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Full text of "Biblioteca de autores españoles, desde la formacion del lenguaje hasta nuestros dias"

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BIBLIOTECA 



AUTORES ESPAÑOLES, 

DESDE LA FORMACIÓN DEL LENGUAJE HASTA NUESTROS DÍAS. 



POETAS líricos DEL SIGLO XVIII. 



COLECCIÓN FORMADA E ILUSTRADA 

Por el Excmo. Sr. D. LEOPOLDO AUGUSTO DE CUETO, 

DE LA ACADEMIA ESPAÑOLA. 



TOMO PRIMERO. 




MADRID, 

M. RÍVADENEYRA — IMPRESOR — EDITOR, 



GALLE DEL DCQDE DE OSUNA, O. 



1869 






>oW?G 



BOSQUEJO IIISTÓRICO-CRÍTICO 



DS 



LA poesía castellana EN EL SIGLO XVIII. 



CAPITULO PRIMERO. 

Decadencia política de España al terminar la dinastía austríaca. — Postración artística é intelectual. — Corrupción 
de la poesía lírica. — Carácter análogo que toman los extravíos literarios en las decadencias nacionales, — Sor 
Juana Inés de la Cruz. — Montoro. 

Carlos II espiró el dia 1." de Noviembre de 1700. 

Por una coincidencia harto rara, caminaron esta vez rigorosamente enlazadas la histo- 
ria j sus divisiones cronológicas. Al fenecer el siglo xvii arrastró consigo ante el tribunal de 
la posteridad á la casa de Austria, que pasó sobre España como espléndido meteoro, que em- 
pieza deslumhrando, y acaba destruyendo y aniquilando. Ambiciosa y grande primero ; des- 
pués grande, pero recelosa y sombría; más adelante irreflexiva y frivola; y al cabo indolente 
y supersticiosa, formó, en no largo espacio, una imagen cabal de la grandeza y de la postra- 
ción de los estados. 

Tal vez no haya ejemplo, en la historia de las decadencias nacionales, de un cuadro más des- 
venturado que el que presenta España en los últimos años del siglo xvii y en los primeros 
del XVIII. No hay nación algima que haya expiado tan recia y apresuradamente los engrei- 
mientos de su pueblo y los yerros de sus monarcas. La casa de Austria , ciega y desalumbra- 
da con los triunfos de su primer período, y enredada en su dominación, tan vasta como hete- 
rogénea, condujo la monarquía española, como por una fatal pendiente, al más lastimoso pa- 
radero. En todo el siglo xvii , y singularmente en el reinado de Carlos II, la sociedad española 
se iba disolviendo lentamente , y desmoronándose piedra á piedra el magnífico edificio de su 
grandeza en el glorioso siglo XVl. Dios , el Rey, el honor, las tres palancas poderosas que remo- 
vían y levantaban los ánimos en aquella nación de soldados , de caballeros y de poetas , perdían 
su fuerza ó torcían y desnaturalizaban su impulso. Hasta la fe no era ya la luz divina que 
tan pura y vigorosa habían llevado nuestros conquistadores á las inexploradas regiones de 
América y de Asia : se había anublado algún tanto con escrúpulos supersticiosos , de esos que 
ofuscan el entendimiento y turban la conciencia. 

Desviada la nación de la senda política y administrativa que , en el movimiento general de 
la civilización europea, le señalaban sus peculiares circunstancias, no perdió su vitalidad na- 
tiva , porque ésta no muere fácilmente en razas de tan robusto temple ; pero quedó en aquel 
tiempo como embargada y adormecida. 

La historia literaria, que , entonces como siempre , caminaba al lado y al impulso de la his- 
toria política , no presenta un aspecto menos lamentable y vergonzoso. La esterilidad intelec- 
tual ha de reinar irremediablemente allí donde la sociedad entera ve cegadas las fuentes de su 
acti\TÍdad y de su gloria. Las letras , pobres y desnaturalizadas como la nación que las produ- 
j, Ps,-xviu, a 



vi BOSQUEJO HISTÓiaCO-CRlTICO 

cia, habían caído en un abismo verdadero de afectación y de artificio, y como no pedia dejar 
de suceder, las ciencias y las artes liaLian venido a parar al mismo lastimoso estado de agonía 
en que se hallaba, herida de una decrepitud precoz y acelerada, la lozana y esplendorosa 
monarquía de Isabel la Católica, de Carlos V y de Felipe II. La poesía lírica, flor delicada 
de épocas tranquilas y risueñas, ó centella ardiente de tiempos borrascosos, ¿cómo había de 
prosperar en una atmósfera sin luz, sin vida y sin calor? No canta ya los sentimientos, las 
ideas, los recuerdos y las ilusiones nacionales. Había quedado reducida á un enredado y mo- 
nótono laberinto de ridículos conceptos , de narraciones chocarrerr.s , de monstruosas hipérbo- 
les, de agudezas sin intención ni alcíince moral, de alambicamientos peregrinos, expresados 
en frase más peregrina todavía. Hasta la poesía religiosa, que no vive sino con la dignidad del 
pensamiento, con la sencillez de la expresión, con la magnificencia de las imágenes, se halla- 
ba pervertida y ahogada en aquel raudal de retruécanos y de trivialidades. De ello dan claro 
testimonio el cúmulo de villancicos chabacanos, y alguna vez indecorosos , que inundaban la 
nación entera , y las poesías sagradas familiares de Montero y de tantos otros , que lastiman 
la majestad de la religión y la veneración que se debe á las cosas del cielo. 

Las épocas de verdadera grandeza y espontaneidad literaria son raras y efímeras en la historia 
de todas las naciones. Nuestra alta poesía nacional , esencialmente épica y dramática , pasó con 
los romanceros y con el opiúento y magnífico teatro español del siglo de oro. La nmsa estric- 
tamente lírica, salvas escasas excepciones , no tuvo nunca, ni aun en sus más brillantes perío- 
dos , el sello de la creación nativa , el brioso y absoluto desembarazo que acompañan siempre 
á la literatura profundamente original. La antigüedad pagana, Pro venza y Cataluña, Italia, 
Francia en épocas posteriores, asoman, en más ó menos embozada manera, en casi toda 
nuestra poesía lírica , y hasta en aquellas composiciones que , inoculado, por decirlo así , el 
gusto extranjero en el ánimo del poeta , están revestidas de formas tan fáciles y natm-ales, que 
parecen á los inadvertidos emanación genuina del estro castellano. 

Si bien con agi'avantes alteraciones , reinaba cual nunca en las letras españolas el deijrava- 
do gusto de los conceptistas y de los cultos, que tanto habían contribuido á arraigar en nues- 
tro suelo Ledesma, Gracian, Góngora y otros deliberadamente, y grandes ingenios, como 
Lope de Vega (1), Calderón y Quevedo, que, al paso que condenaban por reflexión é ins- 
tinto tales extravíos , se rendiaii de cuando en cuando, y como á pesar suyo , á la influencia 
invasora del contagio. 

Importante sería para la historia literaria de nuestro país desentrañar las causas masó me- 
nos visibles é inmediatas de aquel desvío del buen gusto y del recto sentido; desvío que tras- 
cendió con seducción irresistible á la poesía , á la historia , al pulpito , á la sociedad entera. 

No cuadra á nuestro especial objeto entrar ampliamente en este interesante examen relati- 
vo á épocas anteriores. No podemos menos, sin embargo, de hacer notar cuan mal compren- 
dida fué en las contiendas críticas del siglo xviii el verdadero origen y la índole peculiar de 
aquella corrupción literaria, cuya eficacia dejó en las letras españolas rastros tan profundos, 
que tal vez duran todavía. Al recordar las ruidosas polémicas sustentadas en Italia acerca del 
cultismo por Bettinelli , Tiraboschi , los abates Andrés y Lampillas , y otros literatos esclare- 
cidos , los hombres de la edad presente nos soi'prendemos del fervor exorbitante que se em- 
pleaba en tales controversias , á par que de los argmnentos , especiosos ó mal asentados , que 
tomaban el carácter sofístico y los ímpetus de la pasión. 

Errando el camino de la verdadera crítica filosófica , y olvidando la grave y severa sencillez 
que habian manifestado en felices tiempos los principales escritores españoles, achacaban los 
italianos á España la corrupción del buen gusto en las letras europeas , desde la antigüedad 

(1) Son curiosos documentos, para la inteligencia nares, de Segovia, 13 de Noviembre de 1624 ; con 

de esta cuestión, la Cemura de Lope de Vega Car- la replica de Lope impresa enZa Circe, año de 1G24, 

pió, impresa en su Filomena (1621), sobre la poesía y la contestación de aquél, 23 de Abril del mismo 

culta , y Reítpuesto dd licenciado Diego de Colme- año de 1624. 



í\ 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL vn 

romana; y presentaban esta corrupción como una dolencia crónica, inherente al suelo y al clima 
de España , que habia inficionado á Italia en la época de su dominación. Voluminosos libros 
se escribieron con tan estéril y enfadoso designio. Eéplicas iorualmente briosas y eruditas se 
escribieron asimismo, mereciendo la palma entre ellas las del abate Andrés y del jesuita ca- 
talán don Francisco Javier Lampillas. Pero ni las acriminaciones intempestivas ni las doctas 
investigaciones, alcanzaron á iluminar con luz clara y cabal el objeto de la reñida controversia. 
Los italianos se empeñaban sin tino en atribuir meramente á tendencias nacionales lo que sólo 
podia y debia explicarse por las leyes ñitales de las decadencias literarias. Por aquellos mismos 
tiempos en que tan preponderante se hallaba en España la perversa manía del goi^goñsmo la 
Inglaterra, cuyas influencias de raza, de clima y de costumbres difieren tan esencialmente de 
las influencias análogas de España , se hallaba inundada por el torrente del eufuismo, gerigon- 
za simbólica, compuesta de metáforas y conceptos, que podia disputar á los conceptistas italia- 
nos y españoles la palma de la extravagancia. Escasos hubieron de ser á la sazón el roce y la 
comunicación recíproca de las literaturas inglesa y castellana , y sin embaro-o, llama la aten- 
ción la semejanza de los extravíos en que ambas cayeron, caminando, al parecer, por distinto 
rmnbo. El famoso Johu Lilly fué en Inglaterra el legislador del estilo metafísico y figurado, 
como lo fué Gracian en España, como lo fué en Italia el Conde Manuel Thesauro en su An- 
teojo Aristotélico. El pedantesco libro de Lilly Euphues and kis England {1) , si bien con 
forma diferente, es digno compañero de Agudeza y Arte de ingenio y otros códigos del estilo 
culto. 

A causas generales , que se ven patentes en ciertos períodos de la historia literaria de todas 
las naciones, y no á influencias determinadas y locales, hay que atribuir los grandes vicios 
que , en tiempos infelices , alteran y depravan las letras. 

Entre los desvarios tenebrosos de Licofron , el Góngora de la corte de los Tolomeos ; las 
afectadas metáforas de los poetas de Bizancio, que cultivaban los acrósticos, y otros juegos de 
forma que habrían figurado dignamente en la Poética de Rengifo ; el lenguaje alambicado de 
Marcial , las declamaciones de Ju venal , el aparato ostentoso de imágenes y de relumbrantes 
palabras de Lucano (2); el eufuisnio de Inglatera, el conceptismo de Ledesma, el culteranismo 
de Góngora, las primorosas y cortesanas sutilezas del caballero Marini, la afectación de la plé- 
yade francesa del tiempo de Luis XIII; y por último, el hel-esprit de las précieuses del Hotel 
de Rambouillet y de la refinada corte de Sceaux, hay afinidades incontestables, lazos visibles, 
que los hermanan y confunden. Son consecuencias, más ó menos semejantes, de una de dos 
causas: ó una civilización literaria en embrión, ó una cidtura intelectual deofenerada. La hin- 
chazon y el simbolismo á la usanza oriental asoman en las letras griegas cuando pierden 
éstas su espontaneidad y su fuerza. Del mismo modo la literatura enfática é hiperbólica de los 
árabes deja en las naciones occidentales un rastro tradicional tan hondo y tan tenaz, que no 
sólo reina en largos é importantes períodos del renacimiento y de la era moderna , sino que, 
cuando parece borrado irrevocablemente por el gusto y el buen sentido, renace de improviso 
en la lira de Víctor Hugo y de otros poetas de imaginación exuberante. 

Carlos II, juguete de ambiciosos cortesanos, caminando en todo sin norte y sin constancia, 
indeciso, obcecado, moribundo, fué lamentable emblema de su propio reinado. En esta época 
de transición y de marasmo no hay que buscar poesía que merezca tal nombre. El pensa- 
miento no vuela á los espacios su])limes del idealismo; no entiende ni analiza los impídsos 
generales de la humanidad , ni los privativos de la patria ; no se concentra en la emoción in- 
dividual , de donde brotan el placer, el éxtasis , el llanto ; no sabe siquiera describir con since- 
ridad, pintar la naturaleza con los colores vigorosos que reflejan la admiración y el entusias- 

(1) Walter-Scott da clara idea de las extiavagau- poésíe de l'époque. (D. Nisard, Les poetes laiins da 
cias del evfuismo en su novela El Monasterio. la décadcnce.') 

(2) Ces contorsions Uttéraires qu'on appelait la 



vm JBOSQUEJO HISTÓRICO-CRÍTICO 

mo. ¿Qué lia de ser, pues, una poesía donde no hay ni pasión , ni verdad, ni fantasía; donde 
no palpita la vida humana ni en sus manirestacioncs ahiertas y expansivas, ni en su movi- 
miento íntimo y personal? Ha de convertirse necesariamente en evoluciones complicadas, 
de falso ino-enio y de enredada forma, en juegos mecánicos semejantes á primores de taracea. 
En una palabra, no es la poesía de las imágenes nohles y verdaderas, de los arranques del 
corazón , de los sentimientos briosos y levantados ; es la poesía do los laberintos , de los acrós- 
ticos , de los ecos , de las paranomasias , de los retrógrados , y de otros ruines entretenimientos 
de literaturas estragadas (1). Las literaturas nacientes adolecen á veces de esta afición á los 
juegos pueriles de la forma. Testimonio dan de ello las canciones de los trovadores pro venza- 
Íes y las fihgranas métricas de Baena, de A^illasandino y de otros poetas castellanos de los 
siglos XIV y XV (2). [¡Triste semejanza tienen en la poesía española la infancia y la decre- 
pitud ! 

La afición al lenguaje metafórico, que en los tiempos prósperos del cultismo avasallaba á la 
Europa literaria , habia nacido acaso también , en gi'an ]iarte , de los afectados refinamientos 
de la sociedad cortesana, animada por la galantería caballeresca, que el renacimiento habia 
creado con las formas exageradas, propias de una civilización mieva, que pugna por romper 
apresuradamente las cadenas de la barbarie. El culteranismo y el conceptismo , antes de con- 
vertirse en escuelas literarias , estaban ya en su esencia en los libros de caballería , y Cer- 
vantes, al ridiculizar los delirios y el lenguaje enfático de aquellos libros singulares, ayu- 
daba grandemente á la sana crítica literaria. 

Pero aquellas hipérboles extravagantes, aquellas adulaciones novelescas, aquellas frases 
hinchadas y campanudas halagaban la imaginación de la gente cortesana, así en la Inglaterra 
de Isabel como en la España de los monarcas austríacos. El estilo figvu*ado era como blasón 
de personas cultas ó encumbradas , y éstas , no contentas con metáforas manoseadas , como 
las de volcan, lumbres, ébano, para expresar el corazón, los ojos, los cabellos, se afanaban por 
dar tormento á las palabras y á las ideas, á trueque de pasar por elegantes y discretas. Llamar 
las cosas por su nombre, usar frases limpias y Uanas , llegó á pai-ecer vulgaridad. Los poetas, 
que nunca se sustraen completamente á las influencias políticas y sociales, se rindieron fá- 
cilmente á las seducciones de la moda aristocrática, y hasta los de más sano instinto pagaron 
tributo, á pesar suyo, á aquella dominación bastarda. A la forma sencilla y pura de la verdad 
y de la belleza se sustituyeron , primero con el ejemplo, y después con autoridad doo-má- 
tica , voces peregrinas , circunloquios pomposos , intrincados conceptos. Góngora y Gracian 
creían reformar la literatura , engrandecer el campo de las ideas , ennoblecer el idioma pa- 
trio ; el caballero Marini (3) miraba con lástima al severo y cuerdo Malherbe ; y lo más 
extraño es, que todos se juzgaban innovadores , cuando en realidad no hacían más que re- 
troceder á épocas más ó menos remotas. Naciones habia, que blasonaban de ser inventoras 
del malhadado estilo culto. Portugal entre ellas. Manuel de Faria y Souza , el comentador 
del Camoens, atribuía esta triste gloria nada menos que al Pey don Sebastian (4). Los es- 

(1) En la poesía griega y latina de las épocas de cuyo extraño mérito consiste sólo en que con sua 

decadencia hay ejemplos increíbles de esta extrava- palabras pueden hacerse 3.628.800 combinaciones, 

gante manía. Símmias , de Rodas , escribe á la zam- Podría formarse una lista interminable con ejem- 

poria^ y cifra todo su conato en que los versos escri- píos de extravagancias semejantes. — (Véase á César 

to3 representen la figura de este instrumento pasto- Cantú, Documentos de filosofía y literatura. — Poe- 

ril. Los poetas latinos escriben versos anacíclicos, mas difíciles.') 

esto es, versos cuyas letras dicen lo mismo leídas por (2) Véase el Cancionero de Baena. 

la izquierda que por la derecha, como éste : (3) De Marini decía el abate don Juan Andrés : 

jRoma tibi suuto motihus ibit amor. «^0 podrá leer Seguidamente L'Adone quien no ten- 
ga pervertidos el gusto y el corazón.» 

Más adelante se hicieron versos tan ridículos como (4) «e1 Rey don Sebastian fué el primero que es- 

el siguiente : cribió en el estilo que hoy llaman culto, como cons- 

ítx, rex, )qI, dux,/ofs, lux, mors, sjies > pci.r , peira , Christm, ta de algunas composícioncg SUyas en prosa difícil.)) 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL 13- 

tragos del mal gusto en el suelo castellano fueron rápidos é irreparables. La violencia del 
sentido en las frases, la puerilidad de los retruécanos, lo enmarañado y sutil de los circun- 
loquios , liabian llevado, al parecer, la poesía cá los límites extremos de la depravación. Y sin 
embargo, ¡ quién lo imaginara ! aun caljia mayor degeneración en aquel lamentable estado. 
En los últimos tiempos del siglo xvii, una nueva decadencia vino á corromper y preci- 
pitar más, si era posible, la decadencia misma. El culteranismo se trasformó. Ya no era 
la secta extra^■iada, pero ardiente é ingeniosa, que aspiraba á realzar la literatura con es- 
ñierzos y con artificios , como la miijer que , poco confiada en sus verdaderas perfecciones 
intenta acrecentarlas con afeites y complicados atavíos. Era una musa envejecida, que ha 
perdido la belleza y el donaire, y quiere reemplazar la una con repugnantes cosméticos y el 
otro con equívocos y descaro. 

Cáncer, León Marchante, Montoro, Sor Juana Inés de la Cruz son, al terminar el si- 
glo XVII, los más célebres representantes de esta musa degradada, que canta porque se di- 
vierte, y no porque siente ó porque admira. La monja de Méjico es, entre estos poetas la 
que recibió del cielo estro más puro y sensibilidad más delicada. En época para las letras 
venturosa , habría tal vez legado á la posteridad nobles frutos de su ingenio y de su corazón. 
Ahogado su numen en aquella atmosfera corrompida, sólo ha dejado en el cúmulo de sus 
versos algunos destellos de fantasía , algunos rasgos de esa agudeza femenil á que nunca al- 
canza el numen de los hombres (1). 

La chocarrería y la trivialidad de los asuntos que solían ser objeto de los cantos líricos de 
aquel tiempo, fueron extremadas , y sólo comparables á la vulgaridad del estilo. En los tiem- 
pos de la decadencia romana, los asuntos ridículos, triviales, monstruosos ú obscenos fueron 
también claras señales de la extravagancia y la abyección á que habían llegado las letras. 01- 
.vidando la noble verdad y la ática sencillez que resplandecen en los poemas del siglo de Au- 
gusto, los poetas del siglo de Nerón gastan todo el calor natural de la fantasía en frivolos ó 
vergonzosos pasatiempos de ingenio, de adulación ó de procacidad. Felicitaciones lisonjeras, 
ejíitalamios amanerados , insulsas ofrendas poéticas en las saturnales , epigramas eróticos, 
descripciones de recetas médicas, de historia natural, de festines, de geografía; estos y otros 
asuntos semejantes constituían el fárrago de poesía artificial que inundaba á Roma cuando 
la llama de su civilización prepotente se ahogaba en las convulsiones del Imperio degenerado. 
Los poetas españoles , recién pasado el siglo de oro, seguían fatalmente, y sin sospecharlo, las 
tristes huellas de la poesía romana decadente y envilecida. 

Montoro (2), más conceptiva y equivoquista que culto, ingenio mediano y hombre cuerdo y 
sincero, demuestra con su ejemplo adonde van á parar las letras nacionales en el descenso 
de su gloria. Un tomo entero de sus obras está consagrado á la lírica sagrada. Todo denota 
en sus versos corazón limpio y fe sincera , y sin embargo , el sentido grave de la religión , 
sus inefables misterios, su edificante historia, no le inspiran sino agudezas y discreteo. Di- 
rige á los santos sutilezas festivas, dedica chocarrerías conceptuosas á la conversión de un 
hereje, y, lo que es más extraño, no le ocuiTe, para cantar el origen del cristianismo, esto 
es, la imponente pasión del Hombre-Dios , una forma más alta y adecuada que la de unas 
jácaras chabacanas. Dice en ellas , hablando del Señor : 

Sosegó á Pedro, y le dijo : 
« Amigo, vamos á espacio ; 
Que yo sé que antes de mucho 
Te ha de cantar otro gallo. » 

No se burla Montoro de la Pasión , y sin embargo, el mal gusto literario y el trastorno 

(1) En el tomo xlh de la Biblioteca pueden ver- (2) Don José Pérez de Montoro nació en San Fe- 

se muestras de la poesía discreta de esta mujer ex- lipe de Játiva, el afio de 1627. Murió en Dicicmbro 
traordinaria. de 1694. 



f BOSQUEJO HISTÓRICO-CRÍTICO 

de los tiempos le hacen incurrir involuntariamente en una verdadera profanación. ¡Jesucristo 
diciendo chistes y equívocos á san Pedro en el momento solemne del más augusto y sublime 
de los sacrificios ! ¡ Cuánto han debido descaminarse las inspiraciones de la fe desde las me- 
ditaciones majestuosas de fray Luis de Granada y los arrobamientos celestiales de fray Luis 
de León I 

En las obras que Montoro titula líricas humanas es algo menos vulgar la inspiración (1). Los 
asuntos no son en general tan sandios y triviales como en otros poetas , pero algimas veces 
desciende á la más vil esfera á que puede llegar el pensamiento del poeta (2). Escribió algu- 
nos versos heroicos de ampuloso linaje, y muchas poesías lisonjeras y cortesanas dirigidas á 
Felipe IV, á la Reina Madre, á Carlos II y á varios magnates de la corte; pero, arrastrado 
por el impulso general , consagró principalmente su musa á ima dama que se sangró , á otra 
gue se sacó una muela, á otra que se durmió después de cantar, á un zapato, á cuatro damas que 
quisieron liacerse brujas, á la Tarasca, á los rigores del abanino, y á otras fruslerías semejantes. 
Suelen encontrarse en sus obras bellos versos y trozos de entonación robusta ; pero todo lo des- 
luce el afán de desplegar ingenio á todo trance ; pudiendo con razón aplicarse á este poeta, 
como á todos los de esta desventurada escuela, aquel célebre verso, que contiene una gran ver- 
dad crítica ; 

Vesprit qu'on veut avoir, gáte celui qú'on a. 



CAPITULO II. 

Advenimiento de la casa de Borbon. — Felipe V quiere, sin conseguirlo, identificarse con la nación española,- 

— En artes y letras prevalece en la corte el espíritu extranjero.— Influencia de la cultura del reinado de 
Luis XIV. — No llega por entonces al pueblo español. — Agonía del numen lírico. — Destellos de la entonación 
antigua, perdidos entre los delirios del mal gusto reiníintc. — Enciso. — Bernaldo de Quirós. — Decadencia en 
la decadencia : lUtimos limites. — Poesía rastrera y familiar. — Salazar y Hontiveros. 

A tan lamentable estado hablan llegado las musas castellanas cuando subió al trono es- 
pañol , con el nombre de Felipe V, el príncipe francés Duque de Anjou. Preñada á la sazón la 
atmósfera política de Europa de disturbios, de recelos y de ambiciones, no presentaba á Es- 

(1) Como este poeta está ya olvidado, juzgamos Y asi errado presume el poderoso 

oportuno publicar los siguientes versos , copiados de ^ ^, fortuna duración constante 

^ ^ 1 ■ • j Pues lo que mas le constituye excelso, 

un manuscrito, como muestra de su ingenio, de su en- -^ asimismo lo que le hace frágil. 

tonacion firme y de su estilo hiperbólico y COncep- No de otra suerte en pródigo terreno 

tuoso ■ Xrbol fecimdo á quien de frutos gravea 

Á LAS RUINAS DEL COLOSO DE RODAS. La abundancia feliz que le enriquece, 

Es carga lisonjera que le abate. 
Taces, [oh maravilla de los siglosl ^^^ ^.j ^^^^ ^^ ^, , p^^t^ado asombro 

Mas tan sublime en f js ruinas yaces . ^^^¿^ ^¡^^p^^ ^^ ^^ ^.^^^ ,^^ ^^^^^^ ^ 

Que por las bocas que te abrió el estrago , p ^^ ^^ condición del tiempo 

Desmientes lo abatido con .o grande. _ , , . . , 

Hacer eterno lo que juzga infame. 
Causando al mundo uji. versal asombro, 

Fuiste del sol estatua venerable, 

Y hoy, reducido á lástima el respeto, ^2) Hav un Eoneto, cuyo asunto no nos permiten 

Sólo del escarmiento eres imagen. \ j i -l j. t> i mí- 

Cuanto elevó el primor de muchos años, expresar el pudor y el buen gusto. Raya en los ulti- 

Precipitó la injuria do un instante, DIOS limites de la obscenidad y de la chocarrería, y 

A cuyo golpe estremecida el Asia, sin embargo, ¡singular cai'.dor de aquel tiempo I las 

Dio de sorda inquietud claras señales... aprobaciones oficiales del libro declaran que no se 

Acaso para mérito íi tus triunfos in m , ,^7 i. 

Deshizo el tiempo tu altivez gigante ; ^^^^^ «n el cosa al-una opuesta á la modestia cris- 

El tiempo , aquel cuya ambición hambrienta liana. 

Los bronces come y los escollos lame. Una repugnante composicion de Montero está ins- 

Mas no ; que si prodigio te erigieron, -^^^ ^^^ dolencia hemorroidal que padecía. 

Sólo por tu excelencia peligraste ; ,,, j , , m j^ n i • ^ •, • 

Que, ánn sin malicia de las horas , siempre ^^^ adelante Taf alhx se complacia en descnbir una 

Aáoleció de breve lo admirable ; purga.Así se había envilecido la poesía. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL a 

paña ima perspectiva de sosiego j de engrandecimiento el esclarecido A'ástago de Borbon. La 
nueva dinastía no traia en verdad á la nación ni el es]:)lendor del poder, ni el iris de la paz* 
pero venía con ella la luz de la esperanza. Hay en la vida de las naciones épocas de tanta es- 
terilidad y desventura , que es forzoso salir de ellas á cualquiera costa j por cualquier camino. 
La mayoría del pueblo español sentía instintivamente la imperiosa necesidad , v recibió al 
nuevo rey con lealtad profunda y júbilo sincero, como una solución feliz á la enmarañada y 
aflictiva situación en que había quedado la monarquía al fallecimiento de Carlos II (1). — No 
es de este lugar recordar detalladamente las azarosas visicitudes de aqiiel reinado borrascoso. 
La gueiTa de sucesión puso á prueba, así el suírimiento de los españoles como la entereza del 
Monarca. Devorada España por la guerra civil , combatida por casi toda la Europa , desmem- 
brados sus estados, y auxiliada en su propio seno por armas extranjeras , lo cual es siempre una 
calamidad , no decayó jamas el vánimo constante de esta nación guerrera y esforzada. 

No merece Felipe V el desmedido rigor con que le han juzgado varios escritores extranje- 
ros , y señaladamente algunos de su propia nación (2). La posteridad no puede conceder á este 
rey la condescendiente admiración que le tributaron sin tasa muchos escritores contempo- 
ráneos ; pero sería injusto desconocer que, á vueltas de sus accesos de indolencia y de hipocon- 
dría, y á pesar de no ser transcendental el alcance de su entendimiento, encerraba su alma 
prendas de alta valía. Su denuedo en los combates, su noble constancia en las horas de infor- 
tunio, la pureza de sus costumbres , y su sana intención en favor de sus pueblos, son títulos 
gloriosos, de que la historia no debe prescindir. Pasados los tiempos borrascosos de la guerra do 
sucesión, intentó hacer penetrar en España aquella cidtura artística y literaria que en su mo- 
cedad había visto resplandecer con tan radiosa lumbre en la atildada corte de Versalles. Él 
creó la Academia Española y la Academia de la, Historia; él fomentó, con el real sitio de San 
Ildefonso, las artes de la elegancia y del buen gusto. 

Pero, con todos estos laudables esfuerzos , las letras , que viven con la vida de la inspiración 
y del libre impídso nacional , no pudieron florecer en el reinado de Felipe V. Este monarca, 
sin embargo de su firme propósito de identificarse con la nación española , traia involuntaria- 
mente consigo un vicio mortífero para la poesía : el espíritu extranjero, que , por la virtud 
misma de las cosas y de los sucesos , hubo de ingerirse gradualmente en el corazón de las 
clases cultas y aristocráticas. El roce continuo con los ejércitos franceses poco ó nada altera- 
ba la índole peculiar del pueblo español, guardador obstinado de sus hábitos y de sus ideas. 
Pero, eclipsada por una parte , á los ojos de la crítica victoriosa entonces, la civilización reli- 
giosa y literaria de nuestro siglo de oro, y admitida con favor por la corte la influencia de la 
cultura pomposa y deslumbradora del reinado de Luis XIV, que toda la Europa acataba y 
remedaba entonces , no podia dejar de abrirse, si bien con lucha y embarazo, un nuevo camino 
á la actividad intelectual de los españoles. Pocas afinidades tenía en verdad esta civilización^ 
esencialmente artificial y acompasada, con el espíritu gallardo, espontáneo y algún tanto indis- 
ciplinado que habia sido alma nati^ a y vigorosa de la literatura castellana. Felipe V asoció 
con noble y sincera voluntad á la nación española su gloria, su porvenir y hasta su existencia, 
Pero era nieto de Luis XIY y alumno de su corte , y mal podia perder su ánimo los recuer- 
dos y dejos seductores de la edad temprana , y asimilarse en cabal manera á una atmósfera in- 
telectual de tan diferente y por entonces tan inferior linaje. 

Luis XIV, que , en el engreimiento natural de su poder y de su gloria , no veia en la coro- 
na de España sino un elemento auxiliar de la suya , a;yTidaba activamente con su política y sus 
consejos á la conservación de las influencias de exótico origen que preponderaban en la corte 
española. « No os olvidéis de que sois príncipe francés », fué la primera advertencia que el 

(1) En América, donde era rnénos conocida la in- desdeñosa y áspera concisión: Un petit fiU de 
capacidad do Carlos II, ñié muy deplorada su muerto Lovis XIV, un eleve de Fénélon, avait sommeillé sur 

(2) Monsieur Villemain, de ordinario tan im- le tróne, entre d'insipides frivolités et de bizarres 
parcial v tan moderado, habla de Felipe V con esta ffianies^ sans souci de rien d'honorab¡e, 



5jjj BOSQUEJO HISTÓRI(X)-CRÍTICO 

gran monarca dirigió en tono solemne al nuevo rey en presencia del Embajador de España (1). 
A ser dable y adecuada al carácter dominador de Luis XIV, una advertencia en contrario 
sentido habria sido más cuerda y más conforme á la razón de estado. Todavía duraban en la 
memoria de los españoles los procederes, ya violentos , ya tortuosos , ya altivos, que Luis XIV 
habia empleado contra España desde aquella desdicbada guerra á que puso térniiuo la paz de 
Nimet^a, más deplorable para nosotros que la guerra misma. Aun bumeaban, por decirlo así, 
Barcclonca y Alicante, bombardeadas por las armas francesas (2). Recientes, inmediatos es- 
taban los famosos convenios de EI-Haya y de Londres (3), que la posteridad calificó de infa- 
mes, en los cuales, bajo la influencia de Luis XIV, y sin la menor anuencia de España , se 
repartía caprichosamente su corona como vil mercancía. Si la postración de ánimo, y el es- 
tupor mismo que producían tan repetidos y extraordinarios golpes, embotaban, al parecer, la 
sensibilidad de la nación, no apagaban las centellas del odio intenso que en aquellos dias 
profesaban los españoles á la nación francesa. Las apremiantes necesidades de la existencia 
política de los estados, que con insuperable fuerza imponen el remedio, fueron la causa ver- 
dedera de que los españoles recibieran con ánimo franco á la casa de Borbon. Razones de 
naturaleza política, hermanadas con sanas prendas geniales del Monarca, fueron parte igual- 
mente para que Felipe V mirase con ínteres y afecto por el común provecho del noble pvie- 
blo que se había echado tan confiadamente en sus brazos ; pero el apego á las ideas y á las 
costinnbres, que se infvmden en el alma con la atmósfera en que se nace , así como la involun- 
taria antipatía que inspira cuanto de ellas se aparta, ni se desvanecieron en el ánimo del 
príncipe extranjero, ni se entibiaron por entonces en el espíritu del pueblo castellano. 

Mozo inexperto, mal dotado por la Providencia del instijitode observación y de la entereza 
necesarios á los hombres de estado , y rendido , muchas veces á pesar suyo , á la abrumadora 
protección de su ilustre abuelo, no pudo Felipe V evitar que interviniesen en la dirección, 
de los negocios del Estado manos extranjeras , con mengua de nuestra nacionalidad y de nues- 
tra gloria. Oscuros extranjeros , levantados con escándalo al puesto de consejeros de la coro- 
na (4) ; los altos cargos de la casa real otorgados á personas , francesas ó españolas , desig- 
nadas por Luis XIV ; los honores más elevados y de índole nacional histórica concedidos , sin 
reciprocidad siquiera, á clases enteras de la nación francesa (5); la mal embozada predilec- 
ción del monarca español á los franceses (6) ; la admisión pública y oficial en los consejos de 
la corona de los embajadores franceses, que solian creerse verdaderos gobernadores de la mo- 
narquía : todo esto constituía una de las tutelas internacionales más tristes y más vergonzo- 
sas en que ha llegado á caer nación alguna. La Francia , sin pensarlo, y llevada por el tor- 
rente de los tiempos y de las trasformaciones históricas , tomaba ahora amplio desagravio de 
aquella era en que España regía en Francia los Estados Generales por conducto de sus em- 
bajadores. 



(1) Este consejo fué repetido en las primeras ins- yó indispenííable poner coto á este abuso, que, con su 
trucciones escritas que dio Luis XIV á Felipe V; anterior política, habia él mismo provocado. Así de- 
instrucciones, por muchos admiradas, donde, al lado cia : «Aparta el rey Felipe de su servicio á los es- 
de cuerdas y elevadas lecciones, campean otras por pañoles, á causa do una preferencia sobrado mani- 
demas extrañas ó triviales. fiesta á los franceses. Din'ase que sus subditos le son 

(2) Campañas de 1691, 1694, 1697. insoportal)les... Es necesiario que ponga el Rey de 

(3) 11 de Octubre de 1698, 3 de Marzo de 1700. España todo su conato en ganar la voluntad de sus 

(4) Orri, Alberoni, Kiperdá, etc. vasallos. Si estima poco á los españoles, fuerza ea 

(5) La medida de esta clase que lastimó más hon- que lo oculte cuidadosamente... Su amistad á Fran- 
dameiite el orgullo de los españoles fue la que alzó cia debe inspirarle el deseo de que vivan en la más 
á la jerarquía do Grandes de España á todos los Pa- estrecha unión españoles y franceses. Si prefiere á 
res de Francia. La historia no ha olvidado la enérgi- éstos, se aumentará el odio de aquéllos, y harto viva 
ca protesta del Duque de Arcos, la cual le acarreó la es ya, por desgracia, la antipatía.» (Instrucciones de 
severidad del Soberano y el alejamiento de su corte. Luis XIV á su embajador en España , el cardenal 

(6) Llegó á tal punto, que el mismo Luis XIV ere- d-Estrées.) 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII, SIII 

La influencia francesa , si bien se entronizaba con cierta violencia política en la corte es- 
pañola , no se infundia aún en el alma de la nación , no obstante el carácter atractivo y sim- 
pático de la civilización peculiar de la corte francesa á ])r¡uci¡)ios del siglo último. 

La Grandeza protestaba á cada paso contra aquella invasión de allegadizos elementos de 
exótico origen , que apartaban de su natural asiento j camino el ser moral de la nación , y el 
pueblo, aunque f*i voz era entonces inconsistente y flaco contrapeso á la acción gubernativa 
de la corona , protestaba también en vulgares sátiras , y á veces en más autorizados docu 
mentes, contra aquella preponderancia extranjera, que repugnaba á sus instintos de indepen 
dcncia y á sus gloriosas tradiciones. 

Después de este somero cuadro, ocioso es decir que la literatura patria , y en especial la 
poesía, á la sazón gastada y corrompida, no podia renacer ahora con las niievas influencias 
que traia la casa de Borbon. El revuelto período de la guerra de sucesión no era tampoco 
tiempo de cantar; era tiempo de combatir. El pueblo habia olvidado pulsar la lira, pero no 
manejar las armas ; y las memorables batallas de Villaviciosa y de Almansa , y la creación 
casi repentina de vigorosas falanges allí donde pnrccian agotados todos los medios de resis- 
tencia, demostraron , entonces como siempre, que la raza española está dotada para la guerra 
de una vitalidad poderosa, que ni el tiempo gasta, ni los reveses amortiguan. 

Pero la decadencia pública , los desastres de la guerra civil , el estruendo de las armas ex- 
tranjeras dentro del reino, y las influencias francesas de la corte , no podían dar vida á la ins- 
})iracion literaria y al gusto depurado que sabe hermanar lo sencillo con lo grande. Las artes 
de ins])iracion son plantas delicadas, que rara vez despliegan toda su esplendorosa lozanía si 
no las mecen las auras de la paz , si no las calienta el sol de la patria. La poesía lírica, en vez 
de robustecerse y acrisolarse, descendió entonces al más pobre y abyecto estado. Puede de- 
cirse que murió enteramente , pues algunos rasgos de ingenio, como al azar sembrados en tm 
caos de concej)tos vulgares y de juegos pueriles de forma, no llegan á constituir nunca aquel 
armonioso conjunto de altas ideas, de emociones sinceras, de formas puras y concisas, que 
pon la esencia del verdadero numen lírico. Muchos cultivaban la poesía; algunos demostra- 
ban ingenio claro y desembarazado y fecundo; el torrente del mal gusto, unido á la falta de 
nnl)les estímulos, ahogaba sus prendas naturales, y ni uno solo llevó á sazón los frutos do 
su talento (1). 

La poesía castellana, en sus felices tiempos, tenía hechizo y galas cuando no tenía inspi- 
ración. Ahora ya habia perdido inspiración y galas. Sin embargo, antes de pasar de esta época 
de absoluta degeneración á la época doctrinal , en la cual nue\'as tendencias de carácter poco 
español iban á enseñorearse de las letras , algo del espíritu nacional se conservaba todavía en 
los romances de carácter popular. Véase, por ejemplo, el romance á los triunfos de Felipe V, 
que empieza así : 

Invicto Alcídes hispano, Si de Alejandro y de César 

En cuyo valiente acero Volúmenes guarda el tiempo, 

La fama imprime victorias, Para tus triunfos parece 

Y la justicia escarmientos... Que son los siglos estrechos. 

Este y otros romances , como todo cuanto se escribía entonces , están Uenos de afectadas 
metáforas y de alambicadas frases , pero no puede negarse que resuena en ellos de cuando en 

(i) Luzan hace del padre maestro Pérez de los tarea de reformador, hubo do mirar con prevención 

Agonizantes el siguiente elogio : A principios de este severa; pero sin embargo, sin conocer las celebradas 

siglo (xviii) escribía con elegancia y gusto, 9/ es las- poesías, no nos atrevemos á admitir esta excepción 

tima que sus versos no se hayan dado á la estampa. al fallo consignado en la presente Introducción. Ele- 

En baldo, aunque con suma diligencia, hemos bus- ganda y gusto en la poesía española, á principios del 

cado las poesías manuscritas del padre maestro Pe- siglo xvni, serian un fenómeno singular de historia 

rez de los Agonizantes. Grande es la autoridad de literaria. 
Luzan para juzgar aquel triste período, que, en su 



K17 BOSQUEJO HISTÓRICO-CRÍTICO 

cuando como un eco lejano de la gallarda entonación de Góngora j de Calderón. Hasta en 
poetas insignificantes, preciados de cultivar la lírica elevada, se advierten nobles rasgos, 
perdidos en un fárrago de ridiculas metííforas. Uno de ellos , don Juan Enciso, que llega al 
colmo de la pedantería llamando á la prematura muerte de Ciírlos II inmaturo ocaso, demues- 
tra, aun en su estilo enfático y alambicado, que tenía prendas, cuando menos, de versi- 
ficador numeroso. De otro tanto da indicios don Francisco Bevnaldo de Quirós , en un canto 
al adAcnimieiito al trono del rey Fe]i]>c V. Cree pi-esagio feliz el nombre de Quinto, y saca 
á plaza ima larga serie de Quintos esclarecidos: Quinto Fuloio, Quinto Fabio, Quinto Mételo, 
Alfonso Fde Es])aña, Alfonso Fde Portugal, Enrique F de Inglaterra, Boleslao Fde Po- 
lonia, Eurico V do Dinamarca, Carlos Fde Francia, y otros varios Quintos, monarcas y 
papas, entre los cuales olvida á Fio V, tal vez porque este santo pontífice no habia sido 
todavía canonizado á la sazón en que Bemaldo de Quirós escribía. 

Al lado de insufrible afectación en el pensamiento y en el estilo, campea en los versos do 
este poeta cierto ambicioso \-xielo, que denota que su imaginación no era de índole vulgar. 
Véase , por ejemplo, esta octava , que dirige al recien coronado monarca , que no habia salido 
de la adolescencia todavía : 



De Jove y joven han de sei* tus prendas ; 
Que acierto y juventud no están reñidos : 
El genio, y no la edad , es bien que entiendas 
Constituye los héroes aplaudidos. 



Las de los años son vulgares sendas ; 
En su oriente los soles son lucidos ; 
Los Hércules que mandan la fortuna, 
Doman los monstruos en la misma cuna. 



Este discreteo, en que se combinan el alambicamiento y la elevación , no podia desagradar 
a unas gentes que todavía admiraban los delirios grandilocuentes de Góngora. Bon Pedro 
Scoti de Agóiz, cronista y autor dramático de aquella era, escribió, en alabanza de las octa- 
vas de Bei^aldo de Quirós, im soneto, en el cual, al través del falso barniz de tan relum- 
brante poesía, asoma algún vigor de idea y de entonación, cosa rarísima en aquellos infeli- 
ces dias. Así dice de la inspiración , en el primer terceto : 

Que dar alma al pincel , bulto al acento, 
Es un milagro á que sin alto influjo 
Llegar pudo jamas humano aliento... 

Tales fueron , en fin , el envilecimiento del gusto y el desenfado de los poetas , que babia 
al<mnos de éstos que dedicaban sus versos á asuntos, no sólo fiímiliares y rastreros, no sólo 
repugnantes , sino de aquellos que en las naciones cultas no es lícito dar á la estampa. Entro 
infinitos ejemplos , merece mencionarse la especie de trova ó parodia , que escribió don Juan 
José de Solazar y Hontiveros, de las célebres décimas de La Vida es sueño, con motivo do 
haber adolecido un amigo suyo de una enfermedad vergonzosa. Salazar, un sacerdote res- 
petable, muy estimado en la corte de Felipe V, y admitido en la intimidad familiar del Prín- 
cipe de Astiirias (después Fernando VI) y de su hermano el infante don Carlos (despuea 
Carlos III), se atreve candorosamente á imprimir esta composición escandalosa, en la cual, 
no sólo se llama por su nombre á las cosas más feas é indecorosas , sino que \ cosa singular en 
aquel tiempo! escoge á un fraile como uno de los tipos de gente libertina que mejor cuadran 
al extraño asunto de su inmunda poesía (1). Las letras, pervertidas, servían como de abrigo á 



(1) Estos tipos son \\n fraile , un alguacil y un 
paje. Hé aquí la tercera décima de esta chocarrera 
parodia : 

Nace un f rail 3 , qne no naco 
Para padre , y con la bulla , 
Apenas de la cogulla 



El santo temor deshace , 
Cuando d todas partes haco 
Hipócritas mogigangas, 
Y, en fin , logra pegar mangosi 
Sin pegársele un desastre ; 
T yo, con ser tan gran sastre , 
^0 puedo hablar bien de gangas 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. xv 

este trastorno moral , que á favor de ellas pasaba inadvertido ante una corte morigerada j en 
una sociedad escrupulosa. 

Se ha repetido que en aquel período habían muerto las letras castellanas. Las letras dig- 
nas de este nombre , es verdad , hablan muerto. Pero no ha de entenderse por esto que no se 
cultivaba la literatura en España. Para una Justa poética celebrada en Murcia , el año de 1727, 
en honor de san Luis Gonzaga j san Estanislao de Kostka, escribieron cinco poetisas j más 
de ciento cincuenta poetas , entre ellos los célebres cura de Fruime , don Agustín de Montiano 
y Lujando, el padre Isla y el Marqués de la Olmeda, vencidos, por cierto, todos cuatro, en el 
certamen, por poetas oscuros, aun peores que ellos. Brotaban como plaga enlodas partes ver- 
sificadores j copleros, cual suele acontecer en las decadencias literarias. No faltaban poetas; 
lo que faltaba era poesía. 



CAPITULO III. 

Eocuerdos del estilo encrespado y oscuro de Góngora. — Manifléstanle afición las clases ilustradas. — León y 
Mansilla. — La catedral de Salamanca, — Prevalece la poesía conceptuosa chabacana, — Otros poetas de la 
extrema decadencia lírica. — Zamora. — Cañizares. — Bánces y Candamo, — Álvarez de Toledo (don Ignacio). 
Enriquez Arana. — Benegasiy Lujan (don Francisco). — Mística poética. — SorGregoria de Santa Teresa. — Sor 

María del Ciclo. — Prosadores poetas. — Torres. — Feijóo. — La poesía en las Indias. — Méjico. — El Perú. 

El Virey Marqués de Castell-dos-Rius. — Monforte. — Peralta Barnuevo. — El Conde de la Granja. 

«Pecaron los cultos, decía Forner (1), por demasiado poetas... Luego cayó la ambición 
de la fantasía, y pecó por vil y ruin, como antes pecaba por encopetada y escabrosa, d 

Hasta el sesudo Forner, hombre de severo y alto criterio , llamando demasiado poetas á los 
poetas extraviados , denota la fácil indulgencia con que suelen ver los españoles todo empleo, 
siquiera sea exorbitante y descaminado, de la imaginación. 

Degradada la poesía cuanto cabe estarlo, á principios del siglo anterior, aun se encontra- 
ban en España personas ilustradas que , en vez de caer en la chocarrería familiar que domi- 
naba entonces , intentasen enaltecer la poesía ; como lo habían hecho los cultos , tomando por 
elevado lo oscuro, por elegante lo ampuloso, y lo extravagante por sublime. Según ya hemos 
indicado, Góngora deslumhraba todavía con su gloria y con su ambicioso y exuberante esti- 
lo , y no faltó quien con ciega temeridad se juzgase capaz de imitarle y de seguir sus hue- 
llas. Un oscuro poeta cordobés, don José de León y Mansilla, creyendo comi^letar las Soleda- 
des de Góngora, escribió la Soledad tercera (2). Aunque versificador numeroso , faltaba á 
León el fuego sagitado que había encendido la fantasía de su modelo , y no acertó á ponerse 
al nivel de éste , ni en el brío de la entonación , ni en el color descriptivo , ni siquiera en el 
ímpetu de sus delirios. 

Verdaderos sabios , tales como el famoso deán Martí, imitaban igualmente en lo censura- 
ble al gran lírico cordobés. Corporaciones enteras , de las mas respetables que encerraba Es- 
paña, se manifestaban entusiastas del relumbrante y metafórico estilo. Un curioso ejemplo 
demostrará hasta qué punto puede avasallar el mal gusto á las clases más ilustradas , y cuan 
difícil es sobreponerse á los resabios y errores que son tenidos por galas y aciertos en las lite- 
raturas decadentes. El Cabildo de la catedral de Salamanca , deseoso de celebrar la coloca- 
ción del Santísimo Sacramento en aquella insigne iglesia, formó varios asuntos, para que fue- 
sen cantados por los más famosos poetas de la época. Cinco de estos asuntos fueron encomen- 
dados á Gerardo Lobo, de quien más adelante hablaremos. El primero de ellos, la descripción 

(1) Carta al Duque de Montellano. escritas el príncipe de los poetas líricos de España, 

(2) Soledad tercera; siguiendo las dos que dejó don Luis de Góngora, etc.— Córdoba, 1718. 



XVI BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

del magnífico templo , era oportuno y poético , y pndo inspirar dignamente al poeta las cna- 
renta y seis octavas qne escribió, algo conceptuosas , pero no exentas de estro y de grandeza. 
En el sef^undo asunto no dejaron los comisarios del Cabildo campo abierto al gusto y á la 
inspiración particular del poeta. Arrogándose fueros de autoridad doctrinal que tenian su 
basa en la poética del tiempo, imponen como asunto á Gerardo Lobo una serie de metáforas. 
Éstas son las propias palabras del Cabildu : 

« De esta nuestra fábrica (la catedral) se pudiera decir que forma con sus piedras un pa- 
negírico visible de su autor, el Cabildo de la Santa Iglesia, imaginando las figuras del már- 
mol como figuras de retórica , hipérboles de bulto, alegorías , prosopopeyas , etc. » 

¡ Y esto lo imaginaba y escribía el alto clero de la ciudad donde aun duraba el eco de los 
sublime" y sencillos cantos de fray Luis de León! El poeta, siempre codiciador de fama y 
aplauso, ¿ cómo había de sobreponerse al imperio de la doctrina literaria que con tanta auto- 
ridad se le presentaba ? La metáfora es una de las formas del pensamiento que requieren ma- 
yor cordura y gusto más acendrado. San Agustín pudo decir con elocuencia verdadera , en 
los arranques de su mística admiración , que la fábrica del mnndo es un poema del supremo 
Artífice. Pero Gerardo Lobo , á quien trazan de antemano el rumbo artificial que debe se- 
guir su entusiasmo, ¿qué ha de escribir, sino monstruosas metáforas, cuyo éxito habia de es- 
tar en razón directa de su ridiculez y de su violencia ? Después de decir que el templo es ora- 
dor de si mismo , y que se lleva la cátedra de la agudeza retórica con sus tropos, sus frases y sus 
figuras, llama á la cúpula prosopopeya , y á la iglesia entera sinécdoque del arte y 

Catacresis marmóreo de la gloria ; 

y no contento con ver 

Un Demóstenes suyo en cada peña ^ 

quiere lucir los artificios del equívoco , y asegura que el sagrado monumento 

forma con espanto 

Un cántico de Dios en cada canto (1). 

¡ Lamentables desbarros del ingenio, que no estaban en la índole de la inspiración llana y 
sincera de Gerardo Lobo, y que no sólo el sentido estético, sino hasta la sana razón condena! 

Sin embargo de estos conatos de falso engrandecimiento poético , prevaleció por completo 
la escuela conceptuosa chabacana. Tres poetas dramáticos, don Antonio de Zamora , don Fran- 
cisco de Bánces y Candamo , y don José de Cañizares, últimas glorias de nuestro gran teatro 
nacional, escribieron algunas poesías líricas. Pero éstas son tales, que todas ellas, inclusas 
las de Bánces y Candamo, único que tenía estro lírico , pueden ser contadas entre los testi- 
monios más patentes, que ofrece aquel tiem2)o, de la extrema decadencia poética. 

Zamora, que á veces imita gallardamente á Calderón , y que en El Hechizado por fuerza , 
en El Convidado de piedra y en otras comedias manifiesta á veces tan notables prendas de 
lenguaje , de versificación y de estilo , no es tolerable siquiera en sus composiciones líricas. 
Las más son de carácter oficial y cortesano. Su Fúnebre numerosa descripción de las exequias 
de Carlos II, su Romance, de arte mayor, para el certamen de san Ju:in de Dios celebrado 
en Madrid (1691), sus composiciones para otro certamen en honor de san Juan de Mata 
(1722), y en general todas sus obras líricas son lamentables abortos de una poesía insulsa 
ó pedantesca. 

El mismo desfavorable juicio puede formarse de las poesías sueltas de Cañizares. El pre- 
sente Bosquejo, especialmente consagrado al examen de la poesía lírica en el siglo xviii , no 
ofrece ocasión para tasar detenidamente el mérito de Cañizares como poeta dramático. 
Juzgar á Zamora y á Cañizares como poetas líricos , sin recordar que no es éste el campo 
natural de su vocación y de su fama , sería hacerles descender de su glorioso pedestal. Imi- 

(1) Canto, en la acopciou de piedra. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL XVU 

tador feliz de Lope de Vega y de Calderón , agudo y fácil en el diálogo, poeta ingenioso, fle- 
xible y abundante, y no escaso de inventiva , aunque á menudo tomaba sus fábulas , sin es- 
crúpulo ni disimulo, de los grandes maestros de la dramática española, fué Cañizares el que 
mantuvo por más tiempo y con mejor fortuna la palma de los inmortales creadores del teatro 
español , y esto en una época en que estaba moribundo el espíritu antiguo que liabia dado 
vida y pábulo á aquel peregrino teatro. La escena española, por su carácter popular, se de- 
fendió con más éxito y vigor contra los mortales elementos de la general decadencia. La lí- 
rica elevada Labia muerto del todo, y los pocos versos líricos que se conservan de Ccuiizarcs, 
demuestran , como los de Zamora , que ni el ingenio más privilegiado bastaba ya á sacar la 
poesía del abismo en que se hallaba sepultada. En las pocas poesías sueltas de Cañizares que 
han llegado á nuestros dias , se ve joatente cuánto habia ganado el contagio de la afectación 
y del retruécano al celebrado autor de El Dómine Lúeas. A su escaso mérito como j)oeta lí- 
rico alude probablemente Jorge Pitillas en estos versos : 

El que pintaba al Rhin los aladares 
En versos tan malditos y endiablados, 
Como pudiera el mismo Cañizares. 

Cuando llegó á enseñorearse de nuestra escena la escuela dramática francesa , Zamora , 
Candamo y Cañizares fueron tratados con injusticia y hasta con menosprecio. De Cañizares , 
el más ilustre y aventajado de los tres , habla así el canónigo Huarte en su poema La Dul- 

ciada : , 

Allí vi á Cañizares , remendando 
Las comedias do Lope manuscritas, 
Que después fué á su nombre publicando 
Con mil faltas groseras y malditas... 

No era Cañizares un mero y vil plagiario , como podiia inferirse de estos versos. No se 
imita como él imitaba , acercándose tanto á los gTandes modelos , sin ingenio propio, fecun- 
do y poderoso ; y en muchas de sus obras campean , espontáneos y originales , la fuerza có- 
mica y el instinto teatral. A haber nacido un siglo antes , acaso hubiera llegado Cañizares á 
colocarse en la línea de los primeros dramáticos de la libre escuela española. Hasta del tor- 
rente de la moda cidta, hiperbólica y alambicada, que en aquellos tiempos todo lo corrompe y 
lo afea , se salva á veces Cañizares por ese mismo impulso, imitador de sus ilustres anteceso- 
res , que no era acaso más que el noble instinto que le inducía á admirar y á retratar el an- 
tiguo espíritu nacional, elevado y caballeresco, del cual habían sido brillantes ecos los Tirsos 
y los Moretes , los Lopes y los Calderones. Diálogos hay en las obras de Cañizares que son 
dechados de elocución dramática, rápida, propia y expresiva, digna, en fin, de la edad do- 
rada del teatro español. Moratin y Lista , á pesar de las prevenciones de la reacción doctri- 
nal , hacen justicia á Cañizares. E ste le llama calderoniano ; aquél aplaude su lenguaje , y 
califica su estilo, en las comedias no heroicas, de «festivo, epigramático y cldsposo.'» 

Olvidemos , pues , los versos líricos de Zamora y de Cañizares para no empañar la gloria 
de estos dos simpáticos ingenios. 

Bánces y Candamo , caballero asturiano, educado en Sevilla , cobró allí afición á la poesía 
lírica, que cultivó después en Madrid, con no común aplauso, si bien inferior al que le gran- 
jeó la poesía dramática. 

Fui ruiseñor en el Bétis, 
Y en el Manzanares cisne , 

decía Candamo en su donairoso estilo. Gralan , agudo , valiente , desprendido, de dulce trato 
y de airoso porte , ganaba fácilmente la voluntad de todos. Se inclinaba á la sociedad de las 
clases elevadas ó literarias , y trabó amistad cordial y duradera con el Duque de Alba , el 
Almirante de Castilla, el Duqiie de Alburquerque, los poetas La Hoz , Zamora , Cañizares y 
otros varones de cuenta, ya en alcuraia, ya en letras. Gravemente herido en el pecho en 



XV7II BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

un encuentro, cuja causa, de amor ó de honra, quedó escondida en el misterio, el rey 
Carlos II demostró tan vivo interés por la vida y la salud del poeta , que , no satisfecho con 
enviarle sus mejores médicos, mandó atajar la calle de Alcalá, donde vivia el enfermo, para 
que no le molestase el ruido. La alta nobleza imitó la conducta del Rey, manifestándose muy 
deseosa de la curación del brillante y simpático mozo, y visitando soh'cita su casa con este moti- 
vo. Sabido es, asimismo, que, imprudente á causa de sus pocos años, ó desvanecido con el fa- 
vor de la corte y de la aristocracia, provocó contra sí el encono de poderosos magnates, con 
alusiones satírico-políticas , en su aplaudida comedia El Esclavo en grillos de oro, y que con 
este motivo tuvo que defender denodadamente su vida con la espada , contra hombres envia- 
dos para asesinarle. La atrevida ó impremeditada conducta del poeta dramático le acarreó 
amarguras sin cuento ; pero al propio tiempo formó en esta dura escuela su experiencia del 
movimiento de la vida humana en situaciones escabrosas , y de ahí nace acaso su afición á 
dar color filosófico ó satírico á las ideas , y cierta elevación de caracteres y de sentimientos , 
que antej^one, por lo común , al donaire cómico. 

En la poesía lírica carece , por lo general , de inspiraciones de alta ley ; pero, cuando no 
vicia su estilo la manía de la altisonancia y del concepto, es fácil , ingenioso y ameno. A ve- 
ces, siguiendo su natural tendencia, escribía trozos de lengiiaje limpio, noble y sencillo. La 
idea de la nobleza heredada le era simpática , y al recuerdo de ella levantaba el espíritu y la 
entonación , como cuando dice en su romance Al primer Miiiistro : 



Yo me Incliné al Almirdnte , 
No al que dicen que es valido ; 
Lo que podéis amen otros, 
Que yo lo que sois estimo. 

Mi nobleza sólo basta 
A vivir de ella impedido ; 



Ni pobre parezco honrado, 
Ni honrado puedo ser rico. 

Noble cuna me dio Asturias, 
En el solar primitivo 
Donde á vuestros ascendientes 
Hicieron reyes los mioe. 



A veces hace gala de espíritu filosófico , como cuando dice ; 

Océanos de Dios son estas ciencias ; 
Dios, que en profundidades infinitas, 
Siempre dentro de sí, por más que gire, 
Se vierte en onda eterna y sucesiva. 

Otras , con vanidoso desenfado , entre bui-las y veras , declara la ventajosa opinión que 

abriga de sí mismo : 

Mi consuelo es que de mí 
No ha de sacarme la suerte ; 
El Rey puede hacer hidalgos, 
Pero Candamos no puede. 

A fuer de hombre culto y fervorosamente cristiano, era acérrimo enemigo de las corridas 
de toros, que desde la incomparable reina Isabel la Católica han tenido siempre en España 
graves y autorizados antagonistas (1). Parecían á Candanio estos sangrientos espectáculos 
vestigios de la ferocidad de la plebe romana , y es curioso verle invocar con elocuente acento 
los nombres de doctores que escribieron contra los espectáculos de la gentilidad, para que la 



(1) Conocida es la carta de la reina Isabel á su 
confesor fray Hernando de Talavera, primer arzo- 
bispo de Granada , en que le manifiesta la profunda 
aversión que le causan las corridas de toros , y su 
deseo de que cesen en España. Conocida es también 
la súplica de las Cóitee de Valladolid (1555) para la 



abolición de las corridas de toros, de que se seguían, 
muchas veces muertes de hombres é otros muchos 
inconvenientes. De escritores particulares que han 
condenado estas bárbaras fiestas, podría foimarse 
un largo catálogo. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL xrx 

comparación sea escarnio y escándalo de la civilización cristiana , que tan duras costumbres 
autoriza j aplaude. Hé aquí algunos de los versos consagrados á este asunto : 



Así los españoles, con romano 
Pecho aplaudiendo bárbaros an'ojos, 
Tienen por regocijo cortesano 
De sangre humana y bruta hartar los ojos. 
I Oh Lactancio ! ¡ oh Crisóstomo ! ¡ oh Cipriano! 
¿Qué dijerais al ver cuan sin enojos, 
En estas fiestas de homicidios feos, 
El aplauso y la vista se hacen reos ? 

¿Qué dijerais al ver que tan infando 
Espectáculo todos aplaudiendo, 



Del bruto están la saña deseando, 

Y el riesgo de su prójimo riendo ; 

Al ver lo poco que se alteran cuando 
Comete el bruto el homicidio horrendo, 

Y que prosiguen ¡ali, dolor prolijo 1 
Con ánimo sereno el regocijo ? 

Tratable se hace así la misma muerte, 
Haciéndola espectáculo festivo ; 
El horror se le pierde , y de esta suerte 
Huye la compasión del pecho altivo..., etc. (1). 



Estos versos, que lionrarian á cualquier poeta por su espíritu j su entonación, pueden 
dar alguna idea del estilo diserto y razonador del malogrado Candamo en los asuntos gra- 
ves (2). 

Con menos títulos gozaban concepto de poetas algunos escritores de poca monta , cuyo 
recuerdo vamos á consignar, sólo por respeto á la historia. 

Era uno de ellos don Ignacio Álvarez de Toledo, caballero de la Orden de Santiago, 
hermano mayor del ilustre do7i Gabriel, de quien haremos el honroso juicio que merece. 
Compuso don Ignacio un libro titulado Ocios poéticos , que contiene, ademas de una zarzuela, 
una loa y dos bailes, muchas poesías líricas, obra de las mocedades del autor; poesías que 
contrastan grandemente, por la frivolidad de los asuntos y de la entonación, con el carácter 
elevado y grave de las Poesías postumas de don Gabriel. 

En sus versos refiere don Ignacio algunas circunstancias de su azarosa vida. Recordare- 
mos ima de ellas. Durante Tin viaje que hizo á Flándes con objeto de servir al Rey, como 
una tormenta en el canal de la Mancha , de la cual escribió más adelante una descripción en 
octavas. De éstas sólo merece conservarse la siguiente , que pinta los afanes de aquel conflic- 
to bajo im aspecto poético y generoso : 



Cuál del padre recuerda la ternura, 
Cuál de la madre el cariñoso anhelo. 
Cuál de la amada prenda la hermosura, 
Cuál de la vida el mísero desvelo ; 



Cuál su pobre caudal salvar procura. 
Cuál busca en lo que fué más desconsuelo, 
Y del airado mar en los abismos 
A los demás recuerdan, no á sí mismos. 



Se advierte en algunas de estas poesías de don Ignacio el intento de imitar á don Gabriel, 
cuya grande autoridad literaria respetaba. Adopta á veces sus asuntos poéticos , pero se que- 
da siempre á mucha distancia de su hermano , y se nota fácilmente que no tenía fantasía 
para volar á las regiones místicas , donde éste se espaciaba y se complacía. Sólo en ima cosa 
le aventaja : es menos conceptuoso queden Gabriel, no porque estuviese dotado de mejor 
instinto, sino acaso porque su imaginación era de suyo humilde y llana. 



(1) El César Africano; Guerra púnica española. 
Poema épico, canto primero. 

(2) Murió, á los cuarenta y dos años de edad, 
de una enfermedad violenta y repentina, que fué 
atribuida á envenenamiento. Así era juzgado Can- 
damo en los últimos años del siglo xv ii : «Inter- 
rumpió mi lectura un anciano (Bánces Candamo)» 
vestido á la española antigua, que vi salir de ima 
de aquellas cuevas. Su aspecto era venerable, y en 
medio de sus canas, prolongada barba y arrugado 
rostro, demostraba en la viveza de sus ojos y boca 
risueña, alma juvenil... Me llevó junto á un fres- 
co arroyo, donde, sentados, me habló en estas ra- 
zones : Por dejarme llevar del torrente del mal 



gusto de mi siglo, me veo privado para siempre 
de entrar eu el Parnaso. Dichoso tú, que aun pue- 
des tener esperanzas , pues te han dado tiempo 
para la enmienda... Viví en los tiempos del señor 
Carlos II, en que el Gobierno y la poesía estaban 
en su mayor decadencia, y aunque yo tenía dis- 
posición para ser bueno, no obstante , me dejé ar- 
rastrar del concepto agudo y falso, del equívoco, 
del culteranismo y de los demás vicios que enton- 
ces prevalecían. Escribí varias obras, en las que so 
descubre mi buen ingenio, fantasía y robusta elo- 
cución, en medio de los muchos defectos de que 
están llenas.» (Viaje burlesco al Parnaso ;MS. atri- 
buido á don Juan Pablo Forner.) 



XX BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Vivia por entonces en Montilla , patria del Gfran Capitán , un poeta , don Gonzalo JEnrí- 
quez Arana, enfermo siemiire, hasta el punto de tener constantemente embargado el uso de 
las piernas j de las manos. Buscaba resignación y alivio á su desgracia en la religión y en 
las letras. Escribió ima copiosa colección de poesías (1). Todas ellas demuestran soltiu'a y 
abundancia ; pero son por extremo triviales y conceptuosas. A tan perversa y lamentable si- 
tuación habia llegado el gusto, que las poesías de Eninqnez Arana, con ser tan malas, no eran 
de las j)eores que andaban en auge por aquellos tiempos. La plaga de malos poetas que habia 
entonces, despierta su ira poética, y escribe contra ellos, sin caer en que sus propios versos 
no son en realidad sino una parte de aquella plaga que tan molesta le parecía. Alguna vez , 
cuando recuerda su doliente estado, acierta con acentos naturales, que expresan con sinceri- 
dad las amarguras de su infortunio. Así , por ejemplo, en un poema A la Infancia del hom- 
h^e, que no so refiere en realidad sino á la suya propia, exclama : 

Apenas nace el hombre cuando llora , 
Anuncio cierto de bu amarga vida..., 

y asoma á cada paso el hondo pesar con que arrastra su desventurada existencia. 

Otro poeta, digno de honrosa, si bien somera mención, es don Francisco Benegasi y Lu" 
jan , caballero del hábito de Calatrava y regidor perpetuo de la ciudad de Loja. Era uno de 
los nobles españoles que , en aquel como en todos tiempos , tenían á honra el cultivo de las 
letras amenas. Tercer nieto del caballero Vivaldo Benegasi, embajador de la república de 
Genova en la corte de Felipe II, habia consei'vado en su casa las costumbres elegantes, 
cultas y dispendiosas de sus aristocráticos abuelos. Su excelente hijo don José hace su elo- 
gio en estas palabras : 

« Fué discreto sin afectación , chistoso sin bufonada , galán sin presunción , cortesano sin 
artificio. Manejaba un caballo con singular destreza. Fué tan diestro en el arpa, que le con- 
fesaban excesos en la habilidad aun los que vivían de este instrumento. Logró también sin- 
gularísimos aciertos en el marcial ejercicio de la caza. Fué liberal , y tanto , que no fué li- 
beral. El pródigo puede consolarse... , pero el avaro no. Finalmente, fué tan prudente y tan 
inalterable en los varios contratiempos que le causaron sus émulos, que pudo librarse de 
médicos hasta los ochenta y seis años» (2). 

A aquellas nobles aficiones juntaba don Francisco Benegasi otra, que no menciona su hijo, 
pero que consigna el Marqués de la Olmeda : la de reunir en su casa los más aventajados 
poetas de Madrid , para entregarse con ellos al dulcísimo solaz de las letras. 

« Conocí (dice el Marqués) al autor, á quien hacían muy distinguido sus prendas ; pues , 
ademas de su notoria nobleza, tenía todas aquellas habilidades que hacen á un caballero 
perfecto cortesano. Le quise mucho, y así soy parte muy apasionada... En la casa del autor 
había dos veces en la semana academia , donde concurrían las más conocidas habilidades de 
la corte» (3). 

De las prodigalidades de don Francisco Benegasi hay un testimonio en sus propias obras, 
que no queremos pasar por alto, porque es un curioso recuerdo de las costumbres de nues- 
tros mayores y de la galante bizarría de este poeta. Hay en sus Obras líricas unas seguidi- 
llas que , según el epígrafe, fueron enviadas á una dama, con un « regalo que llamaban del 
zapato , compuesto de un reloj de diamantes , una frasquera de plata , un castillo de lo mis- 



(1) Conservanse muchas de ellas en un códice (3) Aprobación de don Ignacio de Loyola , mar- 
abultado, que posee el señor don Pascual de Ga- qués de la Olmeda, de las Obras líricas jocoserias 
yángos. de don Francisco Benegasi y Lujan (20 de Agosto 

(2) Prólogo á los Sainetes y bailes de don Fran- de 1745). 
cisco Benegasi y Lujan. 



DE LA rOESIA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL XXI 

mo, una caja de tabaco y una bandeja de filigrana, d Pues bien, parecía mezquino á Bene- 
gasi este regalo espléndido, v creyó necesario disculparse por ello : 

Perdona, bella Anarda, 
Mi corto obsequio ; 
Que el ser hoy miserable 
Lo hago de intento. 

Con razón don José Benegasi llama pródigo á su padre ; si bien es de advertir que, aunque 
vivió pobre á causa de aquel rumbo y de aquellas larguezas , el hijo , tierno y desinteresado, 
empleó aquella palabra en tono de alabanza , y no en el de queja ó de censura. 

A pesar de los hábitos aristocráticos de don Francisco Benegasi , no usó de un título de 
Castilla de que le hizo merced el Rey, y perteneció, como poeta , á la escuela libre y popu- 
lar de Gerardo Lobo y del doctor Torres. Sus poesías líricas, menos ingeniosas que las de es- 
tos sus famosos contemporáneos , están escritas con no menor desem1)arazo y con mayor na- 
turalidad y lisura. No merecen, sin embargo, vivir en la posteridad. No así sus obras dra- 
máticas (entremeses y bailes), que pueden ofrecer interés á la historia literaria y aun á la 
listoria de la civilización. Curioso es ver á Benegasi combatir, en forma amena , las preocu- 
paciones populares , imido, sin sospecharlo, á la falange reformadora de los Feijóos y de los 
üartinez. En el entremés El Zahori, da este carácter á im bellaco embaucador, que intenta 
cometer un robo abusando de la credulidad de unos lugareños : 



ALCALDE. 

¿Qué es zahori? 

ZAHORf. 

El ver á ojos cerrados, 
Debajo de la tierra siete estados ; 
Con que voy registrando por el mundo 
Cuanto encierra en su cóncavo profundo. 

ALCALDE. 

Mas no quiero creer tal gracia ó ciencia. 

ZAHORÍ. 

Pues , si gustáis , hagamos la experiencia., 



Un tesoro he de daros esta noche. 

ALCALDE. 

¿Y, solo, he de lograrle? 

ZAHORÍ. (.4^.) 
¡ Qué bien cayó este pez ! El desdichado 
A poco cebo se miró clavado. 
j Un tesoro, Jesús ! De risa lloro, 
¡ Animal! Pues si hubiera tal tesoro, 
Dártelo á tí, ¿no fuera barbarismo? 
¿La caridad no nace de sí mismo? 



No menos malicia y donaire despliega Benegasi en sus bailes. En ellos suelen hallarse ras- 
aos cuyo carácter lírico se trasluce y siente , á joesar del tono cómico ó burlesco de estas 
imenas obras. En La Familia de amor, por ejemplo, tm portugués, arrogante y enamorado, 
íe irrita de que los españoles no sepan definir el amor, y les dirige en lenguaje chapurrado 
íste gracioso apostrofe : 



Callad , patif es , callad , 
Que de oiros me avergonzó, 
Y á pancadas he de hacer 
En vosotros tal destrozo, 
Que los átomos del viento 
Los imitéis , hechos polvo. 
¿Qué sabéis quién es amor? 
Los castesáus modorros, 
¿ Qué saben querer ? ¿ qué saben 



Sus misterios prodigiosos? 
Amor es una conserva 
De un almíbar tan sabroso, 
Que la boca se hace agua ; 
Pero tragado, es rescoldo. 
Es dulzura que alimenta, 
Es confitiñu de Oporto, 
Que á muchos ha dado vida, 
Pero á muchos mais ha morto. 



Como contraste y afrenta del carácter material y rastrero que había tomado la poesía, se 
resentaban de cuando en cuando ejemplos de la mística poética que con tanta vehemencia 
orno esplendor habían cultivado san Juan de la Cruz y la incomparable madre santa Teresa 
e Jesús. En imaginaciones femeniles prendía fácilmente aquel sagrado fuego, que , si bien 
nvuelto en formas metafísicas, servia á un tiempo de pábulo y desahogo á los arranques 
e amor di\ino que abrasaba su alma. Aunque ya desmayada y tibia, todavía llegaba á en- 

rderse aquella luz ardiente en la vida contemplativa y mística del claustro. Inmediatas su- 
I. PS -SYJJI. & 



XXII BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO • 

cesoras del estro apasionado, á jar que discreto, de sor Juaua Inés de la Cniz, fiicron sor 
Gregoria úe Santa Teresa, esclarecida &evillana, gran maestra de la virtud , según la expre- 
sión de su bióm'afo el doctor Torres, y la ilustre poetisa portuguesa sor María dol Cielo, 
que escribió en castellano una parte de sus poesías. La primera de estas dos insignes re- 
ligiosas se distingue por la exaltación mística. Todas las impresiones de la vida cobran en 
su ánimo im carácier intenso de es])iritualidad y amor divino. Una tarde, por ejemj)lo, esta- 
ba contemplando el cielo; ve volar un ])ájaro que se remontaba muy alto; se exalta su ima- 
ginación ; vuela hacia lo invisible y lo etéreo, y escribe el romantie que empieza : 

Celos me da un pajarillo, 

donde, al través de las tendencias conceptuosas del estilo, resalta la sinceridad de sii anbelo 
por salir ¿6 la esfera terrestre, donde siente el alma encadenada. Y lo singular es que su 
afán de morir, aunque vivo y proñmdo, nada tiene de amargo y .de sombrío. No emana del 
desaliento de la vida, ni de los tormentos del desengaño; es el ansia de subir á la mansión 
beatífica de los justos , de gozar de la presencia de Dios sin velo y sin distancia. El amor 
al Esposo divino, esencialmente angélico y sagrado, tomaba en el estilo de estas monjas ex- 
táticas las formas del amor profano. Así habla á Dios la madre Gregoria de Sarda Teresa eii 
unos versos, especie de letanía poética, en que se refleja la paciente serenidad de las oraciones 
del claustro : 



Jesús amoroso, 
Amante divino, 
Objeto del alma ; 
No desprecies , Señor, mis suspiros. 

Pastor soberano, 
Mi duefio, rey mió, 
Esposo suave ; 
No desprecies , Señor, mis suspiros. 



Vuélveme tu rostro, 
Lleno de cariño; 
Que vivo muriendo ; 
No desprecies, Señor, mis suspiros. 

Adorada prenda, 
Vida por quien vivo. 
Alma de mi alma; 
No desprecies. Señor, mis suspiros; etc. 



En casi todos los versos de la madre Gregoria de Santa Ihx'sa se adviei-te la misma ten- 
dencia (1). Hasta en las metáforas, de que tanto se abusaba entonces, resplandecen su ter- 
nura mística y su confianza religiosa. Véanse en prueba estas redondillas : 



Quiero en el golfo de amar 
Anegarme , cual barquilla 
Que , apartada de la orilla , 
Se aventura en alta mar. 

En él me quiero perder; 
Que es lisonja de un amanto 
Rendir la vida, constante, 
Sacrificando su ser. 



Con dulce tranquilidad 
Mi pobre barca navega. 
Con una obediencia ciega , 
Sin temor de tempestad ; 

Que aunque falten vela y remo, 
Segura es la barca mia. 
Pues siendo Jesús mi guía, 
Nada falta y nada temo. 



No manifiesta menos sincera ni menos íntima aspiración á romper los lazos terrestres y 
confundirse en la esencia divina, la célebre poetisa portuguesa sor María del Cielo. Con alma 
menos apasionada, pero con imaginación más viva y fecunda que la abadesa sevillana, la 
monja de Lisboa lleva su misticismo por muy diferente camino. La forma aleg()rica prepon- 
dera en casi todos sus escritos. En algunos de sus autos alegóricos despliega originalidad y 
brío, especialmente en uno, en su tiempo muy celebrado , Las Lágrimas de Roma. Otra tle 
sus obras que mayor éxito alcanzaron es una especie de leyenda moral y filosófica, en pn.sa 
y verso, en la cual el alma , simbolizada en una peregrina , seducida por imas cazadoras ga 






-^1) Entre las obras poéticas de esta esclarecida 
señora, las más todavía inéditas, se distingue un 
Coloquio espiritual, sembrado de rasgos delicadísi- 
mos de sensibilidad y de expresión. A más del doc- 
tor Torres, han escrito acerca de la ¡lustro poetisa, 



en el último siglo don Justino Matute y Gaviri^, 
y en nuestros días el estudioso joven don Antonio I 
Sancbez de Moguel y nuestro ilustrado amigo mon-l 
sieur Antoine de Latour. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EX EL SIGLO XVITL XXIli 

llarcías (emblema de las pa^íiones mundanas), va adorando sucesivauíente los ídolos de la 
tieiTa : noblrza , liermosm^a, discreción humana, esperanza del mundo, riqueza, amor propio ; 
hasín que, desengañada y coiregida, entra en la senda de las asperezas. Allí encuentra á una 
mujer de raj-a hermosura (santa Pelagia) , que la induce á despojarse de los mmidanos ata- 
víos bablandole de esta manera : 

«Yo, antes que pastora, ftií cortesana, y tan vana, que en mi adorno apuraba todas las flores 
para las sedas , todas las luces para el oro, todo el aire para las plumas , todo el mar para las 
perlas , todas las minas para las joyas. En lo mejor ó lo peor de este tiempo me enamoré , y 
entonces empecé á vivir, porque entonces empecé á amar. Era mi amante muy celoso, por- 
que era amante, y cuanto amaba en mi natiu'al belleza, tanto se disgustaba con sus artificia- 
les aliños. Yo, que le adiviné el sinsabor, porque quien ama tiene obligación de adivinar, 
n\andé encender en la plaza una grande hoguera, y di en ella al fuego cuanto habia dado 
antes al \'iento, sin quedarme más gala que mi resolución, ni más diamante que mi amor. » 

Trueca en sayal sus galas , y con esta lección metafórica del arrepentimiento, y asida á un 
hilo de oro (la doctrina santa), que le da san Francisco, adelanta la per^gtina. en el áspero 
camino. 

Á pocos pasos oyó unas descompasadas voces que decían ; 

¡Ahí va la local 
Todos á ella. 
Digámosle injurias ^ 
Tirémosle piedras. 

Miró asustada , y vio que del camino contrario salían muchos de los que ella conoció en el 
bosque (el mundo), que con vocería , risotadas y gritos la venían siguiendo. Decían unos : 
« ¡ Mirad qué airosa va con el nuevo vestido! » Otros : «¡Qué aseada va, toda llena de lodo! » 
Otros : «Va en busca de un Dius , porque es hipócrita. » Otros : « Huye de nosotros porque 
es liviana.» Y todos repetían : 

¡Allí va la loca! etc. 

Después de este fiel recuerdo del trato que suele dar el mundo á la vii-tud, conduce la au- 
tora á la p>eregrina al lago de las trilnlacioiies , y al fin la lleva al vergel (la gloría) del pastor 
(Jesús), que es el amante á quien buscaba. 

Esta especie de novela simbólica, extraña por su forma, y contagiada del gusto metafó- 
rico de aquella edad, es una de las más notables producciones de sor María del Cielo, y es- 
tá escrita, en verdad, con no escaso caudal de inventiva y de ino-enio. 

Sus versos tienen á veces cierto sabor de poesía popular, y gusta de combinaciones métri- 
cas complicadas. En muchas de sus poesías se trasluce, á pesar de su forma sencilla, que la 
poetisa está familiarizada con el Apocalipsis y con los cánticos sagrados. 

Hombres especialmente inclinados al estudio de las ciencias, y más prosadores que poetas, 
pero al propio tiempo fervorosos cultivadores de la poesía , no pueden ser olvidados en esta 
conmemoración histórica de los ingenios líricos del sisólo xviii. Es acaso el más disrno de 
este recuerdo el doctor Don Diego de Torres ij ViUaroel. Tiene lugar señalado y alta signifi- 
cación en la historia de la ciWlizacion española durante la primera mitad del siglo xviil. 
Pertenece á aquel grupo de espíritus reformadores, tales como Feijóo, Mariinez , Salaf ranea, 
Isla y otros muchos , que no podían \\\\r en la densa atmósfera de preocupaciones y de ig- 
norancia que se habia formado en los últimos tiempos de la dinastía austríaca. Sin traspasar 
nunca los límites de la rectitud y de la sumisión á las leyes , era un ánimo inquieto y por 
demás independiente. Aimque nacido en modesta cuna y casi siempre menesteroso , nunca 
antepuso su propio ínteres á la verdad , á la justicia , á la dignidad moral. Al paso que , por 
educación y por instinto, respeta1)a las formas con que se revisten de legítimo y conveniente 
prestigio las instituciones humanas, se mostraba imjilacable con los artificios , engaños y al- 



XXIV BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

haracas que explotan los perversos y los audaces. Un noble de corazón y estirpe , un hom- 
bre austero y justo, un sabio verdadero, le iníundian veneración y simpatía; un advenedizo 
arroo-ante al par que ruin, un docto aj)arente, un vicioso hipócrita, le causaban aversión ó 
desprecio. Con menos talento que don Francisco de Quevedo, á quien intentaba imitar, pero 
no con menor ahinco , pugnaba por arrancar á todo trance estas máscaras de la corrupción , 
de la intriga y de la vanidad , que tan hábihnente se emplean en la comedia hiunana. En imo 
de sus Sueños morales se le aparece Quevedo, á quien UíimB. padre de la verdad y prudente des- 
preciado)- del mundo. En el singular diálogo que con él entabla Torres, así como Petrarca á 
la visión de Laura en el Trionfo dcUa morte , dirige á Quevedo varias preguntas relativas 
á la otra vida, y ésta entre ellas : «¿Padeciste mucho purgatorio por tus sátiras?» Quevedo, 
con la lisura y oravedad que cuadra bien á un aparecido, le contesta estas sencillas palabras : 
«El purgatorio lo pasé en la tierra, porque viví desterrado muchos meses, preso muchos 
años , pobre y enfermo toda mi vida. Á mi estilo calificaron los necios con el infame nombre 
de mordacidad ; siendo así que mis invectivas nunca tuvieron particular destino : sólo las en- 
derecé á la general corrección de los desórdenes y abusos. Yo describí con invención festi- 
va , en el Sueño de las calaveras , el dia del juicio final , y en El Entremetido, La Dueña y 
El Soplón ¡jinté el infierno y los pecados que allá os arrastran; si lo hubiera copiado con la 
pluma que pide el argumento, horrorizaría con la imagen. » 

Quevedo desea registrar la corte y descuhñr la alteración de las cosas de su siglo, é invisible 
para todos, excepto para el doctor Torres , recorre con él, y examina , y moteja, y satiriza 
todas las clases y profesiones en que advierte nuevos abusos. Para la historia de las costum- 
bres es interesantísima esta, unas veces festiva y otras acerba, revista de la faramalla y de los 
desvarios mundanos en la época de Felipe V; y faera ademas muy sabrosa lectura, así por la 
riqueza y movimiento de los cuadros , como ])or el hábil manejo del idioma , si el afán de las 
antítesis y de los donaires, y el remedo harto patente del gran modelo que el autor tiene á 
la vista , no deslustraran y entorpecieran la narración. 

En las letras la aglomeración no es riqueza , y Torres , más sobrio y contenido en el curso 
de su abundante vena, habría podido ser un prosador de alta valía. Su Historia de historias, 
imitación del Cnerdo de cuentos, de Quevedo ; su Barca de Aqueronte, su Correo del otro mun- 
do, y en general todas sus obras satíricas, adolecen de los mismos defectos. En las demás el 
estilo suele ser sencillo y natural. El doctor Torres era extremado en su ambición de ciencia, 
pero su índole inquieta le impidió consagrarse á un ramo especial del saber humano. En va- 
rios de ellos demostró sagacidad suma y no escasas nociones para la época en que \\\'m (1). 
Su principal conato fué combatir errores vulgares y desenmascarar á la ignorancia entroni- 
zada. En sus obras se advierte con dificultad el amor á lo helio , pero resplandece en todas 
partes el amor á lo verdadero. El estudio de la astronomía, á que tuvo afición particidar, le 
sugirió la idea de escribir almanaques , pronósticos y lunarios, que hasta entonces venían de 
Italia , y corrían con gran aceptación entre los españoles. Torres explotó por su propia cuen- 
ta la credulidad popular y el embeleso que causan siempre al \Tilgo las predicciones mara- 
villosas. Pero, enemigo de supercherías, se burla á cada paso en sus obras de sus horóscopos 
y de sus astrológicos augurios. El Ch-an Piscator de Salamanca (2) llegó á adquirir extensa 

(1) El desden que Inspiraban á Torres las glorias mejor que lo que dejo escrito, y que si mi genio liu- 

munclanas, y la pobreza que le aquejó en las varias biera tenido más estimación á la fama, ó lo que se 

situaciones de su vida , fueron causas decisivas de la dice aura popular, y mi pobreza no hubiera sido tan 

precipitación con que estudiaba y escríbia. Él cono- porfiada, serian mis papeles más limpios, más doc- 

cia bien los principales flacos de sus obras, y así lo trinales y más ingeniosos. Atropelladas salieron 

declara, sin asomo de falsa modestia, en estas pala- siempre mis obras desde mi bufete á la imprenta, 

bras escritas en sus últimos años : y jamas corregí pliego alguno de los que me vol- 

« Todas mis obras están escritas sin gusto, con vian los impresores.» 
poco asiento, con algún enfado y con precipitación (2) Por aquellos tiempos andaban en boga los li- 

desaliñada. Yo bien sy qu • alcanzo más y discurro brcs profcticos con el título de Piscafcr, En Córdo- 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL XXV 

fama y á ser manantial de inesperada granjeria. Sinsabores acarreó también al doctor Torres 
el acierto y penetrante sagacidad de algunas de sus predicciones. Fundando , sin duda , su 
pre^TÍsion en más ó menos aventuradas observaciones de la ciencia medica, cometió la impru- 
dencia de anunciar en el Pronóstico para el año 11 24, la muerte del rey Luis I, que se verificó 
efectivamente en el mismo año. Esta audacia , si bien encubierta con reverentes formas des- 
encadenó contra Torres un cúmulo de escritos hostiles, en los cuales se le atribulan dañadas 
intenciones. No faltó quien dijese que la predicción se hahia alcanzado por arte del demonio. 
Entre estos enemigos habia uno en verdad formidable : el sabio doctor, también poeta don 
Martin MaiHine:. Publicó con este motivo im acre y punzante libelo, titulado J^dcio final de 
la astrología. No se arredró Tonyes ante la autoridad imponente del docto Examinador del Real 
Proto-Medicato, y cobrando fuerzas en su sana concienciaren su inofensiva voluntad, repli- 
có á Martinoz en el Entierro del Jaieio final , sincerándose de un modo enérírico v victorioso. 

Su predicción de la revolución francesa , en la cual no hizo alto su época, es uno de los 
testimonios más extraordinarios que pueden presentarse del discernimiento profético del doc- 
tor Torres y del profundo conocimiento que llegó á adquirir del estado político y moral de la 
nación francesa. Aun admitiendo desde luego que el haber acertado aproximadamente con 
la fecha (1790) no pase de una coincidencia casual, la predicción del derrumbamiento del 
trono francés dentro del siglo xviii raya verdaderamente en maravillosa intuición (1). 

Uno de los libros más curiosos de Torres, y el que hace comprender con mayor claridad las 
costumbres de aquella época, es su autobiografía, escrita en el último período de su vida; 
especie de confesiones , menos cínicas , pero no menos sinceras que las que J. J. Rousseau 
escribió algunos años después. Torres no se adula , por cierto, á sí propio , y descubre á las 
claras, así sus defectos y sus buenas prendas , como las extravagancias de su índole versátil 
é incomprensible. Liviano y descontentadizo en su mocedad , dio sobrada rienda á los ím- 
petus de su genio aventurero , y cayó en desvarios que le granjearon poco lisonjero renom- 
bre. « Paso, dice él mismo, entre los que me conocen y me ignoran , me abominan y me sa- 
ludan , por un Guzman de Alfarache , un Gregorio Guadaña y un Lázaro de Tórmes. » No 
les faltaba razón si se atiende á la falta continua de concierto y juicio que afeó la conducta 
de Torres en los tiempos de su juventud. Sin embargo, complace el recordarlo, tal era el fon- 
do de su rectitud nativa y la fuerza de los sanos principios que habia atesorado su alma en 
el puro y honrado hogar de su infancia, que no llegó á pervertirse su corazón : sus yerros 
fueron gravísimas travesm-as, pero nunca malas acciones. 

En el Colegio trilingüe de Salamanca , su claro talento sorprendía , pero su desmandada 
condición se hacia intolerable. Al cabo de cinco afics salió de aquella clausura, de la cual era 
á im tiempo gala y escándalo (2), para volver al seKo de su familia; pero, dejándose arreba- 
tar de las ilusiones de un albedrío impaciente y mal gobernado, se fugó de la casa paterna , 
donde era amado con la más indulgente ternura , sin más móvil ni razón que los devaneos 

ba escribía don Gonzalo Antonio Serrano El Pisca- Entonces , tú lo verás, 

tor andaluz. En Madrid se publicaba El Piscator Misera Francia , te espera 

fie Sarrahal. Torres convertía en asunto de éntrete- 5° f^^^\'^^'l''' 

. . . . Con tn rey y tu delfín , 

nimiento hasta las investigaciones científicas, como Y tendrá entonces su fin 

en el opúsculo que publicó con este título : Noticia^ Tu mayor gloria primera. 

alegres y festivas de las ráfagas de luz que se vieron ,n^ t, 

en la noche del dia 15 de Diciembre de 1737 -en ^^^ «Era grave delito romper de noche la clausu- 

verso V prosa ' ^^' ^ ^o^^s las noches y los días quebrantaba el pre- 

(1) La predicción está contenida en la siguiente "'P*''- ^' f ^"^^ V?^' P"'""* garito de ladrón que 

pel•^'ersa décima, publicada en 1756 en uno de los ^^ 'P^''"*° ^^ estudiante, porque en el no habia más 

manaques de Torres : ^"^ sogas, espadas de esgrima, martillos, barrenos 

y estacones. En las vidas de Domingo Cartujo, Pe- 

ConToftreSe'íis doSíoí, ^'^ ^^^^^^ ^ ^^''^^ ahorcados no sé cuentan ardides 

T cincuenta duplicados "i mafias tan extravagantes como las que inventaba 

Con los nueve dieces mis, mi malicia.» (^El doctor Torres.) 



iXVÍ BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

de un espíritu aventurero (1). En Portugal, adonde le llevó el azar, fué sucesivamente san- 
tero, químico, maestro de baile , médico, soldado, desertor y torero. Nada resiste á las áspe- 
ras lecciones del tiempo, y aquel temple indisciplinado y vigoroso llegó á quedar quebranta- 
do por los vaivenes de la vida y las amarguras del desengaño. Apaciguado el ardor juvenil, 
vuelve á su patria y á la casa de sus padres, eterno centro de amor y de indidgencia, y allí 
BB reproduce la escena del Hijo pródigo arrepentido. Aquel mozo medianameiúe loco, aquel 
perdulario inc&rregihle (2) se consagra con afán al estudio; vive cuerdo y retirado, y acaba 
por conquistar legítima nombradla y por ser de todos respetado, si bien de muchos, más 
que respetado, temido por su vena sarcástica y por el desenfado de sus censuras. 

Su primera afición literaria fué, como su carácter, aventurera y antojadiza. Dio en el ex- 
traño delirio de estudiar las peregrinas artes alquímicas de otras edades (3). 

Cualquier estudio infimde luz en entendimientos sanos , y Torres pasó involuntariamente 
de las falsas ciencias á las ciencias verdaderas. Se dedicó con ahinco al estudio de las mate- 
máticas y de la astronomía. E sta ftié la verdadera regeneración del estudiante estrafalario. 

Sólo leyendo los lances de varia fortima que el mismo Torres refiere y juzga en su autobio- 
grafía, puede formarse cabal concepto de este hombre singidar. Ya se le ve en Madrid presen- 
tarse con decoro entre la gente de vida holgada, escondiendo después su miseria extremada 
en una casa de la calle de la Paloma ; ya lavar por sí mismo su escasa ropa blanca ; ya, ham- 
briento y extenuado, huir, por orgullo, de las casas donde le convidaban á comer, y pasar dias 
enteros sin más alimento que la jicara de chocolate que, según la costimibre de- entonces, le 
ofrecían en una tertulia. No es menos entretenida la extraña aventura de los pavorosos rui- 
dos de la calle de Fuencarral , cuyo misterio procuraron en balde aclarar el doctor Torres y 
el agudo y perspicaz Gerardo Lobo, que hacia mofa del duende , sin acertar á encontrarle ni 
á comprenderle. Una vez temió Torres habérselas con la Inquisición ; pero su fe cristiana era 
sincera y fervorosa, y una mera explicación de su parte bastó para conjurar el riesgo y volver 
la serenidad á su espíritu (4). 

Sería dilatarse demasiado seguir los azares de la vida de Torres , que unas veces tiene tra- 
zas de un Gil Blas, otras de un Cagliostro, y no pocas de un hombre digno de respeto por su 
saber, su ingenio, su modestia y su instinto moral. Su popularidad llegó á ser extraordina- 
ria. Cuando, ansioso de trocar el mote del Piscator por el noble título de catei:lrático de la 
universidad de Salamanca, hizo oposición á la cátedra de matemáticas, muchos doctores le 
fueron contrarios. Temían , no sin fundamento, que el carácter inquieto y mal contenido de 
Torres tuj-base la pacífica unión del claustro. Pero tal era ya la fama de Torres, que se arre- 



(1) uTomé una camisa, el pan que pudo caber de- misa en una de las iglesias de Madrid, y cuando 
bajo del brazo izquierdo, y doce reales en calderilla, quise doblar la reverencia y postración que se acos- 
que estaban destinados para las prevenciones del tumbra, me arrebataron la acción y los oidos las vo- 
dia siguiente, y sin pensar en paradero, vereda ni ees de un predicador que desde el pulpito estaba le- 
destino, me entregué á la necedad de la que llaman yendo en un edicto del Santo Tribunal la condena- 
buena ventura.» {El doctor Torres^ cion de muclios libros y papeles. Mi desgracia me 

(2) Calificaciones que se aplica el mismo Torres. llevó al mismo instante que gritaba mi nombre y 
Así explica la opinión en que algunos le tenian : apelliilo, y mil abominaciones contra un cuaderno 

«La pobreza, la mocedad, mis almanaques, mis mió, intitulado Vida natural y católica. Atemoriza- 
coplas y mis enemigos me han hecho hombre de no- do y poseído de un rubor espantoso, me retiré desde 
vela, un eécolar extravagante, entre brujo y astro- el centro de la iglesia, donde me cogió este nubla- 
lógo, con visos de diablo y perspectivas de hechi- do, á buscar el ángulo más oscuro del templo, ydes- 
déío. » de él vi la misa con ninguna meditación, porqtie es- 

(3) «Arrastrado de esta manía, buscaba en las 11- taba sobrecogido mi cspiñtu de un susto extraordi- 
brerías más viejas de las comunidades los autores nario y de unas tristísimas cavilaciones. Buscando 
rancios de \Si fih.iofía natural , la crisopeya, la ma- las callejas más desoladas me retiré á mi casa; pa- 
fjia^ la transmutatoria , la separatoriaf), etc. (El doc- recíame que las pocas gentes que me miraban eran 
toT Torres.) va noticiosas de mi desventura y me maldecían 

(4) «Yo entraba á cumplir con el precepto de la desde su interior.» (Torres.) 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL xxvn 

draron los opositores rivales , y fueron tan Lrillantes los ejercicios de aquél , que impuso, por 
decirlo así, su triunfo aun á los ánimos más hostilmente prevenidos (1). Los doctores de Sa- 
lamanca habian concebido cierta aversión á Torres, porque, donde quiera y sin rebozo al- 
guno, hacia resaltar la decadencia lamentable á que habia llegado la en ota'o tiempo sabia y 
esclarecida universidad, y no satisfecho con este fundado jiiicio histórico, habia zaherido sin 
piedad, y hasta con injusticia, á los mismos doctores (2). Ya entre ellos, se esforzó Torres 
por ganar la voluntad de sus compañeros ; su genio claro y satírico hizo estéril el sano pro- 
pósito, y fué siempre implacable el desabrimiento que les habia inspirado (3). En cambio, el 
pueblo de Salamanca y los estudiantes de la universidad amaban al homljre llano, célebre y 
algo descarado , que se mofaba de la severidad que afectaban irnos , de la presunción con que 
vivían otros, y «de los poderes y estimaciones con que sostienen uíuchos las reverencias que 
no merecen» (4), 

Es de notar que Torres habla siempre de sus poesías con marcado desden, llamándolas 
generalmente coplas, y considerándolas como desahogos juveniles y devaneos sin alcance y 
sin valor. Su discernimiento crítico era grande , y no le faltaba razón para preferir su prosa 
á su poesía (5). Era, en verdad, más discreto y observador que místico y sublime; pero sus 
versos, por la espontaneidad, por el donaire, y á veces por la naturalidad y el ingenio, mere- 
cen un recuerdo de la posteridad , y no dejan d ' despedir alguna luz en aquel Parnaso de 
afectación y de tinieblas. Aunque no poeta de numen elevado. Torres era poeta. Cuando, se- 
gún su propia expresión , profesó de jácaro, y anduvo con toreros y con gente de vida aira- 
da, representaba pasos y saínetes, por él compuestos, y llenos de originalidad y de zumba. 
Sus pasmarotas satíricas de los hmarios no carecen de gracia y de intención. Todo esto no 



(1) De setenta y tres doctores que asisticrou al 
claustro pleno, setenta y uno votaron en favor de 
Torres. 

(2) Sirva de ejemplo el soneto A los doctores de 
la universidad de Salamanca , cuj-as dos primeras 
cuartetas son como sigue ; 

Sabios sólo de gestos y visajes, 
Estudiaute ninguno, mil togados, 
Y con las vanidades de graduados 
Los qne tienen ya plaza de salvajes. 

La necedad se abriga con los trajes 
Qne antes honraban doctos licenciados, 
T andan todos los vicios arropados 
Con fúnebres y místicos ropajes... 

(3) La universidad de Salamanca Iñzo á Torres, 
ya jubilado y viejo, el desaire de no siiscril.irse á la 
publicación de sus obras, que las demás universida- 
des, la familia Real, varias comunidades religiosas, 
y los principales sabios y magnates del reino habian 
apadrinado con su nombre. Este calculado desvío 
llegó al alma á Torres. De él se queja amargamen- 
te en sus obras. 

(4) Palabras de Torres. 

La ovación tributada á don Diego de Torres con 
motivo de su admisión como catedrático do la uni- 
versidad, no tenía ejemplo en Salamanca. Gentes de 
todas las clases de la sociedad acudieron afanosas á 
los ejercicios de oposición. Llcj..;aba el gentío hasta 
las ptiertas que salen á la catedral. El auditorio se 
acercaba á cuatro mil personas ; otras tantas espera- 
ban ansiosas donde no podían presenciar el acto. 
Luego que el secretario de la universidad hubo de- 
clarado la resolución favorable, repicaron las cam- 



panas de las parroquias inmediatas, los estudiantes 
dispararon muchos tiros y cohetes, un tropel nume- 
roso de gentes de todas esferas acompañó hasta su 
casa al nuevo catedrático, victoreánd(jle con entu- 
siasmo. A la noche siguiente salió á caballo un es- 
cuadrón de estudiantes, hijos de Salamanca, ilumi- 
nando con hachones de cera un tarjeton, en que iba 
escrito con letras de oro, sobre campo azul , el nom- 
bre del triunfador. Pusieron luminarias hasta los 
vecinos más miserables, y en los miradores de las 
monjas no faltaron luces, pañuelos y aclamaciones. 
Se extendió la alegría á todos los barrios, y en todos 
hubo música, durante la noche. 

(5) Conocía bien el lastimoso estado de las letras 
en su época. En los Sueños morales dice á la som- 
bra de Quevedo : «Eso de poetas grandes no es fruta 
de este siglo. En lo lírico se ha perdido ya la ele- 
gante cultura y hermosa locución de Góngora... En 
este miserable siglo, poetas grandes, doncellas ho- 
nestas y jueces desinteresados son las paradojas del 
fénix... En las tiendas de los libreros verás la incul- 
tura y negligencia de las almas de esta infeliz edad... 
Hoy es moda el ignorar, es uso la b;irbarie, y las 
señas de caballero son escribir mal y discurrir peor. 
Más vale un tonto adnla<l(ir y un salvaje forrado en 
charlatán que veinte Moretes y Villayzanes. El la- 
tín será, deutro de pocos años, más raro que el grie- 
go, y será forzoso que venga otro Antonio de Ne- 
brija, que fué el Pelayo de la latinidad. Eso de re- 
tórica no se usa . porque dicen que nada tiene fuerza 
de persuadir sino el dinero. De la divina poesía se 
perdieron los moldes,)) 



•ttvni BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

es alta poesía , pero siempre inspirará interés á quien desee conocer los ecos , poco despucS 

perdidos, de la musa gcniiina de los españoles. 

Otros doctos é insignes prosadores que culti^ aron la poesía señalaríamos en este Ingar, á 
consentirlo los límites del presente Bosquejo; pero no debemos omitir, por la influencia crítica 
y moral que ejerció en las letras, en las ciencias y en las ideas, al sahio benedictino /rfl¿/ Benito 
Jerónimo Feijóo. Dechado de pureza en las costumbres, sincero é inquebrantable en la fe, aus- 
tero en las convicciones de la moral , amigo de la paz del claustro , una pasión sola tuvo en 
su vida : la pasión del estudio. Y esta pasión nació de otra aun más elevada : la pasión de la 
verdad. En su juventud, la ignorancia embotaba el entendimiento en todas las clases de la 
sociedad española, y las preocupaciones vulgares adquirían cada dia mayor arraigo y creci- 
miento. Movido por su instinto y por su caridad , y ansioso de contribuir á ennoblecer la na- 
turaleza del hombre, que la ignorancia enerva y degrada, se empeñó en la ardua y arries- 
gada tarea de combatir los errores populares con el ímpetu heroico de los antiguos campeones 
y hasta con la impasible constancia de los mártires. El espíritu enciclopédico y la gloriosa 
ambición de cultura que reinaba entre los sabios benedictinos , llevaron desde luego á Feijóo 
á estudiar los grandes maestros de la civilización moderna. Luis Vives, á quien Erasmo 
admiraba, y el canciller Bacon, que, después de Vives, y por nuevos y muy elevados cami- 
nos , buscó los medios de dar ensanche y perfección al saber humano, fueron las vivas lum- 
breras que guiaron y fortalecieron á Feijóo en su noble y meritoria empresa. Los tratados 
del sabio español. De corrtiptione artiiim et scientiarum y De tradendis disciplinis, y los trata- 
dos del filósofo inglés , De dignitate et augmentis scientiarum y Novum Orgamim , dieron 
asiento, luz y vigor á los grandes instintos del ilustre benedictino , y á esta preparación inte- 
lectual, tan pura y tan fecimda, debieron acaso, así Feijóo como su amigo el célebre doctor 
don Martin Martínez, médico del rey Felipe V, el ser los dos hombres más ilustrados de Es- 
paña en aquel triste período de paralización científica y de corrupción literaria. Como am- 
bos eran tan superiores á sit tiempo, ambos fueron perseguidos con encarnizamiento por la 
envidia y por la ignorancia. Audaces adversarios , uno y otro, de la rutina y del sofisma , 
¿cómo no habia su noble arrojo de suscitarles ásperos y encarnizados impugnadores en un 
tiempo en que la rutina y la sofistería eran el alma de las escuelas? Lo recio é injurioso de 
los ataques de que fué blanco aceleró la muerte de Martínez (1). Feijóo desplegó en la lucha 
ima entereza incontrastable. El mismo escribía: «Si Martínez murió en el asalto, yo me 
mantengo sin herida alguna en la brecha» (2). 

El Teatro crítico nnivej'sal, que el padre Feijóo empezó á publicar á los cincuenta años (3), 
suscitó, como era natural, una turba de impugnadores. Dia hubo en que salieron á luz tres 
escritos contra Feijóo. Las naciones , como los individuos , se resienten , á pesar suyo, contra 
aquellas personas que, armadas de un discernimiento superior y de un temple inflexible, se 
afanan por presentar de bulto, como sacándola á la vergüenza, la pesada y humillante ba- 
lumba de sus preocupaciones, de sus vicios y de su ignorancia. Pero la gloria premia y 
enaltece á estos varónos de ánimo recto y esforzado, que se ahogan en la atmósfera del error, 
y son en la tierra mártires de la verdad. Feijóo, ilustrado con vasta lectura y sostenido por su 
razón serena , fué un adalid inexorable y poderoso de la civilización. Cualquiera que sea el 
valor absoluto que hoy pueda atribuirse á sus obras , nadie se atreve á negarle aquel lauro 
eminente. Lista dijo que la posteridad debe eiñgir á Feijóo una estatua , y quemar sus obras 
al pié de ella; sentencia ingeniosa, que, bien examinada, tiene tanto de injxista como de 
aguda. Obras hay de Feijóo, cuya lectura es y será siempre sabrosa é instructiva ; y aunque 
en realidad todo su mérito fuera estrictamente relativo, la posteridad no puede nunca mirar 
con indiferencia ó desvío esas obras, que son monumentos de la historia moral de las nacio- 

(1) Feijóo, carta 23, tomo ii. de las Cartas eruditas salió á luz en 1760. Habia 

(2) Feijóo. cumplido Feijóo oclienta y cuatro afios. Murió el 26 

(3) El 3 de Setiembre de 1726. El último tomo de Setiembre de 1764, 



DE LA POESÍA CASTELLANA E^T EL SIGLO XVTU. TXiX 

íiefe , ni esos vestigios de la gloriosa y ardua lucha en que pugnan por un lado los errores 
comunes del pueblo, siempre tenaces j extremados , j por otro la luz de la verdad y la noble 
entereza de una intención robusta y acendrada. 

El lenguaje de Feíjóo es ameno y fluido y como de quien escribe más afanoso de demos- 
trar verdades que de embelesar con primores retóricos (1). Aunque en la prosa es por lo co- 
mún tan claro y tan sencillo, rindió culto en sus versos al gusto conceptuoso, que todos con- 
sideraban entonces como la esencia de la poesía (2). Testimonio de ello son sus celebradas 
décimas metafóricas A la conciencia, sus Liras á una despedida , que escribió haciendo alarde 
de naturalidad (3), y otras comi)osiciones, las cuales prueban, al propio tiempo, que no ca- 
recía de vena poética el cuerdo é implacable perseguidor de supersticiones y vanas creencias. 

Feijóo recibió especiales muestras de aprecio del papa Benedicto XIV, del sabio cardenal 
Querini , bibliotecario del Vaticano , y de otros eminentes varones. El rey Fernando VI le 
concedió honores de consejero, y Carlos III lo colmó de alabanzas al regalarle las Antiqüe- 
dudes de Hercrdano. Pero el más solemne y significativo testimonio de aprecio que recibió 
de su soberano, fué la prohibición pública y oficial de que en lo sucesivo fueran impugnadas 
sus obras (4). Esta intervención de la Corona para poner á Feijóo al abrigo de la crítica, ha 
parecido á algunos digna á un tiempo de vituperio y de alabanza. Cierto que la medida en sí 
misma tiene trazas de arbitraria y opresiva ; pero la verdad es que fué dictada, no para aho- 
gar la libertad científica , filosófica y literaria, sino para darle favor y patrocinio. Necesario 
es , para comprender el verdadero carácter de este hecho, recordar el espíritu intolerante y 
agresivo que reinaba en España, durante el siglo xviii, contra aquellos escritores que se 
atrevían á sustentar los principios de la crítica moderna. El famoso Diario de los literatos 
(1737) , rerista avanzadísima para aquella época, no pudo resistir al embate de los literatos 
vulgares heridos por aquella doctrina nueva y severa , á pesar de la protección decidida que le 
dispensaron Felipe V y los magnates de la corte. La polémica contra Feijóo habia tomado un 
carácter enconado y tenaz ; por docenas se contaban las impugnaciones impresas ; acerbas 
invectivas , y hasta suposiciones calumniosas , se habían empleado , en vez de argumentos 
doctrinales ; la contienda producía antes escándalo que provecho para la pública ilustración. 
La extraña disposición del Monarca fué en aquella sazón homenaje á la dignidad del carác- 
ter, desagravio á la justicia, amparo á la libertad del entendimiento. 

No tenninarémos este capítulo sin hacer siquiera mención del estado de la poesía en las 
Indias Occidentales. El gusto reinante en la metrópoli habia pasado, por lo general, á los rei- 
nos españoles de América con sus vicisitudes sucesivas. 

En Méjico, donde en el último tercio del siglo xvi habia nacido y estudiado Alarcon , el 
poeta dramático español de más filosófico instinto, y el que usó un estilo más sencillo, más 
claro y más adecuado á la intención moral del drama , resonaba , un siglo más adelante , en 
el palacio del elegante é ilustrado virey Marqués de Mancera , el discreteo ingenioso á par 
que alambicado de la afamada monja mejicana sor Juana Inés de la Cruz, Sus imita4ores no 
la igualaron , y cayó sobre sus nombres el velo del olvido. 

En el reino del Perú también se habían cultivado con afición las letras amenas. A princi- 
pios del siglo XVIII el gusto conceptuoso ejercía allí su contagioso imperio. Por los años de 
1709 y 1710, el Marqués de Castell-dos-Rius , grande de España, virey del Perú, antiguo 

(1) ]\rayans, que no era favorable al Babio bene- de Feijóo en la excelente colección de sus Obras 
dictino, lo juzga de este modo : Oratio ejus perspi- escogidas, publicadas en el tomo LVl de la presente 
cua y sed peregrinis mrihvs frpclata. A multis est im- Biblioteca. 

petitus; sed, zit débiles adversarios nactus est, eorum (3) Hé aquí el titulo completo de esta composi- 

impetus irridet, nescius forte , quantum á potenti ad- cion : Liras á una despedida, compuestas en este gé- 

versario pati posset , si critico «tilo res essei decer- ñero de metro para demostrar que en cuantos usa la 

nenda. poesía española cabe naturalidad y ternura. 

(2) Puede verse el catálogo de las obras poéticas (4) 23 de Junio de 1750. 



XXX BOSQUEJO niPTÓRICO CRÍTICO 

embajador en París y en Lisboa , hombre ilustradísimo y amante sincero de las letras y de 
las artes celebraba brillantes y animadas tertulias literarias en su palacio de Lima. La ca- 
sualidad habia reunido en torno suyo algunos cultivadores de las letras, capaces de dar, jwr 
pu iiií^truccion v j)or su ingenio, pábulo y lustre á las reuniones del Yirey (1). Algunos do 
ellos , como don Jerónimo de Monforte, el doctor don Pedro de Peralta Barmievo y el Conde 
déla Gnwja, imprimieron varias de sus obras y alcanzaron fama en España (2). El mal 
gusto de la época rebosa en esta abundante colección de versos artificiales y conceptuosos. 
No puede olvidarse que ésta era la triste gloria de las letras en aquella época de corrupción 
intelectual, Pero, acaso por el aislamiento en que vivían los poetas en aquellas apartadas re- 
giones, el cultismo ni subió allí á las nebulosas alturas de los Góngoras, ni descendió á la 
ruin y repugnante esfera de los Montoros. Los asuntos académicos son unas veces nobles y 
naturales, como, por ejemplo, á la victoria alcanzada por Felipe V en la batalla de Luzzara; 
otras, las más, son de a(|Ucllos que ponen en prensa el ingenio y pro^-ocan los juegos de me- 
tro y de palabra , los retruécanos y los conceptos. Ya expresan el rendimiento de amor k 
una dama en redondillas, con la obligación de acabar cada ima de ellas con un título de co- 
media (3): ya discurren sobre lo que bordaba Penélope en su famosa tela , ó sobre cuál e5 



(1) Consérvanse sus nombres y sus versos en un 
códice titulado Flor de academias, que posee nuestro 
amigo el señor don Pascual de Gayángos. Los prin- 
cipales ingenios que asistian á estas tertulias poéti- 
cas V recitaban versos en ellas eran : 
Don Migvel Saenz Cascante . presbítero. 
El padre maestro fray Agustín Sanz, calificador 
del Santo Oficio, confesor y consultor del Virey. 

El Marqués de Brencs (don Juan Eustaquio Vi- 
centelo y Toledo), caballero de Santiago. Habia sido 
ETobernador y capitán general del reino de Ticrra- 
FiíTne. 

Don Pudro José Bermudez de la Torre y Solicr, 
doctor en ambos derechos, alguacil mayor de la 
Real audiencia de Lima. 

Don Jvan Manud de Rojas y 5afór3ffl??o, caballero 
de Santiago , secretario de Su Majestad y del Virey. 
El doctor don Pedro de Peralta Barnuevo y Bo- 
cha, contador de cuentas y pai-ticiones de la Real 
audiencia de Lima, catedrático de prima de mate- 
máticas en la universidad de la misma ciudad, cos- 
mógrafo é ingeniero mayor del reino del Perú. 
Don Jerónimo de Mon/orte y Vera. 
Don Matías Ancjlés de Meca, gentilhombre de 
cámara del palacio del Virey. 

El Marques del Villar del Tajo (don Antonio de 
Pamunio de las Infantas), caballero de Santiago, 
general del mar del Sur. 

El Conde de la Granja (don Luis Antonio de 
Oviedo y Herrera), caballero de Santiago, regidor 
perpetuo de la ciudad de Salamanca, gobernador de 
la provincia del Potosí. 

(2) Mon/orte era poeta festivo. Escribió sainetes, 
y en las academias de América se distinguió por su 
afición á la poesía burlesca. Así lo da á entender el 
prólogo del códice ya citado, Flor de academias. 

Peralta Barmievo. liombre muy erudito, imprimió 
8u largo poema Lima fundada y otras varias obras, 
entre ellns el nrimpr t<>mo de su Historia de España 
vindicada. 



Véase el artículo Peralta en nuestro Catálogo de 
poemas castellanos del siglo xviii , y lo que dice de 
ambos poetas don Cayetano Alberto de la Barrera 
en su Catálogo del teatro antiguo español. 

El Conde de la Granja, natural de Madrid, ami- 
go de Zamora y de Cañizares, era ya por este tiem- 
po un anciano de setenta y tres años. Habia escrito 
dos poemas, entonces bastante estimados : Vida de 
santa Posa de Lima y La Pasión. Véase el artículo 
que le consagra Alvarez y Baena en su diccionario 
Hijos de Madrid. 

(3^ En este asunto, como en la pintura joco-séria 
de Narciso y en algunos otros, anduvieron muy fe- 
lices los ingenios de la academia. Sirvan de mues- 
tra algunas redondillas de las muchas improvisadas 
en aquella ocasión por el doctor Bermudez, que era 
un verdadero repentista , y se hallaba muy familia- 
rizado con el discreteo del teatro español : 



Ño te quisiera explicar, 
Bella iugrata, lo que siento, 
Porque en un amor atento 
íío hay cosa como callar. 

T asi, con ansia, veloz 
Viene obediente el respeto 
Á que corrija el secreto 
La <iesdir?ia de la voz. 

Aunque contra esa desdicha 
Ajielaró á tn? piedades; 
Que fi la oyon las deidades, 
También por la voz hay dicha. 

Porque en sus violencias dudo 
Que, obediente á su destino, 
Pueda ser el amor fino 
Cuando es el amante mudo. 

Pero otra vez te prometo 
Bl silencio, y mi atención 
Te ofrece en mí corazón 
El alcázar del secreto. 

Que en este confuso abismo 
De mt amante desaliento, 
Quiere ser mi jiensamiento 
E¡ alcaidt de si mismo. 






Bofiaba amor en mi empefia 
Qne vida el favor le dabsK 



I 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGCO XYIIL xxxí 

defecto más tolerable en la mujer propia , la necedad ó la fealdad (1); ya pintan á nna dama 
en un romance con la precisión de haber de constar cada copla de un título de comedia, de 
otro de un libro, del nombre de una calle de Madrid ó Lima y de un refrán (2); va, en fin, 
escriben romances que son al mismo tiempo latinos y españoles. En medio de estas y otras 
extravagancias semejantes, asoma á menudo la fantasía viva y fecunda de aquellos ingenios 
extraviados. El Virey tenía en su palacio un salón dispuesto para representaciones dramáti- 
cas. En algunas ocasiones se improvisaban comedias. Las reuniones empezaban con música, 
y el magnate mismo no se desdeñaba de tocar la guitarra delante de aquellos poetas , amigos 
suyos predilectos, que, si bien libres, traviesos y conceptuosos, no son en sus versos ni li- 
cenciosos ni cliocarreros. En aquella edad sabian los hombres hermanar fácihncntc la fuiíii- 
liaridad y el respeto. 

Escribió el afargues de CasfeJl-Jo!i-7\bfs. ademas de algunos versos líricos, varias loas, men- 
cionadas en el códice Flor de academias. Tenía el Marqués perverso gusto poético. Él es 
quien ponia á los asuntos académicos , en sus tertulias literarias, tantas pueriles dificultades 
métricas, indignas de la verdadera poesía, y se trasluce en la Noticia proemial de la Flor de 
Academias que el culto y elegante Virey blasonaba de que en sus academias «se habían he- 
cho usuales los primores más difíciles», y que continuamente se componian allí poesías, «ya 
retrógradas , ya con ecos , paranomasias y otras delicadas armom'as y artificiosas elegancias. » 
¡Así extravia el mal gusto la razón y ciega las fuentes eternas de la belleza ! 

El lunes 24 de Marzo de 1710 se celebró academia poética en el palacio del Virey, y ésto 
leyó en ella un soneto A la oscuridad del cielo en la muerte de Cristo. Fué su último solaz li- 
terario. L'n mes después imntualmente (el 24 de Abril), habia dejado de existir. Todavía se 
reimieron una vez sus amigos para celebrar una academia literaria. Pero ésta fué triste y 
dolorosa, como exclusivamente consagrada á la memoria de aquel hombre ilustre y querido. 
Todos los poetas de la academia , y algunos otros que á ellos se agregaron en esta triste oca- 
sión , rindieron la ofrenda de su corazón y de su talento, no ante el esplendor del procer en- 
cumbrado y poderoso, sino ante el sepulcro del amigo y del honrador de las letras (3). 

Y es, sin duda, qne soñaba, De tonta podrá sanar, 

Pnes siempre la vida es sueño. Mas no sanará de fea... 

Vencerte no puede ser, A la necia mis sentidos 

Pensarlo es temeridad, Quiero rendir por despojos, 

Pues eres, por tu beldad. Pues aunque haya mil maridos 

Ángel, milagro y mujer. Que hagan ojos los eidos, 

Yo haré oidos do los ojos. 

• Ysi alguno á reprender 

Se atreve mí necedad , 

(1) Casi todos los poetas se deciden en favor de Diré qne es un bachiUer; 

la necia hermosa. Don Juan de Rojas da, entre otras, Q™ ^^ ^* ^^ ^"^ ™' nmjor 

las siguientes razones burlescas : ^'^'^'^ '^^ universidad. 

(2) Nada apuraba á estos desenfadados poetas. 

Si hubiera soUcitado ^® complacían, al parecer, en esta gimnasia del in- 

Proferir á lo discreto, genio. Todos arrostraban con juguetón desembarazo 

Yo confieso mi pecado, los estorbos que inventaba el Marqués. Así empieza 

cZ ZZrrS:T «" '^^^^^^ d«- Jerónimo de Monf orte : 

Siempre cuestan estas coaas Marica, en tu Calepino 

Al gusto muchos afanes; Trampa adelante no quiero; 

Pero en mi no son penosas; Que el que las sabe las tañe, 

Que el querer más las hermosas Y es tu calle del Espejo. 
Es vicio en todos los Juanes. yo puede ser, pues no caben 



• ••• Bn un saco honra t/ provecho. 

De la linda y la entendida Que vivas tú para Mus, 

La utilidad es notada, Y yo en la calle del Cuerno. 

Porque bou toda la vida 



La docta más aplaudida, «... 

^íl'ínTZieTá'sí'SÍÍ (3) 'léanse los artículos Castell-dos-Eius y Rojas 

Porque más claro se vea, V Solórzano , en nuestra Reseña de varios poetas lí- 

De ambos males enfermar, ricos del siglo XVlli. 



MHcn BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

CAPÍTULO IV. 

Poetas malogrados.— Álvarcz de Toledo (D. Gabriel).— Gerardo Lobo.— Tafalla y Negrete.— Marqués de Lazan. 

Lamentable es siempre ver decaer rápidamente en poder, en artes y en letras á una nación 
p-ande y generosa; pero el triste sentimieito se exacerba y crece cuando, en medio de la de- 
pravación del gusto y del abatimiento de las ideas, asoma por ventura algún noble carácter, 
algún entendimiento superior, que pugna en balde por desasirse de las cadenas morales é in- 
telectuales que embargan y esterilizan su fuerza y su índole nativa. 

En la primera mitad del siglo xviii presentan esta imagen descon.soladora algunos inge- 
nios de notable valía, entre los cuales merecen ser citados en lugar preferente don Gabriel 
Aharez de Toledo y don Eugenio Gerardo Lobo. En ambos resj)landecen prendas eminentes 
de poeta, y si sus obras no llegaron á los puros espacios del arte, es porque sofocaba y per- 
vertía su inspiración la corrompida atmósfera literaria que los circundaba y comprimía. En la 
am'ora de las civilizaciones, cuando se presenta abierto y sin nubes el horizonte de las ideas, 
nada turba ni enfrena el vuelo de esos genios singulares que la Providencia envía de cuando 
en cuando para derramar la luz y trazar el camino. Homero, Dante , Shakspeare , no hallan 
carriles trillados , ni engreimientos literarios, ni trabas doctrinales, ni falsos primores con- 
vencionales : su creador impulso avasalla á las gentes por la virtud misma de su espontanei- 
dad poderosa; son númenes gigantes, que abarcan la humanidad entera También á veces 

piensan y escriben con desembarazo y propia fuerza, aunque en más reducido campo, aquellos 
ingenios elevados que son ecos involuntarios y sublimes de las glorias ó de las trasformacio- 
nes nacionales. Así Virgilio ; así el Tasso ; así el Ariosto ; así Camoens ; así Lope de Vega ; así 
Calderón; así Milton; así Goethe; así Voltaire; así Schiller; así Quintana; así Lord Byron. y 
algunos otros ingenios eminentes. Pero, en las épocas de transición, la civilización gastada 
estraga el gusto, impone sus refinamientos, ofusca los ojos del espíritu, y logra sólo aparen- 
tar una lozanía que es en realidad un grosero barniz. Deslumhra y reina, como la cortesana 
decadente que disimula los estragos de la hermosura con el velo engañoso, y por desgracia 
seductor, de afeites y cosméticos, y con el relumbrón de falsas joyas. Nadie se libra entonces 
del contagio : la atmósfera carece completamente de luz y de pureza, y el ingenio más claro 
y poderoso no puede desplegar sus alas sin limpio cielo y sin sol de nacional grandeza. 

Don Gabriel Alcarez de Toledo es uno de los poetas más importantes y menos conocidos del 
primer tercio del siglo xviii. Aunque el mal gusto entonces reinante ahogó casi siempre su 
privilegiado ingenio, la historia literaria no puede ni debe olvidar al escritor que levantaba 
su fantasía á las sublimes esferas de la filosofía histórica y de la idealidad poética, en un 
tiempo en que todo en la poesía era vil y rastrero. 

Su talento claro y brillante, su condición alegi'ey simpática, y la gallardía de su persona, 
contribuyeron á granjearle la voluntad de las damas andaluzas, y esto ayudó sin duda á des- 1 
vanecer algún tanto su corazón de mozo y de poeta (1). Nunca llegaron á ser licenciosas susí 
costumbres , antes bien se advei'tia en sus amores y en sus versos cierto carácter de espiritua- 
lidad y de platonismo, que ya anunciaba las tendencias místicas de su alma. Sin embargo.] 
era tenido por sobradamente frivolo y engreído entre la gente austera de su tiempo. Los es- 
casos datos biográficos que hemos hallado de don Gabriel Álvarez de Toledo no nos permiteij 
formar con cabal fundamento conjeturas acerca de los motivos que produjeron el cambio toj 

(1) «Empezaron á ser bien vistos sus versos, y alabanzas y satisfacciones, y tropezó en la vanidaJ 

las damas de Sevilla á dar en celebrar sus donaires, Platónicamente enamorado, pasó algunos años oyeii 

su ingenio y sus modestas cortesanías Saboreaba- do sus aplausos y regodeándose con las alabanzas! 

se don Gabriel, con inocencia inadvertida, con las {El doctor don Diego de Torres.) 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL xxxuí 

tal de hábitos y de ideas que se advirtió en este hombre ihxstre á los treinta años de su edad (1). 
El doctor Torres afirma que el poeta pasó algunos años platónicamente enamorado, j nada dice 
después de que Alvarez de Toledo contrajese matrimonio en época alguna de su vida , ni se 
ve rastro en las obras de éste que pueda hacer presumir que satisfizo en esta parte los senti- 
mientos de su corazón. Acaso insuperables trabas ó amargos desengaños dejaron en su alma 
un hondo y desconsolador vacío, que sólo alcanzaron á llenar las inefables esperanzas de la 
religión, las ilusiones del hombre de Estado, los afanes sabrosos del entendimiento cultivado. 

Se consagró con incansable ahínco al estudio de las ciencias filosóficas, de la historia y de 
las lenguas antiguas y modernas (2), y fué, en verdad, uno de aquellos ingenios malogra- 
dos por causa de la época desventurada en que nacieron. Su mimen , embargado y vencido 
por la abrumadora decadencia de las letras , no produjo sazonados frutos : fué como fanal en 
noche oscura , que no alcanza á sobreponerse á las nieblas que lo rodean. Velazqnoz , Quinta- 
na y otros historiadores de la poesía, lo han desconocido ó desdeñado. Acaso juzgaron quo 
la lumbre amortiguada de la gloria de este poeta debía morir del todo, y no intentaron exa- 
minar de cerca si aquella luz opaca había despedido algún destello esplendoroso de aquellos 
que no es justo, ni aun posible , condenar al olvido. Hasta el indulgente Arana de Varflora 
(el padre Valderrama) omite el nombre de este insigne español entre los Hijos de Sevilla. 

Ya es tiempo, sin embargo, de que la historia literaria , sin prevenciones de época ni de 
escuela , aquilate y clasifique los títulos y el carácter verdadero de los poetas de cada edad. La 
poesía es el eco de las naciones , y si faltasen otros monumentos de la vida y del estado de los 
pueblos, ella sola bastaría á poner de manifiesto la índole y el alcance de su cultura, su mo- 
vimiento íntimo, sus tendencias; en una palabra, toda su fisonomía moral. 

Don Gabriel Alvarez de Toledo encumbraba demasiado los arranques de su fantasía para 
ser poeta popular en una edad en que la vulgaridad del pensamiento y la trivial complica- 
ción de la forma constituían la única poesía que realzaba á los autores y embelesaba al pú- 
blico. Tal y tan poderosa llegó á ser la fascinación del estilo culto y conceptuoso, que hasta 
aquellos doctos que con mayor saña miraban los extravíos del gusto, daban de lleno en el cul- 
teranismo, cuando creían escribir en el lenguaje á la par noble y llano del siglo de oro. El es- 
tilo de Alvarez de Toledo es casi siempre conceptuoso hasta rayar en incomprensible, y no 
obstante, su admirador el padre fray Juan de la Concepción, hombre de saber y doctrina, le 
tributa especiales alabanzas por su claridad y sencillez. «Más de una vez he informado al pú- 
blico, exclama el sabio carmelita, de mi aborrecimiento al estilo oscuro. El de c?on Gabriel es 

verdaderamente poético; pero es casi preciso parezca mal en una era donde todo estilo es 

extremado, ó por lo neciamente culto, ó por lo villanamente bajo. » No hay que dejarse cau- 
tivar por la sensatez de estas palabras ; el sabio fray Juan de la Concepción era hombre de su 
tiempo, y tenía afición á los enredados raciocinios escolásticos de Alvarez de Toledo, y á la3 

(1) Véase la noticia biográfica de don Gabriel Júpiter iominant en ton regará señeut; 

\ Alvarez de Toledo, al frente de sus poesías, publica- Apoiion dans rattrait de rédatant visage...» 

I j -1 . . Mais ce noble recueil de brillantes fictiom 

I das en el presente tomo. „ ■, ^ . , ■ . •. ,r * 

I *^ Ne seraii de ta gloire un portrait suffisant, 

(2) Algunos versos escribió en francés, idioma SUegrand roi Louisn'yajoutaitper/ection*. 

entonces tan en boga en la corte de España. Sirva '^*'"' ^^ *** vertus dans u bücher luisant, 

de muestra el siguiente soneto conceptuoso, que fféritierimmorteld'immortellesactions, 

, , , 11 . 1 /i , ,^ , , i Seras nouveau phéníx de ce phénix vlvant, 

prueba más la adhesión de Alvarez de Toledo a Fe- 
lipe V, y su admiración á Luis IV, que su dominio Es imposible leer estos versos sin traer á la me- 
de la versificación francesa : moría, á causa del estilo, el soneto marinesco que 

pone Moliere en boca de Órente en el Misanthrope, 
El severo Alceste habria dicho probablemente á AI- 



A SA MAJESTK LE ROI PHUJPPB V. 



Seros en gui Je ciel a r'aií un assemblage imii it? -.ii •■. 

n . , ■ ■ j 1/ , I , varez de Toledo, como al bel-esprit de la comedia : 

Des avantages vrais des héros fabuleux , ' J. ' ^ •■'• '^^^'hvvaí» , 

Pour donner á tEspagne en cejour bienheureux Ce style figuré, dont on/ait vanité, 

Ifun monarque parfait le difficile ouvragti Bort du bon caractóre et de la vérité; 

líercure en ta parole apparait toujours sage; Ce n'est quejeu de mots, qu' affectation puré, 

Jfars se voit /oudroyant en Vaspect belliqueux; Et ce n'est point ainsi que parle la wturt. 



XXxrv BOSQUEJO HISTÓEICO CRÍTICO 

' tenebrosas metáforas del PoUfemo y de las Soledades ^ de Góngora, que él , por lo visto, en- 
tendía y descifraba con sagacidad peregrina (1). 

, A pesar de la inspiración elevada qne resplandece casi siempre en las Oh-as postumas de 
Alvarez de Toledo, la lectura de la mayor parte de estas poesías causa disgusto y fatiga por la 
oscura afectación de su lenguaje. Entre ellas se cuentan Tifeo fulminado en Flcgra , y Sócro- 
te.i antes de beber la cicuta , dos composiciones llenas de altos pensamientos , pero casi intole- 
rables por el artificio del estilo. Tributo, y grande, paga el poeta á los extravíos literarios de 
la época, pero á veces le preserva su noble instinto, y trozos hay en sus obras, y aun com- 
])Osiciones enteras, en que el tono, la versificación, el lenguaje y la idea suben de consuno al 
más alto nivel de la poesía. La.s endechas a su pensamiento, en que pinta los vaivenes y las 
vanidades del pensamiento humano, endechas superiores sin duda á las tan celebradas de So- 
lís á la conversión de san Francisco de Borja, son, á pesar del estilo algo conceptuoso, inevita- 
ble entonces, una joya de poesía y de esplritualismo, por cierto extraordinaria y admirable en 
aquel período de copleros chabacanos ó. insulsos. Respira en esta composición, tan implacable 
y sincero despego délas terrestres ilusiones, resalta asimismo en ella tan firme y tan severa la 
luz de los desengaños humanos, que es imposible no considerar esta poesía mística como una 
excepción luminosa en aquel caos de vulgaridad y de materialismo. El poeta siente en su co- 
razón, móvál é insaciable , que el pensamiento del hombre no ha de aquietarse en la imperfecta 
y limitada esfera del mundo visible; y siguiendo y explicando el sublime y misterioso impulso 
que encamina nuestra alma hacia Dios, centro de las verdades y de los consuelos infinitos, 
termina su bello y místiqo análisis con esta sencilla exhortación, en que habla de Dios al p^JQ- 
miento ; 

Búscale , pues te busca; 

óyele, pues te llama; 

Que descansar no puedes 

Si en su divino centro no descansas. 



