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iKims D[ lim. cnitiii f íspíciiiioiidb 



archivos de medicina, 
cirugía y especialidades 

(publicación semanal) 
Fundador: José Madinaveitia 

Director: J. Sanchis Banus 

REDACTORES 

E. Carrasco J. Torre Blanco R. Fraile H. G. Mogena 
José Segovia V. Celada C. García Casal A. G. Tapia H. 

J. A, MüNOYERHO a. Gutiérrez (Buenos Aires) 

« 

G. ICHOK (París.) 

COLABORADORES 

Juan Madinaveitia A. G. Tapia L. Olivares 
L. Urrutia J. Goyanes J. S. Covisa G. Marañoh 



TOMO XXV 

Octubre a Diciembre de 192© 



REDACCIÓN Y ADMINISTRACIÓN 

LARRA» 6, TELÉFONO, ISQO J. — APARTADO DE CO&RSOS N.** 233 

MADRID 



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•Jji ARCHIVOS DE MEDICINA 

cirugía y especialidades 



TRABAJOS ORIGINALES 



ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE LAS INFECCIONES PÚTRIDAS 
Y SU TRATAMIENTO SÉRICO.— INVESTIGACIONES 

EXPERIMENTALES 

por . ' . , 

M. Welnberop 

Jefe de Servicio en el Instituto Pasteilr, de París 

y 
B. Ginsbourg. 



En 1923 uno de nosotros ha publicado en esta Revista (i) los 
resultjados de sus investig?ciones sobre los trauffiíatismos (infec-' 
ciones bacterianas de las heridas y empleo del suero antigangre- 
noso en Cirugía y Medicina). Las investigaciones verificadas du- 
rante ta guerra y renaudadas en el trabajo mencionado son in- 
teresantes, no solamente porque ellas han llevado al descubri- 
miento del suero antigangrenoso empleado actualmente con mti-^ 
cho éxito a título preventivo y curativo en las heridas infectadas, 
y en la mayor parte de las enfermedades producidas por los mi- 
crobios anaerobios, sino también porque ellas han suscitado un 
nuevo interéis para el estudio de las enfermedades polimicrobia- 
nas y su tratamiento. Estas investigaciones son tanto más im- 
portantes cuanto que ahora sabemos que en muchos casos una' 
inifección considerada exclusivamentie icomo Jmonotnícrobiana es„ 
en realidad, polimicrobiana, gracias a Jas infecciones secunda- 
rias, que pasando desapercibidas, modifican completamente la evo- 
lución de la enfermedad agravando su ;pronóstico. 

(i) Archivos. Tomo XII. 29 septiembre 1023. • 



Esle nuevo trabajo represeiua, .según nuestra opiuion^^rS^^ 
greso cu el estudio de las inici;i:ioiies putr.tlas, por cuyo estudio 
Duiíieioius investigadorüa han traiaüo de dcscutirir las ieyes de ia 
evolución y de deti.iniir.ar los microl>io3 que en ella toman parte. 
Pero el estudio de esta cuestión no ha podido ser profundizado, 
sino poco a poco y a nied.da que se perieccionahan la técnica 
bacteriológica, y se enriquecían nuestros coiiocinisintos sobre d 
nietabo isnio microbiano y principa. mente sobre la degradación, 
de las materias proteicas por las bacterias. 

Se sabe ahora que si la putrefacción de las substancias protei- 
cas se acompaña en general de la producción de niuncrosas subs- 
tancias fétidas, aminas volátiles, mcrcaptanej, etc., hay casos en 
donde ia descon3posi|CÍón de ^sLos proteidos puede conlimiarse 
liasta un estado m:is avanzado, llegando a la formación de Nllj, 
COo, H.O, sin la menor salida de olor desagradable. V, Omeí.ia.-js- 
Ki (i) ha demosirado recientemente que una proteolosis micro- 
biana puede estar perfumada, este autor ha aislado en efecto un 
microbio': "bacterium esteroaromáLicum", que digiere el Euerof 
coagulado, la clara de huevo coagulada y otras substancias aíbu- 
rainoides, produciendo un olor valeriánico agradable. 

Se ven hechos aná'ogos cuando se estudian los diferentes mo- 
dos de destrucción de los tejidos in vivo. En ciertos casos, como 
por ejempl.o en los animales infectados por el B. histolytique, nin- 
gún olor desagrdable acompaña a ia histolisis microbiana. Por el 
contrario, en otros casos los tejidos en vías de descomposición 
producen un olor nauseabundo insoportable. Nosotros hemos tra- 
tado en mieslras experiencias, que ?erán relatadas más lejos, de 
provocar íii vivo el desarrollo ele una histo'isis de olor agradable, 
asociando los anaerobios patógenos no proteolitlcos con el bacte- 
riiim csteroaromático, pero estos ensayos han dado resultados ne- 
gativos. 

Puesto que la hístnlisis microbiana pnede ser lo mismo inodo- 
ra o pútrida, es lógico de reservar el término de putrefacción úni- 
camente a fa histolisis microbiana pútrida. 

E^ fácil de reproducir in vitro la putrefacción de los tejidos' 
muertos, pero no es lo mismo cuando se trata de provocar in 
tñvo en los animales de laboratorio los diferentes procesos putre- 
facto'; observados en el hombre. 

Tomemos un caso de apendicitia gangrenosa, de gangrena pul- 
monar o de flemón pútrido; aislemos los microbios de estas lesio- 

cvoorjfaniímy. Jmirnaí nf 



frl V. L. OmHta' 



!. Arnma-iiríi(lucine 1 
■■■ 393-4I9. 



— 7 — 

lies y estudiemos su poder patógeno. Veremos que si entre estos 
microbios se encuentran especies patógenas es muy raro que sean 
capaces de provocar ellas solas lesiones pútridas en el animal .♦ Se 
obtienen mejores resultados, aun cuando muy inconstantes, cuan- 
do se asocian las especies aisladas, o bien cuando se inyecta bajo 
la piel o en el muslo de cobaya la serosidad pútrida tomada del 
enfermo. Estos datos prueban que la destrucción pútrida de los 
tejidos es en general el resultado de la acdón combinada de dos 
o de varios microbios y que lio puede tener lugar más que en 
ciertas condiciones que permitan a cada microbio asociado de ju- 
gar su papel en la destrucción avanzada de las materias proteicas. 

El estudio de la flor amicrobiana de las lesiones pútridas, así 
t!omo las experiencias practicadas in vitro, permiten ya indicar 
algunas de estas condiciones. 

Estas son de varios órdenes. Los microbios myy proteoHticos 
-son, generalmente, patógenos; no pueden, en general desarrollar- 
se en el organismo animal más que a favor de la toxina segregada 
por los microbios asociados, lo que explica el origen polimicro- 
biano de la mayor parte de las infecciones pútridas. 

Un segundo factor miuy importante del desarrollo de un mi- 
<:robio proteolítico es la reacción alcalina del medio. Si las espe- 
cies asociadas hacen el medio más o menos ácido, la multiplica- 
t:ión de este microbio disminuye o se detiene completamente. Este 
hecho ha sido puesto en evidencia varias veces en el curso de las 
investigaciones hechas in vkro. Entre los trabajos recientes tene- 
mos los de J. C. ToRREY y Morton Ckahn (i), de Aznar y Ji- 
ménez (2) sobre la asociación del bacilo acidófilo con algunos mi- 
'crobios putrefactos. Nosotros hemos estudiado de manera sinto- 
mática los efectos de las asociaciones in vitro de varias especies 
proteolíticas (sporógenes, bifermentas, putrificus, pyocianique) con 
los microbios, anaerobios y aerobios que se encuentran en las he- 
ridas. Las mezclas de estos microbios han sido sembradas en los 
medios más diversos : caldo ordinario, caldo ligeramente o fuer- 
temente glucosado (i por i.ooo a 2 por i.ooo), caldo ordinario 
•ghicosado con yema de huevo, suero coagulado, etc. 

El conjunto de los hechos observados hasta ahora en todas 
-estas experiencias demuestran que un barílo proteolítico no puede 
•desarrollarse en. presencia de un microbio sacarolítíco, más que 
•cuando los ácidos y los álcalis producidos en el metabolismo de las 

(i) J. C. Torrey y Morton C. Kahn: Journal of Infect. Diseases, 33« 
l)iciembre, 1923, p. 482. 



(2) 



)re, 1923, p. 402. 
J. Giménez y Aznar: Bol. Soc. Biol. iM"adrid, 10. 1923. 



r — ~ — 1 

^g^ especies asociadas se equilibran. La neutralización tjfiie lugar, so- ^^^1 
bre todo, cuando el cultivo del proteolitico se favorece, y al mismo- 
tiempo ha sido c! primero que ha empezado a desarrollarse. Estas 
(ibservaciones son muy interesantes ya que explican ciertos hechos 

» observados en el curso de la evolución del proceso pútrido «r ^^H 
Es evidente que el papel del microbio putrefacto es tanto- ^^| 
niás importante cuantos sus fermentos proteolíticos son más acti- 
vos. Ciertos putrefactos digieren muy lentamente las substancias 
proteicas, siendo capaces destruirlas completamente atacando con 
una energía mucho mayor los productos de degradación coino las 
peptonas v los ácidos aminados. Asi, por ejemplo, el B. piilrificits 
dijere mucho más de prisa un trozo de clara de huevo coagulada 
cuando éste ha sido anteriormente atacado por uno o dos micro- 
bios asociados. Otras veces la digestión de los proteicos se hace en 
varios tiempos, asistiendo a una verdadera división del trabajo 
correspondiendo cada tiempo a la acción especial de una especie 
microbiana. Se comprende así. porque en ciertos casos de infecdón ^^H 
pútrida ha sido imposible aislar microbios capaces ellos solos de ^^| 
digerir completamente las materias proteicas. ^^^| 

Los datos que acabamos de exponer se apoyan sobre todo en- 
experiencias hechas in vilro. Nosotros hemos querido demostrar 
estas observaciones procurando reproducir ín vivo un cierto nú- 
mero de procesos pútridos. La mayor parte de los autores que nos- 
han precedido en esta vía, como por ejemplo, Veilt.on y sus cola- 
boradores (ZuBER, GuiLi-ERMOT, RisT, H.alle") no han tenido éxi- 
to, en general, más que reproducir en los animales de Jaboratorio 
pequeñas lesiones pútridas casi siempre curables cuando ellos ex- 
perimentaban con microbios aislados. Los anaerobios que habían 
servido para sus experiencias provenían en la mayor parte de los 
casos de apendicitis, de gangrena pulmonar o de otitis. Estos mi- 
crobios eran poco patógenos y perdían rápidamente su vitalidad- 
Weinbekc y Seguin habiendo mostrado que es posible provocar 
una infección pútrida mortal por la inyección al cohaya de una 
mezcla de B. s[<oráge»es y B. perfringens han repetido estas ex- 
periencias para completarlas y extenderlas a todas las traumato- 
sis pútridas observadas en los heridos de guerra. Nuestro trabajo 
ha sido facilitado por las enseñanzas que poseemos ahora sobre la 
frecuencia de las diferentes especies putrefactas encontradas en 
las lesiones, por sus propiedades fermentativas, asi como por tas 
asociaciones «licrobianas en las cuales han sido observadas. 

I-os capítulos que siguen resumen estas investigaciones, a^ 



J 



-como nuestros ensayos de tratamiento sérico de las traumatosis 
pútridas. 

A. iNFECaONES PÚTRIDAS EXPERIMENTALES A B, SporÓgCíies. 

El papel etiológico del B, sporógenes en las infecciones pútri- 
das ha sida establecido por los trabajos de Weinberg y Seguin 
(i). Estas inviestügaciones se asemejan a las de Miss Robertson (2), 
qu€ ha intentado reproducir una infección pútrida asociando el 
B, perfring^ns al S. oedematis maligni (Koch) ; los cajracteres que 
asocia a ésta última especie no dejan ninguna duda sobre su iden- 
tidad: el anaerobio, aá designado, no era otro que el B, sporó- 
genes. 

La inoculación al cobaya de la mezcla de cultivos de B. per- 
fringens (i c. c.) y B. sporógenes (i c. c.) provoca una gangrena 
gaseosa pútrida: "la piel desprovista de pelos se toma de un color 
gris verdoso maloliente". La lesión es extremadamente pútrida. 
Los múscujos son íicuados, grisáceos ; las venas son negruzcas obli- 
teradas. Se forma ima gran bolsa de gas y un edema seroso rojo 
grisáceo extendido a una parte del tejido conjimtivo de la piel del 
abdomen. En la serosidad pululan los dos microbios (3). 

Esta aísocioción exalta la virulencia de los dos anaerobios. 
Nuestro colaborador Trias (4) ha visto en el curso de sus 
investigaciones sobre la fagocitosis en las infecciones polimicro- 
bianas, d mecanismo d)e esta exaltación de virulfenda: los leucoci- 
tos llegan al punto de inoculación mucho más tarde que en los 
casos de inyección del B. sporógenes, solo o del 5. perfringens. 
Así protegidos por la toxina del B. perfringens, los dos microbios 
profileran abundantemente y se hacen capaces de matar al animal. 

Notemos que la exaltación de esa virulencia del B, sporógenes 
no es más que temporal ; le ha sido imposible a Trias el conser- 
var a este microbio el alto grado de virulencia que le confiere esta 
asociación; aun después de un gran número de pases sobre el co- 
baya, el B, sporógenes, separado del anaerobio asociado B. per- 
fringens, no provoca en el cobaya mus lesiones podp/ i{niíx)r- 
tantes. 

Es también fácil de reproducir lesiones pútridas por la aso- 

(i) Weinberg y Seguin: C. R. Soc. Biol., 79, 1916, p. 1.028, y La gan- 
í/rena gaseosa. Masson, París 1918, p. 297. 

(2) Mis Robersont: The. journ. of Phath. and. Batt, 1916, pági- 
üas327-349. 

(3) Weinberg y Seguin: La gangrene gazcuse, p. 297. 

(4) Trias: C. R, Soc, Biologie, 91, 1924, p. 5i9- 



r -dadón del B, sporófjeftes aun con dosis ínfima de! B. his:(olytÍque, J 

como lo prueba la experiencia silente, en la cual hemos inocula- ] 

■do en los cobayas mezclas de cultivos en caldo con yema de huevo I 
de veinticuatro horas. 

' TESTiúos: a) B. histolyticiis: i/io c, c. cobaya Aúg (320 gr.) = iji noche 
ia-ig. 

b) B. sporéfi"ics: 2 c. c. cobaya A62 (2S0 gi'.l ^ sobrevive sin presen- 
tar ninguna lesión. 

Cobayas inyectados con las mesetas de los dos microbios: 

-. B.hislo!yticiis: 1/20 c. c. + -S. sf'orogencs: i/ioo c. c. cobaya A63 
"o gr.) = iS mañana de! 17. 
B. hisiolylicus: 1/10 c. c. + B, sporogcnes: i/iOO c. c, cobaya 
ÍA63 ^= (^ noche 18/19, 

~, histolylicus : i/io c c. + B. sporogcnes: 1/25 c. c, cobaya A67 
(370 gr.) — « mafiana del 17. 

B. hisíolyticus; l/io c. c. -j- B. sporogcnes: í/2 c. c. cobaya A64 
¡^400 gr.) = * noche 18/19. 

B. hlstnlyticits: l/lO c. c, !+ B. sporogen,:s: 1 c. c cobaya A56 (ciia- 
rocientos sesenta gramos) ^^ lí mañana del I?. 

(ilTTOFSIAS : 

Cobaya AóS: Putrefacción ligera de la piel y del músculo digerido. 
Cobaya Á63: Lesiones pútridas de la piel, placas grisáceas sobre el 
inúsculo rojo sombrío. 

Cobaya A6j: Putrefacción marcada. Masa muscular licuada, rojo gri- 
sáceo de olor muy fétido. 

Cobaya A6j: Piel verdosa con rezumamíento al nivel del muslo y de 
lia región submamaría del lado inyectado. 
* La cruz (Si) indica la muerte del animal, 

A la incisión de la piel se cae sobre una bolsa de líquido negruz- 
co fétido. La cara profunda del revestimiento cutáneo es verdosa ; 
la piel se separa fácilmente a consecuencia de la distención del te- 
jido conjuntivo subcutáneo, Los músculos tienen manchas grisá- 
ceas, las venas son negruzcas; no hay congestión de las ví.sceras. 

Cobaya <466: La piel putrefacta se ha roto, la lesión muscular 
es negruzca, fétida. En las serosidades musculares de estos cobayas 
se encuentran los dos microbios inyectados. 

Asociando al B. sporógenes el vibrión séptico o cl 5. oedema- 
rcm Weinberg y Secuin no han podid':> reproducir le-;iones pú- 
tridas más que en ciertas condiciones. Para comprender estos re- 
sultados hav que recordar que estos autores han probado que el 



— II — 



filtraao del cultivo del B. sporógCnes, se comporta de manera di- 
ferente en frente de las especies anaerobias. Si no ejerce ninguna 
influencia sobre la toxina del B. perfringens, neutraliza, por el con- 
trario, a la dosis de i c. c. la toxina contenida en una dosis mortal 
de vibrión séptico o de B. ocdcmaiiens. Se comprende, pues, que 
para llegar a reproducir en el cobaya una traumatosis pútrida a 
V. séptico + B. sporógenes o a jB. ocdematicns + S. sporógcnes, 
-es necesario inocular una mezcla que encierre más de una dosis 
mortal de anaerobio patógeno. De esta manera, a pesar de la neu- 
tralizacióu de una parte de la toxina por lo fermentos B, sporó- 
genes qued?xá en la mezcla suficiente toxina intacta a favor de la 
cual los do^ microbios inyectados podrán multiplicarse en el múscu- 
lo y dar lugar a lesiones pútridas graves. 

La asociación sporógenes + fallax no da más que lesiones 
poco marcadas. 

Es curioso de ver los resultados de la asociación del B. ypo- 
rógcnes, con otros anaerobios proteoKticos. Así las asociaciones 
sporógenes + hifermentans^ sporógenes + aerofctidus, no provo- 
can más que una tumefacción pasajera del miembro inoculado, 
mientras que la asociación sporógenes + putrificus (5 c. c. -f- 6 
c. c.) da lugar a menudo a la formación de grandes flictenas gri- 
ses que se secan en algunos días, y de un edema extenso de la 
•pared abdominal que se absorbe rápidamente dejando una pared 
engrosada de consistencia acartonada. 

Sucede lo contrario con la asociación de este anaerobio con el 
£. coli, como lo demuestra la experiencia siguiente, practicada 
con una especie no patógena del B. sporógenes. 



TESTIGOS : 



B. coli: 1/4 c c. cobaya 32-98 (360 gr.) •= tumefacción pasajera del 
muslo. 

B. crli: i/io c. c. cobaya 76-88 (360 gr.) -= ninguna lesión. 
B. coli: 1/20 c. c. cobaya 74-84 (380 gr.) — ninguna lesión. 
B. sporógenes: 3 c c -f- B. coli 1/4 c. c. cobaya 32-76 (410 gr.) = iji en 

T'eintitrés horas. 

B. sporógenes: 3 c c + B. coli i/io c. c. cobaya 72-76 (37c gr.) = í< en 
veintitrés horas. 

B. sporógenes: 3 a c. -|- i5. coli 1/2 c. c. cohaya 09-66 (370 gr.) = líl en 
•cincuenta y cuatro horas. 

En la autopsia de los tres últimos cobayas se ve que las le- 
-sionies de aspecto uniforme difieren solamente en intensidad ; mus- 
lo tumefacto no pútrido; subfusiones hemorrágicas sobre el peri- 



) prmapaimente del lado inyectado, edema hemoTrágico 
teido celuJar subcutáneo de la región tónico abdominal ; liquido ro- 
jizo y gaseoso en las fosas ilíacas ; congestión de la pierna (no dige- 
rida, indolora) de las visceras y del pulmón. En estas ítsiones no se 
encuentra más que el B. coU. Esta asociación microbiana ha dado 
por resultado exaltar en alto grado la virulencia del B. coli a favor 
de la fagocitosis completa del B. sfiorógcncs. 

Los mismos hechos habían sido señalados por WeineErg y 
Otelesco en el caso de la asociación del B. sporógenes con el 
B. pratetts- 

En resumen, la asociación del B. sporógenes con loá anaero- 
bios patógenos de !a gangrena gaseosa provoca lesiones pútridas 
extremadamente marcadas de la piel del tejido celular subcutá- 
neo y de los músculos. Ciertas condiciones son a veces necesarias 
dependiendo de la acción neutralizante que ejerce el filtrado del 
cultivo putrefacto sobre los microbios asociados. 

Inoculado con el B. coU o con el B. prateus el B. sporógenes, 
desaparece rápidamente de la lesión, no sin haber anteriormente 
exaltado la virulencia de los anaerobios asociados. 

Hay que recordar que Donaldsos y Joyce (i) lian aconse- 
jado sembrar las heridas átonas no pútridas con el Reading baci- 
lus. (B. sporógenes). para libradas de los restos macerados y ace- 
lerar su cicatriz aciiín. Las experiencias que hemos citado en este 
capítulo muestran con qué facilidad se desarrolla a menudo una 
infección pútrida mortal en el cobaya inyectado con un cultivo 
de B. sporógenes. asociado a un número ínfimo de microbios anae- 
robios, como por ejemplo, el B. pcrfringms o el B. histolyticns. 
Es, por tanto, evidente que el método terapéutico propuesto por 
Ifis autores ingleses presentarían un verdadero peligre para un en- 
fermo portador de gérmenes anaerobios patógenos, tanto más cuan- 
to que la presencia de un pequeño número de bacüus de uno de 
estas especies microbianas puede fálcilmente escapar a! primer 



I 
I 

i 



W 



¡álisis bacteriológico. 



I. — Infecciones pútridas experimentales a B. hifermentans. 

El B. hifermentans ha sido aislado en 1902 por Tissier y 
Martelly de la carne en putrefacción ; es un agente activo de la 
desintegración a la vez de los proteidos y de los gluceidos durante 
la guerra y ha sido encontrado en la flora de las heridas por 
T1.SSIEH, Weinberg y Seguin, Diiperie, Mrss Hempi 

(i) Donaldson y Jovce: Thr Lancet, 33 septiembre igi?, páiís. 



laag por ^^_ 

Ü 



— 13 -. 

Esta especie no ha sido considerada como patógena. Sttt emí- 
bargo, cultivada, en la mezcla de los productos de la digestión pép- 
tica de hígado de buey y de carne de vaca, hemos podido encontrar 
en el cobaya por inyección intramuscular de 3 a 5 c. c. de cul- 
tivo de 24 horas, Jesiones marcajdas aunque pasajeras : tumefacción 
del muslo, edema de la pared abdominal; algunas veces un ab- 
ceso que sie formaba en el lugar de la inoculación levantando la piel 
denudada y rezumante qiíe daba paso a un líquido grisáceo inolo- 
ro (i). 

El B. bifernt^entans juega un papel activo en la etiología de 
ciertas infecciones pútridas. Weinberg y Seguin le han señalado 
los primeros, asociando estte anaerobio al B, pcrfríngens, han po- 
dido reproducir en el cobaya lesiones pútridas características, vi- 
niendo nuestras experiencias a completar nuestros trabajos. 

Nosotros hemos, asociado sistemáticamente d B, bifermentans 
a los anaerobios de las traumatosis, así como al B, coli y al pro- 
teusy para aclarar lo mejor posible el mecanismo de su acción pu- 
trefacta in vivo, 

A. — ^AsociACiÓN DEL B, perfrifigens y del B, bifermentans. 

Hemos realizado numerosas modalidades de esta asociación, 
la más frecuente encontrada en las heridas. El protocolo detallado 
de nuestras experiendasf queda consignado en la tesis doctoral de 
uno de nosotros (2); no insistiremos aquí, por tanto, más que en 
los resultados esenciales. 

Hemos inyectado en el músculo del cobaya la mezcla de una 
dosis mortal de un cultivo de B, perfringens en caldo glucosado 
de 24 honas y cantidades crecientes de cultivo de B bifermentans 
en caldo glucosado del mismo tiempo. 

Experiencia del 14 de noviemhre de 1923- 

TESTIGOS : 

B. perfringens: 1/20 c. c. cobaya B49 (340 gr.) = «í» en cuarenta y ocho 

toras. 

B. perfringens: 1/2 c. c. cobaya B50 (350 gr.) = * en cincuenta y cin- 
co horas. 

B, hifermentatvs: 5 c. c. cobaya A13 (270 gr.) = * en doce horas. 

Ninguna lesión local. 

(i) M. Weinberg y B. Ginsbourg: Infections putrides experimentales 
uvec bifermentans. C. /?. de la Soc, de Biologie, 90, p. 326. 

(2). B. Ginsbourg: Traumatosis putrides experimentales amicrobes anae- 
robies. These de París, 1924. 



r 



EXPERIENCIA ; 

B. perfringcní: 1/20 ce -\- B. biiermeMans 3 c 
3s) — a ca treÍHia Iwras. 

B. perfrifigens: i/io c. c. -f- B. bifermentans 2 ¡ 
osj := yí en cuarenta y tres horas. 

e. perfringetts : 1/2U c. e. -¡.. tí. bifermentans 3 i 
Ds) :^ ® OÍ cuarenta y tres horas. 

B. perfriiigens: 1/4 c. c. t- B. bifermentans 5 ( 
os) =: .91 en diez y seis horas y media. 




c cobaya Aia ^40 

. c. cobaya A4 (3Ü0 
. c. cobaya Aj (3?o 
, c. cobaya AS (370 



Los testigos 649. Eso presentaron un flemón Easeoso hcinorrágico < 
racteristico sin fetidez. 

í-obaya AS: Flemón gaseoso, olor pútrido, !a piel del muslo inyectada, y 
de una parle del abdomen está húmeda, verdosa, desprovista de pelos. A la 
incisión exhala gas fétido; mioÜsis de la mayor parte de los músculos del 
muslo, coloreado en rojo sucio con partes grisáceas ; el fémur está en parte 
denudado. Los músculos abdominales del lado de la lesión c^tán digeridos. 
Edema gelatinoso rosa sucio, bilateral, que se extiende hasla el cuello. A la 
abertura de la pared torácicoabdominal se obseiTa una congestión intensa de 
las cápsulas suprarrenales en todo su espesor. Una congestión menos mar- 
cada del riñon, del higado y del bazo. Los pulmones, blanquecinos, ante- 

El frotis de ia serosidad muscular muestra 'a iiresencia de dos microbios. 
en el estado vegetativo y de raros esporos de B. bifermentans aislados o en 

La siembra en agar profundo de «na gota de esta serosidad, permite dar- 
se mejor cuenta de las cantidades respectivas de los dos gérmenes. En efec- 
to, el aspecto particular en fresa de las colonias del tí. bifermentans en agar, 
ef bien diferente de las del B. perfringens, mientras que sobre los frotis los 
dos microbios cspurulados se distingiuen más difícilmente, el B. bjfcrmenlanx 
no puede ser diagnosticado más que por la abundancia de las cadenas y de 
los esporos centrales. £1 examen del agar muestra 3 por lOo de colonias de 
este ultimo microbio. 

Cobaya A5: La piel presenta los mismos caarteres pútridos que en el 
cnbaya A8 : la incisión se cae sobre una bolsa pútrida de líquido verdoso. El 
fdema hemorrágico es, sobre todo, muy mareado 0. la izquierda del lado de 
fa inyección. Los músculos abdominales están digeridos. La capa medular de 
la cápsula suprarrenal está fuertemente congestionada. Sobre d frirtís de la 
serosidad: B. pcrfrimjens f B. hifennenlans espuralados. 

Cobaya A4: Flemón gaseoso pútrido del muslo y del abdomen. La piel 
del abdomen está húmeda, verdosa, depilada a trazos. 

1-a incisión, de la pared del flemón revela la existenda de una bolsa de 
pus rojiía, ligeramente fétida. El fémur está en parte denudado. Miolisis 
abdominal ligera de] lado inyectado. Edema hemorrágico poco extenso de 
tos dos lados. Los pulmones están pálidos ; la capa medular de las cápsulas 
suprarrenales está muy congestionada. En la serosidad pútrida se e 
los dos microbios ; e! B. bifermentans está esporulado. 

Cobaya Á¡2: Las mismas lesiones de miolisis pútrida del mt;slo. t 



— 15 — 

te congnestión de las visceras abdominales; pulmones blancos. Presencia de 
<ios microbios (algunos esporos del B. bifermentans) en la serosidad. 

As¡^ yernos que todos los cobayas inoculados con la mezcla de 
una dosis mortai de B. perfnngcns y de una cantidad bastante 
considerada de 5. bifermentans presentan lesiones pútridas mar- 
cadas cuya int-ensidad recuerda d cuadro de las traumatosis pú- 
tridas a B, sporogenes, 

LsL presencia de cantidades mínimas de B. bifermentans es su-^ 
ficiente para dar lugar a una infección pútrida mortal de B, per- 
fringens. Inoculando la mezcla de cantidades rápidamente morta- 
les de este último anaerobio (1/4 a i c. c. de un cultivo de 24 ho- 
ras en caldo glucosado) y de un décimo a un veinte avo c. c. 
de im cultivo de B. bifermentans, se provocan las mismas le- 
siones de miollisis pútrida aun cuando menos acentuadas si la 
muerte ha sido excepcionaknente rápida. 

Se observa algunas veces la muerte del animal aun cuando se 
opere con dosis no mortajes del agente patógeno. Así el cobaya. 
A26 (330 gramos), inoculado con 1/20 de c. c. de un cultivo de 
B. per fringens (no matlando más que al 1/4 de c. c.) mezclado> 
a I c. c. de putrefacto muere en dos días y medio. Esta asocia- 
ción microbiana tiene por efecto de exaltar la virulencia del B. per- 
fringens. 

La fetidez de las traumatosis no es siempre un síntoma inicial. 
Puede aparecer bruscamente en el momento donde los esporos de 
los microbios putrefactos encuentren en la herida condiciones fa- 
vorables a su desarrollo. Para intentar reproducir la putridez tar- 
día se han empleado directamente cantidades variables de B. bifer- 
mentans en las lesiones a B, perfringens, ya bien constituidas, bien, 
sea 3 horas y media aproximadamente después de la inyección del. 
microbio patógeno, cuando el muslo del animal muestra una fuerte- 
tumefacción. Los cobayas A84, A85, B89, A83 y Cl muertos 
de 14 a 45 horas y media después de la infección secundaría, pre- 
sentan todos los síntomas precedentemente descritos de las trau- 
matosis pútridas; sólo el cobaya A86 que sucumbió 6'h. 50 mi- 
nutos después de la inyección de 1/2 c. c. de cultivo putref acto- 
muere de un flemón gaseoso no fétido. Estíos hechos muestran 
que el B. bifermentans puede desarrollarse secundariamente en- 
una herida a favor del B. perfringens y que es necesario un cierto- 
tiempo para as^urar la descomposición pútrida de los tejidos ya. 
atacados por el anaerobio patógeno. 

Una observación inesperada nos ha excitado a nuevas inves- 
tigaciones. Uno de los cobayas testigos inoculado con d B. per--- 



r 



fringens, solo y colocado en una caja separada murió de infec-i 
ción pútrida. En la serosidad muscular pululan ai lado d«l B. 
fringens el B. bifefmentans. ¿D(e dónde vendría esta infección se- 
cundaria ? Una contaminación debida a la jeringa no era probable; 
parece más verosimil admitir que la piel inflamada del cobaya ha- 
brá sido manchada por la aguja cardada de esporos de B, hifer- 
mentatis; en efecto, los trabajos de CourmoNt, han revelado la 
posibilidad de la infección intrasubctitánea, cuya iiiqx>rtanda ha 
sido realzada por las siguientes investigaciones de Eesredka. 

Para confitinar esta hipótesis de una infección intrasubcutánea 
natural, hemos practicado las experiencias siguientes: 

Seis cobayas han sido inoculados a las once y veinticinco en la 
pierna con 1/4 de c. c. de un cultivo de B. perfiing^ns. en caldo-glu- 
cosado de veinticuatro horas ; enseguida de la picadura el punto de 
inyección ha sido quemado con hierro al rojo. Se depila entonces el 
inoculado de tres de estos cobayas C19 (332 gr.\ C16 {2S0 gr.) y Cii 
(265 gr.), y !a piel se frota con un algodón empapado de un cul- 
tivo de 24 horas de B. btfermcnicms en caldo glucosado. . , 

Los otros tres cobayas; C12 (220 gr.), C20 (420 gr.) y Cu 
(430 gr.) sufren el mismo tratamiento, pero a laa cinco y cuarto, 
es decir, seis horas después de la inoculación del microbio pató- 
geno -Presentan ya en este momento una tumefacción apredable 
del muslo y un ligero edema de la pared abdominal : a la presión 
de la pierna de! cobaya Cii, rezuman algunas gotas de serosidad. 
.Al día siguiente por la mañana todos los cobayas se han muerto. 
salvD el Cao que sucumbe a las cincuenta horas. El, protocolo de 
autopsia que sería fastidioso de reproducir aquí en detalles, de- 
muestra para todos los animales : piel verdosa, olor nauseabundo, 
miolisis pútrida; C20 presenta además algunos punios grisáceos 
sobre el peritoneo. 

&i ios frotis de las serosidades se encuentran, abundantes B. bi- 
fermentans que se presenta sobre todo en cadenas de longitud no 
acostumbrada (16 elementos) y poco espundado. En c! cobaya C20 
que ha resistido más tiempo a la infección hay numerosas cadenas 
que comprenden gran número de esporos. 
Ji Esta experiencia aporta una contribución al estudio de la in- 

Ifecdón transcutánea. Muestra que la piel ligeramente traumatiza- 
da (por la depilación), inflamada o no. se deja, fádhnente atrave- 
sar por el B. bfermentans. La cantidad considerable de cadenas de 
este microbio observadas en los írotis hace suponer que es gracias 
a su formación en cadenas que el germen inmóvil puede progre- 
sar a través de los tejidos. 
J 



h 



— 17 — 

Hemos propuesto el nombre de microbios de "entrada" a es- 
tos gérmenes de infección secundaría que por la infección trans- 
cutánea pueden ser llamados a jugar un papel importante en lá 
evolución al la enfermedad. El B. bifermentans ¿puede invadir la 
piel sana de un miembro enfermo? para no traumatizar la piel 
<lel miembro inyectado hemos in^^culado los cobayas por la cara 
extema del murió y puesto el liquido de inyección (cultivo de 
B, perfringensj en la masa muscular interna ; se practicó taonbién 
4ma depilación discreta antes de verificar el frotamiento. En estas 
condicioes así como en todos los casos en donde la frotación se 
hacía sobre la piel sana de un miembro no inyecitado o inyectado 
•con caído estéril, ninguna lesión pútrida apareció. Estos resulta- 
dos negativos indican que el B, bifermentans no adquiere propieda- 
des patógenas nuevais al contacto de la piel, para la cual el está do- 
tado de una gran afinidad y que la distensión mecánica (por él caldo) 
o inflamatoria de un grupo muscular, no permite a este microbio 
de violar la integridad ;de la piel subyacente. Para hacer esto es 
indispensable una lesión de la piel como la que se provoca, por 
ejemplo, por la depiladón, en la cual Levaditi y Nicolau en sus 
-estudios sobre la vacuna han demostrado la acción irritante sobre 
el epidermis todo entero, reaccionando por niunerosas carioquinesis. 

Asociación del B. bifermentans v del 5. hisfoliticus. 

Hemos inocuiad't) al cobaya mezclas de una dosis mortal de 
B. histoKticus y cantidas crecientes de B. bifermentans. 

it:sticos : 

a) B. hisiolyticus: Los cobayas C33 (410 gr.) y C94 (400 gr.) están in- 
yectados con 1/4 de c. c. de un cultivo de este germen en caldo con clara 
-de huevo de diez y ocho horas, mueren en veinticuatro a cuarenta horas. 
Kn la autopsia se encuentra una enorn?e míolisís no pútrida. 

b) B. bifermentans: Los cobayas C76 y C65 reciben 3 y 5 c. c. de un 
cultivo en caldo glucosado de veinticuatro horas, cantidades que son rápida- 
mente absorbidas. 

Cobayas inyectados con la inescla de dos microbios. 

Cobaya C58 (400 gr.) : B. hisiolyticus: 1/4 c. c. + ^- bifermentans: dé- 
•cimo c. c. 

Cobaya C85 (430 prr.): B. hisiolyticus: 1/4 c. c. + B. bifermentans: vm 
cuarto centímetro cúbico. 

Cobaya C09 : (380 gr.) : B. hisiolyticus: 1/4 c. c. + B. bifermentans: un 
•centímetros cúbicos, 

Cobaya C41 (440 pr.) : B. histolyticus: 1/4 ce + B. bifermentans: tres 
-centímetros cúbicos. 



Al día siguieiile loi cuaLio aaiiuales jM^seotan signos mercados, 
tle putrefíicción; la piei está húmeda, depilada, verdosa, de olor 
nauseabundo. La piel del cobaya C41, está desgarrada, viéndose un 
caldo muscular grisáceo, en el cual baña ei fémur denudado. Ai 
cabo de algunas horas la piel del cobaya C58, C85 y C69 estallan 
igualuicnte. Sobre los músi:ulos en vías de digestión se ve la pre- 
sencia de grandes placas de un color gris sucio. Le lesión es terri- 
blemente fétida; el estado laaiientable de los animales hace necesa- 
rio el sacrificio imuetlialo. Eu la lesión se encuentran en ios cuaii» 
cobayas los dos microbios esponjados. 

La puti-idez provocada por esta asociación microbiana da lugar 
;i una intensidad notable. Parece que la proteolisis debida al B. his~ 
tolitictís, ijennite más rápidamente al ü. befcrmcntans liberar loa 
compuestos arpmáticos y ios ácidos grasos volátüe-; que caracteri- 
zan su metabolismo y cuyo conjunto produce un olor particular- 

I mente fétido. 

I Para completar el estudio de la asociación del B. bifermentans 
y del B. hislaliticus hemos inoculado al cobaya mezclas de dosis 
pequeñas (1/4 a i/io de c. c.) de estos dos microbioí. 

Ij03 resultados se revelaran idénticos. Cualquiera que sea la 
modalidad de esta asociación sJanpre aparece fuertemente putre- 
facta. 

T^s experiencias que acabamos de citar son las más demostra- 
tivas. Asociando con otros microbios, el B. bifermenians no pro- 
voca más que lesiones pútridas inconstantes y poco marcadas. Se- 
remos breves en su descripción. 

Asociación del B. bifermeiitans y del vibrión séptico. 
La inocidadón de cantidades débiles de V. séptico, no per- 
mite o muy raro y débilmente, al B. bifermenians de jugar su 
pa^ putrefacto. I^ experiencia sigílente muestra por c! contrario 

' la acción favorable <1c fnprtes (íósis del microbio paíóí;rno. 

■ TESTirajs: 

Los cobavas B^i (soa gr.l y B6? (4go gr.l ¡.lüculados respectivamente- 
I cen 1/4 y 1/20 de c. c. de iin cultivo de V. sópticn en caldo crní clara de 
huevo de veinticuatro horas mueren en la noche. Se encuentran lesiones ti- 
licas no pútridas, 
I Cobayas inyectados cmi Ins mezclas de dos microbios.— Lns cobayas C71 

(.170 KT-) y B83 (393 ex-) reciben 1/4 c. c. de un cultivo de V. séptico -f tres 
cmtimetros cübicos de «11 cultivo de B. hifcrmenlaii.^ en caldo glucosado de 
veinticuatro horas ^z 9 por la linche. 

I^S cobayas B80 (jyn gr-1 y B5í) (390 g:r.> reciben 1/4 c, c, de culti- 
vo V. séptico + 5 c. c. (¡el putrifiriií: ^ iff iiorhe. 

El cobaya B74 (400 gr.) es inyectado c»n 1/2 c. c. de cultivo de V. »ép- 



1 



D + ./TC 



:. c. de B. bifermentan» = -í¡f tuche, 



— 19 — 



El cobaya B72 (400 gr.) recibe 1/2 c. c. de V. séptico -{- 1 c. c, ét B, bi- 
fermentans = ^ noche. 

El cobaya B70 (390 gr.) recibe 1/2 c. c. de V. séptico -f- 3 c. c. de B. bi- 
fermentans = ^ noche. 

El cobaya B73 (390 gr.) recibe 1/2 c. c de V. séptico -|- 5 c. c. de putri- 
f»cus = ^ noclie. 

AUTOPSIAS : 

I 

No tendremos en cuenta niás que las lesiones que difieran de aquellas del 
üemón tífico a V. séptico. 

Cobaya B71: Lesiones y olor pútrido poco marcado; no es posible reco- 
nocer el B. bifermentans en los frotis. 

Cobaya B74: La piel no es mal oliente; algunas veces a la incisión salen 
iraporcs pútridos. En los írotis se encuentran dos gérmenes. 

Cobaya B63: Olor pútrido ligero de la piel; en los írotis de la serosidad, 
presencia de dos microbios. 

Cobaya B80: Piel verdosa y fétida; en la serosidad se encuentran los 
dos microbios. 

Cobaya B69: Olor pútrido ligero; en la serosidad se encuentra V. sép- 
tico + B, bifennentaiis esporulado. 

Cobaya B72: No hay fetidez. En los frotis, V. séptico sólo. 

Cobaya B70: Piel verdosa de olor putrefacto. Vena superficial negra 
tvombosada. En el edema se encuentran los dos microbios. 

Cobaya B73: Olor francamente nauseabundo. Piel verdosa y placas gri- 
sáceas sobre el muslo rojo sombra no digerido. En los frotis de la serosidad 
se eiKuentran los dos microbios. 

Las dosis fiaertes de V. séptico (al menos 1/4 de c. c, es decir, 
«enos de 5 dosis mortales) han permitido algunas veces al B. bi- 
fermentans inociilado en grandes cantidades (por lo menos 3 c. c.) 
de provocar un proceso pútrido ligero, siempre limitado a la piel 
y al tejido celtilar subcutáneo. 

Los otros modos de infección por el B, bifermentans de una 
lesión a V. séptico por inyección secundaria o por frotamiento no 
han dado It^ar a grandes lesiones; en ésas condiciones se ve que 
la putrefacción de la serosidad se traduce frecuentemente por la 
salida de gas fétido cuando se enciende la piel. 

Asociación del B. bifermentans y del B. odematiens. 

El cobaya infectado con la mezcla de una dosis rápidamente 
mortal (en ocho horas aproximadamente) de B. oedentatiens y de 
cantidades diferentes de B. bifermentans muere siempre de trau- 
matosis edematosa. El cuadro clínico difiere cuando el germen 
patógeno deja al microbio putrefacto el tiem]>o necesario para pro- 



ducir la dcgradacióu de los proteicos hasta ios productos volátiles 
fétidos. He aquí un ejemplo: 

El cultivo de B. oedemaiiens eti caldo de clara de liticvo de tres 
horas, mata al colraya de 460 gramos en cinco días a la dosis de 
1/20 c. c. Se iaiyecta al cobaya la mezcla de i a lo dosis mortales de 
este cultivo y de cantidades crecientes de tni cultivo no virulento 
de B. bifertitentans en cíildo simple de 18 horas: 

■J 1/20 de c. c. (\íi B. í'c¡lci:i^li-'i!s + 1 c. c, de B. bifcniu-nlans. Coba- 
I ya B97 {3?Ci gr.) se sacrifica al cuarto día. 

1/20 de c. c. de B. nedctiuitiens + i c. c. de B. Mfcrmeiilaim. Coba- 
( ja ¿95 (355 gr) ~ * •^n treinta y seis horas, 

1/20 de c. c. de B, uedematiens + 3 c. e. de B. Iiifcnnenlans. Coba- 
1 Ci (385 Kr.) — 9> en sesenta horas. 

1/20 de c. c. de B. ní-demalicm + 5 c. c. de B. bifennci\tans, Ci)ba- 
1 ¿1 (310 gr.) = * en treinta r cil\a- Jwrai. 



, bifcrmenla 



Coba- 



AUTfií'siAS : 

Ccibiiya B</7 ; Olor de la lesión ligeranwiilc félidii. 

Cobaya Bgs : Piel vtrdosa, mal oliente, no Iiíiim'da ni iiti)naílii. 

Cohaya Ci: Putrefacción de !a piel; todíi el le jido_ subcutáneo del lado 
o iivectado está verdoso; los músculos del muslo inoculado, nu digeridos, y 
iiíin recubiertos de placas jírisáceas. 

Cohaya C4: Piel verdosa, pútrida; flictena hemorragica. 

En todos los animales kis sSnlomas pútridos no aparecen ba>;ia algunas 
r lloras antes de la muerte. 

b) 1/2 c. c, de /f. ...-A-KW/iViu -I- 
|_ya Cío (43" pi".) = 1? eii doce horas. 

2 c. c. de B. oedematieits -{- 1 c. c. de fi. hifcmienlans. Cobaya B96 
I (430 gr.) = * en veintiocho Iwras. 
1 1/2 c, c. de /í. iiriteinatiens 4- 3 c. e. de B. bifír 
¡ (420 Rr.) --- S en veintiocho horas. 

1/2 c. c. de B, oedemaliens -\- 3 1 
. (.I-'S Ki"-) — * en veintitrés horas. 

En esta serie sólo el cobaya E99 ha presentado muy tardíamen- 
te una ligera putridez de la piel. 

Hay que hacer notar que los cobayasí inoctdados ¡xir las mez- 
clas que no llevaban más que 1/20 de c. c. de B.oedcvicltcns. 3 de 
los 4 han muerto antes que el testigo; la virulencia de este gemien 
ha sido muy eííaltada por su a-sociaí-ión con el B. hifermentans. 

Para concluir, una infección a yj.oí'í/nKíi/iÉttí lentamente mortal 
puede ¡i.!ginias veces bajo la acción de una cantidad grande (por 
lo menos i c. c.l de B. hifennenfans evolucionar haci,T la putridez, 
pero c^ta limitada sobre todo a la piel y al tejido subcut.íneo. 



. Cobaya B99_,j 
, de B. Hfírmentans. Cobaya BgS ■ 



— ¿I — 



Asociación del B. bífenncníans y del B. acrofctidus. 

Nuestro cultivo de B, aerofctidus, está actualmente desprovisto 
de todo poder putrefacto in mvo; la inyección intramuscular de 
4 c. c. de un cultivo de 24 horas en caldo gl acosado a 2 por 1.000 
no provoca en erl cobaya más que tma débil tumefacción del muslo 
y un edema poco marcado de la pared abdoiminal que excede en 
una semana. 

Hemos inoculado al cobaya A94 (300 gramos) 3 c. c. y al cobaya 
A95 (310 gramos) 4 c. c. de un cultivo de cada tmo de los dos 
rnicrobios. El primer animal presenta al día siguiente tumefacción 
dd muslo y edema abdominal. El miembro enfermo vuelve a su as- 
pecto normal en una semana, pero el tejido edematoso adquiere 
una consistencia acartonada en donde luego asienta una ulceración 
de bordes netos, inodora, que cicatriza sin incidentes. E) cobaya A05 
era portador de dos flictenas grises, en la pierna inoculada y en el 
abdomen que se reunieron en 48 horas ix)r una lengüeta de piel 
grisácea y mal oliente. Estas flictemjas se escarificaron y el animal 
curó en 15 días, guardando como vestigio del proceso cicatricial 
el muslo contraído. 

I^ presencia en el músculo del cobaya de cantidades apreciables 
(3-4 c. c.) de estos dos microbios ha suscitado la a¡)arición de un 
síntoma que uno u otro de los dos gérmenes son incapaces de pro- 
ducir uno de ellos solamente, síntoma frecuente en las infecciones 
pútridas: la flictena gris. 

"La asociación dd B. hifermcji'ans y del B. putrificus ha dado 
resultados análogos : edema abdominal que desaparece rápidamente, 
o^ran flictena gris sobre el músculo tumefacto. Por el contrario el 
cobaya no reacciona a la inoculación de mezclas variables de cultivo 
de B, bif^rmenfans y de B. fallax c¡ne por una ttmiefacción pasaje- 
ra del miembro infectado. 

En el caso de la asociación del fí. hifermcntans con el B! cali 
o con el B. proteiis se encuentran los hechos ya observ^ados con el 
B, sporóg^nes desaparición rápida del microbio anaerobio y exal- 
tación de virulencia de los géfmenes anaerobios. 



C. — Infecciones pútridas experimetai^es a B. putrificus. 

El ¿?. putrificus, se ha encontrado en la flora de las heridas de 
guerra. Antes de estudiar el paipel patógeno de esta anerobio es 
necesario decir a:lgimas palabras de su indentidad. En efecto los sa- 



» 

I 



bios ingleses del Medical Research Cofnmittce y co¡i ellos otros -í 
bacteriólc^os amfcricaiios como Ivan C. IIal, no leconocen hi>J 
existencia de la especie putrifkiís. Esta nu sería niás nue una. mez- 
cla del B. sparogenes y de lui bacilo a esporos tenuinales despro- 
vistos de fcraientos proteus sacariilitioos ; e! B. cochekarius de 
DoL-GLAS, Flejiíng y CoLEBROK. Sabemos hr>y que ia descripción 
de BiENSTOR es en parte inexacta, este satrio ha tenido entre las 
manos un cultivo de B. pafñficus contaminado por el B. sporo- 
genes. En reaíidad, ei B. putriflcus a pesar de -'^n nonibre, es lenta 
y débilmente proteulitico como lo lian confinnando liis recientes 
trabajos de Reddish, Rettger, Wüinuiírg, Azkar y J. M. üut- 
Hia. 

Se ha aislado de las materias fecales de! hombre nonnal mi 
gran número de cultivos de B. putnfictts (iiie se les ha klentiíicado 
con la ayuda de pruebas de aglutinación cruzada. Estos últimos 
autores, han mostrado que en esita espede entran, no solamente 
cultivos puramente proLeolíticos, sino también mezclas igualmente 
capaces de provocar la fennenlación de los gluceidos. Estas pro- 
piedades sacaroliticas muy variables se extienden a un gran nú- 
mero de azúcares. 

Estos últimos cultivos a la vez proteos y sacaroliticos, se en- 
cuentran muy a menudo en el intestino del hombre y de los ani- 
males. También nos hemos servido en nuestras experiencias de iin 
cultivo parecido, H26n, aislado en nuestro laboratorio. 

El cultivo del B. pulñficiís se hace lenta y débilmente en los 
medios usuales. Tratando st^n la técnica de Stickel y Me- 
YER (i), la carne de vaca e híga<Ío de buey, mezclando los produc- 
tos de la digestión pépticas de \Vf-:nberg y Goy han obtenido un J 
medio muy favorable al cultivo de este anaerobio, Sembrando ( 
este caldo, anterionnente regenerado, el B. futrifkiis da en 24 ho^J 
las un ailtivo abundante, enturbiado uniformemente el medio^ 
según los cultivos, formando un depósito espeso en el fondo deíj 
tubo. La inoculación de 3 a 5 c. c. de este cultivo en el múscutó] 
o debajo de la piel del cobaya, provoca una fuerte tuniefaeción lo 
cal y edenta de la pared abdominal. Estas lesiones desaparecen rá-'l 
])idamente, al5;iiiias veces, sin embargo el edema se endurece y lail 

(i) Hacer macerar la mezcla siguienie ; carne' picada, 400 gr. : tripa li 
cerdo rksgrasada y picada, 400 gr. ; CIH, 40 gr. ; agua a 50", 4.000 gr. ; i 
deja de diea y ocho a veínlictialra lloras ,liasta coloración amarillo verdosa"! 
(reacciones del biuret y del tryptophane positivas). Detener entonces la pepto- 
niací&n y Uewir el medio dnrantc diez minutos a Itxf. Guardar durante la 
Bocbe en la l:elera, decanlar a las veinticuatro horas, volver a calentar a 
Iw 70". alcalinízat y esterilizar al autoclave. 



" ^ - 



— ás- 
pid se depiia, pero todo entra en el orden norniaJ en una decena 
ée días. 

Nuestras experiencias con el B. ptítrificus están calcadas de 
las precedentes y se han hedió asociando esta especie en im gnuí 
número de representantes de la zona microbiana de las heridas. 

AsociACióx DEi, B. putrificus Y DEL B. pcrfringes. 

Nuestros primeros ensayos practicados con cultivos del B, pu- 
trificus en caldo glucosado al 2 por i.ooo o en agua peptonada 
azucarada fueron completamente negativos. I^ causa de estos fra- 
casos puede deberse en paite a la ix>breza de los cultivos dd pe- 
trificus. En efecto, las experiencias realizadas con cultivos en me- 
<iió ch (carme e hígado peptonizado) llevan a otros resultados». 
Hemos inoculado la mezcla de dos cultivos de los dos anaerobios, 
T»en en la piel o en el tejido muscular. El cultivo del B, perfringens 
'Cn caldo con dará de huevo, de 24 horas, matando al coba)ra de 
320 gramos en 10 a 12 horas, a lal dosis de i/io de c. c. en in- 
yección intramuscular y 1/4 de c. c. en inyección sulKutánea. 

a) Inyecciones subcutáneas. 

B. perfringens: 1/4 c. c. -f- B. putrificus: 3 c. c, cobaya B30 (390 gra- 
mos) = ijí en diez y ocho horas. 

B, perfringens: 1/4 c. c. -}- B. pxUrificus: 3 c. c, cobaya B25 (310 gra- 
mos) = 91 en la noche. 

B, perfringens: 1/4 c. c. -f- B, putrificus: 5 c. c, cobaya B17 (470 gra- 
mos) = 9t durante la noche. 

B, perfringens: 1/4 c. c. -{- B. putrificus: 5 c. c, cobaya B18 (430 gra^ 
mos) = ^ durante la noche. 

b) Inyecciones intramusculares. 

B. perfringens: i/io c c. -f- B. putrificus: 3 c. c, cobaya B22 (330 gra- 
nas) = líf en treinta horas. 

B. pcrfriivpcns: i/io c. c. -{- B, putrificus: 5 c. c, cobaya B37 (330 gra- 
mos) = ijí durante la noche. 

B, perfringens: 1/4 c. c. -f- B. putrificus: 5 c. c, cobaya B29 (420 gra- 
mos) = 91 durante la noche. 

B, perfringens: 1/4 c. c. -f* B. putrificus: 5 c. c, cobaya B16 (530 gra- 
mos) i= # durante la noche. 

j^UTCPSIAS : 

Cobaya B30: Piel verdosa y mal oliente, algunas manchas grises en las 
.lesiones miolíticas. 

Cohaya, B25: Muy ligera putrefacción de la piel. 

Cobayas B17 y B18: Ningún síntoma pútrido. 

Cobaya B22: Piel verdosa, de olor pútrido, no húmedo. Miolisis eJnormc 
110 pútrida. 

Cobayas B27 y B16: Ningún signo de putrefacción. 

En estos animales se dis?tin^ie sobré los frotis de la serofeídad 



— — — - 

muscular la presencia de dos microbios el B. pcyfñn¡]ens toman- 
do ei Grain y el B. pittrificus portador algunas veces de un espo- 
ro leiinmaJ a nienudo decolorado pr-r el método di^ Gkam. 

La putrefacdón siempre poco murcada, está limitada a la piel; 
ísta, de un tiute verdoso, exhala un ligero olor nauseabundo. 

Rq)itiendo esta experiencia con e! mismo cultivo y con el H73, 
igualmente proíeosacaroHtico, hemos obtenido resultados idénticos- 
cualquiera ijue fuesen las proporciones de nuestras mezclas y su 
modo de inoculación. Son necesarias fuertes dosis (3-5 c c.) de 
microbio putrificus. 






Asociación dei. B. putrtfie 



. histolyticus. 



Hemos visto en los capítulos precedentes que la niiolisis intea- 
provocada por el B. histolyticus, da li^ar a materiales favorar 
bles al metabolismo del B. sporoger.es' y de/ B. bifertnenians, sioi- 
do lo mismo para el B. putrificiis; la asociación que nosotros va- 
mos a estudiar aíiora parece Ja más favorable para el desarrollo 
de las facultades putrefactas ¡;i zi'^'o c!e este anaerobio; he aquí la 
prueba: 

Inoculación ¡iiti-aniuscular de mezclas de oiltivos de 24 horas I 
de B. piitrifkiis (cultivo H26n) en caldo, hígado de vaca y del B,Á 
histolyticns en caldo con clara de huevo (4 abril 1124. 19 horas);! 



. cobaya B34 (^oo gr-) = I 



Cohayas inyectados con la meseta de doí t 



I. hisiolylicus: 
iros) 7= Si noche 

fl. hisiolytkus: 
mosl =^ 9f noche 

B. hiítolyticus: 

moG) =: iff tioche 
ií.. hislolylicns: 

1-mOS) ^ # nocllc 
B. hittolylí 
r., - 
Aun 



:., cobaya Bis (440 gri-l 
., cohaya B31 (440 gra- J 



del 5 al 6 de abrfl. 

1/10 c. c, + B. ¡Hítrificiu 
del 5 a! 6 de abril. 

l/io c. c. + B. putrificu 
del 6 al 7 abril. 

í/io c. r. -h fí. Mrif¡r« 
del í al 'I de abrÜ. 

l/io c. c. + a. fnlrificu. 
i) = 41 noche del 5 al 6 de abril. 

AUTOPSIAB : 

Cobaya BiS: Putrefacción ligera de la piel grisácea, levantada (sínto- 
■que aparecen ya a las vemtiima horas de la infección), músculo DonnaL 



— 25 — 

Cobaya B31 : Piel húmeda, grisácea, ligeramente maloliente; el aspeofeo 
jdel músculo es normal; en la serosidad niuscular, presencia exclusiva del 
i?, kistolytícus. 

Cobaya B33: La piel de este animal se abre a las seis de la mañana, síen- 
áo entonces verdosa, y da un olor putrefecto. Ix>s músculos no se adhieren 
a la piel a causa de la lisis completa del tejido conjuntivo; están recubier- 
tos de placas verdosas y bañados en una serosidad de objetos grisáceos. El 
7 de abril, la miolisis pútrida se acentúa. La autopsia permite mejor po- 
ner en evidencia todos estos síntomas; la piel, húmeda, francamente verdo- 
$SLf íe deja depilado en tma gran superñcie. En la serosidad, presencia de 
dos microbios esporulados. 

Q>baya B53: Piel desgarrada grisácea, ligeramente maloliente. Músculo 
normal. En la serosidad muscular el B. histolyticus, B. putrificus, y cocos 
rué toman el Gram que atestiguan la contaminación secundaria. 

Cobaya B24: Desde la mañana del 5, la piel exhala un olor fétido. Pu- 
trefacción marcada de la piel, dejándose fácilmente depilar, estando los 
músculos en vía de digestión. Presencia de dos microbios en la lesión. 

. Un hecho domina la, sintomatología de todas estas lesiones: la 
putrefacción de la piel mucho más marcada que en ías experien- 
cias precedentes practicadas con el B. perfringens. La piel está 
húmeda, teñida de verde, exhalando un olor fétido y dejándose 
depilar la piel con la mayor facilidad en una gran extensión. Esta 
fragilidad del pelo, es debida a la impregnadóri cutánea de los 
productos sulfurados volátiles deliberados en abundancia por el 
B, putrificus. 

Dosis fuertes de los microbios han provocado la putrefacción 
a la vez de la piel y del músculo (cobaya B24), pero siempre me- 
nos acusada que en los casos de traumatosis experimentales a B. 
bifermentans. 

Hemos repetido estas experiencias haciendo variar las dosis de 
jB. histolyticus (1/4 a i/loo c c), mezcladas a 3 c. c. de cultivo 
dd B, putrificus (cultivo H63). I-os resultados obtenidos fueron 
sempre iguales o inferiores a los expuestos más ariba. Algunas 
Teces la inoculacón de la mezcla de 1/4 de c. c. de cultivo de B, 
histolyticus (dosis mortal en 18 a 24 horas) y de 3 c. c. de cultivo 
de B. putrificus no provocaron lesiones pútridas. 

La asociación dd B. putrificus al V. séptico, al B. oedema- 
tiens o al i>. fallax provoca lesiones mucho menos pronunciadas e 
inconstantes y siempre localizadas al tejido cutáneo. 

Estos hechos parecen indicar una cierta afinidad del B. putri- 
ficus para la piel. Hemos querido comprobar esta hipótesis, in- 
yectando en el dermis del cobaya dosis débiles (algunas dédmas 
de c. c.) de cultivo de este germen : en los dos a^iimales inoculados 
se observa congestión y espesamiento de la piel que se cubre al 



cabo de ui» a tres días, de costras negniccas; la induraoón c 
üparew eti una semana en un cobaya, mientras que en d otro, ' 
costras dají lugar a una escara que evciliicioia sin incidentes. 

HemiJs visto más arriba los resultados de asodación del B, pt^ 
irificus y de los dos otros putrefactos, los B. sporogenos y B. 
ferntetitatis. Con c! ií. acrofctidits. se obtienen las mismas lesioi 
paíiajeras, acodiipañadas otras veces de fiictenas grises. 

Weixbiíkg. Otelesco (r), han scüalado y:i lo* efectos de I 
asociación del B. putrifkus y del protcus. Les heiiws encontrar' 
sustituyendo el protetis, al B. coH como lo muestran las pxfx 
cias siguientes: 

El cobaya A20 (3Ó0 gramos), recibe bajo la piel 1/4 de ce. i 
un cultivo en caldo simple de! B. ptilñfícus, no paíógcno, y : 
pectivaiiiente 1/4 de c. c, r/10. 1/20 de c. c. de cultivo de coKbi 
cilo. Sucumben en 12 a 20 horas con edema, gelatinoso hcmorrági^ 
co de! tejido celular stibcutáiieo, extendido desde d muslo a l 
la pared abdcaninal ; el peritoneo eslá recubierífo, algunas veces ( 
los dos lados de un punteado licinorrágíoo intenso; las visceras. ] 
en particuar las cápsulas sirprar renal es, están tumefactas y coití 
gestionadas. I-as lesiones no oírecen nii^n carácter putrefacto 
en las serosidades pulula el B. coH. Basándose en los trabaja! 
perseguidos in vitro, Birn-^tock 'liabía llamado la atención sobre < 
antagonismo de estos dc« «licrobios. Xitestras experiencias exl 
dtdas a esta noción de la patología, han añadido este dato aún inex-fl 
plicable; la exaltación de la vindencia del B. coli es concoimtanttJ 
de la desaparición absoluta del B. putrifinis. 



Para terminar esta parle de nuc-sir.i trabajo, reooniaren» 
qite hemos intentado igualmente provocar la formación de una hi^^fl 
tolisis de olor agradable. Con este objeto hemos inyectado a I 
c61>ayas mezclas de culti\os de los diferentes anaerobios patóger 
T de baíierittm estcroaromatlctutt. 

Inyectando a la dosis de 3 a 5 c c. de un cultivo de 24 Y 
en caldo .'•iucosado de este microl)io, provoca en d cobaya una t 
mefacdón del muslo, que cura en algunos diafi. 

I^^esiones considerables lian sido obtenidas por la inyección 1 
los coliayas, de mezclas de B. pcrfringetis (i/io, 1/20 c, ».) y t 
B. esleroaromatinim (i-2 c. c). Los coliayas han miierto en 1 

FivpFRn y OTE1.F1C0, C. R, de la Socictf (1* Bitilofrie, 8-1, 1 



— -27 — 



36 horas. La núolisis intensa, observada en estos animales era ino- 
dora. Cosa curiosa, d B, esteroaromaiicum desaparece casi comple- 
tamente de estas lesiones, no habiéndosele niás que en muy peque- 
ño número en los frotis de la serosidiad muscular. 



D. — Tratamiento de las infeccicíMes pútridas experimentales 

Las infecciones pútridas experimentales mpnomicrobianas y las 
más graves y las m/is características, son aqueílas que se provocan 
por la inyección de cultivos virulentos de B. esporógenes. Es muy 
fácil de prevenir y curar estas infíxxiones por d empleo de suero 
específico preparado por uno de nosotros. Los resultados son ex- 
cdentes y rápidos, sirviéndose dd suero antiesporógenes, antitóxi- 
co, o dd suero a la vez antitóxino y antSmicrcAiano. 

Cuando se trata <le infección pútrida bimícrobiana, dos casos 
pueden presentarse; podemos luchar, oon los queros especificoB, 
contra los dos anaerobios a la vez, o bien no estamos armados más 
que co^ra tm solo agente pat^eno. 

Consideramos la primera eventualidad, la seroterapia espedfica 
de las infeccione^ producidas por el B, sporógencs asociada a uno 
de los anaerobios patógenos de la gimgreiia gaseosa. He aqiri un 
ejemplo: 

Traumatosis pútrida del cobaya producida por la asociación 
fierfringcjis + sporóg^nes; tratamiento por la mésela de sueros 
específicos. Experiencia del 9 de jidio de 1924. 

6 cobayas reciben cada uno en inyecrión intramuscular, una 
mezcla de i/io c. c. de un cultivo de B pcrfHngens (caldo gluco- 
cosado al i por 100, de 24 horas) y de i c. c. de un cultivo de B, 
sporógenes (caldo simple, de 24 horas), seis horas después los ani- 
males presentan ya lesioi>es muy características (tumefacción dd 
muslo, edema de la parte inferior del abdomen), a dos de ellos 
(cobaya B4, 260 gramos, y B7 270 gramos), se inyecta en la lesión^ 
misma 5 c. c. de suero (3 c. c. de siicro antiperfringens -}- 2 c. c. de 
suero anti-sporógenes). Dos de los otros cobayas (B9 300 gramos 
y A48 280 gramos), reciben la misnia dosis de suero sobre la vena. 
En estos últimos las lesiones . locales son extensamente deshrida»- 
das con bisturí. Los oal^ayas se tes coloca en grandes locales de 
vidrio, desinfectados y llenos de heno esterilizado, a fin de evitar 
las infecciones secundarias. Los dos cobayas no tratados, guarda- 
dos como testigos, sucumben en menos de 24 horas con una gan- 
grena gaseosa pútrida, típica. 



w 



Las lesioiios rcgrisan muy rápidajnente en 1 

os.eii la ^eiiíi: al día siguiente por la mañana, el muslo t'Stá e 
tumefacción, no exlmlando olor pútrido y el edema ha diíminuidí 
notableniientL', En los cobayas tratados por el enlpleo local del s 
ro, el orlor pi'itri<lo de las lesiones desaparece igualmente desde s 
día siguiente, pero la regresión del edema pulmonar y de la tumQ| 
facción del muslo sigue una marcha más lenta. 

Esta experiencia, muestra que una traumatosis pútrida exp< 
menta] produriíla pov la asociación pcrfringe^'s -\- s¡>oróijenes, 
rápidamente al trataaiiieniopor la mezcla de los sueros esj>eci6 
■Los mejiwcs resultados se obtienen por la inyección intra 
de suero y el d es brid amiento de las lesiones locales, la'\:id 
seguida cuidadosamente con agua fisioFógica. 

Se obtienen también buenos resultados tratando por la í 
cía de los dos sueros específicos, las infecciones pútridas pr 
cadas por las asociaciones del B. sporógcnCs con otros anaerolMí| 
patínenos (X. séptico, ocdemalU'ns, histolyticus^. 

Sabiendo i^ue las lesiones pútridas producidas pot la msyi 
parte de los cultivos del B. sparógcnos. casi siempre curadas ( 
poEftáneamcntc. aun cuando sean muy in;irL-adíis, y que por i 
parte este anaerobio no adquiere una gran virulencia sino a 
con ptras especies microbianas, nos liemos prej^ntado si sería f 
sible cu'tar esta traumatosis, rompienido estas asociaciones 
el empleo de un solo suero especifiL-o activo enfrente del microtó 
inás patógeno. 

Esta hipótesis parece tanto más plausible cuanto que el suca 
nonnal de caballo posee a menudo propiedades aglutinantes j 
ttiastásicais en frente del B. sparágcncs (WeiIíhehc y Segu^ 
Blanc y PozERSKf, Comisión inglesa de investigaciones sobre I 
anaerobios). Además, uno de nosotros ha visto durante la guerí 
heridas muy graves cuya flora encerraba el /í. sporogencs 
después de la inyección de la mezcla de suero antigangrenoso. ■ 
-rcnteniendo el suero anihporogcnes. 

Nuestras siq3osicioi>es .se han realizado: los cobayas infectadoí 
por ]a asociación sporóge^rs -\- perfríngens curan a consecuencia <i 
!a inyección intravenosa de 2 a 3 c. c. del suero antiperfringcf 
y del de sbrid amiento de los tejidos cnfennos. Es necesario hac^ 
liotar que la curación ilefinitiva de los animales asi tratados 1 
césita más tiempo que eu el caso del tratamiento por los dos suí 
ros específicos, y que sus lesiones presentan aún putridez <" 
Ires días después de la inyección del suero, 

Estas experiencias muestran que si bien es preferible trata 
una tratmiatosis pútrida bimicrobiana por un suero bivalente. 



— 2y — 

puede períecíainente cinrar estas traaimatosis con la ayuda de un 
solo suero específico. Esto deshace la asociación microbiana, .su- 
prime el microbio dominante, cuya desaparición es inmediatamen- 
te seguida de una disminución considerable de la virulencia del 
microbio putrificus. Hemos dado a esta rotura de las asociacio- 
nes microbianas el nombre de cataxm (de la ¡>alabra griega kata- 
sia: dislocación, rompimiento), (i) 

Hemos aplicado este procedimiento terapéutico al tratamiento 
de las infecciones pútridas producidas por diferentes anaerobios 
patógenos asociados a otros microbios putrefactos (B, bifemten- 
tans, B, putrificus, B. protens y B, cali). 

También hemos estudiado los poderes ant i tóxicos preventivo 
y curativo del suero antíperfringens, enfrente de la infección pro- 
ducida por la asociación perfringens + bifermentans. 

Sil poder antitóxico es nnuy neto; los cobayas inyectados en 
el muslo con una mezcla de B. perfringens (1/4 c. c. + i5. bifer- 
mentans (3 c. c.) dejada durante una hora en contacto con i c. c. de 
suero antíperfringens, se muestran al día siguiente bien indemnes 
o portadores de una, pequeña lesión local que desaparece ^n uno 
a tres días. 

Poder preventivo. — Experiencia del 28 de noviembre de 1923. 
Cobayas de 400 a 500 gramos. Dos testigos (C. i y C. 4) reciben 
en el muslo una mezcla de 1/4 c. c. de cultivo de B. perfrin- 
gens + 3 c. c. de cultivo de B, biferfnentans ; mueren en 48 ho- 
ras, presentando lesiones pútridas muy extensas. Otros ocho co- 
hayas reciben la víspera i c. c. (cobaya A98, C3), 1/2 c. c. (A97, 

(i) Recordemos las investigaciones de Wiss Nevin (C. R. Soc. Biolo- 
^ie 32, 1919, p. 140), que ha estudiado el poder preventivo de los sueros 
antigangrenosos. En estas experiencias el suero antiperfringen solo no ha 
protegido al cobaya contra la infección mixta; es necesario, sin embargo, 
í?acer notar que este autor ha inyectado los cobayas preparados con una mez- 
cla de tres microbios {(perfringens + sporogenes + V. séptico o perfrin- 
cens -f" sporogenes + oedematiens)... 

Para Wiss Nevin, el suero anti-V. séptico solo o el suero antioedema- 

tiens solo protege el cobaya contra la infección mixta trimicrobiana (per- 
fringens -4- y. séptico -}- sporogenes o perfringens -f- oedematiens + spo- 
rogenes); para nosotros se podría obtener un resultado parecido en los ca- 
íios donde el cultivo de B. perfringens utilizado sea poco virulento. Por lo 
<íemás, es imposiBle juzgar del valor de estas 'iltimas cxperienciíis ; el autor 
TíO ha empleado testigos, y no sabemos, por tanto, si la dosis de la mezcla 
niicrobianna que inyectaba a los cobayas inmunizados pasivamente era capaz 
tle producir lesiones gangrenosas, gaseosas, pútridas en los cobayas testigos. 
Este punto es importante, porque el B. sporogenes no se hace virulento más 
cue en el organismo animal en el caso en que esté mezclado en ciertas pro- 
porciones más patógenas que él. 



I 



C5), 1/4 c. c. (C6 y C8) y i/io c. c. (A99 y A^^d^u^fl 
antiperfringes, se inyecta con h. misma cantidad de inczda micro-l 
biana. Todos estos «riiaj'as han sobre^^i^ndo ; otros dos 110 han ¡>re~l 
sentado níngitiia lesión. Los otros haii niosírtido tina pccji^ña fl 
tumefacción del nmslo, que ¡la desaparecido en dos a tres días, j 
En dos cabayas inyectados primkivMneiiite con i/¿ y i/io de c c. J 
se ha visto tumefacción del muslo, y una flictena que ha cnradoj 
mstantáneaniente. ■ 

Poder curativo- — Experiencia del 17 de enero de 1924. Dietfl 
y mieve cobayas recil>eii cada uno en inyección intramuscular eitm 
el muslo la mezcla de 1/4 c. c. de pcrfringcns y 3 c. c. de &í/*r^l 
menlans, Tres cobayas quedan como testigos. Los otros seis, di- 1 
vididos en cuatro lotes, se tratan seis horas después de la inyec-.'l 
ción de la mezcla microbiana, en el momento en que presentan 1 
ya síntomas característicos de la infección (tumefacción del mus-'l 
lo, edema más o menos extenso del abdomen), I 

Estas experiencias muesitra:i que las inyecciones locales de J 
fiuero dan, por lo menos, tan Ijuenos resultados como las inyec- 1 
ciones intravenosas; los cobayas del primer lote reciben en la.l 
vena 1/2 c. c. de suero diluidti en i y 1/2 de suero fisiológiai;fl 
lodos los demás reciben i c. c, de suero + i de suero fisiológico.! 
El muslo infectado es desbridado y lavado con agua fisiol^cáJ 
en los de la cuarta serie. m 

Rcsiillados. — Los cobayas te-;tÍgos (ES5. ES7 )■ Eioo) ntiterak.l 
en 24 a 27 horas de traumatosis pútrida. Los mejores resultad*» \ 
se han obtenido en los animales fiel cuarto lote (E86, E90. Egt i 
y E96), tratados a la vez por la inyección intravenosa de suero y J 
«I desbridamicnto de la'; lesiones locales, seguido de un lavado del 
suero fisiolijgico. En todos estos cobayas se ha visto al día s¡- 1 
guíente de la experiencia una rc,^resión muy típica de las lesiones. 4 
Estas últimas exhalan -un ligero olor nauseabundo en tres de lo» 1 
cuatro cobayas. Los animales han curado «n dos a cuatro <lía«. I 
De los cuatro cohayas del tercer grupo (C48, C92. C93, Croo* J 
inyección intravenosa de suero, desbridamicnto sin lavado), tres.J 
han sobrevivido: de los cuatro cobaya.s del segundo lote (E83, 1 
E84, Kr^. Eqq ; inyección intravenosa de i c, c. de suero, lesio- 1 
nes desbridadas), dos han sobrevivido; finalmente no hemos obte-.l 
nido más que una sola curación en los cuatro cobayas de la pri-'l 
mera serie tratados únicamente por la inyección intrai'enosa dell 
1/2 c, c. de suero atitiperfringens. 

Resultados i>arecidos se han obtenido en el tratainiento de las 
infecciones pútridas por la asociación pcrfrhiijeiis -\- putrifiais. 

Todos estos hechos muestran que cualquiera que sea el micro- 




— 31 — 

\¿o putrefacto con el cual el B, pcrfringens se encuentra asociado 
d suero específico preparado contra este anaerobio puede ser su- 
fidoite paira romper esta asociación y llevar a la curación de la 
infección pútrida. 

Seria fastidioso de dar aquí los protocolos de las numerosas 
experiencias hechas por nosotros sobre el tratamiento catáxico de 
las kifeociones produdadas .por la asociación del B. sporógenes, del 
B. bifermentans y del B, putrificus, con los anaerobios patógenos 
(V. séptico, oedeinatiens, his4olicitus). Será suficiente de hacer no- 
tar que los resultados obtenidos han sido en general idénticos a 
aquéllos, vistos para las asociaciones del B. pcrfringens. Sin em- 
bargOy debe hacerse una mención especial para el tratamiento de 
ks infecciones pútridas {yyv las asociaciones del B. histolyticus. 

Para impedir la evolución de una lesión pútrida, por la aso- 
dadón de un microbio putrefacto y del B, histolyricíis, hay que 
inyectar preventivamente los cobayas con im c. c. por lo menos de 
suero antihistolyticus fuertemente antitóxico, el suero que ha ser- 
vido para las experiencias titulaba 3.000 unidades, es decir, que 
neutralizaba a i por 3.000 de c. c. una dosis mortal de toxina his- 
tolitica. 

Estas infecciones pútridas son las más difíciles de tratar. Pero 
se Il^ga, sin enibargo, a curarlas con la condición de intervenir lo 
más tarde cuatro o seis horas después de la ipoculación de la 
mezda microbiana. El cobaya es rápidamente desintoxicado y el 
desarrollo de las lesiones se detiene. Desgraciadamente la toxina y 
los fermentos segregados por el B, histolyticus obra tan rápida- 
mente in vivo que muy a menudo los vasos y los músculos están 
ya disodados en el mometno de la inyección del suero. El cobaya 
sobrevive a la infección conservando su pata retraída; algunas ve- 
oes ésta se amputa esiK>ntáneamente. Es muy difícil de conservar 
estos animales en convalecencia porque sus heridas extensamente 
abiertas favorecen una infección secimdaria. 

Ya hemos mencionado que el B. sporógenes u otro anaerobio 
putrefacto asociado con un cultivo poco virulento de B. coli o de 
B. proteiis exalta la virulencia de estas especies, desapareciendo el 
mismo del punto de inoculación. Era, pues, de prever que en los 
animales infectados por una de estas asociaciones microbianas, co- 
mo por ejemplo sporógenes + eoH se benefidarían del tratamiento 
por el suero ^nti-sporogenes y esto lo ha mostrado la exi^rienda. 

Existen, pues, casos en donde el tratamiento catáxico p^iede ser 
dirigido no contra los microbios virulentos de una asociación mi- 
crobiana, microbios que deberían ser considerados como los agen- 
tes dominantes, sino bien contra d microbio [yjco patógeno que jue- 



ga un. papel etioiógico importante en la evolución de la i 
producida por los microbios asociados. 

Se observan igualmente hechos análogos cuando se aplica el 
principio de la cataxía a la vacunoterapia, aun en lu.s casos en 
donde la destrucción pútrida de los tejidos está asegurada por la 
acción combinada de varias especies microbianas. Un ejemplo ex- 
celente es el d;i4o ¡xir las recientes investigaciones sobre la rinitis 
ocenosa. Nuestro colega Dujardin-Baumetz ha mostrado, en cola- 
boración con M, Mai. HERBÉ, que se llega a mejorar y aun a cu- 
rar esta infección fétida con las inj-ecciones de anatoxina difté- 
rica, tratamiento que hace desaparecer rápidamente de la lesión el 
híicflo pseudodiftérico. Este microbio es ccmpletamente atóxico y 
nunca patógeno, pero se encuentra siempre asociado a. otras bacte- 
rias; así en un caso que nosotros hemos podido últimamente es- 
tudiar gracias a la amabilidad de M. DujARDiN-BAfMETZ, hemos 
encontrado cinco especies diferentes: fi. psatdo diftérico, nettmo- 
hucilo de Fkielander, B. proleus, B. coli y estafilocos. ' 



CONCLUSIONES 



Las investigaciones experimentales resumidas en esta ¡Memoria 
y los docimientos que poseemos sobre la flora microbiana y loa 
aspectos dinicos de los diferentes prcesris pútridos observados en 
el hombre nos permiten sacar nociones generales sobre la etiolo- 
gía, patogenia y evolución de la pujtref acción in i'k/o. 

I." Algunas esf)ecies microbianas elaboran fermentos muy ac- 
tivos, a la vez prot eolíticos, sacaroííticos y lipolíticos. capaces, de 
provocar la lisis de todos los elenients de los tejidos infectados, 
comprendiendo no solamente las células sino también las fibras 
conjuntivas y elásticas. 

La histolísis microbiana puede perseguirse sin producción de 
sustancias nial alientes. Se debe pues restT\'ar d término de "pu- 
trefaoáón" cuando se trate de lesions observadas en el organismo 
animal a histolisis microbiana pútrida. 

2." Para que la histolísis microbiana 11egT.ie al estado de pu- 
trefacción hace falta que la desintegración de las materias pro- 
teicas de los tejidos esté bastante avanzada para llegar a la for- 
mación de sustancias fétidas. La putrefacción es. pues, función 
de !a intensidad de las propiedades proteoliticas de ios nucroírios. 

Este hecho explica la gran variedad de lesiones observadas así 
como e] orden de frecuencia en el cual se encuentran las diferentes 
especies protcfliticaie en lo<i prnce-íns pútridos: el B. sporñ/jrtifs. 



- 33 - 

que ocupa el palmer lugar y produce las legiones más graves. 
E« seguido luego por el B, bifermentans, el B, putrificus, el B. pro-- 
teus, el B, piodánico, etc. 

3/ La marcha de la putrefacción está expresamente unida a 
la virulencia de las. especies putrefactas. Estas últimas son excep- 
cionalmcnte virulencas; lo más a menudo no se desarrolla en el 
organismo más que al abrigo de utio o vatrio^ microbios tóxicos 
no proteolíticofi. 

4/ Asi la^ infecciones pútridas esenciales, producidas por una 
misma especie microbiana^ a la vez tóxica y putrefacta, ton raras. 
Lo más a menudo, el proceso putrefacto constituye un accidente 
secundario observado en el curso de un gran nám¡ero de infeccio- 
nes agudas o crónicas, cualquiera que sea su naturaleza o asiento 
(traumatosis, infecciones pulmonares, apendicitís, otitis, ciertas in- 
fecciones de las vias genitourinarias, etc.). 

Existen igualmente infecciones pútridas esenciales de flora poli- 
micfobiana; en estos casos, todas las especies que forman parte dé 
esta flora, aun aquéllas que son consideradas como no proteolíticas. 
contribuyen al progreso de la histolisis, ya que ellas atacan cier- 
tos productos de la desintegración de las siustancias proteoliticas. 
EstOA microbios no son en. general patógenos y los focos pú- 
tridos qwe provocan, como por ejemplo ciertos casos de gangrena 
pulmonar y de traumatosis pútrida, evohicionan muy lentamente. 
Algunas veces se asiste ál denudamiento «ipido de estos focos 
debido, en general, a una infección secundaria producida por un 
microbio patógeno, que viene, bien de la mucosa vecina (** microbio 
de salida"), bien por la piel ("microbio de entrada"), ésta pa- 
rece a menudo intacta, siendo ya artacada por el proceso inflama- 
torio ittbya<:enDe. 

Se comprende igualmente que un foco inflamatorio subcutáneo 
o inüramuscular no pútrido agote el siguiente a consecuencia de 
•una contaminación por un microbio de entrada putrefacto que se 
ha fraguado paso a través die la piel que se ha he¿ho permeable. 

6/ La histolisis pútrida se hace en general sobre el conjunto 
de los tejidos atacados ; algunas veces ataca sobre todo el músculo 
o bien «e limita exclusivamente a la piel y al tejido celular subcu- 
táneo, como lo ha demostrado las experiencias practicadas con el 
B. putrificus. 

En ciertos casos de infección pútrida no se encuentran lesio- 
nes notables de los tejidos, aun cuando exhale un olor muy fétido. 
Esto proviene de la plasmolisis fétida producida por ciertas espe- 
cies putrefactas como por ejemplo el B, putrificus, que ataca len- 
tamente las sustancias albuminoideas, pero desintegran fácilmen- 



r 



- 34 - 



te los ¡woductos adaptados de la digestión de los proteicos que 
pasado a los exhudados inflamatorios. Este hecho, visto muchas 
veces en el curso de nuestras experiencias sobre los animales, 
se observa en el hom¡)re por ejeiri|¿o en la iieritonitis y la pleure- 
sía pútrida. 

7.' La evolución rápida de un proceso pútrido hacia la ler- 
ffiinación fatal se observa sobre todo cuando los microbios putre- 
factos se asocian a especies patógenas, que no acidifican sensible- 
mente el medio y cuya toxina no se altera por sus fermentos. 
Es así que nosotros hemos obtenido lesiones pútridas, las más 
graves en los cobayas inyectados con mezclas de cultivo de diferen- 
tes microbios putrefactos y de B. perfringens o de B. histoly- 
ticus. 

Si se asocian bacilos putrefactos poco patógenos (ciertos cultir 
vos de B. sporogenes -f- B. bifernientans + B- sporogenes -\- 
B. putrificus, B. sporógenes -|- aerofctidus, etc.) se provoncan en 
general en el cobaya la formación de importantes lesiones que re- 
gresan espontáneamicnte, 

8.° Es muy fácil de combatir las infecciones pútridas por 
inyección al enfermo de sueros específicos. Cuando no se posi 
sueros activos contra todos los microbios, habiendo producido 
un caso dado la histolisis pútrida, hay que recurriir a! tratamiento 
catáxico, que consiste en romper una asociación microbiana neu- 
tralizando el microbio patógeno que domina por la inyección deL 
suero específico correspondiente. 

La inyección del suero debe ser practicada por vía venosa, qi 
asegura, la des intoxicación general del organismo. Para que 
tratamiento practicado sea realmente eficaz es indispensable, biení 
sea de suprimir completamente el foco de infección (resección di " 
apéndice gangrenoso), bien de desbridar extensamente y de lai 
con agua fisiológica (traumatosis, peritonitis, pleuresías pútrid; 
de manera a llevar bs tejidos enfermos permaebles al paso de I1 
anticuerpos específicos. 

Esta colaboración del seroterapeuta y del cirujano es obligati 
ría. Es ella, según creemos nosotros, la que dará los mejores 
sultados en el tratamiento de !a gangrena pulmonar cuando un 
tudio profundo de la flora microbiana de esta infección peri 
la preparación de un suero polivalente especifico. Después de hi 
ber preparado al enfermo por la inyección de suero, el cirujai 
podrá atacar el foco pútrido sin temor de complicaciones grav< 
que siguen muy a menudo a la intervención quirúrgica sobre 
pulmón. 






1 en 



CASO DE APENDICITI8 PERFORADA. — AUTO- 
OBSERVACIÓN 

por el 

Dp. Lorenzo Olronés, 

(Médico del Hospital Barmbeck, de Hamburgo.) 



¡Otra apendicitis perforada!, dirá seguramente el compañero 
lector. ¿Qué beneficio me va a reportar su lectura? Pasemos a otra 
cosa. Pero antes de hacerlo me permitiré decirle: **No es el caso 
en sí lo que me ha inducido a publicarlo, sino los cuidados post- 
ox>eratorios a que ha sido sometido en unos de los hospitales más 
modernos de Alemania, y que han sido hechos con una regulari- 
dad y esmero tales, que creo ha de interesar su conocimiento no 
sólo al cirujano, sino también al médico genera]." 

Historia clínica, — Se trata de un joven de veinticuatro años 
sin antecedentes familiares ni patológicos especiales. Hábito as- 
ténico. 

Durante los días 30 y 31 de agosto, catarro faríngeo febril; el 
interesado no abandona por ello sus ocupaciones en el Hospital. 

El día I de septiembre (después de haber trabajado como de 
ordinario y de haber hecho ejercicios deportivos durante una hora 
y media) se inicia a las once y media de la noche un malestar ge- 
neral, acompañado de dolor en la región epigástrica; el enfermo 
vomita y tiene algo de diarrea; cree se trata de una simple indi- 
gestión y no pide auxilio médico; no obstante, como el dolor per- 
siste y le impide dormir, se administra una inyección de medio 
centigradno de morfina que le pemiite escansár. 

A la mañana siguiente (día 2 de septiembre) el dolor vuelve á 
arreciar y el paciente avisa al director del Hospital que está en- 
fermó ; un compañero lo visita, y encuentra : abdomen tenso y do- 
joroso; tiemperatm-a, 37,2; pulso, 70, con buena tensión; 7.500 leu-^ 
cocitos por milímetro cúbico; ruega al enfermo que orine, y no pue- 
de hacerlo; en vista de todo ello, avisa á los cirujanos. 

A las diez de las mañana los dolores se hacen violentos e in- 



I 






-36- 

soportables ; a Tas once, el profesor Oemlecker (jefe del depar- 
tLimeiito quirúrgico) visita al paciente, comprueba ser mayor el 
dolar a nivel de la fosa ilíaca derecha que en la izquierda, y tam- 
bién que aquél no es superficial (al pellizcar la píel), sino profun- 
do (al comprimir y descomprimir el aMornen con un dedo aplica- 
do verticalmente sobre el mismo); la facies del enfermo es afilada 
y produce impresión de gi-avedad; el pulso sigue bien (80), y lo 
mismo la temperatura (37,2), 

Se propone la intervención, que es aceptada en seguida. 
A las doce, previa inyección de pantopón (para moderar los 
dolores y la nerviosidad de! paciente), anestesia general con éter- ■ 
cloroformo, e incisión en la fosa ilíaca derecha ; se encuentra 
el apéndice gangrenoso y perterado nadando en abundaníe pus 
(cuyo análisis idteríor demostró la presencia del col i bacilo), y 
las asas intestinales vecinas enrojecidas y con exudadas fibrosos 
en su superfcde. Se practica apendectomía típica, la\'ado cuida- 
doso de las asas más afectadas con suero fisiológico tibio y drenaje 
con un tubo de goma de 20 centímetros de longitud, dirigido 
oblicuamente hacia la pelvis. 

CurSo posto perotorio y cuidados correspondientes. Primer ditt 
(3-IX),— El enfermo se encuentra relativamente bien, y no ha vo- 
mitado; temperatura. 37,5; pulso, 80. A las siete de la mañana, pre-^. 
vio enema de glicerina (10 centímetros cúbicos), le aplican simul- 
táneamente y durante veinte minutos calor seco en el abdom< 
(mediante una caja de madera con lámparas de incandescencia 
su interior) y ima sonda rectal. A las ocho le golpean el pecho 
una tohalla empapada en agua, helada, ordenándole además que 
pire profundamente, 

A las nueve, cambio de aposito, que está empapado de serosi- 
dad heanátic.-'.. A las diez, el enfermo orina espontáneamente (gla' 
ctísa = negativa ; albúmina ;= positiva débil ; reacdón ^= alcalina).. 
Al mediodía, ingesítión de algún pequeño sorbo de te frío, que dew. 
termina hipo y_jiáusMs. 

Por la tarde aumentan los dolores abdominales. Se practican 
de nuevo la aplicación de calor 9000 y de sonda rectal, así como 
los golpeteos torácicos con agua helada. Además se friccionan 
talones y nalgas del enfermo con solución de sublimado al 3,5 
JJX». Por la noche. iny<ecdón de morfina (0,015 firs.). 

Día 2." (4-IX). — -Kl enfermo se encuentra peor, con mal csti 
general y aumento de los dolores abdominales. Oriiia e3i>ontáne*- 
mente. pero no expulsa gases por el ^no; temperatura, 37.8: pul- 
so. 80. Se le practican los mismos cuidados que el día anterior, 
más un eneima a goías de un litro de solución de doruro sódi ' 



J 



— 37 — 

g por i.cxx> y cambio diel aposito seco en otro humedecido con 
suero fisiolq^d estéril. Además, eü enfermo bebe pequeños sor- 
6os <íe champán helado, observaíido que cada uno dé ellos provo- 
ca movimientos intestinales: no obstante, tampoco durante este día 
•e presentan ventosidades. Por la noche se repite la inyección de 
morfina, pero el eníetroo. excitado (quizá por el champán), apenas 
duerme, y se sienta en la cama dos veces, obligando a una activa 
vigilancia por parte deí persona;! de guardia. 

Día ^.^ CS-TX). — Sensación; subjetiva de mejoría :, El tubo ha 
drenado mós que en días anteriores. Temoeratura, ^7.^ ; pulso, 80. 
Se practican los mismos cuidí^dos nue durante el primero y segun- 
de día; además el enfermo bebe café y te frios. que son bien to- 
lerados, haciendo innecesario el enema a gotas. Hacia el mediodía 
se presentan ventosidades. 

Por k noche, se admiinistn». al paciente un sello de Rumpel. 

Día '4,^ (6-IX). — Se acentúa la meioría. El tubo ha drenado 
mudho. Temt)eratura. yj^'z*, pulso, 60. Cuidados como en días an- 
teriores. Dieta de leche y purés. 

Día ^^ r7-TX). — Igual, aproxiimadamenite, oue el anterior. Se 
acorta el tubo de drena ie y se aplica aposito seco. No se utilizan 
ya la sonda rectal v el calor, sino un enema i^bonoso. 

El mismo día tiene lug?r ya una deposición espontánea. 

Día 6P fS-TXy — Se cortan los puntos de sutura cutáneos. De- 
posición espont^ánea. Dieta sólida, suave. 

Día 7P Cq-IX). — ^Expulsión espontánea del tubo de drenaje; 
taponamiento con gasa y bálsamo del Perú. El enfermo es sacado a 
la galería a respirar el aire libre. 

Días sucésífüos. — ^Taponamiento diario de la herida operatoria 
con gaisa y bálsamo del Perú. Cura de aire libre. Mejoría progresi- 
va locail y general. 

Consideraciones finales. — No es sólo una intervención bien eje- 
cutada lo que salva a los enfermos ; los cuidados postoperatorios 
tienen ya por lo menos tanta importancia como aquélla. Y en par- 
ticular para una peritonitis, una vez realizada la operación dé dre- 
naje, y, si es ixísíble la eliminación de la causa, las afusiones frías 
que estimulan la respiración y los vasomotores, la aplicación simul- 
tánea de la sonda rectal y del calor sobre el abdomen que combate el 
meteolrismo (estimulando al propio tiempo el peristaltismo), la ad- 
ministracáón prudencial de bebidas frías en la medida que el en- 
fermo h& tolere o, a falta de ello, el enema a gotas para evitar 
la deshidratación de los tejidos, y el ai>ósito húmedo para favorecer 
d drenaje, son una serie de cuidados que, oportunamente practi- 



cados pueden contribuir a salvar a mudios enfermos, evitando ade- 
más, no sólo las complicaciones generales, coano la neumonía, sino 
ríimbién las locales, como por ejemplo, las fístulas estercorác^as* 

Hamburgo, 21 septíemibre 1926. 



TRABAJOS ANALIZADOS 



P. JÁuREGui y A. Etchegorry.— Los quistes hemátloos del hígado. 

Revista de Cirugía de la Habana, núm. 3 1926. 

Consideraremos en este artículo una consecuencia del traumatismo del 
hígado, muy poco frecuente: el hematoma subcapsular de hígado o quiste 
hemático del mismo. 

Sabemos que las lesiones traumáticas del hígado pueden producirse: 

I. o Por un cuerpo, que penetra o atraviesa esa viscera, del exterior al 
interior, vale decir por herida. 

2.0 Por contusión. 

Hablaremos de estas últimas. 

Hay contusión de hígado cuando las lesiones que se observan, siempre 
consecutivas a una violencia externa, no se acompañan de ninguna solución 
de continuidad total de la pared y no comunican con el exterio. En ésta 
la piel está por lo general intacta, lo masmo que los músculos; el hígado 
es el solo machacado o desgarrado a pesar de que para que haya contu- 
sión no son necesarias esas condiciones, pues la piel puede estar macha- 
cada; pero al contrario cuando hay una comunicación entre el exterior y el 
hígado a través de tm orificio o desgarradura nos encontramos en presen- 
cia de una herida. La persistencia de la pared establece una diferencia no- 
table, entre la herida y la contusión: la pared es un muro que imjpedirá 
la infección y protegerá a la lesión del hígado. 

El hígado puede estar contusionado por causas directas o indirectas o 
de contragolpe; estas últimas son más raras. 

Las causas directas son innumerables. Todas las violencias que vienen a 
ejercitarse sobre el hipocondrio derecho, golpes de bastón, puñetazos, golpes 
de lanza de carro, pasajes de ruedas de carro sobre los hipocondrios, ca- 
ídas sobre cuerpos dm-os (cordón de vereda, pasamano de escalera), sobre 
cualquier cuerpo saliente o sitio cortante, pueden dañar al hígado y pro- 
ducir la contusión sin romper la pared. 

tas lesionjes del hígado dependen en gran parte del grado de defen- 
sa de la pared: son tanto más intensas, cuanto menos se defienden sus 
músculos. 

Las presiones violentas entran las catisas directas de contusión; son 
necesarias presiottes notables para llegar a dañar el hígado, tales como 



— 40 — 

aprisionaimaito det hipocondrio entre dos paragolpes de ferrocarril, pasaje 
de las ruedas de vehículos, etc. El mecanismo es de lo más sencillo ; el hí- 
gado es aprisionado entre las costillas y la columna vertebral. 

Las contusiones por contragolpe o indirectas se producen por una cnor- 
lae vibración d:El hígada, el que relativamente hbre de la cavidad abdomi- 
nal, tiende a continuar las lineas de fuerza. Ahora bien; por dislocación de 
las capas hepáticas nace el hematoma iiilrahcpáíko, se desprende el parén- 
Qiiíma de los vasos resistentes y la sangre se coagula en cavidades centra- 
les dando lugar a lo que desde hace mucho tiempo se llama apoplejía he- 
pática. 

Etioloyía y palogeiiia, — Existen una cantidad de causas predisponentes 
que obran modihcando el peso, densidad y vasi:ularizacióa del hígado. Estas 
causas son de orden patológico las unas, fisiológico las oirás. 

Entre las causas patológicas es evidente que todos los estados patoló- • 
gicos acarreando la dismJaución de volumen del hígado pecmitirím al ór- 
gano escapar más fácilmente a los traumatismos; la recíproca es verdad 
para todos aquellos casos que al contrario han traída el aumento de volu- 
men de dicha viscera. Se citan entre estas raodíficacionesi siafridafc ta-. ú 
l^arénquima hepático, en particular en los tuberculosas, alcohólicos, hígado 
grasoso y sobre todo eti bs palúdicos. 

En el número de las predisposiciones fisiológicas es preciso citar de 
entrada las particularidades anatómicas del hígado y sobre la cual t 
insistió Cruveii.hier. Deda Croveilhier que "no hay órgano más 
ceptible de presentar la contusión que el higado, por ser el órgano que me- 
jor llena las condiciones primordiales para la desgarradura, el peso y Is 
frogiiidad". La situación topográfica entre la armazón costal y la columoB J 
vertebral, sus medios de sostén que lo dejan muy móvil en los casos de pre-1 
sión directa. Es el hígado tm órgano muy vascular, la hemorragia e 
casos e3 temible y ésta a pesar de la pequeña presión de la vena porta guel 
l'»carrea la mayor cantidad de sangre, es fuerte y duradera, porque; 



poder retraerse y arrollarse; 
igula difícilmente; 3,", loa 
1 comparación a los 
del diafragma y dd 



, debido a los 



hepáticas de pared delgadas 
[)orque la sangre mezclada < 
i hepáticos tienen muy pocos í 
íes. bazo e intestino ; 4.°, porque los 1 
peritoneo entretienen oscilaciones de presión t 

El hombre es por lo general más atacado que la mujer 
[ acudentes más frecuentes a que el primero está expuesto. 

Señalaremos finalmente la influencia que puede tener desde el punto de 

\ vista del traumatismo, el estado de plenitud o de vacuidad de las visceras 

I labdomínales, el volumen y vascularización del órgano, según la época de la 

digestión y la iialura!e/a de la aliitientaciórL 

Entre las causas detcrminautes del traumatismo hemos lüeho ya cuáles ' 
eran; choque directo, presión y choque itidirecto y en raras ocasiones se e 
el caso de esfuerzo muscular. 

En los dos casos por nosotros observados, las causas determinantes I 
sido: en el primero, golpe directo de! hipocondrio contra la vereda; en 
segundo, golpe del hipocondrio derecho cotttra una bota do fool-ball. 



Anatomía patológica, — ^Las lesiones de la contusión varían s^^ qfue 
la cápsula de Glisson esté intacta o desgarrada. En el primer caso se 
{Constata una serie de lesiones que obran, sea en la superficie, sea en 
la profundidad del órgano. Las más superficiales son las esquimosis o de- 
rrames sanguíneos, que levantan la cápsula de envoltura bajo la presión de 
un relieve, y a veces dan lugar a la formación de tumoraciones con todo el 
aspecto clínico, como radioscópico de los quistes hemáticos. Elstos- quistes 
corresponden a una desgarradura del hígado más o menos profunda. La san- 
gre contenida en ellos es más o menos fluida o como la jalea de la gro- 
sella, espesa y muy coloreada. Diremos de paso que el observar la cápsula 
de Glisson intacta es bastante raro. 

Estudio clínico. — Interesantes son los casos clínicos, pues es muy difícil 
hacer el diagnóstico diferencial con los quistes hidatídicos del hígado, sobre 
todo, a veces, como en nuestro caso segundo en que la intradermorreacción 
de quiste hidatídico fué positiva y el equilibrio leucocitario en los dos casos 
dio una moderada eosinofilia (S por ico). 

Sin embargo, en el s^:undo caso se hizo diagnóstico de probabilidad de 
quiste hemático de hígado dando suma importancia al antecedente del trau* 
niatismo. La sintomatología' se caracteriza por los siguientes síntomas^: 

Dolor. — Este síntoma se caracteriza por ser sordo, profundo, continuo, 
c brando en la región del hipocondrio derecho e irradiándose hacia el ombligo, 
apéndice xifoides o espalda derecha como en el cólico hepático. 

Para Boyer, el dolor en la espalda estaría en relación con la cara cón- 
cava. Este dolor en los quistes hemáticos se acentúa con la respiración y 
con el esfuerzo. La ictericia en estos casos es muy rara. 

El hipo ha sido observado en algunos casos de traumatismo de hígado, 
simulando quistes. 

OwEN ha pensado que se observaría en los formados a expensas de la 
cara convexa del hígado, teniendo en cuenta su vecindad con el frénico. 

La resinración es corta, penosa, acelerada; los enfermos ponen en juego 
los músculos respiratorios accesorios y ensayan de inmovilizar el diafragma, 
donde las contracciones son dolorosas y cuyo juego puede ser obstaculizado 
por el mecanismo abdominal. Por lo general, estos enfermos se observan con 
el cuadro de un chocado, es decir, con palidez, hipotermia, pulso acelerado e 
hipotenso, vómitos, náuseas. Nuestro segundo enfermo fué visto con un 
cuadro alarmante, con tma defensa exagerada de los músculos del hipocon- 
drio deecho, con anemia, palidez, sudores fríos, que hizo pensar en el primer 
momento en una hemorragia del hígado. 

En el examen de orina suele haber pequeñas cantidades de pigmentscoión 
biliares y, a veces, gluoosuria pasajera. Los enfermos pueden tener, a veces, 
agitación, insomnios, delirios, etc. A estos síntomas suelen agregarse trastor- 
nos digestivos, lengua saburral, náuseas, vómitos biliosos, constipación, etc. 
La temperatora suele ser a veces subfebril como en nuestro segundo caso 
c^ic oscilaba entre 37,5 y 37,8, llamando la atención que cada vez que era 
movilizado y Jtercutido al ser examinado la temperatura subía, así como 
también aumentaba el dolor. 

Respecto a los signos físicos, se constata aumento del volumen del hígado 



de matidez y se manifiestan inmóviles. 

Respecto a las reacciones biológi< 
k intradermorreacción positiva, y la 

■ A título ilustrativo podemos 



hidatídico. Las bases pulmonares daú ¡t 



de la. bibliografía extranjera 



Caio de Rausted.- — La cápsula de Glisson de la convexidad del hí( 
tiene la forma de an quiste, aumaitada por una hemorragia y presenta 
ca del borde anterior del órgano una niplura de medio centímetro de li 
por la cual salió medio litro de sangre liacia el abdomen; por debajo de 
cápsula, levantada, la cúpula hepática está ro-ta. Los síntomas graves áeV 
primer momento desaparecieron pronto, el pulso se Via puesto más lento y 
más fuerte. 

Se produjo im colapso por la presión, aumentó el hematoma y estalló. 

Coso de ScHUcnAnuT,.— Se trata de un paciente gue recibió una coz de 
caballo contra d hipccondrio izquierdo. El único síntoma objetivo era una 
aceleración y pequenez de pulso, L03 dolores de ¿aparecieron con el trata- 
miento expectante; pero a los ^ince días reaparecieron con gran brusquedad, 
empeoramiento del estado general, abombamiento del ejiigastrio que da lugar 
a una laparotomía. 

El abdomen superior estaba Heno de sangre que provenía de una cavidad 
del tamaño de una manzana, llena de coágulos. Este hematoma, antes cerra- 
do, había estallado. 

Caso de Biek. — Mencionado en la dbertación de Ady, Se trataba de una 
muchacha de nueve años, que se había caído, golpeándose el hipocondrio de- 
recho y el abdomen sobre un pasamanos de escalera. Hasta los catorce días 
del accidente iba a la escula sin ninguna molestia, hasta que el décimo quin- 
to día sintió fuertes dolores en el lado derecho, falta de apetito, pesadez ge- 
neral, etc. 

El abdomen se presentaba abombado y muy doloroso a la presión. Ti 
bien se presenta meteorizado. 

En la laparotomía que se efectuó tres semanas después corría sangre 
gruzca del abdomen, la mano penetraba en una cavidad profunda del 161 
hepático derecho, llena de coágulos de sangre y fragmentos de partlf 
hepáticas. Curó a los dos meses. 

Coso de Lecerf,— Descrito por Adleh (fr. vereisiftg d. archivs BerUt 
13 de julio de 1891 ; Deutsche tned, vochenschr, 1892, núm. 2, pág. 38. 
ración transpleural. Curado. 

Caso de TiETZE.— Un níBo de siete años contrajo con una caída del cual 
lo piso una contusión de la cara, una fractura del brazo y muslo. Dolor fuer- 
te en e! lado derecho del abdomen- Timpanistno. Pulso 110, tenso. Durante 
tres días albúmina y glucosa en la orina. Saltaba a la vista la palidez y la 
frecuencia del pulso (120 a 130). A los catorce días se presenta un tumor 
en la región del hígado. Este, aumentando de volumen, es muy doloroso S 
la presión. Exudado pleural e infartos pulmonares derechos. Fiebre irregular 
y sin ictericia. 



I 



.-— y- 1^>-. -•»*«•* >^ •> ••"* 



— 43 — 



Como se había supuesto abceso subf fénico; al mes y medio se le abrió 
el séptimo espacio intercostal y diafragma. Ningún abceso. La punción dio 
por resultado en una profundidad considerable, un quiste con un líquido acuo- 
so sanguíneo. Curación larga de tres meses. 

En los boletines sanitarios del ejercita prusiano hay series de casos 
no operados con contusión hepática, curado^, y en los cuales, durante algún 
tiempo, el hígado o un solo lóbulo aumentaba de volumen Boletín, 1892-1894, 
página 124; 1899-1900, ipág. 95). Probablemente se ha tratado de rupturas 
centrales cerradas, así como en el caso 29 de Hagem (Atti dei XI Confresi 
Med, Intemaeionale. Roma, 94, Voluraten IV, 1895, núm. 25). Transpleural. 
Curado. 

DoRAk ha curado un pseudoquiste unilocular: quiste grande después de 
un traumatismo de tres años, que ocupaba el lóbulo cuadrado y toda la mitad 
izquierda del lóbulo derecho, por abertura y drenaje. El quiste contenía me- 
dio litro de bilis verde. 

O'CoNNOR ha operado ocho meses después de un golpe recibido de un buey 
un hematoma intrahepático grande. 

Lahr ha visto producirse una peritonitis mortal a consecuencia del esta- 
llido espontáneo de una hemorragia enquistada. 

Grasser, en la disertación de Oberhofers, ha encontrado supuración de 
tina hemorragia enquistada que contenía tres secuestros hepáticos después 
de más de un año de traumatismo. 

MooR y ScHOMLORM (discrtacióa de Daüer) han observado dos hemorra- 
gias subfrénicas enquistadas. 

Tratamiento. — En nuestra opinión, el tratamiento de elección es el quirúr- 
gico, sobre todo cuando los quistes adquieren gran volumen, pues la espec- 
tación prolongada, que puede conducir a la curación por reabsorción del 
mismo, entraña un peligro para el enfermo por las posibilidades de ruptura, 
como se ha constatado en varios casos. 

La vía a elegir está supeditada a la localización del mismo. Nuestras dos 
observaciones fueron abordadas por vía transpleuro-diafragmática. 

Se puede cerrar la brecha sin drenaje después de vaciado. En nuestra pri- 
mera observación dejamos un pequeño tubo dttrante cuarenta y ocho horas 
que no retardó la curación y que permitió salir la última parte del contenido. 
Esta (precaución fué tomada a causa del gran tamaño del quiste. 

La anestesia local es suficiente. 

1 H. G. MOGENA 



H- SCHULTZ.— Téonloa de la pslooterapla. Medicina Germano-Hispano- 
americana, n&m, 4, 1926. . 

Psicoterapia no quiere decir tratamiento de los síntomas psíquicos, pues 
nosotros comprendemos en ella todos los métodos psíquicos destinados a 
influir terapéttticaiiiente sobre el individuo enfermo. Puede ocurrir que un 



síntoma físico sea de origen tan acentuadamente psíquico, que únieamente 
rueda mejorarlo, o curarlo— en los casos favorables—, una influencia psi- 
tiuica, como podemos comprobarlo especialmenic en todas aquellas enferme- 
dades funcionales, en el amplio sentido del concepto, ya se trate del asma, 
de una neurosis cardiaca, de jaqueca, neurosis gástrica o intestinal, pru- 
lito, etc. Mas también tiene considerable importancia la faceta psíquica de 
algunas enfermedades graves de carácter indudablemente orgánico, en las 
i|ue, empleada la psicoterapia con oportunidad, se obtienen tan sorprendentes 
residtados, que no podemos menos de lamentar amargamente que se aban- 
done esta esfera de acción en manos de curanderos que saben sacarla gran 
provecho. Como en un articulo de cortas dimensiones es muy difícil ex- 
plicar toda la técnica de la psicoterapia hemos de limitarnos a someras indi» 
raciones sobre los puntos más esenciales. 

La pucDterapia concebida en el sentido critico y universal que sietni 
la he concedido (t), no deberá limitarse jamás al' empleo parcialista de 
método, pues habrá de abarcar según el estado y circunstancias del 
íérmo la hipnosis, la autosugestión y sugestión a distancia, el tratami 
por loa ejercicios (psicoterapia racional), la psícocatarsís y el psicoanálí 
L-n sus distintas aplicaciones. 

La técnica de la hipnosis es muy fácil en prindpio. Se reduce 
sin forzar al enfermo, provoque el médico un estado de relajación o 
dono interno y de pasividad, con completa entrega de su conducta 
sentativa e ideatíva para que sea dirigida médicamente. Ya han 
para siempre los tiempos de los milagros del hipnotismo. Sabemos 
aquella parte de la hipnoterapia que antes se denominaba sugestión 
es lo destciro en la conducción e influencia sobre el hipnotizado. Por 
"la general no es índifrnt que el hipnotizado se sumerja en un stieño 
timdo propiamente dicho y después no recuerd; nada de lo ocurrido, 
tras permaneció dormido, o que no llegue a alcan/ar este grado de su 

Por regla general, sólo se persiguen estados de hipnosis en a 
5 en que queremos adueñamos' de la sensibilidad del sujeto para 
n:nado5 objetos; por ejemplo, para, efectuar operaciones o suprimir el do! 
m él parto, mediante la provocación de un estado de hipnosis pura. 

r buenos resultados duraderos se concede en la técnica general 
s poco valor a la profundidad de sui'ño alcanzada en cada seut 
y en cambio s! que lo concedemos a la frecuente y suficiente repetida 
del tratamiento hipnótico. 

Los buenos resultados de la hipnosis es deben al trabajo constante 
de larga duración y a pprescíndií; de toda superchería; nada de m^ia 
de prestidigjtacíón. 

En algunos casos preparamos la provocación de la hipnosis expli 
a lo9 sujetos dotados de cierta cultura el proceso del fenómeno, adaí 
donos como es consiguiente a sui inteligencia. Insistimos cecea, del enfi 
en que carecemos de una fuerza poienle y misteriosa, y (pie en 
o tratamos de desposeerle de su libre albedrioj o forzársele, pues 

íi) Víase la obra del autor Seeíischf KveutienbehcHdlung, 3." «d., 



1 

mte ^ 



-45 — 

« 

^ólo nos servimos de la hipno$is para encontrarnos ante un estado en que 
:sea eficaz la sugestión. 

Aclaramos que la sugestión en estado de hipnosis es mucho más eñcaz 
«que la sugestión en estado de vigilia, particularmente sobre la esfera 
somática, pero que el verdadero núcleo de la personalidad escapa a su 
influencia, en forma tal, que las sugestiocües jamas son tan eficaces que 
mduzcan a obrar en contradicción con la intima conciencia del individuo. 
Hechas las precedentes aclaraciones, en modo alguno esperemos, sino 
-que hemos de proceder inmediatamnte a intervenir con la mayor naturali- 
•ddd e ingenuidad que sea posible. Esta parte de la técnica, la "prepara- 
ción psíquica", puede facilitarla el médico entregando a las personas cultas 
^bras apropiadas para que las lean (i). En los enfermos incultos y pocos 
inteligentes nos limitamos a unas palabras de iniciación, indicando, por 
ejemplo, que mediante el sueño queremos calmar los nervios, lo cual 
levanta las fuerzas, alivia los dolores, etc. Si la inteligencia del enfermo 
no es de grandes alcances, y, por lo tanto, no puede comprender otra cosa, 
1^0 tengo inconveniente alguno en hablarle de magnetización, o de un 
tratamiento mediante pases magnéticos, caso de que esto sea lo que com- 
l>renda mejor. 

El médico experto en el tratamiento hipnótico hipnotiza sean las que 
-sean las condiciones del medio ambiente en que tenga que ejecutar su 
trabajo. Los colgas con poca práctica y experiencia hipnótica hacen bien 
*en caudir si ello les facilita la provoocación del fenómeno, a colocar el 
enfermo ea un cuarto tranquilo, poco iluminado, sentándolo en un cómodo 
s'llón, sobre lo que he de advertir, por ser lo que únicamente tiene im- 
portancia, que cabeze y brazos deben de descansar cómodamente. 

Colocadoi el enfermo en la /forma que acal)amos de indicar se le invita 
a que mire fijamente un obpeto, o los ojos del médico, comenzado en- 
tonces nuestras • manipulaciones sugestivas por frotes lentos y regulares 
•de los brazos, describiéndole con voz persuasiva las sensaciones que debe 
-experimentar: "Permanezca completamente tranquilo. Su cuerpo se volverá 
-poco a poco más pesado, cansado y caliente. Observará cómo se fatigan 
los ojos, cómo siente esta ligera presión que ejerzo alrededor de los ojos, 
cómo los párpados se van cerrando. Cada vez siente más la necesidad 
-de cerrar los ojos. Cada vez se sentirá más cansado y somnoliento. Está 
usted completamente tranquilo, pesado, cansado." 

Por regla g?eneral, muy( pronto se cierran espontáneamente los ojos 
del enfermo, frecuentemente después de haber parpado antes; caso de 
tardar en producirse esta reacción, pasamos suavemente la yema del dedo 
pulgai* por la frente de arriba a abajo, empujamos el párpado hacia abajo 
y cerramos el ojo del sujeto mientras afirmamos con acento de convicción: 
** Ahora se hallan los ojos fuertemente cerrados", 

Bien pronto observamos que el enfermo relaja su musculatura y 
tnaatiene pasivamente la actitud en que se halle colocado, en la que per- 
ánanec tranquilamente sin neoesidod de cambiar su posición mediante 
inoviinientos activos. Se observa, con frecuencia, que en este estado de 
tir'paosis ligera que los enfermos mantienen fácilmente y sin fatiga, durante 
floras, la actitud que se haya impreso al cuerpo. También desaparece la 



I 

I 




ni)tí¿li de eapacio y tiempo, en íoima tal, que despertado e! sujeto ai cabo. 
(fe cuatro horas creen que solamente han transcurrido pocos miautos, fenó- 
meno' de gran importancia para utilizarlo con objeto de interrumipir hábitos 
nocivos (nicotoina, ttiorfina). 

Para consefruir grados más profundos de hipnosis se reduce paulatina- 
mente el campo de la conciencia insistiendo el médico en las sugestiones : 
"Cada vez sentirá más sueno, se encontrará más fatigado. Ya no oye- 
nada de lo que octirre alrededor de usted. Ya no me oye hablar. Cada~ 
vez duerme usted más profundamente". 

No 6Ób tiene importancia psicoterápica el método de provocar la 
hipnosis, sino también, acaso mayor, el modo de despertar al sujeto. La 
técnica exige imperiosamente que se borre completamente la huella Be- 
toda sugestión cuya persistencia y actuación ulterior no deseemos, pucfcj 
en caso contrario, el individuo las conserva durante estado de vigilia. Nos^-I 
referimos, principalmente, a las sensaciones de cansacio y relajación mufr; f 
cular, que caso que no se tas haga desaparecer con todo cuidado durantft m 
el sueño, muchas veces provocan fácilmente estados, que persisten semanaSi, J 
enteras, etc., que he descrito detalladamente en mi trabajo "AteracÍone$.C 
de la salud consecutivas a la hipnosis" (MAnnoLU), Halle, 1922). 

Al emitir las aueestiones deben éstas formularse en tal forma, que ii i 
enfermo se encaje en ellas realmente. En casos muy raros basta c 
orden o prohibición simple. Las sugestiones deben de ser demostrativas*! 
ly posibles de experimentarse. Por ejemplo, deseamos que desapareí 
una taquicardia tóxica. En la mayor parte de los casos no bastará 
manera alguna con asegurar al enfermo que su corazón late tranquilamente 
sino que es necesario concentrar la atención del enfermo sobre el feod-l 
meno de la actividad cardiaca, mediante repetidos e insistentes requeri-^a 
mientos para que dirija !a atención en este sentido, con objeto de por^'3 
decirlo así, "sensibilizar" el corazón. En casos de esta naturaleza poden 
proceder poco más o menos del modo siguiente: "Usted siente, i 
momento, las sacudidas producidas par las contradicciones de su corazón t 
plena actividad, percibe claramente las pulsaciones de su corazón, r 
nota perfectamente los latidos, no hay duda de que late su corazón... percibe 
ahora que las pulsaciones son más lentas y tranquilas... aun muchos tniftV 
tranquilas, más regulares... continúan completamente tranquilas y regulaTi>B 
res". Este problema lo conocían muy bien los antiguos hipnotizadores, 
noniinádolo "redacción de la suficstión" que, como se comprende, debe de-1 
modiñcarse según los c 

Gracias al genial neurólogo e investigador Óscar Vogt sabemos, desde' 1 
1S990, que enfermos juciosos y razonables pueden ser educados para qnel 
se provoquen la hipnosis en su domicilio, y, por consiguiente, puedan titili- I 
sarla. Se le denominó método aiilohipnólico o autasagestivo, por desgrad&tj 
desacreditado en la actualidad por los profecías profanos de la escuelai.J 
(te Nancy desprovistos de juicio c 

Las maniobras sugestivas generales desempeñan en la práctica médica u 
papel mucha más importante del que creen muchos médicas. En principiO>fl 
siempre deben de ser elaboradas en forma de que todo intento de ii ~ 



— .47 — 

sugestiva se relacione sólo con órdenes racionales (sugestión racional lar- 
irada). 

La psicoterapia racional comprende todos los métodos médicos gene- 
rales educadores e instructivos, prestando marcado carácter pedagógico 
y, por tanto, es opuesta a os métodos más bien hipnotizados y articiales, 
liallándose basada sobi^ principios y métodos lógicos. 

, Poco podemos decir en pocas palabras de la técnica especial de estos 
métodos, por lo cual vamos a ocuparnosi de una de las ramas más jóvenes 
^e la psicoterapia, dd psicoanálisis. 

El método psicocatártico consiste en provocar un estado de hipnosis 

y despertar entonces los recuerdos que, más o menos subconscientemente, 

'«se hallan relacionados con los síntomas morbosos, con objeto de des- 

. prenderlos de las tensiones emotivas adheridos con los últimos, a fin de 

<\vie sean accesibles a una elaboración consciente. . t , 

Supongamos que se trata de un caso de diarrea nerviosa en una en- 
ierma. Provocada la hipnosis recordamos a la enferma el síntoma y la invi- ' 
tamos a que nos comunique cuantos recuerdos se vayan despertando. Por 
regla general, primeramente nos refiere los episodios de la última crisis 
•que ha sufrido, y luego, poco a poco, recuerda acontecimientos pasados 
-cada vez más lejanos. Por nuestra parte, insistimos para que recuerde más 
acontecimientos, observándose que paulatinamente se olvida la enferma de 
repetir datos sobre su enfermedad y que, al fin, se llaga a obtener datos 
tle la sensación inicial, poco más o menos en la siguiente forma: "Ahora 
ine encuentro en mi despacho. Ahora suena la campana... debo acercar- 
me al jefe porque siempre tengo miedo de que me reprendan... el jefe 
siempre es muy seco conmigo... ahora se repiten los dolores de vientre... 
me acuerdo en este momento de cuando iba a la escuela... desearía salir al 
retrete, pero temo pedir permiso... tengo dolores de vientre." 

En realidad se observa, con mucha frecuencia, que síntomas comple- 
^l^mente orgánicos desaparecen en el momento en que se comprueba y 
rsuelve el complejo psíquico a ellos unido. La psicoctarsis debe efec- 
"tuarscí en estado de hipnosis ligera, no en estados profundos acompañados 
de amnesia, pues en este caso sabemos, por experiencia, que la amnesia 
acarrea frecuentemente falseamiento de los recuerdos. 

El psicoanálisis propiamente dicho persigue a misma finalidad que la 
psicocatarsis, pero en estado de vigilia. Por esta causa es muy frecuente 
tjue los síntomas sean más rebeldes por hallarse relacionados con cualquiera 
•aspiración de la subconsciencia. Por ejemplo, un paciente no puede co- 
mer porque el movimiento de la boca y de la lengua se hallan relacionados 
•en la subconsciencia con las prohibitivas. El individuo se halla firmemente 
persuadido de que a él no le está "permitido** sanar, porque subconsciente- 
mente desea la enfermedad y la muerte de individuos odiados. No puede 
ponerse de acuerdo con su cónyuge porque subconscientenrente no puede 
-desligarse de sus padres. El objto perseguido por el psicoanálisis es descubrir 
estas ideas subconscientes y guiar su elaboración consciente. 

Los principios técnicos del psicoanálisis son muy simples: según las 
* reglas psicoanalíticas *' no es preciso que los enfermos conversen con 
pensamientos y recuerdos sin juzgarlos ni que falte detalle. 



— 48 — 

lA experiencia nos dice que en este experimentó de "asociación lit>re'^ 
se detiene el individuo precisamente cuando la imaginación roza BtíMh- 
Clones át eipedal importancia. La totalidad de los conflicto^ que el Indi-^ 
viduo ha tenido con «1 medio «e deiiarrollftñ de ette modo en el campcK 
de ia conciencia, ^ea la vida instintiva en su forma primitiva o lunpUadt^ 
(SiGMUND Freund), O el valor y combatividad «n la vida social (Altiúb^ 
ADLES) o el cmicepto del mundo y el desaffollo psíquico (C, G. Jvkg) <v 
todos eftos conflictos y alifunos otros que acepta el autor. Esperamoofc. 
ocupamos en otro trabajo de algunos puntos de la técnica psicoanalitica (t)«.. 

j » aa* 

(l) Véase la obra del autor Manual de Técnica Psicoterápica, Berlín^ 
Fischer» 1924. 



archivos de medicina 
cirugía y especialidades 

Tomo XXV g ^ octubre de 1 926 JV*^ YIL 



OONOCimiÉNTOS RECIENTES SOBRE LA ETIOLOGÍA DE 

LA ESCARLATINA 

por 

Aoh lile Urbal n 

del Instituto Pastear 



Las investigaciones sobre el virus de la escarlatina han sido 
objeto, durante estos últimos años, de numerosos trabajos, prin^ 
cipalmente por parte de los bacteriólogos italianos y americanos. 
Lb etiología de esta afección ha sido considerada de una manera 
muy diferente por estos últimos autores. 

La escuela ilialiana, con Di Cristina, Caronia y Sindoni, De 
v'^iLLA, PollitzEr, etc, admiten que el agente patógeno de la es- 
carlatina es el diplococo de Di Cristina, germen muy pequeño, 
que se encuentra en el límite de la visibilidad. Parece que este mi- 
crobio se encuentra sien^re en la sangre, medula ósea y líquido 
cefalorraquídeo de los escarlatinosos en, período exantemático, y 
<|Uie no se encuentra en los sujetos curados o convalecientes de es- 
carlatina, ni en los sujetos sanos. Sólo brota, en estricta anaercf- 
biosis, en el medio complejo de Tarrozzi Noguchi, que contiene 
líquido de ascitis y fragmentos de órganos de cobaya o de conejo. 

La inoculación intravenosa de cultivos del diplococo de Di 
Cristina a conejos provoca una enfermedad caracterizada por 
adeilgazamiento, enrojecimiento de la piel y mucosas y descama- 
ciones. Puede manifestarse una enfermedad muy parecida en este 
mismo anknal por la inyección intravenosa de sangre de escarla- 
tinosos en período agudo. 

En am.bos casos la enfermedad experim-ental de los conejos de- 
pende de un microorganismo idéntico al aislado en los escarla- 

tincísos. 

• CaÁONia y SiWdOni parece q¡ue han conseguido provocar una 

cscárlstíína típica' en' cinco niños convalecientes de sarampión por 



— so- 
la incKulación subcutánea de cultivos de génueiies aislados 
teiiieiite. 

Las reacciones de aglutínadón y de desviación de! complemen- 
ta efectuadas con él suero de enfermos o de convalecientes de es- 
carlatina, o con suero de animales infectados experimental mente,, 
dan resultados positivos en presencia de un antigeno constituido por 
una emulsión de gérmenes de Di Cristixa. Y cosa, todavía más 
curiosa: el suero de los escarlatinosos, o de los conejos infectados, 
fija el complemento no sólo en presencia de esta emiüsión micro- 
biana, sino también frente a un aiitigeno constituido por escamas 
de escarlatinosos. 

Según Caronia y Sikdoni, el microorganismo de Di Crist.na 
pasa seguramente en un periodo determinado de su vidfe por una. 
tase ultramicroscópica, porque han podido obtener este germen 
partiendo del filtrado de mucosidad faríngea de enfermos e in- 
cluso deÜ filtrado de los cultivos. 

Por medio de cultivos de este microbio los autores ita]iano»_ 
habrían obtenido una vacuna cuyo valor profiláctico estaría 
firmado por algunas estadísticas, y en particular por las de Slj 

IJONl, PfATTtl.r, jACOItOVICS, ROMANO. CtC. 

Por último, De Villa, Polutzek y Rapisardi, inyectando 
el dermis pequeñas cantidades de emulsiones de cultivos muertos 
o fiitrado de cultivo, obtienen en muchos niños que no han sufrido 
la escarlatina una reacción especial, que se caracteriza por el enro- 
jecimiento e infiltración; esta reacción no aparece en los sujetos 
convalecientes de escarlatina o curados de esta afección desde hace 
algún tiempo. 

Estas investigaciones, aun cuando muy minuciosas y bien 
rígidas, no parecen haber convencido, fuera de Italia, a muí 
bacteriólogos. 

Por mi parte, en el curso de experimentos todavía inéditos ul 
liíando la técnica de Di Cristina, no he podido obtener, partiei 
de la sangre de escarlatinosos, hemocultivos positivos. 



ano^^ 
c(d^| 



En oposición con las investigaciones de la escuela italiana, 
sabios americanos DocHíiz, G. F. EírcK, G. H, Dick y Zingher, 
" etcétera, admiten que el estreptococo hemolítíco aislado de las le- 
siones escarlatinosas es el agente patógeno de la escarlatina. He 
aquí resumidas las principales conclusiones a que lian lle|_ 
Existe una raza específica de estreptococos heraolíticos aislados i 
la garganta o de las lesiones escarlatinosas. Si se inocula al hoi 



— 51 — 

bre o a los animales un ailtivo de estos estreptococos, se provoca 
la aparición de la enfermedad. En los sujetos receptivos la toxina 
obtenida, por la filtración de los cultivos del estreptococo escarla- 
tinoso provoca todos los síntomas de la escarlatina y los inmuniza, 
inyectada en el dermis, diluida al i por i.ooo, o más, esta toxina 
da lugar a una reacción positiva en mis sujetos receptivos (reac- 
ción de Dick), y no provoca ninguna reacción en los sujetos no 
receptivos: convalecientes o curados de escarlatina, etc.; es decir, 
en aquellos cuyos humores contienen una antitoxina capaz de neu- 
tralizar in vivo la toxina escar latinosa, (i) 

Además, el suero de los convalecientes o de los sujetos inmu- 
nizados por la toxina, así como el de los animales tratados por el 
estreptococo hemoütico, neutraliza la toxina estreptocódca in vi" 
iTO, Por último, el suero de caballo inmunizado con el estreptococo 
escadatinoso influenciaría muy favorajblemente el desarrollo de la 
escarlatina. 

Basándose en estas observaciones, consideran los autores ame- 
ricanos la escarlatina, como una toxemia y no como ima septicemia 
debida a un virus filtrable. Para ellos, el estreptococo hemolítico 
cscarlatinoso sería el agente específico de esta afección. 

* * * 



Consecutivamente a estos importantes trabajos muchos bacte- 
riólogos de todos los países han confirmado o rechazado las in- 
>estígaciones de los sabios americanos sobre el estreptococo escar- 
}atinoso. 

^Chr. Z,oellEr ha introducido en Francia la reacción Dick y 
buscado la confirmación de la teoría americana sobre la etiología 
ae la escarlatina. Si bien en el conjunto y la mayoría de los casos 
los hechos recogidos por este autor concuerdan con la hipótesis dd 
papel patógeno dd estreptococo, existen también algunos casos 
discordantes, que sólo podrán ser explicados por nuevas investi- 
gadones. Zoeller ha demostrado que en la raza amarilla la r€H 
accíón de Dick es rara vez positiva, cosa que va de acuerdío con 
la noción epidemiológica de la inmunidad de los amarillos hacia 
la escarlatina. 

Recientemente Charles Nicolle, E. Conseil y P. Durand 
habrían reproduddo la escarlatina en un sujeto voluntario por 

(i) Aquí se trataba, pues, de una reacción de receptividad hada la es- 
carlatina, oamparable a lo que es la reacdón de Schick para la difteria. 



i 



una inoclílacióii inlraamigdalina de un cultivo de eatrepvtococo 
lado de un caso de escarlatina. 

Por dio llegaron a la conclusión de que el estreptococo escar- 
laíínoso es, en efecto, e! agente de esta afección. "Toda discusión 
'resulta inútil a cstc respecto", dicen, y la vacunación preventi' 
contra esta enfermedad se impone, por consemencia, en las coa- 
iliciones formuladas por G. F. Dick y G. H. Dick. 



I 



Algiuios sabios polacos: Brokman, Fiíjgin, Herzfeld, Mayz- 
nEr y pRzESMiCKi, lian controlado los resultados de las experien- 
cias de los autores italianos y americanos iitiiizatido sus técnicas. 

En una primera serie de investigaciones han practicado 
acción de Dick eu seiscientas personas, y lian confimiado ciertas 
conclusiones de los sabios americanos : sensibilidad a la toxina del 
estreptococo escarlatinoso de los sujetos respectivos, aparición de 
la antitoxina en el organismo de tos convalecientes, aparición de 
!a enfermedad únicamente en las personas sensibles a la toxina, et- 
cétera. Por último, de cuarenta y un sujetos inoculados con lii 
ttucina con las dosis indicadas por Dick, treinta y tres han sido in- 
munizados. 

Luego, con el fin de estudiar el parentesco biológico que pu- 
diese existir entre el estreptococo escairlarinoso y el germen de Di 
(Jristina, los autores han utilizado dos métodos : el de las reaccío- 
ijes cutáneas y el de la imiiuiiidad cruzada. 

Primero han comparado los resultados proporcionados por las 
reacciones de De Villa y de Dick. Observaron que en cincuenta 
casos en que se efectuaron simultáneamente estas reacciones si^o 
se obtuvieron resultados positivos concordar.tes tres veces. Por úl- 
timo, en catorce casos en que han empleado para la inmunización 
!a vfijcuna italiana, quedaron sorprendidos al observar la aparición 
de la antitoxina estreptocócica en ocho de ellos. 

Por ello, en una segunda serie de experiencias han buscado cuál 
podria ser la relación que parecía existir entre la vacuna de Ca- 
KONiA y el estreptococo escarlatínoso. 

La vacuna italiana está constilfuida por im cultivo deí germen 
<X^ Di Cristina en medio Tarozzi-'Noguchi. Aliora bien, este nie- 
_3iQ contiene líquido de ascitis y tejido animal machacado : bazo, hí- 
gado o riñon de cobaya o de conejo. ¿Qué es lo que producía, la 
aparición . de la antitoxina estreptocócica después de la inyección 
de la vacuna de CarOnia? ¿Eran los gérmenes o las partes consr 
lituyentes del medio? He aquí muy condensados los resultados que 



„- H 



— sa- 
lían obtenido lo§ ^.utores polacos en el curso de sus investigacio- 
pes: el suero de conejos inmunizados, bien con el medio TAR0Z2ti-' 
íSOGUCHi '*no sembraba*' y bien con !a vacuna antiescarlatiñosát, • 
ag-hitina en ambos casos a la misma proporción (de i por 646 a 
I por 2.560) eí estreptococo. 

