oro; sus de- 
vanadores de carey con seda y su caja de pinturas muy finas, ma- 
queada. 4 

Los gastos que Leona hizo para instalarse en su nueva casa, re- 
sultaron excesivos con relación al capital de 107,000 pesos que ha- 
bía heredado de sus padres, y del cual una porción considerable 
era improductiva, porque consistía en alhajas y muebles. De mane- 
ra que muy pronto Leona no contó en reahdad, para vivir, sino con 
un capital de 85,400 pesos, impuesto al 5% sobre el peaje y avería 
del camino de Veracruz, y que por lo mismo sólo le proporciona- 
ba una renta anual de 4,270 pesos. Esto no debe de haber pasado 
inadvertido de don Agustín Pomposo, que llevaba sus cuentas con 
minuciosa exactitud; pero sí de Leona, que jamas había adminis- 
trado bienes algunos; por lo que continuó gastando como gastaba 
su madre cuando don (Taspar, hábil para los negocios, acrecía sin 
cesar su fortuna. Doña Camila fué probablemente muy gastadora 
también; nos consta, á lo menos, que gustaba asimismo de usar 
valiosas cosas de exquisito gusto; su cigarrera, por ejemplo, era de 
oro y de brillantes: 5 sabido es que entonces las señoras fumaban. 

Leona, así, pedía y pedía sin tasa fuertes partidas de dinero á don 
Agustín Pomposo, quien, por querer ejercer para ella «los oficios 
de padre y madre,» según expresión suya, 6 tuvo la debilidad de no 



1 A. P. Fernández de San Salvador. Razón de los bienes que dej(3 doña 
María Leona Vicario en esta casa número 19 de la calle de donjuán Manuel, 
donde habitaba en mi compañía, aunque teníamos separadas familias y habita- 
ciones. Abril 28 de 1815. En causa citada, instruida contra la misma Leona. 

2 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta y Razón citadas. 

3 Ibídem. 

4 A. P. Fernández de San Salvador. Razón citada. 

5 A. P. Fernández de San Salvador. Cuerpo de bienes citado. 

6 Alegato en defensa de su sobrina doña María Leona Martín Vicario. 
(Sin fecha.) En causa citada, instruida contra la misma Leona. 

Anales. 35 



274 

negarle nada. No es de extrañar, pues, que Leona consumiera en 
los tres primeros meses de su orfandad, no completos, ó sea desde 
el 10 de septiembre hasta el 31 de diciembre de 1807, la excesiva 
cantidad de 11,777 pesos; i diremos en su abono que, aparte de los 
fuertes gastos de los funerales de doña Camila, de lutos, de com- 
pra de muebles nuevos, de apertura de cochera y otros igual- 
mente necesarios, tuvo que pagar 8,000 pesos á don Juan Antonio 
Cobián por el traspaso de la casa de Donjuán Manuel, 2 donde él 
había hecho por cuenta propia mejoras muy costosas, poniendo vi- 
drieras con cristales grandes y finos, cielos rasos de mirriñaque, 
cajonerías embutidas en la pared, etc., etc.; 3 agregaremos que du- 
rante el siguiente año de 1808, Leona se redujo á gastar 6,000 pe- 
sos en números redondos, 4 suma que, si bien se saldaba aún con 
un déficit cuantioso, permitía en cambio esperar un equilibrio 
próximo entre las rentas y los gastos, que para nadie es fí'tcil de 
realizar repentinamente; todavía podríamos añadir en favor de Leo- 
na que no llegó á gastar en alhajas un solo medio, á pesar de que 
cualquiera otra joven rica, en su caso, hubiera comprado muchas; 
cierto es que Leona no las necesitaba, pues poseía las muy valio- 
sas de su madre, como un aderezo formado de un collar de cin- 
cuenta y una perlas y una calabacilla con lazo de brillantes, y dos 
aretes también con calabacilla y estrellitas y lazos de brillantes.5 

Empero, si Leona en sus gastos se mostró ligera, puso en to- 
do lo demás excepcional cordura, cual correspondía á la educación 
perfecta que había recibido de sus excelentes padres, á quienes 
continuó amando como si vivieran; este amor se manifestaba de 
un modo especial con las misas que frecuentemente hacía decir pa- 
ra sufragio de sus almas. 6 

Sucede generalmente que quienes tienen puestos sus ojos de 
continuo en la divinidad infinita y perfecta, al volverlos sobre este 
mundo de miserias, encuentran despreciables á los insignificantes 
y defectuosos seres que lo pueblan; pero no sucedió así con Leo- 
na, que á la par que abrigó siempre un intenso misticismo, según 
diremos luego, alentó hasta su muerte acendrados sentimientos al- 
truistas, que le hicieron profesar vivísima simpatía á todos sus 



1 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada. 

2 Ibídem. 

3 A. P. Fernández de San Salvador. Razón citada. 

4 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada. 

5 A. P. Fernández de San Salvador. Razón citada. 

6 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada. 



275 

prójimos, á quienes indistintamente socorría en su pobreza, á ve- 
ces «con gruesas sumas de dinero;» 1 curaba por su propia mano 
en sus enfermedades; 2 mantenía en su vejez desvalida, 3 y perdo- 
naba cuando le hacían algún mal. ^ 

1 C. M. de Bustamante. Necrología citada.— A. P. Fernández de San Sal- 
vador. Cuenta citada.— Copia del testamento de doña Leona Vicario. 30 de 
marzo de 1839. M. S. en mi poder. 

2 A. P. Fernández de San Salvador. Alegato en defensa de doña María 
Leona Martín V'icario. (Sin fecha.) En causa citada, instruida contra la mis- 
ma Leona. 

3 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

4 A. P. Fernández de San Salv.idor. Cuenta y Razón citadas. 



^-n 




CAPITULO IV. 



su RELIGIOSIDAD, 



La piedad religiosa que infundieron á Leona sus padres, no de- 
cayó en ella después de que murieron. 

Las pinturas que adornaban las paredes de la casa que habitó 
en la calle de Donjuán Manuel, dos hechas por su mano, eran de 
la Virgen Madre de Dios y de Santos y de Santas, y en su peque- 
ña biblioteca dominaban las novenas y otros impresos místicos, es- 
cogidos en su mayor parte con singular acierto, pues entre ellos 
figuraban las Epístolas de San Gerónimo, los Avisos de San Juan 
de la Cruz, las Obras de San Francisco de Sales y la Semana Espi- 
ritual por nviestro donjuán de Palafox y Mendoza, i No nos cons- 
ta, sin embargo, que Leona leyese estas obras, aunque debemos 
presumirlo. 

Sí sabemos con evidencia que Leona profesaba igual devoción 
á Ntra. Sra. de los Remedios y á Ntra. Sra. de Guadalupe. Para 
poder apreciar de manera debida este curiosísimo modo de ser de 



1 A. P. Fernández de San Salvador. Razón citada. 



278 

su reli.^iosidad, necesitamos recordar aquí las singulares historias 
de ambas Vírgenes. 

Ntra. Sra. de los Remedios es española á no dudarlo, pues an- 
tes de que se apareciera en la Nueva España, había sido traída de 
la Península una imagen su3^a, tallada en madei^a y que medía «po- 
co más de cuarta,» por un soldado de Hernán Cortés, muy proba- 
blemente Juan Rodríguez de Villaf uerte, según conjetura el Maes- 
tro fray Luis de Cisneros, primer historiador de esta Virgen. 1 

Es de cuerpo ei"guido, carga en el brazo izquierdo á su hijo y 
empuña un cetro en la mano derecha, levantada hasta la altura del 
hombro con ademán imperioso; tiene abundante cabellera rizada, 
que baja sobre la espalda y ambos hombros; rostro redondo, blan- 
co 5^ terso; frente dilatada y recta; ojos gai'zos, graves, de gran 
pupila, muy abiertos y que al mirarlos imponen; nariz adelgazada 
y boca severa, de labios gruesos; luce rica corona festoneada, que 
remata en una cruz, y viste túnica y manto suntuosamente borda- 
dos y de faldas demasiado anchas: 2 su actitud general es la de una 
soberana acostumbrada á mandar con dominio absoluto. 

Hay quienes asegmxn que Ntra. Sra. de los Remedios se apa- 
reció en México desde los primeros combates que libraron los es- 
pañoles contra los indios; pero Iray Luis de Cisneros solamente 
quiere hablar de su portentosa aparición verificada durante la No- 
che Triste, que fué la del 30 de junio de 1520, cuando los pocos es- 
pañoles que lograron huir de la gran Tenochtitlan, perseguidos 3' 
destrozados por los mexicanos, llegaron hasta el cerro Totoltépec 
y se atrincheraron allí en el cu Otoncapulco y otras construcciones 
indígenas inmediatas. Agotados por el cansancio, las heridas, la 



1 Historia del principio, y origen progresos venidas á México, y milagros 
de la Santa Imagen de Nuestra Señora de los Remedios, extramuros de Mé- 
xico. (México.) 1621. (Escrita hacia 1616, fecha de la aprobación de la obra, ó 
poco antes.) Fols. 25 vto. y 35 vto.; este último aparece como 45 por errata de 
imprenta. 

2 Hemos tenido á la vista el grabado que ilustra La Milagrosa invención 
de un thesoro escondido en su campo; que halló un venturoso Cazique y es- 
condió en su casa, para gozarlo á sus solas. Patente en el santuario de los 
Remedios en su admirable imagen de N. Señora; por el P. Francisco de Flo- 
rencia. (México.) 1685; la descripción que pone Cisneros en su obra citada, fol. 
35 vto., y la imagen original, que, por bondad del señor Párroco de su San- 
tuario, don S. Garza Treviflo, pudimos estudiar muy de cerca: desgraciada- 
mente está ya un tanto desfigurada por la acción de los siglos y el exceso de 
adornos que le han puesto. Véase la reproducción que publicamos de esta 
imagen, según fotografía directa que nos hizo el inteligente artista, señor Pro- 
fesor don Antonio Cortés. 




m 






ÍMMjK:S UlilGJ.NAJ. lil-.NTUA. .--KA. J iK J-U.b KK.Ml:.] ÜMí-, (.¿L i^ .--E VENE- 
KA EN SU:SANTIAKIU, EN EL PUEBLO DE SU NU.MBRE, MUNICIPALI- 
DAD DE SAN BARTOLO NAUCALPAN, .DISTRITO DE TLALNEPANTLA, 
ESTADO DE SIEXICO.^ — SEtuíJ fotografiví dikeita tomada keiientemente. 



279 

falta de alimento y la desmoralización, resistían ya muy débil- 
mente íi sus incansables perseguidores, y se habrían rendido muy 
pronto, seguramente, si en aquellos momentos de suprema angus- 
tia no hubiese bajado del cielo Ntra. Sra. de los Remedios, acom- 
pañada del Apóstol Santiago, á detener á los denodados indios con 
rayos y puñados de tierra, que les echaba á los ojos para cegar- 
los, mientras el aguerrido Apóstol, bien armado sobre su caballo 
blanco, hacía «gran matanza de ellos.» 1 Quizá se juzgue que los 
conquistadores eran indignos de esta ayuda celestial, porque injus- 
tamente y sin el motivo más leve habían robado á losmexica sus te- 
soros cuantiosos, reunidos durante siglos; profanado sus templos, 
que miraban con la mayor veneración; aprisionado á sus reyes, que 
adoraban como á dioses; raptado y prostituido á sus mujeres más 
bellas; asesinado á incontables de ellos, sólo para infundir terror, y 
oprimido más y más duramente á las poblaciones todas; pero seme- 
jante juicio no será hecho de seguro por quienes ciegamente crean 
que la divinidad no se equivoca nunca, y que sus altos designios son 
inescrutables para los míseros hombres. 

Después de la Conquista, Ntra. Sra. de los Remedios se apare- 
ció varias veces, hacia 1540, á un indio noble llamado, en su genti- 
lidad, Quauhtli - y, al ser bautizado, don Juan de Tovar, natural 
del pueblo de San Juan Teocalhuican, sito al Poniente y á corta 
distancia del cu Otoncapulco. '^ La Virgen quería que su pequeña 
imagen, perdida ó enterrada de propósito por Rodríguez de Villa- 
fuerte en acjiLiel ai, la misma Noche Triste, y que se conservaba 
intacta aún milagrosamente, tuviera allí una ermita propia, don- 
de pudiera recibir el culto que merecía como reina del cielo y es- 
pecial protectora de los conquistadores de México, que sin ella ha- 
brían perecido indefectiblemente casi al comenzar su obra. Pero 
la Virgen no se dignó hablar al indio donjuán; por lo que éste no 
pudo adivinar sus propósitos. La Virgen tampoco caía en cuenta 
de que el indio don Juan era de una .simplicidad extraordinaria. 
Así transcurrieron muchos días hasta que el indio donjuán, andan- 
do de caza, encontró casualmente á la imagen debajo de un gran ma- 
guey, crecido en la cima del repetido cu. Saludóla con las mejores 
palabras de comedimientos y de amores que podía decir, é inme- 
diatamente la llevó á su choza con reverencia suma; la colocó so- 



1 L. de Cisneros. Historia citada. Fols. 7 vto., 8 fte. y vto. y 31 íte. y vto. 

2 Águila. 

3 L. de Cisneros. Historia citada. Fols. 31 ftc. y vto. — F. de Florencia. 
La Milagrosa invención citada. Fol. 2 fte. 



280 

bre una arca, lo'menos malo de sus pobres muebles, 3' le destinó el 
luffar más decente de su miserable ho,<>ar. Empero, nada de todo 
esto satisfizo á la Virgen, que prefirió regresar á su olvidado cu, 
y abandonó luego al indio donjuán. Lleno éste de loca desespe- 
ración, la buscó afanosamente por montes, llanuras y poblados has- 
ta que logró hallarla en su primitivo puesto. Con tiernísimas pala- 
bras respetuosas le manifestó su resentimiento, porque lo había de- 
jado, 3^ nuevamente la trajo á su casa; su gran inocencia le hizo 
atribuir la escapatoria de la Virgen á falta de alimento y precau- 
ción, 3' por esto le puso qué comiese y qué bebiese y la encerró 
dentro de una caja; el bienaventurado indio ignoraba que los seres 
divinos no comen ni beben, 3' que nada terreno resiste á su omnipo- 
tencia. La Virgen, pues, volvió á escaparse día á día, 3" el indio don 
Juan, que la amaba entrañablemente y no podía resignarse á per- 
derla, día á día iba también al ai á recuperarla. No de otra suerte 
transcurrieron doce años. Viendo al cabo de ellos el indio don Juan 
que ninguna cosa adelantaba con su perseverancia, sus ruegos, bue- 
nos tratos, ofrendas y precauciones, y cansado ya de las muchas 
personas que de continuo concurrían á su reducida choza para visi- 
tar á la Virgen, arregló con don Alvaro Tremiño, primer Maestres- 
cuela de la Catedral de México, que Ntra. Sra. de los Remedios 
fuese transladada á una ermita del propio pueblo de San Juan Teo- 
calhuican, de donde «todavía se solfa ir» al cu antedicho. Enfrióse 
tanto con esto en su fervor por la Virgen el indio donjuán, que poco 
después, al enfermarse de gravedad, no quiso implorarla, y optó 
por acudir :'i Ntra. Sra. de Guadalupe, que lo recibió sonriente, le 
devolvió al punto la salud, le dijo con dulzura que no debía haber 
olvidado á Ntra. Sra. de los Remedios y le descubrió sin reservas 
que esta Virgen deseaba tener una ermita en el cu Otoncapulco. El 
indio donjuán, que sin duda tenía alma de santo, depuso al instan- 
te su justificado resentimiento, \ edificó violentamente la ermita, 
al Poniente del cu, como á cien pies de distancia, con paredes de 
piedra y barro y techo pajizo, que pronto se arruinaron; pero años 
después, la ermita fué reconstruida 3^ ensanchada de una manera 
perdurable por la Nobilísima Ciudad de México, á instancias de su 
Regidor y Obrero Ma3^or don García de Albornoz, que cuidó de 
que se levantara la capilla principal sobre el mismo punto donde la 
Virgen había permanecido enterrada pacientemente durante el 
largo espacio de cinco lustros. Allí continúa aún la Conquistadora 
heroica. 1 

1 L. de Cisneros. Historia citada, íols. 31 á 33, 35 y 38 á 40. 




IMAt.K.N t)l;l(.l.\ \L |ti: NTl; A. si; A. KK (U'AliAl.l l'K. (¿TKSK A'KNKHA 

Kxsr basílica, kn i. a chkai» de uuaüalupe hidalgo, i>. f. 

SElilN FOTOCÍÜAriA J)I11E<TA TOMADA REflEXTEMEXTE. 



281 

Ntra. Sra. de Guadalupe era enteramente mexicana; «sagrada 
criolla» la nombra su historiador insigne, el Bachiller Miguel Sán- 
chez, á quien tocó la gloria de descubrir el celestial origen de su 
imagen. 1 

No tiene á su hijo en los brazos; une piadosamente las manos 
sobre el pecho; su cabellera lisa queda oculta bajo un manto 
que le cubre la cabeza, inclinada hacia abajo y hacia un lado en 
señal de mansedumbre; su rostro es de color moreno, graciosa- 
mente ovalado, y sus ojos son grandes, poco abiertos y de mirada 
reconcentrada y triste, que mueve á místico amor; su nariz perfec- 
tamente delineada; su boca fina y de gesto bondadoso; tiene coro- 
na foi'mada de rayos sencillos, y viste túnica y manto modestos, 
cuyas faldas se recogen mucho para cubrir los pies: 2 revela en 
todo su ser un recogimiento y una humildad infinitas. 

No se apareció en actitud guerrera para matar ni para herir á 
nadie, sino en santa paz, con el objeto único de consolar y de alen- 
tar á los infelices indios, poco después de la Conquista, cuando pa- 
recían condenados á perecer totalmente por el inhumano trato de 
los españoles, que sólo veían en ellos á bestias abomimibles; el be- 
nemérito Fray Julián Garcés no alcanzaba aún de Su Santidad Pau- 
lo III que los declarase seres de razón. La Virgen entonces, honda- 
mente apiadada de aquellos desdichados, que no tenían culpa, los 
adoptó por hijos con la más sublime ternura, y para tenerlos muy 
cerca de sí y consagrarse á ellos enteramente, dejó, á principios 
de diciembre de 1531, al hijo de sus entrañas, que ya no necesita- 
ba del maternal regazo, y vino á posarse blandamente, acompaña- 
da de inofensivos ángeles, en la cima de un «cerro tosco, pedrego- 
so é inculto» del solitario Tepeyácac, sobrenaturalmente bella sin 
majestad imponente, circuida de un nimbo de rayos de luz que no 
deslumhraban, prodigiosa sin atemorizar, destacándo.se con modes- 
tia suma sobre el azul purísimo de un horizonte inmenso y tranqui- 
lo. Se anunció, no por el estrépito de una matanza horrenda, sino 
por músicas y coi'os más dulces que los conciertos de los gorrio- 
nes, clarines, calandrias, centzontles y ruiseñores, y para comuni- 
carse con sus hijos adoptivos, esperó paciente á que pasara por allí, 

1 Imagen de la Virgen Maria Madre de Dios de Guadalupe, Milagrosa- 
mente Aparecida en la Ciudad de Mé.xico. México. 1648 Fol. pr. 1 1 fte. 

2 Hemos tenido á la vista la imagen original, e.vistente en Tepej^ácac, y 
varias copias hechas antes de que la profanase un famoso .sacerdote, haciendo 
que un pintor mexicano borrara irreverentemente la corona que tenía. Véase 
la reproducción que publicamos de esta imagen, según reciente fotografía di- 
recta. 

Anales. 36 



282 

no un caballero ni un noble, sino el mncchiial i Juan Diego, uno 
de tantos plebeyos indígenas de limpio corazón, recién convertidos 
á la religión católica. Pasa éste al fin, y luego lo llama «por su pro- 
pio nombre» y le manifiesta claramente sus deseos, porque no 
pretende que los adivine ni tampoco rehusa dejarle oír su divina 
voz; adenitis, le da el título de hijo: «Sabe, hijo, le dice, que 3^0 soy 
María, \^irgen Madre de Dios verdadero (todavía los indios ado- 
raban divinidades falsas), quiero que se me funde aquí una casa y 
ermita. Templo en que mostrarme piadosa Madre contigo, con 
los tuyos, con mis devotos, con los que me buscaren para el reme- 
dio de sus necesidades.» A nadie exceptuba, ni á los verdugos de 
sus nuevos hijos: quienesquiera que la buscasen, alcanzarían reme- 
dio para sus males. Y la Emperatriz soberana de todos los mundos 
no mandaba al despreciado mace/iiia/ ]uiin Diego, sino que le de- 
cía con infinita mesura: «te pido, encargo y ruego.» Y si este indio 
rehusaba verla, como sucedió cierta vez que, por tener que ir vio- 
lentamente á Santiago Tlaltelolco en busca de confesor para su 
tío agonizante, no acudió á una cita que le había dado la Virgen, 
la Virgen, lejos de ofenderse, bajaba solícita con sus delicados pies 
de aquel áspero cerro para alcanzar á Juan Diego y consolarlo 
maternalmente, asegurándole que su tío estaba ya sano y salvo. 
Dos veces Juan Diego había hablado de la Virgen al Ilustrísimo 
señor don Fray Juan de Zumárraga, primer Obispo de México; pe- 
ro como este prelado dudara de que la Madre de Dios se apare- 
ciese á un miserable indígena, recién aliviado «de la carga 3^ peso 
de los Demonios de la idolatría,» 3' prudentemente pidiera, para 
creerlo, alguna prenda ó seña de tan extraordinario prodigio, la Vir- 
gen, en aquella misma ocasión que bajó á alcanzar á Juan Diego, 
hizo brotar en pleno invierno, de los peñascos 3^ pedernales de su 
árido cerro, como de fecundas tierras de un vergel exuberante en 
tiempos de primavera, fragantes rosas, azucenas, claveles, viole- 
tas, romeros, jazmines, retamas 3' lirios, flores todas de esplendente 
hermosura, que dio por prenda ájuan Diego, quien, embelesado, las 
puso en su tiUitatli, ó pobre manta mal hilada, 3' las trajo al Ilus- 
trísimo señor Zumárraga; al entregárselas, descubrió, para ma3'or 
portento, la fiel imagen de la Virgen, milagrosamente impresa en 
su manta con las inimitables tintas de aquellas flores. El prelado 
no pudo dudar más ante ambas señales divinas, y edificó la ermi- 
ta que quería la \^irgen, 3- puso en ella su maravillosa imagen. '^ 

1 ^Maceuíilli. 

2 M. Sánchez. Imagen de la Virgen María, citada. Fols. 19. 20, 22, 23, 2b, 
27 V 30. 



283 

La Virgen no volvió A aparecerse á Juan Diego; tampoco lo necesi- 
taba ya; su imagen era ella misma y quedaba aquí por los siglos de 
los siglos para consuelo y ampai'o de él y de todos los suyos, los 
antes desvalidos mexicanos, y de cuantos otros quisieran implorar- 
la. Y allí permanece, apacible, humilde y triste, haciendo propias las 
penas de todos. 

Indicado estaba que los españoles, que eran los dominadores, 
los señores fuertes y orgullosos, adoptaran como patrona á Ntra. 
Sra. de los Remedios, de carácter altivo y acciones temibles; y que 
los indios, que eran los dominados, los siervos débiles y sumisos, 
eligieran de soberana única á Ntra. Sra. de Guadalupe, de índole 
mansa y dulces hechos: no podían amar á las otras divinidades, 
porque se habían mostrado invariablemente duras y crueles con 
ellos, y, á causa de esto, sólo á la ermita guadalupana acudieron, 
aunque desde temprano hubo en todas partes numerosas igle- 
sias. 1 

Fatalmente tuvo que surgir, pues, un abierto antagonismo en- 
tre ambas Vírgenes, que amparaban tan opuestos intereses, y al 
fin se vieron una y otra frente á frente, como dos entidades per- 
fectamente distintas, cuando estalló la guerra de Independencia: 
Ntra. Sra. de los Remedios fué la Capitana Generala de los realis- 
tas, ó sea la sostenedora omnímoda del antiguo régimen de opre- 
sión y despotismo; Ntra. Sra. de Guadalupe fué sencillamente la 
compañera de los insurgentes, su estandarte sagrado, su emble- 
ma de libertad, el símbolo de la nacionalidad mexicana que nacía. 
Sucedió entonces que mientras los mexicanos supieron respetar 
siempre á Ntra. Sra. de los Remedios, no obstante que no podían 
haber olvidado los tremendos males que les causó durante la con- 
quista, los españoles, que ningún daño habían recibido de Ntra. 
Sra. de Guadalupe, hiciéronla blanco de sus odios y aún llegaron 
hasta fusilarla varias veces, 2 íl ella, la Virgen inofensiva y tierna, 
la que había dejado su mansión celestial, no para matar ni para he- 
rir á nadie, sino para remediar las necesidades de cuantos la bus- 
casen, indios ó españoles, nobles ó plebeyos, ricos ó pobres. 



1 Fray Bernardino de Sahagún. Historia General de las Cosas de Nueva 
España. México. 1829-1830. (Escrita en el Siglo XVI.) Tomo III, pág. 322. 

2 Ilustrador Americano del sábado 12 de diciembre de 1812. Pág. 117.— 
Carlos María de Bustamante. Disertación Guadalupana. En Relación de la 
Conquista de esta Nueva España, por Fray Bernardino de Sahagún. (Publica- 
da por el mismo Bustamante con el arbitrario título de La Aparici(3n de Nues- 
tra Señora de Guadalupe de México.) México, 1840. Pág. X. 



284 

Por todo lo cual era mu\' raro que Leona, mexicana de naci- 
miento }• de pleno corazón, resultara igualmente devota de dos Vír- 
genes tan distintas. Quizá no ignoraba, en su vasta ilustración, 
que San Bernardo había dicho que la Madre de Dios, bajo todas 
sus advocaciones, «abre á todos el seno de su misericordia (ómni- 
bus misericordia; sinmii afyerit) para que todos tomen de su ple- 
nitud: el cautivo, redención; el enfermo, salud; el triste, consuelo; 
el pecador, perdón; el justo, gracia.» i Leona tal vez sabía también 
que no contradecían esto las encontradas historias de Ntra. Sra. 
de los Remedios y de Ntra. Sra. de Guadalupe, porque ambas só- 
lo descansaban en la deleznable tradición, que con sus millones de 
bocas disímiles da como cieito lo falso y adultera la verdad; Fray 
Luis de Cisneros confiesa ingenuamente que, á pesar de sus muchas 
dihgencias, no pudo «hazer bastante prueva de manera que quede 
asentado con fixeza el principie) y origen de esta Santa Imagen 
(de los Remedios), aunque lo he inquerido de los anuales, y cosas 
que ay escritas de conquistas, y historias de esta tierra, de los archi- 
vos de la Ciudad, y rebuéltolos todos, (y) de los indios antiguos de 
aquel contorno donde está;» 2 el Br. Miguel Sánchez declara á su 
vez con franqueza: «Determinado, Gustoso y Diligente busqué Pa- 
peles y Escritos tocantes á la Santa Imagen (de Guadalupe) y su 
milagro; no los hallé, aunque recorrí los archivos donde podían 
guardarse.» 3 Y si bien el angélico Santo Tomás había declarado 
con su palabra sapientísima que la verdad no está ligada á una 
misma manera de prueba, -J^ de aquí no se infería que las pruebas 
fuesen innecesarias, sino sólo distintas, y, por tanto, nada obligaba 
á creer en las historias de Ntra. Sra. de los Remedios y de Guada- 
lupe sin ninguna clase de prueba; por lo contrario, era lícito dudar 
de ellas, precisamente porque no estaban probadas de ningún mo- 
do. Consiguientemente, caía por falta de base aquel supuesto anta- 
gonismo que separaba de manera radical á las dos Vírgenes, y Leo- 
na podía mirar en ambas á la misma Madre de Dios, inalterable- 
mente bondadosa para todos. 

Así nos explicamos que Leona, de igual manera que mandaba 
decir misas frente á los altares de Ntra. Sra. de Guadalupe, 5 hacía 



1 Aurifodina Uiiivcrsalis Sciciitiííniíii diviuannn atque hiimanarmn 
ex fontis íiHi'cis Santoriini Patriim Parisiis, 1888. Tomo III, pág. 33. 

2 Historia citada. Fols. 23 vto. y 'IX fte. 

3 Imagen de la Virgen María, citada. Fol.pr. 11 vto. 

4 En Fray L. de Cisneros. Obra citada. Fol. 25 vto. 

5 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada. 



285 

considerables donativos á Ntra. Sra. de los Remedios, l No obs- 
tante, consta que la pintura de mayor valor que tenía en su ca- 
sa, representaba á la imagen guadalupana. 2 

1 Ibídem. 

2 A. P. Fernández de San Salvador. Escrito sin fecha, pero posterior al 
16 de octubre de 1816. En causa citada, instruida contra Leona Vicario. 







CAPITULO V. 

sus ENTRETENiraENTOS Y ESTUDIOS. 

No satisfecho aún el poderoso espíritu de Leona con aquel al- 
truismo y aquella relifíiosidad, buscaba nuevas esferas de acción, 
ig'ualmente grandes y nobles, para gastar en ellas sus exuberantes 
energías. De aquí que Leona cultivara las bellas artes, las ciencias 
y la literatura. 

Tuvo como maestro de dibujo 3^ de pintura al pintor Tirado, 
probablemente cuando fué niña; 1 después, de joven, continuó prac- 
ticando sola ambas artes; adornaban su casa varios cuadros y re- 
tratos hechos de su mano, unos dibujados y otros pintados,- que 
indicaban una mano hábil 3 3^ que, sin llegar á ser obras verdadera- 
mente excelentes, no habrían parecido mal, sin embargo, en una 
galería de cuadros de mérito, -i 



1 A. P. Fernández de San Salvador. Razón citada. 

2 Ibídem. 

3 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Pág. 2. 

4 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 



288 

Gustaba de cantar, y aunque ella decía que cantaba «muj^ mal,»i 
como era sumamente modesta, no debemos darle crédito en 
esto. 

Leona se complacía con estudiar la historia patria, y llegó á co- 
nocerla;- ignoramos desgraciadamente cuáles fueron las obras his- 
tóricas que leyó, y sólo sabemos que guardaba entre sus papeles 
un escrito anónimo, donde se combatía tan rudamente la conquista 
de la Nueva España por los españoles, que, según el decir del señor 
Oidor don José Ignacio Berasueta, tal escrito podía causar á la reli- 
gión y al Estado su total ruina; 3 no hay que olvidar, sin embargo, 
que las autoridades realistas identificaban siempre á la Monarquía 
con la Divinidad, y que por esto decían que quien contrariaba al 
Rey, impugnaba á Dios. 

Leona sintió gran afición por los libros que trataban de política, 
y en ellos pudo adquirir conocimientos que, conforme manifestaba 
el Lie. don Carlos María de Bustamante en 1842, habrían hecho en- 
tonces la felicidad de los mexicanos, «si como ella cuidó de adqui- 
rirlos, ellos cuidaran de practicarlos.» -i Uno de dichos libros fué la 
obra maestra de Fenelón, de la cual hablaremos después. 

Estudiaba la «Idea del Universo,» que contiene la historia de 
la vida del hombre, elementos cosmográficos, viaje estático al mun- 
do planetario é historia de la Tierra, por el P. Jesuíta Lorenzo Her- 
vas y Panduro, 5 quien antes de escribir su obra, impresa en Ce- 
sena, durante los años de 1778 á 1787, consagró muy largo tiempo 
al estudio y á la meditación. No obstante, la «Idea del Universo» re- 
sultó muy inferior á la «Historia Natural General y Particular,» por 
Georges Louis Leclerc Buffon, Conde de Buffon, publicada desde 
1749 hasta 1804, que igualmente estudiaba Leona, 6 y que es un mo- 
numento de enseñanzas profundas sobre el origen, desarrollo, va- 
riaciones y degeneraciones del globo y de los seres que lo pueblan, 
desde el infusorio hasta el hombre: obra de la cual dicen los escrito- 
res de aquella época que fué acogida favorablemente por las mu- 



1 Confesión con cargos que se le tomó. En la causa ya ciíada, instruida 
en su contra. 

2 C. M. de Bustamante. Necrología citada.— J. M. Sánchez de la Barque- 
ra. Biografía citada. Pág. 2. 

3 Confesión con cargos, citada, de la misma Leona. 

4 Necrología citada. 

5 Declaración de doña Francisca Fernández. 15 de marzo de 1813. En cau 
sa citada, instruida contra Leona Vicario. 

6 Declaración citada de doña FranciscaFernández.— Declaración de do- 
ña Mariana Fernández. 15 de marzo de 1813. En la propia causa. 



289 

jeres, que se sentían encantadas al leer, sin mengua de su decoro, un 
libro tan imponente y no falto de muchas cosas libres y detalles 
que las interesaban en grado sumo. 

Leona leía producciones literarias de autores alemanes, espa- 
ñoles, ingleses y franceses; pero no tenemos la lista de todas, y 
únicamente sabemos que entre ellas se contaban el «Nuevo Robin- 
són,» por Joachim-Henrich Campe; 1 las Obras del M. R. P. M. Fray 
Benito Gerónimo Feijoo; «Clara Harlowc,»por Samuel Richardson; 
«La Huerfanita Inglesa,» por Mr. Pierrc-Antoine de La Place; las 
«Aventuras de Telémaco, hijo de Ulises,» por el Arzobispo de Cam- 
bra!, Frangois Salignac de La Mothe-Fenelon, y un libro vagamen- 
te designado con el título de «El Carlos,» '^ que tal vez haya sido 
la famíjsa «Historia del Emperador Cario Magno,» atribuida falsa- 
mente á Mr.Jean Turpin, Arzobispo de Reins en el si.glo VII, y 
traducida al castellano por Nicolás Piamonte, cuya traducción, im- 
presa primeramente en Sevilla el año de 1524, 3 fué reimpresa re- 
petidas veces y continúa siéndolo todavía hoy. 

El «Nuevo Robinsón» es una imitación del «Robinsón Crusoc,» 
la obra magistral de Daniel de Foe, publicada en Londres, el año de 
1719, y en la cual el autor, al describir la vida de un náufrag'o arri- 
bado ú una isla solitaria, expone admirablemente las necesidades 
múltiples del hombre y el poder omnímodo de éste sobre las fuer- 
zas de la naturaleza, que de pronto parecen indomables; pero como 
Campe escribió su imitación para los niños, juzgó necesario variar 
el orden de la obra original, suprimir varias partes, añadir otras y 
adoptar la cansada forma del diálogo, que con sus frecuentes inte- 
rrupciones, destruye á la vez la unidad y el interés del relato. No 
es, así, extraño que, á pesar de que el «Nuevo Robinsón» alcanzó en 
Alemania centenares de ediciones y fué traducido á todas las 



1 Declaración, citada, de doña Franci.sca Fernandez.— Mariano Labra. 
Avalúo que de orden del Sr. Intendente de e.sta Capital, D. Ramón Gutiérrez 
del Mazo, hace de los muebles (pertenecientes á doña Leona Vicarioj, que le 
ha manifestíido el Dr. D. Agustín Pomposo Fernández de San Salvador en 
la casa número 19 de la calle de Donjuán Manuel. 23 de septiembre de 1816. 
En causa citada, instruida contra la misma Leona. 

2 Declaración susodicha de doña Francisca Fernández. —Conlesión con 
cargos, citada, de la misma Leona. 

3 El eruditísimo don Diego Clemencín, en su edición del Quijote, publi- 
cada en Madrid el año de 1833, cita una edición de la «Historia del Emperador 
Cario Magno» hecha en 1528, como la primera (Parte I, tomo I, pág. 118), 
por no haber conocido la que indicamos arriba.— Véase Francisco Escudero 
y Perosso. 'Tipografía Hispalense.» Madrid, 1894. Pag. 157. 

Avales. 3/ 



290 

Icnofuas del resto de Europa, de Turquía y Grecia, viera Leona en 
él < una cosa muy fría.» 1 

Es inverisímil que Leona leyese todas las obras de Feijoo, en- 
cerradas en numerosos tomos; por otra parte, únicamente nos cons- 
ta que leía el tomo VII del «Theatro Crítico Universal, ó Discur- 
sos Varios en todo genero de materias, para deseng^año de erro- 
res comunes,» mejor dicho, que Leona copiaba «de su puño y le- 
tra» alguno de sus discursos, 2 quizá el que trata de las causas del 
amor, afecto que describe el austero Feijoo como el primer móvil 
de todas las acciones humanas, príncipe de todas las pasiones; mo- 
narca, cuyo vasto imperio no reconoce en la tierra ningunos límites, 
máquina con que se revuelven y trastornan reinos enteros, ídolo 
que en todas las religiones tiene adoradores, astro fatal, en fin, de 
cuya influencia pende la fortuna de todos, pues, según sus varios 
aspectos (quiere decir el autor, según su mira á objetos diferen- 
tes), á unos hace eternamente dichosos, á otros eternamente infeli- 
ces. Razón tenía Leona para leer á Feijoo, el sabio entre los sabios 
de España del siglo XVIII, que escribió acerca de todas las cien- 
cias 3' de todas las artes, y que, con espíritu sobremanera avanza- 
do, combatió las rutinas, las preocupaciones, los errores y las su- 
persticiones, que tanto entorpecen y retardan la marcha del progre- 
so humano; sinceramente compadecido Feijoo de los débiles y de 
los postergados, escribió luminosas defensas en favor de las muje- 
res en general y de los criollos de América, vistos injustamente 
por España como seres inferiores: Leona, que, por la conciencia de 
su propio valer, debía abrigar un elevado concepto de las demás 
mujeres, }- que, por el amor que profesaba á sus compatriotas, de- 
bía juzgarlos iguales, si no superiores ;í los otros hombres, leía 
con mu}' grande agrado seguramente á quienquiera que defendía á 
unas y á otros, máxime cuando casi nadie lo intentaba y el defen- 
sor era uno de los pensadores más eminentes de su época. 

«Clara Harlowe,» por Samuel Richardson, publicada la primera 
vez en Londres, á mediados del siglo XVIII, alcanzó una acepta- 
ción universal y la conservó durante largos lustros, no obstante ser 
muy extensa, estar escrita en monótona forma epistolar y adole- 
cer de repeticiones frecuentes. Sus protagonistas son dos: Clara 
Harlowe y Roberto Lovelace. Clara es un dechado de perfecciones, 
ó, como dice el autor, honra de su sexo y ornamento de la naturale- 
za humana, á quien nadie excede en juicio y conocimientos, ni igua- 

1 Declaración, citada, de doña Francisca Fernández. 

2 Confesión con cargos, citada, de la misma Leona. 



291 

la en urbanidad, discreción, dulzura, caridad, piedad y demás vir- 
tudes posibles, realzadas todas por una modestia y una humildad 
extraordinarias, que no le impiden, sin embargo, aunar á ellas una 
rara presencia de espíritu y una inconmovible fuerza de carácter. 
En Roberto, por lo contrario, se encarna un ideal luciferesco de 
maldad; licencioso profesionista, seduce sin pasión, sólo por sa- 
tisfacer su vanidad desmedida; desprovisto de todo sentimiento 
blando, se enorgullece monstruosamente de su perversidad: no re- 
cuerda haber sido honrado alguna vez, y efectivamente no lo fué 
nunca. Enamora á Clara, y ésta, aunque en un principio le corres- 
ponde, pronto lo rechaza, no por malo, sino sencillamente porque 
sus deudos, los Harlowe, se oponen tenazmente á aquellas relacio- 
nes amorosas, como verdaderos ingleses de voluntad dura y obsti- 
nada. Roberto, que, á pesar de todo, no es un falso inglés, persiste 
en su empeño con perseverancia inquebrantable, y, para realizarlo, 
sostiene pacientemente una bien meditada campaña de comedias 
é intrigas, en las que se reserva el primer papel de rendido y noble 
enamorado, y da los secundarios, de parientes suyos y damas hono- 
rables, á rameras y lenonas de la peor ralea; logra así que Clara 
abandone su casa y hu\'a con él á una falsa hostelería, donde la 
deshonra sin el más leve miramiento, acallando de antemano toda 
«inoportuna compasión.» azuzado ferozmente por su vanidad inau- 
dita, por el deseo de vengarse de la familia Harlowe, por odio hacia 
la misma Clara, que lo había rechazado, y por un poco también de 
apetito sexual libertino. Tan horrendo era el crimen, que el propio 
Roberto se espanta, cosa increíble, y trata de remediarlo con un 
casamiento, sin parar mientes en que los demonios jamás pueden 
unirse á los ángeles. Clara, con una resolución heroica que la hace 
enteramente digna de sus compatriotas, para quienes el carácter 
es la virtud suprema, no acepta aquel enlace, á pesar de que no 
tiene otro medio de recuperar su honor perdido, la prenda más ca- 
ra de toda mujer virtuosa, y opta por condenarse para siempre á 
una vida de cruento martirio. Felizmente el autor ama demasiado 
á esta hija predilecta de su imaginación, y pronto la hace morir muy 
santamente, y ascender al reino de Dios en demanda del justo pre- 
mio de su honradez, y gozarlo allí por los siglos de los siglos. De- 
senlace tan imprevisto, disgustó á muchas lectoras que habían ro- 
gado ya á Richardson les permitiese ver dichosa á Clara, en este 
mundo terreno, casada con Lovelace, previamente reformado, 
por supuesto; pero el autor detestaba los desenlaces vulgares, y no 
accedió á las reiteradas súplicas de sus tiernas lectoras; limitóse 
á matar de modo trágico á Roberto, conforme lo exigían las bue- 



292 

ñas reglas de la novela de entonces, que era peligroso transo-redir. 
Despechadas hondamente aquellas lectoras, osaron decir que en- 
contraban muy frío el amor de Clara y demasiado larga la novela; 
mas el autor les contestó en seguida que no convenía á la castidad de 
Clara que sintiera amor, «sino tan sólo afición,» y que, de acuer- 
do con los fallos ya ejecutoriados de los mejores jueces en punto de 
composición y gusto literarios, si las obras fastidiosas se tenían 
siempre por tales, aunque no fuesen más largas que los cuentos de 
viejas, las obras que mantenían en espectativa al lector, causaban 
mayor placer, mientras más extensas fuesen. El autor tenía razón 
probablemente, pues casi todas las personas cultas de la tierra siguie- 
ron leyendo con interés su obra, hasta que la observación exacta 
y fiel de la naturaleza vino á substituir, en el arte literario, á las 
libres elucubraciones de la fantasía exaltada, para presentar cua- 
dros fecundos en emociones, por su verdad, en cambio de los de la 
vieja escuela, desoladoramente estériles, por su inverisimihtud. 
«Clara Harlowe» figuró al lado de la «Átala» y de la «Diana Ena- 
morada» en las reducidísimas y excepcionales bibliotecas de las da- 
mas de la Nueva España. 1 Leona, al leerla, debió encontrar no po- 
cos rasgos de semejanza entre el carácter de la protagonista y el 
suyo propio. 

«LaHuerfanita Inglesa» es una novela sin mérito, que Mr. Pierre- 
Antoine de La Place imitó de la escritora inglesa Miss Sara Fiel- 
ding y publicó en Francia hacia 1751; presenta como protagonista 
á Carlota Summers, hija de un matrimonio que había brillado en 
el mundo, y la cual quedó huérfana desde muy niña y enteramente 
pobre y sola, por lo que fué entregada á la caridad de su Parro- 
quia. Poco después la encuentra vagando por la calle Lady Boun- 
tiful, que repentinamente siente por ella una simpatía muy viva, y al 
fin la lleva á su casa, donde confía su educación á Mistress Eggels- 
tone, de alma envidiosa y ruin. Pronto la adversidad comienza á 
herir de nuevo á la Huerfanita, que, tras de otras penas crueles, 
sufre la de verse despedida por Lady Bountiful, á causa de una ca- 
lumnia de aquella institutriz; pero Dios no abandona á la inocencia, 
ni menos tolera que sea abatida para siempre: así que dispuso que 
se descubriera la grosera calumnia de Mistress Eggelstone, y Lady 
Bountiful recogiese por segunda vez á la Huerfanita y con mayor 
estimación que antes. Sir Robert, apuesto y generoso joven, hijo 
único de Lady Bountiful se enamora apasionadamente de la Huer- 



1 J. Fernández de Lizardi. La Quixotita citada. Pág. 159. 



I 



293 

fanita, púber ya y muy bella, que, aunque no puede menos que amar- 
lo también, resuelve abnegadamente no entablar relaciones con él, 
porque comprende que disgustarían á su protectora, que puntual- 
mente trataba entonces de casar á su hijo con otra joven noble y 
rica; sólo la gratitud inspira á la Huerfanita la determinación de huir 
de la casa donde había hallado familia y bienestar. No vacila un ins- 
tante en ejecutar su noble resolución, y apenas sale de allí, entra 
en un calvario de trabajos, fatigas, penurias, robos, asaltos, perse- 
cuciones y prisiones sin cuento, bastantes á acabar no sólo con el 
honor, sino aún con la vida de la doncella más fuerte; sin embargo, 
dejan enteramente ilesa á la Huerfanita, que todo lo vence, ampa- 
rada de su virtud y de la ayuda del Cielo, y llega, en fin, á casarse 
con el preferido de su alma, Sir Robert, y á disfrutar de inconta- 
bles días de inalterable ventura, á que tenía sobrado derecho por 
sus padecimientos infinitos. Verdad es que para poner semejante 
desenlace, el autor se ve obligado á resucitar á los padres de la 
heroína, después de haber hecho creer que estaban irremisible- 
mente muertos; pero esta pueril mentira no es sino una de tantas 
inverisimilitudes en que abunda la obra de Mr. La Place. Réstanos 
decir que «La Huerfanita Inglesa» está plagada de transiciones, di- 
gresiones y episodios inútiles, y que una buena parte de ella se com- 
pone de discursos amanerados, que sus personajes, sin distinción 
de sexos, edades ni condiciones, pronuncian idénticamente, cada 
vez que hablan, como si á todos animara un mismo cerebro: circuns- 
tancias que por sí solas, aparte de otras muchas, bastan con exce- 
so para cansar y aburrir á los más pacientes lectores, no obstante 
el laudable empeño que muestra en contrario continuamente Mr. 
La Place. Por no sernos posible poner en tela de juicio el buen gus- 
to hterario de Leona, pensamos que no encontraba en este libro 
más aliciente que ser la protagonista huérfana y bondadosa como 
ella. 

Leona leía con predilección «Las Aventuras de Telémaco,» por 
Fenelón, escritor de moral sana, austera y rígida, espíritu poderoso, 
libre y sincero é imaginación fácil, brillante y fascinadora; que puso 
toda su alma al servicio de la Francia, su patria, duramen.te opri- 
mida por el despotismo absoluto, y cuyo ideal constante fué llegar 
á verla reformada y venturosa algún día. Esperando que más tarde 
la gobernase el Duque de Bourgogne, lo convirtió, de acre, áspero, 
impaciente, voluntarioso y colérico, que era, en afable, dulce, sose- 
gado reprimido y humilde. 

Para este hijo de su inteUgencia y de su voluntad soberanas, 
compuso «Las Aventuras de Telémaco,» publicadas en París, el año 



294 

de 1699, por Claude Barbin, y reimpresas veinte veces por lo me- 
nos el mismo año, éxito asombroso debido á la bellísima forma 
y al fondo trascendental de la obra, que, escrita en estilo de mara- 
villoso encanto, encerraba una censura muj^ justificada de aquel 
despotismo político, contra el cual nadie había osado levantar la 
voz, y novísimas doctrinas socialistas, casi de nadie conocidas, co- 
mo la concerniente al igual repartimiento de tierras entre las fa- 
milias de cada país, con la taxativa de que ninguna obtuviese «si- 
no la extensión necesaria» para alimentar al número de personas 
de que se formara, sistema que impediría á los nobles, decía el 
autor, adquirir las propiedades de los pobres: Fenelón era un aris- 
tócrata, á pesar suyo, y, consiguientemente, no podía concebir la 
supresión de clases. 

El argumento de «Las Aventuras» es muy sencillo. Telémaco, 
joven aún y acompañado del anciano Mentor, bajo cuya figura se 
oculta la omniscia Minerva, abandona sus lares para buscar á su 
padre Ulises, ausente de ellos desde hacía largo tiempo; como no 
lo encuentra, y tampoco quiere regresar sin él, recorre muchas 
tierras y poblaciones, y tiene oportunidad, así, de observar distin- 
tos usos y costumbres y de conocer prácticamente los mejores 
sistemas de gobierno, guiado siempre por Mentor, que á cada paso 
lo instruye con su sabiduría divina; al propio tiempo, Telémaco ejer- 
cita el recio arte de la guerra, sufre trabajos, fatigas y contrarie- 
dades, y aun llega hasta perder su libertad y servir como esclavo. 
De tal suerte, desarrolla su espíritu y disciplina y fortalece su 
cuerpo. 

Cuando al fin Telémaco vuelve á sus lares, está ya en aptitud 
de suceder con acierto á su padre Ulises en el reino de Itaca, por- 
que ha aprendido perfectamente que el arte de gobernar bien con- 
siste en hacer producir á las tierras abundantes frutos; en mantener 
rigurosamente la paz y el orden públicos; en reprimir á la maldad 
audaz, y en sostener á la inocencia tímida, condiciones ambas de 
la buena administración de justicia; en educar á los niños habituán- 
dolos á la obediencia, al trabajo, á la sobriedad, al amor por las 
ciencias, las letras y las artes, al desinterés, al honor, ;l la fideli- 
dad hacia los hombres y al temor hacia los dioses; en no intentar 
hacer todo por sí mismo en el gobierno con la vanidosa ilusión de 
demostrar una capacidad absurda, sino limitarse á dirigir pruden- 
temente á los empleados públicos, y á escogerlos y colocarlos se- 
gún sus talentos, y á no dejarlos de vigilar, experimentar, moderar, 
cambiar de puestos, corregir, alentar, ascender y mantener cons- 
tantemente bajo la mano; en seguir el parecer de los hombres hon- 



295 

rados, que no temen decir la verdad, aunque enojen á los que man- 
dan, y en cerrar los oídos á la corrompida adulación de cuantos 
están dispuestos á obrar contra el honor y la conciencia, á fin de 
satisfacer las pasiones de quienes pueden gratificarlos; en preferir 
los resultados puros, dulces y amables de una administración tran- 
quila, A los éxitos azarosos de la guerra, que sólo se alcanzan con 
la devastación de los campos y el derramamiento de la sangre hu- 
mana; en abominar del lujo, al cual llama Fenelón vicio engendra- 
dor de necesidades fútiles, que quita á la pobreza su carácter digno 
y respetable para hacerla vergonzosa é infamante, y distraer innu- 
merables brazos de las benéficas labores agrícolas para consagrar- 
los á producir refinamientos de voluptuosidad, que afemeninan 
á los ricos, contagian á los demás y acaban por corromper y arrui- 
nar á la nación entera; en no aumentar ávidamente los impuestos, 
ni gravar con ellos á los subditos más diligentes, sino á los más pe- 
rezosos, en especial á los que descuiden sus tierras, que deben ser 
vistos como desertores de los campos del combate; en premiar á las 
famihas que al multiplicarse ensanchen en proporción el cultivo de 
sus propiedades, medio eficaz de que los subditos aumenten prós- 
peramente y se consagren al trabajo, satisfechos y entusiastas, y 
honren el arado las mismas manos victoriosas que hayan defendido 
á la patria; en armarse, por último, de una energía, una perseveran- 
cia y una abnegación inmensa, para renunciar al propio bienestar y 
cuidar solamente de la felicidad del pueblo, procurándole los ma- 
yores bienes y librándolo aún de los menores males. 

No es posible dudar de que Telémaco (léase el Duque deBour- 
gogne) hará todo esto en Itaca (léase Francia), porque ha apren- 
dido, además, que sólo así ligará á sus subditos indefectiblemente 
con el lazo de la adhesión, mucho más fuerte que el del temor, 
y conseguirá que todos no quieran nunca que desaparezca, se ade- 
lanten á obedecer sus órdenes, lo coloquen dentro de sus corazo- 
nes, den su vida por él. si fuere necesario, y, cuando muera, sien- 
tan que han perdido á su mejor amigo, á su protector, á su pa- 
dre. 

