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Full text of "Apuntaciones lexicográficas"

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THE UNIVERSITY OF TEXAS 



PRESENTEO BY 



TtXASACAl^tMYOFSCiLNCh, 
AUSTIN. 



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^'rlV\jÍ^ 



m. 



APUNTACIONES 

LEXICOGRÁFICAS 



APUNTACIONES 



LEIICO&EÁFICAS 



ROR 



MIGUEL LUIS AMUNATEGUI 

Individuo oomapondi«nte d« la Real Academia Espafiola i de la Real Aoademla 

de la Hiitoiia 



T03S/tO II 



saktiaqo db ohilk 
Imprenta, Litografía i Encuadernacion Barcelona 

Moneda, entre Estado i San Antonio 



106519 



APUNTACIONES LEXICOGRÁFICAS 



Chácara, chacra 



La Real Academia admitió la lejitimidad de chacra 
en su Diccionario de autoridades, tomo segundo, pu- 
blicado en el año de 1729; pero no ha concedido otro 
tanto al equivalente chácara hasta la duodécima edi- 
ción de 1884. 

Sin embargo, esas dos palabras se han empleado en 
la América Española mas o menos simultáneamente 
desde el siglo XVI, o sea desde el siglo que con propie- 
dad hemos^ de considerar como el primero de la con- 
quista. 'fj^::^; ; 

La lei 14, título 12, libro 4 de la Recopilación de 
LAS LEYES DE INDIAS, que es un resumen de tres rea- 
les cédulas espedidas por Felipe II en 20 de noviem- 
bre de^i578, en 8 de marzo de 1589 i en i.^ de noviem- 
bre de 1591, i la lei 12, título 3, libro 6 del mismo Có- 
digo que|reproduce una ordenanza espedida por Felipe 
III,|en[io dQ octubre de 1618, emplean La palabra 
chacra^ 



— 6 — 

El Diccionario de autoridades apoya la admisión 
de esta palabra en-^;tfestimpíli(3, lio solo de la Recopi- 
lación DE LAS LEYES* DE -'Iñt)! AS, sino también en el 
del jesuíta chilgpo A4oi>so<3e.0yallíí, qjiQ la usa varias 
veces en su BiáióRi¿k:RELÍiÍGÍÓN'T)it kkiNO de Chile, 
plana 358. 

En cambio, el Hbro becerro del cabildo de Santiago 
emplea varias veces la palabra chácara en vez de cha- 
cra, como puede verse en las actas de 5 de enero de 
1545 í de 19 de setiembre de 1547. ' 

Manifiestamente, las palabras chacra i chácara se 
usaban sin distinción. 

Don Claudio Gay, en la Historia Física i Política 
DE Chile, Documentos, tomo i, pajina 219, ha dado a. 
conocer un acta, fecha 30 de octubre de 1556, por la 
cual se reponen i se fijan los límites que, al tiempo de 
su primitiva fundación, se habían señalado a la ciudad 
de la Serena. 

En ese antiguo documento, se dice chacra i ño chá- 
cara, 

I por cierto, ello no tiene nada de estraño, puesto 
que un contemporáneo mui caracterizado usó indife- 
rentemente uno i otro vocablo en una pieza oficial. 

En el tomo i.^, pajinas 349 i siguientes de la obra 
titulada Relaciones de los virreyes' i audiencias 
DEL Perú, se encuentran en unas ordenanzas espedi- 
das por don Francisco de Toledo el 21 de enero de 1577. 

Quien lea ese documento, interesante por mas de un 
aspecto, notará inmediatamente que el virrei su autor 
dice unas veces chacra i otras chácara. 

La 2.3- de esas ordenanzas aplicables al catnpo, ver- 
bigracia, es la que copio a continuación: 

«Ordeno i mando que cualquiera acequia o ramo que 
saliere de la madre o acequia grande sea por cuenta i 



- 7 - 

razón, i se le distribuya i dé por medida el agua que 
hubiere menester conforme a las chacras i tierras o he- 
redades que hubiere de regar; i para que en esto no 
pueda haber agravio, sino toda firmeza i estabilidad, se 
haga, en la boca de cada acequia que saliere de la grande, 
un níarco de piedra, clavado en ella, en que se le dé 
el agua necesaria para lo que asi hubiere de regar, el 
cual marco se haya de hacer, i haga fortificado de cal 
i ladrillo, a costa de todas las personas que hubieren 
de participar de la dicha agua, rata i cantidad de las 
tierras que cada uno hubiere de regar)>. 

La palabra chacra es usada igualmente en las orde- 
nanzas 6, 7, 9 i 12. 

La 13 de esas ordenanzas es la que va a leerse: 
«Ningún convento, ni monasterio de frailes, pueda 
tener, ni tenga en sus chácaras^ tierras ni heredades, 
fraile alguno para el beneficio i labor de ellas, si no 
fuere teniendo juntamente español lego, que no sea 
fraile que tenga el cargo principal de las dichas chaca- 
ms i heredades, i en quien se puedan ejecutar las penas 
contenidas en estas ordenanzas, i en las que adelante 
se hicieren; i si no tuvieren el dicho español, no se 
les dé ni reparta agua alguna por los daños e inconve- 
nientes que por esperiencia se ha visto haberse recre- 
cido de tomar los frailes de las chácaras toda el agua 
que han querido, i con escándalo i armas, en perjui- 
cio de los indios i españoles comarcanos; i los legos que 
estuvieren en el beneficio i gobierno de las dichas chá- 
caras de los conventos, han de estar obligados a las 
penas pecuniarias i corporales en que incurren, aunque 
hagan el exceso los frailes o sus negros, yanaconas o 
indios por su mandado; i así mando que se las ejecu- 
ten las dichas penas en los dichos españoles, como si 
fueran suyas las chácaras , i ellos por sus personas, o 



~- 8 - 

por su mandado hiciesen los daños i excesos contra el 
tenor de estas ordenanzas, o de las que adelante se 
hicieren como dicho es; i que se notifique así a los pre- 
lados de los conventos que tuvieren chácaras, o tierras, 
i heredades». 

La ordenanza 15 dice también chácara i no chacra. 

El jurisconsulto don Jqan de Hevia Bolaños, autor 
de la Curia Filípica, remata la esposición de sus doc- 
trinas en esta forma: 

Con lo cual ceso en esta obra en esta chácara dd 
Parral de Justino de Amusco Manrique, natural de 
Medina del Campo, vecino de la ciudad de los Reyes 
del Perú, víspera del dia del nadmiehto de Nuestro 
Redentor i Señor Jesucristo, del año de mil seiscientos 
i quince, que siempre sea loado i ensalzado como se 
debe. Amén». 

Posteriormente hasta la fecha, se ha seguido usando 
en la América española chácara como equivalente de 
chacra y si bien es verdad que, por lo jeneral, se da la. 
preferencia al segundo de estos vocablos. 

El artículo 5 de un decreto espedido por el presi- 
dente de la República en 8 de junio de 1823, se espre- 
sa como sigue: 

artículo 5. A propuesta del profesor don Manuel 
Grajales, se nombrarán dos practicantes que con el sa- 
lario de doce pesos cada uno, de propios de ciudad, 
vacunen a su orden desde el Maipo a Chacabuco, de 
curato en curato, i chácara por chácarai^. 

Así, la Academia ha procedido, en mi concepto, con 
incontrovertible fundamento al declarar en la e(Hción 
de 1884 de su Diccionario equivalentes estas dos pa- 
labras. 

Pero no estoi conforme con el significado que les 
atribuye, el cual me parece inexacto. 



— 9 — 

Chacra o chácara, según el Diccionario, es «vivien- 
da rústica i aisladas. 

Tal definición es, a mi juicio, errónea. 

Para manifestarlo, voi a empezar por traer a la me- 
moria algunos antecedentes históricos. 

La Recopilación de las leyes de Indias, libro 4, 
título 12, lei I.*, refiriéndose a unas ordenanzas de Fe- 
lipe II, define como sigue lo que es peonía, i lo que es 
caballería. 

Peonía (dice) «es solar de cincuenta pies de ancho i 
ciento en largo; cien fanegas de tierra de labor de trigo 
o cebada; diez de maíz; dos huebras de tierra para 
huerta; i ocho para planta de otros árboles de secadal; 
tierra de pasto para diez puercas de vientre, veinte 
vacas i cinco yeguas, cien ovejas i veinte cabras». 

Caballería «es solar de cien pies de ancho, i doscien- 
tos de largo, i de todo lo demás como cinco peonías, 
que serán quinientas fanegas de labor para pan de tri- 
go o cebada, cincuenta de maíz, diez huebras de tierra 
para huertas, cuarenta para plantas de otros árboles 
de secadal, tierra de pasto para cincuenta puercas de 
vientre, cien vacas, veinte yeguas, quinientas ovejas i 
cíen cabras». 

En el siglo XVI mismo, se sustituyó a menudo el 
nombre de peonía por el de chacra, como puede verse 
en la lei 14, título 12, libro 4 de la Recopilación de 
las leyes de Indias, en la cual lei se encuentra la 
siguiente disposición: 

«Ordenamos i mandamos a los virreyes i presidentes 
de audiencias pretoriales que, cuando les pareciere, se- 
ñalen término competente para que los poseedores 
exhiban ante eUos, i los ministros de sus audiencias 
que nombraren los títulos de tierras, estancias, chacras 
i cabaüeriasi^. 



— JO — 



Aparece claramente que, €n el precedente pasaje, se 
ha dicho chacra en vez de peonía. 

Si hubiera alguna duda acerca de este punto, ella 
quedaría desvanecida por el testo de un auto sobre 
repartimiento de chácaras que don Claudio Gay, His- 
toria Física i Política de Cmle, Documentos, tomo 
I, pajinas 74 i 75, descubrió en el primer übro becerro 
de Santiago, auto xjue, sin embargo, no fué incluido 
en^la Colección de historiadores de Chile i do- 
cumentos RELATIVOS A LA HISTORLíV NACIONAL, tomO 
I, donde habría debido ser publicado. 

El documento citado es el que se copia a continua- 
ción: 

«Sepan todos los vecinos i moradores desta ciudad 
de Santiago del Nuevo Estremo que, cuando el mui 
magnífico señor Pedro de Valdivia, electo gobernador i 
capitán jeneral en nombre de su majestad, salió desta 
ciudad para ir a descubrir i poblar la provincia de 
Arauco, dejó orden al cabildo della diese i repartiese 
chácaras i caballerías a las personas que acá quedaban 
i a algunos que, con su señoría, iban a dicho descubri- 
miento. 

«I esto hizo su señoría creyendo poblaría en aquella 
tierra una ciudad i la podría sustentar con la j ente que 
llevaba, hasta que le fuese socorro. 

I siendo así, i dando allá indios de depósito i sus 
solares i caballerías a los que entonces iban con su se- 
ñoría; i a los que, en esta ciudad, dejaba sin de comer 
para la sustentación della, habría acá tierras donde 
pudiesen darse a los vecinos buenas chácaras i caballe- 
rías, como es justo, i tendrían el agua que les bastase 
para las regar. 

«I llegando su señoría a aquella tierra; i descubrién- 
dola como la descubrió, viendo la mucha pujanza de 



— II — 

los indios, i los pocos cristianos que llevaba p^tra la po- 
der poblar i sustentar. Siendo suplicado e importunado 
i requerido de toda la jente diese la vuelta a esta ciu- 
dad, hasta que, con mas pujanza, sabiendo lo que ya 
era menester para poblar i sustentar, tornase síi seño- 
ría a ir. 

«I él viendo convenía asi al servicio de su majestad 
i provecho de sus vasallos, i de la conquista de toda la 
tierra, dio la vuelta con todos ellos a esta dicha ciu- 
dad; ¡ llegando a ella vio que sobre las dicha:^ chácaras 
i sementeras había i se esperaba haber inconvenientes; 
i que destos resultarían agravios, porque los que acá 
quedaron i algunos de los que fueron, tienen mucha 
cantidad de tierras para sembrar i suertes de agua para 
las regar; i los mas no tienen desta manera donde po- 
der sembrar i sustentarse. 

«I por remediar esto, manda el dicho señor goberna- 
dor i los señores del dicho cabildo, sobreseer, i desde 
ahora sobreseen todo lo que se ha hecho desde que se 
comenzaron a repartir i señalar chácaras por cédulas 
de su señoría refrendadas de Juan de Cárdenas, escri- 
bano mayor del juzgado i acuerdo del cabildo sobre 
eUas. 

«I quieren i mandan, por convenir así al servicio de 
su majestad, i conservación de sus vasallos i de la tie- 
rra, para que, como dicho es, se sustenten los caballe- 
ros jentileshombres que acá estaban, i los que vinie- 
ron al socorro desta ciudad, sin contiendas ni enojos, i 
todos tengan sus chácaras, como las tenían hasta aquí, 
i suertes de tierras, i siembren como solían sembrar, i 
se les den sus aguas. 

«Otrosí mandan que ninguna persona pueda vender, 
ni enajenar la chácara u estancia que tuviere, si no 
fuere yéndose de esta tierra; o en caso de fallecimien- 



^ 12 — 



to, que las pueda dejar a sus herederos, como bienes 
propíos ganados por sus servicios. 

«Mandase pregone públicamente para que llegue a 
noticia de todos i ninguno pretenda ignorancia. 

<fPedro de Valdivia. — Rodrigo de Araya. — Juan Fer- 
nández Alderete. — Francisco Villagran. 

«En la ciudad de Santiago del Nuevo Estremo, a 12 
dias del mes de abril de 1546 años, se pregonó lo arriba 
dicho. — ^Ante mí, Luis de Cartajenai^. 

Aparece que chácara o chacra era equivalente de 
peonia. 

Sin embargo, ha de advertirse que, en la práctica, 
estas propiedades o fundos no se ajustaron a la men- 
sura determinada por la leí i.% título 12, libro 4 de la 
Recopilación de las leyes de Indias. 

Fueron, o mas grandes, o mas pequeñas-, según las 
circunstancias, de lo que Felipe II , en su minuciosa 
reglamentación, había ordenado. 

La chácara o chacra^ situada cerca de una población, 
a diferencia de la hacienda o estancia, situada mas 
lejos, comprendía una estensión menor, pero suficiente 
para cultivar arboledas, para plantar hortalizas, para 
hacer alguna siembra no grande de trigo o cebada i 
para mantener alguna cantidad no abundante de ga- 
nado. 

Tal es lo que chácara o chacra significa en varios 
países de la América Española, desde la conquista hasta 
el día. 

Don Andrés Bello empleó en este sentido la palabra 
chacra. 

El año 1831, manifestó en El Araucano la conve- 
niencia de que se fundara en Chile im jardín de acli- 
matación anexo a un instituto de química aplicada a 
la industria i a la agricultura. 



— 13 — 

Bello enumeraba las ventajas de este jardín, i men- 
cionaba, entre otras, la que sigue: 

^Dividiéndolo en departamentos, se cultivaría en uno 
mucha parte de esas plantas que pueden ser útiles al 
país, ya en la economía doméstica, ya en las artes i la 
medicina, i así se podrían aclimatar sin trabajo i casi 
sin gastos, algunas de esas numerosas variedades de 
árboles o de arbustos fructíferos que, después de cua- 
tro siglos, ha podido adquirir la Europa solo a fuerza 
de fatigas i de dinero; todas esas plantas tan agrada- 
bles a la vista, como útiles a los perfumistas i fabri- 
cantes de licores; la mayor parte de esas numerosas 
variedades de legumbres que faltan aquí, i que hacen 
las delicias de la mesa; finalmente, de esas plantas me- 
dicinales que mas que ningunas otras exijen una aten- 
ción particular del gobierno. En cada año se haría la 
cosecha de los granos i semillas, que se distribuirían a 
los aficionados i agricultores instruidos, que las culti- 
varían con cuidado en sus chacras i haciendas, i las 
propagarían de provincia en provincia». (Bello, Obras 
completas^ tomo VIII, pajinas 177 i 178). 

El mismo Bello ha titulado La Chacra el encanto 3, 
de su leyenda El Proscrito. (Obras Completas, 
tomo 3, pajina 338 i siguientes). 

Quien se dé el gusto de leer ese canto notará sin di- 
ficultad que todo lo que el autor dice de una chacra 
cuadra perfectamente a la noticia que he dado de esta 
especie de fundos. 

Así lo comprueban, entre otros, los versos que si- 
guen: 

Un espacioso llano 

(que allá i acá interrumpe una alquería 
hermosa con los dones del verano), 
i de una acequia el mal seguro puente, 
huella la cabalgata lentamente. 



106519 



- 14 — 

I luego, entre la salva vocinglera 
de una turba de perros ladradores, 
recibe de naranjos larga hilera 
a nuestros polvorientos viajadores, 
que, apenas desmontados, la escalera 
suben; i ya en los'altos corredores, 
vasto paisaje admiran de sembrados, 
potreros, rancherías i arbolados. 

La Real Academia, en el tomo 2P del Diccionario 
de autoridades, año de 1729, dio de chacra la definición 
que copio en seguida: 

^aChacra, habitación rústica, i sin arquitectura ni pu- 
lidez alguna, de que usan los indios en el campo, sin 
formar lugar, ni tener entre sí unión. — Latín: rústica 
domus, cassa^. 

Tal definición era muí imperfecta. 

Las chacras y aun en el siglo XVI, como resulta de los 
documentos citados, eran poseídas, no solo por los in- 
dios subyugados, sino mui principalmente por los con- 
quistadores españoles. 

En el dia los propietarios de estos i otros fundos son 
los descendientes de unos i otros, entre quienes no se 
hace distinción. 

Los dueños de gran número de chacras son mui 
acaudalados. 

Es probable, i aun seguro que, en el tiempo antiguo, 
las habitaciones de las chacras fuesen rústicas i sin ar- 
quitectura ni pulidez; pero actualmente, a lo menos en 
Chile, la^^mayor parte tienen casas también construi- 
das como las de las ciudades, i algunas las tienen mui 
espléndidas. 

Las chacras son verdaderas alquerías, como Bello las 
denomina en los versos antes copiados, las cuales se 



- 15 — 

destinan^ no solo a las industrias agrícolas, amenudo 
dirijidas como en las naciones mas adelantadas de 
Europa, sino también al recreo de sus dueños. 

La Real Academia repitió sin alteración la definición 
en la segunda edición del Diccionario, 1780; en la 
tercera, 1791; en la cuarta, 1813, en la quinta, 1817; 
en la sesta, 1822 i en la séptima, 1832. 

En la octava edición de 1837, modificó como sigue 
la dicha definición: 

^Chacra, habitación rustica sin pulidez ni arquitec- 
tura de que usan los indios con estancias separadas i 
sin forma de lugap>. 

Es fácil observar que esta nueva definición es tan 
inexacta como la primitiva. 

No obstante, fué repetida en la novena edición de 
1843, sin mas variación que la de suprimir la espresión 
«ni arquitectura»; i fué repetida en la décima de 1852, 
sin mas variación que la de suprimir la espresión « i sin 
forma de lugar». 

En la undécima edición de 1869, se conservó sin al- 
teración la definición de 1852, que es la siguiente: 

^Chacra, habitación rústica sin pulidez de que usan 
los indios con estancias separadas». 

Esta tercera definición solo se diferencia de las dos 
primeras en ser mas concisa; pero da fundamento a 
iguales observaciones contra su exactitud. 

La Real Academia, en el Diccionario de 1884, dice 
que chacra es «vivienda rústica i aislada», (i) 

Tal definición sujiere la idea de que chacra o chácara 
es una habitación o casa aislada fabricada en el campo, 
pero que no está destinada a la industria agrícola. 

Esto no es efectivo. 



(X) El Diccionario de 1S99 reproduce esta defínióión. 



— i6 - 

Mucho mas exacta es la definición que don Vicente 
Salva dio el año de 1846 en su Nuevo Diccionario 
DE LA LENGUA CASTELLANA, donde enseñó que chacra 
es «alquería o casa de campo para la labranza». 

Axmque desde el tiempo de la conquista hasta el pre- 
sente se han practicado en las chacras o chácaras, se- 
menteras de trigo o de cebada, ello es que estos fundos 
se destinan principalmente a las plantaciones de viñas 
i de árboles frutales, i al cultivo de las hortalizas. 

De aquí el que se haya dado a las siembras de papas, 
zapaUos, maíz, cebollas, sandías, melones, tomates, i 
otras plantas el nombre de chacra o chácara. 

El lingüista ecuatoriano don Pedro Fermín Cevallos, 
en su Breve Catálogo de errores en orden a la 
LENGUA I AL LENGUAJE CASTELLANO, dedica el siguiente 
artículo a la palabra chacra: 

^Chacra. Habitación rústica; alquería. Se le toma 
por el suelo que ya está con plantas — Sembrado, se- 
mentera». 

En Chile, se denomina chacarería, el cultivo de las 
plantas mencionadas. 

Esta voz no aparece en los diccionarios. 

El de la Academia, duodécima edición, dice que 
chacarero, chacarera signiñca en América «persona de- 
dicada a los trabajos del campo». 

Tal definición deja algo que desear. 

Chacarero ts el trabajador que se ocupa personal- 
mente en el cultivo de las plantas mencionadas, o sea 
de las chacras o chácaras. 

Chafalonía 

Tanto en las tarifas de avalúos como en las esta- 
dísticas comerciales publicadas en Chile se habla de 



— 17 - 

fíala chafalonía o simplemente chafalonía, voz que 
no aparece en ninguno de los diccionarios que he po- 
dido consultar. 

Entre nosotros se dominan chafalonía los artefactos 
de plata que, por no estar en uso o por encontrarse 
estropeados se venden al peso (i). 

Chafalote 

Así se dice en Chile por una especie de sable o es- 
pada. 

Otro tanto sucede en el Ecuador, como se ve en la 
obra del señor Cevallos. 

La palabra es, no chafalote, sino chafarote. 

Antes un chafarote 

te rebanará el cogote, 

dice imo de los personajes de Bretón de los Herreros 
en la comedia Pascual i Carranza, acto único, es- 
cena 14. 

Chagual 

Así se llama, según don Claudio Gay, en la Histo- 
ria FÍSICA I Política de Chile, Botánica, tomo 6, 



(X) El saplemento del Diccionario Académico de 1899 trae por vez pri- 
mera el vocablo chafalonía en el sentido de «plata u oró que ae emplea para 
labrar vajilla, cubiertos, etc. 

El Diccionario Enciclopédico de la Lengua Castellana compuesto 
por don Elias Zerolo, don Miguel de Toro i Gómez i don Emiliano Isaza i otros es» 
crítores españoles i americanos, rejistra también este vocablo en la acepción 
de «plata labrada, ya fuera de uso, que se vende ordinariamente]]al peso, para 
volverla a fundir», definición que está en perfecto acuerdo con el uso co- 
rriente en Chile. 

AMÜNÁTEGÜI. — ^T. II 2 



— I8 — 

pajina II, el tallo de una de las especies del maguei 
pita y o agave mejicano ^ (puya coactaia). 

La hoja de esta planta, según Gay, se denomina 
cardón; i la flor puya. 

«Esta hermosa planta, dice este naturalista, es algo 
común en los lugares secos de las provincias centrales. 
Su vastago contiene una sustancia bastante blanda i 
flexible para hacer las veces del corcho. Los nectarios 
de las flores contienen un licor azucarado que chupan 
los muchachos; i con el tiempo, los troncos se vuelven 
morenos, i mui parecidos a palos quemados. 

Chagual es uno de los muchos ejemplos de los nom- 
bres referentes a los árboles i a las plantas de Chile 
i de América a los cuales hasta ahora no se ha dado 
cabida en el Diccionario de la Academia. 

Chalón 

Las tarifas de avalúos de Chile traen la palabra 
chalón y que no viene en el diccionario académico. 

Se da este nombre a los pañuelos dobles usados por 
las damas para abrigarse. 

El Padre Esteban de Terreros i Pando en su cono- 
cido Diccionario trae la voz chalón^ acerca de la cual 
dice «Especie de tela de lana, V. las ordenanzas de los 
dnco gremios May. de Madri6>. 

Este vocablo, de orijen francés viene en el Dicciona- 
rio de Littré i en otros diccionarios franceses, que lo 
definen también como tela de lana que se fabricaba 
en la ciudad de Chálons. 

Challa 

El Director Supremo de la República de Chile don 
Bernardo O'Higgins hizo publicar el año de 1821 el 
siguiente bando: 



u 



— 19 — 

«El juego nombrado de challa, que se usa en tiempo 
de recreaciones, es una imitación de los que se llamaban 
bacanales» en tiempo del jentilismo, i que se ha intro- 
ducido en la América por los españoles. El abre cam- 
po a la embriaguez/i a toda clase de disolución, i es- 
pone a lances peligrosos por la licencia que se toman 
las jentes en jugar arrojando harina, afrecho, aguas, i 
muchas veces materias inmundas, i otras capaces de 
causar heridas i contusiones, sin hacer distinciones de 
las clases, edades i sexos contra quienes se arrojan. 
No debe, pues, tolerarse por mas tiempo una diversión 
tan bárbara, como contraria a |a buena moral, cos- 
tumbres i tranquilidad pública, en un pueblo católico, 
i que, con la variación de su sistema político, recibe 
diariamente mejoras en dichos ramos. Por tanto, la 
prohibo absolutamente en las presentes recreaciones, 
mandando, como mando, que no se juegue, ni permi- 
ta jugar pública ni privadamente el juego de challa 
durante su tiempo en esta ciudad, ni en sus suburbios 
i parroquias inmediatas. No hai clase ni persona al- 
guna que pueda juzgarse esceptuada de esta prohi- 
bición; i el que la quebrantare será castigado irremisi- 
blemente con proporción a la calidad i circunstancias 
de su desobediencia. El gobernador-intendente por sí, 
i por medio de sus subalternos, cuidará del mas exac- 
to cumplimiento de este decreto, procediendo contra 
los infractores de un modo tal que su corrección sirva 
de ejemplo. I en atención a convenir establecer una 
lei absolutamente prohibitiva, i para lo sucesivo, pá- 
sese copia de este decreto al Excelentísimo Senado, a 
fin de que tenga a bien acordarla. Publíquese e imprí- 
mase. Dado en el palacio directorial de Chile a 3 de 
febrero de 1821. — 0*Higgins. — Echeverría». 

Por mas rigoroso que el director supremo de Chile 



— 20 — 



don Bernardo O'Higgins, el héroe de Rancagua, el ven- 
cedor de Chacabuco i de Maipo, se manifestara contra 
esas batallas del carnaval en que las balas eran reem- 
plazadas por el agua, por la harina, por el afrecho i por 
otras sustancias poco limpias, se repitieron aun por mu- 
chos años. 

Don José Joaquín Vallejos, o sea Jotaheche, en un 
artículo titulado El Carnaval, que dio a luz en febrero 
de 1842, describe lo que estas tumultuosas fiestas eran 
a la sazón en la ciudad de Copiapó. 

Hé aquí el trozo a que aludo: 

«Otras diversiones no menos bulliciosas se ofrecieron 
el lunes por la mañana después de reparar las fuerzas 
con algunas horas de sueño. A las doce del dia, una 
multitud de campeones se hallaba ya reunida para ju- 
gar a la chaya. 

« — Nos esperan en tal casa. jA ella! 

«Se combina el ataque; distribúyense las fuerzas; 
van a vanguardia los que, por medio de ciertos instru- 
mentos, pueden arrojar chorros de agua a mucha dis- 
tancia; son los tiradores, los rifles; siguen otras co- 
lumnas armadas de botellas, de cartuchos de almidón 
i paquetes de harina, i atrás los que resueltamente se 
ofrecen para apoderarse de las tinas, baldes, pozos i 
demás almacenes i pertrechos del amable enemigo. 
Este, al avistar las fuerzas masculinas, las saluda ba- 
tiendo sus pañuelos en los aires, asegurándoles que de- 
sea el combate, si se atreven a forzar sus atrinchera- 
mientos. La puerta de calle está abierta de par en par; 
pero, ¿quién pondrá el primero sus pies en el patio? 
Dos dobles filas se preparan a bautizarle hasta las uñas, 
con materiales que, unidos, forman el mas tenaz de los 
engrudos. 

«— lA la carga muchachosl gritan a retaguardia. 



— 21 



Esta empuja el centro i todos a los de vanguardia. En 
semejante desorden, es invadido el campo contrario. 
El agua, la harina, el almidón, el afrecho i otras cosas^ 
caen en torrentes i en nubarrones; el sol se oscurece, se 
pelea bajo de sombra, i antes de un minuto, no parece 
sino que todos se hubieren bañado en un rio de arga- 
masa. Las malditas amazonas, conocedoras del terreno, 
después de lograr los primeros tiros, efectúan su reti- 
rada a las habitaciones, cuyas puertas se cierran con 
llaves i trancas; robustas i forzudas criadas se quedan 
sosteniendo esta maniobra, de modo que, al fin de tan- 
tos peligros, resbalones, proezas i sacrificios, las únicas 
prisioneras, el único premio del valor, vienen a ser la 
cocinera, la lavandera i demás habitadores de las po- 
cilgas de la casa. Los pobres vencedores ceban la ven- 
ganza en tan tristes despojos, hasta que alguna de 
ellas logra escaparse; corre a la huerta, i vuelve con 
un refuerzo formidable de perros, que, al anunciarse 
solo con sus ladridos, ponen en completa derrota la 
banda de machos, cuya ropa empapada ni aun correr 
les deja con la velocidad que quisieran. Los gritos de 
victoria resuenan entonces en todas las ventanas i tro- 
neras de la fortaleza. 

« 

«Las demás clases se entregan a diversiones no me- 
nos tumultuosas. Grandes cuadrillas de mineros a pié, 
de pescuecete con su cada una, i fuertes pelotones de 
caballería armados de odres de agua, no siempre mez- 
clada con esencias aromáticas, recorren las calles re- 
partiendo a derecha e izquierda caudalosos asperjes, 
o visitan las chinganas, donde, tomándose de las ma- 
nos, las enamoradas parejas forman una gran rueda 
para danzar el vidalai». 

Se habrá notado que, a diferencia de lo que hace el 



— aa — 

bando del director O'Higgins, Jotabeche escribe cha- 
ya, i no challa. 

Efectivamente hai diversidad en la manera de escri- 
bir esta palabra. 

• Los que escriben challa se ajustan a la etimolojía; i 
los que escriben, chaya a la pronunciación. 

Don Vicente Salva, en su Nuevo Diccionario de 
LA LENGUA CASTELLANA, 1846, trae las dos palabras 
challa i chaya. 

La primera, según este laborioso gramático, que 
tanto se esmeró por introducir en el diccionario los 
vocablos generalmente empleados en la América Espa- 
ñola, es un peruanismo que sirve para denotar 4la 
hoja seca del maíz». 

La segunda, según el mismo autor, es un chilenismo 
que sirve para denotar «la diversión de echarse agua 
en el carnaval». 

Challa, en la acepción de «la hoja seca del maíz>>, vie- 
ne del sustantivo chhalla, que tiene en el idioma qui- 
chua este mismo significado. 

Esta palabra se ha convertido en chala. 

Antes de todo, debo declarar que, en cuanto a mí, 
nunca la he visto usada entre nosotros. 

Sin embargo, aparece que se usa bastante en el Perú, 
según el señor Rodríguez, en el Diccionario de chile- 
nismos, i el señor Paz Soldán, en el Diccionario de 
PERUANISMOS, i auu en Méjico, según Salva, en el Nue- 
vo Diccionario de la lengua castellana. 

«Una que otra vez hemos oído (se entiende en Chile) 
usada la palabra chala para designar la hoja seca del 
choclo, dice el señor Rodríguez. En cambio, no se oye 
otra cosa en Arequipa, donde sirve para mentar, no 
solo la hoja, sino también la caña seca, que allá se 
guarda, como que es útilísima para alimentar durante 



— 23 — 

el invierno las caballerías, si, con permiso de ellas, nos 
es lícito dar semejante nombre a las borricadas, que 
es de las que se trata. 

«Chala suele llamarse también en el Perú el cigarri- 
llo que llamamos en Chile de hoja». 

Léase ahora algo de lo que escribe acerca de este 
punto Juan de Arona, o sea el señor Paz Soldán. 

«El pasto o forraje denominado chala, es toda la 
planta del maíz reunida en líos, después de la cosecha, 
i vendida de esta manera. 

«A este pasto, todo se le va en jugo; i cuando, al fin 
de una larga jornada, lo toman las fatigadas bestias, 
mas que de alimento, les sirve de refrescante i emo- 
liente. 

« 

«En contra de lo que en Lima entendemos por chala, 
que es el maíz en yerba, distinción análoga a la que 
hacen los españoles entre alcocer i cebada, están el qui- 
chua i el uso de la Sierra, que dicen chala, «hojas de 
maíz secas». 

Resulta que, enimas rejiones del Perú, se llama chala, 
la hoja seca del maíz, i en otras, la hoja verde de la 
misma planta. 

Salva, en su Nuevo Diccionario de 1846, dice que 
chala es un provincialismo de Méjico, el cual se emplea 
para denotar «la hoja que cubre la mazorca del maíz». 

La Academia ha incluido por primera vez esta pala- 
bra en la edición de 1884 de su Diccionario, donde en- 
seña que chala significa en el Perú «hoja que envuelve 
el maíz cuando está verde». 

Creo que esta definición necesita correjirse. 

Challa (como debería escribirse atendiendo a la eti- 
molojía), o chaya (como escriben don Vicente Salva, 
don José Joaquín Vallejo, don Zorobabel Rodríguez i 



— 24 — 

otros humanistas^ atendiendo a la pronimdación), 
nombre del juego de carnaval que consiste en lanzar a 
las personas aguas u otras sustancias, viene del verbo 
chállaniy que, en quichua, según el padre Mossi en su 
Diccionario Qüichua-Castellano, tiene la acepción 
de «regar menudo, rociar o asperjan). 

A p)esar del rigoroso bando del director O'Higgins, i 
de reiteradas disposiciones posteriores en las cuales se 
prohibe una diversión impropia de la cultura moder- 
na, i a pesar de que la opinión pública condena esta 
costumbre ocasionada a molestias injustificables, i 
hasta a enfermedades, la chaya no ha desaparecido del 
todo en Chile. 

En algunos de los otros pueblos hispano-america- 
nos, es aun mui practicada los dias que preceden al 
miércoles de ceniza. 

Chamanta 

El hombre entró, . . Después con jesto grave 
cerró otra vez la puerta, i la echó llave, 

I luego con la misma flema arroja 
sobre la tierra el guarapón; se quita 
la grosera chamanta azul i roja. 

Estos versos son de don Andrés Bello en el canto 3.0 
de su leyenda El Proscrito (Obras Completas, 
tomo 3, pajina 507). 

Chamanta es una palabra manifiestamente com- 
puesta de otras dos. 

Don Diego Barros Arana, en su Historia Jeneral 
D£ Chile, parte i.*, capítulo ^P, párrafo 2, o sea tomo 
ifiy pajina 82, describe como sigue el vestido de los 
araucanos: 

«Una camiseta ancha i sin mangas, i con una grande 



abertura para pasar la cabeza, servía indiferente- 
mente para los hombres i las mujeres. Estas últimas 
usaban además una manta o paño Cuadrado con que 
se envolvían el cuerpo, prendiéndola a la cintura, i 
que solo les dejaba descubiertos los pies. Los hombres 
llevaban esta misma manta, pero en una forma dife- 
rente, pasándola por entre las piernas, i sujetando sus 
pimtas a la cintura con una correa o ceñidor de cuero, 
para tener mas libertad i desenvoltura en sus movi- 
mientos. En la estación de los fríos o de las lluvias, las 
mujeres i los hombres llevaban además la manta, o 
poncho, tejida de lana, de forma cuadrada, con una 
abertura en el medio que les servía para pasar la ca- 
beza. Esa manta caía sobre sus hombros, cubriendo el 
cuerpo hasta la mitad del muslo». 

Ese paño cuadrado con que las araucanas se envol- 
vían el cuerpo prendiéndolo a la cintura, i que los arau- 
canos hacían pasar por entre las piernas, sujetándolo a 
la cintura con un ceñidor de cuero, se denomina cha- 
malí en su idioma. 

El Chilidugu, que el padre jesuíta Bernardo Haves- 
tadt imprimió el año de 1777, dice que chamall signi- 
fica, traducido del araucano al latín, stragídum vestís y 
esto es, en castellano, capa o sobretodo, vestido. 

El padre de la misma orden Andrés Pebres, en el 
Diccionario Chileno-Hispano, cuya primera edi- 
ción es de 1765, dice que chamall, palabra que escribe 
chamal, significa «manta de los indios con que cubren 
todo el cuerpo». 

Manta se toma jeneralmente entre los hispano-ame- 
ricanos, no en la acepción de la frase que acaba de 
leerse, sino en la de ropa suelta, o mejor de tela cua- 
drada sin mangas i con una abertura en el medio para 
pasar la cabeza, i que desciende mas o menos hasta la 
cintura. 



— a6 -r 

Chamanta es un compuesto de chatnall i de manta, 
que denota un chamal convertido en manta; esto es, 
un chamal a que se ha abierto un agujero en el medio 
para sacar la cabeza. 

La chamanta es mas burda i mas grande que la sim- 
ple manta. 

No falta quienes digan el chamanto. 

Chamico 

Tal es el nombre americano de la planta que la 
Real Academia, en su Diccionario, denomina estra- 
monio. 

Esta planta pertenece al j enero datura^ que com- 
prende dos especies: la datura arbórea^ vulgarmente 
floripondio] i la datura stramonium, vulgarmente en 
España estramonio, i en la América Española, cha- 
mico. 

El estramonio o chamico, según Gay, es una planta 
que, «se halla naturalizada en cuantas partes el hom- 
bre ha podido penetrar». 

El mismo naturalista agrega que se cria en Chile en 
los lugares cultivados a la orilla de los caminos de 
Santiago, i que se encuentra también en algunos jar- 
dines. 

«Esta planta, cuya patria no se conoce con seguri- 
dad, esparcida ahora por una gran parte del mundo, 
dice don Rodolfo A. Phillippi en sus Elementos de 
BOTÁNICA, es mui narcótica i venenosa. Sus semillas, 
sobre todo tomadas en gran cantidad, producen atur- 
dimiento, demencia i aun la muerte. El principio acti- 
vo es la daturina, que tiene la propiedad de fijar i dila- 
tar la pupila del ojo. El chamico se usa contra el asma, 
dolores reumáticos, i otras afecciones nerviosas, así 
como contra el cáncer». 



— «7 — 



Chamiza 



Una ordenanza aprobada por el Presidente de la Re- 
pública con fecha 26 de mayo de 1863 establece una 
contribución de sisa en favor de la municipalidad de la 
Serena. 

Entre otras disposiciones, contiene la. que va a 
leerse: 

Art. 2P «Se esceptúan del pago de esta contribución 
las cargas, carretas i carros que introduzcan equipajes i 
los artículos siguientes: agua, pan, leche, carne no sien- 
do salada, leña, chamiza, carbón ya sea de leña o piedra, 
aves de todas clases; encomiendas de frutos cuyo peso 
no exceda de un quintal (o cuarenta i seis kilogramos), 
i las de animales vivos o muertos, totora, piedra, loza, 
adobes, arena, cal, tejas, ladrillos i tierra». 

Efectivamente, en Chile se usa mucho chamiza por 
chamada y <qporción de leña lijera que se hace arder en 
. el hogar para alegrar el fuego», o por chamarasca, «leña 
menuda, hojas i palillos delgados que, dándoles fue- 
go, levantan mucha llama sin consistencia ni dura- 
dóm. 

Este mismo sentido se da a chamiza en Colombia, se- 
gún aparece en la obra del señor Cuervo, i en el Ecua- 
dor, según aparece de la del señor Cevallos. 

Lo que el Diccionario de la Real Academia Es- 
pañola dice acerca de chamiza es únicamente lo que 
sigue: 

Chamiza, hierba silvestre i medicinal que nace en 
tierras frescas i aguanosas. Su vastago, como de vara 
i media de alto i medio dedo de grueso, es fofo i de 
mucha hebra, i sus hojas anchas, cortas i de color ce- 
niciento. Sirve para techumbre de chozas i casas rús- 
ticas». 



— a8 .-- 

No parece entonces haber inconveniente para que, 
por estensión, se aplique este mismo nombre a los pali- 
llos o leña menuda provenientes de plantas parecidas 
a la que el Diccionario de la Academia describe en 
el artículo que acabo de citar. 

En castellano, existe la pdlshrB, chamizo, que signi- 
fica «tizón o leño medio quemado». 

Champa' 

Esta palabra proviene del quichua en el cual idio- 
ma existe chhamppa, que, según el padre Mossi, signi- 
fica «césped de tierra con raíces». 

Champa es usado por lo menos en Chile, el Perú i el 
Ecuador. 

Chancelar 

Así se pronuncia i se escribe este verbo en Chile. 

El art. 8.^ de un decreto espedido por el Presidente 
de la República en 8 de abril de 1831, dice como sigue: 

Art. 8p «Los certificados de la aduana jeneral de 
haberse recibido los efectos en sus almacenes de de- 
pósitos, servirán para chancelar las fianzas de toma- 
guía que los esportadores hubieren otorgado». 

El Diccionario de la Academia admite, en vez de 
chancelar, los verbos chancellar i cancelar; pero advierte 
que chancellar es anticuado, i que, en el dia, se dice 
cancelar. 

El artículo que destina a cancelar es el que copio a 
continuación: 

«Cancelar (Del latín cancellare). Verbo activo. Anular, 
borrar, truncar i quitar la autoridad a un instrumento 



_ 29 — 

público^ lo cual se hace cortándole, o inutilizando el 
signo. — Figurado. Borrar de la memoria, abolir, de- 
rogar». 

En Chile, junto con chancelar^ se usa este verbo can- 
celar; pero, por estensión, se aplica a los instrumentos, 
no solo públicos^ sino también privados. 

Chancho, Chancha 

Don Claudio Gay, en la Historia Física i Polí- 
tica DE Chile, Zoolojía, tomo i.^, pajina 139, dice que 
el sus scro/a de los naturalistas se denomina «vulgar- 
mente chanchOy cochino, puerco o cuchi». 

Según Salva, chancho es un americanismo que se 
emplea para designar el animal denominado común- 
mente puerco. 

Efectivamente, en Chile, i creo que en otras de las 
repúblicas hispano-americanas, chancho, chancha es 
una palabra mucho mas usada, a lo menos en el len- 
guaje familiar, que las de puerco, cerdo, marrano, o 
cochino, cochina. 

Los indios del Perú dieron después de la conquista a 
este animal, que fué introducido por los españoles, el 
nombre de cuchi. 

Léase lo que el señor Paz Soldán dice acerca de esta 
palabra en el Diccionario de peruanismos. 

^Cuchiy nombre común i familiar del cochino en Are- 
quipa, indeclinable, común a hembra i macho, como 
todos los de su especie. ¡Curioso sería que esta voz 
quechua no fuera mas que una vo:^ castellana quechui- 
fkadal Oigamos a Garcilaso: — A los puercos llaman los 
indios cuchi, i han introducido esta palabra en su len- 
guaje para decir puerco, porque oyeron decir a los es- 
pañoles coche, coche, cuando les hablaban — ^». 



— 30 — 

El Diccionario de la Academia, que no ha admi- 
tido la palabra chancho, chancha, mui usada en gran 
parte de la América Española, ha dado cabida en sus 
columnas como peruanismo a cuchi, usado solo por al- 
gunos de los indios del Perú, o sea en Arequipa, según 
el testimonio harto fehaciente del señor Paz Soldán. 

Don Antonio de Capmani, en la Filosofía de la 
ELOCUENCIA, tomo I o, pajinas 150 i 151, edición de 
1826, ha ensayado hacer distinción entre los vocablos 
puerco, cerdo, cochino i marrano. 

Hé aquí lo que espone acerca de este punto. 

«Los nombres puerco, cerdo, cochino, marrano, repre- 
sentan un mismo animal; i con todo, no usamos indis- 
tintamente de ellos en todos casos i circunstancias; i 
según son diversos los aspectos bajo de que considera- 
mos dicho animal, es diverso el nombre que le apUca- 
mos, ya en sentido recto, ya en el metafórico. Decimos 
puerco en estos casos: piara de puercos, matar puerco, 
comer carne de puerco, manteca de puerco, etc.; i en sen- 
tido figurado i proverbial: El puerco de Epicuro; A 
cada puerco le llega su San Martín; Echar margaritas a 
puercos. Parece que este nombre es el propio del ani- 
mal, i de acepción mas inmediata, como derivado del 
porcus latino, porque de él se forman las voces porque- 
rizo i porqueriza, i no de los otros nombres. En la caza 
de monte, se llama puerco al javalí, i no cerdo, ni co- 
chino; i de aquella sola voz, como orijinal, se forma la 
compuesta puerco-espín. 

«Usamos del nombre cerdo indiferentemente, i de 
puerco, en los cuatro primeros ejemplos arriba aplica- 
dos; mas no en los restantes, porque, en los otros sen- 
tidos de semejanza i comparación, solo se estiende a 
estas frases: Vive como un cerdo; Engorda como un 
cerdo. 



— 31 — 

«Usamos del nombre cochino en estos casos, casi 
siempre para chanza i desprecio: San Antón i su cochi- 
no; Come como un cochino; No son pdos de cochino; La 
muerte del cochino. Foresto, se forman de este nombre, i 
no de los demás, estos derivados, cochinería! cochinada, 
i llamamos cochina a la persona sucia i desaseada; sin 
embargo, decimos también puerca i porquería. 

«De la voz marrano y usamos mas para despreciar i 
motejar, que para definición del animal: marrano se 
llamaban unos a otros los moros i los cristianos por 
apodo; duerme o come o engorda como un marrano, tam- 
bién se suele decir». 

Un rápido examen basta para hacer notar que el ma- 
yor número de los ejemplos puestos por el mismo Cap- 
mani está manifestando que, en casi todos los casos, 
las palabras puerco, cerdo, cochino, marrano pueden 
usarse indiferentemente i sin distinción alguna. 

Don Francisco de Quevedo empieza así el capítulo 
6 de la Vida del buscón don Pablos: 

i^Hace como vieres, dice el refrán, i dice bien. De puro 
considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con 
los bellacos, i mas, si pudiese, que todos. No sé si salí 
con ello; pero yo aseguro a vuesa merced que hice to- 
das las dilij encías posibles. Lo primero, yo puse pena 
de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa, 
i los pollos del ama que del corral pasasen a mi apo- 
sento. Sucedió que un día entraron dos puercos del me- 
jor garbo que vi en mi vida; yo estaba jugando con los 
otros criados, i oílos gruñir, i dije a uno: — ^Vaya, i vea 
quién gruñe en nuestra casa. — Fué, i dijo que dos ma^ 
rranos. Yo, que lo oí, me enojé tanto, que salí allá di- 
ciendo que era mucha bellaquería i atrevimiento venir 
a gruñir a casas ajenas; i diciendo esto, envásele a 
cada uno, a puerta cerrada, la espada por los pechos; 



- Í2 — 

i luego los acogotamos; i porque no se oyese el ruido 
que hacían^ todos a la par dábamos grandísimos gri- 
tos como que cantábamos; i así espiraron en nuestras 
manos3>. 

En el trozo que acaba de leerse, aparecen emplea- 
das sin distinción alguna las palabras cochino^ puerco i 
marrano. 

Quevedo habría podido emplear del mismo modo la 
palabra cerdo. 

Otro tanto habría podido practicarse en el lenguaje 
familiar con chancho i cuchi. 

El único caso en que puerco o cochino no puede ser 
reemplazado por alguna de las demás palabras men- 
cionadas es en las frases proverbiales, como verbigra- 
cia, las citadas por Capmani o estas otras: «Al mas ruin 
puerco la mejor bellota»; «Al matar los puercos, place- 
res i juegos; al comer las morcillas, placeres i risas; al 
pagar los dineros, pesares i duelos»; «Al puerco i al yer- 
no mostrarle la casa, que él se vendrá luego»; «A puerco 
fresco i berenjenas, ¿quién tendrá las manos quedas?» 
«Comeréis puerco^ i mudaréis acuerdo»; «El puerco sar- 
noso revuelve la pocilga»; «Hurtar el puerco, i dar los 
pies por Dios»; «Puerco fiado gruñe todo el año»; <!Co- 
chino fiado buen invierno, i mal verano». 

Puerco tampoco puede ser reemplazado por otra de 
las palabras de igual significado, cuando forma parte 
de ciertas espresiones destinadas a denotar animales 
distintos de él, como puerco espín o espino, puerco 
marino, puerco montes o salvaje. 

Salva dice que, en la República Arj entina, se usa la 
palabra chancho como equivalente de tocino. 

En Chile, se llama chanchería lo que el Diccionario 
DE LA Academia denomina salchichería o tocinería i el 
Diccionario de Salva, choricería. 



— 33 — 

Se llama chanchero lo que el Diccionario de la 
Academia denomina salchichero i choricero o tocinero. 

Téngase, sin embargo, presente que salchicha^ cho- 
rizo i tocino no son una misma cosa. 

También se usa en sentido figurado chanchada^ «ac- 
ción propia de un chancho, ruindad». 

Chapecán 

Chape significa en araucano «las trenzas del cabello», 
según los padres Pebres i Havestadt. 

Estos mismos gramáticos enseñan que el menciona- 
do sustantivo chape, se formó el verbo chapecán^ que 
significa en el mismo idioma «hacer trenzas». 

No hace muchos años que, en Chile, se designaba 
con el vocablo chapecán^ lo que habría debido designar- 
se con el sustantivo chape, cuando se quería espresar 
en araucano las trenzas que los indios solían llevar. 

Este vocablo ha caído ya en completo desuso. 

Chapurrar 

La Real Academia Española, en su Diccionario, 
undécima edición de 1869, admitía los verbos cham- 
purrar i chapurrar, advirtiendo que los dos pertenecían 
al lenguaje familiar, i que el primero significaba lo mis- 
mo que el segundo. 

El artículo que ella destinaba a chapurrar era el que 
va a leerse: 

^Chapurrar, Mezclar un licor con otro. — Hablar al- 
gún idioma mezclando palabras de otros o mezclar en 
el discurso especies inconexas». 

La misma Academia, en la edición de 1884, ha. mo- 
dificado como sigue el precedente artículo: 

AláUNATBGÜI.— T. II. 3 



— 34 — 

^Chapurrar. (Voz imitativa. Verbo activo). Hablar 
con dificultad un idioma, pronimciándole mal, i usan- 
do en él vocablos i jiros exóticos. — Familiar. Mezclar 
un licor con otro». 

Sin necesidad de que se espresen, cualquiera pue- 
de notar las diferencias que existen entre estos dos 
artículos. 

La Academia enseña además que, en vez de chapu- 
rrar, puede decirse chapurrear por lo que toca a la 
primera acepción, i champurrar por lo que toca a la 
segunda. 

El reputado orador e ilustre estadista p)eninsular 
don Salustiano de Olózaga leyó el 23 de abril de 1871, 
al tomar posesión de su plaza de número en la Aca- 
demia Española, un discurso que se encuentra inserto 
en las Memorias de esta corporación, tomo 3, pajinas 
530 i siguientes, i del cual saco el pasaje que copio a 
continuación: 

«No son pocas las dificultades que he hallado para 
usar con propiedad las palabras i las frases que han 
dejado de emplearse en su sentido recto, i que se usan 
esclusivamente en el traslaticio. No sé con qué con- 
ciencia literaria puede atreverse nadie a usar en este 
sentido una espresión cuyo primitivo significado no 
conoce. Las palabras figuradas las pudieron usar con 
acierto los que conocían bien su sentido propio; mas 
cuando han dejado de usarse de esta manera, cuando 
no se sabe bien lo que significaban ¿qué traslación se 
puede hacer que no sea arriesgada? i ¿qué mucho que 
en este escollo hayan tropesado i hayan caído tantas 
j entes, cuando no han podido evitarlo algunos orado- 
res mui notables i escritores mui distinguidos? Los 
que no podemos imitarlos en las bellezas, tenemos do- 
ble obligación de no imitarlos en sus pequeñas faltas. 



- 3S - 

Por eso yo, en mi juventud, iba apuntando todas las 
espresiones que solo se usan en sentido figurado, con 
el firme propósito de no emplear ninguna cuya signi- 
ficación primitiva no conociese perfectamente. ¡Cuán- 
tos errores, cuántas impropiedades habría yo cometi- 
do en otro caso, en el largo i continuo tormento que 
he dado a la lengua! Citaré \ solamente dos palabras 
que recuerdo, en una sola letra, de la que menos tiene 
en nuestro diccionario: la che, 

«Había un verbo, mui usado sin duda en otros tiem- 
pos, champurrar, que significa mezclar un líquido con 
otro; i el uso, caprichoso como siempre, ha preferido 
dar un rodeo, i se dice mezclar el vino con agua, cosa 
mui frecuente en el dia, ya se deba a los preceptos de 
la hijiene, ya a las exijencias de la moda. Nadie usa 
ya la palabra champurrar en este sentido, i los que la 
usan en sentido traslaticio, la estropean i desfiguran, 
diciendo algunos chapurrar, i los mas chapurrear para 
dar a comprender que hablan mal un idioma estranje- 
ro, sin pensar que lo que hablan mal, al espresarse así, es 
su propia lengua, que lastimosamente han olvidado. 

«Hai un oficio mui tosco, que viene a ser respecto 
del de herrero, lo que es respecto del maestro de obra 
prima un zapatero de viejo. Se llamaba, i aun en al- 
gunos pueblos se llama chapucero al que hace chapuces 
o remiendos en hierro, i ciertas cosas tan toscas i de 
tan poco valor, que un herrero desdeñaría dedicarse a 
ellas. De chapucero, viene chapucería)^xo como la raíz 
ha llegado a ser desconocida, no puede calificarse bien 
el fruto. La palabra será mui necesaria mientras én 
España se hagan algunas cosas toscamente, grosera- 
mente, con poco arte, con mal gusto; pero, aunque no 
huelgue en el diccionario este vocablo, no tendrá o al 
menos no ha tenido en estos últimos tiempos mucho 



- 36- 

USO para espresar lo que realmente significa. Para 
unos, chapucería es una mala acción; para otros, una 
cosa insignificante o ridicula. No sé lo que sería para el 
insigne autor de El Sí de las ninas, cuando en el acto 
I/, escena 6, habiendo dicho doña Irene: 

« — ¡Qué pereza tengo de escribirl Pero es preciso, que 
estará con mucho cuidado mi pobre hermana — ^repli- 
ca Rita: 

« — iQué chapuceríasl No há dos horas, como quien 
dice, que salimos de allá, i ¡ya empiezan a ir i venir co- 
rreos! ¡Qué poco me gustan a mí las mujeres gazmo- 
ñas i zalameras! — 

«Si como parece, usó Moratín la palabra chapu- 
cería como equivalente de gazmoñería, no pudo des- 
conocer mas completamente su verdadera signifi- 
cación; pero, por fortuna, he hallado en la última 
edición del Diccionario de la Academia (la undé- 
cima de 1869) que el epíteto de chapucero se aplica en 
algunas de nuestras provincias al mentiroso; i como, 
según ha dicho un antiguo escritor, el encarecimiento 
es ramo de mentira, hubo de querer decir la criada que 
no le gustaban las mujeres en exceso ponderativas, 
exaj eradas, o alharaquientas. No acuso, pues, formal- 
mente a tan insigne hablista de haber usado con 
impropiedad una voz en significación metafórica, por 
no haberse fijado en su sentido recto; digo solo que, en 
tal error, suelen incurrir los que, lejos de estudiar la 
etimolojía i el valor de las palabras que han de usar, 
prefieren las que menos conocen; o por amor a la no- 
vedad, o por aparentar una instrucción que no tienen.» 

La doctrina espuesta con poca claridad i con harta 
vaguedad por don Salustiano de Olózaga en el trozo 
que acaba de leerse, parece ser que una palabra ha de 
emplearse siempre en un sentido que se ajuste al eti- 



— 37 — 

molójico, si proviene de otra nacional o estranjera, o al 
recto, si el sentido es traslaticio o figurado. 

Principiemos por admitir que esta regla, tomada en 
toda su jeneralidad, fuera exacta. 

Los ejemplos con que el eminente orador trata de 
esplicarla no son adecuados. 

Olózaga reconoce que en el castellano existe un ver- 
bo champurrar, mui usado sin duda en otros tiempos, 
pero mui poco usado en el nuestro, verbo que significa 
«mezclar el vino con agua, o un licor con otro». 

Ese sentido recto dio orijen al traslaticio de «ha- 
blar con dificultad un idioma mezclando con las pala- 
bras de éste otras que le. son estrañas, i pronuncián- 
dolo mal». 

Me parece que esta es una metáfora müi lejítima 

Mezclar las palabras de distintos idiomas, o mezclar 
las palabras de un idioma con otras que no le pertene- 
cen, se asemeja en sustancia a mezclar agua con vino, 
o a mezclar dos o mas licores. 

Pero, aun cuando la tal metáfora se prestara a ob- 
servaciones, el uso, arbitro soberano en estas materias, 
la ha autorizado, como lo viene testificando desde 
años atrás el Diccionario de la Academia, i como lo 
reconoce el mismo Olózaga. 

La circunstancia de haberse trasformado champurrar 
en chapurrar i en chapurrear, innovaciones ya adopta- 
das por la Real Academia, no tiene nada, absoluta- 
mente nada de insólito. 

El erudito don Antonio Capmani, en su excelente 
memoria sobre La Formación de la lengua caste- 
llana, trae un curioso capítulo referente al antiguo 
lenguaje comparado con el moderno. 

Quién lo lea verá prácticamente que Olózaga no tuvo 
fundamento para censurar con tamaña severidad un 



-38 - 

caso tan común como la trasformación de champurrar 
en chapurrar i en chapurrear. 

Como la obra d? Capmani a que me refiero es esca- 
sa, i por lo tanto, no es fácil que los lectores chilenos 
se la procuren, voi a trascribir por via de ejemplo el 
siguiente pasaje: 

«En las conjugaciones délos verbos, se haesperimen- 
tado mui notable mudanza i variación, no solo en el 
trueque de letras, sino también de sflabas enteras. 
Generalmente hasta mui entrado el siglo XVI, no em- 
pezaron a sincoparse las terminaciones en ades, en 
edes i en idos de los verbos de primera, segunda i ter- 
cera conjugación, que después se mudaron en ais^ en 
eis i en is, tales como amades, amáis; veedes, veis; ve- 
nides, venís; etc.; antárades, amaríais; amdsedes, ama- 
seis; viérades, veríais; viésedes, vieseis; viniéredes^ vi- 
nierais; vintésedes, vinieseis; etc. 

«En la formación de los demás tiempos i modos, ha 
habido casi igual alteración conforme las palabras se 
han apartado mas de su etimolojía. El latín videre se 
romanceó en veder, que, perdiendo la ¿, se escribió 
veer, i perdiendo después una e^ quedó en ver. De estas 
alteraciones del infinitivo, vinieron las inflexiones varias 
en los demás modos, como vido, vío^ i últimamente 
vió^ etc. El latín esse se romanceó en seer, hoi ser; de 
aquella alteración, se formó so, hoi soi; sodes, hoi sois; 
ser edes, hoi seréis; fumos, hoi fuimos; f uestes, hoi fuis- 
teis; etc. El latín dicere se romanceó en dicir, hoi 
decir; de aquí se formó disso, hoi dijo; dixeron, hoi di- 
jeron; etc. El latín sapere se romanceó en saber; de 
aquí se formó sobo, después sopo, hoi supo; saberla, hoi 
sabría; sepades, hoi sabed; etc. El latín cadere se ro- 
manceó en cader, hoi caer; de aquí se formó cadió, hoi 
cayó; cadrá, hoi caerá; cay a, hoi caiga; etc. El latín 



í 

j 



-- 39 - 

mittere se romanceó en meter; de aquí se formó metrá^ 
hoi meterá; misso, hoi metió; etc. De valer se formó 
valo, valafty hoi va/go, valgan; de saZ¿r también so/o, 
salan; hoi s«/go, salgan; de aniar se formó andió^ an- 
darán, hoi anduvo, anduvieron; etc. Jenerahnente to- 
dos los tiempos acabados en ovo, opo i ogo, como se 
usaron antiguamente en tovo, estovo, sopo, copo, plago, 
se convirtieron, entrado el siglo XVI, en uvo, upo 
i ugo, como en estas palabras tuvo, estuvo, supo, cupo 
i plugo». 

Me parece que las observaciones precedentes, las 
cuales podrían esplanarse i justificarse, manifiestan 
que las de Olózaga referentes a champurrar, chapu- 
rrar i chapurrear, revelan una idolatría exaj erada a 
las acepciones i formas primitivas u orijinales de las 
palabras. 

Muí poco mas atendibles son las observaciones que 
don Salustiano de Olózaga hace respecto de chapucero 
i de chapucería. 

En realidad, el ilustrado académico acepta todos 
los significados que, según dice, se han dado a chapu- 
cero i a chapucería (los cuales son los mismos que au- 
toriza el Diccionario de la Academia), escepto dos 
que ha oído dar en España a chapucería, a saber: «mala 
acciónj> i «cosa insignificante o ridicula». 

Si Olózaga acepta, como no puede menos de hacer- 
lo, i como efectivamente lo hace, que chapucería sig- 
nifica «remiendos en hierro, i ciertas cosas tan toscas 
i de tan poco valor, que un herrero desdeñaría dedi- 
carse a ellas», no hai el menor inconveniente para 
que, por una metáfora mui permitida, se emplee esta 
misma palabra en la acepción figurada de «cosa insig- 
nificante o ridicula». 

No se ve, pues, en qué yerran los que usan a cha- 



— 40 — 

purrar, chapurrear, chapucero i chapucería conforme 
a las enseñanzas del Diccionario de la Academia, 
cuerpo al cual no puede tildarse de propenso a auto- 
rizar novedades, i conforme a las reglas de la retórica 
mas severa i restrictiva. 

De todo lo que Olózaga escribe acerca de estas pa- 
labras, lo único que considero indudable es aquello de 
que no debe usarse a chapucería para denotar «mala 
acción». 

Después de haber tomado en consideración los 
ejemplos, paso a espresar el juicio que he formado 
acerca de la doctrina para cuya aclaración se han in- 
vocado. 

Nadie puede negar que el sentido etimolójico i el 
recto sean amenudo útilísimos para comprender bien 
el sentido secundario o traslaticio; pero ello no tiene 
de ninguna manera la importancia absoluta i decisiva 
que el ilustre académico, autor del discurso a que me 
refiero, le atribuye. 

El sentido que el uso mas o menos constante i uni- 
forme del pueblo i de la jente instruida da a las pa- 
labras se aparta con mucha frecuencia del que corres- 
ponde a su etimolojía. 

Aunque puedo comprobar tal aserción con centena- 
res de ejemplos, voi a mencionar solo algunos. 

Novia proviene de la espresión latina nova nupta, 
cuya traducción literal es «la nueva casada». 

Parece entonces que debería significar «la mujer 
recién casada». 

Mientras tanto, esta es la segunda de las acepciones 
que le señala el Diccionario de la Academia. 

La primera que le da es la de «la que está tratada 
de casarse, o inmediata al matrimonio», acepción mu- 
cho mas usada que la anterior, aunque no se ajusta 
de ningún modo a la etimolojía. 



— 41 — 

tPrimaveray (dice el antiguo director de la Acade- 
mia Española don Ramón Cabrera, en la obra postuma 
titulada Diccionario de etimolojías de la lengua 
castellana) se formó de las dos palabras latinas pri- 
mo veré, 

<iPrimo veré. 

«Prima-vera. 

«Primo veré son ablativos: el primero del adjetivo 
primuSy prinuiy primum, i el segundo del nombre 
neutro ver veris^ que significa primavera. Así que las 
dos palabras primo veré quieren decir al principio de 
la primavera; i en este sentido las usa Paladio en va- 
rios lugares, i señaladamente en el libro 3 capítulo 24, 
i en el libro 5, título 3. Vése, pues, claro que las pa- 
labras primo veré trasladadas al castellano recibieron 
una significación mas estensa que la que tenían en el 
latím. 

Llamamos setiembre al noveno mes del año, octubre 
al décimo, noviembre al undécimo i diciembre al duo- 
décimo, siendo que esos cuatro nombres, si se atien- 
den al orijen estampado en su forma misma, deberían 
significar el séptimo, el octavo, el noveno i el décimo 
mes, i que así lo significaron en el antiguo año de 
Rómulo. 

Don Pedro Felipe Monlau leyó el 27 de setiembre 
de 1863 ante la Real Academia Española, para so- 
lemnizar el aniversario de la fundación de este cuer- 
po literario, un bien elaborado discurso sobre el arca- 
ismo i el neolojismOy que corre impreso en las Memo- 
rias DE LA xAcADEMiA, tomo i.^, pajinas 422 i si- 
guientes. 

El autor manifiesta que muchas de las palabras to- 
madas del griego o del latín por los sabios han sido 
mal formadas, i que, entre ellas, hai aun algunas que. 



— 42 — 

si se atienden al orijen, denotan precisamente lo con- 
trario de lo que se trata de espresar. 

Voi a entresacar algunas de las que menciona. 