El romance al martirio de san Lorenzo está sembrado de pensamientos alambicados ; pero 
lo está igualmente de ideas vigorosas, que descubren al pensador profundo y al verdadei'o 
poeta. ¿En qué otro escritor de aquellos tiempos podrían encontrarse reflexiones de tan alto 
sentido histórico como las que expresan con briosa concisión los siguientes versos , relativos á 
la formación de las creencias gentiles de Roma? 



La Emperatriz temida de las gentes, 
Roma, cabeza universal del orbe, 
Cuando de todos en las leyes manda, 
De todos obedece á los errores. 



Cuando al carro soberbio de sus triunfos 
Rinden el cuello bárbaras naciones, 
Del altar de sus ídolos odiosos 
Es basa humilde su diadema noble. 



Con no menos elevado concepto explica la incontrastable constancia del mártir, que no 
puede , á despecho de los tormentos , quebrantar ima fe que está sellada en su alma por la, 
mano divina. Hé aquí sus versos : 

No al hierro ni á la llama se permito 
Que los arcanos de la mente violen 
Donde el dedo de Dios omnipotente, 
Único, escribe su sagrado nombre. 

Los versos metafóricos en que asegura los tesoros del cielo á quien en la tierra da á loij 
pobres el oro de su caridad , son dignos de copiarse aquí como muestra del talento poéticJ 
de Alvarez de Toledo, y asimismo del espíritu conceptuoso de que no alcanzaban k preservars» 



(1) «Estoy persuadido á que ningún discreto dejó 
de entender las obras de nuestro insigne Góngora, 
hasta que no sé quién infundió á dos ó á tres el zi- 



zañoso espíritu de comentarle. » {Fray Juan de 
Concepción.) ■<( 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVITI. Xxxv 

ni aun los ingenios de más noble temple y naturaleza. Así habla al tirano, aludiendo al su- 
blime heroísmo con que san Lorenzo, tesorero de la I^jlcsia en tiempo del papa Sixto II, ar- 
rostró el martirio del fuego, por haber repartido el tesoro entre los pobres, en vez de entre- 
garlo á los agentes del emperador Valeriano : 



Los tesoros que anhela tu codicia 
Ya están seguros en erario adonde 
Ni tenebrosa insidia los usurpa, 
Ni peste asoladora los coiTompe. 

El pálido metal que debió vida 
Del profano carácter á los moldes, 
En el sello viviente del Cordero 
Mejora el precio y diviniza el nombre. 



Ya le atesora próvida codicia 
Entre las manos de los ricos pobres, 
Quede gloria inmortal en santa usura, 
Recibiendo nos hacen sus deudores. 

Campo es feliz la mano del mendigo, 
Y el áureo gTano que su seno esconde. 
Mies, que burlando la segur tirana, 
Colma fecundo las empíreas trojes. 



Es innegable que estos versos carecen de la sencillez inseparable del gusto depurado, j que 
la exuberancia de las metáforas enreda y turba el pensamiento y anubla algún tanto el es- 
plendor de las imágenes. Pero, á pesar de todo, [ cuánta distancia media entre estos versos 
armoniosos y grandilocuentes , j la trivial y desmayada poesía que á la sazón se empleaba 
sin tregua en asuntos viles , indignos del arte ! 

Los fragmentos que se conservan de su poema burlesco, titulado La Burromaquia^ de- 
muestran asimismo cuan aventajado lugar habría ocupado Alvarez de Toledo entre los poetas 
castellanos si , por dicha , hubiese nacido en más afortunada edad. Octavas hay en este poe- 
ma que habría podido prohijar el mismo Lope de Vega , por el chiste satírico, por la versiti- 
cacion espléndida y segura , y hasta por el color y la naturalidad narrativa de las descrip- 
ciones. Este poeta , lo repetimos , no ha debido ser tan com^jletamente olvidado, sobre todo 
en una nación en que aun recuerdan gentes instruidas versos de Montoro, de Salas y de Be- 
negasi. 

Si después de conocer al autor, hubiéramos de estudiar al hombre, encontraríamos en él 
fácilmente prendas de valor muy subido, que lo recomiendan á la memoria de la posteridad. 
Como hemos visto, de ilustre familia, y dotado de alegre y viva fantasía, vivió dm-ante la 
primera mitad de su vida compartiendo las horas entre la lectura de amenos libros y los pa- 
satiempos de la sociedad aristocrática, y enardeciendo su corazón con ilusiones místicas. Vi- 
vió, en una palabra, una vida, no exenta en un principio de vanidoso engreimiento y de ocio- 
sos devaneos , pero noble y pura , como suelen vivir los que nacen en cuna cercada de honra- 
dez y de generosas tradiciones. Pero era Alvarez de Toledo lo que en el lenguaje de nuestros 
días se llama un espiritualista , y á pesar de la índole anti-ideal de la época y de las seduc- 
ciones del ejemplo, prevaleció en sus escritos aquella noble y divina tendencia. Esta circuns- 
tancia esencial de su carácter ajnida á explicar la trasformacion completa que se advirtió 
en su modo de vivir; trasformacion que el doctor Torres atribuye á «la melancolía provecho- 

Isa» que le infundieron «los tremendos avisos de unas misiones que oyó en Sevilla.» 
Pasado el primer período de su vida, alternativamente frivola, brillante, apasionada y 
venturosa, cobró do7i Gabriel aversión decidida á los esparcimientos mundanos. La religión, 
el estudio y el desempeño de sus deberes oficiales absorbieron su alma del todo y para siem- 
pre. Llegó á juzgar incompatible con la austeridad de su retiro el recuerdo de las ociosas 
tareas de tiempos más risueños, y quemó cuantos papeles había escrito hasta entonces. «Sólo 
88 escondieron á su devota fmia , dice Torres , los pocos que contiene este tomo. » (Poesías 
]¡¡ postumas.) 

,^({| En un espíritu tan laborioso y en un entendimiento tan claro no podía dejar de ser fruc- 
uosa y fecunda aquella vida de meditación y de investigaciones (1). La obra de Alvarez de 

(1) Acerca de su erudición, dice el doctor Torees demostraciones de la gran inteligencia que de ellos 
logiguiente : «Dedicóse á los sistemas antiguos y re- tuvo. En la historia eclesiástica fué sabio consuma- 
pientes de la filosofía, y dejó en sus obras exquisitas do, y en la profana enteramente docto. Loa teólogos 



Jtxxvi BOSQUEJO HISTÓRICO-CRÍTICO 

Toledo que alcanzó mayor crédito en su tiempo, fué la que publicó con el título de IFisioria 
de la Iglesia y del Muiulo, que contiene los sucesos desde su creación hasta el diluvio. Indicacio- 
nes generales de alto sentido escritas por San Agustiu en La Ciudad de Dios, y muy espe- 
cialmente la Historia del género humano, obra de objeto análogo que dejó incompleta Arias 
Montano, fueron los despertadores del ambicioso propósito que concibió Alvar<iz de Toledo 
de llevar á cabo aquella temeraria ó, mejor dicho, imposible empresa. Un tomo en folio pu- 
blicó únicamente. También la muerte le imjñdió, como á Arias Montano, dar á sn obra todo 
el ensanche que habia proyectado. El doctor Torres da á entender el grande aprecio que se 
hacia de esta que llama Historia antidiluviana. Un hombre, sin embargo, de no tan alto 
respeto y alcance intelectual como Alcarez de Toledo, pero en extremo notable por su mara- 
villosa laboriosidad, por su erudición y por el favor extraordinario que le dispensaban la 
corte y los magnates, impugnó malamente, en particular con re.s])ecto al estilo, la Historia 
de la Iglesia y del Mundo en un opúsculo, sin nombre de autor, titulado Carta del Maestro 
de Niños. Era este hombre el caballero de Calatrava don Luis de Salazar y Castro, ayuda 
de cámara de Carlos II, bibliotecario de la Casa Real y cronista de Castilla y de Indias, 
que dejó centenares de volúmenes escritos de su mano, j ])ublicó varios libros históricos, 
en algunos de los cuales censura y enmienda errores de don José Pellicer y de don Juan 
Terreras (1). Engreído Salazar con su saber y con el favor de que gozaba, llevó muy á mal 
no haber logrado formar parte de la Academia Española, instituida por aquellos dias. Fácil- 
mente se columbra en la Carta del Maestro de Niños que el autor tiene ojeriza al docto cuerpo 
recien creado. La Historia de la Iglesia y del Mundo fué briosamente defendida por un es- 
critor, que escondió su nombre bajo el seudónimo de Ericio Anastasio Heliopolitano , en una 
apología titulada El Palacio de Momo, que se publicó, como impresa en León de Francia, 
en 1714, esto es, el mismo año en que falleció Alvarez de Toledo (2). Igualmente fué de- 
fendida aquella historia por vm autor anónimo en un opúsculo titulado Apuntaciones á la 
Carta del Maestro de Niños. A ambas obras replicó extensamente Salazar en im tomo en 4.°, 
con este título : Jornada de los coches de Madrid á Alcalá, etc. (Zaragoza, 1714). Aquí ya 
quitó la máscara á su malévolo designio. Alvai^ez de Toledo habia fallecido muchos meses 
antes. La acrimoniosa crítica no iba pues encaminada á su persona. Salazar zahiere con mo- 
tes á los Académicos , y atribuye á la Academia desacertados intentos que no abriga. Están 
patentes su malquerer y su resentimiento contra el cuerpo entero. Con razón le habia dicho 
el Marqués de San Felipe : « Imitas al perro, que aulla y ladra mordiendo las puertas de la 
casa donde no puede entrar. » 

Vivió Alvarez de Toledo en estrechísima conexión con el Duque de Montellano y con su 
hijo primogénito, el Conde de Saldueña, distinguido poeta de entonces. Hizo sobresalir sus 
brillantes prendas , ya como secretario de la Cámara de Castilla , ya como oficial mayor de la 

de las universidades se pasmaban de ver á un hom- de reyes de Castilla y Aragón y de varios príncipes 

bre del siglo, rodeado de negocios de gravísima en- eclesiásticos y secidares. Noventa y un tomos en 

tidad, tan metafísicaniente instruido en la teología, folio, ect., etc. 

ciencia que aprenden pocos y con suma fatiga. Fi- Nació don Luis de Salazar en Yalladolid, el 24 de 

cálmente, no ignoró nada de cuanto ee supo hasta Agosto de 1658. Murió en Madrid, el 9 de Febrero 

su tiempo.» de 1734. Hay amplias noticias de su vida y escritos 

(1) Advertencias históricas Madrid, por Ma- en la Diblinteca genealógica, de Franckenau, y en 

teo de Llanos, 1788; en 4.° — Desagravios de la ver- las Memorias publicadas al frente de su obra pós- 

^M€íi2a (contra Ferreras). Salamanca, 1729.— Repa- inia.&, Examen castellano de la crisis griega, etc. 

ros históricos sobre los doce primeros años del to- Madrid, Imprenta Real, 1736 ; en 4.° 

rao vil de la Historia de España, del doctor don (2) Según nuestras investigaciones, el autor de 

Juan de Ferrcras. Alcalá, 1723 ; en 4." — Crisis Fer- El Palacio de Momo fué el famoso Marqués de San 

rérica sobre el vi tomo, etc. 1720 ; en 4." — Anti-de- Felipe, grande amigo de Alvarez de Toledo, é in- 

fensa y continuación de la crisis. 1720; en 4.° — Co- dividuo de la Academia Española desde el 23 de 

lección de epitafios y memorias sepulcrales de Espa- Noviembre de 1713 , año en que fué creada la Aca- 

^a. Un tomo en t(Mo.— Colección de cartas originales demia. 



Í)E LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL XXXVIÍ 

Secretaría de Estado, ya como primer bibliotecario del Rey, ya como uno de los fundadores 
de la Academia Española, y llegó á ser persona de grande autoridad y consejo, así en Ictríia 
como en materias de Estado (1). 

La muerte prematura de Álvarez de Toledo (á los cincuenta años) fué atribuida al exceso 
de sus estudiosas vigilias y á la insana inmovilidad de su vida contemplativa (2). 

— Con menos saber, aunque no escaso, y con menos ambiciosa fantasía, otro poeta alcanzó 
mayor renombre y éxito que don Gahriel Álvarez de Toledo. Fué este poeta don Enfienio Ge- 
rardo Lobo, tan popular y simpático en su tiempo, y tan despreciado y escarnecido más ade- 
lante, cuando llegó á entronizarse en las letras españolas la escuela seudo-clásica francesa, y 
con ella un gusto menos nacional y espontáneo, si bien más exigente }' más depurado. 

Precoz (3) , claro y fértil fué su ingenio (4) ; y si no ha legado á la posteridad obras dig_ 
ñas de estudio y de alta fama , fué acaso culpa del tiempo, de los incesantes afanes de su vida 
militar, y de su modestia extremada , que le hizo mirar siempre sus versos como frivolos de- 
vaneos, indignos de la imprenta. Fué universalmente querido y respetado, y mantuvo cor- 
dial y amistosa correspondencia con esclarecidos personajes extranjeros , tales como el Du- 
que de Noailles , y los poetas Maffci (5) y el Conde de Calamandro. 

A pesar de que las ñitigas de la guerra y las obligaciones militares absorbían casi la vida 
entera de Gerardo Lobo, llegó á ser hombre notablemente instruido. Poseía el lutin y ha- 
blaba varios idiomas modernos. Escribía con facilidad versos italianos (6). 

- Después de su muerte, que fué sinceramente sentida en todas las clases de la sociedad, es- 
cribieron versos en alabanza suya varios poetas célebres entonces, entre ellos don Mio-uel de 
la Reina Cevallos, de la Real Academia Española, autor del curioso poema La Elocuencia 
del Silencio, y el Marqués de la Olmeda , que entusiasmado por extremo con los versos de su 
amigo, dedicaba á Gerardo Lobo exuberantes alabanzas. Así decia, pidiendo inspiración á su 



musa 



Divinízame la mente, 
Porque pueda en caso tal 
Alabar gloriosamente 



(1) «Tuvo mucha parte su dictamen en las máxi- 
mas y resoluciones de la monarquía en los priineros 
años del reinado de su majestad el señor don Feli- 
pe V, que Dios guarde.» (^El doctor don Diego de 
Torres.) 

(2) El doctor Torres dice : «Sólo pasaba la calle 
cuando era tránsito para comunicar á su confesor. 
Su ejercicio y diversiones los reducía á su cuarto. En 
leer y en orar empleaba las más horas del dia y de 
la noche. » 

Villan-oel dijo de don Gabriel, aludiendo igual- 
mente á BU vasto saber y á su sedentaria vida : 

En alta comprensión trueca 
Su ejercicio necesario ; 
Fué del Rey bibliotecario, 
T del reino biblioteca. 

{Poesías inéditas de don José de Villarroel. Cddice perteneciente al 
\uñor don Pascual de Gaydngos.) 

(3) Ya á los doce años componía versos, y lo que 
más, corrían con aplauso por las tertulias. Así lo 

ice el mismo Gerardo Lobo en el festivo soneto que 
ipieza ; 

De dos lustros y medio no cabales , 
Ya, del monte Parnaso en los vergeles, 
Me sentaba entre mirtos y laureles 
X mondar soneticos garrafales....» 
L PS.-SYIH. 



y acaba de este modo : 

A la escuela pasé de los fusiles , 
Donde estudio en sufrir riesgos y soles. 

(4) Escribió también para el teatro. Dos comedias 
suyas se han impreso sueltas : El tejedor Palomeque 
y mártires de Toledo; El más justo rey de Grecia. 

(5) No, como han creído algunos, el célebre autor 
de la tragedia Mérope, íniitad¿i por Voltaire, sino un 
sabio jesuita que el autor conoció en Pistoya, el cual 
escribió en elogio de nuestro poeta elegantes versos 
latinos. 

(G) Sirva de ejemplo el siguiente soneto que ea- 
cribió en Pistoya para una dama que se ofendía cuan- 
do la llamaban inconstante : 

Tutte le stelle ruotano, signara, 
Sulla celeste s/era; Cinosura 
Gira all Aitico in torno, be^iche giura 
Stare immobile al rombo d'alta prora. 

Sema perenne catnbiamento /ora 
Priva d'eterna lode la natura; 
Or lá pone gli affani , or quii sua cura 
Cibele scaltra, kfesteggianle Flora. 

Adorna Cintia di triforrne aspetto, 
Cuale a lei piace piii prende semblanza, 
E nulla ín se ritien d'uguale af/etto 

Sara dunque indiscreta la speranza 
Che amorejisso cerchi nel tuo petío, 
Cuando i tanto per/etta l'inconstama. 



»TTvm BOSQUEJO HISTÓEICO-CRÍTICO 

Al soldado más cabal 

Y al ingenio más valiente 

¡Válgate Dios por Eugenios 1 
Pues con nombre tan cabal 
Hace inmortales los genios ; 
Si el uno es gran general (1), 
Otro es príncipe de ingenios. 

Pero nada podría dar tan completa idea de la exagerada admiración que despertaban los 
versos de Gerardo Lobo en el ánimo de sus contemporáneos, como las siguientes décimas in- 
tercaladas en un festivo romance del agudo jesuíta el padre Luis de Losada , escrito con el 
designio de ensalzar las prendas de entendimiento y de carácter que adornaban al popular 
poeta : 

Roba á Homero la afluencia, A Garcilaso dulzura, 



Roba á Estacio la arrogancia , 
Roba á Horacio la elegancia, 

Y á Lucano la elocuencia. 
Roba á Claudiano cadencia, 
A Terencio propiedad, 

A Plauto jocosidad, 

A Marcial chiste y sazón , 

A Ovidio imaginación, 

Y á Virgilio majestad. 



A Lope fecunda vena, 
Roba lo erudito á jMena, 

Y á Camoens heroica altura. 
Roba á Salazar cultura, 
Inventiva á Calderón, 
Roba á Solís discreción, 

A Zarate gentileza, 
Roba á Quevedo agudeza, 

Y á Góngora elevación. 



La poetisa doña Ana de Fuentes, con no menos hiperbólico entusiasmo, decía de Gerardo 
Lobo, en un soneto á su muerte : 

¡Sólo en su nombre su alabanza cabe I 

Juzguemos atora la índole literaria de este poeta. 

La poesía de Gerardo Lobo está sin duda pervertida por la decadencia, que todo lo avasa- 
llaba y corrompía; está ademas encadenada al suelo por la frivolidad y la indiferencia; pero 
reina en ella todavía el libre espíritu de la musa castellana, y entre los enmarañados retrué- 
canos y los artificios de la moda conceptuosa , asoman y deleitan de cuando en cuando trozos 
de limpio y terso lenguaje, y pensamientos de alta ley. 

El cultivo de la poesía no fué para Gerardo Lobo ni alarde literario, ni siquiera esparci- 
miento de hombre culto que se complace en dar ensanche y pábulo á su educación y á su en- 
tendimiento. Fué en la esencia una efusión involuntaria de su espíi'itu desembarazado y ame- 
no, im instinto que empleaba las formas artísticas de la versificación á guisa de vil y obe- 
diente materia (2). Jamas existió otro poeta que se preciase menos de serlo, y que buscase 
menos en la publicidad los timbres de la gloria ó los halagos del amor propio. 

Pocas son producciones del cuidado, 
Muchas, sí, de improviso devaneo, 

dice él mismo de sus versos; y sólo en edad avanzada, y movido por un sentimiento religio- 
so, pudo decidirse á consentir en la impresión de sus obras (3). 

(1) Alude al Príncipe Eugenio^ vencedor del ma- Fué gran improvisador, como lo prueban las déci- • 

riscal de Villars en la batalla de Malplaquet, y, en mas que acaban en títulos de comedias, y no sabía^ 

otras diferentes batallas, de los mariscales Catinat, enmendar sus versos. 

Villeroi y Tallart. 1^1 mismo lo dice con donaire : 

^) Ko busco los consonantes ; ^"y Poc^^^ ^'^'^^^ traslado, 

Ellos son los quo me eligen ; ^'"es si mi pluma corrige , 

Porque en la naturaleza ^^"""^^ ^^^'^'^^ '^'^^ ^^^"""^ 

Se ha de fundar lo sublime. ^"^^^^ P°'^^'^ "^* ^^^e. 

/o „„.,,. j^-j„„ £.,« • ^ , T ^ A i; ^,„,v. j , (3) El producto de la edición fué destinado al cul 

{Romanee de don Eugenio Gerardo Lobo i su erudito amigo don ^ ■' t- 

fmn de la Cueva.) to de la imagen de Nuestra Señora de la Pma Sa- 



"DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL xxxix 

Su vocación de poeta se despertó en edad muy temprana. No habia camplido cahiree años, 
cuando escribió en honor de la Virgen María la loa titulada El Triunfo de las mujci-es. Si no 
hubiera dejado muestras más sazonadas de su ingenio, bastaria esta primera pruelm de sus 
fuerzas intelectuales para comprender que Gerardo Lobo nació dotado por la mano divina de 
una imaginación en alto grado desembarazada y poética. La especie de competencia en que 
coloca á las mujeres famosas de la antigüedad, presentadas en jactanciosa revista por los pue- 
blos hebreo y gentil, idólatra j cristiano, para hacer resaltar después la incomparable figura de 
María , j darle la corona de flores que la Primavera ofrece á la más perfecta de las mujeres, 
es un pensamiento lleno de elevación y de gentileza , que anuncia el vuelo que en más felices 
tiempos habría podido tomar el poeta. El pueblo cristiano, advirtiendo que la Primavera se ma- 
nifiesta inclinada á dar el premio á las diosas áel j^ueblo idólatra, se presenta en la escena, y 
después de ensalzar á las santas, mártires ó penitentes, del mundo cristiano, que sobran para 
eclipsar á las Cenobias, á las Tomíris y á las Semíramis, ofrece la imagen de 



Si la buscáis recatada, 
Mirad á su sacro albergue, 
Y veréis que de la pura 
Presencia de un ángel teme. 



La incomparable, divina, 
Pura, sacra, intacta siempre, 
María, llena de gracia^ 
La cual, dichosa, á ser viene 
De las mujeres corona 

Por sencillos que parezcan estos versos , asalta un sentimiento de sorpresa al pensar que 
el poeta que los escribía habia salido apenas de los albores de la infancia. 

Flexible y vario era por demás el talento poético de Gerardo Lobo; no le arredraba género 
alguno; teatro, poesía épica, poesía lírica, poesía satírica, poesía sagrada, todo lo abarcaba 
sin timidez ni escrúpulo; pero todo asimismo sin la detención y el ahinco del entusiasmo 
verdadero, y como por fácil desahogo y superficial pasatiempo. Sus composiciones festivas 
son las que le granjearon mayor y más fundada nombradía. Aquí se encontraba como en su 
natural asiento su estro epigramático y movedizo. La carta á don Luis de Narvaez , en que 
hace una descripción burlesca de los infelices lugarejos de Bondonal y Elechosa; el elogio 
irónico del soldado indisciplinado; las décimas que pintan las ilusiones de los que iban á las 
Indias á probar fortuna, y otras poesías semejantes, viven todavía en la memoria de algunas 
gentes aficionadas siempre á los donaires hiperbólicos. Críticos de incontestable y merecida 
autoridad , é imparciales admiradores de la vena festiva de Gerardo Lobo, afirman que todos 
sus versos largos son detestables (1). Esta dura sentencia no carece enteramente de funda- 
mento; pero peca por exorbitante y absoluta; dañando acaso al poeta, en la opinión moderna, 
BU sobrenombre , algo arbitrario, de coplero. Versos largos, notablemente bellos y hasta sor- 
prendentes para su época , pueden encontrarse en las poesías de Gerardo Lobo. Los versos de 
la Carta pastoril á un condiscípulo distan mucho de ser despreciables , y estrofas hay en ella, 
singularmente en la imprecación final , que provoca en el pastor enamorado el alegre rumor de 

cm, venerada en el real de Manzanares. La Congre- gase el caso de imprimirse, lo hayan publicado sin 

gacion encargada de este sagrado culto encarece de su consentimiento tantas veces, cuantas han sido las 

este modo la condescendencia de Gerardo Lobo : impresiones que los libreros han hecho, llevados del 

«Termínase con fundamento que el autor no con- interés que aseguraban en el buen despacho. Pero 

viniera en lo que se le pedia, y que continuase en la apenas percibió el piadoso intento de esta humilde 

resistencia de que se publicaran sus obras ; pues es Congregación , cuando francamente dio su consenti- 

notorio que habiendo solicitado muchas veces varias miento, y ofreció los borradores que tuviese.» 
personas que se las diese para que se imprimieran, (1) El señor don Antonio Alcalá Galiano, crítico 

liempre se habia negado, mostrando que le servia de agudo y erudito, dice estas palabras, hablando de Ge- 

10 poca mortificación el que lo que escribió, ó para su rardo Lobo : uCompuso algunos versos largos, que 

entretenimiento y diversión , ó para satisfacer al gus- verdaderamente son todos ellos detestables, n {Lec- 

to, insinuación ó precepto de aquellos á quienes de- dones sobre la historia de la literatura española^ 

bia complacer, sin pasarle por la imaginación que lie- francesa é inglesa en el siglo xviii.) 



XL 



BOSQUEJO HISTORICO-CRITICO 
las bodas de su rival triunfante , que no habrian desdeñado los poetas de los mejores tiem- 
pos. Sonfetos hay también en sus obras, que así por la nrallarda versificación, como por la lo- 
zanía del pensamiento, merecen no caer en el eterno olvido de que amenazados estaban (1). 

Hasta en sus cantos épicos á los sitios de Lérida y Campomayor, y á la conquista de Oran, 
que son a todas luces muestras de la más perversa poesía que se conoce en castellano, hay ro- 
bustas octavas y pensamientos nobles, \ ¡¿Torosamente expresados, que brotan, como las flores 
en el cieno, entre los alambicamientos de la idea y los intrincamientos de la frase. 

¿Quit'n no cree escuchar un eco do la entonación rotunda y atrevida de Lope de Vega, al 
leer el apostrofe que, entre sorprendido y airado, dirige Neptuno al Monarca castellano, cuan- 
do mira invadido su imperio por una escuadra de mds de seiscientos bajeles? 



Nunca en la inquieta mar la alyosa frente 
Desarrugó Ni-ptuuo tan pasmado, 
Porque el reiuo jamas de su tridente 
A tanta carga resistió agobiado : 
A los vientos apela, ya impaciente 
Sus rigores mitiga, ya irritado 
A que rompan les mueve el duro centro 
De aquel peñasco donde braman dentro. 

¿Qué es esto, dice, Júpiter hispano? (2); 
¿La quietud tantas veces de mi imperio 
Altera el cetro de tu augusta mano? 
¿Es tuyo acaso el lóbrego hemisferio? 



Sin duda que absoluto soberano 
Intentas reducinne á cautiverio ; 
Si no es que en fe de tu valor presumas 
Ocultar con tus naves mis espumas. 

Aunque el último fin de tus empeños 
En los arcanos de la mente escondas, 
No podrán á mis fondos y mis ceños 
Prender tus anclas y medir tus sondas ; 
Bien que al gravamen de robustos leños 
El hombro inclinen las cansadas ondas, 
Sin ser puerto bastante á tantas quillas 
La inmensa longitud de mis orillas 



Muchas otras octavas podrían citarse como muestra de elevada y noble y poesía. Xos li- 
mitaremos á recordar aquella tan celebrada, relativa á la artillería destinada al sitio de 
Campomayor : 



Llegan á impulso de los tardos bueyes , 
Sobre fuertes cureñas sustentadas, 
Las últimas razones de los reyes, 
En el seno del Etna fabricadas : 



HoiToroso comento de las leyes , 
Tribunal de potencias agraviadas ; 
Que en el orbe, teatro de malicia, 
Nada vale sin fuerza la justicia. 



Y esta otra, inspirada por la triste necesidad, según el arte de la guerra, de arrasar los 
olivares que circundaban la plaza. Al través de la antítesis y de la metáfora de la guerra y 
de la oliva, resplandece un alto pensamiento : 



¡Oh contagio del mundo, cuyo arte, 
Primera escuela del primer tirano, 
Ofrece en aras del sanguíneo Marte 
La hermosa insignia de apacible Jano ! 



Pero cuando en el hombre se reparte 
Castigo justo por la eterna mano, 
En todo paga, porque en todo yerra, 
Y es la paz instrumento de la guerra. 



Y ¿cómo no recordar también aquellas octavas en que, después de haber pintado la fati- 
ga , el hambre y la sed que arrostraban las sufridas huestes españolas en la abrasada tierra 
de África, defiende con tierna efusión á los soldados contra las comunes murmuraciones do 
la plebe de las ciudades? 



(1) Sirva de confirmación el soneto siguiente : 

i. LA DIFICULTAD OTt LA KXMIE.VDA EK LA VEJEZ, ALUDIENDO 

i. SU rnopiA VIDA. 
Soneto. 

Gnst<'- la infancia , sin habor gozado 
Bl dulcísimo nóctar qne bobia ; 
Pcwé la adolescencia en la porfía 
De áspero estudio, mal aprovechado. 

La juventud se llevan Marte airado, 



Amor voluble , rústica Talla , 

Bin acordarme que vendrá algún diel 

La corva ancianidad con pió callado. 

y cuando llegue , que serii temprana , 
¿ Qué empresa entonces seguiré contento ? 
¿La de triunfar de mi? ¡Ceguera insanal 

¡Esperar el mis arduo vencimiento 
Quien el dia perdió, con su mafiana , 
En la noche infeliz del desaliento I 



(2) Felipe V. 



DE LA poesía CASTELLANA 
Y tú, grosero, miserable urbano, 
Que muiinuras , cual carga y desperdicio, 
Que dispense á la tropa el Soberano 
El socorro , el amor, el beneficio ; 
Si en campaña le vieses ya cercano , 
Con sed, hambre y cansancio, al sacrificio', 
¿Qué no cediera allí tu mano escasa 
Por el dulce sosiego de tu casa ? 



EN EL SIGLO XVTIL XLi 

Pues hambre, sed, cansancio , cada instante 
En la hueste española es homicida ; 
Siendo el hierro y el plomo fulminante 
El peligro menor contra su vida. 
Gozar tus bienes, disfrutar amante 
El amor de tu esposa tan querida, 

A esos debes que tanto vituperas 

Tú los amaras como tú los vieras. 



Á la insustancialidad privativa de la poesía que preponderaba en aquella época , y junta- 
mente á la índole inconsistente y versátil de la imaginación de Gerardo Lobo , puede atri- 
buirse el malogramiento de este nada vulgar ingenio. 

Impresionable y expansivo, ccdia, sin fe y sin esperanza de gloria, al imperio de su voca- 
ción : el cuerpo de guardia, el campamento, el sórdido alojamiento de una aldea, eran igual- 
mente para el centro y objeto de inspiración. La poesía era una necesidad intelectual de su vi- 
da, y á pesar de este genial impulso, no hallaba en sí, ni fuera de sí mismo, la misteriosa fuer- 
za que el ülma requiere para remontarse á los arrobamientos del mundo ideal, ó para encen- 
derse con el fuego de la pasión. Ko alcanzaba , como podría decirse , empleando una frase 
vulgar pero expresiva, á tomar la poesía por ¡o serio. Si buscando pretexto en la exótica 
moda del chichisveo (1), intentaba definir la noble y etérea esencia del amor místico, so en- 
redaba en escolásticas abstracciones; si quería pintar en tono heroico las hazañas de Irs ar- 
mas españolas, se perdía en el laberinto prosaico de minuciosos pormenores; si satirizaba los 
extravíos de su tiempo, en vez de palabras de indignación ó de incisiva y delicada ironía, so 
engolfaba en un mar de alambicados chistes y de hiperbólicos devaneos. 

Y sin embargo , es imposible no deleitarse con el desenfado juguetón de su numen. Ya 
imita el necio y sutil amor de los petrarquistas (2), ya el afecto limpio y sencillo de los pas- 
tores de Garcilaso (3) , ya la implacable y descarada burla de Quevedo. Con Góngora se 
muestra su vena poética todavía más inquieta : unas veces le remeda, le admira y le apellida 
Horacio cordobés, otras se mofa de la algarabía de su estilo. 

Aunque por lo común se muestra aficionado al donaire familiar, cultiva á veces el discre- 
teo delicado y metafísico de los poetas del siglo xvi. Puede servir de ejemplo aquel sone- 
to (4) en que contesta al ingeniosísimo de don Hernando de Acuña que empieza : 

Digame quien lo sabe cómo es hecha 
La red de amor 

Acuña contesta de tres maneras á su propio soneto (5); pero Gerardo Lobo, imitándole, 
le aA^entaja en la gracia y sutileza propias de aquel género de poesía artificial. 

Durante la invasión de Portugal escribió Gerardo Lobo una carta en tono muy chancero á 
im religioso amigo suyo. En ella alude, como suele, á los sinsabores de la vida del soldado 



(1) Chichisveo, obsequio asiduo de un caballero á 
una dama con afectadas pretensiones de culto extá- 
tico y desinteresado. El nombre y la ridicula cos- 
tumbre que significa, pasaron á España y á Francia 
de Italia, país fértil en estos amorosos refinamien- 
tos, como lo prueban los tres matices de la misma 
áea, , cavaliere servente, sigishro y patito. — En Es- 
paña el chichisveo tuvo ardientes sectarios y enér- 
gicos impugnadores. Gerardo Lobo sustuvo una por- 
5ada polémica sobre este punto, ^n la cual tomaron 
jarte varios poetas, y entre ellos, con habilidad es- 
sasa, el célebre Cañizares. El aspecto moral de la 



cuestión llamó la atención del clero , y hemos leído 
graves disertaciones, impresas, de insignes teólo- 
gos, encaminadas á señalar los peligros de tan hipó- 
crita invención. 

(2) Canción á Margarita. 

(3) Soneto que empieza : 

1 Oh dulce prenda 1 testimonio nn día...., 

la Carta pastoril, etc. 

(4) Número XI de nuestra colección ; pág. 23 del 
presente tomo. 

> (5) Obras poéticas. SalamanQ» j 1591; en i° 



TT.iT BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

en campafia y dice irónicoB chistes , expresados en tan natural y claro estilo como el si- 
niente : 

¿ Hay para un hombre de gusto 
Conveniencia más loable 
Que salir de donde ama, 
Y marchar donde le maten ? 

Pero le ocurre hacer gala del estilo culto, j después de escribir algunas cuartetas ininteli- 
gibles, sorprendido él mismo de lo tenebroso y enmarañado de la frase, corta de repente el 

período y exclama : 

¿ Qué es esto ? 

Yo llego á engongorizarme. 

La verdad es que no pocas veces se cngongorizaba con fruición sincera , y probablemente 
sin ad\ertirlo. Así hubo de suceder en los dos largos romances que escribió en forma de le- 
yenda, Al Martirio de Nicétas, y Al Martirio de san Lorenzo; en la Paráfrasis de la carta 
Ovidiana de Enone á Eneas, en el romance endecasílabo Al suntuoso templo de la Rotunda, 
en Roma, y en otras varias composiciones. Y de notar es que, con todo eso, cuando á im- 
pulsos de su sano instinto escribía con naturalidad, los adoradores del concepto y de la hi- 
pérbole le acusabian de no levantar la entonación poética á la altura del gusto dominante. E 1 
mismo lo declara así : 

Que escribo versos en prosa , 

Muchos amigos me dicen, 

Como si el ponerlo fácil 

No fuera empeño difícil. 

En suma , rebosa el ingenio en la poesía estragada de Gerardo Lobo ; pero ademas del 
gusto acrisolado, sin el cual viven mal las obras del arte, carece de la cuerda de sensibili- 
dad , la más vibradora y simpática que encierra el corazón humano. Tal vez no faltaba en 
el alma del poeta, pero falta en su lira; por eso razona, discretea, describe, satiriza, pero 
no acierta á sentir ni á cantar. 

Cuando se reflexiona en la extraordinaria popularidad que alcanzaron las poesías de don 
Eugenio Gerardo Lobo, en las varias ediciones que de ellas, ya separadas, ya reunidas, se 
hicieron en el siglo último , en la índole simpática de sus donosos versos familiares , que to- 
davía rocuordan con gusto algunas personas, y en la jerarquía elevada á que llegó en la 
carrera militar este homlirc, por diversos títulos insigne, parece en verdad cosa harto sin- 
gular que se hayan conser\'ado tan escasas noticias de su vida pública y privada. 

Todo el raimdo sabe , porque tradición murmm-adora lo asegura , que el rey Felipe V le 
llamaba el capitán coplero, á consecuencia del enojo que hubo de causar al príncipe francés 
aquella conocida cuarteta : 

Dos cerdudos (cerdos) al entrar 
Me dieron la enhorabuena ; 
Que el trato con los franceses 
Me hizo entenderles la lengua. 

El enojo, si existió , pasó fugaz en el ánimo noble y generoso del monarca, de quien reci- 
bió Gerardo Lobo altas distinciones y mercedes (1). 

Las merecía, en verdad. No era el capitán coplero, como algunos imaginan, un oficial ato- 

(l) La rircnnstancia do haber encargado varias dicio do la feliz armonía que reinaba entre el poeta 

veces 8 Gerardo Lobo fl Príncipe de Asturias (des- y la corte de Felijv^ V. — Esta circunstancia está 

pues Luis I) versos relativos A la ternura que este consignada en las obras del mismo Lobo. El Rey lo 

príncipe profesaba á su augusta esposa , es claro in- llevó consigo á la guerra de Italia. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL XLlil 

londrado y estrafalario, que escribía con especial predilección agudezas osadas é imprudentes; 
era atildado y circunspecto en palabras y acciones (1) , respetuoso con todo lo que hay res- 
petable en el cielo y la tierra ; modesto , cual solicm serlo los españoles de aquellos tiempos, 
y lo que puede parecer inverosímil en un militar a^-czado á los trastornos y desórdenes de la 
guerra , era hombre de conciencia mística y timorata. ¿ Quién creería que una de las princi- 
pales composiciones del alegre y marcial poeta, que se i iprimió en Sevilla, siendo todavía 
capitán de caballos-corazas , fu¿ mi examen severo de sus faltas pasadas, con este título som- 
brío : Reo coJivicto , eji el tribunal de su conciencia ? 

Hasta la desgraciada muerte de Gerardo Lobo , de la caída de un caballo , siendo teniente 
general y gobernador militar y político de Barcelona , contribuyó á hacer simpática su me- 
moria. 

A los dos poetas cuyo carácter acabamos de bosquejar, pudieran acaso agregarse , como 
poetas malogrados de aquella era , Tafalla y Negrete. y Rebolledo de Palafox, marqués de La- 
zan. De ellos ha apartado completamente los ojos la posteridad , nunca indulgente con las 
obras políticas, filosóficas ó literarias de las épocas de transición. Como quiera que sea, la 
crítica histórica no debe olvidar que así estos escritores, como Candamo, el doctor Torres, 
Gerardo Lobo y otros , son los últimos representantes genuinos del libre espíritu literario de 
nuestra patria , sin mezcla ni restricciones de extraño origen , y que su inspiración , si bien 
decadente y viciada, era absolutamente española. 

El doctor, abogado de los Reales Consejos de Aragón, don José Tafalla y Negrete, cuya 
época floreciente pertenece á los últimos años del siglo xvii , pero cuya vida llegó á alcanzar 
al xviir, es uno de los dechados más cabales, y por consiguiente más lastimosos, de la poe- 
sía familiar, y por decirlo así, casera, que sustituyó malamente á aquella poesía de inten- 
ción segura, de arrobamiento místico, de majestuoso arranque, que había resonado en la 
lira de los Argensolas, de los Leones y de los Herreras, Y no era, por cierto, Tafalla de los 
poetas más rastreros y desaliñados de su tiempo. Su estilo es claro, su lenguaje suele ser 
castizo y propio, y si rinde culto á la moda de los conceptos, se echa de ver al propio tiempo 
que es costumbre y alarde, no tendencia natural de su ingenio. En 1678, su amigo, el Mar- 
qués de Alcañices , lo llevó desde Zaragoza á Madrid , donde lució sus dotes de improvisador 
en las academias y justas poéticas tan en boga en aquellos días, y, al decir de sus contempo- 
ráneos, mereció el sobrenombre de el divino Aragonés , lo cual puede significar meramente que 
aventajaba á los más en el género de agudeza y discreción que producía entonces tanto em- 
beleso. El hecho es que, por su facilidad en versificar, y por el donaire y galanura de su dis- 
creteo, fué en Zaragoza blanco de la admiración general, y en Madrid logró los principa- 
les premios en las mencionadas academias. Se han perdido los versos que escribió en Madrid, 
ya en la madurez de la vida y del entendimiento. Sólo podemos juzgarle por las insignifican- 
tes poesías que sus amigos publicaron en Zaragoza, en 1706; y estas poesías, fruto de los 
primeros años de su juventud, no bastan, por cierto, á justificar aquel sobrenombro lison- 
jero. En las poesías sagradas, á semejanza de Montero, dirige á los santos insípidos concep- 
tos. Santa Teresa y santa Isabel no le inspiran más que frivolas chambergas. Pero en algunos 
de sus romances hay trozos que recuerdan el discreteo vivo, diserto é ingenioso de Morete y 
de Calderón. Son como destellos moribundos de la antigua musa española. En la edición 
de 1706 está caracterizada con acierto esta poesía, escrita siempre por encargo, y exhausta 
de inspiración y de alcance moral. Son de notar el tino y la sensatez con que , á pesar del 
gusto dominante , juzgaba el editor de las obras de Tafalla aquella literatura bastarda , que 
no pasaba de trivial recreo. « Este modo de escribir mandado, dice el editor, es muy violen- 



(1) Sus versos , aunque á veces familiares , nunca para que no pesaran en la conciencia. Asi lo dice el 
fueron chabacanos ni obscenos. Algvmos juzgó de- poeta misnao en un soneto, 
masiado libres , y ésos los rasgó siendo todavía mozo. 



X^j^ BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

to aun para el uúmcn más obediente; y son muy pocos los que entienden las diferencias que 
se'notan entre los poemas que nacen de impulso propio y los que son piiramente compues- 
tos por f)ljcilion<-ia. Casi todas las poesías de este Ramillete Poético (título de la Colección), ó 
bien épicas ó bien líricas, ya en asuntos amorosos, ya heroicos, ya sacros, se conoce que eran 
para ajenos desempeños y tiempos i>recisos, donde, quitando la libertad al furor poético, lo re- 
duciaií á escribir aunque nunca estuviese inspirado. Éste es un modo de componer sin espí- 
ritu V sin fervor, donde c>bra como esclava la dulzura y como atareada la facilidad. » 

Scmm se ve un editor tenía más sano y atinado sentido crítico que los literatos y poeta."? 

de su tiempo. 

El Marqués de Lazan ^ también poeta arap^onés, fué otro de los ingenios malogrados que 
por aquellos dias rindieron culto á la tradición, aunque viciada , de las letras castellanas. Es- 
cribió ademas de otras obras de menor importancia, un poema en veintidós cantos, titu- 
lado Mélrica historia , sagrada , profana y general del mundo ; sus tres primeras edades , sobre 
el libro del Génesis (1). Es uno más entre aquella copia inmensa de poemas narrativos bí- 
blicos, nu'sticos ó profanos, como La Creación del Mundo, de Acevedo, ó el David, del doc- 
tor Uziel, que Labia producido el siglo anterior; pero, á vueltas de la balumba de erudición 
que encierra el poema , y de la afectación y el alambicamiento, que eran galas literarias del 
tiempo, asoma á cada paso el ingenio vivo y de buena ley de que la naturaleza habia dotado 
al poeta. Con ser su obra un centón de hechos y noticias de la historia bíblica y de la histo- 
ria fabulosa nunca es el poema rastrero ni desmayado, y las hermosas imágenes y robustas 
octavas que en él se encuentran de cuando en cuando, hacen presumir que, á nacer un si- 
glo antes , el Marqués de Lazan habría figurado dignamente al lado de los Hojedas y de los 
Valdivielsos. 

Su estilo es , por lo general , conceptuoso, y no en corto grado. Pero era tal la costumbre 
de las encrespadas metáforas y del lenguaje enmarañado, que el Marqués cree sinceramente 
que escribe con naturalidad, y hasta se disculpa con humildad por ello. «Ofrezco esta Histo- 
ria (dice), no con expresiones levantadas, soberbia vanidad de las plumas, gloriosa ostenta- 
ción de los ingenios ; no con hondos conceptos y alusiones profundas ; sino con im estilo llano 
y natural, en que he solicitado la propiedad y la limpieza, la claridad y la expresión , si- 
guiendo mi inclinación, ó porque me falta aliento para lo sublime, ó porque aborrezco la os- 
curidad. )) 

Hé aquí algunas muestras de su estilo. Así pinta las flores agradecidas en el momento de 
la creación: 



Toda púrpura allí , la fervorosa 
Rosa se enciende, ardiente más que vana, 
Adorando la mano poderosa 
Con bellos labios de carmin y grana. 
La azucena, ya candida, ya hermosa, 
Emulando el albor de la mañana, 
No con menos respeto ni decoro, 
Alaba al Criador con lenguas de oro. 



Nieve el jazmín y la mosqueta grata, 
Tesoro la retama y el junquillo ; 
Flores todas, las unas blanca plata, 

Y las otras feliz oro amarillo ; 

El azahar, que en fragancias se desata, 

Y el tulipán con su matiz sencillo. 
Por tributo al Señor rinden felices 
Plata y oro, fragancias y matices 



Continúa describiendo los hechizos de la creación 



Corta el cristal el pez, que no respira, 
Y se desliza por las aguas nmdo ; 
El pijaro parlero el aire gira 
Con dulre idioma ó con lenguaje rudo. 
Roto á pedazos, en el mar se mira 
Entre escamas el sol ; y, no desnudo, 
El viento vano con adornos graves 
Se viste de las plumas de las aves 



Eva formada, pues, decir se puede 
Que en sí se epilogó toda hermo.sura; 
La de su cuerpo solamente cede 
A aquella que atesora su alma pura. 
Digna esposa de Adán, se le concede 
Dominio sobre toda criatura 
Material, y agraciada así y contenta, 
El mismo Dios á Adán se la presenta. 



(1) Impreso en Zaragoza , por Juan Malo, 1734 , en 4." 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL 
Así habla Lucifer cuando intenta inducir al pecado al primer hombre : 



tvv 



Será mi esclavo : sellarán su frente 
De su culpa los hierros ; arrogante 
El drecho de gozar eternamente 
De Dios ha de perder en un instante. 

Al hablar de la primera culpa : 

Eva en culpa, de Adán en la que intenta, 
A encontrar su disculpa se apercibe, 
La fruta le persuade y le presenta , 
Y que no morirá, pues ella vive. 



Del Empíreo el Señor omnipotente 

Cerrará los candados de diamante 

Y yo abriré, para castigo eterno, 

De par en par las puertas del infierno., 



Come Adán, y en su ruina con afrenta 
Esclavo del demonio se suscribe 

Todo el linaje humano ¡ Pudo tanto 

El ejemplo, el amor, el ruego, el llanto! 



Al describir el diluvio, entre otras ingeniosas imágenes , le ocurre el ave acuática , que no 
pudiendo descansar en la tierra, tiene que rendirse al cabo á la fatiga y morir en el agua. La 
pinta así : 



El pájaro veloz se atropellaba. 
Buscando en balde por descanso el suelo, 
Y en cuanto el giro y vista dilataba. 
Sólo alcanzaba el agua, solo el cielo. 



Sus extendidas alas fatigaba, * 
Y ya rindiendo su constante vuelo. 
En el agua, que fué su primer cuna, 
Tumba encontró su mísera fortuna. 



En los discursos no le faltan soltura é ingenio. Así habla Nerarod á los Caldeos , para que, 
seducidos con falaces promesas y esperanzas de ventura pública, lo elijan rey : 



Aquí, pues, como hermanos viviremos, 
Al interés y á la ambición negados ; 
Como á fin principal atenderemos 
Del Señor al servicio destinados. 
Para más sociedad levantaremos 
Edificios de muros circundados. 
Como ley observando sin malicia 
La paz, la religión y la justicia. 



Para esto, pues , obedecer es justo 
Todos á un rey, poniendo soberano 
Pui-púreo manto sobre su hombro augusto. 
Corona y cetro en su cabeza y mano. 
Hechura nuestra , hechura á nuestro gusto. 
No su dominio fundará tirano ; 
Que obligado á mandar de nuestra ciencia, 
Aun el mismo mandar será obediencia 



Más adelante, después de bosquejar con brioso pincel á Semíramis, dice de ella : 



Y volviendo á Semíramis hermosa. 
De su conciencia y mérito acusada, 
Si en la campaña vive cuidadosa , 
No en la corte se muestra descuidada. 



Tirana en todas partes y celosa. 

La coi-ona en sus sienes mal clavada, 

Mira el potente cetro con recelo, 

Con más temor del mundo que del cielo. 



Véase, por último, con cuánta gallardía describe al cazador Ismael 



Ni bruto, ni ave, pájaro, ni fiera. 
Ni el gavilán, ni el tigre remendado, 
Ni el fiero león, ni el águila guerrera 
Se exime de Ismael, del arco armado. 



Embraza el arco, aplica la ligera 
Flecha á la cuerda, el nervio retirado; 
Y cuando á el punto atenta vista opone. 
Donde pone la vista el hierro pone 



Tal vez hemos citado demasiado. Nos ha cautivado la gallardía de la expresión. No citare- 
mos más, porque sería interminable tarea. Acaso no hay una sola octava perfecta entre las 
dos mil doscientas noventa de que consta el poema ; pero en las que hemos citado, y en otras 
innumerables, se encuentran á cada paso destellos de viva fantasía. Quien así versifica, pinta 
y razona en la época más infeliz que han conocido las letras españolas, puede no tener gus- 
to, ni sobriedad, ni pureza, ni elegancia; pero abriga indudablemente en su entendimiento 
muchas de las prendas nativas del poeta. 



XLXi BOSQUEJO HISTÓEICO CEÍnCO 

CAPÍTULO V. 

Poetas con tendendaa pollticfts.— El padre Butrón.— Benegasi (don José Joaquín).— Fray Juan de la Concepción, 

Sin intención bien determinada, pero involuntariamente movidos por el espíritu de exa- 
men filosófico y político que empezaba á despertarse por aquellos tiempos , muchos poetas do 
la escuela popular escribian sátiras políticas de circunstancias, empleando la poesía como me- 
dio inofensivo para decir verdades que en otra forma hubieran parecido censurable osadía. 
Unos, como don Alonso de Aiio'/a , se valían del teatro; otros escribian coplas y romances 
vul fiares ; los más se contentaban con intercalar alusiones satíricas en sus composiciones fa- 
miliares. 

Estos poetas eran innumerables. Nos limitaremos á recordar tres de ellos , porque fueron 
hombres de fama literaria en su época. 

Pasaba por poeta agudo y conceptuoso el padre José Antonio Butrón, autor de un poema, 
Harmónica Vida de Santa Teresa, escrito en confuso y estrafalario estilo, y de muchos ver- 
sos líricos , cuyos principales caracteres son audacia política y grotesco desenfado en la ex- 
presión y en las ideas (1). Más insolente que satírico, escribió en tono de chabacanería po- 
pular contra los frailes, contra la Princesa de los Ursinos, contra Macanaz , contra el Duque 
de Berry, contra el confesor del Rev, y contra otras cosas y personas de cuenta. Era de 
aquellos que, animados de espíritu descontentadizo y recalcitrante, no transigían, ni aun en 
favor de las luces, con el influjo de la civilización francesa, que había traído á España la casa 
de Borbon. Empleaba la poesía, del propio modo que otros muchos copleros de su tiempo, 
como arma de oposición política , semejante á la imprenta periódica de nuestros dias. Amaba 
á Felipe V por sus nobles prendas de carácter; pero le habia sido tan odiosa la prepotencia 
militar y política de la Francia en España durante la guerra de sucesión, que, haciéndose 
eco de las prevenciones más vulgares , daba en la injusticia de acusar á la Francia misma de 
fomentar la rebelión de los catalanes, llegada ya la paz de Utrecht (2). 

Cuando escobe para sus versos asuntos elevados de historia ó de arte, como la muerte de 
la reina doña Luisa de Borbon; la estatua de san Bruno, del escultor Gregorio Fernan- 
dez; el paralelo entre Marcial y Juan Owen; la heroica acción del Duque de Béjar, qué en 

(1) Tencmoa á la vista tres códices con poesías No evacna humor francés la evacuación (<); 
,■,,75. jji ^ ■ 1 • Francia ya dice Oí/i, ya dice non; % 

del padre 2»«¿ron, dos de la colección de manuscri- ^ • í. < 

^ ' Que siempre nié su genio cascabel. 

tos del señor don Pascual de Gayángos, otro de la No conquista Castiua al portugués, 

colección del señor Sancho Rayón. Y el catalán se está siempre tenaz, 

(2) Hé aquí un soneto curioso de Butrón, que da P""" ^'^ * ^^^"'» ^"^ '^"° ^ í^^^res. 

.,, .'•, 1 ..1 Castilla por Felipe pertinaz, 

idea de su espíritu y de su estilo : Y Francia lo hace Wdo del reyes , 



k LA FRANCIA, POR ILAS COSAB QT7K PASABAS EL ASo DE 1713. 



Haciéndole más guerra con su paz. 



Soneto, ^'^ Alude á la Salida de las tropas francesas (fél teítííátío es- 

pañol. (IJcm.) 
Corrió Francia á la paz un arambel, En otro soneto de Buiíon, raya en furor su encono contra la 

Ni oyen ¿ Osuna ni aun i. Monteleon (a); Francia. Lo publicamos como curiosidad histórica : 

No abogará por Francia Lerington (6); I Que nn gallo rjue de riejo es ya capón (») 

Mas 1» Vitja (c) y RonquiUo (d) hacen papel. Pueda asi al gallinero alborotar I 

Engañando con viáos de oropel , ¡ Q™ P""?"* ^^ confusión la tierra y mar 

Este grande gusano revoltón 1 

1 Que haga asi de lo ajeno partición , 
P.ira mejor lo propio consen-ar! 
(<i) El Dnqne de Osuna y el Marqués do Monteloon . enviados á I y quéi ¿la pobre España ha de papar 

trtrech para negociar y firmar los tratados do paz. {yola del Co- Todo lo que lia pf eado su ambición ? 

Urtor.) I Que por oro nos trueque el oropel , 

(6) Lord Lerlngton , plenipotenriario de la reina Ana, que flr- Y la jerga nos ven('a jwr tisú! 

niA en Madrid , ron el Marqui'-s de Bedmar , el tratado ile comercio T ;. por qué , cuando amigo es más infiel , 

celebrado entro Es-poña y la Gran Bretaña el 13 de Julio de 1713, líos lleva las riquezas del Perú? 

{/dem.) jOh Felipe I ¿qué hacéis? i Oh España fiel I 

(<•) La Vitya: la Princesa de los Ursinos, que tenia á la sazón se- |0h Francia vill i Oh tú, tirana, oh tú I 

tenta años. {ídem.) 

(rf) Don Francisco Ronquillo , gobernador dol Consejo de Casti- 
lla, {ídem.) (•) Luis XIV. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL XLVii 

el bombardeo de Audenarda , en Flándes , apartó con sus manos las brasas que habían caído 
sobre unos barriles de pólvora; la gloriosa muerte del mismo Duque en Bnda, y otros 
semejantes, Butrón tiene arranques propios de su carácter fogoso; pero el alambicamiento 
de idea y de frase desluce todas sus poesías de intención lírica, y no hay una sola entre 
ellas que merezca vivir en la posteridad. Una de las más curiosas es la canción real al 
caballo de bronce del Retiro (1). Hé aquí una muestra de esta poesía ingeniosa , pero p'on- 
gorina, de que todavía quedaban tan profundos rastros. Habla de Felipe IV gobernando 
el caballo; 



Mándale que se aquiete 
El Rey, y salpicando el freno en vano, 
Obedece al monarca soberano, 
Aun más que por lo rey, por lo jinete. 
No podrá el cetro hacer que se sujete 

A estrechar su ardimiento 

En la región del viento : 
Si la espuela hacia el céfiro le llama, 
Garza será en las plumas de la fama... 

Fuego celeste acaso 
Derritió el metal duro, porque luego 
Que las dos manos libertó del fuego, 
A la esfera del fuego encumbró el paso. 
No el Bucéfalo triunfe, no el Pegaso 

Blasone osadamente 

Imitarle lo ardiente ; 



Que á entrambos vence en ímpetu volante 
Este del sol espíritu elegante. 
Viva parece, con osado aliento, 
Aquella mano que levanta al viento ; 
Que , al labrarle el aiiíñce toscano. 
Sintió el dolor, y levantó la mano... 
Acaba ya : la atmósfera cortando. 
Conozca el aire leve 
Que aun el bronce se mueve. 
Pero no, no te muevas, y tu planta 
Aten lazos de obsequio reverente 
Por tanto rey y por grandeza tanta. 
No corras , aunque aspires á viviente 
Para envidia de Fídias y Lisipo : 
Estáte en pié , pues sirves á Filipo. 



Esta poesía es en extremo hiperbólica y alambicada; pero no puede escribirse sin inge- 
nio. No hay duda : aquel gusto falso y pervertido esterilizaba las facultades espontáneas 
y naturales de los que , en mejores tiempos , hubieran llegado acaso á la verdadera poesía. 

No era Butrón indulgente ni aun con los países en que vivía. Residió algún tiempo en 
Soria y en Galicia, y escribió descripciones, más que burlescas, injuriosas, de aquellas 
tierras. Ambas tuvieron en su tiempo un éxito extraordinario, y corrían las copias de 
mano en mano, como las famosas descripciones de alojamiento de Gerardo Lobo. La des- 
cripción de Soria está escrita en décimas. La segunda dice así : 



Ciudad, terror de Eomanos, 
Que Scipion, al pelear, 
Jamas la quiso tomar 
Por no ensuciarse las manos. 
Como fénix ó gusanos, 



Se labraron tumba honrada ; 
La vega quedó abrasada, 
El pueblo quedó encendido. 
Porque Soria siempre ha sido 
Muy buena para quemada. 



lío trata con mayor blandura al hermoso suelo de Galicia. Así dice, á poco de empe- 
zar , en malos versos pareados : 

Baña el mar sus contomos por lavarle, 
Pero lo sucio no podrá quitarle. 
Lóbrega estancia es, en donde el cielo 
Cubre de pardas nubes siempre un velo... 

Los versos de Butrón , que tanto se aplaudían al empezar el siglo xviii , ya olvidadas á 
fines del mismo siglo las circunstancias que daban ínteres á sus sátiras chabacanas , y trans- 
foímado el gusto literario, sólo servían de escarnio á críticos y poetas. El erudito jesuíta don 
Francisco Javier Alegre, aludiendo á la musa desmandada del brusco y altisonante coplero. 



(1) Es la célebre estatua ecuestre, obra del escultor florentin Pedro Tacca. que hoy se halla en la 
plaza de Oriente. 



XLVín BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

le llama el desaforado Butrón. El canónigo Ruarte , después de mofarse , en La Buldada^ 

del poeta Benegasi, dice así : 

Seguíale Butrón, envanecido 

Al ver que su elocuencia nos ha dado 

Un poema hasta ahora no entendido. 

Hoy dia , las obras de los poetas de la estofa del padre Butrón no tienen más valor que el 
interés histórico que encierran esas manifestaciones libres j naturales que brotan de los sen- 
timientos y de las pasiones del vulgo. 

Todavía inferiores á los poetas mencionados , y al lado de los Montianos y de los Nasarres, 
que se afana1)an por disciplinar y encarrilar el gusto del públicOj aun á costa de la inspira- 
eion española, habia una falange de copleros, tales como Bolea, Afainijan, Olmeda y otros, 
que, siguiendo las huellas de los poetas de índole popular, no sal;inn ni quorian resignarse á 
t'utrar por la senda extranjera que les señalaban aquellos flamantes reformadores. Eran como 
la última protesta del espíritu literario español moribundo. ¡ Protesta estéril y tardía! Los 
tiemjios de la inspiración nacional habían pasado, y estos ecos infelices de la musa española 
ílegenerada no contribuían sino á dar la razón á los críticos de la nueva escuela. 

Uno de aquellos poetas de ínfima laya , rmxy acreditado en su tiempo entre la gente del 
gusto vulgar, fué fret/ don José Joaquin Benegasi y Lujan , señor de los Ten-eros , canónigo 
reglar de san Agustín. Tenía gran facilidad para versificar; su ingenio era vivo y fácil, pero 
de corto alcance; su numen, rastrero y familiar, no se levantaba nimca á la esfera de la poe- 
sía sublime. Así pinta él mismo su talento poético con notable acierto, y con la modestia y 
sinceridad propias de su carácter, en estas fáciles quintillas, que pueden dar idea de su estilo : 



Que mi estilo no es gallardo, 
Elevado ni especial, 
Es verdad : no soy Gerardo (1) ; 
Pero tampoco es bastardo, 
Antes es muy natural. 

Dióme Apolo mi destino 
Para lo festivo sólo ; 
Oponeiine es desatino, 
Basta ser gusto de Apolo ; 
Yo me voy por mi camino. 



El medir las fuerzas es 
Quitarse la pesadumbre 
De padecer un revés ; 
Pues muchos van á la cumbre, 
y dan de hocicos después. 

¿Yo seguir, yo remedar 
Al que es por culto aplaudido? 
No lo tienen que esperar, 
Porque jamas he seguido 
Lo que no puedo alcanzar. 



Gran sensatez demuestra Benegasi en estos versos. Algunas aunque muy raras veces le 
ocurre escñbir poesías á asuntos elevados, por ejemplo, á Santa Teresa, á la Toma del Par- 
mesano, al Asesino que hirió á su majestad cristianísima {Luis XV) -, pero la lira de los gran- 
des poetas no produce en sus manos sino sonidos monótonos y vulgares. En una ocasión in- 
tenta remontarse á las elucubraciones de la filosofía cristiana, y escribe un largo y desali- 
ñado romance, así titulado : Lo que es el mundo, la hermosura, la nobleza y el aplauso. No 
acuden á su pensamiento más que conceptos vulgares, más ó menos ingeniosos, expresados 
con la entonación chabacana de los romances del vulgo. La definición que da del mundo es 
ingeniosa : 

¿Es acaso más que un 

Bien pintado coliseo, 

Todo luces por afuera, 

Y confusión por adentro ? 

Y ¿qué emoción podía producir el recuerdo de las hazañas históricas, fuente legítima de la 
verdadera aristocracia del nacimiento, en quien define la nobleza con el criterio limitado y 
materialista del populacho ? 

(1) Alude á Gerardo Lobo. 



Í)E LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL 
¿ Qué es nobleza ? Continuada 
Riqueza , y esto supuesto, 
La más ó menos nobleza 
Es más ó menos dinero. 



ZLIS 



Benegasi, nacido en hidalga cuna, ataca á la nobleza, no sólo así de pasada y en forma de 
reflexión filosófica , sino, lo que es más extraño, en la forma trascendental de los papeles po- 
pulares anónimos , vendidos por los ciegos en las calles de Madrid. Así publicó y propagó, 
ocultando su nombre, varias sátiras, y entre ellas una en redondillas, contra la nobleza, quo 
empezaba de este modo : 



El que quiera ser marqués, 
Conde, duque ó caballero, 
Ha de observar lo primero 
Hacerlo todo al revés... 

No quede picaro á quien 
No alcance su protección, 



Y no le dé ni atención 
A ningún hombre de bien... 
Trate á todos con desvio, 
Haga esperar á cualquiera. 
Como si el que aguarda fuera 
De casta de algún judío... 



Así hablaba el honrado Benegasi, benévolo é inofensivo, embelesado siempre con el culto 
trato de las más ilustres familias de España , que le dispensaban franca amistad y cordial es- 
timación. Aun no hablan corrido por España los perniciosos escritos de Voltaire , que tenía 
pocos años más que Benegasi; aun duraba en nuestro suelo la arraigada fe de los españoles 
en religión, costumbres, clases é instituciones; y sin embargo, el padre /ray Juan de la Con- 
cepción , Benegasi y tantos otros ánimos puros y creyentes , empiezan , sin sosjoecharlo, á minar 
el edificio antiguo de la civilización española. De estos, que parecen fenómenos del mundo 
moral, pueden señalarse muchos en la primera mitad del siglo xviii. Comenzaba una era de 
transformación. Apenas tenian fuerza, luz y calor aquellas chispas de un fuego latente y pro- 
gresivo, que , andando el tiempo, había de deslmnbrar y conmover hondamente á las genera- 
ciones inmediatas. 

Tenía Benegasi la modestia del orgullo, y lo que es más , del orgullo democrático. 

Cuando le hablan de admitir el título de conde que el Monarca habia ofrecido á su padre, 
y que á él igualmente le ofrecía , contesta , cual si le hicieran un agravio : 



Soberbios, vanos, negados. 
Señores de medio pelo?... 

Hartos títulos miramos. 
Hartos estamos con ellos ; 
Que en Madrid se miran hartos, 
Pero nunca satisfechos. 

No hay monte, flor, apellido, 
Mar, ni rio, ni riachuelo. 
Que no haya servido para 
Los títulos que tenemos 

¡Ira de Dios ! Y ¡qué plaga!.... 



¿Yo conde, señor? ¿ Yo conde? 
¡ Cosa que tanto aborrezco. 
Que es para mí un titulado 
Poco menos que un veneno !... 

¿Yo aventurarme, por pobre, 
A ser la mofa del pueblo? 
Pues no hay mogiganga como 
Un título sin dinero. 

¿Yo admitir un oropel, 
Que le discurro tan lejos 
De ser merced , que antes bien 
Me deja sin la que tengo ? 

¿Yo entrarme en el infinito 
Número de los molestos , 



De notar es que en la lucha suscitada , muchos de los que por nacional instinto seguían 
el gusto libre y original que dio tanta vida á las letras españolas en los dos primeros tercios 
del siglo XVII, reconocían la conveniencia del freno académico que empezaba á imponerse; 
pero llevados del impulso antiguo, que era el verdaderamente español, miraban siempre y 
como á pesar suyo, cual remora y escollo del ingenio, ese mismo freno, esa dirección pre- 
ceptiva , cuya saludable influencia no se atrevían á negar. Les parecían como inconciliables 
el estro y la sujeción de las poéticas, y esta idea asoma por lo común en los aplausos que tri- 



L BOSQUEJO HISTÓRICO-CRÍTIOO 

butaban á las obras ajustadas á las reglas de los preceptistas. Benegasi elogia así á im autor 

dramático (1) : 

¡ Oh qué bien , ob qué bien , Velasco, parta 

Tu numen, siempre al arte reducido I 

Logrando los aciertos de entendido 

Con naturalidad, pero con arte... 

Bien se trasluce que miraba como una maravilla que pudiesen andar juntos lo de erdendi- 
do, esto es , discreto y espontáneo, con lo de observador del arte. 

La poesía fué la pasión dominante de su vida entera; poesía sin vigor y sin entusiasmo; 
(jne otra no cabia en aquel alma apacible y casi indiferente á las emociones del corazón ó 
do la fantasía. En alguna ocasión reconoce , como á despecho, el imperio de una nueva críti- 
ca (2) ; otras veces ensalza á Montiano, á Luzan , á Sarmiento, á Mayans y á otros escrito- 
res de la escuela de los preceptistas. Dice que los admira, pero no los sigiie. Su estilo, sus 
asuntos , su espíritu satírico, la índole de sus cbistes , todo es Ao^ilgar. Beiugasi nada tiene de 
poeta; no es más que un coplero, en el sentido ínfimo de esta palabra. Bien da á entender él 
mismo cuánto embarazo causan á su musa indisciplinada los preceptos de los maestros , en 
estos versos, escritos en un momento de ingenuidad : 

No quiero á Nebrija , 
Ni jamas le quise; 
¡ De ingenios por arte 
Apolo me libre I 

Tan poco respeto le inspiraba lo que las lumbreras de la época doctrinal llamaban la trompa 
épica ^ que no titubeó en escribir la Vida de san Dámaso en redondillas, y la Vida de san Be- 
nito de Palermo en seguidillas (3). 

No faltaban ejemplos de poemas épico-religiosos compuestos en metros poco adecuados á 
asuntos graves. La Pasión de nuestro Señor Jesucristo fué escrita en quintillas por don Alonso 
Girón de Rebolledo (4), á quien elogia Cervantes en la Galatea, y en décimas por el maes- 
tro Jitan JDávila (5). ¿ Qué mucbo que Benegasi escribiese en metros ligeros poemas narrati- 
vos, si hasta hubo quien intentase explicar en seguidillas las doctrinas abstrusas de la filo- 
sofía? (6). 

Con menor agudeza, pero con mayor fecundidad y audacia que su padre don Francisco 
Benegasi, siguió freij don José las huellas de éste, así en sus obras dramáticas como en las 
líricas. De esclarecido linaje, introducido en la sociedad aristocrática, y en amistosas cone- 
xiones con las personas más encumbradas de su tiempo, tales como el Marqués de la Ense- 
nada, los Duques de Arcos, la Marquesa del Carpió, el Marqués de Valparaíso, y otras de 
igual jerarquía, dcj^lora la confusión de clases que visiblemente iba creciendo de dia en dia. 
Así dice en una carta poética al Marqués de Villena : 

(1) Don José de Velasco, que envió á don José Deínventordenna nueva poesía? 
Benegasi una comedia suya. Lloraba triste y suspiraba viendo 

/nx TT 11 1 1 1 T r í 7- Que nadie lo uaitaba m seguía. 

(2) Hablando de la comedia La razón contra la ^^,„^„^ ^3 ^^,,^1 ^^^^^ tremendo, 

moda, traducida por Luzan, dice : Cuyo arte y regias fué su fantasía. 

Las unidades qne el objeto wn J ^''° "" P'"^'^^ ">*^''° ^" ^edouaiUag, 

De la crítica que boy la ley nos da, ^ ^"^^ ^'^ '^"^^^ ^" seguidillas. 

X que, ai no J« ^ra, corrorá... ... ^ __ , . -r -.r ^^^n 

(4) Impresa en V alencia , por Juan Mey, 1563. 
El equívoco se para (separa) indica bastante la (5) Impresa en León de Francia, 166L 

poca convicción de Benegasi. (G) Tratado filosofi-poéüco escótico, compuesto en 

(3) Así habla de Benegasi el canónigo Huart» en seguidillas por doña María Camporedondo. En la 
La Dulciada : oficina de Miguel Escribano. Sin año de impresión. 

También 6Sta,h» JBeneff<ui haciendo L& licencia es de 1757. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVILÍ. u 

\ Oh siglo fatal en todo, 
Pues distinguir no se puede, 
Ni si es plebe la nobleza 
Ni si la nobleza es plebe 1 

Y sin embargo, se entregaba, como llevado de su instinto, al torrente de las ideas y de las 
costumbres, se mezclaba con la plebe, como casi todos los nobles de su tiempo, y cultivaba 
gustoso la poesía del vulgo, hmnilde y llana; si bien, con serlo tanto, no llegó nunca al des- 
mayado estilo, al insufrible prosaísmo de la mayor parte de los poetas de la escuela doc- 
trinal. 

Cuando se recorren los copiosos tomos de poesías que publicaron Benegasi y otros varios 
poetas, sin encontrar en ellos, con rarísimas excepciones, asimtos elevados, acentos íntimos 
del alma, ecos de los grandes intereses de la humanidad ó de la patria, ó devaneos sublimes 
del espíritu , se comprende el abismo en que habia caido la poesía. La decadencia no estaba 
sólo en las ridiculeces de la forma; estaba principalmente en la esencia. Ni una idea filosó- 
fica, ni un movimiento del entusiasmo ó de la pasión. Los asuntos de Benegasi, que tanto 
recreaban en su tiempo, dan idea de la pobre esfera á que habia descendido aquella poesía 
insustancial. Si llovía con abundancia , si nevaba , si le atropellaban unos asnos , si le aplica- 
ban sanguijuelas, si un amigo despedía con facilidad á los criados, si otro perdía una muía, 
si se emborrachaba su barbero, si picaba una chinche á su criada , si habia estornudado una 
señora, si habia goteras en su casa, Benegasi se inspiraba con estos y otros hechos igualmente 
triviales. Complacíase especialmente en la descripción de sus enfermedades , aun las más re- 
pugnantes (1). Y con tales creaciones de una musa asquerosa y casera, formaba volumino- 
sas colecciones, y se atrevía á darlas á la estampa. Así hacían otros igualmente, ¡y el pú- 
blico compraba estos centones de sandeces y fruslerías I 

Benegasi fué , pues , un poeta digno de su época. Como hombre fué un dechado de honra- 
dez , de modestia y de candorosa bondad. Como escritor, aparte de su mal aprovechada labo- 
riosidad y de cierto gracejo de escasa trascendencia, que sólo sus allegados podían apreciar, 
no tuvo más que un mérito verdadero : el haberse preservado casi completamente, por la 
llaneza de su carácter y la sinceridad de su instinto, del estilo falso y ampuloso que reinaba 
en su tiempo. Dando consejos á un amigo, le dice con grotesco donaire : 



De lo culto te aparta; 
Mira que es droga 
Necesiten linternas 
Para tus obras. 



Has de hablar castellano 
Como tu abuelo : 
La morcilla, morcilla, 
Y el cuerno, cuerno. 



La misma naturalidad de su lenguaje le inspira algunas atmque muy pocas veces versos 
felices, como cuando dice de una viuda desconsolada que habia mortificado grandemente á. 
su marido ; 

Vivo le hizo llorar, muerto le llora ; 

y cuando, aludiendo á las poesías satíricas de Gerardo Lohoj más descriptivas que injuriosas, 
concentra su idea en este enérgico pensamiento : 

Pincel , y no puñal , tuvo por pluma. 

En la poesía familiar narrativa tiene algunas descripciones felices , como la siguiente , en 
que pinta , en un chistoso rasgo, la an-ogancia científica del médico que le asistía : 

(1) Entre otras, una fluxión, la sama, un reuma- escrito ya Monloro, á quien admiraba mucho Bene- 
tismo, las almon-anas. A este último asunto habia gasi. 






m BOSQUEJO HISTÓRICO-CRÍTICO 

Entró de peluca blonda, 
Y regentando el bastón , 
Como diciendo : la tropa 
De tuB males mando yo. 

Jiizo-ando las poesías de don Gabriel Álvarez de Toledo, dice lo siguiente, en tono de ala- 
banza : (.(Los conceptos son elevadísimos , los equívocos no comunes...» No alcanzaba á nins 
el discernimiento crítico de Benef^asL Todo el deplorable y copioso caudal de sus obras de- 
muestra que este ingenio, vulgar y ambicioso, no habia nacido para la poesía. Y sin embar- 
go, fué grandemente celebrado en su tiempo, y el hechizo que hallaban sus contemporáneos 
en sus triviales y despreciables versos, prueba hasta qué punto son engañosos é inseguros 
para la fama verdadera los aplausos de una sociedad extraviada en el camino de la cultura 
literaria. La celebridad no es la gloria. 

Carecía Benef/asi de las dos facultades principales que dan al alma movimiento y eleva- 
ción : la sensibilidad y la fantasía. De ésta, con lo dicho puede formarse cabal juicio. De su 
escasa sensibilidad hay un triste y claro testimonio en sus propias obras. Siis prendas de ca- 
rácter eran altas y nobles. Lo prueban sus cartas, ó más bien memoriales, al Marqués de 
la Ensenada y á otros magnates poderosos. La necesidad le obliga á pedir protección; si elo- 
gia alguna vez, lo hace de buena fe; pero no sabe descender á la indignidad de la lisonja. A 
la Reina misma se dirige una vez , y termina así su romance : 

Tan desnudo de intereses, 
Tan lejos de adulaciones, 
Que sólo aspiro, Señora, 
Al perdón de mis errores. 

Pero su ánimo, 6 por lo extremadamente sereno, 6 por lo desmedidamente inclinado á ver 
las cosas del mundo por el lado festivo, no se turba , ni se martiriza con las desgracias de la 
vida. La composición más tierna que escribió fué á la muerte de su esposa Vicenta. Se co- 
noce que la amaba cuanto él podía amar; y sin embargo, esta poesía es una relación jDrolija, 
entre conceptuosa y casera , de pormenores insulsos y triviales. Dos composiciones consagró 
á la muerte de dos hijos suyos. La una es un soneto á Francisco José, que, ya mancebo, mu- 
rió repentinamente al volver de un entierro, el día mismo en que habia confesado y comul- 
gado. El soneto está escrito con una entonación por demás sosegada para un padre , pero que 
al cabo puede explicarse por la fuerza de la resignación cristiana. La otra es una décima á 
Ramón , que murió « á pocos días de haber vuelto, casi desnudo, de la escuela , por vestir á 
un niño pobre, quitándose hasta las medias para dárselas.» Este noble y patético asunto no 
inspiró al corazón de un padre más que la siguiente décima jocosa, chocarrera en el tono, é 
impropia y repugnante por el insípido y vulgar donaire : 



Niño que se desnudaba 
Por el pobre con tal celo. 
Se estaba calzando el cielo 
Desde que se descalzaba. 
Dios, que su piedad miraba, 



Me le quiso asegurar ; 
Y así , al verle desnudar, 
Que le diria cotejó : 
Vén acá, que si te dejo, 
Te me puedes resfriar. 



¿Puede sentir y comprender la poesía, que no es sino la expresión noble de grandes senti- 
mientos , quien en tal ocasión se atreve á emplear tan insulso é intempestivo gracejo, y estilo 
tan ridículo y chabacano? (1). 



(1) Don José Benegasi había acaso heredado de cieilos hombres á anteponer la vanagloria de un 
BU padre esta insensibilidad nativa, que arrastra á chiste á la expresión sencilla de los sentimientos na- 



BE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL LUÍ 

Si era sereno y frió para los sentimientos , no lo era menos para los intereses ; pero aquí la 
frialdad era honrosa, como indicio de noble teraj^le. En momentos de gran conflicto pecuniario, 
embargan una de sus casas «por el derecho de la décima que tenía el Rey en los réditos atra- 
sados de los censos.» En vez de entristecerse con este grave contratiempo, lo recibe impasible 
y lleva el estoicismo hasta la risa. En aquellos momentos mismos escribe á un amigo suyo 
esta graciosa 



DÉCIMA. 

Llegó la Justicia , y 
También mi susto llegó. 
Ella la casa embargó, 
Y el susto me embargó á mí. 



Décima piden ; y así , 
Pues nuestro Rey interesa 
Solo en ella (y no me pesa, 
Porque sé su gran piedad), 
Digan á su Majestad 
Que se contente con ésa. 



Este hombre no tomaba por lo serio las cosas de la tierra; sólo las del cielo le llegaban al 
alma. El mismo expresa en un romance esta tendencia genial de su alma : 

Todo el mundo es mogiganga , 
Es tramoya y es comedia ; 
Pues , donde estamos de burlas, 
¿ Cómo puedo estar de veras ? 

Nos hemos detenido algún tanto en examinar el carácter de la poesía de Benegasi y la ín- 
dole del hombre , no sólo porque este poeta frié famoso en su tiempo, sino ademas porque es 
como el prototipo de los poetas populares del reinado de Fernando VI. Toda su poesía se re- 
duce á estas circunstancias : facilidad , vulgaridad , fi'ialdad , trivial donaire , cierta audacia 
satírica, pero sin entusiasmo ni elevación moral. 

En los últimos años del reinado de Felipe V y durante la primera mitad de Femando VI, 
alcanzó gi-an fama de poeta, y no escaso concepto de crítico entre los escritores de instinto 
popular, frai/ Juan de la Concepción , carmelita descalzo, varón de vasto saber, igualmente 
aventajado en la cátedra y en el pulpito. Como poeta se distinguió por su facilidad extre- 
mada. Con su rápida comprensión y sus medios nada comunes de expresión espontánea y 
brillante , fascinaba á sus contemporáneos. Contábanse de él maravillas de ingenio, de me- 
moria y de discernimiento penetrante y seguro. Conservó durante el siglo último tal fama de 
sabio y de repentista, que, cerca de cuarenta años después de su muerte, Alvarez y Baena, 
tan frió por lo común , se entusiasma con la gloria del carmelita , y habla de él en estos tér- 
minos, exagerados acaso, pero dictados por el espíritu de sinceridad que resplandece cons- 
tantemente en los juicios y noticias del encomiad or de los Hijos de Madrid: 

«Las alabanzas (dice) que merece este sabio matritense no cabrían en muchos plieo-os. 
Fué uno de los mayores entendimientos de este siglo. Su elegancia en la prosa y en el ver- 
so, y su memoria no han tenido igual. Tomaba un tomo en folio, pasaba la vista por una 
llana, y bastaba para referirla sin faltar letra. Para su correspondencia y despacho de lo que 
se le encargaba, ya de los tribunales ó ya de su religión, tenía siempre cinco ó seis ama- 
luenses , á quienes dictaba á un tiempo, sin embarazo, diferentes asuntos. Esto de dictar á 
cinco, seis ó siete á un tiempo, y á cada uno en distinta especie de verso y diferente asun- 
», lo hacia frecuentemente en las casas de los Grandes, que le dispensaban mil honores, y 



;urales. En las obras de don Francisco Benegasí se 
¡ncuentran este epígrafe y estos versos : 

'« el mismo dia en que su majestad mandó dar un coche al autor, 
se le murió á éste una hija de poco tiempo; y pidiendo al tesorero 
para el entierro, le envió esta 

DÉCIMA. 

Mnrió la niña. Importante 
í, PS.-iYUI, 



Será enterrarla esta noche, 
Porque si sabe que hay coche « 
Besucitará al instante... 



Esto no necesita comentarios. El alma del padrd 
era aun más glacial que la del hijo. 



Lrv BOSQT'KJO HISTÓRICO CRÍTICO 

particulannente en la de MitliiKi-.Sidonia, ante Km Duques, y en las de otros sujetos lite- 
ratas, (le que ten¿^i) al¿;uin>s vcix»^ qui- liiz<i en t:iles iK-a>¡fmes.)) 

Según d¡(« Villan-ofl , en estos nada armónicos ver!*o«, escritos poco después del lalleci- 
miento d«l ilustre religioso, 

l>o ropciite una rulaciuii dii-ÍA 

Y al iiii><iii(> ti<-iiipi> qu<' la ricitahA , 
La ¡iluiiia iti otro neiuito cjcrtitaba , 

Y pn «lifi-rnite inotro \o esiribift. 

Don Diego Rejón de Silva, cu \in pe.lantesco romance, dirigido á Benegajii, dice del pere- 
grino talento de fray Juan : 



Aquel injíoiiiu famoso. 
Con quien son, al compararlo, 
Roncas urracaB los cUnes , 
Y pigmeos los gigantes...; 

Aquel que miró al Pegaso, 



Por d.jeil al nianej:irle , 
Icirnnvil monte á su rienda, 
Veloz rayo á su acicíite...; 

Aquel (pie dictaba á un ti-snpo 
De amanuenses ú dos pare^... 



Álvarez y Baena añaile (juc a mereció el nombre que se le daba de Monstruo de mhulnrla y 
elocuencia.^ Que así era llamado es la vinlad, y de ello da testimonio su amigo y i'ervoroso 
admirador don José Benegasi en estos \ éreos : 

Doctisimo fray Juan, monstruo en la ciencia, 
Maravilla y osombro del Parnaso, 
Segundo Lope, nm-vo Garciiaso, 
Á quien el mi.-ino Apolo reverencia.. 

El candoroso Benegasi, cuya aclmiracion rayaba en ardiente entusiasmo, escribió im poe- 
ma en octavas para honrar la memoria del celebrado carmelita (1). 

¿ Mereció real v verdaderamente fnn/ Juun de la Concepción tanto renombre y tanta au- 
toridad? lliira vez hay prendjus ini«'lectualt;s de alto temple y de trascendental alcance en es- 
tos hombres que son prodigios de gimna.sia intelectual. Que no era hombre de vulgar y ras- 
trera lava lo patentizan .sus propias obras teológica.s y literarias, por más que afee grande- 
mente á estas últimas el estih» conceptuoso, que liié acaso en su tiempo uno de los más efica- 
ces títulos de su fama. Su historia drmuestra ([ue habia en su carácter cierto ambicioso desa- 
BOsicfTo v cierta audacia, de aipicllas <pu' atraen la atención piíblica; y en estos impulsos, que 
BU carácter sagrado no alcanzaba á enlrenar, hay que bu-scar principalmente su acción y su 
fuerza entre los hombres de su ¿poca. 

La AcadíMuia Es|)anola le abrió sus puertas en 1744, y rompiendo fray Juan con la 
práetica establecida, pronunció en verso su ovucion gratulatoria ó discurso de entrada, cau- 
sando no poca extrañeza, según confiesa su uiisnio encoraiador Benegasi. Gentes poco aficio- 
nada.s á innovaciones censuraron al nuevo ac:id(''mico, juzgando la forma poética poco ade- 
cuada á la naturaleza de aqtiel acto y á la graveilad de formas propia de las solemnidades 
del docto é ilustre instituto. 

Publicó una revista critica, tituhnla 7?í'.ví/r;-(r('<o« del J)iario de Madrid^ ó nuevo cordón 
critico general de España (1748). La crítica era por entonces escabrosa tarea, y el travieso 
censor se ocidtó sucesivamente con cuatro ní»mbres supuestos. 

Pero donde se ve más patente la índole iiKjuieta y resuelta del sabio carmelita, es en su 
tendencia á tomar parte en el movimiento jiolítico de su tiempo, haciéndose eco de los cla- 
mores i)opularo8. Empleaba para esto la poesía en el tono y forma del pueblo, y ocultando, 
por supuesto, su nombre , pues otra cosa no consentía el sagrado carácter de que se hallaba 

(1) Fama postuma del reverei\dí$imo padre fray Juan de la Concepción ^ etc. Madrid, imprenta del Mcr-\ 

curio, ITói. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL L\r 

revestido. En dos de sus papeles, titulados, el uno El Fataii Je Camhandtel, j el oti'o El Poeta 
omito, impresos poco después del advenimiento al trono de Fernando VI , entre consejos, sú- 
plicas, quejas y felicitaciones , dice útiles verdades y expone ideas atrevidas para aquel tiempo. 

Esto tiene escasa importancia para la historia literaria, j)cro la tiene muy grande para la 
historia política de la nación. El tiempo no caniinal)a en balde. Quien así anticipaba , por me- 
dio de cantos populares, la acción política de la ojnnion , ejercida más adelante por la impren- 
ta periódica, era esta vez ¿quién lo diria? un sabio religioso, tan respetable como respetado; 
un considtor del Infante- Cardenal don Luis, }•, lo que es más singular, un calificador de la 
Suprema Inquisición. 

Eray Juan de la Concepción puede ser considerado como uno de los indicios más palpables 
de la trasformacion moral que, así en España como en los demás países de Europa, asomaba 
ya , con más ó menos claridad , á mediados del siglo xvin. 

Maduras las ideas nacientes , y formado el gusto literario, el fecundo y laborioso car- 
melita liabria sido acaso \m aventajado escritor y un insigne poeta. Escritas en aquella época 
de confusión y de mal gusto, sus obras literarias se resienten de ligereza , de afectación y de 
la manía conceptuosa , que todo lo afeaba y deslucía. La posteridad no ha consagrado la gloria 
del Monstruo de la sahiduría , que no ñié, como otras muchas glorias, más que un eco pasaje- 
ro de las impresiones contemporáneas. Fmi/ Juan fué uno de aquellos muchos que , conde- 
nando severamente los vicios de la escuela conceptuosa, incurrían á sus anchas en los deplo- 
rables extravíos. Estaba tan dominado por el estragado gusto de su época, que lo seguía sin 
advertirlo, cabalmente en el momento mismo en que lo censuraba. Aplaudiendo la naturali- 
dad de estilo de su amigo don José Benegasi, dice así : 

(í Está mal con los que hablan crepúsculos y escriben lobregueces. Hace bien. No sé por qué 
no ha de condenar la elocuencia la secta de los anochecidos, como la Iglesia la de los alumbra- 
dos... El Corinto de España ha sido Córdoba; y como si fuera para todos ir á Corinto, el an- 
helo de remedar al superior ingenio cordobés, á muchos españoles los ha hecho c/7'ier/os.)y 

Incorregible era , sin duda , quien , al recomendar la sencillez y la claridad , da ejemplo do 
este lenguaje alambicado y presuntuoso. ¿Quién hubiera dicho al celebrado carmelita que, con 
todo su ingenio, había de quedar, en la triste historia de la poesía de su tiempo, tal vez más 
bajo que el humilde y modesto Benegasi, objeto de tantas biudas en 'la era de Carlos III? 



CAPITULO VI. 

Síntomas claros de cambio en el gusto literario. — Época doctrinal. — Diario de los Literatos. — Poética de Luzan.— 
Iriarte (don Juan). — Artigas. — Sátira de Jorge Pitillas, — índole francesa de su inspiración. — Aclaración del 
seudónimo. 

No pocos indicios anunciaban ya en los primeros años del siglo xviii la transformación del 
gusto literario, que había de llevarse á cabo por medio de reglas é institutos de origen fran- 
cés. Entre ellos pueden señalarse tres, claramente significativos : la creación, en 1713, de la 
Academia Española, encargada de «proponer reglas de buen gusto, así en el pensar como en 
el escribir» (1); la publicación, en el mismo año 1713, del Cinna áe Corneille, traducido 
por don Francisco Pizarro, marqués de San Juan; y la imitación de la Ifigenia, de Racine, 
publicada })or Cañizares, antes del año 1716. Veinte años después, los indicios de la intro- 
ducción en España del gusto extranjero se convierten en patentes é incontestables testimo- 
nios. Los más calificados que pueden citar.se son tres igualmente , como estos indicios cuya 
importancia acabamos de señalar : la Poética de Luzan; el Diario de los Literatos; la sátira 

(1_) Estatutos primitivos. 



j^^ r.OSQüEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

de Jome ritiUas. Todavía el vulgo mira con aversión novedades literarias que., por Ío estre- 
chas y melindrosas, cuadran nial con su ímltdc y con su tradicional espíritu, y moteja de 
afrancesados á sus introductores ; pero ya la lucha es recia y vigorosa. Los nuevos campeones 
están nniv distantes d»' la crítica profunda y luminosa (jue algimos años adelante ha de brotar 
en la docta y sesuda Alemania; carecen del g<;nio que deslumhra y arrastra con ííiscinadores 
ejeníplos; pero no pueden m¿nos de triunfar, porque lleva su bandera el victorioso lema del 
tentldo común, del cual las letras castelhmas se il^an apartando por completo. 

En el punto á que habían llegado el trastorno y la depravación del gusto literario, forzoso 
era que la principal reforma emanase, no del prestigio del ejemjjlo, no del estro de grandes 
poetas, sino del recto sentido de las gentes. Con el advenimiento de la Casa de Borbon iba 
naciendo un nuevo espíritu de cultura, que embarazaba la can-era de aquel torrente de disla- 
tes de retruécanos y de conceptos. La primera reforma que requería el funesto estado de las 
letras habia llc<Tado á ser, ante todo, como antes hemos indicado, una cuestión de sentido 
común. Hacer recobrar á éste su imperio, fué en aquellos tiempos el glorioso afán de Feijóo, 
de Martínez del padre Isla y de otros sabios varones, cuyo entendimiento sereno y bien 
encaminado se hallaba como comprimido y sofocado en aquella atmósfera de afectación y de 
preocupaciones. 

La inspiración alta, sencilla y espontánea no cabia en la poesía de aquella época. Era ne- 
cesario i)ara que alumbrase el sol del estro verdadero, disipar de antemano las nubes del mal 
gusto que cerraban tenazmente el paso al calor del corazón, á la luz de la fantasía. Esta fué 
la ardua empresa que acometieron algunos hombres de noble instinto y firme pensamiento. 
Conquistaron entre ellos uno de los lugares más altos y gloriosos los ilustradísimos sacerdotes 
don Juan Martínez Salo/ranea y don Leopoldo Jerónimo Puig, fundando y sosteniendo, du- 
rante alf^un tiempo, una revista trimestral, titulada Z^i'ano de los Literatos de España (1), que 
forma época en los anales de la liistoria literaria del siglo xviii. Habían comprendido que 
era lle<^ado uno de aquellos períodos de transformación intelectual, en que sólo la crítica in- 
exorable y justiciera puede enfrenar abusos arraigados, y abrir camino á la razón atropellada. 
Ko era época de creación literaria; era época de examen doctrinal. El Diario de los Literatos 
cumplió su objeto de iina manera memorable. A manera de aquellos adalides que en los jui- 
cios de Dios peleaban á todo trance, sin más mira ni más impulso que el entusiasmo que ins- 
pira la convicción de la buena causa; así los llamados Diaristas emprendieron su escabí-oía 
tarca. En cuaUpiier tiempo es la crítica imparcial y rigorosa amargo y difícil emjjeño. Para 
el Diario de los Literatos fué una verdadera contienda. Filosofía, ciencias, filología, historia, 
amonas letras; todo lo abarcaba el grande espíritu de aquellos hombres denodados, cuyo único 
anhelo se cifraba en hacer triunfar la verdad; y la verdad en aquellos tiempos era un misterio 
que pocos comprendían, y cuya luz á casi todos ofuscaba y heria. En balde se emplearon , du- 
rante dos años, para triunfar de aquel censor implacable, las armas del insulto, de la calum- 
nia , de la intriga y de la amenaza. Salafranca y Puig no entibiaron ni un momento, mien- 
tras existió el Diario j su noble é irrevocable propósito. Pero es áspero y á veces incontrasta»- 
ble (;! empuje de la ignorancia desenmascarada , y la situación de aquellos nobles campeones 
de la cultura Ik'g(') á hacerse insostenible. El aplauso de los doctos y el apoyo sincero y eficaz 
del mismo rey Felipe V, no bastaron al cabo á impedir la muerte prematura de aquella ilus- 
trada revista (2). Esta obra reformadora, en verdad sorprendente para aquel tiempo, por la 

(t) Comenzó á publicarse por Enero de 1737. To- clon de Felipe V. A propuesta áe su Ministfo, mandó 

tnaron parte en las tareas del Diario, don Juan de este soberano que el Diario continuase publicándose 

Liarte, Jorge Pitillas y otros notables literatos, ani- á sus expensas. Campillo no desmayó en su apoyo, 

mados del espíritu reformador. siguiendo sin tregua el sano consejo, que le dieron 

('-) Al generoso é ¡lustrado espíritu de don José Salafranca y Puig, de aunarse de resolución para 

del Campillo, üpcrotnrio del Despnoho Universal de despreciar toda especie de contemplaciones perjudi- 

Hacicnda, debió el Diario de los Literatos la protcc- ciaks al hitn público y deslionorahks ú quien las fis- 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL rvir 

erudición , por la imparcialidad y hasta por el idioma , vivirá siempre en nuestra historia li- 
teraria como un padrón glorioso de sensatez y de energía. 

Acallada estaba aquella protesta vigorosa contra el error y el mal gusto. Pero los gérme- 
nes de la verdad cundían y fermentaban ya en todas partes, y fué estéril empeño abogar una 
voz reformadora. Cuando llega la hora de los adelantamientos intelectuales , á una voz que 
muere, responde otra voz fraternal y simpática. En el mismo año 1737, en que el Diario de 
los Literatos dio principio á su carrera de luminoso meteoro, se publicó en Zaragoza la Poé- 
tica de Luzan. 

Esta Poética fué, en verdad, un fenómeno intelectual lanzado de improviso en medio del 
caos tenebroso en que se habían hundido las letras españolas. Luzan tenía muchas de las 
prendas que constituyen á los críticos de primer orden, y si su libro extraordinario ha per- 
dido una parte de su interés, sólo puede esto atribuirse al ensanche qu(3 han dado á los prin- 
cipios literai'ios la filosofía moderna , y muy singularmente los escritores de la docta Ale- 
mania. La importancia relativa de la Poética de Luzan fué inmensa, y aun hoy dia su im- 
portancia absoluta es no pequeña, y de cierto mucho mayor de lo que generalmente se ima- 
gina. Hay doctrinas que nunca envejecen. De ellas está sembrada esta Poética , y por eso su 
lectura causa y causará siempre á las personas ilustradas fruición verdadera y cierta impre- 
eion de agradable sorpresa. Principios reinan hoy dia en la literatura, tenidos por reciente 
conquista de la crítica filosófica que inauguraron Lessing y otros no menos insigues compa- 
triotas suyos, que ya se encuentran expuestos y como adivinados en la obra de Luzan. Ha- 
bía éste educado y nutrido su entendimiento con vastísima y muy sazonada lectura; sus ideas 
no son reflejo exclusivo de ajenas observaciones ; llevan sello de vida propia , y se advierte 
desde luego que han nacido de la impresión recibida en grandes fuentes literarias, antiguas y 
modernas , y de un instinto crítico espontáneo y seguro. 

Se ha querido algunas veces presentar á Luzan como mero iniciador de la escuela francesa 
del siglo de Luis XIV (1). Esto es desconocer el alcance de sus ideas y el carácter relativa- 
mente libre de su doctrina. Habia pasado su juventud en Italia, engolfado en el estudio de 
la antigüedad y de los grandes escritores italianos (2) , y esta educación especial habia dado 
á sus principios críticos mayor amplitud que la que cabia en los dogmas de los preceptistas 
franceses, consignados con tanta elocuencia en el Arte Poética de Boileau. Este insigne poeta 
satírico, que podi-ia llamarse el legislador de la sensatez literaria, se dejó llevar demasiado 
del hechizo que ejercieron en su tiempo las obras de gusto acrisolado que produjo en Francia 
aquel siglo de altísima cultura. Pero haciendo exclusiva su admiración , y extremando sus 
artificiales tendencias , incurrió en el error en que caen siempre aquellos que erigen una doc- 
trina invariable con las impresiones contemporáneas. Boileau cifra una gran parte de la per- 
fección poética en ciertos principios convencionales, y toma á veces por belleza eterna lo que 
no es más que una especie de etiqueta literaria , reflejo pasajero de costumbres ceremoniosas 
y de refinamientos cortesanos. No está Luzan al abrigo de esta censura, porque el amanera- 
miento y el espíritu de imitación eran resabios de escuela, que constituían en no pequeña parte 

ne. (Carta de los señores Salafranca y Puig al mi- mano y los instrumentos en otra. (Prólogo al (orno vii 

nistro don José del Campillo.) del Diario de los Literatos.) 

La noble protección de la corte no bastó á dar lar- (1 ) Véase , entre otros , á Ticknor, Historia de la 

ga y sosegada vida al Diario. No pudo resistir más Literatura española., tomo iv, cap. ii. 

que dos años escasos al furor vengativo de sus ene- (2) Vivió Luzan irnos diez y siete años en Géno- 

migos , que se complacian en las persecuciones y ad- va, en Milán, en Palermo y en Ñapóles. En esta úl- 

versidades de sus redactores. tima ciudad, al lado de su hermano el Conde de Lu- 

La pugna en que éstos vivían con sus detractores, zan, gobernador del castillo de San Telmo, tuvo oca- 
puede juzgarse por sus propias palabras : Tanto tra- sion de sobresalir entre los primeros literatos , como 
"bajamos para la defensa como para la misma obra. habia ya sobresalido en Palermo en la academia Ua- 
La comenzamos y continuamos, como los muros de Je- mada del Buen Gusto y en la del Príncipe de Santa 
rusalen en tiempo de Nehemías, con la espada en una Flayia. 



j^^„ BOSQUEJO niSTÓEICG-CRiTICO 

las máximas f»enerales de aquella edad. Pero conocía y admiraba á los poetas más insignes 
de Grecia, de España y de Italia, y ellos le kabian inFun-Udo cierto espíritu de independen- 
cia á ruva liu diseernia rlaramento el error de algunas doctrinas inspiradas por la rutina. 

Con nuich(js ejoinjilos po.lriainos comprobar esta observación; pero á fin de evitar digre- 
siones aquí intempestivas, nos liinitnrómos á bac^r notar el antagonismo de opiniones que 
resalta, entre Luznu \ Boileau, en im punto en que de tal manera se ban aferrado la cos- 
tumbre V los prec»'i)t¡st:is, que aun boy dia no falta quien sustente con el ejemplo la doctrina 
derrocada en el presente siglo por los mejores críticos y poetas. 

Boijoau, arrastrado imprnosaraenic por l.n fuerza de la tradición pagana, de que estaba 
impron-nada tnda la civiüzacio:! litLiT.ria de su éjioca , antepone á la verdad sencilla dfi la na- 
turaleza á las emociones directas del alma, í»l idealismo cristiano, el hechizo artístico de las 
alegorías mitológicas. Según él , la poesía 

Se soutient par la Fable, et vit dejiction, 

y con este solo verso, explanado después en un largo período de dialéctica persuasiva, ba 
hecbo más daño á la verdadera poesía, que Dante, Shakspeare y el Ariosto con la ruda y 
por demás natural desnudez de muchas de sus ideas y de sus palabras. 

Entusiasmado con los artificios de los emblemas materiales, casi prescinde del mundo mo- 
ral, V no comprende ni el mar sin tritones, ni la pintura poética de la justicia y del tiempo, 
sin las imágenes tangibles de la balanza y del reloj de arena. ¿Qué otra cosa significan los si- 
guientes versos? 

De noser de la Fable employer la figure, 
De chasser les tritons de Yemiñre des eaux, 
D'óter á Pan safiúte, aux Parques leurs ciseaux; 
(Test d'un scrupule vain s'alarmer sottement, 
Et vouloir aux lecteurs plaire sana agrément. 

(L'Art Poétique, canto 3.°) 

Tanto se aficiona Boileau á \2i ficción poética, que llega á creer sinceramente que sólo de 
ella dependen los moNdmientos íntimos del alma y hasta la sensibilidad misma. Así lo mani- 
fiesta claramente en estos versos : 

Que Neptune en courroux s'élevant sur la mer, 
D'un mot calme lesflots^ mette la paix dans Vair, 
Délivre les vaisseanx^ des syrtes-les arrache ; 
Cest la ce qui surprend , frappe , saisit, attache. 

; Cómo habia de sospechar Boileau que llegaría una edad en que la intervención de Nep- 
tuno sería suficiente para quitar á la tempestad y á la calma su conmovedor prestigio, y que 
la tormenta descrita en el Don Juan de Byron, calcada sobre relaciones de naufragios histó- 
ricos, biibia de tener más fuerza de emoción verdadera que los magníficos cuadros de tempes- 
tad de la Eneida, en que al poder de la naturaleza se sustituye la influencia mitológica de 
Juno, (1p Eolo y ríe Neptimo I 

Cautivan a Boiloau tan poderosamente las ficciones de la poesía de los antiguos, que al 
presentarlas como único modelo, su imaginación se templa y se colora, y escribe el pasaje 
más Ix'llo que bay acaso en todo el )»ocma. Después de recomendar la mitología griega como 
fuente imprescindible de belleza poética, continúa así : 

La pour nous enchanter lout est mis en tisage : 
Tout prend un corps, une ame, un esprit, un visage. 
Choque vertu devient une divinité; 
Minerve est ¡a Pntdencc et Venus la Beauté. 
Ce n'ext plus la vapeur (¡ui produit le tonnerre; 
Cest .Tujñter armé pnur effrayer la, terre. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL UX 

Un orage terrible aux yenx des matelots 
Cest Neptune en courroux qui gourmande les flota. 
Echo n'est plus un son qui dans Tair retentisse; 
(Test une nymphe en pleurs qui se plaint de Narcisse. 

Por más seducción que encierren estos elegantes versos , el consejo de Boileau no es el ca- 
mino de la verdadera inspiración. La pintura fiel y sencilla del más leve murmullo de las bri- 
sas de la primavera, de cualquiera ola del mar que se rompe gimiendo en la playa, del canto 
más insignificante de un ave perdida en la espesura, trae al alma de los modernos más deleite 
y más emoción que todas las rancias alegorías de ^^orciso, de JSeptuno y de Filomela. 

Hombre de clarísimo ingenio y de gusto acendrado, pero poeta sin arranque lírico y sin 
fantasía mística, Boileau llevó la estrechez de sus teorías doctrinales hasta el extremo de 
proscribir de la poesía á Dios, á los santos y á los profetas (1). Xo sólo prefiere lo que llama 
les mille agrónens de la Fahle á la expresión natural de las imágenes y de los afectos, sino 
que ju/^ga que sin aquellos la poesía desmaya y muere (2). Para Boileau , pues , toda la fas- 
cinación poética consiste en primores convencionales , y no caben en el férreo círculo de su 
poética ni los cantos populares, ni los fantásticos devaneos de la espiritualidad cristiana. Ni 
ve en el Evangelio más que un manantial triste y sombrío de penitencia y de castigo (3), 
ni sospecha, al parecer, que el Cristianismo ha traído al mundo un orden nuevo y completo 
de sentimientos y de ideas. En una palabra, según la doctrina de Boileau, erraron grave- 
mente, al componer sus magníficos poemas, Dante, Tasso (4), Milton, Klopstock, Valdi- 
vielso, Hojeda , Acevedo y todos aquellos poetas que han buscado su inspiración en las emo- 
ciones, en las imágenes, en los arrobamientos místicos del cielo cristiano. 

Liuzan comprendía con su claro sentido crítico que la poesía de mayores quilates es la que 
emana de la inspiración directa y sincera , y que son su mayor fuerza y su lumbre más pura 
las verdades del cielo y las verdades de la tierra. Tenía instrucción y aliento para volar con 
alas propias; y, lejos de ser un mero propagador de ideas francesas, se apartaba mucho en 
ciertos casos de Boileau , y manifiestamente le superaba en el sano y filosófico espíritu de las 
doctrinas (5). 

No lleva Luzan, como lo hace Boileau, las meticulosas restricciones de escuela hasta juz- 
gar que un nombre poco eufónico hace hárharo ó burlesco un poema entero, y á no consentir 
que el poeta elija por asunto de sus obras á un héroe cuyo nombre parezca insonoro (6). El 



(1) Ceit done bien minemeni que nos auteurt d¿tut , Luzan COnociñ, & loB preceptistas francCSes y eB- 
Bannissant de leurt vert ees ornemens reeus, _ , i -^ i i -^ i • 

,. . . r,. r, „ . n 1,1, pañoles, y los cita alguna vez: pero los italianos y 

Pensent /aire agir Dieu, tes Saints et ses Prophitet ^ . ' •' _ * > r^ j 

Cotnme ees Dieux écios du cerveau des poetes... lo8 antiguos habian dado especialmente pábulo á 

De lafoi d'un chrétien les mystires terribles SUS estudios rríticos. A Cada paso cita CU pu libro á 

D'ornemens égayés ne tont point susceptibles. Muratori, á Orsi, á Bonamici, á Gravina , á Benio, 

(L'Art Pvétique, c&títo Z.') , •,,. . > r\ i • ■ -xr • • i 11 

^. c. * .7 < í, 7 a Minturno, a Quadrio, a Monsienaní, al cardenal 

(2) Sans tous ees ornemens le vers tomhe en lanjueur, . . . 

Lapoésie est morie, ou rampt sans vigueur. Pallavicino, y á otros ya olvidados. 

(ídem.) (6) Causó enfado á Boileau ol nombre de Hilde- 

(3) rEvangiUdTetpritn'offredetoutcótés, brando, hho& de un poema titulado Zes srtrrasws 
Que pénitence á /aire et tourmens mériléí. ■,,,-.-1 . • • t i- •■ 

,j¿fjj^s chasses de France, y esta impresión de antipatía' 

(4) Boileau se burla abiertamente de este gran sugirió al poeta la exagerada sentencia : 
poeta por haber presentado á su héroe como adalid D'un teui nom queiqu^ois u son dur ou bízam 

cristiano. Hé aquí sus versos : R*^ unpoéme entier, ou burUsque ou barbare. 

n n'eut point de son Hvreiiiustréritaiie, A vueltas de este desmedido refinamiento, Boi- 

8isonsagehéros,toujours en oraison, leau juzga cadenciosos y poéticos todos los nom- 

yeut/ait que meUre en/in Satán á ¡a raison , etc. ^^^^ ¿^ ,.^ mitología griega : 

(5) En el estilo era imposible. Luzan es un es- La FaVle o//re á respnt mille agrémens diters; 

critor vigoroso y ameno ; pero Boileau es un mode- ^ '"'" '** """^ /leureur sembient nés pour íes vers. 

lo consumado de estilo claro, concibo y sentencioso. ¡Pueril predilección, que caracteriza fielinente !a 

Casi no es dable ir más allá. caprichosa estrechez de la escuela clácita francesa ! 



^ BOSQUEJO HTSTÓRICO-CRÍTICO 

deseo de satirizar á escritores medianos de su tiempo hizo llegar, como se ve, alguna vez & 
Boileau al colmo de la preocupación j de la intolerancia. ¿Qué habria pensado de los nom- 
bres de extraño sonido que tanto abundan en la poesía popular de los pueblos germánicos y 
escandinavos y que nos parecen hasta agradables porque en ellos creemos advertir el sello de 

BU origen ? 

Luzan profesa más ancha y flexible doctrina. Adniite la poesía genuina de los pueblos , y 
reconoce las diferencias de espíritu que hay y debe haber en cada uno de ellos. «El clima, 
dice las costumbres, los estudios, los genios, influyen do ordinario en ios escritos, y di- 
versifican las obra-s y el estilo de una nación de los de otra. )) 

Con respecto al empleo de la religión cristiana como elemento poético, Luzan no titubea 
BÍquiera. A pesar do las doctrinas rígidas de Boileau, á pesar de los ilustres ejemplos que 
confirman estas doctrinas, a pesar de-i gusto preponderante que en su tiempo y mucho des- 
pués mantuvo con singular predilección el uso de los emblemas mitológicos, el crítico espa- 
ñol proscribo estos emblemas, y no admite que en las naciones cristianas puedan ser susti- 
tuidos á la presencia, á la acción, á la grandeza del Ser Supremo. Luzan, con su privilo- 
mado discernimiento, comprende y explica perfectamente que la poesía, como todo, camina 
V cambia con los tiempos , y que éstos imprimen en las obras del entendimiento diferencias 
esenciales y bellezas relativas , de que no puede desentenderse la critica justa y elevada. Ad- 
vierte que el sello privativo de las costumbres y de las ideas de cada siglo no daña á la belleza 
verdadera* que es propio y natural que los personajes de la Eneida, escrita en una era de 
mayor cultura sean mus cultos que los de la I liada, sin embargo de pertenecer todos ellos á 
la íuisma c])Oca histórica; y que no ha de desmerecer la poesía de la Escritura porque sus 
patriarcas y sus príncipes apacientan ganado y sus hijas van por agua á la fuente; ni tam- 
poco « perder el concepto de Homero al ver que sus primeros personajes hacen ya de cocine- 
ros , ya de trinchantes , ya de cocheros ; que hasta los porquerizos y mayorales de ganado 
llevan el glorioso renombre de héroes, y que las princesas, como Nausicaa, van sin melin- 
dro alguno á lavar su ropa al rio. "o 

Quien así juzga de la influencia de las costumbres en las letras, ¿cómo no habia de 
admitir la religión contemporánea, y especialmente la religión sublime de Jesucristo, 
como una ])oderosa palanca de emoción verdadera? Así expresa Zw^an sus sanas doctrinas : 

«La diferencia entre los poetas griegos y latinos podrá servir también para discernir 
otra semejante diversidad que hay entre los poetas antiguos y modernos... Habiendo la 
divina luz del Evangelio desterrado las ciegas tinieblas de la idolatría, no era menes- 
ter explicar los atributos del verdadero Dios por medio de fábulas, como hicieron los 
antiguos ; pues conocida ya una vez por el vulgo la falsedad de todas aquellas deidades, 
el introducirlas sería lo mismo que dar por el pié á toda la verosimilitud que se re- 
quiere para que sea provechosa la poesía. Por esto los poetas cristianos, en lugar de 
Pluton , rey del abismo; de Mercurio, embajador de Júpiter; de dioses, de semidioses 
y de ninfas, introdujeron, con razón, en la epopeya ángeles buenos y malos, que en 
el ya muflado sistema de la religión eran más creíbles... Por eso me parece reparable 
en las Lnaiadas do Luis Camoens la introducción de Júpiter, Venus, Baco, etc.; no 
por las impiedades que injustamente le imputaban, sino por lo inverosímil de semejan- 
tes falsas deidades en un poema de tal asunto y escrito para leerse entre cristianos.» 

No hay para qué encarecer la distancia que media entre los principios críticos de Boi- 
leau y los do Luzan, Aquél se encierra en la elegancia aristocrática de la forma, en la 
imitación exclusiva de ciei-tos modelos , en los atildamientos de la frase. Para él la poesía 
sin la lima académica no es poesía. Este no consigue desprenderse completamente de las 
perfecciones calculadas de esruola; pero su crítica no es, como la de Boileau, exclusivamente 
preceptiva á postcriori: abre más dilatados espacios á la fantasía humana, y tiene más en 
cuenta el imperio de los sentimientos morales. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVin. Ln 

7J1 examen crítico de la Poética de Luzan , que publicó el Diario de los Literatos poco de£- 
pr^es de impresa por primera vez (1737), es sin duda uno de los juicios mejor fundados y 
más imparciales que se han escrito acerca de aquella importante obra. El entendimiento sano 
de Salafranca y de don Juan de Iriarte (1) descansaba y se complacía con aquella cuerda 
doctrina; pero ambos sentían y saboreaban mejor que Luzan, demasiado impregnado en la 
literatura extranjera , la poesía nacional española ; y á pesar de la aversión que les inspiraban 
los extravíos gongorinos, y de la convicción con que censuraban la libertad desordenada que 
advertían en el teatro, defienden á Góngora y á Lope de Vega de injustas críticas de Luzan, 
y demuestran que el cuerdo preceptista no ha comprendido suficientemente el espíritu de 
aquella poesía , que en sus bellezas y en sus defectos refleja el ser moral de la nación. El dis- 
cernimiento crítico de Iriarte sube muy alto al apreciar la influencia del impulso nacional en 
las letras, y sorprende en verdad ver á un filólogo de la escuela clásica francesa anticipar, en 
la primera mitad del último siglo, principios esenciales de la moderna crítica. Juzga recta- 
mente el carácter dramático de Lope y da á entender á Luzan cuan grave error comete olvi- 
dando el despotismo democrático que en aquellas edades ejercía el pueblo en nuestro teatro (2). 

Es de notar que la crítica del Diarto de los Literatos es más libre , más filosófica y más con- 
forme á los sanos principios que han llegado á prevalecer en Europa, que la que sustentaron 
los Luzanes, los Montianos y los Moratines, obstinadamente apegados á la escuela francesa, 
que anteponía la forma convencional al fondo y al espíritu del teatro. ¡ Cuánto aventaja á la 
crítica estrecha de Boileau, en materia de teatro, el claro instinto con que Iriarte defiende 
la escena española, recordando dramas de autores griegos y romanos en que andan mezcla- 
dos personajes ilustres y vidgares, así como sucesos serios y festivos! Iriarte se lamenta, por 
otra parte , del rigor con que los preceptistas quieren añadir á la comedia , sobre las tres uni- 
dades , la unidad de especie , siendo así que los romanos tuvieron tantas especies diferentes de 
comedias, unas pretextatas , otras togatas, otras atelanas , otras tabernarias^ etc., se^run la di- 
versa clase y calidad de asuntos y personas. 

¡ Cuánto más que las restricciones arbitrarias de escuela , que prevalecieron más adelante. 
Be acerca á la sana crítica moderna la siguiente luminosa reflexión de Iñarte ! 

(( Pudiera demostrarse que muchas de la máximas que los preceptistas establecen por leyes 
generales de la razón en punto de dramática , no son más que fueros particulai'es del genio y 
gusto de cada siglo y de cada nación , como lo acredita la historia del teatro antiguo y mo- 
derno. » 

Luzan acusa á Lope de Vega de haber compuesto un libro (el Arte nuevo de hucer comedias) 
«cuyos fundamentos y principios se oponen directamente á la razón y á las reglas de Aristó- 
teles.» Iriarte no puede ni quiere sustentar los errores de Lope; pero lo defiende hábilmente, 
encareciendo el imperio del gusto popular en el teatro, que se impone siempre , más ó menos, 
en el ánimo de los poetas y hasta en la dirección doctrinal literaria. 

« Su intento (dice Lriarte) fué escribir un arte de hacer comedias ajustado al estilo del vul- 
go, que no entiende de razones ni de reglas ; condescendiendo en esto á las instancias de la 
Academia Matritense , como él mismo lo declara hablando con ella : 

Mándanme ingenios nobles , flor de España , 



Que un arte de comedias os escriba 
Que al estilo del vulgo se reciba. 



(1) El notable artículo del Diario fué escrito has- (2) Como prueba de ello, recuerda Iriarte que los 

ta la página 62 por Salafranca ; de allí en adelan- poetas de aquel siglo llegaron á verse «precisados 

te por don Juan de Iriarte. Este insigne filólogo, á solicitar la amistad y favor de cierto zapatero de 

más adelante individuo de la Academia Española, viejo, llamado Sánchez , caudillo de los mosqueteros 

fué quien juzgó el libro cuarto y último de la Faé- j formidable juez de los corrales» (teatros). (Díu' 

tica. rio de los Literatos, tomo iv, pág. 84.) 



ITii BOSQUEJO niSTÓEICO CRÍTICO 

))Tan kíjos está Lope de establecer por reglas j principios verdaderos los usos de la nuev^a 
comedia , que si se atiende al sentido y expresiones con que discurre en esta materia , se ve 
claramente que quiso, haciendo con ingt^niosa traza de la violencia libertad, valerse del cum- 
pliniifnto dd rofcrido precepto para reprender la irregularidad v extravagancia que reinaba 
en el teatro de su siglo, v que su obra , en realidad , más es Arte nuevo de criticar comedias 
que de hacerlas.» 

Pero donde se manifiesta más j>atente cuánto cuesta á las naciones aceptar cambios de 
cualquier linaje que lastimen su es])íritu y su pasada gloria , es en la defensa que hace el sen- 
sato Iriorte de la poesía de G«íngora. No puede hacérsele llevadero que Luzan , como desen- 
tendiéndose del alto numen de Góngora, se maraville de que los monstruos y fantasmas de 
pste poeta le ha van ndjuirulo el glorioso dictado de Príncipe de los poetas líricos. No se limita, 
pues, á sostener, contra el preceptista, algunas metáforas admisibles usadas por Góngora, 
sino que se aventura á explicar, como cosas llanas y perceptibles , imágenes embrolladas y 
confusas, capaces de dejar chasqueada la sagacidad más penetrante y despejada. 

I.os tercetos del soneto que compuso Góngora en alabanza de la tercera parte de la Historia, 
pofidncnl , del doctor Babia, ofrecen ocasión para conocer la diferente exageración que nacia 
en el juicio de Luzan y de Triarte de sus prevenciones respectivas. Hé aquí los tercetos : 

Pluma , pues, que claveros celestiales 
Eterniza en los bronces de su historia, 
Llave es ya de los tiempos, y no pluma. 

Ella á sus nombres puertas inmortales 
Abre , no de caduca, no, memoria. 
Que sombras sella en túmulos de espuma. 

Luzan habia llegado sin duda á mirar con tanto ceño las revesadas é ininteligibles metáfo- 
ras de Góngora, que rechaza y condena con intolerancia hasta aquellas que son no sólo admi- 
sibles, sino elegantes y conformes al espíritu castellano, no poco inclinado á la hipérbole y 
al emblema. Luzan exclama airado, hablando del primer terceto : « Llamar claveros celestiales 
:i los papas , bronces á los escritos de una historia , y llave de los tiempos á la pluma , son ex- 
cesos de una fantasía que delira , sin miramiento ni acuerdo. Pero especialmente los bronces 
de la. historia son insufribles.» Iriarte demuestra con excelentes razones y muy autorizados 
ejemplos que llamar claveros celestiales á los papas es emplear una locución evangélica y una 
metáfora clarísima, asada por el mismo Cristo y por muchos poetas cristianos y autores ecle- 
siásticos, y que para decir bronces de la historia, para dar á entender la inmortalidad de emi- 
nentes escritos, y llamar á una pluma histórica elocuente llave de los tiempos, no hay que re- 
currir á una imaginación frenética , y son cosas que caben en la razón y en las libertades le- 
gítimas de un estilo elegante. 

En cuanto al segundo terceto, es cosa muy diferente. Creemos, como Luzan, que es un em- 
bolismo de imágenes monstruosas. Y ¿ cómo no ha de serlo, cuando dos hombres tan discretos y 
tan perspieaces como Triarte y Luzan se muestran tan discordes para descifrar la significación 
verdadera de ios túmulos de espuma? Luzan entiende que son el papel en que se escribe ó im- 
prime. Iriarte, siguiendo la opinión del comentador de Góngora don García Coronel, creo 
descubrir una alusión á la fabulosa caida de ícaro en el mar, y afirma que la frase en túmulos 
de espuma quiere decir oAidcntemente en las honduras del mar, donde quedó sepultado ícaro. 

Nosotros juzgamos tan fuera de sazón la alusión á la caida de ícaro, que no podemos ad- 
mitirla, eomo tampoco admitimos Im iiitcr])retacion de Luzan, que sería un contrasentido en 
el sonetf. de (ióngora, atendida la índole perecedera del papel. Confesamos humildemente 
que no se nos alcanza el recóndito sentido de la metnoria caduca, 

Que sombras sella en túmulos de espuma, 

y que no podemos sino anatematizar de todo corazón una literatura tan extravagante y te- 
nebrosa . 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. LXlil 

Liízan , quisquilloso y muy preciado de su obra , la defendió de los reparos de Triarte con 
el áspero tono de la invectiva y no siempre con razón (1). No puede negarse que en su Poé- 
tica hay mezcla de impulsos contradictorios, de buenos y malos principios, de timidez y de 
entereza crítica, y que Luzan, á pesar suyo, aunque más desembarazado que Boileau, no 
toma á la naturaleza por giu'a y maestra principal de las leyes poéticas y oratorias, sino á las 
innumerables poéticas que habia leido para prepararse á su tarea. Por eso este libro, si bien 
menos que otros, adolece del defecto general de todos los de su especie, que consiste en dar 
sobrada importancia á las reglas de escuela , de donde resulta que la belleza eterna queda 
como pospuesta v subordinada á una belleza relativa, pasajera y convencional. 

Para tasar debidamente la importancia absoluta, y especialmente el valor relativo, de la 
Poética de Luzan, conviene recordar que en España las teorías doctrinales se hallaban á prin- 
cipios del siglo XYITI en tan baja esfera como la poesía misma. Xo reinaban ya ni la Filosofía, 
antigua poética de Pinciano, ni las Tablas poéticas de Cáscales, ni siquiera la Agudeza y ai-te 
de ingenio de Gracian, el principal dogmatizad or de la escuela gongorina. En vez de crítica, 
buena ó mala . la poética de aquel tiempo se reducía á enredos de forma y á aglomeración de 
figuras. El mismo Rengifo, que en medio de sus laberintos, de sus ecos y de sus glosas, de- 
muestra en sus ejemplos cierta afición instintiva á los buenos poetas , era ya demasiado no- 
table para el estado de la poesía. El preceptista que guarda proporción completa con la de- 
cadencia sin b'mites de principios del siglo xviii , es don Francisco Artigas. En su Epítome de 
la elocuencia española, obra escrita en romances (más de doce mil versos), llega á su apogeo 
el candor de la ignorancia en materia de gusto literario (2). 

Luzan intentó confirmar con el ejemplo la doctrina , y escribió muchos versos originales y 
algimas felices traducciones del griego (o), del latin y del italiano. Pero este escritor, tan 
expresivo y animado en la prosa , es glacial en sus versos. Sus canciones á la conquista y de- 
fensa de Oran , que Quintana , llevado del amor de escuela , llama exhalaciones hermosas, no 
pueden leerse sin fatiga y hastío, y su desmayada traducción del himno Pange lingua , donde 
no hay iin solo acento de la fervorosa entonación y de la noble sencillez propias de los canta- 
res sagrados , bastan para comprender que Luzan no era poeta. Si alguna vez halla en su ima- 
ginación el grave diplomático y el riguroso preceptista algo que tenga trazas de poesía lozana y 

(1) Discurso apologético de don Iñigo de Lanuza representación se observen las condiciones y leyes del 
(en parle anagrama del nombre de Luzan). Impreso decoro y de la propiedad? Luzan contesta á estas ra- 
en Pamplona, 1741. zonas con autoridades, citando á Cáscales., Cerván- 

Don Bartolomé José Gallardo, en algunas obser- tes (en su Persiles , lib. ii , cap. ii), J.-B. Vico , Da- 

vaciones de las que al correr de la pluma solia hacer cier, Scaligero, Pablo Benio, etc., y por toda razón da 

pn sus notas bibliográficas , dice, entre otras cosas, que en la poesía dramática se debe preferir lo verosi- 

lo siguiente acerca de este Discurso : mil, aunque imposible ó falso, á lo verdadero invero- 

«Eu el párrafo x, sobre si se pueden escribir co- sir,iil (].ág. 104). ¡Cómo si lo que sucede diariamente 

medias en prosa como en verso, Luzan se defiende pudiera ser inverosímil !» Sevilla, 30 Junio 1825. — 

desairadamente Los Diaristas notan, y 'notan Q. {Apunte autógrafo de Gallardo.') 

bien , que aquí Luzan B.n(\\í\ o perplejo. Luzan se de- (2) Sirva de muéstrala definición que da del ro- 

fiende de la nota de perplejidad (como puede), y truécano, entre las figuras de palabras : 

deja en pié el principal cargo, que es el de la incon- ^^ ^^^ ^^^^^ ^ ^^^ ^^^^ 

secuencia. El pasaje del Diario de los Literatos Pues que toaa su agu<ieza 

donde se toca este punto está escrito con admirable Es ver si , trocando el orden, 

pulso y discreción. Hay mucha diferencia de Luzan ^^ <^°'^'^^P*^ ^ encuentra. 

á don Juan de Lúarte » (3) Estudió la lengua griega con el afamado pro- 

«Tampoco anduvo feliz Luzan en la defensa de fegoj- jesuíta el padn; Jerónimo Giustiniani, y llegó 

BU opinión contra la tragicomedia. Triarte hace re- ¿ g^r profundo helenista. Véase como muestra su 

flexiones muy preciosas á favor de este género de traducción de la famosa oda de Safo; traducción 

dramas, concluyendo así : Y si en el teatro de la vida ^¿3 acomodada al texto y al espíritu del original, 

humana pasan y suceden verdaderas tragicomedias, que la tan celebrada de Boileau, que empieza : 
¿por qué razón no las podrá haber fingidas ó imita- 
das en el teatro de la poesía, suponiendo que en su 



Sereux gui prés de toi , pour íoi seute soupire, etc. 



^^jy BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

espontánea, no es en los asuntos y metros serios y encumbrados, á que era singiilannente afi- 
cionado, sino en el Juicio de Pdrtsyon otros romances Horeros y festivos, en los cuales rendia 
culto impensadamente á aquella musa castclhma, desenfadada y juguetona, que en sus horas 
de precepti>ta encopetado ju7.<;aba acaso profanadora del Parnaso. No alcanzan la corrección 
del len<niaie ni la cordura de los pensaniicntos á sustituir en la ])oesía el fuego de la imagi- 
nac¡on.''EÍ canónigo don Juan de Luzan, hijo del eminente crítico, dice acerca de las poe- 
sías de su padre estas sencillas palabras : En ellas hay más arte que numen. Nada es dable aña- 
dir á este acertado juicio. 

Los contemporáneos do Luzan no veian en él sino una viva representación del gusto y del 
espíritu literario de la nación francesa, y de ello da testimonio el romance que, para celebrar 
su entrada en la Academia del Buen Gusto, leyó en ella el festivo D. José Villarroel, y em- 
pieza de este modo : 



FnmoBÍsimo Luzan , 
Cuya comprensión sutil 
Tudo muy bien vender Franelas 
Al mismísimo París... 



Muy bien vonido seáis 
A esta Acndenia feliz, 
Donde vuestro pulcro hablar 
Será cuanto hay que decir... 



Pero si fué error común tener á Luzan por un preceptista exclusiva y absolutamente adhe- 
rido á la escuela francesa , lo fué también creer que Jorge Pitillas , otro de los reformadores 
viírorosos de aquella época, es un poeta satírico independiente del impulso francés, movido 
por la sola virtud de su sensatez y de su energía, y aleccionado especialmente por las máxi- 
mas que había aprendido en los autores del siglo de Augusto. Algunos críticos han hecho no- 
tar que aquellos versos de la celebrada sátira contra los malos escritores : 

Y así á lo blanco siempre llamé blanco, 
Y á Mañer le llamé siempre alimaña , 

Bon imitación manifiesta de aquellos otros , tan sabidos , de Boileau : 

Je ne puis rien nommer, si ce n'est par son nom : 
Jappéle un chat un chat, et Rolet unfripon; 

pero al ver en la sátira tantas reminiscencias de los autores latinos de la antigüedad , esos 
mismos críticos han creido que Jorge Pitillas se inspiró principalmente en ellos. Ticknor llega 
hasta señalar á Persio y á Juvenal como los verdaderos modelos. Se ha parado singularmente 
la atención , como muy visibles , en las imitaciones con que principia y acaba la sátira. 
El No más, no mus callar, con que empieza , es el 

Semper ego auditor tantum? nunquamne reponam, 
Vexatus totiesf... 

con que comienza igualmente la primera sátira de Juvenal. El final, 

Si la naturaleza me lo niega , 
La misma indignación me hará hacer versos, 

C3 una simple traducción del verso 79 de la misma sátira de Juvenal : 

Si natura negat,facit indignatio versum. 

A más do estos recuerdos de la poesía romana, pueden señalarse otros muchos de que está 
abundantemente sembrada la sátira de Jorge Pitillas. Pero no se crea por eso que tuvo que 
acudir, para inspirarse, á las fuentes latinas. Prescindiendo de que algunas de estas reminis- 
cencias eran y habían sido cosa corriente entre los literatos españoles, como lo manifiesta el 
verso de Cerváiiks, 

Suelo la indignación componer versos (1), 

(1) Viqje dd Pamato, capítulo iv. 

También en Doile&u pudo ver Jorge Pitillas reproducido el pensamiento de Juvenal : 

La «¡Urt tu/JU , et vaut un ÁpolioiXf 



Í)E LA poesía castellana EN EL SIGLO XVIlt txV 

basta leer la edición príncipe de las obras de Boileau , en la cual están apuntados los modelos 
latinos de donde sacó muchas de sus ideas el gran preceptista francés , para convencerse de 
que éste es el verdadero y casi exclusivo manantial de la famosa sátira española. Una inocente 
superchería de Jorge Pitillas, harto común en los literatos de no muy austera conciencia, ha 
dado principalmente motivo al engaño de Ticknor y de tantos otros. La Sátira contra los ma- 
los escritores vio por primera vez la luz pública en la segunda edición del tomo vil del Dia- 
rio de los Literatos de España (1742). El autor, que estaba completamente familiarizado con 
las sátiras de Boileau , en cuya doctrina habia bebido real y verdaderamente toda su inspira- 
ción, no cita una sola vez al eminente escritor francés, y en cambio, no omite, en las notas, 
uno solo de los pasajes de los poetas de la antigüedad , en donde quiere aparentar haber en- 
contrado las ideas cardinales de la sátira. Pero ¡ qué extraña coincidencia ! Boileau se habia 
inspirado cabalmente con los mismos pasajes , que están puntualmente reproducidos de las 
obras latinas en la mencionada edición. La comparación del texto esj)añol con el texto de las 
sátiras francesas pondría de manifiesto qvie esta coincidencia no era sino el resultado del es- 
tudio que Jorge Pitillas habia hecho en las obras magistrales de Boileau. Mas para no hacer 
harto prolija esta demostración , prescindiremos de los muchos ejemplos que ofrece esta com- 
paración , y nos limitaremos á patentizar con otros más curiosos , en que nadie ha hecho 
alto, que Jorge Pitillas tomó directamente de Boileau sus ideas , y no sólo de sus Sátiras y 
de su Poética , sino también de sus escritos doctrinales en prosa. Hé aquí convertidos en ver- 
sos castellanos los pensamientos consignados por Boileau en su Discours sur la satire : 



BOILEAU. 

Et pour commencer par Lucüius, quelle licence 
ne s'est il point donnée dans ses ouvrages? Ce n^éfait 
pas seulement des auteurs qu'il attaquait; c'était des 
gens de la premiére qualité de Rome, c'était des per- 
sonnes Consulaires. Cependant, Scipion et Lelius ne 
jugérent pas ce poete indigne de leur amiíié. lis ne 
s'avisérent point de prendre le partí de Lupus et de 
Metellus, qu'il avait joués dans ses satires... 