Tan sencillas verdades dichas á su tiempo y sazón con espon- 
tánea fluidez y graciosa elega.ncia, en los libros brevísimos de «Las 
Aventuras de Telémaco,» impresionaban indudablemente de mane- 
ra intensa á Leona, que también alentaba un ideal de reforma po- 
lítica para su patria. ¿Pensaba Leona que era un excelente medio 
de realizarlo, la divulgación de esas verdades seductoras? Única- 
mente sabemos que traducía al castellano «Las Aventuras de Telé- 



296 

maco,» 1 á excusas de todos, y no para adquirir nombre literario, 
pues su modestia excesiva no le permitía tolerar ni el solo pensa- 
miento de que llegasen ú llamarla «Bachillera.» - 



1 Declaración, citada, de doña Francisca Fernández. 

2 Declaración, citada, de doña Mariana Fernández. 



•2-)n 




CAPITULO VI. 



DON OCTAVIANO OBREGÓN. 



Leona era de estatura regular, robusta y bien formada; movi- 
mientos graciosos; rostro lleno, afable y sonrosado; frente ancha, 
alta y vertical; cejas muy delgadas; ojos grandes, negros, de mirar 
luminoso, firme y enérgico; nariz fina y correcta, y boca pequeña y 
sonriente; 1 don Carlos María de Bustamante nos dice que >■ la natu- 
raleza no le había negado un personal airoso y distinguido.» 2 

Leona vestía con elegante distinción; tenemos una noticia muy 
incompleta de su guardarropa, 3 pero que, sin embargo, nos hace 
saber que Leona usaba gorras de raso blanco y listones morados; 
sobretúnicos de gasa azul de Italia, guarnecidos de fleco y lente- 



1 Véase el retrato que reproducimos. — Consúltese AJ. M. Sánchez déla 
Barquera. Biografía citada. Pág. 2. 

2 Necrología citada. 

3 En la Razón citada, que formó don Agustín Pomposo, desgraciada- 
mente después de que había desaparecido, por robo tal vez, «la mucha ropa 
fina» que Leona tenía. 

Anales 38 



298 

jiicla de plata; bandas de tafetíín color de rosa con fleco de plata; 
guantes granJes y chicos de tafilete; medias con botín bordado, y 
zapatos de raso bordados también. 

Como, ademíís de hermosa y elegante, Leona era, según deja- 
mos dicho, naturalmente inteligente; de una virtud acendrada; de 
una perfecta religiosidad; hábil en el arte de la pintura; instrui- 
da en historia, política, ciencias naturales y literatura; conocía el 
idioma francés; descendía de padres honorables, y poseía un buen 
capital, debió sobresalir entre las demás señoritas de la alta so- 
ciedad de la Nueva España, por lo común extremadamente igno- 
rantes, y despertar amor en no pocos de los jóvenes que tuvieron 
la fortuna de tratarla. 

Fué el preferido de Leona don Octaviano Obregón, notable 
miembro de una de las familias más opulentas de la Provincia de 
Guanajuato. 

Don Octaviano Obregón había nacido en la ciudad de León, el 
22 de marzo de 1782, esto es, siete años antes que Leona. Tuvo por 
padres al Procurador General don Ignacio Obregón y á doña Ro- 
salía Gómez Gaona, quienes lo enviaron desde niño á esta capital, 
donde hizo brillantes estudios, alcanzó el título de Licenciado en la 
Real y Pontificia Universidad y se incorporó en el Ilustre y Real 
Colegio de Abogados, i 

Don Ignacio Obregón descendía de un español radicado en la mis- 
ma ciudad de León á fines del siglo XVl; - adquirió en avío las 
minas de «La Purísima» y de «La Concepción,» del mineral de Ca- 
torce, en la Provincia de San Luis Potosí, no mucho tiempo después 
de 1780, las cuales trabajó con el mayor éxito, pues al fin alcanzó 
en ellas dos bonanzas: la primera en «La Purísima,» el año de 1787, 
que se prolongó durante varios lustros, y la segunda en «La Con- 
cepción,» hacia 1798, que no terminaba todavía cuando sobrevino 
la guerra de Independencia; 3 solamente «La Purísima» produjo 
una utilidad de doscientos mil pesos anuales, desde 1788 híista 
1796, y de un millón doscientos mil pesos, el siguiente año. -í 

1 Copia del acta de bauti-smo de don Octaviano.— Noticias recogidas en 
León por el señor Dr. don J. D. Ibarra. 3 de marzo de 1909. M. SS. en mi poder. 

2 Noticias recogidas por el señor don José M. García Muñoz, Jefe Polí- 
tico de León. 3 de marzo de 1909. M. S. en mi poder. 

3 H. G. Ward. México in 1827. London, 1828. Tomo U, págs. 501-502. 

4 A. de Humboldt. Essai politique sur le royaime de la Nouvclle Espa- 
giie. En Humboldt et Bomplad. Voyage cm.x regions eqiiiiioxiales dunouvcan 
Coiüinent, faü daiis les anneés 1789 á 1804. París, 1807-1835. TroisiOnie 
Partie. Tomo 11, pág. 537. 



299 

Don Ignacio pudo, así, venir ;i establecerse ú la Capital, y des- 
plegar aquí un lujo deslumbrante. 1 

Esta misma familia Obregón estaba emparentada con los Con- 
des de la Valenciana, 2 cuyo fundador, don Antonio de Obregón 
y Alcocer, había venido joven y muy pobre, de España, en 1760, y 
al cabo de ocho años de trabajos constantes y de privaciones de 
todo género, obtuvo en la mina de« La Valenciana,» de Guanajuato, 
una bonanza fabulosa, que, según el Barón de Humboldt, lo hi- 
zo uno de los particulares más ricos de México «3^ acaso del mun- 
do entero.» 3 Concedióle S. M., en 1780, el título de Conde de la Va- 
lenciana, que heredó luego su hijo, don Antonio de Obregón y de 
la Barrera, muerto sin sucesión; por lo que pasó el título á su 
hermana doña María Ignacia, casada con el l.er Conde de Casa 
Rui, 4 y así se exting-uió el apellido que había vuelto ilustre aquel 
inmig"rante tan pobre. 

Don Ignacio Obregón tenía asimismo título de Coronel Hono- 
rario por concesión especial de la Monarquía; 5 ignoramos cuán- 
do ingresó don Ignacio en la milicia de la Nueva España, aunque 
lo vemos figurar ya como Coronel de Dragones de Nueva Galicia 
en el Estado Militar de España, publicado por la Imprenta Real de 
Madrid, el año de 1802. 6 

La crónica escandalosa señalaba á don Ignacio como amante 
de doña María Inés Jáuregui, esposa del Exmo. señor Virrey don 
José de Iturrigaray, venido acá en 1803; pero fuera de que no pare- 
ce cuerdo que don Ignacio se enamorara de la Virreina, que contaba 
ya muy maduros años de -edad, 7 ni que doña Inés, á pesar de esto, 
comprometiera locamente su alta posición social, el motivo único 
que se aducía, al propalar tan absurdos amores, era que don Igna- 
cio había gastado muy fuertes sumas de dinero en obsequio de la 
Virreina, 8 hecho que nada tenía de extraordinario; las autoridades 
3^ los particulares de la Nueva España se disputaban á porfía, en 



1 J. M. García Muñoz, Noticias citadas. 

2 Lucas Alamán. Historia de Méjico. Méjico. 1849-1852. Tomo I, pá¿. 235. 

3 Essai citado. Tomo II, pág. 529. 

4 Rica'rdo Ortega y Pérez Gallardo. Historia Genealógica de las familias 
más antiguas de México. Tercera Edición. Mé.xico. 1905 y sigs. (En publica- 
ción.) Primera parte. Condes de la Valenciana. Págs. 5 y 6. 

5 J. M. García Muñoz. Noticias citadas. 

6 Pág. 112. 

7 Véase mi obra Plan de Independencia de la Nueva España en 1808. 
Mé.xico, 1903. Pág. 46. 

8 L. Alamán. Historia citada. Tomo I, pág. 235. 



300 

aquella época, el favor de los Virreyes con agasajos y dádivas 
cuantiosas, no obstante que los Monarcas lo prohibían de un modo 
severo: 1 Iturrioara}" , por ejemplo, recibió donaciones mu}' valiosas 
de diversos individuos, algunas de «regia pompa,» precisamente 
en Guanajuato, donde estuvo los días 19 á 24 de junio de 1803. 2 
El propio hijo de Iturrigaray, don Vicente, conviene en que una 
gran parte del capital de su padre provenía de los obsequios muy 
considerables que le hicieron varios habitantes de la Nueva Espa- 
ña. 3 iNJo negamos, por supuesto, que entre éstos figurara don Ig- 
nacio Obregón, que llegó á ser «íntimo amigo del Virrej"» 4 y «su 
principal confidente.» 5 

Debemos convenir en que don Octaviano era persona sobrema- 
nera recomendable, pues, de lo contrarío, no habría recibido de 
S. M. el altísimo nombramiento de Oidor Honorario de la Real 
Audiencia de México, 6 la cual tenía un poder casi tan grande como 
el de los ^^irreyes y se hacía cargo del Virreinato cada vez que 
vacaba por promoción ó muerte de ellos. 7 Confirma la honorabili- 
dad de don Octaviano, la circunstancia de que sus pretensiones amo- 
rosas merecieran la aprobación de doña Camila, y don Agustín 
Pomposo, que, en su extremada solicitud por Leona, no podían 
aceptar á un pretendiente indigno. 

Al formalizarse las relaciones de Leona y don Octaviano, dieron 
origen á unas capitulaciones matrimoniales; el mismo don Agustín 
Pomposo nos hace conocer que se firmaron «pocos días antes» de 
la muerte de doña Camila; 8 desgraciadamente omite decirnos si 
se consignaron en escritura pública, requisito tan necesario para la 



1 Por cédula fechada á 8 de agosto de 1802. M. S. en mi poder. 

2 Lucio Marmolejo. Efemérides Guanajuatenses. Guanajuato. 1883-1884. 
Tomo III, págs. 9-10. 

3 lYoli'ce Historiqíie sur ¡es ¿vciicnioits qiit aiiiciidrciit la (ii'composilioa 
sociale de la Vicc Royante dii Mexique et sa séparatioii de la Coiiroiiue 
d'Espagne. (Sin fecha.) M. S. en mi poder. 

X L. Alamán. Historia citada. Tomo I, pAg. 235. 

5 Juan López Cancelada. La Verdad Sabida y Buena Fe Guardada. Ori- 
gen de la espantosa revolución de Nueva España comenzada en 15 de setiem- 
bre de 1810. Cádiz, 1811. Pág. XL. 

6 Gaceta del Gobierno de México, del viernes 12 de octubre de 1810. 
Pag. 856. 

7 Recopilación de las Leyes de los Reynos de las Indias. Madrid, 1756. 
(Lib. II, tít. XV, ley 47.) Tomo I, fol. 195 vto" 

8 A. P. Fernández de San Salvador. Satisfacción á los reparos que el 
Promotor Fiscal hizo á las cuentas que el autor presentó como curador de 
María Leona Vicario. En causa citada, instruida contra la misma Leona. 



301 

validez del contrato esponsalicio, que cuando no se llenaba, los tri- 
bunales eclesiásticos y seculares de los dominios del Monarca es- 
pañol tenían prohibición de admitir cualquiera demanda relativa á 
dicho contrato. 1 Por lo demás, éste nunca producía obligación efecti- 
va de casarse; conforme había declarado desde el siglo XII Su San- 
tidad el Papa Lucio III, con profundo conocimiento de los seres 
humanos, el esposo que sin justa causa se negaba á cumplir la fe 
prometida, debía ser amonestado, más bien que obligado (nioiieri 
poíiiis debet, qiiam compelli), porque los matrimonios no volunta- 
rios suelen producir consecuencias penosas. 2 De aquí que, aun en 
el caso de que los esponsales constaran en escritura pública, los 
jueces eclesiásticos se abstuvieran de ejercer una presión violenta 
sobre los esposos renuentes á cumplir la palabra dada, y los jueces 
seculares se limitasen á condenarlos á una indemnización pecunia- 
ria de los perjuicios causados. 

Indican la buena armonía de las relaciones de Leona y don Oc- 
taviano, varios objetos que ella guardaba, como un retrato de su 
prometido, otro del Coronel Obregón y otro de la hija de éste, 
doña María de la Luz Obregón, los dos primeros hechos en cera 
y encerrados en relicarios de oro, y el último pintado por la misma 
Leona y puesto también en relicario de oro; 3 otros indicios de 
aquella buena armonía eran numerosas cartas y papeles de los 
Obregones, que Leona conservaba igualmente: ^ debemos deplorar 
que no hayan llegado hasta nosotros. 

Surgió entonces un acontecimiento político inesperado que vino 
á conmover profundamente á los habitantes de la Nueva España: 
fué la deposición de Iturrigaray, acaecida á la madrugada del 16 de 
septiembre de 1808. Los criollos nunca habían sufrido de buena vo- 
luntad la dominación de los españoles, que abusaban demasiado de 
su poder, y para quienes la Monarquía reservó sistemáticamente, 
desde un principio, toda clase de privilegios políticos, agrícolas, co- 
merciales é industriales. Como inútilmente se habían quejado los 
criollos á la Monarquía, repetidas veces, en justísimas representa- 
ciones, resolvieron poner fin por sí solos á esta opresión y á esta 



1 Novísima Recopilación de las Leyes de España. Madrid, 1805-1829. (Lib. 
X, tít. II, ley XVIII.) Tomo V, pág. 18. 

2 Corpus Juris Canonici Academiciun, eniendatiuii el iiotis P. Laiicellotti 
ülustratiim. Colonia; Mmiatiance. 1783. Tomo II, col. 541. Este tomo tiene el 
título especial de Grcgorii Papa IX. Decretales. 

3 A. P. Fernández de San Salvador. Razón citada. 

4 Ibídem. 



302 

desigualdad injustas y humillantes, haciéndose libres 3' autónomos. 
Con tal objeto iniciaron, el propio año, dirigidos por Fr. Melchor 
de Talamantes, mercedario nacido en el Perú, y los Lies, don Fran- 
cisco Primo \''erdad y Ramos 5^ don Juan Francisco de Azcá- 
rate y Lezama, naturales ambos de la Nueva España, un movimien- 
to de independencia, enteramente diplomático, cuando la anarquía 
reinaba en la Metrópoli, á causa de la invasión napoleónica, y desde 
luego lograron astutamente que el Virrey los a^'udara sin darse 
cuenta tal vez de lo que hacía. Viendo los españoles residentes 
aquí cuan peligroso era esto para ellos, aprehendieron y depusie- 
ron á Iturrigaray con inaudito valor, y encarcelaron y procesaron 
á los autores de dicho movimiento. Persiguieron también al Coro- 
nel Obregón, que manifiestamente lo secundaba; pero logi'ó huir 
por la azotea de su casa, si bien rompiéndose una pierna, y después 
no fué 3"a molestado, debido, según unos, á que los españoles tuvie- 
ron lástima de él, 1 y, según otros, á que temieron que, con sus in- 
mensas riquezas y excelentes relaciones, pudiera causarles algún 
perjuicio. 2 Nos inclinamos á aceptar esta segunda versión: los es- 
pañoles nunca fueron de corazón muy blando; dejaron, por ejemplo, 
agonizar y morir á Fr. Melchor de Talamantes sin quitarle los pe- 
sados grillos que le habían puesto, y, á mayor abundamiento, hají" 
quienes aseguren que, habiéndose retirado entonces el Coronel 
Obregón á la ciudad de León, llegaron poco tiempo después á su 
casa, situada en la esquina de las actuales calles de Pachecos 3^ Pro- 
greso, unos comisionados del Gobierno Virreinal, y lo decapitaron 
por orden de este mismo. 3 Alamán escribe que á raíz de la depo- 
sición de Iturrigara3^ el Coronel Obregón se retir») á Guanajuato, 
donde falleció luego, sumamente decepcionado, en una de sus hacien- 
das, 4 3- el P. Mier se limita á decir que murió «de resultas de la 
pesadumbre que recibió con el atropellamiento del Virrey,» 5 lo que 
es poco admisible. Por los años de 1879 á 1882, don Alberto López 
de Nava encontró en aquella casa una cantidad bastante grande de 
cajones con parque antiguo, que estaban ocultos 3- que se supuso 



1 J. López Cancelada. La Verdad citada, pág. LX\H. 

2 Fray Servando de Teresa Mier y Guerra (bajo el seudónimo de José 
Guerra). Historia de la Revolución de Nueva España. Londres, 1813. Tomo I, 
pág. 235. 

3 J. M. García Muñoz. Noticias citadas. 

4 Obra citada. Tomo I, pág. 256. 

5 Obra citada. Tomo I, pág. 235. 



303 

destinaba el Coronel Obregón para dar principio ;l la guerra de 
Independencia contra el dominio español. 1 

Don Octaviano emigró á España; suponemos que por haber 
abrazado, como don Ignacio, la causa de los criollos, y ocasionado 
con esto, asimismo, el temible enojo de los españoles. Sin embargo, 
don Agfustín Pomposo nos dice que don Octaviano marchó á la 
Península, de conformidad con sus capitulaciones matrimoniales, 
«en solicitud de colocación,» y que «á poco de su llegada, se le die- 
ron honores de oydor de esta Real Audiencia.» 2 Posible es que 
doña Camila, no satisfecha con las solas riquezas de don Octavia- 
no, le impusiera, como condición matrimonial, que obtuviese algún 
alto puesto en la administración pública. 

De todos modos, los acontecimientos políticos de 1808 ocupa- 
ron necesariamente la atención de Leona, siquiera fuese porque 
en ellos se vio envuelto don Ignacio, y no es dudoso que también 
don Octaviano. Desde entonces Leona puso todo su generoso co- 
razón del lado de los criollos, sus compatriotas, los oprimidos, 
que eran los dueños naturales de la Nueva España, y comenzó á 
mirar con malos ojos á los españoles, los extranjeros, los opreso- 
res, que sobre esta tierra no tenían mds título que la conquista, ba- 
sada únicamente en la fuei'za bruta. Por ser Leona mu}^ inteligen- 
te y muy instruida, no podía creer que Hernán Cortés hubiese te- 
nido derecho para conquistar á los indígenas, esto es, para some- 
terlos á fuego y sangre, arrebatarles sus propiedades, deshonrar 
á sus hijas, reducirlos á la peor de las servidumbres y acabar con 
la mayor parte de ellos: hemos dicho que Leona guardaba un es- 
crito que condenaba muy severamente la obra de aquel conquis- 
tador. 

Ya encontrándose don Octaviano en España, fué electo Dipu- 
tado á sus Extraordinarias Cortes Generales, por la Provincia de 
Guanajuato, el mes de agosto de 1810, 3 á la vez que allá, en la mis- 
ma Metrópoli, se le nombraba Diputado suplente de la Nueva Es- 
paña. Así que, con tal carácter, asistió á la instalación de las Cor- 
tes, verificada en la Real Isla de León, el 24 del siguiente mes. 

Revistió una solemnidad imponente esta instalación. Precedió- 
la una rogativa pública para implorar del Padre de las luces las que 
exigían los sublimes objetos de un congreso que no encontraba 



1 J. M. García Muñoz. Noticias citadas. 

2 Satisfacción á los reparos, citada. 

3 L. Marmolejo. Efemérides citadas. Tomo III, pág. 34.— Gaceta del Go- 
bierno de Mé.\ico, del viernes 12 de octubre de 1810. Pág. 856. 



304 

ejemplo en los anteriores si,srlos; en seguida, el Cardenal de Scala. 
Arzobispo de Toledo, celebró de pontifical la misa del Espíritu San- 
to, á fin de implorar de nuevo la inspiración divina; llegado, por úl- 
timo, el día de la instalación, los señores Diputados se formaron 
con el Consejo de Regencia, y todos se dirigieron desde la Casa 
Real hasta la Parroquia, por entre las tropas que estaban tendidas; 
allí oyeron una misa votiva, que igualmente celebró aquel alto pre- 
lado, y juraron en grupo conservar la integridad de la Nación para 
el muj" amado Soberano señor don Fernando VII, ó sus legítimos 
sucesores, y desempeñar fiel y legalmente el encargo de represen- 
tantes de la Nación, puesto á su cuidado; siguióse el himno Veni 
Sánete Spiritiis y el Te Deiiiii, entonado con gravedad y solemni- 
dad, é inmediatamente después los señores Diputados salieron de la 
iglesia parroquial, y se encaminaron, del propio modo que habían 
venido, á la Sala de Cortes, donde al punto quedaron instalados 
definitivamente y procedieron ;í desempeñar su cometido. í Era és- 
te difícil en extremo: el muy amado Soberano señor don Fernando 
VII estaba preso, y, desde antes de estarlo, había manifestado una 
torpeza inaudita; el formidable Napoleón, que parecía capaz de con- 
quistar el mundo entero, ocupaba diversas provincias de España 
con el firme propósito de sujetar las restantes, y en las colonias de 
América acababa de estallar la insurrección y cundía ya como lla- 
ma voraz sobre zacatales veraniegos. 

Don Octaviano se distinguió muy honrosamente en aquellas 
Cortes. Con los demás Diputados de América y de Asia, subscri- 
bió la iniciativa presentada, el 16 de diciembre de 1810, sobre que 
fuese igual la representación nacional de España y de sus colo- 
nias, y la sostuvo en la tribuna, manifestando valientemente que, 
desde la Conquista, los americanos habían sido víctimas de la ini- 
quidad, pues jamás había existido para ellos la misma balanza de 
justicia que para los españoles. '-! El 27 de enero de 1811, tomó la pa- 
labra de nuevo y denunció el abuso escandaloso que cometían aquí 
los Virre3"es y Oficiales Reales cobrando fraudulentamente á los 
mineros onza y media por cada quintal de azogue que les ven- 



1 Acta de la instalación levantada por don Nicolás María de Sierra, Se- 
cretario de estado y del despacho universal de gracia y justicia, é ínterin de 
hacienda y marina, Notario mayor de los reinos, etc., etc. En «El Español» 
de 30 de octubre de 1810. (Periódico publicado en Londres por don J. M. Blan- 
co White.) Págs. 72-76. 

2 Diario de las discusiones y actas de las Cortes. Cádiz. 1811-1813. Tomo 
II, págs. 364-36.5. 



305 

dían. 1 El O de abril siguiente, volvi(3 á hacer uso de la palabra 
con el objeto de proponer que los gastos de guerra contra Na- 
poleón se cubriesen con toda la mucha plata que guardaban las 
iglesias de América, pues solamente en la Nueva España, por ejem- 
plo, existían varias iglesias é innumerables conventos que tenían 
«grandísimas alhajas de oro y plata,» del todo innecesarias, «por- 
que Dios no quiere el culto de plata y oro, sino el de(l) espíritu 
y del corazón.» 2 Básteme manifestar, en fin, que el nombre de don 
Octaviano figura entre los signatarios de la enérgica Represen- 
tación de la Diputación Americana, presentada á las mismas Cor- 
tes, el 1.° de agosto de 1811. En esta representación se decía por 
primera vez al Gobierno español que el «mal gobierno, la opresión 
del mal gobierno,» era la causa de la insurrección de América, 
porque, creciendo de día en día, había acabado por alejar del cora- 
zón de los americanos la esperanza de toda reforma, por engendrar 
el deseo de independencia, como único medio, y por acopiar un 
material combustible que tuvo que encender la más pequeña chis- 
pa, que fué la divergencia de pareceres entre españoles y ameri- 
canos, surgida con motivo de la abdicación y renuncia de Garlos 
IV y Fernando VII al trono español en favor de Napoleón; que des- 
de entonces los españoles habían insultado y maltratado más y 
más á los americanos, mu}' resentidos ya á causa de que siempre 
fueron vistos con desprecio, no gozaron de libertad ni de igualdad 
en la agricultura, comercio é industria, y estuvieron excluidos de 
los altos empleos públicos y gobernados de la manera más despó- 
tica. La Diputación Americana concluía por pedir á las Cortes 
que pusieran inmediato remedio á semejantes males, pues sólo así 
extinguirían en los americanos su deseo violento de independen- 
cia. 3 Pero los Diputados españoles, que por su número exorbi- 
tante dominaban en las Cortes, se exaltaron hasta el frenesí al 
oír tan amargas verdades; estuvieron á punto de golpear á sus co- 
legas, los Diputados americanos, y acordaron que su justa solicitud 
pasara á una comisión, que nunca llegó á dictaminar sobre ella, -i 
Los Diputados españoles no contaban aún tiempo suficiente para 
habituarse al régimen parlamentario, antes desconocido enteramen- 
te de ellos, y por esto quizá trataban de mantener en toda su fuer- 



1 ídem. Tomo III, pág. 188. 

2 ídem. Tomo V, pág. 37. 

3 En «El Español,» de 30 de marzo de 1812. (Periódico citado.) Págs. 
370-389. 

4 S. de T. Mier y Guerra. Historia citada. Tomo II, pág. 659. 

Anales 39 



306 

za y vigor la vieja doctrina del Marqués de Croix, conforme á la 
cual los vasallos del Monarca de España habían nacido para obede- 
cer y callar, y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos 
del gobierno, l 

Don Octaviano siguió en aquellas Cortes hasta que terminaron; 
su nombre vuelve á aparecer entre los signatarios de la Constitu- 
ción Política de la Monarquía, promulgada el 19 de marzo de 1812.2 



1 Bando sobre extrañamiento de los jesuítas, publicado en México el '25 
de junio de 1767. 

2 Colección de los Decretos y Órdenes que han expedido las Cortes Ge- 
nerales y extraordinarias. Madrid. 1820-1822. Tomo II, pág. 160. 



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CAPITULO VIL 



DON ANDRÉS QUINTANA ROO. 



Hacia 180S llegó á esta capital un joven llamado Andrés Quin- 
tana Roo; había nacido en la ciudad de Mérida, el 30 de noviembre 
de 17(S9, ó sea siete meses veinte días después que Leona, y hecho 
allí brillantes estudios en el Semimirio Conciliar de San Ildefonso. i 

Eran sus padres don José Matías Quintana y doña María Ana 
Roo. Distinguióse don José Matías por sus ideas avanzadas de pro- 
greso patrio y su «dedicación constante á los libros,» 2 y disfrutaba 
seguramente de algún desahogo pecuniario, puesto que podía en- 
viar í'i Andrés á la Capital para que se recibiese en ella de abogado. 

Andrés se matriculó aquí en la Real y Pontificia Universidad, 
donde, al cabo de muy corto tiempo, terminó su bachillerato en Ar- 
tes y Cánones, no sin que, previamente y del mismo modo que todos 



1 Crescencio Carrillo. La Península de Yucatán. Ojeada sobre su histo- 
ria. En el Repertorio Pintoresco. Mérida, 1863. Pag. 468. 

2 Francisco de P. So^a. Manual de Biografía Yucateca. Mérida, 1866. 
Pag. 141. 



308 

los colegiales que se graduaban de bachilleres, hiciera profesión 
de la santa Fe católica, y jurara que obedecería á la Majestad del 
Rey, á sus Virrej^es en su real nombre }• á los Rectores de la Uni- 
versidad, guardaría las Constituciones de ésta y defendería la doc- 
trina «de la Concepción de nuestra Señora concebida sin pecado 
original;» Andrés tuvo asimismo que presentar informaciones lega- 
lizadas en forma de haber estudiado los cursos necesarios, y que 
sustentar los respectivos exámenes con capacidad suficiente, i El 
11 de enero de 1809, recibió, de mano del Doctor y Maestro Zam- 
brano, el grado de Bachiller en Artes para cualquier facultad, por 
examen, aprobación y suficiencia, 2 y^ diez días después, el grado 
de Bachiller en Cánones, de mano del Dr. Fernández. 3 don Agus- 
tín Pomposo, el tío y curador de Leona. 

Los bachilleres que deseaban graduarse de licenciados en la 
Universidad, debían practicar jurisprudencia antes, dos años por 
lo menos, en el bufete de algún abogado recibido; ni el Rector, ni 
el ¡Maestrescuela, ni el Claustro Pleno, ni el mismo Excmo. Sr. Vi- 
rrey, ú otro Ministro de S. M., podían dispensar de esta obligación, 
que dicho Establecimiento hacía cumplir siempre de un modo estric- 
to, bajo pena de nulidad del grado de Licenciado. 4 Como Andrés 
vino acá precisamente para obtener este grado, tuvo que elegir á 
un Licenciado á fin de hacer su pasantía con él, y quedar así en 
aptitud de terminar su carrera. 

Muy acertadamente Andrés eligió á don x\gustín Pomposo, uno 
de los más renombrados jurisconsultos de la Nueva España, á 
quien tuvo ocasión de conocer y tratar en la Universidad, donde 
se estimaba y respetaba mucho á don Agustín Pomposo, pues 
de ella había recibido «las comisiones más honrosas,» 5 y sido Rec- 
tor dos veces, la primera en 1799, y la segunda en 1802. 6 

1 Constituciones de la Real y Pontificia Universidad de México, extendi- 
das por el limo., Exmo. }- Venerable Sr. D. Juan de Palafox y Mendoza, de 
gloriosa memoria. Segunda edición. México, 1775. (Constituciones CCXXXIX 
y sigs.) Págs. 126 y sigs. 

2 Grados de Bachilleres en Artes desde el año de 1794, hasta el de 1842. 
Libro en fol. M. S. que se conserva en la Biblioteca Nacional. 

3 Grad.sde Br. en Facult. Maior. 1770 á 1810. Libro en fol. M. S. que 
guarda la misma Biblioteca. 

4 Constituciones de la Real y Pontificia Universidad citadas. (Constitu- 
ci(>n CCLXXVIy nota 33.) Págs. 148-150. 

5 Méritos y Servicios citados. Fol. 1. 

6 Noticia que me ha comunicado el señor Subdirector de la Biblioteca 
Nacional, don José María de Agreda y Sí'inchez, tomada del Archivo de la ex- 
tinguida Universidad, guardado en aquel Establecimiento. 



309 

Don Agustín Pomposo, que por su parte conocía también á 
Andrés y acababa de darle el grado de Bachiller en Cánones, lo 
aceptó de muy buena voluntad en su bufete, como pasante, y como 
tal lo trató con «distinción singular.» 1 

Allí encontró Andrés á otros dos jóvenes: don Manuel Fernán- 
dez de San Salvador y don Ignacio Aguado, hijo aquél y amanuen- 
se éste de don Agustín Pomposo; con ambos simpatizó é intimó 
pronto Andrés: los jóvenes casi siempre confraternan entre sí, lue- 
go que se tratan. 

Tenía entonces Andrés veinte años. Era de rostro ovalado, 
lampifio y de color moreno y un tanto encendido; pelo fino y la- 
cio; frente pálida, amplia, eminente y majestuosa; ojos cafés obs- 
curos, muy expresivos y, al decir de nuestro poeta más popular, 
«húmedos de pasión;» nariz sólida y ligeramente aguileña; labios 
delgados, cortos y de gesto amable; barba ancha y bien delineada.2 

Andrés vestía elegantemente; usaba, ora camisa de irlanda, le- 
vita negra de paño de primera con alamares de seda, pantalón azul 
ó blanco de casimir ó de cotonía lisa y chaleco blanco de cotonía 
lisa ó con rayas moradas; ora camisa de estopilla lisa, casaca negra 
ó azul de paño de primera ó de casimir con botones de seda ó de 
metal amarillo, calzón negro ó café de paño de primera ó de casi- 
mir, chaleco de seda negra, liso, y medias inglesas de hilo ó fran- 
cesas de seda rayada. Usaba, además, pañuelos ingleses blancos, 
con orillas de varios colores; rosario de corales engastados en oro 
y de cruz del propio metal; pesada cadena, también de oro, hecha 
en China; gruesas hebillas, asimismo de oro, en el calzado, y bol- 
sillos para los duros ó pesos de plata y para las onzas y escuditos 
de oro. 3 

Caracterizaban á Andrés un patriotismo acendrado, viril y ca- 
paz de la mayor abnegación; una honradez severa; excelentes sen- 
timientos humanitarios, que lo mantenían dispuesto á todo instan- 
te para hacer el bien; una gran inteligencia; una inspiración mu}"- 
levantada; copiosos conocimientos, y una palabra fácil y graciosa, 
que se volvía fascinadora cuando hablaba de la patria. 4 Pronto fi- 

1 A. P. Fernández de San Salvador. Alegato citado, en defensa de doña 
María Leona Martín Vicario. 

2 Véase el retrato de Quintana Roo que reproducimos aquí, y consúltese 
á Guillermo Prieto. Memorias de mis tiempos. París y México. 190b. Tomo I, 
págs. 61-62 y 170. 

3 Aviso (de un robo que suírió don Andrés Quintana Roo). En «Diario de 
México,» del miércoles 8 de agosto de 1810. Pág. 156. 

4 G. Prieto. Memorias citadas. Págs. 67 y sigs. y 170 y sigs. 



310 

juraría Andrés en la Nueva España como uno de sus mejores poe- 
tas, por sus bellos \' valientes versos, y como uno de sus escritores 
más notables, por su estilo clásico y de noble elocuencia. 

En la casa de don A.crustín Pomposo, Leona y Andrés tuvieron 
ocasión de tratarse frecuentemente. Hermosa ella, apuesto él, }• am- 
bos jóvenes, buenos, inteligentes, instruidos é igualmente apasiona- 
dos de su patria, era completamente natural que llegaran á amar- 
se. Y sucedió, en efecto, que acabaron por amarse. ¿Cómo y cuán- 
do? No lo sabemos. 

Estos amores nos hacen pensar que Leona se engañó cuando 
pensó que amaba á don Octaviano, y le dio por esto palabra de ma- 
trimonio; las mujeres, ávidas siempre de amor, suelen tomar por 
tal lo que no es sino un simple afecto. En todo caso, si Leona ha- 
bía amado á don Octaviano, la dilatada ausencia de éste hizo que 
cesara de amarlo; de otra suerte, su indiscutible moralidad jamás 
le habría permitido entregar á Andrés un corazón que tenía ya due- 
ño. Ahora bien, no amando á don Octaviano, no debía casarse con 
él, tanto porque no estaba obligada legalmente á hacerlo, cuanto 
porque un matrimonio que deja de fundarse en el amor, resulta ab- 
surdo é inmoral. 

Empero, Leona no dejó de estimar á don Octaviano, pues oía 
con mucho enojo que se hablara mal de él: 1 no es preciso que la 
falta de amor origine aborrecimiento. 

Andrés continuaba en el bufete de don Agustín Pomposo, cuan- 
do estalló la guerra de Independencia. 

Las altas autoridades realistas de la Nueva España, al deponer 
á Iturrigaraj^ habían manifestado que lo hacían porque lo exigía 
el pueblo, 2 y el nuevo Excmo. Sr. \"irrey, don Pedro Garibay 
así lo reconoció también; 3 con lo cual confesaban paladinamente 
que el pueblo mexicano tenía derecho para cambiar de gobernantes. 
No habían sostenido otra cosa los criollos, al proclamar, en 1S0<S, 
por voz del Lie. A-^erdad, la doctrina de la soberanía popular. Pero 
fuera de que las altas autoridades realistas y el nuevo Excmo. Sr. 
Virrey mintieron descaradamente, aquella vez, porque los que re- 



1 Declaración, citada, de doña Mariana Fernández. 

2 Proclama fijada en todas las esquinas de esta Capital, á las siete de la 
mañana, de orden Superior. En «Gazeta Extraordinaria de México,» del vier- 
nes 16 de septiembre de 1808, á las doce de la mañana. Pág. 679. 

3 Minuta del oficio que dirigió á don Roque Abarca participándole haber 
sucedido al Mrrey Iturrigaray en el mando de la Nueva España. México, 16 
de septiembre de ISOS. M. S. en mi poder. 



311 

clamaron la deposición de Iturrigaray fueron sólo 300 españoles se- 
diciosos, que de ningún modo podían constituir el pueblo de la Nue- 
va España, formado de varios millones de individuos, el fracaso 
que los criollos sufrieron entonces, les enseñó que no es el derecho, 
sino la fuerza, lo que da el poder, y que, por lo mismo, para acabar 
con la dominación española y llegar á ser independientes y tener 
un gobierno propio, debían prescindir de representaciones jurídi- 
cas y de planes diplomáticos, absolutamente ineficaces, y preparar 
una rebelión franca y abierta, uniéndose, armándose y revistiéndo- 
se de valor y atrevimiento: si aquellos 300 hombres bastaron para 
derrocar á Iturrigaray, que como Virrey representaba á la perso- 
na del propio Monarca, no se debió sino á que marcharon unidos y 
tuvieron armas, resolución y audacia. ¿Por qué los criollos, inmen 
sámente más numerosos, no habían de hacer otro tanto? Lo harían 
indefectiblemente, á pesar de que los españoles estaban ya preveni- 
dos y eran mucho más formidables que antes: la libertad forma el 
supremo bien de los hombres, v merece que aventuren todo por 
ella. 

Los criollos, pues, comenzaron pronto á conspirar en todas par- 
tes. Fué su jefe el señor Cura de Dolores, don Miguel Hidalgo y Cos- 
tilla, que tenía bastante prestigio. Poco ó nada adelantaban aún, 
cuando la delación los descubrió ante las autoridades realistas. El 
plan de Independencia habría abortado á causa de esto, si Hidalgo, 
advertido á tiempo por un aviso de doña Josefa Ortiz de Domín- 
guez, no se hubiera resuelto heroicamente, como se determinó, á dar 
en seguida el grito de insurrección, en su pi-opio Curato, á la ma- 
drugada del día 16 de septiembre de 1810, no obstante que carecía 
de soldados y de armas, y debía prever que sucumbiría luego, por 
iniciar así la lucha, casi solo, contra un enemigo inrtnitamentr supe- 
rior. Mas como la idea de la muerte no mellaba su alma de diaman- 
te, y él sabía que la patria no podía existir sino al amparo de la li- 
bertad, no vaciló un momento en romper la cadena que esclaviza- 
ba á la Nueva España, ni tampoco en sacrificar por ésta su bienes- 
tar, su familia y su existencia. De tal suerte, por obra suya la pa- 
tria nació en aquel humilde rincón. Los insurgentes no sólo llama- 
ron á Hilalgo «autor principal de la revolución," sino que lo vieron 
siempre grande y siempre heroico, y se propusieron colocar «su 
busto al lado del de Wasinthon (sic) y de Trajano.»! 

1 Semanario Patriótico Americano. (Periódico insurgente.) Números 24 y 
25, del domingo 27 de diciembre de 1812 y del domingo 3 del siguiente enero, 
respectivamente. Págs. 215 y 221. 



312 

Los realistas fusilaron á Hidalg-o pocos meses después; pero la 
patria subsistió, porque, aleccionados por él, hubo millares de me- 
xicanos que pusieron toda su alma al servicio de ella para darle 
vida y vigorizarla, y hacerla crecer y agigantarse: mientras más 
grande fuera, mayores bienes proporcionaría á sus hijos. 

Andrés se afilió entre aquellos buenos mexicanos, sin que lo 
detuvieran las incontables ejecuciones que el gobierno virreinal 
hacía día á día en cuantos insurgentes lograba aprehender: Andrés 
era digno hijo de don José Matías, abnegado sostenedor de la cau- 
sa de la Independencia. 

Si Andrés no se presentó desde luego en los campos del com- 
bate, se debió quizá á que esperaba casarse antes con Leona; sa- 
bemos que solicitó ardorosamente el correspondiente permiso de 
don Agustín Pomposo, y que éste se lo negó, por estar capitulado 
el matrimonio con don Octaviano, y principalmente por haber te- 
nido so.spechas de que Andrés secundaba la guerra de Independen- 
cia: 1 don Agustín Pomposo se preciaba de ser un realista de pleno 
corazón; nunca pronunciaba el nombre del Monarca sin inclinar 
respetuosamente la cabeza. 2 

Parece que aquella repulsa decidió á Andrés á dejar la Capital 
para unirse á los soldados insurgentes que combatían en Oaxaca 
bajo las órdenes del invencible señor Cura don José María Morelos 
y Pavón, sucesor meritísimo de Hidalgo. Andrés redactaba allá, á 
mediados de julio de 1812, el «Semanario Patriótico Americano,» 
con el fin, decía, de publicar escritos que á la vez que confirma- 
ran á la Nueva España en su heroica resolución de conquistar su 
libertad, demostrasen al mundo entero la justicia, la necesidad y la 
conveniencia de la insurrección. 3 Los escritos que Andrés publicó 
en este periódico, estuvieron inspirados por un patriotismo intenso 
y radical, que no admitía transacción alguna con el antiguo régi- 
men. «¿A qué aguarda, preguntaba en uno de ellos, el sentimiento 
con que hasta ahora hemos arrastrado la pesadez del yugo que 
abruma nuestros cuellos? Pueblos de América, ¿qué os resta que es- 
perar del gobierno de la metrópoli, de ese Gobierno desinteresado 
en nuestra felicidad é incapaz de protegeros, que os mira como 
extraños, que os oprime como esclavos, y que envilece vuestra 
dignidad como á seres destituidos de razón 5^ sentimientos? La 



1 A. P. Fernández de San Salvador. Alegato citado en defensa de María 
Leona Vicario. 

2 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

3 Plan del periódico arriba citado. (Sin fecha.) Fol. 1 fte. 



313 

virtud os lanzó á la arena, y en ella el tirano que os resiste, debe 
rendirse á vuestros pies: no hay ni puede haber con ellos otra paz; 
antes bien, como dice un ilustre republicano (Marco Tulio Cicerón), 
preciso es desterrarlos de toda sociedad, y libertar al género huma- 
no de contagio tan pernicioso.» 1 

Andrés abrigaba plena fe en el triunfo de la patria: el Manifiesto 
que la Junta Suprema de la Nación expidió á los americanos, el 
año de 1812, para conmemorar el aniversario del 16 de septiembre 
de 1810, documento que fué el primero publicado «en loor de aquel 
día fausto,» y cuya redacción encomendó la misma Junta Suprema 
á Andrés, 2 terminaba con las siguientes palabras: «Sin tener ar- 
mas, dinero, repuestos, ni uno siquiera de los medios que ese fiero 
gobierno prodiga para destruirnos, la nación, llena de majestad y 
grandeza, camina por el sendero de la gloria á la inmortalidad del 
vencimiento.» 3 Andrés escribía esto en los precisos momentos en 
que se rompían los fuegos de la batalla de Acúleo, 4 cuyo fragor 
aumentaba su briosa elocuencia. Andrés tenía entonces 25 años 
de edad. 



1 Periódico susodicho, del domingo 20 de diciembre de 1812. Págs. 206-207. 

2 C. M. de Bustamante. Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana, 
comenzada el 15 (sic) de .septiembre de 1810, México. 1843-1846, Tomo IV, 
pág, 148. 

3 S. de T. Mier y Guerra. Hi.storia citada. Tomo II, págs. 758-759. 

4 F. Sosa. Biografías de Mexicanos Distinguidos. México, 1884. Pág. 844. 



Anai.ks 4v 



'^1 




CAPITULO VIII. 



LEONA INSURGENTE. 



Se necesitaba de una abneg'ación sobrehumana para abrazar la 
causa de la Independencia, y de una fe infinita para confiar en su 
triunfo. 

Como los soldados insurgentes carecían de elementos pecunia- 
rios, de armas 3' de jefes entendidos en el arte de la guerra, tenían 
que luchar semi-hambrientos y semi-dcsnudos, con machetes, pa- 
los ó piedras y sin táctica, disciplina ni orden, contra las bien or- 
ganizadas tropas realistas, que hacían en ellos enormes matanzas 
cada vez que los encontraban; excedía comúnmente de un 25% el 
número de insurgentes muertos, en tanto que las pérdidas de los 
realistas eran nulas ó insignificantes. Por otra parte, los tribunales 
seculares no perdonaban la vida á los reos confesos ó convictos de 
infidencia, y los hacían ejecutar de una manera infamante, aun 
cuando no hubieran sido aprehendidos sobre los campos de batalla; 
Andrés nos dice que los patíbulos solían también quedar «mancha- 
dos con la sangre de víctimas inocentes.» 1 

A su vez, las autoridades eclesiásticas los combatían rudamente 
con furibundos edictos que promulgaban, haciéndolos aparecer co 



1 Di.scur.so pronunciado en el glorioso aniversario del 16 de septiem 

bre de 1845. México, 1S45. Pasr. 11. 



316 

mo bandidos de la peor especie, herejes sacrilegos, tigres anhelosos 
de beber la sangre humana, furias salidas del infierno, etc., etc.; ex- 
comulgándolos para ponerlos fuera del seno de la Iglesia y entre- 
garlos á la condenación eterna; anatematizando á cuantas perso- 
nas les impartieran algún auxilio ó favor, y obligando á los fieles á 
que los delatasen: el padre, el hijo, el esposo, el hermano y cua-. 
lesquiera otros deudos debían descubrirlos indefectiblemente, pues 
los confesores no absolvían á ninguno que así no lo hiciera. 

En consecuencia, la inmensa mayoría de los mexicanos se 
abstuvo, aterrorizada, de tomar parte en la guerra de Indepen- 
dencia, Y no pocos desertaron de las filas insurgentes, ó las trai- 
cionaron. 

Advertiremos que si hoy por hoy, debido á una galantería de los 
autores de nuestro Código Penal, el bello sexo queda exceptuado 
de la pena de muerte, entonces no lo estaba, y las autoridades rea- 
listas ejecutaban con igual rigor á los hombres y á las mujeres in- 
surgentes; consta, verbigracia, que Carmen Camacho fué fusilada, 
el año de 1811, en Acámbaro, porque intentó seducir al Dragón 
José M.-'' Garcia para que se desertara de las filas realistas y en- 
grosase las insurgentes, y poi-que también hizo particular empeño 
para que otros soldados lo siguieran, i 

Pero como Leona alentaba un espíritu completamente heroico, 
no temió, en la natural delicadeza de su sexo, el horripilante fin de 
un patíbulo, ni tampoco, en su acendrada religiosidad, las pavoro- 
sas excomuniones fulminadas por el clero, y abrazó, así, la causa 
de los insurgentes, desde muy temprano, sin vacilaciones ningunas, 
con todo el entusiasmo de su corazón ardiente, con toda la clarivi- 
dencia de su gran talento, con todo el poder de su extraordinario ca- 
rácter, plenamente convencida de que al fin triunfaría aquella cau- 
sa, que por ser la de los débiles y oprimidos, ni la justicia divina ni 
la humana podían condenar. Y Leona obraba con el may^or desin- 
terés, puesto que de la Independencia nada podía esperar para sí: 
su único móvil era un infinito anhelo de ver libre á su patria, y por 
realizarlo no vaciló en sacrificar la posición envidiable que siem- 
pre había tenido. Leona misma declaró, con su natural sinceridad, 
que los servicios que hizo á la Patria, «no tuvieron más objeto que 
el verla libre de su antiguo yugo.»"-^ 



1 Copia de la causa instruida contra Carmen Camacho por el delito de 
seducción de tropa realista. M. S. en mi poder. 

2 Carta suya, fechada el 26 de marzo de 1831. En «El Federalista Mexi- 
cano,» del 2 de abril de 1831. Periódico publicado en México. 



317 

Donjoaquín Fernández de Lizardi asegura que Leona «comenzó 
á preparar el espíritu público á favor de la Independencia,» desde 
«la escandalosa prisión del Exmo. Sr. Iturrigaray,» y que «luego 
que resonó por el Anáhuac el plausible grito de Dolores, soltó las 
velas á su patriotismo,» procurando «con el mayor empeño tener co- 
rrespondencia con los primeros gefes nacionales, los Sres. Hidalgo 
y Allende; y aunque no lo pudo conseguir, fué la primera que las 
tuvo en México con la junta de Zitácuaro.» i El Lie. D. Carlos Ma- 
ría de Bustamante, que trató mucho á Leona, escribe en su Necro- 
logía que «desde muy niña» se propuso cooperar á la grande obra 
de la emancipación de México; pero aun admitiendo que Leona 
abrazara desde 1808 la causa de los criollos, no lo habría hecho 
muy niña, sino á los diez y nueve años de edad. Tal vez D. Carlos 
María hablaba así, porque cuando escribió aquella Necrología, era 
casi un septuagenario, - y los ancianos suelen confundir la juventud 
con la niñez. D. Jacobo M. Sánchez de la Barquera dice igualmente 
que Leona, desde niña, abominó del antiguo régimen, y que, pre- 
dispuesta á favor de la Independencia por los acontecimientos po- 
líticos de 1808, no pudo menos que ser «una de las primeras per- 
sonas» que se apresuraron á ponerse en contacto con los jefes in- 
surgentes, inmediatamente que estalló la guerra de emancipación, 
dos años después. 3 De todos modos, carecemos de elementos para 
fijar de una manera exacta la fecha en que Leona comenzó á ser 
insurgente. 

Con Leona misma, en cambio, podemos afirmar que lo fué li- 
bremente y por inspiración propia; -^ su gran inteligencia, su ilus- 
tración sólida y su voluntad resuelta hacían innecesarias para ella 
las sugestiones extrañas, y la impulsaban á obrar siempre con total 
independencia. 

Lanzado ya el grito en Dolores, Leona solía recibir en su ca- 
sa á diversos amigos, partidarios de la emancipación de México, y 
á veces al tratar con ellos de ésta, se exaltaban tanto sus sentimien- 
tos patrióticos, que la obligaban irresistiblemente á salir al balcón 



1 (Pequeño artículo biográfico relativo á Leona Vicario.) En Calendario 
para el año de 1825, dedicado á las Señoritas Americanas, especialmente á 
las patriotas. Por el Pensador Mexicano (México, sin fecha ni paginación). 

2 Él mismo nos dice que nació en Oaxaca, el 4 de noviembre de 1774, en 
su folleto titulado «Hay tiempos de hablar y tiempos de callar.» (Autobiogra- 
fía.) México, 1833. Pág. 3. 

3 Biografía citada. Págs. 1-2. 

4 Carta suya, citada, escrita el 26 de mar/.o de 1831. 



318 

de su casa para oritar allí, enardecida y resuelta: «Vivan mis herma- 
nos los insurgentes.» 1 Con frecuencia sus amigos tenían necesi- 
dad de reprimir su ardoroso patriotismo, que ella no podía ocultar, 
por ser de un carácter natui^almente franco é impetuoso. No olvi- 
daba un momento á los insurgentes, ni dejaba de rezar diariamen- 
te «por el progreso de su causa.» 2 Sentía no ser hombre para 
lanzarse á. guerrear al lado de ellos. 3 

No obstante, en la Capital, prestó á la Independencia valiosísi- 
mos servicios, tan meritorios, indudablemente, como los que le 
prestaron los guerreros insurgentes sobre los campos del com- 
bate. 

Hizo ver á muchas personas partidarias de la Independencia, 
pero cohibidas por los tremendos edictos de las autoridades ecle- 
siásticas, que aquéllos eran absurdos, y no merecían fe. -i 

Escribía constantemente á los jefes de la revolución para alen- 
tarlos en su empresa con frases de fogosa simpatía; para remitir- 
les impresos contrarios al Gobierno Virreinal, que, según el Oidor 
Berazueta, encerraban más veneno que letras tenían, 5 y para po- 
nerlos al tanto de cuantas disposiciones dictaban en su contra las 
autoridades supremas realistas: t) con varias de las noticias que ad- 
quirió «á costa de muchos riesgos y dinero,» 7 y que muy oportuna- 
mente envió á los campos de Tenango, Zitácuaro 8 y Tlalpujahua, 
evitó «muchos golpes á la insurrección,» que pudieron haberla «so- 
focado en su cuna.» 9 Escribía también á Andrés, pero no para ha- 
blarle de amores, sino para tratar de la Independencia, 10 que era su 
única ambición; así, en el archivo de Leona, «ninguna carta ama- 
toria» de Andrés se encontraba. H Leona puso siempre á la Patria 
sobre todas las cosas, aun sobre su mismo amor: por esto exigió á 
Andrés, para corresponderle, que luchara en favor de la Indepen- 



1 C. M. de Bustainantc. Necrología citada. 

2 Ibídem. 

3 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Pág. 2. 

4 J. Fernández de Lizardi. Calendario citado. 

5 Confesión con cargos tomada á la misma Leona. En la causa que se le 
instruyó. 

ó C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

7 J. Fernández de Lizardi. Calendario citado. 

8 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Pág. 2. 

9 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

10 Declaración de D. Agustín Betancurt. En la causa citada, instruida con- 
tra Leona. 

11 Carta citada, escrita por Leona, c-1 26 de marzo de 1831. 



319 

dencia, l aunque seguramente no necesitaba eximírselo, pues An- 
drés demostró muy pronto un patriotismo sincero y profundo. 