«Todos decimos mui satisfechos bibliófilo por afi- 
cionado a comprar, a poseer libros; pero a los helenis- 
tas les pasma con razón tal significado, por cuanto la 
raíz philo o filo, para tener el sentido activo, debe an- 
teponerse, pues, si se pospone, recibe el sentido pasi- 
vo. Piloteo es el que ama a Dios, i teófilo es el aníado 
de Dios. A Ptolomeo II, le dieron el sobrenombre de 
filadelfo para significar el amor que profesaba a su 
hermano; i a Ptolomeo IV, le apellidaron filopator (i 
no pairó filo) por su piedad filial. Decimos bien filó- 
sofo, filántropo, filarmónico, etc., por amante de la 
sabiduría, de los hombres o de la música; pero sofófiio, 
antropófiío i armoniófilo tendrían una acepción inver- 
sa. Bibliófilo, por consiguiente, en buena lei de com- 
posición analójica, significa amado de los libros, que es 
precisamente lo inverso de lo que se propuso dar a 
entender el malaventurado artífice de este vocablo. 
En París se fundó, el año 1820, una sociedad de los 
bibliófilos franceses; i en 1853, fundóse, bajo la presi- 
dencia del príncepe Alberto, una sociedad de los filo- 
biblon de Londres. Ambas son sociedades de amigos 
de los libros, pero solo la de Londres dice con propie- 
dad lo que es». 

«Decímetro, centímetro, milímetro, etc., son voces 
mestizas o híbridas, es decir, compuestas de elemen- 
tos de dos diferentes lenguas, cuando tan natural i 
llano era valerse esclusivam ente de elementos latinos, o 
de elementos griegos. No solo esto, sino que el mas 
humilde preceptor de humanidades advierte que, en 
la composición, se ha trocado el sentido lejítímo: cen- 
timetrum en latín no significa una centésima parte de 



— 43 — 

metro, sino cien metros, o medidas, como bifrontey tri- 
folio, cuadrienio, miliforme, etc., significan dos fren- 
tes, tres hojas, cuatro años, mil formas, etc., i no ima 
mitad de frente, una tercera parte de hoja, una cuarta 
parte del año, o una milésima parte de forma. Por 
manera que a los divisores se les ha impuesto, en ri- 
gor gramatical, el nombre que correspondía a los múl- 
tiplos». 

«Por ateo, tenemos hoi al que niega la existencia de 
Dios, al que no reconoce a Dios, al pasO que los grie- 
gos llamaban ateos a los abandonados de los dioses, a 
los no reconocidos por los dioses, a los dejados de la 
mano de Diosf>. 

Por fundadas i poderosas que sean las precedejites 
observaciones de Monlau, creo que nadie ha de esti- 
inar posible el que las palabras antietimolójicas sobre 
que discurre sean reemplazadas por otras mejor for- 
madas. 

Igual cosa puede decirse respecto a numerosas pa- 
labras de sentido traslaticio que no corresponde abso- 
lutamente al recto o primitivo. 

Voi a hacerlo palpar también con algunos ejem- 
plos. 

Acordar, entre varias acepciones, tiene la de «traer 
a la memoria de otro alguna cosa». 

Este verbo ha sido formado manifiestamente de la 
preposición a, que aquí dice una tendencia al objeto 
de la acción del verbo, i de corde, ablativo del nombre 
neutro latino cor, cordis «corazón». 

Si atendemos solo al significado que, al presente, da- 
mos a la palabra corazón, no se percibe la conexión que 
puede haber entre la idea espresada por esta palabra, 
i la espresada por memoria. 

Don Pedro Felipe Monlau, en su Diccionario Eti- 



— 44 — 
MOLÓJICO DE LA LENGUA CASTELLANA, CSplica COmO, 

en otro tiempo, se había establecido entre corazón i 
memoria una relación que ahora no se admite. 

«El corazón, en sentido recto, dice, es la entraña o 
el órgano principal del cuerpo; i de ahí el que ciertos 
filósofos de la antigüedad lo considerasen como la re- 
sidencia de la vida i del alma, i algunos como el alma 
misma. Aun hoi dia la fisiolojia popular considera el 
corazón como el asiento i foco de las pasiones, del va- 
lor, de la sensibilidad, etc.» 

Don Ramón Cabrera, en su Diccionario de eti- 
MOLO jí AS, aclara mas esta esplicación. 

«El corazón entre los latinos, dice, fué tenido por la 
silla de la memoria, no solo entre los que vinieron des- 
pués de la decadencia del latín, sino también entre 
los que florecieron cuando el idioma se hallaba en su 
mayor auje. Por esta época, era mui corriente el ver- 
bo recordor, recordaris, que vale «recordar, hacer me- 
moria o traer a la memoria», i, a nadie por cierto podrá 
ocultársele que este verbo deponente fué formado de 
la preposición inseparable re^ del nombre neutro cor, 
cordis, que significa corazón. 

Nuestros antiguos también daban a la palabra co- 
razón el significado de memoria». 

Cabrera cita en comprobación de este aserto dos pa- 
sajes del Alejandro. 

Se ve que, en remotas edades, hubo entre los signi- 
ficados de corazón i de memoria, una relación que, en 
la actualidad, ha desaparecido, sin que ello nos impi- 
da seguir dando a los verbos acordar i recordar, id\ mo- 
do adverbial de coro, los significados que se saben re- 
ferente a la memoria. 

Ceniza es mui empleado como equivalente de «reli- 
quia o residuos de un cadáver». 



— 45 — 

Mientras tanto, tal metáfora proviene de la prácti- 
ca de quemar los cadáveres que, desde siglos atrás, no 
se observa sino en raras ocasiones. 

Perillán, perülana denota, según el Diccionario de 
LA Academia, «persona picara, astuta». 

Léase como Monlau esplica la etimolojía de este ad- 
jetivo. 

«Perillán. De Pero (Pedro) Ulan (Julián), militar 
distinguido i pundonoroso, de quien se cuenta que no 
podía resistir la idea de que le pisasen después de 
muerto; i, en su consecuencia, pidió alrei por premio de 
todos sus servicios, que su enterramiento estuviese en 
alto: así se ve hoi su sepulcro que está en la capilla 
de santa Eujenia de la catedral de Toledo. De la 
ocurrencia de Pero Ulan para no dejarse pisar ni aun 
después de muerto, vino el llamar Per-IUán, al ma- 
ñoso, cauto i sagaz en su conducta i en el manejo 
de sus negocios. Últimamente el lenguaje familiar ha 
dado a perillán la acepción de picaro o de astuto en 
mala parte». 

Resulta que el nombre de un militar distinguido 
i pundonoroso ha venido a servir para designar los 
bribones. 

Sería difícil encontrar un argumento práctico mas 
concluyente contra la doctrina demasiado absoluta 
de Olózaga. 

No faltan aun en castellano palabras a que se ha 
dado un sentido enteramente caprichoso que no tiene 
la mas remota relación ni con el etimolójico ni con el 
recto. 

Don Juan Eujenio de Hartzenbusch, en su contes- 
tación al discurso de Olózaga (Memorias de la Real 
Academia Española, tomo 3, pajinas 554 i siguien- 
tes) cita una de estas palabras. 



-46- 

Léase lo que dice: 

«Otro cuenta que iban N. i N. caminando a Sego- 
via, i alo mejor se les rompió una rueda del coche. I la 
verdad es que no fué, ni se trata decir que fué, a 
lo mejor o peor del camino, sino Je improviso^ de pron- 
to, cuando menos pensaron, cuando no se esperaba». 

Me parece que lo espuesto basta i sobra para ma- 
nifestar que la doctrina de don Salustiano de Olózaga 
sobre que he discurrido no puede ser admitida en toda 
su latitud, i que, para ser aceptada, ha menester de 
aclaraciones i de restricciones. 

Charani 

Don Claudio Gay, en la Historia Física i Políti- 
ca DE Chile, Agricultura, tomo i.*", pajina 427, dice 
así: 

4EI hacendado que en Europa se dedica a la crian- 
za de animales de cuerno, no se propone, por lo jene- 
ral, otro objeto, que el de hacerles producir mucha 
leche para todas las industrias a que da lugar este pro- 
ducto, o bien el de engordarlos pronto para que sirvan 
al consumo diario. 

En Chile, la industria lechera es relativamente po- 
co practicada, porque los habitantes hacen rara ve2 
uso de la mantequilla para sus guisos. Se dedican, 
pues, a la crianza de estos animales con el solo fin de 
engordarlos i venderlos, o mas bien matarlos en la 
hacienda, lo que haría perder una cantidad conside- 
rable de carne, si no hubieran hallado un medio para 
conservarla. 

«Este medio no consiste en salarla, o por lo menos 
mui rara vez lo hacen, como se practica en los Esta- 
dos Unidos, i en las repúblicas de Buenos Aires i de 



— 47 - 

Montevideo sino en secarla al aire, método que la na- 
turaleza del clima cálido i seco favorece singularmente. 
Esta carne es la que se conoce con el nombre de char- 
qui, i la que ha creado una industria considerable, 
pero solamente en las provincias del norte i del centro, 
porque, a los 34*", la humedad del clima le es ya mui 
perjudicial». 

El arbitrio de convertir la carne fresca en charqui 
fué invención, no de los españoles, como quizá pudie- 
ra deducirse del pasaje de Gay antes copiado, sino de 
los indíjenas. 

Léase lo que Prescott, en la Historia de la con- 
quista DEL Perú, tomo i.^, pajina 152, traducción 
al castellano publicada el año 1847, refiere sobre este 
asunto, dando a conocer el grado de civilización que 
el imperio de los incas había alcanzado. 

«Matábanse los venados machos i algunas de las 
clases mas ordinarias de carneros peruanos; sus pieles 
se conservaban para los varios objetos útiles que con 
ellas se hacían jeneralmente, i su carne, cortada en 
tajadas mui delgadas, se distribuía al pueblo, que 
la convertía en charqui, la carne seca del país, que 
constituía el único alimento animal, como después 
ha constituido el principal en las clases bajas en el 
Perú». 

«Las comidas del pueblo eran por la mañana tem- 
prano, i al ponerse el sol (dice el escritor peninsular 
don Sebastián Lorente, en su Historia Antigua del 
Perú antes de la llegada de los españoles, pajinas 332 
i 333); ^l alimento habitual, yerbas cocidas, papas, 
chuño, maíz, alguna onza de charqui, todo bien con- 
dimentado con sal i ají; la principal bebida, la chicha 
de maíz, de quinua, de maguei, de semilla de moUe o 
frutas». 



Así, lo que los españoles hicieron fué aplicar a la 
carne de los animales vacunos traídos de Europa el 
procedimiento que los indíjenas habían adaptado a 
la de los animales de su tierra. 

Charqui proviene del quichua chharqui, palabra que, 
según Mossi, significa «cesina, o tasajo»; i también 
«cuerpo seco, o el flaquísimo». 

Charqui se había introducido en la lengua de los 
antiguos chilenos o araucanos, como puede verse en el 
Diccionario Chileno-Hispano del padre Pebres, i 
en el Chilidugu del padre Havestadt. 

Esta palabra es hasta ahora mui usada en Chile, i 
la única que se emplea para designar estas tajadas de 
carne secadas al aire. 

Léanse los decretos que siguen espedidos por el Pre- 
sidente de la República: 

«Santiago, mayo 26 de 1877. 

«Vista la nota que precede, 

«Decreto: 

«Se incluye el charqui entre los artículos que, según 
la ordenanza de aduanas, son de despacho forzoso. 
Tómese razón, comuniqúese i publíquese». 



((Santiago, julio 28 de 1877. 

«Vista la solicitud e informe que preceden, derógase 
el decreto de 26 de mayo último. 

«En consecuencia, el charqui se depositará en lo su- 
cesivo en almacenes de aduana. 

«Tómese razón i publíquese.» 



— 49 — 

<sSantiagú, noviembre 20 de 1877. 
♦Vista la nota que precede, 
4ÍIe acordado i decreto: 

«Los derechos de almacenaje del charqui se pagarán 
en adelante conforme a su volumen. 

«Tómese ra^ón, comuniqúese i publíquese> 

La palabra charqui es también la usada en el Ecua- 
dor, según don Pedro Fermín Cevallos. 

El Señor Paz Soldán, en el Diccionario de perua- 
nismos de Juan de Arona, dice que en el Perú se usa 
charque. 

Sin embargo, se ha visto que don Sebastián Loren- 
te, el cual ha vivido largos años en este país, emplea 
charqui i no charque. 

Don Vítente Salva, en el Diccionario de 1846, 
trae las dos palabras charqui i charque como equiva- 
lentes i provincialismos de la América Meridional para 
designar un <(pedazo delgado de carne de vaca secado 
al sol o al aire, sin sal>s pero prefiere charque sobre 
charqui. 

La precedente definición de Salva, que es mui exac- 
ta, manifiesta que charqui no puede ser reemplazado 
ni por cecina^ ni por tasajo^ denominaciones de comes- 
tibles en cuya preparación entra la sal. 

Parece entonces que hai sobrado fundamento para 
que charqui tenga cabida en las futuras ediciones del 
Diccionario de la Real Academia. 

En Chile, es mui usado charquicdn para denotar 
una vianda o guisado cuyo principal ingrediente es el 
charqui. 

AMUVÁTBGUI. T. II 4 



— so -^ 



Chata 



El artículo i.« de los estatutos de la Compañía Na- 
cional de remolcadores, estatutos aprobados por de- 
creto del Presidente de la República fecha 17 de mayo 
de 1884, dice así: 

Artículo 1/ 

«Se forma una sociedad anónima con el título de 
Compañía Nacional de Remolcadores con el objeto de 
esplotar, comprar i vender vapores remolcadores u 
otros, chatas, lanchas, norias, establecimientos o de- 
rechos de agua, equipo marítimo, carbón i demás en- 
seres convenientes para remolcar buques en la bahía 
o fuera de ella, surtirlos de agua, fondearlos, amarrar- 
los i desarmarlos, prestarles ausilio, levantar anclas, 
apagar incendios a bordo i en tierra, levantar objetos 
del fondo del riiar, i, en fin practicar todas las ope- 
raciones al alcance de una compañía provista de los 
elementos mencionados». 

«Chato, chata (dice el Diccionario de la Academia) 
aplícase a algunas cosas que de propósito se hacen sin 
punta i con menos elevación que la que regularmente 
suelen tener las de la misma especie. Clavo chato, em- 
barcación chata». 

Se sabe que es lei del castellano el que, cuando un 
adjetivo se usa mui amenudo junto con un sustantivo, 
éste se omite, conservándose el adjetivo a que se da el 
carácter de sustantivo. 

Así puede usarse chata, en vez de embarcación chala. 



— 51 



Chépioa 



Don Claudio Gay, en la Historia Física i Políti- 
ca DE Chile, AgrictUtura, tomo i.*, pajinas 296, 297 
i 298, describe como sigue las praderas de este país: 

«Los pastos son en Chile de una importancia tanto 
mayor cuanto que todos los terrenos que permanecen 
algún tiempo en reposo se cubren en seguida de plan- 
tas que, fecimdizadas por sus propios despojos, podri- 
dos poco a poco en el mismo sitio donde han brotado 
desde hace muchos siglos, producen una ve jet ación 
asombrosa suficiente para alimentar cantidades consi- 
derables de animales, i que alimentarían cantidades 
cuatro veces mayores, sobre todo en el Sur, si el arte 
i los capitales secundasen sus esfuerzos. En estas últi- 
mas comarcas, una temperatura suave i húmeda fa- 
vorece con estremo el desarrollo de las plantas; i algu- 
nas estremadamente sustanciosas, como el trébol, la 
gualputa, el alfilerillo, etc., i mas al sur las gramíneas, 
siempre tan preferibles para el cebo de los animales, 
i susceptibles de ser segadas por su abundancia i ele- 
vación, cubre los campos, haciéndolos aparecer como 
un verdadero mar de verdura; i en algunas localida- 
des, forman praderas naturales, si no del jénero de las 
de Europa, que necesitan recibir algunas labores, al 
menos como pinitos de elección i de reserva especial i 
únicamente destinados, en calidad de potreros de en- 
gorda, al cebo de los animales que hasta entonces se 
han alimentado en praderas de inferior calidad. En 
las provincias centrales, solo en algunos valles de las 
altas cordilleras, es donde se encuentra esta vejetación 
permanente; pero, en la primavera, todos los campos 
se hallan cubiertos del mismo modo con una gran 



- Sí - 

variedad de las indicadas plantas, que se desarrollan 
con fuerza i rapidez i logran hasta cierto punto pro- 
tejer en muchas localidades el suelo contra todas 
las causas que tienden a desecarle. Esta vejetadón 
puramente primaveral aparece con mayor esplendor 
todavía en las estériles provincias del norte. Se la ve 
engalanar con sus mas bellos colores los vastos desier- 
tos de arena; pero no dura mas que hasta la llegada 
de los calores del verano, que la queman i la destruyen. 
Entonces todo vuelve a tomar el primitivo aspecto 
de esterilidad i de tristeza; las llanuras i ]as montañas 
se presentan a la vista en toda su desnudez, i los ani- 
males no encuentran alimento mas que en algunas 
plantas de raíces bastante largas para poder dirijirse 
a buscar en las profundidades de la tierra la hu- 
medad que necesitan. Ep este concepto, la chépica, 
especie de paspalus, presta algunos servicios a los ha- 
cendados, conservándose para estos momentos de mi- 
seria. Las de los terrenos mas secos sirven para los 
burros i las' muías, verdaderos proletarios de la eco- 
nomía animal; i se reservan para los bueyes i las va- 
cas las que crecen al borde de los arroyuelos como 
mas tiernas, mas frescas i mas delicadas. En las pro- 
vincias centrales, el cardo presta el mismo servicio en 
invierno, ofreciendo sus granos, i hasta sus tallos a 
las apremiantes necesidades de los bueyes i de las 
vacas». 

El mismo autor, en la misma obra, Botánica, tomo 
6.0, pajina 240, dice que 4das raíces de la chépica son 
mui usadas en tisana para las enfermedades urinarias 
i como refresco». 

Chépica, que era el nombre de esta gramínea en 
lengua araucana, no viene en el Diccionario de la 
Academia. 



— 53 — 

Cheane 

Esta palabra es jeneralmente usada en Chile. 

En comprobación, cito el siguiente documento oficial: 

Santiago, 27 de noviembre de 1872. 

«Vista la solicitud que precede del Banco de Valpa- 
raíso, lo informado por el ministro de la aduana de 
ese puerto i por el director j érente del Banco Nacional 
de Chile, i teniendo presente las dificultades que ofre- 
ce en la práctica la concesión otorgada al comercio dé 
Valparaíso de ser aceptados en pago de los derechos 
de aduana los cheques jirados contra los bancos de emi- 
sión de esa ciudad, 

<JIe acordado i decreto: 

«Se deroga el decreto de 30 de agosto de 1870 que 
permite pagar los derechos de aduana con cheques ji- 
rados contra bancos de emisión establecidos en la du- 
dad de Valparaíso. 

«Tómese r^zón, comuniqúese i publíquese». 

El artículo 6.0 de la lei de iP de setiembre de 1874 
relativa a la contribución de papel sellado, determina, 
aitre otras cosas, que «las libranzas u órdenes de pago 
distintas de las que se llaman cheques de banco paguen 
en una proporción fijada cinco centavos». 

El artículo 17 del reglamento para la Dirección del 
Tesoro i sus dependencias, i para la Dirección de Con- 
tabilidad, espedido por el Presidente de la República 
el 2 de julio de 1883, dice, en el número 5, que corres- 
ponde al cajero firmar conjimtamente con el tesorero 
«los cheques a cargo del banco». 



— 54 — • 

El Diccionario de la Real Academia Esí^añola 
no admite la palabra cheque, (i) 

El papel que se denomina con ella en Chile, i en 
varios países, inclusa talvez la España misma, ha de 
designarse, según la Academia, con la de talón^ a la 
cual el Diccionario da, entre otras acepciones, la de 
«libranza a la vista, que consiste en una hoja cortada 
con tijera de un libro, de modo que, aplicándole el pe- 
dazo de la misma que queda cosido al libro, se acredite 
su lejitimidad o falsedad», i la de «documento o res- 
guardo espedido en la misma forma». 

Talonario, talonaria^ es, según el Diccionario, un 
modificativo que «se dice de la libranza, recibo u otro 
documento que se corta de un libro, quedando en él 
xma parte para acreditar con ella su lejitimidad o fal- 
sedad». 

En Chile se llama talón, no el cheque, o sea la li- 
branza o documento a la vista que el Diccionario 
describe, sino el pedazo o parte de dicha libranza o 
de dicho documento que queda cosido al libro talo- 
nario. 

El Diccionario de la Academia da también- a ta- 
lón este significado. 

Entre las acepciones del verbo destalonar, menciona 
las dos que siguen: 

I * «Cortarlas libranzas, recibos, cédulas, billetes i 
demás documentos contenidos en los cuadernos i libros 
talonarios». 

2.* «Quitar el talón a los documentos que lo tienen 
unido». 



(i) El Diccionario Académico, edición de 1899, autoriza este vxx^ablo eo 
el sentido de «docamento en forma de mandato de paRo por medio del cnal 
nna persona puede retirar por si o por*an tercero todo o parte de los fondos 
qne tiene disponibles en poder de otra.» 



- 55 — 

Evidentemente, talón tiene en la segunda de estas 
definiciones el significado que se le da en Chile. 

Resulta que, según el Diccionario de la Acade- 
mia, puede emplearse en las dos acepciones de docur 
mentó cortado de un libro talonario, i de pedazo que 
se deja en ese libro para comprobante. 

Es fácil comprender la ventaja de que haya dos pa- 
labras distintas para designar estos dos objetos dife- 
rentes. 

Chicana 

Este galicismo es jeneralmente usado en el foro i en 
la prensa de Chile para denotar un embrollo, o una 
sutileza, o una trampa legal en algún pleito, un argu- 
mento sofístico, una quisquilla escolástica. 

Uno de los principales personajes de la comedia de 
Racine titulada Les Plaideürs lleva el espresivo 
nombre de Mr. Chicaneau. 

Chicote 

Don Zorobabel Rodríguez, en el Diccionario de 
CHILENISMOS, escribía el año de 1873, lo que sigue: 

4Suele usarse por nuestros paisanos chicote (qué es 
im pedazo de cuerda) por látigo; i chicotazo, en IngdiT 
de latigazOy por el golpe dado con el látigo». 

Chicote i chicotazo, en las acepciones dichas, se han 
usado de antiguo, i se usan ahora, no solo en Chile, 
sino también en el Ecuador i en el Perú. 

El hablista ecuatoriano, don Pedro Fermín Cevallos, 
en su Breve Catálogo de errores en orden a la 
LENGUA I AL LENGUAJE CASTELLANOS, reprueba que 
en su país se diga <íchicote por látigo o zurriago, i chico- 
tazo por zurriagazo». 



- S6 - 

Don Pedro Paz Soldán i Unanue, en el DicciONAiao 
DE PERUANISMOS, se espresa como sigue: 

MChicote. El Diccionario (edición de 1869) describe 
así esta voz en la parte que puede interesamos: — Náu- 
tica. Cualquier estremo, remate o punta de cuerda, o 
cualquier pedazo pequeño separado: — I la voz látigo: — 
El azote de cuero o cuerda con que se castiga i aviva a 
los caballos i otras bestias. — Las equivalencias latinas 
que da a ambas voces son: funi náutica extr emitas 
(cabo de cuerda náutica), i flagelum (flajelo o azote). 
Es, pues, una gran majadería usar chicote como sinó- 
nimo de azote i látigo, usanza inveterada en la ciudad 
de los Reyes; i derivar de ese provincialismo el aumen- 
tativo chicotazo, i el verbo chicotear, i hasta un nombre 
propio especial, porque, al decir chicotillo, no signifi- 
camos sino el latiguillo que, para montar a caballo, 
usan las señoras, i también los hombres cuando cabal- 
gan a la inglesa. Es verdad que chicotear no lo emplea- 
mos precisamente por latiguear, porque, en tales casos, 
decimos dar de chicotazos, sino figuradamente por so- 
bar, zurrar, etc.» 

El único escritor hispano-americano aficionado a 
estas cuestiones de lenguaje que yo sepa haber defen- 
dido el uso de chicote i de chicotazo, es don Fidelis P. 
del Solar, quien, en sus Reparos al «Diccionario de 
CHILENISMOS», dice lo que copio a continuación: 

«El diccionario de la lengua trae una acepción náu- 
tica de chicote que es mui semejante al sentido que no- 
sotros le damos: — Chicote, cualquier estremo, cabo, re- 
mate o punta de cuerda, o cualquier pedazo pequeño 
separado. 

^Chicotazo serla el golpe dado con el chicote. Se ha 
aplicado en Chile, i quizá en otras repúblicas con al- 
gún fundamento en el sentido del látigo español (pues 
el chileno es solo de tiras de cuero). 



— 57 - 

^Chicote es en Chile un azote de cuero, de cordel, de 
cerdas o de lo que se quiera; látigo, como hemos di- 
cho, solamente se diría de un zurriago de cuero, lo que 
no sucede en España. 

«Creemos mui aceptables chicote i chicotazos. 

Dadas a conocer las opiniones que acabo de men- 
cionar, conviene poner a la vista el artículo que el Dic- 
cionario DE LA ACADEMIA, duodécima edición, dedica a 
la palabra de que se trata. 

Helo aquí: 

ifChicotCy chicóla. (De chico). Masculino i femenino. 
Familiar. Persona de poca edad, pero robusta i bien 
hecha. Usase para denotar cariño. — Masculino. Pro- 
vincialismo de Méjico. Látigo — Marina. Estremo, re- 
mate o punta de cuerda, o pequeño pedazo separado. 
— Figurado i familiar. Cigarro puro». 

Chicotazo, es, según el Diccionario, un provincia- 
lismo de Méjico que significa agolpe dado con el chi- 
cote». 

Se ve que la Academia ha reconocido que chicote es 
equivalente a láiigo, i chicotazo a latigazo. 

I para proceder así, ha tomado en cuenta única- 
mente el uso de Méjico. 

Es claro que el conocimiento de que ese uso se es- 
tendía por lo menos al Ecuador, al Perú i a Chile, 
como es la verdad, habría sido un nuevo i poderoso 
fundamento en favor de tal resolución. 

Chieha 

Don José Amador de los Ríos corrió con la magní- 
fica edición de la Historia Jeneral i Natural de 
las Indias por el capitán Gonzalo Fernández de Ovie- 
do i Valdés, cuyos cuatro infolios de la Real Academia 
de la Historia hizo imprimir desde 185 1 hasta 1855. 



El sabio editor, no solo puso al frente* de esta obra 
monumental una interesantísima memoria acerca de la 
Vida i Escritos de Oviedo, sino que insertó al fin del 
cuarto tomo un curioso Glosario de las voces ame- 
ricanas empleadas por este autor, glosario que merece 
ser consultado por los aficionados al estudio de laseti- 
molojtas. 

En este último trabajo, se lee lo que sigue: 

^Chicha: manera de vino usado por los indios en al- 
gunas rejiones de America, i principalmente en las 
islas, compuesto de azúcar i agua en la cual se echaba 
maíz tostado para precipitar la fermentación. {Lengua 
de Cuba)». 

El Diccionario de la academia define esta acep- 
ción de chicha, atendiendo solo a lo que el tal licor fué 
primitivamente antes del descubrimiento i conquista 
de América. 

Léase lo que dice sobre este punto: 

<üChicha. Bebida alcohólica mui usada en América, 
que se prepara poniendo a fermentar en agua cebada, 
maíz tostado, pina i panocha (panoja), i añadiendo 
especias i azúcar. Su sabor es el de una sidra de infe- 
rior calidad», (i) 

«Los promaucaes i los araucanos, (dice don Claudio 
Ga}^ Historia Física i Política de Chile, Agricul- 
tura; tomo 2pj pajinas 187 i 188) preparaban la chicha 
mas frecuentemente con los frutos de ciertos árboles o 
arbustos tales como el huingun, molle, maqui, quinua, 
diferentes especies de mirto, i sobre todo con el mirto 
uñi o murtilla¡ mui común desde el 37.0 hasta el 43.^ 
La bebida que hacían con este último fruto era de un 

(I) El Diccionario Académico, edición de 1899. ha restrinjido mas toda- 
vía el signiñcado de la palabra chicha aplicada a «bebida alcohólica que 
resulta de la fermentación del maíz en agua azucarada i que se usa en Amé- 
rica.» 



— 59 — 

excelente sabor i gustaba mucho a los españoles, que 
la bebieron durante mucho tiempo. Después del vino 
de viña, Herrera lo consideraba como el mejor délos 
brebajes empleados por los americanos^). 

«Aunque estos diferentes brebajes (agrega Gay mas 
adelante, pajinas i88 i 189), están en uso todavía, sobre 
todo por los indios, sin embargo a causa de la intro- 
ducción de las viñas en Chile, el vino se ha jeneraliza- 
do, i hasta los mismos indios, que no cultivan la uva, 
han reemplazado sus chichas con una verdadera sidra 
que los bosques de manzanos les proporcionan en gran 
abundancia. 

«El vino, al estado de chicha, mosto, etc., es, pues, 
el principal licor que beben los chilenos desde el Norte 
hasta el rio Bio-Bio, límite sur del cultivo de la viña, 
i mas adelante está reemplazado por la sidra». 

Así lo que se usa jeneralmente en Chile es la chicha, 
no de los frutos mencionados en el Glosario de Ríos 
i en el Diccionario de la Academia, sino de uva. 

Don Claudio Gay (pajina 195) describe como sigue el 
modo de fabricarla: 

«Esta chicha (la de uva), dice, es una bebida mui 
apreciada en Chile; i las familias ricas, como las pobres 
hacen un gran consumo de ella, mientras conserva su 
dulzura. La de Aconcagua tiene mucha fama, sobre 
todo la que preparaba el señor Lastra; pero hoi casi 
toda la jente la fabrica igualmente buena. 

«Se prepara con \di lagrimilla, elijiendo de preferen- 
cia la que se saca de las uvas mas dulces. A esta lagri- 
milla, se le da im cocido lijero, que frecuentemente no 
alcanza a hervir, i después de enfriarla, se echa en ba- 
rriles, cuya boca se tapa perfectamente. Desde luego 
se opera la fermentación con gran producción de ácido 
carbónico, lo que pondría en riesgo el barril, si no se 



•^ 6o — 

tuviera cuidado de abrirle un pequeño agujero, para 
dar salida a este gas. Este agujero queda tapado por 
una clavija que se qtiita cada dos horas, mientras dura 
la fermentación. La, chicha a.sí preparada se trasvasa 
en barriles para el consumo. Al cabo de seis a ocho 
dias, se puede ya hacer uso de ella; i muchas personas 
así la prefieren por ser entonces espumosa i fogosa, 
pero desarrolla muchos flatos, i por este motivo se 
suele tomar solo uno o dos meses después. Es de poca 
duración; ya en octubre, principia a picarse, i se em- 
plea entonces parala destilación. Se necesitan ordina- 
riamente cinco arrobas de este licor para conseguir una 
de aguardiente. Sin embargo, hai chichas que duran 
hasta enero, cuando están bien preparadas, i según un 
buen método.» 

Lo es puesto revela que la definición mencionada de 
chicha, dada por la Real Academia, necesita ser corre- 
jida si se quiere que comprenda todos los objetos a 
que lejítimamente se ha aplicado por estensión. 

I ya que de chicha hablo, terminaré este artículo di- 
ciendo algo sobre una locución familiar en la cual fi- 
gura esta palabra. 

En un saínete de don Ramón de la Cruz, titulado El 
Peluquero Casado, se leen estos versos: 

Manuel 

Poco a poco; 

no respondas con soberbia, 
porque empezaremos mal. 

Ambrosia 

¡Oyes, mocoso, pues cuenta 
conmigo! ¿ Qué modo es ese 
de tratar a tu parienta? 
¿Sabes con quién te has casado? 



— 6i — 
Joaquina 



¿Cuándo lo pensara ella 
la mui cochina? 



Ambrosia 

¿A mi ahijada? 

Joaquina 

A su ahijada, i a cuarenta 
madrinas de chicha i nabo 

Un periódico titulado El Averiguador: corres- 
pondencia ENTRE curiosos, LITERATOS, ANTICUA- 
RIOS, etc, que aparecía en Madrid él año de 1871, trae, 
entre otros por el estilo, el siguiente suelto: 

^El Diccionario de la Academia da a la frase 
chicha i nábo^^ aplicada a una cosa -cualquiera, la equi- 
valencia de cosa de poca importancia o despreciable; 
pero este no pasa de ser un sentido metafórico. En un 
libro raro sobre Arbitrios al consumo del vellón, 
escrito por Barbón i Castañeda, i publicado a princi- 
pios del siglo XVII, se dice que, en la calle Mayor de 
esta corte, los comerciantes Juan Juje, Sisberto i Fie- 
rres vendían orillos, pasasarroyo, fustán, bocasí, i chicha 
i nabo, citando estos jéneros como de poca importan- 
cia i despreciables. ¿Estará aquí el sentido propio de 
la frase que sirve de ingreso a esta pregunta, o se usa- 
ría ya entonces en la única aceptación que espresa la 
Academia? En todo caso, ¿cuál es su orijen?» 

Me parece que ese orijen no es ni oscuro, ni dudoso. 

Chicha se toma en la frase citada por el ínfimo de 
los licores, i nabo por el ínfimo de los alimentos. 



— 62 -^ 

Tal es la razón por que chicha i nabo corresponde a 
cosa de poca importancia o despreciable. 

ChUe 

¿Cuál es la etimolojía de esta palabra? 

Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios Reales, 
parte i .*, libro 5, capítulo 25, refiere que el inca Vi- 
racocha hizo una visita a las provincias de su im- 
perio. 

Estando en la de los Charcas, llegaron a su presen- 
cia unos mensajeros del Tucumán, que venían a ofre- 
cerle vasallaje. 

Garcilaso cuenta que estos mensajeros, al despedir- 
se del soberano, le dirijeron este discurso. 

«Solo, señor, porque no quede nadie en el mundo 
que no goce de tu relijión, leyes i gobierno, te hace- 
mos saber que, lejos de nuestra tierra^ entre el sur i 
el poniente, está un gran reino llamado Chili^ pobla- 
do de mucha jente, con los cuales no tenemos comer- 
cio alguno por una gran cordillera de sierra nevada 
que hai entre ellos i nosotros; mas la relación teñá- 
mosla de nuestros padres i abuelos, i pareciónos dár- 
tela para que hagas por bien de conquistar aquella 
tierra, i reducirla a tu imperio para que sepan tu reli- 
jión, i adoren el soli gocen de sus beneficios». 

Garcilaso agrega lo que va a leerse. 

«El inca mandó tomar por memoria aquella relación, 
i dio Ucencia a los embajadores para que se volviesen 
a sus tierras». 

Tal fué la primera vez que, según la tradición con- 
servada en los quipos (Rosales, Historia Jeneral de 
Chile, tomo i.^ pajina 186, columna 2), se pronunció 
en el imperio peruano la palabra de que se ha deriva- 



- 63-- 

do el nombre con que nuestro país fué designado en 
la época colonial, i lo es al presente. 

Hablando yo sobre el orijen de la palabra Chile 
con uno de mis amigos aficionado a estas investiga- 
ciones eruditas, me hizo notar que, en el Vocabulario 
DE LA LENGUA AIMARÁ por el padre Luis Bertonio, 
cuya primera edición es de 1612, viene una palabra 
que, por la forma i el significado, parece ser el primi- 
tivo de Chile. 

Efectivamente, el padre Bertonio dice que, en ai- 
mará, Chilli equivale a «lo mas hondo del suelo». 

Trae además dos locuciones del mismo idioma que 
arrojan mucha luz en este asunto. 

Chilli Thakhsi significa «los confines del mundo». 

Hacca chillitha acca chilli cama haquaca ancha koya- 
tauhua significa: «Desde un término del mundo al 
otro todos los hombres somos miserables». 

Para mayor claridad, advertiré que, según el padre 
Bertonio, thakhsi equivale en aimará a «el horizonte 
i término de la tierra». 

Creo que esta etimolojía de la palabra Chile mere- 
ce ser considerada. 

Como he c^studiado algo por mi parte la cuestión, 
voi a esponer las razones que tengo para pensarlo así. 

Resulta que, según Garcilaso, fueron unos mensa- 
jeros del Tucumán los primeros que llevaron al Perú 
la palabra Chili. 

Se comprende sin ninguna dificultad que el histo- 
riador de los incas, o quizá sus compatriotas, hayan 
convertido la palabra Chilli en Chili, forma que Garci- 
lazo emplea constantemente en su obra. 

Se sabe que los habitantes de la comarca que los 
aboríjenes. denominaron Tucuma, i los españoles Tu- 
cumán, hablaban, a lo menos en el tiempo de la con- 



-64- 

quista^ diversos dialectos que no pertenecían al idio- 
ma aimará; pero tal consideración no autorÍ2a para 
negar en lo absoluto, a tantos siglos de distancia, i 
con entera carencia de datos, el que los mensajeros 
recibidos por Viracocha hubieran podido emplear una 
palabra que, de un modo o de otro, pudo haber lle- 
gado a su conocimiento. 

Ello es que el significado de Chilli en aimará co- 
rresponde perfectamente a la situación peculiar del 
territorio comprendido entre los Andes i el Pacífico, 
el cual puede ser llamado con propiedad «lo mas 
hondo o lejano de la tierra; el término o el confín 
del mundo». 

Sé que las noticias de Garcilaso, por lo común^ pe- 
can de vagas; i que, dado el modo como hubo de 
componer su obra, así habían de ser; pero conviene 
hacer notar que, en el discurso de despedida que, se- 
gún refiere, los mensajeros del Tucumán dirijieron a 
Viracocha, se encuentra la idea de Chile o Chili, país 
lejano. 

I esto me trae a la memoria otro incidente que no 
deja de ser instructivo en la materia sobre "que voi 
discurriendo. 

El capitán Gonzalo Fernández de Oviedo i Valdés, 
en su Historia Jeneral i Natural de las Indias, 
tomo 4.®, pajina 258, columna i .*, pajina 275, colum- 
na I.*, pajina 295, columna i.» i pajina 297, epígrafe 
del capítulo 10, declara que el principal fundamento 
de lo que narra en los diez primeros capítulos del libro 
47, en los cuales precisamente se comprende la en- 
trada de Diego de Almagro a Chile, es una larga carta 
o relación enviada a Carlos V por dicho conquistador 
o adelantado. 

Así debemos considerar lo que el cronista refiere en 



~ 65 - 

esa parte de su obra como si el mismo Almagro lo 
refiriese. 

Cuando este conquistador estuvo en Aconcagua, 
hizo que Gómez de Alvarado, uno de sus capitanes, 
fuese con un pequeño cuerpo de jinetes i de infantes 
a esplorar el país hacia el sur. 

Fernández de Oviedo, en el capítulo 5, libro 47, o 
sea en el tomo 4.^, pajinas 274 i 275, da a conocer 
en la forma que va a leerse el resultado de la espedi- 
ción aludida. 

«En este tiempo, llegó el capitán Gómez de Alva- 
rado, e dijo quél había pasado adelante de aqi4ella 
provincia de Chile e picones ciento cincuenta leguas; 
e que cuanto mas iba la tierra, mas pobre e f ria i esté- 
ril e despoblada e de grandes ríos, ciénegas e tremada- 
les, la halló, e mas falta de bastimento; e que halló 
algunos indios caribes, a manera de los juries, vestidos 
de pellejos, que no comen sino raíces del campo; e 
que, informándose de la tierra de adelante, supo e le 
dijeron que estaba cerca de la fin del mundo; e le 
dieron la mesma noticia quel adelantado se tenía an- 
tes que lo enviase en Chile; e que, queriendo prose- 
guir el viaje hasta el estrecho (de Magallanes), hacía 
tantas aguas e tempestad e frió, que, en una jornada, 
se le murieron cient indios de servicio; e viendo esto, 
e que había veinte i cinco dias que no comían mahíz 
ellos ni sus caballos, ni tenían carne con que susten- 
tarse, los compañeros unánimes le requirieron que se 
tomase a donde el adelantado estaba, pues hacer otra 
cosa sería perderse todos. I por la carta de navegar, 
quel adelantado hizo ver en Chile a tres pilotos, no 
se hallaba haber doscientas e cincuenta leguas hasta 
el estrecho, las ciento i cincuenta de las cuales habían 
andado Gómez de Alvarado e su compañía; e dice la 

AMUNATBGUI. T. II 5 



— 66 -> 

relación^ por donde yo el cronista me sigo {ques otra 
tal como la quel adelantado envió al emperdor maestro 
señor) quel estrecho está en 56^, e quellos se hallaron 
en 47^, e que corrían a diez i seis leguas cada uno. E 
que visto por el dicho capitán los grandes rios que 
había, e que no podían vadearse, e como en cuatro 
leguas pasaban veinte rios, e considerando la falta de 
comida, estaba claro que, a la ida o a la vuelta, (si la 
pudieran hacer) se habían de perder todos así, por las 
dificultades ya dichas e demasiado frío, e que las sie- 
rras se estrechaban a la mar, requerido como es di- 
cho, se volvió a donde el jeneral estaba, con lá jente 
mui fatigada i los caballos que casi no se podían te- 
ner en pié. I dice esta relación que los trabajos del 
puerto (el paso de los Andes), hambres i necesidades 
pasadas no se igualaron a este trabajoso camino; i que 
si todo el ejército fuera, como fueron cient hombres 
con el Al varado, los menos volvieran. 

«Quiero yo agora preguntar a Gómez de Alvarado 
por qué, pues le dijeron donde fué que aquellas jen- 
tes estaban cerca del fin del mundo ^ porque no les pre- 
guntó cuál era el límite de su principio. Así que, en 
este caso, bien se muestra lo que de la jeografía e 
asiento del universo sentían los que eso le dijeron». 

Es digno de considerarse para el objeto de esta di- 
sertación el que los indíjenas dijeran a Gómez de Al- 
varado estar el país cerca del fin del mundo, 

¿No guarda esta especie conformidad, o mejor di- 
cho, mucha conformidad con la noticia que mas o 
menos un siglo antes, los mensajeros tucumanos de 
que habla Garcilaso trasmitieron al inca Viracocha? 

Ello es que esta palabra Chilli se conservó en el 
idioma quichua hasta la conquista española. 

Es cierto que, como luego lo demostraré, esa pala- 



-67 - 

bra, antes de ese acontecimiento, se aplicaba solo mas 
o menos al territorio de que ahora se forma la provin- 
cia de Aconcagua, i probablemente al de Quíllota i 
quizá a otras de las demarcaciones próximas; pero 
cuando fué estendiéndose a toda la provincia, o todo 
el reino cuya capital era la ciudad de Santiago funda- 
da en 1541 por Pedro de Valdivia a orillas del Mapo- 
cho, los indíjenas continuaron pronunciando Chilli. 

Antonio de Herrera, en la tabla jeneral de las 
cosas notables contenidas en su Historia de las In- 
dias, asevera que Chile era también denominado 
Chilli. 

El padre jesuita Diego de Rosales se espresa como 
sigue en su Historia Jeneral, (tomo 4.^, pajina 
186, columna i/), la cual debió estar definitivamen- 
te terminada allá por el año de 1674. 

«Los indios, en su lengua, siempre nombran este 
reino con esta palabra Chilli; i así dicen Chilli — dugUy 
que significa la lengua de Chile; i chilli — mapu que 
quiere decir la tierra de Chile; i siguiendo su modo 
de hablar, a la provincia de Chiloé llaman Chilli— 
güe; que significa Chile Nuevo, que así llaman esa 
provincia que de nuevo se descubrió de islas hacia el 
estrecho». 

El individuo de la misma orden relijiosa Andrés 
Pebres, en el Vocabulario Chileno-Hispano incluido 
en el Arte de la lengua jeneral de Chile, cuya 
primera edición es de 1765, menciona las palabras 
Chile o Chilli, «nombre jeneral de esta nación o rei- 
no»; chillidugu, «lengua o idioma chileno»; chillidu- 
gun, «hablar este lenguaje»; chillihueque, «carneros 
de esta tierra, que son los llamas del Perú». 

El jesuita Bernardo Havestadt, en su Chilidugu, 
publicado^por^í la primera vez en 1777, consigna los 



— 68 — 

vocablos Chili o Chilli, chilliche, «chileno^^, chillihue- 
que. 

Es cierto que a chilidugu, i a chilidugun los escri- 
be con /, i no con U como Rosales i Febres, pero no 
debe olvidarse que, en los pueblos bárbaros, como en 
los civilizados, el trascurso del tiempo produce varia- 
ciones en la pronunciación. 

Otra prueba bastante convincente que puede adu- 
cirse para manifestar que la forma primitiva de la 
palabra sobre que voi discurriendo era Chilli, i no 
Chili, es que muchos de los conquistadores la convir- 
tieron en Chille, lo que no era natural que sucediese 
si esa forma priniitiva hubiera sido Chüi. 

Herrera, en la década 7, libro 5, capítulo 7, pajina 
9, colunma 2, dice espresamente que, a pesar de que 
el nombre del reino es Chile, lo llaman Chille, 

El capitán Alonso de Góngora Marmolejo, que, co- 
mo él mismo lo asegura, sirvió al rei para ganarle es- 
ta nueva tierra, desde el tiempo de Pedro de Valdi- 
via hasta el año de 1575, dejó escrita una interesante 
historia del descubrimiento i conquista de esta co- 
marca. 

En ese libro, llama a nuestro país alguna que otra 
vez Chile, pero con mucha mas frecuencia ChiUe. 

Los mencionados no son los únicos españoles del 
siglo XVI que emplean la palabra Chille, 

Si hai motivos tan poderosos para presumir que, 
antes de la venida de los europeos, los indíjenas pro- 
nunciaban Chilli, mas bien que Chili, es claro que 
han recurrido a un procedimiento erróneo los erudi- 
tos que han buscado la significación primitiva, supo- 
niendo que esa palabra tenía la segunda ^e esas for- 
mas, en vez de la primera. 

Parece que, antes de que el padre Rosales compu- 



- 69 - 

siera su obra, hubo otros que, de palabra, o por es- 
crito, discurrieron acerca de este punto; pero no ha 
llegado a mi noticia lo que sostuvieron. 

El autor mas antiguo entre los que han tratado la 
materia, que yo conozca, es el aludido cronista, quien 
dice acerca de ella en el tomo i.^, pajina 185, lo que 
copio a continuación. 

«El nombre de este reino de Chile se tiene por 
mas cierto, dejando opiniones de poco fundamento 
que le tomó de un cacique de mucho nombre que 
vivía en Aconcagua, i era señor de aquel valle cuan- 
do entraron los capitanes del inga a intentar la con- 
quista deste reino, el cual cacique se llamaba Tili; i 
corrompiendo el vocablo los del Perú, que son fáciles 
en corromper algunos, le llamaban Chilli o Chüi, to- 
mando toda la tierra el nombre deste cacique. I así 
añaden que, marchando del Cuzco después a la con- 
quista deste reino el adelantado don Diego de Alma- 
gro, encontró en la provincia de Tarija con los capita- 
nes i jente del inga, que, ignorando su desastrada 
muerte, conducían el tesoro anual destas provincias 
i el oro que le tributaban; i que, preguntándoles de 
dónde venían, respondieron que de Tili; i los españo- 
les trabucaron el nombre i la pronunciación, que es 
diferente en algunas cosas de la de los indios, i llama- 
ron a esta tierra Chili. 

«Aunque lo mas cierto parece que los indios del 
Perú mudaron la pronunciación del nombre Tili en el 
de Chili por cuanto les sonaba mejor, i era mas con- 
forme a su lengua jeneral quichua. Porque, en el valle 
de Casma, hai un campo i pueblo de indios del Perú 
llamado Chili. I el capitán de Atahualpa, rei de Qui- 
to, que, por su orden, prendió al lejítimo inga Guas- 
car, se llamaba Chili-cuchina, I como, en su lengua, 



- 70 - 

Chut significa la nata i flor de la tierra, como ense- 
ñan los curiosos i eruditos en la lengua quichua, prin- 
cipalmente los padres misioneros de la Compañía de 
Jesús, i los primeros conquistadores del Perú que en- 
traron en Chile, ya por parecerse al nombre del caci- 
que Tilij ya porque esta tierra les pareciese fértil i la 
nata de otras, la llamaron Chili, i ese nombre cojieron 
los españoles, pronunciando Chile o Chilh, 

Como se ve, el padre Rosales vacila entre las opi- 
niones sobre la etimolojía de la palabra Chile. 

Ya admite que proviene del nombre de un cacique 
principal que hubo en el valle de Aconcagua; ya se 
inclina a pensar que trae orijen de un vocablo que, 
en quichua, significa «la nata i flor de la tierra». 

Ningún autor antiguo ha mentado jamas al tal ca- 
cique Tili o Chili. 

Ninguno de los que han escrito sobre el quichua 
ha enseñado que la palabra Chilli o Chili signifique 
en este idioma «flor i nata de una tierra o de una 
cosa». 

El padre Diego González Holguín, en su Vocabu- 
lario DE LA LENGUA QUICHUA, Lima 1608, dice úni- 
camente que Chilli significa «una provincia». 

Aparece que los fundamentos aducidos por el pa- 
dre Rosales en favor de las dos etimolojías que patro- 
cina, no tienen peso alguno, aun prescindiendo de lo 
que dejo espuesto sobre el significado de Chilli en 
aimará i sobre el orijen histórico de haberse aplicado 
este nombre a una de las comarcas situadas entre los 
Andes i el Pacífico. 

El padre Miguel de Olivares, que escribió allá por 
los años de 1736, su Historia de la Compañía de 
Jesús en Chile, manifiesta (Colección de historia- 
dores DE Chile, tomo 7, pajina 4), que las opiniones 



— 71 — 

del padre Rosales sobre la etimolojía del nombre Chi- 
le no eran seguidas en aquel tiempo; i que había pre- 
valecido una distinta. 

Hé aquí el pasaje a que aludo: 

*La etimolojía de ChdCy dicen todos, que se la cojen 
de una avecilla que solo se diferencia del tordo en 
que tiene los encuentros de las alas amarillos, i todo 
lo demás de su pluma negra como el tordo i casi de 
su tamaño, llamada tchili {Trile), Dicen unos que, 
preguntando los españoles a los indios cómo se llama- 
ba la tierra, estaba este pajarito a la vista; i pensando 
que preguntaban por el ave, respondieron thili; i así 
la empezaron a llamar los españoles Chile, i hasta 
ahora así lo llaman i llamarán. Otros dicen que el rio 
de Aconcagua, que nace junto al camino por donde se 
trasmonta la cordillera para pasar a la provincia de 
Cuyo, se llamaba tchili por haber muchos pájaros de 
éstos en sus orillas; i que, retirándose los indios del 
inga con el oro que llevaban a su señor, se encontra- 
ron con los españoles, i preguntándoles de donde 
traían el oro, respondieron que de tchili, entendiéndo- 
lo por este rio; i que de aquí se cojió el nombre de 
Chile, pronunciándolo a su modo. El rio se llama de 
Aconcagua, i pasa por el valle de Quillota, i se entra 
en el mar en Concón. Antiguamente no sabemos que 
este reino tuviese nombre jeneral, aunque no hai pa- 
raje, estancia, cerro o quebrada que no tenga nombre 
propioi^. 

El padre Andrés Pebres, que dio a la estampa en 
Lima el año de 1765 el Arte de la lengua jeneral 
DEL REINO DE CfflLE, enseña en el Vocabulario Chile- 
no-Hispano, inserto en esa obra, que <íchili o thili es 
un pajarito negro, como tordo, con manchas amari- 
llas en las alas». 



~ 72 — 

4iDe este nombre, agrega, opinan algunos que los es- 
pañoles llamaron Chile a este reino». 

El abate o ex-jesuita chileno don Juan Ignacio Mo- 
lina publicó en italiano el año dej 1787 en Bolonia, 
ima obra titulada Compendio de la historia jeo- 

' GRÁFICA, NATURAL I CIVIL DEL REINO DE ChILE, que, 

traducido al castellano por don Domingo José de Ar- 
quellada Mendoza, se imprimió en Madrid el año de 
1788. 

El autor de este libro dice (pajina 4, edición de Ma- 
drid) acerca de la cuestión que voi ventilando lo que 
se leerá a continuación. 

«Muchos años antes que los españoles conquistasen 
a Chile tenía este reino el nombre con que se le cono- 
ce en el día; pero cuyas etimolojías, según quieren 
que sean los varios autores que han escrito de las co- 
sas de América, o son absolutamente falsas, o se fun- 
dan en frivolas conjeturas. Con mucha mas verosimi- 
litud pretenden los clüleños que se derive su nombre 
de la voz chili que repiten con mucha frecuencia cier- 
tos paj arillos del j enero de los tordos, de que abunda 
el país; porque pudo suceder, en efecto, que las 
primeras hordas o aduares de indios que pasaron a 
establecerse en aquellas tierras tomasen por feliz 
agüero el oír esta voz en la boca de un paj arillo, i por 
lo nüsmo la escojiesen para denominar el país que 
poblaban». 

La etimolojía atribuida a la palabra Chile por Oli- 
vares, Pebres i Molina, es tan infundada, i por lo tanto 
tan inadmisible como las dos entre las cuales vacilaba 
Rosales. 

Ninguno de los documentos primitivos, i ninguno 
de los cronistas del siglo XVI que yo conozca, hace 
la mas remota o indirecta alusión a las consejas en 
que Molina se apoya, ni a nada parecido. 



- 73 — 

Además, los que las propalaron en los siglos XVII 
i XVIII no acertaban a decir si los que, por el nom- 
bre indi jena i el canto de los triles, habían llamado 
Chile a este país, habían sido los subditos del inca o 
los conquistadores españoles. 

Los triles son, por otra parte, paj arillos insignifi- 
cantes que existen en varias re j iones de la América 
Meridional. 

Así no podría esplicarse el que hubieran dado nom- 
bre a nuestro país. 

Queda aun por traer a la memoria una cuarta opi- 
nión relativa a la etimolojía sobre que voi tratando. 

Don Pedro de Córdoba i Figueroa, que, allá por el 
año de 1751 estaba aun escribiendo su Historia de 
Chile, dice lo que copio a continuación. (Colección 
DE HISTORIADORES DE Chile, tomo 2P, pajina 15): 

«Hablase con variedad del orijen del nombre de 
Chile. Dicen unos que, en el idioma peruano, alude 

a rejión fría; ; i no falta quien discu-^ 

rra que derivó de un pequeño pájaro, thili, bien cono- 
cido en el reino». 

Don Vicente Carvallo i Goyeneche, el último de los 
cronistas chilenos de la época colonial, asevera, en su 
Descripción Histórico-Jeográfica del reino de 
Chile, concluida el año de 1796, según se advierte 
en la portada del manuscrito (Colección de histo- 
riadores DE Chile, tomo 10, pajina 6), que las dos 
principales opiniones acerca del orijen de la palabra 
Chile eran, en su tiempo, las que acaban de leerse en 
el trozo precedente de Córdoba i Figueroa; i junto 
con decirlo, agrega que son «ridiculas». 

Es preciso confesar que Carvallo i Goyeneche tenía 
mucha razón para calificarlas de tales. 

Ya he espuesto los motivos que hai para rechazar la 



— 74 — 

que pretende que el nombre de Chile viene de thüi, 
denominación indíjena del paj arillo, ahora vulgar- 
mente denominado írile. 

En cuanto a la que sostiene que ese nombre se de- 
riva de la palabra que, en quichua, significa frío, bas- 
ta para refutarla, hacer presente que esa palabra es 
chin, la cual tiene, por el sonido, una semejanza solo 
lejana con Chili, i sobre todo con Chilli, que induda- 
blemente es la forma deí vocablo primitivo. 

Nótese también que ninguno de los documentos de 
la conquista o del siglo XVI hace la menor referencia 
a un orijen que se ha figurado muchos años después 
sin mas antecedente que una suposición antojadiza i 
arbitraria. 

Lo cierto es que, como lo he dicho ya, i torno a re- 
petirlo, la palabra primitiva, sin caber en ello duda, 
es Chilliy i que esta palabra se encuentra en el voca- 
bulario del aimará con un significado que cuadra per- 
fectamente a las condiciones del país a una de cuyas 
comarcas se aplicó. 

La admisión de una palabra del aimará en el qui- 
chua no tiene nada de escepcional o de estraordi- 
nario. 

Son numerosas las que aparecen igualmente en los 
vocabularios de la una i de la otra lengua. 

Por vía de ejemplos, voi a mencionar algunas de 
las que se encuentran en la letra ch del vocabulario 
quichua de González Holguín, i en el vocabulario ai- 
mará de Bertonio. 

Vocabulario Quichua-Hispano. 

Chazqui, «correo de a pi6>. 

ChhallUy «hoja de maíz seca». 

Chhampa, «césped de tierra con raíces». 

Chhilca, «una mata que tiene hojas amargas i pega- 
josas*. 



-- 75 — 

Vocabulario Aimará-Hispano. 

Chhasquiy «casita donde aguardaban las postas a 
cada cuarto de legua». 

Chhalla, «la caña del maíz después de desgranado, 
i suelen darla a las bestias». 

CchampUy «terrón, césped con su yerba». 

Cchhilca^ «una mata espinosa». 

Los sostenedores de las cuatro etimolojias que se han 
atribuido a Chile han tomado por antecedente ser el 
primitivo de esta palabra chili, i no chilli^ como lo es 
en realidad. 

Ya he espuesto diversas razones, en mi concepto 
irreplicables, para manifestar que la forma orijinal de 
ella fué Chilli, 

Se ha visto que los araucanos la conservaron en los 
vocablos chillichey chillidugu, chülimapu, chüligüe (Chi- 
loé), chillihueque^ inventados después de la conquista. 

Parece que los peruanos hicieron otro tanto, pues, 
según González Holguín, crearon la palabra chüliruna 
para designar en quichua a los habitantes del reino que 
los españoles denominaron Chile^ nombre que para 
ellos era Chilli. 

Así la significación orijinaria de este vocablo ha de 
buscarse, estudiando no la de Chili, sino la de Chilli, 

Esta observación basta para refutar las cuatro arbi- 
trarias etimolojias antes enumeradas. 

Es probable que los peruanos mismos convirtiesen la 
palabra chilli en la de chili^ pues que esta última se 
aplicaba en su idioma nacional a diferentes otros ob- 
jetos. 

En cuanto a los españoles del siglo XVI, decían in. 
diferentemente Chili o Chile, pero mas amenudo de este 
segundo modo que del primero. 

Los que decían Chille fueron los menos numerosos. 



- 76 - 

Agustín de Zarate, en su Historia del Perú, libra 
3, dice Chili, 

Don Francisco López de Gomara, en su Historia 
DE LAS Indias, dice unas veces Chili^ i otras Chile. 

Herrera, en su Historia Jeneral de las Indias, 
dice mui pocas veces Chili^ i muchas Chile. 

Igual cosa sucede con las cartas de Pedro de Valdi- 
via i con las actas del cabildo de Santiago. 

El capitán Gonzalo Fernández de Oviedo i Valdés, 
en la Historia Jeneral i Natural de las Indias, i 
Pedro Cieza de León, en La Crónica del Perú, dicen 
siempre Chile, 

Pero el que, entre todos, hubo de contribuir a que 
es te, nombre de Chile prevaleciera sobre el de Chili^ 
debió ser el ilustre autor de La Araucana: 

Chile^ fértil provincia, i señalada 
en la rejión antartica famosa, 
de remotas naciones respetada 
por fuerte, principal i poderosa; 
la jente que produce es tan granada, 
tan soberbia, gallarda i belicosa, 
que no ha sido por rei jamás rejida, 
ni a estranjero dominio sometida. 

Aprovecho la ocasión para hacer notar la particula-^ 
ridad de haber dado Ercilla j enero ambiguo a Chile. 

Lo hace masculino en la siguiente octava (La Arau- 
cana, tomo I.*', pajina ii, edición de la Real Aca- 
demia): 

Es Chile norte sur de gran longura, 
costa del nuevo mar del Sur llamado; 
tendrá del este a oeste de angostura 
cien millas por lo mas ancho tomado; 
bajo del polo antartico en altura 
de veintisiete grados, prolongado 
hasta do el mar océano i chileno 
mezclan sus aguas por angosto seno. 



— 77 — 

Lo hace femenino en la siguiente octava (pajina 12): 

Pues en este distrito demarcado, 
por donde su grandeza es manifiesta, 
está a treinta i seis grados el estado 
que tanta jente estraña i propia cuesta. 
Este es el fiero pueblo no domado 
que tuvo a Chile en tal estrecho ptiesia, 
i aquel que, por valor i pura guerra, 
hace en tomo temblar toda la tierra. 

El jesuita Rosales, en la Historia Jeneral de 
Chile, tomo i.^^, pajina 186, columna i.», asegura que 
el emperador Carlos V en la cédula del escudo de 
armas que otorgó a la ciudad de Concepción denomina 
Chiles a nuestro país. 

Terminado lo que yo quería esponer acerca de la 
etimolojía de Chile^ me resta ahora determinar cuál 
fué la comarca a que en un principio se dio este nom- 
bre. 

Es esta una cuestión mucho mas fácil que la pre- 
cedente. 

No conozco mas que un autor que haya preten- 
dido haberse aplicado el nombre de Chile, antes de 
que los españoles entrasen en el país, a todo el terri 
torio que se estiende entre los Andes i el Pacífico 
desde el desierto de Atacama hasta el estrecho de 
Magallanes, o mejor dicho hasta el cabo de Hornos. 

Ese escritor es el abate don Juan Ignacio Molina. 

«Muchos años antes que los españoles conquista- 
sen a Chile^ tenía este reino el nombre con que se le 
<;onoce en el día», escribe en el libro i.^ de su Com- 
pendio DE LA HISTORIA JEOGRÁFICA I NATURAL DE 

Chile. 

Trata de justificar esta aserción en la siguiente no- 
ta puesta al pié de la pajina. 



- 78 - 

«Las colonias que pasaron de la parte austral del 
reino de Chile a poblar el archipiélago de Chiloé. (cu- 
ya inmigración antecedió algunos siglos a la época 
del arribo de los españoles) llamaron Chil-hue a to- 
das las islas, esto es, distrito o provincia de Chile, a 
lo que les movió seguramente el deseo de conservar 
la memoria de su madre común. Todos los chilenos, 
tanto los libres, como los conquistadores, llaman a su 
patria chili-tnapu, esto es, tierra de Chile; i a su lengua, 
chiii'dugu, esto es, lengua de Chile; a mas que es in- 
verosímil que una nación que da todavía a las ciuda- 
des españolas el nombre de los lugares donde fueron 
edificadas, se conviniese a adoptar umversalmente un 
nombre jeneral que no procedía de sus antepasados, 
para dominar su propio país. I así tenemos por 
infundada la opinión de los que pretenden que los 
españoles estendieron i comunicaron a todo aquel rei- 
no el nombre del primer distrito i del primer rio que 
descubrieron en él. Lo cierto es que todos los natu- 
rales del país pronuncian constantemente el nombre 
de Chili, que los españoles pronuncian del propio mo- 
do que ellos, mudando la última i en ^>. 

Apelando a argumentos como el primero de los dos 
que Molina aduce en apoyo de su tesis, podría demos- 
trarse fácilmente que los indíjenas de este país cono- 
cieron antes de la llegada de los conquistadores, los 
gallos, las gallinas, los burros, las vacas, los gatos, el 
trigo, puesto que, según el Vocabulario Hispano-Chi- 
LENO de Pebres, existen en el araucano las palabras 
alca achau (gallo), achalmall (gallina), vurricu (burro), 
huaca (vaca), muchi ñaigue (gato), cachilla (trigo); 
podría sostenerse del mismo modo que los indíjenas 
llevaban sombreros, i habitaban en ciudades, puesto 
que, en el mismo Vocabulario, aparece la palabra 



- 79 — 

chimpiru (sombrero), i la palabra cara (ciudad), podría 
pretenderse que administraban el bautismo de los 
católicos, puesto que viene la palabra uichun piñeh 
(ahijado del bautismo). 

Pero debe, advertirse que las voces invocadas por 
Molina, i las que acabo de enumerar, i otras del arau- 
cano moderno, han sido introducidas en este idioma 
después de la conquista, i por lo tanto, no prueban 
que existieran antes deja conquista los objetos que 
designan. 

El segundo de los argumentos de Molina no vale 
mas que el primero. 

Si, como este historiador lo afirma, los araucanos de- 
nominaban las ciudades españolas, no con los nombres 
que los europeos les habían dado, sino con los nombras 
primitivos de los lugares en que ellas habían sido fun- 
dadas, una práctica semejante, por mui jeneral que se 
la suponga, no basta para contradecir el hecho asegu- 
rado mui clara i categóricamente por todos los docu- 
mentos antiguos de haberse en el principio aplicado el 
nombre Chile en sus diversas formas solo a los valles 
regados por el río Aconcagua. 

Garcilaso de la Vega, en los Comentarios Reales, 
libro 7, capítulo 19, dice espresamente que se calcula- 
ban ochenta leguas desde Atacama hasta Copoyapu; 
otras ochenta desde Copoyapu hasta Coquimpu; cin- 
cuenta i cinco desde Coquimpu hasta Chili; i casi cin- 
cuenta desde Chili hasta el Mauli. 

Aparece entonces que, según el inca Garcilaso, el 
nombre de Chili se daba orijinariamente, no a todo el 
país, como quiere Molina, sino solo al valle que antes 
he dicho. 

Diego de Almagro, en la relación al emperador Car- 
los V, con la cual Fernández de Oviedo ha compuesto 



— 8o >^ 

los diez primeros capítulos del libro 47 de la Historia 
Jeneral i Natural de las Indias, dice, no una, sino 
varias veces, como Garcilaso de la Vega, que el nombre 
de Chile se aplicaba única i esclusivamente al valle 
que se sabe. 

