(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Mis últimas tradiciones peruanas y Cachivachería"

This is a digital copy of a book that was preserved for generations on library shelves before it was carefully scanned by Google as part of a project 
to make the world's books discoverable online. 

It has survived long enough for the copyright to expire and the book to enter the public domain. A public domain book is one that was never subject 
to copyright or whose legal copyright term has expired. Whether a book is in the public domain may vary country to country. Public domain books 
are our gateways to the past, representing a wealth of history, culture and knowledge that's often difficult to discover. 

Marks, notations and other marginalia present in the original volume will appear in this file - a reminder of this book's long journey from the 
publisher to a library and finally to you. 

Usage guidelines 

Google is proud to partner with librarles to digitize public domain materials and make them widely accessible. Public domain books belong to the 
public and we are merely their custodians. Nevertheless, this work is expensive, so in order to keep providing this resource, we have taken steps to 
prevent abuse by commercial parties, including placing technical restrictions on automated querying. 

We also ask that you: 

+ Make non- commercial use of the files We designed Google Book Search for use by individuáis, and we request that you use these files for 
personal, non-commercial purposes. 

+ Refrainfrom automated querying Do not send automated queries of any sort to Google's system: If you are conducting research on machine 
translation, optical character recognition or other áreas where access to a large amount of text is helpful, please contact us. We encourage the 
use of public domain materials for these purposes and may be able to help. 

+ Maintain attribution The Google "watermark" you see on each file is essential for informing people about this project and helping them find 
additional materials through Google Book Search. Please do not remo ve it. 

+ Keep it legal Whatever your use, remember that you are responsible for ensuring that what you are doing is legal. Do not assume that just 
because we believe a book is in the public domain for users in the United States, that the work is also in the public domain for users in other 
countries. Whether a book is still in copyright varies from country to country, and we can't offer guidance on whether any specific use of 
any specific book is allowed. Please do not assume that a book's appearance in Google Book Search means it can be used in any manner 
any where in the world. Copyright infringement liability can be quite severe. 

About Google Book Search 

Google's mission is to organize the world's Information and to make it universally accessible and useful. Google Book Search helps readers 
discover the world's books while helping authors and publishers reach new audiences. You can search through the full text of this book on the web 

at http : //books . google . com/| 










'>.y:'y:^-">:- 




/¿=^ 



\ 






ií/ 



i'íiii' lii 



a«\ 



Mis últimas tradiciones 
peruanas y Cachivachería 

Ricardo Palma 






i 



Digitized by 



Google 



'•'^^'--^K-^. 















.^.::-<r^:- 



\^ -^ / 















= í-''''Í3l-("'..'^'i.**^' ■ 



^ -.'."' \ -o ^iíVt . V--v'Vi. -:'vv'\;;. '^-^AiVi 



-^/:r^- jT^"-'-' v^^/V \;"" '-''^'Ík- ■ -'^' ' !- 



¡ • 



•'^;^V- •: 



' >... 



■ ^r^- ''■*a>>^> •>".-'■'■>>,;■ ■^*.:-:'->:^ ,■ '^ '*.-r>>^> 

'■■:-.:•• ,.V-" ■>-■ ■ ^- ^ 






,. ..^' / 


























Digitized by 



Google 



z 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES PERUANAS 



Digitized by 



Google 



? 



X 

o 
m 

o 

I 
3 



o 

3 
P 

'''o 
a 
• 

i" 
O 

í 

o 
o 

3 

a 
• 

i" 
O 

z 

o 

s 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRAMCIONES 



PEÍ^URHAS 



GAQSCt'^AtíSESaitA 



POR. 



RICARDO PALMA 

Correspondiente de las Reales Academias Española y de la 
Historia y Diredor de la Biblioteca Nacional de Lima 




BARCELONA 
CASA EDITORIAL MAUCCi 

CALLE DE MALLORCA, 166 



BUENOS AIRES 
MAUCCI HERMANOS 

CALLE CUYO, 1070 



1906 



166JÍI ^ , 

Digitized by LjOOQIC 



-••í^ Es propiedad de la 
Casa Editorial Maucci 
de Barcelona. 



Compuesto en máquina TYPOGRAPH.— Barcelona. 



Digitized by 



Google 




:E>i>ia^oigiA. iv 

J^ Coleccionadas en cuatro volúmeneSy impresos en 

Barcelona, de i8g3 á i8g5, las amenas Tradiciones 
que tan popular han hecho en América y España el 
nombre del literato peruano don Ricardo Palma^ 
obtuvimos su aquiescencia para compilar en este vo- 
lumen sus escritos del género tradicional é histórico 
posteriores á iSgS^ con lo cual estamos seguros de 
haber complacido á gran número de lectores. 

Las obras del señor Palma , para honra suya, no 
necesitan ya de prólogos encomiásticos. No obstan^ 
/e, y en obsequio á los pocos que desconozcan la 
personalidad literaria del autor^ reproducimos el 
Juicio que y en i8g5, apareció en el 4cD¡ar¡o de Bar- 
celona», en lo cual tributamos á la ve\ un home^ 
naje de afecto á la memoria del ilustre periodista 
catalán señor Miquel y Badla^ otro articulo que 
apareció en la prensa española de ü^ueva York y 
otro del señor bañados Espinosa. 

El Editor. 



Oigitized by 



Google 



^ 

g 



s 



10 
O) 
00 



-< 

-< 
s 

o 

o: 

M 

Q 



III 

O 



III 

o 
III 

o 



¡6 

p 

Q 



a 



c 
III 

III 

o 



III 

o 

(O 

III 

c 

0. 



H 



o 



as 
o 
Q 



Digitized by 



Google 



I 



< 

OS 
OS 

-< 

m 



tu 
< 

a. 

M 

O 



O 
H 



O 

< 



as 

O 

Q 



Digitized by 



Google 



s 



00 

^ o 

O) 

2 iS 

o O 

Ul 

o 



5 § 

u S 

O ss 

III M 

c « 

Q. 3 

ij 
o 
ü 

¿ 

as 
o 
Q 



Digitized by 



Google 



8 






os 
< 

a. 

M 

O 



O 
H 



O 

2 

•< 

Ü 

M 
S 

as 
S 

O 

Q 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Ríe AR.DO PALMA 



De dos grandes escritores modernos puede decirse que han 
sido maestros de estilo en Hispano-América:— Juan Montalvo 
y RicAPDO Palma. El uno fué todo fuerza; el otro es todo gracia; 
y ambos han trabajado primores en la lengua castellana. Mon- 
talvo dejó más numerosa familia de discípulos, porque enseñó 
la expresión viril del combate, las agrias notas del despecho, 
la risa nerviosa de la ironía y los sublimes acentos de la ira, 
á una generación ardiente, ansiosa de luchar, á la cual hacía 
falta el rayo de la palabra, y él se lo envió en las magníficas 
explosiones de su olímpica soberbia. 

Los discípulos de Ricardo Palma son más escasos; porque 
el arte que él enseña es más difícil, y hay que venir á él con 
diploma de suficiencia firmado de puño y letra de la Naturale- 
za misma. Se ha de nacer con genio de pintor y con ingénita 
vis cómica; se ha de saber observar, y sentir lo que se obser- 
va; se ha de poseer la facultad eminentemente artística de 
usar con el lado débil que las más graves cosas humanas tie- 
nen, por donde quien graves las dispuso, olvidóse de hacerlas 
invulnerables á la riente malicia de la crítica. 

Dotado así el pintor de costumbres, viene á adiestrarle el 
aprendizaje del dibujo y del colorido, eso que en literatura 
se llama lenguaje y estilo. 



^Digitized by 



Google 



10 RICARDO PALMA 

Ricardo Palma ha sido periodista batallador, y es poeta de 
ñequísima vena; pero sobre todos esos títulos á la fama, está 
el que le ha conquistado el don soberano de la originalidad, 
revelada en sus admirables Tradiciones. En este género no tíene 
predecesores ni rivales. Lo encontró por una revelación de 
su ingenio, que ansiaba por darse un campo propio. Allí es- 
taban, sin que nadie los tocase, los empolvados archivos; por 
ahí discurrían las populares leyendas, sin que nadie se dignara 
desprenderlas de los labios del vulgo para ennoblecer su for- 
ma con las galas del lenguaje; ahí se estaba muerta y olvidada 
toda una época brillante ó anecdótica, •tciste ó festiva, sangrien- 
ta ó generosa, con sus figura^ •elar^^sticas y sus originales 
costumbres, sin que á nadie se le ocurriese abrir el viejo ar- 
mario, sacudir el polvo, .matí»r fáijpolilJ^/yrsítéar al sol toda 
esa caterva de dominadores con sli atíígafráda parafernali^ 
colonial, exponiéndolos á la vista de las nuevas generaciones, 
para que con tan instructiva y amena exhibición recuerden, 
aprendan y sonrían. 

Ricardo Palma descubrió el filón, lo trabajó con el pro- 
digioso instrumento de su estilo, y á todos nos ha enriquecido 
con el oro que de allí sacara, aventándolo á puñados por el 
campo de nuestra literatura. 

Sus cuadros son pinturas vivas. Contemplándolos se ponen 
delante de nuestra retina las cosas, los hombres y los tiempos 
que ya no son. En ellos desfíla todo un siglo, y á veces se 
siente discurrir por los nervios una sensación de terror re- 
trospectivo:— se cree uno en plena colonia, en presencia díe 
aquellos temidos y rumbosos virreyes, de aquellos ceñudos ca- 
pitanes y de aquellos magistrados atrabiliosos, con cara de ley 
marcial. Por fortuna, el gran pintor, que adivina nuestro miedo 
pueril, no lo deja convertirse en temor de varón fuerte, y 
sonriendo donosamente, da un papirotazo al espantajo, como 
diciéndonos:— «No le temáis, que es una excelente persona.» 
Y entonces advierte uno que el artista ha estirado un tantico 
las comisuras de las bocas severas, y que ha rebajado no poco 
la ominosa curva de las ojivales cejas, con lo cual, en efecto, 
se esparce en aquellos rostros vitandos cierta encantadora hon- 
homie que invita á la familiaridad y al buen humor. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 11 

En cuanto á los recursos de lenguaje con que cuenta Ricar- 
do Palma, ¿se quiere saber hasta dónde posee él y domina el 
idioma? No hay más que darle un puñado de vocablos reco- 
gidos en el arroyo, los más prosaicos y ruines, de esos que el 
vulgo encanalla con su hablar pedestre; y al punto se verá 
cómo el mago los incrusta, los combina, los dignifica y les da 
viso, haciéndolos entrar en su debido puesto en la hermosa 
escala de tonos de una frase hábilmente graduada de colores. 

Pero ni el conocimiento profundo de la índole y artificios 
de una lengua, ni la posesión de un copioso léxico forman por 
sí solos al prosista trascendente. Se necesita algo más, es indis- 
pensable aquello que, con tanta gracia como acierto, nos dice 
el mismo Palma ser preciso para escribir buenos versos: 



Forme usted líneas de medida iguales, 
y luego en fila las coloca juntas 
poniendo consonantes en las puntas; 
—¿Y en el medio?— ¿En el medio? ¡Ese es el cuento! 
Hay que poner talento. 



Y es cabalmente lo que él pone, en el medio y por todas 
partes de sus renglones de inimitable prosa. Lo que en ella 
mejor reluce y más encanta, no es la palabra escogida, ni la 
frase bien compuesta; es el talento; es ese polvillo luminoso 
de ideas que á sus escritos abrillanta. A veces el estilo de Pal- 
ma parece caer en una sencillez tan ingenua, que las jnedianías 
se regocijan, porqpie se imaginan que allí sí pueden llegar 
ellas. Pero eso no es sino puro espejismo retórico. De sencillo 
no hay allí más que la apariencia. Un magistral alarde artístico 
es lo que al cabo se descubre en esas formas de engañosa na- 
turalidad, de las cuales, una vez que se nos ha mostrado el 
autor como el atleta en descuidado reposo, vuelve á la actitud 
estatuaria por im giro nuevo, gallardo, inesperado, que nos 
deja suspensos. 

Ricardo Palma escribe poco por ahora. Se ha encariñado 
con la Bibhoteca Nacional de Lima, destruida en 1881 por las 



Digitized by 



Google 



12 RICARDO PALMA 

tropas chilenas, y á la cual se ha propuesto enriquecer. En 
mientes tiene un trabajo que habrá de ser interesantísimo. Su 
idea es escribir las monografías de los literatos españoles á 
quienes trató de cerca en Madrid, cuando aquel su glorioso 
paseo, en que tantos agasajos recibiera de los príncipes de las 
letras castellanas. Detiénele, sin embargo, el escrúpulo de pen- 
sar que, en esos artículos, habrá por fuerza de ir algo personal 
suyo. Y á nuestro ver, esto será justamente lo que haga más 
valiosos y gratos i>ara la América semejantes trabajos; porque 
los honores rendidos á Palma en el extranjero, vienen á ser 
la ratificación insospechable de la admiración y el orgullo que 
su egregio talento ha despertado entre sus hermanos en la raza. 



N. BoLET Pbraza. 



Nueva York— 1894. 



Digitized by 



Google 



LITERATURA PERUANA 



Recorrieado con la imaginación la ya larga lista de los 
sudamericanos sobresalientes en las letras, nos hemos dete- 
nido en el nombre de Ricardo Palma, cuya celebridad irradia 
sobre el continente como esas estrellas que vemos levantarse 
lentamente hasta sobreponerse á las cumbres y ocupar el cénit. 

Nació en Lima, capital del Perú, en 1833, y por consiguien- 
te, tiene muchos años para nuestro anhelo, que se le retrata 
joven, y pocos para la celebridad que ha conquistado. Nos 
gusta el verdor para los escritores, el cielo azul para los poe- 
tas, y el arbusto de anchas hojas para los jardines. Palma 
debería tener cuarenta años, y como nosotros esperamos vivir 
muchos otros más, tendríamos plazo sobrado para compla- 
cemos en nuevas producciones de aquel atildado é ingenioso 
escritor. Pero el hecho es irremediable; y como no se nos 
ha agotado el gusto por las viejas leyendas, vayase lo uno 
por lo otro. 

No nos sentimos con voluntad de decir todo lo que Ricardo 
Palma es y ha sido. Al recordar los gratos momentos que 
nos ha producido la lectura de sus obras, al pensar que nues- 
tras impresiones respecto á él son las mismas que en el con- 
tinente americano, y aún más allá, experimenta todo el mundo, 



J 661 i I 

Digitized by VjOOQiC 



14 BIOABDO PALMA 

se nos ocurre exclamar: Ricardo Palma es Ricardo Palma, 
creyendo haberlo dicho todo; y así es la verdad. Pero el tiem- 
po es semejante al infinito. Tras un gran horizonte hay otro 
horizonte, las generaciones se suceden como las olas, las ideas 
cambian, el lenguaje se modifica, y si la moral permanece 
inmutable en su esencia, es distinta en sus aplicaciones. Todo 
cede al movimiento eterno de la mole y del átomo. 

De aquí la necesidad de multiplicar los medios de remem- 
branza. No pudiendo vivir en la eternidad, procuramos durar 
en el recuerdo de nuestros sucesores. Mayor bien para ellos 
que para nosotros. 

Es preciso, pues, decir algo sobre Ricardo Palma, siquie- 
ra sea para que el eco de su nombre repercuta en la memoria 
del pueblo venezolano. 

Una estatua que á las márgenes del Rimac dijese: Ex aere 
populus memor hoc numen inscripsit, diría mucho más que una 
larga biografía. 

Tal vez será; pero, si no fuere, conste que alguien lo piensa. 

El primer libro de Palma que llegó á nuestras manos fué 
Tradiciones Feruanaa. ¿Tradiciones, y peruanas, y de Ricardo 
Palma? Pues á leer, y en pocos minutos devoramos veinte 
páginas. Luego advertimos que el encanto de la narración nos 
arrebataba, y deslumhrados con las chispas, perdimos el dia- 
mante, y volvimos atrás. Así lo hemos leído siempre. 

La célebre ciudad de Lima nació para toda especie de ma- 
ravillas. Juntáronse allí hombres y cosas, institutos, magistra- 
dos, ordenanzas y guerreros, inspirados por el espíritu de no- 
vedad. Almagro y Pizarro son prodigios. Francisco de Car- 
vajal es único en su especie. Los virreyes, los prelados, la 
nobleza, el pueblo, las creencias, las costumbres, todo eso con- 
fundido lo retrata Palma con una naturalidad que deja de 
ser copia de los sucesos para convertirse en creación suya. 
La Venus de Milo pudiera ser copiada; pero si el copista le 
insuflase el aura de la vida, la copia seria superior al original. 
Tal sucede con las Tradiciones de Palma. 

Leímos después un tomito titulado El Demonio de los Andes, 
que así llamaron á don Francisco de Carvajal, maestre de 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TBADICIONES 15 

campo de Pizarro, y aquel carácter tan difícil par la multipli- 
cidad de fases que la rodean, como la figura geométrica de 
luia estrella, lo exhibe Palma, burlón, cruel, irónico, en diálo- 
gos cortos, llenos de gracia, siempre nuevo y siempre el mismo. 
Las víctimas festejadas así en presencia del verdugo y de la 
cuerda, debían sentir la pérdida de la vida sin el horror á 
la muerte. Por lo que hace al lector, embebido en la escena, 
posesionado de las costumbres de aquella época y de las ne- 
cesidades de aquella guerra, apenas lamenta que la obra de 
la civilización exija el sacrificio del hombre por el hombre, 
ya la emprenda la espada del guerrera, ya la proclame el labio 
del pastor evangélico. Al contemplar estos hechos tan repe- 
tidos en todos los períodos de la Historia, se creería que la 
barbarie es indestructible, y que á ella volverá la civilización 
recorridos todos los círculos concéntricos que trazaron sus idea- 
les. El mimdo entonces habría terminada su misión providen- 
cial, y quedaría opaco y frío como la luna. Por lo que hace 
á sus habitantes, ¿para qué vive quien no ama ni piensa? 

Que se nos perdone esta digresión con que pagamos á las 
víctimas de la barbarie su sacrificio. 

Pero nosotros no vemos en las obras de Palma al escritor 
castizo, al narrador elegante, al acusioso analizador, simple- 
mente: vemos al filósofo que juzga sereno de los hechos y 
las costumbres, y abarca en sus juicios á todos los pueblos. 
La savia que contienen esos juicios nutre el entendimiento, 
eleva el espíritu, hermosea la imaginación, despierta el orgullo 
patrio, y, á la par que enseña, encanta. 

Cuando se lee á Palma, se siente uno americana; se pasea' 
uno orondo desde el Desaguadero hasta la Guayana, desde , 
el Istmo de Panamá hasta la Tierra del Fuego, y toma por 
isuyos los acontecimientos que él relata. 

Mas dejar en el tintero los aplausos que corresponden al 
filósofo, como hablista y como narrador, no sería justo ni 
siquiera racional. Si Palma sorprende por la propiedad de 
la frase y del epíteto, admira por la facilidad y la fluidez de 
la narración. Ni aun en el campo ingrato de los detalles halla 
él guijarros, y su pluma corre veloz, ya desgranando las per- 
las del collar, ya recogiéndolas y ensartándolas de nuevo. 



Digitized by 



Google 



16 RICARDO PALMA 

Conoce frases, modismos y refranes que envidiaría Valera; 
explica lo inexplicable con la facilidad de Fray Luis de Gra- 
nada; conversa como Bocaccio, y refiere con la seriedad y 
concisión de Salustio. Siembra máximas sin la solemnidad de 
Tácito, pero con el desgaire filosófico que conviene al estilo y 
al asunto. Es un prestidigitador sin cubilete y con las manos 
limpias. 

Su espíritu independiente y su amor á los principios le 
han ocasionado penas y persecuciones en la vida pública. Se 
le tiene por huraño, lo cual significa que no se rinde á ne- 
cios halagos, ni quiere perder su tiempo en fútiles devaneos. 
jAn! si quisiera el cielo enviamos irnos pocos de esos mons- 
truos, ¡qué recreaciones para nuestra amistad! 

Como poeta, basta leer sus Armonías y Pasionarias para acor- 
darle los resplandores de la imaginación. Versifica con faci- 
lidad, pinta con vivos colores, y procura copiar su zona huyen- 
do los epítetos y metáforas usuales para saludar el aire, la 
luz, el río y los montes de su patria. 

Ha merecido honores, ¿y cómo no? Las Academias Es- 
pañola de la Lengua y de la Historia le han hecho miembro 
correspondiente; tuvo, en 1892, la representación de su patria 
en el Congreso Americanista de la Rábida; los poetas y los 
escritores de todos los pueblos le han celebrado, y doquiera 
que se habla el idioma de Castilla, se holgarían las mejores 
plumas de imitarle, si fuese accesible á la palabra la luz es- 
tética que rodea los contornos del modelo. 

En la desastrosa y fratricida guerra que el genio del mal 
inflamara entre Chile y el Perú, perdió Lima su preciosa Bi- 
blioteca y Palma la suya personal. Restablecida la paz, fué 
nombrado Bibliotecario, lo cual quiere decir en el presente 
caso colector de libros, oneroso cargo que exigía las fuerzas 
de Atlante, y cuyo éxito nadie se hubiera atrevido á vati- 
cinar. Palma aceptó; y sin duda contaba más con el presti- 
gio de su nombre que con sus esfuerzos materiales. Ambos 
recursos puso en juego, y á poco se le vio levantar estantes 
como quien levanta monumentos. 

Con este último testimonio de su patriotismo y entusias- 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 17 

mo por la civilización, Palma puede dormir tranquilo sobre 
sus laureles. 

Y aquí ponemos punto á este esbozo, que hemos escrito 
con el temor del caminante que viaja por alturas y mira in- 
mensa y lejana la última cumbre. 

A nosotros no nos toca ya sino exclamar con Metastasio: 
S^io fosse pittore, ¡che ricca materia al mió penettol 

1894— (Dé "la Revista Ilustrada de Caracas). 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



i 



EL TBiDIGIOMTA BIGABDO PALMA 



¡Era yo casi un niño! 

Apasionado por las bellas letras desde los albores de mi 
agitada existencia, cayó en mis manos un bello libro. Leí sus 
primeras páginas, y me quedé como extasiado con la lectura 
de una de sus composiciones. Todavía parece latir en mi co- 
razón y en mis recuerdos. 

Era un idilio en prosa. Se titulaba El hermano de Atahualpa^ 
y su autor Ricardo Palma. Desde mi infancia data, pues, mi 
simpatía por el leyendisla peruano. 

La ola revolucionaria üie ha traído proscrito al Perú, y 
dádome oportunidad para estrechar la mano del simpático es- 
critor. 

Palma, en apariencias, parece hombre de pocos amigos y 
de pocas impresiones. Pero sondeadlo un poco y veréis que 
tiene pasiones como olas el mar y ternuras como miel la 
palma. Su habitual entrecejo desaparece, y se torna en hom- 
bre expansivo y afectuoso. Es un agradable canseur. 

Periodista, escritor castizo, polemista varonil, historiador 
ameno, poeta fecundo y político decepcionado, Ricardo Pal- 
ma ha sido muchas cosas en su tierra. Le ha pasado á él lo 



Digitized by 



Google 



20 RICARDO PALMA 

que sucede á casi todos los hombres de ingenio de la América 
española. La escasez de población, la falta de especialidades 
en los diversos ramos de la actividad intelectual, y la poca 
difusión del saber humano en las masas, obliga á los pueblos 
americanas á utilizar á sus hombres de talento en varios tra- 
bajos á la vez. Es un enciclopedismo impuesto por las cir- 
cunstancias y los acontecimientos. 

He aquí el por qué todo escritor, en América, es simultá- 
neamente hombre de Estado, político, diplomático, y en mu- 
chos casos recibe comisiones incompatibles con su carácter y 
su modo de ser. 

En el curso de su existencia no parece que Palma haya 
sido del todo feliz. En su fisonomía se lee no sé qué de amar- 
ga melancolía, y en su conversación se nota un dejo de hiél, 
— de aquella de que no se libró ni el Cristo. 

Ama á su patria con todo el calor que dan aunados la 
inspiración, el deber, la cultura y el convencimiento. No es 
raro entonces que, de vez en cuando, lance fuera de sí el re- 
balse de dolor que le producen las desgracias de su país. 

Díganlo sus versos á San Martín^ que casi motivaron un 
conflicto diplomático. 

¿Qué más noble y generoso que ello? 

La patria es más amada por los que tienen mayor talento, 
mayor educación y mayor moraUdad; y Palma reúne en su 
brillante personalidad estos brillantes atributos. 

Como que la patria la forman, no sólo un pedazo de tie- 
rra y un brazo de mar, no sólo montañas y praderas, ondas de 
agua y de luz, ciudades y campos; cosas todas estas fáciles 
de apreciar por los sentidos y hasta por el instinto. La for- 
man también las tradiciones, la cultura, los heroísmos, los 
progresos y el carácter nacional. Y todo esto es mejor apre- 
ciado por los hombres inteligentes é ilustrados. 

Palma ha conocido el destierro, crisol que pone á prueba 
el corazón, que fortifica el patriotismo, y que arroja á las 
profundidades del pensamiento claridades que permiten cono- 
cer sus arcanos. 

Es un obrero laborioso del campo de las letras. 

Ha dado á luz ocho series de tradiciones, varios estudios 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 21 

críticos y bibliográficas, diversas investigaciones históricas y 
siete ú ocho grupos de poesías. 

No entra en mi propósito estudiar al poeta. Admiro la 
poesía, la leo con gusto, y viene á veces á mi espíritu como 
rocío del cielo en campo eriazo; pero, seré franco al confesar 
que puedo morirme hoy con la conciencia de no dejar tras de 
mí ni un miserable dístico. El despotismo de la rima y del 
ritmo, de hiatos y sinalefas, me han hecho siempre el efecto 
del lecho de Procusto. Respeto á los que aguantan este su- 
plicio por esmaltar con más elegancia sus sentimientos y sus 
emociones, por darles vestidura de ángel, y por producir en 
el alma del lector fascinaciones más hondas; pero mi carácter 
selvático si se quiere, dominado por irresistibles expansiones 
de independencia, que le fastidian desde el papel con líneas 
hasta los tinteros pequeños, y que admira del águila más su 
libertad que su, plumaje, como del león más su individualis- 
mo instintivo que sus saltos majestuosos, este carácter, digo, 
no puede soportar esa sublime ociosidad que se llama ver- 
sificación. 

Teniendo este carácter y tal educación, eludo en lo posible 
criticar versos. 

Me quedaré con la prosa. 



II 



Cualesquiera que sean las opiniones que se tengan acerca 
de las méritos literarios de Ricardo Palma, hay algo que so- 
brevivirá y flotará en la superficie, mal que pese á sus crí- 
ticos malignos y al diente afilado de la envidia: la origina- 
lidad como tradicionista. 

Es el creador de este género de composiciones, y nadie 
puede arrebatarle el mérito que le corresponde como á jefe 
de escuela. 

¿Qué es una tradición? 



Digitized by 



Google 



22 ' RICARDO PALMA 

No es historia y es historia; no es verdad ni es mentira; 
no es imaginación ni es realidad. 

Esta síntesis tiene los caracteres de una paradoja; pero, 
ese es el hecho y esa es la verdad. 

La tradición tiene un punto de arranque que es verídico. 
El círculo, cuyo centro es un hecho cierto y cuyos radios, y 
hasta la circimferencia, son ó hijos de la fantasía, ó exagera- 
ciones de la imaginación popular, ó creaciones del artista. 

Un tradicionista, según la escuela de Palma, viene á la 
larga á convertirse en narrador de lo que dice el Gran Galeo- 
to que pinta Echegaray con tan magníficos arrebatos. 

Un hombre lanza una especie que tiene sus dosis y colo- 
rido de verdad en el turbio océano en que agítase una so- 
ciedad. El chisme crece como los anillos que se desarrollan 
en torno de un cuerpo pesado que cae en el agua mansa. 
La malignidad se apodera del dicercy lo multiplica, lo dilata, 
como si fuera de elástico, y al fin, la molécula es montaña 
y la chispa hoguera. 

De este modo es como el acto hxmíano viene á convertirse, 
al pasar por el tamiz de la sospecha y de la malignidad, 
de la superstición y de la fantasía po-pular, en el vértice de 
gran cubo. Es verdad el punto inicial; es mentira lo demás. 

He aquí, en el fondo, la tradición. 

Palma ha formado escuela, y muchos escritores han que- 
rido imitarlo. Algunos con éxito; otros desnaturalizando el gé- 
nero literario. Así, sólo en Chile, conozco más de diez lite- 
ratos que han cultivado esta clase de trabajos.— Miguel Luis 
Amunátegui ha pubUcado un volumen con el nombre de Na- 
rraciones; Benjamín Vicuña Mackenna ha reunido diversos es- 
tudios con iguales tendencias; Manuel Concha ha dado á luz 
sus Tradiciones Serenenses; y al oído, y hasta con cierto pudor, 
diré al lector que, en mis mocedades, también he publicado 
algunas leyendas que pertenecen á esa misma familia literaria. 

Las ocho series de Tradiciones de Palma se me imaginan 
las obras sueltas de un solo libro, las partes de un solo todo. 
Reuniéndolas en un conjunto, constituyen la vida social del 
Perú durante la colonia. 

Todas, y cada una de ellas, narran algún rasgo de la filo- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 23 

sofía colonial, ó describen algún hábito, alguna superstición, 
algún distintivo característico del modo de ser social, polí- 
tico y religioso de aquella edad media de la Historia ame- 
ricana. 

Encuentro, pues, cierta unidad en el fondo de las tradicio- 
nes de Palma. 

Nada se ha escapado á su escalpelo de crítico. Desde las 
travesuras de algún virrey hasta los crímenes de algún con- 
quistador; desde las desgracias que asolaron en su agonía el 
imperio de los Incas, hasta los amores de algún oidor; desde 
las torturas inquisitoriales, hasta las furias de los capítulos 
de frailes; desde las supersticiones del fanatismo, hasta las 
candideces de la ignorancia; desde los caprichos de encanta- 
doras limeñas, hasta las sonseras de sus Romeos; todo, todo 
lo pinta con gracia, con sal ática, con cierto sabor de la épo- 
ca, con maliciosa imparcialidad, con una mezcla de pesimis- 
mo de filósofo y de candor de niño. 



III 



El material que con predilección ha servido á las tradi- 
ciortes de Palma, es la historia de la dominación española 
en América. 

En el Perú se puede dividir esta época en dos períodos 
claramente caracterizados: el de la conquista y el de la co- 
lonia. 

La conquista tiene todos los encantos de un poema épico. 
Es una lucha de titanes. 

Cuando uno ve á Hernán Cortés quemando sus naves, an- 
tes de emprender su marcha contra los millones de soldados 
que defendían el imperio de Moctezuma; á Francisco Piza- 
rro perdido en la isla del Gallo con sólo un puñado de va- 
lientes, y esperando recursos para adueñarse del trono de los 
hijos del Sol; á Diego de Almagro cruzando centenares de 



Digitized by 



Google 



24 



RICARDO PALMA 



leguas, entre los arenales de desiertos salvajes y cordilleras 
inhospitalarias para descubrir á Chile; á Vasco Núñez de Bal- 
boa, sepultándose hasta el pecho en el mar Pacífico, en señal 
de posesión y dominio; y á tantos otros adalides, cuyas ac- 
ciones, propias de la leyenda, parecen fabulosas, no obstante 
su veracidad histórica; cuando se contemplan tales heroísmos, 
es imposible no sentirse orgulloso de ser hombre; y es im- 
posible no sentirse entregado á los entusiasmos de la inspi- 
ración. 

Se concluye la conquista y comienza la colonia; y enton- 
ces, adiós valentías, adiós grandezas del corazón, adiós actos 
de epopeya, y adiós distintivos de una gran raza. 

Estudiar la historia de la colonia me hace el efecto de 
visitar, como Hamlet, un cementerio. ¡Qué vida tan muerta! 
Aquella sociedad parecía vivir como sepultada en un abismo 
de brumas y de tinieblas. 

Unas cuantas procesiones, autos de fe, la llegada de algún 
nuevo virrey, la presencia de corsarios, la muerte de algún 
obispo, el cambio de algún príncipe en España, algún rui- 
doso capítulo de monjas ó de frailes: —he aquí todo lo que 
solía conmover aquel marasmo, y agitar aquel mar muerto. 

Cuentan los marinos que existe en el Atlántico un gran 
espacio de Océano nxmca visitado por las frescas corrientes 
que van y vienen del Polo y del Ecuador. Aquella zona líqui- 
da parece estar petrificada. Es un desierto marino. Ni una 
ave vuela por el horizonte, ni un pez puebla sus honduras, 
y apenas si las tempestades cruzan sus olas incoloras. 

He aquí la imagen de la vida colonial en la América espa- 
ñola. 

Ni prensa, ni meeting^ ni asambleas populares, ni tribuna 
que arde, ni libros que ilustren, ni hombres que maldigan, 
ni siquiera crímenes ruidosos. 

Allí no había almas de Mirabeau, ni siquiera de Masa- 
niello. 

Esta época es la que ha servido de base á las Tradiciones 
de Ricardo Palma. 

De aquí el por qué al leerlas le parece á uno escuchar rui- 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 25 

do de cadenas, ayes de esclavos, estertores de brutal servi- 
lismo. 

No siendo el tema de mucho interés histórico y humani- 
tario, es evidente que tiene que arrojar sobre las tradiciones 
algo de esa misma pobreza de hechos, de enseñanzas, de lec- 
ciones y de resplandores. 

Sólo el inagotable ingenio de Palma y su facundia de lite- 
rato pueden despertar la atención sobre tanto harapo, tanta 
miseria, tanta insulsez y tanta vaciedad. 

Este es uno de los méritos principales de Palma. 

Ha tenido que gastar mucho talento para hacer brillar co- 
mo diamante lo que es arcilla. 

Su estila, rico en variedades de tono, en gracia y en des- 
tellos de ingenio, hace parecer á la vista muchos actos de 
la colonia como el asno que pinta Iriarte; oro y pedrería 
por fuera, y matadura por dentro. 

Ricardo Palma ha necesitado para escribir sus tradiciones 
un gran acopio de datos, de documentos, de manuscritos y 
de investigaciones. En consecuencia, ha necesitado también un 
desgaste exagerado de labor, de estudio y de contracción. 

Es necesario haberse ocupado en deletrear papeles viejos 
para apreciar el sacrificio y el mérito. Aquellos dociunentos, 
que parecen exhumaciones sepulcrales, son á veces geroglí- 
ficos casi indescifrables. 

Sólo la paciente investigación del historiador consigue ven- 
cer los desastres de la polilla y del tiempo. 

Rara es la tradición que no signifique esfuerzo de análisis 
6 que no haya requerido un estudio histórico. 

Soy el primero en ponderar el ingenio y la gracia de Pal- 
ma para adornar sus trabajos; pero siento que su admiración 
por el clasicismo español, que su amor á la antigua habla de 
Castilla, y que su respeto exagerado á la Academia, lo hayan 
impulsado á adoptar un estilo más de escritor del siglo xvii, 
■que del siglo xix con intenciones del siglo xx. 

El anhelo de escribir todo lo que se sabe y el hábito de 
querer lo que se cultiva, ha hecho, á veces, que Ricardo Palma 
haya dado formas de tradición á fruslerías y chismecillos que 



Digitized by 



Google 



26 RICARDO PALMA 

son á las verdaderas tradiciones lo que las migajas al pan. 

Este defecto tiene por disculpa la de que todo lo que se 
estudia mucho, apasiona, y la pasión engrandece el objeto ama- 
do y hace mirar lo que se adora con vidrios de aumento. 

¿Qué Romeo enamorado le encuentra defectos á su Ju- 
lieta? 

Al lado de estos pequeños deslices y ligeros lunares, más 
de escuela que de mal gusto, tengo un cargo serio que hacer 
á Palma. 

¿Cómo usted, señor Palma, profundo conocedor de la his- 
toria del Perú, hábil publicista, escritor de fuste, hombre que 
ha manejado á fondo archivos y bibliotecas, narrador de cuan- 
to se decía por entre los bastidores de la colonia, apasionado 
por el estudio laborioso, se ha contentado con probar que 
sabe la historia de su patria, y no ha intentado escribirla, 
como era de su deber, y como ha podido y puede hacerlo? 

Este es un cargo que le hago como americano y como hom- 
bre que quiere al Perú con toda la sinceridad de un corazón 
agradecido. 

Y ya que hablo de Palma como hombre de letras y como 
hombre de estudio, permítaseme rendir cariñoso homenaje á 
una de sus obras que deben comprometer la gratitud nacio- 
nal: me refiero á la organización y casi creación de la Bi- 
blioteca. 

En esto ha demostrado, con rara elocuencia, que su amor 
á la patria es inseparable de su amor á las letras. 

Prueba con ello que es un peruano á las derechas, que es 
sacerdote de las bellas letras, que es apóstol que ama la ver- 
dad y la irradia, y que anida espíritu bastante generoso y 
poco egoísta para contribuir, con todo su empeño y anhe- 
los, á la difusión de las luces y á la ilustración de sus con- 
ciudadanos. 

¡Mil aplausos por tan noble abnegación! 

Ricardo Palma puede y debe completar su fecunda obra 
literaria. 

Ya que se ha despedido de las Tradiciones, empuñe la pluma 
del historiador y cultive aquel nobilísimo arte que inmorta- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 27 

lizaron Tucídides y Tácito en la antigüedad, Gibbon y Thie- 
rry en la época moderna, sin contar cien otros, verdaderos pon- 
tífices de la inteligencia humana. 

Julio Ba5:ados Espinosa. 
Lima— 1891. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



VFvr cr^io£o o^ítiqo 



UN LIBRO AMERICANO 



Son las Tradiciones peruanas libro que todo esi>añol leerá con 
gusto. Ricardo Palma, su autor, que figura merecidamente en- 
tre los primeros literatos de la América Meridional, es hom- 
bre de agudo ingenio, de claro criterio y, contra lo que suele 
ocurrir en muchos de los escritores de aquellos países, nada 
injurioso al larguísimo período en que los gobernaron los es- 
pañoles. La escuela liberal puso, y pone todavía, empeño en 
pintar la dominación española en Indias, como un tejido de 
arbitrariedades, de crueldades y de toda suerte de tropelías, 
afirmando que allí dominó siempre el más ciego fanatismo y 
que se trató á los indios con el rigor más extremado, no dic- 
tándose pragmática alguna que no fuese en contra suya y en 
provecho material de los conquistadores y de los virreyes en- 
viados por los monarcas de España. La escuela á que nos 
referimos, en éste y en otros varios casos, ha falseado de in- 
tento la Historia, suponiendo que actos de justicia, nada blandos 
en verdad, los ejecutaban exclusivamente aquellos gobernantes 
y los oidores, alcaldes de corte y demás empleados españoles, 
cuando en realidad de verdad, la justicia se administraba con 
idénticos procedimientos, así en las Américas españolas como 



Digitized by 



Google 



30 RICARDO PALMA 

en las naciones de Europa, incluso aquellas en que dominaba 
ya el protestantismo, mirado siempre con buenos ojos por los 
historiadores de aquel fuste. 

Ricardo Palma no cae en semejantes vulgaridades. Director 
de la Biblioteca Nacional de Lima, Correspondiente de las Rea- 
les Academias Española y de la Historia de Madrid, Comenda- 
dor en la orden de Isabel la Católica, tiene por afición predi- 
lecta la de registrar rancios volúmenes y singularmente ma- 
nuscritos, y de esta labor ha sacado el considerable caudal 
de noticias históricas que se encuentran en sus Tradiciones pe- 
ruanas. Pues bien, este estudio le habrá enseñado que muchos 
de los virreyes enviados por los monarcas de España á go- 
bernar el Perú, sembraron allí bienes, gobernando de un modo 
paternal á los subditos y poniendo no pocos especial atención 
en amparar á los indios, cosa que no han hecho, antes al con- 
trario, los dominadores contemporáneos de las regiones sep- 
tentrionales en el propio Continente, á pesar de titularse lible- 
rales y archiliberales, filántropos y muy amigos del género hu- 
mano en todas sus razas. Esto mismo hace notar Ricardo Palma 
en diversos pasajes de su obra. Así, hablando, en la tradición 
El Peje Chico, del quinto virrey del Perú, el excelentísimo señor 
don Francisco de Toledo, dice: «Tuvo indudablemente dotes 
»de gran político, y á él debió en mucho España el afianza- 
» miento de su dominio en los pueblos conquistados por Pizarro 
y Almagro».— «Después de una visita por el virreinato— añade 
»— en la que gastó cinco años,^ se contrajo á legislar con pleno 
» conocimiento de las necesidades públicas y del carácter de 
»sus subditos. Las famosas ordenanzas del virrey Toledo son hoy 
»mismo apreciadas como un monumento de buen gobierno. 
»A la sombra de ellas, los hasta entonces oprimidos indios, 
» empezaron á disfrutar de algunas franquicias, y el virrey se 
^hizo para ellos más querido que los indiófilos de nuestros 
•asendereados tiempos de república constitucional.» 

De parecida manera se ocupa en el gobierno del duodécimo 
virrey don Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esqui- 
lache y conde de Mayalde, quien entró en Lima en diciembrie 
de 1614. Su primera atención se cifró en crear una escuadra 
y fortificar el puerto, con lo cual tuvo á raya á los filibuste- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 31 

ros, azote en el siglo xvii de nuestras posesiones de Indias. 
«Calmadas las zozobras que inspiraban los amagos filibusteros, 
»don Francisco se contrajo al arreglo de la hacienda pública, 
adietó sabias ordenanzas para los minerales de Potosí y Huan- 
»cavelica, y en 20 de diciembre de 1619 erigió el tribunal del 
» Consulado de Comercio. Hombre de letras, creó el famoso 
> Colegio del Príncipe, para educación de los hijos de caciques, 
»y no permitió la representación de comedias ni autos sacra- 
> mentales que no hubieran pasado por su censura. Deber del 
»que gobierna — decía—es ser solícito para que no se pervierta 
»cl gusto. La censura que ejercía el príncipe de Esquilache era 
» puramente literaria, y á f e que el juez no podía ser más au- 
»torizado.» 

¡Un virrey que funda un colegio i>ara la educación de los 
hijos de caciques! ¿Cuándo han hecho cosa igual, ni siquiera 
parecida, ni aún de lejos, los norteamericanos? ¿Han pensa- 
do jamás en dispensar protección semejante á los hijos de los 
jefes de aquellos pieles rojas á quienes, muy al revés, han 
perseguido á sangre y fuego? Se dirá que si el príncipe de 
Esquilache fundó el colegio, llevaba el propósito, al verificarlo, 
de que los hijos de los caciques se instruyesen en la religión 
católica. Es cierto, sin disputa, porque la colonización del Perú, 
de Chile, de México y de todos los reinos de la América Meri- 
dional y Central, no la llevaron á cabo ateos y racionalistas, 
sino creyentes, católicos que en primer término deseaban ga- 
nar almas para el cielo, sacando á los indios de las tinieblas 
de la idolatría y librándolos al propio tiempo de las bárbaras 
costumbres que existían en sus respectivas comarcas. No fueron 
el dinero y el comercio exclusivamente los que llevaron á los 
españoles á las Indias, sino miras más levantadas, como lo 
prueban las leyes dictadas para aquellos países y la conducta 
misma de los principales virreyes. No pretendemos afirmar, 
ni mucho menos, que en repetidas ocasiones la codicia y la 
sed de oro no prevaleciesen sobre |el desinterés, la liberalidad 
y acaso la misma justicia. Hombres eran al fin y al cabo los 
virreyes, hombres al fin cuantos debían secundarlos en el go- 
bierno del virreinato, y por consiguiente no es de extrañar 
que en sus anales se encuentre, de vez en cuando, míseras pasio- 



Digitized by 



Google 



32 RICARDO PALMA 

nes humanas que se sobreponen á las virtudes del gobernante, 
del magistrado, del militar, conforme aparece en algunas na- 
rraciones de Palma. Estas mismas miserias sé encontraban por 
el primer tiempo en España; y otro tanto ocurría, tal vez con 
creces, en Francia, Holanda, Inglaterra, países que blasonaban 
entonces, como ahora, de ir al frente de la civilización. La 
verdad es que leyendo el libro de que hablamos, en medio 
de los toques de claro obscuro que pone el autor, ve el leyente 
con claridad manifiesta que el Perú estuvo en lo general bien 
gobernado, durante los virreyes, pwr varones como lo$ citados, 
y otros varios hasta don Joaquín de la Pezuela, trigésimonono 
virrey del Perú, y el último, á juicio de Ricardo Palma; porque 
el cuadragésimo, don José de la Serna, fué sólo un «virrey de 
» motín, un virrey sin fausto ni cortesanos, que no fué siquiera 
«festejado con toros, comedias, ni certamen universitario; un 
»\'irrey que, estirando la cuerda, sólo alcanzó á habitar cinco- 
»meses en palacio, como huésped y con la maleta siempre lista 
»para cambiar de posada; un virrey que vivió luego á salta 
»de mata para caer como un pelele en Ayacucho; un virrey, en 
»fin, prosaico, sin historia ni aventuras.» 

Numerosas son las tradiciones escritas y recopiladas por Ri- 
cardo Palma que pregonan la munificencia y el fausto de los. 
españoles, y en especial de sus virreyies, sintetizados en las 
soberanas fábricas que levantaron en Lima, dedicadas á va- 
riadísimos fines, y algunas de las cuales se mantienen en pie 
todavía desafiando la pesadumbre del tiempo, y más aún la 
mano destructora de los hombres, que ha descargado repenti- 
namente sobre la ciudad de los Reyes en revoluciones, pro- 
nunciamientos, guerras fratricidas, motines y asonadas, en los- 
cuales ha corrido abundantemente por sus calles y plazas la 
sangre peruana. Los recuerdos de grandeza arrancan en Lima 
de siglos pasados, y por lo tanto de la época de los virreyes 
y de la dominación española; y estos recuerdos conservan toda- 
vía para aquella ciudad la aureola de que se encuentra rodeada. 
Así lo reconoce el escritor guatemalteco Rubén Darío, cuanda 
en una interesante semblanza ó fotograbado^ como lo llama, de 
Ricardo Palma, exclama: «Flota aún sobre Lima algo del buea 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 33 

tiempo viejo, de la época colonial». Este algo lo ha recogido 
hábilmente Ricardo Palma y lo ha puesto en sus Tradiciones^ 
conforme veremos, Dios mediante, en un próximo artículo. 



II 



Decíamos al cerrar el anterior artículo que Ricardo Palma 
había recogido hábilmente en sus Tradiciones aquel «algo del 
buen tiempo viejo y de la época colonial», de que hablaba 
Rubén Darío; y para convencerse de cuan en lo cierto esta- 
mos, basta abrir por cualquiera de sus páginas alguno de los 
volúmenes de la colección. Por supuesto, se nos dirá, que con 
llamar tradiciones á las historietas y cuentos de que tratamos, 
se da pK)r supuesto que el tiempo viejo ha de desempicñar en 
ellas papel importantísimo. Mas, no basta sólo con querer en- 
contrai' el colorido de época para que resulte tal en los cuen- 
tos, novelas y cuadros históricos. Una cosa es desearlo y otra 
conseguirlo. Ricardo Palma lo ha logrado, en realidad de ver- 
dad, y esto constituye uno de los capitales encantos de sus Tra- 
diciones. Revive en ellas la grandiosa capital Lima; reviven el 
Cuzco y otras poblaciones; reviven las minas famosas que pro- 
porcionaron á montones la plata y el oro; reviven las figuras 
de los más célebres virreyes, y con ellos las corporaciones de 
más campanillas que se contaban en la rica ciudad de los Re- 
yes; y por íln, al amparo de la pluma del escritor, cobran vida 
todas las gentes que la poblaron, desde la conquista hasta la 
época en que el Perú (como las demás colonias del sur de 
América) se emancipara de la madre patria. 

Leyendo algunas de las narraciones contenidas en la obra de 
Ricardo Palma, se imagina frecuentemente el lector que, en 
lugar de encontrarse en América, se halla en alguna de las 
ciudades populosas de España, en los siglos xvi y xvii. Débese 
esto á que las gentes y las costumbres que salen en aquellas 

3 



Digitized by 



Google 



34 RICARDO PALMA 

narraciones seminovelescas, semihistóricas, sean por lo común 
genuinamente españolas, viéndose con esto hasta qué punto 
el espíritu español, y particularmente el espíritu castellano, pe- 
netró en aquellas regiones, y cuan numerosos fueron los pe- 
ninsulares que acudieron á las minas, ó para desempeñar pin- 
gües cargos en la Administración, ó para dedicarse al comercio 
y buscar en las minas y en el negocio de metales la manera 
de hacerse prontamente ricos. Las aventuras que allá por los 
siglos XVI á XVII ocurrían en las calles y callejas de Madrid, 
Sevilla y Granada por asuntos de faldas; las cuchilladas que 
se daban y se recibían por idénticos motivos; las venganzas 
por celos ó por el amor propio ofendido de una dama despre- 
ciada; las tapadas que salían de sus casas á hurtadillas, cuando 
las calles se hallaban sólo tibiamente alumbradas por la morte- 
cina luz del farol colocado ante devota imagen; las procesio- 
nes suntuosas y los mismos autos de fe por el Santo Tribu- 
nal de la Inquisición, eran sucesos frecuentísimos, así en las 
citadas ciudades y otras de Esi>aña, como en la capital del 
Perú, con iguales riesgos, con idénticos incidentes, con per- 
files semejantes en todo en ambos continentes, el vi'ejo y el 
nuevo. Por algo, y aún algos, se diferenciaban á veces, ya que, 
por ejemplo, no se adornaba en ninguna ciudad española el piso 
de sus calles con barras de plata como en el Perú, segi'in así 
se hizo, entre otras muchas ocasiones, en la soberbia proce- 
sión de la Virgen de los Desamparados, que se celebró en 
Lima durante el mando del virrey conde de Lemos, en la que 
se extendieron en la carrera barras de plata por valor de 
dos millones de ducados. Estas cosas viejas, manejadas por 
pintor diestro, siempre ofrecen interés, acaso interés mayor 
que las cosas del día. Por esto se acogen á ellas los poetas, 
ya escriban en prosa, como Palma, ya en verso como el duque 
de Rivas, Zorrilla y Antonio Hurtado. A los que le preguntan 
á Palma ¿por qué escribe estas leyendas? y le dicen, 

No se queme las pestañas 
descifrando mamotretos 
sobre tiempos y sujetos 
que alcanzó Mari-Castañas, 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 35 

les contesta el autor de las Tradicioms en la carta tónico-biliosa 
á una amiga, que sirve de proemio á la segunda serie: 



Razona así el egoísmo 
del siglo razonador, 
y así vamos por vapor 
y en línea recta al abismo. 

Fe y sapiencia nombres vanos, 
como hogaño, no eran antes: 
hoy presumen de gigantes 
hasta los tristes enanos. 

Hoy ya no inspira entusiasmo 
lo serio, sino el can-can, 
y en leal consorcio van 
la duda con el sarcasmo. 



Y añade más adelante: 



Y el presente, á mi entender, 
con sus luces y progreso 

es muy prosaico... por eso 
pláceme más el ayer. 

Hoy es el mercantilismo 
la vida del pensamiento; 
es dios el tanto por ciento 
y es su altar el egoísmo. 

¡Son nuestros tiempos fatales! 
Por eso, pK)r eso vivo 
hecho un ambulante archivo 
de historias tradicionales. 

Y á veces tanto, en verdad, 
me identifico con ellas, 

que hallar en mí pienso huellas 
de que viví en otra edad. 



Digitized by 



Google 



36 RICABDO PALMA 

De este ayer, que tanto le place, heredó Ricardo Palma mu- 
chas ideas y no pocos sentimientos. Mas se equivocaría quien 
juzgase que en él, ó dígase en su obra principal, que son 
las Tradiciones, no haya de aparecer á lo mejor la levadura que 
se encuentra en casi todos los poetas y escritores en prosa 
americanos, levadura que, sin tratar de ofenderles en lo más 
mínimo, tiene un dejo muy anticuado, puesto que, en los es- 
critores europeos racionalistas, hace años ha tomado carácter 
muy diferente, animada con todo por las mismas prevenciones, 
por las mismas antipatías y por los mismos odios. Aludimos 
con esto á que en los escritos de Palma asoma, en rei)etidos 
casos, el volterianismo, ya no sólo por medio de pullas y 
censuras á los ministros de la Iglesia católica, sino á la propia 
Iglesia; ya con conceptos que probablemente hubiera conde- 
nado el Tribunal de la Inquisición ; ya con diatribas enderezadas 
contra este Tribunal y contra prácticas eclesiásticas, sin dis- 
tinguir bastante de tiempos y sin comprender cuánta impor- 
tancia política, aparte de la religiosa, tenía en aquellos siglos 
y en aquellos países el firme mantenimiento de la unidad de 
la fe. Estos escarceos no imprimen, sin embargo, carácter al 
conjunto de las narraciones de Ricardo Palma. 

Los méritos literarios de las Tradiciones justifican Ja repu- 
tación que, como eximio escritor, tiene adquirida Ricardo Pal- 
ma en América, y la que le conceden los críticos europeos que 
conocen sus producciones. Nada de él habíamos leído antes, 
ni siquiera tuvimos ocasión de conocerlo personalmente cuan- 
do, hace tres años, estuvo en España, enviado por su gobierno 
para representarlo en los Congresos y fiestas del cuarto cente- 
nario del descubrimiento de América por Colón; mas la lec- 
tura de sus libros basta y sobra para que juzguemos muy 
merecidos los elogios que se le han tributado. Como son muchas 
en número las narraciones que forman la colección, ha de haber 
forzosamente entre ellas algunas que se adelantan á otras en 
interés, por el colorido local y de época. Todas, no obstante, 
con levísimas excepciones, se leen con gusto por Ja facilidad 
con que están escritas, por la donosura de la dicción que tras- 
ciende á los buenos tiempos del habla castellana, y por la ri- 
queza y fuerza gráfica del estilo. Palma escribe como correcto 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 37 

escritor castellano, y sólo de vez en cuando asoma el americano 
en algunos vocablos como motinistas, historietistas, cabildantes, 
chichirinada, etc., y otros por el estilo, que sólo aparecen muy 
de tarde en tarde, dejando apenas mancha en la castiza frase 
del distinguido escritor limeño. 



F. MiQÜEL Y BadIA. 

(Del Diario de Barcelo7ia,—lS95) 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



TRADICIONES Y ARTÍCULOS HISTÓRICOS 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



CRONIQUILLAS DE MI ABUELA 



A MI HIJA Rene 

En el nome del Padre qiie fizo toda cosa, 
e de Don Jesucristo, fijo de la Gloriosa; 
en el nome del Rey que reina por natura, 
e que es fin e comienzo de toda creatura; 
en el nome bendito del Rey Omnipotent, 
que fizo sol e luna nascer en el Orient; 

voy á contarte. Rene mía, el origen de dos frases que, entre 
otras muchas, (como la de— á San Juan se le puede pedir todo 
menos camisa)— oí de boca de mi abuela, que era de lo más 
limeño que tuvo Lima en los tiempos de Abascal, frases á las 
que yo di la importancia que se da á una charada, y que, 
á fuerza de ojear y hojear cronicones de convento, he alcan- 
zado á descifrar. 



Digitized by 



Google 



42 RICARDO PALMA 

Para mi abuela no había más santos, merecedores de santi- 
dad y dignos de que á pie juntillas se creyese en sus milagros, 
que los santos españoles, portugueses é italianos. Los de otra 
nacionalidad eran para ella santos hechizos, apócrifos ó fal- 
sificados. Muy á regañadientes soportaba á San Luis; pero no 
le rezaba sin recitar antes esta redondilla: 

San Luis, rey de Francia, es 
el que con Dios pudo tanto 
que, para que fuese santo, 
le dispensó el ser francés. 

Si los chicos de la familia la hostigábamos para que nos 
aumentase la ración, la buena señora (que esté en gloria) nos 
contestaba:— ¡Ah, tragaldabas! ¿Creen ustedes que la olla de 
casa es la olla del padre Fanchito? 

Y cuando, de sobremesa, comentábase algún notición polí- 
tico que á mi padre regocijara, no dejaba la abuela de meter 
cucharada, diciendo:— Lo malo será que nos salgan un día 
de estos con el traquido de la Capitana, 

Y que no eran badomías ó badajadas ni cuodlibetos de vieja 
las frases de mi perilustre antepasada, sino frases meritorias 
de ser loadas en un, soneto caudato, es lo que voy á com- 
probar con las dos consejas siguientes: 



1 
La olla del Padre Panchito 



El padre Panchito era, por los tiempos del devoto virrey conde 
de Lemos, im negro retinto, con tal fama de virtud y santi- 
tad que su excelencia lo había, sin escrúpulo, aceptado por 
padrino de pila de uno de sus hijos, en representación de 
un acaudalado minero de Potosí. Aunque simple lego ó donado, 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 43 

el pueblo llamaba padre Panchito, y no hermano Panchito, al 
humildísimo cocinero del convento de san Francisco; y el ex- 
celentísimo representante del monarca de España é Indias ha- 
blaba siempre con fruición de su santo compadre el padre 
Panchito, al que hasta diz que consultaba en casos graves 
de gobierno. 

No faltaba quienes murmurasen de la familiaridad con que 
su excelencia trataba á un negro con un geme de jeta; pero 
el buen virrey acallaba la murmuración diciendo:— El talento 
y la virtud no son blancos, negros, ni amarillos; y Cristo en el 
Calvario murió por los blancos, por los negros, por los amari- 
llos, por la humanidad entera. Todos venimos de Adán y Eva, 
y las razas no son más que variedades de la unidad. 

Contábase que, cuando comenzaba á servir en el claustro, con- 
trajo íntima amistad con otro lego, y que ambos celebraron 
el compromiso de que el primero que falleciese v^endría á dar 
cuenta al superviviente ó sobreviviente (que aún está en liti- 
gio ante la Real Academia el casticismo de estos vocablos) de 
cómo lo habían recibido y tratado por allá. Y fué el caso que 
una noche se le apareció al lego Panchito el alma de su di- 
funto compañero, y le dijo que, por la impertinente curiosidad 
é irreflexivo compromiso, había sido penado con seis meses 
más de purgatorio; y por ende, le pedía que rogase á Dios 
para (jue le fuf»sc descontado ese medio año de p-ena ó ',ue, 
por lo menos, se redujese ésta á tres meses, cargándose los 
otros tres á la cuenta corriente que en el otro mundo, donde 
la contabilidad se lleva muy al pespunte, tenía abierta Pan- 
chito. 

Tal fué el origen del penitente ascetismo del último. Lamenta- 
mos que el cronista no hubiera también averiguado si allá, 
en el otro barrio, entraron en componendas para perdonar 
ó rebajar los meses de castigo. 

Convencido de que en la otra vida se hila muy delgadito, al 
encargarse de la cocina el padre Panchito se propuso hacer 
economías en el consumo de carbón y leña; pues una de las 
crónicas conventuales narraba que un cocinero, gran consumi- 
dor de leña, había sido penado por el derroche con una se- 
mana de purgatorio. Por eso el seráfico cocinero de esta con- 



Digitized by 



Google 



44 BIGARDO PALMA 

seia no ponía en el fogón más que una olla... ¡pero qué olla!... 
sobre una docena de brasas de carbón. 

Siempre que en la mañana se celebraba alguna fiesta en la 
iglesia, el padre Panchito se declaraba, por sí y ante sí, obli- 
gado asistente. Ocasión hubo en que visto por el superior se 
le aproximó éste y le dijo: 

—Hermano, á su cocina, que la comunidad no ha de almor- 
zar avemarias y padrenuestros. 

—Descuide su reverencia, padre guardián, que de mi cuenta 
corre el almuerzo con todos sus ajilimójilis. 

Y ello es que apenas tomaban los frailes asiento en el espa- 
cioso refectorio, cuando la olla empezaba á hacer maravillas 
como suyas. De ella salía ración colmada para dejar ahitas 
doscientas andorgas de fraile y cien barrigas más, por lo me- 
nos, de agregados á la sopa boba del convento, que era, como 
la bondad de Dios, inagotable la olla del padre Panchito. 

Cuando éste falleció, perdió la olla su prodigiosa virtud, 
y fué á confundirse entre la cacharrería de la cocina. 



II 
£1 traquido de la Capitana 



Francisco Camacho, nacido en Jerez por los años de 1629, 
después de haber militado en España y de haber sido tan buena 
^ictiSL que en Cádiz lo sentenciaron á ser ahorcado, llegándole 
el indulto cuando ya estaba al pie de la horca, vínose á Lima, 
donde, habiendo oído predicar al célebre padre Castillo, re- 
solvió abandonar la truhanesca existencia que hasta entonces 
llevara y meterse fraile juandediano. Y tan magnífica adqui- 
sición hizo con él la hospitalaria orden, que sus cronistas to- 
dos convienen en que el padre Camacho murió en indiscutible 
olor de santidad, allá por los años de 1698. Abultado infolio 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 45 

bastaría apenas para relatar los milagros que hizo, en vida y 
en muerte. Como no hay ahora quien mueva el pandero (desen- 
tendencia que, por estas que son cruces, no le perdono al 
Congreso Católico de mi tierra) continúa en Roma, bajo esi>esa 
capa de polvo, el expediente que la religiosidad limeña organizó 
pidiendo la canonización del venerable siervo de Dios. 

El padre Camacho, no embargante el ayuno y la disciplina, 
era físicamente lo que se llama un hombre morocho, y á pesar 



del hábito, trasparentábase en él al soldado. En sus modales, 
aunque no la echaba de plancheta, había algo del bravucón 
rajabroqueles, y al caminar eran su paso y donaire más propios 
de militar que de fraile. Nació de aquí que la gente del pue- 
blo lo bautizara con el mote de— el padre guaragüero—á lo quje 
el juandediano contestaba con acento andaluz y sonriéndose: 
—Déjenme en paz, reyes de taifa (tunantes), que cada quisque 
anda como Dios le ayuda. 

Desde los primeros tiempos encomendóse al padre Camacho 
la colecta de limosnas para terminar la fábrica de iglesia, con- 
vento y hospital; y tan activo y afortunado debió andar en el 
desempeño de la comisión, que en breve recogió Sícsenta mil 



Digitized by 



Google 



4(> RICAKDO PALMA 

pesos. A la larga había llegado á imponerse al cariño y venera- 
ción popular, pues era notorio que poseía el don de hacer 
milagros. Para muestra un par de botones. 

A una joven que iba muy emperejilada y despidiendo tu- 
faradas de almizcle, la detuvo en la calle el juandediano, di- 
ciéndola: 

—¿De cuándo acá Marica con guantes? Vaya, hija, vuélvase 
á casita, que en sus ojos estoy leyendo que iba á mala parte, 
y con ánimo de ofender á Dios y á su marido. 

Y la muchacha, que por primera vez acudía á una cita amo- 
rosa, al ver sorprendido su secreto, deshizo camino y salvó de 
caer en el abismo del adulterio. 

Reprobaba siempre el sensato religioso que algunas muje- 
res pasasen de iglesia en iglesia las horas matinales, que debían 
consagrar al cuidado de la familia y $ la limpieza doméstica. 
Un día se acercó en el templo á una de las beatas fanáticas,y la 
dijo : 

—Dígame, hermana, ¿le falta todavía mucho por rezar? 

—Sí, padre. Me faltan cuatro misterios del rosario y la le- 
tanía. 

—Pues yo rezaré por usted, y largúese corriendo á su casa, 
que en ella está haciendo falta. 

Y en verdad (jue así era; porque un hijo de la rezadora había 
caído en el pozo, y habría perecido sin el oportuno regreso de 
la madre. 

Pero, como no- quiero conquistar renombre de mojarrilla, 
me dejo de chafalditas y de chacharear sobre milagros, y me 
voy al grano, que en este relato, es lo del traquido de la Capitana. 



Digitized by 



Google 



MIS CLTIMAS TRADICIONES 47 



El pirata Eduardo Davies, al mando de diez bajeles, lle- 
vaba ya muchos meses de pasear por el Pacífico como Pedro 
por su casa, talando la costa del Norte desde Panamá hasta 
Huaura, que dista veinticinco leguas de Lima. Alarmados el 
virrey y el vecindario, se procedió á armar y equipar en el 
Callao una escuadra compuesta de siete naves; pero su ex- 
celencia hizo el grandísimo disi>arate de nombrar para el co- 
mando de ella nada menos que á tres generaLes, que lo fue- 
ron don Tomás Paravicino (cuñado del virrey, duque de la 
Patata), don Pedro Pontejo y don Antonio Beas. Así, aunque la 
escuadra sostuvo con los piratas, cerca de Panamá, siete horas 
de recio combate el 8 de Julio de 1585, éstos lograron escapar, 
maltrechos y con muchas bajas, merced á lo contradictorio 
de las órdenes de los tres almirantes españoles, que estuvie- 
ron siempre durante la campaña naval, en perpetuo antago- 
nismo. Bien dice el refrán: ni mesa sin pan, ni ejército sin 
capitán, que muchas manos en la masa, mal amasan. 

En aquellos tiempos, la travesía entre el Panamá y el Callao 
no se realizaba en menos de tres meses. En 1568 se ¡estimó 
como suceso portentoso que el buque en que vinieron los pri- 
meros jesuítas hubiera hecho tal navegación en veintisiete días, 
maravilla que no había vuelto á repetirse. 

Con los jesuítas todo era maravillas. El primer eclipse de 
sol que en Lima presenciaron los españoles, fué el día en 
que desembarcaron en el Callao los buhos ignacianos. 

Así, sólo el 7 de Septiembre, esto es, á los sesenta días, 
vino á recibirse en Lima la noticia del combate y de la dis- 
persión de los piratas. 

El Cabildo dispuso celebrar la nueva el día siguiente, que 



Digitized by 



Google 



48 RICARDO PALMA 

era festividad de la Virgen, con árboles de fuego, toros embo- 
lados, banquete, misa de gracias, cucaña, lidia de gallos, lu- 
minarias, danza de pallas y de africanos, amén de otros fes- 
tejos populares. 

El padre Camacho llegó, como acostumbraba, aquella tarde 
al Cabildo, y encontró al alcalde y regidores entregados al re- 
gocijo y sin voluntad para atender al postulante. 

—¿Qué motiva, señores— pregimtó el juandediano,— tanto ba- 
ruUo? 

— i Cómo, padre! ¿No sabe usted la gran noticia?— le res- 
pondió un regidor, poniéndolo al corriente de todo. 

— iAh! ¡Bueno! ¡Muy bueno! Pero dígame usiría, ¿la cuchi- 
panda y los jolgorios son también por el traquido de la Capitana f 

—¿Qué es eso del traquido? Expliqúese usted, padre— di- 
jeron alarmados varios de los cabildantes. 

— ¡Nada! ¡nada! Yo me entiendo y Dios nue entiende. Dé- 
jenle usirías tiempo al tiempo, que él les dirá lo que yo no 
les digo. Y no insistan en sacarme palabras del cuerpo, que 
conmigo no vale lo de: tío, páseme el río. 

Y como no hubo forma de que el juandediano fuese más ex- 
plícito, los regidores se dijeron:— ¡Pajarotadas de fraile loco! 
— y al día siguiente se efectuaron los anunciados festejos, en 
los que, sin embargo, no hubo gran alborozo, porque casca- 
beleaba en muchos ánimos aquello del traquido. 



Diez ó doce días después echó ancla en el Callao un pata- 
che, el que comunicó que, fatigados los de la escuadra de buscar 
inútilmente á los dispersos piratas, habían resuelto los gene- 
rales dirigirse al puerto de Paita con el objeto de renovar pro- 
visiones, pues el escorbuto principiaba á hacer estragos en la. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 49 

tripulación. Fondearon los siete buques en la mansísima bahía, 
en la mañana del 5 de Septiembre, y el general Paravicino, 
que iba á bordo de la Capitana, se trasladó á tierra, donde 
estaba convidado á almorzar, en compañía de cinco de los ofi- 
ciales. Y sucedió (no se sabe si por descuido ó malicia) que el 
pañol de la pólvora ó santa Bárbara hizo explosión, pereciendo 
más de cuatrocientos de los que tripulaban la Capitana. Sólo 
salvaron, y de manera que se consideró como providencial, 
el alférez Pontejo, hijo del general, y catorce marineros y sol- 
dados. 

¿Cómo pudo tener el padre Camacho conocimiento de la 
catástrofe cuarenta y "ocho ó cincuenta horas después de acae- 
cida? ¿Cómo? Ya se lo preguntaremos en el otro mundo cuando 
lo veamos, que de seguro lo veremos. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



LA CAPA DE SAN JOSÉ 

El padre fray Antonio José de Pastrana, definidor que fué 
en Lima de la orden de predicadores, refiere en su curioso 
cronicón Vida y excelencias de San Jo^é— (impreso en Madrid por 
los años de 1696) que en el Monasterio de las Descalzas conser- 
vaban las monjas, entre otras reliquias, nada menos que la 
capa de San José, olvidando el cronista consignar si era la 
capa que usaba el patriarca en los días de manejar escoplo y 
martillo, ó la capa dominguera y de gala. 

De suyo se adivina que la bendita prenda fué muy mila- 
grera y que hizo caldo gordo á conventuales y cai>ellán, con 
las limosnas y regalos de los agradecidos creyentes. Ya ten- 
dría para rato si me echara á hablar de los cólicos misereres, 
zaratanes, tabardillos y pulmonías curados sin auxilio de mé- 
dico ni jaropes de botica. Recuerdo, entre otros milagros sus- 
tanciosos y morrocotudos relatados por el padre Pastrana, el 
que se realizó con una honrada paisana mía que anhelaba 



Digitized by 



Google 



52 RICARDO PALMA 

tener fruto de bendición, y á la que bastó para alcanzar re- 
dondez de vientre poner sobre éste la capa del santísimo car- 
pintero. 

No he cuidado de informarme, que así soy yo de desidioso, 
si toda\d[a se conserva la capa en el monasterio; si bien tengo 
para mí que, de tanto traída y llevada, desde hace más de dos 
siglos, estará ya convertida «n hilachas. Lo que á mí me ha 
interesado averiguar es el cómo y por qué vino á Lima la 
capa patriarcal. 

Dicen que por los años de 1640 hubo en mi tierra una cua- 
drilla de ladrones que ejercitaban su industria asaltando los 
monasterios de monjas donde era fama que, amagados como 
vivíamos por piratas ingleses y holandeses, depositaban mu- 
chas familias alhajas valiosas y hasta saquitos repletos de on- 
zas de oro. Alabo la confianza. 

Las Descalzas, cuyo monasterio databa desde 1603, no pu- 
dieron dejar de ser también amenazadas de asalto, y por turno 
riguroso cumplía á una monja la vigilancia nocturna del 
claustro. 

Cierta noche en que, farolillo en mano, desempeñaba sus 
funciones de vigilancia una monjita de almidonada y limpia 
toca sobre rostro de ángel, creyó ver un bulto que se recataba 
tras de una pilastra, y alarmada dio la voz de:— ¿Quién está 
ahí?... 

—No se asuste, madrecita. Soy yo, San José, que, como i>a- 
trón de este convento, vengo á acompañarla en la ronda. 

La monjita era de hígados, y á la vez que jesuseando daba 
voces de alarma, se abalanzó sobre el oficioso; p)ero éste se 
evaporó dejándola la capa entre las manos. 

Las conventuales todas se pusieron en movimiento para des- 
cubrir por dónde habría podido escapar el misterioso ron- 
dador, y todas convinieron, á la postre, en que el tal no po- 
dría ser persona humana, sino celeste. 

Desde ese día entró la capa en la categoría de reliquia, y 
principió á menudear milagros. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 53 



JUEZ Y ENAMORADIZO 



La regia prohibición de que los Oidores pudieran contraer 
matrimonio en el territorio en que administraban justicia, obli- 
gaba á estos señores á doblegar muchas veces la inflexible vara 
ante empeño de faldas. 

Si no miente el obispo Villarroel, en sus Dos cilcMUos^ hubo, 
allá por los años de 1630, un don Juan, Oidor de la Real 
Audiencia de Lima, que en lo mujeriego, fué otro don Juan Te- 
norio. Andaba el tal que bebía los vientos por alcanzar los 
favores de una muchacha, de esas cuyos ojos hablan de tú 
al prójimo á qfuien miran; pero que tenía el femenil capricho 
de gastar, para con el doctor del tibi quoqm^ resistencias de 
piedra berroqfueña. 

Empezaba ya el galán á desesperar de la victoria, cuando 
una mañana, que fué la del sábado, víspera del Domingo de 
Ramos, recibió ^ zahumado billetico que á la letra, así decía : 

«La correspondencia en mí será hija de las finezas de vuesa- 
»merced. Un mi deudo, Pedro Otárola, está penado con ocho 
» meses de cárcel, y le restan de cinco á seis para quedar quito. 
íEn el querer de vuesamerced está el complader á su ami- 
»ga.— Isabel.» 

Su señoría se restregó muy alegre las manos, y dijo á la 
fámula portadora del billete, después de darla por vía de al- 
boroque un dobloncito de oro:— Di á tu señorita que será ser- 
vida hoy mismo. 

De práctica era que la víspera de Ramos hiciese un Oidor 
la visita de cárceles, con facultad para disponer la excarce- 
lación de los presos por causa leve, y aun la de aquellos á 



Digitized by 



Google 



51 RICARDO PALMA 

quienes faltare poco tíempo de castigo. También era costum- 
bre que el Jueves Santo conmutase el Virrey la pena á un 
reo sentenciado á muerte. 

Como en chirona nunca hay un sólo criminal, sino que to- 
dos están por ima calumnia ó una mala voluntad, los jueces 
creen en ocasiones qae hacen obra meritoria para conquistarse 
el cielo, poniendo en libertad á tanto y tanto inocente ange- 
lito.— ¡Ah! tunante, tus vicios te han traído á la cárcel, dijo 
un juez.—No señor, contestó el preso, quien me ha traído es la 
pK)licía.--Pues que lo suelten. La policía es siempre muy arbi- 
traria. 

En su alborozo, olvidó el señor Oidor echarse la carta en 
el bolsillo de la chupa y la dejó sobre la escribanía, siéndole 
imposible, en el acto de la visita, recordar el apellido del 
recomendado delincuente. Estaba, sí, seguro de que era Pedro 
el nombre de pila. 

—-He empeñado palabra (se dijo su señoría) de dar libertad 
á un Pedro, y en el conflicto en que mi falta de memoria me 
pone, no tengo otro camino que el de dar por horros de pena 
á todos los Pedros de la cárcel. 

Y como lo pensó, lo dispuso. 

Y tres picaros, por sólo haber tenido la buena suerte de ser 
bautizados con el nombre del apóstol de las llaves, salieron 
á respirar la fresca brisa de la calle, gracias á que su señoría 
tuvo en poco el rigor de la justicia, y en mucho- sus anhelos 
de galanteador. 



Digitized by 



Google 






EL ABAD DE LUNAHUANA 

Por los años de 1581 estaba Su Santidad el Papa Grego- 
rio XIII tan seriamente enfermo, que ya los conclavistas prin- 
cipiaban á agitarse, pues se desencadenaban ambiciones en pos 
de la tiara. La dolencia del Padre Santo, en puridad de verdad, 
no era tal que justificase la alharaca; pues no pasaba de una 
fluxión recia en el aparato de masticación. El dolor de muelas 
era rebelde á cataplasmas, emolientes, pediluvios y sangrías, que 
en aquel siglo la ciencia odontálgica andaba tan en mantillas, 
que cirujano ó barbero alguno de toda la cristiandad no se 
habría atrevido á emplear lamedor de gatillo mientras hubiese 
cachete hinchado. 

Con el sistema curativo empleado pK)r los galenos de Roma, 
iba el egregio enfermo en camino de liar el petate, y lo que al 
principio fué una bagatela, se iba, por obra de médicos torpes, 
convirtiendo en gravísimo mal. 

Dos meses llevaba Su Santidad postrado en el lecho; dos 
meses de constante y doloroso insomnio; dos meses de ali- 
mentarse con líquidos; y para complemento de alarma, el pulso 



Digitized by 



Google 



50 RICARDO PALMA 

denunciaba fiebre. Reunidos en consulta los más diestros ma- 
tasanos de la ciudad papal, opinaron que el sujeto estaba ya 
atacado de caries maxilar, lo que, tratándose de un anciano 
y teniendo en cuenta el poco saber quirúrgico de sus míercedes, 
importaba tanto como declarar próxima vacancia de la silla 
de San Pedro. 

Y de fijo que Su Santidad Gregorio XIII habría en esa 
ocasión ido á pudrir tierra, si no se hubiera encontrado de 
tránsito, en Roma, un fraile perulero, fray Miguel de Carmona, 
definidor del convento agustiniano de Lima. 

Habíalo su comimidad enviado á la ciudad de las siete co- 
linas, en compañía de otros dos conventuales, para que ges- 
tionase sobre asuntos de la orden; y de paso adquiriese algu- 
nos huesesitos de santo, que gran falta hacían en el templo 
de Lima. Las demás comunidades tenían abimdancia de re- 
liquias auténticas, con las que ganaban en prestigio ante la 
gente devota; y los agustinos andaban escasos de esa mercade- 
ría en sus altares. 

Dos meses llevaban los comisionados de residencia en Roma, 
sin haberles sido posible avistarse con el Pontífice que, por 
causa de su dolencia, estaba invisible para frailucos y gente 
de escalera abajo. Sólo sus médicos, y tal cual cardenal ó 
personaje, lograban acercársele. 

En este conflicto ocurriósele al padre Carmona dirigirse 
al camarlengo y decirle que, pues Su Santidad se encontraba 
deshauciado, nada se perdía con permitirle que intentara su 
curación, empleando hierbas que había traído del Perú, y cuya 
eficacia entre los naturales de América, ¡>ara dolencias tales, 
le constaba. Refirió el camarlengo al Papa la conversación 
con el perulero, y Su Santidad, como quien se acoge á una 
última esperanza, mandó entrar en su dormitorio al padre Car- 
mona, y después de obsequiarle una bendición papal, le dijo : 

—A ti me encomiendo. Age. 

Y ello fué que sin más que enjuagatorios de hierba santa con 
leche, cataplasmas de llantén con vinagrillo y parches de tabaco 
bracamoro en las sienes, á los tres días estuvo Su Santidad Gre- 
gorio XIII como nuevo; y tanto, que hasta la hora de su muerte, 
que acaeció años más tarde, no volvió á doierle muela ni diente. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 57 

Ni siquiera se vio en el caso de aquel marido á quien oyén- 
dolo quejarse de dolor en la frente, lo interrumpió su mujer 
diciéndole:— Tranquilízate, eso pasará pronto cuando te hayan 
brotado un par de colmillos. 

Dice el cronista Calancha, tal vez por encarecer el mereci- 
miento del curandero, que en los primeros ratos sufrió el en- 
fermo náuseas atroces, calambres y sudores, terminando por 
aletargarse, lo que dio motivo para que los palaciegos se alar- 
masen, recelando que el fraile perulero hubiera administrado 
algún tósigo al Pontífice. En amargos aprietos se vio su pater- 
nidad. 



Restablecido por completo Gregorio XIII, empezó por acor- 
dar al padre Carmona todas las bulas, privilegios, indulgencias, 
jubileos y demás gangas que anhelaban los agustinos para sus 
conventos del Perú, concluyendo por brindarle un obispado, 
que fray Miguel tuvo sus razones para no aceptar, prefiriendo 
el título de abad de Lunahuaná, con doce mil ducados de renta 
anual sobre el arzobispado de Lima; con lo que, sin las fatigas 
que trae el obispar, venía á ser nuestro agustino un verdadero 
patentado en estas tierras de América, y altísima dignidad en 
su Iglesia. Era el primer abad que iba á tener el Perú, y 
hasta entiendo que ha sido el único. 

Por bula de 28 de Septiembre de 1581, fué autorizado el fla- 
mante abad i>ara escoger, con destino al convento de Lima, 
cuanta reliquia le pluguiere. Tosco fué el manotón que dio 
su paternidad en el depósito ó almacén; porque se apoderó 
de la cabeza de Longino, de un pedazo de la cruz del buen 
Ladrón, y de un zarcillo ó arete que perteneció á María de 
Magdala. 



Digitized by 



Google 



58 RICARDO PALMA 

En materia de huesos, escogiólos de San Pedro, San Pablo, 
San Sebastián, San Andrés, San Agustín, San Lorenzo, San Es- 
teban, San Marcos, San Vicente, San Dionisio, San Sixto, San 
Marcelo, Santa Úrsula, Santa Susana y... basta de nombres. La 
lista, que no es corta, la trae la bula, y no vale la pena de 
copiarla íntegra. 