Lo$: sujetos que tienen reacción Dick positiva inmunizados con' 
la vacuna o con d medio de ^cdltivo, presentan ulteriormente una' 
reacción de Dick n^ativa y su suero aglutina el estreptococo. 

El suero de dos conejos vacimados con la ascitis del medio Ta- 
Rüzzi-NoGUCHi no lia aglutinado el estreptococo escárlatinoso. 

Por último, el suero de conejo inmunizado con la vacuna antiés- 
carlatinosa o con ios órganos machacados de Cobaya neutraliza in 
viiro la toxina esfreptocócica. 

Resultaría,. piie$, de estas experiencias que los anticuerpos que' 
aparecen consecutiva/mente a las inyecciones de la vacuna de Cá- 
KüNiA, se hallan únicamente bajo la dep!en4encia de los órganos d¿' 
cobaya que c(>ntíen^ esta vacuna y no tienen ninguna especificidad 
hacia el estreptococo escárlatinoso. No se puede uno, pues^ fundar 
en su presencia para decir que existe un parentesco biológico entre 

este germen y el diplocooo de Di Cristina, 

■ » 

* * * 

¿ Qué conclusión debemos aprovechar de esta larga nota ? ¿ A qué' 
agente atribuir exactamente la escarlatina? 

Fuera de los sabios italianos no parece que el diplococo de. Di 
Cristina sea considerado por la mayoría de los bacteriólogos como. 
el germen especifico de esia enfermedad. 

Por otra parte, el origen estreptocócico de la escarlatina está 
lejos de ser admitido por todos los autores que se han ocupado de 
la cuestión. Los mismos G. F. Dick y G. H. Dick han conferido 
la enfermedad utilizando dos grupos diferentes de estreptococo he- 
molítíoo. 

Además no siempre es posible reproducir la escarlatina con el 
estreptococo hemolitíco, aislado de la garganta de los enfermos. 
Por el contrario, Grunbaum, Casagrandi, Cantacuzéne, Ber- 
NHARDT, Landsteiner, Levaditi y Prasek han conseguido pro- 
vocar la escarlatina en monos uitilizando sangre, líquido pericar- 
díaco y moco fáríng-eo tomado de los enfermos. Bétrnhardt ha 
probado de una manera segura la filtrabilidad del virus escárla- 
tinoso. ,. . 

Recientemente Zlatogoroff, Derkatsch y Nasledyschewa 
han coníiTmado que el agente susceptible de provocar la esca.Tlatóxv^ 



p.Nperi mental se cncu-eiitra en la cavidad bucal, la sangre y los 
ganos internos de los enfermos, y que atraviesa los filtros (vil 
íiitrable). Esta enfermedad experimenta! pusde ser reproducida 
sólo por este virus filtrable, sino también por el estreptococo he- 
moHtico aislado de los mismos producios patológicos, teniendo el 
virus escarÜatinoso el poder de fijarse .sobre este germen y de con- 
lerirle así las cualidades antigenas observadas por los autores. 

Cantacuzéne y Bonciu han hecho observaciones semejantes. 
Poniendo en contacto de un filtrado de orina o de exudado farín- 
geo tomado de un es car-latinos o, un estreptococo banaj le hacen 
susceptible de ser aglutinado por el suero de un escarlatinoso. Todo 
pasa, dicen estos autores, como si este gemien encontrase en estos 
filtrados algtmos dementes específicos absorbibles capaces de cor 
ferirles. después de la absorción, una agliitinabilidad, que. por 
dem/is, persiste hereditariamente. 

R. Martin y A. Lafaille han confirmado enteramente 
hechos. Además han observado que, colocando otros microbios (< 
tafilocooo, bacilo pseudo-diftérico, bacilo de Ekerth) en condicio- 
nes de cultivo idéntico, podíaii adquirir las niisraas proipiedadea, y 
que se volvían aglutinables por el suero de convalecientes de 
carlatina. 

Para concluir, admitiremos, pues, que el agente de la escat 
tina es iin virus filtrable, desempeñando el estreptococo hacia eí 

ÁS el pape! que desempeña el estafilococo hacia d virus afti 
(Vallée). 

Este papel de vector del virus de la escarlatina parece que 
Kén pertenece a otros microbios. 

¿Pertenece también al germen de Di Cristina? La experii 
Lidón ha de demostirarlo. 






bibliografía 



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Medie, 13 janv. 1926. 

(Escrito expresamente para Archivos de Medicina, Cirugía y Espe- 
cialidades). 




Cuando Faiíraeus comunicó a la Asamblea de CiriijáS 
Estocolmo la llainada reacción que lleva su nombre, señaló sui uffi 
lidad en clínica para el diagnóstico del embarazo; pero pronto b 
'. icieron observaciones que pusieron de manifiesto la falta de í 
pecificidad de la reacción; procesos- genitales ajenos al embarazo 
I ijflamaciones, tumores malignos, etc.), o extragenilaJes fiii[a:,:iij- 
nes, titberculosis pulmonar en ciertos estados, anemias, enfermedad 

"entoj. E. Cesari propuso el primero el empleo de la sedinKjnta- 
' don. Algunos datos referentes a esta cuestión son bien antiguos 
/.Hipócrates). HunteR estudió el fenómeno; más tarde, con 
Hewson, se adelantó en el e se laTes:! miento científico de la cue^ ~ 
tion; luego Johan Muller, Nasse complementaron estos coik 
cimientos, E. Cesari propuso el primero el empleo de 1e 
lorreacción en veterinaria. Fahraeus la aplicó a ia patología huí 
mana, y él y LtNzenmeier vulgarizaron !a reacción. 

Los hemalíes, su •■-pendidos en el plasma, tienen tendencia c 
dimentar reuniéndose en grupos o agregadcs de diferentes tat 
ños que se disponen en forma reticular. Por los espacios que lift 
tan las mallas, discurre el plasma en dirección contn^ia a la de i 
mesa descendente de eritrocitos. La formación de los agregad^ 
guarda relación con la velocidad de sedimentarse la masa sangt 
nea. 

Como factores preponderantes de ¡a agrupación y prectpitai 
se han señalado la~s variaciones ocurridas en el plastna o las » 
ficaciones del hematíe. Parece deducirse, resumiendo la cuestión, 
,iíiíe en el plasing. reside /p causa primaria de la reacción, por ¡os . 



— 57 — 

trabajos de Fahraeus, Linzenmeier^ Maccaburini^ Oettingen^ 
etcétera. Nosotros hemos repetido las experiencias de Maccabru' 
.\j, prescindiendo en ellas del factor plasmático y comprobando 
un marcadisimo retraso en la sedirmntación, Mendaza y Vega 
Hazas, estudiando el papel que ctmbos factores juegan, conclu^ 
yen que, ''para una misma cantidad de hematíes*' el plasma tiene 
la mayor importcmcia. Sin embargo, el factor hematíe ha de te^ 
ncrse en cuenta. Descubierta su influencia en la antigüedad, fué 
confirmada por Nasse, Fahraeus, etc., quedando demostrado que 
íttw disminución en la cifra de hem^atíes de un millón, dupUca la 
velocidad de sedimi/entación. Si, por el contrarío, aumenta el nú- 
mero el eritrocitos, entonces sobreviene un alargamiento en el tienp 
po de la sedimentación. .... 

Se da una importancia grande al aumento en el plasma de las 
flucciones globulina (Fahraeus, Salomón) y fibrinógeno (Star- 
UNGÉR, Gramm, Linzenmeier), substancias que elevarían la vis^ 
cosidad plasmática,- Se han relacionado estas variaciones aibumi- 
iioideas con la carga eléctrica del hematíe. La repulsión de los eri- 
trocitos seria función de su potencial eléctrico, a su vez, en reía- 
i ion con Ice carga de las substancias absorbidas en su superficie, 
i^l disminuir la carga déctrica del hematíe, debido a una adsorción 
superficial de fibrinógeno y globulina (substancias de punto iso» 
déctrico más próximo al punto neutro que ei de tas albúminas) 
ocurre el apüamdento de los hematíes y su sedimentación, jugando 
también un papel en la agregación la fuerza de adherencia de las 
^^-ibstancias viscosas, como ha quedado demostrado por los tra- 
^0? de Weste!rgreen, Hober, Linzenmeier y Mónd. 

Se han señalado también en el fenómeno las influencias de la 
colesterina (Kurten) y la lecitina (Linzknmeier, Gyorgy), así 
(-omo del contenido calcico y del cloruro sódico del plasma, a ten- 
sión del oxígeno y del anhídrido carbónico j la cantidad de azúcar, 
etcétera. Se relaciona el fenómeno con el grado de dispersión mi- 
celar de los albuminoides del plasma. El aumento de la globulina 
y d fibrinógeno, de no tan fina dispersión como fas albúminas, 
^ae por consecuencia una tendencia a la fheuhción que se tradu- 
cifn por ima mayor velocidad en la precipitación de los hematíes. 
í í» cambio, el predo/mmio de las albúminas estabiUza el plasma y 
sobreviene un alargamiento de la velocidad. 

Síntesis : Se conocen algunas influencias que intervienen mo- 
edificando la reatcióñ. El hecho primario parece residir en el pías- 
^if(i cd Ocurrir /ay ^modificaciones tisulares, con el predominio en-^ 
tonces de las fracciones albuminoides fibrinógeno y globulifia. 



UDSEKVACIONES CLÍNICAS 



Debemos recordar que, dentro d& tos limites de la normalidad, 
existen amplias oscilacionjes (Ghagert), y que la sangre de mujer 
sedimenta con más rapidez que la del hombre. Una velocidad más 
rílardada que la considerada como fisiológica, no debe interpretar- 
se como indicadora de un proceso patológico, salvo las insuficien- 
cias hepáticas y las diátesis exudativas infantiles. Puede consi- 
derarse un valor anormal en la mujer un tiempx) de menos de i6o 
a i8o minutos (notación Línzenmeiek) ; en el hombre, de seis 
horas. Durante el dia se producen algunas oscilaciones. La peque- 
ña aceleración que se dice e.xiste en la menstruación, no es acep- 
tada por todos. En lo que haioe referencia a la influencia de las 
comidas, pracficanios la extracción de sangre en ayunas y la re- 
acción de 17° a 20° centígradas, ya que la temperatura tiene in- 
fluencia en el distinto grado de velocidad. La técnica y la notación 
empleadas por nosotros han sido las de Linzenmeier. 

Con una jeringa de i c. c. que contiene 0,2 de solnciótt de ct- 
fato sódico al 4 por 100, se extrae sangre de una de ¡as medianas 
del antebrazo hasta completar el centímetro cúbico; la mésela debe 
hacerse con cuddado y sin agitar. Ha de disponerse de tubos de vi- 
drio especiales, de 4 mm. de diámetro interior y de 6,5 cnt. de al- 
tura, la correspondiente arce, esíá marcada con la división O 
por debajo de esta indicación y a la distancia respectiva de 6 mi- 
límetros están marcadas las divisicmes 6,12 y 18. En estos tubos 
s€ verterá la sangre citratada, cuidando de que permanezcan ver- 
tírales e inmóviles en el portatubos en tanto dure la reacción, le- 
yendo los tiempos que tarda el limite hemático en ¡legar a estas 
divisiones, o mejor y más sencillamente, puede esperarse a que 
coincida can la división 18, expresando entonces en minutos el 
tiempo de la reacción. 

En Tisiologia, hemos practirado !a reacción en enfermos con 
distintas localizaciones de la infección, la mayoría de ellos tuber- 
culosos pulmonares. En gran número de los historiados se ha se- 
guido la evolución dei mal lo mismo en los sometidos a tratamiento 
higiénico como en los que se ha empleado el neumotorax, la sano- 
ciisina, eto. En los casos de tuberculosis activa ha existido una 
aceleración que se relacionaba con la gravedad deí proceso. El au- 
mento de velocidad se ha manifestado más intenso en nuestros ca- 
so? de tuberculosis puíníonar. En la forma úícerocasoosa. con ha- 
llazgo de bacflos de Kocli en el esputo y fiebre de 38" y 39" hemos 



— 50 — 

encontrado tiempos variabltes según la extensión e intensidad del 
padecimiento de 12 a 45 miniítos. 

No creetnos que tenga influencia en la velocidad el que la lesión 
^ea abierta o oeraiada, porque en- eníermos con tuberculosis pul- 
monar crónica fibrosa, también oon el hallazgo del bacilo de Koch 
y fiebre de 37'' a 38"*, el tiempo llegó \a 55 y 130 minutos. En las 
tubenculosis pulmonares incipientes, el tiempo de la reacción es- 
taba abreviado. En enfermos con pleuritis tuberculosa con derrame 
^seiTpfiíbriniaso, el tiempo fué dte 25 a 82 minutos; pero debe con- 
signarse que en algunos de estos casos existían' también signos 
pulmonares de lesión. En la peritonitis tuberoulosa el tiempo in- 
vertido fué de 25 a 50 minutos. En el lupus tuberculoso, alguno 
^XMi lesión pulmonar, variaba el tiem-po de 38 a 56 minutos. Con- 
signamos los tiempos! enoontradlos sin pretender crear limites se- 
f^m la localización del proceso. No hemos hallado casos de tu- 
"berculosis pulmonar manifiesta con tiempos normales, que, sin em- 
bargo, se citan (Zadek, Petschacher), aceleración que tampoco 
^se demuestra en la caquexia y la agonía. 

Donde la vekxádad de precipitalción ha servido de verdadera 
lutiHdíad practicándola i^epietidamente, ha sido al seguir la evolución 
•de una tuberculosis somietida a los tratamientos médico (higiénico, 
sanocrisina), o los quiráirgicos (neumotorax). En una comiunica- 
•ción de Ibs señoties R, Mata^ Viar y uno de nosotros a la Acadte- 
Tilia de Ciencias Medicáis de Bilbao, citábamos varios casos some- 
tidob a tratamiento por la sanocrisina, en que la reacción de Fah- 
raeüs había servido de excelente indicador en la marcha de la 
enfermedad, consignando que siendb un dato sintético muy feliz paira 
juzgar la maifcha del proceso, no parecía ser el guía más inDportan- 
le para eJecdón de dosis y patisias entre las mismas, cornüo quiere 
BoGASON. Para nosotros, rosplecto a los resoiltados de los trata- 
íuientos, es miejor indicador que la fiiebre, el peso y los métodos 
•exploratorios dínicos y radiológicos, pudíendo considerarse como 
fórmula o principio general que cuanto menores dfras se obtengan 
tanto más grave se piesenta el prooeso pulmonar, practicando la 
Tealodón con intervalos en d mismo paciente. En el caso especial 
del neumotorax, infonma de la actividad del foco oolapsado en 
las lesioflies umüateraies. A la tercera insufladón, los valores son 
itíayores en los casos favorables. En otros, en particular habiendo 
lesiones büateraíes y profundas de un lado, se ham obtenido en tin 
prmdpio, la primera semana, dfras mayores ; pero después,^ an- 
tes que nada, el auniento de vdioiddad ha adelantado y permitidlo 
juzgar más tarde de k mtalignádlad dd caso. Viene a ser lia sedi- 
laentomeacdón un indicador dd estado de resistenm. áfc ot^sívs.- 



_ 6o — 

UTO toberciilosü [rente a Ja infección bacilar (Dlimont). Estas nues- 
tras modestas dtéuccioraes, san parecidas a las que encontramos 
en 3a lileralTura que hace referencia a la cuestión. 

En Ginecología es un indicador de la íntemisidiad de los pro- 
cesos inflamatorios, sea cualquiera sii naturaleza, sirvieudo más 
^^■elniente al clínico y siendo uiás fino indica.doír que 'las curvas tér- 
micas y leucocitarias ; el deseqmübrio plasmático es más sensible 
en 3a maná í estación de restos il^másioos y exiistejicia de gérme- 
íies. Nuestras pesquisas son coirfinniaidones de las de Linzenme- 
lER. Friedlander, Hallberg, etc. 

Valotíimos muestra afirmación con algunos datos reiogidos ea 
rnestras historias. 



18.200 leucocitos. Granulocitosis abso^ 

luta y relariva. 
ig.700 id. I.a misma polinucleosis que 

24.000 id. Gianulocitosis absoluta y re- 

9.400 id. L.iiiíocitosis relativ 
11.000 id. Fórmula normal. 



Salpingitis 








purulenta. 


84 " 


" 


10.000 id. Ligera llntocitosis. 


Ane.'íílis. 


15 " 
15 '■ 


'. 


15.500 id. Granulocitosis absoluta 

lativa. 
19.200 leucocitos. 


Apendicitis 








y embarazo. 


45 " 


Fiebre. 


18.000 id. Granulocitosis franca. 


Abceso 








ovárico. 


20 ■' 


Subfebril. 


8.000 leucocitos. 


jCarametriiis 








y anexitis. 


7 " 




r.'^xi ij. Gratnilficitiisls refativa. 


Parame Iritis. 


55 " 


Apircxia. 


7.500 id. Fórmula nontial. 


A be eso 








ovárico. 


11 " 


Subfebril. 


0.000 id. " " 


Anexitis. 






g.500 id. Linfocitosis relativa. 


Parametritis. 


10 


Febril. 


1Z.000 id. Fórmula normal. 


Anexitis. 


75 " 


Apirexia. 


8.300 leucocitos. 



— 6i 



• 



J)iaSnÓ8lieo olinieo Sedimentación i.' Estudio homocítico 



" 12 " Febrícula. 14.000 " 

" 16 ** Apirexia. 12.000 " 

»* 29 " ** 11.000 id. Linfocitosis. 

" 20 *' *' 11.000 id. Fórmula normal. 

" 45 " Subfebril. 15.000 íd.Graifulocitosis absoluta y lin- 

focitosis absoluta y relativa. 

Esta misona sensibilidad die lia neaodón se ha seguido demios- 
trando al sieguir la "evolución dje los paxKesos flegmásicos; de esta 
maniera, disponiendo de un revelador dtí estado de agudeza díe la 
lesión, se prescindió del tratamiento operatorio en todois aquellos 
casos en que la sedimtentación bajaba die 60 ímtiutos. En las inter- 
venciones con aboesos ováricos no hubo complicación operando 
siempre que la sedimentiación no indicaba agudeza, sometidos has- 
ta entonoes a tratamáiento médico. Los resultados anotadas en 
i.7 casos die intervenciones por anexitis sion 'satisfactorios, obte- 
niéndose en todos la curación sin fod".mación de exudados. Linzen- 
MEiER encuentra en casos de siedimentación ocurráda entre los 
40 a 60 minutos de oonvaliecencias largas ; en los de 30 hubo que 
cerrar por ser la infección activa. Friedlander considieria el tiem- 
po de 30 minutos itifiección fresca ; el de 60, inf ección latente, ex- 
tluyiendo la idea de initervendón. García Casal señala 100 mi- 
nutos el tiempo límite. 

A pesan: de ser Ja vdooixíad de precipitación indicadora de la 
ai^nideza d-e una flegmasía, en un aboeso ová'ilico antiguo con re- 
cias paredes aistecloras, tuvimos un tiempo de 76 minutos ; los cul- 
tivos del líquidio seropurulento obtenido resultaron negativos. Este 
hecho de Ibs tíempois lentos en viejos aboesos ováricos ha sido ya 
señalado par Linzenmeier. En un caso dte peritonitis localizada 
por rotura de un abceso ováirioo, antes que toda otra manifesta- 
ción dlínica, enoontramosi un- tiem<po de 10 «mdniutos. En un quiste 
no inflamatorio de ovario con Wassiermann positivo en sangre, 
leimps un tiempo de scdimientadión de 40 minutos; este aumento 
(U velocidad obsiervado en la lúas ha sido señalado iieperidamiente, 
y se ha hecho notar su importaocia en la sífilis congénita. 

Después die las iínterventionies, emplleando aníestjesia etérea, he- 
mos enccmtüna'djo que velocidades retardadas experimentaban una 
aceler^ón, que ; ha durado allgún tiempo después de la lapiaroto- 
mía. Aparte de k' influencia que el inevitable manoseo quirúrgico 
pifeda tener en la véoMad, se imputa, á la artesitesia general cier- 
to papd en la abmviación del tiempo observada. En casos ínter- 



1 



venidos con amostesia local, la velocidad no aimnenta tonto 
perg). 

El raáxiiniun de aceleración es a los tres o cuatro días 3 
vfcinle aproximaílajueiMe vucíve a su primera dfra 

El juicio que foimamos sobre el valor de la erilrosedl'Tnea 
ción en los embarazos extrauterinos con accidentes hemurrágic 
difiere algo de lo que leímos ¿.obre este asunto. Se dice que oí 
ze gran servicio para, efl diagnóstico diferencial entre un proo 
fiegmásico anexial y otro henjorrágioo, teniendo en cuenta í 
"en toda reacción cuya. aJceteríición sea nrayor que el límite a: 
iicial de 40 minutos, el dSagnóstioo debe inclinarse a on proc 
inflamatorio agudo o subagudo, y si la aceleración es menor a t 
barazo extrauterino. Cuanto más diste en un sentido o en el o 
dt! limite fijado más seguro es ed düagnói-tico". Si Ja velocií 
rebasara eSe tiempo «mrtonces es útül la difuminadón de la suf 
.ficie glóbulo plasmática (García Casal, Haro, Echevarría), c 
investigaoón de la cantidad de he¡iiioglobin,'i y a! estudio henu 
tico. " 

Citaremos, agrupados en dos tipos, algunt>s ca^os demosbí 
por su contraste. 

Tipo I. Tiempo de sedimenlación, 47 minutos. 7.500 leucocitos í 
Hemoglobina, 60 X lOO. Fórmula leucocitaria 1 

Tiempo de sedimentación, 40 minutos. 9,700 leucocitos w 
Fórmula corraal. Hemoglobina, 55 X 100. Apirexia. ' 

ipo 2. Sedimentación, dos minutos. 10.000 leucocitos. 85 X 

nulocitos neutrófiloE. Hemoglobina, 50 X loo- Fiebre, 
Tiempo de sedimentación, 24 minutos. 20.000 leucocitos. Gi 
locitosis absoluta y relaliva; ésta, de 80 X loo. Henuí 
na, 35 X loo. Fiebre. 



snuej 



Como estos resulíados, obcenidos en casos dínicamenti 
ferencaables, amotamos junto a tíemlxw lentos, oíros más abra 
dos, si bien en mayor mímiero los primerea (Lafita y nosotí 

Se ha atribuido esta aceleración a la infección del hemato< 
o de la trompa o a la hipog'lobulia. Cneemos nosotros, sin pre 
der sentar deducciones categóricas que quizá diependa de la 
posidón anatómica de colecdonarse rf dierrame, ya que en n 
iTos casos de Fahkaeus lento se encontró la sangre aiskdaj 
capsidada, en cambio, en los otnos tiempos 3a abeordón < 
gre derramada se realizaba mejor en pleno peritoneo. 



; aiisJada V 
:^ón deja 
«o. Lftjfl 



— 63 — 

enoontradas dioen., por su imegularidaid en d tiempo, de la difi- 
cultad die diferenciar por la sedimentación, los estados genitales 
íegmásicos de lo® bemonrágicos. 

Su valor diagnóstico creemios quie es escaso, ya que en el emr 
barazo extrauterino oon accidlenitie agudo se puede llegar a cáfras 
tan bajas como las obtenidas en la más aguda inflaimación, sin que 
sirva de dato diferendail! en esstios cajsos, la imiprecisión en los limi- 
tes de la superficie hemátiioa, diotalle observado igualmenite en las 
ilegsnasias, cuando la vdocidad se encuentra rebajada. Nuestro 
últímo caso citado es digno die remarcarse. Puede existir una ieu^ 
cQcítoisis maniifijQsta oon grantáoditosás absoluta y relativa, eatadb 
febrál, oon wi tiempo de sed&mientaiaión abreviado, correspondiembe 
a los señaladlos en la inflamlalción, originado por hemorragiía. in- 
terna. Ni aun pretendliiendb oompktat los datos obtenidos por te. re- 
acción de Fahraeus, probadio su ínconsítante valor, oon otros me- 
dios de laboratorio, como son el hallazgo de la cantidad de hemo- 
iglobina y el número y la relación de leucocitos, hemos conseguido 
aclairar los ooofiilsiioinies, ya que puede haber leuicocitosis postbemo- 
nigica. La difra die hmiogílobina la encontitamos casi constante- 
inente rebajada, pemo esite dato se encontró igualmente en otros 
prooesos genitalies. 

En embarazos extrauterinos con hemorragia antigua, con co- 
águlos en vías die organizlaoión, encontramos tiempos lentos (70 
minutois). En uno de los caso®, el tícttipo hallado al mes de oourri- 
ílo él accidlente (30 minutos), fué más abreviado que en el momen- 
to del catadismo (70 minutos) (la enferma no consinttíó la inter- 
vencaóo hasta esa fecha, ¡sin guardlar el reposo recomendado). 

Riesuimíen: La rseafctíón llamaida de Fahraeus, que no es espe- 
cíficla, tiene valod' para el estudio de la evolución de la tuberculosis,, 
consídieránidola dlespués de seguirla en enfermos somtetidos a hi- 
giene, •samocrisina y neuimlotorax, como medSo más sensible que 
los dínioDs y de laboratoirio que dSspnemos, debiendo figurar en 
la práctica corriente por su sencillez dleí técníta. 

Otro tanto pddiemíois dbdir ád vaJor de lia sedSmenitación en la 
iiidicatíón de restos ínflamatotriois virtrilentos, así coímlo en d es- 
ttwfio de la evolución de ima flegmasía anexíal. La exitsenicila de 
focos con gruesas paredies periféricas puede pasar desapercibida 
para esta reacción. La lúes y la antemiía aceleran la velocidad. 

En d embarazo exibrauterilno con accidentes hemorrágioos, no 
tiene el interés que en las fli^|lmlateias, por confundirse con frecuenr 
cía los tiempos de anubosi procesos ; la busca de otros medios auxi- 
liares de laboratorio proporciona poca orientación. 



NOTA BIBLIOGRÁFICA 



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— 65 — 

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dica de Barcelona, Tomo II, núm. 8. Agosto, 1924. 

2adek: Valor de la V. P. La Medicina Germano-Hispano- Americana. Ju- 
nio de 1926. 



TRABAJOS ANALIZADOS 



Y\'. FiTCK CHENEv^SIgnífioaolón de la aolorhldrla. Tlie Significan- 
ce oí Aclorhydria. Jottmal of the Amer.. Med. Assoc. Vol. LXXXVII, 
número i, 11126. 

Para asegurar que la aclorhidria existe es necesario hacer un análisis 
fraocionado de jugo gástrico; una simple extracción del contenido del es- 
tómago no es suficiente, ya que los cuarenta y cinco o sesenta minutos puede 
j» encoirtrarse ácido clorhídrico libre y aparecer más tarde; de aqui que 
fas extracciones haya que hacerlas fraccionadas hasta las dos horas. Ni U 
sintomatologia, ni el examen a rayos X, tampoco nos indicará nada. 

Después de saber que el estómago no segrega ácido ciohidrico libre, bus- 
caremos la causa de este trastorno. En la anemia perniciosa será ima de las 
causas que pensaremos primero, ya que la asociación ha sido desde hace 
mucho tiempo reconocida : es tan constante esta asociación que no se po- 
drá decir que exista anemia perniciosa si se encuentra en el contenido gástri- 
co ácido clorhídrico libre. La aclorhidria, en algunos casos, precede al cua- 
dro heinatológicD típico de esta enfermedad ; así, varios años antes, los en- 
fermos se quejan de trastornos gastrointestinales, principalmente de dia- 
rrea con falta de ácido clorhídrico en el estómago, y a los cuales siguen una 
ciebilidad progresiva parestesias en las manos y i^ies. grande palidez y re- 
5'Midos ataques de dolor y ulceraciones en la lengua y, más pronto o más 
tarde, el análisis de la sangre confionará el diagnóstico. 

De aquí que se haya considerado por algunos autores a ta ausencia de 
ácido clorhídrico libre como la causa real de la anemia perniciosa; a falta 
de secreción permitiría el paso a través del estómago de organismos, tales 
como estreptococos o badlus wclchii. en tal número, gue sus toxinas pro- 
ducirían hemolisis y disturbios en ¡a producción sanguínea. Para otros au- 
tores la aclorhidria, lo mismo que otras manií estaciones de la anemia per- 
niciosa, es la consecuencia de algiin veneno no identificado, que ejerce su 
influencia sobre las células secretoras de la. mucosa gástrica mucho más 
pronto que en otros órganos. 

La aclorhidria en el diagnóstico del cáncer de! estómago se viene con- 
siderando como im dato ftindamental ; cuando esto se presenta, el cáncer 
I ha progresado tanto, que este signo no seria necesario para el 




-^ '- — 67 — 

diagnóstico, segúii la neoplasia se va desarrollando la secreción de ácido 
clorhídrico libre disminuye; esto es debido a varios factores, principalmente 
a la toxina producida, la cual inhibe o destruye las células' secretoras. La 
anacidez oon^leta sólo se presenta en los estados terminales, y es necesario 
in&istir que no diremos, porque exista ácido clorhídrico libre, que no se 
trata de cáncer gástrico; el examen a rayos X será necesario en todos 
aquellos casos dudosos. 

El valor de la adorhidria en el diagnóstico del cáncer gástrico puede 
resumirse de la siguiente manera: Con una historia más o menos prolon- 
gada de indigestión con pérdida de peso, fuerza y color, la aclorhidría des- 
pués de una comida de prueba, confirmará la impresión de la existench tu- 
tnoral; pero si con todas las demás condiciones t\ análisis fraccionado niues 
tía la exia'.encia de ácido clorhídrico libre en limitas normales o algo dis- 
tn'nuídos. no diremos per eso que el cáncer no yzd la causa de loe demás 
síntomas. 

La &i>Mncia de ácido clorhídrico i Aro Cb un si.;no ce gastrits crónica, 
encontrando, además, en el jugo gástn:o í^tan cantidad de moco en ayuna?, 
y en ctros casos, restos de comidas anteriores que irr ca el trastorno moic;*. 
En la historia o examen físico de enfermos con gastritis crónicas en- 
contraremos mal hábito alimenticio^ bien por la cantidad, calidad, tempera- 
tura, trituración y regularidad de. las comidas; trastornos que dan lugar a 
éxtasis en la circulación a través de la pared gástrica, tales como cirrosis 
bepática o congestiones crónicas; deglución de material infectado, pus y 
l^aeteria^ bien sea de las amígdalas o dientes, particularmente por piorrea 
• por enfermedades de tráquea o bronquios. £n estos casos, la salud gene- 
ral se conserva bien aun cuando los síntomas gástricos sean de larga du- 
ración, faltando la pérdida de peso y color que caracteriza el cáncer, siendo 
también excepcional la existencia de dolor, y en el examen a rayos X no 
encontraremos fallas en el cx)ntomo del estómago. 

Se ha visto por muchos autores una relación inmediata entre la aclor- 
liidria y las enfermedades crónicas de la vesícula biliar ; según una estadís- 
tica de Aldor, retmiendo las investigaciones de diferentes autores, la hir 
Poclorhidria o la adorhidria se presentan en la mitad de los pacientes con 
colecistitis crónica. Blalock^ en 206 enfermos de vesícula, encontró ador- 
cidria en 23 por 100. 

Para explicar la relación que haya entre la falta de secreción de ácido 
clorhídríco libre y las enfermedades vesiculares, se han dado tres teorías: 
rara algunos, se trataría de una hormona produdda en las vías biliares o 
en el duodeno que estimularía la secredón gástrica, la cual hormona esta- 
ría destruida. en las enfermedades de la vesícula; pero tal hormona no ha 
podido nunca ser demostrada, y, además, ni en todas las enfermedades ve- 
siculares hay adorhidria, ni existe siempre que la vesícula ha sido quitada; 
según los trabajos de Dahl-Iversen, en* los experimentos hechos en perro», 
monos y cobayas, la extirpación de la vesícula no modificaba la secredón 
del áddo dorhídrico libre. 

La segunda teoría es que la adorhidria es un reflejo debido a la inerva^ 
Cfón común de la vesícula y del estómago, y que cuando lesionada la punr 



cióii de uno, la del otro también lo estaba; pero, como vemos, csios d6*>J 
trastornos no están siempre asociados y, por :ilt¡rao, para Aldos sería la 
gastritis crónica que se asocia en cierto número de casos a la colecistitis, la 
que produciría la aclorhidria y, por tanto, también eiKontrarianios un ex- 
ceso de moco que, como hemos vístu, es lo que caracterizaba a este estado. 

En la degeneración subaguda del cordón espina! también se encuentra 
aclorhidria; los síntomas y signos de esta enfermedad son semejantes a los 
que tan frecuentemente se presentan en la anemia perniciosa. 

La ausencia de secreción de ácido elorhidrico libre del estómago no 
siempre significa anemia perniciosa, enfermedad maligna gástrica, gastritis 
crónica, ezifcrmedad de la vesícula o del cordón espinal, sino que tandiién 
puede ser debido a un simple trastorno funcional. En la enfermedad de 
Glenakd, visceroectosis con neurastenia, es muy frecuente; pero en la neu- 
rastenia sola también se encuentra. En el histerismo se le ha considerada 



H. G. MOGEMA 



5. CoMETTo,— El tlKnte en los niños. Revista de Ciencias Médicofl^ 
Buenos Aires, nim. 96, 1526. 

El llanto de los niños en los primeros meses de la vida, por s 
y por BU persistencia, puede alterar la tranquilidad y la felicidad del i. 
por eso conviene conocer las circunstancias y el motivo por qué llorao f 

El llanto de un niñito es muy mortificante, tanto más penoso c 
pequdio es, sobre todo si no se conocen las causas que lo origina»; por.J 
cual toda madre debe saber interpretarlas y conocer la forma de evitarlu. 1 
Ante todo, debemos mencionar el llanto fisiológico normal y neces 
Nace el niño llorando; es su primer síntoma de entrar a la vida; 
que no llora, o que llora débilmente los primeros días, debe preocupar a 
padres y al médico. Generalmente es un débil congénito que posee pocas fu^ 
ías para la lucha por la vida y que cualquier circunstancia puede ocaskx 

El niño, dice Parkot, en los primeros meses de su existencia no tiene o 
lenguaje que el grito; sólo por su intermedio se expresa para decir: 
hambre, tengo frío, tengo sed o sufro; es a! 
nodriza y a los que lo rodean. 

El grito del niño sano es fuerte y bien s 
CTiistiluido por una serie de expiraciones p 
meros meses de la vida, el llanto es seco; duratití 
sin lágrimas. ' 

Los niños sanos lloran cuando no pueden satisfacer sus necesidades fisídl 
gicas: lloran de hambre, lloran de sueño, lloran para expresar un deseo, q 
la madre, con esa intuición que la naturaleza le ha dado, comprende lo que 
el pequeño quiere, lo que ras caprichos exigen. 









*s un ruido expiratoJ 

y ruidosas. En los | 

las primeras semanas tloj 



— 69 — 

Cuando se trata del recién nacido, cada detalle tiene su importancia. Des- 
de un principio las madres deben hacer un pequeño esfuerzo para no mi- 
xi;arlo demasiado, si no más tarde será necesario violentarse para hacerle 
perder los malos hábitos que ella misma le ha enseñado. Los niños pronto se 
acostiunbran a ser mimados, y a medida que van creciendo se mostrarán más 
exigentes: querrán estar siempre en los brazos de la madre, transformándola 
en su esclava, no dejándola comer ni dormir a gusto; haciéndosele todo tra- 
bajo imposible, y lo que es aún peor, molestando el sueño de su padre, que 
al día siguiente debe salir a trabajar. Ya el niño sabe que llorando consigue 
todo lo que desea; su poca experiencia se lo ha enseñado. 

Los niños suelen llorar por hambre; su llanto es periódico, y se produce 

otando se acerca el momento en que debe tomar su alimento. Es el reloj que 

indica la hora de la comida. Todo niño que pida su alimento antes de las 

flos horas, debe preocupar a su madre y hacer comprobaciones con la balanza 

i:<ara saber si toma por vez la cantidad necesaria de pecho y si aumenta los 

giamos diarios de acuerdo con la edad (25 a 30 gramos los tres primeros 

meses; 15 a 20, del cuarto al sexto mes; 12 a 15, del sexto al octavo, y diez 

gramos los cuatro meses siguientes. 

El llanto por sueño se produce cuando su débil organismo, cansado por 
las excitaciones del mundo exterior, necesita reposo; no lo consigue en se- 
gíiida, y entonces manifiesta su incomodidad llorando. ^ 

Citaré dos casos en que me ha tocado intervenir : 

Sm motivo apreciable, un niño de seis meses de edad, sano, bien cuida- 
<ío y mejor alimentado, un día empieza a llorar en forma intensa y continua ; 
se llama al médico de la familia, y no consigue que con sus numerosas indi- 
caciones se calme el niño; el padre, después de haber transcurrido un día 
y dos noches en esta situación, justamente alarmado, solicita ima consulta 
con otro facultativo; bastó que fuera el niño desnudado completamente al 
ser examinado para que dejara de llorar. Fué como un milagro. Investi- 
gando la causa de este éxito, se comprobó que en una de las batitas que 
tenia puesta había una. espina de un arbusto, y que en la espalda del niño 
existía una pequeña desgarradura ocasionada por esa espina. 

Tanto el sufrimiento del niño, como la desesperación de los padres, se 
hubiera evitado con sólo cambiarle la ropa interior. 

Segtmdo caso: Observé uñar vez en una casa pudiente que habían to- 
mado una niñera inglesa, una mtrse, que un niño de cuatro meses de edad 
en seguida de ser vestido lloraba desconsoladamente; la madre ya no sabía 
qxié hacer, y solicitó la presencia del médico. Bastó desnudar al bebé para 
Qííe el llanto se calmara. ¿ Qué había sucedido ? La tmrse, al vestir al niño, 
jcolocó im pequeño alfiler de gancho para sostener la faja que se ilama 
ombliguero, y había atravesado de parte a porte la piel del abdomen de la 
pi^bre criatura. 

El llanto por incomodidad por estar cansado el niño, debido a que su 
ct'4rpec¡to tiene que estar demasiado tiempo en una misma posición, por- 
Que Ja madre tiene la costumbre de fajarlo ajustado con una larga fira 
^ un género grueso, que lo molesta, le produce picazones, especialmente 
durante los días de calor, y el niño demuestra llorando su mc.omo^\^^e^. 



Entre nosotros, especialmente er 
rJdional que habitan nuestros territt 
tiene el mal hábito de vestir al ] 
parece va a ser conservado c 



: los extranjeros de la Euroj» me-. 
)s, y aun entre sus descendientes, se 
o de una manera tan ajustada que 
. los brazos aproximados y 



pegados al cuerpo, las piernas extendidas y mantenidas rígidas por el i 
daje; el niño queda aprisionado como dentro de un estuche, y lejos de 
que. como creen miKlias madres, se desarrollen il'icchos, scniejanlEs ven- 
daies son perjudiciales; pues cualquier compresión del abdomen u del pe- 
cho impide el libre funcionamiento de la respiración y de la circulación, 
ocasionándole molestias, y por lo tanto, motivos continuos para llorar. 

Los niños lloran con frecuencia pnrque tienen sed. especialmente en et 
verano, cuando sufren trastornos digestivos, l:m comunes en esta 
Sed que aumenta la intensiifad si tienen diarrea y fiebre. Lloran c 
mente, con im llanto lastimero, buscando una irola de agua que apague la 
sequedad de su garganta, con lo cual terminarían sus sufrimientos. Pero 
eiiiste entre las familias un insensato prejuicio de que el agua, cuando los 
r.iños están enfermos, puede hacerles mal, y se 'a suprimetL 

El agua hervida nunca está contraindicada, y puede dársele al niño cuan- 
tas veces tenga sed, esté sano o enfermo. 

Estableciendo una transición entre el llanto fsiológico y el patológico, 
reberaos recordar el llanio habitwil. Se observa en niños descendientes de 
padres nerviosos, artríticos, y expresan en diátesis mediante el llanto íre- 
[uente: excitados, agitados por el menor motivo, lloran continuamente; son 
los niños "terriblemente llorones", que hacen la desesperación de los pa- 
ires y el tormento de sus nodrizas. Se buscan las causas que puedan mo- 
tivar estos iimsitados gritos, no se las encuentra, el niño sigue llorando, y 
ía situación así se prolonga seit>anas y meses hasta que un buen día d 
llanto cesa y vuelve la tranquilidad del hogar. Para calmar a estos lloro- 
11(3 poco puede hacerse: evitarles excitaciones, baños calientes, colocarlos, 
cuando lloran, boca abajo; algunas veces así se calman. 

Llanto palológico.— Nada más común que im niño que este enfermo 
üure, manifestando en esa forma su dolor o su malestar, que áébe ser bien 
interpretado en cada caso y darle la importancia que tiene. 

En las afecciones digestivas, pueden producirse dolores ocasionados por 
¡oi eólicoí inlestinales ; el niño llora briosamente; se retuerce, dicen las 
nadres, mueve su tronco en todas direcciones, retrae las extremidades in- 
feriores, y el cólico termikia con la expulsión de gases y materias feca- 
Ls ; su principio y su terminación son igualmente bruscas. Se repite va- 
reas veces en el día o en la noche. Son casi siempre ocasionados por trans- 
gresiones del régimen alimenticio y por estar cometido el niño a una ali- 
mentación inadecuada. 

Lo primero que debe hacerse para que no se produzcan los cólicos, es 
someter aJ bel>é a una alimentación adecuada a su edad, a intervalos re- 
gulares, no darle de comer a cada momento, sino rada tres horas como mí- 
nimo. Para calmarle los dolores, pueden, aplicársele fomentos calientes en 
el vientre, baños tibios, enemas, un purgante de aceite de ricino y a ljffitt 
medicamento anticapasmódico. 



— 71 — 

Desde los primeros días que el niño nace, las madres, y especialmente 
las abuelas (que todo quieren saberlo), suelen darle a beber cocimientos 
4e cereales (agua de arroz, de cebada, etc.), infusiones de yerbas, y obte- 
iiiendo como resultado la producción de fermentaciones gastrointestinales, 
"desarrollándose gases que serán la causa de cólico^ y vómitos. ' No hay que 
-compartir con la errónea creencia de que los cólicos los tienen fatalmente 
íodas las criaturas; dicen es el flato, y no les llama la atención. 

E^ta idea errónea, muy difundida, hace que el niño sea una víctima des- 
de que nace y un candidato a sufrir dolores producidos por la ignorancia 
-de sus padres sobre los preceptos fundamentales de higiene infantil. A los 
riños pequeños sólo debe dárseles agua hervida, sin azúcar, en una mama- 
•dera esterilizada. 

Hay niños, muchos de esos que toman cocimientos de cereales desde 
<ivít han nacido, que inmediatamente que toman el pecho lloran, sufren 
fuertes dolores de estómago, algunas veces acompañados de vómitos por- 
tnjc existe una irritación de su mucosa gástrica, producida y sostenida por 
falta de régimen. Basta someter al niñito a nn régimen dietético apropia- 
-do para que toda esa sistomología dolorosa se modifique. 

Debe tenerse mucho cuidado con el láudano, que muchas madres suelen 
administrar a sus hijos. Es un medicamento peligroso, que contiene opio, 
l)or lo que sólo debe ser manejado en los lactantes por un médico experto 
7 exiperímentado en las afecciones del niño. 

Otras afecciones dolorosas, aunque raras, que conviene que una madre 
conozca su existencia. Un niño que de improviso llore desesperadamente, 
^oe tenga deposiciones sanguinolentas, vómitos., etc., debe llamarse a un 
ínédico en seguida, porque puedie tratarse de ima oclusión intestinal por 
invaginación, que necesita la presencia de un cirujano. Tanto más pronto 
^e interviene, tanto más éxito tendrá la operación. 

Niños que padezcan de hernia umbilical, inguinal o crural y que ten- 
^3n su llanto persistente, es conveniente que los padres hagan examinar 
^ hernia, pues puede haberse estrangulado; en ese caso se constatará un 
^ulto doloroso, que por más que se comprima no se reduce, y no se puede 
wtroducir en el abdomen como antes; además, se acompaña de vómitos, 
timpanismo, constipación, etc. Como en el caso anterior, se necesita un ci- 
nijano con toda urgencia. Más tiempo se demora, más se expone la vida 
de niño. 

Otras veces, un detalle insignificante puede ser causa de que el niño 
üore cada vez que tenga que mamar. Un lactante tiene un coriza vulgar 
(resfrío de nariz), que obstruye sus vías nasales. La succión le impide la 
respiración por la boca, y como por el coriza no puede respirar por la 
nariz, suelta el pezón para respirar y llora. 

La otitis aguda (inflamación del oído medio), es una causa frecuente de 
llanto. Siempre que un niño tenga un coriza y que llore descohsolada- 
tncnte, tanto de día como de noche, que no se calme con aproximarlo al 
pecho, debe hacernos sospechar que tiene una inflamación de los oídos. 
La caja del tímpano contiene exudados (pus), y hasta tanto éste no per- 



- 72 — 

' fore la membrana del tinipaiio y apareíca por el conducto auáitívo i 
tcrno, el dolor no se calmará. 

Coroáumenlc la madre nos manifiesta que hace días el niño está 1 
friado, con obstrucdón nasal, con o sin tos, y gue después le ha aparecido- 



i de cabeza, cierre de los pár- 
observa que lleva sus manitaa 
a hecha por intermedio de la. 



un llanto qu'e se acompaña con movimietitt 
padoE, y en algunos niños mis crecidos se 
al oído. Todo ocasionado por una infeccii 
- trompa de Eustaquio. 

Para evitar la otitis, conviene instilar dentro de la narii de todo niñc 
resfriado, varias gotas de vaselina liquida gomcnolada al lo por loo. 

Para calmar el dolor de oido, puede introducirse por el conducto audi' 
tivo «eterno de ocho a diez gotas de g'licerina íenicada con cocaína, ca- 
lentada 3 baño maría, varias veces al día, o aceite caliente, fomentos, 

Todas las afecciones dolorosas, especialmente inflamatorias, que puedeiv. 
ocasionar el llanto, necesitan una observación atenta y continuada de 
r.adre y del módico para poder hacer el diagnóstico e indicar el tratamien- 
to para cada caso particular. 

El llanto en la fí/Üif hereditaria, el llanto sifilítico {signo del doctoi 
rsTo). Corresponde a Sisto, el malogrado médico argentino, el mérit 
ir el primero que llamó la atención del llanto que en los primeros 
si'S de la vida, se observa en los niños, ocasionado por lesiones de origeaS' 

En los niños hercdosifilí ticos pueden observarse algunas veces signos evi- 
dentes, otras sólo manifestaciones sospechosas, y en algunos casos, sólo 
se observa el llanto, sin ninguna manifestación apreciable. jCuálea son los 
caracteres del llanto sifilítico? 

I." La ausencia de otra causa que puede explicarlo (hambre, afección 
apuda dolorosa). 

2." La edad : son niños pequeños, en general menores de tres meses, y- 
por excepción puede observarse en nifios mayores. Comby cita un caso de- 
diez meses. 

3.' La presencia, la intensidad y persistencia del grito, que se mnes— 
'a rebelde a los tratamientos usuales. 
4.° Predominio nocturno del síntoma ; son niños que lloran 
[■che que de día. 

Su exageración cuando se toca o se mueve e'l niño. 
Es provocado o exageradi por la prciión de las extremidades dfr 
los huesos largos. 

Su desaparición rápida mediante el tratamiento anti sifilítico. En 
ctianto 3 las lesiones que provocan el dolor, y, por lo tanto, ocasionan eí 
anlo son osteo condritis específicas. 
Más de ima vez he tenido ocasión de tratar nifios llorones que habiai»' 
recorrido diversos consultorios médicos sin resultado, sin dar sus padres. 
antecedentes de avariosis, ni los niños presentar estigmas luéticos, y, siti- 
cmbargo, con un simple tratamiento mercurial, he visto desaparecer en 
lianlo son osteo condritis específicas. 

El llanto de la atrepsia, de la descomposición, el último período de la 



leiv. 

'di 



— 73 — 

conocida gastroenteritis: Es un llanto violento y tenaz al principio. Este 
grito, dice Parrot, al cabo de cierto tiempo, cambia de tono y se vuelve de 
pronóstico cuando pierde su intensidad y se hace quejumbroso. Cuando el 
enfermo sigue empeorando, se transforma el llanto en una queja monóto- 
na, prolongada, desgarrante: es el más triste, el más desolado de los gritos 
humanos. 

Si bien no se trata de un dolor localizado en el estómago o en el in- 
testino, sino de un sufrimiento interno y profundo, expresión de la vida 
que se agota, de la nutrición que no se realiza. Felizmente, entre nosotros,, 
con la mayor ilustración del pueblo sobre conocimiento de higiene ali- 
menticia infantil y los médicos mejor preparados que antes en afecciones de 
la infancia, los casos de atrex>sia con cada vez más raros; muy pocos son 
los que anualmente se observan, tanto en la clientela privada, como en el 
hospital. 

Por último, no debemos dejar de lado el llanto provocado por la pre- 
sencia del médico, que muchas veces puede llegar a dificultar el examen clí- 
nico. La culpa casi siempre a tiene la misma familia, que presenta al mé- 
dico como el "coco", asustando al niño cuando está sano, sin darse cuen- 
ta que más tarde, cuanü.: necesita del auxilio del facultativo, su mal hábito 
puede licuar a que el médico no paeda efectuar un buen examen, a precisar 
vm disgnóstico para indicar un apropiado tratamiento. 

J. A. MUÑOYERRO. 



i 



Hans H. Meyer.— Farmacología de la diuirosis. La Medicina Germa- 
no-Hispano- Americana, núm. 4. 1926. 

La secreción de la orina en el riñon depende principalmente de los si- 
guientes factofes: 

1,^ De la cantidad de agua qiie contenga la sangre que por el rífión 
cirpnla, es decir, del grado de \hidremia. La sangre contiene alrededor de 
Bo por IQO de agua, fijada a ^as albúminas y a los lipoides del plasma que* 
en él se encuentran en soluoión coloidal, o sea, en estado de imbibición. 
Para hacer posible la secreción del agua de la orina, es preciso que se haga 
menos estable o se destruya en parte esta combinación del agua con los 
citados alcaloides; este proceso puede tener lugar con ayuda de energía 
mecánica o quimica. 

Actúa como energía mecánica la presión de filtración, que exprime el 
agua de imbibición del coloide ingurgitado. Perol a medida que aumenta la 
conc^tración del coloide crece también rápidamente la resistencia, la "pre- 
sión de imbibición", que se opone a la presión que exprime. La presión de 
imbibicián (mejor dicho estaría la corriente de imbibición) es en el plasma 
de 30 a 40 tam. de Hg. por regla general ; para que pueda ser superada 
y se expríma agua en el glomérulo, se exige por lo menos una presión san- 
íoínea proporcional en los va^os aferentes del riñon. Ahora bien, basta que 
la cwKOitración del plasma aumente en un i ó 2 por 100 para que ninguna 



I • ' 



h: 



presión sanguínea fisiológicamente posible sea capaz de exprirair agua áet 
plasma. Por eso se elimina la orina en cantidades escasas o nulas después 
de una sed prolongada, de sudores profusos y de grandes pérdidas de agua 
debidas a grandes diarreas. 

Por el contrario, cuando pasa afiria de los tejidos al plasma sanguíneo 
disminuye intensamente la presión de imbibición del mismo, de manera que 
el agua sobreañadida se exprime entonces fádl y rápidamente en el glomé- 
rulo, aunque sea muy baja la presión sanguínea. 

Gracias a la energía flñcnqjií'nica de su afinidad con el disolvente, las 
sales solubles en agua sustraen a los coloides una parte de su agua de imbi- 
bición. El agua sustraída como disolvente de las moléculas salinas se en- 
cuentra! entonces libre de la fuerza de imbibición eiercida por los coloides 
y es, por lo tanto, susceptible de ser filtrada en el mismo grado en que 
atraviesan con ella el filtro renal las sales ; pero en el caso de que estas 
ültitnas no puedan atravesairlo. retienen el agua en proporción que depende 
de su afinidad de solubilidad, es decir, de su (cesión osmótici. Así, puede 
suceder que dentro de determinadas condiciones, algunas sales no sólo no 
favorezcan la díiu-esis, sino que lleguen incluso a inhibirla. 

a." De la presión y velocidyad con qne ¡a corriciile sanguínea atraviesa 
las asas vasculares del glomérulo y los restantes capilares renales 

Si es demasiado baja la presión sanguínea, que habrá que calcular 
en los vasos renales un 20 a 30 por 100 menor (|ue la que se registra a ni- 
vel de la carótida, para poder sobreponerse a la fuerza atracción imbibitoria 
del plasma sanguÍTico, disminuye o cesa la secreción de orina. Como ea 
natural, también se suspende inmediatamente esta última cuando, no obstante 
existir una presión sanguínea elevada, la sangre fluye muy lentamente ii 
incluso se estanca a nivel del glomérulo, a causa de contracciones espástícas 
de las asas capilares o de éxtasis venosa. Una vez eliminada el agua dis- 
líOnible para la orina en un moniento dado, asciende rápidamente la pre- 
sión imbibitoria de la sangre espesada y estancada en las asas glomerulares 
y se opone a todo nuevo desprendimiento de agua; tají sólo con la llegada 
de nueva sangre, suficientemente rica en agua, podrá volver a segregarse 
orina. De ahí que disminuya la diuresis tanto en la insuficiencia cardiaca 
de alto grado o en los casos de parálisis del territorio vascular del a 
como oon ocasión de espasmos vasculares renales o de éxtasis ^ 
los vasos del rifión. 

3." De la secreción y absorción a nivel de los canalicalos t 
Aparte de la eliminación líquida (tue tiene lugar eu el glomérulo, que 
funciona a manera de filtro, se verifica también una secreción propiamente 
dicha (independíenle de la presión sanguínea), en cuya virtud se eliminan 
probablemente agua y seguramente determinadas substancias sólidas (ácido 
úrico, p. e.), a través del epitelio de los canalículos uriníferos. Esta secreción 
se encuentra probablemente, del mismo modo que la d^ las glándulas pro- 
[ñam^nte dichas, bajo la influencia de nervios que llegan al rifión y basta 
a las células epiteliales ; pero esta hipótesis no ha podido ser confirmada 
liasta ahora mediante una prueba experimental conclujente^ Se ha demostrado. 

cambio, que en los tubos contorneados tiene lugar una reabsorción de 



»^c 

/5 — 

la solución procedente de los gloménilos, que afecta tanto al agua ootno 
a las substancias en ella disueltas y que depende tanto de la cantidad total 
•de la orina segregada como de su composición cualitativa. 

De estas consideraciones previas se desprenden los siguientes puntos de 
TÍsta para las influencias farmacológicas sobre la secreción renal. 

a) Influencias ejercidas sobre la sangre. 

Cuando son normales el aparato circulatorio, los ríñones y los tejidos 
«del organismo, la diuresis es aproximadamente proporcional al ingreso de 
agua y puede, por tanto, aumentársela en el grado apetecido mediante la 
ingestión de bebidas acuosas. 

Resulta interesante en el terreno teórico que cuando se administra a los 
animales de experimento, agua destilada exenta en absoluto de sales, estañ- 
ado el animal en ayunas, no se presenta una diuresis apreciable (Hashimo- 
To); el agua pura queda fijada por el intestino y sólo es cedida muy lenta 
e imperceptiblemente a la sangre y al riñon. Basta, sin embargo, con una 
pequeña cantidad de sales, como la que contiene el agua corriente de ca- 
ñería, para oponerse a esta imbibición de los tejidos y hacer posible su paso 
Tapido a la sangre y a la orina. 

La diuresis provocada por el suministro de bebidas o por inyecciones 
intravenosas de solución isotónica de Ringer sólo tiene por objeto el lavado 
-del riñon y de la vejiga, y la dilución de la orina, y sirve para una mejor 
suspensión de las substancias disueltas (algunas sales, urea, etc.); pero no 
provoca la deshidratación del organismo. Otra cosa sucede cuando la hi- 
dremia no tiene lugar a favor del agua ingresada, sino a expensas de los te- 
jidos del organismo. 

Después de toda sangría copiosa y siempre que se produzca un des- 
•censo considerable de la presión del líquido contenido en las arterias y 
•«n los capilares, pasa linfa desde los tejidos al torrente circulatorio, enri- 
<3[ueciendo la proporción de agua de la sangre ya que la linfa contiene 
uiia cantidad tres veces menor de coloides albuminosos que el plasma 
sanguíneo; a causa de la menor presión imbibitoria se produce entonces 
Ja diuresis y la deshidratación del organismo. 

Mientras que esta hidremia consecutiva a la sangría tiene lugar por 
filtración debida a diferencias de presión hidrostática entre los vasos 
sanguíneos y los espacios linfáticos la IJegada de sales a la sangre ocasiona 
litna corriente osmótica que atrae agua de la linfa y de los tejidos a la 
sangre por un mecanismo de osmosis, privando al mismo tiempo a los 
coloides del plasma de una parte del agua fijada por ellos, dejándola en 
condiciones de poder ser eliminada. Si el riñon es permeable para las sales 
ingresadas, elimina dichas sales juntamente con el agua: aumenta la diu- 
resis. 

Muchas sales y ciertas substancias pseudosalinas, es decir, que desarro- 
llan efectos osmóticos, pero que por lo demás se comportan como indiferen- 
tes, son fácilmente absorbidasí en el intestino v pueden servir como diuréti- 
cos. Pero desde un punto de vista práctico sólo entran en consideración en 
•este sentido el nitrato y el acetato potásicos y la urea-- 

La acción osmótica de estas substancias se manifiesta ea cv^\.to ^\- 



I el plasma sanguíneo reduce la presión imbibitorfa de 3 
coloides plasmáticos; provoca una corriente osmótica de agua desde 

s linfáticos perivasculares y de ios tejidos a la sangre; a nivel i 
riñon da lugar a un aumento del liquido eliminado, porque se opone al 
espesamiento de la orina en los canales uriníferos. del mismo modo que 
las sales impiden en el intestino el espesamiento del contenido intestinal 
y provocan la diarrea, es decir, la eliminación de grandes cantidades de 
líquidos; finalmente, al d«ingurgitar y contraer el tejido renal, dilata los 
vasos del riñon y facilita de este modo la circulación local. 

La fuerza osmótica de las sales depende de la caiiiidad y no de la 
calidad de sus Sones, siempre que se encuentren disueltos ; ello quiere decir 
que la influencia ostiiótica de las sales de potasio y sodio, por ejemplo, 
es idéntica; pero son díslíntas dichas sales en cuanto a su aecián químico 
sobre el poder de imbibición y de fijación de agua de los coloides, de los 
tejidos y de la sangre: los iones de sodio las atanenta (acrecen la apetes 
de los tejidos por el agua, los hace i 
de potasio ejercen efectos opuestos y lo 
de mercurio, que estimulan por tanto 1; 
L tanto que los iones de sodio • 



las sales sódicas lacha t 
fluencia química, 
ioies de potasio se 
con la que resulta de i 



las propicios a! edema) ; 

mismo actúan, al parecer, los «n 

eliminación de agua y la itiurof 

; oponen a ellas. Por consiguiente, \ 



acción positiva osmótica, 
que favorece la formación de edemas : 
:n cambio, su acción diurética de origen O! 
efectos químicos des ingurgitantes. 



El poder de itnbtbiciSn de los coloides de los tejidos r 
tan sólo bajo la influencia del sistema nervioso central por intermedio de 1 
hormonas del liroidfs y de la hipófisis. Con esta última influencia i 
dan relación la acción diurética de los preparados tiroideos y los efec 
antidiuréticos de las inyecciones de hipofisina, que se observan dentro J 
derlas condiciones. 



b) Jnflue 



s ejercidas sobre los riñe 



El papel más importante corresponde a una irrigación suficiente 
tiflón. Por eso disminuye la diureas aiando es deficiente la función ( 
diaca y por eso pueden reanudarse las funciones renales í 
cuados mediante la administración de la digital y otros tónicos cardin 
(adom's, eonvallaria, evónimo, escila, estrofanto, etc-). En apoyo de la 1 

don indirecta lograrla mediante el estímulo de la función cardiaca vi« 

la dilatación directa de los vasos renales, ocasionada por la digital. Sin 
embargo, desde el punto de vista práctico resulta importante saber que 
esta dilatación activa puede transformarse en tina vasoconstricción muy a 
Inada cuando se emplean grandes dosis de digital, en cuyo caso vudve j 
disminuir o amilarse la diuresis a.umentada en un principio, 
haber mejorado la circulación general. 

I-os obstáculos circulatorios consisten muy a menudo en 

usa de los capilares renale'. singularmente de los i 



aer que 
ly acen- 

is v^^H 



— 77 — 

del glomérulo. Esto sucede probablemente en la a^mria refleja. La con- 
tracción refleja de los vasos renales puede ser provocada desde el sistema 
nervioso central; éste influye en el mismo sentido sobre los vasos renales 
y cutáneos, es decir,, que los estímulos que provocan la constricción refleja 
de los vasos cutáneos (por ejemplo el frío), o su dilatación (por ejemplo, 
los baños calientes), ejercen también el mismo efecto sobre los vasos renales. 
Pero la anuria refleja propiamente dicha, que tiene lugar a causa de irri- 
^ciones sensitivas en los uréteres o qtie es provocada por irritación sim- 
pática de un riñon a partir del otro, posee un centro reflejo propio que, 
según sospechamos, no reside en el sistema nervioso central, sino en los 
ganglios periféricos del sistema simpático. Estos reflejos se distinguen de 
los que tienen un origen central, por su larga duración y porque no pueden 
-ser suprimidos con ayuda de los narcóticos de acción central (doral, alcohol, 
-etcétera), contra lo qeu sucede con los reflejos procedentes del cerebro o de # 
la medula. 

No conocemos remedios capaces de suprimir o evitar con seguridad 
•dichos reflejos. Pero, por otra parte, se puede conseguir la dilatación de 
Jos vasos renales y aumentar la irrigación del riñon con ayuda de una 
serie de medicamentos. En primer lugar, toda hidremia ejerce de por sí 
directamente una dilatación de esta naturaleza; lo mismo sucede con muchas 
substancias irritativas y f logísticas que llegan a la sangre y a los ríñones, 
<x^tno las cantáridas, la cubeba, los terpenos, etc.; también actúan probable- 
mente del mismo modo las especias diuréticas y numerosos remedios po- 
pulares, como los cocimientos de enebro y de hojas de abedul y de equi- 
^eto^ etc. 

También la urea y el nitrato potásico dilatan directamente los vasos 
renales y también ejercen esta acción de un modo especialmente intenso 
la. cafeína, la teobrotnina y su isómero la teofilina o teocina. La dilatación 
local directa de los vasos del glomérulo por medio de la cafeína queda 
^^dticida en grado variable por la acción excitante de la medula sobre los 
centros vasomotores, que puede provocar también una constricción de las 
arteriolas renates y contrarrestar así en parte la dilatación capilar en los 
gloménilos. Esta acción no se presenta con el uso de teobromina y teo- 
íi^ina, cuyos efectos diuréticos son, por lo general, más seguros. Pero cuando 
^os vasos glomerulares se encuentran alterado^ o incapaces de dilatación, 
*s muy reducida o nula la diuresis provocada por la cafeína o por la teo- 
bromina, ta tanto que todavía puede manifestarse a nivel de los tubos 
^riníferos patológicamente alterados. Por otra parte, la acción diurética 
intensa de los susodichos, derivados de las purinas (que también se extiende 
^ los componentes disueltos de la orina) no descansa tan sólo en la mayor 
irrigación del riñon, sino también en una modificación funcional perfecta- 
fnente demostrable del epitelio de los tubos contorneados. En dichos tubos 
tienen lugar, lo mismo que en el tubo intestinal, junto a los procesos de 
secreción, procesos de reabsorción, en virtud de los cuales se absorben a 
través del epitelio algunas substancias eliminadas durante el filtrado en el 
^sxnénúOf tales obmo los cloruros y la glucosa, reintegrándose asi a la 
sangre. Está demostrado que esta reabsorción qu«da disminuida o anulada 



mediante la cafeína y k teobromina, en lo que se refiere a loa ctoriiTOt^ 
s de sospechar Que también queda limilada \<x reabsorción del agua y de 
otros componentes de la orina. 

Finalmente, para la expulsión de la orina hacia el exterior, ha de 
«erse en cuenta la función de los uréteres y de la vejiga La obstrucción 
espástica de los uréteres se opone, como es natural, a la evacuación de la 
orina; no sabemos si en ocasiones puede estorbar la evacuación de la orina 
una paresia de sus movimientos peristálticos, si bien lo consideramos proba- 
ble. La expulsión de la orina contenida en la vejiga depende de la relajación 
del esfínter vesical interno, contraído tónicamente, y de la contracción 
simultánea de la capa muscular extema de k vejiga. El espasmo del 
esfínter hace imposible la evacuación de orina, aun cuando esté repleta 
la vejiga. Los únicos medicamentos capaces de suprimir con segurií 
casi absoluta la obstrucción espástica de la vejiga, son las sales de pi 
(cloruro, acetato o nitrato). 



c) La composición de la o 



LU-idü^ 
lotadH 



I de la orina depende en gran parte de la alimentación i' 
los alimentos vegetales proporcionan una orina alcalina, en tanto que los 
de origen animal dan lugar por regla general a una orina árida. 

Se puede aumealar artificialmente la alcalinidad de la orina mediante 
la administración de carbonatos, de sales vegetales o de aguas minerales 
■alcalinas acídulas. Pero si se trata, no- de llevar a la orina álcalis (para 
aumentar así su riqueza en sales), sino de disminuir sus componentes áci- 
dos, resulta el carbonato calcico el remedio adecuado : fija los ácídov 
con los que íorma en el intestino compuestos de difícil solubilidad, es- 
pecíalmenle fosfatos y sulfatos, con lo que impide su paso a la orina. 
La orina queda empobrecida en sus componentes ácidos y con ello se re- 
duce también su contenido ch sales, lo que es de gran importancia para 
la disolución de los uratos. De este modo quedan explicados los buenos 
resultados que se consiguen con tas aguas minerales aciduloalca linas en 
el tratamiento de la diátesis urálica. 

Es posible convertir en acida la reacción de la orina o aumentar su- 
grado de acídeü dentro de los límites moderados, mediante la administra- 
ción de ácido clorhídrico ; pero esta medicación sólo puede aplicarse dentro 
de estrechos limites. La orina se hace también acida después de administrar 
cloruro calcico, porque el ion caldo se elimina en su mayor parte por el 
intestino bajo la forma de carbonato y de fosfato, en tanto que los iones 
de cloro pasan a !a sangre y a la orina aumentando el grado de acidez 
de esta última. También sucede algo parecido con el sulfato magnésico; 
los iones de magnesio se eliminan por el intestino en forma de bica.rbonatos 
y fosfatos de magnesio y de amonio, en tanto que una gran parte del 
ácido sulfúrico se absorbe y se elimina por los ríñones. 

Para el tratamiento de la fosfaturia es Importante la aplicación pro- 
longada de este método de numentar la acidez áe la orina ; merced a & 



— 79 — 

es posible transformar los concrementos de los fostíatos bibásicos de calcio 
en fosfato monobásico soluble. 

La reacción alcalina de la orina y la formación de concrementos que 
de aquélla resultan se deben en muchos casos a la descomposición de la 
urea por la fermentación amoniacal. Esta puede ser combatida mediante 
el uso de antisépticos urinarios, restabledéndoise así la reacción normal 
de la orina. Entre los antisépticos que actúan sobre las vías urinarias se 
cuentan: el éter de hidroquinona (arbutina) contenido en las hojas de 
gayuba, el éster fenilsalidlico (salol), el aceite de sándalo, el de cubeba, 
el bálsamo de copaiba y los compuestos que dejan en libertad aldehido 
fórmico: la tetramina hexametilénica {ur otro pina) que desprende aldehido 
fórmico en medios de raección neutra o acida, y el helmitol y el hippol, 
que lo desprenden en medio de reacción alcalina. También el asul de 
-metileno pasa en grandes cantidades a la orina, actuando probablemente 
como antiséptico, del mismo modo que sobre el hígado. 

La eliminación de los uratos por los ríñones depende en general de 
las purinas contenidas en los alimentos y de la f tmción de las glándulas 
intestinales; pero también queda determinada probablemente por la función 
secretora específica del riñon. Tanto el atophán y el novatophán (a dosis 
(le 2 a 3 gramos al día), como las grandes dosis de ácido salicílico provocan 
una intensa eliminación de ácido úrico; todavía no se ha podido determinar 
con seguridad si se trata en estos casos de una influencia directa sobre 
d riñon o de una acción sobre el metabolismo celular del organismo. 

J. M. 

G. Levy. — Radioterapia y radlodlagnóstioo de los tumores del 
encéfalo. Revue neurologique. Año 32, tonK> II, núm. 5. 

Kl diagnóstico del tratamiento de los tumores cerebrales representan 
prácticamente dos asuntos muchas veces de los más difíciles de resolver 
para el neurólogo. En tsi^ trabajo, comipuesto de dos capítulos distintos, 
^"^ pasa sucesivamente revista! a' los datos dados por la radiología y los re- 
siiltados terapéutioos obtenidos con la radioterapia, no aplicándose este 
estudio más que a los tumores de la regiói^ hipofísaria. 

El examen radiológico de los tumores cerebrales, completamente indis- 
P<?nsablel en el examen clínico, puede dar datos qu se colocan en tres gru- 
pos: 

i.^' Alteraciones óseas de las paredes o de las suturas craneanas o de 
ia silla turca, incluso en los tumores de la región no hipofísaria ; alterado- 
res del peñasco,, del conducto auditivo interna (en los tumores del acústico 
en particular), de los canales semicirculares, del agujero óptico. 

2« Inclusiones histológicas intratumorales ; deposito de sales de cal 
en los psamomas o incluso en ciertos aneurismas ; la inclusión de cálculos de 
oxalto de cal en el parénquima, excepcional; las inclusiones óseas que 
corresponden a tumores de la bóveda propagados a las meninges. 

3.» La ventriculografía siguiendo el método ideado por Dandy puede 



— íü 



i 



dar dalos sobre la morfología de los ventrículos laterales, la libre i. 
pación de los espacios subaragnoideos con los ventrículos o de los 
sos ventrículos entre si. 

L., después de haber mostrado el papel respectivo de las terapéutíi 
liativas (trepanación dccompresiva) y curativas, emite la opinión muy juP 
tificada que todas las üeoplasias infiltradas que no puedan obtener ningún- 
lieneficio por la intervención quirúrgica, deben ser tratadas lógicamente con 
la radioterapia, i Cuáles son los resultados? Desijués de una revista muy 
completa de los hechos observados hasta ahora, L. investiga el problema 
desde el punto de vista más general; estudi;^ sucesivamente; la ridiosensí- 
hiliJad de los tumores en general ; las reaccione? particulares bis a bis de 
los rayos X y del radium, de los (ejidos nervioso sano y patológico; las 
ojndiciones aiialomofisiológícas proiñas del encéfalo, debidas a que el en- 
céfalo está encerrado en una cavidad inextensible Si, en efecto, existe 
üu síndrome de hiperteiLsión intracraneana, la trepanación decompresiva de- 
berá preceder a la radioterapia. Si no existe, esta intervención podrá impo- 
nerse en presencia de un síndrome de hipertensión persistente consecutivo a !a 
irradiación : las dosis deberán ser siempre pequeftas, sobre todo en el ro- 
mienzo del tratamiento. De esta manera han podido obtenerse resultados 
eficaces en ciertos casos ; aun mejores serán probaLO emente obtenidos 
el tratamiento más precoz de los enfermos y el periecci 
técnicas. No hay que olvidar, sin embargo, que las recaídas son excepdoi 
?i's, y que no poseemos hasta ahora* ningún criterio de la destnictiórt 
pleta de un tumor por la radioterapia. 

J. M.. 



M. Jacod y R. Bersttoin.— Sobre una forma particular de vért 
go8 unidos a las sinusitis anteriores, {Annales des miU 
de eoreilie. Tomo XHV, núm. 8). 

J. y B. han podido observar en estos dos úllin 
fermos, una forma de vértigos muy especial durante sinusitis anteriores a 
das. Su relación con la einosistis es clara. Sobrevienen y desaparecen 
■el primer brote de la afección; vuelven si la infección sínusiana vucli^ 
varían, incluso de intensidad, con la importancia de !a 

La claridad de los síntomas y de la evolución ai chocar 
paralelismo absoluto entre la sintistíis y hs vértigos. Ninguno de los i 
ícmios observados había tenido anteriormente trastornos del equilibrio; I 
des lo han visto aparecer bruscamente desde el comienzo dd la afección I 
nusiana muy intensamente en el primer período ; el desequilibrio dcsa 
ció en cierto.s casos con una rapidez inesperada, después 
purulenta abundantemente supurada ; por el contrario, cuando la i 
era solamente catarral, fueron desapareciendo poco a poco con la i 
progresiva de la cefalea y del coriza, 

ia segunda particularidad de estos trastornos vertigiaosos es 1 
¡/•láad absoluta de hs órganos que provocan kahiUialmente el i!fseiiuiht/f 
En Iodos los enfermos !a audición era normal, así como el laberinto poílj 





— 8i — 

rior examinado por las pruebas rotatorias y térmicas. Estos enfermos no 
tenían ni lesión del fondo del ojo, ni disminución del campo visual, ni tras- 
tomos de la .musculatura. 

Además, los vértigos unidos a la sinusitis anteriores no tienen el mis- 
mo aspecto clínico que los trastornos debidos a nna lesión óptica o vestibu- 
lar. No están. ntnica acomipañados de nistagmus en las posiqiones extremas 
de la mirada, y ,no tienen carácter giratorio. Son de predominancia ante- 
rior. En la estación de pie, más todavía que en la marcha, los eiiXermos 
están atraídos hacia adelante, como empujados por un voluminoso cuerpo 
extraño un poco móvil, en la región del seno frontal. La atracción se hace 
más fuerte si el enfermo baja la cabeza o inclina el cuerpo hacia adelante. 
Cerrar los ojos no tiene ninguna acción; pero da una impresión de que el 
suelo se desplaza bajo sua pies. El desequilibrio no llega nunca a producir 
la caída y no se acompaña de náuseas. 

El gran desequilibrio de predominancia anterior es de corta duración, 
y cesa después de tres o cuatro diaa Persiste mucho tiempo bajo ?a for- 
ma atemiada. 

La patogenia de estos vértigos es de las más imprecisas. Los autores 
admiten un trastorno de desorientación segmentaria en relación con la mo- 
¿i^cación de volumen y de peso de un segmento de nuestro individuo, que 
hemos observado desde nuestra infancia y a la que estamos* habituados. 

J. M. 



J. DuRAND.— Las lesiones disooiadas del VIII par. Lesiones oo- 
«ileares y lesiones vestibulares puras. (Annales des maladies de 
roreill Tomo XLIV, núm. 8). 

La embriología y la anatomía explican por qué el aparato vestibular 
y el aparato coclear enferman habitualmente simultáneamente. Sin embar- 
í?o, Ko es excepcional el encontrar en clínica lesiones aisladas de estos 
^•s aparatos. Esto es excepcional para las vías centrales. Las lesiones pe- 
^iféricai aisladas de los aparatos coclear y vestibular están mejor conocidas. 
Lü naturaleza de las lesiones, no más que su asiento, no pueden servir 
^^ base a una clasificación metódica. ÉV autor, después de haber demostra- 
do que en las asociaciones c ocle ove stihulares, la intensidad o la evolución 
^ las lesiones de cada aparato no es siempre paralela, lo que constituye 
^n primer grado de disociación pasa revista a los grandes capítulos etio- 
^?iccs de la patología del oído interno en que la diosociación verdadera ha 
P^ido ser estudiada. 

En los tramnatimws directos (balazo) no se encuentran jamás lesiones 
disociadas. En la conmoción laberíntica se han podido observar, experimen 
cimente, ksicmes vestibulares muy poco marcadas. En las sorderas pro- 
visionales, quizá en casos de histerotraumatrsmos, se trata de una hipoexci- 
^büidad vestibular. 

Hn. las . laberintitis purulentas, consecutivas a una supuración del oído 
»»^,,pocde ser observada la laberintitis circunscrita" (Haütant). 



^^^E^^pií^taca casi siempre a, los ikis aparaloó coclear y vestibular, a,- 
maltáiieameHte. Puede atacarlos aisladamente (Hautant, Ramadier). Cual- 
quiera que sea la etiología de una lesión codear o vestibular reviste siem- 
pre en sus grandes líneas la misma sintomalogia : sordera laberíntica, poi 
una larte; vértigos, desequil ib ración, nystagtnus espontáneo, trastornos de 
las reacciones vestibulares, por otra. Se deben distinguir lesiones disocia- 
das post-arsenicales y lesiones durante una sífilis no tratada. Se observan 
lesiones disociadas post-arsenicales, que se traían de accidentes tóxicos, de 
atcidentes tipo Herxheimer (exacerbación inmediata ríe los síntomas bají. 
la influencia del tratamiento), neurorrecidivas (accidentes Tierviosos, que so- 
brevienen tardíamente después de la administración de ima dosis terapéutica 
ligera). Durante una sífilis no tratada, las lesiones disociadas son o cocleares 
c! vestibulares. Dos signos capitales permiten reconocer una lesión codea," 
sifilítica: el descenso del límite superior de los tonos y la disminución efe 
la conducción ósea. Las lesiones vestibulares pueden instalarse sin síntorTias 
aparentes y no ser, concentrada más que por el examen sistemático, o, por 
al contraria, acompañarse de crisis de vértigos. La heredo -sífilis produce, 
menos frecuentemente que la sífilis adquirida, lesiones disociadas. 

El autor estudia todavía estas manifestaciones en otras afeccionrss las 
meningitis cerebro-espinales o agudas, ia ttrterioesclerosis. el angio-espasmn 
del laberinto, las afecciones intracraneales (tabes, 'umores de! ángulo potito- 
cercbuloso). 

Las observaciones que acompañan a este trabajo muestran la rpalidad y 
ei interés de las lesiones del VIII par, que tienen importancia, no solamen- 
te en medicina legal (Lebmovez y Hautant), sino que debo ser extendida a 
tilda la patología del oído interno. 

J, M. 

H, LissF.R y C. H. Sheparosom, Tetan ia paratireoptiva tratada por 
el extracto parablroldeo <te CoWlp.lEjnioírínohi/y. Tomo IX, nú- 
mero 5). 

Collip ha podido aislar recientemente de lis paratiroides un principio 
activo, que llama paratirina, y que, inyectado bajo la piel, produce un au- 
mento del caldo sanguíneo ; a dosis demasiado elevadas, esta bipercalcemia 
trae mucbas veces la muerte del animal. Por eso hay que investigar cui- 
dadosamente la cantidad de Ca' durante el tratamiento, pues parece que las 
dosis se acumulan, 

í^gunos casos de tetania han sido ya tratados con un éxito rápido {C»t- 
LR, CoLLip yLEiTcn), L. y S, relatan el primer ejemplo de tetania para "i- 
renptiva sometido a la paratirina. Se trata de u:ia mujer de ircinia años, 
operrida de un tumor adenomatoso voluminoso, que se extendía por dcbaj'i 
del esternón y detrás de la tráquea. Tres, de las paratiroides fueron accidea- 
tahntnte sacadas con el lunior; la suerte de la cuarta quedó desconocida. 
Desde la mañana siguiente de la operación, !a tetania se inanifestó y la 
gravedad aumentó considerablemente. Durante las tres primeras semanas 
se administró un gramo de lactato de Ca en ingestión, sin ningún resultado; 



' —83 — 

el Ca de la sangre era ocho miligramos. Se comenzaron entonces las in- 
>ecciones de paratírina, suprimiendo el lactato de Ca, Una primera serie 
de inyecciones cotidianas de 12 a 37 unidades hizo montar el Ca de ocho 
miligramos a diez miligramos. Al mismo tiempo que los - trastornos subje- 
tivos desaparecían casi inmediatamente, los síntomas objetivos, signo tíe 
Chvostek, de Trousseau, de Erb, ponían más tiempo en desaparecer. Te- 
miendo una hipercalcemia peligrosa, la dosis de paratirina fué reducida y 
^espaciada dtutmte algunos días; el Ca cayó de nuevo por debajo de ocho 
miligramos, algunos trastornos reaparecieron (parestesias, signos de '1* Rous- 
seau y de Chvostek). Se comenzaron entonces otra vez las inyecciones 
ciarías a dosis de 10 a 25 unidades ; el Ca subió bruscamente a 12 miligra- 
mos. Como la enferma notaba falta de energía, se dejó la paratirina, el Ca 
bajó a siete miligramos, a pesar áe\ la administración de tres gramos de lac- 
tato de Ca por día, cosa que condujo a inyectar de nuevo la paratirina, diez 
unidades todos los días, dosis suficiente para mantener el Ca a 8,q mili- 
gramos. 

Será prematuro el pronosticar el porvenir de esta enferma, que tendrá 
que continuar sin duda con estas inyecciones; pero se puede decir que la 
paratirina parece ser una medicación verdaderamente específica de la. letanía 
de origen paratiroideo. 

E. Carrasco Cadenas. 



P. Lereboullet y Saint-Girons (de París).— Cómo examinar y tra- 
tar a los lactantes vomitadores. (Le Journal medical frangais. 
Tomo XIV, núm. 7). 

Se podría suponer, por¡ la multiplicidad de los travamientos, que se pue- 
den en el lactante oponer al vómito, que este| síntoma es muy rebelde a la 
medicación y presenta comúnn^'ütei ima gravedad real. No hay nada de esto, 
y gcíveralmente, los vomitadores son enfermos que curan. No se llega siem- 
pre del primer golpe al tratamiento eficaz ;l hace falta muchas veces tantear : 
pero se llega, casi constantemente, a triunfar sobre los vómitos, si se re- 
cuerda que su origen alimenticio es con mucho el más frecuente. La toma 
del seno derecho debe ser reblada convenientemente. Según los casos, se 
podrán utilizar las leches hiperazucaradas, cremosas, homogeneizadas, la 
leche condensada y, sobre todo, la leche seca. 

Las medicaciones varían según la naturaleza de los vómitos: vómitos 
pasajeros de origen alimenticio, vómitos habituales unidos a la heredosífilis, 
vómitos tenaoesi debidos a la extenosis pilórica. 

El agua de cal, con un jarabe gomoso; el siibnitrafo de hismulo (Mar- 
f.\k), dan muchas veces buenos resultados. La tintura de belladotia al ií» 
i>el Codcx 1908, a la dosis de una a tres) gotas por día, eni poción, asocia- 
da o no al bromuro de potasio, puede ser empleada útilmente; pero con 
pmdencia. 

El gardenal a. la dosis diaria de uno a tres comprimidos de i centigramo, 
*!jerce una acción sedante favorable sobre el estómago 

La medicación antianafiláctica puede recurrirse con la administración 



Si ^ 



r maiffiP 



de peplonas tie leche Las inyecciones subcutáneas de leclic :lebcii s 
jadas con precaución 

La medicación de cs/^mofilia está a veces indicada : belladona, adrena- 
lina, cloruro de calcio. Loa rayos ultravioletas son recomendables en este 

El tratamiento especifico debe ser instituid» frecuentemente, incluso «• 
ausencia de síntomas clínicos n serológicos. en cuanto el lactante es sos- 
pechoso. El Iralamiento quirúrgico es iiii tratamiento de excepción, pues 
<pic no se aplica más que a la estenosis pilórica bien diagnosticada. 



pueMt 



J. Parisut. L, Cornil y P. Hansal.— Observaciones anatomopatoló- 
glcas sobre la gastritis torminal de ios tuberculosos pulmo- 
nares cavltarios. Kcvuc medicat de l'Rst. Tumo 53. núm. ip. 

P., C. y H. han podido sacar el estómago, entre tres cuartos de liora y 
do» horas después de la n«ierte de tres tuberculosos cavitarios, y practi- 
car asi exámenes histológicos de este órgano con un mínintum de causas 
de error. Han hecho, adamas, para mayor seguridad, exámenes leslig-M 
en individuos no tuberculosos, en mucosas gástricas sacadas durante ope- 
raciones quirúrgicas o doce o veinticuatro horas después de la muerte. En 
los tres casos observados vieron lesiones de gastritis intersticial. En ia 
legión fúndica y, sobre todo, en la región pilórica, las lesiones de gastritis 
subaguda estaban caracterizadas por: i.", la degeneración granulosa y va- 
cuolar de las células glandulares ; 2.°, un infiltrado inflamatorio, muy abun- 
dante de tipo linCuplasmático intersticial, con hiperplasia de los foliculoi 
linfoides, sin lesiones especificas tuberculosas; 3.", una congestión conside- 
rable de los vasos de la miKosa y de la submucosa e incluso algunas lesiones 
de periarterilis y da per i flebitis. En un caso existiai además, una perígastri 
tis nodular tuberculosa subagnda, testigo local de la generalización perito- 

E.stas no son lesiones autoliticas ni una capa purulenta debida a la de- 
glución de los esputos, ni la leiicopedesia fisiológica de Loepbr, 

?., C. j H. dan un papel muy importante a los productos tuberculoso! 
cr. la patogenia de estas lesiones sin que el bacilo intervenga direcíainente 

J. M. 

RirADEAL'-DuMAS y J. Debkav (de París).- El tratamiento dO la hl- 
patrepsia y de la atrePsta. {U Journal medical frattfais. Tome 
XIV. núm. 7). 

La atrcl-sia os un estado patológico de la primera infancia que liajr qiu 
saber impedir: i.", prescribiendo raciones suficientes a los niños normales. 
2 o, temiendo la; inanición en los niños enfermos de trastornos digestivos f 
de infecciones diversas; 3.", sabiendo cuidar o modificar los terrenos pre- 
dispuestos. 



: • . — ís — 

Ms muy raro que una hipotrepsía convementemente tratada no Ctíre. 
pero ¿s esencial d no llegar detnasdado tarde, pues, en presencia de una 
.itxre^psia confirmada, ¿uando un niño ha perdido más del 38 por loo de su 
pe^so, el metabolismo basal ha, caído por debajo dé la normal, el pronóstico 
es extremadamente pesimista. Es evidentemente igual cuando la atrepsia 
titái en relación con una sífilis visceral grave 0| una tuberculosis*. 

JOesde el punto de vista del tratamiento hay que comenzar por el es- 
tal>lecimiento de tm régimen apropiado:, leche de mujer; en su falta, leche 
de burra, leche condensada, leche en polvo y harinas vitaminadas. 

Como medicaciones adyuvantes, se puede recurrir a la insulina (Noeé- 
covjjiT y Max Levi), a la hemoterapia por vía subcutánea o intravenosa, 
a 1«4 helioterapia natural o artificial (rayos ultravioletas). 

J. A. MUÑOYERRO. 



S. BoNNAMouR.— La muerte súbita en ia neumonía senil. Lyon 
THedical, Tomo 136, núm. 4a 

X^ muerte súbita en las formas latentes ambulatorias de la neumonía de 
los viejos es biem conocid2i| desde Hourmann y Dechambre, y se encuentra 
una hepatización gris muchas veces muy extendida en ancianos que pare- 
ci^íx sanos. 

B. insiste en la necesidad de moverse, de salir; pues será un signo reve- 
ladcM: de estas neumonías que si son ambulatorias, se manifiestan por im- 
P<^rtantes signos físicos. 

I-a muerte púbíta puede aiun sobrevenir durante el curso de la reumónía 
o*"<Íinaria del viejo o durante la convalecencia Excepcionalmente en ei 
iiií^o y en el adulto es frecuenta desde hace sesenta años. 



A. M. Brogsitter y W. Dreyfüsz.— La acción del sistema nervio- 
so sobre la secreción renal. Archiv fur experinventalle Fatholo' 
gie und Pharmakologie. Tomo CVII, fascículo 5-° y 6.» 

B. y D., después de sus experiencias citadas ya, se han preguntado si d 
sistema nervioso vegetativo no ejercerá igualmente una influencia en la re- 
Pilacióa del umbral de eliminación renal de las sustancias disueltas, y han 
cHttdiado, en este sentido, la glucosuria floricínica. Muchos argumentos apo- 
yan el origen simpático tónico de la glucosuria fioricínica: su exageración 
^bssimpaticotónicos, en particular durante el embarazo (Grotp,^ 
^obhmann), la acción núdriática de la floricínica en el ojo de la rana 
uESCHHDoaF), la ausencia de glucosuria floricínica en los individuos trata- 
^ por la ergotamina, sustancia simpáticotropa (Teschendorf). La per- 
sistiacia 4^1 fenómeno en los rjñones completamente desnervados (Krautkr) 
^ ^tnsken eliminal' la hipótesis de una acción que se ejercería en las ternii- 
^ones simpáticas. £s interesante saber, en estas condiciones, si la atro- 



- ■-*/■ 



ara5Íni(>átÍco, es capaz de disminuir 1; 
nci'yiica, o la pilotarpiíia, excitando el parasímpáticu. exagerarla. 

Las experiencias de B. y D. fian sido hechas en individuos con riñoties 
noimales. Han respondido a lo que se podía esperar en la hipótesis de una 
actión sinipaticotropa de la floricina; después de la inyección de atropina, 
la glucosuria se hizo catorce veces más débil en un caso A; siete veces 
Illas débil ea otro caso, B ; después de la inyecíóii de pilocarpina, se Inizo 
dos veces mayor en el caso A; seis veces mayor en el caso B. Por el con- 
trario, en dos asmáticos, en estado de dcsectuilibrio neurótico maniñesto, los 
resultados fueron paradójicos: resistencia tanLo fuerte, tanto débil a la 
1 floricínica, acción de la pilocarpina nula o paradójica. 

J. M. 'J 



R. W. Me. Nealv. — Siinpateotoinfa.,perlarteriai, /úiirnQ/.^.M..^.To-H 

mo XVI, núm. 2, julio 1926. 

La simpatectomla periarterial ha sido muy practicada en los últimos 
afios. Consagrada a un ataque quinírgico sobre esa porción enigmática de 
nuestra anatomía, o sea el sistema simpático o autónomo, ha ejercido el 
erecto estimulante que suele engendrar con tanta frecuencia la investieación 
en un campo comparativameníe desconocido. La aplicación de la simpatecto- 
(iiia periarterial, o histonectomia, según prefiere designarla Schilf, en la te- 
rapéutica quirúrgica, ha planteado muchos problemas pertinentes con respecto 
a la certeza de la hipótesis fisiológica en que se funda. 

ia primera persona qi» practicó la simpatectomia periarterial fué 
jABOtJijiy, quien extirpó en i88g I03 tejidos periarteriales de la femoral 
para airar ciertas úlceras perforantes del pie. La operación pasó a la oscuri- 
dad hasta 1913, en que Leriche publicó un trabajo relativo a la extirpa- 
ción y resección de los nervios peri vasculares en ciertos síndromes doloro- 
sos de naturaleza arterial, y en algunos trastornos tróficos. JDesde aquel 
trabajo, ha publicado otros muchos, comunicando los resultados obtenidos 
con la operación en varios trastornos de supuesto origen n euro vascular. 

En 1921, el mismo autor describió los efectos de la operación, repasó 
sus observaciones e investigaciones y comunicó los resultados en sesenta y 
cuatro casos operados. Eso pareció disipar la imaginación de los cirujanos 
de todas partes, y la consecuencia es que ahora se practica la operación en 
el grupo más caprichoso de trastornos vasculares. En varias ocasiones, 
Lericbe ha mencionado su aplicabilidad en el tratamiento de la enfermedad 
de Raynaud, la eritrom el algia, la causalgia, el trofedema, las úlceras tró- 
Fcas, los mufiones dolorosos de la amputación, las secuelas isquémicas, las 
úlceras varicosas, el eczema varicoso, la cojera intermitente, la tromboan^- 
tis obliterante y los trastornos del tipo de Babi^ski-Froment. Recientemen- 
te, se han agregado a ese grupo algo afín, estados tales como las fracturas 
desunidas, las infecciones agudas de los miembros, las lesiones tuberculosas 
del hueso, la lepra, la osteomielitis aguda y los trastornos pelvianos de la 
mujer. Anatómicamente, el campo abarca casi todos los vasos accesibles 
que se denudan para aliviar la patología loca! o cercana. 



— 87 — 

• 

Tanto aquí coma en el extranjero han aparecido muchos trabajos relati- 
vos a la anatomía y fisiología, historias clínicas y modificaciones de la téc- 
nica operatoria. Dichos autores han discrepado a tal punto en sus resultados 
y expresado opiniones tan divergentes que nos parece que ha llegado la Jiora 
de tratar de formular un juicio crítico conciso, a fin de poder interpretar 
y aquilatar debidamente los resultados del procedimiento. 

Es nniy esencial establecer primero lo que conocemos con respecto a la 
anatomía y fisiología de la porción del sistema nervioso simpático que se 
encuentra enlazada con la operación». Además, ese conocimiento quizá sir- 
va para explicar fenómenos clínicos consecutivos a la aplicación dé la 
simpatectomía periarterial a los vasos periféricos. 

La operación se propuso primitivamente con el objeto principal de ata- 
car las disfunciones simpáticas del aparato vasomotor en que predominaba 
una acción vasoconstrictora. Luego se ensanchó el campo hasta compren- 
der los estados que (podrían beneficiarse por medio de la hiperemia activa 
que se esperaba conseguir, di^ninuyendo el tono vasoconstrictor • normal, ó 
estimulando los elementos vasodilatadores. 

La técnica de la operación, tal como« la practican la mayor parte de los 
médicos, consiste en aislar una arteria periférica en una distancia 4e 8 a 
10 cm. Se incinde longitudinalmente la vaina vascular o adventicia de dicho 
sector del vaso. 

Después de la disección de la vaina periarterial, se presentan las siguien^ 
tes reacciones, que parecen ser bastante constantes, y que según han podido 
demostrar la mayor parte de los observadores, 'dependen en mayor o menor 
grado del estado del vaso y de la forma y lo completo de la operación. En 
•:1 sitio de la denudación vascular, se produce una contracción primaria que 
puede hacer disminuir el vaso a la tercera o hasta la cuarta parte de su 
tamaño normal. Puede desaparecer el pulso,* pero casi nunca se interrum- 
•pe la circulación. Después de la contracción inicial, y al cabo de tres a 
quince horas, tiene lugar una dilatación de la arteria e hiperemia del miem- 
bro, con aumento de i,i a i,7 c. de temperatura, sensación de calor en el 
miembro, hipertensión y dilatación de las asas capilares. La hiperemia 
dura de algunos días a varias semanas. 

Aunque LericheI hizo mucho hincapié en la completa denudación pe- 
rivascular en una extensión considerable del vaso, otros sujetos han co^ 
municado reacciones muy semejantes con modificaciones de la técnica. Por 
ejemplo, NovAK obtuvo resultados con la mera incisión de la vaina vascu- 
lar y despegamiento de las adherencias descubiertas en la circunferencia. 
Ahsens ha aconsejado recientemente la disección circunferencial roma de 
la adventicia en una distancia de i ó i,5 cm,, dejando la vaina unida en 
ambos . extremos, procedimiento ése al que denomina "símpaticolisisí*. Hand- 
LEY ha propuesto la inyección de alcohol en mmtos equidistantes, de la cir- 
cunferencia del vaso, declarando que, aparte de la contracción local prima- 
ría del vaso, todas las otras reacciones son semejantes a las de la neurecr 
tomfa. 

Las reacciones que tienen lugar han sido explicadas por Leriche, Ho5- 
LBA^M, Kapís,. Brüjíing y otros, en esta forma; La contracción primaria. 



1 



en el sitio operado se debe a la excitación traumática de las fibras vaso- 
constrictoras. Los fenómenos secundarios se deben a la interrupción de las 
vías de las fibras vasomotoras, que, según se cree, desde su arranque en la 
porción dorsolumbar de los ganglios medulares forman principalmente 
una red, que se comum'ca con los vasos del miembro. Esa inlermpción de 
las fibras poslganglionares elimina el predominio del tono vasoconstric- 
tor. Tatnbién se cree que podrían interrumpirse igualmente cualesquiera 
vias sensoriales larcas que pudieran afectar por reflejo la tonicidad vascu- . 
lar, o transmitir por sí mismas sensaciones dolomías. 

Aiínque convengamos en que se presentan la contracción primaria y fe- 
nómenos secundarios en forma más o menos pronimciada en la mayoría 
de k>& casos, sin embargo, hay muchas incongniidades en la explicación 
Je que se deban esencialmente a interrupción de los largos haces vasomo- 
tores que inervan los vasos periféricos. Conviénese en que esos fenómenos 
son frecuenteniente transitorios, y esa evanescencia militarla tnuy pode- 
rosamente contra la escplicación de que las reacciones dependen de alguna 
marcada interrupción anatómica de las vías vasomotrices. Además, la inves- 
tigación experimental demuestra que la disposición de los nervios vasomo- 
tores es por segmentos, y no puede interrumpirla más que localmente la 
operación, tal como se practica en la actualidad. 

El clásico experimento de Claüde Bernabd indicó por primera vez 
la distribución segmentaria de los nervios vasomotores. Hace poco, Km- 
MER y TODD han demostrado que los vasos de los miendiros superiores 
reciben sus nervios simpáticos segmentariamente de troncos nerviosos e^ 
jieciales. Las ramillas nerviosas se distribuyen de dichos troncos a los vasos 
a ciertas distancias, que se acortan cada vez más, 3 medida que llegamos 
a Tas porciones más distaics de! miembro. Esa distribución vascular co- 
rresponde bastante bien a la d6 los nervios en la jwcl y musculatura de la 
misma zona. 

Pona investigó la distribución nerviosa a las arterias de los miembros 
inferiores, descubriendo un reparto fragmentario semejante al observado 
en los miembros superiores, y muchos experimentos han corroborado esa 
distribución segmentaria. 

Langley demostró que la reacción normal de los nervios vasomotores 
a la excitación consiste en vasoconstricción en la zona inervada, y además, 
que la excitación de los simpáticos lumbares evoca vasoconstricción que 
defaparece al llegar a los nervios periféricos. 

Antes de discutir los otros experimentos referentes a la fisiología de 
!a actividad vasomotriz, quizá sea prudente tomar de BAYtiss la fcvesti- 
qaciÓn de los factores que rigen el estado normal de la tonicidad vascular, 
neclara dicho autor que el tono se debe a una proi«edad natural del múscu- 
lo liso, y a los continuos impulsos vasoconstrictores que envía la excitadóo 
tónica del centro vasoconstrictor. Otros factores consisten en las contrac- 
ciones evocadas por la epinefrina cuando dicha substancia existe en la 
sangre, y quizá también en la contracción con que reaccionan a la natural 
tuerza dilatadora de la tensión sanguínea. 

De dichos factores nos interesan en particular el Contim» 






• —89 — 

vasoconstrictor que es la variable con cuya' modiíkación se tsperzha, afec- 
tar el equilibrio de los vasos periíéricos, pues el ataque encaminábase prin- 
cipalmente a la interrupción de las fibras eferentes eliminando asi el do- 
minio del centro vasoconstrictor sobre los vasos periféricos. Milko, Schilf 
y otros han demostrado la futilidad de interrum^wr un número considerable 
de fibras, extirjjando un segmento de la vaina vascular, pues no pudieron 
cambiar la circulación dfel miembro de un perro excitando la vaina de la 
femoral. Wiedopf tampoco observó alteraciones pletismográficas en la pata 
de un perro después de la simpatectomía periarterial. Melzner extirpó la 
vaina perivascular de la arteria renal de un perro, sin observar diferencias 
histológicas entre el riñon operado y el otro. Bovino demostró que se 
mantienen los reflejos vasomotores después de la simfpatectomía ; pero se 
extinguen al resecar los nervios periféricos. 

Dado el acumulo de datos de que los efectos de la operación no se deben 
a la interrupción de los haces eferentes. Brüning indicó que proceden de 
la interrupción de los aferentes, que se supone también pasan a las vai- 
tias periarteriales de los vasos periféricos. Ya en 1917, Akdué Thomas in- 
dicó que los nervios de la vaina vascular transmiten sensaciones profun- 
cUis, explicación esa que pareció plausible, y ayudó a explicar la desapari- 
ciói^ del dolor, tan frecuente en los enfermos operados. La experimenta- 
ción de Friedrich pareció apoyar esa teoría, pero las investigaciones de 
Denning, quien . repitió la labor de Friedrich en mejores condiciones de 
comprobación, demuestran que la adventicia de los vasos periféricos no 
contiene fibras vasodilatadoras ni sensoriales largas. Las investigaciones de 
WiEDHOPF apoyan, al parecer, la labor de Denning. 

Se ha ofrecido otra explicación de la hiperemia postoperatoria en un 
miembro. Ya se sabe que la excitación de un nervio sensorial o mixto pro- 
duce una marcadísima alteración vasomotriz, Loven demositró ya en 1886 
cae la excitación del gran nervio auricular de un conejo produce vasodilata- 
ción en la oreja. También demostró que la excitación del crural anterior de 
im perro produce dilatación local de los vasos sanguíneos de la extremidad, 
con vasoconstricción en otra parte e hipertensión general. Esos experimen- 
(fis indican la existencia de nervios vasodilatadores activos que reciben im- 
pulsos reflejos por intermedio de las fibras sensoriales de la rajz dorsal, o 
que quizá sean antidrómicos, correspondiendo en todos sentidos al ''reflejo 
aiíónico" de Langley. 

' LaIiven estiró los nervios ciático y safeno de un anciano como remedio 
para la arterioesclerosis e hipotermia del pie, y produio hitJertemia con al- 
guna parálisis motriz. La microscopía capilar revdó dilatación de los capi- 
lares de los dedos del lado operado. En ese caso, es posible que los resulta- 
dos se debieran a excitación refleja de las fibras vasodilatadoras o interrup- 
ción de las fibras vasoconstrictoras que van a la superficie del nervio peri- 
lenco. 

Fundándose en sus experimentos, Mosser y Taylor deducen que la sim- 
fatectomfa periarterial en los perros y los gatos jamás ha producido hiper- 
temia. Sin embarga, la produce constantemente la inyección alcohólica del 
áátieo a ont potencia suficiente para provocar parálisis motriz. 



Ijfl! conclusiones que debemos sacar de la reseña anterior son qué no te- 
5 prueba alguna de que ni los haces vasomotores ni sensoriales largos 
rrcorran la adventicia vascular. Cabe muy poca duda de que la operación 
rroduce aileraciones vasomotrices y quizá alevinas sensoriales, pero no esta- 
mos justificados en atribuirlas a ningún ataque específico practicado sobre 
las fibras simpáticas que cruzan las vainas vasculares. Esta actitud encuentra 
apoyo en la experimentación y en la aparición de reacciones semejantes tras 
procedimientos operatorios que no se aproximan en nada a la neurectomia 
total de las fibras per i vasculares. Además, debemos mostramos reservados al 
mlerpretar los resultados. En algíinos casos de úlceras tróficas de ambos 
niiembros, la simpatectomia periarteríal ha producido resultados beneficiosos 
en ambos lados. Se ha observado algo semejante en la enfermedad de IÍAY- 
N'AUD, en la que la operación en un miembro ha producido mejoría bilateral. 
A la luz de nuestros conocimientos actuales, muchos de los fenómenos clí- 
nicos quizá procedan del reposo oblÍRado en cama, en tanto que otros resul- 
tados quizá se deban al efecto beneficioso de 1a hiperemia producida, dima- 
narte de la inflamación que produce el traumatismo local y la subsecaeiite 
cicatrización. En algunos casos el alivio o disminución del dolor puede pro- 
ceder de la interrupción de los nervios sensoriales. Así también, esa dismi- 
nución temporal del dolor puede conducir a la hiperactividad fisiológica de 
los músculos voluntarios, lo cual se acnmlpaña de hiperemia activa. En el 
tjltimo análisis hay que tomar en cuenta los efectos psíquicos, y puede haber 
algún beneficio procedente de la actividad voluntaria que evoca el deseo dJel 
enfermo de revelar mejoría. 

A pesar de que hay pocas enfermedades en que puedan observarse tras- 
tomos vasomotores puros o relativamente puros, el neurólogo y el cirujano 
pueden prestar un verdadero servicio, estableciendo un ataque feliz contra 
dichas dis función es. 

Los resultados clínicos de la operación actual distan mucho de ser satis- 
factorios. Podemos explicar muchos fracasos, como debidos a falta de co- 
uocirtuentos de la patogenia exacta de muchos estados en los que se ha rea- 
lizado la operación. En aijíunos casos, la patología era tal que parecía im- 
posible producir una marcada reacción fisiológica con ninguna operación. En 
afecciones vasculares tales como la tromboangiítis obliterante, la patología 
lundamental consiste en marcadas alteraciones orgánicas y organización del 
trombo que obstruye la luz del vaso. Tampoco es lógico esperar la menor 
alleradon en afecciones orgánicas, tales como "a arterioesclerosis primaria o 
secundaria. Aunque esos dos estados representan una afecdón orgánica de 
los vasos sanguíneos llevada a su extremo, constituyen ejemplos de las gran- 
des demandas que se imponen a dicha operación. En estados tales como la 
CHUsalgia, cuya patogenia se encuentra todavía en duda y el estado parece re- 
\e!ar una evolución autolimitada, no parece prudente atacar los vasos san- 
guíneos. En esos casos, Lewis y Gatewood han logrado magníficos resulta- 
tíos, myectando alcohol a! 6o por lOO en el nervio periférico, y Tayior y 
KlCE han aconsejado hace poco la inyección ds alcohol en el ciático, como 
sustituto de la simpatectomia periarlerial de las femorales o popliteas. 
Al repasar la literatura, vemos constantemente que el análisis critico de 



— 0Í — 

las historias clínicas no apoya el entusiasmo de los factores de la operación. 
Con deniasiada frecuencia aquéllos hablan elocuentemente de la temprana me- 
joría revelada, y concluyen tartamudeando que la aparente curación sólo fué 
transitoria. Eso se patentiza sobre todo en las comunicaciones de úlceras cró- 
nicas que revelan indudable mejoría durante la fase hiperémica, pero recu- 
rren al desaparecer esa reacción. 

Brandenburg recopiló las estadísticas de ocho cirujanos alemanes, que 
comprenden ciento tres casos, y declara que aunque la mayoría de los en- 
fermos se benefician durante algún tiempo, son raros los resultados perma- 
nentes. 

HoHLBAUM declara que la operación fracasó en los casos de trastornos 
vasomotores debidos a lesiones nerviosas. 

£1 mismo Leriche manifiesta que los resultados no son siempre com- 
pletos en la causalgia y las úlceras tróficas; en la gangrena senil, malos, y 
tn la neuritis ascendente y la eritromelaígia, tm fracaso. 

WiNSLOW comunica tres ca^s de tromboangiítis y uno de enfermedad de 
Eaynaud, en los que la operación fracasó. Yo he practicado la operación 
veintidós veces en veinte enfermos: En diez casos de tromboangiítis oblite- 
rante, imo bilateral; en siete casos de gangrena arterioesclerótica, uno 
bilateral, y en un caso, cada uno, de enfermedad de Raynaud, gan- 
grena 4^abéticsL y úlcera crónica de la pierna. En un número considerable 
hubo mejoría temporal ; pero todos recurrieron, menos tres, y- en éstos la 
mejoría no pasó de ligera. En un trabajo anterior, ya he comunicado la apli- 
cación de la simpatectomía unida a la ligadtu'a de^la vena principal. 

La reciente visita de Royle y Hunter a este país reavivó el interés en la 
cirugía del simpático, y varios cirujanos han aplicado la técnica de dichos 
autores para la ramisectomía y la ganglionectomía, con el objeto de atacar 
las fibras vasomotrices, antes de distribuirse a los vasos periféricos. Adsón y 
Brown han indicado que pueden aliviarse los trastornos vasomotores, depri- 
miendo a permanencia o destruyendo los hiperactivos influjos vasoconstrictores 
de las arteriolas acras. A su entender, puede íogiarse ese resultado en los 
miembros inferiores con la simpatectomía lumbar. Este nuevo plan parece re- 
posar sobre una base más lógica que la simpatectomía perivascular. Sin em- 
bargo, la gravedad del procedimiento mismo, tal como lo ha descrito Royle 
y modificado Adson, constituye un enorme obstáculo a su empleo general 
como terapéutica (piirúrgica. 

Suélese designar a la simpatectomía periarterial como procedimiento com- 
parativamente sencillo; pero se han publicado un sinnúmero de referencias a 
percances observados durante la operación, o después, y han sido algo fre- 
cuentes los accidentes, tales como infección de la herida, perforación de la 
arteria, hemorragias secundarias, seudoaneurismo, artcriotrombosis y gangre- 
na del miembro. 

Aunque nos vemos obligados a confesar que la simpatectomía perivascu- 
lar no ha cumplido las promesas que parecían tan hala¿\ueñas, cuando se 
describió por primera vez, sin embargo, ha resultado útil por avivar mucho 
interés en el sistema simpático y despertado a la profesión médica a las po- 
sibilidades dé la cirugía neurovascular. 

J. S. 



\ 
^ 




Después de k experiencia de Claude Bernard, 
ción de los esplácnicos determinan poliuria, miichus trabajos han si<lo con- 
yagrados a la acción del sistema nervioso sobre la secreción renal. X-a es- 
cjeta de Asher se ha consagrado particularmente a esta cuestión, y ha lle- 
gado a las siguientes conclusiones ; E] esplácnico contiene ñbras inhibidora 
de la diuresis; el neumogástrica, ñbras estimuladoras de la diuresis. 
estas condiciones, la atropina debe disminuir la c 

comprobada, en los animales. (Thompson, Ginsbsc, Abl, Walti, Po£ 
card). Pero la experiencia no ha sido hecha en el hombre. B. y D. la han 
Intentado en diez hombres, jsomelidos a un régimen de alimentación y de 
bebida particularmente cuidado, e indemnes de toda afección aguda Mties- 
tran, a título de ejemplos, el protocolo detallado de estas experiencias e 
ii'dividuos, uno cuyo funcionamiento renal podia ser considerado como r 
mal ; el otro, cuya permeabilidad renal estaba disminuida. La dosis de tí/ji 
pina inyectada era de un miligramo. 

Los hechos observados son los siguientes ; La inyección de atropina i 
termina una disminución de la excreción urinaria, y esto no solamente 
el agua, sino también para el cloruro de sodio, para el ácido úrico y a 
nina; es particularmente acentuada y precoz para esta última sustancia,! 
acción inhibidora de la atropina está más marcada, en el riñon normal f 
ea el riñon cuya permeabilidad está alterada. B y D. creen que produa 
^no solamente una acción vasoconstrictora sobre la circulación renal, 
una acción propiamente secretora, que se ejerce de una manera gtooatf 
el conjunto de las eliminaciones renafes. 



ti. Kaffaele.— La alimentación duodenal como tratamiento da| 
Úloera géstrioa. (La Riforma médica. Tomo XXXI, núm. 36.) 

Einhom ha enseñado, en 1911, que se poda curar a los enfermos dej 

cera gástrica alimentándoles por medio de una sonda duodenal de tJ 

ma eipecial. Después de algunos años, el 90 por 100 de los ulcerosos at- 
raUn; para los otros hacia falta repetir el tratamiento. Las investigacio- 
nes quirúrgicas se reservaban asi a un pequeño número de casos. Este nue- 
vo mílodo fué aplicado por el mismoi Einhorn en el tratamiento de hemo- 
TUgias y de perforaciones de estómago o de trastornos dispépticos conse- 
cutiTOS a las gastro-enlerostomia. Aaroh y Morgan, en América; Damade, 
en Francia, han obtenido igualmente buenos resultados. R. publica una db- 



— 93 — 

servación de úlcera yusta-pilórica en que el método se ha mostrado favo- 
rable, después que otros tratamientos habían fracasado. Estima que no está 
bastante conocido ni aplicado, sobre todo en Italia. Garbat, en América, ha 
observado recientemente que la alimentación duodenal provoca al mismo 
tierapo una abundante secreción de ácido clorhídrico, y preconiza la admi- 
ristración de álcalis antes de la comida. R. no tiene las mismas ideas, y ob- 
serva que la alimentación duodenal ha curado numerosos casos de úlcera, 
m añadir los álcalis. 

H. G. MOGENA 



A. FoNio.— El valor de la leucocitosis en la apeitdlcltis des- 
de el punto de vista diagnóstico y pronóstico. (Schweisc- 
rischc medisinische Wochensrift. Tomo LV, núm. 34 .) 

En gran número de casos difíciles, la leucocitosis ayuda al diagnóstico 
tie la apendicitis. Pero su estudio da sobre todo datos preciosos para reco- 
nocer el grado de las lesiones apendiculares y peritoneales : la leucocitosis 
y la fórmula leucocitaria de la sangre dan, en efecto, una imagen de la 
imíKírtancia y de la naturaleza de la infiltración leucocitaria en las paredes 
<lel apéndice. Las gráficas trazadas según 312 casos operados, dan las me- 
■dias siguientes : apendicitis crónica, 6.000 a 9.000 con linfocitosis, y muchas 
"veces eosinofilia; apendicitis subaguda, 8.000 a 9.000 con ligera polinucleo- 
^is; apendicitis incipiente, 8.00Q a 11.000 con polinucleosis franca, sin cosi- 
=noíilos; apendicitis aguda, 10.000 a 14.000; apendicitis gangrenosa o ílegmo- 
^osa abceso apendicular o pcriapendicular, 10.000 a 28.000. En la peritonitis 
apencücular, las cifras son generalmente del mismo orden que en estos úl- 
timos casos; pero otras veces las cifras son débiles; puede incluso haber 
leucopenía, cayendo la cifra a 3.000 Estas últimas formas son de un pro- 
j'ósfico grave, bien porque la perforación haya sido muy brutal y no haya 
dejado tiempo a producir ninguna reacción, sea que la médula ósea es in- 
capaz de reaccionar. Sin embargo, se puede, incluso en estas circunstancias 
<Iesfavorables, obtener la curación, a condición de reducir al más estricto 
^únimum el choque operatorio: anestesia local, intervención mínima. Se ve 
entonces, después de la intervención, un aumento de la leucocitosis, que 
'anuncia el restablecimiento de la situación. 

J. M. 



X SusMANN Galant.— EpIlcpsías de origen genital. (Schweiserische 
^nedisinische Wochensrift. Tomo LV, núm. 36.) 

S. G. da una observación muy detallada de una mujfer cuyas crisis, sien- 
"^ manifiestamente epilépticas (pérdida completa de conocimiento, convulsio- 
nes clónicas y tónicas, trismus, micciones^ involuntarias), recordaban muchas 
veces también a crisis histéricas. La primera crisis apareció por la noche, 



- 94 — 

3 de la primera meiistruación de^tués de tw! 
e:iibaraiD, la amenorrea, de! amamantamiento había durado un año. De^de- 
entonces, los hechos se repitieron regularmente en cada época menstrua!; 
durante un embarazo, cada periodo, que hubiera debido responder a una 
éixjca menstrual, estaba marcado por una serie de cuatro o cinco crisis. Bíii 
Lmbargo, en el intervalo de las menstruaciones, se producían a veces igual- 
intnle crisis, provocadas por sueños, contrariedad es , golpes en la cabeza o. 
un dtilor íisico. 

S. G. discute, a propósito de esta observación, la idea ile hisicro-trau- 
nialismo. y el papel de! factor genital, que debe ser considerado como n 
iicasión y no como la causa de las crisis. 



.«) m 

I (lue liastifc^' 



J. voR Deecrwanden.— Una forma especial do perlonlxis orói 
oa. [Sdnvcisetische mcdhinischíi ¡Vochciisrifl. 

Esta forma es la qtie lia sido ya asilada en ifj-'i por Kumer, y que liastifc' 
ahora no ha sido observada más que en mujeres. D. lia observado cinca 
nuevos casos, que le han permitido cnmpletar su historia. Es una forma 
eminentemente crónica, piies puede durar meses e incluso años. Comienza 
muchas veces después de un pequeño traumatismo de la ranura periungueal, 
como sucede muchas veces a las mujeres durante los cuidados de la casa (>■ 
después de arreglarse las unas. El ,borde de la uña está rojo, edematoso, 
jMíro no toma el aspecto de una inflamación francamente agudo, como en el 
panadizo. El borde de la uña está muchas veces recubierto por pequeñas es- 
camas blancas. La ranura está algunas veces llena de costritas pardo claro 
más o menos adherentes. La presión en el borde inferior del rodete periun- 
Kueal hace a veces salir una gota de secreción purulenta espesa. La uña lio. 
se altera sino muy tardíamente. La afección comienza siempre en un solo 
Oedo; más tarde, puede ganar otros dedos de la misma mano o de la otra 

Los cultivos de pus en gelosa dan cuatro clases de gérmenes; leviiduitw, 
eslafilococos, bacilos fusiformes Gram negativos, y pequeños bacilos áe for- 
ma de bastón con bordes redondeados, Gram negativos. Son estas dos úl- 
timas especies las que dominan en los frotis. D. ha tratado, con !a ayuda 
(le cada uno de estos cu-lt¡vos, de reproducir la perionixis. Las tentativas haa 
sido hechas en el cobaya ; pero no resultaban siiin a condición de abrir ffl- 
chamente la ranura periungueal y practicar la inoculación lo más profun- 
damente posible. Como las lei-aduras no producen perionixis, deben ser 
reparadas, contrariamente a la opinión de Kumer , los estafilococos no dati 
más que panadizos agudos; los bacilos fusiformes pueden encepe ion alme- 
te dar cuatro una vez bien determinar la perionixis. siendo la marcha de esta 
: francamente aguda. Sólo e! bastón de bordes redondeados Gran»- 
vo ha determinado en los cuatro casos en el cobaya una peri.inixsis. 
aiül.iga a la que sei observa clínicamente en el h^imbre, y que dura íre* o 
\ '¿latTO geoiana» tf« fetroceder. 



95 



Fl diagnóstico puede ser difícil por la nosografía tan extensa de las 

^ríonixis. Pero curar simplemente después de la introducción profunda 

ta por D. puede curar simplemente después de ?a introducción profunda 

<íc Dovarsenobenzol en polvo en la ranura periungueal. La aplicación es 

reo dolorosa; se repite dos veces por semana; lleva a la curación en ocho 

^ quitice días. 

^ J. M. 



F L.EURET y J. Caussimon.— De las fiebres menstruales en (á tuber- 
culosls pulmonar. {Rezme de la Tuberculoso. Tomo VI, núm. 6,) 

En esta importante Memoria L. y C. estudian primero minuciosamente 
los diversos tipos: fiebre premenstrual, fiebre menstrual, fiebre postmens- 
trual de las tuberculosis pulmonares. 

Ca fiebre premenstrual y menstrual no son muchas veces más aue \z 
•exageración de un fenómeno fisiológico normal. En otros casos, se nota 
^n aumento de la amplitud de las oscilaciones térmicas durante las reglas 
■^ una hipertermia en campana o una elevación del nivel medio de la tem- 
l>era,tura durante las reglas. 

En las tuberculosas con amenorrea dos grupos pueden encontrarse: en 
la enfermas con amenorrea silenciosa no se encuentra en la época habi- 
tual de las realas, ninguna modificación de la curva térmica; en caso de 
amenorrea activa, las enfermas, en la época habitual de sus regla?, tienen 
las diversas reacciones térmicas descritas, solamente falta el fluj > cata- 
mea i^l. Los autores investigan en seguida la curva térmica en las tubercu- 
losa» enfermas de disimenorrea. 

L^is reacciones térmicas postmenstruales pueden ser benignas o graves; 
les stutores relatan casos de reacción postmenstrual grave, renal o menín- 
^'^3.. tales casos traducen un verdadero esparcimiento a distancia de lesiones 
^^^t-culosas nuevas. 

Estas reacciones térmicas parecen estar estrechamente ligadas a la na- 
tursileza evolutiva o no evolutiva de las lesiones pulmonares. Los autores 
^istiiiguen tres eventualidades: 

T.& En caso de lesión estabilizada no evolutiva, reacción menstrual 
"^^ tipo normal, es decir, fiebre premenstrual y descenso de la temperatura 
^^H"ante el flujo, esta reacción tanto más discreta cuanto la estabilización 
•tsté más acentuada. 

2.a En caso de lesión evolutiva, aumento de la amplitud de las oscila- 
ciones térmicas, elevación del nivel medio de la temperatura durante el 
ftujo; según los casos, se puede observar una reacción térmica consecu- 
tiva o postmenstrual, que traduce siempre la actividad de las lesiones pul- 
inonares^ 

3.' La transición entre un período de mejoría y de agravación o inver- 
samente, se traducen por una hipertermia en campana durante el flujo 
menstrual. 

í/. y C. discuten en seguida, ampliamente, las diversas opiniones emití- 



— 96 — 

das sobre la patogenia; papel de las enfermedades infecciosas y de ¿aft. 
afecciones genitales; teoría tóxica; teorías vasomotoras y nerviosas; teoria. 
endocrina. Terminan investigando el papel de los brotes bacilémicos tubercu- 
losos que han podido frecuentemente poner en evidencia. 

La menstruación y, sobre todo, la menstruación febril^ es para ciertas 
tuberculosas la ocasión de una agravación^ clara de la enfermedad.. Duran* 
te los fenómenos fluxionales menstruales se rompe la frágil barrera qut 
stpara las lesiones de la sangre circulante, y de ello resulta una septicemia 
bacilar que puede ser el punto de partida de la formación de focos nue- 
vos, pulmonares o ^xtrapulmonares ;^ todo depende del enquistamicnto más 
o menos al derramo e bacilos en la sangre durante el brote fluxional. Cicr- 
tas tuberculosas se reinfectan ellas mismas cada mes durante las reglas^ 
y «e matan así poco a poco. 



/ 1 



J. T. B. 



^:rchivos de medicina 

Cri^UGIA Y ESPECIALIDADES 



LA sífilis como CAUSA DE LOS SÍNDROMES EXTRA' 

PIRAMIDALES 

por 

J. Bejarano y J. A. QAy. 



Existen una porción de síndromes integrados por las más diver- 
S3-S ¡perturbaciones hiperquinéticas, aquinéticas y miotónicas, depen- 
dietntes de lesiones de los núcleos grises de la base diel cerebro, 
^^Tiipados recientemente por Staufenberg con el nombre de'"sin- 
diXDmes extrapiaramidales". 

La etiología de estas afecciones fué en un principio completa- 
^'^^'^tite desconocida y se estudiaban reunidas en el amplio y vago 
&^^po de las neurosis, aunque sin sospechar las estrechas relacio- 
^•^s que las unían entre sí. 

Fué Jelgersma el primero que en la autopsia de un enfermo de 
Parálisis agitante describió lesiones atróficas que interesaban el 
i^úceo lenticular, porción lateral del tálamo, cuerpo de Luys, fibras 
^trio-luysianas y asa lenticular. 

Las investigaciones anatómicas posteriores de C. y O Vogt, 
A.LZHEIMER, WiLsoN, Lewy, R. Hunt, Tretiakoff, etc., han de- 
mostrado lesiones de idéntica localización, contribuyendo al cono- 
amiento de la fisiología de los núcleos grises de la base del cerebro. 
En especial, gracias a los trabajos de C. y O. Vogt, sabemos 
^ la actualidad que las lesiones del "pallidus" producen la hiper- 
^nía, así como las del "estriataim" el temblor. 

A pesar de irse aclarando el "substratum" anatómico de estos 
procesos, la etiología seguía siendo obscura y para explicarla se 
rfearon las más diversas hipótesis. 

Kubitz-Stamler defendió con tesón la influencia etidógica 
^ la sífilis, sin que por entonces pudiera pasaír esta afirmación de 
'a categoría de una hipótesis. Sin embargo, desde un principio se 



-..ixií- ■• .-.- 



m 



señaló la hipótesis de alguno de estos procesos en individuos afec- 
to.'; de parálisis general progresiva con típicas alteraciones de !i- 
guido cefalorraquídeo (Jaküií), sin ver en esta asociadón más que 
una mera coincidencia. 

La aparición de gran número de estos síndromes extrapirami- 
dales a partir de la pandemia gripal de 1917-18 y de sus sucesivos 
y parciales brotes epidémicos, en los que se observaron muchos 
casos de encefalitis, han aportado datos de excepcional interés para 
el conocimiento de aquellos síndromes. 

El virus filtrable de Levaditi se localiza en los núcleos grises 
raescoefálicos y provoca alteraciones histológicas de carácter Ín¿a- 
matcffio subagudo, consistentes en lesiones vasculares con inültra- 
ción perivascular de células redondas y proliferación de la neuro- 
gUa, lesiones bien parecidas a las de la sífilis, según hizo notar 
Ecónomo, y distintas en cambio de las de tipo degenerativo que se 
encuentran en el Parkinson genuino. 

Mezclados con estos síndromes postencefaliticos, recayendo co- 
Tno ellos en personas Jóvenes, sin poderlos diferenciar clínicamen- 
te de éstos, han sido señalados por URECniA, Lhermitte y Cor- 
nil, CoppoLA, Lafoka, CovisA y Bejarano, algunos síndromes ex- 
trapiramidales de etiología indudablemente sifilítica. 

El hecho, tal vez casual, de haber observado en tres años cinco 
enfermos de esta naturaleza, y el estudio crítico de algunos de los 
numerosos trabajos consagrados al estudio de los síndTomes post- 
encefaliticos (r), nos hace suponer que el número de parkinsonis- 
mos sifilíticos es mucho mayor del que generalmente se cree, v 
recomendar calurosamente que se investigue siempre con lodo 
cuidado en «ste sentido. 

La diferencia de pronóstico de ambas afecciones es enorme, 
pues así como la sífilis, vascular o gomosa, estamos seguros de 
mejorarla extraordinariamente en todos los casos, en el parkin- 
sonismo postencefalítico han fracasado más o menos ruidosamente 
todos los remedios empleados. 

BiLLiGHEiMER. fundándose en el parecido, ya señalado por 
Ecónomo, entre las ]e?'n'"*= nn!Jtniv.nn.i(-í\iAm'(.^=. ^•■r,A,,^A',~ „ — i.. 



i anatomopatológicas producidas por la 
sífilis y Jas que se encuentran en estos síndromes extr^piramidales. 
emplea sistemáticamente fricciones de mercurio, citando un caso 
de curación. 

También_ parece hablar en este sentido el hecho de que Hans 
Haff, trabajando con material de Ecónomo, reconoce el fracaso de 

(i) Véase, sobre todo, el de Cañizo. (Congreso para el Progreso de 
las Ciencias. Salamanca. 1923.) 



-•99 — 

todos los medicamentos ensayados a excepción del yoduro sódico 
intravenoso a dosis altas (6 a lo grs.), que ha proporcionado éxi- 
tos brillantes. 

Meana (2), en los doce enfermos que estudia en su tesis en- 
cuentra en uno Wassermann positivo y Lance con cuña sifilítica, 
a pesar de lo cual no cree que la sífilis desempeñe ningún papel 
como causa predisponente ni díeterminante. 

Las cinco observaciones siguientes nos permiten hacer algunas 
consideraciones generales acerca de este imiportante asunto, desde 
luego con carácter provisional, en tanto que nuevos y más nume- 
rosos casos de esta índole nos hagan variar o persistir en nuestro 
criterio. 

i.° El estudio detenido de cuatro de estos enfermos nos mues- 
íira un síndtome parkisoniano puro con típicas alteraciones de lí- 
quido céfaloraquideo y sin ningún otro síntoma de neuroeje. Esto, 
unido al hecho de no haber observado nunca la coincidencia de estos 
síndromes con la demencia paralítica (tan frecuente según los auto- 
res alemanes), nos hace suponer que, al menos entre nosotros, son 
mas frecuentes los síndromes puros y casi excepcionales las men- 
cionadas asodadonies de Parkinson y parálisis general. 

2P Estos síndromes de etiología sifilítica, se presentan de igual 
modo que los encefalíticos y, a diferencia del Parkinson verda- 
dero, preferentemente en individuos jóvenes, oscilando la edad 
por nosotros observada entre los treinta y treinta y ocho años. 

l!" Son síntomas tardíos con relación a la fecha de la infec- 
ción sifilítica, algunos extraordinariamente, apareciendo siempre en 
pleno período terciario (diez y ocho años después del chancro en el 
caso segundo). El caso nuestro de comienzo más preocT es eí de 
U enferma número 5, que padece una sífilis conyugal de comienzo 
í,^rado y hace sds aííos que contrajo matrimonio. 

4° El diagnóstico etiológico únicamente puede establecerse con 
^1 análisis de líquido céfaloraquideo. La anamnesis tiene solamente 
^ valor muy restringido. La mayoría de nuestros enfermos refie- 
ren una sífilis antigua y una afección gripal (o encefalítica), de fe- 
cha más reciente, a la que concedemos un valor extraordinaírio co- 
^ causa predisponente para la localización del treponema en la 
'^ del cerebro (núcleos grises). Otros no recuerdan haber pade- 
cido ninguna de las mencionadas infecciones, pero no necesitamos 
recordar la gran abundacia de sífilis ignoradas y por otra parte 
J^<5s sabemos que existen formas ambulatorias de encefalitis en 
^ cuales el enfermo tiene durante algunos días unas ligerísimas 

(2) Progresos de la Clínica, 1924, págs. 322, 510 y 640. 



I 

I 



Basque pronto olvida. Debemos hacer constar que níngt 

de nuestros enfermos ha padecido letargía ni oftalmoplegias, tan 

frecuentes en las formas típicas de la enfermedad de v. Ecónomo. 

5.° La sintomatología clínica es parecida a la del Parkinson 
genuino, pero, sin embargo, resumiremos brevemente a continua- 
ción sus principales características; Actitud típica del cuerpo en 
flexión y con gran limitación de los movimientos, en especial de 
los de extensión del cuello. Amimia. Hipertonía considerable de 
origen extrapiramidal con reflejos cutáneos conservados y tendino- 
sos noí-maks (tres casos) o ligeramente exaltados {dos casos). Fal- 
ta siempre el signo de Babinsky. En dos casos anterepulsión mar- 
cada. Reflejos pupilares constantemente normales. Inteligencia pe- 
rezosa, apagada, siempre con perfecta conservación de la autocrí- 
tica. Temblor, en general poco marcado y en uno de los casos com- 
pletamente ausente. En general, podemos afirmar que en nuestros 
casos predomina la hipertonía sobre el temblor, por lo cual es de 
suponer (aun cuando falten datos anatómicos) que las lesiones se 
l.TcaJizan más intensamente en ed "paJHdus'" que en el "striatura". 
La palabra es monótona, trabajosa, nunca explosiva no existiendc 
verdadera disartria. 

Como puede verse por esta sucinta enumeración es imposible 
hacer un diagnóstico clínico diferencial entre estos procesos de 
origen sifilítico y los dependientes de la encefalitis letárgica. 

En cambio, no compartimos en absoluto la opinión de Jakob, 
que en una reciente y magnífica monografía (i) dedicada al estu- 
dio de los síndromes extra piramidales, no menciona la sífilis más 
que para señalar la gran dificultad, y en ocasiones la imposibilidad 
verdadera, de realizar un diagnóstico diferencial entre estos sín- 
dromes y la parálisis general progresiva. En este sentido r^ere 
dos observaciones de entre las varias que dice poseer, de enfermos 
con datos de líquido positivos y con un diagnóstico clínico flu:- 
luante entre P. G. P. y enfermedad de Parkinson y en los cua- 
les la aiitopsia demostró la existencia de lesiones vasculares lo- 
calizadas en cuerpo estriado. 

En nuestra opinión, es casi siempre factible el diagnóstico di- 
ferencial entre ambas afecciones, aunque a veces exija una obser- 
vación prolongada. 

Como ya hemos dicho, la conservación de la autocrítica suele 
ser perfecta en los parkinson i anos sifihticos. La torpeza intelectual 
de estos enfermos no puede confundirse con las profundas altera- 
ciones que presentan los individuos afectos de demencia paralitica 

(i) Díe exlrapiramidale Erhrankungen. Berlín, Springer, 1524. 



— lOI — 



Los ^síntomas somáticos difieren también considíeirablemente. 
Los trastornos pupilares, casi constantes en la patrálisis, faltan por 
completo en nuestros enfermos. La hipertonía extra/piramidal tam- 
poco puede confundirse con la contractura siempre parcial y limi- 
tada a un grupo muscular más o menos extenso, que presentan las 
parálisis de tipo Lissauer. 

Del mismo modo, es bien distinta la f acies impasible, de máscara, 
praiia de los parkinsonianos, de aquellos rasgos alterados, estre- 
mecidos con frecuencia por contracciones fibrilares, que caracteri- 
zan a los paralíticos. 

A continuación insertamos las cinco observaciones, » debiendo 
advertir que las tires primeras han sido ya publicadas por uno de 
nosotros en colaboración con Covisa (i). 

Observación primera. — ^Treinta y ocho años. Sífilis ignorada. No 
refiere ningún antecendente. 

Leuoop!asias múltiples de la mucosa bucal. "Hace cuatro meses, 
después de la gripe, aparición de estado C9ntractuiral de tipo par- 
kinsoniano. 

Ea la fecha de nuestra observación impasibilidad en la caira; 
contractura de los miembros que impide casi por completo la mar- 
<íha. Reflejos pupilares normales. Reflejos tendinosos exaltados. 
Temblor generalizado. 

Wassermann en sangre: fuertemente positivo. No hay datos 
<Íe líquido céfaloraquídeo. 

Se hizo un tratamiento con diez inyecciones de silbersalvarsán 
^ue produjeron ima curación absoluta, restando sólo un ligerísimo 
"temblor en las piernas en los movimientos forzados. 