Yo podría copiar aquí diversos pasajes pata com- 
probarlo; pero quiero limitarme a uno mui espresivo, 
que tomo del capítulo 4.^ 

«Desde aquel pueblo de Coquembo, envió el adelantado 
(Almagro) mensajeros indios a un español que estaba 
en la dicha provincia {la de Chile) un año había, el cual 
se había ido desesperado desde la ciudad de Jauja a 
los indios de guerra por cierto castigo que en él ejerci- 
tó la real j usticia e anduvo solo mas de seiscientas leguas 
hasta llegar a la provincia de Chile, i entre los indios 
della vivía; sin rescebir daño alguno, el tiempo que 
está dicho, que pareció cosa de misterio, e encaminada 
por Dios su fuga para el aviso e seguridad de los indios 
de aquella tierra. El cual, como supo la venida del 
adelantado, previno e consejó a los señores de Chile 
que recibiesen al adelantado e los cripstianos de paz, 
e que se estuviesen en sus casas e asientos, e no hicie- 
sen mudanza; e como este hombre tenía crédito ya con 
los indios, enviaron sus mensajeros o embajadores a 
Copayapo al adelantado, ofreciéndole su amistad.» 

Se ve que Almagro distingue claramente de la pro- 
vincia de Chile las de Copayapo i de Coquembo, ni mas 
ni menos que como lo ejecutó Garcilaso. 

Pedro Je Valdivia, en la larga carta o relación que 
escribió al emperador desde Concepción en 15 de octu- 
bre de 1550, se espresa como sigue: 

«Tomado mi despacho del marqués (Francisco Piza- 
rro), partí del Cuzco por el mes de enero de¡540; caminé 
hasta el valle de Copiapó, que es el principio desta tie- 



^ 8i ^ 

rra, pasado el gran despoblado de Atacama, i cien le- 
guas mas adelante hasta el valle que se dice de Chut, 
donde llegó Almagro, i dio la vuelta por la cual quedó 
tan mal infamada esta tierra; i a esta causa, e por que 
se olvidase este apellido, nombré a la que él había des- 
cubierto, e a la que yo podía descubrir hasta el estre- 
cho de Magallanes, la Nueva Estremadura». 

En una carta que el mismo Valdivia había diriji- 
do al emperador anteriormente desde la Serena el 4 
de setiembre de 1545, se encuentra este pasaje: 

«En este tiempo, entre los fieros que nos hacían al- 
gunos indios que no querían venirnos a servir, nos 
decían que nos habían de matar a todos, como el hijo 
de Almagro, que ellos llamaban Armero, había muerto 
en Pachacama a Lapomecho, que así nombraban al 
gobernador Pizarro; i que, por esto, todos los cristia- 
nos del Perú se habían ido. I tomados algunos destos 
indios, i atormentados, dijeron que su cacique, que era 
el principal señor del valle de Canconcagua, que los del 
adelantado llamaron Chile, tenía nueva dello de los ca- 
ciques de CopoyapOy i ellos de los de Aíacama», 

En otra carta que Pedro de Valdivia escribió con la 
misma fecha i desde el mismo lugar a Hernando Piza- 
rro, se lee el siguiente pasaje: 

«Llegué con la ayuda de Dios a este valle del Mapo- 
cho, que es doce leguas mas adelante de Canconcagua, 
que el adelantado llamó el valle de Chile», 

Estos dos pasajes confirman el de la carta de 1550, 
en el cual se asevera que Chile era el nombre de un 
distrito diferente de los de Atacama, Copiapó, Co- 
quimbo, que se estendían hacia el norte, i de otros que 
estendían hacia el sur. 

Sin embargo, contiene una aserción que necesita ser 
rectificada. 

AMUNÁTEGUt. — ^T. II 6 



— 82 — 

Valdivia afirma en las citadas cartas de 1545 haber 
sido Diego de Almagro, o sus compañeros, los que die- 
ron al valle de Aconcagua el nombre de Chile. 

Esta es una aseveración que se halla contradicha, 
no solo por Garcilaso de la Vega en los Comentarios 
Reales, i por otros escritores antiguos, sino también 
por el mismo Almagro en la relación de que Fernández 
de Oviedo formó los diez primeros capítulos del libro 
47 de la Historia Jeneral i Natural de las In- 
dias, i mui especialmente en el capítulo 21, libro 46, 
pajina 243, columna i •, donde aparece que el nombre 
de Chile existía antes de que el adelantado emprendie- 
ra su espedición. 

El becerro de Santiago presenta nuevos e incontes- 
tables testimonios para manifestar que al principio 
Chile designaba únicamente el valle de Aconcagua. 

En el acta del cabildo de Santiago, fecha ii de agos- 
to de 154 1, vienen insertas cuatro provisiones por las 
cuales el gobernador electo Pedro de Valdivia nombra 
tesorero a Jerónimo de Alderete; contador a Francisco 
de Arteaga; veedor a Juan Fernández Alderete; i factor 
a Francisco de Aguirre. 

Esas cuatro provisiones llevan este encabezamiento: 

«Pedro de Valdivia, electo gobernador i capitán je- 
neral en nombre de su majestad por el cabildo, justi- 
cia e rejimiento, i por todo el pueblo de esta ciudad 
de Santiago del Nuevo Estremo de estos reinos de la 
Nueva Estremadura, que comienzan del valle de la 
Posesión, que, en lengua de indios se llama Copiapó, 
con el valle de Coquimbo; Chile i Mapocho, i-provin- 
cia de poromoacaes. Rauco i Quiriquino, con las islas 
de Quiriquino que señorea el cacique Leochengo, con 
todas las demás provincias sus comarcas, hasta en 
tanto que su majestad provea lo que fuere su servi- 
cio, etc.» 



-. 83 - 

Resulta, pues, que, en 154T, el nombre de Chile es- 
taba mui lejos de aplicarse a todo el país, como Molina 
pretende que sucedía. 

El primer documento oficial en que se llama a nues- 
tro país provincia de Chile es, si la memoria no me 
engaña, una real cédula espedida en Valladolid a 26 de 
octubre de 1544 por el príncipe que mas tarde fué Fe- 
lipe II, el cual rejía a la sazón en nombre de su padre 
el emperador de las Españas i las Indias. 

Esa real cédula autorizaba al virrei Blasco Núñez 
Vela para nombrar tesorero o contador en Chile a Je- 
rónimo de Alderete. 

Tocó el cumplimiento de la mencionada real cédula 
al presidente del Períi don Pedro de la Gasea, quien, 
en virtud de ella, nombró en 25 de abril de 1548 a Je- 
rónimo Alderete tesorero de la gobernación i provincias 
de Chile. 

En otra parte de la misma provisión. La Gasea dice 
provincia de Chile. 

Algunos meses antes, el obispo del Cuzco don Juan 
Solano había conferido en 4 de mayo de 1546 al ba- 
chiller Rodrigo González el título de «cura vicario fo- 
ráneo en la santa iglesia de la ciudad de Chile i en toda 
su gobernación». 

El obispo del Cuzco repite hasta tres veces en el 
resto de este documento las palabras: gobernación de 
Chile. 

El emperador Carlos V espidió en Madrid el 31 de 
de mayo de 1552 una real cédula que empieza así: 

«Por cuanto el licenciado Pedro de la Gasea, nues- 
tro presidente que fué de la audiencia real de las pro- 
vincias del Perú, i obispo que al presente es de Palen- 
cia, estando en las dichas provincias del Perú, por 
virtud del poder especial que de nos tenía para proveer 



-.84- 

nuevos gobernadores i conquistas, proveyó a vos Pedro 
de Valdivia de la gobernación i capitanía jeneral del 
Nuevo Estremo, i provincias de Chile, etc.» 

La locución provincia o provincias de Chile se en- 
cuentra dos veces mas en el mismo documento. 

Me parece escusado añadir otras citas de esta espe- 
cie, las cuales sería mui fácil multiplicar. 

Don Alonso de Ercilla esplicó perfectamente, el 
año de 1569, al frente de la primera parte de La 
Araucana, como el nombre de Chile, que, a la llega- 
da de los españoles, designaba solo una comarca de 
este país, se estendió a todo él. 

«Chile (dice) es una provincia grande, que contien 
en sí otras muchas provincias; nómbrase Chile por un 
valle principal llamado así; fué sujeto al inca rei del 
Perú, de donde le traían cada año suma de oro, por 
lo cual los españoles tuvieron noticia de este valle; i 
cuando entraron en la tierra, como iban en demanda 
del valle de Chile, llamaron Chile a toda la provincia 
hasta el estrecho de Magallanes». 

El mariscal Martín Ruiz de Gamboa estendió en 
Chillan el i.*' de marzo de 1580 un poder para que 
Santiago de Azocar i Juan Hurtado pidiesen en su 
nombre a los cabildos de Santiago, de la Serena, de 
Mendoza i de San Juan de la Frontera el que, por fa- 
llecimiento de don Rodrigo de Quiroga «gobernador 
que fué de este reino de Chile le reconociesen como su 
sucesor interino. 

Don Pedro de Vizcara, en una provisión espedida 
en la ciudad de Concepción a 8 de febrero de 1599, se 
titula «lugarteniente de gobernador i capitán jeneral 
de este reinos. 

Felipe III firmó en Valencia el 9 de enero de 1604 
una cédula que empieza así: 



-85- 

«Por cuanto, habiéndose entendido el trabajoso es- 
tado en que está el reino de Chile con la apretada 
guerra que los indios han hecho después de la muerte 
del gobernador Martín García de Loyola; i deseando 
que aquella guerra se acabe de una vez, i el reino se 
ponga de paz, he proveído lo que para ello ha pareci- 
do convenir, i que vos don Alonso de Sotomayor, mf 
gobernador i capitán, jeneral de la provincia de Tie- 
rra Firme; i presidente de mi real audiencia della, me 
volváis a servir en el gobierno del dicho reino de 
Chile ^ etc.» 

El padre Rosales, en su Historia Jeneral del 
REINO de Chile, libro 4.^, capítulo 9, tomo 2, pajina 
41, columna 2, esplica como va a leerse el que se die- 
ra a nuestro país la denominación de reino, 

«En aquellas cortes i asistencias que el emperador 
hizo en Flandes, trató de casar a su hijo Felipe II, 
príncipe de las Españas, con la serenísima doña Ma- 
ría, única i singular heredera de los reinos de Inglate- 
rra; i como los grandes de aquel reino, reconociendo 
que doña María era lejítima reina, respondiesen que 
había de ser rei también quien se casase con ella, se 
trató de que el príncipe se coronase por rei de Chile; i 
como ya estas provincias, que antes no tenían otro 
título, estuviesen por del emperador i perteneciesen a 
la corona de Castilla, dijo: — Pues hagamos reino a 
Chile ^ i desde entonces quedó con ese nombre, aunque 
otrosidicen que le hicieron rei de Sicilia, i que, por eso, 
se efectuaron los casamientos entre doña María i el 
príncipe». 

Puede ser quizá exacto lo que Rosales refiere acer- 
ca de la espresión reino de Chile; pero sin embargo, 
ha podido observarse que, en el encabezamiento antes 
reproducido de las cuatro provisiones insertas en el 



— 86 — 

acta de ii de agosto de 1541, el gobernador Valdi- 
via daba ya a nuestro país el pomposo título de reinos 
de la Nueva Estremadura. 

Me parece oportuno dar remate a este artículo con 
la inserción del siguiente decreto relativo a la palabra 
Chile. 

«Santiago, junio 30 de 1824. 

«Conociendo el gobierno la importancia de naciona- 
lizar cuanto mas se pueda los sentimientos de los chi- 
lenos; i advirtiendo que la voz patria, de que hasta 
aquí se ha usado en todos los actos civiles i militares, 
es demasiadamente vaga i abstracta, no individuali- 
za la nación, ni puede producir un efecto tan popu- 
lar como el nombre del país a que pertenecemos; de- 
seando además conformarnos en esto con el uso de 
todas las naciones, 

«He acordado, i decreto lo siguiente: 

«i.<^ En todos los actos civiles en que hasta aquí se 
ha usado de la voz patria, se usará en adelante de la de 
Chile. 

«2.^ En todos los actos militares, i al quien vive de 
los centinelas, se contestará i usará de la voz Chile. 

«3.0 El ministro de gobierno es encargado de la eje- 
cución de este decreto, que se circulará a quien corres- 
ponda, e insertará en el Boletín. 

«Freiré. — Francisco Antonio Pinto» 

Chilenismo 

El Diccionario de la Real Academia Española, 
edición de 18S4, trae por primera vez la palabra ame- 
ricanismo, en la acepción de «vocablo o jiro propio i 
privativo de los americanos que hablan la lengua espa- 
ñola». 



-87 - 

La docta corporación no ha dado aun cabida en las 
columnas de su Diccionario, a las palabras de igual 
formación i de significado análogo, chilenismo i perua- 
nismo y que se usan ya bastante en Chile i en el Perú i 
que aparecen en los títulos de las dos notables obras: 
Diccionario de chilenismos por don Zorobabel Ro- 
dríguez, i Diccionario de peruanismos de Juan de 
Arona, por don Pedro Paz Soldán i Unanue. 

También he oído emplear en el mismo sentido, pero 
no tanto como las dos anteriores, la palabra holivia- 
nismo. 

El justamente afamado escritor peninsular don An- 
tonio Alcalá Galiano leyó el 29 de setiembre de 1861 
ante la Real Academia Española un discurso sobre 
Qtíe el estudio profundo i detenido de las lenguas estran- 
jeras y lejos de contribuir al deterioro de la propia^ sirve 
para conocerla i manejarla con mas acierto (Memorias 
DE LA Academia Española, tomo iP, pajinas 144 i si- 
guientes). 

Léase el párrafo que se copia a continuación (paji- 
na 159): 

«El conocimiento del idioma portugués sirve en gran 
manera para el de nuestro castellano, pues conserva 
un caudal de voces i frases hoi de nosotros olvidadas, 
i qi'e eran parte del antiguo tesoro de nuestra lengua; 
de suerte que, cometiendo portuguesismos (si es permi- 
tida tal espresión), mas restauraríamos en cierto grado 
la pureza que viciaríamos la contestura del habla cas- 
tellana castiza del siglo XVI, dando aun a ésta un sabor 
anticuado». 

No considero fundado el escrúpulo de decir portu- 
guesismo, chilenismo, peruanismo, bolivianismo, para 
denotar un vocablo o jiro propio de una cierta comar- 
ca, desde que son frecuentes otras palabras parecidas 
que se emplean con el mismo objeto. 



• 88 ~- 

Lo mas curioso es que Alcalá Galíano^ manifestán- 
dose tímido para usar portuguesismo, no tuvo dificultad 
para emplear en el mismo discurso novelismo i france- 
sismo. 

Las que van a leerse son frases suyas: 

«Aunque hai novelistas i periodistas que escriben 
bien, i como quien mejor, todavía la corriente ordina- 
ria del novelismo i periodismo es turbia, cenagosa, i 
nada sana, siendo casi imposible al beber, separar el 
agua pura de la corrompida», (pajina 149). 

«Reinando los dos primeros Jorjes, el francesismo se 
dejó sentir mucho en el estilo, i aun en la dicción de 
los libros ingleses», (pajina 163) 

«Mientras tanto, francesismo, puesto que existe gali- 
cismo , no se necesita como portuguesismo, chilenismo, 
peruanismo, bolivianismo, que no tienen equivalentes. 

Don Leopoldo Augusto de Cueto, en un erudito dis- 
curso que lleva por título Fraternidad de los idio- 
mas I DE LAS LETRAS DE PORTUGAL I DE CASTILLA, i que 

leyó ante la Real Academia Española el 15 de febre- 
ro de 1872, hallándose presente don Pedro II, empe- 
rador del Brasil (Memorias de la Academia, tomo 4.*^, 
pajinas 44 i siguientes), usa el vocablo francesismo 
pero escribiéndolo con letra bastardilla. 

«No ju/go necesario (dice), citar mas versos de esta 
singular composición para hacer patente que la lengua 
portuguesa corriente i natural, sin afectación i sin gali- 
cismos, es casi igual al habla castellana, limpia i pura 
también de los francesismos que hoi la desnaturalizan 
i la afean», (pajina 116). 

Sin embargo es menester convenir que los maestros 
del idioma que han lanzado a la circulación, aunque 
con cierta timidez, i solicitando indulj encía la palabra 
francesismo a pesar de existir galicismo, podrían jus- 



- 89 - 

tificar su procedimiento, trayendo a la memoria que el 
Diccionario de la Academia autoriza juntamente 
las palabras anglicismo e inglesismo para denotar un 
vocablo o jiro de la lengua inglesa empleado en otra. 

En vez del menor inconveniente, hai, pues, ventaja 
manifiesta en confirmar la introducción de palabras 
como chilenismo, que, sin rodeos, designan alguna de 
las peculiaridades provinciales con que el castellano es 
usado en cada una de las comarcas habitadas por pue- 
blos de raza española. 

Precisamente, las diferencias i discrepancias a que 
aludo exijen un estudio escrupuloso i razonado, por- 
que, si, por una parte, pueden servir para el enrique- 
cimiento del idiocia común, por otra pueden contribuir 
a corromperlo i a despedazarlo en distintos dialectos. 

El castellano es en la actualidad hablado aproxima- 
damente por unos cincuenta millones de personas que 
se hallan esparcidas por toda la superficie del mundo, 
i divididas en naciones numerosas, no todas igualmen- 
te instruidas, separadas amenudo entre sí por grandes 
distancias i aun por el estenso mar, entre las cuales, 
por desgracia, no hai comunicaciones frecuentes i es- 
trechas que debiera haber, i sería de desear. 

El caudal firme, i por decirlo así, saneado de este 
abundante idioma se halla constituido por millares de 
palabras que son entendidas, i pueden ser aprovecha- 
das para la espresión del pensamiento, sin el mas lijero 
tropiezo, en todos los países que poblamos. 

El mayor incremento posible de tan rico fondo ha 
de ser naturalmente el blanco de todas nuestras aspi- 
raciones en esta materia. 

Pero, de la misma manera que existen palabras usa- 
das en todo el mundo español, o en mucha parte de él, 
cuya conservación con su sentido propio conviene para 



QO — 



asegurar el inmenso beneficio de la unidad en el idio- 
ma, hai también otras de igual clase que se emplean 
mal, i que, en consecuencia, es preciso desechar, 
aunque, en ocasiones, pudiera citarse para defenderlas 
la práctica de autores mas o menos distinguidos. 

En Chile se dice hatiburnllo en vez de batiborrillo, o 
mejor de baturrillo, para denotar una mezcla de cosas 
que no se corresponden bien, o una mezcla de ideas o 
especies inconexas. 

Sin embargo la incorrección mencionada no es tam- 
poco un chilenismo, puesto que se encuentra en obras 
de escritores peninsulares. 

Don José Joaquín de Mora, en un artículo titulado 
Un poco de filosofía, trae la siguiente frase: 

«De esta manía de meterse en corral ajeno resultó 
ese batiburrillo de sistemas primitiva os, esas algarabías 
sobre el alma del mundo, i los átomos ¡ el agua, i la 
rejión del fuego, i los cielos de cristal, de que tanto 
nos reímos en el dia»: 

Don Pablo de Jérica en un artículo titulado Ensayo 
Jeneral de una ópera en París, que forma parte de 
la Miscelánea Instructiva i Entretenida, tomo i.o, 
se espresa como sigue (pajina 143): 

«¡Por cierto que es un ejemplo insigne de igualdad 
este batiburrillo del ensayo jeneral de la ópera ¡¡^ 

Conviene hacer presente en descargo de los que usan 
batiburrillo en vez de batiborrillo, aceptado por v\ Dic- 
cionario DE LA Academia, ser numerosas las pala- 
bras que se pronuncian indiferentemente sea con o 
sea con u, como, verbigracia, caloroso i caluroso, mor- 
mullo i murmullo, rigoroso i riguroso, sofocar i sufocar, 
soslituir i sustituir. 

Canjear se emplea en Chile, como se ha dicho antes 
no solo en estilo diplomático, hablándose de poderes. 



— 91 — 

tratados, prisioneros, sino en estilo jeneral i corriente, 
significando cambiar una cosa cualquiera por otra. 

Este tampoco es un resabio esclusivo de los chi- 
lenos. 

Don Eujenio de Ochoa, en su traducción de Nues- 
tra Señora de París, libro 9, párrafo 4P, o sea tomo 
4.^, pajina 43, edición de Madrid, 1836, se espresa así: 

4tEntre los grotescos personajes esculpidos en la 
pared, había uno a quien Cuasimodo profesaba un afec- 
to especial, i con el cual muchas veces parecía canjear 
miradas fraternales». 

No faltan en Chile personas de alguna instrucción 
que, principalmente conversando, digan cualesquiera 
por cualquiera^ sin advertir que la primera de estas pa- 
labras es plural de la segunda 

Este vicio inescusable del lenguaje no es un chile- 
nismo. 

Los habitantes de otras repúblicas hispano-ameri- 
canas, i muchos españoles peninsulares, i entre ellos, 
ciertos autores sobresalientes, incurren en él. 

Para comprobarlo, puedo citar, entre otros, al popu- 
lar i aplaudido don Ramón de la Cruz. 

En el sainete titulado El Mercader Vendido, tomo 
i.o, pajina 5, columna 2.*, edición de Madrid, 1843, es- 
cribió estos versos: 

La primera dilijencia 
de cualesquier hombre honrado 
ha de ser pagar sus deudas. 

En el que lleva por título El Hablador, tomo, i.^, 
pajina 363, columna i *, vienen los que van a leerse: 

Por tener ese buen rato 
con cualesquiera pretesto 
las hemos de hacer venir. 



— 92 — 

En el saínete titulado La discreta i la boba, tomo 
iP, pajina 452, columna 2.», vienen los que siguen: 

¿Cómo puede 

lucir una mentecata 
divertida en su labor, 
i en un hábito envainada, 
al lado de una señora 
tan instruida, tan guapa, 
tan linda i tan satisfecha 
de que contesta i encanta 
a cualesquiera estranjero, 
porque en su lengua le habla? 

Don Rufino José Cuervo, en las Apuntaciones 
Críticas sobre el lenguaje bogotano, estraña que 
un escritor tan esmerado como don Nicolás Fernández 
de Moratin haya cometido falta tan garrafal en la es- 
cena última, acto 2.<>, de La Petimetra. 

Pues ya sabido se está, 
sin que el decirlo me asombre, 
que otro cualesquiera hombre 
mas digno que yo será. 

Por estos, i otros ejemplos que podrían citarse, don 
Vicente Salva pudo decir en su Gramática de la len- 
gua CASTELLANA TAL COMO AHORA SE HABLA «que eS 

un error grave usar cualesquiera para el número singu- 
lar, o cualquiera para el plural, como lo hacen muchos». 

Asi como hai palabras que son entendidas i em- 
pleadas jeneral o casi jeneralmente en todas o en casi 
todas las naciones de habla española, así también hai 
otras que solo lo son en algunas o alguna de esas na- 
ciones. 

Me parece fuera de duda que las palabras de esta 



— 93 ~ 

segunda especie, cuando son usadas por millones de 
individuos, deben ser admitidas en el idioma, e incor- 
poradas, por tanto, en el Diccionario para que lle- 
guen a noticias de quienes las ignoren, i para contribuir 
de este modo a su jeneralización. 

Esta determinación ha de tomarse especialmente 
cuando esas palabras tienen una forma ajustada a las 
leyes del idioma, i cuando hacen falta. 

Tal es el caso en que se encuentran algunos voca- 
blos como acápite i otros sobre que he discutido ante- 
riormente, según lo he hecho notar en el lugar oportuno. 

A mi juicio, no debería hacerse igual cosa con otras 
palabras usadas en varios de los estados hispano-ame- 
ricanos, como, por ejemplo, curtiembre. 

Sé que ha bastado una circunstancia análoga para 
que el Diccionario dé cabida en sus columnas a 
palabras de esta misma condición; pero desde que exis- 
te curtiduría i tenería, no se descubre la razón que ha- 
bría para preferir un vocablo de formación irregular. 

Hai espresiones provinciales ' que solo se usan i en- 
tienden en una de las secciones del mundo español. 

En rigor de verdad, a estas solas debería aplicarse 
el dictado de chilenismo y peruanismo^ bolivianismo, u 
otros de igual clase, o sea el calificativo de provincial 
de Aragón, de Asturias, de Méjico o de Colombia, o de 
alguna otra demarcación. 

Chilenismos jenuinos son, verbigracia, guaso (cam- 
pesino),, siiíííco (cursi), laucha (ratón). 

Semejantes palabras no deben ser empleadas, en los 
escritos destinados a que sean leídos en todos los paí- 
ses de lengua castellana, escepto cuando son irreem- 
plazables, o presentan alguna ventaja. - 

Es preciso ademas esforzarse para que en el estilo 
familiar, i con mayor razón en el esmerado, se sustitu- 



- 94 - 

yan a ellas sus equivalentes en el idioma jeneral de 
la raza. 

Este es el único arbitrio de conservar i consolidar la 
inmensa ventaja de una lengua que sea común a mi- 
llones de individuos. 

Ya he hablado, verbigracia, del sustantivo amueblado 
o amoblado que se usa constantemente en Chile, a pesar 
de que no figura en el DiccionarioAcadémico. 

Aun cuando los individuos de habla castellana no 
hayan oído antes amoblado o amueblado^ se concibe 
que, no obstante la natural estrañeza que el empleo 
de tales voces les produzca, comprendan su sentido, 
porque conocen el verbo amoblar o amueblar. 

Mucho peor es cuando el provincialismo no se deri- 
va de una raíz conocida. 

En Chile, se emplea la espresión tuntún, 

¿Qué significa? 

Dificulto que los que no sepan su sentido puedan 
adivinarlo. 

Don José Joaquín de Mora, a quien se pegaron al- 
gunos de estos provincialismos, empieza así la octava 
55 de Don Opas en las Leyendas Españolas, pajina 
442: 

Vuelven loco a Rodrigo con clamores, 
con el ir i venir, saliendo, entrando; 
él contesta al tuntún: — Pero, señores.. . 
pero sí. . . pero como. . .pero cuando. . . 

Estos versos hacen saber que tuntún significa «1 
acaso», con el «tino perdido», «sin encontrar que decir». 

No necesito afanarnie mucho para manifestar que, 
cuando, en im discurso, o en un escrito, se emplean 
muchos provincialismos, si llega a evitarse la oscuri- 
dad, cosa no fácil, habrá de producirse por lo menos ea 



— 95 — 

el ánimo del lector esperto en la lengua castellana una 
impresión desagradable. 

Tengo a la mano un volumen de im autor español 
contemporáneo de indisputable mérito, don José Ma- 
ría de Pereda. 

Ese volumen lleva por título El Sabor de la tie- 

RRÜCA. 

¿Qué significa tierrucal 

Ningún diccionario que yo conozca trae la respuesta. 

La novela citada contiene gran número de palabras 
de las cuales puede decirse otro tanto. 

El capítulo ip, que solo ocupa unas seis pajinas 
(edición de Barcelona, 1882), suministra los siguientes 
ejemplos: algorto, escajo, camherón, casona, tarrañuela^ 
testerazo. 

Sin salir del capítulo i.o, tropezamos con muchas 
palabras, que, s¡ bien se encuentran en el Dicciona- 
rio DE LA Academia, son para la inmensa mayoría de 
los que hablan el castellano tan estrañas como si per- 
tenecieran a un idioma estranjero: cajiga, lastra, ca- 
charro, regato, altozano, soportal, trasmerano, papalina, 
zaragüelles, cajigal, llosa, barriada, hraña, cabana, (nú- 
mero considerable de ovejas de cria), pedáneo (alcalde 
de escasa cuantía) . 

Por mucho que sea el placer que esperimentemos al 
seguir de pajina en pajina, con profundo interés i con- 
movidos, la pintoresca narración de sucesos naturales, 
que, si no los supiéramos, nos revelaría haber venido 
de allá nuestros mayores, nos vemos obligados a con- 
fesar que el autor, buscando el colorido local, abusa de 
los provincialismos. 

Semejante sistema de espresión hace preciso que, al 
leerse, haya de apelarse al diccionario con demasiada 
frecuencia. 



-.96- 

Este empleo excesivo de las palabras locales, en vez 
de las palabras mas o menos jenerales, tiende a crear 
nuevos dialectos, o a aumentar las diferencias de los 
ya existentes. 

He recordado en este artículo un discurso que don - 
Leopoldo Augusto de Cueto leyó ante la Real Acade- 
mia el 15 de febrero de 1872. 

En esa composición, que abunda en datos curiosos, 
el señor Cueto manifiesta que, durante los siglos XVI 
i XVII, los idiomas castellano i portugués tenían entre 
sí muchas mas semejanzas; que había poetas i prosis- 
tas lusitanos diestros en el manejo del uno i del otro 
idioma; que algunos de ellos redactaron tal parte en 
portugués i tal parte de una misma obra en castellano. 

Me parece escusado, por ser harto obvios, detenerme 
a demostrar los gravísimos males que han resultado de 
no haberse llevado adelante esa unificación del caste- 
llano i del portugués. 

Si se hubiera seguido por ese camino, habría llegado 
ya talvez, o estaría al llegar, el dia en que los habi- 
tantes deT^spaña i los del Portugal, los del Brasil i los 
de las repúblicas hispano-americanas usasen una mis- 
ma lengua. 

Puesto que no hemos logrado ese bien inmenso, 
aprovechemos siquiera la esperiencia para que no per- 
damos el mui grande que poseemos de un idioma 
común a varias naciones, el cual constituye un fuerte 
vínculo de unión de esas repúblicas, entre sí, i con la 
antigua madre patria. 

Uno de los primeros literatos peninsulares que fija- 
ron la atención en el inminente i grave riesgo de que, 
con la independencia política se menoscabara o se per- 
diera la unidad de lengua entre la metrópoli i sus 
recién separadas provincias ultramarinas, fué el tan 
erudito, como iracundo, don Antonio Puigblanch. 



— 97 — 

El año de 1828, tuvo la idea de componer con los 
numerosos materiales que había acopiado en largos 
anos de investigaciones filólo jicas, una obra titulada 
Observaciones sobre el orijen i jenio de la len- 
gua CASTELLANA, de la cual, por desgracia, solo im- 
primió el prospecto. 

«Aunque por ahora no se abre suscripción a ella, es- 
cribía Puigblanch en ese prospecto, el autor ha creído 
oportuno dar al público una específica idea de su con- 
tenido, a fin de excitar desde luego a los españoles que 
toman interés por su lengua nacional i que se precian 
de gramáticos, a que aprendan obras de esta especie, 
en un tiempo en que tanta corrupción se ha introduci- 
do en ella, especialmente en América, como lo mani- 
fiestan los mas de los impresos que de allí vienen». 

El mismo don Antonio Puigblanch imprimió en 
Londres el año de 1832 en dos volúmenes otra obra 
denominada Opúsculos Gramático-Satíricos con- 
tra EL DOCTOR DON JOAQUÍN ViLLANUEVA ESCRITOS 
EN DEFENSA PROPIA, EN LOS QUE TAMBIÉN SE TRATAN 
MATERIAS DE INTERÉS COMÚN. 

Aunque, como algo lo deja traslucir el título, esta 
obra es un conjunto de cuestiones bastante inconexas 
relativas a polémica personal, a política, a literatura, 
a historia, a etimolojía, a gramática; dilucida muchas 
de ellas con orijinalidad i acierto, i puede ser consulta- 
da con fruto- 

«Esta obra, (dice Puigblanch, tomo i.^, pajina 
CXXXV) es mi deseo se considere, no menos que como 
una vindicación de mi honor i derecho, como un esco- 
te con que contribuyo al estudio de la lengua castella- 
na, el cual se hace mas necesario ahora que nunca por 
la falta de comunicación de nuestras colonias con la 
metrópoli; porque en fin colonias son nuestras i matriz 

AMUNÁTEGÜI. — T. II. 7 



-98- 

suya la antigua España, aunque no hayan de ser mas 
nuestras provincias, como espero no sean para su bien 
i para el nuestro, pues los reyes de España, con los 
hombres de Europa, han tenido sojuzgada la América, 
i con el oro i plata de América, la Europa. A pesar de 
esta separación que la naturaleza misma reclamaba 
violentada con una dependencia tan contraria a sus 
fines, es fácil conocer que subsiste un interés común entre 
las dos Españas Europea i Americana respecto del idio- 
ma, i de los mutuos beneficios que de su uniformidad 
deben asegurársenos en lo futuro; porque, en cuanto a 
lo pasado, la dilatación del nombre i lengua de Castilla 
es la única recompensa que ésta lleva por la continua 
emigración de sus naturales a aquellos países, i por su 
actual decadencia, hasta cierto punto efecto de aquella 
emigración». 

No creo que haya necesidad de reforzar lo que Puig- 
blanch indica acerca de las ventajas de conservar la 
unidad de idioma entre la España Europea i la Espa- 
ña Americana. 

Lo que conviene buscar i realizar son los medios 
de conseguir este importante objeto. 

Uno de los principales es el estudio bien hecho de la 
gramática. 

Habiéndose practicado así en Chile, desde medio 
siglo atrás, particularmente merced a los esfuerzos de 
don Andrés Bello, los habitantes de este país, han 
alcanzado progresos mui notables en cuanto a la co- 
rrección del lenguaje. 

Pero, para hablar i escribir bien un idioma, el estu- 
dio de la gramática no es suficiente. 

Hai que hacer, ademas, otro harto prolijo i fastidio- 
so de los vocablos uno por uno. 

Como no sería posible ni conveniente que cada cual 



— 99 — 

emprendiese por sí mismo esta pesada labor, han de 
tomarla indispensablemente a su cargo los que tengan 
voluntad de prestar este servicio, a fin de que los ora- 
dores i los escritores acierten en la elección de las pa- 
labras, sin perder en el examen de ellas un tiempo que 
pueden utilizar en distintas investigaciones i obras. 

Tal es lo que ha ejecutado en Francia Emilio 
Littré. 

Tal es lo que han llevado a cabo en España Taboa- 
da, Salva, Monlau, Barcia, Baralt, Capmani i otros. 

Tal es lo que han ejecutado en América don Andrés 
Bello, don Rufino José Cuervo, don Zorobabel Rodrí- 
guez, don Pedro Paz Soldán i Unanue, don Pedro Fer- 
mín Cevallos i otros. 

Sin embargo, una tarea penosa como esta, cuyo 
desempeño exije tiempo i mucha perseverancia, es 
mas propia"de corporaciones organizadas al efecto, que 
de individuos aislados. 

Por esto el canónigo don Mariano Sicilia, autor de las 
Lecciones Elementales de ortolojía i prosodia, 
i, según se asegura, de las Memorias del príncipe 
DE LA Paz, propuso en 1828, deseoso de procurar que 
se conservase la unidad de idioma entre la antigua 
metrópoli i las nuevas repúblicas, la creación de una 
Academia de la lengua en América, 

Don Antonio Puigblanch, en sus Opúsculos Gra- 
mático-Satíricos, tomo 2.^ pajina XXXVI, combatió 
esta idea como sigue: 

«Establecer en América una Academia de la lengua, 
como el canónigo Sicilia propone, no lo apruebo, 
pues, sería erijir un altar contra otro altar; los 
españoles americanos, si dan todo el valor que dar se 
debe a la uniformidad de nuestro lenguaje en ambos 
hemisferios, han de hacer el sacrificio de atenerse, 



— lOO — 



como a centro de unidad, al de Castilla que le dio el 
ser i el nombre; lo contrario sería fabricar castillos en 
el aire.» 

Puigblanch, que se manifestó enemigo del absolutismo 

en política, no advirtió que este es menos admisible i 

menos tolerable en lo que, aun cuando la monarquía 

era la forma predominante de 'gobierno en el mundo 

civilizado, se llamaba la república de las letras. 

El poder lejislativo, o el ejecutivo, en cuanto al len- 
guaje legal, puede, por una lei, o por un decreto, in- 
troducir una palabra nueva, o asignar un significado 
nuevo a una palabra que tiene uno diferente; pero 
ninguna autoridad oficial, en cuanto al lenguaje popu- 
lar o literario, puede por algo que se asemeje a resolu- 
ción imperativa, hacer una cosa parecida. 

Müller, en la La Science dü Langage, refiere una 
anécdota cuyo recuerdo es oportuno. 

El emperador Tiberio empleó mal cierta palabra. 

El gramático Marcelo, que la oyó, se atrevió a co- 
rre j írsela. 

Uno de sus colegas de profesión, nombrado Capito, 
que se encontraba también presente, sostuvo que la 
palabra era latina, i que, si no lo era, no tardaría 
en serlo, desde que el divino emperador la había 
usado. 

Marcelo, mas gramático, que cortesano, replicó ci>n 
entereza: 

— Capito no dice la verdad; porque tú, o César, pue- 
des conceder el derecho de ciudadanía a los hombres, 
pero no a las palabras. 

Sin duda alguna, Puigblanch no proponía ni podía 
proponer el que la Real Academia ejerciera, como los 
directores del estado, atribuciones coercitivas; pero 
por lo menos quería que tuviese en materia de lengua- 
je una especie de supremacía inapelable. 



101 — 



Tal sistema sería imposible de practicar, no digo 
tratándose de varias naciones independientes como es 
el caso, sino de una sola, i mui unida, como no^es el 
caso. 

La docta corporación ha sido la primera en dar se- 
ñalada muestra de discreción, no pretendiendo para 
sí semejante prerrogativa, i declarando que, tanto los 
españoles europeos, como los españoles americanos, 
tienen igual derecho para que el uso de los unos i de 
los otros respecto a las palabras, sea tomado en con- 
sideración. 

El respeto con que se reciben sus decisiones es solo 
el que corresponde al preclaro injenio, a los profundos 
i variados conocimientos, a las luminosas o amenas 
producciones de los maestros que la componen. 

Comprendiendo perfectamente la Real Academia la 
presente situación de los diversos pueblos de la raza 
española en ambos mundos, se ha afanado por pro- 
mover en cada uno de los de América la creación de 
cuerpos que se tomen a su cargo el estudio i el cultivo 
de la lengua común. 

Don Fermín de la Puente i Apezechea, en las 
Memorias de la Academia Española, tomo 4.°, pa- 
jina 274 i siguientes, ha espuesto las ideas de sus cole- 
gas acerca de este asunto, i el arbitrio que estimaron 
mas propio para ponerlas en práctica. 

No siendo bastante conocidas en nuestra América 
las razonables i nobles aspiraciones a que aludo, voi a 
reproducir algunos trozos de la memoria del señor 
Puente i Apezechea, con el sentimiento de no copiarla 
íntegra por falta de espacio. 

Helos aquí: 

«La lengua de Cervantes, en el Perú i en el anti- 
guo imperio de Motezuma, es, i no puede menos de ser 



— I03 — 



objeto forzoso de la enseñanza desde las escuelas de 
primeras letras hasta las aulas universitarias. 

Los lazos políticos se han roto para siempre; de la 
tradición histórica misma, puede en rigor prescindir- 
se; ha cabido, por desdicha, la hostilidad hasta el odio 
entre España i la América; pero una misma lengua ha- 
blamos, de la cual si, en tiempos aciagos que ya pasa- 
ron, usamos hasta para maldecimos, hoi hemos de em- 
plearla para nuestra común intelijencia, aprovecha- 
miento i recreo. 

« 

«Délos cuarenta millones de habitantes que, aproxi- 
madamente, se calculan al nuevo mundo, veinte, poco 
mas o menos, son de raza indíjena, anglo-sajona, 
jermánica, francesa, rusa o portuguesa; los otros vein- 
te descienden de españoles, i español hablan. 

«Dos millones, contando siempre en números redon- 
dos, son en las Antillas subditos de España; los res- 
tantes, es decir, dieziocho millones de hombres que 
hablan como propia la lengua castellana, pueblan, 
desde la Patagonia al Misisipí, las repúbücas del Río 
de la Plata, del Uruguai, del Paraguai, Chile, Boüvia, 
Perú, Ecuador, Venezuela, Nueva Granada, de la 
América Central i Méjico. Son, pues, unos dos millones 
mas los que hablan el castellano fuera de España, que 
los que le hablan dentro por ser naturales de ella. 

«I esa importantísima parte de nuestra raza está 
repartida hoi en dieziseis repúblicas, unas federales, 
otras centrales, i compuestas de mayor número de 
estados mas o menos independientes unos de otros. 

«Todos estos estados se administran por sí mismos, 
i aparte de los lazos de su federación respectiva, to- 
dos tienen su peculiar sistema de instrucción pública; 
todos su prensa periódica, su literatura i su poesía 



— I03 — 

popular i un mismo idioma, puesto que son nuestros 
descendientes. 

«Según los datos que sobre este punto se han sumi- 
nistrado a la Academia^ esta literatura, aunque poco 
conocida en España, cuenta muchos poetas e historia- 
dores, granf número de periodistas, algunos autores 
dramáticos i novelistas, i varios filólogos, habiéndolos, 
en todas clases, de sobresaliente mérito. 

«Apuntados esos datos, i añadiendo solo que, en 
virtud de circunstancias, sobrado notorias i dolorosas 
para que sea necesario precisarlas aquí, en las mas de 
las repúbUcas arriba enumeradas, es mas frecuente el 
comercio i trato con estranjeros que con españoles, 
no vacilamos en afirmar que si pronto, mui pronto, 
no se acude al reparo i defensa del idioma castellano 
en aquellas apartadas rej iones, llegará la lengua en 
ellas, tan patria como en la nuestra, a bastardearse 
de manera que no se dé para tan grave daño remedio 
alguno. 

«¿Bastarían a impedirlo los esfuerzos de nuestra 
Academia, hasta hoi felizmente mui estimada i res- 
petada entre las j entes de letras hispano-americanas, 
si no cont2Lse con otros medios que sus publicaciones 
dogmáticas, i la colaboración individual i aislada de 
sus mui dignos correspondientes? 

«No lo ha creído así la propia Academia; i hé aquí 
los fundamentos de esta opinión. 

«En nuestra época, el principio de autoridad, si no 
ha desaparecido, está por lo menos grandemente de- 
bilitado. 

«Todo se discute; i a nada se asiente sin previo 
examen. 

«Por desdicha, basta con frecuencia que la autori- 
dad afirme para que la muchedumbre niegue. 



— 104 — 

«Cierto que, en materia literaria, el triunfo es casi 
siempre de la Academia, porque rara vez pronuncia 
fallo que mui fundado no sea; pero cierto también 
que no son pocas las ocasiones en que ha tenido que 
rendirse al uso, i que consagra con su sanción mas de 
un vocablo i de un modismo a que, con razón de so- 
bra, comenzó por oponerse. 

«I si tal sucede aun dentro de casa, es evidente 
que mas es de temer a larga distancia de su esfera de 
acción, i donde no tiene mas derecho a que se la es- 
cuche que aquel que la razón lleva a todas partes 
consigo. 

« 

«Hoi, pues, que la Academia nada monopoliza, i 
acaso nada mas que su literaria tradición representa, 
con estos únicos pero valederos títulos, llamando a 
todos i oyendo a todos, debe i puede pugnar porque, 
en el suelo americano, el idioma español recobre i 
conserve, hasta donde cabe, su nativa fuerza i gran- 
dilocuente acento». 

El plan que la Real Academia escojitó para reali- 
zar su elevado pensamiento fué el de promover en 
América la fundación de ocho academias correspon- 
dientes suyas. 

Como es justo conservar el recuerdo de los que 
contribuyeron principalmente a la ejecución de esta 
idea, ha de tenerse presente que fué una comisión 
presidida por el marqués de Molins, director de la 
Real Academia, i compuesta de los académicos don 
Patricio de la Escosura, don Juan Eujenio Hartzen- 
busch, don Fermín de la Puente i Apezechea, don 
Eujenio de Ochoa i don Antonio Ferrer del Río, la 
que redactó los estatutos de las nuevas corporaciones, 
estatutos que fueron aprobados el 24 de noviembre 
de 1870. 



— IOS — 

El señor de la Puente i Apezechea, en un discurso 
que leyó el 12 de febrero de 187 1, i que corre inserto en 
las Memorias de la Real Academia, tomo 3.0, paji- 
nas 127 i siguientes, tomó a esponer elocuentemente 
los fundamentos que hubo para proceder en este asun- 
to como se hizo. 

«El gran principio de la Real Academia, dijo, es 
no tener por estranjero a nadie que, como propio, ha- 
ble nuestro idioma. A través de los mares, i por enci- 
ma de las discordias i rencores que todavía separan, 
mas que los mares, los pueblos de América que ha- 
blan la lengua de Cervantes, son para España sus hi- 
jos, son nuestros hermanos. Aun en tiempos en que 
ardía la guerra con mayor encarnizamiento, en el seno 
de esta Academia, se han sentado siempre como co- 
rrespondientes ciudadanos de las repúblicas america- 
nas, que, si en Madrid residieran, fueran de número, 
como lo han sido o son don Ventura de la Vega, don 
Rafael María Baralt, el conde de Cheste, i el que en 
este momento dirije su voz a la Academia (natural de 
Méjico), todos cuatro americanos, nacidos en aquel 
continente; i don José Joaquín de Mora, que aunque 
nacido en Europa, era en cierta manera americano 
mas que español. Consúltense los anales de la Acade- 
mia, véanse sus catálogos. 

«Hoi que, entre otras desdichas, a lo menos por 
aquel lado, parece sonreimos la paz, el deseo de algu- 
nos ilustres literatos de aquellos países se ha encon- 
trado con el nuestro, abrazándose en el camino con 
ósculo de verdadera fraternidad. Ese ósculo ha sido 
fecundo; i España i América i el orbe civilizado de- 
ben saber que en adelante la Academia Española, es 
decir, la lengua i la literatura españolas, común patri- 
monio de cuantos hablan aquélla, se reflejarán, o más 



— io6 — 

bien se hallarán reproducidas en aquellos apartados 
países por medio de academias correspondientes de la 
nuestra, cuyo núcleo serán los que en ellos fueren ya 
académicos nuestros, i los que ellos propongan. 

«Nada de dependencia, nada de intervención de 
los gobiernos, ninguna mira política. Son los intere- 
ses de la Jengua i de la literatura, que por si solos son 
ya una patria i verdadera fraternidad, los que en co- 
mún cultivamos, los que tratamos de protejér i de 
fomentar. No: ni Madrid, ni España, son por sí solos 
bastantes para rejir e imponer el idioma que, fuera de 
nuestra península, hablan mas de veinte millones de 
habitantes, es decir, mayor número de los que lo 
usan en España: Se necesitan el cultivo i la adhe- 
sión de parte tan principal de la comunión española, 
qup, ademas de ser de nuestra raza, adoran al mismo 
Dios, i, en su inmensa mayoría, con la propia relijión. 
Nó: para la lengua no habrá ya entre España i las 
Américas que españolas fueron, ni aduanas ni fronte- 
ras. Volvemos a repetirlo: para la Academia Españo- 
la, no esestranjero nadie que como propia hable la len- 
gua española o castellana, la lengua de Cervantes, esa 
lengua de que (como enérjicamente, i con su bizarro 
natural desenfado, decía en el memorable informe 
que ha producido este inmortal acuerdo, el señor don 
Patricio de la Escosura) usábamos hasta para malde- 
cimos, i que de hoi mas solo emplearemos para amar- 
nos, para protejér nuestras relaciones e intereses filo- 
lójicos i literarios, i ñnalmente para acrecentar su 
tesoro, de que unos i otros, no con mengua de nin- 
guno, sino con mutuo crecimiento, todos participa- 
mos». 

La Real Academia en la Advertencia que precede 
a la duodécima edición del Diccionario, maniñesta 



— 107 — 

una satisfacción que empeña nuestra gratitud por 
haber los españoles americanos suministrado algunos 
materiales para la composición de tan importante 
obra. 

«Pertenecen otros de los aciertos que avaloran el 
nuevo léxico de la lengua patria (dice esa Adverten- 
cia) a las Academias Colombiana, Mejicana i Vene- 
zolana, correspondientes de la Real Academia, i a 
insignes americanos, que ostentan igual título. Ahora, 
por vez primera, se han dado las manos España i la 
América Española para trabajar unidas en pro del 
idioma que es bien común de entrambas; suceso que 
a una i otra llena de inefable alegría, i que merece 
eterna conmemoración en la historia literaria de aque- 
llos pueblos i del que siempre se ufanó llamándolos 
hijos». 

Esta espontánea demostración de afecto ha sido 
celebrada como era debido por todos los hispano- 
americanos ilustrados, quienes, indudablemente, pro- 
curarán pagarla, esforzándose por conservar incólume 
la uniformidad del armonioso i galano idioma que es 
el mas fuerte vínculo de fraternal unión entre las va- 
rias naciones de nuestra raza. 

Se ve que la Real Academia ha estado mui distan- 
te de aceptar la ^^doctrina de supremacía absorbente 
que don Antonio Puigblanch patrocinaba en 1832. 

Ella piensa con sobrado fundamento que la unidad 
de lengua entre diversos pueblos, particularmente si 
se hallan separados por largas distancias, i colocados 
en condiciones sociales mui diversas, solo puede 
conseguirse con la cooperación activa de todos ellos. 

Me parece que esto es incontrovertible. 

Pues bien, uno de los medios mas eñcaces de lograr- 



— io8 — 

lo es hacer el catálogo de los provincialismos que les 
son peculiares, o de los que parecen tales. 

Solo así pueden hacerse conocer esos provincialismos 
en todas las naciones de nuestra raza. 

Solo así puede ser posible el estudio comparativo de 
ellos para que el buen criterio de las personas ilustra- 
das determine cuáles han de incorporarse en el fondo 
jeneral del idioma, i cuáles deben desecharse. 

Por esto, creo que chilenismo, como peruanismo, 
holivianismo i otros vocablos análogos son necesarios. 

Chfleño, Chileña 

El Diccionario de la Real academia Española 
enseña que el vocablo con que se designa el natural 
de Chile, o lo perteneciente a este país, es chileño o 
chileno. 

Chileño, según el Diccionario, es preferible a chi- 
leno. 

La Academia admitió por primera vez el adjetivo 
cAi/^no en la segunda edición de su Diccionario, la 
cual salió a luz el año de 1780. 

No autorizó simultáneamente el adjetivo chileno 
hasta la décima edición, la cual se publicó el año de 
1852. 

Antes de esta última fecha, dos gramáticos mui 
reputados, don Pedro Martínez López, en la traducción 
del prólogo de la Historia Física i Política de 
Chile, por don Claudio Gay (1843), i don Vicente 
Salva, en su Diccionario de la lengua castellana 
(1846), habían reconocido que chileno es mas usado 
que chileño. 

Esta misma declaración no es aun suficientemente 
exacta. 



— 109 — 

No recuerdo mas que dos escritores de la época co- 
lonial que usen chüeño en vez de chileno. 

Don Alonso de Ercilla emplea la segunda de estas 
formas en la estrofa 7.* canto i.^ de La Araucana, 
donde dice que Chile se estiende 

hasta do el mar océano i chileno 
mezclan sus aguas por angosto seno. 

El padre Alonso de Ovalle, uno de los hablistas 
cuya autoridad invócala Real Academia en la pri- 
mera edidón del Diccionario, usa siempre chileno^ i 
no chileño, en su Histórica Relación del reino de 
CmLE. 

Frai Gregorio García, el conquistador Nájera, el 
jesuíta Rosales, i todos los demás cronistas i escrito- 
res de la época colonial, hacen lo mismo, menos el 
padre Diego González Holguín, que, en su Vocabu- 
lario de la lengua quichua traduce chilliruna por 
chileño, i don Domingo José de Arquellada Mendoza, 
quien al publicar en 1788 la traducción del Compen- 
dio DE LA Historia del Reino de Chile, por don 
Juan Ignacio Molina, primera parte, usa chileño i no 
chileno . 

Sin embargo, este procedimiento del traductor 
mencionado, era tan contrario a la práctica uniforme, 
que, habiendo el año de 1795 don Nicolás de la Cruz i 
Bahamonde publicado la traducción de la segunda 
parte de la obra de Molina, se separó de su antecesor 
en este punto, i escribió, no chileño como Arquellada 
Mendoza, sino chileno, como invariablemente desde la 
la conquista hasta ahora han pronunciado los habi- 
tantes de Chile i los demás españoles americanos. 

Probablemente lo que influyó para que la Real 
Academia adoptase el vocablo chileño i le diese la pre- 



— lio — 



ferencia sobre chileno^ fué la manifiesta tendencia de 
la lengua castellana a que los adjetivos que denotan 
el natural de un lugar o comarca, o lo perteneciente 
a ese lugar ^ o esa comarca, terminen en eño i no en eno. 

El Diccionario de la Academia contiene, entre 
otros de la desinencia eño, los que siguen: estremeño, 
caraqueño, limeño, sanluqueñOy madrileño, malagueño, 
carribeño, abajeño, ideño, costeño, porteño, ribereño, lu- 
gareño, etc., etc. 

El Diccionario, a mi juicio, debería además haber 
concedido entrada en sus columnas a atacameño, el ha- 
bitante de la provincia de Atacama en Chile; a antio- 
quena, el habitante del estado de Antioquía en Co- 
lombia; a cuzqueño, el habitante de la histórica ciu- 
dad del Cuzco en el Perú; a paceño, el habitante de 
la ciudad de la Paz en Bolivia; a quiteño, el habitante 
de la ciudad de Quito en el Ecuador. 

Se advierte una omisión aun mas reparable. 

El Diccionario enumera entre las Academias Ame- 
ricanas la Salvadoreña. 

Mientras tanto, no ha dedicado un artículo a este 
adjetivo (i). 

Así, convengo en que son muchos los vocablos 
de esta clase terminados en eño. 

Sin embargo, tal antecedente no basta para dar la 
preferencia a chileño sobre chileno; i aun para dejar 
subsistente la primera de estas formas que, en el dia, 
no se usa absolutamente ni en el lenguaje hablado, ni 
en el escrito. 

El mismo Diccionario de la Academl/v reconoce la 
lejitimidad de varios nombres nacionales i jentiUcios 
en eno, i no en eño, como agareno, antioqueno, (natural 
de Antioquía en la Siria), nacianceno, nazareno, sarra- 
ceno. 



(i) £1 Diccionario Académico, edición de 1899, rejistra las voces gwi- 
teño i salvadoreño. 



/ 



— III 



I estos no son los únicos de su especie. 

Echando una mirada mui rápida al Diccionario 
Jeográfico de la Biblia, que se encuentra éntrelos 
anexos de la traducción de la Vülgata Latina por el 
insigne don Felipe Scio de San Miguel, he encontrado 
jerasenoy el habitante de la ciudad i territorio de Jera- 
sa en la Decápolis. 

Pero aun cuando no hubiera nada de esto, sería su- 
ficiente el uso constante e invariable por mas de tres 
siglos en el país a que se refiere este adjetivo para 
que chileno haya de prevalecer sobre chileño^ que solo 
ha sido empleado por rarísimos escritores. » 

Lo cierto es que la forma de los adjetivos con que se 
designa el natural de una ciudad o país, o lo pertene- 
ciente a esa ciudad o país es mui varia i caprichosa en 
nuestra lengua. 

El Diccionario de la Academia, ajustándose a la 
norma de la desinencia en eño^ por cuyo respeto sus 
autores han preferido chileno a chileno^ enseña, verbi- 
gracia, que ha de decirse brasileño por el habitante del 
Brasil, o lo que atañe a este imperio. 

Sin embargo, en América, todos, salvo poquísimas 
escepciones, dicen brasilero. 

Esta formación es defectuosa (advierte don Pedro 
Fermín Cevallos), porque «si tal se saca del Brasil^ 
¿por qué no se saca también guayaquilero de Guaya- 



Ha de decirse brasileño ^ como se dice guay aguileno . 

Todo esto sería mui exacto, si, en materia de nombres 
jentilicios, se respetara la analojía; pero jeneralmente 
no sucede así. 

El natural de Francia se llama francés; el de Esco- 
cia, escocés; el de Dinamarca , danés; el de Holanda, ho- 
landés; el de Viena, vienes; el de Irlanda, irlandés; el 
de Inglaterra, inglés. 



— 112 — 



No por esto podría sostenerse que las denominacio- 
nes para denotar los habitantes de las comarcas i de 
las ciudades que acaban en a han de tener por desi- 
nencia la sílaba ís. 

Efectivamente, el natural de Italia se llama italia- 
no; el de Prusia, prusiano; el de África-, africano; el 
de América, americano; él de Colombia, colombiano; el 
de Venezuela, venezolano; el de Cuba, cubano; el de 
Roma, romano. 

Tampoco podría sostenerse que la desinencia habría 
de ser siempre ano. 

El natural de Asia se llama asiático; el de Austria, 
austríaco; el de Polonia, polaco; el de Valaquia, valaco; 
el de Moldavia, moldaco. 

Las tres desinencias mencionadas no son las únicas. 

El natural de Grecia se llama griego; el de Turquía, 
turco; el de Suecia, sueco; el de Noruega, noruego; el de 
Béljica, belga; el de Alemania, alemán. 

Como se ve, no pueden determinarse desinencias 
fijas por lo que toca a los nombres jentilicios. 

El uso es en éste un arbitro mas absoluto que en 
otros puntos de lenguaje. 

Don Antonio Puigblanch, en su Catorce Grupos 

DE CUESTIONES SOBRE VARIOS ORÍJENES DE LA LENGUA 

CASTELLANA, hace uua observación mui curiosa sobre 
el del nombre español, la cual corrabora lo que acabo 
de esponer. 

Léase lo que escribe Puigblanch (pajina 26). 

«¿En qué consiste que a los españoles se nos designe 
con un nombre diminutivo, cual es nuestro nombre 
nacional, pues se deriva, no de hispanus directamente 
sino del diminutivo hispaniolas; según ya lo observó 
don Juan de Iriarte en uno de sus epigramas latinos; i 
en el mediodía de la Francia, i en lengua provenzal se 



- ii3 - 

nos da el nombre de espagnolets, es decir, españolitos; 
i así mismo en Itatia el de spagn'uoletti, que debe ser la 
razón por que al pintor valenciano Ribera, que residió 
allí, se le dio i le ha quedado el nombre de spagnuoletto 
entre los pintores i los aficionados a pinturas?» 

«La esplicación, no mui fácil de este orijen, agrega 
Puigblanch, i la del nombre Hispania, acerca de la 
que, aunque facilísima, han errado notablemente, así 
gramáticos, como jeógrafos, suministra una prueba 
sobre las demás que hai de la grande antigüedad del 
idioma castellano, i demás idiomas con él relacionados, 
enmendándose también por ella un pasaje adulterado 
de la obra jeográfica del escritor griego Estéfano Bi- 
zantino, que los editores de la misma i los comentado- 
res, por falta de esta noticia, han corrompido mas 
i mas». 

Por desgracia, Puigblanch murió sin revelar su des- 
cubrimiento ñlolójico; pero su observación, que es 
exacta, demuestra cuan caprichosa es la formación de 
los vocablos jentilicios. 

En los tiempos que siguieron a la conquista, el cali- 
ficativo de chileno se aplicaba no a los descendientes 
de europeos, sino a los indios. 

Aunque al fin de la época colonial, i sobre todo en la 
de la revolución, empezó ya a denominarse chilenos a 
todos los habitantes del país, cualquiera que fuese su 
raza, sin embargo, esta práctica no se jeneralizó hasta 
después de la proclamación de la independencia, como 
lo prueba el siguiente documento. 

«Santiago, 3 de julio de 1818; — ^Después de la glorio- 
sa proclamación de nuestra independencia, sostenida 
con la sangre de sus defensores, sería vergonzoso per- 
mitir el uso de fórmulas inventadas por el sistema co- 
lonial. Una de ellas es denominar españoles z, los que 

AMUNÁTEGÜI. T. II 8 



— 114 — 

por su calidad no están mezclados con otras razas, 
que antiguamente se llamaban malas. Supuesto que ya 
no dependemos de España, no debemos llamamos es- 
pañoles, sino chilenos. En consecuencia, mando que, en 
toda clase de informaciones judiciales, sea por vía de 
pruebas en causas criminales, de limpieza de sangre, 
en proclamas de casamientos, en las partidas de bau- 
tismo, confirmaciones, matrimonios i entierros, en lugar 
de la cláusula.* Español natural de tal parte, que hasta 
hoi se ha usado, se sostituya la de: Chileno natural de 
tal parte, observándose en lo demás la fórmula que dis- 
tingue las clases; entendiéndose que respecto de los 
indios, no debe hacerse diferencia alguna sino denomi- 
narlos chilenos, según lo prevenido arriba. Trascríbase 
este decreto al señor gobernador del obispado para que 
lo circule a los curas de esta diócesis, encargándoles su 
observancia; i circúlese a las referidas corporaciones i 
jueces del estado, teniendo todos entendido que su in- 
fracción dará una idea de poca adhesión al sistema de 
la América, i será un suficiente mérito para formar un 
juicio indagatorio sobre la conducta política del deso- 
bediente, para aplicarle las penas a que se hiciere 
digno. — Imprímase. — O' Higgins.—Irisarrip. 

Escusado parece advertir que, en la actualidad, 
nuestra constitución, nuestros códigos, nuestras leyes, 
todos nuestros documentos oficiales dicen siempre 
chileno, i jamás chileño. 

Chilihaeque 

Tal es el nombre que los indíjenas de Chile daban a 
los guanacos domesticados. 

«El chilihueque, camellus araucanus, (dice el abate 
don Juan Ignacio Molina en su Compendio de la his- 



— 115 — 
TORIA JEOGRÁFICA NATURAL I CIVIL DEL REINO DE 

Chile, tomo i.^, pajina 359, edición española de 1788) 
se llama propiamente hueque; pero los araucanos, que 
lo tienen doméstico, empezaron a denominarlo desde 
el arribo de los españoles chilihueque o rehueque, que 
quiere decir hueque chileño^ o hueque puramente, para 
distinguirlo del carnero europeo, al cual dan el propio 
nombre por la semejanza que tiene uno con otro. En 
efecto, si el chilihueque no tuviera el cuello tan largo, 
ni tan altas las patas, sería idénticamente un camero; 
pues su cabeza tiene la misma configuración; las ore- 
jas son ovales i flosculosas; ios ojos grandes i negros; 
el hocico, largo i jibo; los labios, pendientes i gruesos; la 
cola, mas corta; i vestido todo el cuerpo de una -lana 
tan larga, pero mas fina que la del carnero. Medido des- 
de los labios hasta el orijen de la cola, tiene cerca de 
seis pies de largo, bien que la tercera parte de esta di- 
mensión es el largo del cuello; su alto medido desde 
las uñas de los pies de detrás hasta el nacimiento de la 
cola, pasa de cuatro pies; su color es tan vario, que los 
hai negros, pardos i cenicientos. 

«Ya hemos dicho que los antiguos chilenos se ser- 
vían de estos animales como de bestias de carga; i ahora 
añadimos que, para mandarlos en los caminos, les pa- 
saban ima cuerda por un agujero que les abrían en las 
ternillas de las orejas; i que algunos jeógrafos que oye- 
ron estas cosas confusamente, tomaron de aquí moti- 
vo para decir que los carneros han adquirido tal cor- 
pulencia en las tierras de Chile, que, cargados como las 
ínulas, sirven para el acarreo i transporte de las mer- 
cancías, no faltando quien asegure que los indios se 
valían de estos cuadrúpedos antes que los consquista- 
sen los españoles para la labor de sus campos, uncién- 
doles a su arado, que llaman quethahue. Con efecto, el 



— ii6 — 

almirante Spilberg encontró que los habitadores de la 
isla de Mocha los empleaban en semejante destino. Los 
araucanos aprecian mucho sus quilihueques; i aunque 
les agrada su carne, no acostumbran matarlos, como 
no sea para cubrir la mesa que sirven a algunos foraste- 
ros recomendables, o por algún sacrificio solemne. 
Vestíanse de sus lanas antes que los europeos descu- • 
briesen la América; mas ahora que poseen con tanta 
abundancia los carneros de Europa, no usan de las la- 
nas del chüihueque, sino para tejer algunos j eneros su- 
perfinos, que son tan bellos i tan lustrosos, que casi pa- 
recen de seda». 

Don Claudio Gay, en la Historia Física i Política 
DE Chile, Zoolojía, tomo i.^, pajina 154, agrega las si- 
guientes noticias sobre el chilihueque: 

«El carácter suave i tímido de los guanacos, i mas 
aun su instinto sumamente social, los ha hecho mui 
familiares i susceptibles de una perfecta domesticidad. 
Desde época mui remota, los chilenos i los araucanos 
se servían de ellos, i les daban, como hoi, el nombre de 
luán en el estado salvaje, i el de chilihueque en el de 
domesticidad, utilizábanlos como bestias de carga, i 
también para arar sus tierras, según afirman algunos 
antiguos viajeros. Los españoles se servían igualmente 
de ellos con frecuencia en los primeros años de la con- 
quista; i en 1620, se veían aun en el campo, i en San- 
tiago, al servicio de los aguadores; pero después las mu- 
las i asnos se hicieron tan comunes, i de un uso tan 
ventajoso, que los chilihueques desaparecieron com- 
pletamente del territorio ocupado por los españoles, i 
poco después del de los araucanos, a pesar de la espe- 
cie de veneración que tenían a estos animales, llegan- 
do a ser el objeto de muchas ceremonias, particular- 
mente en sus parlamentos o asambleas políticas». 



- 117 — 

Como se ve, la palabra chilihueque tiene netesaria- 
mente que usarse en la historia antigua de Chile. 

Chimenea 

En el capítulo 6, übro iP, de la Vida del buscón 
Don Pablos, por don Francisco de Quevedo, se lee 
esta frase: 

«I por no ser largo, dejo de contar como hacía mon- 
te la pla^a del pueblo, pues de cajones de tundidores 
i plateros, i mesas de fruteras (que nunca se me olvi- 
dará la afrenta de cuando fui rei de gallos), sustenta- 
ba la chiminea de casa todo el año». 

El académico don Aurelio Fernández Guerra i Orbe 
ha publicado en la Biblioteca de autores españo- 
les de Rivadeneira una edición de las Obras de don 
Francisco de Quevedo Villegas, la cuál es un mo- 
numento de erudición i de esmerada e intelijente pro- 
lijidad. 