Mantenía correspondencia asimismo con al.Qunas de las esposas 
de los insurgentes, á fin de comunicarles noticias tranquilizado- 
ras acerca de sus deudos. 2 

En verdad, Leona «era el conducto por donde se comunicaban 
los patriotas de México:» 3 á causa de esto recibía de los insurgen- 
tes paquetes de cartas muy gruesos, -t que le traían «varios co- 
rreos,» que ella misma estableció. 5 

Aunque las personas adictas á la Independencia acostumbra- 
ban romper ó quemar los papeles de los insurgentes para evitar, 
en caso de que fueran procesadas, una segura condenación de par- 
te de las autoridades realistas, Leona conservaba cuidadosamente 
todos los que recibía, 6 si bien tomando la precaución de contestar- 
los con cifra cuando se referían á asuntos delicados; trabajaba, 
así, pacientemente en formar claves que fueran de las menos usa- 
das; 7 pero no porque pensara en su propia suerte, sino para sal- 
var á sus amigos insurgentes, á quienes designaba prudentemente 
con los seudónimos de Telémaco, Robinsón, Nemoroso, Laboisier, 
etc., etc. ,8 tomados de las mejores obras literarias é históricas que 
leía. 

Atenta de continuo á los demás, se preocupaba mucho de los 
correos insurgentes, que tanto se exponían á ser aprehendidos por 
las fuerzas realistas, y los recomendaba del modo más eficaz á los 
jefes de la revolución, haciéndoles ver que esos hombres humil- 
des prestaban verdaderos «servicios á la patria,» y merecían, por 
lo mismo, algún premio. 9 

Leona hacía algo más aún. Conquistaba con palabras de elocuen- 



1 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Pág. 3. 

2 Causa instruida contra doña Gertrudis del Castillo, por el delito de in- 
fidencia. Má.xico, 1813. M. S. en el Archivo General y Público de la Nación. 

3 J. Fernández de Lizardi. Calendario citado. 

4 Declaración del correo Mariano Salazar. En causa citada, instruida 
contra Leona. 

5 J. Fernández de Lizardi. Calendario citado. 

6 Relación citada de D. Agustín Betancurt. 

7 Declaraciones de doña Mariana y doña Francisca Fernández. En la cau- 
sa citada, instruida contra Leona. 

8 Declaraciones de doña Francisca Fernández y Leona, y pedimento del 
señor Auditor de Guerra don Melchor de Foncerrada. En la causa citada, ins- 
truida contra Leona. 

9 Confesión con cargos, citada, tomada á Leona. 



320 

te patriotismo á jóvenes animosos para que fuesen á engrosar las 
filas insurgentes; les daba armas y municiones, que no abunda- 
ban en los campos de la Independencia, i y muy cuidadosa por los 
mismos jóvenes, escribía para saber si habían llegado allá feliz- 
mente. 2 

Ella concibió y llevó al cabo el atrevidísimo proj^ecto de sedu- 
cir á los mejores armeros vizcaínos que servían en la Maestranza 
del Virreinato, y de enviarlos al Campo del Gallo, de Tlalpujahua, 
á fin de que fabricaran fusiles en él, los que construyeron efecti- 
vamente, y resultaron «tan perfectos como los de la Torre de 
Londres;» 3 no han de haber sido pocos los armeros que mandó, 
pues pudieron fabricar «diez cañones de fusil por día,» 4 y pro- 
veer, así, muy pronto á los soldados insurgentes con el armamen- 
to necesario. ^ Ese proyecto era tal vez el que Leona calificaba 
de «muy benéfico á la nación,» en una carta que escribió á doña 
Gertrudis del Castillo, el 10 de diciembre de 1813. 6 De tal suerte, 
Leona remedió la principal dificultad que impedía á los insurgen- 
tes hacer la guerra eficazmente. 

Probablemente Leona persuadió también á su primo D. Ma- 
nuel, hijo de D. Agustín Pomposo, y al escribiente de éste, D. Ig- 
nacio Aguado, á que salieran de la Capital á combatir en favor de 
la Independencia, pues ambos jóvenes se fueron con Andrés á Oa- 
xaca, sentaron alh' plaza de soldados insurgentes y mantuvieron 
desde entonces una correspondencia muy activa con Leona. 7 El 
«Ilustrador Americano» del sábado 21 de noviembre de 1812 lla- 
maba á D. Manuel «joven á todas luces, benemérito de la patria,» 
y daba la noticia de que se le había conferido plaza de Alférez de 
la 3.^ Compañía del Regimiento número 1 de Infantería, 8 lo que 
demuestra que el comportamiento mihtar de D. Manuel fué com- 
pletamente satisfactorio. 

Con razón dice el Pensador Mexicano, en términos generales, 
al hablar de Leona: «Fomentó la emigración, principalmente de los 



1 C. M. Bustamante. Necrología citada.— J. M. Sánchez de la Barquera. 
Biografía citada. Pág. 2. 

2 Confesión con cargos, citada, tomada á Leona. 

3 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

4 J. Fernández de I^izardi. Calendario citado. 

5 Relación jtiramentada de un hombre de toda veracidad. En la causa ci- 
tada, instruida contra Leona. 

6 En la citada causa contra la misma doña Gertrudis. 

7 J. M. Sánchez de ¡a Barquera. Biografía citada. Pág. 3. 

8 Periódico citado. Pág. 108. 



321 

militares, franqueando toda clase de auxilios á cuantos se los pidie- 
ron, para reunirse á los defensores de la patria.» i 

Leona se encardaba, además, de desempeñar algunos encargos 
de los insurgentes, por ejemplo, de remitirles diversas cosas que ne- 
cesitaban, como pistolas, ó frasquitos de «colirio celeste y agua de 
cimbrón;» 2 de hacer componer sus relojes de bolsillo, y también, 
seguramente, de fabricarles ropa igual á la que ellos le enviaban. 3 

Tan numerosos servicios hicieron decir fundadamente al Audi- 
tor de Guerra y Consejero de Estado, Lie. Foncerrada, que Leona 
era la «correspondiente gral. de los Insurgentes. »-^ 

De su propio peculio Leona socorría «á los presos por causa de 
la insurrección;» 5 cubría el valor de las armas, municiones y gas- 
tos de viaje de los jóvenes que mandaba á los campos de la gue- 
rra, y sostenía en la capital á las familias de los armeros vizcaínos 
que asimismo había enviado allá. 6 Estos desembolsos implicaban 
para Leona un verdadero sacrificio, no precisamente porque fue- 
ran excesivos, sino á causa de que el Consulado de Veracruz dejó 
de pagar, por falta de recursos, desde el 1.° de septiembre de 1811, 
los réditos del capital que le reconocía; lo que obligó á don Agustín 
Pomposo á reducir á menos de la mitad las sumas de dinero que 
antes ministraba á Leona para sus gastos personales, de casa y de 
servidumbre; así, mientras que Leona podía disponer cada mes, en 
los primeros años, hasta de 500 pesos, no recibió mensualmente sino 
150, ó 200 á lo más, á partir de fines de 1811.7 Leona, pues, para 
distraer cualesquiera cantidades de estas sumas tan reducidas, 
tenía que prescindir de muchas cosas á que siempre estuvo acos- 
tumbrada; verbigracia: dejó entonces de usar coche, vendió las 
muías en enero de 1812 y poco después el único carruaje que ha- 
bía conservado. 8 De aquí que hablara de sus «atrasos» pecunia- 
rios á su amiga doña Gertrudis del Castillo, á fines de 1812, dicién- 
dole que ella los conocía ya bien. 9 



1 Calendario citado. 

2 Declaración de la misma Leona. En la causa citada, que se le instru3-ó. 

3 Declaración del correo insurgente Mariano Salazar. Ibídem. 

4 Pedimento de 21 de junio de 1S13. En causa citada, instruida contra 
Leona. 

5 J. Fernández de Li/.ardi. Calendario citado. 

6 C. M. de Bustamante. Necrología Citada.— J. M. Sánchez de la Barque- 
ra. Biografía citada. Pág. 2. 

7 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada. 

8 Ibídem. 

9 Carta citada, que le dirigió el 10 de diciembre. 

A.VALES 41 



322 

A pesar de todo, Leona juzgaba muy «comunes y cortos» sus 
extraordinarios é innumerables servicios patrióticos, y no pensaba, 
ni remotamente, en que había de ganar con ellos el lauro de heroí- 
na. 1 Su modestia era tan grande como su desinterés. 

Ahora bien, cuando casi todos los partidarios de la insurrección 
cuidaban mucho naturalmente de sus propias personas, á fin de no 
exponerse á ser descubiertos y fusilados luego por las autoridades 
realistas. Leona se olvidaba enteramente de sí para entregarse á la 
Patria, «no á escusas ni encubierta, sino asaz claro,» 2 sin ningunas 
taxativas, multiplicando prodigiosamente sus esfuerzos, aventurán- 
dose en las empresas míís difíciles y arrostrando los maj'ores pe- 
ligros. Exponíase, así, día á día, á ser delatada, ora por los incon- 
tables hombres y mujeres que servían de espías al gobierno virrei- 
nal, ora por alguna de las numerosas personas con quienes ince- 
santemente trataba de asuntos relativos á la Independencia, ora 
quizá por su mismo tío y curador, don Agustín Pomposo. 

Fué éste de los primeros habitantes de la Nueva España que 
se apresuraron á manifestar, en letras de molde y repetidas veces, 
su incondicional sumisión hacia la Monarquía española, apenas es- 
talló la guerra de insurgencia. Los folletos que publicó en los últi- 
mos meses de 1810, no bajan de tres, y todavía continuó dando á 
luz otros en los años posteriores. 

El primer folleto suyo que conocemos, se titula «Memoria Cris- 
tiano-Política sobre lo mucho que la Nueva España debe temer de 
su desunión en partidos, y las grandes ventajas que puede esperar 
de su unión y confraternidad;» 3 su censura tiene fecha de 18 de oc- 
tubre de aquel mismo año, y en él don Agustín Pomposo afirma que 
la revolución venía á romper los lazos de «la sangre, el interés y el 
beneficio,» que unían á españoles europeos y á criollos, por lo que 
la califica de inhumana 3'^ absurda; pinta luego un cuadro, donde 
aparece en primer término un hijo traspasando el pecho de su pa- 
dre, que á su vez atraviesa el de aquél, y tras de largos comenta- 
rios y de no pocas citas bíblicas y canónicas, encaminadas á es- 
tablecer que los subditos no deben rebelarse contra el Monarca, 
aunque sea malo, porque está ungido del Señor y porque el Conci- 
lio IV de Toledo declara excomulgado delante del Espíritu Santo 
á cualquiera que intente matar á los Reyes de España, ó privarlos 
de su Reino, ó usurparles la corona, concluye por rogar al Virrej' 



1 Carta suj^a, citada, de 2ó de marzo de 1831. 

2 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

3 Impreso en México, el año de 1810. 



323 

que sane los corazones de todos los habitantes de la Nueva Espa- 
ña, tarea ya realizada seguramente, pues á renglón seguido afirma 
el mismo don Agustín Pomposo que todos ellos aman al Virrey. 

Don Agustín Pomposo imprimió su segundo folleto, ó «Carta de 
un Padre á sus Hijos,» i para decirles públicamente que la feliz 
concordia y justa armonía reinantes entre la potestad religiosa y 
la civil, constituía la Patria, cuya cabeza era el Monarca, á quien 
se debía toda sumisión y todo respeto, porque desempeñaba el sa- 
grado cargo de lugarteniente inmediato de Dios; que, así, el que 
desobedecía al Rey, desobedecía á Dios, y que, aun siendo el Rey 
«muy malo,» no tocaba al subdito otra cosa que pedir á Dios lo hi- 
ciese bueno. 

Don Agustín Pomposo cambió repentinamente su tono mesura- 
do por el de un libelista vulgar, en su tercer folleto, «Las Fazañas 
de Hidalgo, Quixote de nuevo cuño, Facedor de tuertos, etc., dedi- 
cadas al respetable público,»' 2 donde encomia á una esposa infiel, 
llamada Pancha la Jorobadita, que, no satisfecha con delatar á su 
marido, Chepe Michiljuiyas, Coronel insurgente, lo entrega á las 
autoridades realistas, alardeando de que á su mismo padre entre- 
gara, y aun se dejaría freír, antes que ser descomulgada, traidora y 
enemiga de Fernando VII; don Agustín Pomposo pone como ejem- 
plo c\ semejante monstruo conyugal, j dice, para concluir: «¡que 
justamente serían premiadas, y cuan dignas se harían del aprecio 
del mundo entero, las mujeres de los insurgentes que imitaran á 
Pancha, no en la crueldad de la venganza, sino en usar de sus ma- 
ñitas para entregarlos en manos de la justicia! Ellos son reos de 
lesa majestad divina y humana, y así es meritorio, lícito y honroso 
que las mujeres entreguen á sus maridos, los hermanos á los her- 
manos, etc. Es también una obligación de conciencia, puesto que 
públicamente han sido ellos amonestados por el tribunal Santo de 
la Fé, por el Superior Gobierno, por los limos. Prelados, y por otros 
varios conductos; y con todo, desprecian la benignidad, y todo lo 
desprecian; estrecha para ello finalmente la excomunión conforme 
á la práctica de los Concilios de la iglesia, publicada contra los que 
no les delataren.» iVunque no tenemos motivo para pensar que don 
Agustín Pomposo fuera capaz de sostener doctrinas que no estuvie- 
se dispuesto á practicar, es posible que cuando escribió «Las Faza- 



1 En Mé.xico. (Sin fecha de impresión, pero escrita el 7 de noviembre de 
1810.) 

2 Impresas en México, á fines de 1810. 



324 

ñas de Hidalg'o,» no imaginara que su hijo don Manuel se uniría, 
poco después, á los insurgentes. 

De todos modos, Leona debía recelarse cuidadosamente de don 
Agustín Pomposo, y también de su otro tío, don Fernando, tan de- 
cidido realista como él. 

De don Fernando sólo conocemos un folleto, 1 donde comienza 
briosamente así: «¿Somos racionales sensatos, 6 queremos perder el 
juicio tocados de un mal como el de la rabia, que enfurece y tras- 
torna, haciéndonos embestir y desconocer unos á otros? ¡Qué tiem- 
pos tan desventurados! ¿Dónde cabremos dentro de poco? ¿Es creí- 
ble que en este reino inmenso no encontraremos un pedazo de tierra 
donde con quietud vivamos?» Al hablar luego de los españoles, di- 
ce que los mexicanos no pueden tener mayor dicha que la de dar- 
les hospedaje y quererlos de todo corazón, bajo la pena de que se 
condene el que no lo haga, porque la ley de Dios manda amar al 
prójimo como á uno mismo. Laméntase después hondamente de la 
insurrección; deja á salvo el interés del «más desgraciado y más 
amado Soberano el Sr. D. Fernando VII,» cuya memoria será «en 
todos los siglos venerada;» asegura que los jefes de la revolución 
convocan á sus compatriotas á pelear contra ellos mismos, contra 
sus padres, contra sus hermanos y contra sus hijos, é invita á los va- 
sallos fieles de S. M. á que tomen las armas para defenderlo y casti- 
gar á los insurrectos, pues de otra suerte el desorden y la anarquía 
tomarán cuerpo, y los mexicanos andarán confundidos entre la po- 
breza y el llanto, tropezando á cada paso con distintos partidos y 
gobiernos, que los harán huir de los demás hombres, «como de fie- 
ras ponzoñosas, y temer hasta en los espesos montes sus asaltos.» 

Sin poner en duda la sinceridad de la adhesión de don Agustín 
Pomposo y de don Fernando á la Monarquía española, osamos creer 
que habría sido algo menos ostentosa, si antes no hubiesen alcanza- 
do del Gobierno colonial muy honoríficos empleos. 

Parecerá raro que siendo don Agustín Pomposo y don Fernan- 
do tan partidarios del antiguo régimen, Leona y don Manuel lle- 
garan á combatirlo de la manera más radical; pero la herencia no 
origina por sí sola iguales sentimientos é ideas, según se vio clara- 
mente entonces en la Nueva España, donde, mientras que todos los 
españoles abominaban con exaltación de la Independencia, sus hi- 
jos criollos y á veces también sus mujeres, por lo común mexica- 



1 Reflexiones del patriota americano Lie. D. Fernando Fernández de 
San Salvador. Asesor Ordinario por S. M. de esta Intendencia. México, 1810. 



325 

ñas, la defendían resueltamente, lo cual produjo altercados, disgus- 
tos, lágrimas y riñas, en muchos hogares antes felices. 1 

Seguramente don Agustín Pomposo y don Fernando no tuvie- 
ron noticia de las relaciones íntimas de Leona con los caudillos in- 
surgentes, pues de lo contrario, inmediatamente las habrían corta- 
do á todo trance; sin embargo, podían conocerlas en cualquier mo- 
mento, 3^ esta sola consideración debe haber mantenido en constan- 
te zozobra á Leona, que sin duda no ignoraba la inhumana doctri- 
na sostenida por don Agustín Pomposo, de que los fieles cristianos 
están obligados estrictamente á denunciar á sus deudos. 

Aliviaban bastante de seguro aquella zozobra, las altas consi- 
deraciones con que ios caudillos de la Independencia distinguían á 
Leona, quienes, por ejemplo, le enviaron, como un justo homenaje 
á sus eminentes servicios patrióticos, «las primeras monedas» que 
acuñaron en el Sur, «una de oro y otra de plata.» ^ 

Los insurgentes sabían aquilatar debidamente la colaboración 
de la mujer en la obra de la Independencia; juzg¿xbanla indispensa- 
ble, y con el objeto de aumentarla, pues pocas mujeres habían se- 
cundado de manera activa la emancipación de la Patria, publica- 
ron, en el «Semanario Patriótico Americano,» de los domingos 22 y 
29 de noviembre de 1812, un manifiesto titulado «.\ las damas de 
México,» en el cual les decían que aun los mismos vencedores ne- 
cesitaban de la dulce ajmda de la mujer para completar sus triun- 
fos; que era preciso que pusieran en movimiento el imperio que 
ejercían sobre los corazones americanos, y no descansaran hasta 
lograr la libertad de la patria; que á este fin, debían inflamar, for- 
talecer y decidir á los hijos de México á tomar las armas contra el 
déspota europeo, y no dejarlos que se contentaran con abrigar es- 
condido el sagrado fuego de la insurrección; debían también ma- 
nifestar á todos cuantos solicitaran sus favores, que sólo podrían 
obtenerlos con loables acciones guerreras y con la muerte de los es- 
pañoles, porque en lo sucesivo no vencería en amores sino quien an- 
tes hubiese sabido vencer en el campo del honor nacional, y el tiem- 
po de las nupcias quedaría cerrado mientras combatiese la América 
contra sus dominadores; debían, por último, desechar las pretensio- 
nes amorosas de los gachupines, que únicamente solicitaban para 



1 Don Carlos María de Bustamante habla de esos tristes cuadros domés- 
ticos, y pinta uno de ellos, que presenció. En su edición de los Tres Siglos de 
Mé.xico durante el Gobierno Español, por el P. Andrés Cavo. Con notas y su- 
plemento (del mismo Bustamante). México. 1836-1838. Tomo IIJ, págs. 189-281. 

2 J. Fernández de Lizardi. Calendario citado. 



1 



326 

esposas á las mexicanas que tenían dinero y nombre, de tal modo, 
que casi no existía un americano que hubiese podido casarse con 
una compatriota de distinción y caudal; que era tiempo de demos- 
trar á las demás naciones que las damas mexicanas sabían también 
tomar parte en las empresas grandes, y obrar con toda energía, 
cuando se trataba de la libertad de su nación, borrando así laman- 
cha que las antiguas mexicanas echaron sobre nuestra historia, 
durante la Conquista, al forjar no pocos eslabones de las cadenas 
de la dominación europea; que felizmente se contaban ya algu- 
nas damas que. á pesar del espionaje y de los procesos, se habían 
valido de mil ardides para prestar á la nación servicios de la ma- 
yor importancia; que llegaría el feliz momento de la libertad, y que 
entonces saldrían á la luz los nombres de estas damas y sus heroi- 
cos hechos, y unos y otros serían leídos con admiración. 1 

Estas frases alentadoras, escritas quizá por Andrés, y que tan 
fielmente interpretaban los sentimientos é ideas de Leona, causa- 
ron de seguro en ella muy íntima satisfacción, aunque no las nece- 
sitaba para trabajar sin desmayos, porque su amor á la patria era 
infinito. 



1 Periódico susodicho. Págs. 165-175. 



■^^^ 




CAPÍTULO IX. 



su FUGA. 



Hemos indicado que Leona se exponía mucho á ser delatada 
por servir á la causa de la Independencia de cuantos modos esta- 
ban á su alcance, olvid;'mdose enteramente de sí. Sucedió, en efec- 
to, que las autoridades realistas pronto tuvieron motivos para sos- 
pechar que Leona les era contraria; 1 desde entonces comenzaron 
á vigilarla muy de cerca. 

Leona ocupaba como correo al arriero Mariano Salazar, criollo 
nacido en Toluca, de treinta años de edad, de estatura alta y grue- 
sa, pelo castaño, ojos pardos, nariz afilada y barba «copada,» 2 
el cual, á mediados de febrero de 1813, recibió en Tlalpujahua, del 
insurgente don Miguel Gallardo, esposo de doña Gertrudis del Cas- 
tillo, un paquete de cartas «como de grueso de dos dedos,» dos re- 
lojes y un talego de ropa para que trajese todo esto á Leona. Sa- 



1 L. Alamán. Historia citada. Tomo III, pág. 415. 

2 Pasaporte expedido ;í su favor por Mateo de León, á nombre del Exmo. 
señor Virrey don Francisco Javier Venegas, el 11 de julio de 1812. M. S. en 
mi poder. 



328 

lazar cumplió fielmente con su encargo, y Leona le entregó aquí, 
el jueves 25 de dicho mes, otro paquete de papeles á fin de que lo 
llevara al propio don Miguel Gallardo. Salazar salió luego de la Ca- 
pital, acompañado de José González, pero al llegar «arriba de Chi- 
luca,» ranchería perteneciente á Tlalnepantla, pueblo grande de 
la jurisdicción y alcaldía mayor de Tacuba, fué aprehendido, lo 
mismo que su compañero, por don Anastasio Bustamante, enton- 
ces Capitán realista, quien, el 27 del repetido mes, los remitió al 
Virrey, con los papeles de Leona, que no pudieron ocultar ó des- 
ti"uir. 1 

Turnóse este asunto á la Real Junta de Seguridad y Buen Or- 
den, que el limo, y Exmo. señor Arzobispo Virrej- don Francisco de 
Lizana y Beaumont había establecido bajo el nombre de Junta 
Extraordinaria, por bando de 21 de septiembre de 1809, al ver que 
«el espíritu de Independencia crecía por todas partes;» 2 esta Jun- 
ta debía conocer de todos los procesos que se siguieran contra los 
habitantes de la Capital y de cinco leguas en contorno, por adhe- 
sión al partido francés, ó por conversaciones, «murmuraciones» y 
papeles sediciosos ó seductivos, sin excepción de clase, estado ni 
fuero de personas; la Junta debía también velar constantemente 
sobre todos los actos y movimientos que motivaran sospecha de in- 
fidencia ó inquietud, y perseguir y procesar á los culpables de ellos, 
aunque no podía sentenciar, pues estaba obligada á someter, á la 
resolución del Virrey, «las providencias que le dictare su pruden- 
te zelo;» 3 lo cual hizo opinar al Fiscal del Crimen don Juan Ra- 
món Oses que la Real Junta de Seguridad y Buen Orden era un 
«Tribunal meramente consultivo.» 4 Empero, llegó á asumir un po- 
der tan grande, arbitrario y odioso, que don Carlos María de Bus- 
tamante lo comparaba al del «Comité de París en los días de Ro- 
bespiére.» 5 

Hacia 1813, integraban dicha Junta los señores don Miguel Ba- 
taller, como Presidente; don José Isidro Yáñez, don Felipe Martí- 
nez Aragón, don Antonio Torres Torija, don José Ignacio Berazue- 
ta y don José Félix Flores Alatorre, como vocales, el último sólo 

1 Oficio relativo de don Anastasio Bustamante, y declaraciones de Ma- 
riano Salazar. En causa citada, instruida contra Leona. 

2 L. Alamán. Historia citada. Tomo I, pág. 313. 

3 Bando susodicho. En Diario de México, del sábado 23 de septiembre 
de 1809. Págs. 347-350. 

4 Copia del parecer que dio al Virrey, el 13 de septiembre de 1815. M. S. 
en mi poder. 

5 Necrología citada. 



329 

para las causas instruidas contra eclesiásticos; don Luis Calderón 
y don Vicente Guido, como Secretarios, y don Julián Roldan, don 
Rafael Cartami y don José María Andrade, como escribanos auxi- 
liares. 1 

Puestos Salazar y González á disposición de la Real Junta, ésta 
acordó, el día 28, que su vocal don José Ignacio Berazueta hiciese, 
como Juez comisionado, la correspondiente averiguación, y que lo 
auxiliara, en calidad de Receptor, el Escribano don Julián Roldán.2 
El señor Berazueta procedió, el propio día, á tomar declaración á Sa- 
lazar, que no pudo menos que confesar que había traído á Leona 
cartas de los insurgentes, y llevado á éstos cartas de ella. 3 Resul- 
tando, así, casi comprobada la culpabilidad de Leona, el señor Be- 
razueta dispuso transladarse, con el Teniente de Corte don Anto- 
nio Acuña y el Receptor Roldan, á la casa situada en la calle de 
Donjuán Manuel, «á las oraciones» de la noche del día 1° de mar- 
zo, para practicar allí las correspondientes diligencias; pero como 
supo, momentos antes, que Leona estaba ausente, encomendó á 
dos mujeres espías que indagasen su paradero «con toda precau- 
ción,» y él mismo se estacionó cerca de aquella casa, y no se reti- 
ró sino hasta las once de la noche, hora en que tuvo noticia cierta 
de que tanto Leona como sus criadas habían desaparecido desde 
el día anterior, sin dejar dicho adonde iban. 4 

Servían á Leona, además de un portero, un mozo y ima lavande- 
ra, doña Francisca y doña Mariana Fernández, como damas de com- 
pañía; María de Soto Mayor, como ama de llaves, y Rita Reina, co- 
mo cocinera. 5 Leona estimaba mucho á doña Francisca, que conta- 
ba 24 años de edad, y á doña Mariana, que tenía 18, y pensaba de- 
dicar su traducción de las «Aventuras de Telémaco» á la primera; 6 
debido á que una y otra la acompañaban siempre que salía á la calle, 
eran llamadas por todos «las niñas de doña Leoncita Vicario.» 7 

Ahora bien, el día 28 de febrero, que fué domingo de Carnes- 
tolendas, Leona salió de su casa, á las nueve de la mañana, en com- 



1 M. de Zúñiga y Ontiveros. Calendario citado, para 1813. Págs. 62-63. 

2 Acuerdo susodicho. En causa citada, instruida contra Leona. 

3 Declaración mencionada. Ibídem. 

4 Certificación asentada por el Escribano don Julián Roldan, el 1.° de 
marzo de 1813. Ibídem. 

5 Declaraciones de las susodichas. Ibídem. 

6 Declaración citada, de doña Mariana Fernández. 

7 Memorándum para la práctica de varias diligencias. En la causa M. S., 
instruida por la Inquisición contra José Orozco, que guarda el Archivo Ge- 
neral y Público de la Nación. 

Anales 42 



330 

pañía de las dos Fernández, con el objeto de oír misa en la Profe- 
sa; después de haberla oído, se diriíjió por las calles de San Fran- 
cisco hacia la Alameda. Una mujer desconocida, que se le acercó 
entonces, le dijo en voz muy baja que las autoridades realistas que- 
rían prenderla, porque tenían ya en su poder al correo Salazar, y 
le entregó una carta, anónima tal vez, que Leona leyó al punto con 
manifiesta emoción. Retiróse luego la mujer, y cuando doña Fran- 
cisca y doña Mariana preguntaron á Leona quién le escribía y qué 
le escribía, contestó discretamente que «ignoraba lo primero, y lo 
segundo no debía decirlo.» Ya sin el menor asomo de inquietud, 
Leona entró en la Alameda, cuyas calles recorrió algún tiempo, con- 
versando, primero con la señora de Pazos y su hija, y después 
con doña Petra Teruel y su esposo don Antonio Velasco, quienes la 
acompañaron hasta que saHó de aquel paseo y llegó al Puente de 
la Mariscala. l Doña Petra tal vez era partidaria de la Indepen- 
dencia: consta que favorecía con «servicios y caridades» á los pre- 
sos insurgentes. 2 

Al verse libre allí de gentes extrañas. Leona pensó en el inmi- 
nente riesgo que corría de que las autoridades realistas la aprehen- 
dieran de un instante A otro y la procesaran y condenaran, y na- 
turalmente quiso salvarse, pues si bien no podía ignorar que aventu- 
raba su vida por el simple hecho de ser insurgente, esto no le im- 
pedía amarla y defenderla; además, como tenía un carácter de- 
cidido, se resolvió de pronto á huir al Sur, donde se cncontrab;m 
los insurgentes, que tan abnegadamente procuraban la felicidad de 
la Patria, y en quienes ella veía á verdaderos hermanos; no ate- 
morizaron á Leona los incontables peligros de la peregrinación 
que iba á emprender, en la exuberancia de su juventud y hermo- 
sura, á través de tierras extrañas y quizá hostiles, falta de recursos 
pecuniarios y del amparo de un hombre. Así, pues, inquebranta- 
blemente resuelta, pero con la serenidad que no abandona nunca á 
quienes obran rectamente, retrocedió por la calle de la Mariscala, 
llevando consigo á doña Francisca y doña Mariana, á las que dijo 
tranquilamente que tenía que concurrir á una jamaica. 3 De esta 
manera. Leona comenzó á huir de México, plenamente consciente 
de su inocencia, y, por tanto, sin el pavor que origina la culpabili- 



1 Declaraciones citadas, de Leona Vicario y doña Francisca }' doña Ma- 
riana Fernández. 

2 J. J. Fernández de Lizardi. Calendario citado. 

3 Declaraciones de doña Mariana Fernández y Rita Reina. En causa ci- 
tada, instruida contra Leona. 



331 

dad: ¿cómo ella, tan inteligente é ilustrada, había de juzgar que era 
delito el patriotismo, una de las supremas virtudes humanas? 

Leona encontró, frente ñ la Santa Veracruz, á doña Gertrudis 
Ángulo, madre de las Fernández, y la invitó para que también la 
acompañara á la jamaica: aceptó doña Gertrudis, y Leona tomó 
luego un coche de providencia «que estaba allí;» una vez dentro 
con las tres Fernández, ordenó al cochero, de modo que única- 
mente él la oyese, que las llevara áSan Juanico, l pequeño pueblo 
de la jurisdicción y alcaldía mayor de Tacuba, inmediato á su ca- 
becera. Las Fernández no se dieron cuenta de que Leona huía de 
México, sino cuando despidió el coche en dicho pueblo, y declaró 
á doña Gertrudis que iba á esconderse para evitar que la aprehen- 
dieran, porque habían caído en manos de las autoridades realistas 
unas cartas dirigidas álos insurgentes, j^ «que decían ser suyas, aun- 
que en realidad no lo eran.» ^ Leona cuidaba de engañar á las Fer- 
nández para no alarmarlas demasiado. 

Reflexionando en seguida que al no hallarla en su casa las autori- 
dades realistas, aprehenderían de seguro al ama de llaves, le mandó 
decir violentamente con una mujer «que se fuese á San Juanico, y 
que por la cerca de Sanjoaquín, en un jacalito, la esperaba, porque 
si se dilataba en hacerlo, la habían de prender: » 3 Leona no se olvida- 
ba de los demás, ni en los momentos en que mayor necesidad tenía 
de ocuparse sólo de ella misma. Aquella cerca, de una longitud enor- 
me, limitaba y limita aún la famosa huerta del Convento de San 
Joaquín, sito en el pueblo de ese nombre, «de corto vecindario y 
humildes casas, »-^ muy próximo al de San Juanico y sujeto igual- 
mente á la jurisdicción y alcaldía mayor de Tacuba. El convento 
había sido fundado en 1696 por los religiosos carmelitas, r^ y les ser- 
vía de casa de estudios y colegio. <j 

1 Declaraciones de doña Francisca }■ doña Mariana Fernández y doña 
Gertrudis Ángulo. Ibídem. 

2 Declaración citada, de doña Gertrudis Ángulo. 

3 Declaración citada, de María de Soto Mayor. 

4 Ignacio Carrillo y Pérez. México Católico. Obra inédita, escrita á me- 
diados del siglo XIX. M. S. En la biblioteca de mi excelente amigo el señor 
Canónigo don Vicente de P. Andrade. 

5 Vicente de P. Andrade. En Noticias de México recogidas por don Fran- 
cisco Sedaño, vecino de esta Ciudad, desde el año de 1756, coordinadas, es- 
critas de nuevo y puestas por orden altabético en 1800. Primera impresión con 
un prólogo del Sr. D. Joaquín García Icazbalceta y con notas y apéndices 
del Presbítero V(icente) de P. A(ndrade;. Mé.\ico, 1880. Tomo I., pág. 67, 
nota. 

6 I. Carrillo v Pérez. Obra citada. 



332 

Leona se encaminó á pie á diclia cerca con las tres Fernández. 

Entre tanto, el ama de llaves recibió, como á la una de la tarde, 
el recado de Leona; sin pérdida de tiempo ordenó á la cocinera 
que la acompañase y llevara la comida; salió de la casa, alquiló un 
coche de providencia y se dirigió ú San Juanico. Apenas supo allí 
la cocinera que su ama huía de la justicia, se atemorizó y quiso re- 
gresar á México; pero Leona la calmó, asegurándole que iba á es- 
cribir á su tío don Agustín Pomposo «para que se compusiera to- 
do.» 1 El ama de llaves, menos temerosa ó más adicta á Leona, nada 
dijo. 

Al buscar Leona hospedaje para ella y sus cinco compañeras, só- 
lo pudo encontrarlo en estrechos jacales de indígenas, sin camas ni 
muebles y mal abrigados, dentro de los cuales permaneció oculta 
el lunes y el martes, teniendo que mudarse continuamente de unos 
á otros, pues no bien conocían sus dueños que andaba fugitiva, la 
despedían ^ por temor á las autoridades realistas, que acostumbra- 
ban hacer crueles escarmientos en los indios. 

A fin de aproximarse á los insurgentes. Leona abandonó, con 
sus cinco compañeras, á San Juanico, el miércoles 3 de abril, y guia- 
da por un indio, caminó á pie cuatro leguas, sobre ásperas lomas 
y bajo un sol ardiente, hasta llegar al pueblo de San Antonio Huis- 
quilucan, 3 de la repetida jurisdicción y alcaldía mayor de Tacuba, 
el cual tenía una población como de ochocientas familias indíge- 
nas, i Leona debió llegar muy tarde y sumamente rendida de fati- 
ga, porque no estaba acostumbrada á tan largas y penosas cami- 
natas como aquélla. 

También allá tuvo que alojarse en miserables jacalitos y que 
cambiarse de unos á otros repetidas veces. 5 

Por todo lo cual, quedó al fin hinchada de los pies y ente- 
ramente lastimada. Recrudecióse su enfermedad con la falta de ali- 
mentos suficientes y sanos; sólo podía conseguir «huevos en mo- 
le» para almorzar, y «frijoles mal guisados» para cenar, 6 no obs- 
tante que cuanto pedía pagaba «con bastante amplitud:» parece 
que el ama de llaves le llevó algún dinero. 7 De allí que, enferma, 

1 Declaraciones citadas, de María de Soto Mayor y Rita Reina. 

2 Declaración citada, de doña Francisca Fernández. 

3 Relación citada, de un hombre de toda veracidad. 

4 Antonio de Alcedo. Diccionario Geográíico-Histórico de las Indias 
Occidentales, ó América. Madrid, 1786-1789. Tomo II, pág. 401. 

5 Declaración citada, de doña Francisca Fernández. 

6 Relación citada, de un hombre de toda veracidad. 

7 Declaración citada, de doña Mariana Fernández. 



( 



333 

mal alimentada y sin disfrutar reposo, su situación Ueg^ase ;i ser 
extremadamente angustiosa. 

A la sazón, pasó por Huisquilucan el insurgente Trejo, á quien 
Leona se apresuró á pedir «socorros y auxilio para pasar á Tlal- 
pujahua;» pero Trejo, que sin duda carecía de buena educación y 
muy probablemente ignoraba los importantísimos servicios que 
Leona había prestado á la causa de la Independencia, le respondió 
groseramente «que allí no querían gente inútil ni semejantes mue- 
bles, que lo que necesitaban era gente útil para las armas.» i ¡Con 
cuánta amargura oiría Leona esta respuesta, que la condenaba ca- 
si indefectiblemente á caer en manos de las autoridades realistas! 

Pero como únicamente las personas pusilánimes desesperan. Leo- 
na, que era valerosa en grado heroico, no perdió la confianza que 
tenía en su salvación, y escribió á sus amigos los insurgentes de Tlal- 
pujahua para que vinieran por ella: bien segura estaba de su noble 
amistad. Y en efecto, vinieron inmediatamente al frente de «una di- 
visión de cuatrocientos hombres:» el inmenso prestigio deLeonahizo 
nacer en est¿i ocasión el rumor de que iban á conducirla á los cam- 
pos de Tlalpujahua con el objeto de proclamarla «Infanta de la Na- 
ción Americana.» Sin embargo, los insurgentes no encontraron á 
Leona en Huisquilucan, porque acababa de i^egresar á México. 2 

Desde el domingo 28 de febrero, don Agustín Pomposo supo 
que Leona había ido á una jamaica que se daba en San Cosme, y 
aunque transcurrió todo el día y vino la noche sin que Leona se pre- 
sentara en su casa, don Agustín Pomposo no se alarmó mucho, y 
estimí) prudente esperar hasta el nuevo día; hemos dicho que de- 
jaba vivir á Leona en completa libertad: de seguro tenía sobra- 
das pruebas de su recato y señorío. Mas como durante el lunes, 
que fué 1.° de marzo, tampoco volvió Leona, don Agustín Pompo- 
so comenzó á perder su calma acostumbrada y abrigar sospechas 
de que Andrés hubiera seducido á Leona, las que convirtió en cer- 
tidumbre la noticia que recibió, el martes 2, de que Leona había 
huido de México y se hallaba presa. Sumamente apesadumbrado, 
escribió en seguida al Presidente de la Real Junta de Seguridad y 
Buen Orden para comunicarle esta gravísima noticia y suplicarle 
que tomara las providencias que tuviese por justas, para corregir 
á Leona, si estaba detenida, ó para reducirla á su casa ó á un con- 
vento, si no lo estaba ni existían motivos de juzgarla culpable.3 No 



1 Relación citada, de un hombre de toda veracidad. 

2 Ibídem. 

3 Carta susodicha. En causa citada, instruida contra Leona. 



334 

cabe dudar de que don Agustín Pomposo quería entrañablemente á 
Leona, pues á raíz de haber escrito esa carta, dirigió otra al mismo 
funcionario, en la cual le manifestaba de manera muy adolorida 
que él hacía las veces de padre y madre de Leona, y le rogaba que 
procediera «con la mayor reserva y prudencia,» si bien advir- 
tiéndole que no por esto quería que faltara á lo que fuese justo, i 
Don Agustín Pomposo hizo, además, activas diligencias para inda- 
gar el paradero de Leona, 2 y encomendó al Lie. Juan Raz y Guz- 
m;ín que igualmente las hiciera: este letrado era primo de don 
Agustín Pomposo, y, en consecuencia, tío también de Leona. 3 Am- 
bos despacharon en su busca emisarios por «distintos rumbos.» 4 

Siendo Leona hermosa y elegante, y llevando consigo á nume- 
rosas criadas, no podía pasar inadvertida de nadie, menos, después 
de que se conoció públicamente su fuga, y de que ésta causó gran 
sen.sación en la Capital, 5 cuyos vecinos estimaban mucho á Leo- 
na, y no habían visto hasta entonces á ninguna otra mexicana aco- 
modada que hubiera tomado parte efectiva en la emancipación de 
México: 6 así que, no transcurrieron largos días sin que don Agus- 
tín Pomposo lograra saber que Leona había huido á San Juanico. 
Antes de mandar por ella, quiso asegurar su libertad y su vida con 
una gracia de indulto, que don Fernando, por tener mayor in- 
fluencia, se encargó de pedir al Exmo. señor Virrey, y obtuvo lue- 
go, fácilmente. 7 

Ya conseguida, don Agustín Pomposo comisionó á don Antonio 
del Río para que la llevase á Leona con dos cartas, una escrita por 
el mismo don Agustín Pomposo, y otra por el P.José Manuel Sar- 
torio, 8 natural de la ciudad de México, y entonces de 67 años de 
edad; justamente se le reconocía por autor infatigable y uno de los 
mejores oradores de la Nueva España, pues había escrito nume- 
rosísimas obras en prosa y en verso, y pronunciado excelentes ser- 
mones «llenos de unción, ó del espíritu de Dios y de dulzura;» su 
claro talento, «exquisita erudición,» edificantes doctrinas, modestia 



1 Carta susodicha. Ibídem. 

2 Alegato del mismo, en defensa de Leona, ya citado. 

3 A. P. Fernández de San Salvador. Carta escrita al Lie. Raz y Guz- 
mán, el 2 de septiembre de ISIó. M. S. en mi poder. 

4 Juan Raz y Guzraán. Constancia extendida el 2 de septiembre de 1816. 
M. S. en mi poder. 

5 L. Alamán. Historia citada. Tomo III, pág. 414. 

6 Carta citada, de Leona, fecha 26 de marzo de 1831. 

7 Relación citada, de un hombre de toda veracidad. 

8 Declaración citada, de doña Francisca Fernández. 



335 

suma, humildad extremada, trato afabilísimo, caridad inagotable, 
piedad sin límites ^yvida toda inmaculada, le granjeaban el amor y el 
respeto de todos los individuos, desde los «de clase más elevada 
hasta los más pobres:» México entero lo aclamaba «á una voz 
por sabio y por virtuoso;» á causa de haberse mostrado muy adic- 
to á la Independencia, estuvo á punto de sufrir un proceso in- 
quisitorial, del que únicamente pudú librarlo el poderoso influjo 
de la Condesa de Regla; 1 el Virrey Calleja decía que el P. Sarto- 
rio había sido una de las personas más obsequiadas por el pue- 
blo de México, durante las elecciones tumultuarias de 1812, y que 
á pesar de que existían «contra él vehementes sospechas» de infi- 
dencia, y manifiestamente atacaba al Gobierno, las corruptelas ju- 
diciales le permitían disfrutar de la protección general de éste: 2 ta- 
les antecedentes hacían que Leona profesase al P. Sartorio el más 
acendrado afecto, 3 y han hecho después que sus biógrafos lo lla- 
men «la personificación de la humildad yde la modestia,» 4 <c la vir- 
tud personificada,» 5 «uno de los hombres más grandes que han 
visto la luz en la república mexicana.» 6 

Don Antonio del Río llegó á San Juanico, el jueves 4 de marzo, 
precisamente un día después de que Leona había salido para Huis- 
quilucan; alguien se lo dijo, y entonces don Antonio rogó á uno de 
los principales vecinos que le proporcionara un guía para ir allá; 
el vecino acogió bondadosamente su ruego, y se prestó á acom- 



1 José Mariano Berist;iin y Souza. Biblioteca Hispano Americana Sep- 
tentrional. Segunda edición. Amecameca, 1SS3. Tomo III, págs. 126-128.— 
Félix Osores. Noticias Bio-biblioyráficas de Alumnos Distinguidos del Cole- 
gio de San Pedro, San Pablo y San Ildeíonso de México [hoy Escuela N. Pre- 
paratoria]. Segunda y última parte. En mis Documentos Inéditos ó muy Ra- 
ros para la Historia de México. México. 1904 y sigs. Tomo XXI, págs. 234- 
240.— Manuel Berganzo. (Biografía de) Sartorio [D. J. Manuel.] En Diccionario 
Universal de Historia y de Geografía. México, 18.53-1855. Tomo VI, págs. 844- 
851.— Francisco Pimentel. Obras completas. México, 1903-1904. Tomo V, 
págs. 397-398.— J.J. Fernández de Lizardi. Memorial dirigido al Virrey Ve- 
negas, de 17 de diciembre de 1812. M. S. En el Archivo General y Público de la 
Nación.— C. M. de Bustamante. En A. Cavo. Tres siglos citados. Tomo III, 
pág. 282, nota.— Martirologio de algunos de los primeros insurgentes. Mé- 
xico. 1841, Pág. 40. 

2 Apuntes autógrafos del Virrey susodicho, sobre insurgentes. 31 de oc- 
tubre de 1814. En el Archivo General y Público de la Nación. 

3 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

4 F. Pimentel. Obras citadas. 

5 C. M. de Bustamante. En A. Cavo. Tres Siglos citados. 

6 M. Berganzo. Biografía citada. 



336 

pañarlo ó\ mismo; al siguiente día, ambos se diris;ieron á Huisqui- 
lucan, 1 donde hallaron á Leona, enferma 2 y «en la maj'or mise- 
ria.» 3 

No obstante aquella situación extremadamente lastimosa, el es- 
píritu de Leona conservaba toda su entereza: la desgracia no do- 
blega á las almas fuertes, sino que, al contrario, las templa más y 
más, como el fuego al hierro. Lo demostró Leona al negarse ter- 
minantemente á volver á México y á recibir la gracia de indul- 
to. 4 que la habría obligado á la vez á abominar de la libertad 
de .su patria, y á prometer fidelidad á quienes precisamente la 
mantenían esclavizada; aunque se solía conceder indulto á cier- 
tos insurgentes que no lo solicitaban, los agraciados, si estaban 
anuentes en aceptarlo, debían pedirlo «sumisamente» y prestar 
antes juramento de fidelidad al Rey «y demás potestades lexiti- 
mas q.e a su nombre }' con su autoridad gobiernan.» 5 Sólo varió 
Leona de resolución, cuando su tío don Juan Raz y Guzmán se 
transladó á Huisquilucan, 6 y le aseguró que podía regresar li- 
bremente á México, «sin que se le molestara en cosa alguna.» 7 
Como ya no tenía que admitir la gracia de indulto, que tan abier- 
tamente rechazaban sus acendrados sentimientos patrióticos, ni 
que temer persecución alguna en la Capital, único motivo que 
la había hecho huir, y, además, como no dudó de que su tío don 
Juan le dijera la verdad, pues ella ignoraba que el insurgente que 
no recibía la gracia de indulto, era irremisiblemente procesado: 
por todo esto, al fin se determinó á volver á su casa. 

Sin embargo, su enfermedad continuaba y le impidió salir lue- 
go de Huisquilucan. Hasta el lunes 8 no se puso en camino, 8 á caba- 
llo y acompañada de su tío don Juan y de todas sus criadas. 9 Muy 
probablemente las excesivas molestias de aquel viaje, emprendido 
en su convalescencia, le originaron una recaída inmediata, porque 



1 Relación citada, de un hombre de toda veracidad. 

2 Declaración citada, de doña Francisca Fernández. 

3 Relación citada, de un hombre de toda veracidad. 

4 Declaración citada, de la misma Leona. 

5 Copia de comunicación del Brigadier Ñeme.sio Salcedo, Comandante 
General de las Provincias Internas, al Teniente Coronel Simón de Herrera, 
Gobernador de la Provincia de Coahuila, de 28 de marzo de ISU. M. S. en 
mi poder. 

6 Constancia citada, extendida por el mismo don Juan. 

7 Declaración citada, de la misma Leona. 

8 Declaración citada, de doña Francisca Fernández. 

9 Constancia citada, expedida por el propio don Juan. 




AN, E. DF, MHX.— RsTADO actual. 



fÁasus 




Escala de 1:100000.— I mmi^lCO metros. 
IM.ANO DK LA CirOAD DF. MlíXICO V I)K lJ)S PUKBl.DS DE SAXJUAMCO V SANJOAOt'IN, D. F.. V DF. IlUISQUILL't AN, K. DE MFX.-Ksta 



337 

tuvo que detenerse enSanJuanico, durante dos días, alojada en la 
casa de don Joaquín Pérez Gavilán, i 

El día 11, don Agustín Pomposo fué personalmente por ella y 
sus criadas, y las trajo en dos carruajes á su habitación. 2 

Esta había sido robada; las cómodas tenííin rotas las chapas y 
estaban «casi vacías de la mucha ropa fina» de Leona; 3 igualmen- 
te faltaba la ropa de doña Mariana, que no encontró «ni una cami- 
sa para mudarse.» -i Don Agustín Pomposo quería perseguir á los 
culpables del robo; pero Leona se opuso, diciendo que de las cosas 
echadas de menos, unas «tenía dadas á guardar y otras presta- 
das:» •'> mentira piadosa que le inspiraba su excelente corazón, in- 
capaz de perjudicar á nadie, ni aún á quien le causaba mayor mal. 
Ya en otra ocasión, al ser robada por su cochero, se había negado 
no sólo á entregarlo á la justicia, sino también á despedirlo de su 
casa, t) Razón tenía Leona para decir; «mis ideas y sentimientos no 
están por pedir venganzas de los agravios que se me hacen.» 7 



1 Declaraciones citadas, de doña Francisca y doña Mariana Fernández. 

2 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta y alegato citados y carta ci- 
tada que escribió á su primo el Lie. Raz y Guzmán.— -Constancia extendida 
por don Joaquín Pérez Gavilán, el 2 de septiembre de 181b.— Declaraciones ci- 
tadas, de doña Francisca y doña Mariana Fernández. 

3 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada. 

4 Declaración citada, de la propia doña Mariana. 

5 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada. 

6 Ibídem. 

7 Comunicado de fecha 7 de febrero de 1831. En «El Federalista,» de 9 
del mismo mes. (Periódico de México.) 



Anales 4.j 



i'3S 



«b^^ 




CAPITULO X. 



su RECLUSIÓN Y PROCESO. 



Solamente dos días descansó Leona en su casa, 1 pues don 
Agustín Pomposo la llevó, dentro de un coche, 2 al Colegio de Be- 
lén, la mañana del sábado 13 de marzo, y la dejó allí, como reclu- 
sa forzada. -^ 

Dicho Colegio había sido fundado por el Venerable P. Domin- 
go Pérez de Barcia, nacido en Asturias, el año de 1049, 4 que vino 
á la Nueva España, de 16 ó 17 años de edad, hacia 1665 ó 1666, 
con la ambición de «atesorar dinero,» ^ y principalmente de tener 
mujeres que lo cuidaran, regalaran y contentaran: fc> es cosa muy 



1 Declaración citada, de la misma Leona. 

2 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada. 

3 Carta del mismo don Agustín Pomposo, dirigida al señor Miguel Bata- 
11er, el día susodicho. En causa citada, instruida contra Leona. 

4 Julián Gutiérrez Dávila. Vida y Virtudes del Siervo de Dios, el vene- 
rable Padre don Domingo Pérez de Barcia. Madrid. 1720. Págs. 1-2, 

5 Ibídem. Pág. 7. 

6 Ibídem. Pág. 38. 



340 

común que los hombres sueñen más en la riqueza que en el amor, 
pero no durante los primeros años de su juventud. 

