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Full text of "!Atras! comedia en un acto, arreglada al teatro español"

PQ 6523 
.G6 ñ7 
Copy 1 



• "L^J A i 



11 



GALERÍA DRAMÁTICA 



MANUEL P. DELGADO 



COMPRENDE 



US MEJORES OBRAS BE lESTROS CLÁSICOS MODERNOS 





OFICINAS 

CALLE DE COLÜMELA, iNUM. 11, PISO PRINCIPAL 
^ MADRID ^Z 



H¥r: 



t 



¡ATRÁS! 

COMEDIA EN UN ACTO, 

ARREGLADA AL TEATRO ESPAÑOL 



DOlV AIVTOrVIO GIL DE ZÁRATE. 



Esta comedia ha sido aprobada para su representación 
por la Junta de censura de los Teatros del Reino en 
!20 de Junio de 1849. 



c^^i M. p. D. mm^^ 



MADRID. 

IMPRENTA DE DON CIPRIANO LÓPEZ. 

Cava-baja, n.° 19, bajo. 
Junio 1857. 



PERSONAS, ACTORES. M 



FEDERICO-GUILLERMO II , Rey ) n t • r^ ' r 

dePrusia. . ... ^^\ J^- José Gama Luna. 

'''Zt™'''!''. ^.''''''^!l ^- l'iorencio Romea. 

EL CONDE DE HABTMAN. . . B. Luis FaMani. 

vn granadero de la guar--^ ^- ^i'^n Romea. 

UN SARGENTO D. Lázavo Pérez. 

IDA , joven modista. . . . Doña Matilde Diez. 

SOLDADOS. 



-o)K<®4-«>- 



La escena es en Berlin , año de 1739. 



-^^-3>-XS 'fl-C-C IF- « 



Esta comedia pertenece á la Galería Dramática , que 
comprende los teatros* moderno, antiguo español y es- 
trangero , y es propiedad'de su editor Don Manuel Pe- 
dro Delgado, quien perseguirá ante la ley, para que se 
le apliquen las penas cjue marca la misma , al que sin 
su permiso la reimprima ó represente en algún teatro 
del Reino, ó en los Liceos y demás Sociedades sosteni- 
das por suscricion de los Socios , con arreglo á la ley 
de 10 de Junio de 1847, v decreto Orgánico de teatros 
de 28 de Julio de 1852, 



/ff/f 



ACTO UMCO. 



El teatro representa una plaza plantada de árboles. A la 
derecha la tapia de un jardín. En medio de esta tapia 
habrá una puertecita , y cerca de ella una garita. 

ESCENA PRIMERA. 

ULRico , de centinela, varios oficiales, formando corro 

y hablando en medio del teatro, hartman, saliendo del 

palacio. Luego el rey. 

Hartman. El rey, señores, el rey! [Se deshace el corro 
y los oficiales'^ se van á colocar delante del palacio.) 

Rey. [Muy de mal humor.) Si, voto á brios: vuestra 
afrenta , Isabel , duquesa de Brunswick , será venga- 
da. Mi hijo el príncipe real se ha de casar con vos , ó 
le declaro indigno de ceñir mi corona, y de llegarse 
á titular un dia Federico segundo. 

Hartman. Señor, vuestra ira me llena de aílicciou. 

^ey. Sois un necio, señor consejero. Me agrada estar 
enfadado... Y sobre todo, quién me lo ha de impedir? 
Soy acaso alguno de esos reyezuelos débiles que ocul- 
tan su mal humor con una risita falsa? Cuando Fede- 
rico Guillermo se halla irritado, quiere que todo Ber- 
lin lo sepa. Mi cetro es este bastón, y juro áDios que 
no se ha de romper en mis manos. 

Hartman. [Ap.) Esto parará en sacudir el poko á algu- 
no. Como no sea á mí!... 

Rey. yema acá... y decidme si no hago bien en estar 
irritado?... Mi política, acorde con la razón, me ha 
hecho solicitar la alianza de Fernando Alberto de 
Brunswick : fiado en mi real palabra , manda á Berlín 



4 

á la princesa su hija... y hé aquí que en nü presen- 
cia , en la de mi corte, casi en la de su futura, mi se- 
ñor hijo tiene la desfachatez de decir: «Si mi padre 
gusta de la princesa , cásese con ella , y buen prove- 
cho le haga ; que en cuanto á mí , ni aun verla quie- 
ro. No me gustan las rubias.» [Blandiendo el bastón.) 
Ah! bribón: yo te daré morenas... 
Fartman. Mal dicho, y tanto mas, cuanto que no ha 
faltado quien haya ido con el chisme á la princesa. 
Está ofendida, y con razón: porque es joven y bonita. 
Bey. [Amenazando á Hartman.) I aunque fuese vieja y 

fea : si quiero que se case, se casará. 
Hartman. Ya se ve que sí, se casará... Y si estuviese 

yo en lugar del príncipe Federico... 
Rey. Si estuvieseis en su lugar, ya os hubiera mandado 
fusilar... Conque es decir que mi consejo se habrá es- 
tado ocupando de este asunto quince dias enteros, que 
habré despachado mas de veinte correos, y nombra- 
do un embajador estraordinario... y todo, para qué? 
Para que un loco venga ahora á desbaratar mis pla- 
nes!... No sería yo el vencedor del gran Carlos XIÍ, 
ni el conquistador de la Pomerania, si consintiese que 
de este modo se burlase de raí un rapazuelo. No, se- 
ñor príncipe real , no sufriré semejante insubordina- 
ción; yo os sujetaré á la disciplina; que ya he suje- 
tado á otros mas encopetados que vos y con bigotes 
mas retorcidos. 
Hartman. Yerdad es, señor, que los granaderos de 
V. M. tienen la fama de los mas perfectos autómatas 
de toda Europa. Y sino, ved la prueba en aquel cen- 
tinela. Parece un palo con uniforme. [Señalando á 
[lírico , que desde la salida del rey se habrá quedado 
inmóvil y sin pestañear delante de la garita^ presen- 
lando las armas.) 
Iley. [Volviéndose hacia Ulrico.) Tenéis razón... Grana- 
ro, estás cansado de presentar las armas ?|(í//nco 
hace señas de que si con la cabeza.) Que sí?... Pues, 
firme I Al hombro... arm!... Al brazo... armí... Ar- 
riba y abajo. [Ulrico ejecuta los movimientos con toda 
precisión , y se pone á pasear con el arma al brazo.) 
Hartman. Parece un muñeco de resortes. 
líey. Conque decíais , señor consejero , que el príncipe 



5 

Federico ha desaparecido ayer del pueblo de Buccholz 
donde estaba coníinado? 