Para la .de la Vida del buscón don Pablos, a que, 
pertenece la frase antes citada, verbigracia, el señor 
Fernández Guerra ha consultado i concordado cinco 
de las primeras ediciones, a saber, la de Zaragoza 1626, 
la de Ruán 1629, la de Pamplona 163 1, la de Madrid 
1648 i la de Bruselas 1660. 

Entre las cinco ediciones mencionadas, solo la de 
Ruán dice cheminea, i no chiminea. 

Lo espuesto manifiesta que, en el siglo XVII, esta 
palabra tenía dos formas, de las cuales una llevaba i 
en la primera sílaba; i otra e. 

Según el Diccionario de la Academia, esa pala- 
bra chiminea o cheminea se ha convertido en chimenea. 

Los señores Cuervo i Ceballos testifican que, en el 
lenguaje vulgar de Colombia i del Ecuador, se conser- 
va la forma chiminea. 



- xi8 — 

Puedo asegurar que en Chile sucede otro tanto. 

Suele ser frecuente entre las personas del vulgo, esto 
de cambiar una i en e, o una e en ¿. 

Así no faltan quienes digan hemineo por himineo, i 
hestérico por histérico, o bien dispilfarro por despilfarro 
o disequilihrio por desequilibrio. 

Sin embargo no hai razón para que todos no pro- 
nunciemos i escribamos chimenea, única forma autori- 
zada por la Real Academia. 

Chincol 

Tal es el nombre vulgar que se da en Chile a la frin- 
gilla matutina de los naturaüstas. 

«Esta ave (dice don Claudio Gay, Historia Física i 
Política de Chile, Zoolojia, tomo i.<^, pajina 360), es 
mui común en Chile; i existe en toda la América Me- 
ridional, desde el Brasil; de donde la trajo Delalande, 
hasta el norte- este de la Patagonia, observada allí por 
los naturalistas de la Beagle». 

El Diccionario de la Academia no trae esta pa- 
labra. 

Chinche 

El jesuíta chileno Alonso de O valle dio a la estampa 
en Roma el año de 1646 una obra titulado Histórica 
Relación del Reino de Chile. 

En el libro 2, capítulo 6, planas 74, 75 i 76, inserta 
una carta del padre de la misma orden Juan del Pozo, 
«persona de gran relijión i digna de todo crédito, el 
cual se halla al presente (dice Ovalle) en el colejio de 
Mendoza». 

El padre Ovalle advierte que recibió esa carta en 
Roma el año mencionado. 



— 119 - 

Después de hablar sobre las ventajas de la provincia 
de Cuyo, el padre Pozo agrega lo que sigue (plana 75, 
columna 2/): 

«Pues, siendo esto así, como lo es, i aun mas de lo 
que puedo encarecer con palabras, ¿qué le falta a esta 
tierra? ¿qué tachas le ponen? ¿las chinches ^ los truenos, 
piedra i rayos? ¿qué tierra se escapa de estos padras- 
tros? Porque Chile no los tiene (a quien hizo Dios este 
singular privilejio), ¿diremos que la tierra de Cuyo es 
mala? No, porque podíamos decir lo mesmo de otras 
muchas donde son tan comunes estas penalidades i 
sobrehuesos». 

Resulta que en 1646 no había aun chinches en nues- 
tro país. 

Don Rodolfo A. Philippi, en su memoria Sobre los 

ANIMALES INTRODUCIDOS EN CmLE DESDE SU CONQUIS- 
TA POR LOS ESPAÑOLES, la cual se encuentra en los 
Anales de la Universidad, año de 1885, i» sección, 
pajinas 319 i siguientes, escribe lo que va a leerse. 

«Los piojos de las dos clases, i las ladillas son tan co- 
munes en Chile, como en otros países, i aun probable- 
mente llegados juntos con los primeros hombres que 
vinieron a poblar las tierras de Chile; pero creo que 
las chinches han sido introducidas por los europeos. 
Hasta el dia de hoi, no se encuentran en la provincia 
de Valdivia», (pajina 330). 

Estando al testimonio antes citado del Padre Pozo, 
puede asegurarse que las chinches vinieron a este país, 
no solo con los europeos, sino trascurrida la primera 
mitad del siglo XVIL 

Pero, al fin i al cabo, ello es que, despreciando los 
encumbrados Andes, i el estenso océano, invadieron la 
tierra chilena estos odiosos insectos, «tan conocidos 
(como dice Gay en la Historia Física i Política de 



— I20 — 

Chile, Zoolojía, tomo 7, pajina 160) por el mal olor 
que despiden, i por las molestias que nos ocasionan». 

«Enteramente nocturnos (añade el mencionado na- 
turalista), se esconden de dia en las junturas de las ca- 
mas, etc., en donde también ponen sus huevos; i4e 
noche salen para venir a chupar la sangre humana de 
que se alimentan. Se han empleado varios medios 
para destruirlos, verbigracia, el aguarrás, el vapor del 
azufre, etc.; pero en jeneral lo mejor es una limpieza 
continua de las camas i de las paredes que las rodean». 

Introducido en Chile este cruel insecto, que impide 
a los míseros mortales gozar la paz del sueño, se le 
denominó con el mismo nombre que sirve para desig- 
narlo en España. 

Sin embargo, muchas personas i principalmente las 
del vulgo, lo hicieron no femenino, como debían, sino 
masculino, diciendo el chinche, o un chinche, en vez de 
la chinche o una chinche. 

Don Andrés Bello, en su Gramática de la lengua 

- CASTELLANA (ObRAS COMPLETAS, tomO 4.0 pajina 63, 

nota) hace presente que, «en Chile se usan impro- 
piamente como masculinos chinche, hambre, pirámidef> 

Lo mismo sucede con chinche en Colombia, según. 
Cuervo, i en el Ecuador, según Cevallos. 

A pesar de esto parece que ha de darse a chinche el 
j enero femenino que se le1ctriJ>uye jeneralmente en 
las diversas naciones españolas, i ñO el masculino que 
ciertas personas por escepción le asignan en algunas 
repúblicas hispano-americanas. "L 

Don Manuel Eduardo de Gorostiza, en su^omedia 
titulada Don Dieguito, acto $P, escena 9.», pcfi^^ ^^ 
boca de don Anselmo los siguientes versos: 



— 121 — 

.. ..Frustrarse así 
mis esperanzas, conatos, 
i deseos; tener ahora, 
a pesar de mí cansancio, 
que emprender otro viaje, 
i vuelta a los malos pasos, 
i a las mesoneras puercas, 
i al arroz i al bacalao, 
i a las chinches . . . .vaya es cosa 
de darse un pistoletazo. 

Como se ve, Gorostiza da a chinches el jénero que le 
corresponde. 

Chínchese usa además metafóricamente para de- 
notar «una persona molesta i pesada». 

En este caso, puede ser sustantivo o adjetivo. 

Don Manuel Bretón de los Herreros presenta en la 
comedia titulada Don Frutos en Belchite, acto i." 
escena 5.', un ejemplo de c/imcA^ empleado como ad- 
jetivo. 

Simona dice: 

Entró aquí de sopetón; 
i por mas que yo le dije: 
— Vete, no te hablo, no te oigo .... 
¡Ni por esas! ICs mui chinche. 

Sin embargo, chinche como adjetivo es reemplazado 
comúnmente por chinchoso^ que significa lo mismo. 

Don Manuel Eduardo de Gorostiza, en la comedia 
titulada Induljencia para todos, acto i.o, escena 3.», 
pone en boca de don Fermín los versos que van a 
leerse. 

¿Pues tú no fuistes, 
hijo o demonio, la causa 
de saber yo que existía 
tal hombre? ¿No le alababas 



— 122 — 

a troche i moche? ¿Te acuerdas 
cuando fui por tí a Vergara, 
qué pesado i qué chinchoso 
estuvistes con las raras 
prendas, i torna las prendas, 
i el talento i la matraca 
de tu amigo, hasta obligarme 
a que le viese i tratara? 

Gorostiza usó mal en estos versos fuistes por fuiste^ 
i estuvistes por estuviste, pues don Andrés Bello, el año 
de 1834, en El Araucano, demostró superabundan- 
temente que tal cosa no podía hacerse, ni convenía que 
se hiciera, aunque autores estimables modernos hayan 
incurrido en este desliz gramatical. (Obras Comple- 
tas, tomo 5.0, pajina 483 i siguientes); pero eso no im- 
pide que haya usado mui bien el adjetivo chinchoso, 
ajustándose a lo que el Diccionario de la Academia 
enseña. 

Resta ahora por averiguar cuál es el j enero de chin- 
che como sustantivo en significado figurado. 

El Diccionario guarda silencio sobre este punto. 

Don Ventura de la Vega, en sus Obras Poéticas, 
pajinas 570 i 571, edición de París, 1866, trae, entre 
otros, los siguientes tercetos dirijidos a don José Ama- 
dor de los Ríos. 

No pienses, caro amigo, que me quejo 
del importuno enjambre pretendiente 
que en pos me sigue, impávido cortejo. 

No me quejo de ver que se presente 
uno a quien nunca vi, ni me hace falta, 
i me diga: — Aquíestoi!.. soi tu pariente. 

No me quejo del sandio que me asalta 
porque le gusta la casaca roja, 
i quiere que le dé la cruz de Malta. 



— 123 — 

Hidel chinche a quien verme se le antoja, 
cuando voi a afeitarme o a vestirme; 
i si no le recibo, se me enoja. 

Como se ve, don Ventura de la Vega usa con j ene- 
ro masculino a chinche aplicado en sentido metafórico 
a un hombre para indicar que este es molesto i pesado. 

El procedimiento mencionado no tiene nada de es- 
traño. 

Este caso de chinche es enteramente análogo al de 
gallina. 

Se sabe que la segunda de estas palabras significa, 
no solo «hembra del gallo», sino también en sentido 
metafórico «persona cobarde, pusilánime i tímida». 

Don José de Espronceda, en Sancho Saldan a, to- 
mo 2P, pajina 31, edición de Madrid, 1834, escribe lo 
que sigue: 

« — No creo, replicó el Velludo, mordiéndose los la- 
bios de rabia, que haya yo merecido nunca el título 
de cobarde; pero ahora tenéis razón: no soi mas que 
un gallina». 

El mismo Diccionario de la Academia advierte 
que gallina en la acepción figurada, es común de. dos, 
i trae el siguiente ejemplo: «Esteban es un gallina». 

Igual cosa sucede con bestia. 

Esta palabra, como chinche; i como gallina , tiene 
dos significados. 

En el propio denota «un animal cuadrúpedo, espe • 
cialmente doméstico, como caballo, muía, etc.» 

En el figiu-ado «persona ruda e ignorante». 

El DicciNOARio, en el artículo destinado a bestia, 
como en el destinado a chinche, no advierte que estas 
palabras sean comunes de dos, cuando se usan en sen- 
tido metafórico, como lo advierte en el destinado a 
gallina. 



— 124 — 

Sin embargo, abundan frases en que buenos autores 
dan i enero masculino a bestia cuando lo emplean para 
designar un hombre ignorante i rudo. 

Don Ramón de la Cruz, en el sainete titulado Los 
Maridos Engañados i Desengañados, tomo i.^, pa- 
jina 347, edición de Madrid, 1843, pone estos versos 
en boca de Juanita: 

Bien dice 

mi madre que es usté un bestia 

Espronceda, en Sancho Saldan a, tomo i.**, pajina 
47, escribe lo que sigue: 

« — Preguntad, respondió Usdrobal, si hai alguno 
mas que quiera reemplazar a ese pobre bestias, 

Don Manuel Bretón de los Herreros, en El Amigo 
Mártir, acto i.®, escena i.*, pone en boca de don 
Anjel esta frase: 

Me voi 

a enamorar como un bestia. 

Mientras tanto, hai palabras enteramente parecidas 
a chinche^ gallina i bestia, que, empleadas en sentido 
metafórico, no pierden nunca el jénero que correspon- 
de a su sentido propio. 

Una de ellas, verbigracia, es fiera. 

Don Manuel Bretón de los Herreros, en su traduc- 
ción de la comedia de Marivaux Engañar con la ver- 
dad, acto i.^, escena 15, hace que Valentín diga esta 
frase: 

«Don Félix volvió hecho una fiera; me quiso pegar, no 
obstante su buen corazón.» 

Don Andrés Bello, en su Gramática de la lengua 
CASTELLANA, Capítulo 10, (Obras Completas, tomo 



— 125 — 

4-^, pajinas 6i i 62) principia por establecer la regla 
de que, atendiendo a la terminación, son comúnmen- 
te femeninos los en a no aguda. 

En seguida agrega lo que va a leerse: 

«No son escepciones los sustantivos que su significa- 
do de varón hace masculinos, como atalaya i vijía (por 
las personas que atalayan), atleta^ argonauta^ barba 
(por el actor que hace papeles de viejo), consueta (por 
apuntador de teatro), cura (por el párroco), vista (por 
el de la aduana); pero sí debemos mirar como irregu- 
lares en esta parte a los ambiguos que siguen, ya el 
j enero del significado, ya el de la terminación, como 
espía (el que acecha), guía (el que muestra el camino), 
lengua (el que interpreta de viva voz), maula (el hom- 
bre artificioso o petardista), bien que indudablemente 
prevalece aun en éstos el jénero que corresponde al 
sexo. La sota de los naipes es siempre femenino, aun- 
que tiene figura de hombre». 

Me parece que la cita precedente completa lo prin- 
cipal que puede decirse acerca del jénero que, cuando 
se aplican al hombre, corresponde a ciertos sustanti- 
vos en otros casos, o de ordinario femeninos. 

Volviendo ahora al sustantivo chinche^ puedo añadir 
todavía que entre nosotros se da también este nombre 
en jénero masculino,"tal vez por vía de semejanza con el 
insecto, a una especie de tachuela de cabeza grande, 
achatada i redonda que se emplea para mantener esti- 
rado i fijo el papel sobre un tablero, (i) 

Chingue 
Este nombre que no se encuentra en el Diccionario 



(i) El Diccionario Académico, edición de 1899, ha acó j ido esta última 
acepción pero sin el jénero femenino atribuido al insecto. 



— 126 — 

DE LA Real Academia, es el de un mamífero carnívo- 
ro orijinario de América. 

El abate don Juan Ignacio Molina, en el Compen- 
dio DE LA raSTORIA JEOGRAFICA I NATURAL DEL REINO 

DE Chile, libro 4.^, o sea pajinas 325 i siguientes, edi- 
ción de Madrid, 1788, dice sobre este cuadrúpedo lo 
que se copia a continuación. 

«El chingue, el cual es uno de aquellos animalejos 
que Buffon llama fétidos a causa del intolerable hedor 
que despiden, tiene en Chile la misma estatura que un 
gato común, i su color es un negro azulado, menos 
sobre la espalda, en la cual tiene una lista de manchas 
redondas i blancas, que se le estiende desde la frente 
hasta la cola. Su cabeza es prolongada, las orejas an- 
chas i peludas con la cuenca doblada hacia adentro i 
los lobos pendientes como los del hombre; los ojos 
largos con la pupila negra; el hocico agudo; el labio su- 
perior mas largo que el inferior; i la boca hendida hasta 
tocar en los pequeños ángulos de los ojos; puéblanle 
las quijadas doce dientes incisivos, cuatro colmillos 
agudos i diez i seis muelas, repartidos en ambas man- 
díbulas por porciones iguales, notándose que los late- 
rales de adelante son mas grandes que los de en medio; 
tiene mas altas las patas anteriores que las posterio- 
res, i en cada uno de los cuatro pies, cinco dedos 
armados de uñas largas a propósito para abrir en la 
tierra cuevas profundas, donde se encierra con su fa- 
milia; lleva siempre la cabeza baja, la espalda encor- 
vada al modo que el cerdo; i la cola doblada hacia 
arriba, como la de la ardilla, es tan larga como su 
cuerpo, i no menos peluda que la de la zorra. 

«Su orina viene a tener el mismo olor que la de un 
perro cualquiera, i no despide la fetidez que jeneral- 
mente se piensa, porque el licor hediondo que arroja 



— 127 — 

este animal contra quien le molesta, es una especie de 
aceite verdoso que lleva encerrado en una vejiguilla 
colocada cerca del ano como la del hediondo. Cuando 
este animalejo se ve perseguido, aka prontamente los 
pies posteriores, i lanza con violencia contra su agre- 
sor aquel humor pestilente, cuyos efluvios mefíticos se 
esparcen con tal prontitud, que infestan en un mo- 
mento todos los parajes circunvecinos, difundiéndose 
a veces a distancia de casi una lengua. La ropa que 
fué salpicada de ese ungüento maligno, o es necesario 
abandonarla del todo, o lavarla repetidas veces con 
lejía fuerte para haber de usarla de nuevo; las mismas 
casas que recibieron tan pestífera exhalación quedan 
inhabitables por algún tiempo, porque hasta ahora no 
se ha encontrado ningún j enero de perfume que sea 
capaz de disipar el hedor, i aun hasta los perros a quie- 
nes alcanza el enojo del chingue, se zabullen en el 
agua, se revuelcan en el lodo i el fango, corren aullando 
como rabiosos por todas partes, i, mientras les dura la 
impresión del hedor, apenas comen lo mui preciso 
para no morirse de hambre. 

«Conociendo mui bien el chingue la poderosa eficacia 
de unas armas tan singulares que le dio la naturaleza, 
no se sirve jamás de los dientes, ni de las uñas contra 
los enemigos de toda su especie, bien que es de suyo 
apacible i aficionado a los hombres, a los cuales se 
acerca sin ningún j enero de recelo; entra libremente 
en las casas de campo para comerse los huevos, que 
busca recorriendo los gallineros; pasa intrépidamente 
por en medio de los perros, i usa con enterg. übertad 
de los privilejios que le concede el salvoconducto que 
lleva consigo, i que jamás le disputa ningún viviente, 
porque los perros, por su parte, en vez de embestirle, 
huyen de él cuanto pueden, i los labradores, por la 



— 128 — 

suya, no se atreven a matarle ni aun con la escopeta, 
temiendo quedar infectados de su licor, si yerran el 
tiro. Sin embargo, no faltan algunas personas osadas 
que, acercándoseles silenciosamente, i cojiéndolos de 
improviso por la cola, los levantan en alto para que, 
estirándose los músculos de la veguijilla, se cierre el 
orificio, i en este estado, les matan, bien que no pocas 
veces queda castiga su temeridad con una rociada 
abundante. 

«Este animalejo no se prevale de su licor pestilen- 
cial, sino es cuando le maltrata un enemigo que no es 
de su especie, sin duda porque, conociendo perfecta- 
mente todo el daño que causa, se abstiene de emplear 
su veneno contra los de su misma especie; i así, en las 
frecuentes riñas qne tienen unos con otros cuando 
están en celo, se contentan con valerse de los dientes i 
de las uñas. El respeto que les profesa todo viviente 
me retuvo a mí para acercarme a su nido i no me per- 
mitió informarme del número de su familia. Los 
huevos son su alimento ordinario, i aun muchos pája- 
ros que sabe cazar con una astucia increíble, siendo 
cosa particular que su pellejo no participe del pestilen- 
te olor que lleva en la vejiguilla. Cuando los indios 
pueden juntar un número suficiente de pieles de chin- 
gue, hacen con ellas mantas para las camas, mui esti- 
madas en aquellos pueblos por la suavidad de su pelo i 
por la belleza del colorido». 

Don Claudio Gay, en la Historia Física i Política 
DE Chile, Zoolojía, tomo, i, pajinas 49 i 50, completa 
como sigue las noticias de Molina sobre el chingue. 

«El chingue o chine, aunque no es mui común en 
Chile, se encuentra esparcido en casi toda la república 
desde las provincias del Norte hasta la de Valdivia. 
Pasa el día en los huecos de los árboles, o~en los hoyos 



— 129 — 

que hace en la tierra con las patas de delante, cuyos 
dedos están provistos de uñas largas i robustas; i du- 
rante la noche, sale a buscar que comer. Los dos in- 
dividuos que, con trabajo, hemos podido procurarnos, 
tenían el estómago lleno de orugas; mas también se 
alimentan de huevos, insectos, reptiles, pájaros, cua- 
drúpedos pequeños, i entran a veces en los corraJes a 
cometer destrozos, tanto mas fácilmente, cuanto que 
los hombres, así como los perros, no se atreven a ata- 
carlos, ni aun aproximarse a ellos. Debe esta gran 
ventaja a un líquido de olor sumamente penetrante i 
desagradable que mezclan con la orina después de 
haber sido secretada por las glándulas que tienen junto 
al orí jen de la cola, i lo despiden a la distancia de cua- 
tro o cinco pies, después de haber tomado una posi- 
ción conveniente, i enderezado la cola. Esta es su sola 
defensa; pero tan sumamente poderosa, que inspira un 
horror estremo, principalmente a los que se han halla- 
do en el caso de esperimentar su efecto. A este propó- 
sito se cuentan en el país anécdotas bastante curiosas, 
i sin duda mui exaj eradas. Muchos ranchos han sido 
abandonados por cierto tiempo; los vestidos han llega- 
do a ser inservibles, a pesar de las muchas lavaduras, 
i los perros han sido atacados de fuertes convulsiones, 
seguidas de grandes aullidos, llegando hasta quedar 
enteramente atolondrados. Sin embargo, parece que su 
carácter es bastante suave, casi inofensivo, i suscepti- 
ble de domesticidad, pues se nos ha asegurado en el 
Perú que uno joven había sido tan bien amansado, que 
seguía a su dueño en el campo, i jamás dio motivo de 
queja; pero es verdad que siempre estuvo bien tratado 
i mantenido, lo que prueba que solo cuando reciben 
daño, o se les irrita, usan de su singular proyectil. Su 
pelaje, también mui agradable a la vista, es de un 

AMUNÁTKGUI.— T. H. 9 



. — I30 — 

bruno lustroso mas o menos oscuro, i adornado de dos 
gíandes bandas de un bello blanco, que parten del orí- 
jen de la cabeza, i terminan en la cola. Como la piel 
curtida no exhala ningún olor, la jente del campo hace 
de ella bolsas i cubiertas, uniendo varias de elkis. Se- 
gún' Molina, para impedir que despida el licor en el 
momento de matarle, no hai mas que suspenderle por 
la cola; pero este es un medio que el mismo autor no 
concede siempre: En cuanto a lo demás el chingue tiene 
también sus enemigos, i uno de los mas formidables es 
el león del país, que, despreciando las primeras impre- 
siones del olor casi insoportable, no teme perseguirle 
para satisfacer su apetito, pues muchas veces se han 
encontrado en su estómago despojos de este singular 
cuadrúpedo». 

Parece necesario que un animal como el que queda 
descrito tenga un nombre en castellano, a no ser que 
se prefiera designarle con el técnico de mephites. 

Choco 

Esta palabra, según el Diccionario de la Acade- 
mia, significa únicamente «jibia pequeña». 

Don Zorobabel Rodríguez, en el Diccionario de 
CHILENISMOS, i don Pedro Paz Soldán Unanue, en el 
Diccionario de peruanismos, dicen que choco deno- 
ta en Chile i en el Perú, una especie de perros, i así es 
la verdad. 

El señor Rodríguez agrega que choco , en sentido figu- 
rado, denota la persona de cabello ensortijado, sobre 
todo si por ser roma i arremangada de narices i de fac- 
ciones recojidas, se asemeja algún tanto al perro que 
llamamos cAoco, osea al que los españoles europeos 
llaman perro de aguas. 

A mí me resta, para completar las acepciones pro- 



^ ^ 



— 151 — 

vinciales de esta palabra^ hacer notar la que tiene en 
el art, i.o de un decreto espedido por el presidente de 
Chile en i6 de abril de 1847, esto es, la de un aparato 
de madera, que se ajusta a las ruedas. 

Ese artículo dice así: 

Artículo primero. — «Toda carreta que transite por 
los caminos públicos llevará chocos de madera para 
contener las ruedas en los casos necesarios». 

Cholo, ChoU 

He aquí el artículo que el Diccionario de la Aca- 
demia, duodécima edición de 1884, destina pqr pri- 
mera vez a esta palabra, 

<iCholo i chola. Adjetivo. Perú. Dícese del indio poco 
ilustrado. Usase también como sustantivo». 

Creo que esta definición del significado de cholo es 
inexacta. 

En realidad, las acepciones de esta palabra son las 
que don Vicente Salva señaló por primera vez en su 
Nuevo Diccionario de la lengua castellana, edi- 
ción de 1846. 

Léase el artículo a que me refiero de ese Dicciona- 
rio. 

«Cholo i chola. Masculino i femenino. Provincial de 
América. Mestizo de padres europeo e indio. — Mascu- 
lino. Muchacho indio que ha tenido educación, i habla 
castellano. — Familiar. Provincial de América. — ^Espre- 
sión de cariño que usan las mujeres equivalente amona 
mió y sangre miai>. 

Algunos emplean esta palabra para designar un in- 
dividuo cualquiera de la plebe peruana, sin distinción 
de raza; pero el señor Paz Soldán i Unanue, en el Dic- 
cionario DE PERUANISMOS, lo rechaza. 



— 132 — 

«Es un gravísimo error, escribe, creer que con decir 
cholo está designado el pueblo peruano, como lo están 
en Méjico i Chile cuando se dice el lépero i el roto», (i) 

Choro 

Este es el nombre con que se designan en Chile cier- 
tas especies del j enero que, entre los moluscos, los na- 
turalistas llaman fnytilus, i los españoles almeja,, 

«El choro ^ dice Molina, en el Compendio de la his- 
toria JEOGRÁFICA I NATURAL DEL REINO DE CfflLE, 

libro 4.^, o sea pajina 221, edición de Madrid, 1788, 
tiene cerca de siete pulgadas de largo i tres i media de 
ancho; su epidermis es de un color turquí, pero la con- 
cha es de un blanco brillante, variado de listas celes- 
tes, i la sustancia interna, que es totalmente blanca, 
tiene un sabor esquisito». 

El mytilus chorus, «especie conocida con el nombre 
de choro de Concepción, dice Gay, Historia Física i 
Política de Chile, Zoolojía, tomo 8.^, pajina 309, es 
la mas voluminosa de las que se conocen hasta ahora 
en el j enero almeja. Es sobre todo notable por el co- 
lor negruzco, esteriormen te, i violado por dentro; su 
forma varía un poco, i se ven con frecuencia indivi- 
duos notables ya por su grande lonjitud, ya, al contra- 
rio, por su estrechura. Se halla principalmente en la 
bahía de Concepción, de donde se lleva a todas partes 
como uno délos mejores mariscos comestibles». 

Hai otra especie de almeja, el mytilus chilensis yS. que 
vulgarmente se da también el nombre de choro, la cual 
se encuentra en varias de las costas de nuestro país, i 
particularmente en la de Valparaíso. 



(i) La 13.a edicióadel Diccionario Académico ha modificado como si- 
gue la definición de cholo- la: «adj. Amer. Dícese del indio civilizado. Úsase 
también como sustantivo. Amer. Mestizo de europeo e india. Usase tam- 
bién como sustantivo». 



— 133 — 

El Diccionario de la Academia no contiene la 
palabra choroy que se aplica a dos especies del jénero 
almeja. 

Choroi 

«Los papagayos de paso, dice Molina en el Compen- 
dio DE LA HISTORIA JEOGRÁFICA I NATURAL DEL REI- 
NO DE Chile, libro 4.^, o sea pajina 287, son el choroi ^ 
i la jaquilma¡ a los cuales llaman de paso, no porque 
salgan jamás de las tierras de Chile, sino porque, pa- 
sando los estíos en la cordillera, bajan por el invierno a 
los campos. Ambos a dos son de la magnitud de una 
tórtola, i de la raza o familia de los papagayos. El pri- 
mero, que denominaré psittacus choraeuSy tiene la parte 
de arriba del cuerpo verde, el vientre ceniciento, la cola 
proporcionada, i habla mejor que todos los otros». 

Gay, Historia Física 1 Política de Chile, Zoolo- 
jíay tomo i.^, pajina 370, clasifica esta ave en el jénero 
eniconatOy i advierte que ese jénero solo tiene hasta 
ahora esta especie, la cual es enteramente peculiar a 
Chile. 

El nombre vulgar de esta ave no aparece en el Dic- 
cionario DE LA Academia. 

Chancho 

Esta ave, en el orden de las de rapiña, es una espe- 
cie del jénero de los mochuelos i lechuzas. 

Gay, Historia Física i Política de Chile, Zoolo- 
jía, tomo zpy pajina 244, dice, sin duda alguna por 
equivocación de copia o de imprenta, que el nombre 
vulgar de esta ave es chucho. 

Léase lo¡que refiere a cerca de ella: 



— 134 — 

«Los araucanos llaman chucho (chuncho) a esta ave, 
que se encuentra en Chile i en la mayor parte de la 
América del Sur, en Bolivia, el Paraguai, el Brasil, etc.; 
se parece algo al pequen; i como él se ve a veces en me- 
dio del dia perchado en los altos quiscos. Sus costum- 
bres son bastante salvajes; vive siempre solo, menos 
en el tiempo de sus amores; i frecuenta especialmente 
los bosques, donde se oculta durante el dia. Su vuelo 
es bajo, pausado, aunque suficientemente rápido para 
pillar los paj arillos, pequeños cuadrúpedos i aun insec- 
tos, i en particular los pollos i pichones, cuyos sesos 
devora ansiosamente. Las hembras hacen su nido en el 
hueco de los árboles; sin embargo, nos han asegurado 
que, en Chile, los construyen entre los árboles frondo- 
sos; pero creemos que esta es una equivocación, vista 
la torpeza que las caracteriza. Ponen los huevos blan- 
cos i casi esféricos. Los hijuelos son en cierta época pe- 
tulantes, vivos, i mueven sin cesar verticalmente su 
pescuezo. El señor Azara dice que ha criado varios, i 
que no hai aves mas vigorosas respectivamente a su ta- 
maño, ni mas feroces e indómitas; ajenas al mas míni- 
mo agradecimiento, olvidaron cuantos beneficios les 
acordó; i luego que pudieron comer solas, tomaron un 
aire altivo cuando se acercaba a ellas». 

El pueblo tiene el chuncho por un ave de mal agüe- 
ro, i cree que, cuando por la noche grazna desde los 
techos, o desde los árboles de algtma casa, está próxima 
a sobrevenir una desgracia. 

Los naturalistas dan a esta ave el nombre técnico de 
noctua pumita. 

El Diccionario de la Academia no autoriza la de 
chuncho. 



Daño, perjuicio 



Varios de los hablistas que han ensayado fijarlas 
diferencias de significación i de uso entre algunos de 
los sinónimos castellanos, como don José López de la 
Huerta, don Pedro María de Olive, don José Joaquín 
de Mora, don Roque Barcia, han procurado establecer 
la que existe entre los dos que encabezan este artículo 

Pero, sobre no hallarse de acuerdo en lo que indi- 
can, sus distinciones, vagas o sutiles, son de aquellas 
que la inmensa mayoría de los que hablan un idioma 
no pueden ni quieren tomar en consideración. 

La lectura comparada de esos diversos tratados, en 
lo que toca a daño i perjuicio produce el convenci- 
miento de que hasta ahora no se ha conseguido seña- 
lar satisfactoriamente una distinción bien deslindada 
(si la hai) entre los significados de estas dos palabras. 

Es claro que si tal cosa no se ha alcanzado en la teo- 
ría, mucho menos se ha logrado en la práctica. 



- 136- 

Así daño i perjuicio se usan jeneralmente sin dis- 
tinción alguna en el lenguaje ordinario. 

Así se encuentra confirmado por la Real Academia. 

Daño, dice este cuerpo, es el «efecto de dañar o da- 
ñarse>>. 

Perjuicio, el «efecto de perjudicar o perjudicarse. 

Léanse ahora los artículos que el Diccionario de 
1884 destina a dañar i a perjudicar. 

<!^Dañar. Verbo activo. Ca,\JíSB,r detrimento, perjuicio, 
menoscabo, dolor o molestia. Úsase también como re- 
cíproco. — Maltratar o echar a perder una cosa. Úsase 
también como recíproco». 

«Perjudicar. Verbo activo. Ocasionar daño o menos- 
cabo, material o moral. Usase también como recí- 
proco». 

Don Joaquín Escriche, en el Diccionario Razona- 
do DE lejislación I JURISPRUDENCIA, confuude en 
el artículo que destina a daño, como el uso común, i 
como la Real Academia, los significados de esta pala- 
bra i de perjuicio^ 

«Daño (dice) es el detrimento, perjuicio o menoscabo 
que se recibe por culpa de otro, en la hacienda o la 
persona». 

Resulta que Escriche, como la Real Academia, de- 
clara equivalentes a daño i perjuicio. 

Sin embargo, Escriche, en un artículo posterior, 
propone la siguiente cuestión: 

«¿Qué es lo que quieren decir las leyes cuando im- 
ponen en ciertos casos la responsabiüdad de daños i 
perjuicios! ¿toman la palabra perjuicio en el mismo 
sentido que la palabra daño, como hace la Academia 
Española, juntándolas ambas en una frase por mera 
redundancia; o entienden imponer dos responsabilida- 
des, una de los daños i otra de los perjuicios, dando a 



- 137 — 

cada una de estas voces una significación diferente? 
Esta es una cuestión de inmensa trascendencia; i con- 
vendría resolvería con exactitud para evitar toda equi- 
vocación en la aplicación de las disposiciones legales 
sobre resarcimientos». 

Escríche, después de sentar la cuestión, espone como 
sigue lo que juzga acerca de eUa: 

«Las leyes de las Partidas, en vez de decir daños i 
perjuicios y se sirven de la frase daños i menoscabos , 
para espresar lo mismo que con aquélla, de suerte que 
si tuviésemos la significación legal de menoscabos, ten- 
dríamos por el mismo hecho la de perjuicios; mas no 
la busquemos en el Diccionario de la Academia, 
donde solo tropezaremos con deterioración equivalente 
de daño. Por fortuna las mismas leyes se han tomado 
el trabajo de esplicamos la es tensión de la palabra 
menoscabos, que de otro modo nos haría caer en error a 
cada paso. — Estos menoscabos átales, dice la lei 5.*, tí- 
tulo 6.^, partida 5.*, llaman en latín intereses; — i Gre- 
gorio López nos llama la atención sobre este significa- 
do para que se tenga presente en las muchas leyes de 
las Partidas donde se usa de dicha palabra. Menos- 
cabo, pues, o perjuicio son lo mismo que privación de 
intereses, de utilidad, de provecho, de ganancia o de 
lucro. Así que daños i perjuicios deberían ser la pérdi- 
da que se sufre i la ganancia que se deja de hacer por 
culpa de otro: damnum emergens, et lucrum cessans; o 
como dice el jurisconsulto Paulo: quantum mihi abest, 
quantumque lucrar i potui; lei 13 D. Ratamrem háberi. 

41 — Diferencia hai, dice Hugo Celso en su Reperto- 
rio, entre daños i menoscabos; i el uno no es el otro; i 
quien debe pechar los daños no es siempre tenudo a 
pagar los menoscabos. — Así se ve con efecto en la lei 8, 
título 3, partida 5.*, la cual dispone que quien no de- 



-138- 

volviere la cosa depositada cuando le mere pedida» 
debe ser condenado^ además de la restitución de la 
cosa o de su estimación^ en el pago de los danos que se 
ocasionaren al demandante, i no en el de las ganancias 
que en ella hubiere podido hacer, entendiendo aquí por 
daüos las pérdidas, costos, comprometimientos, i pe- 
nas en que incurriere el depositante por no poder dis- 
poner del depósito. 

«Por regla jeneral el que hace un mal, no solo debe 
resarcir el daño que directamente ha causado, sino 
también el menoscabo o perjuicio que fuere ima conse- 
cuencia inmediata de su acción. Así que, si matas a 
un esclavo ajeno que, habiendo sido nombrado here- 
dero por un tercero, no ha entrado todavía en la he- 
rencia, no solo debes pagar al dueño el valor del escla- 
vo, sino también el importe de la herencia que, por 
su muerte, dejó de adquirir, i si teniendo alguno dos 
siervos que juntos cantaban bien, matares al uno de 
ellos, has de satisfacer el valor del muerto, i además lo 
que el otro valiere menos por quedarse solo ( lei 19, 
título 15, partida 7.*). La lei que pone estos dos ejem- 
plos añade que esta disposición debe tener lugar en 
todos los casos semejantes. Quien privare, pues, a un 
porteador de dos caballerías con que hacía el trajín, 
no solo tiene que pagarles el valor de ellas, sino tam- 
bién las ganancias que, por falta de las mismas, dejare 
de hacer; i si solo le privare de la una, quedará obliga- 
do' a indemnizarle tanto de su valor i de la ganancia 
que dejare de hacer, como de lo que ganare de menos 
con la otraj>* 

Como puede observarse fácilmente, Escriche deno- 
mina daño, lo que corresponde a daño emerjente, i per- 
juicio, lo que corresponde a lucro cesante. 

Pero estas dos locuciones forenses han de tomarse en 



u^H 



— 139 — 

un sentido mas lato del que les dan algunos juriscon- 
sultos, como don Eujenio de Tapia en el Diccionario 
Judicial anexo al Febrero Novísimo, i don Joaquín 
Escriche en los artículos especiales que los destina en 
el Diccionario Razonado, i la misma Academia Es- 
pañola en su Diccionario. 

Se llama daño emerjentCy dice la Academia, «en los 
contratos, el qiie se sigue de la detención del dinero». 

Se llama lucro cesante y dice la misma corporación, 
«la ganancia o utilidad que se regula podría producir 
el dinero en el tiempo que ha estado dado en emprés- 
tito o mutuo». 

Me parece que, de todas suertes, la segunda de 
estas definiciones habría debido decir «hubiera estado 
dado» en vez de «ha estado dado». 

Pero, prescindiendo de esta incorrección de detalle, 
el daño emerjente i el lucro cesante no se apücan única 
i esclusivamente al dinero ^ como lo espresan las dos 
definiciones citadas. 

En otros términos, el daño emerjente i el lucro ce- 
sante no ocurren solamente cuando hai detención de 
dinero ajeno, o cuando se impide la ganancia del in- 
terés que ese dinero dado en empréstito o mutuo ha- 
bría producido. 

Pueden tener lugar en muchos otros casos, como 
verbigracia, en los figurados por Escriche en el trozo 
antes copiado. 

Es cierto que el daño emerjente i el lucro cesante se 
pueden avaluar siempre en dinero; pero esto no signi- 
fica que hayan de consistir precisamente en detención 
de dinero, i privación de los intereses que ese dinero 
dado en préstamo o en mutuo habría podido producir. 

Tal ha sido el motivo por que la lei 13 Ratam rem 
haberi del Di j esto ha formulado una definición mucho 



— 140 — 

mas jeneral i comprensiva: Quantum mea ínter fuerit 
est, quantum mihi ahest, quantumque lucran potui. 

No puede negarse que habría ventaja en señalar a 
daño i perjuicio significados diferentes. 

Sin embargo, los jurisconsultos modernos, ajustán- 
dose al uso, no distinguen entre daño i perjuicio. 

Para probarlo, podrían citarse varios artículos del 
CÓDIGO Civil Chileno, redactado, como se sabe, por 
don Andrés Bello. 

Por no pecar de prolijo, voi a recordar solo algunos, 
pero decisivos en la materia: 

Artículo 1556. <fLa indemnización de per juicios com- 
prende el daño emerjente i lucro cesante, ya provengan 
de no haberse cumplido la obligación, o de haberse 
cumplido inperfectamente, o de haberse retardado el 
cumplimiento. 

. iEsceptúanse los casos en que la lei la limita espre- 
sámente al daño emerjente». 

Como puede observarse. Bello, en el artículo prece- 
dente, denomina perjuicio, tanto el daño emerjerUe, 
como el lucro cesante, puesto que el pago del uno i del 
otro es designado por la espresión jenéri('.a de indemni- 
zación de perjuicios. 

En el segundo inciso, declara aunque puede haber 
casos en que la indemnización de perjuicios se aplique 
únicamente al d(^ño emerjente. 

Don Dalmacio Vélez Sarsfield, autor del Código Ci- 
vil DE LA República Arj entina, hace, por el con- 
trario, estensivo el nombre de daño al daño emerjente i 
al lucro cesante. 

Léase el artículo 4, título 8, sección 2, libro 2, el 
cual dice así: 

«El daño comprende, no solo el perjuicio efectiva- 
mente sufrido, sino también la ganancia de que fué 



— 141 — 

privado el damnificado pof el acto ilícito, i que, en este 
código, se designa por las palabras pérdida e intereses^. 

Lo que dejo espuesto se confirma por el testo, entre 
otros, del artículo 932 del Código Civil Chileno. 

Artículo 932 «El que tema que la ruina de un edificio 
vecino le pare perjuicio tiene derecho de querellarse al 
juez para que se mande al dueño de tal edificio derri- 
barlo, si estuviere tan deteriorado que no admita repa- 
ración; o para que, si la admite, se le ordene hacerla 
inmediatamente; i si el querellado no procediere a 
cumplir el fallo judicial, se derribará el edificio, o se 
hará la reparación a su costa. 

«Si el daño que se temp del edificio no fuere grave, 
bastará que el querellado rinda caución de resarcir 
todo perjuicio que, por el mal estado del edificio, so- 
brevenga». 

Aparece clara diente que, en el artículo antes copia- 
do, las palabras daño i perjuicio están empleadas en 
ima misma acepción. 

Para mayor demostración, léase el artículo 2,323 
del CÓDIGO Civil Cmleno, artículo que dice así: 

Articulo 2,323 «El dueño de un edificio es respon- 
sable a terceros (que no se hallen en el caso del ar- 
tículo 934) de los daños que ocasione su ruina acaeci- 
da por haber omitido las necesarias reparaciones, o 
por haber faltado de otra manera al cuidado de un 
buen padre de familia. 

«Si el edificio perteneciere a dos o mas personas pro- 
indiviso, se dividirá entre ellas la indemnización a pro- 
rrata de sus cuotas de dominio». 

Resulta que este artículo 2,323 denomina daño lo 
mismo que el artículo 932 denomina dos veces perjui- 
do, i una daño. 



— 142 — 

Podría citar varios otros artículos del Código Civil 
Chileno; pero creo que los recordados bastan. 

Dativo, dativa 

El CÓDIGO Civil Chileno, en los artículos 353 i 
370, emplea la espresión tutela o curaduría dativa. 

El mismo Código, en el artículo 372, emplea la es- 
presión tutor o curador dativo. 

Don Florencio García Goyena, en las Concordan- 
cias, Motivos i Comentarios del «Código Civil Es- 
pañol», tomo i.o, pajina 190, se espresa de esta manera: 

«Todos los códigos, así como el derecho romano i 
patrio, han reconocido las tutelas testamentaria i da- 
tivoh. 

Don Pedro Gómez de la Serena, en el Curso Histó- 
rico EXEJÉTICO DEL DERECHO ROMANO COMPARA- 
DO CON EL ESPAÑOL, tomo i.^, pájiuas 147 i 148, dice 
como sigue: 

«Cuando ni el ascendiente ha provisto de tutor a sus 
descendientes, ni la lei por medio de sus llamamien- 
tos suple la falta, el majistrado, que viene a personi- 
ficar a la sociedad en este deber humanitario i benéfi- 
co, hace la elección. Así, después de haber hablado el 
emperador de la tutela testamentaria i lejítima, pasa 
a tratar en este título de la judicial o dativa. Los que 
la desempeñaban tenían el nombre de tutores atilia- 
nos, por ser esta tutela institución de la lei atilia; 
después los intérpretes le han dado también el de da- 
tivos ^ que es el jeneralmente recibido, si bien no fué 
usado por los jurisconsultos romanos, quienes, por el 
contrario, antiguamente aplicaron el epíteto de dativos 
a los tutores testamentarios, como lo hac.en Ulpiano i 
Cayo. Teófilo, en su Paráfrasis, dice que los tutores 



— 143 — 

nombrados en virtud de las leyes julia i ticia se lla- 
maban julioticianos». 

Mientras tanto, el Diccionario de la Real Aca- 
demia Española dice que dativo es únicamente el 
nombre de uno de los casos de la declinación. 

Me parece que la omisión del significado forense 
propio de dativo, dativa es simplemente un olvido que 
será reparado en la próxima edición del Dicciona- 
rio. (I) 

Debilitamiento 

Esta palabra es usada en Chile por debilidad; pero, 
aimque su formación se ajusta a las leyes del idioma 
castellano, el Diccionario de la Academia no la au- 
toriza. 

Decenviro 

Esta palabra debe llevar el acento en la sílaba vi, i 
no en la silaba cen. 

Es grave, i no esdrújula, como algunos la pronun- 
cian. 

Sucede lo mismo con triunviro i centunviro. 

Decidir, disidir 

Estos dos verbos se asemejan bastante por el soni 
do, pero se diferencian mucho por el significado. 
Decidir equivale a «cortar la dificultad, formar jui- 



(i) £1 Diccionario de 1899 ha reparado el olvido a que el autor de estas 
Apuntaciones se refiere en este artículo, pues en el Suplemento figura el vo- 
cablo dativo, va, i para su definición se remite a las voces tutela i tutor, en las 
cuales se emplea la palabra dativo. 

Debo advertir que el Diccionario de 1884 usaba también este adjetivo en 
el articulo referente a tutela. 



— 144 — 

cío definitivo sobre algo dudoso o contestable; resol- 
ver». 

Disidir equivale a «separarse de la antigua doctrina 
o creencia, opinar contra la mayoría». 

Conviene advertirlo, pues no faltan quienes los con- 
fundan. . 

Declaratoria 

Con fecha 2 de octubre de 1863, la corte suprema de 
Chile espidió el siguiente auto: 

«En la ciudad de Santiago, a 2 de octubre de 1863, 
reunida la excelentísima corte suprema en acuerdo es- 
traordinario, con asistencia del señor fiscal, tomó en 
consideración el procedimiento que actualmente se ob- 
serva para espedir las declaratorias de pobreza^ i los 
dictámenes dados sobre esta materia por las ilustrísi- 
mas cortes de apelaciones de Santiago, Concepción i la 
Serena. Estas declaratorias se hacen por las cortes de 
apelaciones en el departamento en que residen, i por 
los jueces de primera instancia, siempre que se recla- 
man fuera de dichos departamentos, en conformidad 
al auto acordado de la real audiencia de i.^ de octubre 
de 1798; pero este procedimiento, a mas de ser contra- 
rio a lo dispuesto en los artículos 24 i 33 del reglamen- 
to de administración de justicia, establece una sola 
instancia en im caso, i deja subsistente el recurso de 
apelación en los otros, desigualdad que no justifica 
ninguna disposición legal, o razón de conveniencia. En 
consecuencia, acordó: 

«i.^ Las declaratorias de pobreza se tramitarán i re- 
solverán por el juez de primera instancia que conozca, 
o debiere conocer en la causa para cuya prosecución 
se pidieren: i las apelaciones se otorgarán para ante el 



— 145 — 

tribunal a quien correspondiere el conocimiento de la 
causa en segunda instancia. 

4a. "" Las informaciones constarán de tres testigos, 
que declararán ante el juez, en conformidad a lo dis- 
puesto en el número 83 de lalei 11, título 24, libro 10 
de la Novísima Recopilación. 

«3.^ Comuniqúese a su excelencia el presidente de 
la República, i circúlese a quienes toque su cumpli- 
miento». 

El auto acordado de la real audiencia de Santiago 
fecha i.^ de octubre de 1798, a (Jue alude el preceden- 
te, dice declaración, i no declaratoria de pobreza. 

La Gaceta de los tribunales, número 26, fecha 
4 de junio de 1842, al publicar el auto acordado de 
1798, lo encabeza con este epígrafe Sobre declaración 
de pobreza; pero el Boletín de las leyes reducido 
por don Ignacio Zenteno, edición de 1861, reproduce 
ese mismo auto con este epígrafe: declaratoria de po- 
breza. 

Don José Bernardo Lira, en el Prontuario de los 
juicios. Parte Teórica, libro i.^, título 19, capítulo 6, 
número 284, dice declaración, i no declaratoria de po- 
breza; pero enLALEjiSLACióN cmLENA no codificada, 
tomo 3.^, pajina 162 i 163, dice declaratoria, i no de- 
claración de pobreza. 

En Chile, se usa en este caso declaratoria mas jene- 
raímente que declaración. 

Declaratoria se denomina también en este país la 
sentencia en que se manifiesta o esplica algún punto 
oscuro o dudoso de otro anterior. 

Léase la siguiente providencia contenida en un auto 
acordado de la corte de apelaciones de Santiago fecha 
23 de junio de 1863. 

«La esperiencia ha manifestado que la práctica ac- 

AMUNÁTTBGUI. — ^T. 11 10 



- 146 ^ 

tual de conferir traslado por la suma de los escritos 
en que se piden declaratorias^ se presta a muchos abu- 
sos i dilaciones en perjuicio de los litigantes que han 
obtenido sentencia favorable. En los tribunales cole- 
giados, el mal es de mayor consideración, atendido que 
cuando el artículo está sustanciado, todos los jueces 
que concurrieron a dar la sentencia de que se pide ie- 
claratoriay no pueden juntarse por enfermedades, au- 
sencia o por otros motivos. Para evitar los males que 
de tal práctica resultan, 1^ corte acuerda para lo suce- 
sivo proceder como sigue: 

«Pedida una declaratoria, se mandará dar cuenta con 
los antecedentes para informarse si hai en la sentencia 
algún punto dudoso u oscuro, o si al menos se mani- 
fiesta probabilidad de que la sentencia pueda ofrecer 
dificultades en su sentido literal. Solo en estos casos, 
se sustanciará el artículo de declaratoria] en los demás 
será desechado sin mas trámite». 

Don José Bernardo Lira, en su obra titulada La le- 
jiSLACiÓN cmLENA NO CODIFICADA, tomo 3,®, pajina 
169, pone por epígrafe al mencionado auto el que si- 
gue: Declaratorias de sentencias. 

Sin embargo, en el Prontuario de los juicios, 
emplea siempre declaración i no declaratoria de senten- 
cia. 

Así, verbigracia, en la Parte Teórica^ libro 3, título 
4.0, capítulo iPy número 462, se espresa así: 

«En cuanto a la declaración que pueda tener lugar 
respecto de sentencias oscuras de segunda instancia, 
solo debemos notar que, en las cortes de apelaciones 
de Concepción i la Serena, de la solicitud en que al- 
guna de las partes la pide, se da traslado por tres dias 
a la otra, i con su respuesta, se hace relación ante los 
mismos jueces que pronunciaron la sentencia de que 
se trata. 



— :47 — 

«En la corte de apelaciones de Santiago, cuando sé 
pide declaración de alguna resolución espedida por el 
tribunal, se manda dar cuenta con los antecedentes 
para informarse si hai en la sentencia algún punto du- 
doso u oscuro; i si a lo menos se manifiesta probabili- 
dad de que la sentencia pueda ofrecer dificultad en su 
sentido literal». 

El uso mas j enera! en Chile es decir declaratoria y i 
no declaración de una sentencia. 

Mientras tanto, el Diccionario de la Academu 
enseña que ha de decirse declaración de pobreza i de- 
claración de una sentencia. 

Declaratorio,, declaratoria, según el Diccionario, es 
simplemente un adjetivo que «se dice de lo que decla- 
ra o esplica lo que no se sabía o estaba dudoso: auto 
declaratorio». 

En consecuencia, declaratoria no puede emplearse 
como sustantivo. 

No puede decirse una declaratoria por sentencia de- 
claratoria, como no podría decirse una indagatoria por 
providencia indagatoria; una interlocutoria por senten- 
cia Ínter loctUoria. 

Sin embargo, es preciso no olvidar que, cuando un 
adjetivo acompaña ordinariamente a un mismo sus- 
tantivo, el uso tiende a subentender el sustantivo, i a 
emplear sustantivadamente el adjetivo. 

Por eso, así como en Chile, se dice una declaratoria 
por sentencia declaratoria, se dice también mui co- 
múnmente una revocatoria por sentencia revocatoria, i 
una confirmatoria por sentencia confirmatoria. 

Además, el Diccionario trae palabras de formación 
enteramente análoga para denotar ciertos documen- 
tos judiciales, como declinatoria, «petición en que se 
decHna el fuero, o no se reconoce a uno por lejítimo 



— 148 — 

juez», i ejecutoria^ «despacho que se libra por los tri- 
bunales de las sentencias que pasan en autoridad de 
cosa juzgada». 

Declinar 

Don José Bernardo Lira, en el Prontuario de los 
JUICIOS, Parte Práctica, título 2P, capítulo 6.0, número 
53, trae una fórmula de escrito «para declinar de juris- 
dicción», cuya suma es «Declina de jurisdicción». 

Como se ve, declinar está tomado en el sentido de 
sostener que un negocio corresponde, no al juez o tri- 
bunal que está entendiendo en él, sino a otro. 

El Diccionario de la Real Academia no autoriza 
esta acepción de declinar; pero admite el sustantivo 
declinatoria, que define así: 

«Declinatoria, petición en que se declina el fuero, o 
tío sé reconoce a uno por le jí timo juez». 

En la presente definición, se da a declina un signi- 
ficado que no se le señala en el artículo respectivo. 

Decomisar, decomiso 

El Diccionario de la Real Academia admite que 
estas dos palabras pueden emplearse en vez de comi- 
sar, i de comiso, pero da la preferencia a las últimas. 

Deferir 

Léase el artículo que el Diccionario de la Acade- 
mia destina a este verbo. 

«Deferir. Verbo neutro. Adherirse al dictamen de uno 
por respeto, moderación o modestia. — Verbo activo. 
Comunicar, dar parte de la jurisdicción o poder». 

Léase ahora el siguiente artículo del Código Civil 
Chileno. 



— 149 — 

Artículo 956. «La delación de una asignación es el 
actual llamamiento de la lei a aceptarla o repudiarla. 

«La herencia o legado se defiere al heredero o lega- 
tario en el momento de fallecer la persona de cuya 
sucesión se trata, si el heredero o legatario no es lla- 
mado condicionalmente; o en el momento de cumplir- 
se la condición, si el llamamiento es condicional. 

«Salvo si la condición es de no hacer algo que de- 
penda de la sola voluntad del signatario, pues, en 
este caso, la asignación se defiere en el momento de la 
muerte del testador, dándose por el asignatario cau- 
ción suficiente de restituir la cosa asignada con sus 
accesiones i frutos, en caso de contravenirse a la con- 
dición. 

«Lo cual, sin embargo, no tendrá lugar, cuando el 
testador hubiere dispuesto que, mientras penda la 
condición de no hacer algo, pertenezca a otro asigna- 
tario la cosa asignada». 

Manifiestamente, deferir, en el artículo que acaba 
de leerse, se halla tomado en una acepción diferente 
de las que el Diccionario admite. 

Otro tanto puede decirse de delación, palabra que, 
según el Diccionario, significa únicamente acusación, 
denunciación. 

Deficiencia 

El artículo 12 del reglamento del tesoro i de la con- 
tabilidad espedido por el Presidente de la República 
en 2 de julio de 1883, dice así: 

Artículo 12. «Corresponde a los tesoreros: 

« 

« 

«14 Representar a la dirección del tesoro, con la 
debida oportunidad, los excesos o deficiencias de fon- 



— ISO — 

dos para el servido público, i el próximo agotamien- 
to de las especies que se le remitan para su espendio». 
Es cierto que el adjetivo deficiente significa, según 
el Diccionario, «falto o incompletos; pero deficiencia 
significa, no <íalta», sino únicamente «defecto o imper- 
fección. 

Delijenoia 

Dejándose arrastrar por la propensión de cambiar 
la e, en ¿, o la i en e^ propia de los que hablan caste- 
llano^ la jente curial de Chile dice a menudo mala- 
mente ddijencia por dilijencia, 

Demigión, Dimisión 

Estas dos palabras tienen significados mui dife- 
rentes. 

Demisión^ equivale a «sumisión, abatimientos. 

Dimisión, equivale a «renuncia, desapropio de una 
cosa que se posee. Dícese de los empleos i comisiones». 

Bretón de los Herreros, en La Ponchada, acto 
único, escena 2.*, pone en boca de Vijil esta frase: 

«Reniego de mi picaro empleo, i ahora mismo voi a 
hacer dimisióm^. 

No he oído nunca en Chile emplear la palabra de- 
misión en su sentido verdadero; pero sí a veces inco- 
rrectamente en el de dimisión. 

Demontre 

Don Zorobabel Rodríguez, en el Diccionario de 
cmLENisMOS, menciona esta palabra entre las peculia- 
res de Chile. 

Efectivamente el Diccionario de la Real Acá- 



— 151 — 

DEMiA, undécima edición de 1869, no le dio cabida en 
sus columnas. 

Sin embargo, el señor Rodríguez dijo que presumía 
ser provincialismo vascongado; i citó para apoyar esta 
conjetura una frase en que el novelista peninsular don 
Antonio de Trueba emplea demontre. 

Lo cierto es que, tanto esta palabra, como diantre^ 
son de uso, no local, sino jeneral. 

Don Manuel Bretón de los Herreros, en la comedia 
titulada Cuentas Atrasadas, acto 3.'', escena 4 », po- 
ne estos versos en boca de Casimira: 

... I vendrá 
por la verja; no le noten 
los criados i murmuren... 
o mi mamá se incomode.. . 
Entornada está. No tiene 
mas que empujar, {...¡Demontre! 
iQue aturdida soi! Me vengo 
sin el ramito de flores 
que le quiero regalar. 

Efectivamente, la Real Academia ha dado cabida 
a demontre en el Diccionario de 1884, no como pro- 
vincialismo, sino como palabra perteciente al idioma 
jeneral. 

Denosta 

Según las gramáticas de Salva, de Bello i de la Aca- 
demia Española, el verbo denostar pertenece a la clase 
de los irregulares que cambian la o en tie en el singular 
de los presentes de indicativo i de subjuntivo, «1 las 
terceras personas de plural de los mismos tiempos, i en 
el singular del imperativo. 

I esto no tiene nada de estraordinario, puesto que 
el sustantivo afín es denuesto. 

Sin embargo, don Antonio Ferrer del Rio, en la 



— 152 — 

Galería DE la literatura española, pajina 8i, con- 
juga mal este verbo en la siguiente frase: 

«Estudiando a los buenos modelos de la antigüe- 
dad, figura Toreno las mas veces como analista; discu- 
te poco; narra briosamente con abundancia de he- 
chos i parquedad de doctrinas; dibuja i colora los 
retratos de todos sus personajes con exactas i bellas 
tintas, si la pasión no le arrebata; rara vez elojia al 
que debe censurar severamente, cuando mucho le dis- 
culpa; con mas frecuencia, prodiga acusaciones i de- 
fiosta inclemente a los que, por su inmenso infortu- 
nio, i por lo que exi jen la imparcialidad i la justicia, 
son dignos de otras consideraciones». 

Denanoiar, denunciante, denonciaUe, dennnoio 

Léanse los dos artículos que siguen del Código de 
Minería de 1874. 

Artículo 23, «La mina o parte de la mina o acciones 
en sociedad minera, adquiridas en contravención a lo 
dispuesto en el artículo anterior, se mirarán como va- 
cantes, i serán adjudicadas al que las soUcite o denun- 
ciey>, 

«Artícido24. Fuera de los casos i personas espresa- 
mente esceptuados en la lei, nadie podrá adquirir a 
título de descubrimiento o denuncio mas de una perte- 
nencia sobre una misma veta o corrida; pero cual- 
quiera persona hábil puede adquirir por otros títulos 
las que quisiere sin limitación algunas. 

Léase la parte dispositiva de la lei de 25 de octubre 
de 1854. 

Artículo único. «Se declara que las minas i depósitos 
de azufre, cal i sustancias análogas, no se hallan com- 
prendidas entre las sustancias denunciadles de que 



— 153 — 

trata el artículo 22, título 6. ^ de la Ordenanza de 

MINAS». 

El Diccionario dí la Academia no da al verbo 
denunciar la acepción de pedir la merced de una mina 
desierta i despoblada, o no adquirida i trabajada con- 
forme a lalei. 

He aquí el artículo que la duodécima edición del 
Diccionario destina a este verbo. 

^Denunciar, Verbo activo. Noticiar, avisar. — Pronos- 
ticar — Promulgar, publicar solemnemente. — Forense, 
Dar de oficio a la autoridad parte o noticia de un daño 
hecho con designación del culpable o sin ella», (i) 

I la dicha omisión es tanto mas estraña, cuanto que 
el Diccionario trae el siguiente artículo: 

<fD enuncio. Sustantivo masctdino. Minería. Denun- 
cia». 

Luego, según la Academia, denunciar i sus afines tie- 
nen en las ordenanzas de minería un significado técni- 
co que habría debido definirse. 

Efectivamente, ese significado especial aparece com- 
probado, no solo por las disposiciones legales chilenas, 
de las cuales he citado ejemplos, sino también por las 
de nuestra antigua madre patria. 

El título 6 de las Ordenanzas de Minería de 
Nueva España espedidas en 22 de mayo de 1783, lle- 
va este epígrafe: «De los modos de adquirir las minas, 
de los nueves descubrimientos, rejistros de vetas i de- 
nuncios de minas abandonadas o perdidas». 

El artículo 8 de ese título dice así: 

Artículo 8. «El que denunciare una mina por desierta 



(i) La 13.^ edición del Diccionario Académico ha modificado este 
articulo cambiando en )a primera acepción la palabra noticiar por notificar i 
agregando el significado de «participar o declarar oficialmente el estado ile- 
gal, irregular ó inconveniente de una cosa» . 



— 154 — 

i despoblada en los término^ que adelante se dirán, se le 
admitirá el denuncio con tal qu^en él esprese las cir- 
cunstancias prevenidas en el artículo 4.0 de este título, 
la ubicación individual de Ja mina, su último poseedor, 
si hubiere noticia de él, i los de las minas vecinas, si es- 
tuvieren ocupadas, los cuales serán lejítimamente ci- 
tados: i si dentro de diez dias no comparecieren, se pre- 
gonará el denuncio en los tres domingos siguientes; i 
no habiendo contradicción, se le notificará al denun- 
ciante que, dentro de sesenta dias, tenga limpia i habi- 
litada adguna labor de considerable profundidad, o a lo 
menos de diez varas a plomo i dentro de los respaldos 
de la veta, donde pueda el perito facultativo de minas 
reconocer e inspeccionar el rumbo, echado i demás 
circunstancias de ella, como se dijo en el dicho artícu- 
lo 4.^, debiendo ademas reconocer el mismo perito fa- 
cultativo, siendo posible, los pozos i diferentes labores ' 
de la mina; si algunas de ellas se hallan ruinosas, ate- 
rradas o inundadas; si tiene tiro o socavón, o puede 
dársele; si tiene galera, malacate u otras máquinas, 
piezas de habitación i caballerizas; i de todas estas cir- 
cunstancias, se tomará razón i asiento en el correspon- 
diente libro de denuncios que con separación debe lle- 
varse. I hecho el referido reconocimiento, i la medida 
de las pertenencias, i señalamiento de estacas, como 
después se dirá, se dará posesión al denunciante sin 
embargo de contradicción, que no será oída como no 
la haya habido dentro de todos los términos anterior- 
mente prescritos; pero si durante ellos, se hubiere in- 
troducido, se oirán las partes en justicia brevemente, i 
según se prefine en su lugar». 

Los artículos 9, 10, n, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 20 i 
22 del jnismo título 6 emplean diversas formas de de- 
nunciar^ i también denuncio i denunciante. 



Por esto, don Eujenio de Tapia, en el Diccionario 
Judicial, anexo al Febrero Novísimo, dice que de- 
nunciar, junto con otra acepción que no es oportuno 
repetir, tiene la de «manifestar, descubrir ante los ma- 
jistrados la infracción de las leyes, o lo que no está con- 
forme a ellas». 

Con la presente definición, queda autorizada la acep- 
ción especial que se da en el ramo de minería a denun- 
ciar, denunciante, denuncio, denunciable. 

Aunque en Chile se dice, ahora jeneralmente denun- 
cio de minas, como permiten hacerlo las leyes naciona- 
les i los españoles, también se emplea en este sentido 
denuncia. 

Un decreto espedido por el presidente de la Repú- 
blica en 7 de noviembre de 1825, empieza así: 

iConsultado el gobierno por el gobernador intenden- 
te de la provincia de Concepción sobre el modo i forma 
con que ha de proceder en la concesión de mercedes 
de minerales de carbón, que frecuentemente se solici- 
tan por los que quieren emprender este j enero de in- 
dustria; i deseando dar a este trabajo toda la libertad 
posible, quitándole las trabas que pudieran entorpe- 
cerle, si se siguiesen las reglas prevenidas en la Orde- 
nanza DE Minería para las denuncias de minas de me- 
tal abandonadas, i las que nuevamente se descubran, 
etc., etc.». 

El trozo antes citado manifiesta que denuncia o de- 
nuncio ha llegado a aplicarse, no solo a la petición de 
las minas abandonadas, o poseídas contra la lei como 
sucedió en el orijen, sino de las nuevamente descubier- 
tas. 

I tal es la verdad de los hechos. 

Sin embargo, denuncia o denuncio solo se aplica pro- 
piamente a la petición de mina abandonada, despo- 



- 156- 

blada o perdida por otra causa^ como lo hace en el 
Prontuario de los juicios don José Bernardo Lira> 
quien, conforme a lo que enseña la citada edición tJel 
Diccionario, emplea indistintamemte las dos pala- 
bras. 

El autor chileno citado usa igualmente las locuelo-* 
hes ^denuncia de ministerio público como medio de dar 
principio a una causa criminal»; «denuncia de emplea- 
do de policía»; «denuncia de los particulares»; «denundd 
de receptor de tumo»; «denuncia de obra nueva»; «de- 
nuncia de obra vieja o ruinosa». 