Observación segunda, — ^Tireinta y cuatro años. Hace veintisie- 
"te, paludismo tratado con quinina y del que quedó aparentemente 
'^rado. Hace «iiez y ocho años, chancro genital seguido de síntomas 
secundarios y ti atado con pildoras mercuriales y probablemente con 
yoduro. No ha vuelto a hacer más tratamiento. 

Hace un año comienza a padecer mareos, cefalalgias y, sobre 
toílo, a notar una gran dificultad de movimientos que ha ido pro- 
gresivamente aumentando. Estos trastornos se presentaron al poco 
tiemp de una infección probablemente gripal, pero que el enfermo 
^0 puede precisar bien. 

Le administraron entonces inyecciones de neosalvarsán y cm- 
^üro (seis de cada clase) que no produijeron mejoría alguna. 

U) G)viSA y Bejarano: Síndromes parquinsonianos de origen sifilítico. 
-4<^'«í Derm, Sif. núm. 3, 1924. 



I. . k. 



La exploración demuestra iiTia hipertonía muscular acomp;^^- 
da (le rigidez muy acentuada, sobre todo a nivel del cuello. 

Facies parkinsoniana típica con pérdida de los movimientos 
mímicos. Temblor lingual y de las extremidades superiores. Ligera 
exaltación de los reflejos rotulianos, sobre todo en el lado dere- 
cho. Reflejos pupjlares normales. 

Punción lumbar: Albúmina, normal. Pandy y Noguchi, ne- 
gativos. Waesermann, negativo. 
WASFERHA>fN en sangre, positivo. 

Se trató con una serie completa de neosaJvarsáii y neotrepo! 
que no han producido ninguna mejoría. 

Observación tercera. — Treinta y cinco años. Hace diez y siete 
años, chancro duro y síntomas secundarios tratados con pildoras 
mercuriales. Casado hace trece años, la mujer ha tenido ocho 
abortos. 

Hace dos años gripe que le obligó a permanecer en cama quince 
días. La enfermedad actual comenzó hace año y medio por impo- 
tencia funcional y rigidez de las extremidades inferiores, acom- 
pañadas poco después de temblor. Este se propaga rápid^nente a 
las extremidades superiores que se afectan taanhién de rigidez, la 
cual se propaga en seguida al tronco, viéndose obligado e! enfermo 
a abandonar su oficio (cochero). La posición es característica, con 
el tronco flexionado sobre la pelvis y las rodillas en flexión. 

Marcha muy rígida y dificultosa con antepulsión bastante mar- 
cada. Reflejos tendinosos, cutáneos y pupilares, normales. Sensa- 
ciones fiecuentes de sofocación. Paroxismos sudorales y sialorrei- 
cos. Palabra muy poco alterada. Sólo en conversaciones muy pro- 
longadas tiene alguna dificultad articulatoria. Mímica facial bas- 
tante bien conservada. Temblor no muy marcado, afectando prin- 
cipalmente los dedos. Disminuye durante el reposo y cesa durante 
el sueño. 

WASSERMAN>f en sangre; positivo después de reactivación. 
Wassermann en liquido céfalonraquideo : con 0,2 y con 0,5, po- 
sitivo. 

Tratado con diez inyecciones de neosilbersalvarsán, que hicie- 
ron desapaiecer progresivamente todos los síntomas hasta poderse 
considerar curado al enfermo. 

Obsen'ación cuarta. — Treinta años. Oficial de Oarreos. Hace 
odio años, chancro genita, y periodo secundario, tratado con sa~ 
inyecciones de neosaivarsán y algunas intramusculares de mercu- 
rio. Dos años después, cefalalgias, tratándose entonces con cinco 
inyecciones de neosalvarsán. 



" . — 103 -- 

Hace cinco años, gripe, .que le obligó a permanecer un mes en 
cama. 

Viene a consultairnos por cefalalgias y disminución de la acui- 
dad auditiva. Interrogándole más detenidamente refiere que hace 
algún tiempo está muy torpe de inteligencia y de movimientos. 

Exploración : Reflejos pupilares y tendinosos normales. Pala- 
bra lenta y trabajosa. Hipertonía evidente con limitación de movi- 
mientos. Amimia. 

Examen de sangre: Wassermann, Bauer y Meinicke, fuerte- 
mente positivas. Examen de líquido cefalorraquídeo: Albúmina, 
0,48. Reacciones de globulinas, positivas. Wassermann: con 0,2 
y 0,5 de c. c, positivo débil ; con i c. c, positivo fuerte. . 

Tratado con neosalvarsán y yoduro intravenoso, mejoró tan 
rápidamente, que a la terminación del tratamiento podía conside- 
rarse como normal. No se repitió la poinción lumbar. 

Observación quinta- — Treinta y tires años. Casada hace seis, no 
ha tenido ningún embarazo. No existen antecedentes venéreos. 

Hace unos meses comienza a notar rigidez y dificultad para 
Inablar y moverse. 

Amimia. Hipertonía. Reflejos pupilares y tendinosos, normales 
-Anteropulsión. Palabra muy dificultosa. Temblor. Crisis sialorrei- 
cas y sudorales. 

Wassermann en sangre, positivo. 

Líquido cefalorraquídeo: albúmina, 0,42; globulinas, positivas. 
"Wassermann, fuertemente positivo desde 0,2 de c. c. 

eDspoiés de 2,10 gramos de neosalvarán y seis inyecciones de 
xieotrepol, parece iniciarse una ligera mejoría de la maircha y de la 
palabra. 

♦ ♦ ♦ 

De estas observaciones se desprende que, aunque no todos los 
casos son influenciados en la misma medida por la terapéutica, los 
resultados conseguidos son muy alentadores, puesto que de cinco 
enfermos hemos logrado la curación en tres y en otro se ha pro- 
ducido una evidente mejoría. En el caso a que se refiere la obser- 
vación segunda, es más que dudosa la intervención de la sífilis en 
el síndrome parkinsoniano, y a ello se debe, sin duda, el fracaso 
del tratamiento específico y los datos negativos de líquido. 

De todos modos, aun en aquellos casos en que el origen sifilí- 
tico sea indiscutible, debe admitirse que el tratamiento puede no 
producir sistemáticamente la curación, puesto que la posibilidad de 
ésta depende tan sólo de que las lesiones de endo^Ttm\:\^ Q.^T^\:a^ 



i 



— 104 — 

no hayan sido tan intensas ni tan duraderas qine puedan haber pro- 
ducido lesiones secundarias inrepairables de los núcleos grises. 

Si éstas existen, la restkutio ad integrum es imposible, como 
sucede en todos los casos de neurosífilis vascular en que concurren 
estas circunstancias. 

Por lo que se refiere al tratamiento de estos síndromes, nos 
limitaremos a decir que conviene en todos los casos asociar a la 
terapéutica antisifilítica corrientemente empleada (salvarsán, bis- 
muto, mercurio) inyecciones intravenosas de yoduro sódico a la 
dosis de 0,60 a i gramo por inyección, en virtud de que la vascu- 
laritis parece la lesión anatómica dominante. 

Nos importa, por último, insistir en que ante todo síndrome 
parkinsoniano es imprescindible la punción lumbar y el análisis 
de 1. c. r. como único medio de averiguar ta etiología sifilítica de 
algunos de ellos y de instituir una terapéutica eficaz. 



LA FILTRABILIDAD DEL VIRUS TUBERCULOSO 

por 

Q. I o h o o k. 



La bacteriología pertenece a las especialidades cuyas adquisi- 
cio-nes penetran muy pronto en d dominio general de la Medicina. 
Los nuevos diescubrimientos no permanecen largo tiempo conocidos 
s6lo por los hombres de laboratorio, sino que se ponen lo más rá- 
pi<ia|nuente posible a disposición del médico práctico, quien, a la ca- 
lvecerá del enfermo, aprecia d alcance práctico dé los descubrimien- 
tos anunciados. En do que se refiere a la tuberculosis, cuyas victi- 
injas son incontables, se tiene particularmente prisa en confirmar los 
resultados de las invesitigafciones experimentales. Desgradádamen- 
te, en una mayoría aplastante de los casos las condusiones audaces 
íio son confirmadas por el médico objetivo. Sería muy largo citar 
-í-s múltiples tentativas emprendidas ¡por los tisiólogos y que han 
Reñido que ser abandonadas. A pesar de este hecho desconsolador 
l^rf-udable, no Ifcga al desánimo. Este optimismo nos parece particu- 
larmente justificado frente a los estudios redentes repetidos sobre 
la forma filtrante dd bacilo tuberculoso. La clínica y la terapéutica 
^^ben tener en cuenta las enseñanzas proporcionadas por las ob- 
servaciones rigurosas e instructivas recogidas en los diferentes 
países. 

* * * 

Como es sabido, según las nociones hoy clásicas, el bacilo ácido- 

''^sistente es la única forma dd microbio de la tuberculosis. Frente 

^ *oda lesión que se pretende tuberoulosa sólo se puede expresar la 

J^^rteza después die haber encontrado al badlo que resiste constan- 

^^'^te a la decoloración por los áddos empleador d^ oT^xcms^, 



i-''.«»^ )<.■■*> 



La autenticidad de la afección no puede dejar, pues, lugar a duda» 
si quedan establecidos de una manera indiscutible los raagos carac- 
terísticos de la niurf olügia del bacilo. Aliora bien; en 1910, M. Fo.v- 
VES, del Instituto Oswaldo Cruz, de Río de Janeiro (Memorias del 
Instituto, t, II, £. 1. abril 1910), expresó una opinión diferente. 
Según su opinión aiUtorizada, apoyada en investigaciones serias c 
inatacables, había que admitir la existencia de elementos filtrables, 
virulentos y tubercuügenos a la vez. 

Los trabajos de Fontes, qtie datan j-a de una fecha lejana, pero 
que lian sido vueltos a estudiar, sobre todo en Francia, en los úl- 
timos tiempos, se basaron en las investigaciones de Mucii. Este 
especialista, bien conocido en materia de tuberculosis, utilizando d 
método de coloración de Gram, había notado que el bacilo de KoCH, 
tanto en los productos patógenos como en los medios de cultivo, se 
resolvía en granulaciones ácido-resistentes, que podrían dar origen 
a las formas bacilares típicas. 

El sabio brasileño decidió ir más lejos que su oolega alemán. 
Tuvo la idea fecunda de tratar de separar las granulaciones MuCH 
de las formas bacilares ordinarias, filtrando por una bujía Berke- 
i'i'LD el pus diluido en solución fisiológica de un ganglio caseoso de 
cobaya inoctilado previamente con producto* tuberculosos de ori- 
gen humano. 

El filtrado obtenido por Postes, sometido a un examen micros- 
cópico atento y minucioso, se mostró, desde e! punto de vista de la 
liresencia del bacilo tuberculoso, sin eHementos visibles coloreables 
por la téniica corriente. Ni en los frotis ordinarios ni el sedimento, 
después de una larga centrifugación, fué posible encontrar rastro 
alguno del bacilo tuberculoso. 

Puesto que se trataba de un filtrado a través de una bujía, no 
pra nada extraño que el microscopio buscase en vano una forma 
cualquiera de! bacilo de Koch. Sin embargo, ha sido necesario te- 
ner la certidumbre completa de ello para dar mayor v?.lor a las 
experiencias en cobayas inoculados con el filtrado en cuestión. Per- 
mítaseme dar rápidamente algimos detalles respecto a esto, llenos 
de enseñanza y nada aburridos. 

FoNTEs inoculó filtrado bajo la piel del muslo a varios cohayas. 
Hn uno. sacrificado quince días más tarde, se encontraron ganglios 
tumefactos en la región inguinal. I-os frotis dieron un resultado 
negativo, lo que no impidió suponer la existencia de ttib^rculosis. 
Para cerciorarse de elfo, se lomó una cuarta parte del bazo del ani- 
ma! portador de la, hipertrofia ganglionaír inguinal, y se inrx-uló por 
\'ia subcutánea a otros dos cobayas. 

Ambos cobayas acusaron pronto lesiones que no eran id» 



j| 



— 107 — 

es cierto, pero, sin embargo, altamente significativais para la doc- 
trina de ia tuberculosis. No se podía pensar en una coincidencia, 
sino en ima experiencia irreprodiable que se imponía por sí mis- 
ma-. En d primer cobaya, sacrificado un mes después de la inocu- 
lación, se encontraron ganglios hipertrofiados en la proximidad del 
punto de la inoculación. En el segundo, fallecido de muerte natu- 
ral al cabo de cinco meses, la autopsia no reveló nada anormal en 
los ganglios inguinales. 

FoNTEs buscó en los frotis de estos dos cobayas los bacilos. En 
el primer cobaya los frotis de los ganglios manifestaron la presen- 
cia de las granulaciones ácido-resisitentes, mientras que en el se- 
gundo los frotis de los ganglios de aspecto macroscópico normal 
y d-e algunos focos pulmonares hepatizados, mostraron la existen- 
cia dé bacilos tuberculosos ácido-resistentes característicos en pe- 
queño número. 

En vista de los resultados obtenidos, Fontes llegó a la conclu- 
sión de que las granulaciones de Much podían atravesar las bu- 
jías Berkefeld y producir en los animales una tuberculosis atiplca. 

* * .* 

El escepticismo, que tanto en Medicina como en las otras ra- 
mas científicas reina a la manera de un rey caprichoso y fantás- 
t-co, interviene con demiasiada frecuencia para paralizar el progre- 
so con que se podía contar. Gon las investigaciones de Fonies 
ocurrió así. Durante el largo i>eríodo de doce años nadie juzgó útil 
v^omprobar la experiencia, a fin de obtener de ella ventajas im- 
portantes para la dínica dé la tuberculosis. En mayo de 1922, un 
sabio parisién," M. Vaudremer, rompió etl silencio y señaló como 
posible la existencia de las formas filtrantes del bacilo de Koch. 

Los reproches dirigidos a Fontes, debido a sus resultados un 
poco discordantes, no tenían ya valor para Vaudremer, quien en- 
contró en sus cultivos del bacilo tubeixuloso, en agua de pa,tata, 
iOiinas no ácido-resistentes y filtrables por bujías Chamberland Lg. 
La afirmación de Vaudremer es abso»luta, y se expnesa de la si- 
guíente manera : "c) El baicilo tuberculoso posee formas filtrables." 
f lega, en suma, a la misma condusión que Fontes, aun cuando sus 
^nviestigaciones han seguido un camino completamente diferente, 
^^S6n un método original. Vaudremer filtra oultivos, y en los 
"trados es donde se ven aparecer elelmentos vivos resembrables. 

Vaudremer expKca su éxito por la utilización de los medios 
^c cultivo privados de glioerina (¿Ido de patata) en que se puede 
observar la aparición de formas filamentosas gtsn\3¡V^t^^ no ác\d,o- 



■j ■■,■ 



resistentes, que crecen kiitanieiite siempre con el rmsmo aspecWr 
y pueden resembrarse. Si se filtran a íravés de una bujía de Qiam- 
berland La se ve que el filtrado da un cultivo al cabo de cierto 
tiempo {oclio diais a 37 grados) que oontiene taanliien formas fila- 
mentosas y granuiiadas no ácido-resisienles. Si se \Lielve a sem- 
lirar en caldo de patata con gliceriiia, el filtrado da de nuevo cul- 
rivos que tienen la misma morfología y las mismas propiedades 
lintoriales. 

Eü resumen, Vaudreker haría pasar el bacilo tubérculos» 
ácido- resistente por un medio privado de gliceriiia para obtener 
d:icíJos no ácido-resistentes modificados bio'ógica y morfológica- 
mente. En colaboración con Huduhoy, llegó todavía más lejos. 
Los dos autores tomaron un cultivo normal de bacilos de Koc3i en 
jiaiata gÜcerinada. emiilsionados los bacilos en solución fisiológica 
y filtrados luego a través de una bujía Cbamberland L-. El filtrado 
obtenido daba un cultivo al cabo de dos o tres semanas de per- 
manencia en la estufa. El ^ua peptonada g'licerínada contenida en 
el fondo del tubo de im cultivo normal proporcionaba también 
cii'ti\'x)s. En ambos casias se obtenían formas no ácido- resistentes 
de aspecto micelino. 

La deniostración de que normalmente existen en los cidtivos 
del bacilo tuberculoso formas bastante pequeñas para, atravesar las 
bujías Cbamberland Lj y Lj quedaba hecha, y se pregunta uno si 
las formas no ácido-resistentes contenidas en los filtrados pue- 
den volver a la forma ácido-resistente, por decirlo asi, regular. Se 
desea, pues, saber si es posible cerrar ©I círculo, si es posible pasar 
de un bacilo ácido-resistente a otro a través de las formas granu- 
lares mícelinas no ácido-res.i sientes. 

La vuelta a la forma clásica del bacilo tuberculoso ha sido de- 
mostrada por numerosos autores. Vaudbemer y Hauduroy reali- 
z.iron con este objeto la experiencia siguiente. Habían inoculado a 
un cobaya 2 c. c. de filtrado conteniendo formas micelianas no 
árido-resistentes, que no ptxudujeron lesión tuberailosíi sparente 
en el animal, que murió ail quinceavo día. Algunos minutos des- 
pués de !a muerte del cobaya se sembró la sangre de su corazón 
en agua .peptonada ordinaria. Después de \'eint!cuafTO horas de es- 
tufa se observaba la presenda de las formas micelianas no ácido- 
resistentes, semejantes a las que habían sido inoculadas a! animal. 
Tres días más tarde se encontraban, junto a la forma no ácido- 
resistente, bacilos tuI>crculosos típicos, árídc y alcohol -resisten tes. 



— 109 — 

Después de estudiar los ganglios tuberculosas y los cultivos del 
baoilo se trató de obtener, partiendo de los esputos, elementos filtra- 
bles del bacib de Koch.. Cai^mette y Valtis emplearon para esto 
csi>titos tuberculosos autolizados en la estufa a 38 grados durante 
tres días. El sedimento de centrifugación era emulsionado en so- 
liKrión fisiológica estéril y pasada a través de un filtro Chamber- 
bxiad Lg, cuya impermeabilidad a los microbios se había comproba- 
do previamente. 

Los filtrados, que no dieron resultado positivo sobre ningún me- 
dio de cultivo, produjeron, sin embargo, después de inoculación 
?vil>cutánea al cobaya, a la dosis de S a 10 c. c, lesiones ca- 
ncterísticas. Los ganglios próximos del punto inoculado se hiper- 
trofiaron ligeramente al cabo de diez a quince días, y luego pa- 
recieron volver a la noitnalidad. La mayoría de los conejos inyec- 
tados morían entre eí tercero y cuarto mes. En la autopsia no se 
ponía de manifiesto ninguna" lesión ganglionar, pero todo el siste- 
ma linfático, y sobre todo los ganglios tráqufeo-bronquiales estaban 
hipertrofiados. En algunos animales se observaban pequeños focos- 
'le hepatización pulmonar. Estos contenían siempre bacilos ácido- 
resistentes en pequeños grupos y escasos. La investigación, convie- 
íie señalarlo, era difícil, pero eil esfuerzo desplegado durante bas- 
tante tiempo era coronado por d éxito. 

Las experiencias de Calmette y Valtis demuestran que el 
cobaya inoculado muere sin lais reacciones ganglionaires habituales 
en la vecindad deil punto de inoculación, pero que presentan en di- 
versos puntos (los pulmones en partículaT) pequeñas lesiones que 
^^ontíenen bacilos ácido y akohoil-resistentes. 



El hecho de reproducir uiia tubercuJosis y de encontrar las di- 
versas formas de su agente patológico no ha s-ido más que el pri- 
^ estadio de las investigaciones que se dirigían hacia el estu- 
^^ del tipo evoluítivo y anatómico die la infección por el virus 
nltrable. Sobre esta cuestión poseemos ya una documentadón bas- 
tante extensa, y nos limitaremois a los trabajos recientemente pu- 
Wicados por F. Aiiloing y A. Dufourt, de Lyon. 

Ambos autores han precisado, en una comunicación presentada 
''Ítalamente a la Academia de Medicina de París, que las lesio- 
"^s provocadas por las formáis filtrantes del bacilo tuberculoso no 
Jfloptaban un tipo uniforme, y que se encontraban dos tipos di- 
ferentes. 

En d pritnter tipo no hay chancro de inoculación ni adenopa- 



^'apredable. Si se deja evoluí 



olucitiiiar la inieocióti se ' 
sobrevetiir al cabo de algunos meses una caquexia progresiva que. 
da a. los cobayas un aspecto esquelético, En. la autopsia no se en- 
cuenirun ni lesiones caseosas ná focos de granulaciones. Los gan- 
glios pueden 3er normales o ligeratnentie hipertrofiados. El exaraea 
histológico da un resLÜtado negativo, pero, por el contrario, en los 
írotis hechos con jugo gai^lionar, se encuentra por la coloración 
de Ziehl-Neelsex numerosos badllos ácido- resistentes típicos. 

Si bien en el primer tipo la tuberculización por el virus ñltran- 
te no conduce, durante la supervivencia de los animales, a la cons- 
titución de las lesiones caiscosas o nodulares típicas, no ocurre lo 
Jiiisnio con eJ segundo tipo. En éste no se trata ya de una infec- 
tión atenuada localizada en el sistema linfático y acoesoriamente en 
sus dependencias, sino de una afección franca con lesiones nodu- 
lares y caseosas en los ganglios y las visceras. Sin embargo, falta 
el chancro de inoculación. 

AitLoiNG, DuFüCJRT y Malahthe han qiierido comprobar si es 
posible pasar de! primer tipo aJ segundo, de la infección atenua- 
da a las lesiones de tuberculosis nodular clásica, por medio de 
reinoctíl aciones en serie. En la autopsia de los animales muertos 
caquécticos los tres autores habían tomado los ganglios que conte- 
nían bacilos para inocularlos a cobayas que han sido sacrificados 
al cabo de dos meses unos, y otros tres meses. Siempre se ejicon- 
traban bacilos en los ganglios, pero ni rastros de tuberculosis no- 
dular. 

El tercer paso emprendido por Asloing y sus colaboradores no 
dio un resultado muy especial. El resultado fué aproximadamente 
el mismo, con la diferencia de que en ciertos animales no se consi- 
guió encontrar los badlos. 

De ello resulta que, hasta más amplía información, los cara 
teres patógenos de los bacilos originarios del virus tuberculosoa 
trante conservan ima cierta fiieza. 



s carac^ 
-loso-^H 

un^^H 
VAnf!|J 



El conocimiento del virus filtrante ba permitido emitir im; 
pótesís sobre su paso a través de la placenta. Calmette, VaeA 
BoQUET y NÉGRE comunicaron a la Aca-lemia de Ciencias, el año 
pasado, los primeros resultados de sus investigaciomes. experimen- 
tales sobre la infección trasplacentaria de loí fetos de cobayas hem- 
bras inoculadas durante su gestación con filtrados de productos tu- 
IxTcuIcsos o de cultivos. Los hechos comunicados demu^tran que 
los filtradas contenía-n elementos virulentos que pasaban a travfe' 



— III 



Je la placenta intacta y podían determinar en d organismo de las 
crías antes de su nacimiento lesiones de naturaleza tuberculosa. Se 
localizaron casi excltusivamente en los ganglios linfáticos del con- 
íluente intrahepático. Después de una investigaron minuciosa se 
podia encontrar en los ganglos bacilos tuberculosos ácido-resisten- 
tes típicos. 

Para la especie humana los trabajos efectuados durante varios 
meses por Arloing y Dufourt en niños muertos o fetos de ma- 
dres atacadas de tuberculosis pulmonar avanzada no dieron de 
niomento más que resultados negativos. Ha sido imposible poner 
de manifiesto f cnmas filtrantes, ni en la sangre materna, ni en la 
sangre del cordón tomada en el momiento del parto, ni en la pla- 
centa. 

A los hechos indicados por Arloing y Dufourt es interesan- 
te añadir a título documental la observación de Sergent, publicada 
en el Boletín de la Academia de Medicina, de París, de este año. 
í"^ trata de la descripción de la placenta de una mujer tuberculo- 
^> qtie se encontró sin ninguna lesión tuberculosa. Se extrajeron 
íí^agxnentos de placenta asépticamente, y se trituraron en el mor- 
tero esterilizado, reduciéndolos a estado de pulpa. Un c. c. de la 
pulpia. se insertó entre lia aponeurosis y los músculos de la pared 
abdominal de un cobaya. Aproximadamente un mes más tarde pre- 
s^taba el animal una colección del vdumen de una avellana, cons- 
ttttícJa por im pus granuloso, en el cual ¡a odoración por el Ziehl 
"«» ^i-emostrado la existencia de numerosos badlos de Koch. 

Sergent no pretende dar a su observación una conclusión for- 
^^da., pero queda, según sus propias palabras "bastante seducido 
V^ la idea de que la noción de las formas filtrantes de los baci- 
los <i^ Koch autorice a admitir que el antiguo dogma de la heren- 
c^^ tuberculosa, el cual ha sido sustituido por el dogma nuevo del 
contagio después del nacimiento, mer«ece tal vez también que no se 
'^ saicrifique sistemáticamente." 

Según Cai<mette y Valtis es posible c'ue la placent^i del co- 
■i^ya y la de los roedores en general ofrezca disposiciones ana- 
tornicas (adelgazamiento de la pared endotelial al final de la res- 
^^ción) que favorezcan el paso de los virus filtrables y que esta 
^is-posición no exista en el mismo griado en las especies bovina y 
nuTnana, que son las más castigadas por la tuberculosis. A pesar 
^^ esta suposición, no queda excluido que en algunos casos raros, 
P^o de ninguna manera excepcionales, la contaminación intra- 
nterÍTia del niño pueda efectuarse y manifeistarse por accidentes 
^^ ordinario rápidamente mortales sin ataques claramente pronun- 
ciados contra un ói^ano cualquiera. 



— 112 — 

La herencia de ''semilla" ya demostrada en los animales por 
niwlio de las experiencias sobre él paso interplacentario, espera su 
confirmación para el hombre, pero se ve desde ahora el interés 
dogmático de las observaciones irrefutables y la conmoción que se 
presentará en el dominio de las ideas reinantes. 

Sin mirar al porvenir con demasiada esperanza, sólo con re- 
nunciar, y ello con razón a la intangibilidad de laa teorías clási- 
cas sobre la no filtrabi'lidad del virus tubercidoso, tenemos dere- 
cho a esperar para tiempos próximos consecuencias prácticas de 
los descubrimientos hedhos y de las experiendas realizadas. ¿Tal 
vez se dará un paso serio en el camino tan espingso hacia la solu- 
ción diel problema de una terapéutica activa y específica de la infec- 
ción bacilar? 

BIBLIOGRAFÍA 

F Arloing et A. Dufourt : Transmission du virus tuberculeux par voie trans- 
placentaire chez la femelle de cobaye tuberculisée avec im filtrat de pro- 
duit tuberculeux. C. R. Académie des Sciences, t. CLXXXI, pág. 826, 1925. 

F, Arloing et A. Dufourt: Recherches sur le virus tuberculeux filtrant et 
son passage a travers le placenta. Bolletin de V Académie de Médecine, to- 
mo XCV, pág. 163, 1926. 

F. Arloing, A. Dufourt et Malartre: Etudes sur les variations morpholo- 
giques et pathogénes du bacille de la tuberculose. París Medical, t. XVI, 
núm. I, pág. 22, 1926. 

F. Bezancon et P. Hauduroy : Filtration du bacille de Koch par la méthodc 
de Vaudremer. Revue de la tuberculose, t. V, pág. 215, 1924. 

A. Calmette et J. Valtis : Les éléments virulents filtrables du bacille tuber- 
culeux. Anuales de Médecine, t. XIX, pág. 553, 1926. 

A. Calmette, J. Valtis, L. Négre et A. Boquet: L'infection experiméntale 
transplacentaire par les éléments filtrables du virus tuberculeux. C. R, de 
VAcadémie des Sciences, t. CLXXXI, pág. 497, 1925. 

G. Dessy : Sulla filtrabilita del virus tuberculare. Bolletino delVInstituto Sie- 
roterapico milanese, núm. 2, pág. i, 1926. 

P. Hauduroy et A. Vaudremer: Recherches sur les formes filtrables du 

bacille tuberculeux. C, R. de la Sociéfé de Biohgie, t. LXXXIX, pág. 8^ 

et pág. 1.276, 1923. 
F. Sergent: Observation d'un cas. Bull. de V Académie de Médecine, t. XCV^ 

pág. 167, 1926. 
J. Valtis : Sur la filtration du bacille tuberculeux a travers les bougies Cham- 

berland. Revue de la tuberculose, t. V, pág. 218, 1924. 



TRABAJOS ANALIZADOS 



L Frank y W. WoRMs.— Aortalgia y angina de pecho. (Aortalgie 
tmd Angina pectoris). Deutsche Medisinische Wochenschrift, Año Lili, 
número 14, 1926. 

Los resultados, a veces notables, que se han obtenido con el tratamiento 
quirúrgico de la angina de pecho, lian impulsado notablemente las inves- 
tigaciones relacionadas con esta enfermedad. Una de las preocupaciones fun- 
^lanientales ha sido la de caracterizar todo lo más exactamiente posible los 
síndromes y diferenciarlos estrechamente, y esto, no solamente con objeto 
t'e precisar el capítulo del diagnóstico diferencial, sino también con el de 
instituir una terapéutica adecuada a cada caso. En el estado actual de estos 
Problemas cada vez se deslindan más dos cuadros clínicos diferentes : la 
aortalgia y la angina de pecho. Existen unos cuantos autores, entre los cua- 
les ScHMTDT y Wenkebach son los más caracterizados que piensan que para 
í^ producción de la angina de pecho no es necesaria ninguna afección de 
ías coronarias, y que la enfermedad consistiría más bien en un dolor pro- 
vcicado por una lesión aórtica. Sin embargo, Ortner establece de un modo 
tJecisivo el hecho de que la aortalgia y la angina de pecho son dos enferme- 
ííades diferentes que obedecen también a causas distintas. Supone este 
autor que la angina de pecho es tma enfermedad de las coronarias y de sus 
nervios; pero nunca de la aorta, cuya lesión aislada da lugar al síntoma de 
la aortalgia. Los puntos de vista sostenidos por Frank y Worms coinci- 
^^n enteramente con estas ideas de Ortner, y según ellos es muy frecuente 
oWvar en clínica la persistencia de una aortalgia durante años enteros, hasta 
Güe llega d momento en que el proceso que va avanzando afecta las coro- 
narias y en el período final de la enfermedad, el cuadro clínico se convier- 
ta: en d de la angina de pecho verdadera, que, al cabo de unos cuantos acce- 
5^3s graves, arrebata la vida a los enfermos. Hay que tener en cuenta que 
los casos de lesiones parietales de la aorta difícilmente diagnosticables, suelen 
^nsiderarse como neurosis durante largos años y la fase anginosa finat 
^^nstituye entonces un fenómeno que parece estar en completo desacuerda 
con el cuadro clínico anterior. 

Las molestias de los enfermos de aortalgia consisten en dolores retro e> 
jotero-esternales acompañados de sensación de opresión, dolores que no so- 
jámente aparecen durante el movimiento o los esfuerzos, sino también du- 



r 

t 

l 



»' 1 



1 cuando liay que conceder que el ejercico 
- de k aortalgia, que generalmente está despri 
: inminente tan típica de la S' 
e^jia de peclio, se irradia al omoplato y a los brazos, generalmente hacia 
lado izquierdo, va acompañado también de una sensación dolorosa a la pr 
sión del plexo braquial y especialniKnte de una hiperestesia entre cI s 
ííundo y cuarto segmentos dorsales. Esta hiperestesia constituye para la ao 
talgia un síntoma mucho más carácter istico Que todos los reslajites, inclu: 
el dolor a la presión sobre el plexo, ya que el primero es mucho más pr 
coz y mucho más constante. Poede descubrirse fácilmente esta hiperestes 
irolando la piel con e! borde de un pleximetro o con la uña, paralelainen 
a la columna vertebral a partir de la apófisis espinosa de la vértebra cerv 
cal quinta hasta la de la vértebra dorsal séptima. En estas condiciones k 
eníermos .manifiestan imnediatamente una sensación dobrosa en la piel ai 
espacio interés capu lar y en una lona que aproximadamente está situad 
entre la primera y quinta apófisis espinosas dorsales, región que correi 
ponde a los segracTítos dorsales segimdo a ctiarto. En casi todos los caso 
la zona hiperestésica es más acentuada en el lado izquierdo que en el den 
cl'O e incluso juede faltar en este último. El método gal vano- palpatono t 
Kahan£ es completamente innecesario en vista de los resultados obtenide 
con esíe sencillo método de exploración. La confirmación del carácter d 
esta íona hiperestésica se encuentra en las investigacbnes de Head, el aa 
admite que la inervación sensitiva de la porción ascendente de ia aorta t 
proporcionada, no solamente por los segmentos cervicales tercero y cuartí 
sino por los dorsales comprendidos entre el primero y cuarto. 

Los autores tratan a continuación de explicar las eontradiccionea existe» 

les ehtre los cuadros clínicos de la angina de pecho y los hallazgos anatomci 

patológicos, admitiejido que no es siempre necesaria ima alteración de la 

vKsos coronarios para producir la enfermedad y dividiendo esta última e 

ikis grupos diferentes. En uno de ellos incluyen los autores aquellos casa 

debidos a una lesión de los nervios, lesión que puede ser reconocida dini 

camente por la existencia de una neuritis a nivel de los segmentos cerví 

cales quinto a séptimo acompañada de hipcr o parestesia. Es interesante d 

lar a este respecto tma observación de Loewenfeld, eii la cual alternaba. 

los accesos de angina de pecho con los de neuralgia cubital. Por otra partt 

el segundo grupo admitido por Frank y Wohms es aquel en el que la an 

pina de pecho es debida a lesiones de los vasos coronarios. Oinicament 

se diferencian estos dos grupos por el déficit funcional del corazón que 8 

encuentra en los casos en que están afectados los vasos coronarios, mientra 

que, en cambio, en las formas neuríticas no existe durante los periodo 

i ningiin signo de déficit cardiaco. Hay que tener en cuffl 

1 embargo, que cuando esta última clase de accesos se repite muy fre 

;mente pueden llegar a producirse al cab" grandes lesiones del cora 

■n. Pues iMcn. estas formas de angina de pecho excltisivamente neuríticaí 

1 ninguna alteración anatómica de los vasos coronarios son precisamenti 

1 casos más adecuados para el tratamiento quirúrgico. 

Por otra parte, lo mismo que la angina de pecho, la aortalgia puede # 



— 115 — 

idirse también en dos grupos; en el primero de los cuales existe una alte- 
ación anatómica más o menos grave de la pared de la aorta, generalmente 
pn su porción ascendente, mientras que en el segundo no existe más que 
un aumento de la tensión parietal de la aorta. En ambos grupos existe, al 
lado de una presión que puede no estar elevada, ima acentuación del se- 
gimdo tono aórtico, que en las aortalgias debidas a lesión anatómica con- 
tinúa invariablemente a pesar del tratamiento, mientras que en la forma 
íundonal, la terapéutica consigue hacer desaparecer el carácter resonante 
del tono al mismo tiempo que las molestias subjetivas del paciente. Es evi- 
dente que el aumento en la tensión del sistema vascular puede ser modificado 
por el tratamiento, como puede observarse por palpación d las arterias pe- 
fif ericas de sujetos jóvenes. Cuando la tensión de las paredes de la radial, 
I^r ejemplo, está aumentada, se encuentra la arteria bajo la forma de una 
cuerda tensa, mientras que al suprimir la hipertensión la pared vascular 
apenas puede palparse. Entre los síntomas objetivos que pueden descubrirse 
hay que mencionar además de la acentuación del segundo tono aórtico y ile 
la zona hiperestésica, síntomas comunes a ambas formas de aortalgia, la 
ampliación de la macidez aórtica, característica del grupo de awrtalgias pro- 
ducidas por lesión orgánica y además la existencia de un ruido sistólico sobre 
li base del apéndice xifoides y la configuración aórtica de la imagen radio- 
gráfica del corazón, acompañada de un ensanchamiento con opacificación 
considerable de la sombra aórtica, especialmente de la porción ascendente, 
síntoma que indefectiblemente debe sugerir la idea de^ sífilis como factor 
ctiológico. Es preciso insistir, sin embargo, en el hecho de que incluso las 
aortas ensanchadas al máximum pueden no producir un síndrome aortálgi- 
co, mientras que en otros casos en que las lesiones son muy escasas o 
apenas pueden descubrirse la aortalgia aparece con gran violencia. Es muy 
posible que así como en las llamadas formas funcionales parece intervenir 
la tensión de la pared arterial como factor patogénico, produzca también 
este mismo factor las molestias de los enfermos de aortalgia orgánica. 

Con arreglo a esta clasificación de los síndromes, es preciso instituir 
la terapéutica adecuada y en este sentido deben perseguirse dos objetos 
I ccncretos: la supresión inmiediata de cada uno de los accesos anginosos y 
I ^1 tratamiento duradero de los estados aortálgicos persistentes. Puesto que 
psra la primera de estas indicaciones el nitrito de amilo y la nitroglicerina 
constituyen agentes de eficacia bien probada los autores dirigen más bien su 
unción al tratamiento de los estados aortálgicos. Para corregir éstos hay 
<l^e contar con dos factores : el aumento de la tensión de las paredes aór- 
^ y la existencia de alteraciones anatómicas, especialmente en la por- 
ción supravalvular del vaso, lesiones en las que etiológicamente intervienen 
la esclerosis y la sífilis. La modificación de estos dos elementos patogénicos 
^c la aortalgia puede conseguirse en primer término por el yodo y en se- 
S^aido por los nitritos. De estos últimos son precisamente las sales que se 
Pueden administrar por vía digestiva, las que pueden actuar lenta pero con- 
tinuadamente, y los autores han empleado con este objeto el nitrito sódico, 
^ según RoMBERG, fracasa en la angina de pecho, pero da los mejores 
filados en la aortalgia. La medicación que han utiUzaido \os ílv\\.ot^^ ^xv 




— i¡8 — 

este sentido consistía en administrar simultáneamente 0,2 gramos de )_, 
s6díco, al mismo tiempo que 0,02 gramos de nitrito sódico, repitiendo esta 
dosis tres veces al día. dcsjués de las comidas. Cwiservan los autores est: 
requeñas dosis de iodo, teniendo en cuenta su mayor eficacia sobre el e 
íazón y sistema vascular. Los autores emplean el medicamento en forr: 
sólida y envuelto en cápsulas solubles en el intestino. Generalmente los pa 
cientes sienten el alivio de los dulores al cabo de cuatro o cinco días de 
administración de las medicamentos, lo cual no hay que atribuir soUuhck: 
a ia disminución de la tensión parietal aumentada de la aorta, sirw tambS 
al descenso progresivo de la presión sanguínea; ñor lo cual es frecuente ec 
seguir los mayores éxitos en las aortalgias qne van acompañadas de hip-« 
tensión. Las observaciones realizadas por los autores al cabo de año o ^ 
y medio de tratamiento permitían comprobar cómo los enfennos pcrmax? 
c-'an persistentemente libres de sus molestias, y de los síntomas objeti-v« 
habia desaparecido, sobre todo, la zona parestésica del espacio interescapula 
izquierdo, y en los sujetos jóvenes (hasta los cuarenta años) perdia ¿I té 
gundo tono aórtico su carácter resonante, desapsrecían los ruidiis sistólícciii 
<le la apófiaii xifoides y descendía con siderablemente la presión sistólio > 
(i'astólica. 

R. Fraile 



K. Samsds, — La stgniñoaclón dsl fcsroro det suee^ e" *a pa- 
togenia, diagnéstioo y tratamiento del raquitismo- (Die Bede- 
tung des Serumphospiíors für Pathofrenese, Diagnose und Therapie der 
Rachitis.) Deutsche MíiSsiniscbe Wochenschrift. Año LII, núm. 14, 1926. 

Como es sabido, en el cuadro clínico de! raquitismo predominan conat- 
derablomente los trastornos a nivel del sistema óseo, y aún hoy dia cons- 
tituyen la eraniolabes. el rosario raquítico y los abultamientos epifisarios, los 
síntomas cardinales que permiten establecer e! diagnóstico. A causa de esto, 
tcrdas las antiguas teorías acerca de la etiología y patogenia del raquitismo 
jiartian de! hecho de estas alteraciones óseas, y conociéndose la composición 
(mímica del tejido óseo y el predominio entre sus componentes de !as sate 
de calcio, se trataba de explicar el raquitismo como un trastorno en el me- 
ÍLibolisrao de este elemento. Por otra parte, además del tratamiento empíri- 
camente empleado a base de aceite de hígado de bacalao, se habia tratado 
f!i; curar el raquitismo por medio de dosis mayores o menores de caldo, y 
se creía del mismo modo que estos enfennos ingerían una alimentacíwi de 
—1 contenido calcico insuficiente. Sin embargo, no se han podido obtener re- 
fultados positivos por medio de este sistema de tratamiento. 

La difusión alcanzada por los procedimientos microquímicos de análisis 
de la sangre, lia permitido revisar recientemente todo el problema del la- 
';;iitIsmo e investigar la influercia de toda una serie de factores sobre est» 
"■-nfermedad. Los autores han dirigido especialmente su atención al estudio 
£'-' los factores higiénicos, tales como las malas condiciones de ta vivienda. 



— 117 — 

• 

.SL, falta de luz, la alimentación cualitativa o cuantitativamente insuñciente, la 
%3<onotonía de la misma, la falta de vitaminas, etc. Al lado de estos problemas 
e*:iológicos, la clínica descubría nuevos síntomas, que han hecho Variar por 
z:c3mpleto el concepto que debe merecer la patogenia del raquitismo. Se ha 
bT i sto, en efecto, cómo en la enfermedad participan los músculos, en los que 
^;>ciste una cierta atonía, y cómo aparecen también síndromes cerebrales, a 
más de una serie de trastornos, que deben también achacarse a la enferme- 
dad. Con todo ello se ha establecido la idea de que el raquitismo no es una 
enfermedad del sistema óseo, sino ima afección metabólica total del or- 
ganismo. 

Los estudios químicos de la sangre realizados en el raquitismo han de- 
mostrado un hecho fundamental, y es que mientras la cifra de calcio es 
prácticamente normal, o sólo disminuye muy ligeramente, la cantidad de 
íósforo del suero está constantemente disminuida en estos enfermos, y la 
tatensidad de su disminución marcha siempre de un modo paralelo a la 
gravedad de la enfermedad. Normalmente la cantidad de fósforo del suero 
en los niños alcanza la cifra de 5,2 miligramos por 100, mientras que en 
los raquíticos este nivel disminuye hasta llegar a 2,4 miligramos por 100 
como término medio. Estos hechos explicaban el fracaso de la calcioterapia, 
puesto que realmente la enfermedad no se debía a una deficiencia en calcio, 
sino, al parecer, a ima incapacidad del organismo de aprovechar el calcio 
^ue posee, o el que se le da, aunque sea en grandes cantidades. Es impor- 
tante también hacer notar que la curación del raquitismo va siempre acom- 
pañada de im aumento de la cifra de fósforo en el suero. Así pues, al lado 
de bs conocidos hallazgos radiológicos tan típicos del raquitismo, hay que 
considerar la cifra de fósforo del suero como un nuevo signo útil para fijar 
la gravedad de la afección y el valor curativo de cualquier remedio. 

Acerca de las causas dieterminantes de este empobrecimiento en fósforo, 
los datos actualmente adquiridos son muy incompletos, y se cree que este 
déficit tiene un origen endógeno, y se debe a una función insuficiente de las 
glándulas endocrinas, aun cuando no se ha determinado cuál de estas glán- 
dulas sea la que interviene preferentemente. Se sabe, por otra parte, que 
ía cifra de fosfatos en suero de los adultos (alrededor de 3,3 miligramos 
íor 100) es muy inferior a la del niño, y aumenta durante los procesos de 
reconstrucción del sistema óseo (formación del callo después de una frac- 
tura). La influencia beneficiosa que sobre el raquitismo ejerce la adminis- 
tración de vitaminas A liposolubles (aceite de hígado de bacalao, manteca, 
espinacas, tomates, extractos de zanahoria) se atribuye a una influencia in- 
directa por modificación primaria del sistema endocrino. 

Aparte del déficit de fósforo, se ha encontrado también en el raquitismo 
^ aumento en la formación inttermedia de cuerpos ácidos, que ha condu- 
^do a considerar el raquitismo como un trastorno acidósico. Esta desviación 
acidósica del metabolismo está evidentemente producida por el retardo ge- 
^^^ de los procesos metabólicos que se produce en la enfermedad. Gyórgi 
atribuye este retardo a la falta de fósforo disponible, ya que experímental- 
'^te se ha demostrado que los fosfatos ejercen una activación sobre los 
Jrocesos oxidativos de las células. Así pues, en el raquitismo, al disminuir 



/ ■ 



; átia 



¡03 fosfatos se atenuarían las oxidaciones y se producirian cuerpos ¡ 
(iue no serían más que productos intermedios de! metabolismo incomplet» 
mente elaborados, con lo cual la acidosis producida seria de naturaleza s- 
nindaria y estaría determinada por el déficit en fósforo. Ahora bíen: ea 
déficit se intensifica aún más en el curso de la afección, gracias a la e=! 
minación de fosfatos ácidos por la orina, que representa el mecanismo ec 
picado por la economía para la cort^íensación de la acidosis. De este mocí 
esta última produce a su -vez una ulterior pérdida en fósforo, constituya 
düsc asi un evidente circulo vicioso. 

Freudenberg y Gyorgy han podido demostrar también que los teji(3 
con metabolismo activo no asimilan calcio, siendo éste asimilado, en camtai 
por los tejidos con metabolismo amortiguado. Los huesos normales pose 
tales condiciones, que son capaces de fijar esta substancia, mientras ig 
e!Io no sucede en los huesos raquíticos. Pues bien: esta insuficiente fijacS 
di-1 calc'i la atribuyen los autores a la disminución del fósforo, puesto C3 
este últitno favorece la fijación de ¡as substancias calcicas. La disminuci 
de fósforo del suero y del organismo en general permite explicar taml>: 
gran número de otros síntomas, y así, por ejemplo, la atonía muscular 
explica con arreglo a las experiencias de Embdes, que demuestran la 5 
portancia del ácido fosfórico en el metabolismo de los hidrocarbonac 
como substancias proporción adoras de la energía muscular. Del mismo iik:i 
los fisiólogos han demostrado la importancia del ácido fosfórico en el de 
arrollo de los procesos cerebrales. 

En suma: que mientras el problema etiológico del raquitismo es hí 
día tan oscuro como hace años, las investigaciones patogénicas han abien 
actualmente amplios liorizontes. El hecho fundamental es la disminución d( 
fósforo en el organismo raquítico, y la comprobación de este heclio en ( 
suero constituye im importante signo para el establecimiento del díagnóstia 
Se ha podido comprobar, en efecto, que existen casos en los que, clínica 
mente, las alteraciones óseas obligan a pensar en el raquitismo, y en los qt 
la investigaci&i química de la sangre demuestra que se trata de una ostet 
píirosis (descenso de! caldo en sangre con cifras normales de fósforo). 

El trastorno raelabólico en cuestión tiene aún más importancia para 
tratamiento que para el diagnóstico, ya que permite vigilar dt un mot 
exacto y objetivo la eficacia de los remedios anl ir raquíticos empleados, I 
los Itechos mencionados se deduce la ineficacia de la adminislradóír -' 
calcio en esta enfermedad, puesto que e! organismo no carece de este el 
mentó, y solo es incapaz de aprovechar el calcio que posee. Los hechos h 
demostrado también que la administración de calcio en cualquier forma ■ 
produce absolulamerte ningún resultado. Hay que tratar, en cambio, de q 
el organismo, por un medio indirecto, pueda aprovrehar por completo csl 
substancias, y esto parece que puede conseguirse con el antiguo tratamier 
1<ciT medio del aceite de hígado de bacaJao. Dado el contenido de este i 
medio en vitaminas A, se ha atribuido a estas últimas un cierto papel 
la patogenia del raquitismo; pero ha podido comprobarse que también oti 
constituyentes del aceite de hígado de bacalao participan igualmente en 
eficacia del remedio. Lo que es indudable es que la acción ant irraquítica 



— 119 — 

«esta, substancia se aumenta considerablemente por la adición de pequeñas 
canticíades de fósforo. El aceite de hígado de bacalao permite un balance 
positivo del metabolismo fosforado, da lugar a una retención de fósforo y 
a un aumento de esta substancia en el suero, al mismo tiempo que aparece 
la mejoría clínica de la enfermedad. El sol de altura, incluido por Hulds- 
C71INSKY en el tratamiento del raquitismo, se considera hoy día como un 
ITocedimiento sumamente útil. Por medio de una dosificación adecuada de 
la irradiación, se obtienen igualmente retenciones de fósforo, supresión de 
la acidosis y una mejoría del cuadro clínico, y especialmente de las imáge- 
nes radiológicas de los huesos. Al lado de estos dos remedios, aceite de hí- 
gado de bacalao y sol de altura, no puede oponerse hoy día procedimiento 
alguno más eficaz. Sin embargo, los autores americanos aconsejan también la 
lámpara de arco, que ejercería la misma acción que el sol de altura sobre 
la cifra de fósforo en el suero, l^s sabido, por otra parte, desde hace 
tiempo, que la simple cura de sol actúa de un modo sumamente eficaz como 
medio antirraquítico, y se sabe también, en relación con esto, el aumento 
de sujetos raquíticos durante la época de escasa energía solar. Desde este 
inmto de vista parecen intervenir en la etiología del raquitismo los facto- 
res higiénicos y alimenticios antes mencionados; suposición que va de acuer- 
do con el hecho de que el simple traslado a una clínica de enfermos sujetos 
a malas condiciones de vida, mejora considerablemente la enfermedad sin 
ninguna otra intervención terapéutica. Con arreglo a las concepciones pa- 
togénicas mencionadas se ha tratado también de influir sobre el raquitismo 
por medio de la administración de sales inorgánicas de fósforo, sin que has- 
ta ahora se hayan conseguido resultados beneficiosos; y es que es muy pro- 
bable que la disminución de fósforo en el organismo sea de naturaleza se- 
cundaria y debida a un desequilibrio hormónico. De aquí que recientemente 
^ya vuelto a ser empleado el tratamiento opoterápico del raquitismo, es- 
pecialmente por Stoeltzner, que propone la administración de adrenalina. 



f 



R. Fraile 



" M. Van WuLFFTEN PALTHE.~ün fenómeno reflejo especial. A pe- 
culiar reflex phenomen, Brain. Vol. XLVIII, Parte cuarta». 1926. 

Mucha gente tiene experiencia adquirida por un hecho que se repite de 
^ en cuando y es el de la sensación de ahogo, acompañada de ciertos 
'^vimientos de la lengua, que se experimenta cuando se dirige una fuerte 
'^'-í nenie de aire directamente sobre la cara. En la marcha contra una 
'We corriente de aire, en el transporte en un coche abierto que marcha 
japidamente, en los viajes en aeroplano, etc., todo el mundo puede adquirir 
^ conciencia de este fenómeno, que en las personas particularmente sen- 
sibles sób desaparece cuando se cubre la cara o cuando se vuelve la espal- 
^al viento. 

Cuando este fenómeno se estudia más de cerca, mediante una v^dsx^^aL 



I. » ••.. . ■- ■■ » 



obligado ¡ 

Por coní 
piel de la c 
buca y de i 



i piel de 



«orricnte de aire, obtenida par un ventilador, U observación sendUafnetite 
puede proporcionar multitud de interesantes detalles. En primer lugar, se 
observa inmediatamente la producción de rápidoa movimientos sucesivos 
■de los labios. Simuitáneameule se produce una contracción perceptible en 
el suelo de la boca y después el sonido que acompaña a un movimiento 
espontáneo de deglución puede ser oido aun a distancia. Cuando el estimulo 
se aplica por -un cierto espacio de tiempo^ el sujeto de la experiencia expe- 
rimenta una consciente sensacióa de opresión y, al mismo tiempo, se siente 
realizar movimiento de deglución durante algún tiempo, 
■cuenda, es evidente que la acción irritativa ejecida sobre la 
tfa de im modo especial povoca movimientos del suelo de la 
i laringe con alteración del ritmo 
r estudiadas más detalladamente, asi coi 
la índole de! estímulo. 

Zana en la que el eslímiilo es eficas. — Haciendo a 
la cara la corriente que emerge por un tubo de 5 milimetros de luí 
tado con un depósito de airo a dos atmósferas de presión, se ve en seguida 
que el reflejo se reproduce tan sólo cuando la corriente de aire actúa so- 
bre el labio superior. En pocas personas extremadamente sensibles el refle- 
jo puede también producirse cuando se actúa sobre el labio inferior en bu 
ixiBA cutáneo mucosa. Para la determinación exacta del área sensible, la co- 
rriente de aire tiene el inconveniente de que es muy poco precisa ; utilizando, 
en cambio, la vaporización con un liquido, se puede determinar con mayor 
exactitud este área sensible ,que corresponde exaaamenie con la zona de 
la piel inervada por Ja segunda rama del trigémino ; cuando es sensible el 
labio inferior, también es via aferente del reflejo la tercera rama. 

Naturaleza del cslímitlo adecuado. — Para (jue tenga efecto, el estímulo 
debe aplicarse, no tan sólo sobre una cierta extensión de la piel, sino tam- 
bién debe actuar en el sentido del frío; 'el estimulo mecánico o el pulve- 
rizamiento con agua caliente resultan ineficaces. Por consiguiente el es- 
timulo adecuado es de naturaleza termomecánica. 

Reacción.— La primera cuestión que se ofrece es la naturaleza de la 
contracción visible del suelo de la boca y del movimiento de la laringe. 
Subjetivamente se alcanza en seguida la conclusión de que el movimiento 
«n conjunto es de deglución y objetivamente se puede también determinar 
con facilidad que el tiempo final del reflejo es un movimiento de deglución. 
El análisis de las fases 1 distintas de la contracción muscular en la d^lu- 
tión espontánea ha sido hecho por Keiderman y Eyckiian ; sus gráficas 
demuestran ;)UC la parte bucofaríngea de la deglución se suceden los siguien- 
tes movimientos: i.°, una contracción de los músculos del suelo de la boca; 
2.", un movimiento hacia adelante y hacia arriba del hiodes y de la. larin- 
ge; 3°, un movimiento hacia arriba del velo del paladar, y 4.°, un aumento 
de la presión en la cavidad nasaL 

Todos los investigadores coinciden que en el comienzo de la deglución 
la faringe está completamente separada de la boca, de la nariz y de la trá- 
quea. El autnr realiza luego un estudio gráfico comparado del reflejo t¡ae 
acaba de describir y de los movimientos espontáneos de deglución, pant' 
concluir la semejanza en conjiuito de ambos movimientos, aunque <i 



Ji 



— 121 — 

en pequeños detalles. El hecho más interesante que resulta de su trabajo 
es el de que cualquiera acción sobre la segunda rama del trigémino puede 
jncliiir sobre el ritmol respiratorio, no por un camino nervioso directo, sino 
por la vía indirecta de provocar el reflejo descrito con la obstrucción de 
la glotis y la correspondiente parálisis respiratoria. 

T^ias nerviosas. — Bouman cree que en los animales en los que se pro- 
voca Tin movimiento de deglución por estímulo directo aplicado a la farin- 
ge o a la epiglotis, la vía aferente está representada por el gloso faríngeo y 
e! laríngeo superior, en tanto que la eferenre discurre a lo largo de la 
raíz motora del trigémino, el hipogloso, el gloso faríngeo y el vago. Gad 
cree que el reflejo normal de la deglución se provoca en la superficie in- 
ferior del paladar y en la región de la tonsilla inervada por el nervio iri- 
géinino; la cocainización de la membrana mucosa en este territorio hace 
imposible de deglución. También es posible provocar los movimientos de de- 
glución, excitando la mucosa en los alrededores de la glotis, allí donde está 
inervada por el nervio laríngeo superior. 

Halliburton considera como nervios aferentes del reflejo de la deglu- 
ción al trigénimo, glosofaríngeo y laríngeo superior, y como rama eferente 
^el arco al masticador, la rama bulbar espinal el glosofaríngeo, el vago y 
el hipogloso. ZwAARDEMAKER y Eykmm describcn la deglución como un re- 
nejo coordinado, cuya vía aferente es (como ha enseñado los experimentos 
^e Wassilieffs en los conejos) el trigémino y el vago, en tanto que los ner- 
y\o% motores son, el trigémino, el hipogloso, el glaso faríngeo, el vago, el 
espinal el facial y el accesorio. 

Waller y Probost han demostrado que el reflejo de la deglución no 
^ Posible después de la sección intracraneal de ambos trigóminos. Ellos 
describen el capipo receptivo como un área que rodea a la campanilla y 
aseguran que después de la sección de ambos trigéminos no se puede ya 
provocar el refleo; los experimentos de Miller y Shrinton no están de 
^^erdo con estos resultados, puesto que estos autores, después de la 
'^Jírción intracraneal de ambos trigéminos, han podido todavía producir mo- 
vimientos de deglución excitando la parte posterior de la lengua y de la 
faringe. 

Los experimentos realizados por estos investigadores para determinar 
^^ situación del centro reflejo, demuestran que en los gatos una faradiza- 
^'^^ unipolar muy débil de la fóvea inferior ponen en juego invariablemente 
^ n^ecanismo reflejo. 

El autor no ha encontraao en la literatura médica indicación alguna 
^^ <lue otros hayan podido producir el movimiento de la deglución, excitan- 
^ el teritorio cutáneo inervado por la segunda rama del quinto par; sin 
^^argo, quiere hacer mención de hecho curioso de que en 1875 Gutmann 
y Oastrowitz demostraron que se pueden producir movimientos de de- 
S^^ci6n por excitaciones corneales en los sujetos que se hallan en estado 
^g^Tiico. 

^1 camino al través el cual es estímulo alcanza el centro desde el campo 
"^ceptivo y por el que este atraviesa el ganglio de Gaser no es conocido ; el 
T^útnero de casos clínicos es todavía pequeño para establecer conclusiones. 

^ autor estudia después el reflejo desde el punto de vista de lajs. V^-^^ 



I 



fr . ^«i ;•.'■.. 



— 122 — 

fisiológicas generales, determinando su tiempo de latencia, la fase refractaría, 
la post-descarga y la ley del "todo o nada". Se detiene después a investigar 
la significación biológica del mismo reflejo, al cual considera como .un me- 
canismo de protección, que tiende a knipedir la penetración de toda sus- 
tancia extraña en la laringe. El reflejo que se produce cuando se dirige 
una corriente de aire frío sobre el globo del ojo tiene una signifícaci^ 
muy semejante. 

En cuanto a la significación clínica fuera de los estados de inhibición, 
es claro que la ausencia de todo reflejo significa una lesión en la vía 
anatómica de su arco. En este sentido la exploración del reflejo, antes 
descrito, puede tener un valor localizacional, por ejemplo, para distinguir* 
entre los trastornos centrales y periféricos de la sensibilidad el área del 
trigémino, las pocas obsiervaciones recogidas demuestran que en efecto esta 
aplicación clínica del nuevo reflejo tiene su valor. 

En resumen, el autor encuentra que por el estímulo termo-mecánico 
aplicado sobre una parte de la piel y de la mucosa inervada por la segun- 
da rama del trigémino, se puede producir un movimiento reflejo que con- 
siste en: 

a) detención de la respiración. 

b) movimientos del suelo, de la boca y de la nariz de la lengua. 

c) movimientos de la laringe y 

d) aumento de tensión en la cavidad nasal. Este reflejo se parece mucho 
al movimiento de la deglución espontánea. La parte centrípeta del arco 
está formada, probablemente, por la segunda rama del trigémino, el gan- 
glio de Gaser y la raiz dd quinto par. Biológicamente este reflejo debe 
ser considerado como ima defensa contra la penetración de substancias daño- 
sas en la laringe y en la faringe; se produce igualmente en la inconscienr 
cia. Este reflejo de deglución podrá tener un valor para la localizacióo 
de las lesiones, principalmente en la esfera del trigémino. 

J. S. B. 



Mnie. SiMONE Laborde (de París).-— La curieterapia de los oánoeres 

de piel. (Journal de Radiologie et d'Electrohgie, Tomo IX, núm. Qi 

Desde el punto de vista histológico se pueden hacer las siguientes distir- 
ciones: el apitelioma návico no da radiaciones, pero sí electrólisis; los vaso 
celulares son particularmente radio-sensibles; los espino-celulares han pa- 
sado como muy resistentes. Actualmente algunos especialistas no admita 
esta diferencia; en todo caso, invaden precozmente los linfáticos, aumenlai 
rnás rápidamente, y exigen, para ser esterilizados., localmente, una técnica^ 3 
un dosage más precisos. Se encuentran tipos intermedios cuya radto-senst 
bilidad varía segúni se acerquen de una u otra forrna. Desde luego, dos can 
cercs que' parecen iguales pueden presentar diferencias en la posibilidad d< 
obtener una curación. 

Hay que tener en cuenta la actividad reproductora: Nabias y Forestio 
admiten incluso que( la clasificación histológica^ puede dejarse^ de lado y re 



i 



— 123 — 

enir>Iazarse por una escala de sensibilidad basada en la proporción de célu- 
las en carioquinesis (índice carioquinétíco) ; pero, por otro lado, en un 
mis tt:io tumor, la diferencia entre el número relativo de figuras en mitosís 
en cJos puntosv diferentes puede ser ^considerable; pur otro lado, clínioamen- 
te, 3^js resultados observados no están siempre de acuerdo con el índice ca- 
riocj-iainétíco — ^la presencia de figuras degerativas que, traduciendo un esta- 
do <iedebilidad de los elementos neoplásticos, pueden ser interpretadas como 
un indicio de su fragilidad respecto a las radiaciones — del estado doi estro- 
wa €ronjuniivo: la reacción linfoconjuntiva o la esclerosis pueden llevar n 
la cle»strucción o a la modificación de los elementos neoplásticos. La ne- 
crosis fibrinoide de las paredes vasculares testimonia, al contrario, la jn- 
suficrT<;ncia de las reacciones^ de defensa. Un estroma intacto o ya en vías de 
esclerosis, da un pronóstico favorable; un estroma deficiente aconseja una 
extrema prudencia en las tentativas terapéuticas; la radioterapia en dosis 
habitniales podría paralizar las defensas. La radio- sensibilidad de un cáncer 
^ l^liede ser, pues, apreciada más que por el estudie de todos sus elemen- 
tos -^ de su morfología evolutiva. 

I^esde el punto de vista clínico, hay que distinguir los diferentes aspec- 
tos i ulceración, masa voluminosa, forma infiltrante. 

X_os aparatos pueden ser, bien esmaltes, que contienen la sal radioactiva, 
caps^^ de dar rayos a (en general, 2 a 5 miligramos por centímetro cuadra- 
do)» o tubos (pequeños tubos metálicos, agujas huecas). Los tubos pueden 
enc^x-rar sales de radium, o la emanación; sus , dimensiones dependen de la 
cantii^ad de materia que deben encerrar. 

-*~-as aplicaciones deben tener en cuenta la calidad de la radiación; esco- 
feíti^do con cuidado loa; filtros, se pueden suprimir más o menos la radiación 
"l?'^>.c3a ; pero hay que recordar que el filtro mismo, herido por los layos y, 
emi-t^ una radiación secundaria; eSj pues, casi siempre útil el rodear el ver- 
davlc^jQ filtro de un filtro secundario (madera, gasa, cauchú, y también alu- 
niii>.^^). i^ radiación global no es aplicable más que a caaos bien determina- 
^^^ » siempre que se quiera actuar profundamente, hay que utilizar una ra- 
"^^^:^Tón filtrada; pero los betci tienen una acción rápidamente cáustica, que 
uesfj^ luego no se extiende muy lejos del foco, dando lugar muchas veces 
* ^^aprimirlos; para no lesionan los tejidos sanos, se utilizará entonces so- 
witi^ijtg la radiación ultra-penetrante. 

X_a posición de los focos ea. relación con las lesiones tiene una impor- 
^^Cíia capital; hay que intentar una irradiación Jo más igual que sea po- 
sibl^ para todo el tumor; se puede utilizar el método de los fuegos crusa^ 
^^^^ las aplicaciones a distancia (el aparato radioactivo se coloca a varios 
cetitimetros de la piel, y con esto la diferencia entre la dosis absoroida por 
^^ partes superficiales y la absorbida por las partes profundas se reduce al 
^*^ixniim), la radiopunción por medio de agujas clavadas en el tumor. 

Xa dosis y la duración de las aplicaciones debe hacerse teniendo en cuen- 

^ la necesidad de obtener la curación por un tratamiento único ; parece, en 

^^^cto, que se produce una vacunación que hace a un tratamiento ulterior n 

^»^xios eficaz, ó totalmente ineficaz. Hay que discutir aún, en cada caso 

Pí^rticular, si este tratamiento púnico será una irradiación masiva de cortSw 



f. •; 




•íuí&aón, o una irra.d¡aci6n prolongada, (o ' 
de poca intensidad. 

S. y L. muestra luego la técnica a ia que ba Hígado en el tratamiefl 
del epitclioma superficial (aplicación en superficie), en el epilelioma iiifn 
Irado {radiopunción o, algunas veces, apiicaciones a distancia),' en el elñ- 
telioma tratado anteriormente por los rayas X (los resultados son muy di- 
ferentes, según el estado del estroma conjuntivo), las ¡esicties de ardioder 
milis, ¡as vielásiasis ganglionares. 

Ij¡% resultados son tales que el tratamiento por las radiaciones deíje e 
Cítnsiderado cono superior a la intervención quirúrgica, incluso cuntido J 
)csi6n está limitada, pues una irradiación bies hedía no causa recidiu 
y áu. resultados estéticos magníficos. Hay que reconocer que hay iracadj 
sobre todo cuando ha habido tratamientos e 
caso hay que recordar que el tratamiento del cáncer por las radiaciones * 
es una obra de arte que se puede perfeccionar, sino una victoria 
wces difícil, que hay que alcanzar en el primer giíipe". Esto es, 
men, el sustancial artículo que pone en claro el estado actual de la 
Pero, según creo, este resumen debe servir solamente para incitar j 
el artículo mismo. 

J. í 



I 



ÜL-i'H JosEPHus.— Hlpogtuoenila p o atan estés) oa; estudio da I) 
logia de los vómitos cíoliooe. {Bulletin of thc Johns ílopkí 
Hospital. Tomo XXVII, iiúm. 6, 11)26). 

En un caso de vómitos cíclicos de la infancia J, y Rnss habían í 
ti'ado asociada a una importante acetonuria una liipoglucemia eor^iid 
(o,y/ gr. por i.ooo). En los sujetos, predispuestos, fenómenos completan 
te Ízales a un ataque de vómitos cíclicos, se produce desimés de toda a 
tesia, con el éter. J. ha buscado si podía haber una relación entre estos ij 
denes de hechos. 

En doce niños sometidos a una: corta anestesia general con el éter para 
tonsilectomia, ha hecho, en las horas siguientes, una curva de glucemia 
por e! microraétodo de Bang modificadoi por Fetz, el dosage de los cuerpos 
acetónicos en la orina por e! método de Van Slyke v e! estudio del co- 
ciente respiratorio con ima máscara Tissot. Anai'ecc muy resni'armente a 
las dieciocho o veinticuatro horas después de las narcosis, una liger.i hipo- 
glncemia. Está precedida habitúa Imente, pero no siempre, de 
del cociente respiratorio y siempre de un aumento de la 
irastomos son más intensos que los que sobrevienen después de i 
BÍniple. 

¿Se puede emitir la hipótesis que estos hechos .loa debidos al 
de la combustión de los hidratos de carbono que siguen a la anestesia? ¿Se 
piiede suponer que un exceso de destrucción de los hidratos de carbono •■! 
la base de los vómitos cichcos? ¿Por qué ciertos niños queman con más 
prodigalidad que otros su hidratos de carbono? ¡^ sustitución de las gia^ . 






— 125 — 

sas a los hidratos de carbono después del ayuno crea la .acetonemia y la 
liipogluccmia ; pero, para desencadenar los vómitos cíclicos hace falta un 
factor sobreañadido, probablemente una infección. Un conocimiento más pre- 
ciso de los factores de la oxidación de los hidratos de carbono permitirá 
<imzá un día responder a estas cuestiones. 

J-Jm V^. V^. 



T). J. Clawson y E. T. Bell.— Comparación entre la endocarcfitls 
aguda reumática y la endocarditis lenta. (Archives of ínter- 
r.al Medicine, Tomo XXXVII; núm. i, 1926). 

Si es fácil en los casos típicos distinguir estas dos afecciones, no faltan 
casos en que el diagnóstico es difícil, de tal manera es gradual la transición 
^nlre los dos cuadros morbosos, y C. y B., después de haber estudiado nu- 
íaerosos casos, tienen la idea de que estas dos formas de endocarditis re- 
presentan la forma ligera y la formai grave de una misma infección. 

El número de leucocitos no tiene valor para el diagnóstico diferencial, 
^-^na anemia grave de tipo ^secundario habla en favor de una endocarditis 
íenia. 

Desde el punto de vista anatomopatológico el orden de frecuencia de 

^^ invasión valvular es esencialmente el mismo en las dos formas. En los 

dc^zs tipos hay una inflamación proliferativa de la válvula; pero el trombo 

Q^^x^ recubre la zona infectada es más grande y más blando en la endocnr- 

di^fc» lenta, diferencias de grado más que de especie. Vegetaciones reumáticas 

trjc^icas pueden encontrarse en la misma válvula al lado de vegetaciones ca- 

r^^ c^^terísticas de la endocarditis lenta. La miocarditis es más frecuente en 

lo^ casos de reumatismo agudo que conducen a la muertel. La pericarditis 

s^ ei;cuentra también frecuentemente en ambas formas. La presencia fre- 

c-^a^2nte de manifestaciones embólicas en la endocarditis lenta depende del 

^^~^^do de afección de las válvulas infectadas. La endocarditis paiie.fal es 

p<i>co más o menos tan frecuente en los dos tipos de endocarditis; pero es 

^~*^s extensa en la forma lenta. 

El encuentro de bacterias en la sangre durante una endocarditis no iu- 

<^^líca necesariamente una endocarditis lenta. Con los progresos, realizados en 

'os hemocultivos, los resultados positivos son bastante frecuentes en la cn- 

^^ '-^carditis reumática. En veintiséis casos de endocarditis reumática aguda, 

fueron encontrados estreptococos; se trataba veinticuatro veces del Str. vi- 

' 'duiís. Es necesario aiidar los hemocultivos hasta pasado el décimo día. 

^'^ando la sangre ha sido extraída cuando la fiebre era alta, el estreptoco- 

'^^ puede ser aislado en la mitad de los casos, inyectando estos estreptococos 

^^ conejo se pueden determinar lesiones de endocarditis y de miocarditis, 

"i^í^recidas a las del reumatismo del hombre. C. y B, creen que los estrep- 

^íicccos y, sobre todo, el Str, viridans, son responsables a la vez de la 

^miocarditis reumática y de la endocarditis lenta. 

.,;, - . . J. M. 






SicARD, Belot, Cos'Te, Gastaud.— Aspeólos radiografióos del oánm 

vertebral. (Journal de Radioloyle y d'Ekclrütogie. Tomo IX, 
ro 8, agosto igaS.) 

No hay que creer, como parecen indicar los clásicos, que la radiogra^ 
es impotente para diferenciar una neoplasia de mi nial de Pott, y t 
es más que un débil recurso para un diagnó.íiieo dudoso de lesión 
tebral. 

El cáncer vertebral secundario es con mucho el más frecuente, a 
dición que se investigue sistemáticamente e! estado de la columna " 
bval de los cancerosos. El epilelioma de mama en la mujer, el cáncer 
próstata en el hombre, en ñn, el cáncer tiroideo, manifiestan una a5 
electiva para los huesos; viene después e! liipernefroma, ciertos cáncer» 
lulmón, y, en fin, todos los epiteliomas. El proceso histológico está 
conocido ; parece que hay destrucción ósea allí donde sei insinúa el Dcopld 
ma, y proliferación intensa alrededor de la lesión del tejido fibr^ii 
puede conservar su propiedad osteoplástica, liahicndo entonces hiptrosieo 
nesis. Se puede observar o la osteoporosis, o ia osleopiastia, o i 
ción de las dos ; en. general, los cánceres de mama y del tiroides dan i 
mas toróticas; el cáncer de la próstata, procesos ambientes; pero las exbl 
dones son numerosas, y ciertos cánceres prostálicos destruyen las 
tebras. 

Eli ia forma óateo porótica u osteoclástica, el cÉncer comienza i 
vértebra, y casi siempre esta se destruye, se aplasta, etc., mientras qi 
discos superiores e inferiores quedan intactos. Esfe aspecto puede no 
acompañado en su comienzo de ningún sintom.! medular. Puede e< 
tontrado también antes que los signos clínicos hayan hecho pensar en 9 
cáncer; fué asi como se encontró un cáncer de próstata silencioso ( 
individuo en el que el aspecto radiográfico de li columna vertebral lo I 
invep!igar. No es muchas veces, sino muy tardíamente, cuando aparecen ' 
los síntomas de compresión medular. 

En la forma osteoplástica se^ puede distinguir: la vértebra pategoidea y 
la vértebra opaca (vértebra de mármol en el ntgütivo, vértebra de ébano 
en la positiva). 

Per último, para los autores, existen trastornos para cancerosos, que 
se traducen por fenómenos de osteomalacia {destrucción de una vértebra 
sin que el examen histológico pueda descubrir células neoplásicas), o bien 
por un aspecto osteoplástico (igualmente sin células neoplásicas). 

Zíl cáncer vertebral primitivo: en el sarcoma, im segmento de columna 
vertebral aparece confundido en una masa muy ancha de sombras que se 
van degradando, o bien puede haber destrucción de una vértebra — la des- 
trucción aislada de una, parte o de todo el arco lerlebral va en favor del 
sarcoma — , el mieloma ataca esencialmente el cuerpo vertebral, y ai: aspecto 
es el de una metátasis de tipo osteoporótico. El linfo-granuloma i 

s difusas. Se conscn-an los discos, ias vértebras se decalcift 
; destruyen durante mucho tiempo. 



V 



— 127 — 

El diagnóstico diferencial debe ser hecho entre el cáncer vertebral^ y di- 
versas afecciones: el mal de Pott cojiienza por los discos interverlebrales ; 
después trae la fusión de la imagen dj dos o varias vértebras — ^las diieren- 
tes formas de reumatismo vertebral di.n deformaciones diversas, osiñcación 
de los ligamentos, etc. ; pueden producir algunas veces un chaf amiento ver- 
tebral, pero atacan los ligamentos y los bordes antes de tocar a la vér- 
tebra misma — ; las artritis infecciosas se producen en los discos y a veces 
en los bordes que se oradan — la osteomalacia, cuando es monovertebral, cosa 
róra, puede confundirse con un chaf amiento neoplásico — ; los traumatismos 
vertebrales dan en algunos casos derrumbamientos, pero muchas veces se 
encuentran un desconchado o una fragmentación que prueba que la vertebra 
ha sido fracturada; pueden también probablemente determinar la produc- 
ción de una osteomalabia^ localizada, que puede dar una imagen análoga a la 
de un cáncer osteoporótico. En la enfermedad de Paget hay ima hipertro- 
fia difusa y un aspecto tuberoso, pero más blando que en las formas os- 
teoclásticas del cáncer. Las densificaciones vertebrales no cancerosas han 
sido raramente encontradas. Las osteoartropatías tabéticas de las vérte- 
ÍJras dan deformidades voluminosas 3'' dislocantes. Por último, los autores 
señalan algtmas afecciones que pueden más raramente prestarse a con- 
fusión. 

F.ste artículo, o mejor dicho esta memoria, que comprende im gran nu- 
mero de observaciones detalladas, tiene una parte iconográfica considera - 
^^^f pues sesenta y ocho reproducciones fotográficas y radiográficas llenan 
treinta y dos hojas fuera de texto; artísticamente tiradas, sin perder nin- 
S^ detalle, estas reproducciones tienen un interés considerable, desde él 
plinto de vista documentarlo, como desde el punto de vista didáctico 

J. M. 



^OBERT^ Gaupp.— La esterlIlzAoión de los débiles mentales. La 

Medicina Germano-Hispano- Americana, núm. 4, 1926. 

Las indicaciones eugenésicas de la esterización proceden en su forma 
actual de los Estados Unidos de Norte América, donde se practica con 
ir^cuencial para impedir a los criminales, alienados, débiles mentales y 
epiléptico la procreación y propagación de su inferioridad constitucional. 
^iR^nos Estados americanos han dictado leyes especiales, que bnc^n posible 
Jurídicamente, e incluso ordenan, la esterilización y en los casos de per- 
versión sexual grave incluso la castración. En Europa no existe todavía 
^^ legislación de esta naturaleza. Durante estos últimos veinte años se han 
"evado a cabo en Suiza una serie de esterilizaciones y algunas castraciones, 
^yos resultados resumió recientemente Hans Mayer en la Asamblea Psi- 
^uiatrica suiza, reunida en Kreuzlingen en junio de 1925. En Alemania 
^^ oponen algunos reparos jurídicos a la práctica de estas operaciones 
basadas en razones eugenésicas. Es cierto que también en Alemania está 
Permitida la esterilización de una mujer enferma para proteger su vida, 



1 



— 128 — ' ' ' 

cuando el embarazo encierra para ella peligros graves. Estas esteriliza- 
ciones basadas en indicaciones médicas se practican desde hace tiempo (des- 
de que Kehrer indicó un método operatorio exacto) y han pasado a ocupar 
un puesto definitivo en ginecología operatoria. En fecha reciente ha vemdo 
a sumarse a la indicación médica, como factor frecuente y complementario» 
el punto de vista eugenésico. Pero en Alemania no se acostumbraba hasta 
hace poco tiempo a, esterilizar a enfermos de ambos sexos con el solo ob- 
jeto de suprimir toda posible descendencia. Una vez perdida la guerrat 
mundial y después del emprobrecimiento subsiguiente, cobró vida en Ale- 
mania la idea de imitar el ejemplo americano y suizo. Botes (Zwickaü) 
fué el primero en llevarla a la práctica, esterilizando a personas débiles 
mentales, con previo consentimiento por parte de los enfermos. Exigió una 
modificación del código penal vigente, en el sentido de que la esterilización 
de los débiles mentales y pervertidos sexuales fuera jurídicamente admi- 
tida e incluso legalmente impuesta, caso de estar cumplidos determinados 
requisitos. Su proceder provocó un a disputa, en que los juristas insistie- 
ron en que la actuación de Boters era discutible según el deiecho vigente- 
La discusión de los sabios versaba acerca de si debía procurarse una mo- 
dificación del derecho vigente y si mientras tanto quedaría permitido pro- 
ceder a la esterilización basada en una indicación eugenésica. contando eco 
la conformidaH legal de los enfermos con plena capacida jurídica. Las 
opiniones están dicididas acerca de este punto. Notabilísimos juristas dis- 
cuten sobre todo que en los menores de edad, en los incapacitados para los 
negocios y en los sujetos a la intervención baste la conformidad del tutor o 
del consejo de tutela para legalizar la intervención quirúrgica. Puesto que 
con la operación mutilante se lesiona en "ius personalissimum". 

Antes de estar capacitados para plantear a los legisladores determina- 
das exigencias en lo referente al problema de la esterilización y castra- 
ción eugenésicas, hemos de adquirir ideas de absoluta claridad acerca de 
cuáles son los enfermlos y débiles mentales en que se puede 'determinar con 
suficiente seguridad la transmisión de su predisposición patológica a la des- 
cendencia, caso de ser capace de procrear. De modo que, antes de formu- 
lar leyes prácticas por las que haya de regirse la práctica médica, habrá 
que adquirir un conocimiento exacto de las anomalías psíquicas trasmisi- 
bles por herencia. Durante estos últimos 20 años se han esforzado- nimiero- 
sos autores en determinar las leyes fundamentales para la herencia de las 
anomalías psíquicas y morales. Se ha podido comprobar que era sobra- 
damente exagerada la creencia pesimista en ima herencia fatal y necesaria, 
en muchas de estas enfermedades. Incluso en una enfermedad como la 
epilepsia, en la que el factor hereditario desempeña en opinión de la ma- 
yor parte de los autores un papel especialmente importante, quedó demos- 
trado con las investigaciones minuciosas que el peligro de la herencia no 
es tan grande ni mucho menos como se venía admitiendo por lo general. 
Así se desprende sobre todo de los estudios realizados por Oberholzer; 
este autor pudo comprobar en una familia de epilépticos, con numerosa 
descendencia y gran mortalidad infantil, una gran variedad en cuanto a las 
formas señaladas por los cuadros clínicos y una disminución paulatina y 
desaparición final de la epilepsia en la cuarta generación, es decir, curación 



— 129 ~ 

espontánea en el trascurso de varias generaciones, después de haberse hecho 
las formas de los ataques cada vez más leves de una generación a otra 
y de que algunos casos aislados habían curado espontáneamente. Un gran 
número de casos observados nos enseñan que la herencia homologa sólo 
se encuentra en una proporción de 6 a 12 por ciento para la epilesia, 
siempre que el otro cónyuge se encuentre libre de esta enfermedad. Otro 
tanto se comprobó tambiói al investigar el factor hereditario de las psi- 
cosis endógenas. Tan sólo en la demencia maníaco-depresiva se advierte 
una herencia homologa en mayor proporción. Pero tampoco en estos casos 
es raro encontrarse en las generaciones posteriores con formas más mitiga- 
das de la dolencia, que permiten una vida activa de los individuos atacados, 
pudiendo estos a veces convertirse en miembros valiosos de la sociedad. 
En la debilidad niental congénita, con o sin defecto moral, son de especial 
Magnitud los peligros de la herencia, resultando muy reducidas las pers- 
pectivas de una descendencia con plena capacidad fimcioiial cuando el otro 
cónyuge también está afectado de debilidad mental. Es indispensable opo- 
nerse a la unión de dos débiles mentales y en este sentido es justo exigir 
desde el punto de vista de la eugenesia que sólo se consienta un matrimo- 
^o de esta naturaleza cuando uno de los cónyuges haya sido previamente 
esterilizado. La castración está imperiosamente indicada en interés de la 
comunidad para los criminales reincidentes, especialmente en los perver- 
tidos sexuales: pero en las condiciones legales actualmente en vigor sólo 
es posible practicarla cuando el criminal otorga su corformidad. Si nuestro 
^üturd código penal trae consigo, como es de esperar, la custodia pre- 
ventiva de los criminales reincidentes, habrá llegado el momento de inter- 
^l^r en la ley un artículo que haga posible aplicar a dichos criminales 
^^ <íastración como medida alternativa, cuando merced a ella se haga su- 
perfina una pérdida más prolongada de la libertad, porque al extinguirse 
'^ funciones sextiales desaparecería el peligro para la sociedad.. 

Mientras permanezca vigente el actual código penal, el médico sólo 
^tará autorizado para practicar la esterilización (o en algunos casos la 
^stradón) por razones eugénicas, en aquellos casos en que la intervención 
^^sponda al deseo del propio interesado y ciunpla el objeto de evitar el 
'^^ittiiento de una progenie en condiciones de inferioridad constitucional 
^ de impedir actos criminales futuros. Es preciso que los médicos dediquen 
'^^yor atención que hasta ahora al hecho de que .¡os alienados no curados 
y todavía en edad de procrear, no debieron abandonar el manicomio antes 
^ haber sido incapacitados para la procreación mediante la esterilización. 
^^ÚSL la exactitud técnica con que hoy en día se lleva a cabo esta inter- 
acción inocua, no debiera evistir ninguna objeción legal contra su práctica, 
^^''^do en los casos indicados desea la operación el mismo enfermo y el 
^tror cónyuge otorgue tambiién su consentimiento. La esterilización del 
^pmbre constituye una intervención de poca monta y sin ningún peligro, 
^'^ efecto nocivos de ninguna clase, y también la mujer puede ser " esteriü- 
^^^ con la aplicación de rayos X, sin grandes riesgos. El proyecto de 
^^igo penal alemán de 1925 prevé en los artículos 238 y 239 fórmulas 
d^stiiiadas a facilitar al médico en la futuro la resolución práctica del 
^^blena de la esterilizacin. No parece, sin embargo, We^^o \.o^^N\a. ^ 



íi .. ;.-. 




maliciad 



en laa psicosis, 

de la herencia no están csclare- 

de Tal importaíicia sobre 

paso habrá que investigar : 

a fondo las leyes que rigen la herencia de la vida psíquica 

íerma; heirtos de poder predecir con mayor seguridad que em 1 

Jos peligros que corre la descendencia. 

Nunca llegará a ser posible extirpar los factores patoiógicos de una 
1 mediante la esterilización de sus portadores. Pero sí lograremos pau- 
jcimiento cada vez más proínndo de las leyes que rigen 
la herencia de las distintas enfermedades y anomalias, y s-ibremos luchar 
prácticamente contra la degeneración de una raza a causa de elementos 
inferiores. Actualmente conocemos las leyes de la herencia de la corea 
de HtJNTJNGTON con la suficiente exactitud para decir que es indispensa- 
ble evitar la procreación en tales enfermos. E\ optimismo americano re- 
posa en la liipóteais, abandonada ya entre nosotros, de un polimorfismo 
de la herencia. Sabemos que en los distintos estados patológicos, ori^'na- 
dos por disliiiliis causas, poseen también distinta tendencia a propagar el 
sustrato patológico a la descendencia. Cnanto más nos esforcemos en es- 
clarecer estas leyes, más pronto estaremos en condiciones de ahorrar a 
las generaciones por nacer la maldición de una herencia defectuosa, sin 
caer por ello en un radicalismo exagerado que pudiera, imposibilitar la 
procreación a. individuos sanos. La ciencia alemana se ha ocupado reciente- 
mente con especial interés de la lierencia de las anomalías patológicas 
(Rl^din. H. Hoffmann, Kahn, Gudees, etc.). 

(Para más detalles, véase e! trabajo de R- Gaopp: Die Untruchtbar; 
machung der geistig imd sittlich Kranken und Minderwertigen. J. Si 
GER, Berlín, 1925.). 



1 



frof. Nasso.— Concepto moderrio v nuevas oHentaoloreB da los 
estudios sobra tuberculosis de la infanola. (Modeme vedute e n 
orientamento degli studi sulla tubérculos! netl'infanzia). La Pediatría. Vo- 
lumen XXX1\', núm. 5, 

Desde que Pirquet, en 1907, descubrió la cutírreacción, se abre una nue- 
va era en la historia de la tuberculosis. Los resultados de las autopsias de 
acuerdo con los de la reacción, demostraron que más del rjo por 100 de los 
individuos muertos por enfermedades diversas, tenaín focos latentes o ac- 
tivos tuberculosos. 

Es una enfermedad que se adquiere en la infancia, y las observaciones 
(lue encontramos en el adulto, no son más que la etapa final de una infeccidn 
contraída en los primeros años de la vida. 

El concepto del contagio ha sufrido en el último decenio profundas trans- 
formaciones basadas en dalos seguros, clmicos o experimentales. 

La ley fundamental del foco primitivo, o como se llama hoy, el comple- 
o de Raoke, estudiada sobre todo por Albrecht y Ghos, < 



n hecho cooL'^ 



— 131 — 

pJ"obado. De las investigaciones anatomopatológicas, se deduce que la vía 
aer-ógena, con el complejo primitivo pulmonar, constituye sin duda el modo 
nías común de infección. 

La vía enterógena, defendida por una autoridad como Behring y su es- 
cti^Ia, hoy se considera como una eventualidad rara. Su transmisión placen- 
ta.!- la es una cosa excepcional. 

Hay que distinguir entre infección tuberculosa y tuberculosis, como tal en-% 
-e^T'^nedad. El individuo que lleva el bacilo de Koch es un infectado de tu- 
bex-culosis ; pero no un enfermo. Este tiene aminorada su capacidad de defen- 
sa, contra el bacilo, tendiendo el proceso a difundirse y extenderse. Aquel, se 
d^^ cubre solamente por la reacción tuberculínica. 

Toda la raza humana está expuesta a la tuberculosis; pero enferman 
s^lo aquellos que por factores constitucionales o adquiridos, están indefensos. 

Todavía está muy difundido el concepto de la importancia de la tubercu- 
í'^^^ís de los ascendientes, sin tener en cuenta el momento de la infección del 
ni fio, por la convivencia con un tuberculoso. La experiencia clínica y el la- 
t>c>x-atorio no permiten confirmar la existencia de una heredopredisposición 
€fi5x>edfica, o, por lo menos, no debe erigirse en ley general; basta recordar 
cl liecho de niños nacidos de padres tuberculosos, los cuales fueron alejados 
tn^^guída del ambiente infectado, y se criaron admirablemente en ambiente 

También debe rechazarse la hipótesis de una heredo-inmunidad específica, 
P^^x- estar en abierta contradicción con cuanto se sabe hoy día, de la clínica 
y <ñt las investigaciones biológicas. 

Que los hijos de tuberculosos vengan al mundo, en muchos casos, con 
WTTx estado de debilidad orgánica y un índice bajo de vitalidad es indudable; 
P^aro estas distrofias hereditarias, no son específicos, tuberculosos. 

La influencia desfavorable de ciertas enfermedades agudas (sarampión, 
tos? ferina) es indiscutible, e igualmente la sífilis congénita. Es notable la coin* 
cidcncia en el 70 por ico de casos, de la sífilis y la tubeculosis ósea. 
¿Existe tma inmunidad específica contra la tuberculosis? 
Esta debe admitirse; pero se produce de modo diferente de cuanto se 
&a.l:>€ de las enfermedades infecciosas agudas. El mecanismo es obscuro ; pero 
>« iwiede afirmar que no es debida a anticuerpos, como aglutiminas, precipí- 
tinas, opsoninas, etc., etc. Tales substancias que existen sin duda en el or- 
t&anismo infectal de tuberculosis, parecen no tener relación directa con la 
^'♦ununidad. En apoyo de esta aserción basta recordar el hecho de que la in- 
munidad contra la tuberculosis no es transmisible de la madre al hijo. 
Presenta cierta analogía con la sífilis: por una parte, inmunidad contra 
. reinfecciones; por otra, facilidad de lecidivas. Sin embargo, a diferencia ie 
^ sífilis, no se puede excluir, sino que debe admitirse con muchas probabili- 
^^w, d que la evolución ulterior de la enfermedad puede ser dependiente de 
reinfecciones exógenas. El que la tuberculosis pulmonar sea expresión de una 
^«nfección no ha sido demostrado. -A pesar de ello, debe prevenirse en el 
a^iulto un nuevo contagio. 

En esta enfermedad puede reconocerse la existencia de su estado precoz 
(propio del niñ'>), y un estado tardío (del adulto). Esto no excluye que las 
®^í«staciones dd estado tardío no puedan observarse en el niño, cuando 






s condiciones que imprimen al proceso n 
o si el germen fuese atenuado o el terreno 



:so m^ 



suceden reinfecciones o peculiai 
boso una marcha macilenta, co 
más resistente que el virus. 

Entre todos los métodos biológicos que se utiliían para el descubrimienio 
de la infección tuberculosa, la reacción a la luberculina es el más importante 
para el diagnóstico de la enfermedad en la infancia. 

Se basa, como es sabido, en la propiedad dd organismo de reaccionar a pe- 
Queñas cantidades de tuberculina (alergia). En cambio, no reacciona, aun a 
grandes dosis, s¡ el organismo no está infectado. 

En el adulto no tiene importancia esta reacción, porque todos han sido in- 
fectados antes de la pubertad. 

Tanto la inmunidad útil, como la sensibilidad nociva, son siempre expre- 
sión de un mismo fenómeno biológico ; esto es, la alergia, que no se transmite 
p,isivaracnte como en otras afecciones, por ser de distinta especie. 



Cuanto se ha expuesto justifica la esperanza de que se puede e 
aplicación útil de estos conocimientos, en e! sentido de curar al individuo en- 
fermo o preservar al sano de la infeccióa 

La profilaxis de la tuberculosis hoy no se discute ya; su fundamento está 
en evitarla en la infancia. Evitar en el niño el ambiente tuberculoso, alejándolo 
de él, es el principal precepto de la lucha antituberculosa. Es un asiuito econó- 
mico y moral, de dificultades a veces insuperables. 

Surge ahora la cuestión de si es conveniente que el individuo llegue a la 
juventud sin haber sufrido antes en su infancia el proceso de inmunización 
natura! a la tuberculosis, pues es sabido el curso agudo y grave de estas for- 
mas en la juventud. La .solución lógica sería inmunizar activamente al niño 
con una vacuna con la que se obtuviera el efecto útil, soslayando los perjui- 
cios de la inmunidad natural. Condición precisa seria la de que el organismo 
lio estuviera infectado previamente. 

La mayor parte de los autores (en Alemania, Hamuarsten, Moho, Bes- 
san) utilizan e! método de Maragliano con bacilos muertos, que es inocuo, 
tos bacilos atenuados tienen el peligro de adquirir su virulencia en el medio 
orgánico que se inyectan. 

Calhette vacuna con un bacilo bovino cultivado en serie trece años en te- 
rrenos preparados con bilis de buey. Confiere inmunidad, según el autor. 

Sobre la eficacia de estas vacunas podrían dar un juicio definitivo las ge- 

J. A. MüÑOYERRO. 



J 



— 133 — 



l^oTTNG E Hiix.— ' El USO del mepouploopomo-220 soluble en el 
tratamiento de las enfermedades Infecciosas de la piel. (The 

-Mse of mercurochrome-220 soluble in the treatment of infectious diseases 
of the skin.) Archives of Dermatology and Syphilology. Vol. 13, núm. 4. 
-Abril. 1926. 

TEti 1919 dan a conocer los autores un nuevo germinícída para el tra- 
taxiníenta de las infecciones del aparato urinario, el mercuriocromo-220, de- 
dit ^riendo previa experimentación animal en perros que esta droga podía ser 
a(I:«-xninistrada en el hombre en inyección intravenosa a la dosis de cinco mi- 
Hs'ar-amos por kilogramo de peso y repetirse varias veces. 

X)esde esta fecha han sido publicados varios artículos sobre el empleo de 
estr^^ droga en distintas infecciones, y creen de interés dar a conocer los re- 
sul-tados obtenidos por ellos en un total de 131 casos de enfermedades de 
la xwel. 

Tratan 24 casos de erisipelas con inyecciones intravenosas de mercurio- 
^^"^^'Mmo, obteniendo los siguientes resultados: 

>. Rápida curación sin recaída, 14 casos, o sea 58,3 por 100. 
-A once de estos enfermos se les administró solamente una inyección de 
^^ ^. c. de solución al i por 100; a un niño se le inyectó 7,5 miligramos 
^^*^ kilogramo de peso, y los otros tres pacientes recibían dos inyecciones 
°^ ^0 a 30 c. c de la solución al i por 100. 

^. Rápida curación, seguida de recaída, y nueva curación con la repe- 
**^^^ administración de la droga, tres casos, o sea un I2'5 por 100. 

-A estos enfermos se les pusieron de dos a cuatro inyecciones de 20 
* "^^ c. c. de la solución al i por 100. 

^. Marcada mejoría, tres casos, o sea 12,5 por 100. A uno de los pa- 
^^^Ates se le inyectó una dosis de cinco miligramos por kilogramo; a otro 
J^ le administraron 30 c. c. de la solución al i por 100, y al tercero se 
^^ T^usieron dos inyecciones, con veinticuatro horas de intervalo, de 25 c. c. 
^^-^^ una de la solución al i por 100. 

^ Curación de la erisipela, aunque el paciente murió por agotamiento 
y demencia, un caso. El tratamiento consistió en dos inyeccionesr ambas 
^^ 25 c. c 

5- Fracasó la medicación en tres casos, o sea el 12,5 por 100. Dos de 
^^"^^^s enfermos estaban ya en período agónico. 

Xx)s síntomas desagradables fueron diarrea y estomatitis. En un caso 
^^ presentó una alarmante diarrea, complicada con hemorragia intestinal, 
^^^-tro días después de la inyección de mercuriocromo. La estomatitis se 
^^sentó en tres casos, en uno de ellos grave, con ulceración de la encía. 
1^"*^^ enfermo de epilepsia tuvo graves convulsiones varios días después de 
^ inyección. Puesta la inyección en ♦^íjido subcutáneo es dolorosa, durando 
^^ molestias varias semanas. 

^í^ublican a continuación varias historias clínicas, concluyendo que los 
"^^Uitiomtro casos publicados demuestran sin duda alguna el gran valor de 
«• administración intravenosa del mercuriocromo en \a et\s\^^, '^JLMáxo^ ^<t 







L general y casi moribundos, lo que da más importancia a este 
Iratamiento. 

De los once casos de foruncuJosis que publican, áiez enfermos quedaron 
definitivamente curados con las inyecciones de mercuriocromo y uno expe- 
rimentó una marcada mejoría, líccibían el siguiente tratamiento ; Tres, una 
sola inyección de 10 c. c. 30 c. c. y 5 miligramos por kilngramo de peso, 
respectivamente: tres recibieron dos dosis que variaron de 35 e. c. de una 
soJudón al I por 100 a 4,6 miligramos por kilogramo: a uno se le inyec- 
taban tres dosis de 4 miligramos por kilograpio cada una, y a los otros 
Ires, cuatro inyecciones en dosis que variaron de 10 c. e. de la solución 
al I por 100 a 4 milisramos por kilogramo. El enfermo eti que sólo se 
logró una mejoría se ie pusieron tres inyecciones de 3 a 5 miligramos por 
kilogranto de peso. Las reacciones fueron, en general, ligeras o moderadas. 

De las once historias clínicas se deduce el resultado satisfactorio y cura 
radical obtenida por este medicamenlo en el tratamiento de la fomnculosis 
y carbunclo. 

Tratan cuatro casos de ulceraciones chancrosas crónicas, con lo que I0- 
cran detener la deslrución progresiva fagedénica y la desaparición de los 
grandes dolores que la acompañaban. 

Tratan 36 casns de tipos variados de infecciones cutáneas y subcutáne as. 
algimo de dios de gravedad y asociados con septicemia general, con el J 
guíente resultado : 



Marcada mejoría y curación sii 
estos enfermos tenían sepsis general: 
ca; en dos, estafilocÓeíca. 

2. Marcada mejoría con el mercui 
tamiento, nueve casos : cinco de éstos tt 

3. Fué de dudoso resultado en un c 
tafilocócica. 

4. Eji un caso pudiera tratarse de \ 
.í. La medicación no tuvo éxito en 
Se encuentra, pues, en estos casos u 

con el empleo de esta terapéutica. La; 

tres inyecciones, y en general fueron ligeras. 

Dos casos de gangrena gaseosa responden excelentemente bien a la te- 
rapéuiica con mercuriocromo. En un caso de gangrena diabética del dedo 
gordo con infección de !a pierna se consigue la curación de ésta, aunque 
no se impide que sea neesaria la amputación. 

Segón varios casos publicados en penfigos, aunque en alguno de elM 

se lograse la desaparición de las ampollas, la recidiva no podía eritarí 

Los mismos resultados pueden decirse de su empleo en el tratamiento ( 

I psoriasis. 

1 caso de eczema rebelde a todo tratamiento s 
terapéutica 1 
. caída. 



i mejoría ■ 



otro tratamiento. 21 casos; ochoj 
En tres. la infección era streptoc 

riocromo. pero asociado a otro 1 

:nían sei>ticemia general. 

:aso de hemiotomia con infección 1 

na posible acción profilScfi 

1 86,6 por 100 de mejorías y c 
reacciones sólo se presentaron 1 



; consigue t 
1 algunas regiones, aunque se^ida de 1 



- iá5 -- 

Citan únicamente un caso como prueba de que el mercuriocromo es una 
cJroga de un gran valor antisiñlítico. 

En el tratamiento de la lepra se consigue una señalada mejoría en el 
36,4 por 100 de los casos. 

Por ser tratado en otros artículos, pasan por alto lo que se refiere a las 
reacciones y posibles efectos peligrosos del medicamento; pero afirman que 
siempre que la dosis no pase de 5 miligramos por kilogramo de peso pue- 
den, emplearse las inyecciones intravenosas de mercuriocromo sin temor a 
ningún peligra 

Alguna vez puede presentarse fiebre alta, trastornos gastrointestinales, 
estomatitis, albuminuria transitoria; pero empezando con pequeñas dosis de 
dos miligramos por kilogramo y aumentándolas progresivamente, hasta He- 
Sa^^ a cinco, puede generalmente administrarse al . enfermo varias inyeccio- 
nes sin reaodón de ning^una clase. £n casos de infección grave en que la 
vida, está en peligro deben ser empleadas las grandes dosis. 

"^odos estos hechos son suficientes para demostrar el gran valor del mer- 
cuiriocronio por vía intravenosa en el tratamiento de las infecciones de la 
piel. 

C. García Casal. 



HijFC}H JosEPHs (Baltimore).— El ayuno oomo oausa de convulsio- 
nes. (Fasting as a cause of convulsions). American Journal of disease 
<3f ckildren. Vol. 2, núm. 2. 

lEn los niños menores de tres años es muy frecuente que las infecciones 

ag*ia.cias empiecen por un ataque de convulsiones. Eclampsia infantil y es- 

pa-sxnofilia, son dos términos que se usan con frecuencia, sin conocer exac- 

tarKi^ate su causa. Muchos de estos ataques son manifestaciones de tetania, 

esx>ecialmente la que se presenta en niños raquíticos, en los dos primeros 

aáos de la vida. Otros son debidos a lesiones cerebrales, congénitas o ad- 

q^^iridas, y asociadas muchas veces a cierto grado de cetraso mental. La 

epidemia idopática rara vez se observa antes de los cuatro años. 

^ autor se propone en este trabajo llamar la atención sobrq un grupo 
^^ niños con convulsiones, los cuales tienen como causa de ellas, un período 
^^ 3yuno. En efecto, es frecuente observar este síndrome a la madrugada, 
ci^contrándose en sangre una cantidad disminuida de la glucosa. 

Relata la historia de diez casos y hace un estudio de la glucemia después 
^ las cinco de la tarde, hora en que se da la cena a los sujetos en obser- 
J^ción, y a la mañana siguiente, antes de turnar el desayuno. Treinta niños 
J^eron observados, la mayoría normales, y cuatro de ellos de los que 
^bian presentado convulsiones. La concentración de azúcar en sangre, en 
^^^^s, fu^ tupida y grande. En uno, de 0,103 a 0,073. En otro, de 0,105 a 
^»07o. En el tercero, de 0,110 a 0,77; y en ei cuarto, de 0,096 a 0,71.. 

Estudia la relación entre los vómitos recurrentes y convulsiones, ya 
wscrita anteriormente por varios autores (Marfan), encontrado que la hi- 



l 




Fi^KjiE (de Lycni).— El dlagnástioo ratliográfioo de las afeoc 
nes utaroanexas y en particular de los fibromas. (Joi 
lie Raáiologie y de Elcctrologie. Tomo IX, núm. lo, octubre, 

Cakv (de Brooklyíi) tiene, el honor de haber sido el primero en radio- 
irrafiar el útero y ks trompas eu 1914. En realidad, Diuier y DAitriiit-ks 
habían, en igi2, presentado las radiografías de mi fibroma mineralizado, 
y eu igi4, inyectado el útero; pero la guerra retardó liasta 1916 la publ'i- 
cación de su trabajo en el "Paris Chirurgical". 

La inyección de aire practicada con objeto de Ejjreciar la permeabili- 
dad tubaria, y la inyección de substancia opaca para establecer la íoinia 
de la cavidad uterina y la situación del obstáculo ttibario, cuando lo hay, 
sao muy practicadas en América, como R, Lehman ha expuesto eo !a 
Prense medícale hace) dos años. F. lia tomado la técnica de la inyección opa* 
ca. Rechaza las procedimientos siguientes: inyección de aire en la vejiga. 
(Dartigue y Diuiehe} por peligrosa; iiisuQadón del intestino grueso de 
S'JEl'HANE PoRTRET (y no SAINT- PoKTEET, como dicc pof errorj, porque 
dan imágenes de bridas, estructuras o válvulas que impiden la lectura del 
cüdié. Inyecta en el útero, con una jeringa, de Bhaüm, 4 c. c. de lipiodol, 
muy lentamente y sin fuerza; cuando la inyección es terminada "lace la 
i^diografja. 

Eji estado normal, la cavidad uterina aparece ■ como im triángulo me- 
diano, con bordes rectangulares rectilíneos irregulares, con 43 a 55 mm. ds 
altuia y una anchura variable entre 24 a 30 ram. (Las desviaciones «terinas 
modifican^ desde luego, el aspecto de este triángulo, que no se preseuta ya 
perpendicularmente al eje normal, incluso cuando no liay fibroma, cosa ijue 
Fi no especifica). . 

El primer, signo del útero fibromatoso es el aumento de la cavidad; si 
d tumor ocupa una cara, el útero vasculado aparece como una nancha 
elíptica; si ocupa el fondo, en las cercanías del ostium uterino, la trompa 
está obstruida en el istmo, el fondo de la cavidad, inclinado lateralmente, 
miía el tumor; si es iutrapa ricial, la cavidad, ensanchada, prescnu bor- 
des irregidares y rugosidades; si es subraucoso o pediculado, forma una 
nmncha clara en la substancia opaca de la cavidad; en fin, si el tumor esü 
mineral iiado, aparece sin ninguna preparación. 

Las trompas, cuando son permeables, se dibujan bajo ia^ forma de una 
cinta de r a 10 cm. de longitud, terminada por una expansión' en lorma i.e 
T que corresponde al pabellón. 

Las franjas ováricas son visibles solamente cuando el pabellón se pre- 
senta de frente, estando la trompa inmovíliíada por una adherencia al 
posición anormal. 

F. cree ver en sus clichés pequeñas manchas que corresponderían : 
pane del ovario radíográficameute visible y quq sería el folículo Je ^ 



in a jin|ü 



xtjfto. No ha encontrado estas manchas más que en pelvis de mujer; pero 
en los clichés que publica, las manchas son iguales a las "mancnas áe la 
peivis" que se encuentran en ambos sexos. Rehusamos hasta una informa- 
ción más amplia el que haya una imagen del ovario. 

Esta última crítica no quita, desde luego, nada al valor del método, 
ni ai gran interés del trabajo muy interesante de R, ni, en fin, a .«as be- 
llezas de las radiografías publicadas. 

J. M. 



II. i. MoERscH.-- Estudio de ia oapaoidad vital de un mi- 
llap de enfermos quirúrgicos. (Archives of infernal Medicine, •To- 
mo XXXVII, núnt i). 

Hasta ahora se ha preocupado sobre todo de estudiar la capacidad vital 
CA individuos sanos, de ordinario en jóvenes vigorosos, para obtener el va- 
lor normal, y en enfermos de afecciones del aparato respiratorio, con objeto 
de apreciar las modificaciones. Para precisar el valor de esta medida a^í 
como la exactitud de su determinación y la influencia de las enfermedades 
<iue no interesan el aparato respiratorio, M. ha examinado un millar de indi- 
viduos adultos venidos para operarse en la clínica de Mayo de aíeccioaes 
varías. 

M, ha podido darse cuenta que numerosos factores extrínsecos iiifluyen 
en la capacidad vital: la altitud, la talla, el tiempo pasado después de la 
última comida, los trastornos psíquicos. 

Ei máximum de exactitud en la medida de la capacidad vital se obtie- 
iie calculándola seg^ín la talla y la superficie del cuerpo, utilizando la fór- 
mula de BoYS. y las tablas de Boothby. La relación entre la superficie del 
cuerpc. y la altura, por ima parte, y la capacidad vital, por otra, son tan 
Parecidas que, practicando la escala^ basada en la talla solamente puede ser 
considerada como suficiente; la capacidad vital, calculada según la super- 
^^ie, da cifras un poco más elevadas que cuando se tiene solamente en 

cuenta la talla. 

Ninguna fórmula es satisfactoria en todos los casos, pues, individuos 
formales pueden dar resultados inferiores al 85 por 100 de la capacidad 
^Jtal obtenida por el cálculo. Luego no es correcto mirar como patológica 
teda cifra de menos del 15 por 100 do. la normal 

1-a amplitud física, el sexo, la edad, la talla, el peso, la supeificie del 
^^rpo son factores intrínsecos que influencian la capacidad vital. 

"ftoda causa ^ue modifica las funciones normales y la actividad de los 
pulmones, ejerce una acción directa sobre la capacidad vital. Por el con- 
grio, las enfermedades que interesan el aparato cardíacorespiratorio no 
^eaen influencia apreciable sobre la capacidad vital en los enfermos qui- 
rúrgicos reside, pues, en el hecho de que refleja con exactitud el íimciona- 
«i^to de los órganos respiratorios. Toda anomalía de la capacidad vita, 
^^b^ llevar la atención sobre la posibUidad de una enfermedad del córa- 
la o de los pulmones. ., 



ji . .y ' 



N. Vacca.— La contagiosidad de la sífitis terolaria. (Amuhs <- —i f 
vtaladies venerieimes. Tomo XX, núin. (i,) 

Muchos médicos admiten todavía el dogma ile la no contagiosidad de a 

Siliiis terciaria. Esta noción es completamente falsa. 

pjdsten numerosas observaciones clínicas de contagio siíilitico por U- 

sicuifs terciarias. La experimentación ha mostrado giic a inoculación al m^^ano 
ds productos gomosos puede determinar un cha.icro típico. Se haii en(=_^- 
trado treponemas en las lesiones terciarias; por úliimo, el Wasscrmana. es 
imichas veces positivo en los terciarios. 

V., en dos casos de gomas sobrevenidos diez y seis y diez y síele !«-™os 
después de! chancro, pudo obtener, por inoculación al conejo, un sifiloma- lí- 
pico, cincuenta y un días después, de la inoculación, y una keraütis ex£»er¡- 
inctilal, treinta y odio días después de \!x incculadón. í£stas lesiones e^^pc- 
nnientales contenían treponemas. 

Por otro lado, V. observó la presencia de treponemas en los gomas. 

El treponema no se encuentra en los productos nt:crosados, ni en él ¡í' 
quido del goma reblandecido; pero no falta nunca, aunque eu pequcTio nú' 
mero, las paredes del goma. 

Este pequeño número de treponemas que existen en las lesiones abierta* 
o CLTradas exullca la dificulta de la investigación y los fracasos IrecuenlcíS- 

C. García Casu. 



T CooK Smitii (Louisville).— Inyección Intravenosa de solución sa- 
lina hipertónica en la poliomielitis aguda. ^«w. /o«nwí <>/ dis. of 
ChÜdren. Vol XXXI, núm. 3, marzo 1926. 

El autor refiere un caso de restablecimiento de im pacienle de polio- 
mielitis con parálisis ascendente que afectaba a los músculos respirato- 
rios. Como último recurso !e hicieron una inyección intravenosa de sal. Kinjen 
hipertónica, y otra ¡ntraespinal de suero de convaleciente. 

Se fundaron para este tratamiento en investigaciones experimentales J 
Fatológicas de Weed y Hughson. Estos autores demostr^on que la inyec- 
ción de suero hipertónico intravenosa originan un grande y prolongado 
descenso de la presión del líquido cefalcvrraquJdeo. Hay una absorción de 
nateriaJ infeccioso desde e! líquido, hacia eí espacio subaragnoideo y espa- 
cio linfático perivascular dd sistema neiT'ioso. Además, \m auatomopatólo- 
KOS han encontrado que eo la poliomielitis existe nn marcado edema mflama- 
to-io alrededor de cerebro y medula, causa principal de los trastornos para- 
líticos. Es razonable esta idea, pues la parálisis va disminuyendo sucesi- 
vamente a medida que desaparece esta infiltración edematosa; en experimen- 
tes hechos por Avcock v Amos, demostraron que el efecto de esta inyección 
hiferfóiiíca intravenosa, unida a la de suero especifico, es supenor al j"- 



— 139 — 

2 obtiene cuando se inyecta este último solamente. Los monos control su- 
rían más lesiones que los otros. 

Los autores refieren su »caso, que es el único hasta ahora tratado con 
Itero hipertónico intravenoso sin inyección simultánea de suero convale- 
iente. 

Es un niñc de cinco años, con peliomielitis y parálisis respiratoria, cia- 
losis intensa que aumentaba de hora en hora, sin obtener ningún resultado 
:an los recursos corrientes empleados. Como último recurso se acudió a la 
inyección hipertónica intravenosa, 40 c. c. de sol, de cloruro de sodio al 
30 por 100 en la vena femoral. Cada hora después pudo observarse una 
mejoría, y al sexto día, después de la inyección, los movimientos diafrag- 
máticos, de ambos lados, eran normales. Únicamente quedaban paralizados 
mcKJeradamente el recto anterior de un lado e intercostales. 

J. A. MUÑOYERRO 



^^L Baere — La Influencia de la pollglobulla y de la ane- 
mia en el tamaño del corazón. (Der Einflusz der Polyglobulie 
utid del Anámie auf die Herzgrosze.) Wiener Archiv für hiñere Medi- 
^in. Tomo XII, núm. 3,. 1926. 

Hn un trabajo reciente de Hollánder (i) sobre la poliglobulia hacía no- 
^^í" este autor la ausencia frecuente de aumento de volumen cardíaco en la 
PoJicitemia con hipertensión. Ahora bien, como e?ta última supone para el 
corazón una sobrecarga, necesita este hecho ciertas aclaraciones. Hollánder 
supone que en estos casos la dilatación capilar está destinada a moderar el 
trabajo del corazón. El autor, sin embargo, cree que esta explicación no es 
exacta. 

I>EL Baere representa en una fórmula el trabajo del corazón. A, for- 
tnula en la cual p representaría la presión a nivel del comienzo de la aorta 
(esta presión, para simplificar el problema, se admite que sea constante du- 
rante toda la fase de la revolución cardíaca), y v sería el volumen/ de sangre 
expulsado. En este caso, A = pv ; pero como interesa conocer el trabajo rea- 

A 

lizado por el corazón en la unidad de tiempo — , habrá que dividir por* t am- 

A V 

tos términos de la ecuación, de donde resultará = p , en cuya fór- 
mula - ,que es la cantidad de sangre expulsada en la unidad de tiempo, o la 
intensidad de la corriente en la aorta, pued^ ser designada por i, con lo que 
la fórmula anterior se convierte en -- = pi. 

Considerando ahora el círculo mayor bajo la idea de que en la vena 
cava la presión es igual a o, resultará que la intensidad de la corriente i será 
directamente proporcional a laj presión de la aorta, e inversamente propor- 

(i) Véase Archivos de Mepicina, Cirugía v Especiaudapes, t XXI, p. 134* 



na totalidad de lai resistencia «i el torrente di^datori^íJI 

!o tanto, i = — . Sustituyendo ahora en !a fórmula 

otro, se encuentra para el traliajo cardíaco la fórmula " = ~ . Esta 

fórmula indica que cuando Ja presión sanguínea permanece i 

trabajo del corazón aumenta cuando la resistencia r de la eirculaciMi 
nuye. Ahora bien, de la fórmula i = -se deduce que, en este caso,' 
censo de la rejisfeiicia supraie un aumento en la intensidad I de la c 
T)e este modo, el producto pi y, por lo tanto, el trabajo cardíaco es 
mentado. Asi pues, puede verse que la idea de Hollánder de que 
minución en !3 resistencia periférica bajo una presión invariable 
mía disminución del trabajo cardíaco, tío puede, en realidad, acept( 
maRnitud de es+e trabajo sólo puede disminuir cuando la intensidad 
corriente disminuya, puesto que en estos casos la presión, lejos 
disminuida, está aumentada. Ahora bien, la idea de tina disminuí 
intensidad en la corriente para los casos de policitemia no ea nada, 
símil, y Hoi.LÁNDER mismo afirma que, en estnq casos, la circulaeióí 
capilares es irregular, pero siempre muy lenta. Se sabe, por otra p 
en las enfermedades acompañadas de un evidente retardo de la con 
en las que el orfraP'smo es capaz de una compen.íación, ; 
cuentemente un aumento en el número de hematíes y de hemofflob! 
el cotitrario. en la llamada policitemia esencial, hasta para el ro 
del oxígeno una intensidad de corriente disminuida, todo el ai 
rapacidad funcional de la sanRre. Dé este modo, aunque p está. ! 
el producto pi puede permanecer invariable y por lo tanto, el t 
corazón no es preciso que esté aumentado. 

Precisamente lo contrario ocurre en las anemias. En estos ca¡ 
con una disminución muy escasa de la sangre, coinade un aumentq 
maño del eorazfin con una taquicardia. La viscosidad de la sangT 
aptffliaS está casi siempre disminuida, con lo que la resistencia e' 
fHí.míryüve, y tambrín imiy frecuentemente la presión sanguínea, 
todos ellos que a primera vista debían permitir una disminución del 
rjrdíaco. Ahora bien, para mantener c! metabriUsmo del oxígeno i 
sangre de valor subnormal, es preciso un gran aumento de la inten 
la corriente, con lo cual el producto pi. y por lo tanto, el trabajfl 
raíón estarS autríenladn. Este último conducirá, a su vez, a la ta 
o blert tendrá que aumentar el volumen del latido y por lo tanto. < 
diastólieo del corazón. Generalmente se encuentran, en efecto, en fej 
tanto una taquicardia como una dilatación cardíaca. La observad! 
zsda por murhos autores de que un período prolnncado de sea. ae« 
de concentración de la sangre y de aumento de hemoglobina. 1 
hradicardía, que desaparece inmediatamente con la infrestión de 1 
va igualmente la idea del autor, según la cual el aumento del con) 
hemoglobina hace descender la Intensidad de la corriente de h sa 
rece. pues, que la cantidad de hemoglobina v el trabaio del corar 
tiiyen dog factores destinados a compensarse mutuamente, 

R. 1 



#• 



— I4Í — 



JTosÉ N. Rodríguez (de Manila).— Los trastornos de la sensibilidad 
cutánea en la lepra. The Fhilippins Journal of Science, Tomo 
XXVII, núm. 4, agosto 1925. 

La observación de Geanselme en la primera conferencia de la lepra en 
Berlín, en 1897, es siempre verdad: la importancia de* la anestesia en el 
•diagnóstico de la lepra no tiene la atención que merece. 

Rodríguez ha estudiado minuciosamente los trastornos de la sensibilidad 
y de la manera que se comporta en doscientos casos de lepra de diferentes 
^pos y en diversas épocas de la enfermedad. Ha adoptado la nueva clasiñ- 
<:ación de las sensaciones cutáneas de Head y Rivers^. Esta ha sido hecha 
por el estudio del retorno de la sensibilidad después de la sección de los ner- 
vios sensitivos y reunión de los extremos seccionados. Distingue la sensibili- 
<Íad de la piel propiamente dicha, y la sensibilidad profunda o subcutánea 
<:onducida por fibras sensitivas contenidas en las ramas musculares. Las sen- 
-saciones cutáneas son transmitidas por dos sistemas de fibras nerviosas que 
se r^eneran en periodos diferentes. Las sensaciones de extrema diferencia 
de temperatura y de dolor, la sensibilidad obtusa e imperfectamente locali- 
zada constituye la sensibilidad protopática y corresponde a las fibras precoz- 
mente regeneradas; el tacto delicado, la discriminación táctil y las ligeras 
diferencias de temperatura representan la sensibilidad epicrítica cuyas fibras 
ae reparan más lentamente. 

La anestesia de la lepra es inconstante y variable; hace falta varios exá- 
menes para determinar sus límites y sus caracteres. Hay que distinguir los 
trastornos de la sensibilidad a nivel de lesiones cutáneas y sobre la piel sana. 
En el 16 por ico de las infiltraciones cutáneas no hay ningún trastorno 
de la sensibilidad. En el 84 por ico hay una disociación de las sensaciones. 
ios nodulos están, en general, recubiertos de piel anestesiada. En treinta ca- 
sos de máculas había pérdida de la sensibilidad en el 30 por 100 de los casos ; 
los otros mostraron una sensibilidad de tipo protopático. Las máculas en las 
^ue se pudo aislar el bacilo leproso estaban hiperestésicas en los bordes. 

Sobre la piel, fuera de las lesiones, la sensibilidad doloroso y térmica es 
la primera y la más fuertemente atacada. La anestesia es, por regla general, 
primero unilateral, y ataca, sobre todo, a las piernas, dorso del pie, ante- 
brazo, manos y dedos. 

Durante o después de los brotes febriles hay modificación de los tras- 
tomos de la sensibilidad que se extienden o se transforman. Después de la 
desaparición de los signos agudos, la anestesia puede alcanzar sus antiguos 
limites, o quizá reducirse o desaparecer. 

El diagnóstico con el beriberi es algunas veces difícil. Sin embargo, hay, 
en general, en éste trastornos motores, retardo de las sensaciones y la evo- 
lución es más rápidai. 

En los lugares donde la lepra es endémica, toda perestesia: cosquilleo, 
liormiguero, deberá suponer la enfermedad, pero la piedra de toque es la 
anestesia sobre algunas lesiones o sobre la piel. 

J. Madinaveitia 



Tadeusz Falkiewicz— Sobre ef vaíop pronóstico de la reaoolón 
al oro coloidal en las meningltlB. (iV/jAa Caseta Ukarska. 
Tomo IV, núms. 34 y 35). 

Los líquidos ceta lo rraqu ¡déos de las nicniíiEitis agudas precipitan el oro 
coloidal en la parte derecha del juego de tubos que contienen diluciones de 
oro decrecientes. Lamge explica esto por el aumento de las albúminas cou 
cambio de la relación entre las albúminas y las globulinas. En la sífilis, 
i precipitación se encuentra en los tubos de la izquierda de con- 
mí:^ima. En este caso hay también aumento de albúminas ; pero 
sin cambio en la reacción entre albúminas y globulinas. 

F. resume cuatro observaciones de meningitis aguda de etiologías di- 
versas con los gráficos de las curvas de precipitación constante en la parte 
derechan de k ganima de tubos, se observa una clasificación en los tubos de 
la izquierda. Se obtiene asi una curva que presenta dos vértices separados, 
por uno o dos, tubos no o muy ligeramente claros. F. supone que la pre- 
cipitación del oro coloidal en las diluciones débiles (tubos de la dereclia) es- 
di^bida a la acción de las albúminas que pasan en el liquido en mayor can- 
tidad y que dfictdtan la acción de las globjlinas para la precipitación det 
<Dru coloidal en los tubos de la izquierda hasta el momento en que las globu- 
linas, libres ya. destrujen el sistema coloidal del oro y traen la precipita- 
ción en estos tubos. La aparición de los dos vértices en la curva puede 
explicarse porque, en los casos graves con final mortal, hay aumento no so— 
Ismente de las albúminas, sino también de las globulinas. La relación albú- 
minas ; las globulinas se desplazan entonces de I : lo hacia 1 : 1. Las glo- 
bulinas, no estando ya dificultadas por las albúminas, provocan, en los casos- 
mortales, la precipitación en la parte izquierda de la gamma de tubos. 

De todas maneras, si la interpretación del fenómeno se presta a discu- 
sión, la significación práctica de la curva con dos vértices es innegable. 
Equival e.diesde el punto de vista pronóstico, al signus malí oinhñs para el 

'" """"■ /. U. 



. Benon— La astenia en I0& niños. 

fants. Septiembre igi*», núm. 9. 



I de Medecinr des ' 



La patología nerviosa y mental de la infancia no presenta ni la variedad 
ni la riqueza de la misma patología en el liombrc adulto o muy joven : asi 
se concibe fácilmente que las sensaciones, las ideas y las etrHiciones del niñoi 
no tienen todavía ni la finura, ni el relieve, ni la multiplicidad que conviene 
f ara presentar una enfermedad psíquica o nerviosa totalmente típica : esto 
está reservado al iiombre hecho, al hombre de veinticinco a cuarenta años." 
Esta edad es la de predilección de la alienación mental. 

Consideivchinrs diagi\ástkas, — La astenia en e! niño es ciertamente di- 



— 143 — 

íkil de apreciar. El caso que relata es demostrativo, sobre todo porque tiene 
luia observación de un período de veinticuatro años, sin que ninguna afec- 
ción orgánica previa haya podido ser demostrada en el paciente. Se obser- 
van en la infancia estados de astenia o de depresión ligera o profunda. Es- 
tes estados, debidos a una infección o a ima intoxicación, se disipan en al- 
gunas horas, en algunos días: ésta es la astenia normal o fisiológica. Pero 
es útil saber distinguir en los niños la astenia adquirida y durable, de la 
astenia constitucional, de la apatía, de la confusión mental. 

astenia constitucional. — Cuando se habla de astenia constitucional y cró- 
nica, en los niños, importa precisar qu2 se trata de una astenia que dura 
desde el nacimiento sin disminuir ni aumentar, de una astenia cuya causa 
prácticamente está ligada al origen mismo del sujeto. No se trata jamás de 
una astenia ligada a una infección, a una intoxicación o a un traumatismo 
de la primera o segunda infancia; esta astenia sería adquirida y no congé- 
uita. No se trata de una predi&posición al síndrome asténico ; la astenia cons- 
titucional es esencialmente un estado de astenia nerviosa general que comien- 
za en el nacimiento y que se muestra estable en su siníomatología, sin com- 
plicaciones nerviosas o mentales, siempre con una especie de imiformidad 
notable. 

La astenia nerviosa general constitucional, en el orden disasténico, es para 
nosotros análoga a la debilidad mental constitucional, en el orden disfréni- 
co. La debilidad mental o psíquica, intelectual o constitucional, es la debilidad 
del espíritu o pobreza de la inteligencia desde el nacimiento. La astenia ner- 
viesa constitucional es igualmente desde el nacimiento; pero por una fim- 
cion cerebral diferente, de impotencia parcial a moverse y a pensar. Un error 
^ el empleo dei la palabra debilidad intelectual congénita, en el sentido de 
^ predisposición al delirio o a la demencia. listo no es estrictamente clí- 
^^^o; sería, pues, un error utilizar la palabra astenia constitucional para 
«represar la predisposición a los trastornos disasténicos. 

Astenia y apatía. — ^La apatía difiere de la astenia. La actividad motriz 
general del apático, es, sin duda, siempre bastante reducida, habla lentamente, 
Sesticula poco, se mueve con lentitud. Si manifiesta emoción es con reaccio- 
nes musculars de poca amplitud, su actividad intelectual, como su actividad 
^otriz, está disminuida. En todo asemeja al asténico; pero el aipático di- 
t'ere de este último por un carácter esencial ; él no conoce, por así decir, el 
agotamiento. Cuando el asténico se pone en movimiento, rápidamente que- 
^i fatigado; en cambio, el apático puede realizar los movimientos prolonga- 
os y penosos como un hombre ordinario; pero más lentamente. La misma 
«vocación de su recuerdos en el apático es lenta; pero sensiblemente normal. 

Astenia y demencia. — Para que la demencia sea apreciable en un niño 
^00 ayuda del análisis psicoclínico, es necesario que el desarrollo intelectual 
^f €ste niño liaya adquirido cierto grado ; así, no solamente i)or el examen 
^"■ficto, sino también gracias a la observación raediata con los padres o 
^*on una tercera persona, se puede poner en evidencia el déficit psíquico exis- 
^^e. Estos casos en los primeros años de la vida hasta el cuarto o quinto, 
^0 son muy difíciles de diferenciar de la idiocia adquirida: de una parte, 

^ 3,parece más pronto, en el primero o segundo año, en uu su\^lo ojAie: *cn5> 



liabla y que no pronuncia todavía más C|ue alBunas palabras ; de oira, en lü ' 
idiocia, la insuficiencia cerebral parece estar en relación con una parada del 
lenguaje. ;Existe en e! niño una demencia extremadamente precoz? jCómo 
se la distingue clínicainenic de la. idiocia adquirida, de la astenia coo&titu- 
ciunal y de la astenia adquirida en la. primera infancia? Esta demencia pre- 
cocísima necesita, en nuestra opinión, nuevas investigaciones. Sería conve- 
niente que los observadores apreciaran lo más enactamente posible el modo 
de comenzar ¡os caracteres clínicos del principio y del período de estado; ea 
lin, la evolución desde el punto de vista cliníco. En principio, en la aste- 
nia, el sujeto está consciente de su estado ; en la demencia, ro se da cuen- 
ta de su disminución intelectual. 

Astenia y confusión mettial, — La astenia en e! niño puede ser como la 
confusión mental, un fenómeno episódico transitorio. Esta astenia es enton- 
ces un estado más o menos normal, una reacción psicológica a una infección 
a una intoxicación o a otra causa. Cuando la astenia es durable, ccmduce 
al observador a la descripción de la confusión mental, porque ya numerosos 
autores no separan estos dos síndromes. El asténico, aunque sea muy joyen, 
es consciente de las molestias múltiples que él experimenta y que explica con 
ralabras apropiadas. El confuso presenta ante iodo trastornos de la percep- 
ción del reconocimiento de los lugares, de las personas y de los objetos. I^ 
confusión mental en el niño, como en el adulto, es un estado agudo frecuen- 
temente con iiitemilencias lúcidas o parcialmente lúcidas y que no duran más 
que algunos días, ün estado infeccioso o toxinfeccioso acompaña constan- 
lemente al síndrome psicopático. La astenia que nos ocupa es, por el con- 
trario, una secuela de factores etiológicos variables. 

Ctnuidüradones larapéntieas. — La primera indicación terapéutica en pre- 
sencia de un caso de astenia durabk en el niño, es el reposo, cualquiera que 
sea su variedad, y el reposo prolongado. 

No hay ninguna psicoterapia a instituir. Lo qtie importa es aprender 
a tratar bien al sujeto, no procurándole distracciones rü ejercicios fatigo- 
sos. Es preciso por la reeducación, inspirándose en las inclinaciones y de- 
seos del paciente, no obligarle a trabajos psíquicos ni físicos que estén pcffl 
encima de sus fuerzas. ^^H 

Un régimen alimenticio bien estudiado y variado sin severidad excesN^^^I 
muy útil cuando hay signas de dispepsia y constipación- ^^H 

La hidroterapia fatiga frecuentemente a los pequeños enfermos. La íM|P 
tricidad y el masaje son tratamientos de lujo y sin efectos muy apreciables. 

El tratamiento sintomático de la astem'a en los niños, como en los adul- 
tos, es nulo 5! el reposo esencial no está instituido. Desde luego, coando a 
titulo excepcional nos decidimos a administrar fósforo, arsénico, hierro, 
ijiriiia o estricnina, no será más que por un tiempo muy corto (diez días, por 
ejemplo), a dosis muy débiles. 

J, A MuÑovEKl 



ARCHIVOS DE MEDICINA 
cirugía Y ESPECIALIDADES 



EL PROBLEMA DE LA FEBRÍCULA 

por el 

De. Gregorio Marañón. 



No es ésta la primera vez que rne he ocupado de las fiebres 
lar-grag y misteriosas. Hace cuatro añois que en el Colegio de Mé^ 
dicos de CórdólKi estudié, len esquema, parte de la cuestión con 
1?' que hoy voy a entretenems. Justifica mi insisteficia en macha- 
<^r sobre él mismo tena, la realidad de cada dia, que a todos nos 
^3-iTda, y que a mí, como s^unTamente a cuantos colegas míe 
^^^^Tjchan, me plantea, un día y otro, d trance de diagnosticar y 
^^ tratar estos enfeatnos misteriosos,* que tienen durante meses 
€at3ejros una fiebredlla^ sin causa aparente, dtesesperante por su 
tenracidad y por su misma falta d¿ manifestaciones llamativas; 
^u^ evoluciona como quiere, por encima de nuestras previsiones 
y <3e nuesftpos remedícfe; y que teiimiinan el día menos pensado, 
^^>nao si de intento hiAíeran querido humillar a todo d arsenal 
^^ nuestra terapéutica y todos los cuidados y aprensiones del 
Propio paciente. 

Hay mwdias afecciones en la patología humana que van acom- 
P^fiadas de fehrícuila. Entonces, cuando hay un diagnástico pre^ 
^^o, y la pequeña elevación de temperatura aparece como un ele- 
^^^^^aito más entre el cortejo de los síntomas, eil problema no tiene 
ixitierés para el clínico. Por ejemplo, cuando diagnosticamos una 
^5^«!niia perniciosa, el que el enf ernio tenga entre sus manifesta- 
^ones una fiebrecilla continua, nos initeresa relativamente poco. 