Hartman. Así me lo avisan mis agentes. 

Reij. Pues bien, os envío por el resto de vuestros días 
á !a fortaleza de Custriu. 

Hartman. A mí , señor? 

Rexj. Sí, á vos... á no ser que vuestros agentes me le 
agarren y le lleven al cuerpo de guardia mas inme- 

, diato, como á un vago, á un perdido. 

Hartman. Me conformaré con las paternales intenciones 
deY. M. 

Rey. Mis intenciones son de que no vuelva á presentar- 
se en mi corte si no se sujeta á mi voluntad... Mas 
diré: sin que me traiga un escrito de la princesa isa- 
bel , en el que pruebe su arrepentimiento y obtenga 
su perdón. 

Hartman. Difícil será... Porque la princesa está furiosa, 
y S. A. tiene carácter. 

Rey. Es un terco. Ya se ve, con la bella educación que 
se está dando. Trata con sabios , estudia la astrono- 
mía, toca la flauta, hace versos, se cartea con un tal 
Voltaire... Oh ! si este tal viviera en mis estados, ya 
que tanto le gusta meter ruido en el mundo, le haría 
tambor de mi guardia , y le daría con mi bastón en 
los nudillos de los dedos"^ para que menease listo ios 
palillos. 

Hartman. Muy bien hecho sería. 

Rey. Pero ya se hace tarde... Volvamos á palacio. [A 
Hartman.) Esta noche, me acompañareis en mi ron- 
da... tres días hace que no recorro los puestos. [A un 
o/?c¿fíL) Oid vos: quiero desde mañana que para la 
guardia de ese palacio donde reside la princesa Isabel, 
se elijan los granaderos mejores mozos , y que se 
pongan centinelas en todas las puertas , hasta en esa 
que dá al parque: es un puesto de honor. 

Hartman. Luego Y. M. no está contento con el centi- 
nela que hay ahora? 

Rey. No mucho... Yamos. [Yase con Hartman y los ofi- 

- dales. 



ESCEiNA ÍL 

ULRIGO. 

Que no está contento!... Vaya un gusto delicado!... 
Pues esta talla, esta planta..", hay algo que pedirles?... 
Mejores chicos que yo los habrá en Prusia; pero á fé 
que me las apuesto con los mas pintados; y sino que 
lo diga mi hermosa Ida... Esa sí que es una real mo- 
za... Qué cuerpo! qué ojos!... Es la perla de las mo- 
distas de Berlin... y de toda la confederación germá- 
nica... Pues esa perla, señor rey, se muere por mis 
pedazos y me casaré con ella, sépalo Y. M. No me 
fallan ya mas que dos requisitos... El consentimiento 
de su padre, y mi licencia absoluta... Ahí que no es 
nada ! En cuanto al consentimiento, el padre dice no- 
nes!... y la licencia también me la niegan. Estamos 
frescos... Por vida de!... Ahora me estará esperando 
en la fuente, tiritando de frió... llorando tal vez... y 
yo estoy aquí hecho un poste , puesto á enfriar y sin 
mas compañía que mi fusil... Maldito oficio !... Bien 
podré no agradar al rey Guillermo, pero su servicio 
me gusta á mí mucho menos. Si me atreviese á hablar- 
le... Algo le podría yo decir de lo que pasó cierto dia 
entre él y mi padre "^el sargento Ulrico... y entonces 
no haría mucho en concederme mi licencia , y algo 
mas. Pero, qué!... si tiene un gesto... una cara de 
pocos amigos... Cuando se acerca á mí, me entra un 
temblor... la lengua se me traba... y ya no tengo re- 
solución para nada... Está visto; solo debo contar 
conmigo para lograr mi boda... Pero gente viene... 
pronto, al puesto. 

ESCENA líí. 

üLRlCO. FEDERICO. 

Federico. [Sale con precaución, embozado en una capa.) 
En fin , ya estoy libre , á pesar del rey mi padre ; y 
lo que es por esta vez , no ha de atraparme. 

(lírico. Qué vendrá á hacer aquí ese prógimo? 

Federico. Quieren que me humille ante la princesa, que 



la pida perdou... iMi padre se equivoca si piensa que 
he de ceder. Mañana dejo esta capital... y á los tres 
dias habré pasado la frontera. 

Ulrico. Parece que espera á alguien. 

Federico, Solo me apura hallar un asilo para esta no- 
che. Calle! no sería malo refugiarme en el palacio 
mismo de la princesa... El lance tendria chiste... Co- 
nozco todos sus escondrijos, y... Luego, quién sa- 
be ? Acaso lograré verla sin-qúe ella lo sepa; y aun- 
que estoy decidido á no casarme , no me pesaría co- 
nocerla... Pero es imposible entrar. Hay centinelas 
en todas partes... hasta en esa puertecita del parque 
donde nunca se han puesto. [Se acerca á la puerta.) 

Vírico. Se acerca: aquí de mi consigna. (Aíío.)Eh! pai- 
sano... atrás! 

Federico. Es que... 

Ulrico. Largo de ahí. 

Federico. Terrible estás. 

Ulrico. Mucho que sí. Este es mi genio. 

Federico. No puede uno mirar siquiera esas tapias? 

Ulrico. A distancia de cincuenta pasos... es la consigna. 

Federico. Te chanceas : no es tan severa tu consigna. 

Ulrico. Si pensáis saberla mejor que yo, por qué no 
hacéis por mí la centinela? 

Federico, (ip.) No es mala idea. [Alto.) Pues bien, si 
quieres , la haré. Dame el fusil. 

Ulrico. De veras? 

Federico. De veras... Y en prueba de ello, toma este 
federico de oro. 