En estos casos, suelen también decirse entre nosotros 
denuncio por denuncia. 

El Diccionario de 1884 solo autoriza el uso indife- 
rente de estas dos voces cuando se trata de minas. 

El de 1869 decía que denuncio por denuncia o denun- 
ciación era anticuado, sin entrar en distinciones de sig- 
nificado. 

Deparar 

Don Antonio Ferrer del Rio, en la galería de la 
literatura española, pajina 49, escribe esta frase: 

<<Así, al abrirse las cortes en el mes de julio, no ha- 
bía periódico que no atacara sin tregua a La Miscelá- 
nea, de que era único redactor Burgos: depuradas sus 
fuerzas con el excesivo trabajo, le puso a las puertas 
de la muerte una enfermedad peligrosa»: 

¿Se habrá impreso por errata depuradas en vez de 
apuradas^ 

Si así no fuera, el autor habría dado a depurar un 
significado que no tiene, ni puede tener. 

Desahucio 

El Diccionario de la Academia define esta pala- 



bra: «la acción i efecto de despedir al inquilino o 
arrendatario, porque ha cumplido su arrendamiento, 
o por otra razón.» 

Esta definición deja algo que desear, si atendemos 
a lo dispuesto en el Código Civil Chileno. 

Entre nosotros, desahucio es la noticia anticipada 
que una de las partes da a la otra de tener el propósi- 
to de terminar el arrendamiento. 

Léase la disposición relativa a este punto. 

Artículo 1951 .«Si no se ha fijado tiempo para la du- 
ración del arriendo, o si el tiempo no es determinado 
por el servicio especial a que se destina la cosa arren- 
dada, o por la costumbre, ninguna de las dos partes 
podrá hacerlo cesar sino desahuciando a la otra, esto 
es, notificándoselo anticipadamente. 

«La anticipación se ajustará al período o medida 
del tiempo que regula los pagos. Si se arrienda a tanto 
por dia, semana, mes, el desahucio será respectivamen- 
te de un dia, de una semana, de un mes. 

«El desahucio empezará a correr al mismo tiempo 
que el próximo período. 

Desando 

Don Salustiano de Olózagá, en el discurso que leyó 
«1 23 de abril de 1871, al tomar posesión de un asiento 
en la Real Academia (Memorias de la Academia Es- 
pañola, tomo 3.0, pajinas 530 i siguientes), dijo, entre 
otras cosas, lo que va a leerse. 

«Solo los que han pasado muchos años ausentes 
de su pais, mal de su grado, saben el cariño que se 
tiene al idioma patrio. La lengua es la historia de la 
patria, el testimonio vivo de las naciones que la han 
poblado, la preponderancia de ciertas razas, las modi- 



ñcaciones hechas por otras, el depósito de las tradi- 
ciones de todas ellas, el tesoro de las ideas acumula- 
das por 9ús mas ia^gnes injeoios; la kaagna es la patria, 
misma para los que viven lejos de ella. ¡Cómo suspira 
el proscrito por volver a oir su dulce acento! I cuando 
el acaso le depara esta fortuna, jcon qué ternura fra- 
ternal contempla a los compatriotas que nunca ha vis- 
to antes, i que probablemente no ha de volver a ver 
mas en la vida! Mientras dure la mia, no olvidaré la 
profunda impresión que sentí al verme un dia en la 
sinagoga de los judíos en Londres. Hace cerca de cua- 
tro siglos que la inquisición los lanzó del suelo patrio, 
i conservan nuestra lengua, aunque con algunas voces 
que nosotros hemos desechado por anticuadas; í entre 
sí no hablan otra; i en castellano, está como dice la 
portada, al final del libro, reimprimido en Amsterdan, el 
orden de las oraciones cotidianas que no seles cae nunca 
de las manos. ¿Hai algún idioma en el mundo al que, 
en competencia con una lengua como la inglesa, se 
haya adherido jamás ninguna raza con tanto amor i 
tanta perseverancia? 

«No se ha conservado con tanta pureza en América, 
donde los españoles aclimatacon desde luego algunos 
provincialismos que no han sido admitidos jeneral- 
mente en la Península; i el nuevo orden de cosas ha 
introducido algunos neolojismos, que ofenden a nues- 
tros oídos. Pero se nota de algún tiempo a esta parte 
una reacción saludable; i al frente de ella, se han pues- 
to los hombres mas eminentes de aquellas repúblicas. 
Si pudiera yo mostrar una carta escrita por el ilustre 
Presidente de Méjico, estoi seguro que encantaría a los 
señores académicos, por su gusto clásico i por la seve- 
ridad de su castizo lenguaje. 

«I la riqueza i la vida de la América, i su nueva 



— 159 — 

civilización, que ha de vencer necesariamente las fa- 
tales consecuencias de los disturbios pasados i presen- 
tes, aseguran en el mundo un gran porvenir a la lengua 
de Cervantes. 

«Pero, aunque no contáramos con tan poderosos au- 
siliares, \)3stBrían los injenios españoles para que la 
lengua castellana, purgada de las faltas que lijeramen- 
te hemos apuntado, recobre la importancia que ad- 
quirió en los mejores tiempos de nuestra monarquía. 
No ha perdido, por fortuna, nada de su antiguo vigor, 
ni de su majestuoso decir, ni de la enerjía de su frase, 
ni de la flexibilidad de su réjimen, ni de la gracia que 
le prestan sus aimientativos i diminutivos, ni de la 
pompa de sus cadencia, ni del número de sus largos i 
magníficos períodos. 

«Pero no he de ser yo quien cante las alabanzas de 
nuestra lengua, porque temería que me aplicasen las 
palabras de un crítico francés contra un mal humanis- 
ta que había publicado un elojio de la lengua latina. — 
Ese elojio, decía, es tanto mas de agradecer, cuanto 
que el que los ha escrito no tiene el honor de conocer a 
la señora a quien prodiga las alabanzas — » (pajinas 

550, 551 i 552). 

Olózaga tiene sobrada razón cuando afirma que en 
América,después de haberse hablado i escrito mal el cas- 
tellano, ha empezado a usarse bien desde algunos años 
atrás, gracias a la profundidad i al esmero con que se 
ha estudiado la gramática de la lengua nacional, ramo 
que se aprende desde la escuela, i a que se destina 
bastante tiempo en nuestros colé j ios, donde es el só- 
lido fundamento del curso de humanidades. 

El que haya numerosas porciones de individuos que 
lo estropeen mas o menos miserablemente, no prueba 
lo contrario. 



Igiial cosa sucede en España. 

No hai nación alguna en que la mayoría hable la 
lengua con mediana p)erfección. 

El discurso mismo de Olózaga en que llama la aten- 
ción sobre varias j^incorrecciones frecuentes entre los 
escritores españoles, i otros de los leídos por los indi- 
viduos de la Real Academia al incorporarse, en los 
cuales suelen esponer reparos análogos, son una demos- 
tración práctica e incontestable délo que asevero. 

El académico encargado de contestar a Olózaga fué 
don Juan Eujenio Hartzenbusch. 

Después de haber discurrido sobre lo embarazoso 
que es emplear bien el posesivo su, sus^ agrega lo que 
sigue. 

«Esta es, repetimos, diñcultad verdadera i grande; 
otras son puramente faltas del necesario estudio. De- 
cir, por ejemplo, traspieses por traspiés, desando por 
desanduvo, dintel por umbral, ínsulas por ínfulas, la- 
tente (oculto) por latiente (lo que late), epílogo por 
prólogo, atravesar un puente, cuando al pasar por él 
en toda su lonjitud lo que se atraviesa es el rio; ases- 
tar un coscorrón, un palo, una puñalada, como si se 
hiciese puntería, a la manera que cuando se dispara 
un fusil, otro nombre merece que el de dificultades», 
(pajina 568). 

Ni Olózaga ni Hartzenbusch, ajustándose a las con- 
diciones de los discursos académicos, han espresado si 
las impropiedades e incorrecciones modernas de len- 
guaje que mencionan son cometidas por jente ilustra- 
da^ o solo por el vulgo; pero demasiado se comprende 
que no habrían tratado de ello en tan solemne ocasión, 
acaso de que las voces i frases reprobadas se usaran 
únicamente por personas rústicas e intonsas. 

En cuanto a mí, que no estoi obligado a tal circuns- 



— i6i — 

pección, puedo citar escritores peninsulares estimables 
que han incurrido en esos defectos i resabios, o en 
otros semejantes. 

Don Ramón de la Cruz no es por cierto un hablista 
de primer orden; pero ha sido encomiado por maestros 
de nuestro idioma que se llaman Duran, Bretón de 
los Herreros, Hartzenbusch i otros. 

Pues bien, el autor de los famosos sainetes no em- 
pleó, a lo menos que yo recuerde, el plurar traspieses, 
pero sí guardapieseSy que tanto vale. 

El sainete La música a oscuras, tomo i.^ pajina 
417, edición de Madrid, 1843, empieza con la siguiente 
acotación: 

«Salen Jerónimo i Paula, i las demás que pudieren, 
de guardapieses de droguetes o sarga, i mantillas ter- 
ciadas como de mozas de lugar, i una de ellas con un 
farolillo». 

Un escritor tan atildado como don Leandro Fer- 
nández de Moratín ha usado ese mismo plural de 
traspieses sobre que recae la justa censura de Hart- 
zenbusch. 

En su traducción del Hamlet, acto i.^, escena i.*, 
pone esta frase en la boca del protagonista de Shakes- 
peare. 

«Esta noche se huelga el rei, pasándola desvelado 
en un banquete con gran vocería i traspieses de em- 
briaguez; i a cada copa del Rin que bebe, los timbales 
i trompetas anuncian con estrépito sus victoriosos 
brindis». 

Don Antonio de Trueba, en la novela titulada La 
Paloma i los Halcones, capítulo 21, pajina 226, 
edición de Madrid, 1865, ha cometido el mismo defecto 
gramatical, escribiendo la siguiente frase: 

«Levantóse el ballestero dando traspieses. 

AMÜNÁTBGUI. T. II 11 



— 102 — 

Nunca he oído o leído en Chile el desatino gramati- 
cal de decir desando en vez de desanduvo. 

La Gramática de la lengua castellana por la 
Real Academia Española, edición de 1880, esplica per- 
fectamente las irregularidades de andar, i por lo tan- 
to, de su compuesto desandar. 

Léase lo que enseña acerca de este punto. 

«Parece indudable que las personas irregulares de 
este verbo se componen de andar i haber. Si de andar 
hube, andar hilera, andar hubiese, i andar hubiere, se 
quita la terminación ar, se suprime la h (que antigua- 
mente no se ponía), i se emplea la v en lugar de la 6 * 
(según uso antiguo), quedan formadas las voces andu- 
ve, anduviera, anduviese, anduviere. 

«Lo mismo se conjuga su compuesto desandan^. 

Desapercibido, Desapercibida 

En Chile, se dice de palabra i por escrito, desaperci- 
bido por no visto, por inadvertido; pero los hispano- 
americanos i los peninsulares inciurren amenudo en el 
mismo pecado gramatical. 

Don Rafael María Baralt, en el Diccionario de ga- 
licismos, se espresa como sigue: 

4sDesapercibido, desapercibida. Pasar desapercibido 
(una verdad, una persona, un suceso, etc,,) es hoi un 
barbarismo tan jeneralizado, que escuso poner ejem- 
plos de él, pues donde quiera se encuentran a mon- 
tones. 

«Con ser mui desatinados los galicismos que hoi se 
someten, hallo que ninguno lo es tanto como este dis- 
paratadísimo pasar desapercibido, locución que, en 
todo rigor, significa en castellano pasar alguno despre- 
venido, desprovisto de lo necesario para alguna cosa; 



— l63 — 

i nOy como quieren los galiparlistas, pasar no visto ^ no 
advertido y inadvertido, ignorado, según los casos. 

^Téngase i considérese, pues, como delito grave con- 
tra la lengua; i arguya supina ignorancia en quien le 
use». 

Don Fermín de la Puente i Apezechea, en un dis- 
curso que leyó ante la Academia Española el 12 de 
febrero de 187 1, dijo lo que va a leerse: 

<iDesapercihido decíase antes en España al que esta- 
ba desprovisto o desprevenido; hoi se empeñan, i a 
poco mas lo logran, en que llegue a significar ni visto 
ni oidoi>. (Memorias de la Academia Española, tomo 3, 
pajina 194). 

Efectivamente varios escritores peninsulares de nota 
dan a desapercibido esa acepción tan reprobada. 

La Galería de españoles célebres contemporá- 
NBOS, publicada por don Nicomedes Pastor Diaz, i por 
Francisco de Cárdenas, en la Biografía de don Juan 
Nicasio Gallega, usa estas dos frases; 

«Para que los acentos del poeta despierten un eco 
en las almas de sus lectores, es preciso que sean fieles 
intérpretes de sentimientos que todos puedan apreciar, 
de otra suerte pasarán desapercibidos ». (pajina 2). 

«Mientras la poesía española agradó, mientras inte- 
resó en la escena pintando al vivo los caracteres i los 
sentimientos nacionales, inñuyó de algún modo sobre 

la sociedad 

cuando adoptó formas estrañas, pintó caracteres estra- 
ños, sentimientos estraños i hasta empleó casi un len- 
guaje estraño, solo algunos la comprendieron, i pasó, 
por consiguiente', poco menos que desapercibida:^, (pa- 
jina 3). 

Don Antonio Ferrer del Rio, en la Galería de la 
literatura^española, pajinas 79 i 80, escribe lo que 
va a leerse: 



— 104 — 

«Atendida esta cualidad característica de un hom- 
bre que ha atravesado crisis azarosas^ i ha sido actor 
principal en políticas escenas, luchando con la irrita- 
ción de los ánimos, i la acritud de las pasiones, merece 
no pasar desapercibida la circunstancia de no haberse 
visto nimca en el caso de quebrantar una famosa 
pragmática de Carlos III». 

Es lójico que los que dan al verbo apercibir el signi- 
ficado de ver, atribuyan a desapercibido el de no visto. 

I a decir verdad son numerosos los escritores espa- 
ñoles que usan el verbo apercibir en ese significado, 
según ya he tenido oportunidad de hacerlo notar. 

Pero, aunque autores tan estimables como los cita- 
dos, i otros mas, hayan usado el verbo apercibir en el 
significado de ver, me parece que la Real Academia ha 
tenido razón para no autorizar semejante práctica. 

Apercibir ha de emplearse en el sentido de «preve- 
nir, advertir, preparar», como Cervantes lo hizo en la 
siguiente frase de su novela La Señora Cornelia: 

«Adelantóse don Antonio para apercibir a Cornelia, 
por no sobresaltarla con la improvisa llegada del du- 
que i de su hermano». (Biblioteca de autores espa- 
ñoles de Rivadeneira, tomo i.^, pajina 219, colum- 
na 2 *) 

Apercibir tiene ademas los significados de amonestar 
i de requerir. 

Así no habría de ningún modo ventaja en agregarle 
el de ver o advertir. 

Si no conviene dar esta última acepción a apercibir^ 
no puede darse a desapercibido la de no visto o inad-^ 
vertido. 



-- i6s- 



Desarmo 

Un decreto espedido por el presidente de la Repú- 
blica en 30 de marzo de 1841, dice, entre otras cosas, 
lo que va a leerse: 

«El comandante jeneral de marina librará las co- 
rrespondientes órdenes para que se proceda inmedia- 
tamente al desarmo de la fragata de guerra Chile en los 
términos que previenen los artículos siguientes: 

«I. o Deberán estar presentes al desarmo el coman- 
dante actual, i el que haya de recibirse del buque de- 
sarmado, el comisario de marina o im empleado de su 
oficina que haga sus veces, el oficial de detall i el con- 
tador del mismo buque, a fin de ir anotando en el in- 
ventario los jéneros i pertrechos que se vayan deposi- 
tando para saber los consumos que se hubiesen hecho. 

« 

« 

«9.^ Luego, que esté concluido el desarmo, se cerra- 
rán todas las escotillas i pañoles con sus respectivas 
barras i candados, i las llaves estarán a cargo del co- 
misario de marina cuyo jefe las entregará de mes en 
mes, o cuando lo disponga el comandante jeneral, para 
que se ventilen aquellos lugares, i se conserven mejor 
los diferentes objetos i útiles depositados en ellos. 

« 

II. Por consecuencia del desarmo, se considerarán 
desembarcados todos los oficiales de guerra i mayores 
de la dotación de la fragata » 

Desarmo es un neolojismo completamente injustifi- 
cado, en cuyo lugar debió emplearse desarme o desar- 
madura. 



— i66 — 

Desarrajar 

El uso de este verbo por descerrajar es una corrup- 
tela de lenguaje que se comete en Chile, en el Ecuador 
según Cevallos, en Colombia según Cuervo, i probable- 
mente en otras naciones hispano-americanas. 

Así se dice desarrajar, en vez de descerrajar la cerra- 
dura de una puerta, cofre, escritorio, por arrancarla o 
violentarla. 

Así se dice desarrajar, en vez de descerrajar una pis- 
tola o ima escopeta, por dispararla. 

Así se dice desarrajar en vez de descerrajar un caba- 
llo, por escapar un caballo, o hacerle correr con estraor- 
dinaria violencia. 

Así se dice se desarrajó, en vez de se descerrajó en in- 
jurias, por desatarse en injurias, o excederse en profe- 
rir injurias. 

Los dos primeros usos de descerrajar se hallan espre- 
samente autorizados por el Diccionario de la Aca- 
demia. 

Los dos últimos no lo están; pero, como son figuras 
que ocurren mui a menudo, i han obtenido, por lo tanto, 
una especie de sanción popular, no veo motivo para 
rechazarlos. 

Lo que sí no puede tolerarse es el empleo de desarra- 
jar por descerrajar. 

Don Ramón de la Cruz en el saínete titulado El 
Mercader Vendido, pajina 8, columna 2, edición 
de Madrid,i843, ofrece un ejemplo de descerrajar em- 
pleado en su acepción primitiva. 



— i67 — 
Hé aquí lo que pone en boca de T^bio. 

Sí; luego que usted salió, 
vinieron allí mis amos, 
i las llaves i papeles 
cojieron, descerrajando 
la papelera 

En Chile, i en otros países de América, muchos 
habrían dicho malamente desarr ajando. 

Don Joaquín i don Hipólito son dos personajes de 
la comedia de Bretón de los Herreros, titulada 
Me voi de Madrid, los cuales, en el acto 3, escena 15, 
traban un chistoso diálogo de que forman parte los 
siguientes versos: 

Don Joaquín. 

Pero si fui desahuciado 
¿a qué hora esos escrúpulos? 
Antes debiera usted darme 
las gracias 

Don Hipólito 

¡Yo! 

Don Joaquín 

Por el triunfo 
que yo le proporcioné 
tan a costa de mi orgullo: 



Don Hipólito 

I la dañada intención? 

a perfidia, el abuso 
de confianza, las injurias 
que ese labio atroz, perjuro, 
descerrajó contra mi? 



4 



Aquí se tiene un ejemplo del verbo descerrajar em- 



— i68 — 

pleado en la cuarta de las acepciones antes enumera- 
das, esto es, en su acepción figurada mas atrevida, 
mas apartada de la primitiva. 

En Chile, i en otros países de América, muchos ha- 
brían dicho malamente desarrajóy en vez de descerrajó. 

Desarrollar, Desarrollo 

Don Rafael María Baralt trae, en el Diccionario 
DE Galicismos, el artículo que, para mayor claridad 
de lo que voi a esponer, copio a continuación: 

«En ciertos usos de este vocablo {desarrollo), no hai 
galicismo, sino impropiedad. 

«No hai galicismo, porque desarrollo, aunque vo- 
cablo moderno (el Diccionario de la Academia, pri- 
mera edición, no lo menciona) es lejítimo derivado de 
desarrollar o desenrollar;! los franceses no tienen nin- 
gún vocablo de estructura idéntica, ni análoga, para 
espresar el concepto que envuelve. 

«I hai impropiedad, porque le hacemos en ocasiones 
sinónimo de desenvolvimiento, que es el développement 
francés en buena i castiza traducción. 

<fDesarrollo es la acción i efecto de desarrollar i de^ 
sarr ollar se, esto es, de deseo jer lo que está arrollado, 
deshacer un rollo: i también de adquirir gradualmen- 
te los animales i las plantas incremento i vigor. I así 
decimos: 

<iDesarrollo de una tela, de una cuerda, de un cable, etc. 

4fEl desarrollo de este buei, de esta encina, es admi- 
rable. 

^(Desenvolvimiento es: 

«i.^ El acto de desenvolver o desenvolverse, esto es, 
de descojer lo que está envuelto, de quitar la envol- 
tura a alguna cosa. I nótese de paso, porque importa. 



— 169 — 

que no es lo mismo una envoltura que un rolloy ni 
estar arrollado, que estar envuelto. 

«2.0 Incremento, perfeccionamiento gradual de las 
facultades intelectuales i morales. Verbigracia: 

«Desenvolvimiento de la , intelijencia, del ánimo y del 
carácter, 

«El desenvolvimiento interno de nuestras facultades, 
i el desarrollo de nuestros órganos, es la educación 
natural. 

«3.0 Esposición individuada (por oposición a la su- 
cinta) de una proposición, tesis, idea, etc. Verbi- 
gracia: 

«Desenvolvimiento de un sistema; asunto que requiere 
serios i maduros desenvolvimientos, 

«4.^ Movimiento progresivo del espíritu humano i 
de las obras de injenio. Verbigracia: 

«Desenvolvimiento de los estudios; desenvolvimiento 
de un poema; de una novela; desenvolvimiento del plan, 
de la intriga, de los caracteres en una composición dra- 
mática. 

«^P Amplitud i desembarazo en la postura, ropajes, 
i demás en las figuras, en lenguaje técnico de nobles 
artes. Verbigracia: 

«Esta estatua tiene desenvolvimientos admirables. 

iéP Aclaración de alguna cosa que está oscura o 
enredada. Verbigracia: 

desenvolvimiento de una cuenta, de un negocio, etc., 
desenvolvimiento de las historias eclesiásticas. 

<(£nfín^ desarrollo se aplica a las cosas materiales; 
desenvolvimiento a las intelectuales i morales. Con- 
fundir estos dos vocablos es empobrecer la lengua 
reduciéndola a la condición de la francesa, la cual no 
tiene mas que dáveloppement para espresar los refe- 
ridos conceptos; i así dice: 



— I70 — 

^Dévoloppement du pouls, d'une tumeur (incremento, 
aumento, desarrollo del pulso, de im tumor); 

Développement d'une fleur, d'un fruit, d*un arbre (de- 
sarrollo de una flor, de una fruta, de un árbol); 

Développement d'une tapisserie (desarrollo de una ta- 
picería); i finalmente, 

Développement de Vintelligence (desenvolvimiento de 
la intelijencia). 

«Si hemos de usar, viciosamente en mi sentir, de una 
manera promiscua los dos vocablos, forzosamente he- 
mos de hacer sinónimas también entre sí las radicales 
de que proceden; i en tal caso, tendremos que desenvol- 
ver es lo mismo que desarrollar^ i lo mismo envoltura 
que roüOj i lo mismo desarrollado que desenvuelto. 

«Véase sin embargo, lo que va de adjetivo a adjetivo 
en estas frases: 

« — Es un niño mui desarrollado. — Es un niño mui 
desenvuelto — 

«La diferencia entre los dos vocablos es patente». 

Empezaré por hacer notar que son numerosos los 
maestros del idioma que, contraía doctrina asentada 
por Baralt en el artículo que acaba de leerse, han apli- 
cado el verbo desarrollar i el sustantivo desarrollo a las 
cosas intelectuales i morales. 

Tengo a la vista una obra titulada Juicio Crítico 
DE DON Leandro Fernández de Moratín por don 
José de la Revilla. 

Esta obra fué premiada por la Real Academia Se- 
villana de buenas letras en 6 de enero de 1833, i publi- 
cada en Sevilla en octubre del mismo año. 

Se encuentran en ella los siguientes pasajes. 

«Estas fábulas, filosóficamente meditadas por un 
autor empapado en la literatura clásica, comienzan 
desde el momento crítico, en que principia a crecer el 



— 171 — 

interés de la acción, evitando los dos escollos en que 
se tropieza fácilmente, i consisten: o bien en amonto- 
nar i sofocar unos con otros los incidentes para Atsa- 
rroUar aquella, o bien en tener que valerse de una do- 
ble acción para llenar el espacio que la principal deja 
vacío en el caso contrario», (pajina 43). 

«Las comedias de Moratín, aunque sujetas al rigo- 
rismo de las unidades llamadas clásicas, no se resienten 
de la violencia del yugo que' éstas imponen, ni el plan 
esperimenta obstáculo alguno en su desarrollo progre- 
sivo», (pajina III). 

«Examínense con detenimiento los planes que supo 
formar Moratín, i tan solo se verá en ellos lo absolu- 
tamente necesario al desarrollo de la fábula, i al com- 
plemento del objeto cómico i moral que se propuso 
este autor», (pajina 129). 

«No debe nunca olvidarse que, entre los personajes 
de Moliere i los de Moratín, media una notable dife- 
rencia, pues los del poeta español no se valen de ju- 
guetes de escenas para tomar mas ensanches, ni se 
echa de ver en ellos, como en los del francés, el 
empeño de violentar las situaciones para que se desa- 
rroUen mas desembarazadamente, ni se advierte que 
rayen en estra vagancias pueriles i en arlequinadas con 
el solo objeto de excitar la risa», (pajina 142). 

Don Juan Eujenio Hartzenbusch leyó el año* 1847, 
en el acto de su recepción como individuo de número 
de la Real Academia Española, un discurso Sobre los 

CARACTERES DISTINTIVOS DE LAS OBRAS DRAMÁTICAS 

DE DON Juan Rüiz de Alarcón. .:] 

Ese discurso, que corre impreso en sus Obras Ésco- 
jiDAS, tomo 49 de la Colección de los mejores au- 
tores ESPAÑOLES, edición de París, 1876, contiene los 
dos pasajes que van a leerse: 



— 172 — 

«Justo es confesar desde luego que el título de algu- 
na comedia de Alarcón promete mas de lo que la obra 
cumple, como sucede en La culpa busca la pena, i 
en No HAi MAL QUE POR BIEN NO VENGA, en otras el 
pensamiento se desarrolla en una fábula sobrado nove- 
lesca i recargada de incidentes, en medio de los cuales 
desaparece aquel pensamiento, como sucede en la de 
Ganar amigos, que, sin embargo, es bellísima.» (paji- 
na 390, columna 2 .») .. ^ 

«Feliz Alarcón en la pintura de los caracteres cómi- 
cos para castigar en ellos el vicio, como en la inven- 
ción i desarrollo de los coractéres heroicos para hacer 
la virtud adorable; rápido en la acción, sobrio en los 
ornatos poéticos, inferior a Lope en ternura respecto a 
los papeles de mujer, a Moreto en viveza cómica, a 
Tirso en travesura, a Calderón en grandeza i en habili- 
dad para los efectos teatrales, aventaja sin escepción a 
todos en la variedad i perfección de las figuras, en el 
tino para manejarlas, en la igualdad del estilo, en el 
esmero de la versificación, en la corrección del lengua- 
je». (pajina 391, columna 2 *) 

Ha de saberse que Hartzenbusch es el autor del pró- 
logo que encabeza el Diccionario de galicismos por 
don Rafael María Baralt. 

Don Manuel Cañete leyó el 28 de setiembre de 1862 
para solemnizar el aniversario de la Academia Espa- 
ñola, un mui bien elaborado discurso sobre El drama 

RELIJIOSO ESPAÑOL ANTES I DESPUÉS DE LOPE DEVeGA, 

el cual está inserto en las Memorias de la Real Aca- 
demia Española, tomo i.<>, pajinas 368 i siguientes. 

Léanse estos pasajes. 

«Lo mismo en la antigüedad, que en la edad media, 
cuna del drama moderno, el teatro ha nacido i se ha 
desarrollado en el seno de la relijióm. (pajina 379). 



— 173 — 

«La escasez de documentos para apreciar debida- 
mente la marcha i gradual desarrollo del teatro sacro 
en los siglos XIII i XIV, me induce a fijar los ojos 
en tiempos mas cercanos i conocidos», (pajinas 375 i 

376). 
.«La parábola del Padre de familia que manda 
OBREROS A su VIÑA Se representó en Toledo por la 
santa iglesia en la fiesta del santísimo sacramento el 
año de 1548; i a fe de que no se hallará fácilmente mo- 
do mas natural i sendUo de desarrollar la acción sin 
apartarse de la sagrada escritura», (pajinas 380 i 

381). 

«Én breves rasgos, porque su obra no consentía, ni 
necesitaba mayor desarrollo pinta el dramático reli- 
jioso, estrictamente ceñido a las palabras del evanje- 
lio, el inefable contento del ciego al ver la luz», (pa- 
jina 383). 

«Volved, señores académicos, volved los ojos a lo 
pasado, i veréis de qué suerte, a medida que la come- 
dia^profana se desarrolla i perfecciona en Lope de Ve- 
ga, en Tirso, en Alarcón, en Calderón, en Moreto, el 
drama relijioso se desarrolla i perfecciona también, i 
llega a producir obras maestras del mas esmerado arti- 
ficio», (pajina 397). 

Don Antonio Ferrer del Rio, en una Necrolojía 
DE DON Antonio Jil de Zarate, que se imprimió en 
las Memorias de la Academia Española, tomo i.o, 
pajinas 413 i siguientes, dice entre otras cosas, lo que 
vá a leerse: 

iDesde 1843, i como jefe de sección, Jil de Zarate 
tuvo en la formación de las leyes orgánicas mui hon- 
rosa parte, i la mas principal en el desarrollo de la ins- 
trucción pública, entrada desde 1845, en una nueva 
era por virtud de un plaíi mas o menos combatido, i 



— 174 — 

mas o menos alterado desde entonces, aunque no en 
la parte esencial i consistente en la creación del profe- 
sorado», (pajina 419). 

Don Francisco de Paula Canalejas leyó el 28 de no- 
viembre de 1869, al ocupar su asiento de académico, 
un discurso que puede consultarse en las Memorias 
DE LA Academia Española, tomo 2.0, pajinas 16 i 
siguientes, i en el cual se encuentran los pasajes que 
reproduzco en seguida por hacer a mi propósito. 

«Una sola gramática, i un solo léxico, existe, i ha 
existido, crece i se desarrolla en la historia de las razas 
indo-europeas o jaf éticas hasta la edad moderna; i la 
sucesión de las diversas lenguas habladas i escritas pof 
los pueblos pertenecientes a esta raza, atestigua el pro- 
gresivo desarrollo de las facultades del hombre i su 
creciente aptitud para decir la verdad i para espresar 
la belleza», (pajina 19). 

«Constituyen los idiomas la espresión jeneral del 
espíritu humano i de las leyes divinas que radican en 
el fondo de este espíritu del hombre», (pajina 20), 

«Al notar este no interrumpido desarrollo de un 
mismo tipo gramatical, con lo qué todo se acaudala i 
acredita, surje la duda de si, en sus caracteres jenera- 
les, o en sus condiciones específicas, han dej enerado 
las lenguas», (pajina 45). 

«Creo, con Max-Müller que la renovación dialec- 
tal es uno de los medios mas eficaces para la conser- 
vación i desarrollo de los idiomas», (pajina 51). 

El académico que contestó a Canalejas fué don Juan 
Valera, en cuyo discurso se lee la siguiente frase: 

Los racionalistas se han esforzado «en prolongar la 
historia a fin de esplicar por un progreso lento i 
constante el desarrollo de la civilización», (pajina 103). 

El conde de Cheste, don Juan de la Pezuela i Ce- 



— 175 — 

bailes, en un Elojio Fúnebre de don Ventura de la 
Vega, leído el 23 de febrero de 1866, e inserto en las 
Memorias de la Academia Española, tomo 2.°, pa- 
jinas 434 i siguientes, escribe lo que se reproduce a 
continuación: 

«De 1824 datan, aquella asidua asistencia al café 
de Venecia primero, i al de Príncipe después, que. de 
nosotros tomó el nombre gráfico de* El Parnasillo, i 
aquellas reuniones' en casa del entusiasta arquitecto 
don Francisco Mariátegui, i del bondadoso caballerizo 
del reí don Quirico de Aristizábal, en donde empeza- 
ron a desarrollarse nuestros afectos de hombres i nues- 
tras inclinaciones respectivas», (pajina 441). 

Don Leopoldo Augusto de Cueto leyó el 4 de marzo 
de 1866 un Discurso Necrolójico Literario en 
ELOjio DEL DUQUE DE RiVAs, que corre impreso en 
las Memorias de la Academia Española, tomo 2p, 
pajinas 498 i siguientes, i en el cual se encuentran las 
frases copiadas a continuación: 

«Juzgar el verdadero valor literario; las tendencias 
i vicisitudes del gusto; el orijen, la intensidad, el arran- 
que i la espontaneidad del estro de un poeta contem- 
poráneo, jpuede haber nada, al parecer, mas sencillo 
i mas hacedero? Con él hemos vivido i pensado; con 
él hemos estudiado i discutido; hemos asistido, por 
decirlo así, a la formación; desarrollo i manifestación 

artística de sus ideas » (pajinas 500 

i 501). 

«Dios permitió que se abriera camino en un mun- 
do remoto e ignorado esta misma civilización, única 
grande i verdadera, porque es la única que desarrolla 
i glorifica los dos impulsos mas nobles i fecundos que 
encierra el alma humana: la caridad i la Hbertad». 
(pajina 539). 



— 176 — 

Don Manuel Sil vela leyó el 25 de marzo de 187 1 un 
discurso de recepción que trata De la influencia 

EJERCIDA EN EL IDIOMA I EN EL TEATRO ESPAÑOL POR 
LA ESCUELA CLÁSICA QUE FLORECIÓ DESDE MEDIADOS 

DEL POSTRERO SIGLO, discurso que puede ser consul- 
tado en las Memorias de la Academia Española, 
tomo 3.0, pajinas 259 i siguientes, i en el cual se en- 
cuentran estos pasajes: 

«Emprendida la carrera del derecho, mas que por 
voluntad, por consejo de mi amadísimo padre don 
Francisco Agustín Silvela, hallé ocasión natural de 
aprender en sus Estudios Prácticos de administra- 
ción, esa ciencia de los tiempos modernos, que, en 
verdad, no podía desarrollarse en épocas antiguas, en 
que los ciudadanos delegaban todos sus derechos, i, lo 
que es peor, no poco de sus deberes, en un monarca 
absoluto», (pajinas 260 i 261). 

«Aplicado el drama griego a asuntos de la antigüe- 
dad, solo perciben sus bellezas los eruditos; i el 
público, en jeneral presencia con asombro i disgusto 
el desarrollo i el choque de pasiones que desconoce o 
condena», (pajina 279). 

Me parece que los maestros del idioma que acabo 
de nombrar, i otros que podrían citarse, tienen sufi- 
ciente autoridad para fijar el significado de xma pa- 
labra. 

Así, en mi concepto, pueden aplicarse, contra lo 
que Baralt pretende, el verbo desarrollarse i el sus- 
tantivo desarrollo a las operaciones intelectuales i mo- 
rales, como lo han practicado Revilla, Hartzembusch, 
Cañete, Ferrer del Rio, Canalejas, Valera, Cueto i 
Silvela. 

I adviértase que el caso de desarrollar no es el de 
apercibir. 



— 177 — 

Ciertamente hai escritores de nota (í yo mismo he 
mencionado algunos) que han dado al segundo de 
estos verbos la acepción de ver, advertir, percibir; pero 
son muchos mas los que no se la han dado. 
^ Por esto, el Diccionario de la Academia no ha 
autorizado esa acepción viciosa, mientras que aprueba 
el que se diga desarrollar, tratándose de operaciones 
intelectuales i morales, i el que se tenga por equiva- 
lente de desenvolver. 

Léase el artículo que el Diccionario de 1884 des- 
tina a desarrollar. 

^^Desarrollar. Verbo activo. Descojer lo que está arro- 
llado, deshacer un rollo. Úsase también como recí- 
proco. — Figurado. Esplicar una teoría i llevarla hasta 
sus últimas consecuencias. — Matemáticas. Deducir 
del cálculo, por medio de las necesarias operaciones, 
la fórmula que se busca. — Verbo recíproco. Adquirir 
gradualmente los animales i ve jétales incremento i 
vigor». 

Las acepciones 2.» i 3.% que no venían en la undé- 
cima edición de 1869, denotan operaciones intelec- 
tuales. 

No puede entonces haber el menor inconveniente 
para aplicar por estensión el verbo desarrollar a otras 
operaciones intelectuales o morales enteramente aná- 
logas, como lo han ejecutado los ilustres escritores 
antes mencionados. 

Léase el artículo que el Diccionario de 1884 des- 
tina a desenvolver. 

^Desenvolver. Verbo activo. Desarrollar, descojer lo 
envuelto o arrollado. — Figurado. Descifrar, descubrir, 
o aclarar una cosa que estaba oscura o enredada: — de- 
senvolver una cuenta, un negocio. — Anticuado Ajilitar. 

amumáteÍ^ui.— T. n 12 



-178- 

— Verbo recíproco. Figurado. Desenredar, última 
acepción», 

Baralt admite que desenvolver puede usarse en los 
casos que marca con los números 2, 3, 4, 5 i 6. 

Nótese de paso que el Diccionario de la Acade- 
mia no acepta (sin razón, a mi ajuicio, porque desen- 
volver puede recibir significados metafóricos o figura- 
dos) varias de esas acepciones que el riguroso Baralt 
asigna a ese verbo sin dificultad. 

Hecha la precedente observación, continúo mi razo- 
namiento. 

Si, según la Academia, desarrollar i desenvolver son 
verbos equivalentes, es claro que, hablando en jeneral, 
i- esceptuadas las acepciones especiales en que se 
toman, pueden ser empleados indistintamente. 

Nó, dice Baralt, porque, si así fuera, tendríamos 
que envoltura es lo mismo que rollo i desenvuelto lo 
mismo que desarrollado. 

Tal objeción no tiene ninguna fuerza. 

Sin duda alguna, envoltura i rollo, en lo material, 
son cosas mui diferentes; pero los sustantivos desen- 
volvimiento i desarrollo, i los verbos afines, cuando se 
usan figuradamente, no se ajustan con estrictez al 
significado propio i concreto de sus primitivos. '^ 

Este fenómeno gramatical es bastante común. 

En una de las apuntaciones precedentes, he llama- 
do la atención sobre en ejemplo notable de esto, tra- 
tando del verbo descerrajar, el cual, después de sig- 
nificar orijinariamente romper con violencia una ce- 
rradura, ha llegado a espresar el exceso en las injurias. 

Esta modificación de significado en el verbo desce- 
rrajar, al pasar del sentido propio al figurado es mu- 
cho mayor i mas atrevida, que la del significado de 



— 179 — 

desarrollar o de desenvolver cuando se emplean metafó- 
ricamente. 

Locuciones tales como el desarrollo o el desenvolvi- 
miento de una institución^ de una sociedad ^ de un argu- 
mento novelesco o dramático ^ de un idioma, de una tesis, 
etc., etc., despiertan en la mente la idea, no de la forma 
peculiar a un rollo o a una envoltura, sino de algo que, 
habiendo empezado por ser una concepción, por estar 
concentrado, por estar inmóvil, por ser un simple 
jermen, va esplanándose, creciendo, trasformándose, 
manifestando ciertas consecuencias, produciendo cier- 
tos resultados, entrando en movimiento, dándose a 
conocer en todos sus pormenores. 

El apoyo que Baralt ha creido encontrar en la dife- 
rencia de significación, de los adjetivos desarrollado i 
desenvuelto, es sumamente frájil. 

Desarrollar i desenvolver tienen cada uno distintas 
acepciones, entre los cuales algunas les son comunes, 
i otras no. 

Precisamente los dos adjetivos citados se refieren a 
acepciones de la segunda clase, i no de la primera. 

Desarrollado corresponde a la acepción peculiar de 
desarrollar en la cual este verbo equivale a «adquirir 
gradualmente los animales i vejetales, incremento i 
vigor». 

Desenvuelto corresponde a la acepción privativa de 
desenvolver en la cual este verbo equivale a «desem- 
pachar, o sea a perder el empacho o encojimiento».. 

Así el que desarrollado i desenvuelto tengan signifi- 
cados diferentes no impide que desarrollar i desenvolver 
tengan otras acepciones en que puedan usarse indis- 
tintamente el uno por el otro (i). 



(i) La Academia- en la 13.» edición del Diccionario ha confirmado la 
opinión del autor de tstd^% Apuntaciones, ásmáo a. desarrollar, entreoirás 
acepciones, la de «acrecentar, dar incremento a una cosa del orden físico, in- 
telectual o moral*. 



i8o — 



Desastre 



Todos los individuos de habla castellana usamos 
actualmente este sustantivo en la acepción de «des- 
gracia grande, suceso infeliz i lamentable» sin tener 
para nada presente su orí jen. 

Mientras tanto, desastre, que etimolójicamente sig- 
nifica algo como astro adverso^ es una huella que ha 
dejado estampada en la lengua la añeja, i ya casi por 
completo estinguida superstición de la influencia pro- 
picia o funesta de las estrellas en la suerte humana. 

La palabra mencionada, es ima de las muchas prue- 
bas que pueden aducirse para manifestar cuan pronto 
se olvidan los significados orijinarios. 

A pesar de lo espuesto, desastre puede seguirse i se 
seguirá empleando sin el menor inconveniente. 

Muí pocas de las personas que lo usan, i mui pocas 
de las que lo oyen, traen a la memoria su orijen. 

Lo malo es cuando se emplean palabras cuyo sig- 
nificado mui claro i mui perceptible se encuentra en 
la mas completa contradicción con aquello a que se 
aplica. 

Una de ellas, verbigracia, es ceniza para denotar los 
residuos o los restos de un cadáver. 

Tal palabra era propia en los pueblos de la antigüe- 
dad, que quemaban los muertos para conservar sus 
restos en urnas; pero no en los de la edad moderna, 
que los entregan a la tierra. 

Llamar a esto ceniza es hacer que la palabra sea 
patentemente contraria al hecho designado por ella. 

Otro de los vocablos a que aludo es, verbigracia, 
agostar. 

Léase la siguiente composición puesta en un álbum 
por el insigne Don Manuel José Quintana. 



— l8i — 

Obedezco, i mi nombre en este pliego 
pongo con mano incierta i temerosa, 
porque versos escritos a una hermosa, 
otra edad necesitan i otro fuego. 

Viniera a mí tan poderoso ruego 
,: al tiempo de mis años juveniles, 

cuando, al brillante sol de Andalucía, 
en mí algún rayo de entusiasmo ardía . 

Mas, ya agobiado con setenta abriles, 
¡pudiera yo cantar, i en versos bellos 
dar mi feudo poético a Dolores 
tal que la luz se reflejase en ellos! 

Es imposible: en vano de las Musas 
implorara el favor: ellas lo niegan; 
i a cláusulas discordes i confusas, 
mi ya exánime acento al fin entregan. 

Vírjenes son; cual vírjenes lozanas 
a la vejez se muestran desdeñosas, 
. de la vista de Saturno huyen 
que agosta i quema sin piedad las rosas. 

Se ve que agostar está empleado en la acepción de 
secar i abrasar el excesivo calor las plantas. 

Don Manuel Bretón de los Herreros, en La Fami- 
lia DEL BOTICARIO, acto úníco, escena lo, esplica en 
las siguientes estrofas, que pone en boca de una niña 
candorosa, el orijen de este verbo agostar. 

Era la noche. Luciana 
yacía en sueño inocente, 
cuando un hombre de repente 
se aparece en su ventana. 

Salta con fatal denuedo; 
tiembla la joven sencilla; 
va a gritar la pobrecilla 
i embarga su voz .... el miedo. 

Desde aquella noche fiera, 
^ ; quedó mustia i sin color, 

como en agosto la flor, 
que pintó la primavera. 



— ¡Ai! A mi amargura cedo: 

ya mi dicha se acabó; 

dijo Luciana; i murió 

¿De qué dirías ? De miedo. 

Resulta que agostar como la forma misma de la pa- 
labra lo está indicando, proviene de agosto, porque, 
durante este mes, el calor excesivo en España, quema 
i abrasa las ñores i las plantas. 

Mientras tanto, ese mismo mes es uno de los de 
rigoroso invierno en Chile. 

¿Cómo los poetas chilenos pueden entonces decir 
que «el calor agosta las plantasí>; o bien que «las flores 
se agostan^t 

I si así lo dicen, un hecho incontestable esperimen- 
tado por todos los desmiente. 

La palabra pugna con una realidad que nadie osaría 
negar. 

DesatorniUador 

Tal es el nombre que se da en Chile al instrumento 
que el Diccionario de la Real Academia Española 
llama destornillador, esto es, al «instrumento de hierro 
u otra materia que sirve para destornillar». 

El Diccionario dice que destornillar significa «des- 
hacer las vueltas de un tornillo para sacarlo o aflojar- 
lo»; i que, en su lugar, puede usarse desentornillar. 

Agrega en el Suplemento que también puede em- 
plearse desatornillar. 

Sin embargo, no autoriza los sustantivos afines de- 
sentornillador i desatornillador, los cuales serían ente- 
ramente análogos por la formación a destornillador. 



j 

J 



- 183- 



Desaterrar 



El CÓDIGO Chileno de Minería de 1874 contiene 
una disposición que dice así: 

Artículo 120. «El dueño de una mina cuyas labores 
mas profundas se hubieren aterrado , tiene obligación de 
desaterrarla hasta facilitar la esplotación de dichas la- 
bores bajo la pena, por primera vez, de pagar una 
multa de ciento a quinientos pesos; i por la segunda, de 
perder la mina si no principiare o concluyere los tra- 
bajos dentro del plazo que le señalare el gobernador 
previo reconocimiento e informe delinjeniero. 

«Si por no mantener debidamente habilitados los 
trabajos de desagüe, alguna mina inferior sufriere 
perjuicios estará obligado a indemnizarlos a tasación 
de peritos>\ 

Haré notar de paso que este artículo usa la palabra 
Perjuicios en el sentido que algunos desearían que se 
atribuyese esclusivamente a daños ^ como lo he mani- 
festado en la apuntación que he destinado anterior- 
mente a estos dos vocablos. 

El Diccionario de la Real Academia Española 
no trae el verbo desaterrar. 

En cuanto a aterrar ^ no le da precisamente el sig- 
nificado que tiene en el artículo copiado del Código 
CmLENO DE Minería. 

Véase lo que el Diccionario enseña acerca de este 
verbos 

^Aterrar. Verbo activo. Echar por tierra — Minería. 
Echar los escombros i escorias en los terreros.-^/?^cí- 
proco. Marina. Arrimarse los bajeles a tierra». 

Como he dicho, la segunda de estas acepciones no 
equivale exactamente a estar una labor minera llena 



de tierra u otras materias; pero, según se practica en 
tantos otros casos análogos, no hai inconveniente para 
darle la ostensión mencionada. 

Si puede justificarse el uso de aterrar en el sentido 
que el artículo 120 le asigna^ ha de aceptarse el com- 
puesto desaterrar, que es necesario. 

Es preciso advertir que hai dos verbos aterrar: el 
uno derivado de tierra, que es aquel de que he hablado 
i el otro derivado de terror. 

El primero, i por lo tanto, desaterrar, toman una 
i antes de la ^ en las tres personas del singular i en 
la tercera de plural de los presentes de indicativo i de 
subjuntivo, i en el singular del imperativo. 

El segundo es completamente regular. 

Así, tratándose de minas, habrá de decirse atierro, 
i no aterro, desatierro, i no desaterro. 

Los chilenos emplean desatierre como sustantivo 
afín de desaterrar en la acepción minera. 

Esta significación dada a desatierre se conforma per- 
fectamente con la que, según el Diccionario de la 
Academia, tiene atierre, a saber: «zafras o escombros 
que impiden trabajar en los sitios de labor de las 
minas». 

El artículo 8, título 9 de las Ordenanzas de Mine- 
ría espedidas en Aranjuez el 22 de mayo de 1783 por 
elrei de España i su ministro don José de Gálvez, 
dice así: 

Artículo 8. ^Ordeno i mando que las minas se con- 
serven limpias i desahogadas; i que sus labores útiles o 
necesarias para la comunicación de los aires, camino i 
estracción del metal u otras cosas^ aunque ya no ten- 
gan mas mineral que el de los pilares o intermedios, no 
se ocupen con los atierres i tepetates, pues éjtos se han 
de sacar fuera, i echarse en el terrero de su propia per- 



-i85- 

tenencia; pero de ninguna manera en la ajena sin per- 
miso i consentimiento de su dueño». 

Se ve que este artículo emplea atierre en el mismo 
sentido que el Diccionario le señala. 

Dados estos antecedentes, no se descubre el moti- 
vo que habría para reprobar el sentido correspondien- 
te que, en Chile, se acostumbra asignar al compuesto 
desatierre. 

Mientras tanto, el Diccionario de la Academia 
llama desatierre^ no la acción i efecto de estraer de las 
labores de minas la tierra i otras materias, sino el 
«vaciadero o depósito de escombros ^ producidos por 
las escavaciones de las miiias». 

El Diccionario de 1887 que trae esta palabra por 
la primera vez, advierte que es americanismo. 

Acaba de verse que el artículo 8, título 9, de las 
Ordenanzas de minería de 1783 dan a este depósito 
de escombros mineros el nombre de terrero, 

Don José Bernardo Lira hace otro tanto en la obra 
titulada EsposiciÓN de las leyes de minería de 
Chile pajina 121. 

Efectivamente el Diccionario de la Academia 
coloca, entre las acepciones de terrero, la de «depósito 
de pedruscos inútiles sacados de una mina». 

No faltan quienes, en Chile, digan, en vez de terrero, 
desechadero. 

Sin embargo, don José Bernardo Lira, en la obra 
citada, pajina 120, dice que «desmontes o desechaderos 
son las piedras estériles, o sin suñciente lei que se bo- 
tan, porque no se puede, o no conviene beneficiarlas». 

Ha de saberse que el Diccionario de la Academia 
no ha admitido hasta ahora el vocablo desechadero, 
el cual, en todo caso, si atendemos a su desinencia, 
debería denotar, no desmontes, como dice Lira, sino el 



— i«6 — 

lugar donde se acopian los desmontes o las piedras es- 
tériles i sin suficiente lei. 

Desaveniencia 

El artículo 13 de un reglamento para la provisión 
de artículos navales i de víveres frescos i secos desti- 
nados al consumo de la armada nacional, que el pre- 
sidente de Chile espidió en 18 de enero de 1884. di<^^ 
así: 

Artículo 13. «Las dificultades o desaveniencias que 
surjan de la ejecución del contrato serán resueltas por 
el comandante jeneral de marina sin ulterior recurso, i 
el proveedor deberá renunciar desde luego a toda ape- 
lación de sus decisiones». 

La palabra es desavenencia ^ i no desaveniencia. 

Son mui pocas las personas medianamente instrui- 
das de nuestro país que cometen esta falta de lengua- 
je, i otras análogas. 

Hace algunos años se decía amenudo, verbigracia, 
supliente en vez de suplente. 

El artículo i.^ de la lei de 30 de diciembre de 1823 
se espresa así: 

Artículo I.'' «El actual congreso constituyente nom- 
brará provisoriamente, i para solo el año de 1824, l<>s 
individuos que componen el senado, i cuatro su- 
plientes». 

El artículo 9 de la misma lei se espresa así: 

Artículo 9. «Luego que se despachen los boletines, 
se convocarán asambleas electorales en cada delega- 
ción para que éstas elijan su representante i supliente 
al consejo departamental^. 

Algunos mas, pero de todas maneras mui pocos, son 
los que en el dia dicen diferiencia por diferencia. 

Este último es un resabio en que incurren, no solo 



- 187 - 

algunos chilenos, i algunos otros españoles americanos, 
sino también algunos peninsulares. 

Se hizo culpable de él nada menos que don Juan 
José López Sedaño, el colector del Parnaso Español, 
en la crítica del Arte Poética de Horacio traducida 
por don Tomás de Iriarte que Sedaño publicó al fin 
del tomo 9. 

Léaselo que el dicho Iriarte escribió sobre este pun- 
to en su diálogo Donde las dan las toman. (Obras, 
tomo 6, pajinas 121 i 122, edición de Madrid, 1787). 

Don Cándido 

«Oigan ustedes lo que sale aquí en este parrafito que 
se sigue: — Lo mismo con poca diferiencia se puede 
decir en cuanto a los defectos que nota a los referidos 
traductores sobre la exactitud, propiedad de frases i 
pureza de lenguaje, todo procedido de la ya repetida 
sumisión a su soberana consonancia, la que le hace dar 
en tantos precipicios, como son, por ejemplo — 

«Aguarde usted, que antes de pasar adelante, quie- 
ro hacer (entre paréntesis) una Ujera glosa sobre esta 
palabra diferiencia^ que usa ahí el señor parnasista. 
Cuando había en Madrid bailes públicos de máscara, 
la señal mas segura para distinguir, aun con la careta 
puesta, la jente de modo de la que llaman del bronce, 
era observar, al bailar las contradanzas francesas, i 
hacer aquella figura que se conoce con el nombre de la 
diferencia^ quien decía: hagamos la diferencia, i quien 
hagamos la diferiencia. De este último modo, se espli- 
caba, por regla jeneral, toda máscara de los barrios del 
Avapiés, el Barquillo, las Maravillas, i sus adyacen- 
cias; al contrario de la jente decente i de buena edu- 
cación, que siempre decía diferencia. En un caballero 



— i8S — 

distinguido, i en un escritor público, como lo es el se- 
ñor Sedaño, se me ha hecho mas estraña esta palabri- 
ta. En otro no la repararía». 

Don Mariano José de Larra ha introducido en la 
comedia Partir a tiempo, acto único, escena i.» un 
diálogo entre un tío i una sobrina, diálogo de que copio, 
por ser oportuno, el siguiente trozo. 

Don Cosme González 

«... .Los amigos me dijeron: — González, cásate. Los 
amigos siempre aconsejan esas cosas. Doi en pensarlo; 
i al cabo un dia, veo a una muchacha. ¡Voto va! — Esta, 
dije para mí, ésta. — Por desgracia era la hija de una 
condesa:. .. familia interminable, la mas encopetada 
que se paseaba por el Prado. 

Isabel 

«Era cosa de desesperarse. 

Don Cosme 

«Yo lo creo; pero de allí a poco averiguo que era una 
casa arruinada; el padre emigrado, perseguido; ya se 

ve: liberal el año veinte i cinco; confiscado por 

Calomarde. — Animo! dije yo. Esta es la mia. Hable el 
dinero .-^I habló: toma! si habló, mejor que un procu- 
rador. Se discutió mi petición, i resultó algo de la dis- 
cusión porque de allí a poco nos casamos. Entonces co- 
nocí lo que valía el dinero. Abrí mi caja; i contemplan- 
do por un lado mi mujer; por otro mis doblones. — 
¡Viva el presupuesto! esclamé. Otros se andan rom- 
piendo los cascos para encontrar la felicidad; yo eché 
por el atajo; la compré. Sí, señor: la muchacha mas 
bonita i mas amable de Madrid. 



«Sí por cierto. 



— 189 — 

Isabel 

Don Cosme 



«¿No es verdad? ¡Qué talento, hombre! I luego ha 
tenido la bondad de amarme i hacerme feliz. Solo una 
cosa me incomodaba al principio. Yo no había de votar, 
no había de jurar, no había de decir diferienoia, sino 
diferencia. ¡Vea usted ahoral ¿No soi yo el que hablo? 
¿No tengo dinero? I si alguna vez se me escapaba al- 
guna de esas tonterías, ya tenía encima a mi mujer, i 
a todos esos señorones que la visitan; ¡qué risas! ¡qué 

algazara! ¡Por vida de I» (Obras Completas de 

Fígaro, tomo 4, pajina 391, edición de París, 1883). 

Desbarrancar, desbarranque 

Un decreto espedido por el presidente de Chile en 16 
de abril de 1847, trae, entre otras disposiciones, la 
que sigue: 

Artículo 2. «En los lugares altos, en las cuestas, en 
los puentes, en todo punto estrecho i pendiente donde 
pueda haber riesgo de desbarranque y o causarse algún 
mal a los transeúntes de a pié, o en carruajes, los con- 
ductores ^e los carrflfe se pondrán delante de los bue- 
yes, i los conducirán así hasta que hayan cesado los 
riesgos que se tratan de evitar». 

Desbarranque^ eíi el artículo precedente, se halla em- 
pleado para significar la acción i efecto de hacer caer 
una cosa en un barranco, o en ima quiebra, o sea de 
arrojar algo desde una eminencia o lugar mas alto a 
un lugar mas bajo o profundo. 



— I90 — 

No sé que esta palabra se use en otro país que 
Chile. 

Lo que puedo asegurar es que no viene en el Dic- 
cionario DE LA Academia, el cual la reemplaza por 
despeñadura^ despeñamiento i despeño. 

En nuestro país, se ha formado de desbarranque el 
verbo desbarrancar o desbarrancarse que se usa en el 
significado de precipitar o arrojar una cosa desde un 
lugar alto o peñascoso, desde una eminencia, aunque 
no tenga peñascos. 

Don Andrés Bello en el Orlando Enamorado, can- 
to 7, estrofa 8o, o sea Obras Completas, tomo 3, pa- 
jina 399, ha empleado este verbo desbarrancar. 

Si está Carlos mohino i cabizbajo 
oyendo tal, considerar se deja; 
es tanta la soltura i desparpajo 
de Astolfo, que decir verdad semeja. 
Mirándole Turpín de arriba abajo, 
— «¡Será posible, esclama, que esta oveja ♦ 
se desbarranque?» — «Sí, gran marrullero, 
dice el inglés desbarrancarme quiero*. 

Los españoles europeos han dicho i dicen en este 
sentido despeñar, despeñarse. 

Muí conocidos son los siguientes versos que don Pe- 
dro Calderón de la Barca, en la Vida es sueño, hace 
que una dama dirija a su caballo. 

Hipogrifo violento, 
que corriste parejas con el viento, 
¿dónde, rayo sin llama, 
pájaro sin matiz, pez sin escama,* 
i bruto sin instinto 
natural, al confuso laberinto 
de estas desnudas peñas, 
te desbocas, te aiTastras i despeñas ? 



— 191 — 

Ercilla en La Araucana, canto 5, octava 9, o sea 
tomo i.^, pajina 103, edición de la Academia Espa- 
ñola, se espresa así: 

Con el concierto i orden que en Castilla, 
juegan las cañas en solemne fiesta, 
que parte i desembraza una cuadrilla 
revolviendo la daga al pecho puesta; 
así los nuestros, firmes en la silla, 
llegan hasta el remate de la cuesta, 
i vuelven casi en cerco a retirarse, 
por no poder romper sin despeñarse. 

Don José de Espronceda, en Sancho Saldaña, trae 
las dos frases que van a leerse: 

4Era preciso torcer a un lado, o de lo contrario ¿^5- 
peñarse en aquella sima, que no habría podido saltar el 
trotón de mas lijereza». (Capítulo 3, osea tomo i.^, 
pajina 103, edición de Madrid, 1834). 

«Es cierto, repuso su hermano; podrás tú ausiliarme 
a mí como esta mañana, que, si no es por ti, me despe- 
ña el brioso en aquella sima». (Capítulo 3, o sea tomo 
iPy pajina 78). 

En Chile, además suele darse al sustantivo desba- 
rranqtie el sentido de derramadura, derramamiento o 
derrame^ o sea el de desbordamiento] i al verbo desba- 
trancar, desbarrancarse el de derramar o desbordar. 

Un bando de policía dado por el presidente de Chile 
en 26 de mayo de 1823 contiene la disposición si- 
guiente: 

«Es prohibido desbarrancar las acequias públicas 
para cualquier riego o servicio bajo la multa de diez 
pesos, o, en su defecto, ocho dias de prisión, que se 
aplicará irremisiblemente al poseedor del fundo a que 
echaren las aguas, o a cuyas acequias se incorporaren». 



— 192 — 

Desencareelam ieoto 

Don José Bernardo Lira, en el Prontuario de los 
JUICIOS, Parte Teórica, libro 4, título 2, capítulo 3, 
número 610, se espresa como sigue: 

«Después de la confesión del reo, conviene tratar de 
su desencarcelamiento o libertad bajo de fianza, porque, 
aun cuando éste puede pedirse antes de aquel trámite, 
i desde que se notifica al procesado el auto en que se le 
encarga reo, lo común es que se solicite después de co- 
nocerse por los cargos de la confesión el delito que se 
persigue. 

«Respecto del desencarcelamiento, la regla jen eral es 
concederlo bajo de fianza a los reos de delitos que la 
lei no castiga con pena aflictiva. Sin, embargo, esposi- 
tores hai que, consultando el espíritu de nuestra lejis- 
lación, dejan en esta materia mayor latitud a la pru- 
dente discreción de los jueces. Con efecto, ocurren 
casos en que las condiciones honorables del reo, su po- 
sición social, o algunos otros antecedentes, hacen pre- 
sumir fundadamente que es imposible que pretenda 
fugarse, i dejar burlada a la acción de la justicia. En 
tales casos, el desencarcelamiento parece aconsejado por 
obvias consideraciones de equidad. I, como la deten- 
ción o prisión pueden ser de muchas maneras, pues, 
no solo las cárceles, sino los cuarteles, los hospitales, 
las casas particulares, i hasta una ciudad entera, pue- 
den servir para mantener presos o detenidos a aquellos 
a quienes se procesa criminalmente, si, en rigor, debe 
decirse que no cabe en estos casos el desencarcelamiento, 
no puede desconocerse cierta facultad discrecional en 
los jueces para mantener fuera de las cárceles a estos 
reos. 



— 193 — 

«El desencarcdafftiento debe concederse, como lo he- 
mos indicado, bajo de fianza. Esta fianza puede ser: o 
de seguridad de la persona, o de responder a las resul- 
tas del juicio. — La primera, que también se llama fian- 
za carcelera, contiene la obligación de presentar al 
sujeto fiado siempre quesea llamado por aquella causa, 
en cuyo caso ha de buscar. el fiador a su costa a la per- 
sona fiada en el término que se le señale, i satisfacer 
los gastos de las dilijencias que se practiquen de oficio 
para su prisión. La segunda comprende la obligación 
de satisfacer todas las condenaciones pecuniarias que, 
por sentencia ejecutoriada, se impongan a la persona 
en cuyo favor se otorgó Regularmente no se conce- 
de la libertad sino bajo ambas fianzas; mas si se hubie- 
se hecho embargo de bienes que sean suficientes para 
cubrir toda responsabilidad, o el procesado espusiese 
que, por su pobreza, no puede encontrar quien quiera 
responder a las resultas del juicio, podrá accederse a su 
soltura bajo sola la fianza de seguridad de la persona 
— (Escriche); i aun en ciertos casos, bajo una simple 
caución juratoria. 

«El desencarcelamiento puede pedirse verbalmente 
o por escrito; i en este último caso, en pedimento se- 
parado, o por medio de un otrosí de la respuesta a la 
acusación, o de cualquiera solicitud. Frecuentemente 
lo otorgan o deniegan los jueces con audiencia o ci- 
tación del acusador, o del ministerio púbKco, si aquél 
o éste se han hecho parte, o deben ser oídos en el 
juicio». 

El Diccionario de la Academia no autoriza el 
sustantivo desencarcelamiento. 

Trae el verbo desencarcelar; pero no ninguno de 
los sustantivos afines desencarceladura, desencarcela- 
cióny desencarcelamiento, que habrían podido derivar- 

AMUNÁTEGUI. — T II. 13 



— 194 — 

se de ese verbo, a ejemplo de los sustantivos análogos 
que suelen provenir de otros verbos. 

El Diccionario autoriza, verbigracia, encarcelar i 
encarcelación^ pero no encar caladura, ni encarcela- 
miento. 

En vez de desencarcelamiento y el Diccionario en- 
seña que ha de decirse escarceración o escarcelación. 

Ajustándose a ello, la lei de 8 de febrero de 1837, 
que determina el modo de proceder en el juicio ejecu- 
tivo, se espresa como sigue en el artículo 58. 

— «El deudor preso será puesto en libertad: 

^a^^ 

« 

«4.^ En cualquier tiempo en que el acreedor pidiere 
su escarcelación y o se conformare con ella». 

En vez de escarcelación^ puede también decirse cas- 
tizamente libertad o soltura; i en vez de desencarcelar 
o escarcelar, puede también decirse libertar o soltar. 

Descote 

Don Pedro Paz Soldán i Unanue, en el Diccionario 

DE peruanismos de Juan de Arona, trae el artículo 
que va a leerse. 

«Descote, El del traje de las señoras. Descotárse, 
traje descolado ^ ir descolada. Está demás la d primera; 
el verbo es escotarse». 

Es estraño que el señor Paz Soldán haya añrmado 
lo que precede. 

El Diccionario de la Real Academia Española, 
edición de 1869, trae el sustantivo descote como equi- 
valente de escote, «el corte hecho en el jubón, cotilla 
u otra ropa, por la parte superior, para acomodarla al 



— 195 - 

cuerpo»; i el verbo descotar, como equivalente de es- 
cotar^ «cortar i cercenar alguna cosa para acomodar- 
la de manera que llegue a la medida que se necesita, 
como escotar el jubón ^ la cotilla, etc.» 

El Diccionario de la Academia, edición de 1884, 
dice igualmente que descote equivale a escote, i esta pa- 
labra a escotadura, «i con especialidad la hecha en los 
vestidos de mujer que deja descubierta parte del pecho 
i de la espalda». 