^ podrían recordarse muchos ejemplos más, como este citado: 
Pero este imismo hedho de la pequeña fiebre se nos plantea 

^^Q*iio problema difícil, cuando ocupa el primer ténmino del cua- 

O) Discurso inaugural del curso académico 1926-27 d€ la Acadétnía 
^Médico-Quirúrgica Española. 



dro clínico y el di^nóstíico se ha de hacer partkndo de su úniá 
o casi única, realidad píitológica. La fiebre, siendo, con el dolor, 
el sintonía más común y más llamativo del sufriimiento humano, 
es, en cambio, el de nj;is vaga significación diagnostica. Por sj 
solo no nos da el mieiior iiidiicio de localizacdón y de posible na- 
lurakza del mal. Nos basta oír el modo de hablar de un en- 
fermo ]jara diagnosticar que padece uina hemorragia en tal pun- 
to preciso de su cerebro ; observar su nuca rígida para saber que 
l)adece una nieiiiiigitis y casi el microbio qu^e la produce; pro- 
locarle e! dolor de este o del otro punto para concluir que tieiie 
inüaniado el apéndice o la vesícula biliar, etc., etc. Por el contrario, 
cuando un paciente nos llama porque se siente febril, todo un 
mundo de probabilidades diagnósticas se abre ante nuestro eapi- 
rítu. La causa de la hipertermia puede residir en un foco infla- 
mado en cualqtiier punto, el más recóndito, del organiano; y 
docenas y docenas de gérmenes pueden ser sus agentes produc- 
tores. Hay que esperar a que vayan apareciendo otros síntomas 
acampanantes de la calentura y a que el Laboratoiio ponga a 
contribución sus recursos, para que la vaga etiqueta de "fiebre" 
se complete oki los adjetivos quie definen d diagnóstico. Lo 
cual, a pesar de todo, no se logra más que en un número reduci- 
do de enfermos, 

Pero si la fiebre es de tan .poca monta, tan prolongada, tan 
irregular, tan sin estructura dünica como en los casos que vamos 
a esíudiar, las dificultades se multiphcan. Cuando uno de estos 
enfermos acude a nosoíros y nos dice, sencillamente, que hace 
dbs meses tiene todas las tardes cinco, seis o más dédmas, sin 
más molestia o con pocas molestias más.; y la exiplcración gene- 
ral no revela nada o casi nada, el médico experimenta la sensa- 
ción angustiosa de inseguridad en su ciencia, corao pocas veces 
sentida, porque pocas veoes también va aparejada a nuestro jui- 
cio clínico ima rcsjxinsabílidad mayor. Esa fiebrecilia puede ser 
el comienzo de una tuberculosis que im buen dia explotará vo- 
razmente; pero puede ser debida sendl lamente a una cripta fa- 
língea llena de estreptocoíxis. ¿Condenáramos al enfermo, que 
generallmente es una persona joven y en plena apetencia de vivir, 
a una cura rigurosa, de sanatorio, ante la primera sospecha? Mas 
si la realidad es la segunda, la banal, ¿con qué derecho habremos 
puesto al padente al margen de la vida meses y meses? Pero, ¿y 
S! damos im veredicto optimista y recomendamos al febrititaate 
que guarde su tennómetro y siga su ivida ordinaria, sin preocu- 
parse de la ten^peratura, y unas semanas después volvemos a verle 



— 147 — 

enflaquecido, con hemopíásis o con los piimeros signos «de una 
meningitis tuiberculosa? 

Estas hipótesis que hago ahora están nutridas de dolorosa ex- 
periencia personal. Y por ello insisto en tomar muy en serio el 
siadrome de la febrícula, intentando abarcado en su conjunto, con 
m criterio comprensivo y elástico; y no con un esquema previo, 
limtitado y rígido, como, por desgracia, suele ocurrir. Tengo ob- 
servado, en efecto, que el médico, ante uno de estos casos, adopta 
UI13. de las tres siguientes actitudes : o piensa ipso fado y por en- 
cimia de toda exploración, en un proceso tuberculoso; o se aco- 
gt a. la hipótesis de una fiebre intestinal; o se cruza escéptica- 
ciente de brazos, dando por todo diagnóstico y todo tratamiento 
ua *'eso no vale nada", que a veces cuesta carísimo al enfermo y 
^1 l>rojpio clínico. 

Es la es la pauta, el comodín, de la práctica diaria. Pero hay 
^u-e reaccionar continuamente contra esos comodines, verdaderas 
tra¿txipas que nos tiende a los médicos nuestro mayor enemigo, 
quie es el hábito. Se ha didho que el hambre es un animal de cos- 
tumbres ; pero es, precisamente, por la costumbre por lo que más 
s<i aleja de la excelencia humana, para acercarse a la animalidad. 
Lo contrario del hábito, de la cosítumlbre, es la actitud original; 
y la. originalidad sí que seipara al hombre de las bestias. Cuan- 
do se ejerce ima profesión compíicada, como la nusestra, llevamos 
íerxtrq un laistre que nos em/puja hacia el hábito, hacia illa manera, 
hcLcria el oficio; y, a la vez, una fuerza iutenia y ascendente que 
nos eleva hacia la actitud intuitiva y original. 

I>el predominio del oficio o de la originalí3ad depende, y sólo 
<te ésto, el valor intrínseco de un médico. El mismo bagaje cien- 
tífico es cosa secundaria. Porque la mucha ciencia no nos libera, 
por sí sola, de la esclavitud de la costumbre. Y todos hemos co- 
nocido médicos, ahitos de lectura, que, ante el enfermo, sacaban 
su. plantilla paara, el diagnóstico y su plantilla para d tratamiento, 
¿n: adoptar jamás la actitud de espectador activo, de investigador 
^>^te'un problema que hay que plantear siempre, ante cada pa- 
riente, por sencillo que nos parezca. 

Puesto a elegir, yo, incluso preferiria un empírico original, a 
nn científico adocenado. Como que la ciencia, al igual d)e aquellas 
serpientes de las f álbulas, tiene, en realidad, dos modos de progre- 
^2tr: uno normall, de reptación lenta, gracias a la erudición y a los 
ínétodos; y otro, exidepcional, ^por glandes vuelos súbitos mer- 
<»d a las abs de fe intuición. Y si la cantidad, el peso bruto del 



/ 



- M8- 



el tcSI^ 



pr(^res6, se debe a la labor metódica y diaria, la calidad, el t 
Iq da ese otro acento kiiprevis-to y genial. 

El problema, repito, puede trasladarse desde la ducubración 
científica pura a la modesta tarea de ver enfermos. Hagajnos, 
pues, de cada dolor del prójimo un problema de biología y apli- 
quemos a su sdluiaión la disección fría de nuestra, erudición y ót 
nuestras técnicas exploratorias ; pero sazonándola con una visión 
peculiar e intuitiva de cada caso. Así evitaremos caer en el peli- 
gro de la plantilla, del "truco", del amaneramaenito, que nos da 
resuelto sin esfuerzo el problema diario, pero que nos embota 
para las grandes exploraciones en el país de lo desconocido, 
en Medicina es tan dilatado. 

Y ahora, en esta actitud, volvamos a nu^tras febrículas. 



El sindTwne de la febrícula se acc^e con dificultad a una Í 
crípción general, puesto que, en realidad, bajo esffa llave prm 
sional comprendemos enfermos muy variados; como aiites hemos 
dk:ho, enfermos que sufren desde las infecciones más graves hasta 
las más banales; desde procesos de la máxima simplicidad patogé- 
nica, haista los de patogenia más complicada y confusa; y enfer- 
mos, además, de todos los aparatos y sistemas de la economía. 
Con todo, puede ensayarse un boceto de los caracteres más fre- 
cuentes y constantes que presentan estos enfermos, que tantas 
vuxs vemos en nuestros consultorios. 

Casi sin excepción, se trata de gentes de clases acomodadas. 
El material hospitalario muy rara tvez nos ofrece ejemplares de 
febrículas, por la razón que fácilmente se comprende: este sin- 
drome o es e! comienzo de un proceso grave; pero muy aJ co- 
mienzo, cuando aun no se sospecha la gravedad; o es, desde lue- 
go, una enfermedad leve; y las personas que llevan una vida dura 
no se dan cuenia de que están enfermos más que cuando están 
graves. Por esta razón, el material de la presente monografía, es 
exclusivamente, material no hospitalario; y aprovecho esta cir- 
cunstancia para llamar de nuevo !a atención sobre et gran \'alor, 
a veces — como en e! presente caso- — valor insustituible, que tiene 
el material dínico de la práctica privada. No hace falta dirigii 
un servicio hospitalario para hacer una labor clínica estimable y~" 
útil. Basta con buena n-oluntad y eapíritu de observación. 



— 149 — 

La febrícula se da en muchos más casos de mu j eres que de 
hombres. De los 243 casos de nuestra estadística eran: 

Mujeres: 211 (88 por ico). 

Homlbres: 32 (11 por 100). 

Influye en esta gran diferencia, desde luego, una causa artífi- 
ád, la misma que acabamos de citar para la situación social ; esto 
e», que las miujeres, en general, se observan más minudosamenite 
qtie los hombres, y tienen, además, más agudizada su sensibildded 
paxa las leves molestias siubjetivas inherentes a la pequeña fiebre. 
PeíTo esta razón no puede expfcar enteramente im hecho tan lla- 
mativo. Sin duda, las reaccionees linfáticas, tan ligadas a la pro- 
duicción de la fidbore, y 'las condidfones neuro-endocrinas que, como 
después veremos, influyen en la patogenia de la febrícula, son 
iníucho más favorables a la producción del fenómeno en el sexo 
f eanenino que en el masculino. 

La influencia de la edad es también muy notoria. Casi todos los 
<ínfemK)s de este género que acuden a nuestros constiltorios son 
gentes jóvenes», entre los 20 y los 35 años. He aquí esta impresión 
^^neral, precisada en nuestra estadística: 







Ndmero de 




Edad 




enfermos 


Tanto por loo 


I a 10 


años. 


7 


2 


II a 20 


tt 


48 


19 


21 a 30 


tt 


88 


37 


31 a 40 


»» 


68 


24 


41 a 50 


»r 


25 


10 


SI a 60 


tt 


7 


2 


Más de 60 


»r 









Total 243 

La sintomatología general de estos casos es lá siguiente : 
I^ febrícula comienza en unos casos diespués de un episodio 
patológico agudo y bien definido (un trastorno digestivo, una "gri- 
P? > unas angina^, etc.) Otras veces su comienzo es insidioso y 
^ Pedente se da cuenta de la alteración térmica por los ligeros 
^'^'^tiomos subjetivos que la acomipañan y qiue un día le deciden 
^ Poinerse el tiermómetro. No es raro que el hallazgo de la discre- 
^^ l^ipertermia sea casuaj, anotándola la primera vez al probar im 
^^^^"^ictótnetro o aJ ponérselo por mera curiosidad. El hecho es que 
^^^^ áempne empieza nuestra historia clínica en una fecha que 



I 



seguranieiite no es la deJ coniaenzo real de !a febrícula, cuya pi 
mera fase, tal vez muy prolongada, ha pasado por entero desaper- 
cibida. 

La febricula se acompaña unas veces de fenómenos subjeti- 
vos : cefalea, astenia, sensación de ardor en la piel. Otras veces, 
el enfermo no se daría, en absoluto, cuenta de la hipertermia, sí 
no fuese por el termómetro. Por !o demás, el paciente no suele 
quejarse de nada más o, a lo sumo, de síntomas b-jnales (o que 
él mismo y el mismo médico interpreta como banales.) Lo carac- 
terístico de estos estados, es, en efecto, como ya hemos didio, 
que sea la febrícula la predominante del cuadro patológico, lo 
que constituye, por lo tanto, la preocupación del paciente y le 
mueve a consultar. 

La fiebre puede durar mucho tiempo. He observado casos de 
más de cinco o seis años. En imo, con alternativas, duró hasta 
doce. 

Unas veces es permanente. Otras, sufre interrupciones de 
manas o de meses, para reaparecer después. 

En general, su altura no ^caiiza a los 38". Cuando sol 
esta cifra, ya no puede hablarse de febrícula, sino de estados 
briles, de interpretación, por !o común, mudio más fácil. 

Es excepcional que la febrícula adopte ei tipo continuo, 
más corriente es que sea remitente, con normalidad matutii 
exacerbación vespertina. A veces, se invierte el tipo de la 
tenda y ocurre la exacerbación por la mañana. 

En algunos casos el curso tranquilo de la febrícula, es 
rrumpido por fases, nuls o menos prolongadas, de liipertí 
seria a por accesos agudos de gran fiebre. 

La febricula puede ser influida por causas diversas. La 
tión y el ejercido, suelen exacerbarla. Pero no siempre ocurre 
En ocasiones la influencia hipertérmica recae en, detenninados 
ratntos. Estas diferencias dependen, sin duda, de la causa del ti 
lomo y del temperamento dei enfermo. La influencia del tii 
de las estaciones, es también muy sensible en ocasiones: vancS" 
de mis enfermos no tenían el trastorno térmico más que en Jos 
días calurosos y en las estaciones de mayor temperatura; y sobre 
todo, en la primavera y comienzo del \ierano. a] iniciarse los pri- 
meros días de calor picante. 

Pero la influencia externa más interesante es, sin duda, la de 
la menstruación. En las mujeres con febrícula es casi constante que 
ésta sea modificada de diversa manera por el proceso menstrual. L« 
más común es que Jos días premenstruales coincidan con un au- 
mento de la hipertermia, rebajándose ésta, quizá desapareciendo. 



- 151 - 

cii los días mismos del flujo y en los primeras sabsdguientes; 
para reanudarse poco después. Menos frecuente es que la exacerba- 
ción sea netamente menstrual; es (decir, de los días catameniales 
propiamente dichos. Estas influencias del período, sobi'e la hiper- 
termia, suelen ser más marcadas cuando aquella función no es nor- 
Jnal, lo cual ocurro, por cierto, como después veremos, en gran nú- 
Kíero de muchachas con febrícula. Y anotemos también que todos 
estos fenómenos se observan preferentemente en las mujeres tuber- 
culosas ; como que un gran contingente de los casos de febrícula son 
a-uténticos fímicos bien del aparato respioutorio, bien, según nues- 
tra experiencia, del' aparato genital, lo cual explica, en muchos 
Celsos, la estrecha coincidencia del proceso febril y de los trastornos 
«lenstruales qu€( acabamos de mencionar. 

El estado general de estos enfermos es, en ocasiones, muy sa- 
t-sfactorio. Insistimos en que lo característico del síndrome que es- 
tudiamos eal el contraste entre la constancia de la fiebre y la au- 
sencia de otros síntomas; la apariencia de salud, por lo tanto; 
Q^U2á. de floreciente salud. Sin eñíbargó, la exploración clínica des- 
cubr^^ con muy pocas excepciones, (manifestaciones patológicas 
íiíviei-sas, si bien de tipo disimulado, cuya pesquisa y valoración 
constituye, precisamente, el objetivo del iriédico ante cada uno de 
csfc^s casos. 



ni 



^1 cuadro clínico que acabamos de abocetar es tan parecido, de 
unos casos a oiros, que pocas ivieces encontramos síndromes con 
^^^y'or apariencia de unidad nosológica ; y, sin embargo, no nos can- 
^^■^mos de dedr que, justamente, el interés que tienen estos casos 
pan^ el patólogo, estrila en la diversidad de los diagnósticos que se 
esconden tras de la tmidad de los fenómenos clímicos. 

I^ero, con todo, hay algunos hechos que inducen d pensar que 
*^ "Vez existan circunstancias comunes a todos esos casos de pato- 
|eni^ en realidad 'tan dispar, que nos expliquen la chocante uni- 
^^í^Unidad de la sintomatología. En primer lugar, el gran predominio 
^^ !«. edad juvenil, postpuberal y del sexo femenino, deben ha- 
^^í^Tios pensar que una edlald y un sexo determinados constituyen 
y^ "Una condición apropiada para este tipo de reacción febricular, 
i€tita y bien tolerada del organismo. 



152 - 



m 



Pero, además, por lo menos en un grupo grandi 
mos, podemos comprobar que no sólo la comunidad del sexo 
edad les une, sino también todo un conjunto de detalles mc« 
eos y funcionales. Sea cualquiera la causa de la fiebre, es nj( 
cuente, en efecto, que se trate de muchachas de aspecto lii 
con tendencia a la adiposidad, ^e^■e3tidas, quizá, de una apa 
de robustez que contrasta muclio con la historia clínica. Comí 
te tienen hipertrofiado el territorio linfático faríngeo y 
aí:úmidos de tejido linfático del oi^nísmo. Es tambióni hí 
que la función sexual sea tórpida. Y, por último, que o+i 
tigmas de mal funcionamiento endocrino, sobre todo tiroideoij 
pañen al trastorno, casi constante, del ovario. 

£ni suma, hemos hecho la descripción sucinta dal estai 
faiteo, 'bien conocido de les patólogos clásicos, y renovado 
ñámente por Paltauf y su escuela. Este estado o te^npert 
linfático, tiene, a más de los detalles dlínicos enumerados, tii 
nifestación interesante que es la proporción anormal de los ? 
tos mononucleares de la sangre. Y, en efecto, de nuestra 
casos de febrícula, hemos hecho el análisis morfológico de lai 
en cincuenta y cinco, obteniendo los resultados siguientes : 

El número de leucocitos varífljha sin regla fija, generií 
alrededor de la cifra normal; por ocmsi guíente, sin fliid 
especial alguna. Pero la fónmda leucocitaria aaisaba 



Menos de 35 por 100 de 

mtmiHiucleares (norma!)... 11 8 

Entre 35 y 45 por 100 (hi- 

permononudeosis) 31 56 

Más de 45 por 100 {gran 

hipermononucleosia) 13 23 

Es decir, que. puede decirse, en términos generales, qm 

> por roo de estos casos de febrícula hay una monomicleo^ 

fíerada o intensa, pero anormal, que concuerda con los 

nicos. 

Es también sabida la frecuencia con que este estado li 

se combina con diferentes afecciones endocrinas, como nosoG 

I'mostramos, por primera vez. hace ya catorce años, y luego hi 

lado innuanerables autores, entre los que dtaranos a 

PiTTALUGA. La serie de casos de febrícula, recogida por nc 



— 153 — 

ccnfirma, como acabamos de ver, esta frecuente coexistencia del 
estado rEnfátioo con mononudeosis y de las pertubaciones endo- 
crinas, sobre todo genitales y tiroideas. 

Ahora bien, esta existencia del estado linfático nos da, m^ 
parece, la dave de gran número de casos de febrícula. Los orga- 
nismos linfáticos, son, en efecto, partícullarmente propicios para 
que en dios se implanten infecciones crónicas, como la tuberculo- 
sis o bien infefcdonies de tipo banal — estreptocódcas, colibadla- 
res, etc. — ; infecdones que cualquiera que sea su naturaleza bac- 
teriana, tienden a evoludonar de un modo lánguido, con escasa 
sintomatología general y con reaodón febril moderadas. Para no 
<átar más que ejemplos muy seguros, recordemos las fases *'gan- 
glionares" de la in;fec!ción tuberculosa, que recaen con singular 
írecuenda en este tipo de sujetos : las infecdones crónicas del ani- 
llo faríngeo; las infecdones crónicas del apéndice; etc., etc. Ca- 
^^o« todos que luego serán discutidos con mayor detenimiento. 

Por otra parte, las perturbadones endocrinas que acompañan 

^ ^ste estado linfático, pueden influit en d mecanismo termo-regu- 

^3<íor, ya directamente, ya, sobre todo indirectamente, en el sen- 

^<io de íhacer al organismo más sensible ante la agresión infec- 

^^osa. Ahora soló queremos dtar este importante y debatido asun- 

^P> que más adelante expondremos con detalle. Pero, en conclu- 

^ón, podemos afirmar que en un grupo de casos el síndrome fe- 

^rfoular se debe a causas infecdosas, más o menos latentes, que 

^^oludonan en organismos generalmente femeninos y juveniles, 

^^t:a.dos de una maixada constitución linfática, sin que podamos 

^P^i* el momento, precisar la intervendón que en este modo de rac- 

'^onar tengan las alteradones de las glándulas de secredón inter- 

■'^^» que con tanta frecuenda acompañan a didia constitudón lin- 

^^tiea. 

Otras veces, la constitución linfática que hemos explicado, no 

^^^^is^te, y la sola responsabilidad del síndrome febricular ha de acha- 

^^^se al foco infeodoso mismo. Tal, por ejemplo, d caso de un 

^"Uilto normal, cuya anormialidad ténmica se debe a una coledstitis 

^óiiica, soJaipada y aoddenital, sin intervención ninguna de estados 

^^^^üstítudonaies previos, Pero quiero insistir en mi conviancimiento, 

^-^ia día más firme, de que estos casos sin estaido linfático son poco 

^^ -"^"^cuentes, desde luego mucho menos frecuentes que los acompa- 

.^^•oís die 'signos evidentes die dioha constitudón. Si la exploración 

enfermo se hace, en este sentido, detenidamente es fácil com- 

'•obarlo aun en sujetos que por su edad presentan pocas condido- 



\ 



— 154 — 

1 existencia dd florecimiento linfático, que es propio éif 

h edad juvenil. 

Pódennos, de todos modos, dividir nuestros enfermos de febrícu- 
la en dos grandes grupos ; uno, en relación con la constitución lin- 
fática, predisponente, que hemos explicado; y otro, sin el concurso 
de esta predisposición. La causa original de la febrícula, es la mis- 
ma en uno y en otro grupo; a, saber, un foco infeccioso latente que, 
en el prímer caso, es sostenido por eJ estado predisponente ; y en 
el segundo actúa por sí solo. Pero el concepto del foco latente re- 
ijuiere algunas palabras más. 

Nadie ignora que una elevadón térmica {como una liipotermia) 
pjede ser debida a un írasíofnno puro, nervioso o neuro-humoral (en- 
docrino) de los centros termo-reblares. Sin embargo, en la reali- 
dad clinica, hipertermia e infección, son cosas tan frecuentísi- 
mamente unidas que, prácticamente, los médicos tendemos cada 
vez más, a eliminar esas otras ca/usas no infecciosas a !a vista de un 
febricitante, grave o leve, y a no pensar más que en la posible etio- 
logía infecciosa. 

La infección que origina la fiebre es en unos casos tan llamati- 
va, clínicamente, que no ofrece !a menor dificultad para su diagnós- 
tico; tal el caso de lum septicemia grave, como la fiebre tifoidea 
o de un foco somático llamativo. íomo una caverna tuberculosa, 
una colección quirúrgica de pus, etc. Pero en otras ocasiones, este 
foco donde se ac^Jitonan los gérmeres responsables, es tan pequc- 
íio que no produce síntomas locales perceptibles a los métodos co- 
rrientes de exploración; ni la fiebre misma, banal y ?in estructura 
clínica, orienta e! espíritu hacia la posible etiología. El termóme- 
tro marca unas décimas, que no alcanzan a un grado quizá ; el pa- 
ciente no se queja de nada más. Se le encamina, por todos los me- 
dios, y no se encuentra nada anormal — doíores, tumor, plastrón, 
etc. — , que indique dónde se aíoja la causa did trastormo. Com.o que 
esta oiusa son, tal vez, bacilos de Kodi. alojados en un ganglio. 
apenas aumentado de volumen ; o unos estreptococos reunidos en un 
foco inflamíitorio, en los anejos genitales, en !a grasa perirrenal, et- 
cétera, cuyo tamaño puede no sobrepaisar d de un garbanzo y está, 
ipor lo tanto, en absoluto fuera dd alcance de nuestros medios de 
investigación. He aquí los llamados focos infecciosos latentes. 

Estas cosas son demasiado sabidas, sin duda; pero con todo. 
no dudamo-i en recordarlas, porque el práctico las olvida a cada mo- 
mento. Un día y otro vemos a diiucos distinguidos que afirman 
que no reside en el tórax la causa de una fiebre, porque la percusión 
o la auscultación o los mismos rayos X, que s^lo descubren le sio- 



— 155 — 

nes ^gantescas, dan datos tiegativos. O especialistas que excluyen 
el ai>arato digestivo de esa etiología, porque la palpación del vien- 
tre es normal y normales los análisis complementarios. O, en fin, 
para, no recorrer todos los aparatos, ginecólogos que afirman — ^y 
aun s>e enfadan si no se les cree — que el aparato genital está sano, 
porqoie no tocan ninguna de las lesiones, formidablemente macros- 
cópioas, que se pueden tocar con un dedo introducido en la vagina. 

La pesquisa de estos focos latentes es mucho más difícil. Qui- 
zá constituye el problema más arduo de cuantos nios of reoe la clíni- 
ca diaria. Hay que poner a contribución lod5s los medios explora- 
torios de los especialistas, todos los análisis del Laboratorio, y toda 
la habilidad sintética del internista. Hay casos en los que habría 
que desarrollar sobré d mismo paciente toda la ciencia propedéu- 
tica, sin omitir detalle. Y aim aá, el resultado final no es raro que 
sea nulo y que tengamos que renunciar al intento de localizar el 
foco y, mucho más, de esclarecer sot etioiog^ bacteriana. 

Por lo taíitQ, en la práctica, el problema de diagnosticar un caso 
^^ febrícula auténtico, equivale al problema de despistar un foco 
^^feacioso latente, con todo su interés y su compilejidad. 

A: este primer prdblema se ha de añadir el diagnóstico de un 
posible temperamento, de tipo linfático, cuyo interés patogénico 
^^^ttK>s encarecido y que es también importante para plantear el tra- 
tami^eníto. 

]^, por fin, evidentemente, en otro grupo de casos, si bien re- 
Quci<^£simo, hemos de renunciar a la patogenia infecciosa y aco- 
gertios, por lo menos, para discutirla^ a una patogenia neuro-hu- 

Elste es el esquema del mecanismo dd síndrome febricular, tal 
coino nosotros le enltendlemos. En las páginas sucesivas vamos tan 
^J> a gilosar, con iitistradones dínicas, las anteriores líneas sre- 



IV 
EL FOCO TUBERCULOSO 



primera hipótesis que todo médico— y aun todo profano — se 
piaixtea ante una persona joven afecta de febrícula es la de la tubeor- 
culosis. Está bien que sea así. En una proporción muy creada de 






casos td foco Tie^CMi^bte de la hiperterania es, en efecto, imi 
tu'berciáoso ; y como este foco no siempre es revelable clínican 
le, y es, además, de todas las posibles cansas del trastorno la 
grave y la que imptlica ima mayor responsabilidad en el médico 
va a aconsejar un tratamiento; aquél, repitámoslo, obrará 
acercándose ai paciente con la sospecha tuberculosa en el esjHi 
y, en caso de duda, con el plan antituberculoso dispuesto, pu 
que, en todo casa, este plan, no será inútil, cualquiera que se 
naturaleza del foco responsable. 

Sin embargo, como ya hemos indicado al princifrio, el cli: 
no puede abandonarse excesivamente a este criterio e identii 
la noción de la febrícula con la de la tuberculosis latente. No 
cansaré de repetirlo. En mi citado estudio de hace cuatro años 
cía: "Tal vez mi 8o por lOO de estas febrículas son de origen 
cilar; pero pensemos siempre que podamos estar ante uno de loí 
por lOO casos no tuberculosos." El estudio minucioso del proble 
a partir de aquella fecha, hace que modifique considerablemente 
criterio, iwrque, en realidad, el número de esos tuberculosos ( 
incluidos los diagnosticados asi por los motivos más vagos, esto 
quedando el clínico con la conciencia tranquila de no haber dej 
escapar por el cedazo del diagnóstico sino los sujetos a3 mar 
de error inseparable de toda actuación médica) es mucho menor 
que hacían suponer las cifras antes anotadas. En efecto, de m 
tros 243 casos, bien estudiados, e! diagnóstico tuberculoso pi 
anotarse en los casos siguientes: 

Tuberculosis pulmonar latente 55 ca 

Afecciones de fosa ilíaca derecha probablemente tuberculosas... 16 

Pleuritis probablemente tuberculosa 

Peritonitis " " 

Meningitis tuberculosa latente 

Tuberculosis renal latente 

Adenopatia inguinal tuberculosa 

Osteitis tuberculosa latente 

Tuberculosis asociada a otras infecciones 

Casos sin lesiones sospechosas a la exploración cibica, pero in- 
cluibles en este grupo, por proceder do un amlriente claramen- 
te tuberculoso 



Tola! 10a 






Es decir, que la hipótssis tubérculos resulta confirmada, 
nuestra lista en 102 casos, "n sea sólo en 45 por 100" ; mucho t 
nos, en suma, de lo que podía suponerse por el previo cálculo ap 



— 157 — 

ximativo; y esto, sin duda, porque el enemigo tuberculoso se nos 
aparece desmesuradamente grande, como todos los enemigos a quie- 
ííes se mira con terror. 

Nuestro criterio frente a uno de estos casos de febrícula es el 
siguiente, por lo que respecta a la tuberculosis : 

I.® Planteamos Ja hipótesis del orígen bacilar del trastorno, 
cuando el enfermo presenta los que llamamos síntomas de orien- 
tación, SL saber : 

a) Antecedentes de herencia y, sobre todo, de ambiente tulber- 
ouloso. 

b) Anteoedenites personales sospechosos (escrofulismo en las 
p>rimeras edades, catarros frecuentes, "gripes" repetidas, etc.) 

c) Estado general defidenite del enfermo. 

d) Exacerbación neta de las décimas por la menstruación y 
por el ejercicio. 

e) Reacciones de ia tuberculina positivas. 
Ahora comentaremas el valor die estos síntomas. 

2.® Orientados por estos datos generales, proceder at descu- 
brimiento del foco, es decir, al hallazgo de una lesión visceral: 
ptaJinonar, digestiva, renal, meníngea, ganglionar, ósea, etc. 

Qa/ro es que la certeza científica de la naturaleza de este foco 
no se logra casi ntmca, ya que se trata, por lo común, de lesio- 
nas iniciales y cerradas, inaccesibles al análisis bacteriológico, que 
^^ el único que da aquélla segiuridad ; contentándonos con la certeza 
clínica, que cuamdo la exploración se ha hecho bien, es rectificada 
pocas vedes. 

3." Si no se encuentra foco alguno, ni sospechoso de tubercu- 
loso, ni de ninguna otra dase/ nos bastan los síntomas de orienta- 
ctón, y, sobre todo, la existencia de ambiente tuberculoso, para 
i^uir el caso en d diagnóstico de tuberculosis, sobre todo por lo 
^^e hace a las determinaciones terapéuticas. 

Antes de entrar en la descripción de cada grupo de localiza- 
^^on-es tuberculosas, queremos añadir algunas palabras a los sínto- 
^'^^^ de orientación, que acaibamos de enumerar. 

Parece pueril insistór, a estas alturas, en la importancia de los 
^^'i^cedentes hereditarios y de ambiente en d diagnóstico de la 
V^l>erculosis. Sin embargo, es tal la frecuencia con que vemos en- 
^tnos explorados por médicos generales, en los qtie no se ha Ue- 
S^o a una orientación diagnóstica por olvidar estos datos, que nos 
Pcrttiitimos inisistir aquí, otra vez, sobre la necesidad absoluta 
^^' hacer una anamnesia cuidadosa, en esta clase de padentes y de 



i / 



!¿íí...^ 



i — 1 

^^^ valorar con justeza los antccedeiiLes hereditarios y de ambietit^^^" 



I 
I 



I 



valorar con justeza los antccedeiiLes hereditarios ; 
positivos, sobr-e todo los de ambiente, cuya trascendencia es tal, 
que, para nosotros, como para otros mudios clínicos, todo individuo 
que ha vivido largo tiempo en un ambiente tuberculoso, en un ho — 
gar con pacientes de esta, infección, leves o grccues, es práctica — 
mente tuberculoso. En el caso de las íebríci'Jas, desde luego, cst =^_ 
cotnprobaoiÓQ nos basta, si no hay sinitomas típicos de otro focc:» 
para clasificar al febricitante en la categoría de los tuberculosos ; —^^ 
nunca hanos tenido que arrepentimos de ésta que a algunoe par^^^ _ 
cera excesiva su^icacia. 

De los antecedentes personales sólo hemos die insistir en el val^r:^» r 
que tienen Jas "gripes" repetidas, que con tanta frccuenda n-^zrzw 
fcueolan los enfermos. Muchas veces hemos dicho qise e! niédi_^t:3:o 
V.O puede admitir como "gripes" auténticas más que aquellas inf ^=— ^7-- 
ciones agudas en que se cumplan estas tres condiciones : !a locaJi^^; ==1 - 
ción torácica evidente; la coincidencia con un estado efMdémico «^3Li- 
fuso e intenso; y la rareza de !a repetición, por lo rra:nos sin -«_:mn 
gran inter^-alo de vm. ataque al otro. Si no hay localización respira-'t-^z»- 
ria; si la fiebre, sin más síntomas o con otras manifestaciones, ,^e 
lia presentado de una manera esporádicn ; si el accidente, en fin. ^r' *- 
pite reiteradamente, la inti^rpretamos ■ omo Uiia sep^icemi-j le-^^'^e, 
producida por un foco latente, que con gran frecuencia resulta_x — á. 
si le exploramos bien, de natiuraleza tuberculosa. 

La exacerbación de Ja febrícula por el ejercido y por la mei"» — s- 
truación, tiene un cierto valor eu e! sentido tuberailoso, pero irit—^y 
relativo, pues hemos visto febrículas de otros órganos banales q'^^-'^ 
aumentan también— y es natural que asi sea — con el ejercicio, eii — ^^^^ 
moderado; y la exacerbación por Ja plétora fremenstrual íampo«=^o 
es privativa del foco finuco, como Despeicnes y otros autores c-^^- 
mentan y todos hemos podido comprobar. 

En cuanto al valor meramente orientativo de las reacciones f^-'' 
bercuJosas, nada hemos de añadir a lo que es, en la actualidad, t^:*" 
concepto adquirido en Medicina, 



a) Tuberculosis pulmonar latente 



En 55 de nuestros casos, una exploración cuidadosa puso de r^^ 
lleve la existencia de un foco de tuberculosis pulmonar, casi sieoc^' 
pre a2>icular. Como se trataba de enfermos que no se creían tuberct^^" 
losos, y aun, la mayor parte de dios, que habían rpdbido un í«^^' 
forme njegativo a este respecto de otros médicos, dicho se está qt* ^ 



— 159 — 

la lesión era absoliutamente latmte y que se llegó a su descubri- 
miento poniendo a contribución todos los recursos recientes para 
ist-e diagnóstico inicial. Entrar en detalles de este problema clínico 
quivaldría a renoyar aquí, con poca oportunidad, uno de los pro- 
lernas más importantes de ia Medicina actual : el de fijar el límite 
e la posibilidad diagnóstica áe un foco tuberculoso pulmonar en 
rtÍYidad. 

Desde luego, los síntomas físicos (auscultación y percusión) 
lelen ser negativos o equívocos, dada la pequenez del foco. De- 
ixi, claro es, recogerse cuidadosamente. Pero siempre han de ser 
>nirolados por una exploración en la pantalla radióse ó pica; ex- 
oración hecha por el propio médico, no por otro técnico, con el 
^miplemento de una buena radiografía instantánea de ios campos 
limonares. 

Esta exploración, en armonía con los datos de orientación ya 
:presados, suele descubrir focos verdaderamente iniciales, pero 
-i~tos, no basados en una interpretación tendenciosa, de especia- 
ita. Con todo, en último término, sólo la observación del curso 
^l procesa nos da la cla/ue de la naturalesa del foca, por lo que, 
lando todos los demás datos sean negativos, eil médico debe po- 
^^ al diagnóstico tuia prudente interrogación, prescribiendo un 
gimen de presunta tuberculosis y procurando a toda costa volver 
v-er al enfermo en un plazo aíejado. Esto es poco lucido, por d' 
amento, pero es lo que debe hacerse. 

He aquí un ejemplo, escogido en'tre otros igualmente típicos, 
le demuestra esta necesidad de esjperar : 

Kúm. 5.889. — Gumersinda B., de trece años. — En estado de salud normal 
if re un tortícolis y tres meses de febrícula, hasta 37^,8 vespertina, mejorada 
>r el reposo. Ningiín otro síntoma. La diagnostican de fiebre intestinal y la 
enen sesenta días a una dieta rigurosa, que no hace disminuir la fiebre. 

Cuando yo la veo sigue la febrícula. Buen estado general. Nada a la 
xploración física y radiocóspica de pecho. Ningún otro síntoma de foco en 
>arte alguna. Nada de anemia (5,5440 hematíes). 

A pesar de la historia y exploración negativa, la recomiendo un plan 
Hgiénico de aireación, reposo, alimentación intensa y tónicos. 

Un año después está mucho mejor del estado general. Sigue sin encontrar- 
se nada. La febrícula dcsajparece y vuelve a aparecer. 

Tres años después vuelvo a verla.. Dejó su tratamiento y empeoró rápi- 
<iamente. Durante un viaje, hemoptisis. En la actualidad, lesión congestiva 
^e vértice derecho, con la sintomatología correspondiente, muy clara. 

Es decir, que en este caso, como en tantos otros, una febrícula. 



r 



¡a, 9 



fin ningiin síntoma a !a exploradón más cuidadosa y reiterada, I 
,sido durante varios años la única maniíestación de una tuberculo- 
sis pulmonar, que sólo tardíamente ha dado manifestaciones clí- 
nicas netas. Precisamente ' la ausencia de toda otra posible expli- 
cación de la fiebre es lo que nos indujo, a pesar del buen aspecto 
de Ja enfermita, a aconsejar una cura higiénica; y éste creemos que 
debe ser el criterio del internista. Hemos escogido, en-tre otros, 
este ejemplo, porque en él se da también la circunstancia, que des- 
gradadamente se nos ofrece con tanta frecuencia, de que el hallazgo 
de la febrícula fué irÉerpretado como die origen inlestinai, y en con- 
secuencia soanetida la paciente a iKia dieta rigurosa y prolongada, 
cuya influencia nefasta sobre la evolución de la tuberculosis ini- 
cia no hay que encarecer. 

En pocos años se !ha operado entre los prácticos de nuestro pais 
una reacción importante contra el criterio, antes común, y al que 
j-a hemos aludido al principio, de considerar toda fiebre larga, para 
Ja que no se encontraba nna lesión que la explicase con facilidad, 
como fiebre iniesiinal, sometiendo al enfermo a la consiguiente 
dieta láctea, cuando no a la de calidos ivegetales y aún a la hidrica. 
; Cuántos desastres clínicos se han originado en este absurdo crite- 
rio ! En mi anterior estiidio sobre estas mismas cuestiones, conta- 
ba yo algunos muy demostraitivos. Ahora son cada vez más raros ; 
creo que haya contribuido a ello la insistencia con que varios cole- 
gas y entre ellos el profesor T. Hernando, con su gran autoridad y 
eficiencia pedagógica repiten cada día lo disparatado de ese diagnós- 
tico de infección intestinal. La infección intestinal, en efecto, es una 
enferm.edad aguda, de sintomatolt^ia general y local muy precisa, 
casi siempre de etiología fácil de demostrar, que evoluciona con 
el curso de la tifoidea o con el de la clásica fiebre gástrica (que casi 
siempre se debe al mismo bacilo de Eberth o alguno otro de los de 
su grupo). Pueden darse también casos de estados febriles, agudos 
o subagudos, en relación con procesos inflamatorios localizados o 
difusos del tracto digestivo a los que no sería iraipiopio llamar 
iviesHndcs. Pero en estos casos el cuadro clínico tiene! su indivi- 
dualidad caracterisitica, la típica sititomaíología digestiva (dolores, 
vómitos, saburra, etc.) 

PeiTO infecciones intestinales sin más manifestación que una 
fiebre prolongada no estamos jamás autorizados a diagnosticarla 
ni menos a fundamentar sobre esta hipótesis una dieta de restric- 
ción rigurosa, que es siempre una de las determinaciones más gra- 
ves que pttede tomar el mééico ante un febricitante joven. Tan gra- 
ve, qUe aun comprobándose la re'iüdad de esta infección intesti— 



— i6i — 

nal, <dd>e pesarse mucho la intensidad y la duración del rigor 
dietético. El tipo de la infección intestinal más graive es la tifoi- 
dea, y hoy día es general el alimentar ibien a estos enfermos, sin 
>tiue se obtengan más que beneficias de este criterio, por cuya pro- 
pugnación en España tanto hemos duchado nosotros. En suma^ 
el fantasma* de la infección intestinal jamás entorpecerá nuestro 
juicio diagnóstico ni nuestras determinaciones terapéuticas, sobre 
todo frente al gran problema de una posible tuberculosis. Jamás ol- 
vidaremos que luia infección intestinal sin otro síntoma que la 
fiebre es muy difícil de admitir, mientras que un foco tuberculoso, 
sin más manifestación que la febrícula, es uno de los sucesos más 
frecuentes de la clínica humana. 

Otro problema de diagnóstico que tenemos que comentar ahora 
es el de las formas de tubercuHosis latente, febril, con síndrome 
basedowiano. De los 55 ca3os de este grupo, en 17 el paciente 
con febrícula había acudido a nuestra consulta con C: diagnóstico 
de hipertiroidismo o enfermedad de Basedow; cifra, desde luego, 
cuya exageración se explica por la abundaíida con que este tipo 
de enfermos endocrinos o presimtos endocrinos acuden a nuestra 
clínica. 

El hecho es que un grupo die tuberculosos incipientes, jóvenes, 
presentan, durante mudho tiempo, un síndrome hipertiroideo, ge- 
neralmente acompañado de feibrícula, sin manifestaciones osten- 
sibles que hagan pensar en la infección bacilar ; esto es, antes de 
todo síndrome de localización visceral. La misma fiebre, aunque 
raramente, puede ipresentarse o aumentar por el hedho aislado dét 
'•jpetttiiroidismo, segím v¡eremos luego, y esto ooíntribuye a la confu- 
sión. Pende fué quien con máis insistencia llamó la atención sobre 
^stos casos, que llamó de hasedowismo tuberculoso y que explicaba, 
Justamente, por "una exageración, bajo la influencia de las toxinas 
tuberculosas, del temperamento hipertiroideo demostrable en tm 
§^an número de sujetos cfandidartos a la tuberculosis". En una re- 
cente conferencia nos hemos ocupado con detalle de esta cuestión, 
^u« ha contríbuído también a estudiar entre nosotros Navarro 
Blasco. Como resumen de mi experiencia diré que cada día se acen- 
^^ más en mí la convicción de que una porción muy elevada de ca- 
^^ de hipertiroidismo son meras reacciones de un sistema tiroideo 
Indispuesto ante estados infecciosos latentes. Estos estados infec- 
ciosos comparten con las emociones el papel de agentes determinan- 
tes de! síndrome hasedowiano. 'Ahora bien : de todos los posiblles fo- 
cos inf edosos afectos a esta responsabilidad, el más frecuente es d 
W)erculoso. Evidentemente, las toxinas tuberculosas gozan de un 






1 



I 



poder muy específico de excitación del sisLeraa nervioso reguli 
de la secreción tiroidea, pues no sólo se observan con frecuencia 
estos casos de verdadero basedowísmo definido, sino que en todo tu- 
berculoso joven es fácil descubrir el rastro de Ja excitación tiroidea, 
en la patogenial áe muchos de los clásicos síntomas del estado de 
eretismo inicial, que los clásicos describúin: adelgazamiento rápi- 
do, inquietud nerviosa, excitabilidad sexuai, taquicardia, ojos bri- 
llantes, gran labilidad vasomotora, etc. 

Mi oonviccióin sobre este puinto llega a tal grado, que en la 
práctica, siempre que veo a una persona joven afecta de hiperti- 
roidismo rebelde a ¡os tratamientos ; y, sobre todo, si el hipettiroi- 
dismo es febril, no cejo en la pesquisa del foco tuberculoso, que 
acaba casi siempre por aparecer. Y, aun cuando no aparezca, con- 
sidero, ali menos terapéuticamente, al enfermo como presunto tu- 
berculoso. 

Los 17 casos die mi estadística sera muy demostnativos. En to- 
dos ellos el diagnóstico- primitivo fué dle Basedow, levie o intenso: 
tenían pérdida de peso, temblor fino, taquicardia, ojos brillantes, 
con retracción del párpado superior; grandes reacciones vasomo- 
toras, casi siempre con signoi de la mancloa roja positivo, etc. Sin 
embargo, un examen atento de su aparato respiratorio puso de re- 
lieve la existencia de un foco tuberculoso, generalmente pulmo- 
nar; o bien el curso ulterior del caso impuso este diagnóstico, a pe- 
sar del resultado negativo de lasi primeras exploraciones. 

Insistamos, pues, en poner en guardia a los clínicos ante los 
casos de hipertiroidismo juvenil rebelde y con febrícula, sobre todo 
cuando no se descubren otras causas determinantes que expliquen 
el síndrome y cuando existan los datos de orientadón que tionos 
señalado más arriba. 

En estos casos la determinación del metabolismo basal, a la que 
tanta importancia hay que dar en el diagnóstico del hipertiroidis- 
mo, suele dar cifras moderadamente elevadas, que dejan el áni- 
mo en la duda die si se debe a la reacción hipertiroidea propiamen- 
te dicha o al proceso infeccioso febril, que por sí solo aumenta tam- 
bién el tono metabódico. A mi juicio, lo más int«resaote sería d es- 
ludio, aun no hecho que yo seipa, de la evducíón del metaboüsmo 
por !a reacción íuberculina. Teóricamente es lógico pensar que 
los hipertiroidismos reaccionales a un foco tuberculoso, la 
lina produciría un aumento de metabolismo que no aparecería 
los hJpertiroideos primitivos o debidos a la reacción de otra caí 
no tuberculosa.; El Dr. Foktun se ocupa actualmente, en 
clínica, de resolver este problema. 



— 103 — 

Se notará, tal vez, que en esta lista de diagnósticos de febrícu- 
la de origen tuberculoso, no figuran las fiebres relacionadas con 
adenopatías tráqueo-bronquiales, fiebres de origen ganglionar tu- 
berculoso, tan comunes en las estadísticas de casi todos los di; 
nicos. Nosotros mismos hemos hecho, hafeta hace algún tiempo, no 
raramente este diagnóstico. Pero un estudio cuidadoso, clínico y 
anatomopatológico, de los casos me ha llevado a la convicción de 
que en estos casos, como .en tantos otros, los miédicos repetímos, 
por comodidad, un concepto completamente fantástico. Yo no sé 
si en la práctica infantil, de la que tengo menos experiencia, po- 
drá haber adenopatías torácicas puras que den un síndrome diag- 
nosticable. Me inclino a creer que nol por lo menos en muchos de 
los casos diagnosticados de ese modo, porque he visto bastantes 
casos de hipertrofia de timo, en' estas primeras edades, en los que 
tumoraciones que rara vez alcanzan las masas de ganglios, pasa- 
tran casi por completo, o por completo, desapercibidas. Pero en el 
joven y en el adulto, ¿ qué internista que tenga un mediano espíri- 
tu crítico, quedará con la conciencia tranquila después de diagnos- 
ticar unía adenopQitía torácica, basándose en los ridículos síntomas 
de percusión' y auscultación que describen los autores y aun en los 
equívocos signos radiográficos? 

En primer lugar, una adenopatíal torácica, caso que pueda de- 
ínostrarse no es, casi sin excepción, una lesión primitiva y aislada, 
sino una lesión «reaccional a im foco visceral primitivo. Pero, ade- 
inás, insistamos en ello, los medios exploratorios actuales no dan 
nunca la certeza de la existencia de esas adenopatías. Podemos sos- 
pechar que existan, en primer lugar, porque apenas hay enfermo 
M^e no las tenga, en mayor o menor grado, como lo demuestran las 
autopsias; y, además, cuando concurren los estigmas generales y 
k^máticos (mononucleosis) que caracterizan al ''estado linfático", 
del que hemos hablado ya anteriormente. Mas esos ganglios hiper- 
tróficos no dan nunca síntomas de auscultación ni de percusión, por- 
gue no pueden darlos, salvo algún caso excepcional; y naídie que 
%a hecho muchas autopsias de tuberculosos podrá dejar de reco- 
ii'xerlo. Y «eso quie los tuberculosos que vemios en la miesa son, natu- 
ralmente, tuberculosos en el máximo grado de sus lesiones ; no hay 
^t decir cómo ocurrirán las cosas en Jos casos incipientes, sin más 
síntoma, apenas, que la febrícula. En cuanto a la radiografía, mi 
<^cnvicción es también absoluta, que cuando aparecen: netamente, 
sui interpretaciones fantásticas, las sombras atribuíbles a los gan- 
glios, hay ya lesiones viscerales que ocupan el primer lugar del 
^^^^0 (patológico. Y en cuanto a esas sombras hiliares, más o me- 



- iG4- 

nos densas y difusas, que el médico acepta con tanta ín 
com» demostración de una adenopatía, trrniquilizaíido asi su con 
ciencia diagnóstica, hay que repetir que no tienen el menoi: vale 
semidí^ico. A medida que todos tenemos experiencia más dilatad 
de los documentos radiográficos, y, sobre todo, experi<;ncia de con 
ptdsarlos con !a realidad necrópsica, damos menos valor a detaJl- 
de ¡as imágenes que aotes se reputaban de gran importaincia. 

Ocurre, en suma — ^ya lo he dicho otras veces — como ociirr 
hace muchos años con 3os análisis de orina, cuando empezaban, 
hacerse detal laidamente : venían los informes de los laboratorit 
llenos de datos y de fórmulas, que se suponía eran la clave de mt 
chos diagnósticos ; y hoy sabemos que todo su valor se concenti 
en cuatro detalles, qiúzá los que parecían más banales, que heme 
aprendido a considerar con una visión un poco sintética y, sobf 
todo, cotejada en todo motnento con el cuadro clínico. 

En suma: los casos que se diagnostican de adenopatía torácice 
o son casos de lesión visceral con adenopatía subsiguiente, y no ha/; 
entonoQs para qué hacer a ésiba responsable de nad'a; o son f&nt» 
sias diagnósticas que no debemos aceptar. 

Una última observación tenemos que hacer: la de prevenir m 
clínico contra el error de suponer que toda adenopatía lorácica equL 
\ ale a tm diagnóstico de tuberculosis. Muchos autores reoienites ha- 
blan calurosamente en este mismo sentido. Por !o menos, en e 
adulto, los casos de adenopatía torácica más demostrables que he- 
mos visto, se debían a las lesiones sépticas latentes de la Oakxzs 
{sepsis oraJ, faríngea, etc.) ; siempre desde lu^o, recayendo en ui 
terreno favorable (estado limfáitico). 



I 



b) Afecciones de la fosa ili.\ca derecha PRonABLEMEi 

TUEEKCULOS.\S 

En i6 de nuestros casos de febrícula llegamos a la conclusíói; 
de que el origen del trastorno térmico era debido a una lesión, pro- 
bablemente tuberculosa, de fosa ilíaca derecha. Este diagnóstico s" 
basa en los datos siguientes: 

Se trataba de muchachas jóvenes, con antecedentes casi síem 
pre positivos de ambiente tuberculoso, con estado linfático, co« 
trastornos menstruales, sobre todo de tipo dísinenorreico o ame: 
norreíco, a veces con crisis de dolor en fosa ilíaca derecha, estre 
íiimiento habitual y febrícula, que se exacerbaba netamente los día 
premenstruales pa¡ra disminuir cuando llega el fluja 



En estos casos, tanto Ja historia djínica como la observacióii ob- 
jetiva del enfermo, aun en los mismos (períodos agudos, dejan la 
du-da de si se trata de una afección del ovario o del tramo intes- 
tinal adjunto (ciego, aipéndíoe, perjtonieo, epiplón). La experiencia 
de los cirujanos es favorable, en estos últunos años a que casi 
siejmpre se trata de una inflamación difusa de unos y otros órga- 
nos (genitales y digestivos) y a que su naturaleza es, con suma 
frecuencia, tuberculosa. Nosotros pensamos del mismo modo, ba- 
sándonos en los resultados del tratamiento higiénico, helioterapia, 
etc., en estos casos; en ios protocolo© dle algunias auitoipsias recientes; 
y en el resultado de la operación, en algunos de ellos. Despeignes^ 
entre otros muchos autores contemporáneos, insiste en la frecuen- 
cia de estas tuberculosis genitales ignoradas, localizadas o difun- 
didas a los ói^ranos de la* vecina fosa ilíaca. 

Muchas veces, esta sintoanatología 'local es tan llamativa, que 
el proceso febril queda en segundo término. Pero otras, sólo la 
fiebredlla llamia la atención die la enferma y de su ftoiilia, siehdo 
preciso explorarla bien .para descubrir los antecedentes de disme- 
norrea, "cólicos" de apariencia apendicular más o menos vaga, do- 
lorimiento de la región, etc. Entonces, si no se encuentra ninguna 
otra causa 3e mayor significación para la subfiebre, estamos auto- 
rizados a suponer que el foco responsable reside en el sitio men- 
<íonado. 

El problema del diagnóstico de la naturaleza tuberculosa ofre- 
^^ más dificul'taries. Los datos que antes hemos referido son, en rea- 
li<J:a<l, datos de orientación. La certeza de la iofieicción bacilar es dfi- 
í i<iil de adquirir, como no se haga un examen histológico de la le- 
gión, tras la operación o la autopsia. La formación de pequeñas can- 
^iciades de ascitis puede inclinar mucho el ánimo a favor de la tv 
í^^^culosis, pero falta, según mi experiencia, en casos netamente, 
íitiiicos. Y en cuanto a la f órmuila leucocitaria, nos inclinamos tam- 
^^én a darla poco valor. En efecto, la leucopenia con mononucleosi*. 
^Ue para Scott es una prueba imjx>rtante en el sentido bacilar, t<*- 
^emos vasta experiencia de que se presenta en multitud de caso^ 
^"^e, seguramente, no son tuiberculosos ; en sujetos con estado H*"- 
f ático, en efecto, son extremadamente frecuentes las lesiones aper»- 
^ículares banales, como después veremos; y este estado, por r: 
^t)lo, da la expresada fórmula leucocitaria. 

A mi juicio, la asociacióin de la lesión dé fosa ilíaca con síntr^ 
^^ menstruales de tipo sobre torio dismenorreico, y los anteceden- 
tes dd enfermo, son datos bastantes para sospechar la naturaleza 
íuberoulosa de la lesión y para proponer el tratamiento médico y no 



[ el crueato, Téngass en cu^s^i^^^StaSlTOtó _ 

fracasar en estos casos (me refiero, natural iiiente, a su eficacia con- 
tra las décimas y las pequeñas molestias locales, no a su indicacióti 
indudable en posi'bles crisis agudas); y, en cambio, la cura higié- 
nica, helioterápica (que Madinaveitia ha preconizado constante- 
mente entre nosotros), medicamentosa aprcpiada, etc., produce, con 
frecuencia, resultados inmejoraibJes, proporcionándonos, además, sii 
éxito im nuevo argumento a favor de la níituraleza especifica, pu-GS 
las infecjones banales de esta región resisten mucho -más a la curí 
internista. 

Sin embargo, hemos visto casos indudablemente tubérculos cds 
curados radicalmente por la operación. Como es difícil admitir qxaí 
la lesión especifica estuviese localizada de un modo exclusivo ^31 
el apéndice extirpado, nos /parece más lógico relacionar estos cra- 
sos con los de tuberculosis abdominal, que se curan por la simple 
laparatomia, de los que todos tenemos experiencia, a veces soJ- 
p rendente. 



c) Pleuritis probablemente tuberculosa 



loje 1 
os. 



Algunos autores llaman la atención sobre la frecuencia con <í'*x 
estas febrículas misteriosas se deben a procesos pleuriticos seccw. 
de la base, que no dan molestias subjetivas, que coexisten con "íJ" 
estado generall exceliente y que son írecuentemente difíciles de des- 
cubrir a la exploración. En siete de nuestros casos, en efecto, heff**^^ 
descubierto esta plcuiritis, y generalmente en sujetos tan poco sc>^" 
pechosos, que no nos cansaremos de recomendar en todo febrio- 
tanie de este género, sin causa clara, una exploración minucios<* y 
repetida de tas bases, tan frecuentemente olvidadas por ¡os mé*^'" 
eos (sobre todo en las mujeres, que se resisten a desnudarse). Y, ^' 
es preciso, con ayuida de los rayos X. 



d) Peritonitis probablemente tuberculosa 

Con mucha frecuencia hemos insistido en el hecho, bien cont:^' 
do por otra parte, de la) perfecta tolerancia de algunas periton-*" 
locdízadas, de naturaleza fímica. En tres casos nuestros, estas "f^ 
ritonitis no habían dado más síntomas que la febrícula. El ambí ^^" 
te tuberculoso y e! estado general de los pacientes hacía pensar f^ 
un foco tuberculoso, pero no se encontraban síntomas que pemií*'^ 



— 107 — 

sen localizarlo. En los tres casos se U^ó al diagnóstico, gracias tan 
sólo a tina temporack larga de observación, jLos síntomas inicia- 
les fueran : dolores \^os y repetidos de vientre ; tendencia al me- 
teorismo ; estreñimiento en dos de los enfermos, y diarrea en uno ; 
y luego, formación de pequeña ascitis en dos y aparición de roce 
peritoneal paljKüble en el flanco derecho en uno, con empeora- 
miento del estado general. Ouxación de los tres casos por heliote- 
rapía. Uno de ellos, a los tres años, presenta nueva serie de déci- 
íiias con síntomas de vértice derecho. 



e) Meningitis tuberculosa latente 

Algunas veces, d final de imo de estos estados de febrícula 
prolongada y sin causa aparente, es una meningitis tuberculosa. Se 
piensa entonces en una tuberculosis latente torácica o de otra re- 
gión, con una propagación secundaria a las meninges. Pero en 
otras ocasiones puede sospecharse que el proceso meníngeo, por sí 
solo, ocasiona la pequeña fiebre, sin más síntomas. , Se trata, en 
suma, de casos de meningitis tuberculosa, con un período premenín- 
gtso d)e extraíordinaria danracióni y caracterizado por la hipertermia 
discreta. En dos de nuestros casos^ en efecto, la febrícula no iba 
acompañada, en reiteradas exploraciones, de lesión jsospechosa en 
ííinguna viscera; en cambio, ambos enfermos presentaban adelga- 
zamiento y una alteración de carácter inexplicable, cuyo valor en la 
I^toJogía de lesta enfermedad ha, sido, d¿de lols tiempos dásicos, 
puesto de relieve. Uncvde ellos, un niño de doce años, presentó, 
además, durante tres meses, y en ausencia de todo otro síntoma 
(íuera de lia hiperiteinmia) el prurito nalsal, con mecesídaó vehemen- 
te de rascarse; signo al que nuestro compatrota Lafora ha dado 
justo valor en la semiología meningítica. 

Naturalmente, no incluímos aquí casos del grupo de la tubercu- 
losis pulmonaír, o d)e obra localización, que terminaiDon, a pesar de 
la levedad de la lesión torácica, por un episodio meníngítico. 



f) Tuberculosis renal latente 

La tuberculosis renal cerrada tiene, a veces, un largo período 
^^teate de febrícula. Entonces, el foco es realmente indiagnostica- 
•^^^i y sólo una larga observación del enfermo puede proporcionar la 
clave. Pero los urólogos saben bien que una tuberculosis, en período 



dÍEgnosti cable, puede no dar sintonías subjetivos iii urinarios. 5Ínc*3 
sólo sintoaiKis Jgenerales, como mal aspecto, adelgazamiento, an^ — 
' niia- y febrícula. En dos casos de nuestra serie, los enfermos n ^i^i^ 
a:|uejaban otro síntoma que el térmico!, pero habiemdo llegado a "V ^^ 
hipótesis de orientación de la naturaleza "..■uberciilosa, por los dat^ r — ■^ ■t 
de herencia, ambiente, antecedentes personales, etc., se investí ^^^_ ¿ 

el sedimento urinario, encontrándose en uno ligera piuría y b* . - 

ciluría positiva ; en el otro, sólo piuría discreta ; y en ambos, riñ. ^^^ya 
aumentado a la radic^rafía. 



g) Otros focos TUBERcm-osos 

El foco tuberculoso puede localizarse en varios sitios, 
de los citados, que son los más frecuentes. £n uno de nuestros 
sgs, por ejemplo, después de tres meses de febrícula, sin, enconi 
la causa, apareció una adenopatia inguinal. Era una muchacha 
ven, y no se había explorado, por consideraciones sociales, esta 
gión; pero ella dijo que, casi desde el principio, tenia ligeras sl 
nopatías. La lesión se reblandeció y se comprobó la naturaleza 
tilar, desapareciendo la fiebre. En otro caso, un larguísimo peí 
do de febrícula teniiinó, catorce meses después, por la aparición 
im absceso de origen óseo {coluiima vertebral). 



h) Tuberculosis y otras infecciones asociadas ^| 

Cada vez se da en patología infecciosa mayor valor a las in t^^^' 
ciones asociadas. Sobre todo en los procesos crónicos, el análí- ^'' 
clínico descubre muchas veces la existencia de más dd una inf^^^' 
ción, qtíe pueden actuar, ya separadamente, ya activando una^* ^ 
las otras. Los autores americanos, por ejemplo, han insistido ir'^*''' 
cho en el pap?l de las sepsis crónicas de la boca y faringe, co^^^^^ 
activadores de procesos tuberculosos o sifilíticos latentes. La s *"* 
lis, a su vez, podría actuar de la misma manera sobre la tuber^^"' 
losis, y viceversa. 

He aquí un' ejemplo de esta infección asociada : 

Núm. 6.014. — Ángel C, de cuarenta y siete aflos. — Sífilis en la juven*^^^'^ 
tratada insuficienteinente f fricciones). Después, varios hijos sanos y nit*-^"" 
na manifestación sospechosa. Ningún otro antecedente. 

Desde hace tres años, febricula {37'fi a 37°,B) por las tardes, sin que ^ 
pa la causa. Tres o cuatro "grippes" c; 



— 109 — 

Exploración: a) Una lesión fibrosa evidente de vértice izquierdo, muy 

rHiitada. 

b) Reacción de Wassermann, positiva. Ningún síntoma actual sifilítico. 

c) Enorme piorrea, dientes muy careados, etc. 

Aconsejamos: a) Tratamiento higiénico, reposo, inyecciones de guayacol. 

b) Tratamiento antisifilítico. 

c) Arreglo radical de la dentadura. 

Vuelvo a ver al año al enfermo, completamente transformado, sin fiebre. 
ucdan restos, clínicamente inactivos, de la lesión pulmonar. 

En este caso es difícil saber la parte que a cada fcx:o infeccioso 
3:rrespondía en la febrícula. Desde luego, el criterio del clínico 
ete ser no contentarse con el hallazgo de un solo foco y combatir- 

>s a todos. 



i) Casos sin lesión sospechosa de tuberculosis, pero 

PROCEDENTE DE UN AMBIENTE TUBERCULOSO 

Ya hemos insistido antes en que cuando los síntomas de orien- 
ición, y, sobre toda; la existencia de un ambiente netamente tu-- 
^r-culoso, son' positivos, aunque los síntomas de foco sean negati- 
Os, clasificamos al caso entre los tuiberculosos, siempre que no se 
l-^soUíbra otro foco no bacilar responsable del cuadro clínico ; por 
•J-emplo, una faringitis séptica crónica.. Y aun así, nunca perdere- 
*^os de vista la posibilidad de una infección mixta, del tipo de las 
["Ue acabamos de describir. 

En 14 de nuestros casos hemos procedido de esta suerte, y con 
^"ecuencia el curso dd proceso ha confirmado por completo nues- 
'T^ hipótesis. He aquí un ejemiplo: 

. Núm. 9.810. — Carmen I., de veintiséis años. — Siempre bien, salvo dismi- 
'^^^"réá. Desde hace tres años, tiene décimas vespertinas, bien toleradas, por 
^ííiporadas de cinco o seis semanas. La exploración clínica, radiográfica, 
^"nálisis (incluso hemocultivo), es completamente negativa, especialmente en 
^ que respecta a la tuberculosis. 

Pero su madre fué asistida por nosotros, hace seis años, de un proceso 
iraxico de vértice, que curó. Esto nos basta, a pesar de la ausencia, bien 
^oi>iprobada, de todo siniotna, para hacer el diagnóstico de orientación en 
sentido tuberculoso y recomendar el plan consiguiente. 

Tres años después vuelvo a ver a la enferma. Sigue la febrícula. Ha des- 
'^cjorado de estado general. Tose un poco y la radiografía muestra una le- 
sión inicial, pero evidente, de vértice izquierdo. 

Hemos, finalmente, de prevenirnos contra los casos de tuiber- 
^losis imaginaria que no son raros en estos ambientes, cuando 



se trata de individuos aprensivos y preocupados. Recordamoi el 
caso de un abc^ado, siempre neurósico, cuya mujer se hizo tu- 
berculosa, dando lug;ar en él a un estado obsesivo, que le hacía 
ponerse el termómietro a cada hora, pesarse dos veces al dia y cotw 
sultar a gran número de médicos, que no siempre conlriliuyej ~ 
por cierto, a disipar su preocupación. 



1 



EL FOCO DIGESTIVO (EXCLUIDOS LOS PROCESOS 
DE ORIGEN TUBERCULOSO) 



A nuestro juicio, las pequeñas sepsis de origen digestivo si- 
guen en frecuencia a las sepsis tuberculosas que acabamos de co- 
mentar. 

En nuestros 243 casos de febriciUa. este origen digestivo i 
descubrirse en los siguientes casos: 

Colitis crónica, generalmente muco -membranosa 

Tiflitis posMifoidea 9 

Afecciones crónicas de fosa ilíaca derecha, tipo apendicitis crónica. 

Afecciones hepáticas — 

Pertgastritis i 



a) Colitis crónica 

En 19 de nuestros casos el enfermo padecía una coíiiis 
nica, generalmente con estreñimiento, muchas veces de tipo muco- 
membranoso, más o menos acerttuado. Como dicha afección era 
muy anterior a la febricula (o a su descubrimiento), lo común era 
que los enfermos no la relacionasen con ésta. Sin emhargo, !a 
sencia de todo otro foco responsable nos permite atribuir a !a 
sión cólica el origen de la hipertiermaa. 

Sobre el origen de esta febrícula no hemos de extendemos 
masiado. Sin negar que pueda haber procesos puramente quími- 
cos, de putrefacción, en el intestino enfermo, cuya reabsorción dé 
motivo a la fiebre, nuestra opinión es que, por lo menos en gran 
número de los casos, el trastorno térmico es de origen séptico. En 
efecto, en bastainTes de estos enfenmos el análisás m.Ícroscói¿co 



era 

i 



— 171 — 

de las heces descubre pus, en mayor o menor abunidaíicia ; y cuando 
se ha podido examinar en ia mesa de autopsias el intestino de es- 
tos eolíticos, es frecuente encontrar -pequeñas ulceraciones infec- 
tadas y ima gran hipertrofia de los territorios linfáticos intestina- 
les y mesentéricos, indicios de estas infecciones, seguramente se- 
cundarias, a veces microscópicas, de la mucosa inflamada crónicar 
mentíe. Los autores americanos, sohne todo, han insistido en la fre- 
cuencia con que d colon inflamadlo se convierte en un foco séptico, 
responsable no sólo de estados febriles, sino de Localizaciones sép- 
ticas lejanas, principalmente articulares. 

En estos casos, d combatir el estreñimiento por los medios 
adecuados, la institudón de una alimentatíón apropiaada, y los la- 
vados intestinales altos y copiosos, van. a veces, seguidos de un 
éxito que confirma Ja realidad de la hipótesis diagnóstica.. 

b) TlFLITIS POSTIFOIDEA 

Los libros corrientes no insisten Jo suficiente sobre la frecuen- 
cia con que las tifoideas graives, sobre todo juveniles, dejan, como 
reliquia, estados de inflamación crónica de la fosa ilíaca derecha, 
^^ i^po tiflítioo o peritáflítico, cdn estreñimienito y moíesti&s di- 
S'<?stivas. generalmente teves y caisi siempre con pequeña hiperter- 
^ia prolongada. Estamos tan convencidos de que se trata de un 
*^n6meno-muy corriente, que una de las cosas que preguntamos 
^^eitipre a los enfermos de febrícula es el antecedente de tifoidea. 
Y si es positivo, exploramos cuidadosamente la fosa ilíaca derecha, 
^^ie suele ser entonces dolorosa. El examen radiográfico muestra 
U imagen cecal deformada e inmóvil. 

El tratamie^íto dáíetétioo suele ster útil eo eistosv casos. Solemos 
aconsejar también la diatermia. Y teniendo en cuenta la enorme 
^iipervivencia quie, a veces, akanza^ el badlo de Bberth en los ti- 
loid-eos curados dínicamente, hemos emprendido últimamente en- 
sayos de vacunoterapia con tres de estos pacientes, con resultados 
<iue aun ignoramos. 

c) Afecciones crónicas de fosa ilíaca derecha, de tipo 

APENDICITIS CRÓNICA 

Excluidas lias lesione® tubercudosas de fosa ilíaca derecha, dte 
nue ya nos hemos ocupíadio, y las tiflitis positifoidieas que acaba- 
"^ de mendonar, queda un grupo de casos — ocho en nuestra es- 



tadística— en los que la febrícula fué relacionada con estados de \a^ 
llamada apenaicitis crónica., diagnóstico creado por los cirujano.* _^ 
en el que se incluyen, comoi es sabido, procesos atiatomopatológi — 
eos muy diversos y de etiología tartibién diferentes; pero, en reaiL ^= 
dad. con un cuadro clínico muy semejante. 

Nosotros nos circunscribimos paira liacer este diagnóstico a ^' 

estados que se caracterizan, porque la febrícula coincidie con l___ 
existencia anterior de uno o varios accidentes agudos, de tipo ape— ^^ 
dicular, diagnosticado o no, que no van seguidos de una restii — 
don completa a ik salud, sino de molestias diigestiivas generalmea — ^ 
i'agas y de dloJoTÍmienlx> a Ja exploración cIe la fosa ilíaca de — ^f— 
cha. Es notable la frecuenoia corn que je presontajn estos estaA_ « 
en sujetos con manifestaciones, más o menos marcadas, dd UamE»^ , 
"estado Üinfático", Se trata, en efecto, casi siempre, de personas "_^" 
venes, de morfología adiposa, no raramente asociada a procesos ^ ^— ^ 
docrinos, sobre todo de tipo hipogenital, con mononucleosis a: — * 
tuada y cmi hipertrofia de los territorios linfáticos accesibles sa. 
exploración, sobre todo los fariíigeos ; y generalmente también <=:^ < 
historia de amigdalitis agudas repetidas. 

En estos casos se trata, realmente, de apendicitis crónica -v^si 
dadera, pues la intervención quirúrgica descubre esos apénditrre; 
largos y gruesos, lardáceos, en cuya estructura, ricamente linf ^■ 
de, se ven, como en las amígdalas hipertróficas, los restos de ^os 
¡¡cadentes inflamatorios. Las lesiones pueden circunscribirse al- ^33- 
rcnquima apendicuar o extenderse, si el episodio inflamatorio ^ 
sido muy grave, a los órganos vecinos (ciego, serosa, epiplón, etc.^ 

Con frecuencia este tipo de apendicitis crónica se cura espc:^^"' 
táneamente con la edad, como se cura la hipertrofia de las an*- ^6" 
dalas. Sin embargo, esta eventualidad no debe ser obstáculo p^^*™ 
la intervención quirúrgica, cuando la repetición e intensidad de ~^°^ 
^taques o el mal estado interaccesional la indiq-uen. 

Inútil es insistir en la dificultad que hay para diferenciar el»- '"' 
camente muchas de estas apendicitis crónicas banales, no especifi- "^^ 
de las de origen tuberculoso que antes hemos descrito. Unas y ot^- '^^ 
se desarrollan sobre el mismo terreno linfático, pueden coincidir ^^O" 
una salud buena (salvo la febrícula) y dan la misma fórmula J'f' 
mática. Sólo, a veces, el examen histológico de la pieza extirp-^''* 
conduce a! diagnóstico diferencial. 

En cuanto al tratamiento, nuestro criterio ya ha sido indica-*^"* 
.si la repetición o la intensidad de los ataques es marcada, o el ^' 
tado genera! entre las crisis no es bueno, delíe recomendarse ;^ 
extirpación. SÍ los accesos han sido leves y el estado general y "'' 



gestivo es bueno, debe intentarse el tratamiento médico y esperar 
a pesar de la febrícula, la evodoicíón espontánea del terreno, que in- 
fluirá decisivamente sobre la marcha del proceso inflamatorio mis- 
mo. Ya sé que este criterio no es compartido por otros clínicos, so- 
bre todo cirujanos ; pero mi experiencia es esto lo que me ha en- 
señado y tengo que atenerme a ello, dejando para otro lugar la crí- 
tica de las opiniones ajenas. Téngase en cuenta — quisiéramos in- 
sistir mucho en esto— que Ja febrícula, por si sola, no es indicación 
para in/tervenir. Puede en efecto, subsistir a la extirpación del 
apéndice por la existencia, frecuentísima, de otros focos, general- 
inente ganglíonares, que siguen alimentaíido la septicemia, y es 
por ello más útil instituir el tratamiento general, tónico, con medi- 
cación yodada y los recursos endocrinos, si hay indicación para 
ellos; más la perfecta vigUaocia die la fiunción intfestinlaJ. 

Esto nos enseña también que el resultado de la operación no 
puede servirnos de argumento crucial ipara juzgar de la naturaleza, 
tubercuilosa o banal, de la lesión. Antes hemos dicho, en efecto, 
que una apendicitis tuberculosa puede curarse tras la intenvención 
(sea por la jextirpación del foco o por la simple laparsDtomía) ; aho- 
ra vemos, en cambio, que una febrícula relacionada con una apen- 
dicitis séptica banal, puede resistir a la cura quirúrgica. Me pa- 
rece importante recalcar esto, porque he visto con frecuencia que, 
prácticos exj>ertos. hacían demasiado hincapié en la persistencia o 
desaparición dIe la fiebre después de la apendioectamiíia para califi- 
car de tuberculosa o no, la naturaleza del proceso inflamatorio. 



d) Afecciones hepáticas 

El conocimiento de las infeccionies latentes del las vías biliiajres 
^^ ha difundido mucho modernamente, en relación con la importan- 
cia, cada vez mayor, que, con justicia, se da a la patología del 
hígado y sus anejos. 

Cansideradia esta viscera coimo probabfe foto ifnf eccioso laten- 
^^, hay que examinar tres eventuaJidades : los procesos pericole- 
5'stioos, de origen litiásico o| no; las angiocoHtis latente, y las 
inflamaciones circuinisiGritais dleJ! parénquima hepático. 

Pericolecistitis. — «En los numerosos enfermos de cólico vesicu- 
^r o litiásico, puede, en efecto, ocurrir que, procesos de inflama- 
ción banal perioolecistítiica, fueria ya dle todo síntoma hepático, y 
^^ados clínicamente de los accidentes agudos, dolorosos y fe- 
briles, se manifiesten por un estado f ebricular prolongado, que el 



t ."i.j 



epátalí 



enfermo no relaciona eápoiitáueameiite con su historia liepátt 
£n nueve í!e nuestros enferrncs se trataba, probaMemente. de esia 
explicación. Eran personas que habían sufrido ataques úpicos de 
cólico biliar, quizá lejanos y puestos, por lo tanto, en segundo tér- 
mino en las posibles interpretaciones del propio paciente. En oca- 
siones, la exploración local acusaba, más órnenos netos, síntoíBas 
de dolorimiento y tumoración inflan^atoria. Otras veces, estos sín- 
tomas locales eran nt^tivos ; pero aun entonces, a falta de iodo 
otro foco y antecedente, debemos relacionar la febrícula con el 
proceso biliar y encaminar en este sentido el tratamiento. 

Angwcaiitis latente. — Las vías biliares sabemos hoy que pue- 
den infectarse, no sólo al modo aparatoso de las angiocolitis clá- 
sicas, sino también de una manera latente, dando lugar a escasísi- 
ma 'sintomatoJt^a biliar o hepátiOa y a um liebre de poca altura 
y mucha duración. Esta infección puede ser ascendente; esto es, 
de origen intestinal, o, con más frecuencia, de origen hemátíco, 
en relación con el proceso de eliminación que cumplen las vías 
biliares en ciertas septicemias. 

La más interesante de éstas es la tifoidea. Los portadores de 
bacilos son jnuy numerosos, como es sabido, después de curada 
clínicamente esta infección, y la eliminación continua de los ba- 
cilos puede hacerse por vía renal, por vía hepática o por pjiibas. 
Unas [\-eces esta eliminación pasa desapercibida para el organismo, 
Pero otras da lugar a pielitis crónicas o an^ocolitis leves y cró- 
nicas. Por lo tanto, cuando un enfermo con febrícula de origen 
desconocido ha padecido tifoidea, el clínico debe dirigir sus pes- 
quisas hacia una de estas tres probabilid'ades : las tiflitis que antes 
hemos estudiado; ías pieÜtis que luego comeotainemos ; y las an- 
giocolitis. 

Además del bacilo de Eeekth, pueden originar estos estados 
angiocoliticos taimados otros géneros, como el estreptococo, el 
neumococo (solM-e Codo el die Friedlaendee, según Umber), etc. 

Para que podamos llegar al diagnóstico de estas angiocolitis 
latentes es preciso que en el cuadro clínico aparezcan episodios bi- 
liares, a veces muy atenuados, que hay que buscar expresamente y 
con gran atención, como pequeñas subid erici as, orinas ocasional- 
mente cargadas de pigmentos hepáticos, trastornos digestivos re- 
petidos de tipo saburral sin causa aparente, etc. 

ScHOTTMÜLLER ha dcscríto una forma de angiocolitis lenta 
maligna, cuyo curso recuerda al de la endocarditis de este mismo 
tipo. No tenemos experiencia dé ningún caso seguro de este género. 

El problema terapéutico que estos casos, aun bien diagnostica- 



— 175 — 



dos, plantean, es muy arduo, pues la desinfección de las vías bi- 
bares es muy dificulitosa, como es sabido, y a veces totaülmente hi- 
potética. Recurriremos a la medicación endovenosa por la urótropi- 
na, que a veces es útil, sola o asociada a otros medicamentos, como 
el salicilato. 

En nuestra estadística, de 243 casos de febrícula, sólo en uno 
hemos diagnosticado con certeza el origen angiocolítico. 

Inflamaciones circunscritas del parénquima hepático, — Estas le- 
siones pueden ser muy bien toleradas y dar como único síntoma la 
febrícula. Tales, pequeños quistes hidatídicos inflamados o supura- 
dos, pequeños abscesos hepáticas, únicos o múltiples, etc. 

Inútil es decir que, casi sin excepción, se trata de casos inóiag- 
nosticables, que sólo se revelan por la intervención quirúrgica o por 
la autopsia. 



e) Otros focos digestivos 

Se concibe que a lo largo del tractus digestivo, tan extenso y tan 
complejo, puedan establecerse otros focos sépticos, además de los 
enumerados, imposibles de sistematizar ; y, en la práctica, con gran 
frecuencia;, imposibles de diagnosticar. Por ejemplo, en un caso 
nuestro, una febrícula rrmy prolongada no tuvo explicación hasta 
que ocurrió una perforación gástrica en la enferma, que aquejaba 
^teriormente tan sólo de leves síntomas de hiperclorhidria. AI ope- 
óla, se encontró una úlcera antigua, con una zona de perigastri- 
^s en cara posterior de estómago, cuyo tejido infiltrado de pus, 
era, s^ramiente, el responsable de la febrícula. 



VI 

EL FOCO BUCOFARINGEO 



Estudiamos juntos el foco faríngeo y el bucal, cuya im>portan- 
^<^omo fuentes de infecciones, leves o graves, ha sido tan pondera- 
<la en estos últimos años, porque tenemos el convencimiento de que 
^^^^^sten con extraordinaria frecuencia y muchas veces se influyen 
"wtuamente. 



a) Sepsis oral como origen de tJ. febrícula 

Recientemente heñios insistido mucho en la necesidad de Jí 
todo el valor que realmente tiene a la sepsis oral, como causa de ' 
estados febriles puras o acompañados de otras manifestaciones 
clínicas, la principal de ellas, la poliartritis. 

La fiebre, en estos casos, puede adoptar, ya el tipo accesional, 
ya la forma septicémica grave, es decir, la de periodos más o menos 
prolongados, de fiebres altas y continuas ; ya la modalidad f ebricu- 
lar quie estamroG estudiando. En nuestra serie de enfermos, eu ocho, 
el origen del trastorno térmico era evidentemente dentario. 

Para llegar a este diagnóstico, es preciso el examen cuidadoso 
de la, dentadura en todo enfermo con febrícula de causa ígiitrta. 
ái la boca está francamente infectada (piorrea, abscesos denta- 
rios, caries, etc.), debe procurarse: su inmediata limpieza quirúrgica. 
No nos cansaremos de repetir que todo enfermo, sea de lo que sea, 
pero más si sufre de un estado infeccioso, de éste o del otro origen, 
agrava su situación con una boca séptica ; de suerte que la supre- 
sión de esta sepsis, entra en la catearía dte las medidas de inme- 
diata urgencia. 

Sabemos que estas purulencias macroscópicas — la piorrea. las 
iiipumciones abiie!rtais de dientes caireados — no suden ser focoe= 
sspticémicos propiamente dichos, por cuanto el pus se vierte fá- 
cilmente al exterior y no tiene que buscar la salida linfática y he— 
inática. Pero, aparte de los inconvenientes serios que implica la 
■deglución constante de este pus, toda boca piorreica es, casi cota 
certeza, asiento de otro género de .focos de mayor trascendends 
genieral ; me relicixj al abceso apicular, donde la septicemia se oriJ 
giria ópticamente. Este es, pues, el valor principal que tiene 1— 
intecdón maoroscqpica de la boca: el de orientar al clínico hade 
el diagnóstico de las supuraciones apicuJares ocultas. 

Pero sabemos también que estos abcesos apiculares pueder 
existir por sí solos, sin supuraciones macroscópicas, en dentadura* 
de apariencia nonnal. Por lo tanto, la hipótesis del origen dentariJ 
de la fiebre, no se agota porque la boca tenga aspecto de normalida-J 
y, en puridad hay que neciirrir ali examen radiográfico de las raítt^ 
L^íntarias, único modo de revelarnos estas lesiones. Sin embarga 
prácticamente, y juzgando este problema con ecuanimidad y no S— 
modo extremoso que ha imperado en la Medicina, sobre todo en ^ 
Medicina inglesa y americana, en los i'iltimos años, los accidenta 
srpticémicos de origen dentario suponen casi siempre antecedente 



— 177 — 

partológicos ipor paite de la boca, lo suficientemente expresivos para 
qixe el médico avisado dirija hada ella su atención; es decir, que 
ctxando la fiebre se origina en la boca, suele haber también supura- 
ción maciixxscópica evidente; si sie trata de «uijetos con' bocas daina- 
ineiüte descuidadlais y oon historia de neuralgias, iiniñamiaciiónes y 
i^emoties die»tairi)os, etc. 

Hemos de anotar taimibién el pdigro de dar por agotada la 
investigadón, al enoontraír uinía sepsis ciara de la boca. La sepsis 
oral puede ser causa de ima septicemia ; pero puede coexistir, dada 
su enorme frecuenda, con toda otra dase de focos sépticos. Parece 
pueril dedr esto, pero la tendenda del espíritu humano- a detener- 
se en el momento en que encuentra una explicadón, es tan gran- 
de, que es pneciso tenerle conlstanitemiente «iolbre aviso de este pe- 
^gTo que frusltra tjamitas veoeisi la invtestigadóíni. Aniteis heimo® ex- 
puesto un caso en él que un foco séptico bucal, evidente, coexistía 
con un foco tuberculoso, también darisimo; y podríamos repetir 
ej^nplos de combinadón de sepsis oral con cada uno de los fo- 
eos que estudiamos en esta Memoria. A priori no podemos estable- 
cer d cuánto dié la oiespianfiaibilidiadj qiue a cada uno com^esponde. 
I^ero, en camlbio, prácticamente, la conducta del médico es dára; 
suprimir, digánioslo una vez más, la purulencia bucal. Si es la 
causa única de la septicemia, ésta se curará. Si la causa es otra, 
la diminación de aquiélla, mejorará la situadón al disminuir ene- 
í^igos al organismo en ludia. 

En resumen; nuestro criterio el siguiente: si hay sepsis oral 
Macroscópica, la eliminamos; si con dio se cura la febricula, y no 
hay otro foco evidente, incoiporamos el caso a este diagnóstico den- 
^rio. Si la supresión del foco no modifica la septicemia, hemos de 
Pensar en la, existenda de focos secundarios, derivados del pri-mi- 
tívo oral ; por ejemplo, adenopaitías donde los gérmenes se albergan 
y reproducen. Ó bien supondremos que d foco oral coexiste con im 
*oco die otra inl^itulituleza (tuberculosio, por ejiemplo). Pero ntmca 
nos arrepentiremos de haber aseptizado la boca. 

Si no hay sepsis oral macroscópica y no se encuentra signo po- 

^tivo ni de orientación de otro foco, procedemos al examen ra- 

^ográficp de la dentadura, por si se trata de abscesos apiculares 

sin sintomatolo^a clínica. Mas, repitamos, que esta última con- 

^ugenda es, a mi j trido, excepcional; lo corriente es que cuando 

\ ^a causa de la ihipertemria reside en la boca haya : a) sepsis ma- 

I tToscópid» acbtflal (piomnea^ abstieísois, caries, éfcc.); b) historia díe 

^ ^'^«uralgfias, iñtervendones «i los dientes, dientes desvitalizados y 

^k coronados, etc.) ; c) síntomas espedales de localización de la sep- 



-178- 

tícemia bucal, que. en cierto modo, tienen un valor típico, como e 
la frecuencia de la poiüartritis, y principalmente de la artritis dok 
rosa de los hombres, que. según mí experiencia, es extraordinaria 
mente frecuente. 

En otro lugar liemos expuesto la téaiica del tratamiento d 
estos casos: los dliientes muy inifaSados c!«ben ser extraídos; la 
supuraciones abordables a ios recursos internos, tratadas por 1 
vacunóte rB,pi a generaú -• local, y los cuidados de limpieza i 
niados y bien dirij^dos. 



1 



b) El. FOCO FARÍNGEO 



En catorce de nuestros casos el origen de la febrícula era netd 
mente faríngeo. Yo no tne panso de encarecer la necesidad de ex 
plorar bien la fairingie y regiitMits adjuntas en todl» enfermo de sin 
tomatologia infecciosa poco clara. Un gabinete de exploración di 
las fauces es taa» pneciso en toda dinica médica, como el gait»n£lje di 
los rayos X o de !os análisis de sangre. Téngase en cuenta, par: 
juzgar de la frecueiícia de la infección faríngea, que no siempr 
coincide ésta con la hipertrofia de las amígdalas; asi como puej 
haber araigdallas liipertróficas y no infectadas, sin importancls 
entonces, para el internista. Los nidos de gérmenes — generalmea 
te estreptococos — pueden esconderse en los repliegues de unas fal- 
ces macroscópicamente normaifes, o con amígdalas ligeramente a» 
.mentadas de tamaño. Pero no faltará la historia de faringitis ag^ 
da. febriles o de ■molestias continuas en la región, más un gTa= 
mayor o menor de enrojecimiento, tal vez salpicado, en los mome - 
tos de intensidad, 'por pequeños puntos blancos. 

Como antes hemos dicho, es muy común que estos estados ^ 
sepsis faríngea ilatente coincidan con las sepsis intensas de la V»* 
y estén mantenidas por ésta, MÍ experiencia es decisiva en es- 
sentído; y, por lo tantib, en la necesidad de aseptizar antes !a tx 
ca para logar la esterilización de las fauces. 

Insistiré en que las molestias subjetivas pueden ser en estos d 
sos tan pequeñas que el enfermo no relacione la febrícula con ^ 
garganta, y al mismo módico le sea difícil encontrar esta pisfcí 
He aquí un ejemplo muy demostrativo : 

Núm. 0.342. — Maria de los D. G. Treinta y dos años, — Tiene febrici»^ 
vespertina desde hace doce años. Por temporadas desaparece. En otras oc3 
siones, sobre todo en las primaveras, dura hasta cuatro meses sin intemip 
ción. En el transcurso de e.íte tiempo se agotan las siguienles hip&tesis; 



— 179 — 

Tuberculosa: Un especialista dice que la encuentra un vértice sospechoso 
y es sometida a un régimen de campo, sobrealimentación, etc., durante varios 
meses, sin el menor resultado, 

Sifilis: Sospechándose, con razón, que su padre (muerto) había padecido 
sífilis, se la somete, a pesar de im Wassermann negativo, a una cura mer- 
curial y arsénica! que fracasa. 

Dentaria: Tiene buena dentadura, pero una muela coronada con im ab- 
ceso y caries dolorosa. Es extraída. Mejora algo la fiebre, pero no se cura; 
mejora mucho de una artritis recidivante de la rodilla izquierda. 

Endocrina: Por ciertos síntomas, no muy significativos, es diagnosticada 
por otro médico de presimto hipertiroidismo y tratada, sin resultado, en 
este sentido. 

Acaba por resignarse a la fiebre, que la molesta poco. 
Un día, examinándola casualmente la faringe, encontramos criptas en 
las amígdalas. Nos dice que le aparecen con frecuencia, pero que como no 
le molestan nada no lo había dicho. Un frotis del producto de expresión de 
estas amígdalas da tma siembra pura de estreptococos hemolíticos. 

La electrocoagulación de las amígdalas suprime en absoluto la invete- 
rada ffebrkula, demostrando que su origen era, seguramente, faríngeo. 

Recordemos que una faringitis crónica, con febrícula, puede, 
no obstante, no ser de naturaleza banal, sino bacilar, como hemos 
podido conñrmar en dos observaciones nuestras recientes. 



C) OZENA Y IfEBRÍCULA 

En dos casos nuestros había febrícula prolongada y como úni- 
^ alteración patológica, en todo el organismo, un ozena intenso, 
^^bonarííatti estíos caisos la soepetiha de Jia natuiraleza bacilar dé esta 
fesión, aunque es fácil comprender que la alteración de tipo atrófi- 
^^ de la mucosa, en esta enfermedad^ puede coincidir y aun favore- 
^^t, la existencia de focos sépticos secundarios responsables de la 
ÍAricuIa. 



, d) Lesiones sépticas de la nariz y senos 

La febrícula puede estar relacionada con focos sépticos latentes 
^e la nariz y senos. Estas lesiones suelen dar lugar a una sintoma- 
^ologia muy peculiar, a veces nuuy aguda, que orienta en seguida 
^1 propio enfermo, por lo quie se trata die un maíierial poco f recuJen- 
teen la consulta de los internistas. 

Quáero llamar sólo la atención sobre la existencia de sinusitis de 



I 
^ 



sintomatología vaga, sólo diagiiosticables por ios modernoa me- 
dios radiográficos, y, a veces, ni auii por tste procedimiento; sinu- 
jjííí medicas, en suma, cuya principal manifesación puede ser la 
febrícula, con sintomatología dolorosa muy atenuada o nula. 

En la infancia son muy frecuentes, al dtcir de los pediatras, 
sobre todlo de la escuela francesa, lais ftiinculas de origen adenoidá- 
tico (COMBY, etc.J. No heinos tenido en nuestra práctica de adul- 
tos ningún caso de este tipo. 



EL FOCO GENITAL 



de mS 



Son también muy comunes las septicemias de origen | 
tal. Dejando aparte las inflamaciones genitales femeninas de i 
gen tuiberculoso, que dan un gran contingente, como antes hemos 
dicho, al girwpo de 'las febricuilas, en otro sector die casos, la inBaí 
niiación crónica — salpingitis, pdvi-ocl ulitis, peí vi -peritonitis, m^ 
tiilis y perimetritis, etc. — se produce a consecuencia de estadía- 
inflamatorios agudos, ya dIe origen venéreo (gonocócáco), ya d^ 
etiología pu«rperaJ. 

Por lo tanto, casi siempre figura en los antecedentes de estas eizr 
fprmas el recuerdo de ese episodio genital agudo, con el que es f^ 
cil relacionar la fiebre actual. Pero otras veces, no ocurre asi, poai 
que la infección venérea primaria ha pasado desaperdibida, o po:« 
<juie d episodio puerperal (parto o aborto) se ha desarrollado der^ 
tro de una apariencia normal; a !o sumo nos cuentan que despuá 
etl parto, padeció la enferma "gripe" o un,i "infección intestinal'^ 
en la que, naturalmente, no creeremos, interpretándola como ur»' 
septicemia sin foco ostensible, pero de origen genital. Se trat^ 
pues, de focos sépticos médicos, no de focos quirúrgicos; es decis" 
de focos si no macroscópicos por lo menos inaccesibles a los métodos 
il-j exploración ginecológica — el dedo — , que son siempre burdos. 
E insisto en ello, porqtie varias veces nos ha ocurrido que enfenmos 
cíe este tipo, a pesar de tener un antecedente genital, venían a 
nuestras manos con un informe negativo del ginecólogo, basado en 
qae el tacto y la palpación eran normales. Siempre recuerdo, a este 
respecto, una mujer que vimos en el hospital, no ciertamente coo 
febricula. sino con fiebres accesionales intensas, sin ninguna otra 



— i8i — 

sintamatología y sin más antecedentes que un parto, hacía un 
¿no, nonnai, pero seguido de una fiebre <ie varios días, que íué 
diagnosticada de ** intestinal". Reiteradas exploraciones del apa- 
rato . genital hechas erttonoes y luego por díedos expertísimos^ 
lefeiítíficaron su pornialidad'. La eníeonia müirió súbfiítamíenite de 
an. síncope, y# en, ila autopsia, qu^e fué minudloisísüna, encon- 
tramos, al fin, el origen de la fiebre en un abceso, no mayor 
jque una nuez pequeña, perdido en el parametrio derecho, sin plas- 
tjón inflamatorio en tomo, comipletamente inaccesible, por lo tan- 
to, a la exploración dínica — ¡aun en la autopsia se encontró di- 
fícilmente! — , en cuyo pus se identificaron los estreptococos que, 
habíamos encontrado en vida, en el hemocultivo, durante los acce- 
sos febriles. 

De muesitros caiso^. en di<ez había anteoedentes genitalies y sín- 
tomas actuales más o menos manifiestos, suficientes para autorizar 
el diagnóstico de origen genital de la febrícula. En otro no se en- 
contró ^más liesión que una metritis fuingosa, que moleataba muy 
poco a la enferma, y cuya curación por un especialista hizo des- 
^>arecer la hipertermia. 

Desde el punto de vista bacteriológico, los gérmenes responsa- 
bles dfe esías infecciones lartienibeis som todos los quie atotúan ordína- 
naijiente en la patólogo' infecciosa del aparato genital, singular- 
mente estreptococos, colibateilos y neumococos; de estos últimos 
poseemos varias observaciones recientes. 



VIII 
EL FOCO URINARIO 

a) Riñon y pelvis renal 

El aparato renal' es también asiento frecuente de focos de sin- 
toiñatolog^ opaca, responsables de estados septicémicos diversos, 
^^5 «líos, los de tipo febricular. Lo más común es que este foco 
^a secundario a otro; es decir, qu-e sea consecuencia de infecciones 
propagadas de. las vías urinarias bajas o producidas durante el tra- 
bajo de eliminación de los gérmenes procedentes de focos lejanos o 
*/e septicemias diversas. Por lo tanto, en la historia de estos' enfer- 
mos existe casi siempre un episodio patológico febril anterior, tal 
vez casi olvidado por el paciente. 

La forma más frecuente de producirse los focos renales es la 



... ..'.-. i' 



aéme. Suelen ser estas pielitis cofü 
íecdomes que ascéendeti desdie ¡k vejjiga. (por los linfáticos ureterale 
y no por los -uréteres mismos, como antes se creía), o que bajai 
■le la sangre, en el proceso eliminatorio después de una tifoádea 
una angina, etc. Es cierta que la pielitis da lugar muchas ve 
ees a la sintomatologia — ^teatral por lo dolorosa, por la forma ac 
cesional de la , hipertermia, por la purulencia de la orina — carac 
terística de las fiebres urinarias; pero en otnas muchas ocaeiones 
falta todo esto y sólo se produce la febrícula, por temporadas, sai 
que el menor síntoma subjetivo llame hacia el riñon la atención de 
pacieníe. EJ médico sólo se orientará en esta dirección cuando la 
sntecedentesi del sujeto fe induzcan a ello. Y entonces el cxama 
detenido denxJstrará, tal vez, poliurias accesionaies o conifcinuas ; en- 
turbiamientos súbitos de la orina; algún vago dolorimiento de iJ 
región renal, etc. Entonces se procederá a la recogida aséptica di 
la orina y a la investigación cuidadosa de su sedimento; opera 
ción que, a veces, hay que repetir varios días sí no tía, de primen 
intención, resultado positivo. 

Los casos en que más frecuentemente se prodiieen estas pieK. 
lis son — acabamos de decirlo — los consecutivos a la tifoidea y a laj 
infeccion.es estreptocócicas repetidas, principalmente las anginas 
Todo tifoideo que conserve febrioula y en d que se demuestre k 
ausencia de los otros dos focos ix)st -tifoideos ya enumerados — tiíM- 
lis y angiocolitis — debe ser, pues, objeto de una investigación mi 
nuciosa de la orina, por si es un pielitico latente. Y lo mismo cuan. 
do un portador de anginas de repetición o de otro foco séprico (si^ 
nusitis, otitis, etc.). sigue con su fiebre, una vez curado el foco orí 
ginario. 

En cuatro de nuestros enfermos pudo hacerse, con toda evide.i 
cia, el diagnóstico de la pielitis latente, como origen de la febrícula 
tres por estreptococos y uno por bacilo de Eberth. El trataniient 
adecuado (uroiropina en inyección, vacuna, lavado de la pelvis e 
los casos rebeldes) confirmó el diagnóstico. 

Los focos renales, propiamente didios, suelen producir estadc 
hipertérmicos más grave que la siníple febrícula; pero tambic 
pueden originar ésta, ya por supuraciones propiamente renales, y 
perírrenales ; y amibas son, ¡por cierto, de diagnóstico muy á\f^ " 
como en rvarias ocasiones hemos podido comprobar. 




- l'J3 - 



b) Vías urinarias inferiores 

Focos sqptkos latentes de la vejiga, próstata, etc.. pueden ser 

origen de los estados subfebriles que venimos estudfando. Casi 

siempre hay en ellos sintomaitoíog^a subjetiva lo suficientemente 

intensa paira que les kn^xulLse a aoudir a espedaltLsftas. £1 internista 

rara vez tropieza con estos oaisoís, por lo que sólo son citadbs en 

eslíe estudio. 



IX 
ENDOCARDITIS COMO ORIGEN DE LA FEBRÍCULA 



Desde nuestras primeras lecciones de clínica médica hemos 
aprendido, tjodbs, quie ningún eBxfearmo, tenga lo que tenga, diebe 
^Gjar de ser cuidadosamente auscultado, y menos los enfermos fe- 
l^t-iles. Añadasnos ahora que si la auscultación nos demuestra la 
^^istencia de un sopla cardUicá, en modo alguno podemos dejar 
^^ someter este hallazgo a una estricta critica, para relacionarte 
^^» la causa de la fiebre. Es, en efecto, muy común que, si no hay 
trastornos drcidatorios generales, el práctico atribuya el soplo a 
^n motivo fujnoionai; o una lesión cairdáaca aauterior, oompensada^ 
^pdependientemiente a la fiebre actual. Pero las observaciones re- 
^^^tetsi sobre la endiocardítís Ide tipo "liento" sooi tam miniieroisas, 
í^e, a mi jukio, en todo febricitante obscuro con soplo cardíaco, es- 
toamos obligados a /suponer, mientras no se nos demuestre lo contra- 
^^0, que la hipertermia es de origen endocardítico. 

Generalmente, estas endocarditis febriles adoptan un curso 
^fudo, y la confusión suele haoeree con las infecciones graves, so- 
^^t todo con la tifoidea, hasta que al ver transcurrir una semana y 
^tra y sobrepasar el plazo normal de duración de la infección 
^"erüiiana se busca por otro lado. Pero tampoco son raras las de 
^^Po feiwicular. En nuestra estadística hay cinco casos que pre- 
staban la pequeña hipentenmia, coimo! único síntonna; que ha- 
<^ian su vida ordinaria; que habían sido diagnosticados con las 
^^wísabttdas etiquetes de tulberc;uIo(s5ls, fi.ebre intestinal, fiebre áe 
Malta, etc., y qute eteri!, sentillamenite, endloicaírditis. 

Hernando y Crespo, entre nosotros, han estudiado reciente- 



mente, con gran detalle, esta enfermedad," cIé~Tar~qíIe~ 
tenido también ocasión die observar numerosos enfermos i 
estos últimos años. La marcha general, que nos orientará pa 
d diagnóstico, es la siguieiile: se trata de sujetos, gencralme: 
te portadores de una lesión endocardítíca anterior, corwpens 
da, con antecedentes reumáticos, estreptocóricos, etc. En estas co 
diciones, el paciente y su médico han olvidado la lesión cardiac 
cuando aparece la febrícula. Esta puede sdbrevenir sin causa apr 
ciable o a seguida de un proceso infeccioso agudo, lal cotuo a 
ginas, gastro-enteritis aguda (muy frecuente, según mi experiei 
cía), gonococia aguda, etc. La fiebre se prokwiga, sin que por par 
del corazón aparezca trastorno alguno. Desde el punto de vista g 
neral, encontramos anemia, muy poco acentuada casi siempre ( 
los primeros largos periodos del proceso ; estado genera!, apen; 
quebrantado; y, a lo sumo, insuficiencia respiratoria, en los eje 
cicios violentos. Como Schottmuller apunta, con exactitud, L 
artropatías, qoie tan ÍTecuentes son en otras septicemias, aquí se 
muy raras. Las embolias, aneurismas, hematomas, esplenornegí 
lia, grados graves de la anemia, etc., no aparecen hasta las fasi 
extremas del proceso. 

Sólo la auscultación, por lo tanio, nos pondría sobre la pist 
descubriéndonos un soplo sistólioo o diastóHco; genenalimiente sisti 
liro, y no por eso menos desprovisto de vailor (cada vez creo con m; 
\ehemenda que gran parte de los sopaos sistólicos que se diagiiost 
can como funcionales son auténticos soplos endocartÜticos). Incli 
so hemos de admitir que en un cierto número de endocairditis t< 
farües no hay soplos de ninguna clase. 

En lias autopsias, en efecto, encontramoB fonnas de endocaj 
ditis parietales, que ih> habían dado en vida lugar a ningún, sople 
y teóricamente se concibe que eil proceso endocardítico lia de ten( 
modalidades eisipeciaJes de iniOensadad y locaÜización para que el st 
pío aparezca. No es, pues, obligado el soplo en la endocarditis, si 
ore todo cuando ésta es predominantemente parietal. 

Comúnmente el tamaño del corazón!,, su silueta radio y ortogr; 
hca, son normales en las primeras fases del proceso, asi como I¡ 
demás pruebas diagnósticas por parte del aparato circulatorio, B 
lo, repitámoslo, a pesar de la falta de sÉntacmas, con sólo el sopl 
si no hay otra causa claramente responsable del proceso febril 
csre se prolonga mucho, estamos autorizados a pensar en la e 
carditis. Aun h&biendo otro foco netamente díagnosticable, la á 
lencia de una endocarditis anterior coloca siempre al enferní 



-i8s- 

condSdanea especiales de voilinieríabiilflidiad y didicadeza, pueis esos, 
ifértnenes qtíe circiulan «n la sangre, procedetites, par ejemíáo, de 
lina faringe infectada, puedlen, en ciialquier anoimenito, anidar en el 
endocardio rugoso y establecer en él un nuevo punto de -reproduc- 
ción y de partida, más grave y más inaccesible a nuestros medios 
de combate que el foca primitivo. 

La fórmula leucocitaria sude ser normal en estos casos; in- 
sistamos en dio paHa contribuir a quiebrantar d pnejuicio de los 
que esperan una kucodtosis con polinucleosis como condición pre~ 
cisa para admitir la septicemia endocardítica. 

El hemocultivo es con frecuencia negativo en estos casos de fie- 
bre moderada. Sini embaigo, cuando puedie repetirse el niúmero 
^uficdeníte de vedes, aoediandb los momenitois propicios, puede dies- 
cuhrixse d germiea productor, que genlerailmeiníte es d estreptoco- 
co, dd tipo viridans o de otras de sus variedades. Otros géirmenes 
^ort más raros, como d estafilococo, que fué hallado, con toda oer- 
^^za, en uno de nuestros casos. 



X 

I'^OcOS SÉPTICOS EN LAS INTOXICACIONES CRÓNICAS 



Los intoxicados crónicos presentan con basítan4:e freouencia 
^Ccidentes' fd)rilés de causea desconocida e imprevista, ya en forma 
'^^ accesos hipertérmicos intensos, ya como febrícula de larga du- 
* ^ci6n ; esto es común, sobre todo, en los uirémicos ; pero también 
^^ los diabéticos y los colémicos. De cada una de estas categorías 
^^''^iemosi dos obs!¿rvadones típicas de forma febricular en nuestra 

estadística. 

El» mecanismo de estos accidentes se debe, a mi juicio, sin nin- 

SUna duda, a infecdones banales, secundarias, que se producen 

^^ estos organismos, cuyas defensas^ están embargadas por el en- 

^'^'emaimíento crónico. 



a) Uremia 

En d caso de la -uremia crónica con febrícula debemos investir 
Sar las serosas, que pueden ser asiento de serositis tóxicas sin sin- 
tomatoíogía local y revelables sólo por algún leve roce. Las autop- 



íjias confirman la realidad y la frecuencia de estas serosítis, ■ 
iiicy extensas e inapercibidas en vida. 

Otras veces, la infección solapada, causa de la febrícula, reside 
a Jo largo del aparato digestivo, desde la boca misma, cuyas muco- 
sas, desecadas, resquebrajadas y saburrosas, se coodbe fácilmen- 
te que puedan ser asiento de estados banaJes de infección secun- 
daría. 

En el árbol aéreo se producen tam,bién, fácilmente, en los uré- 
micos crónicos, congestiones, éxtasis, estados catarraies, que ori- 
ginan la hipertermia. Y lo misnxi puede ocurrir en el aparato uri- 
inrio. 

Todos estos tramos deben, pues, ser severamente vigilados cuan- 
do se nos presente un febricitante en el que, por su edad, as- 
pecto y demás datos, se diagnostique uiui de esas formas de ur£ 
ii;ia orónica, azotémica, laJtente, que tam comiinea son en la j 
ca diaria. 



b) Diabetes 



ipi^ 



En dos casos nuestros, ima febrícula prolongada no pudo f? 
lacionarse con la existencia de ningún foco séptico diagnosticare. 
Pero se trataba de dos diabéticos, ambos jóvenes y con el trastorno 
metabólico equilibrado por el tratamiento. Hemos de aceptar la 
misma explicación que para los casos de uremia: es decir, admitir 
la existencia de infecciones banales, de escaso valor local, en el apa- 
rato digestivo, respiratorio o minaimo. No perdamos de vista, tra- 
tándose de diabéticos jóvenes, la frecuencia de 'la tuberculosis ini- 
cial. En nuestros dos casos esta última posibilidad podía eliminar- 
se, tras cuidadosas y reiteradas exploraciones, y nos acogimos, di 
preferencia, a una expEcacióni inbestinal. 



c) COLEMIA 



rad^ 
jnar^ 



Otros de nuestros enfermos con liipertennia moderadí 
larga no tenían alteración patológica a^una con que relacionar* 
trasit)oirno térmico; pera eram dos ooJémicos típicos y podemos su- 
poner que su febrícula se originaba en infecciones, localizadas c 
difusas, del tramo intestinal o de las vías biliares. 

Los acogemos, pues, a la misma explicaa'ón que los de ¡ús f 
pos anteriores. 



-187- 



XI 
febrícula y SEC3ÍECIONES INTERNAS 

a) HlPERTIROIDISMO Y FEBRÍCULA 

¿Existe una febrícula de origen humoral, endógeno, hiperteroi- 
deo? He aquí un problema que queremos estudiar con algún re- 
poso. Hay un hedho indudabk, a saber: los enfermos con hiper- 
texroidismo padecen con particular frecuencia trastornos hipertér- 
irxi<ros y generalmente del tipo de la febrícula prolongada. En to- 
ados los tratadistas clásicos de esta enfermedad — ^Kocher, Sattler, 
otcretera — se señaila d hedho. Radeniteimienite, Leopoldo Levi y H. de 
K.O-THSCHILD, Vaucher^ Richard, Arloing y nosotros mismos, 
h^xnos comunicado multitud de casos semejantes. AJiora bien; ¿se 
tra;ta de verdaderas hipertermias hipertiroideas o de procesos fe- 
"br il.es concomitantes con el hipertiroidismo? Este es el punto que 
líennos de adarar hasta donde nos sea posible. 

Desde luego, hay una pordón de datos clínicos y experimen- 
tales favorables a la hipótesis de la hipeftermia netamente hi- 
P^^tiroidea. El hipertiroideo se siente siempre acalorado; con fre- 
.^^*encia se queja de ¡la sensadón exacta de estar febril ; el termó- 
^etro, en efecto, acusa, no raramente, aumento de la tem(peratura, 
sin que ésta se p«ueda atribuir a ninguna otra causa ; los agentes 
Codificadores de la termogénesis como la quinina (Müller) o la 
ftropina (Eppinger y Hess) actúan en estos organishios con gran 
iiit^nsidad. Y, como contraprueba, es clásica la hipotermia de los 
^i^edematosos. 

. Este distinto comportamiento dfe los enfermos hiper o hipo- 
J^^roideos se debe, en parte, a un motivo accesorio, que es la distri- 
^^<^ión de la sangre visceral y periférica. En efecto, Lucatello ha 
^^ttiostrado que la hipertermia de los basedowianos sólo aparece 
^^ando se toma la temperatura en la axila o en la ingle, pero no 
^^ el recto ;es decir, que, a la inversa que en los sujetos normales, 
"termómetro acusa una cifra mayor en ila .piel que en el intesti- 
^* En cambio, en los mixedomatosos la hipotermia puede llegar 
a s^^ jjj^^y gj^ji¿^ ^jj i^ pj^l^ conservándose en d recto y en lai 

^Sua una temperatura; normad, como noisotros' hemoís podido de- 



laS 



mostrar. De suerte, que, por lo menos en algunos casos, li 
j/eitermias o ihipotermias tiroideas son aparentes. 

Sin embargo, el hecho fundamental del trastorno hiperliroid 
es el aumento del metabolismo; y su disminución en la insuücie 
cía tiroidea es, asimismo, la que cairacteriza a ésta; hasta el pun 
de que, como es sabido, la comprobación del hipemietabolismo o c 
hipometabolismo, respectivamente, es el argumento esencial pa 
el diagnóstico de unos u otros estados. Fundamental mente, pues, 
hipertermia hipertiroidea y la hipotermia hipotiroiriea, están 
irados con el fenómeno metaljólico, con la fuente misma de la pr 
dncción del calor. Experimental mente. I-üewi y Wesselko, h: 
demostrado que en ol conejo sin tiroides, la punción íérmica no ( 
rebultado; Asheh y Rechtli y Asher Nvffenenger, prueban qi 
la tircñdectomia. produce un descenso efectcvo del calor orgánico, 
jouTSCHSCHENK l<^Ta d íenómieJio de contraprueba, la hipertenmi 
;jo- un tratamiento intensivo con extracto tiroideo en el perro. Mar 
NE supone que el aumento idel metabolismo y de la producción ( 
caior que ocurre en la mujer durante el embarazo y la lactancia, : 
(jebe a un efectivo aumento de la actividad del tiroides en estos pi 
riodos de la vida genitaJ. Las ofostervaciones de Scheneschewky » 
bre el comportanwento de las enfermedades febriles en el hipen 
roidismo y en el hipotiroidismo, hablan en este mismo senrido. 

NoBotros podlríamois copiair varias historias dínicais, anák^ 
a las publicadas por los antores citados, de las que se deduce la re! 
ción causal entre la febrícula y el trastorno tiroideo. Tienei 
guiar valor demostrativo, algunas de ellas, en las que pudimos d 
servaír par lar^o tieaní» aJ enfermo para eliminar en lo posib 
la existencia de otros focos (tuberculosos, por ejemplo), en evoli 
ción larvada. Tal ocurría en el caso siguiente, en el que, para qi 
la demostración sea más neta, d tratamiento quirúrgico puso fin 
la vez al h i perti roidismo y a la fiebre. 

Núm. 4.353.— Manuel P., cuarenta y ocho años.— Sano hasia un ¡nvicrt 
en que tuvo "una gripe" y después notó que adelgazaba mucho. El médit 
le observa pronto un pequeño bocio, que crece en las semanas sucesiva 
nás temblor y taquicardia, sudores, etc. 

Todo este cuadro de hiperti roidismo agudo se desarrolla con tma f 
brícula de 37",6 a 38°, vespertina, influida por el ejercicio y las emoción. 
y no por la aliiticntación ; 7.600 leucocitos con 4g por 100 de mononucleos 
total 

Examen clinieo: Fuera del hipertiroidismo. no se encuentra absolutamer 
te ningún foco, ni aun sospechoso, que se pueda relacionar con la fiebr 
Parece, pues, que ésta es netamente hipertiroidea. 

Tratamiento médico antitiroideo. 



— i89 — 

Ocho meses después está muy mejorado. Ha aumentado cuatro kilogra- 
mos de peso. Los fenómenos circulatorios, antes muy tumultuosos, se han 
apaciguado mucho. La fiebre desaparece por temporadas. La exploración 
minuciosa de todos los demás aparatos sigue siendo negativa. 

Seis meses después el alivio se ha acentuado mucho. Los síntomas tóxi- 
cos y el estado general están mejoradísimos. La fiebre ha desaparecido. 
i^ersiste, sin embargo, algo agravado, el bocio. 

Dos años después, prácticamente curado del hipertiroidismo, gordo, sin 
fiebre; pero sigue el bocio, con insinuación retroestemal y se inician sín- 
tomas de descompensación cardíaca (kropfherz). Siete meses después vuel- 
ven los síntomas hipertiroideos acentuados y la febrícula; las manifesta- 
ciones cardíacas se acentúan. 

Es operado con éxito cuatro meses más tarde. Restitución del equilibrio 
rcxilatorio, desaparición del hipertiroidismo y desaparición de la febrícula. 



X- 



El paralelismo entre el síndrome tiroideo y el simdrome febril 
ür^ece, en esta observación, alejar toda duda nespecto de que el oxi- 
de la hipertermiía fuese otro que el trastorno endocrino; y como 
caso podjTÍaimJols citar oüros en la sierie die dSiez, de nuestra esta- 
^i stica, en que la febrícula se ha relacionado con un Basedow ver- 
^«i cuero. 

Pero nosotros no nos cansareimos de insistir en la cautela que 

^♦'p preciso que no Sabandone al' clínico, antes dte dar por cierto d 

^^^^^^^stico át la febrícula basedowana. En efecto, un basedowíano 

1^'^'i^de ser portador de cualquiera de los focos infecciosos latentes 

hemos enumerado en las páginas anteriores y correríamos, tal 

un gran peligro al achacar al trastorno humoral lo que se debe 

**- I3. infección; peligro de pronóstico y de terapéutica. 

La relación entre eli foco inifeccioso latente y el hipertiroidismo, 

*^'<^^ri« dos aspectos. Por uma parte, el síndrome hípertíroideo, pue- 

^'^ ser debido, precisamente, al foco iníeccíoso. Como ya hemos 

^>^XDjicado, en un buen número de casos, el organismo, desde luego 

í^^'^dispuesto por un estado constitucional previo, reacciona ante d 

*oco infeccioso con un estando de hiperactividad dld ' tiroides. To- 

^laaiamos entonces por causa de la fiebre, lo que es sólo un fenó- 

"^etio secundario a k infedcíón* paralelo a fet fiebre misma. 

Como hemois dicho, el foco infecdoso que con mayor frecuencia 
produce estos. hipertiroidismosi neaocionales, es el foco tuberculoso, 
^o hemos dfe insistir ahora en la f recuenda con qufe se diagnostican 
como hasiedowianos, sujetos portadores de lesiones fímicas inidía- 
j^s, de ésta o die la otra viscera. Pende afiíma que son sobre todo 
l^s tüjberculosisí imdales de las senosas, las que díaln lugar a estas 
lonnas de basedowismo tuberculosa, lo, cual, por cierto, no coindde 
laciamente con nuestra experiencia. Téngase en cuenta que, a 



veces,, no se trata de sknpies estados que recuerdan, con e 
menor vaguedad, tí sindronie baseidowiano, sino de cuadros con 
pletos de este morbo, sin que faJie uno solo de los síntomas y peí 
íectamente dibujados. 

Mas, fuera de la eto!og:ia tuberculosa, otros focos microbi; 
nos solapados pueden dar lugar al fiindronie de Basedow reacci( 
nal ; nosotros heñios recogido observaciones muy puras en relí 
ción con supuraciones renales, nasales y, sobre todo, faríngea 
provocadoras de estos hipertiroidisnios secundarios. Blanco Solei 
entre nosotros, se ha ocupado de ciertos casos en los que la n 
ladón del Kipertiroidismo con una amigdalitis recidivante era mu 
clara, confirmándola la curación del trastorno endocrino al ser e; 
tirpadas las anginas infectadas. Asi, pues, en todo basedowiano ce 
febrícula ha de extremarse la insistencia en la rebusca de un pos 
ble foco infecoioso oculto, tuberculoso o no. 

Pero, por Otra parte, el íhipertiroidisnio, sea primitivo o no, si 
pone una inestabilidad térmica, con tendencia a la hipertermi 
que hace que las reacciones febriles, cualquiera que sea su caus 
alcancen alturas anormales. Es. pues, la alteración hipertiroidt 
un verdadero cristal de aumento para la fiebre exógetia. 

Por último, no olvidemos la intima relación de los trastomí 
endocrinos en general, y en especial de los tiroideos, con el estac 
linfático; y la susceptibilidad de estos organismos linfáticos an 
toda infección. 

Por estas razones, en nuestros casos de hipertiroidismo con f' 
brícula, hacemos siempre una exploración minuciosa de los pos 
bles focos sépticos y cuando hallamos alguno, por insignifican 
que parezca, procuramos, a ser posible, su anulación. 

En conclusión: no negamos la existencia de un trastorno de i; 
estabilidad térmica, paralelo a la inestabilidad de todas las fir 
Clones vegetativas que caracterizan al hípertiroidismo. Pero ere 
mos que este trastorno, al actuar por sí solo, se debe manifest 
pre ferientemente -por súbitas hipertermias, ocasionales y pasa 
ras, más que por fiebres largas, cíclicas, de curso regular y continii 
Por lo tanto, en^ presencia de una de estas febrículas prolongad; 
buiscanemos coit ahinco ilai posible existencia de un foco infeccioso 1 
tente, que el hipertÍtioñdÍHnio pondría de relieve con anormal inte 
sidad; y al que, tal vez, se debe el propio hipertiroidismo. Só 
la reiterada ausencia de todo síntoma de infección focal y la cor 
probación prolongada de un paralelismo entre el curso de los sí: 
tomad hipertiroideos y de kw síntomas térmicos, nos autorizai 
hablar de fiebre hipertlroidea. 



utoriz^fl 



— 191 — 



b) Neurosis vegetativa y febrícula 

El mismo razonamiento que acabamos de exponer puede apli- 
carse a los casos en que la febrícula se acompaña de trastornos de 
la neurosis v-^etativa. Cawadias ha hablado de una fiebre simpá- 
tica, creo que con excesiva ligereza. En nuestra estadística hay un 
caso en el que el trastorno hipertérmí<56" ocurría en un sujeto sin 
otra sintomatcilogía que trastornos ^^^egetativos imiuy marcados; 
pero ninguno de estos casos autoriza a suponer que dichos trastor- 
nos nerviosos sean la causa de la fiebre. 

El parentesco de estos casos con los estados hipertiroideos, es 
tan grande que nosotros los denominamos neurosis vegetativas 
scvcdohipertiroideas. ha. ireacciáni anormar éá sisitemia nervioso 
vegetativo, responde al mismo estado orgánico que la reacción hi- 
pexniroidea. Nada hemos de añadir, por lo tanto, a lo que acabamos 
de <lecir anteriormente. 



c) Febrícula e hipotiroidismo 

lairece opanerse ai la quie hemiols expuesto la observaición die tres 
^sos nuestros, en tote que la febrícula ooinicidía oon un estado de 
^*I>otiroidismo manifiesto. Acabamos de decir, en efecto, que la 
^i^iaüación tiroidea indina la r^^lación térmica hacia !a hipotermia, 
P^i:* lo que én. ia insuficiecia tiroidea, la regla es la baja temipera- 
^^^^ habitual. Sin embargo, nuestros tres casos acusan induda- 
"^^^nente, la combinación opuesta; febrícula más hipotiroidismo. 

La explicación de este hecho es, a nuastro modo de ver, 
^^*^y fácil de plantear: en la insuficiencia tiroidea, como todos los 
s^U:tores que se han ocupado de esta enfermedad han observado, son 
^'Uqt frecuentes los focos infecciosos con tendencia a la cronicidad 
^^as veces de diagnóstico fácil (anginas, erisipela de repetición, 
^t^étera) y otras de diagnóstico dif ícÜ o imposible, como pasaba en 
i<>s tres casos nuestros, en los que, un estudio minucioso no logró 
^^sctibrir foco latente alguno. Creemos, a pesar de ello, que ese foco 
^^í^ía seguramente, y ía él, y no a la perturbación tiroidea sfe debía 
^^ hipertermia. 

& curiosa la falta de tielación de estos hechos con otros expe- 
^'•tpentales que demuestran una resistencia de los animales sin ti- 
^'oítles ante las infeccianes, nomial o francamente elevíada (nos- 
<itros, Garibaldi). Poto todb se explica sd se conisidiera qule sólo 



uc lejos pueden ponerse «n parangón los estaéos hipotq 
espontáneos dú hoinihre y los de un conejo u otro ammall 
boratorío, privado .par d experirnientadoT de esta glánéulaí 
diferemida, a mi Juido, oomsiate en que en aquél, eí hipotirdj 
humano se desarrolla, como siempre, sobre la base del estoi 
fálka, quQ no existe eii el organismo artificiaimen-te tiroidS 
zada; y a ese estadio linfático y no a la falta de secreción türol 
cieberia la sensibilidad para adquirir y retener^ un foco inf« 
que se Tevelaría, por la febrícula, a pesar de las condicionie* 
fermisantes (si se me i permite la palabra) del mixedema. J 
En suma : los casos de hipotiroidismo con fetócula. se ^ 
PijLiiparar, en ciitrto modo, aunque esto parezea paradójio^^ 
de hipertiToidismo con febrícula; y, sobre todo, a los de esta" 
l.'itíco con febiíciiia, que vaJiios a considerar en seguida. 



XII 
ESTADO LINFÁTICO Y FEBRÍCULA 



[ 



En un buen número de casos — 14 de nuestra estadístM 
febrícula no coincidía con ningún síntoma de foco infeccioso, i 
estados endocrinos que pudieran relacionarse con el trastonk 
imco. Pero, en cambio, existían con toda daríd'ad los sintool 
estado linfático, ya en la forma adiposa, ya en la forma delgi 

Al primer gnipo pertenecen cinco casos. Se trata de peí 
jóvenes, con hiperplasis; linfática (amígdalas, ganglios cena 
eicétera), con mononudeosis y con insufjcíenda genital; y, ad 
obesidad más o menos acentuada, adoptando, en los casos mam 
niles, el tipo de la adiposidad eunucoide prepuberal. Dos de la 
icnnos eran mujeres de más de diedsietc años y en ellas el ^ 
ma nu'is notorio er^ la amlenorrea. ': 

Los casos del segundo ^\ipo~~forma delgada — eran nuei 
trataba de jóvenes ddgados, con la hiperplasia linfática, niQ 
deosis y, generalmente, estado anémico. Corrtópondfen ha 
exactamente estos casos a dertas formas de dorosis atenuad 
PALTAUF llamó al estado linfático "estado linfático-clorótico': 
caracteres clínicos esquemáticos del mismo son : 

a) Síntomas nerviosos (mareos, astenia, cefalea). 

b) Síntomas digestivos {dispepsia, estreñimiento). 



— ir 



yj 



c) Síntomas endocrinos (insuficiencia genital, hipertrofia dib- 
cielía dd tároidies). 

d) Color anémico, mucosas pálidas. 

Son, pues, síntomas que recuerdan a los de la clorosis verda- 
dera; pero difieren en el cuadro hemático que, salvo la mononu- 
cieosis, suele ser poco característico, por lo que solemos etiquetar 
estos enfermos — numerosísimos, por cierto, en los consultorios de 
iiti-estros hospitales — con el noanbre de "Pseudodorosis". 

La febrícula que se presenta en estos casos con esitado linfático 
•-Í e uno u otro grupo, ha de rdadonarsie, evidentemente, con la exis- 
to rwcia de focos infeociosios latentes, que pasan inadvertidos a la ex- 
1>I oración clínica. Es decir, que en estos casos no hay aparente infec- 
<^'C>Ti de las anúgdalas hipertrofiadas, ni del aparato linfático de la 
^o>3'a ilíaca dierecha, ni de los gaaigUos torácicos, etc. Sin embiargo, 
^'^ seguro que esa infección tan solapada, que escapa a todas nues- 
*-r3.s pesquisas, existe. Quizá es una infección tuberculosa, quizá 
^-^1^3. infección séptica banal. Una de las características, clásicamen- 
^^ 2«:onocddas del antiguo "linifatismo", hoy rebautizado con el 
^^^^nubre de "estado linfático, o tímico linfático", es, precisamente 
ya lo hemos conilent?ulo al- principio — la exquisita sensibilidad 
^^ 'estos organiísnios para- adquirir todo génlero de inifecciones ; y 
^st^3 pueden tadoptar las más diversas gradadomes : en intensidad. 
^-'^s-de una angina purulenta, con 40® de fiíebre hasta la leve infla- 
^^^^^}=^^ión de un territorio limitado del tejido linfático faríngeo, torá- 
^ *^^tD o intestinal /qnie sólo produzca una febrícula discreta ; desde 
:^^^«i infeooión cutánea, que por poco sencilla que sea, se dignostica 
^'^^Tiediataniente, hasta la áe uno de los expresados focos internos, 
^^■e son, en absoluto, inacoesiblies a los más finos procedimientos ex- 
laboratorios. 

Así, pues, este grupo de enfermos de febrícula puede, en reali- 

^^•d, incluirse en cualquiera de los diferentes focos que hemos ido 

^escribiendo en efeta Memoria; si bien el foco es indiíagnosticab'e. 

por lo que solo recogemos el diagnóstico del estado constitucional 

^lue sirve de fondo patológico a la infección. 

En estos casos, excusado es decir que debe instituirse el trata- 
niiento apropiado para combatir la constitución linfática, ya que el 
^ oco infeccioso, por ser desconocido, es inabordable por la terapéu- 
tica. Los resultados experimentales y clínicos parecen comprobar 
<^ue la abundancia de leche, huevos y manteca es perjudicial a es- 
^os enfermos, dato que conviene tener presente para preservarles de 
íctó improcedentes regímenes de sobrealimentación a que son ccnde- 
"ados por algunos prácticos; regímenes cuya base es, justamente, 



los huevos y leche a todo pasto. La carne asada, el jamón crudo, < 
rado (cuya abundancia y excelencia en nuestro país debe ser aprw 
chada por el médico), los vegetales, la fruta y los alimentos aztít, 
rados, sientan, en cam:bio, muy bien a estos organismos. 

La medicadón más conveniente es !a caldca,' arsenical y yoJ 
c!:; ; agregando la opoterapia oportuna (pequeñas dosis de tíroídi 
c tiro-proteina, y medicación genital). 



XIII 

febrícula de causea. INDIAGNOSTICAELE 



En 12 de nuestros casos, la febrícula no pudo relacionarse ctxr-jt 
ninguna circunstancia patológica, de las enumeradas hasta aquí, S» . 
trataba de organismos aparentemente sanos y sin ningún dato cun5-e= 
titucionai ni anamnésico en que apoyar una hipótesis expHcativf -v 
dd trastorno febril. 

"Nuestra posición ante estos casos, debe ser de modestia y discr» - 
ción sumas. Seguramente se trata de focos infecciosos solapadocr^ 
Pero no pasemos de insinuar esta sospecha y procuremos, obst 
vando al enfermo, a lo largo del tienipo, sorprender la evolucióii C 
foco para llegar a su localización. 

Entre tanto, debemos acoíisejar tm tratamiento a la vez eñe 
y sencillo, coyas reglas no se pueden establecer de un modo 
neral. Lo esencial es huir de estos dos peligros : no someter al ' 
íenno a rigores injustificados que puedan perturbar su vida. y. 
vez, obsesionar su espíritu; y no descuidar el proceso por el hec 
de sernos desconocido, haciéndonos nuestro optimismo pe.^der "i^-í 
un tiempo que luego ya no se pueda recobrar. 




LA OBSESIÓN DE LA FEBRÍCULA 



Antes determinar queremos hacer mención de una verdac; 
ra oomplicación nerviosa de k febrícula, que es la obseaón del * 
QiómetTO. 



— 195 — 

!• / 

' El enf-ermo que sufre estos estados subfebriles, en efecto, es 

frecuente que adopte una actitud de descuido y acabfí poT no hacer 
caso de su trastorno térmico. Pero, por el contrario, si se trata de 
un sujeto aprensivo, la determinación de la temperatura, la inter- 
pretación "de su nafturaleza y la explicación de sus variaciones, lle- 
gsui a convertirse en im verdadero estado obsesivo, a veces de gra- 
vedad superior a la de la propia hipertermia. 

Ya hemos hecho alusión a los estados de obsesión tuberculosa 
^11 individuos neurósicos que 'han tenido que convivir en un am- 
biente de esta enfermedad. Pero, aparte de este miedo a una en- 
fermedad determinada, el hecho mismo de la fiebre, misteriosa e 
iriíicababde, perturba la vfida y obsesiona gravemente la atención de 
rn lachos eníermos o de sus familias. Es frecuente verlos con el ter- 
rrxSmetro cada hora, pendientes día y noche de las menores varia- 
ciones de su cifras, atribuyendo sus oscilaciones, a cada circuns- 
tancia que coincidió con aquéllas a este o al otro alimento, al ejer- 
cicio, al tiemipo, etc., etc. ; y adoptando a cada momento nuevas pan- 
"tsLs de vida, sobre la base de estos datos empíricos. 

Hemos observado varios ejemplares de personas jóvenes que ha- 
l>i enrió crecido bajo d peso dte esta preocupación, han curado de su 
febrícula, conservando aún la orientación depresiva y apocada de 
5^u espíritu duramite toda la vida. "Es, pues, neces&rio que el médico 
P'^i'oceda en <;Stos casos con sumo tacto, como antes hemos aídio, pa- 
^■«1 no fomentar insconscientemente con una observación demasiado 
^«"tenta estas consecuencias, que perturbarán el porvenir del febri- 
^:^i:ilante. 

Por ello^ en muchas ocasiones, el médico se ve obligado a pres- 
cindir por comipleto del conocimiento de la febrícuila, cuyas oscila- 
ciones, por otra parte, nioi piroporcionan una información extraordi- 
nariamente preciosa para el diagnóstico y el juicio pronóstico de la 
enfermedad. Será entonces necesario empezar por quitar el termó- 
^^^tro dte manos del enfermo o die sais familiares. Esta medida basta 
p3.ra tranquilizar al paciente. 
L ^ Mtichas veces, ía eficacia del médico se limita a esta psicotera- 

L pía; y, en ocasiones, d beneficio es tan grande como lo sería hacer 




Benigni.— Sobr« las causas de ia Intoxloaolón qus puede 
terminar el calomelano suministrado oomo purgante. (Sulk c 
della intossicazione che puo determinare il taiomelano suminisCrato a. s 
purgativo. Archives Inteniatíonales de Pharmacodynamie el de Th 
pie. Volumen XXXI, fase. IlI-IV. 1926. 



Aunque los farmacólogos han insistido ya, desde, hace tiempo, s 
Iiecho de que los calomelanos introducidos en el estómago no pueden i 
la parcial Irans formación en sublimado corrosivo, aunque se aumente muí 
1,1 acidez normal del jugo gástrico, todavía muchos médicos creen que 
influencia de Jos ácidos y cloruros alcalinos sobre el calomelano puede 
plicar las intoxicaciones que raras veces se han registrado por el uso de 
medicamento. 

Es sabido que no bastan soluciones diluidas de ácilo clorhídrico p 
transformar los calomelanos en sublimado, sino que es necesario tratar 
cloruro mercurioso con soluciones concentradas y (alientes de estas eí 
rara poder observar* la transformación en tales condiciones, que no es 
sible que nunca se reúnan en ningún organismo animal. También las solu- 
nes concentradas de cloruro sódico quedan sin eficacia sobre el calomelf 

En cambio, es seguro que. una vez atravesado el estómago, llegado al 
Icstino delgado, :ei calomelano sufre una transfnrmación aunque parcial 
influencia del jugo intestinal, del jugo pancreático y de la büis que lie 
todos reacción alcalina. En este ambiente, el calomelano 'se transforma 
protóxido de mercurio, e! cual, combinándose ron las substancias proléi 
da lugar a la formación de un producto soluble. La bilis in vüro es ca 
de transformar en producto soluble el 5 por 100 de los calomelanos ingerii 
e igual influencia transformadora ejerce el jugo pancreático sobre el 23 
100 del calomelano ingerido. Naturalmente, en el intestino la transforma! 
procentual del calomelano puede variar de un sujetq a otro y alcanzar 
as elevadas ; es más que probable que el grado de \ri 



— 197 — 

msición del medicamento esté relacionado con !a cantidad de álcalis presen- 
tes en el intestino. 

ToLLACCi, en un largo trabajo experimental, sostiene que en el tubo intes- 
t'T3SL\ no se forma sublimado a expensas del calomelano, sino que se obtie- 
tíe sulfocianato de mercurio, que se produce por contacto directo del calo- 
rnclano con el ácido sulfociánico presente, no sólo en la saliva, como todo el 
rí?xixido sabe, sino también en todo el' resto del organismo; Pollacci lo ha 
<2^ss<:ubierto en el cerebro, medula, mucosa gástrica e intestinal, sangre, leche, 
rti«sculos y otros tejidos. El calomelano, por consiguiente, ii\troducido por 
^'ísL hipodérmica o por vía gástrica reacciona en seguida con el ácido sulfo- 
ciánico, produciendo suUocianato de mercurio, mercurio metálico y ácido 
clorhídrico, o cloruro de potasio, según que el ácido sulfociánico estuviese 
l^t>r-e o combinado con el potasio. La razón por la cual es preciso no dar al 
crif ermo alimentos salados después de darle calomelanos está en que el 
sití f ocianato de mercurio es muy soluble en el cloruro sódico. Estas afirma- 
ciones de Pollacci no han sido comprobadas por nadie. 