Domingo siguió la carrera de jurisprudencia, y la tenía casi con- 
cluida aquí, cuando accidentalmente hirió de alguna gravedad á 
otro estudiante; lo impresionó tanto este suceso, que al punto re- 
solvió apartarse del mundo, víisto semillero de funestos peligros, 
y entregarse á Dios, único norte de segura salvación, i Mucho lo 
alentó en su propósito el Capitán Juan Pérez Gallardo, vecino de 
la ciudad de ¡México y gran siervo de Nuestro Señor, á cuyo lado 
se fué á vivir Domingo. Poco después, el Capitán Pérez Gallardo se 
mudó á una casa situada á extramuros de la ciudad, junto á la 
Cruz Vidriada y detrás de los caños llamados de Belén, que traían 
el agua de Chapultepec; 2 en esta casa solitaria, Domingo comen- 
zó á llevar una vida inmoderadamente ascética, alimentando su es- 
píritu sólo con oraciones, reprimiendo de manera inflexible su vo- 
luntad y domando cruelmente su carne con abstinencias, ayunos, 
disciplinas y silicios. 3 Alcanzó, así, muy rápidamente un verdade- 
ro estado de inanición, no exento, por supuesto, de inefables éxta- 
sis y raptos divinos, que vinieron á confirmar la fama de santo que 
ya tenía. 4 

Para intensificar más aún su vida religiosa, Domingo se orde- 
nó de sacerdote en 1679. Dos años después murió el Capitán Pérez 
Gallardo, 5 dejándole la casa donde los dos habían vivido, y otra 
á medio construir, distante de la anterior un tiro de piedra, y casi 
inmediata á los caños de Belén. En esta segunda casa el P. Do- 
mingo fundó, el año de 1683, un asilo para mujeres cuya honesti- 
dad peligrara en el mundo y que no pudieran encontrar lugares li- 
bres dentro de los monasterios: 6 Domingo continuaba amando á 
las mujeres, pero ya no sensualmente, sino con un misticismo acen- 
drado. Llamó á su asilo «Recogimiento de San Miguel,» porque de- 
seaba que dicho Arcángel infundiera su inmaculada pureza á las 
recogidas y las defendiera contra las asechanzas del Príncipe de 
las Tinieblas, á quien había combatido victoriosamente desde an- 
tes de la creación del hombre. El establecimiento fué llamado co- 
múnmente de San Miguel de Belén, «por haberse fundado inmedia- 



1 Ibídem. Págs. 15-16. 

2 Ibídem. P;'igs. 16-18. 

3 Ibídem. Págs. 18-21. 

4 Ibídem. Págs. 281 y sigs. 

5 Ibídem. Págs. 24-2b. 

6 Ibídem. Págs. 32-35. 



341 

to al Colegio de Religiosos Mercenarios, con este título conoci- 
dos,» 1 colegio situado entonces al S. E. del Recogimiento, y que 
más tarde, construida la actual iglesia de San Pedro Pascual de 
Belén, quedó anexo á ella. 2 

Cuando el P. Domingo tuvo muchas asiladas, quiso sujetarlas 
á alguna regla, y principió por persuadirlas á que sólo salieran del 
Recogimiento para oír misa, confesarse ó comulgar; luego les or- 
denó que hicieran esto todas juntas, y él mismo las acompañaba, 
circunstancia de donde tomaron pie los maliciosos para llamarlas 
«el ganadito del Padre Barcia;» por último, no las dejó salir nun- 
ca, sino que personalmente se encargó de decirles misa, predicar- 
les, confesarlas y darles la comunión, en un adoratorio que cons- 
truyó en el interior del Recogimiento. Cuidaba de proporcionar 
comida y ropa á cada una, y de mejorar y ampliar incesantemente 
el edificio, pues las asiladas aumentaban día á día, y él aspiraba na- 
da menos que á recoger «á todas las mujeres de la Ciudad.» Como 
sus recursos pecuniarios se reducían á los óbolos de la caridad pú- 
blica, rara vez suficientes y oportunos, tales trabajos costaban al 
P. Domingo esfuerzos titánicos é indecibles angustias. -5 Para col- 
mo de amargura, las malas lenguas volvieron á lastimarlo, haciendo 
correr la voz de que mantenía encerradas á las recogidas para sa- 
ciar en ellas apetitos pecaminosos, por lo cual el Tribunal de la In- 
quisición lo sacaría muy pronto con vela verde; hubo individuos 
que creyeran ambas cosas, y no faltaron entre ellos quienes inju- 
riaran y golpearan al P. Domingo, -i Tamañas contrariedades, le- 
jos de entibiar sus ardientes propósitos, los enardecían más y más. 
Así que, sin cejar un paso en su obra, acabó por ceñir la vida en- 
tera del Recogimiento á prescripciones rígidas. Conforme á éstas, 
las asiladas se levantaban á las cinco de la mañana y concurrían 
luego al adoratorio para rezar allí diversas oraciones y oír lectu- 
ras religiosas y la santa misa; recogíanse después en sus respecti- 
vos aposentos hasta las doce, en que volvían al adoratorio; des- 
cansaban breve rato, y á las dos y media de la tarde iban á aquél 
por tercera vez; recogíanse nuevamente, y ;í la oración entra- 



1 Ibídem. Págs. 72-74. 

2 Francisco de Pareja. Crónica de la Provincia de la Visitación de Ntra. 
Sra. de la Merced Redención de Cautivo.s de la Nueva España. Escrita en 
1688. (Publicada por el P. Vicente de P. Andrade.) México. 1882 1885. Tomo 
I, págs. 450-460. 

3 J. Gutiérrez Dávila. \'ida citada. Píigs. 35-44. 

4 Ibídem. Págs. 61-65. 



342 

ban por cuarta vez en el adoratorio; permanecían allí más de una 
hora, y en seguida se retiraban á dormir. Los lunes, miércoles y 
viernes, maceraban su carne con disciplinas durante el tiempo que 
dilataban en rezar una camándula, y, dos días de cada semana, 
ayunaban y se fajaban un cilicio «por el espacio tan sólo de tres ó 
cuatro horas.» Periódicamente, en fin, hacían ejercicios espiri- 
tuales durante diez días, encerradas en dos capillas fabricadas en 
la huerta del Recogimiento. 1 

A fin de que tan numerosas prácticas fuesen fielmente ejecu- 
tadas, el P. Domingo nombró á una prepósita, una ministra, dos 
ayudantas, dos celadoras secretas, dos públicas, dos enfermeras, 
una despertadora ó campanera, varias sacristanas, aseadorasy lec- 
toras y cuatro porteras; nombró asimismo auna maestra encargada 
de enseñar doctrina cristiana, labores manuales y otros oficios do- 
mésticos, á las niñas que se había visto obligado á recoger. 2 

Al cabo de algún tiempo, no todas las mujeres asiladas pudie- 
ron soportar aquellos ejercicios y oraciones, que anonadaban su 
espíritu, ni aquellos ayunos, abstinencias y maceraciones, que ex- 
tenuaban su cuerpo; la mayor parte de las mujeres trataron de 
abandonar el asilo, pero como no se los permitió el P. Domingo, 
se disgustaron mucho, y aun lo trataron insolentemente. Él las su- 
frió con paciencia por amor á Nuestro Señor, pero no les devolvió 
su libertad, ni suavizó tampoco el durísimo régimen á que las te- 
nía sujetas: los santos suelen desplegar una energía incontrasta- 
ble. De allí que varias de las asiladas llegaran á ser víctimas de la 
desesperación, del histerismo ó de la locura; hubo unas que se de- 
gollaron ó arrojaron de cabeza desde un corredor, otras que escu- 
pieron á las imágenes sagradas ó entraron desnudas en el ado- 
ratorio á hora de ejercicios, otras que perdieron totalmente la ra- 
zón. 3 

El P. Domingo tuvo, pues, además de sus trabajos, contrarie- 
dades y amarguras anteriores, el incomparable dolor de ver deses- 
peradas y enfermas á no pocas de sus hijas adoptivas; todo lo cual, 
unido á alguna predisposición hereditaria y á los estragos irrepa- 
rables que necesariamente causó en su salud aquel mismo régimen 
de vida, al que se sometía con mayor rigor que sus asiladas, deter- 
minó en él graves accidentes que constantemente lo ponían fuera 
de sí, le encendían el rostro, le trababan la lengua y le hacían arro- 



1 Ibídem. Págs. 48-52. 

2 Ibídem. Págs. 54-57. 

3 Ibídem. Págs. b5-70. 



343 

jar sangre y espuma por la boca y golpearse y acometer á los de- 
más. 1 

Aunque semejantes síntomas indicaban claramente una epilep- 
sia, fueron tomados por los de una enfermedad demoníaca; no pre- 
cisamente porque la epilepsia fuese desconocida (hablaban ya de 
ella aún los libros místicos y las biografías de santos y los voca- 
bularios castellanos), 2 sino porque entonces la jurisdicción religio- 
sa era algo más exagerada que hoy, y no se detenía ante ningunos 
límites, y todo lo invadía, inclusive el dificilísimo campo de la me- 
dicina: de donde resultaba que los sacerdotes hacían las veces de 
médicos continuamente, pero por desgracia sin preocuparse de sa- 
ber la menor cosa de la compleja ciencia del eximio hijo de la is- 
la de Cos. 

Sucedió en esta ocasión que se encargó de curar al P. Domin- 
go su confesor, el P.José Vidal, venerado «como un Apóstol» 3 y 
cuj^a literatura y virtudes ilustraban mucho á la Provincia de la 
Compañía de Jesús en Nueva España, ■+ quien, después de obser- 
var atentamente todos aquellos síntomas, infirió que Dios, á cuyo 
poder omnímodo nada se substrae, había permitido, en sus incom- 
prensibles juicios, que los demonios se apoderaran del cuerpo del 
P. Domingo pa.ra que lo atormentasen cruel y tiránicamente, y dis- 
puso que unos individuos azotaran con una disciplina al P. Do- 
mingo, durante cada acceso, á fin de aporrear i p so f acto á los de- 
monios y obligarlos á huir y dejar en paz á su víctima: el P. Vidal 
no se daba cuenta seguramente de que tal disposición contravenía 
aquellos mismos incomprensibles juicios de Dios. Lo peor fué que 
los demonios resistieron siempre innumerables golpes antes de ren- 
dirse, por lo que el P. Domingo quedaba tan lleno de cardenales, 
lastimado y herido, después de cada azotaina, que, á pesar de su 
carácter extraordinariamente enérgico, no podía menos de suplicar 
á sus curanderos que lo trataran con alguna piedad por amor de 
Dios, cosa que no hacían, porque tener piedad de él, era senci- 
llamente tenerla de los demonios. Al ver el P. Vidal que la cura- 



1 Ibídem. Págs. 98-100. 

2 Verbiíjracia: Fray Luis de Granada. Catecismo ú Introducción al Sím- 
bolo de la Fe. Anveres. 1.578.— El P. Pedro de Rivadeneyra. Flos saiicto- 
rum. ¡Madrid. 1599-1610. — Sebastián de Covarrubias Orozco Tesoro de la 
Lengua Castellana. Madrid. 1611. 

3 Juan Antonio de Oviedo. Vida admirable, apostólicos ministerios, y 
heroicas virtudes del Venerable Padre Joseph Vidal. Fol. 2, fte. 

4 Pfancisco Zeballo.'^. Parecer sobre la obra anteriormente citada. Ibí- 
dem. Fol. b, íie. 



344 

ción nada proíj^resaba, ordenó que éstos fueran conjurados, pero 
no lo fueron con mejor éxito, pues se mostraron tan insensibles á 
los exorcismos como á los golpes. 1 

No de otra suerte vivió todavía largos lustros aquel mártir de 
su religiosidad exagerada y del obscurantismo general de su épo- 
ca, hasta que Dios fué servido de llevarlo á mejor vida, el 3 de no- 
viembre de 1713. Lloráronle sus asiladas con lágrimas de verdade- 
ro dolor, aunque había dejado de ser su director espiritual des- 
de que comenzó á sufrir los ataques epilépticos. 2 

Si bien ninguno de los sucesores del P. Domingo introdujo re- 
formas fundamentales en el régimen interior del Recogimiento, 
éste se transformó insensiblemente, á través de los siglos, en co- 
legio de niñas, á quienes la mayor parte de las adultas cedieron 
su lugar. 3 

Propiamente, pues, don Agustín Pomposo escribía al Presiden- 
te de la Real Junta de Seguridad y Buen Orden, el 13 de marzo de 
1813, que acababa de llevar á su sobrina María Leona Vicario al 
Colegio de Belén y que allí quedaba á la disposición del mi.smo 
funcionario. 4 

Don Agustín Pomposo entregó así á Leona ;i las autoridades 
realistas para que la procesaran: ignoramos si lo hizo porque con- 
fiaba de una manera ciega en el feliz resultado del proceso, ó por- 
que desnaturalizadamente lo impulsaba su fanático realismo; como 
quiera que sea, tendremos que reconocer que el único móvil que 
tuvo para anticiparse á recluir personalmente á Leona en el Co- 
legio de Belén, fué evitar que la llevase á la cárcel pública la Real 
Junta de Seguridad y Buen Orden. 

El edificio del Colegio de Belén ya no tenía una sola puerta, co- 
mo antes, sino «varias,» y, por no haberse extendido la ciudad, 
continuaba aún «casi en el campo,» lindando hacia el Poniente con 
un potrero limitado por la «Sanja Cuadrada,» que no estorbaba el 
paso á nadie, ni siquiera á los muchachos, quienes con frecuencia 
saltaban sobre ella para jugar, o 

El cuarto que se destinó á Leona era el primero del patio prin- 



1 J. Gutiérrez Dávila. Vida citada. Págs. 99-101. 

2 Ibídem. Págs. 97-99 y 38b-38S. 

3 José María Marroquí. La Ciudad de México. Mé.\ico, 1900-1903. Tomo 
I, págs. 528-565. 

4 Carta citada, escrita el día susodicho 

5 Razi'm berval dada por el Pr. Matías Monteagudo al líscribauo Rol- 
dan. En causa citada, instruida contra Leona. 



345 

cipal y quedaba contigno á la portería. 1 Las matronas doña Ma- 
nuela y doña Ignacia Salvatierra 2 quedai^on encargadas de vigi- 
lar á Leona continuamente, de no permitirle que tratara con na- 
die, «ni con las colegialas,» y de acompañarla cuando saliera de su 
cuarto, «sin perderla nunca de vista.» 3 

La reclusión de Leona en el Colegio de Belén produjo mayor 
sensación que su fuga y ocupó la atención de la prensa de Es- 
paña. 4 

Doña Francisca y doña Mariana Fernández, sobre quienes re- 
cayeron sospechas de complicidad, quedaron depositadas en la ca- 
sa de don Fernando Fernández de San Salvador. 5 

En el proceso no hay indicios de que el Juez hubiese hecho al- 
go para indagar el paradero de Leona; sí consta que el Receptor 
certificó, el S de marzo, que don Agustín Betancur, correo insurgen- 
te, indultado por el Exmo. Sr. Virrey, tenía declarado, en expe- 
diente reservado, que cierta vez trajo «una carta del insurgente 
Quintana, para doña Leona Vicario, á quien se la entregó, '> y que, 
según pudo entender, no trataba de amores, sino de la mala causa, 
la de la Independencia de la Nueva España, o 

Por su parte, la Real Junta de Seguridad y Buen Orden se ha- 
bía limitado á acordar, el día 9, que se dirigiera oficio al Consulado 
de Veracruz para que, sin orden de la misma Junta, no dispusie- 
se del caudal que Leona tenía en él, 7 acuerdo que violaba abier- 
tamente la Constitución Política promulgada en Cádiz, el 19 de 
marzo de 1812, y que aun estaba vigente, porque ésta prohibía la 
pena de confiscación de bienes y no autorizaba su embargo, sino pa- 
ra el caso de que se procediera por delitos qué originasen res- 
ponsabilidíid pecuniaria, y sólo en proporción á la cantidad que ésta 
pudiera importar. 8 



1 Cartas de la Prepúsiia doña Mariana .Mendoza, escritas el '_'3 y el 'io de 
abril de l!S13. Ibídera. 

2 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada.— M. Monteaírudo. In- 
tornne de íecha L'<S de mayo de 1S13. Ibídem. 

3 Carta de don Fernando Fernández de .San Salvador, escrita el 7 de 
abril de 1813. — Carta citada de la Prepúsita doña Mariana Mendoza, de fecha 
2() del mismo mes. 

4 Telégrafo Mexicano, de 30 de junio de 1S13. (Periódico publicado en Cá 
diz.) Pág. 282. 

5 Declaración citada, de doña Francisca Fernández. 

6 Certificación susodicha. En causa citada, instruida contra Leona. 

7 Acuerdo susodicho. Ibídem. 

8 Artículos 294 y 304. 

.ANALES 44 



346 

La Real junta había obrado arbitrariamente desde que enco- 
mendó el proceso de Leona á un Juez Comisionado, violando usa 
misma Carta fundamental, que abolía toda comisión para causas ci- 
viles y criminales. 1 

Ahora bien: recibida por el Presidente de la repetida Junta la 
carta que don Agustín Pomposo le dirigió con fecha 13 de mar- 
zo, la envió, durante el día siguiente, al Juez, quien desde luego 
dispuso se agregara á sus antecedentes y se librase oficio al «prin- 
cipal Director de Belén» é Inquisidor Honorario, Dr. don Matías 
Monteagudo, á fin de que no se permitiera á Leona salir del Cole- 
gio, y se proporcionara allí una pieza al personal del Juzgado para 
llevar á cabo las diligencias judiciales correspondientes. 2 

El día 15, el Juez tomó declaración separadamente á doña Fran- 
cisca y á doña Mariana sobre los pormenores de la fuga á Huis- 
quilucan; sobre si Leona había escrito ó no tres esquelas recogi- 
das al correo Salazar; sobre si era aficionada á leer «novelas ú 
otras obras de diversión y pasatiempo;» sobre las monedas, relojes 
y envoltorio de ropa que le habían enviado los insurgentes; etc., 
etc.; ambas declarantes contestaron ampliamente á las preguntas 
que les fueron hechas, si bien nada pudieron decir acerca de las re- 
laciones de Leona con los insurgentes, porque nada tampoco les 
había manifestado Leona, ^ que era discreta aún en la intimidad 
de su hogar. 

Menos todavía ilustraron al Juez la cocinera Rita Reina, doña 
Gertrudis Ángulo, madre de las Fernández, y el ama de llaves 
María de Soto Mayor, interrogadas en los días siguientes. -^ 

Por haberlo acordado el Juez, pasó el Receptor á la casa de 
Leona, el día 16, en solicitud de los relojes y talego de ropa que ha- 
bía traído el correo Salazar, de la traducción de las «Aventuras de 
Telémaco» y de los demás papeles que allí se encontraran; pero, no 
obstante el reconocimiento é inspección escrupulosos que hizo el 
Receptor, á quien don Agustín Pomposo abrió toda la habitación 
de Leona, y dijo que estaba dispuesto á abrir también la suya pro- 
pia, no se encontraron los relojes ni el talego de ropa, y sólo se ha- 
llaron quince fojas de dicha traducción, siete de otros papeles ma- 
nuscritos y seis cuadernos de esquelas, en blanco y rayadas, se- 



1 Artículo 247. 

2 Acuerdo y oficio susodichos y contestación á este último. En causa ci- 
tada, instruida contra Leona. 

3 Declaraciones citadas, de la misma doña Francisca y doña Mariana. 

4 Declaraciones citadas, de las susodichas. 



347 

mcjantes á unas escritas que fueron quitadas al correo Salazar. El 
Receptor buscó igualmente las monedas que los insurgentes ha- 
bían enviado á Leona, y de las cuales hablaban unas esquelas re- 
cogidas en «Tenango,» pero no las halló. 1 

El Juez pasó al Colegio de Belén, el día 17, con el objeto de to- 
mar declaración á Leona, á la cual hizo comparecer «en una de 
las piezas secretas del edificio. » 2 

Hoy por hoy, no cometen el crimen de traición sino quienes 
atentan contra su patria; los que se alzan contra los gobernan- 
tes, son sencillamente reos de un delito político, que no deshonra, 
aunque sea y deba ser reprimido: algunos delitos políticos se han 
trocado en pedestales de gloria para sus autores. La sociedad nun- 
ca iguala á éstos con los delincuentes vulgares; los gobernantes 
no se inmiscuyen en sus procesos; sus jueces no sólo se abstienen 
de apremiarlos para que declaren, sino que se ajustan invariable 
mente á fórmulas tutelares de la libertad individual, fundan y mo- 
tivan extensamente sus sentencias y no pueden imponer pena algu- 
na infamante, ni de confiscación de bienes ni que trascienda á los 
deudos de los procesados. 

Entonces no sucedía lo mismo. Don Agustín Pomposo escribió 
sabiamente que el gobernante era ki cabeza de la patria y recibía 
su autoridad del mismo Dios, á quien representaba en lo temporal, 
como su lugarteniente inmediato; de modo que cualquiera que des- 
obedecía al gobernante, desobedecía á la Divinidad, y los que se 
rebelaban contra aquél, se rebelaban contra ésta. '¿ Don Agustín 
Pomposo se fundaba en las siguientes palabras del Apóstol San 
Pablo, aunque no las citó: «Que toda persona sea sometida á las 
autoridades superiores. Porque no hay autoridad que no emane 
de Dios (Non cst eniín potestas, nisi á Deo), y las que existen, 
están constituidas por Dios. Así, quien resiste á la autoridad, re- 
siste íl la ordenanza de Dios, y los rebeldes atraerán sobre sí mis- 
mos la condenación.» ^ Nadie podía negar, pues, que la persona 
que combatía al Soberano, erraba «contra Dios, é contra su señor 
natural é contra todos los ornes,» perpetrando la primera y la ma- 
yor y la que «más cruelmente» debía ser escarmentada, de todas las 



1 Certificación expedida por el Escribano Julián Roldan, el 16 de mayo 
de 1813. En causa citada, instruida contra Leona. 

2 Relación que precede á la declaración citada, de Leona. 

3 Supra, págs. 322-323. 

4 Epístola Pavli Aposluli ad Romanos. Caput XIII, A. En Biblia citada. 
Pág. 4%. 



348 

traiciones; i por lo que, comúnmente los eclesiásticos y los segla- 
res veían en los insurgentes, á herejes sacrilegos nefandos y fe- 
roces criminales, indignos de toda conmiseración, aún de parte de 
sus propios cón^aiges é hijos. 

Agimos ya que la Iglesia declaraba excomulgado delante del Es- 
píritu Santo á cualquiera que intentase despojar de sus reinos á 
los soberanos; - pena g'ravísima, porque privaba «de la participa- 
ción de los sanctos sacramentos y de la comunicación de los demás 
fieles.» 3 El poder civil cuidaba, á su vez, de reprimir con la mayor 
dureza semejante delito, y á este fin sus leyes disponían que cual- 
quier hombre que hiciese traición, debía morir por ello, y todos 
sus bienes debían ser de la Cámara del Rey, y todos sus hijos de- 
bían quedar «enf amados para siempre, de manera que nunca pue- 
dan auer honra de caualleria, nin de dignidad ni oficio, ni puedan 
heredar á pariente que aya(n), nin á otro estraño que los estable- 
ciese por herederos, nin puedan auer las mandas que les fueren fe- 
chas. »-l Creyó el Virrey Venegas que era insuficiente aún tamaño 
rigor para reprimir aquí á los insurgentes, y ordenó, en bando ex- 
pedido el 25 de junio de 1812, que todos los cabecillas fuesen pasa- 
dos por las armas, y diezmados los subalternos, «sin darles más 
tiempo que el preciso para que se dispongan á morir cristiana- 
mente.» 5 

De hecho, no imperaba en aquellos tiempos sino la voluntad de 
las autoridades gubernativas ó militares; la frase «hoy no valen 
leyes» corría, con razón, como dicho vulgar. 6 Asi, por ejemplo, 
don Agustín de Iturbide, Comandante General de la Provincia de 
Guanajuato, dictó, entre otras disposiciones que desde luego rig'ie- 



1 Alonso el Nono. Las Siete Partidas, nuevamente glosadas por el Licen- 
ciado Gregorio López. Valladolid. 1587-1588. (Setena Partida, tít. 11, ley I.) To- 
mo VII, fol. 15 íte. y vto.— Novísima Recopilación citada. (Lib. XII, tít. VI, ley 
I.) Tomo V, pág. 322. 

2 Supra, pág. 322. 

3 Francisco de la Pradilla Barnuevo. Tratado y Svmma de todas las le- 
yes penales, canónicas, ciuiles: y destos Reynos: Sevilla. 1613. Fol. .58 vto. 
(por errata, 85). 

4 Alonso el Nono. Las Siete Partidas citadas. (Setena Partida, tít. II, le}- 
II.) Tomo VU, fols. 16 fte. y vto. y 17 fte.— Novísima Recopilación citada. (Lib. 
XII, tít. VI, ley II.) Tomo V, pág. 323. 

5 Bando susodicho. En Gaceta del Gobierno de México, de 30 de junio de 
1812. Págs. 685-687. 

6 Copia del Memorial dirigido al Virrey susodicho por Francisca Uribe 
y socias. Guanajuato, 8 de noviembre de 1816. M. S. en mi poder. 



349 

ron, una que, bajo penas- inexorables, obligaba á las mujeres é hi- 
jas de los insurgentes á unirse con éstos dentro de un plazo breví- 
simo, abandonando sus hogares y bienes, t y él mismo, sin tomar 
declaraciones ni oír pedimentos fiscales, ni hacer tampoco el me- 
nor simulaci'o de juicio, arrancó en masa á muchas de ellas, de sus 
pueblos; las hizo caminar á pie, con sus pequeños hijos á cuestas, 
más de treinta leguas; no les dio de comer en todo el viaje, sino 
«solas dos ocasiones,» y las mantuvo encerradas, durante varios 
años, dentro de una cárcel insalubre y fétida, faltas de los alimen- 
tos, de la ropa y del lecho necesarios, á pesar de que enfermaron ca- 
si en su totalidad, y las que no murieron, quedaron «cadavéricas.» 2 
Sucedía que los insurgentes, al ser procesados, casi nunca po- 
dían salvarse negando que se hubieran alzado contra el Monarca, 
porque se les obligaba indefectiblemente á que declararan bajo ju- 
ramento, vínculo que no era entonces débil ó nulo, como lo es en 
nuestros días de indiferentismo religioso; Cicerón lo llamó el lazo 
más fuerte con que se encadenaba la fe; 3 y en efecto, quien juraba 
falsamente, cometía un doble pecado, porque profanaba el nombre 
de Dios y engañaba á los hombres; á causa de esto decía San 
Agustín: '^gravissimiim peccatum est falswn jurar c,^> 4 y San Vi- 
cente Ferrer: «inaji/s peccafiiiit c/uain Jioiiücith'niii: >^^ para evitar- 
lo, San Juan Crisóstomo llegaba hasta prohibir todo juramento, 
con estas palabras: «-Ñeque in re justa, ñeque injusia jurare li- 
cet;» 6 pero sin duda se excedía, porque Jesucristo solamente ha- 
bía prohibido el juramento falso hecho por su nombre: «Non per- 
iurahis in nomine meo» son sus palabras. 7 En consecuencia, fun- 
dadamente declaró Su Majestad el Rey D. FeHpe IV: «entre los 
pecados y delitos que más ofenden á Dios Nuestro Señor, es jurar 
su santo nombre en vano y con mentira; y no sólo castiga Dios es- 
te pecado en la otra vida, sino también en ésta, llenándose, los que 
de esta manera le ofenden, de muchos trabajos y pecados.» « Se- 



1 Disposición susodicha. M. S. en mi poder. 

2 Diversas representaciones elevadas al Virrey de la Nueva España por 
algunas de las mujeres susodichas que sobrevivieron. M. SS. En el Archivo 
General y Público de la Nación. 

3 Ojficiorum libri 111. Veiietiis. 1470. Lib. 111, § XXXl. 

4 En Aurifodina citada. Tomo II, pág. 391. 

5 Ibídem. Tomo II, pág. 355. 

6 Ibídem. Tomo II, pág. 392. 

7 Líber Lcviticus. Capnt. XIX. En liiblia citada. Pág. 47. 

8 Novísima Recopilación citada. (Lib. XII, tít. V, ley VIII.) Tomo V, 
pág. 319. 



350 

guramente las penas de la otra vida no eran las que menos influían 
sobre el ánimo de los insurgentes procesados; uno de éstos, verbi- 
gracia, que había permanecido negativo largo tiempo, se determi- 
no al fin á confesar la verdad, «íí fuerza del juramento» que había 
prestado y en descargo de su conciencia y no por temor á las pri- 
siones. I 

Por último, los insurgentes no podían esperar imparcialidad al- 
guna de los jueces, porque éstos eran dóciles instrumentos del \'i- 
rrey, ó de los comandantes y jefes militares que los nombraban, 
no precisamente para que juzgaran á los rebeldes, sino para que á 
la mayor brevedad posible acumularan cargos en contra de ellos, 
que sirvieran de pretexto á las condenaciones terribles que el pro- 
pio Virrey y los mismos comandantes pronunciaban, sin preocu- 
parse de fundarlas ni de motivarlas, en una sola línea, que por lo 
común decía: Como parece al Asesor, ó al Auditor. No se nece- 
sitaba más para que los procesados fueran arrastrados y ahorca- 
dos, ó fusilados por las espaldas, en señal de afrenta é ignominia, 
y mutilados luego á fin de fijar sus cabezas en escarpias ó jaulas de 
hierro, y exhibir sus miembros por diversos lugares, y quemarlos 
después, y esparcir sus cenizas, y derribar sus casas, y sembrar- 
las de sal, y confiscar sus bienes y dejar á sus hijos infamados é 
incapaces de toda honra. ^ 

Ahora bien: la abominación general que atraían sobre sí los 
que se rebelaban contra el Monarca; el hábito secular de sumisión 
absoluta hacia las autoridades que representaban á éste; los pro- 
cedimientos arbitrarios de los juicios de infidencia; la coacción in- 
eludible del juramento, y las consideraciones abrumadoras de que 
presto iban á morir, y de que sus bienes serían confiscados 3' de 

1 Causa instruida contra los individuos responsables de haber ideado y 
preparado un levantamiento popular en Oaxaca, contra el Gobierno español. 
1811. M. S. En el Archivo General y Público de la Nación. 

2 Nos limitaremos á citar las sentencias pronunciadas contra don Miguel 
Hidalgo y Costilla {en J. E. Hernández y Dávalos, Colección de Documentos 
para la Historia de la Guerra de Independencia de México de 1808 á 1821. Mé- 
xico, 1877-1882, tomo I, pág. 46); contra don Ignacio de Allende (M. S. en el 
Archivo General y Público de la Nación); contra don José Antonio Torres 
(en J. E. Hernández y Dávalos, Colección citada, tomo V, pág. 169), y contra 
don J. Manuel de Luévano (M. S. en dicho Archivo). Además, recordaremos 
que el cadáver de don José María Morelos no fué mutilado, sencillamente 
porque se opuso el Clero de México con la mira de mantener la dignidad sa- 
cerdotal, y no porque el Auditor de Guerra dejase de pedirlo. (Véase el pe- 
dimento y la sentencia correspondientes en J. E. Hernández y Dávalos, Co- 
lección citada, tomo VI, págs. 45-46.) 



351 

que sus deudos quedarían en la miseria y, lo que es peor, en la des- 
honra perpetua; todo esto y mucho más seguramente que nuestra 
propia ambliopía no acierta á descubrir en hombres que sentían y 
pensaban de muy diverso modo que nosotros, fueron causa de que 
los insurgentes indistintamente, inclusive sus principales caudillos, 
perdieran ante sus jueces la épica entereza que habían mostrado, 
incontables ocasiones, sobre los campos de batalla. 

Donjuán de Aldama, que no vaciló un momento en llevar aviso 
personalmente á Hidalgo de que la conspiración estaba descubier- 
ta, ni tampoco en acompañarlo para pelear á su lado por la Indepen- 
dencia de la Nueva España, i manifestó á sujuez que si había segui- 
do á Hidalgo y Allende, cuando se rebelaron contra el Gobierno es- 
pañol, fué sólo «de miedo de que no lo mataran» si no lo hacía, 
porque ambos le ordenaron que los siguiera; que uno y otro eran 
la causa de -la perdición de muchos hombres de bien, y del Reyno;» 
que él (Aldama) en realidad no había hecho otro papel en el ejérci- 
to, que el de «una maquina que iba y venia unido (sic) á él por mie- 
do del Gobierno,» y, finalmente, que pedía y suplicaba se le otor- 
gase la gracia de indulto. 2 

Allende, «el primer movedor de la revolución,» como lo llama- 
ba el Asesor don Rafael Bracho. 3 declaró que el objeto que per- 
seguía con la revolución, era «conservar esta x\mérica al Sor. Don 
Fernando 7.°,» y que si quiso envenenar á Hidalgo, se debió pun- 
tualmente á que éste procuraba la Independencia del Reino en 
contra de dicho Monarca; que el único responsable de los asesina- 
tos, ocupaciones de caudales y demás numerosos delitos perpe- 
trados por el ejército insurgente, era Hidalgo, quien <>desde los pri- 
meros pasos se apoderó de todo el mando, tanto Político co- 
mo Militar, y ha sido la causa de los males que se han visto;» que 
el declarante obró como una máquina (quizá había cambiado ideas 
con Aldama acerca del particular), y que si no podía negar que 
varios documentos, donde lisa y llanamente se hablaba de la Inde- 
pendencia, estaban firmados de su mano, tenía que advertir, aun- 
que le fuera vergonzoso, que los había subscrito sin leerlos, á causa 
de que Hidalgo y «especialmente Rayón, abusaron de su buena fe;» 

1 Contestación 3.'' de la declaración rendida por Hidalgo en la cau.sa qtie 
se le instruj'ó. En J. E. Hernández v Dávalos. Colección citada. Tomo I, 
pág. 9. 

2 Declaración del mismo Aldama, rendida en la causa que se le instruyó. 
Ibídem. Págs. 66-72. 

3 Dictamen que presentó éste en la causa instruida contra Hidalgo. Ibí- 
dem. Pág. ál. 



352 

ofreció, en fin, convencer <1 los insurgentes de que la Independen- 
cia era injusta, y añadió que si acaso no se tenía confianza en él, 
«y la piedad del Sr. Comandante General (don Nemesio Salcedo), 
en consideración á su buen intención, le conservase la vida, pi- 
de encarecidam.te que para recobrar su honor, se le destine á uno de 
los ejércitos de España, pues aunque tiene cuarenta años de edad, 
recaen sobre una máquina robusta para cualquiera fatiga militar 
y con todos los conocimientos necesarios en el campo para mane- 
jarse á caballo al tanto que el que mejor, y con este justo deseo se 
siente capaz de inmortalizarse, en consideración á ocuparse en co- 
sas de provecho; y para no ser g-ravoso al Estado [si se le permite 
escribir] cree hallar en la piedad de algunos amigos, el costo del 
trasporte á la España, ó á la parte que la bondad del Sr. General 
lo destinase.»! 

Morelos, cuj'o genio y valor militar por ningún otro insurgente 
fueron igualados, y quizá por nadie en el mundo superados, no 
adujo ciertamente la vulgar disculpa de que había combatido por 
conservar el Reino á Fernando VII, sino que antes bien confesó 
que nunca quiso obedecer las órdenes de éste, y que la revolución 
tenía por único fin la Independencia; sin embargo, no pudo dejar 
de revelar las miras y proyectos del Congreso Nacional, los nom- 
bres y designios de algunos de sus compañeros de armas, los lu- 
gares donde acampaban las tropas insurgentes, el número de sol- 
dados de que se componían, el estado de su armamento y sus re- 
cursos pecuniarios; aquel invicto guerrero llegó hasta aconsejar á 
las autoridades realistas un plan de campaña, admirable, como su- 
yo, para dominar á los insurgentes fácilmente, y hasta ofrecer «es- 
cribir en general y en particular á los rebeldes, retrayéndoles de 
su errado sistema.» 2 

Hidalgo, que dio vida á la Independencia con abnegación sobre- 
humana, porque sabía bien que no gozaría del fruto de ella 3 y por- 
que sólo buscaba «la felicidad verdadera de sus paisanos,» también 
sintió que su ánimo desfallecía ante su Juez, y abjuró de la Inde- 



1 Declaración del mismo Allende. En causa que se le instruyó. Chihua- 
hua. 1811. M. S. En el Archivo General y Público de la Nación. 

2 Declaraciones del mismo Morelos, rendidas ante el Juez Comisionado 
Coronel don Manuel de la Concha y ante el Tribunal de las Jurisdicciones 
Unidas, y sentencia pronunciada en su contra por el Virrey Calleja. México, 
1815. En J. E. Hernández y Dávalos. Colección citada. Tomo VI, págs. 16-37 
y 42-46. 

3 Contestación 3.-' de su propia declaración, rendida en la causa que se le 
instruyó. Ibídem. Tomo. I, pág. 9. 



353 

pendencia y la tachó de impolítica y acarreadora de males incal- 
culables «á la reli.i>ión, ;i l;i.s costumbres y al Estado en general;» 
rogó á los pueblos de la Nueva España se apartaran de la insu- 
rrección, y descubrió los nombres de algunos eclesiásticos que ha- 
bían predicado en favor de ella; no obstante, se abstuvo de dar 
consejos á las autoridades realistas, aunque se los pidieron, para 
pacificar e! Reino; no negó que había estado persuadido de la utili- 
dad y ventajas de la Independencia, ni tampoco que había procu- 
rado probar públicamente la conveniencia de que el americano se 
gobernase por americano, «así como el alemán por el alemán,» y 
tratado «de poner en independencia este reino,» con «el derecho 
que tiene todo Ciudadano, cuando cree la patria en riesgo,» y con- 
fesó que había sido «el motor de la insurrección,» sin desconocer 
que la idea de ésta correspondía á Allende, i 

Leona, á pesar de su sexo, de su educación, de sus tíos y 
de sus riquezas, supo conservar todo su extraordinario car;ícter, 
al comparecer ante su Juez, el día 17 de marzo. Primeramente, el 
Juez le dijo que levantase la mano derecha y pusiera la señal de la 
cruz; estando así, le preguntó si juraba por Dios Nuestro Señor y 
por esa señal, decir verdad en lo que supiere y fuere preguntada; 
Leona contestó que sí, y entonces el Juez le indicó que su juramen- 
to sólo la oblignba respecto «ú hechos de otros, y de ninguna suerte 
en orden á los propios.» ^ Es indudable que también para el Juez 
Berazueta las leyes nada valían, porque la Constitución Política pro- 
hibía tomar á los procesados declaración bajo juramento; 3 pero 
justo es decir que no sólo el señor Berazueta, sino todos los Jueces 
de la Nueva España violaban la Constitución de 1812 con inaltera- 
ble uniformidad en este punto. 

A las primeras preguntas del Juez, Leona dijo sus generales, y 
que se había separado de la casa de su tío y curador don Agustín 
Pomposo, el domingo de Carnestolendas, porque una mujer le ma- 
nifestó que la querían prender. 

Preguntada quién fué esa mujer, dijo «que no la conoce, ni sabe 
cómo se llama, ni puede dar más señas que unas muy vagas so- 
bre su estatura; por donde no se podría venir en conocimiento de 
quién sea.» El Juez prescindi(') de conocer tales señas, y se limitó á 
extrañar que Leona hubiese dado crédito á una desconocida. 

1 Contestaciones L\ 3,^ lO.'S 30.", 32.=', 42.-' y 43." de la declaración que el 
mismo Hidalgo rindió en la causa que le fué instruida. Ibídem. Tomo I, págs. 
7, 9, 12, 18 y 20. 

2 Declaración citada, de la misma Leona. 

3 Artículo 291. 

Anales 45 



354 

Preguntó después á Leona si había escrito «algunas cartas á al- 
gunos insurgentes,» y Leona respondi(') que á su primo «Manueli- 
to,» hijo de don Agustín Pomposo, había contestado «dos ó tres 
cartas,» que se reducían á tratar de cosas indiferentes, ó sean sa- 
ludos y amistades, y que aunque pudo haber escrito al Lie. Quin- 
tana, no lo había hecho nunca, ni tampoco recibido cartas de él, 
ni de ningún otro insurgente, «más que de su primo.» Muy proba- 
blemente Leona dudaba de que hubiesen caído en poder de las 
autoridades realistas las cartas que había entregado al correo Sa- 
lazar y de que corrieran agregadas á la causa; pero cuando el 
Juez las puso bajo sus ojos, no pudo menos que reconocerlas como 
escritas de su puño y letra. 

Entre ellas corría una firmada con el seudónimo de Enrique- 
ta, el mismo que Leona había usado en su correspondencia con do- 
ña Gertrudis del Castillo, i carta que ofrecía seguramente bastan- 
te interés para el proceso, porque el Juez hizo luego varias pre- 
guntas con referencia á ella. 

Preguntó primeramente á qué persona iba dirigida; Leona con- 
testó que no podía decirlo, por no comprometer á los sujetos de 
quienes trataba. 

A renglón seguido, preguntó el Juez quién era Lavoisier, y Leo- 
na repitió tranquilamente que no podía decirlo, por no comprome- 
terlo. 

Aunque tal contestación y la anteriormente dada indicaban que 
Leona no estaba dispuesta en manera alguna á entregar á sus 
compatriotas que procuraban la Independencia, como ahora el Juez 
se preocupaba principalmente por descubrirlos, le preguntó toda- 
vía quién era el papá muy disgustado á causa de que su hijo se 
había pasado con los insurgentes; Leona no pudo sufrir tanta in- 
sistencia y, para ponerle fin, contestó con resolución sublimemente 
heroica que no había de decir el nombre de éste, ni de ninguno 
otro, aunque la llevasen hasta el último suplicio. 

Y en efecto, á las repetidas preguntas que el Juez continuó ha- 
ciéndole para saber quiénes eran Telémaco, Nemoroso, el Padre 
Santa María, don Francisco Peredo, el Barón de Leisenten, Delin- 
dor, Bastida, el Hermano de la Monja, el sujeto que fué á la Tlax- 
pana, doña Bárbara Guadalupe, doña Jacoba. la Ahijada y la Co 
madre, de que trataban las cartas susodichas, Leona contestó in- 
variablemente que no podía decirlo, que reproducía su anterior 
respuesta. 

1 Carta citada, escrita por la propia Leona, el lu de diciembre de iyi2. 



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355 

Mucho sorprendió al Juez que Leona no tuviera inconveniente 
para declarar en cambio que Robinsón era «su primo Manuelito 
Fernández;» Mayo, «el Licenciado Quintana;» don Ramón y don Jo- 
sé María, «dos de los Rayones,» y don Miguel, uno que se había 
ido con Telémaco, y cuyo apellido ignoraba ella, por lo cual no po- 
día decirlo. El Juez vio en esto una inconsecuencia flasrante de Leo- 
na, é inmediatamente le preguntó que á qué se debía que se mani- 
festara dispuesta á descubrir á don Mig-uel, y no lo verificase sólo 
porque ignoraba su apellido, mientras que obstinadamente se em- 
peñaba en ocultar á los demás sujetos, á pesar de las reiteradas 
instancias que se le hacían; para confundir más á Leona, el Juez le 
manifest(') que estaba obligada «así en conciencia, como en lo políti- 
co y civil,» á decir verdad en lo concerniente á los otros, tanto m;ís 
cuanto que lo había ofrecido bajo juramento; Leona no perdió, sin 
embargo, su estoica entereza, y contestó sencillamente que por en- 
contrarse don Miguel entre los insurgentes, ningún perjuicio le cau- 
saba ella con decir su nombre, lo que no sucedía respecto á los de- 
más, y que por esto insistía en guardarles secreto, que era, «en su 
concepto, la principal obligac."" preferente á todas las otras.» A pe- 
sar de su acendrada religiosidad, Leona alentó siempre un espíritu 
sobremanera avanzado. 

No con mejor éxito el Juez interrogó á Leona acerca de lacla- 
ve de unas cifras encontradas entre sus papeles; de los correos que 
había ocupado; de los autores de tres cartas dirigidas á ella y de 
una marcha insurgente que envió á su primo don Manuel Fernán- 
dez; de las personas á quienes entregó el talego de ropa y los relojes 
que le trajo el correo Salazar; del paradero de las cartas que le ha- 
bían escrito los insurg^entes, etc., etc. 

Respecto de las monedas acuiíadas en el Sur, que Leona había 
recibido, dijo que las dio al Lie. don Carlos María de Bustamante, 
quien, como otros sujetos, se había unido ya á los insurgentes, y, 
por lo mismo, nada tenía que temer de las autoridades reahstas; 1 
pero don Carlos negó después haber recibido tales monedas. 2 

Preciso es convenir en que Leona ocultó constantemente la ver- 
dad á su Juez, no porque le preocupara su propia salvación, sino 
tan sólo para no comprometer á los demás, puesto que ningún em- 
barazo tuvo para confesar que había servido de diversos modos á 
los insurgentes. 

Por último, al declarar cómo regresó desde Huisquilucan á la 

1 Declaración citada, de la misin.i Leona. 

2 En Martirologio citado. Pái>-. 16. 



356 

Capital, manifestó francamente que «quizo excusar recibir la gra- 
cia del Indulto, que su propio tío (don yVgustín Pomposo) le había 
ofrecido, p/que no lo concideró necesario, y :l más, que se le ase- 
guró de que había de venir á su Casa, sin que se la molestase en 
cosa alguna.» i 

El día 20 de marzo, el Juez declaró, en vista de las diligencias 
evacuadas, que Leona quedaba encargada por formal presa á dis- 
posición del Exmo. señor Virrey, en el Colegio de Belén, sin permi- 
tirle ninguna comunicación con gentes de fuera, y tampoco del in- 
terior, excepción hecha de «la muy precisa con la Prepósita 3' con 
las dos asistentas» que la vigilaban. 2 Desde el siglo X\''I, el Conse- 
jo de Madrid, y, en 1804, Su Majestad el Rey D. Carlos IV, habían 
ordenado que los presos fueran llevados á las cárceles públicas y no 
puestos en cárcel particular; 3 lo que nos hace suponer que el Juez, 
al dejar á Leona en el Colegio de Belén, si no olvidaba ó ignoraba 
tales órdenes, cedía á ruegos hechos por don Agustín Pomposo y 
don Fernando. 

Durante los días 26 á 30 de marzo, el Juez tomó nuevas decla- 
raciones á doña Francisca, á doña Mariana y ;í una persona cuyo 
nombre se guardó en secreto, que había recibido una carta del pue- 
blo de Tlalnepantla, relativa á la fuga de Leona y á su permanen- 
cia en Huisquilucan. 

El día 6 de abril, el Receptor previno á Leona nombrara Cura- 
dor que la defendiese, por lo cual Leona designó al Lie. López Sa- 
lazar, y, para el caso de que éste se excusara, al Lie. Pérez Maldo- 
nado. El día siguiente, el Juez sobreseyó respecto de doña Gertru- 
dis Ángulo, de sus dos hijas, de María de Soto Mayor 3^ de Rita 
Reina. El día 8, Leona nombró como único Curador al Procurador 
de número de la Real Audiencia, don Antonio Maldonado, quien 
no aceptó sino hasta el día 22, prometiendo, bajo juramento, usar 
bien 3^ fielmente del cargo susodicho, hacer cuantas agencias 3^ di- 
ligencias fueran conducentes á la defensa de su menor doña María 
Leona Vicario, 3', cuando su propia inteligencia no bastare, tomar 
«consejo de letrado de ciencia y conciencia.» -^ 

El mismo día 22 de abril, el Juez se trasladó al Colegio de Be- 
lén para tomar á Leona su confesión y hacerle cargos. 



1 Declaración citada, de la propia Leona. 

2 Auto de aquella fecha. En causa citada, instruida contra Leona. 

3 Novísima Recopilación citada. ;Lib. XII, tít. XXXIX, ley XIV.) Tomo 
V, pág. 457. 

4 Diligencias relativas. En causa citada, instruida contra Leona. 



357 

Ya don Agustín Pomposo y otras personas habían procurado 
convencer á Leona de que debía revelar los nombres de los insur- 
gentes de que hablaba en sus cartas, y el Juez en lo particular le 
había indicado que no tenía sino este medio de salvarse, pues sólo 
que manifestara arrepentimiento y perseverara en él, la justicíale 
sería benigna y se limitaría á mantenerla encerrada durante «el 
resto de su vida.»l El Pensador Mexicano asegura que el Juez lle- 
gó hasta tratar de aterrorizar á Leona para obligarla á que dela- 
tase á sus cómplices. 2 Empero, nada bastó á vencer la indomable 
resolución de Leona. 

Si el Juez, al llamarla por segunda vez ante sí, aquel día, alen- 
taba aún esperanzas de que al fin le arrancaría los nombres que 
ella guardaba en lo más recóndito de su alma, tuvo que desenga- 
ñarse muy pronto, porque lo primero que hizo Leona, inmediata- 
mente que de nuevo dio sus generales y prometió, bajo juramento, 
decir verdad, fué manifestar que se afirmaba y ratificaba en la de- 
claración que había rendido el día 17 de marzo. 

Procedió luego el Juez ú. hacerle cargos por casi todos los he- 
chos que constaban en la causa, sin cuidar de leer ninguno de los 
documentos y declaraciones que encerraba la misma, no obstan- 
te que la Constitución Política mandaba que fuesen todos leídos 
íntegramente. 3 

El Juez reconvino á Leona de que, además de mantener corres- 
pondencia con los traidores insurgentes, había manifestado cuida- 
do por ellos y enviádoles memorias; Leona contestó que «era na- 
tural el cuidado de unas personas á quienes había estimado antes 
de irse, y no porque lo habían hecho, había de mudar de afectos, 
no siendo por consiguiente prueba de adección (sic por adhesión) 
á los rebeldes el enviarles memorias y tener este cuidado, prescin- 
diendo del partido que hubiesen abrazado.» 

Vuelta á reconvenir de que no insistiera en negar esa adhesión, 
puesto que estaba demostrado que elki había influido para que Te- 
lémaco saliera de la Capital á unirse con los insurgentes, y, lo que 
era peor, para que no los abandonara, toda vez que le prevenía en 
una esquela que no aflojase, y trataba de enviarle pistolas, come- 
tiendo con esto «el horrible crimen de traición al Rey, á la Patria y 
á la Religión Santa;» Leona contestó con cierto enfado, respecto de 



1 A. P. Fernández de S;in Salvador. Alégalo en defensa de Leona, ya ci- 
tado. 

2 Calendario citado. 

3 Artículo 301. 



358 

lo primero, que ningún participio había tenido en la ida de Teléma- 
co, y que eran excusadas las reflexiones de Su Señoría el Juez en 
este punto, pues ella no había de salir de lo que dejaba expuesto; 
respondiendo á lo segundo, dijo con exquisita ironía que no le pare- 
ció que un par de pistolas «podía servir de perjuicio» á los realistas, 
«ni de beneficio ó fomento á los rebeldes,» y por eso se allanó á 
enviarlas á Telémaco. 

Reconvenida de que había dado pábulo á la revolución cuando 
llamó «felices» á sus secuaces, cuando calificó de «servicios á la 
patria» los delitos que cometían los correos y cuando recomendó 
á éstos con los jefes rebeldes; contestó que empleó el término feli- 
ces sólo para acomodarse al lenguaje que los insurgentes usaban, 
y que, «como para ellos no era ni podía ser un delito el traer y lle- 
var sus correspondencias,» por eso les recomendó á los correos 
Nada respondió acerca de la frase «servicios á la patria.» 

Héchüle cargo de que, lejos de despreciar á su primo don Ma- 
nuel, reo de traición, ó persuadirlo al menos á que se indultase, le 
escribía constantemente; contestó que no quiso aconsejarle que se 
acogiera al indulto, por no exponerlo á que los insurgentes «lo pasa- 
ran por las armas,» y que le escribió efectivamente varias veces, 
pero «por mero cariño» 5" no porque fuese adicta á la revolución. 

Héchole nuevamente cargo de que enviaba á su primo un pa- 
pel en verso que atribuía al Gobierno español «los más detesta- 
bles procederes;» contestó que á causa de que lo había leído pre- 
cipitadamente, no advirtió su malicia, y por esto «se lo incluyó á 
su primo, para que se divirtiera con los versos, á que es aficiona- 
do, y también por hacerle un poco de burla.» 

«Preguntada quien es el autor de ese papel, dixo: que no puede 
descubrirlo, por no buscarle un perjuicio.» 

Héchole cargo de que la circunstancia de que no haya querido 
descubrir á tan perverso y delincuente autor, desde su primera de- 
claración, prueba que advertía la malicia del papel; contestó que, á 
pesar de haberlo leído con precipitación, no dejó de darse cuenta 
de que favorecía á los insurgentes, y que puntualmente por esto 
cree que debe callar el nombre del autor, para no originarle un 
perjuicio; que, por otra parte, ella no lo tenía por tan malo y cri- 
minal como lo pintaba el señor Juez. 

Apercibida y exhortada para que cumpla con la promesa que 
hizo bajo juramento de decir verdad, y descubra al repetido autor 
y á todos los demás individuos que ocultó en su primera declara- 
ción; dijo que, como está persuadida de que ningún daño son ca- 
paces de hacer á la sociedad, insiste en callar sus nombres. 



359 

Un tanto irritado el Juez, advirtió á Leona que no le correspon- 
día calificar si tales individuos podían ó no perjudicar á la socie- 
dad, y, poco respetuoso, como otras veces, de la Constitución Po- 
lítica, que prohibía en absoluto los apremios, amonestó severamen- 
te á Leona para que no callase cosa alguna de cuantas se versa- 
ban en la causa, bajo el concepto de que si insistía en ocultarlas, 
se tomarían en su contra las providencias á que hubiere lugar; 
Leona despreció esta amenaza, y dijo de nuevo con resolución su- 
blimemente heroica, que no se creía obligada á descubrir á dichos 
individuos, «háganle lo que le hicieren.» 