Dice además que descotarse es lo mismo que esco- 
tarse. 

Así, contra la opinión del señor Paz Soldán, puede 
emplearse descote o escote, descotarse o escotarse. 

Por mi parte, creo que es preferible descote a escote, 
i descotarse a escotarse. 

i voi a esponer la razón que tengo para pensarlo. 

Escote tiene dos significados mui diversos: aquel de 
que se ha tratado, i el de «parte o cuota que cabe a 
cada uno por razón del gasto hecho de común acuerdo 
entre varias personas». 

Escotar tiene también dos significados principales: 
aquel que ya se ha mencionado, i el de «pagar la parte 
o cuota que toca a cada uno de todo el costo hecho de 
común acuerdo entre varias personas». 

Hai ventaja manifiesta en asignar a cada una de es- 
tas palabras un solo significado. 

Desembarco, desembarque 

Embarco, según el Diccionario de la Academia, es 
la «acción de embarcar o embarcarse personas». 

Embarque, según el mismo Diccionario, es la «ac- 
ción de embarcar jéneros, provisiones, etc.» 

Parece que debería haber la misma distinción en- 



— 196 — 

tre los compuestos desembarco i desembarque; pero no 
es así. 

Desembarco es la «acción de salir de la embarcación 
las personas, i saltar en tierra o a tierra». 

Se ve que este significado de desembarco guarda co- 
rrespondencia con el de embarco. 

Desembarque es la «acción i efecto de sacar de la 
nave, i poner en tierra lo embarcador. 

Asíj según el Diccionario, puede decirse el desem- 
barque de las personas i de las cosas. 

Bretón de los Herreros, en Un novio para la niña, 
o La casa de huéspedes, acto ^P, escena 11, emplea 
desembarque, aplicándolo a persona. 

Don Marcelino Menéndez Pelayo, en la obra titula- 
da Historia de los heterodojos españoles, libro 
7, capítulo 3, párrafo 2P, o sea tomo 3.^, pajina 503, 
edición de Madrid, 1881, emplea embarque, aplicándo- 
lo a personas. 

«El asesinato del cura de Tamajón ; el embarque 

en masa de los frailes de San Francisco de Barcelona.... 
anunciaron una época de terror semejante a la de los 
revolucionarios franceses». 

Ya anteriormente, don Patricio de la Escosura, en 
la novela titulada El Patriarca del valle, libro 2, 
capítulo 7, osea tomo iP, pajina 88, edición de Ma- 
drid, 1846, había dado a la palabra embarque este mis- 
mo sentido en la siguiente frase: 

«La misma noche, i por el mismo conreo dieron or- 
den los ministros de marina i de gobernación de la 
Península a los capitanes de los puertos i jefes políti- 
cos de las provincias, así fronterizas, como litorales, 
de oponerse al embarque o emigración por tierra de 
Valleignoto, i de vijilar en todo evento su conducta 
sospechosa». 



^■^ 



— 197 — 

En el mismo sentido se emplea la voz embarque 
en el tomo III, pajina 249, de las obras de don Nico- 
medes Pastor Díaz, edición de Madrid, 1867, como 
puede leerse a continuación: 

«Acudió en tal conflicto don Anjel al cónsul inglés, 
el cual, apoyado en otro pasaporte, que llevaba tam- 
bién nuestro viajero, dado por lord Chatham en Ji- 
braltar, como a comerciante de aquella plaza, le sacó 
de las garras de los esbirros, le llevó a su casa de 
campo, i dispuso su embarque en un bergantín mal- 
tés 

Desempedrar 

Este verbo significa «desencajar i arrancar las pie- 
dras de un empedrado»; pero no quitar las que emba- 
razan un camino o un terreno. 

El artículo i.^ de un decreto espedido por el presi- 
dente de Chile en 25 de junio de 1825, dice así: 

Artículo i.o «Los intendentes a quienes la lei en- 
carga este interesante ramo de policía circularán in- 
mediatamente orden a los delegados de su departa- 
mento para que, en unión de los cabildos, i algunos 
vecinos ilustrados, acuerden los medios que pueden 
emplearse para regularizar la dirección de los cami- 
nos, allanarlos, desempedrarlos ^ i evitar los derrames 
de acueductos que ordinariamente forman zanjas i 
cienos, que los hacen mui difíciles e insalubres». 

En la Gaceta de los Tribunales, número 2,167, 
fecha 12 de diciembre de 1885, se rejistra una sen- 
tencia dada en un juicio referente a la terminación de 
un arriendo. 

Aparece de ella que el arrendatario se había obli- 
do por el contrato «a desempedrar un potrero de cin- 



— 198 -- 

cuenta a sesenta cuadras de estensión para ponerlo en 
estado de cultivo»; i que los testigos interrogados du- 
rante el juicio afirmaron que ese arrendatario «había 
desempedrado ese potrero», cumpliendo con la espre- 
sada obligación. 

En casos como éstos, debe decirse despedregar. 

Desentir 

Debe decirse disentir. 

No es tolerable el que se diga: «El ministn> N. de- 
sintió de sus colegas». 
Es preciso decir disintió. 

Desengrasar, desengraso 

Hasta pocos años era mui común en Chile decir de- 
sengrasar por comer los postres. 

La mencionada acepción de este verbo va cayendo 
en desuso. 

Sin embargo, el Diccionario de la Real Acade- 
mia dice que desengrasar tiene, entre sus varias acep- 
ciones, la de desensebar y o sea la de «quitar el sabor 
de la grosura que se acaba de comer, tomando aceitu- 
nas, frutas u otras cosas semejantes». 

En Chile, se incluían especialmente los dulces en- 
tre las cosas para desengrasar. 

Este verbo, que hace falta, no ha sido reemplazado 
por otro que yo sepa. 

Había también el sustantivo desengraso que ha 
empezado a ser tan poco usado como desengrasar^ pe- 
ro en cuyo lugar se emplea postre. 

El Diccionario de la Academia no ha dado nun- 
ca cabida en sus columnas a desengraso. 



joq ~ 



Desgaste 



El artículo i.^ de un decreto espedido por el presi- 
dente de Chile a 12 de enero de 1879 dice, entre otras 
cosas, lo que sigue: 

Artículo iP «En lo sucesivo no se concederán per- 
misos para que los particulares puedan hacer uso de 
la pluma i aparejos del pontón Thalaha, sino bajo las 
siguientes condiciones: 

«I * 

«2 * Que, por el uso i desgaste natural de los mismos 
utensilios, el peticionario entere en arcas fiscales la 
cantidad de dos pesos por cada quintal métrico de 
peso del objeto que se levante, haciendo uso de la 
pluma i aparejos del pontón, según la certificación 
que espedirá al efecto el comandante de arsenales». 

El Diccionario de la Academia de 1884 no trae 
esta palabra desgaste^ que bien podría aceptarse para 
significar la acción i efecto de desgastar, aunque exis- 
tan otras voces como deteriori ación, deterioro i menos- 
cabo que servirían para suplir aquel vocablo. (1) 

Desguace 

El presidente de Chile espidió con fecha 4 de junio 
de 1855 un decreto cuyo preámbulo dice como sigue: 

«Por cuanto ya es notable el número de buques ve- 
tustos i condenados como innavegables e inservibles, 
que todos los años se van a pique en los puertos de 
la República, principalmente en Valparaíso, con gran 
perjuicio del fondeadero, sin que hayan podido hacer- 



(i) El Diccionario Académico, edición de 1889, ha aceptado la voz 
desgaste en la acepción señalada por el autor de estas Apuntaciones, 



i— 200 — 



se efectivas respecto de tales buques las disposiciones 
de la Ordenanza Jeneral de la Armada para la es- 
tracción, remoción o desguace por los interesados, o a 
su costa, de sus escombros; en el deber, por lo tanto, 
de prevenir tales ocurrencias, he acordado i decreto: 
etc.» 

Antes de todo, no puedo dejar de sentir que, en un 
documento oficial de mi país, se haya podido cometer 
la enormidad gramatical de aplicar a buques el califi- 
cativo de innavegables. 

Innavegable^ según el Diccionario de la Acade- 
mia, i según lo mui sabido, significa no navegable; i na- 
vegable se dice, no de los buques, sino de los rios, la- 
gos, canales, etc., donde se puede navegar; i por lo 
tanto, innavegable se dice, no de los buques, sino de los 
rios, mares, canales, etc., donde no se puede navegar. 

Pero esto no ha menester de ser advertido. 

Lo que trato en esta apuntación es de determinar el 
significado de desguace. 

Esta palabra no se encuentra en el Diccionario de 
LA Academia; pero sí en el el Diccionario Marítimo 
Español de Lorenzo Murga i Ferreiro, edición de Ma- 
drid, 1865. 

Deshuace^ desguazo o desguazadura, es, en lenguaje 
de arquitectura naval i de navegación, según esta últi- 
ma obra, «el acto i efecto de desguazar»; i este verbo, 
según la misma obra, significa «deshacer a pedazos con 
el hacha i otros instrumentos el todo o una parte del 
buque, sea tablón, tablones o ligazones, etc.» 

Desistir, desistirse 

El CÓDIGO Civil Chileno contiene las dos disposi- 
ciones que siguen: 



— 20I •— 



Articido 2,159. <<E1 mandante que no cumple por su 
parte aquello a que es obligado, autoriza al mandata- 
rio para desistir de su encargo. 

Artículo 2,503. «Interrupción civil es todo recurso 
judicial intentado por el que se pretente verdadero 
dueño de la cosa, contra el poseedor. 

«Solo el que ha intentado este recurso podrá alegar la 
interrupción; i ni aun él en los casos siguientes: 

<aP Si la notificación de la demanda no ha sido he- 
cha en forma legal; 

«2.0 Si el recurrente desistió espresamente, o cesó en 
la persecución por mas de tres años; 

«3.<> Si el demandado obtuvo sentencia de absolu- 
ción. 

«En estos tres caso», se entenderá no haber sido 
interrumpida la prescripción por la demanda». 

El CÓDIGO Chileno de Comercio contiene las dos 
que siguen: 

Artículo 141. «En el caso de compra de mercaderías 
por el precio que otro ofrezca, el comprador, en el 
acto de ser requerido por el vendedor, podrá: o llevar- 
la a efecto, o desistir de ella. Pasados tres días sin que 
el vendedor requiera al comprador, el contrato queda- 
rá sin efecto. 

«Pero si el vendedor hubiere entregado las mercade- 
rías, el comprador deberá pagar el precio que aquéllas 
tuvieren el día de la entrega». 

Artículo 1,022. «Antes o después de haber embar 
cado toda la carga o parte de ella, el fletador podrá 
desistir del fletamento, sea total o parcial, pagando la 
mitad del flete convenido. 

«En el segundo caso, pagará también los gastos de 
descarga i los perjuicios que cause esta operación. 



— 202 — 



«Las reglas precedentes son aplicables al desisti- 
miento del fletamento por viaje redondo. 

«Si el fletamento fuere ajustado por meses, el falso 
flete que debe pagar el fletador será el correspondiente 
a la mitad de la duración probable del viaje calculado 
por peritos». 

El Diccionario de la Real Academia da a desistir 
dos acepciones, una jeneral i otra forense, i dice que, 
en cualquiera de las dos, es verbo neutro, sin espresar 
que pueda usarse como reflejo, según acostumbra ha- 
cerlo cuando tal cosa sucede. 

Sin embargo, en Chile, el verbo desistir se emplea 
mui frecuentemente en tal carácter. 

Don José Bernardo Lira usa, verbigracia, varias ve- 
ces en el Prontuario de los juicios, el verbo desis- 
tir se. 

Hé aquí algunos ejemplos: 

«El poder, ya sea jeneral o especial, dado en térmi- 
nos absolutos para representar a uno en juicio, no bas- 
ta para ciertos actos respecto de los cuales exije la lei 
poder o autorización especial de la parte. 

«Es necesario un poder o autorización especial de la 
parte: 

«I. o Para desistirse de la demanda. 

«2.0 

« 

{Parte teórica; libro i.^, título gP, capítulo 3.^, nú- 
mero 181). 

«Así como la deserción i la prescripción son el aban- 
dono tácito de la apelación, el desistimiento es el aban- 
dono formal de la misma, la renuncia espresa del re- 
curso hecha por el que lo interpuso. 

«Del desistimiento del apelante, debe darse traslado 
al contendor a fin de que esprese si lo acepta llanamen- 



— 203 — 

te, o pretende adherirse a la apelación; pero la prácti- 
ca tiene adoptada la providencia de admitir el desisti- 
miento si el apelado no se opone dentro del tercero día, 
con lo cual se consulta la celeridad del juicio, i se evita 
la relación del artículo. 

«Si el apelado no ha comparecido al juicio, se admite 
llanamente el desistimiento del apelante. 

«En todo caso el que se desiste debe pagar las costas 
causadas por la apelación, a no ser que el contendor se 
haya adherido a ella». {Parte Teórica , libro 2fi, título 
4.0, capítulo i.o, número 461). 

En la Parte Práctica, Ubro 2P, título 4.^, capítulo 
I. o, número 198, Lira da la siguiente fórmula de es- 
crito de desistimiento: 

<^Suma, Se desiste de la apelación. 

«Ilustrísima Corte. 

«Juan Gómez, por don x\belardo Urrutia, en autos 
con don Justo Pastor Gacitúa sobre reivindicación de 
unos terrenos, digo que mi parte apeló de la sentencia 
de fojas tantas; pero ahora, con mejor acuerdo, me ha 
dado instrucciones para que 7ne desista, 

«Por tanto, a usía ilustrísima suplico se sirva haber 
a mi parte por desistida del recurso entablado, i man- 
dar se devuelvan los autos». 

El mismo Lira, en el número 199, da una fórmula 
de escrito para el caso en que no se haya personado 
en segunda instancia el apelado, cuya suma es la que 
va a leerse: 

«Se desiste de la apelación; i no habiendo parte con- 
traria, pide se devuelvan desde luego los autos». 

Por fin, el mismo Lira en el número 200, trae esta 
fórmula de escrito: 

«Swwa. De consentimiento de las partes se desiste 
el apelante. 



— 204 — 

«Ilustrísima Corte. 

«Juan Gómez, por don Abelardo Urrutia, i Pascual 
Rubio, por don Justo Pastor Gacitúa, en los autos so- 
bre reivindicación de unos terrenos, a usía ilustrísima 
decimos que el primero ha recibido instrucciones de 
su parte para desistirse de la apelación interpuesta 
contra la providencia de fojas tantas, i el segundo 
acepta el desistimiento. 

«Por tanto, a usía ilustrísima suplicamos, de común 
acuerdo, se sirva haber por desistido al primero, i man- 
dar devolver los autos al señor juez de primera ins- 
tancia, debiendo el apelante pagar las costas causadas 
en el recurso». 

Así como es mui frecuente el que los adjetivos se 
usen como sustantivos, lo es también el que los verbos 
neutros se empleen como reflejos. 

Don Andrés Bello ha tratado majistralmente este 
punto en su Gramática de la lengua castellana. 

Conviene poner a la vista lo que dice acerca de esta 
materia. 

«Hai muchos verbos intransitivos o neutros que 
son susceptibles de la construcción cuasi refleja, ver- 
bigracia, reírse, estarse, quedarse, morirse, etc. La 
construcción es entonces de toda persona, i refleja en 
la forma, porque el pronombre reflejo está en comple- 
mento objetivo, pero la reflexividadno pasa de los ele- 
mentos gramaticales, i no se presenta al espíritu sino 
de un modo sumamente fugaz i oscuro. 

«Bien es verdad que si fijamos la consideración en 
la variedad de significados que suele dar a los verbos 
neutros el caso complementario reflejo, percibiremos 
cierto color de acción que el sujeto parece ejercer en 
sí mismo. Estarse es permanecer voluntariamente en 
cierta situación o estado, como lo percibirá cualquiera 



— 203 — 

comparando estas espresiones: estuvo escondido i se 
estuvo escondido; estaba en el campo ^ i se estaba en el 
campo. La misma diferencia aparece entre quedar i 
quedarse^ i> e irse: Mas parecía que le llevaban que no 
que él se iba. — (Rivadeneira). 

entrarse añade a entrar la idea de cierto conato o 
fuerza con que se vence algún estorbo. — A pesar de 
las guardias apostadas a la puerta, la jente se entraba. 

—Lo mismo salir se. ---'Los presos salieron — enuncia 
sencillamente la salida: se salieron denotaría que lo 
habían hecho burlando la vijilancia de las guardias 
o atropellándolas. — 5^ sale el agua de la vasija — en 
virtud de una fuerza inherente, que obra contra la 
materia destinada a contenerla, lo que por una de las 
mil transiciones a que se acomoda el lenguaje, se apli- 
có después a la vasija misma, cuando deja escapar 
el líquido contenido; i en este sentido, se dice que una 
pipa se sale, 

« — Mi amo se sale, sálese sin duda. 

«¿I por dónde se sale, señora? ¿Hásele roto alguna 
parte de su cuerpo? 

« — ^No se sale sino por la puerta de su locura; quie- 
ro decir, señor bachiller de mi ánima, que quiere salir 
otra vez a buscar aventuras. — (Cervantes). 

<!iMorirse no es morir, sino acercarse a la muerte. 

^Nacerse es nacer espontáneamente; i se dice con pro- 
piedad de las plantas que brotan en la tierra sin pre- 
paración, ni cultivo. 

Poco a poco nació en el pecho mío, 
no sé de qué raíz, como la yerba 
qne suele por sí misma e\\cC nacerse, 
im inc6í:nito afecto. 



■'o' 



(Jáuregiii;. 



— 2o6 — 

«Reir i reírse parecen diferenciarse mui poco; i sin 
embargo, ningún poeta diría que la naturaleza se ríe, 
para dar a entender que se muestra placentera i risue- 
ña, al paso que, cuando se quiere espresar la idea de 
mofa o desprecio, parece mas propia la construcción 
cuasi-refleja. 

La codicia en las manos de la muerte 
se arroja al mar; la ira a las espadas; 
i la ambición se ríe de la suerte. 

(Rioja). 

«El verbo ser, regularmente intransitivo, es de los 
que alguna vez se prestan a la construcción cuasi- 
refleja de que estarnos tratando. Con érasey solían prin- 
cipiar los cuentos i consejas, fórmula parodiada por 
Góngora en su romancillo. 

Érase una vieja 
de gloriosa fama; 

i por Quevedo, en el soneto 

Érase un hombre a una nariz pegado. 

«M^ soi parece significar soi de mío, soi por natura- 
leza, por condición, — Muchachas, digo, que, viejas, 
harto me soi yo. — (La Celestina); esto es, harto vieja 
me soi. 

Asno se es de la cuna a la mortaja. 

dice Rocinante, hablando de su amo en un soneto de 
Cervantes. Todavía es frase común; sean o séase lo que 
fuere, (Obras Completas de Bello, tomo 4 o, pajinas 
235, 236 i 237). 

Resulta de lo espuesto que, en rigor de la verdad. 



— 207 — 

no es completamente arbitrario hacer reflejo un verbo 
neutro. 

Es cierto que muchos así lo practican sin el menor 
fundamento, o propósito; pero eso es incorrecto. 

Tal cosa, como Bello lo enseña, solo ha de hacerse 
cuando se quiere espresar que el sujeto ejerce sobre sí 
mismo una acción mas o menos efectiva. 

Conviene que los que usan en todas ocasiones desis- 
tir se por desistir lo tengan presente. 

Deslastre 

El presidente de Chile espidió con fecha i6 de mar- 
zo de 1860 el decreto que va a leerse: 

«Habiendo sido informado el gobierno del desorden 
que existe en el deslastre de los buques en el puerto de 
Coronel, con daño notable del surjidero, i en la necesi- 
dad de prevenir los daños resultantes de tal causa; vis- 
tos los decretos de 23 de agosto de 1838, i 26 de no- 
viembre de 1842: i atendiendo a lo dispuesto en el 
título 7, tratado 5 de la Ordenanza Jeneral de la 
ARMADA, vengo en acordar i decreto: 

«Artículo i.^ En el puerto de Coronel, solo podrá 
arrojarse lastre sobre la restinga de piedra situada en- 
tre Playa Negra i Playa Blanca^ o inmediatamente al 
noroeste de ella. 

«Toda faena de lastre o deslastre en dicho puerto, 
se hará previa la licencia de la autoridad marítima, i 
con las precauciones que ella ordene. 

«Artículo 2. <^ Los infractores a esta disposición que- 
darán sujetos a las multas i penas que establece el 
decreto citado de 26 de noviembre de 1842. 

«Tómese razón, comuniqúese i publíquese». 

Los dos decretos citados en el precedente* no usan 
la palabra deslastre. 



— 208 — 

Un reglamento de policía marítima para Puerto 
Montt dictado por el Presidente de la República en 
II de marzo de 1864, contiene la disposición que 
sigue: 

Artíctdo 7. «Ninguna embarcación podrá lastrar, 
ni deslastrar sin conocimiento del gobernador maríti- 
mo; i solo podrá hacerlo en el sitio que éste le señale. 
Las faenas de lastre i deslastre se harán con las pre- 
cauciones marineras de encerados o velas que impidan 
la caída de piedras o arena en la mar». 

Este artículo se halla reproducido a la letra en un 
reglamento de policía para los puertos de la provincia 
de Concepción, espedido en 11 de junio del mismo año. 

El Diccionario de la Academia aprueba el verbo 
deslastrar. 

Siendo así, no se descubre fundamento para que no 
se acepte la palabra deslastre, que haría falta. 

Si a lastrar corresponde el sustantivo afín lastre, ¿por 
qué a deslastrar no habría de corresponder deslastren 

Desmembrar 

Este verbo es irregular. 

Toma una i antes de la e en la primera, segunda i 
tercera persona de singular, i tercera de plural de los 
presentes de indicativo i de subjuntivo, i en el singular 
del imperativo. 

Por esto, Ercilla, hablando de un soldado español 
nombrado Andrea, en La Araucana, canto 14, octa- 
va 55, o sea tomo i.^ pajina 282, edición de la Aca- 
demia, dice: 

No hallando defensa en armadura 
descuartiza, dcsmiembra i desfigura. 



— 2C9 — 

Es frecuente, con todo, que nuestros litigantes pi- 
dan a los jueces que se desmembre el documento tal 
o cual, dejándose copia en autos. 

Dígase desmiembrey i se dirá bien. 

Desmentido 

En Chile, se emplea el sustantivo desmentido para 
denotar la acción i efecto de desmentir. 

El Diccionario de la Academia enseña que ha 
de decirse desmentida^ i no desmentido. 

También se usa en este caso como sustantivo men- 
tís, segunda persona de plural del presente indica- 
tivo de mentir, si se quiere, no solo desmentir, sino 
hacerlo de una manera injuriosa i denigrativa. 

Bretón de los Herreros, en el drama titulado Ve- 
llido DoLFOS, acto 4/, escena 5.% pone estos versos 
en boca de Pedradas. 

Así lavará la villa 
el borrón que la desdora; 
solo así podrá Zamora 
dar un mentís a Castilla. 

El mismo Bretón de los Herreros, en la comedia 
titulada Cuentas Atrasadas, acto 2.^, escena 4.*, 
pone estos versos en boca de don Pedro. 

Señora prima, 

si fuera usted de mi sexo, 
con un mentís respondiera 
a todos esos dicterios, 

Don Antonio María Segovia fué quien contestó el 
discurso que don Antonio Arnao leyó al ocupar un 
asiento en la Real Academia Española. 

▲MVHÁTBGVI.— T. H. 14 



— 2IO — 

Ese discurso, que corre impreso en las Memorias 
de esta corporación, tomo 4.^, pajinas 466 i siguien- 
tes, contiene la frase que va a leerse. 

♦Seguramente el jenio músico del compositor no 
puede menos de sentir la inspiración cuande se le 
llama a poner en música una bella composición dra- 
mática; pero, en cuanto á la proposición inversa, creo 
que la esperiencia viene a dar un solemne mentís a la 
teoría», (pajina 480). 

Desmentido suele usarse entre nosotros para deno- 
minar aquellos artículos ajenos a la redacción de un 
periódico o diario en que se rectifica algún hecho, o 
alguna opinión. 

El Diccionario de la Academia no acepta tam- 
poco esta palabra en la acepción mencionada. 

Los artículos a que aludo han de ser designados, 
según el Diccionario, por el término jenérico de co- 
municados. 

Bretón de los Herreros, en la comedia titulada La 
Redacción de un periódico, acto i.^, escena 3.», po- 
ne estos versos en boca de don Fabricio: 

Don Agustín, 

ya es tarde; examine usted 
el artículo de fondo; 
i a ver si se ha de poner 
boletín de variedades, 
i el comunicado aquél 

Sin embargo, el Diccionario restrinje demasiado 
el sentido de esta palabra que, según él, solo signifi- 
ca: «escrito que, en causa propia, i firmado por una 
o mas personas, se dirije a uno o varios periódicos 
para que lo publiquen». 

En la América Española, los comunicados tratan 



— 211 — 



de asuntos j no solo personales, sino también j ene- 
rales. 

La palabra comunicado se reemplaza en muchas 
ocasiones por la de remitido. 

Estas dos voces son adjetivos que, cuando acom- 
pañan a artículOy se sustantivan, subentendiéndose 
dicho sustantivo que el lector u oyente suple con 
facilidad. 

Aunque el Diccionario de la Academia no auto- 
riza el empleo de remitido en esta acepción, el antiguo 
secretario de este cuerpo don Manuel Bretón de los 
Herreros usa tal vocablo en la comedia titulada La 
Redacción de un periódico, acto 2 «, escena 4 » 

Desnacionalizado, desnacionalizada 

Don Andrés Bello, en el Derecho Internacional, 
parte 2 », capítulo 8, párrafo 7, o sea Obras comple- 
tas, tomo 10, pajina 328, se espresa así: 

«El emperador francés (Napoleón I) declaró desna- 
cionalizada i convertida en propiedad enemiga, i por 
tanto confiscable, toda nave que hubiese sufrido la 
visita de un bajel británico, o sometí dose a aquella es- 
cala, o pagado cualquier impuesto al enemigo; sub- 
sistiendo en toda su fuerza el bloqueo de las islas bri- 
tánicas, hasta que el gobierno inglés volviese a los 
principios del derecho de j entes». 

El Diccionario de la Real Academia no autoriza 
el adjetivo desnacionalizado, como tampoco el sus- 
tantivo desnacionalización, i el verbo desnacionalizar; 
como tampoco el adjetivo nacionalizado ^ el sustantivo 
nacionalización, el verbo nacionalizar. 

Ese ilustre cuerpo enseña que debe decirse natura- 
lizar en vez de nacionalizar; naturalización en vez de 



— ai2 — 

nacionalización; desnaturalizar en vez de desnaciona- 
lizar; desnaturalización en vez de desnacionalización. 

Léase el artículo que destina a naturalizar. 

naturalizar. Verbo activo. Admitir en un país, co- 
mo si de él fuera natural; a persona estranjera. — Con- 
ceder oficialmente a un estranjero, en todo o en 
parte, los derechos i privilejios de los naturales del 
país en que obtiene esta gracia. — ^Introducir i em- 
plear en un país, como si fueran naturales o propias 
de él, cosas de otros países. Naturalizar costumbres^ 
vocablos. Úsase también como recíproco. — ^Hacer que 
una especie animal o vejetal adquiera las condiciones 
necesarias para vivir i f>erpetuarse en país distinto de 
aquel de donde procede. Úsase también como recí- 
proco. — Verbo recíproco. Vivir en un país persona 
estranjera como si de él fuera natur?il. — Adquirirlos 
derechos i privilejios de los naturales de un país». 

Léase el artículo que el Diccionario destina a des- 
naturalizar. 

<iDesnaturalizar. Verbo activo. Privar a uno del de- 
recho de naturaleza i patria, estrañarle de ella. Úsa- 
se también como recíproco. — Variar la forma, pro- 
piedades o condiciones de una cosa, desfigurarla, per- 
vertirla.» 

Resulta entonces que, aunque las palabras nació- 
nalizar^ nacionalización ^ desnacionalizar^ desnaciona- 
lización, han sido bien formadas, no son necesarias. 

No sucede lo mismo con desnacionalizado^ desnacio- 
nalizada. 

El Diccionario de la Academia da por significa- 
do a desnaturalizado^ desnaturalizada, el de «que falta 
a los deberes que la naturaleza impone a padres, hijos 
hermanos». 

Siendo así, conviene dejar para desnacionalizado la 
acepción en que Bello lo usa. 



— 213 



Desnaturalizar 



Barait, en el Diccionario de galicismos, escríbelo 
que paso a copiar: 

«En español, solo se desnaturaliza a las personas 
• cuando se priva a alguna del derecho de naturaleza i 
patria, si bien en francés dénaturer vale en jeneral cam- 
biar o alterar la naturaleza de una cosa. Por eso, nues- 
tros vecinos dicen dénaturer un vin, un mot, une ques- 
iion, un fait; dénaturer le coeur^ Vame; dénaturer la 
comedie, la tragedie; dénaturer une phrase; etc., cuando 
nosotros solamente podemos decir: alterar el vino; o se- 
gún los casos: aguarle, avinagrarle; alterar la acepción 
a una voz, el sentido a una frase, su verdadera intelijen- 
da a una proposición, viciar el alma, el corazón; desfi- 
gurar la comedia, haciéndola, por ejemplo, lacrimosa, 
o la trajedia, haciéndola trivial o burlesca; en fin, falsi- 
fi^^ar un hecho, viciarle, alterarle, falsearle, etc.» 

Sin embargo, el Nuevo Diccionario Francés Es- 
panol de don Vicente Salva, completado, en vista de 
los materiales que éste había reunido, por don J. B. 
G\x\m, áice c\\xe dénaturer corresponde a «desnaturali- 
zar, alterar la naturaleza de alguna cosa^. 

En el artículo precedente, puede haberse leído que, 
según el Diccionario de la Academia la segunda 
acepción de desnaturalizar es variar la forma, pro- 
piedades o condiciones de una cosa, desfigurarla, per- 
vertirla. 

Resulta entonces que Baralt, en esta ocasión, como 
en otras, ha mostrado una severidad infundada que no 
se ajusta a la enseñanza de otros maestros de la len- 
gua tan entendidos como él en la materia, pero que se 
guardan mui bien de rechazar una palabra o un signi- 
ficado sin otro motivo que el de usarse en francés. 



-- 214 — 



Desneatraiizar 



He aquí lo que se lee en el Derecho Internacio- 
nal de don Aijdrés Bello, parte 2.% capítulo 5. o, pá- 
rrafo iP, o sea Obras Completas, tomo 10, pajinas 
237 í 238: 

«No es invariablemente necesaria la residencia per- 
sonal en territorio enemigo para desneutralizar al co- 
merciante, porque hai una residencia virtual que se 
deduce de la naturaleza del tráfico. En el caso de la 
Anna Catharina, apareció que se había celebrado con 
el gobierno español, entonces enemigo, una contrata 
que, por los privilejios peculiares que se acordaron a 
los contratistas, los igualaba con los vasallos españo- 
les, i aun podía decirse que los hacía de mejor condi- 
ción. Los contratistas, para llevarla a efecto, juzgaron 
conveniente no residir ellos mismos en el territorio 
español, sino comisionar un ájente. Con este motivo, 
declaró sir William Scott en la sentencia que, aunque, 
jeneralmente hablando, un individuo no se desneu- 
traliza por el hecho de tener un ájente en el país 
enemigo, esto, sin embargo, solo se entiende cuando el 
individuo comercia en la forma ordinaria de los es- 
tranjeros, no con privilejios particulares que le asimi- 
lan a los subdito nativos, i aun les conceden algunas 
ventajas sobre ellos». 

El Diccionario de la Real Academia Española 
da lugar en sus columnas al verbo neutralizar) pero 
solo con los significados siguientes: 

iP «Anular o desvirtuar las propiedades de un 
cuerpo combinándolo o mezclándolo con otro». 

2P «Debilitar el efecto de una causa por la concu- 
rrencia de otra diferente u opuesta». 



El uso jeneral da además a neutralizar la acepción 
de ser neutral; de no ser ni de uno ni de otro; de per- 
manecer sin inclinarse a ninguna de dos partes que 
contienden. 

Yo no conozco palabra diferente para espresar esta 
idea. 

Si no estoi equivocado en esto, es necesario conve- 
nir en que se asigne a neutralizar esta tercera acepción. 

Haciéndose así, como me parece que ha de hacerse, 
no hai fundamento para rechazar el compuesto des- 
neutralizar, e\ cual haría falta, (i) 

Despostar, desposte 

Ninguno de estos dos vocablos aparece en el Dic- 
cionario DE LA Academia. 

En Chile, el verbo despostar es mui usado en la 
significación de dividir en trozos el cuerpo de un 
animal. 

El Agricultor, número 65, correspondiente al 
mes de enero de 1847, trae una memoria relativa a 
las matanzas en Chile, donde se leen estos pasajes: 

«La colocación de los matanceros para el beneficio 
de las reses será en un costado de la ramada que tenga 

dirección de oriente a poniente; • ; 

en el estremo sur, se coloca la res para desarrollarla 
i despostarla^ i encima se disponen varas para col- 
gar la carne; en ese mismo punto, después de despostada 
la res, es donde queda trabajando el palanca o ayu- 



(i) El Diccionario Académico, edición de 1899, ha cambiado la redac- 
ción del artículo correspondiente a netUralúar, dándole las siguientes acep- 
ciones: 

«Hacer neutral. Usase también como reflexiva Química. — Hacer neutra 
una sustancia. Usase también como reñexivo. Figurado o figurada. Debi- 
litar él efecto de una causa, por la concurrencia de otra diferente u opuesta. 
Usase también como reflexivo. 



- 2l6 — 

dante del matancero para beneficiar los menudos i 
demás que le corresponden^^. (Tomo 6, pajina 6). 

^Lo primero es desarrollar el animal; en seguida 
se desposta, colgando en varas las presas de solo car- 
ne», (pajina 7). 

Desposte, igualmente mui empleado, es el sustan- 
tivo afín del verbo despostar. 

El reglamento del matadero público de Santiago 
aprobado por el presidente de Chile en 22 de mayo 
de 1850 contiene, entre otras disposiciones, las que 
van a leerse. 

Artículo 6P «Son deberes del albéitar: 



«I. o. 



«2.** Recorrer constantemente los desgoUaderos to- 
do el tiempo que dure el desposte, para examinar el es- 
tado interior de los animales en beneficio. 

«3.0 Reconocer media hora después de concluido el 
desposte el estado en que se encuentran las carnes que 
han de conducirse al abasto. 

«4.0 » 

Artículo 21. «Los animales vacunos serán muertos 
a torno, i conducidos inmediatamente en una carreti- 
lla al plano inclinado para su beneficio. 

«El rejidor juez del matadero directamente, o por 
medio de su teniente i del administrador, procurará 
introducir el sistema de que el desposte de las las reses 
se practique en cuartos, proponiendo al cabildo los 
estímulos que juzgue oportunos para la realización 
de esta reforma». 

El reglamento para el matadero público de Valpa- 
raíso aprobado por el presidente de Chile con fecha 23 
de mayo de 1864 contiene, entre otras, las disposi- 
ciones siguientes: 

Artículo 2%. «Los animales vacimos serán degoUa- 



— 217 — 

dos, después de aturdidos por medio de golpes en la 
cabeza con un combo. El desposte de las reses en el 
matadero se practicará por cuartos, para de este modo 
ser conducidos en los carros destinados al efecto». 

Artículo 36. «El establecimiento de los mataderos 
públicos deberá conservarse con la limpieza posible, 
para cuyo fin, los que maten animales en él, harán 
en el acto de concluir el desposte la policía del departa- 
mento de que estén en posesión». 

Artículo 42. «Si en el acto del desposte de los ani- 
males que se benefician, se notara alguna enfermedad 
interior, se pondrá en conocimiento del albéitar por 
los mismos que hacen el beneficio » 

Entre las varias acepciones que el Diccionario de 
LA Academia señala a posta, se comprende la de 
«tajada o pedazo de carne, pescado u otra cosa». 

Jamás he oído o leído usar en Chile esta palabr2(. con 
semejante significado. 

Sin embargo, ella es manifiestamente el orijen del 
sustantivo desposte i del verbo despostar , que, como 
he dicho, se emplean mui amenudo. 

Don Tomás de Iriarte, en su traducción de El Nüe- 
v© RoBiNSON de Campe, emplea descuartizar en vez 
de despostar. 

Léanse los pasajes que siguen: 

«Justamente escandalizado i lleno de indignación, 
divisó claramente dos infelices a quienes los bárbaros 
llevaban arrastrando desde sus canoas hacia la hogue- 
ra. Inmediatamente presumió irían a degollarlos, i 
no tardó en conocer que no se engañaba en ello, pues 
uno de aquellos monstruos (no acierto a decirlo) ma- 
tó a uno de los cautivos, sobre el cual se echaron al 
punto otros dos, sin duda para descuartizarle, i dis- 
poner su execrable convite». (Tarde 15.^, o sea paji- 
na 203, edición de París, 1877). 



Robinson «hizo inmediatamente una buena lum- 
brada; i después de arrimar a ella algimas patatas, 
corre a su rebaño, escoje, mata i descuartiza un re- 
cental; i poniendo un cuarto en el asador, manda a 
Domingo que le dé vueltas». (Tarde i8 o sea pajina 
221). 

«Ocupáronse amo i criado en aderezar una buena 
cena, yendo éste a descuartizar i traer un tierno lla- 
ma, i encargándose aquél de lo demás». (Tarde 28, o 
sea pajina 330). 

Si hubiera de atenderse a la etimolojía de descuar- 
tizar manifestada por su estructura misma, no podría 
ser empleado por despostar^ el cual denota algo mas 
que dividir en cuartos; pero, por estensión, según el 
Diccionario de la Academia lo enseña, descuartizar 
ha pasado a significar «hacer pedazos una cosa para 
repartirla». 

Don Eujenio de Ochoa, en su traducción de la 
Eneida de Virjilio, libro i.^, versos 210 i siguientes, 
o sea pajina 182, edición de Madrid, 1869, emplea 
trinchar por despostar. 

Hé aquí el ejemplo a que aludo: 

«Echanse ellos, en tanto, sobre la caza i preparan 
el festín; desuellan las reses i les sacan las entrañas; 
unos las trinchan en tasajos, i los espetan palpitantes 
en los asadores; otros disponen calderas en la playa i 
atizan la lumbre. Recobran las fuerzas con el alimen- 
to; i tendidos sobre la yerba, se hartan de vino añejo 
i de la suculenta carne de los venados». 

Don Tomás de Iriarte había hecho ya anteriormen- 
te otro tanto en la fábula El naturalista i las la- 
gartijas, la cual empieza así: 



— aiq — 

Vio en una huerta 
dos lagartijas 
cierto curioso 
naturalista. 
Cójelas ambas; 
i a toda prisa, 
quiere hacer de ellas 
anatomía. 
Ya me ha piUado 
la mas rolliza; 
miembro por miembro 
ya me la trincha. 

Ciertamente Triarte i Ochoa son maestros harto 
respetables en materia de lenguaje; pero, si atende- 
mos por lo menos al uso actual de Chile despostar i 
descuartizar^ no pueden en el dia ser reemplazados 
por trinchar, que se emplea como equivalente de di- 
vidir en porciones pequeñas la carne i otras viandas 
a fin de servirlas en una comida. 

El modo como el Diccionario de la Academia 
define la,primera de las acepciones que da a trinchar 
confirma este uso. 

Hé aquí esa definición: 

Trinchar es «partir en trozos la vianda para repar- 
tirla a los que la han de comer». 

Según esto, no puede decirse trinchar una vaca. 

Los verbos desmembrar i destazar espresan ideas 
análogas a la denotada por descuartizar. 

Sin embargo, ninguno de los tres reemplaza com- 
pletamente a nuestro desportar ^ el cual designa una 
anatomía mui minuciosa i perfecta del animal, como 
la que se practica en Chile. 

Despedazar sujiere la idea de dividir en partes sin 
orden, ni concierto. 

Destrozar denota igual cosa, pero agregando la cir- 



— 220 — 

constancia de ser ejecutada con violencia, i en oca- 
siones con ferocidad. 

En Chile, se usa frecuentemente el verbo beneficiar 
en el sentido de matar un animal para despostarlo, o 
sea dividirlo en porciones que se venden o aprove- 
chan 

El reglamento del matadero público de Santiago, 
fecha 22 de mayo de 1885 contiene, entre otras, la 
disposición que sigue: 

Artículo 12. «El administrador de los mataderos dis- 
tribuirá entre los abasteros 1 demás personas que 
quieran beneficiar ganados los departamentos i demás 
objetos que proporciona el establecimiento de la mane- 
ra que conviniese a la clase de ganado que cada uno 
internase». 

El Diccionario de la Academia destina el siguien- 
te artículo a este verbo: 

iSeneficiar. Verbo activo. Hacer bien. — Cultivar, 
mejorar una cosa procurando que fructifique. — ^Traba- 
jar un. terreno para hacerlo productivo. — ^Estraer de 
una mina las sustancias útiles. — Someter estas mis- 
mas sustancias al tratamiento metalúrjico cuando lo 
requieren. — Conseguir un empleo por servicio pecii- 
m'ario. — Administrar las rentas que procedían del 
servicio de millones por cuenta de la real hacienda. 
— Hablando de efectos, libranzas i otros créditos, 
cederlos o venderlos por menos de lo que importan. — 
Anticuado. Dar o conceder un beneficio eclesiástico». 

Como puede observarse, la acepción de beneficiar 
de que trato, no se menciona en el artículo prece- 
dente. 

Sin embargo, parece que, por estensión de otras 
semejantes, puede aceptarse, conforme a lo que se 
hace mui amenudo. 



231 ^ 



Desrielar, desrielamiento 

Uno de los diarios de Santiago ha publicado con 
fecha 8 de junio de 1886 el siguiente suelto: 

{¡Desrielamiento. El tren ordinario de pasajeros que 
llegó a Talca a las cinco de la tarde se desrieló ayer 
en la estación de Ñuquén». 

El Diccionario de la Academia trae, en vez de 
desrielar, el verbo descarrilar, «salir fuera del carrillos 
los trenes de los ferrocarriles»; i en vez de desriela- 
miento, los sustantivos descarriladura i descarrilamien- 
to, «acción i efecto de descarrilaría. 

Desvincttlación, desvincular 

Don José Bernardo Lira, en la Lejislación chile- 
na NO CODIFICADA, tomo 3.^, pajina 51, columna 2.*, 
encabézala lei de 14 de julio de 1852 con este título: 
Desvinculación de bienes. 

El mismo autor, en la pajina 52, columna 2.*, en- 
cabeza la lei de 21 de julio de 1857, con este título: 
Desvincidación de bienes no comprendidos en la lei de 
14 de julio de 1852: 

Mientras tanto, el Boletín de las leyes i decre- 
tos DEL gobierno DE Chile, titula la primera de esas 
leyes: Esvinculación de bienes; (tomo 20, pajina 125, 
edición' oficial); i \di segunda, Esvinculación de bienes 
raíces (tomo 25, pajina 189). 

La lei de 1852, en cuya redacción toca la parte 
principal a don Andrés Bello, emplea las palabras 
esvinculación i esvincular, i no desvinculación i des- 
vincular. 

Léanse algunas de las disposiciones contenidas en 
ella. 



— 224 — 

2.* «Redimir o estinguir el capital de un censo, 
préstamo, eto. 

Escriche, en el Diccionario Razonado de lejisla- 
ciÓN i jurisprudencia, hace las siguientes observa- 
ciones sobre el sustantivo amortización. 

«Esta palabra, que, según algunos, viene de la voz 
francesa amortir, significa la estinción de alguna cosa, 
o el acto de acabar con ella; i suele usarse para deno- 
tar la vinculación de bienes en alguna Emilia para 
que los goce perpetuamente, i la enajenación o trasla- 
ción de propiedad en manos muertas, como asimismo 
la redención de censos u otras cargas, i la satisfacción 
o reembolso de las deudas del estado. Efectivamente, 
la vinculación i la enajenación en manos muertas sa- 
can la propiedad territorial del comercio i circulación, 
la encadenan a la perpetua posesión de ciertos cuerpos 
i familias, escluyen para siempre a todos los demás 
individuos del derecho de aspirar a ella, i por consi- 
guiente, puede decirse que, en cierto sentido, la estin- 
guen, la anonadan, la privan de aquella especie de 
vida que adquiera cuando pasa libremente de mano 
en mano sin ningún j enero de trabas. Además, los 
bienes que pasan a cuerpos eclesiásticos mueren tam- 
bién de otro modo para el estado, pues quedan exen- 
tos de los tributos civiles; todavía puede decirse con 
mas propiedad que se estinguen o amortizan los cen- 
sos i demás cargas que se redimen, i las deudas que se 
pagan, o los efectos públicos que se recejen por el go- 
bierno, pues, por este hecho, pierden realmente su 
existencia. 

«La amortización, en cuanto significa redención o 
estinción de cargas i gravámenes, es un bien; pero, en 
cuanto significa vinculación de bienes en una familia 
o en algún establecimiento, es un mal, i un mal mui 
grave para el estado». 



La esplicación sobre el significado de amortización 
queda Escriche sirve igualmente para el del com- 
puesto desamortización. 

Destinatario 

Un proyecto de lei orgánica de telégrafos formu- 
lado en 1877, ^1 ^^^ corre impreso, contiene, entre 
otras indicaciones, las que siguen: 

Artícído 47. «La administración de los telégrafos del 
estado no asume responsabilidad de ninguna clase por 
alteración en los telegramas, demora en su trasmisión 
i en su entrega a domicilio, o por cualquiera otra 
causa. 

«Tomará, no obstante, todas aquellas medidas que 
garanticen al público la pronta i fiel trasmisión de sus 
despachos i su distribución; i deja al espedidor, para 
asegurarse de que su despacho ha sido entregado al 
destinatario^ la libertad de recomendarlo o hacerlo con- 
frontar». 

Artículo 48. «En las esquelas timbradas, en los so- 
bres i en las esquelas en que se espiden los telegramas 
recibidos, se imprimirá el artículo anterior. El conoci- 
miento, que el espedidor i el destinatario deben nece- 
sariamente tener de dicha disposición, se considerará 
como un contrato aceptado por ellos». 

Artícído 64. «El espedidor de un telegrama tiene de- 
recho a que se le devuelva el porte pagado: 

«I.® Siempre que su despacho no hubiere llegado a 
la oficina destinataria; 

«2.^ Cuando el telegrama fuere entregado al destina- 
tario después del tiempo en que pudiera llegarle por 
correo; 

«3.® Cuando, en la trasmisión o recepción, hubiere 

AMOMÁTBGUI. — ^T. II . 15 



— 3f6 — 

sido desnaturalizado de modo que no se comprenda su 
contenido. 

«La devolución de que habla este articulo no podrá 
reclamarse sino en laoñcina de orijen, i después que 
el espedidor haya probado su identidad, si así se lo 
exijiere el empleado». 

Artíctdo 65. «No se admitirá reclamo alguno un mes 
de^ués de depositado un despacho en la oficina tele- 
gráfica. Este plazo será de seis meses para los despa- 
chos internacionales. 

«Para que un reclamo sea admitido, necesita el es- 
pedidor o destinatario probar que la no entrega o de- 
mora de su despacho ha sido causada por el servicio 
telegráfico». 

Esta palabra destinatario no es aprobada por la Real 
Academia Española; pero no se me ocurre por cuál 
otra reemplazarla, i es enteramente análoga por su 
formación a arrendatario, comodatario , consignatario, 
donatario, legatario^ mandatario^ mutuatarioy i otras se- 
mejantes que están admitidas. 

El Nuevo Diccionario Francés-Español i Espa- 
ñol-Francés de Salva completado por don J. B. Guim 
trae la palabra destinatario, (i) 

Desastad 

Don Andrés Bello, en un artículo sobre un proyecto 
de lei referente al matrimonio de los estranjeros no 
católicos que dio a luz en El Araucano el año de 
1844, se espresa como sigue: 

«La lei proyectada, al paso que pone en ejercicio una 
incuestionable atribución de la soberanía que estaba 



(I) La última edición del Diccionario Académico, publicada en 1899, 
ha dado cabida al vocablo destinatario, ria i lo define como signe: 4>enona 
a quien va diríjida o destinada alguna cosa». 



— 227 — 

en peligro de olvidarse, o de caer en desuetud, ha guar- 
dado todas las consideraciones posibles a la delicadeza 
de las conciencias, i a la buena fe de los que, por igno- 
rancia, hayan faltado antes de ahora a las solemnida- 
des legales en uno de los actos mas importantes de la 
vida» (Obras Completas, tomo lo, pajina 491). 

El mismo Bello, en el discurso que pronunció ante 
la Universidad de Chile el 29 de octubre de 1848, em- 
plea la siguiente frase: 

«Veo que la práctica antigua de composiciones escri- 
tas ha caído en desueiud». (Obras Completas, tomo 8, 
pajina 378). 

Salv4, en el Nuevo Diccionario de la lengua cas- 
tellana, i Barcia, en el Primer Diccionario Jene- 

RAL EtIMOLÓJICO DE LA LENGUA ESPAÑOLA, dicen que 

desuetud, es anticuado, i equivalente a desuso, 

Domínguez en el Diccionario Nacional de la len- 
gua ESPAÑOLA, i don Nicolás María Serrano, en el 
Diccionario Universal de la lengua castellana, 
dicen también que desuettid es anticuado, i equivalente 
a desacostumbre, deshabitud. 

El Diccionario de la Real Academia no trae esta 
palabra. 

Desuetud proviene manifiestamente de desuetudo. 

El Diccionario Octolingüe de Calepino completa- 
do por el famoso jesuíta español Juan Luis de la Cer- 
da, edición de León, o sea de Lyon (Lugduni), 1647, 
dice qne desuetudo equivale en castellano a desacostum- 
bre. 

El Diccionario Latino-Hispano de Antonio de 
Nebrija o Lebri ja, completado por don Enrique de la 
Cruz Herrera, edición de Madrid, 1741, dice que desue- 
tudo equivale en castellano a desuso o desusanza. 

Me parece curioso hacer notar que el Diccionario 



— ii8 — 

DE LA Academia admite solo a desuso; pero no a desa- 
costumbre, deshabitud i desusanza, que se dan por equi- 
valentes del tampoco aprobado desuetud. 

Desvirtuaeión 

El artículo 35 del reglamento del estanco de tabacos 
decretado por el presidente de Chile con fecha li de 
mayo de 1841, dice así: 

Artículo 35. «A fin de examinarlo mas antes posible, 
sin gravamen fiscal, si las existencias de las especies 
estancadas corresponden a las cantidades compradas i 
a las recibidas de los empresarios del estanco, el factor 
jeneral dispondrá que, desde el i.^ de enero del año 
entrante de 1842, no se saque a los almacenes particu- 
lares otras especies que las compradas hasta fin de 
diciembre del corriente, que han de quedar en almace- 
nes separados, a no ser que, a juicio del factor, lo im- 
pida alguna ocurrencia, lográndose así, no solo el ob- 
jeto indicado, sino también el que las especies tomadas 
últimamente sea mas retardado su consuma para evitar 
los perjuicios que se irrogan al fisco con la desvirtua- 
eión orijinada por el mas o menos tiempo que existen 
almacenadas». 

Las graves incorrecciones de lenguaje que se notan 
en este artículo no son ciertamente un buen antece- 
dente para que se admita el vocablo neolójico desvir- 
tuación, que no viene eri el Diccionario de la Aca- 
demia. 

Sin embargo, el Diccionario trae el verbo desvir- 
tuar, «quitar la virtud, sustancia o vigoD>. 

No hai entonces fundamento para desaprobar el uso 
del sustantivo afín desvirtuaeión. 



— 119 "^ 

Diagnostioar 

Muchas personas, i especialmente los médicos, usan 
a menudo en Chile este neolojismo, que aun no ha sido 
autorizado por el Diccionario de la Real Acade- 
mia. 

Mientras tanto, este verbo es también empleado en 
España, como lo demuestran las siguientes frases que 
se hallan en una obra del fecundo i eximio novelista 
don Benito Pérez Galdós, titulada Lo Prohibido. (To- 
mo iP, edición de Madrid, 1885). 

«Venía padeciendo el infeliz de una enfermedad no 
bien diagnosticada por los médicos», (pajina 92). 

«Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diag- 
nostícabaldiS lepras de nuestra nación i los remedios (in- 
gleses se entiende) que a gritos pide nuestra sociedad 
política; hallábale yo tan elocuente, tan razonable, 
tan talentudo, que me llenaba de tristeza», (pajinas 

93 i 94)- 

El Diccionario de la Academia dice que diagnós- 
tico puede ser adjetivo o sustantivo. 

La palabra mencionada ejerce el primero de estos 
oficios cuando significa «perteneciente o relativo a la 
diagnosis», esto es, al «conocimiento de los signos de 
^ < las enfermedades»; i al segundo cuando significa «con- 

junto de signos que sirven para fijar el carácter pecu- 
liar de una enfermedad». 

Dado este antecedente, aparece que el verbo diag- 
nosticar es necesario, (i) 

(x) El DxociOKAmo Académico, edición de 1899, en el Suplemento, rejis- 
tra \SL voz diagnosticar, en el sentido indicado por el autor de estos Apun- 
taciones, 



— 33® — 



Dialectal 



Don Francisco de Paula Canalejas, en el discurso 
que leyó el 28 de noviembre de 1869 al ocupar uno 
de los asientos de la Real Academia Española, se es- 
presó así: 

«La diversidad a que tiende naturalmente en su vida 
el espíritu del hombre por la mudanza continua que 
se cumple en sus estados i situaciones intelectuales i 
morales, que rapidísimamente se suceden, es lei que 
se cumple así mismo en el pueblo, en la nación o en la 
raza convirtiendo los dias en lustros, en décadas o en 
centurias. En cada uno de estos instantes cambia la pa- 
labra, porque varía el sentimiento, porque muda la 
idea de aquel pueblo o de aquella nacionalidad, de la 
misma manera que cambia la palabra del individuo 
al ascender de la infancia a la adolescencia, de la ado- 
lescencia a la edad viril, i se altera i trasforma en los 
tristes dias de la senectud. No solo en la sucesión del 
tiempo, sino en la estensión del espacio en que vive el 
hombre, se produce esta variedad. No es mas variada 
la forma de las figuras jeométricas en que cristaliza el 
mineral sujeto a las leyes jenerales de cristalización, 
que la pasmosa variedad con que una misma lengua 
se habla en un territorio perteneciente a una nación 
determinada. Basta recorrer cierta distancia para es- 
cuchar una fonolojía distinta, para advertir leyes ana- 
lójicas diferentes, una diversa sintaxis i una opuesta 
lei de acentuación i de ritmo prosódico, en las provin- 
cias de Castilla respecto al castellano, en las provin- 
cias del antiguo principiado de Cataluña respecto al 
catalán, en las provincias vascas respecto al éuscaro, i 
de igual modo en todas las naciones, i de igual manera 



en todas las lenguas, ¡Variedad casi infinita, constan- 
te, que declara la inestinguible fecundidad del espíritu 
del hombre! I si las lenguas no se conservaran i se 
mantuvieran por medio de la escritura, si no se in- 
mortalizaran gracias a la educación artística, aquella 
vida dialectal trascurriría con tal rapidez, que, sin per- 
der los caracteres gramaticales i léxicos, bastarían 
pocos lustros para que se alterara profundamente su 
gramática, i se renovase el diccionario». (Memorias 
DE LA Academia Española, tomo 2, pajinas 25, 
26 i 27). 

El hecho a que Canalejas alude, es incontestable. 

A consecuencia de ello, la unidad de. un idioma em- 
pleado por numerosas naciones esparcidas en todas las 
partes de la superficie del orbe, puede conservarse, no 
de ninguna manera por la quimérica empresa de ha- 
cer obligatorio el uso de una de las porciones de una 
raza, por ilustrada i respetable que esa porción sea, 
como lo han entendido don Antonio Puigblanch i 
otros, sino tomando en consideración las variaciones 
introducidas en la lengua común por las diversas por- 
ciones de una misma raza, i mui principalmente pro- 
curando que se adopte en esta materia un plan racio- 
nal i lójico, como lo entienden los actuales individuos 
de la Real Academia Española. 

Contribuye también, sin duda alguna, a la consecu- 
ción de tan importante resultado la existencia de una 
literatura nacional que satisfaga las mas premiosas ne- 
cesidades intelectuales de un conjunto de pueblos. 

Procurar la unidad de idiomas por otros medios, es 
trabajar por algo imposible de alcanzar. 

Canalejas en el trozo antes copiado, usa el adjetivo 
dialectal que no se encuentra en el Diccionario de la 
Academia. 



— 132 — 

Sin embargo^ no hai razón fundada para censurarle 
el empleo de un vocablo sin cuyo ausilio no habría po- 
dido espresar su pensamiento i cuyo significado, a 
causa del modo como dialectal está formado, no puede 
ofrecer la menor dificultad. 

Es indispensable conceder a los individuos doctos, 
i, sobre todo, a los pueblos, la mas completa libertad 
de mejorar i enriquecer el idioma común. 

Don Francisco de Paula Canalejas ha desenvuelto 
perfectamente esta idea en el discurso citado. 

Voi a copiar un trozo en que resume su doctrina 
acerca de la materia, tanto por esto, como porque 
vuelve a usar dos veces el adjetivo dialectal. 

«Creo con Max Müller (dice) que la renovación dia- 
lectal es uno de los medios mas eficaces para la conser- 
vación i desarrollo de los idiomas. Creo que la influen- 
cia que los dialectos ejercen en la lengua nacional en 
los diversos períodos de su historia, contribuye enér- 
jicamente a mantener la vida i la frescura, i a dotar de 
flexibilidad i de precisión a los idiomas. En la historia 
del castellano, no sería difícil determinar las épocas de 
influencia andaluza o gallega, asturiana o aragonesa, 
no solo en las cualidades poéticas, sino en las condi- 
ciones sintáxicas i lexiolójicas que han permitido ad- 
quieran carta de naturaleza, formas provinciales i mo- 
dismos locales. 

«Esta renovación que se cumple a la vez por los 
eruditos i por el pueblo i que se señala cada dia de 
una manera mas enérjica en las lenguas contem- 
poráneas, fué resistida por las lenguas clásicas, fué 
desdeñada i perseguida por los puristas que, después 
de los Sénecas i Lucanos, consideraban necesario un 
renacimiento neo-clásico para borrar en su lengua las 
huellas del hispanismo que, en el latín, habían estam- 



— «33 — 

pado los oradores i poetas peninsulares. Este empeño, 
hijo del carácter patricio de la lengua i de la literatu- 
ra, fué robando al griego i al latín lozanía, vigor, ju- 
ventud; i tras del siglo de oro, cayeron las lenguas de 
Demóstenes i Tucídides, Cicerón i Salustio en manos 
de retóricos i gramáticos, que las redujeron a fórmulas 
consagradas; limitándose el empeño de los doctos a 
decir en frase ciceroniana o cesarista lo que estimaban 
como inspiración propia. 

«El divorcio entre la vida i la lengua se consuma en 
los siglos de la decadencia; i como vivir es pensar y ya 
que el latín no quiso servir para la vida, murió; pero 
el pensamiento humano enjendró otra lengua que 
lentamente crece i se desarrolla^ i por último, se des- 
prende de la latina, pasando por el latín eclesiástico, des- 
pués por el bárbaro, hasta llegar a las lenguas romá- 
nicas. 

«No será esta la causa de la muerte de las lenguas, 
(si es que mueren) escritas por Lope de Vega, Sha- 
kespeare o Moliere. La renovación dialectal se cumple 
continua e incesantemente. Su fonética, su lexiolojía, 
su sintaxis, su prosodia, se rejuvenecen por un comercio 
costante con los dialectos que mantienen la variedad 
lingüística dentro de la unidad nacional, i, por lo tan- 
to, con las espontáneas creaciones de la vida que es- 
presan esos dialectos propios, no solo de una comarca, 
sino también deunajeneración, porque, en efecto, cada 
jeneración recibe de sus ideas, de sus dolores o de sus 
esperanzas formas peculiares, sello especial, que que- 
dan en la lengua patria, i que se perpetúan cuando res- 
ponden i concuerdan con el tipo jenial i con la fisono- 
mía de la gramática de la nación. 

«No se consigue esta duración de las lenguas mo 
dernas, esta cultura literaria del castellano, del ale- 
mán o del francés, que cuentan nueve o mas siglos de 



— «34 — 

existencia, i prometen otros muchos (lo que no alcan- 
zaron griegos i latinos), sino siguiendo la lei de vida 
propia de las lenguas. No se consigue la excelencia de 
que cuatrocientos años después de Jorje Manrique, Gar- 
cilaso o frai Luis de León, podamos citar con encomio 
buenos poetas castellanos, como Quintana, Gallego, 
el duque de Rivas, Martínez de la Rosa o Espronceda, 
sino fecundando la tradición, i no apegándose a la 
fórmula consagrada del siglo de Péneles o del siglo de 
Augusto, que no tuvieron por esta causa sucesores ni en 
la misma lengua griega o latina, i cuyos maestros que- 
dan recordados emmierando tres trájicos, un cómico, 
dos oradores i tres líricos en Grecia, o seis poetas i tres 
historiadores en Roma. 

«La inspiración greco-latina permitía qué se preten- 
diera espresarla totalmente en una lengua dada i en 
una fecha solemne; permitía un siglo de oro. La uni- 
versal i profunda inspiración de la edad moderna no 
puede espresarse sino en una dilatada i no interrum- 
pida serie de siglos de oro. No basta una sola lengua, 
ni aun el cultivo de una misma lengua renovada pri- 
ma veralmente en cada una de las jeneraciones que se 
suceden en la serie de los tiempos, sino que necesita 
la historia de muchas lenguas por espacio de muchos 
siglos para dar forma a sus intuiciones i a sus pensa- 
mientos. 

«Las lenguas griega i latina no vivieron desde que en- 
contraron a Sófocles i Eurípides, a Tucídides o Platón, 
a Horacio, Cicerón i Tito Livio; las lenguas modernas 
no han interrumpido su vida desde el siglo X; i esta 
diferencia entre un diccionario vivo i una gramática 
muerta debe tenerse en la memoria para estimar sus 
respectivas excelencias». 

(Memorias de la Academia Española, tomo 2.^, 
pajinas 51 i siguientes). 



— «35 - 



Discuniear 



En Chile se emplea mucho este verbo, que no está 
autorizado por la Academia. 

El Diccionario trae solo el verbo discursar, «discu- 
rrir sobre una materia». 

Sin embargo, los dos verbos mencionados están le- 
jos de tener un mismo significado. 

Discursear, como mucho de los verbos en ear, es un 
verbo frecuentativo que denota hacer discursos sobre 
temas que no lo merecen, hacer muchos discursos, dar 
sin necesidad a toda razonamiento la forma de dis~ 
curso. 

Disecación, disecar 

Don Zorobabel Rodríguez, en el Diccionario de 
CHILENISMOS, ha llamado la atención sobre la diferen- 
cia de significados entre los verbos disecar i desecar, 
los cuales, sin embargo, en la forma, solo tienen la mui 
pequeña de llevar el primero una e donde el segundo 
lleva una i. 

Efectivamente, desecar, según el Diccionario de 
LA Academia, equivale a «secar, estraer la humedad»; 
i disecar, a «dividir en partes el cadáver de un animal 
para el examen de su estructura, o de un vicio que 
haya contraído viviendo», i en otros casos, a «prepa- 
rar los animales muertos para conservarlos con apa- 
riencia de vivos». 

Mientras tanto, he podido tener casualmente a la 
vista una sentencia pronunciada por un juez compro- 
misario el 10 de setiembre de 1880, en la cual se men- 
ciona, entre los cargos de un arrendador a un arren- 



— 236 — 

datarlo^ el de «que éste no mantuvo las sangrías 
subsistentes al tiempo del arriendo, ni trabajó las 
demás que eran necesarias para obtener la completa 
disecación de la propiedad arrendada)^; i se falla, entre 
otros fundamentos, por el de «que la cláusula 5/ del 
contrato es clara, conciba i terminante, e impone al 
arrendatario la obligación de construir los fosos prin- 
cipiados, i la de hacer otros hasta disecar completa- 
mente el fundo». 

Es también mui frecuente decir que una flor o una 
yerba ha sido disecada. 

En los casos aludidos, debe emplearse el verbo de- 
secar en vez de disecar i desecación en vez de diseca- 
don. 

Por esto, don Andrés Bello, en el Código Civil Chi- 
leno, se ha espresado como sigue: 

Artículo 870. «Las reglas establecidas para la servi- 
dumbre de acueducto se estienden a los que se cons- 
truyan para dar salida i dirección a las aguas sobran- 
tes, i para desecar pantanos i filtraciones naturales por 
medio de zanjas i canales de desagües». 

Por esto, don Claudio Gay, en la Historia Física i 
Política de Chile, Agricídtura, tomo i.^, sumario del 
capítulo 18, pajina 296, dice «henaje o desecación del 
heno que se ha empezado a practicar desde hace poco 
tiempo para la esportación». 

Por esto, en ñn, don Pablo de Jérica, en la Misce- 
lánea Instructiva i Entretenida, tomo I, pajina 
96, se espresa como sigue: 

«Cada año se ven nacer botones de rosa, abrirse, 
desplegar todo su brillo; i después, con el tiempo, las 
rosas se cambian en tristes flores desecadas, es decir, 
las lindas muchachas vienen a parar en meras espec- 
tadoras de las salas de baile». 



— 337 — 
Por esto, don Víctor Balaguer, en Las noches de 

DIFUNTOS EN LAS RUINAS DE POBLET, artículo inserto 

en La Ilustración Artística, número i6o, pajina i8, 
columna 2 .*, dice así: 

«Nos sentamos a departir unos momentos en el 
claustro, junto al saltante surtidor que se alzaba un 
dia en el centro vertiendo el agua por treinta fuentes, 
hoi desecadas i mudas». 