Pendant, dít Hovace^ que ce poete cnflé d'Alpiniis, 
égorge Memnon dans sonpoéme, et s'emhourhe dans 
la description du Rliin, je mejoue en ees satires... 
Perse ne raillepas simplement les ouvrages des poetes 
de son temps; il attaque les vers de Nóron méme... 



Demandes á Juvenat ce qui Votlige de prendre la 
plume. Cest quHl est las d'entendre et la Théséide de 
CodruSf et í'Oreste de celui-ci et le Téléphe de cet 
autre. 



JORGE PITILLAS. 

En SUS vergos Lucilío no perdona 
Al cónsul , al plebeyo, al caballero, 
Y hace patente el vicio y la persona, 

N¡ Lelio adusto, ni Escipion severo 
Del poeta se ofenden , aunque maje 
Á Mételo y á Lupo en su mortero. 



Pues montas, si furioso hincó los dientes 
Al culto Alpino, aquel que en sus cantares 
Degollaba Memnones inocentes ; 

El que pintaba al Rhin los aladares 
En versos tan malditos y endiablados 
Como pudiera el mismo Cañizares. 

Persio á todo un Nerón tiró bocados , 

Y sus conceptos saca á la vergüenza 
A ser escarnecidos y afrentados. 

Juvenal su labor así comienza , 

Y á Codro el escritor nombra y censura, 
Sin que se tenga á mucha desvergüenza. 

No sólo la Tesaida le es muy dura ; 
A Télefo y á Oreste espiritado 
También á puros golpes los madura. 



¿Á qué citar más? Es evidente que Jorge Pitillas copiaba á Boileau, afectando copiar á 
los poetas latinos. Su mérito absoluto y relativo es , no obstante , eminente , y merecido su 
renombre. Para satirizar como él satiriza , era necesario un brío de ánimo y de expresión que 
muy pocos tenían entonces. En aquel tiempo de alambicamiento y de afectación, Jorge Piti- 
llas, consumado hablista, escribe con una sencillez sin igual, y dotado ademas del desemba- 
razo y de la facilidad de los grandes versificadores, nadie más hondamente que él estampa en 
la imitación el cuño de la originalidad. 

Y ¿quién era Jorge Pitillas? 

Increíble parece que haya llegado á ser problema de historia literaria el verdadero nom-^ 



Lxn BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

bre de uu escritor que tuvo el jjrivilegio Je llamar la atención pública , asi en su tiempo como 
en edadeá posteriores. Poco más de una composición se ha conserv'ado del satírico poeta ; 
pero esta composición fonna época en la historia del gusto literario en España. 

Los redactoras principales del Diario de los Literatos guardaron comjileto sigilo con res- 
pecto al nonilire del autor de la célebre sátira. Sala/ranea y Piii¿l afirman que llegó á sr.^ 
manos el dia ló de Mavo de 1741, añadiendo que ni aun sospechan el verdadero nombre (K; 
Jor<fe Pililhis. Es pura afectación. Conoeian al autor, y éste habia iml)l¡i-ado ya en (?1 DI i- 
rio alíennos artículos críticos, encubriendo su nombre con el anagrama Jon lingo Herrera 
de Jnspedi'is. El severo sigilo que se observaba con respecto á este escritor satírico, nacia del 
noble intento de preservarlo de los ás])eros sinsabores que acarreaban las luchas Hteraii;is. 
Pero rava casi en lo im|)osible que el velo del seudónimo no se trasparente ó se rasgue por 
algún lado, v el famoso misterio de las Cartas de Juinas ha sido siempre considerado como 
pasmoso ejemplo de la reserva de los hombres (1). No faltó quien descubriera el arcano de h, 
sátira española , v no pocas personas hubieron de conocer el verdadero nombre del sañudo 
crítico que, ya en prosa, ya en verso, ya encubriéndose con el estrafalario nombre de Jorge 
Pitillas j va con el de don Hugo Herrera de Jaspedós, acosaba y heria sin miramiento ni iii- 
dulfrencia á los malos escritores de su tiempo. Así está consignado en una cai'ta del sabio 
Martinez Saluf rauca, escrita ocho años después de la muerte de Jorge Pitillas (2). Y sin ein- 
bargo, ¡cosa singidar! pasado algún tiempo, olvídase el nombre verdadero del escritor fa- 
moso, y vuelve á ser misterio histórico, que da ocasión á supercherías de libreros (3). Poste- 
riormente, todas las personas versadas en la historia de las letras castellanas, Quintana eniro 
ellas, han admitido, descansando en la tradición, la general creencia de que el verdadero 
nombre de Jorge Pitillas, 6 lo que es lo mismo, don Hugo Herrera de Jaspedós, es don José 
Gerardo de Hervás. 

La circunstancia, muy atendible, de ser el segundo de los seudónimos anagi*ama, si bien 
no perfecto, del último nombre, ha servido de fundamento, y no leve, á la expresada creen- 
cia. Con razones de notable fuerza y autoridad pudo esta opinión ser sustentada; pero al cabo 
no era ella punto histórico con evidencia absoluta demostrado, y no dejó de dar que pensar el 
tono decisivo con que afirmó don Eugenio de Tapia, en su Historia de la Civilización espa- 
ñola, que el verdadero nombre de Jorge Pitillas es don José Cobo de la Torre (4). 

(1) Se han hecho en Inglaterra graneles esfuerzos con que supo disfrazar una oportuna y bien seguida 
de investigación para dcHCubrir el nombre del autor ironía, se hizo preciso que la conservásemos oculta 
de estas Cartas políticas, escritas desde 1769 á 1772 por entonces, para que la envidia y la ignorancia no 
contra el gabinete dirigido por lord Xorth. Diligen- tuviesen objeto en que cebarse. 

cia , ahinco, perseverancia , todo ha sido en balde. A » Fuera de que don Hugo no quiso tampoco expo- 
oncc diferentes personas han sido atribuidas las car- ner su persona á los insultos que nosotros (los re- 
tas, y en especial á sir Thilip Francis, miembro del dactores del Diario de los Literatos) padecimos ; ni 
Parlamento, pero nada se sabe con certeza. Las con- era justo hacerlo, en atoncion á su carácter é institu- 
jetiiras, por lo varias y lo aliundantes, se dañan. to.» (Cartas varias de los atitores del Diario de los 

(2) Don Juan Martinez Salaf ranea dice lo si- Iáíqy&íos , en la híhlioteca de Osuna) 

guíente á su amigo el erudito don José de Ceballos, (?,) En el Rebusco de las obras literarias, del pa- 

en carta de IG de Octubre de 1750 : dre Isla (1790) , se reimprimió la Sátira de Jorge Pi- 

aEI papel de la Dirrota (¿</e los Alarios, por el pa- tillas, dando por averiguado y manifiesto que era 

dre Isla?) le presté á un amigo, y sabiéndolo un co- producción de aquel escritor. Falsedad evidente. 

misario del Santo Oficio, envió por él ; y aunque ten- (4) Éstas son las palabras de Tapia : 

go licencia de leer lo prohibido, se le remití. «Eu el Diario de los Literatos se publicó la gra- 

«El de R¡hera (¿t) tamicen llegó por el rorreo. Es ciosa sátira conocida generalmente bajo el supuesto 

pluma de nirjor aire y gala, y de genio capaz de nombre de Jorge Pitillas, y cuyo verdadero autor 

mayor.s empresas. Ya liabrá rt-parado usted que des- fué don José Cobo de la Torre, abuelo del malogra- 

cubre el misterio que yo observé en el Diario (de los do orador y buen legista don Ramón Cobo, diputado 

Literatos) para que quedase oculto nuestro famoso que fué en las anteriores Cortes.» (Historia de la 

correspondiente don Uugo de Herrera; cuya critica, Civilización española, 1840, tomo iv, pág. 266.) 
por su gran delicadeza y por la fertilidad de las salea 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL ixvu 

Por desgracia, Tapia habla en este punto de pasada j con prisa, y no se detiene, como era 
natural hacerlo, á presentar un hecho, un raciocinio siquiera , en que fundar su positiva afir- 
mación; y como los principales escritores del siglo pasado y del presente han repetido cons- 
tantemente que Jorge Pitillas es don José Gerardo de líervás , esta opinión ha continuado 
prevaleciendo entre los cultivadores de la historia literaria española. 

Cuesta trabajo imaginar que don Eugenio de Tapia , hombre cuerdo y laborioso, se aven- 
turase sin algún sólido fundamento á contrariar una creencia tan constante y autorizada. Todo 
induce á creer que Tapia vio y no interpretó acertadamente una carta de Hervás á su amigo 
y primo don José Cobo de la Torre (1), en la cual, sin duda para no exponer el misterio á los 
azares del correo, le habla de la célebre sátira, sin descubrir claramente el nombre de su au- 
tor. Tenemos á la vista esta interesante carta autógrafa (2) , de la cual vamos á trascribir la 
parte adecuada al objeto, no sólo por dar á éste toda la luz posible, sino también porque no 
carece de interés para la historia literaria : 

Madrid y Julio 24 de 1721. — Amigo y pariente : Supuesta tan verdadera como legítima disculpa, en- 
tro desde luego en materia con el párrafo de la literatura. Ésta se ve aquí cada dia más perdida, y aunque 
se ha mitigado algo el furor de escribir, no obstante se publican bastantes libros, pero todos á cual peor, coi: 
grande desconsuelo de los que siquiera conocemos un buen libro y gustamos de leerle. Los Diaristas (Sa- 
lafranca y Puig), que habían muy á propósito salido á procurar el remedio de tan sensible corrupción, han 
aflojado muy mucho en el seguimiento de su instituto, hostigados sin duda de no ver otro premio de su fa- 
tiga que los aplausos de los racionales y bien intencionados, que son los menos. Entre éstos se cuenta ttl 
paisano don José Campillo (3), que por el manejo grande que tiene en el gobierno de la monarquía es hoy 
el móvil de todo, en quien han encontrado una muy favorable acogida en diferentes y largas conferencias 
que con él han tenido, y les ha ofrecido seriamente su protección y apoyo para el logro de sus pretensiones 
respectivas al Diario^ y su honroso y proficuo establecimiento. Alentados con esta esperanza , se trata con 
calor de publicar el sétimo tomo, en que también saldrá á luz la sátira 1.* contra los malos escritores, de tu 
amigo Jorge Pitillas, quien para este efecto la ha entregado al brazo seglar de los Diaristas, y éstos, con 
8U permiso, la han leído á uno ú otro sujeto inteligente, y entre ellos al mismo señor Campillo (que se pre- 
cia de serlo) , y de todos recibió singulares aplausos , en tanto grado, que al último se le antojó el saber su 
verdadero autor, y fué preciso decírselo en confianza. 

En suma, vuelvo á decir que hay poco uso de la racionalidad, y no obstante la poca que le ha tocado 
al buen Mañer , es incansable en vomitar libros de su mano y pluma, y no se pasa mes sin nueva produc- 
ción. Ahora está escribiendo sobre el Antí-Christo y el juicio final, más para hacer morir á los vivos que 
para resucitar á los muertos... — Tu primo y buen amigo, Hervás. 

El estilo de esta carta , que recuerda , por su natural y ameno desembarazo, la que el mismo 
Hervás escribió á la comedianta Petronila Xibaja (4) ; la forma familiar del misterio relativo 
al verdadero nombre áe Jorge Pitillas; el amargo espíritu con que lamenta y censura el es- 
tado de las letras , que corresponde al de la sátira; y hasta la burlesca saña con que habla de 
Ma7ler, escarnecido en la misma sátira, y que era, según puede colegirse, una de sus pesa- 
dillas literarias ; todo está revelando á las claras que Hervás y Pitillas son una misma é idén- 
tica persona. 

Hay ademas , para creerlo así , el poderoso testimonio del erudito y grave bibliotecario Pe- 
llicer, que en sus primeros años pudo conocer al mismo Hervás. En su Historia del histrio- 
nismo en España , publicada á nombre de su hijo Casiano, dice en el artículo Petronila Xiba- 
ja, con el tono de quien abriga certidumbre absoluta, estas temiinantes palabras : 

Uno de los amartelados admiradores de esta célebre actriz fué don José Gerardo de Hervás. Este Her- 
vás es aquel Jorge Pitillas y aquel otro don Hugo Herrera de Jaspedós, que disfrazado con estos nom- 

(1) Se infiere de otras dos cartas autógrafas de bondadosa familia descendiente de don José Cobo 
Hervás , que Cobo de la Torre era hombre instruido. de la Torre. 

Habla Hervás de una obra de este su primo que (.^) Ilustrado ministro de Felipe V. 

Mayans había devuelto y juzgado con cierta frial- (4) Esta carta fué publicada por Pellicer en su 

dad, y á él (Hervás) le parecía sólida, convincente Tratado histórico sobre el origen y progresos de la 

y erudita. comedia y del histrionismo en España (1804), 

(2) Nos ha sido generosamente franqueada por la 



L^m BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

bres publicó en el Diario de los Literatos de España la sátira coutra loe malos escritores, y el extracto 
del Poema de san Antón Abad, por don Pedro Ütx-jo, en que manifestó tanto caudal de ingenio festivo, de 
ironJa delicada y de estilo castizo casteUano. Este ingenio murió, en la ñor de su edad, el año de 1/42. 

Pone el colmo á la convicción la circunstancia de hallarse esta fecha del íulictiniicnto de 
Jíerrds confirmada por una carta de 2G de Abril de 1745, que se conservaba en la Biblioteca 
Nacional (1). Su autor, don Leopoldo Jerónimo Puig, uno de los redactores del Biaño de 
los Literatos, v más adelante individuo de la Academia Española, da á entender que Heneas 
era clérigo, aunque abogado (2). Dice así : 

Vuestra reverencia no recibió la carta en que le avisaba la muerte de mi querida madre , que murió el 
dia 15 de Junio de 1742... 

Pocos dias después murió un grande amigo mió, abogado, á quien vuestra merced trató algunas veces, 
que se llamaba don José Hervás. Vestía hábitos largos y hablaba un poco francés... (3). 

.A estas i)ruebas podemos añadir un indicio de no escaso valor. La letra del original de la 
sátira de Jorge Pitillas , que se halla entre los manuscritos de la Biblioteca Nacional, es de 
la misma mano que las cartas de Ilervás que tenemos en nuestro poder. Así lo han com- 
probado los señores Hartzenbusch, Rosell y otras personas de criterio y autoridad. 

L'na variante del texto de la sátira confirma los anteriores testimonios : esta variante está 
consi(Tnada en una nota escrita de mano de Hervás al pié del original que se conserva en la 
Biblioteca Nacional, y dice así : 



«Apunto en un papel que pesa el plomo, 
Que en Groelandia las zorras son malditas, 
Según refiere Wandcrlarhch el romo; 



ftCon otras mil noticias exquisitas 
Que pudieran muy bien, según su casta, 
Aumentar las Memorias eruditas. 



j> Estos dos tercetos se concibieron y escribieron primeramente así, y después se refonna- 
ron secnin se lee en el cuerpo de la sátira, por las supervenientes atenciones de amistad y 
comercio estrecho entre Pitillas y el autor de las Memorias eruditas , y porqiie ante todas co- 
sas es justo respetar illud amicitice sanctum ac venerahile nomen. 

» Madrid y Mayo 8 de 1741. «—(Rubricado.) 

La sátira hubo do sor escrita, según puede conjeturarse por las cartas de Hervás, el año 
de 174L En ella se ridiculizaba la obra periódica titulada Memorias eruditas. Pero Jo7'ge Pi- 
tillas traba casualmente amistad con el autor de aquella revista, y movido por un miramiento 
amistoso, ])erdona á las Memorias eruditas y traslada sus burlas á otra obra periódica seme- 
jante, El Mercurio Literario. ¿ Cómo habia de acontecer todo esto á do7i José Cobo de la Tor- 
re , el cual , según consta en los papeles de su familia y en las cartas de Hervás , residía por 
aquel tiempo y desde algimos años en Hesles, pueblo del valle de Cayon, en la provincia de 
Sanlandcr, adonde Hervás le dirigía sus cartas? 

(1) Manuscrito (T. 108). Manuscrito en 4.», encuadernado en pergamino, 

(2) La situación de Hervás, como abogado en letra del siglo xviii, 236 folios, sin la Tabla de las 
Madrid, no era venturosa. En las cartas á su pri- cosas más memorables. 

mo Cobo de la Torre le dice : «Mis empeños en la (3) Don Bartolomé José Gallardo atribuye esta 

corte, B¡ no pasan , llegan á lo menos á treinta do- carta anónima á Salafranca, en el apunte autógrafo 

bloncs Estoy reducido á la úllinia calamidad.» que publicamos en este tomo al frente de las poesías 

Ilabia sido catedrático en Salamanca, según se de Jorge Pitillas. Pero hemos adquirido la certeza, 

ve por el siguiente título de una traducción suya por las noticias auténticas que con la mayor bondad 

que se conserva en la Biblioteca Nacional : nos ha comunicado el señor Rector del hospital de los 

La Conversación Civil. | Escrita en Italiano por Franceses de Madrid, que la carta es de Puig. El 
el Señor I Esteban Guazzo Gentil-hombre | del mismo Gallardo dice que el autor « era administra- 
Moiitferrato ] Traducida de vna Copia Francesa | al dor del hospital de la nación francesa en Madrid.» — 
idioma Castellano ] Por | D. Joseph Gerardo de Salafranca no lo fué en ningnn tiempo. Lo fué su 
Hervás | Profesor de derechos | en la Universidad I amigo don Leopoldo Jerónimo Puig desde 1739 has- 
de Salamanca. ta el 14 de Julio de 1763, dia de su fallecimiento. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL Lxix 

Repetimos que es verosímil que Tapia , que afirma sin alegar prueba alguna , y que al pa- 
recer estuvo lejos de profundizar el examen de la cuestión , no comprendió el verdadero sen- 
tido de la forma misteriosa que Ilervás emplea , en la carta antes copiada , al hablar del autor 
de la sátira. Está, á nuestros ojos, fuera de toda duda que don José Gerardo de Hervás y 
Cobo de la Torre es el verdadero autor de la Sátira de Jorge Pitillas. La sana crítica , los tes- 
timonios históricos y las conjeturas racionales confirman de consuno esta opinión. 

Al enviar Jo7'ge Pitillas la sátira á los redactores del Diario de los Literatos , les ofreció es- 
cribir y publicar otras varias , encaminadas al mismo fin de poner freno á la corrupción de 
las letras. ¡Lástima que la muerte del vigoroso satírico, ocui-rida en el mismo año en que se 
publicó la Sátira primera j haya privado á la literatui-a patria de obras acaso dignas de eter- 
na fama I 



CAPITULO VIL 

Influencia de la Poética de Luzan. — Ültimos esfuerzos de la moda conceptuosa. — Los reformadorfs mismos mez- 
clan involuntariamente el gusto nuevo con el antiguo. — Porcél. — Examen crítico de U¡ Adonis, — Inlerian de 
Ayaia. — Ferreras. — Quirós. — Velez de León, 

La influencia de la Poética de Luzan no fué , en los años inmediatos á su publicación , tan 
poderosa como en realidad merecía serlo; esto es , no fué ni podia ser de repente, para la ma- 
yoría de los literatos y de los poetas , un código de buen gusto preponderante ó exclusivo. Los 
más -vieron en la Poética como una condenación de las letras genuinas de la patria; y es lo 
singular que esta opinión fué profesada, no sólo en la primera , sino también en la segunda mi- 
tad del último siglo, y hasta expresada en acerbo tono por algunos de los humanistas que 
aceptaron la escuela francesa y contribuyeron á su triunfo. El erudito fray Francisco Javier 
Alegre dice así : «Luzan quiso parecer un gran crítico, de[)rimiendo á su propia nación , cuyo 
mérito él ciertamente no conocía en estaparte)) (1). A principios del presente siglo, Qui.i.au-v 
que aplaude el intento, el orden de composición, la doctrina y el claro y firme estilo de Lu- 
zan, apenas se atreve á unir su oj^inion á la de aquellos que habían tachado en la Poética el 
rigor excesivo con que juzga á algunos ilustres poetas españoles ; pero acusa sin razón el to- 
no del libro de seco y desabrido, y afirma que fué poco leído y que « por de pronto su influjo 
en los progresos y mejora del arte fué corto, ó más bien nulo.» El insigne escritor Fernando 
Wolf (á quien el que esto escribe tuvo el gusto de conocer y tratar en Viena) hace suyas las 
severas palabras de Quintana, hasta el punto de copiarlas sin citar la fuente de donde las to- 
ma , y añade que la Poética no se leía ya en 1760 (2); pero al propio tiempo pone de manifiesto 
el entusiasmo que le inspiran las doctrinas de Luzan, diciendo que éste « había bebido la pu- 
rísima agua del Parnaso francés)), y apellidando á la misma Poética «faro que, des]nies de 
tantas borrascas románticas , había de guiar á los españoles náufragos en el seguro puerto del 
clasicismo.» ¡Extraño lenguaje por cierto en un compatriota de Lessing, de Goethe, de Sclii- 
11er, de Wieland y de Schlegel ; en un hombre que trabajó con tanto afán como fortuna en 
la depuración del texto de antiguos romances castellanos ! 

Marcliena, que, como adorador del gusto fi'ances, juzga á Luzan con una indulgencia en 
él desusada, sostiene que su Poética ejerció en las letras de su tiempo saludable y eficaz in- 
fluencia. 

(í) Nota á la traducción del Arte poética de Bol- (2) Esto mismo, y ccn idénticas palabras, había 

íeau, por fray Francisco Javier Alegre. {Códice del ya dicho don Leandro Fernandez de Moratin en la 
sifjlo xviii, perteneciente al señor don Aureliano Fer- Vida de su padre. 
üandez- Guerra.^ 

I. PS.-XVIII, I 



t^xx BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

La verdad es que la obra de Luzan^ si bien por su carácter y tendencias no pudo ser po- 
pular en la ¿\>ocíx de su publicación , es un libro harto notable para que fuese estéril en un 
tiempo en que hacían falta fuentes de autorizada y severa doctrina. Gomo una lumbrera de 
las nuevas ideas lo miraron siempre los hombres doctos de la falange reformadora. En cuanto 
a los j>oetas de estro nacional, no podían avímirse con reglas convencionales, que enfrenaban 
el ^-uelo de su libertad tradicional, y todos pensaban como Gerardo Lobo^ el cual, un año des- 
pués de la publicación de la Pot'tica de Luzau, define así, con el donairoso desembara^io do 
loá antiguos poetas castellanos, su propia y mal disciplinada Poética: 



Tal 6 cual vez me divierto, 
Sin que me altere y fftügue 
Lo que Aristóteles clama 
O lo que Horacio prescribe. 



Quebrantar la ley divina 
Del Decálogo me aflige; 
Mas no romper los preceptos 
De los antojos gentiles. 



El carácter de autoridad que tomaba insensiblemente la nueva doctrina de los reformado- 
res iba levantando una valla robusta, en donde se estrellaban las tentativas del depravado 
usto do los conceptistas. Pero esta revolución saludable adolecía de graves achaques , que 
entorpecían su marcha y alejaban el triunfo. El nuevo gusto literario, que venía á España 
inoculado, por decirlo así , en nuevas ideas, nuevos usos y nuevas costumbres , traía consiga 
una circunstancia impopular, funesta siempre á la poesía: su origen extranjero. El imperio do 
las refalas en un país donde, según la expresión feliz de Liizan, la antvjua poesía jamas tuvo 
poética , hubo de parecer y aun de ser verdaderamente im yugo por demás antipático. No 
"Sabia, como un siglo antes, poetas que arrollasen los dogmas aristotélicos y horádanos, eri- 
giendo como nuevo dogma su libre y popular espíritu; pero los apóstoles de la cuerda ense- 
ñanza que había de poner termino á los delirios de la decadencia , tampoco encontraban en su 
seno, ni fuera de él, quien lograse acreditar desde luego con el ejemplo las ventajas poéticas 
de la reforma didáctica. En balde Lnzan , Mo7itiano, don Juan de Triarte , Nasarre y algu- 
nos otros se esforzaban por escribir con pureza y con naturalidad, hermanando, en cuanto 
les era dable, la disciplina doctrinal con los recuerdos de la poesía castellana de la edad de 
oro; en balde el recíproco apoyo de aquella falange de doctos y estimables filólogos daba 
cierta fuerza y autoridad á la trasformacíon que se iba efectuando en las letras españolas ; en 
balde tamlñen la corte y el gobierno prestaban con su protección á los innovadores cierto áu- 
lico realce ; la nación española no sentía palpitar su índole , sus tendencias y sus recuerdos en 
aquella poesía sin vida y sin color. Si se encontraba entre los reformadores algún destello 
de verdadero ingenio, era ¡ quién lo diría! en los versos conceptuosos ^oípadre Feijóo, de quien 
ya hemos hablado ; en los ensayos de antigua poesía hechos por el granadino Porcél y por don 
Kifolas Fernandez Moratin; esto es, en los versos de aquellos que, ya á pesar suyo, ya con de- 
liberado intento, seguían las huellas de la antigua musa castellana. Feijóo, por ejemplo, no se 
preciaba de poeta, y sin embargo, en sus versos resplandecen ingenio agudo y espíritu analiza- 
dor y j.rofuüdo. ¡Poder de la moda hasta en los ánimos más prevenidos contra ella! El grave 
Feijóo, tan Ihmo y natural en la prosa, labra en sus poesías un tejido interminable de con- 
ceptos. Pero estos conceptos no son los enredos laboriosos de los poetas vulgares. En sus dé- 
cimas á la conciencia, sl<juicndo la metáfora del reloj, andan unidos los tres elementos prin- 
cipales de la corrupción literaria: sutileza, superabundancia metafórica , equívoco ; j m\ embar- 
go, tal es la fuerza prestigiosa del verdadero talento, que se olvida el abuso ante la fiíscina- 
cion del ingenio. Sirva de ejcnplo la siguiente décima, en que habla al reloj : 



Noche y dia, sin parar, 
Tu agitación misteriosa 
Un momento no reposa, 
Ki me deja reposar. 
¿Cómo no he de reparar 



Tu continua pulsación, 
Ó cómo á la distracción 
Lugar alguno le queda, 
Si los dientes de tu rueda 
Me muerden el corazón? 



Me/fl:i «ingidar de afectación en el pensamiento y de naturalidad en la expresión I Asoma 



BE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIOLO XVin. Lxxi 

en ella el gofigorismo, con muchos de sus vicios capitales ; pero es el gongorismo, á veces se- 
ductor, de Calderón y de Víctor Hugo. 

Don José Antonio Porcél es uno de los poetas más dignos de renombre entre los de aquella 
era de transformación literaria. Ejemplo señalado de los azares de la fama y del descuido de 
la posteridad , sus obras más celebradas no se han impreso nunca (1). Sin las encomiásticas men- 
ciones que de él hacen Yelazquez y Rodriguez de Castro, vivificadas por Quintana, probable- 
mente nadie pensarla ya en el nombre de aquel canónigo Porcél, amigo íntimo del Conde de 
Torrepahna, colegial insigne del Sacro-Monte do Graiuula, é individuo do la Academia Espa- 
ñola, que tanto lustre y tan alta autoridad llegó á granjearse entre los doctos de su tiempo. 

Alicer ahora, pasado un siglo entero, las obras de este varón tan admirado, no es fácil de- 
cidir si, atendido su mériio absoluto, habría ó no convenido más á la gloria del escritor 
dejarla reducida , como lo estaba, á una aureola misteriosa, á un eco de la admiración con- 
temporánea. Alzado el velo, se desvanece la ilusión. Ahora salen á luz por primera vez las fa- 
mosas ü'^/o^as venatorias, que sojuzgaban perdidas, y, sea alteración del gusto, sea justicia 
de la crítica moderna, ó, lo que es más probable, ambas cosas aunadas, la verdad es que es- 
tas églogas , notables por diferentes aspectos , añaden escasa y aun dudosa riqueza á las le- 
tras de nuestra jiatria (2). 

Algunos cuadros relativa y aun absolutamente bellos, varios trozos de versificación limpia 
y lozana , y cierta entonación levantada, que demuestra que el ingenio del poeta no carecía de 
nobles prendas, no alcanzan á dar vida á una narración fría y enredada, ni á hacer del todo 
llevadera la desagradable impresión que produce ver un estilo instintivamente feliz manchado 
á cada paso por inversiones violentas y vanos artificios, y una imaginación de noble índole, 
lastimosamente perdida en un laberinto de insulsas y ociosas descripciones. 

Porcél no habia cumplido veinticinco años cuando escribió El Adonis, y esta circunstancia 
ha de tenerse muy en cuenta para explicar cómo tan feíTÍente admirador é imitador de algii- 
nos de los extravíos de Góngora pudo pasar después por uno de los más rigorosos reforma- 
dores del gusto. 

«He procurado imitar, dice Porcél (3), á Garcilaso, y en especial al incomparable cordo- 
bés don Luis de Góngora (delicias de los entendimientos no vulgares), de quien confieso se ha- 
llarán algunos rasgos de luz que ilustren las sombras de mi poema.)) 

¡ Qué confusión en las ideas estéticas de aquel tiempo ! Los rasgos de luz que Porcél imita 
ó reproduce de Góngora , no son las inspiraciones nobles y sencillas que constituyen la ver- 
dadera gloría de este gran poeta; son los rasgos de afectada cultura con que estragó su nu- 
men peregrino. 

En cuanto á Garcilaso, también creyó Velazquez que Porcél podia ser contado entre los 
émulos de aquel inimitable poeta (4), dando motivo á sospechar, con esta opinión exagerada, 
que era limitada y poco certera su perspicacia crítica. A ser Porcél contemporáneo de Gar- 
cilaso, habría escrito probablemente églogas de limpio estilo y tal vez de arranque dramático; 
pero sus pastores no habrían llorado de cierto como Salicio y Nemoroso, ni su dulce lamentar 
habría sido nunca aquel eco del corazón , aquel parlar che nelV anima si senté , aquel inefable 
embeleso de la poesía verdadera , que no hay talento que por sí solo alcance , ni Poética que 
defina y con sus reglas despierte y avasalle. 

El Adonis de Porcél no da indicio alguno de que el poeta se hallase dotado de esa sensi- 

(1) En la Biblioteca Nacional hay una obra de (3) Prólogo á El Adonis. 

don José Antonio Porcél y Salablanca, titulada Gozo (4) «También mericcen una particular estimación 

y corona de Granada en la proclamación del Rey las «¡¿i /«¿ras vejatorias del Adonis, de don José Porcél, 

Don Carlos III. Granada, Imprenta Real, 1760; en que Ixay pedazos excelentes, y tan buenos como 

en 4.° los mejores de Garcilaso.» {Orígenes de la poesía 

(2) Véase nuestra Noticia biográfica de Porcél, castellana , por don Luis José Velazquez.) 
impresa al frente de sus poesías, en el presente tomo, 



Lxxii BOSQUEJO HISTÓRICO CEÍTICÓ 

bilidad delicada que en Garcilaso se mezcla y sobrepone al género convencional que coit 

predilección cultiva. 

El a.suntü de El Adonis, impuesto a Porcél por la afición , que todavía reinaba , á las leyen- 
das niitolóí'icas, no ofrecia novedad (1). Para dar mayor dificultad y realce al desempeño, la 
academia «'niiiadina llamada JA Trípode, establecida en casa del ilustre poeta Conde de Tor- 
rfíiulina, impuso á Forctl la oljjigacion de escribir el poema en églogas venatorias, linaje de 
poesía que pareció, así al autor como ú su amigo el erudito Velazquez, completamente nue- 
vo(2). 

El respeto ú las arbitrarias clasificaciones de la poética erudita fué una de las más pesadas 
cadenas (lue embargaban el \uo\o de la fantasía. Porcél, temeroso de que su estilo sea tacha- 
do de altisonante, y por tanto de inverosímil é impropio en una égloga, donde todo ha de ser 
pastoril y sencillo, tiene buen cuidado de advertir al lector que si la narración de El Adonis 
está llena de frases fionradas y de algunas elevaciones del numen, es porque sus personajes no 
son pastores sino cazadores , los cuales pueden ser rer/es, príncipes y otras perso7ias instrui- 
das (3). Triste y pueril efecto de la crítica extraviada, que toma los retruécanos, las oscuras 
hijiérboles y las metáforas extravagantes por elevaciones del numen. 

En un asunto inspirado por las impresiones contemporáneas ó por los afectos eternos del 
alma , tal vez Porcél habría hallado acentos elocuentes é imágenes conmovedoras. La tenden- 
cia trá<TÍca y la entonación tierna ó elegante que asoma á veces en su poema, obligan á pen- 
sar que, con más sanos impulsos literarios, habría llegado á dar con el camino verdadero de 
la belleza y de la pasión. Es gracioso y delicado el cuadro de la infancia de Adonis, ya ju- 
gando con un pajarillo atado á un hilo, ya cuando, al verle llorando, después de acariciarlo 
dulcemente, le presentan un carcax pequeño, hurtado á Cupido, que le enviaba Venus, 

Y con traerlo aprisa, 
Se alegró Adonis tanto, 
Que interrumpió su llanto 
Con inocente risa. 

Gallardo y brioso es el alarde de imperio sobrenatural que hace la ninfa maga , en la églo- 
ga tercera , para encarecer el fuego de amor que la abrasa : 



Es mi imperio violento... 
Y si clamo furiosa , 

Con roncos silbos me responde el viento; 
Confúndese la selva pavorosa. 
Tiemblan los montes , y la dura tierra 



Me arroja los cadáveres que encierra* 

Pero con poder tanto, 

¡Oh Adonis generoso! 

Es ¡ ay! tu bello encanto 

Más que todos los mios poderoso. 



El amor es generalmente en toda la obra un amor metafísico, que no es amor, sino un en- 
fático desahogo de ingenio; pero la pasión de Venus por Adonis , único afecto caloroso y sin- 



(1) Sin contar la comedia de Lope de Vega, J-cZó- (2) Porcél dice: «Hube de penetrar un camino 

ni8 1/ Venus, ni el poema Vrnus and Adonis, de hasta ahora de otro no inculcado.» 

Shakspeare, publicado en 1593, ni Les Amours de Yti\a.zqaezescrihe,en sus Orígenes de la poesía cas- 

Venus íírf'ylt/oníif, obra dramática de monsieurDevi- tellana : «Las églogas venatorias de El Adonis, de 

Be, representada en París en 1G85, pueden citarse don José Porcél, son buenas; á que se añade la cir- 

muclu'8 poemas inspirados por el mito pagano de cunstancia de ser las primeras églogas venatorias 

Adonis, entre otros, la Fábula de Adonis y Venus, que se han escrito en castellano.» 

del poeta madrileño Alfonso de Batrcs ; el Adonis, de Ambos se equivocan. El género era raro, pero no 

don Diego llurta.lo de Mendoza ; LWdone, del caba- tan nuevo. Ya en 1582 habia publicado Herrera su 

llero Marini ; La mnrt d' Adonis, de Lafontaine ; et- égloga venatoria, que empieza : 



De aljaba y arco, tú, Diana, armada... 



cétera,etc. La historiado Adonis fué asunto acá 

démico en varias ocasiones. Puede verse una de ellas 

en los Ocios poéticos, de don Ignacio Alvarez de To- (3) Véase el prólogo de El Adonis. 

ledo, pág. 21. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL Lxxni 

cero que tay en el poema , toma alguna vez un carácter humano y simpático. La diosa so 
hace mujer, y mujer apasionada , cuando dice á su terrestre amador : 

Huyo ese dios guerrero, 
Por sañudo , por fiero; 
Solo á Adonis adoro : 
Por tí me dejo las estrellas de oro 
Y las eternas risas ; 
Que es mi cielo la tierra que tú pisas ! 

Las bellas dotes que estos rasgos denotan , no podian desarrollarse y campear en la cárcel 
de ficciones mitológicas en que se encierra la musa de Porcél. Esta herencia de la lucha inte- 
lectual del renacimiento permauecia intacta en aquella edad. Las risueñas quimeras mitoló- 
gicas de la poesía griega habian ahuyentado el bello pero algo sombrío espiritualismo de la 
edad media. El emljlcma era preferido á la verdad, y el emblema mata casi siempre la enér- 
gica expresión de los sentimientos morales. No se coniprendia entonces que imitar á los es- 
critores de la antigüedad, tomando á la mitología pagana por fuente de inspiración poética, era 
imitarlos de una manera falsa y desacordada , porque al cabo en la antigüedad los dioses del 
Olimpo griego eran los tipos míticos de sus creencias religiosas, y el arte y la poesía encon- 
traban en ellas un impulso directo y una significación profunda. En la literatura de las na- 
ciones cristianas aquella mitología no podia ser más que un artificio alegórico convenido, un 
medio práctico, por decirlo así , de expresión artística ; y tan así era en nuestra España 
creyente y fervorosa, que muchos poetas, lejos de tomar por lo serio la representación simbó- 
lica de las deidades de la fábula, buscaban en ellas pábulo á su espíritu festivo y zumbón (1). 
Porce'I , aunque no se burla de la mitología griega, la respeta muy poco, pues se atreve á 
aumentarla inventando fábulas paganas (2). Toda la obra (son sus palabras) se dirige á per- 
suadir que 

No hay amor en las selvas con ventura, 

y Porcél afirma candorosamente que esta trivial paradoja es el velo que encubre altas verdades 
morales y aun teológicas , y especialmente una gran sentencia de san Gregorio (3). ¡ Peregrino 
modo, en verdad , de propagar la doctrina de los Padres de la Iglesia , ahogándola en un mar 
de ficciones paganas, y entre ellas las leyendas sensuales de Acteon y de Pigmalion, y los 
amores incestuosos de Mirra ! 

El estilo de El Adonis , vigoroso y puro algunas veces , es las más alambicado, confuso y 
desleído. Lleva en su desigualdad misma el sello de la inexperiencia , así como el de un pri- 
vilegiado talento literario en pugna con la coriaipcion. De cuando en cuando recuerda El 
Adonis la poesía de los mejores tiempos ; ya dulce y fluida , como en esta estrofa, con que em- 
pieza la égloga segunda : 

Amor, ya he conocido 
¡ Oh tardo desengaño ! 
El mal do me ha traido 
Tu lisonjero engaño : 
Canté tus flechas de oro, 
Canté tus triunfos , y tus triunfos lloro ; 



(1) Son innumerables los poemas burlescos espa- las más que me sirve la mitología, otras que yo in- 
fioles fundados sobre asuntos mitológicos. Uno de los vento ó aplico, como la Pirene^ la del Sátiro conver- 
xaás not&bleB es La Proserpina , escrita en octavas tido en piedra , \& Fuente del Desengaño...)) (^Prólogo 
por don Pedro Silvestre del Campo, contemporáneo de El Adonis.) 

de Porcél. (3) Véase el prólogo de El Adonis, 

(2) (í Sirven como de argumento todas las fábulas j 



Lxxrv BOSQUEJO HISTÓRICO-CRÍTICO 

ya sentenciosa, como en estos versos ; 

Por eso á manos mueren 
De BUS mismos errores 
Los que su antojo á la razón prefieren ; 

ó en ÓAtos, en que, empleando el lenguaje antitético á la sazón en moda, deplora Vénua bu 
inmortalidad, ante el cadáver de Adonis: 

¡Infelices los dioses soberanos, 
A cuya dura suerte 
No pondrá dulce fin la amarga muerte I 

ya en fm , narrativa , gráfica y desembarazada, como en el siguiente episodio de caza, en 
que se pinta una zorra perseguida por un perro : 



Huye al monte , él la sigue, y ya la asiera, 
Si ella con giro incierto al prado verde 
Segunda vez no hiciese su carrera. 

Ya la erizada cola el can le muerde 
Tros veces, pero veces tres lo engaña, 
Y tres veces la alcanza , y tres la pierde. 

Ladra el can generoso, pues su saña 
Mal sufre que en las fuerzas no le iguale, 



Y burle la astutísima alimaña. 

Así el valor que á la contienda sale. 
Juntar lo heroico con lo astuto debe, 
Pues donde no el valor, la astucia vale. 

Cansada yo de la vulpeja aleve, 
Doy una flecha al nervio retorcido, 

Y el nervio al aire , que veloz la lleve... 



Quien tan gallardamente escribe y versifica, habia nacido, sin duda, para figurar al lado 
de los Balbueiias y de los Figueroas, ¿Quién creería que este mismo poeta, á veces tan natu- 
ral y tan sencillo, llamase á los olmos verdes jamanes del soto, álos brazos de Venus estrecban- 
do á Adonis, pámpanos de cristal , lástimas sonoras al arrullo melancólico de la tórtola, j á 

una ninfa que canta, 

Hermosa lira de marfil viviente? 

La posteridad ba sido en verdad harto indiferente para con el célebre Pared. Consagraba 
cierto respeto tradicional su nombre, mas nadie se tomaba el cuidado de buscar sus obras. 
El decantado Adonis yacia olvidado en los estantes de bibliotecas particulares (1), en tanto 
que los literatos , que por la mayor parte no lo conocian sino de fama , y que nada hacían para 
descubrirlo y ¡)ublioarlo, lamentaban con dolientes frases que no llegara á darse á luz una 
obra que habia sido tenida por dechado de belleza y de perfección. Quintana, uno de ellos, 
doliéndose de no haber jtodido haber á las manos las celebradas áilogas venatorias , dice así: 

« Por más esfuerzos que he empleado en buscarlas y verlas, han escapado á todas mis dili- 
gencias, y si son tales como se dice, hacen mal los que las poseen en no enriquecer nuestra 
literatura con ellas» (2). 

TjOs esfuerzos de Quintana no debieron de ser muy grandes; siendo más de aplaudir en 
esta ocasión el bueu deseo que la diligencia del ilustre historiador-crítico. Acaso era remora 
do su actividad uíi presentiuiiento desfavorable, nacido de su gran instinto. 

Aquí'lia negligencia de la posteridad era acaso la salvaguardia de la alta aunque poco di- 
fundida lama de /'ere,'}. Los críticos modernos, movidos por su espíritu investigador, no 
quieren admirar por fe, siuo ver con sus propios ojos y juzgar con su propia conciencia. Aca- 
-Mj desenterrando ahora estas famosas (églogas venatorias cometemos una profanación. Aquel 
poeuia , al morir, tenía la belleza de su época. El tiempo ha consumido aquellas perfecciones 
relativas, y como quiera que las perfecciones absolutas, de esas que viven siempre, abundan 



(1) Tros copias antiguas hornos visto de este poema. 

(2) Introducción ó h ¡>r,e.va castellana del siglo xviii. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL rxxv 

poco en el poema, es imposible no sentir con su lectura, recordando los extremados encomios 
de los contemporáneos de Porcél, cierta desagradable sorpresa, que se asemeja al sinsabor de 
un desengaño. Quintana llegó á encontrar El Adonis, j recibió con su lectura la misma triste 
impresión que á nosotros nos ha causado (1). 

¿ Quién pudiera pensar que en aquel poema El Adonis , tan admirado por el cuerdo y deli- 
cado Velazquez, habrían de encontrar los lectores de otra edad trivial y manoseado el asun- 
to, pobre el plan, confuso y enredado el estilo? Algunos arranques de poesía, ])cvdidos en 
tan estéril y enmarañada trama, no alcanzan á compensar la falta de unidad, de elevación , do 
claridad, de sencillez; en una palabra, de estro verdadero. 

Mejor fuera sin duda para la gloria de Porcél no volver la vida á su olvidado poema. PerO 
la historia literaria impone á la crítica imperiosos deberes, La fuma misma del poema le da 
derecho á la luz pública. 

No hemos de negársela, por más que, al tocar de cerca la obra, hayan de quedar con esta 
resm-reccion algún tanto lastimadas las ilusiones de lo pasado. A pesar del estilo prolijo y 
gongorino de este poema, que, con ser tan pobre su asunto, tiene más de 4.500 versos, y á 
pesar también de su singular estructura , la publicación de El Adonis es importante para la 
historia de las letras y de la lengua, ponjue Porcél caracteriza mejor que otros muchos la 
época de transición en que vivia. Pasó sus mocedades fuera de Madrid , y no se educó bajo 
la influencia creciente de la literatura francesa; así es que sus bellezas y sus defectos son de 
índole puramente española. Si algunas veces imita el estilo crespo y retumbante de Góno-o- 
ra , otras , por desgracia las menos , recuerda el estilo dulce y natural do otros felices escrito- 
res. En medio de intempestivas y enredadas metáforas, tributo imprescindible á la afectación 
reinante, ¡cuántas veces asoman en los versos de Porcél destellos de aquel hechizo de expre- 
sión peculiar de los poetas de la edad dorada! Hasta en el discreteo sabe ser diserto y lírico 
juntamente, como los poetas esclarecidos del siglo xvn. ¿Quién, al leer los siguientes versos 
de la fábula de Alfeo y Aretusa, no siente el halago que causan el lozano estilo de los idilios 
de Villegas ó de Espinosa? 



Si piensas, ninfa bella, que no dura 
Un instantáneo amor, y excusas, fiera, 
El bien que me promete esta ventura, 
Para crecer, amor tiempos no espera. 
Si el ver y el adorar una hermosura 
Son dos cosas, ninguna es la primera; 
Yo te vi , yo te amé , y otros amantes 
No te adoraron más, te amaron antes. 



Dueño soy, si soy tuyo, ¡qué fortuna! 
De cuanto engendra la ribera amena; 
Mil arroyuelos desde su alta cuna 
Bajan su planta, á mi dorada arena : 
Contémplase en mí el sol, la errante luna 
Aun no se mueve en mi quietud serena ; 
Mas, ¿para qué numero bienes tales, 
Si ya sólo soy dueño de mis males ? 



Á veces, especialmente en los versos cortos, demuestra Porcél tan notable desemloarazo y 
tal firmeza de estilo, que dan motivo á creer que en mejores tiempos habría podido llegar á 



(1) Hé aquí la interesante noticia que á este pro- 
pósito nos lia comunicado nuestro excelente amigo 
y compañero el señor üartzenbuscli : 

« Pasé al Puerto de Santa María en el mes de Fe- 
brero de 1849, con el encargo de reconocer la libre- 
ría del difunto don Juan Nicolás Bohl de Faber, que 
el señor don Manuel Bretón de los Herreros, direc- 
tor de la Biblioteca Nacional, trataba de adquirir 
para ésta. Registrada la librería , teniendo á la vista 
el catálogo que presentaron los herederos de Bohl, 
eché menos algunas obras ; y aquéllos me ofrecieron 
en compensación varios manuscritos que no figura- 
ban en el catálogo. Escogí los que me parecieron 
Blas estimables, y uno de ellos fué El Adonis ^ fe- 



bula venatoria en varias églogas, que, sin llegar á 
publicarse, había obtenido gran celebridad en el si- 
glo pasado. Comprada la librería de Bohl de Faber, 
y traída á la Biblioteca Nacional, el excelentísimo 
señor don Manuel José Quintana llegó á saber que 
se hallaba en Madrid el manuscrito de El Adonis, 
poema que había deseado muclio ver, al formar su 
colección de poesías selectas castellanas, y le había 
sido imposible alcalizarlo. Satisfecha al fin, por mi 
cuidado, su antigua curiosidad, me dijo, al devol- 
ver el códice, que ¡a tal curiosidad y deseo habian 
sido en realidad excesivos, porque no merecia tanto 
la obra. — Juan Eugenio ffartzenbusch.)) 



txxn BOSQUEJO niSTÓRTCO-CIíÍTICO 

Ber un escritor de orden elevado. Sus contemporáneos comprendían que no era común el va- 
lor de las prendas intelectuales de este poeta, y le miraban con afecto y respeto hasta las per- 
sonas más encumbradas. El Conde de Torrepalrna, singularmente, le distinguió con la más 
estrecha amistad, y aun le hospedó en su casa, como puede inferirse de estos versos de la 
festiva carta familiar que le escribió Porcél para distraerlo de la pesadumbre que sentía por 
la nuicrte de su hijo primogénito : 

Tenga en tu casa un rincón, 
Ocios, libros, mesa y cama 
Muérase el mundo, y que viva 
El Conde de Torrepalrna. 

Poco en verdad , sabemos con certeza acerca del carácter y de las prendas morales de Por-' 
cél. Al verle tan considerado por las aristocracias nobiliaria é intelectual de su época, no es 
lícito formar sino conjeturas muy ñivorables. Puede, no obstante, sospecharse que era des- 
medido su en"-reimiento, al verle declarar abiertamente á su siglo incapaz de comprender sus 
obras (1). 

Entre los fundadores de la Academia Española, hombres dados á estudios graves, habia 
aln-unos cultivadores de la poesía. Ademas de Alvarez de Toledo, de quien ya hemos dado 
noticia, fray Juan Interian de Ayala , profundo teólogo y orientalista, erudito crítico del 
arte cristiano (2) y elocuente orador sagrado, se dedicaba con afición á escribir versos la- 
tinos V castellanos (3). Á su muerte, ocurrida el 20 de Octubre de 1730, amigos y com- 
pañeros suyos de la misma Academia escribieron romances en alabanza del sabio mercena- 
rio (4). Á pesar del propósito del ilustre instituto, de atajar el torrente conceptuoso, estos 
romances están sembrados de pensamientos alambicados, aunque algunos no sin ingenio y 

gala, como el siguiente ; 

No eclies menos en la tumba 
Obeliscos, pues que salen 
De las hojas de tus libros 
Tantas lenguas que te aclamen. 

Hasta el frío y prolijo analista don Juan Perreras cultivaba las Musas, intentando acredi- 
tar con el ejemplo la doctrina de la Academia. Pero era hombre de su época, y aunque aca- 
démico y reformador, pagaba, sin caer en ello, copioso tributo á la moda conceptuosa. Es- 
cribió varias poesías líricas castellanas, y un auto titulado La Paz de Atigusto. Dos años no 
cabales después de instalada la Academia Española, leyó en ella con aplauso una composi- 
ción bastante correcta, (|ue demuestra, sin embargo, cuan indulgente y contentadiza era la 
crítica literaria de aquellos tiempos (5). tíu importante obra. Sinopsis histórica cronológica de 
España (diez y seis tomos) , le granjeó grande y duradera fama. No es posible recordar sin 
veneración y simpatía aquel austero carácter, aquella condición modesta y sencilla. Llevó á la 
sepultura tres mitras á los pies, como testimonio de haber renunciado otros tantos obispados. 

Apenas quedan otros nombres , después de los ya mencionados , que merezcan tener cabida 
en esta somera conmemoración del triste período Hrico que corresponde al reinado de Felipe V, 



(1) (iS.lo rosta, lector, advertirte que el callar (5) Fué leida el 16 de Mayo do 1715. La Acade- 
mi nombro no lu tengas por niera modestia. ¡ Siglo mia declaró que el estilo de la composición era con- 
fucrn on que tuviera vanidad on publicarlo!» {Prú- forme á su instituto. 

logo de. El Adonis.) Está escrita eu octavas, y se titula así : El Prín- 

(2) Pictor Chriiitianm eruditas, etc. ; un tomo en cipe, nuestro seTior, da vida y libertad á una paloma 
'"''^- que. volando cayó á los pies de la Reina, nuestra se- 

(3) Opúsculo poética, Sl&árid, 1729, en 8." — Va- ñora. (MS. de la Academia Española.) Véase esta 
tíos elogios en prosa y verso. (MS.) poesía en uno de Jos tomos siguientes de la presente 

(4) MS. de la Academia Española, colección, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL Lxxvir 

fcomo no sean los de don Bernardo de Quirós y don Juan Vdez de León. Era aquel un caba- 
llero asturiano , poeta de vena fácil y festiva , que murió en la flor de su edad, en la batalla 
de Zaragoza, durante la guerra de sucesión, siendo teniente-coronel del regimiento de As- 
turias. El Marqués de Santa Cruz de Marcenado y el maestro Feijóo, jueces ambos calificados 
y severos , lo presentan como insigne poeta. Feijóo , principalmente , le tributa encarecidas 
alabanzas. Para tasar ahora su mérito con la imparcialidad propia de quien juzga de cosas re- 
motas, bastará decir que, si bien aplaudido por varones de cuenta, Quirós , aun en su tiem- 
po , era tenido por poeta inferior á Gerardo Loho, á quien se asemejaba tanto, que llegaron á 
confundirse los versos de ambos (1). Don Juan Velez de León pasó nuichos años en Francia, 
Alemania é Italia, ya con el Conde de Benazuza, embajador en Venecia, Francia y Alemania; 
ya como secretario de cámara del Marqués del Carpió, embajador en Roma y virey de Ñapó- 
les; 3'a como o-obernador de Puzol, ya como secretario de justicia en Ñapóles. Era hombre 
de gran despejo y capacidad, y de ingenio festivo y agudo, también por el estilo de Gerardo 
Lobo (2). Mientras residió en Roma, formó parte de la academia ó tertulia literaria de la reina 
Cristina de Suecia. En 1688 leyó, en presencia de esta señora y de orden suya, un chusco 
dictamen «sobre si una dama que tenga hermosa dentadura, debe desear tener la boca chica 
ó grande.)) ¡Extraño asunto para escogido por la célebre hija de Gustavo-Adolfo, á la edad 
de sesenta y dos años, en la cual, como hija del Norte, tendría probablemente su propia den- 
tadura en desastroso estado ! 

Algunos escritores , movidos por la envidia , ó mal avenidos con la disciplina literaria in- 
troducida en España á la usanza de la corte francesa, atacaron á la Academia Española en 
los años inmediatos á su fundación. Contra ellos se creyó obligado Lnterian de Ayala á echar 
todo el peso de su autoridad , aprovechando, para defenderla en el pulpito, la ocasión de pro- 
nunciar la oración fúnebre en las exequias del primer director y principal fundador de la 
Academia , el esclarecido Marqués de Villena. Entre estos escritores puede contarse á Velez 
de León , que compuso versos zahiriendo duramente á la Academia y á los académicos , en 
especial á Nasarre. Verdad es que Velez de León era de aquellos que se burlan de todo, 
hasta de sí mismos. Hé aquí , como muestra de su estilo, un soneto en que hace una des- 
cripción burlesca de su propia persona : 

Pero tengo, entre otros, cierto pero, 

De emprender todo, cuando á nada abordo. 

Poeta, historiador y secretario, 
Todo he llegado á ser, mas duré poco, 
De numen pobre y genio perdulario. 

Éste es, pues, mi retrato, en que os provoco 
A risa viendo humilde á un temerario, 
Que si fuese pintado, sería un loco (3). 



MI RETEATO. 

Soy un hombre pequeño, tosco y gordo ; 
Fui de cabello negro y pié ligero, 
De humor alegre, en lo esencial severo, 
Semblante adusto, y á las veces sordo. 

En todo pico, como suele el tordo, 
Menos en la maldad de lisonjero; 



(1) El canónigo don Carlos González de Posada, 
amigo de Jovellanos , y fidedigno escritor asturiano, 
dice que algunos de los romances publicados como 
de Gerardo Lobo eran de don Bernardo de Quirós. 
Cita entre ellos, no sabemos si con bastante funda- 
mento, uno que empieza Oyes tú , ¿cómo te llamas? 
y el Soliloquio amoroso. 

(2) El lectoral Trianes, de Cádiz, tenía en su co- 
piosa librería un códice con varias obras en prosa y 
verso de Velez de León. Manuscrito en folio, 256 fo- 
jas, — Don Bartolomé José Gallardo examinó este 



manuscrito. Llamó en él su atención un estudio en 
prosa, titulado Principio y progreso de la comedia 
española, y copió de su puño algunos versos de 
Velez de León, que tenemos á la vista. — Alvarez y 
Baena dice en su Diccionario histórico de los Hijos 
de Madrid, que poseía un grueso tomo autógrafo 
con versos de Velez de León, y cita ademas otro 
códice en folio de poesías del mismo autor, titulado 
El mal humor de las JIusas. 

(3) Papeles sueltos de la biblioteca de Osuoa. 



txxrai BOSQUEJO HISTÓBICO CKÍTICO 



CAPITULO VIII. 

Época de Fernando VI.— Gana terreno U reforma doctrinal.— Torrepalma.— 27 Deiicalion.— El Juicio final.— 
Bor Añade San Jerónimo.— Paralización del espíritu poético. — Montiano. — Nasarrc. — Academias corruptoras 
del gusto,— Academia de los Jrca</fa.— Academias provechosas é, la civilización literaria.- Academia del Buen 
Güito. 

Al cmpczai- el memorable reinado de Femando YI, que fué como la preparación de la 
grande ópt)ca de Carlos III, aun duraba, y habia de durar todavía mucho tiempo, en las letras, 
i'l e.stado de lueha que hablan traido las innovaciones doctrinales del anterior reinado. Pero 
iban éáta.s madurando, y caminaban rápidamente á su triunfo completo. 

Uno de los pocos escritores que tuvieron la fortuna de dar algún fruto sazonado de inge- 
nio en medio de esta confusión literaria, ftié don Alfonso Verdvgo y Castilla, conde de Tot' 
7-epalma. Del silencio absoluto que guarda Quintana en el Tesoro del Parnaso español acerca 
de la vida de este poeta, en quien reconoce «talento eminente para versificar y describir», 
puede culefTÍrse que, sancionado ya con la autoridad de esclarecidos escritores el imperio de 
las ideas seudo-clá.sica.s francesas en las letras castellanas, llegó á ser, si no escarnecido, casi 
olvidado el insiorne autor del Deucaliun en el último tercio del siglo xviii. En verdad, no 
liav |)or qué maravillarse de este desdeñoso desvío de parte de unos hombres que cifraban su 
'doria en ser filólogos reformadores antes que poetas, si se considera que el Conde de Torre- 
pahua era todavía uno de los más genuinos representantes de la poesía culta, de aquel inge- 
nioso desatinar (1), que el tiempo, la razón y el prosaísmo dominante iban desterrando en 
aquelhi época. ¡ Cuál sería su significación de poeta recóndito y alambicado, de aquellos que 
transformaron las musas castellanas en sibilas cumeas (2), cuando su entrañable amigo Porcél, 
el autor de las ampulosas y confusas églogas venatorias de El Adonis , le juzga en la Acade- 
mia del Buen Gusto con estas palabras, que pone en boca de Femando de Herrera! : 

« Nombre más propio que el de este académico no le ha usado alguno de sus compañeros. 
Llámase el Difícil (3), y con la misma justa razón se podría llamar el Duro, el Confuso, el Mis- 
terioso, y otros epítetos más propios de un habitador de la cueva de Trofonio (4) que de las 
amenidades del Parnaso... Cuando escriba heroico ó lírico, será 

Imitador undoso 
De las oscuras aguas del Leteo» (6). 

Porcél, temiendo sin duda haberse mostrado por demás severo en su burlesca censura, ha- 
ce que salga Góngora á la defensa de Torrepahna, y hablando, como en causa propia , de las 
prendas poéticas del Conde, no hace sino confirmar el achaque de enfático y áe gongoñno que 
le ntribuian las gentes de su tiempo. Y lo más peregrino es que Porcél hace recaer la respon- 
saliilidad del gongorismo sobre el os magna sonaturum del príncipe de los preceptistas latinos. 

«Más parece (dice Góngora) que Herrera me ha impugnado á mí que al Difícil... Yo an- 
tepongo sus poemas á otros cualesquiera que sólo tengan dulzura y fluidez. Ni me oponga él 
mal entendido precepto de Horacio: 

Non satis est pulchra esse poemata; dulcía suntoj 



(1) Expresión de Moratin. presidia accidentalmente el Conde cuando Porcél 1« 

(2) Expresión burlesca de don José Antonio Por- dirigia estas palabras. 

^^'- (4) Uno de los oráculos más célebres de los gen- 

(3) Nombre que adoptó el Conde de Torrepalma tiles. 

en la academia de la Maríjucsa de Sarria, la cual (5) Góngora, El PoU/emo, octaya 6,' 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL Lxxix 

porque le opondré yo la definición del poeta, verdaderamente tal, que él mismo nos da en 
estos términos... Ingenio feliz ^ mente divina, magnilocuencia , éifasis , cultura; 

Ñeque enim concludere versum 

Dixerig esse satis; ñeque, si quis scribat, utinos^ 
Sermoni propiora , pufes hunc esse poetara. 
Jngenium cui sit, cui mens divinior, atque os 
Magna sonaturum, des nominis hujus Jionorem. 

(Sát. IV, lib. I.) 

A este carácter aspiré yo ; éste es el de nuestro Difícil y de todo poeta digno de tal 
nombre» (1). 

No merece en verdad Torrepalma, ni la indiferencia de la generación que siguió inmedia- 
tamente á la suya, ni el tono desdeñoso con que de él han hablado Ticknor y algunos otros 
escritores. Su Deucalion no pasa de una imitación ovidiana , impregnada en muchas partes 
del mal gusto que todavía reinaba en su tiempo ; pero es una imitación valiente y luminosa, 
que no es dable desatender. Rasgos hay en ella de primorosa concisión y de altísimo vigor 
descriptivo, en que aventaja al latino el poeta castellano. Y no hay exageración alguna en esto 
que decimos. 

Para convencerse de ello basta comparar el Deucalion con los pocos versos del primer li- 
bro de Las Metamorfosis, que han dado impulso á la imaginación del Conde de Torrepalma, 
El Deucalion no puede llamarse con propiedad, ni copia, ni perífrasis. Está sembrado el poe- 
ma español de imágenes delicadas , de cuadros vigorosos, que no ocurrieron al poeta romano. 
Este se contenta con trazar en veintiocho versos, magníficos en verdad, un rápido bosquejo 
de los desastres materiales del diluvio. Torrepalma no malogra la ocasión de conmover, pre- 
sentando imágenes nacidas de las angustias del corazón en aquel espantoso trance. No hay 
que buscar en Ovidio aquella familia que , acosada por las revueltas aguas , arroja las rique- 
zas que intentaba salvar en las alturas ; ni aquel hijo que acompaña á su padre anciano, y, en 

el horrible vértigo, 

huye esperando, 

La mano, el brazo, el hombro al padre dando ; 

ni aquel que corre al templo, invoca postrado la clemencia del ídolo, y lo profana luego, 
encaramándose, para guarecerse, sobre la estatua gigantesca; ni el hombre que al tenderlos 
brazos para colocar á su esposa á las ancas de su caballo, ve el lugar ocupado por su enemigo, 
y traba con él ardua contienda, hasta que 

al dudoso 

Trance que de tan rara lucha pende, 
Pone funesta paz la onda que asciende; 

ni, por último, aquella madre que, refugiada en una roca, coloca en sus hombros al tierno 
infante, y al cabo, arrebatada por las aguas, ya en la ansiosa agonía de la muerte, 

Va el hijo entre las ondas levantando. 

Para dar idea de la imitación de Torrepalma , tan sin razón llamada perífrasis , bastan los 
siguientes ejemplos. 

Ovidio pinta así la impetuosa creciente de los ríos y los contrastes repentinos de la tierra 
anegada : 

Aperite domos , ac , mole remota, 

Fluminibus vestris totas immittite habenas, 

-... Ducit remos ilUc , ubi nuper ararat. 

Sic summa piscem deprendit in ulmo. 

Figitur in viridi, sifors tulit, ancora prato. 

(1) Don José Antonio Porcél, Juicio lunático, etc. (MS.) 



^xxx BOSQUEJO niSTÓRTCO CRÍTICO 

Así describe Torrepalraa los mismos efectos : 

Las dulces venas de las claras fuentes, Los peces se deslizan en cnadrüla 

Quo bebió en riego escaso el verde prado, Subre la grama en que saltó el cordero; 

Los peñascosos cauces impacientes El risco ya es escollo, y ya la piedra 

Rompen, y el campo borran inundado. Cubren las algas, que vistió la hiedra 

Los viejos' ríos las mojadas frentes El piloto, que al fin de su jornada 

iTevantan con horrible ceño airado, 
Y las urnas volcando, aun juzgan poca 
La vasta plenitud de su ancha boca. 



Vuelve el pino á sus montes; ya la quilla 
Navega el valle en que arraptró primero ; 
La altura en que anidaba la sencilla 
Paloma alberga al tiburón roquero; 



Desde lejos descubre el patrio suelo, 

La improvisa tormenta viendo armada , 

Las faenas duplica y el anhelo ; 

En tanto, de las ondas superada 

La patria, pierdo el tino y el consuelo; 

Fluctúa extraño mar la propia tierra, 

Y en sus techos las áncoras aferra. 



Éstas no son explanaciones palabreras; son las ricas imágenes de una inspiración robusta 
V abundante; v el risco ya es escollo, no es expresión menos feliz que el omnia pontics erant, con 
que tan briosamente pinta Ovidio la invasión total de las aguas. 

No ha licuado á nosotros el poema de Torrepcdma sobre la Libertad del pueblo de Israel , ni la 
mayor parte de sus versos líricos ; pero tenemos un indicio poco favorable de su sensibilidad 
poética en una carta en verso, dirigida á su amigo Porcél desde Ciempozuelos , adonde se 
iiabia retirado por algunos dias con el triste motivo de la pérdida de su hijo primogénito, á 
quien, al decir de sus contemporáneos, amaba tiernamente. Porcél , para distraer al Conde, 
con el cual le imian estrechos vínculos de amistad y agradecimiento, le escribe una carta llena 
de donairoso desenfado, y le da somera noticia de una de las juntas de la Academia del Buen 
Gusto, que era en Madrid su más sabroso esparcimiento. Torrepalma, no sólo halla aliento 
para contestar en verso, hablando de su muy grave y reciente infortunio en forma artificial, 
sino que discurre con afectadas frases y enmarañados conceptos , que se avienen mal con la 
expresión sencilla, única qiie cuadra al dolor verdadero. Así empieza su carta : 



Desde el desierto, y aun desde 
Aquella encendida zarza 
De no embotadas espinas, 
De no amortecidas llamas, 



Que así pungente , que así 
Voraz la memoria guarda 
De una aguda ardiente pena 
La incombusta pertinacia 



Los amigos del Conde admiraron estos afectadísimos versos. « ¡ Felicísima ocurrencia y 
combinación singular! (exclaman). ¡Describir en sólo dos coplas el sitio desde donde escribe, 
la tarea en que se ocupa del poema de Moisés, y el estado de su pena!)) 

¿ Quién no columbra en estas palabras el alucinamiento de la amistad y la costumbre de 
la manía alegórica? ¿Cómo Porcél, autor de las palabras citadas, que en el estilo suelto y 
natural de su carta (1) habia dado sano ejemplo á Toi^repalma, no advierte que aquellos ver- 
sos , que aplaude , no son más que un galimatías metafórico, donde no hay sagacidad que al- 
cance á descubrir ni el pueblo de Ciempozuelos, ni el poema de Moisés, ni siquiera el dolor 
de un padre acongojado que recuerda la muerte de su hijo? No queremos suscitar dudas 
acerca de la ternura paternal del Conde, que se patentizó por varias maneras ; sólo aspiramos 
á liacer notar adonde lleva en las letras la seducción del artificio en las edades de corrup- 
ción y de pedantería. 

Como quiera que sea , no nos parece aventurado afirmar que las escasas muestras de poesía 
lírica fpio aun se conservan del Conde de Torrepalma, todas inferiores á las magníficas oc- 
tavas do El Deurnliou, no permiten considerarle como un escritor dotado de sensibilidad ver- 
dadera , de esa que , aun á los Gracianes y á, los Góngoras , arranca á. cada paso, y entre la 

(1) Véase esta carta en las poesías de PorcéL 



I 



LXXil 



t>E LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL 
balumba del ornato metafórico, acentos íntimos del alma. Torrepalma era , ante todo, hom- 
bre de alto espíritu , de noble temple , de pintoresca fantasía. Los asuntos encumbrados 
lo cautivan. No le basta haber pintado, en El Deucalíon, la destrucción del linaje humano 
por medio del agua. Intenta cantar la destrucción del mundo por el fuego , y escribe El 
Juicio final. De este poema sólo llegó á formar Ton-epahua como un bosquí^jo, que se nn- 
prime ahora por primera vez (1). Aunque obra desigualé incompleta, contiene El Juicio 
final algunas octavas dignas de campear al lado de las mus robustas de El Deucalion. Hé 
aquí cómo pinta á los monarcas y á los conquistadores ante el tremendo tribunal del Juez 
supremo : 



¡Oh , las que tiemblan, coronadas testas I 
¡Oh, las sacras tiaras que allí gimen! 
Las púrpuras al hombro son molestas ; 
Las diademas no ajustan, sino oprimen. 
Ya, la soberbia y majestad depuestas, 
Los ánimos reales se comprimen ; 
Ya siente Hostilio que su tosca lana 
Se viese en el imperio augusta grana. 

Confúndese Alejandro en sus victorias, 

Y el Grande nombre lo publica injusto; 
Pompeyo gime sus pasadas glorias, 

Y César llora su laurel adusto; 

Los Scipiones desprecian sus memorias, 
A Octaviano desdórale lo augusto^ 
Decio infama á su saña las porfías, 

Y el bárbaro Nerón sus tiranías. 



La virtud sola, con la faz serena, 
Sin miedo asiste al tribunal sagrado; 
No revuelve en su pecho mortal pena, 
Ni la consume, tácito, el cuidado. 
El Juez la mira, de sus gracias llena, 
Con vista amante, con benigno agrado; 
Convídala á su diestra, y ella sube 
En rico trono de dorada nube. 



Al que inútil cubrió tosco vestido, 
Rica gala ya adorna, honor luciente; 
Todo el sol lleva, en partes dividido, 
La preciosa diadema de su frente. 
En sus propios diamantes va encendido 
El collar de su cuello trasparente, 
Y en la mano, que luces multiplica, 
Gloriosa palma la victoria indica. 



Estas octavas , y otras varias del poema , denotan un numen de grande aliento y un inge- 
nio muy cultivado. Pero ¿qué mucho? El conde don Pedro Verdugo^ persona de vasto sa- 
ber, poeta distinguido (2) é individuo de la Academia Española, trasmitió a sus hijos don 
Alfonso y doña Ana su noble espíritu y su afición á las letras. Doña Ana llegó á ser aquella 
poetisa sor Ana de San Jerónimo, religiosa profesa del convento del Ángel (Franciscas Des- 
calzas de Granada) , que llenó de admiración á cuantos la conocieron , por sus acendradas 
virtudes , por su ingenio clarísimo y por su erudición extraordinaria. 

Los ilustrados monarcas Fernando VI y Carlos III reconocieron y utilizaron en favor de 
la patria las elevadas prendas que atesoraba el alma del Conde de Torrepalma (don Alfonso), 
y éste subió con gloria á los más altos puestos del Estado (3). Mozo todavía, institviyó en 
su casa de Granada la célebre academia llamada del Trípode , cuyo objeto principal era con- 
tribuir con el estudio y el ejemplo á acrisolar el idioma castellano. Más adelántelas tres Aca- 
demias Reales , Española , de la Historia y de las Nobles Artes , le admitieron gozosas en su 
seno. Para los hombres sobresalientes de su tiempo, el Conde de Torrepalma fué , no sólo un 
Mecenas literario, sino un amigo cordial y generoso. 

Al paso que Porcél, Torrepalma y otros poetas de ingenio, que se habían alistado en la 
nueva escuela desdo el primer período de la reforma doctrinal, fueron en breve mirados por los 
críticos con indiferencia ó desvío, porque no representaban de un modo cabal la doctrina clá- 



(1) Nos ha sido comunicado por nuestro bonda- 
doso amigo, el señor duque de Gor, descendiente del 
ilustre poeta. Era desconocida esta {)rediosa , aun- 
que incompleta, obra de Torrepalma. 

Eduardo Young , el célebre poeta inglés, autor de 
Las Noches , habia puljlicado pocos años antes un 



poema titulado El Juicio final. Pero ninguna co- 
nexión tiene con esta obra la del Conde de Torre- 
palmtl. 

(2) Autor de un poema titulado La Oliva. 

(3) Véase la noticia biográfica de Torrepalma, al 
frente de sus poesías. 



Lxxxn BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

sica francesa ^l/un/inno, que entró más bondamentc en ella, ailquirló desde luego, y gozó 
durante el sio-jo xviil, cierta autoridad j no pequeña nombradía. (íVelazquez, dice Sempere, 
solamente encontró en su tiempo, esto es, por el año 1754, dos autores dignos de poner en 
la lista de los buenos poetas castellanos : don Ignacio de Luzan y don Agustín de Montiano.y) 

Dotado de entendimiento claro, do cordura y de sano corazón, pero sin estro alguno poé- 
tico, .}fon(iano se distinguió ante todo en los arduos negocios de la Primera Secretaría de 
Estado, (¡ue tuvo á su cargo (1), En las letras, que pugnaba por apartar de la senda extra- 
viada que entóneos seguían, la crítica ftié el campo natural de sus tareas. Escribía en prosa 
con desembarazo y corrección , estaba muy versado en las letras griegas , latinas , italianas y 
francesas, v no liabia género de poesía que no quisiera analizar, explicar y metodizar. Era 
uno de esos hombres apasionados de la regularidad y del orden , que juzgan que todo, sin 
exclnir el mundo ideal, puede y debe subordinarse á la doctrina y á las reglas, y que el 
acierto en artes y letras depende únicamente de la observancia severa de los preceptos de la 
razón. La oda, la égloga, la tragedia, la sátira, fueron objeto especial de sus estudios doc- 
trinales, y en todos estos géneros probó sus fuerzas é intentó sustentar con el ejemplo la 
doctrina. ¡Estéril propósito! Las Musas son siempre de índole indisciplinada y antojadiza; y, 
rebeldes al llamamiento del filólogo frió y acompasado, demostraron entonces, como siempre, 
que , sin estar en pugna con la razón , viven y respiran especialmente en los campos risue- 
ños, fantásticos ó borrascosos de la imaginación. 

Las j)fufas pa7'a el uso de la sátira son uno de los estudios más curiosos y más característi- 
cos de Montiano. El crítico casi desaparece ante el varón timorato, indulgente y cristiano. 
La sátira de los gentiles le parece un monstruo de perniciosas calidades. Empieza diciendo que 
en su juventud gustaba de la sátira, «hasta que la edad y la experiencia le enseñaron á mi- 
rarla cauteloso y aun con indiferencia, que degeneró en tedio y desvío.» — ¡Excelente Mon- 
tiano! Después de esto, ¿cómo ha de ser él legislador de un género que aborrece, sin desna- 
turalizarlo con escrúpulos y restricciones exageradas? 

El hombre que con ínfulas de reformador combate el teatro libre , dando leyes á la trage- 
dia, y escribe en seguida la Virginia y el Ataúlfo, que es imposible leer de corrida sin un 
esfuerzo poderoso de voluntad, deja harto probado que Dios no habia encendido su mente con 
lu llama de los poetas. Sus églogas y sus canciones son casi tan desmayadas como sus trage- 
dias. Alguna vez quiere remontar el vuelo poético en la oda (2), y si encuentra , como por 
acaso, algún destello do entusiasmo ó alguna frase de entonación elevada, pronto vuelve á su 
natural esfera insípida y prosaica. 

En su tiempo fué Montiano muy admirado. Y ¿cómo no habia de serlo quien, á sus eleva- 
das prendas de carácter, unía verdadero talento de prosador firme y acrisolado, quien en su 
lenguaje supo huir hábilmente de los escollos que ofrecían al idioma patrio, en aquella 
época de trasforraacion , por una parte los resabios existentes , y por otra los elementos 
exóticos que iba ya entronizando el cultivo preponderante de la literatura francesa? En 
la Academia del Buen Gusto, donde se reunían los poetas más autorizados del reinado de 
Fernando VI, Montiano, que fué secretario de la Academia, leyó algunas poesías suyas, 
y ademas la tragedia Virginia, la cual fué recibida, si no con aplauso, con reverente apiré- 
elo por aquel grupo de estimables humanistas que se juzgaban restam'adores de la poesía 
española. 

En el Juicio lunático de las obras leidas en aquella memorable academia, escrito por 
don José Porcél, varón de grande autoridad en aquellos tiempos, pone éste oportuna- 



(1) Véaso la noticia biográfica que se publicará, en la Academia de San F'emando, el día 3 de Junio 
en uno de los tomos siguientes, al frente de las poe- de 1763, y empieza así : 

sias de Montiano. 

(2) Sirva de ejemplo la oda A las A ríes, que leyó * ^"^""^ *°"^ sagrado...» 



DÉ LA poesía castellana EN EL SIGLO XYIIL Lxxxiir 

mente una curiosa crítica de la Virginia en boca del antiguo poeta Francisco López de 
Zarate, celebrado por Lope, escritor árido como Montiano, y que, como él, un siglo an- 
tes , se habia empeñado en observar rígidamente en su Hércules Furente los preceptos clá- 
sicos. 

Con estas enfáticas alabanzas termina López Zarate su juicio del autor de la Virginia: 

«Licurgo colocó la estatua de Eurípides entre las de los demás griegos famosos. Entro 
ellas debemos exaltar la de nuestro Humilde (nombre académico de 3íontiano), con igual 
mérito que á la de Sófocles , pues no desdicen ambos coturnos. Entre tanto felicitemos á 
la nación de que éste , su defensor generoso, se empeñe con tanto celo j con tanto logro 
en ^^udicarla de la nota con que las extranjeras la insultan, y de que su ejemplo animo 
la pereza de los ingenios de España, prociu-audo restablecer el teatro. El único fin y heroico 
deseo de nuestro Humilde, cuando no fuera tan sobresaliente el mérito de la obra, le hace 
acreedor á los más altos elogios.» 

Tal era el imperio del conceptismo, que hasta Montiano, el glacial y sensato Montiano, rin- 
de culto alguna vez, impensadamente, al gusto sutil y enmarañado de su tiempo. De ello hay 
muestras en un romance endecasílabo suyo que encontramos como perdido en una Justa 
poética celebrada en 1727. Era uno de los asuntos dados á los competidores, la muerte de 
san Luis Gonzaga, ocasionada por el afán de su caridad en asistir á los enfermos de un hos- 
pital. 

Hé aquí algunos versos, los menos conceptuosos de'éáte romance : 



¿Será que en los espacios feí-vo rosos 
Donde la heroica caridad se ensalza, 
Enseñado á vencer, vuestro ardimiento 
Supo no hallar instante sin hazaña? 

Á la hoguera que el celo diviniza, 
Pábulo soberano la dilata, 



Y acrisolando el mérito la ofrenda. 
Quemó la vida en las excelsas brasas. 

La corona que orlando vuestras sienes, 
índice fué de la gloriosa fama, 
Fausta constelación de eterno influjo. 
Se fijó entre los timbres de la patria. 



Hemos copiado estos versos , que escribió Montiano cuando no habia llegado á los treinta 
años, porque sugieren una reflexión importante de historia literaria. Prescindiendo del espí- 
ritu conceptuoso, hay en ellos una altura de entonación , un calor y una armonía , de que no 
se encuentra ni un destello en las obras poéticas que Montiano escribió en la cabal madurez 
de su vida literaria. ¿ Será que el poeta perdió su inspiración cuando, al entrar en la senda 
de la sensatez crítica francesa, abjuró, por decirlo así, de la poesía genuina de su patria? 
Puede hasta cierto punto sospecharse. Pero, ¿cómo culparle por ello? Era hasta una necesi- 
dad histórica poner coto á aquel torrente de mal gusto, que torcía el recto sentido de los es- 
pañoles , y afrentaba á la civilización intelectual de la nación. Montiano, que en aquel mo- 
mento de lucha entre dos impulsos literarios , no podia alcanzar una conciliación ecléctica, que 
sólo ha llegado á ver claramente la Europa más de un siglo después , no titidjeó entre la fría 
razón y la imaginación extraviada. Se decidió por la sensatez , que era grande en Montiano, 
aunque no tan grande, que llegase á ver que ella sola no podia constituir una literatura na- 
cional bella y vigorosa. El crítico reformador no fué tan imparcial como lo requería la fama 
de sensato que le dieron los hombres de su siglo. Le cautivó de tal manera la escuela fran- 
cesa, que se tornó incapaz de sentir, y por consiguiente, de juzgar el espíritu y las bellezas 
esenciales de las letras castellanas del siglo de oro. A no ser así , ¿ cómo habría podido dar la 
preferencia á la supuesta segunda parte del Quijote , de Avellaneda , sobre la misma parte 
genuina de Cervantes? (1). 

Llegó á perder Montiano á tal punto el sentimiento poético, que no se limita á extremar la 



(1) Aprobación de la edición del Quijote de Ave- 
llaneda, hecha en 1732. — «No creo, dice Montiano, 



que ningún hombre de juicio pueda declararse en 
favor de Cervantes, si compara una parte con otra,)) 



LxxxiV BOSQUEJO HISTÓRICO CRITICO 

llaneza del estilo en sus versos. Los asuntos que escoge , dan claro indicio alguna vez de sü 
lUlta coinnletu de facultades estéticas. Unas liras leyó en la Academia del Buen Gusto en ho- 
nor' del ¡lustre Xusan-e, á quien afligía á la sazón la enfermedad de la gota. Un verdadero 
jjoeta habria cantado al hombre sabio, al esclarecido académico. Montiano toma por asunto la 
nota, V apura todos los recursos de su ingenio para definir poéticamente esta prosaica enlcr- 

niedad. ^ • ^^ 

Hé aquí iin ejemplo de esa poesía, que, en el lenguaje flamante de ahora, podría Uamarse 

de grosero realismo : 

Tú , de humor engendrada , Mas cuando le combates 



Ácido venenoso, 

La parte insultas menos defendida 

Ilasla los pies te abates 
Con mástara traidora 
Del que intentas poner en tus cadenas; 



Con mano vencedora 

Los delicados nervios y las venas, 

Con tal rigor y penas 
Le ligas, que no atina 
Á desatarlos, no, la medicina. 



Esto es de<Tadar la poesía, y en cuanto al prosaísmo de estos versos, no se encuentra igual 
en todo el si5o xviil, hasta que se llega á dar con las poesías de Montengon, de Olavide ó 
de don Pedro de Silva. 

ScTun antes hemos indicado, la fama de Montiano no quedó encerrada en los límites de su 
l)atria. Lessing no lo admira, pero lo menciona con aprecio. Academias extranjeras se hon* 
raron con sn nombre , v fué amigo de varios sabios europeos , con los cuales mantuvo activa 
corresi)ondenc¡a, especialmente con el caballero portugués Conde da Ericeira y con los es- 
critores franceses Louis Racine, hijo del famoso autor dramático Jean Racine, y monsieur 
D'Hermillv, traductor y anotador de la Historia de España, de Terreras (1), y traductor 
también de los dos famosos discursos de Montiano sobre las tragedias españolas. 

En suma, Montiano resplandeció en las letras como prosista castizo y severo; y si no es 
dable presentar sus versos ni como dechados de los diferentes géneros á que pertenecen , ni 
tampoco como sabrosa ó brillante poesía, no pueden menos de ofrecer interés en nuestra his- 
toria literaria como muestras de las vicisitudes del idioma castellano, y de la trasformacion 
casi repentina que experimentó la poesía en manos de los primeros filólogos que combatieron 
con autoridad y con entereza los delirios del gusto poético de aquella era. JVasarre, Luzan, 
don Juan de Triarte y Montiano representan , mejor que otros escritores , aquel período doc- 
trinal en que la poesía, de extravagante y conceptuosa, se tornó difusa, glacial y amane- 
rada. 

El sentido común triunfó, sin duda; la poesía ganó muy poóo. 

Don Blas Antonio Nasarre fué uno de los individuos más sobresalientes que tuvo en sus 
años primeros la Academia Española. Gran latino; teólogo, jurisconsulto; humanista insig- 
ne. Atacó el teatro antiguo español, en su prólogo á las Comedias de Cervantes (edición 
de 1749), de un modo extravagante, que le acarreó violentas impugnaciones. Su crítica fué, 
en general , pobre y antifilosófica , y los pocos versos que escribió no son superiores á su crí- 
tica, Pero este severo juicio, que formamos más de un siglo después de su muerte, no debe 
amenguar la gloria relativa de este ilustre académico. Su lucha constante contra los extravíos 
literarios de su época es ya de suyo un timbre honrosísimo para su nombre. Su autoridad 
como hablista fué grande y provechosa. En esta parte le consideraron como verdadero maes- 
tro los literatos más afiímados de su tiempo. Montiano, en su Elogio histórico de Nasarre, leí- 
do en la Academia Española el año de 1751, dice así : 

«Para el metro vulgar fué tan dueño de la majestad de nuestro idioma... , que esconden, 
avaros, sus escritos los aficionados al buen gusto de las musas castellanas.» 

Don Luis José Vclazquez , el célebre autor de los Orígenes de la Poesía castellana, en una 

(1_) Apuntes de don Eugenio Llaguno, que existen en la biblioteca del Duque de Osuna. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. LXiXV 

oda consagrada á ensalzar la memoria de Kasari^e (1), dice, hablando de una obra de éste: 

Que si llegan á oiría, 
Querrán hablar los dioses 
La lengua de Castilla. 

La producción poética más importante que presentó Nasarre á la Academia del Buen Gus- 
to, fué ima prolija é interminable glosa ó explanación parafrástica del Padre JSuestro en liras, 
romances, canciones, redondillas, octavas y décimas. Casi toda esta glosa es prosaica, trivial, 
desmayada , y, lo que es todavía peor, harto conceptuosa para un hombre que se precialja gran- 
demente de reformador del mal gusto. Véanse, por ejemplo, las dos siguientes décimas, to- 
madas al azar en el fárras-o de esta ¿rlosa : 



Hombre, ¿qué médico ves, 
Visitándote en la cama, 
Que si el achaque le llama, 
No le lleve el interés? 
¿Cuál tan compasivo es, 
Que del enfenno no cobre ? 
¿Quién hay que en la cura obre 
Comprando á su costa el medio? 
O ¿ quién aplica el remedio, 
Primero que al rico, al pobre? 



Sólo aquel Doctor divino, 
Que viendo necesitado 
Al hombre , sin ser llamado, 
Para redimirle vino. 
Las medicinas previno. 
Siendo de tanta virtud. 
Que, sin temor 6 inquietud 
Del que viene á visitar, 
El se sangra para dar 
Al enfermo la salud. 



¡Qué vil metáfora! ¡Qué impropia entonación! ¡Comparar á una sangría el augusto y su- 
blime sacrificio del Redentor de la humanidad! Nadie sale enteramente de su tiempo, y Na- 
sarre, con toda su cordura, entraba, sin advertirlo, en la atmósfera tiu-bia y contagiada que 
él pugnaba por depurar y esclarecer. 

En la misma Academia leyó Nasarre, dándola por suya, la Fábula del Genil, de Pedro 
de Espinosa. Atendido su carácter llano y circunspecto, sólo puede atribuirse esta superche- 
ría á una humorada literaria. El hecho es que los doctos académicos dieron en el engaño, y 
el erudito Porcél, reconociendo en el bello poema el tono y el encanto de los mejores tiem- 
pos, no vio en esta circunstancia sino un mérito especial de Nasarre (2), y tan persuadido 
estuvo por algún tiempo de que éste era autor de la Fábula del Genil , que así lo escribió al 
Conde de Torrepalma , en la citada carta poética : 

Tan dulcemente El Amuso 
Cantó del Genil las aguas. 
Que lo pensé Garcilaso, 
Viendo que en su vega canta. 



(1) Esta oda, escrita en pobre y afectado estilo, 
fué leida en \& Academia del Buen Gusto en 17ül, 
esto es, el año mismo de la muerte de Nasarre. (Ac- 
tas de la Academia. Colección de manuscritos de 
nuestro ilustrado amigo el señor don Pascual de 
Gayángos.) 

(2) ((La Fábula del Genil, cuyo autor se disfraza 
llamándose El Amuso (nombre académico de Na- 
sarre), descubre la discreta hipocresía del disfraz. 
Tan bello poema sol-ameute dictan las Musas á sus 

enamorados El estilo de esta obra, el modo de 

manejarlos pensamientos , la prodigiosa fecundidad 
y viveza en las expresiones y pinturas no me pare- 
cen de este siglo, sino de los principios del pasado. 
Pero esto resultarla más en su alabanza ; y así voy 
á tal cual reparo. En el verso 

De bellas ninfas de desnudos pechos, 

y algunos otros no menos vivos, no puede estar más 
J, Ps,-xvin, 



fuera de la tabla la licenciosa imagen ii, etc., etc. 

Porcél. en su Juicio lunático, pone en boca de Jáu- 
regui estas palabras que acabamos de transcribir. 
Mas adelante dice el obispo Bernardo de Balbueua, 
contestando á Jáurcgui : 

«Quien conoce la vastísima eruilioion de El Amu- 
so, corifeo en este siglo de la literatura española; 
quien sabe su ingenio y su delicada crítica, no pue- 
de extrañar que escriba con el primor de nuestros 
dorados siglos Todo esto es una bizarría de inge- 
nio muy maestro.» 

Andando el tiempo, Porcél hubo de caer en la 
cuenta de la inocente superchería de Nasarre. En 
una copia del Juicio lunático, copia que perteneció 
al mismo Porcél, hay una nota marginal de su mano, 
que dice así, al lado de las palabras puestas en boca 
de Jáuregui : «Con efecto, era obra de vm autor del 
principio dpi siglo pasado.» 

/ 



,yy^„ BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Referimos esta andcdota, como indicio de lo poco buscados y leídos que eran, durante el 
reinado de Femando VI, algunos do los mejores poetas líricos del siglo de oro. 

Hemos mencionado, y mencionaremos todavía varias veces, la Academia del Buen Gusto, y 
es conveniente dar alguna idea de esta célebre tertulia literaria, que, así por su objeto, por 
la importancia y f\ima de las personas que la componían, y hasta por su aristocrático carác- 
ter contribuyó al triunfo de la escuela de los preceptistas. Todos saben que estas academias 
ó sarat)s literarios , de que se encuentran muchos ejemplos en la antigua Roma (1), fueron 
en Europa, aun antes del Renacimiento, uno de los medios más activos para promover y fo- 
mentar el amor ú las letras. El halago de las pláticas literarias entre gente culta 6 ilustrada, 
y los estímulos de la noble emulación de la gloria fueron siempre poderosos incentivos en las 
naciones civilizadas. ¿Quién no trae á la memoria las poéticas academias que con tanto lustre 
celebraban los moros de Córdoba y Granada, la célebre Academia de Oxford, fundada por Al- 
fredo-el-Grande, y la no menos famosa de los Juegos Florales, creada por la inmortal Clemen- 
cia Isaura? Los certámenes y las justas poéticas empeñaron siempre el ánimo de los españoles. 
En el Cancionero de Baena hay muchos ejemplos de esta afición á las competencias litera- 
rias , y es de notar que una justa poética fué el segundo libro que se imprimió en España (2). 
Academias hubo dañosas á las letras, porque daban pábulo al gusto sutil ó altisonante, que 
todo el mundo aplaudía , haciendo subir de punto los alardes de lucimiento y bizarría de in- 
genio que hacían los académicos para sobrepujarse unos á otros. El más alambicado ó el más 
nebuloso solía llevar la palma de la discreción ó de la sublimidad , y todos se esmeraban á 
porfía en aumentar , sin saberlo , la corrupción reinante. Los extraños y pedantescos títulos 
que adoptaban las academias , expresan las tendencias de afectación que preponderaban en 
ellas. En Palermo hubo la Academia de los Encendidos; en Roma, la de los Fuertes; en Bolo- 
nia, la de los Inescrutables ; en Barcelona, laáe los Desconfiados ; en Setúbal, la de los Proble- 
máticos; en Valencia, la memorable de los Nocturnos (1591), en la cual cada académico toma- 
ba un nombre poético alusivo á la noche , y así uno se llamaba Sombra , otro Silencio , otro 
Vigilia , otro Sereno, otro Reposo, otro Tiniebla, y por el mismo estilo los demás, hasta el nú- 
mero de cuarenta y cinco personas que constituían la academia. Palestra conceptuosa se llamó 
en Madrid imajusta poética en 1722. La afición á las ideas emblemáticas, achaque de aque- 
llos tiempos , que se habia ido introduciendo en las letras como prenda de elegancia y cul- 
tura , tomó en algunas academias el carácter bucólico y pastoral , una de las más sandias 
afectaciones que produjo la literatura extraviada. La Academia de los Árcades , formalmente 
constituida en 1790 por Crescímbeni, poeta con razón olvidado, pero en realidad creada an- 
tes , en el })alacio Corsini de Roma , por Cristina de Suecia , aquella reina esclarecida que, 
ansiosa de civilización, llevó á su lado á Descartes y á Grocio, y rindió sin tregua culto sin- 
cero á las confiuistas de las ciencias y á los hechizos de las letras y de las artes, caracteriza la 
decadencia del verdadero sentimiento poético. Esta academia de los Árcades, la más famosa 
de Italia par mérito y por desprecio (3) , tuvo por objeto poner coto á los extravíos del gusto 
marinesco. Mas no hizo, en verdad, sino trocar el delirio por el fastidio, y desarrollar ridicula- 
mente la moda pastoral, que, hija degenerada de la imaginación de Sannazaro, que habia dado 
á la Arcadia griega una forma ideal, produjo tanta insulsez y amaneramiento en la poesía. Doce 
hombres insignes fueron escogidos para la formación de las leyes académicas de los Árcades, 
entre ellos el sabio deán de Alicante, don Manuel Martí (4). Todos ellos se reunían en el 
Bosco Parrasio del Monte Janículo , donde emblemas , usos académicos y tareas poéticas : 



(1) Las más célebres son las de Nerón, en que eí página 51.) Ya en 1468 se había impreso en Barce- 
mismo Nerón y Lncano leian versos. lona el Opúsculo gramático de Bartolomé Mates. 

(2) Certamen poético celebrado en Valencia el 25 (3) Expresión de César Cantú. 
de Mareo do 1474. Ohrcs é trabes, etc. Fué impreso el (4) Jimeno, Escritores del reino de Valencia. 
mismo año. (Fubter, tomo i,pág. 52; Velazquez, 



DÉ LA POESÍA CASTELLANA EX EL SIGLO XTIIL LXXXVií 

todo tenía un carácter por damas risible y candoroso. Estaban contagiados del esiDÍritu de 
afectación y de artificio que habia corrompido las letras, y da de ello manifiesto testimonio 
la pueril prescripción de designar á los Arcades con nombres más ó menos orieo-os, á veces 
en sumo grado extravagantes , con lo cual se daban por alistados entre los pastores de la Ar- 
cadia. Desde el de Alfesibeo, que adoptó Crescimbeni , hasta los que usa todavía esta hoy 
anacrónica academia, ¡ qué lista tan singular de exóticos nombres, tan extraños á veces por 
su sonido, y siempre por la ficticia transformación personal que suponen! ¡Prelados, carde- 
nales , y hasta pontífices , transformados en pastores de Arcadia , siempre tan amartelados , 
tan disertos y tan insípidos! El éxito maravilloso de esta academia fué la consagración de 
aquella plaga de poetas pastoriles que se inspiraban en su gabinete, sin ver más cielo ni más 
campo que la pared ó el tejado de la casa vecina, y de aquella moda irrisoria que convertía 
entre nosotros al respetable Jovellanos en el mayoral Jovbio, al rígido magistrado Forner en 
el zagal Fornerio^ al severo canónigo Porcél en el caballero de los Jabalíes, y al grave don 
Jaime Villanueva en el pastor Jamelio. 

A veces tropezaron estas academias con insuperables obstáculos. Una de ellas, la Acade- 
mia Imitatoria, establecida en Madrid á imitación de las famosísimas de Italia (1586), en la 
cual tomó Lupercio de Argensola el nombre de Bárbaro, por alusión á la hermosa joven doña 
Bárbara de Albion , con quien se casó al año siguiente , empezó sus tareas con felicísimos 
auspicios. « Multitud de personas eminentes le servían de columnas. Oyentes calificados, gran- 
des, títulos y ministros del Rey iban á oír con aplauso y atención» (1). Y sin embargo, no 
duró un año esta sociedad literaria. Blanco sin duda de los tiros de la malevolencia , la opi- 
nión llegó á serle contraria. Así lo da á entender el mismo Argensola : 



Y si del ocio huyendo, por reoreo 
Busca la discreción de la academia, 
Que ser humilde tiene por trofeo, 



Le sigue y le persigue la blasfemia , 
Como si fuera público enemigo : 
Tal es el precio con que el vulgo premia. 



También aconteció que algunas de estas academias acabasen, como familiarmente se dice, 
á capazos, siendo necesario mandarlas disolver, por haber convertido sus individuos la pro- 
vechosa emulación en contiendas desaforadas del amor propio y de la envidia. Aludiendo á 
los magnates , dice Cristóbal de Mesa : 

Si alguno de ellos hace una academia^ 
Hay saetas , competencias y porfías 
Mas que en Ingalaterra ó en Bohemia. 

«Nacieron (dice Cristóbal Suarez de Figueroa) délas censuras, fiscah'as y emulaciones no 
pocas voces y diferencias , pasando tan adelante las presunciones , arrogancias y arrojamien- 
tos, que por instantes, no sólo ocasionaron menosprecios y demasías, sino también ¡peligrosos 
enojos y pendencias; siendo causa de que cesasen tales juntas con toda brevedad» (2). 

También en épocas posteriores reinaba en estas tertulias literarias, según la condición de 
las gentes, cierto espíritu vulgar y grotesco. « Se entretejían los saraos, dice el doctor don 
Manuel Pérez Valderrábano , echando relaciones, pasos de comedia, cantando al fandango 
jácaras de valentones, y se recitaban poesías ó sermones burlescos. Todo esto cesó de cuarenta 
años á esta parte (1786); y más vale que no se restituya, si no fuese con mejor cultura y 
mejor influjo para las costumbres » (3). 

Pero otras innumerables academias particulares fueron , por el contrario , en alto grado 
provechosas á las letras y á la civilización. Imagen de ellas son la que celebran en la segunda 



(i) Juan Rufo, Apotegmas ; 159t). 
(2) Plaza universal de todas las ciencias y artes; 
1615. 



(3) Prefacio á la ^w^re/omagma, ó Caída de Luz-^ 
bel, poema. Falencia, 1786. 



l^^^^viil BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

jomada de La Moza de cántaro de Lope de Vega, don Juan, el Conde su primo y doña Ana, 
la cual con 1Úít¡co rigor censura el epítejto serenos aplicado á los ojos , alegando que en ellos 
la inmovilidacrno es gran mérito; y asimismo la academia sevillana que retrata y no satiriza 
Velcz áü Gticvai-a en el «raneo ix de El Diablo cójatelo, en la cual leian versos el poeta 
cómico granadino don Alvaro Cul.illo de Aragón, secretario de ella, y doña Ana de Caro, 
décima musa sevillana. De los certámenes y academias que sirvieron de estímulo y fomento 
á la cultura intelectual , podríamos citar un crecido número. Nos limitaremos á recordar la 
academia que tuvo en Madrid Hernán Cortés, á la cual asistían el cardenal Poggio y otros 
varones de cuenta; la llamada Selcaje, por haberse instituido, en Madrid (1612), en casa de 
don Francisco de Silva, á quien Cervantes y Espinel elogian con encarecimiento (1); la 
justa poética de Zaragoza, en que fué premiado Cervantes (1595); las celebradas pública- 
mente en Madrid con oran pompa, con motivo de la beatificación de san Isidro Labrador, en 
un tablado construido al frente de la iglesia de San Andrés , en las cuales fueron competi- 
dores los más esclarecidos ingenios, Lope de Vega, Calderón, Guillen de Castro, Jáuregui, 
Espinel, Zarate, Silveira, Montaban, Castillo Solórzano, Pantaleon de Rivera (1G20-1622); 
y la insigne academia de Madrid denominada Castellana, de la que fué secretario don Je- 
rónimo de Cáncer. Las academias y las justas poéticas se hicieron tan frecuentes J se vul- 
garizaron de tal modo , que no tardaron en provocar las burlas de los mismos poetas , como 
puede verse en el ridículo certamen que Salas Barbadillo introduce en su comedia El Corte- 
sano descortés (2). La afición á escribir versos degeneró en manía, y certamen hubo en que 
llegaron á cinco mil las composiciones presentadas (3). 

Entre las academias provechosas merecen especialmente ser señaladas la llamada della 
Crusca, cuyo célebre vocabulario (1G12) es siempre la primera autoridad para la lengua ita- 
liana, y algunas establecidas en España con objetos especiales de enseñanza; entre ellas la 
Academia Valenciana, creada en 1742 con el designio de fomentar los estudios históricos, 
la cual publicó las Obi-as cronológicas del Marqués de Mondéjar; la que en 1690 se fundó 
igualmente en Valencia, en casa del Conde de la Alcudia, para el cultivo y enseñanza de las 
ciencias ; y otras que , siguiendo la tradición de la Academia de Nostra Senyora de la Sapien- 
cia (1606), se instituyeron en la misma ciudad, figurando en ellas los insignes matemáticos 
y astrónomos Tosca, Corachan, Zaragoza, maestro de Carlos 11, y otros precursores del es- 
clarecido Jorge Juan (4). A estas academias , gloria imperecedera de Valencia , se debe en 
gran parte que, á principios del siglo xviii, cuando en muchas ciudades de España habían 
caido las ciencias y las letras en el más lamentable abandono , ardiesen en esta ciudad ansia 
noble del saber y amor vehemente á los deleites de la inteligencia. 

En los últimos años del reinado de Felipe V iba ya en decaimiento la afición á las aca- 
demias literarias, que ton en auge habían estado en los dos siglos anteriores. Prueba de ello 
es la que se estableció en Madrid por aquel tiempo con el título de Academia Poética Matri- 
tense. Formaban parte de ella el célebre Cañizares, Quadi'os, Palacios, el Marqués de la 01- 
ineda , don José Benegasi , don Agnstin Cordero (secretario) , y otros poetas inclinados á la 
escuela popular. Pero les faltó el fervor ó la buena armonía, y la academia se deshizo por sí 
misma (5). 

(1) Cervjrtitca, Viaje delParmaso, cap. n. — Vi- (4) Véanse Jímeno y Fuster; coütienen noticíaa 
cenle Espiuel dice de Silva, en El Escudero Marcos exactas y copiosas de estas ilustres academias. 

de Ohregon : «Pocos dias há,8¡i'viendo á su rey, mu- (5) Dan do ello testimonio dos sonetos burlescos 

nó como valentísimo soldado.» de Benegasi. El Presidente no asistía, y los dema8 

(2) Comedia en prosa. Impresa en Madrid, por la académicos acabaron por hacer lo mismo. Así em- 
viuda de Cosme Delfj;ado, año de IG'il. pieza uno délos sonetos : 

(3) El Pasajero; advertencias útilísimas ú la vida Ilustre Academia, ¿qué se hizo 
humana , por el doctor Cristóbal Suarez de Figueroa. ^* ^""^ aplicación con que empezaste? 
Madri d 1 C 1 7. ^ '^^ ^ ^^'* ®^ presidente que buscaste ? 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIH. LXxxix 

Menester era que hubiese estímulos extraordinarios para que , en una época en que la orga- 
nización oficial iba sustituyendo en muclias cosas á la acción espontánea de los particulares, 
subsistiese por cierto tiempo una academia de esta especie. Estos estímiüos extraordinarios, 
á saber : riqueza , prestigio cortesano, conjunto de eminencias intelectuales , imitación de las 
costumbres elegantes de la corte francesa, se reunieron en la academia poí'tica que, con el 
nombre del Buen Gusto, ya usado por otra de Palermo, se instituyó en JMadrid, en casa de la 
insigne señora doña Josefa de Zúñiga y Castro, condesa viuda de Lémos, después marquesa 
de Sarria, que habitaba un hermoso palacio en la calle del Turco. 

Mezcla de las academias poéticas, tan florecientes en los siglos xvi y xvii, y de las ter- 
tulias literarias de las damas de la aristocracia francesa, que tuvieron su apogeo en el 
Jlótel de RamhoniUet y en la corte de Sceaux , la Academia del Buen Gusto, que debe con- 
tarse entre las útiles á las letras , forma época en la historia poética del siglo último, así por- 
que fué la última importante de su género, como igualmente porque contribuyó á dar fuer- 
za y autoridad á la reforma doctrinal. 

Joven, hermosa, ilustre, rica, discreta é instruida, la Condesa de Lémos cautivaba fá- 
cilmente la voluntad , y atraía á su sociedad á las personas más distinguidas de la Corte en 
nacimiento y letras. Era aquí como un reflejo de la seductora JuUe d^ Angennes , del Hotel de 
líambouillet. Hermana del Duque de Béjar, y acostumbrada desde su infancia á los refina- 
mientos del lujo, dio á sus terttüias literarias un carácter elegante y aristocrático, que 
cuadraba á aquella literatura, que era un recreo de gabinete, y no un desahogo del espíritu 
popular. El festivo Villarvoel, uno de los académicos, habla así de la Academia en un Ve- 
jamen muy chistoso ; 

Aquí estoy en Madrid, que no en la Alcarria, 1 Con dulce y chocolate, 

Y en la casa también de la de Sarria, Al caballero, al clérigo, al abate, 

Marquesa liermosa , dulce presidenta , Que traen papelillos tan bizarros. 

Que no sólo preside, mas sustenta , I Que era mejor gastarlos en cigarros (1). 

Allí se reunían Montiano, Luzan, Nasarre, el Conde de Saldueña, el Marqués de la 
Olmeda, el Conde de Torrcpalma, Porcél, Yelazquez, el Duque de Béjar y otros poetas que 
constituían la aristocracia literaria de aquella época, que , así en España como en Francia é 
Italia , se hermanaba fácilmente con la aristocracia nobiliaria. 

Fueron los fundadores de la Academia del Buen Gusto : 

El Conde de Saldueña, primogénito del Duque de ^lontellano, con el nombre aca- 
démico (2) de El Justo desconfiado. 

El Conde de Torrepalma., embajador, individuo de las academias Española y de 

la Historia , con el de El Difícil. 

Don Agustín de Montiano y Luyando , del Consejo de su Majestad, su secretario 
en la Cámara de Justicia y Estado de Castilla, individuo de la Academia Espa- 
ñola y director pei-pétuo de la Academia de la Historia, con el de El Humilde. 

£¿ Du^j-Me (fe -Be/ar, caballero del Toisón de Oro, con el de El sátiro Mar sias. 

El Duque de Medina- Sidonia^ de la Academia Española. 

El Duque de Arcos. 

El otro soneto es como sigue : Y la Academia (vaya de tí á mi), 

„ . , . , ¿Es dable que se pierda? R. No lo e'. 

Se duda de Palacios , SI os dejó ; ^ . . jj - „ o --. ^ 

. Luego ¿estaba perdida? i?. Señor, a. 
Del segundo buscado , si querrá; 

Con que así la Academia se estará ("j) Actas de la Academia del Buen Gusfo. (MS.) 

En los mismos pañales que empezó Ademas de los nombres académicos aquí ci- 

Si al Marqués de la Olmeda se admitió , ^ '' t-iji.i 

Y á Cañizares, ¿porqué nunca va? tados , usaron otros individuos de la Academia los 

¿Qué hacen, dime. los dos? Y ¿qué hacen ya Siguientes : el ícaro , cl Remiso, el Incógnito, el 

Qnadros y Benegasi? ij. ¿ Qué sé yo? Aburrido, el Amigo del Amuso. En la Academia fir- 

¿Qné determina el Conde? ¿Qué el Marqués? , . . . _ ,, . y 

i Qué se hacen tantos individuos ? di. "aban Siempre con estos extraños seudónimos. Los 

Jí. Se deshacen , por ir todo al rere?, f5efÍore8 Gayángos y Vedia pusieron en claro los ver» 



xa BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Aí^egarónse después á la Academia : 

D&n Francisco Scotti Fernandez de Córdoba , caballero de Santiago, caballerizo de cam- 
po del Ilt-y ; autor dramático. 

El Mitrquis df Casasola. 

El Marqués de Montehermoso. (Fué más adelante individuo de la Academia Española.) 

El Marqués de la Olmeda, comendador de Santiago. 

Don Blas Antonio Nasarre y Ferriz, do la Academia Española, con el nombre acadé- 
mico de El Amuso. 

Don Alonso Santos de Lean. 

Don José Villarroel , presbítero, con el de El Zángano. 

Don Francisco de Zamora. 

Don José Antonio Porcély Salahlanca. En 1789 era canónigo de la catedral de Granada, 
con el (lo El Aventurero, 

Don Ignacio de Luzan, con el de El Peregrino. 

Don Luis José Velazquez, marqués de Valdeflores, con e\ de El Marítimo. 

El canónigo don Jnan de Lnzan , en una nota á las Memorias que escribió acerca de la 
vida de su esclarecido padre , cita todos estos nombres ; pero tenemos fundamento para creer 
que esta lista de los académicos del Buen Gusto no es completa , y que algunas otras perso- 
nas señaladas en las letras asistieron á las juntas de la academia y tomaron parte en sus ta- 
reas. No nos parece, por ejemplo, muy aventurado conjeturar que el famoso /ray Juan de 
la Concepción^ poeta agudo y repentista, amigo de los Duques de Béjar y de Medina-Sido- 
nia , y honrado ademas con el aprecio de la Duquesa de Arcos y de la misma Condesa de Lo- 
mos , que se complacían en verle lucir su fácil ingenio, perteneciese á la brillante sociedad 
poética (1). 

La Academia del Buen Gusto liizo ruido en la Corte , y de ella decia con donaire don Juan 
de Iriarte , aludiendo á que aquel grupo de poetas estaba presidido por una mujer, que esta 
academia era un Parnaso al revés (2). Esta circunstancia no quitaba á las juntas académicas 
el orden y la regularidad qiie requieren , y el concienzudo secretario, don Agustin de Montiano, 
extendia las actas, en forma fria y grave como su autor, y las dejaba escritas de su puño y 
firmadas con su nombre académico, acompañadas de las poesías , por lo común autógrafas, 
que se leian en la academia (3). A ella asistían de vez en cuando la Condesa de Ablitas , la 
Duquesa de Santistéban , la Marquesa de Estepa , que escribía versos , y otras ilustres damas; 
pero las que no solian faltar á las sesiones eran la Condesa de Lémos , presidenta , y la Du- 
quesa viuda de Arcos , aficionadísimas al cultivo de las amenas letras. A arabas se refiere 
ForcéU cuando escribe al Conde de Ton^epalma ; 



dadores nombres de el Peregrino, el Aventurero, el (2) Obras de don Juan de Iriarte. Epigramas la- 

Ilumilde, el Marítimo y el Difícil. (Traducción de tinos y castellanos. 

la Historia de la Literatura Española , por Ticknor. (3) Tenemos á la vista la colección de las actas 

Nota, página 400.) Nosotros hemos descubierto los originales. Copiamos á continuación, como recuerdo 

de el Justo desconfiado, el Sátiro, el Amuso y el histórico, aquella en que está consignada la entrada 

Zangaño. No hemos dado todavía con los demás. de Luzan en la academia. 
Soppechauíos, por claros indicios que hallamos en 
un códice de don José Porcél, que algunos acadé- 

niicOP no usaron más nombre oue el suvn vprrln La ereelentUima seño- Concurrió á esta junta la excelentísi- 

,^ 1 '" ciujfu TCTiua ra Pretidenta, ma señora Presidenta , con los académi- 

"'^'''^' SI Di/icil. eos que van al margen ; aumentando su 

/'l"^ Ttn ooia -m'ia.^n .,.,;.,• „ 1 j . JSl Aventurero, número, con general satisfacción , el se- 

(l) JJO esta misma opinión es el cuerdo y perspi- £l Humilde. ñor don Ignacio Luzan, que se denomi- 

caz escritor don Cayetano Alberto de la Barrera ^¡^muio. hó ei Peregrino. 

"l7¿ao£. o., /7^/y<7««« j / '7' j ^- - , " £1 Zángano. Leyéronse los papeles que se presenta- 

V ease su (^atáíocfo del Teatro antiguo español, pági- £i sátiro. ron , y conferidas, según es costumbre, 

P9 99. ^' Peregrino, las especies y reparos que resultaban de 

ellos , 6e disolvió esta junta , que firmé, 

£L Ht7iaLDX« 



ACADEMIA DEL 16 DE JULIO DE 1750. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL XCl 

Tuvimos nuestra academia 
Esta semana pasada, 
Asistiendo ambas dos luces, 
Que no consumen, y abrasan. 

Durante la existencia de la academia, esto es, desde el 3 de Enero de 1749 liasta el 15 de 
Setiembre de 1751, se casó en segundas nupcias la Condesa de Lónos, cambiando entonces 
este título por el de Marquesa de Sarria. Con este motivo se aumentó el esplendor de las fies- 
tas que en su casa se celebraban. Según parece, eran en verdad notables el gusto y la ele- 
gancia de la casa de la Condesa de Lé/nos. Con pretexto de pintar una academia imaginaria, 
describe así Porcél el salen donde se celebraban las sesiones de la Academia del Buen Gusto : 

Quedé absorto al ver lo regio y espacioso de la magnífica galería, cuyas doradas rejas daban vista á 
los jardines. Sus grandes paredes vestían primorosas pinturas, unas mitológicas y otras simbólicas, que ex- 
plicaban todos los géneros de la poética. A trechos, las estatuas de las Musas con sus respectivas insignias, 
y en el testero Apolo coronado de rayos y pulsando la dorada lira. Desde esta pieza se dejaba registrar en 
parte otra , no menos regia , que servia de biblioteca , la cual constaba de todas las obras poéticas de loa 
españoles ; siendo más y mejor lo manuscrito é inédito que lo que habia fatigado las prensas (1). 

Tem'a la Marquesa de Sania talento y gracia para el arte de la declamación , y represen- 
taba, con gran contento de sus amigos , en el elegante teatro que habia en su propio palacio. 
Una de las obras en que la aristocrática actriz desplegó con mayor gala sus brillantes dotes , 
fué la comedia de Zamora, Castigando premia amor. Villarroel no malogró la ocasión de 
escribir, en celebridad de la fiesta, uno de sus innumerables romances, siempre fáciles, con- 
ceptuosos y chabacanos , pero algunas veces ingeniosos y agudos. Hé aquí algunos versos, 
que dan idea del estilo de este clérigo alegre y chancero : 



Excelentísima siempre 

Y dulcísima señora, 

Que por tan dulce , es milagro 
Que los pajes no te coman 

¿Qué diré de tu comedia? 
Pues hasta que tu persona 
En ella se presentó, 
No era comedia famosa 

Tú le diste toda el alma, 

Y hasta, con el alma toda, 
Le diste el entendimiento, 

Y aun voluntad y memoria 

Zamora, que de Dios goce, 

Ó que ya á este tiempo goza , 
Al verte á tí en su comedia. 

Diría : «Solo esto es gloria » 

Saliste , pues, al tablado, 

Y luego que el pié lo toca, 
Le salieron, de vergüenza. 
Los colores á la alfombra 

Saliste , y aun sin hablar, 
Al ostentar la pomposa 
Belleza del coramvobis , 
Tú te llevaste la loa. 

Mas ¿ qué mucho, si traías , 
Noblemente fanfarrona , 



Por manos dos azucenas 

Y por ojos dos antorchas? 
A mí me pareció que era 

A un tiempo tu voz sonora 
Archilaud, arpa , clave , 
Violin , cítara y tiorba 

Con lo dulce del acento 
Lucia la acción airosa. 
Tan á compás , que la mano 
Haciendo estaba la solfa; 

Logrando, con elegante 
Equivocación garbosa, 
Que los oidos te vean 

Y que los ojos te oigan ; 
Pues estaba allí el concurso 

En una duda curiosa 

De si con las manos hablas 

O con los labios accionas 

El teatro estaba hermoso, 
La compañía vistosa, 
Los galanes como soles 

Y las damas como solas 

Yo, por lo menos, no he visto 

Fiesta igual en toda Europa, 

Y hasta en ser ñesta sin fraile 
La tengo por milagrosa (2). 



Una sola figura estaba allí como fuera de su centro, este estrafalario Villarroel, cuya musa 
indisciplinada ni se doblegaba á preceptos que habrian embargado su vuelo irregular, ni se 



(1) Juicio lunático. (MS.) 

(2) Dictamen que forma don José Villarroel d^ Ic^ 



comedia en que representó m,i señora la Marquesa de 
$arria, ejecutada en la casa de su, excelencia. (MS.^ 



3f(,jj BOSQUEJO HISTÓRICO CrjTICO 

arredraba ante los atiMamientos de aquella esfera elegante y encumbrada. Su inalterable lla- 
neza, su siinjiñtica condición, su carácter sacerdotal, y principalmente su humor festivo, le 
m-anjeaban el aprecio de todos. A ó\ le era lícito decir cosas contrarias al instituto y nom- 
bre de la academia, que en los labios de otro cualquiera habrían sido insolencia y descorte- 
sía. Al abngo do su jovial y bondadosa índole había llegado á conquistar la impunidad de ios 
juglares de"otro3 tiempos. Siempre era aplaudido con entusiasmo, y nadie caia en la tenta- 
ción de tomar por lo serio ni sus extravagancias literarias ni sus escabrosas agudezas (1). 
Acaso el mismo Villanwl no se decidió nunca tampoco á tomar por lo serio ni sus propios 
versos ni los ajenos. Comprendia que su época no era tiempo de poesía, y así lo expresaba 

claramente, diciendo ; 

Bien BC que el laurel de Apolo, 
Hoy, más que corona, afrenta 



CAPITULO IX. 

Poetas indisciplinables. — Villarroel. — Nieto Molina. — Marujaa. 

A pesar del imperio que iban adquiriendo en las letras las prescripciones doctrinales de las 
Poéticas y á pesar también de la autoridad que había ya cobrado el espíritu académico , en 
el nuevo sentido que empezaba á darse á esta palabra, no faltaban todavía poetas que, sin 
atreverse á neo-ar la entonces decantada excelencia de las doctrinas clásicas, siguiesen, por 
hábito y por instinto, la senda que les señalaba su índole poética, indisciplinable y española. 
Tres de estos poetas , ViUar7'oel , de quien acabamos de hablar, JYieto Molina , y Manijan me- 
recen si bien por diferentes títulos , mención especial en la historia de la transformación del 
gusto literario en el siglo último. 

In (genioso, pero vulgar, sin altas cualidades de poeta, y absolutamente contagiado de la 
corrupción lit(^raria, fué, sin embargo, Villarroel un escritor muy popular y estimado en el se- 
gundo tercio del siglo xviii. Tuvo el privilegio singular de ser mirado sin saña y hasta con 
afición y simpatía por los reformadores de su época, Luzan, Nasarre , Montiano, Velazqiiez, y 
otros, que sin duda perdonaban su mal gusto en gracia de su donaire y su alegría (2). 

Chancero por inclinación , y aficionado á la poesía chabacana , daba á veces en la manía de 
imitar á Calderón, no imitando en realidad sino aquello que es digno de censura, y levantan- 
do el numen con hiperbólicos artificios á costa del buen gusto y de la razón. ¿Qué gesto pon- 
dría Luzan , tan amigo del estilo Laño y natural, al oir á Villarroel, en la Academia de la Mar- 
quesa de Sarria , pintar la aparición de Santiago en Clavija con estas fantásticas y exuberan- 
tes imágenes? 

(1) Una de las poesías quemas hubieron de com- reros donaires, en el seno mismo de la Academia : 
placerá la Academia fué el Romance de enliorahuc- «¿Para qué nos están quebrándola cabeza los se- 
no á la Condesa de Lémos, por el contrato esponsa- veros p'ocsi-peritos (dice el famoso midiere), emba- 
licio con el excelentísimo seTior don Nicolás de Car- razando á los ignorantes y vendiéndoles como mis- 
vajal ;/ Lcncaxtre, coronel de Guardias de su Majes- terios del Trípode las leyes de la poética? La regla 
tad. Tiene trozns escritos ron soltura y donaire ; pe- de todas las reglas ¿ no es el dar gusto ? ¿ Qué ma- 
ro al acabarse desmanda, como suele, haciendo yor prueba de cuan vanas son las decantadas reglas 
alusiones de atrevido y perverso gusto. del arte , que ver á un poeta que no quiere usarlas, 

(2) Ya reconocían los individuos de la Academia sin más que llevarse de su genial chiste , ganarse la 
del Buen Gusto la indisciplina poética de Villarroel. admiración y la complacencia de los mismos gravea 
Ab) tlJce Porcél, aludion'k» fil éxito de sus chocar- legisladores?» 



DE LA poesía CASTELLA^TA 

Fiando á su diestra todo 
Su tren potente el Empíreo , 
Desde la gola á la greva 
Robustamente guarnido ; 

Topacio el arnés lustroso , 
Diamante el yelmo bruñido, 
Y diluvios el estoque 
Reverberando fulmíneos ; 

Al céfiro tremolando 
Luciente bandera, en que hizo 
Enigmático misterio 
Rubro esmalte en campo niveo ; 



EN EL SIGLO XVIIL 

En bucéfalo volante. 
Que cuajó la esfera á armiños. 
Fuego el alma, horror la vista. 
Rayo el pié , trueno el relincho ; 

Estrellas por herraduras , 
Rienda el Sol, jaez los signos, 
Alpe el labio, aliento el Bóreas. 
Roca el cuerpo , iris el giro ; 

Fogoso escaramuzando 
En escarceos y brincos , 
Por las campañas del aire, 
El rutilante hipogrifo (1). 



xcni 



De esta entonación desmesurada no ha de infe.;irse que el instinto poético de Villarroel fue- 
se propenso á levantarse hasta las nubes donde Góngora encumbraba , perdia ó embozaba sus 
pensamientos. En el ostentoso y elegante estrado de la Condesa de Sarria , ante aquellos gra- 
ves y melindrosos reformadores del gusto , ViUarroel , á quien todo se consentía en gracia do 
su donaire y de su despejo , se atrevía á dirigir á la Marquesa de Sarria y á la Duquesa de 
Arcos, diosas de aquel Parnaso aristocrático, versos tan chabacanos, que nuestra pluma se 
resiste á trascribirlos (2). Y cuenta que ViUarroel habia ya mejorado algún tanto su gusto 
literario , como se echa de ver desde luego comparando sus poesías impresas con las que aun 
se conservan manuscritas, las cuales corresponden sin dudaá época anterior (3). Ni la pres- 
tigiosa influencia de aquellas encumbradas señoras, ni la autoridad de los primeros críticos 
de la nación , ni siquiera los miramientos propios del sacerdote , eran parte para inspirar al 
poeta la conveniente circunspección. Su índole burlesca era incorregible , y á tal pmito llega- 
ba á desmandarse, qiie la censura, por demás negligente y blanda por aquellos dias en mate- 
ria de urbanidad y decencia, al autorizar la impresión de las poesías de ViUarroel^ se vio en 
la necesidad de reservar ahfunos pasajes , que probablemente frisaban con la obscenidad. Era 
audaz hasta en el manejo de la lengua. Sin respetar el uso, arbitro de los idiomas, forma plu- 
rales á su antojo, y con cualquier nombre crea un verbo, por más extravagante que resulte (4). 

En suma, su desenfado era su numen, y su musa, rebelde á las reglas de origen exótico 
de los preceptistas de su tiempo , ni se convertía á la nueva ortodoxia poética, ni ésta le qui- 
etaba tampoco cierto sabor rancio de la patria , que , en medio de sus extravíos, era acaso la 
razón principal del contento con que le escuchaban en aquella atildada asamblea de la Acade- 
mia del Buen Gusto, donde su poesía insolente y chocarrera debía sonar como un extraño con- 
traste y hasta como un anacronismo. Forcél, en el Juicio lunático, que leyó en aquella célebre 
Academia, llama á Villarroel 7in (jracioso Barrios (5), un Marcial castellano, y más ade- 



(1) El romance á que pertenecen estos versos 
fué sin duda escrito en la mocedad del autor. Se ha- 
lla ya en el códice que posee el señor don Pascual 
de Gayángos , y contiene las poesías tempranas de 
Villarroel. 

(2) Véase el romance escrito para la Academia 
del Buen- Gusto por encargo de la Duquesa de Ar- 
cos y la Marquesa de San-ia. — Poesías sagradas y 
profanas de don José Villarroel. Madrid, por Andrés 
Ortega, 1761 , en 4.°, pág. 188. 

(3) Consérvanse estas poesías en el citado códice 
perteneciente á la colección de manuscritos del se- 
ñor don Pascual de Gayángos. 

(4) Sirvan de comprobación los siguientes ejem- 
plos : 

1.° 
Así dice Holoférnes, cenando con Judit : 
Por la boca y por los ojos 



Kéctar y veneno bebe, 

Y de licor y belleza 

Se rinde á dos embriagueces. 
Bebe , y quiere beber más , 
Agitado de dos fiebres, 
Que aun no apagaran , helados, 
Dos mares á sus dos sedes, 

2.° 

A lo que él hizo nobleza , 
¿QiUén lo tornó villanía? 
Ni ¿qué borrón lobreguece 
Plana que Dios canrVidiza 7 

3.° 

Tu lengua tiene una punta 
Que pasará por encaje , 

Y en el más sabio congreso 
Puede plenipotenciarse. 

(Poesías de don José ViUarroel^ 

(5) Alude al judío Miguel de Barrios , poeta dei 
siglo XVIL 



XCTV BOSQUEJO HISTÓRICO-CRÍTICO 

lante, en el juicio que pone en boca de Jacinto Polo, de un romance del mismo ViUarroel, 

li.'ice notar la incoherente y extraña manera con que procede en sus versos el festivo poeta (1). 

Traslúcese en ellos la prisa y espontaneidad con que versificaba, y sin embargo, se mofaba 

de los repentistas y blasonaba burlescamente de tardo y flemático en la composición de sus 

poesías. 

Que de duración se aleja , 



Así Bicnipre cantaré : 
A subitánea, difusa 
JJt ab improvisa musa. 
Libéranos, Dominé. 

No admito velocidad 
En quien de Aganipc bebe ; 
Que esto de despaciiar brevo 
Le toca á su Santidad. 
Rapidez : rapacidad, 
No madurez, me señala, 
Y á flor efímera iguala 



Porque muy poca alma deja 
Espíritu quo se exhala. 

Para una cuarteta , iréis 
Advirtiendo en mis poesías, 
Que he menester cinco dias ; 
Para una quintilla seis ; 
Para una octava veréis , 
Aunque me punce y me pince , 
Que nueve ; y cuando más lineo 
Pueda penetrar á un bronce , 
Para una décima once, 
y para un soneto quince (2). 



Un mérito tenía , y no pequeño : su índole castellana no transigía con el espíritu extranje- 
ro , y protestaba , siempre que bailaba ocasión para ello , contra la invasión de ideas france- 
sas, que ya iban cundiendo aceleradamente por todos los ámbitos de España. Así escribía á un 
ministro de Femando YI (3) : 

¿Cuándo ha de llegar el dia, 
Incauta España , en que entiendas 
Que aun afilan contra ti 
Los cuchillos en tus piedras? 

¿ Cuándo has de desengañarte 
De que, astuta, Francia intenta 
Introducirte los usos 



Castellana es esta musa . 

Y mucho más le valiera 
Que ser musa castellana, 
Ser una musa francesa ; 

Pues dicen que nada es bueno 
Como de París no sea , 

Y hasta la misma herejía. 
Si es de París , será acepta. 



Para ponerte las ruecas ? 



Tanto era el éxito de los chistes y agudezas de Villarroel, que Porcél , no satisfecho con 
haberlo comparado á Marcial, coloca al clérigo chocarrero al lado de Quevedo, en la carta 
festiva que escribió al Conde de Torrepalma para distraerle de sus pesares : 



Mas ¡ ah ! que en vano porfió 
En adobarte las chanzas. 
Tú sin gusto para oírlas. 
Yo sin genio para hablarlas. 



I Quién para ahora tuviera 
La sal de todas las salsas ! 
¡Quién se Quevedoizase f 
¡Quién se Villarroelára ! (4). 



En tiempo de la guerra de sucesión ya era conocido como poeta , y escribió un romaneo 
A una dama jyrisionera de las armas del señor Archiduque. Puede conjeturarse que era hom- 
bre de avanzada edad cuando leía sus festivos versos en la Academia del Buen Gusto. 

Dos colecciones de poesías conocemos de este escritor. Una muy copiosa, que conserva en 
un antiguo códice el señor don Pascual de Gayángos, y otra impresa en Madrid, por Andrés 
Ortega, el año de 1761. Aquélla, de época anterior, está dedicada al Marqués de Cuéllar, 
ésta al Marqués do Estopa. En la colección manuscrita hay un chistoso romance (dedicado á 
un caballero de Ciudad-llodrigo), en el cual Villarroel refiere su vida; pero es tal la exor- 



(1) «El autor de este romaneo (que se llama el 
Zángano) dijo, con razón, que experimentaría la 
risa y el ceño de los lectores. Es tan cierto, romo 
que no sabré yo decir si he extrañado 6 he reido 
más una retahila de coplas por tan no esperados 
caminos y de tan raras combinaciones, que ni se 



han visto ni verán.» (Porcél, Juicio lunático.) 

(2) Poesías manuscritas de don José Villarroel ; 
códice del señor don Pascual de Gayángos. 

(3) El Marqués de la Ensenada. 

(4) Véanse en este tomo las poesías de Porcél, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL XCV 

bitancia de zumba , equívocos y conceptos del romance , que nada puede sacarse en claro. 
Esta colección no parece destinada á la estampa , sino exclusivamente al recreo y solaz del 
Marqués de Cuéllar, Así le dice en la dedicatoria : 

Plácido admite el obsequio 
De este libro ; musa nueva, 
Que ala luz de lo que alumbraa, 
Sale desde sus tinieblas 

Siguen á la dedicatoria treinta y dos décimas , Censuras burlescas de los sujetos más famosos 
del mundo, á saber : el Dios Momo; el Retj Perico; el Rey que rabió; Ticio y Sempronio; Mer- 
lin; el Pasquín de Roma; el Archipámpano de Sevilla ;e\ Sastre del Campillo; Juan de Espe- 
ra-en-Dios; el Alma de Gaiñhay ; el Otro; el Padre Mañero ; el Padre Gargallo; el Maestro 
de atar escobas; el Licenciado Abla7ida-Brehas ; el Estudiante Pío-Pío; la Madre Celestina; la 
Dueña Quintañona; Ccdainos; el Bobo de Coria; Agrages; el Colegio de los Doctrinos de Sala- 
manca; los Sesmeros de su tierra; la Casa de locos de Valladolid; cuantos aran y cavan; Pedro- 
Grullo; Pedro-Botero; Pedro Urdemalas; Pedro Entre-ellas; Pedro por demás; Perico el de 
los Palotes; Petrus in cunctis. No se agotaba fácilmente la vena chancera de Villarroel. El 
afán de apurar las ideas la hacia degenerar en prolija y cansada. 

Como hemos visto , era Villarroel en la Academia del Buen Gusto sinceramente querido y 
admirado; pero á veces le hacian blanco, pagándole en la misma moneda que él usaba, de 
burlas familiares extremadas. Una de ellas fué el siguiente soneto burlesco , que hallamos 
entre los papeles de aquella academia , escrito de mano de Porcél : 

DIÁLOGO ENTES VILLARROEL Y LA MARQUESA ÜE SARRIA, HABIENDO ÉSTA REGRESADO DEL CAMPO. 

V. — Vuecelencia aquí sea bien venida. 
M. — Villarroel, usted sea bien hallado. 
V. — ¿Cómo en la IMoraleja se ha pasado? 
M. — Haciendo allí la solitaria vida. 

V. — ¿ Ha estado vuecelencia divertida? 
M. — Divertida no he estado, pero he estado. 
V. — ¿Para darse un buen verde allí hay un prado? 
M. — La yerba, de un poeta hallé pacida. 

V. — Yo no pude ir á ver á vuecelencia. 
M. — Pues ¿tuvo usted algún impedimento? 
F. — Un escrúpulo fué de mi conciencia. 

M. — ¿Escrúpulo? ¡Jesús! mucho lo siento. 
F. — Temí no hallar cebada en conveniencia. 
M. — Paja bastaba para tal jumento. 

Sin elevación en el numen , ignorado de la república literaria , pero lleno de soltura y de 
meridional gracejo , escribía por entonces versos festivos un ingenio gaditano , don Francisco 
Nieto Molina. Moratin lo clasifica, sin suficiente razón, entre los que \\a.ma, poetas tabernarios; 
pero no es menos cierto que por la naturalidad del lenguaje, por el libre espíritu de la inspi- 
ración y por algunos destellos verdaderamente poéticos y agudos que de cuando en cuando 
Be descubren en sus obras , hace recordar épocas más afortimadas para las letras castellanas. 
Nacido en ellas, habría sido acaso un poeta de índole más noble y más alta. Habia cultivado 
la poesía de Góngora , de Quevedo y de otros ingenios señalados del siglo xvii , y se habia 
de tal manera identificado con su estilo, á la par llano y conceptuoso, que sus versos parecen 
del siglo anterior , con sus resabios de gusto pervertido, pero al propio tiempo con su hablar 
fácil , rico y numeroso. Sólo en las obras de este poeta , en algunos versos de Torres y Ge- 
rardo Lobo, en algunas comedias de Cañizares , Zamora y Candamo, y en ciertas poesías po- 
pulares, se encuentra todavía, ya entrado el siglo xviii, aquel sabor de espontáneo y na- 
cioBal lenguaje , que el siglo xvii, en medio de los extravíos de su decadencia, no habia per- 



j^f;,-! BOSQUEJO HISTÓIUCO-CRÍTICO 

iliJo todavía. En LaPerromaquia y en El Falndero resplandece esta preciosa cualidad; pero, 
forzoso es confesarlo, en estas obras burlescas, en que todo se sacrifica al afán de ostentar 
donaire falta el embeleso do la verdadera poesía. Apenas se advierte en ellas sino el desem- 
barazo del hombre de ingenio y las agudezas del andaluz (1). 