Ulrico. Está bien... Hé aquí cómo respondo á vuestra 
oferta... Una... dos... (Le cala la bayoneta.) Atrás ! 

Federico. Insol... (ip.) Qué hago?... Esponerme á que 
me conozcan. 

Ulrico. Ofrecerme dinero!... A mí!... A un soldado! Y 
estando de centinela ! 

Federico, (ip.) Yeamos si es como otros muchos , cuya 
fidelidad depende solo del precio á que se la compra. 
[Alto.) Camarada, te he ofendido ofreciéndote solo un 
federico... pero, si quieres, te daré un bolsillo lleno 
de oro. 

Ulrico. Un bolsillo !... Ya es otra cosa... eso merece un 
tiro... Allá va. [Le apunta.) 



8 
Federico. Detente. [Retrocediendo.) Es im diablo vesti- 

tido de granadero. 
Vírico, Hola, hola I señor caballero... Queréis seducir 

á los granaderos de Federico Guillermo?... Aunque 

fuerais el principe real en persona, lo mismo suce- 
dería. 
Federico. Osarías?... 
Vírico. No que no. 

Federico. Y si te mandaba dar cien palos en recompensa? 
Vírico. Él!... A mí?... Bien se ve que no le conocéis. 

Otra cosa haría. 
Federico. Qué? 
Vírico. Hacerme cabo. 
Federico. Tienes razón... Sería indigno de Federico el 

castigarte por cumplir con tu obligación... Te doy 

gracias en su nombre por el buen concepto que tienes 

de su lealtad... Toma este bolsillo. 
í7/nco. Otra! 
Federico. Antes te lo ofrecía como precio de la traición, 

ahora te lo doy en recompensa de tu fidelidad. 
Vírico. Atrás!... Un soldado no toma nada cuando está 

sobre las armas. 
Federico. (Tirando el bolsillo al suelo.) No importa: 

tuyo es; la disciplina no impide bajarse para recoger 

el dinero que se encuentra. 
Vírico. [Áp.) Eso ya es otra cosa. 
Federico. No lo tomas? 
Vírico. Con la mano, no... Pero bien puedo poner el 

pié encima. [Lo hace.) 
Federico. Abur. [Ap.) Vamos á buscar en otra parte 

un asilo. [Vase.) 

ESCENA IV. 

uLRico, recogiendo el bolsillo. 

Algún inglés será sin duda... Siempre he oido decir que 
esos isleños llevan bolsillos prevenidos para arrojar- 
los á las gentes... Es una manía nacional, y mejor es 
esta que otras... Diablos! Todo es oro! Hay aquí de 
que hacer á un hombre rico!... Bravo! Ahora sí que 
podré presentarme al padre de mi querida y decirle: 



9 

«Tío Nataniel, amo á vuestra hija... tengo cuanto hé 
menester para hacer su felicidad...» y lo demás que 
se sigue... Pero, qué veo? Otro bulto?... 1 tiene 
faldas! Si será?... Sí... ella es; Ida... la misma. 

ESCENA V. 

ULRIGO. IDA. 

Ida. Ah! sois vos? Qué hacéis ahí?... ya os podía yo 
estar esperando en la fuente. 

Ulrico. Qué quieres, hija?... No lo puedo remediar... 
Me han puesto aquí de centinela, y espero á que ven- 
ga el relevo , pensando en tí para que se me haga mas 
corto el tiempo. 

Ida. De veras?... Pobre Ulrico... y yo que te estaba 
echando mala fama! 

Ulrico. Ahí verás... Es cierto que también debías tu 
estar muy fastidiada mirando correr el agua de aque- 
lla fuente. 

Ida. Y estaría mirándola todavía á no haberme llamado 
la maestra para traer este gorro á la princesa Isabel. 

Ulrico. Apuesto cualquier cosa á que siempre que veías 
á lo lejos algún militar... algún buen mozo... te brin- 
caba el corazón... y decías... Él es!... pero el buen 
mozo pasaba , y no era Ulrico. 

Ida. Nada de eso : mi corazón no se engaña ; y cuando 
te estoy esperando , pasarían á mi lado todos los bue- 
nos mozos de Prusia, sin que yo dijese: ese es Ulri- 
co... Oh! te conozco demasiado bien para equivocar- 
te con otro. 

Ulrico. Qué mona! qué hechicera!... Te vas á quedar, 
no es cierto? Haremos centinela juntos... Tenemos 
aun para mas de una hora... Hace frió... pero no im- 
porta... hablaremos de nuestro amor... te prestaré mi 
capote... y esto nos calentará. 
Ida. Quedarnos aquí?... no por cierto... ahora mismo 

tienes que venir conmigo. ' 
Ulrico. Adonde? 

Ida. A casa de mi padre. 
ZZ/nco. No puede ser ahora. 
Ida. Sí tal , que corre prisa. 

9 



10 

(lírico. Corre prisa? 

Ida. ¥ tanta... se trata de nuestra boda. 

(lírico. Has hablado de mí á tu padre? 

Ida. Sí!... y se ha puesto hecho una furia. 

(lírico. Cómo se entiende? 

Ida. Me ha regañado , y me ha dicho que no seré nun- 
ca tu mujer. 

(lírico. Habráse visto un zopenco semejante! 

Ida. Ya sabes que es siempre del último que le habla... 
Blum , el herrero , que también me pretende , le lle- 
vó esta mañana á la taberna... le achispó un poco... 
y como mi padre tiene la mona sensible , lloró al oír- 
le hablar de su amor y le prometió mi mano... Esta 
noche á las diez debe firmar el contrato. 

(lírico. Y me lo dices con esa calma?... Conque es de- 
cir que me quedaré tocando tabletas ? 

Ida. Así será , como no te des prisa y vayas á hablar á 
mi padre... Pero ha de ser ahora mismo... sin perder 
tiempo... pintándole tu desesperación... y sobre to- 
do, emborrachándole un poco. 

í//nco. Eso se dice fácilmente... pero del dicho al he- 
cho... y cuando un hombre está de centinela... 

Ida. Se trata de nuestra dicha. 