-Aunque no se puede admitir una transformación del calomelano química- 
^'lente puro en sublimado corrosivo en el tubo digestivo, es cierto, sin embar- 
6c>, que a veces los médicos administrando calomelanos a dosis seguramente 
PJí" gantes, observan fenómenos de intoxicación por el mercurio; y lo más 
itni>ortante es que tales hechos han sido observados en sujetos que en otras 
^^ cisiones ingirieron calomelanos con efecto purgante y sin acción tóxica. 
^^t:o demuestra que tales sujetos en su intestino han reunido en cierta oca- 
*'^^>»i condiciones peculiares por las cuales se ha llegado a absorber una parte 
"^I mercurio que por consecuencia ha provocado la intoxicación. 

Ds, por consiguiente, interesante conocer las condiciones en las que tales 
^^*^stomos pueden verificarse, o de otro modo, cuáles son las causas que 
P^'*^^den liberar el mercurio ion del calomelano en tal cantidad que puedan 
I'^^^ducirse los hechos [ nocivos observados por el médico. 

El autor lia realizado en este sentido interesantes investigaciones. En 
P'^^Tuer lugar trató de establecer las condiciones en las cuales el ácido clorhí- 
^^"í<:o es capaz de actuar sobre los calomelanos 'para transformar parcialmente 
^*^ sublimado. Opera sobre una serie de tubos con 25 centigramos de calo- 
í^'^^Iano y 10 c. c. de una solución de clorhídrico a concentraciones diversas, 
íi^sde el I por i.ooo hasta el 10 por 100, después de mantener por tres horas 
^ 38 grados los tubos no consigue revelar por la acción del sulfhídrico ni 
irkdicios de mercurio soluble en niguno de ellos. Luego a la temperatura del 
ciierpo humano las solucione de clorhírico , no producen sublimado a expen- 
sas de calomelano. Para obtener esta transformación se precisa manejar clor- 
hídrico/ al 10 por ICO y hervir la mezcla por cinco minutos, circunstancias 
fjUe no pueden jamás en el estómago. 

La segunda serie de experimentos /trata de determinar si in vitro, la ac- 
ción del jugo gástrico (del perro) normal o hiperclorhídrico puede producir 
'^ transformación calomelanos-sublimado. El resultado fué negativo aun 
^STegando clorhídrico libre y cloruro sódico al jugo gástrico manejado. 

^ija el autor su atención sobre las alteraciones que el calomelano puede 
^^íi*ir en el intestino en ambienté alcalino. Experimentalmente es sabido ^e 



toi cirlKinato) ulcnliiios actuando sobra el calonielaiio, producaí óxido mer- 
Ciirlow iiwnluWc muy estable, que se descompone con facilidad en óxido 
mercúrico y mercurio metálico. En presencia de la albúmina la reacción se 
cumplicB, porque se forman simultáneamente albiiminatos también disociables. 
1.a experiencia rcaliísda substituyendo i« vilro las soluciones de carbonates 
uli'ulino* por el jugo intestinal resultan claramente positivas, tanto más cuan- 
to mayor es laalcaltitidad obtenida agregando carbonates alcalinos al jugo 
(jU* le mHneJB. 

V.n CSlB» ciindicioncs no sería absurdo suponer que los hechos de intoxl- 
CMCión «ubsiiftii entes a la administración del calomelano puedan ser debidos 
ü imft nlciiliiu'd*l excesiva del jugo intestina!. Desde luego, seria preciso 
(|Hl>linriite tener en cuenta la cantidad de substancias albuminoides presentes 
m I» métela; por consiguiente, sol trata de una cuestión de equilibrio, de 
iiintidml entre los proteicos y los álcalis en el jugo intestinal. Las investi- 
(((triunri roMliíadas í» vino con perros parecen confirmar este punto de vista, 
Il»t ciuiituito de estas experiencias se puede obtener la conclusión de que 
Im [ciiftineiios tóxicos que a veces se desenvuelven en individuos a los cua- 
Ipí »t Im !ift administrado calomelanos con fines purgativos, no depender 
OpI lirt'll" de que imal parte de la substancia se haya transformado en ta: 
(■i tiuwento disociaWe por la acción de los ácidos o del cloruro sódico et 
it KláuiaKO, sino que están en relación con la alcalinidad aumentada del jug< 
IiéIMIIiin], y simultáneamente con la disminución de la cantidad de proteico' 

SfntmlCi), de tal modo, que se produce jla ruptura de! equilibrio entre e 
IcilU» y proteicos en el intestino, por lo cual viene a determinarse la for 
illMCÍ¿n de ¡productos disociables y, por consiítiiiente. de mercurio ion ab 
•orbible en cantidad suficiente y con suficiente velocidad para dar lugar i 
1(1) fenómenos tóxiccis, f 

J. Sanceís Baní^H 



Paül Mati.— La trepanación desoompres'.va. ¿i- Escaipel, julio igzti 
número 29. 

La trepanación descorapresiva es, en la mayoría de los casos, un medí' 
paliativo de combatir la hipertensión intracraneal. Pronto o tarde, cuando C 
tumor no ha sido completamente extirpado, los signos de reddiva aparecer 
Hay, sin embargo pseudotumores cerebrales, llamados por otros autores ara* 
noidilis serosa crónica, o meningitis serosa, en los que la trepanación dcs 
compresiva produce ima curación durable. El autor ha visto tres casos de cs* 
clase operados con éxito, sin que haj-a quedado ningún trastorno cerebral d*- 
pués de la operación. 

Las principales reflexiones que sugieren estos tres casos observados s"*^ 
; Cuáles son la patogenia y la anatomia patológica de las lesiones que p*"' 
sentaban estos enfermos? ;Por qué mecanismos la trepanación dcscompresi"^ 
ha actuado para producir la curación? 



[ 



• — 199 — 

Patogenia. — En los tres casos había una reacción de Wassermann nega- 
tiva en y en el líquido céfaloraquídeo. En el primero de ellos no podía 
descubrirse ninguna enfermedad infecciosa en los antecedentes. El segundo 
enfermo había tenido un acceso de gripe algunas semanas antes del principio 
de la afección. El tercero sufrió infecciones nasales durante varios años. Es 
lógico suponer que una gripe, o una infección prolongada de la naso faringe, 
pueden determinar los fenómenos de encefalitis o meningoencefalitis, mani- 
festándose por hipertensión intracraneal. 

Anatomía patológica. — Quínele fué el primero que descubrió casos seme- 
jantes con el nombre de meningitis serosa. Nonne publicó una serie de casos 
que simulaban tumores cerebrales y que él llamó pseudotumores. Numerosas 
publicaciones han aparecido después. en Alemania, sobre todo de Bailey. Ho- 
RRAX ha publicado 33 casos que presentaban síntomas cerebelosos y en todos 
ellos encontró, en la operación, un espesamiento de la aracnoides, a nivel de 
la protuberancia occipital interna. Cuatro autopsias han podido ser hechas 
y en estos casos se encontró un espesamiento considerable de la referida mem- 
brana, que estaba adherida a la pía madre. Dos casos presentaban lesiones 
de esclerosis de la corteza cerebral subyacente, indicando ima encefalitis. Los 
fenómenos de hipertensión cerebral eran probablemente debidos a un trastorno 
^ la reabsorción del líquido céfaloraquídeo. 

Diagnóstico. — ^La meningitis serosa simula la sintomatología de los tumores 
cerebrales. Los síntomas de hipertensión, cefalalgia, papila en éxtasis, diplopia, 
signos radiológicos, no pueden ser distinguidos de los de un neoplasma, sin 
^^bargo, los signos de localización, ausentes con mucha frecuencia, cuando 
^^isten, son generalmente menos pronunciados y más difusos que aquellos que 
acompañan a los tumores. El diagnóstico podrá encontrar ima confirmación 
^^n la operación, en Jos casos de tumores, aunque no haya una hidrocefalia 
^^terna tan marcada como en la meningitis serosa. 

Será, pues, difícil afirmar el diagnóstico de meningitis serosa, en la ausen- 
^i^ de manifestaciones neurológicas de neoplasma. 

Tratamiento. — Como ha señalado ya Nonne, muchos casos curan espon- 

^^eamente o por medio de un tratamiento médico. Sin embargo, existe gran 

'^sgo en no someter estos enfermos a la intervención; la ceguera puede pro- 

*^^cirse prontamente, siendo irremediable casi siempre. El tratamiento por 

^^■^ciones lumbares repetidas debe rechazarse. Es peligroso puncionar a un 

^^f ermo de hipertensión cerebral elevada, no siendo raros los casos de muerte 

^^putables a la punción. Se puede, en buen número de enfermos, rodeándose 

^^ las precauciones corrientes (pimción en posición acostada, salida de una 

^^^ueña cantidad de líquido, etc.) hacer una punción por vía de diagnóstico. 

Í^To la cantidad de líquido que se les puede extraer en estas condiciones será 

^^neralmente insuficiente para tener una influencia sobre la marcha de la en- 

^^rtnedad. Además, como se observa en muchos casos, existe tabicamiento del 

^^pacio subaracnoideo y la punción vacía el saco lumbar pero ejerce poca in- 

"\iencia sobre los espacios del encéfalo. 

El autor cree que el solo tratamiento eficaz, es la trepanación descomiwe- 
siva, que será hecha en el lugar de elección, región subtemporal derecha en 



— 200 — 



ausencia de sintonías de localización, o suboccipital cuando hay síntomas 
déficit cerebeloso. 

La trepanación descompresiva empleada en buena indicación es una 
ración completamente benigna. 



J. A. MUÑOYERRO 



ARCHIVOS DE MEDICINA 
cirugía Y ESPECIALIDADES 

'^^r^ 30de octubre de 1926 ^*£VU^ 



1^ HABITACIÓN HURIANA EN LA EPIDEMIOLOQIA DEL 

FALUDISmO (i) 

por el 

Dr. Qustavo Pittaluga. 



Señores : 

Permitidme qiie yo ihaga, antes de entrar en el tema, un somero 
^^men de conciencia. 

Considerad que han pasado veintiocho años de^de los días eíi 
^e fué descubierto el modo de transmisión del parásito del pa- 
<iismo. Yo era entonces alumno interno del profesor Battista 
^^^ssi, eti Roma. Al recordiaír aquellas honas de ansiedad, al evocar 
lUella labor intensa y febril, no solamente reaparece ante mi es- 
;^itu la imagen venerada del Maestro en d tumulto de su acti- 
■^dad creadora, en el entusiasmo ejemplar de su trabajo, sino tanD- 
i^^n las añoranzas todas que, fundidas en nuestro mundo subcons- 
^tite, asoman de improviso, como deseosas de reconstruir, alrede- 
pr de aquella imagen, toda la alegría de nuestra juventud. Con- 
^<i^rad, ahora, que sobre esta vaga emoción que atañe a la inti^ 
^ídad de nuestro pasado, se injertan las que van unidas, insepa- 
^blemente, al esfuerzo de más de un cuarto de siglo de experien- 
^3- y al cotejo de esta experiencia y de las observaciones llevadas 
i cabo en paíse3 distintos, con la experiencia y las observaciones 
^J^nas acumuladas, desde entonces, en una enorme bibliografía casi 
^^posible de abarcar, en sus detalles, en lo que concieme ai vastí- 
suno tema de la Malaria. Considerad, por fin, que nos hallamos 
^odos y yo muy especialmente, en un estado de tensión del espíri- 
tu que áñáde nuevos y más vilbranties motivo® de emotíón, si cabe, 

(O 'Comunicación presentada al III Congreso Nacional de Buenos Aires. 



a los ya recordados, al enfrontamos hoy con un problenia que pare 
ce haber alcanzado la plenitud de la madurez eii cuanto al conod 
miento de sus factores ; y que nos preparamos, en suma, a óesen 
trañarlo, si es posible, con la contribución mancomunada de los es 
tudiosos de la vieja Europa y de los estudiosos de la joven América 
sometiendo a recíproco examen nuestras conclusiones y nuestro 
oonfvencimientos. No parecerá extraño a nadie que en tales drcuns 
tancias — que otorgan al acontecimiento de estos dias, a esta reunici 
provocada por vuestra benevolencia y por vuestro entusiasmo, cier- 
ta jerarquía histórica, cierto alcance de fecha memorable en la hv, 
toria del pensamiento dentifico — , no parecerá extraño a nadie, c: 
pito, que en tales circunstancias yo haya creído oportuno este e:^ 
man de un estado ide concienida coiT'jpaTtido quizá por m,iicho.í ^ 
tre vosotros. 

Permitidme añadir que sólo fijando con la máxima exactitud ^ 
sihle el significado y el valor de cada uno de los factores que in i 
gran el gran problema que la ciencia y la política se han propues 
resdver — ^1 problema del paludismo — legraremos plantearlo an 
los Poderes públicos en los términos de Claridad que éstos tiene 
el derecho de exigi.r para acometerlo con medidas prácticas y eficace 
Los factores que nos interesan desde este pimto de vista so 
los factores epidemiológicos. 

El estudio de la epidemiolc^ía es la base de la profilaxia. Aho- 
ra bien: durante el período de formadón y consolidadón de nues- 
tros conocimiientos acerca de las enfermedades infecdosas en g«- 
neraí, muy en particular acerca de las grandes infecciones cosmo- 
politas, estos factores opidemiolf^cos han sido, forzosamente, ob- 
servados y estudiados de una manera desordenada, y en ocasiones 
despropordouada, no en relación con la importanda verdadera de 
cada uno, como es natural cuando se trata de reunir el mayor nú- 
mero de datos acerca de un conjunto de hechos biológicos extrema' 
damente complejos. 

El ajuste de estos datos entre sí sólo se hace más ta^de, y sól*^ 
enitomces se estableoe lo qtse podríamos Ikmar la sistematKadón d^ 
los factores epidemiológicos de un doterminado prooeso vnorho&cr 
A¡sí, en el paludismo, la atendón de los estudiosos ha sido reque=^ 
ríida al propio tiempo, en una tumultuosa sucesñón de observacje^ 
nos, en países distintos y lejanos, por d ambiente hídrico, esto e^ 
las aguas en que se desaírrollan los anofeles ; por las costimibres cJ-' 
estos insectos; por su dasificadón en la gran diversidad de 1»- 
especies ; por la posible reladón .entre los tres tipos de parásitc»' 
dtí paludismo y estas distintas especies transmisoras : poc d nüs^ 
mo de! brote epidémioo primavieí<al en bs países de clima t«i=* 



^ 203 — 

fiíatío; por el secareto dle las recaidas y de las recidivas a kyrga 

fefdm en aiekcáón ccxn la infección de ios amofdes; por ks condi- 

ciomes variaihlíes de la evohi'dón diei ciidlo lamfigániíco o sexuado del 

parásito; por la resifetencia e ioimtinidad dle razas humanas e in- 

dívidiaois; por den otros fenómenos iguakiueaite interesantes, entre 

Jos cuates no era fácil orientarse con una síntesils sufidentemente 

segiura^ que es como deciji faindíada en datos anialítícos baisitante com- 

ptletos y oomjprobados. Las hipótesis llenan entonoes te huecos de 

tai tjeoría. 

Poíoo a pioco sedimentan, como centrifugados por el intenso 
tnaíhajo die cotejo y dle experilmientadón, los datos más dertos, las 
ottefervadoníeS' más sólidaiñente dmenttadas. Esto ha ocunridio con 
la epidiemiollogna de todas las enfermedades infecciosas. 

A pelsar de la evidienda esquemática de 'la doctrina dé la trans- 
nMaián del virus^por el mosqaiito, no había motivos paira quie no 
Bioooitedera iguaj cosa en la epidemiología d!el paludismo. 

Riecojndleimios, muy someramienibe, lo qiiie ha ocurridb con el 
estudio epidemiológico de la tuberculosis. En un primier período, 
a ipiartir dd descuíbrimiento dtí germen patógenio por R. Koch, el 
problema balcteriológico y d de la inmoínidad o dfel terreno domi- 
naíron y endaiizairan la actividad de los estudios. Estos se olvi- 
ífaíTon, en sm mayor parte, de ios d^tos empíricos, pero de extra- 
<nKJinario interés, que ya d«esdie la primera mitad did siglo xix, des- 
de el año 1838, habían sido recogidos en IngJatema acerca de la 
influenda dd hacinam:iento, de las condácrones de ilía casa y de la 
^hmentadón sobiie d deisarroUo de ta tuberculosis. Más tarde, tras 
lairgos tanteos acerca de las vías dle penetradón dd bacilo en el 
<wgaimis!mo humíEuno, llegamos a entrever que la mnfecrión, la re- 
lación del oonitagio, por tanto la convivenda, por consiguiente la 
^toiestíddiad, son los factores fiundiaimenitaíles de la conitalminadón 
tuitiva, es decir, dfe la enfenmiedad. El dbmidiio común, ¡la casa, 
®, pues, iiesponsable en primer ténmino die la difusión dle la tu- 
ÍJierculosis. 

El estudio epidemiológico del Paludismo ha atravesado — mu- 
^^tis nmtandis, y teniendo en cuenta las grandies dífesnencias etio- 
^^^gíicias — fases muy paineddas, muy coimparabtes a las qoje acaba- 
^ de recordiar. Al prindpio — que coindde con los comienzos dd 
^0b XX — , un gran esquema teórico domina y endierta toda la 
^***ri^ y toda la práctica ; dentro die ese esquema parece que no 
^ más qtte dedicarse a estudiar los die(tall¿ más bien coin una 
™Wiiidad dientíf ica para satisfacer ouriosidajdes de naturaJista o de 
mólogo. 

Sdbíievianie Itíego una cooirdinadón de aJgimos de estos datos 




, qiie hace resaltar la iniportanda de déf 
Así las oandidonies dfe la hi'berñadón de las hembras de anofeles 
en ll&s regionies palúdiicas de cliraas templatlo6 o fríos ; Ja imf luenda 
die It>9 animales dUMnésiticos para !a atracción y conaentracdcm de 
estas mismas hembras; la frecuencia y persistenda ahiru'.najdora 
de líos fooos de larvas en las aguas ponidoméstioas ; ia capacidad 
de ineiiteración de 'Las picadiiras por parte die un mismo mosquito; 
elíementós die juido aportaidos suioesivainieiite, oon detalles aisladoe, 
en ocasioaies extraordinariamiente tninuciosos, hacen resialtar de 
prtmto con nna evidlenda no sospediaí^, como factor epidomáoJó- 
giloo, 'la importancia de la raja. La habiCaidán humaina adiquiere 
lui^o todo siu máximo interés como verdadero "fooo anofeíígei»' 
(i» solaínente como oemiBro de difusión de parásitos del patadismow 
cuando ilas investigaiciiíanies reiteradas de todos los malarióflogos eu^ 
ropeos dettnuestran que el A. macuUpcnnis, verdadero re5(pon>s;d>M 
de la endlemia, es un mosquito esendaJiiniBiite doméstico; que Icr 
adultos se encuentran raras veces en airibientes nat-mules, al abíe-^:; 
to o en la vegratadón, y qme !a hibemadón de las hemibras fecu^ 
dadas ise cumiple caisi exclusivam.ente en el am'bíente doeraéstico, ^ 
la tíasa o en las afedaños de 3a casa, donde viven los animales íkm 
mésítioois. 

Estos hiedios fuenon' muy pronto comprobados en cuanto aíta 
ñe a los anofeles aanericanos, muy espedahuenire en la Repübtííc 
Alrgenitina, ail Anopiíelcs pseiidopunctipemñs. \ja. extraoíxJinajni 
importancia de k vivienda humana rural, en particular la <3< 
"rancho" primitivo, como foco de anofelismo y de endemia fué r« 
conocida y sostenida desde hace años por los más expertos mala 
riólogiots aTgemíinos : por Caktón, Penna, Aeáoz, Barbieei, y axn 
aliílicada pr^acozmente a la profilaxia, ladoptando en gran escaAí 
los mótodog, relativamente sencillos y económicos, de dtstruccíó* 
o alfejamfenito de 'los mosquitos aduJtos o aJados, mediante fuirw- 
gadones de lits viviendas. Asi, por ejempJo, entre octubre de 19IÍ 
y nlarao de 1914, en las provinrías de Tucumán, Salta, Catamarca 
y Jujity, se llevaron a cabo 64769 fumigacioines de halMtadooe* 
humanas, oon un consumo aproximado de ochenta tonieladas <í* 
azufre. Pero ¿cuál es el tipo dt e'ütas haWtadones? ¿Cuál es. po"" 
tanto, el rendinrenito efectivo de esa intervonidóin profiláctica, au"' 
que reiterada, en cada kigai-, dentro del períodoi de tiempo que in^' 
pida di desarrollo del ddo anfigónioo dd pairásóto en las hem'bí'3^ 
de anofeles nuevamente llegadas? Recordemos que conforme a í^ 
cifras que yo iHeproduzco de un traitejo de Baruferi, del año 192 í- 
las cuatro provincias indicadas, más la de Santiago, de! Estef^' 
oompneiKiiaa todavía en esa fecha odrca de 10.000 "ranchos" o**' 



— 205 — 

XBChSL- pohlación. • de 41.918 habiüanities. en ellois distóbuíida, . sobre una 
poíbdación global de 158.000 pensonías. Es el' tipo die esa vivienda 
é <jue hay que estudiar en rdación con los factoines de cbmestici- 
da-d de las anofeHinos por iin lado, y por otro lado con d aücaince 
y efióada d!e líos métodos profilácticos; es la "cajpanna'* dd agro 
pomfeino, en Italia; es el "sequero" de los cultívad¿(ne& de pimiento 
en Extreimaduira y en Miurda; es la "choza dfel postor y del labrie- 
go*' ; es la "isba" dd mujik. El prdbíemia de la casa se desdobla 
aisí en dos tértminos, cuyo estiudio compiarado dará fruto» intere- 
«antes: el "domici'lio" en general como focx> de la infección domi- 
ciliaria, a la cua4 csantribuyen d sier huimaino, portadior dd virus ; 
los aaofeles domésticcte, la oonvivendia de otros seres hunnaaios sa- 
lítois capaces de infeoteirse, y luego, más especialmente, la "vivien- 
<ia miral primitiva" oon sois caracteres peculiajnes, casi idénticos. 
<xxi ttnuy 'menguadas diferencias, en toda l'a superfiície de la tierra 
^bajo la infloiencia de factores climatológicos cdmíunes. 

En reaMdad, la importancia f undamentai de la habitalción hu- 
^^tHEunsi como factor epidemiológico en la transmisión de la infección 
pailúdiica hallábaise implícitamente reconocida y prodatmada en la 
•nieidida profiláctica que fué delaraida primlarfdiall por Grassi: la 
protección mecánica. Sin embargo, cuando se llevaron a cabo los 
P'riínieros ensayos para la demostración de Iti doictrina de la trans- 
fusión de la malaria por los mosquitos (Ostia^ Albanella, etc.), se 
Pi^escindía todavía casi por completo del estudio de las rdaciones 
^'^e los adultos que se procuraba temer alejados de li&s casas y los 
*"Ofc!c» de lairvas dte los alrededores. Se piiocuraba, en suma, grosso 
*'^K]Jcio, impedir la entrada en la casa a los ü^nofeles de la zoma dr- 
^^l^nrfante, san conoicer todavía oon exactitud, a pesar dIe las oJhserva- 
^Oíjes poidentísimiais, minuciosas y clarividentes de Grassi, cuales 
^í^íatti los faotores dd tropismo que atraía a estds mioisqiuitos, aunque 
^«idos en aguas rda/tivaimente lejanas, ha<ci!a el ambiente doméstico. 
Este tropismo es td! resucitado de múltíples factores. Un termotimpis- 
^^, «usn .trofoltropismo.- que a su vez ooimpiiende un anftropotropismo, 
^ zootropisimo, etc., se funden pora ejercer en d amlbiente domés- 
^, en grado mayor o memv, según los cartücteres dd domicilio o 
^ la (habitajdón humana, el máximo de atracción sobre la espede. 
Otros ejemlplos han servido como pauta para d estudio de este f e- 
^otneno, en pointiouilar las costumbres de los mosquitos dd género 
^tegomyia, ouaffido 'los norteamericanos acometieron y Uevanom a 
^^ é saneamientto de las Antillas y de la América central y los 
"plenos, bajo lia guía de Oswaldo Cruz, d de Río de Janeiro y 
* Jas coisitais azotadas hasta eotoffices por b fiebre amarilla. 

En Icxs clÉmais templadois, por lo menos, y desde luego en algu- 



(«« anofeles de regiones au!btro5>ica]es y troí»caJes, se venííca ; 
iriás uai procaso de reposo siibletárgico mdepen diente en. gran p* 
(le la lemperatiira, durante el cual se desarroÜa ia reserva de gi 
(ciioTipa adiposo) 'a expen'sas de la sangre ingerida induso en 
ceaivas y reíteraidas suiociones, por parte de las hembras feour 
das, ilais cua'ies eii estae circunstancias no dan lugar hasta psis 
dorto Bienipo a] desarrollo de los huevos que conduce a la pue 
Este pnoceso se cun^pIe, sin ombargo. constantemente o casi ce 
tantomoníe en el interior de las viviendas, o en sitios abriga( 
que constituyen a la vez refu^os contra el viento y la intempc 
y abriga contra las bajas temperaiCuras. Prácticamente, estas es 
cíes propiamente domésticas atraviesan la bibem&ción o el pearí 
sü;í>letárgico de engrasamiento eii las habitadores huníanas o 
los aledaños y d-cpendendas de 'las habi'Cacioaies humanas. 

Estas dependendas forman parte integrante del "anibi< 
méstico" ruñaJ. y es inútil decir que todas días — cuadira. 
corral, g&lljinero, ccaiejera, pocilga, porquerizas— íe sitbstraen 
soluto a todo intento de protecdón mecánica, son inacoesibl 
apSicadón de este procedimiento y canser\-an, atm al lado 
casas prot^idaa. focos anof elígenos, 'representados ptw los 
les de samgre cailieníe, potendaJmente capaces de ponerse 
tacto con el hombre en cuanto se iotemimpe o se rompe pá 
descuidio imsigni ficante la barrera de la protección mocánioa! 
cUlanto a la zoofiília o antropoíilia de los anofeles, se trata, sin óa 
de lentas evewtuOles adaptadones, siempre reverHbles. Peno en i 
ma, yo y mis colaboradores, en España, hemos visto a través 
claraboyas, ventaniuicas o miraderos y agujeros, lOs anofeles pa; 
dte5lde la cuadra o el establo a la habitación himiana inmediata 
viceversa. Y aun entre los anofeles capturados en establos, a 
dras, etc., inmediatas a las habitadones humanas, se encun 
proipordones a veces creridas los que se han alimenlado 
gre humana. 

Ningún procedimienito cientvfico que prcítcnda modificar 
pente los hábilos inveterados de la vida ruraJ tendrá jamás prcj 
IrJIidHdles de acr.tamiento y ¡de éxito. Mudio menos si se dejan st 
íistir al propio tiempo condidones primitivas de vida social, em 
las míales ocupa el primer higar el tipo de habitación liumana. 

Es inútil decid', por ejemplo, que ninguna protecdón mecán 
eficaz, por medSo de redes metálicas, etc., cabe aplicar al "ra-ndi 
formado die ramadas de "quincha" muchas veces, otras de vari3 
y íoirta de barro, con un techo y un ailero de paja y barro, sos 
nido por honcones rústicaraenite tallados, con cien reisdijas en 
paredes. Reproduzco las palabras mismas con que el Dr. B, 



raoios, a 
inientoaai 
lo cooS 

Ficar ^H 



u 



— 207 — 

ootaienitstba y apoyaba, ha)cie pocos años, en 1921, el proyecto de 

refoffma de las habitaciones rurales elevado a la Presidenda del 

DeparCamenta Nacionaíi die Higiene. Pero esa misma descripción 

podría ajpíioairse a todos los tipos de habitarión rtnral primfrtLva en 

todos tos coatínienites. 

Si d esítudio cpidemioíógioo hulbiesie podido llevalnse a cabo 
antes de emprender las campañas profiláoticas, njuestros amod- 
mientos hubieran sido más libres de pirejaúdos, más directos, me- 
noG oomitamiñados, -si me es pemiistido enqilear esta palabra, por las 
posturas previaimiente adaptadas por grupos diversos de investi- 
gOKfares en lo que atañe a to. eficacia de los métodos profilácticos. 
Pctro esto hubiera sido un ensueño; hubiera sido una monstruosa' 
ooffUtradicdón de la hisitoria entera de la Humanidad, que ha aippen- 
<ü<io sdempre a oositSa de su ipropio esfuerzo y ha penetrado en la 
^^ealidad que la roidea predsamente en virtud' de los reiterados, in- 
cesantes intentos para modificarfla y enoaoizarla, para satisÉalcer sus 
^•©Cíesidadies y sus aspiraciones. Así, los métodois de liucha emipren- 
<K'dos a pairtir dd año 1899 han ejercido en varia propordán una 
&ra¡n influenria sobre la ínterpretadón objetiva, serena, escueta- 
•^emte dentíiica, de flios hledios epidemiológicos, y en' ocasionies han 
^'espistadol a los observa|dores de las sendas mejores, de Ibs de ma- 
yor rendimiento práctico. 

El método de la quinizadón preventiva que, apíícado con ader- 
"^í ffiesipondie al propósito de mantener en eficada de rendimiento 
^ grujpos de trabajadores o de solidados, a oolectividiadJes humanas 
disciplinadas o a individiuos que, de repente, en drcunstancias que 
*^o oonsienlten adecuada preparadón de las viviendas, acampan en 
^fees palúdfcos, dfesouida a priori d estudio de las habitadones 
*^^^i«xianas como factor qpidemioltógico. Las mismas condidones en 
^•^« nealmente puede y quizá debe aplicarse este procedimiíonto — que 
yo personalmente creo el menos eficaz y el menos aconsejable en- 
^€ Jos métodos de liucha antípa/lúdica — ^no- admiten, por ¡lia urgen- 
^ de otros deberes, por la precariedad de las instaladones», por 
^ impioriosía finalidad que se quiere alcanzar — como la de conser- 
^^r en aparente estado de salud un cuerpo de ooimbatientes, un 
8ntpo de obleeros o una expedidón de viajerosr — no admiten, re- 
Pito, un estudio cuidadoso de liáis reilaciones que se establecen en- 
"^e los anofeles y d hombre. 

Los métodos die lulcha antianofélica han sido encaminados prin- 
^palinetKte a la destrucdón de )las larvas. Como es naturail, las 
^^^^^^esidfeüdes económicas han impuesto poco a .poco una gran limi- 
^wii^ al ctíipleio de estos procedimientos, muy en particular a la 
petrcíKzadón, hasta estos últimos años, en que empieza a adoptarse 



. »- 
,. . . 



r 



td arseniiato de cobre o verde de París por tas si^e5ti\'&s experien^l 
ciáis de los malariólogos norteamericanos, y en que además txjdos 
nos hemos ayudado oon medioe más baratos .todavía, aunque de una 
efidacia menos absoluta, como el empleo de las Gambusia, que en 
España han arraigado con una aclimatación definitiva y nos han 
prestado, en efecto, excelenrfces servídois en Exípemadiura y en Ca- 
taluña. Da petrdlización y en general la lucha aintüarvaria iia de=s;— 

limitarse de todos modos a cierta diaíaocia alrededor del íoco ni 

ral o de lia población humana sometida al saneamiento. Nosotros^ ^ 
en la jprovincia de Cáceres, hemcus adoptado un radio de dos kilo — — _ 
metros. Pero nuestras observadones, las de Daeling, B\ss. Dee;k=5^ 
y otros en América, y las mismas de Fehmi y Luego de Ga.\ss:, er-^f^ 
Fiumicino, han demostrado que dtsüe este punto de vista no ^^^.e 
pruecte aserrar naida. La laguna di Porto está a tres kilómetros (^^e 
Fitimicino, y es, sin encargo, durante ciertos periodos, fuente dj»-el 
mayor númeiro de anofeles de Fiumicino. La Fuente del Roble, y 
en generai Jas bolsas ¡"'represas" arg^eiitina;) y las quebradas, a 
dos kilómetros y más de Talajuieila (Cáceres), contribuyen tamb! -«sn 
en Varias medidas aj atx>felismo de esta pequeña población. 

Solamente cuando se emprende y se lleva a cabo una campa^üa 
de tipo experimental, con el propósito de darse cuenta dei may*>r 
número de factores que intervienen en el fenómeno epidémio» y 
endémico en una localidad relativamente limitada con caracteir--«s 
hidrográficos conocidos, y con una población humana aociesible p>-*>r 
el número y por fa ubicación a todas las investigaaones ya 1^ 
máxima vigil'anda, .se Íl^a a la comprensión exacta de la impd**^- 
taincia del domiciiHo, de la habitación del hombre coma foco fr *'*' 
mario y persistente de la endemia palúdica. En niiignin país, ^ 
raí modo de ver, y aun a costa de aplacar por un año o dos ^^ 
comienzo de una verdadera campaña, debería emprenderse \mSí^ 
ludia aot ¿palúdica sin haber llevado a cabo tui ensayo experim^s**" 
t^ de este tipo, tal coitio se ha hedió en España, con la co'abosr'^" 
don inestimable del Dr, Massimo SELt.A, deil Dr. De Buen, «rl^' 
Dr. Ltjenco y die todo d porsonail de ía Comiisión antipialúdica. cJ-"»-*' 
raiifte los años de 1921 a 1923. Yo dedlaro que, a pesar de hatJ-^-^ 
agi&tido a gran parte de los primeros trabajos de Grassi en Ital *^' 
de halber partidpario al experimento de Osíia en ipor, de hat»*^^'' 
pasado meses en las Pailudes Pontinas como médico dd servido •*^* 
saneamiento agrícola, de liaber estiudiadó durante años la epic3>^^ 
miologia del paludismo en España por medio de viajes, observao»'*-^' 
nes y .pesquiísals -más o menos pairciales encaminadas ora a deterr»"* ■"' 
nar las condidocies del ímofeíismo locaS, ora a definir los tipos ■f^''^' 
rasiíarios; de haber intentado com¡áetar mis datos mailariotógi*r^^^ 



k 



— 209 r- 

y trai's demenitos (de juicio en d amíbiienítie tropical, en la costa 
occídenitSEá de Afnica (1909), y de haber sometido mis. opiniones 
a tttna comprrobación seria y autorizada, con los viajes de estos úl- 
titiiQs años como nwembro del Comité de Higiene de la Sociedad 
<ie las Naciones, dedaro qaie nada ha contribuido a píroporcioníar- 
ime iHia idea tan claira acerca de la interferencia y nuiíitíplicidad 
<fe los factores epidemiodógicos ccn>o los dos tóos del ensayo ex- 
(perimenitad practicado en lia pequeña aldea de TalayueJa, en la pro- 
viiucia de Cáoeres. Solo allí nos dimos cuenta de una cantidad de 
I>equeños detíalles que se escapan por lo gene!ral\ a los que persiguen 
de antemano ciertos resultados prácticos o a los quie se piroponen 
tsLti sólo estudiar detritos aspectos ciemtíficos del problema. Del 
^tníamo modidj, el propio Grassi nos decía, cuando le vimOs por úl- 
"tima vez en Fiumicino, en ei verano de 1924, que las observaciones 
e3q>erimien(tales perseguidas allí con la colaboración del Dr. Bint 
<íes<ie el año 1918 lie habían dado más fruto para d conocimiento 
^i'fctirno del problema de la end^eimia y de los brotes epidémicos de 
paludismo que todos sus viajes die los años anteriores. 

No eistoy muy lejos de suscribir, como oouisecuencia de esta 
experiencia, a la gráfica seratemcia del coronel James: ''el petróleo 
e^ eíl otpio de los málairióloigos". 

Será oportuno entenderse con exactitud acerca de los concep- 
tos de "haíbitación humana", de "ambiente doméstico", "domes- 
ticidad" y "domeistidacióti", en relación con la biología de los ano- 
^^les y con la epidemiología dfel paludismo. Entendemos por "ha- 
*^J*ac¡án humana'* en general, desde el pumto d vista malarico- 
^^^gico, toda vivienda, transitoria o fija, cualquieila que sean los 
^*^*aíteriales de que esté construida, desde la choza más primitiva 
*^f^sta la "ferane" o "cortijo" o en suma la "casia", situada en amn 
^^Qtite iruiraí o (suiburbano, excepcionalmiente urbano píopiaaneate 
^**Qho, y de todos modois, aun (fentro de las ciudades, con carac- 
^^Tte ruralles. 

Bl "amibiente doméstico" oompirende fe. caisa en sí o habita- 
^^on humana y todas sus dependencias, muy en particular los lo- 
ries destinados a los animales domésticos, más las aguas domés- 
^^cas y peridoméstícais, y eveíituajmeíiite el j^rdin o el huerto o la 
*Mierta directamente relacionada con la casa. Insisto en partícu- 
'^^ sobre la defimción de las que yo llamo aguas peri domésticas. 
pon axjuellas que se reflacionan. dinectamenibe con los servicios de 
*^ jcasa^-cottno las aguas que se recofleictan en vtasijas, barreños, ba- 
^*^íes, tin&jais, ho^as y excavaciones del terreno en los patíos o 
^^W:^; las qtie salen con d desagüe mal ouid&do de cañerías, et- 
^«teía; las qiue se reuneai alrededor del pozo o del grifo del agua 



potable o de la noria, por descuido o por aprovediamiítito r 
cho para el riego dd huerto cercano ; por fin, las qae se destina» 
res-ueltamente para el riego de jardines y huertos cultivados diiectL 
y personalmente por bs dueños de la casa o por una dependends 
que no se aleja dte la misma. No se puede fijar un radio determL 
nado a estas ag^uas para, considerarlas o no como aguas perida 



I 



Los "factores de domesticaición" que Itai conducido a la "de 
mesticidad" de las especies más comunes de anofelinos soa Ic 
siguñentes : 

1. La temi>eratura (el calor del interior de las habitaciones h»» 

manas y en geaieral del ambiente doméstico, miuy » 
particullar refecíonado con la liibcrtiíición). 

2. El abrigo contra loe vieirtos. 

3. La alimentación de las hembras (sangre caliente), 

4. I^ alimentación de los machos (huertos, frutas, ctic), 1 

5. La mayor facilidad ixira la puesta (aguas peridomestig 
Examinemos brevemente cada uno de estos factores : 
i.° La temperatura del iiuterior de 3a casa, aun cuandsá 

trate de habitaciones humanas relativamente traiy primitivas. e$J 
todos ¡modos tan distinta, en los meses invernales, a la dd arabia 
te exterior, que en los países de clima templado, situados ei».»' 
35° y 50° ^'^ latitud, modifica por completo la situación nBturaJ 
cuanto a la biología de los mosquitos. Recordemos de paso que 
Europa, y en parte también en la Aimérica del Norte, la ender» 
palúdica o los brotes epidémicos han alcanzado latitudes deseo'*' 
cidas todavía en el hemisferio austral. En la Argentina, por eje* 
pío, no se ha descrito un paludismo endémico por encima de ^ 
34 ó 36 grados. Europa es la sola parte del mundo que presen' 
no de ahora sino desde hace siglos, un paludísimo extendido h^£ 
latitudies boirea-'tes elevadas, hasta por encima de los 60 grados. 3 
explicación del hecho es obvia. Sólo lias condiciones del ainbiern 
doméstico, en esas latitudes, con fríos invernales extremos, co 
sienten la supervivencia de 'algumas de las esyKáes transmisor^ 
prácticamente del A. maculipemiis. Las espades que hibernan 
estado de larva, como e! A. bifurculus, no se encuentrau en eí^ 
climas y parajes. Y sólo Europa ha extendido, con suficiente de 
sídad, el ambiente doméstico, la habitación humana hasta esos ^ 
mite?. Inútil es decir que de esta consideración se desprende tH^ 
advertencia de extraoirdinaria importanria para las nadones q"* 
como la Argentina encierHan extensísimos territorios todavía !»■«-' 
poco poblados, potenciaimente capaces de ser invadidos por el pa*-* 
dismo. en cuanto los focos domésticos y perídomésttkoa de arictfclí* 



f 



— : 211 — 



mo vayan fijándose alTededor de las habitaciones humanas rturales. 
La temperatura dd interior de la casa o de los tocales en que vi- 
vien aoumulados líos aninlialies doméstiicos, locales giie llegan a ser 
vetxladeros termostatos, influye sólo «n términos jenerales, so- 
bre ías hembras hibernan»tes de las especies domésticas die Anofeles. 
Influye con su acción exdtadiora sobne la actividad d^e estas henv- 
l>r^s, las cuales i>ueden de tienupo en tiempo, aun durante la fase 
sublttárgica o de engrasamiento, atacar al hombre, en pleno in- 
vierno, en el intarior de la casa, y por consiguiente llevar a cabo 
r-^inocuilaciones o nuevas infecciones según &^ trate de portadores 
^e virus o de personas sanas. Finalmente, la temperatura influye 
^<jbr€i la rapidez de evolución del ciclo anfigónico del parásito en 
^í -cuerpo del anofele. Se puede afirmar en suma qufe en los climas 
f TÍOS, templados y aun en dos subtropicales el ambiente doméstico 
«^se^ra la supervivencia del máximo número de los anofeles peli- 
%;t-osos y, desde luego, la infección de estos últimos en una propor- 
^ón suficiente para perpetuar la endemia. 

2.® El viento es un gran enemigo denlos anofeles. Las hem- 
l>r;as adultas se abrigan, en efecto, en cualquier parte »)A. du- 
5*ainte los días ventosois )y Ihivioisos, se las encuentra guareci- 
das en cualquier parte, más oerca, por lo general, de los focos de 
<i^sarrollo de larvas, por ejiempío, /debajo dje los puentes, de las 
cvHnetas, en el interior de huecos o cavidades naturales, etc. Pero es- 
tos luganes son casi sienipiie etapas para alcanzar el ambiente do- 
í^nésitico en que coinciden con el abrigo contra la intemperie otros 
factores, principalmente el calor y la alimentación. 

3* La alimentación de las hwribras de anofeles, por h, sangre 
hitmairta o de animálies domésticos, ha sido objeto de gran atención 
en estos últímiois años por parte de los malar iólogos. Es indudable 
q líe en ciertas circunstancias, los anofeles pueden alinienitarse de 
sangre de ave. Es posible quie en condiciones naturales, fuera del 
ambiente domástíoo, la proporción de las alimentadias con sangre 
•^c ave sea crecida. En el ambiente domiéstico ta preferencia por 
los mamíferos es de todos modos manifiesta (90 a 98 por ciento se- 
gún días especies). Los grandes mamíferos suelen ser preferidos 
(¿íitracción dte masa? ¿Olor? ¿ Heinotropiismo específico?) Pero es 
^^able, a ipesar de las consecuiencias que se ham querido sacar de 
^s trabajois de Rouband, que la presencia de los animales domésti- 
^^s en la vivienda humana o en sus inmediaciones, f avoi*ece el acú- 
Ciidode los anofeles y, en suma, el establecimiento del foco de ano- 
T^^^mo doméstico, de donde saldrán, aunque en corto niimiero, los 
?^^^^fesi yerdaderamente peligrosos, éstos son los que atacarán al 
^^^^Pe y serán vectores del virus. 



a alimentación de los machos, que desde lu^o no se alejan 

dt los sitios de nadmíento, es muclio niás fácil en las cercanías 
dtJ ambteote doméstica por la fruta, las hortalizas, ios desiperdi- 
C10S, las substancias azucaradas que se hallan' en las cercanías de 
!a vivienda. 

4.° Y, por fin, las "aguas peri domésticas" ofrecen cómodo y 
accesible ambiente, muy próximo, para la puesta de los huevos 
Es difícil reconstruir el proceso de domesticación de especie: 
¡.niniales en gran parte ad'aptadaiS en modo definitivo a, un ciertq 
tipo de convivencia con el hombre. Sin embargo, en el caso de lo- 
auofeles no es imposiible intentarlo, en primer término, porque la_ 
mismas especies domésticas, como el A. mciculipennis en Europs 
m han perdido del todo las costumbres que podríamos llamar ses 
-. :Uicas o silvestres, o cuiaaido menos, conservan la posibilidad <zz 
adaptarse a iin ambiente natural en que los factores físicos y biol^ 
^'icos se alejan considerablemente de los que constituyen el ambie»*^ 
le doméstico. Recuerdo, por ejemplo, que en 1918, yo encontré en 
i»es de enero en ila altiplanicie de los Monegros. en el alto Arag^E 
región de estepa extremadamente fría, hembras hibernantes de _ 
hi-Gcwlipcnnis en pleno campo, lejos de las -habitaciones human .s 
í'trarecidas en grutas naturales, de dos o tPesl metros c!e profun^« 
dad, de un metro a dos de altura, excavatías en un. terreno 
margas, oon escasa vegetación en torno. En sepurKlo íiigar. ^xw aB 
especies muy afines a las propiamente domésticas son capaces 
Iransmitír el paludismo y de establecer contactos con la esp&í* 
humana y con d aml^ienle doméstico, como aoontiece en Eurc»-J 
con el A. bifurcaius, muy especiídmente en relación con el pas^t 
leo y con el tipo de habitación primitiva representada por la ct^ 
xa, la cabana, e! abrigo improvisado de los trashumantes. 

Para conocer cómo y en qué proporción actúan los diferen.'* 
faetones de domesticidad y podlerlos neutralizar o eliminar p^«- 
impedir o aminorar la permanencia y adaiptadón de los anofe"* 
vn la casa, era preciso emprender el estudio disociado de cada i*^ 
dfe esos factores. Trátase de una empresa difícil. Sin embarg;o, Z 
he establecido d programa de este trabajo, que ha sido empr^^ 
dido este año en el delta dd Ebro y que probablemente será cc^^ 
ducido al mismo tiempo en el delta del Danubio, en Rumania, p^" 
el profesor Zotta, parasitólogo de Bucareet, bajo la dirección ^^ 
profesor Cantacczé.ve y en el delta del Po, bajo la direccióai ^^ 
profesor Ottole.vghi. Las condiciones del anofelisnio en los gr^^ 
cíes deltas son en extremo favorables a un estudio de esta na- "• 
raleza. 

Citanto más ahondamos en el oonodmiento de los factores 



I 
I 

i 



— 213 — 

endemia dri paludismo, cuanto más disponemos de datos proceden- 
tes de txxlas las r^ioñes palúdicas de la tierra, tanto más cüaro 
apaji^ece el hedho de que las especáes de anof des . realmente peli^ 
gxosas, kis verdaderas transmisoras de la infección, son las, espe- 
cies domésticas. Dd mismo modo como se puede afirmar que prác-^ 
ticÉwnente, en Europa, el A. mactdipennis, quizá alguna de suü 
víiritedades, como el A. elutus, es el verdadero responsable de iá 
endemia palúdica, se puede afirmar también que lo esl en muchos 
Iusa3:es de lia. Argentina el A, pseudapunctipennis, secundado en 
menor proporción por el argyrotarsis mienitras los verdaderos trans- 
niisoress en el Brasil y en dias regiones tropicales de la América del 
Sur, son este último y el albimanus, cdmo el crucians y el cuadrí- 
^rtacidatus en a América del Norte*. 

Algunas especies, características de dteberminados ambientes, 
como el pseudopictus europeo, el A. sinensis, que puede considerar- 
s>e como el anofele die los arrozaBes en la costa de Asia, se hacen 
'^''«ctores dd virus, sóJo cuando el hombre acerca al ambiente na- 
tuTaíl de desarrollo de esas especies su propia habiteición. 

Examinemos ahora, muy someralmente, cuáles son los efectos 
^iUe, desde d punlto de vista biológico, determina el ambiente do- 
'i^stico por la intervención de sus diversos factores, ya estudiados 
sobre losi anofdes. 

Carlos Chacas^ que tanto ha insistido sobre la imiportancia de 
]^ casa en la qpidemáología y profilaxia dd paludismo, y Godoy, del 
^fístituto Oswaddo Cruz, han hedho resaltar una primera consecuen- 
cia muy interesante: la influenda sobre la longevidad de las hem- 
^ras y, por tanto, sobre la mayor propordón de hembras infectadas, 
portadoras de ovoquistes, capaces de llevar a término, antes de la 
P^testa de los huevos, el ddo eAX>lutivo anfigónioo del parásito del 
P^udSsmo. 

El retardo en la puesta de los huevos, no sólo contribuye a la 
t-osibiiBdad de desarroJb de los esporozoitos, esto es, a trasfonmar 
^^ transmisores de virus propiamente dichos, los insectos infecta- 
^^s, sino también a aumentar la probaWlidad de la tníjnsmisión 
t^ la multípKddad de las picaduras y a disminuir, en la misma 
^^idad de tiempo, la cantidad de hembras que sucumben a la puesta 
^<i los huévois. 

Es muy posible que los anofeles nacidos de los focos de larvas 
Peridoméstícos o, en general, de aguas que no corresponden al tipo 
^atural de amlbiiente hídrico de la especie, sean luego menos resis- 
tentes a la infecdón por Plasmodium, más antropófilos que zoófi- 
J^, menofe capaces de volar a distancia, y en derto modo definiti- 
vamente adaptados al conjunto d)e factores que definen el ambien- 



te doméstico. Los trabajos de Alessandrini tiesideii a deiiioslrar, ^H 
con datos muy interesantes, esta hipótesis. Quiero reoordar que 
B'\CHMANN, entre vosotros, había hecho resaltar, si bien incidcn- 
talmeote, observaciones análogas recogidas eii Faniaillá al estu- 
diar las costumbres domésticas del A. pseiuiopunctipennis: "las 
pocas larvas — dice — que se encuentran en las aguas estancadas si — 
tuadas cerca de las casas, ¡han de ser la descendencia de amofelcEs. 
i¡r.pos¡bilitados, por cualquier ra^ón, para iJegar hasta los lugarer í~í 
más o menos lejanos, pero adecuados! para criaderos". 

El estudio del índice esplénico, corroborado por el índice hei_ 
matológioo en los niños, ha demostrado en todas partes la enortc-^je 
importancia de los niños como reservas de virus. Aliora bien, es-^3_ 
conclusión establece, ipso fado, la extraordinaria importancia ^3.^ 
la infección domiciliaria, puesto que los niños, en partícular -^i* 
corta edad, penmaneceii la mayor parte del itiem-po en el interi.-«:»T 
cíe la caisa o en el ambiente doméstico. Asi, los niños son, al pny^:»i« 
lienupo, índice de la intensidad de la infección domiciliaria y a ^u 
vez, fuente <te la infección de los anofeles domésticos. 

La aparente paradoja de 'las epidemias de paludismo que ^^^s- 
tallan en ocasiones en comarcas con miuy limitado anofelismo. at 
e.';plican con el estudio dfe ios focos dlomésticos. En Rusia, en l-ss 
provincias del Norte, niu}' especial mente en la de Arkangel j d 
coeficiente del paludismo endémico manteníase ix>r liebajo del 35 
poT 10.000 habitantes antes de ia guerra. En igzi. esta c^f^J^ 
subió a 176; en 1923, había alcanzado 409. Los barrios perifé*^'" 
eos ás Ja propia dudad de Arkangel, que, como se sabe, se Ha "^ 
situada a más de 60° de latitud Norte, estaban infectados ha^-^ 
d punto de ser positivos un 50 por 100 die los (^)irert>s de las íhbc '- 
cas. En el distrito de Solvytchégodsk se llegó a 3.450 palúdicc^^^ 
cutre 10.000 habitantes. Este brote se explica, en clima taii frí*^' 
for la importación de vii.rus desde el frente, en un ambiente di^^" 
niéstico en quiq los anofdes encuentran todos los deinentos nere 
sanos a su reproducción y a su persistencia, y los encuentran &ó\c:^ 
allí, sólo en el perímetro del domicilia humano. 

La aglomeración, el hacinainienito de gran número de seres 
humanos en habitaciones reducidas, en domicilios improvisados, 
constituye en ciertas condiciones, un factor epidemiológico de tt- 
traordinaria importancia, estrictamente ligado con los caracteres J 
del ambiente doméstico. Si éste conserva, en tales drcunstandas, J 
el tipo de la habitación, rural, con aguas peridomésitícas descuida- ■ 
das, desde el pimto de vista, malariofógioo, con aves de corral y 1 
animales domcteticos, enlbonces !a Bituacióu puede alcanzar una I 
iníixima gravedad y dar lugar a verdadeiros brotes epidémicos. He- M 



— 215 — 

inos observado personalmente vxio de los casos niás acentuados, on 
los campamentos de refugiados griegos procedentes del Asia me- 
nor y de la Tracia en los alrededores de Salónica en el año 192.3. 
U morbilidad y mortalidad, palúdica, ailcanzaron, en los pabello- 
nes y en las bairracas en quie huibo que hospedar esta mtidiedumbre, 
proporcionesi elevadísimas. 

La casa ha sido y es el foco de endemia o "unidad de medida 
¿t endemia'', y en la casa, ení d domicilio común a los iiuügenas 
estalbles y a los recién venidos se estableben lois oonttactos quie avi- 
van la virulencia de los gérmenes importadois dfe fuera por estos 
úitimos o la de ikte gérmienes auitódtonos, en parte adaptadas por 
una especie de simbiosis a reacciones orgánicas relativamente apa- 
gadas, yi que de improviso se exaltan. 

El problema del "ambiente doméstico" como factor f unda- 
infc ntaj de la endemia palúdica sie plamtea, pues, en los términos 
sigmentes: "el nmnero de anofeles domé&ticos que, en im perio- 
do de tiempo suficiente para el cttcdo aníigónico dd parásito, per- 
i-^^nece en cootacto con la pobiíacián portadora de virusí y con la 
f^oUación sana, en un mismo domidlio o en domidüos cercaaios de 
'^^I>o rural, constituye d verdadero peligro y es la base biológica 
^^3 foco endémico". 

La consecuenda más importante que se desprende de este 
^^^^njuíito de observadoneis y de la oondusión a que hemos Ikgado, 
^^ la siguiente: que práaticajmeníbe sóloi importa destriwf los ano- 
^^les domésticos, o impedir que se establezcan en las habitaciones 
*^ vímanas, disminuyendo ai' propio tiempo los factores dtei domestí- 
^"^ción a partir dd desarrollo de la)s larvas en aguas peridiomésti- 
^^^^s hasta la'fadlidad de 'la alimetnadón de las hembras adultas 
í*or sangre caliente. 

El tratamiento intensivo de todos lolsi portadores de virus, la 
^liminadón radical o periódica de Üois anofeles domésticos y luia 
ilacha antilairvaria moderada, económicamente proporcionada al ren- 
^limieníto, limitada al pequeño saneamiento (picola bonifica.), prin- 
cipalmente de las aguas peridbmésticas, constituyen, a mi modo 
Ue ver, los procedimientos realmenite útjiles, eficaces y prácti- 
cas, para una campaña anitipialúdica encaminada a mejorar la si- 
tuadón sanitaria de una comarca determinada. 

El ejemplo deí las grandes em,presas de saneamiento hidráulico 
y agiricola, es, a este nespecto, extrordinariamente educador. La 
"grande bonifica" permaíneoerá, es inútil dtedrlo, como una de las 
magníficas pruebas del ímpetu vital y del espíritu emprendedor y 
vigoroso de ItaHa, que acometió dl¿de mediados dd siglo xix, 
mucho antes que se comocüera el medio dé transmisión dd paludis- 



^pd 



lo u o 

y M 



n¡o *el fomiidablie probLema <Je hs tierras insalubres y diespc 
das, intentando resolverlo a un tiempo, desde el punto de vista 
nitario y leconóinico, con la dotuición certera de que d bienes 
económico, consecutivo a la máxima explotación agrícola, lra< 
consigo el mejoramiento de las condiciones higiénicas y, por tai 
lo que se ha insistido en llamar con luia palabra ambigua el " 
iiepmiento", "il risafiamento" de la región. Pero el lenguaje a¡ 
tinco no admite el empleo, aunque dfe un modo inconsciente, de 
palahrais de doble senlñdio. Si se halla die saneatnientc, es prec 
(|-iie se sepa con exactitud si se quiere entender saneamiento a^ 
cola o saneamiemío higiénico; y cuando se habla de saineamie 
higiénico liemos de puntualizar todavía si los resultados que i 
])roponemos alcanzar lian de leferirse in tato al bienestar higión 
de la población, o bien a !a eliminadóo o disminución de uno u o 
de Jos factores patógenos locales más o menos i^lacionados c 
condiciones del terranio inculto. 

La "grande bonifica" ha costado al estado italiano y l 
consorcios o asociaciones agríodas, mil¡ardk>s de liras. Las ob 
de desecación y canalización que todos los malariólogos del muí 
hrui adimirado en el Véneto, en la pro\iincia de Ferrara, en tan 
otras comarcas de Italia han dado, es cierto, como resultado, y 
1 án en el porvenir, urna gran riqueza agrícola, un gran reirdimie 
de productos sobre un| sudo ant^ anegado e inJiabitable. la e: 
l-i)ización de una población antes ñuctuaiite y fxtreroadamente 
ra y pobre. Pero es prediso que se sepa que ésta ha sido la ñn 
dad, y que la inversión de loe capitales se ha hecho para esto, 
para lograr un saneamiento higiénico, desde el punto die vista a 
especialmente antimalárico, antipalúdico, porque d ambiuitej 
lúdico persiste, intensificado en algunos sitios, modificado en <m 
limitado en gran parte ; persiste con las ^¡uas peridomésticas,'^ 
la concentraciórr domiciliaria de los anofeles, con la creacjói» 
los cien "fooos domésticos" de endemia. Al lado de los canales 
desagüe y de los grandes collectores, que abocan hada el mar a> 
máquinas hidróvoras y que han substraído al endiarcamiento 
léril, oentenares de hectáreas, el malariólogo encuentra, sin * 
largo, los focos de larvas de anofeles en los desagües domésticos, 
las pequeñas acequias del huerto diminuto que rodea a la casa, 
la alberca, en las cunetas, en los htreoos de sacatierras de 1: 
leras, de .los caminos o de las sondas que se escapan y se escan 
durante mucho tiempo a la vigilanda y a M misma previsiól 
ingeni'ero que proyectó y llevó a cabo la formidable 'labor. 

Evitemos los en-ores dd pasado, precisamente para i 
la verdad de la doctrina, conquista admirable del espíritu 1 



- • 217 — 

no en las postrimerías dri siglo xix; y para lograr que los re- 
sultados de su aplicación práobica se ajusten a la demanda^ impe- 
riosa de nuestro siglo pragmatísita, que quiere la máxima eficacia 
con él mínimo esfuerzo y que se prepara, con la prudencia deí que 
^a conocido el peligiro, a la oonlquásta de los territorios en quíe la 
infe6dán palúdica representa d mayor obstáculo al avance de la 
cunüzación, cuyo símiboJo es la casa. 



consideraciones generales acerca de la 
farmacología 



Profesor Str^ub 



La Farniaioologia táene piar objeto el estudio de las modificacifv 
iies que experimeirtan tos ppooesos vitales tajo la. influencia de Ja? 
substancias químicas; es, por lo tardo, una de las muohas ciencias 
que contribuyen a formar da Miedicána. La dtefinición se hace así 
lan amplia como posible, paira mostrar que se trata, al fin y al cabo, 
de una ciencia que por muchos conceptos puedie considerarse como 
ciencia pura. Sin embargo, si sie estudian únicamieiitie los procesos 
vitales para noaotros de mayor interés, como son los del hombre, 
se hoce el campo de la Fanmaooíog'ia más nedíucido, adquiriendo un 
carácter aplicaitivo; entonces el efecto de te influencias provoca- 
das por las sub&taaicias químicas lo traducimos como utiütario o 
perjudücial, y donsidenumos JTespectivaniente la substaucia química 
como medicajmento o oomo veneno. Agregúese, ademas, que ai d 
mismo cbmpo de !a Fanmaoologia aie oompnende el concepto de es- 
fermfid'ad, por lo que podiemois decir que la Farmacología es la 
ciencia médi'ca en la cuai' se reúnen y oondiensan de manera equi- 
valente Jas teorías y los hechos die la Química, de la Fisiología y 
de la Patología, 

La Química nos proporciona el concepto material de cantidad, 
mostrándonos qiíe entre utilidad y diaño sólo existen, en ciertas cir- 
cunstancias, diferencias cuantiitativais ; es decir, que una misino 
substancia puede prodiici-mos ambos efectos. Por ejiemplo, el fós- 
foro, en reducidas cairtidadles, favolreoe el crecimiento óseo, iráen- 
tras que en mayores doisas perturba considerablemente el metabo- 
lismo de la grasa. -La cafeína en pequeñas cantidades incrementa 
nuestra gem'alidad, mientras qufe en mayores cantidades provoca 
confusión psíquica. Aparentímieiibe podría creerse que tal disdís- 
mo de los efectos' se debiesle a algún mecanismo misterioso, míen- 



— 219 — 

tras que d. esítudio analitioo diel niásimio nos reduce dácho misterio 
a un nijero feaiánieno quáimiao. 

Especular sobne prodesois vitalm tieiue poca importamcia far- 
macológica o filosófica. Pero d estudíio fairtmlaaológico nos oWiga 
en todos los casos a aaeptar la caieenria y d dogma dJe que todos 
los f ¡enómenos quíe se diesarrallain en los seres vivos no son más que 
fenómeniois dje natu'raliezaa física o químáca, así cKwrto que los medi- 
camientos no 9on otara cosa que siubsrtsamicdas químicas más o menos 
definidas. Por lfc> tiamjto, todo el campo die nuestro estudio se reduce 
a un pnobl'ema de Química' : la química (Je las 'reaociones vitales, en 
cuanto son influenciaKíes por substandias quimicais. La entropía de 
la Farmaioologíía tiejAde,, por lo tanto, a reducir todas las acdones 
curativas o tóxicas a reglas puramnente químicas» reohazandlo todo 
misterio inexplicable y pensando quíe todo lo que hoy no podemos 
explicamos químácaímtentei, será, más tarde o más temprano, un 
puro profMiema de químicía. 

Esta naturalteza dIe llois prooesols faírmadológioos tilene que ser 
defendida, aun- para laqiudlobi claisos en que los fenómenbs vitales no 
<e nos ofriieceni a nuestros sentidos con d aspecto dle fenómenos 
quimioos. Mientras que, por ejemplo, es cosa evidiente que la se- 
<:r€c¿ón' de la orirta es un fenómieno químico, y que, por lo tanto, el 
incremento de lia diuresis por d dorurol sódico es pura química, es 
meníos clano que la aotividlad muiscuter, la conductibilidad nervio- 
sa, etc., en doñicfe d efecto se expiresa conno fenómeno fbico, sean 
de la misma niaituraleza ; peiro tamíbién, al fin y al cabo, estos fe- 
nómierios tienen k misma natulnaleza que el primero, como tamibién 
ban de considierarse die Ifei misíma maníom los' procesos psíquicos y 
espiri'tualíes, así conx) sus modificadones por la narcosis o d al- 
cohol. 

Desgraciadamente, son miuy raros los casos en los cuales la 
Farmacoliogía puedte permanecer en un terreno puramente químico, 
teniendo que dietenerse con fmecuenriía ante fenómenos vitaiíes mo- 
dificados fisiodógicalmejT/teí. Por esto puedie ser de utilidad introducir 
o utilizar una comparación química. 

Si se tiene una soíución de cloruro bárico y se agrega áddo stil- 
fnricoi, sie produce un predpitado blanco de sulfato de bario. El 
cloruro bárioo, el ádÜo sulfmioo) y d sulfato de barno que se ha 
producido no es para nosoftros más que un material anatómico 
muierto». La antilogía con la vidta es el/ procfeso de la pTedpitadón 
imisma, que para nosoferos esi fisiol>ogi!a, porque es reacdón. Si la 
fisiología no nos presenta fenómenos de esta sencillez, puedfe con- 
siderarse, aá fin y al ctíbo, como xan- sistema dfe reacciones. Cuanto 



inayar sea eJ niúroero de los demenitoB que en este si 

nal intervienen, tanto mías tomajá d carácter de uo proceso vivo y 

liarecerá diferenciiaírse die una( reacción química. 

La reacción Ci^ Ba -|- SO^ H3 se desajToJla con una velocidad 
explosiva oonio reacción iónica, es decir, se nos ofreoe con dema- 
siada irajpidez paira que nosotros podamos ver u observar lo que 
durante ella se vorifioa. 

Pero si buscamos otro ejemplo, como la acción delí agua oxi- 
genada sobre el yoduro potásico, la Química escribe este proceso 
asi : IK -j- H,0, — KO¡ -f 1= + H^O ; es decir, como una reac- 
ción de oxidación no muy distinta de la que se verifica en las oxi- 
daciones vitales poír el oxigeno de ¡a sangne. 

Con esta' oxidación tiene de común el que para db6ervari& de- 
bidamente neoesitamos un tercer elemento que como verdadero ór- 
gano sensorial nos permita seguir claramente el proceso de la oxi- 
dación ; por ejemplo, d almidón que nos indique cuándo y con qué 
rapiidiez se desarrolla I& rieacción. Sí, por lo tanto, al sistema ante- 
rior agregamos allmidón como órganoi dé visión, obsCrvamofe quess 
el pnooeso se ¡realiza mudio más lentamente que antes habíamos^ 
observado con ]a precipitación diel sulfato de bario, dura mtidio^^ 
segTindos y la podemos observar más cómodamente. 

Supongamos que esta OTeacdón se nos desarrolta con demasiad^^ 
lentituid. En este caso, buscamos otra tercera substancia que nos I^^ 
acelere, tal como una sal' de hienro, de la cu&l sólo necesitamos 
gar reducidísima cantidiari al sistema. Así curamos a esta reacciói 
de la pereza con que se desarrolla, y tenemos, por lo tanto, en t : 
sulfato de hierro el medicamento de la reacción. Bajo su ijifluenci^^ 
ésta se desamalla con el carácter de una verdadero convulsión. 

Si investigamos anaitómicaimente la reacción en los dos caiSO^^ 
es decir, después de haberse desarrollado lemita o rápidamente, y un^ss 
vez que ha tianscuirrido por completo, encontramos siempre lo^-" 
mismosi productos finales de reacción y en cantidades exactament"^^ 
iguales. Pero además encontramos también, y completamente inaC- 
terado, el medicamento de la reacdóni, el hierro, al cual' poden n^ " 
utilizar repetidamente con los imismos fines. Y asi sucede con t^* 
mayoría de los miedicamentoe. que aparentemente tienen accíon ts-^ 
para nosotros mili^rosas. 

Si tenemos im sistema viviente, la rana en convuilsíbnes produc^^ 
das por la estricnina, por haberle ínyectido un cienmiligramo (t-^** 
estricmna, ¿cómo pódanos hacer la oomparación? En la ran& noc^^" 
nial se desarrollan (las reacdones en la medula con gran lentitndK^ 
si se excita una pata, se contr&e esfa pata, y quizá también la oti 
' pero no dbr^Oppoffmgajttaosquie Ta coanátiiecíi 



ÜÉÉU 



— 221 — 



I 



ciones sen^ivas tieníe en la mediáa un imecanismo dé dtesistencia 
muy intiesnso y de bastante utíldiad que cocididona que un estímulo 
en una extremidlad no «e traduzca csn una reacción de la obra. La 
eatricrana elimina o haoe desopanecer este mecanismo de resistencia, 
por lo que la reacdón química de respuesta a un estímulo sensitivo 
se vuidve convtulsiva,' igual que hemos visto sucedía más arriba con 
la oxid^ón del potalsio bajo la influencia del hierro. Y ¿qué su- 
oeide con la estricnina? Si macieitamos lais ranais, podemos voíver a 
extraer, por medio de procedimien/tos adecuados, toda la estricni- 
na, la cual, inyectadla de nuevo a otra Híana, nos produciría !a mis- 
nia acción, de manera semejanrte a comía hemos visto sucedía en el 
ejemplo puramente qnimico en el que d hierro ejercía la acción 
ínedicamientolsia. 

Otei leacdón. La sangiie y el peíróxidb de hidrógeno neajocionan 
entre sí violentamente, ,dian|do lugar a un desarrollo explosivo de 
oxígeno por la catallasa de la sangre. Esta reacción se nos desarro- 
^'^3 con demasiadía rapidez, peno la podemos frenar graciias aun tóxi- 
co ibien conocido: ef ácido prúsico. Parece como si en el síísftema 
^ntoxicadb no pasase nadía; como si nosotros hubiésemos provoca- 
^^ la muerte del pilojceso. Pero no ocurtre esto, puesto que si obser- 
^^^^^^tiios exaictamente, noftamds un dielsaiiiroJto de gas, aunque mucho 
í^^ lento. Lo único que hemos hecho ha sido provocar una cierta 
^^^ibición o parálisis dfe la neaodón. Este proceso tiene más d asr- 
P^cto de un müagio, aunque sin serlo tampoco, toda vez que es po- 
^^bjie realizarlo sin necesidad de íta pnesenda d)e la substanda viva 
'^^Prsesentada por la sangue. 

Si toimanios un material realmenite inerte, como ^tíno coloi- 
^^1 y agua oxigenadia, obsennramos idéntico desprendiimijenito de oxí- 
^^po, pudiendo tamihién influenciar o intoxicar esta ^reacción con 
^^■do prúsico, y preicisamente de h¡ misma manera, es dedij, inhi- 
P^Qndo, pero no matando, toda vez que, pasado algún tiemipo, se 
^^tauíra el desarrollo de gas, y bs canítidades d|e o^dgeno despren- 
^^dsEts al final son exactamente fes mismasi en d sistema normal co- 
^^^ en d intoxicado. 

Si volvemos otra vez a nuesitra anana, que está aún con sus oon- 
"^^feiones estriicnínttoas, d análisis fisiológico de la función nos dice 
^^*e en dicha rana es únicamenite la medula d órgano cuya función 
^^ ha nnódifiicadlo, porque todosi los otros órganos están coimpleta- 
^;*^eíiiíte inalterados ; d cerebro, los músculds, d corazón, etc., per- 
^^t!en normales en sí. Es, por lo tanto, únioanHente en fa. medula 
^^nde la estriicnina ejerce sus efectos. Esto nos ofrece también el 
^Peicto de «un misterio vital. Tengtamos en cuenta qii:¿e la centésima 
P^^^te de un «nilig!raltno de estricnina iníyectadb® bajo la piel de la 



Je 01^' 



I puecLe ejercer su acción sobre todos los órganos, porque < 
todos se pome en contaiofo por medio de la sangre, y. sin emliar- 
go, la acción es colectiva sobne Ja n^diUa. 

Pero también tenemos on la Quiímiica procesos parecidos. He- 
raos visto quie la pereza con que se desarroJla la aoción del toJu- 
iro potásico y paróxádo de hidrógeno puede curarse con el hierro. 
Esto .puiede producirlo sólo ei hierro, y no, por ejemipJo, el co- 
bre, como porfiemos observar en una investigación comparativa. Por 
el contraírio, hay una reacción de oxidación muy coniocióa, la oxida- 
ción de h¡ bencidina ipor el anismo peróxido de hidrógeno, dando 
higar a una suibstancfei azul, qaie se desanroUa muy lentamente, y que 
nosotilas no podemos acelerar con el hierro, pero sí con el buI- 
3 de cobre que, a su vez, es inactivo para la oxKlacióii del yo- 
duro! potásico. Por lo (anto, 5a electividad o, como también deci- 
nH>s, la especificidad, conoce también la química de la materia 
inerte. 

Peiro no abandonemos nuestra rana estrionj^ada, que tiene aun 
en sí miidhos probJamais de apariencia misteriosa,. Un. denmiligra- 
mo de estricnina es capaz de ejercer ii^na acción tan intensa que 
convierta a la rana en un atleta, lirruitándose sui acción, como he- 
mos visto por el aiiiálrsis fisiológico, a !a modula, Piero ¿ dónde 
esitá h estricnina? El análisis químico noa permite extraer de nue- 
vo la estricnina de la rana, y si analizamos aisladamente los distin- 
tos órganos, encontramos la mayor cantidad en h. añedía, y sda- 
mtnte nunimais trazas en. ios rrestanites órganos. En este hecho te- 
nemos realmente el milagro die la materia viviente: la especiticidad 
de la acción es unía consecuencia de la repairtidón. Y esto lo i 
de también la química de Ja maiCeria inerte 

Veamos uní ejemplo interesante de Ja Tieparticíó-n en ■ 
vivo. Si al líquido nutricio saJino de un coirazón aislado y vivo í 
rana le agre.sBmos una. pequeña cantidad' de violeta de metilo, 
solución salina se colorea intensamente de violeto. Si anaJizai 
las CHDMsiecuiencia-s de la adición de esta substancia colorante, insís 
biendo las conitriacciones tlel corazón por medio de una palanca' t 
un dilindro registrador, percibimos que los sístoles se hacen c 
vez más pequeños, ascendiendo progres i \-amence Jos puntoa i 
inferiores de la cuirva hasta quel, por último, d corazón alcanza utí^" 
estadio de contraoción miáxima, sin .re&Jizar el más pequeño diásto- 
íe, exactamente como ocurre en la intoxicación con substancias 
digitálicas. Simultáneamente con este aumento progresivo deJ t 
tado de contracción] del corazón, observamos que la sjartución sj 
, na se ha decoíorado paraldamiente. mientras que el corazón i 
|quiere rni coílor vioJeta intenso. Por tanto, con la accióai ha i 




— 223 — 

sado 'la materia cokxran'te desdle la solución acuioisa aj cocrazón. Y si 
ahora imtjentainas laivaír a dicho árgemo con mucha solución sali- 
na, no logramos separar la materia ooloratnte ni logramos tampo- 
co que d ooffiazón pueda vüivier a cooitraerse. Nos encontranios 
aqii, por tanito, con un problietma dle iiepairitídón eispedfica pareci- 
do al que observanDos en la rana estricnizada, y de la misma ma- 
nera que podemos dledir que d corazón se ha impregnado dle violen- 
ta dfe metilo, podemos afirtmar en otro caso que la medula se ha 
colonealdo con estricnina. 

También podíemos reprodtirir esíte experimento con material 
inerte. Si en una probeta de loo c. c. agregamos a la misma solur 
ción de violeta dle metilo una pequeña tíantídad dle alcohol amí- 
lioo, la «soltidión dle violeta de mietillo nos meprnesenta d mismo pa- 
pel que d Kquidb nutricio, y d alcohol amíUoo al corazón. Si agi- 
tanaos est|e sistema de la misma manera que d conlazón ha agita- 
do con sus sístoles la soludón salina coloreada, vemos que toda 
la soi'bstanda coloreada pastEi al alcohol amüioo sini que quede nada 
en el agula, qtoe se deooldira por completo. La snbsitanda que había 
en 100 c. c. de soludón aouiosa se ha reunida) en lo c. c. de alcohol 
amílico, d cual se colbrea por esto mudio más intensamente de 
'o que lo estaba la solución aouotea. También d coirazóni adquiría 
'»in tono de color mucho más intenisoí que d que tenía su líquido 
nutricio, mientrasi que el volunDen del miocardio era no más que la 
^ciitia parte diel volumen dle la solución salina que te irrigaba. La 
^Hatería colarante se ha almacenadipi, por tant-o, en d corazón, lo 
^^ismo que en el alcohol amílico, aumenitandio su concentración. 

La estricnina de la medula puedle sor extnaíicja inalifceirada e in- 
y<íctada a otro rana. También podemos extraer fe. materia colo- 
i"*iti!te del corazón si heinvimos a éste en alcoboil absoluto. Eniton- 
^s venipis que había penmanecirio inialtierada y que es capaz de in- 
toxicar die la misma maniera otro corazón. Por tanto, d milagro de 
*^ €!specificidad dle la repartición puede también reproducido la 
Quimica con material inerte, desencantándose en este caso en for- 
^^ de un píxxreso físidokiuímioo de inepartidón entre dos disol- 
^^tes, según d coefidente de repartidón. 

I>e esta manera se desenmajscara ttaibién el) fenómieno de la 

^^tividad )de las dosis más peq,ueñaB. Una fracdón de miiigtamo 

^^ atropina paraliza al máxtlmum la pupila. Las terminaciones 

J^^ motor ocular oolmún se apodleran dle ella, pero como la masa 

^ cJSdhas terminadones /no tendlrán acaso d peso de un miligra- 

^^» observamos qule no existe neíaímlente unía faíita dé mdadón, 

.^ despropordón entre 'doisis y órganb soljre que ejetcen su. ac- 

'^. Estas terminadones adquieren tanta cantidad de atropina 



— 2¿4 — 

como el corazón de la rania o el> laUcohol ^axtúiicx> se apoderaban del 
violeta de metílo. 

¿Cuál es el sentido o la significación de estas consideraciones? 
No admitimos que la acción de medicamento alguno se deba a 
misterio de ninguna clase, porque todos los fenómenos son en prin- 
cipio susceptibles de reproducción con materiales que carecen de 
(oda vitalidad. 

Únicamente podemos considerar como un milagro lo que la- 
química aun no puede explicarnos, por qué el hierro únicamente 
cataliza la reacción del agua oxigenada sobre el yoduro potásico 
y por qué el cobre no puede hacer lo mismo, por qué una stibs — 
tanda colorante colorea la lana y no la celulosa, como lo 
otras substancias, o por qué la estricnina únicamente intoxica 1; 
meduía y nio el corazón. Pealo todos estos milagros son inexplL^ 
cables por la limitación de nuestros de análisis. Su expíicación p<^ 
demos dejársela ooníiadbs a la química, la cuail llegará un dL- 
que nos podrá resolver el problema. Mientras tanto, discurram< 
confiados por el campo de la química y permanezcamos materíali 
tas en todos las cuestiones de la curación por medio de medí 
mentos. 




TRABAJOS ANALIZADOS 



Ha£puder y Spitz.— iAoeroa de los trastornos del metabolismo en 

la gota. (Zur StofFwechselpathologie der Gicht.) Klin Woch, Año V, 
número i6, 1926. 

El metabolismo de las purinas en el gotoso se caracteriza por la escasez 

-^ la eliminación de ácido úrico por la orina bajo un régimen libre de pu- 

•inas, al mismo tiempo que el nivel de ácido úrico en la sangre se encuen- 

^ ^ más o menos elevado por encima de las cifras normales. Brugsch y 

^c:bittenhelm han encontrado que el 43 por ico de los gotosos eliminan por 

a orina cantidades de ácido úricq que no llegan a 0,3 gramos diarios y que, 

*oi- lo tanto, quedan por debajo del limite inferior normal. 36 por ico tíe 

stos enfernws eliminan, en cambio, cifras normales correspondientes al 

*iriitej inferior, entre 0,3 y 0,4 gramos diarios. En 21 por ico de los casos, 

^ eliminación es normal y oscila entre 0,4 y 0,6 gramos, mientras que otros 

utores no han encontrado nunca cifras altas de v eliminación de ácido úrico. 

•ri el gotoso, la concentración de ácido úrico en la orina es también baja, 

■según Tannhausejr, no pasa de 50 miligramos por ico e incluso puede ser 

f crior a la concentración del ácido úrico en sangre. Por otra parte, las pu- 

^as administradas con la alimentación las elimina el k^otoso de un modo 

tardado e incompleto. La cifra de ácido úrico en sangre, que en las per- 

nas normales con régimen desprovisto de purinas no pasa de 4,5 miligra- 

)s por 100, alcanza en el gotoso 6 u 8 miligramos y llega a veces hasta 

ó 12. En las fases preliminares de un acceso de gota desciende la elimi- 

ión de ácido úrico por la orina aun más de lo que 3ra estaba descendida; 

"cnta, en cambio, en pleno acceso, para volver a disminuir considerable- 

te en el momento en que el acceso va transcurriendo y ascender final- 

e hasta las cifras bajas que se encontraban antes del ataque. La inter- 

ción exacta de estos fenómenos no es posible establecerla de un modo 

itivo. Esta interpretación resulta fácil para los casos de gota renal en 

le a causa de una afección orgánica de los riñones puede admitirse una 

ion en la sangre de los productos de desecho del organismo y entre 

!el ácido úrico Dependería por lo demás de los tejidos el hecho de que 

)s casos apareciesen depósitos úricos y en otros no. En cambio, en la 

liopática de Tannhauser falta clínica y anatómicamente todo trastorno 



orgíjiico de los.riñones, y en estos casos divergen considerablemente las 
opiniones acerca de la patogenia. Tannhavser admite que también en estos 
casos la causa inmediata de la eníermedad está en; el tejido renal y según 
sit opinión, se trata de una alteración variable y puramente funciona! de la 
eliminación del ácido úrico ocasionada quizá por inflencías desconocidas de 
otros órganos sobre el riñon y capaz de ser corregida por ciertos medica- 
mentos como el atofaii. Este trastorno de la elimínaciórt explicaría perfec- 
tamente la concentración baja del ácido úrico en la orina y el aumento del 
ácido úrico en sangre. Bkuosch y SfHíTTENaELM consideran, en cambiov la 
gota como im verdadero trastorno metabólico une consistiría en un amorti- 
guamiento de la desintegración fermentativa de las purinas y de la destruc- 
ción hipotética del ácido úrico. La Eormación de ácido úrico estaría de este 
modo obstaculizada, su destrucción se atenuaría y, por último, tanüiiéii le 
retarda su eliminación, con lo cual se explican las cifras bajas y variables 
de ácido úrico en la orina, la eliminación insuficiente de las purinas exógenas 
y las cifras elevadas de ácido úrico en sangre. Umber y Gtjdzent creen que 
la causa de la gota es una afinidad patológica de los tejidos para el ácido 
úrico, que para Umher daría lugar a una penetración patológica en los te- 
jidos de esta substancia y para Gudzent, en cambio, se trataría de una fi- 
jación del ácido úrico por ios tejidos (uratohistequia). 

Los autores opinan que no puede considerarse la enfermedad de un modo 
único y esquemático según tal o cual teoría y describen a este propósito un 
caso de gota bastante instructivo. Determinando en este enfermo las cantida- 
des de ácido úrico en orina y sangre se observa que realmente no podía Ira- 
taise mas que de un gotoso; pero las cifras encontradas correspondían más 
bien a las que suelen darse en la leucemia, es decir, una cantidad muy consi- 
derable de ácido úrico de la orina y una cifra de ácido úrico en sangre 
relativamente poco elevada. En la leucemia, como es sabido, lo caracte- 
rístico es una enorme híper producción de ácido úrico gracias a la in- 
tensa destrucción leucocitaria que tiene lugar, y esta hiperproducdón se 
compensa por medio de una eliminación exagerada conservando, de to- 
dos modos, la sangre una cantidad de ácido úrico algo por encima de 
la normal. Aparte de la leucemia no se conoce ningún otro proceso acom- 
ipañado de una formación de ácido úrico tan intensa. Solamente en la acro- 
megalia y por un motivo desconocido se produce un aumento en la elími- 
nución del ácido úrico endógeno y en el nivel de ácido úrico en sangre; pero 
de todos modos no Llegan en este caso las cifras a las que se encuentran tn 
la leucemia. 

En el caso de gota descrito por los autores había que eliminar la posibili- 
dad de que el trastorno del metabolismo fuese en realidad un aumento del 
H'efabolismo total, ya que en el enfermo estudiado las cifras de nitrógeno eli- 
minadas por la orina eran normales y. por otra parte, la temperatura del su- 
jeto era normal y el peso se mantenía invariable. Tampoco podía demostrarse 
en el paciente tm trastorno de naturaleza endocrina y,, en cambio, en con- 
sjnanda con la idea de una anomalía aislada del metabolismo de las pu- 
rinas, se encontraba la relación entre el nitrógeno del áddo úrico y el nitró- 
geno total, que normalmente es de I : 50. considerablemente desviada a fa- 



— 227 — 

vor del ácido úrico y llegando en algunos días a i : 15. El atofan no produ- 
cid; en este caso ningún aumenta en la eliminación úrica. Cierto es que el 
ácido úrico de la orina aumentaba ligeramente respecto a los días anterio- 
res, pero se mantenía en los límites superiores observados durante todo el 
a^so de la enfermedad sin ninguna influencia medicamentosa. Es sabido que 
la, acción del atofan consiste en acelerar y aumentar la eliminación úrica 
por los ríñones, eliminación que en el caso presente y de un modo espontá- 
neo estaba sumamente aumentada. Por el contrario, podía obtenerse con el 
preparado A T (combinación de atofan con tiroidina) un notable aumen- 
to en la eliminación de ácido úrico, con lo que parecía producirse un cierto 
agotamiento de las reservas purínicas o del metabolismo de estas subs- 
tancias, puesto que ya el último día de /administración del medicamento des- 
C'íacaa el nivel de ácido úrico en sangre y su eliminación por la orina. 

Los autores han estudiado también sobre este enfermo la acción de un 

prejíarado de ácido nucleico de levadura, del cual administraban 10 gramos. 

Su ingestión no iba acompañada de un aumento en la eliminación i:rica, sino 

por el contrario, de un descenso considerable, después del cual recobraban 

^á cifras, poco a poco, su nivel primitivo. Al mismo tiempo el ácilo úrico 

^" s«ngre aur.icntaba muy escasamente. Había que pensar, por lo tanto, 

^G en estas condiciones la sobrecarga repentina de ácido nucleico producía 

^ ^1 organismo una especie de inhibición de metabolismo de las purinas o 

^^' su regulación nerviosa, o bien que el organismo del enfermo provisto ce 

^ Hietabolismo purínico muy exagerado retenía ávidamente y utilizaba el 

njaterial exógeno administrado. 

l^e todas estas observaciones puede deducirse que es imposible considerar 
^^ Sota como una enfermedad debida a un trastorno eliminador por parte 
^^ los ríñones. En efecto, en el caso estudiado, la concentración del ácido 
^"*co en la orina era muy alta y sin niguna influencia medicamentosa lle- 
gaba. en muchas ocasiones a 80 miligramos por 100. En cambio, el ácido úrico 
^^' Sangre se encontraba muy moderadamente elevado. Esta hipereliminación, 
"^*^a impide admitir del mismo modo una anomalía de los tejidos en el sen- 
tido de una uratohistequia y quizá sea lo más lógico suponer un trastorno en 
la Kiestruccióii del ácido úrico con arreglo a la hipótesis emitida por Schitten- 
^^^, con lo cual se explicarían perfectamente las grandes cantidades de 
^•ido úrico en la orina. Sin embargo, tampoco con esta teoría se comprende 
^ Comportamiento del, organismo frente a la administración de ácidos nu- 
c'^^icos. 

Hstas investigaciones demuestran todo lo complicada que es la anomalía 

^^* metabolismo del gotoso y la imposibilidad de aceptar una doctrina 

^Uemática aplicable a todos los casos. Si en unos cuantos enfermos puede 

"^íitar la teoría renal para dar cuenta de los fenómenos observados, en el 

^'^^o actualmente descrito es difícil desechar la idea de un trastorno puro del 

^'^itabolismo, que, en cambio, en otros enfermos no puede demostrarse o va, 

^^inspafiado de dificultades en la función eliminatoria de los ríñones. 

^ popel ique en la eníermedad juegan los tejidos Jconstátuye actual- 

^'^^te un problema muy obscuro, y todo lo que se sabe es que la gota se 



encuentra sistemáticamente caracterizarla por una precipitación de uratoju 
ii'vel de loa tejidos, fenómeno qne parece fundamentalmente debido a X 
auotnalfa fisico-qtifmica de los mismos. 

R. FkailbI 



^HBF.KG.— El problema da la relaalón c^rbono-nltr^gem 

la orina del niño. (Zur Frage des Kohienstoff-StickEtoffverha.lt- 
nisses im Harn des Rindes). Mi^dlsiitisclic Klinik. Año X*II, núrrxe- 



VoiT ha sido el primero <]ae ha demostrado que en la desintcgraciórx Je 
los cuerpos nitrogenados del organisniQ la proporción en la orina del t^:a.r- 
bono que se elimjna con relación al nitrógeno no corresponde cuanli-t-^tí- 
vamente a las cantidades de urea tÜminadas. En esta substancia e] cartao- 
nn se halla respecto a] nitrógeno en la relación d- I2 a 28, y Voit ha po- 
dido observar que en ]a orina de Iqs perros esta proporción estaba des-via- 
da a favor de un exceso de carbono. RtiBUEn, por su parte, observó ta-m- 
bién que estas relaciones estaban fundamentalmente influidas por el fac-t.ir 
alimenticio y utilizaba para sus investigaciones el método calorimétrico, 
fcn lo cual pudo ver que las cifras altas de carli^no en la orina de li^s 
lactantes eran atribuíbles a la cantidad relativamente grande de grasas df 
la alimentació.n. Ulteriormente ha sido investigada la relación C : N de I* 
orina durante la fiebre en el hombre y se han atribuido las variaciones en ** 
eliminación de carbono los procesos de desintegración febril deducien<ío 
de ciertas variaciones oj^seryadas en el a>ciente respiratorio la existencia *3e 
desviaciones en el proceso de combustión orgánica. Regxard había obse*" 
vado ya que la proporción entre el anhídrido carbónico eliminado y el o^^_' 
geno, absorbido disminuía en la fiebre y deducía de este hecho una inhít»*" 
ción de las oxidaciones en el organismo febril que conduciría a un aeúm*-*' 
lo de productos intermedios del metabolismo en los tejidos y a un deseen^ 
del cociente respiratorio hasta 0,5 ó 0,6. Loewy, por otra parte, ha produce 
do neumonías experimentales en los perros por inyección intrapulmonar d -^ 
nitrato de plata y admitía durante el período febri] una variación cualitati ""^ 
va de los procesos de desintegración y «na eliminación de carbono por via^^ 
distintas de la pulmonar y en forma también diferente ; pero en contra d^^ 
este autor, Kraus afirma que en el hombre el cociente yespiratorio no e^^ 
modificado para nada durante la fiebre. Jaquet se atiene a este último modc^^" 
de pensar, y supone que la disminución del anhídrido carbónico eliminadla' 
es debida a una disminución de las excursiones respiratorias y a una (ren-- — 
tilación insuficiente de los pulmones. De todos modos, actualmente no Cxís--^" 
te ninguna unanimidad de criterio acerca de la exagerada eliminación deí=^ 
carbono por la orina descrita en e] febricitante por Loewv. Sceot.z, en etec-^' 
to, na ha podido demostrar este fenómeno y Mofk ha encontrado que real — " 
Diente durante la fiebre se produce en algunos casos un aumento relativo ew- 
la eliminación del car^jono, aumento que por lo demás está con^eodido f 



^- 229 — 

eí margen de oscilación normal de esta substancia. De todos estos trabajos 
parece deducirse que en la fiebre los procesos de desintegración no sufren 
una desviación cualitativa manifiesta. 

Recientemente Bickel y Kaufmann-Kosla, por una parte, y Arnoldi, 
por otra, han visto que en la diabetes^ /mellitus del hombre, restando en la 
Gima la proporción de carbono correspondiente a Jos cuerpos acetónicos el 
resto aparecía sumamente aumentado^ ,<res|>ecto al nitrógeno, resultando de 
aquí una desviación considerable' en las proporciones normales de carbono a 
nitrógeno en la orina. Suponen estos autores que\en el metabolismo de los 
i tabéticos, además de las conocidas substancias anormales de la orina (azu- 
lar y cuerpos cetónicos), ^parecen otros productos de difícil combustión, per- 
:enecientes al metabolismo intermediario. Por lo demás, denominan a este 
ístado "carbonuria disoxidativa". 

FiSHBERG ha realizado tma serie de inestigaciones referentes a la rela- 
:.i6n C : N enj los niñosi en que e] metabolismo intermedio está patológica- 
Tiente alterado. Es frecuente observar, en efecto, niños que a xma infección 
reaccionan con una enérgica eliminación de acetona, lo fnisroo en la orina 
:íue en el aire de la respiración, fenómeno que en la mayoría de los niños 
no sucede. Suponiendo que en estos casos se trata de una desviación en el 
equilil)rio cetógeno-anticetógeno delí organismo, puede achacarse el fenó- 
nieno a varias causas. O b^^" se' trata de una desintegración anormalmente 
elevada de grasas con emigración de estas substancias hacia el hígado, como 
admite Geelmuyden, con lo cual la función anticetógena representada por 
ía formación de glucógeno hepático no basta para contrarrestar ej fenóme- 
no, o bien se trata de que estos fiiños son incapaces de conservar sus re- 
stivas de hidrocarbonados, las cuales se agotan rápidamente y quedan pre- 
<l<^minando las substancias ectógenas, con una desintegración anormal de 
STasas. Habría, pues, para la cetogénesis de estos casos un mecanismo pare- 
cido al de la diabetes mellitus y es muy verosímil que en estos niños pueda 
^^ístir también una carbonuria como la que Bickel y sus colaboradores ad- 
aten en la diabetes. 

Por otra parte, era interesante comprobar s? los niños bajo una alimen- 
tación sin grasas y muy pobre en Jiidrocarbonados eliminan en la orina estos 
^ismos productos intermedios provistos de carbono y, por último, ha sido 
in.vestigada también la orina de |iiños caquécticos desde el punto de vista 
^^ una posible carbonuria. 

Los resultados obtenidos demuestran que lai proporción C : N no va- 

^^3. apenas en diferentes días; pero las diferencias de unos niños a otros 

sqh, en cambio, considerables, de tal manera, que el coeficiente C : N ya en 

astado normal está sometido a grandes oscilaciones. Las cifras recogidas 

Ptr Fishberg coinciden con las de Scholz para la brina de los adultos, 

P^iesto que sus cocientes C : N oscilaban eiltre 0,72 y 0,93. También Bou- 

^Hard, que creía que la proporción C : N constituía un índice de toxicidad 

«lí^inaria, ha encontrado un término medio de 0,87 En los niños enfermos 

*^stU(¡íados por Fishberg (obesidad, caquexia, cetonuria coexistente con una 

'"^{^ción), tn los que quizá había que esperar variaciones del cociente C : N", 

^^^ cifras obtenidas no se diferenciaban de las normales. Únicamente pudo 



230 — 

observnrse una desviación considerable del 
el .'a'or C : N era bastante superior a 1. Heu. 
do til la orina de lactanits i,. rtnaks una b>-\ 
dirá de combustión mayor que la de la orini 
U'í n.;ii * de pecho, vai C-'Jit:ír ha hallado cu' 



i los'V^ 



los lactantes c 
JER y RuBNER han encontra- 
I cantidad de carbono y *uii 
de los adultos. En una serie 
] término tnedÍD del corieuie 
eii cueMión, Ja cifra de i,'i?, y este autor supone. quu i^.^rAS ríños elimina;: 
por la crina substancias que, o bien poseen nn contenido muy escaso de ni- 
trógeno respecto al carb-.tno, c bien están desprovistas en absoluto de nitró- 
gen(>, es dccli, habria que admitir una carbonuria disoxidativa en los lactan- 
tes normales. Con arreg'lo a estos hechos han estudiado Langsiein y Stci- 
NiTZ si este aumento del cociente C ; N constituye una particularidad exclu- 
siva dei metabolismo de los niños de pecho o es s¡m.plemente tuia consecuen- 
cia de la alimentación, y liegan a concluir que la alimentación al pecho de 
estos niños da lugar a la eliminación por la orina de .grandes cantidades de 
substancias pobres en nitrógeno o desprovistas del mismo, pero de ningún 
nioddi indicadoras de un metabolismo especia!. Hay que admitir pues, que la 
variación encontrada en c! coeficiente C : N depende exclusivamente del fac- 
tor alimenticio. Estos autores encuentran, por lo demás, que el carbono eli- 
mmado) en combinaciones diferentes a la urea no aparece en mayares canti- 
dades en aquellos casos en que el cociente aumenta, sino precisameute ea los 
sujetos en que el cociente disminuye, por lo cual no puede aceptarse para 
estos hechos una analogía con la carbotiuria de BicKEi_ 

En el niño estudiado por Fisrberg, con\.cetonuria durante un periodo fe- 
bril, tío se encontraba tan^wco un cociente C : N anormal, restando de la 
cantidad total de carbono la perteneciente a la acetona y tampoco en los ni- 
ños caquécticos se hallaba nunca un acumulo de productos intermedios del 
Metabolismo ricos en carbono y dificilmente combustibles que pudieran dar 
lugar a tina carbonuria disoxidativa. 

i; R. f RULE 



LoEPEB, Decourt y Garcin.— \La función de las suprarrenales so- 
bro el metabolismo del azufre. (La function soufrée de la surrena- 
le.) Presse MedkaU, núm. ??, 25 de septiembre de 1926. 

Es bien conocido que las suprarrenales producen adrenalina, que contie- 
nen lecitina, colesterina y 'pigmentos, y que además juegan uo cierto papel, 
quizá por el producto de sus secreciones en el mantenimiento del tono vascu- 
lar, del equilibrio simpático, en la defensa infecciosa y tóxica y también en 
la regulación pigmentaria. 

Dirigidos los estudios principalmente hacia, estas funciones, no se ha 'n- 
vestigado lo suficiente el estudio de otra que indiscutiblemente están encarga- 
das las glándulas sürprarrenales : así. por ejemplo, apenas se ha estudiado en 
dichas glándulas el nitrógeno amínico, el nitrógeno total, el hierro y sobre 
todo el azufre. Las suprarrenales ejercen ima acción importante sobre el 
metabolismo del azufre: al lado del hfgado es ei órgano más activo sobre 






— 231 — 

la regulación del azufre y quizá también una función sulfo-péxica, es decir, 
que fija el azufre y quizá también una ftmción sulfo-oxidante o sea que pro- 
duce azufre oxidado a expensas^ de azufre neutro. 

Esta función de las glándulas suprarrenales parece que está íntimamente 
ligada a la función pigmentaria y a la melanodermia. Estudiando la compo- 
sición de la melanina que, como se sabe, es un pigmento sulfo-aminado, se 
tuvo la< idea de investigar la acción de las suprarrenales sobre el azufre. 
El azufre se encuentra en los tejidos en estado de azufre oxidado, de azu- 
fre conjugado y de azufre neutro. Estudiando estas tres formas de azufre, los 
autores han encontrado datos de verdadero interés. 

El adufre en el suero de los addisonianos. — La cifra total de azufre no ha 
sido corrientemente buscada en el suero o en la sangre. No solamente entra en 
la constitución de las albúminas y de los glóbulos, sino que también existe 
en estado libre; se encuentra, por lo tanto, en estado constitutivo y en estado 
circulante. Los autores no se ocupan en este trabajo más que del azufre cir- 
culante, cuya proporción llega a 7 y 8 centigramos en estado normal; esta 
cifra representa aproximadamente la treintava parte del azufre urinaria. Co- 
mo en las orinas, el azufre está en su mayor parte oxidado y la relación 
de azufre oxidado al azufre total es aproximadamente de un 80 por 100 lo 
que resulta ser enteramente semejante a la relación urinaria. 

El total del azufre del suero varía en las infecciones, supuraciones, tu- 
berculosis, cáncer y en el emibarazo; algunas veces se eleva hasta 12 y 15 cen- 
tigramos; pero en la mayor parte de estos casos, salvo quizá lesiones graves 
y profundas, la relación de oxidación permanece sin variación. 

En las hepatitis el azufre se eleva también, pero entonces la ralación de 
oxidación baja y este descenso puede ser superpuesto al que se encuentra 
como se conoce desde hace tiempo en la orina. 

Las mismas variaciones del azufre sanguíneo se observan en la enferme- 
dad de Addison. En tres casos estudiados por los autores encontraron ti- 
íras de 0,20, 0,23 y 0,30, que son extraordinariamente elevadas, y en estos 
mismos tres casos la relación de oxidación descendió a 60 y a 50 por 100. 
Paralelamente la eliminación ded azufre por la orina aumentó, y la relación 
^ oxidación también en la orina se encontró notablemente disminuida, un 
poco menos, que en el suero, lo que demuestra también la acción oxidante 
del riñon sobre el azufre. 

Por estos resultados obtenidos en la enfermedad de Addison puede lle- 
garse a la conclusión de que la guipresión patológica en la insuficiencia de 
ías glándulas suprarrenales aumenta la cantidad d« azufre en la sangre y 
modifica también la relación de oxidación del azufre circulante. Uno y otro 
fenómeno xnieden resultar de una insuficiencia de la fijación del azufre o de 
mía exageración de su producción. Los autores demuestran que se trata real- 
mente de una insuficiencia de fijación. 

El azufre del suero después de la extirpación de las suprarrenales. — ^De 
Jas experiencias hechas por estos autores, se demuestra claramente que des- 
pués de la extirpación de las cápsulas se produce de una manera constante 
un aumento del contenido er^^ azufre del suero. Este aumento corresponde, 
sobre todo al azufre neutro, que alcanza una proporción hasta el 66 por ico 



En algunos de los animales ac ha. visto que la citni ti 
ma. se observa alrededor del quinto dia, y desciende después, pero ma: 
niéndose siempre muy por encima de la cifra inicial, antes de la extirpaci 
for lo tanto, parece gue Iiay una tendencia al equilibrio, pero que éste Dc 
restablece (sino de manera muy incompleta. 

Este exceso del azufre de la sangre produce consecuencias sobre la 
queza del azufre en los tejidos. Se sabe que el epidermis y loa pelos 6 
una fuerte proporción de azufre, y que sirve también para eliminar 
parte del azufre que contienen loe tejidas; aunque aún los autores han 
dido realizar todavía muy pocas determinaciones de azufre en los tegumer 
de addisoniados, por e! estudio hasta ahora practicado, parece que cua 
falta funcionamiento de las suprarrenales, aumenta notablemente la canti 
de azufre de la piel. 

El azufre de ¡a sangre a la entrada y a la salida de las suprarrena 
La supresión de una parte del funcionamiento de esta glándula produce, 
lo tanto, según se ve, variaciones coasiderables y rápidas del azufre del 
ganismo. Esto podría sorprender, dado el débil volumen de las suprarrena 
si no supiéramos que la circulación es muy activa, tanto que la totalidad 
!a sangre de un perro de veinite kilos atraviesa la glándula en dos he 
aproxi raadamente. 

Para estudiar la fijación del azufre por la glándula, los autores han 
ILidiado el azufre en la sangre aferente y eferente, encontrando datos 
paralelos que permiten afirmar que la sangre de la vena ca4>sular que sale 
la glándula es mucho menos rica en azufre que la sangre de la arteria; 
suprarrenales son capaces de fijar un octavo, un sexto y hasta un tercio 
a/nfre contenido en la sangre que la atraviesa. Además, la proporción 
azufre oxidado es mayor en la sangre que sale de las suprarrenales que 
la que va a entrar; la sangre de la arteria contiene 26 por ido de azt 
oxidada, mientras que esla proporción en la vena es de 33 por loo; esta d 
rencia es una prueba evidente de la sustracción del azufre neutro de 
sangre por la glándula. 

DtisificaciÓn dei azufre en la glándula 
s hechas por los autores empleando t 
1 que las glándulas suprarrenales c 
aíufre, que equivale a tanto y aún más de lo que contienen el hígado. I 
azufre no se encuentra uniformemente repartido, sino que la capa medt 
contiene más (11,4 por i.ooo) que la cortical (8,2 por i.Doo); sin etnba] 
esta diferencia quizá sea más aparente que real teniendo en cuenta el 1 
tinto contenido de albúmina de las dos capas. 

El azufre de las suprarrenales es en su mayor parte azufre neutro, ( 
éste representa un 80 por 100. 

Vemos, por lo tanto, que la glándula suprarrenal fija gran cantidad 
azufre, y, sobre toda, azufre neutro, y que lo fija en sus células y en sus 
búminas. y también en su pigmento. 

Asufre y pigmento suprarrenal. — E^te pigmento se sabe que se localiza 
el límite de la cortical con la medular; aumenta eti cantidad en algunos 
tados, tales como la gestación, infecciones, etc. ;i 



suprarrenal. — Las últimas doi 
5 muy perfeccionadas, 



— 233 — 

Atótós dtf éste, puede verse en algunos casos otro pigmento ferruginoso, 
eri contra de aquél, que no lo es. Aunque los dos provienen de la hemoglobi<ia, 
cada tmo- lo hace de grupo- distinto : el pigmento característico suprarrenal 
deriva de la parte proteica de la hemoglobina, mientras que el pigmento Icrru- 
ginosoi dfel 'gl-upo férrico de la molécula hemoglobínica. 

Aunque- laar experiencias no permiten conclusiones aún definidas» si puede 
atiririarfié ya qué el azufre es un importante elemento constitutivo de este pig- 
mento. Una parte del azufre neutro que fijan las suprarrenales es empleado 
eii la fabricációfl del pigmento, que puede considerarse como un deshecho 
f er ro^amino-sulf urado. 

E. CARlaASoo Cadena*; 



Lix^iAN Segal.— Influenoia sobre la Indioaniiria del estreñí miento y 
del tratamiento por el baollo aoldofllus en ios enfermos psi» 
oopátioos. {Indican as íníluenced by constitpation and B. acidophilus the. 
xapy in psychotic patienst). The journ, of Metabolic Research. Tomo V, nú- 
meros 4» 5 y 6. 1926. 

El autor ha estudiado la eliminación de indican en 48 enfermos psic ipáti- 
cos, habiendo practicado en total 500 análisis de orina. En 23 de estos en- 
íernos se administraba preparados de bacilus acidofilus como tratamiento dt 
su estreñimiento; 25 enfermos no recibieron este tratamiento para que sir- 
vieran (te oontrol. De estos casos control, padecian estreftimimto muy 
acentuado dos enfermos; uno tenía diarrea y, en cambio, los otros no tenían 
ni estreñimiento ni diarrea. 

Todas las determinaciones fueron hechas en orinas recogidas durante 
^ veinticuatro horas, y las investigaciones de indican se hicieron según el 
método de Meyers y Fine. 

Desde luego, se tuvo en cuenta en esta investigación no sólo la cantidad, 
Sino la calidad de los alimentos que ingerían los enfermos diariamente, deter- 
lamando todas las semanas la flora intestinal. 

De los datos encontrados durante esta minuciosa investigación puede de- 
ducirse que no existe ninguna relación entre el estreñimiento (entendiendo 
Pw tal el retardo de los movimientos intestinales) y la eliminación de indi- 
^^ Generalmente, se admite que la eliminación de indican varía en- 
^^ S y 20 miligi-amos, y teniendo en cuenta estas cifras, diceí el autor que 
filamente en 30 análisis que salían de los límites normales, correspondían a 
individuos estreñidos, a 6 enfermos que defecaban diariamente y a uno que 
^ diarrea. 

í^n 25 análisis se encontró una eliminación de indican que variaba entre 
. jS ' y 20 miligramos ; 10 correspondieron a sujetos estreñidos, 2 en en- 
'^nnos de. clasificación dudosa y 13 en casos normales en cuanto a su fun- 
^^ intestinal. 

^ todas las determinaciones restantes se encontró una .cantidad por de- 



^34 ' 



nferui 



bajo da los is míligranios, encontrando en 300 determinacimies inltt 
5 miligramos. 

De este estudia se deduce que deba considerarse como límite normal de 
la eliminación de indican entre o y lO miligramos por día. 

La elitniítación de indican no fué modiñcada ni por una dieta rica ea 
hidratos de carbono ni cuando se restringían éstos de la alimentación diaria. 
Enfermos que recibían diariamente i.ooo gramos de feclie con badius acido- 
ñlus más 300 gramos de lactosa, lo que supone una alimentación muy rica 
en carboJiidratos, fueron comparados con enfermos que redbian una ración 
liiuy pobre en hidratos de carbono. En las dos series de individuos se obser- 
vó que la eliminación de indican prácticamente no experimentaba ningún 
cambio. Estos experimentos están francamente en pugna con la idea domi- 
nante de la gran influencia que posee la alimentación hídrocarbonada sobre 
la indicanuria. 

Estos trabajos también dieron resultada negativa en cuanto a la posible 
relación entre la flora acidúrica intestinal y la eliminación, de indican, puei 
no se observó ningún paralelismo como tampoco pudo descubrirse ninguoE 
relación, en ccaitra de lo admitido por muchos, entre la eliminación de in. 
dicaii y el estado mental de estos enfermos psicopáticos. 

E, Cah RASCO Cadekas 



J. S. LuNDv.— Complloaolones pulmonapes después ds la ane^ 
tesla por «I éter etlleno. etilena. (Pulmunary Conqrficatios 

FoUowing Ether and Ethyleneether Anestíiesia.) Med. Jour. and it 
cord. 21 de julio 1926. 

Para establecer una estadística comparando las complicaciones puln"»* 
nares postoperatorias y la mortalidad después de la anestesia por el é*« 
elileno y el éter, el autor se basa en dos series paralelas de 600 casos 
para que las das serles fuesen análogas, las operaciones eran similares c<: 
los dos anestésicos, siendo también idénticas la edad del paciente, la f ' 
cha y las condiciones meteorológicas. 

De 560 casos de úlcera duodenal, la mitad fueron anestesiados c»:^ 
elllenosox!geno-éter, y la otra mitad, con éter solo. En I,? por 100 de 1* 
anestesiados con éter etileno se presentaron bronconeumonías postopera.** 
rías, y en 46 por 100 en los que se empleó el éter, en el primer caso s^' 
hubo 0,3 por loo de bronquitis, y en el segunda, 3,2 por 100. De s^= 
de los pacientes que murieron, en tres casos considera el autor a la an^^ 
tesia parcialmente responsable de la muerte, en los cuales se había e*" 
pleado la anestesia por el etileno; cifra igual hubo en los que se emt>I*' 
el éter. 

Sesenta y seis casos de úlcera gástrica: g por loO de los pacienta 
anestesiados por éter, tuvieron bronconeumonía, mientras que con el etile**' 
no hubo ninguno, muriendo uno de los enfermos del primer grupo. En ^- 



— 235 — 

casos de colídstitís, hubo bronconeumonías en i^ por lOO de los que se 
emjileó d etíleno, y en a por ico de los anestesiados con éter; la morta- 
Jidad en d itrkner grupo fué de i por ico, y en el segundo, 1,7 por io<^ 
cojnsiderando a la anestesia parcialmente responsable. 

De colecistitis con colelitiasis se operaron 344 casos, presentándose bron- 
cormeumoniá en 1,1 por ico de los que se anestesiaron con etileno, y 2,3 por 
100 con éter, muriendo 1,2 por 100 del segundo grupo y 0,5 del primero. 
I>oscientos treinta casos de colecistitis sin colelitiasis: en éstos hubo 1,7 
por- 100 de bronconeumonías postoperatorias, lo mismo empleando la anes- 
tesia por d éter etileno que por el éter sólo; hubo dos muertes en el pri- 
ta/^T grupo, sin que fuesen atribuidas a la anestesia. 

Los resultados más favorables en esta estadística, desde el punto de 
vis^a de anestesia, complicaciones pulmonares postoperatorias y mortalidad, 
se obtuvieron en los casos de úlcera gástrica cuando la anestesia por d 
ét^T etileno fué empleada, y en los casos de colecistitis sin colelitiasis cuan- 
dc> fué dado el éter. Los mejores resultados, desde el punto de vista de 
«^Kx^stesia, complicaciones pulnK>nares y nK>rtalidad en los casos de colecisti- 
tis con o sin colelitiasis, se obtuvieron cuando se empleó el éter sin me- 
^íicisdón preliminar. 

El porcentaje del grupo de éter etileno y del éter varió con las dife- 
^^^xtes operaciones, no olvidando que la elección de anestesia depende del 
^^^^do del paciente y de la preferencia especial del cirujano. 

Desde que d porcentaje de los resultados obtenidos con anestesia por 
f* éter empleado en las diferentes operaciones varía tan extensamente, es 
^^^^^[SX)sible sacar conclusiones generales en cuanto al valor comi)arativo dé 
^<=^^ dos tipos de anestésicos o de los efectos de la administración preopera- 
**^^^ia de hipnóticos. La casi ausencia de bronconeumonías después de las 

raciones de úlcera duodenal y úlcera gástrica en los que se empleó el 
etileno sin medicación preliminar no es criterio para establecer como 

la general en la cirugía de abdomen superior. 

La preferencia del anestésico dependerá del tipo de operación, sin que 

pueda hacer ninguna generalización. 

H. G. MOGENA 



^xi^ y Dauptain.— Estudio flslológioo d« ia Inervación gástrloa. 

(Etude Physiologique de Tinnervation de Testomac.) Arch. Mal. App, 
Dig,, núm. 7, 1926. 

Desde el punto de vista fisiológico, el estómago es a la vez un reser- 
^orio dotado de tma motilidad perfeccionada y una glándula que segrega 
^^'^ jugo extraordinariamente activo; hay que estudiar en él una inervación 
**^tora, secretora, vasomotora, sensitiva y trófica. 

inervación motora. — Prever ha observado que el estómago de la rana, 
^ conejo» dd gato y del perro, completamente separado del cuerpo^ puede 
ejecutar . movimientos parecidos a aquellos que presenta durante la vida. 



! exper^ 



s de DüccBscHi, el estómago del 



para lí- 



galos conserva funciones normales o casi normales cuando S» 
«strlnaeca es suprimida, es decir, cuando los vagos y los esplanii 
seccionados y los ganglios semilunares suprimidos. 

El sistema nervioso intrínseco del estómago comprende los iiei 
y el plexo celíaco. El nervio vago excitado provoca en los pájaros la 
tracción de! buche; la sección y ligadura da lugar a menudo a la 
tracción pasajera del ventrículo subsiguiente y del buche. Cuando U 
citación del nervio se hace sobre el cabo periférico, 
on reposo aparecen movimientos rítmicos. 

La integridad de las fibras sensitivas que van mezcladas 
vio a los filetes motores parece constituir una condición 
prolongación del ritmo. 

El nervio neumogástrico obra diferentemente, según que el < 
esté en reposo o en movimiento ; así, Doyon ha visto que los i 
provocados por una primera excitación del nervio eran detenidos por un.^ 
segunda aplicación de la corricnle. Este mismo autor ha excitado el nervw^ 
e^ácnico y ha visto que los efectos son variables según las condiciond 
de la experiencia; s¡ lo hace después de la sección de los dos vagos pW—j 
roca la contracción del buche. Si el nervio se excita durante la activid^L 
dd estómago, se produce, en general, una retención de! movimiento. 

CoUKTADE y GuYON sacaí» las siguientes conclusiones de sus investig^a 
dones : la excitación del neumogástrico intacto o de su segmento periíÉri«^ 
determina sobre las fibras musculares gástricas los fenómenos siguiente ^ 
contracción de las fibras longitudinales (efecto primitivo), contracción «S 
las fibras circulares (efecto secundario), relajación de las libras longitud^ 
nales y después de las circulares, seguido de un periodo de reposo. .^^ 
nivel del cardias y det píloro hay relajación de las fibras circularen. B^ 
excitación del gran esplácnico (cabo periférico) provoca sobre las fitw"*'' 
musculares del estómago la aparición simultánea de los fenómenos siguie** 
tes: detención de los movimientos peristálticos, contracción tónica de S^' 
fibras circulares y relajación de las longitudinales. Los efectos moto»'*' 
provocados por el neumogástrico y por el gran simpático difieren tambí^ 



por sus caracteres intrínsecos; 
tracciones bruscas acentuadas y cortas, 
tennina más bien cambios de tonicidad. 
Hay que determinar cómo obra el ! 
ijiúscülo gástrico. Para algunos autores, 
guida de la producción o del desplazan 
cuales serían responsables de los efecto; 



del primero produce ocí*^' 
que la del simpático d^' 



nervioso extrínseco sobre * 
de los nervios es »*' 
iento de substancias excitantes, 1^' 
de la excitación; así, para Loe."*^ 



1 »-e 



la excitación del vago y la inhibición cardíaca que se produc_ 

iKtón con la producción de elementos ditusibles (compuestos potásíci 
vez), que l]^:an al tejido auricular, Por otra parte, la cxpimentací^ 
mtiestra que el sistema nervioso gástrico es sensible a las excitaciones *^ 
fleiaa y a las psíquicas; así. Canon ha visto en el gato prcsenlarse t**' 
detención de los movimientos peristálticos cuando se le coge en la man» - 
iHerfíición secretora. — Schiff y Custejean han visto que el fstónta^^ 



I 



— 237 — 



fotalmente suprimida su inervación, continúa segregando, admitiendo que 
las verdaderos centros de la secreción refleja de las glándulas gástricas se 
encuentran en la misma pared del estómago. Es ya conocido que la exci- 
fación periférica del neumogástrico determina casi siempre una secreción 
af>ireciable de jugo gástrico. Loeper y Marchal han visto que la secre- 
ción gástrica se acompaña de leucopedesis, la cual juega un papel activo 
CTL la digestión; la vagotomía doble en el perro es seguida de una leuco- 
pedesis cinco o seis veces más considerable que lo normal. La secreción 
psícquica fué estudiada por Pawlow, y sus resultados son clásicos y bien 
coaxocidos, no siendo, por tanto, necesario repetirles. 

Como corolario de la inervación secretora hay que estudiar la inerva- 
cióxi vasomotora. La excitación directa de los filetes gástricos producía una 
vsi-s<3constricción, y su supresión, vasodilatación ; la extirpación del plexo 
ceXiaco daría lugar a una congestión del órgano. 

Inervación sensitiva. — El estómago está dotado de una sensibilidad gene- 
í^l y de ima especial. Para estudiar la primera, Ducceschi secciona en los 
^rxí Tríales el vago o el esplácnico, para que el estómago se relacione con los 
centros nerviosos solamente con uno de ellos. En los dos casos las excita- 
fiOTTcs térmicas, mecánicas o eléctricas las traduce el animal por los signos 
^5^í>ítuales a las manifestacioneá dolorosas. Esto demuestra que la sensibi- 
«ci^jd es igualmente transmitida por los dos nervios. 

Xos impulsos vomitivos que nacen en el estómago se transmiten al 

^^^x^tro bulbar del vómito por el vago. Esto, que generalmente había • sido 

*^^il)tado por los fisiólogos, es negado por Hatcher y Weiss, ya que, se- 

sus experiencias, el impulso vomitivo sigue la vía simpática. 

La sensación del hambre tiene su origen a nivel del estómago y parece 

en relación con las contracciones del músculo gástrico. 
Inervación trófica. — Dubots ha visto que dos conejos, muertos doce 
¿*sts después de la sección de la medula al nivel de la cuarta vértebra cer- 
vical, presentan focos hemorrágicos superficiales y ulceración en la mucosa 
^strica. Ophuls produce en el conejo ulceraciones gástricas por la sec- 
ción del neumogástrico por encima del diafragma. Schuffer, ligando las 
^^íccs anteriores y iwsteriores entre las cuarta y octava dorsal, produce 
t«!qtiefios focos de necrosis de la mucosa y erosiones hemorrágicas al nivel 
iel pfloro. Estas modificaciones tróficas serían debidas a las lesiones de las 
fibras nerviosas del gran simpático. 

Wbrtheimer ha reaccionado en el perro los diversos pedículos nerviosos 
^el estómago y no ha visto nunca alteraciones anatómicas en la estructura 
^« este organismo, 

<<| H. G. Mogena 



iT- 







; y E. ZwEiFEL.— ¿Hasta qué punto podemos hoy basai* m ^| 
pponóstloo de Irradiación de un oánoer uterino, fundáncl — --^. 
nos an la Investlgaolóti histológica? (i.iwiwcit kann man heufe ^^^t,, 
tnikroskfvpischeii Eef unden cine Proeiiose für (lie Bestrahlung des Uletr- "V--ss- 
karzinoms slellen?) Zatl. f. Cyii., p. 30, 1926, 

ScHOTTLANDEH y Kermauneb fuEron los primeros que hablaron de la -^y)- 
^ibilidad de establecer un pronóstico histológico del cáncer, y desde entonce ss se 
l'wn multiplicado los trabajos referentes al particular. Berwinié dijo cru^ loj 
cínceres no maduros y de crecimiento rápido s&n más radiosensibles qu^^ los 
maduros y altamente diferenciados. Adler encontró también distinta r^a.<3to- 
t<>ntihilidad. sesún el aspecto his'o! ó rico de los tumores, en tanto (iiic S^jx-ry 
WlNTí, y Opitz y FRiEOttiCR afirman que la radio sensibilidad es la mí :=ma 
ii.ira todas las formas. Esta diferencia rfp apreciación se puede explicar, jrwir- 
oue Adler se refiere, al hablar de la diferencia de radiosensibilidsd, a I^ cu- 
ratiilidad de las neoplasias, en tanto que los demás autores mcncionadns se rt- 
fieren al hecho de destruccifin loca! de los elementos cancerosos !nmediatanr»efi- 
(^ desmiés de la irradiación. En este sentido es evidente que todos son ra.tr¡<r- 
fmsibles. ptjeíto que todos los elementos cancerosos sometidos a la irradia^r^'ái' 
Miciimben ; pero en iinos casos son inmediatamente sustituidos por otros, "* 
curándose, por tanto, la neoplasia; y ■en otros casos no ocurre esto, llecánfí'**' 
a la curación. Los primeros corresponderían al grano de los radioresfste*"^"^ 1 
de Berconié y Awler. 

Los artores han trabajado 
tieo histolósrico de los cánceri 
■■ndiadones sobre las neoplasias s 
Vial directa sobre los elementos 

feración conjuntiva, que ahopa a los elementos epiteliales malipn"! 
al nape! que juega el tciido conjuntivo, importa no olvidar, por lo que al o 
nóstico se refiere, que el (eiido coniuntivo. que representa una defensa cfic.^*J 
es aquel inven de reacción inflamatoria y con fuerte infiltración celular ^ 
lo tanto. En los casos en que las células cancerosas invadan al t 
livo, el pronóstico será roncho peor que en los casos en que el tejido conjim'* 
vo aisle y ahogue a los elementos cancerosos. Importa, pues, en primer t^J 
mino establecer la relación epitclío-estronra. no sólo desde el punto de vi; 
cuantitativo, sino también cualitativo, como hemos dicho antes. 

Los autores establecen como condiciones ideales para dar un pronóstico ' 
vnrable las síeiu'cntes : carcinoma medular con células inmaduras, con pro' 
plasma vacnnlizado, tejido conjuntivo de granulación con fuerte infiltran^ 
celular, tanto de los elementos epiteliales como conjuntivos, siendo e 
tido intercíante la infiltración de eletnentos eosinofilos, en la que ha in9Íst| 
ScBocn. El númer" de mitosis no representa ningún signo pronóstico. 

Los elementos desfavorables son: formas altamente diferenciadas 
rehilares y tejido conjuntivo sin reacción inflamatoria y sin infiltración^ 
lular. 



. la clínica de Doderleis respecto al pmr»* 
cervicales, y recuerdan qite la acción ñe ' 

de activación de la príí* 



claro es que la mayoría de los cánceres cervicales no corresponden clara- 
niente a ninguno de estos grupos, sino que representan grados intermedios. 

Fundándose en todos estos datos, he aquí los resultados obtenidos por los 
a VI teres, y que desde luego son bastante halagüeños: 

De ciento veintidós casos examinados se confirmó su pronóstico histológico 
en noventa y dos (75,4 por 100), y fracasó en los treinta restantes (24,6 por 
ciento). 

De los noventa y dos aciertos, en quince se obtuvo la curación después de 
utrt pronóstico favorable; setenta y cinco murieron con un pronóstico desfavo- 
rsihltf y en dos se prolongó la vida de acuerdo con el pronóstico establecido. 

De los treinta fracasos, diez curaron, diez y nueve murieron, y en uno se 
alargó la vida en contra de lo previsto. 

Si se tiene en cuenta, en estos fracasos, que los cánceres que mataron eran 
formas ya muy avanzadas, y que los que curaron lo eran muy incipientes, el 
tanto por ciento de fracasos se reduce considerablemente. 

J. Torre Blanco 



RoRiNsoN.— Contribución al estudio del biomecanlsmo y patología 
del embarazo ectópico y comentarlo de alguno de sus fe- 
nómenos cínicos. (A contribution of the biomecanism and the patholo- 
gy of ectopic pregancy with a consideration of some of its clinical phe- 
nomena.) The Am. Joum. of Obst. and Glyn. Agosto 1926. 

El detenido estudio que el autor ha hecho de su abundante material clí- 
^•ico le ha llevado a asentar las siguientes conclusiones: 

El biomecanismo del embarazo ectópico simula en un todo al embarazo 
intrauterino ¡por lo que se refiere a la manera de verificarse la nidación 
<^vular formándose una capa refleja y presentándose la reac ion decidua! 
^^ los tejidos conectivos extrauterinos. 

La principal razón para que el embarazo ectópico se interrumpa prematu- 
'^'^íente es la excesiva hemoragia intracapsular, debida a la abertura de los 
^"Un^antes vasos sanguíneos del lecho ovular por las vellosidades coriales. 

I-as condiciones orgánicas intra y extratubáricas son mucho menos íjí> 
Pprtantes para la génesis de la nidación ectópica del óvulo que la disminu- 
^^«n del peristaltismo tubárico y las propiedades corrosivas del óvulo. 
^, Cree el autor que las designaciones de "embarazo tubárico sin rompe*-** >- 
aborto tubárico" son incorrectas^ puesto que no explican la patogenia verda- 
^^ dd proceso. En todos los embarazos ectópicos^ incluso en los que llegan 
^* "^^rmino, sobrevienen roturas capsulares en mayor o menor g^ado en al- 
^^o de los periodos de la gestación. La dlamada "gestación tubá-ica sin 
fonrijier'* es, en realidad, una gestación tubárica con "rotura intracapsular", 
y el -«aborto tubárico" no es sino una "rotura interna" con salida del hue- . 
^ ^ la luz de la trompa y expulsión posterior a la cavidad abdominal. 

contra de lo que se viene aceptando, cree Robinson que la mayoría 




F de las vecei la trompa se mmpe por d punto cpuesto al cor respondí» 
la placecita Esto b íimdamenta Rohinson cu sus observaciones que le ^^ 
nestran que en un priiKÍpiu todas las vellosidadiís son equipotcatcs y p»stL«- 
¡ormenle es lógico que se rompa más fácilmente la parte más delgada. ric 
- trompa que es la opuesU a la de infamación placeataria, al nivel Ae I, 
CJal es donde alcanzan su máxima intensidad los fenómenos hipertróficos, t 
hiperplásicoa. 

La hemorragia uMriiia que sobreviene en( el curso de una geslacion — 
tópica indica la muerte fetal y una suspensión simultánea del poder 
del cuerpo lúteo sobre el eiiiiometiio, que es, al fin y al cabo, el úni 
ue la hemorragia uterina. 

]. ToBRE Buvuo 






a reaociún de DIok en la escarlatina. 

Septiembre de IQM. (Ctónica). 



]. ToBRE Buvuc» j 

Normandií Mgdk^^^^t 

\aYS DicK, uii núm^^^l 
acción descubierta E^^^aJi 



I 



Desde las primeras cmiuiicaciones de Geouge y Gí-Mjys DicK, i 
importante de trabajos han sido hechos sobre la reacción descubierta t-"^_Tj;] 
loa autores americanos. Debhe, Lauv y Bohnet presentan en una inte»^^ 
suile comunicadÓQ a la Sociedad de Medicina de los Hospilales, lus »= ^ 
srltados de su experiencia sobre esta reacción y su valor, desde el pur^* 
de vista de la inmunidad a la escarlatina. 

Ginocida es la tesis át los autores ameiicaiius. Basándose en luia tco 
antigua, sostenida por díferenlcs médicos y en Francia en particular 1 
BüHCE, los DiCK afirman que el agente patógeno de la escarlatina, no 
otro que el estreptococo, o más bien, cierto eslreptococo encontrado en 
faringe de los escarlatinosos, Para nosotros, las toxinas de este germen &■ 
Us que porvocan los síntomas . incipales de la escarlatina, el eritema, { 
ejemplo. Utilizando una doble cantidad de toxinas estreptocÓcica 
yectan en el dermis, provocando mía rcactíón que se mostraría positi ' 
en los sujetos receplíbles, o negativa en los sujetos inmunes, siendo e 
reacción para la escarlatina lo que la de Shick para la difteria En el cu 
de la misma escarlatina, la reacción positiva al principio, se hace negati " 
va la convalecencia. 

Desde hace más de dieciocho años años los auti>rcs franceses citad-'* 
han proseguido investigaciiiue,'! personales eii este asunto. La técnica presea f 
ta aquí ciertas dificultades Todos los estreptococos aislados de la farin T^ 
de los escarlatinosos, no son aptos para producir una toxina apropiada. ' 
veraamente, ciertos estreptococos aislados de lesiones que no tienen i 
con la escarlatina, puede producir una bucia lox: 
muy activa que se pucci:: diluir mucho pa-a evit 
debidas a las proteínas. 

Sea lo que quiera, Debré y sus colaboradores han hecho en loa 1 
los adultos, un estudio continuado de la reacción de Dick. e 

liños 481 reacciones negativas y 156 posiliras. El máximo de f 




cuencm xué de uno • .res años (44 por 100). Kn 122 adultos reaccionaron 
negativamente 112. Los autores americanos han pubUcado estadísticas en las 
.lue los resultados positivos eran mucho más elevados. Puede ser que ia 
escarlatina sea actualmente entre ellos más frecuente que en nuestros pa- 
íses. . , ^ 
Dos puntos esenciales merecen ser revisados. La reacción de Dick, 
¿permite clasificar a los sujetos en receptibles y no receptibles a la escar- 
latina? Su valor, ¿está suficientemente comprobado para demostrar ipso 
fado el papel causal del estreptococo hemolítico generador de la toxina 

utilizada? 

Para Zingher la reacción de Dick es siempre positiva en los tres pri- 
meros días de la escarlatina ; después, en la convalecencia, se hace negativa. 
Hste argumento es en favor de la especificidad de la reacción, y no ha sido 
reconocido por Debré más que parcialmente. En 19 casos, al principio, 
uotó 10 reacciones negativas; por el contrario, en 64 convalecientes, todos 
tenían reacción positiva. Cuatro niños en los que se había encontrado una 
leacción positiva algún tiempo antes, lo cual manifestaba su receptividad, 
fueron afectos efectivamente de escarlatina más tarde, al término de la 
t^ual, la reacción se cambió en negativa. 

Otro argumento se apoya en el fenómeno de Schultz y Charlton. Es- 
^^ fenómeno, llamado también de extinción, consiste, como se sabe, en una 
^^sax>arición local de la erupción escar latinosa cuando se inyecta en un 
l*Unto de la piel suero de convaleciente inmunizado. Si la reacción de Dick 
tiene una significación real y revela la inmunidad cuando es negativa, el 
í^enónieno de Schultz debe de producirse cuando se inyecta suero extraído 
^^ tui sujeto con Dick negativo, convaleciente o no de escarlatina. ¿Ha 
^*^o en efecto, este caso el de las investigaciones de Debré? Las conclusio- 
nes ^el autor son, en definitiva, favorables al empleo de la reacción de Dick. 
^^ todos modos, el valor de la misma no está rigurosamente demostrado 
^'^ lo que respecta a ciertos puntos. 

^OLLER muestra las coincidencias favorables y las discordancias desfa- 

J^^f^-bles a las ideas defendidas por los autores americanos: así, el viraje de 

^ reación al resultado negativo en la convalecencia de la escarlatina, es ha- 

oitn^l^ pero no constante. El hecho de que ciertos escarlatinosos tengan al 

r*t"incipio tma reacción negativa, parece desposeer de valor a esta reacción 

^^nio prueba de inmunidad. En resumen, por el momento, la concepción de 

^s Dick no se apoya en pruebas rigurosamente demostrativas. De todas, 

^*^aneras se encuentra apoyada en un conunto de hechos importantes y de 

^^ncordancias que parecen rebasar el límite de lo que pudieran considerarse 

^otno simples coincidencias. Esta concepción nos llevará a una noción pato- 

^Sica nueva: la de que la escarlatina, enfermedad anginosa (cerno la difte- 

^^9 es ddbida a un estreptococo hemolítico especial, causante de la angina 

^^^ su presencia, y de otras manifestaciones de la afección p )r su toxina 

Vtanabién como la difteria). ¿Nos aportará medios terapéuticos nuevos? Esto 

^'^ es imposible, es cierto, pero la cuestión mersce todavía 1 umerosos es- 

"^dios para que sean precisados estos puntos. 

J. A. MuÑOYE^^Q 



/ ■ 



^^H X. Demrk, P. Mallet-Guy y J. Eurlet.— Estudio cltnioo y pronóslm 
^^H de los resuttadi» lejanos 4^ la i^seoolán gástrica (^ « 

^^^1 oánoor. La Presse Medícale, núm. 8o, 6 octubre iQ¿6. 

^^H La estadística| de cánceres operados por M. Delüri:, de i<jü3 a jgfO, c^ 

^^^H cii^to sesnita y seis, y de éstos ciento treinta han sido curados opérale»^; 
^^^V mente, y ochenta y ocho han sido seguidos completamente su evolución. 

^^^^ 26 han muerto en el primer año 29 % 

^^^H S4 en el segundo año 28 " 

^^^1 10 " "en el tercer año 18 " 

^^^H 33 " sc^revivido tnás de tres años 25 " 

^^V Mas no todos los que pasan de los tres años están curados : ocho de 

^^M operados han muerto de recidiva después de los tres años (g por 100), c 

^^H sólo un ló por 100 de curaciones. 

^^m Se debe eliminar las curaciones de más de tres años cuando ta pieza t>f 

^^H rútorja no ha sidu sometida a! exajiicn microscópico; y he aquí la estadist*'' 

^^m oe todos los casos confirmados histológicamente ; 

^^^^ Muertos en el primer año s3 % 

^^H . Muertos en el segundo año 33 % 

^^H Muertos en el tercer año 17 % 

^^^M Enfermos que han sobrevivido el tercer año 26 % 

^^^M Es curioso que las cifras son casi exactas al examen global. 