En ninguno de los cuatro ejemplos que acabo de ci- 
tar, podría haberse dicho disecación, o disecar. 

Don Ramón de Mesonero Romanos, el Curioso Par- 
lante, en el artículo de las Escenas Matritenses ti- 
tulado El Barbero de Madrid, emplea esta frase: 

«Mi primo. . . era tan afecto a la anatomía, que se 
empeñó en disecar a su mujer». 

Disecar no habría podido en este caso ser reempla- 
zado por desecar. 

Pérez Galdós, en Lo Prohibido, tomo i.^, pajina 
203, edición de Madrid, 1885, escribe lo que sigue: 

«Últimamente se retrató con un león a los pies. No 
hai que decir que el león era disecado». 

Disecado no habría podido en este caso ser reempla- 
zado por desecado, 

Disflgorar 

Algunos dicen disfigurar por desfigurar. 

Este es, entre muchos otros análogos, un ejemplo de 
la propensión de los pueblos españoles a cambiar la 
e en t, o la i en e. 

Acaba de verse que es frecuente emplear desecar por 
disecar, o disecar por desecar. 

Igual cosa se observa en gran número de palabras. 

Tan común, verbigracia, es pronunciar i escribir los 



verbos en ear cual si terminaran en tar, diciendo, por 
ejemplo, estropiar en vez de estropear, como pronun- 
ciar i escribir los verbos en iar cual si terminaran en 
ear, diciendo, por ejemplo, vacear en vez de vaciar. 

Si hai quienes sustituyen malamente la e por la ¿, 
diciendo, verbigracia, disvariar por desvariar, piar por 
peor, Cesário por Cesáreo, hai otros que sustituyen tam^ 
bien malamente la i por la e, diciendo, verbigracia, 
arcedeano por arcediano, Heleodoro o Eleodoro por He- 
liodoro o Eliodoro, diabetis por diabetes. 

El novelista contemporáneo don José María de Pe- 
reda usa enfatuado por infatuado en la siguiente frase 
de la obra titulada Pedro Sánchez, párrafo i.^, o sea 
pajina 9, edición de Madrid, 1884: 

«Como, demás de esto era yo, por naturaleza blanco 
de color, pálido de facciones i bien contorneado de 
miembros (lo cual era el orgullo de mi padre, pues me 
creía cortado por la mano de Dios para ser un caballe- 
ro), creyéronme a lo mejor enfatuado por tales prendas 
mis rústicos camaradas». 

Don Pedro Felipe Monlau leyó ante la Academia 
Española el 27 de setiembre de 1863 P^ra solemnizar 
el aniversario de la fundación de este docto cuerpo un 
discurso que corre impreso en las Memorias, tomo i.o, 
pajina 422 i siguientes, en el cual se encuentra el trozo 
copiado a continuación: 

«En el castellano, como en todos los demás idiomas 
neo-latinos o modernos, hai que distinguir dos épocas 
de formación: una, la primera, popular, tosca, al paure- 
cer tumultuaria i anárquica, pero lójica i profundamen- 
te orgánicíi, destructora de la declinación latina; poco 
o nada escrupulosa en quitar o añadir, permutar o 
trasponer letras, alteraciones materiales que hoi nos 
sirven de infalible criterio para determinar la edad 



respectiva de los vocablos. La segunda época empieza 
siglos después, i termina en el siglo XV, cuando prin- 
cipiaron a cumplirse los gloriosos destinos de la lengua 
castellana, elevándose de humilde dialecto a la alta ca- 
tegoría de idioma nacional de la poderosa monarquía 
que unificó nuestros antiguos reinos, eidiomaen el cual 
estaba sin duda estatuido que habían de proclamarse 
en im mundo hasta entonces ignorado las doctrinas del 
evanjelio i las primicias de la civilización moderna. 
Pues bien, en esta segunda fonnación, o en esta refor- 
mación, menos popular, menos empírica, mas reflexiva 
i mas erudita, aunque mas apartada de los oríjenes i 
sin comunicación fonética con los romanos, todo se 
hizo también sobre el molde del latín. Centenares de 
locuciones puramente latinas se incorporaron desde 
luego íntegras en el casteUano, i aun hoi dia quedan no 
pocas de ellas en el foro, en medicina, en las escuelas, 
en el lenguaje técnico en jeneral, en el erudito, i hasta 
en el vulgar. La reforma de los vocablos se acomodó 
también en todo lo posible a la forma latina correcta; 
i el caudal nuevo que se iba necesitando se sacó de las 
mismas voces latinas letra por letra trascritas, sin mas 
novedad que la eufonización analójica de las desinen- 
cias e inflexiones», (pajinas 430 i 431). 

Entre los ejemplos de palabras pertenecientes a ca- 
da una de estas dos épocas, Monlau cita el que sigue. 

«La primera formación dijo Ehro, enseñuy entero, 
lengua, letra, etc, conmutando en e la i de ibero, in- 
signia, integro, lingua, littera, mientras que en ibero, 
insignia, integridad^ lingual, literal i otras voces del 
lenguaje culto no se toca a la i», (pajina 536). 

Lo espuesto por Monlau confirma lo que yo hacía 
observar poco antes acerca de la facilidad con que los 
españoles solemos mudar una een i o una i en e. 



— 240 — 

Efectivamente hai muchas palabras, a la fecha an- 
tícuadas, en las cuales hemos puesto en vez de una i 
una^. 

Ejemplos: iglesia en vez de eglessia, injenio en vez 
de enjeno, intención en vez de entención, historia en vez 
de estoria, mismo en vez de mesmo, recibir en vez de 
recebir^ escribir en vez de escrebir, etc., etc. 

Es demasiado sabido que se empezó por cambiar la 
conjunción latina et en e, i posteriormente en i. 

De igual modo hai muchas palabras, a la fecha tam- 
bién anticuadas, en las cuales hemos puesto en vez de 
una e una t . 

Ejemplos: henchir en vez de hinchir; enviar en vez 
de inviar; mejor en vez de mijor; menguar en vez de 
mingnar; meíitiroso en vez de mintroso; sabedor en vez 
de sahidor. 

En la lengua actual, hai muchas palabras que aun- 
que difieren en la forma solo por llevar las unas e i las 
otras i y se emplean con el mismo significado. 

Ejemplos: desconforme i disconforme y desconformidad 
i disconformidad y descontinuar i discontinuar, descon- 
tinuo i discontinuo, desconveniencia i disconveniencia 9 
desconvenir i disconvenir, desmembración i dismembra- 
ción , desplacer i displacer, despertar i dispertar, 

Hai otras en las cuales la circunstancia de reempla- 
zar una c por i, o sea una i por e, produce ima varia- 
ción de significado. 

Crear i criar, creador i criador son equivalentes en 
cierta acepción, pero diferentes en otras. 

Arrear i arriar significaron en lo antiguo «poner 
arreos, adornar, hei*mosear, engalanar». 

El Diccionario de la Academia lo declara respec- 
to a arrear. 

Efectivamente, arrear se halla usado con esta acep- 



ción en el Poema del Cid, como puede verse en los 
versos 2518 i 2519, canto 3.^, edición de Bello, donde 
se lee que los yernos del Cid 

Fueron en Valencia mui bien arreados^ 
conduchos a sazones, buenas pieles e buenos mantos. 

El Diccionario de la Academia no ha tomado en 
consideración el significado anticuado de arriar a que 
he aludido, i que puede comprobarse con lo que se lee 
en los versos tóio i 1811, canto 2, Poema del Cid, 
edición de Bello. 

Non pudieron ellos saber la cuenta de los caballos, 
que andan arriados, e non ha que tomallos, 

Pero, en el tiempo moderno, estos dos verbos se em- 
plean solo en acepciones distintas. 

Arrear significa «estimular a las betias con la voz, 
con la espuela, con golpes, o con chasquidos, para que 
echen a andar, o para que sigan caminando, o para 
que caminen mas de prisa». 

Arriar significa «bajar las velas o las banderas». 
^ Descordar i discordar significaron antiguamente «ser 
opuestas, contrarias o diferentes dos cosas o dos opi- 
niones». 

En el dia, descordar se usa solo como equivalente de 
desencordar, esto es, en la acepción de «quitar las 
cuerdas a un instrumento». 

Podría acumular muchos mas datos sobre esta ma- 
teria; pero me parece que los mencionados bastan para 
manifestar cuan atentos debemos ser al emplear las 
palabras en que puede haber duda sobre si se pronun- 
cian con e o con i. 

La versatilidad del idioma respecto a este punto nos 
obliga a ello. 

AMUnAtEGUI.— T. II. IC 



— 24* — 



Disparatear 



Este verbo, bastante usado en Chile, no ha sido ad- 
mitido hasta ahora en el Diccionario de la Real 
Academia, que solo autoriza el verbo disparatar, «de- 
cir o hacer una cosa fuera de razón o re^la». 

Lo que toca discutir ahora es si se reprueba o no el 
vocablo disparatear. 

Principio por convenir en que gran número de sus- 
tantivos terminados en e, como disparate, tienen por 
afines solo verbos terminados en ar, i no en car. 

Entre otros, sirvan de ejemplo los que siguen: 

Amarre Amarrar 

Atalaye Atalayar 

Descote Descolar 

Deslustre Deslustrar 

Desquite — Desquitar 

Disfrute Disfrutar 

Escote Escotar 

Lustre Lustrar 

Recorte Recortar 

Trasporte Trasportar 

Trote Trotar 

Pero también es cierto que otros sustantivos termi- 
nados en e tienen por afines verbos en ear, i no en ar. 
Entre otros, sirvan de ejemplo los que siguen: 

A larde A lardear 

Chicote : — Chicotear 

Golpe Golpear 

Juguete Juguetear 

Traje Trajear 



— «43 — 

Nos faltan algunos que tienen por afines verbos de 
las dos formas. 

Galope Galopar i Galopear 

Herbaje — Herbajar i Herbajear 

Dados estos antecedentes, se ve que no haí mucho 
fundamento para censurar a los que usan el verbo dis- 
paratear, cuya formación se ajusta perfectamente a las 
leyes del castellano. 

Adviértase que, bien considerado, existe diferencia 
entre los significados de disparatar «decir o hacer un 
disparate» i disparatear «decir o hacer numerosos dis- 
parates». 

Si existe baladronear y no se descubre por qué habría 
de rechazarse el uso de disparatear. 

Haré notar, en conclusión, que el Diccionario de 
LA Academia dado a luz en 1884, admite varios ver- 
bos en ear a que el de 1869 no había dado cabida. 

Puedo citar, entre otros, chapurrear, i escamotear, que 
ha reconocido a pesar de que existen los verbos equi- 
valentes chapurrar i escamotar. 

Sin embargo, debo espresar que hasta la fecha no he 
leído el verbo disparatear en autores de nota, los cua- 
les emplean disparatar. 

Don Juan Nicasio Gallego, en su excelente traduc- 
ción de Los Novios de Manzoni, capítulo 27, o sea pa- 
jina 364, edición de Madrid, 1882, trae la siguiente 
frase: 

«El que pudo escribir el tratado De restitutione 

TEMPORUM ET MOTÜUM CLECESTIÜM, i el libro DUODE- 

ciM CONJECTURARUM merecía ser oído aun cuando dis- 
paratase». 

Bretón de los Herreros, en El poeta i la benefi- 
ciada, acto 2fi, escena 5.* se espresa así: 



— 244 — 

Isabel 
¿Qué está usted disparatando? 

Actriz 
La que disparata es ella. 

Dispendiar 

Un decreto espedido por el presidente- de Chile en 
21 de junio de 1825 empieza así: 

«Siendo tan perjudicial a la buena administración 
de la hacienda pública, como a sus mismos acreedores, 
dispendiar inútilmente el tiempo en contestar a requi- 
siciones de pago cuando las arcas no tienen de qué ha- 
cerlo, he venido en decretar, etc.» 

El Diccionario de la Academia no autoriza este 
neolojismo, aunque sí el sustantivo dispendio, una de 
cuyas dos acepciones es la de ^-uso o empleo excesivo 
de tiempo, hacienda, honra, etc.» 

Dispensaría 

El presidente de Chile dio el ir de diciembre de 
1852 el decreto que se inserta a continuación: 

«No existiendo hospital en la ciudad de Cauquenes, 
i pudiéndose suplir por ahora su falta para la asisten- 
cia de los enfermos pobres con el establecimiento de 
una dispensaría j 

«He acordado i decreto: 

«IP Establécese una dispensaría en la ciudad de 
Cauquenes. 

«2P Nómbrase médico de esta dispensaría aJ médico 
recibido don Jermán Hautelman. 



— 245 — 

«3.® El espresado médico prestará su asistencia en 
la dispensaría en los dias i horas que' el intendente de 
la provincia designare; i será además de su cargo con- 
servar i propagar el fluido de la vacuna, debiendo 
quedar sujetos a su dirección los vacunadores que 
allí hubiere, i prestar sus servicios, en lo que se refiere 
a la salubridad pública i demás objetos de policía mé- 
dica en toda la provincia del Maule. 

«4.^ Se asigna al nombrado el sueldo de setecientos 
pesos anuales, que se imputará al ítem de la partida 
de gastos de beneficencia destinada a la creación i au- 
silio de dispensarías». 

Sucesivamente se han ido fundando otras institu- 
ciones análogas. 

La partida 32 del presupuesto del ministerio del in- 
terior para el año de 1886 lleva este epígrafe: «Asigna- 
ciones a hospitales, dispensarías i otros establecimien- 
tos de beneficencia, i sueldos de los médicos que los 
sirven». 

La institución mencionada ha sido imitada de lo 
que se practica en Francia, donde existe por lo menos 
desde 1780. 

Su denominación ha sido tomada del francés. 

Dispensaire, dice Salva, es «el lugar en donde se 
preparan los remedios, i se distribuyen gratuitamente». 

Para que esta definición sea completa, es preciso 
agregar que, en las dispensarías, se proporciona tam- 
bién gratuitamente el ausilio del médico. 

Como se ve, Salva no ha encontrado en castellano 
una palabra equivalente a dispensaire. 

Parece, por tanto,* que ha de aceptarse la de dispen- 
saría. 

No faltan quienes digan dispensería en vez de dis- 
pensaría. 

También suele usarse dispensario. 



— 2'46 — 



Distrayese 



El verbo traer i sus compuestos abstraer y atraer ^ con- 
traer y desatraer y detraer ^ distraer y estraer y retraer y retro- 
traer, sustraer tienen, entre otras irr^ularidades de 
conjugación, la de agregar a la radical una j en el pre- 
térito de indicativo, i en el pretérito i futuro de sub- 
juntivo, diciéndose, verbi-gracia, traje y trajera o tra-- 
jese, trajere. 

Así no puede decirse como algunos: distraiy disiraye- 
ra o distrayese, distrayere, sino distraje, distrajera o 
distrajese, distrajere. 

Sorprende, por tanto, que, en la biografía de don 
Félix Torres Amat, inserta en la Galería de espa- 
ñoles CÉLEBRES CONTEMPORÁNEOS, tomo 8.^, se lea lo 
que sigue: 

«El señor Torres Amat no quería nada que lo dis- 
trayese de la versión de la Biblia, que formaba su 
ocupación esclusiva, i que absorbía toda su atención», 
(pajina 3). 

Disvariar, disviffio 

Muchos, arrastrados por el impulso de no hacer una 
marcada distinción entre la ^ i la i, de que ya he te- 
nido oportunidad de hablar, emplean disvariar por 
desvariar y i disvarío por desvarío. 

Sin embargo, ningún maestro de la lengua que yo 
conozca autoriza con el ejemplo una práctica seme- 
jante. 

El reputado i laborioso crítico español don Manuel 
Cañete leyó el 28 de setiembre de 1862 ante la Real 
Academia Española un bien elaborado ensayo Sobre 

EL drama RELIJIOSO ESPAÑOL ANTES I DESPUÉS DE 



Lope dé Vega, el cual corre impreso en las Memorias 
de esta corporación, tomo i.o, pajinas 368 i siguien- 
tes, i donde se encuentra este pasaje: 

«Yo bien sé que de todo se puede abusar; que la 
exajeración de lo bueno suele ser aun mas perjudicial 
que lo malo; i que los autores de comedias de santos, 
místicas i relijiosas, a veces no se contenían en los 
límites del decoro i reverencia con que deben mane- 
jarse tales asuntos. Pero ¿de qué no se abusa? I por- 
que uno u otro haya desvariado en tal o cual caso, 
¿debemos- rechazar i condenar al de juiciq firme i se- 
guro que, lejos de desvariar, emplea gallardamente su 
injenio en beneficio de la moral i del arte?» (pajina 
406). 

El duque de Rivas, en El Moro Espósito, romance 
i.^, dice así: 

;Cómo se ofusca, cuánto desvaría, 
una imajinación acalorada! 

El mismo egrejio poeta se espresa como sigue en los 
Solaces de un prisionero: 

Quien así lo imajina desvaría. 

(Jornada l» escena 3.*). 

¡Ah! de gozo desvaría. 

(Jomada 2.*, escena 2.*). 

Así como el duque de Rivas emplea desvariar i no 
disvariar, usa también desvarío i no disvarío, como se 
ve en la siguiente estrofa de El Moro Espósito, ro- 
mance 5. 0: 

Tal sucede a Kerima: su esperanza 
se acó je a los estraños desvarios 
de cuentos, talismanes i conjuros; 
i piérdese en un caos de delirios. 



- 248 - 

Divisionario, divisionaria 

Una leí fecha 13 de junio de 1879 ordena, entre 
otras cosas, lo que sigue: 

Artículo I. o «Se autoriza al presidente de la Repú- 
blica para emitir hasta dos millones de pesos en mo- 
neda divisionaria con la aleación que esta lei esta- 
blece». 

Otra lei fecha 6 de agosto de 1880 ordena, entre 
otras cosas, lo que sigue: 

Articulo iP «Se autoriza al presidente de la Repú- 
blica para emitir un millón de pesos mas en moneda 
divisionaria de plata, emisión que quedará en todo su- 
jeta a lo prescrito por las leyes de 13 de junio de 
1^79* i 3 d^ enero del año actual». 

Otra lei fecha 20 de enero de 1881 ordena, entre 
otras cosas, lo que sigue: 

Artículo ip «Se autoriza al presidente de la Repú- 
blica para emitir millón i medio de pesos mas en mo-' 
neda divisionaria de plata, emisión que quedará en 
todo sujeta a las prescripciones de las leyes de 13 de 
junio de 1879, i de 3 de enero de 1880». 

En muchos documentos públicos i privados de Chile, 
se usa, como en las tres leyes citadas, la palabra divi- 
sionaria como calificativo de moneda. 

Domínguez, en el Diccionario Nacional de la 
LENGUA ESPAÑOLA; Barcia, en el Diccionario Etimo- 
Lójico de la misma; i Serrano, en el Diccionario 
Universal, dicen que divisionario, divisionaria^ equi- 
vale a divisional^ «perteneciente a la división». 

El Nubvo Diccionario Francés-Español de Sal- 
va, completado por Guim, dice que divisionnaire co- 
rresponde a «divisional o divisionario, que concierne 
a la división». 



— 249 ^ 

Mientras tanto, el Diccionario de la Academia 
no trae el adjetivo divisionario^ divisionaria. 

En lugar de moneda divisionaria, como se llama en 
francés, según Littré, Dictionnaire de la langue 
FRANgAiSE, «la moneda que representa las divisiones 
de la unidad monetaria», el Diccionario de la Aca- 
demia enseña que, en castellano, ha de decirse moneda 
menuda o suelta, (i) 

Dock 

Leo en una enciclopedia francesa lo que sigue: 

«La Inglaterra, a la cual la Francia ha tomado la 
palabra dock, mas bien que la cosa, tiene estableci- 
mientos de esta especie desde el fin del siglo XVIL 
Los primeros docks fueron construidos en Liverpool 
en 1696. Eran entonces simples fondeaderos de nivel 
fijo sin almacenes en torno de sus bordes. Esos fon- 
deaderos o conchas fueron ahondados en los terrenos 
situados en frente de las oficinas de aduana». 

Así dock significó primitivamente un fondeadero ro- 
deado de muelles i destinado a la carga i descarga de 
los buques. 

Mas tarde pasó a significar también un fondeadero 
rodeado de almacenes donde los comerciantes guardan 
sus mercaderías. 

Posteriormente se usó así mismo para denominar 
esos almacenes. 

Denota además la pequeña ensenada o cala que se 
forma artificialmente para construir embarcaciones. 



(i) En el articulo que el actual Diccionario Académico de 1899 dedica 
al vocablo moneda se define por primera vez la espresión moneda divisional 
diciendo que es «la que tiene legalmente un valor convencional superior al 
efectivo, como la de cobre i muchas veces la de plata». 



Por último, designa un gran dique flotante donde 
se introducen los buques que se quieren carenar sin 
peligro de que se sumerjan en el mar. 

Como dock puede tomarse en distintas acepciones, 
se comprende que los autores de vocabularios ingle- 
ses-españoles le den distintos equivalentes en nuestro 
idioma. 

Unos dicen que corresponde a concha, o sea seno 
de mar o playa de forma de herradura, rodeado de 
muelles. 

Otros asientan que correspondí a grandes almace- 
nes vecinos a un desembarcadero en el cual se d opo- 
sitan las mercaderías. 

Otros afirman que corresponde a astillero, o dárse- 
na, o sea lugar donde se componen o se construyen los 
buques. 

Otros enseñan, en fin, que corresponde a dique seco 
o notante. 

I todo esto es mui exacto. 

Lo que ha de determinarse es si, hablando castiza- 
mente, puede emplearse en castellano esta palabra 
dock, cualquiera que sea la acepción en que se tome. 

El Diccionario Universal de don Nicolás María 
Serrano da a la tal palabra las dos que siguen: 

1 * «Muelles rodeados de almacenes i destinados al 
cargue i descargue de los buques». 

2 * «También se da este nombre a los grandes alma- 
cenes terrestres destinados a depositar, en ellos las 
mercaderías». 

Don Fermín de la Puente i Apezechea, en un dis- 
curso que corre impreso en las Memorias de la Aca- 
demia Española, tomo 3, pajinas 151 i siguientes, 
dice acerca de esta i)alabra dock lo que copio a conti- 
nuación: 



— asi — 

«El derecho de hacer la lengua se reconoce siempre 
en todos los que la hablan, i el de darle norma se re- 
serva a esa porción mas escojida, que de hablarla me- 
jor hace profesión. En cuanto al arbitrium, es decir, 
en cuanto a la definitiva decisión, no sabemos que 
pueda negarse tampoco a quien evidentemente la 
ejerce. I si no, ¿cómo se esplica que, no ya solo cier- 
tos vocablos, pero algunas frases con réjinien vicioso, 
se introduzcan i adquieran carta de ciudadanía en el 
lenguaje, cuando ni nadie las abona, ni nada, en ma- 
nera alguna, las justifica? Decimos, por ejemplo, a 
ojos vistas, a pié juntillas, en volandas, quien ahí te 
puso ahí te estés, i otras varias, a las cuales nadie pre- 
tenderá echar de la lengua; i que, sin embargo, no 
presentaurán pasaporte. Ovación, el menor de los triun- 
fos que se concedían en Roma, a despecho de toda 
razón histórica i etimolójica, i aun de la Academia, 
pasa hoi, i se entiende, i emplea, aunque viciosamen- 
te, no solo por el mas srfemne triunfo; por el desusa- 
do i descomunal. Así lo quiere el uso, que en resu- 
men no es juez, pero sí introductor i arbitro del len- 
guaje. En tiempo, pues, cuando se presentan, o mas 
bien antes de que se asienten palabras nuevas, deben 
ser consultadas las academias, las cuales acaso pueden 
impedir que prevalezcan, si en buena sazón protestan, 
no solo proponiendo lo mejor, sino condenando, o mas 
bien censurando lo vicioso, i espresando con claridad 
la forma que aconsejan i la que rechazan, con los mo- 
tivos en que fundan la preferencia i la esclusión. I 
asi lo ha hecho ésta (la Española) en estos últimos 
años, por ejemplo, con las palabras dock i bulevar, que, 
en mal punto i hora, trataron de introducirse, i de las 
cuales, la primera fué escluída, por lo menos, de la 
lei i del lenguaje oficial; la segunda hasta del vulgar. 



— 252 — 

que la ha sustituido con los nombres de calle^ carrera 

corredera^ i coso^ mas castizos i adecuados», (pajinas 

193 i 194). 

Creo que la Academia Española ha procedido per- 
fectamente desaprobando la palabra dock^ que, sobre 
no ser necesaria, tiene una forma del todo estraña a 
nuestro idioma. 

Sin embargo, como no faltan quienes la usen, me 
parece oportuno decir algo sobre el plural docks que le 
dan: 

Los que tal hacen cometen el mas espantoso de los 
barbarismos. 

En castellano, los plurales de los vocablos termina- 
dos en consonante se forman agregando, no simple- 
mente una s, sino la sílaba ^5. 

En consecuencia, si se usa la palabra dock, i se quie- 
re darle plural, habría de decirse doques, i no docks. 

Es contraria a la índole del castellano, i completa- 
mente inadmisible la práctica de formar a la francesa 
el plural de nombres terminados en consonante, con 
la agregación de solo una s, como se ejecuta con los 
terminados en vocal. 

I debe llamarse la atención sobre este defecto gra- 
matical, tanto mas, cuanto que estimables escritores 
modernos suelen cometerlo, como ya lo he indicado en 
otra ocasión i puedo confirmarlo ahora con nuevos 
ejemplos. 

Don Pablo de Jérica, en la Miscelánea Instructiva 

1 Entretenida, tomo iP, pajina 98, año de 1836, em- 
plea la siguiente frase: 

«Para consolarse en medio de su celibato forzoso, 
han inventado los jóvenes muchos espedientes; pero 
el principal es la institución de los clubs espléndidos 



— 253 — 

que continúan formándose en *la metrópoli (Londres), 
i se propagan en las provincias». 

El duque de Rivas, el ilustre autor de El Moro Es- 
pósito i de Don Alvaro, usa también en la Epístola 
A don Leopoldo Augusto de Cueto, este viciosísimo 
plural clubs. 

Es verdad que, en la Grecia, no gozaras 



ni el oropel, i balad! cultura 

de academias, de clubs, de sociedades, 

charlatanismo todo, i farsa pura. 

Don Patricio de la Escosura hace otro tanto en la 
siguiente frase de El Patriarca del Valle, libro 3, 
capítulo 6, o sea tomo i.^, pajina 142, edición de Ma- 
drid, 1846: 

«Mr. de Monteforito en Londres vivió segregado del 
resto de la emigración, frecuentando los teatros, los sa- 
lones dé la aristocracia, los clubs no políticos, i las ca- 
rreras de caballos». 

Don Manuel Bretón de los Herreros, en la comedia 
titulada La Redacción de un PEfeiÓDico, acto 4.0, es- 
cena 6.% pone estos versos en boca de don Tadeo: 

Esas jentes 

me querían seducir; 

mas luego he sabido. . .he visto 

periódicos de París ; 

me han revelado secretos, 
planes, clubs No hai que reír. 

A pesar de tan respetables autoridades, es para mí 
fuera de duda que, si ha de darse plural a club, este 
debe 3er, no clubs, sino clubes. 

La necesidad de que el plural se ajuste a las exi- 



- «54 — 

jencias del castellano es, entre otros motivos, lo que 
impulsa a los buenos escritores a no introducir voca- 
blos estranjeros sin darles una forma conveniente. 

Don Patricio de la Escosura, en El Patriarca del 
Valle, libro 6, pajina 7, o sea tomo 2P, pajina 53, 
edición de Madrid, 1847, se espresa así: 

«Era llegado el 29 de julio: las tropas de Carlos X, 
vencidas en el centro de la población, habíanse reple- 
gado sobre los Campos Eliseos; i aunque dueñas del 
jardín de TuUeiías, i en comunicación con la gran lí- 
nea de los botilevares por medio de un cuerpo que, ocu- 
pando la plaza de Vendoma, como posición central, se 
estendía por la calle de la Paz i el boulevar de Capu- 
chinos hasta el ministerio de negocios estranjeros, i por 
la calle de Castiglione hasta la de Tivolí, sobre la cual 
cae la verja del jardín mismo del palacio, conocían 
ellas mismas que la victoria les era imp>osible>. 

Puede notarse que Escosura convirtió el vocablo 
francés boulevard en boulevar (i mejor habría sido en 
bulevar, como otros lo han efectuado), i pudo, por lo 
tanto, formar el plural regular boulevar es o mejor bule- 
vares, en vez del plural bulevars, inadmisible en nues- 
tro idioma, que, sin embargo, suele ser empleado, aun- 
que mui incorrectamente. 

Don Mariano Roca de Togores, marqués de Molins, 
en la canción titulada El Andaluz en París, estrofa 
5 .*, trae estos versos: 

Los restoranes se sabe 
quo son caíées de España, 

(Obras Poéticas, pajina 296, edición de Madrid, 
1870). 

El ilustre académico se habría guardado mui bien de 
usar el plural restaurants. 



.V 



— «55 — 

Documentación 

El artículo 5.^ del reglamento para la dirección del 
tesoro i sus dependencias, i la dirección de contabili- 
dad, espedido en 2 de julio de 1883, empieza así: 

<<La documentación de los asientos que se hagan en 
los libros de la dirección del tesoro referentes a las ope- 
raciones que a continuación se espresan, se sujetarán 
a las siguientes reglas». 

El Diccionario de la Academia autoriza el verbo 
documentar; «probar, justificar la verdad de una cosa 
con documentos»; pero no el sustantivo documentación, 
el cual, sin embargo, está bien formado, i hace falta, 
porque ha de haber palabra que denote la acción i 
efectQ de dicho verbo. 

Dolama 

El Diccionario de la Academia enseña que el sus- 
tantivo plural dolamas o dolames, proveniente de dolo, 
significa «ajes (stchaques habituales) o enfermedades 
ocultas que suelen tener las caballerías». 

En Chile se aplica la palabra dolamas solo a las en- 
fermedades del hombre. 

Hai quienes la usan en singular. 

Doldré 

Don Andrés Bello, en la Gramática de la Lengua 
Castellana, capítulo 27, dando a conocer los arcaís- 
mos de la conjugación, dice que, en los futuros i pos- 
pretéritos de indicativo, «desaparecía a veces la e ca- 
racterística del infinitivo déla segunda conjugación: 
yazré por yaceré. Debré por deberé no es enteramente 



-256 - 

inadmisible. Doldré por doleré (a semejanza de valdré 
por valere) es provincialismo de Chile». (Obras com- 
pletas, tomo ^P, pajina 191 , 

No es exacto que doldré sea un chilenismo. 

Don Juan Eujenio Hartzenbusch, en la comedia ti- 
tulada Un sí i un nó, acto 3.<>, escena 2.», o sea 
Obras Escojidas, tomo 2Py pajina 132, edición de 
Leipzig, 1863, pone las siguientes palabras en boca de 
don Marcos. 

«Te doldrá la tal equivocación, te doldrá. Entre 
barro humilde, estaba la joya, Florencio; tú has reñi- 
do con el mercante, i él ahora guardará para otro la 
alhaja». 

Pero aunque el futuro i el pospretérito de indicativo 
de rfo/^r suelan conjugarse irregularmente, no solo en 
Chile, sino en España misma, creo que tal uso no 
debe conservarse. 

Lo que conviene es tender a que las conjugaciones 
sean regulares. 

Ya en la primera mitad del siglo XVI, Juan de Val- 
dés, en el Diálogo de las lenguas, como tituló don 
Gregorio Mayans i Sisear, o sea de la lenguay como, 
con fundamento a mi juicio, don Marcelino Menéndez 
Pelayo opina que debió titularse, proponia, por la ra- 
zón indicada, el que se dijera salir é en vez de saldré, 
(Mayans i Sisear, Oríjenes de la lengua castella- 
na, tomo 2 «, pajina 55). 

Es de sentir que el uso no haya adoptado el saliré, 
como ha adoptado el doleré, forma que debe soste- 
nerse en vez de rechazarse. 



257 — 



Don 



Don Nicolás María Serrano, en el Diccionario Uni- 
versal DE LA LENGUA CASTELLANA, CIENCIAS I ARTES, 

dice acerca de esta palabra, entre otras cosas, lo que 
sigue: 

«Este tratamiento se adoptó al principiar a formarse 
la lengua castellana: primero, usando la palabra latina; 
luego domnus, abreviación del dominus; i don, en fin, 
castellanizando el nombre latino. Gonzalo Berceo i el 
arcipreste de Hita, que son escritores anteriores al 
siglo XV, reputando el don como tratamiento de mu- 
cho honor, no solo se lo daban a Jesucristo i a los 
santos, sino que lo estendieron a los héroes i deidades 
del paganismo. Asi comienza Berceo la Vida de Santo 
Domingo de Silos: 

En el nombre del padre que fizo toda cosa, 

et de don Jesucristo, fijo de la gloriosa 

«El arcipreste de Hita, en su fábula de Las ranas 
pidiendo reí, dice: 

Las ranas, en un lago, cantaban et jugaban, 

pidiendo rei a don Júpiter; mucho ge lo rogaban. 

«El mismo autor, en otros pasajes, dice: — don Aqui- 
les, don Héctor, don Demóstenes — ; i en tono de burla, 
—doña Loba, don Burro, don Salmón — ; i aun a las 
cosas inanimadas, como — don Enero, doña Cuaresma, 
don Almuerzo — ». 

I efectivamente la importancia atribuida al trata- 
miento de don o de doña era tanta, que lo^ reyes i las 
reinas de España en los documentos oficiales, siempre 
han cuidado de hacer preceder de él süS nombres. 

Los reyes católicos don Fernando i doña Isabel 
* comprendieron el uso del don erríveicts gracias i recom- 
pensas concedidas a Cristóbal Colón, si descubría i ocu- 

AMUNAtEOUI. — ^T. II. 17 



paba las comarcas ignoradas cuya existencia presumía 
en medio del océano. 

Hé aquí el trozo a que me refiero del título que esos 
monarcas espidieron en Granada el 30 de abril de 

1492: 

«Por cuanto vos Cristóbal Colón vades por nuestro 
mandado a descubrir e ganar con ciertas fustas nues- 
tras e con nuestras jentes, ciertas islas e tierra firme 
en la mar océana, e se espera que, con la ayuda de 
Dios, se descubrirá e ganarán algtmas de dichas islas e 
tierra firme en la dicha mar océana por vuestra mano 
e industria; e así es cosa justa e razonable que, pues 
os ponéis al dicho peligro por nuestro servicio, seades 
dello remunerado; i queriendo os honrar e facer mer- 
ced por lo susodicho, es nuestra merced e volimtad 
que vos el dicho Cristóbal Colón, después que ha- 
yades descubierto e ganado las dichas islas e tierra 
firme en la dicha mar océana, o cualesquier dellas, 
que seades nuestro almirante de las dichas islas e tie- 
rra fií'me que así descubriéredes e gánaredes; e seades 
nuestro almirante visorrei, e gobernador en ellas, e 
vos podades dende en adelante llamar e intitular don 
Cristóbal Colón, e así vuestros hijos e sucesores en el 
dicho oficio e cargo se puedan intitular e llamar don, e 
almirante, e visorrei, e gobernador dellas». 

En la Colección de documentos inéditos para 
LA HISTORIA DE EsPAÑA por don Martín Fernández 
de' Navarrete, don Miguel Salva i don Pedro Sáinz 
de Baranda, tomo 4.0, pajinas 238 i 239, viene inserta 
la siguiente pieza: 

«Don Gregorá del Valle Cía vi jo, caballero del orden 
de Santiago, del consejo de su majestad en el real de 
las órdenes, i archivera jeneral de ellas, certifico que, 
a pedimento de don Miguel de Larrea i Vi tonca, como 



- *S9 - 

apoderado del duque, de Terranova í Monteleón, i en 
virtud de auto proveído por los señores del mismo 
consejo, se han traído del archivo jeneral de pruebas 
que la referida orden de Santiago tiene en su real con- 
vento de Uclés, las que se hicieron en el año pasado 
de 1525 a don Hernando Cortés, capitán jeneral de 
Nueva España, para caballero de la espresada orden,' 
las cuales, abiertas i reconocidas por mí, se halla ser 
una información déla naturaleza, lejitimidad i nobleza 
del dicho don Hernando Cortés, por la que consta 
que fué natural de la villa de Medellín, e hijo de Mar- 
tín Cortés i de Catalina Pizarro, vecinos de dicha villa; 
i que los padres de la dicha Catalina Pizarro, abuelos 
maternos del citado don Hernando Cortés, fueron 
Diego Altamirano i Leonor Sánchez Pizarro, vecinos 
de la misma villa; i que todos los referidos eran hidal- 
gos al modo i fuero de España, i en tal posesión, ha- 
bían estado gozando de los oficios que gozan los hijos- 
dalgo en la dicha villa de Medellín sin cosa en con- 
trario, que es todo lo que resulta de la citada 
información, que por ahora queda en este archivo se- 
creto del consejo para restituirla al jeneral de la orden. 
I para que de ello conste, a súplica del enunciado don 
Miguel de Larrea i Vitorica, como tal apoderado del 
espresado duque de Terranova i Monteleón, i en virtud 
de lo mandado por el consejo en decreto de 27 del co- 
ntente, doi la presente sellada con el sello real del con- 
sejo, i firmada de mi mano en Madrid a 30 de julio de 
1767. — Don Gregorio del Valle Clavijo.» 

Como se ve, Hernán Cortés era un caballero a las 
derechas. ^' 

Sin embargo, su padire no tenía don^ i él mismo no 
recibió este tratamiento hasta ffespaés^de que sus ha- 
zañas le hubieron colocado entre los héroes. 



— aéo — 

El emperador Carlos V le concedió en premio de sus 
esclarecidos servicios un escudo de armas por real cé- 
dula espedida en Madrid el 7 de marzo de 1525; pero 
en ella no le da don, designándole simplemente con el 
nombre de Hernando Cortés. 

El primero de los documentos oficiales en que se 
llama a Cortés doft Hernando es la real cédula espedi- 
da por el mismo monarca en Barcelona el 6 de julio 
de 1529 para concederle el título de marqués del valle 
de Oajaca. 

Hernando de Magallanes, el cual, aunque no perte- 
necía a la primera nobleza de Portugal, era (según 
don Martín Fernández de Navarrete, en su Noticia 
Biográfica, inserta en la Colección de los viajes i 

DESCUBRIMIENTOS DE LOS ESPAÍÍOLES, tomO 4.^, pajina 

XXV) «hidalgo de cota de armas i de solar conocido», 
murió sin haber obtenido el tratamiento de don. 

No tengo necesidad de advertir que Francisco Piza- 
rro i Diego de Almagro no tuvieron don hasta después 
del descubrimiento i de la conquista del Perú. 

Pedro de Valdivia no tomó ni recibió el título de 
don sino cuando, a principios de 1549, vino del Perú a 
Chile con el título de gobernador propietario i vitalicio 
que el presidente Pedro La Gasea (i hé aquí otro gran 
personaje de esa época que no usaba don) le había 
otorgado el año anterior. 

El primer documento oficial que conozco en que se 
da a Pedro de Valdivia el tratamiento de don es el 
acta de la sesión celebrada por el cabildo de Santiago el 
19 de junio de 1549. 

Muchos de los fñas preclaros injenios de la literatura 
española en los siglos XVI i XVII no tenían el trata- 
miento de don. ., ^^- '^ 

Para comprobarlo, me bastará citar, entre otros, a 



Juan Boscán, García Laso de la Vega, o sea Garcilaso 
de la Vega, Guterins o Gutierre de Cetina, Cristóbal de 
Castillejo, Antonio de Villegas, López de Rueda, Juan 
de Timoneda, Cristóbal de Virués, Luis Ponce de León 
o sea frai Luis de León, Miguel de Cervantes Saave- 
dra, López Félix de Vega Carpió, Luis V^lez de 
Guevara, Juan Pérez de Montalbán, Gabriel Téllez o 
sea Tirso de Molina, José de Valdivieso, Juan Rufo, 
Pedro de Oña, Pedro Mejía, Francisco Pacheco Gutié- 
rrez, Cristóbal de Mesa, Vicente Espinel, Francisco de 
Figueroa, Luis Barahona de Soto, Fernando de Herre- 
ra, Andrés Rei de Artieda, Francisco de Medrano, 
Baltasar de Alcázar, Lupercio Leonardo de Arjensola, 
Bartolomé de Arjensola, Pablo de Céspedes, Luis 
Gálvez de Montalbo, Cristóbal Suárez de Figueroa, 
Mateo Alemán, Jinés P<^rez de Hita, Alfonso Jerónimo 
de Salas Barbadillo, Jerónimo de Zurita, Ambrosio de 
Morcóles, Antonio de Herrera, Antonio Pérez, el inca 
García Laso o sea Garcilaso de la Vega, Agustín de 
Rojas, i muchos mas que sería fácil agregar a esta lista 
ya bastante numerosa. 

Siendo relativamente pocos los que gozaban el tra- 
tamiento de don, tenían por regla general, buen cuida- 
do de no omitirlo al escribir sus firmas. 

Mientras tanto en el siglo XVHI, dicho tratamiento 
se fué estendiendo de día en día a mayor número de 
personas. 

Si se recorre el prolijo i perfectamente elaborado 
Bosquejo Histórico-Crítico de la poesía caste- 
llana EN EL SIGLO XVIII que dou Leopoldo Augusto de 
Cueto ha escrito para el tomo 6i ds^la Biblioteca de 
AUTORES ESPAÑOLES de Rivadeneira, ss advertirá que, 
a diferencia de lo que sucediójpn los siglos XVI i 
XVII, no hai ningún poeta de esa época que no 
tenga don. 



— 26a — 

Por esto, la Real Academia en su Diccionario de 
1884, ha tenido mucho fundamento para decir que don 
es <ain título honorífico i de dignidad que se daba an- 
tiguamente a mui pocos, aun de la primera nobleza; 
que se hizo después distintivo de todos los nobles, i que 
ya no se niega a ninguna persona decente». 

La vanidad humana ha en'contrado como remediar 
este excesivo empleo del don adoptando la fórmula de 
señor don con la cual se hace preceder los nombres de 
los individuos que ocupan, por cualquier motivo, una 
encumbrada posición social. 

Esta fórmula de señor don o de señora doña es an- 
tigua. 

El Centón Epistolario del bachiller Fernán 
GÓMEZ DE CiBDARREAL es, scgún alguuos piensan, la 
•colección de cartas castellanas mas antigua que se co- 
noce. 

«Es opinión bastante j eneralizada, dice don Eujenio 
de Ochoa, en la introducción al tomo 13 de la Biblio- 
teca DE autores españoles de Rivadeneira, pajina 
IX, que las cartas del bachiller Fernán Gómez de Cib- 
darreal son finjidas; i su autor, un personaje supuesto 
i que nunca ha existido, lo cual se funda principal- 
mente en que, en efecto, ni de él ni de sus cartas se 
halla mención en nuestras historias hasta épocas muí 
modernas, i en que^ de común sentir de los bibliógra- 
fos, la edición primitiva del Centón (Burgos, 1499) es 
notoriamente apócrifa. Esto no obstante, no podemos 
acojer siquiera la liipó tesis de semejante fraude; ni se 
alcanza su objeto, ni parece creíble que, en tal grado, 
llegue a acercarse* la ficción a la verdad. Las cartas 
del bachiller son, tanto como un dechado de lenguaje, 
un tesoro de noticií^ cfifiosas sobre el reinado de don 
Juan II, salvo algún error de fecha, que fácilmente se 
esplica por impericia de los copiantes». 



— 263 — 

Ochoa cree, por tanto, que estas cartas han sido es- 
critas en la primera mitad del siglo XV. 

Sin embargo, don Marcelino Menéndez Pelayo, en 
la Historia de los Heterodojos españoles, libro 3, 
capítulo 7, párrafo 4.0, o sea tomo i.^, pajina 607, edi- 
ción de Madrid, 1880, dice «ser hoi cosa averiguada 
que semejante bachiller no existió nunca; i que el 
Centón Epistolario fué forjado en el siglo XVII por 
el conde la Roca, o por algún paniaguado suyo, si- 
guiendo paso a pasóla Crónica de don Juan ii.» 

Pero, piénsese lo que se quiera acerca de esta cues- 
tión literaria, ello es que la obra mencionada es de 
todas suertes ya antigua. 

Varias de las cartas de Fernán Gómez de Cibdarreal 
ran dirijidas a personajes a quienes da el tratamiento 
de señor don. 

Léanse esas direcciones: 

«Al magnífico i reverendo señor don Juan de Contre- 
ras, arzobispo de Toledo». 

«Al reverendo señor don Martín Galos, obispo de 
Coria». 

«Al magnífico señor don Juan de Sotomayor, maestre 
de Alcántara». 

«Al reverendo señor don Alonso de Cartajena, deán 
de Santiago». 

«Al magnífico e reverendo señor don Juan de Cere- 
zuela, obispo de Osma». 

«Al magnífico señor don Pedro de Stúñiga». 

«Al magnífico e reverendo señor don Gonzalo, obispo 
de Jaén». 

«Af magnífico e reverendo señor don Sancho, obispo 
de Astorga». 

«Al magnífico e reverendo S0ñordon Lope, arzobispo 
de Santiago». 



— 204 — 

«Al magnífico señor maestre don Luis de GuzmáiD^. 

«Al magnífico e reverendo señor don Gutierre, obispo 
de Falencia». 

«Al magnífico señor don Pedro de Stúñiga, conde de 
Ledesma». 

«Al virtuoso señor don Lope de Miranda, capellán 
mayor del rei». 

«Al magnífico señor don Gabriel Manrique, comenda- 
dor mayor de Castilla en Santiago». 

«Al magnífico señor don Juan Ramírez de Guzmán, 
comendador mayor de Castilla». 

El marqués de Santillana don Iñigo López de Men- 
doza escribió desde Guadalajara a 4 de mayo de 1444 
una carta cuya dirección dice así: 

«A la mui noble señora doña Violante de Prádas, 
condesa de Módica i de Cabrera». 

El mismo marqués escribió otra carta cuya direc- 
ción dice así: 

«Al ilustre señor don Pedro, mui magnífico condes- 
table de Portugal». 

Estos dos documentos pueden verse en la Biblio- 
teca DE AUTORES ESPAÑOLES de Rivadcneira, tomo 
62, pajina 10, columna 2.^ i pajina 11, columna i.» 

Varias de las cartas de santa Teresa de Jesús llevan 
en sus direcciones este tratamiento de señor don o de 
señora doña, como lo comprueban las siguientes: 

«A la señora doña Luisa de la Cerda». 

«Al ilustrísimo i reverendísimo señor don Alvaro de 
Mendoza, obispo de Avila». 

«A la señora doña Juana de Ahumada», (hermana 
déla santa). 

«Al ilustrísimo señor don Teutonio de Braganza, ar- 
zobispo que fué de Eboíá». 

«A la ilustrísima señora doña Ana Henríquez». 



«A la ilustrísima señora doña María Mendoza i Sar- 
miento, condesa que fué de Rivadavia.» 

«A la señora doña Juana Dantisco, madre del padre 
frai Jerónimo Gradan», 

«Al ilustre i mui reverendo señor mío don Hernando, 
prior de las Cuevas». 

«Al señar don Lorenzo de Cepeda», (hermano de la 
santa). 

«Al ilustrísimo señor don Diego de Mendoza, del 
consejo de estado de su majestad». 

«Al señor don Jerónimo Reinoso, canónigo de Falen- 
cia». 

«Al ilustrísimo i reverendísimo señor don Sancho 
Dávila». 

«A la ilustrísima señora doña Giomar Pardo i Ta- 
vera». 

«Al eminentísimo señor cardenal i arzobispo de To- 
ledo don Gaspar de Quiroga». 

«Al señor don Juan de Ovalle», (cuñado de la santa). 

«Al ilustrísimo señor don Pedro de Castro». 

«A la ilustre señora doña Beatriz Mendoza i Cas- 
tillo». 

«Al ilustrísimo señor don Pedro Manso, canónigo de 
la santa iglesia de Burgos». 

Podría multiplicar mucho mas estas citas; pero creo 
que las mencionadas bastan para el objeto que me 
propongo. 

Sin embargo, es preciso tener entendido que, no 
porque se emplease de cuando en cuando el trata- 
miento de señor don, el simple de don dejara de ser re- 
putado altamente honorífico por simólo, i de ser apli- 
cado a los magnates mas encumbrados. 

En el Centón Epistolar» atribuido al bachiller 



— 266 — 

Fernán Gómez de Cibdarreal, se contíenen cartas cu- 
yas direcciones dicen como sigue: 

«Al magnífico e reverendo don Lope de Mendoza, 
arzobispo de Santiago». 

«Al magnífico caballero don Gonzalo de Mejía, co- 
mendador de Segura». 

«A la mui magnífica e virtuosa doña Breanda de 
Luna». 

<tAl magnífico e mui reverendo don Juan de Contre- 
ras, arzobispo de Toledo». 

cAl reverendo don Alonso de Cartajena, deán de 
Santiago*. 

<A1 reverendo don Martín Galos, obispo de Coria*. 

«Al magnífico i reverendo don Lope de Barrientos, 
obispo de Segovia», 

«Al magnífico doit Alonso de Guzmán, señor de 
Orgaz, e merino m.ayor de Sevilla». 

Como puede notarse, el bachiller Fernán Gómez de 
Cibdarreal solía dar el simple tratamiento de don a 
personajes de mui alta categoría, a algunos de los 
cuales daba en otras ocasiones el de señor don, 

I esto no era nada estraño, puesto que a uno co- 
mo Juan de Mena, el insigne poeta, caballero vein- 
ticuatro de Sevilla, secretario de cartas latinas i cro- 
nista del rei de Castilla, no le daba ni uno ni otro 
tratamiento, porque efectivamente no los tenía. 

Las cartas que el bachiller escribió al poeta llevan 
jeneralmente esta dirección: 

«Al doto Juan de Mena». 

Sin embargo, la señalada con el número 74, tiene 
ésta: 

«Al doto varón Juan de Mena, cronista del rei don 
Juan, nuestro señor».. 

Obsérvese que el bachiller Fernán Gómez pone de- 



— 2*7 — 

lante del nombre del monarca solamente el trata- 
miento de don, si bien es cierto que pone después de 
ese nombre el de nuestro señor. 

La carta 37 va dirijida: «Al mui alto, e mui pode- 
roso el señor rei don Juan el Segundo, nuestro señor»; 
pero la 40 va dirijida: «Al mui sublimado e mui pode- 
roso rei don Juan, nuestro señor», 

Santa Teresa de Jesús emplea los dos tratamientos 
de señor don, i de don. 

Varias veces aplica el uno o el otro a una misma 
persona sin hacer distinción. 

En un cierto número de cartas, verbigracia, da a la 
mujer de Arias Pardo, llamada Luisa de la Cerda, 'el 
tratamiento de señora doña; pero, en otras, le da solo 
el de doña. 

En algimas cartas, da a su hermana Juana de Ahu- 
mada el tratamiento de señora doña; pero, en otras, le 
da solo el de doña. 

En varias cartas, da al arzobispo de Ebora el trata- 
miento de señor don Teutonio de Braganza; pero, en 
otras, le da solo el de don. 

La carta 176 (Colección de don Vicente de la. 
Fuente en la Bibliojeca de autores españoles de 
Rivadeneira, tomo 55, pajina 159, columna i .») va 
dirijida: «A la ilustrísima señora doña María Mendoza 
i Sarmiento, condesa que fué de Rivadavia»; pero la 
14, (pajina II, columna 2 .*) va dirijida: «A doña María 
de Mendoza i Sarmiento, condesa de Rivadavia»; i la 
186 (pajina 171, columna i.*) va igualmente dirijida: 
4 A la ilustrísima señora doña María de Mendozaj>. 

La carta 190 (pajina 175, columna 2 ») va dirijida: 
♦A la señora doña Juana Dantisco, madre del padre 
frai Jerónimo Gracián»; pero la 217 (pajina 199, co- 
lumna 2.*) va dirijida: «A doña Juana Dantisco, madre 
del padre maestro Jerónimo Gracián». 



— 268 — 

La carta 277 (pajina 245, columna 2.^) va dirijida 
«Al señor don Lorenzo de Cepedaí> (hermano de la 
santa); pero la 138 (pajina 125, columna 2 *) va dirijida: 
«A su hermano don Lorenzo de Cepeda»; i la 290 (pá- 
jina 254, columna 2.*): «Al mismo don Lorenzo de 
Cepeda». 

La carta 319 (pajina 274, columna 2.*), i la. carta 
345 (pajina 296, columna j.*) van dirijidas: «Al señar 
don Jerónimo Reinoso, canónigo de Falencia»; pero la 
387 (pajina 323, columna 2.*) va dirijida: «A don Jeró- 
nimo Reinoso, canónigo de la santa iglesia de Falencia». 

En la colección de las cartas de santa Teresa, hai cua- 
tro a Felipe II, a saber: la 32 (pajina 27, columna i .*), 
la cual dice: «Al prudentísimo señor Felipe II»; la 61 
(pajina 51, columna 2.*), la cual dice: «Al rei Felipe II»; 
la 165 (pajina 149, columna 2.''), la cual dice: «Al pru- 
dentísimo señor el rei Felipe II»; i la 170 (pajina 154, 
columna i.*), la cual dice: «Al rei don Felipe II». 

Este uso de dar a los monarcas de España en la di- 
rección de las cartas o comunicaciones el simple trata- 
miento de don ha existido siempre, i se ha conservado 
hasta nuestros dias. 

Don Eujenio de Ochoa, en el tomo 62 de la Biblio- 
teca DE AUTORES ESPAÑOLES de Rivadeneira, ha intro- 
ducido una sección de cartas de personajes varios, por 
las cuales se ve que García Hernández, el duque de 
Alba, el de Medinasidonia, el de Villahermosa i el de 
Lerma no daban a Fehpe II en la dirección de sus 
cartas otro tratamiento que el don; que la monja sor 
María de Agreda hacía otro tanto con Felipe IV; que 
el cardenal de Aguirre hacía otro tanto con Carlos II; 
que don Gregorio Mayans i Sisear imitaba tales ejem- 
plos en la carta con que dedicó a Felipe V las obras 
tituladas Diálogos de las armas o linajes de la 



— 209 --* 
NOBLEZA DE ESPAÑA, i VlDA DE DON ANTONIO 

Agustín; i que don Juan de Santander adoptaba igual 
procedimiento respecto a Fernando VI. 

La única escepción a este uso que aparece en la ci- 
tada colección de Ochoa es una carta escrita por don 
Vicente de Cangas Inclán «al señor rei don Felipe V». 

Si tal era el tratamiento que se acostumbraba dar a 
los soberanos, no ha de estrañarse que también se 
diese a los individuos de condición inferior^ 

Así el duque de Alba rotulaba una carta simple- 
mente: «A don Juan de Austria»; i el duque de Veragua 
también simplemente otra «A don Pedro Calderón de 
la Barca». 

La Academia Española dedicó el Diccionario de la 
lengua castellana, cuyo primer tomo salió a luz el 
año 1726, «Al rei nuestro señor don Felipe V». 

La historia de la corporación inserta entre los docu- 
mentos que preceden al Diccionario empieza con 
estas frases: 

«Tuvo principio la Academia Española en el mes 
de junio de 1713. Su primer autor i fundador (a quien 
este cuerpo confiesa agradecido deber el ser) fué el ex- 
celentísimo señor don Juan Manuel Fernández Pacheco; 
marqués de Villena, duque de Escalona, mayordomo 
mayor del rei nuestro señor i caballero del toisón de 
oro». 

El rei Felipe V i el marqués de Villena son los únicos 
personajes a quienes la Academia Española dio el tra- 
tamiento de señor don en los seis tomos de su primer 
Diccionario. 

A todos sus demás individuos les aplicó solo el 
de don. 

Sin embargo, desde la segunda edición publicada en 
1780 hasta la de 1884, ha dado a los académicos de 
las diversas categorías el de señor don. 



— 27© — 

Efectivamente, tal es la práctica mas jeneral que se 
sigue en los documentos oficiales cuando se alude a 
personas de nota, i en las cartas enviadas a toda clase 
de personas. 

A pesar de esta práctica, que es la comúnmente 
adoptada, se ha puesto el reparo de que la acumula- 
ción de los tratamientos de señor i de don importa una 
innegable redundancia. 

I así es la verdad. 

Para correjir la tal redundancia, algunos han supri- 
mido, no el señor, sino el don^ diciendo, por ejemplo, 
el señor Manuel José Quintana, en vez de don Manuel 
José Quintana, o el señor José Joaquín Olmedo, en 
vez de do7i José Joaquín Olmedo, 

Convengo en que esta fórmula no es moderna, i que 
puede invocarse en su apoyo el ejemplo de algunos 
escritores notables. 

Precisamente las cartas i.^, 8.», lo i 22 del Centón 
Epistolario del bachiller Fernán Gómez de Cibdarreal 
están dirijidas: «Al magnífico señor Pedro de Stúñiga, 
justicia mayor». 

En la misma colección, hai otros que tienen las si- 
guientes direcciones: 

«Al magnífico señor Juan Ramírez de Arellano, se- 
ñor de Cameros». 

«Al magnífico señor Pedro Portocarrero, señor de 
Moguer». 

«Al magnífico señor Pedro López de Ayala, alcalde 
mayor de Toledo». 

«Al magnífico señor Fernán Alvarez, señor de Val- 
decomeja». 

«Al magnífico señor mariscal Diego Fernández, se- 
ñor de Baena». 

«Al magnífico señor el adelantado Diego de Riberas. 



iAI honrado señor Fernand Álvarez de Toledo, vidor 
e relator del rei». 

«Al magnífico señor Gómez Carrillo». 

<íAl magnífico señor Lope de Acuña, señor de Buen- 
día». 

«Al magnífico señor Pedro Álvarez Osorio, señor de 
Cabrera». 

«Al magnífico señor Gómez de Benavides, señor de 
Fromesta». 

«Al magnífico señor Juan Pacheco, mayordomo 
mayor del príncipe don Enrique». 

«Al magnífico señor Gonzal de Guzmán, conde de 
Palatino». 

La primera de las letras o cartas de Fernando de 
Pulgar, secretario, consejero i cronista de los reyes 
católicos don Fernando i doña Isabel, publicada en la 
Biblioteca de autores espaíJoles, tomo 13, pajina 
37, columna i.»-, va din j ida: «Al señor doctor Francisco 
Núñez, físico». 

Gonzalo Ayora fué también cronista de los reyes 
católicos. 

Don Antonio Capmani dio a la estampa en 1794 
varias cartas de Ayora, todas escritas en 1505. 

«Además de otros méritos que recomiendan estas 
cartas, dice don Eujenio de Ochoa, son una excelente 
muestra del estado de la lengua castellana durante 
aquel reinado». (Biblioteca de autores españoles, 
tomo 13, pajina 61, columna i.^). 

Ayora dirije seis de sus cartas: «Al señor Miguel 
Pérez de Almazán, secretario de su alteza i de su muí 
alto consejo». 

Santa Teresa de Jesús suele emplear este mismo pro- 
cedimiento de anteponer al nombre de bautismo el 
título de señor sin el de don. 



— «7* -" 

Las cartas i.% i8, 132, 141, 142, 253, 281, 282, 289, 
colección de La Fuente en la Biblioteca de autores 
ESPAÑOLES, tomo 55, van dirijidas: «AI señor Lorenzo 
de Cepeda» (hermano de la santa). 

La 125 está dirijida: «Al mui magnífico señor An- 
tonio de Soria». 

La 167: «Al señor Juan de Ovalle» (cuñado de la 
santa) . 

La 175: «Al señor Roque Huerta». 

En el epistolario de personajes varios que don Eujenio 
de Ochoa insertó en el tomo 62 de la Biblioteca de 
AUTORES españoles de Rivadeneira, se encuentran 
algunos ejemplos del tratamiento del señor antepuesto 
al nombre de bautismo sin juntarlo con el' de don. 

Alvar Gómez dirijió en 21 de abril de 1576 una car- 
ta: «Al ilustre señor Juan Vásquez del Mármol», (pa- 
jina 80, coluirma i.*). 

El licenciado Covarrubias dirijió en 7 de marzo de 
1584 una carta: «Al ilustre señor Juan Vásquez del 
Mármol» (pajina 35, columna 2.*). 

£1 doctor García de Loaísa dirijió en 28 de setiembre 
de 1588 una carta: «Al ilustre señor Juan Vásquez del 
Mármol», (pajina 36, columna i.^). 

A pesar de lo espuesto, la inmensa mayoría de los 
escritores españoles de los tiempos antiguos i moder- 
nos han usado, no solo en las obras literarias, tanto en 
prosa como en verso, sinc también en los documentos 
oficiales i en las cartas privadas, el tratamiento de don 
incomporableii.ente mas amenudoque el de señor don^ 
sobre todo mas que el de señor antepuesto al nombre 
de bautismo sin agregación de don. 

Para manifestarlo, empezaré por invocar el ejemplo 
de Miguel de Cervantes Saavedra. 

Este insigne autor dedicó separadamente sus Nove- 



j 



— ^73 — 

LAS Ejemplares i sus Trabajos de Persiles i Sejis- 
MüNDA « \ don Pedro Fernández de Castro, conde de 
Le ir os, de Andrade, de Villalva, marqués de Sarria, 
jentilhombre de la cámara de su majestad, presidente 
del consejo supremo de Italia, comendador de la enco- 
mienda de la Zarza de la orden de Alcántara». 

El mismo Cervantes dedicó su Viaje al Parnaso 
«A don Rodrigo de Tapia, caballero del hábito de San- 
tiago, hijo del señor don Pedro de Tapia, oidor del 
consejo real, i consultor del santo oficio de la inquisi- 
ción suprema». 

Entre sus poesías hai un soneto «A don Diego de 
Mendoza i a su fama». 

Sin embargo, Cervantes dedicó La Galatea «Al 
ilustrísimo señor Ascanio Colonna, abad de santa So- 
fía». 

Una de las canciones de Fernando de Herrera se ti- 
tula «A don Juan de Austria»; i otra, «A la pérdida del 
rei don Sebastián». 

Una de las canciones de don José Cadalso se deno- 
mina «En alabanza de áow Nicolás Moratín». 

Una de las odas de don Juan Pablo Forner se titula 
«A don Pedro Estala». 

Una de las de don Gaspar Melchor de Jovellanos se 
titula «En el nacimiento de don Antonio María de 
Castilla i Velasco, primojénito de los marqueses de 
Cartojar». 

La oda sáfica del mismo autor «En la muerte de 
doña Engracia Olavide», está dedicada al capitán don 
José de Alba. 

Se sabe que nuestros escritores dramáticos antiguos 
i modernos dan a los personajes que intervienen en sus 
piezas solo el tratamiento de don, si éstos son hom- 
bres, i el de doña, si son mujeres. 

AMUNÁTBGUI. — ^T. II. 18 



— 374 - 

Si se recorre el epistolario ya citado que don Eujenio 
de Ochoa ha incluido en el tomo 62 de la Bibuoteca 
DE AUTORES ESPAÍ5oLES de Rivadeneira, se encontra- 
rán los siguientes datos relativos al punto sobre que 
voi discurriendo. 

Don Luis de Góngora escribió en octubre 2 de 1620 
una carta din j ida «A don Pedro Fernández de Castro, 
conde de Lemos». (Pajina 60, columna i *). 

El licenciado Rodrigo Caro escribió en enero 30 de 
1640 una carta dirijida «A don José Pellicer^. (Pajina 
75, columna 2.*). 

Frai Benito Jerónimo Feijoo escribió en octubre 13 
de 1731 una carta dirijida «A don Gregorio Mayans i 
Sisear». (Pajina 154, columna i.*). 

Don Gregorio Mayans i Sisear escribió en 23 de ene- 
ro de 1732 una carta dirijida «A don José Hipólito Va- 
liente» (pajina 155, columna 2.»); i en 29 de diciembre 
de 1748 una «A don Melchor Rafael de Macanaz», (Pa- 
jina 170, columna 2 *). 

El padre frai Enrique Flórez escribió en octubre 14 
de 1754 una carta: 4tA don Fernando López de Cárde- 
nas, cura párroco de Montoro, de la Real Academia de 
la historia, pensionado por su majestad, etc.,» (Paji- 
na 193, columna i.^). 

Don Juan Triarte escribió en 6 de noviembre de 
1761 una carta: «A don Juan Santander». (Pajina 196, 
columna i.*). 

Don Juan Bautista Muñoz escribió una carta que 
no lleva fecha: «A don Eujenio Llaguno». (Pajina 202, 
columna i.^). 

Don Lísandro Fernández de Moratín escribió en 22 
de febrero de 1792 una carta: «A don Pablo Fomer ». 
(Pajina 216, columna i.*). 

Don Mariano Roca de Togores, marqués de Molins, 



B£: 



— 275 — 

director de la Real Academia Española, ha encabeza- 
do el tomo i.^ de las Memorias de esta corporación, 
pajinas 7 i siguientes, con un prolijo e interesante ar- 
tículo, titulado Reseña Histórica de la Real Aca- 
demia Española, en el cual se mencionan todas las 
personas que han obtenido la dignidad de académicos, 
desde abril de 1713 hasta febrero de 1861. 

Aunque el marqués de Molins ha enumerado con 
este motivo a muchos individuos conspicuos en las le- 
tras i en la política, i entre ellos, a algunos de los mas 
condecorados de España, les ha dado única i esclusi- 
vamente el tratamiento de don cuando ha espresado el 
nombre de bautismo. 