Sin duda se persuadió el Juez de que Leona nunca sería delato- 
ra, pues no insistió ya sobre aquel punto, y pasó á preguntarle si 
eran de su puño y letra varios manuscritos que corrían agregados 
á la causa; sin vacilación alguna, Leona contestó que sí. 

La diligencia se había prolongado durante largas horas, y mu}^ 
probablemente las múltiples preguntas, objeciones, 'reconvencio- 
nes, apercibimientos, exhortaciones, amonestaciones y amenazas 
del Juez, fueron el motivo de que al fin Leona se sintiera enferma; 
lo cual obligó al Juez á suspender la diligencia, á las siete y cuar- 
to de la noche, no obstante que aun le quedaban muchos cargos 
por hacer, i 

En la actitud de Leona ante su Juez, lo que más sorprende es 
el completo olvido de su propia suerte, para ocuparse únicamente 
de salvar á los demás. Tal actitud fué, pues, positivamente heroica. 

Nos recuerda la que guardó ante el Tribunal de Rouen Juana de 
Arco, la doncella de religiosidad inconmovible, de inspiración divina 
y de alma pura y santa; la incomparable g-uerrera que combatió por 
su patria, repetidas veces, con valentía indómita, ocupando siempre 
los lugares de mayor peligro y aventajando aún á los soldados más 
temerarios. Ella también contestó á sus jueces que, antes que decir 
todo lo que sabía, optaba porque le hiciesen cortar la cabeza. '^ No 
obstante, Juana de Arco abrigaba, con un candor infinito que na- 
cía de su ignorancia é inocencia imponderables, la más completa 
seguridad de que los ángeles y los santos bajarían del cielo para 
sacarla de su prisión, y no creía, naturalmente, que sus carceleros 
pudieran -impedirlo; sus Voces, que eran las de Nuestro Señor y 
del Arcángel San Miguel y de Santa Catarina y de Santa Marga- 



1 Véase la diligencia susodicha y la razón que el Escribano Roldan asen- 
tó el 23 de abril. En causa citada, instruida contra Leona. 

2 Jules Quicheral. Proces de condamnation et de réhabililation de Jeanne 
d'Arc, dite la Pucelle. París. 1841-1849. Tomo I, pág. 93. 



360 

rita, á quienes hablaba y oía en sus frecuentes accesos de místico 
histerismo, acababan de decirle que nada tenía que temer, y que, 
por tanto, se portara intrc^pidamente, y ella nada temía, y se con- 
ducía con valor, porque, en su candida fe, no podía dudar de los se- 
res divinos ni desobedecerlos tampoco. 1 Mas cuando la realidad le 
demostr(5 despiadadamente que aquellas voces sólo salían de su pro- 
pia alma, nada ocult(5 á sus Jueces, y, con tiernísimas muestras de 
sincera é irrevocable contrición, abjuró plenamente de la gloriosa 
causa que había acaudillado.'-^ 

Leona era una perfecta creyente; pero no alentaba candor, por- 
que lo hacía imposible su vasta ilustración, ni adolecía de histeris- 
mo, porque gozaba de excelente salud; no podía esperar, pues, que 
los ángeles y los santos vinieran á sacarla del Colegio de Belén, ni 
menos oír confortantes voces divinas en sus tribulaciones. Así que, 
tuvo que afrontar la adversidad, tal cual efectivamente era. Por 
esto vemos mayor heroísmo en su actitud que en la de Juana de 
Arco. 



1 Ibídem. Tomo I, págs. 88. 94, 151 y 155. 

2 Ibídein. Tomo I, págs. 481-185; II, púgs. 18, 308 y 320, y lU, págs. 114, 158, 
187 V 197. 




CAPITULO XI. 



Su EVASIÓN Y VIDA ENTRE LOS INSURGENTES. 



Desde principios de abril de 1813, la Prepósita del Colegio de 
Belén había hecho saber al Juez que el Establecimiento no presta- 
ba seguridad alguna para la prisión de Leona, y el Dr. Monteagudo 
lo confirmó diciendo que por la calzada contigua al mismo edificio 
transitaban continuamente los insurgentes de Zitácuaro, y que, si 
Leona quisiera evadirse, podría hacerlo fácilmente con sólo ame 
nazar á las colegialas, principalmente de noche, en que, al menor 
ruido, cada una se encerraba en su aposento y no volvía á salir de 
él, hubiese lo que hubiera. 1 En virtud de tal aviso, el Juez acordó, el 
3 del mismo abril, se dijera á don Fernando que á la mayor bre- 
vedad debía proporcionar otra reclusión para Leona, pues, de lo 
contrario, sería traída á la cárcel pública. - Cuatro días después. 



1 Razón asentada por el Escribano Roldan. En causa citada, instruida 
contra Leona. 

2 Acuerdo susodiclio. Ibídem. 

Anales 46 



362 

don Fernando contestó que la misma Prepósita abonaba la conduc- 
ta observada por Leona en el Colegio de Belén hasta entonces, 
lo cual no se compadecía con el temor de una evasión, menos aún 
cuando tantas mujeres había allí, y Leona estaba vigilada por dos 
matronas que ni un instante la perdían de vista; agregó don Fer- 
nando que existía el antecedente de que el Ilustrísimo señor Arzo- 
bispo don Francisco Javier de Lizana y Beaumont tuvo en aquel 
Colegio, «algunos años, á una Monja forzada y desesperada, que 
detestaba de su estado como del Ynfierno. y, sin embargo, nunca 
pudo disfrutar esa facilidad (de evasión), de q.e era regular se apro- 
vechara, con preferencia, cuando se trastornaba por sus penas y 
quería darse la muerte.» i Tranquilizado el Juez, acordó, el 9 de 
abril, que Leona siguiera en el Colegio de Belén, «bajo los más es- 
trechos encargos á su Prepósita.» 2 

Parece que Leona, lejos de infundir sospechas, había conquis- 
tado una general simpatía en el Colegio: sus mismas vigilantas 
la atendían y servían de la mejor voluntad; 3 debíase esto á su 
belleza, juventud, inteligencia, ilustración y esmerado trato, que 
mucho predisponían á su favor, y todavía más tal vez á su ex- 
traordinaria generosidad: por ejemplo, el domingo 11 de abril, que 
fué día de su santo, obsequió á las colegialas con merengues y una 
merienda.» -l No gozaba, sin embargo, de libertad, pues de acuer- 
do con las repetidas órdenes del Juez, se le mantenía incomunica- 
da, sin permitirle que tratase con las colegialas, 5 ni mucho menos, 
naturalmente, con las gentes de fuera; doña María del Carmen 
Aldasoro, verbigracia, no logró verla, aunque lo procuró. 6 

Pero como los insurgentes no podían abandonar á Leona, que 
tantos servicios les había prestado antes, y que todavía ahora, 
estando presa, no vacilaba en ir al patíbulo por salvar á algunos 
de ellos, resolvieron extraerla á toda costa del Colegio de Belén y 
ponerla fuera del alcance de las autoridades realistas. Encargá- 
ronse de llevar á cabo esta empresa temeraria, los Coroneles don 
Francisco Arroj-abe, que había sido Teniente Coronel de Drago- 
nes de España; don Antonio V^ázquez Aldana, antiguo Sargento 

1 Contestación susodicha. Ibidem. 

2 Acuerdo susodicho. Ibidem. 

3 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada. 

4 Ibidem. 

5 Carta de la Prepósita doña Mariana Mendoza, al Juez Berazueta, es- 
crita el 26 de abril de 1813. En causa citada, instruida contra Leona. 

6 Declaraciones de María Guadalupe Márquez y de la misma María del 
Carmen Aldasoro. Ibidem. 



363 

Mayor de las Milicias de Campeche, 3' don Luis Alconedo, perse- 
guido desde 1808 por el Gobierno español, á causa del movimiento 
de Independencia de aquel año; funcionaba de jefe el Coronel Arro- 
yabe. 1 Probablemente no consiguieron comunicarse con Leona, 
porque debió inpedírselos la estricta vigilancia á que estaba suje- 
ta; corrobora esto la circunstancia de que no se llegó á notar en 
ella inquietud ó indicio alguno que hiciera pensar que maquinaba 
evadirse. - 

Comoquiera que haya sido, diversos hombres comenzaron á 
rondar el Colegio de Belén, desde el 20 de abril, y á tomar informes 
de «por dónde se entraba para el torno de arriba;» de esos indivi- 
duos, uno andaba á caballo, con «manta de xerga,» y otro ápie, con 
capa, ora obscura, ora de color, y en la copa del sombrero, «dos ga- 
loncitos de plata y en el medio uno de oro, con su escarapela.» 3 Se 
sabe que el día 22, eran seis los hombres que rondaban el Colegio, 
montados todos á caballo: uno llevaba capote; tres, mantas mora- 
das, y dos, mantas de jerga. Al siguiente día, estos mismos, armados 
y bajo las órdenes del Coronel Arroyabe, se estacionaron frente 
al costado norte del edificio, y «junto á los Arcos de la Cañería,» 
como á las cinco de la tarde. 4 María Ventura Medina, que los vio 
allí, todavía á la hora de oraciones, se acercó á ellos, en compañía 
de su cuñada, pensando que pertenecían á la Acordada; pero al 
verlas, uno desenvainó el sable, «y, con ademán de darles, les dijo 
que se fueran para su casa, antes que las volaran de un balazo,» 
amenaza que obligó á las dos mujeres á alejarse á toda prisa. 5 

Al anochecer, tres de aquellos hombres se dirigieron hacia las 
rejas del Colegio, y los otros tres permanecieron junto á los ar- 
cos, cuidando de los caballos. De los tres primeros, uno, alto, traía 
capote ó «capingón» y sombrero negros y paño de sol, y dos, cha- 
parros, usaban mantas de jerga ó rayadillo obscuro, paños de sol 
y botas campaneras. Uno de éstos se apostó en la puerta para 



1 C. M. de Bustamante. Necrología citada.— El mismo. En A. Cavo. Tres 
Siglo.s citados. Tomo III, pág. 253.— A. Quintana Roo. Representación citada. 
—Martirologio citado, pág. 47. 

2 Carta citada, de la Prepósita doña Mariana Mendoza, escrita el 26 de 
abril. 

3 Declaraciones de don Vicente Perea y de don José María Valcárcel ó 
Balcázar. En causa citada, instruida contra Leona. 

4 Declaración de José Antonio Terán.— Carta escrita al Juez Berazueta 
por el Dr. M. Monteagudo, el 28 de abril de 1813. Ibídem. 

5 Declaración de la misma María Ventura Medina. Ibídem. 



S64 

dar á sus compañeros la voz de alarma en caso necesario. Los 
otros dos penetraron en la portería, á las siete menos cuarto, pre- 
cisamente cuando vieron que iban á cerrarla; pusieron á las por- 
teras las pistolas sobre el pecho, y les dijeron que matarían á la 
que se moviese; uno se quedó allí vigilándolas, mientras el otro, que 
era sin duda el jefe, siguió para el patio y se introdujo en la pie- 
za que habitaba Leona. Una vez dentro, cogió de un brazo á una 
de las señoras Salvatierras, y le preguntó: ¿U. es?; ella contestó: 
no, señor, no soy yo; él volvió á decirle, porque sin duda no cono- 
cía á Leona: sí, U. es; entonces aquella señora cubrió í1 Leona con 
su cuerpo para que no la viese, pero él, asomándose por encima 
del hombro de la señora, preguntó á Leona: ¿U. es?, y como segu- 
ramente Leona respondió que sí, la tomó de un brazo y la sacó de 
la pieza, sin que bastara ;í impedirlo la señora que se esforzaba 
por detener á Leona del otro brazo, 3' decía á su raptor con suma 
congoja: por amor de Dios que no se la lleve U. Al llegar á la por- 
tería, el hombre que allí estaba se unió á su jefe. En medio de 
ellos. Leona salió á la calle «con bastante risa.» Su extracción no 
había dilatado «ni dos minutos.» 1 

Leona tuvo que sentir un placer inmenso cuando se vio liber- 
tada así, después de cuarenta y dos días de rigurosa prisión, 
por un pequeño grupo de insurgentes, que, como ella, lucha- 
ban por su patria, 3^ íí quienes desde un principio había llamado sus 
hermanos. 

Sus salvadores la condujeron hasta los arcos; montáronla allí 
«en un caballo que llevaban á prevención;» 2 montaron á su vez 
ellos y sus compañeros en sus propios caballos; la pusieron en el 
centro, y violentamente partieron hacia uno de los barrios de la ciu- 
dad, donde ocultaron á Leona: 3 era imposible extraerla luego por 
alguna de las garitas ya cerradas. 

Tampoco pudieron sacarla de la Capital durante los días si- 
guientes, porque desde la misma noche de la evasión se dictaron 
órdenes severas para que se detuviera en las garitas á toda perso- 
na que no fuese «notoriamente conocida y de confianza,» y para 



1 Carta citada de la Prepósita doña Mariana Mendoza, escrita el 26 de 
abril.— Declaración de Jo.sé de la Trinidad Lucio.— Oficio del Dr. Monteagu- 
do, dirigido al Auditor D. José Galilea, el 28 de mayo de 1813, en el cual es- 
tán incluidas las declaraciones de las porteras del Colegio de Belén y de las 
vigilantas de Leona. Ibídem. 

2 L. Alamán. Historia citada. Tomo III, pág. 415. 

3 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Pág. 4. 



365 

que los cabos de policía practicaran «las más activas y eficaces 
dilig^encias» á fin de averiguar el paradero de Leona, i 

Esas diligencias dieron por resultado la aprehensión y encarce- 
lamiento de don Anacleto Gama y otras personas, de quienes se 
sospechó que habían favorecido la evasión de Leona; pero como 
no se les pudo comprobar esto, fueron puestas sucesivamente en 
libertad, aunque no muy pronto, pues don Anacleto, verbigracia, 
no quedó libre sino hasta el 9 de junio siguiente, cuando ya le ha- 
bía acometido una «fiebre epidémica.» 2 

La evasión de Leona despertó el interés de todos los habitan- 
tes de la Capital, que no hablaban de distinto asunto en las plazas, 
calles, establecimientos públicos y casas particulares: unos asegu- 
raban que habían venido por Leona quinientos insurgentes, otros 
que doscientos, otros que ocho, otros que tres; unos que los rap- 
tores de Leona eran todos militares, otros que clérigos y licen- 
ciados. 3 

Los mexicanos en general comenzaron entonces ;i admirar ú 
Leona y á tributarle «en silencio» los elogios que merecían sus ex- 
traordinarios servicios en pro de la Independencia y su actitud he- 
roica ante el Juez que la procesó. Solamente El Pensador Mexi- 
cano osó alabar públicamente, en su periódico, á Leona, «con aquel 
disimulo, nos dice, que dictaba la prudencia y el temor á nuestros 
enemigos.» 4 

Leona se vio obligada ;í permanecer oculta «mucho tiempo» en 
la Capital: 5 hubiera sido una temeridad loca tratar de burlar «la 
vigilancia multiplicada» que las autoridades realistas desplega- 
ban por reaprehenderla. 6 

Pero cuando al fin esa vigilancia disminuyó un tanto. Leona sa- 
lió para el Sur, custodiada por los mismos insurgentes que la habían 
extraído del Colegio de Belén, quienes caminaban disfrazados de 
arrieros y conducían un atajo de burros, cargados unos con huaca- 
les de frutas y legumbres ó con cueros de pulque, montados otros 
por varias mujeres, entre ellas una negra «haraposa,» sentada so- 



1 Acuerdo del Juez Berazueta, fecha 23 de abril. En causa citada, ins- 
truida contra Leona. 

2 Diligencias relativas. Ibídem. 

3 Declaraciones de don Anacleto Gama, don Francisco Bustumante y 
José Salinas. Ibídem. 

4 En su Calendario citado. 

5 Ibídem. 

6 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 



366 

bre «dos huacales,» que era Ljona. 1 Antes de salir así, don Luis Al- 
conedo le dijo, al darle la pintura para que se ennegreciera: «Se- 
ñorita, va U. á quedar horrible.» Y ella contestó al punto: «No 
importa; aunque parezca una furia infernal, como logre contribuir 
á la felicidad de mi patria. »2 

Ciertamente, Leona jamás tuvo en cuenta su propia salvación; 
hoy, no la aseguraba aún, y ya se exponía á nuevos peligros por 
la emancipación de México, pues dentro de aquellos cueros y le- 
gumbres llevaba á las huestes insurgentes tinta de imprenta y letra 
de molde, en pequeños botes y paquetes, respcctivamente.3 

No de otra manera caminó Leona hasta llegar á Oaxaca, ■+ te- 
niendo frecuentemente que pasar ;í través de los destacamentos 
realistas-") 

Su permanencia allá fué tan penosa como su dilatado viaje. 
Desde su evasión. Leona no pudo disponer de ningunos recursos 
pecuniarios; diez 5' seis pesos que guardaba en el Colegio de Belén, 
quedaron allí,6 porque no tuvo tiempo para recogerlos. 

A pesar de todo, su natural delicadeza y «su desinterés, que era 
igual á su patriotismo,» no le permitieron pedir nada á. los jefes 
insurgentes. 7 Así que, se resigno á hospedarse «en una casa que 
había servido de caballeriza,» y á vivir con la mayor miseria: 8 du- 
rante su dilatada caminata, ya había tenido que dormir sobre «un 
petate.» 9 

No hay que dudar de que se apresuraron á auxiliarla su pro- 
metido Quintana Roo, su primo don Manuel Fernández de San Sal- 



1 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Pág. 4.— Diligencias 
instruidas por delación de don Pedro Antonio Martínez contra el Teniente 
realista donjuán Antonio Valdés, acusado de haber favorecido la evasión de 
María Leona Vicario. M. S. En el Archivo General 3- Público de la Nación. 

2 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

3 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Págs. 4-5. 

4 El Pensador Mexicano, en su Calendario citado, publica una lámina, 
donde aparece Leona con su color natural y á caballo; aunque es entera- 
mente fantástica, la reproducimos aquí, porque indica con alguna exactitud la 
indumentaria de la época. 

5 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

6 A. P. Fernández de San Salvador. Cuenta citada. 

7 El Pensador Mexicano. Calendario citado. 

8 Manifiesto que el Dr. don Francisco Lorenzo de \"elasco publicó en 
Oaxaca, el mes de abril de 1814. En L. Alamán. Historia citada. Tomo III, 
pág. 416, nota. 

9 A. P. Fernández de San Salvador. Alegato en defensa de Leona, antes 
citado. 




y 'Sicario. 



I Del Calendario para el año de IS'Jo. Dedicado á las señoritas americanas, 

ESPECIALMENTE A LAS PATRIOTAS, POR EL PeXSADOR MeXICANOI 



367 

vador y los varios amibos que tenía allá, como don José Ignacio 
Aguado, don Miguel Gallardo y don Carlos María de Bustamante, 
nombrado por Morelos Inspector General de Caballería del Ejército 
de su mando, con fecha 3 de marzo de 1813; 1 sabemos de una mane- 
ra positiva que don Carlos habló á aquel caudillo acerca de la difici- 
lísima situación de Leona, y que Morelos no sólo le contestó: «Ya 
está bajo las alas del águila mexicana, muy justo es protegerla, »- 
sino que desde Chilpancingo escribió á Leona, el 21 de octubre, 
preguntándole dónde pensaba radicarse y cuáles eran sus urgen- 
cias «en lo pronto» para ocurrir á ellas, según lo exigiese; 3 no obs- 
tante. Leona se abstuvo de pedirle alguna cosa. 4 

Dos meses después, recibió quinientos pesos del Gobernador 
insurgente de Oaxaca, Coronel don Benito Rocha, quien segura- 
mente comunicó á Morelos esta entrega, pues el eximio caudillo 
dirigió un oficio á Leona, el 11 de diciembre, en el cual le manifes- 
taba que le había sido muy satisfactorio saber hubiese recibido di- 
cha suma, y que, aunque no había ordenado él se le entregara una 
cantidad competente, debido á que ya no conocía de los asuntos de 
Hacienda, esperaba que el Supremo Congreso no rehusaría dar esa 
orden. 

Con efecto, el 14 de septiembre de 1813, Morelos se desprendió 
del poder omnímodo que hasta entonces había ejercido, y lo trans- 
firió á un Congreso, que instaló en Chilpancingo, el mismo día, por- 
que pensó que era necesario que la Nación tuviese «un cuerpci de 
hombres sabios y amantes de su bien, que la rigiesen C(jn leyes 
acertadas, y diesen á la Soberanía todo el aire de majestad que le 
correspondía.» 5 

Integraron el Congreso don Ignacio López Rayón, el Dr. Sixto 
Verduzco, don José María Liceaga, el Lie. Carlos María de Busta- 
mante, el Dr. José María Cos, el Lie. Andrés Quintana Roo, don 
José María Murguía y Galardi y el Lie. José Manuel Herrera, quie- 
nes eligieron luego á Murgía para Presidente del Congreso, ;í Quin- 
tana Roo para Vicepresidente y á Morelos para Generalísimo De- 
positario del Poder Ejecutivo. t) El propio cuerpo resolvió llamarse, 

\ Nombiíunit-nto susodicho. En Autú£;r;ifos Inéditos de Morelos y Causa 
que se le instruyó, que forman el lomo XII de mis Documentos citados. Págs. 
22-23. 

2 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

3 Autógrafos Inéditos de Morelos, ya citados. Pág. 48. 

4 El Pensador Mexicano. Calendario citado. ^ 

5 L. Alamán. Historia citada. Tomo III, pág. 550. 

6 Ibídem. Págs. 55b, 557, 561 y 565. 



368 

cuando promulgara le^^es, «Supremo Congreso Gubernativo de la 
América Septentrional,» y, cuando expidiese decretos y nombra- 
mientos particulares, «Supremo Congreso Nacional Americano.»! 

Andrés se distinguió mucho allí. Asumió la presidencia por im- 
pedimento de Murguía, y, á causa de esto, le correspondió firmar, 
en primer término, el Manifiesto que el Congreso expidió, el 6 de 
noviembre, para hacer saber su instalación y sus fines al pueblo me- 
xicano, y el Acta Solemne de la Declaración de la Independencia 
de la América Septentrional, que hizo el mismo cuerpo con igual 
fecha. 

La redacción del Manifiesto fué encomendada á Quintana Roo, 
quien lo tenía concluido para el 22 de octubre. 2 Con viril elocuen- 
cia decía en él que los mexicanos indistintamente habían estado 
condenados «á los rigores de la tiranía,» y excluidos de los empleos 
y «de la menor intervención en los asuntos públicos;» las leyes y 
el monopolio de la Metrópoli mantenían esterilizados los campos, 
cerrados los puertos á las importaciones, «siempre más ventajosas 
de los extranjeros,» desterradas las artes y cegadas las fuentes de 
la riqueza pública; á la voz del párroco de un pequeño rincón de la 
Nueva España, toda ésta se había preparado para la emancipación, 
y, aunque vencidos sus hijos en todos los primeros encuentros, 
aprendieron «á ser vencedores algún día;» la represión crudelísima 
del Gobierno realista, lejos de sofocar la guerra de Independencia, 
la había encendido más y más, pues como los insurgentes no te- 
nían entonces otra alternativa que la muerte ó la libertad, abraza- 
ron esta última, «tristemente convencidos de que no hay ni puede 
haber paz con los tiranos;» aleccionados hoy por las desgracias pa- 
sadas y por los resultados de los errores en que habían incurrido, 
osaban anunciar que la obra de la regeneración saldría perfecta de 
sus manos «para exterminar la tiranía:» que así lo hacía esperar la 
instalación del Supremo Congreso, que á todo atendía con princi- 
pios liberales, procedimientos íntegros y un vehemente deseo por 
la felicidad de los pueblos, cuyo auxilio invocaba, porque, sin él, 
los desvelos y sacrificios del Congreso se reducirían «á discusio- 
nes estériles y á la enfadosa ilustración de máximas abstractas é 
inconducentes al bien público. »3 



1 Extracto del acta de la sesión verificada el 23 de octubre de 1813. En 
Gaceta del Gobierno de México, del jueves 19 de octubre de 1815. Pág. 1106. 

2 Extracto del acta de la sesión verificada ese día. Ibídem. Pág. 1105. 

3 En J. E. Hernández y Dávalos. Colección citada. Tomo V, págs. 215- 
217. 



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FaCSI.MH.E IIH 1,\ cauta lil'K HSCItlBIO MORELOS AI. Ll( . CmiI.OS ;\[.' DU r>l STAMAXTE, 

Ki. 21 DK ocrniriR dk ISIll. 



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^CTA SOLEMNE 
éf la declaración de ¡a independencia de la Amérk» 

septentrional. 

El crEgrc?o de Arahu«c legítímarocnte ÍEStaIa~ 
^o cu la ciudad d» ChiIpanciBgo de la Americ» ?ep« 
teotricnal por las provincias de ella: declara soleai- 
nemfDte, á presencia del Sr. Dios, arbitro modera- 
dor de los imperios y autor de la sociedad, q^ue los 
da f ios quita según los designios inescrutables de 
su providencia, que por las presentes circunstancias 
de la Europa ha recobrado el exercicio da sa sobe- 
ranía usurpado: que en tal concepto qufcda rota para 
siempre jemas, y disuelta la dependencia del trono 
espafiol: que es arbitro para establecer, las leyes quo 
le C("nvengan para el mejtr arreglo y feiic'dad inte- 
rior, para hacer I» guerra y paz, y establecer alian-, 
zas con los monarcas y repúblicas del antiguo con- 
tinente; no menos que p^.ra celebrar concordatos 
con el sumo Pontífice remano, para cfiegiíren de> 
la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, y mandar 
embajadores y cónsules: que no profesa ni recono- 
ce otra religión mas de la católica, ni permitirá, ni 
tolerará el uso público ni secreto de otra alguna: que 
protegerá con todo siipoder, y velará sobre la pure- 
za cié la fe y o'e sus dcgmas, y conservación de los. 
cuerpos regulares: declara por reo de alta trayciOQ 
fá todo el que/ se cponga directas indirectamente a 
su «ndcpendeicai ya sc^ protegiendo á ^os ! f Jro- 
peos opresoieSade obra, palabra,(0 por escrito-,, yj uc« 



jpando^e á contribuir con los gastos, subsidios y pen- 
siones, Píira continuar Ia g^uerra, hasta q')C su in- 
dependencia' sea reconocida p r las naciones cxtrai)- 
gera ; reservándose al cmgreso prcsent;ir á ellas 
por niedio de una nota ministerial, q le circulará 
por todos los gabir.eles, el iKañific-to de sus quejas, 
y justicia de esta re^oluc oc, rcecnccida ya por ia 
Eurcpa tfíi.sma. 

Dado en el palacio mcioiiBl de Chilpancingo á 
€ dias del mes de novitnbic de 1813 afos. -Lie. 
AijCtrCs Quintana Vicepresidente Lie. lenacio Ra- 
yón. -Lie. José Manuel de I'err'ra. Lie. Carlos Ma- 
ria de Bustan'iajite - Dr. Josc Sxlo Berdusco -José 
Mana Licc¿£a.-Lic. Cornelio üiti:á de Zacate. Se- 
creta/ lo. 



EN LA IMPRENTA NACIONAL DEL SJR. 



369 

El Acta de Independencia fué redactada por el Lie. Bustaman- 
te 1 de una manera mucho más sucinta y menos elocuente; declara- 
ba «á presencia del Señor Dios, arbitro moderador de los imperios 
y autor de la sociedad, que los da y los quita, según los desig- 
nios inescrutables de su providencia,» que la América Septentrio- 
nal había recobrado el ejercicio de su soberanía usurpado, y que, 
en tal concepto, quedaba «rota para siempre jamás y disuelta la 
dependencia del trono español. »2 Aunque Rayón firmó también es- 
ta acta, se había opuesto á ella, diciendo que era preferible que los 
insurgentes aparecieran como fieles partidarios de Fernando VII, 
porque, de otra suerte, no los seguirían los pueblos de la Nueva Es- 
paña, que «jamás quisieron ofender la autoridad de su Rey que ha 
sido sagrado en sus corazones. »3 

Ahora bien: siendo el Vicepresidente del Supremo Congreso 
Quintana Roo, varios de sus miembros, como Rayón y Bustaman- 
te, antiguos amigos de Leona, y todos ellos admiradores de su 
acendrado patriotismo, era natural que aquel cuerpo acordara al 
fin, apenas gozó de una poca de calma, asignarle una mesada de 
quinientos pesos, el 22 de diciembre de 1813, á moción de Morelos. 

El mismo día, uno de los Secretarios del Supremo Congreso, 
don José Carlos Enríquez del Castillo, comunicó á Leona aquel 
acuerdo. Decíale: 

««El Excelentísimo Sr. D. Ignacio Rayón dio cuenta en sesión de 
hoy con el oficio que dirijió á vd. el Serenísimo Sr. D.José María 
Morelos, Generalísimo de los Ejércitos nacionales de la América 
Septentrional, desde el campo de i\ocupétaro, con fecha once de 
este mes 

«Se difundió después el enunciado Sr. Rayón con referir las ac- 
ciones que en su concepto constituyen á vd. benemérita de la Pa- 
tria, como quiera que le constan mejor que á ninguno otro; y en 
medio de que lo verificó con una noble sencillez, exitó extraordi- 
nariamente en favor de vd. los sentimientos de sus demás Exce- 
lentísimos .Socios, á quienes no eran extranjeras las noticias de vd. 
ni lo mucho que le debe la i'atria, por haber sacrificado, por la li- 
bertad de elia, su rico patrimonio y su suelo natal, exponiéndose á 



1 Véase su Cuadro Histórico cilado. Tomo II, pág. 40b. 

2 Véase el facsímile de dicha acia publicado aquí. 

3 Exposición del mismo Rayón al Supremo Congreso. En (Juan IMartín 
de Juanmartiñena) Verdadero Origen, carácter, causas, resortes, fines y pro- 
gresos de la Rev^ülución de la Nueva España. JVlé.xico, IS20. (Segunda parle), 

Anales 47 



370 

las persecusiones, á los viajes por caminos dilatados y penosos, 
á las miserias que se padecen en ellos y á otros imponderables tra- 
bajos, con una constancia que debe servir de modelo, no sólo á las 
personas del sexo de vd., sino aún á los varones más esforzados. 

«Desearía S(u) M(ajestad) i que las circunstancias de la guerra 
no le impidiesen el poner á los ojos del universo un testimonio de 
su magnificencia en los términos que lo exije la gratitud que debe á 
vd. la causa que hemos tomado á nuestro cargo, porque así se exi- 
taría la emulación y verían todos los principios de generosidad 
sobre que estriba el Supremo Congreso Nacional de esta América 
Septentrional, cuando se trata de remunerar los servicios de la cla- 
se que vd. los ha hecho. Pero ciñéndose á lo que da de sí el actual 
estado de nuestro Erario, ha asignado á vd. la mesada de quinien- 
tos pesos, que podrá percibir vd., yii sea en estas cajas, ya sea en 
las de Oaxaca, ya sea en qualesquiera otras de las principales ó 
foráneas establecidas hasta ahora. »2 

Empero, Leona percibió sólo una mesada: no permitieron que 
recibiera más las penurias que el Gobierno Insurgente comenzó á 
sufrir muy poco después.3 

Por aquel entonces Leona contrajo matrimonio con Quintana 
Roo. -^ No por esto cesaron sus penalidades; antes bien, aumenta- 
ron considerablemente, porque las fuerzas realistas, que ya habían 
derrotado á las insurgentes, comenzaron á perseguir de una mane- 
ra encarnizada al Supremo Congreso, y porque éste, desprovisto 
de defensa, se vio obligado á huir, y con él Quintana Roo y Leona. 
También la señora Roa, esposa de Licéaga, tuvo que acompañar 
al Supremo Congreso: 5 quizá no fueron las únicas. 

El Supremo Congreso abandonó precipitadamente Chilpancin- 
go, el mes de enero de 1814, y se estableció en Tiacotépec, donde 
reanudó sus sesiones, el 29 del propio mes, con cinco de sus repre- 
sentantes únicamente: Quintana Roo, Verduzco, Licéaga, Herrera 



1 Era el título que se le daba al Congreso. 

2 En J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Págs. 5-6, 

3 Ibídem.— El Pensador Mexicano. Calendario citado. 

4 Don Jacobo María Sánchez de la Barquera escribe en su Biografía ci- 
tada ;pág. 5), sin indicar fecha, que el matrimonio se verificó en Tlalpujahua. 
Pero el señor Cura de este lugar, don Basilio Baltazar, que tuvo la bondad de 
buscar para nosotros el acta respectiva, nos dice que no la encontró, á pesar 
de que revisó los libros parroquiales de 1813 y otros «varios, anteriores y 
posteriores.» En carta fecha 23 de mayo último. 

5 Gaceta del Gobierno de Mé.xico, del jueves 3 de agosto de 1815. Págs. 
817 y 820. 



371 

y Cos; por lo que acordó aumentar el número de éstos, y eligió, 
además de los designados anteriormente, á Morelos, Lie. Manuel 
Sabino Crespo, don Manuel Alderete y Soria, don Cornelio Ortiz 
de Zarate, Lie. José Sotero Castañeda, don José María Ponce de 
León, Canónigo Francisco Argándar, Dr. José de San Martín y don 
Antonio Sesma. 1 

El mismo Congreso había agravado con desaciertos incalifica- 
bles su crítica situación. Fué el mayor asumir el ejercicio del Po- 
der Ejecutivo, quitándoselo á Morelos, á quien redujo á la catego- 
ría de simple jefe de escolta. Ignoraba el Supremo Congreso que 
los cuerpos colegiados son absolutamente ineptos para ejercer di- 
cho poder, y por otra parte se mostraba desmedidamente ingrato 
hacia el eximio caudillo que le había dado vida, y que no tenía 
igual en pericia, abnegación y patriotismo. Morelos pudo librarse 
fácilmente de aquella inmerecida degradación: para ello le hubie- 
ra bastado disolver al Congreso con el mismo derecho con que lo 
había creado; pero como el incomparable patriota se titulaba «Sier- 
vo de la Nación,» y lo era sinceramente, se sometió sin la más leve 
protesta á la impolítica é ingrata resolución del cuerpo que repre- 
sentaba á aquélla, y se limitó á decir que «si no se le creía útil co- 
mo general, serviría de buena voluntad como soldado.» 2 

Muy poco tardó el Congreso en expiar sus faltas, porque, per- 
seguido de nuevo por las fuerzas realistas, tuvo primeramente que 
huir al rancho de las Animas, y luego, al ser atacado allí, que aban- 
donar su archivo y sello para retirarse violentamente á Ajuchi- 
tlán, y de aquí á Uruapan. Al cabo de tres meses, la persecución 
volvió á obligarlo á refugiarse sucesivamente en las haciendas de 
Santa Efigenia, de Póturo, de Tiripitío y de la Zanja y en los pue- 
blos de Apatzingan y de Ario. 3 Regresó á Uruapan y á Apatzingan, 
que pertenecía á la Alcaldía Mayor de Tancítaro, y allí expidió, el 
22 de octubre de 1814, el Decreto Constitucional, que tendía á «lle- 
nar las heroicas miras de la nación, elevadas nada menos que al su- 
blime objeto de substraerse para siempre de la dominación extran- 
jera, y sustituir, al despotismo de la monarquía española, un siste- 
ma de administración, que, reintegrando á la nación misma en el go- 
ce de sus augustos imprescriptibles derechos, la conduzca á la glo- 
ria de la independencia y afiance sólidamente la prosperidad de los 



1 L. Alamán. Historia citada. Tomo IV, págs. 22-23 y 32-33. 

2 Ibídem. Pág. '27. 

3 Ibídem. Págs. 116-117 y 171. 



372 

ciudadanos.» l Quintana Roo no firmó este decreto, á cnusa de 
que estaba enfermo ú ocupado en alguna comisión; 2 pero había 
contribuido «con sus luces» para formarlo: 3 él, Bustamantc y He- 
rrera fueron quienes lo redactaron. 4 

La jura del Decreto Constitucional se verificó solemnemente y 
con reiíocijo desbordante. Los soldados insuríjentes que allí esta- 
ban, Y que hasta entonces habían andado casi desnudos, vistieron 
uniformes de manta; Morelos y el Dr. Cos lucieron unos riquísimos, 
y todos en general se pusieron «la ropa más decente que tenían.» 
Díjose primeramente una yran misa en acción de gracias, con un 
sermón alusivo á la jura; luego Licéaga, á la sazón Presidente del 
Supremo Congreso, y los demás Diputados juraron gravemente, 
ante el Decano, guardar y hacer cumplir el Decreto Constitucio- 
nal; en seguida se cantó un Te Dcuui, y después, enardecidos todos 
los concurrentes por el amor patrio, se entregaron á un júbii(j de- 
lirante, «como niños.» Hubo banquete y hubo baile sobre el cam- 
po libre; el gran Morelos, grave y circunspecto siempre, «depuso 
su natural mesura,» y con jovial alegría, danzó y abrazó ;í todos, 
y dijo que aquel día era el más feliz que había gozado en su exis- 
tencia; 5 seguramente invitó á Leona á bailar, y danzó con ella, y 
ambos hablaron de la libertad de la patria, y, al hacerlo, se comu- 
nicaron los mejores sentimientos de sus coi'azones heroicos y las 
más elevadas ideas de sus inteligencias excelsas. 

Aquel solaz fué breve, pues establecidos luego los miembros 
del Supremo Congreso en Ario, se transladaron á Uruapan, regre- 
saron á Apatzingan y volvieron á entrar en Ario, acosados con ma- 
yor tenacidad que antes por las fuerzas realistas, desde noviem- 
bre de 1S14 hasta enero de 1815. 6 

Desde Chilpancingo, los Diputados y personas que los acompa- 



1 En C. M. de Bustamante. Cuadro Histórico citado. Tomo III, pág ló7. 

2 L. Alamán. Historia citada. Tomo IV, pág. 171. 

3 C. M. de Bustamante. Cuadro Histórico citado. Tomo III, pág. 189. 

4 Contestación dada por Morelos á la 12.-' pregunta del interrogatorio 
que se le hizo por orden del Exmo. Sr. Virrey. En J. E. Hernández y Dava- 
les. Colección citada. Tomo VI, pág. 29. 

5 C. M. de Bustamante. Cuadro Histórico citado. Tomo III, págs. 204- 
205.— L. Alamán. Historia citada. Tomo IV, pág 172. — Decreto susodicho. 
Artículos 240-241. 

6 Diario de operaciones del Comandante General don José Antonio An- 
drade. 12 de noviembre de 1814 á 18 de enero de 1815. En Gaceta del Gobier 
no de México, de 28 de febrero de 1815. Págs. 203-210.— L. Alamán. Historia 
citada. Tomo IV, pág. 276. 



Q' 6 




CASA DONDE SE JURO EL DECRETO CONSTITUCJONAL EXPEDIDO EL 
22 DE OCTUBRE DE 1814. SEGÚN LITOGRAFÍA DEL PLANO DE LA CIUDAD DE 
APATZINGAN DE LA CONSTITUCIÓN, E. DE MICH., PUBLICADO EN MORELIA, 
EL AÑODEloni. 



373 

liaban se habían visto expuestos continiuimente, durante toda su 
peregrinación, á ser muertos ó aprehendidos por los numerosos sol- 
dados realistas que los perseguían. Además, habían tenido que su- 
frir penosísimos trabajos y privaciones inauditas; caminaban á pie 
largas jornadas; casi nunca recibían dinero, y, si alguno alcanzaban, 
era en cantidad irrisoria; comían «los alimentos más groseros,» á 
veces sin sal: el pan mu3' negro, el maíz tostado y el piloncillo se 
distribuí;m «como pan bendito;» alojábanse en común dentro de 
las miserables chozas que encontraban, y solía suceder que dur- 
mieran «al raso enteramente, como en el llano de Atunes:» el mis- 
mo Supremo Congreso llegó á celebrar sus sesiones á la intempe- 
rie, «bajo de unos naranjos,» en la hacienda de la Zanja; por últi- 
mo, su escolta se reducía á ochenta soldados «desnudos» y arma- 
dos solamente de garrotes, excepto cinco, que tenían fusiles. ' 

Leona sufrió aquellas desdichas sin cuento, estoicamente, con 
ánimo imperturbable, sin arrepentirse un solo instante de haber 
abrazado la causa de la independencia, ni manifestar tampoco la 
debilidad propia de su sexo. Por lo contrario, día á día andaba en- 
tre los soldados inmutablemente serena, afable y sonriente, salu- 
dándolos con cariño; repartiéndoles sus alimentos, anim;mdolos 
cada vez que salían ;i combatir, alabándolos si volvían victoriosos, 
ó confortándolos si regresíiban derrotados, y curando por su ma- 
no á los heridos: 2 era para ellos un genio tutelar. Alguna vez que 
el Supremo Congreso mostró flaqueza, Leona se presentó ante él 
para «alentarlo con decisión varonil y exhortarlo á concluir la em- 
presa, despreciando la muerte y los cadalzos.» '¿ 

Al hallarse el .Supremo Congreso en Ario, de vuelta de Apa- 
tzingan, estuvo á punto de ser sorprendido por Iturbide, á princi- 
pios de mayo de 1815, y los Diputados apenas tuvieron tiempo de 
huir, «cada uno por donde pudo.» 4 Varios de ellos se reunieron 
en Uruapan inmediatamente. Después de algún tiempo, resolvie- 
ron establecerse en Tehuacan, el 2') de septiembre: "> para llegar á 
allí, era preciso recorrer, sin mantenimientos bastantes ni medios 
de transporte suficientes, más de ciento cincuenta leguas por en- 



1 C. M. de Bustamante. Cuadro Histórico citado. Tomo llí. p.'ití.s. 148-149. 

2 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Pág. 5. 

3 C. M. de Bustamante. Necrología citada. 

4 Gaceta del Gobierno de Mé.xico, de 15 de Junio y de '2 de ago.sto de 
1815. Págs. 609-616 y 815-820.— L. Alamán. Historia citada. Tomo IV, págs. 
276-282. 

5 C. M. de Bustamante. Cuadro Hi.stúrico citado. Tomo III, pág. 218. 



374 

tre divisiones enemi<ías y á veces tocando «sus puntos fortificados 
y guarnecidos;» cuantos fueran, inclusive los Diputados, debían re- 
cibir ración, como simples soldados, y caminar «en formación ri- 
gurosa, desde las siete de la mañana hasta la tarde,» y acampar «al 
raso.» 1 Pero Morelos, á quien quedó confiada la expedición, supo 
allanar con su genio portentoso, durante más de un mes, aquellos 
infinitos obstáculos que parecían insuperables, y cuando el Supre- 
mo Congreso fué alcanzado en Tem^dac, el 5 de noviembre, por la 
formidable división que mandaba el Coronel don Manuel de la Con- 
cha, el ejemplar caudillo no vaciló en inmolarse para salvar á los 
representantes de la patria, y ordenó á todas sus fuerzas que pro- 
tegieran su retirada, mientras que él, con sus asistentes solamente. 
detenía allí á la división entera de Concha. Bravo quiso auxiliar- 
lo, pero Morelos le dijo: «Vaya U. á escoltar al Congreso, que aun- 
que 3"o perezca, no le hace, pues ya está constituido el Gobierno.» 
Y Bravo tuvo que obedecer, porque era subalterno, y Morelos, el 
«Padre común» de los insurgentes, quedó al fin derrotado y hecho 
prisionero. 2 

El Supremo Congreso entró en Tehuacán, el 16 de noviembre, 
y el 10 del siguiente mes. acordó transladarse al pueblo de Coxca- 
tlan, para gozar de ma3'or seguridad; pero poco tranquilo aún, 
se retiró de allí á la hacienda de San Francisco, donde fué apre- 
hendido y disuclto. pocos días después, por fuerzas insurgentes re- 
beladas en su contra. 3 

Debido quizá á que había terminado el plazo de su diputación, 
Quintana Roo no acompañó al Supremo Congreso cuando salió de 
Ario para Tehuacán; por igual motivo tampoco lo acompañó Ver- 
duzco. 4 Ignoramos adonde se dirigieron entonces Quintana Roo 
y Leona. 



1 L. Alam.ln. Historia citada. Tomo IV, págs. 304 y 306. 

2 C. M. de Bustamante. Cuadro Histórico citado. Tomo III, págs. 218-220. 

3 L. Alamán. Historia citada. Tomo IV, págs 340-344 y 349-350. 

4 Ibídem. Págs. 305-306. 




Escala de 1:2000,000. 
ITINERARIO DEL CONORESO INSURGENTE. 



31 í 




CAPITULO XII. 



su INDULTO. 



Con fecha indeterminada, la Real Junta de Seguridad y Buen 
Orden pasó la causa instruida contra Leona y sus cómplices al 
Auditor, provisto Consejero de Estado, don Melchor de Foncerra- 
da, quien pidió, el 21 de junio de 1.S13, primeramente, que se pro- 
cesara por separado á los reos Salazar y González, pues, aunque 
cómplices ambos de Leona, tenían «por sí crímenes inconexos» con 
el de ella, y en seg'undo luofar, que Leona, como reo ausente, fue- 
se convocada á edictos y pregones «para los efectos legales y 
naturales que pudieran resultar;» además, el Auditor expuso que 
Leona se había burlado de la autoridad judicial, al declarar única- 
mente «lo q.*^ quiso y como quiso» y al evadirse del Colegio de Be- 
lén, y opinó que no era conveniente continuar las diligencias ini- 
ciadas para descubrir á quienes la extrajeron de allí, porque ellas 
podían originar atropellos injustos. 1 



1 Parecer del Auditor susodicho. En causa citada, instruida contra 
Leona. 



376 

El Virrey se conformó con lo pedido por el Auditor, y decretó, 
el 1/' de julio, que Leona fuese llamíida á edictos y pregones, los 
cuales se fijaron en las esquinas de Provincia y del Portal de Mer- 
caderes, los días 19 y 28 de julio y 7 de agosto; citada y emplaza- 
da de este modo. Leona debía presentarse, dentro del término de 
nueve días, ante Su Excelencia el señor Virre3^ ó en una de las cár- 
celes de la Ciudad, «á tomar en traslado su causa y defenderse,» 
entendida de que, si obraba así, serían oídas sus defensas y se le 
administraría justicia, y, en caso contrario, se proseguiría el proce- 
so «sin más citarla ni emplazarla, hasta pronunciar sentencia defi- 
nitiva y condenarla en costas.»' 

Pero la causa no se prosiguió, á pesar de que Leona continuó 
prófuga, como ya sabemos; esto no impidió que el Virrey dispu- 
siera arbitrariamente, el 5 de marzo de 1815, que del caudal que 
el Consulado de Veracruz reconocía á Leona, se enviaran cincuen- 
ta mil pesos al Comandante General del Apostadero de Marina de 
la Habana, la mitad del resto á la Plaza de Panzacola, y la otra 
mitad á la Isla del Carmen, «p.^ sus urgentes atenciones,»"- ni que 
declarara, el 4 de julio del siguiente año, confiscados todos los de- 
más bienes de Leona, que, á causa de esto, fueron rematados á pre- 
cios ínfimos, poco después.3 

Entre tanto, el Arzobispo de México, Dr. don Antonio Bergosa 
y Jordán, accediendo tal vez á súplicas de los parientes de Leona, 
había comisionado, hacia fines de diciembre de 1813, al Cura de 
San Bartolomé de Otzolotépec,Br. don José Miguel Pérez, para que 
indagara el paradero de nuestra heroína; mas el Br. Pérez no lo- 
gró descubrirlo, y contestó al Arzobispo que por aquel curato y 
sus contornos no se mentaba á Leona «para cosa alguna. »-i Preci- 
samente Leona comenzaba entonces á peregrinar con el Congreso. 

Ninguna noticia tenemos de que el Virrey y la Real Junta de 
Seguridad y Buen Orden hicieran gestiones para indagar el para- 
dero de Leona. 

Sabemos, sin embargo, que en agosto de 1815, el jefe realista 
don Manuel de la Concha, que había sido cajero del padre de Leo- 
na, le ofreció la gracia de indulto, movido por un sentimiento de 
gratitud, y también, probablemente, por afecto á Leona, á quien 
conocía desde niña. A fin de encubrir su generosa oficiosidad, Con- 



1 Primero de los edictos susodichos. Ibídem. 

2 Diposiciún susodiciía. Ibídem. 

3 Diligencias relativas. Ibídem. 

4 En carta escrita el 10 de enero de 1814. Ibídem. 



377 

cha escribió á la vez al Virrey que Leona y su marido «Rafael» 
Quintana, que parecía deseoso de separarse de los rebeldes, ha- 
bían solicitado dicha gracia; i pero si realmente la hubieran pe- 
dido, Concha sabría que Quintana Roo se llamaba Andrés, y no du- 
daría de que quisiera dejar á los insurgentes; por otra parte, hay 
testimonios de que Leona, lejos de solicitar algún indulto, desechó 
el que Concha le propuso varias veces, y aun le mandó decir, en 
una de ellas, «que si volvía á seducirla, haría que fusilaran á sus 
enviados;»- el mismo Oidor don Miguel Bataller, Presidente de la 
Real Junta de Seguridad y Buen Orden, decía, el 28 de junio de 
1S16, que Leona había despreciado «los Yndultos» que se le habían 
concedido, y que, por tanto, no era acreedora á indulgencia al- 
guna.3 

Quizás al propio tiempo que Concha proponía el inelulto á Leo- 
na y su esposo, el Brigadier don Ciríaco del Llano comisionaba al 
Teniente de Cura de la hacienda de Laureles, de la jurisdicción 
de Zitácuaro, Br. don José María Zerrato, para que también se los 
ofreciera; aunque el Br. Zerrato no ignoraba «la notoria fama de 
insurgenta y carácter resuelto» de Leona, y la elevada posición 
que tenía Quintana Roo en el Congreso rebelde, aceptó el encargo, 
y desde luego entabló las negociaciones correspondientes; Quinta- 
na Roo aparentó admitir el indulto, y se entendió directamente con 
el Gobierno de México, pero sólo para tramar una celada, que, se- 
gún el mismo Zerrato, habría sido funesta para las fuerzas del Rey, 
si los insurgentes encargados de ejecutarla se hubiesen mostrado 
«más activos y menos desconfiados. »-t El Virrey había enviado á 
Andrés un salvo conducto, el 27 de octubre de 181.'^, bajo los segu- 
ros de que no se procedería contra su persona, familia y depen- 
dientes, y de que, «si fuese cierto el servicio que ha ofrecido ha- 
cer,» se le otorgaría «el más amplio indulto, previo el juramento 
de fidelidad al Rey N.""» S-or;».') en tal virtud, Andrés acompañó al 
Coronel realista don Matías Martín y Aguirre y sus fuerzas, el 2 
de noviembre siguiente, desde Copándaro hasta frente á Cóporo, 

1 Comunicación del mismo Concha, fecha 20 de agosto de 1815. M. S. En 
el Archivo General y Público de la Nación. 

2 El Pensador Mexicano. Calendario citado.— J. M. Sánchez de la Barque- 
ra. Biografía citada. Pág. ,^. 

3 Pedimento suyo. En causa citada, instruida contra Leona. 

4 Instancia del mencionado Zerrato sobre méritos personales, fechada en 
la hacienda de Laureles, el 17 de julio de 1818. M. S. En el Archivo General y 
Público de la Nación. 