^^^V El estudio clínico de los resultados lejanos de la gastrectomia por ci^^í _ 

^^^r cer lo dividimos en dos : descripción de los resultados temporales y el an^^^^H 

^^r lisia de curaciones definitivas. -^^^ 

^^^^ A. — RESin.TADOS T&UPORALES ^^1 

^^^B I. Es evidente que todos los los operados de cáncer tienen un perio^^^^^^ 
^^^H de supervivencia mayor que los que se obtienen con las operaciones paliat"-" 
^^^1 vas. Los autores encuentran una supervivencia de unos i8 meses. 
" n. En la mayor parte de los operados hay un periodo en que los sii — ~ ^ . 

lomas desaparecen y el estado general mejora. Este período es variabl^^^^ [ 
mientras unos empeoran al mes, otros permanecen bien durante años. R^^^^L 

■ sumiendo: e! tofal de casos en !o5 que los autores han podido conocer ^^^_, 
duración del periodo de curación temporal -obtienen una medía de IS r 
III. Cualidades de la curación temporal. Para precisar este punto lc= 
autores se sirven de un número de enfermos que les comunican sus 
presiones. Encontrándose muchos admirablemente y siendo frecuente i 
los mismos pacientes en sus carias enricen ei término resurrección j 
demostrar su buen estado. Ganan lodos en peso y algunos hasta i_ 
^^ gramos; desaparecen los vómitos y todas las molestias gástricas. La mej* 




— 243 — 

ría observada en muchos después de la gastrectomía es completa en todos; 
aljsrunos operados aumentan de peso, pero tienen molestias gástricas, ocu- 
rriendo lo contrario en otros. La duración y cualidad de la curación tem- 
poral después de la resección es superior a la que se obtiene después de 
la grastroenterotomía. 

IV. La gran frecuencia de una recidiva da un gran interés a este es- 
tudio. En nuestra estadística el 84 por 100 presentan recidiva. Considerando 
como recidiva los casos en que un nuevo tumor ha sido reconocido clínica 
u operatoriamente, muriendo el paciente en los años que le siguen. Algunas 
veces el enfermo no sufre ninguna mejoría con la operación, teniendo el 
tumor tendencia a crecer constantemente, 

V. En los casos donde hay una verdadera recidiva, es decir, la enfer- 
medad continúa su marcha después de un período silencioso, los primeros 
signos que acusan la nueva extensión del timior son variables. Cuando el 
enfermo, que hacía bien las digestiones sin seguir ningún régimen, comienza 
con vómitos frecuentes y dolor en hueco epigástrico, son síntomas revela- 
dores de un tumor que invade la bbca anastomótica, produciéndose una ver- 
dadera estrechez, muriendo rápidamente el paciente por no poderse ali- 
mentar. : ■ ! ^ ' .1 - ■ í:¡ :T¡^( 

La ascitis es frecuente, descubriéndose en el examen que se hace al 
^fermo. 

Un tercer síntoma es la ictericia, por regla general poc metástasis en 
'"'firado. Un paquete de ganglios puede comprimir las vías biliares. 

Otros muestran de nuevo un tumor epigástrico que crece y que hace 
* los mismos pacientes pensar en una recidiva. 

5^1 dolor puede ser un síntoma de recidiva; aparece tardíamente y, se- 
^^ti las cartas de las familias de los enfermos, éstos sufren dolores vivísi- 
"^^s antes de la muerte. En otros casos no hay dolores. El adelgazamiento 
^^ Une, por regla general, a los demás síntomas. 

B.— CURACIONES DEriNITIVAS 

Los autores han podido reunir 14 operados que están definitivamente 

^ 5^°^' y» P®^ tanto, se puede decir que la operación les ha salvado la 

J^- Es preciso ser parcos al hablar de curaciones, y dos años o dos 

Os y medio nos parece poco, lo mismo que tres años. Siete de los opera- 

j^^ mueren de recidiva después de los tres años, y dos de ellos después 

tiás tiempo: seis años y seis años y tres meses. 
g ^n ía práctica, el enfermo que pasa de los tres años en perfecta salud 

*^ considera curado, siendo muy rara la recidiva tardía. 
^^t^e los 14 que, los autores encuentran, cuatro solamente están en este 

j^^ -aunque sean tan mínimas las curaciones (16 por 100), ¿hay derecho, en 
^^^^«ncia de un cáncer de estómago, a prescindir de la posibilidad de po- 
** 5 curar? 



C.— ELEMENTOS DK PROWÓSTICO POSTOPEBATOBtO LEJANUS 

Cuatro factores intervienen en el pronóstico lejano de los cáncí 
trieos: la estenosis del piloro, la extensifin del tumor con relació 
firpanos vecinos y a los lintálicns, la natiir3le;!a hislolóraca y ! 
anatómica. Los autores no discuten el valor del análisis del jugo 
remitiendo a los lectores al reciente trabajo del profesor HartuanB 

I. La CKistencia de una estrechez piWrica. Es clásico decir tJM 
lardo en la evacuación gástrica es un signo que llama pronto la a 
pudiendo hacer, por tanto, Tin diagnóstico precoz; pero la estcnos6 
ser tardía cuando se trate de una neoplasía i 
menor y corrió secundariamente a piloro. 

En la estadística de los autores el síndrome de estenosis pilé 
sido apreciado en 

Enfermos qiie sobreviven menos de un año S9 % 

Enfermos que sobreviven de imo a dos af5os 6g % 

Enfermos que sobreviven de dos a tre; 

Enfermos que sobreviven más de tres años 59 96 

Comparando- la inedia de supervivencia entre los casos que CTÍst* 
ei6n gástrica con tos casos en que el pílorn funciona normalmente, 
ciientran 18 meses para el cáncer estenosante y 19 para los otros. 

La comparación de estas cifras nos autoriza a dar a los cáncer 
producen estrectie^ como favorables. 

II. El pronóstico lejano de la resección gástrica de itn cáncer i 
de la extensión del mismo. El sistema linfático juetta im papel inq)( 
en el pronóstico, secrtin la presencia o no d- ganglioi 

El coeficiente de supervivencias sefrón la ausencia o presencia de 
pallas encontradas operaforiamenle es la siguiente : 

Más de tres años 64 % 

De dos a tres afios 63 % 

De uno a dos años 60 % 

Wenos de un año 63 % 

FI nrotnedio de supervivencias ha sido de iB mese?, tanto para los' 
de eeneral i ración ftanglionar como Ins no Rcneral izados. 

Riendo este dato también impropio para sacar 

Con tas adherencias ocurre una cosa parecida. 

TIL E! examen hisfoló^co de la píeza resecada cí un clemet 
pronóstico de primer orden. 

Leriche, estudiando en cierto nútnero de estadística.'^, 
ruencia de que las curaciones están repartidas entre toda clase de 
res. Por el contrario, Bresot cree que las curaciones están suborí 
al tipo histológico del tumor. 



2<tí 

Los autores dan un mayor porcentaje de malignidad a los tumores del 
tipo coloideo con una proporción de 50 por 100 muertos de recidiva, con- 
tra 86 por ICO de los otros grupos histológicos. 

IV. En un cierto número de observaciones se ha visto, al examen de 
la pieza operatoria, se trataba de un úlcerocáncer. Mas, ¿qué se entiende 
por úlcerocáncer? Para muchos es tm cáncer implantado en una úlcera ca- 
llosa, mientras para otros, entre ellos Tripier, Devic y sus discípulos es 
una úlcera primitiva cancerosa o un cáncer que afecta la forma de una 
úlcera gástrica. 

Para los autores, el análisis de sus cifras da un porcentaje de super- 
i^i vendas de más de un año en 76 por 100, mientras que los tumores ba- 
cales es de un 69 por 100. 

Siendo la duración media temporal del úlcerocáncer de 15 meses, fai 
«ntra de seis para los demás cánceres. 

De todo lo expuesto se deduce que no existe una gran diferencia en- 
**« los úlcerocánceres y los otros cánceres, aunque parece tiene ima me- 
or malignidad. 

El ulceroso, independientemente de su propia gravedad, es un canceroso 
^ potencia; de aquí la necesidad de resecar frecuentemente las úlceras. 

P. Sala 



iLi.iAN H. Stewart y Eric J. Ryan.— La seguridad de la ooleols» 
tograffa por el método oral, según nos lo demuestra el 
c^nállsils de un centenar de casos. The Amerkan Journal of 
Roentgenology and Radiit^n Therapy. Septiembre 1926. Núm. 3. 

Los autores, para determinar la exactitud de la colecistografía por admi- 
stración oral de tetraiodofenoltaleína, estudian el resultado en 100 casos 
caminados desde i.® de diciembre de 1925 a i.® de marzo de 1926, de los 
ia.les, 48 pertenecen al hospital y 52 a la clínica privada. De éstos, 60 son 
'Ujeres y 40 hombres. 

La edad es la siguiente: 

Hasta veinte años 2 

De veinte a treinta 15 

De treinta a cuarenta 29 

De cuarenta a cincuenta 26 

De cincuenta a sesenta 23 

De sesenta en adelante 5 



100 



p . 
lee ' /"^^''^sante anotar que solamente dos tenían veinte años. Uno por co- 
istitís, encontrándose una sombra débil con un cálculo, confirmado en 
P^^aci6n. El otro no ha sido operado. 



— 246 — 

Se supone que las enfermedades de vesícula biliar son más 
después dé los cuarenta años. £n esta serie» sin embargo, es más frecuenti 
entre los treinta y cuarenta que entre los cuarenta y sesenta. 

£1 estudio del peso del cuerpo también tiene importancia, y en estr 
serie es como sigue: 

De lio libras a 150 en 55 

De 150 a 175 en 24 

De 175 a 200 en 13 

De más de 200 libras en 8 

Contrariamente a lo aceptado, el mayor número corresponde a los 
peso entre 110 y 150 libras, y solamente en ocho el peso es superior a 
libras. 

£1 estudio de estos casos está expuesto en el siguiente cuadro, con 
fin de que de un golpe de vista pueda hacerse una idea. 

Análisis de 100 casos examinados por el método oral. 

Descripción Ndm. Op«radof Correcto Por i 

Vesícula con sombra oscura 91 „ „ 91 

Sin sombra 9 7 7 100 

Persistencia 16 4 3 75 

Sombra débil 18 6 6 100 

Aparición tardía i i i ico 

Vesículas sin sombra oscura 922 ico 

Cálculos sin sombra 833 loo- 

Cálculos con sombra 26 12 11 91 

Vesícula patológica con cálculos 34 15 14 93 

Vesícula patológica con cálculos 26 i „ ,>. 

Total de casos patológicos con o sin cálculos. 60 23 21 91 
Total de casos dados como negativos 40 i i ico- 
Deformidad 6 „ „ „ 

Adherencias entre vesícula y duodeno 11 4 3 75 

Adherencias entre vesícula y colon 511 100 

Nótese que de los 100 casos, 91 daban sombra de vesícula y que los 9 
sombreados en 7 la operación mostró que la vesícula no contenía bilis opaL_ 

Los casos que no dio sombra la vesícula están expuestos en di siguieot 
cuadro en donde se especifican las lesiones encontradas en la operación. 






— 347 — 



N-.* hombre S<^Q Edad Pcw Leatonea encoatrada» en U operación 

X- lí. P. F. 48 229 Vesícula con paredes engrosadas contenien- 

do un cálculo grande y otro pequeño 
llena de cálculos. Adeherencias a duodeno. 

^- K. S. F. 35 164 Vesícula con paredes engrosadas, luz es- 

trechada, cístico dilatado, hidropesía, cál- 
culo en colédoco del tamaño de un hue- 
vo de pájaro. 

3- X. K. M. 25 149 No operado. 

4- A, H. M. 35 144 Cálculos en cístico, colédoco y hepático. 

Obstrucción por conglomerado de cálcu- 
los. Adherencias. 

^- C M, F. 50 130 Engrosamiento de las paredes de la vesícula 

con cálculos. Adherencias. 

^- es. F. 25 220 25 cálculos en vesícula, cístico obstruido, 

vesícula con paredes gordas. 

^- O. H. M. SI 193 Antigua atrofia de vesícula llena de cál- 

culos. Cístico obstruido. Adherencias a 
duodeno y colon. Un cálculo ha perfora- 
do la pared de la vesícula y se encuentra 
entre las adherencias a colon. 

^* R.J. F. 23 114 Un cálculo en cístico produce obstrucción. 

Engrosamiento de paredes de la vesícula. 
Adherencias a duodeno. 

^^^ M. M. F. 50 176 No operado. 



<s interesante anotar que el caso núnL i, dado como **no sombra", la ve- 
^a está llena de cálculos y no puede entrar, por tanto, la bilis opaca. Estos 
^ V'^^'^os se ven antes y después de la administración de la tetraiodofenofta- 




n el caso núm. 2, el cístico está dilatado y tiene el mismo calibre que la 
í-cnila; es la que. el cirujano da como hidropesía. Hay cálculo en colédoco. 
C3aso núm. 3, no ha sido operado. 
* . ^ CZaso núm. 4. La vesícula está llena de cálculos no pudiendo entrar la 
^*is^ opaca. 

En los casos núms. 5» 6, 7 y 8 el cístico esta obstruido por cálculos. 
^^ El caso núm. 9 no ha sido operado pero examinando se ven múltiples 
^^^Iciilos y es evidente que uno obstruye el cístico. 

>, Tenemos 16 casos con persistencia de sombra después de treinta y seis 

^^*"as de la administración de la tetraiodo. En la operación, el cirujano en- 

*^tró una vesícula azulada sin adherencias y sin cálculos. Es preciso recor- 

.jj^ Que las colecistitis en cierto grado no son descubiertas como no se exa- 

'^¡^ por dentro. 

y 1^ ^ '^ ^^s de débil sombra todas tenían cálculos. Seis fueron operadas 
^^^^ias confirmaron el diagnóstico. 






Solameiite un caso de aparición tardía ha sido operado. La sombraj 
apareció veinte lloras después de ia aclministracióii del íamiaco, ■ 
en operación. 

a de los 2Ú catalogados como vesículas patológicas con c 



el cirujano encontró 
Del total de caso 

sido operados 25 y e 
Ninguno de los c 
Adlierencias entre 



1 vesicula azulada sin cálculos ni adlier 
s llamados patológicos con o sin cálculos, hasta fi 
n 20 el diagnóstico fué cierto C91 PJ'' 1 
asos de deformados ha sido operado, 
vesicula y duodeno han sido descritos ii, cuatro i 
sometidos a operación y en tres el diagnóstico fué confirmado. 

Cinco casos de adherencias entre vesicula y colon son señalados solaa 
uno se operó confirmando el diagnóstico. Entre tas adherencias que 
centre el fondo de la vesícula y el colon se encontró un cálculo que hal 
perforado la pared de la vesícula. 

La experiencia en eestos too casos de la administración de la tetraio 
por vía oral nos da ligeras náuseas en 11, vómitos en 7, y ligera diarrea en 
No quedando nunca e! paciente incapacitado. 

De este análisis y de 400 casos más, los autores se encuentran satisfecti 
de los resultados, comparándolos con los que se obtienen después de la a 
ministración por vía intravenosa. La administración oral tiene la ventaja 
la simplicidad, la falta de serias complicaciones, y los pacientes pueden hac 
su vida sin necesidad de una hospitalización. La técnica está ya descrita 
publicaciones anteriores, pero los principales puntos para el éxito de la adn 
nistracián oral es estar atentos a todos sus detalles. Un descuido en la técni 
radiológica es frecuente causa de debilidad en la imagen. 

Hay que educar al paciente en los más pequeños detalles; una complt 
suspensión de la respiración durante el tiempo de la exposición es importan 
como la utilidad de un diafragma Buckv. Ljjs autores aconsejan dar u 
comida copiosa la noche antes de la administración del medicamento con 
fin de que se varíe del todo la vesícula y se llene de bilis opaca. Seg 
uno de los detalles más importante es que la tetraiodo sea fresca. 

Deben procurarse ampollas de vidrio coloreado que se abren t 
mentó qne se toma el fármaco. Otro detalle es que el paciente n 
sólidos ni líquidos durante diez y seis horas siguientes a la ingestión'l 
lelraiodofonolflaleína; de esta manera la bilis 
tración. 



ARCHIVOS DE MEDICINA 
OIRUGIA Y ESPECIALIDADES 

'^'"S^ 6 de noviembre de 1926 ^^^ ^83 



CAS APLICACIONES MEDICAS Y PSICOLÓGICAS DEL PSICO- 
ANÁLISIS 

por el 

Dp. Emilio rntra. 

De Barcelona. 



El doctor Mira, de Barcelona, acaba de publicar 
en la Colección de monografías médicas que se edi- 
tan en catalán un trabajo de valor científico sobresa- 
liente acerca de las Aplicaciones prácticas del 
PSico-ANÁLisis. Queremos dar a nuestros lectores la 
traducción de uno de los capítulos más útiles del 
libro. 

Henos ya llegados al terreno de las aplicaciones prácticas del 
pSrouQaj^ljsis, y claro es, que hemos de comienzar hablando de su 
^^ilizacióri en él caínpo de la Medicina para el diagnóstico y trata- 
'•^3^Tito de las perturbaciones mentales funcionales. Desde este pun- 
-o ^^ vista hemos die volver a considerar con un poco más de dete- 
^^"^xtxiento las tres cuestiones que nos planteamos al comenzar la 
P^x^^ dectrinal dé este traibajo. La primera dé ellas deda así : ¿ Qué 
^^í^rmos son tributarios díel psicoanálisis? Para contestarla con 
^^^^ctítud es preciso que distingamos entre el psicoanálisis emplea- 
^*^ como procedimiento de exploración y diagnóstico y el psico- 
análisis utilizado como técnica terapéutica. Si se trata de utilizarlo 
^^ su primer aspecto, podeimos decir que todos los enfermos men- 
tal-es son tributarios de la exploración psicoanalítica, en tatito re- 
^^ las siguientes condiciones fundamentales : a) Tener una in- 
^^^Sfetida y umia cultura medianas, b) Estar bien orientados (es de- 



f»: . ' 1 ■ 



usiún^B 



cir, no presentar pseudopercepciones ni alteraciones confusioí 
¡es manifiestas), c) Teiier d-eseos de someterse al método y no su- 
ínr ninguna perturtoación aislada de alguna, función psíquica im- 
prescindible para la comunicación verbal persistente y coiherentc 
(afasia, amnesia, abulia, etc.). Por consiguiente, pueden ser tri- 
butarios c'e un psicoanálisis iproveohoso desde el punto d^ visia 
dt la exploracióo psiqudca general, no solamente los enfermos psi- 
coneuTÓticos, sino igualmente todos los afectos de psicosis endó- 
genas (paranoicos con delirio die grandeza, de persecución, ideas 
de perjiíidio, etc., ciclotkmcos, epilépticos, equiaofrénicos. toxicó- 
manos, etc.) 

Pero si con el psicoanálisis aspirajiios a algo más que servir a. 
ia ciencia, es decir, si deseamos obtener también de él un prove- 
cho para el enfermo, y, por consiguiente, tratamos de aplicarle te- 
rapéuticamente, entonces hemos de reducir su esfera de acción sa. 
los trastornos psiconeuróticos, y aun todaviai habremos die intro- 
ducir en éstos algunas limitaciones. En efecto, a pesar deí enomr:».'^ 
e&fiterzo realizado por la Escuiela Psicoanalítica de Ziirich CJuncü~^ 
que ha tratado de aplicar el psicoanálisis a los esquizof rénicc* ^ 
piiede decirse que no ha legrado con ellos el más insigníficaote éa^^ 
to terapéutico. 'Y lo mismo ha sucedido con las tentativas reajü : 
zadas con los epilépticos (siguiendo las ideas de Stekel respeczrt 
a la patogenia de la crisis coniicial.) Y es porque, entre otros itrt-^z 
tivos, ambas enfermedades son orgánicas y en ellas los síntorsa-^ 
psíquicos no pasan de ser la consecuencia de las alteraciones ^es- 
tructurales anatomopatológicas, que tienen lugar en el cerebro ^¡ 
nrismo tiempo. 

¿En qué enfermos psiconeurót icios puede intentarse la terapéu- 
tica psicoanalítica? A piás de cimiplir las tres condiciones ajit^^ 
enunciadas, es preciso que se trate de enfermiis constantes, es óes- 
civ, capaces de perseverar durante mucho tiempo en un mismo plar"^- 
ílaoe falta, en efecto, Cener presente que los resultados terapéutí "" 
eos del psicoanálisis no empiezan a ser evidentes por regla geiie=-^ 
ral, sino al fin de éste, después de semanas y aun de meses de pa.--^^ 
denÉes investigaciones, cuando kú psicoanalisti, ha libado a des=- 
entrañar los complejos causales dte la enferm«lad y alcanzó asimis^"'' 
010 a establecer las características persomaites suboonscientes des=^ 
EUjeto examinado. Es, por consiguiente, mucho pedir a un psio— ^ 
neurótico que se avenga a sométese a un método de tratamientc;^ 
pesado, molesto (toda vez que es preciso continuamente ^rar so^^ 
bre recuerdos desagradables), larg'o y monótono. Por otro lado, e;==^ 
preciso tener presente que muchos de estos enfermos no se cree^^* 
tributarios de una simple cura de palabras, desde el momento e^^^ 



— 251 — 

que están canvenoidos de que todo sui mal se haJla localizado en 
tal o cuál órgano. "¡ Cúreme el estómago, el corazón, etc., y déje- 
me el espíritu tranquilo!'*. He aquí una respuesta que se obtiene 
frecuentemenite cuando se plantea a uno de estos sujetas la opor- 
tunidad de un tratamiento psicoaffialitico. Es preciso, por tanto, 
que el psiconeurósico presente síntomas psíquicos subjetivos, es de- 
cir, que esté íntimamenitje oonvenddo ée que su etspiritu o su ce- 
rebro están enfermos para quiQ pueda ser tributario ooni éxito de 
un tratamiento psicoarmlítioo. De3de este punto dfe vista hay que 
deoir que los enfermos que con más| facilidad se avienen a cola- 
borar con el médioo en este género de tratamientos son los que pa- 
decen una .psioanieurosis de compulsión (psicoastenia) con fobias, 
obsesiones, impulsiones, etc. 

Por últímo, la edad de los paciente^ constituye otra limitación 

formal para las aipHcaiciones terapéuticas del psicoanálisiis. Puede 

cíecirse en general que no dfebe esperarse mucho del tratamiento 

psícoanalítico Tealizado sobre enfermos que traspusieron la edad 

nisadura y se encuentran en plena involución senil. 

¿Hay que utilizar aisladamente el psicoanálisis, o es preciso 
cornbinairle con otros métodos de tratamiento? Según los casos, 
Cxxando se traitje de pertubadones psiconeuróticas de sintomatolo- 
gÍ3. esencialmente psíquica, lo mejor es utilizar aisladamente el psico- 
^tiálisis, puesto que el mismo interés que el enfermo tiene de me- 
jcrríarse rápidamente de sus síntomas le llevará a colaborar con la 
ni.aLyor fe en el trabajo dtel psicoanalista, cosa que no se lograría 
Si aquellos síntomas huibiesen die mejonar mediante un tratamiento 
sintomático. Cuando se trate de pertunbaciones psicoanalíticas de 
siri-tomatología difusa, será útil y hasta meoesario, combinar el psico- 
stnálisis con otros métodos psicológicos (persuasión, por ejemplo), 
y con un plam de vida higiénico y dietético, recurriiendo si fuera 
í^^eoesario liasta a miedidas fisioterápicas y aügún recurso farmaco- 
^^S^oo, para combatir las manifestaciones sintomáticas más desagra- 
dables. De todos modos, nio hay que olvidar que todo lo que se 
^^ga. en este sentido es concentrar la atención del sujeto en la 
icl-ea de la organicid'ad de su enifermedlad y, por consiguiente, p^r- 
^^bar la buena marcha del psicoanálisis. 

. Él trcmsfert psicoaftalitico. — iS'e da este nombre al proceso en 

^^■^^^tid del cual' el paciente psiooanalizado proyecta y concentra 

^^ su libido en la persona del médioo, tomándote como objeto de 

^ ^xnor. Según Freud el proceso dd trianisfert es hasta necesario 

. ^ todo psicoanálisis fructuoso, y justamente el éxito o el fracaso 

^i^^^péutioo de éste, depende de la nuartera como el psicoanalista 

utilizar el afecto quie el paciente proyecta sobre él, canalizan- 



r 




dclo- y reflejándolo debideunetití) hacia los catnpes t 

lionesta satisfacción libidinosa o hada el campo más extenso e | 

ofensivo de la sublimacióiii. ^_ 

La importancia que esbe prcx:eso tiene eii lodos los psicoajiálisis 
practicados oon un fin terapéutico justifica plenamente que nos de- 
tengamos unos instantes a considerar su génesis y su utilización. 

Motivos del íratisfert. — Es preciso empezar por recordar eL 
hecho de que, segiui la escuela psdcoanalítica Freudiana, todos los 
psiooneuró ticos (únicos pacientes eii los cuajes se ha de eiiipleac — 

la terapéutica p&icoanahiDica) presentan una perturbación evoluti^ 

va de su libido, o cuando menos, tropiezan con dificultades insu 

perables para, la satisfacción de sus deseos. Siendo esto cieno- ^, 

K comprende fácilmente que la diaria intimidad que ha de esta 

b:ecerse entre el enfermo y el psicoanalista conduzca a aquel ^^^ 

una estiraación por éste, estimación determinada por: la admira» 

ción a! ser superiormente dotado, la natural gratitud del inter^^s 
y lia simpatía que el niédico les prodiga, la identificaaión sim-lxJi^z^i^a 
del médico con el padre (si es mujer) o con la madre (si es hoi»r^ — 
li're) de la persona psicoanalizada. Paulatinamente, la persona psic<z>— 
¿üiahzada empieza & ver en el psicoanaJisita el ser superior que l-« 
aconseja, guía y conoce su fondo verdadero; el enfermo se sieir:t"t>e 
Lcmprendido y frente a la comprobación de que al fin otra perso^riL^. 
otro espíritu ha llegado a vibrar al unísono con el suyo. puer<:ie 
ser evideníemente determinar en el enfermo el nacinicento de x^Ji 
verdadero amor que tomará riumbos más o menos peligrosos, ^^ 
gún cual sea su personalidad y, sobre todo, según aial sea la f>^:r- 
sonalidad, el arte de! psicoanailísta. 

¿Cómo se ha de utilizar el transferí f. — ^Una vez que el psicro- 
analista nota por d cambio ladical que se observa en la condu'C^'t^ 
del paciente coai respecto a él, que el transferí se ha establecí*!*^' 
¿qué ha de hacer? Cuatro caminos se le presentan: a) Aceptar 1^^ 
insinuaciones de! paciendie, y sá es de sexo contrario, llegar a tra^**" 
formar la cura psicoaaialítica en un noviazgo con el consiguáeic-*^ 
epilogo matrimonial, b) Entrar eni relaciones ilíd.tas con el enfem»-*^' 
c") Desengañar a este totalmente de una manera brusca y ené^gic^^ 
á) Plantear el probl.ema tal como es en realidad, haciendo ver ^' | 
enfermo los verdaderos motivos de su transferí y con vencí énd*^'^ i 
de que el psicoanalista no representa para él, de ninguna mane^i"^ 
el objeto libidinoso ideal y sí tají solamente un buen amigt> ci^**' 
poco a poco, habrá de separarse de él «i la medida que la enferm*" 
dad vaya retrocediendo y su es-píritu se robustezca, 

Claramente se comprende que de estos cuatro car 
exceptúa el pimero, que muy raras veces puede y debe seguirse. 



— 253 — 

sólo es practicable y acooisejaWe di 4.** Ahora bien, para seguirlo 
con provecho, se neoesitai un tacto verdaideraniente pctraordinario 
y uma rectitiid moral que, en algunos casos, ha de ser todavía más 
extraordinaria. Sin embargo, esta soluciónj puede hacerse ya mucho 
más viable si desde el-pnincipio de la cura el psicoanalista 'sabe colo- 
carse en la actitud que te oorrespondie. Fundamentalmente bueno y 
con lia preocupación die conquis-tar el¡ ánimo y la voluntad del por 
dente, ha de procurar desde el primer momiento darle la sensación 
de la absoluta independencia de movimientos de los círculos en que 
se diesarrollan las actividades anímicas de ambos. Procurará de vez 
en cuando haiblar al enfermo de sus afectos familiares, haciendo 
resaltar las ddidas de uma vida ttrojnquila en el seno del hogar do- 
méstico ; o bien, sí el enfermo tíiene aspiraciones de cualquier otro 
ordien (científicas, eoonámicas, artísticas etc.), le hará ver cómo en 
i'ealidad, la cuestión sexual ha de ocupar im lugar secundario en 
^a vida de su espíritu, Ilialmiado para triunfar en los cenáculos más 
^^lectos y elevados de la actividad humana. 

Tal vez al-gunos espíritus timoratos encuentren todavía cri- 

tícabte esta conducta y crean que el psiooanlista, como una coqueta, 

jue^a con el corazón del pKDlbre efnfermo manteniéndole en tensión, 

^^n una especie dfe tira y afloja continuado durante toda la cura 

I-^síooanalítica. Nada de esto; hasta en los casos más peligrosos, la 

^^is-ión del psicoanalista es perfectamente pura y moral. Por otra 

pQ-rtre, es preciso tener en cuenta quie el transfert se establece, aun- 

^í^^^e sea de la manera -más ignorada, en^ todas las relaciones entre 

^lédico y enfermo. Es absoluitannente ilmposiMe separar la personali- 

^<i del módico de su influencia sobre el enfertmo. Este encuentra 

^ ^quél desde la primera visita, simpático (transfert positivo) o an- 

^Pático (transfert negativo), y, sea cualquiera su enfermedad, es 

^^'^ cíente que tend'rá más probabilidades dje vencenla el médico que 

**''5 resultado agradable al enfeirmo, que no aquel que, desdé el pri- 

^^T momento -le ha despertado un senitómiento de hostilidad. 

Como deciknos, esta transferencia de los afectos es general en 
*^s relaciones entre médico y enfermo, aunque no se utilice para 
^^^<ia el psicoanálisis. Ella nos explica, los éxitos inesperados de 
^Uchos pofesttonales' y dé muchos curaaideros que, totalmente faltos 
^^ conocimientos científicos saben en camibio utilizar suficiente- 
^^^^tite sus conocimientos de psicología empírica. 

Desde este punto de vista la única diferencia que separa el psi- 

^^^^^QJÓlisis terapéutico de los otros métodos de tratamiento, consiste 

^P el, hecho de que aquél trata abiertamente, caira a cara, con la 

^ituación, y en lugar de eludirla hipócritamente, lia resuelve cana- 

í . «¿ando los senibimientos dd paciente de una manera normal y den- 



íífioa. No hade falta, dedr, sin erabargo, qiie el estadio de 1 
quidación del transfert es u:io dte loa momentos más peUgrosi 
del psioo-aiiálisis y lia de ser por consecuiencia pasado con el m; 
yor tacto y prudencia a fiín de evitar una recaída. 



'RMA^H 



APLICACIONES DEL PSICOANÁLISIS A LA PSICOLOGÍA NOl 

Se cojiiprende fádJmente la iofiuencia que las teorías psiooad 
Üticas están ejerciendo sobre loe conceptos básicos de lá psioolog: 
riomial. Puede decirse que acaban de destronar la arcaica iniEigf 
de la psicología initelectuaüsta en la cual, como salx^mos, toda 1 
\ída psíquica se supeditaba al poder iliniitado de las ideas. La nit 
dema psicología dinámica había afirmado ya que éstas representi 
rian íxen poca cosa en la vida cltí espíritu, si no fuese por la carg 
pfectiva que Itevan consigo. Pero .faltaba, dar un paso más atl¡ 
y el psicoanálfsnis to ha franqueado al decir que la idea conscienl 
no es nunca el Pri^Kum movens de los actos psíquicos, sino que, : 
contrario, en muchas ocasiooes se desarrollan complejas series c 
operaciones mentales sin su intervenc-ón, o bien ésitas tienen lugs 
como etapa fimal de aquilas. El psicoanálisis postula que hasta !■= 
más elevadas y nobles idieas de la ihumonidad (las ideas religiosa 
filosóficas, artísticas, políticas, etc.) han surgido en virtud de « 
proceso de sublímadón de las tendencias ateativas subconscienl* 
de carácter netamente egoñsta. 

El pensamiento lesiLÍtaría, pues, óel libre ju^o de las fueran 
psicoHógicas afectivas y no pasarla de ser ima tiaducción] o manif« 
tadón consdenite defomiada de nuestros instiiníos. Antes de adqui i 
una fórmula ideológica,; las tendendas afectívas han predispues 
a! individiio creando en él determinadas diineociones o actitudes ■ 
reacdón, en virtud de las cuales, cuando dicha fórmula surge soíl 
men/te es comprendida y aceptada como valida por las personas (j." 
poseen en im suficiente estado de erección la tendencia correspc» 
diente. Por eso se dice que la religión, el arte, etc., se sienten n» 
que se piensan. Ante una persona llena die fe serán inútiles locl 
los argumentos pata, convencerla ; viceversa, al ilescreído que no trJ 
ne esta fe. no hay razonamiento que le haga creer, En cambio, taJ 
situadón afectiva determinaida (la pérdida de un ser querido eai c-í 
cunstaaidas trágicas, ol su saJMación en las mismas condiciona 
puede causar la desaparidón brusca o el nacimiento súbito 
csía fe. 

Es un hecho de observadón corriente que a cualquier persona 
en cuaquier situadón se le acuden ideas completamente contrar"* 
según que represente el papel de autor o de víctima, de benefidsw 



— 255 — 

O de perjudicado. Cuantas veaes vemos cambiar súbitamienliei k 
ma^:iera de hablar óe uoi hambre por el solo hecho dfe haberse djes- 
perijado en él di egoísmo; tal cajrgo o tai destino menospneciadof o 
criticado se exalta y alaiba ahorai, porque se le posee; tal persona 
atacada es ahora dJef endida porque 'sartiisfizo la vanidad de su asiites 
cvtacante; tal acdón disculpada eon una persona cualquiera, se juz- 
ga, severamientié cuando se trajta d)e nuesitra esposa o viceversa; 
tol^eramos a« nuestros hijos hechos que nos indignarían s¿i viniesen 
de los hijos de otros. Y no es solamente que tratemos de aminorar 
y die olvidar las ideáis diesagnadables quie se nos aourren con res- 
pecitx) a estos partioullaiiies ; es quie tales ideas no se nos ocurren, sino 
al -contrario, otras enteramente favorables, porque el curso de la 
asociación de ideas está orientado por lia tendtetncia afectiva presente 
^n un momento dieiterminado. Se llama cata/timia al proceso, en vir- 
tud del cual, los acontecimientos del mundo real sufre la acción de 
^^ti-estras itendlendais afeotíivas ihasíai d punto de ser percibidos, no 
<x>mo son, sino coimo nosotros desearíamos que fuesen. Pues bien, 
1^% "Caitatimia conocáda (por los psiquiatras, ha sido elevada a la ca- 
*^8roría de un ¡proceso normial en psicologia por el resultado de las 
^^^Víeistígacianes ípsátoanalíticas. Lo mismo podríamos decir de la 
^^^<áonalización, proceso que ya conocemos y, en virtud del cual tra- 
"^axnos inconscientemente de justificar a nuiesitros propios ojos nues- 
^^^^9jS acciones o dertteiiraiiajcianes, o engañándonos respecto de sus 
"^•^rdaderos motivos (sí no hacemos caridad a un 4)obríe no es por 
^ya.ricia, sino para evitar que mlalgaste el dinero en borrachera; 
^^ Ho contestamos al insiulto de un carretero, físicamente más fuerte 
^"^^ nosotros, no es por míeóo, sino por prudencia y porque nuestra 
^"'Jii-cación nos lo impide). 

El psicoanálisis ha contribuido también al conocimiento exacto 
^*^ los motivos dteiteiTnínanites de algunos caracteres indíviduaíles. 
"^^í, por ejiemjplo, 'recordaremos d magnífico estudio hedho por 
^i^EUD sobre d llamjado "carácter anal", correspondiendo al pre- 
^otninio de la fase de erotismo anal, en la evolución de la libido. 
^-os sujetos que;, siendo niños gozaron provocando una retención 
, ^ Gus escremenitois con tal die consiegiár la máxima dilatación del 
^^^ufido anal, son despuías índlentificabíles por algunas particularida- 
des psíquicas, die enibiQ) ías cuales, Freud señala: obstinación, es- 
^^^'^Jípulosidad, manía de orden, odio. Se trata de sujetos que muchas 
^■«ces se ven subyugados por un deseo de adquisición y de oonser- 
'^^ación que los impulsa al cofeccionismo y a la ordenación exagera- 
fe de los objetos y de los asuntos personales. De la misma manera 
t ^^*c primitivamente almacenaban sus escrementos, almacenan ahora 
I toda clase de cosas, y especialmente su dinero y se convierten en- 



tonoes esn tverdaderos avaros. El orden y el ahorro son, en efecto» 
dos cualidariies que se ven ligadas en la práctica y que son benefi- 
ciosas dentro de ciertos límites. Cuando se exageran, pueden con- 
duicit a trastornos psicopáticos manifiestos, y especialmente a la 
neurosis coímpulsiiva, con su acompañamiento de obsesiones, an- 

I 

siedad, etc. Pero aquí abandonamos los límites de la psicología nor- 
mal y nof queremos inisistír en este punto. 

Otros tipos caraoterológicos se han fijado perfectamente por 
el psicoanálisiis, principalmente en las mujeres, en las cuates los es 
tudios penetrantes de algunos discípulos de Freud han contribuí' 
a describir diversidad de tipos. 

Diremos sodamenite, para acabar, que se debe también al psi< 
análisis 'd estudio más completo que se ha hecho del espíritu d 
comicidad, es dedr, del humorismo y sus relaciones con la ironi 
y el chiste. t 




3RE EL DIAGNOSTICO PRECOZ DEL EMBARAZO POR 

MÉTODOS bioquímicos 

por los doctores 

Rebollo. y Orilz Aragonés. 

De la Casa de Maternidad. De la Facultad de Medicina. 



^a innata curiosidad humana ha encontrado en el tema que en- 
za este traibajo motivo para desarrollar sus actividades. Si hace 
pocos años la averiguación cierta del embarazo, antes de: que 
ito dé noticia de su existencia por sus latidos y movimientos, 
tituía ima quimera, desdé Abderhalden se vislumbró la ma- 

de llegar un día en que la aspiración de los biólogos tomase 
dad. 

íl fenómeno de Bordet y Gengou, la busca de los fermentos 
nsivos creados en el organismo por estímulo de antígeno am- 
co, fetal o placentario y cien reacciones más basadas en la in- 
¡dad, se han ido sucesivamente empleando y abandonándose; 

suerte corrieron diversas investigaciones sobre sangre y ori- 
a reacción de Fahraeus es inútil al fin de que tratamos, pues, 
n atestigua d Dr. R. García Casal (Madrid, 1922:), la velo- 
l de sedimientación de los hematíes sóloi sirve para excluir un 
trazo desde el cuarto mes eni adelante. 

Jnicamente el ingeniloso descubrimiento de Emilio Abderhal- 
se hai manítenido a flote contra los embates de la crítica que 
tablemente acompañan a todo trabajo original, 
^uy recientemente, el profesor Hugo Sellheim, de la Qíni- 

) El presente trabajo ha sido realizado en el Laboratorio de Medi- 
Legal y Toxicología de la Facultad de Medicina de Madrid, que diri- 
i ilustre profesor doctor D. Tomás Maestre, al que desde este lugar 
íestamos nuestro agradecimiento. 



{ 



f-J- 1 
ca de Obstetricia de la Universidad! de Halle, ha dado a conoceP^^M 
Ins resultados dip un nuevo Drocedimiento. derivado de la reacción ^^^ 



I 
I 
I 



. resultados de lui nuevo procedimiento, derivado de la reacción* 
de Abderhalden, Esta modificación ha sido llevada a cabo por los 
Dres. LÜTTGE y Mertz, ayudantes del profesor Sellheim, basán- 
dose en la acción que ejerce eil alooliol de 96° sobre ia mezcla de ^ 
íuero y sustrato sacada de la estuifa:, basta la ebulliaón durante;^ 
unos minutos de la mezcla con el alcohol para que éste disuélvale 
o precipite las aJbúniiinas, según su concentración y clase. 

El profesor Sellheim reiputa este seoaiJIo método como "cuan — _ 
tiíatfvo exacto", afirmando haber alcanizado en una dilatada seri^»- 
de experimentos una exactitud del 99 por 100. adelanto considier3__^ 
lie sobre el primitivo método de Abderhalden, en el que sólo s-^ 
k^aron resultados exactos en el 78 por 100 de los casos. 

El descubrimiento de Lüttge y Mertz llega hasta la detemt^^^ 



nación del sexd del feto, fundadla en la existencia de substancit 
químicas en la sangre materna como reacción a los testículos d- -^m 
feto. ("Vox Médica", Berlín; año V, núm. 3. — "Mundo Médico ' 
Madrid, núms. 3 y 4. 1925.) 

Dejamos al margen los detalles óel tiabajo publicado por -^ 

profesor Sellheim, ya que caíecemos de experiencia personal ■ ^ ~' i| 
tan recien'te método. Asimismo advertimas que, siendo nuestr^cr-a 
i'.nica pretensión el dar cuenta de los trabajos que personal met-m-^^re 
hcnms realizado, huímos de citas bibliográficas y prolijas descri;^3- 
cienes de métodos que sólo conocemos por la literatura, que no I» ^«-n 
pasado por nuestras manos en el laboratorio. 

Volviendo a la clásica Teaixión de Abderhald'en, de los ferm,t5J-"3- 
íos específicos, nos ocuparemos inmediatamente de una de sus nrx«:> 
dificadones, que ha sido objeto de nuestros trabajos, simpIific^«JB 
por d profesor Pincussen, de Berlín. 

La, investigación de los fermentos específicos creados precc»'^" 
mente en el organismo de la mujer embarazada por destrucción c^^ 
Itilar, ha sido propuesta por Atíderhalden, siguiendo dos mét«> 
dos distintos: ¿I óptico y d de la diálisis. 

E! primero, fundado en la desviación de! la luz polarizada- ^ 
atravesar la mezcla de peptona placen.taria y suero de la emba-f^" 
zada. ha sido poco empleado duirante algún tiempo. Hoy, baaárxi'*' 
se en los fenómenos interfereudales. se mide la concentración " 
dos soluciones comparadas; dicha concentración depende de !a c^-*" 
tidad de productos de descomposición diisueltos, y se deternnSn^ 
cuantitativamente por eí grado dq desviación que experimenta, "f" 
haz luminoso conducido al través de ambos líquidos t la de5^'ia-<= *.*-"' 
es proporcional a la concentrad ón ; uno de los aparatos que m-^^J*^ 
Cíimiplen este cometido, según el profesor Sellheim, es el interx' *'" 



— 259 — 

rómetro de Lowe-Zeiss, introducido por Kirsch en la reacción de 
y^biderhalden. 

Mucho más se ha^ generañizado el segundo método, basado en 
la investigación de la desintegración die la molécula albuminoidea 
pl-acentaria p»roducida por el suero de la embarazada, auxiliándose 
dializador. 

Debido a que el método de la diaüiisie, tan atractivo en teoría, 
preñado de dificultades en la práctica, d)e lo cual dan fe los 
delicados trabajos del profesor Otero, de Granada, y del doctor 
^^ITAL KzK, de Madrid, se ha buscado con interés su simplificación, 
cion<luciendo a Kottmann al empleo de la "díasorcima placenta- 
ri^a,*^, introducida en España por eí Dr. Coníll^ de Barcelona, y 
^''a. abandonada. 

REACCIÓN DE PINCUSSEN 

ias pubiicadonies del profesor Pincussen en los **Biocliemisohe 
Z^itschrift3 (Bd. 132, H. 1/3, 1924), de F. Fonseca (Uber die 
-*^^stimmung des intrakoagulablen Stickstoffs*'), y de E. HoR- 
^^HicHE ("Studien zur Bestimmung der Abwehrfennente''), apa- 
^^^■dos en eá tomo CXLIV, cuadernos i y 2 del "Biochemische 
^^1:sohilifft", /traían de la reaocióni de Pincussen en general, sin 
^^^ ninguna de ellas cite la importancia dd método con relación 
**^1 <3iagnóistico precoz del embarazo. 

lx>s «trabajos realizados en Berlín por el Dr. Arrillaga, de San 
^^l>astián, al lado del pdofesor Pincussen, fueron continuados en 
:^Iatí:rid, colaiborando con el Dr. Torre Blanco^ de la Casa de la 
"^ eternidad, con el exdusivo fin de utilizar la reacdón de Pincus- 
^*^, simplificarión die la de Abderhalden, para el diagnóstico bioló- 
^'0:> dd embarazo. 

Fruto de esta labor fué lá comuinicación presentada por los doc- 
toras Torre Blanco y Arrillaga al II Congreso Nacional de 
^^^ndas. Médicas, de Sevilla, celebrado en octubre de 1924, que 
'^^iliiina con las siguienitles oondusiones : 

^ "i.* La reacdón de Pincussen se basa en tos mismos princi- 
I^'os que la de Abderhalden. 

2.» Tiene sobne ésta la ventaja de su sendJlez. 

3.' Hasta ahora, los nesultadbs son, desde luego, muy satis- 
^^<^torio6, ya que : 

a) En todos los casos de embarazo ha sido positiva. 

b) En las enfermas no embarazadas ha sido siempre negativa. 



. resultado ha sido positivo en un caso de embarazo H 
un nies. 

4.* Sin embargo, el número de caeos es pequeño, y, i>or lo 
tanto, el objeto de la comunicaición es sóio dar aienta de la técni- 
ca para que la practiquen en las clínicas de Obsíetrida y poder 
E«í tíbtener entre todos una estadística de consideración." 

Tam sugestivas conclusiones nos decidieron a ensayar el nuc- 
V.1 método, procuraiiido recoger el mayoc número posible de casos. 
A continuación' describimos la técnica seguida, que conceptuamos 
di. gran sencÜiez, puesto que en pocos días es factible ponerse al 
corriente de ella. 

Pocas palabras se necesitan para dar cuenta del fundamento de 
la reacción de Pincussen; es el m.ismo que la de Abderhalden. por 
lo que su práctica, lleva aparejada !a aceptación de los fermentos 
específicos, capaces de desdoblar la! moIécuJa albumínoidea placen- 
taria. Habremos, por tanto, de demostrar la presencia de tal«s fer- 
mentos, lo que Pincussen consigue íundándoíe en que tal desdo- 
Wamiínto origina un aumento notable en la cantidad de nitrógeno 
procedente de la descomposición albumínoidea; en ca^o negativo, 
no existe aumento de nitrógeno o es inaigtúficante. 

Como se ve, ei fundamento de esta reacción se reduce a pracr 
ticar una valoración de nitrógeno. 

Material para (¡fectuar la reacción. — Cuatro cla-ses de elemer— 
toi se precisan para poner en práctica la reacción de Pincu'ssen : 



I. Albúviina placentaria. 



Se prepara siguiendo la técnica de Pbegl, consistente en ^B 
mar la placenta, quitarle bien los vasos sanguíneos, lavarla rq^» 
t:das veces, hasta que el agua qued.e clara ; se tritura y se vuel ^- 
a lavar. L^ pulpa resultante se mezcla con sal aimún en exoe^s 
fmamente pulverizada, y se comprime tendiendo a que la unión - 
üiübas materias sea Jo más íntima posible. Dtsipués. se arrastra 
sa] por medio de Isa^os y se envuelve la masa placentaria en -« 
lienza que se coloca en agua mantenida largamente en ebullidcS 
que coagula parte de las albúnifnas; el agua hirviendü se recamfc^ 
a menudo para eliminar todas las albúminas solubtes. Se exprime 
»l lienzo para quitar el agua y se termina lavando el conteni- « 
nuevamente, primero con alcohol, fcego con alcohol-éter, y fir»-í= 
mente, con éter, hasta obtener un polvo blanco- amarillento formal-' 
de finos granitos, que tienen eJ aspecto dt la arena, constituyerm-'* 



26l — 



fe albúmina placentaria. Hasta el momen/to de usarla, debe conser- 
varse en frascos de vidirio henméticamiente cerrado». 

ir. Suero a investigar. 

Deben observarse escruptáosamente las reglas de la asepsia para 
ex i: raer momentos antes de su uso, y por punción de las venas de 
ia flexura dd brazo, lo ó 12 c. c. de sangre de la paciente, proce- 
dí Cirudo seguidamente a la centrifugación. Preferimos seguir esta 
in^rrcha a la sedimentación por reposo, para evitar que el suero re- 
sult>e hemolizado, como ocurre con frecuencia cuando éste se aban- 
'^"^oxia algún tiempo. 

-^il. Reactivos puras. 

I. Agua diestiílada. 

^. Solución fisiológica: O Na, siete gramos; agua, i.ooo. 

3. Toluol. 

^. Oxido de hierro dializado (líquido). 

5. Solución saturada de sulfato de magnesio purísimo, exento 
^^ ^jmoníaco. 

' ^. Acido acético concentrado (glacial). 

y. Ferrocianuro potásico al 10 por 100. 

S. Acido sulfúrico concentrado. 

^. Sulfato de cobre al 10 por 100. 

Xo. Lejía dte sosa al 33 por 100. 

X I. Solución n/50 de sosa cáustica. 

I 2. Solución n/50 de ácido sulfúrico. 

1 3. Solución alcohólico-acuosa de heliantína. 



IX 



Material de laboratorio. 



-Aparte de lo tisual: matraces, tubos de ensayo, vasos de Er- 
^^txtiieyer, pipetas, buretas de precisión, etc.; es necesario disponer 
^^ aígunos matracitos de cuello largo (frascos de Kjehldahl). La 
^J^Jiíza ha de ser, por lo menos, sensible a)l miligramo. 

Es condición indispensable que todo el material de vidrio sea 
^ Jema, que da garaiitía de resistir la calcinación, evitando la fór- 
^"^^•cnón de productos nitrogenados que falsearían la veracidad de 
^■^^ resultados. 

y^^ Omi el material adiecuaüo se monta un aparato destilatorio de 
'^J'Qhldahl, dispuesto según indica -la figura que acompaña a este 



■f'.' fi -. 



í 



I 



Técnica de la reacción. — Uiia mitad, aproximadaimente, del sue- 
ro a investigar, se inactiva sraiietiéndole durante uua hora a la tem- 
peratura de 6o* C. 

Se toman dos tubos de ensayo que se marcan, el uno con d 
signo +, y cJ otro con d — . En cada uno de eJIos se colocan 50 
injiágramos de albümima pJaoentaria, a los qiie se añade un ceníi- 
roetro cúbico de solución fisiológica y se hace hervir unos momen- 
tos, con cuidado para que no se proyecte la albúmina placentari?. 
a! exterior, con el fin de sensibilizar la albúmina y de destruir la;, 
bacterias qiie pudieran encontrarse. 

En el tubo -f se agrega, un centímetro cúIbco del suero a inves- 
tigar, no inaotivado, y en el tubo — igual cantidad dell suero pre- 
viamente inactivado. 

A la nrezcla de suero y albúmina placentaria, en cada uno de 
¡os tubos, se aiñaden 5 c. c. de solución fisiológica y el conjunto se 
preserva con una capa] de toluol, que actúa como desinfectante 
en la parte superior del liquido por su menor densidad ; para im- 
pedir la caida del' .polvo atmosférico deben obturarse los tubos cork^ 
iir pelotoncito de algodón esterilizado. 

Hecho esto, se mantienen ambos durantie veinticuatro horas °^. 
la estufa, a uiia temperatura cons.tante de 37" C, y al cabo r* ^ 
ruyo tiempo se procede a las siguiíeníes operaciones : 

I." Se filtra e! contenido de cada tubo por el filtro de papel m < — ^ 

jado en agua destilada, recogiendo ios filtrados en matraces 1 ^ 

,I£rtenmeyer, señalados también con losi signos -f- y — . La cabic 3 

de estos matraces debe ser de 100 c. c. para que sean capaces »■ ~~- 
tontener el agua resultante de las repetidas lixiviaciones a que ^^^ 
someterán los tubos y los filtros para arrastrar todo el suero q-» -' 
pudiese quedar adherido. 

2," A Jos filtrados de cada matraz se agregan 5 c. c. de óxl «i^t 
de hierro dializado. y a continuación 2 c. c. de sulfato de magues í ■<=) 
(¡ue precipitarán las albúminas. 

3.' Se mezcla perfectamente, por agitación, el contenido <Jí 
cada matraz y se llena cada imo de éstos con agua destilada haj:^'*» 
completar los 100 c. c. áe su cabida; se deja reposar un cuarto *^''- 
hora y se filtra de nuevo; perol ahora por filtro seco, con lo ci-*^^ 
quedarán separadlas las albikninas coagulables de las incoagulabf-^*- 

Es conveniente, al fin de evitar contratiempos, cerciorarse *^^ 
i¡ en el filtrado restan albúminas coagulables, para lo cual se tonn.^'J' 
a c. c. del mismo, a los que se adiciona un c. c. de ácido acéfc**^ 
y unas gotas de ferrocianurio potásico; si quecían albúminas c^^*"^' 
fiables se enturbiará el líquido antes transpa.rente, en cuyo c^tí^**- 
el filtrado se vuelve a someter a las manipulaciones 2.» y 3.". S£ *" 



-263- 

bay entUTbiamienbo y, por tanto, no quedan tales aJbúmínas 
continúan las (^jeradoties de la reacdón. 

4.* En dos frascos de Kjdildahl de cuello largo, asimismo 
fialadce con ios signos oomes:pondientes + y — , se hedían r 
reotivamente 50 c. c. de los filtrados obtenidos en la operación ; 




ior, agregando a cada, luio un c. c. de ácí^io sulfúríco concentrado 

'o gotas de la soJudón ée suKato de cobre; para, regularizar h 

iljidón se edian también varios trocátos de piedra pómez, previa- 

ite quemada, para dlestruír la m^eria oi^gánica que pudiera 

npañarla, Janraida conl agua destilada y desecándola después. A 

■T de estas precudones y no ob&tante la liMi^tud del cuello de 

matraces, la vio4enda de la ebullición puede verter parte del 

siido, por lo que es buena práctica colocar los matraces en ta- 

e arena¡ y vigilar la marcha de la operadón para. legularizai 

ma, hasta haber evaporado a sequedad. Después, no hay incoe- 

ite en dar fu^o fuerte para, cons^uir la caldnación, lo que 

locera ciiando no quede ningiin punto obscuro. 

Hedha fe caltónación, se retiran los matraces, y una vez 
se vierten 40 c. c, de agua destilada para disolver Jos nesi- 



— 264 — 

anos, procediendo seguidamente a la valoración del nitrógeno 1 
el mélodo de dtatilación. 

Es útil, para evitar confusiones, practicar primero siei.ipre el 
ensayo con ¿I matraz de signo -|-, y después de dejar bien limpio 
el aparato, pasar a la determinación del nitrógeno de! tnbo — . 

6.* Guiándose por la figura adjiuHa, que représenla e! monta- 
je del a'parato destilatorio de Kjehldahl, se coinpirende fadlmenie 
la raardia de esta operación. 

Iil producto resultante de la calcinación, más el ag;"-i dcstibds 
añadita últ'mamente, se coloca en d matraz M, cii'.dando Jo qtta 
el exti-tmo inferior del tub;> A esté siempre sumer^isL- en el 1 ^ 
quidú. En el recipiente R se ponen lo c. c. de soluci'ín ij/,50 c^ 
ácido iL'lfúrico, procurando que éste cobra con algím exceso 
extJ-en:o inferior i!el tubo D. Se haoe funcionar H tiomjia ^z 
agua í y por el embudo A, se agregan ó c. c. de lejía de sosa 1 
33 [.i,r 100, con lo que el liquido del matraz M tornera un colc 
azul claro. Se enciende el n-e^hero B y se mantiene e! liquido e 
ebiiilJción durante quince a veinte minutos, reg'ilar izándola, pvic 
de fer muy tumultuosa, el contenido del matraz puede pa.sar %mz 
C y r> a R. 

"ieminada esta operación, se procet!e a la ti'iiíación del nitr¿ 
geno c-xisteote en el recipiente R. 

7.' Al contenido de dicho recipiente R se le ed'an 2 ó 3 g"*^ 
tas de la solución s Icohólico-acuosa de haliantina, que en presencí 
del ácido dará coloración roja. 

Colocada la solución n/so de sosa en una bureta, se irá dejand' 
c.^el■ gota a gota, sobre el contenido de R, hasta el instante en qt» 
lI coilor rojo del líquido vine a amarillo, deduciéndose la cantidia-t 
de nitrógeno por 'la cantidad de sosa gastada para conseguir « 
cambio de coloración. 

8." En efecto, el número de c. c. de sosa invertida,, indica exaC' 
tamente el número de c. c. de ácido sulfúrico que quedan librcSi 
puesto que ambas soluciones tienen la misma coloración y, por ello, 
lian de neutralizarse a volúmenes iguales; el resto del ácido sulfA 
lico basta completar los 10 c. c. que en R habíamos colocado. * 
encontrará combinado oon el nitr^;eno desprendido de M en fo''' 
ira de amoniaco, constituyendo sulfato amónico. 

Como se sabe quie cada c. c. de ácido sulfúrico fsolución n/5°' 
cqtiivale a 0,034 de nitrógeno, basta multiplicar este factor por el 
número de c. c. de ácido sulfúrico que hayan quedado combinfl'<i*'* 
para obtener la cantidad eqmvalente de nStrógemo. 

Ejemplo : Si se gastan 8 c. c. de sosa de la bureta., indica 1* 
de los 10 c. c. de ácido sulfúrico del recipiente R, 8 estaban l»^??. 




— 205 — 

y ^ combinados ; pod: lo tanto, 'ia cantildlad de nitróg'eno eactótente 
en el matraz M será igual a 2X0,034=0,068, el cual equivale a 0,5 
c o. de suero a investigar, ya quie para la determinación del nitro* 
geno tomamos un c. c. de suero, que disolvimos en 100 c. c. de ex- 
cipieníje, de los cuales tomamos 50, o sea la mitad. 

Esta titulación del nitrógeno se hace en el contenido de ambos 
nisttxaoes de calcinación, correspondójentes aj los tubos + y — . Si 
el sueix) a investigaa* perfcenieoe a una embarazada, en el contenido 
<io dtí matraz + (tubo de suero no inactivado) habrá el nitrógeno 
que corresponde a todo suero más el consecuitivo a la desintegra- 
ción de la molécula albuminoidiea piaoentaria, mientras que en el 
contenido del matraz — (tubo testigo), por estar el suero inactá- 
V ado, sólo se encontrará el nitrógeno propio de todo suero, habien- 
do, por tanto, una marcada diferencia entre la cantidad de nitrógeno 
«lie existe en amibos conjfcenidos, diferencia que no existirá o que sc- 
f a insignificante a favor de cualquiera die ellos si el suero no es de 
embarazada ; pues entonces, en el majtraz + no exiistirá el nitrógeno 
correspondiente a la desintegración de la molécula albuminoidea, 
ya que ésta no se habrá desintegrado. 

En consecuencia, la reacción sie reduce a valorar el nitrógeno 
^e ambos matraces y apreciar la diferencia entre ellos. Si ésta es 
de más de 100 miligramos por cada 100 c. c. de su'ero a favor del 
+. la reacción es positiva: si la diferencia es menor o nula, o por 
Pequeños defectos de técnica es ligeramente favorable al matraz — , 
*^ reacción será negativa. 

Ejemplo: Supóngase que al valorar el nitrógeno del matraz 4- 
S^^stamos 8,5 c. c. de sosa; quedam, pues, combinados 1,5 c. c. del 
«cido sulfúrico, equivalentes a 0,5 c. c. de suero, o sea, que en 
^00 c. c. de ésttie habrá 10,20 gramos de nitrógeno. Si en la valo- 
ración del contenido del matraz — hemos invertido 9 c. c. de sosa, 
Rueda im c. c. combinado, equivalente a medSo c. c. de suero : o sea, 
^^e en 100 c. c. de éste habrá 6,80 gramos. Luego se tendrá : 

Nitrógeno del matraz + = 10,20 grs. por 100 c. c. de suero. 
Nitrógeno del matraz — = 6,80 grs. por 100 c. c. de suero. 

Diferencia 3,40 grs. Reacción positiva. 



.1 



RESULTADOS 

i í 'A 



4. Obdulia Rodrlsuci. 

5. Candelas Binsvenle. 

6. Luisa Miranda. 
f. Filar López. 

8. Jeniaa Pacheto. 

9. Uanina GonzUei. 

IB. Antonia Esteban. 

II. Vicenta Llopií. 

II. Cruz Gallega. 

I]. Carmen Martin. 

14. Mcrcedea Alpresa. 



1 8. Prudencia Ramiro. 

19. Elena Minio. 

js. Nalividad Montes. 

ji. Fulsencia Arrale. 

ti. Carolina Msrtineí 

»3, Tomasa Hemíndc 

34. Victorina Gsrcli. 



Id. id. 6 

Id. id. 3,40 3,04 

Id. id. 8, 16 e.So 

8 meses. 8,84 8.tS 

a8 diku. ÍAS J.43 



|iS días. S,44 
Nada geid- 



Id. 8 meess. 6,45 S.oo 
Id. 7 meses. 7.'4 6.56 
Id. 8 meses. 6,So 6,11 



o,Sa Fositira Embaruo 9 n 



Id. id. 
Id. id. 
Id. id. 

Embaraio 8 rs 

Puerperio. 



í,]o 13- Confimáda 
■nillsia. 

i^a Id. Confirmada m 

I. II Id, No nudo e= 



6 Negatira tSuitr non* 

8 Poiitin H, ,e frv 

o NeialiT. p„e^rio- 

o PoaiUva E„,,„,„ ^ 1 



(7. ConsUncii r»iniilei. 
tí, Manuela Ortir. 
ig. Micnela Méndrt, 



Id. 3 »«'■ 
Id. 9 B»«* 

Caieinon» 



1,84 Id. Embano» tf 



Canneo RíTuelU. 
Ifaríi Peinador. 


E« mujer 

normal. S,9 
E m b araro 
7 metes. 9.' 


Amparo Avi1«s. 
Orosia Hodrlgnci. 
María Soler. 
Greíoria Llórente. 

Asunci&n Navarro. 

Pilar Echerarria. 


Id. 9 meses. 7,W 
Id. S meses. lO.BS 
Id. 8 meses. 7.48 
Puírpera de 

ao dUs. 6,iQ 
Mujer ñor- 

mal. 5.1' 

^jVl^" 8.56 


. DamUna Villar. 


3 meses ?.«« 
Id. . mes. 7A« 


Antonia Uuñoi. 
Concha Pérei. 


- Presentación Fernán. 


Id. 8 mese,. 8.48 


. Aurelia Martin. 


Id. 3 meses. 9.S 


- Sosa Tejero. 

. Loten» Cafiiiareí. 


Id. 6 meses. .0.88 

Id. B dias. S.i 



Joj Negativa Am< 



Confirmada a los 
30 dias. 



Brigida Suirei. 



Haría Viiqnet. 


Id. 9 meses. 


6.06 s 


96 '. 


"■■ Embaraiü 9 


María Montero. 
Teodora Mufioi. 


Retraso 17 

dias. 
E m b araio 


4.76 5 
10,40 8, 


4* —0.6 
(6 I.+ 





Concepción Iiquierdo. 

Concepción Aragonés. 
Josefa Pescador. 



Euslaqoia Candelas 
Carlota Segura. 
KitÍTidad Porrero. 



Kada anormal. 
Embarazo S mc- 



> se hiio ani- 



S días. 
Embara 
7 mese 
E m b ara 



a n atomopatotó- 



— 268 — 

Estos son los resultados que la reacción de Pinycussd 
proporcionado desde el momento en que hemos creído di 
tecii'ica. 

De estos 6i casos sacamos las siguientes conclusionb 

I." La reacción de Pincussen, basada en la de Abd 
li aventaja en sencillez. 

2.' En todos los casos de embarazo ha sido positiva». 

3." La intensidad de la reacción no guariía paridad cOi 
cel embarazo. 

4." Durante el puerperio la reacdón es negativa. 

5.* Ha sido positiva en todos los casos de carcdnoma,' 

6." En las enfermas no embarazadas y no caxcimocn 
rracdón ha sido negativa. 

7.» La reacción resultó positiva en dos casos de mera 
ríes. ' 

8." El resulíado positivo en los casos de epitelioima, 
especificidad a la reaccióm, corrobora el desprendimiento 
lancias nitrogenadas en e! embarazo. 

9." De acuerdo con estos resultadas creemos no agd 
este tema, opinando debe s^fuirse eneayando, concediéndóí 
sitleración que por su carácter de precoz merece. " 

REACCIÓN DE FLORIDZINA. 

Otro de las reacciones biológicas que se lian emplead? 
diagnóstico de! embarazo, es la pnieba de la floridzina. qi* 
ra una glucosuria de origen renal. Sabido es que, si inyec!( 
medio a un centigramo de floridzina. intramusoularmenl 
hombre sano, se inicia la glucosuria dentro de los diez 
minutos primeros que subsiguen a la inyección, propiedai 
emplea para, ver el estado de íundomalismo renal; lo qi 
sabe de una manera cierta es si la floridiina actúa sobre 
glomierular o sobre el epitelio de los tubos. 

Estas propiedades se han aplicado para el diagnóstico 
baiazo, fundadas en que, con cantidades inferiores a 
empliean para investigar el funcionalismo renal, y que en 
dúo normal no llegaría a producir la gilucosuria, en las 
c'a lugar a una diabetes florídzínica transitoria; la dosis' 
es de 0,0025 miligramos. La floridzina empleada en nm 
periencias es la conocida con el nombre comercial de "S 

EJ madus operandt es el siguiente : Por la mañana, 
sm que la presunta embarazada baya tomado alguna sU 
tomo cloroformo, extracto de glándulas suprarrenales, » 



— 269 — 

<áHco, etc., qiie puieden prodiicir en presencia de la f loridzina una 
glijjcosuria y deducir resultados falsos), se apUca un oentámetro 
cúI>ico de *'Matuiriin"; después se la hace beber 5 c. c. de agua, 
<:a.f é o te sin azúcar, y se recoge orina; a la media hora se vuelve 
A riecoger y se la hace imgerir otra tanta cantidad de líquido; ope- 
raíciiones que se repiten después de transcurrida media hora, y a la 
OcT^ inedia hora se hace orinar nuevamente a la enferma; de ma- 
nera que tenemos cuatro recogidas de orina : una primera inmedia- 
tamiente después dle poner la inyección, que nos sirve para demos- 
trar la no presencia de azúcar en la orina, y si la hubiera, de nada 
serviría el experiimento; cuaindldl en ima de las tres recogidas res- 
tantes se demuestra la presencia dé glucosa, la reacción es positi- 
va, la ge»taciánj existe. 

Para la diemositración die la glucosa emplfeamos el reactivo de 
Nylander (en algunos casos también se empleó el de Fehling); 
esta, reacción, después dlel- tercer mes de embarazo, no suele pre- 
sentarse ; mas en algunos casos es positiva como ocurrió en imo de 
'os nuestros. 

Expondremos ligeramente algimos de los casos observados cuyas 
íii&torias clínicais detalladas poseemols : 

I.** Leonor Priesca. — Ha temido im hijo y un aborto de seis me- 
ses - tiene un netrasso de diooe días; resultó negativa. Después dé 
pasados veintiún días tuvo h. menstruación normalmente; a loe> 
fr^nta y dos días fué reconocida confirmándose la ausencia de ges- 
ta<:dón. ; 

2.** Josefa Sánchez. — ^¿Un mes? Negativa. Comprobada la no 
¿'^starión-, por tacto, a los veintiún días. 

3.** Remediios Soria. — Ha tenido dtus partos bien ; se sospecha 
^^^«tadón de quince días. Posíiitiva intensa en las dbs primeras reco- 
S^<3fas. Comprobada fe gestadón a los cuarenta días. 

4.** Máxima de Bodas. — ¿ Gestación de un mes ? Resultó negati- 
"*^- A los tres meses se presenta estanido embarazada. 

5.** Balbina Sdmoza. — ^¿Gestación de tres semanas? Positiva in- 
^^^^x^a en las tres receñidas ; ratificada a los quince días. 

6." Josefa Veritn, cuarenta años. — ^Hoi tenido cuatro partos y 
*^^^^^ abortos; probabfe gestación die cinco a sds semanas. Franca- 
*^^aite positiva. Confirmada a los quincfe días por tacto. 

7'^ Pilar Irar, multípara. — Cinco partos y un aborto de cuatro 
^^•^865. ¿ Gestación de sds semanas ? Negativa. No se pudo compro- 
•^^T posteriormlente. 

8.' Teresa Martíin.~¿ Gestadón de dos meses? Negativa. Esta 
"^^íerma tierae a los pocos días una pequeña reacción peritonieal; 
^ fe haicie 'la historia mmudosamenite y cuenta que hace como unos 



i 






1 tenido unas metrorragias como sí hulaase 
por palpación se nota una tumoración anexial en e! lado de 
dígnosticándose de embarazo extrauterino ; una laparatomia 
por palpación se nota una tumoración anexial en el lado da 
Si la reacción no resultó positiva, es porque hemos de admit 
el fruto de la concepción estaba muerto, y eai esos casos no 
di ice la reacción. 

9." Adela Chidiarro. — ¿Gestadón de dos meses? Negatí- 
raíificada a los veintiséis días, apredámlose por palpación un 
te del ovario izquierdo del tamaño de mía naranja. 

10 Carmen Costa. — ¿Embarazo! de dos meses? Positiva, 
probada a los veinte días. (Esta enferma era especifica). 

11 Benita García. — ^Ameiiorrea, de dos meses, pero coincií 
con el período echa aÜgunas gotas de sangre. Resultó negativai' 
veinte días se comprueba que no está embarazada. 1 

12 Eleuteria Arenas.— ¿ Gestación de dos semanas? Esta I 
ma fué opemada hace un año de un embarazo extrauterino; 1 
nido seis partOiS. Francamente positiva. No se pudo comprobé 
tcriormente. 

1^ Manuda Paris. — Gestadón de dos meses; multípara. ] 
mente positiva. Comprobada a los dos meses la gestadón. 

14 Fulgencia Pastor. — ¿Gestadón eotópica con accidente? j 
tíva ; una laparotomía nos demostró la presenda de un hidrosá 

15 Elvira Heriímz. — ^¿Gestadón de diez semanas? Ne| 
N«' se pudo seguir el curso de esta enferma. 

16 Eusebia Oller,— Ha tenido cuatro partos ; sa cree qui 
anbarazada de dos meses ; tíene molestias para orinar. Se día 
tica gestaarái de dos meses y útero incarcerado. La reacdón 
tó positi\'a; débil la segunda recf^da. Comprobada por lap 
mía la gestadón. 

17 Josefa Dumonit, cuarenta años. — Ha tenido ocho paj 
cinco abortos. ¿Gestadón de dos meses? Negativa. Comprobi 
no gestadón posteriormente. 

18 Maria iTuoste. primípara. — ¿ Gestadón de dos meses? á 
¡ledia que abortó, mas el úDero está grande. Negativa. Pos( 
mente se apredó que había abortado. 

20 P. E. — Esta enferma, después de diez años de matrin 
con vehementes deseos de temer hijos y sin conseguirlo, (iem 
falta ; cuando se hizo la reacción se suponía una gestación á 
semanas, resultando positiva déMl; al hacer mes y medio a 
siendo el feto pequeño, de aspecto como si huliiese estado tt 
algún tiempo, pues no correspondía al tamaño de tres meses] 



— 271 — 

21 Candelas Füfcnidb. — ^¿Gestación de dos meses? Débilmente 
positi»va» Comprobada después. 

22 Felisa Iglesáas. — ^¿Gestación de dos semaaias? N^;!ativa. Re- 
traso die veintíciinioo dias. 

^3 Manuela López, veintiún años, multípara. — ^¿Gestación <íe 
ír^s meses? Francamente posditivia. Confirmada a los quince óhs/ 
24 Manuela de Dios. — ^¿Embarazo de cinco meses? No dio re- 
acoión con la ílorid!ziina. Está embarazada. 

^5 Ramona Martín. — ^Embarazo dle cuatro y medio meses. Posi- 
tiva en las dos primenas reoogidas. 

^6 Ascensión Giméniez, cincuenta años. — 'Enfenna en la que se' 
hi^o la reacción teniendo s^^uridlad die la no gestación ; dio resulta- 
*íí> negativo. 

2y Celia X. — ^Enferma como la anterior, dando resultado nega- 
ti-vo. 

28 Avelina Sánchez. — ^¿Embarazo dle dios y medio meses? P€>- 
siti-va en la primena y segunda iieoogida. Comprobada a l5s cuatro 
y Unieidió meses. 

♦ ♦ ♦ 

De los casos pnecedientes, ligeramente reseñados, se pueden sa- 
^^^r algunas cansecuiendas. 

La reacción se puede priesentar después del tercer mes de emba- 
razo, si bien esto no es lo oonrionitJe; cuando es positiva la reacción 
Fodetnos asegurar la exisitenda de gestación ; pero si nos da ntega- 
ti^^s, no podemoal n^ar la existencia del embarazo, pues, a pesar 
d'e su negatividlad, pu^ede existir el embarazo. 

El mecanismo, en virtud del cual se produce esta glucosuria, nó 
^tá bien determinado; la mayoría die los autores admiten. la influen- 
cia dd huevo. Contra esta oponión está Küstner^ que admite qufe 
'3 diabetes es producida por el cuerpo amarillo de la gestación. 

REACCIÓN NOVOCAINO-FORMALÍNICA 

Costa, en d año 1923, dio a oonooer esta reacción, que no tiene 
''^ráotter específico, pues se presenta en todos los estados iiifectivos. 

La reacción es la siguiente: La novocaína (clorhidrato), viene 
^''Suelta en soíudón fisiológica, ein la pfroporciórt del 2 por 100. Se 
*pnia de ésta 1,5 c. c. en un tubo <Ie ensayo y se agregan tres gotas 
'^e solución de citrato de sosa al 5 por ico, y se dejan caer en el 
m • ^ «nsayo así preparado, tres gotas de sangre s'acadas 'del pvl- 
P^Jo 4si dedo dle la embarazada ; sie agita iiepetidamente él tubo de 



%■ 



Qtssiyo para hacer que la sangre se difunda uniforlti 
liquido, y eaitonoes se centrifuga hasta que todos los glóbulos 
al fondo del tubo y la ¡parte superior quede traiisparente (.3* 
tanUbién no centrifugar y hacer que si'e sedimente tenbendo i 
de ensayo en reposo, en ambiente fresco, durante seis u ocho 1 
üllimamente se agrega una gota, de fomiulina pura. 

Cuando la reacción es positiva, se forma en quuice miini4 
precipitado biJen apreoiable en ia mitad inferior del tuto, gris o 
amarillento, reacción que, con el tiempo, se intensifica hasta 
ijiar un polvo blanco, o bien se retrae formando como copos (f 
ladones) ; después de los quince minutos se forma unai nube 
constantemente en toda^ las pruebas; para tener una direodó 
la reacción es necesario contar el tiempo que media entre la i 
nucción en la probeta de la formaiina y la aparición de la reací 
a la substandia que precipita, la llama el autor "substanci; 
defensa". 

Este ensayo lo emplea Costa, especialmente para determin! 
estado de reacción del organismo a todas las infecciones ; en el 
barazo (admitiendo él que es un estado tóxico) se presenta des 
del tercer mes. 

Nosotros hemos emipleado este procedimiento en unos 18 
casos, habiendo visto, efectávamenite, comprobadas todas lafl 
dusiones de Costa,- pero hemos de comprender que, no presM 
(lose esta reacción hasta de&pués del tercer mes. y siendo pre 
mente en' los tres primeros meses cuomdo más necesario es d» 
minar la existencia de la gestación por medios biológicos (pues 
los físicos es más difícil, em esa época de! erñbarazo, predsaa 
unido todo ello a la falta de especificidad, ya que se manifiest: 
todas las infecciones, resulta sin valor diagnóstico al objeto de 
írataimos, por lo cual no oreemos deba prea>nizarse la reaccióa 
voaaino-fonmaJinica para eJ diagnóstico precoz del embarai 

bibliografía 

Kamitzer y JoSiEPH : Zur Phloridzin-diagnostik der Frü ^aviditat (I; 

teulimg-), Tkeraple d. Gegenvmrt, 1923. 
HoUEL. PouGET y MiLOCHEwiTZ ; Le diagnostic de ¡a grossesse par l'i 

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VII Reunión de la Soc. Gyn. Alemana. Discusión 

Stephans y KüsTtjER. 
ScHiLLiNG y Gobel: Zur dia^nostik der Sehwangerschait mittels 

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■^' - 




— 273 — 



^ondek: Phlorizinglycusurie und Schwangerschaft, diagnose. Zent, f, Gyn., 
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y Jess: Uber die Bedeutung der renalen Schwangerschaftglykosurie 
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XCoster: Uber Phloridzin ais Schwangerschaftdiagnostikum. Det, Med. Woch., 
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XJK-GER : Ubei^ den Wert der Phloridzinprobe in der Diagnostik der Schwan- 
^^erschaft Zent. f, Gyn., pág. 260, 1923. 



PhkT' 



.,iri^ 



LEYES GENERALES DE LA ACCIÓN DE LAS SUBSTANCIA 
HAROOTICAS 



Prof. Straub. 



4 



En la primera conferencia hemos caracterizado la especÍÍ»-<^* 
dad de las reacciones farmacológicas como una consecuencia de ** 
especificidad de !a repartición. Esta ,vez queremos ocuparnos ^d^' 
problema de la repartición específica en el sistema nervioso c^^O" 
tral de las substancias narcóticas. 

Consideremos en primer término la acción clásica del do-^^o 
formo o del éter en la narcosis general. De esta narcosis ÍntetT*e- 
sa al médico en la práctica únicamente el estadio final, es de-*3ir, 
el momento en que puede utilizar el bisturí sin que el pacietute 
lo perciba y sin que se produzcan reflejos perturbadores. Pero *^" 
el análisis experimental farmacolé^co nos interesa todo e! p»^*^ 
ceso, a fin de poder comprender mudios detalles, y por eso wrxss- 
cotizamos con mucha mayor lentitud. 

Si colocamos un cobaya hajo una campana de cristal y h.^ttX~ 
nios pasar por esta campana una corriente de aire que pre"Vi3" 
mente ha sido pasada por un frasco que contiene éter, vanos «ju^ 
bajo )a acción de los vapores de este narcótico el animal presen- 
ta sucesivamiente los siguientes fenómenos : 

1. El animal se exdta, se lame las manos continuamente, **■' 
trando más tarde en un período de reposo y cesando en sus i""" 
V imlentos. 

2. Al seguir la narcosis, el animal se siente tranquilo, cic^^ 
ios ojos, baja la cabeza y duerme, pero con un sueño del qu^ ^ 
puede despertar fácilmente golpeando la campana, para volver a 
dormirse inmediatamente. 

3. Poco después pierde el animal el equilibrio, cayéndose ^ 



— 275 — 

los lados e intentando corr^ir en un principio su posición, 

ta que 

4. Desaparecen totalmente los reflejos de posición, reposan- 
el animal sobre el costado. La respiración y los movimientos 
liacos son atm normales, hasta que 

5. Cesan éstos y el animal muere. 

El análisis fisiológico nos dice: 

Estadio, I. — ^Excitación de la corteza cerebral o de las vías át 
riación. 

2. — Parálisis de la corteza cerebral o de la zona de la con- 
cia. 

3. — Parálisis de los tuberculosos cuadrigéminos y de la zona 
sistema nervioso que rige el sentido de la posición. 
4. — Parálisis de la medula espinal, y 
5. — Parálisis del centro respiratorio. 

Así se determina y fija la repartición sucesiva del éter topo- 
Rea y materialmente en el sistema nervioso central. Del mismo 
Usis deducimos que la sensibilidad del sistema nervioso aumen- 
^radualmente de i a 5. 

El análisis químico nos dice que en todas las regiones de sis- 
•a nervioso central se ha acumulado el éter, pero principalmen- 
tn el centro respiratorio si la narcosis ha llegado a producir la 
erté. Dicho análisis nos indica», tamíbién que en d sistema ner- 
3 o central existe una concentración de éter superior, por ejem- 
, a la que existe en la sangre, la cual, desde los pulmones, la 
nsporta a todo el organismo. También los músculos y las glán- 
as contienen, aun en el período de narcosis más profunda, muy 
-o éter. 

El cirujano sabe que mediante una narcosis debidamente hecha, 
^e mantener al paciente durante tanto tiempo como quiera en 
^tadio 4. Taimbién nosotros podemos mostrar que todo estadio 
ede prolongarse en su duración a voluntad si, por ejemplo, la 
^riente de aire saturado con vapores de éter, que hacemos pasar 
jo la campana del animal es tan débil como correspondería a 
^a una de las concentraciones correspondientes a los distintos es- 
tíos. Y asi, a pesar de haber hecho consumir al animajl hasta cierv- 
=* de c. c. de éter, permanecería invariablemente en su estadio. Es- 

^os índica que a cada concentración dé los vapores de éter co- 
^sponde un estadio distinto de narcosis. 

Esta relatividad de los fenómenos se hace aún más ostensible 



-S76- 

sí en li^r de dejar pasar los vapores de éter, establecemos 
positivo semejante a la que hace muchos años utilizó Paul Ber- — - 
eii París para estudiar las leyes de la narcosis, Paul Bert utilÍ7_^r? 
aparatos muy complicados y animales grandes, como perros ; per-r=a 
nosotros lo haremos de manera más sencilla. 

Para ello utilizamos tres frascos de cristal susceptibles de s^^ 
cerrados herméticamente y con una cabitla cada uno de 2,5 litro ^^.r 
Cada frasco tiene en su tapón una pequeña abertura que cerram^^^ 
lierméticamente ; el ratón puede vivir con el aire contenido en 
frasco unas ocho horas. Por lo tanto, los fenómenos que ohs <=^- 
vemos en los pocos minutos que dura la experiencia podemos ct^^ - 
siderarlos como sucedidos en un animal normal. 

En el frasco i inyectamos 0,2 c. c. de éter; en el frasco 2, * — 
c. c. de éter, y en cada frasca colocamos un ratón. Entonces czz»- 
síTvamos que el colocado en el frasco l, únicamente ilega al es. "«^ 
dio de excitación ; mientras que el colocado en el 2 cae en una n j=» 
cosis profunda. Y ambos animales 'permanecen en su respectivo ^^rí 
Isdio todo el tiempo que dura la observación. De aquí se ded.i_»«i 
que el grado de la narcosis depende de la concentración de los "v-ia- 
pores del narcótico y no de la cantidad absoluta de éste. Esto pii.^<Je 
comprobarse por otro disipositivo experimental. Si lo que deci<3e 
tie la profundidad de la narcosis fuese la cantidad absolutaj <3e 
narcótico tendría que poderse observar un cierto consumo de éste 
o, en otro caso, que la concentración límite para poder narcotizar 
profundamente un ratón (esto es, 0,4 c. c. de éter en 2.500 Je aire) 
ao podría ser la misma que la necesaria para producir el mistno 
grado de narcosis en mudios ratones. 

Si en el irasco 3 colocamos diez ratones e inyectamos la con- 
centración limite de 0,4 c. c de éíer observamos que los diez r^' 
tones caen con igual rapidez en el mismo grado de narcosis, corno 
habíamos observado primeramente con un solo ratón. De aquí ^^ 
deduce que, durante la narcosis, no existe ningún consumo medit>^^ 
de narcótico o que entre el sistema nervioso centra! y el aire ex^tf 
rior se establece un equilibrio para cada concentración del narcót'" 
co en el aire que se respira y sin que esto influya perceptiblemei'-*^ 
sobre la concentración del narcótico en el aire. 

Estas observaciones tienen muolias consecuencias prácticas, p*^' 
ejemplo, que en ^^ caso de una muerte por narcosis no debe arg^" 
mentarse contra el cloroformizador que haya empleado mudio dt^ 
roformo, sino que depende dd tiem,po en que se ha consumido- ~° 
puede, por ejemplo, produdr la muerte de una persona con 5 c. c ^^ 
cloroformo dados en poco tiempo, mientras que con 50 c. c. da^"* 
más cspaciadamente, puede no It^jrarse narcosis alguna. 



— 277 — 

Si en la narcosis no puede realizarse un consumo anormal, puede, 
ra embargo, realizarse una anormal repartición. 

El análisis químico nos exp-lica esto fácilmente. Si tomamos un 
::iimal en el cual se ha logrado la narcosis profunda y analizamos 
1 sistema nervioso central y su sangre, observamos que las con- 
-ntraciones de cloroformo son las siguientes: 

> ucentración de cloroformo en el aire 0,004 por 100 

— — — en la sangre 0,02 — — 

— — — en el cerebro . 0,04 — — 

Por lo tanto, el equili6rio se alcanza cuando las concentraciones 
si narcótico en la sangre y en el cerebro son respectivamente cin- 
:> y diez veces superiores a las que existen en el aire que se res- 
►iira; es decir, que la especificidad del cerebro para el narcótico es 
■eaJmente ima esjpedfioidad de repartición con acumulación. 

Esto parece estar en contraposición con lo observado anterior- 

ícnte en la experiencia de los diez ratones. Pero esto es sólo apa- 

ente, puesto que las cantidades absolutas que existen de cloroformo 

^ eJ ratón son alrededor de 0,0004 gramos en la sangre, 0,002 gra- 

i*os en todo el encéfalo, cantidad total que, en relación con la de 

»i de cloroformo en 2,500 c c. de aire carecen de toda importan- 
ia. 

Nuestro dispositivo experimental sencillo nos hace tsutnbién pcsi- 
*^ <*xpresar en cifras la llamada fuerza narcótica. Si, por ejemplpi, 
^terminamos las concentraciones narcotizantes límite de dos na»-- 
^^cos que queremos comparar como el éter y el cloroformo, en- 
ristramos que, bajo las misma^ condiciones, 0,4 c. c. de éter equi- 
^[en a 0,1 c. c. de cloroformo; es decir, que éste es cuatro veces 
^^s activo que el éter. 

Finalmente podemos demostrar también muy bien la importancia 
^ la-s grasas para !a narcosis. Como és sabido se quiere explicar 
^ "especificidad de la acción de los narcóticos sobre el cerebro ad- 
"^^tiendo que der<ende de la riqueza notable del cerebro en grasa., 
^r'fn'o €s In íecitina que se encuentra en un grado de alta dispersión. 
'^^ lípo'des condicionan una disolución del narcótico fácil en el 
^^bro. Como oonítrprueba podemos hacer un experimento que es 
^ÍTnente la inversión del proceso. 

Si colocamos un ratón en uno de los anteriores frascos y agre- 

•^^nos la cantidad narcotizante límite (0,1 c. c.) de cloroformo, el 

toTí cae en pocos minutos en una narcosis profunda por haberse 

■^^ucido el antes citado equilibrio: concentración en eli aire, con- 

'^tradón en la sangre, concentración en el cerebro. Si intentamos 



w 



Ilota alterar !a conceiiitracióa exterior para despertajr a! animal, po- 
demos logrorfo destapando el frasco y dando entrada al air« puro, 
con lo cual pasa a la rn-vensa el cloroÉormo desde el cerebro a b. 
sangre y de ésta al aire, con lo que el animal se despierta. Todo 
esto es lógico y nlatural; pero si queremos modificar el antes cita- 
do equilibrio sin abrir el frasco, nos basta con introducir en el 
sistema una tal cantidad de substancias de naturaleza lipoide conxw 
10 c. c. de aceite de oliva que disuelven ell cloroformo) que existe 
en el aire contiemido en el fitisco, alterando de esta manera el equi- 
librio y provocando la sensación de la narcosis sin necesidad d*- 
tfi;e hayamos tenido que renovar d aire. 



1 



Hemos dtaidí» en un comsieaizo que, mediante una determinaciz^&i 
concentración podiemías logrür maaitener cada estadio de la narc — ;■«=>■ 
sis de ima manera duradera. Enitne los diferentes estadios de 3a 

narcosis nos interesa principalmente el estadio semejante aJ sue^^no 
normal. Esta especie dte sueño provocado hería muy útil en terapéu^ ^tra- 
ca ; pero no» es posiMe reaflizairlo porque entooces, para lograr manr^tj^- 
ner con cloroformo el sueño de una persona sería neceisario que l^»-"»-^- 
b:ese constantemiente a su lado otra, desipierta. que cuidase -^Je 
mantieiiea" la naircosis en la profundidad conveniente. Por eso -s' 

queremos provocar el sueño con urna, substancia narcótica tiene c^'«je 
obrar automáticaimente y no ser, 'por lo Ibnto, eliminada por 1<3S 
rulraones, es decir, no debe ser volátil co.mo lo es el cloroforr»:"*'*'' 
I'pro si no necesita ser volátil lo .([ue sí tiene que ser es sotu--'^^'^* 
en el agua y en los lipoides. Sin embargo, históricamente fué -«^^l 
cloroformoi de la substancia que se partió para lograr un sueño ■*^*" 
rapéutico. A fin de evitar la ¿imanación per los pulmones dio L- ^* ■*■ 
BREicH hidrato dte doral por la boca, esperando que se descc»<«^"*'" 
jusiese éste lientamente en el organismo de la misma manera c^^"*-^^ 
se desoomipoine en lias solucitmies furtemeníes alcalinas. De suce*:^^^ 
esto tendría que provocainse una oorrierate lenta de doroformo, «i^'*'' 
ya concentradón dependtería de la dosis absoluta administrada %^''^'^ 
la boca. Esta idea general nos condujo a la obtendón. éú prir*'^'*'^ 
Wpnótico utilizable y fué uno de los descubrimientos más import ■^*- ""' 
tes de la Medidna. 

Si volvemos de nuevo a mnestino sendllo dispositivo exp.^:==^" 
mental : el fraisco cerrado, y colocamos en sendos frascos un ra-"*^*'" 
Y una rana, habiendo ciil>ierto previamente cada frasco de una c:^*- í" 
'i hidrato de cloíal fundido, observamos que a los tres mnu»-'*^'*" 



— 279 — 

el ratón duerme tm sueño del cual se le puede despertar, mientras 
Q^tne la raria yace en un estado de naincosis profundo. 

De aquí ste dled-uae que el hidrato de doral es lo suficientemen- 
tje volátdi para produdr la narcosis. Eí diferente grado de nar- 
cosis logxaklo en cada caso nos pruieba además que la teoría de 
I «XJBREICH no puede ser cierta, porque mientras que el animal de 
sciii^e caliente, el raitón, soíamienite duernue, el de sangre fría, la 
r-cLnia, está en grado de nasroosis profunda y lo contrarío habría de 
s^r lo cierto si la aodón del 'hidffaAo^die doral dependiese de que 
^raidias a un proceso químico se liberase doroformo en d organis- 
*^^o. Es, poír lo tanto, la moléoúía toital del hidrato de dorai la quie 
^3uct:úsL como narcótíicx). Pero esto no debe imtpedir que nosotros con- 
si<Heremos como genial la idea de Liebreich, porque si fué falsa, 
indicó, sin embargo d camino que debíanuas emprender. 
El automatismo de la acdón nos establece una oóndkión'más, 
es la dosifkladión. Mientras que en d caso de la narcosis, ia 
^^"Ointidadi absoluta no tenía importancia alguna, tiene una primor- 
_<Iial en d caso de los hipnóticas. Ponqué colocamos una cantidad 
^•otjerminada, en d estómago tenemos que saiber exactamente lo 
^xxe dicha dosis es capaz de hacer, con qué rapidez va a absorberse 
^ ouánto tiempo va a masnitener el sueño que produce. 

Paira adafar las ideas, hagaamos im nuevo experimento con 
^V-e^ comejos dd mismo peso. El nújmiero i ha redbido en' d esta- 
jeo por medio de mía sonda, 0^4 gramos de hidrato de doral por 
^o; el s^undo, por el mismo procedimiento, 1,5 gramos. Am- 
^^**^'S dosis son dosis limites que povocan en d priimero, sueño 
y eai eí segumdo uda narcosis profunda. 

Ejn pffiimer término nos indica ya este experimenito, que con 
'^ tópnlótioote, puiede lleganise tatoubSén a obtener ,unia narcosis 
I^^X^funda de la misma manera que con d clorofomo puede ob- 
^^n:er9e una fase de sueño. 

Al teroori contejo le inyectamos initavenosamente 0,1 gamos de 
*^^<lTata de doral y se observa qiue oae casi momentáneamente en 
^"^''^^ nairoosis profunda. 

Por lo tanto, la dosis dada al animal 2, equivale a la dada al 
^'^^ixnaí 3, en cuanto a su efecto narcótico, pero la) dosis dte aquél 
^^ tjuinoe veces superior a la de éste. Pero el animal 2 tiene esta 
^^sis quince veces míayor en el estómago y por tanto, lo que pode- 
^^os suponer, es que por los diversos procedimientos de admi- 
^^siradón, lo que hemos logírado es que el animal 2 y el animal 3 
"^^n^pin la mismia camtídad de hidlraJbo de doral en la sangre, todfei 
*^^ que han llegado al mi^mo estadio de narcosis. Pero si se 
qtíe d animal i tiene o ha recibido en su estómago una 



áríM 



Jhíidad que es cuatro veoes siiiperioir a la del animial 3 y que 
■licaiiiente presenta una hipnosus, podemos decir que en • 
pndicionea la absorción únicamente lia conseguido copdic 
. conceiitradón que es ínferiür a la limite paira producir I 
mos efectos observados en el animal 3, Esto podemüs traducirloi 
Ijid^tido que ]a dosis que hay que dar per os de un hipnótico esta 
fdcterminada por la vdocidad coa que es absortiido en cada, caso^ 
I y que cuanto mayor sea la vedocidad con que se absorLie, tanto m&^ 
F ñor debe ser la dosis y viceversa- 
Nal ura!!m.«ite también depeflidie de la napidez de ab^ordón l^Mj 
duración de los efectos hipnóticos, toda vez que cuanto más r^^ 
pidamente se realiza aquélla, tanto menos durará ésta. En la p"- 
tica nos encontramos, por lo tanto, con una derta liiniítarión. F- _^ 
ejemplo, no podemos pedir de un medicamento que por absc^z:^]- 
berse rájMdameníe tenga ima aodón pronta, el que su acdón ^^ea 
al mismo tiempo de gran duradón mediante im incremento de 
la dosis. Por el contrario, sí im medicamento se absorbe len_-»a- 
mente, podemos dar una dosis grande, cuyos efectos duran nni' — ~Jio 
tiempo. De aqtú que los distintos hipnóticos sean muy diferentes aj 
la rapidez y dumacióii de suis efectos, y de aquí depende también d 
distinto valor terapéutico dte cada imo de dios, y así el dWal i3or 
absorberse rápidamente es un níedicamento para originar el sueü», 
mientras que el verooial que se absorbe con mucha dificultad, sea 
muy apropiado para prolongar el sueño. 

Estas antedichas, no son más que 'las diferencias más oetensi-i 
bles. La química nos ha proporcionado tal cantidad de h![MiótÍcosJ 
que el médico casi los encuentra demasiados, con poco derect»*J 
porque cada hipnótico es en 'SU dase, im caso espedaJ, cuyas p*"*H^ 
piedades características no pueden preverse. En cambio, ha 
de pensar que las etapas que existen entre la narcosis y d suer 
permite una grsin cantidad de subdivisimines. Asi se ha demostn 
que eí lumínal tiene una apetenda isecundaria especial para la < 
teza motora dd cerebro, lo qtie lo hace apropiado para el tra 
miento de la epiíepsia, mietltriaB que oltros tieneo 1 
predominante eufórica, etc. 

Como hemos dicho anteriormente, se ha investig; 
deseo de encontrar hipnóticos capaces de provocar únicamente^ 
estedio de !a serie que se desarrolla en la narcosis, el sueño. ~ 
ro el análisis farmacológico los ha reconocido muy pronío t 
anefitésTicos generales hasta el punto de que en los feboratorioi 
TTíT-lt^a, apenas se utiliza para la narcosis e) éter o elj 
\ reformo, sino hipnóticos como d uretano o el hedona!. La prÉT 
M-atoria tampoco se oonsideiu muy feliz al tener que i 



ura la narcosis general «el éter o el doro formo, de ios quei tenue 
is acciones secunidairiías y tardías, que dependen del empleo de 
andes cantidades qtie hay que hacer de estas substancias. 

Parece ser uno de lois mayores éxitos de estos últimos tiempos, 
.ber logrado también .para la práctica quirúrgica la utilización 

substanciáis diet grupo de los hipnóticos para lograr la narcosis 
ofunda. La prepiailaoión sistemática de derivados dd áddo bor- 
:úrico, ha conseguido encontrar subs-tanrias hipnóticas que, in- 
y-ectadas intravienosamenite a pequeñas doisis, es capaz de ejercer 
üa acción semejaiiite a la quie hubiértamos observado en nuestro 
►nejo 3, es decir, una^ acción profunda, pero que se diferenda 
í la producida por el clora! en que es de muy larga duración. En 

ácido allyl-isopropyl-'barbitúrico, conocido con el nombre die 
ffinífeno, tenemos una substancia descendiiente dé) antiguo vero- 
il, que combina el máximo de ahorro de dosiis a administrar, con 
1 máximo de persistencia de efeotols, toda vez que medio gramo 
í esta substancia administrada intravenosiamente, tiene una ac- 
ón equivalente a más dle cien gramos de éter, lo cual significía un 
año químico extraordliniarianHente pequeño para d organismo, 
pesar de producir una narcosis quirúrgica profunda. 

Y si ía pesar de que estos císfuerzos nuevos pama d cirujano, 
ero ya viejas para los famacólogos no han iiesuelto todavía por 
Jnipleto el problema, nos han enseñado, sin embargo, los caminos 
óricos que conducen a las nuevas posibilidades de la terapéutica. 



3 
I 




Marinesco y Sacer.— Sobre el valor de las pruebas farmacológ 
en la exploración del sistema nervioso de la vida ve 

tativa. (Sur la valeur des tests pharmacologiques dans l'explor 
sjstéme végetatif.) Revae Neurlogiqíic. Tomo I, núra. S, ly^J 



La hipótesis de trabajo de Eppinger y Hess sobre la vagobá 
simpaticotonia ha sido muy fecunda en nuevas inducciones, Ha s 
un gran número de investigaciones de com.probaci(V con ayuda de pru 
farmacológicas y lia proyectado una luz nueva sobre diferentes problí 
biológicos. Es preciso confesar, sin embargo, que salvo un corto níit 
ae hechos positivos la cantidad de las experiencias sobrepasa con raud 
su calidad, y tal resultado se debe a la ausencia de métodos rigurosos, 
conclusiones que algunos autores han querido deducir de sus investigadi 
están llenas de errores que es preciso desenmascarar. En este trabajo, 
autores se proponen ocuparse del valor de las pruebas farmacológicas, 
ijarticular de las llamadas de Dkesel, de Danielopolu y Carmiol, * 
prueba de la pilocarpina y de la prueba de la adrenalina intravenosa. 

Prueba de D re sel.— Consiste en estudiar la tensión arterial del su, 
durante una hora después de haber inyectado iwr v¡a hipodérmica un B 
gramo de adrenalina; los diez primeros minutos la tensión se toma c 
aos minutos, y el resto del tiempo de cinco en cinco. Las gráficas obteni 
per esta técnica responden 3 cuatro tipos que obedecen a estas nornos: 
la tensión no aumenta y aun disminuye durante los primeros diez minii 
o si aumenta muy tardíamente, se trata de un vagotónico; al contrario, 
consideran simpatlcolónícos los sujetos en los cuales la tensión arterial 1 
menta manifiestamente de 5 a 8 centímetros de mercurio durante los prii 
ros diei minutos para disminuir en seguida y volver a la cifra normal. 

En el sujeto normal la presión aumenta 3 centímetros en los prima 
ros diez minutos para disminuir en seguida y volver a la cifra normal. 

El mecanismo de esta prueba, según el mismo Dresel, es e! siguieol 
Por excitación simpática se influye sobre el centro superior, regulador Éá 
situado en el núcleo lenticular. Este centro envía impulsiones al p 
-1 de éste es grande, su acción predomina sobre 1: 
co, y el sujeto, naturalmente vagotónico, proporciona i 



— 283 — 

esta naturaleza. En el caso en el cual se obtiene una curva simpaticotónica, 
jios mecanismos son dos: o b^en el centro superior funciona regularmente, 
y entonces se trata de una simpatiootonía, o bien el centro superior no fun- 
ciona normalmente, o sea, que aun a pesar de la excitación simpática ella 
no se transmite al centro superior y, por consiguiente, éste no envía in- 
fluencias al parasimpático para inhibir la reacción antagonista; en este úl- 
timo caso se trata en realidad de una hiperexcitación del sistema vegetati- 
vo, debida a un mal fucionamiento del centro regulador superior. 

Para saber si se trata de una hiperexcitabilidad del sistema vegetativo 
entero cuando obtenemos la curva sinapaticotónica, se explora el parasim- 
pático por la prueba de la pilocarpina. Si se obtiene una reacción vagotó- 
üica, entonces no hay duda que se trata de una hiperexcitabilidad de todo 
el sistema vegetativo; en caso contrario, hay solamente simpatiootonía. 

Dresel ha propuesto, además, en los casos en que se supone que se trata 
de una perturbación del funcionamiento ded centro regulador superior, la; 
administración del cloruro de calcio que facilita la función de aquel centro 
y transforma al cabo de cierto tiempo la curva simpaticotónica en una curva 
normal; en icasos de sim^jaticotonía verdadera la administración de cloruro 
calcico acentúa más aun los caracteres simpaticotónicos de la curva de la 
t presión. 

[ Según Dresel la adrenalina no actúa más que exclusivamente sobre las 
, terminaciones del simpático y no tiene, por consiguiente, la acción anfotro- 
: pa admitida por ciertos autores. 

Los autores han aplicado la prueba de Dresel a un centenar de enfermos 
: de afecciones distintas del sistema nervioso y a treinta sujetos sanos. Los 
¡ resultados obtenidos han sido concordantes en los casos de parkinsonismo, 
polineuritis y núopatia examinados utilizando para la adrenalina las vías 
íiipodérmica e intravenosa. En la enfermedad de Basedow la concordancia 
^0 existe sino en la mitad de los casos, y en los sujetos normales en un 30 
por 100 aproximadamente. La falta de concordancia entre los resultados 
obtenidos por la vía hipodérmica y los que somiinistra la vía intravenosa se 
•aplica, según los autores, por la vasoconstricción local producida por la 
adrenalina, que no permite la rápida difusión de esta substancia. 

En los casos de parkinsonismo en los que hay una concordancia entre 
íí'S datos obtenidos mediante la inyección por ambas vías, se puede admitir 
Que esta concordancia es debida casi seguramente a una absorción más ve- 
S^Iar de la adrenalina; experimentalmente, en efecto, es posible cambiar to- 
talmente la forma de las curvas mediante la inyección de pilocarpina y de 
ergotamina a dosis suficientes. La prueba de Dresel da curvas vagotónicas 
, en el 90 por ico de los casos de parkinsonismo. En la miopatía y en la poli- 
íieuritis se obtienen curvas, simpaticotónicas muy características. 

Prueba de Danielopolu y Carniol.— Se coloca al sujeto en decúbito 
^wsal, se cuenta el ritmo cardíaco ; se practica una inyección intravenosa de 
'- 2 miligramo de atropina, anotando el máximo de los cambios que se com- 
P^^, y después se inyectan con breves intervalos dosis sucesivas de 
-. .\ ^/3 6^ 3/4 de miligramo de atropina hasta la parálisis del parasim- 
P'^tjco cardiaco. Para comprobar esta parálisis se utiliza la compresión ocu- 

i 

\ 



Jar, la presión del neumogástrico en el cuello o el ortostatismo ; 
lirt-fieren este áltimo medio. En efecto, el ortostatismo produce í| 
ración notable del ritmo, fenómeno que seria debido a una en 
Eimpátieo. Si el neumogástrico está completamente paralizado, 
acelera más en la estación en ine para volver a su cifra in 
sujeto se eche niievamente. Si, al contrario, el neumogástrico 
pietamente paralizado el ritmo acelerado se hace lento en el 
sal y desciende por algunos momentos por debajo de la df 
vuelve a esta cifra sino después de algún tiempo. Por ejemj 
jito a! cual se inyecta 1/4 de miligramo de atropina se obtiene v 
ción de pulso que pasa de 70 a 120 en el decúbito dorsal, 
cilra representa la parálisis completa del vago, el ritmo alca()za,4 
O menos 140 en la posición vertical, para volver a 120 en e 
sal. Si. al contrario, esta dosis no lia realizado una parálisi 
vago, entonces el ritmo aumenta en posición vertical de 120 a 
a lio al acostarse y vuelve a 120 al cabo de algunos minutos 
la dosis de 1/4 de miligramo de atropina no ha sido suficiente j 
lar el vago, es necesaria mía nueva dosis para que el freno c 

Por esla técnica, Danielopolu valora el tono de los sistemas 
del corazón. La dfra máxima de aceleración en decúbito dorSB 
de la parálisis del vago en el momento en qife ya no se produi 
clinoslático representa el tono absoluto del simpático. La difi 
esta cifra y la del ritmo antes de la inyección constituye el t 
del vago. 

La dosis total de atropina mide igualmente, hasta cieri 
del vago : por eso esta dosis es tanto mayor cuanto más e 
del vago. 

Las cifras límites estableridas por Carniol y Danieiíipolu 1 
íicar las reacciones obtenidas son las siguientes ; 



Normal 11Ó-128 48-58 

SimpaticotónicQ 136-156 48-58 

V^otonía 116-128 70-80 y 1^ 

Anfotonía 140-1SO 72-98 

Hiposimpaticotonia 100-108 48-52 

Hipova^tonfa 116-128 0-33 

Hipoonfotonía 78-104 30-36 

Poniendo en práctica esta prueba, los autores han obtenido r 
cordantes con las otras pruebas. Según han podido demostrar íá( 
una investigación bien conducida, esta falta de paraldismo e 
te explicada por el hecho de que la reductíón a O de la excitabiÜf 
lAtica no coincide exactamente con la parálisis completa del i 



— 285 — 

giinos casos» en efecto, siendo nula la excitabilidad clinostática se obtuvo 
uii reflejo óculo-cardíaco positivo y un aiunento en la aceleración de pulso 
tor nueva inyección de atropina, hechos ambos que demuestran claramente 
lue la parálisis del vago estaba muy lejos de ser completa. 

* ♦ * 

Prueba de la pilocarpina. — Revela, como se sabe la excitabilidad del sis- 
tema parasimpático y ha sido estudiada minuciosamente por Platz. Este 
autor emplea las dos vías, subcutánea e intravenosa, respectivamente a la 
cíosis de un centigramo y setenta y cinco miligramos; Marinesco, en cam- 
^h, ha utilizado tan sólo la vía intravenosa. Son bien conocidos los fenóme- 
íJos ique subsiguen a la inyección de pilocarpina y que consisten en pertur- 
^ciones vasomotoras (sensación de calor, enrojecimiento de la cara, aumento 
Je IsL saliva y del sudor); en los vagotónicos estos trastornos son muy mar- 
cados y se les agregan nuevos fenómenos (vértigo, palpitaciones, diarreas, 
etcétera). Existen todavía alg^unos puntos oscuros en la significación de los 
^ciióinenos observados, tales como la aceleración del pulso y el aumento de 
la "tensión arterial comprobados a pesar de la acción vagotonizante de la 
pííocarpma. 

^Ista es la razón por la que ciertos autores sostienen que la primera fase 
^€ 1^ hipertensión y de la aceleración de pulso va seguida de una segunda 
^ l^potensión y lentitud. Pero los autores no han podido confirmar este 
^^^^meno aunque estudiaron a sus enfermos, a veces por espacio de dos 
l^or^s. El pulso y la tensión después de la vuelta al estado normal no dis- 
"iit^-Uyen. La reacción paradójica a la pilocarpina del pulso y de la tensión 
^s» i>iies, un hecho ; para explicarla Friedeberg sostiene que la dosis eficaz de 
P"<>carpina es una dosis tóxica, y la aceleración del pulso se debería a la 
excitación central d«l simpático. Bauer, Faber. etc. han propuesto otras in- 
^e^retaciones. 

Es más prudente admitir con Platz que todavía conocemos defectuosa- 
'^'^nte el mecanismo de acción de la pilocarpina que excita el parasimpático 
^' Produce, sin embargo, ima taquicardia. 

Sea de ello lo que quiera, las investigaciones de la mayor parte de los 

^^^orcs demuestran que hay sujetos que reaccionan violentamente a la pilocar- 

^'^a del mismo modo que otros reaccionan muy débilmente, y que los pri- 

'^^^fos son, según el resultado de otras pruebas y de la investigación clínica 

^^*Hiinanicntc vagotónicos, en tanto que los segundos son símpaticotónicos. 

iVro, ¿dónde empieza la vagotonía? He aquí una cuestión muy delicada. 

Se puede admitir con Platz que los individuos que ofrecen una acelera- 

^'^n de pulso de 30 por minuto después de la inyección son vagotónicos; tn 

^^'^'os casos es constante que la tensión se eleve más de 2 centímetros de 

^^curio que haya salivación y transpiración abundante, etc. Platz ha se- 

^^'ado tin fenómeno bastante raro, a saber: La aparición de hipersecreción 

"'^onquial, de' bórborfgnios y de micciones imperiosas. 



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explorar el s' „ atender al (-^ggn que » v inytccrW 



or tostatismo, y acaban por conceder la máxima importancia a la prueba de 
ía inyección intravenosa de la adrenalina, que aseguran ser completamente 
inocua. 

J. Sanchís Banús 



SoLOMON, Berk, Theiler y Clay.— * El uso del sodoku en el trata- 
miento de la parálisis general. (The use oí sodoku in the treat- 
ment of general paralysis. Archives of Infernal Medicine. Vol. XXXVIII, 
número 3, septiembre 1926. 

Los autores han tratado de mejorar el método malárico para el tratamien- 
tt3 de la parálisis general usado ya desde ocho o nueve años. Como es sabido, 
el tratamiento de la parálisis general por la malaria fué iniciado en 1917 por 
^^''-AGNER von Jauregg. Consistía el método en la inoculación del paciente con 
&«ingre de palúdico hasta conseguir la producción de paroxismos febriles. En 
&*?tieral, se permitía que el enfermo tuviese cinco accesos y después se le 
trataba por la quinina. Los resultados de esta técnica han sido verdaderamen- 
te favorables y han introducido un nuevo elemento en el pronóstico de la pa- 
Tíilisis general. Después de un rápido examen histórico de los fundamentos 
teóricos del método, los autores reúnen las ventajas y los inconvenientes por 
^l- tratamiento palúdico erí los siguientes términos : 

Venia JOS. — i.* Se producen con frecuencia temperaturas muy altas. 2.* Una 
2^*"^n mayoría de los enfermos son susceptibles dej inoculación. 3." Los au- 
'^í^ntos de temperatura recurren con breves intervalos. 4.* La enfermedad se 
I*^ede combatir eficazmente con) la quinina. 

Inconvenientes. — ^La enfermedad ha de transmitirse de paciente a paciente, 
>"^ no pueden utilizarse ¡cultivos ni animales de laboratorio. Puede causar ac- 
^Y^^tes mortales. Existe el riesgo de inocular una forma estío-otoñal (gra- 
^^sima); muchas veces el enfermo no es susceptible de inocularse o se cura 
^^n tal rapidez que la fiebre no tiene influencia sobre la parálisis. 

Plaut quiso mejorar la técnica utilizando el germen de la fiebre reen- 
vídente que obvia la mayor parte de los inconvenientes antes enunciados. Sin 
^'^Wgo, el método d0 la fiebre recurrente tiene el inconveniente grave de 
^^e a veces es imposible detener la evolución de la enfermedad experimental. 
Buscando nuevas perfecciones los autores han utilizado el spirochaeta ntor- 
s^iu^"'^*^' agente causal del sodoku, enfermedarl primeramente conocida tan 
^ *o en el Japón y ulteriormente conocida y descrita en todos los países del 
'^^ndo. 

I-a enfermedad produce numerosoá síntomas que recuerdan la sífilis. 
dcd ^^^*^ primaria es un chancro que se presenta en el lugar de la mor- 
ía ^^^. ^^^ ^**^"' subsigue una linfangitis con reacción ganglionar. Más tarde, 
fie J^^roquctosis se generaliza y el germen entra en la sangre. Un período 
í^Ht^^°^^ cutáneas de varios tipos sobreviene después, enteramente seme- 
j^^ a áa sífilis secundaría. La temperatura aumenta hasta 104 ó 105* F. o 
j^ 5 veces adopta el tipo intermitente y vuelve después de un período de pocas 
'^ a la normalidad. El aumento y la caída de la ttttvii>eT^\Miíi ^^ xc^Xfc 



, / ^ 






I 
I 



cada dos días. La en.— 
agotarse por sí misma; pero otras veces, Ia,s 
'período de meses. Responde co«i 
En la enfermedad contagiada por la rata la mort^u-- 
D tratados, es muy pequeña, y hay que anotar qi^»-^ 

o tomaron salvarsán. . 

conocido desde largo tiempo como una entidad d^^* 
verdadera etiología. Futaei^:^^ 



de' tiempo en tiempo frecuentemente todos los días 

íermedad puede, 

exacerbaciones febriles i 

rapidez a la arsíenamina 

lidad, aun en tos casos i 

sienípre ai sujetos que i 

Aunque el sodoku er: 
nica, tan sólo en los úhi 

Takaki, Tanicuchi y Osumi han sido los descubridores del agente c 
que es el spirochaeía inorssis miiris. El germen puede conservarse por tiempc^ 
indefinido en animales de laboratorio. 

La rara manejada por los autores les fué suministrada por un niño, >^ ' 
desde 1923 SB mantiene activa por pases en animales de laboratcffio. 

El material usado por la inoculación consiste en sangre citratada tomada^^^" 
en condiciones asépticas del corazón de un cobaya o de un ratón infectados^ ^^ *^' 
Siempre se examina por iliuninación en campo obscuro el material usaoo. 

Los autores pensaron, desde luego, que este tipo de enfermedad podría traer:» ^^^ 
ventajas en el tratamiento de la parálisis y procuraron la inoculación expe — ^^"í" 
rimental. Sus trabajos les permitieron establecer que el sodoku puede trans — ^ ís- 
mitirse artificialmente del animal al hombre; que esta inoculación produce uii^».«"^í 
enfermedad general con fiebre y formación de anticuerpos, y que tal enfer— — »^ír- 
medad no es en manera alguna peligrosa para la vida del paciente y se eosa—x'xm- 
bate con éxito rápido mediante la arsíenamina. Los autores no se atreven :s a 

juzgar todavía los efectos terapéuticos de esta técnica, de la cual poseeLí -^»en 
poca experiencia. Les parece, sin embargo, en teoría que el método es! [aiK-^^an 
bueno como c! de la inoculación malárica. ^^B 

J. Sakchís BanCs ^^M 



J. CoMBv.— Tumorea del rlfión on los nifios- Archk-es de Mejxr'^i- 
cine des enfants. Revue generóle, agosto igaó, núra. 8. 

Aunque la terapéutica de las neoplasias del riñon en los niños no hay ~-^ 
hecho progresos decisivos, y aunque el pronóstico sea absolutamente fi^^^^^" 
i;esto, es preciso proseguir el estudio atento de estos tumores, para podei — ' " 
los combatir vigorosamente. 

Por el examen histológico de algunos tumores, que han podido ser csti^K^ ■ 
diados por el médico irlandés doctor Sckippers, se deduce que los más fre== ~ 
cuentes entre los tumores renales infantiles son los sarcomas y los carcini:^ ~ 
mas, aunque también se han observado otras variedades. Los tumores de^ ^ 
riñon son congénitos, permaneciendo latentes e insidiosos durante algú^ "^ 
tiempo, para adquirir más tarde rápidamente un voltmien enorme. Era»^'" 
unilaterales 90 veces de 100. Su peso pasa a veces de cinco kilogramos, sien - — 
do de forma redondeada, con grandes o pequcüos nodulos. 

, Al corte se ve que el tumor está envuelto en una cápsula fibrosa espe - — 
cial, cuyas prolongaciones penetran en el interior, para formar pei^ie&os titíT 
3S sanguíneos atraviesan la cápsula, j ~ ' 



está ricamente vascularizado. Algunas partes son más blandas que otras. 
Varios focos hemorrágicos originan la necrosis y a veces quistes rellenos 
de materia amorfa. Las más grandes variaciones se ven a simple vista, lo 
mismo que al microscopio. 

Abundantes hemorragias pueden conducir a la formación de im gran 
qtiiste, o bien el tumor en su totalidad ser muy duro. Entre estos dos extre- 
iri¡os existen todas las combinaciones. La principal masa neoplásica está 
fonnada de sarcomas embrionarios y de células redondas o fusiformes, mez- 
cla-dos coa este tejido y en proporciones variables se encuentran músculos, 
cartílagos, grasa, huesos y epitelio estratificado o cilindrico. La mezda com- 
pleja y variable de estos elementos hace el diagnóstico difícil. 

Se encuaitran varias veces metástasis, y cuando existen afectan prefe- 
rentemente a los pulmones y a los huesos. 

üara vez el tumor gana la pelvis renal y las venas con probable trom- 
t>c>sis de la cava inferior. Es rara la invasión de los órganos vecinos^ 

Síntomas. — En general se descubre una gran tumefacción entre el rebor- 
^^ costal y la cresta ilíaca, llenando más o menos esta región. 

Por un interrogatorio cuidadoso se averigua que el niño se ha debilita- 
^^» ha adelgazado y perdido apetito. Con frecuencia se sabe que ha sufrido 
dolores de vientre y que ha tenido cólicos. La hematuria no se observa más 
^tie en el lo por ico de los casos. 

Los grandes ttmiores desplazan los órganos vecinos, rechazando el día- 
**'^-gma hacia arriba, comprimiendo el estómago, etc. 

Es asombroso la pequenez de los trastornos urinarios, que dependen de 
^^^e el timior no suele atrofiar, irritar ni ulcerar la substancia renal, de tal 
^^^^^Jiera, que las partes restantes sanas de la glándula continúan su función 
^i k pelvis está invadida, entonces la hematuria aparece. 

Wí dolor, en un período avanzado, resulta probablemente del crecimien- 
to^ rápido del tumor, estrechando la cápsula, los vasos sanguíneos y los ner- 
^*os. Las hemorragias y también la inflamación de su superficie, que prece- 
^^ a la agresión de los órganos vecinos, pared abdominal, diafragma, hígado, 
estómago e intestino, es causa, de dolor. 

En dos casos personales del doctor Schipper, ha encontrado puntos sen- 
sibles, al mismo tiempo que una crepitación peritoneal. Un poco de fiebre 
^^iste en algunos casos, y parece debida a brotes inflamatorios de la su- 
í^^rficie. La caquexia es tardía y la muerte, por regla general, debida a una 
^^^monía secundaria, o bien a metástasis en los pulmones o huesos. 

Los cirujanos se quejan frecuentemente de que se les envíe a los niños 
^^masiado tarde. Al principio, cuando el tumor es pequeño la intervención 
^^''ece menor peligro; pero dada la posición oculta del riñon el diagnóstico 
^^'"'^coz es casi imposible. 

^^ B« preciso asegurarse de que el tumor es de origen renal y de cuál e» 
naturaleza.. El bazo grande se reconocerá por su forma y por los siu-cos 
^^^^^s;. pera estos signos pueden estar desfigurados por un tumor, un ^bs- 
^^^a un. quiste hidatidico.de este órgano; sin embargo, la posición más 
r^^^íior, la movilidad más grande y el desplazamiento respiratorio harán 
^'^«^ en una afecdón espléoica. 



- i 



pgr la palpación, por sus 

posible y las pruebas fui 



Un tumor de hígado s« le 

1 d borde inferior del pulí 

les. 

La hipertrofia de los ganglios meseiilcricos se ve más bien cu la línea 
media, cerca del ombligo. L^ tuberculosis asienta Bober todo en las partes 
bajas. Los quistes del peritoneo son ñuctuantes, movibles y de voliuxmi 
moderado. 

Los quistes del ovario son medios y sus conexiones con el útero, a:ia.»ú- 
ñcstas. Los abscesos del psoas sou palpables por encima dei ligamento de 
PuuPART y tienen una forma oblongada. 

Los grandes tumores del riñon tienen una posición lateral entre los ar- 
cos costales y la cresta iliaca, detrás del colon. Si se desplana el higttdo <=> el 
bazo, el diagnóstico es f ácü ; en caso contrario la dificultad es muy marc^ «ía. 

Los rayos X pueden ayiwiar, precediendo la insuflación del colon. 

La hidronefrosis y la pionefrosis serán diagnosticadas en los casos a.^^- 
dos por la anamnesis y la hipertermia. En los casos más lentos (compren '''■ 
nes, retracciones), por un tumor redondeado y fluctuante ; sin embargo, en ^°- 
niños pequeños este diagnóstico es imposible. 

El quiste hidatidico no será reconocido más que si tas vías urinarias y^^' 
ícradas dejan pasar los scolex o vesículas hijas. La reacción de WeinbS^ * 
y la eosinoñlia aclararían el diagnóstico. 

El pronóstico es malo; jamás existe la curación espontánea. La dut: *" 
ción es de diez semanas a 

El tratamiento no puede ser más que quirúrgico. Según las estadistic 
'le Walser, de 145 niños operados, cuatro solamente vivian después de ti 
años. La mortalidad inmediata o después de algunos días es de 38 por ii 
Si la nefrectomía ha salido bien, el operado corre el riesgo de i 
neumonía con mucha frecuencia. Las recidivas son frecuentes ; el 90 por % 
según Ombredane. Casi todas las recidivas son dentru del primer año 
operados ; pero se citan algunas recidivas después de cinco años. 

El número de niños operados y curados no pasa del S por loO. El r 
saltado de la nefrectomía será tanto mejor cuanto antes se practique. 

La radioterapia ha sido empleada poco, y los resultados no son satisi 
torios; sin embargo, Schuvten lia tratado por los rayos X un tiiño pet 
ño que padecía un tumor inoperable, curando. 

J, A. MUSOVERRI 



C. RcELLE. — El estado refraotarlo del niño a la difterl» 

(L'ctat refiactaríe du nourrisson a la diphíeiie). ¿rtixetles Aícdicak, 1 
mero 44. Agosto de 1926. 

Eí una observación hecha desde liace lietupo i¡ue la difteria ataca a 
niños con predilección. Sin embargo, en ciíoí de epidemia, la receptivida 
1:0 es genera!. Todas las edades, en efecto, no están igualmente expuestu 
los niños, hasta los seis meses, escapan ordinariamente a la enfermedad. 

Las estadísticas demuestran la inmunidad relalíva antes de los seis M 



— 291 — 

ses En Londres, Rolleston, da para los niños de esta edad un 1/2 por 100 
de receptibles; en Lyon, Musy, de 1.633 casos de difteria declarados por la 
oficina de Sanidad, no señala más que 48 casos en niños, y de éstos, siete 
■ tan sólo, tenían menos de seis meses ; es decir, una proporción de 0,4 por ico. 
Varxot, en cifras de su práctica profesional del antiguo Hospital Trousseau, * 
de París, cuando estuvo encargado del Servicio de Difteria y tuvo a su cui- 
dado alrededor de 2.500 niños afectos dte esta en+ermedad, comprobada por 
examen bacteriológico, encontró 34 de cero a un año nada más. 

Una prueba del estado refractario nos lo da la reacción de Schick. Este 
método, permite establecer de una manera simple y práctica la receptividad 
a la difteria en mi sujeto dado. Tiene por principio la producción de la intra- 
cíennor reacción a la toxina diftérica. La inyección de esta toxina a la do- 
-is de una 50.* parte de la dosis mortal para el cobaya, indica, si no pro- 
duce reacción, que el sujeto posee una cantidad suficiente de toxina para re- 
S'*iít¡r a la infección diftérica, en las condiciones liabituales de contagio. Prác- 
ticamente, la prueba indica que el individuo con Schick negativo no contrae 
la difteria aunque viva en un medio infectado. 

La téaiica es muy simple. Se inyecta en el dermis del brazo derecho 
^í2 c. c. de la toxina no calentada, y en el bra/o izquierdo 0,2 c. c. de la 
oiisma toxina, pero calentada al baño maría a 75* durante cinco minu- 
tos. (Reacción testigo). Ésta reacción testigo, permite descartar la pseudo- 
^^acción debida a las proteínas de cuerpos microbianos autolizados en las 
•<^^inas, y que a veces, sobre todo en los adultos, falsearían las enseñan- 
^^s que se desprenden de la reacción. La dilución de toxinas debe ser pre- 
^■^'^da extemporáneamente. 

La reacción positiva aparece en el brazo derecho a las veinticuatro o 

_^^ renta y ocho horas, y adquiere el máximo de intensidad a las setenta y 

^» persistiendo durante seis o siete días. Está caracterizada por una zona 

^ enrojecimiento de uno a dos centímetros, acompañada de infiltración li- 

^ '"^ <le los tejidos, a veces bastante intensa para constituir verdaderas cle- 

^j alones papulosas. AI final del período reaccional, en el momento en que 

p^ ^^rojecimiento se dd>ilita, existe una ligera descamación, al mismo tiem- 

j^^ que una pigmentación obscura de la piel, que puede persistir varias se- 

to '^^^* ^ ^^ mayoría de los casos, el brazo izquierdo queda absolutamen- 

r^^^l*^^^"^^ y "<> presenta ningún enrojecimiento. Si la falsa reacción apa- 

^^^. se caracteriza por un enrojecimiento que se muestra de una manera 

'*i^s precoz y que alcanza su máximo en veinticuatro horas, para atenuarse 

*^I^i<lamente al segundo día. La zona roja es más difusa. 

interpretación de la prueba de Schick, — ^Es preciso comparar los resul- 

^**^Cks en los dos brazos: i.<^ Si la reacción faifa en el brazo izquierdo (to- 

"^■^*^^ calentada) y toda la reacción se presenta en el brazo derecho (toxi- 

¡^ no calentada) es una reacción positiva, aunque sea ligera. 2.0 Si se pro- 

^^í^ en los dos brazos una misma reacción, caracterizada por un área de 

^**^jecimient» * infiltración que aparece rápidamente, pero que desaparece 

^ «abo de dos o tres días, no dejando más que una pequeña mancha no 

^^^Titenteda, la cual lambió desaf»arece pronto, sin descamación consecu- 

^"^^1 H imtde concluir que 9C trata de yxa», ps«u(iQ-r^^cl6Tv !»v V^ ^\ 



- . ; .Í-T,V"V- 



kdos, tradiiccióii de uiia. hiperseiisibílidad a tas albúminas de los cu^ 
liocilares. lo mismo en la toxina calentada que en la quc no lo ha i 
3." Si se prudtice en cl brazo izquierdo una icacciún rápida, que dcsai 
le casi completamente en tres días, midiitras que en el derecho auui 
hasta el tercer día, se puede afirmar que aquí también se trata de una 
icción positiva. 4." Si no se produce ninguna reacción en el brazo deri 
se concluye, por el contrario, que la reacción es absolutamente nci 
y por consecuencia, que el sujeto posee inmiuiidad para la difteria. 

Resultarlos del melado, — Las estadísticas demuestran que la bus 
lidad a la difteria, débil durante los seis primeros meses de la vida, , 
I;; de esta edad hasta los dos años Este hecho esíá demostrado 1 
TiiOite por las siguientes cifras de Park y Zingüeh, 
I.TíENE, de otra: 

Hasta tres meses 15 por 

De seis meses a un año..., 60 

De un año a dos ¡d 10 

De dos años a cinco id. 30 

De diez años a quince id 2<i 

Más de veinte años 15 

Cifras semejantes da Lesne, quien encuentra todavía mayor númerC 
rweptibles en los primeros años, hasta el quinto. Estadísticas tambi 
L'das obtienen en Roma Eonchi y Redlich. 

III. El estado refractario de! recién nacido e5 atribuido a propiedE 
humorales. El estudio de la sangre de estos niños, permite demostrar 
t.i, en su suero, la presencia de antitoxinas diftéricas. Además, se p« 
tutdir el poder antitóxico de su suero y fijar aproximadamente la lU 
ÚH anticuerpos para preservarlo. 

La inmunidad del niño de pecíio contra la difteria, se habían observ: 
en otros casos. Los m'ños nacidos de madres cu'-adas de viruela poco 
les del embarazo, o inmuniíadas durante el curso de él, gracias a la 
cuna de Jenner, pueden no mostrar pústulas cuando se practica después 
I lucimiento la vacunación; están refractarios. 

Hechos experimentales en el cobaya, llevados a cabo por Tbeobalb 
SiMTH, que inyectan una mezcla de toxina y antitoxina diftérica dura 
el embarazo, demuestran que los conejillos nacidos, presentan ur 
lia má! ^ande contra la enfermedad, comparándola con los cobay 
i.cs no se ha realizado este experimento. 

Ehnucr se esforzó en dilucidar esta c 
Inria. Sus experiencias demuestran que los 
n'sdre al feto a través de la placenta. Si s 

reiios vegetales, se encuentran anticuerpos n ^ 

iia.^ sino también en la fetal. En la especie humana, eíta inmunidad here 
lana, es de «na parte por el paso de antitoxinas maternas a través de la p 
tente, y de otra, por su transmisión por la leche. Abel ha demostrado - 

«nttloxinas de la hembra recientemente curada de difteria. 



lón de la inmunidad here 
¡cuerpos pueden pasar de 
munizan hembras contra 
solamente en la sangre mat 



tran en la sangre del recién nacido antes de haber sido alimentado con el 
pecho. Experimentando en la sangre del cordón umbilical en el 85 por 
100 de los casos, se han encontrado antitoxina. Aviragnet, Weill-Halle y 
PiERRE Marie afirman que jamás se encontró una reacción de Schick nega- 
tiva ' en el niño, si ésta es positiva en la madre. 

Hay una correlación establecida por las estadísticas entre la inmunidad 
fr>at«ma y la inmunidad del niño. En el campo, el número de madres todavía 
recsei)tiWes a la difteria, es más grande que en las ciudades y consecutivamen- 
le, la proporción de niños víctimas de esta enfermedad es más elevada. 

TJna prueba de esta transmisión de anticuerpos de la madre al feto du- 
rant:^ la gestación, la dan las recientes experiencias de Zoller. Habiendo 
vacrtinado con anatoxinas diftéricas hembras de cobaya, se notó la transmisión 
de la inmunidad al recién nacido y la desaparición de este estado refracta- 
xio después del 12 mes. Hay otros experimentos en este sentido, que de- 
njuestran la transmisiwi de la inmunidad hereditaria. 

-Al lado del paso transplacentario de anticuerpos antidiftéricos, se deb« 
ac¡TT:iitir igualmente la posibilidad de su transmisión por la leche. Esta, en 
efecto, es vehículo de anticuerpos Se pone de manifiesto: i.», la inmunidad 
esi>ecífica de ratoncillos aislados de madres normales; pero nutridos por hem- 
bras inmunizadas contra toxinas vegetales (Ehrlich), y 2.*, la transmisión 
^^ anticuerpos diftéricos del jumento hembra al potro (Dzergowski). 

I^or lo que concierne a la mujer, es cierto que los anticuerpos pueden 
P^sar por la leche. Varios investigadores han observado un poder agluti- 
nante muy pronunciado en la leche de nodrizas afectas de fiebre tifoidea. 
•'íi>-AL y otros, han puesto en evidencia la transmisión de aglutininas. Sch- 
*J^T» en fin, ha demostrado la presencia de antitoxinas diftéricas en la le- 
che de las nodrizas. 

¿ Cuál es la naturaleza de este estado refractario? Se ha considerado co- 

^•p Comparable al que se procura por una inyección preventiva de suero. 

^^^ embargo, hay entre estas dos inmunidades una gran diferencia. El es- 

/^o riefractario debido a la inyección de un antisuero no persiste más que 

^*Sunas semanas, mientras que la inmunidad pasiva del niño dura alrede- 

^ <ie seis meses. Es cierto que la transmisión al recién nacido de la inmu- 

niuad antidiftérica materna no es definitiva; pero se puede decir con Lere- 

^^XJBfT, que es el factor exclusivo de la rareza de la difteria en el recién 

d^^^^*^* ^^ inmunidad paterna no interviene también? ¿No puede pensarse 

^ ^na manera general, que el organismo del recién nacido o del niño de 

P^^ho, no reacciona frente al antígeno (toxinas y microbios) demostrando 

^ stisceptibilidad o una facultad reaccional tan viva como cuando el niño 

inayor? Insensibilidad e ineptitud a reaccionar, deben ser distinguidas una 

cifi ^^^^ ^ insensibilidad representaría una especie de inmunidad no cspe- 

jj »^?^ «na falta de susceptibilidad. La ineptitud a reaccionar, no sería si- 

bul^**^^ de insensibilidad, de indiferencia, ella haría del niño un ser vulnera- 

^y ,1 pero capaz de señalar el ataque del cual ha sido víctima, por los signos 

^^'íarios de la enfermedad. 

^^^omo se re, este estudio tiene todavía varios problemas que solucionar. 

J. A. Muñoyerr* 




P Th. Fa»r.— Aoeroa áe la patogenia da (a glomerulon«frlt!s 

aguda. (Zur Patliogenese der akuten Glomerulonephritis.) Deaiscr-s 
Mcdisinische H'achetuchrífl. Año LII, núm. i8, igz6. 