Las noticias espuestas que podrían multiplicarse con 
la mayor facilidad, manifiestan que, si no se quiere 
emplear la fórmula de señor don, por redundante, lo 
que ha de suprimirse es el señor, i no el don. 

Sin embargo, debo convenir en que algunos españo- 
les americanos, especialmente los colombianos, hacen 
lo contrario conservando en el caso mencionado el se- 
ñor, i omitiendo el don. 

Algunos españoles europeos suelen practicar igual 
cosa. 

A pesar de ello, me parece que lo mas castizo es po- 
ner delante de los nombres de bautismo don, i no s^- 
ñor, a menos de que se use la fórmula señor don. ' .' 

Caso mui distinto es cuando se trata de un apellido, 
o cuando al nombre de bautismo se antepone un títu- 
lo, pues entonces solo puede decirse señor, i jamás 
don: el señor Pérez, el señor Salamanca, i no don Pérez 
o don Salamanca, como suelen decir los franceses: el 
señor conde de Cheste don Juan de la Pezuela, el señor 
marqués de Molins don Mariano Roca de Togores; el 
señor duque de Villena, el señor jeneral Espartero. 



^ 276 — 

Esto de reemplazar don por señor es opuesto a la 
práctica mas seguida por los pueblos de raza española. 

Si tal hubiera de hacerse, sería natural estenderlo a 
los nombres de los personajes que han figurado en 
nuestra historia, i de los personajes creados por nues- 
tros mas preclaros injenios. 

¿Sería tolerable que se dijera el señor Pedro el Cruel, 
el señor Enrique de Trast amara, el señot Alvaro de 
Lima, el señor Alonso de Ercilla, el señor García Hur- 
tado de Mendoza, en vez de don Pedro el Cruel, don 
Enrique de Trastamara, don Alvaro de Luna, dofí 
Alonso de Ercilla, don García Hurtado de Mendoza? 

iSería tolerable que se dijera el señor Opas, el señor 
Juan Tenorio, el señor Quijote de la Mancha, en vez 
de don Opas, don Juan Tenorio, don Quijote de la 
Mancha? 

Estoi cierto que toda persona de buen gusto i de 
buen sentido responderá que nó i que nó. 

Pues entonces, no hai fundamento para que, contra- 
riando la práctica mas jeneral en nuestro idioma des- 
de sus orí j enes, reemplacemos delante de los nombres 
de bautismo el don por el señor. 

Puede omitirse, si se quiere el señor, pero no el don. 

Donde 

¿Hai diferencia en los significados de donde i de 
adondef 

¿Conviene usar donde por adonde? 
¿Conviene usar adonde por donde? 
Creo provechoso dilucidar el punto. 

Don José López de la Huerta, en su Examen de la 

POSIBILIDAD DE FIJAR LA SIGNIFICACIÓN DE LOS SINO- 



NiMos DE LA LENGUA CASTELLANA, obra dada a luz por 
primera vez en Viena el año de 1780, sostuvo que 110 
debían emplearse indiferentemente los dos adverbios 
donde i adonde. 

Hé aquí el artículo de López de la Huerta a que me 
refiero: 

«El adverbio local donde esplica el lugar puramente 
en abstracto, i las preposiciones en^ de, por, etc., que 
se le unen, determinan por su propia significación la 
idea exacta que se le quiere aplicar. — Adonde va, de 
donde viene, por donde pasa. — De manera que no pa- 
rece hai mas razón para que donde sea sinónimo de 
adonde, que para que lo sea. en donde, de donde, por 
donde. 

«Es verdad, que muchas veces deducimos por el sen- 
tido la idea que se quiere aplicar al adverbio usado 
sin preposición, como cuando decimos: — dónde está; 
dónde anda; pero, además de que no siempre suplimos 
en estos casos precisamente la preposición a, como se 
ad\áerte en estos mismos ejemplos, basta reflexionarlo 
un poco para conocer que las significaciones que se 
dan al adverbio, no las tiene por sí solo, i dependen 
precisamente del sentido. Si encontramos a un propio, 
i en lugar de preguntarle: — ¿adonde lleva la carta, esto 
es, a qué lugar? — le preguntamos: — ¿dónde lleva la 
carta? — nó responderá con impropiedad si dice: — la 
llevo en las alforjas, o en la maleta. 

«Cervantes usa con semejante indiferencia las pre- 
posiciones a i en unidas al adverbio donde, — Adonde le 
pareció a Sancho pasar aquella noche. — Adonde, en 
unos corredores, estaban ya el duque i la duquesa. — 
Pero la oscuridad que puede dar a la frase este uso 
indiferente, se ve con bastante claridad en este ejem- 
plo: — No me aprovechó nada mi buen deseo (dice uno 



— 278 — 

de los galeotes a quienes dio libertad don Quijote) 
para dejar de ir adonde no espero volver, según me 
cargan los años i ese mal de orina que llevo, que no 
me deja reposar un rato.— Es claro que el adverbio 
adonde se refiere a las galeras a que iba condenado; 
pero ¿quiso decir que no esperaba volver de ellas por 
ser viejo i achacoso, o que no esperaba volver a ellas? 
Por el sentido, se podrá tal vez deducir, pero será pre- 
ciso recurrir a él». 

López de la Huerta, en el artículo que acaba de 
leerse, hace comprender perfectamente por medio de 
ejemplos raui espresivos las equivocaciones i las oscu- 
ridades a que puede dar orí jen el uso de adonde por 
donde. 

Junto con esto, sostiene que, para indicar el lugar 
en que, ha de decirse en donde, i no simplemente 
donde. 

En cuanto a mí, creo que, así como la primera de 
estas opiniones es mui exacta, la segunda se halla mui 
lejos de serlo. 

Desde siglos atrás, los autores castellanos mas sabi- 
dos i mas diestros en el manejo del idioma, han usado 
donde, o la sincopa do, como equivalente de en donde, 

Juan de Mena, en El Laberinto, orden de Marte, 
copla 181, trae estos versos: 

Con peligrosa i vana fatiga 
pudo una barca tomar a su conde, 
la cual le levara seguro, si donde 
estaba bondad no fuera enemiga* 

El marqués de Santillana, en la Querella de amor, 
se espresa así: 

Desperté como espantado, 
e miré dofide sonaba 
el que de amor se quejaba 
bien como damnificado. 



- 279 — 
Don Jorje Manrique, en las coplas A la muerte db 

su PADRE EL MAESTRE DON RoDRlGO, eSCribe lo qUC 

sigue: 

I aun el hijo de Dios 
para subirnos al cielo 
descendió 

a nascer acá entre nos, 
i vivir en este suelo 
dó murió. 

Garcilaso de la Vega, en la égloga i.% pone estos 
versos en boca de Nemoroso. 

Corrientes aguas, puras, cristalinas; 
árboles que os estáis mirando en ellas; 
verde prado de fresca sombra lleno; 
aves que aquí sembráis vuestras querellas; 
hiedra que, por los árboles, caminas, 
torciendo el paso por su verde seno: 
yo me vi tan ajeno 
del grave mal que siento 
que de puro contento 
con vuestra soledad me recreaba, 
donde con dulce sueño reposaba, 
o con el pensamiento discurría 
por donde no hallaba 
sino memorias llenas de alegría. 

I en este mismo valle, donde agora 
me entristezco i me canso, en el reposo 
estuve yo contento i descansado. 

Frai Luis de León, en la oda titulada Noche Se- 
rena, trae esta estrofa. 

¿Es mas que un breve punto 
el bajo i torpe suelo, comparado 
con este gran trasunto 
do vive mejorado 
lo que es, lo que será, lo que ha pasado ; 



— 28o — 

Miguel de Cervantes Saavedra, en el prólogo del 
Don Quijote, se espresa así: 

«¿Qué podía enjendrar el estéril i mal cultivado 
injenio mió sino la historia de un hijo seco, avellana- 
do, antojadizo, i lleno de pensamientos varios i nunca 
imajinados de otro alguno, bien como quien se enjen- 
dró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su 
asiento, i donde todo triste ruido hace su habitación?* 

Me parece esc usado citar mas ejemplos de esta 
clase. 

Puede asegurarse que, desde los oríjenes de la lite- 
ratura española, hasta el dia, no hai prosista o poeta 
en cuyas producciones dejen de encontrarse varios 
casos de donde usado por e7i donde. 

Por esto, la Real Academia, en su Diccionario de 
1884, enseña con mucho fundamento lo que copio en 
seguida. 

^Donde se construye con las preposiciones en, de, por 
o hacia. Con la primera, no cambia de significación. 
Con las demás, denota respectivamente el lugar de 
que se viene, i el lugar por el cual, o hacia el cual se 
va> 

A la verdad, donde se empleaba, no solo por en 
donde, sino también por de donde, i aun hasta ahora, 
por adonde. 

Así, no hai razón, ni conveniencia para desechar el 
uso de donde por en donde. 

March, en su estudio sobre los sinónimos castella- 
nos, ha sido mas claro i mas preciso que López de la 
Huerta al determinar la diferencia de significados 
entre donde, adonde i por donde. 

Léase lo que espone acerca de este punto. 

^Sin que se trate de criticar el largo artículo de 
Huerta: Donde, Adonde, parece que está esplicado 



— 28l -^ 

todo con decir que donde únicamente debe usarse con 
verbos de quietud, i los demás con verbos de movi- 
miento. Por ejemplo: — ¿Donde está? — ¿Adonde vas? 
— ¿Por dónde pasa? — Mal dicho sería, pues: — ¿Dónde 
vas? — ¿Adonde estás?, etc. — Es superfina la preposi- 
ción en para el primero de estos ejemplos.» 
Don José Joaquín de Mora, en la Colección de 

SINÓNIMOS DE LA LENGUA CASTELLANA, dada a la 

estampa el año de 1855, establece esta misma distin- 
ción entre los significados de donde i adonde. 

«Han llegado a ser sinónimos estas palabras (dice) 
por haberse unido al adverbio donde la preposición a, 
como podría suceder, si el uso hubiera querido, con 
por, en i para. Sin embargo, aun después de esta 
unión, la sinonimia de estas dos voces no es perfecta, 
porque donde indica colocación, i adonde término de 
acción o de mo vi miento. -r-Estoi donde estaba; los 
campos donde estuvo Troya; dónde las dan las toman 
— son espresiones que indican el recto uso del primer 
adverbio. Las siguientes indican el uso del segundo. 
— ¿Adonde vas? — Las tropas llegaron adonde estaba 
el enemigo. — ¿Adonde irá el buei que no are? 

Ya con anterioridad, esto es, en 1847, don Andrés 
Bello, en la Gramática de la lengua castellana, 
había sentado esta misma doctrina. 

Léanse sus palabras. 

tA donde usado por donde es un arcaísmo que debe 
evitarse, Dícese adonde con movimiento, i donde sin 
él: — El lugar adonde nos encaminamos; donde residi- 
mos. — » (Obras Completas, tomo 4, pajina 131). 

La incontestable influencia que Mora, i especial- 
mente Bello, han ejercido en el cultivo del idioma 
español en Chile, ha sido causa de que los chilenos se 
hayan habituado a hacer entre donde i adonde una 



— a82 — 

distínción que tiene la preciosa ventaja de proporcio- 
nar vocablos distintos para la espresión de ideas o 
relaciones distintas, i de evitar así equivocaciones i 
oscuridades como las que don José López de la Huerta 
hacia presentes. 

Ya que podemos hacerlo respecto de donde (lugar 
en que) i de adonde (lugar hacia el cual), no desdeñe- 
mos imitar siquiera en esto la perfección de la lengua 
latina, la cual tiene, para espresar estas diversas rela- 
ciones de lugar, no solo uhi (donde), i quo (adonde), 
sino también además unde (de donde), i qua (por 
donde). 

Ajustándose a esta práctica latina cuanto es posi- 
ble, el Diccionario Latino-Hispano de Antonio 
Nebrija o Lebrija, revisado i completado por don En- 
rique de la Cruz Herrera, edición de Madrid, 1761, 
traduce uhi por «en qué lugar, o en donde^\ i quo por 
adonde. 

Sin embargo, es preciso convenir en que, por des- 
gracia, no todos los escritores, i no todos los maestros 
de la lengua española, han aceptado la racional i opor- 
tuna distinción que López de la Huerta, March, Mora 
i Bello hacen entre los signiñcados de donde i adonde. 
El Diccionario Octolingüe de Calepino, comple- 
tado por el jesuita Juan Luis déla Cerda, edición de 
Lugduno, 1647, dice que i^W corresponde en castella- 
no a «en qué lugar, adonde»] i que quo ha de traducirse 
por adonde. 

En otras palabras, enseña que adonde puede em- 
plearse para espresar el lugar en el cual; pero que 
donde no sirve para espresar el lugar hacia el cual. 

Don Raimundo de Miguel i el marqués de Morante, 
en el Nuevo Diccionario Latino-Español Etimoló- 
jico, traducen el adverbio uhi por ^donde^ en donde y 



- a83 - 

en qué lugar, en qué parte»; pero, por lo que respecta 
a quo, traducen por donde i por adonde. 

En otras palabras, al contrario de lo que dice el 
Diccionario de Calepino, Miguel i el marqués de Mo- 
rante enseñan que adonde no puede emplearse para 
espresar el lugar en el cual; pero que donde sirve para 
espresar el lugar hacia el cual. 

El jesuita Gregorio Garcps, en la obra titulada 
Fundamento del vigor i elegancia de la lengua 
CASTELLANA, hace ver con ejemplos sacados de Cer- 
vantes (capítulo iPy artículo 9) que adonde i a do, 
corresponden, no solo a quo, sino también a uhi\'i a 
unde; i (capítulo 4, artículo 10) que donde i do corres- 
ponden, no solo a ubi, sino también a quo, i a unde. 

El Diccionario Latino- Español de don Manuel de 
Valbüena, tanto el revisado por don Vicente Salva, 
como el revisado por don Pedro Martínez López, dice 
que ubi i quo se traducen indiferentemente el uno i el 
otro por donde i adonde. 

Pero consultemos a la autoridad mas justamente 
acatada en esta materia. 

La Real Academia Española enseña en su Diccio- 
nario, que donde i adonde se usan indiferentemente 
para significar «en qué lugar, o en el lugar en que»; o 
para significar «a qué parte o la parte que». 

Efectivamente, los prosistas i los poetas clásicos de 
los siglos anteriores presentan numerosos ejemplos de 
adonde usado por donde. 

Juan de Mena, en El Laberinto, orden de Marte, 
copla 160, se espresa así: 

Aquel que en la barca parece sentado, 
vestido en engaño de las bravas ondas, 
en aguas crueles ya mas que no hondas, 
con mucha gran jen te en la mar anegado, 



-^ 284 - 

es el valiente, no bien fortunado, 
mui virtuoso perínclito conde, 
de Niebla, que todos sabéis bien adonde^ 
dio ím al dia del curso hadado. 



Nemoroso, en la égloga i.* de Garcilaso, dice, entre 
otras cosas, las que reproduzco a continuación: 

¿D6 están agora aquellos claros' ojos 
que llevaban tras sí como colgada 
mi ánima dn quier que se volvían? 
iDó está la blanca mano delicada 
llena d»^ vtiicimientos i despojos 
que de mí mis sentidos le ofrecían? 
Los cabellos que vían 
con gran desprecio al oro 
como a menor tesoro 
¿adonde están? ¿Adóude el blanco pecho? 
¿Dó la colnna que el dorado techo 
con presunción graciola sostenía? 

Como cualquiera puede observarlo, Garcilaso, en 
los versos precedentes, principia por emplear dos ve- 
ces el adverbio dó o dónde para denotar la parte en 
que; i luego también dos veces el adverbio adonde para 
espresar la misma relación de lugar; i concluye por 
usar una tercer vez dó o dónde en el mismo sentido. 

Femando de Herrera, en el idilio que empieza: El 
sol del alto cerro descefidía, trae estos dos tercetos. 

• 
¿Adonde estás? escucha de mi pena, 
la fuerza, que en tu ausencia rexrerdece, 
i a mayor mal me obliga i me condena. 
Ven, ninfa, adoiide el ciclamor florece, 
que en la entrepuesta hiedra está sombríu, 
i do al timble igualando el pobo crece. 



~- 28S - 

El primer adonde está empleado por dónde; el se- 
gundo en su sentido propio con verbo de movimiento; 
i el do del último verso por adonde. 

Lupercio Leonardo de Arjensola principia así la can- 
ción A Felipe II en la canonización dé san Diego: 

En estas santas ceremonias pías, 
adonde tu piedad, Filipo augusto, 
con admirables rayos resplandece, 
verás como, dejando el cetro justo, 
después de largos i felices di as, 
al nuevo tronco que a tu sombra crece, 
nuestra madre santísima te ofrece 
los mesmos cantos i la mesma palma. 

El adonde del segundo verso viene en lugai- de 
donde, 

Tirso de Molina, en El Burlador de Sevilla, 
acto \P, escena 11, pone en boca del lacayo Catalinón 
los siguientes versos: 

Es hijo aqueste señor 
del camarero mayor 
del rei, por quien ser espero, 
antes de seis dias, conde 
en Sevilla, donde va, 
i adonde su alteza está, 
si a mi amistad corresponde. 

Como se ve, el donde está empleado por adonde^ i el 
adonde por donde, 

Tirso de Molina, en la escena 14 del mismo acto iP, 
pone los siguientes versos en boca de don Gonzalo de 
Ulloa, rx>mendador de ('alatrava: 

Es Lisboa una octava maravilla. 
De las entrañas de España, 
que son las tierras de Cuenca, 
nace el caudaloso Tajo, 



— a56 — 

que media España atraviesa. 
Entra en el mar océano 
t:n las sagradas riberas 
desta ciudad, por la parte 
del sur; mas antes que pierda 
su curso i su claro nombre, 
hace un puerto entre dos sierras, 
donde están de todo el orbe 
barcas, naves, carabelas. 
Hai galeras i saetías 
tantas, que, desde la tierra, 
parece una gran ciudad, 
adonde Neptuno reina. 
A la parte del poniente, 
guardan el puerto dos fuerzas, 
de Cascaes i San Juan, 
las mas fuertes de la tierra. 
Está desta gran ciudad 
poco mas de media legua 
Belén, convento del santo 
conocido por la piedra, 
i por el león de guarda, 
donde los reyes i reinas 
católicos i cristianos 
tienen sus casas perpetuas. 

. Haré notar antes de todo que Tirso de Molina em- 
plea, como todos los escritores españoles, dos veces 
donde para denotar el lugar en que, sin agregarle la 
preposición en, diciendo en donde según lo pretendía 
López de la Huerta. 

Usa también con el mismo objeto el adverbio 
adonde. 

El mismo Tirso, en el acto 2P, escena i8 de la pieza 
citada, pone en boca del labrador Patricio estos 
versos: 



- 287 - 

Sobre esta alfombra florida 
adonde en campos de escarcha 
el sol sin aliente marcha 
con su luz recién nacida, 
os sentad, pues nos convida 
al tálamo el sitio hermoso. 

Se advertirá fácilmente. que adonde está por donde. 

Cervantes, en el Don Quijote, parte 2 .», capítulo 
4, emplea esta frase: 

«Era su parecer que, fuese al reino de Aragón, i a la 
ciudad de Zaragoza, adonde se habían de hacer unas 
solemnísimas justas por la fiesta de San Jorje». 
• Aquí adonde está por donde. 

Los ejemplos recordados, i otros muchos que podrían 
agregarse, manifiestan que los escritores de los siglos 
anteriores, sin dejar de emplear mucho el donde para 
espresar el lugar en que, solían reemplazarlo por 
adonde. 

Los modernos, aunque ya no con tanta frecuencia, 
hacen en ocasiones igual cosa, cometiendo lo que Bello 
calificaba de arcaísmo. 

Don Gaspar Melchor de Jovellanos empieza con 
estos versos la oda titulada En el nacimiento de 
DON Antonio María de Castilla i Velasco. 

¿Adonde estol? ¿qué fuego 
es este que mi pecho i mente inflama? 

Adonde está aquí evidentemente por donde. 

Don Antonio Jil de Zarate en el Resumen Histó- 
rico DE LA LITERATURA ESPAÑOLA, seCCÍÓn I », Capí- 
tulo 5, o sea pajina 50, edición de Madrid, 1874, dice 
lo que sigue: 

«El poder de las naciones i la gloria literaria se dan 



a tal punto la mano, que casi siempre adonde aquél 
existe le acompaña ésta». 

Adonde aparece empleado por donde. 

Don José Zorrilla, en Don Juan Tenorio, primera 
parte, acto 4.^, liga como sigue las escenas 8 i 9: 

Don Gonzalo de Ulloa, comendador de Calatrava 
(dentro) 

¿Dónde está? 

Don Juan 

Él es. 
Don Gonzalo 
¿Adonde está ese traidor? 

Don Juan 
Aquí está, comendador. 

Como puede observarse, el poeta Zorrilla denota el 
lugar en que: primero por donde, i en seguida por 
adonde. 

Los prosistas i los poetas clásicos de los siglos ante- 
riores suministran igualmente numerosos ejemplos de 
donde usado por adonde, 

Francisco de la Torre, en la canción titulada La 
TÓRTOLA, dice así: 

¿Dónde vas, avecilla desdichada? 
ff Dónde puedes estar mas aflijida? 

El primer donde significa el lugar hacia el cual; i el 
segundo, el lugar en que. 
Son versos del mismo poeta los que siguen: 

Viuda sin ventura, 
tórtola cuitada, 
mustia i asombrada 
de una muerte dura; 
tú, que el valle ameno, 
con tu arrullo blando, 



— 289 — 

serenaste, cuando 
vio tu bien sereno; 
quejas inmortales 
hieren tus sentidos 
que, a bienes perdidos, 
no haí medianos males; 
vuelve donde muevas 
las fieras que dejas, 
que no son tus quejas 
para monte i cuevas. 
En el valle donde 
tu dolor te cela, 
nadie te consuela, 
nadie te responde. 

Sucede exactamente como en el ejemplo anterior. 

El primer donde está por adonde; el segundo repro- 
duce a valle, i significa, por lo tanto, lugar en que. 

Fernando de Herrera comienza como sigue uno de 
sus sonetos: 

¿D6 vas? ¿dó vas, cruel? ¿dó vas? refrena, 
refrena el presuroso paso, en tanto 
que de mi grave afán el hondo llanto 
abre en prolijo curso honda vena; 

Indudablemente, dó en el primero de estos versos, 
viene empleado tres veces por a dó, o sea por adonde. 

Tirso de Molina, en El Burlador de Sevilla, 
acto 2.0, escena 12, supone el siguiente diálogo entre 
dos de sus personajes: 

Don Juan - 

¿Dónde iremos? 

Marqués de la Mota 

A Lisboa. 
amunAtegui.^t. II. 19 



Don Juan 
¿Cómo si en Sevilla estáis? 

Marqués de la Mota 

Pues, ¿aquesto os maravilla? 
¿No vive con gusto igual 
lo peor de Portugal 
en lo mejor de Castilla? 

- Don Juan 

¿Dónde viven? 

Marqués de la Mota 

En la calle 
de la Sierpe, donde ves 
a Adán vuelto portugués, 
que, en aqueste amargo valle, 
con bocados solicita 
mil Evas, que, aunque en ducados, 
en efecto son bocados 
con que el dinero nos quitan. 

Don Juan 

Mientras a la calle vais, 
yo dar un perro quisiera. 

Marqués de la Mota 

Pues cerca de aquí me espera 
un bravo. 

Don Juan 

Si me dejais, 
señor marqués, vos veréis 
cómo de mi no se escapa. 



— «91 — 

Marqués ie la Mota 

Vamos, i poneos mi capa 
para que mejor lo deis. 

Don Juan 

Bien habéis dicho; venid, 
i me enseñareis la casa. 

Marqués de la Mota 

Mientras el suceso pasa, 
la voz i el habla fínjid. 
¿Veis aquella celosía? 

Don Juan 

Ya la veo. 

Marqués de la Mota 

Pues llegad, 
i decid Beatriz, i entrad 

Don Juan 
¿Qué mujer? 

Marqués de la Mota 

Rosada i fría 
Catalinón (lacayo) 
Será niujer cantimplora. 

Marqués de la Mota 
En Gradas, os aguardamos. 

(Vasé) 



— 292 — 

Don Juan 

Adiós, marqués. 

Catalinón 

¿Dónde V3.mos? 

Donjuán 

Calla, necio, calla ahora 
Adonde la burla mía 
ejercite. 

El primer donde está usado por adonde 

Ersegundo significa lugar en que. 

El tercero significa igual cosa. 

El cuarto está usado por adonde. 

Adonde viene, al fin, empleado por donde. 

Cervantes, en el Don Quijote, parte i.», capítulo 
43, dice así: 

«Se fué donde el oidor i su hija i los demás caballeros 
estaban». 

Donde está aquí por adonde. 

Sin embargo, i a pesar de lo que queda espuesto so- 
bre el uso de donde en vez de adonde por los clásicos 
españoles, se sabe que ellos empleaban también el se- 
gundo de estos adverbios en la forma íntegra ó en la 
sincopada, para espresar el lugar hacia el cual. 

Para comprobarlo, basta traer a la memoria los si- 
guientes ejemplos de Lope de Vega: 

¿Adonde huyó la nieve 
que derretía el fuego de tus ojos? 

¿Adonde vas perdida? 
¿i4áó»á^, di, te engolfas? 



— 293 — 

Adonde vasipor despreciar el nido 
al peligro de ligas i de balas 
i el dueño huyes que tu pico adora? 

i basta traer a la memoria aquel 

¿A dó volvéis los jenerosos pechos? 

que Ercilla pone en boca de Lautaro. 

Los escritores modernos en prosa i verso suelen usar 
el donde por adonde, quizá mas que el adonde por 
donde. 

Don Juan Nicasio Gallego, en su excelente traduc- 
ción de Los Novios de Manzoni, capítulo 29, o sea pa- 
jina 388, edición de Madrid, 1882, trae en un diálogo 
la siguiente pregunta i la siguiente respuesta: 

— Pero, ¿dónde vamos? 

« — Donde vayan los demás. Iremos desde luego a la 
calle; i allí, con lo que oigamos, veremos lo que haya 
que hacep>. 

Don José de Espronceda en El Estudiante de 
Salamanca, parte 2,*, se espresa así: 

íAh! llora, sí, ipobre Elvira! 
¡triste amante abandonada! 
Esas hojas de esas flores 
que distraída tú arrancas, 
¿sabes adonde, infeliz, 
el viento las arrebata? 
Donde fueron tus amores, 
tu ilusión i tu esperanza. 

(Poesías, pajina 191, edición de Madrid, 1840). 

El donde desempeña el mismo oficio que el adonde , 
i, por lo tanto, debería ser reemplazado por este vo- 
cablo, si la medida del verso lo permitiera. 



— «94 — 

El mismo poeta, en la parte 4.^, o sea pajina 236, 
trae estos versos: 

I he de saber donde vais, 
i si sois hermosa o fea. 

Por último, en la misma parte 4 *, o sea pajina 255 
de ia edición citada, dice: 

Sabed en fin que dofkle vayáis, voi. 

£1 donde está en el uno i en el otro ejemplo por 
adonde. 

Don José Zorrilla, en el drama titulado El eco del 
TORRENTE, acto i.^, O Sea Obras Dramáticas, tomo 
2, pajina 201, colunma 2 .*, edición de París, 1847, trae 
estos versos: 

ArjetUina 

¿I dónde va? 

Jenaro 

¿Adonde ha de ir, señora, 
sino adonde vos estáis ? 

El dónde viene evidentemente usado por adonde. 

Don Antonio García Gutiérrez, en El Grumete, 
acto único, escena 6 *, o sea Obras Escojidas, pajina 
369, edición de Madrid, se espresa así: 

Serafín («dirijiéndose adonde está la mesa»). 
Bien; ya no lo hago. 
Luisa 



¿Dónde vas? 



Serafín 

A echar un trago. 



— «95 ^ 

£1 adonde aparece aquí empleado en su sentido 
propio; i el donde por adonde. 

Don Antonio Rodríguez Rubí, en el drama titulado 
Isabel ¿a Católica, hace que se cambien las siguien- 
tes palabras entre Gonzalo de Córdoba i Cristóbal 
Colón: 



c Adonde vas? 



Gónzak) 

Colón 

¿Dónde? A Francia. 



£1 adonde viene empleado en un sentido propio; i 
el donde por adonde. 

Don Eujenio Selles, en El Nudo Gordiano, empie- 
za asi la escena 8-*, acto 2.^ 

Severo (deteniéndole) 

(¡Dónde vas ? 

Carlos (con ansiedad) 

¿De dónde vienes? 

(Pajina 47, edición de Madrid, i88i). 
El mismo poeta, en el acto 3. o, escena 6, o sea pa- 
jina 73, pone estos versos en boca de María. 

Si rompe mi concha una ola, 
¿dónde irá tu perla sola 
por los mares de la vida? 

Hé aquí dos nuevos ejemplos de dónde por adonde. 
Don José Joaquín de Olmedo empieza asi su tra- 
ducción de la oda 14, libro ifi de Horacio. 

¿O nave, dónde vas? No te amedrentan 
las nuevas olas que a la mar te impelen ? 

Manifiestamente el dónde está aquí por adonde. 



La Real Academia no ha carecido, pues, de funda- 
mento para declarar que estas dos palabras se han 
usado una por otra. 

Sin embargo, es fuera de duda que, de dia en dia, 
se va haciendo entre ellas la diferencia de significados 
establecida por López de la Huerta, March, "feello i 
Mora. 

La Real Academia, en la primera edición del Dic- 
cionario, empezó por enseñar que adonde i donde es- 
presaban completamente una misma idea. 

Léanse los artículos que destinó en la primera edi- 
ción del Diccionario a estas dos palabras. 

«Adonde, adverbio de lugar. Como pregunta, vale 
esta voz lo mismo que: en qué lugar, en qué parte, 
como: ¿Adonde estamos?; o a qué lugar, o qué parte, 
como: ¿Adonde vas? I por afirmación significa: en el 
mismo lugar en que, como: Adonde era Saganto, es hoi 
Monviedro». 

«Donde, adverbio de lugar, lo mismo que adonde». 

Aparece que la Academia, en la primera edición del 
Diccionario, no hizo la menor distinción entre los 
significados de adonde i de donde. 

En la segunda edición de 1780, conservó sin varia- 
ción el artículo destinado al adverbio donde; pero re- 
dactó como sigue el destinado al adverbio adonde: 

«Adonde, adverbio de lugar. Suele usarse con verbos 
de quietud por lo mismo que donde; pero su propio i 
acertado uso es con algunos verbos de movimiento, 
como ir, venir, caminar; i vale: a qué parte, o a la 
part,e que». 

Como se ve, la Academia, en el año mencionado, 
enseñó que el uso de adonde por donde no era tan 
común como el de donde por adonde. 

En la tercera edición de 1791, en la cuarta de 1803 



— «97 — 

i en la quinta de 1817, conservó el artículo destinado 
al adverbio adonde en la segunda de 1780; pero varió 
como sigue el destinado al adverbio donde: 

<!Dondey adverbio de lugar. Lo mismo que adonde. 
Usase con verbos de quietud i de movimiento». 

Como se ve, la Academia insistió de un mocio mas 
terminante en que donde podía usarse por adonde. 

En la sesta edición de 1822, en la séptima de 1832, 
en la octava de 1837, í ^^ l^. novena de 1843, conservó 
el artículo destinado al adverbio dónde; pero varió 
como sigue el destinado al adverbio adonde. 

<!iA donde, adverbio de lugar. A qué parte o a la parte 
que». 

Nótase que la Academia, en estas ediciones, no dijo 
ya que adonde podía emplearse alguna vez por donde, 
como la había espresado en las anteriores. 

En la décima edición de 1852, i en la undécima de 
1869, la Academia conservó el artículo destinado al 
adverbio adonde; pero varió como sigue el destinado a 
donde: 

<^Donde, adverbio de lugar. Denota el sitio en que 
se hace o dice, ocurre, nace o subsiste alguna cosa. 
Usase con verbos de quietud i de movimiento. — 
Adonde». 

Resulta que la Real Academia enseñó, desde 1822 
hasta 1869, que adonde denota solo el lugar a que, o 
hacia que, i por lo tanto, no debe emplearse en el sen- 
tido de donde, o lugar en que, como algunos escritores 
antiguos lo practicaron. 

Así, cuando don Andrés Bello dijo, en la Gramática 
DE LA LENGUA CASTELLANA que «adonde usado por 
donde es un arcaísmo que debe evitarse», no hizo mas 
que seguir la doctrina de la docta corporación. 

Lo único que la Academia persistía en reconocer era 
que donde podía usarse por adonde; o en otros térmi- 



— fai- 
nos, que donde podía significar unas veces el lugar en 
que; i otras, el lugar a que. 

Habría sido de desear que, así como no daba al ad- 
verbio adonde otra acepción que la de lugar a que, 
hubiera procurado del mismo modo que no se diera al 
adverbio donde otra que la de lugar en que. 

Conviene que cada una de estas dos ideas, o de estas 
dos relaciones diferentes de lugar, sea espresada por 
palabras propias i distintas, como López de la Huerta, 
March, Bello i Mora querían que se hiciese, i como 
muchos de los que hablan í escriben en nuestro idioma 
lo hacen efectivamente. 

Por desgracia, la Academia no lo ha ejecutado así 
en la duodécima edición del Diccionario, en la cual 
ha renovado la doctrina que espuso en la primera, i 
que modificó en las siguientes, de que podían usarse 
indiferentemente, no solo donde por adonde, sino 
adonde por donde, (i) 

Esto importa, en mi concepto, un verdadero retro- 
ceso operado precisamente cuando el uso, estimulado 
por las advertencias hechas por la Academia en las 
ediciones precedentes tiende a fijar entre los significa- 
dos de adonde i de donde la conveniente distinción. 

Sin duda alguna, el uso jeneral es el que determina 
la acepción de las palabras; pero, no por ello, las per- 
sonas instruidas dejan de estar obligadas, para mejorar 
la lengua, a enmendar lo que sea vicioso. 

Un gran número de los escritores mas sobresalientes 
de nuestra raza, han empleado, verbigracia, el cuyo 
para enlazar el sujeto o termino de una primera pro 
posición con el sujeto o término de una segunda. 

Tirso de Molina, en El Burlador de Sevilla, 
acto 2, escena lo, supone que el anciano don Diego 
Tenorio dirije a su hijo don Juan los siguientes versos: 

( i ) La 1 3 • edición del Diccionario no ha innovado a este respecto. 



— ^99 — 

Al fin el reí me ha mandado 
que té eche de la ciudad, 
porque está de tu maldad 
con justa causa indignado; 
que, aimque me lo has encubierto, 
ya en Sevilla el rei lo sabe, 
cuyo delito es tan grave, 
que a decírtelo no acierto. 
¡En el palacio real, 
traición, i con un amigo! 

Don Ramón de Mesonero Romanos, en las Escenas 
Matritenses, artículo titulado La Empleo-Manía, se 
espresa así: 

«Mi esposa era una mujer altiva, acostumbrada a 
ser obedecida; i en mí, veía a un marido, a quien ella 
había elevado a su altura, cuya consideración la hacía 
insufrible, dándoja un dominio absoluto sobre mí.». 

Don Antonio Ferrer del Rio, en la Galería de la 
LITERATURA ESPAÑOLA, pajinas 70 i 7i, edíción de 
Madrid, 1846, dice lo que sigue, hablando sobre el 
conde deToreno: 

«Se mostraba intolerante, arrebatado i sañudo al 
discutirse el manifiesto de Lardizábal, en cuyo asunto 
cedían las cortes a instintos de propia venganza, mas 
bien que a decretos de imparcial justicia». 

Don Juan de la Pezuela i Ceballos, conde de Ches- 
te, uno de los maestros de nuestra lengua, dice, en el 
Elojio Fúnebre de don Ventura de la Vega, leído 
el 23 de febrero de 1866, lo que sigue: 

«Esa misma comedia (El Hombre de Mundo), al- 
gún tiempo después, fué puesta en escena en el teatro 
particular que tiene la señora condesa viuda de Mon- 
tijo en su quinta de Carabanchel, cuya circunstancia 
no quiero dejar olvidada». (Memorias de la Acade- 
mia Española, tomo 2.^, pajina 455). 



— 300 — 

Don Fermín de la Puente i Apezechea, otro docto 
individuo de la Real Academia, en un discurso leído 
ante ella el 12 de febrero de 1871, se espresa a^í: 

«Públicos son los gozos i las alegrías de la Academia, 
sus sufrajios por los muertos, sus concursos entre los 
vivos, la admisión de sus nuevos miembros, la inaugu- 
ración anual de sus trabajos con un discurso literario i 
el resumen de sus actas del propio año que hace su 
secretario, así como el examen trienal que verifica su 
director, en cuyo período le es obligatorio volver la 
vista atrás para mirar luego adelante, contemplar el 
camino andado, antes de ver el que se desenvuelve a 
su vista.» (Memorias DE la Academia Española, 
toma 3 o, pajina 206). 

El injenioso académico don Antonio María Segovia, 
en un discurso leído el 30 de marzo de 1873, dice lo 
siguiente: 

«Es cuestión la de si el acento produce o no canti- 
dad, o para hablar mas claro, si la sílaba acentuada 
debe llamarse larga, a imitación de la prosodia de 
griegos i latinos, de cuyas tradiciones no hemos podido 
sacudir el yugo, ni aun después de que los estudios 
modernamente profundizados de aquellas i las demás 
lenguas nos han obligado a confesar que ignorábamos 
completamente en qué consistía la medida que 
aquellos pueblos usaban para su versos (a cuya opera- 
ción llamaban los latinos scansio del verbo scandere), 
si bien sospechamos que leían i recitaban sus versos 
con cierta especie de salmodia o xanturía, completa- 
mente ajena a nuestras costumbres i a nuestros idio- 
mas». (Memorias de la Academia Española, tomo 4^ 
pajina 477). 

En otras de estas apuntaciones (la destinadas cuyo), 
he citado varios ejemplos de este mismo defecto. 



— 3^1 — 

sacados de autores tan respetables como los que acabo 
de mencionar. 

Sin embargo, la Academia, desentendiéndose de tal 
práctica antigua i moderna, con sobrado fundamento, 
enseña que cuyo no es en último resultado sino el jeni- 
tivo latino, ctíius; i que, por lo tanto, lleva implícito 
en sí el de característico de jenitivo. 

Me parece que igual procedimiento ha de observarse 
para ractificar los significados de los adverbios adonde 
i donde, i para recomendar que se les emplee en acep- 
ciones distintas, sin usarlos indiferentemente el uno 
por el otro. 

Don Andrés Bello, en la Gramática de la lengua 
CASTELLANA, capítulo IQ, en una nota, dice algo que 
es oportuno traer a la memoria en esta ocasión. 

«Nótese que do i donde significaban en tiempos no 
mui antiguos dedonde. Todavía leemos en frai Luis de 
León: — La luz do el Tsaber llueve, — esto es, el astro 
dedonde baja o es influido a los hombres el saber: 
espresión que Hermosilla tachó injustamente de 
absurda, siendo solo arcaica. En el mismo error cayó 
Clemencín, criticando la causa do naciste, en la canción 
de Crisóstomo, porque, según dice, el efecto no nace 
en, sino de la causa; como si este no no significase 
aquí eso mismo. — AqueUos donde venimos — esto es, 
aquellos de donde, de quienes descendemos, dice im 
romance que, por el lenguaje, no parece anterior al 
siglo XVL — No hai pueblo ninguno donde no salgan 
comidos i bebidos — (Cervantes); i el mismo frai Luis 
de León: 

Cielo, do no se parte 
oscura i fría niebla eternamente». 

(Obras Completas, tomo 4.°, pajina 131). 
Cervantes, en la dedicatoria de La Calatea, dice 



— Bos- 
que el abad de santa Sofía, «da cada día señales de la 
clara i jenerosa estirpe do desciende». 

Frai Luis de León, en la oda A Felipe Ruiz, trac 
estas estrofas: 

Veré las inmortales 
columnas do la tierra está fundada: 
las lindes i señales 
con que a la mar hinchada 
la Providencia tiene aprisionada; 
por que tiembla la tierra; 
por que las hondas mares se embravecen; 
do sale a mover guerra 
el cierzo; i por que crecen 
las aguas del océano, i descrecen; 
de do manan las fuentes; 
quién ceba i quién bastece de los nos 
las perpetuas corrientes; 
de los helados rios 
veré las causas, i de los estíos; 
las soberanas aguas 
del aire en la re j ion quién las sostiene; 
de los rayos las fraguas; 
do los tesoros tiene 
de nieve Dios; i el trueno donde viene. 

El primer do, o sea el que se encuentra en el segundo 
de los versos copiados, denota el lugar en que, con- 
forme a lo que el uso ha determinado respecto a este 
adverbio; el cuarto ¿o, o sea el que se encuentra en el 
diez i nueve de dichos versos, espresa igual cosa. 

El segundo do, o sea el que se encuentra en el verso 
octavo, indica el lugar de que el cierzo sale a mover 
guerra. 

Ha de notarse que el poeta, en el verso undécimo^ 
para significar el lugar de que manan las fuentes, ha 
usado, no simplemente el adverbio do, como acababa 



— 303 — 

de hacerlo en el verso octavo, sino la locución de do^ lo 
que demuestra que esa idea o relación de lugar podía 
espresarse indiferentemente por do o por de do. 

En el último de los versos citados, donde está por 
de donde. «El trueno donde viene» equivale a: «El trueno 
de donde viene». 

Aparece, pues, que, «en tiempos no mui antiguos», 
como Bello lo dice, donde se usaba, no solo por adonde^ 
sino también por de donde. 

Efectivamente, el Diccionario de la Academia, en 
la duodécima edición de 1884, enseña que antaño solía 
usarse donde o do por de donde o por de do. 

I he hecho mui bien en advertirlo para impedir que, 
no ya personas de menos erudición, sino humanistas 
tan entendidos i tan esi>ertos en la gramática i en la 
historia de nuestra lengua como Clemencín i Hermo- 
silla, incurran en las equivocaciones a que Bello alude. 

Frai Luis de León, en la oda titulada Noche Se- 
rena, designa, como se sabe, el planeta Mercurio con 
la siguiente perífrasis: 

La luz do el saber llueve 

Don José Gómez Hermosilla, en el Arte de hablar 
EN PROSA I VERSO, parte I. a, Ubro 2.^, capítulo 4.^, pá- 
rrafo destinado a la perífrasis^ dice que la que acaba 
de leerse «es estudiada i oscura»; i que *no sabe cómo 
se le pudo escapar a frai Luis de León». 

Para fundar esta censura, agrega lo que sigue: 

4tiQué quiere decir una luz do llueve el saber? ¿Ni 
como elsaber puede llover en parte alguna, i mucho 
menos en una luz?» 

Resulta que un humanista de la categoría de Her- 
mosilla, no recordando que do puede notar el lugar de 



— 304 - 

que, se fijó única i esclusivamente en que, por lo común, 
solo denota el lugar en que. 

Si un maestro semejante pudo incurrir en tal equivo- 
cación, se comprende cuan fácilmente podrá el vulgo 
caer en otras parecidas. 

Conviene, pues, i mucho, que los adverbios adonde 
donde, en vez de usarse promiscuamente, tengan acep- 
ciones peculiares. 

Eso ya se ha hecho para espresar el lugar de que. 

Donde o do no pueden usarse ya por de donde, o por 
de do. 

Debe hacerse entonces igual cosa por lo que toca al 
adverbio adonde, i al de igual clase donde. 

Así como donde no puede emplearse por de donde, 
tampoco debe emplearse adonde por donde, ni donde 
por adonde. 

I obsérvese que era mas difícil conseguir lo primero 
que esto segundo. 

Donde, por la composición, estaba llamado a deno- 
tar el lugar de que. 

El ubi latino pasó al romance trasformándose en 
onde. 

Donde equivale, pues, etimolójicamente, a de onde, 
esto es, atendiendo al orijen, debía significar el lugar 
de que. 

Sin embargo, ya todos los españoles modernos de 
ambos mundos estamos convenidos en que donde de- 
nota el lugar en que i no el lugar de que. 

No se ve entonces por qué no había de quitársele 
también la acepción de lugar a que, contraria a su 
composición. 

El accidente de que algunos escritores persistan en 
dársela no es motivo suficiente para no introducir esta 
mejora en nuestro idioma, i para no procurar que los 



— 305 — 

adverbios donde i adonde tengan cada uno su signifi- 
cado peculiar i esclusivo. 

Tanto en España, como en las repúblicas hispano- 
americanas, suele atribuirse a donde el carácter de pre- 
posición, haciéndolo equivalente de en casa de^ o algo 
semejante, esto es, usáuidolo ni mas ni menos como 
los franceses emplean la preposición chez. 

Don Rafael María Baralt, en el Diccionario de ga- 
licismos, escribe acerca de este punto lo que sigue: 

« — ¿Dónde vas? 

« — Donde fulano. 

«Este uso de nuestro adverbio no es francesismo, ni 
cosa que lo valga, sino barbarismo puro i neto mui co- 
mún entre la jen te vulgar de Castilla. 

«Aquí donde está por en casa de^ que se espresa en 
francés con la preposición chez\ i el barbarismo consis- 
te en que donde, respondiendo a la pregunta, es en 
rigor un modo de hablar elíptico que equivale a donde 
va fídano. 

«Véase mas claro en este ejemplo: Yo iré donde tú 
vayasi>. 

El pecado gramatical que se condena en el artículo 
precedente es cometido, no solo por. la jente vulgar, 
sino también por escritores mui estimables. 

Entre éstos se cuenta el mismo Baralt, quien, en su 
Resumen de la msxoRiA antigua de Venezuela, 
capítulo 12, o sea pajina 202, edición de París, 1841, se 
espresa así: 

«Aguirre tenía una hija a quien amaba por estremo, 
i a la que, con solícito cuidado, había llevado desde el 
Perú en compañía de otra mujer, a quien llamaban la 
Torralba. Fuese, pues, donde eUas, en ocasión de ha- 
llarse reunidas en un aposento de la casa; i calando la 

AMUNÁTBOUI. — T. II ÜO 



— 3^6 — 

cuerda de un arcabuz, dijo a la primera que tenía de 
prepararse a morir.» 

Podría citar otros españoles americanos que, como 
Barait, han empleado en este sentido la palabra donde, 
sea en prosa, sea en verso. 

Así no puede decirse que el tal uso sea propio úni- 
camente de jcnte vulgar. 

Los humanistas colombianos don Miguel Antonio 
Caro i don Rufino José Cuervo, en la Gramática de 

LA LENGUA LATINA PARA EL USO DE LOS QUE HABLAN 

CASTELLANO, nota O ilustración 7, han defendido este 
uso de dofide con las siguientes razones: 

«En Nueva Granada (hoi Colombia), usamos el ad- 
verbio donde con fuerza de preposición que responde 
a las preguntas ubi? i quo?; i así decimos: — ^Estuve 
donde el relojero. — Voi donde el gobernador. 

«Bello, en la primera edición de su Gramática, i 
Barait, en su Diccionario de galicismos, censuran 
esta construcción, apoyándose en un principio falso. 
Siendo una frase elíptica, dicen, debe suplirse en el se- 
gundo miembro el mismo verbo del primero: — Voi 
donde Antonio — vale, pues: — Voi donde va Antonio 
— i no donde está, reside. 

«Segím esto — Pedro murió cuando la guerra — frase 
intachable, debiera tomarse en el sentido de — cuándo 
la guerra murió. 

«La verdad es que, en esta construcción, donde no 
ha hecho sino perder el carácter de adverbio para asu- 
mir el de preposición. Tránsito, no solo autorizado i 
frecuente, sino que ha sido en opinión de hombres doc- 
tos, el orijen, la jeneración de las preposiciones. 

«En el lenguaje poético castellano, es mui común la 
conversión de adverbios i complementos de lugar en 
preposiciones: verbigracia — delante él pecho; — dentro su 



— 307 — 

corazón; — encima la columna; — en medio los banque- 
tes; — etc. (Ejemplos tomados de la traducción de La 
iLiADApor Hermosilla). 

«Luego, aquella construcción no es antigramatical; 
antes bien, es una simple aplicación de un procedi- 
miento jemal del habla humana. 

«No es tampoco neolójica ni provincial. Ocurre en la 
Vida de la madre Francisca de la Concepción, re- 
lijiosa del convento de Santa Clara de Tun ja, escrito- 
ra del siglo XVII. La usa el pueblo de Castilla, según 
testimonio del citado Baralt. La hemos hallado en una 
composición inédita de dos andaluces. Por último, está 
recibida en varias partes de la América. 

«Lo que realmente la desautoriza es que no aparece 
en los clásicos de la lengua». 

A pesar de todo, no debe fomentarse este uso de 
donde, porque no conviene propender sin necesidad á 
que una palabra tenga distintos significados i desem- 
peñe distintos oficios. 

Dragaje 

Un decreto espedido por el presidente de Chile en 
28 de febrero de 1884, empieza así:- 

«Modifícase la dotación de máquina de la draga i sus 
anexos en la siguiente forma: 

«Un mecánico primero con ciento veinticinco pesos 
mensuales, encargado especialmente del manejo de la 
máquina de traba jo de la draga, i destinado a reem- 
plazar al injeniero del dragaje en los casos de ausencia 
de éste.» 

El Diccionario de la Academia autoriza el sustan- 
tivo draga, a que señala dos acepciones: 

1.8- «Máquina que se emplea para ahondar i limpiar 



— 3o8 — 

los puertos de mar, los nos, etc., estrayendo de ellos 
fango, piedras, arena, etc.» 

2.0 «Barco, jeneralmente un pontón, que lleva esta 
maquinaría». 

El Diccionario autoriza además el verbo dragar, 
«ahondar i limpiar los puertos de mar, los rios, etc., 
con la dragai>. 

Sin embargo, no indica ninguna palabra para deno- 
tar la acción i efecto de dragar y o sea de hacer funcio- 
nar la draga. 

El docto i sensato frai Benito Jerónimo Feijoo de- 
dicó una de sus cartas a demostrar la ventaja, i aun la 
imprescindible necesidad de introducir voces nuevas 
en el castellano. (Biblioteca de autores españoles 
de Rivadeneira, iomo 56, pajinas 507 i siguientes). 

Con este motivo, dice, entre otras cosas, lo que si- 
gue: 

«Son innumerables las acciones para que no tene- 
mos voces, ni nos ha socorrido con ellas el nuevo dic- 
cionario (el primero de la Academia). Pondré uno u 
otro ejemplo. No tenemos voces para la acción de 
cortar, para la de arrojar , para la de mezclar y para la 
de desmenuzar^ para la de escretar, para la de ondear 
el agua u otro licor y para la áe escavar y para la de arran- 
car y etc., iPor qué no podré, valiéndome del idioma 
latino para significar estas acciones, usar de las voces 
amputación, proyección, conmistión,] conminución, es- 
crecióny undulación, escavación, avulsión?i> (Pajina 508, 
columna i.*) 

El Diccionario de la Academia tiene ya admitidas 
todas estas voces nuevas patrocinadas por el padre 
Feijoo, escepto conminución. 

I ello se esplica fácilmente, porque, cuando una voz 
es necesaria, no hai medios de rechazarla. 



— 309 — 

En vista de lo espuesto, creo que no existe funda- 
mento para desaprobar el uso ya corriente de dragaje, 
palabra que, como otras de su desinencia (verbigracia: 
abordaje, anclaje, aprendizaje, arbitraje, pillaje, hospe- 
daje), denota la acción del verbo respectivo. 

La Ilustración Española i Americana, corres- 
pondiente al 15 de mayo de 1886, año 30, número 18, 
pajina 301, publica un grabado a cuyo pié se lee: «Tra- 
bajos de dragado i de construcción de diques a lo largo 
del Tíber para las nuevas vías». 

Esto revela que los peninsulares emplean el sustan- 
tiuo dragado, que tampoco viene en el Diccionario 
(le la Academia. 

Si atendemos al significado que ciertas desinencias 
dan j>or lo jeneral a las palabras, debería hacerse dis- 
tinción entre dragaje i dragado. 

La desinencia en aje denota amenudo acción, mien- 
tras que la en ado denota muchas veces el resultado de 
la acción. 

Sin embargo, sucede frecuentemente que las pala- 
bras en aje i las en ado se emplean para espresar, tanto 
la acción, como el resultado de la acción, (i). 

Dueño, dueña 

El rigoroso don Rafael María Baralt, en el Diccio- 
nario de galicismos, al tratar^ de la palabra álbum. 
estampa sin el menor escrúpulo la espresion la dueño 
del álbum. 

En Chile se oye i se lee frecuentemente la dueña, 
sobre todo en los discursos i en los escritos de los abo- 
gados i en las sentencias de los jueces. 



(i) El Diccionario Académico, edición de 1899, ha introducido la voz 
dragado para denotar la acción i efecto de dragar. 



^ 310 — 

Dueño pertenece no a la clase de los sustantivos co- 
munes de dos, sino a la de los epicenos. 

En otros términos, dueño es, no uno de aquellos sus- 
tantivos que, como enseña Bello^ sin variar de termi- 
nación, significa ya un sexo, ya el otro, i piden en 
el primer caso la primera terminación del adjetivo, i en 
el segundo, la segunda, como mártir, testigo, pues se 
dice el santo mártir, la santa mártir, el testigo i la testi- 
go; sino uno de aquellos que, según el mismo autor, de- 
notando seres vivientes, se juntan siempre con la mis- 
ma terminación del adjetivo, que puede ser masculina, 
aunque el sustantivo se aplique accidentalmente a hem- 
bra, i femenina, aunque con el sustantivo se designe 
varón o macho, como, aun hablando de un hombre, de- 
cimos que es una persona discreta, i, aunque hablemos 
de una mujer, podemos decir que es el duedo de la casa, 
(Obras Completas, tomo 4P, pajinas 26 i 27, números 

32 i 33) 

Aparece que Bello enseña que ha de decirse, aun 
cuando se aluda a una mujer, el dueño de la casa, i por 
consiguiente el dueño del álbum, i no como Baralt, la 
dueño de la casa o del álbum. 

Efectivamente, los autores clásicos castellanos an- 
tiguos i modernos confirman la doctrina de Bello 
acerca de este pimto, i contradicen la de Baralt. 

Muí conocido es aquel soneto de Lope de Vega que 
principia: 

Daba sustento a un pajarillo un dia, 
i que contiene estos versos: 

¿Adonde vas por despreciar el nido 
al peligro de ligas i de balas, 
i el dueño hu\'es que tu pico adora? 



— 3U — 



Don Ramóa de la Cruz, en el saínete titulado El 
Tordo Hablador, pone estos versos en boca de don 
Mateo. 



iGracias a Dios que te encuentro 
sola, Mariquita hermosa! 
i ya que tanto te debo, 
aunque sin mérito mió, 

que me hagas la gracia espero 

(Repara en doña Tiburcia). 
de apartarte para que 
yo presente a nuestro dueño 
i señora este tordito, 
que no tiene compañero. 



(Colección de saínetes, pajina 284, columna i.% 
edición de Madrid, 1843). 

Bretón de los Herreros, en el drama titulado Elena, 
acto 2.0 escena 5.», dice así: 

Elena 

Aunque el derecho he perdido 
de hacer respetar mi llanto, 
postrada, señor, os pido 
no hagáis mayor mi quebranto. 
Sepultadme en el olvido. 

Don Jerardo 

¡Olvidarte yo! Jamás. 
Aim bajo la losa fría, 
- dueño de mi alma serás. 

(Obras Escojidas, tomo i.^, pajina 88, columna 
I. a, edición de París). 



Hartzenbusch, en La Madre de Pela yo, acto 2-^ * 
escena 6 *, se espresa como sigue: 

Luz 

, . . Vos me habéis 
ricas joyas ofrecido, 
que no me es dado admitir 
en el dolor en que jimo: 
solo un don puede agradarme 
mientras ignore el destino 
de mi Pelayo: ese don 
le quiero, le ansio, le pido. 

Vitiza 

¿Cuál? 

Luz 

Macedme juez i dueño 
arbitro de mi enemigo. 

{Obras Escojidas, pajina 200, columna i.», edición 
de París, 1876). 

Don Juan Valera, en la novela titulada Pasarse 
DE LISTO, capítulo 5, o sca pajina 69, trae esta frase: 

«Allí aparecían, colocados en buen orden, los reyes 
magos: i algunos pastores i zagalas de un antiguo na- 
cimiento, un ánjel, dos muñecas vestidas con mucho 
aseo, i varias cajitas i otros paquetillos, que daban 
testimonio de lo cuidadosa i guardadora que era el 
hermoso dueño». 

La Real Academia Española cuida esmeradamente 
en el Diccionario de advertir cuando algún sustan- 
tivo, como consorte, mártir, testigo, virjen, pertenece 
al jénero común. 



— 313 — 

Mientras tanto, en el artículo destinado a dueño, 
enseña que este vocablo es únicamente masculino. 

Hé aquí el principio de ese artículo que es mui cate- 
górico: 

4(Dueño, sustantivo masctdino (i no común). El que 
tiene el dominio de ima finca o de otra cosa. En este 
sentido, suele llamarse así también a la mujer; i siem- 
pre en los requiebros amorosos, diciendo dueño mió, i 
no dueña miú». 

Como se ve, la Academia enseña que dueño, sustan- 
tivo masculino, se aplica a veces, pero no siempre, a 
la mujer que tiene el dominio de una ñnca o de otra 
cosa. 

Esto quiere significar, nó que, en ocasiones, pueda 
decirse la dueño, según suele espresarse malamente, 
sino la dueña. 

Efectivamente, cada dia va siendo mas corriente el 
que se diga la dueña, i no el dueño, por la mujer que 
tiene el dominio de algo. 

Don Ramón de la Cruz, en el saínete titulado Los 
Patos en el ensayo, o Comedia de Valmojado, trae 
este diálogo: 

Soldado 

Paisano, aunque usted perdone, 
¿sabe usted qué bulla es esta? 

Bernardo 

Es que hacen en esta casa 
una comedia casera. 

Soldado 
¿I qué comedia es? 



— 314 — 

Bernardo 

Afectos 
de odio i amor. 

Soldado 

Voi a verla. 

Bernardo 

No dejan entrar a nadie. 

Soldado 

¿ I quién es el dueña o dueña 
de la casa? 

(Colección de saínetes, tomo i «, pajina 30, co- 
lumnas I. a i 2.*, edición de Madrid, 1843). 

Hartzenbusch, en Honoria, acto i ^^ escena 7 .*, 
hace decir a Desideria, entre otras cosas, lo que sigue: 

Única dueña me veo 
de estas prendas tan buscadas 
que cojí i di por hurtadas 
en el dia del saqueo. 

(Obras Escojidas, pajina 219, columna 2, edición 
de París, 1876). 

Don José Joaquín de Mora, en la novela titulada 
El Gallo i la Perla, emplea tres veces la palabra 
dueña en este sentido, 

«Una venturosa casualidad había proporcionado al 
que la escribía la dicha de ver, aunque mui de paso, 
a la que ya era dueña absoluta de sus pensamientos», 
(pajina 30, edición de Madrid, 1847). 



— 3IS — 

«Desde aquel' momento, se erijió Aurora en dueña 
de la casa, i exijió que los criados estuviesen someti- 
dos a su esclusiva autoridad», (pajina 70). 

«Han venido unas mujeres preguntando por don 
Carlos; i a pesar de toda la oposición que les hemos 
hecho, han subido a su cuarto, i allí se han instalado 
como dueñas^, (pajina 73). 

Bretón de los Herreros, en la comedia titulada Mr 
SECRETARIO I YO, acto único, escena 13, trae este diá- 
logo: 

Condesa 

Si le gusta a usted la hacienda . . 

Don Fabricio 

Oh! la hacienda es de mi flor, 
pero la dueña . . Esa si 
que vale mas que el Mogol, 
i mas que Méjico, i mas 
que mi fábrica de Alcoi. 

Don José Zorrilla, en los Recuerdos del tiempo 
VIEJO, tomo 2y pajina 174, edición de Madrid, 1882, 
dice así: 

<!La dueña de la casa no se desdeñó de bailar». 

Don José María de Pereda, en la novela titulada 
Don Gonzalo González de la Gonzalera, capítulo 
31, o sea pajina 447, edición de Madrid, 1884, pone en 
boca de Osmunda estas palabras: 

«Yo soi dueña de mi voluntad, i tú no vas a consul- 
tar la suya, sino a cumplir con un deber de cortesía». 

Por esto, el Diccionario de la Real Academia se- 
ñala por primera acepción a dueña, «mujer que tiene 
el dominio de una finca o de otra cosa». 

Sin embargo, conviene no olvidar que, en los requie- 



bros amorosos, como el mismo Diccionario lo esplica^ 
ha de decirse, dirijiéndose a una mujer, dueoñ, i jamás 
dueña. 

Don Pedro José Pidal, primer marqués dePidal, em- 
pieza como sigue la traducción de una de las anacreón- 
ticas de Catulo: 

Llorad, tiernas bellezas; 
llorad, bellos cupidos, 
i cuantos de los hombres 
lucen con mayor brillo. 

De mi querido dueño 
ha muerto el pajarito; 
el pájaro, delicias 
de mi dueño querido, 
a quien ella adoraba 
mas que a sus ojos mismos. 

Porque era suave i dulce, 
i tan bien conocido 
tenía ya a su dueño, 
como a su madre el niño. 

Ni jamás se apartaba 
de su seno querido, 
sino que, revolando 
de un sitio al otro sitio, 
a su dueño tan solo 
besaba con el pico. 

Don Leandro Fernández de Moratín, en la comedia 
titulada El Barón, acto i.®, escena 13, pone estos 
versos en boca de Leonardo: 

Pero, Isabel, dtteño mío! 
¡qué estraño dolor te aqueja! 

(Biblioteca de Rivadeneira, tomo 2.0, pajina 382, 
columna i.**) 



Don Anjel de Saavedra, duque de Rivas, emplea va- 
rias veces la palabra dueño en este sentido, aplicándo- 
la a una mujer. 

Por un alegre prado 
de flores esmaltado, 
i de una clara fuente 
con la dulce corriente 
de aljófares regado, 
mi dueño idolatrado 
iba cojiendo flores, 
mas bella i mas lozana 
que Ninfa de Diana. 

(CANTINEI.A) 

Cesó la voz, i el eco sonoroso 
aun en los últimos sones repetía, 
mientras ufano aquel pastor dichoso 
' con guirnaldas el tosco umbral vestía; 
cuando por él saliendo el dueño hermoso, 
que su llama honestísima encendía, 
ternezas se dijeron con amores, 
cuyo susurro resonó en las flores. 

(Florinda, canto 2, octava 66). 

El mismo poeta, en la comedia titulada La Moris- 
ca DE Alajuar, acto i.o, escena i.^, pone en boca de 
don Fernando estos versos. 

¡Infelice de mí ¿Deliro? ¿sueño? , . . . 

¡Mi dulce encanto, mi adorado dueño, 

oh celestial María! 

¿así te encuentra |oh Dios? el ansia mía. . . .? • 

Resulta que, para denotar la mujer que tiene el do- 



minio de algo que no sea el corazón o el amor de un 
hombre, puede decirse el dueño ola dueña. 

Cuando se quiere denotar la mujer a quien se ama, 
solo puede decirse el dueño. 

En ningún caso puede decirse la dueño, como se dice 
malamente en Chile i en otros países. 

Es preciso tener entendido que dueño pertenece a la 
clase de los epicenos, i no a la de los comunes de dos. 

Para que se vea en qué vicio de lenguaje incurren 
los que se imajinan ser mui castizos cuando dicen la 
dueño, voi a terminar copiando el siguiente pasaje que 
se encuentra en la Gramática de la lengua caste- 
llana, por don Vicente Salva, parte 2.^ o sea sintaxis^ 
capítulo 2.0 

«Los nombres comunes, como que significan calidades 
aplicables a los dos sexos, pueden llevar en rigor el jé- 
nero del sujeto a que se refieren: él o la cómplice; él o la 
consorte. Así se lo dijo una sotaermitaño, leemos en el 
capítulo 24 de la segunda parte del Quijote. No cabe, 
por tanto, duda en que, hablándose de un hombre, es- 
tará bien decir: Abochornado con la pregunta el virjen; i 
de una mujer: la santa mártir; recuerda la testigo; pero 
es tanta la fuerza de las terminaciones en los jéneros, i 
tal el hábito que tenemos de aplicar casi esclusivamen- 
te él nombre de virjen al sexo femenino, los de homici- 
da, mártir i testigo, al masculino, que el buen escritor 
evita las locuciones en que choca al oído el jénero dado 
a los nombres comunesi>. 

Sin embargo, debo hacer presente que Barált no es 
el único escritor de nota que usa a dueño como si per- 
teneciera a la clase de los sustantivos comunes. 

Don Juan María Mauri, en Esvero i Almedora, 
canto 7.0, octava 8, o sea pajina 228, edición de París, 
1840, trae estos versos: 



— 319 — 

Aquella, de las treguas promotora, 
donosa, linda, de color trigueño; 
la solícita esclava de Almedora, 
del siciliano desdeñosa dueño. 

Tal vez Mauri se vio obligado a decir desdeñosa, en 
-vez de desdeñoso , para evitar que el lector refiriese este 
adjetivo a siciliano. 



Fin del tomo segundo 



APUNTACIONES 



LEIICOGRÁPICAS 



F>OR 



MiaUEL LUIS AMÜNÁTEGUI 

Individuo correspondiente dé la Rea] Academia Española i de la Real Acadeznla 

de la Historia 



T02S/tO II 



SANTIAGO DB CHlLK 

Imprenta, Litografía i Encuadernacjon Barcki.una 

Moneda, entre Estado i San Antonio 



I008 



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