En Lima, los agustinos se reservaron la mitad del cargamen- 
to de huesos, y el resto lo distribuyeron entre la Catedral y 
las parroquias. Tenían ya reliquias hasta para regalar. 

En cuanto al padre Carmona, no llegó á lucir en el Perú la 
mitra abacial, porque murió en el viaje, quedándose Lunahuaná 
sin abad, desdicha que hasta ahora lamentan los vecinos de 
esc valle que tan famosas chirimoyas y tan ricas paltas pro- 
duce. 



Digitized by 



Google 



LOS SIETE PELOS DEL DIABLO 

CUENTO TRADICIONAL. 

r 

Á Olivo Chiarella 

I 

— I Teniente Mandujano! 

—Presente, mi coronel. 

—Vaya usted por veinticuatro horas arrestado al cuarto de 
banderas. 

—Con su permiso, mi coronel— contestó el oficial; saludó 
militarmente y fué, sin rezongar poco ni mucho, á cumplimentar 
la orden. 

El coronel acababa de tener noticia de no sé qué pequeño 
escándalo dado pK)r el subalterno en la calle del Chivato. Asun- 
to de faldas, de esas benditas faldas que fueron, son y serán, 
perdición de Adanes. 

Cuando al día siguiente pusieron en libertad al oficial, que 
el entrar en Melilla no es maravilla, y el salir de ella es ella, 



Digitized by 



Google 



6Ü BIGARDO PALMA 

se encaminó aquél á la mayoría del cuerpo, donde á la sazón 
se encontraba el primer jefe, y le dijo : 

—Mi coronel, el que habla está expedito para el servicio. 

—Quedo enterado— contestó lacónicamente el superior. 

—Ahora ruego á usía que se digne decirme el motivo del 
arresto, para no reincidir en la falta. 

—¿El motivo, eh? El motivo es que ha echado usted á 
lucir varios de los siete pelos del diablo, en la calle del Chi- 
vato... y no le digo á usted más. Puede retirarse. 

Y el teniente Mandujano se alejó architurulato, y se echó 
á averiguar qué alcance tenía aquello de los siete pelos del 
diablo, frase que ya había oído en boca de viejas. 

Compulsando me hallaba yo unas papeletas bibliotecarias, 
cuando se me presentó el teniente, y después de referirme su 
percance de cuartel, me pidió la explicación de lo que, en vano, 
llevaba ya una semana de averiguar. 

Como no soy, y huélgome en declararlo, un egoistón de 
marca, á pesar dé que 



en este mundo enemigo 
no hay nadie de quien fiar; 
cada cual cuide de sigo, 
yo de migo y tú de tigo... 
y procúrese salvar. 



como diz que dijo un jesuíta que, ha dos siglos, comía pan 
en mi tierra, tuve que sacar de curiosidad al pobre militroncho, 
que fué como sacar ánima del purgatorio, narrándole el cuento 
que dio vida á la frase. 



Digitized by 



Google 



A£^ 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 6t 



II 



Cuando Luzbel, que era un ángel muy guapote y engreído, 
armó en el cielo la primera trifulca revolucionaria de que 
hace mención la Historia, el Señor, sin andarse con procla- 
mas ni decretos suspendiendo garantías individuales ó decla- 
rando á la corte celestial y sus alrededores en estado de sitio, 
le aplicó tan soberano puntapié en salva la parte, que rodando 
de estrella en estrella y de astro en astro, vino el muy faccioso^ 
msurgente y montonero, á caer en este planeta que astróno- 
mos y geógrafos bautizaron con el nombre de Tierra. 

Sabida cosa es que los ángeles son unos seres mofletudos, 
de cabellera riza y rubia, de carita alegre, de aire travieso, 
con piel más suave que el raso de Filipinas, y sin pizca de 
vello. Y cata que al ángel caído, lo que más le llamó la aten- 
ción en la fisonomía de loS hombres, fué el bigote; y suspiró 
por tenerlo, y se echó á comprar menjurjes y cosméticos de 
esos que venden los charlatanes, jurando V rejurando que hacen 
nacer pelo hasta en la palma de la mano. 

El diablo renegaba del afeminado aspecto de su rostro sin 
bigote, y habría ofrecido el oro y el moro por unos mostachos 
á lo Víctor Manuel, rey de Italia. Y aunque sabía que para 
satisfacer el antojo bastaríale dirigir un memorialito bien par- 
lado, pidiendo esa merced á Dios, que es todo generosidad 
para con sus criaturas, por picaras que ellas le hayan salido, 
se obstinó en no arriar bandera, diciéndose in pecio: 

—¡Pues no faltaba más sino que yo me rebajase hasta pe- 
dirle favor á mi enemigo! 

No hay odio sujKjrior al del presidiario por el grillete. 

—¡Hola!— exclamó el Señor, que, como es notorio, tiene oído 



Digitized by 



Google 



62 RICARDO PALMA 

tan fino que percibe hasta el vuelo del pensamiento.— ¿Esas 
tenemos, envidiosillo y soberbio?. Pues tendrás lo que me- 
reces, grandísimo bellaco. 



Arrogante, moro, estáis, 
y eso que en un mal caballo 
como don Quijote vais; 
ya os bajaremos el gallo, 
si antes vos no lo bajáis. 



Y amaneció, y se levantó el ángel protervo luciendo bajo las 
narices dos gruesas hebras de pelo, á manera de dos vibo- 
reznos. Eran la Soberbia y la Envidia. 

Aquí fué el crujir de dientes y el encabritarse. Apeló á ti- 
jeras y á navaja de buen filo, y allí estaban, resistentes á de- 
jarse cortar, el par de pelos. 

—Para esta mezquindad, mejor me estaba con mi carita de 
hembra— decía el muy zamarro; y reconcomiéndose de rabia, 
fué á consultarse con* el más sabio de los alfajemes, que era 
nada menos que el que afeita é inspira en la confección de 
leyes á un mi amigo, diputado á Congreso. Pero el socarrón 
barbero, después de alambicarlo mucho, le contestó :— Paciencia 
y non gurruñate, que á lo que vuesamerced desea no alcanza 
mi saber. 

Al día siguiente despertó el rebelde con un pelito ó viborilla 
más. Era la Ira. 

—A ahogar penas se ha dicho— pensó el desventurado.— Y 
sin más, encaminóse á una parranda de lujo, de esas que ha- 
cen temblar el mundo, en las que hay abundancia de viandas 
y de vinos, y superabimdancia de buenas mozas, de aquellas 
que con una mirada le dicen á un prójimo: i dése usted preso! 

{Dios de Dios y la mona que se arrimó el maldito! Al des- 
pertar miróse al espejo, y se halló con dos huéspedes más 
en el proyecto de bigote. La Gula y la Lujuria. 

Abotagado pK)r los licores y comistrajos de la víspera, y ex- 
tenuado por las ofrendas en aras de la Venus pacotillera, se 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 63 

pasó Luzbel ocho días sin moverse de la cama, fimiando ciga- 
rrillos de la fábrica de Cuha libre y contando las vigas del 
techo. Feliz semana para la humanidad, porque sin diablo en- 
redador y perverso, estuvo el mundo tranquilo como balsa de 
aceite. 

Cuando Luzbel volvió á darse á luz le había brotado otra 
cerda: la Pereza. 

Y durante años y años anduvo el diablo i>or la tierra lucien- 
do sólo seis pelos en el bigote, hasta que un día, por malos 
de sus pecados, se le ocurrió aposentarse dentro del cuerpo 
de un usurero, y cuando hastiado de picardías le convino cam- 
biar de domicilio, lo hizo luciendo un i>elo más: la Avaricia. 

De fijo que el muy bellaco murmuró lo de: 



Dios, que es la suma bondad, 
hace lo que nos conviene. 
—(Pues bien fregado me tiene 
su divina Majestad) 
Hágase su voluntad. 



Tal es la historia tradicional de los siete pelos que forman el 
bigote del diablo, historia que he leído en un palimpsesto con- 
temporáneo del estornudo y de las cosquillas. 



Digitized by 



Google 



Digitized by VjOOQiC ^ 



^99mmwm$9mmmwm9mmmitmfwwmmfmmnf^mmmm9mw$www9^ 



LA ASTROLOGIA EN EL PERÚ 



Para los médicos, cirujanos, boticarios y barberos de Lima, 
eran, eii el siglo xvii, artículos de fe y parte integrante de la 
ciencia las supersticiones astrológicas. A la vista tengo un li- 
bro de 700 páginas en 4.», impreso en Lima por los años de 
1660, y del que es autor Juan de Figueroa, familiar del Santo 
Oficio de la Inquisición, veinticuatro de Potosí y tesorero de 
la Casa de Moneda de esta ciudad de los Reyes, quien dedicó 
su abultada obra al virrey conde de Alba de Aliste. Titúlase 
el libróte: La Astrología en la medicina. 

Según Figueroa, cuando el Sol entra en el signo de Aries, 
la tisis está de plácemes; y cuando domina Virgo abundan 
los tumores en el vientre. A Tauro le da el señorío de los 
dolores de cabeza; á Cáncer el de la sífilis; á Escorpión el 
de loá reumatismos; á Piscis el de las hidroi>esías ; á Capri- 
cornio el de la ictericia; y así á cada signo del zodíaco le 
adjudica el patronato de una dolencia. 

Entre otras, no menos peregrinas invenciones, prohibe ha- 
cer gargarismos ó aplicarse un clister, mientras Piscis no haya 
entrado en cierta casilla que el autor señala en un pianito 
por él ideado; y califica poco menos que de suicida al que 
loma ui] vomitivo ó se hace sangrar, cuando Marte se halla 
de visita en la casa de Mercurio. 



Digitized by 



Google 



6C) RICARDO PALMA 

Medicinarse estando el Sol y la Luna en conjunción es, 
para nuestro autor, epilepsia segura; y en materia de sangrías 
y de ventosas, sólo las consiente cuando el Sol se va acer- 
cando al medio día. 

El que enfermaba, aunque fuera de un dolor de muelas, 
cuando ciertos signos que él apunta se hallasen de bureo en 
cierta casilla, no tenía otro remedio que mandar por mortaja 
y cajón, para hacerse enterrar. 

Para tener larga cabellera había que hacérsela cortar es- 
tando la Luna creciente en Virgo; y para conseguir que el 
pelo no creciera pronto, esperar á la Luna menguante en Li- 
bra. Las uñas debían cortarse estando la Luna en Tauro ó en 
León. 

Quien tuviese la desgracia de enjgendrar un muchacho, es- 
tando Venus, Marte, Saturno y Mercurio en determinada ix)si- 
ción, no debía culpar más que á su ignorancia en Astrolo- 
gía, si el mamón resultaba (lo que no podía marrar, según 
Figueroa) con joroba, seis dedos en la mano, como diz que 
los tuvo Ana Bolena, ú otro desperfecto. 

Engendrar bajo la influencia de tales y cuales astros era 
para que el muchacho saliese un facineroso, ó si era hembra 
el engendro, una pelandusca. En cambio todo el que se suje- 
tase á las reglas astrológicas, tendría los hijos con cualidades 
á medida del desea. Por lo menos, serafines de altarcico. 

Cuando, en una mujer embarazada, las pulsaciones de la 
mano derecha eran más vigorosas que las de la mano izquierda, 
sin género de duda qué el fruto sería varón. 

No es cuento de que yo me eche á borronear carillas de 
papel, que con lo apuntado sobra para que el lector se for- 
me concepto del libro, que tuvo gran boga en su tiempo, y 
del que no había, en Lima, casa de buen gobierno ó de ma- 
trimonio bien avenido, donde no hubiese un ejemplar más 
manoseado que la Alfalfa espiritual para los borregos de Cristo 
y la Bula de Cruzada. 

Esos eran tiempws en los que cuando uno se encontraba 
con un pelo en la sopa, decía:— i Demonios! ¿de quién será 
esta hebra de i>elo?— La conozco, contestaba de fijo un co- 
mensal, es de la hija de la cocinera, que es una muchacha 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 67 

muy guapa.— ¿De veras? Pues me la guardo— y limpiaba la 
hebra con la servilleta y se la guardaba en el bolsillo. Di- 
cen los astrólogos que xin cabello de buena moza traía ven- 
tura al poseedor. 

V tan rodeada de supersticiosas y pueriles prácticas andaba 
la ciencia médica, en Lima, que cuando el profesor de Ana- 
tomía se hallaba en el compromiso de dar á sus discípulos 
lección sobre el cadáver, en el anfiteatro, antes de esgrimir 
cuchilla y escalpelo, rezaba en unión de los presentes, una 
plegaria en latín por el alma del difunto. 



II 



La Astrología médica tuvo también sus impugnadores, y 
el mar» enérgico fué don Juan Jerónimo Navarro, médico va- 
lenciano que, con el título Disertación astronómica^ publicó, en 
Lima, un interesante opúsculo, impreso en 1645. 

Ocurrióle al doctor Navarro, (y precisamente esta ocurren- 
cia fué la que lo impulsó á escribir su Disertación) que habiendo 
recelado un purgante á uno de sus enfermos, que era encum- 
brado personaje, negóse el boticario á despacharlo. Y no sólo 
se negó sino que le escribió al enfermo la siguiente esquelita 
que, ad pedem literm^ copio del ya citado librejo. 

«Señor mío: Vuesamerced no siga el parecer del doctor, 
» aunque él lo mande; pwrque mañana, á las cinco, es la con- 
ijunción, que si fuera por la tarde no correría vuesamerced 
llanto riesgo. De más que hoy no he hecho purga ningu- 
»na, ni tal se puede hacer hasta que pase la conjunción. Vue- 
»samerced vea lo que le parece, que á mí no me mueve otra 
teosa más que la conciencia.— Guarde Dios á Vuesamerced». 

Combatiendo la crasa ignorancia y necedad del boticario cha- 
pucero, dice el doctor Navarro que acatar las supersticiones 
astrológicas, tan bien acogidas por el pueblo, no redunda sino 
en descrédito del médico y regalo para curas y sacristanes. 



Digitized by 



Google 



68 RICABDO PALMA 

Los deudos del finado, como era de cajón, se dividieron 
en bandos. Unos echaban pestes contra el boticario, entro- 
metido y palangana, y otros bufaban contra el galeno ignoran- 
tón. Este protestó más que el protestante inglés, y acudió al 
prolomédico solicitando que impusiese castigo severo al cri- 
ticastro de autorizada receta. El boticario, contestando al tras- 
lado, puso al querellante de camueso y farfullero que no ha- 
bía por dónde cogerlo; y lo peor es que con el manipulador 
de pildoras, ungüentos y jaropes hicieron causa común los de- 
más del gremio, entusiastas creyentes en la Astrología y sus 
maravillas, á pesar de que ya empezaba á popularizarse la re- 
dondilla que dice: 

El mentir de las estrellas 
es muy seguro mentir, 
porque ninguno ha de ir 
á preguntárselo á ellas, 

redondilla que, en nuestro siglo, ha sido reemplazada con esta 
oirá de autor anónimo: 

Sobre microbios mentir, 
es mentir de gente sabia, 
pues se llega á conseguir 
dejar á todos en Babia. 

El protomédico se vio en las delgaditas, ó en apuros para 
fallar. No se sentía con coraje para declararse contra las pre- 
ocupaciones dominantes, y en tamaño conflicto cortó por lo 
sano; esto es, declinó de jurisdicción enviando el proceso á 
Madrid, que fué como mandarlo al Limbo. Por el vai>or de 
la primera quincena del siglo entrante espero la sentencia del 
proceso. 



Digitized by 



Google 



i\ por qsé fray Martfs de tos Forres, santo timcüo, «o liacc ya mitagros 

A Carlos Rey dé Castro, en el Paraguay. 



Para santo milagroso ó facedor de milagros, mi paisano fray 
Martín de Porres. Se lo echo de tapada á cualquier santo de 
Europa. 

Como ya en otra tradición he escrito una sucinta biografía 
de fray Martín, que fué un bendito de Dios, con poca sal en 
la mollera pero con mucha santidad infusa, no he de repetirla 
ahora. De mis cocos, pwcos. Bástele al lector saber que como 
el viejo Porres no le dejó á su retoño otra herencia que los 
siete días de la semana y una uña en cada dedo para rascarse 
las pulgas, tuvo éste que optar por meterse lego dominico y 
hacer milagros. Dios sobre todo, como el aceite sobre el agua. 

Cuando no había en mi tierra la plaga de radicales, maso- 
nes y librepensadores, cuando todos creíamos con la fe del 
carbonero, ni pizca de falta hacían los milagros, y los tenía- 
mos á granel ó á boca qué quieres. ¿Por qué será que hoy 
en que acaso convendrían para reavivar la fe, no tenemos si- 



Digitized by 



Google 



70 RICARDO PALMA 

quiera un milagrito de pipiripao por semana? Será por algo, 
que yo no he de perder mi ecuanimidad averiguando lo que 
no me importa saber. ¿Quién me mete en esas honduras? 

El famoso escritor y orador sagrado padre Ventura de la 
Ráulica, en su p>anegírico de fray Martín de Forres, impreso en 
1863, refiere que, sin moverse de Lima, estuvo nuestro santo 
compatriota en las Molucas, y en la China, y en el Japón, 
libertando del martirio á jesuítas misioneros, pues Dios le con- 
cedió el privilegio de la bilocación ó doble presencia, gracia 
que le negara á san Felipe Neri cuando éste la pretendió. El 
padre Ventura añade que lo que él nos cuenta, en su citado 
panegírico, consta en el proceso de canonización. Me doy tres 
puntadas con hilo grueso en la boca, y no me opongo al mila- 
gi*o. Yo, en cosas de frailería, á todo digo amén^ pues no quie- 
ro parecerme al amanuense del tirano Rozas, que puso en 
peligro la pellejina por andarse con recancanillas y dingolo- 
dangos. No desperdiciaré esta oportunidad para contarlo. Pue- 
de el lector fumar un cigarrillo mientras dure el cuento. 

Diz que el amanuense le leía una tarde al supremo dictador 
las pruebas de una oda que debía aparecer en la Gaceta oficial 
del 25 de Mayo, y al llegar á unos versos que decían: 



el pueblo te venera, 

y el argentino sabe que en tus manos 

flameará victoriosa su bandera. 



lo interrumpió don Juan Manuel diciendo:— No me gusta ese 
verso. Donde dice bandera ponga usted eííamZar/e.— Excelentí- 
simo señor (se atrevió á argüir el mocito palangana)^ como es- 
tandarte no es consonante de bandera, va á resultar que no 

resulta verso.— Don Juan Manuel de Rozas no aguantaba pi- 
cada de cáncano y, dando feroz puñada sobre la mesa, gritó: 
— lCar...amba! Cállese la boca y ponga estandarte, antes que lo 
haga degollar por salvaje unitario. 

Fuera el cigarrillo. Vuelvo á mis carneros, esto es, á los 
milagros. Allá, en el primer tercio del siglo xvii, cuando los 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 71 

aniigos se encontraban en la calle no se decían como ogaño 
¿qué hay de nuevo? ¿renuncia ó no renuncia el ministerio? 
sino ¿qué me cuenta usted de milagros? ¿ha hecho alguno 
nuevo, de ayer á hoy, el bienaventurado fray Martín? 

Todas las mañanas acudía á la partería del convento de 
santo Domingo un cardumen de viejas y muchachas devotas 
en demanda del lego, y en solicitud de un prodigio más ó 
menos morrocotudo. Hasta la Carita de cido^ hembra que como 
fea no tenía nada que pedir á Dios, pues su fealdad era de 
veintitrés quilates como la de Picio, pretendió del santo limeño 
que la embelleciese, milagro que diz que no pudo, no quiso 
ó no sufK) hacer fray Martín. Si lo hace se divierte, porque 
las feas de un ¡Jesús María y José! no le habrían dejado á sol 
ni á sombra. 

Fastidiado el prior de que á la portería de su convento 
acudieran más faldas que al jubileo, resolvió cortar por lo 
sano, y llamando una mañana al taumaturgo le dijo:--Her- 
mano Martín, bajo de santa obediencia le prohibo que haga 
milagros sin i>edirme antes permiso.-— Acato la prohibición, re- 
verendo padre. 

Pero fray Martín era de suyo milagrero, y sin darse cuenta, 
sin propósito é intención de desobedecer al mandato, seguía 
menudeando milagritos de poca entidad. 

Sucedió que un día resbalóse de altísimo andamio un al- 
bañil que se ocupaba en la reparación de un claustro, y en 
su cuita gritó:— ¡Sálveme, fray Martín! El legó alzó las ma- 
nos, y le contestó:— Espere, hermanito, que voy por la supe- 
rior licencia.— Y el albañil se mantuvo en el aire, patidifuso 
y pluscuamperfecto como el alma de Garibay, esperando el 
regiego del lego dominico. 

— ¡A buenas horas, mangas verdes! dijo el prelado. ¿Qué 

permiso te voy á dar si ya has hecho el milagro? En fin, 

anda y remátalo. Pase por esta vez, pero que no se repita. 

Este milagro hizo en Lima más ruido que una banda de 

tambores, y fué más sonado que las narices. 

Fallecido fray Martín en No\iembre de 1639, á los sesenta 
años de edad, nadie se quedó en mi tierra sin reliquia de 
un retacito del hábito ó de la camisa, ó por lo menos sin 



Digitized by 



Google 



72 RICARDO PALMA 

una pulgarada de tíerra extraída de la sepultura, tierra que 
guardaban en un saquito de terciopelo, y que, á guisa de re- 
licario, llevaban los crédulos devotos pendiente del cuello. Esta 
tierra diz que era eficaz específico contra la diarrea. 

Con el correr de los tiempos las reliquias fueron al basu- 
rero, y las que se conservaban en el convento las mandó en- 
cerrar en una caja el primer arzobispo republicano don Jorge 
Benavente, y en 28 de Septiembre de 1837 las remitió á Roma 
consignadas al general de la orden de predicadores. Vaya si 
hemos sido ingratos los limeños con nuestro santo paisano, 
pues de él no tenemos ya ni reliquias! Lo siento, pero no 
puedo llorar por tamaña ingratitud. Yo no he de ser como 
el verdugo de Málaga, que se murió de pena, porque á un 
conocido suyo le echó el sastre á perder unos pantalones sa- 
cándoselos estrechos de pretina. 

Durante muchos meses dio el pueblo en acudir á la tumba 
de fray Martín en solicitud de milagros, y el difunto no siem- 
pre anduvo remolón para hacer favores. Pero una mañana 
se levantó con la vena gruesa el padre prior, y precedido i)or 
la comunidad se encaminó á la sepultura, donde con acento 
solenme y campanudo dijo:— Hermano Martín, cuando vivías 
en el mundo obedeciste humildemente mis mandatos, y no he 
de creer que en el cielo te hayas vuelto orgulloso y rebelde 
á tu superior jerárquico, negándole la santa obediencia que 
juraste un día. Basta de milagros. Te intimo y mando que 
no vuelvas á hacerlos. 

Y que nuestro santo paisano acató y sigue acatando la im- 
posición de su prelado, lo comprueba el que, ni por buro- 
nada, se ha hablado de milagros prodigiosos por él realizados 
de-jpuéó del año 1640. 

Lo que es ahora, en el siglo xx, más hacedero me parece 
criar moscas con biberón que hacer milagros. 



Digitized by 



Google 



LLUVIA DE CUERNOS 

f 

Véame en las congojas del zampabodigos Poncio Pílalos si 
no es verdad que en la imperial villa de Potosí, allá por los 
años de 1647, llovieron cuernos. 

Fué el caso que en 1617 vino de España á América, con 
nombramiento real de Gobernador de Potosí, el hidalgo don 
Luis Antonio de Oviedo, Herrera y Rueda, natural de Madrid 
y caballero de Santiago, el cual con el correr de los tiempos 
y por sus personales merecimientos, obtuvo de la corona ei 
nobiliario título de conde de la Granja. Es don Luis Antonio 
de Oviedo autor del celebrado pwema, en octavas. Vida de San- 
ta JRosa^ y de otro, en romance, titulado Pasión de Cristo. El 
conde poeta murió en Lima en 1717, á los ochenta años de 
edad. 

Muy popular y querido en Potosí era su señoría, porque, 
á fuerza de sagacidad y no de garrote, alcanzó á poner tér- 
mino á las sangrientas querellas de criollos y vascongados, y 
porque fué tan generoso amparador de los indios que forzó 



Digitized by 



Google 



7i RICARDO PALMA 

á los ricachos mineros á remunerar el rudo trabajo de los 
peone;, con un pequeño aumento de salario. 

El excelentísimo señor conde de Lemos, virrey del Perú, 
que era un gallego con cabeza de cocobolo, desaprobó el pro- 
cedimiento de su señoría el Gobernador y le ordenó que, en 
el término de la distancia, se presentase en Lima á dar cuen- 
ta de sus actos, entregando el gobierno de la villa á don Diego 
de tJlloa, del hábito de Santiago, y tan gallego como su ex- 
celencia 

Era el de Ulloa un viejo escuchimizado y carantamaula, el 
cual, según la voz pública, andaba muy bien de capitales, como 
que tenía los siete pecados. 

En cuanto á talento administrativo parece que no tenía mu- 
chos sesos en la sesera, y sí mucho aserrín y virutas. 

Llevaba don Diego casi dos años de gobierno en Potosí, 
donde por sus arbitrariedades, codicia y corrupción se había 
conquistado universal odiosidad, cuando pwr correo de bru- 
jas se supo que á Lima había llegado una real orden des- 
aprobando la destitución de Oviedo, y disponiendo que vol- 
viese al gobierno de la imperial villa. El mismo correo de 
brujas trajo también la nueva de que el virrey conde de Le- 
mos era ya alma de la otra vida. 

Oficialmente no se tenía pwr la autoridad la menor noti- 
cia, ni nadie había recibido en Potosí carta en que ambas no- 
vedades se comunicasen; pero el pueblo creía tan á pie jun- 
tilias en la veracidad del correo de brujas que una noche 
se echaron grupos á recorrer las calles, quemando cohetes y 
dando vítores á Oviedo. 

Asomóse don Diego de Ulloa al balcón para informarse 
de lo que motivaba tamaño alboroto, é instruido de la causa 
echó un valecuatro, y continuó:— Ya pueden ustedes, gi-andí- 
simos borrachos, dejarse de bullanga y largarse á sus casas, 
antes que me atufe y haga una gallegada como mía. Espe- 
ren ustedes á su mentecato Oviedo como esperan los judies 
al Mesías, que ese mamarracho volverá de Gobernador el día 
que lluevan cuernos sobre mi cabeza. (Nota bene.— Su señoría 
militaba en el gremio de los solterones y era pescador de an- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 75 

cho\eias en playa mansa). A su casa todo el mundo he d¡- 
clio, y largó otro valecuatro. 

Y sil.' más estrépito se disolvió la manifestación,. como aho- 
ra decimos. 

Corrieron dos semanas sin avanzar en noticias. Entre tanto 
los partidarios de Oviedo, que eran casi t®dos los vecinos, 
se echaron á comprar cuernos de carneros, ovejas y toros, en 
el rastro ó matadero de Potosí, y una mañana, á la hora del 
apelde matinal, volvió la turba populachera á presentarse bajo 
los balcones del Gobernador. 

Este brincó del lecho y, á medio vestir, se presentó con 
ánimo de echar á la muchitanga un par de bravatas y cua- 
tro barbaridades; pero los manifestantes, apenas vislumbra- 
ron la silueta de don Diego, empezaron á rasguear charan- 
gos y guitarras, acompañando á un andaluz de voz potentí- 
sima que cantó esta copla: 

Viejo archipámpano y loco, 
puedes ya irte á los infiernos, 
¿de cuernos pediste lluvia? 
pues toma lluvia de cuernos. 

Y sil', más llovieron cornamentas sobre su señoría, forzán- 
dolo á refugiarse en el salón para no ser descalabrado. 

Pocas horas después entró en Potosí, bajo arcos triunfa- 
les y pisando sobre barras de plata, el futuro conde de la 
Granja 

Don Diego siguió como vecino en la imperial villa, en la 
condición de san Alejo, es decir, cornudo y conforme, méri- 
tos por los que éste alcanzó el cielo y la santidad. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



w^mf^^fmmmmwmwwmmmfww^mwmwmmmmwwwwmfmwmmHmmmm 



UNA CAUSA POR PERJURIO 



El 21 de Mayo de 1606 se presentó ante un escribano de 
la imperial villa de Potosí un mestizo nombrado Diego de 
Valverde, natural de Lima y de veinticinco años de edad, re- 
cienlcmente casado con Catalina Enríquez, de dieciocho aflos, 
nacida en Potosí é hijastra de Domingo Romo, español, marido 
de Leonor Enríquez, solicitando que se extendiese una escri- 
tura por la cual constara que juraba á Dios y á una cruz, 
puebla la mano sobre los santos Evangelios, que se obligaba 
á no fumar tabaco y á no beber chicha ni vino durante dos 
años, bajo pena de que, si en ese lapso de tiempo quebran- 
taba el juramento, se le tuviese por infame perjuro, y com- 
prometido á pagar quinientos pesos, de plata ensayada y mar- 
cada, para sustento de los presos en las cárceles del Santo 
Oficio. Extendió el cartulario la escritura, firmándola Valver- 
de y suscribiendo como testigos Domingo Romo (el marido 
de la suegra), Rodrigo Pérez y Alonso Donayre. 

Este documento, que á la vista he tenido para extractar- 
lo, se encuentra en un tomo de manuscritos de la Biblioteca 
de Lima que lleva por título Papeles de la Inquisición. 

No había aún transcun-ido un año cuando, el 2 de Abril 
de 1607, se presentaron ante el padre Antonio de Vega Loay- 
za, jesuíta y comisario del Santo Oficio en Potosí, dos muje- 
res llamada Leonor^ Enríquez, de treinta y seis años de edad, 
y Catalina Enríquez, de diecinueve años, suegra la primera 
y espesa la otra de Valverde, acusando á éste de que, en ple- 
na borrachera, había dado una pedrada, que le ocasionó la 



Digitized by 



Google 



78 RICARDO PALMA 

muerlc. á Domingo Romo, padrastro de la última, y asiládo- 
se en la iglesia mayor. 

Llenados los trámites para obtener la extradición del reo 
que se acogiera á sagrado, el gobierno secular inició contra 
Valvcrdc causa por asesino, á la vez que la Inquisición lo 
enjuiciaba por perjuro, reclamando los quinientos morlacos que 
rezaba el documento. 

Valverde se defendió en regla. Dijo que del tenor literal de 
la escritura no resultaba que él se hubiese obligado á no em- 
briagarse, sino á no hacerlo con chicha ni con vino; pero 
que estaba en su derecho para emborracharse con aguardien- 
te, licor que empezara á consumir en abundancia desde el día 
en que se impuso la obligación de renunciar á los otros de 
que antes fuera devoto. 

Hubo la mar de declaraciones. Todos los testigos conve- 
nían en que era Valverde borracho habitual; pero no hubo 
bodegonero, expendedor de vino, ni chichera que declarase ha- 
berle vendido zumo de parra ó de maíz. ítem, en lo corrido 
de afio, nadie le había visto fumar ni un cigarrillo. 

Esto nos trae á la memoria la historieta del alemán bo- 
rrachín á quien su mujer rogaba que no consumiese cerveza, 
y él la ofreció solemnemente que con el último día del año 
lomaría la última chispa de licor amargo. En efecto, el 31 de 
Diciembre, poco antes de las doce de la noche, se presentó 
ante su costilla en temporal deshecho, y la dijo: 

Permita Dios que reviente 
antes que cerveza beba. 

Año nuevo, vida nueva 

Desde mañana... i aguardiente ! 

El padre Vega Loayza, que era el juez en el proceso inqui- 
sitcrial, se convenció de que estaba perdiendo su tiempo y 
su latín, y sobreseyó en la causa de perjurio, si bien el juez 
secular condenó á Valverde á sólo cinco años de cárcel por 
haber descalabrado al marido de su suegra, parentesco que 
de Suyo constituía motivo atenuante del homicidio. 



Digitized by 



Google 



HISTORIA DE UNA EXCOMUNIÓN 

Al doctor Dickson Hünter, en Arequipa. 

Se ha declarado usted mi proveedor de café, 
compartiendo anunlmente conmifro el muy ex- 
quisito (jue le reirnla alfsún ««radecidn enferno 
de BU clientela. Soy, pues, su deudor, y cúmple- 
me pairarle en la única moneda que puede ya ser 
(jarata & un ricacho como usted. Ábrame cuenta 
nueva, y dé por caacelada la de aftos anterío' qs 
con la tradición que hoy le dedica su muy devoto 
amigo.— R. P. 

I 

El Dean de la Catedral del Cuzco doctor don Fernando 
Pérez Oblitas fué elevado á la categoría de Provisor del obis- 
pado en sede vacante por fallecimiento del ilustrísimo doctor 
don Pedro Morcillo, acaecido el sábado santo l.Q de Abril de 
1747, precisamente á la hora en que las campanas repicaban 
gloria. 

Entre los primeros actos de eclesiástico gobierno del se- 
ñor Dean, hombre más ceremonioso que el día de año nue- 
vo, cuéntase un edicto prohibiendo, con pena de excomunión 



Digitized by 



Google 



80 RICARDO PALMA 

mayor ipao facto incurrenda, que los viejos usasen virrete den- 
tro del templo, y otro reglamentando la indumentaria feme- 
nina, reglamentación de la cual resultaban pecaminosos los 
trajes con cauda en la casa del Señor. Es entendido que las 
infractoras incurrían también en excomunión, pues en la ciu- 
dad de los Incas, ateniéndome á las muchas excomuniones de 
que hace mención el autor del curioso manuscrito Anales del Cuz- 
cOy se excomulgaba al más guapo y á la más pintada por tin 
quítame esa pulga que me pica. 

El Arcediano del Cuzco, doctor Rivadeneira, era un viejo 
giniñóu y cascarrabias, á quien por cualquier futesa se le subía 
san Telmo á la gavia, y que en punto á benevolencia para 
con el prójimo estaba siempre fallo al palo. Gastaba más or- 
gullo que piojo sobre caspia, y en cuanto á pretensiones de 
ciencia y suficiencia era de la misma madera de aquel predi- 
cador molondro que dio comienzo á un sermón con estas pala- 
bras—Dijo nuestro Señor Jesucristo, y en mi concepto dijo 
bien —de manera que si hubieran discrepado en el concep- 
to, su paternidad le habría dado al hijo de Dios una leccion- 
cita al pelo. Agregan que, i>or vía de reprimenda, cuando des- 
cendió del pulpito le dijo su prelado: 

Nunca, nunca encontraré, 
por mucho que me convenga, 
un mentecato que tenga 
las pretensiones de usté. 

El 4 de Junio del antedicho año de 1747, á las nueve de 
la mañana, entró en la Catedral doña Antonia Peñaranda, mu- 
jer del abogado don Pedro Echevarría. Era la doña Antonia 
señora de muchas campanillas, persona todavía apetitosa, que 
gastaba humos aristocráticos y tenida pwr acaudalada, como 
que era de las pocas que vestían á la moda de Lima, de 
donde la venían todas sus prendas de habillamiento y ador- 
no. Acompañábala su hija Rosa, niña de nueve años, la cual 
lucía trajecito dominguero con cauda color de canario acon- 
gojado. 

Principiaba la misa, y todo fué uno ver que madre é hija 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 81 

se airodillaban para persignarse, y gritar con voz de bajo pro- 
fundo su señoría el Arcediano:—! Fuera esas mujeres que tie- 
nen la desvergüenza de venir con traje profano á la casa de 
Dios! ¡Fuera! ¡Fuera! 

Doña Antonia no era de las que se muerden la punta de 
la lengua, sino de las que cuando oyen el Dominus vohiscum 
no hacen esperar el et cum spiritu tuo. Dominando la sorpre- 
sa y el sonrojo, contestó:— Perdone el señor canónigo mi ig- 
norancia al creer que el mandato no rezaba con la niña, ade- 
más de que no he tenido tiempo para hacerla saya nueva, 
y la he traído para que no se quedara sin misa. 

En vez de calmarse con la disculpa, el señor Arcediano 
se subió más al cerezo, y prosiguió gritando:— He mandado 

que se vaya esa mujer irreligiosa Bótenla á empellones 

¡Fuera de la iglesia! ¡Fuera! 

Dios concedió á la mujer cuatro armas, á cual más tre- 
menda: la lengua, las uñas, las lágrimas y la pataleta. Doña 
Antonia oyéndose así insultada, tomó de la mano á Rosita y 
se encaminó á la puerta, diciendo en alta voz:— Vamos, niña, 
que no está bien que sigamos oyendo las insolencias de este 
zamboj borrico y majadero. 

¿.Zambo dijiste? ¡Santo Cristo de los temblores! ¿Y tam- 
bién borrico? ¡Válganme los doce pares de orejas de los doce 
apóstoles! 

El Arcediano, crispando los pxiños, quiso levantarse en per- 
secución de la señora; mas se lo estorbaron el sacristán y 
el perrero de la Catedral. 

—¡Vayase en hora mala la muy puerca! ¿Yo, zambo? ¿Yo^ 
borrico? 

En puridad de verdad lo de borrico no era para sulfu- 
rarse mucho, y bien pudo contestársele con el pareado de un 
poeta : 



Hombre, no te atolondres: 

borricos, como tú, hay hasta en Londres. 



Digitized by 



Google 



82 



RICARDO PALMA 



¿Fero lo de zambo, á quien se tenía por más blanco que 
el caballo del Apocalipsis? Ni á María Santísima le aguanta- 
ba su señoría la palabreja. Antes colgaba la sotana y se me- 
tía almocrí, esto es, á lector del Koran en las mezquitas. 

El caso es que su señoría el Arcediano, aunque nacido en 
España y de padres españoles, era bastante trigueño, como si 
en suó venas circularan muchos glóbulos de sangre morisca. 

El día siguiente fué de gran alboroto para el vecindario 
del Cuzco, porque en la puerta de la Catedral apareció fijado 
este cartelón:— iTéngase por pública excomulgada á Antonia 
^Peñaranda, mujer de don Pedro Echevarría, por inobedien- 
ite á los preceptos de Nuestra Santa Madre Iglesia, y por el 
•de&acato de haber tratado mal de palabras al señor doctor 
*don Juan José de la Concepción de Rivadeneira, y porque 
icon sus gritos desacató también al doctor don José Soto, pres- 
»bíttro, que estaba actualmente celebrando el Santo Sacrifi- 
»cio.— Nadie sea osado á quitar este "papel, bajo pena de ex- 
»coniunión». 
Y firmaba el Provisor Pérez Oblitas. 

Motivo de grave excitación para los canónigos del Cabildo 
eclesiástico había sido el suceso de la misa dominical. Unos 
opinaron por meter en la cárcel pública á la señora, y otros 
por encerrarla en las Nazarenas; pero estos dos espedientes 
ofrecían el peligro de que la autoridad civil resistiese auto- 
rizar prisión ó secuestro. Lo más llano era la excomunión, 
que al más ternejal le ponía la carne de gallina y lo dejaba 
cabizlivo y pensabajo. Una excomunión asustaba en aquellos 
ticmpoo como en nuestros días los meetings populacheros.— 
¿Qué gritan, hijo?— Padre, que viva la patria y la libertad. 
—Pues echa cerrojo y atranca la puerta. 

Las principales señoras del Cuzco, entre las que doña Anto- 
nia gozaba de predicamento, varios regidores del Cabildo, el 
superior de los jesuítas y el comendador de la Merced, iban 
del Provisor al Arcediano, y de éste á aquél, con empeño para 
que se levantase la terrorífica censura. El Provisor, poniendo 
cara de Padre Eterno melancólico, contestaba que por su parte 
no habría inconveniente, siempre que la excomulgada se avi- 
niese á pagar multa de doscientos pesos (la mosca por delante), 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 83 

y que el Arcediano se allanase á perdonar á su ofensora. Dios 
y ayuda costó conseguir lo último del doctor Rivadeneira, des- 
pués de tres días de obstinada resistencia. 

El 8 de Junio, día en cpie se celebraba la octava de Corpus, 
se retire el cartel de excomunión, y el Provisor declaró ab- 
suelta é incorporada al seno de la Iglesia á la aristocrática 
dama que no tuvo pepita en la lengua para llamar zambo, y 
borrico, y majadero, á todo un ministro del altar. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



mwmmww^mmmmmmmmwwmmwmmwwmmmm^tmmmmwmmmw^m mm w wmm m 



LOS MILAGROS DEL PADRE RACIMO 



En la librería del convento franciscano de Lima tuve, en 
1884, oportunidad para leer un manuscrito de 21 folios con 
el siguiente título: — Cakta que escribió el P, Fr. Juan García Raci- 
mo , religioso descalzo y procurador general de la orden de N, P. San 
Francisco en Filipinas, 

De buena gana habría sacado copia íntegra del curioso ma- 
nuscrito, que ha desaparecido ya de la librería; pero tuve que 
limitarme á hacer un extracto de los principales milagros que 
el autor consigna. Discurriendo, años más tarde, en Madrid, 
con un entendido bibliófilo, me aseguró éste que la carta del 
padre Racimo se había impreso, en España, por los años de 
1670 á 1674. 

Sin comentarios, va el extracto de todo lo que, como ma- 
ravilloso, relata en su carta el padre Racimo. 



Dice el buen franciscano que en 1667, hallándose en una 
gi'au ciudad de la China, fué testigo de que durante tres horas 
cayó lluvia de ceniza, y de cpie en el cielo se vieron xma colum- 
na, una mitra y un azote formados por las estrellas. 



Digitized by 



Google 



8() lÜCARDO PALMA 



lili el convento de Santo Domingo de Manila, estando un 
religioso en el coro vio entrar á nuestro padre san Francisco 
en la capilla mayor, el cual, por señas, le ordenó que se re- 
tirase á los claustros. Un minuto después de salido éste, se 
derrumbó el coro. 



Habiéndose un caimán comido el costado derecho de un 
indio, llevaron, en la noche, el cadáver á la iglesia para darle 
sepultura, y el obispo dispuso que hasta el día siguiente se 
dejase al pie de la imagen de san Francisco. Por la mañana 
hallaron el cuerpo íntegro, sin faltarle lo devorado por el cai- 
mán, y lo enterraron. 



Doce mil chinos fueron á demoler y quemar el convento 
de san Diego; pero no lo toleró el santo, porque, á cordonazos, 
arrojó á los enemigos en el río, donde se ahogaron muchos, 
pereciendo los restantes á manos de la guarnición española*. 

iValientazo el san Diego! 



Una escuadra holandesa de doce navios comenzó á batir la 
fortaleza de Cavite, junto á la cual se alzaban la iglesia y el con- 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 87 

vi'ulo de san Diego. Apareció en la torre una señora (María 
Sanlí&ima) vestida de blanco, que cogía las balas en el aire y 
las devolvía sobre los buques con mayor fuerza que las lan- 
zadas por los cañones, forzando á los buques á retirarse con 
averías. 

¡Qué lástima que el milagríto no se haya repetido en nues- 
tros díaó con los norteamericanos! Verdad que ya no hay 
milagros. Hoy ni el padre Racimo creería en ellos. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



LAS BARBAS DE CAPISTRANO 

No fueron pocas las contemporáneas del virrey Abascal que 
3'o alcance á conocer y tratar que, cuando hablaban de varo- 
nes de poblada barba, solían decir:— Este hombre tiene más 
pelos ei la cara que Capistrano. 

Por supuesto que ellas no conocieron al tal Capistrano, 
y la frase la habían aprendido de sus abuelas y madres. 

Buscaba yo ayer un áato que me interesaba en la Crónica 
fraimscana del padre Torrubia, dato que no encontré, cuando 
i vayase lo uno pwr lo otro! las barbas de Capistrano apare- 
cieron ante mis quevedos, y como no soy baúl cerrado, ahí va 
la historieta. 



Muy gran devoto de nuestro padre san Francisco era, allá 
por los años de 1780, don Juan Capistrano Ronceros, rico mi- 
nen» de Pasco, avencidado en Lima. De más es decir que 
mensualmente contribuía con gruesa limosna para el culto del 



Digitized by 



Google 



90 RICARDO PALMA 

seráfico y que, por ende, los frailes lo trataban con mucho 
mimo, consideración y respeto. 

Este don Juan Capistrano militó, en los tiempos del virrey 
Ama!, entre los guardianes del fortín que, en las riberas del 
río Perene, se levantara para defender esa región de un ataque 
de indios salvajes, los que al cabo asaltaron el fortín con éxito 
para ellos. Entre las ruinas se conserva todavía un cañón fun- 
dido en el Perú, en el que se lee la inscripción siguiente: 



Quien a mi rey ofendiere 

a veinte cuadras me espere 

1741 

Ave María. 



, Una pulmonía doble, de esas que no perdonan, atacó de 
improviso á Capistrano; y cinco galenos, en junta, declararon 
que la enfermedad era tan incortable como un solo de espadas 
con cinco matadores, salvo un renuncio, obra de la Provi- 
dencia. Pero, como ésta no quiso tomar cartas en el juego, 
tuvo el paciente cpie emprender viaje al otro barrio. 

Yacía, tibio aun, el cadáver en el dormitorio, del que cui- 
daban, en una habitación vecina, dos mujeres abrumadas de 
sueño y de cansancio, cuando se les apareció un franciscano, 
con capucha calada y brazos cruzados sobre el pecho, quien 
las dijo:— Hermani tas, ya queda amortajado el difunto.— Y di- 
cho esto, desapareció, dejando patidifusas á las guardianas que 
no habían visto entrar alma viviente en el cuarto mortuorio. 

. La esposa de Capistrano hizo llamar al padre guardián, 
que era de los íntimos de la casa, y éste la aseguró que nin- 
guno de sus recoletos había puesto pie fuera de claustros des- 
pués de las ocho de la noche. La única novedad ocurrida 
era que la efigie de san Francisco había amanecido despojada 
de hábito, capilla y cordón, prendas con las que aparecía amor- 
tajado el difunto, al que se hizo muy pomposo entierro, dán- 
dose sepultura al cadáver en el cementerio vecino á la huerta. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 91 

que era donde reposaban los restos de los conventuales y de 
ios buenos cristianos favorecedores del culto seráfico. 

Pasaron más de veinte años y acaeció la muerte del ma- 
yorazgo de don Juan, el cual había imitado á su padre en 
la devoción. En su testamento dejaba un bonito legado á los 
franciscanos, pidiéndoles ser sepultado en la misma fosa en 
quíí yacía su padre. 

Abierta la sepultura de Capistrano se encontró el cadáver 
incorrupto, lo que nada de maravilloso ofrece. Lo que sí tie- 
ne tres p)ares de pelendengues, en materia de milagros, y que 
yo creo á pie juntillas porque lo asegura el padre Torrubia, 
que fué la veracidad andando, es es que al muerto le ha- 
bían crecido las barbas, y que éstas le llegaban hasta la cin- 
tura, lujo de que no disfrutó ni el mismo Jaime el Barbudo. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



mmmwmmmmmwmmmmmmm^mmm^mítmmmmmwwmmmwtn^wwmmmwm^mm 



iüVIVA EL PUF!!! 



Ai reglando manuscritos dispersos, en la Biblioteca Nacio- 
nal, dime con un proceso así intitulado:— J.w/o« criminales, se- 
guidos de oficio, contra los que quitaban á las mujeres el postizo que 
rargan á la cintura. — Año de 1783.— Lima. — Real Sala del Crimen. 

El título era tentador para mí. Écheme á leer el proceso 
y, después de leído, resolvíme á presentarlo en extracto, á mis 
leclcres, á riesgo de que digan que traigo sin tornillo el reloj 
de la cabeza, pues ocupo mis horas de descanso en sacar á 
plaza antiguallas. 

Fue el caso que el ilustrísimo señor don José Domingo 
González de la Reguera, arzobispo de Lima, escandalizado con 
la exageración de los guarda-infantes ó faldellines, fomentos 
ó tafanarios, como entonces se decía, ó sea crinolinas, embu- 
chados, polisones, categorías, colchoncitos y puffs, como hoy 
decimos, con que las mujeres daban al i>rójimo gato ,pK)r lie- 
bre, fabricándose formas que no eran, por cierto, las verda- 
deras, promulgó edicto eclesiástico prohibiendo los postizos. 
No aparece el edicto en el proceso, y por eso no puedo ase- 
gurar si había ó no pena de excomunión para las hijas de 
Eva que se obstinasen en seguir abultando el hemisferio occi- 
dental, dando con ello motivo de pecadero á nosotros los po- 
brecitos nietos de Adán. 

Extractemos ahora. 

Don Valerio Gassols, capitán de la guardia de su excelen- 
cia el Virrey don Agustín de Jáuregui, se presentó el 10 de 
Noviembre de 1783 ante el Alcalde del Crimen, dando cuenta 
de haber metido en chirona á más de cuarenta muchachos 
que andaban, en la mañana de ese día, por las calles prin- 



Digitized by 



Google 



94 RICARDO PALMA 

cipales de la ciudad, desnudando mujeres, de esas de orto- 
grafía dudosa, i>ara ver si llevaban ó no postizo. Añadió su 
merced que aquello era una indecencia sin nombre, y que para 
ponerle coto á tiempo, antes que, alentándose con la impu- 
nidad 6 desentendencia de los oficiales de justicia, llevaran 
el desacato y el insulto á personas de calidad, había echa- 
do guante á los turbulentos, empezando por el cabecilla 
que era un chileno, mocetón de veinticinco aftos, el cual iba, 
á caballo, batiendo una bandera de tafetán colorado, enarbo- 
lada en la punta de una caña de dos varas de largo. 

La Sala del Crimen mandó organizar el respectivo sumario, 
y aquí entra lo sabroso. 

Chepita Navarro, cuarterona, de veintitrés años de edad, 
hembra de cuya cara llovía gracia, y de profesión la que tuvo 
Magdalena antes de amar á Cristo, juró, por una señal de 
cruz, que i>asando á las diez de la mañana por la plazuela 
de San Agustín, acompañada de una amiga, dada como ella 

á hacer obras de caridad, fueron asaltadas y no prosigo, 

porque» el resto de la declaración es muy colorado^ y la Chepita 
catedrática en el vocabulario libre de las cellencas. 

Idéntica declaración es la de Antuca Rojas, blanca, de vein- 
ticinco años, moza que lucía un pie mentira en pantorrillas 
verdad, y de oficio corsaria de ensenada y charco. 

Cuentan de esta Antuquita que yendo en una procesión 
entre las tapadas de saya y manto, un galancete, que moti- 
vos de resentimiento para con ella tendría, la dijo grosera- 
mente: 

— ¡Adiós, grandísima p...erra! 

A lo que ella, sin morderse la lengua, contestó: 

—Gracias, cáballerito, por la honra que me dispensa igua- 
lándome con su madre y con sus hermanas. 

También declaró Marcelina Ramos, otra que tal, mestiza, 
de veinte años de edad y que ostentaba, en vez de un pan 
de ojos negros, dos alguaciles que prendían voluntades. 

El escribano debió ser, por mi cuenta, pescador de mar 
ancha y un tuno de primera fuerza; porque redactó las de- 
claraciones con una crudeza de palabras que... i ya! ¡ya! 

Resulta de las declaraciones todas, que los cuadrilleros ase- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TBADICIONES 95 

gurabaí' que el Arzobispo les había dado la comisión de arran- 
char,,, postizos; y que no fué culpa de los arranchadores el 
que, Junto con los postizos, desaparecieran sortíjitas, arelilos 
de oro y otros chamelicos. 

Las declaraciones de los muchachos (que casi todos te- 
nían apodo como Misturita, Pedro el Malo, Mascacoca, y Cor- 
cobita) parecen cortadas por un patrón. Todos creyeron que 
el hombre de á caballo, que enarbolaba la bandera de tafe- 
tán, sería alguacil cumplidor de mandato de la justicia y que, 
como buenos vasallos, no hicieron sino prestarle ayuda y bra- 
zo fuerte. 

Sólo uno de los declarantes, Pepe Martínez, negro, escla- 
vo, y de trece aftos de edad, discrepa en algo de sus compa- 
flej'os. Dice este muchacho que, en la esquina de la Pescade- 
ría, un hombre sacó clichülo en defensa de una mujer: que, á 
la bulla, salió del palacio arzobispal un pajecito de su ilus- 
trísima quien, después de informarse de lo que ocurría, dijo: 

—Lo mandado, mandado: sigan arranchando c s, y al que 

se oponga aflójenle su pedrada, y que vaya á quejarse á la 
madre que lo parió.— Añade el declarante que el Arzobispo es- 
taba asomado á los balcones presenciando el bochinche. 

Por fin, á los diez días de iniciada la causa la Sala del 
crimen, compuesta de los oidores Arredondo, Cerdán, Vélez, 
Cabeza y Rezabal, mandó poner en libertad á los muchachos, 
y expidió el fallo que sigue: 

iVistOvJ estos autos, y haciendo justicia, condenaron al mes- 
>tizo Francisco de la Cruz, natural de Concepción de Chile, 
>en un mes de presidio al del Callao, para que sirva á su 
«Majestad en sus reales obras, á ración y sin sueldo, y se le 
•apercibe muy seriamente cpie, en caso de que reincida en 
»los alborotos por los que ha sido encausado, se le castigará 
>con el mayor rigor i)ara su escarmiento.— Lima, y Noviem- 
»bre 20 de 1783.— Cinco rúbricas. — Egúsquizai», 

Desde este afto quedó, en mi tierra, autorizada pwr el Go- 
bierno civil la libertad de postizos, libertad que ha ¡do en 
crcccndo hasta llegar al abominable puff de nuestros días. 

Afortunadamente, las limeñas están hoy libres de que Ar- 
zoLispo escrupuloso azuce á los mataperros, i Viva el puff! 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



mwwwwwf^mfmmwmmmwmmmwmwwwm^ mmmmmmmmmm^mmwmwmmmm 



EL MARQUES DE LA BULA 



Lujo para las familias aristocráticas de Lima, eii el pasado 
siglo, era tener en casa oratorio ó altar portátil, á fin de que 
las señoras y servidumbre doméstica no necesitaran, en los 
días de precepto, salir á la calle y andar de iglesia en igle- 
sia en pos de la obligada y obligatoria misa. Excedían de cua- 
renta las familias que, en la ciudad, gozaban de tal privile- 
gio, y que, por ende, tenían capellán y confesor propio, de- 
centemente* rentado. 

Su ilustrísima el Arzobispo don Juan Domingo González 
de la Reguera tuvo, allá por los años de 1784, noticia de que 
no en todos los oratorios se celebraba el sacrificio con la de- 
cencia debida; y aun se le informó de que algimos funcio- 
naban sin licencia en regla. Para cortar el abuso, nombró Vi- 
sitador General de capillas y oratorios de esta ciudad de los 
Reyes y sus suburbios, al doctor don José Francisco de Ar- 
quelladc^ y Sacrestán, racionero de esta Santa Iglesia Metro- 
politana y rector del Convictorio de San Carlos. 

Su señoría no anduvo con pies de plomo en la visita; y, 
en un mes que ella durara, ratificó la concesión en cuarenta 
y tres fundos rústicos del valle de Lima, denegándola en sólo 
cinco. Pasó luego á las visitas domiciliarias, y únicamente en 
dos casas tuvo algo que objetar al privilegio. 

7 



Digitized by 



Google 



98 



RICARDO PALMA 



El 8 de Enero se hizo anunciar el Visitador en casa del 

marqués de C quien se negó á hacer abrir las puertas del 

oratorio, alegando que, por Breve de Su Santidad Clemente VII, 
acordado en 20 de Marzo de 1530 á su abuelo Lope de Anti- 
llón y á sus descendientes, estaba en la legítima posesión de 
los siguientes derechos: 

1/^ De poder dar de trompadas á cualquier sacerdote, siem- 
pre que no fuese obispo; y que así anduviese muy circunspecto 
su señoría el racionero Visitador. 

2." Que para él adulterio, estupros y hasta seducción de 
monjas, eran pecadillos de poca monta; pues, según la Bula, 
le estaban perdonados. 

3s Que todo voto ó juramento no lo obligaba á él ni á 
los suyos; que con él no rebaban las excomuniones; y que 
le era lícito promiscuar y quebrantar ayunos. 

4." Que podía tener oratorio y capellán en casa, sin nece- 
sidad de licencia arzobispal. 

El señor Arquellada y Sacrestán argüyó cuanto pudo para 
hacer práctico su deber de visitar el oratorio ó capilla; pero 
viendo que el marqués principiaba á amostazarse, receló que 
éste, autorizado como aseguraba estarlo por Su Santidad, lo 
acometiese á mojicones y no le dejase hueso sano y que bien 
lo quisiera. El visitador se despidió cortésmente, y fué con la 
novedad al Arzobisjx), pidiendo, á la vez, que comisionase á 
otro sacerdote para la visita al oratorio del rebelde, que era 
hombre de malas pulgas, irresi>etuoso con los sacerdotes y 
capaz de un desaguisado. 

Sobrevino de aquí litigio. 

El Arzobispo dudaba de la existencia de tal Breve ó Bula 
pontificia; y el marqués, como por quemarle más la pajuela, 
se hacía remolón para exhibirla. A la postre, tuvo que ceder; 
y así el señor de la Beguera como su coro de canónigos casi 
se cajeron de espaldas al leer el Breve, en latín, con el autén- 
tico sello, y la traducción castellana debidamente legalizada, 
documentos ambos que á la vista tengo, yo el tradicionista, 
y de que doy fe en toda forma y como en derecho se pre- 
viene. 

Como para el lector carece de importancia el texto latino. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 99 

limilaréme á reproducir la traducción, suprimiendo apellidos, 
con el caritativo propósito de impedir que algunos de los des- 
cendientec (que no son pocos en Lima), de las familias favo- 
recidas, se echen á golpear frailes y seducir monjas, en la cer- 
tidumbre de que, si pecan en ello, ahí está la Bula que los 
absuelve. 



Clemente, Papa \^I 



A los amados hijos, Salud y Apostólica bendición. El efec- 
to de la sincera devoción que nos tenéis, y á la Iglesia Ro- 
mana, merece que te concedamos favorablemente aquellas co- 
sas por las cuales pueda constarte á ti y á las almas de todas 
las personas que te tocan, que no hay cosa que por tus ren- 
didos ruegos no te queramos conceder, á ti y á nuestra que- 
rida hija en Cristo Ana tu mujer, y también á los amados 

hijos (aquí siguen diecisiete nombres de jefes de familia, 

nombres que suprimimos) y á los hijos de todos, de uno ú 
otro sexo, á sus padres que son, y en adelante fueren. A to- 
dos los cuales concedemos que puedan elegir un sacerdote 
secular ó regular, á quien se comete, pwr la vida y la de los 
mencionados, que pueda absolverte á ti y á ellos de cualquie- 
ra excomunión, censura, suspensiones y entredichos, y de otras 
cualesquiera sentencia y plenas eclesiásticas impuestas d jure, 
ó por jueces, por cualquiera causa ú ocasión en que las hayas 
tú y todos ellos contraído. Y así mismo que os absuelva de los 
votos y de cualquiera juramentos, aunque hayan dimanado de 
la Iglesia, que hubiereis hecho; y también de las trasgresio- 
nes díí los ajenos, conmutándoos las penitencias que hubie- 
reis omitido en el todo ó en parte, y también dichos ayunos, 
en alguna limosna según tu devoción y la de los referidos; 
como también de las censuras por manos violentas puestas 



Digitized by 



Google 



100 BIGARDO PALMA 

eu cualquiera persona eclesiástica, como no sean Obispos y 
oíros superiores á ellos; y también de los perjuicios de los 
homicidios mentales ó casuales, del adulterio, del incesto y 
de la fornicación, de estupro sacrilego, y de los restos y man- 
chas de las usuras, de la rebeldía, é inobediencia contra los 
superiores. Y por fin, de todos y cualquiera exceso y delitos, 
por más graves y enormes que sean, de los cuales podéis ser 
absueltos, tantas y cuantas veces fuere necesario. Y así mis- 
mo, una vez en el año, de todos los casos así especialmente 
como personalmente reservados á la Silla Apostólica, excep- 
tuando solamente los contenidos en la Bula de la Cena. Mas 
de todos los demás, que no son éstos, os podrá absolver á 
todos los mencionados, y poneros, cuantas veces fuere opor- 
tuno, saludable penitencia. Pero cualesquiera votos que acaso 
hiciereis, ya sean los de visitar los Santos Lugares de Jerusa- 
lén, ya los símines de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, 
y y«i la ciudad de Santiago en Compwstela, os podrá dicho 
confesor conmutar en otras obras de piedad, excepto los vo- 
tos solemnes de religión, de castidad y perpetua continencia. 
Y también os podrá relajar cualesquiera juramento. Y así mis- 
mo á vos y todos los nominados por vuestros propios nom- 
bres, una vez en la vida, y á todos en artículo de muerte aun- 
que ésta no se siga, imponiéndoos penitencia, os podrá absol- 
ver y conceder remisión de todos vuestros pecados por auto- 
ridad Apostólica. Y también os sea lícito tener altar portátil, 
con la debida honestidad y reverencia, usando de él en cual- 
quiera lugar, aunque esté en entredicho por cualquiera autori- 
dad, aunque sea Apostólica, con tal que vosotros no hayáis dado 
causa p>ara el tal entredicho, y mucho menos si p)or vuestra 
causa se haya impuesto dicho entredicho Apostólico. Y los 
que fueren sacerdotes, así seculares como regulares, px)drán 
celebrar en sus casas; y los que no lo fueren hacer celebrar 
á olrOví misas y divinos oficios en ellas, en presencia de otros 
familiares y domésticos, sin p)erjuicio de incurrir en excomu- 
nión, excluyendo solamente á los que estuvieren excomulga- 
dos. Y así vosotros, como todQ3 los que por vuestro nom- 
bramiento celebraren en dichos oratorios, pueden ganar y 
hacer que se ganen todas las indulgencias y remisión de los 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 101 

pecados, según está referido, que consiguieran y ganaren si 
visilareii los altares de San Sebastián y San Lorenzo, que es- 
tán fuera de los muros de Roma, y los de Santa Potenciana, 
de San Gregorio y de Santa María de Pami, y, en ellos, cele- 
braren el Santo Sacrificio de la Misa. Y por último en todo 
tiempo^ aunque sea del referido entredicho, podéis vosotros 
y todos vuestros domésticos ser sepultados en sepultura ecle- 
siástica) y recibir todos los Santos Sacramentos, excepto en 
el tiempo de Pascua Florida de Resurrección. Así mismo, mien- 
tras vosotros y vuestros descendientes referidos vivieren, po- 
dréis comer los alimentos prohibidos en tiempo de Cuaresma, 
y usar de ellos en cualesquiera tiempo y días del año. Y en 
cualquiera parte donde residan y ellos residieren, podréis ga- 
nar las indulgencias que se consiguen haciendo las estaciones 
de Roma, con tal que visitéis una ó dos Iglesias ó Capillas, 
6 en una Iglesia tres altares, los . que vosotros ó los vuestros 
eligieren por su devoción, con cuya sola diligencia ganaréis 
todas y cualesquiera gracias y remisión de vuestros pecados, 
que consiguierais visitando y haciendo las dichas estaciones 
de las Iglesias Rasílicas que se visitan, así dentro de Roma 
como fuero de sus muros. Y si acaso vosotros, ó cualescpiiera de 
los referidos, por enfermedad, debilidad ú oprimidos de algún 
legítimo impedimento no pudiere hacer la sobre dicha visita 
de capillas y altares, ganarán las mismas gracias, indulgen- 
cias y remisión de todos sus pecados, con sólo que hagan 
una piadosa limosna y algunos devotos sufragios y oraciones 
á su arbitrio. Y también sea lícito á los que de vosotros fuere 
su voluntad rezar el Oficio Divino según la costumbre de la 
Santa Iglesia Romana, anteponiéndolo ó posponiéndolo por un 
día natural, y esto en cualquiera Iglesia ó lugar donde resi- 
dierais, como no sea dentro del Coro. Fuera de esto podéis 
usar en la Cuaresma, y demás días en que son prohibidos 
por derecho, de todos los lacticinios, como son huevos, queso, 
leche, manteca; y no solamente vosotros sino todos aquellos 
que fueren vuestros domésticos y familiares, y que sustenta- 
reis á vuestras esi>ensas en vuestra mesa; lo cual podréis eje- 
cutar sin escrúpulo de conciencia; y en dichos tiempos, cuan- 
do fuere congruo á vuestra salud, usaréis carnes prohibidas por 



Digitized by 



Google 



102 RICARDO PALMA 

derecho, así vosotros como todos los referidos. Y en los Sá- 
bados podréis, á vuestro arbitrio, usar y comer grosuras y ex- 
tremos de todas carnes, según el uso y costumbre de los reinos 
d 3 Castilla. Y así mismo, á vosotros y todos los vuestros, con- 
cedemos licencia para que, mientras viviereis, podáis hacer 
la colación en los días de ayuno. Demás de esto concedemos 
que las sobredichas mujeres, juntamente con otras cuatro ex- 
trañas que eligieren, como sean honestas, puedan una vez al 
mes entrar en la clausura de los monasterios de monjas, por 
tcdo el día, y conversar y comer con las monjas, con tal que 
no hagan noche en dicha clausura; para cuyo fin les conc^ 
demos nuestra Apostólica bendición, facultad y licencia, no 
obstante cualesquiera prohibiciones Apostólicas ó de Concilios 
Generales, Provinciales y Sinodales, ó de otras especiales Cons- 
tituciones y Ordenaciones; y determinamos que estas faculta- 
des, y l<i de elegir confesor, las tengáis sin ser comprendidas 
en cualesquiera labor de la Santa Cruzada, ya en favor de la 
fábrica del Príncipe de los Apóstoles, ó de otras cualesquiera, 
por cualquier forma, tenor ó cláusulas que sean ordenadas, 
bajo de las cuales prohibiciones y limitaciones resolvemos que 
no sean comprendidos los sobredichos indultos y facultades, 
si no es que en ellas se haga expresa mención de vosotros 
por vuestros propios nombres, según que en este Breve moUi 
propio van referidos, y expresados. Pero queremos y deseamos 
que, por esta gracia y facultad de elegir confesor á vuestro 
beneplácito, no os volváis (lo que Dios no permita) más pro- 
pensos é inducibles á cometer escándalos y delitos; porque, 
siéndoos de pretexto esta confesión faltaréis á la sinceridad 
de la fe católica, y á la unidad de la Santa Romana Iglesia, 
y á la obediencia del Sumo Pontífice y sus Sacerdotes que 
canónicamente entraren ó en confianza de este indulto y fa- 
cultades, cometiereis algunos enormes delitos, la dicha nues- 
tra confesión y remisión, y todo lo que en ella se contiene, 
queremos que no os valga ni favorezca. Así mismo queremos 
que uséis moderadamente del indulto de hacer celebrar el Santo 
Sacramento de la Misa, antes del día; porque como en el Mi- 
nisterio se ofrece á Nuestro Señor Jesucristo Hijo de Dios, 
el candor de la Luz Eterna, es muy conveniente que se haga 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 103 

este sacrificio, no en las tinieblas de la noche sino con la clari- 
dad del día. Y todo lo referido sea y tenga valor y firmeza, 
no obstante cualqniera prohibición. Y finalmente queremos que 
á todos los trasuntos de nuestras letras originarias, ya impre- 
sos, ya manuscritos, autorizados de cualquiera Notario públi- 
co y sellados con el sello de cualquiera persona eclesiástica 
constituida en dignidad, se dé la misma fé y crédito que se 
diera á dicho original, si fuera exigido y manifestado, enten- 
diéndose esto para todas ó cada una de las personas mencio- 
nadas en este Breve.— Dado en Benonia bajo el anillo del Pes- 
cador, en 20 de Marzo de 1533 años, y en el 7.o de Nuestro 
Pontificado. 



Creo de más añadir que el Arzobispo de Lima, acatando 
el Breve Pontificio, dejó al marqués tranquilo en su privi- 
legio de capilla propia. El zumbón pueblo de Lima lo bautizó, 
desde entonces, con el apodo de: El Marqués de la Bula, 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



UNA COLEGIALADA 

Nuesti*as abuelas (benditas mujeres que en gloria estén), que 
alcanzaron los tiempos de Aviles, Abascal y Pezuela, cuando 
querían exagerar la necedad ó tontería de una i>ersona de- 
cían que era un candido de calilla. 

Los seminaristas en el Perú (y no sé si en las demás colo- 
nias), por imitar á los estudiantes de Salamanca, dieron desde 
el siglo XVII en mantear á los colegiales novatos y á los acu- 
sones, y en aplicar calillas á los que, por afeminamiento, po- 
breza de espíritu ó candidez, estimaban merecedores de aqué- 
llas. Eso era como los rehiletes de fuego sobre el testuz de 
toro que no remata suerte. 

A estas insolencias, nunca penadas con ejemplar castigo por 
los rectores, se dio el nombre de colegialadas, y no sólo las 
festejaba el público sino que entraron en las costumbres socia- 
les. Contábase, como gracia, .y se desternillaban de risa los 
oj'eutes, que á tal ó cual mentecato le habían echado calilla. 

Previo este preámbulo, paso á hacer el extracto de im 
auténtico proceso que á la vista tengo. 



Digitized by 



Google 



KXi RICARDO PALMA 



Don Juan Bazo y Berry, que alcanzó á ser Oidor en la 
real Audiencia de Lima y que, después de jurada la Inde- 
pendenciií se embarcó para España, desempeñaba el cargo de 
Teniente-asesor en la intendencia de Trujillo. 

Fué don Juan Bazo y Berry quien más influyó para que 
en la sesión que celebró el Cabildo el 10 de Enero de 1793 
se eligiese, como en efecto se eligió, para Alcalde de Trujillo 
al Príncipe de la Paz y Duque de Alcudia don Manuel Go- 
do}' y Alvarez, disponiéndose que, por residir el electo en Es- 
paña, se entregase, en calidad de depósito, la vara de justicia 
al Alférez Real don Juan José Martínez de Pinillos. Sabido 
es que Godoy aceptó la honra que los trujillanos le dispensa- 
ban, y que obtuvo del rey tres ó cuatro cédulas acordando 
mercedes á la ciudad y á su puerto. Sigamos con Bazo y Be- 
rry, dejando dormir en paz al favorito de Carlos IV. 

En el primer año de este siglo lo ascendió el rey á Oidor 
de la Audiencia de Buenos-Aires, ascenso que provocó envi- 
diosa:^ murmuraciones entre los leguleyos de la ciudad. Dis- 
tinguióse entre los maldicientes un abogadillo ramplón, á quien 
nadie encomendaba la defensa de «n pleito porque, amén de 
ser piramidal su reputación de bruto é ignorante, era perso- 
na ridicula de quien todos se mofaban, recargándola de ajwdos. 

Habíase educado en un colegio de Lima; pero el colegio 
no entró en él, como decía el obispo Villarroel hablando de 
su convento. Mas tuvo padrino poderoso en el claustro uni- 
versitario y, por aquello de accijnamus 'pecunia et mitamus assi- 
ñus in patria sua^ le dieron el diploma de licenciado en leyes. 

Un chismoso llevó á oídos de doña Josefa Villanueva, es- 
pesa deJ nuevo Oidor bonaerense, las ofensivas palabras que 
el licenciado don Mariano de Mendoza profiriera en uno de 
los corrillos, siendo una de las más graves injurias haber di- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 107 

cho que las oídorcitas, hijas de don Juan Bazo y Berry, eran 
unas señoritas del pan pringado. 

Olro que tal llevó idéntico chisme á don Francisco Bazo 
y Villanueva, mancebo de veintiún años, seminarista ordena- 
do de cuatro grados, y que había merecido del virrey inglés 
el título de sacristán mayor de Cajamarca, empleo nominal 
muy codiciado, pues daba honra y pequeña renta sin ocasionar 
la menor fatiga. 

Entre madre, hijo y hermanas formaron consejo de fami- 
lia, y por unanimidad de pareceres se resolvió aplicarle un 
par de calillas al licenciado don Mariano de Mendoza, en casti- 
go de su bellaquería. 



II 



Con fecha 2 de Diciembre de 1801 presentó Mendoza, ante 
el ilustrísimo obispo Minayo y Sobrino, un recurso querellán- 
dose contra ef seminarista ordenado en grados menores don 
Francisco Bazo y Villanueva, porque éste, con el pretexto de 
que tenía una encomienda que entregarle, lo llevó á su casa 
en la tarde del domingo 29 de Noviembre, lo condujo á una 
de las habitaciones interiores, y con sus criados, que le me- 
nudeaban golpes, le hizo vendar los ojos y acostar sobre un 
colchón. En seguida le aplicaron dos velas de sebo, lo pu- 
sieron en la puerta de la calle y le dieron un puntapié, fes- 
tejándose la colegialada por la oidora, las oidorcitas, y ami- 
gos y amigas que las acompañaban, amén del famulicio que 
actuarji en el ultraje. 

El seminarista don Francisco á quien el obispo corrió tras- 
lado del recurso, se vio, como dicen, en muía chucara y con 
estribos largos ó sea en calzas prietas, pues la colegialada po- 
día costarle, por lo menos, la expulsión del Seminario y po- 



Digitized by 



Google 



108 RICARDO PALMA 

ner obstáculos para el logro de su aspiración al sacerdocio. 
Por eso, á la vez que intrigaba para entrar en componendas 
con e¡ querellante, contestó al traslado púdiendo que Mendoza 
afianzase la calumnia, petición que fué apoyada por el promo- 
tor fiscal 

Tanto la opinión pública como la rectitud del obispo Mi- 
nayo y Sobrino favorecían á la infeliz víctima del insolente 
colegialito, pero, repentinamente, fué general el cambio de sim- 
patías, y todo Trujillo convino en que Mendoza era digno de 
que en él se consumiera todo el sebo de las velerías del Perú. 



III 



Yo también, después de casi un siglo del suceso, opino lo 
mismo ¿Por qué? Porque Mendoza, con fecha 7 de Diciem- 
bre, firmó un recurso, á presencia de dos testigos, en el que 
se desistía de la querella contra el seminarista, su señora ma- 
dre y hermanas, á quienes confesaba haber agraviado con su 
falta do consecuencia al buen trato que de esa familia había 
siempre merecido. Agregaba que, estando ya su espíritu más 
sereno, reconocía que Francisco, el futuro presbítero, no ha- 
bía desempeñado otro papel que el de mirón en una broma 
de Li señora y de las niñas. 

En el mismo día recayó sobre este recurso de desistimiento 
el siguiente notabilísimo auto:— «Por desistido; pague el su- 
»plicante las costas, y archívese.— í?/ Obispo.— Ante mí. Merino». 

Aquí, con el auto en que no sólo se quedaba el Hcenciado 
muy fresco con las calillas dentro del cuerpo, sino que hasta 
las pagaba con el dinero que, por costas judiciales, se le con- 
denaba á satisfacer, creerá cualquiera fenecido el juicio. Pues 
no, señor: todavía hay rabo por desollar. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 109 



IV 



Si estúpido y sinvergüenza estuvo Mendoza con su recur- 
so de desistimiento, tres días después acabó de consolidar su 
reputación de tonto de capirote, presentando nuevo escrito que, 
por ser típico, quiero copiar ad pedem literíe: 

«Iltmo. Señor: El licenciado Mendoza en los autos crimi- 
> nales contra doña Josefa Villanueva, sus hijos y criados, digo: 
>Que el día lunes de esta semana, 7 de Diciembre, como á 
>las diez de la mañana, el regidor don José de la Puente me 
»trajo cien pesos, en seis onzas de oro, para que me desistiese 
»del pleito, con más un escrito de puño y letra de la parte 
^contraria para que lo firmara. En efecto, así porque me ha- 
»llaba en cama con las costillas maltratadas, como ix)rque 
»con ese dinero podía auxiliarme p>ara la curación, alimentos, 
•médico y medicinas, accedí á firmar dicho escrito. Pero como 
•documentos que se hacen bajo la opresión, siempre que se 
•reclame con tiempo, no valen ni hacen fuerza— A Useñoría 
•Ilustrísima rendidamente suplico se sirva mandar la prose- 
•cución del Juicio, y que se proceda á la sumaria».— 

— ¡Vaya un hombre para indigno! ¡Valiente gaznápiro I— 
exclamó el obispo después de oír leer por el notario Merino 
este recurso. 

Consideró su señoría que sería el cuento de la buena pipa 
ó de nunca acabar el seguir admitiendo recursos de un calillado 
de condición tan bellaca. Es dar puñaladas al cielo ó intentar 
lo imposible el imaginarse que de un imbécil pueda sacarse 
un hombre discreto. 

He aquí el auto final que dictó el ilustrísimo obispK): 

«No há lugar, no há lugar y no há lugar. Quédese el su- 
•Dlicante con sus calillas, y ocurra donde le conviniere, no 
•siendo ante esta Curia eclesiástica.— ÍJÍ Obispo.— Ante mí, Me- 
^ritio*. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



'mmwm^^wm^mmm'mmwmm^mmmm^m^imyí^myt^mm^^^m^^w^iimm 



LA NARIZ DE CAMELLO 

Tradición en la que se narra el por qué en la Nochebuena de 1547 
no hubo en Trujillo misa de gallo, sino misa de gallinas 



I 

Doiia María Lazcano (conocida después con el apodo de 
la Nariz de camello) era en el aflo en que la presentarnos il 
lector, de lo más granado en la ciudad de Trujillo. Era anda- 
luza y de agraciada lámina, á pesar de que ya frisaba en 
los cuarenta y cinco diciembres; y lo zalamero y nada or- 
gulloso de su carácter le habían conquistado muchas simpa- 
tías entre la gente del pueblo. 

Era viuda de Juan de Barbarán, compañero de Pizarro en 
la conquista, al cual, en el reparto del rescate de Atahualpa, 
le correspondieron, como á soldado de caballería, 362 mar- 
cos de plata y 8,880 pesos de oro. En 1538 era ya el aventu- 
rero Juan de Barbarán todo un personaje, como que investía 
el grado de capitán, era regidor en el cabildo de Lima y po- 
seía una de las principales encomiendas en el fértil valle de 
Chicama. En ese año hizo venir de España á su mujer, que 
era una sevillana de mucho reconcomio y con toda la sal 
de la tierra de María Santísima. 

Asesinado Francisco Pizarro, Barbarán y su mujer vistie- 
ron el mutilado cadáver con el hábito de los caballeros de 
Santiago, y le dieron cristiana sepultura en el paliecito de 



Digitized by 



Google 



112 RICARDO PALMA 

los Naranjos^ anexo á la Catedral. Siendo tan entusiasta y leal 
amigo del jefe de la conquista, está dicho que tomó activa 
participación en la guerra contra Almagro el Mozo, termina- 
da la cual, ahito de aventuras, peligros y desengaños, fijó su 
residencia en Trujillo. Fué Barbarán de los poquísimos con- 
quistadores que no tuvieron muerte desastrosa. Murió de mé- 
dicos y pócimas en 1545. 

En 1547 no era la viuda de Barbarán la única dama espa- 
ñola con supremacía ó prestigio en la ciudad fundada por 
Pizarro. Competía con ella doña Ana de Val verde, mujer del 
capitán don Diego de Mora, uno de los fundadores de Tru- 
jillo y su primer gobernador, riquísimo encomendero de Huan- 
chaco y Chicama y el primer hacendado que implantó el tra- 
piche y elaboró azúcar en el Perú, después de haber hecho 
traer de México caña para las plantaciones. Aquello de que 
la primera azúcar peruana se produjo en Huánuco no pasa 
de una novela del historiador Garcilaso, como lo comprue- 
ban Feyjóo de Sosa y Mendiburu. 

Acostumbraba doña Ana, que era muy gentil hembra de 
treinta navidades bien disimuladas, ir á misa en compañía de 
la mujer del mariscal Alonso de Alvarado, y su criada se en- 
cargaba de tender las alfombrillas sobre la losa que cubría 
una sepultura. La costumbre, según doña Ana y según muchos 
publicistas, constituye lo que llaman derecho consuetudinario^ y 
parece que comoi á tal lo acataban las trujillanas, pues ningu- 
na osaba arrodillarse en aquel sitio tenido como propiedad 
exclusiva de la ex gobernadora y de su amiga la maríscala, 
á quien la primera tenía de huésped mientras las cosas políticas 
cambiaran de rumbo y regresara Alvarado á la capital del vi- 
rreinato. 

Llegó la Nochebuena de 1547, y con ella la famosa misa 
de gallo. A las once y media entró en la iglesia, muy emperifo- 
llada y luciendo caravanas con brillantes como garbanzos, la ja- 
mona viuda de Barbarán, acompañada de la gaditana Pepita de 
Montúfar, muchacha alegre, allá en su tierra, y que á poco 
de llegada al Perú casó con un alférez. General fué el cuchicheo 
entre la gente ya congregada en el templo, al ver que la criada 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 113 

tendió las alfombrillas sobre la sepultura. Aquí va á haber algo 
muy gordo, se decían, y no se equivocaron. 