5 Salvo conducto susodicho. M. S. Ibídem. 

Anales 48 



378 

en donde acababan de entrar, durante el día y noche anteriores, 
varias partidas de insurgentes; después de que Martín y Aguirre 
hizo alh', «sin resulta alguna,» las señales que le indicó Quintana 
Roo, éste desapareció repentinamente del campo realista, la noche 
del 5, dejando en poder de dicho jefe la gracia de indulto, firmada 
ya por el X'irrey. 1 

Es indudable que Quintana Roo seguía sirviendo á la causa de 
la Independencia: él mismo lo aseguraba en carta que escribió des- 
pués al Teniente Coronel realista don Miguel Torres. 2 

Pero á medida que transcurrían los afios, la lucha por la Inde- 
pendencia iba siendo más y más débil. Morelos, cabeza, brazo y 
unión de las huestes insurgentes, no existía 5'^a: las fuerzas realis- 
tas lo habían fusilado en San Cristóbal Ecatépec, el 22 de diciem- 
bre de 1815, y desde entonces, ningún otro caudillo pudo reempla- 
zarlo, ni el propio Guerrero, de perseverancia sin igual. Las divi- 
siones realistas sometían poco á poco los lugares rebelados, y res- 
tauraban así el antiguo dominio de la Monarquía. Un incontable nú- 
mero de soldados patriotas, no de los menos prestigiados, aban- 
donaban sus filas para indultarse, como el Dr. Cos, don Rafael Vi- 
llagrán, don Miguel Serrano, don Ciriaco Aguilar, don Mariano 
Guerrero, don José Mariano Jiménez, don Epitacio .Sánchez, don Jo- 
sé Manuel Herrera, don Gordiano Guzmán, don Ramón Rayón, don 
Manuel Terán, don José y don Cirilo Osorno, don Joaquín Correa, 
don Bernardo Franco, don Diego Manilla, don Miguel Murguía, don 
Antonio Vázquez Aldana, don Félix Luna, los Lies. Bustamante 
y Castañeda y otros muchísimos individuos: según Alamán, so- 
lamente al Coronel realista don Francisco de las Piedras pidieron 
indulto, «en pocos días,» cuatro mil setecientos noventa insurgen- 
tes, 3 cifra que corrobora el mismo Lie. Bustamante cuando escri- 
be que hubo día de «quinientos indultados.» 4 

Para casi todos aquellos desertores sólo existía la disyuntiva 
del indulto ó la muerte, sin esperanza de asegurar con ésta el triun- 
fo final de la Independencia. Su amor á la patria, en el que habían 
cifrado todos sus anhelos, no podía haberse extinguido: de seguro 
llenaba sus almas aún. Pero (¡acaso realizarían ellos la obra que 
otros caudillos inconmensurablemente más grandes, como Hidalgo, 



1 Oficio que el Coronel Matías Martín y Aguirre dirigió al Virrey, el 5 de 
noviembre de 1815. M. S. Ibídem. 

2 El ló de marzo de 1818. M. S. Ibídem. 

3 Historia citada. Tomo IV, pág. 409. 

4 Cuadro Histórico citado. Tomo III, págs. 350-351. 



379 

Morelos, Matamoros y Galeana, no lograron consumar con mejo- 
res elementos, durante largos años de lucha sostenida? Pensaron 
que no, y á causa de esto depusieron las armas y empañaron pa- 
ra siempre la gloria que ya habían conquistado. En cambio, desde 
entonces resplandeció más la de los fieles patriotas que, á ejemplo 
de Guerrero, supieron sobreponerse á las flaquezas humanas, y 
jamás desmayaron, ni en las mayores desgracias, y al fin conquis- 
taron la Independencia, que parecía imposible 

Leona y su esposo pertenecían al reducido grupo de los abne- 
gados patriotas que con ciega fe procuraban el triunfo final. Per- 
seguidos más y más estrechamente por las fuerzas realistas, te- 
ní;m que huir de continuo por desiertos, montes y cerros. Huyen- 
do así. Leona dio á luz á su primera hija, dentro de una áspera 
cueva, 1 el 3 de enero de 1817, en un lugar llamado Achipixtla, - 
que tai vez hoy nadie conoce. 3 Leona debió sentir mucho no po- 
der envolverla entre ricos pañales, ni acostarla sobre un lecho de- 
licado ni arrullarla con tranquilo sosiego, como ella lo había sido 
al nacer. Llevada la niña en un /macal hasta algún pueblo cerca- 
no, 4 recibió allí el nombre de Genoveva, apadrinando su bautismo 
el General Rayón. 5 

El 9 de abril de aquel mismo año, el Coronel Martín y Aguirre 
propuso nuevamente un amplio indulto á Quintana Roo, quien, á pe- 
sar de que le contestó en «términos anuent.^,» 6 se abstuvo todavía 
de presentarse en los campos realistas, por lo que volvió á ser per- 
seguido con más insistencia que antes. 

Como ahora las tropas del Rey entraban en todas partes, y la 
niña Genoveva volvía muy difícil la fuga constante. Leona y Quin- 
tana Roo escogieron, en la Sierra de Tlatlaya, una barranca escon- 
dida, donde no existía sino un pequeñísimo rancho, llamado de Tla- 
cocuspa, sujeto á la jurisdicción y Alcaldía Mayor de Sultépec, y 
allí se escondieron, refugiándose bajo algún techo mísero, sin tra- 
tar á los hombres, comiendo escasísimos alimentos, vistiendo ropas 



1 Tradición conservada por la nieta de Leona, doña María de Jesús Quin- 
tana, de quien la recogió mi amigo inmejorable el señor Canónigo don Vi- 
cente de P. Andrade, según me ha dicho. 

2 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. P;ig. 6. 

3 No lo mencionan varios libros y planos modernos que hemos consul- 
tado. 

4 Tradición citada. 

5 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Pag. 6. 

6 Escrito del mismo Quintana Roo, fecha 25 de marzo de 1818. M. S. En 
el Archivo General y Público de la Nación. 



380 

groseras y faltos de los muebles necesarios, mas satisfechas sus 
almas con su amor recíproco, con su pequeña Genoveva y con 
sus esperanzas, siempre vivas, de ver al fin libre á la patria. 

Empero, hasta en aquel lugar solitario penetraron las tropas 
realistas, el 14 de marzo de lsi,S, bajo las órdenes de don V^icente 
Bargas y don Ignacio Martínez, dos antiguos jefes insurgentes in- 
dultados, dos de los antiguos hermanos de Leona, que hoy ser- 
vían al Gobierno español. Martínez había dado parte de que por 
aquellos rumbos se encontraba oculto Quintana Roo, y á causa de 
esto le ordenó su jefe que, acompañado de Bargas 3' veinte drago- 
nes, procediera á la aprehensión, l 

Al verlos inesperadamente de lejos, debió comprender Quinta- 
na Roo que era imposible cualquiera resistencia, y que no le que- 
daba, otra salvación que la huida, porque, si lo aprehendían sin ha- 
ber solicitado antes la gracia de indulto, sería condenado á muer- 
te de una manera irremisible, á causa de la gran participación que 
había tenido hasta entonces en los Gobiernos insurgentes; pero es- 
tando ya las fuerzas realistas en la barranca, tenía necesidad de 
huir con la mayor rapidez, y, si llevaba consi,go á Leona y á su 
hija, ni ellas ni él lograrían escapar, y los tres serían muertos se- 
guramente por las balas de los realistas. Quintana Roo confió 
sin duda en que las autoridades españolas tratarían á Leona con 
indulgencia y nunca osarían condenarla á muerte, y, sin tiempo 
para hacer otras consideraciones, extendió violentamente, ;'t nom- 
bre propio y de Leona, una brevísima solicitud de indulto, á la 
cual puso fecha 12 de aquel mes, y escapó solo, obligado quizás 
por la misma Leona. Momentos después, llegó Martínez con Bar- 
gas y los dragones, 3" la aprehendió. Leona, grave y digna, se li- 
mitó á entregar la solicitud de indulto firmada por su esposo. No 
obstante, quedó presa y fué conducida al pueblo de San Pedro 
Tejupilco, de la susodicha jurisdicción de Sultépec, 2 juntamente 
con «su Equipage,» i que ya no contenía las gorras de raso, ni los 
sobretúnicos de gasa de Italia, ni las bandas de tafetán, ni las me- 
dias bordadas ni tantas otras prendas exquisitas á que antes Leo- 



1 Oficio que el Comandante de Tehuantépec, Teniente Coronel don Mi- 
guel Torres, dirigió al Virrey, el 16 de marxo de 1818. M. S. Ibídem. 

2 Oficio citado, del Teniente Coronel don Miguel Torres, fecha 16 de 
marzo. 

3 Parte rendido por Vicente Bargas al Teniente Coronel don Nicolás 
Gutiérrez, el 17 de marzo de 1818. M. S. En el Archivo General y Público de 
la Nación. 









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PLANO DEL RANCHO DE TLACOCrSPA, DISTRITO DE SI'LTEI'EC, Y 
DEL PUEBLO DE TE.IUPILCO, DlSTIMTo DK TEMASfALTEPIÍC, ESTADO 
DE MEXK'O.— Estad,, AcTiAL. 



381 

na estuvo acostumbrada; ella misma debió llevar en brazos á su 
hija desde Tlacocuspa hasta San Pedro Tejupilco. 

Comunicóse luego la aprehensión al Comandante de Temascal- 
tépec, Teniente Coronel don Miguel Torres, y se le remitió la soli- 
citud de indulto presentada por Leona; Torres lo concedió inme- 
diatamente y, además, hizo que llamaran á Quintana Roo. 1 

Entre tanto, éste supo, el 15 de marzo, que Leona estaba presa 
y que había sido «estropeada y escarnecida.» Arrepintióse enton- 
ces de haberla dejado; temió tal vez que fuese fusilada, y, poseído 
de una desesperación sin límites, quiso salvarla á cualquier precio, 
aun cuando para ello tuviera que servir al Gobierno español con- 
tra la causa de la Independencia, por la que había sacrificado todo 
con suma abnegación: el amor suele enloquecer, y evidentemen- 
te Quintana Roo idolatraba á Leona. Escribió, pues, una carta al 
Comandante Torres, en la cual le decía que, por haber sido «miem- 
bro de todos los goviernos revolucionarios,» durante siete años, 
había «podido adquirir suficiente conocim.*" de la empresa (de In- 
dependencia) y de los perjuicios que resultarian á la America de 
que se llevase al Cabo, quando su verdadero interez es insepara- 
ble de su unión con España;» que en fuerza de este desengaño, se 
habría presentado, desde hacía días, ;í recibir «la real gracia del 
Ynduito," si no se lo hubiesen estorbado dificultades insuperables; 
pero que hoy, aprehendida, maltratada y vejada su esposa doña 
María Leona Vicario, él no podía menos que estar en ánimo de in- 
dultarse «y hacer quantos servicios» pudiera al Monarca español, 
si se le afianzaba «la libertad, buen trato y seguridad» de .su cita- 
da esposa, se le restituían «todos sus derechos de ciudadana» y se 
echaba un velo sobre los acontecimientos que habían motivado su 
proceso en 1813; que para él nada exigía y todo lo dejaba «á la 
buena fee y clemencia del Govierno,» y que si fuesen necesarios 
algunos sacrificios, quería sufrirlos en su persona exclusivamente, 
con tal de que no se siguiera «el menor perjuicio» á su esposa ni 
se la incomodara «p."" ningún motivo.» - 

Escrita la carta anterior, recibió Quintana Roo el llamamiento 
que le hacía el Comandante Torres, por lo que al momento se 
transladó á San Pedro Tejupilco. Reunióse allá con Leona, y am- 
bos quedaron custodiados, mientras que el Virrey resolvía si apro- 
baba ó no la gracia de indulto que les había otorgado el mismo Co- 



1 Oficio citado, del mismo Comandante Torres, fecha 16 de marzo. 

2 Carta susodicha, fecha 15 de marzo de 1S18. M. S. En el Archivo Gene- 
ral y Público de la Nación. 



382 

mandante Torres. 1 No fué sino hasta el día 27, cuando el Virrey 
confirmó dicha gracia, y aunque declaró que no la sujetaba á «con- 
dición alguna,» como á renglón seguido decía que Leona y su es- 
poso debían disfrutarla en España, les imponía paladinamente la 
terrible restricción del ostracismo. 2 

Quintana Roo no se conformó con tan contradictoria resolu- 
ción, y elevó al Virrey dos representaciones sucesivas, suplicán- 
dole declarara que ni él ni su esposa podían «sufrir pena ni graba- 
men alguno por las operasiones ya perdonadas,» y dispusiera se 
les devolviesen «todos sus bienes,» que eran los de Leona exclusi- 
vamente, porque nada se había confiscado á Quintana Roo. El Lie. 
Velasco, á quien tocó dictaminar sobre ambas representaciones, 
expuso, el 5 de septiembre, que el indulto concedido sin «condición 
ó restricción alguna,» se refería únicamente «;l las personas de los 
indultados, y de ningún modo á sus bienes, los que no sólo estaban 
ya confiscados (de acuerdo con la opinión unánime de los autores 
criminalistas), sino consumidos en parte, y el resto distribuido con 
individual espesífica aplicasión;» que, no obstante, en atención á 
«los generosos paternales sentimientos de Nro. Augusto Monar- 
ca,» opinaba que el Exmo. señor Virrey podía mandar, si era de su 
superior agrado, se librase orden al Cuerpo Consular de Vera- 
cruz para que franqueara con la mayor brevedad «á la Vicario y 
á su marido D. Andrés Quintana, ocho ó nuebe mil pesos, á fin 
de que con esta cantidad puedan socorrer sus nesesidades actua- 
les, y sobre todo, la principalísima de emprehender su viaje á Es- 
paña, donde deven pasará disfrutar la grasia del indulto.»^ Por 
haber sido del superior agrado del Virrey conformarse con este 
pedimento, se giró «una libranza de ocho mil p.s contra el Consu- 
lado de Veracruz,» que Quintana Roo recibió de buena voluntad, 
y se apresuró á cobrar, pero sin conseguir que le fuese pagada, 
porque el Consulado carecía de fondos.4 

Leona y su esposo vivían á la sazón en Toluca con extrema mi- 
seria. Quintana Roo había solicitado licencia para venir á México 
á arreglar varios asuntos que tenía aquí; pero le fué negada por el 
Virrey, el 16 de septiembre, no obstante que desde el 4 de agosto 



1 Oficio citado, de éste, fecha 16 de marzo. 

2 Oficio que el Virrey dirigió al Comandante don Miguel Torres, el día 
susodicho. M. S. En el Archivo General y Público de la Nación. 

3 Dictamen susodicho. En causa citada, instruida contra Leona. 

4 Notificación hecha al mismo Quintana Roo, el 1.° de octubre de 1818. 
Ibídem. 



383 

el Intendente Correg'idor don Ramón Gutiérrez del Mazo había 
ordenado al Subdelegado de Toluca, don Francisco Gutiérrez Ru- 
bín de Celis, que notificara á Quintana Roo ocurriera á la Capital 
para que se entendieran con él las diligencias pendientes. 1 

Sucedió que, por ignorarse la residencia de Quintana Roo, no 
fué notifcado sino hasta el 1." de octubre; contestó que el Exmo. se- 
ñor Virrey se oponía á que viniera á México, y que él no estaba en 
aptitud de nombrar apoderado, debido á que carecía «en lo abso- 
luto» de recursos, pues se hallaba «en lamentable estado de mice- 
ria,» según constaba al señor Subdelegado que lo notificaba, y era 
«notorio;» que en tal virtud, se veía obligado á pedir de nuevo li- 
cencia para venir á México, ó que el nominado Exmo. señor Virrey 
expensara al apoderado que él estaba pronto á nombrar, porque, 
como dejaba dicho, se encontraba «en la mayor indigencia.»- 

Acordóse, el 20 de octubre, que Quintana Roo nombrara repre- 
sentante expensado por el gobierno, ó instruyera al apoderado de 
pobres. Notificada esta resolución. Quintana Roo contestó, el 21 
de noviembre, con un escrito, en el cual rogaba que se aclarase si 
Leona podía reclamar sus bienes ó quedaban definitivamente ena- 
jenados al Fisco, porque, en este último caso, resultaría inútil el 
nombramiento de apoderado; suplicaba también que, entre tanto se 
hacía tal aclaración, se ordenase que los ocho mil pesos librados 
á favor de Leona, fueran cubiertos con los capitales que formaban 
parte del haber hereditario de doña Camila Fernández de San Sal- 
vador, impuestos sobre las haciendas de Maní y Anexas y el Pe- 
ñol Viejo y que se había adjudicado don Agustín Pomposo, «á tí- 
tulo de quinto y de deudas que tienen mucho que purificar;» Quin- 
tana Roo aseguraba que don Agustín Pomposo había reservado 
para sí y una hermana suya, lo mejor de aquella herencia, dejan- 
do «lo incobrable» á Leona, por lo que, hoy, «cercada de necesida- 
des extremas, carece de un pan miserable con que satisfacerlas. »3 

Como transcurrieron varios meses, y Quintana Roo no llegaba 
á obtener ninguna resolución, elevó al Rey una larga representa- 
ción, el 11 de julio de 1(S1*), que no produjo mejor resultado. Con 
un candor de niño, se esforzaba por demostrar en ella que Leona 
había abrigado siempre «los sentimientos más puros y acendrados 
de lealtad al más digno de los Monarcas,» el señor don Fernando 
Vil, y que no había sido llevada de grado á los campamentos insur- 



1 Orden susodicha. Ibídem. 

2 Notificación ya citada. 

3 Diligencias relativas. Ibídem. 



384 

gentes, sino conducida por seis hombres á «mano armada:» tales 
eran los principales argumentos que aducía Quintana Roo para que 
se devolviesen á Leona sus bienes confiscados. 1 La miseria no es 
buena consejera. 

Hacia fines de septiembre, Quintana Roo había salido tal vez 
de su angustiada situación; á lo menos, dio muestras entonces de 
mayor cordura, porque hizo justicia á la integridad de don Agus- 
tín Pomposo, declarando, en un escrito agregado á los autos sobre 
confiscación de bienes de Leona y cuentas de su cúratela, que 
quedaba convencido «de la exactitud, legitimidad y arreglo de las 
partidas» de éstas, debido á que don Agustín Pomposo había «sa- 
tisfecho plenamente á todas y cada una de las objeciones» formu- 
ladas.^ 

Leona y su esposo no llegaron á salir para España, porque tam- 
poco el Consulado llegó á pagarles la libranza de ocho mil pesos 
que habían recibido, y el Virrey no quiso sufragar los gastos de 
viaje por cuenta del Gobierno. Así que. Leona y Quintana Roo dis- 
frutaron aquí, de hecho, la gracia de indulto. 

Entendemos que al fin se les permitió que se establecieran en 
la Capital, pues Quintana Roo se incorporó en el Ilustre y Real 
Colegio de Abogados, el 22 de agosto de 1M20, 3 y, el 12 de marzo 
del año siguiente, resultó electo por la misma Capital Diputado á 
Cortes para 1822 y 1823,-1 cargo que no desempeñó, á causa, pro- 
bablemente, de que careció de fondos para ir á España. 

Durante aquel año de 1821, Leona tuvo á su segunda y última 
hija, que fué llamada María Dolores. J 



1 Repre.sentacic'jn susodicha. Ibídcni. 

2 Escrito susodicho, sin leclia, pasado al Promotor Fiscal el 27 de sep- 
tiembre de 181'). Ibídem. 

3 Lista alfabética de los individuos matriculados en (dicho Colegio). Mé- 
xico, 1824. Pág. 23. 

4 Gaceta del Gobierno de México, del martes 13 de marzo de 1821. Pág. 
25b 

5 Testamento de doña María Leona Vicario. 30 de marzo de 1839. M. S. 
En el Archivo General de Notarías. 




CAPITULO XIII. 



su VIDA POSTERIOR. 



La defección de Iturbide, del ejército realista, y la abnegación 
sin igual de Guerrero, que declinó en aquel jefe el mando supre- 
mo de las tropas insurgentes, consumaron al fin la Independencia 
de la Nueva España en 1821. 

Proclamado Iturbide Emperador de México, el mes de mayo 
del siguiente año, cinco meses después nombró Subsecretario de 
Estado y del Despacho de Relaciones Interiores y Exteriores á 
Quintana Roo, 1 á quien, siete años antes, había perseguido con en- 
carnizamiento: la política presenta de continuo mudanzas como és- 
ta. Leona, pues, volvió á disfrutar en México de una alta posición 
social, á la que tenía que dar hoy inmenso brillo el comportamiento 
heroico que había observado durante la guerra de Independencia. 

Pero Quintana Roo, que aspiraba, aunque moderadamente, á 



1 Actas del Congreso Constituyente Mexicano. 1822-1823. Tomo 11, págs. 
465-465. 

Anales 49 



386 

establecer las libertades política y religiosa, no podía marchar de 
acuerdo, largo tiempo, con Iturbide, que tendía á revivir el despo- 
tismo del antiguo régimen. Y en efecto, pronto se verificó la desa- 
venencia, al aprobar la Junta Nacional Instituyente. el 22 de febre- 
ro de 1823, los últimos artículos del Decreto sobre convocatoria 
de un nuevo Congreso Constituyente, l Quintana Roo escribió en- 
tonces una exposición al Emperador, titulada «^Opinión del Gobier- 
no sobre la Convocatoria,» donde terminantemente sostenía que 
era inconveniente fijar restricciones al futuro Congreso en mate- 
ria de tolerancia religiosa y forma gubernativa, y que, para legis- 
lar sobre ambas cosas, debía tener «absoluta libertad;» 2 esta ex- 
posición fué impresa y reimpresa violentamente por un amigo de 
Quintana Roo, y circuló con tal prontitud, que tres mil ejemplares 
«se expendieron en breve tiempo,» según decía el mismo Quintana 
Roo, en una carta que escribió al Emperador, de la que luego ha- 
blaremos. Quintana Roo remitió el Decreto y la «Opinión» á Su 
Majestad Imperial, que á la sazón se hallaba en Ixtapaluca, y quien, 
como era de esperarse, los recibió «con sumo desagrado.» Pare- 
ce que Iturbide aun no conocía bien á Quintana Roo; á lo menos, 
no esperaba que, habiendo merecido toda su confianza, se atrevie- 
ra á abrigar y encubrir ideas políticas diametralmente opuestas á 
las suyas, adoptadas ya por la Nación en las Bases Constituciona- 
les de 24 de febrero de 1822, que expresamente declaraban que la 
religión católica, apostólica, romana, sería la única del Estado, y 
la monarquía moderada, su forma de gobierno; debido á esto, y á 
que Quintana Roo imprimió ó dejó imprimir su exposición con «de- 
bilidad verdaderamente criminal,» á juicio del Gobierno, el Empe- 
rador mandó que fuese destituido, sin perjuicio de que se le siguiera 
la responsabilidad consiguiente y se publicara su destitución en el 
periódico oficial. 3 Para evitar que lo aprehendiesen. Quintana 
Roo huyó de la Capital y se refugió en Toluca. 4 Ignoramos si lle- 
vó consigo á Leona y á sus dos hijas. 

Antes de salir, dirigió al Emperador, el 28 de febrero, la carta 
susodicha, en la cual le manifestaba que aquella destitución satis- 
facía sus más ardientes deseos; era inexacto que hubiese encubier- 



1 Juan A. Mateos. Historia Parlamentaria de los Congresos Mexicanos. 
México. 1878-1886. Tomo II, págs. 106-107. 

2 L. Alamán. Historia citada. Tomo V, pág. 725. 

3 Gaceta del Gobierno Imperial de México, del jueves 27 de febrero de 
1823. Pág. 104. 

4 L. Alamán. Historia citada. Tomo V, pág. 725. 



387 

to opiniones, que antes no tuvo oportunidad de emitir, y, por otra 
parte, no existía motivo para calificar de crimen el hecho de haber 
instruido al público en un asunto de tanta trascendencia: «Yo, Se- 
ñor, decía, estaba notado de cómplice en los extravíos que se im- 
putan al Gobierno; con la mayor injusticia se me atribuían todos los 
pasos que V. M. daba en la carrera de la administración. Papeles 
que ni aun he tenido la paciencia de leer, corrían como míos, y na- 
die me perdonaba la cooperación con que se suponía concurría yo 

á esclavizar la Nación en tal compromiso, me creí obligado 

á satisfacer á mis compatriotas.» Esta contestación fué publicada 
en Puebla, el 22 de marzo siguiente, 1 tres días después de la ab- 
dicación de Iturbide. 

Desterrado éste, el Soberano Congreso Constituyente se ocupó 
de honrar la memoria de los insurgentes muertos, y de recompensar 
á los que sobrevivían, por lo que Leona juzgó oportuno pedirle, el 8 
de agosto de 1(S23, no un premio (ya hemos repetido que su modes- 
tia era muy grande), sino sencillamente la devolución del capital im- 
puesto sobre el Consulado de Veracruz, que le había confiscado el 
Gobierno Español. - No pedía mucho ciertamente, pues sobrado de- 
recho tenía á la restitución íntegra de dicho capital y de todos sus 
demás bienes, que asimismo le habían sido confiscados, como sus ri- 
cas alhajas, sus lujosos vestidos, sus preciosos muebles, sus vajillas 
valiosas y en general cuantos guardaba en su casa, y que, á precios 
reducidísimos, fueron valuados judicialmente en $ 3.980, 3 rs., el mes 
de septiembre de 1816; 3 Leona pudo pedir todavía una recompensa 
igual á las concedidas á otros insurgentes, que no habían prestado 
servicios tan importantes como ella. Ahora bien: los miembros del 
Soberano Congreso supieron aquilatar debidamente la moderación 
de la solicitud de Leona y sus excepcionales méritos, y aprobaron 
unánimemente, los días 17 y 18 de diciembre de 1823, que le fuesen 
pagados el capital impuesto sobre el Consulado de Veracruz y los 
intereses insolutos, con «una finca nacional, igual en valor al impor- 
te de ambos créditos.» 4 Hecha la liquidación, resultó un saldo de 
ciento doce mil pesos á favor de Leona, en pago de los cuales el 

1 Con el título de «Contestación á la orden imperial inserta en la ga- 
zeta de México de 27 de febrero (de 1823), sobre deposición del Subsecreta- 
rio de Estado.» 

2 J. A. Mateos. Historia citada. Tomo II, págs. 469, 578 y 614. 

3 Avalúos relativos. En causa citada, instruida contra Leona. 

4 J. A. Mateos. Historia citada. Tomo II, pág. 618.— Colección de Leyes 
y Decretos de la Soberana Junta Provisional Gubernativa y Soberanos Con- 
gresos Generales de la Nación Mexicana. México, 1829-1840. Tomo 111, pág. II. 



588 

Supremo Gobierno le cedió la hacienda de labor, de pulque y de 
ganado, llamada Ocotépec, sita en los llanos de Apan, que reporta- 
ba un gravamen de ochenta y siete mil noventa y cinco pesos, y las 
casas ubicadas en la Capital, números 2 de la S.'^ calle de Santo Do- 
mingo y 9 y 10 de la de Cocheras, que reconocían diez y seis mil 
pesos. Leona se transladó luego con su esposo é hijas á la prime- 
ra casa. 1 

Cuatro años más tarde, el Honorable Congreso del Estado de 
Coahuila y Tejas hizo ver, en un decreto, que los eminentes servi- 
cios prestados por Leona á la causa de la Independencia, habían 
despertado ya un sentimiento común de gratitud nacional. Dicho de- 
creto, aprobado «por aclamación» durante la sesión del día 2 de 
noviembre de 1827, disponía que la villa del Saltillo se denomi- 
nara en lo de adelante ciudad de «Leona Vicario;» pero al ser co- 
municado, para su promulgación, al Poder Ejecutivo local, éste lo 
devolvió con observaciones, el 7 del mismo mes, porque la Consti- 
tución del Estado sólo consentía los honores postumos, y, consi- 
guientemente, si se había de cambiar el nombre de la villa del Sal- 
tillo, debía ser por el de «alguno de los patriotas de nuestro país, que 
hayan fallecido defendiendo sus derechos, y cuyos servicios estén 
calificados por el Soberano Congreso.» La Honorable Legislatura 
no estimó pertinente esas observaciones cuando discutió de nuevo 
el asunto, y, sin detenerse entonces ;í hacer una apología de Leona, 
la comparó al «árbol bueno, cuyos frutos le han dado á conocer den- 
tro y fuera de la República;» se congratuló de que no hubiese muer- 
to; hizo votos porque Dios le conservara la vida «muchos años para 
satisfacción de su Nación que la idolatra, honra de su sexo y ejem- 
plo de constancia y patriotismo,» y no obstante que reconoció que 
la Constitución local la facultaba únicamente «para decretar hono- 
res á la fama postuma de los grandes hombres,» declaró que no le 
prohibía «hacer otro tanto con los vivos que hayan llegado á me- 
recerlo,» porque afirmar lo uno no era negar lo otro, y, además, 
porque al calificar «de extraordinarios en su esfera» los servicios 
de Leona, se había limitado á «secundar, si no la generosidad, al 
menos el reconocimiento y afecto de un Congreso de Chilpancin- 
go:» así que, ratificó unánimemente el decreto, y por segunda vez 
lo remitió, «en sus mismos términos,» al Poder Ejecutivo para que lo 
mandase publicar. 2 El señor don José María Viesca y Montes, que 

1 Testamento citado, de Leona. 

2 Copia expedida por el Oficial Mayor del Congreso del Estado de Coa- 
huila de Zaragoza, don Bernardo Laredo, de las actas de las sesiones en que 
fué discutido y aprobado el decreto susodicho. M. S. En mi poder. 




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389 

desempeñaba á la sazón el Gobierno del Estado, tuvo que promul- 
gar solemnemente el decreto y que circularlo, porque el artículo 
103 de la Constitución local le prohibía hacer observaciones, dos 
veces, á un mismo decreto. 1 Parece que la promulgación se veri- 
ficó el 15 de noviembre de 1827.- 

Leona dio las gracias á la Honorable Legislatura por la gracia 
que le había dispensado, «tanto más apreciable y lisonjera, decía, 
cuanto menos merecida.» 3 

Electo para Presidente de la República, en septiembre de 1828, 
don Manuel Gómez Pedraza, sus enemigos hicieron estallar una re- 
volución, que lo amedrentó sobremanera y lo obligó á expatriar- 
se. La Cámara de Diputados de la República declaró insubsisten- 
te su elección, el 9 de enero del siguiente año, y nombró á Gue- 
rrero Presidente de la República y á don Anastasio Bustamante Vi- 
cepresidente, -t Meses después. Guerrero confió á Bustamante el 
mando del Ejército de Reserva para que combatiese al Brigadier 
español don Isidro Barradas, que había invadido el territorio na- 
cional; pero Bustamante se pronunció con aquel Ejército en contra 
de Guerrero, y se adueñó de la Suprema Magistratura, el 1." de 
enero de 1830; su administración, si bien honrada y progresista, 
abundó en arbitrarias persecuciones. Víctima de una de éstas fué 
Gómez Pedraza, que al arribar, enfermo y pobre, á \^eracruz, el 
7 de octubre del mismo año, tuvo que volver á tierras extranjeras 
por orden del Ministro de la Guerra y Marina don José Antonio 
Facio.5 

Quintana Roo, que era sin duda uno de los Diputados que más 
resueltamente se oponían al Gobierno, formuló una acusación en 
contra de Fació con el objeto de presentarla á la Cámara de Re- 
presentantes, el 20 de dicho mes; empero, por haberse destinado 
este día á distinto asunto, Quintana Roo se vio precisado á apla- 
zar su acusación. Luego se desistió de ella, á causa de que Busta- 
mante le ofreció que «dentro de breves días sería removido 

1 Artículo susodicho. En Colección de Constituciones de los Estados 
Unidos Mexicanos. México, 1828. Tomo I, pág. 234. 

2 Esteban. L. Portillo. Anuario Coahuilense para 1886. Saltillo. Pág. 47. 

3 En copia citada, expedida por el Oficial Mayor del Congreso del Esta- 
do de Coahuila de Zaragoza, don Bernardo Laredo. 

4 J. A. Mateos, Historia citada. Tomo V, págs. 322-323. 

5 Manuel Gómez Pedraza. Exposición que dirige desde Nueva Orleans 
á la Cámara de Diputados de la República de México. 10 de noviembre de 

1830. México. 1831. Pássim.— El mismo. Manifiesto que dedica á sus compa- 
triotas, ó sea una reseña de su vida pública. Nueva Orleans. 17 de marzo de 

1831. Nueva Orleans. 1831. Pássim. 



390 

Fació.» Sin embargo, como transcurrieron no sólo días, sino sema- 
nas enteras sin que Fació dejara el Ministerio de la Guerra y Ma- 
rina, Quintana Roo presentó su acusación, el 2 de diciembre, con 
una adición, en la cual decía que nada lo atemorizaba cuando de- 
fendía la justicia, y que hoy no retrocedería ni ante la muerte, que 
de antemano aceptaba «en defensa de la libertad y del honor de la 
patria.» l Algo debió alentar á Quintana Roo la circunstancia de 
haber sido electo Presidente de la Cámara, un día antes. 2 

El día 5 de enero de 1831, Quintana Roo comenzó á publicar 
«El Federalista Mexicano» para hacer más eficaz su abierta y ru- 
da oposición al Gobierno de Bustamante. Pensamos que éste no 
se resignó á sufrirla, porque, al anochecer del miércoles 2 del si- 
guiente febrero, cuatro militares armados se presentaron en una 
imprenta de la calle de las Escalerillas á recoger «las formas del 
Federalista,» y cuando alguien les dijo que este periódico se tira- 
ba en otra imprenta establecida en una accesoria de la Espalda 
del Hospital de San Andrés, se irritaron mucho, dieron «unos cuan- 
tos cachetes» á un muchacho que estaba allí, y se dirigieron violen- 
tamente á dicha accesoria; pero como la encontraron cerrada y 
no pudieron abrirla, se encaminaron á la casa de Quintana Roo, 
que era, según hemos dicho, la número 2 de la 3.^ calle de Santo 
Domingo, adonde llegaron «poco después de las oraciones.» Dos 
de ellos se quedaron en la puerta, y los otros dos, apellidados Me- 
rino y Antepara, entraron y fueron recibidos por Leona «con las 
atenciones de estilo,» á pesar de que le parecieron sospechosos 
desde el primer momento; dijéronle «que tenían que hablar á so- 
las» con su esposo, y aunque Leona les contestó que había salido, 
y no volvería sino hasta las nueve y media ó las diez, se pusie- 
ron á conversar con ella sobre «cosas indiferentes,» durante más 
de media hora; en seguida se despidieron, indicando que regre- 
sarían. 3 A poco supo Leona que mientras había estado platican- 
do con Merino y Antepara, los otros dos militares se apodera- 
ron de la puerta é impidieron al portero que la cerrara, sencilla- 
mente «porque estaban los gefes arriba.» Temió entonces Leona 

1 A. Quintana Roo. Acusación presentada á la Cámara de Diputados, el 
2 de diciembre de 1830. Pássim.— El mismo. Cuarta representación á la Cá- 
mara de Diputados, sobre la acusación pendiente contra el Ministro de la 
Guerra. 10 de diciembre de 1831. México. 1831. Pássim. 

2 J. A. Mateos. Historia citada. Tomo VI, pág. 2S7. 

3 El Federalista Mexicano, del sábado 5 de febrero de 1831.— Comunica- 
do que Leona dirigió á los editores de El Sol, el 7 del mismo mes, y Rela- 
ción anexa. En el mencionado Federalista, del miércoles 9 del repetido raes. 



391 

que su esposo llegase á ser víctima de algún atentado funesto, y, 
para prevenirlo, hizo venir á su casa inmediatamente á los muy 
respetables señores don Juan Goríbar y don Lorenzo Carrera, y, 
acompañada de ambos, se dirigió á Palacio, la misma noche, con 
el objeto de pedir al Presidente Bustamante, nos dice ella, «la pro- 
tección de la autoridad pública, ó, en caso de que ésta no pudiese 
dispensárseme, buscar por mí misma mi seguridad. » l Inmensa re- 
pugnancia debió sentir Leona al solicitar audiencia de Bustamante, 
el antiguo jefe realista que aprehendió á su correo MarianoSalazar, 
en 1813, y que más tarde sacrificó sin piedad á cuantos insurgentes 
cayeron en sus manos; '- pero Leona sabía arrostrar cualquier sa- 
crificio, por lo que y por no haber conseguido hablar á Bustaman- 
te, aquella noche, volvió á Palacio, al siguiente día. 

Recibida entonces por el Presidente, Leona le manifestó el temor 
que abrigaba de que su marido fuese víctima de algún atentado, 
y añadió que si Quintana Roo se excedía ó cometía errores en sus 
escritos, debía ser reprimido con otros y no con medios violentos. 
Bustamante asintió ó aparentó asentir, y llamó al Comandante Ge- 
neral don Felipe. Codallos para darle instrucciones. Codallos se pre- 
sentó y dijo: que el objeto de la visita de Merino y Antepara había 
sido únicamente pedir á Quintana Roo una satisfacción, á nombre de 
Otero, atacado, lo mismo que el Gobierno, por «un tal Federalista;» 
que, por otra parte, «se hacía indispensable contestar á palos á 
los escritores, y que él no había de dar otra respuesta, porque no 
sabía escribir. » Sumamente asombrada Leona con esta brutal doc- 
trina, y más aún con que fuera expuesta tan desembarazadamente 
por un empleado público ante el Primer Magistrado «de una repúbli- 
ca libre," contestó al punto que la conducta impune de cuatro hom- 
bres armados que asaltaban las casas para vengarse de un ciudada- 
no, sólo probaba que «debía considerarse disuelta la sociedad y res- 
tituida á cada una la obligación de defenderse por sí;» que extraña- 
ba hubiesen aparecido semejantes desfacedores de entuertos, que 
en lugar de sacar las espadas en pro de los desvalidos y doncellas 
menesterosas, no trataban sino de vindicar á garrotazos el honor de 
unos individuos que bien podían pedir satisfacción personalmente. 
El señor Codallos no entendió quizá tan fina ironía, é insistió en sus 
anteriores ideas, que Leona no pudo menos que tachar de bárbaras. 
Leona dijo además á Bustamante «que, no siendo Sultán de Cons- 
tantinopla, sino gefe de una república libre, no debía permitir que 



1 Comunicado de 7 de febrero y Relación anexa, citados. 

2 L. Alamán. Historia citada. Tomo IV, pág. 397. 



392 

en su presencia se hiciese aquella burla de las leyes, por un funcio- 
nario como el Sr. Codallos;» Bustamante, que de seguro pensaba 
del mismo modo que éste, se limit<3 á decir ;í Leona: «¿Qué quiere 
vd? ¡insultan tanto! » Indignada Leona, puso fin á la audiencia, no sin 
manifestar á Bustamante que únicamente había ido allí para saber 
si debía contar con la protección de la autoridad, ó defenderse 
«con independencia de ella, como en el estado natural,» á lo que 
Bustamante replicó que dentro de su casa «podía contar con seguri- 
dad, pero que (él) no podía responder de lo que ocurriese fuera. »l 
Mucho se habló de aquella entrevista de Leona con Bustaman- 
te. Oficiosamente ó por consigna, los periódicos gobiernistas se 
apresuraron á comentarla en sentido muy desfavorable para Leona. 
Inició «El Sol» la campaña, el 6 de febrero, con un párrafo que de- 
cía que Leona, «apoderada y esposa» de Quintana Roo, había so- 
licitado escandalosamente, de S. E. el Presidente, el castigo de unos 
oficiales, á quienes ningún cargo se podía hacer, «á menos que se 
quisieran castigar intenciones.» 2 Al siguiente día. Leona dirigió á 
los editores del mismo periódico un comunicado, en el cual negaba 
que hubiese pedido con escándalo ó de cualquier otro modo que 
fuesen castigados los oficiales Merino y Antepara; que no lo habría 
solicitado ni en el caso de que «los referidos señores hubiesen com- 
pletado un crimen,» pues sus ideas y sentimientos no estaban por 
pedir venganzas de los agravios que se le hacían; tampoco era cier- 
to, manifestaba, que su marido la hubiese nombrado su apoderada, 
«porque no teniendo frenillo ni pepita en la lengua, que le impi- 
da defenderse, lo hará mejor que yo cuando le parezca oportuno, y 
á mí no me gusta defender á quien está en estado de poderlo ha- 
cer por sí mismo.» Leona remitió con su comunicado una relación 
sencilla de los acontecimientos, en comprobación de la cual invo- 
caba el testimonio intachable de los señores Goríbar y Carrera. 
Mas como ^El Sol» se abstuvo de publicar ambos documentos, 
porque desacreditaban á Bustamante y á Codallos, y continuó su 
descortés tarea de zaherir á Leona, ya presentándola «con lanza y 
á caballo, »3 cual un Quijote de enaguas, ya asegurando que había 
abrigado temores fantásticos, 4 Leona tuvo que publicar en «El Fe- 
deralista Mexicano» el comunicado y la relación que había dirigi- 
do á «El Sol» para sincerarse.5 Inmediatamente el «Registro Ofi- 

1 Comunicado fecha 7 de febrero y Relación anexa, ya citados. 

2 Periódico susodicho, de la fecha mencionada. 

3 Periódico susodicho, del martes 8 de febrero de 1831. 

4 Periódico susodicho, del miércoles 9 de febrero de 1831. 

5 Del miércoles 9 de febrero de 1831. 



393 

cial,» que, de acuerdo con su nombi'e, era el órgano del Supremo 
Gobierno, aseguró que el Presidente había atendido á Leona, re- 
comendando á Codallos que tomara las medidas oportunas. 1 Un 
día después, el mismo periódico pedía á sus lectores que suspendie- 
ran todo juicio acerca de los hechos referidos por Leona, hasta 
que leyesen la contestación de Codallos. 2 Esta fué impresa en ex- 
tracto, el día 12; en ella Codallos olvidaba tal vez que el órgano ofi- 
cial acababa de hablar de medidas oportunas recomendadas por 
el Presidente, y decía que S. E. no dictó ninguna, á causa de que 
Leona tampoco alegó ningún delito consumado; para mayor cla- 
ridad, Codallos añadía que S. E. y él juzgaban que la autoridad no 
podía prevenir los hechos delictuosos, lo que equivalía ;'i indicar 
que ambos funcionarios verían impávidamente fraguar cualquier 
asesinato; Codallos confesaba que profirió expresiones «fuertes» 
delante de Leona y del Primer Magistrado de la República, y, pa- 
ra excusarse, decía que Leona las había provocado con otras que 
la pluma no podía transcribir «sin repugnancia: »3 mintiendo de este 
modo é injuriando así á una dama digna por muchos títulos del ma- 
yor respeto, el Comandante General daba muestras de una falta 
absoluta de caballerosidad. 

No impunemente se combatía al Gobierno de Bustamante. Pre- 
cisamente dos días después de que se publicó la contestación de 
Codallos, era fusilado en Oaxaca don Vicente Guerrero por el so- 
lo hecho de haber tratado de recuperar la Presidencia que le había 
arrebatado Bustamante con perfidia criminal. Aunque Bustaman- 
te había pagado ya la cabeza de aquel insurgente de perseverancia 
imponderable. Benemérito de la Patria y segundo Presidente de la 
República, quiso patentizar todavía su inagotable esplendidez, y as- 
cendió á Fació ;l General de Brigada y publicó su ascenso en el « Re- 
gistro Oficial» del día 15 del mismo mes: á Fació se debía, en par- 
te principal, la aprehensión y muerte de Guerrero.4 Sin embargo, 
Leona jam;is había retrocedido ante ningún peligro, y tampoco re- 
trocedió en esta ocasión; por lo contrario, el día 16, publicó un se- 



1 Registro susodicho, del miércoles 9 de febrero de 1831. 

2 Periódico mencionado, del jueves 10 de febrero de 1831. 

3 Registro Oficial, del sábado 12 de febrero de 1831. 

4 Dictamen de la Sección del Gran Jurado sobre el proceso instruido á 
los ex-ministros (don Lucas Alamán, don José Antonio Fació, don Rafael 
Mangino y don José Ignacio Espinosa). En Proceso instruido por la Sección 
del Gran Jurado á los Ministros de don Anastasio Bustamante. México. 1833. 
Pág. 235. 

Anales 50 



394 

gundo comunicado, donde terminantemente desmentía á Codallos, 
ó mejor dicho, al editor del «Registro Oficial,» en quien veía al 
verdadero autor de la contestación impresa cuatro días antes; era 
del todo falso que se hubiese propasado en palabras descompues- 
tas, ajenas ú su carácter y á su educación: «Nadie, agregaba, me ha 
conocido deslenguada y atrevida, ni podrá discernir un solo linea- 
miento del original en el injurioso retrato que de mí hace el editor 
del «Registro Oficial,» convertido en Hbelista con desdoro de la 
dignidad del Gobierno, en cuyo nombre habla. »l 

Al pronto, el «Registro Oficial» no se atrevió á replicar á Leo- 
na; pero un mes después, al rebatir un artículo que «El Federalis- 
ta Mexicano» publicó en contra del Ministro de Relaciones don 
Lucas Alamán, decía de paso y muy embozadamente que Leona 
había recibido «casas y haciendas» en pago de unos créditos, «mer- 
ced á cierto heroísmo romanesco, que el que sepa algo del influjo 
de las pasiones, sobre todo en el bello sexo, aunque no haya leído 
á Madame de Stael, podrá atribuir á otro principio menos patrió- 
tico. »2 El insulto era grosero y ruin, porque presentaba á Leona 
como á una mujer vulgar que abandona su casa para seguir á un 
amante, y pide luego una recompensa por su liviandad. 

Hondamente lastimada Leona de que un compatriota suyo, el 
mismo Alamán, quisiera así manchar su reputación de insurgente 
abnegada y dama honorable, le contestó, el día 26, en una carta, 
que ya otra persona había querido ver sólo un efecto de amor en 
sus servicios á la patria, y que entonces ella imprimió una vindica- 
ción con documentos intachables que destruían por completo se- 
mejante impostura, 3 por lo cual esa persona tuvo que desdecirse 
públicamente; que, á pesar de que entendía que Alamán no ignora- 
ba esto, le remitía un ejemplar de dicha vindicación para el caso 
de que lo hubiera olvidado: advertía Leona que no aspiraba á gran- 
jearse el lauro de heroína, pues sus servicios fueron «comunes y 
cortos,» sino sencillamente á impedir que su memoria pasara con 
fea nota á sus «nietos;» en seguida observaba, respecto de las ca- 
sas que la Nación le cedió, que las había tomado por su valor ín- 
tegro, cuando ninguno quería comprarlas ni en las dos terceras 
partes, y que, no obstante que sólo rendían mil quinientos pesos 
anuales, ó sean los réditos de un capital de treinta mil, ella las ha- 



1 En El Federalista Me.xicano, del miércoles 16 de febrero de 1831. 

2 Periódico susodicho, del lunes 14 de marzo de 1831. 

3 Desgraciadamente no pudimos conseguir esta vindicación, aunque la 
buscamos con empeño. 



395 

bía aceptado en pago de ciento doce mil; concluía esperando que 
Alamán insertara esta carta en el «Registro Oficial;» pero co- 
mo Alamán no lo hizo, Leona la publicó en «El Federalista Mexica- 
no,» pocos días después. 1 

Quizá la opinión pública se pronunció unánimemente en favor 
de Leona, porque sus detractores no volvieron á combatirla. 

En cambio, el Gobierno no cesó de perseguir á Quintana Roo, 
y llegó hasta sujetarlo á un juicio común, sin respetar su fuero 
constitucional de Diputado; indudablemente lo habría reducido á 
prisión y condenado á severísima pena, si Quintana Roo no hubie- 
ra tenido la precaución de ocultarse: fué ofrecida entonces una 
buena gratificación á quienquiera que lo delatara.'.^ 

Vencido Bustamante, á fines de 1832, por la revolución que 
provocó su tiranía, tuvo que entregar la Presidencia á su legítimo 
dueño, Gómez Pedraza, de quien Quintana Roo había sido ardien- 
te y fiel defensor, desde 1830, no obstante las graves y continuas 
persecuciones que á causa de esto sufrió. En lo sucesivo, Quintana 
Roo pudo gozar de una vida mucho más tranquila, y consiguiente- 
mente. Leona también. 

Parece que Leona administraba sus bienes. Nos induce á pen- 
sarlo, el hecho de que, al serle embargados de una manera injusta, 
en su hacienda de Ocotépec, hacia 1838 ó poco antes, unas ovejas 
que valían más de setecientos pesos, se quejó ella misma, de este 
atropello, á don Valentín Canalizo, Gobernador á la sazón del Es- 
tado de México, á cuya jurisdicción pertenecía la hacienda. Leo- 
na pidió á Canalizo, en una primera carta, la devolución de sus 
ovejas, que no era justo perdiera, decía, porque llevaba «25 años de 
hacer sacrificios personales y pecuniarios, y hoy, debido á las 
persecuciones y venganzas injustas» de sus «ingratos paisanos,» 
se hallaba «vastante atrazada en sus negociaciones é intereces;» 
debía ser atendida, agregaba, porque pedía justicia, pero aun 
cuando solicitara una gracia, como ésta sólo tendría por objeto im- 
pedir que se repartieran sus ovejas cuatro zaragates que ya le ha- 
bían saqueado mucho, aun en ese caso esperaría que el señor Ca- 
nalizo le guardara las consideraciones á que era acreedora por sus 



1 El sábado 2 de abril de 1831. 

2 A. Quintana Roo. Ampliación que hace á la acusación que formalizó 
ante la Cámara de Diputados del Congreso General, contra el Ministro de la 
Guerra. 10 de enero de 1832. Mé.xico, 1832. Pássim.— El mismo. (Manifiesto) 
A sus compatriotas. 28 de julio de 1832. México, 1832. Pássim.— Proceso cita- 
do, instruido por la Sección del Gran Jurado. Págs. 6 y 28. 



396 

servicios á la Patria, consideraciones que «por primera vez» recla- 
maba en su vida.i Canalizo se limitó á contestar á Leona que ya 
pedía informe á los individuos responsables del atropello. Leona 
comprendió entonces que éstos dispondrían así de tiempo sobrado 
para vender las ovejas, cuj^o valor le sería imposible recuperar 
después, y, sumamente resentida, escribió una segunda carta á Ca- 
nalizo, en la cual le hacía saber que nada quería ya «ni de justicia 
ni de gracia;» que se conformaba con el robo, y, para que le fuese 
menos sensible, haría cuenta de que existía una guerra extranjera, 
y que había sido saqueada por los enemigos de la Patria.2 

Únicamente nos queda por manifestar que Leona, sin dejar nun- 
ca de cumplir con sus «obligaciones de buena ciudadana» y de sin- 
cera creyente, se consagró á su hogar, como «fiel esposa y cuida- 
dosa madre de familia,» y á hacer el bien á cuantos lo necesitaban 
y acudían á ella: mantuvo al «benemérito, pero pobrísimo» P. Sar- 
torio, durante sus últimos años, y á otros individuos, y convirtió 
su casa en «asilo de muchos pobres;» de su desprendimiento daban 
también testimonio las ricas alhajas que lucía la imagen de la Vir- 
gen de la Capilla del Rosario de Santo Domingo. Por todo lo cual, 
su viejo amigo don Carlos María de Bustamante la llamaba «el or- 
namento de su secso y la gloria de su patria. »3 

Murió piadosamente, como había vivido, ;t las nueve de la no- 
che del 21 de agosto de 1842 años, á los cincuenta y tres de su edad, 
en la casa número 2 de la 3." calle de Santo Domingo, dentro de 
la recámara alta que forma esquina con la calle de Cocheras. Su 
cadáver fué llevado, primeramente, al templo de Santo Domingo, 
donde se le hicieron pomposas honras fúnebres, y conducido des- 
pués al Panteón de Santa Paula para su inhumación.4 Presidió los 
funerales el Presidente de la República, General don Antonio López 



1 Primera carta susodicha, escrita toda de puño y letra de Leona. M. S. 

En el Museo Nacional. 

2 Segunda carta susodicha, escrita toda de su puño y letra. M. S. En el 

Museo Nacional. 

3 Necrología citada. 

4 J. M. Sánchez de la Barquera. Biografía citada. Págs. 7 y 8.— Carlos 
María de Bustamante. Necrología citada.— El mismo. Apuntes para la Histo- 
ria del Gobierno del General don Antonio López de Santa Anna desde princi- 
pios de octubre de 1841 hasta ó de diciembre de 1844. México. 1845. Pág. 72. 
—Según el primer autor, Quintana Roo falleció el 15 de abril de 1851 en la ca- 
sa número 19 de la L» calle de la Merced, y más tarde, su hija Genoveva reu- 
nió sus restos á los de Leona en un mismo sepulcro del Panteón de los An- 
geles. 



397 

de Santa Anna, y concurrieron ;í ellos otras incontables personas 
distinguidas. Los periódicos dieron la noticia del fallecimiento de 
Leona con sentidas frases de condolencia y de justo elogio á sus 
excelsos méritos. 

Conforme al testamento que Leona había otorgado desde el 
30 de marzo de 1839, heredaron sus bienes sus hijas María Dolores 
y Genoveva, su esposo, los pobres y Nuestra Señora de Guada- 
lupe. 1 

Durante los sesenta y siete años transcurridos desde la muerte 
de Leona hasta hoy, ningún compatriota suyo ha iniciado que la 
Representación Nacional la declare benemérita de la patria, ó de- 
crete que se perpetúe su memoria con un monumento: ¿acaso to- 
dos los mexicanos habrán pensado que los miembros del Supremo 
Congreso Insurgente, del Soberano Congreso Constituyente y de 
la Honorable Legislatura del Estado de Coahuila y Texas se ofus- 
caron cuando concedieron recompensas y honores á Leona, y que, 
por lo contrario, el Ministro de Relaciones de don Anastasio Bus- 
tamante tuvo razón para decir que el heroísmo de Leona fué me- 
ramente un sentimiento «romanesco»? 