Don Jii'tii Manijan fué un activo literato y poeta ínfimo de la era de Fernando VI y de 
Carlos JII, iimv dado á controversias literarias. Tomaba parte en ellas en tono agresivo y 
jactancioso, y no solia el triunfo coronar sus Ijriosos esfuerzos. Para defender su traducción 
de la Dido de Metastasio, atacó sañudamente al Marqués de nitritos. Éste empleó alternati- 
vamente las armas de la razón y las de la sátira, y puso de su parte á Campománes , á Mon^ 
tiono, á Velazquez y á otros varones sesudos de la república de las letras. 

Pero entre las o-ontes que conservaban todavía el gusto, aunque viciado, de la literatura 
de carácter nacional Marujan pasalia por luchador diestro y vigoroso , especialmente en las 
duras polémicas que por aquel tiempo se suscitaron acerca del teatro. Aunque se apellida á 
sí propio al «Tima vez, Juan Pedro, el desvergonzado , teníase Marujan por censor justo y co- 
medido V hasta le ofendía que le tachasen de satírico, comparándose, para defenderse, con 
los grandes controversistas cristianos; mas la verdad es, que lo era en la forma familiar gro- 
tesca que en su tiempo se usaba, y que su estilo mordaz y vanidoso le acarreó sinsabores y, 
sefTun pai-ece, hasta gravísimas persecuciones, que él atribuyó siempre á la envidia de sus 
eneraio-os literarios (2). Cuatro años pasó desterrado en África por sentencia de un tribunal. 
Así lo dice él mismo al Gobernador del Consejo de Castilla, por cuya mediación alcanzó del 
rey Fernando VI indulto completo, pero sin expresar la causa de tanto rigor. La franque- 
za y lisura con que habla del asunto al Prelado-Gobernador dan motivo para conjeturar que 
^[ürujan no era reo de algún delito vergonzoso, sino víctima de insidias de enemigos, favo- 
recidas por la imprevisión ó la imprudencia del arriscado poeta. 

Cuando escribía á personas cuya posición oficial ó social no le imponía ciertos respetos , 
se entregaba fácilmente á su genial desenfado, y entonces pone de manifiesto á cada paso su 
índole reñidora y ai-diente, que él mismo caracteriza de este modo ; 

Yo tengo un numen marcial , 
Cuj'a propensión inquieta, 
Muy malquista con la paz , 
Anda siempre tras la guerra 

Sirva de prueba el siguiente ejemplo que consta en sus obras manuscritas. Unos oficiales 
de marina de Cartagena «habian dado á entender que era insufrible la vanidad del numen 
de Aíarujan hablando de sí mismo» (3). Súpolo Marujan, y escribió á los oficiales un ro- 
mance festivo, en que , al través del donaire , se trasluce el sincero deseo de defenderse de 
aquella acusación. Pero ¡cóm.o lo hace! dando rienda, á pesar suyo, tanto como otras veces, 
á su altivo engreimiento (4). Aludiendo á los ataques que le dirigían, y á los triunfos que, 
según él, había alcanzado, dice con jovial desembarazo: 

(1) Don Francisco Nieto Molina publicó , ademas É ingenios por el mío degradados, 

de las obras citadas , un escrito festivo , titulado : ^ ^°' '^''"^^' ^^"^ ^°" ^ ^^'°''. 

.... ' Siempre los que a mi ruina conspiraron. 

Inventiva rara; definición de la poesía, contra los Estos la vida inquieta me han traído , 

poetas cquivoquisias ; pajjel cómico. Madrid, Panta- Que viva en dulce paz siempre estorbando , 

loon Aziiar 1767 en 8.° Sin dejarme morar en pueWo alguno , 

■ir' i„ ,i_ . •, T i Y haciéndome vivir prófugo y vago. 

Véase lo que acerca de este escntor dice acerta- ,r< , ^ nr ■ j . . ^ \, ■ r^- c- ^ r, 

' 1 A j ij> «v^^ o.vv>^ (Carta de Marujan d SU protector don Francisco Díaz Santos Su- 

tadamente el señor don Adolfo de Castro, en el to- „on. obispo de Sigüema, gobema^ior del Consto de Castilla. MS.) 

mo XLil de esta Biblioteca. (3) Obras poéticas de Marujan (códice núm. 1). 

(2) Mas e=ito , de ser sátira tan lejos (4) En una defensa de SUS traducciones de Me- 
ErtA que lo hemos visto practicado tastasio, impresa en Cádiz, el año de 1762, en la im- 
Bn Tomases, Eacotos, Agustinos, * ' 

Crisóstomos, Ambrosios y Epifanios..... prenta Real do Marina, Marujan blasona de haber 

Gouios avasaUadoa de nU numen, corregido, al traducirle, al célebre poeta italiano. 



DE LA poesía 

No se dio ingenio que piense 
Serlo á tuertas ó á derechas , 
Dándose tan infinitos 
Que , sin serlo, serlo piensan , 

Que no haya puesto la mira 
En mí, blanco de sus flechas; 
Quedando todos heridos, 
Sin que ninguno me hiera ; 

Y hechos rendidos trofeos 
Del furor de mis saetas , 
Tantas glorias me regalan 
Como lides me presentan. 

La vanidad catalana, 
La altivez aragonesa , 



CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. 

La murciana terquedad, 
La valenciana entereza, 

La indomitez andaluza , 
La quijotada extremeña, 
La blandura castellana 

Y la navarra dureza, 
De su parto han puesto todos 

Cuantos medios poner puedan, 
Para someterme á mí , 

Y que yo no los someta 

ídolos Madrid tenía, 

Que lo fueron , y lo fueran , 
A no haberse á mis altares 
Trasladado sus ofrendas 



XCS'It 



Demencia del orgullo, ó alarde juguetón de un ánimo chancero, era necesariamente este 
tau singular lenguaje, Pero la persistencia de Marnjaii en hablar siempre de este modo, 
hasta en obras en las cuales le convenia ostentar modestia, no deja duda de que su infatua- 
ción era extremada é irremediable. 

Aunque hombre docto y laborioso, Manijan, como poeta, sólo merece la indiferencia de 
la posteridad. Pero la historia literaria debe meucionar su nombre como recuerdo de la re- 
sistencia que hasta hombres instruidos opusieron, en la primera mitad del siglo xviii, á la 
introducción del gusto francés en las letras españolas. 

Fueron principalmente blanco de sus iras JSasarre j Cañizares. Nasarre era uno de los 
más apasionados y vigorosos sostenedores de la escuela francesa, que empezaba á abrirse ca- 
mino ; y como su sentido crítico era pobre , y las doctrinas de su tiempo estrechas , el docto 
bibliotecario hablaba en sus obras del teatro antiguo español con aquella intolerancia de quo 
suelen estar poseídos los propagadores de todo nuevo dogma. Cuando en su prólogo, estam- 
pado en la edición hecha por él, en 1749, de las comedias de Cervantes, intentó probar, ata- 
cando el teatro antiguo, la extravagante é insostenible tesis de que aquel grande liombre las 
habia escrito con el fin de burlarse de las obras dramáticas de Lope de Vega, el buen senti- 
do nacional, sublevado contra tan ridicula paradoja, levantó contra el osado crítico déla 
flamante escuela una cruzada de impugnadores (1), que, si no juzgaban siempre movidos 
por doctrinas sanas y elevadas , sentían por instinto que aquellos detractores del teatro anti- 
guo herían en lo vivo las más altas glorias de la nación. 

Marujan, poco delicado en las formas y nada contenido en los sentimientos, vuelve tara- 
bien por el decoro ajado de la literatura dramática popular, no demostrando al crítico dog- 
máticamente la sinrazón de sus teorías , sino zahiriendo y denostando al hombre. Un largo 
romance escribió con motivo del famoso prólogo de Nasarre. Muy escaso es su mérito lite- 
rario, pero muy significativa su tendencia antifrancesa, y, como tal, un curioso vestigio de 
aquella contienda entre el principio literario libre y español, y el impulso nuevo, exótico y 
encadenado. Encubriendo con el imperfecto anagrama Arenas el nombre de Nasarre , se cree 
Marujan dispensado de guardarle miramiento alguno. Hé aquí algunos pasajes de esta sáti- 
ra tan resuelta como chabacana : 



El gran licenciado Arenas, 
Dios le guarde muchos siglos 
Para pavear á todos 



Sus lejanos y contiguos, 

Echa á volar por el mundo 
Un cartel de desafío 



(1) Los escritos más conocidos de estos adversa- 
rios de Nasarre son : La sinrazón impugnada y bea- 
ta de Lavapiés; Coloquio critico, apuntado al dispara- 
tado prólogo que sirve de delantal (^scgun nos dice su 
autor) á las Comedias de Miguel de Cervantes, com- 
puesto por don José Carrillo; Madrid, 1750, en 4.° 



Discurso crítico sobre el origen, calidad i/ estado 
presente de las comedias de España, contra el dicta- 
men que las supone corrompidas, etc., por un ingenio 
de esta corte (Don Tomas Zabaleta, abogado) ; Ma- 
drid , 1750, en 4.° 



xcvm 



BOSQUEJO HISTÓRICO 



Por lo que monta una paja, 

Echando por esos trigos 

No tomó con tanto encono, 
En BU ofensa, Colatino, 
Dejar vengada á Lucrecia 
Con la muerte de Tarquino, 

Como sale espada en mano 
Arenas, diciendo á gritos : 
«Viva Cervantes , y mueran 
Cuantos viven y han vivido. 

«No hay comedias en el mundo, 
Ni las hay n¡ las ha habido, 
Como las que no lo son, 

Ni lo serán ni lo han sido (1). 

B Mirad qué coplas tan bellas, 
Mirad qué versos tan lindos. 
Que no parecen, por cierto, 

De Cervantes , sino mios 

))No deis por el principado 
De Calderón dos cominos. 
Ni por la soberanía 
De Lope de Vega un pito. 
nTrincipados quito y pongo, 
# Y á elecciones de mi arbitrio. 
Soy el Todopoderoso, 

Que coronas pongo y quito 

«Si el teatro se mudare, 
En siguiendo otro partido, 
]\Iañana daré á los güelfos 

Lo que hoy á los gibelinos 

«No hay cosa como la Francia, 
Españoles aturdidos ; 
¿ Cuándo mereceréis , necios , 
Tener tan sabios vecinos? 

«Advertid que las comedias 
De autores á quien maldigo. 
Las tradujeron, humildes. 
Sus escritores altivos. 

« Advertid en esta parte 
Cuánto procedo sencillo. 
Pues, sin mirar lo que hablo, 

Cuanto digo contradigo » 

Esto en su prólogo Arenas 
Dice, no así proferido. 
Sino haciendo á lo expresado. 

Más rumboso lo expresivo 

Con todas las circunstancias 

Y forzosos requisitos 
De á la latina cortado, 

Y á punto francés cosido 

No tiene la culpa él, 

Sino quien ha consentida 
En maestro á un aprendiz, 

Y en doctor á un monaguillo 

Quién es esto caballero 

Si-pamos , por Jesucristo ; 
Porque yo no lo conozco. 
Ni sé cuál es su apellido. 
Lo Arenas creo anagrama ; 

(1) Alnde Uarujan & laa comedias de Ceirvántea. 



CRITICO 

Y pues tiene otros distintos , 
Propios de bus propiedades, 
Por ellos buscarle elijo. 

Arenas, tierra sin fruto; 
Que, en clima caliente ó frío, 
Infructífero y estéril 
Se construye lo arenisco 

Esto de la poesía 
Lo trae al pobre aburrido ; 
En pensando en el Pegaso 
Montar, pierde los estribos 

Y en fin , ¿ para qué se cansa 
Arenas en instruirnos 
En un arte de que el puede 
Usar allá á su albcdrío ? 

Si son malas las comedias 
Que por buenas aplaudimos. 
En viendo una mejor suya , 
Quedaremos convencidos. 

Pero esto es tan fácil como 
Llevar un peral membrillos. 
Correr la posta en cuclillas, 
O retroceder un rio 

De naturaleza y arte 
En lides , por hecho fijo. 
Siempre á la naturaleza 
Se da el arte por vencido 

Pretende el señor Arenas, 
Ú otro de su aliento y brío, 
Hacer viaje al Parnaso 
Sin pasaporte del Pindó. 

La erudición poesía 
Hacer, piensa que es lo mismo 
Que hacer natural el numen 
Donde hay tan sólo artificio. 

Toma el asunto, ya dado, 
No electo por su capricho, 

Y empieza á desalojar 

De los estantes los libros 

Ve lo que hay dicho en el caso, 

Y entre remiendo y zurcido, 
De muchos cabos atados. 
Hace la obra un ovillo. 

Por fin, de entre mil renglones 
Salen cuatro rengloncitos. 
Escríbense cinco absurdos 

Y se borran veinticinco. 
Secundum mister Camueso 

Y según monsiur Perito, 
Como lo dijo Cerezo 

Y como lo dice Guindo. 
Por allí corre un Plutarco, 

Por allá salta un Ovidio, 
Por aquí brinca un Homero, 
Acá danza un Tito-Livio. 

Las sílabas se midieron 
A la ley de lo medido. 
Aquí meto y allí saco. 
Aquí asierro y allá limo. 

Por fin , se logró el aborto 
Del concepto concebido, 



t>É LA poesía castellana EN EL SIGLO XVIII. 



XCIX 



Forzando á naturaleza 
La fuerza del abortivo. 

Salió la obra, y salieron 
Unos versos tan ariscos 
Como gatos de desvanes, 
Arañando los oidos 



Si Dios les negó la gracia, 
Dándola á quien darla quiso. 
Contra divinos decretos , 
En lo humano no hay arbitrios. 

El que no nació poeta , 
Pensar en serlo es delirio 



Es tan vivo el enojo que infunde en el ánimo de Marnjan ver á Nasarre atacfir las come- 
dias de Lope de Vega y de Calderón, y ensalzar las de Cervantes, que aun admirando el ge- 
nio de este grande hombre, se hace eco, contra el Quijote, de la vulgar opinión que suponía el 
sentido de esta obra inmortal mengua del espíritu caballeresco de los españoles. Así dice, ha- 
blando del teatro de Cervantes : 



Que quiso imitar á Lope 
Se ve por muchos indicios ; 
Hizo todo cuanto pudo, 
Mas no pudo lo que quiso. 

Lo que le dijo el librero 
Fué un evangelio chiquito : 
Su prosa de usted es buena , 
Mas sus versos son malditos.... 

El fuerte fué de Cervantes 
Aquel andante designio, 
En que dio golpe tan fuerte , 
Que á todos nos dejó heridos. 

Aplaudió España la obra, 
No advirtiendo, inadvertidos. 
Que era del honor de España, 
Su autor, verdugo y cuchillo ; 

Constando allí vilipendios 
De la nación repetidos. 
De ridículo marcando 
De España el valor temido 

El volumen remitiendo 
A los reinos convecinos, 
Hicieron de España burla 
Sus amigos y enemigos. 

Y ésta es la causa por que 
Fueron tan bien recibidos 
Estos libros en la Europa , 
Reimpresos y traducidos , 

Y en láminas dibujados 
Y en los tapices tejidos, 
En estatuas abultados 



Y en las piedras esculpidos. 
Nos los vuelven á la cara, 

Como diciendo : ((Bobillos, 
Miraos en ese espejo ; 

Eso sois y eso habéis sido » 

Y éste es el que sale ahora , 
Con sus ocho de ah iniüo (1) , 
A vender comedias, muerto. 
Que no pudo vender vivo. 

Si Lope y Calderón fueren 
De Francia mal recibidos , 
Con paciencia será fuerza 
Llevar estos trabajillos. 

Tampoco aplauden allá 
Los cánones tridentinos, 

Y no por esta razón 

Son de acá mal admitidos. 

Calderón y Lope son 
Héroes de la escena invictos , 
Luminares de sus cielos. 
Atlantes de sus Olimpos. 

Son fuertes que, en gloria nuestra, 
Dios inexpugnables hizo, 

Y á sus alturas no alcanzan 
Las balas de ningún tiro. 

Sólo de tu atrevimiento 
Eximirse no han podido. 
Pues todo labio ha besado 
Lo que tú solo has mordido. 



Que Marujan era inconsiderado y díscolo, se ve patente en sus propios escritos. Uno 
de sus enemigos fué , según puede conjeturarse, el insigne Conde de Torvepalma. Y ¿qué 
mucho que lo fuera , si el desenfadado coplero se burla de él en sus versos, y en contra suya, 
con chismoso espíritu , se hace eco de las murmuraciones de la gente frivola y ociosa? (2). De 
notar es que Torrepcdma era amigo de Nasarre y sectario de la nueva escuela doctrinal. 



(1) Alude á las ocho comedias de Cervantes. 

(2) Entre los manuscritos de Marujan hay un 
romance con el siguiente epígrafe : 

« Habiendo venido á la corte cierto caballero an- 
daluz , de rara altanería y extravagancia, exce- 
diéndose hasta publicar, en Andalucía , era su viaje 
ala corte á cubrirse y casar con hija de Grande; 
por cuyo motivo ha experimentado algunos desai- 
res en la Grandeza. » 



El romance empieza así : 

Gran Señor de Gor (cuidado, 
Musa, que estamos en tiempo 
En que á todo gran le miran 
Todos los grandes con tedio) 

Marujan , poco aficionado á las formas aristocráti- 
cas, así en la sociedad como en las letras, se burla 
aquí del Conde de Torrcpalma porque firmaba á ve- 
ces Señor de Gor, 



ó BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Tamljien dio ^f<tr^lj^n rienda ú su saña contra el famoso poeta dramático Cañizares , tal 
vez por sus tentativas de imitación del teatro francés. Y en verdad que, si tal era, como pue- 
de creerse , el impulso que movía contra el célebre escritor dramático el ánimo de Marnja7i, 
no podia ser este impulso más injusto y menos fundado. Si Cañizares, siguiendo el ejemplo 
de ilon Francisco Fizarro, marques de San Juan , prolijo traductor del Cinna de Corneille, se 
inclinó á la escuela dramática francesa é italiana, lo hizo de tal manera, en el Sacrificio de 
1/iijeiiia , en el Temístocles y en otros ensayos semejantes de imitación extranjera , que no pu- 
do quedar duda de que la índole de aquel ingenio era profundamente popular y española, 
y que no sabía ni podia imitar sino á los grandes dramáticos españoles, cuyas fábulas explo- 
taba con tan poco escrúpulo como innegable acierto. 

Marujaiij en pugna literaria con Cañizares, contestó á una sátira suya en términos des- 
temj)lados y personales. Le acusa de estar en inteligencia amorosa con la comedianta Rosa la 
Gallofa, le echa en cara sus plagios, y hasta le zahiere por el desmedido tamaño de sus na- 
rices. Tal era el tono rudo y descortés de las polémicas de aquel tiempo. 

Esta diatriba, titulada Ovillo en que se devanan las quebradizas especies, etc., está contenida 
en un códice Ohras poéticas de Manijan. Todo indica que es obra suya , si bien se aparenta 
que es otro quien defiende y ensalza al mismo Marujan. El autor, movido, al parecer, por el 
ardor de la contienda literaria , por la ira ó por la envidia , desconoce que Cañizares es , en 
la decadencia del teatro, el último representante de aquellos brillantes y nacionales ingenios 
que él mismo con tanto calor defiende y preconiza ; olvida que , al lado de la risible al par 
que diestra imitación de iop^ ^'^ T'ií^a , Calderón, Montalvan, Tirso j otros, resplandecen 
prendas propias de Cañizares , como la animada viveza del diálogo y la agudeza epigramáti- 
ca, en las cuales pocos le aventajan; y sólo busca medios de zaherirlo y ofenderlo (1) 



(1) He aquí una muestra de la diatriba, que no 
tiene más valor que el ser un testimonio curioso de 
la historia del teatro en aquellos tiempos : 

Pues ¿ aun hay Cañizares en el mundo ? 

Dijo Olio afligida 

I Cómo! ¡Qué es eso! dije yo, admirado, 
¿ Que Cañizares vive , es ignorado 
En el Parnaso? Vive, y muy vivido, 

Cada dia su bando más seguido 

¿ Qué numen sacro su furor conmueve ? 
El mimen del demonio que lo lleve. 
Polimnia dijo : «Pnoa ¿se juzga acaso 
Qne él haya visto cosa del Parnaso ? 
Pues ¿ no se ve en su duro y en sn tierno, 
Que el influjo que tiene es del infierno ? 
Porque solo Luzbel y sus secuaces 
Do influir en sus obras son capaces, 
Siendo ¡ncursas, por ley y privilegio, 
Todas ellas en hurto y sacrilegio. 
Dloá les perdone A varios escritores 
El no sacar á luz sus borradores ; 
Que si ellos il la vista parecieran , 
Por guyas en Madrid no se vendieran 
Tantos obras hurtadas, 
Do sus originales trasladadas. 
Aunque en cuenta su rueca tuerza el hnso, 
Está patente el huevo y quien lo puso; 
Cd'tigo de miseria, las Espinas, 
Dómine Lúnis, A''tas Agustinas, 
¿/•¡ntañés en la Corte , y mil trovadas, 

Do la tela de Lope estAn cortadas 

£1 Niño de la Guardia, y Carlos Quinto 
^^lfcrí Túnez, el numen más sucinto 
Re ve que las cogiú, para sus fines , 
De don Juan de la Hoz en los jardines. 
El/also yunrin, que por de él se ha dado, 
Es de nn excelso ingenio celebrado (a). 

(,0) Uel Alniirr.nle. ( Xn^n Jfl crUirf.') 

jSay dos comedias del asunto f titulo do El ^nmáo /o&o de Purtugal : una 



Eurotas, tan famosa y decantada (5), 
Fué de otro escaparate arrebatada. 
Acis y Galatea tienen amo 
En no menos sujeto qne en Candamo. 
El Principe don Carlos, claro y liso. 
Es trasplantado del plantel de Enciso; 
Hasta el paso de El Hacha , trastejado, 
Para el tiempo presente acomodado; 
T en fin toda su cómica vendimia , 
En que alternan el oro y el alquimia , 
Zurcida, remendada y contrahecha, 

De ajenas heredades es cosecha 

¿ Qué ha dicho Cañizares, que no sea 

Concepción, feto y parto de otra idea? 

Siendo en su falso teatral enredo 

Un ave de rapiña á todo ruedo, 

Pues qne ninguno ignora 

Lo que pasaba en tiempo de Zamora , 

Que á toda copla suya, ardiente ó fria, 

Bu público el concuerda se ponia; 

Mas él vengaba bien tales tragedias, 

Pues, contra el alto tren de sus comedias, 

Con un Conejo, un Mono y una Zorra , 

Volvía sus aplausos en camorra » (r). 

Dijo Erato: « Si mal no lo he entendido, 
i No os ése el Cañizares aturdido 
De quien se rien Diablo, Carne y Mundo 
Por el atrevimiento sin segundo 



de tres Ingenios^ cnyos nombres no constan, inobilda en la Parte treinta y 

eei». Comedias escritas por los ntfjiires Ingenios de £sí>añn (Madrid, 1671), 

y otra de impresión suelta y repetidiis ediciones (una de ellas, que tenpo & 
la vista, hecha en Valencia , 1764 , que apareoe como producción de un Inge- 
nio, y ha sido por algunos atribaida A don Jo^ (fc Cañizares. — Del Almirante 
de Castilla, dtm Juan Gaspar Alonso Enriques de Cabrera, que nació en Ma- 
drid, año 1625, y murió en 1691, únicamente conrtci;inio8 la colección de 
poesías que tituló Fragmentos del ocio, & cuyo final van dos Hejiresetitaciones 
á Felipe IV y un.is Reglas para torear, y que so publicó anónima en Ñapó- 
les . 16h:). (.Vo((i del sefior ihm Caiietano Alberto de la Barrera.) 

(ft) Ilcl mismo. {Xola del códice.) 

Enrolas y Dinnn es scfrundo título de nna zarzuela en dos jomadas , qne 
lleva el nombre de Cañizttres , y tiene por primero el de Amandtt bien, tío st 
ofenderá un desdim. (Xula del señor dtm Cai/elano Altm-tn de la Barrera.) 

(el Madrid aplaudió más los saínetes Él Conejo, El Mono y La Zorra, quo 
dio & luz Cañizares, qne las comedias que al propio tiempo se represeutaboa 
de don Antonio de Zamora. (^Nota del códice.) 



DE LA poesía CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. Cl 

Es difícil determinar, por los datos vagos y escasos que nos quedan de Marujmi , cuál era 
en la sociedad de su tiempo el verdadero concepto moral de que disfrutaba este controversista 
estrafalario. Por ima parte aparece odiado y hasta judicialmente perseguido; por otra se 
ve atendido y amparado por hombres de cuenta , entre ellos el Gobernador del Consejo do 
Castilla, los Marqueses de Estepa (1) j los Marqueses de Espinardo, y hasta mirado con 
benevolencia por Fernando YI. Lo que no deja duda alguna es que sus versos le granjearon 
fama de poeta en aquella era de copleros ^miliares , chabacanos y descarados. En Granada, 
el Presidente de la Real Chancillería, don Manuel de Carmena , y otras personas de alto res- 
peto se valieron de él , teniéndolo en mucho como poeta , para que escribiese convocatorias en 
verso á los ingenios granadinos, con objeto de ensalzar á Fernando VI y á su ministro Car- 
vajal , ora por las mercedes y privilegios otorgados á la Real Compañía de Comercio de Gra- 
nada, ora por la fundación del hospicio de la misma ciudad. Manijan no habia nacido para 
la poesía elevada , y las dos composiciones , en romance heroico, que escribió con tales mo- 
tivos , no son más que im tqjido de falsos conceptos , expresados en estilo hinchado y am- 
puloso (2). 

Hemos presentado, acaso con excesiva abundancia , las citas de Manijan , no por lo que 
ellas en sí valen , sino porque , con su carácter personal , su aversión á la literatura artificial 
de la Francia , y su entusiasmo por el antiguo teatro español , este mal poeta es un ejemplo 
muy caracterizado de los polemistas copleros de aquella época de transformación. Y ¿ cómo 
sorprenderse de que así píense y escriba im poeta de naturaleza desmandada , cuando un 
hombre tan docto y mesurado como Porcél , tan autorizado entre los adoradores de las Poéti- 
cas restrictivas de Francia, decia en el seno de la Academia del Buen Gusto, creada cabal- 
mente para honrar las Poéticas , estas palabras, dignas de los mejores tiempos de la crítica? 

{Jlahla Garcilaso.) Confirmo el juicio que entre los mortales hice, que la poética no es más que opinión. 
La poesía es genial, y á excepción de algunas reglas generales y de la sindéresis universal que tiene todo 
hombre sensato, el poeta no debe adoptar otra ley que la de su genio. Se ha de precipitar como libre el es- 
píritu de los poetas ; por eso nos pintan al Pegaso con alas, y no con freno ; y si éste se le pone, como in- 
tenta el que modernamente ha erigido el Parnaso francés, es desatino En vano se cansan los maestros 

del arte en señalar estas ni las otras particulares reglas, porque esto no es otra cosa que tiranizar el libre 
pensar del hombre, que en cada uno se diferencia, según la fuerza de su genio, el valor de su idioma, la 
doctrina en que desde sus primeros años lo impusieron, las pasiones que lo dominan, y otras muchas 
cosas. 

¿Qué pensarían de la libre y desembarazada doctrina de estas palabras Luzan, Mbntiano 
y Nasarre, en cuya presencia las leyó Porcél'^ 

ínteres, y no escaso, encierran , para la historia de la crítica , esas protestas del gusto nacio- 
nal contra la escla\TÍtud del ingenio, esa glorificación de la libertad poética sin freno doctri- 
nal extranjero. Simpatía merece aquel impulso nacional que , sin más dogma ni razón que el 
instinto y el entusiasmo, pugnaba, así en Inglaterra como en España, por sostener el pedes- 
tal de gloria de los Shakspeare y de los Calderones , consolidado para siempre por la crítica 
firme y filosófica de los tiempos modernos. 



De quitar y poner versos y pasos, 

Con ilusos frenéticos atrasos, 

De Calderón en autos , cuyas huellas 

Aun miran con respeto las estrellas ? » (a). 

Dijo Apolo : « Es asi ; pero no- creo 
Lo que se dice en cuanto á hacer empleo 
De público comercio, puesto en venta , 
Los Tersos que arrebata ó que fomenta, 
Haciéndolos caudal de sus codicias.» 
—"ustedes están cortos de noticias, 
Dije; ¿ ahora salimos ignorando 
Lo que públicamente está pasando ? " 

(a) Enmendó Cañizares, r qnití j puso pasos en los autos de Calderón. 
r/deni.) 

I, Ps,-xvin, 



Sólo con coplas su caudal granjea; 

Las vende , las ajusta y regatea , 

Aunque ya el rejateo está cortado, 

Pues tiene su arancel puesto y clavado ; etc. (6). 

(1) La Marquesa de Estepa escribió versos en 
honor de Marujan. 

(2) Uno de estos romances fué impreso en Gra- 
nada , por José de la Puerta , en 4.° El otro está en 
los códices que poseemos de las Obras poéticas de 
Marujan. 



(b) Vendió Cafiizares siempre iras obras í prcMn» sefialados : la comedí* 
con saínete & treinta v cinco dobloiies, j laa í.ema? ihTM á profata. (Itkm.} 



cu IMDSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 



CAPITULO X. 

Peinado de Carlos III. Continúa la resistencia instintiva del gusto nacional. — El cambio doctrinal triunfa al 

(..^\JO Poetastros célebres. — Dos curas de Fi uimc. — Nifo. — Primeros frutos sazonados de la reforma, — Moratin 

(don Nicolás). — Cadalso. — Escuela poética salmantina. — Fray Diego González. — Huerta. — La Raquel, — 
Iglesias. 

Fuera de aquellos momentos felices en que el estro de la patria arde con fuego propio j 
se alire pa.so entre estorbos de origen extranjero, la poesía, como otras fuerzas morales, ca- 
mina de imitación en imitación. Eu España, prescindiendo de los romances j del teatro, en 
los cuales se retrata á sí propio el espíritu nacional con fieles y espléndidos colores, la poesía 
erudita v académica va casi siempre á la rastra de inspiración extraña. Primero reina en 
ella el elemento provenzal^ en seguida el italiano, casi al mismo tiempo el latino, más ade- 
lanto el francés. — Torrepalma, Porcél y algunos otros, aunque pugnaron como reformadores, 
no penetraron bastante en el gusto de la escuela francesa. Por eso fueron tan fugaces en 
aquella era doctrinal su gloria y su influencia. No eran bastante franceses para una época en 
que como dice muy acertadamente Quintana, comiamos, vestiamos, bailábamos y pensábamos 
á la francesa (1). Entrada ya en sazón la doctrina sana, pero estrecha, que nos daba en sen- 
satez V en atildado orusto cuanto nos quitaba en riqueza, en hechizo y en libertad; mal ave- 
nida , por otra parte , la imaginación de los españoles con la poesía desmayada y glacial de 
Jíontiano, de don Juan de Triarte, de don Pedro de Silva, áú padre Betmvente y del mismo 
Lnzan, que, si escribían con bastante corrección, no hacían sentir en sus versos una sola vi- 
bración del alma , era forzoso que llegasen á connaturalizarse algún tanto con el espíritu na- 
cional las formas de la nueva civilización literaria, que, llevada, como anteriormente hemos 
indicado, en alas de la gloria de los escritores inmortales del siglo de Luis XIV, sub_)Tigaba 
con el rigor de la forma , con la majestad del pensamiento, con la limpieza del estilo, las le- 
tras de todas las naciones cultas , aun de aquellas donde habían derramado luz tan esplen- 
dorosa Shakspeare , Ariosto y Calderón. 

En manos de la medianía, la amalgama, producida por la lucha misma, de dos escuelas 
de tan diversa esencia y entre sí tan poco conciliables, fué una verdadera calamidad litera- 
ria. De los infelices poetas que cultivaron esta híbrida y falsa inspiración , algunos alcanza- 
ron renombre, en verdad poco merecido. Dos de ellos son dignos de un honroso recuerdo. 
Es el uno don Diego Antonio Cernadas de Castro, natural de Santiago de Galicia , famo- 
sísimo en su tiempo, como poeta, con el nombre de el Cura de Fruime. Y por cierto que 
es inexplicable su fama extraordinaria. Cernadas, pcárroco admirable por su dulce, paternal 
y caritativa condición , no escribió libro alguno de esos que provocan la admiración y susci- 
tan la gloria. Dotado de una modestia evangélica sin igual, pasó la vida entera, por gusto 
suvo, en la pf>l)re y solitaria aldea de San Martin de Fruime. Y, sin embargo, su nombre re- 
sonaba en toda España, y todo por unos insignificantes versos, en que no hay ni hechizo, ni 
emoción , ni gi-andeza. Su afición al estudio y su correspondencia con doctos amigos de Ma- 
drid no le infundieron el fuego de la inspiración, pero le preservaron hasta cierto punto de 
la insufrible afectación que afeaba la literatura do su tiempo. Acaso su misma sencillez le 
hizo simpático. Sus versos eran leídos en todas las clases de la sociedad (2). ¡ Caprichos de 



(1) Introducción á la x>oesia castellana del si- tellano lilzo esta punzante descrípcíon burlesca del 
glo xviii. reino de Galicia y de sus gentes : 

(2) Murió en Fruime, el año de 1777. Pondremos -a ■ ■ r ?■ , ■, ^ ^ 

^ ' ' Reino lofeliz , país desventnrado, 

acjui una breve muestra do su estilo. Un poeta cas- De España muladar, rincón del mundo, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL Clii 

la suerte! Otro cura de Fruime, don Antonio Francisco de Castro^ cabalmente el inmediato 
sucesor de Ce)madas, fué también poeta, y mejor poeta que éste, aunque mediano. Pero su 
nombre quedó ignorado, así como sus obras, que por primera vez han salido á luz há algu- 
nos años (1). 

El otro poeta á que nos hemos referido os don Francisco Mariano Nifo. 

Semejante á Mañer en su afición á propagar en obras periódicas el conocimiento de los 
adelantamientos europeos (2), traductor infatigable como él , también se le asemeja en su 
escasa aptitud para la poesía elevada, si bien le sobrepuja en fecundidad y soltura. En 1746 
publicó unos endecasílabos á la coronación de Fernando VI. A la muerte de este soberano 
publicó otra composición endecasílaba, titulada Voces llenas de amor , etc. En ambas poesías 
resaltan á un tiempo el alambicamiento y el prosaísmo. Celebró en sus versos á la reina ma- 
dre doña Isabel Farnesio y á las célebres comediantas María Bermejo y María Lavenant (3). 
Esta última había representado el papel principal en el drama heroico de Metastasio, tradu- 
cido por iV7/b, titidado Hypsijyile , jjrincesa de Lemnos. Andando el tiempo se corrigió algún 
tanto este escritor, en sus comedias y en sus poesías líricas, del artificioso estilo tan común en 
la época de su mocedad , mas sin adquirir por eso fuerza ni elevación. Si pudo pasar en 
tiempo de Fernando VI por un mozo aplicado, que daba esperanzas de adelantar en la poe- 
sía, ya entrado el reinado de Carlos III no fué tenido sino en lo que realmente era: un ver-^ 
sificador vulgar , sin sentimiento poético, sin gusto y sin inspiración. 

Fué muy apreciado por su incansable actividad y por sus prendas morales. Estuvo preso 
algún tiempo por disensiones graves de familia, y, á pesar de su actividad extraordinaria, 
no llegó á alcanzar la prosperidad que ambicionaba. Así puede inferirse de lo que él mismo 
declara en algunas de sus obras, y ' singularmente en el romance dirigido á su mujer, que 
empieza : 

Amada consorte mía (4). 



Entre tinieblas siempre sepultado ; 
Áspero, rudo clima , temple airado ; 
Infiel , bárbaro trato, sitio inmundo ; 
Grente sin sociedad, campo infecundo. 

En el nombre de Dios santo y eterno, 
Con cuanta fuerza tiene el exorcismo. 
Te conjuro y apremio, triste averno , 
Para que me declares por ti mismo 
Si eres en realidad el propio infierno, 
o si eres el retrato del abismo. 

Ofendido Cernadas al ver tan maltratada á su 
querida tierra natal , limitó su desagravio á glosar 
el primer verso en estos términos : 

Es hermosa mi huerta y fértil ; pero 
Viene la oniga , cómela y la afea : 
Por bien abastecido que lo vea , 
Viene el ratón , y estrágame el granero : 
Muy poblada mi viña consider'O ; 
Viene el marrano vil , y la estropea : 
Gallinas y sustancia hay en mi aldea ; 
Viene y las rapa el zoiTO trapacero. 

Oruga el asturiano en su codicia, 
Eaton el castellano desdichado, 
Marrano el andaluz en su inmundicia , 
T zorro el montañés disimulado, 
Éstos la comen , y hacen á Galicia 
Reino infeliz, país desveniuraJo. 

(1) En Orense, 1841. 

(2) Publicó, ademas de otros muchos periódicos, 
el Correo general de España, bajo los auspicios de 
la Real Junta de Comercio de Madrid. El Consejo 
de Castilla protegió esta publicación, j expidió una 



circular para que de todo el reino se remitiesen á 
Nifo las noticias que él mismo pedia on un interro- 
gatorio. 

(3) María Lavenant y Quiranfe fué una actriz 
dotada de extraordinario talento y licchizo. A pesar 
de haber brillado corto tiempo en la escena , quedó 
grabado en la memoria del público el embeleso que 
causaba en varios papeles, ya patéticos, ya festi- 
vos. Muchos años después de su muerte se recorda- 
ba todavía con deleite el entusiasmo que infundía 
en sus oyentes cuando cantaba aquella famosa 
copla : 

Es en glorias pasadas 

El pensamiento, 
TTnas veces verdugo, 

Y otras consuelo 

Preciábase de elegante y esplendorosa en el ves- 
tir, y se cuenta que dejó más de noventa vestidos 
de lujo. 

Murió de un modo edificante, el dia 1." de Abril de 
17G7, á la edad de veinticuatro años. 

(4) Algunos años después de la muerte de Nifo, 
un hermano suyo dio á la estampa (1805) sus prin- 
cipales obras líricas y dramáticas. Entre éstas, la co- 
media titulada Matilde, y La casta Amante de Te- 
ruel, doña Isabel de Segura, que Nifo llama escena 
patética , y que es en realidad de lo más lánguido y 
palabrero que se ha escrito en eaóícllano. — En vida 



\ 

CIV BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Don Nicolás Fernandez de Moratin se habia esforzado por amoldarse á las severas prescripi- 
ciones de los preceptistas y de los gramáticos; pero era demasiado poeta para rendirse ser- 
vilmente al yugo de la imitación. Cuando estro sincero encendia su imaginación, brotaban 
en sus versos aquellos acentos de la ])atria que le hablan arrullado en la cuna , sacudía por 
instinto, como en la inimitable Fiesta de toros en Madi'id y en los romances moriscos , las ca- 
denas que voluntariamente se imponía, daba libre rienda á su estilo brioso y desembarazado^ 
j al ardiente espíritu nacional que enardecía su alma , y era un poeta de castizo y noble li- 
naje. Ticknor dice que don Nicolás Moratin fué <rel sucesor y, hasta cierto punto, el heredero 
de las opiniones de Lxtzan.y> Tal vez el mismo Moratin lo creerla así cuando, en reemplazo de 
su amigo el poeta trágico Ayala, desempeñaba, hablando con gran respeto de Boileau, la 
cátedra de poética en el Colegio Imjierial , ó cuando en sus composiciones amorosas imitaba 
al Petrarca. Pero, en verdad , no hallamos títido alguno de sucesión entre Luzan y Moratin, 
como no sea la casualidad de haber nacido éste el año mismo en que salió á luz la Poética de 
^ aquél. Pociis veces se encuentran en las letras dos hombres de tan diferente naturaleza. El 
uno todo cordura, imitación, esmero; el otro todo arranque, imaginación y sentimiento: el 
uno vive con la reflexión y con los preceptos; el otro vuela con el ímpetu irreflexivo de los poe- 
tas, y ahoga sus prendas privilegiadas cuando se juzga obligado á seguir humildemente la 
senda trazada de antemano por los princi})ios convencionales. Don Nicolás Moratin era de- 
masiado español para encadenar sin tregua las alas de su fantasía. Acepta los preceptos de 
la escuela francesa, pero vive su numen en involuntaria y constante pugna con ellos. ¿No 
veis cómo vuela su espíritu á cada momento hacia las tradiciones poéticas de la patria? ¿No 
os admira el ingenio con que quiere disculpar las corridas de toros? Se atreve á cantar á 
Pedro Romero, torero insigne, y lo hace, no en un romance popular, sino en una oda de 
grande elevación lírica, como cantaba Píndaro á los atletas de Olimpia y de Nemea. Para 
él la barbarie de las corridas, que no puede negar, desaparece ante el arrojo y la elegante 
gallardía de los lidiadores españoles , como se olvida la osada desnudez de las estatuas griegas 
ante el mágico hechizo del arte. É 1 , ademas , con su fogosa imaginación española , no ve 
en aquellas fiestas sangrientas sino la intrepidez de su raza. Así dice de Pedro Romero: 



Pasea la gran plaza el animoso 

Mancebo, que la vista 
Lleva de todos , su altivez mostrando ; 
Ni hay corazón que esquivo le resista. 

Sereno el rostro hermoso, 
Desprecia el riesgo que le está esperando. 

Le va apenas ornando 
El bozo el labio superior , y el brío 
Muestra y valor en años juveniles 

Del iracundo Aquíles. 
Va ufano al espantoso desafío , 

¡ Con cuánto señorío ! 

(Qué ademan varonil ! ¡qué gentileza! 

Tu anciano padre , el gladiador ibero, 



Que á Grecia España opone 

No puede serenarse 
Hasta que mira, al golpe poderoso, 

El bruto impetuoso 
Muerto á tus pies , sin movimiento y frió, 
Con temeraria y asombrosa hazaña, 

Que , por nativo brío. 
Solamente no es bárbara en España. 



¿ Cómo vencer á indómitos guerreros 
En lances verdaderos , 

Si éstos sus juegos son y su alegría? 

I Oh, no conozca España que varones 
Tan invencibles cria ! 



de Nifo se burlaba de él Moratin (Leandro) en 
tos versos familiares : 

Ni/o, 1 oh pestilente Nifo I 
Gran predicador de tiendas, 
Que desde el año de seis 
Disparatando voceas': 
Tan sólo el diablo te pudo 
Turbar asi la cabeza , 
Y , por divertirse , hacerte 

Escritor de callejuela 

To, que no soy embrollón, 



eS' Hi pongo mi ingenio en venta. 

Ni predico en el caté 
Donde retumbaba Huerta ; 
Yo, cuando en tal ignominia 
Está de Apolo la ciencia , 
i He de escribir mientras Xi/o 
Escribe que se las pela? 

También Forner hace mofa de Ni/o, designándole 
con el nombre de Lupino , en su sátira contra los 
malos escritores : 

Ves al triste Lupino, etc. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL Of 

Quien así, con el sentimiento nacional, lo realza y ennoblece todo, no era, no podia 
ser el continuador de helados preceptistas como Luzan; ardia en su mente la llama del poeta. 

Era , ademas , don Nicolás Moí'afin hombre instruido, puro y fácil hablista , armonioso 
versificador y, más que todo, promovedor de los adelantamientos literarios. A él se debió la 
creación de la célebre tertulia de la Fonda de San Sebastian, compuesta de hombres insignes, 
tales como Ayala, autor de la tragedia Numancia destruida; Muñoz, historiador del Nuevo- 
Mundo; Cerda, bibliógrafo y anticuario; Pizzi, orientalista; Signoirlli, historiador del tea- 
tro; Ortega, botánico; Conti, Cadalso, Triarte (don Tomas), Bernascone, j otros hombres de 
alta ilustración (1). Esta tertulia fué como una reproducción, con más avanzados elementos 
y en forma más adecuada á las nuevas costumbres , de la memorable Academia del Buen 
Gusto. Aunque las damas no tenian cabida en la tertulia literaria de la Fonda de San Sebas- 
tian , no por eso era su instituto árido y sombrío. Estaba prohibido conversar sobre asuntos 
políticos , materia entonces para ellos escabrosa y acerba. Habíase formado la tertulia después 
de la caida del Conde de Aranda, favorecedor incansable de todos los que se señalaban en 
ciencias y letras, y especialmente de los que componían aquella sociedad; y este recuerdo, que 
podia explotar la envidia en contra suya , les obligaba á proceder con circunspección y cau- 
tela. Sólo se permitía hablar «de teatro, de toros , de amores y de versos» (2). Con este ri- 
sueño programa , y animados todos de espíritu modesto y fraternal , nada común entre sa- 
bios, críticos y poetas , pasaban allí alegres horas, ocupados en sabrosas pláticas y lecturas, 
con las cuales se depuraba el gusto y se ensanchaban las ideas. La famosa tertulia de la 
Fonda de San Sebastian ejerció indudablemente poderosa influencia en el movimiento litera- 
rio del reinado de Carlos III , y en dar asiento y madurez á las doctrinas de imitación y 
compostura de los maestros seudo-clásicos franceses é italianos (3). 

Don José Cadalso fué el primero que entró de lleno en la nueva senda, y cultivó sin 
lucha , sin violencia y sin contradicciones de estilo las letras amaneradas de la escuela 
francesa. | Qué mucho, si se habia educado en París , y volvió á España á los veinte años, 
hablando diferentes lenguas, y prendado, como era consiguiente, de Hacine }' de Voltaire, 
de Diderot y de Montesquieu ! Los primeros deleites que embelesan el entendimiento en edad 
temprana , dejan huellas profundas, que difícilmente se borran. Cadalso, por más que imita á 
Villegas, á Quevedo y á Góngora; por más que acrisola y fortalece el acendrado amor que 
profesó siempre á su patria , vuelve á cada paso involuntariamente los ojos á aquel cielo inte- 
lectual de donde recibió la luz primera de la poesía. Quiere probar sus fuerzas en la tragedia, 
escogiendo un asunto eminentemente castellano (Sancho García) , y no sólo se ata con las 
cadenas de Boileau, sino que se complace en adoptar los versos pareados del teatro francés, 
sin echar de ver que habia de ser intolerable á oidos españoles el monótono martilleo. Quiere 
pintar uno de los delirios amorosos de su vida, y la fruición amarga que habia experimenta- 
do haciendo desenterrar clandestinamente, en la iglesia de San Sebastian, el cadáver de la 
mujer que amaba (Noches lúgubres), y Young, poeta de la época de la reina Ana, esto es, 
poeta inglés á la francesa , es el modelo que le ofrece cuadro adecuado para desplegar enfáti- 
camente el fúnebre dolor que le abruma (4). 

De ingenio ameno, simpático y flexible, todos bus versos fueron recibidos con aplauso. 



(1) Vida de don Nicolás Fernandez de Moratin, tin entre ellos, dan testimonio de la pasión que ins- 
escrita por su hijo don Leandro al frente de las piró al tierno poeta María Ignacia Ibañez , actriz jó- 
Obras postumas de aquél. Barcelona, 1821. ven, modesta y hermosa. A la muerte prematura de 

(2) Don Leandro de Moratin. esta mujer adorada , subió de punto la exaltación 

(3) No nos detenemos más en el juicio de don de Carfa/so, hasta parar en la extravagancia de des- 
Nicolas de Moratin como poeta lírico, porque de este enterrar el cadáver , con mil riesgos y dificultades, 
ilustre escritor se ha dado completa idea en el to- Éste es el asunto real de las Noches lúgubres. (Véa- 
mo II de esta Biblioteca. se la curiosa carta, impresa en el presente tomo, á 

(4) Todos loe contemporáneos de Cadalso^ Mora» continuación de la noticia biográfica de Cadalso.) 



(^.j BOSQUEJO HISTÓKICO ClíBTICO 

Muchos de ellos se leen todavía con gusto, especialmente los cortos y festivos, donde cam- 
pean soltura , gracia y vena satírica ; y no podrán morir en la historia de las letras , por- 
fiue si no es nniv alto su valor absuluto, tienen el incontestable mérito de ser acaso el ejem- 
plo trascendental de donde arranca aquella poesía de los primeros tiempos de Carlos III , no 
conmovedora ni sublime, pero noble, correcta, que habla ya un idioma claro y seguro, y 
que acaba por producir á Melendez , á Moratin y á Quintana. 

El talento poético de Cadalso no carece de facilidad y de halago; pero en ningún género 
es eminente. ¿Cimio comprended, pues, la acción poderosa que ejerció en el desarrollo poé- 
tico de su tiempo? Tres (;ausas encontramos, sin embargo, para explicar esta influencia eficaz 
de Cadalso : su educación literaria; su época, preparada para recibir favorablemente una 
literatura superficial v acicalada; y ante todo, el atractivo personal del simpático poeta, á 
quien todos amaban v ouvo entusiasmo se infundía dulcemente en el ánimo de sus amigos. 
La erudición do Cadalso no era ni muy amplia ni muy profunda, y podría decirse que, sin 
caer en ello, se satiri/.ó á sí propio en los Eruditos á la viulefa. Pero esta erudición escasa 
era de buena ley y n-randemente acomodada para ayudar al impulso de filológica reforma que 
cada día tomaba mayor ^a^elo y ensanche. Ya en Madrid , en la tertulia literaria de la Fonda 
lio San Sebastian ; ya en el tráfago de la vida militar, cambiando de guarnición á cada mo- 
mento; ya en Alcalá de Henares, donde conoció á Jovellanos, colegial entonces de San Ilde- 
fonso ; }'a entre los hombres estudiosos de la universidad de Salamanca ; ya en la celda apa- 
cible y solitaria de fray Diego González; siempre es Cadalso el mismo; siempre impone, sin 
intentarlo, el dulce ascendiente de su alma, que á nadie ofende y que á todos estimula y 
ídienta. Hombres á él muy superiores rinden á su talento admiración respetuosa: don Nico- 
lás de Moratin j fray Diego le ensalzan en sus versos; Melendez le reconoce por director y por 
modelo; Jovellanos dice que le hizo trepar al Parnaso con el aguijón de su ejemplo. Hasta 
Huerta, que con su índole áspera y desconteutadiza alejaba de sí á todos sus amigos, man- 
tiene con Cadalso cordiales y constantes vínculos de respeto y de afecto. ¿Y quién es este 
^lecénas, que así cautiva las voluntades y así fomenta las luces? Un simple capitán, que ca- 
rece totalmente de riqueza y poder, pero que tiene , en cambio, fe y entusiasmo ; y nadie re- 
chaza sus advertencias, porque están dictadas , en tiempo de acerbas hostilidades literarias, 
sin amor propio, sin malevolencia , sin en\ idia y sin intolerancia. 

En la carrera militar halló igual correspondencia de parte de sus compañeros y de sus 
jefes. El ilustre Conde de Aranda se declaró protector suyo, y le dio amparo en momentos de 
apuro (1). Siendo ya coronel , y considerado como uno de los oficiales más brillantes y enten- 
didos de nuestro ejército, murió prematura y gloriosamente en el sitio de Gibraltar. Su muer- 
te fué miiversalmente lamentada, y hasta el gobernador de aquella plaza y muchos oficiales 
ingleses, que le conocían y apreciaban , honraron su memoria dando muestras públicas de 
duelo por la muerte do un militar tan valiente y tan instruido (2). 

(1) Para salvarlo de los embarazos juditdales que Caracas. » (Apunte autógrafo de don Bartolomé Jó- 
lo acarreó la tentativa de exhumación del cadáver sé Gallardo ; al cual añade lo siguiente : «Me han 
(le ]í[aria Ignacia Ibañez , el Conde de Aranda des- dado esta noticia en Cádiz (1843) los parientes de 
teñó á Cu'hdso de la corte. Cadalso.))) 

(2) Mandaba una batería avanzada , y en la no- Como no habia despertado en nadie los resenti- 
thc del 27 do Febrero de 1782, un casco de grana- niiontos de la envidia, su pérdida causó verdadera 
«la le hirió en la sien derecha y le llevó parte de pesadumbre á todos los poetas. He aquí la intere- 
lu frente. sante y sentida carta que en esta ocasión escribía 

«Fué ocasión de su muerte ol haber a([uel día él Melendez á uno de sus amigos : 

entrado de servicio en lugar de un amigo suyo, Ca- «Mi querido Mena : ¿Cómo ha recibido Vm. la 

rcquefio, hetmano de la Marquesa de Cuerpo-San- desgracia del infeliz Cadalso? Vm. no le conocía; 

to; el cual, muerto Cadalso por hacerle áélel obse- pero un hombre como él es una pérdida común 

quío de reemplazarle , de pesar, luego se entró ca- para todas las almas sensibles. La mía maldice mil 

pnchiiio en Sevilla, donde ]e llamaban el padre veces la guerra, esta guerra que me ha privado do 



DE LA POESÍA CASTELLANA EX EL SIGLO XVIIL cvn 

Se ha atribuido algunas -veces á Cadalso la honra de haber creado en Salamanca aquel 
movimiento literario, precursor de la nueva era poética del reinado de Carlos III , con im- 
propiedad llamada renacimiento de las letras españolas , sin advertir que nada verdaderamen- 
te nacional renacía , j que la civilización de aquel memorable reinado presentaba en todo 
caracteres nuevos , más europeos que españoles , más artificiales que espontáneos. Cadalso, 
que sólo residió en Salamanca por la movilidad continua de la vida marcial, alentó en gran 
manera , como hemos visto, con su entusiasmo y con su ejemplo, el cultivo de la poesía en 
aquella ciudad esclarecida; pero no ftic , ni pudo ser, el iniciador exclusivo de la efervescen- 
cia intelectual, tan gloriosa como afortunada, que llegó á decorarse con el nombre un tanto 
pomposo de escuela sahnantina , y que , después de un largo período de oscuridad y decaden- 
cia , fué tenido sin razón bastante por una verdadera restauración del siglo de oro. 

Aquella efervescencia literaria era consecuencia natural de los adelantos que, aunque len- 
tamente, iba haciendo España desde el advenimiento de la casa de Borbon , como también 
de los elementos activos que el nuevo estado de Europa traia sin tregua á la civilización es- 
pañola. Artes, ciencias, industria, espíritu de investigación y de examen , crítica, institutos 
literarios , todo iba cobrando vida , y Cadalso encontró ya los gérmenes de la nueva cidtura 
poética , así en los claustros como en las escuelas de Salamanca. Más adelante creció el impul- 
so, y tanto allí como en otras partes llegaron á formarse centros de luz y actividad poética. 
Pero á Salamanca , recobrándose aceleradamente de su dilatada postración , cupo entonces la 
gloria de adelantarse á las demás ciudades , y formar en su seno un foco de poesía más puro, 
más extenso y más trascendental. En cuanto al dictado de escuela salmantina . que se aplica al 
conjunto de poetas que allí dieron lustre á las letras castellanas en la segunda mitad del si- 
glo XVIII (1), no puede considerarse más que como una designación sonora, nacida acaso de 
engreimiento local; designación que más adelante se propagó á Sevilla, y aun á Granada. 
Poco importarla en sí mismo el nombre , que la rutina ha consagrado, si no representase 
una idea errónea, que la crítica moderna reprueba, y que más daña que favorece al renom- 
bre de aquellos poetas. La palabra escuela, en filosofía , en política y en algunas ciencias, pue- 
de tener una significación clara, saludable y concreta; es un centro donde reinan principios 
fijos, donde se respeta un sistema, donde todo deriva de una disciplina doctrinal })révia y ri- 
gorosamente establecida. Pero con referencia á la poesía , la palabra escuela es aventuradísi- 
ma , y puede ser hasta un contrasentido, si se tiene en cuenta el campo inmenso y desemba- 
razado que requieren para su libre é ilimitado desarrollo las artes de la imaginación. Ciertas 
prescripciones convencionales de forma , por grande que se suponga su importancia , no son 
ni pueden ser la esencia de la creación poética; j escuela, esto es sistema, y poesía son dos 

un amigo tan bueno, y á quien seré toda mi vida » Silencio augusto, bosques pavorosos , etc. (a). 

obligado con el reconocimiento más íntimo. Sin 

él, yo no sería hoy nada. Mi gusto, mi afición á los „ Yo quisiera imprimirla después , y consagrar á 
buenos libros , mi talento poético, mi tal cual lite- la santa amistad esta memoria. Tengo también al- 
ratura, todo es suyo. El me cogió en el segundo gunos versos suyos inéditos, mejores, sin compara- 
año de mis estudios, me abrió los ojos, me ense- cion, que los publicados por él, como cosa de sete- 
nó, me inspiró este noble entusiasmo de la amistad cientos. Quisiera también darlos á luz.» (Carta au- 
y de lo bueno, me formó el juicio; hizo conmigo tógrafa de do7i Juan Melendez TaZfZcs á su amigo 
todos los oficios que un buen padre con sti hijo más el padre Mena, escrita en Salamanca, el 16 de Mar- 
querido. Yo me proponía, acabado este maldito 7.0 de 1782. — Colección de manuscritos del señor 
campo (el cerco de Gibraltar), convidarle á esta Marqués de Pidal.) 

ciudad, á que viera su obra y la acabara; instarle, «Con motivo de la muerte de Cadalso, ocurrida 

importunarle, y tener el gusto de verme otra vez al lado del Conde de Norofia, escribió éste una elc- 

á su lado. ¡Cuántos motivos para llorar su desdi- gía^y á. más una oda en alabanza del mismo. « (Fus- 

chadafalta! Tengo empezada una canción fúnebre, ter, tomo 11, pág. 381.) 

que si puede salir según mis ideas, lo será con (1) Quintana, Ticknor y otros muchos. 
toda propiedad. Vea Vin. las dos primeras estan- 

vl?'^ ! ,í7'> Yóíise eáta canción on l:us poe;>íiR do ^pJ^ivIp^^- 



rv-Til BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

palabras que traban mal sus síoTiificaciones divergentes y repulsivas. Por fortuna de las letras 
de Salamanca, sobresalieron en aquella era brillante poetas cuya diversa índole aleja la idea 
de uniformidad v de senda trillada que despierta la palabra escuela. ¿En qué se asemejan el 
candoroso /my Diego González y el sarcástico Fomer, el delicado Melendez y el epigramático 
Iglesias? La idea de escuela no nació de los mismos qne la componían. Uno de ellos, fray Diego 
Gojizah:, siguiendo el estilo del tiempo, designa propiamente con el nombre de Parnaso 
salmantino aquella reunión de ingenios de Salamanca, que, según él, no pasaban de cinco (l), 
pero en la cual debe contarse por entonces alguno más, y que más adelante se aumentó con 
otros hombres de incontestable mérito. 

Es fray Diego González uno de los poetas de que con razón se envanece Salamanca , uno 
de los caracteres más simpáticos y más piiros que han dado lustre al claustro y á las letras. 
La poesía le era en tal modo connatural , que escribía versos , como otros buscan juegos é in- 
sustanciales pasatiempos, cuando su edad ftisaba apenas con la adolescencia. Su numen no era 
ni enérgico ni levantado. No se prestaba á ambiciosos Alíelos. yi\ ía su espíritu en una esfe- 
ra mística, tan apacible y tan serena, que no podían entrar en ella estímulos mundanos, y 
mucho menos aquellos que reciben su fuerza de la vanidad. Ni aun la vanagloria literaria, en 
su expresión más inocente y más inofensiva, podia caber en un alma enteramente subyuga- 
da por la mansedumbre y la modestia. Imitaba á fray Luis de León , no sólo por predilec- 
ción literaria , sino por las afinidades de instinto que los unian. Era una de ellas la afición al 
campo, grande y sincera en el ánimo de fray Diego González. Deleitábale, sobre todo, 
pasar algunos días en La Flecha , pueblo cercano á Salamanca, á orillas del Tórmes , porque 
despertaba en su ánimo el recuerdo venerable y querido de fray Luis de León. Así lo expresa 
en una carta á fray Miguel de Miras , del 15 de Abril de 1777. 

(.(Mañana (le dice) salgo á pasar tres ó cuatro días en mí Flecha, que está de aquí, rio ar- 
riba, legua y media. Tenemos allí unas haceñas, un hermoso soto y prado, y lo que es más 
que todo, aquella huerta que en el principio de su Dialogo ele los Hombres ele Cristo describe 
con tanta belleza nuestro insigne León , y donde aquel Marcelo enseñó á sus compañeros tan 
divinas doctrinas. Este es el huerto que, en la canción de la vida solitaria , llama plantado 
por su 7nan0j del monte en la ladera ^ y la, fontana pura, que 

Por ver y acrecentar su hermosura, 

Desde la cumbre airosa 

Hasta llegar corriendo se apresura , etc.; 

qne tú lo sabes todo de memoria y á la letra, como tan aficionado á fray Luis d 

((Estas memorias me harán dulcísima la estancia» (2). 

Su corazón tierno y delicado haljía nacido únicamente para amar , para amarlo todo. Dios, 
la mujer, la humanidad, se disputaban su alma. Dios triunfó de todos los impulsos huma- 
nos ; pero, como éstos eran de tan noble y encumbrada naturaleza , triunfó , no combatiendo 
aquellos purísimos sentimientos , sino combinándose con ellos, como emanados de la di-sñna 
esencia. Amó á las mujeres, y las amó con tan vehemente arrobamiento, que al referir poé- 



(1) Así escribía á un aiiiigo siij-o de Sevilla profesores de jurisprudencia, en que van haciendo 

(probablemente /í-rty .l/í'í/ue/rff J//ras), el 11 de No- singulares progresos. Uno y otro han compuesto 

viembre de 1775 : mucho, cada cual por su término ii 

n "Este Parnaso sahnantino ee compone de cinco ¿Quienes eran estos dos poetas? Uno de ellos 
poetas que se tratan con familiaridad y mutuamen- pin duda Meleiuhz ; el otro probablemente Fomer. 
te se estiman. Los tres, Z/iscTio (el padre Fernandez), (Cartas autógrafas áe fray Diego González. — Co- 
JDeíio (el mismo fray Diego González) y Andró- lección de manuscritos del señor Marqués de Pidal.) 
nio (?) son de casa (esto es, religiosos agusti- (2) Cartas autógrafas. (Colección del señor Mar- 
nos) Los otros dos poetas son jóvenes seglares, qués de Pidal.) 



DE LA poesía CASTELLANA EN EL SIGLO XYIIL CIX 

ticamente su vida á Jovellanos, vibraba todavía su alma al recuerdo de la extática ternura de 
su edad juvenil : 

El ánima, rendida, 

Amaba tiernamente, 

Amaba sin medida ; 

Amaba, en fin, de modo, 

Que aun ahora, al recordarlo, tiemblo todo. 

Su espíritu estaba tan lleno de Dios, que escogió gozozo la vida del claustro; pero, mozo 
todavía , no es de admirar que la ilusión del amor le turbase j conmoviese algunas veces con 
sus fantasmas seductores. Con estas delicadas y fervorosas palabras pinta él mismo aquellas 
luchas íntimas del corazón : 



¡Oh, sino se entibiara 
En el pecho mezquino 
El alto fuego de que fué inflamado 1 
Quizá mi voz sonara 
En cántico divino 



Sobre el Tabor ó el Gólgota sentado, 

Pero, aunque á son sagrado 
De la cítara mia 
Las cuerdas arreglaba. 
Amores solamente respondía (1). 



Melisa y Mirta no fueron meras creaciones ideales del poeta. Fueron dos bellísimas donce- 
llas , de rostro y alma angelical , que varios amigos de fray Diego conocieron y admiraron en 
Sevilla y en Cádiz (2). Melisa fué su primer amor, y en realidad pudiera afirmarse que fué 
su único amor verdadero. En la linda poesía titulada Sueños, confesión de los devaneos ju- 
veniles , bien claro dice el mozo enamorado que su dorado ensueño era entonces hacer de Me- 
lisa]a compañera de su vida. Finge que dormido se le aparece la mujer que adora, y le dice 
estas dulces palabras, que encierran la imagen cabal de la ventura serena que soñaba ; 

En uno juntaremos los ganados 
Que con bienes doblados 
Y con paz juntamente. 
Pasaremos la vida dulcemente ; 
Tendremos ya los dos común el techo, 
El ajuar, el vivir, la mesa, el lecho 

Miria es otra ilusión de su espíritu; pero de tan casta y, por decirlo así, tan etérea na- 
turaleza , que no lastima en lo más mínimo ni su pureza de austero moralista , ni su autori- 
dad de ejemplarísirao sacerdote. Sabe que 

No le fué concedido 
El amoroso pecho 
Para centro de amores terrenales , 

y admira á Mirta como creación sublime de la mano divina y nada más (3). Por eso, á pesar 



(1) Historia de Delio. A Jovino, (Poesías de fray 
Diego González.) 

(2) Tal vez la residencia de estas señoras influyó 
en el anhelo que manifestaba fray Diego González 
por vivir en aquellas ciudades. 

((¿Has vuelto ya de la feria doMairena ? 

» Sevilla y Cádiz , Cádiz y Sevilla serian orbe 

suficiente para mi felicidad. Paciencia, pues el cielo 
dispone lo contrario.» (Carta autógrafa de /ray Z>/e- 
go González i fray Miguel de Miras , escrita en Sa- 
lamanca, el 7 de Mayo de 1776. — Colección del se- 
ñor Marqués de Pidal.) 

(3) La belleza exterior de Mirta, aunque nota- 
ble, al decir de los que la conocieron en Cádiz , dis- 



taba todavía de la perfección estatuaria. Así lo re- 
conoce el mismo fray Diego, quien anteponía siem- 
pre las prendas del alma á las perfecciones corpo- 
rales. 

(( Siento (escribe á Jovellanos en 1778) que Vm 
no viese en Cádiz á la fiel Mirta. Ciertamente no hu- 
biera Vm. visto una Venus , sin embargo de que 
nada tiene de despreciable su figura; pero al menos 
hallaría un alma digna de ser amada, encerrada en 
un cuerpo lleno de modestia y compostura; pren- 
das que le granjearon todo el amor de Delio, quien 
aborrece toda mujer que no se recomienda á sus 
ojos por medio de tales prendas.» 



(^5 BOSQUEJO niSTÓRICO CRÍTICO 

de su fcnio tímido y de su escrupulosa conciencia (1), no temió interpretaciones aventuradas 
(lando á ^[^r^ta en la célebre invectiva del Murciélago alevoso, un risueño testimonio de la 
•ralantoría mística y delicada que no liabia de empañar su carácter sagrado. Los años no en- 
tibiaron en el alma del maestro González la admiración y el respetuoso cariño que le había 
insp¡n:do constantemente aquella Mirta bella, señora de muy notables prendas, que vivia en 
Cádiz al<n) olvidada de\ paslor Delio. Las cartas de Mirta eran solaz dulcísimo para el poeta, 
que vivia cum])liendü afanoso las arduas obligaciones de su alto ministerio; pero Mirta, en- 
tretenida con los deberes de la familia ó con los alegres recreos de Cádiz, dejó de escribirle, 
v el maestro González sintió por ello profunda pena, con ciertos asomos de despecho (2). 

Dos causas ftieron remora probablemente al cabal desarrollo del talento poético de fra>/ 
JJieqo González. La una, su estado religioso, que, con su conciencia imperiosa y timorata, lo 
sujetaba v comprimía; la otra , la preponderancia literaria que ejerció Jovellanos en su áni- 
mo modesto y apocado. 

No le faltaban ciertamente vocación ni fortaleza para llevar la carga de sus grandes obli- 
f-aciones relio-iosas, y fué sin tregua un modelo de sacerdotes. Pero el rigor de la vida mo- 
nástica hubo de hacérsele duro en algunos momentos, en que se espaciaba su fantasía por más 
risutños campos. / Que' vida tan deliciosa hahiamos de pasar viviendo juntos y libres ! escribe un 
día á fray Miguel de Jlíiras (3). Bien cierto es que estos movimientos de su alma poética no 
llegaban nunca á quebrantar su resignación, ni á alterar su didzura evangélica. Sólo se atre- 
vía á confiarlos á algún amigo íntimo que lo conocía á fondo y no había de juzgarle con tor- 
cido criterio. Por otra parte, aunque el estilo llano y candoroso de fray Luis de León se ino- 
culó , por decirlo así, en el suyo, y la traducción que hizo de algunos capítulos de Job, para 
completar la de aquél, no desdice de la primera; y aunque no han faltado críticos, por de- 
mas benévolos, que han subido á fray Diego González á un nivel cercano al de aquel emi- 
nente poeta (4) , es lo cierto que fray Diego , en sus versos originales , no manifiesta nunca 
el estro intenso y arrebatado con que fray Luis de León exhala los sentimientos de la filoso- 
fía cristiana, ni aquella fuerza de contemplación extática con que éste se remonta á la idea- 
lidiad religiosa y se desprende de los vínculos de la tierra. La fantasía de fray Diego Gonzá- 
lez era \áva y amena, pero no trascendental ni vigorosa. 

Por esta razón puede conjeturarse, sin viso alguno de paradoja, que los consejos de ,Tove- 
llanos contribuyeron á poner embarazos , antes que á abrir campo , al vuelo de su numen. 
Jovellanos , movido por su espíritu austero y grave, dio en no juzgar dignos de la poesía sino 
aquellos asuntos que se prestasen al ensalzamiento de las glorias históricas y á la defensa y 
explanación de altas verdades filosóficas ó morales. La singiüar epístola de Jovino á sus ami- 



(1) Al morir, quiso quemar sus versos, sin em- cuando la trataba , porque no cabo en el otra cosa • 
bíirgo de la inocencia que respira fcu ellos. Los sal- es natural á él uo dejar de amar lo que una vez 
vódel fuego y del olvido su excelente amigo el pa- amó.» (Carta autógrafa de fray Diego González á 
dre Fernandez ^<¡n cuyos brazos cfi^'wó fray Diego. Jovellanos, escrita en Salamanca, el 8 de Agosto 
Véase la interesante noticia biográfica de nuestro de 1778. — Colección del señor ]\Iarqués de Pidal.) 
poeta , escrita por el mismo padre Fernandez. (3) Carta autógrafa de fray Diego González aXpa- 

(2) Así puede inferirse de lo que el mismo fray dre fray Miguel de Miras, ({\xe ala sazón vivia en Se- 
Diego escribía á Jovellanos. villa en la intimidad de Jovellanos (Mayo de 1776). 

«¿Creerá Vra. que aquella Mirta que Delio apelli- (4) Quintana entre ellos. Estas son sus palabras : 

daba fidelísima ha abandonado mí corresponden- «Fué apasionado del estilo de fray Luis de León, 

cia y olvidado mi cariño ? Pues así me lo aseguran , y le imitó tan hábilmente , que sus versos se con- 

y así lo muestra su extraño silencio. Vale Dios que, funden á veces con los de aquel gran poeta.» 

como el amor que Delio la tenía nada tenía de inte- Ticknor juzga con igual indulgencia : 

resal ni desordenado, no ha causado en su pecho «El maestro González (dice) imitó á fray Luis 

aquellos grandes sentimientos que fueran regulares de León con tan feliz éxito, que al leer sus odas y 

en otra providencia (situación). Delio la amará, sin algimas de sus versiones de los salmos, nos parece 

tratarla, del mismo modo y en el mismo grado que oir aún la solemne entonación de su gran maestro,!) 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL csi 

gos de Salamanca (Melendez, fray Diego González, el padre Fernandez^ (1) , lección que 
degenera en apostrofe , j que está escrita con pomposo magisterio , causó honda impresión en 
el ánimo humilde del maestro González. Jovellanos pinta la poesía amorosa como indigna de 
eterna fama, y aconseja kfray Diego que dedique sus cantos á la filosofía moral (2), y á Me- 
lendez que abandone la inspiración campestre , \ consagre su musa á los triunfos de la guer- 
ra y al sangriento furor de Marte , cantando á Aníbal , á Pclayo , á Guzman-el-Bueno y á 
Hernán-Cortés (3). De índole esforzada y generosa era sin duda el consejo de Jooellanos; 
pero demuestra bien á las claras cuánto desconocía este varón insigne las condiciones esen- 
ciales de la inspiración verdadera. A cada hombre traza un camino intelectual su peculiar 
naturaleza, y no hay yerro más grave que imponerle por motivos artificiales un rumbo in- 
adecuado. Ni el numen suave y ligero áe fray Diego GG7izalez podía correr libre y ardiente 
en las asperezas del dogmatismo severo que le prescribía Jovellanos , ni al blando temple de 
Melendez cuadraban las broncas imágenes que andan unidas al sangriento furor de Marte. 
.Jovellanos en cartas familiares esforzaba la imperiosa doctrina, y los dos poetas, que le 
consideraban como á un oráculo, cedieron sin titubear al ascendiente poderoso de aquel hom- 
bre, que por su instrucción, su entendimiento y su carácter se había granjeado tan alto con- 
cepto. Ambos se desviaron de la senda de su vocación verdadera: Melendez, que tan en su es- 
fera se encontraba pintando amorosos juegos y cuadros de la naturaleza , se da á considera- 
ciones metafísicas, donde sólo raya á mediana altura ; fray Diego no se contenta con variar 
de estilo: le asalta como un remordimiento el recuerdo de sus versos pasados, y con infantil 
docilidad promete no cantar en adelante sino materias graves (4). Jovellanos , con laudable 
intención, quiere ayudarle en sus propósitos, y no sólo le encarécele excelencia de un asun- 
to de moral filosófica, fundado en el estudio del hombre , sino que forma por sí mismo el plan 
del poema didáctico Las Edades, cuya primera parte. La Niñez, llegó á escribir el candoroso 
agustino (5). La musa de fray Diego, llevada como con andadores por Jovellanos, en ve?; 



(1) Obras de Jovellanos^ tomo XLVí de la Biblio- 
teca , pág. 37. 

(2) 1 Ay Batilo ! \ ay Liseno .' ¡ ay caro Delio ! 
¡Ay ! i ay, qne os han las magas salmantinas 
Con sus gorglnerias (heciiieerias) adormido ! 

siempre 

Dará el amor materia á nuestros cantos? 

No , amigos , no ; guiados por la suerte 

Á más nobles objetos , recorramos 
En el afán poético materias 

Dignas de una memoria perdurable 

Dejadme al menos, en tan noble intento, 
La gloria de guiar por la ardua senda 
Que va á la eterna fama, vuestros pasos. 
Ea , facundo Delio , tú , á quien siempre 
Minerva asiste al lado , sus, asocia 

Tu musa á la moral filosofía 

{Jovino á sus amigos de Salamanca.) 

(3) Y tú , ardiente Batilo , del meonio 
Cantor émulo insigne , arroja á un lado 
El caramillo pastoril , y aplica 

L tus dorados labios la sonante 
Trompa para entonar ilustres hechos. 
Sean tu objeto los héroes españoles , 
Las guerras, las victorias y el sangriento 

Furor de Marte 

suban 

Por tu verso á la esfera cristalina 

Los triunfos de Pelayo ; etc. 

{Jovino á sus amigos de Salamanca.) 

(4) «La epístola didáctica de V. S. ha causado en 
Butilo y Delio aq^uel efecto (jue tuvo por motivo su 



autor para tomarse la fatiga de escribirla. Delit al 
menos , da una finne palabra de, ó no cantar jaiu;. , 
ó emplear su canto en alguna de las graves riía- 
terias que V. S. se sirve poneT á su cuidado, hacién- 
dole el honor de creerle capaz del desempeño. El 
coturno es mucha altura para una cabeza tan débil 
como la de Delio. » (Carta de fray Diego González 
á JbreZ/anos, escrita en Salamanca, el 28 de Setiem- 
bre de 1776.) 

(5) «Recibo la de V. S. con elPo/je, que leeré tan- 
tas veces cuantas basten para tomarlo de memoria, 
meditar mucho sus bellezas, seguirle el genio y re- 
vestirme de su espíritu. El correo pasado recibí de 

mano de Batilo c\ plan del poema áii Las Edades 

No sólo me gusta y enamora, como todo cuanto sale 
de la pluma de V. S. , sino que también me incita 
poderosamente á poner desde luego en ejecución el 
designio Aunque presumo que V. S. será de pa- 
recer de que el verso que se haya de usar en el 
poema debe ser libre y exento de toda rima , espero 
su expreso parecer en el asunto. » (Carta de fray 
Diego González á Jovellanos. — Salamanca, 3 de 
Noviembre de 1776.) 

También Melendez se rindió á la tutela literaria 
que ejercia Jovellanos con los poetas de Salamanca. 
De Jovellanos es el plan de Las bodas de Cainacho^ 
de cuyo éxito debió de quedar Melendez poco satis- 
fecho. Como Be ve en la siguiente carta, ayudó á 



C^n DOSQÜEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

de caminar más firme y más segura, vacila y decae. El instinto popular repara y corrige el 
error cometido por el espíritu doctrinal exagerado y apremiante, y mientras poquísimos leen 
las elevadas meditaciones del maestro González sobre la primera edad del hombre, se hacen 
innumerables ediciones de El Murciélago alevoso , que Quintana excluye del Tesoro del Par- 
naso español, y el público aprende de memoria la donosa invectiva. 

El ánimo río-ido y levantado de Jovellanos se complacía de tal manera en las cosas de ele- 
vado carácter que desatendía importantes condiciones estéticas, en las cuales estriba la es- 
pontaneidad literaria. Sin facultades internas especiales nadie alcanza á la poesía sublime. 
El jesuíta Montengon, sin más fuerzas poéticas que su intención honrosa, quiere cantar los 
hechos y los nombres más esclarecidos de la patria : Pelayo, el Cid , San Fernando, Gonza- 
lo de Córdoba el cardenal Jiménez, Diego García de Paredes, Carlos V, Colon, don Juan 
de Austria ■ y la trompa heroica no produce en sus labios sino acentos discordantes ó lángui- 
dos (1). Quintana fué, más adelante, el poeta pindárico que Jovellanos soñó en Melendez, sin 
comprender que los cantos enérgicos de Símónides y de Tirteo no podían brotar de la lira 
tierna y un tanto epicúrea del poeta extremeño, á quien se atreve á llamar : 

Émulo insigne del cantor meonio (2). 

Fuera de esto no hay afecto humano cuya expresión limpia y encendida no pueda llegar 
á la sublimidad del arte. Jovellanos, que juzga las poesías amorosas indignas de nna memoria 
perdurable , olvida que Petrarca vive con gloria inmortal en el mundo de las letras por su 
misticismo amoroso, y Anacreonte por algo menos que la expresión del amor verdadero. 

Otro de los escritores más famosos que pertenecen al grupo salmantino, es don Vicente 



fray Diego en la preparación literaria que requería 
el poema Las Edades : 

«Nuestro Ddiolejó con gusto el plan de la .pri- 
mera edad; y aunque al principio se me resistió al- 
guna cosa , cuasi acabé de persuadirle á que em- 
prendiese esta obra, digna, por cierto, de su estado, 
6U profesión , sus años , su literatura y delicadísimo 

gusto.» 

«Tratamos después de los libros que pueden con- 
ducir al plan de V. S., y , en la poca noticia que ten- 
go de estas cosas , le apunté de los mies : 

■a Los Caracteres^ de Theofrasto. 

^)Los Caracteres de nuestro siglo; de Labruyére. 

wZ,os Pensamientos, de Pascal. Esta obra me pa- 
rece un tejido bellísimo de pensamientos, que des- 
criben maravillosamente al hombre. Tienen gran- 
deza, y semejanza con las 

)■) Noches, de Young. Sus máximas son dignas de 
que tengan lugar en el poema de Las Edades. 

)) Malehranche y Locke me parecen bastantes para 
indagar las causas de los enores. 

)) Séneca. No debe dejarse de la mano. Con todos 
estos, y con la asidua meditación del hombre mismo, 
de sus vicios , de sus virtudes y sus inclinaciones, 
Bo puede rcct)gór un caudal suficiente de máximas, 
que, vestidas y ataviadas por la musa de Delio, 
merezcan la aprobación y el aplauso de los enten- 
didos. Las verdades morales á mí me parece que se 
estudian mejor por la meditación del hombre y la 
frecuente observación de todos los estados , que por 



los libros. Nuestro Delio es del mismo sentir, y creo 
que , si lo toma con el empeño que la obra merece, 
haga alguna cosa de provecho.» (Carta autógrafa de 
Melendez Valdés á Jovellanos, escrita de Noviem- 
bre de 1766.) 

Hasta al padre Fernandez dirigía y ayudaba Jo- 
vellanos en sus tareas literarias. Se infiere clara- 
mente del siguiente párrafo de una carta dirigida 
por fray Diego á Jovellanos, en 8 de Febrero 
de 1777 : 

« Acuerdóme que V. S. me ha dicho que tenía 
formado el plan de una comedia, con el fin de que 
la escribiese Liseno. Éste , noticioso de ello , me im- 
portuna y clama en sus caiics por él. Estimaré que, 
si en ello no tiene inconveniente , me lo envié para 
satisfacer los deseos de aquel joven , de euyo talen- 
to se puede esperar que la formalice á satisfac- 
-cion.n (Colección de cartas autógrafas pertenecien- 
te al .señor Marqués de Pidal.) 

Jovellanos envió el plan de la comedia en Abril 
del año siguiente. Fray Diego da á entender en 
sus cartas que era el plan de carácter festivo y 
pastoril. 

(1) Tan lejos estaba Montengon de la alta inspi- 
ración lírica, que sólo es tolerable cuando, en vez 
de cantar á los héroes, canta á los pastores en El 
Mirtilo. 

(2) Homero. Meonia era, en la antigüedad, el 
nombre poético de la Lidia, donde se creía que ha' 
bia nacido el gran poeta, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL Cxnr 

García de la líuerta (1). Promovedor activo de las letras, y autor trágico con inuclia razón 
celebrado, no merece aquí , sin embargo, sino un lugar harto secundario. Es poeta lírico de me- 
diano alcance, y sólo bajo un aspecto relativo merece en esta parte la admiración de la pos- 
teridad (2). Conocidas son sus contiendas literarias y su intolerancia, así como su desmedido 
orgullo. A pesar de su clarísimo entendimiento y de sus no escasas prendas poéticas , no llegó 
á alcanzar la autoridad literaria , por la cual tan vigorosamente pugnaba (3). Su verdadero, 
casi su único título de gloria , es la Raquel, tragedia que junta á un magnífico asunto, inspi- 
rado por Z-a ^zítZ/a áe Toledo, de Diamante, nobles pensamientos, versos casi siempre sono- 
ros , y cierto sabor de heroísmo y de antigua lealtad castellana, que seduce y hechiza. ¡ Cosa 
singular! Huerta, que suele ser versificador rotundo y numeroso en sus obras dramáticas, 
raras veces acierta en las líricas con la entonación elevada y con la armonía verdadera. É 1 , 
que no transige con el prosaísmo de Iriarte, escribe muchos versos en que llega á su colmo 
el rastrero carácter de la mayor parte de la poesía lírica de aquel tiempo (4) ; él , que , por 
haber oido un verso poco eufónico, arrolla con áspera impaciencia los miramientos debidos á 
la amistad y al talento (5), no echa de ver que en las obras de Iriarte no hay acaso tantos 
versos insonoros como en las suyas propias (6). 

A pesar de su desigualdad y de su tibieza en la mayor parte de sus versos líricos; á pesar 
de su espíritu perturbador y de sus estériles contiendas, el nombre de Huerta vivirá, y vivirá 
con gloria , porque va imido á La Raquel. ¿ Qué son , para su fama, sus fogosas y algún tanto 
desatentadas defensas del espíritu antiguo, que sólo á medias comprendía é imitaba? ¿qué 
sus enredados cantos lírico?, sin inspiración y sin tersura? Pasó el prestigio fugaz de sus 
poesías ; se extinguió el eco de sus polémicas , á veces temerarias ; las célebres diatribas de 
sus impugnadores perdieron su veneno. Todo esto es de naturaleza efímera , y se desliza en- 
tre las palmas de la gloria. Pero La Raquel es de esas obras que sobreviven así á la censura 
de una crítica estrecha como á los dicterios del encono. En esa tragedia , cuyas imperfeccio- 
nes se han complacido tantos en descubrir y en ponderar , se encierra copioso caudal de la 

(1) Tanto Huerta como Fomer y Melendez , aun- Con oportonídad la más exacta, 
que los tres extremeños, pertenecen literariamente Sin snjecion á inciertas tebriaa , 

á Salamanca. Allí recibieron su educación intelec- Movimientos, lugares y distancias. 

tual y el estímulo que despertó su numen poético. * \^ ¡ hLbar'deo dé Argd , por don Antonio Barceló.) 

(2) Atinado nos parece el juicio de Ticknor acer- , 

^ ' _ ^ •' La vez primera 

ca de las poesías de Huerta. So, i que hayáis honrado aquesta orilla, 

«Ardiente, dice, aunque desigual adversario de Defiriendo á mis justas peticiones. 

las innovaciones francesas, imprimió en 1778 un {Canción á ¡as bodas del Príncipe de Asturias.) 

tomo de poesías , escritas casi enteramente en el Q°® cuantos veo, cuantos hablo y trato, 
gusto antiguo ; pero su obra estaba demasiado im- ^^ ^^^'"'^ ^^ °^°'° ^ ^^ ^'^°!^.':!.:. 
pregnada del mal gusto dominante en el siglo an- 
terior para poder, á pesar del aplauso pasajero que En cuanto á pro8ai.smo, no hay más allá; y Euer- 
mereció su autor, arrastrar secuaces de alguna nota ta no tenía, en verdad, derecho para tachar áe pro- 
en una senda que ya se iba abandonando casi del saicos á los demás. 

todo.)) (5) Recuérdese la anécdota, referida por Quinta- 
os) «Burlábanse de él, dice Quintana, como de na, dej rompimiento de Huerta con Iriarte por ha- 
un ignorante ó de un loco.)) Son testimonio de ello, berse negado aquél á escuchar el poema de La Mú- 
entre otros muchos , la sátira de Jovellanos titulada sica , á causa del malhadado verso con que em- 
Relación del caballero Antioro de Arcadia, las Re- pieza : 
flexiones de Tomé Cecial (Forner), la Huerteida, ^^^ maravillas de aquel arte canto. 

poema satírico de Moratin, y el siguiente epitafio fo\ c.- j • i i • • ^ 

^ "V . ° ^ (o) bii-van de eiemplo los siguientes : 

epigramático compuesto por Iriarte : j x o 

_ . . . , , . . Tuve , señor , en las aclamaciones 

De jmcio, si , mas no de mgenio escaso, 

Aquí Huerta el audaz descanso goza : Reduzco á muchos, que de U fatiga 

Deja un puesto vacante en el Parnaso, Más agradable le es, cnanto es más ardua...», 

T una jaula vacia en Zaragoza. Para que asi al agricultor causase 

(4) Ejemplos : Llenad el orbe de las alabanzas 

Forma el ataque : distribuye, regla Gustosa mira desde su carroza,,.-. 



(Quejas de un ausente.) 



Cxiv BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

índole tríulicioiuil del pueblo castellano, y éste es im tesoro de alta valía , que acaso no en- 
contró en io-ual errado ninguno de los insignes adversarios del controversista tenaz y agresi- 
vo. En La Raquel está el verdadero lirismo de Huerta^ unido á aquella parte de grandeza 
liistórica que aun pt)d¡a caber en la sociedad española , tan hondamente trasformada. El 
])ueblo es])añol so entusiasmaba con La Raquel. Aun sentia la noble emoción de la grandeza 
histórica. En el ánimo de los literatos las prevenciones de rivalidad y de escuela ahogaban 
aíiuel sentimiento (1). La verdadera entonación poética de Huerta no se encuentra sino en 
sus obras dramáticas. Allí ti<íne vigor y vuelo y armonía. Quintana recordaba con gusto el 
macrm'fico efecto que en los labios de Maiquez producía aquel bello final del acto tercero de 
la Jaira (traducción de la Zaire de Vol taire) : 

El sexo que amenaza 
Con su blandura avasallar el mundo, 
Mande en Europa y obedezca en Asia. 

Nosotros recordamos también , como embeleso de la niñez , cuan rotundas resonaban en 
juiestros oídos y vibraban en nuestra alma algunas cláusulas de La Raquel, por su enérgica 
armonía, por su noble sentido. Estas cláusulas tienen un encanto que no muere con los vai- 
venes de los tiempos, porque sale del corazón del poeta. ¿ Cómo no admirar, por ejemplo, la 
austera lealtad de Hernán García, cuando, respetuoso, pero inexorable, recuerda á Al- 
fonso VIII el abismo á que le arrastra el olvido de sus deberes? 



Pero ¿cómo han de estar, sino marcliitos, 
Campos á quienes niega el sol sus rayos , 
Jardines que descuida el jardinero, 

Flor que no riega diligente mano ? 

Raquel Permite, Alfonso, que la nombre ; 

Y si te pareciere desacato 

Que quejas de Raquel se te repitan , 



Pague mi cuello culpas de mi labio. 

Ya no conquista Alfonso, ya no vence ; 
Ya no es Alfonso rey ; aprisionado 
Le tiene entre sus brazos una hebrea; 
Pues ¿cómo ha de ser rey el que es esclavo? 



¡Qué mezcla sim.pática de gala, de pena y de entereza ! Aquí es Huerta un verdadero 
poeta; y cuenta que de rasgos semejantes está sembrada la tragedia entera (2). 

Otro poeta salmantino digno de alto aprecio, aunque juzgado á veces con sobrada injusti- 
cia, es don José Iglesias de la Casa. Algunos escritores de Sevilla, ofuscados acaso por riva- 
lidad de escuela ó de espíritu provincial, le tuvieron por poeta de muy secundario valer. 
Mármol , tan inferior á él , y tan escaso de sentimiento poético, dice con tono desdeñoso : 
«.Iglesias pertenece á los poetas de inferior clase» (3). Lista, en su poema El Lnjjerio de la 
estupidez, después de ridiculizarla poesía de Iglesias , habla así, irónicamente, en una nota: 
«Es admirable la habilidad con que Iglesias ha sabido convertir tres octavas de Ballmena en 
estancias para dos odas. )) Algo más había que decir de aquel simpático é ingenioso poeta. 
Verdad es que, al parecer, alguna vez explotaba Iglesias sin pudor los versos ajenos ; pero 
cuando su musa se encuentra en su esfera propia, que es la de la gracia y la ironía, no es 
plagiario ni imitador siquiera; y, aunque por otros caminos, y tal vez con mayor intención 
y malicia, sabe llegar al nivel adonde llegaron Baltasar de Alcázar y Polo de Medina. En los 
versos cortos epigramáticos , el tono, la expresión, el sabor castellano, la admirable concisión 
descriptiva, todo le ayuda para dar agrado y chiste á sus letrillas y á sus epigramas, muchos 
de los cuales viven y vivirán en la memoria de las gentes , porque tienen el carácter sencillo 
y penetrante de los proverbios populares. Forner , gran juez , por cierto, en materia de lite- 



(1) Véase en la carta 7." de Melendcz (tomo sí- 
.;u¡ente)con cuan apocada crítica juzga este poeta 
Ja popular tragedia. 

(2) Don José March y Boitús , autor del poema 
jocoso Lit liani-Jialiyucrra , y contemporáneo de 



Huerta, escribió también una tragedia titulada Ea- 
quel. (Véase Fuster, Biblioteca valenciana, tomo li, 
piig. 171.) 

(3) Prólogo del Romancero del doctor don Manuel 
María del Mármol^ Sevilla , 1834. 



Í)E LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIl. crv 

ratüra incisiva, da á entender en estas palabras, al través de su tono chancero, cuan persua- 
dido está de la fuerza satírica de los versos de Iglesias: 

Muy satisfecho (dice) estaba yo con mi epigrama, y muy satisfecho de que me había vengado con 
él á todo mi sabor, cuando hete aquí á mi amigo Arcadio (Iglesias)^ antiguo conmilitón mío en la viniver- 
sidad, socarrón de primer orden , y hombre que diria una pulla en verso al mismo Apolo en sus doradí- 
simas barbas (1). 

Algunas poesías villanescas de carácter á la vez candoroso y agudo, como La esposa aldea~ 
na; otras tiernas y lozanas, como la Rosa de Abril, la salida de Amarilis al Zurguen, la^^a- 
gala que vuelve del campo; ú otras de carácter irónico, como La lira de Medellin , se leen con 
gusto todavía, porque están escritas todas con tersura j viveza, y algunas con sensibilidad, 
no ardiente é impetuosa, porque esto no cuadraba á la condición del poeta, sino graciosa y 
delicada. 

Acontecía á Iglesias lo que á Moliere y á muchos otros ingenios festivos. Hacen reír á los 
demás mientras su corazón está devorando lágrimas de amargura. Parece en sus versos epi- 
gramáticos el apóstol de la alegría , y pasa su breve y malograda vida casi siempre enfermo, 
pobre, oscuro y olvidado en miserables aldeas del obispado de Salamanca, y lo que es más, 
acosado en sus últimos años por los escrupulosos remordimientos y las dudas sutiles do un 
alma buena , pero débil y lacerada. En las cartas que antes de recibir la orden sacerdotal es- 
cribió á Forner, su antiguo condiscípulo, cuyo firme carácter respetaba , se advierten ya cla- 
ras señales de una conciencia inquieta y atormentada por imaginarios recelos (2). En una de 
ellas le pregunta cómo pueden conciliarse las satisfacciones de amor, la codicia de gloria li- 
teraria y el interés mundano con el « deseo de lograr su último fin » ; en otras se trasluce 
que la dolencia crónica que le llevó al sepulcro en 1791, á los cuarenta y dos años, era parte 
muy activa en sus cavilaciones infantiles y en el tedio que por momentos le devoraba. Así le 
dice en una de ellas : 

Amado mío Aminta (Forner): Guerra es la vida del hombre sobre la faz de la tierra, dice Job; y así, 
por más que cualquiera se halle favorecido de la fortuna, de la salud y de la filosofía, con todo no le 
faltan pasiones con que pelear, como son el amor, la ambición, la envidia, etc. Yo, empero, de los bienes 
dichos solo puedo decir que me da cuidado el de la salud, y si bien esta falta anda mucho para mitigar 
aquellas pasiones altaneras, con todo la enfermedad me llena de tristeza , me desanima y me hace despre- 
ciar los negocios temporales, maguer que honoríficos sean 

El empleo que han conferido á nuestro Dalmiro (Cadalso) es el de sargento mayor do su regimiento. 

Se me queja de que no le escribo Quiero noticiarte qué obras poéticas traigo entre miinos. La principal, 

ó la más dilatada, es una Filosofía moral, la que no concluiré en mucho tiempo. Allende de esto, he com- 
puesto varias églogas , epigramas, letrillas, anacreónticas, etc., de las que creo te haya remitido algunas 

el señor Caseda Tara otro correo te enviaré el principio de la Filosofía moral Há muchos días que 

miro con desidia la poesía, y en el presente año no he leído ni he compuesto un solo verso Te ama de 

todo corazón tu amigo, .4rcafZ¿o.— Salamanca, Abril de 1776 (3). 

La inquietud de ánimo en que en los tiempos de su mocedad vivía Iglesias , acaso la des- 
igualdad de humor que suele nacer en las naturalezas enfermizas, no hacia siempre su trato 
tan dulce y afectuoso como pudiera imaginarse. En las muchas cartas que se conservan de los 
poetas salmantinos á Forner, se encuentran abundantes indicios de que el cielo poético de aquel 

(1) Don Juan Pablo Forner, Exequias de la ten- (.3) Tenemos á la vista esta y otras carias auto- 
gua castellana. (MS.) grafas de Iglesias. Están contenidas en un volumen 

(2) Se ordenó de presbítero (en Madrid) el año de Cartas de varios literatos á Forner, que con bon- 
de 178.3, esto es, unos ocho años antes de su falle- dad suma nos ha franqueado nuestro ilustrado ami- ' 
cimiento. Véase en el presente tomo la excelente go el señor don Luis Villanueva. Hay en este volú- 
biografía de Iglesias por el escritor salmantino don men interesantes cartas , todas autógrafas, de Esta- 
Manuel Villar y Hacías. Es superior, por la novedad la, Florian, Trigueros, Quintana, Arjona, Arro- 

y exactitud de las noticias, á cuantas de aquel poe- yal, Navarrete, Campománes, Llaguno, Moratin 
ta se han publicado anteriormente. (Leandro), Alurchena y otros. 



Cxvl BOSQUEJO HISTÓRICO CKÍTICO 

Parnaso nada tenía á veces de apacible y sereno. Un poeta liarto escaso de inspiración , don 
Ramón Caseda o-rande amigo y resj)etuoso admirador de Fornei', á quien contaba sus cuitas 
y referia en sus cartas la cbismografía literaria de Salamanca, víctima acaso de la vena sar- 
cástica de I</h'sias, se queja de él amargamente, y le atribuye avieso carácter, y aun prendas 
morales muy vituperables. Esta chismografía íntima de los literatos del siglo xviii tiene hoy 
dia interés histórico, porque nada explica tanto el espíritu de los escritores, como el conoci- 
miento de su carácter. Dejando aparte las prevenciones personales del severo Caseda, á quien 
acaso su inferioridad literaria ó su cavilosa imaginación hacían receloso y descontentadizo, lo 
que dice en varias cartas, no desmentido por Forner, indica, no que Iglesias fuese pérfido y 
falso, como con exageración evidente dice Caseda, sino que con juvenil irreflexión, y acaso 
por hacer sala de aí^udeza, zahería y mortificaba á sus amigos (1). Por lo demás, Caseda era 
de aquellos ánimos impresionables y apasionados que nada perdonan y todo lo abultan. También 
censura á Melendez y á otros (2). Sólo tiene admiración, respeto y cariño para la austeridad 
áeForncr v para la bondad incomparable de Cadalso. Sea como quiera, lo que de Ljlcsias di- 
cen Caseda y algunos otros de sus contemporáneos , y lo que él mismo explica de sus aficio- 
nes y de su carácter, da á crmocer muy á las claras que una naturaleza como la suya , sensi- 
tiva y burlona , no podía hallar su centro sino en el tumulto mundano. ¿ Cómo no había de 



(1) En una carta, escrita en Salamanca, el 1." de 
Agosto de 1775, dice Caseda á Forner, que á la sa- 
zón se hallaba, según parece, en Toledo : 

«Cada dia voy sintiendo más haber conocido á 
Iglesias, pues por éste sin duda he perdido mucho 
en el concepto de Cadalso, á quien amo tiernísima- 
mente. Vea Vmd. esas dulcísimas composiciones es- 
critas de su puño; y con todo, se las quiere apostar 
Iglesias. ¡Qué malo es éste y qué afortunado! ¡Y 
qué bueno es Cadaho ! « 

En otra carta (Enero 10 de 1775) le dice : 

aArroijal, Carbonell, y... iba a decir Cadalso, vi- 
ven dominados de la perfidia y charlatanería del 
hijo de la castañera (no quiero decir que sean pér- 
fidos, sino que Iglesias los tiene engañados con su 
perfidia), el cual, no favoreciendo nada con su mor- 
daz y necia crítica á mi mayor amigo {Forner), 
determiné yo, para su mayor castigo, dorar cuanto 
pude la enemistad de Vmd. con su persona, dicién- 
dole que Vmd. s61o deseaba su correspondencia ; y 
así, que le escribiese á Vmd. dándole satisfacción 
de BU proceder y crítica » 

En otra : 

«Ilabia hecho ánimo de no devolverá Iglesias la 
carta de Vmd., ya por el desprecio que había he- 
cho de ella hablando con Melendez, como por todas 
BUS calidades, que Vmd. bien conoce; y todo esto 
no obstante, se la devolví, no por temor de su mala 
lengua, sino porque nadie piense que soy envidio- 
so. He sabido que ha escrito á Vmd. una epístola 
muy amorosa y muy moral , y yo me he alegrado, 
porque al fin se distraerá Vmd., pues él , aunque 
falso, 68 divertido.!) 

Forner hubo de reprenderle su excesiva severi- 
dad para con Iglesias, y Caseda le contesta, arre- 
pentido : 

«Salamanca, Mayo, no sé á cuántos de 1776. 
^Aminta mío : He llorado de gozo habiendo leído 
Ja de Vmd., y no obstante la turbación que ha 



ocasionado á mi alegría, digo que no solamente 
quiero que Vmd. se comunique con Arcad'.o, sino 
que también deseo de todo mi corazón que le haga 
muchos favores de mi parte ; porque, aunque él es 
un mal político (descortés), yo soy un mal cristiano; 
y de esta manera él aprenderá á ser hombre de bien, 
y yo á vencerme á mí mismo.» 

(2) Esto dice contra Melendez : 

«jBaíiVo prosigue viento en popa; amigo sólo de. 
su interés , esclavo de su ambición , é idólatra de sus 
propias prendas.» 

Iglesias, en una de sus cartas á Forner, da idea 
del violento y rígido carácter de Caseda en estos 
términos : 

« Ayer tarde fui de paseo con Casfirfa. hablando 
de la mística, que he elegido por consuelo en mis 
pesares, para lo que yo decía que me era obstáculo 
la mucha afabilidad con que trato á muchos , y tra- 
tándolos , se destruye toda la recolección (recogi- 
miento y concentración del alma en las cosas divi- 
vas) que dicha mística pide. A lo que Caseda repli- 
caba que me armase de una sequedad, altivez ó fa- 
natismo con que despreciar á los sujetos que no 
juzgase de carácter, y que con esto lograría que no 
estorbasen los vulgares mi carrera.» 

«Mas á esto digo que no puedo avenir por mi ge- 
nio humilde y blando, y que Caseda lo dicta según 
el suyo altivo é inflexible.» 

«Esto, como he dicho, fué esta tarde el asunto de 
nuestra conversación, y viniendo yo á casa, y le- 
yendo la tuya, me eché á reir viendo lo que don 
Ramón (Caseda) se queja tan indirectamente por 
tu pluma. A la verdad, el caso que dice es éste : 
Prestó un tal Villafafie un libro á Caseda, éste á 
Melendez, y Melendez hízose prenda de él, porque 
Caseda le destruyó una Celestina, que tampoco era 
de Melendez, sino del maestro Alba. Caseda desal ó 
á Melendez porque no le daba el libro, y Melendez 
por fin se lo dio á Caseda)), etc. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EX EL SIGLO XVIIL CXVn 

afligirse y ahogarse aquel espíritu activo y obsf r/ador, encerrado durante algunos años en 
los pobres curatos de las aldeas y pueblecillos de Guijuelo, Larodrigo, Carabias, Santa Marta 
y Carbajosa de la Sagrada? 

Y, sin embargo, ya sacerdote y párroco, se convirtió en hombre ejemplar y timorato el 
estudiante travieso y un tanto mordaz. Le asaltaron escrú])ulos de conciencia por haber dado 
tan fácil rienda á su desenfado satírico; y, como para acallar aquel remordimiento, abandonó 
la poesía epigramática, y escribió poemas sin vida, que la posteridad no lee (1). Dios le ha- 
brá tenido sin duda en cuenta aquel santo y cristiano propósito. Pero la verdad es , que sin 
su vena satírica , tan natural , tan llana , y al propio tiemj)o tan chistosa y tan incisiva , Igle- 
sias , con sus églogas, con sus odas y con sus poemas , habría sido en su época menos famoso, 
y estaría hoy dia enteramente olvidado. En los versos largos, la mayor parte de la poesía de 
Iglesias ha envt>jecido y parece hoy insulsa y desmayada. Sus epigramas y letrillas satíricas 
serán siempre jóvenes. Deben sin duda este gran privilegio al hechizo particular de aquella 
sencillez maliciosa, en que Iglesias es inimitable. 

En las cartas autógrafas del padre Estala á Forner hallamos el más cabal y autorizado 
elogio que se ha hecho de las nobles prendas de Iglesias. Estala , uno de los más insignes li- 
teratos de su tiempo, se juzgaba muy desventurado (2). Vio á Iglesias engolfado en la vida 



(1) La Niñez laureada^ en loor de don Juan Pi- 
cornell , de edad de tres años seis meses y veinti- 
cuatro dias, examinado en la universidad de Sala- 
manca, el 3 de Abril de 1785. — Este poema, harto 
prosaico y palabrero, y á veces versificado con no- 
table descuido, se imprimió en Salamanca (1785), 
pero no fué incluido en edición alguna del célebre 
poeta. 

La Teología; Salamanca, 1791. — Este poema, en 
nueve discursos, en el cual el autor emplea más bien 
los raciocinios de un disertador dogmático que los 
arranques de un poeta , adolece de la frialdad común 
á las obras didácticas; pero está escrito con feí-vor 
cristiano, y este mismo fervor inspira álglesiasver- 
60S en que sobresale el sentimiento poético. Hé aquí, 
como muestra de su estilo, un trozo notable, que no 
ha podido escribirse sin entusiasmo religioso. Está 
tomado del Discu7'so /, que trata de la existencia de 
Dios : 

De lo que fué en los siglos eternales, 
¿Quién, sino Dios, lo vio? ¿ Quién lo ha sabido ? 
¿ Quién las cimbras trazó ? ¿ Quién dio el modelo 
Al enarcar las bóvedas del cielo 1 
I De qué veta salió la pedrería 
De astros celestes ? ¿ Quién su luz dorada 
Vistió al sol ? i De qué concha nació el día ? 
¿ De qué pasta de nácar fué amasada 
La fresca aurora ? ¿ Qué sutil aliento 
De si produjo al saludable viento ? 
¿ De qué limpio cristal el agua pura 
Su licor destiló fresco y suave ? 
De esta inmortal lazada la hermosura, 
Quién la dio, diga el impío, sí lo sabe. 
Diga qué duración al tiempo queda, 

o cuántas vueltas fallan á su rueda 

Pregunte , si le place , al vapor leve , 
Al frío hielo, al áspero granizo, 
Al fuego aselador y mansa nieve , 
Sí le osarán negar á quien los hizo. 
Pues cuando allá en el cielo airado mueve 
Sn carro Dios, y el rayo fulminante 
Al incrédulo coge de sorpresa , 
Preguntadle , si á Dios aun no confiesa , 
i Por qué tiembla con pálido semblante ? 

I, Ps,-2:yhi, 



¿ Quién á las grullas dice y las cornejas 
De los tiempos las súbitas mudai-zas ? 
y al valle que florece más temprano, 
¿ Quién le avisa que viene ya el verano ? 
No otro, no, que el reciproco lenguaje 
Con que el mundo se trata y comunica, 
Y á su Autor, en señal de vasallaje , 

Con inmortales cánticos predica 

La copia , en fin , le enseñará sin duda 
De varias formas y de esficcies tantas ; 
Pues, para hablar de Dios, la tierra muda 
Lenguas hará las hojas de su^ plantas. 

(2) Traductor é ilustrador del Edipo rey, de Só- 
focles, del Plutú, de Aristófanes, y de otras obras 
Formó la célebre colección de poesías castellanas im- 
presa en Madrid á fines del último siglo, á la cual, en 
vez del suyo propio, puso el nombre de don Ramón 
Fernandez, que era el de su barbero. En tsta colec- 
ción, al frente del tomo XVI, publicó Quintana, sin su 
nombre, su discurso sobre los Romances antiguos cas- 
tellanos; obra llena de aciertos y de errores, muy no- 
table para el estado de la crítica en aquel tiempo, y 
que demuestra los grandes y felices instintos litera- 
rios de Quintana, que se sobrepone sin saberlo á mu- 
chas de las preocupaciones de la escuela seudo-clá- 
8ica. (No fué incluido este discurso en las Obras 
completas de Quintana, tomo xix de la presente Bi- 
blioteca.) 

Estala no fué dichoso. Abrigaba sanos principios, 
pero habia equivocado su vocación. Lo devoraba el 
desaliento. Infiérese esto claramente de sus cartas 
familiares á Forner. En una de ellas le dice : 

Si tu estás fastidiado de tu empleo, yo lo estoy de la vida. Estoy 
sano, gordo, nada me falta para una decente subsistencia; pero ¿do 
qué sirve esto, si falta el plaoor, que hace apetecible la vida? Voy 
arrastrando una fastidiosa existencia, en que no hallo más que una 
monotonía maquinal de operaciones periódicas. SI me pongo á pen- 
sar, el pensamiento es mí verdugo. Me representa el estado misera- 
ble en que me hallo, solo, aislado, sin un amigo ; y esto me basta 
para ser infeliz. Cuando quiero huir de estas dolorosas consideracio- 
nes con la disipación , en medio de las diversiones me asalta la mal- 
dita reflexión, y me hace amargos los mayores placeres. Ni ion ten- 
go gusto para leer 



CX^^I BOSQUEJO HISTÓRICO-CRÍTICO 

pura sencilla y útil de sus santos deberes, y quedó cautivado ante aquel envidiable cuadro. 
La inquietud del antiguo estudiante y la resignación del novel sacerdote se hablan convertido 
en evanírélico sosieo-o y en serena armonía. Así escribía estala, desde Salamanca, en 12 de 
Agosto de 1799: 

¡Dichoso Areadiol Él goza de una renta mus que suficiente; filosofa y poetiza á su sabor, sin zozobra 
ni cuidado; goza del incomparable placer de liacer bien á los que lo merecen, que son los pueblos infelices 
que están á su cuidado. Su casa es el refugio de todos los pobres. Con ellos reparte su renta, les da cense, 
jos V documentos admirables para disminuir sus trabajos y miserias. Compone todos los pleitos, ó, cuando 
es indispensable, toma á su cargo la defensa de la inocencia y de la justicia oprimida. Disipa los errores 
y preocupaciones perjudiciales, para que su sencilla credulidad no sea tributaria de la hipocresía y de la 
Bupersticion. He aquí verdadera filosofía. El no dogmatiza, ni sentencia oomo nosotros, z^arones doctísi- 
mos; pero sabe gozar de la vida y estar contento con su suerte. Te aseguro que, á pesar de la corrupción 
de mi ánimo, efecto del trato cortesano y de la lectura, envidio su suerte. 

Butilo está disponiendo su marcha. Quiere que hagamos primero un viaje á las Batuecas, do diz que 
tiene hecha una singular promesa. Iremos, porque creo ha de ser la romería un poco poética. Está reco- 
giendo sus escritos para dejarlos en poder de Jovino para la impresión 

Un título especial tiene este poeta á la consideración de la posteridad , y singularmente á 
la de nuestro tiempo, en que la lengua castellana anda tan mal parada. Es el iiltimo de los 
poetas españoles que habla, sin hacer alto en ello, la lengua pura y genuina del pueblo de 
Castilla. Dicción, lenguaje, modismos, sabor peculiar, forma del pensamiento, todo es exclu- 
BÍvamente castellano. 

Tiene seguridad completa en el manejo del idioma, y no la estudiada del filólogo, sino la 
espontánea de quien no ha alterado el lenguaje que oyó desde la cuna, con el cultivo continuo 
de lenguas extranjeras. Sólo con fray Diego González puede compartir Iglesias la gloria de 
haber sido, en la era de Carlos III , verdadero representante de la tradición fiel del habla cas- 
tellana. En la mocedad de Iglesias no abundaban, por cierto, en Salamanca los libros france- 
Bes, y este poeta nada aprendió cuellos (1). Melejidez , Forner^ Cienfiiegos, y los demás que 
Be educaron leyendo obras francesas , no sólo del siglo de Luis XIV, sino también de la épo- 
ca enciclopedista , son escritores castellanos , pero más ó menos afrancesados. 

Balbuena , Quevedo y otros escritores antiguos inspiraban á Iglesias. ¿ Quién ha de leer la 
cantilena x, que empieza : 

Un colorín hermoso, 

sin traer á la memoria la cantilena de Villegas , A U7i pajarilla f 

Otras veces no imita , sino roba. En el idilio Al des/allecimiento, por ejemplo, hay segui- 
dos siete versos comocidísimos de Balbuena. En las odas Al dia y A la noche hay también 
versos tomados de El Bernardo. Pero tal descaro en quien abriga fuerza propia para com- 
poner bellos versos , indica sobradamente que esto no era sino un estudio, como han imagi- 
nado algunos , ó antes bien , como nosotros sospechamos , un caprichoso alarde de la musa 
juguetona de Iglesias. A pesar de estas imitaciones y de estos hurtos poéticos , nadie 
puede negarle que tiene originalidad completa, hasta el punto de estampar un sello peculiar 
en sus obras, siempre que da rienda á la travesura juvenil de su vena. ¿Quién ha de leer sin 
risa sus trovas ó parodias picarescas de algunas poesías delicadas de la edad de oro de las le- 
tras castellanas? ¿Quién no esparce el ánimo al ver al mancebo zumbón complacerse en des- 
pojar de su idealidad al lindísimo madrigal de Luis Martiii^ convirtiendo en una redonda chin- 
che , gruesa y lisa, la aleja escondida en una rosa, que pica la flor de los labios de la ninfa del 
antiguo poeta? 

Iglesias quiso probar sus fuerzas, siendo muy joven todavía, en la poesía heroica académi- 

(i) Por los afios en que falleció Iglesias, abrió eu Salamanca Alegría y Clemente su librería de librofl 
exclusivamente franceses. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CXIX 

ca, llamada entóuces épica , y escribió un canto en octavas para tomar parte en el certamen de 
Las naves de Cortés, abierto en 1778 por la Academia Española. No temamos noticia alguna 
de este poema , nunca impreso, basta que leimos el siguiente párrafo de una carta escrita por 
froT/ Diego González á Jovellanos , el 10 de Febrero de 1778 : 

En confianza me ha mostrado Arcadia (Iglesias), el autor de aquellas letrillas, un canto que ba com- 
puesto al asunto propuesto por la Academia Española. En medio de varios defectos que le he notado y ad- 
vertido, no deja de tener muy buenas cosas ; y si tiene la fortuna de que no escriban los Butilos (Melen- 
dez), Dalmiros (Cadalso), Amintas (Forner) y otros que le exceden en talento, tal vez llevará el premio. 
Me asegura este mozo (Iglesias tenía á la sazón veinte y cuatro años) que Batilo ha desistido de este empe- 
ño, y que de Salamanca no irá más poema que el suyo (1). 

Fácilmente dimos con el poema, examinando los papeles de la Academia. Entre los 
catorce poemas que este ilustre cuerpo señaló como únicos dignos de examen detenido, hay- 
uno que, así por su peculiar estilo, como por sus alusiones á las musas de Salamanca , da 
fundado motivo para presumir que es fruto de la pluma del festivo poeta. Bastaría la siguien- 
te octava, que es la duodécima del poema, para adivinar al autor. Recuerda en ella á los 
poetas salmantinos más notables de su tiempo, con la única excepción del mismo Iglesias , á 
quien por modestia no era dable preconizar su propio nombre : 

¿Tú, por dicha,' á Dalmiro (2) no escuchaste 
En dulce lira el lamentar sonoro? 
¿Al trágico Flumisbo (3) no admiraste 
Alzar el canto en el coturno de oro ? 
¿Tú con el nuevo Laso (4) no cantaste, 
Con Delio (5), Aminta (6) y con Liseno (7) á un coro? 
Pues estos cisnes que á cantar se mueven , 
Serán los que el dorado siglo innueven. 

Fray Diego González , que, como se ha visto, no quedó muy cautivado con la lectura de esta 
obra, se manifiesta todavía demasiado indulgente. Iglesias nohabia nacido para la poesía he- 
roica. Su poema es inferior, no sólo á los justamente celebrados de Vaca de Guznian y de do7i 
Nicolás de Moratin , sino á la Pironéa de Cortés , del padre Báguena, y á algunos otros poe- 
mas harto medianos de los cincuenta y tres presentados al concurso. La inexperiencia del 
poeta novel se trasluce en todo el canto de Iglesias, y sólo en algunas octavas asoma el calor 
de la frase ó el vuelo i^oético de la idea (8). 



(1) Colección de autógrafos perteneciente al se» t>el cerco de Inceros la armonía, 

fior Marqués de Pidal. ^'^^ tanta novedad que envidia diera 

í'0\ r" rl 1 '^ soberano Apolo , rey del dia; 

^ ■' \ ' ^ Maguer que altos asuntos me ofreciera 

(3) Don Kicolas Fernandez de Moratin. Del vasto mundo la ancha monarquía, 

(4) Melendez. Búlo cantara bélicas hazañas 

(5) Fray Diego González. ^^ '°^ ''"°®^ '''' P'"' ^^ ^^' Espafias. 

(6) Forner. El amor de la patria aparece al poeta en forma 

(7) El padre Fernandez. de visión sobrenatural , y así le habla : 

(8) Puso por divisa al poema estos cuatro versos „ . 

OCTAVA 8* 

de la octava 37 de La casa de la Memoria, de Vi- _ , ... , ^. ' 

_ . . ' «To soy (me dijo el Dios), doncel amado, 

Cente ÜiSpinel : Aquel que en una paz , una fe , un celo, 



Hernán Cortés del encubierto mundo Una amistad y un vi nenio he ayuntado 

Descubre el paso y las riberas halla ; Cuantos pueblos sostiene el ancho suelo. 

Los bajeles barrena y da al profundo , Sólo en el hondo abismo no he morado; 

En su ardid confiando , esfuerzo y malla. Tengo lugar en el empíreo cielo ; 

Tj~„ir7' iT„ ' No hay virtud ni deidad que á mi me exceda 

Por ser de icrZeszas, publicamos aquí, como mués- t. i i . * , u,- 

^ ' ^ ^ ' Del globo octavo en la subLme rueda.» 

tra, estas cuatro octavas, que son acaso las menos 

. . , ,1 OCTAVA 16. 

imperfectas de todo el poema : t j, ■, ^ • ,, , 

■^ ^ Las armas de un clarísimo soldado 

OCTAVA 1 ." En extraña región , con rumbo Incierto, 

Bi á mi voz sacro númeu concediera De sol y mar y viento malparado. 



OXX BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 



CAPITULO XI. 

Continuación del reinado de Carlos ni.—Velazquez. — Trigueros. — Su superchería poética. — Su Riada. — SnA 
parciales é impugnadores. — Jesuítas poetas.— Lasala.— Alegre.— Isla. — Diaz.— Ceris.— Montengon.— 

Muñoz. 

Uno do los escritores que más en cuenta han de tenerse para comprender la época de 
transición que corresponde al reinado de Fernando VI , y aquilatar el carácter que tomó la 
crítica doctrinal en la época de Carlos III, es don José Luis Velazquez , marqués de Valde- 
fiores. No era orande en verdad su ingenio poético ; pero sí extenso su alcance crítico , sé- 
euro su buen gusto, tal como el buen gusto se entendía entonces , y ejemplar su constancia 
en las desabridas tareas de erudito y de investigador de antiguos monumentos históricos. 
Harto breve é incompleta es sin diula su obra Orígenes de la poesía española, publicada por 
primera vez en 1754; pero hay en ella asomos de un sentido crítico sano y elevado, poco 
común en aquellos tiempos , y tal cual es este bosquejo histórico, honra en alto grado el dis- 
cernimiento de su autor, y demuestra cuánto camino habían andado y cuánta fuerza habían 
adquirido las doctrinas exóticas que diez y siete años antes habia sostenido en forma dog- 
mática don Ignacio de Luzan. 

Pero es de notar que mientras más se acercaban al triunfo , mayor estrechez y rigor iban 
cobrando estas doctrinas. Velazquez leyó en la academia del Buen Gusto dos estudios crí- 
ticos: el uno es un elogio desmedido de la tragedia, y en especial de la Virginia de Montia- 
no- el otro un examen de las dotes y circunstancias que constituyen la poesía (1). Las ideas 
sobre la trao-edia en general, contenidas en el primero de estos estudios , son las mismas, rí- 
gidas y absolutamente convencionales , que los preceptistas franceses é italianos creían en- 
contrar en Aristóteles; por donde la sana crítica teatral, lejos de progresar, como lo imagi- 
naba Velazquez , retrocedía no poco del pxmto en que la habia dejado don Juan de Iriarte en 
el Diario de los literatos (2). Las doctrinas del segundo estudio sobre la índole de la poesía 
se resienten igualmente del espíritu artificial que animaba, ó, por mejor decir, subyugaba 
toda la literatura seudo-clásica. Cosas bastante cuerdas é ingeniosas dice Velazquez acerca 
del estilo poético y de la dificultad de conciliar los preceptos de las Poéticas con la inspi- 
ración desembarazada , con el est Deus in nobis, de los verdaderos poetas. 

Los poetas más grandes (dice) han peligrado infelizmente en este escollo. Unos, por ajustarse exac- 
tamente á las reglas, han dejado lánguida y exánime su poesía. Otros, por dejarse arrebatar demasiado 

de la fuerza de su fantasía, han sacado las cosas de quicio Ki las reglas propias de este arte, ni todas 

las grandes luces que se adquieren por el estudio de las demás ciencias y facultades, son capaces de ha- 
cer un poeta mediano. Ésta es una obra que el cielo se ha reservado para sí. 

De polvo y sangre y de sudor cubierto, f OS literarios de la coleccíon del sefior de Gayán- 

A aherrojar grandes reyes enseñado, „„_ \ 

En hallar mundos que vencer experto ' , 7 , /. . 

Pero ¿ quién será , mnsas, varón tanto. (2) Velazquez llama muestra de todas las per/eccio- 

En cuyo elogio asi animáis mi canto ? nes á la soporífera Virginia, de Montiano, Parecíale 

,„. la traffedia clásica, tal como entonces se entendía, 

OCTAVA 19. 07 T 

el colmo de la sublimidad del arte. «El poema (dice) 

Por Motezuma , emperador famoso, .„¿„_ii. •' i' j ix 

_ ^ ^ ^, . , nías excelente, y asimismo el mas arduo, es la tra- 

Era este vasto termino regido, j- t> 

El más sublime acaso y venturoso gedia. Por eso Aristóteles , habiendo de escribir su 
Que en sus antecesores habia habido. Poética, l& redujo casí toda al artificio del poema 
Pero ¡guay del! que cuan-lo más glorioso trágico España, que desde el principio del si- 
se halló este imperio, entonces fué perdido: _, II- •! Ti- 1 1 i T 

ru.» • ia- ^,...,„ i„„„,„„™i„ gio XVI había conocido y cultivado la tragedia en 

Que 81 el Señor sobre un lugar no vela , ° _ _ _ •' o 

Guárdalo en vano humana centinela. SU misma lengua original, con un arte y un ingenio 

maravilloso , de repente perdió este gusto con laiu- 
(1) Tenemos á la vista estos estudios. (Autógra- troduccion de las tragicomedias » 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIH. CXXT 

Y este mismo crítico , que ve en la poesía el impulso libre y natural de las facultades ce- 
lestiales de que Dios dotó al alma humana, en el propio escrito en que así piensa, pone lí- 
mite y embarazo á la expansión de los sentimientos, declarando que sólo «las alabanzas de 
los dioses , las grandes acciones de los héroes , las virtudes de los sabios , la armonía de los 
cielos, el curso 7 movimiento de las estrellas, las maravillas de la naturaleza, y en general 
lo gra7ide y lo magnifico qve sucede en el mundo, es materia propia para ejercitar el ingenio y 
el numen del poeta. » Esta noblemente intencionada , pero estrecha é infecunda teoría , ex- 
cluj'-e los afectos tiernos y delicados del corazón, las sensaciones suaves y risueñas del 
alma , y reduce la poesía á ima epopeya falsa y amanerada ó á un lirismo forzosamente en- 
copetado y ambicioso. ¿No se ve aquí el anuncio de aquella preocupación de escuela que mo- 
vía á Jovellanos á aconsejar á sus amigos de Salamanca que renunciaran á los cantares del 
amor ? 

El alto é incontestable mérito de Velazquez , su posición social , el valimiento que le dis- 
pensaba el célebre ministro Marqués de la Ensenada, y hasta su natural arrogancia, le gran- 
jearon grande autoridad y no pocos enemigos. En sus cartas íntimas á su amigo don Agus^ 
tin de Montiano se echa de ver la aversión que le inspiraba el respetable ^acíré Florez, Zahe- 
ríale con cierta fruición malévola , llamando pepitoria sagrada k la España Sagrada, No es 
dable creer que impulsos de vanidad ó envidia llevasen por extraviada senda la phima de un 
hombre de tan noble índole (1). Como testimonio de ella, no podemos dejar de recordar con 



(1) Creemos oportuno publicar aquí el siguiente 
curioso apunte que para este objeto nos entregó el 
eabio Marqués de Pidal, rápidamente escrito con 
ocasión de examinar un códice , perteneciente al se- 
ñor de Gayángos, que contiene la correspondencia 
intima que por los años de 1753 y 1754 medió entre 
Velazg^uez y Montiano. 

APUNTE SOBBB DON LUIS VELAZQUEZ, MARQUÉS 
DE VALDEFLOEES. 

Su vida interesante como hombre de letras, y co- 
mo comprendido en la causa del niotin de Esqui- 
ladle, que produjo la expulsión de los jesuítas. Fué 
protegido del Marqués de la Ensenada , que le confió 
la comisión de viajar por España con el objeto de 
recoger antigüedades, etc. — En un tomo MS. de 
sus cartas originales á don Agustín Montiano, su 
amigo íntimo, ademas de las noticias literarias, se 
hallan algunas especies que pintan al hombre y dan 
idea de las interioridades de aquella época. 

Arrogante y pagado de sí mismo , despreciaba al 
padre Florez. — Extractos de sus cartas: «Como no 
digan que mi Ensayo se parece á la España Sa- 
grada, con cualquier crítica me contento, n (Enero 
de 1753.) — «Dejemos á Florez; que él tendrá cui- 
dado de desacreditarse con sus libros.» — «Como soy 
mozo, atribuirían á insolencia mía el atreverme á 
criticar sus obras.n (15 Febrero de 1753.) — A la Es- 
paña Sagrada la llamaba pepitoria sagrada, li- 
bróte, etc. — «Dígole á usted que si los jesuítas de 
Trévoux han hecho la sangrienta crítica que publi- 
ca P. (Panel), los estropearé con la misma faci- 
lidad que á él , y usted esté seguro que el que se 
metiese en público conmigo lo pasaría mal.» (23 de 
Agosto de 1753.) — «Estaba tentado á escribir en de- 



rechura al General de San Francisco participándole 
la picardía (del Guardian de Mérida, con quien tenía 
una disputa) para que la castigase, y lo ejecutaré 
si el fraile no se modera. Esto me servirá á mí de 
escanniento para no volverme á clarear con seme- 
jante canalla.» (11 Diciembre de 1753.) — «¿Que quie- 
ren esos mamarrachos? ¿que gustemos todavía de 
las tonterías del siglo pasado?» (26 Febrero de 1754.) 
— «Con la noticia que usted me da de la desgracia 
del M. (Marqués de la Ensenada) quedo como usted 
puede pensar. Avíseme usted lo que vaya aconte- 
ciendo, con la seguridad de que, después de leídas, 
quemaré sus cartas y con nadie me daré por enten- 
dido de estos asuntos. Me estaré quieto en mi casa 
hasta ver lo que resuelven de mi comisión.» (30 
Julio de 1754.) 

Se queja de que le quitase el nuevo ministro la 
comisión, y queria seguirla á costa de la Academia, 
ó á costa suya y de sus amigos. — «¿Qué me dice us- 
ted de la corte? ¿Cayó ya el penacho del autor de la 
pepitoria sagrada? Para que ni aun ese pequeño y 
mezquino asilo tuviesen las letras. No obstante, 
bien merecido se lo tenía el buen P. C. (Padre Con- 
fesor)» (¿Era Rávago?). (28 Octubre de 1755.)— 
«Gracias á Dios que salimos del Padre C.n (19 Oc- 
tubre de 1755.) — «Mi padre ha renunciado en mí, por 
vía de alimentos y para los gastos de mis viajes y 
libros, los señoríos de Valdefloresy Sierrablanca.» — 
«Aquí para entre los dos, el vestido de abate se fué 
con dos mil demonios. Ya me tiene usted con es- 
pada en cinta de seis meses á esta parte.» (15 No- 
viembre de 1755.) 

¡Y á este hombre se le metió en la causa contra 
los jesuítas y sus parciales ! 

16 de Julio de 1754. — Montiano al Marqués. — 
Bespondida en 23, contándole el suceso de Ensena- 



Cxxii BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

verdadera complacencia la entereza con que , á fuer de consecuente y agradecido, resistió á 
las amistosas suo-estiones de Montiano, que, con el fin de sacarle á salvo de la borrasca que 
preveia le aconsejaba que dedicase los Orígenes de la poesía castellana , no á Ensenada, sino 
al entonces poderoso Duque de Huesear. 

Me avergonzaría yo (le contesta Velazqucz) de que un ejemplar llegase á manos del Marqués de la 

Ensenada Cuanto m» pudiere dar la fortuna, lo estimo en poco, en comparación de la satisfacción que 

á mí me deberá resultar de Babor que obro como debo, y que en cualquier acontecimiento d'j furtuna, soy 
agradecido á los que me favorecen. 

Estas dignas palabras, escritas en momentos de adversidad, dan cabal idea del alto tem- 
ple del corazón de Vclazqucz. La historia, cubierta en esta parte de un misterioso velo, no 
explica cómo un hombre de pensamiento tan libre, tan brioso y tan despreocupado pudo ser 
envuelto en la causa del motin de Esquilaehe, y en la que se formó contra los jesuitas y sus 
parciales (1). Como quiera que sea, la posteridad debe honor y gloria aun escritor tan labo- 
rioso é ilustrado, y no puede recordar sin horror que, víctima de su constante amistad á En- 
senada, y de las pasiones políticas de aquel tiempo, fué arrastrado á los castillos de Alicante 
y Alhucemas, de donde, después de seis años de encarcelamiento, salió casi sin vida, para 
ir á morir de allí á poco en los brazos de su madre , en el solitario retiro de una casa de 
campo. 

Harto mayor que su mérito íué la fama del beneficiado de Carmona don Cí'mdido María 
Trigueros. Con mediano talento, pero dotado de índole muy activa y laboriosa , alcanzó, en 
la segunda mitad del siglo xviii , cierta gloria, más aparente que verdadera, y con ella, el ho- 
nor de ser combatido por escritores de valía. Su inspiración poética era tan escasa , como 
desmedida su ambición literaria. 

Representa en España, sin salir de la esfera de la medianía, aquel espíritu europeo, que 
BÍguiendo la moda y el impulso innovador del tiempo, se afanaba por examinarlo todo á la 
luz déla filosofía: filosofía de circunstancias, muchas veces trivial y acomodaticia, que solia 



da; previniéndole que se esté quieto en Málaga; «que En 10 de Setiembre de 1754 le noticia Montiano 
calle y que espere mis avisos.» — En la margen de el cdríe de su comisión. Contesta el 16 : — «Nada de 
la del 23 dice Montiano: «Kecibida en 30. Que se cuanto usted me dice me coge de susto ; ya me lo 
esté quieto , que calle , que luego que haya oportu- tenía yo previsto , pues era regular que mi comi- 
nidad presentaré la representación sobre su defen- gion cayese con todas las demás, siendo tantas.» 
dido.» — A estas dos de Montiano es la respuesta Supongo que su amistad por Ensenada, y su des- 
que se copió más arriba, del 30 de Julio. afecto á los que le sucedieron , fué la ocasión de sus 
Velazquez, agradecido á Ensenada, quería dcdi- prisiones y de haberle envuelto con los jesuitas en 
carie sus Orígenes. Montiano se lo disuadía, y que- lo del motin de Madrid. — Nada resultó contra él en 
ría lo hiciese al Duque de Huesear por razones de aquel juicio misterioso y secreto (según el fiscal 
política, etc. En 27 Agosto de 1754 decía: «Des- Huerta), y sin embargo, fué condenado; y cuando 
pues de haber batallado conmigo mucho tiempo pa- le dieron libertad , le arrojaron al mundo , quebran- 
ra reducirme á dedicar los Orígenes al Duque, no tado y muerto. Murió al poco tiempo, perdiéndose 
me he podido resolver, porque me parece la cosa las esperanzas que habian hecho concebir su saber, 
más ajena de mi modo de pensar. Convengo en las buen gusto y laboriosidad. — P. J. Pidal. 
reflexiones que usted hace; ponj esto sería bueno pa- (i) Algunos escritores conjeturan que la obra sa- 
ra usted y otros que sabrían mis intenciones : pero tírica de Velazqnez, titulada Colección de diferentes 
otros muchísimos lo murmurarinn, y me avergonza- escritos relativos al cortejo, perjudicó mucho á su 
ría yo de que un ejemplar ll-gase á manos del Mar- autor. No se limitaba Velazquez á señalar la ridicu- 
qués (Ensenada). Á mí no me queda hoy ya otro lez que lleva consigo lo que llamaban cortejo; satí- 
modo de darle á entender mi buena ley sino éste, rizaba igualmente costumbres y abusos del poder. 
y cuanto me pudiere dar la fortuna lo estimo en Sempere dice: «Esto probablemente dio motivo á 
poco en comparación de la satisfacción que ámíme las persecuciones que padeció después, por habér- 
deberá resultar de sabor que obro como debo , y que sele creído reo de los papeles sediciosos que se es- 
en cualquiera acontecimiento de fortuna soy agrá- parcieron cuando sucedió el motin del año de 17C6. « 
decido á los que me favorecen.» 



DB LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CXXIII 

tomar por verdades absolutas , preocupaciones y tendencias especiales, que tenían , cuando 
más, una verdad relativa , y por consiguiente transitoria y deleznable. 