Un cuarto de hora después llegó doña Ana con su insepara- 
ble maríscala, ambas puestas de veinticinco alfileres y des- 
lumhrando con el brillo de las alhajas. Al encontrar ocupado 
su sitio, doña Ana se detuvo sorprendida; pero rehaciéndose 
en breve, dijo, á doña María: 

—Señora, este sitio me pertenece desde que Trujillo es Tru- 
jillo, y espero que tendrá á bien irse con su alfombrilla á otro 
lugar. 

—¿Me lo ruega usted ó me lo manda ?— contestó con tono 
de fisga la andaluza.— Si me lo ruega, le daré gusto; pero si 
me lo manda, nones y nones, que en la casa de Dios no hay 
sitio comprado. 

—Probablemente olvida usted con quién habla. Guarde respe- 
tos, y sepa que está hablando con la esposa del maese de campo 
don Diego de Mora y con la maríscala de Alvarado. 

La sevillana las midió con la mirada de abajo para arriba y 
luego de arriba para abajo; y con la flema despreciativa y 
desgaire insultador de una manóla del barrio de Triana, con- 
testó: 

—¡Valiente par de p...s! 

Aquello fué ya cosa de taparse los oídos con algodón feni- 
cado, para no oír las palabrotas que vomitaron las de Mora, 
de Alvarado, de Barbarán y de Montúfar, olvidadas por completo 
de la reverencia debida al lugar en que se hallaban. El concurso 
se arremolinó y, dicho sea en verdad, mayor era el número de 
los amigos y amigas de la andaluza. A la bulla acudió el cura 
seguido del sacristán, y cuando se convenció de que le era 
imposible aquietar los ánimos, gritó furioso: 

— i Basta de escándalo y todo el mundo á la calle ! Esto no es 
misa de gallo sino misa de gallinas. 

Y el sacristán cerró la puerta de la iglesia, cuando se retiraron 
los feligreses, quedándose la misa sin celebrar por carencia de 
público. 



Digitized by 



Google 



114 RICARDO PALMA 



II 



Durante ocho días fué Trujillo un hervidero de chismes, 
y fastidiadas doña Ana y su compañera, emprendieron viaje 
á Lima, dejando al cuidado de la casa y hacienda á Gaspar 
de Escobar, pariente de Mora. 

Indudablemente las damas noticiaron de lo ocurrido en No- 
chebuena á sus maridos, que estaban en Andahuaylas en el 
ejército de Gasea combatiendo á los de Gonzalo Pizarro, pues 
á principios de Marzo aparecieron en Trujillo Diego Martín 
y Juan el Viejo, soldados ambos de las tropas de Mora, con 
carta de éste para Escobar, quien los aposentó en la casa. 

Pocos días después, en la mañana del primer domingo de 
Abril, los dos advenedizos penetraron en casa de la de Bar- 
barán, la cortaron las trenzas y la hicieron un feroz chirlo 
en la nariz, dejándosela como nariz de camello^ según hizo escri- 
bir la víctima en la querella que interpuso ante la autoridad. 
Los dos malsines, después de realizado el delito, se hicieron 
humo, emprendiendo la fuga hasta reincorporarse en el ejér- 
cito. 

Gasea nombró con el carácter de juez pesquisidor al li- 
cenciado Gómez Hernández, quien se trasladó á Trujillo, y 
después de tomadas las primeras declaraciones expidió auto 
de prisión contra don Diego de Mora. Hallábase éste todavía 
en campaña cuando fué notificado, y contestó que mal podía 
ir á la cárcel quien, como él, aparte de ser hidalgo de solar 
conocido, era también el capitán más antiguo entre todos los 
del reino, razones que pesaron en el ánimo del pesquisidor 
para no insistir en lo de ponerlo entre rejas. jBuen peine de 
escardar lana fué el tal don Diego! No hubo revolución en 
la que no figurara entre los más comprometidos; pero siem- 
pre, á la hora de apretar, decía: «Ya vuelvo» ó «Hasta aquí 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 115 

llegaron las amistades», y desertaba para presentarse en el 
campo realista. Fué un politiquero de sutilísimo olfato. 

El proceso, que existe en el Archivo Nacional, y que he 
hojeado y ojeado, consta de más de 800 folios, y duraría hasta 
hoy día de la fecha si á Diego de Mora no se lo hubiera 
llevado al otro mundo la Tinosa en 1556. 

La pobre andaluza, después de ocho años de litigio, en el 
que, según tasación de costas, gastó 610 pesos de oro y 6 to- 
mines, ganó el apodo de la Nariz de camello^ mote con que ella 
misma se bautizara en su primer recurso. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



¿QUIEN FUE GREGORIO LÓPEZ? 
(Cuestión histórica) 

En uno de los tomos de Manuscritos de la Biblioteca de 
Lima, se encuentra un códice, (en el que, dicho sea de paso, 
el trabajo del pendolista es sobresaliente) titulado Declari- 
cíOx DEL Apocalipsis, por Gregorio López^ natural de la insigne 
villa de Madrid. Aunque el autor del manuscrito revela gran 
ilustración, empiezo por declararme incompetente para juzgar- 
lo como teólogo, materia en que del todo al todo soy profano. 

Dicen sus biógrafos, el padre Francisco Losa y el licen- 
ciado Luis Muñoz, que el sie^rvo de Dios Gregorio López es- 
cribió sobre Cosmografía, Historia, Medicina, Agricultura y otros 
ramos del saber humano; y, aunque alguno de sus libros 
pudiera hallarse á nuestro alcance, no son el sabio ni las 
producciones de su ingenio los que hoy nos impulsan á bo- 
rronai- cuartillas. Es el hombre quien despierta nuestra cu- 
riosidad 



Digitized by 



Google 



118 BICAKDO PALMA 

¿QuiéiJ fué ese Gregorio López, colombroño del afamado ju- 
rista comentador de las Partidas? 

¿Fué, realmente, como muchos opinan, un hombre nacido 
para ser monarca legítimo de España y de las Indias, y que 
prefirió á tan humana grandeza la existencia del sabio y del 
eremita, alcanzando á morir, en América, en olor de san- 
tidad? 

Tal es el tema que ponemos sobre el tapete de la discu- 
sión, principiando por dar rapidísima idea del personaje. 

Muñoz, en su libro impreso en Madrid en 1637, dice que 
Gregorio López nació en la coronada villa del oso y el ma- 
droño, en 1542: que fué bautizado en San Gil, parroquia del 
Alcázar Real; que, en América, á nadie dijo jamás quiénes fue- 
ron sus padres; que rehuía hablar de su linaje y familia; que, 
en sus treinta y cuatro años de residencia en México, nimca 
escribió cartas á sus deudos de España; y que, en la distin- 
ción y cultura de sus modales, se revelaba el hombre de es- 
clarecida alcurnia.— Mi patria es el cielo y mi padre es Dios— 
fué la respuesta que diera en una ocasión, para satisfacer la 
impertinente curiosidad de un magnate. 

Sería de veinte años á lo sumo, dice el padre Losa, cuando 
desembarcó en San Juan de Ulúa, y al llegar á Veracruz re- 
partió de limosna entre los pobres todo su equipaje, estimán- 
dose sólo la ropa blanca en ocho mil cuatrocientos reales. 
Equipaje de principe para aquel siglo en que todo español, 
exceptuando los que venían con cargo público, traía una mano 
atrás y otra adelante. A Indias sólo se venía en pos de la 
madre gallega. 

Llegado á la capital de México estuvo, por pocos meses, 
sirviendo como amanuense á dos escribanos, pues era hábil 
calígrafo y poseía tres ó cuatro formas de letra. En breve, 
separóse de los cartularios, y descalzo, sin sombrero, cubier- 
to por un grosero sayo, anduvo peregrinando entre los chi- 
chimecas. Al fin, á los veintiún años de edad, adoptó la vida 
eremítica, en Santa Fe, distante dos leguas de México, donde 
murió en 1596, á los cincuenta y cuatro años de edad. 

Treinta años más tarde (1625) el rey don Felipe IV man- 
dó á México, con el carácter de virrey, á don Rodrigo Pa- 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 119 

clieco y Osorio, marqués de Cerralvo, recomendándole muy 
mucho que recogiese y enviase á España las obras escritas por 
el Venerable siervo de Dios Gregorio López, de cuya beati- 
ficación y canonización se ocupó con empeño aquel monarca, 
según lo testifican una carta que dirigió á Urbano VIII, otra 
al marqués de Castel-Rodrigo, embajador de España en Ro- 
ma, y otra al cardenal Barberino, deudo del Pontífice, docu- 
mentos fechados en Mayo de 1636, y que á la vista tenemos. 

Por supuesto que, en los dos libros Vida del Siervo de Dios, 
(y que en la Biblioteca de Lima se encuentran), se ocupan 
largamente los devotos biógrafos de las luchas que su héroe 
sostuvo contra las tentaciones del demonio, de las visitas con 
que los ángeles lo favorecieron, de su ascetismo y peniten- 
cia, del cómo hizo la conversión de grandísimos pecadores, 
de los infinitos milagros que practicó antes y después de su 
muerte, y por fin aseguran que tuvo ciencia inftisa, lo que es 
mucho asegurar. 

Don Alonso de la Mata y Escobar, obispo de Tlascala; el 
agustino don fray Gonzalo de Salazar, obispo de Yucatán; don 
Juan Bohorques, obispo de Guajaca; don Juan Zapata y San- 
doval, obispK) de Chiapa; don fray Domingo de Ulloa, obispo 
de Michoacan; y fray Pedro de Agurto, obispo de Cebú, así 
como el padre Rodrigo de Cabredo, superior de los jesuitas, 
y otros varones eminentes contemporáneos de Gregorio López, 
trasmitieron á Roma entusiastas informes sobre la austeridad 
penitente, ejemplares virtudes, clarísima inteligencia y demás 
prodigiosas dotes del candidato á santidad. 

Ocupándose del manuscrito que sobre el Apocalipsis po- 
seemos, dice el padre Francisco Losa que, por encargo del autor, 
lo puso en manos del inquisidor Bonilla para que éste lo 
cen&urase, y que después de consultarlo con muchas perso- 
nas doctas, le acordó su beneplácito para que corriese libre- 
mente. Entonces se sacaron copias, y el original fué llevado 
á Filipinas de donde desapareció. Pero Gregorio López, que 
conservaba el texto en la memoria, lo escribió nuevamente, 
corriendo este manuscrito la misma suerte que el otro. 

El virrey de México, y más tarde del Perú, don Luis de 



Digitized by 



Google 



120 RICARDO PALMA 

Salinas, lo hizo buscar para remitirlo á España; pero se ig- 
nora sí consiguió ó no recobrarlo. 

¿No podría el manuscrito que existe en Lima ser uno de 
los primitivos? 

En cuanto á im libro sobre medicina y propiedad curativa 
de varias plantas indígenas, que compuso López, el virrey mar- 
qués de Salinas trajo á Lima una copia, que es probable halle- 
mos algún día entre los mamotretos del Archivo Nacional. 
En Madrid existen otras, y en México se conserva el original, 
escrito, según lo afirma Losa, en letra muy pequeña, muy legible, 
muy hermosa^ muy igual, bien formada y llena de la tinta, que á la 
primera vista parece ele molde. 

El libro histórico Cronología hasta la época de Clemente VllJ, 
quedó en poder del padre Losa, amigo y primer biógrafo de 
Gregorio López, quien dice, en su elogio, que mucha gente 
docta le pidió encarecidamente i)ermiso para sacar traslados. 
Ignoramos si se conserva ó ha desaparecido este manuscrito. 

Pasemos á otro orden de noticias piersonales sobre Grego- 
rio López. 

El general y literato Vicente Riva Palacio, en México á tra- 
vés de loó siglos, dice:-— «Popularizada creencia fué que Grego- 
>rio Lóp^z era el príncipe don Carlos, hijo de Felipe II, cuya 
^historia es tan conocida. Refiere la tradición que el monarca 
tespaíiol, queriendo deshacerse de su hijo, encargó la ejecu- 
»c¡ón del asesinato á un. hombre que, condolido de la juven- 
>tud y desgracia del príncipe, convino en salvarle la vida bajo 
>la condición de que juraría solemnemente trasladarse á In- 
edias, cambiar de nombre y no revelar á nadie su secreto. Ha 
aprestado alimento á esta tradición, además de la vida mis- 
«teiiosa llevada j>or Gregorio López en México, la circuns- 
ttancia de que, en un retrato suyo, hizo poner esta divisa ó 
Atina:— Sccretum meum mihL— No puede afirmarse que Grego- 
>rio López fuera realmente el infante don Carlos; pero tam- 
>poco, en medio del misterio que rodea la memoria de aquel 
ipríncipe infortunado, puede asegurarse que no lo fuera. Si 
>hay documentos que prueban que el hijo de Felipe II murió 
>d(ísastrosamente en Madrid, también los reyes y sus favori- 
»tos han sabido suponer documentos para ocultar crímenes. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 121 

>De Gregorio López se dice que nació en Madrid en 1524 y 
>que llegó á México en 1562, fechas que, con leves diferen- 
*c¡as, coinciden casi con la edad y desaparición del príncipe». 

Incontrovertible verdad histórica, por ser la única en que 
están conformes los. historiadores que de Felipe II y del in- 
fante don Carlos se ocupan, es que el príncipe era un mu- 
chacho sin seso y enemigo de leer é instruirse. A primera vis- 
ta i>arecc este argumento de fuerza bastante para destruir la 
populai' creencia mexicana de que el ignorante don Carlos 
y el sabio Gregorio López fueron una sola personalidad; pero 
si aceptamos que el Espíritu Santo ilumina á quien iluminar 
le place, y que, en un guiñar de ojos, torna en pozo de sa- 
biduría al más estúpido pelgar, bien pudo el hijo del rey Fe- 
lipe adquirir ciencia infusa al pisar tierra de América. 

A la vista tenemos un retrato de Felipe II, á la edad de 
cuarenta años, y el de Gregorio López á la de cincuenta y 
cuatro; y á fe que, entre el Demonio del Mediodía y el mis- 
terioso personaje de México, hay rasgos fisonomónicos de fa- 
milia. La objeción más sólida que se ocurre jxira combatir 
la popular creencia, es que la desaparición ó muerte del prín- 
cipe fué en 1568, y que ya desde 1562 Gregorio López habi- 
baba México. Pero el pueblo, que toma apego á todo lo fan- 
tástico y romancesco, no se da f>or vencido ante tal argumen- 
to, y responde culi>ando á los biógrafos del siervo de Dios 
de haber adelantado en seis años la llegada del i>ersonaje á 
Veracruz. No es inverosímil una equivocación de fechas. 

La investigación histórica no ha dicho aún su última pa- 
labra sobre el hombre de la máscara de hierro de la isla Mar- 
gnrita, ni sobre si Gabriel de Espinoza, el famoso pastelero 
de Madrigal, fué un impostor ó fué realmente el mismísimo 
rey don Sebastián. A semejanza de éstos, hay en la historia 
abundancia de puntos obscuros é indescifrables. 

Como mi amigo Riva Palacio, ni acepto ni rechazo la idea 
de que en Gregorio López estuviera encarnada la persona- 
lidad del principie don Carlos. Carezco de pruebas decisivas 
para optar por uno ú otro extremo, y limitóme á proponer 
la cuestión como tema curioso y digno de ser atendido por 
los aficionados á estudios históricos. 



Digitized by 



Google 



^:2(:>'^':^^^:^.2^:^^^.v^.m:^^^''^^:^^:>^)^^'2^>^^^^ 



EXCOMUNIÓN CONTRA EXCOMUNIÓN 



De acuerdo con el ObispK) de Trujillo don Carlos Marcelo 
Comí, el padre fray Dionisio de Oré, guardián de San Fran- 
cisco, fray Juan de Zarate, prior de Santo Domingo, fray Lope 
Cueto, superior de San Agustín, y el comendador de la Mer- 
ced fray Juan Rodríguez, resolvieron sacar en procesión so- 
lemne la imagen de san Valentín el día 14 de Febrero de 
1627, para que no se repitíese el terremoto que en igual día 
del añ(» anterior aterrorizó al vecindario. 

Conviene saber que el ilustrísimo señor Corni fué el i>ri- 
mer peruano que obtuvo mitra en nuestra patria, lo que dis- 
gustó mucho á los sacerdotes españoles que se creían con igual 
ó mayor mérito para obispar. Excepto el padre Oré (que era 
de Guamanga y que, corriendo los años, alcanzó también obis- 
pwtdo) los otros tres jefes de comunidad eran i>eninsulares. 

El M de Febrero, á las cuatro de la tarde, después de 
pomposo sermón que predicó en la Catedral el padre Zarate, 
salió la procesión con asistencia del Cabildo y con gran con- 
curso aristocrático y popular. A media cuadra de camino se 
fijó el Obispo en que las comunidades iban mezcladas, y dete- 
niendo la marcha envió á su secretario presbítero don Andrés 
Tello de Cabrera para que dijese á los sui>eriores de las cua- 
tro comunidades que colocaran á sus frailes procesionater^ esto 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 123 

es, eu orden de procesión. Los prelados dieron por respuesta 
que iban bien como iban, y sulfurándose su ilustrísima, les 
hizo decir que si no obedecían su mandato los excomulgaría. 
Los amenazados ordenaron á sus frailes que continuasen en la 
procesión, pero los cuatro la abandonaron y se fueron á su 
respectivo convento. 

Ante tamaño desacato murmuró el Obispo:— Si san Dunstán 
sujetó al diablo cogiéndolo pwr la nariz, yo sujetaré á estos 
bellacos cogiéndolos pwr el cerviguillo. Siga su curso la pro- 
cesión. 

Al siguiente día, á la hora en que iba á principiarse en la 
iglesia de los dominicos una solemne misa cantada en honor 
de San Valentín, misa para la cual estaba invitada mucha 
gente de copete, se presentó el bachiller Juan de Mori quien, 
con vozarrón estupendo, dio lectura á un papel que así decía: 

— «Téngase jx)r excomulgados á los reverendos padres fray 
>Juan de Zarate, fray Dionisio de Oré, fray Lopie Cueto y fray 
>Juan Rodríguez, por estar así declarados, en auto de ayer, 
»por su ilustrísima el sefLor ObispK), quedando suspensos de 
tcelebrar, confesar y predicar en este obispado. Y para que 
»venga en conocimiento de todos el mandato de su ilustrísima, 
>y so la misma pena de excomunión mayor ipso facto ineurrenda^ 
•póngase en tablilla en la puerta de la Santa Iglesia Catedral». 

Y volviéndose al concurso, gritó el bachiller Juan de Mori: 
—Hermanos míos, á su casa, prontito, todo el que no quiera 
excomulgarse. 

Y la iglesia quedó escueta. A la sazón las campanas de 
la Catedral tocaban los fatídicos dobles, cuyo sonido abre de 
par en par las puertas del infierno á los excomulgados. 

Por su parte los cuatro prelados excomulgaron también al 
Obispo, fundándose en que su ilustrísima no había tenido de- 
recho para entrar en el monasterio de las clarisas, sin previa 
licencia del guardián de San Francisco bajo cuya jurisdicción 
estaban esas monjas. Sólo que en esta excomunión no do- 
blaron las campanas, porque el Corregidor de la ciudad, que 
era amigo íntimo del señor Corni, había cuidado de dejarlas 
sin badajo. Esto quitó solemnidad é importancia al acto, y 
el. vecindario siguió recibiendo devotamente las bendiciones del 



Digitized by 



Google 



124 KICARDO PALMA 

ObispK) y besándole el pastoral anillo. Excomunión sin clamo- 
reo de campanas era excomunión boba. 

El proceso (que es abultado, y que se encuentra entre los 
manuscritos de la Biblioteca de Lima) terminó dos años des- 
pués en 1629, con el fallecimiento del Obispo. El Arzobispo 
y la Audiencia, procediendo discretamente, echaron tierra so- 
bre él. 



Digitized by 



Google 



'2 ¿ :K-:^'í^^^^2£>^^t^^Sí^2^ 



GETHSEMANI 

En el álbum de la señora Laura de Santa Cruz. 



Ha querido usted, señora mía,* un autógrafo de este viejo 
emborrouador de papel, y mal puede negarse á complacerla 
quien, como yo, blasona de cortés, amén de confesarse hon- 
rado coii la amable petición. Pide usted, con la cultura de 
forma que á cumplida dama cabe, y ya estoy hecho un azu- 
carillo por rendir homenaje á su deseo. 

Pero ¿ha de ser precisamente, una tradición lo que usted 
exige que escriba en las páginas de su aristocrático álbum? 
Eso ya tiene bemoles, y aunque estoy decidido á obedecerla, 
no lo haré sin referirla antes un chascarrillo de mis mpce- 
dades. 

Dios me hizo feo (y no lo digo por alabarme), y fué el caso 
que zumbando yo más qpie un tábano al oído de una joven, 
á la que cantaba el credo cimarrón que cantan los enamora- 
dos, encontró la mamá, que nunca me tuvo por ángel de su 
coro, la manera de ahuyentarme, y fué ella pedirme que le 
obsequiase mi tarjeta fotográfica.— j Oh! señora, la dije, ¿para 
qué quiere usted el retrato de un mozo feo y desgarbado como 
3'oV— Por eso mismo, por lo feo, me contestó. Me hace falta 
para asustar á mis nietecitos que son unos diablos de travie- 
sos. -Ya adivinará usted que me entraron súbitos escalofríos, 
al considerar que esa señora no era todavía para mí más que 
proyecto de suegra... i y ya suegreaba! ¡Qué porvenir tan rico 



Digitized by 



Google 



126 RICARDO PALMA 

y delicioso me sonreía si, por malos de mis pecados, que son 
pocos pero gordos, el proyecto hubiera pasado á la categoría 
de ley! 

Como no la creo á usted capaz de abrigar burlesco pro- 
pósilo con su exigencia, y como dicen que la gracia del barbe- 
ro está en sacar patilla de donde no hay j>elo, vamos á ver 
si consigo dar saborcito tradicional y que al paladar de usted 
sea gustoso, á un cuento que oí contar á mi abuela que esté 
en gloria, que sí estará, porque fué más buena que el i>an 
cuando es de buen trigo y buena masa. 



José Maní era un indio de Huacho, propietario, en la ju- 
risdicción de Lauriama, de tres hectáreas de terreno conocidas 
con el nombre de Huerto de José Maní. 

Al dicho propietario le estorbaba lo negro de la tintaj es 
decir que, en materia de saber leer, no conocía ni la O por 
redonda ni la I por larga; pero ello no obstó para que, ven- 
diendo naranjas, chirimoyas y aguacates, adquiriese un decente 
caudalito y, con él, prestigio bastante para elevarse á la al- 
tura de regidor en el Cabildo de su pueblo. 

En la cuaresma de 1795, los vecinos contrataron á un do- 
minico del convento de Lima para que se encargase de predi- 
car en Huacho el sermón de las Tres horas^ al que dio origen 
en Lima el jesuíta limeño Alonso Mesía y que, poco á poco, 
y por mandato pontificio, se ha generalizado en el orbe ca- 
tólico. 

El Viernes Santo no cabía ya ni un alfiler de punta en 
la iglesia parroquial, tanto era el concurso, no sólo de los 
fieles residentes en el pueblo sino de los venidos de cinco le- 
guas á la redonda. Por supiuesto que José Maní, en traje de 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 127 

gala, esto es, con capa española que le hacía sudar á chorros 
por lo recio de la estación veraniega, se repantigaba en uno 
de los cómodos sillones destinados á los* cabildantes. 

El predicador, que era un pozo de sabiduría, después de 
un exordio en que afirmó, bajo la honrada palabra de fe de no 
recuerdo qué autores, que las suras del Koran son seis mil seis- 
cientas sesenta y seis, y que las palabras de Cristo Eli^ Eli, 
lamma sabachtani f>erteneoen á la lengua maya, y no al idioma 
hebreo, ni al asirlo, ni al sánscrito, ni al caldeo, entró de lleno 
en el tuétano de la Pasión. 

Cada vez que el orador hablaba del huerto de Gethsemaní, 
las müadas del concurso se volvían hacia el cabildante José 
Maní, que se pwnía muy orondo al informarse del importante 
papel que su huerto desempeñaba en la vida de Cristo. ¡Qué 
honra para Huacho y para los huachanos! 

Eso de que el predicador llamase al huerto Gethsemaní, y 
no Josemaní, lo atribuyeron los huachanos á lapsus Ungum muy 
disculpable en un fraile forastero. En toda pila falta alguna 
vez el agua, y hasta los académicos somos propensos á pro- 
nunciar disparatadamente, no diré si por distracción ó por ig- 
norancia. Siquiera cuando, en letra de molde, aparece Inlación 
(con h) en vez de ilación, 6 halija del correo, en lugar de valija, 
tenemos el socorrido recurso de echarle la culpa al cajista, 
especie de cordero pascual que carga con muchos pecados de los 
Uleratos. 

Pero cuando el dominico dijo que fué en el huerto de 
Gelhsemanf donde los sayones judíos se apoderaron de la per- 
sona del Maestro, los ojos todos se volvieron á mirar al ensi- 
mismado huachano, como reconviniéndolo F>or su cobardía y 
vileza en haber consentido que, en su casa, en terreno de 
su propiedad, se cometiese tamaña felonía con un huésped. ¡Y 
qué huésped, Dios de Israel I 

Hasta el alcalde del Cabildo no pudo dominar su indigna- 
ción, y volviéndose hacia José Maní le dijo en voz baja: 

—Defiéndase, compañero, si no quiere que, cuando salga- 
mos, lo mate el pueblo á pedradas. 

Entonces José Maní, poniéndose en pie, interrumpió al pre- 
dicador, diciendo: 



Digitized by 



Google 



128 RICARDO PALMA 

—Oiga usted, padre. No me meta á mí en esa danza, que 
yo uo he conocido á Jesucristo ni nunca le vendí fruta; y pido 
que haga usted constar que, si se metió en mi huerto, lo hizo 
porque le dio la gana y sin licencia mía, y que yo no tuve arte 
ni parte en que lo llevaran á la cárcel, y 

¡ Aleluya ! j Aleluya ! 
Cada cual está á la . suya. 



Digitized by 



Google 



PRUDENCIA EPISCOPAL 

Conlómc mi queridísimo é inolvidable amigo Lavalle, para 
que hoy lo cuente yo á ustedes que, allá pwr los años de 1814, 
una monja del monasterio del Carmen se e.sai¡>ó cierta no- 
che para ir al teatro á gozar de la ópera italiana, representa- 
ción que por primera vez se efectuaba en Lima. Realizó su 
escapatoria aprovechándose de que estaba en limpia el ace- 
quión ó brazo de río que provee al convento; y cubierta la 
cabeza con pañolón lambayecano oyó, desde un oculto de pla- 
tea, cantar á Carolina Griffoni el Barbero de Sevilla del maes- 
tro Paisiello, que Rossini no había aún escrito la ópera del 
mismo título, con la que ha inmortalizado su nombre. 

Con ánimo entre regocijado y receloso regresaba la (Ulettan' 
te, después de las diez de la noche, en medio del chipichipi ó 
garúa característico del invierno limeño, cuando al llegar á la 
Acequia de Islas se encontró con que los torneros habían soltado 
el agua, lo que para la monja melómana imposibilitaba la 

9 



Digitized by 



Google 



130 RICARDO PALMA 

entrada al claustro por el mismo camino que, tres horas antes, 
utilizara para la salida. 

En tribulación tamaña no le quedó á la desdichada otro 
recurso que el de dar aldabonazos á la puerta de la casa ar- 
zobispal, hasta que alarmado su ilustrísima que, en esos mo- 
mentos, concluida la colación chocolatesca, iba á acostarse en 
el lecho, mandó abrir y que entrase la impwrtuna. 

Después de revelarle ésta su cuita y de escuchar humil- 
demente la merecida reprimenda, el sagaz arzobispo Las He- 
ras la hizo vestir la sotana, manteo y birretillo de su secre- 
tario, encaminándose al Cai*men con el improvisado familiar. 

Llegados al monasterio dejó á éste en la puerta y, pene- 
ti'ando sólo en la portería, ordenó á la portera previniese á 
la comunidad que, bajo pena de excomunión ipso facto incurren- 
düy prohibía á las monjas asomar las narices fuera de la cel- 
da, hasta que él tocara la campana convocando á coro. 

—¿Qué habrá? ¿qué será ello? se decían entre sí las mon- 
jitas, viéndose en el caso de la colegiala á quien preguntó el 
examinador si huevo era masculino ó femenino.— Eso, contes- 
tó la chica, será según y conforme, y no se puede saber hasta 
que del huevo salga pollito ó pwUila. Si sale pollito será mas- 
culino el huevo, y si sale pollita será femenino. 

Alejada la hermana j>ortera para cumplimentar el manda- 
to, dio su ilustrísima entrada al fingido familiar, quien, ya 
en su celda, cambió rápidamente de vestido. 

Cuando quince minutos más tarde se congregaron las mon- 
jas, el señor Las Heras dijo á la superiora: 

— Madre abadesa, contad vuestras ovejas. 

— Están completas, ilustrísimo señor. Veinte monjas y tres 
de velo blanco, contestó aquella después de pasar revista al 
rebaño. 

—Bendigamos á Dios, hijas mías, porque ha resultado ca- 
lumnioso un aviso anónimo que recibí ayer. 

Y con voz arrogante entonó el Te Deum laudamus^ acompa- 
ñándolo las monjas, que nunca supieron la verdad sobre lo 
que motivara la visita del arzobisp» en hora tan intempestiva. 



Digitized by 



Google 



' :^;í>;^;}. :^' ^2^:^-:y<2^:h:}^2^2^:y,^2^2k¿^2^iK^^^^2^^ ■:>:r<-2^:V: 



DICHARACHO DE UN VIRREY 



Recelando el virrey Amat que, por hallarse España en apres- 
tos de guerra contra Inglaterra, alguna poderosa flota de la 
última intentase hacerse dueña del Callao y de Lima, proce- 
dió á organizar en la bendita ciudad de Santa Rosa varias 
compañías de milicias cívicas, cuyos jefes, oficiales y solda- 
dos fuesen todos nacidos en la península y contasen á la vez 
con recursos que, sin gasto para el real tesoro, les permitie- 
sen atender á su manutención y equipo. Por lo pronto, esta- 
ban obligados á concurrir dos ó tres veces por semana á ejer- 
cicios militares, y á lucir unifonne de parada en las fiestas 
oficiales á que el virrey asistiera. 

Llegó el grandioso día de jurar bandera y pasar la primera 
revista á las compañías, las cuales se exhibieron en el orden 
siguiente : 

Primera compañía, compuesta de castellanos y extremeños: 
140 plazas. 

Segunda compañía, formada por navarros y aragoneses: 128 
hombres. 

Tercera compañía, andaluces: 144 soldados. 

Cuarta compañía, vizcaínos: 130 plazas. 

Quinta compañía, asturianos: 118 hombres. 

Sexta compañía, gallegos: 126 soldados. 

Séptima compañía, catalanes: 121 hombres. 

Octava compañía, formada por canarios, mallorquines, va- 
lencianos y de otras provincias del reino: 147 plazas. 



Digitized by 



Google 



132 RICARDO PALMA 

El virrey, acompañado de la Real Audiencia, Cabildo y al- 
tos empleados, presenciaba el desfile desde la galería de Pa- 
lacio. El pueblo, en la Plaza Mayor, palmoteaba y vivaba á 
cada compañía cuando su abanderado saludaba al represen- 
tante de la corona. 

Como el virrey era catalán, acaso por lisonjearlo, fué más 
.estrepitoso el aplauso de la muchedumbre á la compañía ca- 
talana y á su capitán, que era nada menos que don Antonio 
de Amat, sobrino de su excelencia. 

Un caballero andaluz que en la galería formaba parte de 
la comitiva palaciega, dijo á otro andaluz su vecino, no en 
voz tan baja que no alcanzase á oir sus palabras el virrey: 

—Para insolencia y p ; Cataluña. 

El catalanismo del excelentísimo señor don Manuel de Amat 
y Juniet se sintió como picado de víbora, y sin volverse hacia 
el impertinente comentador, contestó: 

— Para fachenda, holganza y truhanería, Andalucía. 



Digitized by 



Google 



EL CORPUS TRISTE DE 1812 



I 

El 29 de Enero de 1810 se alzó en la ciudad de La Paz 
ignominioso cadalso, en el que fueron sacrificados don Pedro 
Domingo Murillo y ocho de sus amigos, por el crimen de haber 
enarbolado la enseña revolucionaria contra el gobierno de la 
metrópoli. Las últimas, pero proféticas palabras del tan va- 
leroso como infortunado caudillo, fueron:— Compatriotas, la ho- 
guera que he encendido no la apagarán ya los españoles... 
¡Viva la libertad! 

En efecto, lejos de que el espectáculo del cadalso atlerrori- 
zara al pueblo, volviéndolo manso para seguir tascando el freno, 
la idea revolucionaria se propagaba como un incendio, y el 
14 de Septiembre el pueblo de Cochabamba proclamó los mis- 



Digitized by 



Google 



134 



RICARDO PALMA 



mos principios por los que rindiera la existencia el mártir 
Murillo. Unidos los de Cochabamba á la división argentina que 
comandaban Castelli y Balcárcel, alcanzaron en Aroma una im- 
portante victoria. 

El virrey del Perú encomendó entonces al arequipeño don 
José Manuel de Goyeneche la pacificación del territorio suble- 
vado; y el brigadier de los reales ejércitos, después de derrotar 
á los patriotas en la recia batalla de Guaqui, se dirigió sobre 
Cochachamba, donde nuevamente fueron vencidos los insur- 
gentes en la sangrienta acción de Viluma, quedando la ciu- 
dad á merced del vencedor, quien no anduvo parco en castigos 
y estorsiones. 

Creyendo Goyeneche aniquilado para siempre en los cocha- 
bambinos el espíritu de rebelión, se encaminó con su ejército 
á Chuquisaca y Potosí, para batir á los guerrilleros argenti- 
nos; pero Cochabamba se insurreccionó nuevamente, y después 
de prisionera y desarmada la guarnición realista, fué aclamado 
y reconocido en el carácter de gobernador don Mariano An- 
tesana, criollo acaudalado y de gran prestigio en el pueblo 
por su ilustración y por lo enérgico de su carácter. 

Goyeneche se vio forzado á desistir de la campaña iniciada 
sobre los rebeldes del Río de la Plata, y volvió sobre Cocha- 
bamba alentando á su ejército con una proclama, en la que 
decía á sus soldados que los declaraba dueños de vida y ha- 
cienda de los insurgentes, recomendándoles sólo que resp|e- 
tasen las iglesias y á los sacerdotes. 

Aunque Antesana estaba convencido de la total insuficien- 
cia de elementos bélicos para resistir, con probabilidades de 
éxito, á las bien disciplinadas y engreídas tropas del brigadier 
arequipeño, y opinaba por una retirada hasta reunirse con fuer- 
zas argentinas, tuvo que inclinarse ante el entusiasmo del pue- 
blo, decidido á esperar á los españoles en posiciones que es- 
timaban ventajosas á pocas millas de la ciudad. Las mujeres 
eran las más exaltadas, y excedió de doscientas el número de 
las que, armadas con fusiles, lanzas ó machetes, se enrolaron 
entre los combatientes. Y que en el momento decisivo no sir- 
vieron de estorbo^ sino que se batieron como leonas, lo com- 
prueban los quince cadáveres de cochabambinas que el 27 de 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 135 

Mayo de 1812 quedaron en las alturas de San Sebastián. En 
aquel feroz combate, el flamante Conde de Guaqui, sable en 
mano y á la cabeza de su escolta, espoleaba el caballo so- 
bre los fugitivos, gritando : — ¡ Que no quede vivo uno sólo 
de esta canalla!— Y en efecto, no se tomó un solo prisionero, 
y la soldadesca se entregó salvajemente al repase de heridos. 



II 

Ocupada ese mismo día la ciudad por los vencedores, el 
desenfreno de éstos no tuvo límites. El saqueo, la matanza, la 
violación y el incendio dominaron en Cochabamba hasta la 
media noche del aciago 27 de Mayo. 

Goyeneche, que blasonaba de católico fervoroso, pues men- 
sualmente confesaba y comulgaba, no quiso que el Jueves 28 
de Mayo dejase de salir la procesión del Corpusy y dictó las ór- 
denes del caso, á la vez que piquetes de tropa registraban 
las casas, i>ara apresar á los vecinos principales denunciados 
como simpatizadores con la revolución vencida ó que, después 
de la derrota, se habían refugiado en su hogar. 

El brigadier, acompañado de su Estado Mayor, en traje de 
parada y llevando en la mano el guión, concurrió á la fiesta 
que los cochabambinos bautizaron con el nombre del Corpus 
Triste, En el cortejo oficial iban diez ó doce de los notables de 
la ciudad, de esos que hoy llamamos oportunistas^ y que se ex- 
hibieron, más que por devoción, por miedo á Goyeneche. En 
cuanto al concurso popular , fué muy pequeño ; pero en 
cambio, formaron más de cuatro mil soldados. El Conde de 
Guaqui, con aire humilde y contrito, se arrodillaba y rezaba 
delante de los altares precipitadamente levantados en el tra- 
yecto que recorrió la procesión. 

De cinco en cinco minutos, y á guisa de petardos, se oía 
una detonación de armas de fuego. En homenaje al Corpus Triste 
había dispuesto Goyeneche que, con pequeño intervalo de tiem- 
po, se fusilase en el cuartel de la Compañía á los patriotas 
apresados en la ciudad. Treinta fueron las nobles víctimas. 

A la una del día terminó la procesión, y hallábase Goye- 



Digitized by 



Google 



13G RICARDO PALMA 

neche en el salón de la casa, agasajando con refrescos á los de 
la comitiva, cuando se presentó un oficial llevando á don Ma- 
riano Antesana, vestido con el hábito de descalzo franciscano, 
pues lo habían sacado del convento de la Recoleta donde los 
frailes creyeron conveniente disfrazarlo, precaución que no lo 
salvó de un picaro denunciante. 

Viva satisfacción brilló en los ojos del Conde, y avanzando 
hacia el prisionero, le dijo: 

— jAh, señor Antesana! Me alegro de verlo. No esperaba 
semejante visita, que por cierto no me la hace usted de buena 
gana. Vendrá usted, arrepentido de su traición al rey nuestro 
señor, á i>edir gracia... 

Antesana no lo dejó continuar, interrumpiéndolo con estas 
palabras, según lo relata el autor de las Memorias del último 
soldado de la Independencia. 

—No, señor general: no soy hombre de cometer una indigni- 
dad cobarde. Estoy pronto á comparecer ante Dios. ¡Viva la 
patria ! 

La ira enrojeció el rostro de Goyeneche, y alzó la mano cris- 
pada como en actitud de embestir al noble prisionero; mas, re- 
portándose en breve, volvió la espalda y dijo al oficial: 

— Fusílelo usted dentro de una hora, y que se confiese si 
quiere. 

Pisaban ya el umbral de la puerta Antesana y su acompañan- 
te, cuando el Conde, como recordando algo que había olvidado, 
gritó : 

— ¡Ah! ¡señor oficial! Que no le tiren á la cabeza... la necesito 
intacta para clavarla en la plaza. 

A las tres de la tarde sentaron á Antesana en im poyo de 
adobes, en la acera del oriente de la plaza. Su aspecto era 
sereno. 

Cuatro soldados, á tres varas de distancia, dispararon sus 
fusiles sobre el pecho del gran patriota. 

Su cabeza, clavada en ima pica custodiada por un • piquete 
de tropa, permaneció tres días en la plaza de Cochabamba. 

Así festejó don José Manuel de Goyeneche, primer Conde 
de Guaqui, el Corpus Chrísti de 1812. 



Digitized by 



Google 



^^^:^^:>^2^.2í2^:^^^^^^:2é:2^^ 



ASUNTO CONCLUIDO 



El 2S de Septiembre de 1814 alzóse en la ciudad de La Paz 
un poste, colgado del cual se balanceaba un cadáver sobre 
cuya frente, y á guisa de Inri, habían puesto un cartel con estas 
palabras: Asunto concluido. 

Y pues, á la corta ó á la larga, no hay tapada que no se 
destape, satisfagamos la curiosidad del lector, si bien confieso 
que, en esta tradición, me he embarcado con poca galleta. ¡Y 
digan, que de Dios dijeron! 



Don Gregorio de Hoyos, natural de la Habana, marqués 
de Valdehoyos y brigadier de los reales ejércitos, fué enviado 
á Lima desde la madrileña Corte, allá por los años de 1812, 
con recomendación al virrey Abascal para que utilizase sus 
servicios. Nombrólo su excelencia Gobernador, Intendente y 
Comandante general de la provincia de La Paz, y en 4 de Junio 
de 1813 tomó posesión del cargo. 

Era el marqués de Valdehoyos hombre de muchos méritos 
y virtudes, y del todo al todo ajeno á vicios. Ni siquiera tenía 
los instintos de Cortés y Pizarro, en lo de dedicarse á la con- 



Digitized by 



Google 



138 RICARDO PALMA 

quista de indias, pues su señoría hacía ascos á todo faldellín 
en cuerpo de buena moza. 

Con él habría perdido lastimosamente su tiempo aquel cria- 
do de hotel que decía á cada huési>ed:--Si se le ofrece algo 
á media noche, llámeme con un solo golpe de timbre; pero si 
necesita á la camarera, que es muchacha preciosa y amiga de 
hacer favores, empleará dos golpes de timbre; y si le urgiere 
hablar con la mujer del patrón, que es bastante guapa,^ toque 
tres veces el timbre. 

El señor Gobernador era de los que dicen que la mujer, 
en aritmética, es un multiplicador que no hace operaciones 
con un quebrado; en álgebra, la X de una ecuación; en geo- 
metría un poliedro de muchas caras; en botánica, flor bella 
y de grato aroma, pero de jugo venenoso; en zoología, bípedo 
lindo, pero indomesticable; en literatura, valiente paradoja de 
poetas chirles; en náutica, abismo que asusta y atrae; en me- 
dicina, pildora dorada y de sabor amargo; en ciencia admi- 
nistrativa, un banco hipotecario de la razón y el acierto, y... 
asunto concluido, frase que era obligada muletilla en boca del 
marqués, y con la que ponía punto, remate y contera á toda 
conversación. 

La verdad es que, en cuestión de amorosos trapicheos, nun- 
ca dio su señoría un cuarto al pregonero; pues, con cerca de 
medio siglo á cuestas, no fué de aquellos mancarrones con 
más mañas y marraquetas que muía de alquiler, por los que 
se ha escrito: 

que son como los membrillos, 
mientras más viejos más amarillos. 

— ¿Qué parentesco tiene el toro con la vaca?— preguntaba 
un niño. 

—El de marido— contestó la mamá. 

—¿Y el buey? 

—Será el de tío. 

El de Valdehoyos estaba, pues, matriculado ante la opinión 
pública en la categoría de tío. 

Dicho está con lo apuntado que las simpatías del bello sexo 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 139 

paceño no acompañaban á la superior autoridad, y menos las 
de los barbudos, i>ara con los que desplegaba su señoría no poca 
aspereza de carácter. Era el marqués todo lo que se conoce 
por hombre de la cascara amarga. Rectos ó torcidos, sus man- 
datos habían de obedecerse, sin que por Dios ni por sus santos 
amainara en terquedad, por mucho que se le probase que al- 
gunas de sus disposiciones redundaban en deservicio del rey 
ó desprestigio del gobierno, y que eran violatorias de la libe- 
ral Constitución promulgada en Cádiz por las Cortes del año 12. 
Para el de Valdehoyos no había más credo político que— quien 
manda, manda, y cartuchera al cañón— que es el credo de los 
déspotas, y ponía término á toda discusión diciendo muy exal- 
tado: 

— Yo soy aquí el rey, yo soy la Constitución, yo soy todo 
V... asunto concluido. 



II 



En Julio de 1814 empezó á circular el runrún de que el 
brigadier Asunto concluido, apodo con que en todo el Sur del 
Perú era conocido don Gregorio, estaba designado i>or el vi- 
rrey para reemplazar al brigadier Pomacahua en la presidencia 
de la real Audiencia del Cuzco. Llegada la noticia á la ciudad 
incásica, la irritación popular no tuvo límites; y el 2 de Agosto 
se desbordó el torrente, y estalló la gorda con la famosa rebel- 
día encabezada por Pomacahua. Como sabe todo el que algo 
ha leído sobre historia americana, en un tumbo de dado estuvo el 
triunfo de la buena causa y el que la Independencia del Perú 
hubiera sido desde entonces un hecho. 

La revolución se extendió también, como aceite en pañi- 
zuelo, por el Alto Perú, poniéndose á la cabeza de la indiada 
el famoso cura Muñecas, quien abandonando á su suegra, mote 
que algunos clérigos dan al breviario, se armó de sable, canana 



Digitized by 



Google 



140 RICARDO PALMA 

y trabuco, y el 24 de Septiembre emprendió el ataque de La 
Paz. 

El marqués de Valdehoyos, con la pequeña guarnición es- 
pañola de que disponía, resistió hasta donde humanamente le 
fué posible; pero arrollado por el número, tuvo al fin que ren- 
dirse. 

Cuatro días después, el 28, los indios, que desde la hora 
del triunfo se habían entregado á la bebendurria^ incendiaron 
el cuartel, mataron al Gobernador-Intendente y á más de cua- 
renta prisioneros, y... asunto concluido. 



Digitized by 



Google 



Ty:- M^:': r^?^::. :■.:<•:> r^;^ ;-. :- ■:'v::-;:v;'^:>^2í2^v^:^>2^'2^.^.-2í2:-^:''-:^. >.-:^:' -. v:ivi;5<2é^. :::;>:•;>. 



UNA MODA QUE NO CUNDIÓ 



Los matrimonios aristocráticos ó de personas acaudaladas 
se celebraban en Lima con muchísimo boato, allá en los tiem- 
pos del rey. Otro tanto pasaba con los bautizos. 

En el oratorio de la casa de la novia se adornaba el altar 
con profusión de flores y de luces, y á las ocho en punto de la 
noche efectuaba la nupcial ceremonia un canónigo de la Cate- 
dral, el prior de alguna de las comunidades, ó el capellán 
de la familia, cuando no era cleriguillo de misa y olla, salvo 
las rarísimas ocasiones en que el arzobispo santificaba la unión. 
Sabido es que las personas de copete compraban el derecho 
de oir misa en casa y de mantener capellán rentado, amén de 
otros privilegios como los que tuvo el marqués de la Bula, y 
que han servido de tema para una de nuestras tradiciones 
precedentes. 

A la ceremonia religiosa seguía, no un saragüete, propio de 
gente de poco más ó menos, sino un espléndido sarao que ter- 
minaba después de las doce de la noche. Por esos tiempos no 
se estilaba que los novios desapareciesen, como por escotillón, 
para ir á dar el primer mordisco al pan de la boda en una 
pintoresca casa de campo ó en uno de los elegantes balnea- 
rios vecinos á la ciudad. A lo sumo, después de despedidos 
los convidados, los cónyuges se hacían conducir en calesa á 
la casa en que iban á establecer el nuevo hogar. 

En los antiguos libros parroquiales abundan las partidas 



Digitized by 



Google 



142 KICARDO PALMA 

de matrimonio en que el cura declara que sirvieron de testi- 
gos fulano y zutana, y que los padrinos de los contrayentes 
fueron san José y la Virgen. Tal era la fórmula de todo ma- 
trimonio entre pobres de solemnidad, hasta que el señor Be- 
navente, primer arzobispo republicano, la declaró abolida. Ese 
compromiso menos tienen ahora san José y la Virgen. 

Doña Angela Zeballos, esposa del virrey Pezuela, se propuso 
singularizarse rompiendo de golpee y zumbido con la secular 
manera de hacer los matrimonios. Por lo menos había resuelto 
que sus hijas, si casaban en Lima, lo hiciesen diferenciándose 
de su*^ paisanas. 

En 1817, derrotado por los patriotas de Chacabuco, regresó 
el brigadier Osorio, y para consolarse del agravio que Marte 
le infiriera negándole laureles en el campo de batalla, sje pro- 
puso cosechar mirtos en los dominios de Venus y de Himeneo. 
Ya era tiempo, pues su señoría el general frisaba en las cuarenta 
y siete navidades. 

El 14 de Agosto de 1817 circuló entre la aristocracia limeña 
una esquela que á la vista tengo y la cual, copiada (id 'pedem 
litercr, dice: 

Con El. Brigadier don Mariano Osorio, se casa dona Joaqui- 
na DE LA PeZÜELA y ZeBALLOS. LoS PADRES DE ÉSTA SE LO COMUNICAX 
A USTED^ esperando LOS ACOMPAÑE EN SU SATISFACCIÓN. 

Nada de particular ofrecería la esquela si no la hubiese 
comentado don Manuel Joaquín de Cobos, regidor del Cabildo 
de Lima, encargado de la policía de la ciudad, personaje á 
quien estuvo dirigido el ejemplar que conozco. 

Esc don Manuel Joaquín de Cobos fué autoridad muy popu- 
lar, y poseo una acuarela de Pancho Fierro que lo representa 
en traje de cabildante, con sombrero de tres candiles, bastón 
con borlas y espadín. Su señoría era gran devoto de las musas, 
y conozco de él un romance titulado Mi testamento, en el cual 
dice que és: 

hijo de un macho y de una hembra, 
de cristiano matrimonio, 



Digitized by VjOOQiC 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 143 

porque en mi tierra, á Dios gracias, 
no se la pone el demonio. 

Pasaba don Manuel Joaquín por derrochador de agudezas 
de ingenio^ y cuentan que en 1815 casi anduvo á estocadas con 
el conde de Casa Dávalos, porque habiéndole llegado de Es- 
paña á un hermano suyo, que era todo un bobo de Coria, la 
cruz de Carlos III, le dijo á aquél el señor Cobos en plena 
tertulia de cabildantes: 

—Felicite usted de mi parte á su hermanito por la seme- 
janza que con Nuestro Señor Jesucristo le ha dado el rey 
nuestro señor. 

—No sé— contestó el conde, que era hombre de malas pul- 
gas,— en qué pueda parecerse mi hermano al divino Redentor. 

—Hombre, en que á Jesucristo le dieron también una cruz... 
y n(^ la merecía. 

—Usted, señor regidor, usa por lengua una cuchilla— le con- 
testó el condesito, volteando la espalda y enviándole después 
á sus padrinos. Entiendo que la sangre no llegó al río. 

Dice el comentador de la esquela que, como de costumbre, 
se comió el 15 de Agosto en palacio á las cinco de la tarde; 
que la familia se levantó de la mesa á las seis, trasladándose 
al salón de ceremonia, donde damas y caballeros de lo más 
empingorotado de la ciudad esperaban á los novios; que pa- 
saron los asistentes á la capilla de palacio, en la que el íirzo- 
bispo Las Heras bendijo la unión, funcionando como padrinos 
los padres de la joven; que, terminada la ceremonia^ en vez 
del sarao que el concurso se prometía, empezó clona Angela 
á rezar en voz alta un rosario, con las obligadas oraciones 
de apéndice, á todo lo que la sociedad hizo coro; que coucliado 
el rezo, los recién casados y los padrinos subieron al cocho 
de gala, encaminándose al teatro, en el cual se daba aquella 
noche una famosa comedia de vuelos, la que terminó antes de 
las once; y por fin, que regresados á palacio, se cenó en fa- 
milia... y todo el mimdo á la cama. 

Ya sp imaginará el lector que esta singular manera de hacer 
una boda no cayó en gracia á la créme limeña, > (¡ue ello fué 



Digitized by 



Google 



144 RICARDO PALMA 

la comidilla de todas las conversaciones, en las que á doüa 
Angela se la ponía como á hoja de perejil. 

Tres meses después, en la Pascua de Diciembre, la viuda del 
marqués de Mozobamba del Pozo casó á una de sus hijas, 
habiendo repartido entre sus invitados la siguiente csquelita, 
que parece un sinapismo cargado de cantárida aplicado a la 
virreina. 

La Marquesa de Mozobamba del Pozo convida a usted al 

MATRIMONIO DE SU HIJA MERCEDES CON EL DoCTOR DON FaUSTINO DE 

LA Cueva y Salazar, á las ocho de la noche del dIa 25, pre- 
viniéndole QUE NO HABRÁ ROSARIO. 

Bien dicen los que dicen que de pequeñas causas nacen 
grandes efectos. Desde la noche del casamiento de su hija 
Joaquina, empezó la impopularidad del virrey Pezuela, á la 
que puso término el motín de Aznapuquio, que expulsó del 
país al representante de la corona. 



Digitized by 



Google 



EL GRAN PODER DE DIOS 

Cuando era yo muchacho oí, como frase corriente entre 
doncellas de malandanza, que, cuando querían deprimir el mérito 
ó precio de una alhaja, exclamaban haciendo un mohín nada 
mono:— iQuiá! Si este anillo se parece á los del Gran poder de 
Dios. 

Así me ocupé yo por entoncas en profundizar el concepto, 
como me ocupo hogaño en averiguar de qué madera se fabrican 
las tablas de logaritmos; pero, cuando menos lo pensaba, saltó 
la liebre, 6 lo que es lo mismo, el origen de la antedicha 
frase. Ahí va sin más perfiles. 



A principios de 1818 fondeó en el Callao, con proceden- 
cia de Cádiz, un bergantín con valioso cargamento de mercade- 
rías peninsulares. Su capitán era don Pepe Rodríguez, gadi- 

10 



Digitized by 



Google 



14(» BIGARDO PALMA 

taño, y los treinta tripulantes eran también andaluces. Hasta 
el nombre del bergantín, armado con seis cañoncitos, era una 
pura andaluzada, como que se llamaba... (agáchate, lector, quo 
viene la bala fría)... se llamaba... (déjenme tomar resuello) se 
llamaba ¡¡El Gran poder de Dios!! 

Lo pasmoso para mí es que la autoridad marítima de Es- 
paña, en esos tiempos de exagerado espíritu religioso, hubiera 
consentido que se bautizara con tan altisonante nombre á bar- 
quichuelo de menguado porte. Había mucho de irrisorio en 
tal nombre aplicado á tan pobre nave. 

Para mí, sólo el arca de Noé podía aspirar á merecer la rim- 
bombancia del nombre; pues en un libro místico he leído que la 
tal arquita medía setecientos ochenta y un mil trescientos se- 
tenta pies castellanos, ni pulgada más ni pulgada menos, y 
que podía cargar, con buena estiba se entiende, y libre de 
vuelta d(i campana, cuarenta y dos mil cuatrocientas trece to- 
neladas. {Valiente mentir el del autor que eso hiciera estampar 
en letra de molde! Responda él, y no yo, de la exactitud de 
la mensura.. 

Entre los pasajeros de la embarcación vino un comerciante 
pacotillero, malagueño por más señas, conductor de una gran 
caja que encerraba aretes y sortijas, las que, en vez de piedras 
fínas, lucían cristal de Bohemia imitando el rubí, el zafiro y 
el brillante. 

El pacotillero era hombre simpático y de letra muy me- 
nuda; y las alhajas, aunque hechizas, no carecían de forma ar- 
tística. Poquito á poquito, y de casa en casa, fué el mercader 
colocando la mercancía entre las mujeres del pueblo, en menos 
de un mes y con una ganancia loca. Hasta las jóvenes de la 
aristocracia, cuando vestían de trapillo para visitas de vecindad, 
no desdeñaban lucir aretes de coral falsificado. En una j>ala- 
bra, las alhajas y otras chucherías traídas por El Gran poder 
de Dios se pusieron á la moda en Lima. 

Con la bodega ya escueta, zarpó el bergantín en Mayo con 
rumbo á Guayaquil, donde, como cargamento de retorno, debía 
embarcar competente cantidad de sacos de cacao. Terminada 
la operación, en la mañana del 20 de Junio dejó la ría de 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 147 

Guayaquil, y el 21, á poco de haber perdido de vista la Puna, 
fué abordado pwr el corsario chileno La Fortuna, 

El Gran poder de Dios no estuvo á la altura fanfarrónica de 
su nombre, pues se rindió sin oponer más resistencia que la 
que opone una pulga á los dedos pulgares. 

El Gran poder de Dios fué llevado como buena presa á Co- 
quimbo ; y algunos meses después una braveza de mar lo arrojó 
sobre la playa, probando así una vez más que los nombres alti- 
sonantes son, con frecuencia, pura filfa y grandísima mente- 
catería. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



¿CARA O SELLO? 

En cierta noche del año 1824 hallábanse en un mezquino 
cuarto de posada, en la ciudad de Huamachuco, en conversación 
íntima, sazonada con sorbos á una taza de té y besos á una 
copa de ron de Jamaica, dos caballeros que vestían uniforme 
militar y que, por su fisonomía y acento, denunciaban de á 
legua su nacionalidad europea. Eran los coroneles irlandeses 
Arturo Sandes y Francisco O'Connor, ambos al servicio del 
ejército colombiano. 

O'Connor había llegado en la tai'de á la ciudad, y como 
de larga data no veía á su camarada Sandes, ya supondrá el 
lector que tendrían mucha tela para cortar, muchas confidencias 
por hacerse y muchas añoranzas que compartir. Llevaban una 
hora de expansiva charla, cuando á un discreto golpe en la 
puerta, anunciador de visita, contestó O'Connor:— ¡Adelante! 

El que venía á interrumpir el coloquio de los amigos era 
nada menos que el general Antonio José de Sucre, cuya frente 



Digitized by 



Google 



150 RICARDO PALMA 

orlaban ya los laureles de Pichincha, y que en breve obtendría 
también los de Ayacucho. 

O'Connor llamó al asistente, y le ordenó que sirviese taza 
de té y copita de ron al general. 

Reanudóse la conversación, que fué toda sobre política y 
planes militares de campaña, y á propósito de un expreso 
que pocas horas más tarde debía salir del cuartel general con 
pliegos para Quito, dijo Sucre: 

—Aproveche usted de la oportunidad, coronel Sandes, si quie- 
re enviar alguna carta. Yo sé que no le falta á quien escribir. 

—No tengo urgencia— contestó lacónicamente el irlandés. 

—Hablemos— continuó Sucre— con franqueza de soldados y 
de caballeros. Sé que usted pretende, en Quito, á la hija del 
marqués de Solanda. Yo también pretendo casarme con esa 
señorita, y como nuestra sangre no se ha de derramar por 
otra causa que pwr la libertad americana, me permito proponer 
á usted que confiemos á la suerte nuestra pretensión. Tiremos 
un peso al aire para ver quién gana la mano de la marquesita. 

— Convenido, general— contestó Sandes con la genial flema 
irlandesa. 

— jEal O'Connor, saque usted un peso de su bolsillo— pro- 
siguió Sucre,— elija usted, Sandes... 

¿Cara ó sello? 

—No, mi general: elija usted, como mi superior. 

—Precisamente por eso no debo ser el primero en elegir. 
No es asunto de servicio militar... 

—Sino del servicio del dios Cupido— interrumpió O'Connor 
—servicio en que la igualdad es absoluta, pues en levas de amor 
no hay tallas. Déjense de cortesías, y acuérdenme el derecho 
de elegir. 

—¡Muy bien! ¡ Aceptado !— contestaron á una los rivales. 

—Cara para el general y sello para mi paisano— dijo O'Con- 
nor, y lanzó im peso fuerte hasta la altura del techo. 

La suerte fué adversa para el coronel irlandés. 

¡Ah! [Los Libertadores! ¡¡iLos Libertadores!!! 

En los tiempos de la capa y la espada los líos amorosos 
se desataban á cintarazos. Los Libertadores supieron, hasta en 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 151 

eso, romper con el rancio pasado, y jugaban la posesión de la 
dama á cara ó sello. Fueron muy hombres y... muy cundas. 



* 



Siendo ya Presidente de Bolivia, el general Sucre envió po- 
der á Quito para su casamiento con la marquesa, ceremonia 
que se efectuó el mismo día en que el novio era herido en 
un brazo al sofocar un motín revolucionario contra su gobierno. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



i3$-^2^>.2á^:^2é2é2^:>:-:^.2é2í^.^^2^.^^' 2'^:::^:^.:>^:K^:?i2^:y^^^r- :><^^}:^^^20'¡^mm'r:'yA 



MONTALVAN 



Las haciendas de Montalván y Cwira, en el valle de Cañete, 
y la de Ocucaje en la provincia de lea, formaban parte de la 
cuantiosa fortuna del señor don Juan Fulgencio Apesteguía, 
segundo marqués de Torre-hermosa. 

El título de Castilla de marqués de Torre-hermosa fué con- 
cedido á don Juan Fermín Apesteguía y I^bago, acaudalado ve- 
cino do Lima, el 14 de Abril de 1753, libre perpetuamente 
del pago de lanzas y medias-anatas, por el virrey conde de 
Superunda, en virtud de las facultades acordadas á éste por 
reales cédulas de 30 de Abril y 14 de Septiembre de 1747 y 19 
de Julio de 1748. Fernando VI confirmó la concesión. 

Por muerte de don Juan Fermín, recayó el título en su pri- 
mogénito don Juan Fulgencio que era, en lo físico, un feo con 
efe de fonda de chinos, y en lo moral un candido de los de som- 
brero con cuña.— ¿Qué se vende en esta tienda?— Cabezas de 
borrico, contestó amostazado el mercader.— Si la de usted es 
la de muestra, no compro, y sigo mi camino.— El cuentecito 
podría aplicársele al de Torre-hermosa. Pero como todo burro 
sabe irse al buen pasto, nuestro don Fulgencio escogió para 
esposa á la más linda muchacha de la aristocracia limeña. 

Juanita Erze dio al bobalicón de su marido dos retoños 
que, por la pinta, denunciaban de á legua que en lo de la 
paternidad no huJbo trampa. Las dos chicas salieron más feas 
y más tontas, si cabía, que el señor marqués. 



Digitized by 



Google 



154 RICARDO PALMA 



11 



Llegó á Lima, por los años de 1779, el señor doctor don 
Manuel Antonio de Arredondo y Pelegrín, natural del reino 
de Asturias, con el carácter de Oidor de esta Real Audiencia 
de Lima; de la cual llegó á ser Regente desde 1786 hasta 1816, 
año en que se jubiló. En este lapso de tiempo fué hecho por 
Su Majestad caballero de la Orden de Carlos III, camarista 
del Consejo de Indias y marqpiés de San Juan NefK)muceno, 
amén de que á la muerte del virrey inglés, acaecida en Marzo 
de 1801, Arredondo, como presidente de la Real Audiencia, 
gobernó el Perú hasta Noviembre del mismo año, en que llegó 
el nuevo virrey Aviles. Dicen qpie, en esos ocho meses dé mando 
interino, lo hizo muy regularcüo. 

Era el de Arredondo un buen mozo á carta cabal, y hombre 
de clarísima inteligencia; i>ero gozaba la triste reputación de 
no ser escrupuloso de conciencia, tratándose de adquirir dinero. 
No se paraba en barras y atroi>ellaba por todo. 

Casó, en primeras nupcias, con doña Juana Micheo Jiménez 
y Lobatón, de la familia de los marqueses de Rocafuerte, la 
cual doña Juana, era viuda del Oidor Rezabal y Ugarte, que 
funcionó en la Audiencia de Lima y más tarde fué Regente 
de la de Chile. La plazuela de la Micheo, vecina á la de San 
Juan de Dios, debió su nombre á la circunstancia de estar 
situada en ella la casa de esta noble dama, que fué notable 
por su belleza y virtudes. Quizá por lo último, el de Arredondo 
encontraba algo sosa la breva matrimonial, y se echó á me- 
rodeai en el cercado ajeno. La mujer del marqués de Torre- 
hermosa fué para él la fruta de tentación ; y como don Fulgencio 
vino al mundo predestinado para serlo, y mansísimo, la cosa 
marchó á pedir de boca. El de Arredondo pasaba sin tropiezo 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 155 

de los brazos de una Juana á los de otra Juana. Todo quedaba 
entre tocayas. 

Afectóse la señora Micheo al tener, pwr una oficiosa nmiga, 
noticia de la jugarreta del cónyuge, y á tal extremo se la me- 
lancolizó el ánimo, que en breve fué al hoyo, dejando libre 
y viudo al flamante marqués de San Juan Nepomuceno. 

Ocurriósele á éste entonces, pensai* que la aritmética divina 
no anduvo muy atinada en la regla de división; pues á un 
tetelememe como el de Torre-hermosa le había asignado, aparte 
de muchas casas en la ciudad, las valiosísimas haciendas de 
Montalván, Cuiva y Ocucaje, con mil quinientas piezas de éba- 
no (esclavos) para el cultivo de las tres. Nada más hacedero 
que enmendarle á Dios la cuenta. 

Empezaba ya el runrún de la emancipación americana, y 
los nombres de Washington, y de Iturbide, y de Miranda, y 
de San Martín, y de Bolívar y de otros proceres bullían en 
todas las bocas, ensalzados por unas y deprimidos por otras. 
El marqués don Fulgencio (que hasta en eso fué candido) dio 
en la flor de echarla de patriota, si bien su patriotismo no pa- 
saba de boguimini; y el de Arredondo, que era el consejero 
íntimo del virrey Abascal, encontró, en el patrioterismo del 
hombre á quien servía de Cirineo, el mejor pretexto para eli- 
minar al compañero. El de Torre-hermosa fué reducido á pri- 
sión por insurgente y despachado á España bajo partida de 
registro; y tan bien despachado que murió en el viaje. 

Viudo el Regente y viuda la marquesa se unieron m facie 
ecleaicR ambas viudedades, y empezó el de Arredondo á mane- 
jar como propia la ingente fortuna de las dos niñas herederas 
de Apesteguía. Pero las muchachas, aunque feas como espan- 
tajos de maizal, y tontas como charada de periodista ultramon- 
tano, podían encontrar marido, fK)r amor á sus monedas, y 
reclamar la paterna herencia, idea que bastaba para que el 
señor padrastro frunciera el entrecejo. 



Digitized by 



Google 



lo() RICARDO PALMA 



III 



Mucho murmurábase en Lima de que el Regente pasara con 
su familia largas temporadas en Montalván, con daño de los 
asuntos á la Audiencia encomendados; pero, ¿quién podría hacer 
entrai' en vereda á tan alto personaje? 

En una de esas prolongadas residencias en la hacienda, su-, 
cedió ,que, estando las dos chicas en el corredor de la casa, se 
las presentó una mujer del vecino pueblo de Cañete, vendien- 
do mateít de fréjoles colados. Las muchachas, que eran golosas 
por esc dulce, compraron un matesito^ y una hora después eran 
presa de convulsiones y dolores atroces en el estómago, sien- 
do inútil para salvarles la vida, la ciencia toda, que no sería 
gran cosa, del matasanos ó médico de Montalván. 

Sobrentendido está que el Regente ordenó á cualquier go- 
bernadorcillo ó alcalde de monterilla que levantase sumario, 
que se llenó la fórmula, que no fué habida la dulcera^ y que, 
por falta de datos, se abandonó la causa. La voz pública, si 
bien creía á la marquesa libre de culpa en el doble envenena- 
miento, no era tan benévola para con su señoría el de San Juan 
Nepomuceno. 

Así quedó doña Juana Erze de Arredondo como heredera 
universal de la sucesión de Apesteguía. Pero ella, que vio quizá 
sin sentimiento la muerte de su primer marido, no fué de estuco 
ante la violenta desaparición de las hijas de sus entrañas, y 
á poco tiempo dejó de existir, instituyendo por heredero á su 
marido, acto que, sin duda, no fué muy claro y legal, porque, 
andando el tiempK), vinieron de España deudos de doña Juana, 
y entablaron pleito á la señora doña Ignacia Novoa, viuda del 
brigadier don Manuel de Arredondo y Miaño, sobrino y here- 
dero del Regente. Fué éste muy ruidoso litigio, del qu,e prescin- 
dimos para no herir susceptibilidad de contemporáneos. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 157 

El Regente murió en 1821, tres ó cuatro meses d,espués de 
entrada la patria. Sus bienes se secuestraron por el gobierno in- 
dependiente, y más tarde las haciendas de Montalván y Cuiva 
fueron obsequiadas por el Congreso al general don Bernardo 
0'Higj[ins, ex director Supremo de la República de Chile. 

En la época de la Consolidación (1851 á 1853) se reconoció 
ese famoso crédito en favor de la señora Novoa, reconocimiento 
que motivó las históricamente famosas Cartas de Elías^ que fueron 
como la campanada de la revolución que derrocó al gobierno 
del presidente constitucional general Echenique. 

Sépase, pues, que Montalván significa hasta una guerra civil. 



IV 



Que sobre Montalván ha pesado siempre algo de fatídico y 
misterioso, acabaremos de probarlo con la historia de sus úl- 
timos poseedores hasta 1870. 

Dos ó tres años después de establecidos en el fundo don 
Bernardo O'Higgins y su hermana doña Rosa, ésta dio á luz 
un niño, que recibió en las aguas bautismales el nombre de 
Demetrio. ¿Quién fué el padre del infante? i Misterio! Nosotros 
no hemos de repetir los decires de la maledicencia ó de la 
calumnia. 

Montalván, heredado p)or don Demetrio á la muerte de doña 
Rosa, progresó muchísimo y enriqueció al joven, quien se echó 
á viajar desplegando más boato que Montecristo. A su regreso 
de Europa, se encontró con que los administradores habían 
abusado de su confianza y descuidado la hacienda. Don De- 
metrio tuvo que volver á consagrarse á la faena agrícola. Pa- 
saba tres ó cuatro meses en Montalván y uno ó dos en Lima, 
á donde lo atraían sus relaciones amorosas con una bella cria- 
tura. 



Digitized by 



Google 



158 RICAKDO PALMA 

Una tarde recibió O'Higgins, por un expreso, carta de la 
capital, en que le participaban que su amada Carmen había 
muerta al dar á luz una niña, vivo retrato de don Demetrio. 
Inmediatamente contrató pasaje en el vaporcito que debía zar- 
par al otro día de Cerro-Azul para el Callao. 

Aquella noche murió don Demetrio O'Higgins envenenado 
con esencia de almendras amargas, en una copa de aguardientle. 

¿Fué casualidad? ¿Fué suicidio? ¿Fué crimen cometido por 
persona interesada en que muriese el propietario de Mon- 
talván? ¡Misterio y siempre misterio! 



Digitized by 



Google 



EL PADRE PATA 



A viejos y viejas oí relatar, allá en los días de mi infancia, 
como acaecido en Chancay, el mismo gracioso lance á que un 
ilustre escritor argentino da por teatro la ciudad de Mendoza. 
Como no soy de los que se ahogan en poca agua, y como en 
punto á cantar homilías á tiempos que fueron tanto da un tea- 
tro como otro, ahí va la cosa tal como me la contaron. 

Cuando el general San Martín desembarcó en Pisco con 
el ejército patriota, que venía á emprender la ardua faena com- 
plementaria de la Independencia americana, no faltaron minis- 
tros del Señor, que como el obispo Rangel^ predicasen atro- 
cidades contra la causa libertadora y sus caudillos. 

Que vociferen los que están con las armas en la mano y 
art-iesgando la pelleja, es cosa puesta en razón; pero no lo 
es que los ministros de un Dios de paz y concordia, que en 
medio de los estragos de la guerra duermen buen y comen 
mejor, sean los que más aticen el fuego. Parccenste á aquél 
que en la catástrofe de un tren daba alaridos.— ¿Por qué se 



Digitized by 



Google 



16() RICARDO PALMA 

queja usted tanto?— Porque al brincar se me ha desconcertado 
un pie.— Cállese usted, so marica. ¡Quejarse por un pie torcido 
cuando ve tanto muerto que no chilla! 

Desempeñando interinamente el curato de Chancay estaba 
el franciscano fray Matías Zapata, que era un godo de primera 
agua, el cual, después de la misa dominical, se dirigía á los 
feligreses, exhortándolos con calor para que se mantuviesien 
fieles á la causa del rey, nuestro amo y señor. Refiriéndose 
al Generalísimo, lo menos malo que contra él predicaba era 
lo siguiente: 

—Carísimos hermanos: sabed que el nombre de ese picaro 
insurgente San Martín, es por sí solo una blasfemia; y que 
está en pecado mortal todo el que lo pronuncie, no siendo para 
execrarlo. ¿Qué tiene de santo ese hombre malvado? ¿Llamarse 
San Martín ese sinvergüenza, con agravio del caritativo santo 
San Martín de Tours, que dividió su capa entre los pobres? 
Confórmese con llamarse sencillamente Martín, y le estará bien, 
por lo que tiene de semejante con su colombroño pl pérfido 
hereje Martín Lutero y jwrque, como éste, tiene que arder en 
los profundos infiernos. Sabed, pues, hermanos y oyentes míos, 
que declaro excomulgado vitando á todo el que gritare jviva 
San Martín! porque es lo mismo que mofarse impíamente de 
la santidad que Dios acuerda á los buenos. 

No pasaron muchos domingos sin que el Generalísimo tras- 
ladase su ejército al norte, y sin que fuerzas patriotas ocupa- 
ran Huacho y Chancay. Entre los tres ó cuatro vecinos que, 
por amigos de la justa causa^ como decían los realistas, fué pre- 
ciso poner en chirona, encontróse el energúmeno frailuco, el 
cual fué conducido ante el excomulgado caudillo.— Conque, seor 
godo— le dijo San Martín— ¿es cierto que me ha comparado 
usted con Lutero y que le ha quitado una sílaba á mi ape- 
llido? 

Al infeliz le entró temblor de nervios, y apenas si pudo 
hilvanar la excusa de que había cumplido órdenes de sus su- 
periores, y añadir que estaba llano á predicar devolviéndole á 
su señoría la sílaba.— No me devuelva usted nada y quédese 
con ella— continuó el General;— i>ero sepa usted que yo, en 
castigo de su insolencia, le quito también la primera sílaba 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 161 

de su apellido, y entienda que lo fusilo sin misericordia el 
día en que se le ocurra iPirmar Zapata. Desde hoy no es usted 
más que el padre Pata; y téngalo muy presente, padre Pata. 



Y cuentan que hasta 1823 no hubo en Chancay partida de 
nacimiento, defimción ú otro documento parroquial que no lle- 
vase por firma fray Matías Pata, Vino Bolívar, y le devolvió el 
uso y el abuso de la sílaba eliminada. 



11 



Digitized by 



Google 



l>lyp»^»^l»»»»l>l>»»? » l l»l ll l ll » t»»l>»lll>1llt»t»l>.»t»»»l>t»llt»l^^ 



LA VIEJA DE bolívar 



Con este apodo se conoce hasta hoy (Julio de 1898) en la 
villa de Huaylas, departamento de Ancachs, á una anciana de 
noventa y dos navidades, y qiie á juzgar por sus buenas con- 
diciones físicas é intelectuales, promete no arriar bandera en 
la batalla de la vida sino después de que el siglo xx haya 
principiado á hacer pinicos. Que Dios la acuerde la realidad 
de la promesa, y después ábrase el hoyo, ya que 

todo, todo en la tierra 
tiene descanso; 
todo... hasta las campanas 
el Viernes Santo (1) 



Manuelita Madroño era, en 1824, un fresquísimo y lindo pim- 
pollo de dieciocho primaveras, pimpollo muy codiciado, así 
por los Tenorios de mamadera ó mozalbetes, como por los 
hombres graves. La doncellica pagaba á todos con desdeñosas 
sonrisas, porque tenía la intuición de que no estaba predesti- 
nada para hacer las delicias de ningún pobre diablo de su 
tierra, así fuese buen mozo y millonario. 

En una mañana del mes de Mayo de aquel año, hizo Bo- 



(1) El 12 de Julio eeoribf este artículo j ¡curiosa coincidencia! en este mismo día falleció la 
Qonaígenaria protagonista, como si se hubiera propuesto desairar mi buen deseo. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 163 

lívar su entrada oficial en Huaylas, y ya se imaginará el lector 
toda la solemnidad del recibimiento y lo inmenso del popular 
regocijo. El Cabildo, que pródigo estuvo en fiestas y agasajos, 
decidió ofrecer al Libertador una corona de flores, la cual 
le sería presentada por la muchacha más bella y distinguida 
del pueblo. Claro está que Manuehta fué la designada, como 
que por su hermosura y lo despejado de su espíritu, era lo 
mejor en punto á hijas de Eva. 

A don Simón Bolívar, que era golosillo por la fruta veda- 
da del Paraíso, hubo de parecerle Manuelita bocato di rardinale^ 
y á la fantástica niña antojósele también pensar que era el Li- 
bertador el hombre ideal por ella soñado. Dicho queda con 
esto que no pasaron cuarenta y ocho horas sin que los enamo- 
rados ofrendasen á la diosa Venus. 



Si el fósforo da candela; 
¡qué dará la fosforera! 



Y sea dicho en encomio del voluble Bolívar, que desde ese 
día hasta fines de Noviembre, en que se alejó del departamento, 
no cometió la más pequeña infidelidad al amor de la abnega- 
da 5* entusiasta serrana que lo acompañó, como valiosa y ne- 
cesaria prenda anexa al equipaje, en sus excursiones por el 
territorio de Ancachs, y aún lo siguió al glorioso campo de 
Junín, regresando con el Libertador, que se proponía formar 
en el Norte algunos batallones de reserva. 

Manuelita Madroño guardó tal culto por el nombre y re- 
cuerdo de su amante, que jamás correspondió á pretensiones 
de galanes. A ella no la arrastraba el río, por muy crecido que 
fuese. 



Digitized by 



Google 



n 



164 RICABDO PALMA 



Hoy, en su edad senil^ cuando ya el pedernal no da chispa, 
se alegra y siente como rejuvenecida cuando alguno de sus 
paisanos la saluda, diciéndola: 

—¿Cómo está la vieja de- Bolívar 1 

Pregunta á la que ella responde, sonriendo con picardía : 

— Como cuando era la moza. 



Digitized by 



Google 



LAS TRES ETCETERAS DEL LIBERTADOR 

I 

A fines de Maya de 1824 recibió el gobernador de la por 
entonces villa jde San Ildefonso de Caraz, don Pablo Guzmán, 
un oficio del Jefe de Estado Mayor del ejército independiente, 
fechado en Huaylas, en el que se le prevenía que, debiendo lle- 
gar dos días más tarde, á la que desde 1868 fué elevada á 
la categoría de ciudad, una de las divisiones, aprestase sin 
pérdida de tiempo cuarteles, reses para rancho de la tropa 
y forraje para la caballada. ítem se le ordenaba que, para su 
excelencia el Libertador, alistase cómodo y decente alojamien- 
to, con buena mesa, buena cama y etc., etc., etc. 

Que Bolívar tuvo gustos sibaríticos es tema que ya no se 
discute; y dice muy bien Menéndez y Pelayo cuando dice que 
la Historia saca partido de todo, y que no es raro encontrar 
en lo pequeño la revelación de lo grande. Muchas veces, sin 



Digitized by 



Google 



166 RICARDO PALMA 

paral- mientes en ello, oí á los militares de la ya extinguida ge- 
neración que nos dio Patria é Independencia decir, cuando 
se proponían exagerar el gasto que una persona hiciera eu 
el consumo de determinado artículo de no imperiosa necesidad: 
—Hombre, xusted gasta en cigarros (por ejemplo) más que el 
Libertador en agua de Colonia. 

Que don Simón Bolívar cuidase mucho del aseo de su per- 
sonita y que consumiera diariamente hasta un frasco de agua 
de Colonia, á fe que á nadie debe maravillar. Hacía bien, y 
le alabo la pulcritud. Pero es el caso que, en los cuatro años de 
su permanencia en el Perú, tuvo el tesoro nacional que pagar 
ocho mil pesos ¡j ¡8,000!!! invertidos en agua de Colonia para 
uso y consimio de su excelencia el Libertador, gasto que corre 
parejas con la partida aquella del Gran Capitán:— En hachas, 
picas y azadones, tres millones. 

Yo no invento. A no haber desaparecido en 1884, por con- 
secuencia de voraz (y acaso malicioso) incendio, el archivo 
del Tribimal Mayor de Cuentas, podría exhibir copia certificada 
del reparo que á esa partida puso el vocal á quien se encomen- 
dó, en 1829, el examen de cuentas de la comisaría del ejército 
libertador 

Lógico era, pues, que para el sibarita don Simón aprestasen 
en Caraz buena casa, buena mesa y etc., etc., etc. 

Como las pulgas se hicieron, de preferencia, para los perros 
flacos, estas tres etcéieras dieron mucho en qué cavilar al bue- 
no del gobernador, que era hombre de los que tienen el talen- 
to encerrado en jeringuilla y más tupido que caldo de habas. 

Resultado de sus cavilaciones fué el convocar, para pedh*les 
consejo, á don Domingo Guerrero, don Felipe Gastelumendi, 
don Justino de Milla y don Jacobo Campos, que eran, como 
si dijéramos, los caciques ú hombres prominentes del vecin- 
dario. 