(lírico. Sí... pero el cabo no tiene cuenta con eso... Pa- 
ra la consigna no hay dicha que valga... Le plantan á 
uno aquí, y mas que se le lleve el diablo... Pues es- 
tamos frescos!... También tengo yo la culpa por no 
haber pensado nunca en emborrachar á tu padre... 
Ya se ve: no soy aficionado al vino... y luego, á po- 
co que beba, se me sube á la cabeza.", y me pongo 
así... Por vida de!... Estoy por clavarme la bayoneta, 
y... sí, sí, mejor será... Espera... mira... 

Ida. Qué haces? 

(lírico. No quieres?... 

Ida. Estás en tu juicio? 

(lírico. Pues lo dejaremos para otro dia... También es 
cosa de desesperarse... precisamente cuando acababa 
de tener un fortunon... 

Ida. Qué fortunon? 

(lírico. Mira... mira... este bolsillo... lleno de oro... 
todo es mió. 

Ida, Jesús! cuánto!... y quién te ha dado tanto dinero? 



11 

vírico. Uü iugiés... guapo chico! Si ai menos no se 
hubiera marchado... él, que queria que yo le dejase 
hacer centinela por mí... 

Jda. Hiciste mal en negarte, 

Ulrico. Era mi deber... entonces se trataba solo de mi 
fortuna... pero ahora estás tú de por medio, y ya es 
otra cosa. 

7díi. Aguarda... me ocurre una idea. 

Ulrico. Cuál? 

Ida. Dame tu capote y el fusil... yo me quedaré por ti! 

Ulrico. Quita allá ! Cómo habias tú de poder?... 

Ida. Sé yo también hacer el ejercicio... voy todos los 
domingos á la parada de palacio... dame y verás. 

Ulrico. Por gusto... ahora que nadie pasa... veamos qué 
maña te das... Toma. 

Ida. (Tomando el fusil.) No tiene tanto que hacer... 
Mira. Así marcha la tropa... Tram... ram... pata- 
plan... plan... [Marcha con el fusil al hombro y ha- 
ciendo que toca el tambor.) 

Ulrico. (Clareando el paso.) Un... dos... un... dos... 
un... dos... Bien... muy bien. 

Ida. Alto! (Separa.) Por "la derecha... alinear... (Hace 
como que se alinea con otros.) Firme ! 

Ulrico. Perfectamente!... es un diablillo esta mujer! 

Ida. Descansen... arm!... en su lugar, descanso... 
Ahora la gorra de lado... (Ulrico se quita la suya y 
se la pone.) Se apoya uno en el fusil... y se retuerce 
el bigote... 

Ulrico. Eso sí que te desafío á que lo hagas. 

Ida. Es verdad... no hay nada... Firme!... Al hombro, 
arm!... marchen!... Rataplán... plan... plan... 

Ulrico. Bien... un... dos... un... dos... alarguen el pa- 
so... oblicuo á la derecha... un... dos... de frente... 
Bravo!... Parece un veterano... 

Ida. Alto!... Calen!... uno... dos... Al hombro... uno... 
dos... Preparen... apunten... fuego... pun!... Al 
hombro, arm!... Marchen!... (Hace todo lo que dice, 
y vuelve á marchar imitando el tambor.) 

Ulrico. Basta... basta... Federico Guillermo no tiene 
mejor granadero en todo su ejército... Bien te se pue- 
de confiar un puesto. 

Ida. Es decir que me vas á dejar el tuyo? 



12 

Vírico. Pero cómo quieres?... La diferencia de talla... 

Ida. No importa, me pondré de puntillas cuando pasen. 

Ulrico. Crees que tu padre consentirá?... 

Ida. El caso está en cogerle por el flaco. 

Ulrico. Si en eso consiste, le haré beber hasta que que- 
de hecho una cuba... Pero dejar mi puesto!... Sabes 
tú lo que eso me puede valer? 

Jda. Si vacilas, mañana me verás mujer de otro. 

Ulrico. Pues ya no dudo... Al fin y al cabo, qué arries- 
go? Entre ser fusilado y perderte, no veo maldita la 
diferencia... Lo mismo es para mí... Además, ya es 
de noche; con la oscuridad no podrán distinguir... 
Estoes hecho... pecho al agua... Marcho, pero no 
tengas cuidado; volveré antes del relevo... Aquí tie- 
nes el capote... Cúbrete bien con él. Adiós. [Race 
ademan de irse.) 

Ida. Oyes! Y la consigna? 

Ulrico. Tienes razón... se me olvidada... Te pasearás á 
lo largo ó á lo ancho , como mas te acomode... No de- 
jarás que entre ni salga nadie por esa puerta, y gri- 
tarás atrás! á todos los que pasen. 

Ida. Bien... quedo enterada... Yete, y ánimo. 

Ulrico. Animo tú también, amada Ida... mas para que 
los dos lo tengamos, dame un abrazo. 

Ida. Toma. (Se abrazan.) 

Ulrico. Ahora... hasta luego. [Vase.) 

ESCENA YL 

IDA. 

Quiera Dios que no sea el viaje en balde!... Porque la 
verdad, ahora que me encuentro sola, el lance me 
parece serio: en buena me he metido... delante de él 
la echaba de valiente para animarle, pero por den- 
tro andaba la procesión, y ahora sobre todo, no las 
tengo todas conmigo... Qué diablo ! fuera miedos: al- 
go ha de hacer una para casarse... y cuántas quisie- 
ran salir del paso con una guardia! Animo, Ida; aquí 
es preciso tener el alma atravesada, y si alguien pa- 
sa, dar el quién vive, y echarle roncas, y pegarle un 
íiro aunque sea el lucero del alba. Cuánto pesa este 



13 

fusil ! No es mala aguja para una modista ! Oigo rui- 
do... no es nadie... Sí , por allí creo!... hace una no- 
che tan oscura... Si la plaza se queda desierta, malo: 
si alquien se acerca, peor... Me va entrando un mie- 
do... Por allí va un hombre... ahora sí que no me en- 
gaño... y viene hacia aquí... Si será algún ladrón? 
Ay ! Yírgen santa, valedme! A poco mas me desmayo. 

ESCENA VIL 

IDA. FEDERICO. 