En un trabajo recientemente publicada por Küczyhski y en otro ^ 
VOLHAKD se insiste en la doctrina establecida por este ñltimo 
de las eausaa de la glomerulonefritis, que consiste en considerar un espasi 
priinario de los pequeños vasos del riñon como el facfor fundamenial de 
ejiía-medad. Fahk, también recientemente, se ha ocupado de refutar en 
libro de LuBARSCH y Henke la hipótesis de Volhard. El autor sostie 
como desde el principio de sus trabajos, !a idea de que la glomcrulonefr= 
obedece a un agente tóxico y comienza en el interior de las asas i;'onie 
Jares en forma de una verdadera endocapllaritis. Ahora bien, segím las ra- 
cionadas investigaciones de Kuczvnski, parece que las ideas de VouiJ.™ 
hao obtenido una comprobación de índole anatomopatológica, y el autor 
dica el presente trabajo a refutar las descripciones de Kiiczvnski, 
mente con arreglo a los casos suyos, sino por medio de una interpretai^r^ -= 
diferente de las imágenes publicadas por Kuczvnski mismo. El trabaj»^ 
este último autor se funda en el estudio casi exclusivo de un solo casi»- 
glomerulonefritis aparecido en un niño de doce años a la tercera semm^:^^ 

I de una escarlatina y muerto por una neumonía intercurrente a los once -^r^" 
de aparición de ios edemas generalizados. El caso en cuestión no puede t^= = 
sMerarse, por !o tanto, como muy precoz, hecho que puede confirmarse, T' 
tAxa parte, dada la presencia de semilunas en las imágenes descritas, hall^^=^ 
qjie, con» se sabe, falta siempre en las fases muy precoces de la glomer»-^^^- 
áefritis. 
La refutación del trabajo de Kuczynski la realiza Fahr por medio 
estudio de un caso investigado seriadamente desde el punto de vista hís^^ 
lógico, y en él, como en el de Kuczvnski, predominaba una exudación. ^ 
ulular y leucoeitaria en el interior de las asas glomerulares, pero se 
ferenciaba del caso de Kuczvnski por ser mucho más precoz. Se trata^*^ 
en efecto, de un enfermo de treinta y siete años, muerto en el tercer cE::^ 
de una glomerulonefritis aparecida bruscamente. 

Microscópicamente el riñon mostraba en este caso unos glomérulos de. -=^ 
igualmente aumentados de tamaño con una cantidad variable de glóbulc 
y abundantes leucocitos en las asas glomerulares, en las que también 
una masa coagulada, granujienta, ds aspecto vitreo y mezclada 
eleares. Además de este proceso exudativo, había una proliferación intensa- 
del endotelio capilar, tal y como ha sido descrita anteriormente por Volharb -^ 
La pared de los capilares estaba en parte adelgazada y en parte ensanchada 
por ingurgitación y ligeramente granujienta. En las cápsulas había un exu — " 
dado escaso con glóbulos rojos y lo mismo en los túbuli, que por su part^ 
no mostraban ninguna alteración. Los vasos estaban llenos de sangre y poi 
lo demás sin alteración alguna y los capilares intersticiales aparecían verda- 
deramente repletos. 



— '¿os — 

Fahr ha concedido especial atención al estudio seriado de los cortes res- 
pecto al comportamiento de los vasos y ha seguido de este modo exactamente 
-el camino de los vasos aferentes desde su salida del vaso interlobular hasta 
su penetración en el glomérulo y más allá hasta la salida del mismo cons- 
tituyendo el vaso eferente. El vaso interlobular se comporta siempre de un 
modo uniforme y sus paredes, especialmente la íntima, se encuentran abso- 
lutamente indemnes; la luz del vaso bien llena de sangre. En cambio, los 
vasos aferentes se muestran de un modo irregular en su aspecto, pero de 
todos modos cuanto más próximos al glomérulo tanto más frecuentes e in- 
tensas aparecen sus alteraciones que, fundamentalmente, pueden identificarse 
con las que se observan a nivel del pelotón glomerular, a saber, ingurgitación 
del endotelio que sobresale de la pared en forma de botones y que a veces 
llega a producir inclusoí una descamación. Entre los endotelios descamados se 
encuentran leucocitos y a veces hematíes, aun cuando el número de éstos 
varía considerablemente e incluso, en ciertos sitios, parece el vaso aferente 
desprovisto de ellos, pero únicamente porque a causa de la ingurgitación del 
endotelio, la luz del vaso aferente se ha estrechado de un modo considerable. 
De todos modos, es muy frecuente ver en estos vasos, directamente a nivel 
de su punto de penetración en el glomérulo, gran cantidad de glóbulos rojos 
En otros casos, en cambio, llegan las alteraciones endoteliales del vaso y su 
descamación hasta su punto de origen en el vaso interlobular. De un modo 
análogo al vaso aferente se encuentra también alterado el eferente. 

La significación de estas alteraciones aparece clara admitiendo que el 
proceso inflamatorio, que tiene lugar en el glomérulo, se propaga en cierto 
niodo hacia el vaso aferente y eferente. Pero el hecho de que el proceso co- 
mience en todos los casos por el glomérulo, se demuestra observando cómo 
en éste se encuentran alteradas todas las asas vasculares, mientras que en 
bs vasos que llegan al glomérulo desde fuera son las porciones más próxi- 
tiias al mismo las que se ven alteradas con más frecuencia y con más 
egularidad y van decreciendo, por el contrario, conforme se va alejando el 
aso del glomérulo. Teniendo en cuenta por otra parte, que el vaso interlobular 
►ermanece libre y que en el vaso aferente alterado la lesión procede del glo- 
nérulo y disminuye hacia el vaso interlobular, se comprende cómo la nutri- 
ión de los túbuli puede realizarse normalmente y aparecen los vasos inters- 
Iciales desprovistos de toda alteración. En efecto, las ramillas que parten 
Leí vaso interlobular y que llegan directamente a los túbuli sin presentar 
elación alguna con los glomérulos, pern^anecen intactas y es evidente que 
íste hecho sería inexplicable si se admitiese como causa del proceso un es- 
Kismo de las arteriolas,' puesto que en este caso haría falta poner en claro 
K)r qué las pequeñas ramillas del vaso interlobular, que constituyen las arte- 
rias intersticiales, se comportan de modo diferente que las glomerulares. 

En períodos más tardíos, la alteración del vaso aferente puede ir progre- 
sando y llegar incluso al vaso interlobular, conforme han demostrado Fahr 
y LÓHLEiN. El autor, teniendo en cuenta todas estas lesiones descritas por él 
mismo hace tiempo, no ve ningún motivo de contradicción en el trabajo de 
KuczYNSKi, en cuyas láminas pueden observarse muchas de las alteraciones 
descritas por Fahr. Llama la atención este autor acerca de un punto especial 



— 296 — 

del trabajo de Kuczynski. Este último ci'ee que los leucocitos penetran en 
el glomérulo retrocediendo a través del vaso eferente, ya que, oomo supone 
que el vaso eferente se encuentra ocluido por un proceso espasmódico, no es 
posible i>ensar en otra vía de penetración para dar cuenta en sus casos de la 
gran cantidad de leucocitos que se encuentran en el interior del glomérulo. Sin 
embargo, Fahr no cree que esto sea verosímil. Objetivamente ha encontrado 
lo mismo que Kuczynski^ es decir, un acumulo de leucocitos mayor en el 
vaso eferente que en el aferente, pero esto parece estar relacionado con el 
éxtasis inflamatorio que tiene lugar en el glomérulo, éxtasis que naturalmente 
se manifiesta con mayor amplitud a nivel de la mínima resistencia, es decir, 
en el vaso eferente de paredes finas. Por último, Fahr ha podido obtener 
un nuevo argumento de convicción del estudio de este nuevo caso de glome- 
lulonefritis, puesto que demuestra que el proceso inflamatorio puede propa- 
garse con gran precocidad al vaso aferente y eferente. Claro es que en estas 
condiciones se produce un estrechamiento de la luz de estos vasos, pero ello no 
es ocasionado por un espasmo primario de las arteriolas, como quiere Volhard, 
sino por una ingurgitación del endotelio vascular, alteración morfológica que 
coincide exactamente con la del glomérulo. De todos naodos, esto no quita 
importancia a la concepción primera, según la cual, lo esencial es el proceso 
inflamatorio, debido quizá a una eliminación de toxinas que tiene lugar en las 
asas glomerulares. Si, por el contrario, la inflamación comienza en las arte- 
riolas y el glomérulo se afecta secundariamente, el proceso que se contituye 
no es ya ima glomerulonefritis, sino una nefroesclerosis maligna. 

R. Fraile. 



..^x^tilYOS DE MEDICINA 

cirugía y especialidades 

^ nS^!^^ « «»« noviembre de 1926 j* m. 284 



niEVEliOlOIII DE LAS ENFERMEDADES INFECTOCONTA- 

QI08AS DE LA INFANCIA 

por el doctor 

«I. A. Alonso Muñoyerro. 



Ocupan el tercer lugar entre las causas de muerte en los niños 
las e?nfermedades infecciosas en general, y principaJínente las exan- 
^e^iaáticas (eseaiüaitína, sarampión), la difteria, tuberculosis, fiebre 
tifoidea, tos ferina, etc. 

En la lucha contra la mortalidlad infantil, y por lo que se refiere 

^ 1^ causa priincipail de muierte en la primera edad, los trastornos 

l^^strointestinales agudos y ios tmstornos de nutrición primitivos o 

secundarios, un día ha de Ikgar en el cual, por haberse intensificado 

^ Propaganda de la lactanoia ai pecho por la madre, y haberse fa- 

^'^^^cido por todos los medios a ésta con los socorros que fuesen 

^^c^sarios, a fin de que jamás se separe su hijo, incluso aquellas 

^*^^jeres que se dedican a nodrizas antes de los seis meses que exige 

^ l^y, se consiga rebajar en una proporción considerable el coefi- 

letite de mortalidad por esta causa, y con ello la cifra dJe mortalidad 

^ía-ntil global. 

También se consegrará, sin duda alguna, si no suprimir, hacer 

-^c^nder el tanto por deato die moiertes por procesos agudos dé 

-^^^ato respiratorio, bronquitis y bronconeumonías,, que ocupan jus- 

^ente el segundo puesto entre las otras causas de mortalidad, di- 

^grando en dispensarios y consultas de niños, mediante coníeren- 

•s y otros prodedíimienitos de ilustración a las madres, los medios 

onocimientos higiénicos adquiridlos por la moderna Puericuitura, 

"^ prevenir estas afecciones (vacunación), y en caso de que se 

>ieren presentado, asistiéndolas díebidamente en didhos centros. 

se multiplicarán y org^iizarán científicamente en todas las ciu- 

^, por ser en ellas donde más víctimas causan estos procesos. 

Estamos, por tanto, ante la tercera causa de mortalidad : la ori- 



r 
I 
I 






yinacla por las enfermedades infecciosas en general, eiitre las c 
liay algunas que han de ser objeto de especial mención en este t 
tajo. Es forzoso el reducir y condensar lo más posible, porque i 
lema es amplio, muy conocido, y no tiene otro propósito el c 
iricanle al traerlo aquí, que ver si de la disciisíón se deducen alguní 
conclusiones importantes, capaces de hacer fijar ia aíención de los 
l'odewrs públicos en ellas, para <jue sea im hecho su implantación en 
la práctica. Ya sabemos quie el ver reaJazado nuestro propósito es 
cuestión de colaboración ; son todos los médicos los qut dtbeii en- 
cargarse de hacer opinión, y de divulgar, cada uno en su esfera, los 
conocimientos y hechos conquistadas, para que todos imidos recla- 
memos a quien correspon^cía los servidos necesarios encaminados ^=^s, 
combatir una causal importaaite de muerte en les niños, como sorn^eqi 
las enfermedades que hemos de pasaír revista. Ahora bien ; ¿son li-^^.í- 
rismos e&to que yo pretendo una vez más, o es ima realidad cientP'^i^i- 
fica y palpitante en la actualidad? Veánioslo. 

En la profilaxis de las enfermedades ijifecciosas han de tener^^ ¿e 
en cuenta primeramente los medidas saaiitarias comunes a tod^ Jfes 

ellas, que no hay por qué citar: el aislamiiento, la desinfección, etc- ^' 

tera, etcétera, medídajs que es icíi^rescindible el que se adopten, per-^^;ro 
que no lastan, son insuf^ienfles. En !a época moderna, la orientada Jón 
de la profilaxis se ha hecho en el senJido de la especificTad, y es nr — =ne- 
jur que el indiividuo mismo se defienda por estar iíimime o íiiiiiiiim iii 
zado, que el apartarle de las causas de infección, ya que este aJe ^ ¡ a- 
miento es de modo absoluto, imposible. Además, hay enfermedad —Íes, 

como la difteria, que a pesar de tener un tratamnento curativo '• an 

eficaz como la antitoxina, tndavia da lugar a lui diez por ciento de 

mortalidad y defectos o lesiones debidos a ella, y no vale invo c— -a r 
e! que gran número de casos acuden tarde al tratamiento, puesío í^^uc 
organizada y metodizada, de un modo oientifico la ludia contra e -sfa 
enfermedad, no daría lugar al número áe muertes que todavía se- 
registra. Pero sigamos nuestra arginnentación. Hay conquistas ^^w- 
sitivas, que podemos y debemos emplear, y otras que están en —es- 
tudio, aun cuando se vislumbra un día, no muy lejano, en que ^B'^" 
sarán a formar pairte del arsenal de medios que poseemos para- fs 
lucha contra estas enfennedades. Ea mejor prevenirlas que cur~ -^r- 
las ; y s¡ para ello fuese posiblie inmunizar activamente al indivic^i» 
contra cada una, con el fin de que se defienda por sí solo, no ^ 
obstáculo el que hubiera que repetir las sucesi^'as inmunizacior»*^' 
ni es complicación técnica tamfpoco el que para cada infección h^P 
que vacunaT a! individuo. ¡ Ojalá tuvié.semos para días la niis*TJ^ 
prevendón que para la rvimela! El ideal es éste, y no supone r 
gún conflicto para el' organismo humano, como se ha pretendido ^ 



— 299 — 

cer v«r, ya que espontáinieaniiente el procediimiento cómo se inrmmi- 
?a en el cujrso de la vidla es éste : sufriendo afecciones ateniuadas, 
mvaL^ que conocennos, y otras que ignoramos, pero el fin es el apren- 
dizaje que redbe ¡para i defenderse ante insultos sucesivos. Adelan- 
témonos en aquellas infecciones en las que se conoce la imunizadón, 
y orillemos d riesgo que puede correr ante una futura infección gra- 
ve. Esto es lo científico y lo racional. 

La difteria. — Desde 1913, ;en que Schick publicó su' pnmer 

trabajo sobre la ireaoQión cutánea que lleva su nombre (en la Müncn 

*'ied. woch,), hs observaciones se han repetido por varios investi- 

g?adores, entre dios Loos, Karasawa, Weil-Hallé, Debré, Was- 

^Hr^HMANN, etc., etc., y ha constituido im hecho adquirido pam la 

-iencia d descubrimiento de los individuos receptíbles. No he de 

tescribir, porque seria repetimos, la reacción; además, vuestra cul- 

-^*xa se ofendería por ser dte todos conocida, y por si no fuera bas^ 

^^^nte, hay otra comunicación a este Congreso, d!e González Alva- 

^^2, que trata del asunto. Es un procedimiento de gran importan^- 

*ia. para descubrir los individuos reoeptibles, que, unido aíl ai&la- 

tii^ento y tratamiento especial a que deben someterse los portadores 

[^ gérmenes, constituyen los dos puntales principales de ima lucha 

^'en organizada contra h, difteria. En España, aproximadamente, 

a pesan- del trataimiento, mueren cuatro mil diftéricos al' año, 

>xiesto que mueren el 10 por ico y son cuarenta mil los atacados 

or término miedio. ¡ Bien merece la plena el defender estas vidas, 

Ues no sabemois lo que puede rendir a la Paifcria tuia sola de ellas ! 

El empleo dd Schick lo considentmos fundamental en derta 

lad, que es desde los dos años en adelante, pues sin descubrir a los 

tc: son reoeptibles, d inmunizarles sistemáticamieote dificultaría 

ormemente la labor. En cambio, en los niños de uno a dos años, 

íemos que puede realizarse la inmunización sin d Schick previo, 

rque facilita la técnica de inmunización ai omitirle, ya que más 

50 por 100 seguramente son reoeptibles. 

Los portadores de gérmenes es preciso descubrirlos. Sobre todo 
e los escolaires, con d fin de aislarles y tratarles convenientemen- 
Si el servido de inspección médico escolar estuviera extendido 
xla España, como requiere la salud de los escolares, debería te- 
buen cuidado de sdeocionar aquellos que llevan badlos Loffler 
\ faringe, y que son el medio de contagio para los demás, 
na vez dtesculbieitos los individuos reoeptibles, debemos esfor- 
> en inmunizarlos. Ahora bien : ¿ debe hacerse la «imimización 
o activa? Ciíando d tiempo apremie y no podamos» esperar al 
olvimiento de las defensas activamente, se ha empteaido ya 
íl año 1894, en el Hospital Trousseaux, la inyecdón preven- 



n de suero. Pero el corlo t¡«nipo qiíe ésta produce kunuiiidad hizc 
pensar en encontrar mi niodio de inmimMzar activamente contra la 
difteria. Son varias los métodos seguidos y puestos en práctica, me- 
reciendo citarse los nunibres de Pakk y Zingiieu, de Estados Uni- 
dos, y los de Rohmer, Levy, Renault y muchos más. en Francia y 
j\\emaxúa.. Justo es también decir que el doctor Manuel Tapia, dd 
Tiistituto Alfonso XIII, actual directoir del Hospital de epidemíae 
y gran prestigio en esta materia, ha trabajado y trabaja en la inmiii 
nización activa contra la difteria, y en él ciframos grandes esperar» 
zas respecto a la organización de la lucha contra esta enfermcda*: 
(jiie aún causa tantas victimas a pesar del tratamiento espeófioo, 
Actualmente, con la toxina hedía atóxica calentándola a 42" 
añadiéndola fenol al 4 por 100. Ifafliiada atiaioxina por Ramón. ^ 
Instituto Pastear, se ha simplificado mucho la inmunización, no h»s 
Itiendo necesidad de recurrir a la antigua mezcla de toxina- antitoac 
na, más .peligrosa, y a la que se refiere Pikquet al aconsejar al Gí< 
bienio vienes no ptennita. la inmimizaaón activa con esta vacuna, L. 
técnica, como se sabe, es haoea' tres inyecciones de 0,50, i y 1,50 di 
édiatoxina, con tres semanas die intervalo entre la primera y segandí 
inyección, y una semana entre la segunda y tercera. 

La. duración de la imunidad no se puede precisar todavía; pero, 
según Jos estudios de Pare y Zincher, la imnensa mayoría de ¡os 
inmunizados ct«itinúan siéndolo a los dos y tres años, lo cual se 
evidencia por el Schick negativo. I^^ada esta edad, ya se disminu-j 
ycti ias posibilidades de contagio y el peligro mayor de la enfenne-l 
dad. aijarte de que esperamos se prolotigue durante más tiempo <^ñ 
|X.-ríodo de inmunidad, y esto la observación sucesiva ha de decirioj 
Se deduce, .pues, de lo ex]>uesto. que no bastan las medidas adop* 
tadas hasta ahora en nuestro país para combatir la difteria, ano qn* 
es preciso organizar una cam]>aña de propaganda y divuJgación i* 
todos los procedimientos, a semejanza de lo hecho en los P 
L'nido^, a fin de que los padres conozcan el peligro que c 
hijos y se presten a acudir a inanuiiizarlos ; pero para ello se necesjl 
antes organizar debidamente este servido, con las garantías de ij 
dirección y una colaboradón enteramente científicas. Entiendo | 
este Congreso puede ser un motivo para, nuevamente, interesar af 
autoridades sanitarias, con el fin de alcanzar esta anhelada Ii| 
contra la difteria. Si dispone Ja, ciencia de tm procedimiento ii 
sivo para descaibrir primeramente a los receptibles, y de un r 
para inmunizatJos, tratando al misniq tiempo a los portadot 
gérmenes, no debemos esparar a más. Hora es ya de que sald 
de esta pasividad, oanformándonos con lo adquirido hasta £ 
oue. como hal>éis visto, con ser mucho lo que tkhemos a rJ 



— 301 — 

Bhhring^ no €6 todo lo qxae en la época actual podemos alcanzar. 
Sarofnfión. — -No es razón la de que, porque se trate de una en- 
^rmedad benigna, de!banK>s conformaimos y resignarnos a ver las 
osáis cotno están, sin intentar la a^pücación de los medios que pue- 
den rebajar considierablemente la mortalidad. Es cierto que ésifca no 
'íi.í)a, en las epidiamias benignas, de un 4 por ico ; pero los que te- 
jónos que entendérnoslas con d* sarampión de los Asilos e Inclusas 
Hospitales, donde hay gran aglomeración de niños, y por esta 
^Lzón se exacerba la virulencia de los gérmenes y aumentan las 
ivxniáicaciones, sabemos quie la mortalidad llega a veces a 42 por 100, 
'^jono en la epidemia que en la Induisa die Madrid tuviimos ocasión 
^ observar d doctor Bravo y yo en 191 7. No somos solos nosotros 
>s que registramos esta mortalidad. Degkwitz cita una epidemia 
iri ía qoe obsfervó hasta d 50 por ico, y en un orfelinato parisién se 
abla dd 46 por 100. Auerbach da también el 50, etc., etc. Esto 
emuestra que, en ocasiones, se convierte el sarampión en una en- 
ermedad moatifera. 

La ludia contra dk es objeto de gran preocupación en los países 
xt^ van a la vanguardia de la dviiizadón, y lo mismo que dijimos 
•ara la difteria decimos aquí : d medio ideal sería aquel que procu- 
ara una inmunidad espedfica y duradera. ¿ Existe ésta ? Lo prime- 
ro que se neoesita es conocer el germen productor dd sarampión. 
rxjNiCLiFF, Caronia, Lehards y BiGELOw han descrito varios gér- 
^nes, que yo no he de descriibir, porque no es oportuno (i) ; pero 
si Juerece consignarse el trabajo presentado por Caronia en el mes 
de agosto de 1925 al Congreso General del Niño, en Ginebra. Este 
profesor de la Clínica Pediátrica de Roma, en «unión de Di Cristina, 
han hecho investigaciones recientes, llegando al ai&laimiento de un 
í't^Míquie por varias partícuilaridades demuestra ser útil en la vatuino- 
profilaxis del sarampión. La autoridad de Caronia me excusa de ha- 
^ los c<Mnentarios que, a ser otro, podrían hacerse, puesto que 
aporta cifras y restfltados que son verdaderamente concluyentes. 
Creo necesario consignarlos para, que los que les interese, en cual- 
^ttier epidemia que observien, empáeen esta vaciina, ya que gaíante- 
'^^«nte él la of nedó (no en público, sino privadamente haMando), y 
Pueden soHdtaa-la. Nosotros pensamos uitilizar este of redmiento 
cuando Ikgtne la ocasión. 

La vaounadón la realiza mediante tres inyecdones intramuscu- 
'^^, en días aütemos, de dos centímetros cúbicos de cultivos al 
^axuntan de desarrollo, a los que se añade fenol al. 0,5 por 100. La 

(í) Véase comunicación al Congreso de Sevilla, 1924, publicado >n P 
^^sos de la CUnica, enero 1925, 



inyección no prtxluoe reacción febril, y en casos excqtdonaJes ic- 
aolian' local. 

Eti unión de MJle. la profesora Sindoni ha lieclio la profilaxie 
de sarampión en casos numerosos, en sujetos que no habían pade- i 
cido la enfermedad. ' 

En irn asilo en él que no se tobia hecho la vacunación, enfenna- 
i-oil casi todos los niños, excepto veinte que íueron vacunados, cuan- 
do le requií-ieron a él para acudir a prráfcar auxilio. 

■ Caronia cita también el caso de uai colegio de cuatrocientos ni- 
ños en el que ai>arec¡ó el sarampión y donde se vacunaron dosciento^fc. 

setenta que no lo habían padecido y quie eiran receptibles. El i«sul 

tado fué que ninguno enfermó de sarampión, excepto uno, muy IL - 
geramente. 

Dte quinientos treinta y nueve casos en total vecuíiados por C/=íh^- 
EONiA y SixDONi, solamenite enfennaron diez, o sea el dos por cient^jz^c. 

Trata en la actua/lidad, con nuevas experiencias, de fijar el liarr^m- 
po y la caiitidad minima de vacuna nec£:saria para obtener la inn^^Hu- 
iiidad, duración de ésta, causas de la inmunización eo algunos ^^=rt- 
sos. ote. 

Para obtener los cultivos, tanto de escarlaíina coeno dtíl sanm-^mn- 
pión, son precisos medios catalizadores de Tarozi y Noguchi, c^ue 
son caros y dif idJes de preparar. 

Es tan sumamente interesante el trabajo de Caronia al Congre- 
Fo, que me be creído en el deber de aportarlo aquí, con el prepósito 
de estimular a todos a dmrigir la observación en este sentido, sotire 
todos aquellos que tengan a su cargo servidos donde la nxíttaJicíad 
akanza cifras elevadas en ocasiones. Esperemos, sin embargo, píTi- 
dentemente, a dar canoliisioíres científicas sobre ello. 

Pero es que antes de estos trabajos ya conorianios algo intere- 
sante y definilivo, en lo que respecta a la suenoterapia dd saran^- 
fiiÓTL No be de mokstar vuestra atendón, porque, repito, modesta- 
rrrente he contribuido a divulgarla en varias ocasiones, y cons^ en 
Los Progesos de la Clínica (i). Desde el año 1916. en que Ni- 
COLLE y CoiiNEiL inyectaron suero de convaledente a una niña cu 
Túnez, y camprobaron que la habían inmunizado, en todos los pa'' 
ses dd mundo se multiplicaron las observaciones, que no he de **" 
petir. Sea el suero, sea la sangre, según empleó Ruelle, de Br^" 
selas, para simplificar la técnica, es el caso que se consigue la *^' 
munizacián. De la miísmia manera, en la terapéutica de los casos ff^^' 
ves de sarampión debe recurrirse a la inyecdón de suero o 

(i) Progresos de ¡a Clinica, enero 1925. Estadfi actual de la proftl 

de! sarampión cnn suero de convaleciente. Alonso MuSovehh 



;| 



— 303 — 

•de cjonvaleciente, y cuando no lo tengamos a mano, empleaíTemos él 
suero de .padres o hermanos, que tambdéci' rinde grandes beneficios. 
Este es im hecho probado ya en millares de casos y que no ad- 
mite discusión; lo que se necesita es, y a ello me dirijo, un centro 
hospitalario oficial de obtención de suero. Mientras hs experiencias 
en conejos, llevadas a caibo en el Instituto Rockefeller, a los que se 
les ti-ansmite la enfermedad, según recientes observaciones, para 
que produzcan en su sangre substancias inmunizadoras, que han de 
seivir, extrayendo el suero de estos ainimales, para inmunizar al 
hombre, no den como resultado la utilización de esta técnica para 
emplearla en gran escala, como el suero de cabailo en la difteria, 
íorzosamente hemos de seguir utilizando el suero humano o sangre 
de convaleciente, y es preciso que para las necesidades que puedan 
surgir en un momento determinado -en mía epidemia donde se re- 
gistre una elevadáa, virulencia, tengamos todos a nuestra disposición 
ííl suero neoesairio, que debe facilitar en cada región un servicio 
especial, fádümente organizahle, del que carecemos hasta el día. 
Bastaba el que en todos los Hospitales pirovincialies, municipales o 
ád Estado, en el servicio de iofecdosos, se montara un laboi'atorio 
a esite fin, dirigido por personad competente y especializado. De los 
primeros casos de sarampión observados, y con las garantías con- 
siguientes de Wassermann, etc., etc., se empezaríia k obtener suero 
el cual debería ser admiinistrado como merece y a semejanza de lo 
í{i;e se hace en el Hospiítad Bretoneau, servicio creado por Debré. 
La profilaxis con suero o sangre de padres puede realizarse tam- 
bién con éxito. Preparo im trabajo sobre este punto que oportuna- 
mente publicaré (i). 

Escarlatina. — Muchos autores consideran hoy a esta eruptiva 
como una enfermediad local a semejanza de la difteria, que asienta en 
la faringe y desde odH manda al torrente circulatorio las toxinas, las 
cuaíes se difunden, daindo lugar a todos los otros síntomas y al 
exantema. Esta toxina daría lugar después, preparando el terreno, 
a la invasión microbiana, de modo isecimdario, de los gérmenes que 
viven en la cavidad nasofaríngea^ principalmente los estreptococos 
hemolíticos. Este germen, viviendo en la faringe, puede haber dado 
íugar a ataques de anginas que han transcurrído sin nada de parti- 
cular, y así se ha vacunado el individuo contra la escarlatina. El 
germen de esta enfermedad es objeto de diversos estudios. Di Cris- 

(i) Ya publicado en la actualidad eii Archivos de Medicina, Cirugía y 
^specialid-ades. Tamo XXII, núm. 250, 20 marzo 1926. La seroprofilaxis y 
^roterapia del sarampión con sangre de padres y hermanos. Alonso Mu- 

^OYERRO. 



iiNA descubrió eii 1921 un gemien anaerobio, diplocóco, ■ 
aisló de eníermos de escarlatina en la pulpa esplenica, iiiedula óseall 
y orina, comprobandoi estos resultados. Masso, Aurtchia y otros» 
dásdpclos de Jemma, Caronia y Sindoni y otros autores italianos. ' 
hacen estudios de ÍTmiunización con este virus, que citaré, a seme- 
janza de lo hedió con d sarampión, y que ha coniiuiicado al Con- 
greso de Ginebra, Inyectan por vía intramuscular a loa niños ex- 
puestos al contagio cultivos tivos del germen aislado, hechos iiiac- _ 
tivos por la adición de fenol, 0,50. De doscientos casos examinados .^^ 
por la profesora Sindoni, y trescientos por Di Cristina, no han _»— ^ 
registrado apenas un dos por ciento de morbilidad, a pesar de ^a wr~n 
exposición al contagio escariatinoso. Señores, esta revelación es nn-^r-^r, 
liecho importantísimo para los pediatras. Todos sabéis que así ct'nici:^^ o 
el sarampión es una enfeimedad ordinariamente benigna, y si d^^^ a 
iir>a mortalidad absoluta grande es porque casj la totalidad de Io£- -^i 
ni.áos la padecen, en cambio la escarlatina, a pesar de no afecta:^ _r 
más que al 30 por roo de la población infantil, lelativamente muere^rmí 

en niaycr proporción por s;r enfermedad Tas grave. Las cifras ',a e 

aportí) Cahonia fueron las siguientes, y c~i de interés el conocerla - -- j . 
porque delien ser niuj- semejamtes a las nuestras, por diversas r- * — 
zones: población, raza, situación geográfica, costumbres, etc., etc. ^ - ■~'» 3 
conociera exactamente las nuestras las citaría en vez de ellas : pei:= — «3 
jon más recientes éstas, y la aduana de Cahonia es de garantía sufcr-^*-' 
f'ente para que las estimemos como exactas. Dice que en Italia p^ " ' 
decen el saram.pión anualmenite ciento cincuenta mi] niños, y muert^s^^^" 
por él nueve mi!. De escarlatina enferman veinticinco mil, fallecie^er"^- 
(l'i por término medio tres mil quinientos. Calculad, pues, la enon^c"^^ 
cifra que arrojan estas dos infecciones eñ la mortalidad infan^^E^^' 
mundial ; pero circunscribiéndonos a nosotros, que e^ lo que inter^ ^ f=^ 
sa, podemos decir que mueren anualmente más de doce mil niños ^C^* ^ 
sarampión y escarlatina, porque hay muchos casos no dedaradc^ •^-^' 
Comprenderéis por qué t'ene tanta importancia el desaibrímiento e^r^-* 
Cahonia. Ahora a comprobarlo noísotros, y, con absoluta indepet:^' *" 
cia, deridamo.s por cuenta propia, como han hecho en otros país^^^^' 
1 por ejemplo, Alemania. 

Si la prácCica demues-tra ser ésta una conquista positiva de *^ 
ciencia, va a originar cierta revolución, pues todos sabéis los estudí ^^^^ 
interesantes de G. F, Dick y G. H. EVick, de Chicago, referen*^^^ 
al origen de la esfarbtina. Ins cuales aceptan como productor al ^.^-^'' 
ireptococo hemolítico. Esto vendría a dar la razón a Zingher. qui*^"^*^' 
Fegún lo más probable, considera a la escarlatina como una enf ^^*'" 
medad que tiene varios orígenes, siendo la expresión sintomát*^^ 
de afecciones totalmente diferentes. Sin embargo, hay que rendí'* 



-- 305 — 

a la evidencia ante los estudios de Dick y Dick en Chicago. Estos 
afirman que el estreptococo hcmolítico es el agente causal de la es- 
cariatina. Veamos por qué es fundamental. 

Cuando los Dick empezaron a estudiar la escarlatina no se co- 
nocía el microorganismo causal, pues los diescriitos no reunían las 
condiciones de las leyes de Koch. Desde hacía años se pudieron con- 
firmar dos hechos. Primero, que el estreptococo hiemolítico aparecía 
constantemente asociado a la fiebre escarlatinosa, y segundo, que 
durante la enfermedad se desarrollaba una inmunidad para este ger- 
xnen. Esta ha sido comprobada por d índice opsónico, fijación dd 
oompiemento y aglutinación. Pero estas razones no eran sufidentes 
para la confirmación de que d agente etiológico era el estreptococo 
hemolítíoo. La prueba soberana era la inoculación experimental a 
los animales, e hilderon una serie de días a conejos, cobayas, palo- 
tMias, etc. (DocHEz en d cobaya), sin resultaido ninguno; había que 
i*ecurrir a la experimentación en el hombre. Voluntarios se inyecta- 
roa con sangre de escarlatinosos y no fueron contagiados ; d germen 
5^0 estaba en la sat^^re. Un paso más y se les embadurnó la faringe e 
^^3^ectó subcutáneamente él moco faríngeo filtrado... Tampoco... El 
pstrepitoooco hemolitíco cultivado de estos enfermos y aislado fué, 
^^oculado al fin, en otra serie de voluntarios, con el que se obtuvo 
■"j^l>Te, faringitis, per no raSh. Selecdonados bien los sujetos a expe- 
^^^oda entre los inteligentes (que podrían diar cuenta de sus ante- 
^^^^<i^ntes) se produjo \m caso típito de escarlatina con un cultivo pu- 
^^ «de esitireptocooos obtenido dd dedo de una nurse que cuidaba tui 
^S4:í:£y-la^tínoso. 

Para confiímar que no era el virus filtrable y sí el estreptococo, 
^^-^iiendo filtración de estos cultivos no se produría la escarlatina en 
^'^'■>^. serie de individuos, y, en cam-bio, en los mismos, si la obtuvieron 
oo^^ el estreptococo sin filtrar, a los pocos días. Estos primeros ca- 
^^s experimentales de esoariatina fueron publicados en octubre 
^^ 1923. 

El descubrimiento de que en la sangre no hay estreptococo de- 
'^^^'^cstra que d rash noi lo produce el germen, sino la toxina, dé don- 
5^^ lo que dedamos al principio, que se asemeja esta enfermedad a 
^ ciif teria, en contra de Jo que antes se creía. 

En vista de estos hechos, no hay más remedio, por el momento, 
^^■^ aceptar, con (Dick, que el estreptococo es el agente de la escar- 
chilla. ZiNGHER también cree esto, aunque se incline a la pluralidad 
^^ causas, considerando que d estreptococo viene asociado al viruis 

^ Aigmnenfos en favor del estreptococo: i.* Vive en la faringe de 
^^ escariatinosos y se aisla de ella, y de las infecdones puerperales 



i 



— 3o5 — 

ixmqtliCEUlas o neijscarlattina. En individuus nonmales que r 
■escarlaíinoso (Tunicliff, Dick) también se encuentra. 2." Los ca- 
sos de escarlaíina i^ovocada aJ hcm¿í«-e con este germen (caso de _^ 

Keumwied) por aspiración ea un ¡aboratorio de un estreptococo he- 

molitíco. 3." Con la toxina de Dics se produce la reacción espedfi- — _. 
ca... y es neutralizada con suero de convalecientes de escarlatina.^^ ^ 

1¿!NGHEH y DlCK). 

El descubrimienío de la toxina escaríatinosa ofrece una bas^,^ 
científica para: i." La prueba de Dick, 2." Inmunización prevé nti ,^ ,'. 
va. 3.° La producción de antitoxina. 

RI^ACCIÓN U1-: DICK ^^^| 

Es la más reciente eiitre las inodeniaa prudjas iu,tradérmic^M«s. 
Corresponde al Schick. Se hace con toxina jiroducida por el estre^ jj- 
toooco hemolitico, agente causal de ciicrtas escarlatinas. 

Técnica. — La toxina se obtiene por filtración del liquido de cc^ii- 
densación óe cultivos de estreptococo escarlatiiioso en agar-sang^ :»re. 
Después de cinco días en estufa se tra.ta el liquido por 0,5 por n <:x' 
de ácido fénico : se deja reposar, se decanta y purifica por el pro^:^^ 
dimiento de Huntoons, adición de 20 por too de Q Na y 1 por t <30 
de ácido acético, filtración y dializar d fiíírado. 

La actividad de esta toxina no puede oblenerse más que por en- 
sayos en el hombre. Se diluye al i por i.ooo y se hace ínocu!Íacrí«>n 
intradénnica en un receptible, comparando con una toxina ya pT«^" 
bada. Se conserva dos seniann'; í'n diftérica sólo horas). 

Se inocula en el dermis 0,1 ó 0,2 c. c. de una toxina conveniente" 
mente diiuida. Inocúlese controlada como el Schick con toxina c^~ 
laitada. La toxina escarlatinosa resiste más al calor. Zingheb. *^ 
caHenta a 100° durante sesenta minutos. 

Se distinguen cuatro tnodaJidades : -f-, — , falsa^ — , y posiS^*'""''^ 
combinada. Son más precoces (doce horas), son menos intensas, X 
desaparecen más rápidamente que el Schick. La acción de la tojcí*'^ 
cscarlatinosa es sobre los capilares, y la. diftérica sobre las célc»!^^ 
epidérmicas. 1ji descamación es más intensa en la de Schick. , 

JNTEHPRETACIÓN DE I.OS RESULTADOS DEL inCK J 

La escarlatlina se caracteriza esencialmente por la erupción esc&^' I 
temática bien conocida, siendo ésta considerada como un efect» P**' \ 
ramente tóxico. Es evidente que se puede decir es refractario st- '" 
fiebre esca'ríatirosa el sujeto que posee una inmunidad antitÓ3ci5**'' ' 

tqae no posea la inftmnjdad antibacteriana. De aquí el valor p^'^^^J 



— 307 — 

íico atribuido a la significación de la reacción de la prueba de Dick. 
líiterpretación : Reacción negativa: sujeto refraictario a la escar- 
latina y no Ihipersensible a las substancias protéinicas. Su suero pue- 
tle ser titílizado ooíno suero normal, por la prueba de Schulze- 
Charlton; neutraliza la toxina escarlatinosa en proporciones va- 
riables. 

Reacción positiva: El sujeto no sería hipersensible a las substan- 
cias protéinicas, pero realmente susceptible a la escarlatina. Esto no 
quiere decir que vaya a padecer la escarlaitina el sujeto aunque esté 
•e:x:puesto al contagio, pues por anialogía con la difteria se puede pre- 
sumir que además de ia inmunidad humoral, existe una inmunidad 
locaíli de los tejidos, y que sólo por la ausencia de las dos inmimida- 
d^s, o de lia primera, después de la desitrucción de la segunda por 
trstumatismos, etc., el organismo queda susceptible. 

Reacción negativa falsa : el sujeto sería inmune a la escarlatina 
y su suero presentaría las mismas propiedades neutralizantes que el 
"'í^ los Scihick n^ativos en difteria. Por el contrario, tendría hiper- 
sertoibilidad a las proteínas en general y especiahnente a las que exis- 
^^ix en el líquido inoculado; proteínas de autolisis del estreptococo 
l^ertiolitico, proteínas de sangre utilizada en el líquido de cultiyo. 
pr'oteínas de peptona que sirvieron para preparar el medio. 

Valor del Dick : Estamos al comienzo. Empezó a hacerse en ene- 
^c> de 1924. 

ZiNGHER, en el hospital Wil lar d- Parker, de Nueva York : de 360 
^^fermos, en 170 no se pudo saber la fecha exacta del comienzo de 
^H afección. De ellos, todos (100 por 100) dieron Dick -f- y 158 (93 
P"^^!" 100) después de la convalecencia. 

En 141 de los otros examinados la primera vez, en el curso de 
*^s cinco primeros días de enfermedad, 141 (100 por 100) -|-. En 
y^s 49 restantes, cuya afección data de seis días, ocho fueron -|- y 
"^s 41 restantes, negativos. 

ZiNGHER encontró doce excepciones a la regla, que después de 
Pasar la enfermedad continuaban siendo -|- y deduce que la enfer- 
medad no era escarlatina. 

ZiNGHER dice que de tantos millones vistos, ninguno negativo 
tuvo escarlatina. Ulteriormente Zingher habla de 7.000 casos más. 

Aplicaciones inmtmológicas : Al nacer el niño es inmune; del 
quinto al sexto mes comienza a dar reacción -|-r, 44 por 100; de seis 
a doce meses, 64 por 100 -f- í ^^^ a dos años, 70 por 100 + í d^- 
de este momento, el número de reacciones decrece como en el 
Scihick, 59 por Xoq a los tfres, años; 35 por loq. de cinco a s^is; y 
17, a partir de veinte añoá. 



i 




ZiNiJHEK dice que es úiil la prueba para conocer k 6Usceptibi-J 
Ijdad y para eJ dÍRgu^tico de ios casos dudosos. 

La inmunkaciÓH activa: Dick utiliza la toxina escariatinosa.^ 
para hacer inmunizaciones activas profilácticas. Después, Zinghek^ . ^^ 
hace anák^as inoculaciones. 

Técnica: Dos ¡11 vece ion es. luia cadaí cinco dias (Dick); tres,^»^ 
cada dnco (Z.) 

La toxina entpJeada es según el método de Huntoom. La dosi^^^j^ 
■es 100 a 500 veces la f|ue se «nplea para, el Dick. 

Las reacciones son pasajeras; por excepción origina fiebre, áo-^czD- 
lores anginosos y erupción. Siempre desaparece a las treinta y sei.^^ 
o cuairenta y ocho horas. 

Resultados : El Dick hedió uno a dos meses después de la inocc i^ 

liación es muchas veces n^ativo. En 274 niños + vacunados, y 

vuelto a hncer. lo dio — en 167, o sea, el 61 por 100. 

Hasta hoy hay liechas 1.400 vacunaciones, y merece la pee — ist 
seguir. 



I.NMUNIZACI ÓN ACTIVA PARA I 

Gabritschewky. en 50.000 casos, 
i para 1 



^^P El uso más extenso de vacimas se hizo en Rusia en el año igc^^ — > 

^^ fué preparada de caldos de cultivos óe estreptococos hemoOitic^E^^^;^*^' 
aiíilados de la escai'lat'na. E-tos cultivos fueron calentados a ^^^ 
grados y añadido el 0,5 por 100 de fenol ; tres inyeccdones subcTTr "»J- 
táneais fueron hechas, -aunque la vacuna fué empleada en 5o.u**'^ 
Lcasos, fueron producidos solamente rash y ligeros fenómenos ^^■*" 
importancia. 

DiCK inmuniza a personas con esta toxina y no contraen la ^■^" 

Jiermedad ; 125 personas inmunizadas no contrajeron la enfemied^»^- 

Inmunieoción pasiva: Residíanlos inconstantes. Dick encun * *"** 

rrjue la inyección de suero de convalecientes convierte en — una 'f^' 

\ acción +, pero se necesita en algún caso 50 c. c. cantidad granxJ^ 

Dick trata con suero con-raJedente cuajido la reacción es -|- , 7 

los cultivos de faringe demue=tran que tienen estreptococo, Níng^' 

i'ontrajo ia enfennedad; como control presenta treinta y d^^^ 

s y estudiantes que se exponiaai al contagio. 
También la han utilizado para inyección, vacuna preventiva ^** 
I el hombre y para preparar en el caballo un suero antitóxico uttl*" 
I zado en la terapéutica especifica de la afección. 

DociiEZ produce en d caballo por inyección de cultivos vivo* 
I dt estreptococo hemojítico un suero antiíóxico y antibacteriano q^^ 



— 309 — 

k dio excelentes resultados en el tratajmiiento de casos agudos de 

tscarlatína. 

En España, actualmente, se prepara también este suero, siendo 
dignos de toda loa por la prontitud en la aplicación de los méto- 
dos americanos en nuestro país, los inteligentes doctores Mejía, 
-a quienes cordialmente felicito. 

El descubrimiento de la toxina escariatinosa de Dick ha dado 
ia idea a Zingher de hacer om estudio comparativo de varias da,- 
^ers de estreptococos hemolítícos que produzcan una toxina neutra- 
li .caíble por el suero de convailecientes, capaz de producir en el mis- 
sujeto las mismas reacciones intradérmicas. 



Mientras todos estos estudios no tengan la sanción que la ex- 
tienda y el tiempo han de proporcionarles, debemos nosotros se- 
ir con la pTofilaxis de Milne^ mediantei pincelaciones diarias 
<DS veces con esencia pura de eucaliptus), y toques en faringe y 
ígdalas con aceite fenicado al lo por ico, procedimiento de que 

tenemos experiencia y motivos de elogio. 
Hago punto aquí sin entrar en el estudio dé la prevención de 
xi^s enfennedadés infecciosas (tuberculosis, tifoidea, etc., etc.)i 
considerarlas de otro orden y no haber sido este el objeto que 
propuse. 

Quise limitarme únicamente a la difteria, sarampión y escar- 

*atrina. Las dos primeras fueron motivo de otros trabajos que se 

critr-an, y por eso no les doy la extensión^, que se merecen en éste. 

^-^s citas consignadas guiarán a quien desee, para ampliar las no- 

<^ones5 que dejo expuestas. En cuanto a lia escarlatina, de más 

^^ttialidad y campo más virgen entre nosotros, he querido difun- 

^^^ los interesantes conocimientos actuales entre aquellos que se 

^GUtian en este Congreso, con el fin de llamar la atención sobre 

^ste importante asunto, aJ que tan eminentes autores dedican gran 

parte de sus actividades en todo el mundo. 

Como conclusiones, debemos dar las siguientes : 

I .* Debe reaüzarse la inmunización activa contra la difteria, 

^^iante la anatoxina de Ramón, completamente inofensiva. Sin 

\^^s¡dad de Schick previo, esta inmunización debe hacerse en los 

*^^i^ desde uno a seis años. Pasada esta edad, la inmunización 

^^^ ir precedida de la reacción de Schick. 

3.» La seroprofiliaxis del sarampión con suero de convalecien- 

J^ <iebe realizarse en épocas de epidemia, en aquellos niños en los 

^^*es la enfermedaid podría desenvolverse con caracteres graves. 



— 310 — 

¡ños tuberculosos, adeniopáticos, raquíticos, convátedentes de in- 
ecciones graves y enfermos del aparato digestivo, tos ferina, etc. 

A falta de suero de convalecientes, podemos recurrir a la sangre 
Je padres o hermanos que hayan padecido d sarampión. 

3.'* En cuanto a la escarlatina, y mientras no tengamos expe- 
riencia propia sobre Jos métodos de vacunación activa o se censa* 
gren los empleados en el extranjero, seguiremos empleando el mé- 
todo de MiLNE, mediante pincelaciones de esencia pura de euca- 
Jiptus en toda la superficie cutánea, y toques en faringe con aceite 
íenicado. Con fin terapéutico utilizaremos el suero amtiescarlaitino- 
so, según los métodos de los autores americanos, que felizmente 
tenemos a disposición en España, como producto nacionai. 

Al mismo tiempo, debemos concluir excitando a todos los pe- 
díatras y clínicos especializados en enfermedades infecciosas, al es- 
tudio de la reacción de IMck en escarlatina, y a la inimiunización acti- 
va contra la misma, siguiendo la técnica de los autores amerícan' 
e italianos, con el fin de deducir conclusiones de importancia, 
la aportación de la experiencia personal de trabajos españoles. 




SIDERACIONES GENERALES ACERCA DE LA FÁRMACO'^ 
LOQIA DE LOS METALES PESADOS 

por el 

Profesor Straub. 



I-X)s metales pesados en estado ekmental forman parte de ob- 
-c>s usuales en la vida corriente del hombre, de tal manera que 
^os los días penetran por la boca pequeñas cantidades de plata, 
t>ir^, cinc, estaño, hierro, etc., sin que ello nos haga perd'bir la 
^n.or acción o intoxicación. Únicamente nos causa un poco más de 
^p^to el plomo y el mercurio. A pesar de ello, nos es bien cono- 
ic> que algunos metales con los que continuamente estamos en con- 
^o pueden ser en ciertas circunstancias de una cierta toxicidad 
^i, es un hecho bien sabido que las algas sucumben cuando es- 
^ en agua que contiene un trozo de cobre metálico, de la misma 
í-i^era que algunos animales acuáticos, como las larvas de rana, 
itnismo el corazón aislado de la rana sucumbe si se utiliza co- 
líquido nutricio, solución de Ringer, preparada con agua que 
ha destilado en un aparato de cobre, sin que sea posible poder 
^ar que dicho corazón se recobre de su intoxicación. 
Es asimismo conocido que no crecen las bacterias en el agar 
ido éste ha estado en contacto con un objeto de plata. Y esta 
ón de algunos metales es tan conocida que, incluso ha encon^ 
o un amplio campo de aplicación práctica, de manera que^ 
ejemplo, el fondo de los buques se cubre con pintura quecon^ 
sales de cobre para impedir que se depositen sobre él las ail- 
Y del mismo modo tenemos en el colargol tui preparado de 
metálica que es uno de los mejores desinfectantes que posee- 

>s encontramos aquí con una acción química típica de los 
s que son calces de disolverse en el agua y dar lugar a 



combinaciones metálicas solubles en una concentración suficienU^H 
nara niTiHiirir fp.niSmpnofi tóxicos. Estos cfectos aue aDarecen, do!' ^^ 



I 



para producir fenómenos tóxicos. Estos efectos que aparecen, por ■ 
ciemplo, en d caso del cobre, cuando la concentración es de i : 40 
millones, solamente se observan con el plomo y el mercurio, mien- 
tras que en otros casos, a tales concentraciones, !a acción tóxica 
es tan pequeña, que únicamente es posible demostrarla por medjo 
de delicados experimentos. 

Estas acciones tóxicas, llamadas oligodinámicas, de algunosi^^ 
metales pesados, se deben a la capacidad reactiva del ion metáliccirz:^ 
con las moléculas del oxígeno o del agua, y presupone que el pro — ■ — 
ducto de reacción tiene una cierta solubilidad en ésta. Y como est^ ^^^ 
se realiza únicamente en el caso de pocos metales, únicamente d_ ■^; 
éstos puede decirse que sean activos o tóxicos. 

Estas acciones oligodinámicas de los metales pesados son, e-:»i 
todo caso, acciones iónicas, bastando un pequeño núrntro de ion^^rs 
en el agua para que se observe una acción específica máxima, sin 
que jKídamos esperar que sea posible aumentar la capacidad rea.^- 
cional con el empleo de metal puro en estado coloidal. 

Dichas acciones oligodinámicas sólo se observan con sales so- 
lubles óe los metales pesados, los cuales prácticamente no tieiL-^n 
límite alguno en su concentración iónica en e! agua. Podría pens^ur- 
se que estas sales podrían tener una acción muy general; pe.1-0. 
sin embargo, sólo en casos excepcionales ocurre así, porque l».a-y 
toda una serie de sales metálicas con las cuales no es posible px"o- 
ducir efectos agudos como, por ejemplo, las sales de bismuto, <ie 
cinc, estaño, oro, etc. Probablemente ello se debe a la intromisión 
de un factor especial. Este factor es la reactividad de la sal metá- 
lica con las albúminas del organismo, substancia que, jimto con 
el agua, existe con la mayor abundancia en aquél. 

Acerca de la reacción de ¡as albúminas con las sales metálicas- 
no im[}era aún una unidad de criterio. Una de las creencias irxá-^ 
anteas es la de que se trataría de la formación de una verdad^*^ 
sal en la que el carboxilo de ios aminoácidos de la molécula att»**' 
minoñdea representaría el ácido, mientras que eJ ion metálico re- 
presentaría la base. Esta reacción tendría que desarrollarse cu pvo- 
porciones estereioquimétricas, de tal manera, que de cada miet^' 
solamente sería posible obtener una sal albimiinoidea. El otro ^^' 
tremo es el que supone que el proceso de la reaonón es de na-*"* 
raleza coloidoquímica, en la cual la albúmina se precipitaría fK'^ 
adsorción dell metal. 

No intentamos aquí discutir acerca de las reacdones posil>l^ 
entre la albúmina y las sales metálicas, sino que queremos lí*^^SA 
tarnos al caso práctico; es decir, a la reacción entre el suero sHÍH 



— 313 — 

¡oltición salina, teniendo en cuenta que el suero es un liquido de 
jran complejidad, el cuall, junto a todos sus constituyentes albú- 
nínoídeos, contiene también sales inorgánicas, etc. 

Si realizamos el experimento de poner en cinco probetas, can- 
tidades iguales de suero sanguíneo y agregamos a cada una can- 
tidades iguales de soluciones equiimoleculares de sulfato de cobre, 
sulfato de citic, cloruro de hierro, nitrato de plata y bicromato 
potásico, observamos que en las cuatro primeras probetas se for- 
man precipitados dd color del ion correspondiente es decir, albu- 
minato de cobre azul, albuminato de cinc blanco, albuminato de 
hierro aimarillo y albuminato de plata blanco. Esto indica que es 
muy probable que el ion metálico esté unido a la albúmina en el 
sentido de una saturación de sus afinidades. En la probeta en que 
habíamos colocado bicromato potásico no se ha formado precipi- 
tado alguno porque el cromo no da lugar a combinación* salina pre- 
<^table con la albúmina. Como la diferencia química existente 
entre el plomo y los otros metales pesados se debe a que tiene un 
^rácter ácido, mientras que los otros son básicos, poetemos admi- 
tir que con toda fverosilmilitud es a la basicidad de los metales pe- 
^os a lo que se debe la formación del albuminato ; es decir, que 
estos son combinaciones de naturaleza saílina. 

Queda por averiguar en qué relaciones se combinan los metales 
^n las albúminas. Las substanciáis albuminoideas son, en todo caso, 
^dos miuy débiles, así como el ácido sulfhídrico. Si reaciona. 
Por ejemplo, el sulfato de cobre con este ácido, la reacción se rea- 
*^a siempre en las siguientes proporciones (las cifras expresan 
S'í^amos): . 

159 SO^Cu + 34 SR, = 95 S^Cu + 98 SN,H, 

y la única cuestión es si da reacción que da lugar a la formación 
^\ albuminato se desarrolla en las mismas proporciones esterio- 
^Knétricas o según otras proporciones. 

Si agregamos a cantidades iguales de suero cantidades cada 
J[^2 mayores de sulfato de cobre, y filtramos el precipitado y ana- 
^^^mos su contenido en metal, encontramos que, a medida que 
^os agregado más cobre, han aumentado también las cantidades 
^í precipitado con la albúmina dentro de ciertos límites ; es decir, 
fl^e nosotros podemos producir diferentes sales albuminoideas de 
^€ en las proporciones típicas de Has sales acidas y neutras. Po- 
jaos representarnos que, cuantos más grupos carboxíHcos libres 
^ne la moléculc- albuminoidea, tantos más pueden ser saturados 



por el metal y dar lugar, por lo lanío, a uJi precipitatlo iiíás 
cubre. 

Pero tarolíién existe un límite inferior por debajo del 
se produce precipitado alguno, por formarse únicamente s 
das solubles. Y es de ima gran importancia teórica y prácti 
si pueden coexistir aü mismo tiempo, las sales insoluWes y I 
acidas solubles; es decir, sí siempre junto a un albuminat 
puede existir simultáneamente Otro soluble. 

Esta cuestión podemos resolverla fádlmente por uiedú 
experimento. Si tomamos nuestra probeta en la cjue habían 
cipitado la albúmina con el sulfato de cí^rt; y agriamos 
hasta que no se produzca ningún precipitado más, podem 
haber pro<luddo la precipitación total de la ailbúmina. Si ñ 
pasa por el filtro una solución de color verde azulado y M 
mos a ésta lejía potásica, aparece la coloración típica de 
rión del biuret. Esta reacción se produce corrientemente, i 
sabido, agregando siilfato de cobre y potasa a una soluo¡( 
ninoidea, lo cual nos hace pensar qitc en nuestro caso se 
traban en H filtrado todos los ingredientes necesarios para 
cir la reacción a excepción de la lejía, que hemos tenido q 
dir. Por lo tanto, podemos afirmar que en nuestra probeta 
de la míixima precipitación producida con sulfato de coi 
existían albuminatos solubles e insoKibles. 

Pero en este caso hemos utilizado probablemente im es 
cobre. Si variamos el experimento, de tal manera, que em 
mucho menos cobre, habríamos de esperar que nos fuera 
obtener todo el cobre en forma de precipitado, sin que 
cantidad aSgima en forma de albtuninato soluble. Pero a{ 
lejía potásica nos encontramos repetidamente con la rea» 
biuret, y, por lo tanto, que en todo caso, coexisten alb 
solubles junto a los insolubles. Expresando esto en leí _ 
mico-físico, podemos decir que la reacción del sulfato I 
con albúmina se desarrolla según la ley de las masas y qfl 
tanto, no podemos precipitar con sulfato de cobre toda | 
na contenida en un liquido. 

Si es cierta esta afirmación, tendría que poderse logB 
contrario, la redisolución del precipitado de albuminatf 
si agregamos lui exceso de albúmina. Y esto sucede, ( 
agregamos nuevas cantidades de suero a nuestro priid 
observando que el precipitado albuniinoideo se disuJ 
lamente. 

Este comportamiento quirraco-físico se realiza, 
con ttidos los alhiimínntnf! de 'oí m-^tales pesndos. LfJ 



—315 — 

<c[ue existen en cada caso son únicamente cuantitatívas. Si nosotros 
caliéremos redisolver im albuminato de mercurio necesitamos para 
dk) muy poco suero, mientras que si queremos redisolver otro de 
plomo necesitamos cantidades extraordinarias de suero» quizá va- 
rios litros para poder disolver la pequeña cantidad de aíbuminato 
de plonK> que se ha formado en nuestra probeta. Y entre éstos, 
¡dos extremos pueden considerarse incluidos todos los metales 
pasados por su reactividad con la aübúmina. 

Todais est,as aneaccianeg son neaicciones iónicas. En el momento 
on que las soies metálicais noi sean* ionizaibles en el n@ua, no pueden 
producir íalbuminaíto añguno. Al grupo <le las sailes metálicas no 
ionizables, pertenecen las sales complejas, a pasar de su solubilidad 
en leíl agua. Un ejemplo die sal oomipleja lo tenemois, por ejemplo, 
al agti^rar teol común a unía soíución de subUmiado; ésta: solución 
no nos da ya las reacciones típicas dett ion metálico y tampoco pre- 
cipita la albúmina. Y dIe la misma nKunera se puede redisolver un 
precipitado de albuminato de mercurio agriando saj común. 

¿Cuál es él serttido faTmaooilógico de estas obsiervaciones ? Po- 
dría deducirse que ies aÜbúmiinas del organismo ison' un impedi- 
í^ento de la acción óA metal en el organismo, de tal manera, que 
cuanto miás tendencia tenga un metaH a producir precipitados ioso- 
l^ibles, tanto menos absorbible será, y por tamito, mtenor su acción 
^n ^ organismio. A pesiar de ésto, la acdón tenapéutica puede ser 
^'Hrportante como se observa en el caso en que por ejen^>lo, el 
acetato de plomo se pone en contacto con las albúminas de una 
^iioosa, die una herida, etc., diando lugar a la formaición de una 
'^í^caiita; curte a esta en cierta wnanem y polr eso se dice tiene una 
^<tíón astringente. En d caso espedai del píoimo, no sería bastíante 
*ocia la albúmina die la samgne para poder redisolver la ciitaidla estíteura. 

Por el contrario, si un metal se ditsuidve muy f áoilmieníte en un 
^•"^cjeso de albúmina, podlrá penetrar fácilmente desde el» punto de 
^^ aplicación en el organismo ; . quizá en el primer momento al 
P^^*i«üise en contacto con la nHUoosa haya podido fonmar una fase 
^'^sohible de albuminato, pero rápidamente se dísoíverían las caípas 
profutidás de esta escara, con lio que el metal podría penetrar sin 
^^'^'i.stenda alguna, da/ndo lugar a una aiocíón cáustica, toda vez que 
tJ^xisforma en su camino hada el interior toda la albúmina de las 
^^Itdas con que se pone en contacto en el album^inato soduble. Por 
^^^O'es cáustico, por ejemiplo, el suiMiniado. Y de esto dependen 
^^^^*^bién las aociones kxaiíes d!e lias sales metáJicas. 

En el caso en que se quieren lograr efectos generales, repre- 
^^^*>ta tiealmente la albúmina um obstáculo, o expiresado die otrtí 
^^^^licra, una protección del metal. Puede decifse que los metales 



de V^ 



I 



ijiie ÍCM-man albuiniiiait<Jb niuy poco solubles bu un exceso de 
biimina se absorben con mucha dificultad y son, por lo tanto, pocD-^ 
capaces de provocar iiua intoxicación aguda. Por eso son prác-;— w 
ticamente poco tóxioja el piorno, el bismuto y la plata, miei 
que por eJ contrario. Jo son mucho e! menairio y el cinc. 

Olira coinsecuencia de todo esCoi, es que bquelloe n»etaies 
no son capoles de farmaff albuiniinalo ^guno, conxv, ptur ejemplo, 
cromo y el arscnioj se absorben nuiy fácthiienite y pueden ees 
tóxioos. Con esbo tk^smos a 1>a cuestión' fuiulamental de la acdó^M 
geniarai de los nietalts, píx^ciodieindo de su estado <te ionización , 
de toda Tieactividad con la albúmina, cuestión que para resolvec^Js 
hemos encontrado liasta aqui una dificuJiad en ía capacidad resK.^- 
cional del ion metáHco. 

En las sales metálicas complejas, tenemos compuestos nietíí- 
liooe que carecen die toda csipaddad iieactiva coii las ajÚtúnúnag y las 
cuales nos puecten moslraír reaimentie la acdón fadiriBcológica del 
pietal como tai. 

Ctmsidciainos ayl coLwx: lyrácdcaineiite como un metal cnuy poco 
tóxico y tan poco absorhible, que pueden pasar impunemente por el 
inteeíino humano sin producir en los casos más que vómitos, a io 
s?imo. es decir, «na acción local. 

Pero si, por d contrario, utilizamos comboiiacíonies metálicis com' 
plcjas que no sean <?ax)aoes de ineaccionar con las albúminas, como e! 
laxtraío doble die scXiio y supriJo, es decir, un. cuerpo análogo aJ tár- 
taro emético, es incaiiJaz de piroducir combinación algunia. con d s«*^ 
ro, y si de esta substancia inyectamos a un conejo, intTa,venosam en- 
te. 0,002 graaiTos por kilo, oibwrvanios que en niuy oorto espacio <í* 
tiempo sucunube H animaJ con un coJapso geneni!, es dfecir, con iiTi* 
parálisis siniuJtániea de todas sus funciones. 

Exaictamente los iniiíiiios fenómenos i>odemo6 provocar con co<**' 
binadioaies anáíogas de hierro, o con doruro tie pJata disueltoi ^* 
liiposuJfito. o con mía sal oompJeja de oro, y, en general, con tod^ 
sal compleja de mi meta'l pesado. De aquí se ded'uce que todice est**^ 
metales son igiialmente tóxicos en princ¡¡'io. y que si práctidameff»** 
son a veces, .inocuos, ello se debe a condiciones puramente fom»*" 
Its. Del hecho de que con pequeñas dosis de las sales metálicas oo«**' 
plejas de todas clases puedan producirse fenómenos tóxicos morta- 
les se deduce que estos elementos son de los más íictivos que no^ 
Ciros conocemos. 

Pero la actividad de un meta4 absorbido no necesita ser siemp** 
perjudicial. DeJ hecho que con las antiguas curas de mercurio **" 
fricciones se obtengaJí efectos utiJizables en terapéutica se d«U**^ 
cine en muchos casos en lugar de una acción tóxica pódanos be*»*'' 



— 317 — 

la aodióa curativa. Pero tambdétii todo lo ainteTiúirineiile dicho no6 
dica que d camino racional ¡para obtener tma acción cusrativa con 
s dnetales es la utilizaciióai die combinaciones cóniplejas, y no con 
»inibinacion)es capaces de ionizarse, porque ei iqn metálico dificulta 
as que favonece. Esite camino lo ha emprendido la f awnacología 
odierna intentandloi utilizar las propieldadies espedficas nuedifémite fe 
ilización die las sailes complejas. Recordemos aqui únicamente ei< 
so del NovasuiitJ, sal conupleja die mercurio, qfue fe tei^péutíca utí- 
^a como ditfirético, aisi como d. tratamiento dje fe sífilis con las com- 
naciones complejas de bismuío; los intentos de estos últimos tiem- 
>s de lograr ue tratamiento de la tubercuJosis con las ^es ac«n- 
lejas de oro, etc. Y este es un camáno que dirige a fe nueva tera- 
í'utíca hacia nuevos horizontes. 

Una forma esjpecial de aceitón mietálica es la intoxicación crónica, 
íbida a que penetran en d orgamismo cantidades mínimas, a veces 
í^'luso imposible de determiinar por análisis cuanjtitarivo y aun cua- 
itivo; dosis que, naturadmente, careoen de por sí dte todo efecto, 
"O que pueden adquirir una actividad si son ingestión se prolonga 
nante mucho tiempo. Pero estas acciones no ste observan con to- 
5^ los metales, sino en casos elsipeciales, como en el ploma, el' mer- 
lo o el manganeso. Los efectos son muy distintos de los que se 
¡ervan en fe intoxicación aguda, toda vez que en esitos o^os fe 
ion se ejerce predominantemente sobre fe nutrición y el mietabo- 
rio, por .lo que los padenteís pierdlen de peso, y sobre el sistema 
vioso, traduciéndose en sy. romas diversos, según suis afinidades 
edficas, como fe pairálisis radiaU en la intoxicación crónica de 
^ y otros síntomas nervioisos ; en la acción dd mercurio sobre 
dstema nerviaso central ; dd mangameso en los espasmos de la 
dilación metatarsofalángica, etc. ; es decir, fenómenos de gran 
ecrficidad. Es cfeiro que 'paira lograr fe r^bstoraón de fes pequeñas 
tidades de metaü qiue son necesaírias para producir una intoxica- 
1 crónica no han de ofrecer dificultad alguna ni la escasa solu- 
fed mi fe reactividad con las albútoinas, toda vez que dichas can- 
.des pueden penetrar gracias a la solubilidad que, a pesar de todo, 
ie toda sal metálica, e ioclusol todo metal puro, como sabemos 
Jas intoxiciadonfes pmducidaís por el plomo o el nuercurio. 
Por suis manifesitadones es, por lo tanta fe intoxicación crónica 
JOS metales un tránisfkto al estado de enfenmedád. Por eso parece 
dar -dicha intoxicación fuera/ dd terreno experimental', si todo 
mmento debe presuponer d libre dominio de fe cantidad, o do- 
Y, sm embargo, algunas intoxicaciones, como fe producida por 
*«no, nos proporciona datos cuantitativos. 
Si colocamos por vía parenteral bajo fe oiel de un animal un de- 



nio <| 






pósito fie uiia sai de plomo muy poco soluWe en agua, como í 
fato o el fosfato, ol>servamos que el animal sucumbe en el cun 
alguias semanas, con manifestaciones de una parálisis bulba 
análisis nos demuestra que del depósito ha desaparecido quía 
gtanio, sin que este déficit podamos enoontrario en todo el ani 
únicadiiente por medio de análisis muy delicados podemos encoi 
algo de plomo en los huesas, mientríis que los órganos enfermo 
tan li'bres de plomo. Estos hecilios están en manifiesta contradií 
con los observados en la intoxicación aguda, en Ja cual los órg 
enfermos contienen en grandes cantidades la substancia tóxica 
trata, por lo tanto, en esta enferniedad crónica de la acumulado 
insultos aislados producidos por un metal en los órganos máju 
sibfles, casi siempre en el sistema nervioso, que, como es sabicm 
see la más pequeña capacidad de regeneración. Esto iiace vei^ 
que en 'la intoxicación crónica por los metales sean los órganos 
mos dos alterados en su composición, por !o que se trata realni 
de una enfermedad química. 

Quizá en este sentido nos encontremos con un verdadero pi 
de contacto con la moderna estiniuloterapia (Reizkórperthera; 
en la cual hay que admitir que, mediante una substancia quíi 
definida, se It^'ra liberar dt los tejidos otro principio iguajín 
quíimcamente definido, que es eS que ejerce los efectos que busca 
en !a práctica. En todo casf, los resultados teóricos tienen para i 
otros gran importancia. 

Si consideramos que con las curas de fricciones mercuriaJes, 
tnntradas empíricamente desde muy antiguo, se absorben tan 
casas cantidades, que sólo es posible encontrar en las excreciones 
gunos miligramos, irrientras que basta con una fricción para prc 
car una eliminación que dura semanas, y, por tpjiío, un trán 
prolongaéo por el organismo, apenas ]X>drÍaniüs pensar en ima 
ción desinfectante contra el treponema, por estas cantidades taní 
quenas de mercurio, mientras, por el contrario, podemos pensa "' 
en este caso se dan condiciones semejantes a las típicas de la ti 
cación saturnina, y que .si para ésta hay que admitir una verd^ 
reacción de activación, más aún podemos esperarla en las i 
por mercurio en fricdoíies. las cuales más influenciarían d c 
nio del paciente que al mismo treponema. 

De la misma manera podemos pensar que la acción de to«- 
combinaciones metálicas, casi siempre complejas, que se han | 
meudado para el tratamiento de las más diversas infecciones, i 
por ejeníplo, tí oro contra la tuberculosis, e! estnño contra la'f 
cnlosiis, etc., obedecen al mismo mecanismo. Tenemos que i 
en esto^ casos en la posibilidad de que se den los más diverso 



-^ 319 — 

canismoSy a pesar de que, desgiradadamente, no sepamos dónde es- 
tan las difíctdtades. S^^ramente consisten, en gran parte, en lá do- 
sificación; pero, en parte también, en la naturaleza quimica de las 
combinaciones metálicas. £1 camino a seguir aqui es oompiíetamente 
empírico, y únicamente más tarde, una vez resuelto el problema, 
vendrá a forjarse la teoría. Por este motivo, si bien escépticos, no 
á< beríamos mirar con desconfianza los modernos tratamientos por 
los metales, sino pensar del mejor grado que si bien tenemos que 
contar aún con nnudios fracasos, nos encontramos en un camino 
de grandes perspectifvas. 




rRABAJOS ANALIZADOS 



A. E. KiiLKow.— Sobre el tratamiento de la esolerosls múIlW" -I- 
pl« oon el Bayer 20B (Germanlna). (Zur Behandlung ^^Her 
Multiplen Sklerose mit "Bayer 205" (Germanin). Zeítschrift fiir die ',^ , "- 
samtc Neurologie imrf Psych'mlric, tomo 104, mailerno 3,*, 1926, 

L& esclerosis en placan ñgura hoy en el número de las enfermcdai^K-CS 

que toiiavia no cuentan con un método vcrdaderame^r-ntc 

ehcBz de fralamií-iito. Las dificulladeí para juzgar el resultado de los Vi^^ ^' 

tamientos, resallan además por el hecho de que se producen írecuenteme» — '■•< 

remisiones espontáneas en el curso de la enfermedaJ. 

En los últimos tiempos en relaci&i con los trabajos experimenta. 'M^^ 
de ciertos autores (por ejemplo Kuhn y Steineb) se llegó a la conc "■"■■*" 
sión de que en las esclerosis en placas jugaba un cierto papel causal mi ^^^^" 
piroquete (spirochaele arECiiinensis) ; esta especie de germen se lia encc"»»""' 
trado en el liqwido céfak) raqtude<i. Y dada la índole de él, se lia pens^*^"" 
desde luego, en intentar 
han Mdo muy diversos. 

e el 19.2 por 100 al 33 por 100 de los ca: 
camino se han ensayado i 
con el quinin-uretano (Mei 
1 salvarsán ; los preparados 



por los salvarsanes. Los resultad'*^' 
que osc=' * "^ 
M (Drevfitss Schvitt). 
Lievos medios ; la combiiiac » «í*" 
:k); una especial combinac»^*^ 
de antimonio (Slybenil y S^*- 



En el 

del arsenobenzol 
del Thorio X c( 

Heyden). Estos últimos, como se sabe, han ejercido una excelente influC 
cia sobrr las enfi-rmcdadcs tropicales producidas por tryponosomas, y I*^^ 
trabajos de SínVEar dejaban suponer que sus efectos podría'' 

El autor ha querido invesltear ya en este caminí el efecto terapéul»'^*' , 
que pueda ejercer el nucvfi preparado Bayer 205. cuya acción sobre '** 
Irypanosomiasis ha parecido tan brillante en los ullimos ensayos realii^' 
dos y cuya influencia sobre la esclerosis en placas no lia sido todavía eoí^' 
yada. Teóricamente, al mejioi. la etioIoBÍa espiroquelósica die la eselerosí* 
en placas, y por otra parte, la acción tr\paiiiciiia ilel Bayer 205, ¡nslifirt'*' 
fin duda ali^una, la realización de los ensayos, 

E=.te trabajo constituye la primera parte de mía larfta serie de esluilios. 



— 321 — 

lya parte puramente farmacológica y de acción sobre los animales ha 
lo realizada bajo la dirección de Tarassewitsch. 

Acerca de las características del medicamento, las circunstancias im- 
lestas al comercio alemán por el tratado de Versalles han colocado a los 
rtores en condiciones malas para el exacto ccmocimiento de su composi- 
>n. Según Roelh, esta composición sería la siguiente: Metaaminobenzo- 
aetaaminoparametilbenzoil-i-naftaetilamina-4-6-8 trisulfúsico (ácido). Se tra- 
. d^/tm polvo blanco' que se disuelve con facilidad en >el agua y en d 
ero fisiológico; la solución no tiene olor y sí un sabor amargo. Reciente, 

incolora; pero cuando permanece unos días a la acción de la luz, se 
Jscurece sin perder su actividad. La esterilización tampoco altera sus 
)ndiciones farmacológicas; el polvo es (muy higroscópico, y para conser- 
irlo, por consiguiente, es preciso encerrarlo en frascos que cierren per- 
ctamente. 

Esta substancia se ha utilizado con éxito en la lucha contra todas las 
fermedades trypanosomiásicas : enfermedad del sueño nagana, mal de 
leras, etc. Tiene la inmensa ventaja de que se elimina muy lentamente y 
!ste en la sangre largo tiempo después de administrarlo. Se ha ensayado 
ibién por Weichbrodt en el tratamiento de la parálisis general sin éxi- 

sdguno. 

Se utiliza la solución al 10 por 100 en suero fisiológico o en agua que se 
iriliza en baño de maría por quince minutos. S^ puede administrar por 
as las vías; pero los autores prefieren la intravenosa, administrando una 
'ección de 5 c. c. de la solución al 10 por 100, cada cinco o seis días, 
t:a dar diez aproximadamente. Después de administrar esta dosis por vía 
•^venosa conviene utilizar la vía gástrica dando el medicamento a la do- 

^e 50 centigramos por la boca. 
llx>s accidentes descritos se producen, sobre todo, en las últimas inyec- 
nies, y consisten en albuminuria, aumento de temperatura, reacciones leu- 
itarias en la sangre, etc. 

Cx)n estas indicaciones los autores han tratado cinco casos de esclero- 

diseminadas, y en cuatro de ellos se ha producido una evidente e innega- 
mejoría que ha sido distinta en los diferentes casos. En los cuatro ca- 
la mejoría más constante ha sido en las manifestaciones espásticas, que 
1 permitido al enfermo caminar con mucha más soltura hasta sin ayuda 
'Una, a expensas de la desaparición de las contracturas. 

^n un caso hubo mejoría de la visión^ que aumentó considerablemente, 
iíi otro se amplió el campo visual hasta límites normales. Los trastornos 
bicales mejoraron precozmente en tres de los casos. 

Los enfermos habían todos, antes, tenido remisiones espontáneas; pero 
nca con el aspecto! y la duración de las que sobrevivieron con el trata- 
^nto mediante el Bayer. Los fenómenos comenzaron a notarse a la quin- 

o sexta inyección. 

Todavía los hechos no son bastante numerosos para pronunciarse en un 
"itido definitivo; pero están autorizados los ensayos por los resultados ob- 
Aldos en Moscou. 

J. S. Banús 



Ikoll.~-£I tratamiento del parkinsonismo postsnoofaliUoo por la 
niootina. Tlie treatment of piiatenccplialiuc parkiiisuiiism 
The Briliíh Medical Journal jimio Í92C1. 



!^S 



£1 uso del tabaco, to mismo por vía iatenia que cxlerm, uui el propókít) 
de obtener la relajación muscular en diferentes forman de enfermedad, • 
vo de moda:, hace aproximadamente sesenta años. El autor, en vista de 1»« 
ccnociniietitos actuales sobre la acción de la uicotíiia en la célula pregaiiglic^ _ 
uar y también sobre la influencia simpática dd tono muscular, ha deddi í'^-^. ^¿q 
ensayar el tabaco en una serie de casos de parkinsonismo po6tencrfalític=;^,co. 
Nu ha tenido la pretensión de conseguir una cura definitiva,' si tan sólo ]■ 

de lograr una mejoría que permita alimentar esperanzas. 

El parkinsonismii es una consecuencia verdaderamente frecuente de U 

encefalitis, y se reconoce por la típica falta de expresión de la cara, la i^c" pa- 
labra entrecortada, la voz monótona, el paso corto y rigído, sin que el p- pa- 
ciente mueva los brazos al andar. Otros síntomas frecuentes con la ;=.=- síg- 
lorrea y el aumento de la frecuencia del pulso, cuyo sinlouia expresa la eia ^ =J tci- 
tación simpática que también se manifiesta en la expresión de los ojos r-^^«7nu- 
chas veces Bailones. 

HuNTER ha heclio notar que la rigidez que se exterioriza en el parl-s^Kin- 
sonismo postencefatilico coincide en todos sus caracteres con la üdiid^= a a 
tiJi exceso de tono plástico. Es difusa su aparición, no se produce luc — — uicj 
clwrtávamente en ciertos músculos y manifiesta una resistencia a los m' — ovi- 
ir.ientos pasivos enteramente característica. De una manera experimenta' 1 se 
demuestra que las lesiones del cuerpo estriado producen síntomas enteran^^ncu- 
te semejantes al parkinsonismo. Huntek concluye que el cuerpo cstr — ^ado 
en el hombre, con integridad de la corteza, ejerce una regulación por^ m- 

Icrmcdio de los núcleos snbpalídades sobre el arco reflejo simpático pre-i Mpi- 

nal, que sirve el tono plástico. 

Algunos observadores han descrito en casos de encefalitis letárpic^^L de 
tipo pal kinsoniano cambios degenerativos graves en las células de la s.~wb«- 
tancia negra de! mesocéf.il" y degeneración arterial calcárea de la i_->arle 
anterior del ginhiis poUh'ns^ algunas veces ac .Tiip^inada por la tromlmsB ri de 
los vasos afectados. 

Las lesiones <k uslos centros elevados pueden provocar una interferren- 
cia de la regulaciún normal del arco reflejo pre-espinal y resultar de éko un 
aumento del tono plástico, de! mismo modo que la k^óai de la neurona 
central aumenta el tono contráctil servido por el arco reflejo somático. La 
nicotina, como se sabe, interrumpe la conducción de las vías periféricas dei 
sistema nervioso de la vida vegetativa por i>aráliiis de la ':élula simpsli- 
C3, preganglionar y por este mecanismo reduce el tono plástico. 

La teoria de que el tono puede ser dividido en plástico y contráctil (u 
recibido nuevas confirmaciones desde los trabajos de Huhter y Royle. De 
acuerdo con esta teoría existen en el músculo enriado dos espc 
b.-ns: unas fibras Ureas inervadas imr nen-in-^ mielinizadoí y otras ¡ibf^' 



— 323 — 

estrechas ¡nervadas por nervios amieUnicos y simpáticos. Las ñbras que 
reciben los nervios sotnátioos son las causales dd tono contráctil y las 
oirás, tas del tono (Mástico (i). 

Los casos de parkinsonismo postencefalítico en los que puede aguardar- 
se un beneficio mediante el tratamiento por la nicotina, son aquellos cuya 
regulación muscular voluntaria está intacta; pero el movimiento se halla 
dificultado por el exceso de tono plástico. Por depresión y subsiguiente pa- 
ralización de la fibra simpática por la droga se alcanza a eliminar el tono 
plástico y quedan los miembros libres de la espasticidad. ♦•^ 

La nicotina se administra en substancia por vía hipodérmica. Signos 
de intolerancia (náuseas y vómitos, taquipnea, etc.) pueden producirse con 
facilidad, y por esta causa es necesaria la estancia en cama del enfermo du- 
rante todo el tratamiiento. La disposición adoptada para estudiar los efectos 
de la droga no tiene nadal de especial. La frecuencia del pulso, de la res- 
Xnración y la presión sanguínea se recogen inmediatamente antes y después 
de la inyección. Lais determinaciones se repiíten cada; medio minuto, durante 
tres, y cada nnntito, en los siete siguientes. El más común tipo de respues- 
ta se caracteriza por una caída inicial en la frecuencia del pulso seguida de 
un aumento con vuelta a la normalidad al cabo de cinco minutos ; tal resul- 
tado se tiene en 70 por 100 de los casos; en el 30 por 100 restante, no 
existe lentitud inicial del pulso. £1 aumento de la frecuencia puede ser en al- 
gunos casos muy J marcado, oscila entre 20 y 40 pulsaciones. La presión 
sanguínea mostró en el 40 por 100 de los casos un aumento gradual de sus 
cifras, máxima y mínima, seguida de una vuelta a lo normal al cabo dé 
cinco minutos. La respiración manifiesta una lentitud inicial seguida de un 
tomiento de la frecuencia. 

Después de la inyección de la nicotina, otros fenómenos pueden notarse 
(enrojecimiento de la cara). En dos casos, ello ocurrió pocos minutos des- 
ipués de ja inyección de nicotina. 

La técnica del tratamiento ooniporta una inyección cada tercer día, 
hecha a la dosis de 1/30 de gratio; tales dosis se repiten durante unos 
días; ulteriormente, si los cambios de pulso no son muy acentuados, la 
dosis se aumenta. 

El autor ha tratado 13 casos de parkinsonismo postencefalítico. De 
estos 13 casos} típicos, 9 han experimentado una indudable mejoría por el 
tratamiento y 4 no han sufrido modificación alguna. 

La influencia se ejerce exclusivamente sobre la hipertonía. El temblor y 
la salivación de que se quejan los enfermos, no se modifican nada por la 
técnica de Moll. 

Parece justificado insistir en estos ensayos. 



J. S. Banús 

(i) £a la última; /reunión de la Sección de Neurología de la Real So- 
ciedad de Medicina de Londres^ el fisiólogo Adrián ha echado el peso de 
«11 autoridad contra esta doctrina de la di^lioidad de» la fibra estriada de- 
fendida por HuNTOR y Royle. — J. S. B. 




I 



,. GuoGENHEivEH y P. HiRscB.-La demoatr«el6n d«l edema !» ■ 
tante por medio del oomportsmlento de !• pápula eutine^^» 
de nomOPSal. (Uber i.lai Niiehwcis laluueii Odems aus dem Veriwli=s^»tt\ 
r Quaddehí eijier Mormosallosung). A'Ii.i. IVock. Año \. mKi_*M- 
192C- 

Desde los estudios de Wi&al se sabe gue antes de la aparidón del tA»:^=¿t- 
ina difuso diagnosticable de visu iranscurre en el organismo una fase pr»^»^e- 
de agua capaz de producir un aumenlo de peso de ciii^.«::3ico 
kilos en el organismo >aíectada. Del mismo modo, en el período de de^^ Jeí- 
de los edemas sucede a la fase de los edemas visibles otra de r-^ re- 
Icnción de agua que pasa desapercibida. El único procedimiento de dia^^^ag. 
noslicar estas fases seria el de pesar a los enfermos antes de la aporici» .i :z¡ón 
de] mctabolisiiKi hidrico. Por otra parle, tratar de averigi^n^^r-m, 
la desaparición completa de los últimos residuos de retención hídrica ic^^-pur 
medio de pesadas en el periodo de convalecencia, es de todo pimío inacr ■ .lep. 
enfermos pueden realmente aumen»^__^ttaf 
de peso pi)r mejoria cié su enfermedad, aumento del apetito y restable=^^^'. 
funciones nutritivas, independientemente del melabolis- —-roo 
del agua. En estas condiciones es necesario utilizar im método sencillo ^^^w 

independientemente de las oscilaciones del peso^ informe al dfnico ace rea 

de la existencia de un edema tálente. Semejante sistema seria especialm^ ■«:n- 
te útil en los enfentius canliaeos para el diagnóstico precoz de los trastor^nos 
circulatorios y del mísmu modo la comprobación de uo edema latente ^Ta.- 
brla de dirigir en un sentido adecuado los procedimientos terapéuticos a 
emplear. 

I-os autores proponen im método que reúne eítas condiciones y que ''^ 
sitio ideado a partir de las investigaciones de Goldscbeiuer y Hah\ ^k3- 
bre el dermografismo. Si sobre utta pápula cutánea producida mecán5*=^~ 
tikmte se hace actuar una nueva excitación, la iwe! no se eleva nuevamen*'' 
sino que la pápula iM-imilÍva se eiisHíicba y aumenta de tamaño. Ahora bieri- - 
de^iués de haber desaparecido la pápula se excita nuevamente la zona de t>'^ 
afectada, se observa la imposibilidad de reproducir estas pápulas de un nvcX*' 
mecánico bastante tiempo después de haber desaparecido la primitiva. Probable' 
mente, la infiltración ocasionada por el primer excitante produce en los tcjitJ*'* 
una mayor capacidad de desagüe para el líquido estravasado de los catatares 
con mnliví» de l.i segunda excitación. Estos mismos hechos podrían observ3*'^^ 
inyectando por vía intracutánea una solución de nomwísal en ima 2 
la que por una excitación mecánica se habría producido un edema. Mientra* J 
que ei la piel sana y según la cantidad de nontiosaj inyectado, la pápi*'^ 1 
riura más o menos tiempo, ésta desaparece rapidamcnle cuandij se prod»'^^ J 
en una zona de piel, en la qtie por tma infiltración edematosa eJ tejido ^ ñ 
'la hecho más laxo. El mismo resultado se ha obtenido en I05 eiitem***M 
eilematosos. incluso en un período de la enfermedad en el que el edema f^M 
es demostrable a la presión del dedo. 

Para producir la pápula ^ai^&ftka. los amores utiliíahar la pipi 



antebrazo o de la pantorrilla en su cara flexora, inyectando por vía intra- 
cutánea 0,2 c. c. de nornaosal, ya que de utilizar cantidades mayores, aun 
sin exceder de o,S c c, el tiempo de observación habría de prolongarse 
considerablemente. Empleando los 0,2 c. c se ha visto en las personas sa- 
nas una fase de pápula cuya duración oscila entre ciertas límites^ £n 
efecto, después de hora y media puede la pápula no haber desaparecido por 
completo; pero en la mayoría de los casos normales la pápula desaparece 
al cabo de una hora y se admite, por k> tanto, que el tipo normal para la 
fase papular es de sesenta minutos. Para evitar causas de error los autores 
producen siempre en zonas vecinas dos pápulas y toman como tiemi>o de 
desaparición de las mismas la cifra media de las dos. Para determinar la 
fase de pápula no puede utilizarse la visibilidad de la misma, y hay que 
acudir al tacto, por medio del cual puede fijarse el momento en el que la 
piel del sitio inyectado deja de formar relieve sobre sus inmediaciones, 
momento en el cual la fase papular puede considerarse como terminada. 
Se ha intentado hacer más objetiva la prueba añadiendo colorantes a la so- 
lución de normosal; sin embargo, las experiencias encaminadas en este sen- 
tido, no han dado resultado puesto que lo mismo en los sujetos normales 
que en los edematosos el colorante y el líquido difimden desigualmente y 
:se prodíucén. retendones locales del primero mucho tiempo después de ha- 
t:>er desaparecido la pápula. No hay que decir lo importante que es para 
-rea^lizar esta prueba el empleo de soluciones exactamente isotónicas, ya 
filie pequeñas variaciones del tono de la solución producen grandes osci- 
laciones de la fase papular. 

En los casos de edemas bien manfíestos puede ser imposible obtener una 
P^CMÜa con 0,2 c. c. de normosal, y en otros casos esta pápula desaparece 
al oabo de tres o cinco minutos. En los cardíacos la fase papular se encon- 
ar zi.l>a mucho más abreviada en la pantorrilla que en el antebrazo y en al- 
g«Jt>os enfermos dfe insuficiencia cardiaca poco acentuada la fase de la pá- 
P^ila. no había disminuido en el miembro superior Así, por ejemplo, los 
s^^tores citan iiíi caso de estenosis aórtica con insuficicencia cardíaca que 
^l ciécimo día de tratamiento, cuando habían desaparecido la mayoría de los 
^^í^ómenos de éxtasis, mostraba en la pierna una fase papular abreviada 
"a.sta quince minutos y en el brazo, que no presentaba signos de edema, 
*^ fase en cuestión era de cuarenta minutos. Después de dos días de dieta 
^^ Carell e inyección de eufílina, se habían prolongado los tiempos de 
^Pula en el brazo y en la pierna hasta sesenta minutos un día y sesenta y 
^iKx> minutos al día siguiente. A raíz de este tratamiento, se intentó hacer 
^^^^ al enfermo xma hora por la tarde, y al segundo día volvieron a apa- 
■'^^cer edemas maleolares y las fases de pápula qucí por la mañana eran en 
p brazo y én la pierna de setenta y veintiséis minutos respectivamente, por 
* tarde, después de la fase de bipedestación, habían descendido hasta 
^^seata y nueve minutos. En éste, como en otros muchos casos, la 
Pnieba de la pápula permite el reconocimiento de una edema latente y 
^«terminar al mismo tiempo el momento en qué un cardíaco puede lévan- 
^^^ y hacer ejercicio. La relación que en los transtomos circulatorios 
puede reconocerse entre el desarrollo y extensión de los edemas, fpor unn 



- 3ít> - 



irai^^^ 



parte y la presión liiilrostalica por otra, se tiicutiilra también para el 
todo de dcnwsiración de los edemas latentes pjr medio de la pápula ile 

En los casos de edemas latentes, puede prodiicirse un aumento de 
procesos de éxtasis si se mantiene la pierna del eníeraiu colgando dui 
cieiTo periodo de tiempo íuera de la cama. En estas condiciones se abr^ 
via tambión considerablemente la fase papular, mientras que en las per^^ 
sonas sanas no basta esta maniobra para que el tiempo de pápula se acort»- 
Por el contrario, si el enfermo explorado se mantiene con ima de las pie^^ 
lias devadas durante el mismo tiempo, se ve cómo la fase papul; 
ga en esa pierna y permanece invariable en la otra, 

Kaufpman ha aconsejado demostrar los edemas latentes de los cardias», 
por im procedimiento fundado también en las variaciones de la pres' j 
fliiflrostática. E! enfermo eii ayunas, permanece en Lt cama y cada licrzr^,; 
dnraiíte seis, bebe 150 c. c. de liquido, vigilando al mismo tiempo J 

eliminación de orina. Durante la quinta y sexta horas, se elevan los ^E^ia 
(le la cama y si en estas condiciones las cantidades de orina eliminadas «x- 
ceden de las anteriores, debe deducirse la existencia de edemas lalentes de 
éiitasis por un transtorno circulatorio Los autores han repetido la expe- 
riencia de Kauffman comparándola con au método y han encontrado qu^ la 
tirimera era normal o dudosa en periodos en que la (ase papular ya se 
había abreviado considerablemente. Parece, por lo tanto, que el método i^* 
ICauffman proporciona datos menos valiosos que el comprtamient de I' 

Hay que tener en cuenta, por otra parte que lo» edemas cutáneos no s*"* 
fenómenos constantes de la insuñciencia cardiaca y se encuentran much*" 
casos de éstos con éxtasis pulmonar acentuada, disnea, liifiado de éxtasis, *»'■' 
giiria y albimunuria de éxtasis que no presentan nunca edemas visibles o pal- 
pables en las extremidades inferiores y en los que el resultado normal de •* 
prueba de la pápula permite excluir la existencia de un edema latente. V^ *^ 
que en los enfermos circulatorios pueden diferenciarse tres tipos de éxtas**' 
el pulmonar, el hepático y el periférico, que pueden combinarse entre si, pero 
pueden tamWén aparecer aislados. 

El estudio de la prueba de la pápula permite observar cómo la *•'*" 
tribución de los edemas en las enfermedades renales hidrópicas, es mucho 
más extensa que en los cardíacos. En efecto, en los primeros es muy rae" 
observar la falta de un edema latente en un braio con fase papular abre- 
viada. En los enfermos renales se encuentra generalmente una abtevia- 
.ción progresiva ¡ie la fase papular, al mismo tiempo que un aumento ^ 
los edemas demostrable por el aumento del peso de los enfermos, y por ^ 
contrario, se ve también i'/>mo se va prolongando la fase de páptila, ff*' 
cias al tratamienio del edema, que produce al mismo" tiempo un aumento * 
la diuresis y un descenso del peso de los sujetos. En algunos casos ''* 
eikmas muy persistentes, especialmente en los de origen nefrósíco. se <*'" 
cuentra, a veces, como al mismo tiempo que la piel va adquiriendo roaytW 
ecnsistencia, se prolonga la fase de pápula hasta alcanzas duraciones 0éD' 
ticas a las de la piel normal y erto. a pesar de la permanencia de la f"' 



— 327 — 

Itracíón. En estos edemas prolongados se admite que se produce una degc- 
eradón fibrinoide de lo» haces colágenos y elásticos del tejido subcutáneo. 
Iteración que impide, «i cierto modo, el recambio díel líquido entre la 
ípula epidérmica y el tejido inmediato. 

Ea las esclerosis renades, en las que es muy frecuente que falte la reten- 
!ón de agua, incluso en las fases ñnales de la enfermedad, se ve también 
ue la prueba de la pápula proporciona constantemente cifras normales, 
icluso durante la fase urémica. 

También en otras enfermiedades que manifiestan tendencias al edema, 
p encuentran fases papulares abreviadas y, de este modo, en un enfermo 
lémico han podido observar los autores una fase papular que oscilaba 
nlre átez y cinruenta minutos durante el curso del tratamiento. También 
1 una diabética insuficientemente nutrida y no tratada durante largo tiem- 
), estaba reducida la fase papular a cuarenta minutos y aumentó hasta 
ítenta en el curso de la primera semana de tratamiento, al mismo tiempo 
je mejoraba el estado general de la paciente. Los autores han investigado 

el tratamiento insulínico, del que se sabe que produce ima retención de 
jtia en el diabético, atn^via también la fase de pápula. Se ha visto, sin 
iibargo, que esta abreviación no sobreviene, por lo cual hay que suponer 
je en estos casos la retención de agua se hace de un modo distinto a la 
?I enfermo hidrópico. 

Al mismo tiempo que los autores, Me. Clure y Aldrich por ima par- 
?, y Baker por otra, han propuesto la demostración del edema latente 
*r medio de una pápula cutánea producida con solución salina fisiológica. 
n una serie de casos graves de escarlatina y difteria han encontrado cs- 
í5 autores una fase papular abreviada sin edemas apreciables y en ©ca- 
rnes algunos días antes de la aparición de una albuminuria. Concluyen 

este hecho que en estos enfermos existe un preedema completamente in- 
Pendiente de una lesión renal primaria. Este fenómeno va de acuerdo con 

experiencia recogida en los casos de nefritis de guerra. En estos casos 

m 

;>ste también una serie de enfermos con edemas manifiestos e hiperten- 
^ y sin ningún carácter patológico de la orina, fenómeno que confirma 
^ ideas de Senator, según las cuales, la enfermedad renal y la f orma- 
¿n del edema son simplemente fenómenos concomitantes, de tal modo, 
*e el factor patógeno que da lugar a la nefritis puede dejar al princi- 
^ el riñon más o menos libre de su influencia y manifestar ésta predomi- 
^^emente por la aparición de los edemas. 

I-os autores disienten de Baker en la interpretación de sus observacio- 
-S- Este autor deduce del comportamiento de la pápula la participación 
^va de los tejidos en la formación del edema, de tal manera que la in- 
''^icación produciría una mayor avidez para el agua. Por el contrarío, la 
^^ión de los autores se limita a admitir en estos casos un factor mecá- 
'^^> que es el que produce una difusión más rápida del líquido de la pá- 
^^^ eri los espacias intersticiales inmediatos a los infiltrados. De existir 
^ ^gunas formas de edema un aumento de la liofilia de los coloides, que 
^^ cierto, no ha podido ser demostrada experimentalmente por Schade y 
'^^SEN, esta anomalía coloidal podría ponerse de manifiesto especialmen- 



"3-'8 






te ai la nefrosis. Pues bien; los autores ¡üiii podido v 

estos coii edemas lateates, cómo la fase de pápula tstaba intimamente r&^ 
lacionada con los mismos factores mecánicos que intervienen en el ednna 
de éxtasis (abreviación de la fase de pápula en !a pierna colgante, y alar. 
gamiento después de mantener la pierna elevada). Esto indica que también 
en estos casos existe en los espacios intersticiales un liquido de edema ü- 
biemente movible. La rapidez con que la pápula de normosal desaparect 
depende en general de la resistencia de los tejidos vecinos que en las ¡tt- 
filtracbnes edematosas han adquirido una estructura laxa y favorecen ^ 
siderabl emente el desagüe del líquido de la pápula intracutánea. 

B. Fkaiu 



Fki&oeh.^nn y Deicheu.— La forma lenta de la septioemia I 

nlngooóoloa. (Ueber die Lenta-I-orm der Meningokokensepsis). 
íchc Medhinischc Wochenschríft. Año LII. Nñin. t8. 

Desde hace algún tiempo ba. observado cierto numero de 
dro clinico particular cuya identificación al principio no ¡mdo establecerse 
191b, Devcke publicaba dos de estos casos que designaba como de ñebre i».^ 
termiteiite de naturaleza desconocida. A estas dos han añadido los autores 
citatro observaciones más, obtenidas recientemente, que coinciden eu un todo 
por sus caracteres con el cuadro clínico descrito por Devcke. Se trataba en 
todos los casos de uiu ñebre intermitente irregular que presentaba cierta 
semejanza con la curva de la terciana. Sin embargo, en todos los enfermo;, 
las investigaciones bemáticas daban residtado negativo y fracasaba por cúm- 
plelo ei tratamiento por la quinina. Generalmente, el período febril se iniciaba 
con una fase catarral de vías respiratorias altas y era característico de todos 
los casos la aparición de erupciones localizadas a nivel del pecho, de la es- 
palda, pero sobre todo en los brazos y piernas y porciones dorsales de manoí 
y píes. Las eflorescencias variaban de tamaño desde el de «na lenteja hasta el 
de un duro, poseían un color rojo vivo, y a veces sobresalían eu la superficie 
presentando una ligera infiltración. En la enferma descrita por los autores 
esta erupción no era dolorosa; otros enfermos, en cambio, presentaban liger« 
dolores a la presión sobre el exantema. La investigación de los diversos ór- 
ganos daba sistemáticamente un resultado negativo y la fiebre persistía irre- 
gularmente durante largo tiempo, acompañada de dolores de los miembros, 
hasta que al cabo de unas semanas o unos meses desaparecía sin dejar re- 
siduos. En uno de los casos de Friedemann y Ueicher la fiebre si 
a! decimocuarto día de una meningitis supurada que acabó con 

Dados ios caracteres n^ativos de la infección respecto s 
palúdica, pensaron los autores, en vista de la prolongación de la c 
en la posibilidad que se tratase de fiebre de malta; pero del mismo modo n 
sultaban siempre negativos los hemocultivos y las aglutinaciones. Tampoco jpy''} 
día obtenerse ningún dato por la investigación bacteriológica de la s 
estudiando microscópicamente pequeños trozos de piel escindidos y 1 
embargo, la revisión de los antecedentes biblíol 



I naturaleza 
i febril. 



dcntcs del exantema. I 



npoco Boyiji 

1 



— arp- 
eos de estas formas infecciosas les permitió conocer a los autores una serie 
de casos de meningitis epidémica, en los que antes o después del clásico sín- 
drome meningítico aparecían cuadros sépticos análogos a los descritos. En 
unos de estos casos se hacía resaltar el exantema semejante al eritema nu- 
doso y en otros el tipo febril, parecido al de la terciana. Los exantemas en 
la meningitis epidémica constituyen en realidad un hecho frecuente. Presentan 
un carácter petequial y constituyen un signo, no de meningitis, sino de una 
septicemia meningocócica concomitante. 

De aqui que muchos autores piensen que la meningitis epidémica no es 
más que la localizacidn en las meninges de tma septicemia primitiva, originada 
por el meningococo. Al lado de estos exantemas petequiales que siguen gene- 
ralmente un curso agudo, se han descrito roseólas que aparecen preferente- 
mente en el período prodómico de la enfermedad y por último, unos cuan- 
tos autores, y entre ellos Salomón, Adler y Bittorf, describen formas de 
exantema como las de los casos de F. y D., muy semejantes a los eritemas 
exudativos y quizá idénticas a ellos. En los exantemas descritos por estos 
tres últimos autores, el cuadro clínico se acompañaba siempre de una menin- 
gitis cerebroespinal, con obtención del meningococo en cultivo. 
. Por último, los autores han observado un nuevo caso, de cuadro clínico 
idéntico a los anteriores, pero en el que se pudo aclarar la etiología por com- 
pleto. En efecto, en los pequeños trozos de piel escindidos se observaban en un 
capilar pequeños cocos, difícilmente identiñcables ; pero en el quince y veinte 
^ de la enfermedad pudo conseguirse un cultivo de meningococos proceden- 
tes del torrente circulatorio. En las fases afebriles de la enfermedad la san- 
are era estéril ; pero en las fauces podían seguirse obteniendo cultivos puros 
de meningococos, hasta que en un nuevo brote febril el hemocultivo respecto 
i los meningococos volvía a hacerse positivo. En este caso las autovacunas 
^ dieron ningún resultado, y la tripañavina sólo daba pequeñas remisiones 
P<isajeras de la fídbre. 

Respecto a los cultivos, las siembras en placas eran siempre negativas y 
que sembrar en medios líquidos y especialmente en caldo ascitis, el 
' cual, para que el cultivo prendiese, había de ser calentado a 37 grados antes 
^ mezclarlo con la sangre recién extraída, ya que los meningococos son su- 
^oamente sensibles a los descensos de temperatura. En un pequeño matraz con 
40 c c. de caldo ascitis se sembraban de este modo dos o tres centímetros cú- 
"fe)s de sangre, siendo preciso meter inmediatamente el medio en la estufa. 
^^ las siembras sucesivas era especialmente favorable el medio de Levin- 
i^AL de agar-hemoglobina, que también era preciso calentar antes de la 
**ml>ra. Por último podía conseguirse en todos los casos la diferenciación 
urológica de todos los gérmenes obtenidos. La fase más favorable para la 
^^tracdón de sangre, única en la cual pueden esperarse resultados positivos 
P^ ú hemocultivo, es el momento en que comienza la fiebre, y mejor aún 
'íttraate el ccmienzo del escalofrío. En pleno período febril y en los intervalos 
^Pirétíoos no se encuentra germen alguno en la sangre. 

Ba soma, el cuadro característico de la enfermedad está constituido por 
^ afección catarral de las mucosas nasales, de la faringe o de los bron- 
í^iios, a la caal sticedé un ciclo febril compuesto de elevaciones térmicas muy 



i 






^■p 



- 330 — 



iscaiñente ascendentes, que al cabo de pocas horas vwlvoi 
a dejar aJ enfermo en su temperatura normal Estos accesos se repiten aii 
48 horas, de tal modo que dan al principio la impresión de una terciana, 
embargo, en contra de lo que sucede en esta enfermedad, íaltun generalmenli 
los escalofríos violentos y sólo hay una pequeña impresión fugaz de frío a! 
comienzo de! ascenso febril. En el curso ulterior de la enfermedad k curra 
pierde sa aspecto típico y las ondas febriles se suceden todos los días, t in- 
cluso, en uno de los casos de Frjedemann y Deicheb, cada doce hoKS 
En estas condiciones, el estado general de los enfermos no parece afec- 
tarse gran cosa, sobre todo teniendo en cuenta la duración y la elevacióa 
de la fiebre. Aun en pleno acceso febril las molestias subjetivas del eu- 
fermo son muy escasas. Es característico de esta forma infecciosa el «jan- 
tema que aparece por brotes, de extensión generalmente muy consídeií- 
ble, y constituido por manchas rojas más o menos grandes, infiltradas, lip- 
ramente sobresalientes por encima del nivel de la piel y dolorosas. recor- 
dando, por lo tanlo, en sus caracteres, al eritema nudoso, aun cuando loi 
nodulos son generalmente un poco más pequeños y un poco menos infil- 

i, generalmente, una evolución muy pralongidfta 
todo su curso la investigación de los órgan 

hígado, bazo, ríñones) es completaraenl* a 



Irados. La enfermedad 
incluso de varios n 
internos (pulmones. 



galiva. 

El diagnóstico se funda en los caracteres de la curva febril, el mag^' 
fico estado general de los sujetos, el exantema 7 la demostración de n 
ningococos en la sangre. Qaro es que estos caracteres pueden fallar a V*^ 
cea, perdiendo la curva febril el tipo pseudomal arico y reduciéndose «1 
exantema a imas cuantas manchas poco caracteris ticas. En estos últ¡ir»*>* 
casos hay que establecer el diagnóstico diferencial, sobre todo coa la sq»*í" 
cemia gonocócica; pero el dato decisivo será el heraocultívo, aun cuaixlc 
en los casos en que éste no pueda conseguirse habrá que acudir a la iavesf ' 
gación de la faringe, en la que, atm encontrándose meningococos normalmen- 
te, el hallazgo masivo de los mismos podrá constituir un síntoma de cierto 
valor diagnóstico. 

El pronóstico parece ser muy favorable. Los casos terminan cürándoít 
aun después de muchos meses de duración de la fiebre. Sin embargo, 1 
císo siempre establecer la reserva que depende de la posibilidad de que « 
e! curso de la curva febril aparezca una meningitis supurada. 

Como puerta de entrada de la infección debe considerarse en estos cas« 
la mucosa del aparato respiratorio ; pero F. y D. no sitúan en las faucc) d 
punto de origea En una de sus enfermas, en vista del catarro persistente * 
las vías nasales que presentaba, se investigó la secreción de los senos n 
lares y se pudo demostrar en ella la presencia de meningococos en cujli» 
puro. Admiten, por lo tanto, F. y D. que el foco primitivo estaba en «» 
caso en el seno del maxilar. No puede decirse si en estas condicíw» i 
carácter intermitente de la fiebre estaba relacionado con períodos de éxt»- 
sis en el seno o si, como parece más probable, dependí» la curva febril iJc' 
comportamiento de los procesos inmunológicos. 

En relación con estos casos, llaman la atención los autores acore» *I 



— 331 — 

iéclk> de qtíe muchas afecciones catarrales de las vías respiratorias superio- 
es son debidas a una infección meningocócica mucho más frecuentemente de 
o qué se supone. Desde la introducción del agar de Levinth^l, los auto- 
es han conseguido en un gran número de estos sujetos la demostración del 
leningoGOCo, y en 1915, Jacobitz ha descrito una serie de casos epidémicos 
e neumonías y bronquitis que estaban ocasionados por el meningococo. Pa- 
ece, pues, que la infección general desarrollada a partir de una pequeña 
tif ección localizada no es preciso que se muestre siempre con el cuadro 
línico descrito, sino que también hay casos de esta naturaleza qué se ma- 
dfiestan de un modo abortado. Los autores admiten que im número nada 
iespreciable dé enférihedades que se consideran como de naturaleza gripal 
son realmente infecciones ineningocócicas. 

Por otra parte, la analogía de los exantemas observados por los autores 
con el eritema nudoso y el eritema multiforme hace sospechar que estos pro- 
cos estén etíológicamente relacionados. Se sabe que entre estos exante- 
mas tinos son idiopáticos y otros sintomáticos. Entre estos últimos los hay 
Qónseeutivos a la tuberculosis, al tifus, a la escarlatina, a la sífilis, a la 
^nócocia, etc., y no es posible decidir en cada caso si el germen de la en- 
fermedad fundamental da lugar también al eritema o si se trata en realidad 
dé una infección mixta. En cambio, falta todo dato etiológico acerca de las 
^ohhas idiopáticas, y es de sospechar que, dada la semejanza de estos exan- 
temas con los de la forma lenta de la septicemia tneningocócica, pudiera el 
tteningococo jugar cierto papel en la etiología de la infección cutánea, con 
lo cual los eritemas en cuestión serian simplemente formas abortadas de 
<et>ticemia meningocócica. 

R. Fraile. 



Emile Weil.— LiIS púi^puras. Patogenia. Tercer Congreso de Dermato- 
logía y Sifiliografía. Bruxelles Medícale, Agosto 1926. 

Las púrpuras han pasado de la nosografía cutánea a la hemática. La púr- 
pura no es una enfermedad autónoma, lo mismo que sucede con la hemoptisis 
y con la melena. Aislada o acompañada de otras hemorragias mucosas o vis- 
cerales, la púrpura forma un síndrome que merece ser estudiado clínicamente 
en forma separada ; pero todas las nociones dadas por la clínica, anatomía 
patológica, etiología y fisiología patológica, no pueden dar una base firme de 
clasificación natural. 

Después de haber estudiado las lesiones elementales de la púrpura petequia 
^ equimosis, así como sus diversos aspectos clínicos, el autor pasa revista, de 
ma páí-te, a los síndromes hemorrágicos, y de otra, a las púrpuras simples. 
x>s síhdroines hemorrágicos se observan en el curso de enfermedades infec- 
ioSas, viniek, Satampión, escarlatina, peste, gripe, fiebre tifoidea, neumonía, 
leningitis cerebroespinal, gonococia, sífilis, tuberculosis, etc. Aparecen fof- 
as subagudas (tifus angihemático), supraagudas (púrpura fulminante), que 
arecen recordar, estas últimas, a la meningococia. 



•i 



- 332 - 



Las intoxicacicnes por arsenobenmles, benzoles, fósforo y envenenanÚBilos 
en general, son asimismo causa de púrpuras. 

También se observa cata enfermedad en el curso de afecciones agudas del 
hígado, riñon, cuerpo tiroides y de órganos hematopoyéticos. La leucemia 
sobre todo aguda, la anemia perniciosa, la hemogenia y las aíecciones iltl 
ba/o, son grandes fuentes de púrpuras hemorrágicas. Un estudio especial ddie 
ser consagrado a la hemogenia. 

En las púrpuras simples, como en ios estados hemorrágieos primitivos 
(peliosis reumática) o secundarios, estos últimos suelen ser de origen infec- 
cioso o tóxico, no es posible por las descripciones cÜnicas establecer su ss- 
paración. La etiología tampoco permite hacer la distinción mecanismo /íjíí- 
iógico. Es del estudio de las púrpuras crónicas, de donde es preciso parlic 
para dilucidar el mecanismo fisiológico de las mismas. 

El estudio de la hemogenia demuestra lesiones casi constantes, de una parte, 
de la sangre {falta de rectratibilidad del coágulo, disminución extrema de los 
hematoblastos, prolongación del tiempo de las hemorragias), y de otra, de lo* 
capilares (presencia de leiangiectasias). En tanto que ciertos autores quiEreO 
explicarlo todo por la desaparición de los hematoblastos, otros achacan tadS- 
la sintomatologia a cuenta de las lesiones capilares. En realidad, ni la teoría- 
capilar de Frank, ni la teoría esplénica de Kaznelson explican la afecrióo- 
Para nosotros, la cnterraedead proviene de los órganos hematopoyéticos (bato» 
medula ósea, hígado), debiendo incriminar también a otras glándulas endO"" 
crinas, en particular a! ovario y al sistema simpático, en la determinación J-^ 
las hemorragias. 

Para otras variedades de púrpuras, según los casos, se puede acusar e^^ 
proporciones variables a alteraciones vasculares de origen tóxico o microbianCí^ 
¡í alteraciones sanguíneas consecutivas a lesiones del hígado y de los órganí^' ' 
hemitopoy éticos y, en fin, a trastornos funcionales del sistema nervioso sinW- 



J. A. MtjSoveri 



Gaspake RoccA,~~8obra la Inmunización aotiva y pasiva contra' 
la flsoarlatlna. (Sull inmunizazione attiva e passiva contro la scar^ 
letina). Pediatría, vol. 34. agosto 1936. 

El genial descubrimiento de Di Cristina, aportando el agente etioiógS 
co de la escarlatina, ha abierto una nueva vía a la lucha contra la enferm^=^ ' 
dad, mediante la profilaxis por la inimmización activa (t). Di Cristina -^9 

(i) N. del T. — Llamamos la atención de los lectores, que al mismo tiem;»^ 
del descubrimiento de Di Cristina, los americanos, a cuyo frente milit»-;*' 
DiCK y DiCK, han puesto de manifiesto con todas las pruebas inmunológic^u^ 
apetecibles, que e! estreptococo hemolitíco es probablemente el agente caus^»^ 
de la escarlatina, y también recordamos que Zingher considera esta enferm^^^' 
dad, esencialmente tóxica, debida a varios agentes, pero principalmente ^"^ 
estreptococo hemolitíco, que es el que con mí" frecuencia se observa. 



— 333 — 

SiNDONi, inyectando cultivos muertos o atenuados del germen de la escar- 
latina, han preservado de tal afección a varios centenares de niños expuestos 
al contagio. Varios médicos, italianos y extranjeros, han seguido las obser- 
vaciones de estos dos autores. Según las más recientes estadísticas de los 
mismos autores, otros 6.000 niños expuestos al contagio han sido vacunados 
y preservados de esta enfermedad con un número de fracasos mínimo 
(2 por 100). 

El método consiste en inyectar en días altemos, por vía intramuscular, 
dos centímetros cúbicos de vacima, tres veces. 

Investigaciones inéditas de Caronia y Sindoni han demostrado que, tra- 
tando a caballos con cultivos de estreptococos, se obtiene un suero rico en 
anticuerpos, capaz de conferir inmimidad. A fin de tener un criterio preciso 
sobre la cantidad de vacuna o de suero, que es preciso usar para obtener 
inmunidad, el autor se propone establecer el momento de aparición de los 
amboceiptores específicos en los niños tratados con vacuna o suero. 

Se sirve de dos tipos de vacuna: el primero, tipo más usado comunmen- 
te, resulta de cultivar el estreptococo en su desarrollo máximo e inactivarlo 
con fenol al 50 por 100. Para averiguar la aparición de amboceptores con la 
desviación del complemento, usa dos tipos de antigeno: imo constituido por 
sjctracto alcohólico de escamas, según método de Caronia, y otro, que re- 
ulta de extracto alcohólico de cultivos de estreptococo, según el método 
propuesto por Ritos sÁ. 

Divide las investigaciones en cuatro grupos: 

i.^ Están comprendidos en este grupo 38 niños, tratados con inyeccio- 
nes intramusctdares en días alternos de dos centímetros cúbicos de vacuna 
i:i.tiescarlatinosa, tipo primero. Los restdtados son los siguientes: 



Después de 2 inyecciones (4 c. c.) 2 casos. 
3 " (6 c. c.) 26 



3 " (6 c. c.) 26 " 



t> „ » 



4 " (8 c. c.) 6 

5 " (10 c c) 3 



Total, 36. 



v^ 



I^ los otros dos niños, uno de dos años, después de la tercera inyección, 
presentaba todavía negativa la desviación del complemento. A los tres días 
*^é traído por la madre con adenitis cervicales laterales, debidas al estrepto- 
^^^^- El otro, de once meses, después de la cuarta inyección, y cuando la 
^viación del complemento era dudosa, enfermó con fiebre, angina y erup- 
cion escarlatinif orme. Después de cuarenta y ocho horas desaparecieron to- 
^<^s los síntomas morbosos y se restableció por completo. 

Es importante notar cómo en este caso la vacunación, ya que no fué su- 
nciente, sirvió para atenuar la enfermedad, evitando complicaciones, mientras 
J^ dos hermanos de este niño fueron afectos de formas graves de escar- 
«tina seguidas de otitis purulenta, adenitis y nefritis. 



i': 



-334^ 



En este grupo se pueden añadir otros 25 casos tratados con inyeccioiies 

intramusculares de un centímetro cúbico de vacuna en días altemos, con ob- 
jeto de ver si, usando dosis menores y repetidas, se podían obtener inmuni- 
zaciones. Los resultados fuercm: 



Total, 24. 



Después 


dea 


inyecciones 


(3 c. c.) 


6 c^sos 


}f 


4 


»» 


(4 c. c.) 


12 " 


*f 


5 


>» 


(5 c. c.) 


3 " 


it 


6 


n 


(6 c. c.) 


2 " 


» 


7 


n 


(7 c. c.) 


I " 



2,^ grupo. Los 34 niños de este grupo fueron sometidos, primero, a 
inyección de 10 c. c. de suero antiescarlatinoso, y después, a inyecciones 
días alternos de dos centímetros cúbicos de vactuia. Se trataba de niños 
se encontraban en estrecho contacto con escarlatinosos, y por ello era rx 
sario provocar un estado inmunitario inmediato, si bien transitorio, 
sultados : 



cu 



Después de 10 c. c. de suero 3 casos 

10 c. c. y 2 inyecciones de vacuna 5 " 

10 c. c. y 3 " " 16 

10 c. c. y 4 " " 4 

10 c. c. y 5 " '* 3 



f* 



j» 



tt 



» 



ti 
ti 



Total, 32. 

De los otros dos niños, imo, de diez meses, era sifilítico y desapareci6 ^^ 
nuestra observación. El otro, de seis meses, fué afectado de escarlatatina des- 
pués de 10 c. c. de suero y tres inyecciones de vacuna, siendo todavía negati'W 
la desviación del complemento. Tales inyecciones eran sin duda insuficientes 
para producir la inmunización. 

3.0 grupo. Los niños de este grupo fueron tratados con el. segundo típ^ 
de vacuna. Las inyecciones se practicaron primero en días altemos, pero ^ 
cantidad de un c c. por vez. 



Después de 3 inyecciones 


I caso 


>» . tf 
4 


16 " 


5 


2 " 


W j tt 


I " 






Total, 20. 



4.0 grupo. En seis niños de este grupo se hizo el tratamiento con ipT' 
ciones cotidianas de 10 c. c. de suero antiescarlatinoso. Resultados: 



— 335 — 




Dej-pués de 20 c. c. 


3 casos 


" 30 c. c. 


2 " 


" 40 c. c. 


I " 



Total, 6. 

Las inmunizaciones pasivas producidas por el suero, son de brevísima du- 
ión e inconstantes, so pena de someter a los niños a enormes cantidadies 
suero. 

De estas observaciones se pueden deducir algunas consideraciones de orden 
etico. Resulta en conformidad con las observaciones precedentes que prac- 
ndo inyecciones de vacuna y de suero antiescarlatinoso en niños hermanos 
escarlatinosos se intenta producir en ellos un estado de inmunidad activa 
asi va contra tal enfermedad, inmiunización que se revela por la aparición 
la sangre de los anticuerpos específicos. Ninguno de los niños que después 
tratamiento presentaron desviación del complemento positiva enfermaron, 
e debe de considerar que se trataba de niños receptibles (intradermo reac- 
1 de Villa) (i) y expuestos al contagio. En pocos casos, en los cuales se 
sentó una forma ligera de escarlatina, presentaban todavía desviación del 
iplemento negativa. 

En cuanto a la preferencia de inmunizar con vacuna o con suero en la 
filaxis inmunitaria contra la escarlatina, podemos decir que el uso del suero 
duce una más rápida inmunización, pero de duración breve e inconstante, 
utras que la acción de la vacuna es más duradera. Alguno de loa casos 
sentaba muchos meses después todavía, desviación del complemento. Por 
tanto, el suero debe aconsejarse solamente en aquellos casos en los que 
que actuar con rapidez, inyectando de 10 a 30 c. c. Debe continuarse la 
lunización con la inoculación activa de la vacuna. 

En cuanto a la dosificación de la vacuna resultó que de 106 niños tratados, 
21 fueron suficientes las tres inyecciones de vacuna (6 c. c.) paira producir 
inmunidad. En la práctica la inmunización de los niños pequeños se debe 
hacer con no menos de cuatro inyecciones de vacuna (8 c. c), haciéndolas 
ceder de una inyección de 10 a 20 c. c. de suero. 

En los sifilíticos o tuberculosos, es preciso para vacunar emolear una más 
rte dosis. 

CONCLUSIONES 

Primera. La inyección de vacima ahtieescarlatinosa no concentrada, pro* 

•e en los niños indemnes de escarlatina un estado inmunitario, que se puede 

ler en evidencia mediante la desviación del complemento. 

Segunda. En líneas generales, son suficientes tres inyecciones, cada una 

^ c. c, practicadas en días altemos, para provocar la inmutiización. Pueden 

embargo ser bastante cuatro inyecciones de i c. c. 

r*ercera. En los niños tarados por sífilis o tuberculosis, lactantes, y en 

individuos afectos de enfermedades anergizantes ("sarampión, tos ferina, 

^> Equivalente a la intradermo reacción de Dxck, de tos aTOeric?ux<»^ 



■ etcétera) s 



s cantidades mayores de v 



a para obtener la i 



En los casos que se quiera obtener una rápida inmunización, es preciso 
' inyectar primeraroenfe lo c. c. de suero antiescar latinoso, completando el tra- 
tamiento con vacuna; y 

Quinta.. Usando vacuua concentrada por centrifugación, son suficient^^ 
dosis menores, cuatro inyecciones de i c. c, para obtener la inmunidad. 

J. A. MitÑavEnito ■ 



I 



P. j0ifGMAN>f y R. Hall— 'Uas oondioioties de produooión d« I^IV 
enfenTiedades luétioas tardías de los vasos. (Die Entstehunsrs' 
bedigungen der spatluetisehen Gcíasscrkrankungcn.; KHn. Woch. Año "V] 
núm. 16. 1926. 

Las condiciones bajo las cuales aparecen las enfermedades luéticas tar- 
días han 5¡do recientemente puní ualí radas gracias a tos trabajos de W11-- 
WANss. Se sabe, en efecto, que en los últimos decenios el curso de la sffil» 
en los pueblos civilizados ha experimentado una transformación nolable, y 
mientras que hacia el año 50 del sig!o pasado era frecuente la sífilis tercia" 
ria con sus manifestaciones en la piel y en ¡os huesos, son actualmente ca^* 
vez más raras estas manifestaciones, y en cambio, han aumentado considera" 
blcmente las afecciones llamadas meta sifilíticas. Es especialmente importar»*^ 
el hecho descrito por WrLMANNs de que hasta 1810 la parálisis era una ir»*' 
íermedad absolutamente desconocida. Actualmente, en los pueblos incultos, ■-* 
enfermedad conserva, en cambio, todos sus caracteres pretéritos, excepto *^^ i 
las poblaciones costeras. Es evidente que esta evolución de la sífilis hay qt*^ I 
atribuirla a la influencia del tratamiento específico, y se supone que por n: 
dio de él se ha producido una alteración en tas propiedades biotósicas de i 
tspiroquetcs, los cuales han alquirido una afinidad neurótropa. 

Todos estos conceptos han sido referidos particularmente a las condicie^ 
nes de' aparición de las enfermedades mcf a sifilíticas del sistema nervioso, 
era lógico considerar bajo los mismos punios de * 
rigen la aparición de otras enfermedades luéticas tardías. Los autores han t 
nntado sus investigaciones a las afecciones luéticas tardías del c 
los vasos, y especialmente a la mesoaortitis sifilítica y al e 

El primer problema planteado era el de determinar de un modo exacB! 
la frecuencia de aparición de estas formas morbosas en las diversas époci-^ 
Aparte da los datos un poco confusos de una serie de autores, los de Hell 
demuestran que entre el periodo comprendido de 1857 a 
y el de 1910 a 1914, por otra, el número 

ees superior en esta úllima fase con respecto a la primera. También 
fras aportadas por Gurich demuestran del mismo modo un aument< 
derable de las enfermedades aórticas sifilíticas. Los datos recogidos por Ju^ 
UAKN y Hall se refieren a un abundante material correspondiente al p 




-- 337 — 

comprendido entre 1904 y 1925, y se deduce de ellos que, con un material de 
a^3topsias sensiblemente uniforme, en los cinco primeros años de esta época 
liD*i casos de mesoaortitis o de aneurisma aórtico aparecían con una frecuen- 
cia, de 1,29 por IDO, mientras que en los cinco años últimos de la época en 
ci-i ostión, el tanto por ciento se había convertido en un 3,52. Se encuentra, 
p-ues, que las enfermedades luéticas tardías de los vasos han aumentado en 
c^tos últimos años cerca del triple. 

Otro de los asuntos que importaba determinar era el intervalo comprendi- 
do entre el comienzo de la infección y las primeras manifestaciones clínicas 
vasculares. Este período, según diversos autores, nimca es menor de seis 
afíos ni mayor de cuarenta. Los datos de Jungmann y Hall se refieren a 110 
ca 5*os, de los cuales, 24 no conocían su propia infección luética y en los que, 
sin embargo, había que admitirla dado el Wassermann positivo y el hallazgo 
ei^ las autopsias de una míesoaortitis de Heller-Doehler. En otros 33 su- 
jetos la infección sifilítica era perfectamente conocida, pero no se había em- 
prendido un tratamiento específico, y por último, entre los casos tratados es- 
pe cíficaipente, los autores agi-upaban, por una parte, los enfermos insuficien- 
temente tratados, y por otra, aquellos en los qud el tratamiento había sido 
correcto. Pues bien; el intervalo entre la infección y las primeras manifesta- 
ciones clínicas en los casos no tratados era^ por término medio, de 23,4 años. 
Kn los casos tratados insuficientemente, era de 22,1 años y en los casos en que 
^' tratamiento se había emprendido de vm. modo amplio él intervalo aparecía 
acortado hasta 15 años. Es decir, que el período transcurrido entre la in- 
^^ociófn y los primeros síntomas vasculares se abreviaba de un modo consi- 
derable precisamente en los sujetos sometidos a tratamientos específicos más 
enérgicos. Estos hallazgos confirman los de Mendel y Tobías referentes a 
*^^ tabéticos, en los que también se encontraba un período de incubación ^ 
'^ tabes, tanto más breve cuanto más intensamente tratados habían estado 
i^s enfermos. Estos hechos concuerdan también en general con el menciona- 
"^ comportamiento epidemiológico de las enfermedades sifilíticas vasculares, 
l>Uesto que, como ya se tía dicho, su frecuencia no solamente no ha dismi- 
nuido en estos últimos años, sino que ha aiunentado. 

Las nociones expuestas adquieren una ¡gran importancia consideradas des- 
"e el punto de vista del tratamiento de la sífilis. Aunque es cierto que entre 
los enfermos con ' síndromes sifilíticos tardíos existe gran, número de suje- 
tos cuya infección primaria ha pasado desapercibida y otros que han sido in- 
deficientemente tratados, no basta de ninguna manera esta limitación para ex- 
plicar las diferencias en las cifras referentes a estos últimos años, aun admi- 
*^ncio que la sífilis sea ahora una enfermedad mucho más frecuente que an- 
^^s. £s^ pQ,!- Iq demás, indudable que esta misma objeción podía ser también 
^^iiicida para las estadísticas de mediados del siglo pasado. Hay que admitir 
*^as tien^ que actualmente se está ante el problema representado por el hecho 
^ Qtie a ' pesar de los indudables perfeccionamientos del tratamiento antisi- 
^^^*ítico, las enfermedades tardías, no solamente no han disminuido^ sino que 
l^ineatan. Puede encontrarse una confirmación de este hecho en las ya men- 
^*jn^j(Ías estadísticas de Heller, en las cuales los casos comprendidos en el 
^^^*i«r grupo estaban constituidos por un material de enfermos cuya infec- 



ía*.. ¿ 



I 



- 338 - 

primaria había que admitirla hacia 1830.1850, es decir, en la época 
del ilamado aji ti merco liarismo, mientras que en los enfermos del se- 
gundo grupo la iníeorión primaria correspondía hacia los años 1880 a 85, épo- 
ca, en la cual el tratamiento por los mercuriales se empleaba ampliamente •) 
se había facilitado de un modo considerable. Por otra parte, los modernos 
tratamientos combinados a base de salvarsán, tampoco parecen haber variado 
ETan cosa los términos del problema. Otra demostración indirecta de estos 
hechos resulta de la observación del curro de la sífilis en los países incultos, 
en los que, lo mismo que la tabes y la parálisis, las afecciones vasculares tar- 
días son también extraordinariamente raras, tanto como el tratamiento esp^^^;i- 
fico de la infección. 

La interpretación de estos hechos ha sido aceptada desde los trabajos de 
WiLMANSS en el sentido de admitir luia evolución de las propiedades patóge- 
nas de los espiroquetes. Ahora bien, aparte de ciertas objeciones biológicas a 
este modo de pensar, no puede admitirse que una evolución semejante del ger- 
men pueda llevarse a cabo en un espacio de tiempo tan breve como el que se 
supone para la sífilis. Habla también en contra de estas ideas el que la en- 
fermedad producida ast estos supuestos gérmenes alterados:, no sometiendo 
al sujeto infectado a ningún tratamiento, no reproduce de ningún modo I*>5 
caracteres peculiares de la infección. En este sentido la importación de ia 
sífilis europea a los países no civilizados no hace variar en éstos últimos t¡ 
carácter particular de la sifiUs con su tendencia a la producción de lesio- 
nes terciarias. No puede aceptarse tampoco el neurotropismo de los espla"*'- 
Piíefes como explicación patogénica, puesto que, como se ha visto, lo itiís- 
fna que la sífilis nerviosa se comporta también la sífilis vascular. De icítíf 
clio parece más bien deducirse que no es el carácter especial de loa esff*'' 
f'oqueites, sino alguna particularidad del organismo afectado, el factor <t *^' 
favorece la -aparición de lesiones sifilíticas tardías. Los factores constit:*-'' 
cionales en este tipo de afecciones han sido estudiados por Stebn para '* 
tabes, habiendo encontrado este autor que el 50 por 100 de los tabétic*^^ 
wn sujetos de constitución asténica. Por el contrario, los paralíticos, sc^ *!. 
individuos que entran dentro del tipo llamado músculo -digestivo, que es ^^ 
que Kretschmeh designa con el nombre de hábito pícnico. Del mismo incut'^' 
parece que en la sífilis vascular la constitución del organismo juega tt ^^ 
Sran papel, y se ha observado que la mayoría de los casos de aortittf^ 
luética recaen en individuos de un marcado hábito pícnico, que es la nusm-í^^ 
constitución que en general predispone a las enfermedades vasculares, y scr^ " 
bre todo a la hipertonía. Así. pues, si por medio del tratamiento de la in^ " 
fecoión reciente no puede conseguirse una sterilisatio magna con los raétO'"^' 
dos de tratamiento actualmente en uso, y en cambio, con la supresión preo 
de la manifestaciones cutáneas se inhibe la formación de anticuerpos, 
comprende; que el germen se localice con la máxima facilidad en aquellas 
giones que la constitución particular de! individuo ofrece como más prtf 
dispuestas, es decir, en el sistema vascular. 




— 339 



3ATE y Gakderb.— Una nueva reacción dt ciertos líquidos ce- 

raiorraquídeos patológicos (iVitrato de plata-iugol). Une nouvelle 

reaction de certains liquides cephalorrachidiens pathologiques (nitrate 

d'argent-lugol). Compt. Rend, de la Soc, de BioL Tomo 95, omtL 25, 

julio 1926. 

Añadiendo a dos centímetros cúbicos de líquido cefalorraquídeo normal 
-es gotas de una solución de nitrato de plata al i por 20, se produce un pre- 
pitado blanco muy espeso. Si se añade entonces gota a gota una solución 
e lugol se produce después de agitarlo bien un viraje del color blanco al 
2gro ; al cabo de algunos minutos de exposición al aire, este precipitado cam- 
a a amarillo pálido. 

En im corto número de casos, y siempre patológicos, los autores vieron 
ae el precipitado cambiaba inmediatamente al amarillo adicionando el lu- 
3I, y esto sucedía sin pasar por el estado de precipitado ne&ro. Esta re- 
^ción particular la consideraron los autores en sus investigaciones como 
^acción positiva. 

Han estudiado 20 líquidos cefalorraquídeos y han encontrado la reacción 
=>sitiva en II casos, que se distribuyen de la manera siguiente: 

I."* Cuatro meningitis aguda con polinucleosis (dos meningitis a neimio- 
>co, ima a meningococo y una polimicrobiana de origen ótico). 