Uno de los consultados, mozo que preciaba de no sufrir 
mal de piedra en el cerebro, dijo: 

— j[,Sabe usted, señor don Pablo, lo que, en castellano, quiere 
decir etcétera? 

—Me gusta la pregimla. En priesa me ven y doncellez me 
demandan, como dijo una i>azpuerca. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 167 

No he olvidado todavía mi latín, y sé bien que etcétera sig- 
nifica y lo demás, señor don Jacobo. 

—Pues, entonces, lechuga, ¿por qué te arrugas? ¡Si la cosa 
está más clara que agua de puquio! ¿No se ha fijado usted en 
que esas tres etcéteras están puestas á continuación del encargo 
de buena cama? 

—¡Vaya si me he fijado! Pero, con eiio, nada saco en lim- 
pio. Ese señor Jefe de Estado Mayor debió escribir cgmo Cristo 
nos enseña: pan, pan, y vino, vino, y no fatigarme en que le 
adivine el pensamiento. 

—¡Pero, hombre de Dios, ni que fuera usted de los que 
no compran cebolla por no cargar rabo! ¿Concibe usted buena 
cama sin una etcétera siquiera? ¿No cae usted todavía en la 
cuenta de lo que el Libertador, que es muy devoto de Venus, 
necesita para su gasto diario? 

— No diga usted más, compañero— interrumpió don Felipe 
Gastelumendi.— A moza por etcétera, si mi cuenta no marra. 

— Pues á buscar tres ninfas, señor gobernador— dijo don Jus- 
tino de Milla— en obedecimiento al superior mandato; y no 
se emp>eñe usted en escogerlas entre las muchachas de zapato 
de ponleví y basquina de chamelote, que su excelencia, según 
mis noticias, ha de darse por bien servido siempre que las 
chicas sean como para cena de Nochebuena. 

Según don Justino, en materia de paladar erótico, era Bo- 
lívaí" como aquel bebedor de cerveza á quien preguntó el criado 
de la fonda:— ¿Qué cerveza prefiere usted que le sirva? ¿Blanca 
ó negra?— Sírvemela mulata. 

—¿Y usted qué opina?— preguntó el gobernador, dirigién- 
dose á don Domingo Guerrero. 

—Hombre— contestó don Domingo,— para mí la cosa no tiene 
vuelta de hoja, y ya está usted perdiendo el tiempo que ha 
debido emplear en proveerse de etcéteras. 



Digitized by 



Google 



168 RICARDO PAI.MA 



II 



Si don Simón Bolívar no hubiera tenido en asunto de fal- 
das, aficiones de sultán oriental, de fijo que no figuraría en 
la Historia como libertador de cinco repúblicas. Las mujeres 
le salvaron siempre la vida, pues mi amigo García Tosta, que 
está muy al dedillo informado en la vida privada del héroe, 
refiere dos trances que, en 1824, eran ya conocidos en el Perú. 

Apuntemos el primero. Hallándose Bolívar en Jamaica, en 
1810, el feroz Morillo ó su teniente Morales enviaron á Kings- 
ton un asesino, el cual clavó por dos veces un puñal en el pecho 
del comandante Amestoy, que se había acostado sobre la hamaca 
en que acostumbraba dormir el general. Este, por causa de 
una lluvia torrencial, había pasado la noche en brazos de Luisa 
Crober, preciosa joven dominicana, á la que bien podía can- 
társele lo de: 

Morena del alma mía, 
morena, por tu querer 
pasaría yo la mar 
en barquito de papel. 

Hablemos del segundo lance. Casi dos años después, el es- 
pañol Renovales penetró á media noche en el campamento pa- 
triota, se introdujo en la tienda de campaña, en la que había 
dos hamacas, y mató al coronel Garrido, que ocupaba una 
de éstas. La de don Simón estaba vacía, porque el propietario 
andaba de aventura amorosa en una quinta de la vecindad. 

Y aunque parezca fuera de oportunidad, vale la pena recor- 
dar que en la noche del 25 de Septiembre, en Bogotá, fué tam- 
bién una mujer quien salvó la existencia del Libertador, que 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 169 

resistía á huir de los conjurados, diciéndole:— De la mujer el 
consejo— presentándose ella ante los asesinos, á los que supo 
detener mientras su amante escapaba por una ventana. 



111 



La fama de mujeriego que había precedido á Bolívar contri- 
buyó en mucho á que el gobernador encontrara lógica y acer- 
tada la descifración que, de las tres etcéteras, hicieron sus ami- 
gos, y después de pasar mentalmente revista á todas las mucha- 
chas bonitas de la villa, se decidió por tres de las que le pare- 
cieron de más sobresaliente belleza. A cada una de ellas po- 
día, sin escrúpulo, cantársele esta copla: 

de las flores, la violeta; ' 
de los emblemas, la cruz; 
de las naciones, mi tierra: 
y de las mujeres, tú. 

Dos horas antes de que Bolívar llegara, se dirigió el capitán 
de cívicos don Martín Gamero, por mandato de la autoridad, á 
casa de las escogidas, y sin muchos preámbulos las declaró pre- 
sas; y en calidad de tales las condujo al domicilio preparado 
para alojamiento del Libertador. En vano protestaron las ma- 
dres, alegando que sus hijas no eran godas, sino patriotas hasta 
la pared del frente. Ya se sabe que el der/^cho de protesta 
es derecho femenino, y que las protestas se reservan para ser 
atendidas el día del juicio, á la hora de encender faroles. 

—¿Por qué se lleva usted á mi hija?— gritaba una madre. 

—¿Qué quiere usted que haga?— contestaba el pobrete ca- 
pitán de cívicos.— Me la llevo de orden suprema. 

—Pues no cumpla usted tal orden— argumentaba otra vieja. 



Digitized by 



Google 



170 RICARDO PALMA 

— ¿Que no cumpla? ¿Está usted loca, comadre? Parece que 
usted quisiera que la complazca fK)r sus ojos bellidos, para 
que luego el Libertador me fría por la desobediencia. No, hija, 
no entro en componendas. 

Entretanto, el gobernador Guzmán, con los notables, salió 
á recibir á su excelencia á media legua de camino. Bolívar le 
preguntó si estaba listo el rancho para la tropa, si los cuarteles 
ofrecían comodidad, si el forraje era abimdante, si era decente 
la posada en que iba á alojarse; en fin, lo abrumó á preguntas. 
Pero, y esto chocaba á don Pablo, ni una palabra que revelase 
curiosidad sobre las cualidades y méritos de las tres etcéter<is 
cautivas. 

Felizmente i>ara las atribuladas familias, el Libertador en- 
tró en San Ildefonso de Caraz á las dos de la tarde, impúsose 
de lo ocurrido, y ordenó que se abriese la jaula á las palo- 
mas, sin siquiera ejercer la prerrogativa de una vista de ojos. 
Verdad que Bolívar estaba por entonces libre de tentaciones, 
pues traía desde Huaylas (supongo que en el equipaje) á Ma- 
nuelita Madroño, que era una chica de dieciocho años, de lo 
más guapo que Dios creara en el género femenino del departa- 
mento de Ancachs. 

En seguida le echó don Simón al gobemadorcillo una repa- 
sata de aquellas que él sabía echar, y lo destituyó del cargo. 



IV 



Cuando corriendo los años, pues á don Pablo Guzmán se 
le enfrió el cielo de la boca en 1882, los amigos embromaban al 
ex-gobernador hablándole del renuncio que, como autoridad, 
cometiera, él contestaba: 

—La culpa no fué mía sino de quien, en el oficio, no se ex- 
presó con la claridad que Dios manda: 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TKADICIONES 171 

Y no me han de convencer 
con argumentos al aire; 
pues no he de decir Voltér 
donde está escrito Voltaire. 

Tres etcéteras al pie de una buena cama, para todo buen 
entendedor, son tres muchachas... y de aquí no apeo ni á ba- 
lazos. 



LA CARTA DE LA LIBERTADORA 



Los limeños, que por los años de 1825 á 1528, oyeron can- 
tar en la Catedral, entre la Epístola y el Evangelio, á guisa 
de antífona. 

De tí viene todo 
lo bueno, Señor; 
nos diste á Bolívar, 
gloria á ti, gran Dios; 

transmitieran á sus hijas, limeñas de los tiempos de mi mocedad, 
una frase que, según ellas, tenía mucho entripado y nada de 
cuodlibeto. Esta frase era : la carta de la Libertadora. 

A galán marrullero, que pasaba meses y meses en chafaldi- 
tas y ciquiricatas tenaces, pero insustanciales, con una chica, 
lo asaltaba de improviso la madre de ella con estas palabras: 

—Oiga usted, mi amigo, todo está muy bueno; pero mi hija 
no tiene tiempo que perder, ni yo aspiro á catedrática en echa- 
corvería. Conque así, ^ ó se casa usted pronto, prontito, ó da 
por escrita y recibida la carta de la Libertadora. 



Digitized by 



Google 



172 RICARDO PALMA 

—¿Qué es de fulano? ¿Por qué se ha retirado de tu casa? 
—preguntaba una amiga á otra. 

—Ya eso se acabó, hija— contestaba la interpelada.— Mi mamá 
le escribió la carta de la Libertadora, 

La susodicha epístola, era, pues, equivalente á una notifi- 
cación de desahucio, á darle á uno con la puerta en las narices 
y propinarle calabazas en toda regla. 

Hasta mozconas y perendecas rabisalseras se daban tono 
con la frase:— Le he dicho á usted que no hay fK)sada, y dale 
á desensillar. Si lo quiere usted más claro, le escibiré la car- 
ta de la Libertadora, 

Por supuesto, que ninguna limeña de mis juveniles tiempos 
en que ya habían pasado de moda los versitos de la antífona, 
para ser reemplazados con estos otros: 



Bolívar fundió á los godos 
y, desde ese infausto día, 
por un tirano cjue había 
sé hicieron tiranos todos; 



por supuesto, repito, que ninguna había podido leer la carta, 
que debió ser mucha carta, pues de tanta fama disfrutaba. Y 
tengo para mí que las mismas contemporáneas de doña Ma- 
nuelita Saenz (la Libertadora) no conocieron el docimiento sino 
por referencias. 

El cómo he alcanzado yo á adquirir copia de la carta de 
la Libertadora, para tener el gusto de echarla hoy á los cua- 
tro vientos, es asunto que tiene historia, y, por ende, merece 
párrafo aparte. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 173 



II 



El presidente de Venezuela, general Guzmán Blanco, dispuso, 
allá por los años de 1880, que, por la imprenta del Estado, 
se publicase en Caracas una compilación de cartas á Bolívar, 
de las que fué poseedor el general Florencio O'Leary. 

Terminada la importantísima publicación, quiso el gobier- 
no Qomplementarla dando también á luz las Memorias de O'Lea- 
ry; y en efecto, llegaron á repartirse los tomos primero y se- 
gundo. 

Casi al concluirse estaba la impresión del tomo tercero, 
pues lo impreso alcanzó hasta la página 512, cuando, por causa 
que no nos hemos fatigado en averiguar, hizo el gobierno un 
auto de fe con los pliegos ya tirados, salvándose de las lla- 
mas únicamente un ejemplar que conserva Guzmán Blanco, 
otro que posee el encargado de corregir las pruebas, y dos 
ejemplares más que existen en poder de literatos venezolanos 
que, en su impaciencia por leer, consiguieron de la amistad 
que con el impresor les ligara, que éste les diera un ejemplar 
de cada pliego, á medida que salían de la prensa. 

Nosotros no hemos tenido la foriuna de ver un solo ejemplar 
del infortunado tomo tercero, cuyos poseedores diz que lo en- 
señan á los bibliófilos con más orgullo que Roschild el famoso 
billete de banco por un millón de libras esterlinas. 

Gracias á nuestro excelente amigo el literato caraqueño Arfs- 
tides Rojas, supimos que en ese tomo figura la carta de la 
Libertadora á su esposo el doctor Thorne. Este escribía cons- 
tantemente á dofla Manuelita solicitando una reconciliación, por 
supuesto sobre la base de lo pasado, pasado, cuenta nueva 
y baraja ídem. El médico inglés (me decía Rojas) se había 
convertido de hombre serio en niño llorón, y era, por lo tanto, 
más digno de babador que de corbata. 



Digitized by 



Google 



174 RICARDO PALMA 

Y €l doctor Thome era de la misma pasta de aquel marido 
que le dijo á su mujer: 

—i Canalla I me has traicionado con mi mejor amigo. 

—i Mal agradecido 1— le contestó ella, que era de las hem- 
bras que tienen menos vergüenza que una gata de techo:— 
¿no sería peor que te hubiera engañado con un extraño? 

Toro á la plaza. Ahí va la carta. 



III 



«No, no, no, no más, hombre, ipor Dios! ¿Por qué me hace 
•usted faltar á mi resolución de no escribirle? Vamos, ¿qué ade- 
»lanta usted, sino hacerme pasar por el dolor de decirle mil 
» veces que no? 

>Usted es bueno, excelente, inimitable; jamás diré otra cosa 
>sino lo que es usted. Pero, mi amigo, dejar á usted por el 
^general Bolívar, es algo: dejar á otro marido, sin las cuali- 
»dades de usted, sería nada. 

»¿Y usted cree que yo, después de ser la predilecta de 
> Bolívar, y con la seguridad de poseer su corazón, prefiriera 
>ser la mujer de otro, ni del Padre, ni del Hijo, ni del Espíritu 
> Santo, ó sea de la Santísima Trinidad? 

»Yo sé muy bien que nada puede unirme á Bolívar bajo los 
» auspicios de lo que usted llama honor. ¿Me cree usted menos 
> honrada, por ser él mi amante y no mi marido? ¡Ah! yo 
»no vivo de las preocupaciones sociales. 

> Déjeme usted en paz, mi querido inglés. Hagamos otra 
>cosa: en el cielo nos volveremos á casar; pero en la tierra, no. 

>¿Cree usted malo este convenio? Entonces diría que es us- 
>ted muy descontentadizo. 

>En la patria celestial pasaremos una vida angélica, que allá 
»todo será á la inglesa, porque la vida monótona está reser- 
>vada á su nación, en amor se entiende; pues en lo demás, 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 175 

»¿ quiénes más hábiles para el comercio? El amor les acomoda 
»sin entusiasmo, la conversación sin gracia, la chanza sin risa, 
»el saludar con reverencia, el caminar despacio, el sentarse 
»con cuidado. Todas estas son formalidades divinas; pero á 
»mí, miserable mortal, que me río de mí misma, de usted y 
»de todas las seriedades inglesas, no me cuadra vivir solM'e 
lia tierra condenada á Inglaterra perpetua. 

» Formalmente, sin reírme, y con toda la seriedad de una 
•inglesa, digo que no me juntaré jamás con usted. No, no y no 

>Su invariable amiga.— ilíaniieZa.» 



IV 



Si don Simón Bolívar hubiera tropezado un día con el in- 
glés, seguro que entre los dos habría habido el siguiente diálogo : 

—Como yo vuelva á saber 
que escribe á mi dulcinea... 
—1 Pero, hombre, si es mi mujer ! 
—¡Qué me importa que lo sea! 

¿No les parece á ustedes que la cartita es merecedora de la 
fama que alcanzó, y que más claro y repiqueteado no cacarea 
una gallina? 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



LA ULTIMA FRASE DE BOLÍVAR 

La escena pasa en la hacienda San Pedro Alejandrino, y en 
una tarde de Diciembre del año 1830. 

En el espacioso corredor de la casa, y sentado en un sillón 
de baqueta, veíase á un hombre demacrado á quien una tos 
cavernosa y tenaz convulsionaba de hora en hora. El médico, 
un sabio europpo, le propinaba una poción calmante, y dos 
viejos militares, que silenciosos y tristes paseaban en el salón, 
acudían solícitos al corredor. 

Más que de un enfermo, se trataba ya de un moribundo; 
pero de im moribundo de inmortal renombre. 

Pasado un fuerte acceso, el enfermo se sumergió en pro- 
funda meditación, y al cabo de algunos minutos dijo con voz 
muy débil: 

—¿Sabe usted, doctor, lo que me atormenta al sentirme ya 

próximo á la tumba? 

12 



Digitized by 



Google 



178 RICAKDO PALMA 

—No, mi General. 

—La idea de que tal vez he edificado sobre arena movediza 
y arado en el mar— y un suspiro brotó de lo más íntimo de 
su alma, y volvió á hundirse en su meditación. 

Transcurrido gran rato, una sonrisa tristísima se dibujó en 
su rostro, y dijo pausadamente: 

—¿No sospecha usted, doctor, quiénes han sido los tres 
más insignes majaderos del mundo? 

—Ciertamente que no, mi General. 

—Acerqúese usted, doctor... se lo diré al oído... Los tres 
grandísimos majaderos hemos sido Jesucristo, Don Quijote 
y .' yo. 



Digitized by 



Google 



CORONGUINOS 



Ni después del 15 de Junio ni antes del 15 de Julio se en- 
cuentra en Lima, ni para un remedio, á un solo coron^juino 

Los sirvientes de hotel, los heladeros ambulantes y los peo- 
nes que la Municipalidad contrata para enlozar y empedrar 
las calles de la capital, son, con rarísimas excepciones, hijos 
todos de la que hoy es ciudad y que, hasta 1888, se conoció 
con el nombre de villa de San Pedro de Corongos, cabeza 
de la provincia de Pallasca. 

El coronguino trabaja, empeñosa y honradamente, en Lima 
durante once meses del año, sin otra aspiración que la de tener 
cautivos para Junio siquiera cincuenta duros, cautivos á los 
que pone en libertad el día 29 festejando al santo patrono. 

Es popular creencia la de que todo coronguino tiene ganado 
lugarcito en el cielo; gracias á que ha sabido conquistarse, en 
vida, el cariño del portero de la gloria eterna. 

El 29 de Junio, desde que clarea el alba, empiezan los coron- 
guinos á empinar el codo; y al medio día, hora en que el 



Digitized by 



Google 



180 RICARDO PALMA 

párroco saca al santo en procesión, han menudeado ya tanto 
las libaciones, que hombres y mujeres están completamente 
fieneques. Así, cuando llega el momento en que las pallas, esco- 
gidas entre las mozas solteras más bonitas, bailan la panatagua 
delante de las andas, nunca faltan, por lo menos, media docena 
de coronguinos que, armados de sendos garrotes, se lanzan 
sobre las odaliscas con el propósito de llevárselas, á usanza 
chilena, por la razón ó la fuerza. 

Allí se arma la gorda. Los jxidres y deudos de las sabinas 
acuden con poco brío y por pura fórmula; pero hay siempre 
algunos mozos del pueblo, galancetes no correspondidos por 
las muchachas, que por berrinche, reparten garrotazos ala 
de veras sobre los raptores. Los amigos de éstos acuden in- 
mediatamente á prestarles ayuda y brazo fuerte, y en alguna 
festividad fué tan descomunal la batalla, que hasta San Pedro 
resultó con la cabeza separada del tronco, lo que dio campo 
á los envidiosos pueblos vecinos para que bautizasen á los co- 
ronguinos con el mote de mata á San Pedro. 

Cuando la lucha ha durado ya diez minutos, tiempo sufi- 
ciente para que cada romano se haya evaporado con la respec- 
tiva sabina, acude el Subprefecto con el piquete de gendarmes, 
y no sin fatiga consigue restablecer el orden público alterado 
y que siga su curso la procesión. 

Es de rito que ocho días después, y sin cobrarles más que 
la mitad de los derechos, case el cura á las sabinas con sus 
raptores. Título de orgullo para toda coronguina, que en algo 
se estima valer, es entrar en la vida del matrimonio después 
de haber dado motivo para cabezas rotas y brazos desvenci- 
jados. 

Las coronguinas, en su aspiración á ser robadas el día de 
San Pedro, tienen mucho de parecido á las antiguas chorrilla- 
ñas que fincaban su gloria, no en haber sido conquistadas 
á garrotazo limpio, s4no en casarse después de haber estado 
tres meses á prueba en casa del galán. Así los padres de la 
chorrillana, cuando querían convidar á alguien á la ceremonia 
de iglesia, empleaban la siguiente fórmula:— Participo á usted 
que mi hija ha salido bien de la prueba, y que se casa mañana. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 181 

—i Vamos ! ; Si cuando yo digo que las buenas costumbres desapa- 
recen sólo por ser buenas! 

Cuentan que, hastiado del mar, hizo un marinero el propó- 
sito de no volver á embarcarse y de casarse con mujer que 
nimca le recordase cosas de la vida de á bordo. Echándose un 
remo al hombro, fué de pueblo en pueblo, preguntando á cuanta 
muchacha casadera encontraba si sabía lo que era ese palo, 
y todas le contestaban que era un remo. Al fin dio con una 
que lo ignoraba, y se casó con ella. En la noche de la boda 
al acostarse el matrimonio, la mujer exigió que se acostase 
primero su marido. Complacióla éste, y entonces le preguntó 
ella:— Dime: ¿qué lado es el que me corresponde ocupar en 
la cama? ¿el de babor, ó el de estribor?— Si el marinero hubiera, 
podido proceder á la antigua usanza chorrillana, de fijo que 
reprobaba en la prueba á la muchacha. 

Después del octavario de San Pedro, cesa en Corongos todo 
jolgorio, y ya, sin un centavo en el bolsillo, regresan á Lima 
los coronguinos á trabajar de firme once meses... para la fiesta 
siguiente. 



II 



Que los coronguinos no inventaron la pólvora, y ni siquiera 
el palillo para los dientes, es artículo de fe en todo el departa- 
mento; pues hasta como heladeros quedan muy por debajo 
de los indios de Huancayo. Y para que no digan que los ca- 
lumnio al negarles dotes de inteligencia, básteme relatar un 
hecho acaecido en 1865. 

Un travieso Inuchacho fustigaba á un burro remolón, y tanto 
hubo de castigarlo, que el cachazudo cuadrúpedo perdió su 
genial calma, y le aplicó tan tremenda coz en el ombligo que 
lo dejó patitieso. Acudió gente, y con ella el boticario, quien 



, Digitized by 



Google 



182 RICARDO PALMA 

declaró que no quedaba ya más por hacer que enterrar al 
difunto. 

Aquel año ejercía el cargo de Juez de paz en Corongos un 
vecino principal llamado don Macario Remusgo, el cual, á pe- 
tición del pueblo, levantó sumaria información del suceso, y 
en vez de terminar declarando, por lo expuesto por los testigos, 
que la muerte del muchacho era un hecho casual motivado por 
su travesura, concluyó dictando auto de prisión contra el burro. 

Pero el condenado borrico se había hecho humo, y no hubo 
forma de encontrarlo y meterlo en la cárcel. 

Y tanto se alborotaron los coronguinos celebrando la jus- 
tificación y talento de su paisano Remusgo, que la cosa llegó 
á oídos del Juez letrado de la provincia, el cual pidió los autos, 
y en ellos estampó un decreto declarando la nulidad de todo 
lo actuado, por existir inmediato parentesco entre el Juez de 
paz y el burro. 



Digitized by 



Googíe 



EL PADRE OROZ 



Allá por los no muy remotos años en que dominaba el Perú 
la usurpadora autoridad del general Santa-Cruz, existía, en el 
convento de franciscanos de la ciudad del Cuzco, un sacerdote, 
conocido con el nombre de padre Oroz y que gozaba de gran 
influencia en el pueblo. Debida era ésta á su reputación de 
austeridad y á su talento y dotes oratorias en el sagrado pulpito. 

Los buenos habitantes de la imperial ciudad de los Incas 
miraban con tal respeto al franciscano, que no se encontró 
enlre ellos motilón que no creyese, á pie juntillas y como ver- 
dad evangélica, cuanta palabra salía de los inspirados labios 
del recoleto. Los hipócritas no sirven á Dios; pero se sirven 
de Dios para engañar á los hombres. 

Mas diz que un día el demonio de la ambición se le entró 
en el pecho, y codició la mitra de obispo. El camino más fácil 
para obispar era, sin disputa, mezclarse en alguna intriga po- 
lítica; porque averiguada cosa es que nada lleva tan pronto 



Digitized by 



Google 



181 RICARDO PALMA 

á la horca y á todos los altos puestos, como tomar cartas en 
ese enmarañado juego. 

Los cuzqueños miran con gran devoción una imagen del 
Señor de los Temblores, obsequiada á la ciudad por Carlos V, 
y que suponen pintada por el pincel de los ángeles. Una ma- 
ñana empezó á esparcirse por la ciudad el rumor de que la 
efigie iba á ser robada por emisarios de Santa-Cruz, para tras- 
ladarla á un templo de Bolivia. El pueblo se arremolinó, acudió 
la fuerza armada, hubo campanas echadas á vuelo y, para de- 
cirlo de una vez, motín en toda forma, con su indispensable 
consecuencia de muertos y heridos. 

El agitador de las turbas había sido el santo padre Oroz. 

Pero no fué sólo la ambición el sentimiento que de impro- 
viso brotara en su alma. También estaba locamente enamorado 
de ima de sus confesadas, la hermosa Angela, hija de una res- 
petable familia del Cuzco. La pasión del fraile por ella se con- 
virtió en una de esas fiebres que matan la razón. 

El se repetía con un poeta: 

El alma que siento en mí 
está partida entre dos: 
la mitad es para ti, 
la otra mitad es de Dios. 

El padre Oroz, (jue había pasado su juventud entera con- 
sagrado al estudio, qiie se había captado el respeto del pueblo, 
que en distintas ocasiones había sido elevado al primer rango 
de la comunidad franciscana, sacrificó en un instante su pasado 
de ascetismo y beatitud, manchándose con el crimen. 

Angela, que tal vez no habría resistido á un seductor ar- 
mado de rizados bigotes y guantes de Preville, tuvo odio y 
repugnancia por im amante que vestía hábito de jerga y mos- 
traba rapado el cerviguillo. El fraile, convertido en rabioso sá- 
tiro, la amenazó con im puñal; y por fin, desesperado con el 
obstinado desdén de la joven, terminó fK)r asesinarla. 

Ei mismo día desapareció del Cuzco el padre Oroz. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 185 



Tal es, despojado de episodios, el argumento de una novela 
histórica que con el título— El padre jfforán— publicó el malo- 
grado Narciso Aréstegui. El autor de esa notable leyenda murió 
el segundo día del Carnaval de 1869, siendo á la sazón Pre- 
fecto de Puno. Al regresar de un paseo en el lago Titicaca 
se volcó la embarcación, desapareciendo para siempre Arés- 
tegui y algunos de sus compañeros. 

El padre Horán^ literariamente juzgado, fué un hábil ensayo 
en la novela nacional. Las letras americanas tuvieron una sen- 
sible pérdida con el triste fin del inteligente escritor cuzqueño. 
] Tributémosle doloroso recuerdo I 



Veinticinco años habían pasado siu que nadie supiese algo so- 
bre la existencia de Oroz, hasta que, en 1862, apareció una carta 
datada en Zepita el 4 de Marzo, y de la cual extractamos las 
siguientes líneas: 

Hace algunos años que en el pueblo de Zorata (próximo 
á la Paz, en Bolivia) se presentó un hombre de aspecto serio 
que revelaba talento, y más que todo, cavilosidad. Se instaló 
en una pobre casita que arregló de tal modo, que ninguno 
podía, por curioso que fuese, penetrar en su interior ni colum- 
brar lo que allí había y se hacía. El desconocido se ocupaba 
en el santo empleo de enseñar á los niños las primeras le- 
tras. Su conducta era moral y austera. A veces se le veía re- 
zar el oficio divino en el lugar más recóndito de la casa, y 
también se advertía que sus alimentos no pasaban de una 
sencilla sopa de pan y agua. Era un hombre retraído de la 
sociedad, sin que por eso tuviese su trato los resabios del mi- 
sántropo; pues que su conversación era muy agradable á los 
que lo visitaban. Al fin cayó mortalmente enfermo; y después 
de haberse confesado, declaró de un modo humano que no 
se llamaba José Mariano Sánchez, sino que era el padre Oroz, 
religioso franciscano conventual de la ciudad del Cuzco; que 



Digitized by 



Google 



186 RICABDO PALMA 

habiendo tenido la desgracia de dejarse vencer por unas afec- 
ciones poco honestas hacia una joven, su hija de confesión, 
viendo que ésta iba á casarse la puso estorbos de todo género 
y que, siendo éstos inútiles, la asesinó á puñaladas. Dijo tam- 
bién al confesor que registrase el baúl que en su cuarto estaba, 
donde encontraría el hábito que vestía en la hora de su des- 
gracia, y el puñal con que había causado su propia ruina y 
la de su desdichada víctima. Registrado el baúl, se encontraron 
lo uno y lo otro, todavía con manchas de sangre. A los pocos 
días de esta declaración, murió el desventurado padre Oroz, 
á los veinticinco años de haber empezado la expiación. Exa- 
minado el cuerpo del difunto, se le halló casi descarnado á 
disciplinazos. Los cilicios apenas dejaban libres las coyunturas 
de los codos. 

El padre Oroz había expiado su crimen sobre la tierra du- 
rante un cuarto de siglo, y sus sufrimientos morales dejan 
en el espíritu esta magnífica lección:— Hay algo en el hombre 
tan severo como la justicia de Dios, y ese algo es el remordi- 
miento. 



Digitized by 



Google 



:>;:^' í>^>:¿^2^2^'^^*>^^^:^':' ^v- ■i2e>-;-:^ 



SISTEMA DECIMAL ENTRE LOS ANTIGUOS PERUANOS 



El ilustrado señor Daubrée, miembro de la Academia de 
Cicntías de París, juzgando los dos primeros volúmenes de 
los Anales de Construcciones Civiles y de Minas ^ que publica en 
Lima la Escuela de Ingenieros, pone en duda que los ameri- 
canos, antes de la conquista, hubieran conocido la immera- 
ción decimal, tal como, en un artículo de los citados Anales^ 
lo asegura el ingeniero señor Chalón. 

Ciertamente que la historia del Perú, así en sus tiempos 
pi'ehistóricos ó anteriores á la fundación del Imperio Tiahuan- 
tisuyo por Manco-Capac, como en aquellos en que la civili- 
zación incásica convirtió en pueblos sujetos á vida regular y 
ordenada, á las que antes eran tribus nómadas y salvajes, tie- 
ne puntos tan obscuros que casi se confunden con la fábula. 
La teogonia ó culto religioso de los Incas, no está aún sufi- 
cientemente estudiada, ni hay datos fijos, sino contradictorios, 
para formarnos de ella ima idea clara. Y lo mismo puede de- 
cirse de su legislación y costumbres. Lo único que hay de 
determinado y ya indiscutible es, que la dinastía incásica tuvo 
hábitos belicosos y de conquista, y qué fué ingénita en ella 
la generosidad para con los vencidos. 

Hablando de la literatura, tuvimos en una ocasión la bue- 
na suerte de anotar que la poesía dramática, el teatro, fué 
desconocido para los antiguos peruanos. Sólo el historiador 



Digitized by 



Google 



188 RICARDO PALMA 

Gmxilasü da noticia de representaciones escénicas, noticia que, 
sin examen crítico, ha sido aceptada por casi todos los ame- 
ricanistas contemporáneos. Existe una obra de este género, 
Oltaniay^ escrita en quechua, de la cual nadie había tenido 
noticia en el Perú antes de 1780, en que se representó á pre- 
sencia del rebelde Tupac-Aniaru y de su improvisada corte. 
La crítice ha venido á demostrar, recientemente, que el cura 
de Sicuaní, don Antonio Valdés, mediano conocedor de los 
teatros griego y español, fué el poeta autor del Oltantay. Por 
mucho que halagara nuestro nacionalismo la especie de que 
tuvima> f>oesía dramática, el buen sentido nos aconseja re- 
nunciáis á esa gloria, por más que, aparte Garcilaso, dos nota- 
bles americanistas modernos, Clemente Markham y Sebastián 
Barranca, se empeñen aún en sostenerla, sin que influyan en 
elJos, no los débiles argumentos por mí presentados de una 
maner<i incidental, sino los que, en luminoso y concienzudo 
trabajo ad hoc^ ha aducido el historiador argentino don Bar- 
tolonu; Mitre. 

Pero, si somos de los primeros en convenir que hay mu- 
cho en los tiempos incásicos que admite controversia, es para 
nosotror clarísimo y ya bien dilucidado punto, el de que la 
numeración decimal, base del sistema generalizado hoy en el 
mundo, fué la usada por los antiguos peruanos. 

Fernando Hoefer, en su Historia de las Matemáticas, dice: 
cLa contemplación de los cinco dedos de la mano derecha 
unidos á los cinco dedos de la mano izquierda, es la cuna del 
primer sistema de numeración y la base de la Aritmética, que 
es la ciencia de los números. Contar por los dedos de la mano, 
es el verdadero método de numeración universal y primitivo. 
Los salvajes de la América cuentan sin fatiga hasta diez: jun- 
tando dos veces las manos expresan la cifra veinte; y suce- 
sivamente las decenas restantes». 

Y esta afirmación de Hoefer, corroborada pw)r el testimo- 
nio de viajeros antiguos y modernos, dio campo á un escri- 
tor de buen humor para decir, que el sistema decimal era 
de origen divino; pues no otro usó ni usar pudo Adán en 
el Paraíso. 

Pero estos argumentos, por su mismo carácter de genera- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 189 

lidad, no bastan para probar que, entre los peruanos, no fué 
otro el método de numeración. 

Los quipus^ exclusivos del Perú y de algunos pueblos de 
Asia, no servían, como algunos sostuvieron, para consignar he- 
chos, sino cantidades. No reemplazaban á la palabra escrita, 
sino á la numeración. Eran un manojo de hilos de diversos 
colores, en los que, f>or medio de nudos, se marcan la uni- 
dad, la decena, la centena y el millar. Por lo menos tal es 
mi creencia, que no me propongo imponer á los demás. 

Otro argumento en el que, como en el de los quipvs, están 
uniformes todos los cronistas de Indias, es el de la organi- 
zación que los Incas daban á sus ejércitos y aun á sus pue- 
blos, lo que les permitía tener una base firme para la formación 
de un exacta censo y cobro de contribución. Las decurias y 
cenluriac. de los romanos existieron en el Perú. Cada cuerpo 
de ejército ó batallón, entre los peruanos, se componía de diez 
centurias ó sea mil soldados. 

Dice literalmente Garcilaso: «Todos los juegos se llaman 
en quichua chunca (diez), porque todos los números van á pa- 
rar al deceno. Los peruanos tomaron, pues, el número diez 
por el juego^ y para decir juguemos dicen chuncasun^ que, en 
rigor de significación, es: contemos por dieces. (Comentarios Rea- 
les. Capítulo 14, libro 20)». 

Otras razones en apoyo de mi creencia de que la numera- 
ción decimal fué la usada por los antiguos peruanos, podría 
alegar; pvero excuso hacerlo, porque carecen de la importaij- 
cia decisiva que revisten las ya apuntadas. Una de ellas sería, 
por ejemplo, la de que en los ya casi destruidos caminos rea- 
les del Cuzco á Quito, y que hasta hoy se llaman Camino del 
Inca^ á cada distancia de diez mil pasos colocaban una piedra 
ó sefíal especial. 

Ponemos punto, que para expresar los fundamentos en que 
apoyamos nuestra opinión histórica, sobra con lo escrito. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



DE GALLO A GALLO 
Historia de dos improvisaciones 



Entre el doctor don José Joaquín de Larriva y el presbí- 
tero Echegaray existía, por los años de 1828, constante cam- 
bio de bromas en verso. Ambos eran limeños, poetas festivos 
y, aunque sacerdotes, de costumbres nada edificantes. 

Con menos culto público que hubiera tributado á Venus 
y con un poco más de consecuencia política, Larriva habría 
alcanzado, por su talento y erudición, á ocupar los más al- 
tos puestoc del Estado. Con la misma pluma con que escri- 
biera, en 1807, el elogio universitario de Abascal; en 1812, el 
discurso contra los insurgentes del Alto-Perú; en 1816, el elo- 
gio del virrey Pezuela; y en 1819, la oración fúnebre por los 
prisioneros realistas en la Punta de San Luis, producciones 
todas de subido mérito literario; con esa misma pluma, repe- 
timos, escribió, en 1824, el sermón por los patriotas que mu- 



Digitized by 



Google 



192 BIGARDO PALMA 

rieron en la batalla de Junín; el elogio académico de Bolívar, 
en 1826; el bellísimo artículo crítico titulado El Fmilico, en 
que puse al Libertador como ropa de pascua, y la tan popu- 
lar letrilla 

Sucre, en el año veintiocho, 
irse á su tierra promete... 
i cómo permitiera Dios 
que se fuera el veintisiete! 

Hasta 1820, juzgándolo por sus escritos, fué Larriva más 
monarquista y godo que el rey Wamba; y desde 1824 á 1826 
más republicano y bolivarista que Bolívar. Después fué, en 
política, todo lo que Dios quiso i>ermitirle que fuera. Siempre 
oportunista ó partidario del sol que alumbra. 

Un día hace frío 
y otro hace calor... 
¡qué tiempo. Dios mío, 
tan jeringador! 

Muy ventajosa idea del risueño pweta tendrá que formarse 
todo el que lea la parte que llegó á publicar de su poema La 
Angulada^ y sus preciosas fábulas La Araña y El Mono y los^ 
Gaiod. Musa verdaderamente traviesa inspiraba al iK)eta que 
escribía, como el mismo nos lo dice, 

en el silencio de la noche, cuando, 

tosiendo y rebuznando, 

los hombres y borricos 

tienen en movimiento los hocicos. 

Como periodista no está Larriva á la altura de su mérito 
como orador. En 1821 publicó varios números del Nuevo Depo- 
sitario; y. en 1825, la Nueva Depositaría^ papeluchos que, aun- 
que chistosos, no tuvieron significación política ni social. Am- 
bos fuerou hacinamiento de injurias personales contra don Gas- 
par Rico y Ángulo, periodista español de revesado estilo. No- 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 193 

falló quien echase en cara á nuestro paisano el que malgastara 
su tiempo ocupándose tan tesoneramente de un pobre diablo. 
Pero Larriva contestó: — «Cada vez que se me dirige este re- 
tproche, me quiero desbautizar, i Gran empeño de la laya! Yo 
»no escribo p«ara todos, y si se me apura no escribo para na- 
»die sino para mí solo; porque me agrada ver mis escritos- 
»en letras de molde. A nadie le pongo puñal sobre el pecho 
»para que compre y lea el Depositario. ¿Qué cuenta tiene na- 
i>die con que yo gaste mi tiempo en lo que me diera la gana? 
»¿Yo gasto el tiempo de otro? ¿No es mío el que gasto? Si 
>yo, para escribir, pidiese prestada una noche á zutano, un 
»día á perensejo, y á mengano una semana, entonces sí que 
atendrían fundamento para hablar; pero, gracias á Dios que 
ipuedo dar una vuelta en redondo, sin que nadie me señale 
icoii el dedo y diga que le debo ni un minuto» (1). 

Graciosa es la defensa; mas no por ella merecerá Larriva 
pueírto culminante en el periodismo del Perú. 



El presbítero Echegaray era, como hemos dicho, un clé- 
rigo libertino; pero justo es también consignar que, si en la 
mocedad dio no flojo escándalo, fué en la vejez austero sa- 
cerdote. 

De sus producciones literarias sólo nos son conocidas al- 
gunas fáciles y graciosas letrillas, impresas en los listines de 
toros; y entre las compovsiciones místicas, que escribió en los 
úllimos años de su vida, es muy notable un soneto que existe 
en una pared del convento de los padres Descalzos. 

Tertulios del café de Bodegones eran Larriva y Echegaray, 
El primero padecía de reumatismo en una pierna, dolencia 
que le había conquistado el apodo de cojo; y el segundo era 
de una gordura fenomenal, por lo que el pueblo lo bautizó 
con el nombre de tinaja. 



(1) En 1872, es de^ir, años después de publicado este articulo, coleccionó Odríozola, en el 
tomo II de sus Documentos literarios^ las principales producciones de Larriva. 

13 



Digitized by 



Google 



194 RICARDO PALMA 

En el frecuente tiroteo de chanzas entre los dos poetas, 
decía el cojo Larriva que Ech^aray era 



Juicio final con patas; 
nido de garrapatas; 
envoltorio estupendo; 
tambora de retreta y sin remiendo ; 
demonio vil injerto en papagayo 
que viste largo sayo; 
judío de Levante 
que lleva el pujavante 
para cortar los callos á Lonjino, 
su padre y su padrino. 



El adversario no tenía necesidad de ir á Roma por la res- 
puesta y, entre otras bromas, ensartaba estos pareados: 



Cállese usted, cojete; 
cojo y recojo, cojo con bonete; 
cojo con muletilla; 
cojo y cojín con sudadero y silla; 
cojo reqiiiem-eterna 
que se desencuaderna; 



palitroque cojito; 

muleta de costilla de mosquito; 

mísero monigote, 

cojo desde los pies hasta el cogote. 



Pero ya es tiempo de entrar en la historia de las dos im,- 
provisaciones, historia á la que ha servido de introibo todo el 
largo párrafo hasta aquí escrito. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 193 



Una noche charlábase sobre política, manjar de gente ocio- 
sa, enlre los turtulios del café de Bodegones. Larriva había 
volteado la casaca y dejado de ser bolivarista. No se acordaba 
ya de que dos años antes, en 1826, había dicho en el discurso 
universitario, que ni con los ojos de la imaginación quería 
ver á Bolívar lejos del Perú, que la Fama necesitaba de cla- 
rín nuevo para ensalzar á un héroe tan grande como Ale- 
jaudio, César y demás capitanes de la antigüedad, y pongo 
punto á las demás exageraciones lisongeras. Ahora decía La- 
rriva. 

El tal don Simón 
nunca ha sido santo 
de mi devoción. 

¡Desmemoriado poeta! A esa época de su vida pertenecen 
también estos popularísimos versos, que los peruanos repe- 
timos siempre: 

Cuando de España las trabas 
en Ayacucho rompimos, 
otra cosa más no hicimos 
que cambiar mocos por babas. 
Mudamos de condición; 
pero fué sólo pasando 
del poder de Don Femando 
al poder de Don Simón. 

No había por aquel tiempo hombre ilustrado que, en la 
conversación familiar, y como entre col y col lechuga, no sol- 
tase un latinajo. No sabemos á propósito de qué objeción que, 



Digitized by 



Google 



1% BIGARDO PALMA 

sobre sucesos ó partidos políticos, hizo Echegaray, contestó La- 
rriva .-—Puede que así sea. El potest ni los teólogos lo recha- 
zan. Nihil dificile est—y levantándose de la silla se dispuso á 
salir del café. 

Echegaray lo detuvo, largándole á quemarropa este trabu- 
cazo: 

Si nihil dificile est, 
según tu lengua relata, 
enderézate esa pata 
que la llevas al revés. 

Una salva de palmadas acogió la feliz redondilla. Larriva 
tomó vuelo, se terció el manteo, y poniendo la mano sobre 
el hombro de su rival en Apolo, contestó al pelo : 

Cuando Dios hizo esta alhaja, 
tan ancha de vientre y lomo, 
no dijo: — faciamus homo — 
sino: — faciamus tinaja. 

No menos ruidosos aplausos obtuvo la improvisación de 
Larriva que los tributados á la de Echegaray. 

¿En cuál de las dos improvisaciones hay mayor mérito? 
Decídalo el lector. De mí sé decir que no doy preferencia 
á la una sobre la otra. La lucha fué de bueno á bueno^ de 
potencia á potencia, de gallo á gallo. 



Digitized by 



Google 



DOS CUENTOS POPULARES 



Los que van á leerse no son fruto íntegro de mi cálamo. 
Me lor» envió im amigo, y sólo he tenido que alterar la forma. 



I 

Guardián de los franciscanos de Lima, por los años de 1816, 
era un fraile notable, más que por su ciencia y virtud, por 
lo extremado de su avaricia. Llegaba ésta á pimto de mer- 
mar á los conventuales hasta el pan del refectorio. 

El famoso padre Chuecas, que á la sazón era corista, fas- 
tidióse del mal trato; y en uno de los días del novenario de 
san Antonio, hallándose el guardián én un confesonario aten- 
diendo al desbalijo de culpas de una vieja, subió nuestro co- 
rista al pulpito para rezar en voz alta la novena del santo 
lisbonense. Chuecas se propuso afrontar, en público, la taca- 
ñería del reverendo padre guardián, seguro, segurísimo de que 



Digitized by 



Google 



198 RICARDO PALMA 

las bealao contestarían como loros con el estribillo de cos- 
tumbre. 

Empezó así el corista: 

Los frailes en las tarimas 

y el guardián en los colchones... 

á lo que las devotas contestaron en coro: 

Humilde y divino Antonio, 
ruega por los pecadores. 

Y prosiguió el travieso fraile: 

El guardián come gallina, 
los frailes comen fréjoles... 

y las rezadoras, sin darse cuenta de la píuUa, volvieron á can- 
turrear. 

Humilde y divino Antonio, 
ruega por los pecadores. 

Y tornó fray Mateo Chuecas: 

Todos los frailes en cueros 

y el guardián buenos calzones... 

y, dale que le darás, las hembras repitieron el consabido es- 
tribillo. 

Y por este tono siguió el tunante corista cantándole á su 
superior las verdades del barquero. 

Amostazóse, á la postre, el guardián, y sacando la cabeza 
del confesonario, dijo: 

Baje del pulpito el pillo 
antes que yo lo acogote... 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TBADICIONES 199 

y las beatas contestaron: 

Humilde y divino Antonio, 
ruega por los pecadores. 

El corista obedeció, y su guardián lo plantó en la cárcel 
del convento, á pan y agua, i>or ocho días; pero la cosa llegó 
á oídos del arzobispo Las-Heras, quien llamó al superior fran- 
ciscano, le echó una repasata de padre y muy señor mío, y lo 
obligó á cambiar de conducta para con los conventuales que, 
graciao á la aguda iniciativa del corista Chuecas, se vieron 
desde ese día bien vestidos y mejor alimentados. 



II 



En el pueblo de (bautícelo el lector con el nombre que 

le cuadre) se veneraba como patrona á la Santísima Vir- 
gen. Andando los tiempws, la polilla que no respeta ni el man- 
to real ni las efigies de los santos, les comió las orejas y el cuer- 
po, de modo que las puso inservibles para el culto. Visto lo 
cual, el señor cura, el alcalde, los sacristanes, los mayordomos, 
los notables y feligreses pertenecientes á ambas cofradías, se 
reunieron en junta solemne, y después de discusión más larga 
que la paciencia de un pobre, se acordó y resolvió hacer santos 
nue\os; y al efecto se nombró una comisión de cinco gamo- 
nales del pueblo para contratar la obra. 

Jpso fado la comisión se dirigió á Lima y, después de ave- 
riguar por el tallador ó escultor de imágenes que de mayor 
fama disfrutara en la ciudad, ajustó contrato con don Pascual, 
y regresó con él al pueblo, donde se le recibió con música, 
camaretazos, repique y mesa de once. Brindó el alcalde, brin- 
dó el cura, brindaron los mayordomos, y cuando le llegó turno 
á don Pascual, éste dijo: que tenía á mucha honra el haber 



Digitized by 



Google 



200 HICARDO PALMA 

sido contratado para ejecutar obra de tanta importancia, y 
que el nial de polilla, de que adolecían con frecuencia los 
santos, provenía de la pésima calidad de las maderas ó de 
torpeza del artista en la preparación del barniz; por ende, lo 
primero que había que hacer era escoger buenos troncos, y 
que para ello iría él mismo, acompañado de las autoridades 
y vecinos, de fuste, á recorrer el campo hasta dar con los tron- 
cos de que había menester. Aplauso atronador del auditorio. 
Al otro día, muy de madrugada, salió don Pascual con la 
comitiva, y después de recorrer gran trecho de monte sin dar 
con árbol que petase, llegaron á un sitio llamado el Rome- 
ral, en el cual se detuvo el artista, fijándose en un tronco her- 
moso que estaba frente á la choza de un pobre viejo, conocido 
por el apodo de ño Pachurro, tronco que le servía para amarrar 
su asno. ' 

— Muchachos— exclamó gozoso don Pascual,— mano á las ha- 
chas, y á ver si en cuatro minutos cortamos este tronco, que 
no lo he visto mejor, en los días de mi vida, para hacer de él 
á la Virgen. 

— ¡Alto, alto, caballeros'.— brincó el viejo.~No aguanto in- 
fracción constitucional. ¿O soy peruano ó no soy peruano? 
El tronco es mío, y no lo dejo cortar sin que haya resuelto 
el supremo gobierno el expediente de utilidad y necesidad para 
expropiarme de mi propiedad; y aun así, si no se me paga 
el justo precio del tronco, tendremos pleito hasta que san Juan 
baje el dedo. 

Como el alcalde y los cabildantes eran de la comitiva, y 
el ladino viejo hablaba en razón, entraron en componendas 
con él: y por cuatro duros de plata y una botella de cañazo, 
se convino en que, siendo el tronco bastante largo se corta- 
ra, do la parte de arriba, lo suficiente para labrar la imagen 
de la Virgen, dejando la de abajo para que ño Pachurro atase 
su borrico. 

Hecho el corte regresaron al pueblo como en procesión 
ti'iuufal. siendo recibidos con muchas aclamaciones y vivas; 
y patán hubo que se arrodilló al pasar el tronco, como si 
fuera ya la misma Santísima Virgen, tributándole lo que la 
Iglcsici llama culto de hiperdulía. 



Digitized by 



Google !¡ 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 201 

Transcurrieron tres días y, cuando don Pascual estaba ya 
acabando de descortezar y piulir el tronco, el señor cura vol- 
vió á convocar á junta solemne, y en ella expuso: que la fiesta 
del patrón san Saturnino, que se celebra mucho antes que la 
de la patrona, se venía encima, y que era más urgente hacer 
el sanio; que, i>or consiguiente, el tronco que se había escogido 
para la Virgen se destinara para aquél, y que después se bus- 
caría otro para la patrona. Hubo de parecer á todos sesuda 
la proposición, se comunicó lo resuelto á don Pascual, y éste 
labró la imagen del santo, que diz (fue salió una obra de arte 

El día de la fiesta y estreno de la imagen, le cantaron al 
santo las siguientes coplas: 

Glorioso san Saturnino, 
qué nunca os olvidéis vos 
de que fuisteis escogido 
para ser madre de Dios. 

Naciste en el Romeral, 
en frente de ño Pachurro, 
y el pesebre de su bxirro 
vuestro hermano natural. 

De raíz de árbol nacido, 
sin pecado original, 
has tomado forma humana 
por obra de don Pascual. 

Dios te libre de polilla, 
y á nosotros del afán 
de andar en busca de tronco 
que te venga tas con tas. 

De este modo tú en el cielo, 
y nosotros por acá, 
cantando tus alabanzas 
tendremos la fiesta en paz. 



Digitized by 



Google 



202 RICARDO PALMA 

Esperamos tus milagros, 
nuevecito como estás, 
y que no salgan diciendo 
que el santo viejo hacía más. 

Que viva san Saturnino 
y que viva don Pascual, 
y que todos nos juntemos 
en la patria celestial, 
y el señor cura también, 
por siempre jamás, amén. 



Digitized by 



Google 



MARÍA ABASCAL 
(Reminiscencias) 



Recorriendo ayer el salón de cuadros en el Palacio de la 
Exposición, después de admirar el magnífico retrato que de 
la cantatriz Luisa Marchetti pintó en Madrid el ilustre Federico 
Madrazo, me detuve ante otro retrato de mujer, hecho por 
humilde pintor peruano conocido con el nombre del maestro Pá- 
bulo, y que según entiendo fué hasta 1850, en que murió, el 
retratista mejor reputado en Lima. 

— Yo conozco á esta señora— me dije;— pero no caigo en 
quién sea... ¿Quién será? ¿Quién será? 

Y habría seguido cavilando hasta el fin de mis días á no 
ocunírseme preguntar al guardián: 

—¿Sabe usted, amigo, quién es la persona de este retrato? 

— N(» lo sé, caballero; i>ero he oído decir que la retratada 
fué querida de un señor Monteagudo, quien parece que era 
mucha gente, ciiando se juró la patria. 



Digitized by 



Google 



204 RICARDO PALMA 

— ¡Acabáramos!— murmuré,— i Vaya si la conozco I 
Y como alguna vez he escrito sobre Rosa Campmsano (la 
querida de San Martín) y sobre Manuela Saenz (la querida 
de Bolívar), encuentro lógico borronear hoy algunas cuartillas 
sobre María Abascal (la querida de Monteagudo). 



Por los años de 1807 existió, en la calle ancha de Cochar- 
cas (hoy Buenos Aires), la más afamada picantería de Lima, 
como que en ella se despachaba la mejor chicha del Norte y 
se condimentaban un seviche de camarones y unas papas ama- 
rillas con ají, que eran cosa de chuparse los dedos. Los do- 
mingos, sobre todo, era grande la concurrencia de los aficio- 
nados al picante y á la rica causa de Trujillo. 

La propietaria de la picantería era una mulata de Chiclayo, 
casada con un lambayecano que trabajaba como ebanista en 
una fábrica de muebles. 

En la tarde del 8 de Septiembre, día en que medio Lima 
concurría á las fiestas que se efectuaban en homenaje á la 
Virgen de Cocharcas, fiestas que, después de la solemne misa 
y procesión, concluían con opíparo banquete dado en el con- 
ventillo por el canónigo capellán, lidia de toretes, jugada de 
gallos, maroma y castillitos de fuego, entró á la picantería una 
negra que llevaba en brazos una preciosa niña, de raza blan- 
ca, y que revelaba tener nueve ó diez meses de nacida. Pidió 
la tal un mate de chicha de ;cwa y un plato de papas con ají, 
y cuando llegó el trance de pagar la peseta que importaba lo con- 
sumido, la muy bellaca puso sobre el mostrador á la cria- 
tura, y le dijo á la patrona: 

—Yo soy del barrio, y voy á mi cuarto á traerle los dos 
reales. Le dejo en prenda á la niñita María y cuídemela mu- 
cho que ya vuelvo. 

Y fué la vuelta del humo. 

Después de muchas investigaciones, la picantera sacó en 
limpio que la negra era una de las muchas amas de cría de 



Digitized by 



Google 



Maria Abascal 



Digitized by 



Google 



2fk\ RICARDO PALMA 

la cas/i de los expósitos que, por ocho pesos de sueldo al mes, 
se encargaban de la lactancia de los infelices niños. 

Pero fué el caso que la chiclayana, que nunca había tenido 
hijos, en los ocho días transcurridos desde aquel en que reci- 
bió la prenda, tomóla cariño y decidió quedarse con ella, de- 
cisión favorecida por la circunstancia de que la huérfana estaba 
ya en condiciones de destete. 



Es sabido que á los expósitos se les daba por apellido el 
del virrey, arzobispo, oidores ó el de alguno de los magnates 
que con limosnas favorecían el santo asilo. Así, en Arequipa 
por ejemplo, casi todos los incluseros eran Chávez de la Rosa, 
en memoria del obispo de ese nombre fundador de la benefi- 
cente institución. También el apellido Casapía se generalizó 
en ese orfanatorio ú orfelinato, vocablos del lenguaje moderno 
que aun no han alcanzado á entrar en el Diccionario. 

El mismo día en que la picantera y el oficial de ebanista 
decidieron quedarse con la chiquilla, en calidad de madrina, 
la llevó á confirmar, declarando que la ahijadita se llamaba 
María Abascal, adjudicación de paternidad que tal vez nunca 
llegó á oídos del virrey. 

ALascal hizo su entrada en Lima á fines de Julio del año 
anterior y, cronológicamente computando, mal podía tener en 
Septiembre de 1807 hija de nueve meses. 

La madrina y su marido se encariñaron locamente i>or la 
criatura, disputándose á cuál la mimaba más, y agotando en 
ella cuanto adquirían para tenerla siempre vestida con esme- 
rada limpieza y buen gusto. 

María llegó á cumplir los seis años en la picantería, y era 
un tipo de gracia y belleza infantil, que traía bobos de ale- 
gría á sus padres adoptivos. Pero las envidiosas muchachas 
del barrio, para amargar la felicidad de la inocente niña y 
hacerla verter lágrimas, la bautizaron con el apodo de la JPapita 
con ají. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 207 

El padrino, que trabajaba ya en taller propio y que, mo- 
neda á moneda, guardaba como ahorro un centenar de pelu- 
conas, resolvió que su mujer cerrase la picantería; y el ma- 
Irimonio fué á establecerse en el extremo opuesto de la ciu- 
dad, en la calle del Arco, donde con modesta decencia arregla- 
ron una casita. No querían que la niña siguiese en contacto 
de vecindad con gentes que la humillasen recordándola lo in- 
fortunado de su cuna. 



Y así vivieron muy felices hasta fines de 1821 en que el 
diablo, que es muy diablo, metió la cola en la limpia casita 
de l»f calle del Arco. 

María había culnplido quince años, y la fama de su hermo- 
sura y discreción estaba generalizada en la parroquia. 

Sus protectores la cuidaban como oro en paño, y apenas 
si los apasionados de la joven podían complacerse en mirarla, 
y aun atreverse á dirigirla un piropo ó galaptería, cuando los 
domingos, acompañada de su madrina, salía de la misa de 
nueve en Monserrate. 

Poíiuísimas semanas hacía que San Martín ocupaba la ca- 
pital y que la Independencia del Perú se había jurado. Entre 
los jefes y personajes argentinos cundió la reputación de des- 
lumbradora belleza conquistada por la joven limeña, á quien 
la crónica callejera daba por hija de todo un virrey, nada 
menos. 

La misa de nueve, en Monserrate, se convirtió en romería 
para los galanteadores argentinos. Todos se volvieron devo- 
tos cumplidores del precepto dominical, empezando por el mi- 
niítro don Bernardo Monteagudo, cuya neurosis erótica (tan 
magistralmente descrita por el doctor Ramos Mejía en su de- 
licioso libro Neurosis célebres) llegó al colmo cuando conoció 
á María Abascal. Es claro que, desde los primeros momentos, 
él y ella se dirigieron con los ojos más trasmisiones que dos 
centralej telegráficas. 



Digitized by 



Google 



208 RICARDO PALMA 

¿Cómo pasaron las cosas? No he alcanzado á averiguar tan- 
to, ni hace falta. Lo que sé es que, después de dos meses de 
obstinado asedio por parte de Monteagudo, que derrochando 
oro conquistó el auxilio de una celestina con hábito de beata 
comulgadora, que frecuentaba la casita como amiga de la chi- 
clayana^ la fortaleza se rindió á discreción, desapareciendo una 
noche María Abascal del honrado hogar de sus favorecedores. 

El amor romántico ó platónico es algo que se parece mu- 
cho al vino aguado. Eso de querer, por sólo el gusto de querer, 
no tiene sentido común. El hombre es fuego, la mujer estopa, 
y come el diablo pasa día y noche sopla que sopla, por sabido 
está lo que discretamente callo. 



No fué sólo la fiebre de los sentidos la que dominó á Moi\- 
teagudo en sus relaciones de catorce meses con María. Mas 
de un año de constancia, en hombre tan caprichoso y voluble 
como él, prueba ^que su corazón también estuvo interesado. 
Las aventurillas de veinticuatro horas que de don Bernardo 
se refieren, fueron acaso sólo satisfacciones para su amor pro- 
pio y n(. dejaron honda huella en su espíritu. 

Cuando la tempestad política se desencadenó contra el mi- 
nistro de Estado, y el populacho rugía ferozmente pidiendo 
la cabeza de Monteagudo, éste no quiso partir para el des- 
tierro sin despedirse de la mujer amada. La atmósfera de Lima 
tenía para el ex ministro olor de calabozo con humedades de 
cadalso. Rodeándose de precauciones para no ser conocido en 
la calle por los enemigos que ansiaban apoderarse de su per- 
sona. Monteagudo llegó á media noche á casa de su María, de 
la que, acompañado de dos leales amigos, salió á las cinco 
de la mañana para embarcarse en el Callao. 

I 11 añc después, en Diciembre de 1824^ volvió á Lima Mon- 
teagudo. y se informó de que María tenía un amante. No quiso 
verla y la devolvió, sin abrirlo, un billete en que ella le pedía 
una entrevista. 



Digitized by 



Google / 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 209 

Uií mes más tarde, en Enero de 1825, caía una noche Mon- 
leagudo bajo el poiñal de un asesino; y María Abascal, atro- 
pellando á la guardia, penetraba como loca en la iglesia de 
San Juan de Dios, y regaba con sus lágrimas el cadáver de 
su primer amante, que quizá fué el único hombre que alcanzó 
á inspirarla verdadera pasión. 



Era yo un granuja de doce años cuando conocí á María 
Abascal tal como la retratara el pincel del maestro Pablito. 
Principiaba para ella el ocaso de su hermosura; pues los cua- 
renta venían á todo venir. 

Habitaba María los altos de una casa en la calle de Les- 
cano, y en el piso bajo vivía la familia de uno de mis com- 
pañeros de colegio. Tuve así ocasión para verla muchas ve- 
ces subir ó descender del calesín, vestida siempre con elegan- 
cia y luciendo anillos, pendientes y pulseras de espléndidos bri- 
llantes. Recuerdo también haberla visto de saya y manto entre 
las traviesas tapadas que á las procesiones solemnes concu- 
rrían, y que con sus graciosas agudezas traían al retortero á 
los golosos descendientes de Adán. La saya y manto desapare- 
ció de la indumentaria limeña después de 1855. 

María Abascal fué lo que se entiende por una aristocrática 
cortesana, una horizontal de gran tono. Las puertas de su sa- 
lón no se abrían sino para dar entrada á altas personalidades 
de la política ó del dinero. No se encanalló nunca, ni fué cari- 
tativa para con los enamorados pobres diablos. No daba li- 
mosnas de amor. 

Su figura, acento y modales eran llenos de distinción. Pa- 
recía una princesa austriaca, y no una mujer de humilde origen. 
Por eso nadie dudaba de que fuera hija del gallardo y caballe- 
resco virrey Abascal en alguna aristocrática marquesa de Lima. 

14 



Digitized by 



Google 



210 RICARDO PALMA 

Contábame un contemporáneo y amigo de María que el día 
en que cumplió cuarenta y cinco años, lo que debió ser en 
1851, rompió ella para siempre con el mimdo, y sus deleites 
y vanidades. Convirtió en dinero sonante sus lujosos muebles 
y valiosas alhajas, depositando el total en casa de un comer- 
ciante que era por esos años, en que aun: no se conocían Ban- 
cos en el Perú, el banquero de la ciudad. Se redujo á vivir 
modestamente con la renta mensual de cien pesos, intereses del 
capital, y se consagró á la vida devota, que es el obligado re- 
mate de toda vida alegre. Quien pecó y rezó, la empató. 

Así vivió tranquila por más de veinte años, hasta que en 
1873 ó 74 la estrepitosa quiebra del comerciante, fruto no de 
falta de honradez, sino de errados cálculos y de adversidades 
mercantiles, colocó á María en condición mendicante. Aque- 
lla quiebra fué muy sonada, porque comprometió el bienestar 
de muchas familias de Lima. 

El arzobispo cedió á la Abascal dos habitaciones en la casa 
de pobres que, en la calle de san Carlos, posee el arzobispado, 
y casi todos los viejos y viejas de Lima, que conocieron á 
la Tapa con aji en sus buenos tiempos de opulencia, se obligaron 
á auxiliarla con limosna mensual. 



Ha seis ó siete años pasaba yo, en la mañana de un do- 
mingo, por el atrio de la iglesia de San Pedro en compañía 
de un amigo, que precisamente era aquel mi colega de 1845, 
cuando, entre la gente que salía de misa, pasó una anciana de 
aspecto distinguido y simpático, cubierta con la antigua manti- 
lla española. Esta circunstancia, tan fuera de la moda, me lla- 
mó la atención, y dije al amigo: 

— Tengo curiosidad de saber quién es esta señora de la 
mantilla. ¿La conoces? 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADlOIONES 211 

—Y tú también la conoces desde hace medio siglo— me con- 
testó.— Hay recuerdos que se parecen á la cicatriz de la pri- 
mera vacuna de la infancia, en que difícilmente se borran. 

— Pue¿ que me aspen si la recuerdo. 

— ¡Hombre! Esa señora es la Fa'pa con ají. 



María Abascal murió en 1898, á los noventa y dos años de 
edad. 



Digitized by 



Google 



Monseñor Manuel Tovar y Chamorro 

Vioi^;siuo <¿ri5TO t actual Arzobispo de Lima 



Digitized by 



Google 



i^^^í^^¿^^í2£^^^^¿^:>i^^:¡:>^^^ 



LA MOxNJITA DE AYACUCHO 



No sé por qué haya de ser causa de escándalo el que una 
monja rompa la clausura y votos (impuestos ó aceptados es- 
pontáneamente) contra las inmutables leyes de la naturaleza, 
á la que mal pueden contrariar las flacas criaturas terrestres. 
Los votos monásticos, y el de castidad perpetua sobre todo, 
son indefendibles en nuestra época. Subsisten [>or rutina ó 
costumbre, por histrionismo religioso más que poT disciplina 
ó necesidad de la Iglesia de Cristo. Así como una hormiga no 
hace verano, el que, entre cada centenar de frailes haya uno 
de organismo atrofiado, nada prueba en pro del celibato sa- 
cerdotal. Precisamente las excepciones sirven para vigorizar 
toda regla. La luz avanza, y el siglo xx, tenemos fe en ello, 
verá desaparecer muchas estupideces y barbaridades inventa- 
das y mantenidas ix>r la conveniencia del mercantilismo ro- 
mano. 

No somos de esos librepensadores que no quieren que los 
demás piensen libremente, sino á condición de que han de 
pensar como ellos piensan; pero, en medio de nuestro genial 
espíritu de tolerancia, no transigimos con farsas absurdas como 
las excomuniones, con la tiranía que sobre la conciencia se 
ejerce eu el confesonario, con instituciones, como el jesuitis- 
mo, adversas al progreso social, y mucho menos con la sub- 
sistencia de esas asociaciones llamadas conventos de frailes y 



Digitized by 



Google 



214 EICARDO PALMA 

monjas, asociaciones que, en nuestros días, carecen de razón 
de ser. No siempire el agua es sucia; con frecuencia lo sucio 
es la botella. Mientras haya nidos, habrá cuervos y lechuzas. 
¡Abajo los conventos! 

Hoy á nadie, y menos á la mujer, es lícito el aislamiento 
y lo que los teólogos llaman vida contemplativa, propia de 
ángeles espirituales y no de seres corporales. La humanidad 
es una inmensa colmena, y nadie tiene derecho á ser zánga- 
no en ella. En la tierra como en la tierra, y en el cielo como 
en el délo. 

Dicen los fanáticos que siendo de católicos ortodoxos la 
gi*an mayoría de la nación peruana, nadie debe atacar los erro- 
res y farsas del catolicismo romano. Tanto valdría sostener 
que, en tierra donde la mayoría fuese de borrachos, no es 
lícito predicar contra el alcoholismo. 

Y hecha la moraleja, vamos ahora á la historieta contem- 
poránea que nos ha inspirado aquélla. 



Por los años de 1848 á 1849, siendo obispo de Ayacucho 
el ilustrísimo señor Ofelán y prefecto el general don Isidro 
Frisauctío, hubo ima mañana gran conmoción en la ciudad, 
y no por motivo de política. 

Decíase que él acaudalado agricultor don Remigio Jáure- 
gui, personaje que en 1839 figuró mucho como diputado en el 
Congreso de Huancayo, había, en la noche, escalado el mo- 
nasterio de las clarisas y robádose á sor Manuelita G monja 

que era, para quien no fuese un mililoto, todo lo que se en- 
tiende por bocado de cardenal. 

Convencido el pueblo de ^que era realidad el rapto, y azu- 
zado por algunos frailes envidiosos de la dicha de un lego, 
se lanzó sobre la casa de Jáuregui con el firme propósito 
de no dejar en ella piedra sobre piedraj y este acto de fana- 
tismo, barbarie y justicia populachera se habría realizado, á 
ser el prefecto de pocos bríos. La chusma, ad majorem gloriam 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 215 

Dei, opuso resistencia á la tropa, se cambiaron balas y hubo 
muertos y heridos, y el bochinche fué sofocado Me alegro y 
vuelvo á alegrarme. 

Entretanto Jánregui, con la paloma por supuesto, estaba 
en su hacienda de Huanta, á cinco ó seis leguas de Ayacu- 
cho, y sus peones, bien armados y municionados, habían tam- 
bién rechazado una embestida popular. 

El obispo se limitó... á lo de siempre:— excomunión y tente 
perro. 

La justicia, por hacer que hacemos, enredó el asunto en 
papel sellado, y aunque el juez llegó á librar mandamiento de 
prisión contra el excomulgado, no halló forma de hacerlo efec- 
tivo. A la postre, lo dejó en libertad, bajo de fianza y la causa 
siguió á paso de tortuga renga. 

El presidente de la república y otros magnates patrocina- 
ban á Jáuregui y tanto que, en 1851, se le nombró sub-pre- 
fecto de Huanta, por considerarlo el gobierno como hombre 
preciso para alcanzar el triunfo de una candidatura oficial. 
Fatalmente, á los belicosos huantinos les supo á chicharrón 
de sebo el nombramiento, y en la primera oportunidad pro- 
picia se rebelaron contra la autoridad provincial. Jáuregui y 
la monja escaparon milagrosamente, y fueron á refugiarse en 
un pueblo de la provincia de La-Mar. 

Y allí vivieron tranquilamente, como vive todo matrimonio 
bien avenido, hasta 1860 en que la flaca se llevó al amante. 

¡Cosa curiosa y que explotó á su sabor el fanatismo su- 
persticioso: Tuvieron hijos, y todos varones. ítem, los nenes, 
tan luego como eran bautizados, volaban al otro mundo. 

Muerto Jáuregui volvió la monja á su convento, donde pasó 
veinte años de vida asaz penitente. Murió en 1881. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



LOS REPULGOS DE SAN BENITO 

Si Deus non fuera DeuSy aant 
Antonio serta... ¡ un como ! 

(Decires portugueses.) 



Los pocos mataperros de 1845 que aun comen pan en esta 
metrópoli limeña, recordarán al hermano Piojo blanco^ lego pro- 
feso del convento de San Francisco. Me parece que lo estoy 
viendo en pleno ejercicio de sus funciones de cuidador ó sa- 
cristán del altar de san Benito, santo del que era gran devoto. 

El apodo de Piojo blanco veníale de que el pigmento ó ma- 
teria colorante de su piel era de la naturaleza que caracteriza 
á los hombres que la ciencia denomina albinos. 

El buen lego se había familiarizado tanto con san Benito 
que, cuando empleaba el plumero para sacudir el polvo del 
altar, lo hacía platicando con la efigie; y tan grande era su 
alucinación que afirmaba, formalmente, que el santo le res- 
pondía y que, en conversación íntima, lo había puesto al co- 
rriente en cosas de la otra vida. 



Digitized by 



Google 



218 RICAKDO PALMA 

Yo no sé por qué (pues no he tenido un cuarto de hora 
ocioso para leer la vida del santo) exhiben en los altares al 
bienaventurado italiano con rostro y manos de negro retinto. 
Sospecho que será por encomiar en él la virtud de la humil- 
dad; y si no estoy en lo cierto, que no valga. 

En materia de santos milagreros disputábanse la palma, en 
Lima y por aquellos años, san Antonio y san Benito. Hoy son 
un par de panfilos al lado de san Expedito que ha alcanzado 
á destronarlos, si bien me aseguran que el actual Padre Santo 
se propone privar de santidad al susodicho don Expedito de- 
clarando nulos y sin valor sus milagros. Sea lo que Dios y su 
merced quieran, que á mí la cosa me importa un pepinillo en 
escabeche. 

Un grupo de granujas entre los que yo militaba, solía^ por 
la tarde, rodear á Fio jo blanco en el atrio de San Francisco, . y 
el bendito hermano no se hacía rogar para dar suelta á la 
sin hueso ni pelos, relatándonos maravillas de san Benito. Cie- 
gos á los que el santo hizo recobrar la vista, cojos á los que 
mandó arrojar la muleta, Magdalenas arrepentidas, picaros que 
se metieron frailes, cadáveres que se echaron á caminar; en 
fin... I la mar de milagros! 

Uno de mis camaradas, que era un chico con más tras- 
tienda que una botica y más resabioso que un cornúpeta de 
lá Rinconada de Mala, interrumpió al narrador diciéndole: 

—En resumidas cuentas, hermano; si su san Benito es tan 
poderoso, bien puede competir con Dios, echarle la zancadi- 
lla y reemplazarlo. 

—Me parece— contestó el lego con el aplomo de un sec- 
tario entusiasta,— y hasta creo que su merced no lo haría mal 
en el oficio de Dios. 

— i Cómo! i Qué herejía! ¿Cómo es eso ?— exclamamos en coro 
y escandalizados los muchachos. 

—No crean ustedes— prosiguió el hermano,— que en el cie- 
lo no haya, como en la tierra, descontentos y bochincheros. 
Que los hay, lo sé de buena tinta; y diré á ustedes en con- 
fianza (y ¡cuidado! con que me comprometan contándoselo al 
Comisario del barrio ó al Intendente de policía) que una vez 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 219 

varioi santos demagogos le ^propusieron á san Benito que fue- 
se Dios 

—¿Y qué contestó el negrito?— preguntó uno de nosotros. 

— Contestó... que no quería ser Dios ni con plata encima, 
ni aunque lo fusilaran, hicieran cuartos ó lo convirtieran en 
picadillo. Esto me lo ha dicho el mismo san Benito, en conver- 
sación que tuvimos hace ocho días. 

—Pero le habrá* dicho también el por qué no quiere ser 
Dios— dijo un granujilla que, por lo espiritado, parecía que 
estab<i haciendo estudios escolares para convertirse en alambre. 

— ¡Vayd si me lo ha dicho! Sepan ustedes que san Benito 
discurre que el oficio de Dios ha de ser oficio muy cócora, 
y que al que lo ejerce debe repudrírsele la sangre palpando 
que, no obstante su tan cacareada omnipotencia, no logra te- 
ner á todos satisfechos y contentos. 



Saco en limpio de estas palabras de Fiojo blanco que el 
ser Presidente de la república ha de ser bocado más apeti- 
toso que el de ser Dios; pues no ha libado á mi noticia que 
candidato alguno haya hecho ascos al jpuesto alegando los re- 
pulgos de san Benito. El que nos diga no quiero será porque 
encuentre que las uvas no están maduras; pero no por miedo 
á las desazones del mando ni á la cosecha de espinas. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



SAN AxNTONIO DEL FONDO 

Por loü años de 1838 á 1842 era,^ todos los sábados, la ave- 
nida de Mercedarias un hormiguero de mujeres, no sólo de 
las clases popular y media sino hasta de la aristocracia, que 
entraban y salían al, hasta hoy, conocido por el nombre de 
callejón del Fondo. 

Aquello era una verdadera romería para la gente devota 
que iba á solicitar milagros de una efigie de san Antonio, á 
la cual una beata que, por vieja y fea, era ya de todo punto 
tabaco infumable, que habitaba dos cuartos en el antedicho 
callejón del Fondo, tributaba fervoroso culto. 

En el primero de los cuartos que mediría, sobre poco más 
ó menos seis varas cuadradas, veíase un primoroso allarico 
sobre el que, entre columnas cubiertas por exvotos de oro y 
plata, se alzaba la efigie del santo, finamente labrada en pie- 
dra de Huamanga. 

Hací*r los honores á los visitantes de ia capilla el confe- 
sor de 1? beata, que era un fraile franciscano, más flaco que 



Digitized by 



Google 



222 RICARDO PALMA 

esqueleto de sardina, cuyo nombre he olvidado^ y aunc^ue .lo 
recordara eso no da ni quita interés á mi relato. 

En ur extremo de la capilla veíase un buzón en que las 
devotas, aparte de una moneda de plata como ofrenda para 
el mantenimiento del culto, depositaban una carta ó memo- 
rial dirigidos á san Antonio, pidiéndole que se empeñase con 
Dios para obtener la realización de tal ó cual anhelo, víx fue- 
se la salud para un enfermo^ un empleo para un deudo ó el 
premio gordo de la lotería próxima. Hasta los picaros y las 
doncellaf^ de malandanza tenían algo que pedirle al santo. 

Lo seguro, para la beata y el confesor, era una cosecha 
semanal de pesetas, que nimca bajó de diez i>esos. 

Regresaban devotos y devotas el sábado siguiente, y despoiés 
de nueva ofrenda monetaria, les entregaba la beata, en re- 
presentación del santo, el memorial despachado, si no siem- 
pre con un decreto de interpretación sibilina, de esos que el 
vulgo llama 

¡bambolla! ¡bambolla! 
ni pan ni cebolla, 

por lo menos con un— veremos— se hará lo que se pueda— 
confíe en Dios— no pierda la esperanza. Y no fué raro en- 
contrarse con un— como lo pide la suplicante— sobre todo cuan- 
do la solicitud se reducía á pedirle novio á San Antonio, que 
era, hasta aquellos aflos, el santo casamentero por excelen- 
cia. Por eso dijo un poeta de mi tierra: 

¿A qué de Celestinas el ser\icio 
si, encendiéndole un cirio á san Antonio, 
consiguen las muchachas matrimonio? 
Pues, señor, ¡tiene el santo buen oficio! 

Persona que de estas cosas sabe me asegura que san An- 
tonio ha sido destronado por san Expedito, que es hogaño 
el santo á la moda para proveer de marido á niñas crédulas 
y alborotadas. Felizmente, el Papa piensa desanUzar á san Ex- 
pedito. 



Digitized by 



Google 



MIS CXTIMAS TRADICIONES 223 

Poi* el mes de Junio no era chico el toletole, que se armaba, 
entre los devotos y devotas, para el novenario y fiesta de san 
Antonio. Hasta misa y sermón hubo el año 42, y vísperas con 
castillo de fuego en la puerta del callejón. El día de la fiesta 
repartió la beata, entre la concurrencia, mucha mixtura y una 
dcclmíta (que á la vista tengo) impresa en papel verde, fruto 
primerizo de una joven que acababa de declararse en estado 
de poetisa. 



A san Antonio del Fondo 



i Oh I glorioso san Antonio 
que, en humilde callejón^ 
sin hacer ostentación 
avasallas al demonio, 
sigue dando testimonio 
de tu fK)der infinito, 
y alcanza de Dios bendito, 
como celeste laurel, 
gracias para todo aquel 
que á ti las pida contrito. 

El escándalo llegó, á la postre, á oídos del arzobispo, que 
lo era á la sazón el franciscano padre Arrieta, quien hizo ve- 
nir á su presencia al hermano cai>ellán de san Antonio del 
Fondo, y lo conminó á que, sin alboroto, pusiese término á 
mojiganga que no era más que una de las muchas verrugas 
que nos legara el pasado. La superstición y el fanatismo son 
plantas que echan raíz muy honda. 

En los Avisos de Jerónimo Barrionuevo, correspondientes 
al aflo 1665, habría leído, probablemente, nuestro simoniaco 
fraile, que una vez despachó san Antonio el memorial de una 
señora, que le pedía al santo trajese á buen camino á su ma- 
rido que andaba un mucho extraviado, con el siguiente de- 



Digitized by 



Google 



224 RICARDO PALMA 

ci-elifor— Hermana, acuda asan Cayetano, que alo que pide 
no alcanzan ni mi influencia ni mi mano. 

Y en que lo leyó el franciscano limeño no cabe para mí 
dudar; pues el sábado inmediato recibieron todas las peticio- 
narias el respectivo memorial con este proveído:— Ya no des- 
pacho. 

De aquí dedujeron los profanos que en el cielo había ha- 
bido crisis, y que san Antonio estaba en la categoría de mi- 
nislro cesante y sin pizca de favor para con el (jue le /luitó 
la cartera. 

A santo que se niega á despachar ó que no hace ya mila- 
gros, no hay por qué visitarlo ni rezarle— dijeron mis paisa- 
nilas— y desde ese día no volvió san Antonio del Fondo á 
ser importunado por pedigüeñas, ni volvió el buzón á reci- 
bir pesetas. 



Digitized by 



Google 



¿QUIEN TOCA EL HARPA? JUAN PÉREZ 
(Origen de este reirán) 

Créanmí ustedes, por la cruz con que me santiguo, que 
en cierta villa del Perú, que no determino pwr evitarme de- 
sazones, existía un tocador de harpa tan eximio que, en cer- 
tamen ó concurso musical, habría dejado tamañito al mismí- 
simo santo rey David. 

Juan Pérez, que así se llamaba el harpista, hacía vibrar 
armoniosamente las metálicas cuerdas sólo por amor al arte.^ 
y nuncci estimulado por las monedas que, con su habilidad, 
podrí«i lucrar. No era precisamente^ rico; pero bastábanle una 
casita y unos terrenos bien cultivados, que de su padre here- 
dara, para vivir en holgada medianía. No codiciaba tampoco 
aumento de bienes, y era feliz, á su manera, con lo que po- 
seía y con tocar el harpa, libre de las preocupaciones y cui- 
dados que la fortuna trae consigo. 