[Se le habrá visto á Federico atravesar la plaza por 
el fondo y luego volver.) 

Federico. Ya creo que han perdido mis huellas. 

Ida. Pues... un hombre... lo dicho... y se acerca... ja- 
más me atreveré á darle el quién vive. 

Federico. Está visto , están á mis alcances todos los es- 
birros de la policía y todas las patrullas de la plaza... 
No hallo ni una sola casa abierta... y heme aquí otra 
vez delante de ese terrible centinela, á quien en va- 
no intentaría de nuevo seducir. Oh! ese soldado sí 
que es incorruptible... bien puede confiársele un pues- 
to... no lo abandonará. 

Ida. Parece que me mira... es preciso asustarle. (Tose 
como para cobrar ánimo.) Hum ! hum ! 

Federico. Me ha reconocido... y aun creo que me lla- 
ma... si se habrá hecho ahora mas manejable? [Ida 
vuelve á toser.) No hay duda, quiere hablarme. 

Ida. Cosa rara! no se asusta. (Alto.) Atrás! 

Federico. Calle!.,. No es la misma voz... (A Ida.) Di- 
me, amigo... 

Ida. No tengo nada que decir... Largo de ahí... ó me 
enfado. 

Federico. Que te enfadas?... [Ap.) Vaya una amenaza 
bien poco militar... Y luego esa vocecita tan delga- 
da... Si será una mujer?... 

Ida. (Ap.) Hola! Parece que le he infundido un poco de 
respeto. 

Federico. Aquella talla tan baja... no hay duda... es 
mujer... Qué haces ahí, muchacha? (Fencío hacia ella.) 



14 

Ida. Dios mió! me ha conocido! Por Dios, caballero, 
idos por otra calle. 

Federico, Imposible! Y luego, con centinelas como tú, 
le dan á uno tentaciones de forzar la consigna. 

Ida. Yaya una idea!... pues sepa que estoy en un pues- 
to de honor, y que lo defenderé hasta el último sus- 
piro. 

Federico. Bien dicho, valiente! Pero tu resistencia de- 
penderá del sistema de ataque: nosotros los militares 
variamos de táctica según es el enemigo con quien te- 
nemos que pelear. 

Ida. (Ap.) Pues, ahora me va á poner en estado de 
sitio. 

Federico. Pero... no estoy ahora para chanzas... me 
persiguen... y tú puedes salvarme. 

Ida. Lo siento... pero debo guardar este puesto. 

Federico. Te deberé la vida. 

Ida. La vida? [Ap.) Ya me va enterneciendo. 

Federico. (Mirando hacia el fondo.) Que vienen... Con 
tal de que no me hayan visto hablar contigo... 

Ida. Lucidos voy á dejar á los granaderos de la guardia. 

Federico. Una patrulla. 

Ida. Una patrulla!... Y yo que no sé lo que se hace: ül- 
rico se fué sin decírmelo... 

Federico. [Ap.) Aprovechemos la ocasión: es el único 
recurso que me queda. (Alto.) Ha cometido la impru- 
dencia de dejarte en su puesto , sin acordarse de lo 
esencial ? 

Jda. Pues qué, podrá esto comprometerle? 

Federico. No corre mas riesgo que el de ser fusilado. 

Ida. Fusilado! Dios mió!... Cómo saldremos de este 
apuro? 

Federico. No hay mas que un medio... Déjame capote y 
fusil , y recibiré por tí á la patrulla, 

Ida. Pues pronto... tomad... ya llegan. 

Federico. Perfectamente. (Ap.) Me salvé ! 

Ida. (Metiéndose en la garita.) Vaya , que es obra el 
hacer una centinela. 



15 
ESCENA Yin. 

FEDERICO, haciendo de centinela, ida, en la gañía. Un 
sargento y algunos soldados de patrulla, 

Federico. Quién vive! 

Sargento. Patrulla. 

Federico. Pase la patrulla. 

Ida. [Ap.) El bueno de Ulrico estará ahora sacrificán- 
dose por mí... bebiendo á mas y mejor con mi padre, 
sin pensar en el riesgo en que me veo. 

Federico. Y bien , sargento, qué hav? 

Sargento. Dicen que el príncipe Federico está en Ber- 
lín, y que caerá preso esta noche. 

Federico. De veras? 

Sargento. Por fuerza... todo oficial tiene orden de pren- 
^ derlo donde quiera que le encuentre. 

Federico. Diablo! Y qué quieren hacer con él? 

Sargento. Llevarle á la fortaleza de Spandau, donde es- 
tará tres años incomunicado. 

Federico. Tanto rigor ! 

Sargento. El rey promete una gran recompensa al que 
lo prenda. 

Federico. Pues procurad vos ganarla. 

Sargento. Lo mLsmo digo... Abur. 

Federico. Id con Dios. [Vase la patrulla.) 

ESCENA IX. 

FEDERICO. — IDA. 

Ida. (Saliendo de la garita.) Ya se fueron! cuántas gra- 
cias os doy! Me habéis sacado de un terrible apuro. , 

Federico. Sí, hija mía: pero favor por favor... y como 
puedes á tu vez servirme... 

Ida. Antes quisiera que hicieseis otra cosa por mí. 

Federico. Cuál? 

Ida. Cuando prometí á Ulrico aguardar aquí hasta su 
vuelta, olvidé que tenia que llevar á la princesa Isa- 
bel el gorro y las flores que están en esa caja de 
cartón. 



16 

Federico. Hola ! entras en casa de la princesa de Bruns- 
wick? 

Ida. La conocéis vos? 

Federico. No... pero me han dicho que es una mujer 
alta , rubia, sosa, altanera y de mal genio. 

Ida. Ella mal genio!... precisamente tiene trazas de to- 
do lo contrario. Es buena, afable, con un mirar tan 
cariñoso... una sonrisa tan amable... eso sí, está algo 
triste... y es natural: con la mala partida que la jue- 
ga ese calavera de príncipe que no quiere casarse 
con ella. 

Federico. Ya se ve; su orgullo estará ofendido: dirá 
mil pestes de Federico. 