En El Poeta Jilósof o, i^nUicado en 1774 (1), creyó Trigueros haber removido é ilumi- 
nado todos los problemas morales en que descansan la sociedad y la conciencia. En Francia 
tuvo el poema admiradores sinceros , y subió de punto el engreimiento del autor al verse 
calorosamente aplaudido por Florian , ingenio de no mayor fuerza que Trigueros, que gozaba 
entonces en Francia de un renombre brillante , que la posteridad ha acabado por reducir á 
muy exiguos límites. Hoy dia nadie lee ni tiene aliento para leer M Poeta filósofo, y sería 
enojosa y estéril tarea analizar un poema difuso y acompasado, en donde , á vueltas de al- 
gimos pensamientos cuerdos y verdaderos , hay otros falsos ó aventurados , y nunca la emo- 
ción, el entusiasmo y la elocuencia que son la magia de las obras de la imaginación. 

Hasta el metro es monótono y cansado. Está escrito el poema en versos de catorce sílabas, 
que Trigueros, poco versado en la versificación antigua de Castilla, juzgó haber inventado, 
y presentó como una innovación. El erudito Bayer le hizo notar su inadvertencia en el con- 
cepto histórico, y habría podido ademas demostrarle que se equivocaba igualmente creyendo 
haber trasladado con exactitud el pentámetro latino á la versificación castellana (2). 

El alucinamiento de la soberbia literaria indujo á Trigueros á imaginar que llegaría á 
imitar con tal perfección el tono y galas de los antiguos poetas españoles , que podrían sus 
versos confundirse con los del siglo de oro. Para poner á prueba su infantil antojo, publicó 
en Sevilla (1776) un tomo con este título: Poesías de Melchor Diaz de Toledo, poeta del si- 
glo XVI, hasta ahora no conocido. \ Ridículo empeño, que no podía dejar de acarrear un des- 
CDgaño al desvanecido poeta ! Los entendidos columbraron desde luego la inocente super- 
chería. En los versos de Melchor Diaz trasciende la poesía insulsa y amanerada del siglo xvili, 
y lo que es peor, la poesía ^oco poáfica de Trigueros. ¿Dónde aquella hechicera natui-alidad 
del lenguaje , aquel quid divinum del idioma poético del siglo xvi ? Trigueros ganó poco en 
su fama de poeta, y su deslucida tentativa no fué sino una confirmación del emblema satírico 
que encierra la fábula de El Asno vestido de león. 

En su Viaje al cielo, poema en tres libros, destinado á encomiar á Carlos III, no acierta 
tampoco á remontarse á la esfera ideal que sirve de teatro al poema. Su ñmtasía no sube al 
cielo, aunque tal dice haber logrado, en el libro segundo ; ni un destello siquiera de estro ver- 
dadero Uega á romper las prosaicas cadenas que le tienen amarrado á la tierra. 

Sus poemas San Felipe Neri y La Riada causaron á Tiñgueros amargos sinsabores. La 
doctrina de un sermón, que pone en boca del Santo, no pareció ortodoxa á una parte del cle- 
ro español. Escribiéronle cartas injuriosas , y no faltó quien intentara mancharle con la nota 
de hereje. En La Riada puso de manifiesto, más que en la mayor parte de sus demás obras, 
la escasez de su numen y su falta absoluta de gusto poético. ¿Quién creería que el espectá- 
culo imponente de una avenida del Guadalquivir, y los esfuerzos del insigne asistente de Se- 
villa don Pedro López de Lerena para prevenir ó reparar terribles desastres , no alcanzaron á> 
arrancar al poeta uno solo de esos acentos conmovedores que brotan de aquellas almas que, 
á falta de imaginación , tienen siquiera las dos fuerzas poéticas del entusiasmo y de la com- 
pasión? ¡Deplorable extravío de las preocupaciones de escuela! La realidad del infortunio, 
los cuadros del desastre , los esfuerzos del deber y de la caridad no parecen al poeta asunto 



(1) Es una colección de poemas, titulados El mas que constituyen la colección titulada El Poe- 
nombre; La Desesperación ; La Esperanza ; La Mo- ta filósofo^ reconoce Trigueros su equivocación , y 
aeración; La Ternura; El Odio; El Libertinistno, recuerda que Gonzalo de Berceo, don Alonso el Sa- 
ó la falsa libertad; El Deseo; El Remordimiento; bio, el infante don Manuel, el Arcipreste de Hita, 
La Reflexión; La Alegría; La Tristeza; La Mujer. Pero López de Ayala , escribieron versos de catorco 

(2) En una carta que precede al poema La Mo- silabas, que él llama pentáme(ros castellanos. 



aeración-, que lleva el número iv en la serie de poe- 



txsrr BOSQUEJO HISTÓRICO CEÍTICO 

suficiente para emijlcar los tesoros de la fantasía y despertar las emociones del corazón. Se 
aparta de estas fuentes legítimas de inspiración, y juzga más poético, más elevado, más 
^ico, fundar el argumento en una conjuración ft'aguada por Juno, que, celosa de la ninfa 
Hispalis (numen que preside á Sevilla), atrae á Bétis á su partido y le induce á destruir con 
su poder la ciudad famosa. El asistente Lerena advierte el riesgo á la ninfo , la cual con sus 
ruegos decide á Júpiter á que proteja la ciudad. Probablemente creyó Trigueros que los ce- 
los de Juno, la intervención de Neptuno y de Minerva , y otras circunstancias semejantes 
á las de la litada , habían de rctilzar su obra y traer al pensamiento de los lectores las belle- 
zas de Homero. ¡ Cuánto se engañaba ! Lerena , mezclado ridiculamente con las divinidades 
olímpicas , es rma de las ocurrencias más insulsas y más irrisorias que ofrece la poética falsa 
y artificial de aquellos tiempos. 

Forner, que fué constante azote de Trigueros (1), desagravió al buen gusto, publicando 
una sátira , titulada Carta de don Antonio Varas al autor de La Riada. La crítica de Forner y 
sef^im la costumbre de entonces, recaía menos en la esencia que en los pormenores. Poco 
mesurado en los ataques , Forner envolvió en sus diatribas, no sólo á varios autores, sino á la 
Academia Española , y se vio obligado, por disposición del Rey, á dar satisfacción á este ilus- 
tre cuerpo literario ; pero, á pesar de todo esto, el público dio razón á Forner contra Tri- 
gueros. 

De estas amarguras consolaron algún tanto al autor satirizado las cartas de un oficial 
francés, retirado en San Germán , gran admirador de sus obras (2), y especialmente otra carta 
que en 15 de Febrero de 1785 le escribió el célebre Florian, aplaudiendo el gusto, la elegan- 
cia , y lo que es más , la extremada sensibilidad , que , según él , resaltan en La Riada , y ex- 
citándole en tono pedantesco á menospreciar á sus detractores : 

Je V0U8 exhorte (dice) de tout mon cceur á mépriser tous ees vils satyriques qui vousfont la guerre... Depuis 
TioW^jusqu á Forner, leParnasse a été salí par les corbeaux et les hiboux, quifont la guerre aux rossignols. 

Florian mimaba literariamente á Trigueros. 

Apenas puede comprenderse que las obras poéticas de éste despertasen en aquel ingenio 
tanta admiración. Mientras en España era la comedia Los Menestrales objeto de sátiras y 
fundadas críticas, Florian escribía en loor de esta obra desmayada una oda enfática y campa- 
nuda , á la cual se atreve á llamar Sempere un monumento literario. Aun fué mayor la auda- 
cia de Florian cuando, aludiendo á El Poeta filósofo, no titubeó en posponer el esclarecido 

Pope á Trigueros : 

Et dans ses vers moraux déplagant de ton troné 
Le poete penseur que VAngleterre próne. 

Forner, cual es fácil presimiir, no llevó á bien el agresivo lenguaje del hel-esprit francés, 
y las honrosas aclaraciones que alcanzó de la buena fe de Florian dejaron muy mal parado 
á Trigueros (3). 

(1) Entre los borradores de Forner^ que tenemos (2) Monsienr Raulin d'Essars. Había ya en 1783 

á la vista , hemos hallado este trozo de un poema escrito á un librero de Sevilla, expresando con 

burlesco contra Trigueros : entusiasmo la admiración que le causaba El Poeta 

Dice, fallando cual en negro trono, filósofo. Ahora (Agosto de 1784) escribía al mis- 

Qne rri<7<Tio7i ((T) (la gracia mo TVí^Meros, dándole á entender, con motivo de 

Tal era de mi Af,mieK), profanando ¿^ Riada, que preferia SU estilo al de Lope y Que- 

La sacra herencia del cantor de Tracia» , 

D«l Bétis atronrt la verde orilla, VedO. 

Antes quede Castilla, (3) Véase la carta de Florian á Forner, en quo 

Con sn canto inhumano, desterrar» aquél des»ffravia á éste con la más franca y noble 

Lai Musas halagüeñas; i ix j t-. - i i- i n - i 

Daba de rana puntuales señas, lealtad. Fue publicada por Forner en un opúsculo 

T era cangrejo, porque á largo paso, úi\\\&áo: Suplemento al artículo TrigneTOS, del En- 

Oreyendo caminar hacia el Parnaso, .^^ „„^ Biblioteca por el doctOT don Juan Sem- 

Mas y mas se alejaba del gran monte, ^ . 

pere y Quannos, 
{») Irigucroi, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVm. CXXV 

Forner era duro en sus críticas y diatribas; pero, hombre de noble carácter, ni aun en pro- 
vecho de sus ideas podia tolerar falsedades y supercherías. Aconteció que un enemigo de Tri- 
gueros publicó contra éste una injuriosa carta en el Diario de Madrid, firmándola, sin duda 
para darle mayor fuerza en la opinión, con las iniciales de Forner (J. P. F.). Indignado el 
recto magistrado, escribió una carta á Trigueros , á pesar de la enemistad que entre ambos 
reinaba , para declararle que no era autor de aquel escrito. La contestación autógrafa de 'Tri- 
gueros se conserva entre los papeles de Forner (1). Es una larga carta, en que rebosa la amar- 
gura. Copiaremos de ella algunos renglones , ya como recuerdo de las ásperas costumbres li- 
terarias del sio-lo último, ya también como ejemplo del dolor que causan en almas delicadas 
los ataques críticoSj cuando son personales, desmesurados y violentos ; 

Madrid, 1." de Marzo de 1791. 

He recibido con notable complacencia la carta de usted de 22 del próximo pasado Febrero, porque 
tengo especial gusto en que una carta como la que en el Diario de Madrid de 9 del mismo se publicó en 
defensa de un plagiario, no fuese escrita por un honrado ministro de Su Majestad... Por lo mismo celebro 
sobremanera que intente usted con vigor la correspondiente acción para que se descubra y se castigue el 
impostor, que, por insultar contra toda razón á un hombre aplicado que con nadie se mete, ha tomado, con 
las iniciales de su nombre de usted, sus expresiones, su estilo y su antiguo y notorio sistema de tra- 
tarme... 

Yo, viendo venir contra mi sin disimulo una granizada de palos , la procuré evitar, sin más personalidad 
que las que insinúa la misma carta agresora, con sus alusiones á los papeles que usted , inter delicia juvm- 
tutis suoe, imprimió y publicó contra mí, sin otro motivo que haber tenido la bondad de graduarme por 
un pedante muy inferior á su talento y á su instrucción, y la ingenuidad de juzgar que son dogmas in- 
falibles de literatura las bellas cosas que contra mí ha esparcido, enderezadas á quitarme el crédito, el ho- 
nor y el comer, pues yo vivo de profesión literaria, mal ó bien sostenida, según he podido entablarla con 
el trabajo de toda mi vida... Usted me ha tratado en público de vano, presumido, soberbio, embustero, de 
hombre de mal ejemplo, de viejo verde, de publicador de cartas ajenas, y de otras mil gracias como és- 
tas, que ni son verdaderas, ni asuntos literarios. Meta usted la mano en su pecho, y verá que ni merezco, 
ni he merecido jamas, el modo con que me ha tratado, y me trata aún en la carta que recibo hoy... 

Mis circuustancias, y las actuales de usted, exigen de nosotros distintos procederes de los que pudieran 
disimularse á muchachos y escolares. Es tiempo de que piense usted más en alentar á sus contemporáneos 
que en exasperarlos... Nadie está más descontento con mis escritos que yo mismo. Haga usted lo mismo, y 
aprovechando, como puede , el talento que Dios le ha dado, conseguirá el nombre que le deseo, edifican- 
do, y no destruyendo. Como soy un viejo, doy á usted , que es un mozo, este consejo, por pagarle como 
cristiano... 

Repito que hará usted bien en descubrir al impostor'; pero añado que hará usted mejor en perdonarle, 
como yo le perdono... Si somos literatos , buenos ó malos, seamos hombres y cristianos. Usted puede man- 
darme, y experimentará la honradez con que se precia de ser amigo de todos su servidor, q. s. m. b. — 
CÁNDIDO María Trigueros, 

Cuando Trigueros daba á Forner esta lección moral, tenía cincuenta y cuatro años; For- 
ner treinta y cuatro. 

Las obras épicas, líricas y di'amáticas de Trigueros, sus refundiciones de El Anzuelo de 
Fenisa , de La Estrella de Sevilla y otras , y muy especialmente el poema La Riada y la co- 
media Los Menestrales , acarrearon al buen arcediano zumbas y críticas, menos acerbas que 
las de Forner, porque eran menos personales, de parte de Iriai^te, de Moratin (Leandro), de 
Huerta, de Melendezj de Vargas-Fonce. Hasta el afán de saber y la incansable laboriosidad 
de Trigueros se vohaan en contra suya. Moratiii le llama, en tono burlón, cr erudito, mora- 
lista, poligloto, anticuario, economista, botánico, orador, poeta lírico, épico, didáctico, trá- 
gico y cómico », y ademas le persigue en sus sátiras (2). 

(1) Cartas de varios literatos i Forner. (OóñicQ Hay otro más enfadoso, 

perteneciente al señor don Luis Villanueva.) ^''^ insolente y perrera. 

*^ , . ' Este es el qne inspira tantos 

(2) Moratin dice en un romance satírico ; Versiiios de cadeneta, 

Asi también , ademas T el qne regala al teatro 

De estos diablos aoe nos cercan* Uonstmos en tcz de comedlas.H 



cx:cvi BOSQUEJO HISTÓraCO CRÍTICO 

Sólo dos poetas españoles de cuenta aplauden las obras poéticas de Trigueros. El uno era 
la personificación de la bondad y de la indulgencia, /ra^ Diego González (1); el otro, uno de 
los más n-fillardos y generosos caracteres que produjo el reinado de Carlos III, don Gaspar 
jlfelclio?' de JovcUanos. Esto hombre excelente cobraba afición á todas aquellas personas en 
quienes descubría laboriosidad y honradez. Por tales prendas estimaba de veras á Trigueros^ 
y no sólo le perdonaba su candoroso engreimiento literario, sino que llevaba hasta el aluciua- 
miento la indulgencia. En una carta, que debió de hacer pasar felices momentos á TrignerGs, 
no sólo le dice que se saborea con La Riada , sino que le participa reservadamente que Los 
Menestrales es uno de los dos dramas premiados entre los cincuenta y cinco que fueron pre- 
sentados al concurso propuesto por la villa de Madrid. ¡ Y en qué términos tan lisonjeros le 
dala a c^radable noticia! Esta comedia Los Menestrales, objeto después de las zumbas de 
Liarte y de tantos otros , es para Jovellanos 

una pieza do las mejores que se han producido para nuestro teatro, la más acomodada á nuestro genio 

y costunilires, y la más propurcionaila al ol^jeto y á las ideas del dia Las obras premiadas {Los Idcnen- 

trales y Las bodas de Camacho, de Melendez), añade Jovellanos, acreditarán por sí mismas á los ojos del 
miindu literario, que las ha de juzgar, que son lo mejor que ha producido nuestro siglo (2). 

l'uos dos meses después escribe Jovellanos á Trigueros: 

La suerte de ambas comedias en el teatro no ha podido ser peor No se puede dar una representación 

más fria 

Y en otra carta : 

El juicio de la república literaria decidirá del mérito de Los Menestrales El mejor modo de vencer á los 

envidiosos, es seguir trabajando y ganando gloria (3). 

Tres meses más adelante , el mismo Jovellanos le envia la Carta de don Antonio Varas 
(Forner) conti*a La. Riada , diciéndole : 

No está (la carta) mal escrita , ni me parece despreciable su doctrina. ¡ Así fuera tolerable por el enco- 
co literario con que se escribió ! 

Huella debieron dejar en el ánimo de Jovellanos los clamores críticos y satíricos de Forner 
y de otros contra la poesía de Trigueros , cuando , olvidando sin duda las bondadosas alaban- 
zas con que habia alentado sus tai'cas poéticas , añade inesperadamente estas desanimadoras 
palabras : 

Tómelo usted con cachaza, déjese de hacer poesías, y trabaje en las obras proyectadas (Memorias para 
la historia del comercio de la Bélica , etc.) , en las cuales tendrá usted menos envidio?os, porque acaso no 
habrá quien presuma de sus ñierzas la capacidad de competirle. Esto sí que ofrece una posesión de gloria 
más colmada y tranquila (4). 

No aprovechó Trigueros el amistoso consejo de Jovellanos. Después de esta época, escribió 
otros poemas , y entre ellos el titulado Las Majas , que , aunque publicado con un seudóni- 
mo para sustraerse á la malevolencia de sus enemigos, le acarreó nuevos desabrimiento.-. 



ToT é\Zava7n,execr&tílo la versificación , que (por ser ellos algo nimios en 

Au^or. fatiga las prensas. ^^^^ ^^^ especiahiiente Butilo , cuyos sáficos nada 

T el rechinante Tngucfot '^ n . , , , , . ni. 

Aborta sna epopeyas... deben en ñuidez á los latinos) les ha parecido algo 

Mientras el doctor Gnarinos dura.« (Carta autógrafa de fray Diego González ú 

Tanto mamarracho inciensa, padre Miras, escrita en Febrero de 1776.) 

(2) Carta de Jovellanos á Trigueros, fecha en 



Y d Triyueros le despacha 
El titulo de poeta , 



¿Yo he de escribir?... Madrid, el 20 de Mayo de 1784. (Obras de Jovella- 

(1) «La bella elegía (de Trigueros) Á la muerte nos, tomo l de esta Biblioteca, páginas 163 y 164.) 

de Filis ha parecido á todos estos pastores obra de (3) Madrid, 10 de Julio y 10 de Agosto de 1784. 

excelente gusto,,... Sólo han puesto algún reparo en (4) Madrid, 9 de Noviembre d^ 1784, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL cxxvii 

Dejó en prosa escritos apreciables, cuya larga lista da glorioso testimonio de su inextingui- 
ble amor á las letras (1). 

Pasemos ahora , porque así lo requiere el orden histórico , á la conmemoración de varios 
jesuítas ilustres , que cultivaron la poesía castellana en la segunda mitad del siglo xyiil 

El jesuíta valenciano don 3JanueI Lasóla fué uno de los más esclarecidos entre aquellos 
insignes varones, que, violentamente lanzados de España por el ímpetu de las nuevas ideas, 
llevaron á Italia el precioso tesoro del estado intelectual de España, mucho más brillauto 
de lo que la Europa sospechaba (2), y cuya luz gloriosa reflejó sobre la patria, que, como á, 
encarnizados enemigos, así extrañaba de su seno, por razón de estado, á muchos de sus 
mejores hijos. 

Pudo ser juzgada entonces como estorbo político la institución admirable á que aquellos 
varones pertenecían; pero, considerados éstos individualmente, no quedan en el crisol de la 
justicia sino como ejemplos ilustres de virtud y saber. El padre Isla, el abate Andrés , Lasóla, 
Arteaga , Burriel , Cerda, Colomés , Montengon , Aymerich , Terreros, Serrano, Eximeno, 
Garda , Nidx , LampiUas , Masdeu , etc. , etc. 

¡ Cuántos nombres venerables y famosos ! \ Cuánto con ellos, pasado el vértigo filosófico, 
se envaneció esta misma España, que los había arrojado á tierras extranjeras! (3). 

Por más que ardientes encomiadores , paisanos suyos, hayan querido levantar á las nubes 
el estro poético del abate Lósala , no es menos cierto que como poeta lírico no rayó nunca á 
grande altura. No le faltan á veces ni facilidad , ni abundancia , ni brío ; pero la entonación 
de sus versos suele ser monótona y amanerada , y como versificador castellano está muy le- 
jos de poder servir de modelo. Treinta años de residencia en Italia le habían hecho olvidar 
algún tanto la modulación rítmica de nuestro idioma , é incurría , por otra parte , si bien 
menos que Montengon y algunos otros compañeros suj^os, en italianismos inadmisibles, sin 
dejar por eso de manejar el habla de la patria, aunque sin pureza, con enérgico desembara- 
zo. Su vocación dominante fué el teatro. Allí encontró un campo de verdadera gloria. La 
Italia se admiraba con razón de que un extranjero hubiese llegado á manejar la lengua del 
Tasso con tanta maestría y elegancia (4). 

Entre estos jesuítas expulsados, don Francisco Javier Alegre, natural deYera-Cruz, lati- 



(1) Véase esta lista en uno délos tomos signien- el distinguido elogio que hizo de ellos el escritor 
tes, al frente de sus poesías. Monti. atribuyéndoles en mucha parte los progresos 

(2) Dan muy ventajosa idea de la actividad lite- de las letras en Italia. » 

raria de los jesuítas españoles del último siglo los (4) Sus principales obras dramáticas son las ira- 
dos libros siguientes : gedias Giovani Blancas, Ormismda , Sancho Gar- 

Operum Scriptorum olim é Socletate Jesu in Ita- da, Roberto, Iphigenia in Aúllele, Lucia Miranda, 

liam deportatorum Index. Su autor, el abate don Berenice; las comedias La vcrginitá trionfante, II 

Onofre Prat de Sabá, jesuíta catalán, que falleció Filosofo moderno , y las escenas \mcB.s A gostino y 

en 1810, y publicó su obra con el seudónimo alegó- Margherita di Cortona. Puede formarse juicio del 

rico de Josepho Fontio á Valle Ausetano. Fué im- éxito délas obras de este esclarecido escritor por las 

preso en Eoma, 1803. siguientes palabras del abate don Juan Andrés, en 

Bibliothecce Scriptorum Societatis Jesu Supple- su importante obra DelVorigine, progressi e stato 

menta, por Diosdado Caballero. Fué impresa esta attuale d'ogni leiteratura (tomo n) : 

obra en el tomo iv de la Racolta Ferrarese dVpos- Ma sopra tutti (gli spagnoli venuti in Italia) il 

culi scientifici e letterari , etc. Lassala et il Colomés hanno ottenute lodi distinte e 

(3) «Los jesuítas (dice Sempere), ó por las partí- fatto risonare dal suo neme iteatri dJtalia. 
Guiares constituciones de su gobierno, ó porque, es- El padre Bernardo García, establecido en Vene- 
tando encargados de la enseñanza de los jóvenes se- cia después de la expulsión, fué uno de los jesuitas 
glares , conocieron la necesidad de conformarse en españoles que conquistaron laureles en la poesía 
ella al método que se seguía ya en los colegios más dramática. «Admiró á la Italia (dice Fuster) con 
acreditados de Europa, al tiempo de su expulsión sus composiciones dramáticas, que fueron represen- 
tenian ya en su Compañía buenos humanistas, an- tadas con grande aplauso.» 



ticuaríos y matemáticos. Ya he puesto en otra parte 



CT.xvm BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

nista y lielenista consxiniado , si bien de escaso renombre en España, era uno de los literatos 
más instruidos v de más aciúsolado gusto literario de Europa, según el estado de la crítica 
en aquella era doctrinal. No podemos menos de hacer aquí de él mención honrosa. Tradujo en 
verso latino La litada, y escribió ademas un poema latino La Alejandriada (1). Pero lo que 
nos nuieve i)r¡ncipalmcnte á conmemorar los merecimientos literarios de este aventajado hu- 
manista, es la notable traducción en verso que hizo del Arte poética de Boileau (2). Esta ver- 
sión libro, esciita por lo general en gallardo estilo, como de hombre que está familiarizado 
con las leyes del idioma y de la versificación , no llegó á darse á la estampa , aunque en rea- 
lidad harto más lo merece que la traducción del mismo Boileau por Madramany y otras 
obras de semejante índole, que lograron en aquellos y en posteriores tiempos los honores de la 
publicidad. Las eruditas y á veces luminosas notas de Alegre á la Poética dan clara idea a:jí 
de su feliz instinto crítico como del estado del gusto en aquel tiempo, en que por completo 
dominaban va entre nosotros las doctrinas de los preceptistas extranjeros. La gran sensatez 
que reina en la major parte de los dogmas de Boileau le cautiva, porque cuadran grande- 
mente estos doormas á su razón, llevada por el estrecho carril de la educación literaria que 
habia recibido. Las letras castellanas del siglo de oro le deleitan. La libertad indisciplina- 
da de nuestro teatro le sorprende, y embaraza su sentido crítico. Se trasluce que su ins- 
tinto, inclinado á lo grande y á lo bello , le hace amar aquello mismo que las reglas conven- 
cionales le obligan á condenar. Así es que no perdona á Luzan que deprima á veces á los 
escritores españoles, que, á su juicio, no llegó á comprender; y cuando se ve en la necesidad 
de ser, como traductor, eco de la acusación satírica que hace Boileau á Lope de Vega en 
aquellos conocidos versos : 

Un rimeur sans péril, de la les Pyrénées, 
Sur la scéne en unjour r enferme des années. 
La souvent le héros d'un spectacle grossier, 
Enfant au premier acte, est barbón au demier; 

por más que esto no sea sino traducion de lo mismo que Cervantes habia dicho un siglo an- 
tes (3) , no puede menos Alegre de salir á la defensa del Fénia^ de los ingenios , disculpando 
con los versos mismos del Arte de hacer comedias el desvío de la forma clásica. 



(1) El padre Alegre escribió un curso completo per la traduzione rfeZ/'IlHade, quei premi che in se- 
de teología. Fué este escritor muy admirado en Ita- cali piu felici abbrevero ottenuto i Poliziani et i Fi- 
lia. Su traducción de Homero y su poema Alexan- lelfi. 

dríadas, sive de expugnafione Tyri ab Alexandro (2) Esta traducción autógrafa forma parte de la 

Macedme se publicaron en 1776. — Dos años des- colección de manuscritos literarios de nuestro ilus- 

pues decia el célebre periódico Efemeridi lette- trado amigo el señor don Aureliano Fernandez- 

rarie di Roma (28 de Noviembre de 1778) : Guerra. Fué regalada á su padre por don Ángel San- 

Succede alia versione rfcZniliade TAlessandria- diez, autor de ia TiVmrfct y de otras muchas obras, 

de, ovverb la Espugnazione di Tyro fatta d'Ales- amigo de Alegre, y, como él, sacerdote de la Com- 

sandro Magno , poema gioranile del nostro autora pafiía de Jesús. 
(A legre), divis» in quatro lihri. In esso non solo cam- Empieza así : 

pegia vlstro poético famiUare airautore, e senza X la frondosa cima de Helicona 

del quale in vano avrchbc tcntato di condurre si egre- ^^ temerario autor aspira eu vano, 

giamente a fine la versione della Illiade (giaclic prr Y en vano la corona 

traslatare drgnamenfe Omero, vi vuole piU abbonde- Ceñir pretende de laurel lozano, 

voU vena di poesía che altri non pensa); ma vi si cir:fsterioírfl3o 

scorge eziandio un giudizw assat fino per ben guidare ^^ ¡^ ^^^^^^ ^^^^ el ^acer, poeta 

v,rui poética azione : 

Orazie , che a pochi ii cid largo destina. (3) «¿Qué mayor disparate puedo ser que salir 



un niño eu mantillas en la primera escena del pri- 
Chiudiamo 'il 'presente 'estrado , augurando alVil- mcr acto , y en la segunda salir ya hecho hombre 
lustn autore per le sue virtmse fatiche, e massime barbado ? » {Don Quijote , parte i , cap. xi^viii,} 



DE LA POESÍA CASTELLANA ÉN EL SIGLO XVIIL CKxijí 

Hablando del gongorismo, lo juzga con un solo rasgo, en este bello y exacto pensa- 
miento : 

«El entusiasmo poético no ha de ser trastorno, sino elevación de la fantasía. D 
Aunque fiel sectario de la doctrina de Boileau, no se ciñe Alegre á una mera j escrupulo- 
sa traducción. «Añade , quita y muda», según lo declara él mismo, y por lo común susti- 
tuye á los ejemplos franceses de Boileau alusiones y ejemplos sacados de autores españoles. 
' E ste es el principal interés que ofrece esta obra , más notable aún por las notas que por el 
texto, y muy adecuada , entre las de su tiempo, para comprender la transformación histórica 
de las letras castellanas en aquella época. 

No nos detendremos á hablar del padre Isla , poeta rastrero , que satirizó en verso los poe- 
mas narrativos castellanos , y singularmente los consagrados á vidas de santos , como habia 
satirizado en prosa los malos sermones (1). Tampoco hablaremos detenidamente del padre 
José Díaz , que escribió Tragedias sagradas y murió en Ferrara, en 1793; ni de don Pedro 
Ceris y Gilabert , que, por su gracia y facilidad en componer versos españoles é italianos, 
lució notablemente en el grupo numeroso de sabios jesuítas , de España, de Italia y de otras 
naciones , que se reunió en Ferrara después de la expulsión (2). 

Algo más diremos del ilustre jesuíta alicantino don Pedro Moyúengon. Por su instrucción, 
por el sentido moral de sus escritos y por su afanosa laboriosidad, merece mención honro- 
sísima en la historia literaria del siglo último. En Genova y en Ferrara le conoció y trató 
el famoso abate Andrés, al mismo tiempo que á otros jesuítas distinguidos en ciencias y letras, 
y conservó de él recuerdos especiales de estimación y afecto (3). Su aliento literario era 
grande , y sus fines encumbrados y provechosos. Con sus novelas aspiraba á difundir sanos 
sentimientos morales, y con sus versos á vigorizar la llama moribunda de las antiguas glo- 
rias españolas. Su largo destierro no entibió nunca su ardiente patriotismo , pero quitó á su 
lenguaje el sabor castizo y natural de los hablistas castellanos. Sus obras están plagadas de 
italianismos y de arcaísmos extraños y mal traídos , que dan a su estilo cierto carácter arti- 
ficial y trabajoso. Él mismo desconfiaba de haber manejado con pureza el habla castellana en 
El Ensebio , después de diez y ocho años de residencia en Italia , y rogó á sus amigos que 
depurasen la dicción y el lenguaje antes de la impresión. Don Antonio Sancha se encargó de 
ésta, pero no confió á buenas manos la corrección que el modesto jesuíta deseaba, y queda- 
ron en la obra innumerables voces y locuciones extravagantes ó impuras (4). 

En la poesía adolece Montengon, aun más que en la prosa, de este defecto, que tanto des- 



(1) El ^arfrc /sZa ha sido ya juzgado con amplitud Entre sus versos italianos, fueron muy celebra- 
y acierto en el tomo xv de ¡aprésente Biblioteca. dos los que compuso Al árbol de la Cruz. Murió en 
La obra á que aquí aludimos es El Cicerón, poema Ferrara, en 1795. 

satírico, en diez y seis cantos, cuyo autógrafo se (3) Cartas familiares del abate don Juan Andrés 

conserva en el Ateneo de Boston (Estados-Unidos). á su hermano don Carlos , dándole noticia del viaje 

Para comprender la razón con que el padre Isla que hizo á varias ciudades de Italia. Véase especíal- 

ridiculiza aquella plaga de malos poemas, entre los mente la carta escrita en Mantua, el 16 de Mayo 

cuales debe contarse el suyo, véase, en uno de los de 1786, y aquella en que refiere su visita á Geno- 

tomos siguientes, nuestro Catálogo de poemas caste- va (1791). Dice en ésta : «Lo apartado de la casa de 

llanos del siglo xviii. don Pedro líontengon no le detuvo para hacer vá- 

(2) Era el abate Ceris muy aficionado á ciertas rias veces un incómodo viaje y favorecerme con su 
combinaciones métricas, y alguna vez las formaba compañía.» 

con gusto y soltura, como puede verse en la si- (4) Sempere nota las siguientes : plegarse á lat 

fíente estrofa de su oda A la primavera : circunstancias ; maneras^ por modales ; relaja de áni- 



Oh ninfas , venid al prado , 



mo; jubilar, por alegrarse ; pro/undir; y otras, co- 
Matiáado ^ ' ^o fantasear y parar mientes. Estas dos últimas las 

De blancas y azules flores ; censura sin razón. Otras, que no cita Sempere, son 

Oh ninfas, oíd los ti-inos igualmente reparables, como vigorea por vigoriza, 

Matutinos , n x 

»e 103 dulces ruiseñores. mormuno por murmullo , etc. 



cxxs. BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

luce sus escritos. Las canciones, anacreónticas, endechas y églogas de El Mirtilo son por 
extremo insípidas y amaneradas. Su afición á la vida campestre , nacida del artificial entu- 
siasmo de quien la admira desde su gabinete , no le inspira por lo común sino ideas falsas 
y exageradas , como cuando dice , en un tono por cierto más agradable del que suele emplear 
en sus versos ; 

Un cayado y un hato de corderos , 

Con un sayo, aunque pobre, son bastantes 

Para unir los afectos más sinceros , 

Y hacer así dichosos dos amantes. 

Su amor á Dios y á la naturaleza le inspiran á veces, si no pensamientos nuevos y subli- 
mes, dignos de la alta lírica, al m¿uos ideas elevadas, propias de un corazón sensible y 
cristiano (1). 

En las odas , que es el género que Montengon cultivó con más empeño y con menos fortu- 
na, bay una sola cosa que admirar : los títulos de ellas, esto es, los nobles y encumbrados 
asuntos que bullían en la mente del poeta. ¿ Quién no recuerda con grima y hastío los obje- 
tos triviales , chabacanos y aun viles á que dedicaban sus versos los escritores de la decaden- 
cia en la primera mitad del siglo ? Honor merecen aquellos contados poetas que, abando- 
nando la trillada senda de la poesía familiar ó de las insulseces bucólicas, levantaron la poe- 
sía á los altos espacios donde ella tiene su natural esfera. Cuando, en 1776, Jovellanos acon- 
sejaba, no del todo con sana crítica ^ pero con grave y elocuente acento, á sus amigos de Sa- 
lamanca que dieran tregua á los cantos de amor, y emplearan su lira en ensalzar la fe , la 
virtud , las glorias bélicas de la patria , y este consejo ftié escuchado y acatado en la escuela 
salmantina como una novedad doctrinal, ya el patrio instinto habia señalado esta laudable 
senda á dos poetas oscuros. Un abogado, don José Muñoz, con el designio de desterrar los 
romances de guajyos , bandidos y otros héroes populares de perversa ralea , habia publicado 
algunos romances , que titviló militares , consagrados á cantar hazañas de famosos soldados 
españoles. Alontengon, apenas conocido entonces, escribía por aquellos tiempos en Ferrara 
una copiosa colección de odas , que imprimió después en la misma ciudad , con el seudónimo 
de Filopatro. No hay asunto noble , santo, útil , grande ó heroico que no tratase Montengon. 
El trabajo, la navegación , el comercio, la supresión de la tirata , la educación, e\ patriotismo, Guz- 
man el Bueno, Pelayo, el Gran- Capitán , el Cid , Diego García de Paredes , el cardenal Jimé- 
nez de Cisneros , la muerte de Garcilaso, el descubrimiento de América , los Andes , el Potosí, 
la victoria de Otumba , las artes , la virtud , Hernán- Cortés , los canales de navegación , San 
Fernando, Carlos V, Carlos lll , Campománes, Jorge Juan , las batallas de las Navas y 
de Clavijo; estos y otros muchos elevados objet9s resuenan en la lira del jesuíta expatriado. 
Hasta se atreve, á pesar de su índole modesta, á rivalizar con Fernando de Herrera, escri- 
biendo una oda A la victoria de Lepanto. No hay que decir si salió vencido en la insensata 
competencia (2). Por desgracia , era impotente el ambicioso aliento de la musa de Montengon. 
Sus poesías no corresponden ni con mucho á la nobleza de su intención. Falto en sumo gra- 
do de sentimiento poético, intentaba imitar á Herrera y ^ fray Luis de León, dos poetas de 
índole diferente y hasta contraria , ambos inimitables. El estilo de Montengon, así como su 
lenguaje, monótono, embotado, por decirlo así, por una erudición pedantesca y por extra- 
vagantes frases , giros y palabras , y ademas poco acrisolado, produce en el ánimo de los lec- 
tores insufrible cansancio, flay destollos felices en muchas de sus composiciones, mas ni 
una sola, acabada, que deje verdadero embeleso en el entendimiento y en el oido. 



(1) Como muestra de esta poesía, sana, aunque (2) La oda de Montmgon empieza asi: 

poco inspirada, puede citarse la canción de El Mir- s br tu nebio santo 

tilo que empieza : r^j, ^j^ eterno, Señor, no está doi-mido... 
i Ob t cuánto me euamora i et«. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL cxxxi 

Cuando aconseja humanidad á los gobernadores de las Indias ; cuando presenta á Hernán- 
Cortés , conmovido ante el sepulcro de la india doña Marina , atribuyendo á su amor y cá su 
lealtad la gloria de la conquista de Méjico ; cuando levanta su voz contra la esclavitud de los 
negros ; cuando maldice las riquezas del Potosí, como adormecedoras de la actividad españo- 
la; cuando dice que en el Perú 

Amor exhala el deleitoso suelo, 

y que las minas de oro y plata de Caravaya y de Arequipa no valen lo que el amor desin- 
teresado de una limeña; cuando se pasma ante la grandeza del Cbimborazo y del encendido 
Cotopaxi ; cuando ensalza el ímpetu de los héroes castellanos , los útiles afanes de los sabios 
y la cordura de los hombres de Estado, Montengon entra sin duda en el camino por donde 
van los grandes poetas de la civilización y de la gloria. Pero no sabe andar por él. Como el 
caminante extraviado, que ve una luz lejana en las tinieblas de la noche, y no acierta á lle- 
gar á ella, Montengon divísalas maravillas del mundo material y las grandezas del alma hu- 
mana; las siente acaso en su entendimiento y en su corazón ; pero no tiene color, ni luz, ni 
tino, ni fuerza para describirlas. Ve la belleza y no sabe cantarla. Es escritor de noble espí- 
ritu y de meritoria intención. No es bastante : le falta la llama divina del poeta. La posteri- 
dad debe recordar su nombre con respeto, pero puede olvidar sus obras. 



CAPITULO XII. 

Continuación del reinado de Carlos III.— Sazón completa de la nueva era literaria. — Cuatro magistrados poetas.-— 
Melendez Valdés. — Jovellanos. — Forner. — Vaca de Guzman. 

No sin razón hizo época en los anales literarios de España la publicación de las primeras 
poesías líricas de don Juan Melendez Valdés (1785). Era éste un poeta verdadero, no de nu- 
men sublime y pindárico, como han repetido tantas veces sus maestros, sus amigos y sus 
alumnos; pero sí de índole fácil, abundante y amena. Cadalso, Huerta, fray Diego Gonzá- 
lez, cuantos le habían precedido, sin excluir á don Nicolás Fernandez de Moratin, le son in- 
feriores bajo muchos y muy esenciales aspectos. Las obras de aquellos escritores no pueden 
parecer, en rigor, á la posteridad sino ensayos y esfuerzos más ó menos firmes y luminosos 
de una era literaria que aun no se hallaba fija y definitivamente asentada. Melendez, con 
todos sus defectos, que no son insignificantes , fué, no sólo el poeta principal de su tiempo, 
Bino el que dio con sus brillantes obras sanción y autoridad á la nueva poesía , al nuevo len- 
guaje, al nuevo carácter literario, que se habían ido formando en España desde el adveni- 
miento al trono de la dinastía de Borbon. Había en su talento poético circunstancias de di- 
verso y aun contradictorio linaje, que , entre sí combinadas, constituían su peculiar carácter. 
Carecía de fuerza creadora y de originalidad vigorosa; y sin embargo, descuellan en sus 
versos espontaneidad y soltura. Pero no hay que dejarse alucinar por esta seductora aparien- 
cia. Poseía Melendez en alto grado un instinto imitativo, no vulgar ni rastrero, que podría- 
mos llamar facultad de asimilación. Detras del epicurismo risueño, que es para Melendez in- 
agotable vena, se trasluce á las claras el espíritu de Anacreonte, la gracia de Villegas, algo 
del primor galante de los madrigales franceses , y hasta el voluptuoso descaro, mal disfrazado 
con la dulzura de la forma , del poeta holandés Juan Segundo (1). El anhelo de graves refor- 

(1) Fué secretario del Arzobispo de Toledo, acom- los veinte y cinco afios de edad , en 1536 , el mismo 
¡tañó á Carlos V en la jornada de Túnez, y murió, á año que Garcilaso. Escribió muchas poesías latinas; 



CXXxn BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

mas y de renovación y adelantamiento moral, que conmovía los ánimos en el reinado de 
Carlos III, lleva como á remolque el estro de Melendez al campo de las meditaciones profun- 
das, ora sociales, ora filosóficas. Jovellanos le presentó la poesía amorosa como un devaneo 
insustancial, que no granjeaba alto renombre (1), j acabó por hacerle mirar con rubor los 
cantos de amores, y arrojar el caramillo pastoril y que era al cabo la verdadera lira de Melendez. 

Lo paso muy mal (escribía á Jovellanos)^ con un gravísimo dolor de cabeza, que no me deja vivir seis 
días liá. Ni be dormido las noches, ni descanso los dias... Desde el año pasado, que caí malo y arrojé al- 
guna sangre, me ba quedado una destemi)lauza lenta... ¡Si V. S., amigo, pudiera con sus plegarias librar- 
me de esto, como me ha convertido con sus amonestacíonea de escribir amores y ternuras! 

Salamanca, 14 de Setiembre de 1776 (2). 

En Julio de 1779 envió á Jovellanos la primera composición filosófica que había escrito, 

siguiendo las advertencias de su amigo, á saber : la oda titulada La Noche y la Soledad y que 

empieza : 

Vén , dulce soledad, y el alma mía,,. 

Curioso es el juicio que en su carta forma el mismo Melendez de esta composición , confe- 
sando que habia tenido que inspirarse con la lectura de Las Noches, de Young , y que en la 
fatiga del desempeño no habia alcanzado á dar al pensamiento enlace y armonía. Hé aquí la 
carta : 

Mi más venerado amigo : Remito á V. S. esa canción , cuyas primeras estrofas me dictó el mal hu- 
mor y la melancolia , y la amistad que siguió, las demás... No busque V. S. en ella orden ni plan , porque 
no he tenido otro que el de la imaginación, que, ya ardiente, ya más templada , me presentaba los 
objetos y me los hacia exprimir con la fuerza y calor porporcionados á sus situaciones. Al principio 
creí no saliese tan larga ; pero el tiempo y la meditación me fueron ministrando nuevas ideas y pen- 
samientos , y acaso por esto no tendrán algunas estrofas aquel lugar determinado que debieran tener. 
A mí me ha sido después casi imposible volverlas á fundir, y he querido más dejarlas en aquel menos 
importuno y desordenado, que trastornarlas de nuevo, creyendo, como creo, que el desorden no desdice 
tanto en estas obras, como la marcha seguida y lenta ; porque la imaginación, aunque regular, no es me- 
cánica ni compasada. 

No busque V. S. tampoco el estilo magnífico y terrible del inimitable Toiing, ni la fuerza divina de 
BUS sentencias. Sus años, sus doctrinas, su situación, y más que todo, su genio, son infinitamente supe- 
riores, para querer yo presumir tan atrevidamente. Mi canción, al lado de sus Noches, es una composi- 
ción lánguida, sin moral , débil : mis pensamientos vulgares, mis pinturas poco vivas, y mis arrebata- 
mientos frios. Las musas castellanas son capaces de todo, pero la humilde musa de Butilo no puede tan- 
to. Hallará V. S. algunos pensamientos tomados de la noche décima, que es del mismo asunto; pero 
confieso llanamente que no han sido hurtos. Yo he leido muchísimo Las Noches, me he quedado con 
mucho, y aunque en esta composición no quise verlas de propósito, temiéndome lo que me ha sucedido, 
bailé, concluida mi obra y cotejándola con la noche que be dicho, algunos pensamientos ya ocupados por 
él , y que yo me creia originales ; aunque no son tantos, á mi ver, que puedan por este lado desacredi- 
tarme... 

Este genero de composiciones no es familiar entre nosotros. La moral puede en ellas elevarse y tomar 
toda la pompa y ornato que merece. Nuestras musas pueden cultivar este género nuevo, y emplear útil- 
mente sus cánticos divinos. — Salamanca, 17 de Julio do 1779. 

Jovellanos , al contestarle , le manifestó con lisura la falta de cohesión y conjunto que se 
advierte desde luego en la oda. Así se infiere de la réplica de Melendez : 

que llamaron la atención general por la gracia y fa- ellas. Melendez , en algunas de sus anacreónticas, 

ciudad del lenguaje. imita estas poesías eróticas, especialmente los 6e- 

Herrera las cita en su comentario á las obras de «os 4, 11 y 19. 

Garcilaso. Las diez y nueve composiciones, conocí- (1) Véase la epístola de Jovellanos, titulada Joiñ' 

das con el nombre de Besos de Juan Segundo, en no á sus amigos de Salamanca, escrita en Sevilla, 

las cuales raya en escándalo la expresión sencilla y en 1776. 

vehemente de los impulsos amorosos de un mancebo (2) Esta y las demás cartas que se citan en el 

de veinte años, le granjearon grande y justa cele- presente capítulo, existen autógrafas en la colec- 

bridadjpor la inspiración poética que sobresale en cion del señor Marqués de Pidal. ; 



íje la poesía castellana en el siglo xvm. cxxxni 

Convengo en la censura de la canción. ¿No le decía yo á V. S. que no iba igual, y que iba con muchas 
añadiduras?... No extrañe V. S. el que ande vagando ahora, sin fijarme en nada. Este género moral me 
gusta muchísimo, aunque me conozco sin caudal suficiente para él. Pero el deseo- de tener algo, que no 
fuese amores, que poder mostrar á personas á quienes no deben manifestarse bagatelas, me hizo querer 
probar sí podia algo en este género. — Salamanca, 14 de Agosto de 1779. 

Ya en la esfera filosófica , el numen flexible de Melendez se identifica con las tendencias do 
la época, y aunque con alas prestadas (1), vuela á su manera, con gala, con desembarazo 
y sin fatiga, en espacios no muy altos ni desconocidos, pero en los cuales se respira aire de 
pureza, de justicia y de libertad. A veces, cansado de emplear el tono de análisis moral de 
que hallaba ejemplo en los poetas de la secta enciclopedista, se atiene á la filosofía de consue- 
lo y de resignación, á la vez racional y cristiana, que se avenia mejor con su musa dulce y 
apacible, é imita á Rio ja , quedando á mucha distancia del modelo. Puede servir de ejemplo 
la elegía Mis combates , en que el autor discurre y discretea sobre los vaivenes de la vida , sin 
llegar á entristecerse de veras. En los siguientes versos de Melendez, ¿quién no ve el reflejo 
de otros de Rioja? 



r>E EIOJA. 

¿Piensas acaso tú que fué criado 
El varón para el rayo de la guerra, 
Para surcar el piélago salado, 

Para medir el orbe de la tierra, 
Ó el cerco donde el sol siempre camina? 
¡ Oh , quién así lo entiende , cuánto yerra I 

Casi no tienes ni una sombra vana 
De nuestra antigua Itálica, ¿y esperas? 
¡ Oh error perpetuo de la suerte humana 1 

Las enseñas grecianas , las banderas 
Del senado y romana monarquía 
Murieron, y pasaron sus carreras. 

¿Qué es nuestra vida más qxie un breve dia, 
Do apenas sale el sol, cuando se pierde 
En las tinieblas de la noche fiia ? 

¿ Qué es más que el heno, á la mañana verde, 
Seco á la tarde? ¡Oh ciego desvarío 1 



DE MELENDE2, 

El eterno Saber no nos dio vida 
Para el cielo medir, ó el mar salado, 
Sino para á El labrarnos la subida. 

¿ Dicen acaso al hombre que fué hecho 
Para ecte suelo humilde , deleznable , 
Do apenas se halla el bruto satisfecho ? 

Perecen los imperios ; grave siente 
El peso del arado el ancho suelo 
Do la gran Troya se asentó potente. 

Desierto triste la ciudad de Belo, 
De fieras es guarida; en la memoria 
Esparta dura para eterno duelo. 

¿ Dó blasón tanto y célebre victoria? 
¿Dó se han hundido ? ¡Oh suerte miserable 
Del ser humano ! ¡ Oh ÍT-ágil , fugaz gloria 1 

¿Dó están los años de la edad florida? 
¿ Dónde el reir, el embeleso insano 
De los placeres ? ¡ ilusión mentida 1 



También intentó Melendez imitar la entonación de Henderá, como se ve en la oda titulada 
El paso del Mar-Rojo, que empieza así : 



Cantemos al Señor, que engrandecido 
Gloriosamente ha sido, 
Y al mar lanzó caballo y caballero. 

Apareció el Señor como un guerrero. 

El potente es nombrado. 
De Faraón los carros y escuadrones 



fía en el mar derrocado. 



Abismos los cubrieron, 
Y al profundo cual piedra descendieron. 

El enemigo dijo : « Seguirélos, 
Partiré sus despojos , cogerélos.» 



I Cuan lejos están estos versos de la majestad , que es la cualidad distintiva de Herrera/ 
Melendez no habia nacido para pulsar el arpa de los profetas. 

Otras veces intenta seguir el rumbo místico en que Petrarca sueña y sutiliza el amor me- 



(1) Se columbra fácilmente en sus obras que es- 
tá muy familiarizado con Thomson , Young , Milton, 
Pope, etc. Véanse sus poesías Al Invierno, La jpre- 
í. Ps,-XYini 



sencia de Dios, La Noche y la Soledad, La Creación, 
La caída de Luzbel, etc, 



f 



jjjjjjy BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

tafísico, y en esa esfera falsa y nebulosa se confunde y desmaya. El amor suave , ingenioso, 
ale ore y casi siempre voluptuoso ; el amor que recrea y que no da al alma sinsabor ni aflic- 
ción ése es el campo natural de Mclendez , donde su musa vaga y juguetea como ninfa anto- 
iadiza y lio-era que corre de flor en flor, sin pasión y por mero deleite , sin cuidarse mucho de 
encubrir con las santas galas del pudor su desnudez y su frivolidad. 

Al «Tunas veces olvida Melendez demasiado el idealismo en las imágenes del amor, y tras- 
pasa el límite que el decoro y el buen gusto prescriben. Acaso reconociendo esto mismo, su- 
primió el poeta en la impresión de sus obras la canción El Palomillo, que envió á Jovellanos 
irau Diego González. El desenfado de Melendez en las descripciones amorosas fué notado, 
aun en aquel tiempo, en que se le juzgaba con ilimitada indulgencia. Hablando de estas des- 
cripciones, dice una poetisa, hermana de Jovellanos : 

Otras pinturas hace, 
Que encienden al más tibio, 
Ruboran al modesto 
Y auxilian al maligno. 

Sin sensibilidad verdadera y profunda , sin fantasía arrebatada y vigorosa , sin espíritu de 
observación trascendental, sin alcance filosófico, sin elevación mística, ¿cuál es, pues, el mé- 
rito de Melendez, cuál el secreto de su hechizo y de su influencia? No una sola; varias son 
sus facultades seductoras, á saber : la amenidad misma de su imaginación movediza; la cul- 
tura de su lenofuaje; la facilidad de la versificación; la soltura artística, que entretiene y ha- 
larla, y más que todo, el primor descriptivo, donde todo es color, abundancia y gentileza. 
No es ésta la facultad de más alta ley de que puede hallarse dotada el alma de un poeta; pe- 
ro es siempre de valor muy alto, y tan grande el poder de su encanto, que esconde y disi- 
mula la falta de otras prendas más raras y de más preciosos quilates. La fuerza descriptiva 
es tan genial y espontánea en este poeta , que cuando quiere soñar, disertar ó sentir, descri- 
be á pesar suyo : para ello nunca le faltan pensamientos ni palabras , y le acontece con fre- 
cuencia enervar y embarazar las reflexiones morales ó la efusión de los sentimientos con 
imágenes pintorescas. Por eso la poesía campestre, que suele pintar más que sentir, cuadraba 
á su peculiar ingenio; por eso con la égloga Batilo, en alabanza de la vida del campo, que olía 
toda á tomillo, según la expresión ingeniosa del obispo y académico Tavira, vivificó por un 
momento im género que habian llegado á hacer lánguido y enfadoso los que , por mera ruti- 
na y sin salir de su prosaica estancia, afectaban deleitarse con amorosas y sandias pláticas 
de pastores imposibles y con soñadas sensaciones en florestas que jamas habian pisado; por 
eso, en fin , al escribir Las Bodas de Camacho, cuyo plan habia para él formado su amigo y 
maestro, don Gaspar MelcJior de Jovellanos , no acertando con la pasión ni con los caracteres 
que son el alma del teatro, hizo una especie de égloga cuando intentaba hacer una comedia. 

Por esta comedia, premiada y representada en 1784, fué Melendez muy zaherido, á pesar 
de los bellos trozos líricos que contiene aquella obra pastoral. En una sátira manuscrita de 
aquellos tiempos , perteneciente á los papeles hterarios de Jovellanos , leemos los siguientes 

Tersos : 

De ser lánguido y frió habed empacho ; 
Que un tono mismo y pesadez no envuelva, 
Como envuelven Las Bodas de Camocho. 

Pinte su autor ovejas en la selva, 
Pazcan , ó no, la yerba aljofarada , 
Y BU musa al teatro nunca vuelva. 

Se alude en este illtírao terceto á la célebre ¿gloga de Melendez , títutada Batilo, que fuá 
premiada en 1780 por la Academia Española. Empieza con estos dos versos : 

Paced , mansas ovejaSj 
La yerba aljofarada... 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. cxxxv 

7 sabido es que los críticos zumbones de aquel tiempo se burlaron de esta idea, como impropia 
de quien afecta amar y conocer la vida pastoral, porque la yerba aljofarada , esto es, cargada 
de rocío, es dañosa para el ganado. 

A pesar de su indulgencia para con Melendez , don Leandro de Moratin no puede menos de 
hacer notar la falta de calor, de orden y de armonía que se advierte en la estructura , en los 
caracteres y en el estilo de Las Bodas de Caynacho, y toda la alabanza que puede tributarle 
se limita á decir que la comedia está escrita «en suaves versos , con pura dicción castellana^), 
y que está « llena de excelentes imitaciones de Longo, Anacreonte , Virgilio, Tasso y Ges- 
ner» (1). Este último elogio, tratándose de un autor dramático, es de aquellos que más da- 
ñan que favorecen (2). 

No hay que dudarlo. Melendez, en una civilización literaria que vivia más de reflejo que 
de luz propia , fué y debió ser recibido con admiración y hasta con sorpresa. Sus perfeccio- 
nes relativas , y hasta su mérito absoluto, eran grandemente adecuados para cautivar enton- 
ces la atención pública. « Hombres y mujeres (dice Quintana), jóvenes y ancianos, doctos é 
indoctos, todos se arrancaban sus poesías de las manos, todos aprendían sus versos , todos los 
aplaudían á porfía.» Antes de este triunfo, y cuando Melendez estaba todavía en los albores de 
la juventud, Cadalso, fray Diego González y Jovellanos habían presagiado su gloria y su im- 
portancia en las letras españolas. No es posible recordar sin sentir cierto enternecimiento, el 
solícito afán que los dos últimos manifestaban por la salud y el adelantamiento del aventaja- 
do mozo, y la seguridad profética con que Jovellanos le consideraba como una gloria futura 
de la nación , cuando el poeta se hallaba todavía en una situación oscura y no poco menes- 
terosa. 

Fray Di^go González, al enviar, en Marzo de 1776, á su amigo el padre Miras (3) una 
canción de Melendez , el cual acababa de cumplir veinte y dos años y era todavía desconocido en 
la república literaria , describe así al interesante poeta : 

Este Batilo es un joven extremeño, bachiller en leyes, muy aplicado á todo género de estudios, muy 
dulce de condición y hermoso de cuerpo y alma , á quien Dahniro (Cadalso) ama mucho, y aun ha com- 
puesto en su elogio una hermosa canción, en que muestra el mucho aprecio que le han merecido las produc- 
ciones de este dulcísimo joven , que son muchas , y entre ellas hay algunas excelentes. 

En la correspondencia del maestro González con Jovellanos se advierte el vivísimo interés 
que inspiró á todos aquel poeta, que se presentaba con tan altas dotes en la palestra literaria. 

El semblante de Melendez denotaba, en su primera juventud, complexión endeble: cayó en- 
fermo, y muchos temieron , al verle tan decaído y macilento, que una tisis terminase en bre- 
ve su vida. Fray Diego González daba continuamente noticia á Jovellanos del estado del en- 
fermo. 

En 8 de Octubre de 1776 le decía ; 

Eecibí la muy apreciable de V. S. á la sazón en que estaba conversando dulcemente en mi estudio con 
el buen Batilo... Uno y otro damos á V. S. repetidas gracias por la remesa de las poesías filosóficas (4)... 
Batilo está muy amonestado por mí para que no piense en otra cosa que en su perfecto restablecimiento. 
Actualmente está tomando leche de burras, y así en su juicio como en el mió, se halla notablemente me- 
jorado. Con toda frecuencia voy á sacarle de su posada y llevármele á gozar del campo. Habia comen- 
zado á contestar á la epístola didáctica , y yo le he mandado con todo imperio que no prosiga por ahora, 
Bo pena de incurrir en el desagrado de V. S., á quien doy nuevas gracias por la singular fineza con que 



(1) Discurso de Moratin sobre el teatro español Esta comedia sigue casi al pié de la letra la no- 
del siglo xvni. vela de Las Bodas de Camacho, según la refiere 

(2) El año mismo en que escribió Melendez Las Cervantes en el cap. xx del lib. n del Quijote. 
Bodas de Camacho, se publicó en Salamanca la co- (3) Fray Miguel de Miras, predicador acreditado 
media El amor hace milagros, del bachiller don Pe- y prior en un convento de religiosos agustinos de 
dro Benito Gómez Labrador. — Imprenta de Villa- Sevilla. 

gordo, 1784. (4) Los poemas filosóficos de Trigueros. 



cxxxn BOSQUEJO HISTÓRICO CRITICO 

desea y solicita la salud de este amable joven. Yo, en calidad de apoderado de V. S. para este efecto, no 
dejaré de maniobrar hasta conseguir su restauración. Quisiera estar de parte do noche á su lado... Si él 
fuera tan desiilioso como Delio, con menos motivo y sin tan superior precepto, observaria una perfecta 
dieta literaria; pero Datilo es muy incontinente en punto á libros, y el demasiado estudio que hizo el año 
pasado para el grado de bachiller, ha sido, en mi juicio, ia única causa de su enfermedad. Tuvo una fun- 
ción muv lucida, que yo presencié con mucha complacencia; pero ahora está penando el exceso. En fin, 
gracias á Dios , va mejorando. 

Ap¿nas recibió Jovellanos (en Sevilla) esta carta de fray Diego González, la envió á/my 
Miguel de Mras, con este billete de su mano : 

Mireo mió : Vea Ym. esa carta de nuestro Delio, y consuélese por las buenas noticias que trae de Batilo, 
cuva salud tanto ncs interesa. Gracias á Dios , el mal no es tanto como temíamos , y con algún cuidado 
pokrá repararse la quebrantada salud de un joven en cuya conservación también se interesa la causa pú- 
blica... 

No quise escribir á Vm. ayer, por si venía algo de Salamanca. Ya va todo, y con ello, el corazón de su 
tierno auügo. — Jovino. 

Má.« adelante volvió á inspirar algún cuidado la salud de Melendez , y nunca se desmintió 
el interés solícito y casi paternal de frag Diego González j de Jovellanos. De ello puede for- 
marse idea por este párrafo de otra carta del maestro González á su amigo : 

Batilo anda al presente algo malillo y desmejorado. Creo que son resultas de haber trasnochado en los 
últimos días del Carnaval , en que este corregidor permitió baile de máscaras en la casa de la Marquesa de 
Alrnarza, y al buen Butilo se\e ofreció el vestir de abate italiano, y concurrir á sazonar la función con 
varias gracias que dc-cia á cuantos le preguntaban algo. No sirva esto de acusación. Ello es que Batilo 
trasnochó y se agitó más de lo que permite su delicada complexión. 

Si lo consintiera el carácter del presente estudio , tal vez sería ésta ocasión favorable para 
hacer resaltar , como verdad ideológica , el íntimo enlace que hay siempre entre el carácter 
del hombre y las cualidades literarias del poeta. No podemos, sin embargo, dejar de señalar, 
de pasada, las coincidencias que tan patentes se presentan, en las obras de Melendez, entre 
sus prendas morales y sus prendas poéticas. 

Si bien apacible en su trato como en sus sentimientos , recto magistrado, hombre de fami- 
lia puro y sencillo , carecia de la consistencia de temple y de convicciones que constituye los 
caracteres que no se contentan caminando en pos de ideas ajenas , sino imponiendo las pro- 
pias con iniciativa , con arranque y con perseverancia. Sin fortaleza en los reveses , ni se- 
guridad en los propósitos , dio el triste ejemplo de fluctuaciones graves de conducta política, 
siempre con intención purísima , y siempre arrastrado, con grande amargura de su parte, por 
el torrente de los azares privados y de las desventuras públicas. 

La inconsistencia del carácter de Melendez se refleja en sus obras poéticas. ¿Quién diría 
que el mismo hombre que siguió al partido francés y escribió versos laudatorios á los fran- 
ceses (1), fuese autor de los dos romances impresos en Valencia con el título de Alarma es- 
pañola ; que empiezan : 

Al arma, al arma, españoles; 

Que nuestro buen rey Femando , 

Víctima de una perfidia , 

En Francia suspira esclavo ; 

j más adelante, á la entrada del Iley en Madrid, abolido en 1814 el gobierno representativo, 
de una cantata, entonces célebre , que empieza : 

(1) En la Gaceta de Madrid, correspondiente al presa Melendez con vehemencia su adhesión al me- 
dia 3 de Mayo de 1810, plana última, columnas 1.* marca intruso. Así dice una estrofa : 
y 2.^, se halla una composición del consejero de Es- 
tado, don Juan Melendez Valdés , en alabanza de Más os amé . y más joro 
T . ■V-' 1 . • 1 . • . • Amaros cada dia ; 

José napoleón , con motivo de un acto caritativo q„, ^^ ^^.^^^^ ^^^„„ ^i ^,^^ ^t^ 

de éste. La composición vale poco, pero en ella ex- 8e estrecha á voa con el amor más puro. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CXXXVJX 

Cayó el loco bando. 
Ya fausto en Madrid 
Gobierna Fernando, 
¡Que viva decid! ? 

Estas composiciones, más que á la historia literaria, pertenecen á la historia del hombre y 
á la de los vaivenes políticos de su tiempo. Melendez era honradísimo, y lo que es más, amaba 
con vehemencia á su patria ; pero era débil , y esto lo explica todo. Quintana , que profesó 
siempre afecto y veneración á Melendez , intenta disculpar sus errores: 

Tal vez, dice, faltaba á su carácter algo de aquella fuerza y entereza que sabe resolverse constante- 
mente á un partido elegido por la razón Sería mejor que los que reciben del cielo el don divino de pin- 
tar la naturaleza en bellos versos, y de inflamar con su entusiasmo la imaginación ajena, pudieran estar 
cuteramente separados del torbellino de negocios, honores y empleos que agitana los hombres en la gran- 
de escena del mundo. El poeta no debiera ser más que poeta La suerte preparaba á Mclmdez el cáliz do 

la aflicción, que tiene siempre prevenido á los hombres eminentes, como para cobrarles con usura los po- 
cos dias que les concede de glorias y alegrías. 

En estas frases elocuentes se refleja la viva simpatía que despertó Melendez en el ánimo de 
BUS contemporáneos. No ha de ser la posteridad más severa que el severo QuÍ7itana. Y ¿quién 
no olvida los yerros del hombre ante la gloria del poeta? 

En sus afectos particulares no demostraba mayor firmeza y energía , y al exceso de su 
blandura y condescendencia han atribuido muchos de sus amigos y admiradores las contra- 
dicciones de opinión y de proceder, que le suscitaron persecuciones y acerbos sinsabores. La 
influencia exorbitante de su esposa , ejercida en cosas en que el hombre debe sólo tomar con- 
sejo de la dignidad y de la razón , contribuyó á acarrear á Melendez gravísimos conflictos. 
No es nuestro ánimo acriminar á este escritor excelente y honrado , sino dar á conocer al 
hombre para explicar mejor al poeta. El ascendiente femenil debia hacer estragos por varios 
modos en aquella alma dulce y poética. Su más viva inspiración fué el amor. A Cipdi-is dedi- 
có sus primeras ilusiones poéticas. Por las cartas defrar/ Diego González sabemos que Cipa- 
ris no fué una creación ideal , sino una señorita de Salamanca , perteneciente á una familia 
distinguida. 

Cuando adoleció Melendez de una enfermedad de pecho, en 1776 , la familia á que aquí se 
alude demostró el más afectuoso interés al simpático poeta , y le convidó al campo para ayu- 
dar por este medio á su restablecimiento. Así lo indica fray Diego González en una carta, 
en que da noticia á Jovellanos de la salud de Melendez : 

Batilo (dice) ha llegado esta tarde (19 de Octubre de 1776), de vuelta de una aldea, adonde le lleva- 
ron Cipáris y su pndre para que se divirtiese en la vendimia de las viñas que tienen allí estos señores. 

También habla de ella /ra_y Diego, y con especial elogio de sus prendas morales, en otra 
carta (de 10 de Febrero de 1778). 

Los amigos de Melendez, incluso Jovellanos, tenian noticia de la tierna afición del poeta. 
El mismo Jovellanos lo manifiesta claramente en la anacreóntica á Batilo que empieza : 

Mientras Batilo cantu 
Con alto y dulce acento 
Los años de Cipáris; etc. 

Más adelante Filis eclipsó á Cipáris; pero amigos de Melendez afirmaban que Filis se ma- 
nifestó desdeñosa á pesar del culto de que fué objeto , y no quiso unir su vida á la del ilus- 
tre poeta. Era éste más impresionable que apasionado y perseverante , y cansado de los des- 
víos de Filis , acabó por casarse con una virtuosa señorita , que, semejante á la Gemma del 
Dante, mortificó al poeta con su carácter voluntarioso y dominante. El ilustre Quintana, 
que ha escrito la vida de Melendez Valdés con claridad, con generoso espíritu y hasta con 
elocuencia, se hallaba demasiado ligado á su maestro por los miramientos de la amistad y de 



C^iXtrai BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

la írratitud, para hablar sin rebozo de la flaqueza de su caráeter v de las circunstancias inti- 
maos que la'a^rravabau, con mengua de su prosperidad y de su sosiego. Quintana ha consigna- 
do algunas indicaciones acerca de este punto, expresando los efectos j guardando circuns- 
pecta°reserva acerca de hxs causas. Pero la pluma independiente y veraz de don José Somozo , 
el cual penetró en la intimidad de Melendez, ha levantado completamente el velo echado por 
Quintana sobre la influencia, inocente, aunque perniciosa, de la desabrida matrona; tribu- 
tando al mismo tiempo cumplida justicia á su virtud sin tacha, á la pureza de sus intencio- 
nes y á la adhesión acrisolada y tenaz que demostró sin tregua al esposo tierno y sumiso, á 
quien simultáneamente mortificaba y adoraba (1). 

QuÍ7itana , en su Introducción á la ¡yoesia del siglo xvra, juzgó á Melendez con critica me- 
nos indulgente que en la Noticia histórica y literata de este poeta. Tacha su estilo, en algu- 
nas ocasiones, de vao-o, difuso y declamatorio, y le niega con rigor absoluto toda aptitud 
para la poesía filosófica. 

Nunca (dice) debió arrojarse á tratar asuntos que no estaban ni en su cuerda ni en su carácter, y la 
caída de Luzbel, el sistema del universo, la inmensidad de la naturaleza , y otros argumentos de igual cla- 
se, prueban, con la infelicidad de su desempeño, que si el objeto y el conjunto de las ideas cabían en los 
principios y en el saber del autor, no se avenían de modo alguno con los medios poéticos que poseia. 

Quintana exagera algún tanto su justa censura. Melendez no sabe sostener ni aprovechar 
el arranque de sus propias ideas ; pero á veces levanta el vuelo á grande altura , como lo hace 
en las odas Al Fanatismo, A la Gloria, A las Ai-tes, y en otras varias. Esa misma oda ^4 la 



(1) Había yo tomado miedo y aversión al matri- 
monio, porque tenía presente el de mi maestro Me- 
lendez, enlazado con una mujer de las que el pú- 
blico no puede juzgar malas, y son, á pesar de esto, 
intolerables. Y vaya otra digresión sobre esta hem- 
bra singular, que dominó á aquel célebre escritor, y 
causó sus errores y desgracias. 

Doña María Andrea de Coca fué de la noble fa- 
milia de los baldonados de Salamanca. Tuvo her- 
mosura, y aun gracia hubiera también tenido si hu- 
biera estado dotada de mejor carácter. Las mujeres 
de mal genio necesitan belleza duplicada para no 
parecer monstruos. 

El día en que Melendez pidió consejo sobre esta 
boda al festivo Iglesias , al enérgico Cienfuegos y á 
otros amigos suyos , no hubo uno de ellos que la 
aprobase, y cada cual hizo de la ftiturauna descrip- 
ción en diverso estilo, y á cual menos favorable; 
pero Melendez les tapó la boca confesándoles que 
estaba ya casado, de secreto. En efecto , era un en- 
lace bien extravagante el del dulce Melendez con 
aquel energúmeno. Demonio encamado la llamaba 
BU padre, don José de Coca. 

¡ Y créanme mis jóvenes lectores ! de lo que cons- 
tituye la virtud en su sexo, nada había que tachar; 
pero ¡qué virtud, Dios mío ! altiva, intratable, hos- 
til , como la de algunas damas de Calderón 6 More- 
io , á cuya lectura ella era "muy aficionada. Es pro- 
bable que jamas se atrevió ningún mortal á decirla 
tm requiebro ; mas, si lo hubiera osado alguno , no se 
hubiera librado de una bofetada. Su talento é ins- 
trucción los pervertía un juicio estrafalario , y eran 
tftn extremadas sus pasiones, que trasformaban en 



vicios varias de sus buenas prendas. Por economía , 
ruin ; por pundonor, ambiciosa; y por amor conyu- 
gal, intolerante y verdugo implacable del pobre 
hombre, y celosa de cuantos le estimaban, sin dis- 
tinción de sexo. En vano discurrían los amigos tra- 
zas de hablar con Melendez sin ser perturbados por 
este demonio íncubo. En vano era elegir horas, en 
vano subir de puntillas la escalera de su estxidío. 
Decia que su Monsiurito era sólo para ella ; que sus 
versos amorosos, para ella los había escrito, y que 
ella era la mujer del primer hombre de España, el 
cual debía ser primer ministro. Y lo gracioso del 
caso era que el buen Monsivrito no la desmentía 
á fe, ni de palabra ni en obras. Pero esta mujer, que 
fué la única causa de las debilidades de Melendez, 
tenia cierta elevación de alma que le hacía honor. 
Siempre que en la iiltíma época se le hacían reflexio- 
nes contrarias á sus planes de ambición, decia que 
en tm apuro sabría poner una tienda de aceite y vi- 
nagre para que su marido en el cuarto de arriba vi- 
viese y escribiese para su ingrata patria. Todo el 
mundo sabe que después de viuda sólo pensó en la 
gloría de su esposo. Que logró á duras penas que el 
Gobierno costease la edición de sus obras. Y yo la 
he visto morir sobre un jergón, en casa de su laca- 
yo , año de 1822, pensando todavía ahorrar para ha- 
cer venir á España el cuerpo de su marido, con áni- 
mo, por supuesto, de sepultarse con él , y que fuese 
el epitafio : 

Melendkz y stj mujer.» 

( Una mirada en redondo á los sesenta y dos año«, 
por don José Somoza. — Salamanca, 1843.) 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XTIIL CXXXIX 

inmensidad de la naturaleza , que menciona Qtdntana como ejemplo de imperfección , contie- 
ne no pocas bellezas, y, lo que es más notable todavía, algunos de los rasgos líricos de alta 
lej que han granjeado á Quintana tan merecida gloria , y fueron visiblemente inspirados por 
los versos del imitador de Anacreonte. 
Sirva de ejemplo el siguiente : 



DE MELENDEZ. 

El gran Newtou, subido 
A la mansión ¡umbrosa, 
Cual genio alado, tras los astros vuela, 
Y al mundo absorto la atracción revela. 



DE QUINTANA. 



Los astros rutilantes ; mas, lanzado 
Veloz el genio de Newton tras ellos, 

Los sigue , los alcanza , 

Y á regular se atreve 
El grande impulso que sus orbes mueve. 



La idea es la misma, pero jqué diferencia! Melendez la indica ; Quintana la ilumina con el 
fuego de su entusiasmo. 

La poesía de Melendez trae, sin gran motivo , á la imaginación de Jovellanos la grandiosa 
imagen de Homero: 

Y tú, ardiente Batilo^ del meonio 
Cantor émulo insigne, arroja á un lado 
El caramillo pastoril 

El mismo Melendez reconoce que su inspiración se halla muy distante del lirismo sublime 
de la poesía griega. Así escribía, el 18 de Mayo de 1776, á Jovellanos, cuando éste, arras- 
trado por su indulgente admiración, creia ver poesía pindárica en los versos del aventajado 
mozo, que aun no habia cumplido veintidós años : 

Puedo hacer á Y. S. el mismo cargo por los elogios excesivos que verdaderamente desperdicia con mi 
canción, pues 3-0 no hallo en ella otro mérito que el de la digna elección del objeto. Quise ver á Pindaro, 
por ver si acaso, y sin yo pensarlo, como sucede muchas veces, habia seguido en algo sus huellas; pero 
desengáñeme bien presto, y avergoncéme de mi vanidad. Es inimitable este lírico, y sus ideas magnificas 
están muy lejos de las que nosotros podemos concebir, quizá por la diferente educación. 

Los escritores no salen nunca de la esfera moral é intelectual en que viven su imagina- 
ción , sus tendencias , su fe , su ambición , sus afectos. Conocidos la índole y el temple de 
Melendez, fácil es tasar la fuerza y el carácter de su fantasía, y comprender que su numen, 
más risueño y activo que austero y vigoroso , no desciende hasta el fondo del corazón , ni re- 
mueve las pasiones con entusiasmo verdadero. No canta nunca el himno de admiración pro- 
fimda que para las sublimidades del cielo y de la tierra guardan en su corazón los grandes 
poetas. Ni un verso suyo hace estremecer de ternura ó de indignación , porque su musa no 
tiene vehemencia ni sensibilidad ba.stante para agitar el alma al eco de la gloria , del infortu- 
nio ó del amor. Melendez pinta los sentimientos humanos como quien toma escasa parte en 
ellos. Parece que ve á distancia el espectáculo de la humanidad; y no fué, ni pudo ser, como 
alguna vez lo soñaron Quintana y Jovellanos, ni el alumno de Pindaro ni el émulo de Homero. 

Algunos hombres especialmente consagrados á estudios áridos y graves se dedicaban á la 
poesía, aun sin estar dotados, como Melendez, de verdadera vocación poética. Era esparcimien- 
to de ánimos cultivados , moda literaria del tiempo , manifestación amena del talento , y , co- 
mo tal , im medio más de sobresalir en el mundo. Entre estos hombres se señalaron muy no- 
tablemente Forner y Jovellanos. Ninguno de los dos era poeta de afectos suaves ni de místi- 
cos arrobamientos. Austeros ambos, é inclinados ademas, por índole y por costumbre, antes 
á analizar las cosas con la razón , que á sentirlas por instinto , ó á idealizarlas con los sueños 
de la fantasía, fueron buenos poetas, como pueden serlo los hombres de entendimiento y de 
sensibilidad que no han nacido poetas. Forner y Jovellanos resplandecieron principalmente 
en la sátira , que es la poesía de los que , á fuer de pensadores , se atreven á ejercer la censura 
públipa de las costumbres y las letras extraviadas. Jovellanos ba sido ya juzgado de im modo 



<5X1 BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

luminoso y cabal en los varios aspectos que ofrece su nu'iKiple y vigoroso talento (1). Sólo 
nos toca recordar aquí su no escaso mérito como poeta, haciendo notar al propio tiempo 
que 8u índole peculiar le llevaba á ser, á la manera de los Argensolas, aunque inferior á 
ellos no un poeta de inspiración rica, fogosa y espontánea, sino un poeta elevado, reflexivo 
y severo que no dice las cosas porque brotan, en impetuoso é involuntario arranque, del 
corazón ó de la fantasía , sino porque las crean y las modelan un noble instinto y una razón 
seímra. Pero Jovellanos tenía sensibilidad delicada, como lo demuestra su drama El Delin- 
cuente honrado, y fe acrisolada y profunda; y las raras veces que su musa toma estos simpá- 
ticos caminos sube muy alto , y llega á los espacios de la verdadera poesía. ¿ Quién no siente 
su alma conmoverse y levantarse al leer sus magníficas epístolas al Duque de Veragua, des- 
de El Faidar , y k Cean Bernuidez , sobre los vanos deseos y estudios de los hombres? En 
ambas composiciones se muestra Jovellanos á un tiempo filósofo y poeta. La primera es un 
bellísimo contraste entre los hechizos de la naturaleza en la soledad y las angustias incura- 
bles del alma ; la segunda , una de las lecciones más elocuentes y robustas que ha dado ja- 
ma» el sentimiento religioso al orgullo de la razón humana. ¿Quién no admira estos versos, 
quo son un anatema del panteísmo y como el resumen de las trascendentales reflexiones do 
la epístola? 



Otro, del cielo descuidado, lee 

Eu el humilde polvo y le analiza. 

Su microscopio empuña ; ármale y cao 

Sobre un átomo vil. ¡ Cuan necio triunfa, 

Si allí le ofrece el mágico instrumento 

Leve señal de movimiento y vida! 

Su forma indaga, y demandando al vidrio 

Lo que antevio su ilusa fantasía. 

Cede al engaño, y da ala vil materia 

La omnipotencia que al gran Ser rehusa. 

Así delira ingrato ; mientras otro 

Pretende escudriñar la íntima esencia 

De este sublime espirtu que le anima. 

[Oh, cuál le anatomiza! 

Medita, observa , estudia ; y sólo alcanza 
Que cuanto más aprende, más ignora. 
Materia, forma, espirtu, movimiento, 

Y estos instantes que incesantes huyen, 

Y del espacio el piélago sin fondo. 
Sin cielo y sin orillas , nada alcanza, 
Nada comprende. Ni bu origen halla, 
Ni BU término, y todo lo ve, absorto, 
De eternidad en el abismo hundirse. 
Tal vez saliendo del más deslumhrado, 



Se arroja á alzar el temerario vuelo 

Hasta el trono de Dios, y presuntuoso, 

Con débil luz escudriñar pretende 

Lo que es inescrutable. Sondeando 

De la divina Esencia el golfo inmenso , 

Surca ciego por él. ¿ Qué hará sin rumbo ? 

Dudas sin cuento en su ignorancia busca , 

Y las propone y las disputa, y piensa 
Que la ignorancia, que excitarlas supo, 
Resolverlas sabrá. ¿Viste, oh Bermudo, 
Intento más audaz ? ¡ Qué ! ¿ sin más lumbre 
Que su razón, un átomo podría 

Lo incomprensible comprender, linderos 
En lo inmenso encontrar, y en lo infinito 
Principio, medio ó fin? ¡Oh Ser eterno I 
¿Has dado parte al hombre en tus couaejoB, 
Ó en el santuario, á su razón cerrado , 
Le admites ya ? ¿Tan alta es la tarea 
Que á su débil espíritu fiaste? 
No , no es ésta , Bermudo. Conocerle 

Y adorarle en sus obras ; deiTetirse 
En gratitud y amor por tantos bienes 
Como, benigno, en tu mansión derrama ; 
Cantar su gloria y bendecir bu nombre : 
Hé aquí tu estudio , tu deber , tu empleo , 

Y de tu ser y tu razón la dicha 



Como versificador no es un modelo Jovellanos. Abusa de las licencias poéticas; lucha sin 
tregua con los acentos , con las cesuras , con las sinalefas , y no siempre sale vencedor. En 
cambio es un hablista de primer orden; no siempre puro , castizo y fácil, á la manera de los 
escritores del último tercio del siglo xvi y del primero del xvii , pero claro , firme y abun- 
dante. 

Como crítico no rayó Jovellanos á grande altura. Sus facultades en esta parte no eran tan 
poderosas, que pudiera sobreponerse á las doctrinas triunfantes en aquella época. Era el 
apogeo de las Poéticas , y sólo un instinto estético como el de Lessing habria podido sacu- 



(1) PorelseílordoD Cándido Nocedal. Tomos xlvi y l de la presente Biblioteca, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CXlI 

dír su yngo. En las reglas se cifraba toda perfección literaria. Ya hemos visto que el magis- 
terio doctrinal que Jovellanos ejercía sobre sus amigos de Salamanca propendía á estrechar 
el campo de la inspiración. La crítica literaria no tenía aprecio , ni indulgencia siquiera, para 
las letras nacidas del espíritu nacional, como no estuviesen puntualmente ajustadas á las trabas 
j á los atildamientos convencionales. MeJendcz, que había nacido poeta y podía volar con alas 
propias, buscando directamente la belleza en la naturaleza misma , se hace un poeta imitador 
porque sueña con las Poéticas , y no conoce otra crítica que los preceptos que ellas encier- 
ran (1). 

Un amigo y paisano de Jovellanos , don Carlos González de Posada, le envía un afectado, 
insulso j mal versificado romance endecasílabo en alabanza de algunos poetas asturianos. 
Jovellanos, inclinado á la indulgencia por la tierna amistad que le profesa, y acaso por espí- 
ritu de paisanaje, le contesta colmándole de elogios. ¡Quiere animarlo y dirigirlo en el culti- 
vo de la poesía , y no le habla de la naturaleza , ni le ocurre otro consejo sino recomendarle 
el particular estudio de nada menos que diez Poéticas ! (2). 

Obras eminentes de la antigüedad no causaban á hombres insignes la admiración que por 
sus grandes bellezas merecen , porque la apocada crítica del tiempo les impedía desprenderse 
de ciertas prevenciones. Jovellanos y fray Diego González no gustaban de Lucrecio, y cierta- 
mente que hombres tales no habrían dejado de recrearse con la lectura de tan gran poeta, si 
las ideas convencionales que los dominaban no hubieran embotado en ellos algún tanto el 
sentimiento de lo bello (3). 

Don Juan Pablo Forner era poeta de índole análoga á la de Jovellanos , pero de menos vi- 
gor y de más limitado vuelo. Su fantasía , viva y ardiente , no era poética. El campo de su 
gloria fué el campo del examen y de la discusión. Era ante todo wa. gran polemista, ó como 
hoy decimos, im gran discutidor. Le falta el qxdd divinum , pero lo suple como puede, con su 
brioso desembarazo de hablista y de escritor. El profesor de jurisprudencia de Salamanca 
asoma, embozado con el velo literario, en todas sus obras, así en prosa como en verso. En su 
célebre Oración apologética , en sus Exequias de la lengua castellana , en sus impugnaciones y 
controversias críticas, y hasta en sus sátiras, se trasluce el abogado, no alucinador y pala- 
brero, sino severo, convencido y ardiente hasta pecar de bronco y agresivo. Su comedia El 
Filósofo enamorado carece por completo de color poético. A su Sátira contra los vicios introdu- 
cidos en la poesía , premiada en 1782 por la Academia Española, le falta también la poesía 
que cabe en este género , esto es, el donaire satírico, la sal que suaviza el áspero sabor de la 
censura. Es, sin embargo, una sátira ingeniosa, en que el autor se muestra razonador ga- 
llardo y hombre de gusto depurado; una obra de dicción correcta y esmerada, y de versifi- 
cación llena y robusta , si bien no de aqueUa que brota espontáneamente y sin esfuerzo del 
pensamiento mismo. 



(1) «Yo había pensado hacer una comparación de poesía si se aplicase particularmente á este ramo , 
las cuatro poéticas principales, de Aristóteles , Ho- estudiándola por principios en Aristóteles^ Hora- 
racio, Vida y Desprcaux, metiéndome tarahien con ció ^ Scaltffero, Cáscales, el Pinciano , el Brócense, 
el Ensayo sobre la crítica de Pope, y nuestro Ejem- Marmontel, Boileau, Castelvctro y otros maestros, 
piar poético de Juan de la Cueva ; comparando las entre cuyas obras creo que no desconocerá usted laa 
reglas de todos con las del filósofo (Aristóteles) y hermosas Instituciones poéticas del padre Juven- 
entre sí , y haciendo un examen crítico de ellas, dis- rio, que andan al fin de la Retórica del padre Coló- 
tinguiendo las fundamentales é invariables de las n/a, y son la cosa mejor que yo he luido.» — {Ohras 
arbitrarias ó de convención.!) — (Carta autógrafa do de Jovellanos^ tomo L, púg. 1G7, en la presente Bi- 
Melendes Valdés á Jovellanos, escrita en Salamanca, blioteca.) 

el 14 de Setiembre de 1778.) (3) «El gusto de V. S. congenia mucho con el 

(2) «Hallo en el romance mil gracias, muchos pen- mió. Tampoco yo hallo gusto alguno en leer á Lu- 
samientos sublimes y brillantes, muchos versos cor- creció, siendo así que la lectura de los otros poetas 

rectos y armoniosos, algunas ideas originales latinos me causa especialísimo deleite.» — (Carta 

Seguramente usted podrá hacer grandes cosas en de fray Diego á Jovellanos.^ escuta, en 1117.) 



tXhn BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Su Oración apotogáica por ¡a España y m mérito literario, ampliación luminosa de la ce- 
lebre defensa de España contra los injustos ataques de la Nouvelle Eywydopédie , leida en la 
academia de Berlin por el abate Denina, si bien no tan detenida j circunstanciada como 
pudiera ser, está lleua do vigorosa crítica, y no pocas veces de ardorosa elocuencia, j de- 
muestra lo que Forner era capaz de hacer. 

Profesaba aversión á la filosofía francesa del siglo xviii, cuyas doctrinas juzgaba en su 
major parte pertui'badoras del orden moral y político, y la revolución de 1793, qua 

Puebla de horror los ámbitos del mundo (1), 

era á sus ojos un trastorno monstruoso é injustificable de la sociedad hiimana. 

La crítica histórica y la crítica literaria eran las vocaciones especiales de Forner. La poe- 
sía satírica , que tiene cierta afinidad con la facultad crítica , y que no es verdadera poesía en 
la acepción pura de esta palabra , cuadraba , como hemos indicado, á su temple severo. En 
BUS Discicr sos Jilosójicos y en sus sátiras imita visiblemente el estilo de los Arcfensolas, pero 
nunca llega á la lisura, al nervio y á la natural concisión de éstos. La poesía tierna, fantás- 
tica ó risueña es para él un campo sobrado halagüeño. Su musa austera y belicosa, amante 
del tráfago mundano, se deleitaba poco con las praderas y los bosques. Su composición lírica 
más notable es su Canto á la paz. Lítente imitar en este poema la entonación y el estilo del 
Bernardo, de Balhuena. 

Se hubo en esta empresa (dice Lista) como hábil maestro... Balhuena elige seres de la naturaleza que 
fácilmente se prestan al pincel delicado que los colora ; Forner describe objetos filosóficos, más difíciles de 
embellecer, y la habilidad con que ha sabido formar de ellos cuadros animados y pintorescos, sin enervar, 
como otros hacen á fuerza de adornos , la primitiva robustez de sus pensamientos, constituye todo el mé- 
rito del Canto de la paz, 

Hé aquí una de las octavas de este canto qne más cautivaban á Lista : 



Y así en guerras eternas fluctuando. 
La pompa del poder, incierta y vaga, 
De nación en nación va trasmigrando, 
Y aquí ilumina cuando allí se apaga. 



Teñido en sangre el suspirado mando, 
Si con glorias efímeras halaga. 
Cual rayo abrasador las cortes gira, 
Y sólo deja el rastro de su ira. 



Es incontestable : en esta octava resplandece el talento. Pero ¿dónde están en ella y en 
las demás del poema aquella riqueza y propiedad de dicción, aquella naturalidad de estilo, 
aquel íntimo sentimiento de la hermosura de la naturaleza que campean en las obras de Bal- 
buena? Éste sentía más, sutilizaba menos, y no habría empleado la impropia frase de teñir 
en sangre el mando. Forner era más filósofo; Balhuena más poeta. Aquél no busca sino prin- 
cipios y sentencias morales; éste no se paga sino de las imágenes de la fantasía, de la emo- 
ción poética que producen los seres de la naturaleza. Imitar el estilo de los demás es insen- 
sato y estéril propósito. Forner no es poeta sino cuando, olvidado de la imitación , piensa 
y escribe como Forner, esto es , llevado de su propio instinto. 

También cultivó la poesía dramática. En 1796, un año antes de su prematura muerte, 
siendo todavía fiscal de la audiencia de Sevilla , imprimió en Madrid su comedia La Escuela 
de la amistad, 6 el Filósofo enamorado. El asunto es muy adecuado á la índole literaria de For- 
ner. Lisonjero fué el éxito en el teatro de Cádiz , donde se representó primero, y no lo filé 
menos en uno de los de Madrid , á juzgar por lo que escribieron al autor dos de sus amigos (2). 



(1) Soneto de Forner. transcribir de cuando en cuando algunos párrafos 

(2) Esta carta y otras muchas de las Cartas á de ellas, que contienen noticias curiosas, enlazadas 
Fomfr, cujoH originales autógrafos tenemos ala con nuestro asunto. Hé aquí la carta á que aludimos: 
vista, están llenas de noticias íntimas, muy intere- «Querido Fiscal : Llegó la hora de que le diese á 
gantes para la historia literaria del siglo último. Vm. una buena nueva. Antes de ayer se representó 
Todas debieran publicarse. Aquí no podemos sino El Filósofo con mucho aplauso ¡ tanto, y aun pu^» 



CZLIIT 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XTITL 
Varios periódicos atacaron con encarnizamiento la comedia, lo cual causó gran desabrimien- 
to en el ánimo del poeta; pero nada lo mortificó tanto como creer que el padre Estala, su 
mayor amigo y crítico de grande autoridad , desaprobaba igualmente la obra. Le llegó tan 
al alma esta creencia , que hasta dudó de la amistad de aquel hombre excelente j sincero, 



do decir más que El Viejo y la Niña. Todo el pue- 
blo entendió bien las pullas ; y lo que más ha albo- 
rotado ha sido el tercer acto, por lo de los jueces y 
las reflexiones del Filósofo. No puedo encarecer 
más lo que ha gustado, en diciendo que habían 
cortado unos cuantos versos los cómicos, y sin em- 
bargo de ser bien larga la comedia, los han vuelto 
á habilitar al ver la doctrina que cada dia se des- 
cubre en ella, y el gusto que el público muestra en 
oiría. El señor Corregidor fué el primer dia, y ha 
hecho cuanto ha estado de su parte para el mayor 
lucimiento de la comedia. La entrada del primer dia 
ha sido de 5.700 reales, la segunda 6.480, y la terce- 
ra, que ha sido una tarde hermosa, 5.800 reales. Al 
segundo dia se corrió por Madrid que se iba , de or- 
den de la sala, á reformarla tercera jornada, loque 
ha contribuido á su mayor celebridad. 

«Amigo, muchos pasos me ha costado el lograr su 
representación, pero los doy por bien empleados al 
ver son completamente recompensados por los 
«plausos que el pueblo, culto y grosero, tributa á un 
verdadero amigo. Sin embargo que el pobre IWre 
no ha hecho la comedia, por haber fallecido el sába- 
do anterior, no ha dejado de darla su valor Luna. 
Todos generalmente la han ejecutado perfectamen- 
te. Cubas, Querol, Polonia, Rita, la Gabriela, la 
Porta y Manuel, todos han puesto sus conatos para 
el mayor lucimiento. Son acreedores á que envié 
Vm. una carta para leérsela en el vestuario. 

«Es preciso me envié Vm. un famoso prólogo, ti- 
rando buenos tajos, pero que no carezca de doctri- 
na por eso, pues quiero imprimirla... Estala dice la 
corregirá varios defectillos, sobre lo que escribirá á 
Vm. largamente... 

«Madrid, 30 de Enero de 1796.» 

(Sin firma. Hay una rúbrica.) 

Algunos dias después escribió Estala á Fomer, sin 
fecha, como solia, esta carta familiar, interesante 
en sí misma por su valor histórico, porque completa 
las noticias de la anterior, y ademas por ser de plu- 
ma tan célebre y autorizada : 

«Hombre, yo tenía dispuesta una larga epístola 
para enviártela , sobre el suceso de El Filósofo , que 
ha excedido á mis esperanzas, aunque siempre creí 

que agradaría La comedia ha agradado infinito, 

como lo indican las entradas, que han ido subiendo 
de dia en dia, su duración por doce ó trece dias, y 
haberse dejado con más de 5.000 reales. Este es un 
argumento fuerte del mérito de una comedía que 
ni tiene batallas, ni desafíos, ni es de mágica ó de 
maquinaria, como las ha bautizado nuevamente tu 
amigo don Santos, á quien no ha agradado El Filó- 
sofo, prueba evidente de su bondad. La han ejecu- 
tado perfectamente los tres 6 cuatro que se sujeta- 



ron á mis advertencias, como Querol, la Polonia, 
la Porta, Cubas; pero los padres maestros. García 
y la Rita, que nada quisieron hacer en el ensayo, 
lo han hecho muy fríamente. Debes dar las gracias 
á Querol, porqixe ha echado el resto. 

» Entran ahora mis reparos. El esconderse la moza 
con Fernando en el acto primero hace muy mal 
efecto. El pueblo gruñó un rato cuando lo vio la 
primera vez, y temí una desgracia. Después, en 
las demás representaciones, siempre nótela misma 
murmuración. Por otra parte, aquel encierro no 
produce todo su efecto, y estos medios no se deben 
emplear sino para producirlo grande. Si la precipi- 
tación con que estos diablos de c(jmicos dispusie- 
ron la cosa, no me hubiera impedido el mandarles 
hacer un ensayo foi-mal en el teatro, lo hubiera 
notado y corregido fácilmente. 

» Dependiendo el progreso de la acción de que 
don Silvestre entienda que el Filósofo pretende á su 
hija , esto gran proyecto no está bien preparado , y 
parece un efecto de la casualidad el que don Roque 
se lo diga, metiéndose á esta oficiosidad sin habér- 
selo encargado. Yo suplí esto muy fácilmente con 
un par de versos en boca de don Felipe, en que, al 
empezar el acto segundo, le dice á su criado que 
esté alerta para hablar al viejo sobre lo que le han 
instruido antes, si halla ocasión. 

» Igual libertad me tomé en preparar el gran gol- 
pe del arresto y embargo del Filósofo , pues la ve- 
nida del escribano parece por máquina , y el espec- 
tador, no alcanzando á presumir de dónde viene el 
golpe, cree es un recurso mezquino, como el que 
ve todos los dias en los saínetes. Yo le preparé el 
lance, esforzando con un par de versos las amena- 
zas del Marqués al marcharse. 

«En la orden que lee el escribano, han reparado 
algunos, y principalmente Romero, que no está 
muy arreglada á la práctica legal, y me ha encar- 
gado que te lo escriba. Yo de esto no entiendo; 
es preciso que lo mires con mucho cuidado, porque 
el que te llamen mal poeta es chico pecado, pero 
¡mal letrado un señor fiscal! 

» Viniendo ahora al proyecto de imprimirla, te 
conjuro por nuestra amistad que no lo hagas, por- 
que tus enemigos han dado la más maligna inter- 
pretación á lo que se dice sobre la prisión , á las 
exclamaciones del Filósofo, á las palabras y con- 
ducta del alcalde de corte, etc., asegurando que, 
aunque la comedia es mala en cuanto al arte , es 
detestable por sus principios sediciosos. Otros, to- 
mando el extremo opuesto, dicen que es excelente 
por estar escrita con todo el espíritu de un jacobi- 
no. Esta calumnia tomará más cuerpo si s« imprime 
en las presentes circunstancias, sin acordarse do 



CXLIV BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Estala , con el familiar desenfado que cabia en la estrechísima amistad que los ligaba, le des- 

n/rravia en estos términos : 

Eros el cuadrúpedo más brutal que hay sobre la tierra. ¿ Quién te ha dicho que yo me entibio en tu amis- 
tad? Y ¿cómo has podido soñar que el que tu comedia fuese mala ó buena podia influir en mi estimación 
para contigu? Moratln ha hecho excelentes comedias, y yo le detesto de todo mi corazón. La tuya pudie- 
ra ser peor que las de todos los Cornelias^ y no por eso se disminuirla un punto mi amistad. Anda, que eres 
un jumento (1). 

Estos cariñosos insultos en un hombre tan grave y circunspecto como Estala, denotan el 
grande aprecio en que tenía á Forner. No es de creer que Estala, crítico de gran sentido, 
admirase con extremo la comedia El Filósofo enamoi^aclo, un tanto fria y declamatoria; y sin 
embargo, tan sinceramente amaba al autor, que no sólo la defendió, en los periódicos, de las 
malignas impugnaciones de los descontentadizos y de los envidiosos , sino que corrigió en 
ella, sin consultar á Forner, algunas cosas que juzgaba imperfectas ó peligrosas (2), impi- 
diendo ademas la publicación de algunos ataques harto desmandados (3). 

Llevado siempre Forner de su noble y patriótico deseo de combatir las insanas doctrinas 
que venían entonces de Francia , escribió una comedia titulada El Ateísta. Estala dudó con 
razón que el Gobierno permitiese su representación en aquellas circunstancias (4). 

Entre los autógrafos de Forner hay fragmentos de dos tragedias y dos comedias. Los tí- 
tulos de éstas son : La Cautiva y La vanidad castigada ; los de aquéllas, Motezuma y Francisco 
Pizarro. 

En las Ilustraciones al segundo de sus Discursos filosóficos sobre el hombre , copia Forner la 
primera escena del tercer acto de su tragedia Las Vestales, que, según dice, escribió «á la en- 
trada de su juventud. )) También dejó escrita una comedia titulada Los falsos filósofos. 

Muchas obras de Forner quedaron inéditas; entre ellas , Los gramáticos, ó historia chinesca, 
escrita contra Iriarte y sus admiradores , y Exequias de la lengua castellana , que fueron te- 
nidas por uno de sus más ingeniosos escritos. Así como al distinguido humanista el padi'e 
Navarrete, de la escuela Pía, amigo de Estala, y á otros varios notables escritores del úl- 
timo tercio del siglo xviii, que publicaron estimables obras, la posteridad no ha podido 
juzgar á Forner sino de una manera incompleta. Si hubiéramos de aquilatar sus altos me- 
recimientos como filósofo, como historiador, como filólogo, como sustentador tenaz de las 
glorias de la civilización española, prolijo y delicado sería nuestro examen. No basta este so- 
mero bosquejo, especialmente consagrado á avalorar la índole y cualidades de los poetas, para 



que la comedía se compuso seis años há El toda tu golilla (era Forner fiscal en Sevilla) no te 

mentecato Picornell se halla preso, y dicen que es librarla de un mal rato. También borré cuatro versos 

por hablar y propagar las malditas máximas de los en que hablabas demasiado claro contra los matri- 

franceses Ha mudado de modo de pensar, y monios que se usan; materia sumamente delicada, 

conociendo á. fondo el mío, tan contrario y ene- y que basta insinuarlo como lo haces en aquel mis- 
migo de todos los horrores de la Francia y de sus mo lugar. Si llevas á mal estas correcciones, no me 
perversas doctrinas, acudiria á buscar otros de su importa; yo, de cuya amistad sospechas, miro más 
pandilla. En esta inteligencia, ya ves cuánto te por tu honor y tranquilidad que tú mismo. » (Carta 
peijudicaria el que se creyese que tú eras capaz de autógrafa de Estala^ 

apoyar semejantes máximas Créeme, remite la (3) «lie procurado que no se ponga en el Z)iano 

impresión para otra ocasión, y entonces, exami- la tal carta de El Ingenuo, porque no prueba nada, 

nando de nuevo la comedia, te diré con mi acos- y está llena de desvergüenzas, que sería necesario 

tumbrada ingenuidad lo que puede mejorarse en castigar á garrotazos.» (Carta autógrafa de íJs<a?a.) 

ella.n (Cartas autógrafas á Forner.) (4) «Sobre la comedía El Ateísta te advierto que 

(1) Carta de Estala á Forner. No tiene fecha, no se si podrás lograr que se represente, porque es- 
porque Estala olvidaba casi siempre el ponerla. tas gentes se han empeñado en que no se ha de ha- 

(2) «...Ya sabrás por Bernabeu que borré en el blar ni bien ni mal de estas materias.» (Carta autq- 
prólogo aquella pulla contra los moralistas, porque grafa de Estala.) 

si éstos levantaban el grito, según están las cosas, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CXLV 

tasar de una manera acertada y cabal un entendimiento como el de Forner, firme , austero y 
de trascendental alcance. 

En las obras de todo escritor profundo y sincero se reflejan siempre las prendas del carác- 
ter del hombre ; pero en ninguna con mayor claridad que en las de Forner. Era por naturale- 
za crítico y analizador, y no soñador ni espiritualista. Su ingenio es sin duda desembaraza- 
do y agudo; pero más con la agudeza que penetra y que hiere, que cou aquella que deleita 
y regocija. No prepondera en sus versos el estro celestial del poeta, y en vez del hechizo in- 
efable que emana de una imaginación llevada en alas de la idealidad ó enardecida por el entu- 
siasmo, se siente el ánimo dominado involuntai'iamente por la sensatez del filósofo y por la 
amargura del censor. El talento es incontestable, pero casi siempre se asemeja más al talento 
razonador y reflexivo del jurisconsulto que al fuego inspirador del verdadero poeta (I). 

En la sátira, en la investigación y en la controversia es, según ya hemos indicado, donde 
campea brioso y desembarazado el entendimiento de Forner. Sea rigidez genial , sea odio 
instintivo á la medianía entronizada, sea, en fin, achaque de aquella era, en que pugnaban 
con impulsos nuevos elementos inveterados, es lo cierto que Forner^ agresivo, obstinado, im- 
placable cuando se empeñaba en arrancar la máscara al charlatanismo triunfante ó á la vani- 
dad glorificada, ejerció evidente influencia en sus contemporáneos. Nadie fué más belicoso 
que Forner; nadie usó más nombres de batalla. Ya Tomé Cecial, ya Pablo Segarra, ya don 
Antonio Varas, ya Bartolo, ya Pablo Ignocausto, ya el bachiller Regañadientes , ya Silvio Libe- 
río, siempre se descubre el escritor firme y austero, pero intolerante y descon'entadizo. Y no 
se limitaba su saña crítica á combatir y ridiculizar los extravíos de los hombres famosos de 
BU tiempo. No malograba ocasión alguna para fulminar con el sarcasmo y con la ira á los co- 
pleros audaces ó vergonzantes que profanaban el sagrado del arte. El bombardeo de Argel 
por el general de la armada don Antonio Barceló (Agosto de 1783); el tratado de paz entre 
España é Inglaterra (3 de Setiembre de 1783), y el nacimiento de los dos infantes gemelos 
don Carlos y don Felipe (5 de Setiembre de 1783); tres acontecimientos venturosos, casi si- 
multáneos, que conmovieron grandemente el sentimiento patriótico de los españoles, desen- 
cadenaron la musa trivial de los copleros. La poesía de circunstancias ha sido siempre escollo 
de la inspiración , y en aquel momento, lanzada, contra la voluntad de Dios, á la palestra li- 
teraria una turba insolente de insulsos versificadores , el turbión de cantos heroicos , odas, 
églogas y romances llegó á ser una verdadera calamidad poética, que retrajo de escribir ver- 
sos en celebridad de aquellos faustos sucesos á los poetas acreditados, con la excepción, acaso 
única, de Huerta. El irascible Foimcr, exasperado, exclamaba : « ¡A qué términos ha traído á 
los copleros la execrable hambre de sacar dinero á costa de los augustos niños y de esta paz, 
que ha suscitado una guerra más cruel al buen gusto y á la sabiduría! ¡Pobre B.a'celó! 
¿Quién diría que habían de encarnizarse primero en tí los copleros que los argelinos?» (2), 

Vargas y Pon^e , Trigueros , Sempere y Guarinos , Huerta , el erudito Sánchez y otros, fue- 
ron , con más ó menos razón , blanco de sus acerbas invectivas , pero ninguno tanto como 
Triarte , á quien imitó algrma vez el mismo Forner, que tan duramente lo zahería (3). Jove^ 
llanos admiraba el talento de Forner^ pero le disgustaban las abstracciones filosóficas de loa 



(i) En la presente colección Be pnbiican por pri- (2) Carta del Tonto de ta Duquesa de Alba (í cr- 
inera vez las poesías líricas completas de Forner. Las ner) á un amigo suyo de América. (Papeles do For' 
debemos á la bondad del ilustrado caballero don Luis ner.) 
Villanueva , que ya dio á la estampa algunas de (3) Véase el soneto de Forner, Definición de un 



To visto, ya ye usted , perfectamente... 



ellas en 1844. Han venido afortunadamente á sus petimetre , qne empieza. : 
manos los manuscritos autógrafos que consei-vaba la 
familia del ilustre escritor extremeño, y estos ma- 
nuscritos, que se hallan actualmente en nuestro po- imitación visible de aquel tan celebrado de Triarte, 
der, son los que ahora publicamos con satisfacción que principia así : 
yeraaaera Leyántome á las mil, como quien eoy.», 



CALví BOSQUEJO HISTÓRICO CRITICÓ 

primeros escritos del estudiante salmantino. Al apacible Melendez , que veía y sentía las co- 
sas de un modo más somero pero más poético que Forner, le eran antipáticos , así el carácter 
como los versos de este escritor. Infiérese esto claramente de los siguientes párrafos de dos 
cartas que en 1777 escribió á Jovellanos fray Diego González, que tanto se interesaba en los 
adelantos literarios de los alumnos de la escuela de Salamanca (1) : 

Remito á V. S. el adjunto papel al mismo modo que los días pasados. Me lo dirigió don Juan Forner, 
autor de aquella epístola que ya vio V. S. A Butilo no le congenian las producciones de Aminta (Forner); 
parécenle duras y desabridas á su dulce ánimo. Dclio (fray Diego), aunque no deja de admirar en ellas 
varias bondades, se desagrada de la mucha oscuridad que en todas afecta su autor; le enfadan las cosas que 
no se dejan entender en fuerza de una simple lectura, y aborrece los negros escritores que escriben y 
trabajan para no ser entendidos. Creo que Jovino, en medio de su gran facilidad en comprender, se ha 
de parar más de dos veces á conjeturar el sentido de algunos pasajes de la presente composición de 
Aminta. 

Salamanca, 6 de Mayo de 1777. 

En otra carta al mismo Jovellanos, de 7 de Junio de 1777, dice fray Diego : 

Me congenia el juicio que V. S. ha formado de las composiciones de Forner, notándolas de nimiamente 
confusas, en medio de las muchas bellezas que uno y otro advertimos en ellas. Batilo es más severo con 
ellas ; pero lo atribuj'o á la genial oposición que tiene al autor. 

De ánimo rebelde á la autoridad literaria de los demás , j amohinado con la reprimenda 
oficial que recibió á consecuencia del escándalo de sus reyertas satíricas y de las diatribas 
que dirigió á la Academia Española , Forner hubo de conservar cierta ojeriza á este esclare- 
cido cuerpo literario. Esta ojeriza se columbra á primera vista en una especie de estatutos 
que formó para una academia particular que llegó á reunirse , y en los cuales mezcló des- 
enfadadamente el espíritu organizador con la invectiva y con la sátira (2). 



(1) Cartas Ae fray Diego González. Colección de 
autógrafos del Marqués de Pidal. 

(2) Tenemos á la vista el borrador autógrafo de 
estos estatutos. Como curiosidad literaria , copiamos 
á continuación este singular documento : 

«Nuestro código deberá constar de una introduc- 
ción y cuatro capítulos. En la introducción se ex- 
pondrá el objeto ú objetos de la academia , su tí- 
tulo , sello , empresa ó distintivo , etc. 

))E1 primer capítulo tratará de las calidades de los 
académicos. 

))E1 segundo, de los oficios. 

))E1 tercero, de los trabajos literarios. 

))E1 cuarto, premios y penas. 

hCapítulo primero. La academia se compondrá 
de académicos- de número y académicos correspon- 
dientes. Aquéllos de asistencia necesaria ; y éstos, 
que podrán remitir las obras y trabajos para que los 
juzgue la Academia. 

»No serán admitidos abogados ramplones , teó- 
logos de machamartillo, médicos sistemáticos ni 
filósofos petimetres. La academia ha de ser dema- 
siado humilde para que pueda honrarse con tan 
ilustres individuos. Bastará admitir buenos poetas, 
buenos oradores , buenos críticos, buenos humanis- 
tas. Es muy conveniente que este género de profe- 
sores hallen acogida y premio en alguna parte, ya 
que no le han hallado hasta ahora en ninguna. 

»A la academia no le ha de importar maldita la 
cosa el saber si sus individuos son cristianos viejos 



ó lampiños , rancios ó frescos, verdes ó pasados. Ün 
descendiente de Mustafá deberá ser preferido á uno 
de Pelayo , si éste es un salvaje, y el otro un varón 
docto. Así, las pruebas é informes que se harán pa- 
ra la admisión de algún individuo recaerán sobre 
su doctrina , y nada más ; en la firme inteligencia 
de que es una ridiculez predicar á los protestantes y 
gentiles para que se conviertan , y tratarlos después 
de infames, atribuyendo á la religión de Jesucristo 
una infamia que no causa ninguna otra religión. 

))E1 juramento único que se tomará á todo indivi- 
duo será el de detestar la secta semigálica, y defen- 
der á sangre y fuego el verdadero buen gusto cas. 
tellano, así en prosa como en verso. Y por lo mis- 
mo deberá obligarse á promover la afición á nuestros 
buenos escritores de los dos siglos xvi y xvil, que 
serán su único norte y guía. 

))Si, por desgTacia de la academia, pretendiesen 
ser admitidos algunos Iriartes, Olmedas, Vallada- 
res, etc. , de quienes consta que son de un gusto es- 
trafalario y perverso ; sin tener cuenta con la opi- 
nión que ellos tienen de sí, se les hará entender que 
han de entrar á aprender y ser juzgados ínterin pier- 
den los resabios de su primer estilo. Sin esta condi- 
ción precisa, no serán admitidos. 

«No será admitido ninguno de quien conste que 
ha de formar relación de méritos. 

«Capítulo ii. En la academia, por ahora, no ha- 
brá más que un secretario , que se elegirá á plurali- 
dad de votos ; á cuyo cargo estén los papeles que 



BE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CXLVII 

Bi bien las cualidades dominantes de su carácter , la independencia j la austeridad , toma- 
ban á menudo formas desapacibles y sarcásticas , se rendia Forner á sentimientos delicados 
cuando le impulsaban á ello móviles generosos. 

Los fueros de la gratitud , en un alma apasionada como la suya , explican y disculpan las 
extremadas hipérboles lisonjeras que dirige á su protector, el Príncipe de la Paz, en el prólogo 
del poema La Paz. Allí reclama para el inhábil y apocado ministro español las bendiciones 
de la tierra , y le apellida « bienhechor universal del género humano. » Pero , lo repetimos , 
no ha de inferirse de aquí que Forner , aunque entusiasmado con la })az ajustada con la re- 
pública francesa en 1795 , y profundamente agradecido á los favores del Ministro, que le habia 
nombrado fiscal del Consejo de Castilla, fuese capaz de doblegar el fiero temple de su alma 
hasta caer en la adulación cortesana. Su verdadero carácter está fielmente retratado en los 
siguientes versos de una de sus sátiras : 

¡Oh, qué dura experiencia!... De la esencia inmortal que en mise hospeda, 



(Dices , si á Alisto en antesala impía 
Ves negociar con la paciencia un puesto) ; 
¿Yo adular al poder? ¿Yo su indigesto 
Ceño sufrir, los dones humillando 



Á un necio venturoso, que burlando 
Puso en alto la pérfida fortuna ? 



Algunas veces , á pesar de su orgullosa condición y del sentimiento íntimo de su valor in- 
telectual, su entusiasmo literario desmayaba , y un desaliento amargo alejaba de su ánimo la 
hechicera ilusión de la gloria. En tal situación se hallaba sin duda su alma cuando escribía 
estos dos bellos versos, con que empieza un soneto que no llegó á terminar : 

Sacro laurel , tu rama vividora 

No adornará jamas mi humilde frente 

No obstante la aspereza de su condición , que hasta sus propios amigos reconocían y lamen- 
taban, Forner estaba dotado de sensibilidad profunda, y alguna vez dio señales manifiestas de 
la humildad de quien yerra y reconoce el yerro ; noble humildad , que sólo cabe en almas fir- 
mes y elevadas. No podemos dejar de citar un ejemplo , del cual hallamos pruebas en los pro- 
pios escritos de Forner. Uno de sus borradores autógrafos que tenemos á la vista, contiene 
una epístola titulada Aminta d Arcadio, ó lo que es lo mismo, sustituyendo los nombres ver- 
daderos á los nombres poéticos, Forner á Iglesias (1). Al fin de este borrador hay otro de una 



dejen los académicos, la ordenación de ellos, etc. 

«En lo demás , todos los individuos serán fiscales, 
presidentes y censores; porque, como los sueldos de 
esta academia son ningunos , no hay necesidad de 
inti-oducir estas distinciones para enriquecer á tres 
ó cuatro, con perjuicio de la libertad de los demás. 

t>Capítulo III. Los trabajos literarios de la aca- 
demia versarán principalísimamente sobre la poesía 
y la critica castellanas ; facultades ambas que andan 
descarriadas , y que por lo mismo necesitan acogida 
y abrigo para que no se pierdan. 

«Los trabajos se podrán dividir, ya trabajando to- 
dos sobre una misma cosa, ya cada uno sobre una 
sola, á arbitrio de la academia. El primer modo 
convendrá en las obras menores de verso. El segun- 
do en obras de crítica. 

«Como el fin déla academia debe ser adelantar, y 
no ostentar ; refinar el gusto , y no aspirar á pasar 
por doctos ; las obras de los individuos se juzgarán 
con un rigor rigidísimo por todo el congreso , sin 
c¿ue sea lícito á ninguno creer que es incapaz de 



errar. Nuestra academia no se compondrá de in/ct' 
tibies, ó de los que juzguen que lo son. Esta gente 
nos deslumbraria con sus grandes luces. — Día de 
la Virgen, primera junta. — Alfesibeo, secretario. 
— Damon (Estala). — Mirtilo (Navarrete). — Amin- 
ta (Forner).» 

(1) No publicamos esta epístola entre los versos 
de Forner, porque carece totalmente de inspiración 
poética, y reúne todos los defectos que suelen acom- 
pañar á la inexperiencia literaria. Cuando Forner la 
escribió no habia cumplido veinte años. El indul- 
gente fray Diego González envió una copia de la 
epístola á Jovellanos , para que formase idea de los 
adelantos que iban haciendo en la poesía algunos 
jóvenes de Salamanca. Empieza así : 

Salud cumplidfl. con favor divino, 
De parte de su amigo, dirás, musa , 
De nuestro siglo al vate salmantino; 

Y si por suerte recibir excusa 
Letras del que fué na tiempo su contrario» 
T acciones mías, enojado, acusa 



CXLvm BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

carta que debía ir acompañada de los versos. Esta carta expresa claramente que la epístola 
fué dictada por el deseo que tenía Forner de reconciliarse con Iglesias. Algún arrebato de 
Forner había ocasionado un rompimiento entre los dos amigos y compañeros de universidad; 
luchaba Forner entre su orgullo y su arrepentimiento ; pero la genial rectitud triunfó al cabo 
de la altivez del mozo. Ko creyó humillarse confesando su falta. Escribió á Iglesias la citada 
carta , en que andan mezcladas de un modo estrafalario la llana ingenuidad del hombre hon- 
rado con la pedantería del escolar, y la amistad de ambos quedó recíprocamente afianzada, 
cual convenia á dos corazones sanos y afectuosos (1). 

Sólo un hombre dotado de altos sentimientos morales puede inspirar amistad profunda y 
acendrada. Forner, e\ implacable controversista , el batallador desabrido, austero y agresivo, 
tuvo por amigos tiernos y perseverantes á hombres tales como Fernandez-Navarrete , Campo- 
mánes Iglesias , A/jona, Arroyal y Estala. En las más de las cartas á Forner que se conservan 
de estos insi<Tnes varones, rebosa ese fervoroso sentimiento de amistad verdadera que sólo brota 
y arniífra en el corazón de los buenos. Murió Forner joven todavía, cuando apenas empezaba 
la madurez de la vida (2). Probablemente llevó consigo al sepulcro los mejores frutos de su 
claro talento y de su vasta y sana instrucción. Basta lo que escribió para que nadie pueda ne- 
garle la gloria de haber sido un magistrado sabio y vigoroso, un defensor diligente y ardo- 
roso de la patria, un hablista rigoroso y correcto, y un campeón animoso de la civilización li- 
teraria. Si como poeta no subió á muy alto nivel , culpa fué del recio temple de su alma , que 
le impedía extasiarse en las esferas místicas de la ilusión, donde vive la poesía verdadera. 
Lista ha juzgado admirablemente á Forner en estas breves y sencillas palabras : «Estaba do- 
tado de una imaginación más fácil para concebir las verdades que las bellezas. » 

Otro poeta que, aun sin rayar á grande altura, no debe ser olvidado al bosquejar la era 
poética de Carlos III, e^ don J osé María Vaca de Guzman, doctor en ambos derechos, mi- 
nistro del crimen de la audiencia de Cataluña , de quien se gloria la universidad de Alcalá , 
á cuyo gremio pertenecía. 

Los premios de la Academia Española, sucesivamente por él alcanzados en 1778 y 1779, 
sacaron su nombre de la oscuridad en que probablemente habría permanecido. El canto de 
Las naves de Cortés y el romance de Granada rendida , no sólo son las dos mejores composi- 
ciones poéticas de su autor, sino que dejan á bastante distancia á todas las demás que com- 
puso. El romance está escrito en tono narrativo, fácil y animado, y á menudo noble y \ágo- 
roso (3). Escaso de gusto y de cordura en la disposición del plan , y embargado por el espíritu 
imitador y emblemático, que le impedia comprender y sentir el carácter de sencillez y de 
grandeza que hay en aquel magnífico asunto (4), Vaca de Guzman no llega ni con mucho en 

(1) Hé aquí algunos períodos de la carta : (2) En 1797, á los cuarenta y un años de edad. 

« Fui no ]iá muchos diaa, amigo Pepe , puerco de (3) Sin embargo, no mereció la aprobación de Mí- 

la manada de Epicuro, y como tal me hallé metido lendes Valdés : 

en el cieno de- las pasiones. Hoy, gracias á mi des- «Batilo me dice que no le han gustado las obras 

engaño, tengo la cabeza llena de humos estoicos premiadas este año.» (Carta de/rajf Diego Gonza- 

En mis versos verás del modo que he sabido des- hz á Jovellanos, escrita en laCoruña, en Agosto de 
prenderme de algunas pasiones No es la menor 1779.— Colección de autógrafos del Marqués de Pi- 
la enemistad que ha habido cerca de un año entre dal.) 

los dos. Si deseas, como es justo, que te tengan por (4) Hasta de la Eneida se acuerda, cuando sólo 

hombre de buen juicio, no rehusarás renovar núes- debía acordarse de la verdad popular y española de 

tra amistad, cuando el mismo que erradamente la la conquista de Granada. Así empieza á hablar el 

rompió vuelve á ella. Á mí se me hace no poco difi- valor á Juno : 

cultoso dar satisfacciones ; mas hago esto ahora pa- Puesel dolor, ohEeína, Inexplicable 

ra que veas , sobre el conocimiento que tienes de He mandas renovar... 

mí , cuan fácilmente me allego á la verdad siempre Alguna vez hasta traduce á Virgilio, como cuan- 

que la conozco Dios nos dé salud y vida para que ¿q exclama • 

segunda vez nos veamos enceiTados, al anochecer, ,„ .„„ „„„.„ 

'^ 1 1 1 ^ 1 • ..... ¡Caben acaso 

en el corral del Colegio del Rey de esa ciudad.» Tantas iras en ánimos divino»! 



Í)E LA poesía CASTjíLLANA EN EL SIGLO XVIIL cxux 

el romance á la y.ltura épica que aquél requiere ; pero es imposible negar que la obra está 
escrita con alma ardiente y conmovida , y que contiene rasgos , descripciones y versos llenos 
de vida y de inspiración. Vaca de Guzman tenía fuego poético, y de este fuego nace el ga- 
llardo estilo y la noble armonía de algunos períodos. Tiene arranques felices , como aquel en 
que llama á los moros torpes hijos del ocio, y hay pasajes en que , si no la idea , cobra el tono 
la noble sencillez que es propia de la poesía épica. Así, por ejemplo, habla el rio Gcnil al rey 
don Fernando el Católico : 



Suenan las aguas con el golpe, y mueven 
De tersa espuma blancos remolinos, 
En tanto que Genil sacó la frente, 
Ceñida de amarantos y carrizos. 

Puso los pies en la cerúlea concha , 
Que le sirvió de asiento, y conocido 
El gran monarca que su margen pioa. 
Alzó al cielo las manos, y así dijo : 

¿ Veniste , en fin , conquistador famoso ? 
¡ Olí causa digna del anhelo mió ! 



¿Veniste ya á vencer? ¿ A tí triunfante 
He de ver, y al alárabe rendido ? 

Sí, Fernando, sí. Rey; así lo ordena 
El cielo santo; que su voz lo ha dicho. 
Yo la oí que en mis tierras resonaba 
Y en las cuevas también de mi retiro. 

No más, no más que mis arenas puras 
Manche la torpe huella; no el impío 
Descendiente de Agar lave su cuorpo 
En el cristal que te consagro limpio... 



Don Leandro de Moratin, competidor de Vaca de Guzman, le aventajó en la corrección del 
lenguaje ; pero quedó muy inferior á él en estro, en gala, en vigor; esto es, en las principales 
prendas poéticas. 

El canto Las naves de Cortés , por su lozanía, por su entonación desembarazada y poética, 
por la armonía de los versos, y singularmente por el entusiasmo patrio que en él rebosa, cau- 
tiva el ánimo y embelesa el oido. Saavedra Guzman, en El Peregrino indiano (1599); don 
Francisco Ruiz de León, en Za Llernandia (175.5), y otros poetas, habían cantado el heroís- 
mo de Hernán Cortés y aun la quema de sus naves. Muchos rivales tuvo asimismo Vaca de 
Guzman en el certamen académico. Cuarenta y cinco fueron los poemas enviados á la Aca- 
demia Española ]iara disputar el premio, y entre ellos , según ya hemos dicho, uno de Jgle~ 
sias. Si alguna de estas obras narra la acción de un modo más directo y detenido, ninguna 
puede competir con el poema premiado en el niego de la inspiración lírica , que es la que más 
especialmente cuadra al hecho prodigioso de aquel grande hombre. El canto épico, con tanta 
razón celebrado, á.e don Nicolás de Moratin, no fué presentado á la Academia. Aventaja, sin 
duda, al poema de Vaca de Guzman en robuztez y en fuerza descriptiva ; pero tanta des- 
cripción, aunque bella y caudalosa, le daña, y le hace parecer, más bien que una obra com- 
pleta y acabada, un canto de un poema más extenso. Vaca de Guzman, por un instinto que 
contrasta con las ideas de aquel tiempo, se guarda bien de llamar épico á su canto, y es- 
cribe en realidad una fantasía lírica, que, si bien inferior á lo que merece la sublime hazaña 
del héroe extremeño, no carece ni de estro, ni de gala , ni de emoción , ni de grandeza. 
¿Quién no recuerda el patriótico deleite que sintió en sus años juveniles al leer estas briosas 
octavas? Cortés, después de ensalzar el denuedo de los antiguos españoles, dice así á sus sol- 
dados : 



Ellos , como vosotros , oprimieron 
La espalda de ese monstruo cristalino; 
De la Europa también se desprendieron , 
Al África llevando el blanco lino; 
A Oran ganaron, al Peñón rindieron} 
Tembló de su poder el argelino, 
Y tributaria se postró á su amago , 
La altiva sucesora de Cartago. 

Así venzamos los que asi nacimos ; 
Nuestro es ya su valor , nuestro su acero ; 
La tierra hollamos que á vencer venimos ; 
Perezca, pues, el leño lisonjero. 
I, Ps.-xviii, 



No á transportar tesoros le trajimos; 
El grande Carlos , Carlos el Primero , 
Despreciador del oro y la riqueza, 
En sus héroes coloca su grandeza. 

Los hombres que malogra la milicia, 
Mientras cuidan el débil armamento, 
Triunfos son que el monarca desperdicia, 
Reprimido en sí mismo su ardimiento. 
Bisónos son ; la militar pericia 
No les dictó su vario movimiento; 
Ni hollaron nieves, ni sufrieron soles > 
Pero tienen valor, son españoles. 



CL EnSQÜEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

No vuelve Vaca de Guarnan á encontrar la gallarda y calorosa entonación de Las Naves, 
aunque casi siempre es versificador \aliente y numeroso. En las (églogas decae notablemente, 
y se torna prosaico como los más de los j.octas de su tiempo. Este genero de poesía artificial 
y acompasada cuadraba mal á su in;;;ginacion viva y espontánea. Los asuntos heroicos le 
inspiraban, y adquiría con ellos lozana cx])resion y altos pensamientos. En los versos cortos 
campea siempre el dcscmbai-azo del versificador. Suele ser desigual , y no pocas veces atre- 
vido y desacertado en la elección de las palabras y de las frases; pero casi nunca le faltan in- 
genio y arranque. Véase, jior cjemj.lo, In graciosa cantilena La muerte de la rosa. Al paso que 
cae en la extravagancia de llamar á la aurora del sol emhajabñz , escribe estos fáciles versos, 
en que liay algo del sabor de la poesía antigua castellana: 



Llegó ¡ penosa suerte ! 
La primavera en fin , 
Florida para todos 
Y seca para mí. 
¡ Ay Mayo fementido , 
Detesto tu matiz! 
No ]e tejáis , oh plantas , 
Guirnaldas del jardín; 
Que lia marchitado el Mayo 



¡ Ay fragancia exhalada 1 
¡ Ay púrpura infeliz ! 
¡ Ay cómo equivocasteis 
El nacer y el morir ! 
Fué entre la cuna y tumba 
La línea tan sutil , 
Que no sé distinguirla , 



La pompa del Abril. Aunque la sé sentir, 

Abrió una tierna rosa, Al ver que ha hollado el Mayo 

Eeina jurarla vi i La pompa del Abril. 

Su numen flexible era á veces vivo y ameno , como se ve en el romance que empieza : 

¡Hulíi! espera, serranilla, 
La del faldellín de flores. 



La colección de vidas brevísimas de santos, que él llama ITimnodia 6 Fastos del Cristianis • 
mo, es una mezcla singular de faltas y de aciertos. Caminan juntos el prosaísmo y el concep- 
tismo, la audacia innovadora y los vicios de la rutina, la admiración fervorosa de las heroi- 
cas virtudes délos santos y la monstruosa amalgama de recuerdos mitológicos y cristianos; 
y al lado de todo esto y de no pocas locijciones extravagantes y de graves resabios de mal 
gusto, asoma el movimiento poético de una imaginación que se enardece con facilidad, pero 
que se contenta con la expresión irreflexiva de su arrebato , y no sabe ó no quiere detenerse 
á completar y acrisolar sus obras. 

Quintana no fué indulgente ni justo con Vaca de Guzman , omitiendo desdeñosamente has- 
ta su nombre en el Tesoro del Parnaso español y en el bello estudio crítico que escribió acer- 
ca de la poesía castellana del siglo xviii. Vaca de Guzman, con todos sus defectos, es más 
poeta que el Conde de Noroña y algún otro que de buen grado admitió Quintana en su co- 
lección. 



CAPITULO XIIÍ. 

Fabulistas. — Carácter poco poético del apólogo. — Impropiedad de su aplicación á la enseñanza de la juventud.—» 
Samaniego.— Iriarte. — Su poema de La Música, — Su prosaísmo. — Su incontestable mérito. — Plaga de fábulas. — 
Rentería. — Pisón. 

En aquellas épocas en que la poesía , fruto exclusivo de la civilización , es más reflexiva 
que ins¡)¡rada, nacen fácilmente escritores que cultivan la fábula y el apólogo con predilec- 
ción y con éxito. 

Cuando se considera por una parte lo que fué el apólogo en la antigüedad asiática , donde 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVHL Oti 

tuvo SU cuna, y, por otra, que la versificación no es, en la fábula, sino una envoltura graciosa 
y pintoresca de un pensamiento ante todo simbólico, sensato y filosófico, cuesta trabajo con- 
vencerse de que deba ser tenida por un gónero sinceramente poi'tico, en la acepción propia y 
elevada de esta palabra. La fábula es cuento, emblema , lección , sátira ; es todo menos verda- 
dera poesía. Por eso Lamartine profesa á las fábulas tan enconada aversión , que , arrostrando 
el torrente de la opinión tradicional del pueblo francés, se atreve á atacar implacablemente, no 
sólo las fábulas de Lafoiitaine, que son sin duda las primeras de los tiempos modernos, sino 
hasta la persona misma del autor. No queremos resistir á la tentación de reproducir aquí al- 
gunos renglones de la elocuente censura que inspira á Lamartine su indignación contca las 
fábulas : 

Era yo un espejo vivo (habla de su adolescencia), que el polvo del mundo no liabia empañado, y en el 
cual reverberaban las obras de Dios... Me hacian aprender de memoria fábulas de Lafontaine... Grima me 
daban aquellas historias de animales que hablan, que se dan lecciones, que se burlan unos de otros, que 
son egoístas, zumbones, avaros; que no sienten lástima ni amistad ; que son en verdad más malos que nos- 
otros. Las fábulas de Lafuutaine son más bien la filosofía dura , fria y egoísta de un anciano, que la filo- 
Bofía cariñosa, ingenua, generosa y sana de un niño; es hiél, y no la leche que conviene á labios y á co- 
razones de tan temprana edad. Me repugnaba el libro, y no sabía por qué. Más adelante he llegado á saber- 
lo. El libro no es bueno; y ¿ cómo pudiera serlo, si el autor no lo era? No parece sino que le han apellidado 
por burla el buen Lafontaine. Era un filósofo de mucho ingenio, pero un filósofo cínico. Y ¿ qué pensar de 
una nación que da principio á la educación de sus hijos con las lecciones de un cínico? Este hombre, que 
no conocia ásu hijo, que vivia sin familia, que con mengua de sus canas escribía cuentos obscenos para 
enardecer las pasiones de la juventud...; este hombre, á quien nunca mencionan ni Hacine, ni Corneille, 
ni Boileau, ni Fénelon^ ni Bossuet, no era un varón cuerdo, ni respetable, ni sencillo. Doce versos sonoros, 
sublimes , religiosos de J.ín?ía desvanecían en mi oído todas las cigarras, todos los cuei'vos y todas las 
zorras de aquella pueril casa de ñeras. Nada ha podido aplacar desde entonces mi antipatía á las fábulas. 

Por más que se resienta algún tanto de intolerancia este vehemente y austero juicio, es in- 
contestable que hay en las razones de Lamartine fuerza incisiva y poderosa ; y no es difícil 
comprender la ira contra un género tan artificialmente intencionado, en un hombre que, como 
poeta, no sabía vivir sino en la celestial esfera de su lirismo místico. 

Como quiera que sea , no es dable negar que insignes escritores, como Samaniego é Liarte^ 
pueden ser gi-andes fabulistas sin ser grandes poetas. El apólogo, no obstante , poético ó no, 
adecuado, ó no, á la educación de los niños, es un género literario que requiere , si no encum- 
brado numen , gran delicadeza de ingenio, de intención y de moral sentido ; genero harto 
difícil, con apariencias de llano y de trivial, en el cual muy pocos sobresalen. Innumerables 
fabulistas hay en España; sólo Samaniego é Triarte son consumados maestros. Samaniego fué 
el primero que dio á las fábulas, entre nosotros, la rapidez, la naturalidad expresiva, la 
gracia peculiar que requieren. Imitó á Esopo, á Fedro, á Lafontaine y á Gay, estampando 
el sello castellano en los asuntos de estos famosos escritores ; pero las que hizo de su propia 
invención, como la admirable de El joven filósofo y sus compañeros, en nada desdicen, en 
cuanto á la profundidad de la idea, délas más celebradas de sus ilustres antecesores, y qui- 
zá las aventajan en la concisión, en la candorosa malicia, en la claridad narrativa, en el 
hechicero abandono de la expresión. Estas fábulas , como todas las del mundo, no son sólo 
lecciones de virtud; lo son también, hasta cierto punto, de artificio, de astucia y de mundano 
desenfado; pero hay al propio tiempo en ellas cierta sencillez de intención, cierta inocente 
lisura de estilo, no impropia de los niños , que las habría hecho acaso llevaderas y aun agra- 
dables al descontentadizo Lamartine. 