Todo vecino precisado á festejar el bautizo de un mamón, 

15 



Digitized by 



Google 



226 RICARDO PALMA 

un cumpleaños, matrimonio ú otra fiesta d^ familia, invitaba 
indefectiblemente á Juan Pérez, el cual no se hacía rogar para 
concurrir con su harpa y deleitar, gratis et amore, á los con- 
vidados. Era hombre muy querido y popular. 

Cada gallo canta en su corral; pero el que es bueno, bue- 
no, canta en el suyo y en el ajeno. A esta clase pertenecía 
Juan Pérez; porque, si en su casa tocaba bien, en la de los 
vecinos lo hacía maravillosamente. Mejor, sólo santa Cecilia 
en el cielo. 

Sí loG aplausos lo embriagaban, no menor embriaguez le 
producían las reiteradas libaciones. Y como casi no pasaba 
noche sin parranda, se fué, poquito á poquito, aficionando al 
zumo de parra. El harpa y la copa llegaron, á la postre, á 
ser par.i él divinidades á las que tributaba fervoroso culto. 
En cuanto á hijas de Eva no pasaba de ser pecador de con- 
trabando y á dure lo que durare, como cuchara de pan, y 
después, 

de ella hacía tanto caso 
como el autócrata ruso 
del primer calzón de raso 
que se puso. 

Frisaba ya Pérez en los cuarenta cuando Zoilita Vejar, que 
era, como dijo el conde de Villamediana, una de tantas 

santas del calendario de Cupido, 

consiguió hacerlo pagar derechos en la aduana parroquial por 
ante su merced el padre cura. 

Juan Pérez no se atuvo al refrán que dice:— Ni cabra ho- 
rra ni mujer machorra— y apuró el tósigo. 

—Para marido sirve cualquiera— dijo para sus adentros la 
moruela, como aquel pobre diablo que fué á solicitar empleo 
en una casa de comercio, y preguntándole el patrón si estaba 
expedito en el manejo de la caja, contestó:— Calcule usted si 
lo estará quien, como yo, ha sido cinco años tambor en cuer- 
po de línea. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 227 

No es del todo exacto aquello de que estado cambia cos- 
tumbres; porque, después de la luna de miel, que no fué larga, 
volvió Juan Pérez á sus casi olvidadas harpa y copa, pasán- 
dose las noches de turbio en turbio, como cuando era solte- 
ro, en las jaranas, y siempre entre participio y gerundip, es decir, 
bebido y bebiendo. 

Como Zoilita trajo al matrimonio, por toda dote, un regi- 
mienlo de enamorados galanes, éstos se turnaban para acom- 
pañarla en la noche, cuidando sólo de asomarse á la casa en 
que sonaran cuerdas, y preguntar:-— ¿Quién toca el harpa? ¡Ah! 
Juan Pérez— lo que equivalía á decirse: no hay cuidado de 
que, antes del alba, vaya el músico á interrumpirme la con- 
versación con su oíslo. 

¿Quién toca el harpa? Juan Pérez— fué, pues, frase que lle- 
gó á popularizarse adquiriendo honores de refrán, y así ha 
llegado hasta nosotros que la usamos familiarmente cuando, 
tratándose de uji marido descuidado con su hogar, queremos 
dar á entender que lleva sobre la frente aquellos que, en los 
toros, son honra cuando son bien puestos, lisos y puntiagudos. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google / 



■?ís:v-.v>^2^^í^>'íJí.' :>%^>// :• . z:- 7^^;^^::- r^-y/^^.r^x^^? p^^í^^^''í?^;>:2^?:v-r^>:^2í^rv;^.>^2é 



UN SANTO VARÓN 
A Luis Berisso, en Buenos Aires. 



Vivo y comiendo pan está todavía en Huauya, estancia ve- 
cina á Caraz, el protagonista de este artículo. Llámase José 
Mercedes Tamariz, aunque generalmente se le conoce por él 
Tuerto^ si bien él se requema cuando oye el mote y la empren- 
de á puñetazo limpio con el burlón. 

Hasta hace pwcos aflos fué Tamariz persona de fuste en 
la parroquia de San Ildefonso de Caraz, como que ejercía 
los socorridos cargos de sacristán, campanero, misario en las 
misas rezadas, organista en las fiestas solemnes, y cantor fúne- 
bre en todo sei>elio. Era hombre á quien nadie habría tenido 
entrañas para negarle un par de zapatos viejos. 

Gran devoto del zumo de parra, que en tan buen predica- 
mento para con la humanidad puso el abuelo Noé, era fre- 
cuente que, para la misa dominical, tuviese el párroco que ir 
en j>ersona á sacar al organista de alguna tracamandana. El 
bellaco Tuerto era un don Preciso, pues en diez leguas á la 
redondí* no había hombre capaz de manejar el órgano. 

Y sucedió que un domingo, en que lo sacaron de una cu- 
chipanda para llevarlo á la iglesia, en vez de arrancar al ór- 
gano notas que pudieran pasar por imitación del Gloria in 
exceUis, tocó una cachica con todos sus ajilimógilis. Los ca- 
bildantes, que á la misa cojicurrieron se sulfuraron ante tama- 
ña irreverencia, y ordenaron al alguacil que, amarrado codo 
con codo, llevase á la cárcel al tuno del organista, el cual 
protestaba con esta badajada, propia de un trufaldín: 



Digitized by 



Google 



230 RICABDO PALMA 

—Dios no entiende de música terrena, y para él da lo mis- 
mo una tonada que otra. 

Acostumbrábase, en muchos pueblos del Perú, celebrar la 
Semana Santa con mojigangas populacheras que ni pizca te- 
nían de religiosas. En Lima misma, como quien dice en el 
cogollitc de la civilización, tuvimos hasta que entró la patria 
la exhibición de la Llorona de Viernes Santo, de la Muerte car- 
can<í1ia y de otras profanaciones de idéntico carácter. A Dios 
gracias van desapareciendo del país esas extravagancias de una 
mal entendida devoción. 

En la costa y en la sierra, toda mestiza de quince á veinte 
primaveras y de apetitoso palmito en disponibilidad para no- 
viazgo, se desvivía porque la designase el Cura para repre- 
sentar en la Iglesia á la Verónica, á la pecadora de Magdala 
á María Cleofe ú otra de las devotas mujeres que asistieron 
al dranu> del Calvario. 

Nq hace aún medio siglo que, en Paita y otros pueblos 
del departamento de Piura, ponían en la cruz al mancebo más 
gallardo del lugar, y cuentan que una vez interrumpió éste 
al predicador, diciendo: 

—Mande su paternidad que se vaya la bendita Magdale- 
na, porque me está haciendo cosquillas. 

En cuanto á los hombres, el papel de sanios varones no te- 
nía menos pretendientes. Durante la cuaresma, el cura los en- 
sayaba para que, en las tres horas del Viernes Santo, varones 
y varonesas desempeñasen correctamente su papel. 

El cura de Caraz, presbítero don José María Saenz que, 
corriendo los años, murió en el antiguo manicomio de San 
Andrés, designó en una ocasión á Mercedes Tamariz para que 
funcionara como santo varón á quien correspondía desclavar 
la mano izquierda de Cristo. 

Pero fué el caso que imaginándose el orador que era más 
culto emplear las palabras diestra y siniestra^ en vez de derecha 
é izquierda^ vocablos de uso corriente, dijo dirigiéndose á Ta- 
mariz: 

— Santo varón, desclava la mano siniestra del Señor. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 231 

Tamariz se quedó hecho un pasmarote, y sotto voce dijo á 
su compañero: 

—Eso de siniestra irá contigo desclava, hombre. 

—No, Mercedes, á ti te toca. 

— ¿Qu<? diablos va á tocarme á mí? Me corresponde la iz- 
quierda. 

El cura, viendo que el sacristán se hacía remolón, para cum- 
plir la orden, repitió:— Santo varón, desclava la mano sinies- 
tra del Señor. 

Ni por esas. Mercedes Tamariz no se daba por notificado 
y seguía disputando con el otro prójimo. 

Entonces, aburrido el párroco, le gritó: 

— i Tuerto borracho! Desclava la mano izquierda dej Señor. 

Eso de llamarle TiAerto, y en público para mayor agravio, 
le llegó al sacristán á la pepita del alma, le removió el concho 
alcohólico, arrojó con estrépito la herramienta que para des- 
clavar tenía en la mano, y se salió furioso de la iglesia, pa- 
rí oquial, diciendo: 

—Padre, no tiene usted la culpa sino yo, por haberme me- 
tido eu semejantes candideces. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



LAS MENTIRAS DE LERZUNDI 

Allá en los remotos días de mi niñez conocí al general 
de caballería don Agustín Lerzundi. Era él, por entonces, aun- 
que frisaba con medio siglo, lo que las francesas llaman un 
bel homme. Alto, de vigorosa musculatura, de frente despeja- 
da y grandes ojos negros, barba abundante, limpia y lucieiite 
como el ébano, elegante en el vestir, vamos, era el general 
todo lo que se entiende por un buen mozo. Añadamos que 
su renombre de valiente, en el campo de batalla, era de los 
ejecutoriados y que, por serlo, no se ponen en tela de juicio. 

Como jinete era el primero en el ejército, y su gallardía 
sobre el brioso caballo de pelea no hallaba rivales. 

Cuéntase que, siendo comandante, recibió del Ministerio de 
la Guerra órdenes para proveer á su regimiento de caballa- 
da, procurando recobrar los caballos que hubieran pertenecido 
al ejército y que se encontraran en poder de particulares. Don 
Agustín echó la zarpa encima á cuanto bucéfalo encontró en 



Digitized by 



Google 



234 RICARDO PALMA 

la ciudad. Los propietarios acudieron ai cuartel de Barbones 
reclamando la devolución, y Lerzundi, recibiéndolos muy cor- 
tésmente, les contestaba: 

—Con mucho gusto, señor mío, devolveré á usted el ca- 
ballo que reclama, si me comprueba que es propiedad suya y 
no del Estado. 

— Muy bien, señor comandante. Basta con ver la marca que 
lleva el caballo en la anca izquierda. Es la inicial de mi ape- 
llido. 

¿La marca era una A? Pues Lerzundi decía:— Al canchón 
con el caballo, que esa A significa Artillería volante.— ¡^Ern una 
B? Entonces el jamelgo pertenecía á Batidores montados. Para 
Lerzundi la C significaba Coraceros ó Carabineros, la D Drago- 
nes, la E Escolta, la F Fusileros de descubierta, la G Granaderos 
de d caballo, la L Lanceros, la P Parque; en fin, á todas las 
letras del alfabeto les encontraba descif ración militar. Segim 
él, todos los caballos habían sido robados de la antigua caba- 
llsda del ejército. Lerzundi los reivindicaba en nombre de la 
patria. 

Sexagenario ya, reumático, con el cuerpo lleno de alifa- 
fes y el alma llena de desengaños, dejó el servicio, y con le- 
tras de cuartel ó de retiro fué á avecindarse en el Cuzco, don- 
de poseía un pequeño fundo, y donde vivía tranquilamente 
sin tomai- cartas en la política, y tan alejado de la autoridad 
como de la oposición. Un día estalló un motín ó bochinche 
revolucionario; y Lerzundi, por amor al oficio, que maldito si 
á él le importaba que se llevase una legión de diablos al go- 
bierno, con el cual no tenía vínculos, se echó á la calle á ha- 
cer el papel de Quijote amparador de la desvalida autoridad. 
Los revoltosos no se anduvieron con melindres y le clavaron 
una bala de á onza en el pecho, enviándolo sin más pasaporte 
al mundo de donde nadie ha regresado. 

Sarah Bemardt contaba que, representando en un teatro de 
América, después del segundo acto entró en su camarín á vi- 
sitarla el Presidente de la república. Terminó el tercer acto, y 
entró también á felicitarla un nuevo Presidente. De acto á acto 
había habido una revolución. ; Cosas de América!... contadas 
por los franceses, como si dijéramos jwr Lerzundi, pues lo 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 235 

Único qiie ha sobrevivido á este general es su fama de men- 
tiroso. 

El célebre Manolito Gásquez, de quien tanto alardean los 
andalucte, no mentía con más gracejo é ingenio que mi pai- 
sano, el limeño don Agustín Lerzundi. Dejando no poco en 
el tintero, paso á comprobarlo. 



Conversábase en un corro de amigos, siendo el tema refe- 
rir cada uno el lance más crítico en que se hubiera encontrado. 
Tocóle turno á Lerzundi, y dijo: 

—Pues, señores, cuando yo era mozo y alegroncillo con las 
hijas de Eva, fui una tarde con otros camaradas á la picante- 
ría de ña Petita^ en el Cercado. Allí encontramos una miichachena 
del coco y de rechupete^ mozas todas de mucho cututeo; hem- 
bras, en fin, de la hebra. Ello es que, entre un camaroncito 
pipifindingucy acompañado de un vaso de chicha de jora, y un 
bocadito de seviche en zumo de naranja agria, seguido de una 
cepita del congratulámini quita pesares, nos dieron las ocho de 
la noche, hora en que la obscuridad del Cercado era superior 
á la del Limbo. Nos disponíamos ya á emprender el regreso 
á la ciudad, llevando cada uno de bracero á la percuncha res- 
pectiva, cuando sentimos un gran tropel de caballos que se 
detuvieron á la puerta de la picantería, y una voz aguarden- 
tosa que gritó: 

— I Rendirse todo el mundo, vivos y muertos, que aquí está 
Lacunza el guapo! 

Las mozas no tuvieron pataleta, . que eran hembras de mu- 
cho juego y curtidas en el peligro; pero chillaron recio y sos- 
tenido, y como palomas asustadas por el gavilán corrieron á 
refugiarse en la huerta, encerrándose en ella á tranca y ce- 
rrojo. 



Digitized by 



Google 



23ü RICARDO PALMA 

Nosotros estábamos desarmados, y escapó cada cual por don- 
de Dios quiso ayudarlo; pues los que nos asaltaron eran nada 
menos que los ladrones de la famosa cuadrilla del facineroso 
negro Lacunza, cuyas fechorías tenían en alarma la' capital. 
Yo, escalando como gato una pared, que de esos prodigios 
hace el miedo, conseguí subir al techo; pero los bandidos em- 
pezaron á menudearme, con sus carabinas, pelotillas de plo- 
mo. Corre que corre, y de techo en techo, no paré hasta Mon- 
serrate (1). 

—Eso es mucho— comentó uno de los oyentes.— ¿Y las bo- 
cacalles, general? ¿Y las bocacalles? 

— ¡Hombre! jEn qué poca agua se ahoga usted!— contestó 
Lerzundi.— ¡Las bocacalles! ¡Valiente obstáculo!... Esas las sal- 
taba de un brinco. 

Roberto Robert, que saltó desde el almuerzo de un do- 
mingo á la comida de un jueves, sin tropezar siquiera con 
un garbanzo, no dio brinco mayor que el de las bocacalles 
de mi paisano. 



II 



Siendo Lerzundi capitán, una de nuestras rebujinas polí- 
ticas lo forzó á ir á comer en el extranjero el, á veces amargo, 
pan del ostracismo. Residió por seis meses en Río Janeiro, 
y su corta permanencia en la capital del, por entonces, impe- 
rio americano, fué venero en que ejercitó más tarde su vena 
de mentiroso inofensivo. 

Corrieron años tras años; después de una revolución venía 
otra revolución; hoy se perdía una batalla, y mañana se ga- 
naba otra batalla; cachiporrazo va, cachiporrazo viene; tan 
pronto vencido como vencedor; ello es que don Agustín Ler- 
zundi llegó á ceñir la faja de General de brigada. Declaro aquí 



(t) Kl Cercado y Monserrate son, en línea recta, eatremos de la ciudad ó sea un trayecto de 
más de dos millas. * 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 237 

(y lo ratificaré en el valle de Josaphat, si algún militroncho 
se picare y me exigiese retractación) que entre un centenar, 
por lo menos, de generales que, en mi tierra, he alcanzado á 
conocer, ninguno me i>areció más general á la de veras que 
don Agustín Lerzundi. ¡Vaya un general bizarro! No se diría 
sino que Dios lo había criado para general y... para mentiroso. 

Acompañaba siempre á Lerzundi el teniente López, un mu- 
chachote bobiculto que no conoció el Brasil más que en el 
mapamundi, y á quien su jefe, citándole no sé qué artículo de 
las Ordenanzas que prohibe al inferior desmentir al superior, 
impuso la obligación de corroborar siempre cuanto él le pre- 
guntase en público. 

Hablábase en una tertulia sobre la delicadeza y finura de 
algunas telas, producto de la industria moderna, y el gene- 
ral exclamó: 

—¡Oh! ¡Para finos los pañuelos que me regaló el empera- 
dor de) Brasil! ¿Se acuerda usted, teniente López? 

— Sí, mi general... ¡finos muy finos! 

—Calculen ustedes— prosiguió Lerzundi— si serían finos que 
los lavaba yo mismo echándolos, previamente, á remojar en 
un vaso de agua. Recién llegado al Brasil me aconsejaron, 
que como preservativo contra la fiebre amarilla, acostumbra- 
se beber un vaso de leche á la hora de acostarme, y nunca 
olvidaba la mitcama colocar éste sobre el velador. Sucedió que 
una noche llegué á mi cuarto rendido de sueño y apuré el 
consabido vaso, no sin chocarme algo que la leche tuviese 
mucha nata, y me prometí reconvenir por ello á la criada. 
Al otro día vínome gana de desaguar cañería y... ¡jala! ¡jala! 
¡jala! salieron los doce pañuelos. Me los había bebido la vís- 
pera en lugar de leche ¿no es verdad, teniente López? 

—Sí, mi general, mucha verdad— contestó con aire beatí- 
fico el sufrido ayudante. 



Digitized by 



Google 



238 RICARDO PALMA 



III 



PcTd un día no estuvo el teniente López con el humor de 
seguir aceptando humildemente complicidad en las mentiras. 
Quiso echar, por cuenta propia, una mentirilla y... ese fué 
el día de su desgracia; porque el general lo separó de su lado, 
lo puso á disposición del Estado Mayor, éste lo destinó en 
filas, y en la primera zinguizarra ó escaramuza á que concu- 
rrió, lo desmondongaron de un balazo. 

Historiemos la mentira que ocasionó tan triste suceso. 

Hablábase de pesca y caza. 

—¡Oh! Para escopeta la ,que me regaló el emperador del 
Brasil. ¿No es verdad, teniente López? 

—Sí, mi general... ¡buena!... ¡muy buena! 

—Pues, señores, fui una mañana de caza, y en lo más en- 
marañado de un bosque descubrí un árbol en cuyas ramas 
habría por lo menos unas mil palomas... Teniente López ¿se- 
rían mil las palomas? 

—Sí, mi general... tal vez más que menos. 

— ¿Qué hice? Me eché la escopeta á la cara, fijé el ¡Hinto 
de mira y... ¡pum! ¡fuego! ¿No es verdad, teniente López? 

— Sí, mi general... Me consta que su señoría disparó. 
—¿Cuántas palomas creen ustedes que mataría del tiro? 
—Tres ó cuatro— contestó uno de los tertulios. 

— ¡Quiál Noventa y nueve palomas... ¿o es verdad, teniente 
López? 

—Sí, mi general... Noventa y nueve palomas... y un lorito. 

Pero Lerzundi aspiraba al monopolio de la mentira, y no 
tolerando una mentirilla en su subalterno, replicó: 

—i Hombre, Lói>ez...! ¿Cómo es eso?... Yo no vi el lorito. 

-^-Pues, mi general— contestó picado el ayudante,~yo tam- 
l>oco vi las noventa y nueve palomas. 



Digitized by 



Google 



EL DESAFIO DEL MARISCAL CASTILLA 
(Reminiscencia histórica) 



Entre el gran mariscal don Ramón Castilla y el cónsul de 
Francia monsieur de Saillard se i>actó, en 1839, un duelo que 
debía realizarse un año después. Pero antes de dar a cono- 
cer la causa del desafío, y lo que impidió su realización, con- 
viene que el lector sepa quién fué monsieur de Saillard, para 
que así no se vea en el caso de aquel que, ignorando lo que 
es un ojo de gallo^ le preguntó á un amigo: 

—¿Qué tiene usted, don Restituto, que le veo tan alique- 
brado? 

—Poca cosa un maldito ojo de gallo que me está ha- 
ciendo vei' estrellas. 

—Hombre, eso es muy serio Al ojo con el codo No 

se descuide, y vea hoy mismo al oculista. 



Digitized by 



Google 



240 BIGARDO PALMA 



A fines de 1829 la fragata francesa Moselle, de 60 cañones, 
se detuvo, sin fondear, frente á Valparaíso, el corto tiempo 
preciso para que desembarcase el vizconde de Espinville que 
venía investido con el carácter de vice-cónsul, pues, por aque- 
llos tiempos, Inglaterra y Francia no acreditaban ministros cer- 
ca de las nacientes repúblicas americanas sino Cónsules ge- 
nerales, á los que auxiliaba un vice-cónsul ó canciller. 

La Mosellc continuó su viaje para el Callao conduciendo 
también á monsieur de Saillard, vice-cónsul nombrado i>ara 
el Perú. 

Ambos agentes consulares eran tipos opuestos. El aristo- 
cratice» vizconde era un simpático normando, de veintiocho 
años de edad, buen mozo, elegante y con refinamientos pari- 
sienses. Monsieur de Saillard era un ¡wovenzal, hijo de mo- 
desto receptor de rentas, pequeño y regordete como candidato 
á una apoplegía fulminante, y representaba treinta años, so- 
bre poco más ó menos. Su genio era altanero é iracundo, tam- 
bién en oposición al del vizconde, que era todo moderación 
y amabilidad. 

Para matar el fastidio de la larga navegación, entre'tíaían- 
se una noche los dos vice-cónsules en una partida de naipes, 
en la que sólo interesaban céntimos de franco, cuando, á pro- 
pósito de una jugada, suscitó Saillard una disputa; y tanto 
hubieron de agriarse los ánimos que Espinville dio un bofe- 
tón á su compañero. Intervinieron el comandante de la nave 
y los oficiales; pero quedó concertado un duelo para cuando 
los doá adversarios se encontrasen en tierra. En el resto del 
viaje no cambiaron saludo ni palabra. 

Al desembarcar el vizconde en Valparaíso, monsieur de Sai- 
llard, que estaba recostado en la borda, le gritó: 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 241 

—Hasta muy pronto, señor de Espinville. 

-— Hastd cuando usted guste, señor de Saillard— le contestó 
el vizconde. 

El vice-cónsul acreditado para Chile fué muy bien acogido 
por la sociedad de Valparaíso, y pasó ocho meses de paseo en 
paseo, de fiesta en fiesta y de baile en baile. La voz pública, 
que es muy vocinglera, lo daba por novio de una de las más 
bellas y ricas señoritas porteflas. 

En tanto Saillard pasaba su tiempo en Lima, esquivo á 
frecuentai' la sociedad, adiestrándose en el manejo de la pistola 
hasta llegar á conquistarse fama de eximio tirador. 

Un día sufK), por un comerciante chileno que estuvo en 
el consulado á hacer visar unos documentos, que el vizconde 
celebraría su enlace, en pocos meses más, y el vice-cónsul le 
dijo : 

—Pues regresa usted pronto á Valparaíso, hágame el ser- 
vicio de decirle que los hombres que tienen deudas como la 
que él ha de pagarme, no pueden casarse sin faltar al honor 
y á la lealtad. 

El comisionado cumplió con el encardo, y el vizconde le 
contestó : — Si escribe usted á esc caballero, dígale qtie soy 
de razci de buenos pagadores. 

Paso por alto muchísimos pormenores que trae Vicuña 
Mackenna, en su libro Relaciones^ para llegar al 11 de Junio 
de 1830, día en que Saillard se presentó en el domicilio de 
su compatriota, para decirle que había hecho un viaje de ocho- 
cientas leguas con sólo el propósito de matarlo. 

El duelo se efectuó en Polanco (que era, por entonces, un 
caserío vecino á Valparaíso) en la mañana del 13 de Junio, 
fiesta de san Antonio, día en que, por ser cumpleaños de la 
no\áa, se preparaba en casa de ésta un gran sarao. 

El vizconde cayó con el corazón destrozado por una bala. 

Saillard se embarcó inmediatamente en un buque ballene- 
ro que, á las dos de la tarde, levó anclas con destino al Callao. 



16 



Digitized by 



Google 



242 RICARDO PALMA 



II 



Ahora cúmpleme narrar lo que motivó el duelo (cuya rea- 
lización impidió la Providencia) con el general Castilla que, 
en 1839, era ministro de Guerra en el gobierno del presidente 
Gamarra. También Saillard había adelantado en su carrera, 
y era, á la sazón, Cónsul General de Francia en el Perú. 

Era una noche de tertulia, en palacio, con asistencia del 
cuerp<» consular. Todavía no nos dábamos tono con tener en 
casa cueriK) diplomático. 

En un grupo de militares charlábase sobre cosas de mili- 
cia, y monsieur de Saillard, estimulado acaso por el champagne^ 
se enfrascó en críticas imprudentes sobre la manera cómo es- 
taba organizado el ejército peruano; y hablando del arma de 
caballería, dijo que los soldados eran escogidos entre los fa- 
cinerosos de la costa. 

Feo, feísimo defecto es, en muchos europeos, no saber mor- 
derse la lengua antes de criticar públicamente nuestros erro- 
res y vicios. Conocí, y tuve por maestro en mis horas de estu- 
diante, á un ilustrado caballero italiano, el cual solía decir 
siempre que escuchaba á algún europeo maledicente:— Es po- 
sible que, en el Perú, todo sea malo, insoportable; pero nadie 
negará que esta tierra tiene una cosa buena, inmejorable; y 
esa cosa es, muchos y cómodos puertos para que puedan em- 
barcarse los extranjeros que no estén contentos del país, de 
sus costumbres, ni de su gobierno. 

Peor calamidad que las de Egipto es la de los patriotas en 
patria ajena. 

Don Ramón Castilla que, hasta entonces, había escuchado 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 243 

con indiferencia los desahogos del francés, lo interrumpió con 
estas palabras: 

— ¡Eh! señor cónsul... ¡moderación!... i mucha moderación- 
señor cónsul! 

Para el irritable Saillard fué esto como avivar una hogue- 
ra. Se encaró con el ministro de Guerra, el cual le volvió 
la espalda, murmurando con el acento corlado que le era pe- 
culiar. 

— jEh! i Déjeme en paz, hombre!... ¡Borrachito...! ¡Bo- 
rracho... ! 

Ai día siguiente Saillard le enviaba sus padrinos. El bravo 
general de caballería contestó: 

— ¡Está bien...! Aceptado... cuando guste... elijo armas... es 
mi derecho... soy el desafiado... A caballo y lanza en mano... 
Así nos batimos los facinerosos... de caballería... 

Los padrinos regresaron en la tarde á casa del general, y 
le comunicaron que su ahijado aceptaba la condición, pero 
que necesitaba un plazo para aprender el manejo de la lanza. 

—¡Eso es!... Muy justo... que aprenda... tiene razón... no 
hay inconveniente. 

— ¿\ qué plazo le concede usted, general ?— preguntó uno 
de los padrinos, que era un acaudalado comerciante belga cuyo 
nombre he olvidado. 

—¡Hombre!... el que ustedes quieran... Por mí... tanto da im 
año como un día... 

—Pues será un año— dijo don Bernardo Poumaroux que 
era el otro padrino. 

— ¡Eh!... ya lo he dicho... me es indiferente... 

Saillard, que contaba en Francia con protector ó amigos 
de gran influencia, recibió cuatro meses después el nombra- 
miento de Cónsul general en Caracas. 

Llegado á Venezuela, pasó cinco meses recibiendo lección 
diaria de equitación y manejo de lanza. Sus maestros, á los 
que remuneraba con esplendidez, eran dos llaneros del Apu- 
re, de esos que, á las órdenes de Paez y á bote de lanza, 
destrozaron los aguerridos batallones del ejército esi>añol. 

Cuando sus maestros le dijeron que nada tenían ya por 
enseñarle, lo que equivalía á expedirle y refrendarle título de 



Digitized by 



Google 



244 RICARDO PALMA 

priniera lanza de Colombia, encomendó el consulado al can- 
ciller, y se dirigió á la Guaira con la firme resolución de em- 
barcarse para el Perú. Faltaban menos de dos meses jmra 
la expiración del año de plazo. 

Pero el hombre propone y la fiebre amarilla dispone. 

Treó días después de llegado á la Guaira, recibía cristiana 
sepultura el cadáver del testarudo provenzal. 



DON POR LO MISMO 

A César Gondra, en el Paraguay. 

El Gran Mariscal don Ramón Castilla, ' entre otras de sus 
cualidades de carácter tuvo la de la obstinación, y gracias á 
ella alcanzó, con frecuencia, éxito en sus empresas. Raro fué 
que cejase en lo que una vez acometía. ¿Era la cosa difícil 
ó peligrosa? Pues por lo mismo. Los obstáculos y riesgos eran 
para él un acicate. 

Gran rocamboriata^ como decimos en América, ó jugador de 
tresillo, como dicen en Esi>aña, era don Ramón Castilla. Des- 
pués de las ocho de la noche, salvo cuando graves atenciones 
de gobierno se lo impedían, hasta sonadas las doce, tribu- 
taba culto á Birján, el dios de la baraja. Sobre jugar bien, 
diz que lo acompañaba buena suerte. 

Don Ramón buscaba siempre con quien compartir la ga- 
nancia, y apenas cogía entre las manos los cuarenta naipes 
ó cartulinas que componen la baraja, paseaba la mirada por 
el salón, y dirigiéndose á alguno de los palaciegos \isitantes, 
decía: 

— ¡Eh! Don fulano... acerqúese... siéntese de mirón á mi 
lado... jugaremos á medias... ya sabe usted... calladito... los mi- 
rones son de palo... 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 245 

Si terminada la partída que, por lo regular, era de á cua- 
tro pesos el apunte, no resultaba ganancioso^ se oponía tenaz- 
mente á que el compañero pagase la cuota que, en la pérdida, 
le correspondía. 

—Déjese de eso, hombre... Ha sido bufonada mía la de 
invitarlo... 

—Pero, general... 

—¡Nada! ¡Nada!... Obedecer es amar... Yo sé mi cuento... 
No me venga usted con algórgoras... 

Y no había más que callar, y no insistir ni con el gesto. 

Por el contrario, cuando resultaba el mariscal favorecido, lo 
que era frecuente, con un centenar de fichas, decía al com- 
pañero, pasándole la mitad de ellas: 

— ¡Ehl mi amigo... me ha traído usted buena suerte... cobre 
lo que le corresponde... es una pequenez... ¡Paciencia!... no 
está Dios muy enojado... hay que aceptar lo que buenamente 
TÍOS envía... 

Téngase en cuenta que casi siempre el compañero era al- 
gún diputado monosilábico, de esos cuya elocuencia parlamen- 
taria se encierra en decir si ó noj ajustándose á la consigna 
ministerial. 



Corría el año de 1845, año notable porque en él tuvo el 
Perú, por primera vez, ley de Presupuesto. Las rentas públi- 
cas se habían, hasta entonces, manejado de manera discre- 
cional por el presidente de la república. Cabe á don Ramón 
Castilla la gloria de haber roto con el inmoral abuso, que ya 
iba haciéndose mal crónico. 

Formada una noche la partida de tresillo^ hacían la contra 
al [ugador los generales Castilla y Aparicio. Dobladas ya por 
don Ramón cuatro bazas, aconteció que el hombre ó jugador 
puso sobre la mesa un siete de bastos, y sirvió don Ramón 
el cinco, diciendo: 

—Ya he cumplido con mi deber... cumpla usted, don Ma- 
nuel, con el suyo, haciendo esa baza... 



Digitized by 



Google 



246 RICARDO PALMA 

Grande fué la sorpresa para Castilla al ver que Aparicio 
soltaba el tres de bastos. 

— ¡Pero, hombre!.., ¿Está usted loco?... ¿Por qué no ha plan- 
tado el reyV 

—Porque no lo tengo— contestó el compañero. 

—Por lo mismo. 

—¿Cómo se entiende eso de 'por lo mismo í ¿No está usted 
viendo, general, que ese siete es todo un rey disfrazado? 

—¡Pues por lo mismo!— insistió don Ramón.— Ha debido us- 
ted pintar el rey, y no tolerar disfraces. 



El lance se hizo público, y desde esa noche quedó bauti- 
zado el presidente don Ramón Castilla con el mote de Doyi por 
lo mismo. 



Digitized by 



Google 



MINUCIAS HISTÓRICAS 



I 



En la estación veraniega de 1847 encontrábame yo cierta 
tarde en un grupo de muchachos en el sitio que entonces se 
conocía con el nombre de la Punta del muelle, viendo entrar 
al puerto del Callao al vapor que venía de Panamá con corres- 
pondencia y pasajeros de Europa. Por aquel año era todavía 
motivo de alboroto el anuncio de vapor á la vista, pues sólo 
desde fines de 1840, con dos vapores de una compañía in- 
glesa—el Chile y el Perú— se había sistemado la navegación 
mensual entre Valparaíso y Panamá, con escala en los puertos 
intermedios. 

El presidente de la república gran mariscal don Ramón 
Castilla veraneaba aquel año en el Callao, y fué uno de los 
muchos cmiosos que acudieron esa tarde á la punta del mue- 
lle. El vapor echó el ancla como á seiscientos metros de dis- 
tancia de la Punta, é inmediatamente salió á recibirlo la fa- 
lúa de la Capitanía. Media hora más tarde regresaba, y el ca- 



Digitized by 



Google 



248 



BIGARDO PALMA 



pitan del puerto acercándose á su excelencia le comunicó que 
el buque traía patente limpia, á la vez que, en baja voz, su- 
pongo que lo informaría de las sucintas noticias adquiridas á 
bordo sobre novedades europeas, y aun sobre el rol de pasa- 
jeros. Algo debió disgustar á don Ramón, porque alzando el 
tono do la voz y con las interrupciones que le eran peculia- 
res, le oímos decir los muchachos que rodeábamos el grupo pre- 
sidencial: 

—Vuelva usted á bordo, señor capitán de puerto... sí... sí... 
prohíbale á ese hombre que ponga la planta en tierra peruana... 
¡canalla... sí... canalla!... ha venido ese Judas á América en 
busca de árbol para ahorcarse... no... no... que vaya á ahor- 
carse en Chile. 

Cuando la autoridad marítima se reembarcaba, ya algunos 
botes desprendidos del vapor hacían rmnbo al muelle. El ca- 
pitán de puerto se dirigió á una de las embarcaciones que dis- 
taría doscientos metros del desembarcadero. En ella veíanse 
dos pasajeros: una dama enlutada y un caballero también ves- 
tido de negro. Tras breve plática entre éste y el jefe de ma- 
rina, el bote regresó al vapor con los viajeros. 

Por supuesto que yo y mis compañeros nos quedamos sin 
sabej' quién era la persona á la que el jefe de la nación aplicara 
el epíteto de Judas, y seguiría ¿ignorándolo si once años después, 
en 1858, desempeñando yo el empleo de contador ú oficial de 
cuenta y razón en uno de los buques de nuestra difunta escuadra 
no hubiera, en qportunidad apropiada, venido á mi memoria 
ese recuerdo de mis primeros años. 

El presidente Castilla, en su segunda época, veraneaba en 
Chorrillos, y cuando á las dos de la tarde arreciaba el calor, 
se iba por un par de horas á bordo; se arrellanaba en una 
mecedora en la toldilla de popa, el comandante le agasajaba 
con un vaso de refrigerante cerveza, y su excelencia, que siem- 
pre tuvo gran predilección jpor los marinos^ convocaba en tor- 
no suyo á los oficiales entregándose con ellos á expansiva con- 
versación, la que concluía al picar un guardián las cinco de 
la tarde, hora en que regresaba á tierra, llevándose siempre 
á uno de los oficiales francos para que le acompañase á comer. 

Una tarde me animé á hablarle al presidente de la escena 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 249 

que yo presenciara en la Punta del muelle, cuando yo era 
un granuja de trece años: 

-^Hombre...! Tiene buena memoria el contador... sí... Así 
fué como usted lo relata... muy cierto— y no añadió palabra 
más, ni yo estimé discreto proseguir. 

Decididamente había perdido mi tiempo. Mi curiosidad que- 
daba siempre en pie. 

Llego la hora de la partida. Estaba distraído, con los bra- 
zos apoyados en la borda, contemplando varias canoas de pes- 
cadores que se desprendían de la playa, cuando se me acercó 
el gran mariscal y me dijo:— Contador, véngase á comer con- 
migo. 

Ya de sobremesa, me dijo: 

— Conocí esta tarde que le rebosaba á usted la curiosidad... 
¡bueno!... no es delito ser curioso... no... Ese picaro fué... sé- 
palo usted... el godo Maroto. 



II 



Don Ramón Castilla nació en Tarapacá en 1797 y era siete 
ú oche años menor que su hermano don Leandro, quien á 
la muerte del padre de ambos ejerció para con aquél funciones 
casi paternales. Era don Leandro capitán del ejército español, 
y cuando la campaña contra los patriotas de Chile llevó á 
su hermano en condición de cadete, obteniéndole á i>oco el 
ascenso á subteniente. 

Tan luego como en 1821 se proclamó la Independencia del 
Perú, don Ramón, que investía ya la clase de teniente, se se- 
paró de los realistas, incorporándose como capitán en el ejér- 
cito patriota. 

En la batalla de Ayacucho, herido don Ramón en un bra- 
zo fué conducido en camilla al hospital de sangre, donde se 
le colocó en un salón destinado para jefes, así vencedores 



Digitized by 



Google 



250 RICARDO PALMA 

como vencidos. Terminaba el cirujano de hacerle la primera 
curación, cuando se oyó una voz que preguntaba: 

—¿Dónde está el comandante Castilla? 

—Aquí, á la derecha— contestó don Ramón, á la vez que 
otro herido decía:— Aquí, á la izquierda. 

Los dos hermanos, heridos en defensa de distinta bandera, 
oslaban en el hosi>ital de sangre y, ¡coincidencia curiosa! la 
lesión de ambos era en un brazo. De más está decir que aque- 
lla tarde fué de fraternal reconciliación. 

Don Leandro no quiso tomar servicio en el Perú, y se em- 
barcó para España. A poco Fernando VII le ascendió á coronel^ 
dándole alto empleo militar en una de las provincias del reino. 

Cuando fallecido el monarca estalló la guerra civil, don 
Leandro renunció el cargo que servía y fué á incorporarse en 
el ejército carlista. Tres ó cuatro aflos después, por méritos 
en acción de guerra, le ascendió Carlos V á brigadier. 

Después de la inicua traición de Maroto, bautizada en la 
historia con el hipócrita nombre de Abrazo de Vergara^ sólo las 
tropas del cabecilla Cabrera continuaron batiéndose con bra- 
vura, en el Maestrazgo de Aragón, contra los isabelinos. Ca- 
brera con 12,000 hombres se contrajo á impedir que el ejér- 
cito de O'Donell se uniera con el de Espartero, quien con 
30,000 soldados y mucha artillería sitiaba la fortaleza de Mo- 
rella, defendida pK)r 2,800 carlistas con quince cañones. Los 
biigadieres don Pedro Beltrán y don Leandro Castilla ftieron 
los jefe¿ á quienes Cabrera encomendara la resistencia. Desde 
el 21 hasta el 30 de Mayo no pasó día sin recio cañoneo por 
ambas partes, y sin que fuesen rechazados los liberales en sus 
lentativa¿: de asalto á la plaza. 

En la tarde del 30 una bomba produjo la explosión del 
principal depósito de municiones, y como apenas quedaban per- 
trechos se resolvió, en junta de guerra, que el brigadier Bel- 
trán abandonase la plaza i>ara reunirse con Cabrera, enco- 
mendándose al brigadier Castilla que con sólo dos compañías 
permaneciese entreteniendo al enemigo, y autorizándole i>ara 
capitular cuando considerase que ya Beltrán, con su gente, es- 
taba libre de ser batido en la retirada. Así convenía á la causa 
carlista, y el abnegado don Leandro aceptó el tristísimo deber 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 251 

de rendir la plaza y la i>enosa condición de prisionero, en la 
que permaneció muchos meses hasta que consiguió evadirse 
y emigrai- á Francia. 

Cuando en 1865 las turbulencias políticas del Perú llevaron 
á Europa, en condición de proscrito, al gran mariscal Casti- 
lla, ya no existía don Leandro; pero en Pau (Francia) tuvo el 
placer de recibir la visita de doña Dolores, la viuda del bri- 
gadier carlista. 

Don Ramón Castilla debió llegar al Callao del 27 al 28 de 
Abril de 1866 y participar de la gloria que cupo á los comba- 
tientes del Dos de Mayo; pero la víspera del día en que iba 
á embarcarse en Southampton, un criado infiel le robó el ma- 
letín en que guardaba el mariscal veinte mil francos. Por ese 
fatal incidente su arribo al Callao fué el 10 de Mayo. 

El Dictador anhelaba mantener al mariscal Castilla en el 
extranjero. Su secretario de relaciones exteriores doctor don 
Toribio Pacheco envió, en Enero de 1866, á don Ramón el 
nombramiento de Ministro Plenipotenciario en Francia é In- 
glaterra, el cual en el mismo día de recibido devolvió Casti- 
lla con las siguientes líneas de su puño y letra:— «Saludo aten- 
tamente al doctor don Toribio Pacheco, y no aceptando el 
cargo con que ha creído honrarme, le devuelvo el nombra- 
miento, pliego de instrucciones y libranzas con que acompa- 
ñó su oficio. Soy del señor Pacheco atento servidor.— Ramón 
Castilla». 

De regreso á la patria levantó el gran mariscal bandera 
contra la dictadura en Tarapacá; y desatendiendo la prohi- 
bición de los médicos que le asistían, montó á caballo para 
emprender campaña sobre Tacna. Al llegar á la estancia ó 
aldea de Tiviliche cayó moribundo. El general Beingolea y 
el coronel Tomás Gutiérrez refirieron al gue estas páginas es- 
cribe, que sus últimas y enigmáticas palabras fueron:— Valien- 
tes... sí... adelante... la patria... imposible... 



Digitized by 



Google 



252 KICARDO PALMA 



III 



Dolí Rafael Maroto nació en Lorca, población vecina á Mur- 
cia en 1782 (1). Siguió desde muy joven la carrera de las ar- 
mas, y en la lucha contra la invasión francesa tuvo oportu- 
nidades para distinguirse y adelantar en ascensos. 

El 14 de Abril de 1814 fondeó en el Callao el navio Asia tra- 
yendo al batallón Talavera, fuerte de 800 plazas, al mando 
del coronel Maroto. Los talaverinos hicieron atrocidades en 
Lima, pues más que soldados fueron bandidos, como que tres- 
cientos de ellos habían sido sacados de las cárceles y presidios. 
El virrey Abascal estimó prudente complacer al vecindario de 
la capital y se deshizo de esa nlala gente enviándola de regalo 
á los insurgentes de Chile, que poco á poco, como hila la vie- 
ja el copo, los fueron pasaporteando para la eternidad. Tanto en 
Lima como en Santiago acostimibraban esos perdidos no abo- 
nar lo que compraban, y se iban diciendo el rey paga. Recla- 
mar ante el coronel era como ir con la demanda al Nuncio 
de su Santidad. 

Maroto contrajo, en 1815, matrimonio con doña Antonia Cor- 
tés y García, rica heredera y perteneciente á la más alquita- 
rada aristocracia de Santiago. Era doña Antonia sobrina del 
famoso tribuno Madariaga, que á la sazón ejercía en Caracas 
fructuosa propaganda doctrinaria en favor de la república, y 
al comunicarle uno de sus deudos la noticia del casorio, con- 
testó eic carta que existe hoy en poder del historiador don 
Diego Barros Arana:— -¿Se han vuelto ustedes locos? ¿Casar 
á la niñü con un sarraceno? No se los perdono. 

Después de Maypú, Maroto tuvo que regresar á Lima, de 
donde el virrey le envió al Alto-Perú. Fué en Bolivia donde 
nació su hija Margarita en 1819. Es fama que Maroto enterró 
en un subterráneo de la casa de su mujer, situada en la ca- 



(1 Mendibuní incurre en error al onnHifrnar quA nació en 1780. Cuando Abascal le ascendió á 
bri$;adier. tuvo á la vista su hoja de servicios (que exinte entre los manuscritos de la Biblioteca 
Nacional) y en ella aparece Maroto como nacido en 1782. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 253 

lie de los Huérfanos^ los fondos de la Comisaría real que exce- 
dían do ochenta mil pesos en oro sellado, á la vez que entre 
las vigas de uno de los techos alcanzó á esconder más de 
doscientos fusiles. 

Maroto después de la capitulación de Ayacucho, en que no 
estuvo porque se encontraba en Puno como jefe superior de 
ese territorio, se embarcó con su familia en la Ernestina^ fragata 
francesa en la que también se dirigía á Europa el virrey La 
Serna con muchos jefes y oficiales realistas. 

Llegado á España, Fernando VII lo trató con afecto, le dio 
la íQ-an cruz de Isabel la Católica y^ en 1838 lo ascendió á te- 
niente general. 

En 1829 Maroto envió á América á su esposa acompañada 
de un niño de siete años para que reclamase del gobierno de 
Chile la devolución de los bienes que la habían sido secues- 
trados, entre los que se encontraba la hoy muy valiosa ha- 
cienda de Concón, próxima á Valparaíso. La nave tocó para 
refrescar víveres en la costa del Brasil, y tanto la señora como 
el niño fueron víctimas de la fiebre endémica del país. 

Desde que estalló en España la guerra de sucesión, Ma- 
roto tomó servicio en el bando carlista. Un día, en ima junta 
de guerra, desestimando el monarca con alguna acritud la opi- 
nión de Maroto se dio éste por agraviado, separándose de la 
causa y marchándose á Francia. Pero Maroto tenía amigos 
que disfrutaban de influencia en el ánimo del pretendiente, y 
éstos alcanzaron, después de dos años, reconciliar al vasallo 
con su señor, quien le confirió el mando en jefe de sus ejér- 
citos. 

Maroto no había perdonado el antiguo agravio, y se vengó 
de don Carlos realizando la gran perfidia del Abrazo de Ver- 
gara, vileza que premió la reina-regente, ascendiéndolo á ca- 
pitán general, dándole la gran cruz de san Hermenegildo, y 
haciéndolo conde de Casa Maroto. 

Los mismo liberales ó isabelinos que usufructuaron la trai- 
ción fueron los primeros, así en Madrid como en las gi*an- 
des ciudades del reino, en abrumar con desaires é injurias al 
émulo de Judas. Para todo español, liberal ó ultramontano, 
Maroto era un reprobo. 



Digitized by 



Google 



254 



HICARDO PALMA 



Al fin convencióse el flamante conde de Casa Maroto de que 
para él no había rehabilitación posible en su patria; á pe- 
sar de lo desmemoriados y misericordiosos que son los pue- 
blos latinos para con los grandes pecadores políticos. Para 
Maroto fué y sigue siendo inflexible la sanción moral. 

Además en dos ó tres ocasiones corrió peligro de ser ase- 
sinado, y aun parece que la enfermedad del estómago de que 
adoleció en los últimos nueve años de su vida, tuvo origen 
en un veneno que le propinaron. 

Entonces decidió trasladarse á América con su hija Mar- 
garita; y fué entonces cuando en Febrero ó Marzo de 1847, 
le negé el presidente 'Castilla que pisase tierra peruana. 

¿Simpatizaba el mariscal con el carlismo? Ciertamente que 
no, pues en toda su vida pública ostentó apego á las ideas 
liberales. En él no hubo más que repulsión por el traidor 
que con la traición ocasionara muchos males á sti hermano 
don Leandro. 

En Valparaíso y en Santiago fué recibido Maroto con ce- 
remoniosa frialdad por los chilenos, y con ultrajante desdén 
por la colonia española. Las visitas, más que á él, fueron á 
la simpática y desventurada joven, perteneciente, por línea ma- 
terna, á la créme social de Chile. 

Maroto, antes de resolverse á emigrar, había enviado po- 
der al canónigo Aristegui, después obispK) in par tibias, para que 
recobrase la hacienda de Concón y demás bienes confiscados. 
Todo le fué devuelto á doña Margarita, la cual contrajo ma- 
trimonio con un distinguido caballero del cual enviudó. 

Doña Margarita Maroto de Borgoño falleció en Valparaí- 
so el 23 de Noviembre de 1902. 

La casa en que el general esperaba encontrar intacto el 
tesoro pK)r él enterrado, había sido arrendada en 1843 á unos 
comerciantes ingleses, hombres de finísimo olfato, pues llegó 
á darles en la nariz el tufillo de las onzas p^luconas con las 
efigies de Carlos III y Carlos IV. Sólo encontró, cubiertos de 
moho, los fusiles que depositara en las vigas del techo. 

Marotc murió en Valparaíso el 25 de Agosto de 1853, á la 
edad de setenta y un años. 



Digitized by 



Google 



Francisco Bolognesi 

LA CAJETILLA DE CIGARROS 
(Episodio de la guerra del Pacífico) 

Aquella mañana, la del 7 de Junio de 1880, habían corrido 
raudales de sangre peruana en el legendario Morro de Arica. 
Francisco Bolognesi, el inmortal soldado, había sucumbido, ca- 
yendo en tomo suyo 900 bravos de los 1,600 que formaban su 
cuerpo do ejército. 

Se había batallado hasta quemar el illtitno cartucho, y G,500 
soldados chilenos se adueñaron del Morro, sin más pérdida 
para ellos que la de 144 muertos y 337 heridos. 



Digitized by 



Google 




Señor General don Roque Stonz PeBa 



Digitized by 



Google 







L¿^£^¿L 






g:^^í^^íx> 



V' '¿}ir'j-fB^/y--m:^'-lK¥'^'-p^'- 



, "r ■ . -^f 



MONUMENTO A LA GLORIA DE BOLOGNE8I 

Inanmdo «1 6 «• SoTlaaibra de 180B 



17 



Digitized by 



Google 




Señor General don Roque Stenz Peña 



Digitized by 



Google 




SüvWhr 









p-i'iRrfiT.aT-T 



i\tf?-'^:'uji^'-'^r'-'^'^-^- yy-^-fC-.-"" 






-^ 






MONUMENTO A LA GLORIA DE BOLOGNE8I 

Xnairurado el 6 de Voylembre de 1806 



17 



Digitized by 



Google 



258 RICARDO PALMA 

La lucha fué en la proporción de uno contra cuatro. La 
victoria no correspondió al esfuerzo heroico sino al número 
inflexiblemente abrumador. 

En momentos de pronunciarse el desastre, un joven ca- 
pitán peruano á quien acompañaban cuatro soldados, golpeó 
con la culata de su rifle el fulminante de una mina, produ- 
ciéndose la explosión que mató á tres de los enemigos, de- 
jando heridos ó contusos á muchos más. 



Disipada la espesa nube de polvo y humo, se encontraron 
el capital» García y sus cuatro valientes rodeados por un gru- 
po de treinta chilenos al mando del teniente Lujan. Toda re- 
sistencia era imposible, y los cinco peruanos fueron hechos 
prisioneros. 

En esos momentos se presentó un coronel quien, informado 
por Lujan del estrago producido por la mina, dijo lacónica- 
mente :— Baje usted con esos hombres á la falda del Morro, y 
fusílelos. 

\ vencedores y vencidos emprendieron con lentitud el des- 
censo de más de trescientos metros que los separaban de la 
llanura. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 259 

Habrían caminado ya una cuadra cuando el capitán Gar- 
cía se detuvo, y sin fanfarronería, con entera serenidatl de es- 
píritu, le preguntó al oficial chileno, que tenía aspecto de buen 
muchacho: 

—¿Me permite usted, teniente, encender un cigarrillo? 

— Nc hay inconveniente, caj>itán. Fume usted cuantos quiera 
hasta llegar áJa falda. 

García sacó del bolsillo de su talismán^ nombre con que se 
bautizó, por entonces, á la levita de los oficiales, una caje- 
tilla de cigarros de papel. 

— ¿Fumi usted, teniente? 

—Sí, capitán, y gracias— contestó el chileno aceptando el ci- 
garrillo. 

—Así como así— continuó García,— siendo éste el último que 
he de de fumar, hago á usted mi heredero de los doce ó quince 
que aun quedan en la cajetilla, y fúmeselos en mi nombre. 

Lujan se sintió conmovido y aceptando el legado contestó: 

—Muchas gracias. Es usted todo un valiente, y créame que 
me duele en el alma tener que cumplimentar el mandato de 
mi jefe. 

Y sin más, prosiguieron el descenso. 

Faltábales poco menos de cincuenta metros para llegar á 
la siniestra falda cuando, á una cuadra de altura, resonaron 
gritos dados por otro oficial chileno:— ¡Eh! i Lujan! ¡Teniente 
Lujan! ¡Párese, hombre! ¡Espéreme! 

Lujan mandó hacer alto á su tropa, y retrocedió para salir 
al encuentro del voceador. 

¿Qué había sucedido? Que el coronel, calmada la primera 
impresión, reflexionó que su orden de fusilar prisioneros en- 
carnaba mucho de injusticia y de ferocidad salvaje. Llamó á 
uno de sus subalternos y le mandó que corriese á detener á 
Lujan. 

—Dice el coronel— fueron las palabras del emisario al apro- 
ximársele su compañero,- que no fusiles á estos cholos y que 
los lleves al depósito de prisioneros. 

—Me alegro— contestó Lujan,— porque el capitancito me ha 
sido simpático, como que me ha hecho nada menos que su 
heredero. 



Digitized by 



Google 



260 RICARDO PALMA 

Unido el teniente á los cautivos y á su tropa, dijo: 
—Le» traigo á usted una buena noticia, capitán. Va usted, 
con suá cuatro hombres, al depósito de prisioneros. Ya no 
lo fusilo. 

—Entonces, mi amigo — - contestó el imperturbable capitán 
García,— se quedó usted sin herencia. Devuélvame mi cajeti- 
lla de cigarros. 



Digitized by 



Google 



i 



títulos de castilla 



Después que el Perú quedó en reposo de las guerras civi- 
les que siguieron á la conquista, era consiguiente que, en su 
territorio, se cono*ciesen los títulos ó dignidades qiie, en Es- 
paña, aparecieron bajo el reinado de Recaredo, que posterior- 
mente se renovaron, imitando á otras naciones, y qiie más tar- 
de se concedieron á muchos ilustres caballeros. 

Se habían trasladado y avencidado en el Perú no j>ocos 
sujetas de noble ascendencia, relacionados con familias dis- 
thiguidas de la metrópoli, y que poseían bienes más ó menos 
vinculados ó libres. Contábanse entre éstos varios funciona- 
rios y empleados de la corona, cuya sangre y jerarquía les 
daba preferente lugar en la sociedad; y otros individuos que 
descendían de conquistadores, entre los cuales muchos habían 
contraído posteriormente, en la pacificación del reino, méri- 
tos bastantes por sí solos para engrandecerlos. 

Reunida así una clase, superior, pK)r la diferencia antide- 
mocrática que establecen la cuna, el talento y la riqueza (cla- 
se que con el tiempo tuvo mucho aumento) natural fué que 
asomasen las aspiraciones á elevados títulos y dignidad. Veían- 
se entre los vecinos del Perú (españoles y americanos) caba- 
lleros de las órdenes militares que vinieron cruzados de Es- 
paña, ó las obtuvieron aquí gracia de los reyes. 

Crecí i ya el número de mayorazgos por fundaciones que 
se hacían con autorización y requisitos competentes ; y el po- 



Digitized by 



Google 



262 RICARDO PALMA 

der y fortuna de los encomenderos colocaba á éslos en po- 
sición ventajosa para pretender, con éxito, honores durade- 
ros y hereditarios. Y si en cualquier país está siempre visible 
la gente que se considera de alta esfera, en el Perú había 
superior razón para que así sucediese; porque no era grande 
el número de personas á quienes favorecían felices excepcio- 
nes; porque éstas, necesariamente, tenían que hacerse nota- 
bles entre la muchedumbre de españoles del estado llano; por- 
que la masa de indígenas era mirada como muchedumbre de 
idiotas; y por último, porque había negros esclavos y otras 
castas que, consiguientemente, componían lo que se llamó úl- 
tima plebe. 

Casi hasta mediados del siglo xvii puede decirse que no 
se conocieron en el Perú otros títulos de Castilla (fuera del 
de marqués, dado por el rey á don Francisco Pizarro) que 
los 'de algunos virreyes, como los marqueses de Cañete, de 
Salinas, de Montesclaros, de Guadalcázar y~de Mansera, y los 
condes de Nieva, del Villar-don-Pardo y de Monte Rey. Los 
más de estos virreyes suscribían muchos de sus actos poniendo 
sólo El Conde 6 El Marqués^ sin expresar en sus firmas cuál 
era el dictado de sus títulos, cosa que, entonces, pudo usarse 
así, pero que parece se hiciera por no haber en el reino otro 
conde ó marqués; y á manera de los grandes señores que, 
escribiendo para dentro de sus dominios y á sus propios va- 
sallos, no necesitaban, en España, firmarse de otra suerte. 

El Cabildo de Lima, que se componía de los hombres más 
ilustres del país, tuvo un registro fiel de los caballeros hijos- 
dalgo, que existían en el vecindario; y de esa lista se sacaban 
anualmente, por elección, los que habían de servir el alto y 
distinguido cargo de Alcalde ordin^io. Así era en los anti- 
guas tiempos: probándose que, desde la fundación de Lima, 
habitaron en su recinto personas ilustres, sin que pueda de- 
cirse que el rey ennobleció á algunas; porque, aunque sea evi- 
dente, hubo muchas otras jque no necesitaron de esa gracia. 

Encuéntranse, aun en los conquistadores conocidos por los 
Trece de la Gorgona^ hombres de limpia ascendencia; entre ellos 
Nicolás de Rivera, el Viejo, primer alcalde de Lima en 1535. 
Y esto se acredita con haber dicho la reina en la capitulación 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 263 

de Toledo, el 26 de Julio de 1529, que hacía hidalgos á los 
que no lo eran, y á los hidalgos los hacía caballeros de espuela 
dorada. 

Ahora, en cuanto á los títulos de Castilla que se conocie- 
ron en el Perú, diremos que el de Cazares, conferido á la 
casa de Pastrana, fué el primero de marqués que se conce- 
dió, siguiéndose el de Santiago, creado en 1660, en favor del 
oidor don Dionisio Pérez de Manrique, primer título de Cas- 
tilla que hubo en la Audiencia de Lima. Aunque antes del 
de Santiago eran el marqués de Villarrubia de Langre, nom- 
brado desde 1649, y el marqués de Castellón, desde 1657, los 
poseedores de ambos estaban en España, y no vinieron á fa- 
milias y vecinos del Perú, sino en años posteriores, y cuando 
ya existia, en Lima, el título de Santiago. El de marqués de 
Guadalcázar que trajo, en 1622, el virrey don Diego Fernán- 
dez de Córdova, recayó años después en un pariente suyo, 
vecino del Perú, establecido según creo en Moquegua, des- 
pués de cuyos días no lo invistió aquí ninguna otra persona. 

El primer conde que hubo, de familia radicada en el Perú, 
fué el del Puerto, título que se confirió, en 1632, á don Juan 
de Vargas y Carbajal, cuarto señor de la villa del Puerto de 
Santa Cruz de la Sierra. Siguióse el de conde del Portillo, 
el cual lo obtuvo como vizconde, en 1642, don Agustín Sar- 
miento de Sotomayor, vecino de Lima, y quedó erigido en 
condado en 1670. 

Fueron 58 los títulos de marqués que, durante la domi- 
nación de España, se conocieron como pertenecientes á fami- 
lias y vecinos del Perú, según datos que hemos consultado, 
sin contar algunos de otros lugares de Sud-América que de- 
penóieroij en un tiempo de este virreinato. El número de los 
conde.» llegó á 44, excluido el de San Donas que fué sólo viz- 
conde, el único que había en el Perú, y á quien la vulgari- 
dad denominaba conde. Este título era de la nobleza de Flan- 
des, y no de la de Castilla. 

Grandeza de España, no enumerando, como no debemos 
hacerlo, la que varios virreyes investían, como el conde de 
Alba de Liste (que fué el primero que trajo esa jerai-quía 
en 1655), el de Lemos, el de la Monclova, el marqués de Cas- 



Digitized by 



Google 



264 RICARDO PALMA 

lell-dos-rius y el príncipe de Santo Buono (que fué el último 
en 1716) diremos que sólo hubo una, conferida á familia pe- 
ruana, y fué la que obtuvo en 1779, con el título de duque 
de Sai» Carlas, el correo mayor de las Indias don Fermín 
de Garba jal y Vargas, natural de Lima; y recayó en él des- 
pués de tener la grandeza honoraria, desde 1768. Era el favo- 
rito de Carlos III, quien, para más honrarlo, le dio su pro- 
pio nombre por título del ducado. 

Concediéronse siempre los títulos en favor de familias ilus- 
tres y con antecedentes honrosos, aunque en algunas no hu- 
biese tan antigua nobleza; y previos requisitos, informaciones, 
documentos y pruebas, que jamás se dispensaron, aunque mu- 
chos de dichos títulos se alcanzasen mediante erogaciones de 
dinero, directas ó indirectas, en favor de la corona. Hubo un 
caso que merece citarse, pwr extraordinario, en cuanto á dis- 
pensa de esenciales condiciones: este fué el del marquesado 
de Villarrica de Salcedo, otorgado por Felipe V, en 1703, al 
capitán don José Salcedo, siendo hijo de letra gótica (es decir, 
hijo natural) del célebre minero de Laycacota, porque cedió 
al rey ciento cuarenta mil pesos, y por considerable suma que 
debía la real Hacienda á su padre y abuelo, fuera de présta- 
mos y donativos. Entre los títulos radicados en el Perú, no 
pocos se libraron por pura recompensa á señalados servicios 
hechos por los que los obtuvieron ó por sus ascendientes en 
España ó América, en los ejércitos, ó de otras maneras. De 
esta clase fueron los marquesados de Villarrubia de Langre, 
de Valle-umbroso, de Montemira, de Lara, de Castellón, de 
Corpa, de Feria, de Otero, de Casa Boza, de Fuente Hermosa, 
de Tabalosos, etc., y los condados de Montemar, del Puerto, 
de Castell Blanco, de las Lagunas y otros. 

Los hubo también adquiridos por sólo el lustre de algu- 
nas casas, como las de los marqueses de Moscoso, de Casa 
Calderón, de Casa Concha, de Valdelirios, etc.; y las de los 
condes del Puerto, de Monteblanco, de las Torres, de Sierra 
Bella, de Valle Oscile y muchos otros. 

Loá títulos eran gravados con el derecho llamado de lan- 
zas y con el de media anata, que se i>agaban al recibir la 
concesión, y después anualmente. Podían redimirse ambos gra- 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 265 

vámenes ó uno de ellos, como varios lo hicieron. No falta- 
ron títulos á los cuales los reyes dispensaron uno de esos de- 
rechos ó los dos, para siempre ó para durante la vida de los 
agiaciados, por servicios notables ó por otras causas. 

Podían los interesados consignar juros para la satisfacción 
de lanzas, y quedaban así relevados de este cargo cuando los 
productos llenaban el objeto. Así lo hicieron el conde de Mon- 
temar, eJ marqués de Lara, el conde del Portillo y otros. 



II 



Hubo en el Perú títulos de procedencia extranjera, y por 
eso no pagaban lanzas. Era esto conforme á las antiguas re- 
glas de Castilla, y se comprendía entre ellos á los que habían 
tenido principio en Navarra. Estaban en esa línea los mar- 
quesado.- de Castellón, que fué de Ñápeles; el de San Miguel, 
cuyo origen fué en Sicilia; el de Feria y el de Fuente Her- 
mosa, salidos de Navarra; y el de vizconde de San Donas, que 
procedía de Flandes. 

El virrey duque de la Patata debió traer autorización del 
rey para otorgar unos pocos títulos; aunque motivos tenemos 
para creer que procedió por sí y ante sí, al crear el condado 
de Torre Blanca, conferido en 1683 á la casa de Ibáfiez y 
Orellana Al virrey conde de Superunda se le dio también 
autoridad para hacer esa clase de nombramientos, con las con- 
diciones y limitaciones contenidas en reales cédulas de 30 de 
Abril y 14 de Septiembre de 1743, y 19 de Junio de 1748. 

Fueroi: grandes los atrasos de la real Hacienda en esa épo- 
ca, reagravados con las pérdidas y destrucción causadas, en 
Lima, por el terremoto de 28 de Octubre de 1746: y es evi- 
dente que los títulos de Castilla, que dicho virrey confirió, 
fueron, como se dice, beneficiados; ó lo que es lo mismo, con- 



Digitized by 



Google 



260 RICARDO PALMA 

seguidos en virtud de donativos pecuniarios, y de la entrega 
de las sumas correspondientes á los derechos de lanzas y me- 
dia anata: porque todos ellos se expidieron libres perpetua- 
mente de tales gravámenes. Pero recayeron en familias de rango 
y mérito notorio, como las de los marqueses de Campo 
Ameno, San Felipe el Real y Torre Hermosa, y las de los 
condes de San Javier, de Torre Velarde, de Valle Hermoso, 
de Castañeda de los Lamos y de Vista Florida, previos los 
requisitos y pruebas legales acostumbradas. 

También al virrey don Manuel Amat se le enviaron cua- 
tro títulos que el rey concedió al Perú, para que se llenasen 
con los nombres de personas dignas de llevarlos; y así se 
verificó, en 1771, la creación y nombramiento de los condes 
de Sai\ Pascual Bailón y San Antonio de Vista Alegre, etcétera, 
confirmados por Carlos JH en 1774. No consta ni aparece noti- 
cia de que otros virreyes, además de los antes citados, hubiesen 
recibido autorización para hacer esas altas concesiones. 

Felipe IV dispuso que á nadie se le invistiese de la dig- 
nidad de conde ó marqués, sin haber sido antes vizconde. El 
cumplimiento de esta disposición se reducía á nombrar al agra- 
ciado vizconde, y en la misma fecha cancelarle el despacho, 
otorgándole otro del título de conde. Prescindiendo de si era 
ó no inútil ese trámite, sólo diremos que fué oneroso, porque 
ocasionaba gastos excusables á los que alcanzaban dicha je- 
rarquía 

Después de expedirse en forma los reales despachos para 
los títulos de Castilla, quedaban éstos inscritos y reconocidos 
en España, entre los de su clase. Pero se otorgaban, en se- 
guida, por la Cámara de Indias, las que se llamaban cartas 
auxiliatorias. Dábanse éstas, en favor de los agraciados, con 
el objeto de que hiciesen fe en los dominios de América, y 
se les tuviese en ellos por tales condes ó marqueses. 

El primer título de Castilla que hubo en el Cabildo de 
Lima fué el marqués de Guadalcázar, alcalde ordinario en el 
año de 1673, siguiéndole el marqués de Villafuerte, alcalde en 
1712, el conde del Portillo en 1714, etc. 

El último á quien se concedió el título de marqués fué el 
regidor don Tomás Muñoz y Lobatón, que recibió el de Casa 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 267 

Muñoz, eu 1817; y el último conde, el de Casa Saavedra, por 
despacho del año 1820: ambos fueron naturales de Lima. 

Los títulos de Castilla caducaban pK)r insolvencia, caso en 
que, no pudiendo los poseedores sostener su rango ni pagar 
lanzas ni medias anatas, hacían renuncia y abandonaban la 
investidura. De éstos fueron los condes de Olmos y marque- 
ses de Casa Montijo, Sotohermoso, Casafuerte, Villar del Tajo, 
Torre Bermeja y Casa Torres. También se suspendía el ejer- 
cicio de los títulos por deudas crecidas en aquellos gravá- 
menes, ó porqiie se litigiaba entre partes el derecho á suce- 
sión. No era prohibido hacer dejación del título por atrasos, 
conservando facultad para reasimiirlo en mejor oportunidad. 
De esto ocurrieron ejemplares. 

Olroo títulos se extinguieron porqiie faltó heredero directo, 
y no hubo parientes del último poseedor, ó si los hubo, no 
prelendió ninguno que recayese en él la sucesión. 

Todo sucesor tenía obligación de pedir al rey carta de su- 
cesión para que le permitiesen usar de su título y honores, 
antes de lo cual no podía firmar con la denominación respec- 
tiva. Lo mismo pasó y pasa hoy, en España, reservándose los 
monarcas la facultad de permitir la continuación de aquellos, 
aunque hubiesen sido concedidos para todos sus descendien- 
tes. Exceptuábanse de estas reglas los Grandes de España, que 
entraban en la sucesión sin otro deber qiie el de participarlo 
al rey. 

Las herederos ó sucesores ocurrían al trono por conducto 
de los virreyes, y éstos proveían entre tanto la prosecución 
del título, previo el pago de la media anata, con lo que des- 
de luego entraban en posesión, sin exigírseles otros derechos, 
ni bajo el carácter de voluntarios. Después el rey libraba, 
por la Cámara de Indias, la carta correspondiente. 

Tenían pena de mil pesos, los que usaban de los honores 
y firma del título sin los requisitos ya dichos. Y cuando algu- 
nos, por no satisfacer la media anata, tardaban en pedir la 
carta, creyendo qiie podían aceptar ó renunciar cuando les 
acomodase, el juzgado de lanzas los estrechaba á que oum- 
plicseí! con imo ú otro extremo, dentro del plazo que les es- 
taba dado. 



Digitized by 



Google 



268 RICARDO PALMA 

Sólo cuando los títulos no tenían mayorazgo ó territorio 
anexo, podían los que lo gozaban renunciarlos y hacer libre 
dimisión de ellos. De lo contrario, aun cuando fuese en favor 
de suo inmediatos, no les era dado verificarlo sin renunciar 
también el mayorazgo inseparable del título. Para las renun- 
cias y acciones, era preciso ocurrir al rey y alcanzar su li- 
cencia y aprobación; porque los títulos, siendo dignidades rea- 
les, eran intrasmisibles sin este trámite, qiie si no se llenaba, 
caducaban y tenían reversión á la corona. Los que una vez 
llegaban á obtenerlo, aun después de hecha renuncia en fa- 
vor de otra persona, siempre quedaban con el derecho de 
disfrulai* las mismas honras y distinciones. 

Tampoco podían los títulos ni sus primogénitos contraer 
matrimonio sin real permiso, expedido por la Cámara de Cas- 
lilla. Este providencia se extendió á la América, por real cé- 
dula de 8 de Marzo de 1787, autorizándose á los virreyes para 
otorgar aquél, en razón á la distancia, y sin necesidad de voto 
consultivo de las Audiencias. 

Esta, como las demás disposiciones sobre la sucesión, bien 
se vé que tenía por objeto conservar el brillo y estimación 
de dichas dignidades. 

A los títulos de América podía expedírseles sus despachos 
por la Cámara de Castilla y por la de Indias, según real re- 
soluciói. de 24 de Mayo de 1776. Guardábanseles las mismas 
honras y preminencias que en España, y la ley 13, título 15, 
libro 4.Q mandó se les diese asiento en las Audiencias, como 
en las chancillerías de Valladolid y Granada. Disfrutaban del 
tratamiento de Señoría. En sus carruajes usaban cuatro caba- 
iros, y tenían asiento, en las funciones de Catedral, en el coro, 
y con loe canónigos. 



Digitized by 



Google 



HIS ULTIMAS TRADICIONES 269 



III 



Para concluir, insertamos por orden de antigüedad, los titu- 
las de Castilla que hubo en el Perú; y en cuanto á la historia 
particular de cada uno de ellos, véase ésta en los respectivos 
artículos del Diccionario Histórico Biográfico de Mendiburu, en 
la Esiadíaiica de Córdova y Urrutia ó en el Nobiliario de Re- 
zabal titulado Lanzas y Anatas del Perú, 

Duques 

El de San Carlos (con grandeza de España). 

Marqueses 

De Guadalcázar. 

—Cazares. 

— Villarrubia de Langre. 

—Castellón. 

—Santiago. 

—San Juan de Buenavista. 

— Villafuerte. 

—Corpa. 

— Maenza. 

—Santa Lucía de Conchan. 

—Feria. 

—Mon térrico. 

—San Lorenzo de Valleumbroso, 

— Zelada de la Fuente. 

— Casafuerte. 

—Otero. 

— Villablanca. 



Digitized by 



Google 



270 KICARDO PALMA 

— -Villahermosa de San José. 

—Torre Bermeja. 

— Sotoflorido. 

— Moscoso. 

—Villar del Tajo. 

—La Puente y Sotomayor. 

— Valdelirios. 

— Villarrica de Salcedo. 

— Salinas. 

— Sotohermoso. 

—Santa María de Pacoyán. 

— Negreiros. 

—Torre Tagle. 

—Casa Calderón. 

— Mozobamba del Pozo. 

—Casa Boza. 

—Monte Alegre de Aulestia. 

— Casa Torres. 
— Lara. 

— Bellavista. 

—Casa Jara. 

—San Felipe el Real. 

—Casa Montijo. 

— Rocafuerte. 

—San Miguel de Hijar. 

—Campo Ameno. 

—Torre Hermosa. 

—Casa Flores. 

—Casa Castillo. 

—Fuente Hermosa. 

— Tabalosos. 

—Herrera. 

—la Real Confianza. 

—Casa Hermosa. 

— Montemira. 

—Casa Dávila. 

—San Juan Nepomuceno. 

— Castell Bravo. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 271 



—Casa Concha. 
— Casa Muñoz. 



Condes 



Del Puerto. 

Del Portíllo, 

Del Castillejo. 

De Torreblanca, 

— Santa Ana de las Torres. 

—La Vega del Rén. 

— Villanueva del Soto. 

— Cartago. 

—Laguna de Chancocaye. 

—Olmos. 

— Montemar. 

—Sierra Bella. 

—San Juan de Lurigancho. 

— Castell Blanco. 

—La Dehesa de Velayos. 

— Polentinos. 

—Las Lagunas. 

—Fuente Roja. 

—Casa Dávalos. 

—Casa Tagle. 

—San Isidro. 

—Torre Velarde. 

—Valle Hermoso. 

—San Javier y Casa Laredo. 

—Valle Oselle. 

— Monteblanco. 

— Vistaflorida. 

—Villar de Fuentes. 

— Montesclaros de Sapán. 
—La Unión. 

—Montes de Oro. 
— Alastaya. 

— San Antonio de Vista Alegre. 



Digitized by 



Google 



272 RICARDO PALMA 

—San Pascual Bailón. 

— Valdemar de Bracamonte. 

—Castañeda de los Lamos. 

—San Carlos. 

—Premio Real. 

—Fuente González. 

— Guaqui. 

—Torre antigua de Ore. 

—Casa Saavedra. 

Vizconde de San Donas. 

El título de marqués de Santa Rosa, aunque es razonable 
prc&umir qiie fuera acordado á peruano, sólo una vez, y de 
un modo incidental, lo hemos visto citado. Hay también quie- 
ne.s afirman que no existió tal título en el Perú, fundándose 
en que no figura en ninguno de los nobiliarios americanos; 
pero es hecho comprobado que personaje de tal título fué 
casado, en Lima, con una ilustre dama que, en segundas nupr 
cias, contrajo matrimonio nada menos que con un virrey 
(Aviles). Quizá fué uno de los títulos que, á pK)co tiempo de 
creados, se extinguieron pK)r alguna de las causales que de~ 
jamos apuntadas. 

En cuanto al título de conde de la Granja, que disfruta 
un gobernador de Potosí, poeta notabilísimo de su época, pa- 
rece que no fué título del Perú sino de España. Lo misma 
decimos sobre el marquesado de Casa Guisla. 

Aunque la Capitanía General de Chile estuvo siempre baja 
la jurisdicción de los virreyes del Perú, los títulos que en esa 
región se crearon, y que no excedieron de diez, no se con- 
sideraron en los registros de la Audiencia de Lima ni en el 
Nobiliaric del Perú. El temor de incurrir en inexactitudes,^ 
por la deficiencia de nuestros datos, nos obliga á no desig- 
narlos. 



Digitized by 



Google 



Sir^UE^^A.® 



En lo creado hay cosas más fuertes i as 

unas que las otras. 
Las montañas. 
El fierro que las allana. 
El fuego que funde el fierro. 
El agua que apaga el fuego. 
La nube que absorbe el agua. 
El viento que arrastra la nube. 
El hombre que desafía al viento. 
La embriaguez que aturde el hombre. 
El sueño c]ue disipa la embriaguez. 
La ambición que quita el sueño. 
La muerte que mata la ambición. 

Mahoma.— -E/ Koran. 
I 
Hernando de Soto 

Animoso, prudente y liberal, es Hernando de Soto la figu- 
ra más simpática entre los hombres que acompañaron á Fi- 
za rro para la captura de Atahualpa. 

Hernando de Soto, que había sido uno de los conquistadores 
de Nicaragua y que disfrutaba de fortuna y honores, como 
primer regidor de la ciudad de León, acogió á Nicolás de Rivera 
el Viejo, que fué á proponerle, en nombre de don Francisco 
Pizarro, que tomase parte en la conquista del Perú. Soto se 
unió á Pizarro, en Panamá, con dos buques, en los que traía 
sesenta hombres aguerridos y diez caballos. El jefe de la con- 
quista, reconociendo la importancia de Hernando, lo nombró 
por su segundo, no sin oposición de los hermanos Pizarro. 

Soto fué el primer español que habló con Atahualpa, en 

18 



Digitized by 



Google 



274 RICARDO PALMA 

SU carácter de embajador, mandado por don Francisco al cam- 
pamento de Inca, y logró de éste que aceptase la invitación 
de pasai' á Cajamarca. 

Atahualpa, en su prisión, tomó gran cariño por Hernando 
de Soto, en el cual vio siempre un defensor. Hernando de Soto 
era verdaderamente caballero, y tal vez el único corazón noble 
entre los ciento setenta españoles que apresaron al hijo del Sol. 
—Aun es fama que este conquistador pasaba horas acompa- 
ñando en su prisión al desventurado monarca, y enseñándole 
á jugar al ajedrez. El discípulo llegó á aventajar al maestro. 

Cuando regresó de una exploración, á que lo había enviado 
Pizarro, se encontró con que el Inca acababa de ser decapitado. 

Gran enojo manifestó Soto por el crimen de sus compañe- 
ros, y disgustándose cada día más con la conducta de los Pi- 
zarro, se regresó á España en 1536, llevándose diecisiete mil 
setecientas onzas de oro que le correspondieron en el rescate 
del Inca. 

El rey le dio el título de Adelantado, le concedió muchas mer- 
cedes y honores, y lo autorizó para sacar de España mil hom- 
bres y emprender con ellos la conquista de la Florida. En 
ésta no fué menos heroico y prudente que en el Perú, y falleció, 
en medio de los bosques, atacado de una fiebre maligna. 

La historia es injusta. Toda la gloria, en la conquista del Pe- 
rú, refleja sobre Pizarro, y apenas hace mención del valiente 
y caballeroso Hernando de Soto. 

Era hidalgo de nacimiento, natural de Villanueva de Barca- 
rrota, buen mozo, moreno de Color, sufridor de trabajos y el 
primero en los peligros, con lo que daba ejemplo á los solda- 
dos, desprendido de la riqueza, clemente en i>erdonar, y de 
gran juicio y cautela. Tal es el retrato que de Hernando de 
Soto hace mi cronista. 

Murió, muy llorado de los suyos, á la edad de cuarenta y 
dos años. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 275 



II 

Pedro de Candía 

Cuando Francisco Pizarro se vio, en la isla del Gallo, aban- 
donado por sus compañeros de aventura, sólo trece hombres 
se resolvieron á permanecer con él y sufrir todas las penali- 
dades anexas á lo desesperado de la situación. Esos trece hom- 
bres eran almas verdaderamente heroicas. Llamábanse Nico- 
lás do Rivera el Viejo, Bartolomé Ruiz, Juan de La Torre, Fran- 
cisco do Cuellar, Alonso Briceño, Cristóbal de Peralta, Alonso 
de Molina, Pedro Alcón, Domingo de Sorialuce, Antonio de 
Carrión, García de Jerez, Martín Paz y Pedro de Candía. 