Ida. No señor... su corazón es el que está lastimado. 
Creo, en verdad, que ama al príncipe; y la prueba 
está en que la última vez que la vi , me dio un fede- 
rico de oro diciéndome lo que repite á todos : « rogad 
por la felicidad de la Prusia, y sobre lodo, por el 
príncipe real. 

Federico. Te engañas: no es del príncipe real de Pru- 
sia de quien ha querido hablarte. 

Ida. Si tal... he visto su retrato en un medallón que lle- 
vaba , y lo guardó queriendo ocultar su conmoción al 
hablar "^de Federico. 

Federico. De veras? (Ap.) Apenas puedo creer... No 
cederé, ciertamente; pero deseo conocer á una mujer 
que hace en mi nombre tantos beneficios. 

ida. Conque vamos á ver: concluiréis de hacer la cen- 
tinela por mí? 

Federico. Al contrario, hija mia; ahora te toca á tí pa- 
garme el servicio que te he hecho... Toma tu fusil y 
tu capote. (Se los devuehe.) 

Ida. Qué diablos he de hacer con ellos? 

Federico. Ahora verás. Lo primero, vuélvete... mira 
hacia allí... sin pestañar... Prométeme no volver la 
cabeza para ver el camino que tomo. 

Ida. Eso es faltar á mi consigna. 

Federico. O haces lo que te digo , ó te descubro y fusi- 
lan á tu amante sin remedio. 

Ida. Ay! me horrorizo... Ya os obedezco, ya os obe- 
dezco. (Se coloca como Federico le ha indicado.) Es 
esto? Estoy así bien? 



17 

Federico. Sí... no te muevas... (.4p., escalando el muro.) 
Por fin, me escapé! 

Ida. Bella postura para un granadero!... {Ap.) Dónde 
se irá?... si pudiese verlo, así, con el rabito del ojo... 
{Volviéndose y viendo á Federico encima del muro.) 
Dios mió ! Qué hacéis ahí? 

Federico. Silencio! [Desaparece detrás de la tapia.) 

Ida. Tómesela plaza por asalto... Bueno ha quedado 
mi honor militar... Aguardad... aguardad... Ya ha 
desaparecido... Saltar las tapias! Y de noche! Qué 
horror!... A haberlo sabido, me hubiera defendido 
hasta la muerte... [Corre hacia la puerta y procura 
mirar por el agujero de la cerradura.) Caballero!... 
caballero!... Sí, échale un galgo... Qué diablos irá á 
hacer dentro de ese jardín? 

ESCENA X. 

IDA. EL REY. HARTMAN. 

[Bartman lleva una linterna que oculta debajo de la 
capa. Siguen algunos soldados cine se quedan en el foro.) 

Bey. Bien... muy bien... estoy contento... todas las 
centinelas están en sus puestos... solo este me falta 
que inspeccionar. 

Hartman. [Ap.) Yamos, parece que esta noche no ten- 
dremos ningún castigo: de estas entran pecasen libra. 

Ida. [Mirando siempre por la cerradura.) Si será algún 
ladrón ó algún conspirador ? 

Rey. Por qué no dará el quién vive aquel soldado? 

Hartman. Será que no nos ve. 

Rey, Cómo nos ha de ver, si está vuelto de espaldas? 

Ida. Y ese diablo de Ulrico que no vuelve ! 

Rey. Alzad un poco la linterna, señor consejero. Mucho 
me engaño , ó aquel granadero no tiene la talla. 

Hartman. Eso será un efecto de perspectiva. 

Rey. A ver , á ver... acercaos. 

Hartman. [Ap.) Este señor me trae hecho un fanal am- 
bulante. 

Rey. [Gritando al oído de Ida.) Granadero! 



18 

Ida. (Volviéndose asustada.) Ay! eh?... [Ap.) Otro sar- 
gento ! soy perdida. 

Rey. Calle ! este granadero no tiene bigotes. 

Ilartman. Pues esa es prenda que no se puede dejar ol- 
vidada en el cuartel. 

Rey. [A Ida.) Con que es decir , señor soldado , que no 
sabéis vuestra obligación? 

Ida. Si tal, sí... (áp.) Qué haré? [Presentando las ar- 
mas.) Quién vive ! 

üartman. Yaya una vocecita rara la que tiene. 

Rey. Pues lo que es la maniobra me gusta... Aquí hay 
gato encerrado. 

¡da. [Af.) No , sino gata. 

Rey. A ver... dadme esa luz. [Coge la linterna.) 

Ida. [Ap.) Temblando estoy... Si no doy conmigo en el 
suelo... 

Rey. [A Ida.) Acércate, blanquillo... [Mirándole con la 
¡interna.) Por vida de los demonios!... si es una 
mujer ! 

Ilartman. Una mujer ! 

Rey. Ea, responde... Qué sexo es el tuyo? 

Ida. El femenino, señor sargento. 

Rey. Señor sargento! Ni aun siquiera conoce á su rey! 

Ida. {Cayendo de rodillas.) El rey!... Ah! perdón. 

Rey. Bien está... ya veremos... Dime primero de qué 
regimiento eres. 

Ida. Del regimiento de las modistas. 

Rey. De las modistas ! 

Ilartman. Regimiento de nueva creación. 

Rey. Y qué hacías ahí?... Dime la verdad, porque 
si no... 

Hartman. [Ap.) Pobrecilla ! es capaz de tratarla mili- 
tarmente. 

Ida. La verdad?... Sí señor, la diré... Yo soy una don- 
cella honrada. 

Rey. Ya se conoce... pero qué hacías? Pronto. 

Ida. Ocupaba el puesto de mi futuro esposo, que ha ido 
á beber con mi padre para tratar de nuestra boda. 

Rey. Y un granadero abandona su puesto ! 

Ida. Ha sido por culpa mía, señor... yo se lo aconse- 
jé... Pero lo guardaba tan bien, que venia á ser lo 
mismo. 



19 

jlartman. [Ap.) Ya se conoce. 

Rey. Así se observa la disciplina!... esto requiere un 
escarmiento. 

Ida. Señor... 

Bey. Un ejemplar castigo. 

Ida. Señor... (Ap.) Me hace temblar. [Alto.) Esto no es 
nada... y pronto se remedia. Si queréis, le iré á bus- 
car... volverá á tomar su fusil... y como si tal cosa. 