Quintana y otros, engañados por este pasaje de Samaniego: 

En mis versos, Triarte, 
Ya no quiero más arte 
Que poner á los tuyos por modelo... , 

han creído que el fabulista de Vergara «siguió las huellas» del fabulista madnleño. No fué 
así, por fortuna. Samaniego se refiere en general á los versos de Iriarle) que por entonces ad" 



CLii ■nosQüEJO nisToRico craTico 

miraba. No era éste su rival todavía. Las Fábulas literarias fiíeron puLlicadas cuatro anos dcs- 
puos de las Fáhulas morales de Samaniego (1). Y litimos ([\c\io por fortuna , porque, á haber 
imitado Samaiñeno las fábulas de Triarte, su estilo habría sido más terso y atildado, pero ha- 
bría perdido probablemente en espontaneidad y en despejo. 

Samaniego había pasado en Francia alf^unos años de su primera juventud. Las ideas que 
allí á la sazón preponderaban , habían amenguado en su ánimo el santo tesoro de las tradi- 
ciones morales de la patria. Se hizo hombre despreocupado á la manera de aquellos tiempos 
de turbación. Sus poesías líricas se resienicn de esta tendencia, paralizadora de la inspiración 
alta V fervorosa. Se hizo cínico al estilo de Lafontaine, á quien con predilección había estu- 
diado, V escribi(') también cuentos obscenos, sembrados de epigramáticas agudezas, pero do 
tan escabrosa índole, que ha sido imposible darlos á la c?tampa. 

Triarte es ci único competidor verdadero que ha tenido Samaniego. Yo no haré compara- 
ción , como la lian hecho tantos otros, entre las fábulas de los dos autores. Siemjjre nos han 
T)arecido ociosos y aun perjudiciales estos paralelos entre dos cosas admiradas y admirables; 
en los cuales, del ingenioso análisis resultan siempre ambas algo lastimadas. 

Las Fáhulas literarias se imprimieron por primera vez, en la Imprenta Real , el año de 1782. 
El ser la primera colección de fábulas todas origínales; su objíjto, exclusivamente encamina- 
do á ridiculizar los vicios de las letras; la pureza del lenguaje; la gracia del estilo; la fecun- 
didad de la invención; la soltura de la versificación, y hasta la variedad de los metros; todo 
contribuyó á llamar sobre esta obra la admiración del público, esto es, el aplauso de los im- 
parcíales y los ataques de los envidiosos. 

Pero juzguemos bajo oíros aspectos el talento lírico de Triarte. 

En 1780 imprimió en la Imprenta Eeal, con bellísimos caracteres y con seis primorosas lá- 
minas, su poema de La Música, así dividido : 

Canto I. — Elementos del arte : sonido y tiempo. 

Canto IT. — Expresión de afectos. 

Canto III. — Cuatro clases de música ; en el templo ; en el teatro; en la sociedad; en el retiro. 

Canto IV. — Música teatral. 

Se necesitaba todo el imperio que llegan á alcanzar en épocas de disciplina doctrinal , mo- 
das literarias y géneros convencionales, para que un hombre tal como Triarte , dotado de 
clarísimo entendimiento y de todo el buen gusto encadenado y relativo que cabía entonces 
en un distinguido Jiumanisfa , emprendiera la escabrosa tarea de poner en verso las reglas mi- 
nuciosas y complicadas de la música. Causa lástima verle enredado en explicar afanosamen- 
te el anáiis's y la división de las escalas diatónica y cromática. Dice así , por ejemplo, hablando 
de la primera: 



Distribuida así , la escala forma 
El modo que mayor se denomina ; 
Pero para el menor se la destina 
Diversa progresión , diversa norma. 
Entonces ya es preciso que aquel grado 



De un semitono, que al subir contaba, 
Entre tercera y cuarta ct)locado, 
Medie entre la segunda y la tercera , 
Y el otro, de la séptima á la octava, 
Entre la quinta y sexta se transfiera... 



Y ¿puede esto llamarse poesía? 

Casi todo el poema está escrito en semejante estilo, y apenas asoma en algtm pasaje , no 
el entusiasmo poético, que éste no hay que buscarlo en esta obra de Triarte, mas ni siquiera un 
eco del embeleso que indudablemente causaba la música en su ánimo. Tocaba Triarte con me- 
diana habilidad el violin y la viola, y en una de sus epístolas familiares se complace en re- 
cordar que una orquesta de aficionados ejecutaba en su casa obras suyas. El mismo lo dice en 
estos versos : 



(1) Véase lo que tú frente de las Poesías de tía- punto el seüor don Eustaquio Fernandez de Navar-» 
maniego, publicadas en Vitoria, dice acerca de este rete. 



DE LA poesía CASTELLANA EN EL SIGLO XVin. 

y aun con benignidad los circunstantes 
Oyen mis sinfonías concertantes... ; 



Oini 



versos que de propósito reproducimos en este lugar, como muestra del ínfimo punto á que 
lle¿íaba á descender alguna vez la entonación poética de Iriarte. 

En el poema intenta de cuando en cuando iluminar con algún rasgo lírico el caos prosai- 
co de las explicaciones técnicas ; pero no acierta nunca con los colores , las imágenes j las 
emociones que son fruto espontáneo y exclusivo de la inspiración. 

En suma , todo el orden , toda la claridad de estilo , todo el desembarazo descriptivo , todo 
el hechizo de un lenguaje castizo y acendrado, prendas admirables de Iriarte, no alcanzan 
á impedir que se lea sin esfuerzo y sin fatiga su enfadoso poema. A pesar de las alabanzas de 
Metastasio y de otras autoridades literarias (1), esta obra no añadió un quilate siquiera á la 
gloria de Iriarte; antes bien le acarreó diatribas, y con ellas sinsabores sin cuento, mientras 
que la posteridad justiciera, condenando á desdeñoso olvido el poema de La Música, no ha 
hecho más que confirmar en esta parte el fallo de los contemporáneos de Iriarte. 

Una sola vez , conmovido al recuerdo de las peregrinas inspiraciones de Haydn , da Iriar- 
te con el sentimiento poético de la música, y expresa su admiración con el entusiasmo lírico 
de un verdadero poeta, que canta con fuerza y espontaneidad lo que siente. Pero j cosa singu- 
lar! esto no le sucede nunca en el poema didáctico, donde apura todo su esmero y toda su 
ciencia musical. Este arranque sincero de emoción ai'tística le asalta en un bellísimo roman- 
ce llano y familiar , escrito sin pretensión alguna , pero lleno de ingenio j gallardía, Hé aquí 
al fninos versos : 



Haydn, músico alemán , 
Compositor peregrino , 
Con dulces ecos se lleva 
Gran parte de mi cariño. 
Su música , aunque le falte 
De voz humana el auxilio , 
Habla, expresa las pasiones , 
Mueve el ánimo á su arbitrio. 
Es pantomima sin gestos, 
Pintura sin colorido, 
Poesía sin palabras (2) 
Y retórica con ritmo ; 
Que el instramento á quien Haydn 
Comunica su artificio, 
Declama , recita , pinta , 
Tiene alma , idea y sentido. 
Si las diferentes voces 
Corren por tonos distintos , 



Si se alternan, si se imitan, 

Si á un tiempo cantan lo mismo, 

Si callan de golpe todas. 

Si entran todas de improviso, 

Si débiles van muriendo , 

Si resucitan con brío. 

Solas, juntas, prontas, tardas, 

Todas por varios caminos 

Excitan un mismo afecto , 

Llevan un mismo designio. 

Ó expresan gritos de furia, 

Ó de amor tiernos suspiros, 

Ó el llanto de la tristeza , 

Ó el clamor del regocijo. 

Su poderosa armonía. 

Ya llama el sueño tranquilo, 

Ya alienta el valor marcial , 

Ya incita al baile festivo. 



(1) El poema de La Música fué muy celebrado 
dentro y fuera de España. El Journal de la Litté- 
rature (1780) dijo, entre otras cosas : II serait dif- 
Jicile de refuser á son auteur un talent réel pour la 
poésie, et en méme temps il n'est guére possible de Uve 
un poéme didactique plus complet et plus sagement 
campóse. 

Otros periódicos de París, de Roma, de Viena, de 
Parma, de Florencia y otras ciudades colmaron de 
alabanzas á Iriarte ; pero lo que más halagó su amor 
propio, por la alta autoridad poética de que proce- 
día , fué una carta muy amistosa y laudatoria que 
le escribió Metastasio. Decíale, entre otras cosas : 

L' armoniosa, vivace e nobile facililh del suo síile, che melle 

d'nccordn n ninravifflia con gU allettamenti dfl Parnassn l'ordi'inla 

f uyiin f^íjallcaa delta vaíedra, ei U vasto tesoTQ dt¡iel¡e^me e?» 



gnizioni, dcllequali, in elit casi florida (tenfa Iriarte veinte y nnevo 
afios), a git'i saputo fornirci, debbono esii/ere h buona eqnita l'ammi- 
razione del pul/blico ¡ma ?«r/ sapera Orazziano, ció é, il buon giu- 
dhio , che cosí spesso si desidera tiei piii vencrali scritlori, echa 
coiiilnntcmcnle regna tiei di leí raziocmi, mi scuopre tullo il vigore 
del suo iitfiegr.o , ed in quel che giii donna , lutti qucl che promeí- 

le Sarci piü diffuso, anzi ¡a preghaei di soffnrmi in un re- 

golallo commcrcio di lellere, se l'elá che mi va defraudando lefisi- 
che fucollii , r parltcolaniienle dello scnvere , non si opponesse al 
mió dcsiderio; mi sia ceria in tanto Y. S. ¡lima, ch'io sinceramen- 
te l'ammiro — Píetro Metastasio— r/ena, 23 Aprile 1780. 

(2) Es singular la coincidencia de la manera de 
expresar en este verso el sentido imitativo de la 
música con la empleada mucho después por Men- 
dclsohn. Canciones sin palabras (Lieder ohne ioorthe)i 
para dar nombre á algunas de sus admirables me- 
lodías, 



CLIV 



No afecta su melodía 
Estudiados gorgoritos, 
Difíciles menudencias , 
Todos adornos postizos 



BOSQUEJO HISTÓRICO CRITICO 

Con que se finge grandioso 
El canto pobre y mezquino, 
Que olvida llegar al ahna 
Por engañar el oido. 



La verdadera gloria literaria de Iriarte se cifra en sus dos excelentes comedias El Señorito 
mimado \ La Señorita malcriada, y singularmente en stis inimitables Fábulas literarias, 
donde campean en grado eminente el orden, la claridad, la intención, la gracia, la concisión 
V la pro])¡edad descriptiva. En baldo Floiian , que sinceramente las admiralja , quiso imitar- 
las. Pudo aprovechar los pensamientos , pero , ingenio artificial y afectado , no le fué dado 
seo-uir la encantadora y delicada naturalidad de estilo del [>oeta español. 

Por alguno que otro verso de imperfecta estructura, y singularmente por aquel tan célebre 
por su falta de cadencia armónica. 

Las maravillas de aquel arte canto , 

lle^j-ó á acreditarse la idea de que Iriarte era perverso versificador. Nada más injusto. Por 
lo común versifica con gaJa y lozanía, y en las fábulas y en algunos de sus fáciles y amenos 
sonetos raya á menudo en la perfección la estructura métrica. 

Todavía hav quien niegue á Iriarte todo linaje de instinto poético. Este juicio es también 
injusto , como suelen serlo los juicios extremados. Cierto que carecía del sentimiento poético 
de la naturaleza; esto lo demuestra su insulsa y desmayada égloga La felicidad de la vida del 
campo, donde no hay vida , ni entusiasmo, ni entonación ; donde á veces el prosaísmo llega á 
ser tan rastrero y tan iiTÍsorio , que cree el lector tener ante los ojos alguna composición can- 
dorosa de don Gregorio Francisco de Salas (1). Pero en cambio rebosa el ingenio en muchas 
de sus obras poéticas, que son las menos conocidas. No era Iriarte poeta soñador, ni sabía vo- 
lar su imaginación por los espacios sublimes de la idealidad. Era ante todo hombre de socia- 
1 lilidad y de cultura. No hay que pedirle arrobamientos místicos , ni afectos profundos , ni 
arranques de elevación lírica. Hay que contentarse con juzgar al poeta tal como Dios le hizo, 
con admirar la claridad y limpieza de su lenguaje, el desembarazo de su entendimiento , su 
sana instiniccion , su correcta soltura, su donaire satírico. 

Ha sido muy censurado Iriarte por el engreimiento de su carácter, que tan á las claras 
86 descubre en sus reyertas literarias con Huerta , con Sedaño , con Melendez y con Forner. 
Flaqueza fué sin duda en Iriarte caer en la tentación de atac^ar la égloga Batih, premiada 
por la Academia Española , con el propósito de hacer resaltar la soñada injusticia de haber 
sido antepuesta en el certamen la égloga de Melendez á la suya, tan evidentemente inferior á 
aquélla. Los literatos de más nota aplaudieron el acertado fallo déla Academia. Berguizas , 
por ejemplo, el insigne traductor de Píndaro, uno de los pocos críticos españoles del último 
siglo que tenían juicio propio, y no se dejaban arrastrar á ciegas por la autoridad de los pre- 
ceptistas franceses, da abiertamente la preferencia á la égloga de Melendez (2). 

En cuanto á las luchas de Iriarte con los demás escritores , la posteridad no puede olvi- 



(1) Sirvan de testimonio estos versos: 

Aunque éso , á la verdad , os mí proyecto , 
Tan pronto no podré llevarle á efecto 

Aquí , sin las nocivas distracciones, 

Á. las ocupaciones 
Te puedes aplicar de la labranza 

El propaismo no puede ir más allá. Esto , en ver- 
so, es más prosaico que la prosa misma. 

(2) «Los grandes líricos (dice en su Discurso so- 
Irecl caráctrr dr Píndaro) no hablan al entcndi- 
íüiento CD derechura, sino por medio de la imagi- 



nación exaltada. Todos los razonamientos van dis- 
frazados y encubiertos bajo el agradable velo de las 
imágenes, las figuras, las expresiones poéticas. La 
poesía antigua jamas tiene visos de disertación filo- 
sófica, como la moderna. Por eso es aquélla siempre 
amena, y ésta frecuentemente árida. Esta sola re- 
flexión da á la égloga premiada, Batilo, una supe- 
rioridad declarada sobre su competidora. Los Hora- 
cios, y mucho más los Píndaros, no miraban los ob- 
jetos tan á compás y sangre f ria como los Batteux 
y los Cí.mdillac, que los analizan.» 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XYIIL CLV 

dar, para disculparlo, que reinaba por aquel tiempo un espíritu extraordinariamente belicoso 
en la república de las letras, y que Sedaño, Huerta y Forner no eran ni menos a'^resivos ni 
menos preciados que Marte. El hecho es, sin embargo, que hombres de ánimo imparcial y 
templado , como fray Diego González, desaprobaban el orgullo de Liarte , que le inducía á ha- 
Mar con ¡nenosprecio de aquellos escritores que le hablan precedido en la misma senda, ó qu3 
habían demostrado diierente espíritu literario (1). 

Grandes sinsabores le acarrearon las recias acometidas de sus enemigos literarios. Nino-u- 
na le llegó tan al alma como las de Forner. Conservó hasta su muerte la impresión que le ha- 
blan jiroducido Jü Asno erudito y Los Fdóso/os chinos. A los agudos dolores déla gota enfer- 
medad que le llevó al sepulcro un dia antes de cumplir cuarenta y un años, se unia, para 
hacer más amargas sus últimas horas , el dolor moral que le causaban la injusticia , la envidia 
y la intolerancia de sus compatriotas. Linrle atribuye en parte á aquellos sinsabores el de- 
caimiento físico que agotaba su vida. Así lo da á entender en este melancólico verso : 

] El litiro vive , y el autor perece ! 

de un soneto que dictó desde el lecho , pocos dias antes de su muerte , y fué el último parto 
de su ingenio (2). 

La fama de Liarte no ha disminuido con el trascurso de los años , como la de tantos otros 
que resplandecieron con falsa luz en el último siglo. La edad presente no puede olvidar, ni 
sus tabulas, ni sus ingeniosos sonetos, ni algunas de sus comedias; y, si no le concede la 
palma de los grandes poetas, le tiene, con fundamento, por un gran hablista y por un inge- 
nio simpático y esclarecido. 

La moda de las fábulas, sancionada por el triunfo brillante y merecido que habían alcan- 
zado Samaniego é Liarte, llegó á ser una especie de invasión literaria. Un año antes de que 
Samaniego diese á luz sus Fábulas , publicaba en Bolonia el sabio jesuíta Lasala una traduc- 
ción en versos latinos de las Fábulas de Locnian, hecha directamente del texto árabe. Cuatro 
años después (1784) un latinista, don Miguel García Asensio, daba á la estampa, en Madrid, 
una traducción castellana de las mismas Fábulas , para la cual había tomado por texto la ver- 
sión do Lasala. En los años inmediatos se imprimieron traducciones de las Fábulas de La- 
fontainey sobresaliendo entre ellas la que publicó en 1785 don Bernard^o María, de Calzada, tra- 



(1) Así lo expresa el maestro González en el si- debía él concederlo á los otros traductores, y no ha- 

guiente párrafo de una carta que escribió á Jovella- berlos ultrajado tanto Liseno (el padre Fernan- 

nos, el 2 de Setiembre de 1777 : dez), que me envió este impreso , y le leyó con mu- 
idle leido con singular complacencia el Anti-Lu. cho espacio, me escribe muy irritado contra el nue- 
crecio (poema del Cardenal de Polignac). Acaso la vo traductor , y le nota más faltas que él á Espinel 
mucha intención con que lo leí en un tiempo dema- y Morell. » — ( Colección de autógrafos del señor 
eiadaraentc caluroso, ha sido la única causa de lo Marqués de Pidal.) 

mucho que he padecido. También he leido una par- (2) Hé aquí el soneto de Iriavte y que hemos en- 
te de la traducción A&\ Arte poética de Horacio he- contrado, manuscrito, entre los papeles de Forner: 
cha por don Tomas de Marte. Me ha desagradado Lamiendo reconoce el beneficio, 

mucho el discurso preliminar, en que tan sin piedad El can más fiero, ai hombre que le halaga; 

trata á Espinel y Morell, aunque no dejo de cono- Yo, escritor, me desvelo por quien paga 

, 1 • 1 i ^_ _„„^„ o tarde ó mal ó nunca el buen ser\'¡cio. 

cer qtie en al arunos reparos no deja de tener razón .,. , , . , ,.^ . 

1 ° , , La envidia, la calumnia, el artificio, 

Marte. Pero también soy de parecer que a la tra- ^uya influencia vil todo lo estraga, 

duccion de éste se pudieran poner muchos más re- Con más rabiosos dientes abren llaga 

paros, y acaso más sustanciales, quo los que él hace e» ^"'«n abraza el literario oficio. 

, . ._ 1 11 • • 1 • j T Asi la fuerza corporal padece, 

en las otras. No puedo llevar en paciencia la inteh- j,^,^^ ^^^^^.^ ^ ^, ^^.^^ ^3^^ ^ 

gencia que da al Sectantem levia nervi deficiunt; ni roca es la gloria, mucha la molestia, 

el que reprenda á los otros de haber metido algún ¡El Ubro vive, y i-i autor perece! 

■ . j '1 1 1 j. ; Y amar la ciencia tal provecho trae ? — 

npio en .SUS versos, cuando el en los suyos los mete t, ^ . j. ,.. w . ^- , . 

^ ' le Vuti doy gusto a íorner , y hagome bestia (o), 
á carretadas. No dejo por eso de confesar que su 

tradui;i;iua ys buena por lo regnlai- ; pero este mérito '» Alude & EiAmo erw*«o, 



CT^vi BOSQUEJO HISTÓRICO CIIÍTÍGO 

ductor entonces muv conocido, de varias obras dramáticas francesas. Por aquellos tiempos 
lleíTÓ á desencadenarse la vena apológica de los españoles. Arriaza, cuyo humor chancero no 
perdonaba cosa alguna, decia á finos del siglo (170G) : «Reina en la corte una plaga de fá- 
bulas , como la pudiera haber de tercianas. » 

Ko so requiere, para cultivar con fruto este génevo literario, ardorosa y alta fantasía; bas- 
tan vivo ingenio, sencillo estilo, intención moral. No adornaban , por cierto, estas prendas 
á la mayor parte de los que, así en Madrid como en las provincias, atestaban los periódi- 
cos de aquel tiempo de triviales é insulsas fábulas. Uno de los fabulistas menos enfadosos de 
aquella era es sin duda don José Af/nstin Ibañez de la Rentería. Soltura en la versificación, 
naturalidad de estilo, en verdad prosaica, y cierta intención política, tan contenida y disfra- 
zada cual lo exigía el sistema gubernativo de Carlos III, son las únicas circunstancias dig- 
nas de atención en las fábulas originales de Rentería. Aquellas cuyos argumentos tomó de 
otros autores, están por lo general escritas sin espontaneidad y sin gracia, y no fué en él poca 
osadía escoger algunos asuntos tratados ya magistralmente por Samankgo. Era , no obstan- 
te. Rentería hombre verdaderamente modesto, y escribió las fábulas, no para ganar nom- 
bre , sino por mero pasatiempo. Samaniego, cordial amigo suyo, corrigió estas fábulas , é in- 
dujo al autor á darlas á luz (1). 

El Raposo, ima de las dos fábulas que con este título escribió Rentería (2) , fué tenida en 1788 
poruña sátira política contra Floridablanca, escrita y propagada por la parcialidad del Conde 
de Aranda. Corrían las copias de mano en mano hasta entre las damas de la alta aristocra- 
cia. El honrado ministro, ó por cautela , ó mortificado con el emblema del raposo, intentó po- 
ner en claro si la fábula era en efecto un manejo político de sus enemigos. El Superinten- 
dente general de Policía, y hasta el Consejo de Castilla, intervinieron en la aclaración; pero 
las dudas no se desvanecieron hasta que Samñniego, á quien se habia achacado la fábula, es- 
cribió, desde Vergara, que era obra de un mozo muy aventajado y muy amigo suyo, residente 
en Bilbao, «quien lo decia públicamente y muy tranquilo, por no envolver aquello malicia 
ni arcano» (3). 

La supuesta sátira perdió el aplauso al perder la malicia , y quedó reducida á lo que es en 
8Í : una inocente fábula , poco merecedora de éxito tan ruidoso. 

No inferior en mérito á Rentería, y harto semejante á éste en defectos y cualidades, me- 
rece ser citado otro fabulista de aquella época, don Ramón de Pisón, ministro togado del Real 
y Supremo Consejo de la Guerra, que, con el transparente anagrama Román de Pinos, im- 
primió, á fines del último siglo, muchas fábulas en los periódicos de Salamanca y de Ma- 
drid (4). Pero nada más diremos de este escritor; ni mencionaremos siquiera otros varios fa- 
bulistas que, con menos prendas todavía que Rentería y Pisón, cultivaron el apólogo sin do- 
naire , sin elevación , sin originalidad , sin hechizo alguno. 



(1) Á. mego tuyo, y tal vez en mi daño, Fué publicada por primera vez en el Diario de 

Mi3 versos publiqué J/aí?W(¿ del 4 de Agosto de 1788. Al año siguiente 
[Faouias en verso castellano, por don Josó Agustín Ibañez de la . . . , , ° 

■lí<intoxis..-i^oija Y í^ivozí^s. El autora su amigo don Félix Ma- ^6 reimprimió en la colección de Fábulas en verso 

ría Ue Sumaniego.— Fábula 1 .*, libro n , tomo ii. Impronta de Viilai- castellano , por don José Agustín Ibafiez de la Rente- 

P^^-ío- 1'97-) ría. Imprenta de Aznar, 1789, pág. 109. 

(2) Es la que empieza asi : (3) Historia del reinado de Carlos III, por don 

De un loon poderoso, Antonio FeíTcr del Rio. 
MtnlBtro principal era un raposo, /ix t ' i h i i- i 

Por lo sagaz y astuto; (4) Las mas de ellas se publicaron después en 

Orgullo como el hombre tiene el bruto ooleccion. Madrid , imprenta de Ibarra, 1819. 



PE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVHI. CLYH 



CAPITULO XIV, 

Consecuencias antipoéticas de la reforma doctrinal. — Prosperidad del prosaísmo. — Olavide.— Salas. — Silva Bazan. 
— Meras. — Olmeda. — Pichó y Rius. — Imperio de la égloga. — Artificio de la poesía campestre. — Su desnaturali- 
zación, — Abuso de las clasificaciones doctrinales. — Poesía didáctica. — Eejon de Silva. — Moreno de Tejada. — 
Enciso. — Pérez de Célis. — El padre Vaniére. — Poesía fruslera. — El bachiller Dueñas. — El Marqués de üreña. — 
El Marqués de Méritos. — Regimiento de la Posma, 

La reforma doctrinal , ejercida por una crítica estrecha y meticulosa , á fuerza de encare- 
cer la llaneza y la claridad , y de hacer estribar una parte muy principal del valor poético en 
el respeto á amaneradas formas y á clasificaciones arbitrarias , acarreó á la poesía la mayor 
de las desventuras : el prosaísmo ; pero un prosaísmo cual no se había visto jamas. Montiano, 
los padres Bimñel , Benavente , Isla , Montengon y otros poetas precursores del prosaísmo de 
Triarte , procuraban , aunque las más veces sin fruto, dar á su estilo, cada uno según su fuer- 
za y su índole , cierto color de ingenio. Ahora , temerosos de que el ingenio parezca como un 
denunciador de gongorismo, despojan sin escrúpulo á la poesía de su fuego y sus galas. Y 
claro es que haciendo descender el quid divinum á esta esfera humilde y rastrera , todo aquel 
que manejaba mediana y aun malamente la prosa , se atrevió á subir al Parnaso creado por 
los preceptistas , que de otro modo habría sido para ellos inaccesible. 

El carácter histórico del presente estudio nos impone la triste tarea de recordar algunos 
de aquellos poetas infelices. Interminable sería el catálogo; pero nos limitaremos á ciertos 
nombres que alcanzaron extensa fama. 

Uno de ellos es don Pablo Olavide , el célebre autor de El Evangelio en triunfo. En su ver- 
sión castellana de los Salmos de David y de los Cánticos de Moisés , y principalmente en Los 
Poemas cristianos, es la poesía de este escritor uno de los ejemplos más señalados del límite 
inverosímil adonde puede llegar la llaneza prosaica y desmayada de aquellos que carecen 
completamente del sagrado fuego de las artes. 

Olavide era hombre de imaginación impresionable y de ánimo activo y emprendedor. El 
tiempo que pasó en París en compañía del Conde de Aranda ensanchó el campo de sus ideas, 
naturalmente inclinadas á la civilización y á las mejoras públicas , al paso que contagió no 
poco su espíritu con las doctrinas escépticas y atropelladamente innovadoras que á la sazón 
fermentaban en la nación vecina. Imprudente en sus conversaciones y tildado por sus opi- 
niones poco ortodoxas en materia de religión , fué perseguido por la Inquisición , y preso 
en 1776, siendo asistente de Sevilla y director y gobernador de las nuevas poblaciones de 
Sierra Morena y Andalucía. Al oir que era declarado hereje en la sentencia leída por el fis- 
cal , en un autillo celebrado el 24 de Noviembre de 1778, en el tribunal de Corte, á puerta 
cerrada, pero ante sesenta personas de cuenta, no pudo sobreponerse á la amarga impre- 
BÍon de vergüenza y acaso de remordimiento, y cayó desmayado del banquillo donde estaba 
sentado como reo, con una vela verde en la mano (1). Esta terrible humillación de un hom- 
bre grave y encumbrado, que había prestado grandes servicios al Estado, hubo de parecer 
repugnante espectáculo á fines del reinado de Carlos III , cuando la Inquisición había ya 
perdido su antiguo rigor y su desmedido poder, y tales procedimientos iban cobrando trazas 
de anacronismo. Nadie dudaba de que Olavide, llevado de la amistad que le unía con Vol- 
taire, Rousseau y otros filósofos franceses, y arrastrado por su imaginación aventurera, ha- 

(1) Tenemos á la vista una relación circunstan- ros de Castilla; dos de Hacienda; de Indias, Órde- 

ciada de este autillo, perteneciente á los papeles del nes y Guerra, uno do cada uno; tres oficiales de 

obispo Tavira. «Presenciaron (dice) esto lastimoso Guardias , etc.. Salió sin la insignia del hábito de 

espectáculo los duques de Granada, Híjar y Abrán- Santiago.») 
tes j los condes de Mora y de Corufia j tres conseje- 



CLvni BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

bia sido ganado en parte por la secta incrédula de aquellos tiempos. Pero no tenía, en ver- 
dad ni el ímpetu ni la convicción , ni la obstinación implacable de los verdaderos revolu- 
cionarios. JS'inica lie perdido la fe , dijo muy conmovido ante el tribunal de la Inquisición , y 
su conducta desde aquel momento patentizó que el viento del escepticismo no habia llegado 
á arrancar de su corazón las sanas semillas religiosas que recibió en el hogar de sus padi*es. 
E.\])atriado durante muchos años, y vuelto sin duda á su ser ordinario por la recia voz del 
pasado escarmiento, escribió en París y en Venecia El Evangelio en triunfo, 6 el Filósojo 
convertido, cuyo éxito en España fué inmenso (1), abriéndole en 1798 las puertas de la pa- 
tria, donde le esperaba la más honrosa y lisonjera acogida de parte de la corte y de la 
nación. Ya indiferente al favor mundano, quiso sepultarse , por decirlo así , en un pueblo de 
Andalucía, donde pasó, ejemplar y olvidado, los últimos años de su vida. 

Mucho tiempo antes , como si quisiera consagrarse al afanoso desvelo de una voluntaria ex- 
piación , habia concentrado su ánimo en el santo cuidado de la salvación eterna y en la exal- 
tación de las verdades de la religión. Este impulso místico y elevado no fué bastante á hacer 
brotar la poesía de un alma donde Dios no la habia creado. En 1799 publicó en Madrid sus 
Poemas cristianos. El Alma; la Providencia; el Mando; la Fe; la Confianza en Dios; el 
Escándalo; la Conciencia; la Caridad; la Paz del Alma; la Esperanza; la Muerte: éstos y 
otros semejantes son los magníficos asuntos que canta la helada musa de Olavide. No habi;i, 
éste nacido poeta, y en balde se presentaban á su imaginación esos sublimes sentimiento-, 
esos inefables misterios del cielo y de la tierra. En los veinte y cuatro poemas cristianos , esto 
es, eu cerca de nueve mil versos (casi todos pareados), no hay un destello siqíiiera de alta y 
noble poesía. Tienen la fe y la claridad del Catecismo ; pero nunca el color y el embeleso 
de la inspiración. El prosaísmo de Olavide tiene un poder avasallador. Hasta los Salmos de 
David y los Cánticos de Moisés pierden, bajo la pluma de Olavide, su encanto, su elevación y 
su grandeza (2). 

Mas ¿por qué admirarse? Olavide se proponía deliberadamente escribir versos incorrectos 
V descoloridos. El mismo lo dice sin rebozo en estas palabras :« No ha sido mi designio hacer 
versos correctos y brillantes , y por eso no he pedido á la poesía me prestase sus hermosos co- 
lores y sus imágenes atrevidas. Estos adornos serian extraño? y nada oportunos para deco- 
rar grandes verdades» (3). ¡Y esto lo dice un traductor de los cánticos sagrados de la Bi- 
blia! Si así piensa, ¿por qué no escribe en prosa? ¡Singular poética la que proscribe de la 
poesía sagi'ada las imágenes y los colores; la que, en una palabra, intenta despojar de poesía 
á la poesía misma. 

No menos famoso que Olavide , si bien por más modesto camino, llegó á ser el popular 
poeta Salas. 

Si levantar el pensamiento á los espacios ideales, dando con el fuego de la fantasía luz^ 
ímpetu y color al mundo de la materia y al mundo del espíritu , constituye la magia divina 
y seductora del poeta , nadie es menos merecedor de este noble dictado que el excelente y 
virtuoso capellán mayor de la real casa de llocogidas de Madrid, don Francisco Gregorio de 
Salas. 

Amaba apasionadamente á la naturaleza , la buscó en el campo con deleite , é intentó can- 
tarla toda su vida, pero siempre con desdicliado éxito. Moratin áice que Salas copió á la na- 
turaleza, pero no supo hermosearla. | Lengtiaje y preocupación de los humanistas del siglo 
último! Salas no vio, en verdad, de la naturaleza sino la parto trivial y prosaica. Si hubie- 



(1) En menos de dos años so hicieron ocho cdi- Como un inútil vaso, y han tenido 
Ciones de esta obra. '''' '"'^°' '^^ docírmelo en mi cara , 

,_^ ,,' • 1 , 1 1 • -1 1 i'i Pues no Ixay injuria que no me hayan dicho. 

(2) Véase un ejemplo, tomado, abriendo el libro (Salmo xxx.) 

al azar, del Salterio español de Oliivide : (3) Poemas cristianos. Madiid, imprenta de Do 

Iodos m« miran como i vaso roto, bJado j 1799. Véase el prólog-o, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CLIX 

; ran existido en su alma, siquiera en cantidad escasa, las facultades ideales del verdadero 
poeta , no hubiera tenido que hermosear la naturaleza ; le habría bastado con comprenderla j 
retratarla. 

El Observatorio rústico, del cual se hicieron diez ediciones , principal título de la fama de 
' Salas , es un monumento singular de vulgaridad y de pesadez. En vez de sensaciones delica- 
I das, de imágenes brillantes, de emociones de admiración y de entusiasmo, no hay en aquella 
larga y fatigosa égloga sino meras descripciones. Y ¡ qué descripciones ! Incapaz de discer- 
nir lo bello, lo grande y lo ideal, Salas lo acepta todo como fuente de deleite poético, y afano- 
so é imperturbable , se limita á formar una serie interminable , no siempre bien trabada , de 
impresiones, no sólo triviales ó rastreras, sino á veces de la más ruin naturaleza. El rebuzno 
del burro, el excremento de las vacas, la asquerosa tarea del escarabajo, un cerdo en el bo- 
zadero, una ensalada, im fraile arreando ima muía; todas estas imágenes y otras muchas, re- 
pugnantes , ridiculas ó insignificantes, que el verdadero poeta aparta instintiva y apresura- 
damente de la imaginación , son á los ojos de Salas otros tantos atractivos que constituyen 
el hechizo de la vida del campo (1). 

El título de Observatorio rústico da indicio del espíritu con que fué escrita esta obra can- 
dorosa. Puede inferirse que el poeta no iba á cantar la sensación intensa ó inesperada que 
mueve el corazón ó levanta la fantasía. Su propósito era observar. Así es que, en vez de sen- 
tir y cantar, describe y copia, sin omitir impresión alguna, por vil , prosaica ó desagradable 
que fuese. Diríase que buscaba el autor, en sus versos , antes que el entusiasme de un poema, 
la exactitud de un inventario. 

Corrigiese algún tanto de su chabacana llaneza en la égloga titulada Dalmiro y Silvano. 
Salas es siempre en ella el hablista castizo , el versificador abundante, que siente poco y des- 
cribe por demás ; pero hay á veces en las descripciones mismas ternura , candida sencillez y 
cierta gracia y facilidad que cautivan. En la poesía de carácter burlesco y familiar es donde 
Salas despliega más su ingenio, que, á decir verdad, nunca raya muy alto, ni se muestra em- 
prendedor ni ambicioso. En suma , las poesías de Salas tienen valor muy escaso, y sólo puede 
explicarse la grande fama del poeta por las nobles y simpáticas prendas del hombre. 

Sin embargo, el prosaísmo podía ir más allá. Uno de los que lo llevaron á su último límite 
fué el ilustre caballero don Pedro de Silva Bazan , bizarro militar que se hubo como cuadra- 
ba á su nombre en la malograda expedición de Argel, y fué después patriarca de las Indias é 
indí^íduo déla Junta Central. Este varón, digno y estimable por innumerables títulos , amaba 
apasionadamente las letras , y profesaba á la poesía la más estéril y desventurada afición. A 
tal punto le había negado la Providencia el precioso don del sentimiento poético , que puede 
decirse, sin asomo de paradoja, que sus\ersos son más ^^rosáicos que la prosa misma. 

Puede dar de ello testimonio la égloga que leyó en la academia de San Fernando , siendo 



(1) Podrían acusarnos de exagerados si no probá- 
eemos lo que aquí decimos. Véanse los siguientes 
ejemplos, que, hasta por su tono de aleluyas de mu- 
chachos , parecen una parodia de la poesía campes- 
tre : 

Despierto con descuido 

Al inocente ruido 
Del desvelado canto de algún gallo, 
Animoso relincho de un caballo, 

Eebnzno de algún burro, 

Al gorjeo y susurro 
Del gorrión , vencejo y golondrina , 
Y al goli» con qne cíeme nna Tecina. 



El pastor en la cumbre 
Busca , para la lumbre, 
Jjas más secas boñigaa, 



Carcomidas de insectos y de bormigaa. 

El borrico rebuzna , ladra el perro, 

Y algún guarda vocea desde un cerro. 

El feo escarabajo, reculando, 
Bolas que fabricó lleva rodando. 

Hoza el cerdo en el lodo , 
Be baña en él y se humedece todo. 

Las verduras y frescas ensaladas 
Por mi mano plantadas , 
Que por las tardes tomo, 

Y bien aderezadas me las como. 

Cuál arrea la mnla de una noria. 
Cuál á su tiempo busca la achicoiriAf 



CLX BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

exento de la compañía española de Guardias de Corps. Hé aquí cómo empieza á hablar 

uno de los pastores de la égloga : 

Salicio, no me es lícito quedarme; . Porque yo , al ausentarme, 



Les dije que á la siega volverla; 

Y aunque no es culpa mia, 

Las espigas doradas 
Estarán en la era ya trilladas 



Pues, en un año que dejé mi aldea, 

Nada sé de mi madre 

Ni de mi anciano padre, 
Y esta noche es preciso que los vea , 
Que ya sin duda deben aguardarme; 

La carta más descolorida no suele llegar , en su estilo, á este grado de insulsez y frialdad. 
Esto deja atrás á la desmayada frase de Salas, de Olavide y de Montiano, que también leyó 
xma égloga semejante en la misma academia de San Fernando, el año de 1751. 

«La música (dicen las actas de la Academia) preparó la atención para oir con mayor de- 
leite la égloga de don Pedro de Silva. )) El éxito fué completo, y tul el entusiasmo del coa- 
curso y de la Academia, que ésta nombró al poeta, en el acto y por aclamación, académico 
de honor. 

Este es uno de los muchos ejemplos que ofrece la historia literaria del imperio de la 
moda , y de los errores estéticos de cada edad. Ridicula era, ciertamente, la moda conceptuo- 
sa ; pero al cabo en ella , si bien descaminado , se traslucía á veces el ingenio , en tanto que en 
el prosaísmo extremado de aquellos tiempos no cabian ni color, ni emoción, ni vuelo, ni 
imágenes , ni el menor reflejo , en fin , de lo que constituye la belleza poética. 

Sólo comparable , en falta de numen , con su contemporáneo y paisano el Conde de Torc- 
no , autor de La muerte de Abel , de Doña Blanca de Borhon y otros perversos poemas , don 
Ignacio de Meras, ayuda de cámara del rey Carlos IV, cultivaba la poesía con un inexplica- 
ble engreimiento, que contribuyó á que su nombre sonara , aunque sin gloria , entre los poe- 
tas de fines del último siglo (1). Este caballero asturiano, que escribió una oda contra la va- 
nidad, y que se creia modesto, no dudó nunca, sin embargo, de que Diosle habia concedido 
la llama de la inspiración y de que su nombre estaba destinado á la inmortalidad. 

Tineo me dio el ser; filosofía. 
Desengaños y honores debo á Mantua, 
Y á mi trabajo eterna nombradía : 

éste es el orgulloso epígrafe que estampó Meras al frente de sus Obras poéticas , provocando 
de este modo la risa de sus contemporáneos. Así empieza una composición que escribió en 
celebridad de los desposorios de los Infantes de España y Portugal : 

Mi plectro humilde, quS dichosamente 
Logró la protección , logró el amparo 
Del tutelar y padre prodigioso 
De las nueve lunjbreras del Parnaso 

Bastan estos cuatro versos para dar idea de lo que era Meras como poeta y como versifi- 
cador, y asimismo de la incorregible manía de infatuarse con un inocente descaro, de que hay 
pocos ejemplos en la historia literaria, donde han quedado tan abimdantes rastros de desvane- 
cimiento y soberbia. Escribió Mercis obras dramáticas, odas, poemas heroicos; en todo es 
siempre rastrero y vulgar hasta lo sumo. Dio alguna vez en escribir versos á la muerte de 
personas queridas ó admiradas. Compuso infelices sonetos, que W^mo Sonetos fúnebres , k 
Federico II, á Catalina II, á Feijóo, al general Ricardos, á don Ventura Rodríguez, al 
impresor Ibarra y á otros célebres personnjes. Pero ¡qué mucho! Escribió versos á la muer- 
te de tres de sus hijos y de su esposa, que áim no habia cumplido veinticuatro años, y no se 
encuentra en ellos ni im acento conmovedor , ni un rayo de verdadera luz. La índole intelec- 



(1) Hubo en la familia de Meras otros poetas, entre ellos un ciego. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIlt. CXXI 

tual de Merds , como la de otros escritores de la escuela prosaica , es de carácter repulsivo 
para la poesía. Ni la gloria enciende su mente , ni la teruiu-a hace palpitar su corazón. 

Una composición de Meras , tan poco feliz como todas las suyas , tuvo, entre la gente in- 
docta, cierto éxito pasajero, por referirse al uso de las cotillas, moda de aquel tiempo, extra- 
" vagante por lo extremada, pero no más extraña ni censuraLle que algunas otras de nuestros 
dias. Es una anacreóntica de más de doscientos versos , en la cual describe Merds las zozo- 
bras Y molestias que ocasionaba á las señoras el violento ajustador llamado coiilla. 

El público no advirtió ni la insipidez de la invectiva , ni la c:.travagancia del poeta, que sa- 
tirizaba ahora en anacreónticas, como ya lo habia hecho en odas. Aplaudió entonces, porque 
sólo vio en Meras el censor de una costumbre de que el pueblo se reía y que la ciencia con- 
denaba (1). 

Don José de la Olmeda es otro de los que se atrevían á escribir versos porque imaginaban 
que la poesía consistía en la sensatez y en la llaneza. Tenía sin duda al vigor y al entusiasmo 
por cosas arriesgadas en las letras ; así es que sus obras causan hastío y fatiga en vez de emo- 
ción ó deleite. Hay entre las poesías de Olmeda un romance endecasílabo, de más de qui- 
nientos versos, sembrado en verdad de ideas nobles, religiosas y patrióticas (2), Pero ¡qué 
desmayado estilo! La cordura sola no basta á animar los escritos, y el calor de la idea se 
desvanece con el hielo de la expresión. Así habla Olmeda para ensalzar la industria española : 

Ya puede competir Guadalajara 
Con la fábrica inglesa de Lancáster, 
Y las de Talavera, León, Toledo 
Se aumentan con vistosas variedades 

Y ¿ era esto pulsar la lira , según el lenguaje convencional de aquel tiempo ? Esto es una 
usurpación de la prosa, es parodiarla; porque la asonancia y la medida no sirven aquí sino 
para hacer más visible la pobreza de la expresión y la desnudez de la frase. 

Pongamos término á esta poco gloriosa reseña con el nombre del doctor don Pedro Pichó 
y Pilis, profesor de ciencias matemáticas en el Peal Seminario de Nobles educandos de Va- 
lencia. Su prosaísmo supera al de los más desmayados versificadores , y llega en esta parte 
al último punto que puede concebir la imaginación. Inspiróle su extraviado gusto la idea sin- 
gular de traducir en versóla Introducción d la sabiduría, breve tratado de moral, de educa- 
ción y de higiene , que escribió en latín el insigne varón Juan Luis Vives (3). Esta es una 
de aquellas obras recomendables por su sana moral , pero esencialmente reñidas con la poe- 
sía. Francisco Ccrcdntes Salazar y Diego de Astudillo la habían traducido en prosa. Pichó y 
Pius imagina que, convertido aquel modesto y sencillo tratado en un poema, cobrarían ma- 
yor realce y valor las máximas de sana moral y cristiana virtud que contiene : 

He elegido (dice) la especie de verso comunmente llamada silva; metro dulce, corriente, armonioso, 
lleno al mismo tiempo de majestad y grandeza. 

Majestad y grandeza hay en algunas máximas morales y filosóficas de Vives; pero por 
desgracia pierden lo uno y lo otro con la entonación trivial y helada de los versos de Pichó. 
Deja éste atrás el prosaísmo de Montengon , de Silva y de Olavide. Hé aquí una muestra del 
punto á que se atreve á descender Pichó en la entonación poética , que él intenta hacer ^mn- 
de y majestuosa : 

(1) Un profesor de medicina y cirugía, don Ma- dolorosas, por cuya causa sobrevienen enfermeda- 

riano Martínez Galinsoga, escribió una obra, enea- desn, etc. 

minada á probar que la «compresión ocasionada por (2) En elogio de las discípulas de las cuatro es- 

las cotillas pone en tormento las entrañas del vien- cuelas patrióticas (1782). 

tre inferior, las extrangula, las hace perder el sitio (3) Esta traducción se publicó en Valencia, el 

y mudar de figura, y que así las operaciones de di- año de 1791. 
fbos órgauos deben ser precisamente imperfectas y 



CT,xii ÉOSQUEJO HlSTÓmcO CRITICO 



Las manos , pues , y rostro tú procura 

Lavar con agua fresca 
T enjugar con toalla blanca y pura. 

Y también la cabeza , 
Los oídos , nariz , ojos , sobacos , 



Por do escoria despides, 
De limpiar á menudo no te olvides. 
Ten de lavar los pies igual cuidado, 
Y mantenerlos con calor templado. 



Ejemplos de tan increible ineptitud poética podrian presentarse á millares. Pongamos el 
último. Así empieza un poema descriptivo , en octavas , á la proclamación de Carlos IV en 

Toledo (1789) : 

Sabida la real orden de que el día 

Diez y siete de Enero se aclamara 

A nuestro soberano, tu alegría 

En tus disposiciones se declara 

¡Para cuándo dejan la prosa estos profanadores de la poesía ! 

Á esta prosperidad del prosaísmo en el último tercio del siglo xvili corresponde el aliinco 
con que los malos poetas cultivaban , sin tregua ni concierto , varios géneros de poesía artifi- 
cial , prescritos en las poéticas con caracteres determinados. Boileau , comparando ingeniosa- 
mente el idilio 7 la égloga á una pastora que en los dias de fiesta se engalana con flores, y no 
con rubíes ni diamantes, liabia aconsejado el estilo humilde en la poesía campestre (1). ¡ Qué 
cómodo asidero para los copleros que no se sentían con aliento para subir á los espacios del 
estilo sublime! La poesía cayó bajo el imperio de la égloga ,. y se hizo de todo punto falsa y 
ridicula ; pues lo extraño es que estos amigos de las clasificaciones doctrinales las desnatura- 
lizaban á su sabor. La anacreóntica , por ejemplo , destinada por los preceptistas á cantar la 
dulce alegría del amor y de los placeres , es empleada por el padre Báguena para disertar 
mhre El hombre con relación á la sociedad. La moda de las églogas, especialmente, indujo 
hasta á los hombres de más claro talento á caer en impropiedades monstruosas. Para cantar las 
glorias de las artes , en la distribución de premios de la academia de San Fernando, de 1754, 
escoge Montiano una égloga, j Qué ceguedad crítica la de aquel tiempo ! Montiano , que se 
afana por hacer recobrar á las letras la cordura perdida , no ve cuan insensato es que rudos 
pastores se entretengan con sabias y elevadas pláticas, en que rivalizan la einidicion y el tono 
elevado. Hay en esta égloga un pastor Menálcas , diserto y erudito, que habla de las artes de 
Poma, Atenas y Palmira, y deja atrás en magisterio estético á los mismos académicos de 
San Fernando. 

Huerta quiere celebrar asimismo la distribución de premios de la academia de San Fer- 
nando (2), y tampoco le ocurre forma más adecuada para este objeto que una égloga. Hu- 
mildes pescadores, aterrados poruña tempestad que ha destrozado la barquilla de uno de 
ellos, serenados de improviso y llenos de intempestivo gozo, empiezan á cantar en primoro- 
so estilo, acompañados del caracol marino, no las emociones del mar ni los hechizos de la 
ribera , sino ¡ quién lo diría ! las excelencias de las nobles artes y los títulos de Carlos III á 
los aplausos de la historia. Aquellos toscos pescadores hablan de Trajano y discurren docta- 
mente sobre la arquitectura, el grabado, la pintura y la escultura, como quienes se hallan 
familiarizados con sus procedimientos mecánicos, con su trascendencia histórica, con su ob- 
jeto útil ó glorioso. ¡ Pobre literatura la que trastorna ridiculamente las ideas , la que desco- 
noce la sana inspiración de la verdad, la que llega hasta lo absurdo, subyugada por el poder 
de la rutina ! 

Como el tono humilde de la égloga y su llanísima estructura ponían la poesía al alcance de 
todo el mundo , resiütó de aquí que cualquiera se metía á poeta , y que todo se cantaba en 



(1) . . . ¡ t . . i . . ¡ Ét n'alme poiní torguell ctun vers présompfuetis. 

Tetle, aimahle en son air, mais humble dans son style , (L'A/t poétique , canto O.) 

Doit éclater sans pompe une elegante idylle. 

Son tour simple et niii/n'a ríen de /asíueux, (2) ActaS de la academia (1760). 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIH. CLXIIf 

églogas , "hasta las cosas más apartadas del campo y de sus apacibles j risueños deleites. Las 
bellas artes, un casamiento aristocrático (1), la muerte (2), la guerra (3), ¿qué cosa no se 
creyó entonces adecuada á la poesía campestre? Verdad es que de la impropiedad de pastores 
cultos, sabios y disertos , Virgilio mismo les babia dado ejemplo. En la égloga iv, PoZ¿ow, le- 
vanta el tono hasta la profecía histórica; la égloga V, Dáfnis, es una apoteosis figurada de 
César ; la égloga vi, Sileno, es un cuadro bellísimo de la filosofía de Epicuro. ¡ Qué asuntos 
para la candorosa ignorancia de los rabadanes y de los pastores! Y por cierto que el poeta 
latino dice , al principio de la última égloga citada, que, al ir á cantar reyes y combates, 
Apolo le tiró de la oreja, diciéndole : «Títiro, cuadra al pastor apacentar rollizas ovejas y 
recitar sencillos versos.» Y ¿de qué manera atiende Virgilio la advertencia del dios? compo- 
niendo una de las églogas de más exquisita estructura, de más recóndito sentido, de versifi- 
cación más esmerada , y , por decirlo así, más académica, que ha producido literatura alguna. 
Boileau no advertía sin duda que recomendar, como lo hizo, por una parte, las bellas églo- 
gas de Virgilio como el gran modelo de la poesía campestre , y prescribir , por otra , en ellas 
el estilo llano, humilde y candoroso, era incurrir en una contradicción de doctrina. Pero no 
debe extrañarse mucho que los poetas del siglo xviii , cuyo dogma de la imitación en las ar- 
tes venía á parar* en que imitaban, antes que á la naturaleza, á los modelos consagrados del 
arte mismo, adoptasen la égloga como un medio fácil, aunque impropio, de cantar cuanto 
venía á sus mientes. 

En lo que ni Virgilio , ni Boileau podían servirles de escudo ó de disculpa es en esa in- 
sulsa metafísica de amor que emplean los amartelados zagales de las églogas italianas , fran- 
cesas y españolas. Garcilaso, por un privilegio del cielo, sabía hermanar ó, mejor dicho, 
amalgamar, con habilidad peregrina en sus églogas el artificio de visibles imitaciones de la 
poesía latina é italiana con los deliciosos y sencillos acentos de la ternura verdadera , mien- 
tras que los poetas bucólicos del siglo xviii no aciertan á cantar sino los frios ardores de im 
amor falso, prolijo y enmarañado, que no tiene ni sensibilidad ni gracia. 

Más aceptables son , como más verdaderas , las groseras imágenes , hijas de una civiliza- 
ción materialista , que constituyen los requiebros que los pastores dicen á las zagalas en las 
églogas del paganismo. En las obras de Teócrito , de Virgilio y de otros poetas bucólicos de 
la antigüedad, las Galateas y las Amarilis son más dulces que el tomillo hibleo, más blancas 
que la leche y el queso, más hermosas que la hiedra blanca, más delicadas que un cordero, 
más altivas que una ternera, y sus carnes más lisas y apretadas que el agraz. No pudiendo 
un galán moderno decir piropos de esta laya á falsas pastoras, que se pagaban más de un 
madrigal que de un elogio natural y sencillo , forzoso era apelar al ingenio , ponerlo en pren- 
sa , y decir cosas extravagantes y alambicadas. El mismo Boileau , en uno de esos felices 
instantes , que solia hallar en la sátira, en que no ofuscaban su elevado talento las preocupa- 
ciones seudo-clásicas del preceptista , se burla con sal ática de las églogas cortesanas y de 
su bucólica ternura : 

Viendr ai-je en une ég logue, entouré de troupeaux^ 

Au milieu de París enfler mes chalumeaux , 

Etdansmon cabinet, assis au pied des hétres, 

Faire diré aux échos des sottises champétresf 

Faudra-t-il de sang-froid, el sans éire amoureux, 



(1) Manzanares. Égloga epitalámica , con moti- El Albino. Églogn ala muerte del Duque de Al- 
vo de los desposorios de doña María del Pilar Silva ba, por don Pedro do Salanova. 

y Palafox, hija del Duque de Híjar, con el Conde (3) Títiro. Égloga epinicia 6 poema triunfal en 

de Aranda ; por don Miguel García Asensio. elogio del bombardeo ejecutado contra Argel por el 

(2) Los Pastores de Macharavialla. Égloga á la excelentísimo sefior don Antonio Parceló, teniente 
muerte del excelentísimo señor Marqués de la So- general de la real armada, en 1783; por don Pedro 
ñora ; por don José García de Segovia. de Salanova. 



CLSIT? BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Pour quelque Iris en Vair ^fairele langoureuXy 

Luí prodiguer les noms de Soleil et rf'Aurore, 

JSt toujouTS bienmangeant, mourir par métaphoret (1). 

No bastaban estas lecciones. La moda era más poderosa que el buen sentido. Continuaban 
gimiendo con místico primor, en las églogas, los enamorados zagales, dando á los lectores 
tentación de exclamar , como el cura de Cervantes al topar con el pastor de Fílida en el 
donoso escrutinio: «No es ése pastor, sino muy discreto cortesano.» 

Las clasificaciones doctrinales han sido por lo común manantial de poesía enfadosa j ama- 
nerada, y es triste ver á un Quintana, que no quiso poner nombre á sus magníficas compo- 
siciones líricas, enredado en estudiar si hay ó no diferencia entre la égloga y el idilio (2). 
Uno de los géneros de poesía más autorizados por ilustres ejemplos, y menos defendibles an- 
te la razón y el buen gusto, como contrario á la índole de la verdadera poesía , es el género 
didáctico. Pintar, sentir, soñar: ésa es la poesía; pero ¡enseñar/ Nada hay en el mundo más 
laudable y meritorio; mas al propio ticm])o nada de más prosaico y enfadoso linaje. Lucrecio, 
tan admirable y vigoroso, desciende á la tierra, del cielo poético en que vive , cuando analiza 
y explica con el minucioso , inflexible , descarado y hasta rei)ugnante realismo, como se dice 
ahora, las causas y fenómenos de la reproducción de las razas (3). Aquí la poesía está subor- 
dinada á la ciencia, y la poesía se degrada cuando, desmintiendo su noble esencia, llega á 
ser un mero arreo con que la prosa se encubre y se engalana. Virgilio mismo, en sus incom- 
parables Geórgicas, no es más que un versificador brillante y esmerado cuando habla de la 
cría caballar, de las enfermedades de los animales y de otras cosas útiles, pero de carácter ab- 
solutamente rastrero. Y si Lucrecio y Virgilio son poetas de alta ley en sus obras didácticas, 
es porque á cada paso sus versos dejan de ser didácticos y adquieren el arranque lírico, la 
conmoción moral que les inspira la contemplación de las bellezas de la naturaleza , sus mis- 
teriosas leyes , su inefable armonía. Cuando mueve su esj)íritu la hermosura de algún objeto, 
no describen como sabios ; pintan como poetas. Recuérdese , por ejemplo, la viva y valiente 
descripción que hace Virgilio del caballo (4), parafraseada con tanta elegancia y gallardía 
por Pablo de Céspedes en su poema de La Pintura. 

Pero ¿qué es la poesía didáctica en manos de aquellos que carecen del numen soberano, 
que se sobrepone involuntariamente á las prescripciones de las poéticas ? Ya lo hemos visto 
en el poema de T-ja Música , de Triarte. 

Éste á la sazón ruidoso ejemplo alentó á escribir enfadosos poemas didácticos á hombres 
que ni siquiera tenían la facilidad , la cultura , la instrucción y el ingenio de aquel ilustre fa- 
bulista. 

Don Diego Rejón de Silva, caballero murciano, oficial de la primera Secretaría de Estado, 
hombi'e estimable y laborioso, cultivador perseverante de las artes y de las letras, dio á luz, 
en 1786, La Pintura, poema didáctico, de aquellos que ni enseñan ni deleitan (5). La poe- 
sía y la pintura constituían el recreo de su vida. Dos años antes habia publicado en la Im- 
prenta Real una traducción anotada del Tratado de la Pintura , por Leonardo de Vinci , y 
de los tres libros que sobre el mismo arte escribió León Bautista Alberti. — En 1788 dio á 
luz en Segovia un Diccionario de las Nobles Artes, obra enteramente original y de no escasa 
importancia , por hallarse autorizadas las voces técnicas con textos españoles. 

Menos desmayada que el poema La Pintura es su fábula Céfaloy Prócris, en octavas joco- 
serias, escrita en las mocedades del autor (1763); obra desaliñada y conceptuosa, pero no 
exenta de desenvoltura y donaire. No es de presumir que intentase Rejón de Silva emular en 

(1) Sátira ix. (5) Llegó á ser Mejon de Silva individuo de la 

(2) Variedades de Ciencias, Literatura y Artes, Academia Española. Murió en 1796. Habia publica- 
tomo tercero ; Madrid, 1804. do Aventuras de Juan Luis, historia divertida, etc. 

(3) De rerum natura, libro IV. Ibarra (1781). 

(4) Geórgicas, libro iii. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIl. CLXV 

SU fábula , ni la célebre comedia burlesca de Calderón, Céfalo y Prócris , ni el poema que con 
el mismo título publicó en 1639, entre sus Rimas varias, el licenciado de Antequera Jeróni- 
mo de Porras. La fábula escrita por Rejón de Silva , aunque amena , no es más qiie el des- 
ahogo de la musa atrevida y juguetona de un mancebo, y no merece que la ¡posteridad pare 
su atención en esta obra, que sólo tiene mérito escaso y relativo. 

Una de las señales más patentes del gran impulso civilizador que recibió la nación españo- 
la en el reinado de Carlos III, es el ardor y el espíritu analítico con que se cultivaron enton- 
ces la pintura , la escultura y la arquitectura. No bastaba la crítica elevada de los Mengs , de 
los Pons , de los Cean y de los Jovellanos; la poesía aspiraba á tomar parto en la propaganda 
docti'inal de las ai'tes , y si bien rendía con ello á estas mismas artes un homenaje de admi- 
ración y de entusiasmo, caia en un error poético fundamental. 

Don Juan Jfoi^eno dé Tejada, grabador de cámara, otro poeta que se hallaba todavía más 
distante que Rejón de Silva del vigoroso sentimiento poético de las artes , que habia animado 
las hermosas octavas de Pablo de Céspedes , en vez de emplear su voz cantando en versos lí- 
ricos las maravillas de la pintura , se dejó llevar de la general manía de las composiciones di- 
dácticas, y escribió un poema erudito, pero glacial, Excelencias del pincel y del buril, con el 
cual nada ganaron el arte y la poesía (1). 

Toda la ambición de estos poetas sin poesía se cifraba en imitar á Liarte , tomando por 
dechado una de sus obras menos afortunadas. Pero ninguno blasonó de ello con tanta clari- 
dad como don Félix Unciso, autor del poema didáctico La Poesía. «La música, exclama, ha 
tenido un Liarte. ¿Por qué su hermana, la poesía, no logrará igual suerte?» Mientras más 
noble y poético era el asunto, más triste era el fruto que de él sacaban estos menguados ver- 
sificadores. ¡No fué esta vez la mala suei-te de Ivi poesía no encontrar un Liarte, sino dar con 
un Enciso! 

Otro poema de aquellos tiempos, tan lleno de presunción como falto del numen lírico que 
anima á veces estas obras didácticas , es la Filosofía de las costumbres , del par/re Pérez de Ce- 
lis, especie de tratado de moral, en veinte silvas, con más de diez mil quinientos versos, es- 
critos en el más trivial y rastrero estilo. Pero ¿á qué cansarnos en una enumeración que se- 
ría interminable? Ni Los Aires fijos, del arcediano Vierta y Clavijo; ni Las Termas de Ar~ 
chena, poema físico de Ayala; ni ninguno de los poemas de esta especie, inspirados por espíri- 
tu de rutinaria imitación , pertenecen en verdad á la poesía que sabe idealizar las impresio- 
nes de la naturaleza. 

El género didáctico, lo repetimos, si alguna vez , á pesar de su prosaica índole , ha produ- 
cido bellezas de pormenor, como acontece , por ejemplo , en las Geórgicas portuguesas de Luis 
da Silva Mozinho d'Albuquerque , fácilmente degenera en monstruosidad poética cuando 
cae en manos de la medianía. Aquellos que no saben comprender ni sentir la noble y espiri- 
tual esencia de la poesía, atrepellan , sin caer en ello, las leyes eternas del buen gusto, escu- 
dados con los fueros de la didáctica. ¿Qué mayor prueba que el carácter irremediablemente 
antipoético de los asuntos de muchos poemas didácticos? El arte de preservar la salud (2); El 
Ajedrez; El Gusano de seda (3); El Anfiteatro médico (4); Las Aguas minerales (5); Los veinte 
concilios generales (6); El Arte de confitar (7) : estas y otras materias de prosaica enseñanza han 
sido vanamente vestidas con los atavíos exteriores de la poesía. Si Virgilio mismo tiene que 
descender de su divina esfera para explicar en verso circunstancias vulgares de la vida rús- 
tica, ¿cuánto no ha de repugnarnos el jesuíta francés Jacques Vaniére detallando en su poema 

(1) Publicó también una composición poética (3) Estos dos poemas son del célebre preceptista 
Al mérito de Alfonso Giraldo y Bergaz, escultor Marco Jerónimo Vida. 

de cámara de S. M. y director de la academia de (4) De Le Camus, 

San Fernando. (5) De Ségault. 

(2) DQAmstrong. (G) Do Salanova. 

(7) De Lebruiit 

I, Ps.-xvm, ^- 



CLXVI BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

La Casa de campo, especie de cartilla agraria, admirada en el último siglo casi al igual de las 
Geórgicas del poeta romano, los requisitos de los estercoleros , y el modo de salar el tocino y 
de curar los tumores y la sarna de los bueyes y de los cerdos? (1), Esto es hacer agravio á 
la poesía verdadera , y á tales desvíos del sentimiento poético conduce el abuso de las clasifi- 
caciones. 

Todavía cabe descender en la escala de la poesía. Estos desmayados poemas didascálicos 
llevaban al cabo im fin provechoso. Pero hubo algunos hombres de ingenio que , sin eleva- 
ción de miras, sin estro y sin entusiasmo, escribian fútiles versos, que, aunque desprovistos 
de intención , de gala y de fuego, eran aplaudidos por una parte de la sociedad , indiferente 
ó frivola. A esta literatura pueril y chusca, que podría llamarse literatura de la fruslería, 
pertenecen algunos de los escritos de Nieto Molina, de quien ya hemos hablado, y del bachi- 
ller Alejo de Dueñas. Fué el nombre completo de este semiencubierto poeta, don Juan Manuel 
Alejo Manzano, Trigueros, Dueñas y Lujan. Nació en Madrid, por lósanos de 1740. Estudió 
gramática y retórica en el colegio de jesuítas de Ocaña , filosofía en Sigüenza , leyes y 
cánones en Alcalá de Henares, donde se graduó de bachiller. Vivía en 1790. Residió en 
Madrid, dedicándose exclusivamente á la literatura, con el auxilio de la excelente librería 
que le dejó su padj-e don ]\Ianuel , curioso en esto, como en reunir pinturas y otros objetos 
preciosos. Encubierto con esta especie de seudónimo, compuesto de bu tercer nombre y de 
su tercer apellido, gozó de cierta fama. Pocas obras serias conocemos de este festivo poeta, 
y éstas nos parecen amaneradas y triviales. En la poesía burlesca y satírica demostró fa- 
cilidad V cierto donaire. Publicó varias poesías sueltas en las revistas y periódicos de su 
época (2). Un cuento suyo, escrito con gracia y naturalidad, y con la pretensión de imitar á 
Lope de Vega , se insertó en el Memorial Literario (3). 

La obra del bachiller Dueñas que alcanzó mayor éxito , es el poema Dánae , ó la crianza 
mujeril al uso. Lo publicó en Pamplona , el año de 1787, llamándose semipoeta, lo cual cayó 
al público en gracia. Su objeto es moral , y se columbra que intentó imitar el estilo de las 
obras jocosas de Quevedo. 

Con mayor razón que estos dos ingeniosos escritores que acabamos de mencionar , mere- 
cen ser contados entre los poetas frusleros , por el poco trascendental sentido de sus versos , 
otros dos hombres de vaha : el Marqués de Ureña y el Marqués de Méritos. 

Ilustradísimo, respetable y simpático, distinguíase notablemente por aquellos tiempos el 
de Ureña. No había nacido poeta, pero escribía versos, porque estaba dotado de uno de esos 
entendimientos flexibles é incansables que todo lo abarcan y comprenden, y que no pueden 
vivir sin tomar parte en todas las manifestaciones del progreso humano. Pintor, poeta, mú- 
sico, astrónomo, físico, arquitecto, mecánico, hombre industrioso en grado eminente, con 
igual diligencia y acierto se ocupaba en disecar legumbres y pastillas de carne para la nave- 
gación, en dirigir la construcción de un edificio público, ó en labrar un órgano con sus pro- 

(1) Véanse los libros IT, III y IV del Prmdium Hé aquí una muestra de la poesía del bachiller 
rusticum, del padre Vaniere, que murió en 1739. Dueñas: 

Este pesadíshno poema latiuo, ea diez y seis libros, ^ LA FORTUNA, 

fué traducido al castellano y á otras lenguas moder- ^j^ _ criado. 

nas. Ai — Léstnes, ¿no oyes llamar? ¿ Estás difunto? 

(2) Ademas, Rasgo épico en obsequio del excelen- Mira quién es, que asi nos importuna. 

,, . -7J-. 7^1 7 -I C. — I Válgame Dios ! señor, doña Fortuna. 

iisimo señor don Bernardo Galvez , por la conquista ^_^ ^^ excelencia en mi casa! Qne entre al pnnto; 

de Panzacola. — Elegía en obsequio del excelentísimo ■ Pero aguarda un poquito; que barrunto 

señor don Martin de Galvez , presidente de Goatema- Q"^ nos viene á enjiañar sin duda alguna; 

, , . T -r, TU- 1 • 1 i"-oo ^o Pues poner en los cuernos do la luna 

la,¡wr la conquista de Roatan. lladnd , 1 /8á; en 4. ^ „„ ^^^^^^ y g^lt^^o es mucho asunto 

(^Alvarez y Daena, tomo III, pág. 323.) C— No señor; que trae mandos, dignidadei, 

(3) Marzo de 1788. No reimprimimos este cuento Empleos, bodas, brillantez y gala. 

, _ ' . A. — Dila si trae quietud , si trae verdades, 

en la JÍIBLIOTECA, porque no lo consiente lo poco c.— Me ha dicho que de balde no regala; 

limpio del asunto. Qne con las dichas trae penalidades. 

A. — Pues vaya su excelencia enhoramala. 



DE LA poesía CASTELLANA EN EL SIGLO XYIIL clstii 

pias manos (1) , que en pintar un cuadro , ó en componer una sinfonía ó un poema. A falta 
de numen puro y elevado, de que en verdad no le habia dotado la Providencia, servia á Ute- 
ña de inspiración el genial desembarazo y donaire de los andaluces. Sus poemas impresos son 
de índole burlesca y no poco rastrera , y si la posteridad los recuerda , no es como obras dig- 
nas, por título alguno, de aplauso y de renombre, sino meramente como curiosidades literarias, 
que caracterizan al poeta y á su época. Uno de estos poemas festivos del J'íarqués de üreña 
fué publicado en Sevilla, en 1784, encubriéndose el autor con el supuesto nombre de don Se- 
verino Amaro. Está escrito en los versos llamados alejandrinos. El título es por demás pere- 
grino y extravagante : JEl Imperio del jyiojo recuperado. El desenfado poco ático del asunto y 
de las ideas, y lo premioso y monótono de la versificación, no alcanzan á ahogar del todo en 
este singidar poema el ingenio vivo y satírico del Marqxiés de Ureña. 

El otro poema es La JPosmodia , en cuatro cantos, por uno que lo escribió. Es una composi- 
ción burlesca, en que siguiendo la chanza literaria del Regimiento de la Posma , que inventó 
el Marqués de Méritos , coronel de este regimiento imaginario (2) , hace un elogio satírico de 
la gente cachazuda y perezosa. En la portada hay, á manera de empresa, un elefante enjau- 
lado , con este mote : IS'o sea que vuele. El poema A'ale muy poco , y diríase que el poeta ha 
seguido al pié de la letra el pi'opósito , que en tono zumbón expresa en el prólogo , de no 
enardecer su fantasía á fin de que el asunto y el estilo caminen de consuno. « Si tal vez , dice, 
me acometía un asomo de lo que llaman calor poético , me santiguaba , como si fuera tenta- 
ción , soltaba la pluma, y me abanicaba un tanto cuanto. » 

La Posmodia está dedicada al citado Marqués de Méritos , como coronel de la Posma^ en un 
Boneto que termina de este modo : 



Bien se encrespen del mar las bravas hondas, 
Ó ya tiemble la tierra , ó ya por luengas 
Grietas de fuego arroje hediondas lavas, 



Estos mis votos son, sin más arengas : 
Tú mantente lo mismo que te estabas ; 
Coronel , ni te vayas ni te vengas. 



En un manuscrito , que tenemos á la vista, de este mismo poema, la dedicatoria está es- 
crita en prosa. En ella apellida Ureíia al Marqués de Méritos « serenísimo y tranquilísimo 
señor. » 

En cuanto á poesía grave y elevada , poco conocemos del Marqués de Ureña. A juzgar por 
las prosaicas Estancias que leyó en la academia de San Fernando, con motivo de la distribu- 
ción de premios celebrada en 1787 , no habia nacido el Marqués para cantar asuntos que re- 
quieren \nielo y entonación. En las estancias se trasluce el hombre sensato y erudito , pero 
no el poeta. ¡ Cuan pálidas hubieron de parecer en aquel acto solemne , en el cual con sor- 
presa y admiración fué leída la célebre composición de Mclendez que empieza: 

Don grande es la alta fama , 

y en el cual asimismo , para que la ocasión fuese más memorable , se presentó Quintana , de 
edad de quince años, á leer una oda , primicias de su noble ingenio ! 

Paisano y amigo del de Ureña, y como él, músico aventajado, fué el Marques de Méritos 
uno de los hombres más dignos é ilustrados de su tiempo (3). Llegó á ser notable hablista, 



(1) Diccionario de personas célebres de Cádiz, por 
don Nicolás María de Cambiase. 

(2) «El Marqués de Méritos, para acreditar la 
legitimidad del título de coronel del regimiento de 
la Posma, ideó hacer un viaje de Cádiz á Sevilla, 
invirtiendü en él un año , pues se iba deteniendo en 
el tránsito cuanto podia ; hoy en la hacienda de un 
amigo , mañana en una población, etc., etc.» — {Nota 
del señor don Adolfo de Castro.) 



(3) Nació en Cádiz , en el seno de la prosperidad, 
el 15 de Noviembre de 1735. Perlático, casi ciego, 
viviendo de oculto para esquivar las pesquisas de la 
policía francesa, que le perseguía , y privado de sus 
rentas, murió en Madrid, el 9 de Junio de 1811. Fué 
enterrado pobrísimamentc, y quedó confundido su 
cadáver entre otros muchos, en el cementerio pú- 
blico. 

Mantuvo larga correspondencia epistolar con el 
célebre compositor alemán José Haydn, 



CLsviii BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

pero apenas merece ser citado entre los poetas , pues escribió pocos versos originales. Tam- 
poco puede darse su nombre al olvido , porque contribu3'ó , con su amor á las letras y con su 
sano criterio , á desterrar de la poesía la oscuridad y el amaneramiento. En su viaje á Italia 
aprendió con tal perfección el italiano , que acabó por versificar en este idioma con la misma 
facilidad que en castellano. Así lo demuestra la traducción italiana que, á ruegos de la Du- 
quesa de Alba, hizo del poema de Arriaza, La Compasmi. Su ingenio era pronto y agudo, y 
tal vez se habría dedicado el Marqués con mayor gloria al cultivo de la poesía, á no hallarse 
engolfado de continuo en polémicas científicas y literarias, que absorbian y recreaban su 
ánimo. El Marqués de Méritos fué quien hizo aquella natural y feliz traducción del famoso 

epitafio burlesco : 

Ci git Pyron , qui nefut ríen, 
Pas méme acadé inicien. 

Aquí yace Pirón, que nada era, 
Ni académico siquiera. 

Y lo recordamos aquí, no por el valor de obra tan insignificante , sino porque fué muy ce- 
lebrada, y atribuida equivocadamente á Vargas Ponce. 

La anécdota siguiente, referida por Cambiase, puede dar alguna idea del ingenio vivo y 
desembarazado del Marqués de Méritos : 

«En 1787 se dignaron los Príncipes de Asturias indicarle el deseo de que asistiese á las 
lecciones de su hija la señora Infanta doña Carlota. Finalizados unos exámenes que delante 
de toda la corte y del cuerpo diplomático sufrió la Infanta, se hicieron unos juegos de 
prendas, y Méritos se halló, por sentencia dada contra él, en el duro caso de decir un favor 
y un disfavor á la Princesa de Asturias , y de repente dijo : 



Cuando habla Vuestra Alteza, 

Tiene una falta, 
Que aunque sensible á todos, 

No la reparan. 



¿Qué falta es ésa? 
Es que acaba más presto 
Que ellos quisieran.» 



La Princesa, muy satisfecha, y queriendo sin duda poner en apuro el ingenio de Méritos, 
le mandó cumplir la sentencia tres veces más. Méritos, lejos de arredrarse, siguió diciendo, 
sin detenerse : 



Tienes, yo lo confieso, 

Mucho agasajo ; 
Mas con él esclavizas 

A los vasallos ; 

¡ Cosa es de hechizo 
Hacer de tantos libres 

Tantos cautivos I 

Que se guarde justicia 
Quieres, señora, 

y luego con gran gracia 
Tú á todos robas : 



Robas afectos, 

Atenciones y arrobas 

A todos ellos. 

De disponer de haciendas 

Y aun de las vidas. 
Con arreglo á las leyes, 

Eres muy digna ; 

Mas ¡ de albedríos I 

Señora , eso ya pasa 

De despotismo. 



Se dejaba arrastrar por el espíritu controversista de la época , malgastando en insustancia- 
les contiendas la fuerza y el calor de tm entendimiento elevado. Yerros de don Juan Maru- 
janen su traducción de la Dido de Metastasio (1) ; una traducción del conocido soneto, com- 
puesto paraima iluminación de Luca, que empieza: 

Era di notte¡ e non ci sivedea, 



(1) Ésta contfoversia fué sostetiida en Cádiz por nimo de don Eugenio Sarmiento. Publicó con éste 
el Marqués de Méritos ^ disfrazándose con el seudó- motivo dos opúsculos en verso, titulados, el uno/»»- 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIH. CLXrx 

y el singular problema de si comieron ó no carne los hombres ante-diluvianos, fueron tres 
cuestiones vigorosamente empeñadas y debatidas por Méritos , que llegaron á llamar la aten- 
ción del público , y que pueden dar idea de la candorosa vehemencia con que en el siglo úl- 
timo fueron cultivadas las ciencias y las letras. 

El Margues de Méritos era hombre de humor festivo y muy dado á las bromas andaluzas. 
Así puede inferirse del imaginario regimiento de la Posma , de que se declaró coronel, para 
satirizar libremente la apatía y cachaza de algunas personas que, como el mismo Méritos 
dice, con la cantinela perpetua de Mañana veremos, pasan los meses y los años en procrasti- 
naciones continuas, sin llegar nunca al término que apetecen. Por fútil que parezca esta espe- 
cie de \\\e<yo literario, merece ser recordado cuando se trata de desentrañar la vida intelectual 
del siglo xviii, por el éxito singular é inesperado que tuvo la chanza del Marqués de Méritos; 
chanza que duró más de medio siglo , que tuvo eco hasta en el palacio de los monarcas espa- 
ñoles, y en la cual tomaron parte personajes graves del Estado. Fué uno de ellos el capitán 
general de los reales ejércitos don Antonio Ricardos. Cuando se hallaba éste al frente del 
ejército español que invadió el Rosellon, después de declarada la guerra á la república fran- 
cesa, el Marqués de Méritos, siempre jovial y chancero, ofreció á Ricardos un refuerzo de 
las pesadas tropas de la Posma. Cayó de tal modo en gracia esta humorada al esclarecido y 
agudo general , que contestó á Méritos en-s^ándole unas instrucciones chistosísimas para el 
servicio de los soldados auxiliares, parodiando las reales Ordenanzas, como era indispensable 
para adaptarlas á la índole peculiar de la Posma. 

Entre los papeles de Jovellanos (1) hemos visto una festiva carta del Marqués de Méritos, 
en la cual copia un soneto italiano en cuatro versos, obra de don Nicolás Puccini, cadete de 
Guardias de Corps , y se regocija con la poderosa razón que da este digno prosélito de la ins- 
titución de la Posma para que su soneto no conste de mayor número de versos. 

Hé aquí el soneto : 

Santa poltronería^ nume graduó, 
Degruomini piacer , gioja e diletto, 
lo ti consacro questo mió sonetto, 
Che per poltronería non ha finito 



CAPITULO XV. 

El prosaísmo desciende de su apogeo.— El canónigo Huarte.— Eodrigiiez de Arcllano.— Don Ramón de la Cruz.— 
González del Castillo.— Poesía enfática.— Noroña.— Sánchez Barbero.— Cienfuegos.— Moratin (Leandro).— 
Quintana. 

Ya cercano á su término el siglo xvni, aquella calamidad del prosaísmo, que no fué menos 
implacable enemiga de la buena poesía que lo habia sido en otros tiempos su antítesis, el gongo- 
rismo, empezó á descender del apogeo en que se habia encontrado en los últimos años del 
reinado de Carlos III y en los primeros del de Carlos IV. La crítica no se hizo más libre y 
desembarazada, pero sí más severa y exigente. Entonces, como siempre, la audacia hacia 
escribir poesías á muchos que no habían recibido del cielo misión tan delicada ; pero ya no se 
granjeaban fácilmente celebridad gloriosa sino aquellos que estaban dotados cuando menos 

pugnacion á don Juan Manijan , y el otro Vindica- muchos literatos insignes , entre ellos don Diego de 

cion del célebre poeta Metastasio, y Apología de la Torres , don Pedro Rodríguez de Campománes, don 

Impugnación; Cádiz, 1762. La ira con que sostuvo Agustinde Montianoy don Luis José Velazques. 

Manijan sus opiniones llegó á hacer ruidosa esta (1) Manuscritos déla colecgion^el aeñor Marqués 

pugna. Tomaron parte en ella, en favor de Méritos^ de Pidal. 



CLXX BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

de ingenio Ó de buen gusto. Algunos, aunque están lejos de ser grandes L'ricos, merecen 

recordación honrosa. 

Distinguióse por aquellos tiempos , como prosador y como poeta , don Cayetano María de 
Huarte, canónigo penitenciario de la catedral de Cádiz. Le señalaron especialmente á la aten- 
ción pública las cartas satíricas que escribió sobre la comedia Sancho Ortiz de las Roelas, en 
las cuales demostró, cuando no sentido crítico profundo y vigoroso, viv^a perspicacia y no 
•\ndgar agudeza. Sus sermones fueron muy admirados. Algunos tenemos á la vista , escritos 
con fervoroso estilo y con espíritu evangc'lico. Era Huarte mejor prosador que poeta. Sus 
versos, que damos aliora á la estampa por ])rimera vez, si bien con frecuencia insonoros y 
lánguidos, denotan á veces intención poética y desembarazado ingenio. 

Fué Huarte maestro de nuestro difunto amigo, el insigne académico don José Joaquin de 
Mora, el cual recordaba con especial complacencia algunas poesías de aquel ilustrado sacer- 
dote, y entre ellas la paráfrasis de un salmo escrita para implorar el favor del cielo con mo- 
tivo de la salida de la bahía de Cádiz de la escuadra que fué á combatir al cabo de San Vi- 
cente. 

La Dulciada , poema burlesco, jiiguete inspirado por la edad juvenil , es una obra agrada- 
ble, pero harto escasa de intención y de galas poéticas. Alcanzó en vida de Huarte bastante 
aceptación, á pesar del extremado desaliño con que está versificada, y mereció que el Mar- 
qués de Méritos la diera á la estampa, un año después del fallecimiento del autor (1). 

También resplandecía entonces en la esfera de las letras , si bien con la luz tenue y fugaz 
de im fuego ñituo, do7i Vicente Rodri<juez de ArcUano. Escribió muchas comedias y algunos 
versos líricos. En todo fué mediano. Brillante entonces y olvidado ahora , la historia litera- 
ria debo un recuerdo á su nombre, sin detenerse á examinar sus obras. Otros poetas poco 
inspirados, del mismo siglo, cuya gloria resuena todavía, no le aventajan ni en la entonación 
ni en el ingenio. Las celebradas décimas de su Memorial burlesco, en las cuales el tono chan- 
cero disculpa el alambicamiento de las ideas , no son verdadera poesía , pero son ])oesía inge- 
niosa, y tan aguda, aunque chabacana, que no la habría ciertamente desdeñado el mismo 
Arriaza , consumado maestro en la poesía familiar festiva. 

Rodriguez de Arellano es uno do e^os poetas que, como Mor de Fuentes , Beña , Narganes y 
otros poco afortunados, dejan un eco casi perdido de su nombre á la posteridad. Se advierte 
desde luego, en las composiciones de elevado estilo de Rodriguez de Arellano, que mueven su 
pluma costumbre y facilidad nativa, más bien que entusiasmo c inspiración. Algunas veces 
en los versos cortos no carece enteramente de gracia y de dulzura. Vivia en época en que 
las gentes se prendaban más de la agudeza que de la sensibilidad ó de la elevación. Por eso 
tuvieron tanto éxito sus décimas del Memorial burlesco. — Se hicieron copias innumerables, y 
aquella chistosa pero trivial poesía corría de mano en mano con inusitado aplauso. — La po- 
bre imitación de la célebre canción de Mira de Amescua prueba cuan lejos estaba Rodri- 
guez de Arellano de aquel dulce y hechicero hablar que tanto embelesa en las obras de nues- 
tros antiguos poetas. Entre sus escritos en prosa merece recordarse , por su fácil estilo nar- 
rativo, El Decmneron español, ó Colección de hechos históricos , raros y divertidos. 

Dos sainetistas famosos, don Ramón de la Cruz y Juan Ignacio González del Castillo, deben 
ser aquí honrosamente conmemorados, pues si bien se dedicaron especialmente al teatro, al 
cual les llamaba su principal vocación , no carecían el uno ni el otro de cierto numen lírico. 



(1) Don Bartolomé José Gallardo rlíce en una La Dulciada doña María Amoroso.» A esta señora 

lista de los manuscritos de Huarte, escrita de su aludo el mismo Huarte en estos versos de la octa- 

puño, que La Dulciada fué compuesta «para don va Yill del canto primero : 

Jerónimo de Luque , maestrescuela de Cádiz , golosí- AlU hallarás un numen soberano, 

BÍmo.« Más creible es lo que se afirma en una nota Una diosa <ie todos venerada 

impresa con el poema . estq es , que « dio motivo ^ l°l ^' T'^''^' ''"I? ^ "T''"?' 

* * ' I * Bstaea la que preside en lo goloso. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CLXXI 

Como autor de saínetes, zarzuelas y otras obras dramáticas, fué don Ramón de la Cruz el 
poeta más popular del último tercio del siglo xviii. Era asimismo, acaso, el que más lo me- 
recía, porque era quien retrataba más fielmente las costumbres , j quien con más chiste y en 
forma más amena y ligera satirizaba los abusos y los errores de su tiempo. Sólo es compa- 
rable con el fecundo, florido y agudo ingenio el Licenciado Lxiis de Dcnavente y el más famoso 
y popular de los entremesistas del siglo xvii. Somoza ha dicho con razón : C( Si queréis cono- 
cer á fondo el pueblo español del siglo xviii, estudiad los cuadros de Goya y los saínetes de 
don Ramón de la Cruz. )) El lenguaje de este célebre escritor no res])landecia siempre por lo 
acendrado y lo elegante, pero era, en cambio, fácil, natural y animado; su invención focimda, 
pero de limitado alcance. Los vicios de la sociedad en que vivia, especialmente los de la cla- 
se media, le daban inagotable asunto para sus fábulas dramáticas, mas nunca se detenía á 
analizarlos y á formar con la pintura de los caracteres y de los sentimientos morales un cua- 
dro profundo y acabado. Le arredraban sin duda el desarrollo sucesivo, el enlace lógico de 
una trama escénica de cierta extensión, y se limitaba por instinto á hacer bosquejos, y no 
cuadros. Acaso en este defecto de su imaginación esté en alguna parte el secreto de su popu- 
laridad. Observador agudo y perspicaz , si no profundo y analizador, presentaba á la socie- 
dad el espejo de sus ridiculeces y de sus extravíos , esto es , una imagen briosa y verdadera, 
pero en forma festiva y fugaz , que provocaba más la risa que la reflexión. En representacio- 
nes que no duraban media hora, donde no se exponían los vicios sociales con rigoroso enca- 
denamiento, como acontece en las obras de los poetas filósofos, las clases satirizadas, embe^ 
becidas con la prisa , con la verdad y con el donaire , no tenían tiempo ni voluntad para sen- 
tir la amargura de la lección moral. 

No hay que decir que un ingenio de esta índole no estaba en su natural esfera cuando cul- 
tivaba la poesía lírica elevada. Así es que escribió pocas poesías sueltas, y por lo común en 
tono festivo y familiar. Quiso, sin embargo, entrar en la academia de los Árcades , en la cual 
tomó el nombre de Larisio. 

Castillo, apuntador del teatro de Cádiz , fué, como sainetista, menos fecundo y espontáneo, 
pero no menos observador de las costumbres de su época , ni menos donairoso que don Ra- 
món de la Cruz. Como poeta lírico le aventaja, porque tenía acaso más ardorosa el alma. Lo» 
sangrientos horrores de la Francia de su época le causaron indecible aversión, y la indig- 
nación política le inspiró una Elegía á la muerte de la reina María Antonieta, esposa do 
Luis XVI; imprecación vehemente contra los asesinos de la revolución francesa. Con qué 
sencilla y noble entonación exclama : 

Si ; porque de otro modo, ¿ cómo hubieran 
Puesto esos monstruos sus nefarias manos 
En su reina infeliz ? ¿ Cómo pudieran 
Marchitar ¡oh gran Dios! esos tiranos 
Aquella rosa, honor del galo suelo, 
Aquella estrella de su antiguo cielo ?... 



¡Qué pueblo, santo Dios! ¿A quién no asusta 
Ese grupo de fieras que rodea 
El suplicio fatal? 



¡ La real matrona 

En el alto cadalso! Almas crueles, 
¿Es ésa á quien ceñisteis la corona? 
¿ A esos pies ofrecisteis los laureles ? 

¿Quién hizo á una gavilla de asesinos 
Arbitros de la ley, jueces del trono? 
¿Quién formó un tribunal de libertinos, 
Do vota la impiedad , dicta el encono? 



En esta obra, de estilo desigual y alguna vez declamatorio, hay algo que denota el impulso 
y la pasión elocuente que arrebata el ánimo de los verdaderos poetas. Tal vez habría escrito 
Castillo obras de encendido y \ngoroso aliento ; pero le sorprendió la muerte á los 37 años 
[(1800), cabalmente á los principios de la madurez de su talento. 

Algunos poetas, no sólo se apartaron de la escuela prosaica , sino que dieron en aficionarse 

i un estilo por demás artificial y encopetado. El Conde de Noroña fué uno de los principales 

; cultivadores de esta poesía, que solía pecar de enfática , y de la cual llegó á ser Cienfuegos tipo 

juiTi^ s0alado, OViado al arrimo de la corte de Carlos III ^ soldado muy distinguido por su 



CLxxil ROSQUE JO HISTÓRICO CRITICO 

arrojo y su ilustración , /i^eneral vencedor de los franceses en el combate del puente de San 
Payo, Ueo^ó Noroña á muy elevada jerarquía en la milicia y en la diplomacia. Pero ni los 
afanes de la guerra ni el cuidado de las negociaciones llegaron á entibiar el amor á las letras, 
que acarició su ánimo constantemente. 

El mismo errado espíritu literario que produjo en el siglo xviii tantos perversos poemas 
épicos, y que babia inspirado á Escoiquiz su insípido y fatigoso Méjico conquisíctdo, indujo al 
Conde de Noroña á componer la 0»??«íWrt, poema destinado á cantarla separación de la 
monarquía árabe española del dominio de los califas de Oriente. No bay en el dia volun- 
tad bastante obstinada para leer de seguida veinticuatro cantos interminables, en que nada 
cautiva , ni la entonación , ni los afectos , ni la variedad , ni la armonía. Pocas cosas hay me- 
nos épicas que esos fárragos de relaciones amaneradas y monótonas, en que el poeta no cuen- 
ta lo que siente y conoce , sino lo que le sugieren las prescripciones de falsas poéticas» Algu- 
nos trozos descriptivos, agradables, no salvarán nunca á la Ommiada del olvido en que yace 
en el polvo de las bibliotecas. La Quicaida, poema frivolo y festivo, puede leerse todavía sin 
fatiga, por la soltura de la narración y á veces por la facilidad y el donaire de los versos. El 
poema La Muerte está escrito con los alardes filosóficos que constituían una de las especies de 
afectación propias de aquella era. 

En las anacreónticas , si bien á veces describe con propiedad, como en la que titula Un bor- 
racho, otras es insulso y vulgar, como en^ una mosca, y carece por lo común de originali- 
dad, de gentileza y de ternura. Una de sus mejores composiciones es la canción Dichas so- 
ñadas. Hay en ella gala , fluidez y cierto agradable sabor castellano. La deslucen, no obstante, 
el amaneramiento clásico y el licencioso espíritu de la poesía pagana. Campea su principal 
talento poético en los asuntos graves y elevados. En ellos, singularmente en su Oda á la paz 
de 1795, se encuentran los pocos acentos de alto mimen que sus contemporáneos admiraban 
tanto en sus versos. Si la poesía del Conde de Noroña es á menudo hinchada y ampulosa; 
si carece por lo común de halago y de ternura , no puede negarse que á veces encierra ele- 
vación y entusiasmo, y que por su estilo, ya natural , ya brioso, se distingue de la poesía des- 
mayada y trivial que habia reinado en el Parnaso del siglo xviii. 

Como en el reinado de Carlos IV la poesía era una de las manifestaciones más impor- 
tantes y reconocidas de la cultura intelectual , algiraos hombres de superior talento privile- 
giado , que en otras épocas se habrían consagrado exclusivamente á estudios graves y pro- 
fundos, se dedicaban á escribir versos, y si no llegaban á los triunfos espléndidos y durade- 
ros que sólo alcanzan la inspiración y el genio , demostraban en sus obras que eran al menos 
entendimientos privilegiados. Uno de estos hombres , y por cierto de los más insignes , fué el 
célebre don Francisco Sánchez Barbero, una de las más brillantes lumbreras de la moderna 
Salamanca. Su fama principal fué la de poeta. Hoy, que se ban desvanecido los prestigios y 
las ilusiones peculiares de aquel tiempo, es forzoso reconocer que la gloria principal de Sán- 
chez Barbero no estriba en su numen poético , sino en sus profundos conocimientos filológi- 
cos. Escribía versos latinos con más gusto, primor y abundancia que versos españoles, y esto, 
que era objeto de justa admiración en aquella época en que se estudiaba de veras, es al pro- 
pio tiempo claro indicio de que en Sancliez Barbero el humanista eclipsaba aJ poeta. Y no es 
esto decir que carecía de talento poético. Ya muy pocos recuerdan su oda Á la expedición de 
Colon, que admiraba Quintana; sus tres largas composiciones Al combate de Trafalgar {1), 



(1) La oda do Quintana al mismo asunto contri- riódico crítico acreditado de aquel tiempo, Minerva 

buyo tal vez á que el estilo de las de Sánchez pa- 6 el Revisor, dijo, al dar noticia de las composicio- 

reciese más difuso y cxafi^erado de lo que es en rea- nes de Sánchez (1806) : 

lidad. El público estaba cansado , por otra parte, de «Ha caido estos días sobre todos nosotros tal Hu- 
ías infinitas poesías que se escribieron á la batalla via de odas y canciones (al combate de Trafalgar), 
naval del veinte y uao (Jq Octubre do 1805. Un pe- que, por buenas que eUaa sean, ya debea de ir cau- 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIH. CLXsm 

Sil oda, A Wellinc/fon y citando llegó d Cádiz ¡a noticia de la victoria de Árapiles; su oda patriótica 
Á la apertura de la cátedra de Constitución en 1814 , inspirada por el ardor político de la época, 
y otras poesías de altos asuntos, que, en sentido favorable ó adverso, causaron notable im- 
presión en el tiempo en que fueron publicadas. Aun son menos los que conocen los versos , 
ya serios , ya tiernos , ya festivos , que compuso en los últimos años de su vida , y que van á 
ser en la presente colección publicados por vez primera. Leídas ahora estas poesías , á tanta 
distancia de aquellos tiempos, en que, ya las ilusiones patrióticas, ya la simpatía que inspi- 
raba el infortunio del autor, ya el gusto literario que reinaba entonces , daban im ínteres par- 
ticular á las obras de Sánchez Barhero, es imposible sentir la emoción que causan las bellezas 
líricas de carácter sublime y universal que sólo brotan del corazón ó de la fantasía de los gran- 
des poetas. Tiene Sánchez Barbero lenguaje limpio y claro, frase desembarazada, y en algunos 
momentos cierto calor de afectos; pero suele ser sii estilo desigual y prolijo, y le faltan imá- 
genes nuevas y atrevidas, y esa expresión rápida y concentrada, pintoresca ó vigorosa, que 
subyuga el alma de los lectores y provoca su admiración y su entusiasmo. Verdad es que son 
muy contados en todas las naciones los poetas que tienen la facultad intuitiva de descubrir 
dentro de su alma y fuera de ella ese poder mágico de la verdadera belleza, que sobrevive á 
las transformaciones históricas de los sentimientos y de las ideas. 

Era Sánchez muy dado á la poesía elevada , y ademas del drama lírico Saúl y de la trage- 
dia Corioláno, escribió siete tragedias , una comedia y un poema, Las cuatro edades del hom- 
bre, que, segtm él mismo refiere, perdió huyendo de los franceses desde Pamplona á Cádiz. 
Pero donde descuellan sus mejores prendas poéticas es en los asuntos alegres y satíricos. 
Bajo este aspecto es Sánchez Barbero apenas conocido. Para convencerse de la exactitud de 
esta observación , basta leer su diálogo satírico Los Viajerillos (1). Es una burla chistosí- 
sima y magistral de ciertos frivolos viajeros, que vuelven á su patria llenos de orgullo y pe- 
dantería , admirando sin discernimiento usos y costumbres de países extranjeros, y descono- 
ciendo ó desdeñando los propios. Nada ha escrito Sánchez con más donaire , con mayor sol- 
tura , con más aguda intención. 

La vida de Sánchez fué casi siempre inquieta y azarosa. Dotado de un carácter honrado y 
fogoso, no le era dable mirar con indiferencia las desventuras públicas, y no podia menos 
de tomar parte en el movimiento innovador que iba desquiciando la sociedad antigua , incli- 
nándose por naturaleza á lo más ardiente y á lo más arriesgado. Otro de los indicios de su 
impresionable temperamento es el dolor que le causaban las heridas del amor propio. Sabida 
es la aversión que tomó á su segundo apellido Barbero , que no volvió á usar en sus escritos, 
á consecuencia del soneto burlesco de Arriaza contra la tragedia Corioláno , el cual , aludien- 
do al desenlace sangriento de la obra , termina así , con un equívoco que llegó al alma al 

quisquilloso poeta : 

Se hace junto á la tienda una sangría, 
Y ésta sí que es tragedia de barbero. 

Desventurada fué en extremo la suerte de este humanista insigne. En la cárcel de Corte, 
donde pasó cerca de dos años por motivos políticos, escribió su Gramática latina. En el pre- 
sidio de Melilla, adonde fué conducido en Diciembre de 1814, compuso sus mejores poesías 
latinas y castellanas. Cinco años después, ya cercano al momento de recobrar la libertad, no 
pudiendo sobrellevar el tedio y las penalidades de aquella vida, espiró, en Octubre de 1819, 

, sando fastidio Abrí esto cuaderaito por éntrete- nPero á poco vi unos cadáveres que se andábanme- 

nimiento, y felizmente me hallé con la siguiente ciendo emina margen espumosa , y doce mil muertes 
estrofa, no del todo mala: dando el brazo á doce mil orfandades ; con lo cual 

bastó para que, atemorizado yo de tantos endriagos 

Del piólago profundo ,• i i • j i vi 

El sol con maje.^d su i.ennosa frento ^ vestiglos , dejase , apresurado , el libro. _ 

Va poco á poco alzando (1) Lo publicamos en la presente colección, 



CLXXIV BOSQUEJO HISTÓRICO CKÍTICO 

á los cincuenta y cinco años de edad; realizándose el triste vaticinio que él mismo formó, al 
entrar en presidio , en este bello dístico latino : 

Hic ego stcm clausus. Pro te Ubi nafus oporfet 
Oh patria! nt pcream? Victima ccesa cadam. 

En el mismo año que nació Sánchez Barbero (1764), habia nacido otro poeta de más fogoso 
aliento, don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, 

Señalo de lejos con mis obras la senda que deben seguir un don Leandro Moratia, un dojí Nicasio Cien- 
fuegos, un don Manuel Quintana y otros pocos jóvenes, que serán la gloria de nuestro Parnaso y el encanto 
de toda la nación He concurrido con mis avisos y exhortaciones á formar los dos últimos. 

Esto escribia don Juan Melendez Valdés en 1797. Y en verdad que pocas veces ha sido 
menos confirmada por el resultado esta ilusión de maestro y de amigo. Acaso no sea dable ha- 
llar en los anales literarios de España dos naturalezas poéticas menos semejantes á la del 
dulce Melendez que las de Cienfuegos y Quintana. En aquél todo es blandura , halago y flexi- 
bilidad; en éstos, incapaces arabos de transacciones morales y literarias, todo es ímpetu, 
rigidez y energía. 

De Cienfuegos se ha dicho , como donaire , pero no sin razón , que su índole está definida 
en su nombre. La vehemencia de su carácter entero y levantado , de que dio tan nobles mues- 
tras en su vida , se refleja en sus versos. Cuanto sujeta y reprime es molesto á su ánimo libre 
é impetuoso. Aunque individuo de la Academia Española, hasta el idioma le embaraza, y 
rompe á menudo con las leyes de la elocución castiza y pro])ia, inventa frases y palabras, y 
habla, en fin , ima lengua atrevida y extraña, exclusivamente suya. Pudo decir llarchena con 
graciosa exageración : c< El castellano de Cienfuegos más se asemeja á la lengua franca de los 
arráeces de Argel (juc al idioma de los Argensolas y Riojas.» Han podido ser tachadas de al- 
gunos defectos la disposición del plan y la propiedad de los caracteres de sus tragedias (1); 
han podido censurarse igualmente el sentimentalismo enfático y declamatorio que en él bro- 
taba naturalmente del generoso y exaltado espíritu de sus filosóficas ilusiones; la falta de 
discernimiento crítico , que le hacia colocar á im nivel nobles imágenes y otras monstruosas 
ó pueriles; pero lo que nadie puede negarle es que habia nacido poeta, que le animaba el 
fuego de un sentimiento arrebatado, que en sus detractores no se infundía; y que los más de 
BUS defectos nacieron del afán que [)onia en forzar su sensibilidad , que era grande , y su fan- 
tasía, que no era poderosa; de la lucha de su ingenio libre y ardoroso con las trabas del gus- 
to reinante , y de la falta de madurez y de dirección clara y segura , que , en las épocas de 
transición, es el escollo donde se estrellan las más nobles fuerzas del entendimiento. Jovella- 
rws , Lista y Quintana , ya porque llegaba á su alma la llama de aquel fuego , ya porque 
comprendían la elevación de instinto que movia la pluma de Cienfuegos, lo aprecian y lo 
aplauden. Quintana principalmente, que, con mayor talento, tenía mucho de su enérgico 
temple, lo defiende con calor y elocuencia del encarnizamiento de los humanistas. 

El valor verdadero de Cienfuegos consiste en que , en medio de aquella glacial atmósfera de 
amaneramiento j de artificio que habían creado los poetas reformadores , escribe lo que sien- 
te, y siente con ímpetu y firmeza. Sus tragedias La Zoraida y La Condesa de Castilla están 
sembradas de magníficos rasgos , no exclusivamente líricos , como generalmente se ha dicho, 
sino llenos también de vigor dramático. Tal carácter tiene , por ejemplo , aquella réplica ge- 



(1) Véase un ejemplo de la diversidad que so los dioses á su hijo, y se va por los mares sin decir 

advierte entre los juicios que se formaron de las adonde ; acaso á la Tebaida , á hacer penitencia 

tragedias de Cienfuegos. El abate Marchena dice : por haber dado pié á tal hato de desvarios del poe- 

« El Idomeneo es una desatinada mescolanza de máxi- ta moderno. « 

mas filosóficas, de escenas de pantomima, de dispa- Quintana, dice: «El Idomeneo prefíenta im coniun* 

^ates del protagonista, que por remate sacrifica 6, to grande y majestuoso,» 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. CLSxv 

nerosa de Rodrigo en La Condesa de Costilla , cuando dice , defendiendo á sus parciales ; 

Levantad al instante tres cadalsos, 
Y yo también pereceré con ellos. 

En la poesía lírica de Cienfuegos , donde campea con mayor desembarazo su independiente 
musa , trozos se encuentran á cada paso , en los cuales , unas veces enc^rgico , otras delicado y 
afectuoso, da muestras de alma sincera y conmovida; y este mérito, en cualquier tiempo de 
valor muy subido, es mayor todavía cuando la poesía vive subyugada por formas y espíritu 
convencionales. En sus composiciones La escuela del sejmlcro, A Bonaparte , A un carpin- 
tero, Al Otoño, A la Primavera, A un amante al partir su amada, llenas de bellezas y de ex- 
travagancias confusamente amalgamadas ; en sus epístolas morales y en algunas otras poesías , 
hay, ya varonil aliento , ya falsas é ilusorias ideas , sofismas de una imaginación que se acalo- 
ra con violencia, ya dulce y verdadera melancolía; siempre admiración á la humanidad gene- 
rosa ó brillante , siempre amor profundo á la humanidad menesterosa. Asuntos , formas poé- 
ticas, locuciones , palabras, todo lo toma arrojadamente á. su antojo, si juzga que conviene á 
la expresión de los sentimientos que enardecen su alma. A veces se equivoca, y no sabe her- 
manar la libertad con el buen gusto ; pero así y todo , ¡ cuan distante se halla de aquellos me- 
lindrosos pasí07'<?s de la escuela seudo-clásica , que, en medio de su bucólica llaneza, no se 
atreven á llamar las cosas por su nombre ! La imaginación de Cienfuegos , así como la de 
Vaca de Guzman, era de aquellas que propenden á desmandarse. En otro siglo, ambos ha- 
brían sido poetas francamente romcinticos. El imperio que en su tiempo ejercía la disciplina 
doctrinal embargó sin provecho alguno el vuelo de su fantasía. 

Cuando las vicisitudes de la nación pusieron á prueba el alma de Cienfuegos , se vio bien 
claro hasta qué punto era su temple noble y robusto. Reconvenido ásperamente por Murat 
])orque no ayudaba al triunfo de la dominación francesa , lo contestó con la heroica ente- 
reza de quien antepone á todo su lealtad y su patriotismo. El 4 de Mayo de 1808, esto es, 
en momentos en que hasta la tibieza para con los franceses era un crimen, hizo dimisión de 
su empleo de oficial de la primera Secretaría de Estado , en un oficio dirigido á la Junta de 
Gobierno , escrito con suma valentía. En él declara que «no continuaría sirviendo aunque 
hubiera de costarle la vida» (1). Condenado después á muerte, estuvo á pique de ser fusila- 
do , y se negó á hacer gestión alguna para conjurar el peligro. Sus amigos le salvaron del 
suplicio , pero no de la deportación. Muy enfermo , y con el corazón abrasado por la indigna- 
ción y la pena, fué llevado á Francia. Murió á pocos días de su llegada á Ortez (1809), 

Donde la ninfa del Adur vencido 

Quiero aplacar con ruegos 
La inexorable sombra de Cienfuegos (2), 

A continuación de Cienfuegos , y también por vía de contraste , mencionaremos el nombre 
de don Leandro Fernandez de Moraiin. No cabe hallar dos escritores insignes de más opuesta 
y divergente naturaleza. Cienfuegos todo ])asion , audacia y arrebato; Moratin todo mesura, 
serenidad y atildamiento ; aquél censurable por la extravagancia y la impureza de la dicción 
y por el artificio del estilo ; éste admirable por la pureza , por la propiedad , por el esmero. 
Como poeta lírico, tiene Cienfuegos más alma y más alcance. Pero las poesías de Moratin^ 
un tanto frias por lo general, suelen ser modelos de elegancia, de claridad , de limpio y terso 
estilo, y muy á menudo de intención moral. Cuando son sus versos de índole satírica, sue- 
len encerrar el espíritu observador y la penetrante censura que son propios del poeta cómi- 
co. A veces toma esta censura el recio carácter del anatema filosófico, como cuando exclama ; 

Yo vi del polvo levantarse audaces, 
A dominar y perecer, tiranos, 

(1) Expediente personal de Cienfuegos, en el archivo del ministerio de Estado. 

(2) ¿Mí», 



OLXXTI BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Atrepellarse efímeras las leyes, 
Y llamarse virtudes los delitos... 

Nada hace presumir, al estudiar la vida de Moratin (1), que no estuviese dotado de sensi- 
bilidad verdadera ; pero el hecho es que de esta preciosa cualidad da pocas señales en sus poe- 
sías líricas , como tampoco las da muy claras en sus obras dramáticas. Tal vez procedía esto, 
en parte , del apremio que Morat'm ejercía sobre sus facultades naturales por el afán de no 
desviarse un ápice de la estrecha senda de regularidad y de cordura que imperiosamente lo 
trazaban los preceptistas romanos y los franceses de la escuela del siglo de Luís XIV. Mora- 
tin comprimía sin saberlo su sensibilidad , así como Cienfuegos sacaba de quicio la suya , fal- 
seando ambos en sentido inverso las prendas reales y positivas de su alma. Tenemos de ello 
un testimonio inequívoco en la oda que escribió Moratin á la memoria de su padre. En todas 
las obras en prosa de clon Leandro, en que tuvo ocasión de hablar de su padre , singularmente 
en la Vida que de él escribió, resplandecen los sentimientos de respeto, de ternura, de admi- 
ración. Y sin embargo, cuando quiere cantar su gloria, le ocurre una oda anacreóntica, en 
que no hay un acento del alma, en que todo es trivial, y lo que es más, pagano : 



Llora, Venus hermosa. 
Llorad, dulces amores. 
Del seno de su madre 
El niño do los dioses 
Batió veloz las alas, 
Fugitivo se esconde... 
Ninfas, la queja es vana 



Si dio la Parca el golpe. 
No vuelve lo que usurpa 
El avaro Aqueronte. 
Alzad un monumento 
Con mirtos de Díone, 
Ornado de laureles, 
Guirnaldas y festones... 



¿Es éste el tono digno, sincero y elevado que conviene á la expresión de dolor filial? 
La cordura clásica no era siempre cordura, y Moratin, por evitar yerros de la musa libre, 
caía en otros, no menos reparables , en que incurre la musa encadenada. 

Moratin , como poeta , carece de fantasía , de inventiva , de pasión intensa , de arrebato lí- 
rico. Sus imágenes no son valientes, ó inesperadas como las de los grandes poetas. Apenas 
Be encuentra en sus versos, como en los Lopes , en los Leones y en los Góngoras , un perío- 
do de esos que fascinan por el vigor de la expresión ó por el hechizo misterioso del sentimien- 
to poético. Y sin embargo, las poesías de Moratin se leen con cierto deleite , con aquel que 
causan siempre la firmeza del pensamiento, la pureza de la dicción , la propiedad del estilo, 
la versificación llena y correcta, y el fácil manejo del idioma. 

En estas dos últimas cualidades nadie aventaja, entre los modernos , á Moratin. Permíta- 
senos reproducir aquí , como ameno recuerdo de su estilo íntimo y familiar, la carta que escri- 
bió á don Juan Pablo Forner, dándole noticia de la primera representación de La Comedia 
Nueva , ó El Café; carta interesante en sí misma , y mucho, ademas , para la historia del tea- 
tro español. 

Ahí te envió esa comedia para que, si quieres, laicas, y si quieres también, me digas lo bueno y lo ma- 
lo que hallas en ella. Yo la tenia concluida dos meses há, pero no pensaba en dar paso alguno para que la 
representasen , persuadido de que no era posible que los cómicos se atreviesen á echarla ; cuando, cátate 
quo las trompetas de mi fama, los Loches, los Texajas, etc., etc., comienzan á trompetear y á decir por 
esas esquinas que yo habia compuesto la comedia más exorbitante que jamas se ha visto, y vieras venir á 
porfía los Queroles, los Garcigüelas, los Valieses, los Riberas y las dulces Juanas, pidiéndome comedia, 
de finojos y desmelenado el cabello. Leísela , y quedaron despatarrados ; la estudiaron con ansia ; los molí 
á ensayos , y saqué de ellos todo el partido que sacarse puede. 

Tu cliente Comella, luego que supo que se trataba de echarla, empezó á tramar y alborotar como un 
desesperado, diciendo que la comedia era un libelo infamatorio contra él y su mujer y su hija la tuerta, y 
que yo merecia azotes, presidios y galeras. Presentó un pedimento al Presidente, otro al Corregidor, otro 
al Juez de imprentas y otro al Vicario, para estorbar la representación é impresión de ella ; pidiendo se 

(1) Véase la excelente Vida de don Leandro Fer- fidedigna y, por decirlo así, la más íntima de cuau- 
nandez de Moratin^ por don Manuel Silvela, la máa tas se han escrito del insigne poeta cómico, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIlí. tirará 

ino caatígaae con todo el rigor de las leyes , por ser justicia, y para ello, etc. El Presidente cometió el en- 
cargo al Corregidor, y éste nombró por censores á don Santos y á don Miguel de Manuel; ambos dieron sus 
infonnes separadamente, y según ellos, era menester canonizarme ; al mismo tiempo el Consejo envió la 
comedia á Valbuena, que también la aprobó redondamente ; y entre tanto el Vicario, mi señor (mal infor- 
mado de escribientes y pajezuelos ganados por Comella), se obstinó en no dar el pase y detenerla, no obs- 
tante que era ya precisamente la víspera del dia en que debia representarse. No es posible decirte cuánto 
me hicieron rechinar estas picardías; pero, en fin, 

El dia se vio distinto, 

Y al fin triunfó Carlos Quinto 

Del poder de Barbarroja. 

El Corregidor la despachó bien, el Vicario se vio precisado á soltarla, el Consejo permitió la impresión, 
y se representó el dia 7 (Febrero de 1792, en el Teatro del Principe). 

La turba multa de los chorizos (1), los pedantes, los críticos de esquina, los autorcillos famélicos y sus 
partidarios ocuparon una gran parte del patio y los extremos de las gradas. Todo fué bien ; el público no 
perdió golpe ninguno, y aplaudió donde era menester ; pero cuando en el segundo acto habla don Serapio 
de los pimientos en vinagre , fué tal la conmoción de la plebe choriza y el rumor que empezó á levantarse, 
que yo temí que daban con la comedia y conmigo en los infiernos. Pero los que no comen pimientos los 
hicieron callar y sufrir, y se acabó la representación con un aplauso general, que bastó á vengarme de loa 
trabajos padecidos. 

No obstante , como se desató tanto demonio por calles y rincones diciendo pestes de ella , quedó incierto 
su crédito en el primer dia; pero el éxito del segundo, como el de los siete que duró, fué tan completo, que 
excedió á las esperanzas que todos teníamos, y fué superior sin duda al que tuvo don Roque (2). 

La ejecución fué bastante buena ; y la Juana, la frígidísima y yerta Juana, hizo maravillas; admiró en 
su papel á cuantos la oyeron, y á cada instante la interrumpían con aplausos (3). 

Esto es cuanto hay que decir acerca de la tal comedía, puesto que los delirios y vaciedades que se oyen 
por ahí en boca del pestilente Nifo, el pálido Higuera, Concha, Zavala y la demás garulla de insensatos, 
son buenos para oidos, pero fastidiosos de escribirse. Lo restante del piiblico la ha recibido con mucho en- 
tusiasmo, la gente bien intencionada piensa que una obra como ésta debia causar la reforma del teatro; 
pero yo creo que seguirá como hasta aquí, y que Comella gozará en paz de su corona dramática. 

Ayer fui á un baile que tuvo la madre Mariana. Arhuxeciué bastonero : estuvo don Agustiníto, Cordero, 
los Maj'orgas, Vinagrillo, etc. , etc. , toda la canalla polaca , y me divertí hasta las once , que viendo que 
no estabais tú ni Bernabeu , sentí la falta y me vine á dormir. 

Pásalo bien ; no ahorques á nadie, y haz hijos , que es lo mejor que puede hacer un fiscal. Adiós. 

Boy 22 (Febrero de 1792). — Leandro (4). 

A Cienfuegos corresponde la gloria de haber abierto el camino á la briosa y elevada poesía 
de Quintana , que por la majestad de la entonación , por la energía de los sentimientos y por 
la grandeza moral, no tenía ejemplo entre nosotros. No entraremos aquí en el examen de este 
eminente poeta , cuyas obras se lian publicado ya en un tomo de la presente Biblioteca. He- 
mos tenido honrosa ocasión de consignar ampliamente nuestro juicio sobre Quintana en un 

(1) Sabido es que en el siglo último los entusias- presentada el 22 de Mayo de 1790, que fué la pri- 
tas del con-al ó Teatro del Príncipe se llamaban mera que Moratíu dio al teatro. 

CHORIZOS, y se distinguían con una cinta color de (.3)- Esta Juana, á quien llama Moratin/;'i'^íí7i5Í- 
oro en el sombrero ; los del Teatro de la Cruz pola- ma , y que desempeñó con tanto acierto el papel do 
eos, y llevaban una cinta azul celeste. A aquella doña Mariquita, es Juana García, que, á pesar de 
denominación dieron origen, en 1742, unos chorizos su falta de animación, gustaba al público por su ju- 
que comía en un entremés un gracioso de la compa- ventud, por su belleza, por su simpática entonación 
fiía de Manuel Palomino ; á ésta un fraile trinitario y por la nobleza y compostura de sus modales. Los 
descalzo, el padre Polaco, incansable y furibundo demás papeles fueron desempeñados : el de doña 
voceador, que acaudillaba la parcialidad enemiga del Agustina, por Polonia Rochel ; el de don Eleuterio^ 
Corral del Príncipe. Estos bandos se hacían encar- por Manuel García Parra ; el de don Hermúgenes, por 
nizada guerra , y Huerta, que los defiende de las acu- Mariano Querol ; el de don Pedro, por Manuel Tor- 
eaciones de Signorelli (Sloria critica dei teatri) di- res. 

ce de ellos candorosamente : « De esto no ha resulta- (4) Esta carta está fielmente copiada del auto- 

do nunca más perjuicio que el de haberse dado al- grafo que se conserva entre los papeles de Forner, 

temativamente algunas puñadas tal cual vez.» No ha sido incluida en las Obras Postumas de Mo- 

Los partidarios del Teatro de los Caños se llama- ratin , recientemente publicadas de orden y á expen- 

ron PANDtJRCs. sas del Gobierno. ) 

(2) Alude á la comedia El Viejo y la Niña, re- 



CLXXviIl BOSQUEJO HISTÓRICO CBITICO 

escrito á él especialmente consagi-ado (1). Bástenos decir aquí que el autor de la oda A la in- 
vención de la Impreyíta , que eclipsa á todos los cantos de los poetas europeos al mismo asun- 
to; el cantor de la propagación de la vacuna , del armamento de las provincias españolas, del 
comíate de Trafalgar y de otros objetos grandes y poéticos , ocupa el primer lugar en la lí- 
rica elevada de España. Y ¿quién pudiera disputárselo? Herrei'a tiene sin duda entonación 
grandilocuente ; pero es su estilo uniforme y encopetado, y harto visible el artificio de sus 
líricos arrebatos ; en tanto que el entusiasmo de Quintana es más vario, más sincero, más con- 
movedor y más simpático. 

Quintaría tiene ademas la gloria de representar en la historia de las letras de su tiempo 
cierta relajación del rigor de las formas y de las rutinas seudo-clásicas , que su educación li- 
teraria habia imbuido en su ánimo. Escribe doctrinalmente acerca de las églogas, pero ja- 
mas las cidtiva. Eran contrarias á su brioso instinto poético. Ni aun quiere llamar odas á sus 
magníficos cantos. ¿Qué le importa el nombre? No cuadran á su índole las clasificaciones 
que comprometen y embarazan. Sus cantos son los ecos de su alma. ¿ Qué más necesita? Juz- 
gábase, no obstante , fiel sectario de la escuela clásica, y aun de ello blasona, y por eso es- 
coge con tan meticuloso espíritu los modelos de su Tesoi^o del Parnaso español. Pero era 
clásico al modo de Ajidré Chénier, que, llevado por el impulso irresistible de su inspiración 
sincera y vi o-orosa, más que á las artificiales lumbreras del Parnaso francés, se asemeja á 
los grandes poetas de la antigua Grecia. A Quintana puede aplicarse lo que decia de Alfieri 
madame de Staél : Cest un homme transplanté de Vantújuité dans les temp)s modernes. 

No pudiendo copiar aquí , completo, nuestro extenso examen de las brillantes prendas poé- 
ticas de Quintana , creemos oportuno publicar una parte de la carta literaria que , acerca de 
aquel estudio, tuvo la bondad de dirigirnos el ilustre escritor Marqués de Pidal. Esta carta 
contiene un juicio del esclarecido poeta; juicio lleno de alta imparcialidad y sano criterio, que 
hasta por haber sido escrito con la rapidez y lisura de quien no se dirige al público, ofrece 
especial interés , como obra de aquella docta , honrada y competente pluma : 

Roma, 11 de Abril de 1858. 

Leí 6U Discurso de V. con grandísima satisfacción... V. ha juzgado á Quintana como yo le he juzgac^o 
siempre, y por lo mismo es natural que el juicio de V. me haya parecido muy acertado. En cuanto á la 
forma , á la elocución , al estilo de Quintana , tendrá , si se quiere , todos los defectos que sus impugnado- 
res le achacan, pero en cambio nadie negará que tiene un aliento, un calor, un ímpetu que arrastra y arre- 
bata con tanta rapidez el ánimo, que no deja percibir siquiera estos defectos. Por eso es el poeta de la ju- 
ventud; por eso, cuando yo formaba parte de ella, sabía todos sus versos de memoria, y reconciliaba con 
las Musas á los enemigos de la poesía con sólo leerles ó recitarles algunas de sus composiciones. Pero V. 
tiene completa razón. Quintana era el eco del entusiasmo, de las ilusiones y hasta de los rencores que ins- 
piraban la filosofía y el sentimentalismo del siglo pasado. Yo alcancé esa época de ilusiones de buena fe, de 
esos odios patrióticos, de esas apreciaciones históricas absurdas ; y aunque ya debilitadas aquellas ideas 
por. otras que comenzaban á difundirse, y que han prevalecido después, reconozco ahora que si yo hubie- 
ra sido entonces poeta, hubiera escrito como Quintana. Fui injusto con él en algunas cosas que escribí en 
contra suya, no haciéndome cargo- de que, si yo pude, como joven , abrir mi corazón y mi cabeza á otras 
afecciones, á otras ideas , él era demasiado viejo ya para renunciar á lo que habia sido el alma de sus sen- 
timientos y el principio de sus relaciones como hombre de partido; á lo que le habia hecho sufrir, á lo que 
habia formado el principio de su gloria. Fuimos , á lo último, amigos, como pueden serlo dos personas que 
sobre el fondo de las cosas pensaban de tan distinto modo, y vi entonces que Quintana no era ni podía 
ser otra cosa que lo que lia sido; porque aquellas ideas, y las formas mismas en que las expresaba, eran su 

carne y sangre. 

¡ Qué lástima que el cantor de Juan de Padilla y de los misterios que encierra el Escorial no hubiera 
pensado de otro modo, no hubiera juzgado de otra manera acerca de nuestros grandes hombres, acerca de 
nuestra misión civilizadora en una gran parte del mundo antiguo y moderrio, y conservadora en Europa 
contra la invasión de los turcos y contra la anarquía moral y destructora que llevaban en su seno las sec- 

(1) El autor del presente Bosquejo histórico es- Academia Española, el Juicio crítico de Quintana 
cogió para asunto de su Discurso de entrada en la como poeta lírico. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CLXXix 

tas protestantes! ¡Cuánto no hubiera contribuido á restaurar nuestra gloria nacional, tan oscurecida boy 
por los escritores de su escuela, nacionales y extranjeros, y tan vilipendiada por el mismo Quintana en al- 
gunos de sus versos! ¿Cómo, decia yo en la impugnación á que he aludido arriba, pueden amar á su pa- 
tria los que se la representan como el vivero de hombres feroces , colosos para el mal, y no ven más hombres 
dignos de alabanza en su patria que al solo Padilla...? 

En fin, su Discurso académico de V. sobre las obras de Quintana, pasa á ser algo más que un discurso 
de crítica literaria. V. tiene razón en su juicio, y ha sido una buena acción el osar decirlo públicamente en 
el tiempo de la pasión que hacia sus ya algo olvidados versos ha vuelto á renacer en esta sociedad, que ya 
no se entusiasma por nada. 

Aproveche V. el buen tiempo para irse á Vieua, etc.. (1). 

Juzgamos deber reproducir ahora algunos párrafos de nuestro juicio sobre Quintana, que 
tan alto se levanta entre las medianías, más ó menos estimables, de los últimos años del 
siglo XVIII : 

«La imagen de la libertad política, cebo natural de imaginaciones ardorosas y juveniles, 
perseguía á Quintana como un fantasma seductor. Una especie de apoteosis A Juan de Pa- 
dilla fué el primer canto de su musa patriótica. Muy censuradas han sido en esta composi- 
ción las tendencias irreflexivas , la falta de sentido histórico y las exageraciones pomposas 
contra tiranías en no escasa parte imaginarias. Verdad es que cuando Quintana escribía su 
magnífico canto, ciego y desalumbrado con la pasión que le inspiraba, ponía más alto el 
nombre de Padilla que la augusta fama de Carlos V , á quien no titubea en agregar 



añadiendo después : 



Al odioso tropel de hombres feroces , 
Colosos para el mal ; 

¡ Y sus nombres aun viven ! y su frente 

Pudo orlar, impiulente, 
La vil posteridad con lauros de oro! 



))Ya veis cuan amargamente deplora que la fama haya llegado á iluminar con sus glorío- 
sos resplandores la memoria de Carlos V y de otros grandes hombres. 

» Intolerancia sería de parte de la crítica ensañarse contra estos extravíos poéticos de una 
imaginación acalorada é inexperta. Trasportaos , señores , mentalmente á los últimos años 
del siglo XVIII ; tened en cuenta la influencia dominadora de las nuevas ideas, que á la sazón 
estremecían y trasformaban el mundo moral ; el humillante cuadro que ofrecia entonces el 
Gobierno de España; y los arrebatos, los delirios, las quimeras de un corazón de veinticinco 
años , ansioso de renovación y de libertad, y comprenderéis, y disculparéis, y acaso en voz 
baja aplaudiréis bajo el aspecto poético, el generoso espíritu que dictaba á Quintana la glo- 
rificación de Padilla, triste recuerdo y emblema de contiendas civiles. 

» Y ¿cómo no admirar las prendas hterarias que resplandecen en el canto á Padilla? Desde 
los tiempos dorados de nuestra literatura no había sonado la lira castellana con majestad tan 
alta , con tan noble soltura , con entonación tan robusta. A la trivialidad de los asuntos , á la 
languidez de las formas , han sucedido animada elegancia , sentimientos de fuego , arrebatos 
de indignación. Ved cómo habla á los castellanos la sombra de Padilla : 



Indignamente hollada 
Gimió la dulce Italia , arder el Sena 
En discordias se viú ; la África esclava ; 

El bátavo industrioso 
Al hierro dado y devorante fuego. 
¿De vuestro orgullo, en bu insolencia ciego, 



Quién salvarse logró ? Ni al indio pudo 
Guardar un ponto inmenso, borrascoso, 

De sus sencillos lares 
Inútil valladar ; de horror cubierto , 
Nuestro genio feroz hiende los mares, 
Y es la inocente América un desierto. 



(1) El Marqués de Pidal , cuando esto escribía. 
Be hallaba en Roma de embajador. Pasados algu- 
nos años volvió á leer su carta en Madrid , y nos 



autorizó á publicarla cuando hubiese ocasión para 
ello. 



CLXXi BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

))¡ Cuan bellos versos! ¡Cuánta seducción sabe dar el poeta á esa inconsiderada filantropía , 
que está á punto de tomar por iniquidades el sobrehumano descubrimiento de Colon y las 
portentosas proezas de los civilizadores de América ! Bien mirada , esa inocencia de América, 
que Quintana no cesó de proclamar después , y que consignó especialmente en aquel tan 
aplaudido verso : 

Virgen del mundo , América inocente , 



bo pasa de ser una ilusión obstinada de poeta y un deslumbramiento de filósofo. América 
no era aquella fantástica isla de Pancaya, de que nos habla Diodoro , prodigiosa mansión de 
inocencia, de paz y de ventura. Las mejores razas americanas se hallaban poco distantes del 
estado salvaje , y no eran en verdad dechados de inocencia los caribes antropófagos con quie- 
nes tropezó muy luego el descubridor del Nuevo Mundo. 

» Quintana, y sea dicho sin mengua de su gloria, llevaba, como todos los grandes poetas, 
el raudal de su inspiración por el cauce genuino y privativo de su alma , más inclinada á los 
sentimientos enérgicos y varoniles que á las meditaciones místicas y á las blandas emocio- 
nes de la melancolía y de la ternura. El amor á Dios y el amor á la mujer mueven poco el 

corazón de Quintana Habia templado harto reciamente sus ideas en el confuso torbellino 

de errores y verdades desencadenado por el impulso de las revoluciones , que, semejante al 

torbellino del mundo físico, arrasa y trastorna más que despeja y purifica Quintana se 

conmueve ante la imagen de lo bello y lo grande , y su alma se estremece al aspecto de la 
opresión y de la injusticia. Dios estaba en el fondo de su corazón. Pero ¡ cosa extraña ! ¡ sin- 
gular poder de las preocupaciones ! una sola vez, y como por acaso , suena en la poesía lírica 
de Quintana el nombre de Dios ; y ni una vez siquiera levanta su musa á los sublimes ámbi- 
tos del mundo invisible; ni una vez responde su alma á las voces místicas del cielo con cán- 
ticos de adoración, que están sin cesar resonando en la lira de los poetas cristianos 

)) Como se ve , la musa de Quintana no es la ninfa vaporosa y ligera que acaricia y deleita; 
es la matrona graA'e é inexorable, que sólo sabe amar sus encumbrados ídolos : el heroísmo, 
la ciencia, la patria, la libertad. Pedidle ardientes sentimientos , gritos de indignación, him- 
nos de gloria ; pero no le pidáis didces engaños , ni ilusiones doradas. 

)) El amor á la humanidad es uno de los más puros y nobles manantiales de la poesía de 
Quintana A este linaje de emoción moral pertenece, si bien mezclada con la emoción po- 
lítica , la admirable oda A la invención de la Imprenta. En casi todas las naciones civilizadas 
ha habido escritores que entonen himnos á la imprenta ; pero ninguno , podemos decirlo sin 
que se nos tache de engreimiento nacional , ha sabido hallar tonos tan altos , miras tan tras- 
cendentales y acentos tan grandilocuentes. A la luz del progreso humano , la mente de Quin- 
tana se conmueve y se inflama , y aquí se juntan en su ánimo el amor á la gloria , el amor 
á la ciencia y. el amor á la libertad. 

X) Deslustran alguna vez el eminente canto A la invencioii de la Imprenta y la poética fanta- 
sía El panteón del Escorial, preocupaciones y arrebatos inspirados por la especie de frenesí 
que infundieron , á fines del siglo último , en imaginaciones vehementes las doctrinas escép- 
ticas El noble horror de Quintana al despotismo, exagerado y desquiciado con sus fan- 
tasmas de opresión , le lleva á desatender las condiciones y las influencias históricas , á olvi- 
dar los móviles morales de los tiempos pasados y hasta á calumniar los caracteres. Su apa- 
sionada musa convierte á Felipe II en un vulgar tirano , y á Carlos V en un conquistador 
arrepentido El príncipe don Carlos , llamando hipócrita, supersticioso y fanático á su pa- 
dre en un diálogo lleno de rencorosas acriminaciones , es un cuadro repugnante al buen gus- 
to y al sentido moral , que no alcanzan á hacer simpático todo el encanto y toda la fuerza 

poética de la imaginación de Quintana Pero olvidemos, engracia délas inspiraciones del 

poeta sublime , los arrebatos del filósofo extraviado; y con tanto mejor voluntad; cuanto que 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. ÓLXXXÍ 

la filosofía de Quintana, crimen fué de su tiempo, y no suyo. Aquellos versos , tan censurados 
porque encierran un duro ataque á la veneranda Iglesia católica , 

Osó fundar su abominable solio? 

«Dura, sí; mas su inmenso poderío 
Desplomándose va ; pero su ruina 



«¿Qué es del monstruo, decid , inmimdo y feo 
Que abortó el dios del mal , y que insolente, 
Sobre el despedazado Capitolio , 
A devorar el mundo impunemente, 



Mostrará largamente sus estragos., 



son reflejo de algunas palabras del rey Federico II. Esos alardes de incredulidad desenfa- 
dada, esos declamatorios vaticinios , esos desmandados ataques á la majestad de la religión, 
son achaque ineA'itable y universal de las grandes turbaciones sociales, que enflaquecen y que- 
brantan los principios fundamentales en que descansa la conciencia humana. Pero estas crisis 
pasan al cabo, como las tormentas de los mares; los santos instintos que Dios depositó en nues- 
tra ahna prevalecen sobre Las discordias y deleznables creencias que en su seno atesoran las 
revoluciones , y tarde ó temprano triunfa del entusiasmo del error el entusiasmo de la ver- 
dad 

» La patria, la gloria, la libertad: aquí está Quintana en su esfera propia y nativa; aquí 
explaya libremente los tesoros de su elocuencia y el fuego de su fantasía ; aquí se presenta 
clara y resplandeciente la individualidad del autor, sin la cual no son las artes más que pá- 
lidos reflejos de las inspiraciones ajenas. Guzman el Bueno y el Comíate de Tr'afalgar des- 
piertan en la imaginación del poeta la espléndida imagen del heroísmo de los españoles, y su 
alma se templa y se levanta al nivel de las grandes acciones que describe. 

«En las odas Al armamento de las provincias esjyañolas contra los franceses , y A Esjmña , 
después de la revolución de Marzo, sube la inspiración á las regiones más altas y más encen- 
didas del entusiasmo patrio. El cuadro de la antigua grandeza nacional con que empieza esta 
última obra , amargo contraste del esplendor pasado y de la decadencia presente , es uno 
de los períodos más elocuentes que se han escrito en verso castellano. Vibran en el corazón 
de Quintana las cuerdas de su impetuoso patriotismo al ver ruinoso y desdorado el mag- 
nífico edificio del poder y de la gloria de la nación. ¡ Con qué varonil entusiasmo, con qué 
estoica entereza exalta, concitando á la guerra, la fiera independencia de los españoles! 