2.*" Dos. meningitis tuberculosa. 

3.** Dos, meningitis con linfocitosis (sifilíticas o tuberculosas). 
4.'' Un caso de convulsiones de la infancia con linfocitosis ligera sin 
Lperalbuminosis y sin hipoglucorragia. 

S."* Dos casos con disociación albúmino-citológica (albuminosis sin leu- 
:>citosis). 

La reacción ha sido negativa en 61 casos, que se distribuyen de la ma- 
&ra siguiente: 

I.** Veintiocho líquidos cefalorraquídeos normales sin ninguna modifi- 
^ción, ni de albúmina ni de glucosa y sin leucocitosis. * 

2." Veintitrés líquidos de meningitis con linfocitosis, con hiperalbumi- 
^sis más o menos extensa y en algunos con hipoglucorragia. Verosímil- 
mente se trataba de casos de meningitis sifilítica o tuberculosa. 

3."* Tres meningitis tuberculosas con hallazgo de bacilos de Koch en el 
luido cefalorraquídeo. 

• 4.'* Cuatro meningitis con polinucleosis e hiperglucorragia de origen 
determinado. 

5..' Una meningitis a meningococo. 

6.'' Dos casos de disociación albuminocitolítica. 

t-a aparición de la reacción parece, pues siempre relacionarse con una 
'^^ficación patológica del líquido cefalorraquídeo; es muy frecuente en las 
^lUngitis con polinucleosis debidas al neumococo o al meningococo o a 
^os gérmenes de origen ótico. Es, por el contrario, muy rara en la me- 
^tótis tuberculosa o sifilítica. También puede aparecer en los tumores que 

*íianifie5tan por ima disociación albuminocitolítica. 



— 340 — 

1 ííHrición de esta reacción no parece tener relación con ninguna nic- 
dificación patológica conocida del líquido cefalorraquídeo, cambios en el eos- 
tenido de la albúmina o glucosa, polinucleosis n¡ linfocitosís. Tampoco ^ja- 
rece tener relación alguna con modificaciones de la reacción al lado ác^idu 
o al alcalino. 

Creen, por lo tanto, los autores que el hallazgo de esta reacaón pres^^juj 
un problema químico a resolver, debiendo también investigaciones poste iiq. 
res determinar su significación clínica. 

E. Carrasco Cadena,^ 



CüTTE y Bertkand.— La exploración radiológica del útero y de I 

las trompas después de la iiiyscolón de lipiodol. (L'cxplora- 1 

tion radiologique de l'iilerus et des trompes aprés injection de lipiad»!)- \ 
Gynecologie et Obíteiriqne. Tomo XIV, núm. 2, 1536. 

La exploración radiológica de las trompas con )a previa inyección ^* 
lipiodol es una aplicación ginecológica del método ideado por Sica&d y I^-^' 
teESTiER para la exploración de los tumores intrarraquídeos. 

Una de las primeras dificultades que han surgido a todo aquel que ha t *" 
tentado la exploración del aparato genital con esta lécnica es la de evit:= — ^ 
el reflujo del lipiodol que se inyecta por el cuello uterino. Por cata razc:^'"' 
loa autores han mandado construir un aparato que parece ser de gran uti ^" 
dad, que consiste, en esencia, en mía especie de ganciio terminado en d— - "' 
arpones destinados ja clavarse en el cuello uterino. Sabré este gancho ^ 

por tin dipositivo especial se mantiene en posición, una sonda metálica o^ *^ 
una oliva en su extremo que tiene pt>r objeto obturar bien el cuello y c^*^' 
tar asi el reflujo del lipiodol. 

Algunos autores insisten en la necesidad de practicar una anestesia e^E^' 
dural para evitar los dolores y movimientos bruscofi de la enferma. 1— '"^* 
autores creen que esto no es necesario y únicamente en enfermas pusiB- ^ 
iiimes inyectan previamente medio centigramo de morfina, pues en rea- ^ 
dad, la presa de! cuello por los ganchos es indolora, y únicamente resu^- * 
molesto el momento en que el lipiodol inyectado distiende la cavidad uterir^*-^^' 
jifovocando cólicos uterinos. 

La técnica seguida por los autores es la sigiiienle; Previa desiníecci^^^* 
de la vagma se introduce una valva de Doyen para deprimir la pared pc^ ^ 
terior, y se limpia el cuello con alcohol de 90". Se coge el labio poslerZ'^^ 
del cuello y se le trae hacia adelante como si se fuera a hacer una colpo*^**^ 
mia posterior, y en este momento se clava al aparato en la pared poster»*-' 
del cuello, a un centímetro del orificio externo. Se introduce la sonda ^^*^ 
el ütero hasta que la oliva se adapte bien al orificio externo Una vez c»**^ 
cado asi el a|»rato se traslada la enferma al deparlamento radiológico. ^ 

ante la pantalla se hace la inyección de lipiodol. Algimos autores han pre^ 
cizado inyectar con aire la vejiga, Pero, no es necesario más que ( 
bien la vejiga ^^^eeto. Se suelen inyectar de < 



los cuales una cavidad uterina normal se llena totalmente; pero si esto no 
basta (lo cual se puede comiprobar puesto que todo esto se hace ante la pan- 
talla radiológica), se inyecta más lipiodol, teniendo en cuenta las reacciones 
idolorosas de la enferma. Ya no queda sino que el radiólogo tome unos 
clichés, con lo cual termina la operación. 

Esta clase de exploraciones pueden revestir algún peligro, como lo de- 
muestran los casos de Reverdy y otros; pero en su mayoría se trataba de 
inyección gaseoisa en el aparato genital ; pero el lipiodol parece ser,^ o inocuo 
del todo o, por lo menos, poco peligroso. No obstante, esta clase de explora- 
ciones deben practicarse en la clínica y tomando toda suerte de precaudonea. 
Kl lipiodol se tolera perfectamente por el peritoneo. 

A veces es difícil saber si las trompas son permeables, ya que se puede 
ver en la imagen la mancha correspondiente al extremo ovárico, pudiendo» 
no obstante, estar éste obstruido. En caso de duda se hará una nueva radio- 
£^raf ía a la mañana siguiente, y si las trompas o una de ellas son permeables, 
aparecerán las sombras confusas del lipiodol repartido i>or la cavidad perito- 
neal. Es muy importante evitar el reflujo de( lipiodol por el cuello. 

La aplicación, principal de este método de exploración es el estudio de 
la. esterilidad, pues, no soló se comprueba la permeabilidad de las trompas, 
sino que se sabe, en caso de existir, la localizadón exacta de algún obstácu- 
lo que pueda obturar alguna de las trompas. 

Recientemente, han hecho los autores la inyeoción en un caso de salpin- 
gfitis aguda, y posteriormente, en la intervención ise ha podido comprobar 
txna reacción tubárica de tipo cicatricial, que hace pensar en la posibilidad 
cié una aoción teraipéutica eficaz. Desde! luego, en este caso no se observó 
ninguna complicación desagradable. 

J. Torre Blanco 



Kabés.— Progresos de defensa de los tejidos contra el cáncer. 

(Prooessus de defense dies tissues centre Üe cáncer). Bull, de VAssoc, 
Prang, pour Vétude du cáncer, julio 1926 

Sabido es que asunque el cáncer es un proceso esencialmente maligno, al- 
^^^'Kis casos de curación espontánea y la observación cuidadosa de otros, de- 
í^^^stran que los tejidos esgrimen algunas reacciones defensivas contra la 
U ^'^asión dé la neoplasia. Rubens-Duval ha estudiado minuciosamente estas 
^^ensas, distinguiendo cinco modalidades de ellas: reacción de tipo de 
^^^ferosis, de tijpo de neoformación linfoidea, de inflamación subaguda, de 
^^iHofilia y de polinudeosis neutrófila. El autor describe otras dos reaccio- 
^^^ que él dice' no han sido descritas hasta ahora. 

XJna de ellas es la que él denomina Pseudotuberculosis cancerosa. La se- 
^***^da la designa con el nombre de procesos de fagocitosis anticancerosa. 

ftl firímero de estos i>roceso5 es parecido al diescrito por Masson, pero 
^ ^ Igual. B. lo ha observado en un caso de cáncer no ulcerado de la mama 
neoplasia se componía de cordones de células epiteliales de dimensiones 



I 



- 343 - 

^tiables y de forma oval, redondeada o irrcsT'ar, de núcleo bien colore 
y muchas de ellas eii fases kariokinéticas. Alrededor de estas células 
teliales se encuentra una gran cantidad de tejido colágtno rico «x células c 
juntivas tumefactas. Al ^aóú de las tnasas epiteliales mencionadas se en— ■ 
cuentran las formaciones que han llamado la atención del autor. Se pre — 
stntan como formaciorfcs foliculares redondas u ovales de dimensiones mu^r- 
variables, que a pequeño aumento dan la impresión de folículos tuberculosos -^^ 

pero examinadas a mayor aumento se ve que están compuestos de «na, paír^ 

te central de elementos epiteliales, alrededor de las cuales se hallan célt^t- 

las flpitelioides que aparecen, en wma bien desarrollada, siendo loa elemet-^^_^ 
tos más importantes de estas íormaconea foliculares. Por fuera de es -^^-^ 
zona se encuentra otra mis delfiada de células linfállcas con algunas fibr :^^^ 
«mjunlivas concéntricas. Por último, existe otra capa más periférica ^c:^ 
fibras conjuntivas. 

E! hecho de que los elementos catlcerosos contenidos en estos foHca.'S^ __^ 
estén algunos en franca degeneración, pero otros en plena actividad, -j — ^^ 
como el no aparecer ningún cuerpo extraño, y la ausencia de células gíe-^^^i,. 
ttS, hace suponer a B. que estas formaciones no corresponden a un gra_-«-»_ i,, 
lotna de tipo de absorción de cuerpos extraños pon gérmenes, sino qu^ gg 
trata de una reacción defensiva de ]os tejidos contra la invasión cancere:» ^^ 

El segundo proceso de los que se ocupa B. lo ha observado muchas ^^e- 
ces en cánceres de cuello uterino. Con un débil aumento se ven al lado rie 
los islotes eiMteliales cancerosos otros, en los cuales, al lado de las célití íis 
neoplásicas, se ven formaciones alveolares redondas que están bien circut"»'- 
critas por una membrana que delimita un espat 
un gran número de núcleos. A veces^ en el cent 
una masai necrótica. Hay que hacer notar que 
. importante zona de infiltración celular 



L el cual ■ 

; estas formaciones h ^ 

islotes están rodead- ■' 

ii células motu> y polinucle^;-^ 



res. A primera vista, los alveolos parecen capilares repletos de leucocíta* 
perol iCon un mayor aumento se ve que estas formaciones tienen t 
completamente diferente, observándose en ellas diferentes estadios de ^^^ 
evolución. En un estado inicial se ven todavía muy bien que estoí alveolfí^^^ 
están constituidos por células cajicerosas con núcleo vivo y protoplasm^^^^* 
bien coloreable e invadidas por otros elementos celulares en escaso nümer> ^^. 
y con todos los caracteres de los polinucleares. En fases ulteriores, las t^^'l^. 
lulas epiteliales aparecen gigantes y totalmente degeneradas y con una fuer^*'^^ 
te invasión de elementos polinucleares. 

Este proceso lo interpreta B, también como defensivo, creyendo que e^^^' . 
algo más que «n proceso de necrofagia ya qtie en un principio, cuando 1 -» 
invasión polinuclear comienza, las células cancerosas están todav ' 



sustentando Rubens-Duvai, t 



^■^ sustentando 



i algo semejante. 



J 



343 ^ 



Mayeb y He^.~ Sibre •! CfuJUvo 4e los tejidos, (Uber Qewebezucb- 
tuag). Z<?ní. /. Gyn, núm. 43, í9íí6. 

£1 cultivo de tejidos no es tarea sencilla por mtiltitud de razones. Em^ 
primer lugar, las precauciones de asepsia con que es preciso manejar d nía- 
terial han de ser tan rigurosas que representan una dificultad y no pequeña. 
Poí otra PVH; «para interpretar los resultados de los* cultivos de tejidos 
h<)y que establecer si los crecimientos obtenidos proceden de células epite- 
liales o conjuntivas» lo cual es difícilísimo, ya que en estas condiciones am-^ 
lias clases de elementos celulares pueden ofrecer estrechas semejanzas. 

Para adarar este problema del origen de los elementos proliferados se- 
ría buen sistema proceder al cultivo de células aisladas^ bien epiteliales,. 
bien conjuntivas; pero a decir verdad todos los procedimientos hasta hoy 
conocidos para separar unos elementos de otros han dado como resultado el 
fracaso de los cultivos que no se obtienen de modo positivo más que cul- 
tivando conjimtos celulares. Indudablemente intervienen en estos resultados, 
iactores biológicos mal conocidos aun. 

Hasta ahora los experimentos de cultivos tisulares se han hecho siempre 

con tejidos de animales, y los autores los han llevado a cabo con tejidos. 

litmianos a fín de deducir conclusiones de aplicación práctica en la clínica. 

Xos tejidos humanos estudiados han sido: endometrio, decidua, placenta 

fetal y tumores malignos de útero y ovario. t 

Los cultivos de placenta que hasta ahora habían sido negativos, han sido 
evidentemente iwsitivos en manos de Guggisberg y de los autores, Dbser- 
vando el crecimiento de elementos celulares cuyo origen, aunque no con 
absoluta seguridad, se puede suponer en las células epiteliales de la vellosi- 
x'.dá y no en las células mesenquimatosas. Ahora bien, puntualizar si los 
elementos que proliferan son las células de Langhans, o el sincicio es ya. 
más difícil. Guggisberg piensa que el sincicio no prolifera, lo cual apoya 
la sux)osición de que este elemento histológico tiene su origen en la dege- 
neración de las células de Langhans. Pero, según los autores, el aspecto 
morfológico de los elementos proliferados recuerda más bien al sincicio 
que a las células de Langhans, pudiendo explicarse esta divergencia con 
Guggisberg, porque este autor ha empleado placentas de tres meses, y los. 
autores de sólo unas semanas, y sabido es que los elementos placentarios- 
van degenerando a medida que aumentan de edad. Clínicamente, estos re- 
sultados iwsitivos de los cultivos de placenta pueden explicar el hecho de 
la supervivencia de la placenta con relación al feto. 

El cultivo de endometrio ha dado resultado positivo en tm caso (de cua- 
tro investigados) en que la mucosa se hallaba en la fase proliferativa de 
su ciclo menstrual. En este caso no era posible dilucidar si los elementosi 
proliferados procedían de las células epiteliales o de las conjimtivas. 

Respecto al cultivo de tumores malignos los resultados varían según ct 
^ado de madurez de la neoplasia, habiéndose observado tm mayor creci- 
miento en las células de tumores jóvenes metastásioos que en las proce- 



i 



— 344 — 

dentes del tumor primitivo. Además está bien demostrado que en el grado 
de crecimiento influye mucho el medio- habiendo gran diferencia de culti- 
var los tejidos en elementos de cultivo del portador que de otra espede. 

Este método de investigación será muy interesante para fallar el ía* 
moso pleito de si los rayos X pueden, a determinadas dosis, provocar un 
estimulo de las funciones generativas de las células o no, pero aun no 
ha llevado a cabo este estudio, que sería interesantísimo.. 

J. ToBSB Blanco. 



^ i.4m 



HIVOS DE MEDICINA 
GIA Y ESPECIALIDADES 

20 de noviembre de 1926 JV*^® Yü- 



MORES MALIGNOS PROVOCADOS POR EL EJER- 
CICIO DE UNA PROFESIÓN 

por 

Q. I c h o k . 



1 numerosas las teorías sobre el origen del cáncer, que los 
Tácticos acaban por perder s'u confianza en las opiiniones 
5. A fuerza de encontrar tantas contradicciones, ya no se 
ís que a Jos hechos establecidos rigurosamente. En ei te- 
lo de la observación objetiva e inatacable, la conclusión se 
>r si misma a los espíritus despiertos. La documentación 

a la argimientación, y permite considerar la verdadera lí- 
iducta, tanto para la profilaxia como para el tratamiento, 
e punto de vista, la enseñanza que proporciona el estudio 
ñores malignos de origen profesional nos parece muy fe- 
ay que confesar que en este capítulo queda mucho por 
ro no son despreciables los resultados ya adquiridos por 
que se dedican a la lucha, tan penosa, contra las diversas 
el cáncer. 

rero que se dirige "a un médico no enterado para darle a 
Li hipótesis acerca de la causa de su tumor, es acusado con 
i de mentiroso o de candido. Sin embargo, no siempre exis- 
e o ignorancia. Como vamos a ver, im iTumor maligno es 
veces, indudablemente, ía los inconvenientes de un oficio (i> 

se han querido tener en cuenta las medidas necesarias para 
:ión de la salud. Los errores de profilaxia producen, a la 
a degeneración cancerosa, cuya forma varía según las.con- 
del trabajo, pero cuya razón de ser no escapa al observa- 
0. Este se da perfecta cuenta de que la acción prolongada 

2Stro estudio omite voluntariamente los tumores bien conocidos, ocasionados por lo5 
radium en los médicos y sus ayudantes. 



dd traumacismo, repetido o no, acaba por desencadei 
mórbidos. 



an l^H 

lera^H 

fue, w^ 



El papel del traumatismo, como primum movens de la canceri- 
zación, choca, sobre todo cuando se estudian los cánceres epiteliales 
externos. Son debidos a las irritaciones químicas, que provocan t 
serie de neoplasmas, entre los cuales ocupa un lugar prepondera 
el cáncer de la brea. 

M. Bang, diirector del Instituto de Radium' de Copenhague, 
sido el primero en descuibir un caso indudable, en que se trataba de 
la aparición de un epitelioma en una región antes sana consecutiva- 
mente a salpicaduras de brea. El enfermo en cuestióii era un cbreí 
del gas, que en el curso de su trabajo recib'ó en la nariz u.na salpu 
dura de brea caliente. M. Bang ha examinado el obrero, que fué I 
yuido dia a dia por los médicos de la Empresa, y pudo observar í 
se desarrolló en diez y seis días, en la nariz, en el punto de c 
ton ia brea, un epitelioma espinocehilar. 

Como se ve, la observación danesa se refiere a una evolución ^ 
ligna aguda, y es ÚD;1 conocer la posibilidad de una evolució 
I^sta ha sido observada por el sabio francés profesor Leclerq, dcí 
Lilte, que cita el caso de un soldado hecho prisionero en 1914, ■ 
Maiibeuge, y utilizado en Bochunn como obrero en una fábrica d^. 
conglomerados. A fines de 1916, al romper un ladrillo, el prlsionerc^ 
de guerra, que no tenia ningún antecedente canceroso, n,Í hereditarít» 
ni personal, fué herido en la cara por dos trozos de ladrillo, que pe^ 
iietraron en los tejidos, dando lugar a dos pequeñas heridas, situar 
cias, una en el párpado inferior izquierdo, a nivel del ángulo intem-^ 
de! ojo, cerca del borde libre del párpado, y la otra, a uno o dt^^ 
centímetros por encima de la arcada düar izquierda. Las herida, ^a 
nc se cicatrizaban nunca. En los puntos lesionados se desarrollaba.^»^ 
dop epiteÜomas de marcha progresiva constante. 

En 1921, es decir cinco años después del accidente, fueron cjc 
tirpados ampiamente ambos epiteliomas ; pero en 1925 !a evolución 
jirosegiiia su obra destructora. El epitdioma basocelular típico na- 
cido a causa del traumatismo sufrido en 1916 continuaba alti 9U c 
arroJlo lento, a pesar de la intervención quirúrgica. 

La influencia nefasta de la 'brea debe ser conocida por los I 
dicos qtie tienen costumbre de tratar ciertas dermatoais por la ^ 
cación de preparados a base de brea. Y. de Jong, Jean Meyi 
J. Martineut presentaron a la Asociación francesa para e! e 



p^- 



— 347 — 

del cáncer, un enfenno afecto de epitelioma espinocelular desarro- 
llado a nivel de un eczema varicoso, tratado durante ocho años- por 
aplicaciones de goudratine. La lesión tenida todos los caracteres de 
un cáncer experimental por embaduimamiento con brea. 

Al examen microscópico se veía el neoplasma constituido por 
una serie de globos en forma de bulbo de ajo yuxtapuestos, de di- 
mensiones diversas, rodeados de leucocitos, pero sin ningún otro 
agruptoiiento celular. Lateralmente los cilindros neoplásicos pene- 
traban por debajo del epidermis. En medio del corte, algunos islo- 
tes malpigianos, en cuyo interior se esbozaban globos córneos, ates- 
íígimban la dislocación del cuerpo mucoso. El tejido colágeno es- 
taba claramente disociado, y sus restos envueltos en elementos can- 
-cerosos. 

La imagen microscópica no admitía ninguna duda sobre la na- 
1 ti raleza cancerosa del tumor. Se trataba, en realidad, de un epite- 
lioma espinocelular puro desarrollado a nivel de una región alterada, 
erx una pierna irritada desde h'acía muchos años por un eczema va- 
!rí<roso y por un tratamiento de brea de hulla proseguido casi sin re- 
misión desde hada ocho años. Parece tanto más culpable la brea 
ciianto que no se sabe que los eczenías sean generadores de neo- 
plasmas. 

Para los que no quisieran conceder su confianza completa a las 

observaciones sobre el papel cancerígeno de la brea, se les podría 

■citar investigaciones experimentales inatacables. De la lista, ya lar- 

Z^9 de publicaciones aparecidas, nos limitaremos a citar los trabajos 

^^ J. K. Narat. Este autor estudió comparativamente la producción 

experimental del cáncer : por tina parte, por aplicaciones repetidas 

de brea, y por otra parte, de productos químicos simples. Antes de 

^trar en detalles, indíqu^nos que Narat ha conseguido provocar 

una proliferación maligna en los ratones por embadoirnamientos re- 

P^cbs del tegumento con: i.®) Potasa cáustiea (solución acuosa 

*^ 3 a 6 por lOo) ; 2.®) Acido clorhídrico (4 a 5 por 100) ; 3.®) Brea. 

Se han desarrollado timiores malignos en el 15,11 por 100 de los 

^^^^sos, con la potasa; 14,81 por 100, con el ácido clorhídrico, y 

38,09 por 100, con la brea. 

Las aplicaciones de Narat se hicieron a nivel de la región 
^ra, sin depiWón previa, todos los días o en días alternos hasta 
^ producción de ks lesiones macroscópicas Cuatro a seis semanas 
^spués de la aparición de las lesiones papilomatosas, es decir, 
vemt'cinco a cuarenta y seis semanas después del primer emba- 
duniamiento, cesaban definitivamente las aplicaciones. Este hecho 
produjo en el 56 por 100 de los casos una curación comple- 



- J48 - 



C^^ 



ta, En e! 29 por 100 de los unímales se presentaron lesiones 
nicas de la piel, rebeldes a todo tratamiento, mientras que en el 
'■•, por roo coiilintió la proliferación con todos los signos de la 
maVifínidad: invasión de los tejiidos vecinos y caquexia profunda. 
Es de señalar que las metástasis gangilionares y viscerales falta- 
ban aun cuando el examen histológico de la lesión provocada 
mostrase una proliferación maligna típica: crecimientos epitelia- 
■ies ramificados en los tejidos subyacentes, anaplasia celular, míto- 
sis numerosas. 

Narat llegó a la concJusáón de que es posible producir tumores 
niaJignos por medio de productos químicos simples^ pero el por- 
centaje con la brea es más elevaílo. Por lo tanto, no se puede acu- 
sar solamente a la irritación crónica, sino también a la naturaleza 
del tóxico empleado. 



afoa I 



La noción de la especificidací, desde el pimto de w'sla de la" 
aparición del tumor maligno, qvie es indiscutible para la brea, 
se muestra con toda evidencia cuando se estudia el cáncer de ía 
veji¿a en los obreros que trabajan en las fábricas de anilina. Se 
".rata aquí de las relaciones muy inslnictivais entre la intoxicación 
]Mr un agente químico y la aparición de un tumor en un ór gailg* *'] 
escondido en el interior del organ'smo. l^^H 

Segíin una estadística de Leuknbekceb, resulta qiie en Ba^^^| 
(ciudad), durante el período ipor-igio, los casos mortales^^H 
bidos a los tumores de la vejiga encontrados entre los obreTOlí J 
de las fábricas de colores de anilina y de substancias aromáü'ea 
son 33 veces más numerosos que los casos mortales observado^. , 
durante cí mismo período en un mismo número de indtvíduog 
en la misma enfenncdad que en el resto de !a población mascul 
comprendiMos ancianos y niños. 

El Bureau internacional del trabajo ha consagrado un e.stti 
de conjunto a la cuestión que tios ocupa. Sus conclusiones no solí 
definiitivas porque el problema presenta todavía demasiadas la- 
gimas y puntos obscuros. Sin embarfío. los autores de la encuesta 
se permiten formular los puntos siguientes diciendo : 

I," Que existe una relación estrecha entre la manipulación 
de ciertos productos amino-compuestos y la existencia de los tu- 
mores de la vejiga; 

2." Que el número de los tumores de la vej'ga observados 
en los obreros en contacto con los amino-compuestos < 



;rvado«. , 
du^^ 

est^Hi 



is ca rela^^ 



— 349 — 

vaínente poco elevado. De ello hay que deducir que el factor i 
dividual desempeña un gran popel en la patología, teniendo \ 
cuenta que los enfermos son una minoría muy pequeña; 

3L^ Que es necesaria ima acción continuada durante mu 
cho tiempo para llegar a la producdión de tumores de la vejiga 
Estos no guardan relación con el tiempo de la ocupación; 

4.® Que no es posible üeterminar la sustancia cJapaz de en- 
gendrar los tumores : en la actualidad hay que limitarse a acusar 
a los amino-compuestos y sobre todo lia bencizina y la B-naftalina ; 
5.® Que la misma sustancia puede producir simples ciistitis 
o tumores benignos o malignos; 

6.*^ Que las precauciones higiénicas bien tomadas consiguen 
a.1 cabo de ailgunos años la disminución e incluso la desaparición 
de la enfermedad; 

7.® Que, por lo tanto, es absolutamente necesario exfigir en 
las fábricas en que los obreros se hallan expuestos a la acción 
l^eligrosa de gases aromáticos, la más rigurosa aplicación de las 
XDrecaudones higiénicas; 

8.® Que, mientras tanto, es de desear que las industrias in- 
teresadas, prosig!an las investigaciones sobre la sustancia peligro- 
sa y que los datos estadísticos en todos los casos sean muy pre- 

oisos. 

Las conclusiones de la encuesta son, como se ve, muy reserva- 
tias. A pesar de la prudencia extrema, que disminuye el alcance 
g^eneral de las observad'ones recogidas^, las medidas de profilaxia 
ciue se desprenden de la documentación reunida, son de una utilidad 
decisiva. Este punto tiene para el médico un valor primordial, por- 
que se ocupa menos de la bella teoría que engloba una multitud de 
íiechos dispares que de la aplicación práctica. Por lo tanto, se sa- 
Ijrá con interés que la encuesta antes mencionada, cuya base no 
tiene la solidez y extensión necesarias, inspiró, sin embargo, toda 
una serie de medidas profilácticas. Puesto que nos encontramos 
ante un ejemplo digno de ser se^ido, reproducimos, a titulo in- 
formativo, los consejos expresados con el fin de instituir esta 
grave enfermedad profesional. Estos medios de lucha, son los 
sigu'entes: 

I.® Locales bien ventijatíos con aspiración del aire viciado 
e introducción de aire fresco, enfriado si es necesario, y limpieza 
rigurosa de los suelos y de los muros, aspiración del polvo; 

2.® Aparatos de fabricación bien cerrados, aparato cerrado 
para el transporte mecánico de las materias, aspiración local de 
los polvos y Vapores; 



3-° Horas de trabajo reducidas, adopción dd asíalo 
po, teniendo en cuenta que una permanencia muy breve en la sá 
c;ón acusada, basta para provocaír los tumores ; 

4." Trajes de trabajo siempre muy limpios, cerrados en ^ 
ciielio y los puños, llevar guantes y botas ; 

5.° Baños diarios, limpieza rigurosa antes de pasar a! ■ 
medor y a la s^ida de la fábrica; 

6." Vigilancia sanitaria para la contratación de obreros y du- 
rante el trabajo, elección de obreros sanos. Lecciones de vulga- 
rización periódicas organizadas por el médico y el director de la 
secdón; el examen pariódico, se referirá, sobre todo, a la orina; 
7° Declaración obligatoria de las hematurias y de ¡os tumo- 
res de la vejiga; 

8." Distribución de leche, prohibición de fumar y de consu- 
mir belj'das akdhóliías, ayiida al obrero para que se procure una 
buena alimentación. 

Las medidas de profilaxia que acabamos de citar, no presen- 
tan solamente un interés particular pata las fábricas que se dedi- 
can a la fabricación de productos a bí^e de nitro y de am(no- 
compLiestos, sino que se trata de un tipo característico de método 
de profilaxia eficaz. El tumor de la vejiga y los coíores de anilina 
acusados quedan en segundo plano, cediendo su sitio a los tumores 
mal'gnos profesionales en general. Los ejemplos citados, han ser- 
vido de demostración. El cuadro expuestoi, no sólo tiene valor en 
sus retalles, sino también por la impresión general. Los documen- 
Tfis aislados, hablan a favor de la causa entera de una manera elo- 
cuente. J^H 



Lo mismo los obreros de las fábricas de anilina que otros, pa- 
gan muy caro el ejercicio de su profesión, siendo así, que se les 
puede proteger cuando se conoce el origen del mai. Este se^en- 
aientra. a veces, escondido, pero con frecuencia salta a la vista, 
por decirlo asi. Pensamos en esta ocasión en el cáncer por irrita- 
tión mecánica en el curso del trabajo. No faltan los ejemplos y 
«e me permitirá que reHa.te una observación de hace un siglo. Se 
cnpiientra '^egún M. Rhgin, de Strasburgo, en las memorias de 
T B BoussEiNCAULT. que da,tan de 1822-1832. Según el pasaje 
del libro en cuestión, aprendemos que los Bogas para remontar 
10= ríos apoyaban su larga pértiga, terminada en tndente. en los 
árboles y las rocas, mientras que la otra extremidad de la pértiga 



— 351 — 

reposaba un poco por encima ded homlbro derecho, lo cual oca 
sionaba una especie de magiullamieníto que con frecuencia de- 
generaba en cánoei. 

La contri'bución tan antagiia de M. Bousseingault al estu- 
dio ád problema del cáncer, siigfue siendo de actualidad. No hace 
mucho se leía en la prensa inglesa el anuncio de tm juicio del 
tribunal de Ashton-'Under-Lyne County, cuyos ténninos hacían 
pensar en la gran cantidad de tumores profesionídes por imita- 
ción crónica. 

En los casos llevados ante el tritonal inglés, se trataba de 
una demanda de indemnización fomiíuTada por un hilador afec- 
to de un cáncer del escroto y cuya enfermedad parece que estaba 
relacionada con la dase de su trabajo. La demanda contra la em- 
presa, se llevó a cabo en virtud de la ley por las enfennedades 
profesionales. 

Según la sentencia dd tribunal, el demandante tenía dere- 
cho a obtener una indemnización ipor la lesión contraída durante 
el senvidío. El' examen de la etiología dd. tumor demostró que 
la irritación continua por unia barra en movimiento, había sido 
la causa de la degeneración cancerosa. 

Las relaciones de causa a efecto, son fáciles de establecer 
en los casos que acabamos de citar, pero, a veces, se debe hablar 
ante, ante todo, de una sensibilización de los tejidos. M. Hugue- 
XTN señala a este respecto una observación en que se veía cómo 
una causa hasta entonces anodina había penmitiido, en condiciones 
nuevas, el desarrollo de un tumor histológicamente maligno. 

El enfermo de M. Huguentn era portador de un cáncer agu- 
do consecuitivo a una quemaditra por el mazout. Como punto par- 
i-'cullar, el autor señala que su ^ntermo, desde hacía algunos me- 
ses, se quemaba frecuentemente con gotitas de mazout, pero no 
había dejado nunca rastro. Después de \m intervalo de seis se- 
manas, una nueva proyección de mazout sobre la cara dorsal de 
la mano derecha, determinó ima quemadura superñdal, simple 
enrojecimiento al principio, que pronto, al cabo de ocho días, 
se transformo en minúsculla páiptüa indurada, que creció muy 
rápidamente y que al cabo de veinticinco días haíbía alcanzado 
el tamaño de una nuez. 

El examen histológico del tumor demostró la imagen de un 
epitelioma espino-celular formado por grandes lóbulos cuyo centro 
e>taba casi siempre queratinizado o formado por bloques paraque- 
latósicos. Se encontraban en él, además, todos los estadios de las 
células malpigianas. 



."''"* '*' rS V»™^ "2»«KSn cancerosa^ Ij J p„ 

"-r^iSa- ^r%sss:° ^«*r.^-s>' '"^": 

don W*'''^°,ra cáncer. ^ 

-'5f™s'^i£^-«-"'"'°".:a? 



-' 353 — 

sarcomas, declaran que el osteo-sarcoma ha sido siempre reve- 
lado pero no provocado, que siempre existía en el origen un nú- 
cleo, por pequeño que fuese, cancerizado. Ahora bien, se han pu- 
blicado últimamente observaciones en las cuales se han hecho nu- 
merosas radiografías; demuestran primeramenite en el sitio trau- 
matizado un tejido óseo de aspecto normal. En cuanto el sarcoma 
comienza a desarrollarse, se ven en el cliché las primeras zonas 
claras que se agrandan luego p-rognesivamente. El perf ecdonamieni- 
to de las técnicas de examen nos aproxima cada vez más a la 
demostración de la integridad absoluta previa del hueso. ¿Cuál 
es el pJazo de aparición del sarcoma que permite aceptar el pa- 
pel del tríaumatismo invocado? Es bastante dlifícil dar una preci- 
sión sobre este punto. Sin embargo, las observaciones publicadas 
r: encuerdan en general en cuanto al plazo mínimo. Se admite que se 
laecesitan, por lo menos, un mes a seis semanas. Si se reduce este 
p-lazo, se expone uno a considerar un traumatismo simplemente 
X"evelador como habiendo provocadc eí sarcoma. 

* * * 

Se trate de cáncer o de sarcoma, ambos pueden y deben sc- 
^ún los casos, ser considerados como la consecuencia del ejerci- 
■^io de tma profesión. Sin embargo, antes dé decidirse, es indis- 
pensable una gran prudencia. En el X Congreso de Medicina Le- 
:^al de lengua francesa, que se celebró el año pasado en Lille, se 
precisaron por MM. Cordonnier y Muller las condiciones para 
cjue pueda admitir la relación de causa a efecto. Las reglas enun- 
ciadas merecen retener la atención del médico concienzudo a quien 
:11o gusta, naturalmente, basar su juicio sobre una apreciación su- 
perficial. Para tener toda la certidumbre necesaria, hay que aso- 
ciarse a las conclusiones de los autores mencionados, que son las 
siguientes : 

I.** Es indispensable que la región traumatizada no fuese pre- 
viamente cancerosa y que esta integridad absoluta sea precisada 
médicamente dentro del límite de los medios actuales de inves- 
tigación desde ei primer examen. 

2.** "Es necesario que el traumatismo haya sido real y bas- 
tante extenso y que ello sea establecido por las circunstaíicias de 
liecho y los certificados médicos. 

3.** Es necesario que el tumor haya aparecido en el punto 
traumatizado. 



4." Es necesario que la sintoniaíolo^a ha^ya sido continua 
con posibilidad, sin «mbargo, de periodos de lalcncia. 

5.* Es necesario qtie los primeros síntomas de la evolución 
del tumor no hayan apareado menos de un mes o seis semanas 
después del traumatismo, llegando el plazo máximo a tres años. 

6."* Es necesario que desde la aparición ;Ie los primeros sín- 
tomas dudosos, sí se sospecha un osteo-sarcoma, se hagan ima o 
dos rad'iit^afías para confirmar d dia^óstico. 

7." Por último, es indispensable hacer un examen histoló- 
gico, bien después de biopsia, bien después de necropsia. 

Los siete puntos enumerados, modificados o comphtados, permi- 
tirán reiuiir la documentación necesaria para proyectar una luz viva 
íC'bre el dominio vasto, pero todavía oscuro de los tumores mal>Ígnos 
profesionales. Para colaborar a esta empresa difícil, se tendrá en 
cuenta no sólo el aspecto p-uramente científico del proUema, sino 
también, y sobre todo, el punto de -vista moral. Es justo que todo 
trJliajador goce de tm máximum de seguridad. Todo esfuerzo 
laborioso debe llevar en si la certidumibre de que la labor cum- 
j.lida no se verá desacreditada poír un destino cruel, que todas 
las enfermedades llamadas "profesionales" serán evitadas durante 
l:i intervención humanitaria del médico concienzudo e instruido. 

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oouparme de él. ya que podemos decir está hoy en período revolu- 
cionario, quizá por no ser menos que los demás asuntos. O 
estas Tiuevas concq>dones pueden derivarse reglas para acli 
patogenia, el diagnóstico y quizá hasta el tratamiento, vean si está 
justificado no abandonarías. 

Entremos ahora en el asunto. 

Demostrada pc>r Villemín (1865) !a contagiosidad de la tu- 

■ t)ercuIosis de modo experimental, y descubierto el bacilo por R. 
IKoch (1882). son un sin número de trabajos los desde entonces 
^publicados soíwe este asunto. 

El bacilo de Kcich es \m bastoncito de r.5 ó 4 mieras de largo 

>or 0,4 de espesor, es rectilineo o ligeramente incurvado. Es acro- 

inmóvil y con pestañas en las formas, de jóvenes cultivos y 

lien los homog;eneizados, no existiendo dichas pestañas cuando estos 

fccultivos son viejos. Se tiñe por el Graní, es ácido, alcohol resistente 

ly crece lentamente en los medios de cultivo. 

Se le incluye en el grupo de los hifomicetos porque en los cul- 
Itívos viejos, y a veces en productos patológicos presenta abulta- 

■ mientos, por presentar a veces formas ramificadas con dicotomías 
como los hongos y por dar cultivos secos como éstos, aunque ni 
penetran en el interior del medio como los hongos. Unos y otroj 
producen en el animal nodulos, y a los producidos por el h. t, 
les llama tubérculos. Según la clasificación americana, pertenecej 
la clase de Schiromycetes, orden Detimomiectos, familia de 1/ 



i 



— 357 — • 

Micdbacteriáceos, género Micobacteriutn, especie Micococobacte- 
ritun tuberculoso. 

Henios dicho que se tiñe, aunque difícilmente, y que resiste a 
la decoloración con ácidos y alcohol. Esta ácido-alcohol resisten- 
cia es debida, no a iina substandia, han sido varias las aisladas 
por distintos autores oon igual propiedad, sino a un grupo de ellas 
que entran en la composición del germen y que son, ácidos gra- 
soá, grasas neutras, esteres de ácidos grasos, alcoholes elevados y 
íaun quizá núcleoproteidos diversos e hidratos de carbono como 
la celulosa y la quitina. 

No es tampoco cierta la idea de que estas substancias estén 
reunidas en una cápsula, no hay separación brusca entre la parte 
central y periférica del bacilo en cuanto a su composición ; esta se- 
paración no es perceptible, como puede comprobarse en los bacilos 
cortados de través y teñidos. 

Ya hemos dicho algo de su morfología, pero diremos más en 
detalle que se presentan teñidos, bien por igual, es decir, de modo 
homogéneo, bien presentando espacios sin teñir o bien teniendo 
en su trayecto abultamáentos más fuertemente teñidos. A cada 
una de estas formas se les quiso dar un vaíor distinto; se dijo 
qtie los (primeros eran formas jóvenes, que se presentaban en las 
formas graves de tuberculosis, que las segundas se hallaban cuan- 
do las defensas orgánicas eran buenas y comenzaba a lisarse, a 
destruirse el bacilo, y que las últimas eran prueba de lesiones vie- 
jas, indicio de que el bacilo se desarrollaba en medio poco apro- 
piado, y que los mencionados granulos eran formas de resistencia, 
se han tomado hasta por esporos. Nada de esto se observa con 
constancia en clínica y carece, por tanto, de valor. 

Todo son artificios de tinción, si bien es verdad que los gra- 
nulos dichos se presentan más frecuentemente en cultivos y lesio- 
nes tuberculosas viejas, es seguro que los espad'os claros que dan 
un aspecto discontinuo al bacilo son el sitio' de éstos mismos gra- 
nos, que, quizá más resistentes a k tinción, no hemos aún colo- 
reado, habiendo empezado ésta en la parte homogénea más fácil- 
mente coloreable. 

Estos granulos fueron objeto de los interesantes trabajos de 
MucH principalmente, que ideó un método de coloración para po- 
nerlos más fácilmente en evidencia y que yo estoy seguro ha sido 
dausa de que otros investigadores hayan cometido múltiples erro- 
res. Este autor los tíñó con su método, que es el de Gram modi- 
ficado, y creía que era el método ideal para buscar estas formas y 
explicarse el que productos como el pus, exudados, pleuríticos, et- 
cétera, donde tan escasos se hallan a veces los 'bacilos,, sean tan 



-358- 



Y a^ 

Grau 

Lti-Osis. 

íes ^^M 



infectantes para los animales. Lo explicaba diciendo que el ba< 
se hallaba eii dichos productos bajo esta forma granular, 
aquí viene el error; se quiso ver en estas formas gérmenes Gram 
positivos, y allí donde se hallaban se diagnosticaba tuberculosis. 
Mas sepamos que granos sueltos Gra.m positivos se ven en t( 
iüs productos patogénicos o no, difíciles de diferenciar por 
solamente; es preciso que sepamos que dichas granulaciones 
nos solamente Gram posilk'as, cosa que carece como queda dit 
de valor diagnóstico y que tan generalmente se adtnite, sino que son 
también ácido-akobol resistentes, como lo prueba el que se tiñen 
con el simple método de Zfehl, tan conocido, y mejor aun con el 
de Blanco, que no es más que un Ziehl hecho con buena fuchi- 
na, dejándola actuar intensamente, decolorar con alcohol clorhídri- 
co al 3 por 100 y diferenciar con trepeolina ooo al i por 100, De 
¡nodo que dejamos sentado que estas granulaciones son ácido-alcohol 
resistentes, que lo único que hay que saber es teñirlas, ya que son 
imiy diíioiles de teñifl, porque son más resistentes a la tinción. 
pero en cambio conservan en los productos patoli%icos per más 
tiempo la ácJdoresistencia que el niismo bacilo y una vez tefiidos 
resisten más a la decoloración. 

De esto deduzcamos que el Geam, por muy modificado que 
esté, no sirve para diagnosticar como tuberculoso un producto 
y que para que con él se pueda dar valor a estas granulaciones 
como agentes tuberculosos, cuando el resto protoplásmico del bacüo 
ya no es ácido resistente, es preciso que éstos sean ácido-alcohol re- 
sistentes, que adopten una agrupación seriada, uniéndose en línea 
dos o mejor tres o más elementos y que cuando esyívn ai' 
vayan unidos a una especie de espolón menos ácido-alcohol 
tente, menos teñido, que no es otra cosa más que un reste pri 
plásmico del bacilo. 

La significación dada a estas tan repetidas granulaciones ci 
esporos no es cierta, no resisten al calor como estos elemenl 
otros creen son fonnas de resistencia, o acumulos nutritivos 



linea 
ados 

I 



^L M. 

^1 KOCH 



pecuÜaT : hay 

otros gérmenes que la poseen igualmente; igual ocurre con el 
Gram. Asi tenemos los bacilos de tipo bovino, aviario, pisciario, 
de la lepra» la sarcina que produce el lamparón del buey y un sin 
fin de especies saprofíticas halladas en el esmegma, en el cerumen, 
focos gangrenosos, en la leche, hierba, en las trompetas de los mú- 
sicos, aguas sucias, etc. 

Mas ¿cómo se diferencian éstos, los saprofitos, del típico 
Morfológicametrte es muy difícil, muy frecuentemente " 



típico I^H 
lente i^^| 



^yjoiuie. Se ha dicho que los primeros son ácido y no alcohol re- 
sistentes y que el de Koch resiste a ambas decoloraciones. Esto no 
ocurre siempre en los productos patológicos, aunque sea más exac- 
to en los procedentes de medios de cultivo. Es preciso, para esta- 
blecer esta diferenciación, colorear con el Ziehl diez minutos, de- 
colorar dos con ácido nítrico al tercio y cinco o diez con alcohol 
absoluto (BEZANgoN y Philibert), los bacilos seudotuberculosos 
no resisten esta decoloración. También el bacilo de Koch resiste 
diez minutos de decoloración con alcohol clorhídrico al 3 por 100. 
El toluol, acetona, cloroformo les hacen perder su ácidorresistencia. 
El agua hirviendo, en dos o tres minutos, decolora a los seudotu- 
berculosos. Hidrolizándolos con SO4 Hg la cantidad de azúcares 
reductores obtenidos es de 0,75 para los de hierba, por ejemplo, 
y de 5,87 para el bacilo humano. 

La anti formina al 50 por 100 no desitruye la ácidoresistenda 
<3el bacilo de Koch ni aun después de cuatro días de contacto, 
^1 15 por 100 y en tres minutos quedan destruidos todos los para- 
tuberculosos. 

Igual resistencia presentan para el agua de Javel, el ácido sul- 

f úit'co, a los disolventes de las grasas, el ácido crómico al 3 por 

100, etc. El bacilo de Koch no se colorea como los paratuberculo- 

3 os tan fácilmente por los colorantes simples (tionina, azul de me- 

tiileno, etc.). 

Nos son de gran utilidad los cultivos en medios apropiados ; el 
<áe Koch ya hemos dicho que crece lentamente, necesita varias se- 
manas (dos o tres al menos); los seudotuberculosos crecen irápida- 
mente en veitijticuíatro horas o poco más, y aun en medios ordina- 
x-ios, dando color rojo o líneas en sus colonias. 

Y en último extremo es precisa la inoculación subcutánea al 

-cavia; los seudotuberculosos no dan lugar más que a lesiones lo- 

<:alizadas y no transmisibles en serie. El de Koch ocasiona adeno- 

patia miliar, tuberculosis generalizada y la intradermorreaoción 

^ la tuberculosis es positiva. 

No queremos hablar de la diferenciación de los tipos humano, 
^bovino, aviario y prsciario de la tuberculosis; nos llevaría dema- 
siado lejos. Únicamente vamos a ocupamos de la significación que 
se da a estos ácidoresistentes y de la evolución qué está sufriendo 
«1 concepto bacteriológico de la tuberculosis. 

Se ha pensado si estos bacilos áoidoresistentes podrían, por 
pases sucesivos en el organismo, transformarse en el típico ba- 
cilo humano. 

Hemos de saber que además de los métodos dichos para su 
dífiereniciación, estos ácidoresistentes saprofitos son difícilmente 



aglutinables por los sueros htberoulosos y fijan el coraplemento^^B 
presencia de estos sueros de modo muy escaso. Mas estu yii^^| 
bemos no tiene valor para identificar dos gérmenes; también ^^H 
ven de antigenos con dichos sueros el subtiüs y los diftérico^^H 
nada más lejos su parentesco. "I^B 

Producen tubercuHnas de nrny débcl acción. Sus cuerpos mi- 
crobianos son poco tóxiicos para el animal tuberculoso aun por 
vía cerebral (Boreel, Pinav, BuenetJ. No son capaces de sensi- 
bilizar el organismo. 

Parece, por tanto, que no se trata de la misma bacteria trans- 
formada; quizá posean muchos antígenos pardales tóxicos seme- 
jantes, que sean la caosa de estas semejanzas, siquiera sean éstas 
muy remotas. Pero es que estos antígenos parciales pueden po- 
seerlos comunes varias bacterias y no por ello se piensa en bacte- 
riología que derivan unos de otros. 

Mas se ha intentado por inoculaciones sucesivas llegar a I 
tener típicos bacilos de Kocii de bacilos de distinto origen. 

En 1879, DuiiARD, Bataill,\n y Terhe dicen haber obteid 
de "un bacilo pHsciario patógeno para los animales de sangre fría 
lula transformación, merced a la cual dicho bacilo se hzo ]..aió- 
geno para el cavia, conejo y aun para las aves. Sin embargo, pa- 
rece ser que los animales de sangre fría, de donde fué aislado este 
germeiií, vivían en un arroyo dunde se vertían esputos de un tísico, 
y suponen que muy bien podían estar infectados con los dos gérme- 
nes: el pisciapio y el humano, y que en los pases que dicha i 
sufrió por el cavia no tardó en predominar el tipo humano, tí 
aquí el error. 

Kalle, Schlossbehgeb, Pfannestiel con ocho paratubt 
loses, Friedmann con el de la tortuga por é'.- descubierto, San Fe- 
lice con su estreptotrix, etc., creen haber llegado a obtener un J 
bacilo patógeno productor de típicas lesiones tuberculosas. Mas ^ 
todo esto sin comprobar. Utilizando los mismos, Kalle y Bruno « 
Lance no han llegado a iguales resultados. Calmette, Boquet y -^ 

Negre también obtienen resultados negativos. Parece ser, por. tan 

to, que se trata en los casos positivos de cciifaminaciones con eMT 
típico bacilo de KocH. 

Entre nosotros, Ferrán también cree que el bacilo de KoCH^F 
procede de una bacteria que él llama alfa, que es semejante a ur — ^ 
coli y que origina lesiones inflamatorias, que de ésta se origina lr=^= 
por él denominada beta, menos fácilmente ctiltivaWe, no ácidore - 
sistente y que actúa localmeníe de modo semejante a 1 "" 

del bacilo tuberculoso y que por un úhimo cambio se llega al ÚÚ 
bacilo de Kcch. 



'1 

teidi^ 



; germe- 

10. j^H 

tubeffli^^H 




— 36i — 

Todo esto no lo comprobó seriamente nadie y de modo com- 
láeto; a Calmette y Monal, por ejemplo, les salieron negativos 
todos los experimentos hechos con el gennen y la técnica que Fe- 
RRÁN les envió. Otros trabajos, como uno reciente de Citrino y 
KiiíKELiN (i), en el que dicen comprueban dicha teoría, no mere- 
cen tenerse en cuenta: muchas divagaciones teóricas, poca experi- 
mentación y ésta dejando bastante que desear. Además los argu- 
mentos con que Ferrán quiere apoyar su teoría son de escaso va- 
lor y fácilmente refutables dados los actuales conocimientos, y en- 
tre la experimentación hay cosas como la siguiente: **Si se inocu- 
lan tejidos tuberculosos que no contengan bacilos de Koch". ¿Y 
quién asegura dónde se hallan estos tejidos? El que no se vean ba- 
cilos en una preparación de un producto no quiere decir que no 
los contenga, en otra del mismo se hallan muy frecuentemente. 

No queremos comentar excesivamente esto por ahroa. 

De las teorías de Ravellat y Pla sobre este mismo asunto> 
diremos iguali; su bacteria de ataque, de la que creen deriva el 
lacilo de Koch, pasando antes por una bacteria intermedia, no es 
xnás que una falsa interpretación o un producto de contaminación 
<jue suele ser uin ñpico estafilococo lo más comunmente. Tampoco 
hay nada que justifique su modo de pensar, y por eso no nos ocu- 
pamos de ello con más extensión. 

Si esto fué negativo, se ha pensado en otra eventualidad: si el 
bacilo de Koch por sucesivas degradaciones puede llegar a trans-^ 
formarse en un saprofito. Múltiples tralbajos se han hecho para 
tratar de adarar este punto. Ramond, Rovand y Mayer, Ledoux- 
Lebard, etc., han tratado de adaptar bacilos humanos y bovinos a 
animales de sangre fría sin conseguirlo; no se alteran ni pierden 
virulencia aunque estén en ellos albergados varios meses. 

Algún autor que creyó obtener transformaciones de éste, com- 
probóse después se trataba de contaminaciones con los saprofitos 
¿cidoresistentes que tan extendidos se hallan en la naturaleza. 

F'ERRÁn también cree haber podido degradar el bacilo hasta 
llegar a las bacterias anteriores pasando por un estado bacteriano 
que él denomina delta. 

Nada de esto, como antes dijimos, está comprobado. 

Camibios morfológicos del bacilo así como de sus propiedades 
tintoriales, de cultivo y de patogenidad, llegándolos a hacer hasta 
avirulentos, sí han sido obtenidos por Auclair, Arloing y CouR- 
MONT con sus bacilos tuberculosos homogeiniz^dos, que en parte 

(i) Rev, de Higiene y Tuber., 30 de abril de 1925. 



— — ^^^1 

pierden la ácido resisten da, aunque sea de modo íemporali (i);'^H 
presentan ramificadas algunas formas, se hacen móviles, a^l^^| 
nantes y hasta avirulentos; pero jamás consiguieron volverlo^^f 
transformar en bacilo de Koch aiiténtico. ^^| 

Calmette y GuÉEiN, por pases sucesivos de un bacilo tuber- 
culoso bovino por patata biliada glicerinada, ll^an a obtener un 
germen avirulento pero que posee todas las demás propiedades 
dd auténtico tuberculoso (producción de tuberculina, poder anti- 
génico, etc.) y que es el que utílizan para hacer las vacunaciones 
pireventivas de tuberculosis, con tanto éxito y seriedad hasta la 
fecha llevadas a cabo. 

Bezancon y Fhilibkrt, haciendo cortes de velos de bacilos tu- 
berculosos y tiñéndolos por el método de Fdntés, hallan en ellos 
una siibstanda cionofila, especie de sostén de la colonia, no ácido- 
resistente, otra fuchinófila que no son otra cosa sino los bacilos 
ácídoresistentes y una tercera formada por corpúscuilos que se 
tÉñen por el violeta, que no son más que los granos de Much. 

Con esto piensan, ya que estudian la distribudón de estos ele- 
mentos en distintos sitios del velo, en velos de distinta época y aun 
en los originados en distintos medios, si la primera substancia no 
podría ser el origen de las demás; esto no es más que una hi- 
pótesis. 

Dicen estos autores que estos gérmenes ájcádoresistentes se 
hallan sólo alrededor (leche, esmegma, etc.) de los animales infec- 
tados con el de Koch. Si asi es, pensamos, se debe a que de ellos 
procede y de este modo, ya que la vida no es muy larga y durante 
ella y aun en épocas bien tempranas se hallan reunidos, se podría 
hallar dicha transformación fácilmente pues el obstáculo del tiem- 
po que tanto se objeta, razonando como los autores quieren, no 
existe. 

Vaudremer, utilizando medios eapeciales, sintéticos, líquidos 
con soporte inerte, sólidos y aun en los corrientes, etc., sembrando 
en superfide y profundidad, obtiene por siembras en ellos del ba- 
cilo de Koch formas filamentosas en calabaza, granulosas no ácÍ(H 
resistentes y coloreables por el Gram. 

Esto no lo obtiene con todas las razas y no h'zo inoculacioneá 
los animales. 

Obtiene en 48 horas transformaciones morfológicas y tinte 
les, y pérdidas de virulencia que sorprenden por la facilidad i 
que las halla. 

(i) Esto lo niegan Bezancon y Philibebt. 




— 3^>3 — 

En algunos casos hace, por siembras en medios glicerinados, 
que recobre el bacilo su ácidores'istencia. 

Más trabajos podríamos señalar, pero terminaremos diciendo 
que aun, en la actualidad y dado el interés de este asunto, no hay 
nada que justifique este modo de pensar, pues, porque a un bacilo 
se le pueda cambiar algunas de sus propiedades, porque otros po- 
sean algunas ligeramente comunes, no puede establecerse una iden- 
tidad de origen. 

Pero no es esto sólo a donde llegan las discusiones de hoy día, 
se habla de que el bacilo de la tuberculosis pasa por un estado en 
que es filtrable a través de bujías Berkefeld y Chamberland. 
Calculen el interés que esto tiene desde el punto de vista diagnós- 
tico, las cosas que pueden explicarse con ello, si por fin se confirma 
<:omo parece. 

Estos trabajos parten del año 1910 en que Fontes tiene la idea 
de filtrar pus caseoso diluido en soloición salina por bujía Berke- 
feld. Inyecta este filtrado a un cavia que no presenta más que 
ligefas adenopatías donde no se halla el bacilo de Koch. 

El bazo de este cavia se inocula a otro, y al cabo de cinco me 
ses, sin haber presentado lesiones ganglionares, se halla en la autop- 
sia una típica lesión pulmonar tuberculosa con el bacilo de Koch. 

Philibert, en 1912, no comprueba estos trabajos. 

En 1923, Vaudremer, sembrando el bacilo de Koch en los 
medios sintéticos antes mencionados, sin glicerina, obtiene las for- 
mas filamentosas ya dichas, no ácidore^iistentes y Gram positivas. 
Estas formas filtran por bujía Chamberland L3 y en este filtrado 
se reproducen las mismas formas y oree hasta haberlos transfor- 
mado en ácidoresistentes por siembras del filtrado en medio de 
Petroff. 

Esto lo obtiene igualmente filtrando bacilos de Koch cultivados 
•en patata glicerinada y emulsionados en suero fisiológico. El fil- 
trado, en dos o tres semanas de estufa, da cultivos filamentosos co- 
mo los anteriormente mencionados. Igual ocurre en dos o tres días 
si del filtrado sembramos en agua de peptona. 

BEZANgoN y Hauduroy comprueban los trabajos de Vaudrf^ 
mp:r, lo mismo que Arloing, Dufourt y MaLartre. 

Valtis, a partir de esputos de tuberculosos filtrados a través 
de bujía Chamberland Lg e inoculados a cavias, produce en elfos 
una tuberculosis sin aparentes adenopatías, pero presentando lesio- 
nes en pulmón con típicos bacilos de Koch. 

Esto ha sido confirmado por Durand y Vaudremer, Arloing 
y Dufourt y admitido también por Calmette. Y cosa sorpren- 
dente, este autor, en colaboración con Voltis, Boquet y Negre 



— 364 — . 

inyectan filtrados a conejos preñados y ven que sus fetos tienen 
bacilos ácidoresistentes, o sea que el filtrado ha pasado a través 
de placenta. Esto, de confirmarse, cambia hasta la patogenia hoy 
admitida de la no herencia del bacilo tuberculoso. Por este hedió 
experimental quieren ellos explicar el escaso número de fracasos 
obtenidos con su vacuna preservativa de la tuberculosis. Dicen que 
ya estaban al nacer infectados y en tales casos no sirve. 

En breve publica/remos nosotros »u<n trabajo sobre este asunto 
tan importante; en él detallaremos los varios experimentos por 
nosotros hechos y los resultados obtenidos. 



bibliografía 

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Ff.rran: Travaux sur la nouvelle bacteriologie de la tuberculose. Barcelo- 
na 1913. 

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Blanco: En el Tratado de Patología interna de Hernando y Marañón. 

Blanco: Archivos de Medicina, Cirugía y Especialidades, 18 de noviembre 
de 1922. 

Citrino y Kinkelin: La doctrina de Ferrán. Experimentaciones efectua- 
das por nosotros que la comprueban. Revista de Higiene y de Tnoercuto» 
sis números 203 y 204. 1925. 

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1924. 

Vaudremer: C R. de la Soc de Biol. 9 de junio de 1923. Tomo LXXXIX. 

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C R. de la Soc. Biol.^ 22 de diciembre de 1923. 

Valtis: Sur le filtration du b. tuber. a travers les bougies Chamberland 
43. C. R. Soc. Biol., 1924. Tomo XC, p. 19. 

Valtis: Formes filtrables dans les cultures de b. tuber. C. R. Soc, de Biol, 
Tomo XC, p. 113. 1924. 

Arloing y Dufourt: Contribution a l'étude des formes filtrantes du b. tu — 
ber. Soc de Biol. de Lyon, 15 de junio de 1925. 

Handuray: Presse Med., 20 de febrero de 1926. 

Calmette, Valtis, Negre y Boquet: Infection exuerimentale transplacen. 
taire par les elements filtrables du b. tuber. C. R. Acad. des Scien. To — 
mo CLXXXI, p. 491. 1925. 

O.RPí y RoNZONi: La Tuberculose Pulmonaire, Milano 1925. 



TRABAJOS ANALIZADOS 



Editorial. — La vitamina B y la niotiildad gástrica (Vitamin B and 
Gastric MoHlity). Jour. Am. Med. Assoc,¿ ii de septiembre de 1926. 

Dista mucho de haberse esclarecido la patogenia de los'' distintos esta- 
dos ya designados comúnmiente con el nonü>re do avitaminosis. Casi toda 
la información se limita a lai descripción de síntomas característicos de la 
desnutrición consecutiva a la prolongada falta de cualquiera de las vitami- 
nas conocidas. La xeroftalmia y las ¡lesiones escorbúticas corroboran esta 
declaración. Los estudios de Wolbach y sus colaboradores de la Facultad de 
Medicina de Harvard ya han hecho avanzar mucho nuestros conocimientos 
de los trastornos histológicos que pueden producirse cuando faltan en el 
régimen la vitamina A o la C, respectivamente. La función de la B parece 
más obscura, aunque no han faltado hipótesis que expliquen el conuporta- 
miento de ese factor alimenticio más ubicuo. Por ejemplo, Cramer y sus 
Colaboradores de Londres croen que foment^a específicamente la actividad 
de los tejidos linfoideos; y atribuyen a la disfunción de dichos tejidos los 
trastornos alimenticios que caracterizan a la avitaminosis B. Sin embargo, 
un autor ha indicado recientemente que, aunque fueran correctos los ha- 
llazgos i>ato]ógicos de Cramer con respecto a los ganglios linfáticos del 
aparato di festivo, no demostrarían que el factor orgánico primario de la 
avitaminosis consistiera en la disfunción del tejido linfoidfeo Me. Carri- 
SON y otros han observado que los estados atrofiados con dicha avitaminosis 
se caracterizan por hipertrofia suprarrenal, de modo que nos encontraría- 
mos igualmente justificados en atribuir a eso los síntomas. Últimamente, 
se ha indicado que la vitamina B puede ser la precursora de ciertos enzi- 
tnas alimenticios. 

Experimentalmiente, ya se ha demostrado, y en particular por Karr y 
CowGiLL;, de la Universidad de Yak, que la carencia de la vitamina B en 
el régimen se aconq>aña de anorexia gradual. La investigaciones de Cow- 
ciLL, Deuel, Plummer y Messer indican que esto puede asociarse en al- 
guna forma; 'con las "contracciones del hambre** que caracterizan al estó- 
mago vacío. En los casos de ligera insuficiencia experimental de la vitami- 



1 anorexia 



chas coiil race iones. Falta frecuentemenle ti 
•o cuidado por Cablsok, y quizá disminuya el i 
una serie. Sin embargo, en los casos graves ■ 
acon^Hña de sintomas nerviosos y musculares, 
vltaminoterapia feliz aplicada a dichos estados 
joría del tono gástrico. Además, el 
□antes de la vitamina E 
cu otros sentidos, ayuda 



} observaron ningún cambio notable de i 



descrito ( 
lero de contracciones en 
los que ta anorexia se 
LSte atonía gástrica. La 

de cantidades abun- 
organismo que recibe un régimen adecuado 
factoría tonicidad gástrica. 



difícil, al 



estigadores de dichos fenómenos confiesan francamente que es 
1 paralelismo de ese género, determinar si la vitamina 
j el deseo de comer, meramente por ayudar a conservar el 
timo gástrico inorma!. Las marcadas manifestaciones orgánicas que carac- 
terizan a los casos avanzados de avitaminosis B, indican que la pérdida de 
CSC deseo se debe por igual a lui trastorno orgánico) generalizado y a una 
anomaiía totalizada en el tubo digestivo. La existencia de atonía gástrica, como 
parte del síndrome, armoniza con las observaciones clínicas en los beribé- 
ricos. Es muy larga la lista de los trastornos vinculados con atonta gás- 
trica, comprendiendo la fiebre alta, la letanía paratiropriva ,y la gastritis 
aguda^ la neumonía y la peritonitis general. Ya se ha demostrado ahora 
I también a k prolongada subsistencia con un régimen es- 
i B. Por lo tanto, no debe desatenderse el factor dietético 
:iste atonía gástrica. Quizá eso intervenga igualmente en las enferme- 
s que puedan presentarse tras las modas o caprichos que ponen limitá- 
is en los alimentos. De lodos modos, la motilídad gástrica y el régimen 
rtuoso ya parecen ligarse para interpretar ciertos sintomas perturba- 

M 



Pasman. — Sobre el tratamiento del cáncer de estómago. — Ar- 

chhos Argentinos» del A;', Digestiva y d,- ¡a Nulrietón, tiíxtn. 5, 4926. 

Las consideraciones siguientes las basa el autor en 85 enfermos opera- 
dos ; muchos de ellos se habían presentado al cirujano en condiciones de in- 
cjierabilidad. Esto sucede con gran frecuencia en todas las clínicas, as! Eisel- 
BERc, de 432 cánceres de estómago sólo pudieron realizarse 14? resecciones 
Quedando el resto condenado a una m.uerte segura dentro del primer tóo. 

El cáncer del estómago es un neoplasma esencialmente quirúrgico, ya 
que por su naturaleza es casi siempre de evolución lenta, y por su situación 
como órgano independiente, con conexionas bien limitadas y con los linfá- 
ticos fácilmente explotables. Para Mavo, el paso más importante dado ei. 
favor* del tratamiento del cáncer del estómago, lo constituye la laparotomía 
e.xpk)radora. Esto parece significar que el diagnóstico es, en general, 
difícil o imposible de establecer; pero, en realidad, quiere decir que J 
casos de dispepsia, ptosis gástrica^ hipope^Bias, apepsias, tubcrcule^ 



— 367 -- 

sífilis, en que no sepamos atribuir los trastornos gástricos a una causa que 
haya cedido con el tratamiento que hemos instituido, antes de cambiar de 
un régimen a ©toro o esperar haciendol cualquier tratamiento, bien sea arse- 
nical o mercurial, debe llamarse en consulta al cirujano, quien seguramente 
resolverá el problana conl la laparotomía exploradora. No olvidaremos que 
si la laparotomía es inocua cuando el enfermo tiene un cáncer, pero no es 
un canceroso, es inútil [y peligrosa cuando el enfermo está en caquexia o 
vecino de ella. 

El diagnósticojí deberá hacerse con los pequeños síntomas antes que las 
hematemesis repetidas al tumor que se palpa o las grandes desnutriciones 
aparezcan, ya que después no tiene ningún valor. El 'laboratorio, algunas 
veces los rayos X bien manejados, la historia clínica y el aspectqi del en- 
fermo serán datos de gran valor. La sonda gástrica es capaz de hacer ella 
sola el diagnóstico del cáncer del píloro o de su vecindad. 76 por 100 del 
total de los cánceres del estómago. El estómago de( los cánceres del píloro 
es gieneralmente un estómago grande, encontrándose diez o doce horas 
después de la ingestión restos de alimentos (pan, arroz, verduras), en mayor 
o menor cantidad, con la característica de que han sido muy poco modi- 
ficados por la acción del jugoi digiestivo, y a menudo tienen un olor agrio 
penetrante, estando con frecuencia mezclados con sangre. £1 estómago es 
grande, dejáiidose distender con facilidad sin que el enfermo tenga otra 
molestia que una sensación de peso en el epágastrio. Una atonía de las -pa- 
redes podríal explicar en un proceso no canceroso la dilatación, pero no la 
retención de los alimentos que exigen lavados continuados para vaciarlo. 
Esto se explica teniendo en cuenta, no sólo la atrofia muscular, la infiltra- 
ción y el edema de las paredes del estómago, sino también^ las anfractuo- 
sidades y los nidos tan característicos de los cánceres del píloro o de su 
inmediata vecindad. 

Si el cáncer está ulcerado, lo que sucede frecuentemente, el diagnóstico 
se hace todavía más fácil, ya que la retención ha dado lugar a fermenta- 
ciones cuando no putrefacción (ácidos grasos, Hg S). 

Se ha dicho que la historia breve es propia de los cánceres y la larga 
(le úlcera; pero si esto es muy frecuente en los cánceres del curpo del estó- 
mago, no es así en los del píloro o de su vecindad, ya que el autor ha en- 
contrado historia de úlcera en el 55 por loa de los casos, con un término 
medio de más de un año de evolución. La historia de úlcera no debe signi- 
ficar que haya existido la úlcera que ha degenerado porque el proceso can- 
ceroso tiene con frecuencia una evolución larga perfectamente tolerada por 
el) enfermo, sobre todo cuando no hay obstrucciones del cardias o del pl- 
« loro. El asunto de la degeneración de la úlcera en el cáncer está hoy toda- 
vía a la orden )del día, y el resultado de las estadísticas es sumamente va- 
riable, oscilando entre el 2 ó 3 por 100 hasta el 70 por 100. 

Hecho el diagnóstico d^ cáncer de estómago o planteada la laparotomía 
para ello habrá que preocuparse del cuidado preparatorio, que consistirá en 
lo siguiente: reposo en cama ^^10 ó 15 días, lavados diarios del estómago 
tres o cuatro horas después de tomar el alimento ; alimentación a base de 
harinas, gelatina, extracto de carne, líquidos azucarados, miel, etc.; se ad- 



iTíinistrarán tónicos cardíacos, cloruro de calcio endoveno. 
i) o transfusión sanguínea, según sea necesario. 
La operación deberá hacerse siempre que sea posible 
cal; la incisión transversal con aeccióu de los dos rectos es excelente, agre- 
do otra vertical cuando el tumor asienle eti la vecindad del cardias, 
No sienipre es fácil poder establecer con precisión la naturaleza del lu- 
r que se tiene entre las manos, y, a veces, la conducta que se ha de se- 
Ruir deriva de esto precisamente. Hay que resolver entonces el problema 
de la c^rabilidad, y si el cinijano no tiene gran experiencia seguirá tí 
consejo de Mavo. que lia ido hacienda resecciones cada vez más extensas, 
¡alvando mayores dificultades de acuerdo siempre con el resultado obtenido 
m casos ajiteriores similares; es preferible tener mortalidades elevadas, re 
secando los tumores, cualquiera que sea su extensión, que 
mediatas con gastroenterostomias. 

Cuando a la exploración se encuentren cánceres, no de oriñcio 
tastasis, asdtis, pared gástrica atónica friable no se hará nada; otras V6-: 
ees en que por la extensión del cáncer no se pueda hacer una resección to- 
tal, o como un primer tiempo operatorio, se hará una yeyunostomia. Si el 
cáncer asienta en el piloro y por su extensión es inoperable, estará indicada 
tina gastroenterostomia ; siemp'e que sea posible haremos la gastreclomia. 
Las complicaciones postoperatorias que se pueden presentar, son las ai- 
giiientes : acidoais, retendón gástrica, hemorragias (muy raras), peritonitis. 
Las cotnpücadones pulmonares no escapan en las operaciones de cáncer, a 
hs que se presentan siempre que se c^Kra sobre esta viscera; ev muy pe- 
tesario, por tanto, la colaboradón del cünico en el curso postoperatorio. 
Las diarreas gastrógenas pueden llegar a constituir un serio inconveniente, 
estando en relación con !a cantidad de estómago resecado. La tetania 
trica es muy rara. 

En el curso postoperatorio lejano es muy importante la ayuda del 
nico^ que cuidará' dd régimen dietético clínico y opoterápico, y siendo 
gran importancia^ no debe incumbir al cirujano. 

H. G. MOGENA 



1 



I 



Savignac, Hatbieu oe Fossev y Sarles.— Reacciones nerviosas de las 

colitis. (Reactions nerveuses des colites.) París Medical, núm. 41, 1926, 

La emotividad y la angustia en el estado nervioso de los enfermos con 
colitis de fermentadón fueron ya estudiados por los autores oponiendo estos 
síntomas a la astenia y a la depresión, a menudo considerable, que se encuen. 
tran en los enfertnos con colitis de putrefacción. Mathieu ue Fossby des- 
cribió después un síndrome neurosíquico que él consideraba t 
de las colitis alcalinas o de putrefacdón, encontrando también u 
pasmódico en la musculatura estriada y en la musculatura lisa: eontracdo^^ 
nes fasciculares diseminadas, exageración de los reflejos tendinosos, 1 
de las extremidades, etc. 



— 369 — 

La evolución de las colititis crónicas na específicas se puede dividir en 
tres períodos: i.** Un período llamado de colitis compensada en donde el 
trastorno intestinal se hace lentamente, sin o con un mínimo de reacciones 
generales. 2.® Un período de desarrollo de los fenómenos eolíticos, produ- 
ciendo a consecuencia de las putrefacciones intestinales fenoles y cuerpos tó- 
xicos; se traduce clínicamente por el síndrome que hemos designado de 
autointoxicación. La insuficiencia hepática se añade en estos casos a la 
fatiga y a los síntomas de depresión nerviosa; y 3.® Un período de desequi- 
librio de las funciones intestinales en el cual hay a menudo fermentaciones 
intestinales y, como consecuencia probablemente de la repercusión sobre el 
sistema neurovegetativo^ la emotividad y la angustia preexistentes se exage- 
ran hasta llegar a ser la reacción más dolorosa del enfermo. 

I.** Período de colitis competisada. — ^Aquí el trastorno intestinal perma- 
nece ignorado para el médico y para el enfermo. Este no se queja mas que 
<ie cansancio, taquifagia y una dispepsia banal. Las heces son normales, pero 
la presencia de una deposición no hará eliminar la idea del estreñimiento, ya 
que éste puede ser corregido por un cierto grado de hipersecreción en relación 
con el principio de la inflamación eolítica. 

Al estreñimiento se atribuyen los pequeños síntomas de que el enfermo se 
queja, como son la fetidez del aliento, cefalea e insomnio. Las heces tienen 
una reacción neutra o alcalina, la cantidad de amoníaco suele estar aumentada. 
La existencia de im obstáculo al tránsito (pericolitis, dolicolon, etc.) parece 
ser el papel inicial al éxtasis estercoral. 

Al lado de este mecanismo, otros autores han demostrado la importancia 
de los fenómenos de orden anafiláctico en el determinismo de las colitis. De 
la higiene general y de la alimentación del enfermo dependerá la evolución 
de la colitis. Si una mala higiene y el surmenage nerviosos se prolongan o 
se acentúan más o menos rápidamente el enfermo entra en el segundo pe- 
ríodo. 

2.® Periodo de desarrollo de los trastortws eolíticos. — ^Desde el punto de 
vista subjetivo nota sobre todo el paciente pesadez en la fosa ilíaca derecha 
y algunas veces acompañada de dolores sobre un punto variable del trayecto 
cólico ; es frecuente la inapetencia y la fetidez del aliento. El examen objetivo 
del intestino muestra un ciego doloroso y espasmo del colon izquierdo. Las he- 
ces son pastosas, de color moreno, con un olor fétido y de reacción alcalina, 
con presencia frecuente de entameba coli; la cantidad de amoníaco suele 
estar aumentada. 

Pero más frecuentemente que de los trastornos digestivos el enfermo se 
queja de astenia, sus facultades intelectuales y la actividad genésica están dis- 
minuidas, siendo frecuente que la autoobservación cree un fondo de inquietud 
y ansiedad. Son muy frecuentes los signos de la insuficiencia hepática que 
agravan las reacciones nerviosas del enfermo. 

La evolución de este período se hace casi siempre hacia la retrocesión, 
como consecuencia del régimen^ pero a menudo el trastorno digestivo cesa 
de estar limitado al colon y el eolítico se hace un dispépsico, a la vez gas- 



I 



- 3;ü 



i debido ca parte al desarm 



licpático e intestinal, y esto ti 
de las íeroientacíones intestinales. 

Una vez constituida la insuficiencia hepáticodigcs 

el tercer periodo. 

3.° Periodo de desequilibrio de ¡as funciones iiilestiiiales.— 
periodo, cuando el enfermo vieue a consultar por sus trastornos intestinales; 
es el caso de las diarreas de fermentación con cuatro o cinco depoíii 
amarillentas, aireadas con reacción francamente ácída. Estas diarreas i 
acMnpañan de dolores violentos en la fosa iliaca derecha, la cuerda có^ 
lapersensible se descubre fácilmente a la palpación. Otras veces las dej 
Clones son alcalinas, pero la dosificación de los ácidos orgánicos revela i_ 
cantidad superior a la normal con o sin exceso de amoniaco. La colíti 
manifestarse de manera menos evidente, solamente hay una deposici 
tutína faltando el dolor abdominal, pero los trastornos nerviosos están muy 
acentuados. Estos consisten principalmente en hipermotividad y ansiedad' 

H. G. MOGENA. ^H 



— Estudios sobre la fase intertiigestlva gástrica en 
el hombre. (Sludien über interdigestive Phase des Magens beim 
Menschen.) Arch. f. Verdamings-Krankkeitcii. Tomo 38,, cuad. 3/4, ^O^fl 

La fase interdigestiva índica aquel período en que el estómago está vac^| 
de substancias alimenticias. De 162 investigaciones hechas en ayunas se 6^^ 
contró el estómago vacío en 91, y en las otras 71 había contenido. Estos re- 
sultados están en contradicción con los de aquellos otros autores que la ina- 
y^r parte de las veces encuentran contenido en ayunas. 

Esta diferencia de resultados puede deberse en parte a las condicione 
en que se haga el c-camen, ya que vio el autor que, mientras en los enfer- 
mos hosjMtaliíados el 64 por loo tenían el estómago vacío en ayunas, en 
s sujetos que desde su casa iban a! hospital, solamente un 41 por lOo tío 
1 contenido en ayunas. Tal vez esto fuese debido a que en los enfer- 

i hospitalizados el examen se les hacía inmediatamente de despertarse 
I dos sujetos cuyo estómago estaba vacío a las siete de la mañana 
al siguiente día se les examinaba a las diez, y entonces había ya contenido. 

Es indudable que aquí juega un papel importante el reflejo psíquico, i 
gún demuestran bien las experiencias de Hirscheehc y Ganskait. 

En la fase ¡nterdigesliva c! jugo gástrico segregado encuentra al 
mago vacío, de forma que no puede diluirse con el contenido fiástrico. 
en los períodos digestivos. Al fallar los tactores que neutralizan la \ 
dera acidez del jugo gástrico, ésta debería ser mayor en el extraído \ 
ayunas; sin embargo, este no es el caso, ya que en 26 de los sujetos habí? 
falta de ácido clorhídrico, mientras que en la fase digestiva solamente s 
, de ellos seguían sin acidez, y en los restantes, con acidez normal o 



— 371 — 

tada. De aquí se puede concluir que el valor de la acidez en el contenido 
en ayunas nunca es mayor que durante la fase digestiva. 

La acidez del contenido en ayunas puede estar disminuida por las cau- 
sas siguientes: i.* Por la gran salivación que en algunos <?asos, principal- 
mente en la hiperacidez, se produce (300 a 400 c. c). 2.' El moco gástrico, 
cuyo papel neutralizante no se puede negar. 3.' La regurgitación del jugo 
pancreático y de la bilis. 4.' El papel que juege el jugo de dilución en el 
sentido de Roth-Schulz y Strauss, que es muy difícil determinar en el 
contenido en ayunas; tal vez en éste sea mayor la concentración de los 
cloruros totales que la del ácido clorhídrico. La existencia de la secreción 
alcalina la demuestra V. administrando una solución de acidez conocida, y 
algún tiempo después analizando la acidez del contenido gástrico. 

La segunda posibilidad que explicase la diferencia de acidez del jugo 
gástrico extraído durante la fase digestiva o interdigestiva sería por la 
inconstancia de acidez del jugo segregado. Según los trabajos experimenta- 
les de Pawlow y Richel, este no es el caso, ya que no ha sido confirmado 
«n los experimentos en el hombre. Tal vez esta diferencia sea debida a 
cjue en los animales, con el pequeño estómago, el jugo se extrae inmedia- 
■tamente de segregarse^ mientras que en el hombre está un cierto tiempo 
en el estómago. 

H. G. MOGENA. 



Crant.— Anestesia sacra en Urología. (Sacral anesthesia in Uro- 
rology.) The Urologic and Cutaneous Reiñew.YoX^ 30, núm. 6, junio 1926. 

La anestesia sacra es una anestesia regional que no debe confundirse 
^unca con la intrarraquídea. 

Después de hacer la descripción anatómica de esta región, describe la 
técnica como sigue: 

Primero se determina la situación del hiatus del sacro, delimitado or- 
tSnariamente por dos eminencias situadas por encima del pliegue interglú- 
teo, existiendo un centímetro por encima de éstas una prominencia que 
forma el vértice de un triángulo equilateral. Sobre este triángulo hay un 
firme ligamento. Cuando estos puntos óseos de referencia sean difíciles de 
X>recisar, como sucede en algunas personas obesas o de cierta edad, se de- 
terminará la base de este triángulo imprimiendo ligeros movimientos al 
coxis, pues estará representada por la unión de éste al sacro. La primera 
inyección se hace en este triángulo penetrando en el hiatus al través del 
ligamento. Empieza haciéndose una pequeña infiltración de novocaína en 
este sitio, atravesando después el ligamento con una aguja de platino lar- 
ga y flexible, formando un ángulo de 60 grados. La aguja se inclina en- 
tonces más, hasta que quede casi paralela al sacro, introduciéndola suave- 
mente en el canal de cuatro a cinco centímetros. Se enchufa una jeringa, 
haciendo una absorción para cerciorarse de que no sale ni sangre ni líqui- 



- 372 - 



1 



1 cefalorraquídeo. Se inyecta enlouccs, gradual y lentamente, 
la solución, retirando la aguja. Esta anestesia es sólo suficiente, por regla 
general, para las exploraciones uretrales y cistoscópieas. Esta anestesia se 
lUma caudal. 

Para lograr (jue sea más completa hay que inyectar los nervios en su 
punto de salida de los cinco agujeros sacros. El segundo agujero sacro es, 
generalmente, el mayor y el más íácilmente localizable. Están, generalmen- 
te, situados a i,5 centímetros por dentro y abajo de la espina superopos- 
terior del ilium. El quinto agujero sacro está a dos centímetros por en- 
cima del segundo, por encima de la espina posterior del ilium. Se aneste- 
sia la piel de estos pimtos y se introduce al través de ellos la aguja bus- 
cando los agujeros. Esto requiere alguna práctica; pero, una vez obtenida, 
no presenta ninguna dificultad. No hay que inyectar nunca el anestésico 
sin estar seguro de que la aguja no está situada ni en vaso sanguíneo ni 
en hematoma. En cada uno de estos agujeros se inyecta de 4 a 7 c. c. de 
anestésico, terminando as! la anestesia transsacra. 

Después de la inyección el enfermo se pone derecho. Generalmente, aun 
para extensas operaciones urológicas, basta con inyectar los dos primeros 
nervios sacros en su pimto de salida por los agujeros, pues la inyección 
caudal basta para anestesiar los otros tres nervios inferiores. 

El anestésico empleado es la novocaína, preparada en ampollas con clo- 
ruro sódico y bicarbonato de sosa. Estas ampollas no tendrán de existen- 
cia más de diez días. Cada ampolla contiene 0,6 gramos de novocaína y 
0,1 gramos de cloruro sódico y 0,15 gramos de bicarbonato de sosa. El «)n- 
tenido de cada ampolla se vierte en 30 c. c. de agua hirviendo, y la solu- 
ción se puede hervir durante 20 segundos. Una vez iría, pueden añadírsele s 
5 gotas de adrenalina. 

En las operaciones suprapúbicas es necesario anestesiar la piel y múacu- — 
los, pues no están inervados por los nervios sacros. 

Su estadística asciende a ido casos anestesiados por este procedimiento, «■ 
habiendo hecho con él las siguientes operaciones ; Cistoscopia, cateterismos ^ 
uretral (tuberculosis vesical), uretrotomía interna, resección de tumores d P"*^ 

vejiga, sección perineal por estrechez de uretra, fulguración de tumores ve 

sicales, litotricia, cistotomia suprapábica, cistostomia suprapúbica por cálcu 

lo y prostatectomia suprapúbica. 

La anestesia sacra presenta ciertas ventajas que ninguna otra aneslesia^r- 
proporciona. En enfermos nerviosos con vejiga en muy malas condiciones- 
por cálculo, tuberculosis, úlcera o tumor, casas en que es muy difícil la— 
cistoscopia y operaciones endovesicales bajo anestesia general, es de un va- 
lor inestimable. La vejiga se hace flácida, se distenderá sin dolor dos o 
tres veces la capacidad que tiene sin anestesia, con una presión suave dcT 
líquido. Las manipulaciones son indoloras, suprimiéndose los movimientos 
vesicales que se presentan aún con anestesia general al hacer el enfermo 
respiraciones profimdas. 

La anestesia sacra no altera bajo ninguna forma la secreción renal, pu- 
diendo el enfermo ingerir agua durante la intervención, 

Durante las operaciones suprapúbicas por cálculo vesical, escisión di 



— 373 — 

tumores vesicales y prostatectomía se le puede dar al enfermo una posi- 
ción exagerada de Trendelenburg. El enfermo puede también ayudar con 
movimientos voluntarios que son imposibles bajo la anestesia general. 

No hay que lamentar accidentes de ninguna clase. La más grave con- 
secuencia han sido ligeras náuseas y mareo, que es difícil achacar a la 
anestesia. La anestesia se repitió en algunos pacientes cuatro y cinco ve- 
ces. A un niño en que fué imposible hacer el cateterismo ureteral bajo la 
anestesia general por grandes dolores reflejos, se le pudo hacer por dos 
veces con anestesia sacra sin dolor ni dificultad de ninguna clase. Toman- 
do la presión sanguínea de muchos de estos enfermos, antes, durante y des- 
pués de la intervención, no pudo observar alteración de ninguna clase. 

La anestesia sacra está desprovista de todo peligrq, teniendo cuidado 
de que la punta de la aguja quede en buen sitio e inyectando la solución 
lentamente. La inyección requiere de quince a treinta minutos para lograr 
la anestesia completa. Desde luego, hay que guardar todas las precaucio- 
nes asépticas. Todas las intervenciones hechas en estos enfermos fueron 
únicamente bajo anestesia sacra; pero sin duda alguna puede ser empleada 
en combinación con alguna otra. 

CONCLUSIONES 

I.* La anestesia sacra bien practicada es sencilla y segura. 

2.* Se puede emplear en enfermos de consulta para pequeñas interven- 
ciones. 

3.* No produce ni el más ligero trastorno del funcionalismo renal, ni 
en corazón ni en pulmones. 

4.' Permite una posición forzada y la ingestión de .agua al enfermo 
durante la intervención. 

C. García Casal 



Bayle.— La hipertrofia compionsadora del riñon (L'hipertrophie com- 
pensatrioe du rein). Parts Medical, año 16, núm. 32, agosto 1926. 

La cuestión de la hipertrofia compensadora del riñon es una de las más 
interesantes de la urología y la que ha dado lugar a mayor número de con- 
troversias. 

El autor da en este artículo el resumen de un trabajo esencialmente ex- 
perimental, que tiene por fin estudiar después de la nefrectomía unilateral 
la hipertrofia compensadora del otro riñon desde el punto de vista anatómico, 
macroscópico e histológico únicamente. 
• Sus experiencias fueron siempre análogas: 

La misma operación : la nefrectomía unilateral. 

Sobre los mismos animales: conejos adultos. 



Ton ¡a misma técnica: asepsia rigurosa y ausencia de anestésicos y |j 
tíséptícos. 

Todos los ríñones, tanto nonnales como hipertrofiados, han sido e 
dos y comparados, desde el punto de vista de volumen, peso, dimensiond 
estructura histológica. 

i.° j Existe la hipertrofia compensadora del riñon después de la netlj 
tomia unilateral? De sus experiencias, que ascienden a veintiocho < 
operados, veintiséis veces el riñon quitado en la autopsia tenia un peso y t 
volumen superior al nefrectomizado. 

El intervalo entre ambas intervenciones osciló entre cuarenta y i 
y ciento (aiarenta dias, no observándose, por lo menos aproximadamente, 
guna variación ; por lo tanto, la hipertrofia compensadora o mejor repati-" 
dura alcanza su máximum y es completa y determinada a los cuarenta y cin- 

2." ¿La cantidad de parénquima renal suprimida con la nefrectomía es 
ir.tegralmente reemplazada por la hipertrofia compensadora? Nunca la re- 
cuperación del peso del parénquima renal suprimido ha sido completa. El 
riñon hipertrofiado aumentó alrededor de dos tercios del peso del riñon pri- 
mitivamente quitado ; es decir, que un gramo de riñon aumei 
uija vez que la hipertrofia compensadora está completamente establecida. 

El riñon no es un órgano de tejido homogéneo; se compone de tejí 
secretor y excretor, verdadero tejido glandular. 

De tejido vector, cuyo pape! es probablemente puramente mecánico, En 
de t«i¡do conjuntivo. 

Si se admite que todo órgano o parte de órgano sometida a 
excesivo aumenta de volumen, se concluye que el tejido vector y, sobre 
el tejido conjimtivo, no tiene razón esencial de aumentar cuando 
al riñon a un trabajo doble. Los elementos glandulares, particularmenti 
cargados de compensar la deficiencia funcional, deben ser solamente los hiper- 
trofiados. 

Es, pues, lógico que la hipertrofia compensadora de[ riñon no llegue 
cuperar el peso del riñon primitivo. Ciertas investigaciones le permiten 
mar que el peso y la cantidad de parénquima secretor se reproduc* 
mente después de la nefrectomía unilateral. El riñon que queda t 
ima vez terminada la hipertrofia compen.'iadora. doble cantidad de 
quima funcional, 

3-" ¡Cómo se establece la hipertrofia? A! principio existe un aumento" 
muy grande del riñon, debida a una congestión visiWe bien manifiesta. La 
curva del peso se hace en seguida muy irregular ; esta irregularidad parece 
factor de un coeficiente de proliferación celular propio para cada individl 
y muy diferente de tm animal a otro. 

La hipertrofia pondera! y volumétrica parece terminada de los 
a los cincuenta dias. 

No existe, pues, paralelismo entre la hipertrofia compensadora : 
y la suplencia funcional ; se sabe que ésta se produce desde los pr¡ 
La congestión del comienzo juega probablemente un papel capital 



hiper- 

ite^^H 




— 375 — 

blecimiento de una suplencia funcional. Secundariamente y con mucha más 
lentitud se establece la hipertrofia anatómica. 

4." ¿Cuáles son los elementos anatómicos que condicionan la hipertrofia 
del riñon? La hipertrofia compensadora es producida por un aumento de vo- 
lumen de los elementos del riñon, y no por una neoformación de tubos y de 
glomérulos. 

Sobre los cortes de riñon hipertrofiado, ninguna imagen le ha permitido 
comprobar el nacimiento o el desarrollo de nuevos glomérulos o tubos secre- 
tores. Estos fenómenos no han sido observados sino en animales muy jóvenes, 
cuyo riñon está todavía desarrollándose por continuación de un proceso normal. 
En el adulto, la hipertrofia renal resulta únicamente del crecimiento en an- 
chura y longitud de los tubos renales y de los glomérulos preexistentes. 

Hacen después un estudio histológico del aumento de volumen de los ele- 
mentos secretores del riñon, sacando como conclusión de su trabajo que, des- 
pués de la nefrectomía unilateral, el riñon, como toda glándula sometida a 
un trabajo excesivo, se hipertrofia. 

La actividad funcional dos veces mayor del riñon, establecida por los fisió- 
logos, corresponde a una hipertrofia anatómica, también doble. 

Las modificaciones anatómicas en el animal adulto no provienen de la pro- 
ducción de nuevos tubos y glomérulos, sino que son debidas a fenómenos de 
hipertrofia celular (aumento de volumen) e hiperplasia celular (aumento del 
número) de los antiguos tubos y glomérulos, cuyas dimensiones están aumen- 
tadas. 

Los fenómenos de hipertrofia e hiperplasia celular en el animal sano com- 
pensan exactamente la pérdida del tejido renal secretor suprimida al hacer 
la nefrectomía unilateral. 

C. García Casal 



Daubresse-Morelle. — Contribución al estudio del tratamiento de 
las dermatosis por los agentes físicos. Tratamiento de 
las neurodermatosls pruritos y prurigos por los rayos 
Roentgen. (Contribution a l'Etude du traitement des Dermatoses par 
les agents physiques. Traitement des Neurodermatoses, Prurits et Pru- 
rigos par les rayons de Roentgen.) Le Scalpel, año 79, núm. 25, ju- 
nio 1926. 

El empleo del tratamiento radioterápico estará indicado en aquellas neu- 
rodeonatosis resistentes a las medicaciones internas o externas ya conoci- 
das, o en aquellos casos en que se trate de pruritos intensos, de picazones 
verdaderamente insoportables. 

Hoy día poseemos numerosos medios que permiten medir la cantidad y 
:alidad de la irradiación, con lo que se puede afirmar que, administrado con- 
:ienzudamente, este método de tratamiento de las neurodermatosis es abso- 
utamente inocuo. 

Al tratar de explicar la acción de los rayos X se pregunta si se tratará 



f 

^V ex; 



-3?6- 



m 



mplemente de una parálisis ligera de las terminaciones nerviosas, suficien- 
suprimir la sensación patológica del picor, o de la acción de los 
rayos sobre las lesiones profundas del dermis. No existe ninguna prueba 
experimental de estos hechos. 

La técnica es muy simple. Consiste en administrar en un lapso de tiem- 
po, generalmente de una semana, una cantidad de rayos inferiores a 800 R., 
repartidos en dos o tres sesiones de poca intensidad y a 24 ó 28 c. m. Cada 
uno de estos factores, repartición de las dosis, cantidad y calidad de la 
irradiación, deberá ser adaptada a cada caso particular : sensibilidad espe- 
cial de cada región tratada, sensibilidad particular de la piel de cada ra- 
dividuo a los rayos X, y, si existen lesiones especiales o secundarias, su 
susceptibilidad propia. 

I.OS enfermos no han sido elegidos, publicando el resumen de so histc 
rias clínicas, de las que saca las siguientes conclusiones : J 

Los rayos Roentgen ejercen sobre las neurodermatosis, pruritos y pru--^ 
figos una acción sedante y a menudo curativa. No ha encontrado el autof 
ninguna afección de este grupo que se mostrase refractaria a este modo 
de tratamiento. Bajo la acción de los rayos ha cumprobado la desaparición, , 
casi siempre completa, del picor por un tiempo más o menos largo, y, a me — 
nudo, definitivamente. 

Este tratamiento, totalmente desprovisto de peligro si se aplica concien — 
ztidamente, es, a su modo de ver, el tratamiento de elección de las iieuro — 
dermatosis rebeldes a los tratamientos ordinarios. 

C. GaecÍa Casal. I 



Barteelemy. — Embolia artarial por inyección Intramusoular d^»- "^ 
carbonato da bismuto. (Embolie arlerielle par injection intramusas .■*■ 
culaire de carbonate de bismuth.) BiiUctin de la Société Franfaise (S — ^<^ 
Dermataiagie et de Syphiligraphie. Núm. 5, mayo 1936. 

El carbonato de bismuto, recientemente preconizado como superior ^^ *' 
óxido, por su facilidad de absorción que suprime los abcesos sépticos, er '■ 
1 embargo, una sal insolublc. Puede, por lo tanto, dar lugar a una cotr '■ 
ph'cación rara, pero grave y difícil de evitar, la embolia arterial, consE^sí- 
cutiva a la inyección intramuscular de polvos en suspensión en un exc -^" 
píente cualquiera. 

Los síntomas de la embolia arteria! son en sus comienzos siempre Ic:»^ 
nos, pero con frecuencia son mal conocidos y atrilniídos 3 una causS 
I diferente (hemorragia intersticial, herida de un nervio). 

La etiología ha sido puesta en claro, de una vez para siempre, con las 
biopsias de Fkeüdenthal y de Nicolao. Este último autor ha reproducido 
experimentalmente la embolia arterial bismútica en la oreja del conejo. cM 
resultados anatom o pato lógicos idénticos a los de la biojeia humana. 



— 377 — 

El caso publicado por B. es un enfermo con sifíUde psoriasiforme pal- 
mar y reacción Wassermann positiva. 

Se le trata con inyección semanal de carbonato de bismuto (0,20 en dos 
centímetros cúbicos de aceite vegetal por inyección). Se le pone nueve 
inyecciones, que tolera bastante bien; la décimaquinta del mismo lado, pues- 
:a con aguja de platino de cinco centímetros, no da sangre ni a la aspira- 
non ni después de retirada la aguja, no acusando el enfermo dolor. El en- 
fermo, al salir de la consulta, es atacado de agudísimos dolores, que cada 
•rez se acentúan más. 

El estado local es malo. La nalga está hinchada en masa tensa y do- 
orosa. Los tegumentos están modificados menos en una gran faja de tres 
raveses de dedo por encima del pliegue glúteo. 

Existen tres zonas concéntricas; la interna, formada por una mancha 
rontinua englobando el sitio de la punción, de un color violeta cárdeno,. 
)alideciendo un poco, pero incompletamente, por la presión. Su contorno 
íxterior es irregularmente festoneado. Su superficie es dura; la presión es- 
nuy dolorosa, pero la pi^el, aparte del color, conserva su aspecto ordinario. 

La zona media está ocupada por una red irregular de jáspeaduras vio- 
áceas, que en parte desaparecen por la presión. Existen algunos espacios 
ie piel sana. Esta zona es menos dolorosa, menor la tensión y la super- 
ncie menos lisa. 

La zona externa es asiento de un verdadero estado urticariano, con euro- 
i ccimiento congestivo y prurito. 

Al iniciarse la mejoría, el color violáceo de la parte central se obscu- 
"ece y la epidermis se pliega por algunos sitios, con algunas manchas pur- 
>úricas subyacentes; el dolor se atenúa bastante. 

Sobre los pimtos purpúricos se desarrollan flicténulas ya vaciadas de 
u líquido. A los 14 días subsiste solamente la sombra de la mancha su- 
prior y una induración indolente y ligeramente lobulada. 

Se trata, pues, de una placa equimótica y flictenular, como en el caso 
- Jeanselme; pero seguramente debida a una embolia arterial causada 
^i* el carbonato de bismuto. 

X^a biopsia no pudo ser hecha; pero la sintomatología, absolutamente 
^*nparable a la de otras observaciones, no deja lugar a duda. 

I^ embolia arterial bismútica es un fenómeno mecánico, directamente 
"oducido por las granulaciones que obturan las arteriolas. 

Cste fenómeno, comparable al de las embolias por inyecciones de aceite 
^^s, es distinto del producido por los mercuriales solubles en solución 
^'Uosa. En estos últimos casos se produce una trombosis endoarterítica cau- 
•^da por la irritación masiva de estos productos, cuya acción es bien co- 
locida. 

C. García Casal. 



— 378 — 



KicHEL y NoRDMANN.— El papol dol slstoma secretor panoreáiioo 
en la génesis de los Islotes de Langerhans. Anales d'Ana- 
toemie Pathologique, Tomo III, núm. 6, junio de 1926. 

Basándose en un completo y acabado estudio los autores creen demostrar 
que los islotes de Langerhans derivan, no de los elementos del aparato 
glandular, sino del sistema excretor del páncreas. 

Examinando histológicamente varios casos noonales han visto los au- 
tores que, en realidad, existe una continuidad entre los elementos de los 
canales excretores y los islotes. 

Generalmente se observa que el islote proviene de la multiplicación y 
de la diferenciación de las células centroacinosas, que, como se sabe, son 
elementos que, en realidad, pertenecen al conducto excretor del páncreas 
y que revisten por dentrq los acinis, separando las verdaderas células aci- 
nosas de la luz del conducto. 

Se comprueba que dichas células centroacinosas pueden multiplicarse 
dentro del mismo acini y cargarse de granulaciones muy finas; entonce» 
las demás células acinosas, que son rechazadas hacia la periferia, sufren 
una degeneración al mismo tiempo que nuevos vasos recién formados in- 
vaden el acumulo celular hasta llegar a las nuevas células insulares. Una 
transformación parecida se efectúa en acmis próximos, llegando a consti- 
tuirse de esta manera el nuevo islote de Langerhans. 

Así, por lo tanto, la diferencia que existe entre la teoría de Laguesse 
y la de estos autores, es que aquél pensaba que el islote proviene de las 
mismas células glandulares, mientras que este nuevo estudio parece demos- 
trar que no es, en realidad, de esas células, sino de las centroacinosas pu- 
ramente excretoras. 

En estudios patológicos puede observarse, sin embargo, que las mismas 
células glandulares acinosas sufren la transformación para llegar a cons- 
tituir nuevas células insulares. Esto ocurre en ciertos casos de esclerosis 
pancreática y en los acinis que han perdido toda relación coo su conducto 
excretor. 1 .f^ 

Las células inulares parece que ya no son capaces de sufrir nuevas trans- 
formaciones. Cuando en ellas se observa algún cambio es que sufren m>» 
cleí?eneración citolítica para desaparecer. 

E. Carrascx) Cadenas 



NiTZEscu (I. I.).— 'S-a insulina y la s^oreoión billar. (L'insulme 
et la secretion biliaire). Compt. rend. de la Soc. de Biologie, 1926. 
T. XCV. Núm. 27, p. 773. Soc. roum. de Bíol. Section de Quj, 

Conocida la secreción interna del páncreas, se debe investigar su acción 
no solamente sobre la función glucogénica del hígado, sino también sobre 
las demás funciones de esta glándula. En el presente trabajo, el autor pre- 
senta los resultados obtenidos sobre la secreción biliar. Paralelamente a la 
acción de la insulina, ha estudiado la acción de otras substancias, entre otras 
la pilocarpina, adrenalina, atropina, pituitrina, etc.; el efecto de algunas de 
ellas no se conoce todavía. 

Las investigaciones han sido llevadas a cabo en los perros, a los que se 
les ha practicado una fístula de la vesícula biliar con resección del colédoco. 
La experiencia la veriñca del modo siguiente: 

Por la mañana (entro ocho y nueve horas) teniendo en ayimas al animal, 
se le da 200 gramos de leche— cuya acción colagoga es bien conocida — y 
se recoge la bilis durante media hora, y después cada hora (durante cinco 
horas). Se anota la cantidad, en c. c, de cada toma, luego se mezcla el total, 
y, en esta bilis total, tomada en cinco horas y media, se determina el residuo 
seco, la densidad, los pigmentos biliares (v. d. Bergh), las sales biliares 
(met. gasométrico de Van Slyke) y la colesterina. Después de dos o tres 
días, algunas veces al día siguiente, se repite la experiencia administrando 
primero insulina, en inyección subcutánea, quince minutos antes de la in- 
gestión de los 200 gramos de leche; después se recoge la bilis excretada 
durante cinco horas y media, de la misma manera que la primera vez y se 
la somete a los mismos exámenes. La misma experiencia se hace con las 
otras substancias, siempre por inyecciones subcutáneas, pero inmediatamente 
antes de la ingestión de la leche. En el intermedio de las experiencias el 
animal recibe como alimento una ración constante. 

Después de cada experiencia con una de las diferentes substancias, ante- 
riormente citadas, repite la experiencia con leche sólo, para poder establecer 
un término de comparación. NiTZEsqu ha investigado también la acción de 
la insulina sobre la excreción de la bilis fuera de la influencia de la leche, 
es decir, en el animal en ayunas. 

En un cuadro detalla el autor todas sus observaciones que le concluyen 
a los resultados siguientes: 

La insulina produce un aumento de bilis excretada después de la inges- 
tión de la leche. Por medio de las substancias experimentadas la insulina se 
manifiesta, casi solamente, como un colagogo activo. Esta acción la impide la 
atropina cuando ésta se inyecta previamente. 

La secreción llega a su máximum hacia la tercera hora después de la 
inyección, en seguida disminuye, y, lo más frecuentemente, vuelve a la nor- 
mal entre la cuarta y la quinta hora. En, general, la concentración de la 
bilis se mantiene constante o disminuye ligeramente; el residuo total está, 
ton frecuencia, un poco aumentado a causa de la cantidad excretada. 



ÜR 



La atropina disminuye mucho la cantidad segregada, pero sin produde 
na modificación en la concentración : inunde la acción colagoga de ta 

jCuál es el mecanismo de acción de la insulina? ¿Actúa por intermedio 
de los filetes secretores? Y ¿cuáles son estos filetes? O ¿actúa también p">r 

a humoral? Por el momento, los autores están en vías de completai 
estudio sobre la secreción biliar durante la hiperinsulina por las invesi 
dones que eíectuarán en animales completamente despanc rea tiza dos. 

F. ECHADZ 



I 



jZoNTmE y íKoelbr -Fórmula sanstifn«a y glándulas endoorinasJ 

Klimscke Wochenschrifi. Tomo V, núm. 20, mayo de 1926. 

Estos autores han emprendido una serie de investigaciones para estu- 
diar las relaciones de la fórmula sanguínea y diversos estados endocrinos. 
Han comprobado que un cierto número de glándulas de secreción interna 
y principalmente el tiroides son capaces de hacer variar el número de gló- 
bulos rojos, asi como también ciertos caracteres de los leucocitos tanto en 
su número como en sus formas. 

Han comprobado en un buen número de personas normales o afectos 
de enfermedades llamadas de la sangre, que una cantidad mínima de ex- 
tracto de alonas glándulas de secreción interna H^an a producir modifi- 
caciones muy importantes en el número y forma ¿e los glóbulos de la san- 
Sre 

Después de la ingestión de tiroidina han comprobado que el número de 
rojos se eleva de medio a tm millón, anotando además el hecho 
de que estos aumentos de las hematíes es. en general, más con- 
siderable y más constante en el verano que en el invierno. 

Además, han comprobado también el hecho contrario en algunos in- 
dividuos o sea que la ¡nge.ítiÓn de tiroidina produce una disminución de 
los glóbulos rojos que puede durar varios dfas. 

En dos casos de policitemia estudiados por los autores han encontrado 
que la tiroidina en ellos produjo efectos contrarios : en uno. hiperglobulla, 
y en el otro, anemia intensa. Parecidos resultados discordantes obtuvie- 
ron estudiando la acción de la tiroidina sobre los glóbulos blancos en dos 
casos de leucemia. 

Los autores estiman que las glándulas de secreción interna poseen t 
£Íer(a función reguladora de la composición de la sangre, por lo que r 
elementos figurados aunque en realidad ai m no C 



I 



-381- 



Lawb£nc£.— VEl efepto del ejeroiolo sobre la acción de la In- 
sulina en la diabetes. (The efíect oí exercise on insulin action in 
diabetes.) Brvfish Medical Jountíü, núm. 3.406. 1926. 

Se conooe desde hace tiempo la inñuenda del ejercicio físico en la dia- 
betes mellitus, en la cual hace descender el nivel de la gilucosuria y del 
azúcar en sangre. Estos efectos pudo demostrar Allen que no son tempo- 
rales puesto que si el ejercicio se lleva a cabo sistemáticamente, día tras 
din, mejoran considerablemente la fuerza del enfermo y la tolerancia para 
los hidrocarbonados, hasta el punto de que algunos de los enfermos de este 
autor sólo se encontraban bien, y además, desprovistos de glucosa, en los pe- 
ríodos en que hacían ejercicio físico. Qaro es que los casos graves en los 
que se supone una pequeña cantidad de insulina endógena no se beneñcian 
del mismo modo que los casos benignos. 

Desde la introducción de la insulina Harrison y Lawrence han podido 
ver que el ejercicio aumenta la eñcacia del medicamento y su capacidad de 
reducir la glucemia, y es muy frecuente que en los días en que el ejercicio 
físico se lleva a cabo aparezcan sínitxxnas de hipoglucemia con el balance 
establecido entre el régimen y la insulina. Lawrence describe en el presente 
trabajo dos casos especialmente interesantes en este sentido. En los dos casos 
se trataba de sujetos sometidos a la acción de la insulina desde hacía tiempo, 
enfermos que, por lo demás, seguían exactamente las recomendaciones die* 
téticas y habían sometido su propia enfermedad a ima observación cuidadosa. 
Uno de estos individuos llevaba una vida sedentaria durante la semana; pero 
al final de la misma se dedicaba sistemáticamente a jugar al tennis. Recibía 
diariamente una dosis de 16 unidades de insulina para 20 .gramos de hidro- 
carbonados en el desa3runo, con lo cual mantenía la orina libre de azúcar 
y oscilaba la glucemia entre 0,16 y 0,10 por 100. Pues bien, en los días en 
que hacía el ejercicio físico, notaba que no podía tolerar más de 10 unida- 
des de insulina sin producirse síntomas hipoglucémicos, bastando en estas 
fases 8 unidades para mantener la orina libre de glucosa. En los días] en 
que, después del desayuno, retrasaba el comienzo del ejercicio físico, éste 
producía más pronto los síntomas hipoglucémicos, probablemente porque en- 
tonces el ejercicio físico se comenzaba en im período en el que la insulina 
ya había rebajado considerablemente el nivel de la glucemia. Por otra parte, 
si el sujeto detenía el ejercicio antes de que los síntomas hubieran llegado 
a producirse, la hipoglucemia aparecía de todas maneras, aun permanecien- 
do en completo reposo; pero si, en cambio, se administraba la dosis corrien- 
te de insulina de la mañana y sólo jugaba al temiis por la tarde, los sín- 
tomas de hipoglucemia no se producían, seguramente porque en este caso, 
en el momento de comenzar el ejercicio, la acción de la insulina ya había 
transcurrido. Ahora bien, si en estas condiciones la dosis de insulina de la 
tarde (puesta después del ejercicio) no se rebajaba, se producían síntomas 
de hipoglucemia tres horas después. En ocasiones se encontraba también, 
como después de un domingo de ejercicio violento el equilibrio entre el ré- 



m 



^ñ 



° rediicir considerablemente 



dia mwior prod»d. .1 cabo '""""'"" m6„ 4. gtoco»ria. Con «U 
ayiii«u, Que llegaba a o,aa por ■ j , ,, „ incapaz de pto- 

t^. ^^^S^PI- */^™ "' --' " —^ ' " 

k "tala de la taita cirenlan.e '™ '« J^'^V, lecho de ,« «1 

riercicio realizado pot la tarde ™»™ J' ;^i^ „, ejercicio, derrjreBr. 
Inclina a la hora de la cena, de.pne> de rcu diabético! 

;°f 'eTte íltin» ."■"=»».,■' ¿"™™.£ dT— ¡"a P-i.n»'. -r"»^ 
rSaSriio'-; •'9£™?c.t1;°.bl1"»*«n de .. diabético^. 

la doais de inmlina. , „, .1 autor clinlcamente, lian podido : 

ESO, reíidtado,, «l»""^' ^ j, „ „,„do experimental y » to I 

Sr:S'°i "™etiu«t"™ Íbre la ..nce„i. ■»'= " ««« 

"*E°„ suma e. efecto del e¡ercici. »bj el í;^^™*^^^ íSc.^ 
proLdo por la ■"'f\'''^'jZTZ «edicament. i .. decir, e, ' 
1 ► .A ocriodo de máxima activioau piercicio enérgico y I 

ir, cí.» taras de.p.í. d» '" ^Í. "" t^^^* !• u.ual produce 

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pennita omu*-- ■-— - 

del réeimen. I^ *^ , ™^ ,^ variaciones del ej^'^r^u-^.'ido narci 

tSf^ »»" t: del^^rde, eiercicic, cuando 1-, -do P-" 



— 3^3 — 

agotadas las reservas de hidrocarbonados, es también conveniente seguir 
utilizando una dosis reducida del medicamento. Sin embargo, cuando el ejer- 
cicio físico se aumenta durante largos períodos de tiempo, es más filológico 
aumentar el régimen que reducir la dosis de insulina. De este modo el au- 
mento en las pérdidas calóricas puede ser compensado con eí aumento de 
los ingresos, ya que, de lo contrario, sobreviene una pérdida de peso y de 
energía de los enfermos. Un régimen que proporcione 30 calorías por kilo 
de peso es im régimen suficiente de mantenimiento para una vida seden- 
taria; pero durante las fases de actividad las necesidades energéticas del 
organismo se aumentan, por lo menos, hasta 40 calorías por kilo de peso. 

R. Fraile. 



Hauptmann.— Cómo puede prevenirse ia parálisis y la tabes. 

(Wie konnen wir der Paralyse und Tabes vorbeugen?) Klin Woch. 
Año V. núm. 16, 1926. 

A pesar de la eficacia del tratamiento de la parálisis por la malaria o 
la recurrente, cuyos resultados han permitido a algunos autores presagiar 
la desaparición de la enfermedad y considerarla únicamente como una fase 
de la lucha entre el orgpnismo himiano y el espiroquete, es evidente que la 
eficacia de este tratamiento está aún muy lejos de ser decisiva, puesto que tam- 
poco los enfermos mejorados recobran^ como es natural, las funciones per- 
didas por destrucción del tejido nervioso, y aun en su mejoría siguen siendo 
portadores de espiroquetes en la sangre y en el líquido cefalorraquídeo, con 
lo que no desaparece la posibilidad de ima reactivación de su proceso ner- 
vioso. De aquí que el problema fimdamental de la terapéutica sea el de 
prevenir la producción de la metasífilis. En este sentido, todas las teorías 
patogénicas propuestas referentes a estas enfermedades llevan implícita- 
mente la tendencia a resolver en lo posible el problema del tratamiento. 

Hauptmann, al establecer su teoría acerca de la naturaleza de las en- 
fermedades metasifilíticas, ha partido del hecho de la insuficiencia de las 
defensas del organismo paralítico, resultado de lo cual es el curso de la 
sífilis en estos sujetos, en los que se sabe lo escasas que son ias ma- 
nifestaciones secundarias, que a veces faltan en absoluto, y constituyen un 
índice de la débil defensa del individuo. Hauptmann dejaba, por lo demás, 
indeciso el problema de si esta reacción insuficiente del sujeto había de 
considerarse como un. defecto constitucional o pudiera más bien atribuirse 
al pequeño poder antigénico correspondiente a unos espiroquetes de viru- 
lencia atenuada, ya que ambos elementos tendrían la misma influencia en 
la escasa participación de la piel en la sífilis de estos pacientes. La débil 
virulencia de los espiroquetes podría ser debida a la influencia del trata- 
miento (claro es que al tratamiento de la sífilis^ no al de la parálisis, puesto 
que esta última ya supondría una infección previa con espiroquetes de vi- 
rulencia atenuada). Serían especialmente los salvarsanes los que producirían 



^^ 



- .1B.1 — 




lina atenuaci&n <lrí potkr patógeno de los jrérmenes. Míentr:is 
nlmv> normal se defiende de los espiroqueles en el período secundario poi 
medio de 1a füg^icitosís que se realiza en las eflorescencias cutáneas y 
fiuí en Ift? oiic puede demostrarse de un modo evidente, el orfrajiismo pa 
rulitifift se defiende del treponema tratando de desinteerarlo de un mnd' 
eKtmceluhr. Los productos tóxicos de naturaleza anafiláclica que se pro. 
Aictn de este modo poseen una afinidad especial liacia los endotelios vascu 
\kns. «1 los Que pn^dueen una anormal permeabilidad de los tabiques s^h- 
rant*» rte la sanyre y el líquido cefalorraquídeo. De este modo w produce 
la lesiAn drf encífiJo a expensas de toda suerte de substancias extrañas al 
|{i}UÍdo «fakirraqntdeo (cimientos del suero, productos del metabolismo, to- 
KÍnas>. (IW invaden a este último impunemente, lesionando los órganos ner- 
vki»os centrales por vía del líquido en cuestión. Así. pues, desde el periodo 
secíindario actfian persitentemente esos afrentes lesionantes, v no desde el 
momcwNt «1 I"*? clmicaraenle la parálisis empieza, es decir, después de este 
intervalo, qnft en opinión de! autor, no es otra co.^a que e! periodo de 
tionfi.'- necesario para que la lesión del encéfalo avance de tal modo que 
MqnC' a 1* I"» I^s anomalías psíquicas que presentan estos enfermos. Se ve 
acinalmentc. eracias a una mayor experiencia, las Rrandes oscilaciones en 
U *irac.¡^ de este intervalo, que antes se consideraba de siete años sisfe" 
n«*tiMmwte. ' . . 1— -. 

W lado de este género de lesiones se desarrolla en el encéfalo un pro- 
ceio espiroquetósico loca!, del que no puede decirse que se inicie también 
en la fase secundaria, ya que falta, naturalmente, tin material de autopsias 
raficientc para poder afirmarlo. Probablemente la localízación de los es- 
piroquetes en el tejido encefálico ectodérmico se debe a la mencionada per- 
meabilidad de los tabiques separadores entre la sangre y el liquido cefalorra- 
(juídeo, proceso en el qne no solamente Interviene el endotelio vascular, sino 
también la neuroglia colocada entre los elementos mesodírmicos de la pared 
lie los vasos y la substancia nerviosa ectodérmica. Quizá intervenga también 
en este sentido y como consecuencia del aumento de permeabilidad vascu" 
lar una inbibición de los procesos defensivos cerebrales que pudiera per- 
mitir a los espiroquetes la existencia en el encéfalo. En suma, se admite 
un doble proceso lesional en la parálisis y en la tabes. En primer término, 
un elemento tóxico que influye sobre la substancia nerviosa por medio de 
ima permeabilización de los tabiques separadores entre la sangre y el líqui- 
do cefalorraquídeo, y en segundo lugrar. un foco local espiroquetósíco en 
el cerebro. Ambos fenómenos deben atribuirse a un mecanismo defensivo 
alterado o insuficiente del organismo en el período seoundarío de la sífilis, 
La significación de esta ausencia de fenómenos seeimdarios salta a la vista 
ibservando el hecho de que los enfermos con abundantes síntomas cutáneoJ 
y mucosos poseen muy rara vez alteraciones del sistema nervioso, inclu- 
yendo las del líquido cefalorraquídeo. Más ampliamente puede observarse, 
respecto a la distribución geográfica de la parálisis, un comportamiento in- 
verso de tal naturaleza que allá donde la sífilis se manifiesta intensaraeole 
en la piel, mucosas y huesos, la metasífilis no aparece o lo hace muy raras 
veces. Ea insuficiente pensar para estos hechos en la intervención de fac- 



— 385 - 

teres constitucionales, como los dependientes de la raza . ü en la influencia de 
airentes exógenos como el clima, el alcohol o las enfermedades infecciosas, 
y hay que aceptar en primer término una raza especial de treponemas. Esta 
idea encuentra una confirmación en las investigaciones de Plaüt y Mulzer, 
autores que han podido aislar dos razas distintas de espiroquetes, de las 
cuales una afectaba el sistema nervioso, produciendo escasas lesiones pri- 
marías, mientras que la otra daba lugar a lesiones primarias intensas y si- 
fílides cutáneas, respetando el sistema nervioso. Recientemente, Wilmanns 
ha estudiado también la distribución regional de la parálisis y ha observado 
que ciertos países que hasta ahora habían sido respetados por la parálisis, 
pero en los que abundaban las sífilis cutáneas, mucosas y óseas, muestran 
actualmente una creciente frecuencia de enfermos de parálisis. Este autor 
atribuye el fenómeno a una alteración de los espiroquetes producida por 
nuestros actuales tratamientos antisifilíticos; pero, al lado de este factor, hay 
Que pensar en otros elementos constitucionales que pudieran dar cuenta de 
una defensa insuficiente del organismo hacia unos espiroquetes dotados de 
virulencia plena, con lo cual podría también constituirse la parálisis. Por 
lo demás, el siniple hecho de la lucha entre el treponema y el organismo 
sin intervención de ningún remedio terapéutico podría producir una raza 
de espiroquete que, transplantada a otro organismo, diese lugar al brote de 
xma parálisis. Este último mecanismo explicaría la aparición lenta de pa- 
r-áíisis en regiones hasta ahora libres de metasífilis, simplemente por una 
"transformación de los espiroquetes en su lucha con el individuo sin influen- 
cia química alguna. Como quiera que sea, el hecho fundamental consiste en 
cjue la defensa insuficiente del organismo' sifilítico, a partir del período se- 
i^ndarío, constituye la causa inmediata de la i)arálisis. 

Al lado de estas opiniones que consideran al organismo paralítico como 
insuficientemente defendido, Steiner ha optado recientemente por la idea 
contraria y acepta que la piel del paralítico es un órgano dotado de enét- 
icas defensas; pero, en cambio, piensa que el encéfalo, incluso el de los 
sujetos normales, es un órgano pobremente defendido, y supone que en 
este hecho reside la patogenia de la parálisis. Jakob, cuya teoría posee mu- 
chos puntos de semejanza con la del autor, había también de una defensa 
insuficiente del cerebro de los paralíticos, y Potzl y Fischer emiten asimis- 
nx) ima teoría de la parálisis que admite en primer término la permeabi- 
lización de los tabiques separadores entre el líquido y la sangre. 

Los estudios experimentales de Bergel le han conducido a fijarse en la 
gran significación de los fenómenos secundarios como reacción de defensa 
y a ver, además, en los linfocitos, los elementos fundamentalmente destruc- 
tores de los espiroquetes. Esta última idea ha sido recientemente confirma- 
da gracias a los trabajos de Skalweit, autor que ha realizado estudios he- 
matológicos en los paralíticos y en los enfermos de sífilis cerebral antes, 
durante y después del tratamiento por la malaria. Ha podido ver de este 
modo que los enfermos de sífilis del cerebro poseen antes del tratamiento 
una gran cantidad de linfocitos en la sangre, sucediendo precisamente lo con- 
trario en los sujetos de parálisis, en los que a veces se encuentran linfo- 
penias muy acentuadas. Durante el tratamiento por la malaria, los hallazgos 



fernfl^l 



licmaliilúfricifti no se ditereiicíaban gran cosa eii ambos grupos >Je enfer 
pero deipíié* (id irnlamícnlo en cuestión podía observarse c 
jeto» (le üífiliii cerebral el número de Imfocilos al final de la cotivaJeceii- 
cin volvía a alcaniar las dfras primitivas, y en los paralíticos en quienes 
«c Imblft conneipiidfi una clara remisión no se reproducía la linfopenia pri- 
mitiva, niño que «e mostraban cifras de linfocitos análofras a las de los sn- 
)iitn» con Hlfiliü del cerebro. En cambio, en los paralíticos que no mejoraban 
con *1 tral^mfciilo imililrico o que mejoraban escasamente, el número de Un- 
fiiclloii volvía a ilcsccndcr. reproduciendo las lintopenias anteriores. Esto 
lim'llii* cmistlluycn nporlaciones muy imporlanleí a la idea de que el i 
lltlcii e« un Hiijeto que se defiende mal, no solamente a nivel de su 
«lllii ni todo el organismo, como parece demostrarlo el paraleÜsi 
U Ilnrwitmin y lan remisiones. Los estudios referidos confirman, por ( 
|«rtr. lo» de BERaEL acerca del papel de los linfocitos en la lucha ( 
\i\» wpií'oquetes. El problema referente a las causa? de la insuficiencia 
ImiüIvu en el período secundario (excitación insuficiente por espiroqueti 
puro vlnilentos o debilidad defensiva constitucional del organismo) parece 
llH'llilnrie más bien, según estas investigaciones, por la idea de una par- 
llciilari'lnd constitucional del sujeto, ya que los gérmenes malAricns enrayados ^ 
Wi amlin* enfermedades eran los mismos. 

Kl modo como pueda llegarse a evitar la aparición de una metaslfil 
(III vÍKla de las ideas expuestas, polariza toda la atención del clinico ea 9 
IMTlodo secundario de la sífilis, prescindiendo naturalmente de 
ilttd de que la lesión primaria pueda ser tratada de tal modo que se imiHd*? 
t>i ffcn eral ilación de! treponema. En el periodo seciindario será preciso nir»* 
Cíilllbir de ningún modo U aparición de los fenómenos pro|«os de esti:=J 
fnie, a menos de que pueda obtenerse una destrucción total del treponemí .*-^ 
No consiguiendo esto, el tratamiento debe ser dirigido de tal modo que u'-»*- 
obataculice el desplegamienfo de defensas por el organismo. En este sen- *-i 
tido quizá sea conveniente rKordar el consejo de algún sifiliógrafo autigur»»i 
que recomendaba no tratar ninguna sífilis antes de que los fenómenos se =:• 
Clindarios se hubieran desarrollado, consejo tanto más de tener en cuenta :* 
cuanto que en la época en que se emitió no se disponía de medios capace:«sa 
de destruir por completo los espiroquefes. ^^B 

Merecen especial atención desde el punto de vista de estos problemas H^H 
casos en que el secundarismo no se desarrolla, que son precisamente los ^I^M 
jetos que. según Hauptmann. son los pretendientes a la mctaslfilis En M^^ 
tos pacientes es preciso excitar la producción de fenómenos defensivos po^i^' 
parte del organismo, y con este objeto se han utilizado diversos medios Se- 
na insuficiente limitar en estos casos la acción al tejido cutáneo, va que la- 
mencionadas investigaciones de Bescel y Skalweit demuestran 'la partici- 
Fiaon de los órganos linfoides en el proceso defensivo. Quizá haya que tener 
en cuenta e! consejo de Kyrle de tratar ya por la malaria a los sifilítico' 
secúndanos. Sin embargo, ya que este tratamiento no está exento de pe. 
ligro. sólo deberán emplearlo aquellos enfermos que espontáneamente no 
^ muestren fenómenos secundarios. Hauptmann ha obtenido en los paraifticoí 



ayados 4b 

'4 



— 387 — 

resultados tan favorables como con la cura de la malaria, combinando el 
tratamiento salvarsánico con una intensa cura de sol sobre la piel. Es es- 
pecialmente interesante observar cómo de este modo el cuadro clínico de la 
parálisis se transforma en im estado paranoide-alucinatorio igual al que 
Gerstmann ha descrito como consecutivo a la ciura malárica, siendo esto 
una demostración de que la ctura de sol produce los mismos procesos de- 
fensivos que la malaria. Estas observaciones permiten aconsejar en el pe- 
riodo secundario una combinación de tratamiento antisiñlitico y cura de sol 
con el ñn de intensificar q de provocar los procesos inmunizantes. 

Las investigaciones de Markuszewicz indican la posibilidad de emplear 
otro sistema distinto encaminado al mismo ñn. Este autor ha podido ver 
un paralitico en quien a los dos meses del tratamiento por la malaria, apa- 
recieron tma serie de gomas cutáneos, y. dada la extraordinaria rareza de 
las sifílides cutáneas terciarias en los metasiñliticos, había que atribuir el 
fenómeno a que el enfermo había padecido poco antes un impetigo con fo- 
runculosis, por medio de cuyo proceso había adquirido un estado especial 
de defensa de la piel. Markuszewicz propone en vista de ello excitar los 
procesos cutáneos de defensa por medio de la inoculación de los gérmenes 
de la supuración, procedimiento a ser estudiado por los dermatólogos con 
el ñn de investigar el medio de que, siendo inocuo, pudiera ser empleado 
en la fase secundaría de la síñlis. Kutzinski ha observado de un modo pa- 
recido que las dermatitis salvarsánicas influyen por sí solas de un modo 
favorable sobre la parálisis y ha obtenido por este procedimiento una re- 
misión de cinco años en la enfermedad. Sin embargo, Hauptmann no re- 
comienda la producción artificial de este proceso, dado que la acción no- 
civa de estas dermatitis sobre el estado general de los sujetos es demasiado 
acentuada. 

En resumen, los procedimientos necesarios para la prevención de la me- 
tasífilis han de consistir fundamentalmente en no impedir la aparición de 
fenómenos secundarios, y, por el contrario, en favorecerlos actuando sobre 
la piel y sobre los órganos hematopoyéticos productores de linfocitos, bien 
entendido que bajo la denominación de fenómenos secundarios no solamente 
deben comprenderse las manifestaciones sifilíticas cutáneas, sino todos aque- 
llos procesos defensivos que se desarrollan en la sangre y en los tejidos. 

R. Fraile. 



G. Aronvitch.— Sobre la naturaleza del reflejo oremasteriano. 

(On the nature of the cremasteric reflex.) The Journal of Nervousan^ 
Mental Disease. Volumen LXIV, núm. 3, septiembre 1926. 

La aplicación de la doctrina evolutiva a la neuropatología arroja mucha 
luz sobre algunas manifestaciones clínicas en neuropatología y permite in- 
corporar a la categoría de hechos biológicos generales, algunos que sólo 



oaocidos desde el puiito de vista auatánúco y cliiiico. E| autor t 

Rropone seguir el camino iniciado por Astwazatukow que hace algún t 

) ha iniciado la tarea de dar una interpretación biogénica de la sintoma- 

.u'ogia pirattiidal. El autor dedica sus inveslígacioucs al estudio de la lia- 

Ituraleza del reflejo cremasieriano. Como se sabe, en las lesiones de la neu- 
tnotora central se recoge frecuentemente como fintoma la desaparición 
reflejo cutáneo abdominal y creniasteriano. Es, fácil nolar, sin on- 

' iKirgo, que el reflejo cutáneo abdominal se afecta más gravemente que d 
teriano; por ejemiplo, en los casos de hemiplejía la diferencia de la 
iiilensidad del reflejo en el lado sano y en el lado ejifermo es muy grande 
para el cutáneo abdominal y muy pequeña para e! crcmasteriano. Igualmen- 
te la total desaparición del reflejo cremasteriano es mucho más rara que 
la del reflejo cutáneo abdominal. 

Todo el mundo sabe que en la esclerosis en placas es muy precoz la des- 
aparición del reflejo abdominal y. en cambio^ en los mismos eiifennos sólu 
muy raras veces queda abolido el reflejo cremasteriano. Estudiando algunos 
casos avanzados de la enfermedad se puede ver que el reflejo abdominal s 
perior puede todavia provocarse cuando el medio e inferior han desapare—, 
cido ya por completo; y, sin embargo, el reflejo cremasteriano i 
presente mostrando tan sólo un pequeño decrecimiento en su üitensidad^V 
en apariencia se diría que el reflejo abdominal medio c inferior se pierde 
eu la esclerosis en placas ajites que el superior y que el cremasteriano per— 
manece activo mucho más tiempo que aquél ; la desigualdad de los reflejos 
no tiene importancia porque se presenta también en los sujetos normales y 
depende del desarrollo desigual del cremáster. 

Con la base de estas observaciones queda confirmado que en las lesiones | 
piramidales el reflejo abdominal es e! primero en disminuir o desaparecer, ' 
mucho antes que el cremasteriano, el cual está tan sólo ligeramente dis— ' 
niinuído. El hecho de que ima lesión de la via piramidal afecte primero al 
reflejo abdominal y mucha más fuertemente que al reflejo cremasteriano, 
liorna la atención a causa de que estos dos reflejos cutáneos se hallan en 
unn estrecha relación anatomofisiológica, y tienen un origen absolutamente 
idéntico. 

Las vías periféricas de ambos arcos están distribuidas en estrecha ve- 
cindad ; los arcos reflejos del abdominal pasan por los segmentos dorsales 

, 7 al 12, y el reflejo cremasteriano cierra su arco en el primer segmento 

■ lumbar. 

' En ocasiones, la irritación de la piel en la región hípogástríca provoca, 
no sólo la contracción de la región que está por encima en la pared del vien- 
tre, sino también la contracción del cremáster. Por otro lado, investi- 
gando el reflejo cremasteriano, es decir, irritando la superficie inlerna del 
musióse puede c*tener también una contracción muscular en la región 
I i¡I« gástrica. Bechtf.rew distingue un reflejo extra-suprainguínal que sí 
ej.:eriorÍza por ta contracción de los músculos oblicuos encima del ligamento 
de POTJPART, como consecuencia del pcllizcamietito de la cara interna dfl 
muslo, y este reflejo se obtiene, en general, a la vez que una contracciflr , 
del músculo cremáster. 



— 389- 

Existen igiialmente fenómenos de sumación y recíproco reforzamiento 
de los reflejos cutáneos y del cremasteriano. Por consecuencia, la disolu- 
ción de uno de ellos puede ser causada por la pérdida de la influencia re- 
fleja del otro cuando se halla ausente. 

Con la base de estas relaciones anatómicas se podía esperar una varia- 
ción paralela del estado de los reflejos en las lesiones piramidales y, sin 
embargo, la realidad es muy distinta. 

Para explicar esta diferencia el autor recurre al estudio de la evolución 
cntogénicaí y filogénica de estos reflejos. Empieza por hacer notar que los 
mamíferos carecen de reflejos abdominales, como es posible demostrar in- 
vestigándolos en los animales domésticos. Tienen un reflejo que puede 
confundirse con éste, pero que se diferencia de él en que los músculos que 
se contraen por el estímulo cutáneo del vientre son los de la piel y no los 
de la pared. En ;los monos también está ausente el reflejo cutáneo abdo- 
minal. 

Mediante estos datos filogénicos es posible poner en. relación la apari- 
ción del reflejo abdominal con la adopción de la postura ortostática del cuer- 
po humano; es decir, con el desarrollo de la marcha sobre los pies. En 
confirmación de este punto de vista los datos ontogénicos confirman que los 
reflejos abdominales hacen su aparición en el niño alrededor de los siete 
u ocho nieses; es decir cuando empiezan a adoptar una actitud erguida. 

En cambio, el reflejo cremasteriano existe entre los animales, aunque 
hay que tener cuidado de no confundirle con el reflejo escrotal mucho más 
frecuente. Por lo demás, en los niños, el reflejo se encuentra presente desde 
las primeras horas de la vida, muchas veces. 

Es, pues, evidente, que el reflejo cremasteriano es más antiguo filogénica 
y ontogénicamente que el reflejo cutáneo abdominal y no debe sorprender 
que se conserve durante mÁs tiempo. 

Es extraño que el autor, que no hace aquí sino aplicar el principio 
general de la disolución y reintegración de las fimciones del sistema ner- 
vioso de Jakson no haga aquí mención del nombre del ilustre neurólogo 
inglés. 

J. S. Banús. 



[. G. LiwscHiTz.— Sobre el tratami