Bey. [Sin atenderla.) Señor consejero, vais á llevar á 
este soldado de contrabando al primer cuerpo de guar- 
dia... y en cuanto al otro delincuente, mañana será 
juzgado en un consejo de guerra. 

Ida. Yo á un cuerpo de guardia... y él á un consejo de 
guerra!... Ah! señor, no tendréis tan malas entrañas. 

Bey. Ejecutad mis órdenes. Quitadme de delante á esa 
mozuela... Y como el puesto no puede quedar desam- 
parado, yo soy quien lo guardaré... tengo capricho 
de ver la cara que pondrá el desertor cuando vuelva 
á ocuparlo. 

Jda. [Ap.) Pues... se ha empeñado en ello... 

Hartman. Qué, señor, se humillará V. M. hasta hacer 
Jas veces de un soldado? 

Bey. Callad... no digáis desatinos. A pesar de su alta 
dignidad, un rey no es mas que un soldado; y cuan- 
do se trata de velar por el bien de la patria, "él es la 
primera centinela... Lo dicho dicho : lleváosla. 

Ida. Señor... por piedad... oidme. 

Bey. Basta... no hay que replicar. Señor consejero, 
mandad ese piquete... y marchaos. 

Hartman. Obedezco. [Ap.) Ahora quiere que haga el 
oficio de cabo... Demonio de hombre! Hace tal pota- 
ge de empleos y grados!... [Alto.) Granaderos... por 
el flanco dereclio... á la derecha. Hileras de frente... 
marchen. [Vase con los soldados.) 

ESCENA XI. 

EL REY. Luego ULRICO. 

Bey. Ese necio de consejero que imagina, que con esto 
comprometo mi dignidad... Si no velase tanto en la 
observancia de la disciplina ^ qué sería de mi ejercí- 



20 

to?... Sí, sí: castigaré á ese soldado... no habrá per- 
don para él. Pero alguien viene... firme! 

Ulrico. [Saliendo algo achispado.) Pues señor, bebí... 
vaya un vino !... Y yo que temia achisparme! No era 
mala tontuna... Antes estaba triste, y ahora todo bai- 
la al rededor de mí. Cuando uno tía bebido cuatro 
tragos , no parece sino que todo el mundo ha bebido 
también. 

Uey. Pues lo que es este, no está ciertamente en ayunas. 

Ulrico. No sé si es el vino el que hace dar vueltas á las 
casas, ó si soy yo el que ando dando vueltas... ello 
es que estoy buscando hace una hora mi camino, y no 
puedo encontrarlo. 

Bey. Si será el bribón del granadero?... 

Ulrico. Pero ya topé con él... sí... aquel es el puesto 
en c[ue dejé á la linda centinela. Que viva el papá Na- 
taniel con su vino del Rhin!... No sé qué tengo aquí 
en la cabeza... pero me siento capaz de emprenderla 
con el mismo diablo... Ah! allí está mi pobre Ida... 
Chica... aguarda un poco... verás cómo nos reimos. 
(Retrocede un poco.) 

Rey. No es él, según parece... No importa: también 
este dormirá mañana en el calabozo. 

Ulrico. [Después de haber retrocedido hasta los bastido- 
res , vuelve hacia donde está el rey á paso de ataque.) 
Plan... plan... plan... rataplán... plan. 

Rey. Lléveme el diablo ! Pues no quiere tomar el pues- 
to por asalto? 

í//r¿co. Alto!... Acpii estoy yo. 

Bey. Eh! qué es eso? 

Ulrico. Cómo se te ha tomado la voz... estás acatarra- 
da? No lo estraño... tendrás frió, paloma. 

Bey. [Ap.) Si supiera con quién habla! 

Ulrico. Pues hija... sabrás que he visto á tu padre... 
que hemos bebido... si... bebido tal cual... un poco 
mas de lo regular... pero qué habia de suceder?... El 
papá empezó á ablandarse á la primera botella... á la 
segunda, ya no decia que no... á la tercera , me mi- 
raba con una cara de risa... y á la cuarta, zas! me 
concedió tu corazón y tu mano... Conque, asunto con- 
cluido... ya puedo hoy abrazarte sin remordimiento 
de conciencia... y el domingo nos casamos. 



21 

Rey. [A'p.) Eso lo veremos mañana en el consejo de 
guerra. 

Vírico. Solo queda en pié una dificultad... Pero ahora 
que sé lo que puede. el vino... y que con él me hago 
valiente... verás... Un dia de estos correré un bro- 
mazo... beberé á tente bonete... y cuando la cabeza 
se halle... así... alegrilla... es decir... cuando esté 
hecho un hombre decente... presentable... entonces 
iré á buscar al rey, y... 

Rey. [Ap.) Hola ! esto va ya picando en historia. 

Ulrico. Y por mas que me mire con aquellos ojos tan 
feos... y alce el bastón de las grandes maniobras... le 
diré : señor , el hombre no tiene mas que una pala- 
bra, y el rey , voto á brios , es un hombre como otro 
cualquiera. 

Rey. [Ap.) Adonde irá á parar? 

Ulrico. El negocio es este, en dos palabras... Por mas 
rey que sea Y. M. , estarla ya muerto y enterrado si 
en el sitio de Stralsund un valiente granadero no se 
hubiese puesto entre vos y el sable de un húsar de 
Carlos doce. 

Rey. Qué dice? 

Ulrico. Habíais prometido acordaros del valiente Ul- 
rico... 

Rey. Con efecto. 

Ulrico. Lo que es él , ya nada tiene que pediros... por- 
gue está debajo de tierra... Solo queda de él un hi- 
jo... Este es... el que aquí veis en cuerpo y alma, y 
se os presenta con la hoja de servicios de su padre en 
una mano , y la petición de su licencia absoluta en la 
otra... Yeamos ahora si tiene V. M. buena memoria. 

Rey. [Ap.] Sí... la tengo... pues me acuerdo perfecta- 
mente de aquel rasgo de valor. 

Ulirico. Esto es lo que diré al rey... Mas para ello ne- 
cesito tomar una buena chispa. Qué te parece á tí que 
responderá? 