)) Para encontrar acentos tan vigorosos tenemos que acudir á la musa libre y denodada de 
la Grecia. Tirteo, templado por el espíritu espartano, no pintaba con mayor vehemencia la 
gloria de morir por la patria en las sangrientas guerras de Mesenia; no cantaba Simónides 
con estro más arrebatado el sublime desastre de las Termó])ilas y las hazañas de Maratón, de 
Salamina y de Artemisio ; no ensalzaba Píndaro con más independencia ni con más entusias- 
mo á los héroes de Olimpia , de Nemea y de Coriuto. La musa lírica latina no nos ofrece na- 
da que en elevación, en majestad y en brío pueda compararse con las fogosas insjñraciones de 
Quintana. Horacio es sin duda más correcto, más conciso, más puro, y por decirlo así, más 
atildado;' pero, no lo dudéis, no tiene ni su fuego, ni su espontaneidad, ni su ñierza. Hora- 
cio reflejaba la sociedad epicúrea en que vivía; seguía en sus versos la filosofía superficial y 
condescendiente que cuadraba á su vida alegre y regalada, y cantaba la fortaleza estoica 
{Justum ac tenacem) al son de los halagos de Mecenas , como Cicerón escribía su paradoja so- 
bre la economía en una mesa que le había costado doscientos mil sestercios. 

»Todo esto dista mucho de la musa austera de Quintana, que, si no tiene, para volar al 
cielo, las alas de Klopstock ó de Lamartine, ni hace brotar del alma delicadas flores de ternu- 
ra al influjo de una mirada, de una lágriina ó de un suspiro, tiene afrentas para los sentimientos 
viles , anatemas para la opresión , palmas para las acciones nobles ó heroicas, coronas de glo- 
ria para las virtudes de la patria. A este entusiasmo por la belleza moral , que hace subir el 
pensamiento á Dios , centro de donde viene y adonde va toda belleza , allega Quijitana el 
culto de la forma hasta el punto de competir con los modelos más nobles de la poesía del gen- 
tilismo. Para convencerse de ello basta leer su cauto A la Danza, tan lleno de imágenes, do 
lozanas galas, de elegantes giros, de amor á la hunnosura plástica. No os hublo de su adnú- 



CLXXXn BOSQUEJO HISTÓRICO CÜÍTICÓ 

rabie canto Al Mar, alianza feliz de la musa antigua y de la musa moderna. En ¿1 ha hecto 
Quintana lo que debe hacer todo poeta que aspire á unir la pompa , la animación y los colores 
del mundo de la materia, con las abstracciones , los éxtasis y los sentimientos del mundo del 
espíritu: hermanar el cielo con la tierra, modelar con manos cristianas el mármol de la anti- 
güedad. 

D Quintana j si no sabe sostener siempre la unidad limpia y tersa del lenguaje, es, por su 
temple , su elevación y su nobleza , digno alunmo y rival de la musa antigua. No ha produ- 
cido con sus obras ese rumor fugitivo quo tomamos por gloria, y que á veces no es más que 
el eco de nuestras pasiones y de nuestros entusiasmos de un momento. Ha grabado su alma 
en su poesía, y ha dejado estampada en ella el sello de la inmortalidad. Su nombre vivirá 
mientras viva el habla castellana , mientras alienten corazones españoles que sepan palpitar al 
recuerdo de la gloria y de la grandeza do la patria. » 



CAPITULO XVI. 

Copleros andaluces. — Muñoz de León. — López de Palma. — González de León. — Repiso Hurtado. — Jaén. — 
Escuela poética sevillana. — Su carácter meticuloso é imitador. — Su gran mérito relativo. — Miembros distin- 
guidos de la escuela. — Pléyade poética. — Xuñez. — Castro. — Roldan. — Arjona. — Reinoso. — Lista. — Ma- 
tute. — Mármol. — Escuela gi-anadina. — Alonso. — Escuela valenciana. — Martinez Colomer. 

Sevilla, la patria de los Herreras, de los Riojas y de los Arguijos, es decir, uno de los cen- 
tros más gloriosos de noble, limpia y elevada poesía, habia caído, en el siglo xviii, en un 
abismo de vulgaridad y de afectación literaria, que dejaba atrás, si cabe , los delirios cultos 
y conceptuosos y las insulseces /)rosáica5 de Madrid, de Zaragoza, de Valencia y de Salaman- 
ca. El contagio del estragado gusto de los Montoros y de los Benegasis , que allí también eran 
.mirados como lumbreras del Parnaso, no sólo fué grande en las ciudades literarias de Anda- 
lucía , sino que acabó por paralizar toda inspiración y hasta el amor á la poesía , que habia 
sido en todos tiempos cualidad peculiar de la imaginación amena de los pueblos meridio- 
nales de España. Ni un Gerardo Lobo siquiera se presentó á alumbrar con tibia luz aquel 
anublado cielo del estro antiguo de Andalucía. La conmoción civilizadora que produjeron en 
la nación entera los reinados de Fernando VI y Carlos III dio algún impulso á los ade- 
lantamientos intelectuales. En 1751 se fundó la Academia Sevillana de Buenas Letras; pero 
este instituto se consagró principalmente á estudios arqueológicos y á otras graves investi- 
gaciones científicas, y las letras amenas continuaron inertes ó envilecidas por el mal gusto 
y por la pública indiferencia. Coplas chocarreras , sembradas de equívocos y de chuscadas de 
ruin linaje , en que salían por lo común tan mal parados el gusto como la decencia , consti- 
tuían la poesía andaluza. 

Uno de los poetas sevillanos menos conocidos , y no de los peores de la extrema decaden- 
cia á que llegó la poesía andaluza durante el siglo XViii , es don Luis José Muñoz de León y 
Ocaña. Habia escrito en sus juveniles años varias vidas de santos en verso, alguna cu octa- 
vas , las más en romance endecasílabo, y tales eran su afición á la poesía y su religioso es- 
píritu, que todavía en 1771, á los setenta y cinco años de su edad, «baldado de un brazo, 
trénmlo de cuerpo y casi ciego», escribió un prolijo poema A Santa Catalina de Sena (1). 

(1) El autor mismo lo refiere en el prólogo del de Muñoz de León se hallan manuscritas en la bi- 

poeraa. Tiene éste el siguiente título : Easf/o aúnio blioteca provincial de Cádiz. Debemos el conoci- 

y poema heroico en que se describe la vida de la se- miento de este poeta á la bondad y diligencia do 

rúfica virgen Sania Catalina de Sena (códice en 4.°, nuestro amigo el señor don Adolfo de Castro. 
3£»ó fojas). Este poema y las demás obras poéticas 



DE LA POESÍA CASTELLANÍA EX EL SIGLO X.YU1. CLXXxm 

Estas obras, y otras puramente líricas, de Muñoz de León se resienten por lo común del dis- 
creteo, del equívoco, del alambicamiento, que estragaban las letras en aquel triste período de 
transición. La menos incoiTecta de sus poesías es una paráfrasis del salmo L de Da- 
vid , en ciento cincuenta estrofas. Algunas de ellas hay que , aunque poco esmeradas en la 
dicción y no del todo limpias de los resabios de la época , se acercan algo á la noble senci- 
llez que debe reinar en la poesía sagrada. Sirvan de muestra las siguientes del exordio : 



Pan de lágrimas sea 
El continuo alimento que yo use, 

Porque en su gusto vea 
A qué sabe el dolor, no lo rehuse ; 

Que aunque lo amargo abarca, 
Alimento también fué de un monarca. 



Del dolor la vehemencia 
Rompa mi corazón , y en este giro, 
Con tu sacra asistencia, 



También rompa el silencio mi suspiro; 

Y puesto que á vos llego. 
Lo que os pide, Señor, logre mi ruego. 



Y pues la voz sonora 
Que amorosa espresó tu labio amanto 

A aquella pecadora 
Magdalena, contrita, fué bastante 

A eximirla de agravios, 
Oiga yo la voz misma de tus labios... 



Otro de los menos insulsos , entre aquellos copleros , fué el médico sevillano don Antonio 
López de Palma, muy dado al estudio de las humanidades; hombre de agudo ingenio, pero 
que siguió la corriente de su tiempo y de su país , y malogró, como tantos otros, sus prendas 
naturales (1). Compuso varios escritos satíricos , entre ellos dos que cautivaron la atención 
pública por el desenfado y la intención de sus chistes : Romances contra los tomistas , y Pan- 
tomirndquia patética, ó Títeres fantásticos. Publicó esta última sátira en Málaga, con el seu- 
dónimo de don AnÓ7iimo Chacota. El instinto satírico de López de Palma era grande. Lista, 
adolescente todavía, conoció á este popular poeta, y nunca olvidó su desembarazo y su do- 
naire. Matute lo coloca entre los hijos insignes de Sevilla. Gallardo dice de él que « sin exa- 
geración puede afirmarse que fué el Isla sevillanos (2). Gallardo exagera. López de Palma, 
aunque zumbón y agudo, no tiene ni la abundancia, ni el alcance, ni el rico lenguaje, ni la 
intensa irom'a del jesuíta leonés. 

Merece igualmente ser mencionado en este histórico bosquejo otro coplero sevillano, que 
también conmemora J/aíwíg y alaban Lista y Gallar-do: don Antonio González de León., que 
desempeñó, entre otros cargos, el de oficial del Archivo general de Indias , y fué individuo 
de la Academia de Buenas Letras de Sevilla. Este escritor es una verdadera antítesis de su 
contemporáneo y paisano López de Palma. E ste , dado á la sátira vulgar y chocarrera , se con- 
sagraba con ahinco y respeto á las humanidades; González de León, que con predilección cul- 
tivaba la lírica , desdeñaba el estudio de las humanidades y «no perdía ocasión alguna de ridi- 
culizarlo D (3). Como se ve , había algo anómalo y singular en la índole poética de ambos es- 
critores. González de León leyó en la Academia de Buenas Letras un estudio titulado Re- 
flexiones sobre las obras de ingenio y de elocuencia. Era hombre de pensamientos levantados, y 
habría podido acaso ser buen poeta en mejores tiempos y en esfera más literaria (4). También 

(1) Miu-ió en Abril de 179-2. 

(2) Apuntes autógrafos de don Bartolomé José 
Gallardo. 

(3) Palabras de Lisia. 

(4) Creemos conveniente poner aquí algún ejem- 
plo del estilo poético de González de León . para que 
Be forme idea de lo que eran los mejores poetas de 
Sevilla en el reinado do Carlos III. Tomamos el 
ejemplo de un drama alegórico relativo á este rei- 
nado: 

lA. SABIDURÍA. 



(Recuerda el restablecimiento de la universidad de Sevilla por 
Cirloa m , y caracteriza las ciencias , las artes y la indngtria.) 

Tú . grande Teologia , santo estudio, 
Qoe ¡A cieucia de Dios tratas y enseSas, 



Y su dogma y misterios revelados 
Prestas á la observancia y la creencia; 

Tú , oh Ciencia del Derecho, que derivas 
Tn justicia del que es Justicia eterna, 
De cuya potestad las potestades 
Han el poder de que usan en la tierra; 

Tú , Medicina , criada del mnr Alto 
Para ocurrir del hombre á las dolencias; 
Pilosofia , que al conocimiento 
De la Causa de causas, fiel nos Uevas ; 

Tú, oh gran Maíesit (a), que los senos hondot 
De la madre común nos manifiestas, 

Y en proporción , en número y medida, 
Á ejemplo del gran Dios . fijas tas reglas; 

Vos, Xoblcs Artes , que imitáis las obras 
Del Hacedor de la naturaleza ; 



(a) lf»t«initi(». 



t'LXXXl^ BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

escribió versos festivos , entre ellos , Romances descriptivos de la vida de Olivares (MS.), y 
obras lio-eras para el teatro, como la zarzuela El hijo de Ulíses (impresa en 1768), y los sai- 
neto»; El poeta cómico (1768), sátira contra los vicios del teatro, así de autores como de co- 
mediantes, j El francés por devoción (MS.), sátira contra los jóvenes infatuados con las 
ideas y costumbres francesas; pensamiento burlesco, que más adelante reprodujeron, en dife- 
rente forma, doña Rosa Gal vez en la comedia Un loco hace ciento, y Sánchez Barbero en la 
sátira Los viajeriUos. 

Al terminar el reinado de Carlos III, el presbítero don Francisco Buendia y Ponce, de es- 
casísimo numen, compartía la gloria poética con González de León, j ambos pasaban en Se- 
villa por los mcíjores representantes de los inmortales poetas que en venturosos tiempos había 
inspirado el privilegiado cielo de Andalucía. Ambos fueron designados por aquella ciudad 
ilustre para celebrar el advenimiento al trono de Carlos IV (1). 

Un presbítero ilustrado y laborioso, do?i Luis Repiso Hurtado, cura beneficiado de Lucena, 
individuo también, aunque honorario, de la Academia de Buenas Letras de Sevilla, y gran- 
de amio-o del Conde de Noroña, gozaba en Córdoba de cierta nombradía de poeta en la se- 
gunda mitad del siglo xviii. Escribió obras líricas y dramáticas. Pero era temerario su em- 
peño. No hay en sus versos, impresos ó inéditos, destello alguno del arrebato de los verda- 
deros poetas. Sus poesías son triviales é insulsas , y con razón la posteridad las ha olvidado 
para siempre (2). 

En Cádiz habia logi'ado asimismo cierta fama, y tenía por Mecenas al esclarecido Marqués 
de la Victoria , don Alonso Jaén y Castillo, zurcidor de cantos épicos de la más ])erversa ín- 
dole que puede imaginarse. A los vicios literarios de la época, unia Jaén falta de imagina- 
ción y sentido poético, y falta mayor todavía de sentido armónico. Así acaba una de las oc- 
tavas del poema heroico que escribió A la vida y virtudes de la reina doña María Amalia de 
Sajonia , esposa de Carlos IlL : 

Y el que teme insulto ó el que juzga amago, 
Lo siente golpe y lo llora estrago... 

¡ Qué idea tendría este descaminado versificador del acento y de la cesura en los versos en- 
decasílabos! y lo más peregrino es que el poeta que tan absolutamente ignoraba las circuns- 
tancias elementales de la métrica , era ¡ (|uién podría presumirlo ! projesor de bellas letras en 
la ciudad de Cádiz. 

Ocioso sería añadir nuevos testimonios al deplorable cuadro de la poesía andaluza en el pe- 
ríodo de la decadencia. Hombres verdaderamente ilustrados , y todos ellos poetas más ó me- 
nos aventajados , pero libres ya del vulgar ó pedantesco espíritu que allí subyugaba las letras, 
hicieron cuanto estuvo á su alcance por introducir en Sevilla la reforma del gusto, que tan 
rápidos progresos habia hecho en Salamanca y en Madrid. Trigueros, Olavide, Jovellanos, 
el padre Miras, Vaca de Guzman, Forne.r : éstos fueron, ya con el ejemplo, j'-a con la doctri- 
na, los más activos promovedores déla depuración de las letras en aquella tierra privilegiada 
de la gracia y de la inspiración. Don Pablo de Olavide , asistente de Sevilla, no se contejita- 
ba con satisfacer para sí propio sti ferriente afición á las ciencias graves y á las letra» ame- 

T tú , Industria , bosquejo, sombra , indicio Ee la desolncion y la miseria 

De la sabia y sublimo Providencia ; Del humano linaje 1... 

Vosotras todas vuestro ensalzamiento 

Debéis á los Borbones... (1-) El padre Manuel Gil levanta ;i las nubes el 

La Jum/^rMífcncía, después ele manifestar sus al- estro de estos infelices poetas. — Relación de la 

tos oficios de conservar en paz y justicia los esta- proclamación del rey don Carlos JV, y fiestas con 

dos y velar sobre las costumbres , exclama : q^^e la celebró la muy noble y muy leal ciudad de 

1 Oh dulce humanidad , cuan más segura Sevilla. — Madrid, imprenta de Ibarra, 1790; en 

Estás en esta edad que no en aquella f ólio 

De confusión , de estrópito y desorden , ,„,, »»' i , • ^ n • rr i J __. i 

En que acalló á la ley la prepotencia . (2) Vcase el art.culo Rcpiso Hurtodo en nuestríi 

El bando y el partido I... ; sigioá tristes RcscTia dc varlos poetas líricos del siglo xyni. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CLXXXV 

Das. Reunía en su palacio á los hombres más doctos y brillantes que encerraba Sevilla , y to- 
dos tenían por dulce solaz rendir culto, con el ejemplo y la doctrina, á las letras útiles ó ame- 
nas que civilizan y ennoblecen los estados, Jovellanos , el religioso murciano fraí/ Miguel de 
JSñraSj y más adelante Forner, fueron allí los primeros propagadores de las poesías do fray 
Diego Gómale:: y y los qiie dieron á conocer las sabrosas primicias del ingenio poético de Me- 
Icndez, de Iglesias y de otros poetas de Salamanca, ciudad á la cual cupo la gloria de antíci- 
¡)arse á todas las demás en la restauración de la sensatez literaria (1). 

Estos laudables esfuerzos parecían estériles. La nueva doctrina no cundía. Sólo la enco- 
miaba y aplicaba un limitado grupo de personas doctas, que, en su aislamiento, tenían tra- 
zas de antiguos sacerdotes iniciados en im misterio que había de quedar fuera del alcance po- 
j)ular. Las reglas doctrinales no eran simpáticas, porque allí, aun más que en otras provin- 
cias , parecían cadenas del ingenio. Los reformadores escarnecían en sus sátiras á los cople- 
ros, y los copleros se burlaban á su sabor de los reformadores. Forzoso es confesarlo : el cam- 
po quedó, en los primeros tiempos, por las coplas desenfadadas, por los chistes vulgares, por 
el gusto popiüar desencadenado y pervertido. Pero éste era el triunfo pasajero del atraso y de 
la rutina. La sociedad española había entrado en un período histórico de transformación y de 
adelantamiento, y aquellas semillas de buen gusto, que antes parecían infructíferas, callada- 
mente habían fermentado en el entendimiento de la generación naciente, á quien el porvenir 
pertenecía. 

Ya cercano el termino del siglo, unos cuantos estudiantes, oscuros sí, pero animosos y 
sedientos de gloria , realizaron casi de repente lo que no habían podido llevar á cabo los Ola- 
vides y los Jovellanos. No hablaremos aquí de la Academia Horaciana , establecida por Arjona 
y Matute y efímero ensayo de una asociación literaria que piisiese coto en Sevilla á los deli- 
rios del mal gusto. Este laudable intento, frustrado en manos de aquellos dos mozos sin au- 
toridad y sin influencia , tomó poco después vida y consistencia con la creación de la Acade- 
mia particidaí' de Letras Iliimaiuis. Tropiezos y amarguras tuvo alguna vez esta academia , á 
causa de la envidia que despertaba en los ignorantes ó en los apegados á las ideas antiguas. 

(1) El malogrado caballero don Eustaquio Fer- de lenguaje que no era fácil hallar entonces. Deseó, 

nandez de Navarrete oyó referir, en su mocedad, á pues, Jovellanos entrar en correspondencia con ol 

BU sabio abuelo don Martin la anécdota del origen excelente poeta, y así lo hizo. El padre González, 

de las relaciones literarias entabladas, por los años cuyo nombre poético era Delio^ le contestó que no 

de 1775 y 1776 , entre Jovellanos y los poetas sal- era él solo quien cultivaba las Musas en Salamanca, 

mantinos fray Diego González y Melendez Valdés. y le envió copia de los ensayos poéticos de Melen- 

El señor Navarrete nos la trasmitió por escrito en dez (Batüo) y del padre Juan Fernandez de Rojas 

los términos siguientes : (Liseno'), hond)re de ameno ingenio, como lo de- 

« Amigo siempre Jovellanos de todo lo que valia, muestran la égloga y canción á la muerte de Delio, 

mientras estuvo de oidor en Sevilla' trataba mucho únicas obras poéticas que conozco del padre Fer- 

á fray Miguel de Miras, cuyas poesías no conozco, nandez, y su Crotalogía, ó ciencia nueva de tocar 

aunque se sabe por Melendez y ÍTay Diego Gonza- las castañuelas, en que se burla de la pedantería 

lez que celebraba en verso una belleza imaginaria científica de los modernos. 

ó real con el nombre de Trudina. Hablando un dia «Con este motivo dirigió Jovellanos su epístola 

este religioso con don Gaspar, le dijo, no sin algu- ó idilio á los salmantinos, pidiéndoles noticias do 

na presunción : « Yo tengo un fraile allá en Casti- su vida y estudios ; á que contestaron Melendez con 

lia que deja chiquitos á todos los poetas de nuestro su pobriíjima oda : 

tiempo.» — Aludía á fray Diego González, á quien »La historia de Jovino 

el padre Miras había conocido cuando aquél estuvo Y el aurífero verso y tan sonoro, etc.; 

de visitador en la provincia de Andalucía, y con ^ a n ^ i i í- 

, , , . . \ . , , 1 T ,1 y el padre González con la hermosa y castiza com- 

el cual había trabado amistad estrecha. Jovellanos, 

manifestando incredulidad, le pidió muestra de sus 
versos, y el padre Miras escribió á González rogán- 
dole que enviase algunos, los cuales sorprendieron 
agradablemente á Jovellanos, y con razón , pues si «Ni Jovellanos ni Melendez eran capaces entón- 

la poesía del padre González no es de las más ricas, «es de hacer versos como los de esta composición.» 
IJeue siempre una pureza de estilo y una elegancií^ ]3, F. de N, 



posición que empieza : 

nJovino, descendido 
De claros y altos royes, etc. 



clxxxvi bosquejo histórico critico 

Pero, primero la protección de Fomer, que era poderosa y resuelta , y más adelante el as- 
cendiente mismo que iban cobrando en la opinión los académicos , por su talento, su saber, 
su entusiasmo y su perseverancia , hicieron triunfar á la academia de todos los obstáculos, y 
en pocos años llegó á constituir lo que se ha llamado la moderna escuela poética sevillana. Dos 
insignes escritores andaluces , Lista y Galiano, han consignado en sus obras la historia y el 
juicio crítico de esta academia. Lista, uno de los creadores de ella, al referir las vicisitudes, 
los principios doctrinales, el orden de tareas , y bástalas impresiones íntimas y amistosas de 
aquella interesante sociedad , da á su narración el color simpático de los recuerdos de la ju- 
ventud, el sello precioso y animado de la verdad y de la emoción (1). Pero juzga en causa 
propia; le embaraza el exorbitante y meticuloso amor á las formas, propio y peculiar do las 
doctrinas que profesó en su juventud, de las cuales, á pesar de su agudo criterio, no acierta 
á desprenderse, y viene á ser por ello, para tasar el valor absoluto de la escuela poética se- 
villana , un juez menos abonado, menos imparcial , menos libre que don Antonio Alcalá Ga- 
liano. Imbuido éste , más profundamente que Lista , en la literatura general de Europa, y con 
especialidad en la inglesa; más convencido asimismo de la superioridad de la moderna críti- 
ca , que , dando alta importancia á la nitidez y á la corrección de la forma, antepone lo espon- 
táneo y lo grande á lo convencional y á lo atildado; y dotado, por último, de una perspicacia 
analítica de primer orden , Galiano tenía en el presente caso una competencia eminente. Su 
juicio relativo no llega, ni en movimiento, ni en fuerza, al juicio de Lista, que recorre amo- 
rosamente las interesantes vicisitudes históricas de aquella meritoria escuela. Pero su juicio 
absoluto es , en cambio, magistral y decisivo. Sustituií-lo con el nuestro propio, fuera vana 
arrogancia y estéril propósito. Copiar aquí algunos breves pasajes en que Galiano encierra la 
esencia de sus opiniones , es lo que dictan ahora el buen gusto y el buen sentido : 

Casi con la llegada de Forner á Sevilla coincidió el formarse allí una asociación literaria con el título 
A& Academia de Buenas Letras (que hubo de ser hacia 1793), y los que la componían, dedicados espe- 
cialmente á la poesía, y apenas ala prosa, salvo en lo referente á la composición poética, ó á la crítica so- 
bre esta misma, desde luego aparecieron con el carácter de lo que es común llamar escuela, esto es, una 
congregación de hombres que, si difieren, como es forzoso que suceda, en calidades intelectuales, tienen 
■una doctrina común para guía en sus trabajos y para regla en el juicio de los ajenos, y hasta cierta uni- 
formidad de estilo... 

Los principales de aquella academia, 6 del gremio literario que en torno de ella se formó en la capital 
de Andalucía, han desaparecido ya todos del teatro del mundo, en el cual han llegado algunos, en época 
de la nuestra muy poco distante , á representar importantísimos papeles. Si con el trascurso de los años 
variaron un tanto su estilo, siempre conservaron entre sí alguna y no corta semejanza. Verdad es que pos- 
teriores y graves sucesos de naturaleza política, de los que tanto han influido en la suerte de nuestros li- 
teratos en el presente siglo, vinieron á ligar á varios de ellos con un lazo más sobre los que antes loa 
unía; lazo que apretó la desgracia, no llevada, doloroso es decirlo, con la debida firmeza y dignidad... 
La escuela seAállana, en los últimos dias de los que de ella fueron lumbreras, vino á ser la de los apodados 
afrancesados, por haber servido con la pluma á los franceses, enemigos de su patria ; porque dos de los 
miembros más distinguidos de aquel antiguo y ya acabado cuerpo, juntos con algún otro literato de la 
misma ciudad y época, llegaron á ser los corifeos y casi los únicos cultivadores de la literatura española 
en tiempo en que un gobierno duro, y por las circunstancias perseguidor de los más de los escritores de 
otras escuelas quele habían sido contrarios, les dio, no sólo amparo, sino patrocinio declarado, lo cual equi- 
valía á darles un monopolio de poder é influjo... 

El intento del que esto escribe, es dar á conocer la naturaleza de la escuela literaria de Andalucía de fi- 
nes del siglo último y de los primeros años del presente, y á los literatos más notables que de ella y de la 
ciudad donde se formó, y también de toda España , fueron ornamento ; hombres no ciertamente eminentí- 



(1) De la moderna escuela sevillana de literatura. del citado artículo : 

Artículo publicado por don Alberto Lista en el to- Muchos años y revolnoíones han pasado desde aqneUa época ; pero 

mo primero de la Revista de Madrid (1838). Puede en cualesquiera partes donde aun existen individuos do \a, Academia 

juzgarse del entusiasmo con que recordaba Lista, en ^* ^^''''^' Humar,as, saben que son amigos, y sin necesidad do jura- 

1 ••jii \ ^ j. ij-j. j mentos ni de ceremonias misteriosas, cuentan con un vinculo que 

la anrianiaacl, las nobles tareas y las desmteresadas ,, ., ^ ^ ^ x a ■, -a i 

•' solo romperá la muerte, | Venturosa época de la vida , que no vol- 



amistadeg de la edad temprana, por estas palabras y^ié,\ 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CLXXXVií 

slmos, pero quo sobresalían bastante en el, por desdicha, poco alto nivel de la ilustración española... 

Los sevillanos aspiraban á reproducir, á fines del siglo xviii, la poesía del xvi y años primeros del si- 
g-uiente, y á reproducirla casi tal cual era, y sobre todo, á renovar la dicción de Fernando de Herrera, su 
ídolo, y de los que del , á su entender, tan perfecto modelo habían sido principales secuaces é imitadores. 
De ello se desprende hal)cr sido la nueva escuela sevillana tan artificial cnanto serlo cabe. La añeja cos- 
tüoibre de figurarse los poetas pastores, fué puntualuiente por ellos seguida... Los sevillanos, al pintarse 
apacentando ovejas cuando, sí ya no estaban ejerciendo su santo ministerio en el altar ó en el pulpito, tra- 
bajaban con la pluma en un aposento bien techado, tomaron nombres de los que eran llamados poéticos en 
aquella época, en que el nombre propio parecía digno sólo de la humilde prosa. Blanco, latinizándose el 
apellido para trasmutarle después en nombre pastoril , pasó á ser Albino; Eeinoso, de su nombre de pila Fé- 
lix, sacó el do Fileno; Lista, de Alberto se volvió Anfriso, y con este nombre tomó el supuesto oficio de 
pescador, aunque hubo también de ser Licio, por su apellido... Los argumentos de las poesías solían cor- 
responder al disfraz de los poetas. Siendo casi todos ellos eclesiásticos, no por esto dejaban de componer y 
publicar versos amatorios, sin escrúpulo ni recelo de faltar al decoro; en lo cual se repara aquí, no para 
reprender en ellos una conducta impropia del carácter de que estaban revestidos, pues sin duda no liubo de 
pasarles por la imaginación hacer gala de faltar á lo que era una de sus primeras obligaciones, sino para 
mostrar que el arte con reglas engañosas , y no la naturaleza, los inspiraba , siendo fingidos sus amores, y 
no dísiuiulándose la ficción, pues los enamorados pastores Albino, Fileno y Licio eran quienes declaraban 
BUS tiernos y apasionados afectos á las imaginarias Dorilas, Clóris 6 Filis, sin que de tales galanteos y 
amoríos pudiese resultar tacha á los presbíteros Blanco, Reinoso ó Lista. De aquí se seguía ser fingidas las 
pasiones que expresaban, y que, como figuradas y no sentidas, apareciesen artificiosas, tibias ó vagas y 
comunes, en lugar de ser vehementes ó intensas ; mero producto de las reglas de bu doctrina, que les man- 
daban tener amores y cantarlos, indudablemente porque, como de los andantes decía el caballero de la 
Mancha, su famoso imitador, pensaban de los pastores imaginados que uno sin amores era «árbol sin ho- 
jas y sin fruto, y cuerpo sin alma.fl Pero á una con las poesías amatorias, las escribían los nuevos poetas 
sevillanos de las llamadas sagradas, ó digamos sobre asuntos religiosos, propio argumento para hombres 
de su santa profesión, y tal, que no sólo les consentía expresarse en obediencia á una inspiración espontá- 
nea y genuiua, sino que parecía en ellos natural desahogo de sus almas la concepción y expresión de 
tales pensamientos. Sin embargo, las mismas poesías sagradas de aquellos ingenios, ciertamente no faltos 
ni de imaginación ni de pasión, se resentían en gran manera del vicio radical de la fe literaria que ha- 
bían abrazado. En vez de entregarse á los naturales ímpetus de una devoción sencilla, sincera y bien sen- 
tida, como aquella que inspiraba á fray Luis de León los magníficos trozos de su Noche serena 6 el bellí- 
simo principio y fin de la oda Á la Ascensión, los sevillanos del siglo xviii, sin duda piadosos, seguramente 
doctos , contenían su piedad para darle dirección ; ó, lo que es lo mismo, antes de dar natural suelta á sus 
afectos, buscaban en los libros ó en la memoria los términos en que debían expresarlos. Contribuía á este 
modo de pensar y proceder la idea que se habían formado del lenguaje poético, que llegaron á considerar 
como la parte principal en la poesía. Ahora, pues, aun cuando en los escritos, así en verso como en prosa, 
y tal vez más en la composición en verso, sea de grandísima importancia la belleza de la forma, convie- 
ne considerar que , buscándola por remedo ó mero estudio, suele desatenderse la inspiración que lleva á 
encontrarla, y también que la belleza de la forma, lejos de estar reñida con la sencillez y naturalidad, la 
quiere por consorte, sin lo cual se cae en lo quo llaman los pintores amaneramiento ; defecto que existe 
tanto cuanto en los productos artísticos , en los literarios. Que en poesía pueden y deben usarse algunos 
vocablos y giros que no consiente la prosa, ni aun la más entonada, es muy cierto, y tiene en su favor la 
respetable autoridad del príncipe de los oradores romanos, grande escritor, ademas, en prosa, y mediano 
en verso; el cual , comparando con el orador al poeta, declaró á este último verborum licentia liberior; pe- 
ro, en la pasión ciega al lenguaje poético, es común trojiezar con más de un escollo, siendo de estos uno 
tomar lo extravagante por lo bello y exquisito, y otro, si no mayor, más peligroso, figuraree que con el 
uso de frases y voces rebuscadas y peregrinas im pensamiento trivial adquiere el valor más subido. En 
este último yerro, y aun en parte en el primero, incurrieron los poetas de que este artículo trata, ya al pro- 
ducir sus obras , ya al juzgar las ajenas... 

Délo hasta ahora dicho en este artículo sobre la escuela novel sevillana, posible es, y aun probable, quo 
se suponga que quien le escribe, es de ella enteramente contrario. Pero, en verdad, silo es, lo es sólo has- 
ta cierto punto y mirándola bajo un aspecto, mientras, considerándola por otro, se le declara completa- 
mente favorable. Al lado de la poesía natural, espontánea, inventora, sencilla, debe ponerse, aunque en 
lugar inferior, la poesía artificial, correcta, imitadora, elegante. Buscando eminencia en la primera, cuan- 
do faltan las condiciones necesarias para acertar, es común caer en lo humilde, en lo extravagante, en lo 
insulso, hasta en lo pueril muchas veces. Dedicándose ala segunda, no puede haber fundada esperanza de 
llegar á grande elevación; pero hay menos peligro de caídas, y cuando éstas suceden, no son muy gra- 
ves. Mucho hay que admirar en la poesía latina, y, con todo, la poesía latina es de la clase artificial, con 
algunas raras excepciones. La escuela sevillana conservaba ó renovaba buenas tradiciones en buenos ejem- 
plos. JHo era de la puciia más alta, pero lo era de una elegante y pura, -^ los quede \^ misma escuela fue- 



CLXXxTiTI BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

r 'U principal ornamento merecen ser calificados, si sólo de medianos poetas, de más que medianos escri- 
tures. Aun su critica era de lo mejor para su época : no exenta por cierto de preocupaciones , euleramen- 
to externa, de reglas aplicables igualmente á todos los tiempos, y mal enterada del espíritu de algunos 
períodos de la historia del entendimiento humano y de las sociedades pasadas ; pero en general, sana, clá- 
sica, según se entendía á la sazón lo clásico, y estaba apoyada en una buena y bastante extensa erudición, 
que abrazaba desde las letras griegas interpretadas á la latina, hasta la literatura moderna de los pueblos 
más ilustrados ; crítica parecida á la de La Harpe ó á la de Blcilr, y á la cual daba realce el buen estilo y 
dicción correcta, y bastante, si no del todo, castiza de los escritores. En suma, la escuela sevillana , puesta 
en cotejo con la salmantina y la que vino á formarse en la capital de España, no aparecía desairada, y 
ademas tenía el mérito de no ser aellas completamente semejante, pues mostraba ciertas diferencias que 
en gran parte la caracterizaban (1). 

Este examen magistral de la moderna escuela poética sevillana, cuya reproducción nos 
agradecerán sin duda los lectores del presente estudio histórico-crítico , nos dispensa de ma- 
nifestar detenidamente nuestro propio juicio acerca de la misma escuela, que no sería, de 
cierto, ni tan luminoso ni tan autorizado como el del señor Alcalá Galiano. La opinión de 
este insigne crítico acerca de la estrechez convencional de los poetas reformadores sevillanos 
del último siglo es fundadísima ; pero hay que tener en cuenta que el disfraz pastoril , los 
emblemas mitológicos, y otras afectaciones y trabas de la rutina seudo-clásica, eran en aque- 
llos dias achaque general de la España entera, si bien los poetas sevillanos, aun los más in- 
geniosos y delicados, no tenían, como Quintana y algún otro, instinto poético bastante po- 
deroso para salir, sin extraviarse, del carril trillado y convenido. El pecado grave de la es- 
cuela sevillana, en que no había incurrido la de Salamanca, fué el ser demasiado escuela, 
extremando la tendencia imitadora , funesta condición del clasicismo mal entendido , y dan- 
do á la entonación y á las formas del lenguaje cierta uniformidad palabrera y monótona. En 
la Academia de Letras Humanas se leyó con aplauso un discurso donde se clasifican los poetas 
por escuelas; y Lista, acaso el crítico de más sano instinto entre todos los académicos, tacha 
á Lope de Vega , en otro discurso leído igualmente en la misma academia , por haberse aban- 
donado á la facilidad de su ingenio, y declara malos, malísimos sus versos j^or la mayor par- 
te (2). ¡A tal punto cegaban á Lista, en su mocedad, las preocupaciones de la escuela de que era 
firme sustentador! Anteponía entonces á todo, en la poesía, la forma artificial y estudiada. 
Fervoroso admirador de Herrera , decía de él que había cultivado la poesía de dicción. A la 
luz de la crítica del tiempo presente, 'poesía de dicción suena como una paradoja, ó como el 
error de quien toma la vestidura y el ornato por la esencia de la belleza. Algo más que dic- 
ción limpia y lenguaje entonado, robusto y peregrino, hay en el lirismo elevado de Herrera. 
Y es lo singular que el mismo Lista , que acusa á Lope de no trahajar y corregir sus ver- 
sos, de dejarse llevar de su imaginación fecunda y de su admiralile facilidad, y de no bus- 
car modelos que imitar, juzga que acertó Balhuena en no haber sacrificado su abundante y no- 
ble facilidad al trabajo y artificio de los herreristas , que es incompatible con la soltura y la 
amenidad (o). No hay que admirarse de esta contradicción. La crítica de aquella época era 
imperiosa, á par que insegura. Lista estaba dotado de gran discernimiento , y pugnaban ne- 
cesariamente en su ánimo su noble instinto y la fe de su escuela. Andando el tiempo , com- 
prendió que Lope de Vega era tan consumado maestro en la versificación como en el idioma, 
y que si se hubiese dado á buscar modelos que imitar, en vez de abandonarse á la impetuosa 
é inagotable vena de su ingenio, no habría sido Lope de Vega, esto es, el poeta más espon- 
táneo, más sincero, más español quo ha producido nuestra patria. 



(1) Artículo del señor don Antonio Alcalá Galia- to bajo el influjo de las preocnpaciones doctrinales 
no {Crónica de Ambos Mundos). de la época, es una obra notable, llena de excelen- 

(2) Examen de El Bernardo, de Balbuena. Estu- tes y agudas reflexiones. 

dio crítico leído por Lista en la Academia de Letras (3) Examen de El Bernardo, 

Umnaua;:!, el 15 de Setiembre de 1799. Aunque escri- 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVin. CLXXXií 

Pero si del juicio absoluto pasamos al juicio relativo de la escuela sevillana, fuerza es re- 
conocer el eminente valor intelectual de aquellos hombres animosos y entusiasmados , que 
arrostrando innumei'ables obstáculos y contrariedades , acometieron con éxito la empresa de 
dar lustre, elevación y pureza á las letras andaluzas, que tan desmayadas y envilecidas se 
liallaban en manos de gentes de gusto estragado y baladí. En esta parte los gloriosos esfuer- 
zos de los reformadores sevillanos fueron más meritorios (pie los de los poetas de la escuela 
salmantina. Estos encontraron la opinión favorablemente dispuesta, y más inmediatamente 
preparado el terreno por un Cadrdso y por lui don Picolas de Moratin. Los literatos andalu- 
ces tropezaron con un espíritu ¡tiiblico, chabacano é incorregible, que combatía con ruidosas 
manifestaciones la introducción del buen gusto. De este deplorable estado de la civilización 
literaria de Sevilla en los últimos años del siglo xviii, nos ha dejado un autorizado testimo- 
nio el célebre Blanco , testigo presencial, y uno de los más ilustres individuos de la escuela 
sevillana. 

Yo me acuerdo (dice) que en mi juventud se miraba como cosa ridicula el atreverse á publicar obras 
de esta clase (de amenidad), y que una Academia de poesía que se trató de establecer, cosa de treinta 
años há (1794), en la biblioteca publica de San Acasio de Sevilla, dio motivo do diversión y burla á la 
ciu<]ad entera, y atrajo bandadas de estudiantes que con silbos y alborotos impedían la lectura, y aun ec- 
guian á los académicos por la calle con insultos. 

No arredró tanta y tan desmandada impopularidad á los campeones del gusto nuevo y de- 
purado. Habia sonado en Sevilla , como en el resto de la nación , la hora de la transforma- 
ción intelectual , y en breve la superioridad de la doctrina acalló el vulgar clamoreo , y el 
triunfo coronó la perseverancia y el noble y civilizador intento de aquellos jóvenes ilustrados. 
El eco de las primeras glorias de la escuela de Salamanca y de Madrid fué uno de los des- 
pertadores del genio poético de los andaluces. Lista dice que «la escuela sevillana no hizo 
más que imitar el espíritu de las de Cadalso y de Luzaní), y que los jóvenes académicos des- 
cubrieron en el primer tomo de las Poesías de Melendez «las centellas del genio que animara 
á los Horacios, Tibulos y Herreras.» Y por c-ierio que esta amalgama de poetas entre sí tan 
diferentes, y tan diferentes también de Melendez , denota la confusa ilusión con que veían 
los poetas reformadores de Sevilla el carácter de la nueva poesía. La escuela moderna sevi- 
llana no logró, á pesar de las quiméricas creencias de algunos de sus individuos, el objeto que 
se propuso, que fué, según aíirma Lista, «resucitar la antigua de los Herreras, Riojas y 
Jáureguis.» Esto era aspirar á un imposible. La poesía verdadera no resucita nunca el es- 
píritu genuino, ni siquiera el lenguaje espontáneo délas civilizaciones pasadas. Pero no por 
eso su gloria es menos grande. En su efímera vida, puso en lugar muy alto la cultura lite- 
raria de Andalucía , y con el ejemplo y la doctrina hizo recobrar á la poesía sevillana su dig- 
nidad perdida y alguna parte de su esplendor antiguo. 

A los cursantes de teología, que en un principio constituyeron por la mayor parte la es- 
cuela sevillana , se agregaron otros jóvenes aventajados pertenecientes á diversas profesiones 
literarias; entre ellos, don Joaquín María Sotelo , jurisconsulto distinguido; el médico Ma- 
tute, más investigador que poeta, director del Correo literario de Sevilla, órgano de la nue- 
va escuela; don Santiago Key , uno de los filósofos de la propia escuela; don José Manuel Va- 
dillo, erudito, prosador poco ameno , ministro en 1822 y 1823; don Manuel López Cepero, 
diputado á Cortes en dos distintas épocas, entendidísimo en materia de pintura, especial- 
mente de la escuela andaluza. Hombres de autoridad ya sancionada por la posición social ó 
por la fama, entraron también gustosos en aquel gremio juvenil. Fué uno de ellos el señor 
Alvarez Santullano , que habia sido rector de la universidad. El que más halagó y favore- 
ció á la Academia de Letras Humanas fué don Juan Pablo Forner, fiscal á la sazón de la au- 
diencia de Sevilla, al cual confió la academia el honroso cargo áejuez de los certámenes. 

Pero quien dio mayor lustre y vida á la escuela sevillana fué la pléyade poética , esto es. 
Ja reunión de siete poetas, que aunque con diverso numen y fortuna, y á manera de la fa- 



CXC BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

mosa pléyade británica, contemporánea, de los Laicistas^ que caminaba por muy diferente 
senda y con mayor arrojo, cautivó desde luego la atención general. Fueron estos siete poetas : 
Arjotm , Blaitco , Rdnoso , Lüta , B,oldan , Castro , Nañez. De este último , que desespcralja á 
los académicos por el incorregible desaliño de su elocución , así como los sorprendía por las 
imágenes nuevas y atrevidas de sus poesías, decia Lista, con evidente exageración : que en 
él «hubiera tenido España el Píndaro del Cristianismo, si su genio sublime y vehemente hu- 
biese podido sujetarse al fastidioso, pero necesario trabajo de la corrección» (1). Roldan y 
Castro se distinguieron en la academia por algunas poesías estimables, de artificial, pero ele- 
gante estilo, de dicción bastante pura, de inspiración escasa y harto trabajada, especialmen- 
te en la expresión de los afectos. Ambos aspiraban á la sublimidad, pero sin dar con ella. No 
hallando imágenos nuevas y atrevidas, oscurecían la frase cuando intentaban remontarse á 
mayor altura que aquella que consentía su numen. La atención do los literatos se fijó por un 
momento, de mi modo especial, en Roldan, con motivo de su oda A la Resurrección del Se- 
ñor, que dio ocasión á que en la misma Sevilla fuese atacada la escuela sevillana, no ya, como 
antes, por el espíritu de vulgaridad y de rutina, sino por la crítica, no mal encaminada, de 
un hablista de primer orden, de un literato consumado, don Tomas González Carvajal, el 
célebre traductor de los salmos. Apasionado admirador de la noble y fervorosa sencillez de 
fray Luis de León, no le era simpática la afectación elegante de la nueva escuela andaluza. 
Censuró la pretensión de escribir á lo Henderá, y no le faltaron, para fundar su censura, ra- 
zones de sano criterio. Pero no tuvo en cuenta que si remedar á Herrera era intento des- 
acordado , no lo era menos el que él abrigaba de imitar a fray Luis de León. Imitar á los 
poetas esclarecidos es siempre yerro ; éste se agrava cuando los poetas son, por ejemplo, 
Garcilaso, Rioja ó León. Hallar la poesía intensa, sublime y animada en frase completamente 
natural y sencilla, es pri\-ilegio de los verdaderos poetas. Los que, como Carvajal, no llegan 
ni con mucho á ese inefable sentimiento poético , cuando quieren seguir las huellas de los 
grandes modelos , escriben , en vez de poesía , prosa versificada. La entonación levantada y 
artificial de Herrera se imita mal; la sencillez poética de fray Luis de León no se imita 
nunca : brota del alma , y ni se cultiva ni se aprende. 

Reinoso, uno de los más briosos escritores de la flamante escuela, defendió á Roldan, y 
por consiguiente, el espíritu y la doctrina que constituían el alma, por decirlo así, de la Aca- 
demia de Letras Humanas. Esta controversia, sostenida por ambas partes con fuego y con in- 
genio, no dio más resultado que el común de estas contiendas críticas; cada uno quedó más 
tenazmente aferrado á sus opiniones , y siguió escribiendo según el tono y el estilo que pre- 
conizaba (2). 

El más glorioso timbre poético de Roldan, en sentir de sus compañeros de academia, fué 
un poema titulado Danilo. Lista , principalmente , hacia de esta obra los más encarecidos 
elogios (3). 

Entre los siete escritores de la pléyade poética, resaltaban notablemente los cuatro prime- 
ros que hemos nombrado. A decir verdad , sólo dos de estos cuatro , Arjona y LÁsta , eran 
poetas, esto es, poetas espontáneos, en quienes la naturaleza y el arte se mostraban unidos, 
ayudándose mutuamente en igual proporción. Reinoso y Blanco eran poetas de estudio más 



(1) De la moderna escuela sevillana de Uteraturn. do el manuscrito. En Se^^lla , adonde fueron á pa- 

(2) Alcalá Galiano, De la escuda literaria for- rar los papeles del señor Castillo, lian sido busca- 
mada en Sevilla á fines del siglo próximo pasado. dos con empeño por nuestros amigos los distingui- 

(3) El original de este poema estuvo, muchos años dos literatos señores Martin Villa, Fernandez Esj)i- 
liá, en el archivo de la Academia de Letras Huma- no, Bueno, y de Gabriel, así este poema como otro 
ñas. Pasó después sucesivamente ú manos de los se- titulado La Belleza, obra de Blanco, también muy 
ñores Reinoso, don Juan Gnalberto González, don encomiada, que corriólas mismas vicisitudes que 
José Pérez de Anaya y don José del Castillo y el Danilo. Todo infructuosamente. Hemos perdido 
Ayensa, A la muerte de este último se ha extravia- la esperanza de leer estos celebrados poemas, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL C^cr 

que de inspiración , y el arte sobrcpiajaba en ellos visiblemente á la naturaleza. De Blanco 
liablarémos en el capítulo siguiente, consagrado á recordar algunos poetas en cuyas creen- 
cias y sentimientos dejó profunda huella la conmoción moral y política que recibió el mundo 
por aquellos días. Dedicaremos ahora algunos renglones á calificar someramente , cual con- 
viene al presente estudio, el valor poético de Avjona, de Reiiioso y de Lista. 

Don Manuel María de Arjona, aunque muy aficionado al cultivo de las letras amenas, lo 
era mucho más á los estudios graves, que requieren meditación y prolijas investigaciones. No 
le arredraba la fatigosa exploración de archivos y de bibliotecas, y dejó varios escritos sobre 
la historia eclesiástica, especialmente una Historia de la Iglesia hética, y una defensa é ilus- 
tración latina del Concilio Ilibcritano. En unión con otros estudiosos jóvenes, logró, ven- 
ciendo estorbos poderosos , establecer en Sevilla una academia de historia eclesiástica (1), 
Fué ademas consumado helenista ; pero, como todos los helenistas de aquel tiempo, á excep- 
ción de los alemanes, no vio la literatura griega sino al través del prisma romano, que la 
desnaturalizaba con su propia fuerza , y no comprendió el espontáneo y desembarazado es- 
píritu que la animaba. Su viaje á Roma, en 1797, hecho en compañía del arzobispo do 
Sevilla, don Antonio Despuig, contribuyó á dar mayor ensanche y madurez á sus ideas lite- 
rarias. Sus afanosas tareas de historia eclesiástica y de derecho canónico no embotaron en 
su entendimiento la fiícultad poética, pero dieron á sus versos cierto carácter sentencioso, 
que no desdice de la poesía austera y elevada. Era, entre sus compañeros de la escuela sevi- 
llana, el que tenía estro más fácil y espontáneo. Ellos mismos reconocían y proclamaban el 
talento poético de Arjona. Muchos años después, Blanco, evocando en Londres los sabrosos 
recuerdos de la mocedad, escribía estas palabras: «Por desgracia de sus amigos y de la lite- 
ratura española, ha fallecido don Manuel María de Arjona, poeta de tan fecundo y elegante 
ingenio, que ninguno le excedía en aquella época.» Lista admiraba á Arjona no menos quo 
Blanco, y solía decir, cuando de él hablaba, que «sus poesías eran tan delicadas como las 
más célebres de Grecia.» 

Prescindiendo de estos exorbitantes juicios, inspirados en no pequeña parte por la justicia, 
y en mayor parte todavía por el entusiasmo de la amistad apasionada , no es dable negar que 
el famoso canónigo penitenciario de la catedral de Córdoba estaba dotado de no común ins- 
tinto poético. Pero, así como todos aquellos que rindieron culto á las escuelas imitadoras, 
embargaba su numen por no apartarse un punto de la sujeción doctrinal, y enredaba y 
comprimía con frecuencia su estilo bajo el peso de la balumba mitológica. El numen de Ar- 
jona , si bien firme y encumbrado , no se prestaba fácilmente á la entonación rígida y solem- 
ne de Herrera , ídolo de la pléyade sevillana. Las formas espléndidas cautivan á las escuelas 
literarias, que se pagan siempre sobradamente del artificio artístico, y no es maravilla que 
el bíblico cantor de la batalla de Lepante fuese preferido como dechado á otros poetas de más 
llano y natural estilo. Nos parece , sin embargo , que á la índole de Arjona , como á la de los 
demás insignes poetas de la escuela sevillana, con la única excepción acaso de Reinoso, el 
más artificial de todos ellos , habría cuadrado mejor un estilo juntamente noble y sencillo, 
semejante al de León y al de Rioja. Se advierte esto claramente en las poesías de Arjona, 
aun en las inspiradas por asuntos elevados , como IjOs ruinas de Roma , una de las más ce- 
lebradas. Ignoramos si quiso imitar la ¡)oesía de carácter artificial , de mister Dyer, titu- 
lada TJieruins of Rome, obra muy aplaudida en tiempo de Arjona. La composición española 



(1) Sotólo escribía desde Sevilla á don Martin legio, y que creemoB florecerá, ápeeardé los increi- 

Femandez Navai-rcte , el 22 de Marzo do 1794, lo bles esfuerzos que ha hecho, para impedirla, el sabio 

siguiente : claustro de esta universidad literaria. Ambos hemos 

«^r/ona y yo no hacemos en el dia más que revolver abandonado á las Musas.» (Carta autógrafa de So- 
concilios y padres , para fomentar una academia de telo. — Papeles de Forner.) 
historia eclesiástica que hemos establecido en el CO' 



eren BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

es á docMr vcftlad, bastante inferior en claridad, en fuerza, en fantasía histórica, ú la poe- 
sía del escritor ino-lés; pero tiene trozos de alto sentido, de inspiración severa, y el estilo, 
nunquo amanerado, como estilo de escuela ])oética, tiene noMcza y enernjía, sin acercarse en 
nada á la frase insólita , al subido tono , también amanerado , de Fernando de Herrera. 

Cíiando Arjona no habla el lenguaje convencional aprendido, sino el lenguaje de la natu- 
raleza; cuando no se vale de rodeos emblemáticos para expresar afectos é ideas, sino del es- 
tilo llano, directo y noble que brota del corazón mismo, entonces su poesía es mucho más 
simpática, y por decirlo así, mds poética. La canción El Desengaño, por ejemplo, tan senci- 
lla, tan modesta en su forma y lenguaje, vale, á pesar del descuido con que está escrita, más 
que la mayor parte de las composiciones elevadas y doctas de Arjona. ¡ Cuánta verdad y cuán- 
ta sensibilidad hay en esta estrofa I 



Gozando vuestros halagos, 
A mí mismo me docia : 
Ya no soy de aquella impía ; 
Ya está libre mi razón. 



Ésta, sí, es amante dulce.... 
Pero Dorila no es ésta , 
Era toda la respuesta 
Que me daba el corazón. 



En una carta que desde Roma escribió á un amigo suyo, dice Arjona: «Tú me dices y 
encargas que escriba canciones y sonetos en alabanza de reyes y de roques , y }'o no soy ca- 
paz de formar un verso si algim particvdar motivo ó afecto no me estimula á hacerlo con u¡i 
verdadero é íntimo sentimiento del corazón.» Cuando Arjona seguía, en efecto, esta sana y 
sincera tendencia , que era la natural de su numen , escribía, si no conviva fantasía, con in- 
genio y á veces con vigor y profundidad. La dicción en sus poesías es poco acendrada, y 
á menudo desaliñada la versificación. Pero algunas de sus obras se leen con gusto todavía, 
porque las anima la sinceridad de los sentimientos ó la fuerza de la intención moral (1). 

De don Félix José Reinoso, tan notable como escritor en prosa, no hay en verdad, como 
poeta , mucho que decir en el presente estudio. Su poesía no es ni abundante , ni fácil , ni 
natural, ni inspirada. Es demasiado docta, demasiado reflexiva, demasiado hábilmente con- 
certada, acaso demasiado elegante. Todas estas nobles prendas son insuficientes en la poesía, 
si no andan hermanadas con la espontaneidad, la viveza, el fuego que brotan por natural im- 
pulso del estro verdaderamente poético. La poesía de Reinoso es la que se forma diestra- 
mente con el talento, y el estudio. Por lo visible y lo extremado de sus prendas artiíieialcs, 
puede de ella decirse, como se dice de algunas personas, que tiene los defectos de sus cualida- 
des. El arte, en las obras de imaginación , no basta por sí solo á producir verdadero hechizo ; 
y ademas, el arte no es perfecto y poderoso sino cuando sabe esconderse á sí mismo. Un solo 
acento espontáneo del alma vale más que todos los primores de la corrección y de la ciencia. 
Desn-raciadamentc estas centellas del alma no se encuentran en las obras poéticas de Reinoso. 
Por eso sus brillantes odas A las artes y A ¡a creación, á pesar del entendimiento que resplan- 
dece en ellas , están hoy olvidadas. Una de sus obras más admiradas fué la Oda á la muerte 
de Cean-Bermudez, No puede negarse que está esmeradamente concebida y escrita, y se lee 
con gusto por la firmeza del estilo y la nobleza de la entonación. Pero ¿dónde está la nove- 
dad de imágenes, la frase conmovida, la tuerza de sentimiento que el asunto requiere? El 
descontentadizo Gallardo se burló ásperamente de esta oda, en general con poco acierto y 
justicia. Pero tiene razón cuando dice: «La afectación de sensibilidad es lamas fastidiosa de 
todas las afectaciones. Este no es el idioma del dolor; el dolor no se explica con tan filatera 
retrechería» (2). 

(1) La familia de Arjona ha tenido la bondad de de la traducción que hÍ70 Arjona , en asonante cn- 

franqueanios las poesías autógrafas de esto ilustre decasílabo, déla Andrómacn de Racine. 

escritor, que en balde han buscado, con el objeto (2) ÍJ¿ Cr¿7¿con, número 2, 1835. 

de darlas á la estampa, sus admiradores de Curdo- Taml)ien se burla Galhirdo de la pretendida per- 

bay Sevilla, Hay entre estos papeles, largos trozoa feccion métrica de Reinoso^ citando las siguientes 



Í)E LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIÍ. Cxcili 

Gallardo, que uada perdona , censura fundadamente, como insonoro, el siguiente verso 

Je lieinoso : 

Eterno vive do no agravia el liado ; 

pero, á pesar de este desliz métrico y de algunos otros muj contados, puede afirmarse que lo8 
versos de Reinoso, si escasos de encanto rítmico, como nacidos de inspiración forzada, son 
casi siempre llenos y numerosos. Prueba do ello son las octavas de La Inocencia perdida, que 
es la obra principal que dio á su autor ñuna de poeta. Con el entusiasmo propio de neófitos 
de la naciente escuela , dieron los literatos sevillanos á este poema desmedida importancia. El 
renombre de Reinoso la acrecentó después durante algún tiempo. Juzgando boy con la im- 
parcialidad severa que á la posteridad corresponde jmra avalorar las obras bumanas , forzoso 
es reconocer que La Inocencia perdida, sin embargo de algunas incontestables prendas que en 
ella resaltan , no pasado una estimable mclianía entre las producciones poéticas de cierta 
extensión y de elevado objeto. Temeridad, disculpable sólo por la inexperiencia literaria, fué 
sin duda, en la Academia de Letras Humanas, dar por argamciito de un certamen « la caida 
de nuestros pi-imeros padres » , babiéndose de reducir la obra á las dimensiones de un poemi- 
ta. El asunto, barto ambicioso y grande para el exiguo espacio á que se le sujetaba; la falta 
de grandiosa sencillez, que era como dogma implícito de aquella atildada escuela , y hasta la 
competencia insensata que el argumento imponía de suyo con la obra inmortal de Milton, 
El Paraíso perxUdo , eran graves y escabrosos obstáculos, con los cuales hablan do tropezar 
necesariamente los poetas competidores. Reinoso y Lista , rivales en tan arduo empeño , die- 
ron señales patentes, de vigor y elegancia el uno, de fluidez y facilidad descri[)tiva, algo des- 
mayada, el otro. Ninguno de los dos pudo ni supo elevarse á la grandeza bíblica, ni crear 
caracteres semejantes al Satanás y á la Eva de Milton, ni infundir á la fantasía el arranque 
fantástico adecuado al peregrino cuadro , ni hallar siquiera la entonación que el asunto re- 
quiere. La academia no pedia tanto , y por consiguiente , con razón admiró y premió La InO'- 
cencía perdida , de Reinoso, poema más robusto y mejor concertado que el de Lista, y en el 
cual hay hermosas octavas, si bien labradas todas, por decirlo así , con cincel rígido y cuida- 
dosamente guiado (1). Galiano ha pintado el artificial estilo de Reinoso con esta imagen do- 
nosa y expresiva: «No es aquella poesía un raudal, que con ímpetu brota, copioso, fresco y 
cristalino, de las entrañas de la tierra; es el juego de aguas artificioso de una fuente, á que 
da salida el fontanero, y no sin conocerse que la llave del conducto está un tanto premiosa.» 
Quintana censuró el argumento elegido por la academia, pero no por razones de sana crí- 
tica, sino reproduciendo la errada doctrina de Boileau de que los asuntos de la religión cris- 
tiana no son propios para la poesía. Su juicio sobre La Inocencia ¡perdida está inspirado por 
el más benévolo espíritu , colma el poema de alabanzas, y sin embargo, advierte con harta 
razón que la parte dramática es inferior á la descriptiva. Otra observación de gran sentido 
hace Quintana, comparando La Inocencia 2'>erdida con El Paixiíso perdido, que no podemos 
menos de reproducir, así porque contribuye á tasar debidamente el valor absoluto del poema 



estrofas, que copiamos aquí como muestra del estilo Aludiendo á estos versos, dice Gallardo : «Tra9 

poético de esto escritor : este flauteado de rimas, que van en escalerilla, co- 

Vuelveá mis manos, olvidada lira; mo cuando se teclean , para probarle , los registros 

Y si al fugaz contento de un Órgano nlievo , de la primera á la segunda es- 

Ta no responde tu cansado acento, ^^^^ ira-ira, era-era, ura-ura, ento-ento, anto-antó, 

Sosten mi naca voz cuando suspira : ', ■,•■,■, 

Ministra un tiempo del alegre canto, ^^^ ^^^^ ^^ cantor cn discantes sobre SI el discreto 

Hora templa mi llanto; muere Ó no muere como el necio , y el bueno como 

Llanto debido á la virtud severa, el malo : que SÍ, que no. » 

Debido ala fe pura (1) F^,¿ adjudicado el premio en junta pública, 

Y á los talentos que en la tumba oscura i o i t^- • i i ir^rA 

Con Bermmlo lanzó la parca fiera. «1 ^ "^ Diciembre de 1 ( 99. 
i Ay I llanto inútil para dar la vida 

A ia gombr» querida 



cxciv BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

de Reinoso, como porque da idea de la perspicacia crítica del gran lírico moderno. Descuíjro 

éste una especie de contrasentido res¡)ecto del carácter de Eva, y lo explica de esta manera : 

La serpiente en Milton llama la atención de Eva, no por su terribilidad, sino por lo bello y vistoso de 
BUS formas y de sus colores. La atención se convierte luego en maravilla al oiría articular palabras, ¡y qué 
palabras! Eva en ellas es la soberana del universo, la imagen más noble del Criador, digna de mandar a 

los ángeles ¿Cómo es que habla? se pregunta Eva; y el tentador le responde que el fruto delicioso de 

un árbol le ha dado la palabra y una inteligencia divina A la vista del árbol prohibido resiste á la ten- 
tación ; pero las sugestiones pérfidas del seductor, la vista hermosa del árbol, el aroma que despide el 
fruto ; todo parece que naturalmente la conduce á vacilar y á caer En la obra del poeta español la ser- 
piente es horrible, no vistosa; sus palabras, en vez de ser de insinuación y artificio, son de blasfemia y 
de indignación ; y es claro que este lenguaje, cu vez de persuadir á Eva, debia, al contrario, repugnarle y 
horrorizarle (1). 

Quintana señala varios versos, como ¿ste : 

Airado sacudió el rayo primero, 

que , por ia violencia de las sinalefas, carecen completamente de cadencia armónica. Censura 
asimismo el uso de voces nuevas ú olvidadas, cova.0 podrecida, frutecida, nudo {^or desnudo), 
pavorida, en paga (por en pago), y otras, porque no ofrecen en su empleo «aquella razón de 
necesidad ó de energía con que se disculpen ó se autoricen.» No perdona tampoco frases vi- 
ciosas como ésta : 

Salen \s.y\ la mansión de la alegría, 
Donde ¡ inf elice yo I nacer debia. 

Tocias estas extrañas audacias de dicción en un hombre que es dominador de su lengua y 
de su estilo, denotan únicamente la dificultad con que Reinoso componia sus versos. Varón 
de grande entendimiento, pero de escasa fantasía poética, falta por completo á sus poesías 
el espontáneo desembarazo que acompaña á la verdadera creación literaria. Carece Reinoso 
de originalidad vigorosa, y basta aquel notable verso 

El intentarlo sólo es heroísmo, 

que ba sido tantas veces repetido como una sentencia proverbial , tiene su original en este 
otro verso de Grerardo Lobo : 

Que ya es hazaña desde que es intento (2). 

El campo de verdadera gloria literaria para Reinoso no fué la poesía. Fué el examen crí- 
tico de las artes , de las letras y de la política. Muy distantes estamos nosotros de aplaudir 
la doctrina que constituye el fondo lógico del E.vámen sobre los delitos de infidelidad á la pa^ 
tria; libro por muchos mirado como un escándalo patriótico, en la época de su publicación, 
y al cual llamaron después, unos burlescamente el Alcorán de los afrancesados (3); otros, con 
rigor excesivo, Defensa de la traición á la patria (4). El libro, como alegato político, no es, 
en verdad, sino un elocuente sofisma, como que la esencia del pensamiento general estriba en 
confundir la conquista consumada con la conquista resistida; pero la obra, por el calor de 
las acusaciones, por la vehemencia de los raciocinios, por la artificial elegancia y rigidez 
misma del estilo, vivirá como un señalado testimonio histórico de las pasiones y de los ca- 
racteres políticos de aquellos azarosos tiempos. En el Curso filosófico de literatura ; qu ú Dis- 
curso inaugural sobre la influencia de las bellas letras ; en varios artículos sobre bellas-artes ; 
en otros de filología y crítica, escritos con motivo de la traducción de la Historia de la lite- 
ratura española, de Boutterveck; en el Estudio sobre la belleza; en el Juicio crítico de la Gra- 

(1) Variedades de ciencias, literatura y artes, to- (3) Don Juan Nicasio Gallego, 
mo III ; 1804. (4) Don Antonio Alcalá Galiano. 

(2) Canto éjjíco al sitio de Cam^o-Mayor, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. cscv 

mática general, de Ilermosilla, y en otras obras, dio Reinoso luminosas muestras Je varia y 
profunda instrucción y de elevado discernimiento crítico (1). Son muy dignos de aplauso el 
tino y la sagacidad con que Reinoso explica el sentido de la poesía castellana de los buenos 
tiempos, para defenderla de errados juicios. Recordamos, por ejemplo, la ingeniosa y acertada 
defensa que bace, contra Martínez de la Rosa, de aquel final de un célebre soneto : 

¡ Lástima grande 

Que no sea vei'dad tanta belleza ! 

y asimismo del último verso de otro soneto de Lupercio de Argensola, igualmente famoso, 
que dice de este modo : 

Y déjale al amor sus glorias ciertas ; 

demostrando que no son fundados los reparos del insigne poeta granadino, porque no inter- 
pretó correctamente el sentido de las ideas y de las palabras de Argensola. 

Procuremos medir ahora con exactitud , en breves palabras, el talento poético de don Al- 
berto Lista, el más ameno, el más variado, el más flexible, el más simpático de los poetas 
modernos sevillanos. Para los que, como nosotros, han conocido á este varón esclarecido, la 
imparcialidad, aun para los más rígidos, es difícil. Lista cautivaba para siempre la volimtad. 
Sus dulces prendas de carácter, su apacible trato, su conversación viva é ingeniosa dejaban 
en el ánimo indelebles recuerdos. Su índole intelectual era, por decirlo así, enciclopédica. 
Tenía poderosas facultades, no sólo diferentes, sino de aquellas que se contradicen y se com- 
baten. Ser ala vez matemático y poeta, y sei'Io en línea muy alta, es privilegio singular 
concedido á muy pocos. Por esta misma flexibilidad, era dado á su numen abarcar géneros 
de diverso carácter. Tenía notables prendas de poeta , y como tal , trasjoasa bastante el límite 
do la medianía. Pero no llegó nunca á los espacios más altos del arte. Faltábale para ello la 
originalidad impetuosa, el arranque lírico, la magia peregrina que constituye el estro de los 
grandes poetas. Sabe expresar pensamientos é imágenes comunes con más gala, facilidad y 
limpieza que sus compañeros de Sevilla; imita con elegancia y gallardía, y á veces parece 
que quiero romper las trabas convencionales que embarazan su numen. Pero la educación 
y el gusto doctrinal reinante habían encadenado irremediablemente aquel ingenio , nacido 
para volar con las alas de su feliz instinto. Su facilidad misma se convirtió en el principal 
enemigo de su lozana musa, pues llegó de tal modo á connaturalizarse con el lenguaje 
artificial, que es á menudo difuso y palabrero, por seguir en demasía el espíritu de imitación, 
la elocución estudiada y el arsenal mitológico, resabios de su escuela. Sin duda por buscar 
ese malhadado estilo poético , tan mal comprendido cuando se le hace consistir en las imáge- 
nes de convención y en la compostura de la frase , empieza Lista una de sus odas en esta 
forma trivial y enfadosa : 

Doctas pimpleas, que las verdes faldas 
Moráis, alegres, del feliz Parnaso, 
Donde Castalia su inspirante onda 
Vierte suave. 

¿Ko es lamentable que el ilustre poeta, ya anciano, esto es, cuando la crítica literaria eu- 
ropea, firme y acrisolada, habia condenado la mitología griega, como elemento falso y ridí- 



(1) Algunas de estas obras, y otras qiie aquí no ceta de Madrid y la Gaceta de Bayona. 

Be mencionan, permanecen inéditas. Las demás se Nuestro difunto amigo, don Francisco Pérez do 

han publicado, total ó parcialmente, ya por separa- Anaya, ilustrado biógrafo de Reinoso, poseia ejem- 

do, como el Discurso inaugural; ya en varios perió- piares ó copias de casi todas las obras de este üüb- 

dicos, como El Censor, la Revista de Madrid, la Ga- tre escritor. 



ekcVl BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

culo en la poesía cristiana, dirija á don Ventm-a de la Vega, su discípulo predilecto, los si- 
guientes versos ? 



Cuando tu lira, que templó D'íone, 
Cánticos dulces de amistad resuena, 
Y el nombre humilde de tu caro Anfriso 
líobas al Orco 

Oh joven, á quien dieran 

Su blando beso Meliioraene y Clio, 
Canta, y las rosas que el Parnaso riega, 



Ciñe á tu lira. 



No olvides antes visitar las aras 

Y el templo austero de la gran Minerva, 

Y en vez de mirto, roble misterioso 

Ciñe á tus sienes. 



En este mismo tono está escrita la oda entera. ¿Y á qué ese enredado artificio de frases 
triviales y de manoseadas alegorías? ¿A que esa extravagante imagen de las Musas besando 
al poeta? Todo para decir á Vega cosas cariñosas y sencillas. ¿Quó poesía es ésa que, per- 
dida en pobres y afectados rodeos, no sabe liablar el idioma limpio y directo de los afectos 
verdaderos, y para cuya completa inteligencia es forzoso tener á mano un Diccionario de la 
Fábula? Esos versos, que se alimentan exclusivamente con la afectación y el emblema, ni el 
docto los aprecia, ni el pueblo los entiende. 

Cuando por la índole histórica, íiimiliar ó sagrada del asunto, sacude Lista la molesta 
caro-a de ficciones insulsas, y prescinde del estilo poético amanerado, campea entonces, inge- 
niosa, tierna, elegante, y algunas veces inspirada, la poesía del poeta sevillano. En algunos 
bellísimos sonetos, en varios romances del pescador AníViso, en ciertas composiciones ligeras, 
Lista es Lista, y no el sectario de su escuela. En las odas profanas le faltan por lo común 
vida entusiasmo, verdad y movimiento. En las poesías sagradas resalta la fervorosa fe del 
creyente sincero; pero se ve patente el laborioso estudio de la Sagrada Escritura y de los 
Padres de la lo-lesia; mmca el amor divino de san Juan de la Cruz, la fantasía mística, la 
naturalidad sublime de santa Teresa y de fray Luis de León. Un escritor ha dicho que 
Lista fué sublime una vez, en su oda Á Cristo (1). La oda es magnífica en efecto; pero la su- 
blimidad no pertenece sino en parte á Lista, el cual usa en esta composición un lenguaje no- 
ble ferviente y concentrado. Las principales imágenes é ideas de las poesías religiosas de 
Lista están sacadas, oportima y hábilmente, de san Anselmo, de san Buenaventura y de 
otros escritores sagrados. La Academia misma de Letras Humanas señaló á Lista, en 1800, 
el Ájiocalípsis como manantial de inspiración para la composición de su oda A la Concepción 
de nuestra Señora. El poeta salió con gran lucimiento del difícil empeño. El recóndito espí- 
ritu del Apocalíjysis no se imita y apenas se comprende ; pero la sublime lectura dio al estro 
de Lista un insólito vuelo, y sus imágenes, sus descripciones y su estilo tienen gran fuerza 
y natural desembarazo. La poesía de la escuela salmantina ejerció visible influencia en el 
desarrollo de la escuela sevillana, y Lista imita alguna vez las poesías filosóficas de Melen- 
dez, especialmente en su oda-^l la Providencia (2). 

En los asuntos profanos, que requieren vigor y entusiasmo, la musa de Lista decae, y de 
donosa, viva y elegante, se torna ampulosa y violenta, y por lo tanto afectada y poco simpá- 
tica. Por eso su oda Á la victoria de Bailen es glacial cuando quiere parecer vehemente y 
encendida. Una esfera de apacible luz, donde el poeta puede sentir sin arrebato y pintar sin 
ostentación, es la que con\dene á Ljista. En ella encuentra acentos llenos de gala y á veces 
de ternura, en que la expresión, á más de noble, es rica y espontánea. ¿ Quién no olvida los 
artificios académicos que tanto ataban el numen de Lista, al leer versos tan elegantes y 
sencillos como éstos de la oda Á la Benefcencia? 

Dulce ilusión, aunque gozosa, vana, 

Que lo mejor robaste de mi vida, 

« 

(1) Monsietir Antoine de Latour. En medio de sa gloria asi dccia 

,,, , , 1 -.r 1 1 . •, «. K) pecador : «Su vano.. ..( 

(2^ Véase la oda de Meleudcz (¿ue empieza 5 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVHL CXCVli 

Huye veloz, como la luna herida 
Del triunfante esplendor de la mañana. 

Una de las composiciones más celebradas y con más lozanía escritas y versificadas, es La 
Vida humana. Aunque está considerada como poesía filosófica , es obra de puro ingenio , y 
más de poeta que de filósofo. La filosofía es harto superficial , y se reduce á una simple me- 
táfora, á la \nilgarizada comparación de las vicisitudes comunes del hombre con las trans- 
formaciones progresivas de una fuente. Hay en esta composición octavas tan bellas como la 
siguiente , en que pinta al arroyo convertido ya en rio impetuoso : 



Ingrato al bosque amigo, que acopado 
Le adornó con sus sombras placenteras ; 
Pérfido al muro , que besó humillado 
Cuando apenas llenaba sus riberas. 



Bate, si crece, el torreón alzado ; 

Los troncos vuelca, inunda las praderas : 

No hay ley, no hay freno que su furia atajen, 

Y es, mortal, de tus vicios triste imagen. 



Aquí el tono poético , la frase despejada, propia y cadenciosa son prendas de valor muy 
subido; pero al cabo es poesía alegórica, y las alegorías y los emblemas, adorno y lustre del 
estilo si están oportuna y sobriamente empleadas, no constituyen por sí mismas toda la poe- 
sía , que, cuando es en alto grado espontánea é inspirada, sale directa, sencilla y desemba- 
razadamente del alma. Esto acontece á la musa de Lisia en la oda al sueño , titulada El 
himno del desgraciado. Tuvimos el gusto de oir la historia de esta preciosa composición de los 
labios mismos del ilustre anciano. Vuelto Lista de la emitrracion en 1817, vivió alofun tiem- 
po en Pamplona, en casa de los marqueses de Besolla , sus amigos y protectores. Atribulado 
su espíritu con la situación falsa y desvalida en que se encontraba, á consecuencia de las vi- 
cisitudes á que le hablan arrastrado tristes é imperiosas circunstancias , se hallaba en uno 
de esos momentos en que devoran la vida el ^desaliento , la incertidumbre y la angustia del 
corazón. Melancólicas cavilaciones le robaban el sueño. No lograba dormirse hasta después 
de rayar el alba, y por consiguiente no era madrugador. No asistía con puntualidad á la hora 
del almuerzo, y la Marquesa solia interpelarle por ello, acusándole de dormilón en tono cari- 
ñoso y festivo. Lista le contestaba que el sueño es el único alivio de los desdichados que ven 
nebuloso y cerrado el horizonte de su porvenir, y una mañana, después del almuerzo , escri- 
bió rápidamente El himno del desgraciado. Esta poesía es iina joya literaria. En balde em- 
pieza invocando á Morfeo y recordando el estilo poético de la escuela sevillana. Era un 
momento de verdadera inspiración, y Lista continúa escribiendo, sin saberlo, con el estilo poé- 
tico de la naturaleza. Las palabras y las frases no pueden ser más naturales ni más llanas; 
la poesía del estilo está en el sentimiento sincero, en el misterioso impulso del alma, que 
mueve al poeta. Hé aquí una muestra de aquellas bellas y concisas estrofas : 



¿De qué me sirve el súbito alborozo 
Que á la aurora resuena, 
Si al despertar el mundo pai'a el gozo , 
Sólo despierto yo para la pena? 

El ámbar de la vega, el blando ruido 
Con que el raudal se lanza , 
¿Qué son ¡ay I para el triste, que ha perdido. 
Ultimo bien del hombre, la esperanza? 

Corta el hilo á mi acerba desventura, 
Oh tú, sueño piadoso ; 



Que aquellas horas que tu imperio dura, 
Se iguala el infeliz con el dichoso. 

Ignorada de sí yazga mi mente, 
Y muerto mi sentido. 
Empapa el ramo para herir mi frente 
En las tranquilas aguas del olvido... 

Vén, termina la mísera querella 
De un pecho acongojado ; 
¡ Imagen de la muerte ! después de ella 
Eres el bien mayor del desgraciado. 



Bel carácter de Lista diremos solamente , por la relación que la índole del hombre tiene 
siempre con las cualidades del escritor, que carecía de enérgico temple, y que, defendiendo 
causas políticas opuestas, dio motivo á que se le tachas© en épocas distintas de inconsistente 

J, PSrXYIU, VI 



cxcvín r.oRQüEJO niSTórvico crvíncó 

é inseo^uro en sus principios (1). Sólo podemos decir en favor de Lista qne esto no era en él, 
ni la infidelidad del apóstata, ni la indiferencia del cínico; era meramente la debilidad del 
menesteroso. Lista, con índole más entera y con más ardoroso espíritu, habría sido un crítico 
menos ape^^ado á las doctrinas rutinarias, y un poeta más arrojado y vigoroso. Sea como 
quiera, su bondad inalteraljle, su asidua y cariñosa volimtad para la enseñanza, y otras ex- 
celentes prendas privadas, hicieron olvidar sus yerros políticos, y su nombre ha quedado ro- 
deado de una aureola luminosa de afecto y de gloria. 

Al lado de la pléyade giraban, en órbita más estrecha, poetas de inferior talento y res- 
plandor (2). Sólo mencionaremos dos de ellos , Matute y Mármol. Ambos tienen títulos es- 
peciídes, que los hacen merecedores de un recuerdo, por la fe y la constancia con que ayuda- 
ron á la prosperidad y al buen nombre de la escuela sevillana. 

L)o7i Justino Matute y Gavidia, sevillano insigne , se distinguió por su fervorosa afición á 
las letras, por su erudición y por el vivo amor que profesaba á su ciudad natal. No sólo se 
consagraba animoso al estudio de las letras amenas, sino que se afanaba por infundir su en- 
tusiasmo en el ánimo de los domas. Con la publicación del Correo literaiño de Sevilla logTÓ, 
para gloria suya, tan noble propósito. Allí escribieron los principales restauradores del gusto 
literario en Andalucía, Castro, Roldan, Bíanco, Nuñez , Reinóse y otros varones de saber y 
fama. Su Bosquejo de Itálica, su Historia de Triana, sus estudios sobre los Anales de Sevilla, 
como continuador de Ortiz de Zúñiga, y sus Hijos de Sevilla señalados en santidad, armas y 
letras, son honrosos testimonios de su laboriosidad, de su buen gusto y de su patriotismo (3). 
Prosador claro y castizo, es digno de no poco aprecio do7i Justino Matute. Como poeta no 
merece más alabanza que aquella, de suyo limitada , que no debe negacse á quien abriga en 
sus versos sana y elevada intención moral. Pero esta intención no basta para merecer. la in- 
marcesible corona del poeta. Matute carecía de inspiración, de naturalidad, de vigor poético 
de gracia , de soltura , y muy especialmente ée cadencia y de encanto rítmico. Por ningún 
lado era poeta. 

El doctor don Manuel María del Mármol, con quien nos unieron amistosas conexiones en 
nuestra primera juventud , para la poesía lírica elevada no tenía estro alguno. En el romance 
nan-ativo no le faltan ni gala ni desembarazo. Su principal título al aprecio de sus contem- 
poráneos y al respeto de la posteridad es la perseverante ternura con que consagró todas las 
facultades de su alma á la enseñanza de sus discípulos. Dui'ante medio siglo se le vio afa- 
narse por ellos sin tregua ni descanso, no como un maestro solícito, sino como un padre ca- 
riñoso. 

Con menos trascendencia y fama que en Salamanca y en Sevilla , habíanse formado en 
Granada y en Valencia centros literarios , compuestos de hombres de instrucción y de inge- 
nio. La poesía era grandemente cultivada; y si no produjo obras inmortales, privilegio di- 
vino de raros tiempos y de muy pocos hombres , contribuyó á dar vida y fomento á la acción 
civilizadora que ejercen las letras en la sociedad humana. 

Granada daba por aquel tiempo plaiisibles señales de movimiento literario. El canónigo 
don José Antera Nuñez, que se ocultaba con el seudónimo de Amato Benedicto; don José 



(1) uiisírt, después de haber celebrado la victoria escritor político, poniéndose al servicio do gobier- 

de Bailen, de haber escrito la bella proclama, más nos de varias y encontradas opiniones ; sustentando 

poética que la oda al mismo suceso, con que anun- im dia lo que el anterior liabia impugnado.» (ytwto- 

ció el triunfo á España y al mundo la Junta de Se- nio Alcalá Galiano.) 

villa, y de haber cooperado á El Semanario patrió- (2) Minora sidera, los llamaba Galiano. 

tico y A El Espectador sevillano, pas(3 á ser gace- (3) hos Hijos rfe >S(;rí7/a, cinco volúmenes en 4." 

tero del gobierno intruso, y á vilipendiar la causa Esta y otras obras ác Matute están todavía inéditas 

que habia antes abrazado y defendido ; de lo cual Mengua es de nuestro tiempo tal indiferencia para 



¡e vino estar desterrado algunos años, hasta que, con las glorias 
vuelto a España, trabajó, más que como poeta, como 



DE LA rOESÍA CASTELLi\JsA EN EL SIGLO XVIIL cxcix 

Vicente Alonso, don Mariano Pérez Bueno, el padre Domingo Quirós, trinitario descalzo ; don 
Pedro Juez Sarmiento, y otros ingenios , por la mayor parte festivos y de no muy acendrado 
gusto, fomentaron con sus poesías el amor á las letras amenas, y contribuyeron de este modo 
á la cultura general del país , formando una especie de escuela , según llamaban entonces á 
estos centros de actividad literaria, do la cual salieron más adelante Martínez de la Rosa, 
don José Fernandez Guerra, don Mariano José Sicilia, don Nicolás Peüalver López, don 
Juan Bautista Salazar, y otros , que se distinguieron notablemente, ya por su erudición , ya 
por su buen gusto, ya por la viveza de su ingenio. 

Alonso, autor del famoso saínete Pancho y Mendrugo, fué uno de los poetas granadinos, for- 
mados á fines del último siglo, que se granjearon mayor nombre y popularidad. Su poesía, 
pastoril, amorosa ó sentimental, es por lo común verbosa y desaliñada. No faltan en ella, sin 
embargo, versos felices y algunos movimientos de sincera sensibilidad. Pero se trasluce 
que el poeta no está en el campo natural de su inspiración. Donde resplandece su ingenio es 
en la poesía festiva. Su desentado es tal, en pensamiento y frase, que varias de sus obras, 
escritas sin duda para íntimo solaz y pasatiempo, no pueden ser dadas á la estampa. Una de 
estas composiciones es La horrible Venganza. El asunto es una mutilación sangrienta, eje- 
cutada por una mujer celosa , que causa la muerte de su amante ; acto horrible, que algunos 
creen histórico. Hay en este poema rasgos notables de verdad descriptiva , viveza en la ex- 
presión, entre desalmada y picaresca, y cierto calor de afectos. Hé aquí algunas octavas, co- 
mo muestra de facilidad narrativa : 



Hacia el confín de la Sirgana sierra, 
Entre breñas y montes escondido, 
De veinte casas de grosera tierra, 
Hay un lugar de pocos conocido. 
Del alma á las pasiones hace guerra, 
De su misma pobreza defendido; 
Pues no hay en Lúcar donde el diente encarne 
Ni el mundo, ni el demonio, ni la carne. 



Pero donde el demonio no se atreve, 
Se mete astuto el hijo de Vulcano; 
El corazón de la ballena mueve. 
Como el del miserable y vil gusano. 
Hace que el sabio su influencia pruebe, 
Y sienta el necio el peso de su mano. 
Vuela en fin, por decreto de Ericina (1), 
Desde el augusto trono á la cocina. 



En Valencia, Colomés , Lasala, Martinez-Colomer y otros publicaron apreciables poesías. 
No rebosa en ellas, por desgracia , el estro arrebatado de los poetas de primer orden; pero 
reina por lo común en las obras de aquellos escritores , alto sentido moral , adecuado al espí- 
ritu íntimo y tradicional de la nación española. Martinez- Colomer, que intentó imitar la no- 
vela Persiles y Sigismxmda , de Cervantes , en la suya Trabajos de Narciso y Filomela , me- 
rece en esta parte especial mención. En sus Novelas ejemplares, en El Impío por vanidad, en 
el Valdemaro, y en otras obras, cifró todo su afán , como el jesuíta Montengon , en robustecer 
y propagar sanos principios, dignos de la civilización y del pati'iotismo bien entendido. 
Apartado del mundo por sus continuas dolencias y por su carácter retraído, prevalecieron, 
como era natural , en su ánimo , sobre todos los demás , los sentimientos de la religión y 
de la patria. Su inspiración es, en general , tibia y amanerada ; pero á veces , en su sencillo 
estilo, expresa ideas que llevan el sello de un alma sincera y creyente; por ejemplo, en una 
composición. La España vencedora, escrita contra Napoleón en 1809, hay estos inspirados 
versos : 



¿ Dó está tu fe ? me dijo en voz terrible ; 
¿Has olvidado ya, ó acaso ignoras 
Que cuando un pueblo fiel en Dios espera, 
Y en fe constante su piedad implora. 
En hondo horror temblando el enemigo, 
Su audaz y altiva frente al suelo postra? 



Exceso de un temor que á Dios ofende, 
Es el temor impío que te agobia. 
Do falta la esperanza, el amor falta, 

Y falta así la fe ; son tres antorchas, 
Que sus luces se prestan mutuamente, 

Y no puede brillar ninguna á solas. 



(1) Venus. 



00 BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 



CAPITULO XVII. 

último periodo del siglo XVIII. — Efectos de la transformación política y moral en la literatnra. — El padre Fer- 
nandez. — La política absorbe la atención publica, y daña á la cultura literaria. — Arroyal.— Extravíos de la 
pasión política en algunos poetas. — Marcbena. — Blanco. — Otros, aunque arrastrados por el impulso de las 
ideas de la revolución francesa, conservan intacto el amor de la patria. — Villanueva. — Vai-gas Ponce. — Jé- 
rica. — Beña. — Mor de Fuentes. 

« Desde los últimos años de Ccárlos III, la actividad literaria se ha ido amortiguando cada 
vez más , y en el caso de explicar las causas, tendríamos que buscar una buena parte de ellas 
en casa de nuestros vecinos (los franceses). » Esto escribía Quintana en 1804 (1). Su gran 
instinto le decia que las nuevas doctrinas propaladas por la revolución francesa hablan em- 
pezado á quebrantar las ideas y los sentimientos tradicionales del pueblo español , y que esta 
turbación moral habia influido gravemente en la literatura nacional. El mismo Quintana con- 
fiesa, en otra parte, que el fondo de los impulsos exaltados de Cienfuegos «está tomado de 
la filosofía francesa. » Forzoso era que esta influencia exótica de ideas de renovación y do 
libertad , inciertas y confusas, pero activas y agitadoras, produjera en el ánimo de algunos , 
tales como Cienfuegos, pensamientos generosos, mezclados con errores é ilusiones ; en el ánimo 
de otros, tendencias de indisciplina, que amenguaban la fe y el patriotismo. Ya, en la era de 
Carlos III, cuando empezaban á sentirse los primeros efectos de la transformación política, las 
almas timoratas se alarmaban al ver desvanecerse sucesivamente el espíritu antiguo, y llama- 
ban impíos á aquellos que , ya por el estudio de libros extranjeros, ya por genial desenfado, 
se iban empapando en el espíritu desmandado que cundía por la Europa entera. Caseda, por 
ejemplo, de quien ya hemos hablado, hombre de sano espíritu, pero un tanto maldiciente, y 
del todo intolerante con las flaquezas, como con las innovaciones humanas, escribe de esto 
modo á Forner, dándole cuenta, cual solia hacerlo, del estado de las letras en Salamanca : 

Quiero dar razón á Vmd. del estado en que hoy se baila la academia Cadálsica. Ya dije á Vmd. el rom- 
pimiento de Batilo (Melendez), de quien nada puedo decir con seguridad ; sólo que, 6Í no ha mudado do 
conducta, hará infelices á cuantos trate. 

Arcadio (Iglesias) está muy bien hallado con su alma corva. Dice que á nadie ha de dar cuartel mien- 
tras no mude de naturaleza. 

Arroyal es digno de compasión; pero no lo son sus asociados, pues en él no caben las máximas da 
impiedad que en los dos primeros. 

Este mismo tono acerbo y apasionado, que se empleaba para caracterizar á los que daban 
el más leve indicio de apartarse del rancio espíritu castellano, contribuye á hacer comprender 
la profunda conmoción intelectual que hubo de producir en España la invasión casi repenti- 
na de los principios de la filosofía escéptica francesa. Era acaso imprescindible ley histórica 
que entonces penetrase entre nosotros aquel espíritu de duda y de indisciplina, que desnatu- 
ralizaba el castizo ser moral de los españoles , no incompatible con la parte sana que podia 
haber en el fondo de aquellas doctrinas innovadoras, que el tiempo habría introducido sin vio- 
lencia y con mayor eficacia y verdad en nuestras ideas y en nuestras costumbres. Pero cupo 
á la escuela salmantina el triste honor de ser la primera que introdiTJese aquel alterador espí- 
ritu de extranjera ralea. Ella inoculó en nuestro idioma el tinte afrancesado que todavía con- 
Bei'va, y conservará hasta que vuelva para España uno de aquelloa gloriosos periodos en que 
las naciones viven, piensan y hablan con costumbres genuinas, con propias ideas, con nacio- 
nal idioma; de ella salieron los hombres que más so señalaron entre nosotros como sectarios 
de los enciclopedistas y de los jansenistas. 

Fray Diego Goiizalez fué el último de los escritores salmantinos que conservaron acendra- 

(1) Vañedades d« ciencias, literatura y artes, tomo lili 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. CCI 

da é incólume, así en el pensar como en el decir, la savia que habia dado tan gloriosa vita- 
lidad intelectual y guerrera á los españoles de otros tiempos. Cualquier desvío de la castiza 
senda repugnaba á su noble naturaleza (1). Del pro¡)io modo le disgustaba cualquiera injus- 
ticia cometida con hombres de perniciosas doctrinas, aunque ellos fuesen tan señalados como 
el mismo Voltaire (2). La generación que le siguió, se presentó ya en la palestra literaria 
contagiada del nuevo espíritu que habían traido á España los libros de los filósofos franceses. 
Al lado mismo de f raí/ Diego, y en su propio convento, germinaba el impulso escéptico. Tes- 
timonio de ello es fi'cii/ Juan Fernandez. A pesar de la diferencia de edad que entre ellos me- 
diaba, unió á fray Diego una amistad verdaderamente fraternal con el padre Fernandez, en 
cuyos brazos espiró. De los muchos versos que compuso, se ha perdido la mayor parte. Suya 
es la é^lofTa á la muerte del maestro González, publicada al fin de las poesías de éste. Adop- 
tó el nombre poético de Liseno. Jovellanos le demostró siempre afecto y aprecio. Fray Diego, 
que le amaba de veras, compuso una oda en honor suyo. Fué profesor de filosofía en Toledo. 
Escribió el célebre libro satírico titulado La Crotalogia, ó ciencia de las castañuelas contra la 
moderna pedantería científica. Se conservan varias poesías manuscritas del padre Fernan- 
dez (3). Todas ellas son frias é infelices. Sólo merece conservarse, á pesar de su escasísimo 
valor literario, el siguiente epigrama. Por mucha amplitud que quiera atribuirse á los fuero* 
de la poesía satírica y festiva, no deja de ser un indicio de la audacia moral que habia pe- 
netrado en la España de Carlos III, el desenfado con que el respetable poárg Fernandez habla 
de cosas que debían inspirarle veneración profunda : 



Trabajos tiene el mundo 
Muy extraños y atroces : 
El rey desasosiegos, 
El príncipe embaidores, 
El privado lisonjas, 
El ministro traiciones, 
El papa su conciencia, 
El cardenal amores. 
El obispo BUS pajes , 
El cura sus pasiones , 



El mercader naufragios, 
El soldado los choques. 
El labrador mal tiempo, 
El ciudadano el porte. 
El pobre su pobreza. 
El rico sus doblones; 
Y aun tengo yo más penas 

Que todos estos hombres 

¿Me preguntas qué tengo? 
Soy cuerdo, fraile y joven. 



Desde que El Censor (1785), primer periódico verdaderamente político del reinado de 
Carlos III, manifestó, según el lenguaje de Sempere, «miras arduas y arriesgadas», hablan- 
do de los vicios de la legislación española, de los abusos introducidos con pretexto de la reli- 
gión, y de los errores políticos (4), no fué ya fácil poner coto al arrojo en el pensar; cosa de 
que hacían gala algimos escritores de la falange innovadora. La crítica se empleaba apasiona- 
damente contra libros autorizados. Un fraile extremeño, fray Pedro Centeno, autor de la re- 



(1) Todo escrito de gusto depravado y de doc- 
trina heterodoxa causaba amarga impresión en el 
ánimo do fray Diego. Hé aquí, por ejemplo, lo que 
escribía al padre Miras en Al)ril de 1777 : 

«Incluyo un ejemplar de la Pensatriz salmantina 
para que veáis cómo piensan aquí los tontos que 
afrentan este suelo de ^Minerva. Lo más gracioso es 
que hay certeza, según los más, de que La Pensa- 



cionario de los tres siglos, cuyo autor, con mucha 
pena suya, reconoce un cortísimo mérito en aquel 
gran genio, y destroza lastimosamente su Henriada; 
lo que no pudo, en mi juicio, hacerse sin grandísi- 
ma injuBtieia. Es propio carácter de los hijos de la 
luz el hacer siempre honor á la verdad, aplaudir el 
mérito donde quiera que se halle, y venerar los do- 
nes de Dios, aun cuando los divisen en los hijos de 



triz es producción del mismo aprobante censor las tinieblas. Salamanca, 7 de Abril de 1778. « (Car- 



Es predicador de su colegio, y muy místico. ¡Quién 
lo creyera ! n 

(2) Así escribía /ra?/ Diego á Jovellanos : 
«Hé leído con sumo gusto el juicio de Vmd. so- 
bre las luces y las tinieblas del autor de la Henria- 
4aj harto más justo que el que he leído eu el Dic- 



tas autógrafas de fray Diego á Jovellanos. Colec- 
ción del Marqués de Pídal.) 

(3) Papeles de Jovellanos. Colección del Marqués 
de Pidal. 

(4) El discurso 79 dio motivo á la suspensión de 
esta obra periódica. 



Ccii BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

vista crítica El Apologista universal, sostiene con vehemencia, en una carta dirigida al regento 
de una escuela de niñas (7 de Agosto de 1789), que los catecismos de Ripalda j Astete es- 
tán llenos de patrañas y herejías (1). 

Por los años de 1795 y 1796, el sacudimiento moral de la revolución francesa tenía con- 
movida á España de tal suerte, que, contra la costumbre de apocas anteriores, todas las cla- 
ses del pueblo español vivian con cierta curiosa ansiedad, que paralizaba, cual suele aconte- 
cer en épocas semejantes, el natural movimiento de la vida industrial é intelectual. En las 
cartas del padre Estala á Fo7mer hallamos de ello un testimonio tanto más claro y expresivo, 
cuanto más íntimo es el lenguaje que emplea el ilustrado sacerdote. Copiamos aquí el si- 
guiente párrafo, por el interés histórico que encierra : 

Cuando vengas (Foimer so hallaba en Sevilla), no conocerás esto mundillo. Pasó el siglo do la litera- 
tura. Yo he hecho un ensayo de esta verdad en el Diario, poniendo una carta á favor del teatro, y des- 
pués impugnándome á mi mismo. La misma sensación ha hecho el pro que el contra. Todos se han me- 
tido de hoz y de coz á políticos. Todo es liablar de noticias, do reformas, de arbitrios, etc. Vento, pues, 
con literaturas á esa gentecilla, y ya no entenderán tu lenguaje. Hasta los mozos de esquina compran la 
Gaceta. En las tabernas y en los altos estrados, junto á Marihlanca (2) y en el café, no se oye más que 
batallas, revolución, convención, representación nacional, libertad, igualdad. Hasta las (mujeres per- 
didas) te preguntan por Robespierre y Barreré, y es preciso llevar una buena dosis de patrañas gacetalcs 
para complacer á la moza que se corteja. ¿Crees recargado este retrato? Pues vén acá, y verás lo qué es 
bueno (3). 

Esta imagen de una sociedad inquieta y afanosa por las novedades políticas, que parece 
como un reflejo anticipado de la sociedad española del tiempo presente ; hasta el desenfado 
con que se explica el respetable paíZre Estala, de las Escuelas Pías, escribiendo al no nifínos 
austero fiscal do la audiencia de Sevilla, son las demostraciones más patentes del profundo 
cambio que habían experimentado en pocos años las ideas y las costumbres de la nación, poco 
há tan circunspecta y sosegada. El afán político llegó á dominar la sociedad entera, y cuan- 
do esto sucede, | adiós el entusiasmo de las artes, adiós los puros y nobles deleites de las letras! 

Consagramos ahora un somero examen al mérito de algunos poetas, en cuyas obras ejerció 
más ó menos directo y eficaz influjo el desmedido y no bien encaminado espíritu poKtico de 
aquel período de violenta transición. 

Al grupo de literatos de que formaban parte principal los dos escolapios el padre Estala 
y el padre Navarrete, don Leandro de Moratin, don Juan Antonio Melón, y otros jóvenes 
estudiosos, pertenecía igualmente el poeta don León de Arroi/al, imitador de Cadalso, Ville- 
gas y otros. Era uno de aquellos mozos aventajados al acabar sus estudios de escuela, que, 
sin vocación intensa y verdadera , y sólo por casualidad, por engreimiento ó por moda, en- 
tran desatentadamente en la carrera de las letras. Como carecía de alma poética, y ésta no 
podía señalarle con íntimo y poderoso impulso la senda de la inspiración , Arroyal cultivaba 
á un tiempo géneros de contraria índole, la oda y el epigrama, que requieren facultades ge- 
niales privativas, casi nunca hermanadas en el entendimiento de aquellos que nacen poetas. 

El gusto y el estilo de Arroyal son pobres y vulgares, y mal definidas en todo sus ten- 
dencias y doctrinas. Comprende tan mal el espíritu de los géneros literarios , cuya clasifica- 
ción respeta y sigue, que da algunas veces á la poesía anacreóntica, juguetona y risueña en- 
tre todas, cierto color histórico ó filosófico. Lo mismo escribe odas anacreónticas A Carlos V 
6 Ala Muerte, que A la Noche-lmena ó A las bodas de Lísida. Aunque laborioso é instruido, 
es tal la inseguridad de su gusto literario,/ que no repara en la impropiedad que comete mez- 
clando, en sus odas, costumbres y nombres del paganismo griego y del cristianismo contem- 
poráneo. Así, por ejemplo, no teme decir ; 

(1) So conserva autógrafa entre los papeles de (3) Carta autógrafa de Estala (1795). Papeles 
Forner. de Fomer, 

(2) La antigua f uento de la Puerta del Sol. 



DE LA poesía castellana EN EL SIGLO XVIII. CCUI 

Arístómenes (1) baile 
Con la muchacha Petra, 
Y cómanse castañas 
y apúrense botellas. 

Unas veces austero en las ideas morales , otras laxo y despreocupado, demuestra que so 
halla en uno de esos períodos de inquietud y do renovación, en que se quebrantan los princi- 
pios antiguos, lejos todavía del triunfo y afianzamiento de las doctrinas invasoras. El tra- 
ductor fervoroso del Oficio parvo y del Oficio de los dif unios moteja continuamente al clero, 
se burla del matrimonio, y se ensaña con los nobles, que era moda atacar por aquellos dias. 
La amortización eclesiástica, los mayorazgos, el gran número de iglesias, basta las acade- 
mias le enfadan. En la severidad del censor asoma algo del escéptico volteriano, y como el 
estro epigramático de Arroyal es escaso , no sabe disimular con el donaire la amargura de 
la lección, y cae en los errores vulgares ó en las declamaciones insensatas de los tribunos de 
café. Así dice, por ejemplo, en un epigrama contra el lujo : 

Cuando miro tus galas ostentosas, 
Juan ; cuando \<ío tus soberbios coches , 
Con razón me horrorizo , pues conozco 
Que todo ello es sangre de los pobres. 

La idea de la corrupción de la nobleza babia tomado en el ánimo de Arroyal el carácter 
de una ridicula manía. No se contenta con tildar á los nobles do ignorantes ; los llama per- 
vei'sos y malvados; y sin embargo, tiene que confesar la gloriosa parte que toman en la defen- 
sa de la patria, y cuando la ocasión le parece buena, no se descuida en blasonar de hidalgo 
origen. 

La mayor parte de sus epigramas están escritos en chocarrero y descarado lenguaje , y 
cuando se refieren á instituciones ó costumbres que no aprueba , ó que no cuadran con las 
flamantes preocupaciones liberales , con cínica y brutal dureza, bien distante por cierto de 
la delicada ironía, que es el arma lícita y poderosa de los verdaderos epigramatistas (2). De- 
bió, no obstante, á sus epigramas la limitada y pasajera gloria que alcanzó durante su vida. 
Wolf elogia la sencillez de Arroyal. Nosotros no podemos hacer otro tanto. La sencillez do 
Arroyal no es la naturalidad noble , embelesadora é inefable de almas poéticas como la de 
Garcilaso y fray Luis de León. Es la llaneza trivial y prosaica de los que carecen de estro 
y de entonación. 

Hay dos homltrcs que llevaron basta el frenesí, basta la apostasía, hasta el olvido de los 
sentimientos de la patria, el trastorno que produjo en su alma la seducción de las doctrinas 
revolucionarias francesas : Marcliena y Blanco. Ambos, si bien caminando por distinta senda, 
dan completa idea de la violencia de aquel sacudimiento moral, y del terrible estrago que 
produjo en ánimos impetuosos. 

Marchena, nacido y criado en una modesta ciudad de labradores (3), hijo de padres piado- 
sos, que lo destinaban á la carrera del sacerdocio, y educado con los más sanos dogmas de la 
moral y de la religión, en vez de sentir aversión á las osadas máximas de la revolución fran- 
cesa, tan opuestas al espíritu que reinaba en torno suyo, las acoge entusiasmado, llama, á los 
veintiún años, la atención de las gentes con el arrebato de sus ideas impías, y se expatria 



(1) Llevó este nombre el famoso general griego contra la nobleza. 
que suscitó la segunda guerra de Mésenla. 

(2) Ejemplos : 



A un marqués. 



Si es la gran semejanza de costumbres 
COXTRA EL MATRIMONIO. La qne forma y estrecha los amigos, 

De comer setas han mnerto ¿Qué me admira, Marqués, que los malvados 

En una casa hasta el gato ; Tan bien se encuentren y se estén contigo ? 

¿Dijnde las venden, Jnanito ? 

Haré á mi esposa an regalO: (3^ Utrera. 



CCTv BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

o-ozoso á Francia en lusca de la libertad. Allí le reservaba la Providencia los amargos des- 
eno-años y las duras lecciones de que le habian hecho merecedor su imprudencia y su des- 
varío. Fenómeno parece que en un rincón de la España creyente y morigerada pudiera des- 
encadenarse repentinamente ese espíritu desmandado, esa pasión frenética de impiedad y 
de temerarias innovaciones. El ardor idiosincrático de Marchena no basta á explicar este 
fenómeno aparente. Causas generales, y no individuales, son las que producen estas miste- 
riosas influencias históricas, que, cuando llega el dia de la explosión, aterran y sorprenden. 

El espíritu de renovación y de protesta política y social, cuya primera manifestación, im- 
ponente y clara, si bien todavía cauta y contenida, fué el Diccionario histórico y crítico de 
Bayle, habia cundido también en España, aunque con menor ímpetu que en Francia , muy 
á los principios del siglo xviii. Allí servían de velo á la amenazadora tormenta el brillo alu- 
cinador del fausto y de los placeres cortesanos , y el barniz literario con que se cubría el 
alambique escéptico por donde pasaban , jicrdiendo lustre y fuerza , las basas morales de lo 
presente y los gloriosos prestigios de lo pasado; aquí, en España, servían de velo, y asi- 
mismo de saludable remora, la vigilancia eclesiástica , el sentimiento monárquico y la consis- 
tencia de las costumbres. El padre Feijóo, circunspecto y creyente, pero devorado al mis- 
mo tiempo por su afanoso anhelo de disipar hasta la última sombra de las preocupaciones 
popidares , era la representación perfecta del espíritu de examen crítico-especulativo que 
precede á los grandes trastornos del mundo moral. Macanaz , Chumacero , Aranda , Campo- 
mánes, Marina, Cabarrús y muchos otros levantaron este mismo espíritu á la esfera de la 
acción política. Déla negación hipotética qiie llevan consigo la duda y el examen, se habia 
pasado en Francia á la negación absoluta , sin escrúpulo y sin rebozo. Los enciclopedistas, 
con la balumba de su arrogante presunción científica ; Rousseau con la antorcha destructora 
de su pasión y de su elocuencia, y más que todos ellos, Voltaire, con la fuerza corrosiva de 
su frió análisis y de su ironía filosófica, habian derrumbado el edificio espléndido donde se 
abrigaban en otro tiempo la fe, la gloria, el poder y hasta el espíritu popular. Era aquella 
edad el período más crítico de la transformación histórica en los últimos tiempos. En balde 
pugnaron en España las fuerzas reunidas de la tradición , de las creencias , de los respetos 
consagrados (1); el torrente demoledor pasó también por nuestro suelo, y toda la historia 
española del siglo xix no es más que la consecuencia necesaria de aquella latente pero tre- 
menda conmoción. 

Una parte de la juventud española recibió con avidez aquellas ideas contagiosas , en cuyo 
fondo descubría , aunque confusamente , principios de equidad y de moral grandeza. La mo- 
cedad no sabe definir, ni tasar en su valor verdadero, aquello que halaga sus instintos de ac- 
tividad, de renovación y de audacia. Dejábase arrastrar entonces por el mágico sonido de 
la palabra libertad , cuyo eco seductor no ahogaban todavía los torrentes de sangre que ou 
nombre suyo derramaron los tú'anos de la revolución francesa. 

Ejemplo insigne de este alucinamiento fué entre nosotros el joven don José Marchena. La 
apacible influencia de los estudios propios de la carrera eclesiástica , en la cual no pasó de las 
órdenes menores , no alcanzó á moderar sus ímpetus irreflexivos. El soplo de la revolución 
francesa inflamó su temeraria fantasía ; las nuevas ideas fueron para él, más que una doctri- 
na, una impresión. Su índole desmandada y su condición impetuosa le impedían com- 
prender la terrible responsabilidad que implica el desquiciamiento repentino del asiento mo- 
ral en que descansa toda sociedad organizada, cualesquiera que sean sus condiciones consti- 
tutivas. Mal avenido con las trabas orgánicas de todo linaje , una de las doctrinas canónicas 
que sirvieron de blanco á sus ataques fué el celibato de los sacerdotes católicos. En edad 
harto temprana para deliberar con la cordura y la madurez necesarias acerca de doctrinas 
tan enlazadas con pasiones mmidanas, escribió á su maestro, á quien respetaba todavía, una 

(1) Como recuerdos de esta lucha, pueden citarse La faUa filosofía y otros libros del siglo pasado, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XYIII. CCV 

lar<^a carta relativa á aquella escabrosa materia. Esta carta, impregnada de espíritu protes- 
tante , es un curioso documento de la pasión revolucionaria y seudo-filosófica , que tan fácil- 
mente brotaba en aquel período de agitación moral (1). Sofismas disolventes, pero sinceros, 
citas históricas sin tino y sin exactitud , teorías doctrinales sugeridas por el espíritu rebelde^ 
que se entronizaba en la región, antes serena, de nuestras creencias y de nuestros sentimientos 
morales; sentimentalismo filosófico á la francesa; arranques de poesía novelesca; todiis las 
armas de frágil temple, pero de brillante apariencia, que suelen emplear las imaginaciones ex- 
traviadas, fueron prodigadas á manos llenas por el joven Marchena para combatir el ¡¡rinci- 
pio canónico del celibato sacerdotal , que otros defendían con fervoroso ahinco , y principal- 
mente para dar libre rienda á la rencorosa aversión que sentía contra los institutos mona- 
cales (2). Y lo más singular es que, al escribir esta osada y vehemente invectiva, no tuvo 
Marchena más propósito que el de sincerarse con su maestro , el cual tachaba de heterodoxas 
las doctrinas del descaminado mancebo (3). 

Lanzado Marchena á todo trance en un camino avieso y peligroso, no quiso habérselas con 
la Inquisición alarmada; y así, le vemos, sin sorpresa, engolfado más adelante en las turba- 
ciones desastrosas y en los azares de la revolución francesa. Monsieur Thiers dice de Mar- 
chena que hahia ido á Francia en busca de la libertad (4). Tristes lecciones hubo de recibir en 
su patria adoptiva aquel mozo entusiasta, que habia ido á tierra extraña en pos de la soña- 
da realidad de sus quiméricas ilusiones. Largo y duro encarcelamiento (5), proscripción del 
territorio francés, persecuciones que le obligaron á vagar disfrazado de soldado, con riesgo 



(1) Entre las obras que por aquellos días se ha- 
bían publicado para sostenerla doctrina del celiba- 
to eclesiástico , como la luás pura y la más conforme 
á la vida mística y contemplativa, merece citarse 
especialmente la que, en 1783, imprimió en Bolonia 
el jesuíta expulsado don Manuel Antonio Meliá y 
Eibellcs , la cual más adelante tradujo el mismo en 
castellano : 

Excelencias de la virginidad evangélica , en tres 
libros, con una breve apología del cristiano celiba- 
to, contra los filósofos de nuestros dias. Madrid, por 
don Benito Cano, 1790 ; en 8.° 

Esta obra fué nuiy alabada por las Efemérides li- 
terarias de Roma (1784) y por el célebre Tirabos- 
chi. 

(2) Ya en la primera mitad drl siglo se advier- 
ten síntomas claros de antipatía dios frailes en los 
escritos de hombres muy ilustrados de aquel tiem- 
po, como don Luis José Velazquez. 

(3) Así empieza la carta de Marchena: «Confe- 
saré á usted que me ha sorprendido su respuesta so- 
bremanera. Ciertamente, si viniera de un hombre 
oscuro, no me incomodaría mucho ; pero ¡ un litera- 
to estimable , un catedrático de Sagrada Escritura, 
que califica mis máximas áQ perversas ^ de opuestas 

al espíritu del Evangelio ! esto debe alterar á un 

hombre que no sólo se dice, sino que es realmente 
discípulo de Cristo , y se precia de tal. Todos esta- 
mos obligados á confesar nuestra fe delante de los 
hombres cuando se duda de ella. Si no fuera por 
esta sagrada obligación, no me tomaría el trabajo 
de escribir una contestación de teología , ciencia tan 
distante de mis estudios. No tenga usted, por tanto, 
esta carta por de esa especie , sino más bien por una 



profesión de fe, dirigida á un sabio que ha dudado 
de la pureza de mi creencia. » 

En seguida , con claras muestras de asentimien- 
to , pone en boca de un teólogo protestante un razo- 
namiento declamatorio en favor del matrimonio de 
los clérigos. ¡ Extraña /)ro/esí'o« de fe para un estu- 
diante español, que intenta justificar sus principios 
religiosos ante un teólogo católico ! 

Tenemos á la vista la carta autógrafa de Marche- 
na. Diez y siete páginas extensas. Don Joaquín Ma- 
ría Sotelo, que poseía esta carta, puso al pié de ella 
una nota, por demás severa, acercado la capacidad 
de su autor. Sotelo, inflamado por su rectitud y por 
6u austeridad religiosa , llevó su opinión hasta la in- 
justicia. La carta de Marchena es la obra de un mo- 
zo inexperto y desalumbrado , que no ve más razo- 
nes que las que halagan sus instintos y sus errores; 
pero en medio de la obcecación , tiene trozos llenos 
de color y de brío. (Esta carta forma parte de los 
autógrafos de escritores ilustres que dejó entre sus 
papeles don Juan Pahlo Foi-ner.) 

(4) Barbaroux, Pétion, Salles, Louvcf, MeiUian, 
Guadet , Kervélcgan , Gorsas , Girey-Dupré, M^v- 
chana, jeune espngnnl, qui était venu chercher la li- 
berté en Frunce ; Riouffe , jeune homme attaché par 
enthousiasme aux girondins , composaient cette troupe 
d'illustrcs fugitifs ^poursuivis cnmme traitresá lapa- 
trie. (Monsieur A. Thiers, Ilistoire de larévolution 

francaise , chapítre xxiv.) 

(5) Tallien mandó encarcelar en Burdeos á los 
girondinos , entro los cuales se hallaba afiliado Mar- 
chena (Octubre de 1794). Después los envió á los ca- 
labozos de la Conserjería de París, donde permane- 
cieron hasta la caida de Robespierre, 



CCTI BOSQUEJO HISTÓrvICO CEÍTIt'O 

continuo de la vida , i)or la Bretaña y la Normandía ; la miseria casi siempre : lié aquí la li- 
bertad que encontró el desventurado Marcliena en la nación adonde le liabia conducido la 
engañosa luz de sus esperanzas. Riouí'fc , su comjiañero de persecución y de cárcel , dice así 
de Marchena: «Perseguido por la in(piisicion religiosa de su país, vino á Francia á buscar 
la libertad, y cayó en manos de la iinjuisicion política de los comités revolucionarios)) (1). 

Su carácter era en sumo grado indepoudiente, y ú tal punto, que rayaba su iudepeiiicn- 
cia en desabrimiento y extravagancia. Rompía tan fácilmente con las leyes que imponen los 
bábitos de la sociedad culta, como con las leyes del mundo moral. Ciiéntase, entre sus rare- 
zas, la de haber domesticado un jabalí, que permanecía constantemente en su propio cuarto, 
y liasta dormía en su propia alcoba (2). Un día, por descuido acaso de una joven que vivía en 
casa de Marchena, se precipitó el jabalí por la escalera y murió })orniqucbrado. ]\íarchena, muy 
condolido, escribió una elegía en honra del jabalí. A su genial extravagancia, á su desvío 
de las formas comunes de la vida y á su incurable mordacidad, puede, en gran parte, atri- 
buirse la glacial acogida que, después de su extrañamiento de Francia, encontró en Suiza, 
en la brillante y célebre quinta de Coppet, por parte de madame de Stael, que en París le 
había tratado anteriormente con amistosa cordialidad. 

La exaltación de los sentimientos de Marchena , cuando violentas circunstancias ponían á 
prueba las fuerzas de su alma, tocaba en el último límite á que puede llegar la pasión políti- 
ca. Cuando , preso en la Conserjería, veia salir continuamente para la guillotina á sus compa- 
ñeros de iníbrtunio, se resentía profundamente de que su turno no llegase. Ambicionó la glo- 
ria de subir al cadalso, y acalorado el ánimo por la impaciencia y el orgullo, escribió á Ixo- 
bespierre estas memorables palabras : Tirano, me has olvidado. Marchena se hallaba asaltatlo 
en este momento por esa demencia suljlíme , que produce los héroes y los mártires. 

Como todo era extremado en aquella alma impetuosa, la impiedad de Marchena. tomó el ca- 
rácter de un alarde violento y monstruoso. Hemos oído referir á personas que lo conocieron en 
París , que tuvo la audacia de poner sobre su puerta este letrero : Id Von enscigne Vathéisnxc 
par principes. No es imposible que tal hiciera el hombre que, encarcelado en la Conserjería, 
dio la siguiente prueba de fanatismo impío. Entre los presos había un monje benedictino. A 
las amarguras del penoso cautiverio se agregaba la, para él más insufrible todavía, de hallarse 
rodeado de aquel grupo de descreídos. Las blasfemias de éstos exaltaban la fe ardorosa y pura 
del venerable anciano, el cual, solo, impasible, con el corazón en Dios y el Breviario en lama- 
no , hacia continuos é infructuosos esfuerzos para convertir á aquellos incrédulos recalcitran- 
tes. Estos hacían escarnio de la religión cristiana, y para llevar al colmo la sacrilega mofa y 
desesperar al admirable benedictino , inventaron un dios , im culto y una liturgia. Pusieron 
á aquel dios irrisorio el nombre de Ihrascha , y compusieron en su honor himnos y cánticos 
sagrados. Cayó Marchena tan gravemente enfermo por aquellos días, que se desconfió de sal- 
var su vida. Al verle casi en la agonía, el benedictino , perseverante en su santo propósito, 
creyó que en. aquel trance extremo , olvidadas las pasiones mundanas , hallaría eco en el co- 
razón de Marchena la doctrina del Redentor del mundo , la memoria de sus ancianos padres. 
Todo en balde: el moribundo, haciendo un esftierzo, responde á las evangélicas exhortacio- 
nes del monje, gritando: j Viva Ihrascha! (3). Tal vez Marchena, apartado de aquella socie- 
dad excitadora de girondinos revolucionarios, habría sentido la influencia de las sanas y con- 
soladoras palabras de la religión cristiana ; pero las facultades de imaginación eran en el man- 
cebo andaluz más poderosas que las facultades de razón; se hallaba ademas en \\\\ momento dt; 
vértigo político, y la soberbia ahogó los impulsos naturales del alma. Este hondire, que así 
hacia gala del ateísmo , no era ateo. Había quedado como escondido en el íojkIo de su cora- 
zón algo de las creencias de su infancia y de su patria. En esa misma Conserjería ^ donde 

(1) Riouffc, Mémoircs, etc. 

(2) Véase la carta do don José de Lira, en la noticia biográfica del abate Marchena, 

(3) Memorias de Riouff ©i 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL ccvil 

blasonaba de tan implacable impiedad , leia Marchena \ quién podría imaginarlo ! la Guia de 
pecadores, de fray Luis de Granada. Él mismo lo confesó muchos años después, diciendo al 
propio tiempo: « Es un libro que no puedo leer ni dejar do leer» (1). 

Pasada la edad de las tendencias irreflexivas , aleccionado el entendimiento y escarmentado 
el corazón con los desengaños y los pesares , Marchena apaciguó el ímpetu de sus ideas y do 
BUS pasiones. La transformación fué grande. El republicano intolerante se convierte en servi- 
dor del rey José; el que renegó de España, haciéndose francés, vuelve á su patria, ansioso 
de morir en ella ; y el adorador del dios imaginario Ihrascha muere , en efecto, en Madrid 
(1821), en el gremio de la fe católica, adorando y pidiendo misericordia al Dios verdadero. 
Su corazón le dijo al fin, como dice todo corazón sano á las ahnas serenas ; 

Oh Dieu de mon berceau , sois le Dieu de ma tambe ! 

Para que todo sea anómalo en la existencia de este escritor, hasta su fama de poeta lo es 
algún tanto , pues se funda principalmente en su oda A Cristo crucificado ; asunto que, al pa- 
recer , debió ser el último que despertase la inspiración del irreligioso Marchena. Como li- 
terato , es hombre de alto mérito. Poseia completamente el idioma de su patria adoptiva , y 
así por la audacia tribunicia como por el vehemente talento con que escribía , ya diatribas 
contra Tallien , Legendre , Fréron , ya folletos poco piadosos , llamó la atención de Marat, 
del conde Beugnot , del general Moreau y de otros famosos franceses de aquel tiempo. Ha- 
bia estudiado profundamente las lenguas sabias , y llegó á enseñorearse á tal punto del latin, 
que engañó hasta á la docta Alemania , tan difícil de alucinar en tales materias , publicando 
en Basilea una tirada de versos latinos, que hizo pasar por uno de los trozos perdidos del Sa- 
tijricon de Petronio , que afirmó haber encontrado en un antiguo manuscrito. Bien es ver- 
dad que la poesía de Petronio cuadraba á la inspiración cínica de Marcheria. Alentado con 
el triunfo , repitió la traviesa superchería , tomando por modelo á Catulo. Esta vez no engañó 
á nadie. Demostró de nuevo que era consumado latinista ; pero habia presumido demasiado 
de su instinto poético. Marchena no era ni bastante suave ni bastante poeta para llegar , en 
su imitación , á la gracia y fluidez de aquel delicado y elegante escritor latino. 

Como prosador castellano , su carácter impetuoso y poco flexible se refleja en sus escritos. 
Esto lo decimos en alabanza suya , porque tiene cualidades esenciales, de que carece siempre 
la medianía: espontaneidad, vida, color, impulso propio. Su estilo es á veces extraño, pero 
siempre original y vigoroso. Fué tachado , y no sin razón , de plagar las muchas traduccio- 
nes que liizo del francés, ora de arcaísmos, ora de imperdonables galicismos. Escribía enton- 
ces , pay^a vivir , con la prisa y la indiferencia del menesteroso , y se habían ademas inoculado, 
por decirlo así, en su entendimiento las frases, como las ideas de los libros franceses, que habían 
sido insano alimento de su primera educación. Con el tiempo llegó á manejar desembarazada, 
castiza y hábilmente el habla castellana, adquiriendo la perfección visiblemente artificial que 
se advierte en el Discurso preliminar que puso al frente de su colección titulada Lecciones de 
filosofía moral y elocuervcia ; discurso que, prescindiendo de las singularidades de frase y de 
doctrina inseparables del hombre, honra en alto grado al escritor, y merece ser considerado 
como una muestra luminosa de buen decir y de crítica resuelta y levantada. Los juicios de esto 
célebre estudio no son siempre , sin embargo , imparciales y seguros. Marchena escribe do 
crítica literaria con la misma acerada pluma con que escribía de política en los periódicos 
Li'Ami dii jjetiple y UAmi des lois. Lo ve todo desde un punto de vista demasiado rígido y 
absoluto. Tiene firme y elevado el pensamiento, pero le falta sensibilidad estética, y le cuesta 
trabajo admirar. Por otra parte , la pasión política y la aspereza republicana habían entibiado 

(1) Sobre este y otros hechos do la vida de Mar- Bono Serrano y monsieur Antoine de Latour. Este 

chena hay interesantes pormenores en los notables último , en lengua francesa, en la revista mensual 

artículos biográficos que de él han publicado núes- de París titulada Le Correspondant (25 de Febrero 

tros amigos los estimables escritores don Gaspar (le 1867). 



Ccviii BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Ó torcido en su ánimo los sentimientos de la patria, y carece de sentido histórico para juzgar 
las antiguas glorias españolas. Es acaso el único español que ha encontrado palabras de aver- 
sión y censura para la esclarecida reina Isabel la Católica , uno de los caracteres más gran- 
des, más nobles y más populares que ofrecen los anales de los tiempos modernos. 

i Cosa singular! Este hombre de viva y temeraria fantasía, cuya iniciativa de carácter, de 
pensamiento y de conducta era desmedida, no tenía, como poeta, ni vuelo ni desembarazo. 
En la célebre oda A Cristo crucificado, en la Ejn'ótolu sobre la Uhertad política , en la tragedia 
Policena, y en algunas otras obras poéticas, hay rasgos de esos que sólo emanan del estro 
verdydero; pero en general la poesía de Marchena contrasta con su prosa por la falta de con- 
cisión, y á veces de cadencia armónica, y por el sello patente de ejecución premiosa y des- 
leída (1). No es dable negar que Dios depositó en el alma de Marcliena la acción, la luz y 
el temple que constituyen la inspiración de cierto linaje. El soplo del encono político torció 
el rumbo natural del alma y agostó las flores de aquella inspiración. El infortunio consumó 
la obra destructora , y probablemente ni un solo afecto puro y sereno llegó á iluminar con mi 
rayo de dicha verdadera aquella trabajosa y trabajada vida. 

Pasemos ya á hablar de don José María Blanco , una de las lumbreras de la escuela sevi- 
llana , escritor de gran significación en la historia literaria de su época , por la índole vehe- 
mente y movediza de su talento, por siis prendas de corazón y hasta por la triste celebridad 
que alcanzó su apostasia religiosa. La actual generación, demasiado cercana á los tiempos do 
Blanco- White, no puede acaso juzgar con imparcialidad completa una vida tan desventurada 
y escabrosa. 

El padre de Blanco, el caballero irlandés Guillermo White, extremaba hasta la pasión el 
fervor católico. Tuvo dos hijas, y ambas se hicieron monjas. Obligó á José á abrazar la car- 
rera eclesiástica, para la cual no tenía vocación verdadera. Esta, que se ha supuesto presión 
desmedida del hogar paterno, y motivo fundamental de la conducta de Blanco, no pudo ser- 
lo en realidad. Ni ha quedado memoria de que la acción moral doméstica del padre y de la 
dulce y discreta madre de Blanco fuese opresiva , ni lo denota tampoco la conducta de éste 
en los primeros años de su vida. Consagrado con fervoroso ahinco á estudios de teología y 
devoción, predicador distinguido, vencedor, á los veintiséis años, en la oposición que hizo á la 
canongía magistral de la capilla real de San Fernando de Sevilla, halagado con la naciente 
gloria literaria que le granjeaban sus poesías, todo indica que Blanco en aquel período, el 
más plausible, sano y dichoso de su vida, obraba con espontaneidad y contento. 

De improviso huyeron del alma de Blanco el sosiego y la fe. Y que este cambio fué vio- 
lento y repentino, lo dijo él mismo en esos momentos de expansión en que brota la verdad 
de las almas sinceras. Detenidas explicaciones dogmático-políticas dio Blanco de la transfor- 
mación de sus ideas y opiniones, en varios escritos (2) ; pero en ninguno hace una confesión 
más categórica, más concisa y más amarga que en su Besj^edida á los hispano -americanos, 
escrita en 1825 (3). Oigamos sus propias palabras autobiográficas : 

No habia pasado un año, cuando me ocurrieron laa dudas más vehementes sobro la religión católi- 
ca Mi fe vino á tierra Hasta el nomlu-e de religión se me hizo odioso Leía sin cesar cuantos li- 
bros ha producido la Francia en defensa del deísmo y ateísmo. 



(1) Aludiendo á la traducción del Tartufe,úe- de la fluidez y armonía que hemos notado en laa 

cia El Censor (2 de Junio de 1821) : composiciones líricas de aquel sabio literato.)) 

«El señor Marchena, en quien la literatura espa- (2) Véase principahnentc su obra, escrita en in- 
flóla acaba de perder uno de sus ornamentos, y la glés, que tanta fama le dio en Inglaterra, Letters 
libertad uno de sus más antiguos y constantes de- /rom Spain hy don Leucadio Doblado. Londres, 1822. 
f enseres, ha traducido con toda verdad el pensa- (3) Variedades ó Mensajero de Londres, ^Qri6ái- 
miento de Moliere, le ha hecho hablar español, y co trimestral, publicado en Londres por Blanco- 
ha sabido conservar la gracia y el enlace 'do las White, 



ideas j pero sus versos ea el género cómico carecen 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIlI. CciX 

Diez años pasé de este modo Me avergonzaba de ser clérigo, y toda mi ambición se encerraba on 

prolongar la licencia del Rey, que me permitía vivir en Madrid, donde, por no entrar en ninguna iglesia, 
no vi las excelentes pinturas que hay en las de aquella cóite ¡Tan enconado me habia puesto la ti- 
ranía I 

El viaje de Blanco á Madrid, donde hubo de alimentar suí? ilusiones liberales en la ter- 
tulia de Quintana j con la lectura de libros peligrosos, contribuiría á aumentar la exaltación 
de sus ideas. Pero no basta á explicar aquel vacío profundo é irremediable que se formó en 
el alma del poeta sevillano. Romper impetuosamente con los principios y los sentimientos que 
se han respirado, por decirlo así, desde la cuna, en la sociedad y en la familia; mirar, no sólo 
con indiferencia, sino con sañuda intolerancia, las cosas más respetables y respetadas de la 
sociedad en que ^^ vimos , es un fenómeno moral, que la terrible acción de las épocas de im- 
pulso revolucionario no alcanza á exi)licar por sí sola. Para que se trastornen repentinamente 
por completo las leyes del corazón y de la conciencia, forzoso es que haya en el alma aviesas 
é infelices tendencias, de que carece, por fortuna, el común de los hombres. Entre muchos 
españoles que, en los últimos años del siglo xviii y en los primeros del actual, cviltivaban su 
entendimiento con libros de la escuela enciclopedista , la impiedad se hizo moda. Pero sólo 
Marchena y Blanco la llevaron hasta los límites de la ira, trocando la fe ciega, que ellos juz- 
gaban pernicioso fanatismo, por otro ñmatismo , el de la impiedad y la duda, tan intolerante 
como los demás, y más dañoso al orden de las sociedades y á la ventura del corazón. 

Blanco fué aun más allá que Marchena. Ambos cambiaron de patria; pero Blanco^ que 
llegó á dudar de todas las religiones, abandonó también la de sus padres. Pasiones de otro 
linaje contribuyeron á esta resolución lamentable. No es éste el lugar de consignar porme- 
nores biográficos de Blanco; pero, al juzgar un hecho que tanta trascendencia tuvo en su vida, 
como español y como escritor, la posteridad debe acrisolar la verdad y señalar á los hechos 
sus causas principales. 

Cuando achaca Blanco al encono que le habia infundido la tiranía, su intensa aversión á la 
religión y á la Iglesia, podría creerse que la pasión política, ciega y desatentada, era la causa 
única que le habia movido á expatriarse voluntariamente y á renegar de sus creencias, bus- 
cando por cualquier camino, bajo el cielo británico, el aire de la libertad. Pero hay que 
considerar que cuando, ya en la madurez de la vida, se decidió á abandonar para siempre su 
patria y sus amigos, no ofrecía la situación política de España -el humillante cuadro quo 
Blanco habia presenciado en Madrid. Se hallaba éste en Cádiz, cabalmente en momentos de 
una transformación histórica, en que asomaba resplandeciente la aurora de la independencia 
política, á la sazón mezclada con el fuego de generosos impulsos de independencia nacio- 
nal , y no es difícil columbrar que no el fantasma de la tirajiía, sino otros móviles más perso- 
nales fascinaban el entendimiento y avasallaban el corazón de aquel hombre exaltado é irre- 
flexivo (1). El canónigo Blanco tenía hijos, y su ternura, su vergüenza, el temor de ser objeto 
de escándalo á la vista de una nación creyente y de unos padres timoratos, fueron probable- 
mente las causas decisivas de su conducta (2). Sensible y generoso, si bien vehemente, iras- 
cible y tornadizo, Blanco carecía de la entereza que se requiere para arrostrar con humildad 
cristiana, que es al propio tiempo su único remedio, las consecuencias de un extravío. Los que 
carecen de esta sublime energía, suelen, á pesar suyo, reparar una falta cometiendo otra fal- 
ta mayor. Dios habrá juzgado la conducta del obcecado sacerdote. A los hombres nos toca 
sólo compadecer su desventura. Por impenetrables que parezcan los arcanos de la conciencia, 
puede conjeturarse con fundamento que Blanco no halló en Inglaterra ni la dicha ni el so- 
siego que esperaba. A los treinta y cinco años no se encuentra una nueva patria. Contra 
España, que le habia colmado de afecto y de aplausos, se ensañó en Londres con la violen- 



(1) Llegó Blanco á Falmouth en Marzo de 1810. ta por don Bartolomé José Gallardo, eíi uno de \o^ 

(2) Véase la noticia biográfica de Blanco , escri- tooios siguientea de la presente colección, 



ccx BOSQUEJO HISTÓUICO CRÍTICO 

ta enero-ía de los débiles. En El Español, revista mensual, que empezó á publicar k poco de 
BU lleo-ada á Ino-laterra, atacó no solamente á la Junta Central, á la cual profesaba ojeriza 
porque en Sevilla le Labia mandado moderar la violencia de su lenguaje cuando atacaba los 
actos del Gobierno en El Semanario patriótico , sino á la misma nación española, contra la 
cual se volvia siempre en todas las cuestiones de interés y de honra que suscitaban, en men- 
gua de España, la Inglaterra ó la América española. Su periódico se hizo órgano y apoyo do 
la rebelión de Caracas y de Buenos-Aires contraía madre patria, lo cual despertó en el 
ánimo de los españoles un vivo resentimiento de la ingrata conducta del apóstata de la re- 
ligión y de la patria (1). «Su aversión, dice Galiano, á todo lo español llegó á hacerse ver- 
dadera manía. » Tanto le cegaba su encono, que sostuvo que en España ni existia ni podia 
existir poesía digna de este nombre. Logró escribir el inglés con facilidad y elegancia (2). 
Pronto siempre á dañar al catolicismo en cualquiera forma y terreno que se le presentase, 
combatió con la ira y el vigor que eran inseparables de su estilo, la emancipación de los 
católicos. Ayudado á la sazón por la pasión política, se hizo escritor de cuenta y nombra- 
día entre los individuos del bando to7'i/ que sostenían ardorosamente aquella doctrina. Aman- 
sada después repentinamente, en este punto, la airada pluma de Blanco, fué tenido por hom- 
bre sin consistencia en sus propósitos y principios, y se trocó en desconcepto y en desvío la 
autifTua estima y admiración de sus amigos. Su conducta religiosa en Inglaterra no pudo 
ser tampoco aplaudida. Nadie ignoraba los vaivenes de su alma en esta parte. Católico, pri- 
mero, después impío, luego fervoroso anglicano, y por último unitario, esto es, incrédulo 
de nuevo; porque esta secta, odiosa á los ojos de los más de los ingleses, niega la Trinidad, 
la divinidad de Jesucristo y otros dogmas de los demás protestantes. 