Tres de ellos debían morir sin ver realizada la conquista. 
Alonso de Molina se quedó en Tumbes, enamorado de una india, 
y fué asesinado por los naturales; Pedro Alcón murió loco; 
Martín Paz falleció en la Gorgona, víctima de la fiebre; Alonso 
de Molina es el héroe de una novela de Marmontel; y Fran- 
cisco de Cuellar murió á manos del v^erdugo, ignorándose por 
completo si Carrión y Sorialuce militaron después en el Perú. 
Estos dos nombres no son recordados por ningún cronista, 
ni en los combates con los indios, ni en las guerras civiles de 
los conquistadores. Sólo Alonso Briceño regresó á España, donde 
vivió holgadamente con la piarte que le cupo del tesoro de 
Atahualpa. 

En cuanto á Juan de La Torre, murió muy tranquilamente 
en su lecho, y siendo uno de los fundadores y más acaudalados 
vecinos de Arequipa. 

Luego que Pizarro, transcurridos muchos meses, recibió re- 
fuerzos y salvó de la crítica situación en que se 'había hallado 
en las islas del Gallo y de la Gorgona, se dirigió á Tumbes, 
en cuyo puerto hizo desembarcar á Pedro de Candía en calidad 
de emDajador. Todos los cí'onistas están conformes en que Pe- 



Digitized by 



Google 



276 RICARDO PALMA 

dro, natural de la isla de Candía, en el archipiélago griego, era 
un mancebo de arrogantísimo porte. Se presentó en Tumbes 
ante los indios, armado de coraza y casco relucientes, espada, 
rodela y una cruz; y su sola figura ejerció influencia mágica 
sobre los sencillos habitantes. 

A propósito de su embajada, muchos historiadores refieren 
con gran seriedad la fábula siguiente:-— Los habitantes de Tum- 



bes aceptaron la amistad de los españoles, convencidos de que 
eran seres divinos; pues habiéndole echado un tigre al embaja- 
dor Pedro de Candia para que lo devorase, éste amansó á la 
fiera presentándole la cruz que llevaba en la mano. En tiempo 
del virrey Toledo, se levantó una información minuciosa que 
vino á destruir el prestigio de tal fábula. 

Después de esta expedición, Pizarro se dirigió á España para 
entenderse directamente con el emperador y alcanzar mercedes 
y facilidades para realizar la conquista. Su compañero de viaje 
fué Pedro de Candia, á quien la reina doña Juana acordó el 
uso del Don, declarándolo hidalgo, por mucho que en sus 
primerOvS años hubiera sido marinrro, y luego pirata. Además. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 277 

lo nombró regidor i>erpetuo ele Tumbes y artillero mayor *de 
Pizarro. 

£n la captura del inca'Atahualpa, fué Pedro de Candía quien, 
disparando ima bombarda ó pequeña pieza de artillería, dio 
la sefial para que comenzase la matanza de los indios. 

Del rescate del inca le tocaron á Pedro de Candía cuatro- 
cientos siete marcos de plata y nueve mil novecientas onzas 
de oro. 

Ya que incidentalmente hemos hablado del rescate de Ata- 
hualpa, es oportuno consignar que lo repartido entre los ciento 
setenta audaces aventureros que apresaron al Inca, subió á 
treinta y cinco mil cuatrocientos ochenta y seis marcos de plata 
y novecientas cincuenta y un mil novecientas treinta y dos on- 
zas de oro. 

Además, la parte del emperador fué la litera de oro macizo 
sobre la que era conducido Atahualpa. 

Quimérica parecería tanta riqueza, acumulada en la pri- 
sión de Cajamarca en reducido espacio de tiempo, si no exis- 
tiera en forma el documento que comprueba la repartición 
hecha del tesoro. 

Después de Francisco, Juan y Gonzalo Pizarro y de los ca- 
pitanes Benalcázar y Hernando de Soto, fué Pedro de Candía 
el que alcanzó mayor suma del rescate. 

Pizarro comisionó á Candía para que explorase el valle «de 
Jauja, y más tarde le dio igual encargo en las montañas. Pedro 
de Candía escaló los Andes con increíble trabajo y, en algunos 
sitios, tuvo que hacer subir los caballos por medio de maromas, 
y poniendo en ejercicio su práctica é industrias de marinero. 
Fatigada la gente por todo género de miserias, se dirigió al Ca- 
llao, y obtuvo en el Cuzco, de Hernando Pizarro, que lo au- 
torizase para reclutar gente y emprender la conquista de Ca- 
rabaya, aventtira en la que también fué desgraciado. 

Uno de los capitanes, Alonso Mesa el Canario, conspiraba 
contra Hernando. Este, creyendo que Candía no era extraño 
al proyecto revolucionario, lo hizo arrestar y quitó el mando 
de la conquista. Candía logró probar su inocencia, y Hernando 
Pizarro mandó decapitar á Mesa. 

Alonso Mesa, natural de las islas Canarias, era soldado de 



Digitized by 



Google 



278 RICARDO PALMA 

infantería en la traición de Cajamarca y fué el que, en unión 
de Miguel de Astete, tomó prisionero á Atahualpa; y le hubiera 
dado muerte á no imi>edirlo Pizarro. Del reparto del tesoro 
le tocaron ciento treinta y cinco marcos de plata, y tres mil 
trescientas treinta onzas de oro. Hombre vulgarísimo, pero muy 
valiente, tenía á veces arranques hidalgos; y cuando, en la en- 
trevista de Mala se propusieron los pizarristas apoderarse por 
traición de la i>ersona de Almagro el Viejo, Alonso de Mesa 
fué de los pocos que protestaron indignados contra esa felonía, 
y cuéntase que al pasar junto al Mariscal, lo hizo cantando 
esta popular copla del romancero español: 

Tiempo es el caballero, 
tiempo es de huir de aquí, 
que me crece la barriga 
y se me acorta el vestir. 

Con lo que Almagro se dio por avisado y escapó á la celada 
que tan indignamente le tendían. 

Desde entonces Pedro de Candía vivió resentido con los 
Pizarro; y cuando, muerto el marqués, Almagro el Mozo se 
proclamó gobernador del Perú, aceptó sin vacilar el mando de 
la artillería. En esta época desplegó Candía toda su actividad 
é inteligencia, y en breve tiempo fabricó mosquetes y cañones. 

El yerno de Pedro de Candía, que militaba en las filas de 
Vaca de Castro, le escribió pidiéndole que falsease la artillería, 
arma en que los almagristas cifraban toda su sui>erioridad sobre 
el enemigo. Candía mostró inmediatamente la carta á su caudi- 
llo, dándole así una prueba de lealtad. Esto sucedía en los 
momentos en que Vaca de Castro enviaba á Almagro proposi- 
ciones de paz. Almagro desconfió, y con justicia, del negocia- 
dor, que á la vez que proponía un arreglo, estaba minándole 
el ejército. 

En el acto el campo almagrista se puso en movimiento 
sobre Chupas para presentar la batalla. Esta fué reñidísima. 
El grito en ambos ejércitos era:— i Santiago! ¡Viva el Rey y 
Almagro! ó ¡Santiago! ¡Viva el Rey y Vaca de Castro!— Allí 
murió Perálvarez Holguín, el más distinguido de los capitanes 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 279 

realistas, que entró al combate con sobreveste blanca, y salió 
herido Garcilaso de la Vega, padre del historiador. 

Ya Almagro recorría el camp>o gritando:— j Victoria! ¡Pren- 
der y no matar!— El desorden cundía en las tropas de Vaca de 
Castro, y sólo Francisco de Carbajal sostenía la lucha. A este 
tiempo, el capitán Saucedo, uno de los mejores amigos de Al- 
magro y que acababa de derrotar la vanguaixlia realista, comu- 
nicó á Pedro de Candía orden de que variase la situación de 
la artillería. Candía obedeció á su sui>erior, y colocó en otro 
lugar las piezas; pero los tiros no producían ya mortífero efecto 
sobre el enemigo, y rehaciéndose los realistas, entró el pánico 
entre los que fwcos minutos antes entonaban el himno de 
triunfo. 

Almagro, sin averiguar nada, pues los momentos no lo per- 
mitían, se dirigió al nuevo sitio que ocupaba la artillería, y 
lanzando el caballo sobre Candía, le dijo:— ¡Traidor! Has se- 
guido el consejo de tu yerno— y lo atravesó con la lanza. 

Así murió, tenido por infame en el concepto de su caudillo, 
un soldado que había sido siempre leal para con la causa 
que abrazara. 

Era hombre de bien, generoso, valiente, de bella figura, 
alto y fornido, de pablada barba, con pocas cualidades de man- 
do, y el más inteligente, hasta entonces, en la arma de artille- 
ría. Murió á la edad de cincuenta y dos años. 



Digitized by 



Google 



280 RICARDO PALMA 



III 

Alonso de Toro 



Hombre fiero, áspero, vengativo, cruel é indigesto llama un 
cronista á este conquistador, que obtuvo en el botín de Caja- 
marca la misma porción, en oro y plata, que Mesa el Canario. 
Su hermano, Hernando de Toro, fué, jwco después de la muerte 
del Inca, asesinado por los indios de Tumbes, y es fama que 
con su cadáver celebraron un festín de antropófagos. 

Puesto en capilla el Mariscal Almagro, Toro, que era su 
enemigo personal, se constituyó de guardia en el calabozo, 
y el desgraciado anciano se desahogó diciéndole: 

—Por fin vas á beber mi sangre hasta hartarte. 

—Y esa es la mayor fortuna que Dios me concede— contestó 
el cínico guardián. 

Alonso de Toro fué uno de los que más azuzaron á Gonzalo 
Pizarro para su rebeldía, y mereció ser nombrado maese de 
campo. Pero Toro era generalmente aborrecido, y su nombra- 
miento tuvo mala acogida en el ejército. Entonces Gonzalo lo 
hizo gobernador del Cuzco, y en ese puesto, lejos de propiciarse 
los ánimos, dio rienda suelta á su perverso carácter y aumentó 
el número de los desafectos. Por una querella personal mandó 
cortar la mano á Hernando Díaz, y recelando siempre una re- 
volución, que su mal gobierno provocaba, hizo degollar á los 
que le fueron denunciados como cabecillas. 

Su lealtad para con Gonzalo no fué de las más probadas, y 
mucho se murmuraba de que mantenía correspondencia se- 
creta con los parciales de La Gasea. En esta época, habiendo 
un día tenido un altercado con su suegra y dádola de bofetones, 
Diego González, marido de la ultrajada señora, fué á buscarlo 
á su casa, y sin pronunciar una palabra, le dio muerte á pu- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 281 

ñaladas, con gran contentamiento del vecindario del Cuzco, 
que celebró el suceso con repiques y luminarias. 

Paula de Silva, la viuda de Toro, casó en segundas nupcias 
con el licenciado Pedro López de Cazalla, famoso por su ta- 
lento y por haber sido el primero que elaboró vinos en el 
Peni. 



IV 
Francisco de Almendras 

Perteneció también á los ciento setenta que capturaron al 
Inca, y obtuvo una buena partí ja en el rescate. 

Hecho algunos años después regidor del Cuzco, tomó parti- 
do con Almagro; y en breve lo traicionó, uniéndose á los Pi- 
zarro. 

En la revolución de Pizarro se hizo Almendras notable por 
sus crueldades, y parecía querer rivalizar en ferocidad con el 
Demonio de los Andes. 

Hallándose una noche acostado en la cama, entró á visitarlo 
Diego Centeno, su compadre y amigo íntimo. Después de un 
rato de conversación, Centeno le declaró que era partidario 
de La Gasea y que venía á tomarlo preso. Francisco de Almen- 
dras no podía resisürse, y rogó á Centeno que le perdonase 
la vida, teniendo en cuenta sus antiguos vínculos y que era 
padre de doce hijos. 

Los hombres de ese siglo tenían el corazón tan duro como 
la cota de fierro bajo la cual palpitaba. 

Centeno mandó degollar á su compadre Francisco de Al- 
mendras. 



Digitized by 



Google 



2S2 RICAKDO PALMA 



V 
Diego Centeno 



Vino al Perú, dos años después del asesinato de Atahual- 
pa, en la exi>edición de Pedro Al varado; y Pizarro le dispensó 
de^dc el primer día su poderoso amparo. Por eso, en las bata- 
llas de Salinas y de Chupas, lo hallamos combatiendo biza- 
rramente contra los almagristas. 

Comprometido al principio en la revolución de Gonzalo, 
cambió pronto de bandera, ajusticiando, como hemos referido, 
á Francisco de Almendras. La Gasea dio á Centeno el mando 
de una división, la que en diversos encuentros fué siempre 
vencida por Francisco de Carbajal. En la batalla de Huarina, 
las tropas de Centeno pasaban de mil hombres, y las de Car- 
bajal, que no llegaban á quinientos, alcanzaron la victoria. Por 
eso, cuando estando para morir el Demonio de los Andes, le 
preguntó Centeno si le conocía, le contestó Carbajal que no, 
porque siempre le había visto de espaldas. 

En sus desgraciadas empresas contra Carbajal, que había ju- 
rado darle garrote cuando lo hubiese á mano, tuvo Alarias ve- 
ces que caminar por muchos días, solo y á pie, entre riscos 
y precipicios; y una ocasión vivió más de seis meses escondido 
en una cueva, y debiendo el sustento á la caridad de una in- 
dia y de Cornejo el Bueno. 

Por fin, en la batalla de Saxsahuaman, La Gasea le confió 
el mando de la reserva, y pacificado el país, lo nombró go- 
bernador del Río de la Plata. Mas la víspera del día en que 
iba á marchar para su destino, murió en un banquete, envene- 
nado por uno de los deudos de Francisco de Almendras. 

Diego Centeno fué un capitán organizador y activo, de ca- 
rácter sanguinario á la vez que cauteloso. Poseía minas muy 
ricas en Potosí, y era hombre dadivoso y cortesano. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 283 



VI 
Pedro Fuelles 



Vino al Perú en 1534 con el Adelantado don Pedro de Al- 
varado. Era un joven hidalgo de Castilla, muy pagado de sus 
pergaminos. Un cronista dice de él que era avariento, feroz, 
y de ánimo inquieto y novelero. 

A poco de haber tomado servicio en el Perú, tuvo una insu- 
bordinación con Benalcázar, y éste le impuso arresto. Por eso, 
cuando en la batalla de Iflaquito se vio Benalcázar herido y 
prisionero, el hidalgo Puelles tuvo la cobardía de insultarlo. Xo 
es hidalgo quien nace hidalgo, sino quien sabe serlo. 

Cuando Gonzalo Pizarro marchó al descubrimiento de la 
Canela, dejó en Quito á Puelles i>or su teniente gobernador; y 
Vaca de Castro, después de la batalla de las Salinas, lo nombró 
para que acabase de fundar y poblar la ciudad de León de 
Huánuco. 

Sublevado Gonzalo contra el virrey Blasco Núñez de Vela, 
Puelles principió por servir la causa de éste; mas pronto se 
unió á Gonzalo, traición que inclinó por completo la balanza 
en favor de los revolucionarios. Puelles fué el inaese de campo 
de Pizarro en la batalla de Iñaquito. 

Después del triunfo, Gonzalo le dejó en Quito por su tenien- 
te gobernador. A este propósito dice un cronista: «Encargado 
» Puelles del gobierno, se vieron en el cielo algunas lumbres 
» extraordinarias y dos leones que peleaban, uno en la parte 
»del oriente y otro en la parte del poniente, y el sol se obscure- 
»ció, con otros fenómenos que fueron tenidos por los habitan- 
»tes de Quito como augurios de grandes sucesos y de terribles 
5» desastres.» 

Al arribo de La Gasea, empezó á palidecer la buena estrella 
de Gonzalo; y Puelles, á la vez que enviaba un emisario cerca 



Digitized by 



Google 



284 RICARDO PALMA 

del licenciado, ofreciéndole alzar bandera por el rey si se le acor- 
daban ciertas gracias, se preparó á marchar con tropas sobre 
Guayaquil, que se había pronunciado contra la revolución. Pero 
la víspera de la marcha, y con pretexto de acompañarlo á misa, 
entraron varios oficiales al cuarto de Fuelles, que aun no se 
había levantado de la cama, le dieron de puñaladas, le corta- 
ron la cabeza y la pusieron en el mismo sitio público donde 
él había hecho colocar antes la del virrey Blasco Núñez de 
Vela. 



VII 
Hernando Machicao 



He aquí un tipo de ferocidad y cobardía, un aventurero 
sin Dios y sin ley. Parece que vino al Perú en 1531 y que fué 
á establecerse en el Cuzco, donde era regidor cuando el Ca- 
bildo reconoció la autoridad de Almagro el Viejo. Machicao 
principió por aceptar al caudillo; mas, no alcanzando de éste 
grandes provechos, se escapó una noche del Cuzco y pasó á 
Lima, donde tomó servicio con los Pizarro. 

En la batalla de las Salinas, Machicao encontró en el cam- 
¡K), cubierto de heridas, al noble y valiente capitán almagrista 
Pedro de Lerma, de quien era enemigo personal, y tuvo la 
vileza de teñir su espada en la sangre del moribundo. 

Después de haber entrado en acuerdos con los partidarios 
de Almagro el Mozo, en el Cuzco, los traicionó también como 
lo había hecho con el padre. 

En la rebelión de Gonzalo, siguió la bandera de éste; mas lue- 
go solicitó el perdón del virrey. El enérgico Blasco Núñez con- 
testó que Machicao y Francisco de Almendras eran dos in- 
fames tales, que no merecían sino la horca, y que para vencer 
no necesitaba de traidores. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 285 

Despechado Machicao, aceptó la comisión de ir á Tumbes 
con treinta hombres y asesinar al virrey; pero, frustrada su 
empresa, se apoderó de algunos buques, entregándose á mons- 
truosas piraterías en la costa. Llegó á Panamá é intimó al ve- 
cindario que si no reconocía á Gonzalo i>or gobernador del 
Perú, saquearía la ciudad y degollaría á los recalcitrantes. Ate- 
morizados los panameños le dieron buques, armas, dinero y 
nueve piezas de artillería. 

La conducta de Machicao en Panamá fué asaz infame. Robó 
mujeres; mandó que sus soldados entrasen á las tiendas y se 
vistiesen de paño, sin pagarlo; y llevaba en la mano un rosa- 
rio, no por devoción, sino para contar el número de mosquetes 
que Ic entregaban los vecinos. 

Sus atrocidades no podían dejar de sublevar los ánimos, 
y se armó una conspiración; mas, descubierta por Machicao, 
hizo dar garrote á los cabecillas. 

Salió al fin de Panamá con veintidós buques y quinientos 
hombres, y en la travesía apresó un bajel que le llevaba al 
virrey im refuerzo de armas, caballos y tropas. Entonces Blas- 
co Núñez le hizo proposiciones para atraerlo á su bandera, 
y Machicao le contestó:— Tarde piaste. Cuando quise no qui- 
siste. 

En Tumbes se imaginó que algunos de los tripulantes de 
los buques trataban de insurreccionerse, y sin más fórmula 
ni proceso, los hizo colgar de las entenas. 

Machicao tenía el proyecto de batir primero al virrey, y 
luego sorprender á Gonzalo, alzarse con el gobierno y procla- 
marse emperador del Perú. Mas, traicionado fK)r uno de sus 
confidentes, Gonzalo tuvo conocimiento del pérfido plan y, á 
marchas forzadas, vino á unirse con Machicao en Latacunga. 
Esto logró calmar los recelos de Pizarro, y lo acompañó á la 
batalla de Iñaquito. 

Machicao secundaba á Francisco de Carbajal en aconsejar 
á Gonzalo que se alzase con el poder, desconociendo al rey 
de España, y su bandera fué la única que, en la batalla de 
Iñaquito, llevaba i>or lema— Ptzarro— con una corona real en- 
cima. 

Después de Iñaquito, Gonzalo le regaló algunos millares de 



Digitized by 



Google 



28G RICARDO PALMA 

onzas y le dio á mandar un regimiento de picas, compuesto 
de ciento cuarenta hombres. 

En la batalla de Huarina, el ejército de Gonzalo no excedía 
de quinientos hombres, y el mando de una piarte de la infan- 
tería fué confiado á Machicao. Como hemos dicho, esta batalla 
contra doble fuerza, sólo pudo ganarla un soldado tan entendi- 
do como el maese de campo Francisco de Carbajal, quien 
manchó sus laureles haciendo ahorcar en el mismo campo 
á un sacerdote dominico, el padre González, junto con treinta 
de los principales prisioneros. 

Pero en Huarina hizo Carbajal una acción muy meritoria. 
Machicao, que dudaba del triunfo, abandonó cobardemente su 
puesto apenas se rompieron los fuegos. AI otro día regresó 
al campamento, y Carbajal lo mandó arcabucear. Bien merecido 
se tenía tan desastroso fin. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 287 



VIII 
Martín de Robles 



Sin cfue se pueda determinar con fijeza la época en que 
Martín de Robles vino al Perú, hallamos que en 1541 era al- 
férez real ó abanderado de Perálvarez Holguín, y que, tres años 
después, el virrey Blasco Núñez lo distinguió mucho y le dio 
el mando de una compañía. Martín de Robles contaba enton- 
ces cerca de sesenta años, había militado en Europa, y se le 
reputaba como hombre de gran valor y experiencia. 

Fué de los primeros en traicionar al virrey, tomando partido 
por la Audiencia, y mereció en pago de su defección que aqué- 
lla lo nombrara capitán general. Mas reconocida la autoridad 
de Gonzalo Pizarro, renunció Robles el nombramiento de los 
oidores, confiriéndole Gonzalo el mando de los piqueros y re- 
galándole, después de la batalla de Iñaquito, la misma suma 
en oro que á Machicao. 

Los hombres de ese siglo se habían avezado á la traición. 
Cuando Robles vio que la buena estrella de Gonzalo princi- 
piaba á desmayar, aconsejó á Diego Maldonado el Rico que se 
desertase con una compañía; y luego, con el pretexto de per- 
seguirlo, se le unió con los piqueros de su mando y alzaron 
bandera por Gasea. La traición de Robles fué contagiosa, y 
muchos caballeros notables siguieron el pérfido ejemplo. 

Muerto Gonzalo en el cadalso, Martín de Robles salió pre- 
cipitadamente de Lima con algunos hombres en dirección á 
Potosí. Díjose en el primer momento que Robles era el caudillo 
de ima conspiración que debía estallar contra la Audiencia, 
tan luego como falleciese el virrey marqués de Mondeja r. Pero 
la verdad es que la marcha repentina de Robles fué motivada 
porque Vasco Godines y Egas de Guzmán le habían escrito 



Digitized by 



Google 



288 RICARDO PALMA 

que su esposa doña Juana de los Ríos tenía relaciones de amor 
con Pablo Meneses, corregidor de Potosí, íntimo amigo de Ro- 
bles y tan anciano como él. Todo ello era una calumnia. 

Desde Arequipa fué Robles reclutando gente; pero el gene- 
ral don Pedro de Hinojosa, que acababa de ser nombrado Jus- 
ticia Mayor de Potosí, apaciguó á Robles, y éste se fué á Cha- 
yanta, residencia de doña Juana. 

Vasco Godines, que era el azuzador de los celos de Robles, 
se presentó un día en Potosí y clavó en la puerta de Meneses 
un cartel en que don Martín exigía que, si don Pablo no que- 
ría batirse en duelo, declarase en presencia de Pedro Portu- 
gal, de Hernando Panlagua y de otros caballeros, que él no 
era hombre para haber requerido de amores á doña Juana 
de los Ríos; porque si lo hiciera, ella era persona tal que le 
pelara las barbas y diera de chapinazos; y que, para satisfa- 
cer á Robles, estaba pronto á rendirle la daga que llevaba al 
cinto. 

Meneses, que aun era corregidor de la villa por no haber 
llegado el Justicia Mayor, quiso mandar prender á Robles y 
cortarle la cabeza por el desacato. Pero, mejor aconsejado, 
temió que Hinojosa desaprobase su proceder, creyendo que 
la pasión y la venganza habían torcido en sus manos la vara 
de juez. 

Tres días después se hizo cargo Hinojosa del gobierno; y Me- 
neses, recelando un ataque de Robles, se echó á reunir gpnte, 
y la villa imperial quedó dividida en dos bandos rivales. En- 
tonces contestó al cartel de Robles diciéndole que estaba pron- 
to á salir al campo y darle la satisfacción que fuese justa y 
que, si oyéndolo no se daba por satisfecho del supuesto agra- 
vio, se batirían en camisa, con espada y daga. Aceptó Robles, 
y cuando ya iban á ensangrentar los aceros, se presentó el 
Justicia Mayor y condujo preso á don Martín. 

Hinojosa tomó á empeño reconciliar á los adversarios, y al 
fin consiguió que celebrasen un pacto por el que María de 
Robles, niña de ocho años, debía casarse, al cumplir los doce, 
con Pablo Meneses, anciano de más de sesenta diciembres, 
ítem, se estipuló que la niña llevaría una dote de dos mil onzas 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 289 

de oro. Como es de suponerse, el acuerdo se celebró con gran- 
des festejos. 

Pero Vasco Godines y los revoltosos, que veían con esto 
aplazada la revolución, quedaron descontentos, y comprome- 
tieron para caudillo á don Sebastián de Castilla, huésped y 
amigo de Hinojosa. 

Aunque el Justicia Mayor tenía aviso de que su huésped cons- 
piraba contra él, no quiso darle crédito: y un día contestó al 
guardián de San Francisco, que le participaba haber descubier- 
to, bajo secreto de confesión, lo que se tramaba:— No me hable 
de eso su paternidad, que teniendo yo lugar para echar mano 
de mi toledana, me río de todos los revoltosos del mundo. 

Concertada, en fin, la revolución, entraron una noche los 
conjurados en casa de Hinojosa. Al ruido salió éste al patio, 
y uno de los traidores le dijo: 

—Señor, estos caballeros quieren á vuesa merced por caudillo 
y padre. 

—Vean vuesamercedes lo que me mandan— contestó el Jus- 
ticia adelantándose hacia el grupo, y por la espalda le dieron una 
estocada mortal. Hinojosa cayó sobre unas barras de p^ata, 
y los conjurados le remataron, diciéndole: 

—Muere sobre lo que tanto amaste. 

Después de saquear la casa, salieron los rebeldes á tomar 
presos á Robles y á Meneses. Este, afortunadamente para él, 
se había quedado á dormir en una de sus haciendas; y Robles 
pudo escapar en camisa por una ventana. 

Larga tarea sería historiar esta guerra civil, en la que, á 
poco, Vasco Godines asesinó á don Sebastián, reemplazándo- 
lo como caudillo. Baste decir, en compendio, que el cadalso 
fué permanente y las atrocidades sin número. 

Revolucionado Girón, en 1553, escribió á Robles solicitan- 
do su apoyo; mas don Martín se puso á órdenes del mariscal 
Alvarado. En la batalla de Chuquinga, fué Robles encargado 
de pasar el río con treinta mosquetes y treinta partesanas, 
con prevención de que, después de situarse en un cerrillo, 
no comprometiese choque hasta una señal dada. Robles cre- 
yó que él solo podía vencer á Girón, y desobedeciendo las 

19 



Digitized by 



Google 



290 BIGARDO PALMA 

instrucciones, cayó sobre el enemigo. Martín de Robles salió 
herido, escapando milagrosamente; la mortandad fué gran- 
de entre los realistas, y el mariscal culpó siempre al insubor- 
dinado teniente de la derrota de Chuquínga. 

Cuando, en 1555, llegó á Lima el virrey primer marqués 
de Cañete, Martín de Robles era ya tan viejo y achacoso, que 
para ir á misa ó á Cabildo, lo hacía apoyándose en un (fsclavo 
y llevándole otro la espada. Como el nuevo virrey había subs- 
tituido el tratamiento de muy nobles señores que hasta entonces 
se daba á los cabildantes, con el de nobles señores^ dijo riéndose 
don Martín, en pleno Cabildo de Potosí:— Ya le enseñaremos 
á tener crianza á ese virrey de mojiganga, que viene asaz des- 
comedido en el escribir.— El vejete, que había sido siempre 
revoltoso, creía conservar aún los bríos de su mocedad y vol- 
ver á armar la gorda. 

Súpolo el marqués de Cañete, y se propuso castigar tanto 
la burla á su persona cuanto la traición de Robles al virrey 
Blasco Núñez. Con tal fin salió de Lima el oidor Altamirano 
con el encargo de hacerle dar garrote. El octogenario Martín 
de Robles, que investía la clase de general, fué sin ningún mi- 
ramiento ni proceso ejecutado en secreto, lo que produjo un 
serio tumulto en Potosí. 

Fehpe II desaprobó la conducta del virrey, relevándolo in- 
mediatamente con el conde de Nieva, y colmando de honores 
y gracias á doña María de Robles y á su hijo Pablo Meneses. 

Martín de Robles fué tío del famoso padre Calancha, autor 
de la curiosa crónica agustina del Perú. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 291 



IX 

Lope de Agnirre el traidor 



Asusta y da temblor de nervios asomarse al abismo de la 
conciencia de algunos hombres. El sólo nombre de Lope de 
Aguirrc aterroriza. 

Fecundísimo en crímenes y en malvados fué i>ara el Perú 
el siglo XVI. No parece sino que España hubiera abierto las 
puertas de los presidios y que, escapados sus moradores, se 
dieron cita para estas regiones. Los horrores de la conquista, 
las guerras de pizarristas y almagristas, y las vilezas de Godi- 
ncs, en las revueltas de Potosí, reflejan, sobre los tres siglos 
que han pasado, como creaciones de una fantasía calenturienta. 
El espíritu se resiste á aceptar el testimonio de la historia. 

Entre los aventureros que can el capitán Perálvarez llegaron 
al Perú en 1544, hallábase Lope de Aguirre, mancebo de veinti- 
trés años, y reputado por uno de los mejores jinetes. Aunque 
oriundo de Oñate, en Guipúzcoa, y de noble familia, que lucía 
por mote en su escudo de armas esta leyenda:— Piérdale todor 
sálvese la /lowm,— había pasado gran parte de su juventud en 
Andalucía, donde su destreza en domar caballos, y su carác- 
ter pendenciero y emprendedor le habían conquistado poco 
envidiable fama. 

En la rebelión de Gonzalo Pizarro, tomó partido por éste; 
y cuando, al arribo del licenciado La Gasea se vio en 1549, for- 
zada Gonzalo á alejarse de Lima, encomendó á Aguirre, como 
uno de los capitanes de más confianza, que con cuarenta hom- 
bres de caballería cubriese la retirada. 

Apenas emprendido el movimiento, Lope de Aguirre retro- 
cedió con su fuerza y entró en Lima gritando:— ¡Viva el rey! 
; muera Pizarro, que es tirano! 

Y alzando bandera por La Gasea, asesinó en la ciudad á 



Digitized by 



Google 



292 RICARDO TALMA 

dos partidarios de Gonzalo, y en toda la campaña hizo os- 
tentación de ferocidad. Lope de Aguirre se entusiasmaba como 
el tigre con la vista de la sangre; y sus camaradas, que lo 
veían entonces poseído de la fiebre de la destrucción, lo lla- 
maban caritativamente:— ÍJZ loco Aguirre, 

Cuando, terminada la guerra, llegó la hora de recompensar 
á los realistas. La Gasea el Justiciero estimó en poco los ser- 
vicios de Aguirre. Resentido éste, se retiró á Potosí, y en 1553, 
después del asesinato del corregidor Hiño josa, se alzó con Egas 
de Guzmán, y fué uno de los jefes de aquel destacamento que, 
en una semana, cambió tres veces de bandera:— por el rey, 
contra el rey y por el rey. El mariscal don Alonso de Alva- 
rado, pacificador de esos pueblos, á quien se unió Aguirre, 
tomó á empyeño ahorcar al traidor; pero como los picaros hallan 
siempre valedores, el mariscal tuvo que guardarse en el pecho 
la intención. 

Combatió después contra Francisco Girón, y recibió una heri- 
da en la pierna, de la cual quedó un tanto lisiado. 

El marqués de Caftete vino al fin, en 1555, como virrey del 
Perú, á estirpar abusos, ahogando todo germen de revuelta. 
El buscó ocupación á los espíritus inquietos, destinando á unos 
á la empresa de desaguar la laguna en que, según la tradición, 
existe la gran cadena de oro de los Incas, y empleando á otros 
en la exploración del estrecho de Magallanes. 

En Moyobamba, y con aquiescencia del virrey, preparaba 
el bravo capitán Pedro de Urzua, natural de Navarra, una 
expedición á las riberas del Marañón, en busca de una tierra 
que, según noticias, era tan abundante en oro, que sus pobladores 
se acostaban sobre lechos del precioso metal. Grande fué el 
número de codiciosos que se alistaron bajo la bandera de 
Urzua, capitán cuyas dotes como soldado y hazañas en el nuevo 
reino de Granada le habían granjeado positiva popularidad. 

La curiosa crónica titulada Carnero de Bogotá^ escrita por 
un contemporáneo de Urzua, nos pinta la heroicidad de este 
caudillo, á la par que la nobleza de su corazón. Pedro de Ur- 
zua fué el fundador de Pamplona, una de las más importantes 
ciudades de Colombia. 

Lope de Aguirre se presentó á Urzua, acompañado de una 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TKADICIONES 293 

hija, niña de once años de edad. A Urzua seguía también en 
la expedición la bellísima doña Inés de Atienza, limeña é hija 
del conquistador Blas de Atienza, favorito del marqués Piza- 
rro, y algunas otras mujeres, entre las que se encontraba una 
aragonesa llamada la Torralba, manceba de Aguirre. 

Las fatigas de los expedicionarios aiunentaban sin encontrar 
el país del oro. Vino luego la desmoralización propia de gente 
allegadiza, y una noche estalló un motín encabezado por Agui- 
rre. Pedro de Urzua y su querida doña Inés fueron asesinados. 

Los revoltosos proclamaron por general á don Fernando de 
Guzmán, hidalgo sevillano, y por maese de campo á. Lope de 
Aguirre. Extendida el acta revolucionaria, firmó con el mayor 
cinismo— Xoí)e de Aguirre el Traidor.— Un historiador añade que 
dijo Aguirre que firmaba con este mote de infamia, porque, 
después de asesinado el gobernador Urzua, habían de pasar 
siempre por traidores , que el cuervo no podía ya ser más 
negro que sus alas, y que en vez de justificaciones y penosos 
descubrimientos , lo que debían hacer era apoderarse del Perú, 
el mejor Dorado del mundo, que el cielo lo hizo Dios para 
quien lo merezca, y la tierra para quien la gane. 

Los expedicionarios, arrastrados por Aguirre y por las bár- 
baras ejecuciones que éste realizara con los que le eran sospe- 
chosos, reconocieron, no ya sólo por general, sino por príncipe 
del Perú á don Femando de Guzmán. Un día reconvino éste 
á su maese de campo, por el inútil lujo de crueldad que 
desplegaba con sus subordinados; y no pasó mucho tiempo 
sin que el vengativo Aguirre asesinase también á su príncipe. 
Y seguido de doscientos ochenta bandoleros, que él llamaba 
sus maratones (1), cometió inauditos crímenes en la isla de Mar- 
garita, en Valencia y otros pueblos de Venezuela, que entregó 
al incendio y al saqueo de los desalmados que lo acompañaban. 

La bandera de Lope de Aguirre era de tafetán negro con dos 
espadas rojas en cruz. 

Una mañana levantóse el caudillo fuerte^ título con que lo en- 
galanaron sus marañones, algo aterrorizado, y llamó á un fraile 



(1) En 1881 tenía el autor escrita gran parte de una larga novela histórica titulada Los Mara^ 
ñones f cuyo manusciito desapareció en el incendio de Miraflores. 



Digitized by 



Google 



294 RICARDO PALMA 

dominico. Oyólo éste en confesión, y tal sería ella, que se negó 
á absolverlo. Lope de Aguirre se alzó del suelo, llamó al ver- 
dugo, y le dijo con mucha flema:— Ahora mismo, ahórcame 
á este fraile marrullero. 

Por fin, desamparado de los suyos, y acorralado como fiera 
montaraz, se metió en un rancho con su hija, y la dijo: 

—Encomiéndate á Dios, que no quiero que, muerto yo, ven- 
gas á ser una mala mujer, ni que te llamen la hija del traidor. 

Y aquel infame, que fingía creer en Dios, rechazando á la 
Torralba, que se le interponía, hundió su puñal en el pecho 
de la triste niña. 

Un soldado llamado Ledesma intimó entonces rendición á 
Lope, y éste contestó:— No me rindo á tan grande bellaco como 
vos- y volviéndose al jefe de los realistas, pidió le acordase 
algunas horas de vida, porque tenía que hacer declaraciones 
importantes al buen servicio de Su Majestad; mas el jefe, re- 
celando un ardid, ordenó á Cristóbal Galindo, que era uno 
de los que habían desertado del campo de Aguirre, que hiciese 
fuego. Disparó éste su arcabuz, y sintiéndose Aguirre herido 
en un brazo, dijo:— ¡Mal tiro! ¿no sabes apuntar, malandrín? 

Hiciéronle un segundo disparo, que lo hirió en el pecho, 
y Lope cayó diciendo:— ¡Este sí es en regla!— Fué también \mo 
de sus marañones el que ultimó al tirano. 

Luego le cortaron la cabeza, descuartizaron el tronco, y du- 
rante muchos años se conservó su calavera en una jaula de 
hierro, en uno de los pueblos de Venezuela. 

Dice un cronista que Lope de Aguirre tomó por modelo, no 
sólo en la crueldad, sino en el sarcasmo impío, á Francisco 
de Carbajal, y que habiendo sorjM'endido rezando á uno de 
sus soldados, lo castigó severamente, diciendo:— Yo no quiero 
á los míos tan cristianos, sino de tal condición, que jueguen 
el alma á los dados con el mismo Satanás. 

Detenido en una de sus excursiones por un fuerte chapa- 
rrón, exclamó furioso:— ¿Piensa Dios que porque llueve no 
tengo de hacer temblar el mundo? Pues muy engañado está 
su merced. Ya verá Dios con quién se las há, y que no soy 
ningún bachillerejo de caperuza á quien agua y truenos dan 
espanto. 



Digitized by 



Google 



MIS CLTIMAS TRADICIONES 295 

La caria que dirigió á Felipe II es curiosísimo documento 
que basta para formarse cabal idea del personaje. 

Lope de Aguirre murió en Diciembre de 1561, á los cincuenta 
años de edad. Era feo de rostro, pequeño de cuerpo, flaco de 
carnes, lisiado de una pierna y sesgo de mirada, muy bullicioso 
y charlatán. 

Tal es la historia de uno de esos monstruos que aparecen so- 
bre la tierra como una protesta contra el origen divino de la 
raza humana. Oviedo y Baños, en su curiosa crónica, y Pedro 
Simón en sus Historiales, son verdaderamente minuciosos en el 
relato de las atrocidades realizadas por el traidor Lope de 
Aguirre. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



v^^-'M-'i^'y^-c^A^ :'^y--}:^y,vy7\- y>.K' "^^-ry/iH^'-z-yT^y^^^py^ /.-r" 



LAS POETISAS ANÓNIMAS 



En literatura, como en religión, como en política y como 
en todo, haj mixtificaciones ó supercherías; y para mí entra en 
el número de ellas la epístola en silva que, con el seudónimo 
de Amarilis^ dirigió á Lope de Vega, en 1620, una dama huanu- 
queña. Menéndez y Pelayo cree á pie juntillas en la existen- 
cia real de la poetisa, y forzando, con el admirable talento 
que le es propio, la disquisición, llega hasta á bautizarla con 
el nombre de doña María de Alvarado.— En Huánuco, agre- 
go yo, no ha faltado vecino que, estimándola como ascen- 
diente suya, la llamó doña María de Figueroa; y hasta hay 
quien lü supone hija de don Diego de Aguilar, autor de un 
poema titulado El Marañón^ que no debe valer gran cosa, pues 
aun se conserva inédito en un archivo de España. El poeta 
fué un español avencidado en Huánuco. 

También la limeña Clarinda (que escribió en 1507), á quien 
Cervantes nos presenta no como madre de gallardos infan- 
tes sino de unos robustos tercetos En loor de la poesía^ antó- 
Jaseme que es otra mixtificación, y tan clara como la luz del 
medio día. 

No es esto decir que niegue yo, en la mujer americana de 
aquellos siglos, ingenio para el cultivo del Arte; y ciertamen- 
te, que halagaría mticho nuestro amor propio ú orgullo na- 
cional el que fuese verdad tanta belleza. 

La educación de la mujer, en el siglo xvii, era tan desaten- 
dida que ni en la capital del virreinato abundaban las damas 



Digitized by 



Google 



298 RICAHDO PALMA 

que hubiesen aprendido á leer correctamente; y aun á éslas na 
se las consentía más lectura que la de libros devotos, autori- 
zados pwr el gobierno eclesiástico y por la Inquisición, ene- 
raiga acérrima de que la mujer adquiriese una ilustración que 
se consideraba como ajena á su sexo. Aun dando de barato 
que, substrayéndose la mujer al rigorismo de los padres y 
al medio social ó ambiente prosaico en que vivía, se desper- 
tasen en ella aficiones p>oéticas, mal podía cultivarlas por ca- 
rencia de libros, que rara vez nos venían de España; amén 
de que muchos sólo de contrabando podían llegamos, por no 
consentir el gobierno de la metrópoli que circulasen en el 
Nuevo Mundo. Las bibliotecas de los conventos abundaban, 
es verdad, en infolios latinos, lengua que siempre fué pro- 
blemático alcanzasen, ni medianamente, á traducir las monjas 
de nuestros monasterios. Todavía otra cortapisa. No bastaba 
con que un libro estuviera excomulgado ó puesto en el Index 
expurgatorio, por contener frases mal sonantes ó doctrinas ca- 
lificada;^ de heréticas, sino que, hasta para la lectura de cier- 
tos clásicos, necesitaba un hombre proveerse de licencia ecle- 
siástica. Y si á esta severidad estaba estrictamente sometido 
el sexo fuerte, mal puede aceptarse que en manos de mujer 
anduvieran Ovidio, Marcial ó Tíbulo. Ni la Biblia podía vul- 
garizarse. 

Como no hemos de acordar ciencia infusa á nuestras com- 
patriotas de pasados, presentes y venideros siglos, está dicho 
que noü resistimos á creer que las dos imaginadas poetisas 
hubieran, sin muchos años de lectura y de estudio, alcanzado 
á versificar con la corrección y buen gusto que en la silva 
y, más que en ella, eñ los tercetos de Clarinda^ nos cautivan. 
Hay primores ó exquisiteces rítmicas que no se conocen ni ad- 
quieren, sino después de mucha costumbre de rimar y de estar 
uno familiarizado con las producciones de los más aventaja- 
dos ingenios; y en esas gallardías son pródigas ambas poetisas. 

Clarinda pudo sustentar cátedra de Historia griega y de Mi- 
tología. Nos habla, sin femeniles escrúpulos, como mujer su- 
perior á su siglo, de los dioses y diosas del Olimpo y de Ho- 
mero y la Ilíada^ y de Virgilio y la Eneida nos dice maravillas; 
manosea con desenfado á los personajes bíblicos, y casi trata 



Digitized by 



Google 



MIS CLTIMAS TRADICIONES 299 

tú por tú, como quien ha vivido ea larga intimidad con ellos, 
á Horacio, Marcial, Lucrecio, Juvenal, Persio, Séneca y Ca lu- 
lo. Véase algo de lo que de ellos dice: 



Conocido es Virgilio, que á su Dido 
rindió el amor con falso disimulo, 
y el tálamo afeó de su marido. 

Pomponio, Horacio, Itálico, Catulo, 
Marcial, Valerio, Séneca Avieno, 
Lucrecio, Juvenal, Persio, Tibulo, 

y tú ¡oh Ovidio de sentencias lleno! 

que aborreciste el foro y la oratoria 

por seguir de las nueve el coro ameno etcétera. 

El» tercetos anteriores, y como para relatai^nos que ha leí- 
do á Sófocles, á Aristóteles, á Ennio, á Estrabón y á Plinio, 
nos exhibe á Cicerón, al cual indudablemente no ha conocido 
sólo de nombre, pues traduce uno de sus conceptos: 

Oid á Cicerón cómo resuena 

con elocuente trompa, en alabanza 

de la gran dignidad de la Camena; 

el buen poeta (dice Tulio) alcanza 
espíritu divino, y lo que asombra 
es darle con los dioses semejanza. 

Dice que el nombre del poeta es sombra 

y tipo de deidad santa y secreta, 

y que Ennio á los poetas santos nombra. 

Aristóteles diga qué es poeta, 

Plinio, Estrabón, y díganoslo Roma 

que dio al poeta nombre de profeta etcétera. 



Digitized by 



Google 



300 RICARDO PALMA 

En los tercetos En loor de la poesía hay lo que puede 11a- 
juaisc derroche de ilustración y gran conocimiento de los clá- 
sicos griegos y latinos, cuyo estudio, en 1607, apenas si se 
iniciaba en la Universidad de San Marcos, á cuyas aulas no 
era aún lícito penetrar á la mujer. Si la anónima poetisa vi- 
viera en las postrimerías de este nuestro siglo xix, de fijo 
que podría decir con vanagloria: —Ya no hay en el mundo más 
que dos personas que saben latín á las derechas: el papa 
León XIII y yo. 

La mujer sabia no fué hija del siglo xvii, en América, como 
tampoco lo fué la mujer librepensadora ó racionalista. Para 
la mujer, en el Perú, no había siquiera un colegio de instruc- 
ción media, sino humildísimas escuelas en las que se ense- 
ñaba á las ñiflas algo de lectura, poco de escritura, lo sufi- 
ciente para hacer el apunte del lavado, las cuatro reglas arit- 
méticas, el catecismo cristiano, y mucho de costura, bordado 
y demás labores de aguja. Hasta después de 1830 no hubo 
escuela en la que adquiriesen las niñas nociones de Geografía 
é Historia. No siempre había de subsistir lo de misa, misar, 
y casa guardar. 

La verdad es que, en la primera mitad del siglo xvii, Mé- 
xico se enorgullecía con ser patria de una gran poetisa— Sor 
Junna Inés de la Cruz— nacida en 1614, la que mantenía co- 
rrespondencia poética con laureados ingenios de Madrid, y aun 
con vates españoles residentes en el Perú. No era una poetisa 
anónima, sino un espíritu que sentía y se expresaba con la 
delicadeza propia de su sexo, de un talento claro y de una 
inteligencia, cultivada hasta donde era posible que en América 
alcanzase la mujer. No fué una sabia, no fué un portento 
de erudición como la pseudo-autora de los tercetos; fué sen- 
cillamente una poetisa que transparentó siempre, en sus ver- 
sos, femeniles exquisiteces.— Si México posee una hija mimada 
de Apolo, el Perú la tuvo antes, se dijeron nuestros antepasa- 
dos: y por esta razón de pueril vanidad patriótica no hubo, 
en los tiempos de la colonia, quien, sin prejuicios y con áni- 
mo sereno, acometiera la investigación. Y así la mixtificación 
se perpetuaba, y podíamos exhibir una competidora á la bien 
y legítimamente conquistada fama de la mexicana monja. 



Digitized by 



Google 



/: 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 301 

Indudablemente, el autor de la composición En loor de la 
poesía era buen poeta y hombre de vastísima ilustración, que 
se propuso halagar á su amigo Diego Mexía, el sevillano, en- 
viándole, para proemio de su Parnaso antartico, los magníficos 
tercetos. Y que Mexía se hizo cómplice en la mixtificación, 
no cabe dudarlo; pues, aparte de que mucho debió engreírlo 
el ser objeto del encomio de una dama, estampa socarrona- 
mente que la autora de los tercetos es una señora principal 
de Lima, muy versada en las lenguas toscana y portuguesa, 
cuyo nombre calla por justos respetos. ¡Connu! que diría un 
francés. 

Nuncí los resplandores del sol pasaron inadvertidos, y sol 
esplendoroso en nuestro mundo americano habría sido la mu- 
jer que tan alto descollara en las letras. Ni el mismo Diego 
Mexía se habría obstinado en guardar secreto sacramental, no 
porque con ello defraudaba gloria ajena usufructuándola casi 
en su provecho, sino porque el aplauso anónimo parece aplau- 
so mendigado, y no brinda garantía de ser sincero y merecido. 

Sospecho que, aun en los tiempos de Diego Mexía, hubo 
de ser generalizada la creencia en que los rotundos tercetos 
eran liijo: de varonil inspiración; pues, de otra manera, la 
excitada curiosidad se habría puesto en acción para conocer 
el nombre de la sabia y misteriosa Clarinda. En literatura no 
hay secreto impenetrable cuando hay firme empeño en cono- 
cerlo; y menos éste, pues se trataba sólo de investigar entre 
cien limeñas, que supieran leer y escribir con regular correc- 
ción, cuál era la que mantenía comercio con las musas, investi- 
gación no muy trabajosa en una ciudad cuya masa total de 
población era, en muy poco, mayor de cuarenta mil almas. 
Sólo la piedra preciosa puede esconder su brillantez en la 
impenetrabilidad de la mina; pero el talento es como el sol, 
cuyos rayos deslumbradores, si alguna vez se esconden entre 
la niebla, no por eso dejan nuestras pupilas de adivinarlos. 

Tiene sobrada* razón, como dice Menéndez y Pelayo, el poe- 
ta colombiano Rafael Pombo cuando, en el prólogo de las 
poesías de Agripina Montes del Valle, escribe que, en verso 
castellano, no se ha discurrido tan alta y poéticamente sobre 
la poesía, como en la composición de la anónima limeña. 



Digitized by 



Google 



302 KICAKDO PALMA 

Estas mixtificaciones, marrullerías ó chanchullos poéticos, 
han sido moneda corriente en América, y quiero comprobarlo 
cilüudo algunos de nuestros días. Durante más de dos años 
fué unánime el coro de elogios tributado á varias delicadas 
composiciones que, con la firma Edda la bogotana^ reprodujo la 
prensa de nuestras repúblicas. Al fin, se desvaneció el miste- 
rio, y llegó á ser de público dominio que esa firma fué un 
seudónimo que ocultaba el nombre de uno de los más escla- 
recidos poetas contemporáneos de nuestro continente, el cual 
encontró complacencia en avivar la curiosidad de los lecto- 
res manteniendo en pie, mientras le fué posible contar con 
la discreción del impresor, la que él estimaba como inocente 
travesura. 

Y para hablar sólo del Perú, recordemos que ha casi im 
cuarto de siglo nos traía intrigados la firma Leonor Manrique^ 
que con frecuencia se leía en uno de nuestros diarios, al pie 
de versos muy galanos, así como las de Lncüa Monroy y Adriu- 
na Buendía suscribiendo poesías, si bien menos correctas que 
las de aquélla, no por eso menos agradables. Pues bien, todo 
ello, con el correr de los meses, se supo que fué puro en- 
tretenimiento y pura broma de dos poetas de buen humor. 
No sería de maravillar que un futuro historiógrafo de las le- 
tras peruanas, ateniéndose á la prensa periódica, obsequiase 
al Perú un cardumen de poetisas qfue existieron sólo en la 
fantasía de escritores traviesos, y que hoy se están embobados 
y sin acordarse de la travesura, como diz que se está san Gi- 
lando en el cielo, donde Dios no hace caso de san Gilando 
ni san Gilando de Dios. 

Trece años después de la aparición de Clarinda^ que no 
volvió á inspirarse ni á dar señales de vida, se nos presenta, 
en 1620j la Amarilis de Huánuco, con su epístola en silva, 
dirigida á Lope de Vega. Nueva mixtificación. 

Lo artificioso de las imágenes en el platonicismo amoroso, 
más aun que la estructura de los versos, propia de pluma 
muy ejercitada en la métrica, nos están revelando á gritos á 
un hijo, y no de los peores, del dios Apolo. Ese mismo em- 
peño en hacer su autobiografía nos es sospechoso por lo im- 
propio y rebuscado, pues ninguna mujer románticamente ena- 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 303 

morada de un hombre, á quien no conoce más que por sus 
comedias, es capaz de imaginar que, para obtener correspon- 
dencia de afectos, la sea preciso contar, de buenas á prime- 
ras, ai hombre de su amor, que los abuelos de ella fueron de 
los conquistadores del Perú y de los que fundaron la ciudad 
de los caballeros del León de Huánuco; que, niña aun, quedó 
huérfana y confiada á la tutela de una tía; que tiene una her- 
mana, un tanto devota^ llamada Belisa, cuyo marido es muy 
buen muchacho; y por fin que ella vive contenta en su celi- 
bato, consagrada sólo al amor espiritual que la inspira Be- 
lardo, nombre con que bautiza á Lope de Vega. ¿A qué venía 
esa confesión, no de culpas, sino de boberías? ¿Quién sabe 
si el malicioso vate madrileño, después de leer las noticias 
autobiográficas, no exclamaría: 

— y á mi, señora, ¿qué me cuenta usted? 

Xo siempre tiene uno interés en imponerse de vidas ajenas. 
Quede eso para los ociosos, y Lope no lo era. 

ti inventor de Amarilis contrasta con el inventor de Cía- 
rinda. Esta, en sus tercetos, apenas si, por incidencia, habla 
de su femenil persona, y aun en eso anda un tanto gazmoña. 
La de la epístola á Lope, más que una dama culta y de buen 
tono, es una comadre cotorrera. 

Cierto que en la silva de Amarilis abundan trozos de verda- 
dero estro poético y que no hay pretensión de lucir sabiduría, 
como en los versos de Clarinda: ésta aspira á ser hombre, y 
aquélla se conforma con pertenecer al sexo bello y débil. Sin 
embargo, para que haya de todo en la viña del Señor, uvas 
pámpanos y agraz, véase este fragmento con vistas a la eru- 
dición . 

Dente el cielo favores, 
las dos Arabias bálsamos y olores, 
Cambaya sus diamantes, Tíbar oro, 
marfil Sofalia, Persia su tesoro, 
perlas los orientales, 
el Rojo Mar purísimos corales, 
hatajes los Ceylanes, 
áloes preciosos Sámaos y Campanes, 



Digitized by 



Google 



304 



RICARDO TALMA 



rubíes Pegugamba y Nubia algalia, 

amatistas Karsin^, 

y prósperos sucesos Acidalia. 

Este lujo de erudición palabrera ó catálogo de productos 
locales, me trae á la memoria unos versos que dicen: 

En cierta obra de química leía 

el índice mi hijo:— 
Nitrato de potasio y de magnesio, 

nitrato de rubidio, 
nitrato de barita y de zirconio, 

nitrato de aluminio 

Pues si de nada trata, papá, díme 

¿de qué trata este libro? 

Tengo para mí que el viejo Lope de Vega no tragó el an- 
zuelo; porque contestó á Amarilis, llevándola el amén y deján- 
dose querer, en tercetos muy desmayados para ser suyos. Ade- 
más, Lope, que, á pesar de la sotana que vestía^ fué siempre 
muy galante, y muy cumplido, y muy obsequioso para con 
las damas, se negó á complacer á la incógnita huanuquefta que 
le había pedido escribiese un poema sobre la vida y mila- 
gros de Santa Dorotea, lo que era un juguete para el ingenia 
y facilidad del gran poeta. 

No se diría sino que en el siglo xvii, en que la educación 
de la mujer estuvo descuidadísima, porque tal era la condi- 
ción sociológica de nuestros pueblos todos, tuvimos, en Amé- 
rica, epidemia de pM>etisas anónimas. Húbolas entre nosotros^ 
en Bogotá, y en Quito y en fin, las poetisas anónimas bro- 
taban espontáneamente, como los hongos. Y lo curioso, y que 
hasta reglamentario parece, es que toda poetisa anónima, des- 
pués de dar á luz una composición magistral, rompía la 

pluma y se daba por difunta, como diciendo á la posteridad: 
para muestra de mi quincallería intelectual y poética, te dejo 
un solo botón. 



Digitized by 



Google 



í^.:v.^^^?í^r^l^>2c^h'^^^'^:>:r*'.^2é':^<' :• r-i^i^^r-.'^í.-^^v^-^^v*-.* ^.; :v.- .-■^e^^^i-.^-^ 



SOBRE EL QUIJOTE EN AMERICA 

A DON MIGUEL DE ÜNAMüNO 
I 

Minucias bibliográficas 

En 1877 la Biblioteca de Lima estaba cerrada para el pú- 
blico, por hallarse en construcción la estantería de cedro del 
espacioso salón Europa, No obstante, el bibliotecario, coro- 
nel don Manuel Odriozola, sucesor del ilustre Vigil, daba facili- 
dades para consultar libros á sus amigos aficionados á estu- 
dios históricos, y después de las tres de la tarde nos congregá- 
bamos en amena é ilustrativa charla, alrededor de su poltrona. 

Una tarde, llevado por el general Mendiburu, que era de 
vez en cuando uno de los concurrentes á la tertulia, nos fué 
presentado un caballero inglés, Mr. Saint Jhon, Ministro de 
la Gran Bretaña en el Perú. Traía á este señor la curiosidad 
de conocer dos libros ingleses de que Mendiburu le hablara, 
rarezas bibliográficas que, como oro en paño, guardaba el 
bibliotecario, bajo de llave, en un cajón de su escritorio. 

Era el uno el famosísimo libro que escribiera Enrique VIII, 
haciendo gala de ultramontanismo, y por el cual lo declaró 
el Papa defensor de la fe, autorizándolo para que, en las ar- 
mas de su reino, se pusiera este lema: Fidei defensa. Era un 
tomito de poco más de doscientas páginas, en octavo menor 
y que Odriozola encerraba en una cajita de latón. Cuando 
Enrique VIII cambió de casaca, rompiendo lanzas con el Pa- 

20 



Digitized by 



Google 



306 RICARDO PALMA 

pado, mandó recoger y quemar los ejemplares del libro, im- 
poniendo durísimas penas á sus subditos remisos en obede- 
cer el regio mandato. No recuerdo en qué Enciclopedia mo- 
derna he leído que no excedieron de cuarenta los ejemplares 
que libraron de la hoguera, y eso porque el monarca los ha- 
bía obsequiado á embajadores y á cardenales de su devoción. 

Cuando la destrucción de la Biblioteca de Lima por los chi- 
lenos, en 1881, desapareció el ejemplar que poseía el Perú, y 
que perteneció á la librería de los jesuítas, la cual sirvió de 
base á la Nacional fundada por el general San Martín en 
1821. El ejemplar no llegó á la Biblioteca de Santiago, ni hay 
noticia de que lo hubiera adquirido bibliófilo alguno de Eu- 
ropa ó América, pues bien se sabe que los hombres domina- 
dos por la manía de acaparar libros jamás guardan secreto 
sobre los ejemplares raros que adquieren, y gozan con echar 
la nueva á los cuatro vientos. Como muchas de las obras fue- 
ron vendidas, á vil precio por la soldadesca en los bodego- 
nes, utilizándose el papel para envoltorios de sal molida ó de 
pimienta, no es aventurado recelar que tan indigna suerte haya 
cabido al curiosísimo librito. 

En muy lujosa edición, profusamente ilustrada con lámi- 
nas sobre acero, hecha en Londres en 1707, admiró Mr. Saint 
Jhon un volumen, en folio menor, titulado Perspectiva picto- 
rum et architedorum^ por Andrés Putei, de la Compañía de Je- 
sús. Nuestro ejemplar (felizmente devuelto, en 1884, por un 
caballero italiano que lo adquirió por dos pesos ó soles, de 
un soldado) tiene ima preciosa miniatura de la reina Ana, y 
fué regalado por ella al embajador de España en Londres. 
Más tarde lo poseyó un virrey, quien lo obsequió á la librería 
de los jesuítas. 

Después de discurrir largo y menudo sobre bibliografía in- 
glesa, ramo en que el ministro británico me pareció algo en- 
tendido, recayó la conversación sobre cuál era el libro de 
más pequeño formato conocido hasta el día. Enrique Torres 
Saldamando y el clérigo La Rosa hablaron de un libro fran- 
cés que no recuerdo; pero don José Dávila Condemarín nos 
dijo que él había tenido en sus manos, en Roma, un ejemplar 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 307 

de la Divina Comedia^ impreso en Italia, cuyas páginas no ex- 
cedían de pulgada y media. (1) 



II 
El primer ejemplar del Quijote 

Era el doctor don José Dávila Condemarín un cervantó- 
filo fervoroso. 

Había sido (en dos ocasiones) ministro de Estado, diputado 
á Congi-eso y representante del Períi en Italia; pero su em- 
pleo en propiedad era el de Director General de Correos. En 
su bufete, y como para entretener los ratos de ocio oficines- 
co, se veían, empastados en terciopelo rojo, dos volúmenes 
conteniendo los cuatro tomos del Quijote, edición de Ibarra. 
Era en Lima (y acaso en todo el Perú) la persona que más 
había leído sobre Cervantes y su inmortal novela. 

He olvidado á propósito de qué vino á cuento el Quijote, 
y nos dijo Saint Jhon que apenas se encontraría inglés edu- 
cado que no hubiese leído y releído los hechos y aventuras 
del hidalgo manchego, y las obras de Walter Scott. La prue- 
ba la tienen ustedes, nos agregó, en que es Inglaterra, des- 
pués de España ciertamente, el país en que más ediciones 
se han hecho del Quijote. Pasan de doscientas. 

Ocurrióle entonces preguntar si sabíamos cuántas ediciones 
se habían hecho en el Perú y en las demás repúblicas, y en 
qué año se había conocido el libro en Lima. A ninguno de 
los tertulios competía dar respuesta estando presente Dávila 
Condemarín, indiscutible autoridad en el asunto. Lo que él 



Jl) Rl libro de mis pequefio formato que conozco existe en la Biblioteca de Lima, y lleva por 
lo Gáltleo á Madama Crittina de Lorena, 1615. Es un tomito de 206 páginas, d^ mm. 10 por 6, 
con nueve reglonritos por página. Los editores, bemanos Salmini, de Padua, lo Hamnn Uvero piu 
piecoh libro del mondo, y el precio de venta era cuatro libras por ejemplar. Me fué obsequiado 
en 1896, año en que apareció, por mi amigo Carlos Sebastián Puccio, Cónsul del Perú en Chiavari. 
Se conserva, como joya, en una cajita de tafilete de las que sirven á los vendedores de alhajas 
para guardar un anillo. 



Digitized by 



Google 



308 BIGARDO PALMA 

no supiera, de seguro que pai'a todos nosotros era ignorado, 

Don José dijo que sólo tenía noticia de una edición, con 
láminas, hecha en México en el decenio de 1840 á 1850, y 
que estaba en lo cierto afirmando que en república algima 
se hubiera pensado en la reimpresión. 

En cuanto á la época en que se recibió en Lima el pri- 
mer ejemplar de la novela, que á principios de Mayo de 1605 
apareció en Madrid, nos hizo este muy curioso relato. 

Llevaba poco menos de catorce meses en el desempeño 
del cargo de virrey del Perú don Gaspar de Zúñiga Acevedo 
y Fonseca, conde de Monterrey, cuando á fines de Diciembre 
de 1605 llegó al Callao el galeón de Acapulco, y por él recibió 
su excelencia un libro que un su amigo le remitía de México 
con carta en que le recomendaba, como lectura muy entretenida, 
esa nóvela que acababa de publicarse en Madrid y que esta- 
ba siendo, en la coronada villa, tema fecundo de conversación 
en los salones más cultos, y dando pábulo á la murmuración 
callejera en las gradas de San Felipe el Real. Desgraciada- 
mente, el virrey se encontraba enfermo en cama, y con do- 
lencia de tal gravedad, que lo arrastró al hoyo dos meses 
más tarde. 

A visitar al doliente compatriota y amigo estuvo fray Die- 
go de Ojeda, religioso de muchas campanillas en la Recoleta 
dominica, y al que la posteridad admira como autor del poe- 
ma La Cristiada. Encontrando al enfermo un tanto aliviado, 
conversaron sobre las noticias y cosas de México, de cuyo 
virreinato había sido el conde de Monterrey trasladado al 
del Perú. Su excelencia habló del libro recibido y de la re- 
comendación del amigo, para que se deleitase con su lectura. 

El padre Ojeda ojeó y hojeó el libro, y algo debió picarle 
la ciuiosidad cuando se decidió á pedirlo prestado por pocos 
días, á lo que el virrey, que en puridad de verdad* no estaba 
para leer novelas, accedió de buen grado, no prestándole sino 
obsequiándole el libro. 

En el mes de Marzo, y á pocos días del fallecimiento de 
su excelencia, llegó el cajón de España, como si dijéramos 
hoy la valija de Europa, trayendo seis ejemplares del Quijote; 
uno para el virrey ya difunto, otro para el santo arzobispo 



Digitized by 



Google 



inS ULTIMAS TRADICIONES 309 

Toribio de Mogrovejo, que también había pasado á mejor vida, 
en el pueblo de Saña, siete ú ocho días después que su exce- 
lencia; y los cuatro ejemplares restantes para aristocráticos 
personajes de Lima. 

El padre Ojeda colocó en la librería de su convento el 
primer ejemplar del Quijote. Esa librería, en los primeros 
años de la Independencia, pasó al convento de Santo Domingo, 
y en el inventario ó catálogo que el señor Condemarín leye- 
ra, figuraba el libro. Aseguraba nuestro contertulio que él lo 
tuvo varias veces en sus manos; pero que después de la ba- 
talla de la Palma (1855) había desaparecido junto con otras 
obras y manuscritos, entre los que se hallaba una especie de 
diario ó crónica conventual de la Recoleta dominica, en la cual, 
de letra del padre Ojeda, estaba consignado lo que él nos co- 
municaba sobre el primer ejemplar del Quijote llegado á Lima. 

En 1862 ocupábame yo en acopiar materiales para escri- 
bir níi libro Anales de la Inquisición de Lima, y con tal motivo 
fui un día al convento á visitar á mis amigos los padres Cueto 
y Calzado, para que me permitiesen hojear los pocos procesos 
inquisitoriales y dos crónicas conventuales inéditas, que yo 
tenía noticia se conservaban en el archivo del convento. Am- 
bos sacerdotes me informaron de que realmente existió todo 
lo que yo buscaba, pero que hacía pocos años el padre Semi- 
nario, fraile de mucho fuste, había hecho auto de fe en des- 
comunal hoguera con procesos, crónicas y otros documentos. 

Hablé de esto en la tertulia de aquella tarde, y Dávila Con- 
demarín nos dijo que era positivo el hecho á que yo me re- 
fería, y que en la prefectura de Lima debería encontrarse 
una información, mandada hacer por el Ministro de Gobierno, 
sobre el atentado que realizó el padre Seminario, hablando 
del cual nos refirió que fué un sacerdote tan prestigioso, res- 
petable é ilustrado, que mereció ejercer, en varias épocas, la 
prelacia del convento; pero que ya, bastante anciano, adoleció 
de ataques cerebrales que degeneraban en locura furiosa. 

Fué en uno de ellos cuando entregó á la hoguera viejos 
mamotretos. 

Acaso, en su fanatismo, imaginara realizar acto meritorio 



Digitized by 



Google 



310 RICARDO PALMA 

privando á la posteridad de noticias que en algo amenguaran 
el renombre de la comunidad dominica. 

No es, pues, desacertado presumir que la crónica en que 
colaboró el insigne fraile poeta, sería devorada por las llamas. 



III 

Otro ejemplar curioso del Quijote 

Lo que el señor Dávila Condemarín ignoraba, y que yo 
conocía, era que existió en Lima un ejemplar del primer tomo 
del Quijote, con dedicatoria de Cervantes á im caballero es- 
pañol avecindado en el Perú. 

Llamóse éste don Juan de Avendaño, quien vino desde Es- 
paña con nombramiento del Rey, expedido en 1603, á servir 
un empleo en las Cajas reales, y que en 1610 pasó con ascen- 
so á Trujillo. Avendaño había sido, en la Universidad de Sa- 
lamanca, amicísimo de Cervantes, amistad que no se enfrió 
con la distancia, pues, aunque de tarde en tarde, cambiaban 
cartas. Sabido es que el inmortal manco de Lepanto solicitó 
del monarca, en 1590, un destino en el Perú, y que en 6 de 
junio del mismo año proveyó el Rey.— Busque por acá el soli- 
citante en qué se le haga merced, — Así, cuando, en 1606, tenía ya 
el Quijote lectores en Lima, Avendaño daba noticias personales 
sobre el autor, agregando que no le sorprendería verlo de 
repente por acá, pues lo animaba para que viniese á América 
en pos de fortuna más propicia que la que lograba en la ma- 
dre patria. 

Corriendo los años, ó, mejor dicho, en el transcurso de dos 
siglos, el ejemplar del autógrafo lo poseyó la marquesa de 
Casa-Calderón, literata limeña, de la que en otra ocasión me 
he ocupado, cuya librería, no sé si por compra ó regalo, pasó 
al doctor don Agustín García, notable abogado de nuestros 
tribunales de justicia, allá por los años de 1850, quien á Ni- 
colás Corpancho, á Arnaldo Márquez y á mí, muchachos que 



Digitized by 



Google 



MIS últimas' TRADICIONES 311 

empezábamos á cultivar la literatura, tenía la generosidad de 
franquearnos su copiosa y selecta librería. La primera lec- 
tura que hice del Quijote, dígolo hoy con íntimo y senil goce, 
fué en el ejemplar de Avendaño. (1) 



IV 

Ediciones del Quijote en América 

Muy devotos de Cervantes debieron de ser los mexicanos 
cuando, en el siglo xix, dieron á la estampa nada menos que 
seis ediciones de la renombrada novela. 

La primera se hizo en 1833, por la imprenta de don Ma- 
riano Arévalo, cinco volúmenes en octavo. Entiendo que fué 
edición pobrísima. 

La segunda, que es á la que se refería Dávila Comlemarín, 
salió á luz en 1842 por la imprenta de don Ignacio Cumplido, 
dos volúmenes en octavo, con ciento veinticuatro láminas y 
el retrato del autor. Es una edición preciosa y muy solicitada 
por los bibliófilos. 

En 1853 el impresor Blanquel publicó la tercera edición, 
dos tomos en cuarto. 

La cuarta edición fué de cuatro volúmenes en dozavo, y 
se hizo en los años de 1868 á 69 por la imprenta de la viuda 
de Segura. 

En 1877 don Ireneo Paz, actualmente director y j)ropie- 
tario del diario La Patria, dio á luz la quinta edición, cuatro 
volúmenes en cuarto. La novela apareció primero como folle- 
tín de aquel periódico/, y fue esa la base para la edición econó- 
mica en tomos. 



(1) Con motivo del reciente centenario ha publicado el académico de la espafiola don Emilio 
Cotkrelo y Morí, un entretenido libríto titulado Efemérides cervatUinaa, en el que no sólo habla 
de la intimidad entre Cervantes y Avendaflo, sino de que aquel hizo de éste uno de lo» principa- 
Jes personajes de su novela La más iJwttre fregona. Cotarelo da por cierto que Avendaflo man- 
tuvo conversación amorosa (discreta fra<e ae equrllos tiemptos,) con dofia Constanza de Ovando, 
hija de dofta Andrea, hermana de Cervantes, á la que no olvidó en América, pues desde TruXiDo 
la envió dinero en 1614. 



Digitized by 



Google 



312 RICARDO PALMA 

Concluyó el siglo con la aparición en 1900, de una lujosa 
edición, en folio, con espléndidos grabados. 

La única edición del Quijote impresa en Sud América es 
la que. conmemorando el tercer centenario, acaba de hacerse 
en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, con muy 
erudito y concienzudo prólogo del bibliotecario don Luis Ri- 
cardo Fors. Dos volúmenes en cuarto, con reproducción del 
busto de Cervantes, que se exhibe en uno de los salones de 
aquella biblioteca, y seis láminas coloreadas. La edición fué 
de mil quinientos ejemplares, y quedó agotada en menos de 
dos meses. 

En las Antillas, á fines de 1905, en edición económica, se 
ha reimpreso (en la Habana) el Quijote por la tipografía del 
Diario de la Marina. 



V 

Noticia final 

Parece que en España se ignora que en Tokio, y en 1896, 
se ha hecho una edición del Quijote traducido al japonés. 
Dígolo. porque según la interesante Iconografía publicada re- 
cientemente en Barcelona, los hechos y aventuras del hidal- 
go manchego sólo pueden encontrarse relatados en los idio- 
mas siguientes: Francés, inglés, alemán, italiano, portugués, ca- 
talán, ruso, polaco, holandés, húngaro, sueco, danés, finlan- 
dés, turco, griego, croato y servio. Cervantófilos muy com- 
petentes opinan que las modernas traducciones inglesas de Orms- 
by y de Wats son las más concienzuda y literariamente hechas. 

Y pongo punto, pues sobre el Quijote no tengo más de 
curioso que apuntar. 



Digitized by 



Google 



vítores 
cuadro tradicional de costumbres limeñas 

AL Sr. General 1). Mantel de Mendibirc 



Vítores.— He aquí una palalira que encontramos consignada 
en el primer Diccionario de la lengua y en las ediciones su- 
cesivas. Calderón y Lope de Vega la usaron en sus comedias, 
poniéndola en boca de los estudiantes de Salamanca y Alcalá 
de Henares, así como la palabra cola aplicada á los vencidos 
en im certamen. Domínguez afirma que, para suavizar la pro- 
nunciación, se dice vítores^ en vez de Víctores^ y no acepta la voz 
en singular. 

La palabra vítores (cuide usted, señor cajista, de esdruju- 
lizarla) estuvo de moda en el Perií, allá i^or los tiempos en 
que los virreyes consignaban en la Memoria ó Relación de mando 
el temor de (jue Lima se convirtiera en un gran claustro, tan 
crecido era el número de sacerdotes y monjas. 

Mal hacían en alarmarse desde que la misma España era 
en los tiempos de Felipe II un vasto convento. Cuatrocientos 



^igitizedby Google 



314 RICARDO PALMA 

mil frailes, y número poco mayor de clérigos, albergaba la 
madre patria. 

En una sociedad que carecía de novedades y distracciones 
y en la cual ni la política era, como hoy, manjar de todos los 
paladares, cada capítulo ó elección de superior ó abadesa de 
convento era motivo de pública agitación. Las familias ponían 
en juego mil recursos para conseguir votos en favor del can- 
didato de sus simpatías, ni más ni menos que ogaño cuando, 
en los republicanos colegios de provincia, se trata de nombrar 
presidente para el gobierno ó desgobierno (cpie da lo mismo) 
de la patria. Rara familia había en Lima que, además del se- 
gundón, destinado desde el limbo materno para vestir hábitos, 
no contase entre sus miembros im par de frailes, por lo me- 
nos, y número igual de monjas. No teniendo los americanos 
carreras á que consagrarse con honra y provecho, optaban por 
la del claustro, en la que, aparte la consideración social anexa 
al prestigio y majestad del sacerdocio, tenían segura una exis- 
tencia holgada y regalona, si se quiere, pues los bienes de la 
Iglesia eran cuantiosos. En los virreinatos de México y el Perú, 
la Iglesia era tanto ó más rica que el Estado. Los conquista- 
dores acaparaban colosales fortunas, no siempre por medios 
lícitos, y en el trance del morir, creían quedar en pmz con la 
conciencia y comprarse un cachito de heredad en la gloría 
eterna, cediendo la mitad de sus tesoros á los conventos, fun- 
dando capellanías y haciendo otros devotos legados. El lecho 
del moribundo era rodeado por cuatro ó cinco frailes de órde- 
nes distintas, que se disputaban partija en el testamento. Cada 
cual arrimaba la brasa á su sardina, ó tiraba, como se dice, 
para su santo; esto es, para el acrecentamiento de los bienes 
de su comunidad. 

Con tales antecedentes, el cargo de prelado de convento 
tenía que ser ai>etitoso y suculento bocado. 

Llenas están las crónicas conventuales con relatos de los 
reñidos capítulos habidos entre los frailes; y con frecuencia, 
el virrey, los oidores y hasta la fuerza pública, tuvieron que 
intervenir para poner término á los desórdenes. Tema de mu- 
chas de mis tradiciones han sido esas zagalardas frailunas. 

No debe nadie maravillarse de que en aquellos siglos, to- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 315 

mase la sociedad muy á pecho los enjuagues de un capítulo 
frailesco: pues, si no miente el duque de Frías, hasta los san- 
tos en cierne se empeñaban con Dios para el triunfo del candi- 
dato de sus simpatías. Y el chiste está en que, capítulo hubo 
del cual Dios, con ser Dios, salió cola. Compruébolo con este 
parrafito que al pie de la letra copio del Deleité de la discreción. 
—«Pidióle á Dios Santa Teresa, que el provinclalato carmelita 
» recayese en el padre Gracián, su confesor. Verificóse el ca- 
»pítulo, y fué otro fraile el elegido. Entonces la santa rogó á 
Dios que la perdonase si había errado, y el Señor la contestó: 
»— Cierto es, Teresa mía, que me i>ediste lo que convenía; pero 
?»los frailes no siempre quieren lo que conviene.»— Y Ja cosa, 
de ser verdad tiene; porque el libro del señor duque seí impri- 
mió en Madrid, en 1764, con permiso de la Inquisición qrte, 
á ser embustera la historieta, no la habría dejado correr en 
letra de molde. 

En los conventos de monjas eran más rettídos, si cabe, 
los capítulos, y húbolos en que las mansas ovejitas del Señor se 
arañaron de lo lindo y sin misericordia. En la Encamación, 
por ejemplo, vióse una monja, la madre Frías, que mató á 
otra á puñaladas. ' 

Cada monasterio tenía, entre profesas, novicias, educandas, 
seglares y criadas, crecidísima población. Baste saber que hubo 
época en que, sólo en el convento de Santa Clara, se encerra- 
ban trescientas religiosas y otras tantas criadas, devotas ó ve- 
cinas. 

Y para que no se diga que hablamos de paporreta ó que cal- 
culamos á ojo de buen cubero, véase el cuadro que, en 1665, for- 
mó el cronista de Indias, Gil González Dávila: 

Convento de la Encarnación:— 150 religiosas de velo negro 
—50 novicias— 40 donadas— 270 seglares y criadas. 

Convento de la Concepción:— 190 religiosas de velo negro 
—24 novicias — 15 donadas— 250 seglares y criadas. 

Convento de la Trinidad:— 100 religiosas de velo negro— 
50 de velo blanco --10 novicias— 10 donadas— 160 seglares y 
criadas. 

Convento de las Descalzas :~55 de velo negro— 10 de velo 
Dlanco— 10 novicias— 20 criadas. 



Digitized by 



Google 



316 RICARDO PALMA 

Convento de Santa Clara:— 160 de velo negro— 37 de velo 
blanco— 36 novicias— 18 donadas— 130 seglares. 

Convento de Santa Catalina:— 40 de velo negro— 6 de velo 
blanco— 38 seglares. 

Resulta, pues, que de las veinticinco mil mujeres con que, 
según el censo de aquel año, contaba Lima, cerca de dos mil 
vestían hábito, sin incluir las beatas callejeras que también 
lo usaban. 

Gobernar una republiqueta de mujeres era empresa, y gran- 
de. Las aspiraciones eran infinitas, y tenaz la oposición para 
con la abadesa, que no podía satisfacer los inniunerables ca- 
prichos de sus subditas, doblemente caprichosas por ser mujeres 
y monjas, que es otro item más. La anarquía era, pues, plato 
diario en los monasterios. 

La numerosa servidumbre, si bien carecía de voto, era por 
lo mismo tan bullanguera y exaltada como en nuestras demo- 
cracias, aquellos á quienes la ley no concede carta de ciuda- 
danía. Los (jue no tienen derecho á votar, han sido, son y 
serán, los que levanten más polvareda. 

Las muchachas dividíanse en bandos, siguiendo cada una el 
de la monja de quien dependía; y terminado el capítulo, las 
del partido vencedor concurrían á los claustros armadas de 
matracas encintadas, marimbas, panderos con cascabeles y otros 
instrumentos, cantando coplas en loor de la monja electa, y 
aun satirizando á la derrotada y á sus secuaces. A esas coplas 
y á esc barullo se dio el nombre de vítores. 

En ese día, . las seglares tenían licencia para salir hasta la 
puerta ó plazuela del convento y alborotar el vecindario con el 
desapacible matraqueo. 

No puede determinarse con fijeza la época en que nacieron 
en Lima los vítores; pero consta que, en el monasterio de las 
bernardas de la Trinidad, se cantaba en 1617: 

i Vítor la madre abadesa, 
modelo de santidad! 
¡Vítor la lega y profesa I 
i Vítor la comunidad! 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 317 

Por real orden de 31 de Diciembre de 1786, comunicada al 
virrey Croix, se prohibieron los vítores en la elección de abadesa ; 
pero maldito el caso qae de la regia prohibición hicieron las 
monjitas de Lima. 

Las coplas de los monasterios son notables por la agudeza 
y sal criolla. Sentimos haber olvidado muchos vítores, muy 
graciosos que, hace ya fecha, oímos recitar á una vieja. 

Sin embargo, no (jueremos dejar en el tintero un par de vi- 
llancicos que en ciertas fiestas se cantaban en los claustros. 