México, 19 de agosto de 1909. 
1 Testamento susodicho, ya citado. 



P. S.— Muy obligados estamos á rendir un testimonio público 
de gratitud al señor don Guillermo Rivera y Río, que, después de im- 
presa la primera parte de esta obra, tuvo la bondad de proporcio- 
narnos un magnífico retrato al óleo, de Leona, pintado hace tiem- 
po, y de obsequiarnos un primoroso pupitre que ella usó y que el 
señor Rivera y Río conservaba como prenda no sólo de familia, si- 
no también de muy grande estimación «para la gratitud nacional,» 
según se sirve decirnos en dedicatoria honrosísima, que no mere- 
cemos absolutamente. 



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APÉNDICE 



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Publicamos aquí los siguientes documentos: 

I. Acta de nacimiento de Leona. 

II. Carta que escribió, bajo el seudónimo de Enriqueta, á doña 
Gertrudis del Castillo de Gallardo. Agregada á la causa instruida 
contra ésta por el delito de infidencia, el año de 1813, y que se con- 
serva en el Archivo General y Público de la Nación. 

III y IV. Declaraciones que rindió ante el Juez Comisionado don 
José Ignacio Berazueta, los días 17 de marzo y 5 de abril de 1813. 

V. Oficio que envió á los señores Diputados del Honorable 
Congreso de Coahuila y Texas, el 29 de febrero de 1828. 

VI y VIL Comunicado y relación anexa que dirigió á los edito- 
res de «El Sol,» el 7 de febrero de 1831, publicados por «El Fede- 
ralista Mexicano,» el 9 del mismo mes. 

VIII. Comunicado que publicó en dicho periódico, el 16 del re- 
petido febrero. 

IX. Carta que escribió á don Lucas Alamán, el 26 de marzo 
de 1831, dada á la publicidad por el expresado periódico, el 2 del si- 



guiente abril. 



Anales 



51 



402 

X y XI. Cartas que escribió al Exmo. señor Gobernador don 
\'alentm Canalizo, sin fecha. 

XII. Testamento que otorg-ó ante el Escribano Público don Ma- 
nuel Orihuela, el 30 de marzo de 1839. 

XIII. Acta de su defunción. 

XIV. Cuadro genealógico. 



403 



En la ciudad de México, á quince de Abril de mil setecientos 
ochenta y nueve años, Yo, el Doctor Donjuán Francisco Castañi- 
za [venia pavrochi] baptizé solemnemente á una infanta que dije- 
ron nació en diez del corriente, á quien puse por nombres: María 
de la Soledad, Leona, Camila, hija legítima de legítimo matrimo- 
nio de Don Gaspar Martín Vicario, natural de la Villa de Ampu- 
dia, Corregimiento de Falencia en Castilla la A'ieja, vecino del co- 
mercio de esta Corte, familiar de número del Santo Oficio de la 
Inquisición de este reino, y de Doña Camila Fernández de San Sal- 
vador y Montiel, natural de la ciudad de Señor San Joseph de To- 
luca; nieta por línea paterna de Don Manuel Martín y Conde y 
de Doña Engracia Mcario de Iñigo, difuntos, de dicha Villa de 
Ampudia, y por la materna de Don Casimiro Fernández de San 
Salvador y el Risco, difunto, natural de la ciudad de Zacatecas, 
y de Doña Isabel Montiel García de Andrade, natural y vecina 
de esta dicha ciudad; fué su padrino el Licenciado Don Agus- 
tín Pomposo Fernández de San Salvador y Montiel, Abogado de 
la Real Audiencia y de su Ilustre Colegio, tío de la baptizada, á 
quien advertí el parentesco espiritual y demás obligaciones que le 
resultan; y para que en todo tiempo conste, lo firmé. 

Bine. Joaquín Sandoval (rúbrica). 
Dr. Juan Franeisco de Cas/añ/sa (rúbrica). 



404 

(Al margen:) Xum. 47. María de la Soledad, Leona, Camila, 
Martín Vicario y Fernández de San Salvador.— Diez y seis pesos. 

Es copia sacada por mí del libro núm. 47, de bautismos, que co- 
mienza en veintitrés de julio de mil setecientos ochenta y seis, de 
la Parroquia del Arcángel San Miguel, de México. 

Vicente de P. Aiidrade (rúbrica). 



405 



II. 



México, Diciembre 10/812. 
(Señora, doña Gertrudis del Castillo de Gallardo.) 

• ( ) 

Mi queridísima amiga: he sabido que ha recibido U. todas mis 
cartas, y á ninguna de ellas me contesta; pues aunque me escribe 
U., lo hace sin darme razón de nada. Espero lo haga U. diciéndo- 
me si entregó el papel, encargado por el chatito C. al S."" Ministro; 
el otro he sabido lo tiene Q. 1 Milndeme U. también razón del ca- 
xoncito de los dibujos, si se perdió; y si no, mándemelo U. con B.,^ 
así que baj^a: con el mismo podrá U. mandar el dinero para mi 
ahijadita. Es muy seguro, y, así, no tenga U. desconfianza de man- 
darlo. Yo no lo presto, porque no tengo: bien sabe U. mis atrasos. 

Mi ahijadita irá segura luego que venga el dinero y q.^ se nos 
cumpla sierto proyecto que hemos pensado y que es muy benéfico 
á la nación. 

Apreciaré que mi compadrito '¿ se restablesca, 3' me alegro que 
mi ahijado y D." Ignacito-i estén buenos; déles U. á todos muy fi- 
nas expresiones y hágame el favor de correspondérselas al S.'' 
Analla. 

Mande U. con la confianza q."^ deve á su afectísima y verdade- 
ra amiga q. s. m. b. 

Henriqneta^ (rúbrica). 

1 Don Andrés Quintana Roo. 

2 ¿El correo insurgente Agustín Betancurt? 

3 Don Miguel Gallardo. 

4 Hijo de doña Gertrudis. 

5 Seudónimo de Leona Vicario. 

A.NALES 51 * 



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III. 



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Anales. 409 



52 














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JeAr kfft.oe^ va/ta tilo, P" n^c/>»Wfc 9tÁa^)rAt- La oSlt/ki - 
6v»*v-^v*# t»«*>^ *<*' e^ eOui*>i^y*vcA,a^ como (f*t¿t) v-sUtico 
#'Cvn/'^, Ij-míuii tia^i'e^Sg o^níctfio *«/" ^-^o^rawr^^.Oi^» . 
tZít»« ->'&t'3w9 **»^ **«*í^**"**^o^' <''?^ í^ií^i»: qiy^^t^ 

Uiy^^Utt. j< tOT^'^rt^**^'^^, lo jit^i^ ^■¡¿■ee^ ?1!¿r»tfc=<.o ' 

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413 







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415 



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Analee; 421 53 






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422 





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423 





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424 



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425 



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O^lAn. mA^wn íjiayí-^ ^fl.>"ío^ c/t«/>>v«t<' *«« re^ulta^t If-i-c-tt ae*L^_^ 

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íWu»ít-, íi«^<> f í r^yriTc oto tle que ¡fíL to^^a^a-i* Í-jl^ t't» rT?r\^7 

e¿ttLa/ía. -e-'^^db'Uaí clon. 9^ 9táti-i.irH.>i.^atta>yt^\^e f> ^e^t-c-^*- ic-fif 

7A> l&'jeJ 9¿ vc/i^ <'<»¿r pai lo-va^ oi-c>i_ e^ tf^yocrr, ^íc-e^ í?í» tzcuaSh 
^v-cytMiaJB^^e.ic-C'OX n.anAtrtJ' *»-«> </SrT«c/net. t;rm eo^a ^¿«^ ;> / 



426 




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f'txriOO-' hfrluij 9-t ¡yhc^-i^lí-t^ ColACn. C/ytJU. •Vc-vvíY/» « eJt¿J 

(P/K.IJCJ 9t 2r?vl a (T ^'"í- 1 r.'iíí'í ¿auJo/i^t ala ^Uaüyu. yfuyt 

fí iA.f 9t ^ r^ ?« r.^. X. V « £t ií >^M<? f»(7x ¿c 0¿y ti 11 Ac.í¿H ¿7£ ^-c i^gCl. 
Ht 'í/i7«-i ^.u'^ ■/írt^t-¿ít£</M>a;^;j3£': cMoei *^** an^ e^c/tX- 
(la »\ K JTt,v^t ¿cid YVv'n,*-i-<í Ccoi^ <K>S€. ra^ t^aUl na/tiotj^^ 

• lA^^ if>c-i/ft<x/, ^¿,^ji ^() íe jí>a,-nr_ce Lon/ia^k '¡Ja-iioadírUA^o (A. 

^ í^ Kuxtir aQa j'-'C t\ Jioi^iej yi?iat\ vt^^t'^yO tO-e^r-icL^/O^' C'vtf't^-J^ 

/!</!£ 5c^i< r/íraytT<> í^»^» L^o^c/í"^!.».^ ^<-íií«e«3t_- ¿'.^gi/o^,,;^ 
y^r^ivvvta^^- ¿»" att«^ lAs»^ Sojej (LtJjK^^^^tA.o%nLe.e(Ji^n^ 't¿?^ 

Wpi^*Ai cA iijie vo-ntoj ■^C>fíuy*ae^T^i4Tí,/ fi/i^aa ¿m tal ce^ 



427 



I h'.^O.Ál'lOS DE lyñij OCHOCTBK- 
■^/ TOS Y ONCE,Y MIL OCHOCiiEM" 
TOS Y DOCK. 







t,ltxx. '^eorux 





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428 



429 



V. 



Luego que llegó á mis manos una copia simple del decreto nú- 
mero 20, expedido por esa honorable legislatura, el 5 de noviembre 
último, mi primer sentimiento fué el deseo vehementísimo de ma- 
nifestar mi gratitud á tan ilustre corporación por la gloria inmor- 
tal que sin mérito había concedido á mi nombre, aprobándolo como 
denominación específica á la benemérita ciudad del Saltillo. La no- 
ticia que casi al mismo tiempo dieron los papeles públicos de ha- 
ber cerrado la legislatura sus sesiones ordinarias, no permitió á 
mi reconocimiento disfrutar la satisfacción de esplicarse con la 
prontitud que apetecía; pero cerciorada, como ahora lo estoy, de 
haber ya el Congreso abierto nuevamente sus trabajos, no quiero 
retardar ni un instante el cumplimiento del mismo deber que me 
impone la consesión de una gracia tanto mas apreciable y lisonje- 
ra cuanto menos merecida. Ruego á V. S S., por tanto, se sirvan 
trasmitir á tan generoso y digno congreso la justa espresión de 
mis sentimientos, que serán tan indelebles como la memoria del be- 
neficio que los escita. 

Dios y Libertad, México, Febrero 29 de 1828. 

M." Leona Vicario (rúbrica). 



Sres. Diputados Secretarios del Honorable Congreso de Coa- 
huila y Tejas. 



Anales 54 



431 



VI. 



COMUNICADO. 



(Casa de vdes., febrero 7 de 1831.) 
Señores editores del Sol: 

Muy señores míos: no sé por qué motivo afirman vdes. en su 
editorial de ayer, que fui yo con escándalo á pedir ai oobierno ca.s- 
tigase á los señores Merino y Antepara por haber allanado mi ca- 
sa, la noche del 2 del corriente. No es cierto que haya yo ido á pe- 
dir tal castigo, ni lo solicitaría, aun cuando los referidos señores 
hubieran cempletado su crimen; porque mis ideas y sentimientos 
no están por pedir venganzas de los agravios que se me hacen. 
Fui únicamente á informar al E. S. Bustamante de lo ocurrido pa- 
ra que, como primer magistrado de la república, tomara las provi- 
dencias que creyera oportunas, á fin de que mi casa no estuviera 
espuesta á las travesurillas de los señores que contestan las razo- 
nes con palos, cuyo idioma nos era desconocido; y en caso de que 
S. E. no pudiera salir garante de que esos señores, ú otros de las 
mismas ideas de ellos, no me continuarían sus visitas nada amis- 
tosas, tomar yo las medidas convenientes para evitarlas. Tampo- 
co es cierto que mi marido me hiciera su apoderada; porque no te- 
niendo frenillo ni pepita en la lengua que le impida defenderse, lo 
hará mejor que yo cuando le parezca oportuno, y á mí no me gus- 
ta defender á quien está en estado de poderlo hacer por sí mismo. 

Todo esto y la inocencia de los sres. Merino y Antepara que- 
dará aclarado en la relación sencilla de lo ocurrido que había em- 



432 

pezado á estender y quería remitirla ú V V. para que la pusieran 
en su periódico, con el objeto de librarme de las malas lenguas, co- 
mo dicen líis viejas; pero mudé de parecer, porque juzgué que era 
mejor guardar silencio. 

V V. me han provocado á que lo rompa, y espero me hagan el 
favor de que tanto este artículo como la relación que voy á con- 
cluir, salgan á luz en su periódico para que el público se imponga 
de todo y falle como le parezca justo. 

Cuanto asiento en mi relación es cierto, y en ella misma apare- 
cen dos testigos intachables, que no dudo estarán prontos á sos- 
tener la verdad de lo que digo, siempre que sea necesario. 

De este modo, sres. editores, quiero hacer desaparecer el es- 
cándalo que dicen V V. he dado, al tratar de ponerme en salvo 
de esas visitas que llaman estraordinarias, ya que en el día no es- 
tá en uso llamarlas atentados, como se hubieran calificado en otros 
tiempos, y yo quedaré contentísima de no ser por vdes. y por el 
público tachada de escan(dal)osa, lo que sería muy sensible á quien 
es de vdes., como siempre, sin enojo y con toda sinceridad, su afec- 
tísima servidora. 

María Leona Vicario. 



433 



VII. 



Señores editores de 

Se habla mucho en esta capital de la ocurrencia acaecida en mi 
casa la noche del 2 del corriente; y como en las diversas relaciones 
que se hacen de este suceso pueda alterarse alguna de sus circuns- 
tancias esenciales, me ha parecido conveniente, para satisfacción 
y desengaño del público, referir yo misma el caso, tal como en rea- 
lidad pasó. 

Poco después de las oraciones de la noche, entraron en mi ca- 
sa dos señores oficiales, para mí enteramente desconocidos; pero 
que dijeron llamarse Merino y Antepara: fueron recibidos con las 
atenciones de estilo, á pesar de lo muy sospechosa que me era su 
visita. Preguntaron por mi marido; y habiéndoles yo contestado: 
que había salido, y que no volvería sino hasta las nueve y media 
ó las diez, se pusieron á hablar de cosas indiferentes: duró más de 
media hora su conversación, y en toda ella conservé la tranquilidad 
natural de mi espíritu, sin haber manifestado, como ellos mismos 
podrán decirlo, síntoma alguno de inquietud, desconfianza ó temor. 
Después de haber repetido que el asunto que llevaban era per- 
sonal con mi marido y que no podían comunicármelo, se retiraron, 
ofreciendo volver á la hora que yo les había dicho. Se observó du- 
rante la visita, que dos militares, que después se supo ser capita- 
nes, se habían apoderado de la puerta; y cuando ésta se mandó ce- 
rrar por dos sobrinos míos que entraron á poco de haber subido 
los señores oficiales, se les contestó que no se podía, porque esta- 
ban los gefes arriba. 



434 

Todo el aparato de la visita me hizo concebir recelos acerca de 
las intenciones de los señores que me habían favorecido con ella. 
Un sugeto conocido que entró luego que se fueron, siguió sus pa- 
sos, y oyó que se iban gloriando del susto que crej^eron me habían 
dado. Esto me confirmó en la sospecha de que mi casa estaba ven- 
dida; y para precaver en lo posible cualquier atentado, determiné 
ir á informar de todo al señor general Bustamante. no para pedir 
castigos, como algunos siniestramente han querido persuadir, sino 
para implorar la protección de la autoridad pública, ó en caso de 
que ésta no pudiese dispensárseme, buscar por mí misma mi segu- 
ridad. Fui aquella misma noche á palacio acompañada de los se- 
ñores D.Juan Goríbar y D. Lorenzo Carrera; mas no habiendo 
logrado audiencia, sin duda por las muchas ocupaciones de S. E., 
volví al otro día. 

Recibida por el señor Bustamante, le hice una esacta relación 
del caso á presencia de los señores que me habían hecho el ho- 
nor de acompañarme. S. E. me escuchó con atención, y convino 
enteramente conmigo en todo lo que le espuse acerca de que si mi 
marido escribía, en lo cual no estaba enterada, y si en sus escri- 
tos cometía errores ó se escedía de los términos regulares, debe- 
ría ser reprimido por los mismos medios. A todo estuvo anuente 
S. E., añadiendo en apoyo de su opinión principios muy liberales 
que todos escuchamos con g'usto. Mas apenas se presentó el señor 
comandante general D. Felipe Codallos, á quien se mandó llamar 
para providenciar sobre el caso, cuando la escena varió entera- 
mente de aspecto. 

Luego que empezó á hablar el señor Bustamante, fué interrum- 
pido por dicho señor comandante, quien espuso que estaba impues- 
to del hecho por el mismo Merino que se lo había referido. Que el 
objeto de la visita no habia sido otro, que pedir una satisfacción á 
nombre de Otero por lo que se había dicho de él en un tal Fede- 
ralista, que estaba publicando no sé que cosa contra aquel se- 
ñor y otros del gobierno. Que los señores oficiales habían ido co- 
mo caballeros, dando sus nombres, y que los custodios de la puerta 
que yo creia sargentos, no eran sino capitanes. Que se hacía indis- 
pensable contestar á palos á los escritores, y que él no había de 
dar otra respuesta, porque no sabía escribir, y que acostumbrán- 
dose en los Estados-Unidos los desafíos, estaba resuelto á dar pa- 
lizas en vez de razones, y que esto estaba bien hecho. 

Sorpre(n)dida con las nuevas doctrinas del señor Codallos y del 
desembarazo con que las esponía á presencia del primer magistra- 
do de una república libre, contesté: que supuesta la confesión del 



435 

hecho nada tenía yo que hacer en el particular: que todo estaba in- 
dicando, no sólo la connivencia del señor comandante general, sino 
su positiva aprobación á los insultos premeditados contra mi mari- 
do; y en cuanto á la satisfacción que se iba á pedir en nombre de 
Otero, representé que no me parecía acción muy caballeresca ir 
cuatro hombres armados contra uno asaltando las casas, aunque 
fuese dando sus nombres, pues esto, lo que probaba únicamente, era 
que los señores asaltadores no temían ser reprimidos por el gobier- 
no, en cuyo caso debía considerarse disuelta la sociedad y restitui- 
da á cada una la oblig'ación de defenderse por sí. Añadí que era 
muy estraño que en nuestro tiempo se hubiesen aparecido unos 
desfacedores de entuertos desconocidos en los siglos de la caba- 
llería, pues entonces sólo se sacaba la espada por los desvalidos 
ó doncellas menesterosas, y ahora se nos dejaban ver señores ofi- 
cia(le)s que (i)ban á vindicar el honor de Otero á garrotazos, cuan- 
do éste pudo ir solo á pedir la satisfacción que se le creyese de- 
bida en el modo y términos permitidos por nuestras leyes, las cua- 
les prohiben el desafio, que las constumbres (sic) autorizan en Es- 
tados-Unidos. El sr. comandante Codallos insistió en su liberal 
principio de escritos á palos. Llamé la atención del sr. Bustamante 
sobre la barbariedad (sic) del sr. Codallos, y éste, repitiendo siem- 
pre su doctrina, no sólo subvirtió las lej^es que nos rigen, sino que 
comprometió la dignidad del gobierno, haciéndole representar en 
el caso el papel más humillante y deprcísivo. Dije por último al 
sr. Bustamante que no siendo .Sultán de Constantinopla, sino gefe 
de una república libre, no debía permitir que en su presencia se 
hiciese aquella burla de las leyes por un funcionario como el sr. 
Codallos. S. E., sin dar una respuesta decisiva, manifestó como 
que condes(c)endía con las ideas del señor Codallos, pues prorrum- 
pió en estas medias palabras. ¿Qué quiere vd.? insultan tanto 

y recordándole lo que había dicho antes de la llegada del coman- 
dante general, concluí protestando que no quería castigos contra 
los que habían ido á mi casa con las intenciones confesadas y jus- 
tificadas por el señor Codallos, sino que mi objeto era saber si de- 
bía contar con la protección de la autoridad pública ó defender- 
me con independencia de ella como en el estado natural. S. E. con- 
testó: que en mi casa podía contar con seguridad, pero que no po- 
día responder de lo que ocurriese fuera de ella. En verdad que yo 
no iba á pedir imposibles, sino á conocer si podía fiar en el gobierno 
para mi defensa, ó si éste autorizaba ó toleraba los escesos de los 
visitadores de nuevo cuño. 



436 

No ha pasado otra cosa: los testigos están prontos á confirmar 
la verdad de mi relación, si se dudare de ella; y en este caso se aña- 
dirán circunstancias que por consideración al gobierno se omiten 
ahora. 

México, 7 de Febrero de 1831. 

María Leona Vicario. 



437 



Mil. 



COMUNICADO. 



Señores editores de 

Muy señores míos: íiunque con la debida moderación referí el su- 
ceso ocurrido en mi casa la noche del 2 del corriente, y la audiencia 
á que dio lugar, solicitada por mí, del escmo. sr. general Bustaman- 
te, no he podido libertarme de las imputaciones que los periódicos 
del gobierno han creído de su deber prodigarme, sin que para con- 
tenerlos haya bastado, ni la consideración de que ofenden á la ver- 
dad, conocida ya del público, ni el recuerdo de que fui provocada 
á romper el silencio que me proponía guardar en el asunto. 

Tengo en mi mano los testimonios m;ís fidedignos de la certeza 
de mis asertos; pero no quiero empeñar una lucha que juzgo termi- 
nada en el juicio de mis compatriotas, que habiéndome sido favo- 
rable en todos tiempos, no temo se cambie ahoríi en mi contra por 
una ocurrencia que no fui á buscar fuera de mi casa. Sin embargo, 
para satisfacción de los señores militares, cuyo odio se ha procu- 
rado injustamente escitar contra mí, debo esplicar el sentido de 
una espresión maligniímente interpretada por mis calumniadores. 
Yo no pensé en decir: gtte preferiría la visita de un lépero á la de 
un oficial. Cuando por mi educación no estuviese muy distante 
de proferir tan groseras espresiones, bastaría, para que se me cre- 
yese incapaz de ellas, el aprecio que siempre me han merecido mu- 
chos individuos de la benemérita clase militar, que han honrado mi 

Anales 55 



438 

casa con su comunicación y atento trato. Lo único que manifesté por 
vía de réplica á mi (sic por un) inconsiderado reproche del sr. Co- 
dallos, fué: que si el uniforme se había de considerar como una sal- 
vaguardia para cometer toda clase de escesos, como irreflecsiva- 
mente había dado á entender el sr. comandante general, sería me- 
nester cerrar las puertas de las casas á todos los individuos que 
vistiesen el uniforme, -^ abrirlas más bien á los léperos. Esto, ya se 
vé, que sólo pudiera ofender á los señores militares, en el caso de la 
proposición del sr. Codallos; pero como la falsedad de un sepuesto 
(sic por supuesto) tan ofensivo á la distinguida clase militar estaba 
de manifiesto, resulta que más bien que un agravio, fué mi espre- 
sión una defensa de los señores oficiales. Los que entre ellos se 
distinguen por su imparcialidad y buen sentido, me harán la justicia 
á que me creo acreedora, y los que se dejen arrastrar del espíritu 
de partido, no merecen ningún crédito. 

Por lo demás, yo perdono á los señores periodistas del gobier- 
no el agravio que me han hecho, pintándome una muger sin edu- 
cación ni principios, capaz de ofender con espresiones descomedi- 
das al primer gefe de la república, que tenia la bondad de escuchar 
mis quejas, dirigidas, como otras veces he dicho, no á solicitar cas- 
tigos, según se repite en el fingido estracto de la carta figurada del 
sr. Codallos, que trae el Registro Oficial; sino á obtener una ga- 
rantía para mi casa, amenazada de atropellamientos é insultos. 
Muy bien sé lo que me debo á mi misma, y las consideraciones á 
que era acreedor el sr. Bustamante, para que me propasase en pa- 
labras descompuestas, agenas de mi carácter y de la buena crian- 
za que recibí de mis padres. Nadie me ha conocido deslenguada y 
atrevida, ni podrá discernir un solo lineamento del original en el 
injurioso retrato que de mí hace el editor del Registro Oficial, con- 
vertido en libelista con desdoro de la dignidad del gobierno, en cu- 
yo nombre habla. 

Ruega á vdes., sres. editores, tengan la bondad de insertar este 
artículo en su periódico, á cuyo favor les vivirá reconocida su aten- 
ta servidora que b. ss. mm. 

Maria Leona 1 7i ario. 



43') 



IX. 



Casa de V., marzo 26 de 1S31. 
(señor don Lucas Alaman.) 

(Presente.) 
Muy Sr. mío de toda mi atención: en el Registro Oficial de 14 
de este, contestando V. á los Federalistas, me lleva de encuen- 
tro sin saber por qué, tachando mis servicios ú la patria de he- 
roísmo romanesco, y dando á entender muy claramente que mi 
decisión por ella, sólo fué efecto de! amor. Esta impostura la 
he desmentido ya otra vez, y la persona que la inventó, se des- 
dijo públicamente de ella, y V. es regular que no lo haya ignora- 
do; mas por si se le hubiese olvidado, remito á V. un ejemplar de 
mi vindicación que en aquel tiempo se imprimió, en donde se ha- 
llan reunidos varios documentos que son intachables y que des- 
mienten dicha impostura. No imagine V. que el empeño que he te- 
nido en patentizar al público que los servicios que hice á la pa- 
tria no tuvieron más objeto que el verla libre de su antiguo yugo, 
lleva la mira de grangearme el título y lauro de heroína. No: mi 
amor propio no me ha cegado nunca hasta el estremo de creer 
que unos servicios tan comunes y cortos como los míos, puedan 
merecer los elogios gloriosos que están reservados para las accio- 
nes grandes y estraordinarias. Mi objeto en querer desmentir la im- 
postura de que mi patriotismo tuvo por origen el amor, no es otro 
que el muy justo deseo de que mi memoria no pase á mis nietos 
con la fea nota de haber yo sido una atronada que abandoné mi 
casa por seguir á un amante. Me parece inútil detenerme en pro- 
bar á V. lo contrario, pues además de que en mi vindicación hay 



440 

suficientes pruebas, todo México supo que mi fuc^a fué de una pri- 
sión, y que esta no la orig-inó el amor, sino el haberme apresado á 
un correo que mandaba yo á los antiguos patriotas. En la corres- 
pondencia interceptada, no apareció ninguna carta amatoria, y 
el mismo empeño que tuvo el gobierno español para que yo des- 
cubriera á los individuos que escribían con nombres fingidos, prue- 
ba bastantemente que mi prisión se originó por un servicio que 
presté á mi patria. Si el amor cree V. que fué el móvil de mis ac- 
ciones, ¿qué conección pudo haber tenido éste con la firmeza que 
manifesté, ocultando, como debía, los nombres de los individuos 
que escribían por mi conducto, siendo así que ninguno de ellos era 
mi amante? Confiese V., sr. Alamán, que no sólo el amor es el mó- 
vil de las acciones de las mugeres: que ellas son capaces de todos 
los entusiasmos, y que los deseos de la gloria }' de la libertad de 
la patria, no les son unos sentimientos estraños; antes bien suele 
obrar en ellas con más vigor, como que siempre los sacrificios de 
las mugeres, sea el que fuere el objeto ó causa por quien los ha- 
cen, son más desinteresados, y parece que no buscan más recom- 
pensa de ellos, que la de que sean aceptados. Si M. Stael atribuye 
algunas acciones de patriotismo en las mugeres á la pasión amo- 
rosa, esto no probará jamás que sean incapaces de ser patriotas, 
cuando el amor no las estimula á que lo sean. Por lo que á mí to- 
ca, sé decir que mis acciones y opiniones han sido siempre muy 
libres, nadie ha influido absolutamente en ellas, 3^ en este punto he 
obrado siempre con total independencia, y sin atender á las opinio- 
nes que han tenido las personas que he estimado. Me persuado 
que así serán todas las mugeres, esceptuando á las muy estúpidas, 
y á las que por efecto de su educación hayan contraído un hábito 
servil. De ambas clases también hay muchísimos hombres. 

Aseguro á V., sr. Alamán, que me es sumamente sensible que 
un paisano mío, como lo es V., se empeñe en que aparezca man- 
chada la reputación de una compatriota suj^a, que fué la única 
mexicana acomodada que tomó una parte activa en la emancipa- 
ción de la patria. 

En todas las naciones del mundo, ha sido apreciado el patrio- 
tismo de las mugeres: ¿por qué, pues, mis paisanos, aunque no sean 
todos, han querido ridiculizarlo como si fuera un sentimiento im- 
propio en ellas? ¿Qué tiene de estraño ni ridículo el que una muger 
ame á su patria y le preste Jos servicios que pueda para que á es- 
tos se les dé, por burla, el título de heroísmo romanesco? 

Si ha obrado V. con injusticia atribuyendo mi desicion por 
la patria á la pasión del amor, no ha sido menor la de creer que 



441 

traté de sacar ventaja de la nación en recibir fincas por mi capital. 
Debe V. estar entendido, sr. Alamán, que pedí fincas, porque el 
congreso constituyente, á virtud de una solicitud mía para que 
se quitara al consulado de Veracruz toda intervención en el peage, 
porque no pagaba réditos, contestó: que el dinero del peage lo to- 
maba el gobierno para cubrir algunas urgencias y que yo podía 
pedir otra cosa con que indemnizarme, porque en mucho no podrían 
arreglarse los pagos de réditos. ¿Qué otra cosa, que no fueran fin- 
cas, podía yo haber pedido? ¿ó cree V. que hubiera sido justo 
que careciera enteramente de mi dinero al mismo tiempo que tal 
vez servía para pagar sueldos á los que habían sido enemigos de la 
patria? 

Las fincas de que se cree que saqué tantas ventajas, no había 
habido quien las quisiese comprar con la rebaja de una tercera 
parte de su valor, y yo las t(jmé por el todo: la casa en que vivo te- 
nía los más de los techos apolillados y me costó mucho repararla. 
De todas las fincas, incluyendo en ellas el capital que reconocía 
la hacienda de Ocotépec, que también se me adjudicó, sólo saca- 
ba la nación al año 1.500 pues que, como V. ve, es el rédito de 
30,000, y con eso se me pagaron 112.0(X). Si V. reputa esto por una 
gran ventaja, no la reputó por tal aquel congreso, quien confesó 
que mi propuesta había sido ventajosa á la nación 

Me parece que he desvanecido bastantemente las calumnias del 
Registro. Espero que mis razones convenzan á V., y que mande in- 
sertar esta misma carta en el referido periódico, para que yo que- 
de vindicada y V. dé una prueba de ser justo é imparcial: lo que 
además le merecerá la eterna gratitud de su atenta y s. s. q. s. m. b. 

María Leona Vicario. 



4-43 



X. 



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450 



451 



XIT. 



En el nombre de Dios Nuestro Señor Todo poderoso y de la 
Bienaventurada siempre Virgen María Amén. Notorio y manifies- 
to sea á los que el presente vieren, como yo, María Leona Vicario, 
natural de esta Capital de Méjico, hija legítima de Don Gaspar Vi- 
cario y de Doña Camila Fernández de San Salvador, mis Padres 
ya difuntos que santa Gloria hayan, estando en pie, en sana salud, 
en mi entero juicio y cumplida memoria y entendimiento natural, 
de que doy á su Divina Magestad las más rendidas gracias, cre- 
yendo como firmemente creo (en) el Altísimo Misterio de la Santísi- 
ma Trinidad, Padre, hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y 
un solo Dios verdadero: que la Segunda encarnó en las purísimas 
entrañas de Nuestra Señora la Virgen María, quedando Virgen an- 
tes del parto, en el parto y después del parto, y en todos los de- 
más misterios, artículos y Sacramentos que ere y confiesa Nuestra 
Madre la Santa Yglesia Católica, Apostólica y Romana, bajo de cu- 
ya fe y crencia he vivido y protesto vivir y morir como católica y 
fiel cristiana que soy, eligiendo por mis intersesores y abogados á 
la Soberana Reyna de los Angeles María Santísima Nuestra Seño- 
ra: á su Castísimo Esposo el Patriarca Señor San José, al Santo Án- 
gel de mi Guarda, Santos de mi Nombre y devoción y demás de 
la Corte Celestial para que intersedan con Nuestro Señor Jesucris- 
to que por los méritos de su Sacratísima Vida, Pasión y Muerte, 

Anales. 57 



452 

perdone mis pecados, 3' lleve mi alma á gozarle á las eternidades 
de la Gloria: temerosa de la muerte natural y precisa á toda cria- 
tura, y su hora insierta, para que ésta no me asalte sin las preven- 
ciones necesarias tocantes al descargo de mi consiencia, he delibe- 
rado otorgar mi testamento en la forma siguiente. Viva el Dulcí- 
simo Jesús. 

1.^ Primeramente encomiendo mi alma á Nuestro Señor Jesu- 
cristo que la creó y redimió con el presio infinito de su presiosi- 
ma (sic) Sangre, y el cuerpo á la tierra de que fué formado, el cual, 
convertido que sea en cadáver, se sepultará en la Yglesia, parte y 
lugar que pareciere á mis Alvaceas, á cujm dirección lo dejo con 
lo demás tocante á mi funeral y entierro. 

2.^ A las mandas forzosas y acostumbradas de este Arzobispa- 
do, quiero se les de un peso de plata á cada una, induciéndose en 
ellas la de la Milagrosa Ymagen de Nuestra Señora de Guadalupe 
que se venera en su Santuario, estra muros en la Ciudad de (Gua- 
dalupe) Hidalgo, con lo que las aparto del derecho que pudieran re- 
petir contra mis bienes. 

3.^ Ygualmente declaro estar casada y velada, según orden de 
Nuestra Santa Madre Yglesia, con el Señor Licenciado Don An- 
drés Quintana Roo; durante nuestro matrimonio hemos tenido úni- 
camente dos hijas, Doña Genoveva en el dia casada con Don An- 
tonio García, y Doña María Dolores doncella de diez y ocho años. 

4.'"^ Asi mismo declaro que el espresado mi Esposo, no trajo á 
mi lado ningún capital. 

5.'"^ Declaro que mis bienes consisten en la Hacienda de labor, de 
pulque y ganado, llamada Ocotépec, cita en los Llanos de Apan, 
gravada con ochenta y siete mil noventa y cinco pesos: en tres ca- 
sas en esta Ciudad, una en la tersera calle de santo Domingo, nu- 
mero dos, que es la que actualmente habito, y las otras dos núme- 
ros nueve y diez en la de Cocheras, y reconocen diez y seis mil 
pesos; pero á mí me las cedió la Nación para compensarme ciento 
dose mil pesos de mi legítima que estaba impuesta en el Piage del 
Camino de Veracruz en tiempo del Govierno Español: debo tam- 
bién advei-tir que tanto la Hacienda como las casas se han aumen- 
tado mucho 3' en el día tienen mejoras de consideración. 

6.''' Ygualmente deben reputarse por mis bienes la ropa, alha- 
jas, ajuar de casa, y demás que se halle en la de mi morada al tiem- 
po de mi fallecimiento. 

7.^ Ordeno que del tersio de mis bienes se hagan tres partes, dos 
para mi hija Dolores, porque permanese sin Casarse, y ha estado 
atenta á mi cuidado 3' asistencia en mis enfermedades, 3^ se des- 



453 

vela y empeña en mi obsequio, siendo mi perpetua y cuidadosa 
compañera; y aunque á Genoveva le he meresido iguales conside- 
raciones de un fino y fiel cariño; pero en el día se halla casada con 
un sujeto que tienen (sic) suficientes proporciones conque sostener- 
la, y así sólo le dejo la tercera parte de dicho tersio. 

8.'"' Ordeno que del quinto de dichos bienes queden impuestos 
en las fincas que toquen á mi hija Dolores, diez mil pesos, con cu- 
yos réditos serán socorridos los pobres, haciendo la distribusión 
de limosnas mi hija Dolores, con intervención de Genoveva; y en 
caso de fallecimiento de la primera, ésta, en su disposision testa- 
mentaria, le encargo encarecidamente vea con todo empeño y efi- 
cacia á quien deja en cuidado de las referidas limosnas. 

9.^ Ygualmente quiero y es mi voluntad que las mismas fincas 
de mi hija Dolores reconoscan dos mil pesos, y que con su rédito 
se apliquen cada año nueve misas cantadas en el Santuario de 
Nuestra Señora de Guadalupe, y que estas precisamente el dia si- 
guiente á la octava de la celebridad de la misma Señora de Gua- 
dalupe comienzen á cantarse. 

lO.-'^ Es también mi voluntad que cuanto antes después de mi fa- 
llecimiento, de lo que hago espesial encargo á mis Alvaceas, se 
manden decir quinientas misas por mi alma, parte de ellas en el 
Tercer Orden de Santo Domingo de esta Capital, y las otras en 
la Capilla del Rosario. 

11.'^ Por último, lego á mi hija Genoveva dos mil pesos, y el re- 
manente del quinto todo á mi Esposo Don Andrés Quintana. Ad- 
virtiendo que si por desgracia, ya la espresada mi hija Dolores ó 
Genoveva, se viesen reducidas á un estado de miseria y grande 
necesidad, sean atendidas con los mencionados diez mil pesos de los 
pobres; cuya disposición estiendo también á mi Esposo Quintana, 
siempre que le falte el empleo, y no tenga capital ni arvitrio algu- 
no de que subsistir. 

Después de cumplido y pagado todo lo espresado, del remanen- 
te de mis bienes, muebles y rayces, derechos y acciones, instituyo 
por mis únicas y universales herederas á mis dos mencionadas hi- 
jas Doña Genoveva y Doña María Dolores, para que según su re- 
presentación los hagan y lleven por su orden y grado conforme á 
lo dispuesto por las leyes, con la bendición de Dios y la mía 

Nombro por testamentarios y Alvaceas, y ejecutores de esta mi 
última disposision á mi Esposo Don Andrés Quintana Roo y á 
mi hija Doña María Dolores, á cada uno de ellos insólidum doy 
todo mi poder cumplido cuanto en derecho se requiera para que 
puedan entrar y entren en todos mis bienes, y los vendan y rema- 



454 

ten en pública Almoneda, si fuese muy necesario y les pareciere 
conveniente, para que de su producto cumplan todas mis determi- 
naciones dentro del término legal, ó el más tiempo que necesiten, 
pues al efecto se los prorrogo. 

Y por el presente revoco, anulo, doy por de ningún valor y efec- 
to qualesquiera testamentos, poderes para testar, y otras últimas 
disposiciones que se presentaren, y que no tengan estas notables 
y espresas palabras: Viva el Dulcísimo Jesús, las quales disposi- 
ciones quiero que sin este requisito no valgan ni hagan fe jurídica 
ni estrajudicialmente, salvo el presente testamento que quiero se 
cumpla y ejecute por mi última y deliberada voluntad en la vía y 
forma que más haya lugar en derecho y clausulas que aparecieren 
confirmadas por mí, con la fha. del día en que lo hiziere en las ojas 
blancas que al intento pido al presente Escribano deje en la Copia 
que me ha de dar rubricadas de su puño. Y yo, el Escribano, Doy 
fe de que la Señora otorgante se haya al pareser en su entero jui- 
cio, cumplida memoria y entendimiento natural según lo acorde de 
su razonamiento al otorgar este testamento, y de que así lo otorgó 
y firmó en la Ciudad de Méjico, á treinta de Marzo de mil ochocien- 
tos treinta y nueve, siendo testigos Don Francisco Sánchez, Don 
Andrés Gómez de la Fuente, y Don Platón Valderas de esta ve- 
cindad. Doy fé. 

María Leona Vicario (rúbrica). 
Maní. Orihiiela (rúbrica), 
Escno. púbco. 



455 



XIII. 



En veinte y cinco de Agosto de mil ochocientos cuarenta y dos, 
hechas las exequias en la Capilla de Santa Paula, se le dio Sepultura 
Eclesiástica en el Panteón de dicha, al cadáver de la Exma. Seño- 
ra Doña María Leona Vicario, casada que fué con el Exmo. Sor. 
Ministro de la Alta Corte Don Andrés Quintana Roo, la que habien- 
do recibido los Santos Sacramentos murió la noche del día veinte 
y uno del Corriente en la C.^' de los Sepulcros de Santo Domingo 
núm.o dos. 

Dr. Mantiel Ig." de la Orta (rúbrica). 



Es copia fiel, sacada por mí, de la foja 12, vuelta, del libro 20 de 
Entierros, del Sagrario Metropolitano de México. 

Vicente de P. Andrade (rúbrica). 



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ENSAYO 

PARA REDUCIR AÑOS, MESES V DÍAS DE LA ERA (iREüORlANA A LA AZ'ÍECA 

POR CAMILO CRIVELLI, S. J. 



Anales. 58 



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AL SR. Lie. 

D. GENARO GARCÍA, 

DIRECTOR DEL MUSEO NACIONAL, 

EN TESTIMONIO DE GRATITUD Y ESTIMA. 

EL AUTOR. 

MÉXICO, ABRIL 18 DE 1909. 



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ADVERTENCIAS PRELIMINARES. 



1) El siglo de los méxicas constaba de 52 años. 

2) El año civil se dividía en 18 meses de á 20 días cada uno, 
dando 20 por 18, 360 días, á los cuales añadían cinco días que lla- 
maban NEMONTEMI (inútiles). 

Cada uno de los 18 meses tenía su nombre: 



Atlacahualco (l.« de Marzo á 20 de Marzo). 
Tlacaxipehualiztli (21 de Marzo á 9 de Abril). 
Tozoztontli (10 de Abril á 29 de Abril). 
Hueytozoztli (30 de Abril á 19 de Mayo). 
Toxcatl (20 de Mayo á 8 de Junio). 
Etzalcualiztli (9 de Junio á 28 de Junio). 
Tecuilhuitzintli (29 de Junio 18 de Julio). 
Hueytecuilhuitl (19 de Julio á 7 de Agosto). 
Tlaxochimaco (8 de Agosto á 27 de Agosto). 
Xocohuetzi (28 de Agosto á 16 de Septiembre). 
Ochpaniztli (17 de Septiembre á 6 de Octubre). 



462 

Teotleco (7 de Octubre á 26 de Octubre). 
Tepeilhuitl (27 de Octubre á 15 de Noviembre). 
Quecholli (16 de Noviembre á 5 de Diciembre). 
Panquetzaliztli (6 de Diciembre á 25 de Diciembre). 
Atemoztli (26 de Diciembre á 14 de Enero). 
Tititl (15 de Enero á 3 de Febrero). 
Itzcalli (4 de Febrero á 23 de Febrero). 

Se añadían luego los 5 nemonteivu y nos daba el 28 de Febrero, 
3'^ en los años equivalentes á nuestros bisiestos, se añadían 6 nemox- 

TEMI. 

Nota. — Hemos supuesto que el año azteca empezaba en el mes 
de Atlacahualco y el día 1.° de dicho mes, correspondiente á nues- 
tro 1." de Marzo, para seguir en esto al autor del primer tomo de 
«México á través de los Siglos,» cuyas tablas hemos de seguir. 

3) Los días del mes azteca eran 20, y cada uno tenía su signo ó 
jeroglífico. 

1 Cipactli (pescado fabuloso). 

2 Ehecatl (viento). 

3 Calli (casa). 

4 Cuetzpallin (lagartija). 

5 Cohuatl (culebra). 

6 Miquiztli (muerte). 

7 Mazatl (venado). 

8 Tochtli (conejo). 

9 Atl (agua). 

10 Itzcuintli (perro). 

11 Ozomatli (mono). 

12 Malinalli (torcedura). 

13 Acatl (caña). 

14 Ocelotl (tigre). 

15 Cuauhtli (águila). 

16 Cozcacuauhtli (águila de collar). 

17 Ollin Tonatiuh (movimiento del sol). 

18 Tecpatl (pedernal). 

19 Quiahuitl (lluvia). 

20 Xóchitl (flor). 

Estos signos ó jeroglíficos eran los mismos para todos los me- 
ses; pero el numeral correspondiente á cada signo no era el mismo: 
así, por ejemplo, á Cipactli no siempre le correspondía el núme- 
ro 1 ni á Ehecatl el número 2, porque los Aztecas contaban de 13 



463 

en 13 días; y así, al llegar al 13 Acatl, no seguían con 14 Ocelotl, si- 
no con 1 Ocelotl, 2 Ehecatl, etc., hasta 7 Xóchitl, y continuaban con 
8 Cipactli, 9 Ehecatl, etc., y solamente cada 13 años, ó sea cada 
TLALPiLLi, volvía á corrcsponder á Cipactli el número 1. 

4) Tenían los Aztecas todo el día y la noche divididos en 16 gran- 
des partes: 8 correspondientes ú la noche y 8 al día; estas divi- 
siones tenían otras subdivisiones, correspondientes, en algún modo, 
;l nuestras horas y minutos. Aquí sólo señalaremos las 4 princi- 
pales: 

Iquiza Tonatiuh (Entre la salida del sol y mediodía). 
Nepantla Tonatiuh (Entre mediodía y la puesta del sol). 
Onaqui Tonatiuh (Entre la puesta del sol y media noche). 
Yohualnepantla Tonatiuh (Entre media noche y la salida del sol). 

5) Los Aztecas tenían su siglo de 52 años, dividido en 4 períodos 
de á 13 años cada uno, llamados tlalpilli. A cada año le correspon- 
día también su signo; los signos de los años eran sólo 4, sacados de 
los signos de los días, y eran: Tochtli, Acatl, Tecpall y Calli, y for- 
maban así sus Tlalpilli: 

l.er año del primer Tlalpilli, 1 Tochtli. 

2.° año del primer Tlalpilli, 2 Acatl. 

3.^'" año del primer Tlalpilli, 3 Tecpatl. 

4.° año del primer Tlalpilli, 4 Calli. 

5.° año del primer Tlalpilli, 5 Tochtli. 

6.° año de! primer Tlalpilli, 6 Acatl, y así sucesivamente. 

l.er año del segundo Tlalpilli, 1 Acatl, etc., etc.; y estaban 
de tal manera combinados, que en cada siglo no se encontraba, una 
sola vez, un numeral repetido dos veces con el mismo signo. 



MÉTODO PARA REDUCIR AÑOS DE NUESTRA ERA 
Á AÑOS DE LA ERA AZTECA. 

1) El año dado, se divide por 52, y tendremos, en el cociente, el 
número de siglos méxicas que han pasado desde el principio de 
nuestra Era. 

2) Al resto, tanto si es cero (cuando el cociente es exacto), como 
si es cualquier otro número, se le añaden 3, porque el primer año 
de nuestra Era, coincidió con el tercer año del primer Tlalpilli de 
uno de los siglos aztecas. 



464 

Esta suma del residuo, con 3, ó nos da un número mayor que 52 
(') igual ó menor: 

Si mayor, se añade una unidad, ó sea un siglo al cociente, y el 
resto que nos queda de restar 52 de esta suma, nos dará el nume- 
ral del primer Tlalpilli. 

Ejemplos: 

a) 1039-:-52=19 siglos aztecas+51 años; 

51+3~54 ; 54iz52, es decir, un siglo azteca, mcás 2 años. 
Luego serán 20 siglos aztecas y 2 años del primer Tlalpi- 
lli=2 Acatl. 

b) 1871-í-52z=35 siglos aztecas+51 años; 
51+3=54=52+2. 

Luego serán 36 siglos aztecas y 2 años del primer Tlalpi- 
lli=2 Acatl. 

c) 778-^52=6 siglos aztecas+50 años; 
50+3=53=52+1. 

Luego serán 6 siglos aztecas y 1 año del primer Tlalpi- 
lli=l Tochtli. 

Si igual, entonces le corresponde el último año del 4." Tlalpilli; 
es decir, 13 Calli. 
Ejemplos: 

a) 1453-^52=27 siglos aztecas+49 años; 
49+3=52, es decir, un siglo azteca. 

Luego serán 28 siglos aztecas justos; y el año 1453, será 
el último año de dicho siglo; es decir, el año 13 del 4.° Tlal- 
pilli; ó sea 13 Calli. 

b) 1817h-52=34 siglos aztecas+49 años; 
49+3=52, es decir, un siglo azteca. 

Luego el año 1817 es el último del 4.° Tlalpilli; luego será 
13 Calli. 

c) 881-^52=16 siglos aztecas+49 años; 
49+3=52, es decir, un siglo azteca. 

Luego el año 881 es el último del 4.° Tlalpilli; ó sea 13 
Calli. 

Si menor, entonces se divide por 13 para saber á qué Tlalpilli 
corresponde; pero entonces pueden ocurrir tres casos: 

a) La suma con las tres unidades es menor que 13; entonces el 
número nos indica el numeral del primer Tlalpilli. 



465 
Ejemplos: 

a) 1 149-^-52=22 siglos aztecas-f5 años; 
5+3=8. 

Luego habrán pasado 22 siglos y 8 años del primer Tlal- 
pilli; es decir, 8 Calli. 

b) 1777-^52=34 siglos aztecas-h9 años; 
9-1-3=12. 

Luego habrán pasado 34 siglos y 12 años del primer Tlal- 
pilli; es decir, 12 Calli. 

c) 1359-f- 52=26 siglos aztecas-|-7 años; 
7H-3=10. 

Luego habrán pasado 26 siglos más 10 años del primer 
Tlalpilli; es decir, 10 Acatl. 

b) La suma del resto, con 3, es igual á 13; entonces el numeral 
del año será el último del primer Tlalpilli. 

Ejemplos: 

a) 1830^52=35 siglos aztecas-j-lO años; 
10-f3=13. 

Luego habrán pasado 35 siglos más 13 años del primer 
Tlalpilli; es decir, 13 Tochtli. 

b) 1362-^521=26 siglos aztecas-j-10 años; 
10-f3=13. 

Luego habrán pasado 26 siglos más 13 años del primer 
Tlalpilli; es decir, 13 Tochtli. 

c) 790^52=15 siglos aztecas -f 10 años; 
10-1-3=13. 

Luego habrán pasado 15 siglos más 13 años del primer 
Tlalpilli; es decir, 13 Tochtli. 

c) La suma del resto, con 3, es mayor que 13; entonces el cocien- 
te es exacto ó no lo es. Si es exacto, se le pone por numeral el úl- 
timo año del Tlalpilli expresado por el cociente; si no lo es, entonces 
el resto nos indica el numeral del Tlalpilli siguiente al indicado 
por el cociente. 

Ejemplos de cociente exacto: 

a) 1063-f-52=20 siglos-f 23 años: 

23-f3=26 ; 26-f-13=2, último año del 2.° Tlalpilli; es decir, 
13 Acatl. 



466 

b) 1565^52=28 siglos+49 años; 

49+3=52; 52^13=4: último año del 4.° Tlalpilli; es decir, 
13 Calli. 

Ejemplos de cociente inexacto: 

a) 1657-f-52=31 siglos+46 años; 

46+3zi49; 49^13=3 más 9 de resta, igual 9 años del 4." 
Tlalpilli: 9 Calli. 

b) 1434^-52=27 siglos+30 años; 

30+3zi33 ; 33-^13=2 más 7 de resta, igual 1 P año del 3.er 
Tlalpilli: 7 Tochtli. 

4) Si el año que nos dan es 52 ó menor que 52, entonces se toma 
directamente de la tabla de los 4 Tlalpilli que á continuación po- 
nemos; los números, después de los nombres aztecas, indican los 
años de nuestra Era. 

PRIMER TLALPILLI. SEGUNDO TLALPILLI. 

1 Tochtli, 50. lAcatl, 11. 

2 Acatl, 51. 2Tecpatl, 12. 

3 Tecpatl, 52. 3 Calli, 13. 

4 Calli, 1. 4 Tochtli, 14. 

5 TochtU, 2. 5 Acatl, 15. 

6 Acatl, 3. 6 Tecpatl, 16. 

7 Tecpatl, 4. 7 Calli, 17. 

8 CaUi, 5. 8 Tochtli, 18. 

9 Tochtli, 6. 9 Acatl, 19. 

10 Acatl, 7. 10 Tecpatl, 20. 

11 Tecpatl, 8. 11 CalH, 21. 

12 Calli, 9. 12 Tochtli, 22. 

13 Tochtli, 10. 13 Acatl, 23. 

TERCER TLALPILLI. 