Rey. Qué responderá? (Con su voz natural.) 

Ulrico. Misericordia! No es Ida... ha desertado el puesto! 

Rey. Quieres saberlo ? 

Ulrico. El rey !... Pues señor... me he lucido. 

Rey. El rey responderá que lo concede todo en recom- 
pensa de un gran servicio : todo , escepto el perdón 



22 

de un desertor, aun cuando el criminal sea hijo át\ 
valiente que le salvó la vida. Lo entiendes? 
(lírico. SL.. sí señor... entiendo muy bien... Eso es pre- 
cisamente lo mismo que no concederme nada. 

ESCENA XII. 

DICHOS. HARTMAN , que sak corriendo, 

Jlartman. Señor, señor, qué noticia! 

Rey. Qué hay? 

fíartman. Dicen que un hombre ha saltado por las ta- 
pias del jardin , y se ha atrevido á penetrar hasta el 
aposento de la princesa Isabel. 

Rey. [Amenazando á Ulrico.) Ves, miserable, lo que 
has hecho con abandonar tu puesto? 

Ulrico. Está visto: no tengo escape. 

Rey. Y está preso ese hombre? 

Hartman. Aun no ; pero voy en busca de refuerzo... 

Rey. Id corriendo. [Vase Hartman^ y se presenta Fe- 
derico á la piiertecita.) 

ESCENA XIII. 

EL REY. ULRICO. FEDERICO. 

Federico. Por fin... 

Rey. [Estorbándole el paso.) Atrás 1 

Federico. Mi padre! 

Rey. Ah! ah! sois vos, principe?... Ya no os escapareis. 

Federico. Escaparme! Dios me libre... no tengo seme- 
jante intención. El puesto se halla esta vez demasia- 
do bien guardado. 

Rey. Me diréis ahora lo que hacíais en casa de la prin- 
cesa? 

Federico. Cumplía, señor, con vuestros mandatos. Pa- 
ra obtener el perdón de mis yerros , he debido que- 
brantar la consigna... No podía desde lejos obtener 
mi gracia, y he venido á impetrarla á los pies de la 
princesa... Vedla aquí firmada por su propia mano. 
(Le presenta un pliego.) 

Rey. Es verdad... Luego consentís en casaros con ella? 



23 

Federico. Ah! padre mió... es tan buena, tan hermosa, 
. tan amable... 
Bey. Basta. 

Ulrico. Eso es: el príncipe está ya contento: solo el po- 
bre soldado es el que pagará el pato. 

ESCENA XIV Y ULTIMA. 

DICHOS, HARTMAN. IDA. OFICIALES. SOLDADOS. 

Hartman. Señor: aquí traigo el refuerzo; y también á 
esta muchacha, pues no sé qué hacer con ella. 

Ulrico. Ida ! 

Ida. Ah ! Pobre Ulrico, estarás enfadado conmigo; pe- 
ro no tengo yo la culpa. Guando los reyes patrullan 
y las modistas hacen la guardia... 

Ulrico. Ya comprendo... te han pillado. 

Ida. Si... por asalto. 

Hartman. Dónde se ponen las centinelas , señor? 

Hey. En ninguna parte. .. el culpable está ya preso. Lle- 
vad esa mujer á su padre , y ese soldado al calabozo 
para ser juzgado mañana con todo el rigor de las 
leyes. 

Ida. Va de veras? 

Ulrico. Ya lo oyes. No te queda mas remedio que ha- 
certe el vestido de luto, pobre viuda mia. 

Rey. Príncipe Federico, para recompensaros de vuestra 
sumisión, os doy el derecho de pedirme una gracia; 
pero como al propio tiempo no puedo dejar sin casti- 
go el medio de que os habéis valido para penetrar en 
el cuarto de la princesa , iréis , antes de vuestro 
casamiento, á pasar quince días en la fortaleza de 
Spandau. 

Federico. Seréis obedecido , padre mió, aunque mi ma- 
yor castigo es ahora pasar quince dias separado de 
mi esposa... Pero antes de marchar os pido el perdón 
de ese soldado, pues no tengo poca parte en su culpa. 

Rey. Eh? (ip.) Él lo ha dicho... Un hombre, y sobre 
todo un rey , no tiene mas que una palabra. [Alto.) 
Concedido. 

Ulrico. De veras? Mi perdón... y mi licencia? 



24 

Rey. Y tu licencia... Algo he de hacer por el hijo del 

valiente Ulrico. 
Ida. Ah, príncipe!... ah, señor !... qué alegría! 
Bey. Bueno, hueno... Pero no vuelva yo á encontrar de 
centinela ningún soldado de ese regimiento. [Señalan- 
do á Ida.) 
Ida. Tiene V. M. razón... La seguridad del Estado se 

vería harto comprometida. 
Ulrico. [Ap.) Aun me queda una poca de chispa: apro- 
vechémosla. [Se acerca al rey llevando la mano á la 
gorra.) Señor... en nombre de mi padre... os pido el 
perdón de vuestro hijo, 
Federico. Qué dice? 

Bey. Yamos : está de Dios que hoy nó he de poder cas- 
tigar á nadie... Lo concedo... Pero en adelante, res- 
peto á la disciplina... porque esta es la última vez 
que perdono. 
Ulrico. Poco me importa... ya tengo mi licencia y mi 
mujer. 

Soy dichoso. 
Ida. No, por Dios: 

aun te falta. 
Ulrico. Qué me queda? 

Ida. Que el público nos conceda 

una palmadita ó dos. 
Ulrico. No es mas que eso? Voto á brios! 

Al público asaltaré. 
Ida. Desatino! Para qué? 

Ni sablazos , ni reniegos 
valen con él... á mis ruegos 
creo mas bien que los dé. 



FIN DE LA COMEDÍA. 



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PUNTOS DE VENTA 

En Madrid, librerías de los Sres. Hijos de D. José Cuesta, 
D. Antonio San Martín, D. Fernando Fe, Salón del Heral- 
do; y en Provincias, en las principales. 

Los pedidos por mayor á casa del Editor, calle de Colu- 
mela, núm. 11, principal. 



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