Las clarisas tenían éste: 

Vítor, vítor las llagas 
de nuestro padre San Francisco! 
I una, dos, tres, cuatro y cinco ! 

Y las muchachas contestaban en coro: 

Alegrémonos, alegrémonos, 
porqpie es bien que nos alegremos. 

El de las monjas trinitarias no era menos original. Decía así: 

San Bernardo no come escabeche, 
ni bebe Campeche, 
porque es amigo de la leche. 

A lo que contestaba el coro: 

Al glorioso mamón 
digámosle todas Kyrieleysón. 

De los conventos de monjas pasaron los vítores á los con- 
ventos de frailes. En éstos se albergaba también gran población 
masculina. Abundancia de redondillas y décimas, escritas con 
añil ó almagre, aparecían en las paredes inmediatas á la celda 
del nuevo prelado; y los devotos, cuyo número aumentaba con 
el de la gente de la ciudad que traspasaba los umbrales de la 



Digitized by 



Google 



318 RICARDO PALMA 

|)ortería, formaban laberinto no menor que el de los monas- 
terios en ocasión idéntica. 

, En 1709, el capítulo de los agustinos fué harto borrascoso. 
Disputábanse el triunfo entre fray Alejandro Paz, sevillano, 
y fray Pedro Zavala, vizcaíno. Tal fué el cúmulo de incidentes 
que la real Audiencia, viendo que después de muchas horas 
de estar reunidos los padres en la sala capitular no ponían 
término al acto, resolvió, á media noche, trasladarse al convento. 
A las dos de la mañana hízose un escrutinio, y entre los que 
esperaban á la puerta, corrió la voz de que el padre Paz había 
salido vencedor. Sus partidarios atronaron el claustro can- 
tando : 

De Sevilla fué el olivo 
primero que vino acá. 
¡Vítor, por Sevilla! ¡Vítor! 
¡Vítor por el padre Paz! 

Uno de los oidores tuvo que salir de la sala capitular para 
hacer que cesase el alboroto. Había resultado empate, é iba á 
repetirse la votación. La muchitanga (juedó en impaciente es- 
pectativa. 

Con el alba las campanas se echaron á vuelo, y los coheles 
y camaretas anunciaron á los vecinos de Lima la derrota del 
padre Paz. Su contrario había triunfado por mayoría de dos 
votos, éxito que fué celebrado con un vítor, ingenioso en verdad, 
pues en él se les vuelve la oración por pasiva á los partidarios 
del sevillano. 

De Vizcaya la muy noble 
nunca vino cosa mala. 
¡Vítor por Vizcaya! ¡Vítor! 
¡Vítor el padre Zavala! 

Como se ve, en estas luchas entraba por mucho el espíritu 
de provincialismo, lo que hemos tenido oportunidad de pro- 
bar en una tradición titulada:— E/ Virrey capiiulero. 

En los primeros años del presente siglo empezó á germinar 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 319 

entre los frailes el sentimiento de la nacionalidad peruana. 
Deducírnoslo del siguiente vítor con que los mercenarios fes- 
tejaron, en 1804, la elección de comendador que recayó en jel 
limefko fray Cipriano Jerónimo Calatayud. 

i Vítor el padre 

Calatayud, 
faro de ciencia, 

sol de virtud! 
¡Vítor el padre 

Calatayud ! 
{Vítor, hermanos, 

por el Perú! 

No hemos encontrado comprobante alguno que garantice 
la autenticidad de lo que vamos á referir; pero es tradición 
popularísima en Lima, y como tal la apuntamos. Algo de verdad 
habrá en el fondo, y sobre todo ai noni é vero e hen tróvalo. 

Diz que los padres cruciferos de San Camilo andaban abu- 
rridos con el prelado que, á mañana y tarde, les hacía servir 
en el refectorio un guisote conocido con el nombre de chanfaina. 
Fama tiene, hoy mismo, la chanfaina de la Buenamuerte. Llegó 
la époco de elecciones, y uno de los aspirantes ganó capítulo 
sólo por haber dicho:— Si triunfo, la chanfaina se quita. A esto 
se refiere el vítor : 

Dios con su próvida mano 
nos remedió en nuestra cuita, 
i Vítor el padre Otiniano, 
que la chanfaina nos quita! 

Y cumplió al pie de la letra su paternidad con el com- 
promiso; pues si el antecesor suministraba la chanfaina con 
caldo, el nuevo prelado eliminó éste, dando por descargo, á 
los que lo reconvenían, que él no había ofrecido suprimir la 
vianda, sino darla aequitay esto es, sin caldo. Y digan que el 
castellano no admite calembourg. 

Las recreaciones 6 fiestas, i)or elección de abadesa, duraban 



Digitized by 



Google 



320 RICARDO PALMA 

ocho días, en los cuáles las devotas representífban eutremesies, 
organizaban cuadrillas ele danzas, quemaban árboles de fue- 
go, y conventos hubo, como el de la Concepción, donde se ca- 
pearon becerros, funcionando las muchachas de toreros. En 
días tales, solían conseguir permiso para visitar los claustros 
algunas damas de la aristocracia, deudas de las monjas y pro- 
tectoras del monasterio. También había puerta Tranca para 
los frailes de cami>anillas. Cuchipanda en regla. 

De igual manera festejaban los frailes el éxito de un capí- 
tulo. A veces la corrida de novillos se efectuaba en la plazuela, 
con gran contentamiento del pueblo. Entonces sacaban, como 
en la procesión del Corpus, á la Gigantilla y los Gigantes, y 
á la famosa Tarasca. No me parece fuera de oportunidad hacer 
la descripción de ésta. 

La Tarasca, según la pinta Monreal, era un monstruo de 
cartón, símbolo del demonio Leviathán, con lal artificio dispues- 
to, que alargaba de improviso él ensortijado cuello y les quitaba 
el sombrero á las gentes descuidadas, tragándoselo, con no poca 
algazara popular. Caballera en la horripilante serpiente iba 
una figura de mujer, representando á la meretriz de Babilo- 
nia, vestida con lujosas galas y según la última moda. 

Al abrir el monstruo la desmesurada boca solían los mu- 
chachos, desde algunas varas de distancia, arrojar en ella guin- 
das, y según don Diego de Clemencin, en sus notas al Quijote, 
nació de aquí la frase proverbial:— Echar guindas á la Ta- 
rasca. 

La Gigantilla era una muñeca de tarfiaño natural, pero de 
extrema obesidad, que, en la procesión del Corpus, recitaba 
la loa de Lope de Vega que empieza con esta redondilla: 

Padre, ¿no me diréis vos 
aquello blanco qué sea, 
que á mí me parece oblea 
y el cura dice que es Dios? 

En cuanto á los gigantes y papa-huevos ó enanos, excuso 
describirlos, que hartas ocasiones habrán tenido mis lectores 
para verlos y apreciar la exactitud de aquel refrán limeflo que 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 321 

se aplica á los que discurren sobre tema que ignoran:— Este 
habla como los gigantes, por la bragueta; — pues realmente, ese era 
el sitio por donde salía la voz del hombre que iba dentro del 
embeleco de cartón. 

La costumbre de los vítores pasó, en breve, de los claustros 
á la ciudad. Así, cuando se elegía Rector de la Real y Pontificia 
Universidad de San Marcos, elección disputada á veces con ca- 
lor, ó se confería por oposición alguna cátedra, echábanse á 
pasear por las calles con banda de música, quemando cohetes 
y gritando:— /Ví^or el doctor fulano I—grupws de hombres y mu- 
jeres de la hez. Por supuesto, que esta zinguizarra era preparada 
con anticipación por los deudos y amigos del vencedor. Di- 
rigíanse á casa de éste, invadían el patio y corredores, le re- 
citaban loas en chabacanos versos, infamemente declamados, 
y el bochinche se prolongaba hasta media noche. Tenemos á 
la vista é impresas, algunas loas, desnudas de mérito literario, 
y en las que compite el gongorismo más extravagante con 
las más ridiculas y exageradas lisonjas. 

El dueño de casa tiraba plata por alto^ distribuíanse con prp- 
fusión licores, dulces y viandas; y en ocasiones, para solem- 
nizar más los vítores, acudían cuadrillas de payas, gibaros, 
y danzantes. En una palabra, los vítores eran el complemento 
del triunfo. Elección sin vítores, habría sido como sainete sin 
bobo ó sermón sin Agustín. 

Casos hubo, y era natural, en que uno de los contendientes^ 
juzgando segura su victoria, hizo grandes gastos y preparativos 
para que lo vitoreasen, quedándose, como se dice, con los cres- 
pos hechos y sin bailar. 

No era extraño tampoco que grupws de pueblo se detuvie- 
sen en la calle donde habitaba el derrotado, quemando cohe- 
tes, y mortificándolo con vítores á su afortunado rival. 

También al conferirse un grado de doctor, los amigos del 
agraciado lo festejaban con vítores, y aun con corrida de toros. 

Época hubo, y no remota, en que al aspirante á doctorado 
le costaba un ojo de la cara la satisfacción de ceñirse el capelo. 
Más que de ciencia y de suficiencia, tenía necesidad de dinero, 
para obsequiar á cada miembro del claustro lo que se llama- 

21 



Digitized by 



Google 



322 RICARDO PALMA 

ba la propina de ave y confitura. Muy pobre diablo era el que 
salía del apuro con un gasto de mil duretes. Así, cuentan 
que un Rector de la Universidad solía decir i—Accipiamus pecunia 
et mitamua asintis in patria sua. 

A propósito de este distintivo universitario, referiremos que 
en 1788, siendo Rector de la Universidad de Lima el conde del 
Portillo, consiguió, por influencia de éste, graduarse de doctor 
el teniente coronel de los reales ejércitos don Jorgje Escobedo, 
hombre de escasos estudios y de más escaso meollo. 

Advierto que este don Jorge Escobedo no debió ser el ca- 
ballero del mismo nombre y apellido que reemplazó á Areche 
como Visitador regio, que fué Intendente de Lima y Oidor de 
su real Audiencia. 

Por lo mismo que muchos miembros del claustro se habían 
opuesto á la concesión del doctoral capelo, el protector y los 
del círculo de don Jorge creyeron conveniente festjejarlo con 
un vítor estrepitoso, llevándolo desde la Universidad hasta su 
casa pisando flores, que cuatro lacayos con librea iban arro- 
jando en el camino. 

La tradición no ha hecho llegar hasta nuestros días los 
loores que se tributaron al novel doctor; pero sí la siguiente 
décima que, impresa, se distribuyó por los del partido de opo- 
sición. 



Si en Roma el emperador 
Calígula, por su mano, 
declaró cónsul romano 
á su caballo andador, 
no se admiren que el Rector, 
por su sola autoridad, 
ultrajando á la ciudad, 
como quien se tira un... 
haya hecho miembro á Escobedo 
de aquesta Universidad. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 323 

Sácase, pues, en limpio, que también había manera de aciba- 
rar los vítores, que amargo dejo debió quedarle á don Jorge 
Escobedo si algún oficioso de esos que, so capa de devoción 
y lealtad abundan siempre, le hizo saborear la cáustíca es- 
pinela. 

Parece que, en el otro siglo, no era moneda tan corriente, 
como hogaño, encaramarse sin merecimiento. Difícil era que una 
sabandija llegase á las alturas. No es esto decir que picaros 
no escalasen elevados puestos, ni qu^ jumentos dejasen d<e 
lucir distinciones reservadas para los hombres de saber; pero 
cuando esto acontecía, y por humildísima que fuese, se levan- 
taba siempre una voz para protestar. 

A esos los bautizó el pueblo con el nombre de doctores del 
tibiqttoquc. 

No recuerdo si leí ó me contaron que un clérigo molondro, 
y á quien el pueblo, aludiendo á que usaba peluquín rubio, 
llamaba el abate Citcaracha^ consiguió á fuerza de trapacerías 
y bajezas, la protección de im virrey, el cual, á pesar de la 
tenaz resistencia del Cabildo eclesiástico, logró, á la larga, que 
su ahijado se calzase una canongía. De misacantano á canónigo, 
¡volar era más que el águila! 

—;í¡ Cuánto ha subido Cucaracha!!!— exclamó escandalizado 
el campanero. 

—Escupa, hijo, esa herejía— le contestó el sacristán.— Diga, 
y dirá bien:— ¡n Cuánto ha bajado la Catedral de Lima!!! 

Y sí esta no es protesta elocuentísima, digo que no entien- 
do de protestas. 

Yo he visto (y no hace treinta mil años) á la republicana 
Universidad de San Marcos, aceptar como moneda de buena 
ley un doctorado manufacturado en Roma, en obsequio de un 
grandísimo camueso que ni siquiera estuvo en Roma. Después 
de esto... ¡nía mar!!! Me explico el consulado del caballo de 
Calígula. 

Tiempos alcanzamos en que los muchachos, al dejar el claus- 
tro materno, lo hacen trayendo sobre la cabeza el capelo doc- 
toral ó sobre los hombros las charreteras de coronel, siqíiiera 
sea de cachimbos. De mí sé decir que si epitafio merezco sobre 
mi losa, ha de ser éste, y no otro: 



Digitized by 



Google 



324 BIGARDO PALMA 

Aquí yace un peruano escribidor 

Que ni fué coronel, ni fué doctor. (1) 

Volviendo á los vítores, y para concluir, diré que hace más 
de treinta años que no están en uso, ni aun entre las monjas. 
Tengo para mí que poca falta hacen, y que en la desaparición 
de ellos han ganado las costumbres y la moral. Hoy, el derro- 
tado en una elección, no se halla tan expuesto, como antes, 
á ser ludibrio de su adversario ó de la muchedumbre incons- 
ciente. Quedar cola ó salir cola era la frase consagrada por el 
vulgacho para expresar que un aspirante había sido vencido ó 
reprobado un colegial en sus exámenes. 

Hogaño, á Dios gracias, podemos arrastrar más cola que 
un pavo real, sin miedo de que nos la pise un zarramplín. 



(1) Probablemente la Universidad de Lima estimó este epitafio como una pretensión, pues á 
poco tuvo la espontaneidad, que agradezco, de obsequinrme con dos doctoraaos: uno de Juris- 
prudencia y otro de letras. ¡Ahítate, glotón! 



Digitized by 



Google 



TAUROMAQUIA 

(apuntes para la historia del toreo) 



Grande fué siempre la afición del pueblo limeño á las fun- 
ciones taurómacas y Lima ha presenciado corridas de aquellas 
que, como generalmente se dice, forman época. Viejos ha cono- 
cido el que estos apuntes acopia, que no sabían hablar sino de 
los toroó que, en la Plaza Mayor, se lidiaron para las fiestas 
reales con que el vecindario solemnizó el advenimiento de 
Carlos IV al trono español, ó la entrada al mando de los virre- 
yes O'Higgins, Aviles, Abascal y Pezuela, que lo que fué La- 
Sema no disfrutó de tal agasajo, pues las cosas políticas anda- 
ban, á la sazón, más que turbias. 

Desde los días del marqués Pizarro, diestrísimo picador y 
muy aficionado á la caza, hubo en Lima gusto por las lidias; 
pero la escasez de ganado las hacía imposibles. 

La primera corrida que presenciaron los limeños fué en 1540, 
hmes 29 de Marzo, segimdo día de Pascua de Resurrección, ce- 



Digitized by 



Google 



326 RICARDO PALMA 

lebrando la consagración de óleos hecha pwr el obispo fray 
Vicente Valverde. La función fué en la Plaza Mayor; principió 
á la una de la tarde, y se lidiaron tres toretes de la ganadería 
de Maranga. Don Francisco Pizarro, á caballo, mató el se- 
gundo toro á rejonazos. 



Desde 1559, el Cabildo destinó cuatro días en el año para 
esta diversión: —Pascua de Reyes, San Juan, Santiago y la Asun- 
ción. El empresario que contrataba las funciones con el Cabildo 
construía tablados y galerías alrededor de la Plaza, sacando 
gran provecho en el alquiler de los asientos. En aquellos tiem- 
pos el mercado público estaba situado en la Plaza Mayor, y en 
los días de corrida se trasladaba á las plazuelas de San Fran- 
cisco, Santa Ana y otras. 



En las fiestas reales, las lidias se hacían con el ceremonial 
siguiente: 

Por la mañana tenía lugar lo que se llamaba encierro del ga- 
nado, y soltaban á la plaza dos ó tres toretes, con las astas 
recortadas. El pueblo se solazaba con ellos, y no pocos aficio- 
nados salían contusos. Esta diversión duraba hasta las diez; 
y el pueblo se retiraba, augurando, por los incidentes del en- 
cierro, el mérito del. ganado que iba á lidiarse. 

A las dos de la tarde salía de Palacio el virrey, con gran 
comitiva de notables, todos en soberbios caballos lujosamente 
enjaezados. Mientras recorría la Plaza, las damas, desde los 
balcones y azoteas, arrojaban flores sobre ellos; y el pueblo, 
que ocupaba andamios en el atrio de la Catedral y portales, 
victoreaba frenéticamente. 

El arzobispo y su cabildo, así como las órdenes religiosas, 
concurrían á la función. 

l-n cuarto de hora después, el virrey ocupaba asiento, bajo 
dosel, en la galería de Palacio, y arrojaba á la plaza la llave 
del toril, gritando: ¡Viva el rey! Recogíala un caballero, á 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 327 

quien anticipadamente se había conferido tal honor, eligién- 
dolo entre los muchos aspirantes, y á media rienda se dirigía 
á la esquina de Judíos, donde estaba situado el toril, cuya puerta 
fingía abrir con la dorada llave. 



* 



Sólo bajo el gobierno de los Pizarro y de los virreyes conde 
de Nieva y segundo marqués de Cañete, se vio en Lima rom- 
per cañas á los caballeros, divididos en dos bandos. 

Después de ellos, fué cuando se Introdujo en la corrida cua- 
drillas de parlampanes, papa-huevos, cofradías de africanos y 
payas. 

No es exacto, como un escritor contemporáneo lo dice, que 
en la corrida que se dio el 3 de Noviembre de 1760, para 
celebrar la exaltación de Carlos III, fué cuando se empezó á 
dar nombre á cada toro é imprimir listines. 

En 1701, fué cuando, por primera vez, se imprimieron cuar- 
tillas de papel con los nombres de los toros y de las ganade^- 
rías 6 haciendas. En esta época, las corridas que no entraban 
en la categoría de fiestas reales, se efectuaban eíi la plaza de 
Otero. 

Como una curiosidad histórica, quiero consignar aquí el 
listín. 



Razón individual de los toros qne, en dos tardes, se han de 
lidiar en esta Plaza Mayor, en obsequio á la augusta procla- 
mación de Su Majestad don Felipe V. nuestro señor. 

Encierro, — Primera mañana. 

El Rompe-ponchos, azaharito, de Oquendo. 
El Zoquete, rabón colorado, de Bujama. 
El Gallareta, overo, de Huando. 



Digitized by 



Google 



I 



328 RICARDO PALMA 

Segunda mañana. 

El Patuleco, barriga blanca, de Casablanca 
El Cara sucia, gateado, de Pasamayo. 
El Potroso, lúciuno, de Contador. 

Tarde primera. 

El Flor de cuenta, capirote, de Palpa. 

El Diafanito, oseo, de Larán. 

El Pichón, blanco, de Gómez. 

El Lagartija, gateado, de Hilarión. 

El Floripondio, barroso, de Chincha. 

El Deseado, alazán tostado, del Naranjal. 

El Chivillo, prieto, de Corral Redondo. 

El Leche migada, de Vilcahuaura. 

El Partero aparejado, blanco y prieto, de Retes. 

El Come gente, overo pintado, de Quipico. 

; Tarde segunda. 

El Rasca moño, blanco, de Lurinchincha. 

El Pucho á la oreja, frazada, de Chancaillo. 

El Saca candela, frontino, de Esquivel. 

El Gato, gateado, del Pacallar. 

El Anteojito, brocato, de Mala. 

El Corre bailando, culimosqueado, de Sayán. 

El Longaniza, prieto desparramado, de Chuquitanta. 

El Diablito cojo, pintado, de Hervay. 

El Sacristán, ajiseco, de Limatambo. 

El Invencible, retinto, de Bujama. 

Parece que, para estas corridas, el Cabildo comprometió 
á cada hacendado de los valles inmediatos á Lima para que ob- 
seqmasen un toro, y natural es suponer que el espíritu de 
competencia los obligaba á enviar lo mejor de su ganadería. 

En los libros en que corren consignadas las descripciones 
de fiestas reales, se encuentran abundantes pormenores sobre 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 329 

las corridas. En mi opinión, el libro de Terralla titulado El 
Sol en el Mec^io día^ escrito en 1790 para las fiestas reales de 
Carlos IV, trae la más curiosa de las pinturas que, hasta en- 
tonces se hubieran escrito sobre corridas de toros^.^ 

Por real cédula de 6 de Octubre de 1798, se mandó que las 
corridas fuesen en lunes, pues la autoridad eclesiástica creía 
que, por celebrarlas en domingo, dejaba mucha jgente de oir 
misa. 



En 1768, don Agustín Hipólito Landáburu, terminó como 
empresario la fábrica de una plaza para las lidias de toros, 
en los terrenos denominados de Hacho y que, andando los 
años, perdieron una letra, convirtiéndose en Acho. 

En la construcción de la plaza empleó tres aflos, é invirtió 
cerca de cien mil pesos, debiendo, después de llenadas ciertas 
cláusulas del contrato, las que especifica Fuentes en su Esta- 
dística de Lima, pasar el edificio á ser propiedad de la Benefi- 
cencia, que desde 1827 lo administra. 

La plaza de Acho ocupa más espacio que el mejor circo 
de España, y puede admitir cómodamente 10,000 espectado- 
res. Es un polígono de 15 lados, con un diámetro que mide 
noventa y cinco varas castellanas. 

Al principio se acordó licencia sólo para ocho corridas al 
año, concesión que lentamente fué adquiriendo elasticidad. Ha- 
bía además una función llamada de encierro^ y con la cual ter- 
minaba la temporada. Los toros que se lidiaban en Ja corrida 
de encierro no eran estoqueados. 

Hasta 1845, las corridas se efectuaban los lunes; de modo 
que, con el pretexto de los toros, disfrutaba el pueblo de dos 
días seguidos de huelga. 

Aunque se estableció el Circo de Acho, no por eso dejaban 
de lidiarse toros en la Plaza Mayor, en las fiestas reales y re- 
cepción de virreyes. La última corrida que se efectuó en (¿se 
lugar fut en obsequio del virrey Pezuela, en 1816. 



Digitized by 



Google 



330 WCAEDO PALMA 

Hasta 1750, en que se puso á la nwÉa ^ea España la es- 
cuela de Ronda, de matar á los toros recibiendo, esto t!s, mmm 
do el diestro bandola y estoque, no hubo en Lima sino rejo- 
neadores para ultimar á los comúpetas. Pocos años después, 
vino la escuela de Sevilla, en oposición á la de Ronda, con 
las estocadas á volapié y la invención de las banderillas. Los 
progresos del arte, en la metrópoli, llegaban pronto á la co- 
lonia. 



En 1770 empezaron á aparecer los listines con una octava 
ó un par de décimas. La cuadrilla, en ese año, la formaban 
como matadores Manuel Romero el jerezano, y Antonio López 
de Medina Sidonia; José Padilla, Faustino Estacio, José Ra- 
món y Prudencio Rosales, como rejoneadores ó picadores de 
vara corta; y como capeadores y banderilleros José Lagos, 
Toribio Mújica, Alejo Pacheco y Bemardino Landáburu. Ha- 
bía además cacheteros, dos garrocheros y doce parlampancs. 

Los parlampanes eran unos pobres diablos que se presen- 
taban vestidos de mojiganga. Uno de ellos llamábase doña Ma- 
ría, otro el Monigote, y los restantes tenían nombres que no re- 
cordamos. 

Había también seis indios llamados mojarreroa, que salían al 
circo casi siempre beodos y que, armados de rejoncillos ó moha- 
rras, punzaban al toro hasta matarlo. 

Los garrocheros eran los encargados de azuzar al toro arro- 
jando desde alguna distancia jaras y flechas que iban á cla- 
varse en los costados del animal. 

La bárbara suerte de la lanzada consistía en colocarse un 
hombre frente al toril con una gruesa lanza que apoyaba en 
una tabla. El bicho se precipitaba ciego sobre la lanza, y caía 
traspasado; pero casos hubo, pues para esta suerte se elegía 
un toro bravo y limpio, en que el animal, burlándose de la 
lanza, acometió al hombre indefenso y le dio muerte. 



Digitized by 



Google 



3nS ULTIMAS TRADICIONES 331 



Fué en 1785 cuando empezó á ponerse en boga la galana 
suerte de capear á caballo, desconocida entonces aún en Es- 
paña, y en la que fué tan eximio el marqués de Valle Umbroso, 
don Pedro Zavala, autor de un libro que se publicó en Madrid 
por los años de 1831, con el título .—Escuela de caballería, con- 
forme á la práctica observada en Lima. — El capeo á caballo, dice 
el señor de Mendibnru, no se hizo al principio por toreros 
pagados, sino por individuos que tenían afición á ese ejerci- 
cio; y aun las personas de clase no se desdeñaban de ir á 
buscar lances que los acreditasen de jinetes y de valientes. 
Sólo desde fines del siglo pasado los capeadores de á caballo 
fueron asalariados. 

Los matadores y banderilleros españoles de esa época eran 
Alonso Jurado, Miguel Utrilla, Juan Venegas, Norberto En- 
calada y José Lagos (a) Barreta. 



Los mejores capeadores de á caballo que han entrado al re- 
dondel de Lima, fueron Casimiro Cajapaico, Juana Breña (mu- 
lata) y Esteban An-edondo. 

En elogio de Casimiro Cajapaico, dice el marqués de Valle 
Umbroso en su ya citado libro:— -Era muy jinete, y el mejor 
enfrenador que he conocido: siempre que lo veía á caballo me daban 
ganas de levantarle estatua. Después de esto de la estatua, no 
hay más que añadir: apaga, y vamonos. 

El 22 de Abril de 1792 se dio en Acho una corrida á bene- 
ficio de las benditas almas del Purgatorio. No lo tomen ustedes 
á risa, que allí está el listín. 

Cogido por un toro el banderillero español José Alvarez 
fué á hacer compañía á las beneficiadas, que no tuvieron poder 
bastante para librarlo de las astas de un berrendo de Bujama. 



Digitized by 



Google 



332 RICARDO PALMA 



Alejo Quintín, á quien el pueblo conocía con el apodo de 
Pollollo tenía setenta y cuatro años y usaba antiparras. Era 
picador de vara corta ó rejoneador, como el Santiago Pereira 
de nuestros tiempos. En 1805 figuraba todavía en primera lí- 
nea, como lo prueban estos versos de un listín de ese año: 

No falten los guapos; 
pongan atención, 
que esta vez Pollollo 
vibrará el rejón. 
Mariquita mía, 
vamos de mañana, 
que Quintín Pollollo 
sale á la campaña. 
Pollollo no es viejo, 
que es un jovencico 
á quien faltan muelas 
y le sobra pico. 

Murió en su oficio, por consecuencia de golpes que le dio 
un toro, en 1807. 



La lucha de un oso con un toro no es, como se ha querido 
sostener, novedad de nuestros días. 

El 9 de Febrero de 1807 se efectuó por primera vez éste com- 
bate en el circo de Acho. 



Cuando un torero desobedecía al juez ó faltaba en algo al 
público, se le penaba arrestándolo en el templador durante 
el tiempo que aun hubiera lidia. Sólo por falta muy grave se 
le enviaba á la cárcel. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 333 

Menos tolerancia había con los cómicos, pues original existe 
en la Biblioteca de Lima la causa seguida en 1810 contra Luisa 
Valverdc (alias la Ytica) natural de Piura, y de veinte años de 
edad, moza de mucho trueno que desempeñaba papeles s,je- 
cundarios. Copiamos de esa causa este auto:— «Póngase presa 
»en el cuarto de reclusión del teatro de comedias á Luisa Val- 
» verde, la cual sólo saldrá para desempeñar sus papeles en 
»la escena; y entregúese la llave de dicho cuarto á los asentis- 
»tas para que la confíen únicamente al portero encargado de 
» suministrarla la comida que la lleven de su casa.»— Rubrica 
este auto el marqués de San Juan Nepomuceno, regente d|e 
la Real Audiencia. 

Consta, pues, q[ue para la gente de bastidores había hasta 
cárcel especial, de la que se les sacaba en la noche durantie 
las horas de representación escénica. A los toreros no se les 
sacaba de la cárcel para que fuesen á divertir al público. 



Hasta 1860 era costumbre, en Acho, que antes del paseo de 
la cuadrilla, saliese una compañía de soldados con un escri- 
bano que, en dos sitios del redondel, daba lectura al bando 
en que la autoridad imponía penas á los que promoviesen des- 
órdenes durante la Udia. El escribano recibía cuatro pesos en 
pago de su fatiga y de la rechifla con qae lo acogía el pueblo. 



Desde 1810, los listines de toros empiezan á traer largas 
tiradas de versos, y los sucesos iK)líticos ele la Metrópoli dan 
alimento á la inspiración de nuestros vates. Las listas de esas 
épocas traen, por encabezamiento. Viva Fernando FZ/, y con- 
tienen versos contra Napoleón y los franceses. 

He aquí una muestra de ellos: 



Digitized by 



Google 



334 BIGARDO PALMA 



£1 toro maestro 



Hoy, á toda fortuna preparado, 
saldrás feroz al coso y ¡ojo alerta! 
que al enemigo osado 
acompaña cuadrilla muy experta. 
Antes de entrar medita reposado 
en que te invaden para muerte cierta, 
y pues todos conspiran á engaflarte, 
mira en cada torero un Bonaparte. 

Confiado en su suerte 
solicita el tirano darte muerte. 
El, presumido, astuto, 
quiere de tu ignorancia sacar fruto 
y, en creerte salvaje, 
añade á la agresión mayor ultraje. 
Dile:— ¡Tirano ingrato! 
¿piensas lograr un triunfo tan barato? 
¿crees que el toro de España 
no es capaz de buscarte en la campaña? 
Ponte, ponte á mi frente, 
probarás si soy sabio y soy valiente. 
De ese modo, engañado 
y engañando, los toros has sacado 
de las verdes dehesas 
donde el veneno entró de tus jM'omesas. 
No ya, pérfido, en vano 
te empeñas tanto contra el toro hispano 
que, venciendo á Morfeo, 
despierta para hacerte su trofeo. 
Si has leído la historia 
de Nimianda y Sagunto, la memoria 
imprime en tu vil pecho 
la opinión, la justicia y el derecho, 
con que á todo viviente 
natura lo conserva, y libremente 
lo conduce al empeño 



Digitized by 



Google 



i 



MIS Cltimas tradiciones 335 

de defender aquello de que es dueño. 

Si político fueras, 

con el toro español no te metieras; 

pero infame, ambicioso, 

pudiendo ser amado, y con reposo 

recordando tu infancia, 

disfrutar el honor que te dio Francia, 

te metes á torero 

y saqueando rediles, bandolero, 

sangriento, abominable, 

á los pueblos te tomas detestable. 

Hasta hoy de Meroveo, 

de Cario Magno y grande Clodoveo, 

y de otros justos reyes, 

que dieron á la Galia santas leyes, 

el tiempo majestuoso 

conserva la memoria y fin dichoso. 

Pero tú, fementido, 

echando sus virtudes al olvido, 

profanas el sagrado 

de aquellos reyes, tu mejor dechado, 

y al pueblo esclarecido 

que con gendarmes tienes oprimido, 

la libertad amada, 

por tus bajas intrigas usurpada, 

hollará el despotismo; 

y llevándote de uno en otro abismo, 

cual im vil toricida, 

entre mis cuernos perderás la vida. 

Dudamos que en la misma España se hubieran prodigado 
más dicterios al invasor. Decididamente, en América pecamos 
por exagerados. 



Hablemos de los renombrados toros de la Concordia. 
Para poner dique ó retardar siquiera la tormenta revolu- 



Digitized by 



Google 



336 RICARDO PALMA 

cionaria, el virrey Abascal organizó en Lima un regimiento- 
compuesto de lo más distinguido entre la juventud criolla y 
españoles acaudalados. Llamóse regimiento de la Concordia, 
y tenía por coronel al virrey. 

Anualmente, desde 1812 hasta 1815, daba el regimiento una 
corrida, en la que los toros salían con enjalmas cubiertas de 
monedas de oro y plata. Criollos y i>eninsulares competían en 
esplendidez. 

Entonces se vio que una compañía de soldados entrase al 
circo á hacer las evoluciones militares conocidas, sólo desde 
1812, con el nombre de despejo. 

Desde los primeros toros de la Concordia hubo cuadrilla 
peruana. En la española figuraban el picador Francisco Domín- 
guez, el matador Esteban Corujo y los banderilleros, que más 
tarde fueron también de espada, José Cantoral y Vicente Ti- 
rado. En la cuadrilla del país, los más notables eran Casimiro 
Cajapaico, el famoso capeador, Juana Breña y José Morel; el 
puntillero José Beque, negro á quien sacaban de la cárcel para 
cada función, Lorenzo Pizí, un tal Muchos pañuelos y el espada 
Pedro Villanueva. 

Estos matadores eran eclécticos; pues así se ceñían á las 
reglas de la escuela de Ronda, como á las de la escuela de 
Sevilla. Estoqueaban á la criolla; es decir, como el diablo que- 
ría ayudarlos. Para ellos, cerviguillo ó rabo, todo era toro. 

Sobre todos ellos dice cosas muy graciosas el poeta don 
Manuel Segura, en su comedia El sargento Canuto. 

A la cuadrilla española pertenecía también el diestro ban- 
derillero Juan Franco, quien, en 1818, murió en Acho, cogido 
por un toro mientras conversaba descuidado con su querida,, 
que estaba en uno de los cuartos próximos á la barrera. 



El picador ó rejoneador Francisco Domínguez era una nota-^ 
bilidad como Cajapaico. Cuando San Martín estableció su cuar- 
tel general en Huaura, salió de Lima Domínguez con el com- 
promiso de asesinarlo. Descubierto el plan, y confesado el 
propósito por Domínguez, San Martín lo puso en libertad. 



Digitized by 



Google 



MIS ÚLTIMAS TRADICIONES 337 

Curioso es consignar que los toreros de esa época eran 
hombres dados á la política. Así figuraba Esteban Corujo como 
denunciante de una revolución en tiempos de Abascal. 

En la corrida que dio el regimiento de la Concordia, en 1812, 
se lidió un toro llamado el Misántropo^ que debía once muertes. 
Encontrósele en el monte, sin hierro ó marca de dueño, y 
acostumbraba salir al camino y embestir á los pasajeros. Con- 
siguieron traerlo al encierro en medio de bueyes mansos. En 
la lidia hirió el caballo al picador Domínguez, mató al chulo 
Guillermo Casasola y estropeó al espada Cecilio Ramírez. En 
las suertes de capa, lució con él admirablemente Casimiro Ca- 
japaico. No murió este toro en el redondel, sino en el corral, 
por consecuencia de las heridas. 

Las otras corridas "de la Concordia no excedieron en lujo 
á la del año 12, ni ofrecen circimstancia particular. Pasemos 
á la última, que se dio en 10 de Abril de 1815; empezando por 
copiar del listín estas fáciles seguidillas: 



Cantoral y Corujo 
llevan á emi>eño 
hacer hoy con los toros 
un escarmiento; 
lo que no es chanza, 
porque estos caballeros' 
son de palabra. 

Una vieja maldita 
me ha asegurado 
que, en su tiempo, los toros 
eran muy bravos; 
pero, al presente, 
dice que hasta los hombres 
son lilas placientes. 

22 



Digitized by 



Google 



338 KICARDO PALMA 

La compañía de granaderos del regimiento Concordia, que 
fué la nombrada para el desi>ejo, se embarulló en una de las 
evoluciones. El capitán recon\ino con aspereza á uno de los 
oiíciaks, y la tropa se insubordinó. Agregan que hubo gritos 
de ¡viva la patria! El despejo concluyó como el rosario de la 
aurora. 

Restablecido con gran trabajo el orden, principió la corrida. 
Algunos patriotas se habían introducido en el corral, y para 
deslucir la función, cegaron con ceniza á los dos primeros 
toros. Ello es que sobre todos estos incidentes se levantó su- 
maria, y aun se hicieron prisiones. 

El cuarto toro llamábase el Abatido Pumacagua^ aludiendo al 
desgraciado fin de este caudillo patriota. Recibiólo Juana Bre- 
ña, montada en im diestro alazán y fimiando un gran cigarro, 
y le sacó nueve suertes de capa, contradiciendo prácticamente 
la opinión del marqués de Valle Umbroso, que en su libro 
dice: — Difícil es que las suertes pasen de 9iete; 'pues es raro el 
toro que las da, y más raro el caballo que las reéiste. — El entusiasmo 
del público fué tanto, que no hubo quien no arrojase dinero 
á la vaUente cai>eadora, á la que el virrey Abascal obsequió 
con seis onzas de oro. Juana Breña recogió esa tarde más de 
mil pesos, según afirma un periodiquín de la época. 



Desde 1816 á 1820, los hacendados de Cañete dieron mu- 
chas corridas en comi>etencia con los de Chancay, sin que 
podamos saber á cuál de los dos valles cupo la gloria de exhi- 
bir mejor ganado. 

Los listines de esta época no contienen sino injurias contra 
los patriotas, y en el circo se ponían figurones representan- 
do al Porteño (San Martín) y á Cluecón (lord Cochr.ine) para 
que fuesen destrozados por los toros. 



Ya en 1816, poetas de reputación, como el frauciscano Chue- 
cas y los clérigos Larriva y Elchegaray, no desdeñaron escri- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 339 

bir en listines de toros, como lo han hecho, en tiempos de 
la república, Pardo, Segura, Juan Vicente Camacho, su herma- 
no Simón y otros muchos distinguidos alumnos de las musas. 
Listines conocemos de indisputable mérito literario, salpicados 
de chiste y agudeza epigramática. 

En cuanto á las revistas de toros ó descripciones en que cam- 
pea un salado tecnicismo, sólo después de 1850 empezaron á 
aparecer en los diarios de Lima. Algunas he leído dignas de la 
pluma de Ábetiamar y de los revistadores andaluces y madrile- 
ños. Hasta yo, sin entenderlo poco ni mucho, he escrito varias, 
por compromiso. ¡Así han salido las pobrecitas! 



La mayor parte de los listines que se imprimieron en los 
últimos años de la dominación española, llevaban esta intro- 
ducción : 



Viva Fernando Vn 

El querer resistir á la ley justa, 
contra el brazo y poder del soberano, 
es empresa sin fruto, intento vano. 



Pongo fin á estos apuntes, que dedico á" quien tenga volun- 
tad, tiempo y humor para utilizarlos, escribiendo la crónica 
taurina de Lima. Yo no he hecho más que hacinar datos, 
para que otro se encargue de ordenarlos y darles forma lite- 
raria. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



GALLISTICA 

APUNTES SOBRE LA LIDIA DE GALLOS 

Después de los datos tauromáquicos deben entrar los ga- 
llísticos Tratándose de espectáculos semibárbaros, el segundo 
es complemento del primero. En el uno peligra la vida del 
hombre, y en el otro la honra y la fortuna. 

El origen de las peleas de gallos es el siguiente:— Tjemís tó- 
eles, en la expedición contra los persas, dijo á los soldados 
de su ejército que peleasen con el esfuerzo d,e los gallos. Ob-^ 
tenido el triunfo por los atenienses, para perpetuar la memoria 
de él, se dictó una ley estableciendo una lucha anual de gallos, 
costumbre que pasó á Roma, donde, á grito de pregonero, se 
convocaba al pueblo con estas palabras: pulli pugruint (hay pe- 
lea de gallos). Hubo suntuosos túmulos para sepultar en ellos 
á los gallos que más se distinguieron en la lucha. De Roma 
pasaron las lidias á los demás pueblos de Europa. 



Digitized by 



Google 



342 RICAKDO PALMA 

Sin que pueda determinarse á punto fijo cuándo tuvo lu- 
gar la primera lidia de gallos en Lima, sábese de cierto que 
medio siglo después de fundada la ciudad era ya general la 
afición; y que en las calles, plazuelas, huertas, y aun en los 
claustros de los conventos había jugadas de á pico y de á navaja. 
Como sucede hoy mismo en los pueblos de la costa, la festivi- 
dad de ciertos santos se celebraba con fuegos de artificio, no- 
villos y gallos, espectáculos que también tenían lugar en la 
elección de prelados ó en conmemoración de sucesos faustos. 

En los tiempos de Amat, era la plebe harto entusiasta por 
las lidias de gallos, y así los artesanos como los sirvientes, 
desatendían sus deberes por jugar gallos en plena calle. Re- 
sultaban de aquí graves pendencias y alarmas para el vecin- 
dario pacífico. 

No atreviéndose el virrey á ponerse en pugna abierta con 
el pueblo, prohibiendo el feroz entretenimiento, sie decidió á 
reglamentarlo; y para ello empezó por aceptar la propuesta 
que hizo don Juan Garial para construir un coliseo en la pla- 
zuela de Santa Catalina y en terreno colindante con la mura- 
lla. La fábrica se concluyó en 1762, y el empresario Garial se 
comprometió á dar anualmente quinientos pesos al Cabildo y 
quinientos al hospital de San Andrés, en compensación del 
privilegio exclusivo que éste tenía sobre la casa de comedias. 



Al principio concedió Amat permiso para que los domingos^ 
días festivos, martes y jueves, pudiese el empresario lidiar ga- 
llos; pero en 1786, y por real cédula que vino de España, se 
hizo extensiva la licencia á los sábados. 

En 1781 pasó el edificio á ser propiedad del Estado, asignán- 
dose al juez del espectáculo el sueldo de quinientos piesos 
al año. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 34S 



En 1804 se trasladó el coliseo ó cancha de gallos á la calle 
del Mármol de Carbajal, en la parroquia de San Marcelo, edi- 
ficio que conocimos en pie hasta 1868, en que fué demolido 
pasando á ser propiedad de un particular (jue, sobre el terreno 
donde corriera la sangre de innumerables víctimas de la na- 
vaja, construyó una espléndida casa. 



Proclamada la Independencia, el ministro Monteagudo, por 
decreto de 16 de Febrero de 1822, abolió el juego de gallos. 
El coliseo permaneció cerrado hasta pocos meses después de 
la batalla de Ayacucho, en que los colombianos, que eran 
tan aficionados como los limeños á la lucha de animales de 
pluma, pasaron por encima de la prohibición. Poco después, 
el Consejo de Gobierno restableció las lidias, destinando el 
producto del remate para sostenimiento del Seminario. 

Continuó funcionando la casa de gallos hasta el 9 de Febre- 
ro de 1832. El Ministro de Gobierno don Manuel Lorenzo 
Vidaurre pasó en esa fecha un oficio al Prefecto de Lima, en 
el que dice: que no podía tolerarse que el producto de una 
casa de inmoralidad, patrocinadora del ocio y del fraude, se 



Digitized by 



Google 



344 



RICARDO PALMA 



aplicase al Seminario de Santo Toribio, dándose por sustento 
á una escuela de virtud el pan producido por el vicio. 

Vino la guerra civil, y con ella bastó una disposición pre- 
fectural para convertir en letra muerta el decreto supremo, 
hasta que, bajo la administración del presidente coronel Balta, 
se eliminó de la central calle del Mármol de Carbajal ese foco 
de corrupción. 



Fuentes, en su Estadística de Lima^ publicada en 1858, trae 
la siguiente descripción: 

La cancha ó lugar de la lucha, es perfectamente circular, 
y tiene de circimferencia cuarenta y dos y media varas. Los 
asientos, colocados alrededor, forman nueve gradas que pue- 
den alcanzar para ochocientas personas. Tiene doce palcos ba- 
jos y treinta y uno altos, además de la galería del juez. La 
entrada vale dos reales por persona. Hay doscientas ocho ga- 
lleras, que son unos pequeños cuartos sin puertas, separados 
unos de otros por quinchas de caña. El juez recibe una grati- 
ficación (cuatro pesos*) todas las tardes de lidia. Las jugadas 
se hacen, en la actualidad, casi todos los días. Concurren á 
ellas, por término medio, cuatrocientas sesenta personas; y 
á las de mucho interés, hasta mil doscientas, que son las que 
ía casa puede contener. El número medio de corredores els üe 
quince. El dinero que, según datos fidedignos se atraviesa en 
todo el año, entre caja y apuestas, asciende á noventa y ocho 
mil pesos, no incluyéndose las jugadas extraordinarias, en las 
cuales toman parte personas de alta posición social, y en las 
que han solido apostarse hasta veinte mil pesos en una tarde. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 345 



El gallero es un tipo digno de estudio. 

Dejando aparte á los aficionados, cuya fortuna les permi- 
tía criar gallos en cómodas casillas ó galleras, y destinar dos 
ó más criados para que los cuidasen, exhibamos sólo al gallero 
del pueblo bajo. 

No había en Lima rapista ó maestro de obra prima que 
no fuese insigne gallero. Tras de la puerta de la barbería ó 
al pi6 de la mesita de trabajo, y entre el cerote, las hormas 
y el tirapié, estaba amarrado el malatobo, el ajiseco^ el cenizo 6 
el cazili. 

Cuidábanlo como á la niña del ojo, y bien podía faltarles 
el pan para su familia antes que el maíz para su engreído. 

Una mañana el zapatero apK)caba la pinta ó el espolón del 
gallo de su vecino el barbero. Picábase éste, y quedaba amarrada 
¡>elea para ima semana después. Desde ese instante se daba 
otra alimentación al animal y se le medía el agua.— -Ciencia 
se, necesita para preparar im gallo, y cada aficionado tenía 
su método especial, fruto de la experiencia. 

El día señalado para la lidia apenas si se dejaba probar bo- 
cado al animalito, porque recelaban que, con el buche lleno 
anduviese pesado en su vuelo y movimientos. Aquel día no 
cesaba el dueño de acariciar á su dije. 

Por la tarde envolvíase el zapatero en la mugrienta capa y, 
llevando bajo sus pliegues escondido al gallo, dirigíase al reñi- 
dero, acompañado de sus amigos que, habiendo conocido al ani- 
mal desde pollo y vístolo topar, no daban por medio menos su 
victoria sobre el lechuza del barbero. 

Tal vez de aquí nació el preguntar, en Lima, á todos los 
que llevan un bulto bajo la capa:— Amigo, ¿se vende el gallo? 



Digitized by 



Google 



346 RICARDO PALMA 

Acontecía que el lechuza hacía picadillo al aguilucho. Los 
perdidos se volvían cariacontecidos, llevando el dueño, bajo 
la capa, se entiende, el cuerpo del difunto que, con arroz y 
pimientos, hallaba al otro día sepultura digna en el estómago 
del zapatero y de sus camaradas. 

Así el triunfo, como la derrota, eran pretexto para empinar 
el codo. El vencido encontraba siempre manera de defended- 
al muerto, culpando al que amarró la navaja ó á un tropezón 
con la tapia del circo.— De puro bueno perdió mi gallo; porque, 
si el contrario no se rebaja á tiempo, le habría clavado la na- 
vaja hasta el sursum corda. 

Jamas convenía el f>erdidoso en que su gallo hubiera sido ven- 
cido en buena ley, ó en que era chusco y cobardón. 

Los corredores de gallos (dice otro escritor) tienen signos 
convencionales para entenderse desde lejos. Son los siguientes: 

El restregar cuatro dedos de una mano con el pulgar de 
la otra, signifíca que se da diez contra ocho.— Juntar los índi- 
ces quiere decir f>elo á pelo ó sin ventaja.— La mano puesta so- 
bre el hombro equivale á dar diez contra seis.— Hacer un sig- 
no en la frente, como dividiéndola, es dar diez contra cinco. 
—Y por fin, echar un corte de manga, significáMIiez contra 
siete. 

Esto de contratar por señas convencionales, nos recuerda 
á las meretrices de Grecia, á las que el galán solicitaba alzando 
el dedo índice, y la hembra contestaba formando un anillo 
con los dedos pulgar y anular. No había para qué gastar, pa- 
labras. 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 347 



Pocos juegos se han prestado á trampas más que el de 
gallos. Para explotar á los incautos, echaban á la arena im 
animal rozagante contra otro de enclenque aspecto. Las apues- 
tas en favor del primero eran, por supuesto, numerosas, y 
tenías(*^ por gran torpeza arriesgar un centavo en pro de su 
rival. Pero, ¡oh maravilla! El gallazo, ó no hacía golilla, ó 
cacareaba y corría, ó se dejaba matar por su contrario el gallito 
tísico. 

Los que estaban en autos sabían que al rozagante, ó lo ha- 
bían emborrachado con sopas en vino, ó puéstole un pedacito de 
plomo en la cola para embarazarle el vuelo, ó apretádole las 
entrañas el careador, ó hecho con el infeliz alguna otra dia- 
blura. 

Gallo hubo reputado por invencible y que contaba por do- 
cenas las victorias. ¡Era un diablo el animal! A la postre, 
una tarde se descubrió la trampa: era gallo blindado como los 
buques de guerra. Su dueño lo armaba con coracita de hoja de 
lata, ingeniosamente dispuesta, y contra la que era impotente la 
navaja. 

«Las personas encargadas de preparar los animales para 
»la lucha (dice Fuentes); las que con el nombre de corredores 
»se ocupan en arreglar las apuestas; y todos cuantos tienen 
^interés ó participación en las jugadas, cometen hechos de la 
»más demostrada inmoralidad y del más declarado robo, ter- 
» minando casi siempre cada pelea con una algazara en la que, 
»no pocas veces, se oyen insultos á la autoridad que preside 
»el espectáculo. Las cuestiones sobre equívoca victoria de un 



Digitized by 



Google 



348 RICARDO PALMA 

í gallo se dirimen por careo ó por dictamen, frecuentemente 
parcial, de los peritos nombrados ad hoc». 

Eso de amarrar la navaja, requiere ciencia, y más que todo, 
probidad. Los amarradores^ sujetos á quienes el pueblo bautiza 
con algún apodo, son propensos á dejarse cohechar. 



Así como la víspera de una corrida de toros y con acom- 
pañamiento de banda de música popular, se hacía por las ca- 
lles de Lima el paseo de enjalmas, así cuando se trataba de 
alguna jugada de importancia recorrían la capital dos negros 
tocando una chirimía y un tambor, seguidos de un muchacho 
que cargaba una jaula con un gallo. 

Tal era el convite de lujo, salvo casos en que circularon 
invitaciones impresas. 



Si los toros han tenido y tienen su literatura especial— los 
listines y las descripciones en que los gacetilleros de los pe- 
riódicos agotan el tecnicismo tauromáquico,— las lidias gallís- 
ticas no habían alcanzado á tanto hasta 1874, en que se estrenó 
el actual circo de Malambito ó portada del Callao. Verdad es 
que el general don Ignacio de Escandón, en 1762, escribió 
y publicó en Lima un folletito de ocho páginas, á dos colun^- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 349 

ñas, con un largo y pesado romance octosílabo, celebrando 
las lidias de gallos y la erección del circo que autorizó el virrey 
Amat. Titulábase ese engendro monstruoso Época Galicana^ egh-a 
Galilea, 

Alguien que yo me sé, intentó crear la revista gallística en 
la prensa; pero, afortimadamente para las letras peruanas, no 
halló eco su propósito y tuvo que guardar la pluma. 

Sin embargo, y para satisfacer curiosidades exigentes, ahí 
va una descripción mía de la lidia gallística del domingo 15 
de Septiembre de 1874. Conste que no reincidí en el pecado. 



A eso de las 3 y 20 salió el Volantuzo á revolver la arena con un pinto, 
que se encontró con un carmelo de regular alcance y de mejor l&mina. Ade- 
rezados los gallos, con el careo v la navaja, y puestos en el redondel, partió 
con presteza el pinto, bajando el cuarto al carmelo, que no quiso darse por 
vencido ha»ta que una nueva acometida del contrario, que era de mucho re* 
gistro, le quitó el habla. 

Después de la chueca principió la jugada. Era ésta de cincuonta y doscien- 
tos. Llevaba la voz y la campana el señor X y los contendientes que 

eran los señores U . . . . y N . . . . eran los mismos que amarraban. Con» 
¡untititi*, k la derecha, y Chuchumeco, k la izquierda, estaban k la puesta y 
k la levantada, y á los careos. 

Soltó el segundo un ají $eco prieto, cabeza rota, juntón, contra un a/i-seco 
claro, cola blanca, de más alcance, pues era de plaza, pero de menos vuelo 
que su adversario. Hecha la apuesta, avanzó el prieto y, zafando con malicia 
de la acometida en vuelo del cola blanca, levantóse más V, en el aire, : irió 
k éste. Luego contestó el cola blanca; pero un tiro de suelo, de oportunidad y 
mucho brío del prieto, y dos prendidas, le dieron el triunfo. Duró la pelea 
un minuto y dieciséis segundos. 

Conjuntioitts se presentó con un aj i-seco, machetón, de tamaño regular, 
contra otro idemiaem, de más alcance. Al partir en vuelo el machetón se 
hizo atrás el contrario; pero, á su vez, al bajar, pudo herirlo. Después de una 
cita algo prolongada, subieron ambos; y superitando el último, por ser de 
más ala, venció al contrario que, con tres sacudidas, besó á su madre. Duró 
un minuto y diecinueve segundos. 

Se sacó en tercera un malatobo, pata amarilla, contra un aji-seco, ala 
blanca, golilla anaranjada y de más cuartilla. Partir el pata amarilla y aga- 
rrarse á la mecha con el machetón, todo fué uno. Era el último un galio muy 



Digitized by 



Google 



350 RICARDO PALMA 

frío; pues, habiendo salido mejor librado del ataq^ue, se puso á dar vueltas sin 
querer definir. Dos careos sucesivos hicieron salir al pata amarilla llorando 
k buscar piedra. Duró un minuto y cincuenta segundos. 

Un ceniso, pata prieta, guaragüero y cu^tralvo, de C/mc/iumeco,ae encon- 
tró con un ají seco, crespo, de más alcance y m^ grande. A la partida falsa 
de este último se citaron los gallos, y remontándobe el que partió venció á su 
adversario en un solo tiro. Duró once segundos. El vencedor fué amarrado 
por Conjuníieitis. 

Un carmeltto, de porte regular, se las hubo con un ají-seco, zanqui-largo, 
que amarró también Conjuntioiiis. Partió este último con tres ataques de 
tanta sustancia, movimiento y prontitud, que hubieran hecho añicos á otro 
gallo que no hubiese sido el carmeltto, el que, sorteando sobre la cola, lla- 
móse a defensa y pudo escapar; y luego, citando un momento, dióle el car- 
meló un navajazo tan terrible al ajt'seco que éste se desparramó. Nos entre- 
tuvimos cincuenta y cuatro segundos. 

Se careó en seguida un papujoy cenizo, cola blanca con un a/i-seco, prieto, 
ñaco, juntón y desplumado, de Chuchumeco, Avanzó el primero, y arran- 
cando el segundo en vuelo, le quitó el cuarto 9\ papujo que quedó sin poder 
hacer. El prieto era picador; pero se levantaba en el aire sin saber definir, 
por lo que duro la pelea un minuto doce segundos, y fué necesario dar un 
careo. 

Un aji'neco^ pata blanca, de última, se topó con un jiro, plateado, de Con- 
junticítu. El ají seco se presentó distraído y parecía no estar preparado. 
Súpolo esto el jiro y se lanzó con tres tiros, logrando solo el último. Cogido á 
su vez sufrió una cernida que hizo esperar & todos el triunfo del ají-seco; 
pero no fué así, pues reponiéndose el jiro, que estaba enteróte, pasó sobre el 
enemigo varias veces, moviéndole las costillas y haciéndolo bajar el pico. 
Duró minuto y medio. 

Terminada la jugada que ganó H .... caja, cuarta parte y mejoras, y 
que por un tris no fué capote, empezaron las chuscas. 

Apareció un cenizo de alcance, enjuto y barrillón, con un Carmelo de me- 
jor estampa. Puestos en la arena, partió éste en vuelo contra el cenizo, que 
yo no sé cómo pudo evitar una acometida de tanto movimiento y fondo. Re- 
petido el mismo atac^ue, al verse superitado en el aire, se ladea el cenizo y, 
paralelo al suelo, riiere en su tiro al adversario. Elévanse de nuevo, cambia 
otra vez el cenizo, porque á subir no puede con el carmelo y, deteniéndose 
un momento, aprovecha del descanso del otro para mondarle la pata. Des- 
ciende, y un tiro de suelo de una agitación eléctrica, apenas visible, le dio 
una victoria que su malicia nos hace llamar sobresaliente. 

Luego vino un ajíscco, pata prieta, con otro más chico, cazili, pata ama- 
rilla. El triunfo estaba por este último, ^ue era de más ejecución; pero una 
sacudida, oportuna y feliz, dio la victoria al otro. Conjnniicitis, en los careos 
del primero, que ya estaba muerto, quiso hacer de las suyas. Que la autoridad 
abra el ojo. 

A un ají-seco, papujo, lo partió un pinto, en vuelo, y le vació el alma en 
cinco segundos. 

Salió luego un cazilí, mosqueado, zanqui-tuerto. con un cenizo cola blan- 
ca, que le hirió al partir. Cogiéronse á la mecha y apartados. Dióle tres bati- 
das en el lomo el primero al segundo. Calmada la rabia, fué menester tres 
pruebas; pero el cenizo dijo que tenía que hacer, y se despidió cacareando. 

Un barbitas, pata amarilla, se careó con un golilla-naranja, pata prieta, 
de tan buena estampa aue hizo dar plata á siete. ¡Vaya un animal bien lami- 
nado! Un tiro en vuelo y dos batidas endemoniadas, dieron en tierra con 
el barbitas. 

Cerró la tarde un aji-aeco, que, por más que lo buscaba, no había encon- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 351 

trado desde algún tiempo rival que le bajase el penacho. Echáronle de tapa- 
da un Jiro, aplomado, recio de cuadriles. La bondad del primero no le bastó 
para vencer; pues, habiéndosele torcido la navaja, le mató el contrario. Mu- 
cho se murmuró por este incidente contra Chuchumeco, y dicen que si hubo 
intención ó no hubo intención en amarrar mal la navaja.' El juez ha prometi- 
do averiguarlo. Lo que resulte lo sabremos .... el día del juicio. 

Resumen: la jugada fué buena y entretenida. El único gallo sobresaliente 
fué el cenizo de la primera chusca. Gallos de esa inteligencia para el quite y 
el ataque, y para aprovechar el único momento posible de triunfo, no se ven 
sino de tarde en tarde: son rara aois. También mencionaremos á su adver- 
sario, que hubiera triunfado á no encontrarse con un pillo de tan asombroso 
metal. 

Aunque la autoridad estuvo sensata, desearíamos que, en adelante, les 
meta la mano á Chuchumeco y á Conjuntimtis. Al público se le ha encajado 
entre ceja y ceja que, como careadores y amarradoros de navaja, no juegan 
limpio, y cuando el río suena, señor juez .... tendrá por qué sonar. 



Por esta revista se habrá el lector formado idea de los co- 
lores y condiciones de los gallos, de los lances de una lucha, y 
de que Conjuntivitis y Chuchumeco^ apK>dos de los amarradores, 
eran dos peines de encargo. Réstanos algo por explicar. 

Cada jugada se componía de siete parejas. Regularmente los 
jefes do los dos partidos interesados apostaban cincuenta pe- 
sos á cada gallo, y depositaban doscientos que corresponde- 
rían al que ganase cuatro j>eleas. 

A veces triimfaba un partido en las siete peleas, y á eso se 
llamaba dar capote. Ganar seis era dar mantilla. 

Coteja se decía por dos gallos de igual peso y tamaño, y que 
antes de salir á la arena habían sido topados por sus dueños. 

Tapadu se llamaba la pelea en que cada dueño escondía su ga- 
llo, dejándolo ver en el instante mismo de amarrar las navajas. 
Las tapadas eran motivo de intriga constante; pues cada inte- 
resado procuraba averiguar las cualidades del gallo preparado 
por el contrario, para proceder con conocimiento. El amigo 
vendía el secreto del amigo. 

Tras de las siete jugadas de interés, que eran las dadas 
por personas de fuste, venían las chu^casy que eran las de la 
plebe, y en las que el gallo del zapatero hacía cecina al del 
barbero. En éstas, la caja no pasaba de doce pesos. 

Aunque el reglamento limitaba la suma de las apuestas, no 
por eso los jugadores estaban impK)sibilitados para arriesgar 
mil pesos en cada gallo. Personaje hubo en Lima qiie en una 



Digitized by 



Google 



352 RICARDO PALMA 

tarde perdió quince mil duros. El hecho es reciente y notorio. (1) 
El tecnicismo gallístico es casi tan rico como el tauromáqui- 
co. A ser yo más entendido en esa^ jerigonza, no dejaría en el 
tintero algo que descifrar querría. Baste, por hoy, con estos 
desaliñados apuntes, que tal vez otro prójimo ampliará al- 
gún día. 



(.1) Ya, en 189P, ninguna peraona que en also se estima concurre al circo; y aun entre el po- 
pulacho va perdiendo terreno la afición ¿ la lidia de gallos. 



Digitized by 



Google 



EL POETA DE LA RIBERA 
DON JUAN DEL VALLE Y CAVIEDES 

En 1859 tuvimos la fortuna de que viniera á nuestro po- 
der un manuscrito de enredada y antigua escritura. Era una 
copia, hecha en 1693, de los versos que, bajo el mordedor 
título de Diente del Parnaso^ escribió, por los años de 1683 á 
1691, un limeño nombrado don Juan del Valle y Caviedes. 

Caviedes fué hijo de un acaudalado comerciante español, 
y hasta la edad de veinte años lo mantuvo el padre á su lado, 
empleándolo en ocupaciones mercantiles. A esa edad, envió- 
lo á España; pero, á los tres años de residencia en la metró- 
poli, regresó el joven á Lima, obligado por el fallecimiento 
del autoi de sus días. 

A los veinticuatro años, se encontró Caviedes poseedor de 
modesta fortuna, y echóse á triunfar y darse vida de calave- 
ra, con gran detrimento de la herencia y no poco de la sa- 
lud. Hasta entonces no se le había ocurrido nunca escribir 

23 



Digitized by 



Google 



354 RICARDO PALMA 

versos; y fué en 1681 cuando vino á darse cuenta de que en 
su cerebro ardía el fuego de la inspiración. 

Convaleciente de una grave enfermedad, fruto de sus ex- 
cesos, resolvió reformar su conducta. Casóse, y con los res- 
tos de su fortuna puso, en una de las covachuelas ó tendu- 
chos vecinos al palacio de los virreyes, lo que, en esos tiem- 
fKXS se llamaba un cajón de ribera^ especie de arca de Noé, 
donde se vendían al menudeo mil baratijas. 

Pocos años después quedó viudo; y el poeta de la Bibera^ 
apodo con que era generalmente conocido, por consolar su 
pena, se dio al abuso de las bebidas alcohólicas que remata- 
ron con él en 1692, antes de cumplir los cuarenta años, como 
él mismo lo presentía en uno de sus más galanos romances. 

Por entonces, era costosísima la impresión de un libro, y 
los versos de Caviedes volaban manuscritos, de mano en ma- 
no, dando justa reputación al poeta. Después de su muerte 
fueron infinitas las copias que se sacaron de los dos libros 
que escribió, titulados Dknte del Famoso y Poesías varias. En 
Lima, además del manuscrito que poseíamos, y que nos fu^ 
sustraído con otros papeles curiosos, hemos visto en biblio- 
tecas particulares tres copias de estas obras; y en Valparaí- 
so, en 1862, tuvimos ocasión de examinar otra, en la colec- 
ción de manuscritos americanos que poseyó el bibliófilo don 
Gregorio Beeche. 

Caviedes ha sido un poeta bien desgraciado. Muchas ve- 
ces hemos encontrado versos suyos en periódicos del Perú 
y del extranjero, anónimos ó suscritos jwr algún pelafustán. 
En vida, fué Cavides víctima de los empíricos; y en muerte, 
vino á serlo de la piratería literaria. Coleccionar hoy sus 
obras es practicar un acto de honrada reivindicación. Al Cé- 
sar lo que es del César. 

El bibliotecario de Lima don Manuel de Odriozola, que tan 
útihnentc sirve á la historia y á la literatura patrias, dando 
á la estampa documentos poco ó nada conocidos, es poseedor 
de una copia de los versos de Caviedes, hecha en 1694. Des- 
graciadamente el manuscrito, amén de lo descolorido de la 
tinta en el transcurso de dos siglos, tiene tan garrafales des- 
cuidos del plumario, que hacen de la lectura de una página 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIOJlíES 355 

tarea más penosa que la de descifrar logogrifos. Sin embar- 
go, á fuerza de empeño y tiempo, haciendo á la vez una nue- 
va copia, hemos conseguido ponerla en condición de poder 
pasar á manos del cajista. (1). 

Habríamos querido corregir también frases, giros poéticos, 
faltas gramaticales, y aun eliminar algo; pero, aparte el temor 
de que un zoilo nos niegue competencia, hemos pensado que 
á un poeta debe juzgársele con sus bellezas y defectos, tal co- 
mo Dios lo hizo, y que hay mucho de pretencioso y algo de 
profanación, en enmendar la plana al que escribió para otro 
siglo y para sociedad distinta. 

Caviedes no se contaminó con las extravagancias y el mal gus- 
to de su época, en que no hubo alumno de Apolo que no 
pagase tributo al gongorismo. 

En la regocijada musa de nuestro compatriota no hay ese 
alambicamiento culteriano, esa manía de lucir erudición in- 
digesta, que afea tanto las producciones de los mejores inge- 
nias del siglo XVII. A Caviedes lo salvarán de hundirse en 
el osario de las vulgaridades, la sencillez y naturalidad de sus 
verbos, y la ninguna pretensión de sentar plaza de sabio. Dé- 
cimas y romances tiene Caviedes tan frescos, tan castizos, que 
parecen escritos en nuestros días. 

A riesgo de que se nos tache de apasionados, vamos á emi- 
tir, en síntesis, nuestro juicio sobre el poeta de la Ribera.— 
En el género festivo y epigramático, no ha producido hasta 
hoy, la América española un poeta que aventaje á Caviedes. 
—Tal es nuestra conciencia literaria. 

Las galanas espinelas á un médico corcobado, á quien lla- 
ma ))iá^ doblado que capa de pobre cuando nueva y 

más torcido que una ley 
cuando no quieren que sirva; 

el sabroso coloquio entre la Muerte y un doctor moribundo; 
el repiqueteado romance á la bella Anarda, y otras muchas 

(1) Bate articulo fué encríto para servir de prólogo ¿ la oolección de poesías de Caviedes. Esta 
se imprimió en Lima, en 1873, y forma el tomo 5.^ de los Documentos IAUrcnrio$ cM Perú oompi- 
laeión notable hecha por Odriozola. En 1898 se reimprimió, como apéndice, en la obra titulada 
Flor de Academias. 



Digitized by 



Google 



356 RICARDO PALMA 

de sus composiciones, no serían desdeñadas por el inmortal vale 
de la sátira contra el matrimonio. 

Réstanos aún, como se dice, el rabo por desollar. Este libro 
escandalizará oídos susceptibles, sublevará estómagos delica- 
dos, y no faltará quien lo califique de desvergonzadamente in- 
moral. Vamos á cuentas. 

Que más que las ideas son nauseabundas y mal sonantes 
las palabras que emplea el poeta en varios de sus roman- 
ces, es punto que no controvertimos; aunque pudiera decirse 
que el tema forzaba al escritor á no andarse con muchos per- 
files ni cultura. ¡Gordo i>ecado es llamar al pan, pan, y al vino, 
vino! Pero en esto no vemos razón para que, por los siglos de 
los siglos, se conserve inédito y sirviendo de pasto á ratones 
y polilla un libro que, dígase lo que se quiera en contrario, 
será siempre tenido en gran estima por los que sabemos apre- 
ciar los quilates del humano ingenio. Si fuera razón atendible 
la de la desnudez de la frase, muchos de los mejores romances 
de Quevedo (y entre ellos el que empieza — Yo el menor padre de 
todos)—} muchas admirables producciones de otros escritores 
antiguos, no habrían alcanzado la gloria de vivir en letras de 
molde 

Pero por delicados y quisquillosos que seamos, en estos tiem- 
pos de oropel y de máscaras; por mucho que pretendamos dis- 
frazar las ideas, haciendo para ellas antifaces de las palabras, 
hay que reconocer que, en la lengua de Castilla, tiene Caviedes 
pocos que lo superen en donaire y travesura. 

Tenemos á la vista los tres tomos con que, en 1872, ha 
iniciado la casa editorial de Rivadeneira, en Madrid, la publi- 
cación de libros raros ó inéditos y, exceptuando el volumen del 
Cancionero de Estúñiga^ los otros dos corren i>arejas, si no ex- 
ceden, en cuanto á 'pulcritud de voces, con el Diente del Farnuso, 
Y téngase muy en cuenta que tal publicación se hace bajo los 
auspicios de la Real Academia Española, cuerpo respetable que, 
en materia de estilo, limpia^ fija y da esplendor. 

El volumen de la Tragicomedia de Lisandro y lloselia, centón 
de picantes y obscenos chistes, es juzgado por don Juan Euge- 
nio Ilartzenbuch; y el de la Lozana Andaluza, historia en que 
se pintan con colores muy verdes y gran desnudez de imáge- 



Digitized by 



Google 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 357 

lies, las escandalosas aventuras de una meretriz, ha merecido 
ser citado con elogio, en la Biblioteca de autores españoles, 
por el culto don Pascual de Gayángos. 

La autoridad, por mil títulos respetable, de estos dos ilus- 
tres académicos, destierra de nuestra alma todo escrúpulo por 
haber descifrado el manuscrito y alentado al señor Odriozola 
para su impresión. Para la gente frivola, será éste un libro 
gracioso, y nada más. Para los hipócritas, un libro repugnante 
y digno de figurar en el índice. Pero para todo hombre de 
letras será la obra de un gran poeta peruano, de un poeta 
que rivaliza, en agudeza y sal epigramática, con el señor de 
la torre de Juan de Abad. 



FIN DE MIS ULTIMAS TRADICIONES PERUANAS 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



QA GBZT'A GBBBi A> 



Digitized by 



Google 



Digitized by VjOOQiC 



w^wmmmmmmwmmmmm^wmwmw^wmmm^m^^^^^mwi^wmwM^ 



PARRAFITO PROEMIAL 



Tratábase de cristianar á un niño, y antes de llevarlo al 
bautisterio, el cura apuntaba, en la sacristía, los datos que 
consignaría más tarde en el libro parroquial. 

—¿Qué nombre le ponemos al chico? 

-—Por mí— contestó el padrino,— póngale usted Tigre. 

— No puede ser— argüyó secamente el párroco. 

—Pues entonces, póngale usted Búfalo ó Rinoceronte. 

— Tampoco puede ser. Esos son nombres de animales y no 
de cristianos. 

—¡No moje, padre! ¿Cómo el Papa se llama León? 

Al hombre de sotana y birretillo no se le ocurrió, por el- 
momento, otra contestación que ésta: 
* —Ya he dicho que no puede ser. Soy camanejo y no cejo. 

—Pues j^o soy de Amedo (1), y no cedo. 

Y el mamón continuó morito. 

Algo parecido me sucede con este libro. Darle por título 
Miscelánea, Variedades, Mesa revuelta^ Pandemónium 6 cualquier otro 
de los ya muy manoseados, cuando un autor selecciona el 
papel que su pluma ha emborronado, me pareció chabacano, 
vulgar, cursi. 

Cuentan que un curioso le preguntó á una vieja quién era 
el padre de su nieto, y que la muy Celestina contestó: 

—No lo sé todavía, porque hace un mes que mi hija le 
está escogiendo padre al muchacho, y aun no se ha decidido 
por ningxmo. 

Para no parecerme á la moza regocijada, convoqué en con- 

(1) Villa de Amedo, hoy Chancay, á coloree leguas de Lima. 



Digitized by 



Google 



362 • RICARDO PALMA 

sejo á tres de mis amigos (viejos muy discretos) j' ellos, des- 
pués de alambicar la consulta, opinaron que el libro se bau- 
tizase con el nombre de Cachivachería, ó sea: conjunto, almá- 
ciga ó reunión de cachivaches. 

Pero aquí fué ella; porque el Diccionario, como el cura 
de marras, nos salió con la enflautada de que aquélla no es 
palabra castellana. 

Los padrinos debieron tener en las venas gotas de sangre 
de Amedo, porque no cejaron ante la autoridad de la- Acade- 
mia, y yo, el padre ó autor, no había de consentir en que 
por tamaña nimiedad quedase mi hijo moro, ó, lo que es lo 
mismo, sin tener la vida del libro los cachivaches con que 
pongo fin, remate y contera á mi liquidación de cuenta lite- 
raria con mi país y con mi siglo. 

R. Palma. 



Digitized by 



Google 



PRIMERA PARTE 



EL CORONEL FRAY BRUNO 

¿Fraile y coronel? 
Líbreme Dios de él. 

Entre los españoles del ejército realista, que sucumbió /en 
la batalla de Ayacucho, eran muy repetidas, y alcanzaron auto- 
ridad de refrán, estas palabras:— ¿.Fraiíc y coronel í TAhreme Dios 
de él. — Voy, pues, á emprender un ligero estudio biográfico del 
personaje que motivó el dicho, apoyándome en noticias que 
contemporáneos suyos me han proporcionado, y en documen- 
tos oficiales que á la vista tengo sobre mi mesa de trabajo. 

I 

Por los años de 1788 nació en el pueblo de Mito, á pocas 
leguas de Jauja, un muchacho, hijo de india y de español, á 
quien inscribieron en el libro parroquial con el nombre de 
Bruno Terreros. 



Digitized by 



Google 



364 RICARDO PALMA 

Despejado era el rapaz, y cobrándole afición uno de los 
religiosos de Ocopa, llevóle al convento hízole vestir la jerga 
de novicio, y cuando lo vio espedito en el latín de Nebrija 
y en la filosofía de Heinecio, enviólo á Lima muy recomendado 
al guardián de San Francisco. 

En breve Bruno Terreros, en cuya moralidad no hubo pero 
que poner, y cuya aplicación era ejemplar, se aprendió de 
coro un tratado de teología dogmática, y en 1810 recibió la or- 
den del subdiaconado. 

Años más tarde, el arzobispo Las-Heras lo nombró coadju- 
tor del curato de Chupaca, y en esa condición se hallaba cuando 
estalló la guerra de Indei>endencia. Fray Bruno se distinguía 
por la austeridad de sus costumbres y por llenar, conforme 
al espíritu del Evangelio, los deberes de su sagrado ministerio. 

Con esto, dicho está que fué muy querido de sus feligreses. 

En la plática dominical, fray Bruno se mostraba más rea- 
lista que el rey, y decía que la revolución americana *era cosa 
de herejes, fracmasones y gente piervertida por la lectura de 
libros excomulgados. Añadía que eso de derechos del hombre, 
y de patria y libertad, era pampiroladas sin pies ni cabeza; y 
que pues el rey nació para mandar y la grey para obedecer, 
lo mejor era no meterse á descomponer el tinglado, ni en ba- 
rullos que comprometen la pelleja en este mundo y la vida 
eterna en el otro. Y con esto, amados oyentes míos, que viva 
el rey, y viva la religión, y viva la gallina, aunque sea con sii 
pepita. 

Vino el año de 1822, y con él la causa de la monarquía se 
echó ádar manotadas de ahogado. Los realistas cometieron 
estorsiones parecidas á las que, un año después, ejecutara Ca- 
rratalá en Cangallo. Hubo templos incendiados, la soldadesca 
se entregó sin freno al pillaje de alhajas y objetos sagrados, 
se escarneció á los sacerdotes, hasta el punto de que el jefe 
español Barandalla hiciera fusilar al cura Cerda. 

Un capitán realista, al mando de sesenta soldados, llegó á 
Chupacíi y amenazó á fray Bruno con darle de patadas si no 
le entregaba un cáliz de oro. Nuestro humilde franciscano con- 
virtióse en irritado león, amotinó á los indios, y la tropa es- 
capó á descalza-perros. 



Digitized by 



Google 



CACHI VACH ERI A 365 

Desde ese día fray Bruno colgó los hábitos, se plantó al 
cinto sable y pistolas y, trabuco en mano, se puso á la cabeza 
de doscientos montoneros, lanzando antes este original docu- 
mento, que así puede pasar por proclama como por sermón ó 
pastoral. 

«Compatriotas y hermanos muy amados:— Penetrado de los 
sentimientos naturales y revestido con las sagradas vestiduras 
de mi carácter, os anuncié muchas veces, desde la cátedra d\el 
Espíritu Santo la felicidad de los peruanos, que ha de resultar 
después de las guerras. Y ahora, poseído de dolor, me veo pre- 
cisado á tomar el sable desnudo, como defensor de la religión, 
sólo con el objeto de derribar esas felicidades lisonjeras con 
que los tiranos nos tienen engañados, por saciar sus codiciosas 
ambiciones. Testigos los templos sagrados destruidos, violados 
los santos Evangelios de Jesucristo, y sus miembros i>ersegui- 
dos.— Sacerdotes del Altísimo, llorad con lágrimas de sangre 
al ver convertidas en cenizas las casas de oración y los taber- 
náculos en astillas, por llevarse los vasos sagrados y las custo- 
dias con la Majestad colocada. Esos sacrilegos españoles, ple- 
gué á Dios, y hago testigos á los ángeles y á toda la corte ce- 
lestial, que á todo trote caminan al extremo de su total ruina. 
Jamás levantó el brazo Jesucristo, sino cuando vio su templo 
infamado con ventas y comercios. Yo jamás hubiera tomado 
el sable, si no hubiera visto los santuarios servir de pesebreras 
de caballos. Separaos, verdaderos y fieles patriotas, y dejad so- 
los á los contumaces en su desgraciada obstinación.» 

Este curioso documento nos revela el temple de alma del 
franciscano. Invistióse inmediatamente de un título militar, sin 
desdeñar por eso el que le correspondía por su condición re- 
ligiosa. Así, sus proclamas y órdenes generales iban encabe- 
zadas con estas palabras:— J57Z coronel fray Bruno Terreros. 

En el ejército argentino que San Martín condujo al Perú, 
vinieron también algunos frailes que colgaron los hábitos para 
vestir el uniforme militar. El más notable entre ellos fué fray 
Félix Aldao, de la orden de la Merced, capellán de un iiegi- 
miento, que, sable en mano, se metía siempre en lo más reñido 
del combate. Aldao ganó en el Perú una fuerte suma al juego, 
y llevándose, con disfraz de paje, á una linda muchacha á quien 



Digitized by 



Google 



36() RICARDO PALMA 

sedujo, alcanzó durante la época de Rosas la clase de general. 
El fraile Aldao se entregó furiosamente á la embriaguez y á 
Ja lascivia, no dejó crimen por cometer como seide del tirano 
argentino y murió (ejerciendo el cargo de gobernador ó autó- 
crata en Mendoza,) devorado por un cáncer en la cara, blasfe- 
mando como un poseído. 

Como se ve, el fraile Aldao fué un apóstata y su conducta 
no admite disculpa. Por el contrario, si el franciscano Terreros 
tomó las armas, lo hizo, como lo revela su jM'oclama. impulsado 
por un sentimiento religioso, exagerado acaso, pero sincero. 

Ni Vidal, ni Guavique, ni Agustín el largo, ni el famoso Cholo- 
fuerte, jefes de los guerrilleros, que tanto hostilizaron á las 
tropas realistas, igualaron en coraje, actividad y astucia al co- 
ronel fray Bruno Terreros. Para él la guerra tenía el carácter 
de guerra religiosa, y sabía inflamar el ánimo de sus monto- 
neros, arengándoles con el Evangelio en una mano y el trabuco 
en la otra, como lo hicieron en Francia los sacerdotes de la 
Vendée. Los hombres que le seguían asistían á la misa que 
su caudillo celebraba, en los días de precepto, y algunos se 
hacían administrar por él el sacramento de la Eucaristía. Aque- 
llos guerrilleros, más que por su patria, se batían por su Dios. 
Morir en el combate, era para ellos conquistarse la salvación 
eterna. 

Vive aún (1878) en el convento de San Francisco, un respe- 
table sacerdote (el padre Cepeda) que recuerda haber visto 
llegar á la plazuela de la iglesia á fray Bruno, seguido de sus 
guerrilleros, y que, apocándose con gran agilidad, se dirigió á 
la sacristía, de donde salió revestido, y celebró misa en el altar 
de la Purísima, con no poca murmuración de beatas y conven- 
tuales. 

Cuentan que fray Bruno Terreros trataba sin misericordia 
á los españoles que tomaba prisioneros después de alguna es- 
caramuza, y que su máxima era:— de los enemigos, los menos. 
—Pero esta aseveración no la encontramos suficientemente com- 
probada en los boletines y gacetas de aquella época. 