En los tiempos de favor y fortuna fué Blanco profesor en la universidad de Oxford y ca- 
nónigo en la catedral protestante de San Pablo, de Londres. Dio carrera en el ejército in- 
glés de la India al hijo único que le quedaba. Pero el vacío de su alma no se llenó jamas. 
El protestantismo, que habia abrazado sin fe, no consoló su atribulado espíritu. Ya no vol- 
vió á hallar en sus versos la inspiración lozana de los tiempos serenos de su juventud. Los 
últimos años de su vida faeron una verdadera expiación. Lo devoraba la tristeza , y la ima- 
gen de la patria y de los amigos que habia perdido , se ofrecía á sus ojos con la triste forma 
del remordimiento. Esquivaba á los españoles, que tanto en su mocedad habia amado : acaso 
veía en ellos involuntarios acusadores. Poco más de un año antes de su muerte , ocurrida 
en 1841, sintió con la vehemencia con que lo sentía todo, el deseo de escribir un libro en 

(t) Entre los escritos que so publicaron en Es- rece que los españoles tan sido los únicos en el mundo que han 

1 n t ' 1 :„„ „ „i n„v,;«..»,„ ;i^ practicado estos actos de poder. ¡ Cómo ee olvida el señor Blanco de 

paña para defender a la nación y al Grobierno de ; ^ , ,,. . . . ^ .. • . 

^ " . . . , las páginas de la historia para agraviar a su patria! 

la malquerencia de Blanco, merece citarse, por lo [Denunciación de don José Blanco, azitor del periódico que se pu^ 

bien razonado, un folleto publicado en Cádiz, el lUcci en Londres con el título de'Eh'Esp&SouCááiz,enl3kimpxent3i 

afio mismo de su emigración voluntaria. Hé aquí Eeal, añodeisio.) 

cómo juzga el proceder de Blanco : (2) Como muelátra, juzgamos oportuno publicar 

Su patriotismo (alude al que manifestaba como redactor de El el siguiente SOnetO. De él dccia el célebre pOCta 

¿íemanono i)aín(«íco) no estaba sino en la punta de su pluma; su filo- Coleridge que era una de las cosas más delicadas 

60f ia no estaba en el corazón, como estaba en las palabras ; la patria ^^ hablan escritO en lengua inglesa : 

era después que sus menores disgustos. Si; (-X la abandonó en sus -^ o o 

mayores necesidades, 61 la pospuso á sus incipientes resentimientos, Mysterious night I when our first parent knew 

él so ha expatriado á un país desde donde A salvo-conducto siembra Thee from report divine, and heard thij naine, 

las horribles semillas de la discordia entre los pueblos españolea do Did he not iremb/efor this lovely frame , 

Oriento y Occidente, con aquel jiodcr rcttirico que saben hacerlo es- This glorious canopy of lighi and bluet 

tos revolucionarios que anhelan gloria y celebridad, aunque seaá Yet beneath a curtain of translwent dew, 

costa do hundir y echar por tierra todas las monarquías. Ni las sa- Balhed in the rays of the great settingflame 

gradas obligaciones que le competían y obligaban como ciudadano, Hesperus, with the host of heaven carne, 

ni los sentimientos filantrópicos por la humanidad, ni el deseo de laa ^nd lo I creation widened in man's vicw. 

ocasiones de manifestar al mundo sus virtudes y talentos, ni las vo- Who coukl have tliought such darhness ¡ay concealed 

eos y necesidades de su maltratada patria, pudieron más que sus in- Within thy bcams , o sun ! or who couUlfind 

justísimos enojos Este hombre peligroso, este espurio patricio, Whilsíjly, and leaf, and insect stood revealed 

este hijo de sus pasiones , que prometía tanto bien , y no hace más Tfmi to such countless orbs thou madest us blindt 

qno el mal, es un enemigo de la patria. ^^^'y <io «^c then shun dealh wiOi anxious strifet 

Cuando declama contra España por la oongitiista de América, pa- Jf Ught can thus deceive, wli^refore not life t 



DE LA rOESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CCSÍ 

castellano, y escribió una novela. En ella se ven claros indicios de la reacción que la proximi- 
diul de la muerte Labia producido en su ahna lacerada. Taclia de ambiciosos y orgullosos á 
los protestantes por la conducta que observan con los católicos de Irlanda, se complace en 
Ihmar paisanos á los españoles, y manifiesta á las claras con cuan intenso amor volvia su 
abna á las memorias del suelo natal (1). 

Grandes hubieron de ser las cualidades simpáticas de Blanco, cuando, á pesar de sus er- 
rores, le profesaron siempre tierna amistad los amigos de su juventud , Arjona , Reinoso, 
Lista, Gallardo, Quintana, Gallego y otros varones de alta valía. No era ciertamente un 
hombre vulgar. Su alma impetuosa era de aquellas en que andan en discorde conjunto bri- 
llantes prendas y , trascendentales defectos. Hijo y juguete de uno de esos terribles períodos 
históricos en que se estremecen y quebrantan las basas del mundo moral, fué víctima de las 
pasiones públicas de su tiempo á par que de las suyas propias. No es, por lo tanto, escasa su 
significación en la historia literaria de España. Tenía fuerzas intelectuales para haber sido 
lui escritor de más elevado linaje , y aunque las malgastó en gran parte, á causa de la pasión, 
la inquietud y la desgracia, han dado sobrados frutos para que pueda negársele un puesto 
encumbrado en las letras de su época. 

La lucha política, y no la poesía, fué su verdadera vocación. Como poeta no raya á gran- 
de altura, y pocas de sus obras en verso pueden leerse sin hastío ahora, que está el gusto pú- 
blico tan distante de aquella escuela artificial. Demostró, no obstante, en varias obras poéti- 
cas de su primera época, esto es , de su época española, briosos pensamientos , entonación y 
armonía. Su mejor producción poética, según afirmaba Lista con entusiasmo, es un poema A 
la Belleza, que, á pesar de nuestros esfuerzos, no nos ha sido dable encontrar (2). 

Recordemos ahora á varios poetas que , aunque arrastrados, en sus creencias y en sus im- 
pulsos morales , por el ímpetu de las ideas francesas de la revolución , conservaron vivos los 
sentimientos tradicionales de la nación, y no arrancaron de su corazón , como Marchena y 
Blanco, el amor de la patria. 

Resplandecía por aquellos días el nombre de don Joaquín Lorenzo Villanueva , sacerdote 
de ánimo inquieto y mal disciplinado. Aunque menos profundo y menos investigador que su 
hermano don Jaime, autor del Viaje literario á las iglesias ele España, era instruido y agu- 
do, y uno de esos removedores de las letras y de la pohtica, que, si no alcanzan á dejar á su 
país monumentos de verdadera gloria, contribuyen al sacudimiento de las ideas , que, cuando 
no salen del cauce de la razón, suelen en momentos determinados sacar á las naciones del le- 
targo moral que embarga y tuerce sus facultades naturales. Cultivó la poesía, porque quiso 
abarcar con ambicioso anhelo todos los ramos de la literatura ; pero sus laureles de poeta se 
marchitaron muy en breve, y la posteridad habría acaso olvidado su nombre sin el rumor de 
escándalo que llevó tras sí en su azarosa vida, en parte por los vaivenes de su tiempo, en parte 
también por las tendencias descaminadas de su carácter. Primero, calificador del Santo- Ofi- 
cio de la Inquisición, después tachado de jansenista, y más adelante rechazado por la Santa 
Sede cuando lo nombró el rey Fernando VII ministro plenipotenciario en Roma, fué Villa- 



(1) «Una ausencia de treinta años casi me lia No; el sepulcro está casi cerrado solire mí, y aun- 

hecho extranjero en mi patria, y no será difícil que no lo estuviese, aunque me liallára en el vigor 

conjeturar con qué poca confianza emprendo, en- de mi vida, España no me recibirla sino con con- 

fermo y casi moribundo, la composición de una diciones. No diré más El deseo de hablar por úl- 

obra en español Es ley de la condición humana tima vez á los españoles me rebosa en el pecho n 

que á medida que envejecemos, se rejuvenezcan (Introducción á la novela Luisa de Budamante^ 

las impresiones de la niñez y de los verdes años ó la huérfana española en Inglaterra.) 

Me empecé á convencer, algunos añoshá, que habia (2) En otro lugar hemos dicho que han sido es- 
entrado en los términos de la vejez, con el perpé- tcrlles las investigaciones hechas en Sevilla con 
tuo revivir, que noté en mí, de imágenes y memo- suma diligencia por algunos de los más distingui- 
rías españolas La luz de la esperanza no es mía. dos literatos de aquella ciudad. 



ccxil BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

nueva imagen viva de aquellos tiempos de contradicciones y trastornos. Adoptó con veíic- 
mencia las ideas innovadoras que iban entonces cundiendo por todos los ámbitos de Europa, 
y su vida siguió, como era inevitable que aconteciera, las tristes vicisitudes políticas de 
aquella época de inquietud y de turbación. Arrastrado por las ilusiones engañosas del 
es])íritu reformista, se lanzó sin restricción y sin prudencia en la aventurada empresa de en- 
lazar las libertades canónicas con las libertades políticas , y atacó, en no escasa parte, las po- 
testades eclesiásticas. Llevado de su fogosa índole, fué de aquellos, por fortuna raros, sacer- 
dotes que prefieren á la calma de su sagrado ministerio, la agitación de la vida política. Des- 
pués de haber sido dos veces diputado á Cortes, emigró á Inglaterra, donde pasó los últimos 
años de su vida. Allí publicó, en 1825, una interesante autobiografía, con el título de Vida 
literaria de don Joaquín Lorenzo Villamicva. Aunqiie llama literaria á la historia de su vida, 
esta obra pertenece, más que á las letras, á las polémicas políticas y religiosas de su época. 
En esta animada relación de sucesos contemporáneos se presentan sin disfraz el carácter, el 
ingenio y las preocupaciones del autor. Es un libro curiosísimo, muy importante para la in- 
teligencia de la historia literaria, eclesiástica y política de España, en la era que siguió á la 
revolución francesa. 

La audacia de sus opiniones, y el carácter desenfadado ó agresivo de siis escritos, suscitó 
á ViUanueva impugnadores y enemigos, que le causaron acerbos sinsabores. El más inflexible 
y tenaz de estos impugnadores fué el doctor don Antonio Puigblanch, compañero su^'o de 
emigración, autor de La Inquisición sin máscara, hombre de escaso gusto, si bien de extensa 
erudición. En su prolija, pero curiosa obra titulada Opúsculos gramático-satirices , publicados 
en Londres, con pretexto de defenderse de ViUanueva, ataca reciamente, lastimándolas cuanto 
puede con las armas de la sátira y de la invectiva, así las obras , como la persona del doctor 
valenciano. 

La saña de los literatos ofendidos no se amansaba ante la fraternidad de la emigración. 
Las variaciones de opinión hacían , en verdad , á veces , á ViUanueva sobrado vulnerable. Por 
ejemplo, cuando, por los años de 1812, escribía en Cádiz El Jansenismo, dedicado al filósofo 
rancio, ¿quién habría reconocido en su autor á aquel defensor celoso del espíritu nacional, en 
lo tocante á la religión y á la política, que en 1793 publicaba en la Imprenta Real el en- 
tonces fiímoso Catecismo del Lstado según los jyrincipios de la Religión, sin más objeto, según 
sus propias palabras, que el de preservar á España del contagio de la revolución francesa? 

Estas inconsecuencias no son ni pueden ser raras en épocas de renovación y trastorno. 
Abandonadas las doctrinas antiguas , mal definidas las doctrinas nuevas , como que aun no 
han pasado por el crisol de la experiencia , suele hoy verse un campo de gloria donde ayer 
se veía un abismo. 

Cuando, á los veinticinco años de edad (1783), publicó ViUanueva su traducción en verso 
del Poema de san Próspero contra los ingratos, declaró que, á pesar del buen éxito de esta 
obra, estaba resuelto «á hacer frente á la vocación de poeta.» Cuerdo anduvo en ello el fácil 
y abundante prosador, pues carecía de verdadero estro poético. Sin embargo , muchos años 
después, confinado al convento de la Salceda por aquel famoso decreto de 15 de Diciembre 
de 1815, que fulminó las penas de presidio, reclusión y destierro contra Martínez de la Rosa, 
Aroüellcs, don Juan Nicasio Gallego y otros ilustres patricios, recobró su amor á las dulces 
emociones de la poesía. «Entre aquellos peñascos (escribe él mismo en su citada obra) vol- 
vió á prender en mi ánimo el fuego poético, que desde mi mocedad había estado envuelto 
en cenizas. Con rayar ya entonces en los sesenta años, salieron de mi mano composiciones 
muy vivas y amenas, de que llegó á formar cuatro volúmenes cierta persona á quien las iba 
enviando. » 

Frisaba ViUanueva en los setenta años cuando estampaba estas palabras, en que tan des- 
embozado so presenta el engreimiento del poeta anciano. Las poesías, publicadas en Dublin, 
no carecen de briosa entonación^ de ingenio y de sabor castizo castellano, Era don Joaquín 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL ccxm 

Villanmva, así como su hermano don Jaime, consumado hablista , y con razón le habia admi- 
tido en su seno la Academia Española antes de que cumpliese treinta y cinco años ; pero la 
continua lectura de antiguos escritores lo habia familiarizado de tal modo con el lenguaje 
arcaico , que , acaso involuntariamente , atesta sus versos de extrañas voces y extravagantes 
y anticuados idiotismos. Y ¿qué ha de parecer una poesía, aunque abunde en bellos pensa- 
mientos, que no puede leerse sin tener á mano diccionarios y glosarios ? Lo que es en realidad : 
una poesía hija del estudio, y falta, por consiguiente, de naturalidad y de hechizo. 

Poco tiempo antes de su muerte, á pesar de la fortaleza que le infundían siempre las ta- 
reas literarias para sobrellevar los sinsabores de la vida, y á pesar también de la admiración 
que le inspiraba la nación inglesa , emponzoñaban su ánimo el recuerdo de la patria y las 
amarguras del aislamiento. « Hallóme (escribía en su citada obra) abandonado de mi patria 
sin crimen, y expuesto á las calamidades de un espontáneo extrañamiento.» 

Otro escritor, animado por el espíritu independiente de su época, pero que no amenguó por 
ello sus sentimientos patrióticos y religiosos, es el poeta gaditano don José Vargas y Ponee. 

Pocas cosas demuestran tan claramente el carácter inseguro y antojadizo del gusto lite- 
rario en las épocas de transición, como la gloria efímera de ciertos escritores. A excepción do 
varios críticos y eruditos, ¿quién recuerda hoy día los versos de algunos poetas, cuyo nom- 
bre gozaba, en los últimos años del siglo xviii y en los primeros del presente , de celebridad 
honrosa y lisonjera? Vargas y Ponce^ el distinguido marino y académico, es uno de estos 
ingenios olvidados. El público de la era presente ignora que este español insigne fué en su 
tiempo muy estimado y aplaudido , por su laboriosidad , por su patriotismo , por su talento, 
y hasta por su humor cáustico y festivo. La historia literaria, al paso que debe permanecer 
insensible á ese lustre y á ese entusiasmo pasajero que ofusca y avasalla á los contemporáneos, 
cumple su misión útil y gloriosa resucitando, por decirlo así , nombres á veces con nota- 
ble injusticia olvidados, y aquilatando el valor verdadero, absoluto ó relativo, de las obras 
del arte ó del ingenio, que casi siempre encierran una significación moral histórica, que no 
es dable desatender. Por eso nos complacemos ahora en consagrar un somero estudio al ca- 
rácter y al talento poético de Vargas y Ponce, que sus amigos llamaban simplemente, con 
intención familiar y afectuosa, el poeta Vargas. 

Compartió su vida entre la marina , las letras y la política. Pero las letras fueron siempre 
su vocación dominante. En la marina se distingu^ió como oficial laborioso y brillante , y 
para la Biblioteca de marinos ilustres escribió la Vida del Marqués de la Victoria y la de don 
Pedro Niño. En aquellos tiempos caminaban con lentitud las carreras públicas, y Vargas 
Ponce, á pesar de sus grandes merecimientos , subió poco en el distinguido cuerpo á que 
pertenecía. No pasó de capitán de fragata. 

Como diputado, en 1813 se distinguió únicamente por su adhesión á la constitución po- 
lítica promulgada en el año anterior. Era liberal de sano instinto, y en la inexperiencia polí- 
tica de aquel tiempo, sólo á muy pocos fué dado columbrar los defectos trascendentales que 
encierra aquel famoso código constitutivo. Vivió oscurecido desde el momento en que fué der- 
rocado el sistema constitucional, hasta el restablecimiento del mismo en 1820. Volvió á 
Madrid, nuevamente elegido diputado á Cortes. Individuo de las Academias Española, de la 
Historia y de la de Nobles Artes, querido de todos por su dulce y amono carácter, y respetado 
por su saber y por su fama , le esperaba acaso la época más apacible y regalada de su vida. 
Pero le sorprendió la muerte al comenzar el siguiente año de 1821, el mismo en que murió 
Marchena. Su último escrito fué la Vida de ErcUla. 

Pocos han empezado la vida literaria con más venturosos auspicios. Cuando la Academia 
Española, después de premiar el Elogio de don Alfonso el Sabio, abrió el pliego que contenia el 
nombre del autor y proclamó que era obra de un guardia-marina, mozo de veinte años, la 
admiración fué general. La crítica no era muy vigorosa ni muy profunda; pero el estilo, 
aunque aliñado y artificial en demasía, era elegante y sentencioso, y el éxito de la obra fué 
I, Ps.-xviii, n 



CCXIV BOSQUEJO HISTÓRICO CKÍWOO 

extremadamente lisonjero. De allí en adelante escribió mucho ; porque era infatigable eu d 
trabajo, y las letras fueron para él deleite en la ventura, y consuelo en la adversidad. Mas ya 
no volvió á lograr un triunfo semejante al que Labia alcanzado en los albores de la juventud. 
Fuera de la oda Al nacimiento de los infantes gemelos, obra infeliz de la inexperiencia (1783), 
de la tragedia Egilo7ia, y de alguna otra composición de asunto grave , las obras poéticas de 
Vargas fueron siempre de carácter festivo y familiar. Las más conocidas eran las sátiras El 
Peso-duro y la Proclama de un solterón , que fueron traducidas al francés. Empezó Vargas El 
Peso-duro en Cartagena, antes de 1790, y no se decidió á continuarlo hasta 1806. Después 
de impreso el primer canto de este poema , em])rendió la composición del segundo canto ; 
pero, ó no quiso terminarlo, ó le arredró la indiferencia con que fué recibido el primero; lo 
cierto es , que no llegó á ver la luz pública. 

Vargas, como poeta, fué tratado con áspera, si bien merecida, severidad por sus contempo- 
ráneos. Forner , Huerta , Jovellanos , Miñano y otros no le escasearon, ya amistosas adver- 
tencias y censuras, ya amargas diatribas y aun violentos ataques. Su laboriosidad (1), sus 
nobles prendas y su festivo ingenio le granjearon, no obstante, el general aprecio. 

No podria formarse cabal idea de la agresiva violencia con que algunos de aquellos litera- 
tos se ensañaron con Vargas, si no estampáramos aquí muestras de aquellas recias acometidas. 
Lo hacemos de buen grado , porque estas muestras patentizan la destemplada intolerancia que 
reinaba por aquellos tiempos en las letras de nuestra patria. 

Forner, en su obra La Corneja sin plumas, se entretiene en probar, comparando textos, 
que el enfático libro de Vargas, Declamación contra los abusos introducidos en el castellano, es 
en su mayor parte una serie de plagios de May ans , de Aldrete y del autor del Diálogo de 
las lenguas. 

¿Quién (dice) no abominará á Voltaire, que, después de haber imitado la Mérope del gran Maffei, en- 
mascarado ruinmente, criticó con impía ferocidad la misma obra que le habia servido de modelo ? ¿Quién 
no lee con ceño á Aristóteles cuando le ve comentar las doctrinas de su maestro , y después morderle y 
roerle las opiniones con sequedad poco menos que bárbara ? Y si esta conducta desagrada tanto en hom- 
bres de superior mérito, ¿qué será cuando un pigmeo, un literatillo, cuyo bulto apenas se divisa, ahue- 
cando la voz y pugnando para empinarse, exhala bravatas campanudas, cabecea con ceño hosco, y brota 
su tufo de colerilla chillona en el tablado de un libróte zurcido malamente de retales, tal vez de aquellos 
mismos é quienes piensa lastimar y ofender? Pues no hay duda : tal es la calidad del libróte que á fines 
de 1793 salió á correr mundo con el titulo de Declamación contra los abusos irtroducidos en el castellano, 
presentada y no premiada por la Academia Española^ ario de 1791. Sigúela una disertación sobre la lengua 
castellana, y la antecede un diálogo que explica el designio de la obra. 

Esta rara mescolanza de declamación , diálogo y disertación ; este guisote de bodegón literario ; este 

almodrote, que empieza en conversación, sigue en misión y remata en gaceta ; ya en estilo de botarga, 

ya magnífico y de estampido, ya didáctico y pedantesco ; este libro no es libro, ni obra, ni diatriba, ni 
sintagma (2), ni cosa que se parezca á nada de lo que con algún título se ha escrito hasta aquí ; porque en 
el diálogo es pura habladuría, en la declamación pura afectación y remedo de frases ya caducas y ran- 
cias, y en la disertación puro, ó por mejor decir, impuro robo, rapiña patente , pillaje abominable, hurto 
y usui-pacion vergonzosa. Búsquese en los anales de la literatura un monstruo que se parezca en un solo 
lineamento á esta producción del memorable siglo xviii. 

En el año de 1820 publicó Vargas en Madrid una sátira en verso, con este título, que in- 
dica su intención : Los ilustres haraganes , 6 apología razonada de los mayoi^azgos. Juzgan- 
do esta obra de circunstancias, dice El Censor del 21 de Octubre de aquel año, en una carta 
de El Madrileño (3) ; 

Lo primero que vieron mis ojos fué una octava, que le sirve de epígrafe, tomada de aquel detestable 

(1) El lectoral de Cádiz, don Antonio Manuel ro de los escritos del insigne marino gaditano. 

'Trianes, varón doctísimo y amigo de Vargas, for- (2) Tratado metódico. Sintagma tituló Gassendi 

mó el catálogo de las obras impresas y manuscri- una obra suya sobre la filosofía de Epicuro. 

tas de este escritor. Añadiendo al catálogo algunas (3) Don Sebastian Miñano. Solía ocultar su nom- 

(jne en él faltan, no baja de sesenta y seis elnúmc- bre, firmando , ya El Madrileño, ya El Holgazán. 



DÉ LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIlL C^XV 
poema de antaño llamado El Peso-duro. Bien conocí desde luego que quien se atreve á tomar por texto un 
trozo de la obra más estúpida que han conocido los siglos, no podia menos de tener los sesos hechos sue- 
ro Todavía hay escritores capaces de competir en lo necio con el mismo autor de El Peso-duro y de la 

Egilona, 

Aunque por instinto y costumbre, más coplero que verdadero poeta, no merecía Vargas^ 
por cierto , tan desmedida acritud y dureza. Era uno de aquellos literatos de vocación sin- 
cera , ingeniosos , perseverantes é instruidos , que por no saber comprender su aptitud espe- 
cial, abarcan, con menos fuerza que ambición , todos los ramos de las letras, y no alcanzan, 
por lo mismo, á dejar en ninguno de ellos rastros de verdadera luz. Dotado de claro entendi- 
miento y de imaginación movediza y amena, si no fecunda y creadora, no quiso limitarse 
á cultivar la prosa, en la cual sobresalió desde edad muy temprana, y no tardó en caer en 
la tentación de penetrar en los elevados espacios de la poesía. Pero , aunque lleno de inge- 
nio lozano y zumbón , carecía de verdadero estro poético. Por eso brilló únicamente en el 
género satírico y festivo , desluciendo no poco sus agudos chistes con los rasgos chocarreros 
de que están sembradas sus poesías. 

Del Peso-duro, calificado, como se ha visto, de ohra estúpida por desabridos críticos, sólo 
ha llegado á nuestras manos el primer canto (1). No sobresale ciertamente ni por el aticismo 
poético , ni por la claridad y el orden de la narración. Sólo pueden ser leidas sin enfado al- 
gunas octavas , como aquellas en que recuerda el Peso-duro las imprecaciones de una negra 
de Angola, esclava de un minero del Perú, que ha visto morir á su hijo, víctima de un 
hundimiento de la montaña , ó algimas dos ó tres más, en que campean el ingenio travieso y 
á veces mordaz de Vargas. 



Hé aquí las octavas : 

Cabe una gruta de codicia insana, 
Cavada por sacar oculto oro, 
Sed insaciable de la raza humana, 
Alaridos sentí y amargo lloro. 
Con rabia mujeril , atroz y vana, 
Bramaba, cual herido y fiero toro 
Que se azota los cuernos con la cola, 
Una atezada hija del Angola 



Un hijo desdichado 
Perdió á su vista ; con la pena y saña , 
Frenética la madre se mordía, 
Y así fiera y demente maldecía : 

«Mal haya de aquel príncipe tirano 



Que en mi nativa Angola me vendiera, 
En vez de padre, mercader villano. 
No mi defensa , mi verdugo fuera. 
La sordidez mal haya del britano. 
Que en maldad que conoce, persevera, 
Y para despoblar mi triste playa 
Huye su esposa y surca el mar : ¡ mal haya ! 
«Y tú , hipócrita vil , que en blandas vocea 
Mi ánima ciega dices iluminas, 
Predicándome un ser que desconoces. 
Tu Dios no siendo sino viles minas, 
Plegué al destino cuitas tan atroces 
En tí se ceben ; llores tus ruinas 
Desolado cual yo , sin dulce hijo , 
Sin tu patria y tu Dios. « Así maldijo. 



Al pasar la Estigia el Peso duro , encuentra diferentes vicios de la sociedad humana satí- 
ricamente simbolizados : 



Por allí á comisión grave y secreta , 
Mintiendo tocas ó disfraz humano. 
Iba el Embuste en manto de alcahueta. 
La Trampa de alguacil , su vara en mano ; 



El Temor como esclavo con su geta , 
La Embriaguez de cochero simoniano, 
La Insolencia con aldas de estudiante, 
Y la Inutilidad como niaestrante. 



(1) Impreso en Madrid, en 1813 , en la imprenta 
que fué de Fuentenebro. — Hemos buscado el ma- 
huscrito del segundo canto en las colecciones délos 
principales bibliógrafos de Madrid. Hemos escrito 
con el mismo objeto á nuestros amigos de Sevilla y 
Cádiz. Todo en balde. Hemos adquirido la convic- 
ción , después de hablar con personas que interve- 
nían por aquel tiempo en la citada imprenta, que 



el segundo canto del Peso-duro no llegó á darse á 
la estampa. Fernán Caballero nos lia escrito con este 
motivo lo siguiente, desde Sevilla: 

«No hay biblioteca pública y particular, librería 
y baratillo en que no se haya buscado el segundo 
canto ; pero nada : todos creemos a<iuí , como usted, 
que no fué impreso, pues la parte final del primero 
no creo seduciría á nadie para leer el segundo.» 



CCSVI 



BOSQUEJO niSTORICO CRITICO 



La Soberbia so puso de golilla, 
La Avaricia ¡bribona! de sotana, 
/ra sin naguas fuera nao sin quilla, 
Lujuria de basquina gaditana ; 
La Gula, por supuesto, con capilla. 
Envidia con refajo de villana ; 
De puro inerte sin disfraz, ¡oh hallazgo! 
La Pereza salió de mayorazgo. 



La Discordia de suegra tomó el as, 
La Ignorancia de médico el envés, 
La Locura de músico el compás , 
La Fatuidad los aires de marqués ; 
Al Descaro el cordón le vino al ras, 
De bolero el Desorden buscó pies , 
El Chisme fué muy hueco con luonjil, 
Y de fraile y mujer vicios cien mil. 



También merece citarse aquella octava en que el Peso-duro , recordando que el avaro mi- 
nero de Lima lo sepultó en una talega , exclama : 



De mi estrecha prisión el tiempo ignoro. 
Eterna noche, sin la luz del día, 
Y de un propio color la plata y oro 
Me hicieron larga y zonza compañía. 



Lo mismo son carbones que tesoro 
A sordidez que los soterra impía ; 
Si en ocultarlo su placer encierra , 
¿ No estaba más oculto bajo tierra ? 



Vargas ejercitaba singularmente su ingenio en la activa correspondencia que seguía con 
sus innumerables amigos aficionados á las letras. Se complacía muy especialmente en esta 
familiar tarea , que cuadraba del todo á la amenidad de su índole. Muchas cartas suyas se 
consei^van todavía, y en casi todas ellas se advierte la especie de fruición con que se entre- 
gaba sin tasa, y muy á menudo con gusto poco acrisolado, á su carácter expansivo y clian- 
cero. 

En verso escribió , ademas de las sátiras en afectado estilo , la tragedia titulada Egilona, 
que le acarreó una reprensión amigable de Jovellanos, «por malgastar el tiempo en cosas para 
las cuales no era su ingenio» (1). También compuso abimdante copia de poesías fugitivas, 
inspiradas las más veces por circunstancias de carácter íntimo. El inexorable Huerta llama- 
ba á estas poesías , hijas de genialidad jovial, y no de inspiración, mentecatadas de Vargas (2). 
Solía éste intercalar en sus cartas versos festivos y ligeros. De ellos tenemos algimos á la 
vista, los más de carácter burlesco , escasos de buen gusto y de elegancia , pero no de donai- 
re y de satírico desenfado. Su fama como poeta fué , como debia ser , pasajera. Aunque in- 
signe humanista , y hombre do ingenio original y agudo , no supo remontarse nunca en alas 
del sentimiento y de la fantasía, y no mereció en verdad elevado puesto en los campos glo- 
riosos de la verdadera poesía. 

El poema de Vargas que no debe quedar sepultado en el olvido , es la sátira titulada 
Proclama de un solterón, única, entre sus obras, digna de sobrevivir al simpático marineen 
la opinión severa de la posteridad. Don Juan Nicasio Gallego enmendó con su elegante y 
con-ecta pluma algunos pasajes, y si, después de haber pasado por el crisol do las correccio- 
nes del ilustre académico y poeta , quedan todavía en la Proclama algunos rasgos de gusto 
sobrado libre y chocarrero , no puede negarse que está escrita con seductor desembarazo , y 
que rebosa en esta obra la sal de la sátira verdadera. 

Otro poeta , el caballero alavés don Pablo de Jérka , amigo de Moratin , Gallardo y otros 
literatos de nota, debió su fama, que la posteridad no ha consagrado, más bien á sus opi- 
niones liberales y á las persecuciones políticas de que fué objeto , que á su talento literario. 
Pobre imitador de los poetas salmantinos, sólo demostró algún ingenio en fábulas, cuentos 
jocosos y epigramas , no siempre faltos de agudeza , pero sí de intención moral , fecunda y 
elevada. Como constitucional fervoroso, fué, en 1814, desterrado al presidio de Melilla por 
diez años y un dia. Pudo evitar el golpe emigrando á Francia en compañía de varios deudos 
y amigos suyos. Ya seguro en tierra extranjera, burlábase de la persecución en estos 
versos : 



(1) Papeles del señor don Martin Fernandez de Na varíete. 

(2) ídem. 



Bien pudiera, como Ovidio, 
Llorar también mi destierro , 
Aunque no estoy en Melilla , 
Sino en París, salvo y bueno. 

Mas, en vez de escribir tristes, 



DE LA rOESLi CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CCXYII 

Escribiré alegres versos : 
Con Dcniócrito me enticrren , 

Que á Herác'lito le prefiero 

Y no hay más patria en el mundo 
Que vivir libre y contento. 



Con un alma poco entera y sufrida, y prendado ademas de la civilización francesa, no 
pudo Jerica sobrellevar con paciencia los amargos sinsabores que le acarrearon los trastornos 
políticos de la nación. Sus sentimientos de español se entibiaron, y el antiguo patriota acabó 
por tomar carta de naturaleza en Francia. 

El sesudo y laborioso escritor alemán Fernando Wolf daba liarto subido valor á las poe- 
sías de Jénca. Se pagaba demasiado del desenñulo y de la soltura de este escritor mediano, 
al paso que confesaba sin dificultad que carecía de vigor y de originalidad. 

Don Cristóbal de Beña , educado con las ideas políticas y literarias de los últimos años del 
siglo XVIII, era hombre de vivo y clarísimo ingenio. Versificaba con soltura y gala. Don Án- 
gel de Saavedra, después duque de Rivas, le trató íntimamente en Cádiz, por los años de 
1812, y de sus labios hemos oido muchas veces los triunfos que ahí alcanzó Beña como poeta 
repentista. Tres sonetos suyos , improvisados , conservaba el Duque en la memoria , y por 
cierto que justifican cumplidamente el éxito que alcanzaban en Cádiz los versos de Beña. Hé 
aquí uno de ellos, notable en verdad por la energía y la sencillez de la expresión, y por la 
claridad con que en él se refleja el encono que inspiraba en Cádiz la invasión francesa, y la 
ira que produjo la primera moneda que llegó allí con la efigie de José Bonaparte : 



SONETO. 

De las Espafias y las Indias rey 
Se titula en su busto el baladron , 
Por llamarse no más Napoleón 
Y mandar de asesinos una grey; 

Mas quiebra de verdad la eterna ley 
En darse ese dictado fanfarrón , 



Pues no le pertenece ni un terrón 

De los que ai'ando rompe el tardo buey. 

No importa , no , que pérfido cincel 
Una en su escudo el águila imperial 
Con los leones que se burlan del, 

Y con la insignia de Aragón fatal : 
La patria mía borrará con hiél, 
De unión tan execrable aun la señal. 



Era Beña liberal de buena fo , como casi todos los de aquel tiempo , y siguiendo el impulso 
literario que habia nacido en el reinado de Carlos III, y duraba todavía, dióse á escribir fá- 
bulas , que era uno de los ramos más corrientes de la literatura al uso. Para prestar colori- 
do original á un género tan manoseado, dio á sus fábulas un oh^eio político , como Iriarte ha- 
bia dado á las suyas un objeto literario. Jja.s Jábalas políticas de Beña fueron tasadas por la 
opinión de la gente ilustrada en más de lo que en realidad vallan. Abogaba por ellas el espí- 
ritu liberal que las habia inspirado, y á más de su mérito real, resplandecía en las fábula.^ 
jM-incipalmente el mérito aparente de que reviste fácilmente á las obras de ingenio y arte el 
entusiasmo pasajero de las circunstancias. Ahora, que han pasado las ilusiones de aquel tiem- 
po , las celebradas fábulas de Beña parecen lo que son : obras medianas , en que el fin político 
se reduce á máximas triviales , que el autor no sabe realzar siquiera con la novedad de los ar- 
gumentos y la perfección de la forma. El lozano versificador ha decaído , y la originalidad es 
tan escasa, que si bien con aplicación moral diferente, asoman en el fondo de algunas fábulas 
los pensamientos de Iriarte y Samaniego. La titulada El Escoplo, el Mazo ij el Carpintero, 
recuerda , empobrecida , la idea de El Pedernal y el Eslabón , mientras que Las Ranas y el 
Sapo es una imitación poco feliz de Las Ranas pidiendo rey. Entre las pocas que pertenecen 
completamente á Beña , hay una , La Escalera de mano y el Farolero , digna de especial men- 
ción por lo ingenioso y sencillo del pensamiento fundamental. 

Beña escribió muchos versos líricos inspirados por el impulso de la libertad (1). Hoy han 

(1) Las más de estas poesías se publicaron en Londres , con este título : La Lira de la libertad {l^ld). 



ecxvill BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

perdido el transitorio encanto que les dieron las circunstancias históricas del tiempo en que 
fueron escritas. Su valor literario es cortísimo. Distan mucho de la elocuente energía que 
sabe dar Quintana á la expresión de los grandes sentimientos de la patria. 

No debemos olvidar por completo , como la posteridad lo ha olvidado , al honrado patricio 
y mediano escritor don José Mor de Fuentes, cujo nombre ha sonado en la prensa durante 
medio siglo , sin que el rumor de la celebridad , que fué grande , llegase á ser nunca , para 
él, el rumor de la gloria. De ánimo inquieto , emprendedor j laborioso , y empleando en todo 
BU obstinación aragonesa , abarcaba con laudable pero extraviada ambición ramos del saber 
diferentes c inconexos. Historia, política constitucional, filosofía, agricultura, crítica lite- 
raria, novela, poesía épica, poética, comedia, saínete, poesía lírica en varias lenguas; es- 
tos y otros diferentes géneros científicos y literarios eran otras tantas tentaciones en que caía 
con sobrada facilidad el incansable Mor de Fuentes. En todas sus obras hay rasgos de talen- 
to y prendas estimables; pero su gusto no se formó nunca. Ni su carrera de ingeniero de 
marina , ni su autoridad de escritor, llegaron á sazón verdadera. Aunque hablista abundante, 
BU estilo suele ser afectado, y su lenguaje adolece siempre de desigualdad, y á menudo de 
extravagancia }'■ artificio (1). 

En edad muy avanzada (74 años) publicó en Barcelona una relación autobiográfica (2), 
en la cual , al paso que con el más candoroso engreimiento se colma de alabanzas , trata con 
rigor implacable á muchos personajes esclarecidos de nuestra nación. Para Mor de Fuentes, 
el ilustre y sesudo hombre de Estado Conde de Floridablanca no fué sino un hombre en 
extremo sxiperjicial y aun ignorante; en Cienfuegos, á quien en 1796 habia confiado la cor- 
rección de sus poesías antes de darlas á la estampa , no ve ya más que desentonos estram- 
hóticos y lenguaje ramplón, bronco y enigmático; las comedias de Moratin son, en su juicio, 
unos sainetes largos , salpicados de dichitos más ó menos oportunos, que solia ir á recoger entre 
las verduleras ; llama á Salva sandio y criticastro, y á su célebre gramática, un fárrago j una 
valencianada (3) ; califica á don Juan Nicasio Gallego de galleguísimo ; del admirable Z^on Al- 
varo, del Duque de Rivas , dice que es un comedión de Pedro Bayalarde; el estilo de Martínez 
de la Rosa es, á sus ojos, el yerto prosaismo del chusco Martinez ; la elevada poesía de Quin- 
tana , altisonante gerigonza, alternada con renglories rastreros ; y por último, la inspiración ideal 
de Lamartine , los yertos sollozos del poeta llorón. Sólo Rosa Galvez y Melendez Valdés hallan 
gracia ante el tremendo tribunal del inexorable y atrabiliario crítico. 

Las prendas y defectos del alma asoman siempre en las obras del arte ó del ingenio. Mor 
de Fuentes , dotado de corazón noble y generoso , empañaba y aun esterilizaba sus estimables 
cualidades con su desmedida soberbia literaria. La intolerancia y el desabrimiento que se ad- 
vierten á cada paso en su autobiografía, no eran sólo achaques de la edad cercana al térmi- 
no de la vida, en que se ven las cosas sin el embeleso de la ilusión, que las colora y engran- 
dece ; era el amor propio , que cegaba á Mor de Fuentes hasta despojar su entendimiento de 
toda justicia y de toda indulgencia. Su vida literaria está sembrada de rasgos visibles de 
este deplorable impulso moral (4). En suma, en Mor de Fuentes, el hombre valia más que el 
escritor ; y en el escritor , más el narrador que el crítico y el poeta. 

(1) Su traducción del Werther^ de Goethe, está «Vargas Ponce y Mor de Fuentes carecen de flui- 
hecha , directamente del alemán , en el lenguaje más dez , particulamiente el segundo , que es de una du- 
enredado y extraño que imaginarse puede. reza insoportable.» (Introducción á la Gramática.') 

Mor de Fuentes se atreve hasta á inventar pala- (4) Sirvan de ejemplo los siguientes, entre otros 

bras como ayertar por helar : infinitos : 

Ora mi triste corazón í(j/«rto. «No quise publicar mi poema La Ahatnmaquia, 

{Poesías varías; imprenta Real , 1796.) P^'" "^ apesadumbrar á Quintana, pues algún pasa- 

(2) Bosquejülo de la vida y escritos de don José gonzalo habia de llevar » 

Mor de Fuentes , ñeVinoñdo Y>OT é\ mismo (ÍSSG). 

(3) Estaba muy ofeijdido de estas palabras de «Se me proporcionó leer la, Poética de Martinez 
Bíllvá ; de la Eoea , recien impresa en París. Parecióme el 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CCXiS 

De poeta , en verdad , tenía muy poco. Nadie , sin embargo , ha abrigado con mayor fuer- 
za y con menor fundamento la ilusión de que Dios le habia dotado con pródiga mano del 
ftieo-o sagrado de los grandes poetas. Por los años de 1833 á 1836 apremiaba en Barcelona 
al generoso é ilustrado editor é impresor señor Bergnes para que publicase sus versos , que 
eran infinitos. Mor pasaba allí una vida llena de escaseces y penalidades , y Bergnes, condo- 
lido de aquella triste situación y de aquel tan estéril como inagotable entusiasmo , se prestó 
á publicar, y lo que es más, á pagar, aquellas poesías, que nadie leia ni compraba. Esta con- 
descendencia hubo de tener término; y Mor, acosado por la miseria, se retiró á su pueblo. 
Monzón, en donde residían parientes suyos acomodados. Pero el buen Mor, cuyo genio, ex- 
cesivamente franco y satírico, se tornó, con los años, brusco, desabrido y sarcástico, se habia 
hecho antipático á sus deudos y á sus paisanos, á los cuales ridiculizaba y ofendía. Nadie 
quiso recibirlo, y el pobre anciano tuvo que mendigar un asilo donde esconder su indigencia 
y su aislamiento. Lo encontró al cabo en casa de un sastre, casi tan pobre como él, que se 
condolió de tanta desventura ; y aquel laborioso escritor , que algunas veces , no sin fruto y 
celebridad, habia cultivado las letras en el espacio de más de medio siglo, murió, oscureci- 
do y no llorado , sobre un mugriento ¿ergon , en uí^ desván miserable y desabrigado. 



CAPITULO XVIIL 

Invasión francesa.— Límite moral del siglo xvili.— Poetas nacidos y educados á fines del mismo siglo, que han 
escrito en el presente sus principales obras. — Arriaza. — Maury. — Solís. — González Carvajal. — El padre Bo- 
giero. — Gallego. — Burgos. — Silvela. — Pérez de Camino. — Somoza. — Navarro. — Hidalgo. — Gallardo. — Ta- 
pia. — Poetisas notables. — Poetisa anónima. — Doña Isidi-a de Guzman, doctora y académica. — Doña María 
de Hore. — Sor María Helguero. — Doña Kosa Galvez. — Fin del Bosquejo histórico. 

Los siglos, en su espíritu , carácter é influencia , no terminan cuando, según las leyes con- 
vencionales de la cronología , se completa el periodo numérico de los años. El siglo xviii, 
considerado en tal sentido, no acabó en el año de 1799. Sus tendencias y sus fuerzas morales, 
si bien algún tanto modificadas , viven todavía y vivirán largo tiempo en Europa. Sólo gran- 
des acontecimientos, que alteran gravemente el ser de las naciones, pueden servir de límite 
moral en los anales de cada una de ellas. En España, la invasión francesa de 1808 produjo un 
sacudimiento profundo en la vida del pueblo español y en el carácter peculiar de su antigua 
civilización , y puede tomarse prudencialmente por lindero entre los siglos xviil y Xix. Por 
eso no juzgaríamos completa la reseña histórico-crítica de los poetas más notables del último 
siglo , si no agregáramos á los ya mencionados otros varios que han escrito en el presente sus 
principales obras , pero que , habiendo recibido las nociones fundamentales de su educación 
literaria en el siglo xviii , á él pertenecen todavía por su estilo y por sus principios. Sólo 
creemos deber excluir á algunos escritores, tales como el Duque de Frias, Rementería, Fer- 
nandez Baeza , Martínez de la Rosa , el Duque de Rivas , Gil de Zarate , Mora , Galiano y 
otros, que aunque formados con las ideas críticas de aquel siglo, entraron después, con ma- 



poema vulgar en la doctrina y friísimo en la eje- cipe de la Paz) Aunque la persona no venía, aña- 

cucion , con cuyo motivo concluí en cuatro ó cinco diú con halagüeña sonrisa, me llegaban sus escri- 

semanas otra Poé¿íCffl en doce cantos. En ella los tos. Y siguió en estos términos, casi requebrándome 

preceptos van siempre material y fonnalmente como á una Dulcinea, por donde inferí que no era 

acompañados del ejemplo n Godoy tan irracional como suponíamos.» (Bosque- 

jillo de la vida y escritos de Mor de Fuentes.) 

íí Conocía á usted mucho, me dijo Godoy (el Frín- 



Ccxx BOSQUEJO HISTÓRICO CEÍTICO 

yor ó menor amplitud , eu la esfera de las nuevas doctrinas literarias y de las tendencias 

privativas del siglo xix. 

Continuemos , pues , nuestra tarea. 

Do?i Juan Bautista Arriaza es uno de los ejemplos más señalados de la distancia que me- 
dia entre el ingenio y la poesía. Y no decimos esto en son de menosprecio, ni siquiera de in- 
diferencia, con respecto á las obras de aquel hombre esclarecido. Cuando el ingenio llega á 
subir á una línea eminente, es imposible no otorgarle el tributo de admiración que se le debe, 
y no reconocer cuan varios y diferentes son los caminos que Dios concede al entendimiento 
para alcanzar las palmas de la gloria. 

Arriaza no tiene ardiente fantasía de aqiiellas que levantan el pensamiento á los espacios 
ideales ; carece de la instrucción rica y variada que abre el campo de las ideas ; tampoco tie- 
ne sensibilidad ni entusiasmo ; no penetra en la esencia íntima de los sentimientos humanos ; 
no se conmueve ante el hechizo de la naturaleza; es sordo al movimiento de la vida pública, 
al vaivén de las pasiones mundanas, á la imagen de la gloria patria. Es meramente un poeta 
objetivo, que se contenta con ridiculizar ó describir las impresiones superficiales, y que no 
sabe ó no quiere descender nimca hasta el fondo del alma , ni enardecerse con las grandezas 
del mundo moral , ni extasiar su mente con las maravillas de la creación. Sin embargo, gran- 
de es y merecida la fama de Ay'riaza , y sus poesías son de aquellas , bien escasas por cierto 
entre las de su tiempo , que se leen todavía con cierto deleite. ¿ Cuál es , pues , su fuerza, cuál 
el secreto de ese hechizo, de carácter general y duradero, que todavía se siente con la lectu- 
ra de sus obras? Puede decirse que Arriaza no tiene más que una prenda esencial de poeta: 
el ingenio. Pero ese ingenio es fácil, natural, agudísimo, chispeante, y Dios se lo concedió 
á manos llenas. Poseía ademas, en grado eminente, cualidades secundarias, pero importantí- 
BÍmas : gracia y soltura en la dicción , destreza suma en el manejo de la rima. Las sátiras 
que escribía de obras dramáticas de su tiempo están llenas de vivo y natural donaire , y to- 
davía, pasada la oportunidad que las inspiraba, no pueden leerse sin que asome la risa á los 
labios. Cuando Arriaza adivina y remeda con el ingenio los afectos tiernos ó heroicos que 
no siente , no encuentra imágenes grandes y atrevidas ; y si alguna adecuada se le presenta 
al paso , no sabe hermanar con ella la expresión calorosa que brota espontánea de la inspira- 
ción verdadera. No pasa entonces de un versificador artificial y ameno. Cuando escribe ó im- 
provisa, ya excitado por la alegría de un convite, ya movido por su índole satírica, ó ya por 
el espíritu de galantería de la elegante sociedad que lo colmaba de alabanzas , entonces está 
en su campo natural, y despliega todas las galas de su vena festiva y de su gran talento epi- 
gramático. 

Aunque de índole excelente é inofensiva , Arnaza , como todos los que hacen profesión de 
chistosos , no se paraba mucho en lastimar á sus amigos con chanzas y con diatribas lite- 
rarias. Sánchez Barbero gustaba poco de este su segundo apellido , y siempre procuraba que 
le llamaran simplemente Francisco Sánchez. Flaqueza ó mam'a , el hecho es, como ya en otro 
capítulo indicamos , que habia cobrado aversión al apellido Barbero, el cual acaso le parecía ca- 
lificativo de humilde ralea. Arriaza , con motivo de la tragedia de Sánchez , titulada Corio- 
lano , halló modo de burlarse á un tiempo , en un soneto familiar , así de la tragedia co- 
mo de la manía de su autor (1). Según referia Arriaza en sus últimos años, Sánchez, por 



(1) A causa de la familiaridad harto desnuda y tandas é impresiones tan distantes ya de nosotros, 
vulgar dol lenguaje, hemos titubeado antes de de- han desvanecido nuestros escrúpulos. Hé aquí el 
cidirnos á publicar osle soneto, escrito úuicaineute, soneto : 
como chanza y esparcimiento, para ser leido entre 
amigos íntimos. Pero, por un lado, la consideración 
de que el sonetc es parte esencial de la anécdota, y 

por otro el donaire que campea en el soneto, a pesar ¡¡^^^^ ^^ ^^^^ ^^-^^ las tapias iba, 

de 8U dcBCüfadado estilo j' de referirse á circung- Como quien va ó. orinar con disimulo , 



A LA TBAOEDIA DR DON FRANCISCO SÁNCHEZ BARBERO 

TITUIADA Coriolano. 



DE LA POESfA CASTELLANA EN EL SIGLO XVITL CCXXI 

demás preciado y quisquilloso , estuvo enfermo algunos dias á consecuencia de la ira j pesa- 
dumbre que le causó el soneto burlesco , cuyo autor no tuvo ciertamente intención de 
herir tan en lo vivo el ánimo del estimable y aventajadísimo humanista. Zaherirse entre sí 
los poetas era moneda muy corriente por aquellos tiempos, y el mismo Arriaza , temido por 
BU agudeza y por su fama de satírico, fué blanco de los tiros epigramáticos del magis- 
trado fabulista don Ramón Pisón, el cual, con el seudónimo que solía usar, Román de Pinos, 
satirizó el poema de Arriaza La Compasión, en un folleto impreso en Madrid (1796), con 
el título Carta de un cnra de Leganés. A pesar de estar dotado Arriaza de índole más serena 
y alegre que Sánchez, y de verse halagado por los aplausos de la sociedad y de la corte, hi- 
cieron mella en su amor propio las bufonadas del crítico que lo zumbaba y combatía. Para 
vengarse del ataque , escribió la fábula La Raposa y los Perros de Román. 

Una de las personas más ofendidas de las agudísimas burlas de Arriaza , era el gran actor 
Maiquez , á quien el poeta cordialmente detestaba. Exasperado Maiquez por las punzantes 
alusiones contra ól dirigidas en la chistosa sátira de la tragedia Blanca y Moncasin , tomó 
por sí mismo público é insolente desagravio, «En la comedia titulada El gusto del dia, salió 
remedando á Arriaza en traje y modos, con fidelidad tal, que dio en rostro á todos» (1). 

La naturalidad del estilo de Arjñaza en sus composiciones familiares tiene un hechizo ex- 
traordinario. ¿ Quión no ha de complacerse en leer aquella lección de buen gusto que da á un 
amigo que le habia pedido dictamen sobre un soneto suyo? Dice el soneto que casi lloraba un 
amante enternecido. Arriaza le reprende la impropiedad en estos agudos y fáciles tercetos ; 

Siguió, pues, la lectura comenzada, 
Llegó á aquel casi llora , y al instante 
Dijo : «Esto no me gusta casi nada n 

Quítale al llanto el casi de delante, 
Y déjale llorar á rienda suelta. 
Que no es impropia cosa en un amante. 

Como se ve , hasta de crítica literaria escribía poéticamente Arriaza con soltura y donaire. 
La jocosa sátira contra la tragedia Blanca ó los Venecianos , tuvo un éxito extraordinario en 
su tiempo, y todavía entretiene mucho su lectnra. El análisis burlesco de la tragedia , está 
escrito en tono zumbón y descarado, y se asemeja á las sátiras que en épocas posteriores se 
han escrito contra los desvarios románticos. ¿ Quién no recuerda aquel rápido juicio de los 

caracteres? 

Blanca está lela, Moncasin celoso, 
Capelo eu babia, y regañando á trio, 
Se dicen poco, malo, turbio y frió; 

y otros rasgos chistosísimos de que está sembrada la sátira, y que se graban fácilmente en la 
memoria , como los siguientes : 

Tercer acto Yo debo estar enfermo , 

Porque aquí está lo bueno , y yo me duermo. 



T cargada de tetas como nn mnlo (a) , 
Bale Volumnia á malgastar saliva. 

Un cierto 7^i!o , nombre qne me giba (6) , 
Primero es general, y luego es nulo; 
Qne es achaque común de cualquier lulo (c) 
El que le echen por fin la lavativa. 

En medio de esto el héroe no paria, 

(nt Era en citremo grtiesa y corpulenta la actriz que representaba el pa- 
pel de Volumnia, 

(b) El buen gusto ha desterrado de las composiciones poéticas los nom- 
bres mal sonante;-. 

íc.i Afl llaman los nifios i cierta parte posterior del cuerpo. 



Y entre tanta matrona es trance fiero ; 
Mas viendo que era tarde, y que venia 

Con escalera en mano el farolero (d). 
Be hace junto á la tienda una sangría (e), 

Y ésta si qne ee tragedia de Barbero. 

(1) Don Antonio Alcalá GnVi ano, Recuerdos de un 
anciano; Madrid, de 1800 á 1807. 

(cí) En esta tragedia salen varios soldados «en escalas, que arriman al 
muro , y á esto shide el verso. 

(f ) Alude á que Coriolano se da una pufialada en el campamento. 



tcxxit 



BOSQUEJO HISTÓRICO CEÍTICO 
¡Y sólo á Monoasin le dan garrote ! 
¡Pues qué! el autor ¿no tiene su gañote? 



A falta de ternura profunda ó de pasión intensa, tiene Arriaza, en los cautos de amor, 
una gracia j un primor que cautiva. ¿A quién no embelesa la Despedida de Silvia , en la cual 
el delicado artificio de los pensamientos está escondido on la naturalidad de la expresión y en 
la magia de la versificación rííi)ida y fluida? No tiene Metastasio, á quien An-iaza imita, 
imágenes más concisas ni con más seducción presentadas que esta de un naufragio : 



Cuando, impelido del noto, 
El soberbio mar Tirreno 
Quiera desde su hondo seno 
Las estrellas asaltar, 



Y emplee el triste piloto , 
En vez de la ciencia, el ruego, 
Viendo ser su nave el juego 
De la cólera del mar ; etc. 



Esta segunda estrofa es admirable por la concentración de la idea, por la lisura y rapidez 
del estilo, por la gracia de la versificación. En suma , Ar-riaza es un poeta de vivo y alto in- 
genio, y aunque le falten cualidades propias de la poesía trascendental, sus versos vivirán 
sin duda , porque llevan en sumo grado el sello de la espontaneidad , de la gentileza y de la 
gracia. 

Don Juan María Maury, nacido, en Málaga, el mismo año que Quintana y Reinoso (1772), 
contribuyó , con su Espagne po<:ti<pie , á realzar en Francia el nombre español. Es literato y 
poeta de orden muy elevado. Su dilatada residencia en París le hizo perder mucho del ca- 
rácter genuino del lenguaje castellano; no ciertamente en la esencia prosódica del idioma 
español, que conocía y cultivaba sabiamente como muy pocos de sus contemporáneos, sino 
en cierto abandono , en la franca espontaneidad que en todas las lenguas constituyen uno do 
los encantos del estilo. Su poema La Agresión británica , si bien en general harto redundante 
en pompa y primores, contiene octavas admirables, que parecen hijas de la musa castellana 
del siglo de oro. En Esvero y Almedora , publicado treinta y cuatro años después , en medio 
de una trama enmarañada , defecto grande del poema , hay vuelo y gallardía nada comu- 
nes, magistral narración, afectos vivos, perfección métrica; y sin embargo, los antojos del 
hablista sistemático, el abuso de la elipsis, el empeño de dar novedad á los giros, los cortes 
rítmicos estudiados; en una palabra, los artificios del poeta y del filólogo, dan á la obra 
cierta extrañeza , visible afectación y alguna oscuridad , que amenguan el efecto y privan 
á la poesía de su principal hechizo. Y no es porque falten á Maury las delicadas galas , sin 
pompa y sin afeite, privilegio de los grandes poetas; á cada paso, en este mismo singular 
poema Esvero y Almedora, da el lector con cuadros y descripciones en que se juntan sin es- 
fuerzo la más viva fantasía á la más sencilla naturalidad , y el más terso lenguaje y la versi- 
ficación más acendrada y numerosa á la expresión flexible y espontánea que á par del pensa- 
miento brota del numen abundante y lozano. 

Pocas poesías líricas escribió Maury ; pero esas pocas , como el romance La Timidez y la 
Ramilletera ciega , son de aquellas que no se pueden olvidar. Son dechados de suave y deli- 
cada inspiración. Como muestra de su estilo sobrio y poético , puede citarse la siguiente oc- 
tava de Esvero y Almedora: 



Es el amor emanación divina, 
Del sol eterno plácida centella. 
Que hacia su origen celestial inclina, 
Y el hombre al ángel se igualó por ella. 



Y el alma, así que el rayo la ilumina, 
Como atraida por amiga estrella, 
Al ciclo sube en amoroso vuelo, 
Ó baja al alma enamorada el ciclo (1). 



(1) Esta octava no se imprimió en la edición que 
hizo Maury, en París (1840), de su poema Esvero y 
Almedora. La hemos copiado de las adiciones au- 



tógrafas que hizo el mismo Maury en un ejemplar 
preparado para la segunda edición, y nos fué fran-' 
queado por don Ignacio Boix^ 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL ccxsnr 

Esto no puede escribirlo sino un hombre que ha nacido poeta, y poeta de aquellos que sa- 
ben remontarse á la esfera ideal de los sentimientos humanos. 

La traducción del cuarto libro de La Eneida, que, con un proemio y un epílogo añadidos 
por Maurj/, forma un canto completo, contiene también giros extraños; pero es de notar que 
el don precioso de la concisión no resplandece menos en Maurt/ que en Virgilio, á pesar de 
la diferencia de los idiomas latino y castellano. En la parte original de Maury hay pensa- 
mientos ingeniosos y altamente poéticos. El final del epílogo pertenece á la poesía dantesca. 
Es verdaderamente magnífica aquella visión vengadora que Dido, ceñuda y silenciosa, se- 
ñala á Eneas en el Estioio. Al lado do la hocruera donde está la desventurada amante, atra- 
vesada con la propia espada del caudillo troyano, 



Un guerrero africano, en quien la rica 
Armadura denota el alta esfera, 
Otros dolores que advertir le indica. 

Respaldando el vengado mausoleo, 



En haces forman cuádruple trofeo 
Boca-abajo las águilas romanas; 
Y encima de estos bélicos despojos 
Graba una mano en caracteres rojos ; 
Tesino, Trebia, Trasimeno y Canas. 



Esta evocación anticipada de Anníbal, y esta humillación futura de Roma á los ojos de 
Eneas, es una imagen llena de fuerza y de fantasía. Sólo un poeta sabe levantar así el pen- 
samiento, y buscar en la historia semejantes cuadros. 

Don Dionisio Villanueva y Ochoa , conocido por Solis, fué, á pesar de su modesta profesión 
de apuntador de los teatros de Madrid, un escritor de extraordinario mérito. En sus obras 
dramáticas no sólo hay calor de alma y sano instinto dramático, sino estilo propio y animado, 
y lenguaje limpio, natural y castizo. Aunque dedicado principalmente al teatro, también 
cultivó con grande afición la poesía lírica. 

El género anacreóntico arrastró, ahogándole en parte, su estro nativo. Este epicurismo 
sensual, tan impropio de. las sociedades cristianas, fué una verdadera calamidad para la poe- 
sía del último siglo. Melendez, con su blandura y su gracia descriptiva, puso en auge este gé- 
nero falso y amanerado, que tenía entre nosotros el atractivo de la novedad. Fué una plaga 
poética en manos de la medianía; plaga de la cual no se libraron ni los ingenios privilegia- 
dos. SoUs se dio con excoso al cultivo de la anacreóntica, malgastando su talento elevado en 
estos juegos de un paganismo artificial y forzado; cadáver engalanado, para mayor impropie- 
dad, con atavíos modernos. 

Salís imita , como todos en su tiempo, á Melendez , á quien admira sin tasa. Si no le al- 
canza en la dulzura y en la gracia, le iguala en el desembarazo, y le supera á veces en la 
novedad y en la fuerza do los pensamientos. Pero da de Heno en el escollo del género, que es 
el carácter materialista de la poesía del gentilismo griego. Melendez mismo encubre mal 
con sus risueñas galas pastoriles la desnudez de sus cuadros de amor anti-ideal, y no es pe- 
queña prueba de ello la ocurrencia que tuvo Iglesias de convertir una de las anacreónticas de 
Melendez, la que empieza : 

Al prado fué por flores 
La muchacha Dorila, 

en uno de sus picantes epigramas (1). La tendencia sensual de las anacreónticas de SoUs es 
todavía menos contenida y embozada que las de Melendez , y por tanto, no es probable que 
lleguen á publicarse algunas de ellas. SoUs, profundamente imbuido en la literatura nada es- 
crupulosa de la antigüedad , expresa el entusiasmo amoroso á la manera de Safo y de Ho- 
racio, y la preferencia que da á la sensación sobre el sentimiento en la pintura del amor, nace, 



(1) El epigrama lxx, que empieza así : 

Al bosque fué Iiiea ya roaasmt. 



tcxxiv BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

BÍn duda, del intento de dar al género anacreóntico toda la verdad de imitación clásica quo 

estaba á su alc;mco (1). 

¡ Cuánto más alto y más verdadero es el numen de Solís cuando , saliendo del carril de la 
escuela doctrinal, se deja llevar únicamente por el espíritu moral de su tiempo! ¡Cuánto 
más vale su soneto Al Sol, inspirado por un pensamiento "grande, noble y cristiano, que to- 
das aquellas ingeniosas cAolaciones de amor anacreóntico, en que no bay ni un asomo de ter- 
nura intensa y verdadera ! 

Igualmente es poeta sincero y de buena ley cuando escribe poesías de carácter sencillo y 
popular. ¿Cabe mayor naturalidad, donosura y desembarazo que la que emplea, por ejem- 
plo, en La pregunta de la niña ? ¿ Quién no advierte el sabor del buen tiempo de la musa 
castellana en esta composición, en que cuenta la niña á su madre los primeros sobresaltos 

del amor ? Empieza así : 

Madre mia, yo soy niña; 
No se enfade, no me riña, 
Si, fiada en su prudencia, 
Desahogo mi conciencia, 
Y contarle solicito 
Mi desdicha ó mi delito. 
Aunque muerta de rubor. 

Con esta liecliicera naturalidad poética escribia Solís siempre que no apretaban demasia- 
do su numen las cadenas de la imitación. Moratin conocía el gran valor intelectual de Solís, 
y siguió constantemente con él una correspondencia íntima, que prueba la grande estima en 
que lo tenía. Moratin vivia, en 1815, triste y como anheloso de hacerse olvidar, en un pue- 
blecito llamado Sarria, no muy distante de Barcelona. La libertad justa y racional de las 
ideas es la atmósfera ideal de los pensadores y de los poetas. Reinaba entonces tan opresiva 
y vigilante la suspicacia política , que Moratin no se atrevía á escribir libremente sobre li- 
teratura al inofensivo y honrado Salís! 

No he podido (le decia desde Sarria, el 20 de Febrero do 1815) componer hasta ahora, con mi mal hu- 
mor, una carta que proyectaba escribir á Vmd. ; y no, en verdad, porque me falten cosas que decirle en 
ella No pudiendo decirlo todo, me ha parecido mejor no hablar : consejo prudentísimo en todas ocasio- 
nes, y mucho más en los áureos tiempos de calumnia y chisme (2). 

Al fin del mismo año, residía ya Moratin en Barcelona, y no se había desvanecido su dea- 
aliento. 

Dirá Vmd. al amigo Maiquez (escribia en 2 de Diciembre) que en cuanto á enriquecerla patria escena 
con nuevas producciones, es comisión que no habla conmigo. Dulce cosa es no hacer nada, y mucho más 
dulce el no haber hecho nada jamas (3). 

Enfermo al cabo, y angustiada el alma, so decidió Moratin á abandonar para siempre su 
patria, donde se ahogaba su ingenio y se calumniaba su gloria. En Marzo de 1818 pasó á, 
París por tercera y última vez (4). La independencia y el sosiego le volvieron, en parte , la sa- 
lud y la alegría ; pero siempre lo abrumaban los tristes recuerdos de su patria , y muy prin- 
cipalmente le afligía la prohibición de El Sí de las niñas, decretada por el Santo Oficio (5). 



(1) El colector de estas poesías no ha juzgado los médicos pasé á tomar los baños de Aix, en Proven- 
convenicnte dar á la estampa las composiciones ú f''^: t'^" eficaces para los achaques que padecía, que, sin 

^ '■ haberlos probado, con solo acercarme a ellos, me puse 

que aquí se alude. mejor. Salí de Barcelona á fines de Agosto ; pasé el in- 

(2) Carta auti'igrafa de Moratin. (Papeles de la viemo en Montpellier, y por el mes de Marzo de este 

familia de don Dionisio Solís.) ^"" ™^ ^f ^ f ^^^ V^: *fT" K-''^^-''-*''c r' "^^"^ ^"^'"'' 

' . cito. (Carta de Moratin á don Dionisio Sohs.) 

(3) Carta de Moratin á don Dionisio Solis. (.5) Quisiera que Vmd. me dijese si el Santo Oficio 

(4) P(írif!,2dfí AWirmhrn dc'l8\í^. — Yo me scntiama- ha prohibido alguna otra comedia mia, ademas á& £JÍ 



Jncho en Barcelona el año pasado, y por dictamen de Si- (La misrna carta.) 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. CCX^V 

Viendo empañado el lustre de su gloria, y desvanecidas sus ilusiones de dicha y de so- 
siego, escribió á SoUs, cuyas nobles prendas admiraba, una carta alternativamente fami- 
liar, irónica y grave, que la historia literaria debe conservar, así por las justas alabanzas que 
Moratin tributa al modesto y oscuro SoUs , como porque rebosa en ella la amargura de un 
alma lacerada por el tósigo de los desdenes y de los trastornos políticos de la patria (1). 

No hay para qué decir que las ideas de buen gusto, á la manera clásica francesa, relativa- 
mente á la literatura dramática, eran idénticas en Moratin y en SoUs. Ambos lamentaban 
la afición del público á lances extraordinarios y á situaciones extremas y violentas en la es- 
cena, y más deploraban todavía que hubiese autores que fomentasen con sus obras el gusto 
extraviado del público. Esta comunidad de principios se ve patente en las cartas do Moratin 
á su amigo, y especialmente en una que le escribió en 1815, dándole noticia del estado del 
teatro en Barcelona; donosa carta, que parece escrita para burlarse del romanticismo do 
mala ley que los Ducange cultivaron en Francia muchos años después (2). 

Don Tomas José González Carvajal, nacido un año antes que Melendez, se distinguió no- 
tablemente, á fines del siglo, como hablista y aun como poeta. La pureza y el fondor de su 
fe, así como lo sano y acendrado de sus sentimientos morales , hicieron poeta á don Tomas 
José González Carvajal hasta donde podia serlo, esto es, hasta ima esfera donde están la 
limpieza de los afectos y la vehemencia de los instintos religiosos, pero donde no resplandece 
ni el verdadero arranque lírico , ni la fuerza de las grandes pasiones del ahna. Su numen 



(1) Hé aquí la carta, cuyo original autógrafo nos 
ha sido bondadosamente franqueado por la señora 
doña Ramona Idigoras, nuera de Solís : 

París, 18 de lanero de 1819. — Mi estimado señor Solís : 
Recibí su carta de Vmd., de 1." de Diciembre; pero la 
lista, ó sea catálogo, qne la acompañaba, se quedó en 
Barcelona 

Le agradezco las noticias que me da de los teatros ; 
del buen éxito de la Indulgencia, que podrá y dcl)erá 
animar á su autor á seguir adelante con otras. No la 
Le visto, y así ignoro si en lo que dice en el prólogo 
tendré qué aprender ó qué reír. 

¿Con que, se ha retirado Vmd. ya, y no hay ensayos, 
ni acotaciones, ni atajos, ni cabezadas, ni aviso á los 
milsicos, ni pito, ni cerilla? Sea enhorabuena. Otro 
más celoso que yo de la gloria literaria de su nación 
le diría á Vmd. rn este caso : «Amigo Solís, ahora es la 
ocasión de trabajar con gloría y utilidad. Si hasta 
aquí sus ocupaciones continuas no le han dado tiem- 
po ni tranquilidad para el estudio, retirado ya del 
teatro, puede Vmd. invocar á las Musas, que nunca le 
han sido ingratas, y enriquecer la escena española, á 
quien ha debido Vmd. y debe su existencia, con nuevas 
piezas, ya sean originales ó ya traducidas. Vmd. tiene 
talento, instrucción y práctica de los efectos de teatro; 
lo poco que ha escrito Vmd. para él ha sido bien reci- 
bido y ha merecido la estimación de los inteligentes. 
Nacemos para la patria ; cuanto hacemos por ella es 
una deuda que satisfacemos ; no sea Vmd. tramposo, y 
escriba, y pagúela lo que la debe.» Esto diria otro. 

Yo le digo á Vmd. : «Amigo Solís, el que se casa, y 
hace tres hijos, y les da buena educación, y desempeña 
las obligaciones de su estado, bastante ha hecho. No es- 
criba Vmd. ni imprima: que bastante se ha escrito y de- 
masiado se ha impreso. La manía de ser escritor, ó nos 
hace ridículos y despreciables, ó nos hace el objeto de 
la envidia, de la detracción, de las injusticias más fe- 
roces. Sea influjo del clima, sea efecto de las circuns- 
tancias, sea el demonio, que en todo se mete, lo cierto 
es, que nuestra dulce patria no permite que ninguno de 
sus hijos sobresalga en ella impunemente, y paga con 
amarguras los esfuerzos del talento y la aphcacion, al 
paso que recompensa con premios y honores la igno- 
rancia, el error y los delitos. Trate Vmd. de vivir feliz 
con su familia, tranquilo y honestamente divertido ; lea 
j no escriba; conozca el mundo, pero no lepint--;y 



pase estos pocos instantes que llamamos vida lo mág 
alegre y holgadamente que le sea posible. De eso mis- 
mo trato yo por acá. Algo escribo, relativo á la historia 
de nuestro teatro, para lo cual he recogido abuiulautí- 
simos materiales, pero sin la esperanza de imprimir 
nada, tanto porque no tengo prisa de hacerlo, como 
por el estado poco opulento do mi caudal. La ruina es- 
pantosa que ha padecido, me ha dejado lo meramente 
necesario para existir sin trampas ni mohatras, y mu- 
cho será si, cumplido el año, me encuentro con cin- 
cuenta ó cien duros de sobra. Pero esta sobra, y la tran- 
quilidad en que vivo, satisfacen toda mi ambición, y 
hasta ahora no he sentido el menor estímulo de arre- 
pentimiento por haberme despedido de mi dulce patria, 
y trocarla por otro suelo, 

Oii cVttre humme d'honneur on ait ¡a liberlé.P 

Moratin, 
(2) No titubeamos en imprimir aquí esta carta 
como documento interesante de liistoria literaria, 
Barcelona, 12 de Setiembre 1815. 

Y ¿qué hay de teatro ? ¿ Qué nuevos ingenios inilulan 
por ahí? no dudo que en la corte de tanto imperio naz- 
can á docenas cada dia, y hagan sonar la escena con 
tragedias que no hagan dormir ni exciten el vómito, y 
con comedias que instruyan y alegren. En este emjio- 
rio cataláunico asoman la cabeza, bastante á menudo, 
tres ó cuatro poetas ropavejeros, muy amigos de sepul- 
cros, paletillas, cráneos rotos y tierra húmeda, con ca- 
denita, jarra de agua, media morena (hogaza), y pobre- 
cita mujer embovedada, que llora y gime, hasta que en 
el quinto acto bajan con hachas y esi.répito, y el crudo 
marido la abraza tiernamente, y la consuela, dicién- 
dola que todo aquello no ha sido más que una equivo- 
cación. El auditorio queda contento, los empresarios ni 
más ni menos, los autores dicho se está, y como, por for- 
tuna, las tales ¡¡iezas no atraviesan ni el Llobregat nú 
el Bessós, á nadie hacen daño. Mañana echan una, 
nuevecita, de cinco ahorcados, 

Y vayase Terencio noramala 
Con Bachia, Menedemo y Antiphíla. 



(Carta de Moratin á don Dionisio Solis.) 



tcjcxvi bOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

era más bien eco de ajenas ideas é impresiones, que despertador espontáneo de las emocioneá 
vigorosas del corazón. Por eso su primer título de gloria será siempre su hermosa y sencilla 
versión de los Salmos. 

Por aquel tiempo era muy celebrado como poeta, en Zaragoza , el padre Basilio Bogiero, 
insio-ne orador sagrado, maestro de retórica en el colegio de las Escuelas Pías de aquella 
ciudad, que en 1809 fué fusilado, por mandato del mariscal Lannes, como fomentador del 
heroico patriotismo de los zaragozanos. Hombre digno de alta alabanza por los afanosos 
desvelos que consagraba á la educación pública, no merecía su renombre de poeta. Con tan 
sano instinto como escasa inspiración , escoge asuntos nobles y cristianos ; pero sus versos 
son desmayados y á menudo prosaicos. Fué el padre Bogiero en Zaragoza lo que más ade- 
lante en Sevilla el doctor Mármol. Como no le ayudaba el estro , queriendo dar color poético 
al estilo, incurre el padre Bogiero en impropiedades harto singulares. 

En una égloga bíblica habla así á Eva la serpiente tentadora del Paraíso : 

¿Por qué, linda pastora, así te privas 
Del fruto que en este árbol colorea, 
Más sabroso que el néctar y el almíbar, 
Y que la miel que labra abeja hiblea? 

¿Cómo contener la risa al oir llamar linda pastora á la madre de la raza humana, y ha- 
blar á ésta de la miel del monte Hihla , poniendo candorosamente en la cuna de la humani- 
dad nombres y clasificaciones geográficas que sólo habían de nacer después de centenares de 
sio-los? ¡Y e\ padre Bogiero era un maestro de retórica muy acreditado 1 Tal es la obcecación 
que infunden las afectaciones convencionales. 

Descansa el ánimo al recordar, después de la insulsa y desaliñada poesía de Bogiero, la 
eleo-ante y correcta de don Juan Nícasio Gallego, que pertenece á la escuela de Salamanca. 
Aun en las composiciones en que su corazón ha de estar conmovido, ya con los sentimientos 
del patriotismo {Elegía al 2 de Mayo), ya con los recuerdos de la amistad {A la muerte de 
la Duquesa de Frías; A la muerte del Duque de Fernandina), la sensibilidad se esconde de- 
masiado detras del magnífico aparato de las formas artísticas, cuyo secreto poseía como na- 
die. No es de los poetas que piensan sintiendo, y á pesar suyo sacrifican algún tanto la forma 
al sentimiento. Gallego siente pensando, y dueño siempre de la forma , no consiente á su 
musa eleo-ante y majestuosa, ni el menor desvío, ni el menor abandono. Aunque criado en el 
movimiento poco aristocrático de una universidad, nada tiene su musa de la fantasía popular, 
y es esencialmente encopetada y académica. Por eso sobresale tanto en la poesía corte- 
sana, que canta las venturas ó los infortunios de los príncipes. El artificio se sobrepone 
siempre á la pena ó á la alegría; pero á veces ¡qué artificio tan diestro y tan fascinador! 
En la elegía A la muerte de la reina doña Isabel de Braganza se hermana de tal manera la 
naturalidad de la frase con los seductores atavíos del estilo y de la versificación , que la sen- 
sibilidad deliberada del artista llega á tomar las apariencias de la sensibilidad espontánea. 
Pero no por eso es menos digno de la admiración de la posteridad. La belleza de la forma es, 
en las letras, una perfección de valor tan alto, que casi iguala á la fuerza del pensamiento y 
á la seducción de los afectos. Gallego , con la magia de su majestuosa entonación , con su 
dicción purísima, con su versificación acendrada y robusta, lo ennoblece todo, y demuestra 
cuan importante es en la poesía rendir culto á las formas con igual fervor que á las ideas y á 
los sentimientos. El lenguaje de Gallego es también magistral. 
Sólo ima vez, en este verso 

El espantoso obús ¡andando eetragOS, 

hemos advertido alguna impropiedad en el uso de las palabras , y esto es meramente , acaso, 
un leve abuso del estilo figurado , no muy reparable en el animado estilo de la poesía. En 
guma, don Juan JS^casío Gallego, dotado de una imaginación, si no fecunda, elevada y vi- 



L)E LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL ccxxvií 

gorosa, más apto para las imágenes que para los afectos, gran modelador de la forma poé- 
tica, hablista consumado, ha dejado en sus obras modelos insignes de armonía, de versifica- 
ción esmerada, de acendrado gusto, de expresión noble y grandilocuente. Educado con las 
doctrinas de la disciplina clásica, vio Gallego con un sentimiento de antipatía que se com- 
prende fácilmente, la introducciojí del romanticismo en España. Parecíale una anarquía li- 
teraria perturbadora del buen gusto, y juzgaba con cierta saña, si bien llena de chiste y de 
cordura, las que entonces pasaban por obras íuaestras de los apóstoles de la nueva escuela (1). 
Don Javier de Burgos , célebre estadista y digno individuo de la Academia Espafíola, era 
historiador, publicista y crítico antes que poeta ; pero también era poeta, como puede sei'lo 
un hombre de firme juicio y de clarísimo entendimiento. Tienen sus poesías claridad, ro- 
bustez y elegancia; pero les faltan el halago y la magia que por virtud involuntaria comit- 
nican á sus versos los poetas de instinto. Como versificador fácil y numeroso, suelen ser mo- 
delo sus poesías. Hay en sus comedias, principalmente en La Dama del verde gahan, diálo- 
gos tan espontáneos é ingeniosos , que parecen escritos en los tiempos felices del antiguo 
teatro español. Su traducción de Horacio es una obra de admirable estudio, pero que prueba 
de nuevo lo ya probado tantas veces : axxe Horacio no se puede traducir en verso. La estricta 
fidelidad , imprescindible cuando se trata de la versión de un poeta de esta especie , quita 
toda espontaneidad al pensador y al poeta traductor, y sin ella, ¿cómo dar á los versos la 



(1) Podrá formarse idea de la impresión que 
causaban tales producciones en su ánimo , por el 
eomero, pero fundado juicio, de la célebre novela 
Notre Dame de París, que consignó el ilustre poeta 
en la siguiente carta familiar, dirigida al autor del 
presente Bosquejo, há más de treinta y cuatro años : 

Madrid, 16 de Enero de 1835. — Señor don Leopoldo 

Augusto de Cueto. — Mi apreciatale amigo : mis 

achaques y ocupaciones no me han permitido hasta 
ahora contestar á su carta de V. — Los primeros han 
cedido algún tanto (eran una tos inextinguible, como 
la risa de los dioses de Homero); pero las segmidas son 
tantas y tales, que no me dejan tiempo ni para escribir 

una carta El proyecto literario de V. no puedo 

menos de aplaudirlo. El objeto lo merece, y es un buen 
ensayo para un joven, en que puede lucir, sin que por 
su extensión le haga decaer de ánimo. En su edad de V., 
creo que el principal escollo que hay que evitar es el 
de dar en declamador, aunque también hay que huir de 
la propensión á singularizarse en el modo de presentar 
las ideas, alambicado ó exagerado; vicio propio, más 
que de la edad, del siglo presente. 

Esto debiera conducirme á decir á V. mi opinioíi so- 
bre Notre Lame de París, que ciertamente no es la más 
conforme con la de su cuííndo de V., Angelito (el Du- 
que de Rivas), que está endiosado con la obra, con el 
autor y con el gusto de los que siguen el mismo rumbo. 
Mas para esto fuera preciso tener la obra _y emplear 
más tiempo del que tengo á mi disposición. Antes sería 
menester ponernos de acuerdo en los principios ó reglas, 
no arbitrarias, sino dictadas por la razón humana de 
todos lüs siglos ; de lo contrario no podríamos enten- 
dernos. En mi cuento, sea el que quiera, ¿ha de haber, 
ó no, verosimilitud ? En los incidentes y en las costum- 
bres, ¿debe haber propiedad y verdad histcjrica? En el 
estilo, ¿ha de haber claridad, naturalidad, soltura? En 
las pinturas, comparaciones y demás ornatos, ¿ha de 
haber s briedad, congruencia, juicio, ose han de amon- 
tonar extravagancias y rarezas propias de un delirante? 
Si nada de lo dicho influye en el mérito ó demérito de 
una obra de esta clase, nada tengo que decir. 

La heroína de la novela es una muchacha de pocos 
años, que, siendo bonita como un sol, se conserva pura 
é inmaculada de alma y cuerpo, viviendo entre la ca- 
nalla más vil, más \nciosa y más repugnante que puede 
imaginar la fantasía del mismo demonio. ¿ Hay en esto 

lai jii^aw yerogiflailitttd? Sia eütrar en mil incidentes, 



de que no me acuerdo, ¿ hay cosa más horrible que el 
paradero de ésta, á quien, sin ton ni son , ahorcan en 
medio de una plaza pública?; Y cómo? El arcediano 
(personaje de poder y autoridad desconocidos en el 
mundo en todas épocas) la obliga á seguirle desde un 
sitio lejano, porque quiere llevarla á la plaza á que la 
ahorquen, y temiendo que se le escape, no la deja de la 
mano, llevándola de calle en calle y de plaza en plaza, 
hasta Ilegal- á la prineipal, donde, sin saberse porqué, 
la abandona sin entregarla á los verdugos. Este aban- 
dono inconcebible no tiene más objeto que proporcio- 
nar su encuentro y peripecia con la emparedada. ¿ Es 
verosímil que la deje el arcediano en el sitio en que S3 
hallaban los verdugos, cuando sólo á ponerla en sus 
manos habia rodado con ella medio París ? 

¿ Cuándo, en qué tiempo ha habido en esta ciudad nn 
barrio habitado por gentes de tales costumbres, y con 
autoridad para ahorcar impune y públicamente á quien 
les diese la gana, como nos lo pinta su autor 1 ¿No es 
esto delirar? ¿Es i^osible leer sin reírse los pasajes en 
que Cuasimodo toca las campanas con tanta fruición 
y cariño, pasando de una en una, dando á ésta un en- 
vión, abrazándose con la otra, y volteándolas á todas 
deliciosamente ? ¿ No pudiéramos decir que Víctor Hugo 
ha oído campanas y no sabe dónde ? Vaya V. por gusto 
á la Giralda en un dia de repique, y verá que para vol- 
tear ocho campanas son menester una docena de hom- 
bros. 

No quiero hablar de la pintura de la catedral , es de- 
cir, de su descripción artística, modelo de pesadez y 
extravagancia, ni del estilo, más alambicado y gongo- 
rino que cuanto se escribió entre nosotros en el si- 
glo XVII. Acuerdóme que dice de las dos torres de No- 
tre-Dainc que son dos flaittas de piedra. ¿No hay más 
verdad en decir que un pájaro es flor de pluma ó'rami- 
Hete con alas, que en las flautas dichosas? En mi modo 
de ver, me parece mayor extravagancia que llamar al 
ama de cría 

Lngar-teniente del pezón materno , 

de que tanto nos hemos reido. En este verso, á lo me- 
nos, la idea es exacta, lo ridículo es la expresión. En la 
otra, idea, expresión y todo es un delirio. 

No hay duda en que hay en la obra mil y mil cosas 
que prueban gran talento en su autor, pero se trata de 
si la obra es buena, que es cosa muy distinta. Veo que 
d • reminiscencia en reminiscencia se me ha ido la plu- 
]¡¡a hasta faltar poco para que el papel se acabe 

Mande V. á su amigo, que le aprecia mucho,— j, N| 
aALLEQO, 



ccxxvin 



BOSQUEJO HISTOBICO CIÍÍTICO 
gala, la fluidez, la elegante tersura, la incomparable concisión del poeta latino? Siempre la 
poesía del original sale desconocida y calumniada. Con otro desembarazo, con otra naturali- 
dad y agudeza escnhe Bnrcfos cuando, en vez de traducir, imita. Sirva do ejemplo, así 
como de muestra de la lozanía del estilo poético de Burgos, el siguiente trozo de la epístola 
de Pope á Arbuthnot, libremente traducida en 1822, en la cual, con sátira incisiva, descri- 
bo el agudo poeta el carácter de Addisson : 



De un escritor os hablaré fecundo, 
Que ingenio y gracia y sencillez rebosa, 
Feliz en versos, elegante en prosa, 
Buen pensador, conocedor del mundo. 

Ama la gloria y al honor camina, 
Es del buen gusto protector ardiente; 
Pero, como los reyes del Oriente, 
No reina si á su hermano no asesina. 

Entrar en concurrencia tiene á menos , 
Y debiendo al ingenio su fortuna. 



El brillo del ingenio le importuna, 

Y envidia sin cesar triunfos ajenos. 
Con cortés apariencia satiriza, 

Cobarde hiere, con perfidia halaga, 
Con su sonrisa y su amistad amaga, 
Con su ceño y sus odios tranquiliza. 
Los tiros ruines teme á cada paso 
Del necio que le aplaude y le respeta. 
En el gobierno muéstrase poeta, 

Y muéstrase estadista en el Parnaso. 



Entre aquellos varones ilustres se distinguió asimismo don Manuel Silvela, por su saber, 
por la pureza y elevación de sus doctrinas morales, y por la sencillez patriarcal de sus cos- 
tumbres do familia. Lanzado de su patria por el huracán de las desgracias públicas, bailó, 
en su laboriosidad y en su talento, amparo contra la adversidad, para sí, para su esposa y 
para sus hijos. La perseverancia, el acierto, el sano y trascendental espíritu, la delicada so- 
licitiid con que dirigió, así en Burdeos como en París, un establecimiento de educación para 
la juventud española, son títulos de gloria verdadera para el nombre honrado y honroso de 
do7i Manuel Silvela. En su casa pasó Moratin los últimos años de su vida, mirando como 
suya propia la interesante familia de su amigo. Aquel insigne escritor exhaló el último sus- 
piro en brazos de Silvela, y éste «pagó la deuda del cariño y de la admiración» erigiendo 
á su costa , en el cementerio del Phre Lacliaise, un monumento fúnebre al esclarecido poeta 
cómico, entre Moliere y Lafontaine. 

En el notable discurso histórico-crítico sobre la literatura española, que publicó Silvela, en 
Burdeos, al frente de su Biblioteca selecta de la literatura española (1819), en la Vida de Mo- 
ratin, y en los varios escritos suyos, ya históricos, ya jurídicos, que han sido dados á la es- 
tampa, demostró Silvela que era docto investigador, hombre de sano criterio y hablista fácil y 
coiTecto. La sensatez prepondera sobre la fantasía en sus escritos, y por eso es mejor prosador 
que poeta. Su sentido crítico era perspicaz y seguro, y es curioso verle empeñado en eterna y 
amistosa polémica con Moratin sobre los principios del arte dramática, sosteniendo, contra el 
inexorable clásico, «que la nimia austeridad de las reglas ha esclavizado el ingenio; que el 

mismo Moratin era prueba de esta verdad , y que en las letras los pecados verdatleramente 

irremediables son la frialdad, la insipidez, la falta de acción, de intei'es» (1). Tal doctrina 
parece ahora Uaná y corriente ; pero debe recordarse , para gloria de Silvela, que esto lo decia 
á Moratin un hombre educado con las ideas clásicas francesas , muchos años antes de que se 
hubieran propagado y madurado en Francia y en España los amplios y tolerantes principios 
críticos de los Lessing y de los Schlegel. 

Don Manuel Norherto Pérez de Camino, magistrado distinguido, y víctima, como otros 
muchos contemporáneos suyos, de la turbación de los tiempos y de los azares de la guerra 
y de la política, cultivó la poesía como solaz y consuelo en las amarguras de la emigración. 
No le faltaron ni el ingenio, ni, en algunas ocasiones, el estro del poeta; pero escribía lejos 
de su patria. La mayor parte de sus versos quedaron inéditos, y hoy dia su nombre, mé- 



(1) Vida de Aloratln. Obras postumas de don Manuel /Síi7«e/a, publicadas, oü 1846, por su hijo don 

l^ancisco Aguítin SilTcla. 



t)É LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XTIIL ■ CCXXiiS 

nos afortunado que el do otros escritores que no le aventajan , no trae consigo eco alguno 
de gloria literaria. Amigo, y hasta cierto punto discípulo de Moratin, imitador de Melendez^ 
j acérrimo sustentador de las doctrinas de los preceptistas franceses, su numen se encierra 
en el carril de la imitación , y á pesar de su indisputable talento , sus poesías , sembradas de 
rasgos felices, adolecen á cada paso de los resabios de la escuela j de la rutina seudo-clá- 
sica. Porque es moda, escribe anacreónticas, mucbas de ellas no inferiores á las de su mo- 
delo Melenclez; pero algunas, así como las de otro imitador de Melendez, don Dionisio Solís, 
están en tal grado impregiiadas de erótica intención , que no hemos podido decidirnos á 
publicarlas. La escuela seudo-clásica creia encubrir las más escabrosas audacias con formas 
pudibundas j melindrosas. Mal disimulados con el velo harto trasparente de los emblemas 
mitológicos, presentan estos poetas, y aun el mismo MeJendez, cuadros sensuales, que, más 
que á la musa cristiana, pertenecen á la musa descarada de la antigüedad. La Sorpresa, El 
Trasporte y otras atrevidas anacreónticas de Pérez de Camino (1) han nacido, como todas las 
de este género, de la mal entendida imitación de la poesía materialista de los griegos y de los 
romanos. Siguiendo esta epicúrea tendencia en sus años juveniles, tuvo la habilidad de con- 
vertir en una linda anacreóntica la célebre oda de Safo , y por cierto que para oidos moder- 
nos es más propia y natural la lucha que ofrece la anacreóntica de un mancebo acosado por 
las hechiceras caricias de una hermosiu'a tentadora, que la bella pero cínica descripción fi- 
siológica de la conmoción amorosa de una mujer, que á esto se reduce la famosa oda 
griega. 

Es á veces poco correcto en el idioma y en la versificación , pero da siempre señales do 
soltura y de ingenio. Para la sátira, á la cual se manifiesta aficionado , le faltan la intención 
burlona de Quevedo y la acerba austeridad de los Argensolas. Camino se conoce bien á sí 
mismo cuando dice, en el lenguaje clásico del tiempo: 

De suave natural formado lie sido, 
Más que para decir duras verdades, 
Para cantar los hurtos de Cupido. 

Nutrido su entendimiento con las máximas literarias del siglo de Luis XIV, Camino 
creia de buena fe que sin rígidos preceptos no hay literatura de alta ley, y que era mengua 
en vma nación civilizada carecer de una Poética nacional. Quiso llenar el que juzgaba afrentoso 
vacío , y escribió una Poética en octavas , que , por el gusto y las doctrinas , nada tiene de 
fMcional (2). ¿Y cómo ha de ser nacional un código inflexible en que, por libres y espontá- 
neos, no caben, ni el magnífico teatro español del siglo de oro, ni la poesía de los romance- 
ros, esto es, los dos grandes y gloriosos depósitos de las creencias, de los sentimientos, del 
esfuerzo, de la fe, del honor del pueblo español? Luzan, olvidado por Camino, con ser de la 
escuela preceptista, comprende mejor la poesía popular española, y su Poética, aunque inspi- 
rada por obras italianas y francesas, es menos extranjera que la de Martínez de la Rosa y la 
de Pérez de Camino, que creia escribir una obra nacional. Camino, como él mismo lo decla- 
ra, tomó por norma las cuatro célebres poéticas de Aristóteles, Horacio, Vida y Boileau. 
Pero Boileau es la verdadera fuente de su doctrina , y á tal punto , que se hace eco de los 
burlescos ataques del gran legislador del gusto francés, contra el antiguo teatro español. 



(1) Estas poesías, y otras del mismo autor, quo '^«3 ^ntes que don Francisco Martínez de la Rosa die- 

^ ' '^ ' Z ' 1 ra a luz su Poética. 

no tienen cabida eu la presente colección, se con- ,,, , , , ,. ^ . i ,-. ^ . 

, 1 ^ .,. Mas adelante dice Camino en el r refació : 

servan en poder de su ramilia. ^ , ^ , .. ■' ^ 

.-- T^7 •• ijíijiT.^ Pesa sobre nosotros la vergüenza de no tener una 

^ (2) La Advertencia impresa al trente de la Poe- Poética propia. El de lavar esta afrenta, y el de ofrecer 

tica de Pérez de Camino (Burdeos, 1829) dice así : á la juventud esfañola un código completo de elemen- 
tos poéticos, verdaderamente nacional, es lo que me ha 

Este poema estaba escrito, tal como se publica, siete movido á componer este poema, 

I, Ps.-xviii. n 



ccxxx BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Dice, con paladino y absoluto desprecio de las antiguas comedias, que nuestros padres usur- 

pavon los laureles que les prodigaron, deslumhrados, los propios y los extraños^ y que 



Añade en seguida : 



En un Tiionslnio el poema convirtieron, 
Que Menandro y Terencio esclarecieron. 

Su loco ardor sin freno, delirante, 
Abraza en una pieza el vasto mundo. 
Héroe en el primer acto tierno infante. 
Te sorprende barbado en el segundo. 



¿No es esto traducir aquellos conocidos versos del canto iii do la Poética de Boileau, di- 
rigidos contra Lope? 

Martínez de la Rosa, comprimidí) también por los preceptos de escuela, no va tan adelanto 
como Pérez de Camino. Pero no luiv por qué extrañar esta apasionada y estricta adJK'sion á 
las leyes convencionales. La crítica libre y tiIos<)fica no liabia triunlado todavía en España. 
La cj)oca era de ludia y de sistema, y nadie podia ni quería entender cómo Sliaksi)eare, 
Lope de Vega, Calderón, Scliillcr y Lord Byron eran poetas dramáticos grandes y po])ula- 
res sin Poética, y rompiendo á sabiondivs el freno de las tres unidades consagi'adas. ¿(¿luí 
habría pensado Camino de Goethe, que, con su fecunda y poderosa fantasía, 

Abraza en una pieza el vasto mundo? 

Si pudiéramos olvidar que el gusto literario es esclavo de la opinión, incierta y móvil de 
suyo, y que el hombre tarda mucho en comprender y sentir las leyes eternas y absolutas de 
la belleza, caeríamos fácilmente en la tentación de sorprendernos de que aquello que Pérez 
de Camino y otros tenían por delirio y extravío, parezca ahora elevación y grandeza. Pero 
la literatura, ya noble y sencilla, ya decadente y viciada, camina con los tiempos, y lleva 
en sí, como todas las cosas humanas, el sello de la ceguedad, de los antojos, de los vaivenes 
morales, que enflaquecen, ilustran , tuercen ó vigorizan las ideas. 

Pérez de Camino, considerado como campeón de su escuela, no merece censura, sino 
aplauso. Su Poética, en octavas, es lo más firme, florido, desembarazado y brioso que salió 
de su pluma. En esta poesía didáctica, en que la razón tiene mayor parte que el numen, no 
le aventaja Martinez de la Rosa. Su estilo, aunque desigual, es casi siempre limpio, conciso, 
rotundo y expresivo, y el continuo estudio de Boileau le inspira alguna vez la entonación 
viva y axiomática que constituye, á par de la sensatez crítica , el primer encanto del ilustro 
preceptista francés. A cada paso se encuentran en este poema hermosas octavas. Sirvan do 
ejem])lo las siguientes, tomadas al azar : 



Otro, amigo del canto estrepitoso, 
La voz ([uc no retumba, juzga fria, 
Y su poema enfático, pomposo, 
Hincha do altisonante algarabía. 
En golfo de centellas espumoi^o (1) 
Hunde á un pobre amador, y en su manía, 
No empieza por pensar, sino que, ciego. 
Voces primero busca, y piensa luego. 

Si la poesía imita portentosa. 
Colorido á su voz y bulto dando, 
¡Sabe imitar también artificiosa. 
El valor del sonido combinando. 



¿Quiere cantarla linfa vagorosa? 
Como ella se desliza murmurando; 

Y si pintar al cefirillo aspira, 
Blanda cual él y plácida suspira. 

Cuando abriendo las It'ibregas mansiones, 
Nos presenta de Sísifo el tormento, 
Tarda sílaba escoge, tardos sones, 

Y frnse de pausado movimiento. 
Mas ¡ cuál deja las lentas expresiones. 
Si, el vigor recobrando, en ella siento 

El mar que brama, el aquilón qi:»!zmnba, 

Y el trueno cuando horrísono retund)a ! 



(1) Ulloa, La Haquet. 



DE LA poesía CASTELLANA EN EL SIGLO XYIIL 



CCXXX! 



¿Pides delicia ser de tus lectores? 
Con crítico rigor tus obras mira. 
El necio, satisfecho en sus errores, 
Goza en ellos y extático so admira. 



No perdones vigilias, no sudores; 
Vuolve á templar, si discordó, tu lira. 
Añade, borra, enmienda, pule, adorna, 
Cien veces al ayunque el hierro torna (1). 



Sin vivo ardimiento ni grande altura en su inspiración, no faltan, sin embargo, á Ca- 
mino brío Y sensibilidad. Cuando pinta el amor, no con las reminiscencias ile la poesía pa- 
gana, sino con la voz de su pro})ia alma, su poesía es tierna y animada. So baila el poeta en 
6U natural esfera. Sus ilusiones no son místicas y etéreas como las de los i)octas soñadores; 
pero son verdaderas. Son las ilusicmes del hogar sereno y de la ternura domestica. Harto y 
escarmentado de los engañosos deleites de la vida pública y cortesana, su mente descansa y 
se recrea con la imagen del amor sincero, y exclama conmovido : 

Sin su celeste llama, ¿que es la vida? 

El recuerdo de la patria, en las amarguras de la emigración, le inspira acentos poéticos, 
pero de índole varia y contradictoria como los sentimientos que abriga su corazón. Unas 
veces, cuando se presenta ú su imaginación el risueño cuadro de su juveiitud halagada por 
la fortuna y animada })or los afectos de la familia, España es el ídolo de sus recuerdos y do 
BUS ilusiones. Entonces escribe : 



Volvedme al suelo querido, 
Que la crueldad me cierra; 
Vea yo la santa tieiTa 
Do mi niñez ha crecido. 



Del paterno Manzanares 
Dulces vegas, dulces prados, 
¿ Cuándo me darán los hados 
Que consoléis mis pesares? 



Otras veces, exaltado por los sinsabores de la emigración y })or la pasión de las ideas libe- 
rales, apostrofa duramente á su patria, que juzga vilipendiada cuando no reinan en ella la 
justicia y la libertad bien entendida. La entrada en España de las huestes francesas, en 1823, 
al mando del duque de Angulema, puso el colmo á su despecho. Ora se burla ávX í^'ército 
francés por el pobre triunfo del Trocadero , ora anatematiza al trono despótico, ora, en fin, 
vuelve sus dardos contra la nación misma, á la cual mira entonces con desdeñosa compasión : 



La barbarie cubre á España, 
Y á sus tristes moradores 
La gloria niega sus lauros, 
La prosperidad sus dones. 

Desmembrada, envilecida , 
Débil, humillada, pobre. 



Volcan de intestinos odios 
Y de acerbas disensiones. 
Lánguida la patria mia 
Perece, y en sus dolores , 
Sólo guarda la memoria 
De sus pasados blasones 



Tanto mal es obra vuestra, dice en seguida á los franceses, como amedrentado de haber 
escarnecido sin razón á su patria. Para él no cabia civilización donde no reinaba la libertad 
tal como en sus bien intencionadas ilusiones la entendía. Pero es la verdad que España, por 
él aplaudida ó vituperada al azar de las impresiones del infortunio , era el sueño incesante 
de Pérez de Camino. Sin volver á su j)atria no podia ser feliz. Se columbra en sus versos que 
una voz secreta decia al infeliz emigrado que no volvería á pisar la amada tierra , ni sus res- 
tos mortales descansarían en ella. 

Don José Somoza, escritor muy digno de nota porque no hay en sus obras asomo alguno 
de afectación, pertenece á la escuela de Salamanca. Su instinto lo preservó del amaneramiento 
común á varios escritores do esta escuela. Fué una de las almas independientes que ínás se 



(1) Ésta es una de las muchas imitaciones de 
Boileau : 

Vingtfoit sur le métier remetiez votre ouvrage, 
Polissez-lc sans cesse, eí le repolisse: : 
4joutez quelque/ois, el souvent effacez. 

(L'Art poéíique, canto l,) 



La idea es la misma, pero es forzoso confesar 
que en esta ocasión el imitador español aventaja 
grandemente en el desembarazo y en la gracia de 
la expresión al celebre modelo, 



Ccxxxil BOSQUEJO HISTÓEICO CRÍTICO 

templaron y enardecieron con las ideas filosóficas francesas del siglo último, y que, rezao-o 
délos enciclopedistas, que iban desapareciendo á toda prisa, y semejante á otros muchos 
hombres notables de la obstinada estirpe liberal del año 1812, cifraba una especie de vana- 
gloria en la inmovilidad de sus doctrinas. Los años, las lecciones del tiempo y los progresos 
de las ciencias políticas no quebrantaron la tenacidad de sus ideas, que en parte no escasa 
eran verdaderas preocupaciones. Incrédulo por moda y por costumbre , á veces hacia alarde 
de romper con los principios y los sentimientos comunes de la sociedad española, y en sus 
obras asoma, de cuando en cuando, esta mal encaminada tendencia. Pero no tenía su ánimo 
el arranque avieso y borrascoso que habian manifestado Marchena y Blanco en la generación 
precedente. Ardiente de cabeza y manso de corazón , presentaba de continuo ese contraste 
moral, frecuente entre nosotros, que esteriliza, cuando no extravia, los impulsos de una ín- 
dole sana y elevada. Toda su vehemencia de innovador y de escéptico viene al cabo á re- 
ducirse, en sus escritos, á un desahogo agudo y patriótico de su vena humorística. Era hom- 
bre de afectos vivos y constantes, y blasonaba de ellos con justo motivo (1). Pasó la mayor 
parte de su vida retirado en su casa de Piedrahita , dedicado á fomentar sus tierras y sus 
ganados. Era poco aficionado á entrar en la esfera de acción política á que hubieran podido 
llevarle más de lleno sus luces y sus principales tendencias. Sus diatribas y sus arranques no 
Bon los embates de una pugna tenaz y sistemática ; son el homenaje involuntario que se rinde 
á doctrinas seductoras, á par que el lujo y el recreo de un entendimiento claro y activo. 

Algunas de sus composiciones tienen el color y el limpio lenguaje de los mejores tiempos 
de la poesía castellana. Es excelente hablista, poeta espontáneo y original, y la más justa 
alabanza que puede tributársele es que sus versos se distinguen más por la simpática sencillez 
de los buenos tiempos, que por los estudiados esmeros de los más de los poetas de su época. 
Sus breves cuadros de costumbres , y sus relaciones en prosa , forman parte de esa literatura, 
que por lo llana y natural parece fácil y al alcance de todo el mundo. Así son algunas relacio- 
nes de Toepffer, de Federica Bremer, de Fernán Caballero. Los que intentan imitarlas com- 
prenden en breve la difícil facilidad que hay en encerrar en tan sencillos cuadros tanta ver- 
dad, tan dulce estilo, tan delicado é íntimo sentido. Tradujo Somoza, en verso, La Ilecyra, 
de Terencio, y El Temistocles, de Metastasio. 

Cercanos ya al término de esta dilatada reseña de poetas líricos, justo es salvar del olvido 
los nombres de dos distinguidos escritores , nacidos en el siglo xviii y discípulos ambos de 
la efímera escuela sevillana, creada á fines de aquel siglo : don Jacoho Vicente Navarro y 
don Félix María Hidalgo. 

Fácilmente se trasluce en las obras de Navarro que, si bien discípulo de Reinoso, de Blan- 
co y de Lista, insignes maestros de dicha escuela, estudiaba con predilección á los poetas de 
la escuela salmantina, y que Cadalso y Mdendez eran sus principales dechados. Escaso de 
imaginación, y por consiguiente de originalidad, sin vigor en los pensamientos, ni propiedad 
en el lenguaje, Navarro sólo se distingue por cierta entonación simpática, que hace leer con 
gusto una parte de sus poesías , y olvidar á veces la falta de las prendas esenciales de los 
verdaderos poetas. Era tan dado á escribir sonetos, como poco feliz en esta difícil tarea. Y 
¿cómo habia de serlo si faltaban á su numen sobriedad y fuerza, que son cabalmente las 
cualidades principales que requiere el soneto? 

Olvidadas están las poesías de Hidalgo, discípulo, amigo y sucesor, en la cátedra de lite- 
ratura de Sevilla , de los esclarecidos Reinoso y Lista. Poco más conocemos de este aventaja- 
do escritor que sus odas patrióticas contra la invasión de Napoleón , una de ellas premiada 
en Sevilla, en aquellos tiempos de entusiasmo nacional. No es dable negar que hay en ellas 
noble entonación y arranque patriótico ; pero no es de extrañar que á nosotros, los que hoy, 

(1) Así dedicó á Quintana un tomo de sus obras : dársele á V., haciendo saber al público que dos antores 
■n^j- ' 17 i TI ■, , y pintas han sido amieros sidreros y sin interrupción 

Pedico a V. este hbi-o para darme honor a mi, y para dcsdr; la juventud ^ la TCJez. (1842.) 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIII. Ccxxxiii 

pasado más de medio siglo , consideramos la batalla de Bailen con la auniiracion serena 
que inspira un gran suceso histórico , nos parezca harto hiperbólica aquella excesiva vehe- 
mencia de expresión , que hubo de resonar como un eco natural y simpático en las almas 
enardecidas de los españoles de 1808. La obra más estimable de Hidalgo es sin duda su ce- 
lebrada versión en verso de Las Bucólicas de Virgilio, ilustrada con notas eruditas y atina- 
das observaciones; versión no servil, pero fiel (1), que mereció alabanzas de insignes es- 
critores , entre ellos don Juan Gnalherto González , el cual , con más fidelidad y menos gala, 
desempeñó igualmente la difícil tarea de traducir las admirables églogas de Virgilio. 

Con mayor razón todavía debemos consignar aquí el famoso nombre de Don Bartolonid 
José Gallardo. Hacia versos , como Burgos , como los hacen todos aquellos que llegan á 
familiarizarse con las letras amenas y con las circimstancias rítmicas del idioma. Fué filó- 
logo arrojado y antojadizo, y bibliógrafo consumado. Como crítico se resiente de gusto 
apocado y no muy puro, y del afán de ostentar agudeza y erudición, olvidando el verdadero 
examen estético. El deseo de imitar el lenguaje poético de los escritores de principios del 
BÍglo XVII aumenta el carácter artificial de sus poesías. Pero no puede negarse que acierta 
algunas veces con algo que remeda de un modo agradable el suelto y fácil decir de los an- 
tiguos poetas castellanos. 

Sólo nos resta hablar, porque ningún otro nombre notable viene á nuestra memoria, del 
insigne escritor don Eugenio de Tapia. Fué uno de los hombres más laboriosos y estimables 
de su tiempo. La jurisprudencia, la historia, la instrucción pública y la poesía ocuparon al- 
ternativa, y á veces simultáneamente, su larga y provechosa vida. Logró, por su instruc- 
ción , su talento y sus nobles prendas de carácter, granjearse el aprecio de todos los hombres 
distinguidos de su tiempo. Entre otros , Quintana, Martínez de la Bosa y don Juan Nicasio 
Gallego le profesaron siempre acendrada amistad. En unión con el último, tradujo algunas 
obras de amena literatura. Su obra principal, la Historia de la civilización española, con ser 
un liljro cuerda y ordenadamente concebido , y con sobriedad y elegancia escrito, no pasa do 
una reseña somera é incompleta de acontecimientos históricos, sin el suficiente examen y 
lógico estudio de las causas íntimas y trascendentales que constituyen la esencia de la vida 
intelectual, religiosa, social, artística y guerrera de España ; de los elementos, en fin, siem- 
pre activos y entre sí encadenados , de su grandeza y de su decaimiento. 

Lfis obras dramáticas, las novelas y las poesías de Tapia no denotan inspiración ardiente 
y poderosa, pero sí' imaginación fácil y amena, buen gusto y sano espíritu. Como claro y 
correcto hablista, su mérito es incontestable, y la Academia Española, abriéndole sus puer- 
tas, procedió con tino y con justicia. La opinión no tasó acaso tan alto como merecía el va- 
lor de las obras poéticas de Tapia. El público, oyendo sonar continuamente el nombre do 
2\ijna unido al Fehrero novísimo , á la Práctica forense , á la Jurisprudencia mercantil y á 
otros libros de índole útil y prosaica, miró aquellas obras como pasatiempo sin entidad en un 
hombre consagrado á tan graves y áridas tareas. La fama del jurisconsulto dañó esta vez á 
la gloria del poeta. 

No debemos dar por terminado el cuadro histórico de la poesía castellana del siglo xviir, 
sin recordar que las damas , con su dulce y civilizadora influencia, y no pocas veces con su 
ejemplo, alentaron las artes y las letras, contribuyendo así al desarrollo de estas fuerzas de 
la cultura humana. 

(1) Hidalgo desconocía, sin embargo, la obli- bos, laudables en sí mismos, sustituyó la persona 

gacion que impone la verdad histiirica al que so de Alexis, en la égloga segunda, con la de una pas- 

atreve á traducir los libros de la antigüedad paga- tora, evitando así el horror que inspiran aquellos 

na, de reproducir sinceramente las costumbres, bue- monstruosos amores. De este modo empieza la églo- 

nas 6 malas, las preocupaciones y todas las ideas, ga traducida: 

por repugnantes que sean , que se hallan retratadas S^ abrasaba en amor por Galatej^ 

en a(juellos libros, Movido por eBcrúpulos religio- Ei pastor Coridon 



Ccx:<xiV BOSQUEJO HISTÓRICO CRÍTICO 

Ya vimos, al hablar de la Academia del Buen Gusto ^ con cuan fervorosa afición fomenta- 
ron la poesía y la crítica literaria, en el reinado de Fernando VI, la Condesa d(í Lémos, la 
Duquesa de Arcos y otras señoras do la alta nobleza. En el mismo reinado eseribia ¡¡oesías, 
notables para la época , una joven que más adelante , en 178Ü, publicó una parte de sus 
obras, escondiendo su nombre con el dictado de Una dama de esta corte. Ti-adiijo, dentro toda- 
vía de aquel reinado, tres traífedias íVaiicesas, entre ellas, con bastante ¡)ropiedad y desem- 
barazo, la Audrómaca, de Hacine. Prendado don Af/nstin de Moníiano y Lmjando del enten- 
dimiento y buen gusto do la interesante escritora, liizo leves correcciones de estilo en su tra- 
ducción de la Andrómaca , y le escribió una carta lisonjera , que se ha conservado (1 ). 
Sectaria de la nueva escuela reformadora, esta señora no escribe en estilo conceptuoso, lo 
cual no es ya de suyo escaso mérito para la primera mitad del siglo xviii. Su estilo es des- 
igual, amanerado y no siempre correcto, pero no le faltan ni desembarazo, ni lozanía. Los 
doctos de su tiempo la admiraban y aplaudían, y recordaban para ensalzarla á la poetisa 
CristohaTina , celel)rada en sus \orsos por L()j)e de Vega. Pero su fama, encerrada cti el ga- 
binete de los literatos, no llegó á hacerse popular. Hoy día ignoramos su nondjre, aunque 
conocemos sus iniciales (M. H.). 

IMás adelante, ya en la era de Carlos III, creció y se propagó entre las damas la afición 
al cultivo de la pintura y de las letras graves ó amenas. La Duquesa de Huesear fué nom- 
brada por aclamación, en vista de sus obras, académica de honor y directora honoraria de 
la pintura en la Academia de las tres nobles artes, con voz, voto y asiento preeminente en 
ambas clases, y con opción á todos los emi)leos académicos (17()()). La Marquesa de Estepa 
pintaba con gracia y soltura, y la Academia de San Fernando se honró admitiéndola en su 
seno (1775), como lo hizo asimismo con doña Mariana Waldstein, marquesa de Santa Cruz 
(1782), y con otras iluiiti-es damas, gentiles cultivadoras de las artes (2). A las letras se de- 
dicaban con igual afición. La señora aragonesa doña Josefa Amar t/ Barbón mereció univer- 
sal ajilauso traduciendo gallardamente la voluminosa obra del abate Lampillas. La Marquesa 
de Espeja tradujo del italiano la FUosofía moral, de Zanotti. La Condesa- Duquesa de Bena- 
W7iíg leia discursos en la Sociedad Económica Matritense (178G). Carlos III, después do 
empeñadas polémicas, en las cuales tomó parte el ilustradísimo Floridablanca, liabia hecho 
entrar á las nnijeres, como elemento civilizador, en las Sociedades Económicas recien creadas. 
Este es})íritu de respeto á la int(íligencia de las mujeres despertó en no pocas el entusiasmo 
literario. Merece citarse entre ellas , aunque no sea más que como curiosidad de historia lite- 
raria, doña Isidra da Guzman y Lacerda , hija de los condes de Oñate. Esta señorita, poseí- 
da de la pasión del saber, se consagró con tan bu(;n éxito al estudio de las letras y de la fi- 
losofía, que llamó la atención general. El ny Carlos III, movido siempre por el grande im- 
pulso que lo animaba , y juzg.in(io acertado dar todo el realce posible á este ejem])lo de la- 
boriosidad literaria, recomendó la ilustre y aventajada joven á la universidad de Alcalá, 
y dispensando al propio tiempo para aquel caso cualquier estatuto que lo estorbase , la seño- 
rita de Guzman recibió en la universidad, con ceremonias muy honoríficas, los grados de 
maestra y doctora en filosofía y letras humanas , siendo ademas nondjrada catedrática ho- 
noraria de filosofía moderna y consiliaria perpetua en la facultad de artes (1785). Distinción 



(1) Esta carta fué escrita en Madrid, el IG de que locare introducir este susto en Esi-y.ifía Yo Roguí 

Mavo de 1759 <ilgun tiempo la opinión (k- los franco.'^es, pero alnacé 

J' 1 ' • • 1 1 ' <• dfspues ]a inglesa, ¡lunque con Viuia.s modelaciones que 

He aquí el principal de sus parraff)S : he juzgado convenir á la verosimilitud y á no perder la 

Repito , señora , que estas eorrccdoncs no son susf aii- ^^ ^^ ^^ ' 

cíales, y que sin ellas merece no corto cloeio el aciíM-to „ i i • i ^ ,• ■ ■, 

con que desempeña la suma diíic.iUad de traducir bien. ^^ ^" verdad curiosü ver al sesudo y tímido au- 

La lástima es que el i^eiiio de la nación lia de echar tiió- lor de Virginia y de Ataúlfo acabar por inclinarse, 

nos el botón gunlo y las fiiaMadcs del gracioso. Ko ohs- y^ p,i aquellos tiempos , al teatro inglés, 

tante, SI llega a representarse, ]>ucde ser que las giist II- ,n\ ». i i a i - i o ti j 

p»8 lágrimas que ha de costar formen algún i)arl.ido V-) -^^tas de la Academia de ban JteruandQ, 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CCSXSV 

no menos grande j desusada habia alcanzado ya la señorita de Guzman , entrando en el seno 
de la Academia Española; honra que jamas se ha tributado á otra mujer alguna (1) (1784). 
Con motivo de estos singulares acontecimientos literarios , salieron á relucir, en las obras pe- 
riódicas del tiempo, peregrinas historias de españolas ilustres en las letras, entre ellas, doña 
Beatriz Galludo; doña Catalina de Aragón, reina de Inglaterra; doña Luisa Sigea; Fran- 
cisca de Nebrija, que sustituyó varias veces á su padre, el gran filólogo, en la cátedra de hu- 
manidades de la universidad de Alcalá ; tres señoras celebradas por Lope do Vega , doña 
Cristobalina Fernandez de Alarcon , doña Ana de Castro Egas y doña Bernarda Ferreira de 
la Cerda; doña Oliva Sabuco de Nántes, natural do Alcaraz, sobresaliente en filosofía y me- 
dicina; la novelesca Ortensia de Castro, natural de Villaviciosa, que disfrazada de estudian- 
te, estudió en Coimbra en compañía de dos hermanos, y Juliana Morell , natural de Barce- 
lona, que en Aviñon fué graduada de doctora en leyes, en el palacio del Gobernador (2). 

La fama pasajera de la señorita de Guzman tuvo eco en las naciones extranjeras. El Jour- 
nal encijclojyédique de Bouillon (1785) hizo encarecidos elogios de esta señorita, «que poseía 
los idiomas griego, latín, francés é italiano»; y en todas partos fue a¡)laudida la intención 
de Carlos III , que quiso hacer resaltar las prendas extraordinarias de aquella interesante 
doncella , fomentando así la educación intelectual de las españolas. 

Por ser todavía aquella época , á posar de los deseos de Carlos III , poco favorable al pro- 
greso literario de las damas que se educaban fuera de la corte ó de los claustros , no pode- 
mos menos de hacer mención de la ilustre gaditana doña María de llore. Ilesplandecia tanto 
por su peregrina hermosura, por su instrucción, por su clarísimo ingenio y por la elegante 
ostentación que desplegaba en su persona y casa, que la llamaban en Cádiz la Hija del Sol. 
Cansada de los aplausos mundanos, que habia disfrutado tan colmados , á los treinta y cinco 
años se retiró á un monasterio con permiso de su esposo ; siendo en la Iglesia occidental, se- 
gún afirma un escritor , el único ejemplo de casada y monja profesa á un mismo tiempo. 

Las pocas poesías que se han conservado de esta mujer singular , á la cual ha consa- 
grado nuestra ilustre amiga Fernán Cahallero una de sus leyendas fantásticas, no mere- 
cen salvarse del olvido , á no ser como testimonio honroso de su gentil entendimiento , que 
en tiempos más felices para las letras habría producido acaso brillantes y sabrosos frutos. 
Son estas poesías por demás candorosas é insulsas , y si algo hay digno de notarse en ellas, 
es que , escribiendo dova María de Hore cuando todavía reinaba el contagio del mal gusto, 
su estilo es claro y natural, con uuiy pocos resabios de retruécano y de alambicamiento. 

Justo es también , por el propio motivo antes alegado, recordar á doña María Helguero^ 
monja de las Huelgas de Burgos. No le ñiltaban ni instrucción ni ingenio. Como muchos 
poetas de su ticmjjo, se binla del estilo conceptuoso , pero algunas veces se deja llevar invo- 
luntariamente de la funesta magia tradicional de aquel estilo; otras escribe con llaneza ex- 
tremada y en tono popular, y entonces es cuando sus versos, sin llegar nunca á la elevación 
de la verdadera poesía, adquieren cierta facilidad y cierto agrado. Para sus poesías sagra- 
das, y especialmente las relativas á la Pasión^ suele escoger metros poco adecuados; pero el 
desembarazo y la sencillez vulgar que el metro mismo insi)¡ra, no quitan á los versos el 
fervor sincero que estaba en el alma de la poetif^a. Sirvan de ejemplo estas seguidillas: 



El tímido Pilátos, 
Por libertarte, 

A la pena de esclavos 
Quiere entregarte. 



¡Piedad impía, 
Que acrecienta tormentos 

Contra tu vida 1 
Furiosos los verdugos, 



(1) Tenemos á la vístala Oración pronunciada on la Sociodad de Amigos del País, de Madrid, 

por esta señorita en la Academia Española, el 28 Ambas obras son notables por la elevación de las 

de Diciembre de 1784. Igualmente tenemos á la iniras y la firmeza de la entonación, 

viüta el discurso que leyó, el 25 de Febrero de 178G, (2) Memorial literario (Junio de 1785). 



CCXXXYl BOSQUEJO HISTÓRICO CEÍTICO 

Golpes descargan 
En el yunque precioso 

De tus espaldas. 

¡Gente iracunda, 
Que no le compadece 

Ver tu hermosura ! 



El patíbulo abraza, 

Como á descanso; 
Amor en él te fija 



Más que los clavos. 



De la cruz adorable 

Bajan la prenda, 
Que ponen en tus brazos, 

Sagrada Reina. 

jOh triste Madre I 
¿Habrá dolor que al tuyo 

Pueda igualarse? 



Esta mezcla Je naturalidad y de concepto, tan acomodada á la índole peculiar del gusto 
po])ular de los españoles , hizo simpáticas las poesías de esta señora , á pesar de su escaso 
mérito. Tenía más sensibilidad que fantasía. La noticia de la horrorosa muerte de Luis XVI 
y de María Autonieta llega á sus oidos como el colmo del escándalo y de la depravación. 
Se conmueve su alma, y escarnece en sus versos á los verdugos de aquellos regios mártires; 
pero no hay en sus imprecaciones un solo rasgo de esos que denotan un numen apasionado 
y vigoroso (1). 

Mucho más que las escritoras que acabamos de citar , vale como poetisa doña María Rosa 
Galvez , vehemente amiga y admiradora de Quintana. Cultivó la poesía dramática , á fines 
del sio-lo último y principios del presente, con mayor éxito y afición que la lírica. A falta de 
inspiración fecunda y elevada , tienen sus poesías noble desembarazo y cierta firmeza de en- 
tonación , poco común en los versos de las poetisas. Su oda Al combate de Trajalgar fué 
muy celebrada. Ahora parece lánguida y palabrera. Describe y no canta. Le faltaba numen 
lírico para tan grande asunto. 



Aquí ponemos término á la ingrata y prolija tarea de conmemorar y juzgar, aunque tan 
rápidamente cuanto nos ha sido posible, los poetas líricos castellanos de un siglo que fué 
para España de decadencia, de transición, de profundo cambio moral y literario; de un si-' 
glo inquieto , investigador y no creador ; de un siglo que enflaquece la fe , que amengua el 
carácter nacional antiguo, y no parece sino la preparación de otro siglo; de un siglo, en 
fin, sin ideas propias, sin doctrinas definitivas, sin energía moral , sin entusiasmo y sin poe- 
sía. Los austeros pensadores del siglo xviii , que, como Forner, no se pagaban de quiméricas 
ilusiones , no pintan su época con risueños colores. Así decia Forner : 

Estamos en un siglo de superficialidad. Oigo llamarle por todas partes siglo de la razón , siglo de luces, 
siglo ilustrado , siglo de la filosofía. Yo le llamaría mejor siglo de ensayos, siglo de diccionarios, siglo de 
diarios, siglo de impiedad, siglo hablador, siglo charlatán, siglo ostentador. 

Forner tiene razón ; y sin embargo , en aquella conmoción general , que introducía en la 
sociedad humana el malestar de la incertidumbre y de la duda, y que, sin darles un nuevo 
asiento , sacaba de su asiento antiguo á los estados europeos , se escondían nuevas fuerzas, 
nuevas verdades , y á su lado grandes errores y violentos desvarios , que ofrecían en discorde 
conjunto un confuso porvenir de esperanzas y de amenazas. Por lo mismo, el siglo xvirr, 
tal como fué , tal como lo hicieron las leyes providenciales de la historia , es digno de pro- 
fundo estudio en todas sus manifestaciones morales, políticas y literarias. Con respecto al 
sentimiento de lo bello en las letras amenas , que es el punto de vista peculiar del presente 
estudio, poco lisonjero es el juicio absoluto que puede formarse relativamente á la España del 



(1) Se publicaron las poesías de esta religiosa en 1794. 



DE LA POESÍA CASTELLANA EN EL SIGLO XVIIL CCXXXvn 

sio-lo xviii. Cuando la fe, unida al sentimiento nacional, decae, decae la inspiración. La duda 
y el análisis, que son las fuerzas morales del siglo último, pueden producir la poesía reflexiva, 
ó ingeniosa ó esmerada, del que estudia y medita; no la poesía, arrel)atada, tierna ó mística, 
del que se entusiasma, del que siente, del que cree. La fantasía y el corazón, fuentes de la 
poesía verdadera , pierden su vigor en aquellas menguadas horas en que las naciones , bus- 
cando ávidamente lo desconocido, arrojan el tesoro de las tradiciones y de las creencias que 
constituían su vitalidad y su gloria. Como quiera que sea , hay tanta enseñanza histórica en 
los periodos de decadencia y transición como en las épociis de florecimiento y de grandeza. 
La crítica extranjera dominaba en el siglo xviii las letras españolas , porque estas habían 
perdido su propia virtud , pura y genuina; La poesía , a])ocada y humilde , se contentaba por 
lo común con gimnasia de ingenio , ó con la observancia de formas aprendidas , porque la 
nación no tenía , como en otro tiempo , íntimos impulsos y grandes sentimientos que desper- 
tasen su entusiasmo. Destellos , y nada más que destellos del verdadero espíritu español hay 
en los versos de don Nicolás Fernandez de Moratin , de Iglesias , defra?/ Diego González y de 
algim otro. En las tendencias elegantes , primorosas ó filosóficas de Melendez, de Jovellanos, 
de Cienf liegos , de Moratin (Leandro) , de Iriarte , de Gallego , de Lista y de los demás poe- 
tas imitadores de aqiiel tiempo , trasciende más el espíritu europeo que el sabor privativo de 
la tierra española. Hasta que Quintana siente enardecida su alma por el entusiasmo sincero 
de la patria, no produce el siglo xviii un poeta lírico verdaderamente nacional. Los demás 
famosos escritores de la segunda mitad del siglo , si no eran cantores de la patria , eran poe- 
tas de la civilización. Su idioma, que ya no era del todo el habla abundante y purísima de 
los Lopes j de los Cervantes y de los Granadas, es, aunque todíivía más degenerado en nues- 
tro tiempo, el idioma que nosotros hablamos. Su espíritu, igualmente amenguado, también 
vive en nosotros todavía. Respetemos el entendimiento superior de aquellos insignes varones, 
y sus esclarecidos nombres. La herencia que nos han dejado es todavía grande y gloriosa, si 
se considera el estado de las letras castellanas en el primer tercio del mismo siglo. Asom- 
broso es el camino que corrieron el buen gusfo y la sensatez literaria desde la ilustre fecha 
del Diario de los literatos. Para no hacer extremado el contraste , citando autores extrava- 
gantes , nos contentáronlos con recordar que en pocos años se pasó de Gerardo Lobo á Me- 
lendez, de Feijóo á Jovellauos , y de Cañizares á Moratin 



FIN DEL BOSQUEJO HISTORICO-CIUTICO, 



POETAS LÍRICOS DEL SIGLO XVIIL 



DON GABRIEL ALVAREZ DE TOLEDO. 



NOTICIAS BIOGRÁFICAS Y JUICIOS CRÍTICOS. 



I. 

Nació DON Gabriel Alvarez de Toledo en la ciudad de Sevilla, el dia 45 de Marzo de 1002 (f). 
Fué de familia ilustre, originaria de Braganza, en el reino de Portugal, que adíjuirió después 
carta de naturaleza en España , avecindándose primero en Aragón , y más adelante en Sevilla. 
Fué su padre don Francisco Alvarez de Toledo , del hábito de Calatrava y consejero de Hacien- 
da , que al lustre de su apellido juntaba aventajadas prendas y altos merecimientos personales. 
Su madre fué doña Luisa María Pellicer de Tovar , hija del notable escritor don José Peilicer de 
Tovar, caballero de Santiago, señor de las Casas de Pelhcer y Osau, del Consejo del Hey, su 
gentil-hombre y su cronista mayor de Aragón. 

Dedicóse en sus primeros años al cultivo de las letras amenas , y especialmente de la poesía. 

La segunda época de la vida de don Gabriel forma notable contrasto con los tiem[)os de su 
mocedad, no viciosa ni impura , pero sí empleada , por la mayor parte , en livianos é insustan- 
ciales devaneos. El caballero galán y festivo aborrece repentinamente los triunfos mundanos, que 
le hablan hechizado hasta entonces , y se convierte en un verdadero anacoreta entre las confusio- 
nes y estorbos del mundo (2). En las ciencias y en las letras, en los deberes religiosos, en el ejer- 
cicio de altas virtudes, entre las cuales sobresalía la caridad (5), y en el despacho de los arduos 
negocios públicos que le estaban confiados, concentraba Alvarez de Toledo todas las facultades 
de su alma. Se dedicó con asombrosa asiduid;id al estudio de las lenguas antiguas, llegando á 
poseer el griego, el latín , el hebreo, el árabe y el caldeo. De los idiomas modernos europeos, ha- 
blaba el francés, el alemán y el italiano. Ai'emas de sus poesías y de su Historia de la Igle- 
sia y del mundo, escribió muchas obras, que se han perdido ó duermen olvidadas en el polvo 
délos archivos y délas bibliotecas (4). Contribuyó activamente, con el Marqués de Villena, con 



(i) El autor de estos apuntes lia hecho huscar y 
siicar en Sevilla la partida de bautismo de este lionilire 
ilustre. Según este documento, que tiene ú la vista, noN 
Gabriel Patricio Alvarez he Toledo y Pellicer nació 
e! 15 de Marzo de tCG2, y fué bautizado en la parro- 
quia de San Andrés el dia 20 de Abril del mismo año. 

(2) Expresión del doctor Torres. 

(3) A pesar de su patrimonio, de sus crecidos suel- 
dos y de haber vivido constantemente, en sus últimos 
años, en casa de su amigo el Duque de Montellano, 
murió « como un pobre de solemnidad ». Cuanto tenia 
lo daba de limosna. 

(4) El doctor Torres dice, refiriéndose á Alvarez de 
Toledo í «El juicio, los talentos, la universalidad en 
lo.las cicnciaí! é idiomas, y el estudio de e?te venerable 



autor, so perciben con mds ventaja (alude íí las poe- 
sías) en el libro de su Ilisturia antediluviana y en otras 
obras que guarda la envidiable codicia de si s apasio- 
nados.» 

En el Palacio dp Momo, libro desuñado á defender 
la Historia de la Iqlesia y del mundo, dice su autor 
(ignorado hasta aliora, pero que es sin duda el célebre 
Marqués de San Felipe, amigo de Alvarez de Toledo, 
é individuo de la Academia Española), las siguientes 
palabras: «Aunque éste es el primer libro que ha im- 
preso mi autor (habla de la citada Historia), no es lo 
primero que ha escrito, pues en prosa y verso se pue- 
den, de sus escritos, hacer muchos tomos.» 

Torres encontró en las bibliotecas de los duques de 
MoiUi'llano y de Sotomayor los manuscritos de que se 

1 



2 DON GABRIEL ALVAREZ DE TOLEDO. 

ei historiador don Juan Forreras, con el sabio orientalista fray Juan Interian de Ayala y con 
otros varones insignes en doctrina y autoridad , á la fundación de la Academia Española , y fué 
el tercero de los académicos inscritos en esta esclarecida corporación. Caballero de la orden de 
Santiago (1), oficial mayor de la secretaría de Estado, secretario del Rey y su bibliotecario 
mayor , secretario de la presidencia del Consejo de Castilla , no le faltaron , como se ve , altos 
honores y testimonios de confianza de su patria y de su soberano. Fué una de las personas más 
dignas y más respetadas de su tiempo. Vivió como un asceta, y en Enero de 1714 murió, como 
un santo, en la casa misma del Duque de Montellano (2). 

L. A. DE Cueto. 



II. 

DEL SEÑOR DON ANTONIO FERRER DEL RIO, de la academia española, 

(Revista Española, número 4."; 18 de Mayo de 1862.) 

Oriundo este varón ilustre de Portugal , por la línea paterna , y nieto del célebre cronista de 
Aragón, don José Pellicer de Tovar, por parte de madre, nació el 26 de Abril de 1662 (3), .en la 
ciudad de Sevilla. Huérfano quedó poco después de acabar las primeras letras ; casi abandonado 
á su voluntad exclusiva , no la tuvo grande para el estudio, y hallóse mozo, con natural estro y en 
trato familiar con las Musas. A camino le llevaron de perdición el ocio, la boga que tuvieron sus 
p(»e3Ías entre las damas sevillanas, el engreimiento de ser como el galán á la moda ; su índole era 
excelente, por fortuna, y así los devaneos juveniles no pasaron á vicios. Muy cerca andaba de 
los treinta años cuando se resolvió á mudar de costumbres, tocado en el corazón á consecuen- 
cia de asistir á unas santas misiones; y según datos fidedignos, lo hizo de suerte, que desde 
entonces no se le vio más el color de los ojos , y se le pudo comparar á un capuchino entre las 
profanidades del mundo. 

Bajo la protección y en la casa del Duque de Montellano, se entregó con pasión verdadera á 



valió para formar la Colección de las poesías de Alvarez 
de Toledo. No menciona siquiera el códice que e.\iste 
en la Biblioteca Nacional (M, 65) con este titulo : 
Poesías varias de do7i Gabriel Alvarez de Toledo y 
Pellicer, bibliotecario mayor do su majestad; recogi- 
das por d