1 Tecpatl, 24. 8 Acatl, 31. 

2 Calli, 25. 9 Tecpatl, 32. 

3 Tochtli, 26. 10 Calli, 33. 

4 Acatl, 27. llTochtH, 34. 

5 Tecpatl, 28. 12 Acatl, 35. 

6 Calli, 29. 13 Tecpatl, 36. 

7 Tochtli, 30. 



467 



CUARTO TLALPILLI. 



1 Calli, 37. 8 Tecpatl, 44. 

2 Tochtli, 38. O Calli, 45. 

3 Acatl, 39. 10 Tochtli. 46. 

4 Tecpatl, 40. 11 Acatl, 47. 

5 Calli, 41. 12 Tecpatl, 48. 

6 Tochtli, 42. 13 Calli, 49. 

7 Acatl, 43. 

Nota. — Esta tabla debe tenerse continuamente presente para 
saber qué signo corresponde á los numerales dados por las ope- 
raciones indicadas, según el Tlalpilli que nos resulte. 

SIMPLIFICACIÓN DE LOS JIÉTODOS ARRIBA EMPLEADOS. 

1) Se agregan 3 unidades al año romano. 

2) La suma se divide por 52; el cociente representa los siglos 
méxicas contenidos en la fecha romana. 

3) Si hay resta, y no llega á 14, representa los años del primer 
Tlalpilli; si la resta pasa de 13, se vuelve á dividir por 13; el cociente 
da los Tlalpillis transcurridos y la resta, dan los años del Tlalpilli si- 
guiente. Si el cociente es exacto, será 1, 2 ó 3, y el año será el últi- 
mo del primero, segundo ó tercer Tlalpilli. 

Pongamos ahora el caso de reducir no sólo años sino meses y 
días de nuestra Era á meses 3^ días de la Era azteca. Para esto 
haj'^ que advertir varias cosas: 

1) Como hemos dicho, no todos los meses empiezan por uno Ci- 
pactli, sino que este signo puede ir precedido de todos los numera- 
les hasta 13 (pág. 462). 

2) Asimismo, el signo de un año azteca puede ir precedido de cual- 
quier número hasta 13 (págs. 463 y 466). 

Ahora bien, hay tablas que nos indican por qué numeral van 
precedidos todos los días del año, según el numeral que lleve el año. 
Estas tablas van al fin de esta breve memoria y están copiadas 
del primer tomo de «México á través de los Siglos,» desde la pág. 
713 hasta la pág. 722. Basta, pues, buscar, según las operaciones 
que hemos indicado, el numeral del año, y luego buscar en las ta- 
blas dichas los meses y los días correspondientes al año con el di- 
cho numeral. 

Ejemplos: 

Anales. 59 



468 

Sea el día 8 de Mayo de 1753, en que nació Hidalgo, héroe de 

nuestra Independencia: 

Será siglo 33, año 1 Calli, mes Hueytozoztli, 4 Atl. 

El 25 de Enero de 1521, en que fué coronado Cuauhtemoc: 

Será siglo 29, año 3 Calli, mes Tititl. 11 Ozomatli. 

Sean las 11 de la mañana del día 13 de Agosto de 1521: 

Será siglo 29, año 3 Calli, mes Tlaxochimaco, 2 Miquiztli Iquiza 

Tonatiuh. 

«Instituto Científico de México,» 4.'^ Ribera de San Cosme 61. 



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EXTRACTO 

DF.I. LIBRO DE BLASONES DE LA FAMILL\ TOVILLA, 

DE SAN CRISTÓBAL LAS CASAS. 



Anales. 



62^ 



(^•=01 




ADVERTENCIA. 



Publicamos á continuaciíui un interesante documento, cu- 
\'a copia nos ha sido proporcionada generosa y espontánea- 
mente por el virtuoso Obispo de Chiapas, Doctor D. Francisco 
Orozco y Jiménez, quien desde hace tiempo se ha dedicado con 
loable ahinco al estudio de la Arqueoloo;ía c Historia Patrias. 
Dicho documento forma parte del Libro de Blasones de la fa- 
milia Tovilla y es de incuestionable importancia, no sólo por 
las noticias que da acerca de los fundadores de esta familia 
en la Nueva España, sino también por los datos nuevos que 
ofrece sobre la conquista y pacificación de alg"unas comarcas 
de la República actual. Damos al sabio Obispo de Chiapas un 
público testimonio de ag'radecimiento. 



^ 




Don Felipe por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de Aragón, 
Conde de las dos Sicilias, de Jerusalen, etc., etc.i 

A vos los nuestros Gobernadores, Corregidores, Alcaldes, Jue- 
ces de Residencia, sus lugares tenientes y alcaldes ordinarios y 
otros nuestros jueces. Justicias cualesquiera de todas las dichas 
ciudades, villas y lugares de las provincias sujetas á la nuestra 
Audiencia y Chancillería Real que reside en la Ciudad de Santia- 
go de la Provincia de Guatemala, y á cada uno y cualquiera de 
vosotros en vuestros lugares y jurisdicciones ante quien esta nues- 
tra carta fuere presentada, salud y gracia. 

Sabed que Pablo de Camargo, en nombre de Juan de la Tovilla, 
vecino de la Ciudad Real de la Provincia de Chiapa, por petición que 
en la dicha nuestra Real Audiencia presentó, nos hizo relación que el 
dicho su parte tenía necesidad de hacer provanza en la dicha cuidad 
y en otras del dicho distrito, de los méritos y servicios de Andrés 
de la Tovilla su Padre y suyo(s), para con ella ocurrir á nuestro 
Consejo Real de las Indias, para que conforme ;í ellos le hiciése- 
mos alguna merced en recompensa de ellos para ayuda de su sus- 
tento, y nos pidió y suplicó le mandásemos dar nuestra carta y pro- 
visión real receptoría, para hacer la dicha probanza en el dicho dis- 
trito, ó que sobre ello proveyésemos lo que la nuestra merced fuese 
servido. Lo cual visto por el Presidente y Oidores de la dicha nues- 
tra Real Audiencia fué por ellos acordado que debíamos mandar 
dar esta nuestra carta para vos en la dicha razón y nos tuvimoslo 
por bien. Por la cual vos mandamos que luego que con ella seáis re- 



1 Hemos respetado escrupulosamente la ortografía de la copia que nos 
remitió el Sr. Obispo de Chiapas. 

Anales. tó 



500 

queridos por parte del dicho Juan de la Tovilla hagáis venir y pa- 
recer ante vos á todas las personas de quien dijeren se entiende 
aprovechar por testigos en la dicha razón, de los cuales á cada uno 
de ellos recibid juramento en forma debida de derecho, por vuestra 
persona misma sin meter á otra persona y sus dichos y deposicio- 
nes por sí y sobre sí secreta y apartadamente examiníindolas por 
las preguntas generales de la ley y por las del interrogatorio que 
con esta ntra. carta vos será entregado, firmado de nuestro secreta- 
rio infrascrito y al testigo que sabe lo contenido en la pregunta y pre- 
guntado cómo lo sabe, y al que dijere que lo cree, que cómo y por 
qué lo cree; y al que dijere que lo oyó decir, que á quién, cuando y 
las demás preguntas del escribano ante quien pasare cerrado y se- 
llado en pública forma y manera que haga, lo haced dar y entre- 
gar á la parte del dicho Juan de la Tovilla, para que use del, como 
viere que le conviene, pagando al escribano sus derechos y esto 
conforme al arancel, los cuales asiente y firme al pié de su signo, 
para que por ello conste lo que llevó, habiendo demasía la vuelva 
con el cuatro tanto para nuestra Cámara y no habéis de examinar 
por cada pregunta del dicho interrogatorio, más de hasta treinta 
testigos, lo cual así haced cumplir so pena de la nuestra mrcd. y 
veinte pesos de oro para la ntra. Cámara. Dada en la Ciudad de 
Santiago de Guatemala, á siete días del mes de febrero de mil y 
quinientos y setenta y cinco años. 

El Lie. Palacios. El Lie. Juan Cano. 

Yo Francisco de Camargo, Escribano de Cámara de la Audien- 
cia y Chancillería Real de la Ciudad de Santiago de Guatemala, y 
mayor en Gobernación en su distrito, por S. M. lo hice escribir por 
su mandado y acuerdo de su Presidente y oidores. 

Y por mí el Escribano leída la dicha real receptoría, el Sr. Al- 
calde la tomó en sus manos y la besó y puso sobre su cabeza y 
dijo que la obedecía y la obedece con el debido acatamiento y que 
en cuanto al cumplimiento que el Sr. Alcalde presente testigos 
que su Mcd. está presto de los recibir y examinar por el tenor de 
las preguntas del interrogatorio y hacer cumplir lo que S. M. por 
ella manda, á lo cual fué testigo Luis Alfonso Mazariegos y Fran- 
cisco de Medinilla y Gaspar de Sórzano, vecinos de esta ciudad. 

Luis de Torres Medinilla. 
Ante mi 
Alonso Peres, 

Escribano. 



501 



I. Primeramente si conocieron á Andrés de la Tovilla y á Ma- 
ría de Pineda su legítima Mujer y si saben que los susodichos fue- 
ron casados y velados en faz de la S. Iglesia y durante el dicho 
matrimonio hubieron y procrearon por su hijo legítimo al dichojuan 
de la Tovilla, y por tal le criaron y tuvieron y alimentaron llamán- 
dole hijo y él á ellos padre y madre; digan lo que saben. 

II. ítem si saben que como tal hijo legítimo que es el dichojuan 
de la Tovilla, de los dichos Andrés de la Tovilla y María Pineda 
su legítima mujer, difuntos, al tiempo de su fin y muerte heredó sus 
bienes como uno de los demás hijos y herederos que por su fin y 
muerte quedaron. Digan. 

III. Si saben que el dicho Andrés de la Tovilla, padre del dicho 
Juan de la Tovilla fué uno de los primeros conquistadores que pa- 
saron á estas partes de la provincia de la Nueva España y desta 
Provincia de Guatemala, y pasó en compañía de Don Martín Cor- 
tés Marques del Valle y en la dicha compañía con los demás que 
con él pasaron, sirvió en la conquista de la Nueva España, siempre 
á su costa, con su persona, armas y caballos y criados como hom- 
bre principal, caballero hijodalgo hasta que se ganó y conquistó 
y quedó en servicio de su Majestad, que fué la Ciudad de México, 
Oaxaca y las provincias de la mar del Sur y Tututepeque Guate- 
mala, Chiapas y en todo se halló el susodicho como dicho es y 
siempre á su costa y mensión poniendo en riesgo muchas veces su 
persona también como el mejor. Digan lo que saben, creen, vieron 
ú oyeron decir. 

IV. ítem si saben que después de conquistadas todas las provin- 
cias contenidas en la provincia (sic por pregunta) antes de esta el 
dicho Andrés de la Tovilla, vino á poblar y pobló la dicha Ciudad 
Real de Chiapas, y fué uno de los primeros que á ella vinieron, en la 
cual tuvo siempre casa poblada con su persona, mujer, hijos, criados 
y armas y criados (sic), tan honrada y principalmente como el que 
mas adelante que ninguno de los que en la dicha ciudad había en 
servicio de su Mag. con su persona, armas y caballos y criados, ha- 
ciendo como dicho es como hombre principal y caballero hijodal- 
go notorio y como tal los capitanes de S. M. en las conquistas y 
fuera de ellas siempre tuvieron gran cuenta con los honores y pro- 
veer de cargos prominentes en la guerra; y si saben que en su vi- 
da fué muchas veces Alcalde ordinario en la dicha ciudad y Regi- 
dor perpetuo por merced que del dicho regimiento le hizo la se- 
renísima Emperatriz y Reina nuestra Señora de gloriosa memoria 
y de los dichos oficios siempre dio muy buena cuenta como hom- 



502 

bre tan principal y vasallo y servidor de S. M. Digan lo que saben 
vieron ú oyeron. 

V. Si saben que como tal hijo legítimo del dicho Andrés de la 
Tovilla y María Pineda el dicho Juan de la Tovilla sucedió en sus 
bienes é indios que por su fin y muerte quedaron vacos; y asimis- 
mo vaco el Regimiento que el dicho Andrés de la Tovilla tenía por 
merced de S. M. según dicho es el cual está vaco hasta hoy, porque 
entonces había diez regidores perpetuos en la dicha ciudad y ai 
presente no haj' más que sólo tres por merced de S. M. Digan lo 
que saben. 

VI. Si saben que el dicho Juan de la Tovilla después del falleci- 
miento del dicho su padre, imitando con el buen celo que tenia de 
servir á S. M. luego que sucedió en susbienesfuéá servirle en com- 
pañía del Lie Pedro Ramírez de Quiñones, Oidor que fué de su real 
Audiencia de Guatemala y Captan. Grl. nombrado por la dicha 
real Audcia. á la conquista de los pueblos de Lacandones y Tec- 
pan y Topiltepeque y otros pueblos de aquella provincia á la cual 
dicha conquista fué el dicho Juan de la Tovilla en persona con 
muchos criados, armas y caballos á su costa y mensión, donde gas- 
tó mucha cantidad de dinero, pesos de oro, ejecutó muy bien todo 
lo que el dicho General le mandaba, como hombre muy principal, y 
estuvo en la dicha conquista hasta que se conquistó y pacificó todo 
y quedaron los pueblos comarcanos á aquella provincia quietos y 
reposados de los grandes daños que cada dia recibían de los indios 
de la dicha provincia de Lacandones. Digan lo que saben, vieron 
ú oyeron. 

VIL Si saben que el dicho Juan de la Tovilla como tal hombre 
principal honrado é hijodalgo notorio siempre en la dicha Ciudad 
Real de Chiapa ha tenido cargos principales muchas veces como 
ha sido Alcalde Ordinario y Regidor fiel ejecutor y otros oficios de 
República de todos los cuales siempre ha dado muy buena cuenta 
y es uno de los buenos republicanos que hay en la dicha ciudad. 

VIII. Si saben que el dicho Juan de la Tovilla después que su- 
cedió en la Encomienda de los indios del dicho su padre siempre 
ha tenido y sustentado gran casa como hombre de muclia autori- 
dad y calidad, según dicho es y con caballos, criados, armas y los 
demás aderezos necesarios para casa de hombre tan principal co- 
mo lo es el dicho Juan de la Tovilla, y como tal casó más ha de 
veinte años en faz de la S. Madre Iglesia, con Doña Isabel Vas- 
quez Rivadeneira, hija legítima de Diego Vasquez Rivadeneira, ya 
difunto, hombre muy principal y factor y contador que fué por 
S. M. en la dicha Ciudad y tiene al presente nueve hijos é hijas le- 



503 

gitimas y para el sustento de ellos y su remedio es muy poca la ren- 
ta que tiene en la encomienda de los pueblos de su encomienda, 
en tal manera que con gran trabajo se puede sutentar el año en su 
persona, mujer é hijos y familia, especialmente viniendo como los 
dichos indios y encomiendas de ellos en tan gran diminución como 
es público y notorio. 

IX. Si saben que el dicho Juan de la Tovilla ha servido en la di- 
cha Ciudad Real de Chiapa á S. M. de Tesorero, cobrándole los 
tributos de los pueblos encomendados en su Real Corona, sin lle- 
var ningún premio ni salario más de sólo por el celo que de conti- 
nuo ha tenido y tiene al servicio de S. M. de todo el tiempo dicho 
que tuvo dicho cargo, dio muy buena cuenta con pago de toda la 
real Hacienda que en su poder entró á las personas que en su nom- 
bre se las tomaron. 

X. Si saben que por lo dicho en las preguntas antes de esta y 
por la calidad y habilidad de la persona del dicho Juan de la Tovi- 
lla }'■ su ser y autoridad, obra muy bien en qualquiera merced y 
cargo que S. M. le hiciere en le proveer y dar buena cuenta de to- 
do como lo ha hecho hasta aquí. 

XI. Si saben que todo lo dicho es público y notorio y (de) pública 
voz y fama. 

Pablo de Camargo. 
Corregido 
Fancisco de Santiago. 

Y después de lo susodicho, en la Ciudad Real de Chiapa, en 
veinte y cuatro dias del mes de octubre de mil quinientos y seten- 
ta y seis años, ante el dicho Sr. Alcalde Luis de Torres Medinilla, 
presentó el Sr. Alcalde Juan de la Tovilla por testigos en la dicha 
razón á Luis Mazariegos y Diego de Trejo, Regidores perpetuos 
en esta. Ciudad y á Sancho Lozano, Escribano que es púbhco y de 
Cabildo de esta dicha Ciudad y Tristán de Ábrego, vecinos de aquí, 
estando todos presentes fué de ellos tomado y recibido juramento 
por Dios Ntro. Señor y por su SS. Madre y por la señal de la Cruz, 
en que cada uno puso su mano derecha so cargo del cual prome- 
tieron decir verdad de lo que supieran y les fuese preguntado y 
habiendo recibido de ellos el dicho juramento cada uno de ellos di- 
jo «sí juro» y «amen.» Y lo que dijeron es como va y se sigue. 

Luis de Torres Medinilla. 
Ante mí 
Alonso Peres, 

f Escribano. 



504 

Después de lo susodicho en veintiséis dias de] dicho mes de Oc- 
tubre de mil 3' quinientos y setenta y seis años, ante el dicho Sr. Al- 
calde Luis de Torres Medinilla y ante mí el escribano, el dicho Se- 
ñor Juan de la Tovilla Alcalde, presentó en la dicha razón á Gómez 
de Villafuerte y á Francisco Alfonso Medinilla y á Luis de Curiel, 
y á Fernando Ortiz de Artiaga, vecinos de esta ciudad y estando 
presentes fué de ellos y de cada uno de ellos recibido el juramen- 
to por Dios ntro. Sr. y juraron en forma de derecho, según de uso 
y lo que cada uno por sí secreta y apartadamente dijo, es lo sigte.: 

Lilis de Torres Medinilla. 
Ante mí 
Alonso Peres, 

Escribano. 

Testigo. El dicho Luis Mazariegos, Regidor perpetuo y fiel 
ejecutor y vecino desta ciudad, testigo presentado, habiendo he- 
cho juramento según dicho es y siendo preguntado por el tenor 
de las preguntas del dicho interrogatorio, dijo y depuso lo sigte. 

I. A la primera pregunta dijo este testigo que conoció al dicho 
.\ndres de la Tovilla, padre del dicho Juan de la Tovilla, y sabe 
este testigo que fué casado y velado en faz de la S. Madre Iglesia 
con la dicha María Pineda y este testigo se halló al casamiento y 
á las bodas y durante el matrimonio hubieron y procrearon por su 
hijo legítimo al dicho Juan de la Tovilla 3'' como tal hijo legítimo 
lo criaron 3' alimentaron y esto sabe de esta pregunta. De las ge- 
nerales de la ley dijo que es de edad de más de cincuenta años y 
no le tocan las preguntas generales, que le fueron hechas. 

II. A la segunda pregunta dijo que sabe este testigo que los di- 
chos Andrés de la Tovilla y Maria de Pineda no tuvieron otro hi- 
jo mas que el dicho Juan de la Tovilla 3^ como tal hijo legítimo he- 
redó los bienes que dejó y sucedió en la encomienda que dejó de 
indios que tenia el dicho su padre, lo cual este testigo sabe ser y 
pasar así como la pregunta lo dice y se halló presente á ello y es- 
to sabe de esta pregunta. 

III. A la tercera pregunta dijo que públicamente 03^0 este tes- 
tigo decir á muchos conquistadores viejos que el dicho Andrés de 
la Tovilla se habia hallado y se halló en las conquistas que la pre- 
gunta dice, sirviendo á S. M. con sus armas y caballos á su cos- 
ta y este testigo sabe que sirvió en la conquista de Guatemala 
y después de allá vino á esta ciudad á la conquista 3" pacificación 
desta provincia y le vio este testigo servir en ella con sus armas 
y caballos y criados á su costa y mensión hasta que todo se paci- 



505 

ficó y se puso bajo el dominio de S. M. y hecho esto se hizo repar- 
timiento de los indios en nombre de S. M. en los conquistadores 
que le ayudaron á ganar y así le fué encomendado al dicho An- 
drés de la Tovilla el repartimiento que ahora tiene el dicho Juan, 
de la Tovilla, sucesor de su padre, porque el capitán Diego de Ma- 
zariegos padre de este testigo los repartió en nombre de S. M. co- 
mo dicho tiene y fué capitán de esta conquista y provincia y el di- 
cho Andrés de la Tovilla sirvió á su M. muy bien en todo lo que 
se ofreció con la dicha su persona y armas y caballos y este testi- 
tigo le vio servir en muchas partes de esta provincia y se halló 
presente y esto sabe desta pregunta. 

IV. A la cuarta pregunta dijo que dice lo que dicho tiene en la 
pregunta antes de esta y este testigo vio y conoció al dicho An- 
drés de la Tovilla tener su casa poblada después de la dicha con- 
quista con caballos y criados y armas como persona principal y tu- 
vo cargos y honores en esta ciudad. Alcalde ordinario y Regidor 
perpetuo, por mcd. de S. M. y usó los dichos cargos muy bien y 
dio muy buena cuenta de ellos, lo cual este testigo sabe y vio y es 
vecino de esta ciudad y ha sido, y esto sabe de esta pregunta. 

V. A la pregunta quinta dijo este testigo que como dicho tiene, 
el dicho Juan de la Tovilla como tal hijo legítimo de dicho Andrés 
de la Tovilla difunto y Maria de Pineda su Madre, sucedió en sus 
bienes é indios que por .su fin y muerte quedaron y el Regimiento 
quedó vaco y lo está de presente, porque entonces habia diez re- 
gidores y al presente no hay más que solo tres por mercd. de S. M. 
y e.ste testigo es el uno de ellos y esto responde á esta pregunta. 

VT. A la sexta pregunta dijo: este testigo que vio ir á la dicha 
conquista de Lacandones, y Pochutla en compañía del Lie. Pedro 
Ramírez de Quiñones Oidor que fué de su real .audiencia de Gua- 
temala, y Capitán General, nombrado, y fué dicho Juan de la Tovi- 
lla en persona con muchos criados, armas (y) caballos á su costa y 
mensión y gastó mucha cantidad de dinero, pesos de oro y fué pú- 
blico que sirvió á S. M. en la dicha conquista y pacificación mu\' 
bien en lo que el General le mandaba y este testigo le vio volver 
á esta y esto sabe de esta pregunta. 

VIL A la séptima pregunta dijo: que el dicho Juan de la Tovi- 
lla por ser persona que la pregunta dice ha tenido cargos princi- 
pales en esta República muchas veces y ha sido Alcalde ordinario 
tres veces y de presente lo es y Regidor y fiel ejecutor, de todos 
los cuales cargos ha dado muy buena cuenta y es uno de los re- 
publicanos de esta ciudad y esto responde. 

VIII. A la octava pregunta dijo este testigo: que por ser el di- 



506 

cho Juan de la Tovilla persona tan principal y haber sustentado 
casa armas y criados y lo demás que tiene dicho en la pre^ounta 
antes de esta casó más ha de veinte años con la dicha Doña Isa- 
bel Vasquez hija legítima de Diego X'^asquez Rivadeneira difunto, 
Factor que fué de S. M. y hombre muy principal, tiene los hijos 
que la pregunta dice y para el sustento de ellos es poca la ren- 
ta que tiene y para casarlos y ponerlos en el estado que merecen 
sus personas, y esto sabe de esta pregunta. 

IX. A la novena pregunta dijo: que lo sabe porque ha visto al 
dicho Juan de la Tovilla hacer las dichas cobranzas sin ningún in- 
terés, sino por el celo de su servicio á S. M. y ha dado muy buena 
cuenta con pago de la real hacienda y esto es público en esta ciu- 
dad y esto responde á esta pregunta. 

X. A la décima pregunta dijo: que por ser el'dicho Juan de la 
Tovilla tal persona como la pregunta lo dice, cabrá muy bien en 
él cualquiera merced y cargo que S. M. le haga de merced de pro- 
veer y dará buena cuenta de todo como los demás. 

El dicho Diego de Trejo, Regidor, vecino de esta ciudad testi- 
go presentado á la dicha razón, habiendo parecido, según dicho 
es, siendo preguntado del dicho interrogatorio dijo, y depuso lo 
siguiente: 

I. A la primera pregunta dijo: este testigo, conoció al dicho 
Juan de la Tovilla y á Maria de Pineda su legítima mujer, los cuales 
fueron casados en faz de la Santa Madre Iglesia, y durante el ma- 
trimonio procrearon por su hijo legítimo al dicho Juan de la Tovi- 
lla y por tal es habido y tenido en esta ciudad. De las generales 
de la ley dice que no le tocan, ser de edad de más de sesenta años. 

II. A la segunda pregunta dijo que sabe este testigo que como 
tal hijo legítimo de lus dichos Andrés de la Tovilla y Maria de Pi- 
neda, al tiempo que dicho Andrés de la Tovilla murió, sucedió el 
dicho Juan de la Tovilla en los indios de su encomienda y en sus 
bienes y esto sabe de esta pregunta. 

III. A la tercera pregunta dijo este testigo que no fué este tes- 
tigo de los primeros conquistadores; y lo contenido en esta pre- 
gunta este testigo oyó decir á otros conquistadores viejos que ha- 
blan andado todos en compañía, que el dicho Andrés de la Tovilla 
fué uno de los conquistadores de México y de las demás partes 
contenidas en la pregunta y sirvió á S. M. con su persona, armas 
y caballos lo cual habla este testigo que lo oyó decir de cuarenta 
años á esta parte en esta ciudad públicamente. Esto sabe de es- 
ta pregunta. 



507 

IV. A la cuarta pregunta dijo que este testigo como dicho es 
conoció al dicho Andrés de la Tovilla poblado en esta ciudad an- 
tes que se casara, y después y le conoció con la casa muy principal, 
con armas y caballos y criados y le conoció asimismo Alcalde or- 
dinario y Regidor por S. M. y le vio usar bien y ejercer los dichos 
oficios y no vio ni entendió este testigo otra cosa en contrario y 
estuvo este testigo por tal persona, como la pregunta dice. Y esto 
responde á esta pregunta. 

V. A la quinta pregunta dijo que el oficio de Regidor que el 
dicho Andrés de la Tovilla tenia por merced de S. M. quedó vaco 
hasta ahora, porque entonces habia diez ó doce regidores propie- 
tarios y al pte. no hay más de tres y este testigo es uno de ellos. 
Y esto sabe en esta pregunta. 

VI. A la sexta pregunta dijo que sabe y vio este testigo que 
el dicho Juan de la Tovilla fué á la conquista de Lacandones y Po- 
chutla y Topiltepeque con su persona, armas y caballos y criados y 
sirvió en todo lo que el General le mandó, que fué el Lie. Pedro 
Ramírez de Quiñones, y este testigo fué Alférez de la dicha con- 
quista, y no dejaría el dicho Juan de la Tovilla gastar cantidad de 
pesos de oro, porque fué á su costa y mensión como los demás ve- 
cinos desta ciudad. Y esto.sabe de esta pregunta. 

VII A la séptima pregunta dijo que el dicho Juan de la Tovi- 
lla ha tenido los cargos que la pregunta dice y ha dado buena 
cuenta de ellos y este testigo como regidor y segundo voto con 
los demás lo votaron por alcalde este año y al presente le es y 
usa y ejerce el dicho cargo. Y esto es lo que sabe. 

VIII. A la octava pregunta dijo que sabe este testigo que por 
ser el dicho Juan de la Tovilla tal persona como la pregunta dice 
y sustentar la casa con criados armas y caballos como hombre 
de autoridad más hace veinte años que casó legítimamente con 
Isabel Vasquez, hija legitima de Diego Vasquez Rivadeneira, factor 
que fué de S. M., persona de mucha calidad ya difunto, porque 
este testigo los vio casar y velar en faz de la S. Madre Iglesia y 
tiene los hijos que la pregunta dice y por ser el gasto mucho por 
causa de los muchos hijos y la gran casa que mantiene padece ne- 
cesidad y los pueblos le rentan poco. Y esto sabe desta pregunta. 

IX. A la novena pregunta dijo que ha visto este testigo al dicho 
Juan de la Tovilla cobrar en esta ciudad los tributos de los indios 
que están en la real corona de S. M. y ha dado buena cuenta con 
pago de ellos y no ha visto ni oído que le hayan dado premio por 
ello, sino celo de servir á S. M. Y esto responde á esto. 

X. A la décima pregunta dijo que por ser el dicho Juan de la To- 

.\nai.ks. 64 



508 

villa tal persona que la pregunta dice y de muy buena habilidad 3- 
haber dado buena cuenta de los cargos que ha tenido cabe en su 
persona cualquiera merced que S. M. sea servido de hacer. Y esto 
responde. 

A la última pregunta dijo que todo lo que dicho tiene, para el 
juramento que tiene hecho (es la verdad), leyósele su dicho, ratifi- 
cóse en él y lo firmó de su nombre. 

Luis de Torres Mediiiilla. Diego de Trejo. 

Ante mí 
Alonso Peres, 

Escribano. 

Testigo. El dicho Sancho Lozano vecino y escribano de esta 
dicha ciudad, testigo presentado en la dicha razón habiendo jura- 
do según dicho y siendo preguntado por el tenor de las pregun- 
tas del dicho interrogatorio dijo lo sigte.: 

I. A la primera prcgta. dijo este test, que conoció al dicho An- 
drés de la Tovilla, padre del dicho Juan de la Tovilla y conoció 
á Maria de Pineda su mujer legitima que fué y sabe este tes. que 
fueron velados y casados en faz de la S. M. Iglesia y durante el 
matrimonio hubieron y procrearon por su hijo legítimo al dho. 
Juan de la Tovilla 3^ por tal le criaron y alimentaron 3' este tes. 
los vio casar \' velar á los dhos. Andrés de la Tovilla y Maria 
de Pineda, 3' como tal su hijo legit. de los susodichos sucedió el 
dho. Juan de la Tov. en los bienes del dho. su padre 3' en los pue- 
blos de su encomienda después que murió y esto sabe este test, 
como vecino que es de esta ciudad 3' vio lo que dho. tiene 3' esto 
responde; de las generales de la \c\ dijo que es de edad de cin- 
cuenta años poco mas ó menos 3' que no le tocan niguna de las pre- 
guntas generales que le fueron hechas. 

II. De la segda. pregta. dijo que como tal hijo legitimo que es 
el dicho Juan de la Tov. de los dhos. Andrés de la Tova, y M. Pi- 
neda sucedió en los pueblos de su encomienda 3' en los demás bie- 
nes como dho. tiene después que el dho. Andrés de la Tov. murió 
3' esto sabe desta pregta. 

III. De la tercera preg. dijo que todo lo contenido en la dha. 
preg. ha oido este tes. decir á muchos conquis. viejos que hu- 
bo en esta dha. ciudad diciendo habia el dho. A. de T. padre del 
dho. J. de la T. a3^udado á conquistar las prov. 3' pueblos que la 
pregta. dice, 3' á su costa como los demás hicieron 3^ que lo vieron 
3- conocieron sirviendo á S. M. en las dhas. conquistas y esto fué 3' 
es público 3' notorio en esta ciudad. Preguntado que diga á quien 



509 

lo oyó, dijo, que á Pedro Moreno, Alonso Hidalgo, Francisco Her- 
nández, Diego Holguin el viejo, empleado de Santisteban y otros 
muchos conquistadores y de ello tiene el dho. Andrés de la Tov. 
hecho probanza; todo lo cual este tes. lo sabe como escribano que 
ha sido en esta ciudad y esto sabe y responde á esta pregunta. 

IV De la cuarta preg. dijo que este tes. vio y conoció al dho. 
Andrés de la Tov. poblado en esta ciudad con casa muy principal, 
con criados y familia y después se casó con la dha. Maria de Pi- 
neda y después de casado se sustentó muy honrosamente como 
persona principal é hijodalgo, y tuvo cargos honrosos, porque 
este tes. le conoció alcalde ord. muchas veces, y fué después re- 
gidor perpetuo de esta dha. ciudad y ha dado buena cuenta de to- 
do ello como persona princ. y en cuanto á lo demás de haber ser- 
vido á S. M. en las guerras 3^ provincias que la pregunta dice; que 
dice lo que dicho tiene en la tercera preg. y sabe este tes. 3" vio 
que en todo lo que se ofreció del servicio á S. M. en esta prov., le 
vio salir á ello con armas y caballos y criados, y esto sabe de es- 
ta preg. 

V. A la quinta preg. dijo que el dho. J. de la T. sucedió en la 
encomienda de indios del dho. su padre como hijo leg. suyo 3' en 
sus bienes y sabe este tes. que quedó vaco el Regimiento del dho. 
Andrés de la T. y lo está hasta ahora y entonces habia numero 
de regidores que pasaban de seis ó siete y asi quedó vaco 3' de 
pte. sabe este tes. que no hay más de tres regidores proveídos por 
S. M. que sean perpetuos ó propietarios, lo cual sabe este tes. co- 
mo vecino y escribano que ha sido en esta ciudad de más de cua- 
tro años á esta fecha. 

VI. A la sexta preg. dijo que el dho. J. de la T. imitando á su 
padre en el buen celo del servicio á S. M. sucedió la conquista de 
Lacandonesen Pochutla y este tes. vio salir de esta ciudad al dho. 
J. de la T. con los demás vecinos de esta dha. ciudad 5' le vio salir 

de ella con sus armas y caballos criados y mozos á su costa como 
los demás á servir á S. M. en la dha. jornada y lo vio volver y le 
oyó este tes. decir á los que hablan ido en la dha. conquista que 
había servido á S. M. en todo lo que se le mandó en la dha. guerra 
y esto sabe este tes. por lo que dho. tiene y entendido este tes. que 
no dejaría el dho. Juan de la T. de gastar mucha cantidad de dine- 
ros porque llevó su persona mu3' bien aderezada, y criados y mo 
zos 3' armas y quedaron los indios de guerra pacíficos. Y esto sa- 
be de esta preg. 

VII. De la séptima pregunta dijo que como el dho. J. de la T. 
es persona principal é hijodalgo notorio siempre en la dha. ciud. 



510 

real de Chiapa ha tenido cargos principales muchas veces como 
ha sido Alcalde ordinario y Regidor y fiel ejecutor y otros oficios 
de república, de los cuales ha dado buena cuenta y residencia y es 
uno de los buenos republicanos que hay en toda la ciud. porque 
este tes. le vio usar de los cargos y dar la residencia. Y esto sabe 
de esta preg. 

VIII. De la octava preg. dijo que como dicho tiene el dho. J. de 
la T. después que entró en los bienes que el dho. su padre le dejó 
y en los indios ha tenido y mantenido gran casa como hombre muy 
principal y de autoridad y calidad 3^ con caballos, criados armas 
y los demás enseres de su persona como persona de calidad que 
se casó con Dña. Isabel Vasquez hija legit. de Diego Vasquez Ri- 
vadeneira hará el tiempo que la preg. dice y después de casados 
procrearon los hijos que la preg. dice y para su remedio es muy 
poca la renta que tiene y que con gran trabajo se sutenta, y esto 
sabe de esta preg. 

IX. A la novena preg. dijo que sabe y vio este test, servir el 
dho. J. de la T. á S. M. cobrándole los tributos de los pueblos que 
están en su real corona y ha dado muy buena cuenta con pago de 
ellos porque este test, ha visto hacer los pagos y muchos de ellos 
han pasado ante este test, como escribano que ha sido y sabe este 
test, que de ello no ha llevado premio ninguno ni se le ha hecho 
pues si fuera premiado de ello, este test, lo supiera y esto sabe á es- 
ta preg. 

X. A la decena preg. dijo, que por las razones y causas arriba 
dichas cabrá en la persona de J. de la T. cualquiera merced que 
S. M. le haga por ser persona principal y muy honrada y dará bue- 
na cuenta de ello por lo que este test, ha visto de otros cargos que 
ha tenido. Y esto responde á esta preg. 

A la última preg. dijo que todo lo que ha dicho es la verdad pa- 
ra el juramento que hizo, leyósele su dcho., ratificóse en él y lo fir- 
mó de su nombre. 

Luis de Torres Mediiiilla. Sancho Lozano. 

Ante mi 
Alonso Peres, 

Escribano. 

Testigo. El dicho Tristán de Ábrego vecino de esta dicha ciud. 
tes. presentado en la dha. razón habiendo jurado según dho. es y 
siendo preguntado por el tenor de las pregtas. del interrogatorio, 
dijo lo sigte. 

I. A la prim. preg. dijo que conoció este tes. á Andrés de la T. 



511 

difunto padre del dho. J. de la T. y á María Pineda su leg'ítima mu- 
jer porque fueron casados y velados en faz de la S. Iglesia porque 
este tes. se halló en su casamiento y durante él hubieron y procrea- 
ron por su hijo legítimo al dho. J. de la T. y como tal lo procrearon 
y alimentaron y le sucedió en sus bienes y pueblos que de presente 
tiene por fin del dho. su padre, como hijo legítimo suyo. Y esto sabe. 

II. De la segunda preg. dijo que después del fallecimiento del 
dho. Andrés de la T. sucedió el dho. J. de la T. en sus bienes y en- 
comienda de indios según dho. tiene. Y esto sabe de esta preg. 

III. A la tere. preg. dijo que lo contenido en la dha. preg. lo oyó 
este tes. de más de cuarenta años á esta parte á los conquistado- 
res viejos en esta ciud. probos como fueron Pedro Moreno, Alonso 
Hidalgo Francisco Domínguez que habia el dho. Andrés de la T. 
servido en la conquista y provincias que la preg. dice, porque de- 
cían haberse hallado todos en ella y visto y conocido al dho. An- 
drés de la T. servir á S. M. con su persona, armas y caballos á su 
costa y mensión, poniendo en riesgo su persona, lo cual como dho. 
tiene lo oyó decir y fué público en esta ciudad, y esto sabe de es- 
ta preg. 

IV. A la cuarta preg. dijo este tes. que le vio este tes. y cono- 
ció en esta ciudad al dho. A. de la T. poblado con su casa mu}- 
principal, criados, armas y caballos tan honrada y principalmen- 
te como el que más y después le vio y conoció este tes. casado con 
la dha. Maria de Pineda y la su(s)tentó como antes y en lo que se 
ofreció serx'ir á S. M. en guerras que sucedieron en esta provin- 
cia le vio este tes. servir con su persona, armas y caballos y cria- 
dos, porque este tes. le vio y conoció en la conquista de Chiapa y 
Ixtacomitán, y le vio este tes. servir á S. M. mu}" bien con los de- 
más que á la dha. conquista fueron y tuvo en esta ciudad cargos 
muy honrosos, como fué Alcalde y después Regidor propietario 
por S. M. y le vio este tes. servir en los dhos. cargos y dar buena 
cuenta de ellos porque este tes. no ha visto otra cosa en contrario. 
Y esto sabe de esta preg. 

V. A la quinta preg. dijo que después que el dho. A. de la T. 
murió quedó el Regimiento que tenia vaco y lo es hasta el dia y 
en aqueste tiempo conoció este tes. ser seis ó siete regidores de 
S. M. y ahora sabe este tes. que no hay más que tres Regidores 
por merced de S. M. y esto sabe de esta preg. 

VI. A la sexta preg. dijo este tes. que sabe que después que el 
dho. J. de la T. sucedió en la encomienda de indios del dho. su pa- 
dre y en los bienes que dejó desde ha ciertos años sucedió la con- 
quista de Lacandones y Pochutla y Topiltepeque y otros pueblos 



512 

de aquellas provincias, fué por capitán de aquella conquista el Lie. 
Pedro Ramírez de Quiñones, Oidor que fué de la real Audiencia é 
hizo gente para la dha. conquista y salieron de esta ciudad y de 
Guatemala y destas partes muchos vecinos principales y otros, en- 
tre los que salieron de esta ciudad salió el dho. J. de la T. ;í la dha. 
conquista en persona con sus armas y caballos y mozos y criados 
á su costa y mensión y gastaría cantidad de dineros como muchos lo 
hicieron en servicio de S. M. y quedó la tierra pacificada, y esto 
sabe de esta preg. 

VIL A la séptima preg. dijo que el dho. J. de la T. como perso- 
na muy principal é hijodalgo que en esta posesión es tenido, ha te- 
nido cargos muy principales en esta ciudad, como ha sido Alcalde 
ordinario, dos ó tres veces Regidor fiel ejecutor y otros oficios 
de República y ha dado buena cuenta de ellos y residencia y no ha 
visto ni oido cosa en contra de esto, y esto sabe de esta preg. 

VIII. A la octava preg. dijo este tes. que ha visto 'al dho. J. de 
la T. sustentar su casa y familia como hombre de autoridad y cali- 
dad 3^ sustentando asimismo caballos criados armas y los demás 
aderezos para casa de hombre principal y habrá el tiempo que la 
preg. dice que el dho. J. de la T. casó legítimamente con Dña. Isa- 
bel Vasquez hija que fué de Diego Vasquez Rivadeneira, factor 
que fué de S. M. y durante que son casados han procreado hijos y 
entiende este tes. que son los contenidos en la preg. y para la ca- 
sa é hijos que mantiene le parece á este tes. que es poca la renta 
que tiene, y esto sabe desta preg. 

IX. A la novena preg. dijo que este test, ha visto al dho. J. de la 
T. un año ó dos cobrar los tributos de S. M. de los pueblos que es- 
tan en su real corona sin llevar premio ni salario, según este test, 
ha entendido, y ha dado buena (cuenta) con pago de lo que ha co- 
brado y es público. Y esto sabe de esta preg. 

X. A la decena preg. dijo que por ser el dho. J. de la T. tal per- 
sona como la preg. dice y haber dado buena cuenta de los cargos 
que le han sido encomendados cabe en su persona cualquiera mer- 
ced que S. M. sea servido de le hacer y entiende que dará muy 
buena cuenta de ellos como ha hecho de los demás. Y esto sabe 
de esta preg. 

A la última preg. dijo que todo lo que dho. tiene es la verdad y 
lo que sabe para el juramento que hizo, leyósele su dicho, i"atificó- 
se en él y lo firmó de su nombre. 

Luis de Torres Meditiilla. Tristan de Trejo. 

Ante mí 
Alonso Peres, 

Escribano. 



513 

Testigo. El dicho Francisco Alonso Medinilla, vecino de es- 
ta ciudad, test, presentado en la diha. razón, habiendo jurado decir 
verdad y siendo preguntado por el tenor del dho. interrogatorio 
dijo: desde la primera preg. hasta la última de ser (sic) que es pre- 
sentado por test, dijo: y depuso lo sigte. 

I. A la primera preg. del dicho interrogatorio dijo este tes. que 
conoció al dho. J. de la T. y conoció asimismo á María de Pineda 
su Madre, y ha oido decir este tes. y es público en esta ciudad que 
la dha, Maria de Pineda fué casada con Andrés de la T. y procrea- 
ron por su hijo legítimo al dho. J. de la T. y por tal es habido y te- 
nido en esta dha. ciudad. Y esto sabe de esta preg. De las genera- 
les de la ley dijo que es de edad de treinta años poco más ó menos 
y que no es pariente ni enemigo del dho. J. de la T. ni le tocan las 
demás generales de la ley. 

II. A la segunda preg. del dho. interrogatorio dijo que vio este 
tes. al dho. Juan de la T. ir á la conquista de Lacandones y Pochu- 
tla en compañía del Lie. Pedro Ra-mirez de Quiñones, que fué por 
General de la conquista y el dho. J. de la T. fué en servicio de S. 
M. á la dha. conquista con sus armas y caballos y criados según y 
como la pregunta lo dice y sirvió en todo lo que le fué manda- 
do como persona principal y entiende este tes. que gastó cantidad 
de dineros porque no pudo ser menos por los muchos criados y ca- 
ballos y mozos que llevó y quedó pacífica la conquista, porque re- 
cibían grandes daños los indios de la redonda de los dichos indios 
de la guerra, todo lo cual este tes. sabe porque se halló en la di 
cha conquista y lo vio y esto responde este testigo. 

VIL A la séptima preg. dijo que sabe este tes. que el dho. J. de 
la T. como persona principal ha tenido y de presente tiene cargo 
y cargos en esta ciudad de República, como es haber sido Alcalde 
ordinario y fiel ejecutor y Regidor y de presente este año de mil 
y quinientos y setenta y seis es Alcalde ordinario y es muy buen 
republicano y ha dado cuenta y residencia de sus cargos y ha vis- 
to este tes. que lo han dado por buen juez y persona que ha hecho 
bien su oficio. Y esto lo sabe este tes. como vecino que es de esta 
ciudad y lo ha tratado y conversado. Y esto sabe á esta preg. 

VIII. A la octava preg. dijo que sabe y ha visto este tes. que 
el dho. J. de la T. tiene casa muy principal en esta ciudad y de 
mucha autoridad y siempre ha tenido caballos y armas y criados 
y los ha sustentado como persona de autoridad y de calidad y 
sabe este tes. que es casado y velado en faz de la S. Madre Iglesia 
con Doña Isabel Yasquez Rivadeneira, hija legítima de Diego 
\"asquez Rivadeneira factor de S. M. que fué en esta dha. ciudad 



514 

ya difunto é tiene los hijos é hijas que la preg". dice. V que para 
sustentar tal casa é familia es poca la renta que tiene, y esto sabe 
de esta preg. y responde á ella. 

IX. A la novena preg. dijo que el dho J. de la T. ha cobrado 
los tributos de los indios que están en la Rl. Corona de S. M. sin 
llevar ningún premio y ha dado muy buena cuenta de la dha. co- 
branza á la Rl. Hacienda de S. M. porque lo ha visto este tes. Y 
esto responde á esta preg. 

X. A la decena preg. que por lo que este tes. tiene dho. y sa- 
be en las preg. antes de esta cabrá en la persona del dho. J. de la 
T. muy bien cualquiera mrd. que S. M. le haga y entiende que 
dará muy buena cuenta de todo ello como lo ha hecho en lo que an- 
tes ha tenido á su cargo. Y esto responde. 

A la última preg. dijo que todo lo que dicho tiene es la verdad 
en lo que sabe del caso por el juramento que tiene hecho, leyóse- 
le, ratificóse en él y lo firmó. 

Li/is de Torres Medinilla. Francisco Alfonso Medinilla. 

Ante mí 
Alonso Pérez, 

Escribano. 

Testigo. El dicho Luis de Curiel, vecino desta ciudad, tes. pre- 
sentado en la dha. razón, habiendo jurado por el tenor de las pregun- 
tas del interrog. en que es presentado por testigo que es, desde la 
sexta hasta la última preg. dijo lo sigte. 

A la primera preg. dijo que conoció este tes. al dho. J. de la T. y 
á Maria de Pineda su Madre y ha sido público en esta ciudad que el 
dicho Andrés de la T. fué casado legítimamente con la dha. Maria 
de Pineda y durante el matrimonio (hubieron) por su hijo legítimo 
al dho. J. de la T. Fué preguntado por las preg. generales de la 
ley (y) dijo que es de edad de sesenta años poco más ó menos y 
que no le tocan las preguntas generales que le fueron hechas. 

A la sexta preg. dijo que después de haber el dicho J. de la 
T. sucedido en los bienes del dho. su padre, sucedió la conquista 
de Lacandones y Pochut(l)a, y fué por general de aquella con- 
quista Pedro Ramírez de Quiñones y fué desta dha. ciudad y de 
la de Guatemala muchos vecinos y personas della y este tes. fué 
y vio al dho. J. de la T. ir á la dha. conquista con su persona, ar- 
mas y caballos y esclavos negros y su persona muy bien adereza- 
da como persona principal y vio que todo lo que le fué mandado 
por el dho. capitán ejecutó lealmente y por haber llevado los cria- 
dos, caballos y armas no pudo dejar de gastar cantidad de pesos 



515 

de oro porque todos los que fueron á dha. conquista fueron á su 
costa y mensión y que después de la conquista quedaron los indios 
pacíficos y cesaron de hacer los daños que solían hacer, todo lo 
cual sabe este tes. porque se halló en la dha. jornada á servir á S . 
M. como los demás. Y esto responde desta preg. 

VIL A la séptima preg. dijo que como el dho. J. de la T. es per- 
sona princ. é hijodalgo, según es notorio ha tenido muchos car- 
gos honrosos en esta dha. ciud. y ha sido Alcalde ordinario dos ó 
tres veces y Regidor desta ciudad y fiel ejecutor y otros oficios 
de república y de todo ha dado buena cuenta y residencia y es 
el dho. j. de la T. uno de los buenos republicanos que haj- en esta 
ciudad. Y esto sabe desta preg. 

VIII. A la octava preg. dijo que sabe este tes. y ha visto que 
dho. J. de la T. como persona princ. sustenta gran casa y familia 
y caballos y criados y armas y los demás aderezos necesarios co- 
mo hombre de autoridad y calidad y sabe este test, que es casado 
con Dña. Isabel Vasquez Rivadeneira, hija leg. de Diego Vas- 
quez Rivadeneira, factor de S. M. que fué en esta ciud., ya difun- 
to, y tiene los hijos é hijas que la preg. dice y que para sustentar 
tal casa y familia es poca renta que tiene. Y esto sabe desta preg. 
y responde á ella. 

IX. A la novena preg. dijo que ha visto este tes. que el dho. 
J. de la T. ha tenido cargo de cobrar el Rl. haber de S. M. de los 
indios que están en su Rl. Corona y que entiende que de ello no ha 
llevado premio ninguno, porque no lo ha sabido ni oyólo y ha da- 
do buena cuenta con pago de todo lo que ha entrado en su poder 
y se ocupó dos ó tres años en la dha. cobranza. Y esto sabe desta 
preg. 

X. A la decena preg. dijo que por lo que este tes. ha dicho y 
sabe entiende que cualquiera mrd. que S. M. haga al dho. J. de la 
T. cabe en él por ser persona de calidad y de autoridad. Y esto 
sabe desta preg. 

A la última preg. dijo que todo lo que dho. tiene es la verdad 
para el juramento que hizo, leyósele su dicho, retificóse(sic) en él y 
lo firmó de su nombre. 

Lilis de Torres MediuilUi. Luis de Ciiriel. 

Ante mí 
Alonso Peres, 

Escribano. 



Anales 65 



516 

Testigo. El dicho Gómez de Villafuerte, vecino desta dicha 
ciudad, testigo presentado en la dha. razón habiendo jurado según 
dicho tiene y siendo preguntado por el tenor de las preg. del dho. 
interrogatorio, en que fué presentado por tes. dijo y depuso lo sigte. 

I. A la primera preg. dijo que conoce este tes. á la dha. Maria 
de Pineda Madre del dho. J. de la T. y no conoció al dho. An- 
drés de la T., más de que es público en esta dha. ciudad que el dho. 
Andrés de la T. fué casado y velado en faz de la S. Iglesia con la 
dha. Maria de Pineda y que durante el matrimonio hubieron por 
su hijo legítimo al dho. Juan de la T. y por tal es sabido y tenido 
en esta dha. ciudad. Y esto responde á esta preg. De las genera- 
les de la ley dijo que es de edad de sesenta años y que no le to- 
can las preg. generales que le fueron hechas. 

VI. A la sexta preg. en que es presentado por tes. sabe y vio ir 
al dho. J. de la T. á la dha. conquista de Poc(h)ut(l)a y Lacandones 
y Topiltepeque en compañía del Lie. Pedro Ramírez de Quiño- 
nes que fué por general á la dha. conquista y el dho. J. de la T. 
fué en persona con muchos criados armas y caballos á su costa y 
mensión como fueron los demás vecinos desta dha. ciudad y no 
pudo dejar de gastar el dho. J. de la T. mucha cantidad de pesos 
de oro, por los criados armas y caballos que ¡levó; todo lo cual lo 
sabe este tes. porque se halló en la dha. conquista y lo vio según 
dho. tiene. Y esto sabe desta preg. 

VIL De la séptima preg. dijo que este tes. ha visto al dho. Jó. de 
la Tá. en esta ciudad tener cargos prominentes como ha sido Al- 
calde ordinario dos veces ó tres y Alcalde de la Hermandad y fiel 
ejecutor y Regidor por ser como es persona princ. de esta dha. 
ciud. y ha visto usar los dhos. cargos y dar buena cuenta de ellos 
y residencia y no ha visto otra cosa en contrario. Y esto sabe 3' 
responde