Lo positivo es que el nombre del franciscano llegó á inspirar 
pánico á los realistas, dando origen al refrán que dejamos apun- 
tado. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 367 

Papel no menos importante que Terreros hizo, en la guerra 
de Independencia, otro sacerdote de la orden seráfica. El te- 
niente coronel fray Luis Beltrán fué quien fundió los cañones 
que trajo San Martín á Chacabuco. En el Perii prestó también 
á la causa americana útiles servicios, como jefe de la Maestranza 
y parque; pero injustamente desairado un día, en Trujillo, por 
el Libertados, fray Luis Beltrán intentó asfixiarse. Aunque sal- 
vado á tiempo por un amigo, nuestro franciscano quedó loco. 
La figurita, como llamaba el infeliz patriota á Bolívar, era el 
tema constante de su locura. 

El comandante Beltrán pudo curarse, y regresó á Buenos 
Aires, donde volvió á vestir el santo hábito, muriendo poco 
tiempo después. 



11 



Afianzada la Independencia, renunció fray Bruno su clase de 
coronel, solicitando de Bolívar, por toda recompensa de sus 
servicios á la causa nacional, el permiso de volver á su con- 
vento. El guardián de San Francisco vio la pretensión de mal 
ojo, recelando sin duda que el ex guerrillero trajese al claus- 
tro costumbres belicosas. Informado de ello Bolívar, se diri- 
gió al gobernador del arzobispado con los dos oficios siguientes : 

Marzo 4 de 1825.— ^Z Gobernador dd Arzobispado,— CwdJiáo por 
el feliz estado de las cosas ha creído el coronel don Bruno 
Terreros que sus servicios no son de necesidad, ha solicitado 
del gobierno permiso para retirarse á sus claustros del con- 
vento de San Francisco, de cuya religión es hijo; y Su Exce- 
lencia el Libertador, teniendo por esta solicitud toda la con- 
sideración que ella se merece, por la conocida piedad que 
ella demuestra, se ha servido acceder; y en su consecuencia, 
ha quedado el coronel Terreros separado del Sicrvicio y en 
estado de restituirse á su convento. Pero como no sería justo 
que se echase en olvido ni viese con indiferencia la buena con- 



Digitized by 



Google 



368 RICARDO PALMA 

ducta que el coronel Terreros ha observado, míenti-as ha ps- 
tado sirviendo al gobierno, y los muchos é importantísimos ser- 
vicios que ha prestado á la causa nacional en críticas circuns- 
tancias, Su Excelencia el Jefe Supremo de la República me 
manda recomendar á US. al expresado coronel Terreros, con 
el doble objeto de que su señoría lo atienda, dándol<e una colo- 
cación correspondiente á su distinguido comportamiento y de 
que, valiéndose de los respetos de Su Excelencia mismo, tome 
las medidas que sean conducentes, á fin de que los prfelados 
de San Francisco vean á Terreros con el aprecio y conside- 
raciones (fue tan justamente se ha grangeado.— Me suscribo 
de Useñoría atento servidor.— Towáí Heres. 

Marzo 4 de 1825.— ^í Gobernador del Arzobispado.— Su Excelen- 
cia el Libertador encargado del mando supremo de la Repú- 
blica, ruega y encarga al Reverendo Gobernador Metropolita- 
no que el padre fray Bruno Terreros, por sus grandes servicios 
á la patria, por su buena conducta y aptitudes sacerdotales, 
sea habilitado para obtener en propiedad cualquier benieficia 
con anexa cura de almas, y que, si es posible, se le dé co- 
lación del curato de Chupaca, previo el correspondiente exa- 
men sinodal. — El ministro que suscribe se ofrece de Us.eñoría 
atento servidor. — Tomás Heres. 



En 25 de Agosto de 1825 (dice el autor de la Historia del 
Perv, Independiente) fué nombrado Terreros cura de Mito, bene- 
ficio que prefirió á otros, por ser el lugar de su nacimiento. 
En su nueva vida religiosa olvidó sus costumbres de guerrillero; 
y fué tan solícito en el cumplimiento del deber sacerdotal, que 
en 1827, al atravesar el río de Jauja para ir á confesar á un 
moribimdo, desoyendo el ruego de algunos indios que le pe- 
dían no se aventurase por estar el río muy crecido, fué arras- 
trado por la corriente y pereció ahogado. 

Tal fué, á grandes rasgos, el hombre por quien se dijo:— 
¿Frailf y coronel? Líbrenos Dios de él. 



Digitized by 



Google 



EL PRIMER GRAN MAIUSCAL 



El nombre del primer peruano que invistió, en la patria, la 
alta clase de Gran Mariscal del ejército, es casi desconocido 
para la generación actual. Aun los historiadores de la época 
de la Independencia apenas si hacen de él mención. 

En cuanto á su desgraciado fin, pues concluyó por suicidarse, 
es tan ignorado en el Perú, como su hoja de servicios. 

No entra en nuestro propósito escribir una biografía, sino 
consignar sencillamente los datos personales que sobre nuestro 
primei* Gran Mariscal adquirió el escritor l)onaerense don Vi- 
cente G. Quezada, datos que ampliamos con los que, en cartas, 
nos han comunicado nuestros benévolos amigos los señores 
don Ricardo Trelles, don José María Zubiría, don Ángel Juv 
tiniano Carranza y el general argentino don Jerónimo Espe- 
jo, ayudante de San Martín. 

21 



Digitized by 



Google 



370 RICARDO PALMA 



Don Toribio de Luzuriaga nació en Huaráz el 16 de Abril 
de 1782, y fueron sus padres doña María Josefa Mejía Estrada 
y Villa vicencio (huarasina) y el vizcaíno don Manuel de Luzu- 
riaga y Elgarresta, acaudalado comerciante que se ocupaba en 
el rescate de pastas. 

A la edad de quince años, en 1797, era don Toribio ama- 
nuense del gobernador del Callao, marqués de Aviles, quien te 
profesaba tan paternal cariño, que al ser promovido á la presi- 
dencia de Chile, lo llevó consigo. Nombrado Aviles virrey de 
Buenos Aires, acompañólo también Luzuriaga y allí obtuvo, 
en Junio de 1801, el empleo de alférez ¡en un regimiento de 
caballería. Sus ascensos, hasta el de capitán, los alcanzó batién- 
dose contra los ingleses, en 1806 y 1807. 

Al estallar la revolución del 25 de Mayo de 1810, era ya Lu- 
zuriaga comandante de artillería, y contribuyó no poco al buen 
éxito del movimiento. 



Según Vicuña Mackenna, la elegancia y exquisitos modales 
de Luzuriaga influyeron mucho en el adelanto de su carrera. 
Llevaba en su físico un pasaporte que le conquistaba univer- 
sales simpatías. Era del número de los favorecidos por Dios 
con varonil belleza, palabra halagüeña y despejada inteligencia. 
Así se explica que, después de haber desempeñado en Buenos 
Aires el cargo de director de la Academia militar, fuera en 1813, 
á los doce años de servicio, coronel del batallón número 7, 
encargándosele, aunque interinamente, del despacho del mi- 
nisterio de Guerra. 



De regreso del Alto Perú, donde estuvo á órdenes de Bel- 
grano, Balcárcel y Castelli, batiéndose contra las aguerridas 
tropas de España, fué ascendido á general; y en 1816 mereció 



Digitized by 



Google 



cachivachería 371 

ser nombrado gobernador de la p^o^'incia de Cuyo (Mendoza) 
En este importantísimo y delicado empleo, auxilió eficazmente 
la expedición de San Martín sobre Chile. Y tanto, que debióse 
á su actividad y acertados cálculos la memorable hazaña del 
paso de los Andes; y el gobierno argentino lo autorizó para 
reemplazar á San Martín en el mando del ejército, si ocurría 
alguna eventualidad no prevista. 

En Febrero de 1821, Chile, que había condecorado á Luzu- 
riaga con la Legión de Mérito, le confirió la clase de Mariscal 
de campo. 



San Martín, que amaba á Luzuriaga como á leal hermano, 
y que además era padrino de uno de sus hijos, lo comprometió 
para que, renunciando la gobernación de Cuyo, lo acompañase 
á acometer más ardua empresa. Luzuriaga no había olvidado 
que era nacido en el Perú, y no vaciló un momento. En Lima 
fué condecorado con el distintivo de la Orden del Sol; y el 22 
de Diciembre de 1821 obtuvo el ascenso á Gran Mariscal del 
Perú. 



Corta fué la permanencia de Luzuriaga en su patria. Des- 
pués de desempeñar satisfactoriamente una misión en Guaya- 
quil, sirvió por pocos meses la prefectura ó presidencia de 
Huaráz, y luego regresó á Buenos Aires con el encargo, según 
Paz Soldán, de influir cerca de Puirredón en el desarrollo 
del plan monarquizador que García del Río y Paroissien iban 
á iniciar en Europa. 



Cuando en 1825 la anarquía empezó á enseñorearse del te- 
rritorio argentino, Luzuriaga, que se inclinaba al partido pre- 
sidencial, se retiró á la vida privada, no queriendo militar en 
bando opuesto al de su hermano don Manuel, entusiasta par- 
tidario de Borrego. 



Digitized by 



Google 



372 RICARDO PALMA 

Compró entonces en subido precio, y comprometiendo su 
crédito para conseguir los capitales precisos, la estancia de 
TontezuelaSj confiando en que pocos años de asiduo trabajo bas- 
tarían para libertarlo de acreedores. 

Pero la guerra civil qfue en 1829 y 1830 devastó la campa- 
ña del norte, puso á nuestro compatriota casi en condición 
mendicante. 

Comprobando el estado de penuria á que se vio reducido, nos 
refiere el señor Trelles:— «Luzuriaga tuvo qu-e vender á don 
» Pedro de Angelis todas sus condecoraciones, adquiridas en 
»la guerra de la Independencia, entre las cuates figura una 
»que es personal, pues le fué decretada por haber descubierto 
»y sofocado la conspiración de los prisioneros españoles en 
»San Luis (1819). Las condecoraciones del Gran Mariscal fueron 
»vendidas por el señor de Angelis, €fn 1852, al doctor Lama, 
»quien las conserva hoy en su valiosa colección de medallas 
«americanas.» 



En 1835 publicó Luzuriaga, en Buenos Aires, un folleto do- 
cumentado sobre los motivos que tuvo i>ara hacer dimisión 
del mando de la provincia de Cuyo y afiliarse con San Martín 
en la expedición libertadora que vino al P^rú. También dio 
á luz, por entonces, una exposición relativa á los servicios que 
prestara en Guayaquil. 



Las decepciones y sufrimientos produjeron en el organismo 
de Luzuriaga un principio de reblandecimiento cerebral. Su 
palabra se hizo lenta, su paso vacilante, y lo acomelieron ac- 
cesos de profundísima melancolía. 



«El gran Mariscal del Perú don Toribio Luzuriaga (dice 

Quezada) tuvo un momento de debilidad. Acosado por la pér- 

):dida de su fortuna, aquel espíritu varonil se amilanó y puso 



Digitized by 



Google 



J 



cachivachería 373 

término á su larga y ti-abajada existencia. La desgracia pro- 
jduce un vértigo, que no disculpa, pero que explica ciertos 

desastres.» 

Fué el 4 de Mayo de 1842, y á los sesenta años de edad, 
cuando el cañón de una pistola puso tristísimo fin á la angus- 
tiosa existencia de nuestro desventurado compatriota. 



La clase de Gran Mariscal, equivalente á la de Capitán Ge- 
neral en España, era, en la jerarqfuía militar, el summum de 
las aspiraciones de nuestros hombres de espada. ¡Cuántos mo- 
tines de cuartel y cuánta sangre ha costado á mi patria ese 
tan codiciado ascenso! Felizmente, la Constitución política de 
1860 se encargó de proscribirlo. 

En ese año, investían el mariscalato don Miguel San Román 
don Ramón Castilla y don Antonio Gutiérrez de La Fuente, 
tres soldados de la éix)ca de la Independencia que llegaron 
á ceñir la banda presidencial. Para un Gran Mariscal, el man- 
do supremo de la República era un accesorio. A un Gran Ma- 
riscal no le era lícito morir sin haber sido gobierno. 

Con La Fuente, que falleció en 1878, murió el último (irán 
Mariscal del Perú. En el desprestigio que pesa sobre el cesa- 
rismo con imiforme; cuando los pueblos empiezan á acatar 
como dogma evangélico el principio de que las glorias alcanza- 
das por la pluma son más consistentes que las obtenidas por 
el sable, no hay que temer la resurrección de los grandes ma- 
riscalatos. ¡Dios mío! Haz que, como i>asó para el mundo 
la época del predominio frailesco, acabe de pasar para la Amé- 
rica la de las charreteras y entorchados. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



W9wmwwmmmwmm0mmm0!9m^m^wmw'¥mmm^wm09mwmwmwmwwm0mm 



LAS CORTINAS 

(Costumbres) 

No lo puedo remediar, no está en mi mano, como dicen 
las viejas; pero la risa me retoza en el cuerpo cuando palpo 
costumbres (pie, no por rancias sino por ridiculas, debían pros- 
cribirse de esta capital, emporio de la civilización peruana. 

Y ya que en Domingo de Cuasimodo no tiene el diablo 
permiso para dar un verde por el mundo, bien puedo echar 
una cami al aire pidiéndole á mi péñola un artículo de carác- 
ter entre religioso y humorístico. 

Y no digan que soy como aquel picaro santero que pedia 
limosna para una estampa de Jesús Nazareno, y que después 
de hacer buena colecta de reales entre los devotos, sacaba 
mía baraja y le decía al buen Jesús: 

— En la cara te conozco que tú quieres que echemos una 
partidita de treintaiuna, ¿A cómo va á ser el juego? ¿A pé- 
sela? Bueno, como, tú quieras. Te doy cartas: un seis de oros, 
un tres de copas y una sota de espadas. ¡Hombre! tienes die- 
cinueve. ¿Pides carta? Claro está... jZas! El caballo de bas- 
tos. ¿Te plantas? Buen punto es veintinueve. Ahora me toca 
á mí. Seis de bastos, cinco de oros y caballo de copas. Pido 
carta. Rey de espadas. Hombre ¡qué casualidad! Treintaiuna. 

Y de partida en partida concluía por ganarle al Cristo toda 
la colecta, diciéndole para mayor burla: — A ver si escarmien- 
tas, y te dejas de vicios que no son para ti. 



Digitized by 



Google 



370 KICAKDO PALMA 

Eso de adornar puertas y balcones con cortinas, cuando 
ha de pasai* procesión por una calle, es costumbre que... i va- 
mos! se me atraganta é indigesta. 

Convengo en que se gaste el oro y el moro para levantar 
arcos triunfales, bajo los cuales deba pasar el Santísimo. En 
ello hay lujo y arte, á la vez que el sentimiento religioso paga 
tributo á la divinidad. 

Nada digo de alfombrar las calles con flores, con tapices de 
los gobelinos, ó con barras de plata; como diz que se vio en 
los bienaventurados tiempos del virrey conde de Lemus. Eso 
revela opulencia, y bien se puede echar la casa por la ven- 
tana para dar lucimiento á la procesión. 

Santo y bueno que nubes de incienso encapoten la atmós- 
fera y nos asfixien; y hasta tolero que un cohete de arranque 
deje tuerto á un sacristán ó monaguillo. 

Encintar las calles y hacer que flameen en ellas banderi- 
tas de madapolán ó de papel picado, tiene siquiera su lado 
pastoril y patriarcal, capaz de inspirar églogas é idilios á va- 
tes que yo me sé. 

Pero con las cortinas, ya lo he dicho, no transijo, aunque 
me asper. como á san Bartolomé ó achicharren como á san 
Lorenzo. 

En la época colonial, ciertas casas aristocráticas de Lima 
ostentaban cortinaje de terciopelo de Flandes recamado de oro. 
Pero y<i se sabía que este adorno no tenía otro uso y que, 
concluida la fiesta, se guardaba hasta la inmediata. No es, 
pues, esta cortina la de mi crítica. 

Conforme fuimos avanzando camino en la vida democrá- 
tica, discurrimos que siendo Dios el primero de los republi- 
canos (por mucho que el catecismo lo llame Rey, y no Presi- 
dente, de cielos y tierra) le cuadraban mal resabios y humi- 
llos aristocráticos, que eso y no otra cosa significaban los cor- 
tiiinjes ad hoc de terciopelo y brocato. 

Y pensado y hecho, sin otra discusión, pobres y ricos, sa- 
caron á lucir colchas y sobrecamas, más ó menos historiadas. 
Y cata resuelto el gran problema de la igualdad social. 

La sola palabra cortina nos trae á las mientes algo de encu- 
bridora ó tapadora; pues no á humo de pajas, sino con mucho 



Digitized by 



Google 



cachivachería 377 

reliiilín, dicen las limeñas esta frase:— Niña, yo no soy cor- 
tina de nadie.— Y corte ested el vuelo á la imaginación que 
se siente asaltada por un tropel de pensamientos pecaminosos'. 

Dóime de calabazadas por explicarme el simbolismo de 
las cortinas como signo extemo de devoción, y en puridad 
de verdad que, mientras más luz busco, más se me obscurece 
él horizonte. Será (y es lo seguro) que soy un gaznápiro y 
no sé de la misa la media. 

Pero no me digan que colchas y sobrecamas, siquiera sean 
de crochet ó de raso de China, son muestra de cristiano res- 
peto: porque á esa chilindrina respondo muy suelto de hue- 
sos, que la prenda precisamente es de lo más irrespetuoso 
que cabe, porque trae consigo recuerdos de dormitorio que 
no siempre son pulcros ni castos. Mía la cuenta si hay algo 
de más prosaico y churrigueresco. 

Y prueba de esta verdad es que, un minuto después de 
pasada la procesión, las cortinas han desaparecido, como por 
enccinto, y vuelto á la habitación de donde nunca debieron ha- 
ber salido. Sin darse cuenta de ello, instintivamente, conoce 
la dueña de una casa que esa prenda ha estado fuera de su 
sitio } destino. 

Prendas hay que no se hicieron para lucidas como cara 
de buena moza pegada á cuerpo de sílfide. En la úllima pro- 
cesión, vimos cortinas tan abigarradas y zurcidas que, á gri- 
tos, se quejaban de que las hubiesen sacado á vergüenza pú- 
blica, haciéndolas comidilla de epigi'amas y murmuraciones. 

Francamente, que en buena ordenanza municipal debería 
empezarse decretando la jubilación ó cesantía de cortinas va- 
letudinarias, para concluir más tarde en la abolición del ador- 
no, que maldito si adorna, y que hace tanta falta en las proce- 
siones como, los gatos en misa. 

A DioG lo que es digno de Dios... y á la cama la sobrecama. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



^^wm0mmmm0mM^m0m00mmmm^^W0m^m^m^0^mmmwmwmmm^ww9^ 



DE COMO DESHANQUE A UX RIVAL 



ARTICULO QUE HEMOS ESCRITO ENTRE CaMPOAMOR Y YO, Y QUE DEDICO 

Á MI AMIGO Lauro Carral 



Como ya voy teniendo, y es notorio, 

bastante edad para morir mañana^ 

según dijo con chispa castellana 

Ramón de Campoamor y Campoosorio 

que, en lo desmemoriado, 

es un segundo yo pintipintado, 

quiero dejar escrita cierta historia 

de un amor, como mío, 

extravagante y digno de memoria 

perpetua en bronce, ó alabastro frío. 

¿La he leído en francés, ó la he soñado? 

¿Mía es la narración, ó lo es de un loco? 

¿He traducido el lance, ó me ha pasado? 

Lectora, en puridad:— de todo un poco. 
Ella era una muchacha más linda que el arco iris, y me 
quería hasta la pared del frente. Eso sí, por mi parte estaba 
correspondida, y con usura de un ciento por ciento. ¡Vaya 
si fué la niña de mis ojos! 

Ha pasado un cuarto de siglo, y el recuerdo de ella des- 
pierta todavía un eco en mi apergaminado organismo. 



Digitized by 



Google 



380 RICARDO PALMA 

Veinte años que, en la mujer, son la edad en que la san- 
gre de las venas arde y bulle como lava de volcán en ignición; 
morenita sonrosada como la Magdalena: cutis de raso liso; 
ojos negros y misteriosos como la tentación y el caos; una 
boquita más roja y agridulce que la guinda; y un lodo más 
subvei-sivo que la libertad de imprenta, tal era mi amor, mi 
embeleso, mi delicia, la musa de mis tiempos de poeta. Me 
parece que he escrito lo suficiente para probar que la quise. 
Para colmo de dichas, tenía editor responsable, y ese... á 
mil leguas de distancia. 

La chica se llamaba... se llamaba... ¡Vaya una memoria fla- 
ca la mía I Después de haberla querido tanto, salgo ahora con 
que ni del santo de su nombre me acuerdo, y lo peor es, como 
diría Campoamor: 

que no encuentro manera, 
por más que la conciencia me remuerde, 
de recordar su nombre, que era... que era... 
ya lo diré después cuando me acuerde. 



II 



Ella había sido educada en un convento de monjas— pienso 
que en el de Santa Clara— con lo que está dicho que tenía sus ri- 
betes de supersticiosa, que creía en visiones, y que se enco- 
mendaba á las benditas ánimas del purgatorio. 

Para ella, moral y físicamente, era yo, como amante, el 
tipo soñado por su fantasía soñadora.— Eres el feo más sim- 
pático que ha parido madre— solía repetirme,— y yo, franca- 
mente, como que llegué á i>ersuadirme de que no me lison- 
jeaba. 

;Pobrecita! ¡Si me amaría cuando en<!onlraba mis versos su- 
periores á los de Zorrilla y Espronceda, que eran, por enton- 
ces, los poetas á la moda! Por supuesto que no entraban 
en su reino las poesías de los otros mozalbetes de mi tierra, 
hilvanadores de palabras bonitas con las que traíamos á las 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHKRIA 381 

musas al retortero, haciendo mangas y capirotes de la estética. 
Aunque no sea más que por gratitud literaria, he de consig- 
nar aquí el nombre del amor mío. 



Esperad que me acuerde... se llamaba... 
diera un millón por recordar ahora 
su nombre, que acababa... que acababa... 
no sé bien si era en ira ó era en om. 



III 



Sin embargo, mis versos y yo teníamos un rival en Mickt- 
tOy que era un gato color de azabache, muy pizpireto y re- 
monono. Después de perfumarlo con esencias, adornábalo su 
preciosa dueña con un collarincito de terciopelo con Ires cas- 
cabeles de oro, y teníalo siempre sobre sus rodillas. El gatito 
era un dije, la verdad sea dicha. 

Lo confieso, llegó á inspirarme celos, fué mi pesadilla. Su 
ama lo acariciaba y lo mimaba demasiado, y maldita la gra- 
cia que me hacía eso de un beso al gato y otro á mí. 

El demonche del animalito parece que conoció la tirria que 
me inspiraba; y más de una vez en que, fastidiándome su 
roncador ro ró ró, quise apartarlo de las rodillas de ella, me 
plantó un arañazo de padre y muy señor mío. 

Un día le arrimé un soberbio puntapié. ¡Nunca tal hicie- 
ra! Aquel día se nubló el cielo de mis amores, y en vez de ca- 
ricias, hubo tormenta deshecha. Llanto, amago de pataleta, y 
en vez de llamarme ¡bruto! me llamó ¡masón! palabra que, 
cu su boquita de repicapunto, era el summum de la cólera y 
del insulto. 

¡Alma mía! Para desenojarla tuve que obsequiar, no rejal- 
gar sino bizcochuelos á Michito, pasarle la mano por el sedoso 
lomo, y... ¡Apolo me perdone el pecado gordo! escribirle un 
soneto con estrambote. 



Digitized by 



Google 



382 RICARDO PALMA 

Decididamente, Michito era un rival difícil de ser expulsado 
del corazón de mi amada... de mi amada ¿qué? 

Me quisiera morir, joh rabia! ¡oh mengua! 
No hay tormento más grande para un hombre 
que el no poder articular un nombre 
que se tiene en la punta de la lengua. 



IV 



Pero hay un dios protector de los amores, y van ustedes 
á ver cómo ese dios me ayudó con pautas torcidas á hacer 
un renglón derecho: digo, á eliminar á mi rival. 

Una noche leía ella, en El Comercio ^ la sección de avisos 
del día. 

—Dime— exclamó de pronto marcándome un renglón con 
el punterillo de nácar y rosa, vulgo, dedo,— ¿qué significa €sle 
aviso ? 

—Veamos, sultana mía. 

Cabalgué mis quevedos, y leí: 

Adelaida OmhLASQVi.—Adivifia y profesora. 

— No sabré decirte, palomita de ojos negros, lo que adi- 
vina ni lo que profesa la tal madama: pero tengo para mí, que 
ha de ser una de tantas embaucadoras que, á visla y pacien- 
cia de la autoridad, sacan el vientre de mal aflo, á expensas 
de la ignorancia y tonterías humanas. Esta ha de ser una Ce- 
lestina, forrada en comadrona y bruja. 

— ^Una bruja! ¡Ay, hijo!... Yo quiero conocer una bruja... 
llévame donde la bruja... 

Un pensamiento mefistofélico cruzó rápidamente por mi ce- 
rebro. ¿No podría una bruja ayudarme á destronar al gato? 

—No tengo inconveniente, ángel mío, para llevarte el do- 
mingo, no precisamente donde esa Adelaida, que ha de ser 



Digitized by 



Google 



cachivachería 383 

bruja carera^ y mis finanzas andan como las de la patria, sino 
donde otra prójima del oficio que, por cuatro ó cinco duros, 
te leerá el porvenir en las rayas de las manos, y el pasado, 
en el librito de las cuarenta. 

Ella, la muy toquilla, brincando con infantil alborozo, echó 
á mi cuello sus torneados brazos, y rozando mi frente con sus 
labios coralinos, me dijo: 

— ¡Qué bueno eres... con tu...! y pronunció su nombre, que, 
i cosa del diablo! hace una hora estoy bregando por recordarlo, 

¿Echarán nuestros nombres en olvido 
lo mismo que los hombres, las mujeres? 
Si olvidan, como yo, los demás seres, 
este mundo, lectora, está perdido. 



Y amaneció Dios el domingo, como dicen las viejas. 

Y antes de la hora del almuerzo, mi amada prenda y yo 
enderezamos camino á casa de la bruja. 

No estoy de humor para gastar tinta describiendo minucio- 
samente el domicilio. La mise en scéne fórjesela el lector. 

La María Pipí ó barragana del enemigo malo nos jugó la 
barajita, nos hizo la brujería de las tijeras, la sortija y el 
cedazo, el ensalmo de la piedra imán y la cebolla albarrana 
y, en fin, todas las habilidades que ejecuta cualquiera bruja 
de tres al cuarto. 

Luego nos pusimos á examinar el laboratorio ó salita de 
aparato. 

Había sapos y culebras en espíritu de vino, pájaros y sa- 
bandijas disecados, frascos con aguas de colores, ampolleta, 
y esqueleto; en fin, todos los cachivaches de la profesión. 

La lechuza, el gato y el perro empajados no podían faltar: 
son de reglamento, como el murciélago sobre un espejo y 
la lagartija dentro de una olla. 



Digitized by 



Google 



38i RICARDO PALMA 

Ella, fijándose en el michimorrongo, me dijo: 

—Mira, mira, ¡qué parecido á Michito! 

Aquí la esperaba la bruja para dar el concertado golpe 
de gracia. 

El corazón me palpitaba con violencia y parecía quererse 
escapar del pecho. De la habilidad con que la bruja alcan- 
zara á dominar la imaginación de la joven, dependía la vic- 
toria ó la derrota de mi rival. 

— jüCómo, señorita!!!— exclamó la bruja asumiendo ima ad- 
mirable actitud de sibila ó pitonisa, y dando á su voz una infle- 
xión severa.— ¿Usted tiene un gato? Si ama usted á este ca- 
ballero, despréndase de ese animal maldito. ¡Ay! por un gata 
me vino la desgracia de toda mi vida. 0;ga usted mi historia. 
Yo era joven, y este gato que ve usted empajado era mi com- 
pañero y mi idolatría. Casi todo el santo día lo pasaba sobre 
mis faldas, y la noche sobre mi almohada. Por entonces llegué 
á apasionarme como loca de un cadete de artillería, arrogante 
muchacho, que sin descanso me persiguió seis meses para que 
lo admitiera de visita en mi cuarto. Yo me negaba tenazmente; 
pero al cabo, que eso nos pasa á todas cuando el galán es 
militar y porfiado, consentí. Al principio estuvo muy mode- 
rado y diciéndome palabritas que me hacían en el alma más 
efecto que el redoble de un tambor. Poquito á poquito se 
fué entusiasmando y me dio un beso, lanzando á la vez un 
grito horrible, grito que nimca olvidaré. Mi gato le había sal- 
tado encima, clavándole las uñas en el rostro. Desprendí al 
animal y lo arrojé por el balcón. Cuando comencé á lavar la 
cara á mi pobre amigo, vi que tenía un ojo reventado. Lo 
condujeron al hospital, y como quedó lisiado, lo separaron 
de la milicia. Cada vez que nos encontrábamos en la calle, 
me hartaba de injurias y maldiciones. El gato murió del gol- 
pe, y yo lo hice disecar. ¡El pobrecito me tenía afecto! Si 
dejó tuerto á mi novio, fué porque estaba celoso de mi cariño 
por un hombre... ¿No cree usted, señorita, que éste me quería de 
veras V 

Y la condenada vieja acariciaba con la mano al inanimado 
animal, cuyo esqueleto temblaba sobre su armazón de alambres. 

Me acerqué á mi querida y la vi pálida como un cadáver.. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 385 

Se apoyó en mi brazo, temblorosa, sobrexcitada; miróme con 
infinita ternura, y murmuró dulcemente:— -Vamonos. 

Saqué media onza de oro y la puse, sonriendo de felici- 
dad, en manos de la bruja. 

¡Ella me amaba! En su mirada acababa de leerlo. Ella 
sacrificaría á mi amor lo único que le quedaba aún por sacri- 
ficar—el gato,— ella, cuyo nombre se ha borrado de la memoria 
de este mortal pérfido y desagradecido. 



jAh! i malvado I ¡malvado! 

Pero yo, ¿qué he de hacer si lo he olvidado? 

No seré el primer hombre 

que se olvidó de una mujer querida... 

¡Ah! ¡yo bien sé que el olvidar su nombre 

es la eterna vergüenza de mi vida! 

¡Dejad que, á gritos, al verdugo llame! 

¡Que me arranque, á puñados, el cabello! 

¡Soy un infame, sí, soy un infame! 

¡Ahórcame, lectora: este es mi cuello! 



VI 



Aquella noche, cuando fui á casa de mi adorado tormento, 
me sorprendí al no encontrar al gato sobre sus rodillas. 

—¿Qué es de Michito?— la pregunté. 

Y ella, con una encantadora, indescriptible, celestial son- 
risa, me contestó: 

—Lo he regalado. 

La di un beso entusiasta, ella me abrazó con pasión y mur- 
muró á mi oído: 

—He tenido miedo por tus ojos. 



25 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



mmmm^m^mmwmmm^wmmmwmwmmmmmmm^wwwmmmmwm^wmmwwwwm 



LOS VERSOS DE CABO ROTO 



(Tradición española) 

Cuando (y ya hace fecha) éramos, en el colegio, estudian- 
tes de literatura castellana, cascabeleábanos, no poco, la es- 
tructura de esta y otras espinelas que se encuentran en el 
QuTJOTK del gran Cervantes: 

Advierte que es desati- 
siendo de vidrio el teja-, 
tomar piedras en la ma- 
para tirar al veci-. 
Deja que el hombre de jui-, 
en las obras que compo-, 
se vaya con pies de pío-, 
que el que saca á luz pape- 
para entretener donce- 
escribe á tontas y á lo-. 

En ese siglo, en que los poetas derrochaban ingenio, escri- 
biendo acrósticos, abusando de las paronamasias, ó inventan- 
do combinaciones rítmicas, más ó menos estrafalarias, cupo 
á Cervantes poner á la moda los versos llamados de caho rotOy 
y de los que la décima que acabamos de copiar es una muestra. 

Pero no fué el príncipe de los ingenios españoles, como 
generalmente se cree, el primero en escribir espinelas de esa 
especie. Fué á principios de 1605 cuando apareció en Madrid el 



Digitized by 



Google 



388 RICARDO PALMA 

Ingenioso hidalgo^ y ya en el año anterior, habían profusamente 
circulado, en Sevilla, coplas de cabo roto. 

Fundador de ese género singular de metriftcación truanes- 
ca, fué un poeta calavera, que tuvo trágico fin. He aquí su 
historia, que extractamos de un antiguo periódico madrileña. 

Vivía en Sevilla, en los comienzos del siglo xvir, un mozo 
inquieto y de lucido ingenio, llamado Alonso Alvarez de So- 
ria, hijo de un jurado del mismo nombre. Burlón y maleante, 
gustábale el trato de la gente perdida, y había contraído el 
hábito de mofarse de todos. Para extremar sus burlas y dar- 
las mayor escozor, inventó una jamás oída manera de versos, 
los de caho roto^ hecha observación de que los brabucones y 
ternejales de Triana solían comerse las últimas sílabas de un 
período, para hacer más huecas sus fanfarronerías. 

En 1603, y en una décima de cnbo roto, ridiculizó Alonso 
Alvarez el haber sometido Lope de Vega su libro El Peregrino 
á la censura del poeta Arguijo, buscando mentidos elogios, antes 
que advertencia y enseñanza. 

Como el 25 de Septiembre de 1604 hubiesen disparado un 
pistoletazo á don Rodrigo Calderón que, juntamente con don 
Pedro Franqueza y don Alonso Ramírez del Prado, hacían trá- 
fico infame de los destinos públicos, y Prado y Franqueza 
fuesen reducidos á prisión, conservándose don Rodrigo en la 
plenitud de su valimiento con el monarca, Alvarez no se jmdo 
contener, y le envió al poderoso ministro una décima de caho 
roto, aconsejándole pusiese la barba en remojo y se dispusiera 
para un funesto término, i Qué ajeno estaba el aconsejante 
de que él precedería á don Rodrigo en muerte ignominiosa! 

Andaba por Sevilla un pobre ó bellaco, pidiendo limosna 
para San Zoilo, abogado de los ríñones. Habíanle puesto los 
muchachos un feo nombre ó apodo: llamábanlo el Tío C.al- 
zones. El pobrete se enfurecía, y los chicos le tiraban pelotas 
de lodo y aun peladillas de San Pedro. Algún vecino de bue- 
na alma, á fin de aplacarlo, le daba unos maravedises de limos- 
na, y entonces el pedigüeño colocaba en el suelo la imagen del 
santo, bailaba alrededor de ella, y decía:— «Yo me llamo Juan 
Ajenjos, natural de Córdoba, y no soy el Tío C...alzonefi que 
decís.» 



Digitized by 



Google 



cachivachería 389 

Pues Alonso Alvarez tuvo la fatal ocurrencia de poner ese 
propio mal nombre, nada menos que al Asistente de Sevilla 
don Bernardino de Avellaneda, señor de Casti'illo. Cimde entre 
el vulgo, llega á oídos del Asistente, y jura su señoría que el 
malandrín poeta le ha de pagar caro la injuria. Promuévele 
un altercado en la calle; ordena á los alguaciles que lo lleven 
á la cárcel, por desacato á la autoridad; pono, el amenazado 
pies en polvorosa; le sacan de Santa Ana, donde había tomado 
iglesia; enciérranle en un calabozo, y tras darle el Asistente 
tres horas para encomendarse á Dios, le cuelga, sin más pro- 
ceso, de la horca. Justicia expeditiva. 

En vano fué que, en la capilla, escribiese Alvarez el cris- 
tiano romance que así termina: 

Muera el cuerpo que pecó, 
pues bien la pena merece, 
y vaya el alma inmortal 
á vivir eternamente. 

En vano todos los poetas sevillanos se arremolinaron pi- 
diendo gracia para su camarada, llevando la voz el noble y 
famosísimo dramático don Juan de la Cueva, quien presentó 
al Asistente, por \ia de memorial, este soneto, menos bueno 
que bien intencionado: 

No des al febeo Alvarez la muerte 
i oh gran don Bernardino! Así te veas 
conseguir todo aquello que deseas, 
en aumento y mejora de tu suerte. 

El odio estéril en piedad convierte, 
que en usar de él tu calidad afeas; 
cierra el oído, ciérralo, no creas 
al vano adulador que te divierte. 

De ese que tienes preso, el dios Apolo 
es el juez, no es sufragáneo tuyo; 
ponió en su libertad, dalo á su foro. 



Digitized by 



Google 



390 BIGARDO PALMA 

Vé que, de hacerla así, de polo á polo 
irá tu insigne nombre, y en el suyo 
Hispalis te pondrá una estatua de oro. 

El orgulloso resentimiento, la vanidad herida, son impla- 
cables. El Asistente se mantuvo inflexible, y el poeta Alvarez 
pereció en público y afrentoso cadalso. ¡Homo, humus; farnay 
fumus; finiSj cinisi 

En cuanto á los versos de cabo roto, de que él fué el inven- 
tor, á pesar del empeño de Cervantes por popularizarlos, puede 
decirse que no han hecho ni harán fortuna. Nacieron cojí des- 
gracia. 



Digitized by 



Google 



wn^wímmfmmmmw^miímmmwmm^mmmmm^mwmwiitmmwmntwmmmm^ 



ALGO DE CRÓNICA JUDICIAL ESPAÑOLA 

A Manuel N. Arizaga 

Con el título Documentos^ hay en la Biblioteca Nacional va- 
rios gruesos volúmenes, en folio, conteniendo alegatos jurí- 
dicos en causas criminales. Todos los alegatos se hallan im- 
presos en folletos, y pertenecen al siglo xvii. Las alegaciones 
sobre robos y asesinatos, poco de singular ofrecen; pero las 
que se relacionan con el sexto mandamiento del Decálogo son 
divertidísimas. Más que en castellano, estos últimos alegatos 
están en latín, lengua en que las obscenidades parecen me- 
nos crudas. Como yo no quiero escandalizar á nadie, haré 
caso omiso de cuanto se relacione con el pecado de la man- 
zana, y sólo me ocuparé en extractar dos exposiciones que 
me han parecido muy originales y aun graciosas. 



Causa contra Antonio Rodríguez por un carbcxc ulo 

Esta causa es de lo más original que se ha visto en los tri- 
bunales del mundo. Se trata de un hombre acusado criminal- 
mente, preso, secuestrados sus bienes, consumidos más de mil 
ducados de ellos, y atormentado cuatro veces en el potro, sien- 
do el cuerpo del delito una fábula de la Mitología. 

Un Pedro Lamier se querelló contra Antonio Rodríguez, 
acusándolo de haberle quitado mañosamente, sin querer de- 
volvérsela, una piedra que él valoraba en un millón, piedra 



Digitized by 



Google 



392 RICARDO PALMA 

Única sobre la tierra, pues de noche alumbraba más que una 
vela. Los testigos que presentó difieren en cuanto al color y 
sus cualidades. Unos dicen que era jaspeada, otros azul y 
otros color de brasa. Uno declara que echaba rayos como el 
sol; oti'o que no hacía más que unos visos; otro que era mitad 
resplandeciente y mitad obscura; otro que tenía unas centellas 
separadas: y el más juicioso dijo que, en su concepto, la pie- 
dra de la cuestión no pasaba de ser un bonito rubí. 

Rodríguez confiesa que, realmente, Lamier le había vendi- 
do una piedra, y que él la estimó en tan poco, que se la re- 
galó á una moza. 

El abogado de Rodríguez, en su alegato, niega, por supues- 
to, la existencia de esa piedra fantástica bautizada por los 
poetas con el nombre de carbúnculo^ y conviene en que se trata 
sólo de un rubí, piedra muy conocida y cuyo precio su defen- 
dido está llano á pagar, á juicio de peritos lapidarios. 

Parece que los jueces se inclinaban á creer en la existencia 
del carbúnculo ó piedra luminosa. Deducímoslo así de ciertas 
reticencias que hay en el alegato. 



II 



Causa contra don Alonso de Torres sobre si dijo cornudo 

o DIJO CABRÓN 

De todos los tiempos ha sido el que los apasionados de las 
cómicas se afanen por penetrar en el vestuario, durante los 
entreactos. El alcalde don Pedro de Olaverría se propuso des- 
terrar esta costumbre, y al efecto se constituyó entre bastido- 
res, acompañado de los alguaciles Matías de Baro y Diego 
Hurtado. 

Don Alonso de Torres, que era un alfeñique, currutaco ó 
mancebito de la hoja, y que bebía los vientos no sé si por una 
actriz ó una suripanta^ se propuso entrar. Detúvolo uno de 
los alguaciles, diciéndole cortésmente: 

—Téngase vuesamerced, caballero. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 393 

—Voto á Cristo, que he de entrar, que soy don Alonso de 
Torres—contestó el mancebo, empujando al corchete. 

—Téngase el señor don Alonso y acate el mandamiento del 
señor alcalde, que no mío, y no se empeñe en pasar— insistió 
el alguacil. 

—Pues por encima del alcalde tengo de entrar. 

Al alboroto acudió el alcalde, armado de vara, y encarándo- 
se con el galán, le dijo: 

—Téngase el caballero que por aquí no ha de pasar, que para 
estorbarlo estoy yo aquí. 

—¿Conóceme vuesamerced? 

— ¿Conóceme á mí el insolente? 

—¿Y para qué le tengo de conocer, cuerpo de Cristo? 

—¿Cómo me habla de esa manera? ¡Favor á la justicia y 
prendan á este picaro!— gritó exasperado el alcalde. 

—Picaro será el muy cabrón— contestó don Alonso, desen- 
vainando la espada y arremetiendo al alcalde. Este, ante lo 
brusco de la embestida, retrocedió y cayó al suelo, y en la 
caída se le rompió la vara. 

Por supuesto, que los circunstantes se echaron sobre To- 
rres, y lo aprehendieron. 

Lo gracioso de la causa es que siete testigos declararon que 
don Alonso dijo:— Picaro será el muy cornudo; y otros siete 
afirmaron que lo dicho por el reo fué:— Picaro será el muy 
cabrón. 

La verdad es que de palabra á palabra no va más filo 
de la uña, sino el de que el uno lo es sin saberlo,y el otro 
lo es por su gusto. 

También hay de curioso en el alegato que el abogado tacha 
el testimonio de un testigo «por ser hermafrodita, y no guardar 
»sexo, como está probado, andando unas veces vestido de hom- 
»bre y otras de mujer, y á esto se junta el haber parido, como 
>lo deponen algunos testigos.» Esto es típico. Las anchas tra- 
gaderas del letrado eran muy propias de todos los que comían 
pan en ese siglo de brujas y sortilegios. 

¿Cuál fué el fallo recaído sobre estas dos causas? Eso no 
hemos podido averiguar, ni hace falta. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



ENTRE SI JURO O xNO JURO 

(Sucedido de actualidad y que con el correr del tiempo dará 
tela para una tradición.) 

Há más de un cuarto de siglo que, por malos de mis pe- 
cados, que deben ser muchos y gordos, tuve un litigio judi- 
cial con el que, á pesar de haber alcanzado, tras no pocos 
meses de brega, sentencia favorable, quedé escarmentado pnra 
no meterme en otro. Tengo j>ara mí que es peor que maldi- 
ción de gitano eso de andar á tornas y vueltas con el papel 
sellado. No en mis días, que ya no serán largos; una, y na 
más. Por eso, en mis tarjetas de año nuevo, deseo á mis ami- 
gos como colmo de la felicidad humana,— salud, pesetas y que 
Dios los libre del papel sellado. 

Pero un hombre propone, un juez dispone y un escribano 
descompone, y gracias si no toma también carta en este tre- 
sillo un abogado. Cuentan apolilladas crónicas, complementa- 
rias del Añalejo, que á san Ibo, patrón en el cielo de los abo- 
gados, lo pintan con un gato á los pies, y que, cuando se 



Digitized by 



Google 



39tJ RICARDO PALMA 

Iraló do la canonización, el pueblo protestó, hasta cierto pun- 
to, coa esta antífona: 



¿Advocatus et sanctus ? 
¡Res miranda populo! 

Es el caso que, hace quince días, cuando muy quieto me 
estaba en el sillón oficinesco, ensimismado en compulsar unas 
papeletas bibliográficas, se me presentó un caballerito que, por 
lo acicalado y cumplido, y por la buena caída de ojos, no 
Icnía estampa de cartulario, y con toda cortesía me notificó 
auto para presentarme á prestar una declaración ante mi ami- 
go el juez de primera instancia doctor B Aquello fué como 

una puñalada traicionera. ¡Qué iba yo á imaginarme que tan 
correctas y simpáticas apariencias eran las de un escribano 
á la moderna? En mis mocedades no se usaban escribanos con 
camisa limpia, levita negra bien cepillada, y corbata fin du 
siéch. 

Firmal* la notificación y entrarme escalofríos de terciana, 
fué todo uno. Póngase cualquiera en mi situación, que se la 
doy al más guapo. Yo, que de mío soy iK)quito, y que viendo 
caitapacio de papel sellado se me atraganta la saliva y me 
podrían ahorcar con una hebra de pelo, verme obligado á 
comparecer ante la justicia!!! La cosa era para atortolarse, 
¿no es verdad? Digan ustedes que sí. 

Sea todo pwr Dios, me dije; y al otro día cogí bastón y 
sombrero y, paso entre paso, á las dos en punto de la tarde, 
ni minuto más ni minuto menos, me presenté á cumplimen- 
tar el mandato. 

El señor juez me dijo que estaba citado para reconocer con- 
tenido y firma de carta escrita hace años, y de la que me 
acordaba yo tanto como del chupón y mamadera de la ni- 
ñez, y me preguntó si estaba llano á declarar. 

—Sí, señor juez. Firma y contenido son míos, y muy míos. 

S\» señoría se levantó del asiento, y me dijo: 

—Tenga usted la bondad, señor don Ricardo, de ponerse 
eu pie para prestar juramento. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 397 

¿juramento conmigo? Aquí se me volvió la carne de ga- 
llina, y contesté: 

—Perdone su señoría que me niegue á jurar; porque mi 
religión me lo prohibe. En esto de juramento soy cuáquero 
y puritano. 

— -Fero la ley le manda á usted jurai\ 

— La ley, seflor juez, en el siglo que vivimoSj no alcanza, 
como en los tiempos de la Inquisición, al santuario de la con- 
ciencia humana. Cristo, en cuya doctrina creo^ me ha prohi- 
bido, terminantemente, jurar, salvo que el Congreso haya de- 
clarado apócrifo y abolido un Evangelio. 

—Yo respeto las ideas religiosas de usted; pero, en mi pues- 
to de juez, no me cumple discutir sino hacer acatar la ley. 
/;Juia usted ó no jura? 

—Yo no me repito como bendición de obispo: ya he di- 
cho aue no juro, señor juez. 

Casi, casi me acordé en ese instante del borracho á quien 
dijo el alcalde:— Alce usted la mano para que preste jura- 
mento.— ¡Córchohs! preferiría alzar el codo. 

Y el doctor B ordenó al escribano poner constancia de 

mi negativa, y que la declaración quedara en suspenso hasta 
que él proveyera lo conveniente, en derecho ó en torcido. Fir- 
mé, y me retiré meditabundo ante el conflicto de deberes que 
para m\ surgía. 

Yo debo acatar, buenas ó malas, las leyes de mi patría- 
me decía,— pero también debo acatar las leyes divinas que mi 
religión me impone. El Código me ordena jurar; pero Cristo, 
de una manera rotunda^ que no admite recancanillas de chi- 
cana ni distingos casuísticos, y con palabras más claras que 
el agua limpia de un pv^uio^ me prohibe jurar. ¿A quién obe- 
dezco? ¿A quién sigo? 

lie aquí, al pie de la letra, según san Mateo, las palabras 
del Redentor en el Sermón de la montaña: 

Y os DIGO QUE DE NiNGüN MODO juKEis. (De lüngím modo ¿es- 
tamos?) 

Ni pok el cielo, porque es el trono de Dios: ni por la 

TIERRA, PORQUE ES LA PEANA DE SUS PIES; NI POR JeRUSALÉM, POR- 



Digitized by 



Google 



398 RICARDO PALMA 

QUE ES LA CIUDAD DEL GraNDE ReY ; NI POR Tü CABEZA, PORQUE 
NO PUEDES HACER UN CABELLO, BLANCO O NEGRO. 

Que vuestro hablar sea si, si; no, no; porque lo que ex- 
ceda DE ESTO, DE MAL PROCEDE. 

Si estos conceptos del Salvador, que tau alto colocan la 
dignidad del hombre, no son concluyentes, sino ponipa de ja- 
bón; si de ellos no se desprende que el juramento no es lícito 
en quien precie de tener convicciones adquiridas en la lectura 
de la Biblia, el libro ¡wr excelencia como lo llama la Iglesia, 

digo que no lo entiendo. Yo no tengo por qué ni para qué 

echarme, á averiguar quién inventó el juramento, ni á qué pro- 
pósito moral ó social obedece su práctica en nuestra patria, 
á despecho de una Constitución que garantiza la libertad de 
pensamiento, y contra la corriente de la civilización que, en 
los países más cultos del globo, ha abolido el juramento. A 
mi me basta y me sobra, como buen creyente, con saber que 
el Hijo de Dios, al prohibir el juramento, no se reveló contra 
la voluntad del Eterno padre. 

Y como á veces es preciso que también la poesía hable 
al espíritu, y poesía, y muy sublime, hay en el Sermón de la 
moiüaña^ no creo fuera de oportunidad recordar el fragmento 
pertinente de la clásica traducción en verso, que los niños 
repiten de coro en las aulas municipales de Venezuela. En 
las postrimerías de nuestro siglo se encuentra uno versos has- 
ta en la cucharada de sopa. La memoria conserva con fa- 
cilidad las máximas expresadas en el lenguaje de las musas: 

Y si de mal castigo 
puede tu ojo derecho ser pretexto, 
sácale, que tal ojo es tu enemigo. 

Y la ley os manda esto: 
Cumplid lo que juréis— pero yo os mando 
qv^ no juréis jamás, por ningún texto; 

y ni al cielo invocando, 
I>orque allí reina Dios en su grandeza; 
ni por la tierra, que es su asiento blando; 

y ni por tu cabeza. 



Digitized by 



Google 



OAOHIVACHERU 399 

porque tú mismo hacer no lograrías 
de un cabello el tamaño ó la belleza. 

Oid las voces mías; 
y cuando habléis hacedlo llanamente: 
sí, sí; no, no; que en lo otro hay ya falsías. 

Aquí caigo en la cuenta de que predico en desierto al apo- 
yarme en la autoridad del Nuevo Testamento, sabiendo como 
sé que nada es menos acatado que un testamento. Del mis- 
mo Dios se conocen dos testamentos: el Antiguo y el Nuevo. 
Y hasta el Papa, cuando á la Curia romana conviene, pasa 
sobre ellos, como sucede con esto del juramento. 

1 anto se ha abusado del juramento, y básele revestido de 
carácter tan rutinario empleándolo á roso y belloso, hasta 
l-iira trivialidades, que por tal tengo el reconocimiento de una 
caria en asunto sin importancia real, que ha llegado á pasar 
con él lo que con las excomuniones: que ya á nadie preocu- 
pan y desvelan, ni hay quien niegue al excomulgado la sal, 
el agua y un cigarrillo. Casi es título á la consideración pú- 
blica el llevar á cuestas siquiera un par de excomuniones. 

Entiendo que hasta ha llegado á ser profesión ú oficio el 
de juradores á precio de tarifa; por jurar ante un juez de paz, 
dos soles, y por jurar ante un juez de derecho, cuatro so- 
les. En ocasiones abarata la tarifa, como la de los responsos 
en el día de finados. Verdad que el oficio, como todo oficio, 
suele tener sus mermas y percances; pero rara vez manda 
el juez á la cárcel á uno de esos prójimos, por el delito de 
haberse ingeniado una manera de ganar el pan de cada día. 
Testigo habrá que jure haber visto persignarse á las hormi- 
gas: cuestión de peseta más ó menos. 

Los mismos tribunales sólo acatan la prueba testimonial 
cuando no encuentran otras para el fallo. Así me lo han di- 
cho quienes tienen obligación de saberlo, que yo no soy de 
la carrera, por mucho que la Universidad de mi tierra me 
haya honrado con el obsequio del diploma de Doctor en Ju- 
rispinidencia. En asimtos jurídicos, no entro ni salgo. Juro que 
no he leído los Códigos, ni me hace maldita de Dios la falta. 

Volviendo al conflicto de deberes en que me estoy ocu« 



Digitized by 



Google 



400 RICARDO PALMA 

paJiáo, solicité la opinión de dos magistrados amigos mios, 
uno liberal á machamartillo, y el otro conservador de tuerca 
y tornillo y, á pesar de la diversidad de escuela, ambos, como 
si se hubieran puesto de acuerdo, me contestaron : -— Amigo 
mío, dura Zea?, sed lex. Que usted jura, no tiene que darle vuel- 
ta. Los magistrados no derogamos la ley sino, tuerta ó de- 
recha, la aplicamos al pie de la letra. Quizá, como ciudadanos, 
estemos de acuerdo con usted en que el juramento es un ul- 
traje á la dignidad del hombre, y sobre irreverente para con 
la divinidad da motivo á inmoralidades; pero, como jueces, 
decimos cartuchera al cañón. Como en el caso de usted no 
cabe apelación sino queja ante el Tribunal Superior le ad- 
vertimos, cristiana y caritativamente, que tendrá que enredar- 
se y desenredarse en ese papel sellado que es su cócora ó 
pesadilla, amén de que, en estos tiempos de pobreza francis- 
cana, tendrá que gastar muchos realejos en escriba y fariseos; 
y por fin de fines tendrá usted que jurar, conducido al juz- 
gado i>or un gendarme; y si aun persistiere en resistir irá á 
chirona, por desacato á la magistratura. 

¡Caracolines! ¡¡Hasta vejámenes en perspectiva por ser buen 
cristiano, y por haber leído en la Biblia el Sermón á^ la mon- 
taña ! . 

Res-ulta de todo lo borroneado que la conciencia no es, 
en nue&tro Perú, un santuario inviolable, y que una ley ab- 
surda, monstruosa, hace mangas y capirotes de los ideales y 
creencias del ciudadano. 

Como el papel de mártir, en defensa de una doctrina ó de 
un principio, pasó de moda, y los que se obstinan en des- 
empeflarlo alcanzan reputación de necios ó extravagantes, yo, 
que no aspiro á gloria de mártir, ni á fama de tonto, he te- 
nido que arriar bandera, amordazar mi conciencia y Dios 

me lo perdone, que sí me lo perdonará, teniendo en cuenta 
que he cedido ante fuerza mayor, ante la presión de la ley 
civil y de los encargados de administrar justicia. 

Rindiendo homenaje á mis convicciones radicales me aten- 
go á l«i ley segunda, título doce del Fuero ReaL. ^ue dice:— 
«Olrd sí mandamos que ningún juramento que home ficiere 



Digitized by 



Google 



cachivachería 401 

isoLie cualquier cosa, quier por fuerza ó pouer miedo á su 
icuerpo, mandamos que non vale I!» 

Lo único que yo no me habría perdonado sería el con- 
sentir, con mi silencio, en que lo absurdo y monstruoso se 
justifique. Por eso protesto (en pleno y libre ejercicio del im- 
prescriptible derecho de pataleo) dando publicidad á estos ren- 
glones, para que, cuando llegue la ocasión, que con el tiempo 
y las aguas llegará, sean atendidas mis geremiadas en defen- 
sa de los fueros de mi conciencia. 



26 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



iM A N U M I S I O N 



Habiendo en 1888 solicitado el gobierno del Brasil que el 
ízobierno peruano le enviase los datos relativos á la manumi- 
sión de esclavos, en nuestra república, me fué oficialmente en- 
comendado este compendioso trabajo histórico. 



La introducción de negros africanos en el Perú se esta- 
bleció desde los primeros tiempos de la conquista, fundándose 
en que los indios mitayos no eran á propósito para tareas 
muy rudas. Así, en 1555, pocos meses antes de su abdicación 
y retiro al monasterio de Yuste, el emperador ('arlos V acordó 
al ex gobernador Vaca de Castro, en premio de sus servicios 
á la corona y como vencedor de la facción almagrista, licencia 
para introducir en el Perú hasta 500 piezas de ébano (negros), li- 
bres de todo derecho fiscal. En ese año el número de esclavos 
esparcidos en toda la costa peruana llegaba ya á 1,200.— El ne- 
gro casi no se aclimató en la frígida serranía. 

Según reales cédulas de 1713 y 1773, el derecho fiscal se fijó 



Digitized by 



Google 



404 RICAKDO PALMA 

en 40 pesos por cabeza, en lugar de los 80 ducados que se 
pagaban en los tiempos de Carlos I de España y de sus suce- 
sores los Felipes hasta Carlos el Hechizado. Cada negro venía 
además aforado en 160 pesos, y el real Tesoro percibía tam- 
bién sobre este aforo el 6 por ciento.— Como se ve, el comercio 
de esclavos producía una gorda partida de ingreso á la Ha- 
cienda española. 

Para resarcirse de ambas gabelas, el pirata comerciante ven- 
día su mercancía en un precio que fluctuaba, en el Perú, entre 
300 y 400 pesos, según fuese la abundancia ó escasez de piezas 
de ébano. 

No entra en nuestro propósito ocuparnos del feroz tratamiento 
que daban los amos á sus siervos. Bástenos decir que, en 1718, 
recibió el virrey, Príncipe de Santo Buono, una real cédula 
por la que se le ordenaba prohibir la carimba en el Perú.— Lla- 
mábase carimbar al acto de poner á los negros, con un hierro 
hecho ascua, una marca sobre la piel, como hacen hoy los ha- 
cendados con el ganado vacuno y caballar. Por otra real cé- 
dula de 4 de Noviembre de 1784, insistió el monarca en la 
abolición de la carimba, lo que nos prueba que la de 1718 no 
fué estrictamente obedecida por los amos. 

El tráfico de esclavos no estaba del todo exento de peli- 
gros; pues las marinas inglesa y holandesa, de vez en cuando 
apresaban naves españolas y portuguesas. Los tripulantes ne- 
greros eran tratados como piratas, colgados de una entena 
y arrojados al agua para alimento de tiburones. 

Según la memoria del virrey Aviles, en los doce años corridos 
desde 1790 á 1802, en que se hizo cargo del gobierno, se impor- 
taron en el Perú 65,747 negros africanos, que al precio mínimo 
do 300 pesos por cabeza, hacen la no despreciable suma de 
19.724,000 pesos. Aviles gobernó hasta 1806, y en sus cuatro 
años de mando no llegaron más que tres buques con carga- 
mento de carne humana, porque los sucesos políticos de Es- 
paña paralizaban ese comercio infame. 

La última partida de esclavos que vino al Perú fué por los 
años de 1814, bajo el gobierno del virrey Abascal, y se vendie- 
ron al subidísimo precio de 600 pesos. Había, como era natu- 
ral, gran demanda del artículo; pues la invasión francesa y 



Digitized by 



Google 



cachivachería 405 

la alianza británica con España eran remoras para el tráfico 
regularizado de los buques negreros. 

Por fin, restablecido Fernando VII en el trono, se vio obli- 
gado á acceder á las humanitarias exigencias de la Inglaterra, 
y en 1817 expidió real decreto prohibiendo la trata de negros 
y la introducción de ellos en las colonias de América. 



Iniciada la guerra de Independencia, el general San Martín, 
en decreto de 12 de Agosto de 1821, dijo:— «Una porción de 
» nuestra especie ha estado durante tres siglos sujeta á los 
»cálculos de un tráfico criminal. Los hombres han comprado 
ȇ los hombres, y no se han avergonzado de degradar la fa- 
»milia á que pertenecen. Yo no trato de matar de un golpe 
»este antiguo abuso. Es preciso que el tiemjK) mismo que lo 
»ha sancionado, lo destruya; pero yo sería responsable á mi 
«conciencia piiblica y á mis sentimientos privados, si no pre- 
» parase para lo sucesivo esta piadosa reforma, conciliando, 
»por ahora, el interés de los propietarios con el voto de la 
>razón y de la humanidad. Por tanto, declaro lo siguiente: 
»— -Todos los hijos de esclavos que hayan nacido y nacieren 
»en el territorio del Perú, desde el 28 de Julio del presente 
»año, serán libres, y gozarán de los mismos derechos que el 
» resto de los ciudadanos.» 

Complementario de este magnánimo decreto dictó el Pro- 
tector San Martín, con fecha 24 de Noviembre, otro i>or el que 
concedía á los antiguos amos el patronato ó tutela, hasta la 
edad de veinticuatro años los varones y de veinte las mujeres, 
obligando á los patrones, en cambio del servicio que los li- 
bertos les prestaran, á enseñarlos á leer y escribir, y hacer- 
los aprender algún oficio ó industria. Por ese decreto se de- 
claró también libre á todo esclavo que del extranjero viniese 
á nuestro territorio, así como á los nacionales que, por tres 
años, sirviesen en el ejército ó se distinguieran en una acción 
de gi;erra 

De suyo se comprende que los hacendados acogieron con 
disgusto los liberales decretos de San Martín, y que la mayor 



Digitized by 



Google 



106 TlICARDO PALMA 

parta de aquéllos hostilizaron la causa patriota favoreciendo 
A los realistas. El número de esclavos de todo el país ascendía 
á 41.228, de los que cerca de 33.000 estaban ocupados en las 
faenas agrícolas. Pobre hacienda era aquella en que la cifra 
de negios llegaba á 50. Lo general era que las haciendas ron- 
laian con 150 ó 200 esclavos, y hubo no pocas en que il luunero 
de éstos excedía de 300. 

San Martín calculaba (y calculaba muy juiciosamente) que 
para 1850, esto es, en la mitad del siglo xix, la existencia de 
esclavos estaría reducida á la cuarta parte de los 41.228; es de- 
cir, á diez ú once mil, y que bastaría un tercio de millón de 
pesos, sobre ik)co más ó menos, para indemnizar á los pro- 
pietarios. 

Los Congresos Constituyentes de 1823 y 1828, ratificaron 
los decretos dictatoriales de San Martín. 



Los esclavócratas esperaron oportunidad propicia para in- 
terpretar, conforme á sus conveniencias, las leyes, á fin de con- 
vertir en título de señorío la tutela que éstas les acordaron. La 
vocinglería interesada se empeñó en probar que, suprimida 
la esclavatura, sucumbiría la industria agrícola por falta de 
brazos; y un simple decreto presidencial de 19 de Noviembre 
de 1830, transformó á los libertos de pupilos en esclavos. Y 
para remachar la cadena, vino la ley de 27 de Agosto* de 1831. 
El azote, tratándose de los negros, continuó siendo la norma 
del derecho. 

En 1833, y como para ponerse en guardia contra la frac- 
ción liberal que formaría parle de la Convención Nacional, 
convocada para ese año, los hacendados, por artículos de pe- 
riódicos y i>or folletos, se esforzaron en demostrar la incom- 
petencia de San Martín y de los Congresos del 23 y 28 para 
haber legislado sobre la materia. En concepto de aquellos, 
no había potestad sobre la tierra con facultad para manumitir 
á los esclavos. Añadían que en doce años más, esto es, en 1845, 
los libertos principiarían á emanciparse si se accedía á la pre- 
tensión de los liberales, que era declarar en todo su vigor 



Digitized by 



Google 



CAOIUVACHKRIA 407 

y fuerza los decretos de San Martín; y que entonces, con la 
muerte de la agricultura, vendría gran ruina para la nación. 
Y como si el derecho pudiera probarse por el hecho, alegaron 
que desde las edades más remotas del mundo habían existido 
esclavos y señores. 

La Convención no tuvo tiempo ó no quiso ocuparse de ta- 
les sofisterías; pero vino la guerra civil, y uno de los caudi- 
los, el general Salaverry, para propiciarse el apoyo de las 
acaudalados, los complació á medias, restableciendo el comercio 
ó tráfico de esclavos traídos del extranjero. 

El Congreso Constituyente de Huancayo, para eterno bal- 
dón de su memoria, sancionó la ley de No\iembre de 1839, por 
la que el patronato de los amos sobre los libertos se alargaba 
hasta los cincuenta años de edad. En ese Congreso triunfaron 
los partidarios de la esclavatura (1) más allá de lo que se prome- 
tieron. Aceptaron la obligación de pagar á los libertos el sa- 
lario de un i>eso semanal, en el campo; y en las ciudades, 
la mitad de lo que ganara un peón ó sirviente libre. Además se 
libertaban de mantener gente inútil ya para el trabajo, pues 
á los cincuenta años de edad la mayoría de los esclavos lle- 
gaba casi á la decrepitud. 

Ese funesto Congreso de Huancayo, al suprimir en la Cons- 
titución que dictara esta frase consignada en las Constitucio- 
nes de 1828 y 1834 — nadie entra en el Ferú sin qtiedar libre — parece 
que, de una manera solapada, se propuso la vigencia del de- 
creto de Salaverry. Así se introdujeron cerca de 800 esclavos 
traídos de las costas del Chocó. 



La Comisión Codificadora, creada por el Congreso de 1846, 
empezó á minar por su base la ley del Congreso de Huancayo; 
y la Excelentísima Corte Suprema de Justicia, en los pocos 
juicios que sobre libertad de libertos se presentaron ante ella, 
falló declarando la incompetencia del Congreso de Huanca- 
yo para legislar contra los principios eternos de justicia. La 
buena causa emi>ezaba á ganar terreno. 

(1) El Diccionario sólo admite la palabra esclavitud, y no acepta los vocablos esclarntuta 
(cQDjanto de esclavos)» ni esdavócraia (partidario de la esclavitad de los nefrros ) 



Digitized by 



Google 



408 



RICARDO PALMA 



* 



El siglo XIX llegaba á la mitad de su vida, y en todas las 
repúblicas de la América española, donde aun existía la ig- 
nominia de la esclavatura, se hacía sentir la reacción que pro- 
testaba contra todo lo que, como la esclavitud del hombre por 
el hombre, simbolizara despotismo y barbarie. 

El 20 de Mayo de 1851 el Congreso de Nueva Granada (hoy 
Colombia) dio una ley de manumisión, pagándose (en vales 
que se cotizaron al 46 por 100) 160 pesos por cada varón y 
120 por cada esclava. Los manimiisos fueron 8.000. 

La República del Ecuador, en Julio de 1852, dio una ley 
idéntica. En esta nación la cifra de esclavos era reducida. 
Entiendo que no alcanzaba, á 3.000. 

En Venezuela, la ley de manumisión de esclavos se expidió 
el 23 de Mayo de 1854. Su número llegó á poco más de 4.000. 

En la comimión de las Repúblicas americanas, él Perú que- 
daba como un lunar. Alortunadamente, un año después, se 
libertaba de tamaña deshonra. Veamos la manera. 

En 1854 el Gran Mariscal don Ramón Castilla, caudillo de 
la revolución contra el Presidente constitucional, general don 
José Rufino Echenique, dictó el 3 de Diciembre (y precisa- 
mente en Huancayo) un decreto de inmensa importancia social 
y política, declarando abolida la esclavitud, decreto que contri- 
buyó, en no poco, á la victoria de la revolución en la batalla 
de la Palma. Este decreto dictatorial fué motivado por uno 
que en Noviembre había expedido el general Echefnique, de- 
clarando libres á los negros que se afiliaran en el ejército 
constitucional, decreto á todas luces mezquino. 

El de Castilla disponía el pago en cinco años, en billetes 
al portador, con el 6 i>or 100 de interés anual, asignando para 
fondo de amortización la quinta parle de las rentas públicas; 
y admitiendo, en pago de toda deuda al fisco, la cuarta parte 
en vales de manumisión. ítem, los amos de uno ó dos esclavos 
serían satisfechos al contado. 

Prescindiendo de la injusticia é incompetencia del Congreso 
de 1839 p>ara hacer esclavos á los nacidos después del 27 de 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 409 

Noviembre de ese año, y de que los amos no tenían der¡echo 
para reclamar indemnización por los que, nacidos después del 
28 de Julio de 1821, eran libertos según la dispK)sición de San 
Martín, aceptada por dos Congresos, parécenos que el decreto 
de Castilla encarnaba el absurdo de señalar el mismo precio 
á los esclavos que á los libertos, absiu'do que disculpamos sólo 
teniendo en cuenta las especialísimas circunstancias políticas 
en que fué dictado. Ese decreto fué un arma de guerra, á la 
vez que la expresión de humanitarios sentimientos. 

Triunfante la revolución, por decretos de 9 de Marzo del 55 
y 19 de Febrero del 57, se aplicó im millón (por sorteo) al 
pago inmediato de vales, y se redujo á tres años el plazo de 
cinco que determinaba el decreto de Huancayo. Una Junta 
ad hoo fué nombrada para el examen de expedientes. 

El Mariscal Castilla ordenó que se valorase en 300 pesos 
cada esclavo de los nacidos desde Agosto de ese año hasta el 
27 de Noviembre del 39. En cuanto á los nacidos después 
de esa fecha, entre los que el mayor apenas llegaría á la ^ad 
de quince años, serían valorados en 100 pesos. 

Según cálculos aproximativos que tuvo á la vista el Dic- 
tador Castilla, en Huancayo, la cifra total de esclavos podía re- 
sumirse así: 

De los nacidos antes de 1821 1.000 

j> » » de 1821 á 1839 6.000 

> :> ^ « 1839 á 1854 7.000 

La manumisión era, pues, para él, hacedera con gasto fiscal 
de cuatro millones máximum. El patrióla Mariscal no pudo 
presentir que habría falsificación de partidas bautismales, y 
que se forjarían expedientes en los que la mitad de los esclavos 
fueran antiguos moradores del cementerio. Se eslima en 9.000 
la cifra de estos resucitados. 



En JuHo de 1860 no había ya expediente por despachar. 
El número de esclavos y libertos manumitidos fué de 25.505, 
que representaron una suma total de 7.651,500 pesos. De esta 



Digitized by 



Google 



410 RICAKÜO PALMA 

suma se habían pagado 2.217.600 pesos, en dinero efectivo, y 
emitídose vales por 5.033.900 pesos. 

De estos se habían amortizado, por propuestas cerradas, 
3.128.158 pesos por la suma efectiva de 2.839.647 pesos. 

Quedaban por pagarse vales ascendentes á 1.905.741 pesos, 
habiéndose gastado además en pago de intereses 1.284.674 pesos. 

En 1867 sólo quedaban por amortizar vales que represen- 
taban 427.575 pesos, deuda que terminó de pagarse en la ad- 
ministración del presidente don José Balta, (1868 á 1872.) 



Digitized by 



Google 



w^fmf^wmifmmmmmm^mmmmmmm^^^wm^wi^mmmmmní^^^^mníwmwwm 



JUSTICIA Y ESCUELAS 



No son leyes las que en el Perú faltan en protección de 
la raza indígena, sino decisión de las autoridades para cumpli- 
mentar las que existen. 

En los primeros tiempos de la colonia, el monarca, inspi- 
rándose en sentimientos justicieros, dictó sus reales ordenan- 
zas creando y organizando las encomiendas. El encomendero 
español resultaba investido, no con un poder ó dominio se- 
ñorial sobre los indios, sino con una autoridad casi paterna, 
pues se obligaba á civilizarlos y ampararlos. 

La ley fué para los encomenderos letra muerta; y para 
que lo fuese estallaron rebeldías escandalosas que ensangreai- 
taron el país. Las ordenanzas subsistieron; pero el gobierno 
fué siempre impotente para hacerlas prácticas. 

En la ley xxi, título 10, de la Recopilación de Indias, se 
mandó que fuesen castigados con mayor rigor que si el delito 
fuese cometido contra peninsulares, los que maltratasen ó agra- 
viasen á los indios. Según Solórzano, en su Política Indiana, 
sólo una vez se vio acatada esta justiciera prescripción, y fué 
cuando, en el Cuzco, y en público cadalso, se cortó la mano 
á un español que abofeteara á un cacique. 

Perdían su tiempo los reyes de España insistiendo en reco- 
mendar á sus representantes en América que tratasen á los 
indios, no sólo con espíritu justiciero, sino con benignidad. 
F'elipe IV, por ejemplo, al pie de un rescripto dirigido a xma 
Real Audiencia agregó, de su puño y letra, estas enérgicas 



Digitized by 



Google 



412 RICARDO PALMA 

frases:— «Quiero que me deis satisfacción, á mí y al mundo, 
»del modo de tratar á estos mis vasallos indios. Y de no hacerlo, 
»y de que no vea yo ejecutados ejemplares castigos en los que 
jse excedieren contra éstos, me daré por deservido. Y asegú- 
»roos que, aunque no lo remediéis, lo tengo yo de remediar 
»y mandaros hacer gran cargo por las leves omisiones en esto, 
»por ser contra Dios y contra mí, y en total destrucción de esos 
» reinos á cuyos naturales estimo, y quiero sean tratados como 
»lo merecen vasallos que tanto sirven á la monarquía y que 
:> tanto la han engrandecido.» 

Vino la República; y quien hojee nuestras compilaciones 
de leyes patrias encontrará que abundan también las expedidas 
en favor y protección de la raza aborigen. Fatalmente, como 
en los tiempos de la dominación española, también nuestras 
leyes son letra muerta, y el indio continúa siendo rico filón 
explotable para el jamonal acaudalado y para el cura simo- 
niaco. Por desgracia no abundan autoridades que luchen para 
poner barreras al torrente de los depresivos abusos. 

Las sociedades indiófilas ó protectoras de los indígenas nin- 
gún fruto benéfico han producido hasta ahora, pues más que 
humanitarias, han sido asociaciones de cascabel y relumbrón. 
Su objetivo más ha sido de política de campanario que de 
regeneración social para la raza. 

Hay que extirpar en nuestras masas populares de la Sierra 
el alcoholismo embrutecedor que nos trajo la España conquis- 
tadora, y ese bien no se alcanza por medio de leyes. Hay que 
crear en nuestros indios necesidades que los alejen del ocio, 
y hagan nacer en ellos hábitos de trabajo^ Hay, por fin, que 
ilustrarlos, y eso únicamente se obtiene multiplicando las es- 
cuelas. 

No llevéis al indio á las algaradas políticas, sino cuando, 
civilizado en la escuela, lo hayáis hecho ciudadano capaz de 
discurrir sobre sus derechos de tal. 

¿Cuál debe ser la actitud del gobierno y de sus autoridades 
subalternas para con los indios? Ella es sencillamente clara 
y fácil. Basta con hacerles siempre justicia, sin moratorias ni 
humillaciones. Húndase para siempre en el panteón del pa- 
sado todo lo que trascienda á prerrogativas de raza. Ante nues- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 413 

tro credo democrático la igualdad humana es absoluta. No 
cabe otra superioridad en la vida republicana que la que crean 
la honradez, la inteligencia y el trabajo. 

Los factores eficaces para levantar la condición social de 
dos millones de seres que constituyen la masa de nuestra po- 
blación de indios, están sintetizados en dos palabras: Justicia 
y escuelas. Sólo en posesión de estos dos bienes no seguirá 
el indio siendo en las horas de paz rebaño esquilmable, y en 
las horas de guerra, carne de cañón. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



] 



fruslerías 



I 



Mi amigo don Ruperto Vomipiirga es, entre los médicos 
de mi tierra, todo lo que se entiende por un sabio en bacterio- 
logía. Conoce íntimamente á todos los bacilos, sabe al dedillo 
sus mañas y picardías, y los trata tú por tú, con menos respeto 
que al arzobispo, por aquello de 

A Dios se le habla de tú, 
de tú á la Virgen María, 
y al obispo se le dice 
su señoría ilustrísima. 

Ayer nos encontramos en la Casa de Correos, frente á una 
de las niñas estafeteras, chica que, al mirarla, se le hace á 
un cristiano la boca agua y los ojos despiden chiribitas. 

—i Bonita muchacha!— me dijo don Ruperto. 

— Ya lo veo, doctor— le contesté. — Es un lindo microbio como 
para que lo estudie y clasifique usted, que hasta en cl suspiro 
los persigue. 

—¿Y por qué me la endilga y no la aprovecha usted para 
sus disquisiciones tradicionales? Yo, mi amigo, soy como el 
usurero aquel á quien fué un pobre diablo á empeñarle un 
bonito cuadro.— ¿Es de usted? le preguntó el agiotista.- No. 
señor, es de Rubens, contestó el necesitado.— ¡Ah, bribón! Lar- 
gúese ahorita mismo antes que lo mande á la comisaría. ¿Con- 
fiesa usted que no es suyo el cuadro, y tiene la desvergiien- 



Digitized by 



Google 



416 RICARDO PALMA 

za de traérmelo, como si yo fuera ocultador de lo ajeno?— 
Apliqúese el cuento. 

Entretanto, don Ruperto no tenía cuándo entregar su carta 
á la empleada. Recelando que la goma de la estampilla fuera 
almáciga de bacterias, no se atrevía á humedecer aquélla para 
pegarla en el sobre, y mirando á la simpática estafetera la 
dijo- 

—Me parece, señorita, que anda usted algo delicada de salud. 

—No, doctor; me siento bastante bien. 

—A ver; dígnese usted sacar la lengua. 

La joven obedeció im tanto alarmada. El médico pasó con 
delicadeza la estampilla por la lengua de la presunta enferma, 
y después de adherir aquélla al sobre, dijo: 

—La felicito, niña; goza usted de cabal salud, y que sea por 
muchos años. Adiosito, y gracias por el servicio que acaba 
de prestarme. 

Y echó la carta en el buzón, retirándose con más seriedad 
que pleito perdido. 

No pude contener la risa al fijarme en el alelamiento del 
rostro de la joven, é inmediatamente fui con el chisme donde 
mi camarada el Director de Correos. 

Al día siguiente se colocó en las estafetas una esponja hume- 
decida en agua de goma. 

Débenme, pues, las empleadas del Correo el servicio (que 
tal vez no me agradecen las muy ingratonas) de que nadie les 
pedirá ya la lengua para humedecer estampillas. 

II 

Merceditas es una preciosa coqueta, de esas que prome- 
meten, con el tiempo y las aguas, dorarle los cuernos al mis- 
mo diablo. 

Sin duda tiene imán para que los poetas la persigan y la 
espeten á quemarropa, por lo menos, un soneto de aquellos 
que parecen una puñalada en el hígado. La sonetorrea es epide- 
mia que compite con la p^te bubónica, y acaso la aventaja. 

Contáronme que Merceditas hasta en la sopa, en vez de 
fideos, encontraba versos ramplones. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 417 

Formaban en cierta noche su tertulia un romántico, que 
se jactaba de ser por entonces el enamorado á quien ella tenía 
en candelero de plata; imo de esos que se llaman decadentes, 
la cual decadencia no es chicha ni limonada, y que esperaba 
tumo para reemplazar al anterior en el corazón voluble de 
la joven; .y un clásico, que hacía ya meses estaba borrado 
en el escalafón de los pretendientes, y que concurría á la casa 
sólo por divertirse con la rivalidad amatoria de sus otros dos 
cofrades en Apolo. 

A propósito de no sé qué tema de conversación, ocurrió- 
selc á Mercedes preguntar á sus poetas: 

—Si uno pudiera escoger día en que morir, ¿cuál esco- 
gería usted? 

El decadente, que fué el primer interrogado, creyó poner 
una pica en Flandes respondiendo: 

Curiosidad te aqueja muy sombría: 

en muriendo en tus brazos, cualquier día. 

El romántico, como para dar berrinche á su rival, alar- 
deando de ser actualmente el preferido, contestó: 

La víspera del día 

en que de amarme dejes, vida mía. 

Tocóle turno al clásico que, en puridad de verdad, habló 
muy á las derechas. Clásico, desencantado, prosaico había de 
ser, porque dijo... lo que dice todo hombre que no tiene flojos 
los tornillos del caletre: 

¿Para morirme el día que prefiero 
quieres saber? El treinta de Febrero. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



SEGUNDA PARTE 



CARTAS LITERARIAS 

A José Antonio de Layalle. 

Mi muy amado colega: 

Dos gratísimas horas he pasado con la lectura de su novela, 
y con toda franqueza voy á darle mi acaso desautorizada, pero 
muy sincera, opinión. 

En La hija del contador, el argumento carece de novedad, y 
casi podría decir que es hasta manoseado. Un padre ó una madre 
que, engreídos con sus pergaminos, obstaculizan el matrimonio 
de un hijo, á quien la mocedad y el inherente calorcillo de 
la sangre traen encalabrinado por una chica que no luce otras 
dotes que las de virtud y hermosura, j>ero cuyo primer sueño 
no fué arrullado en cuna dorada, son tipos que abundan en el 
teatro de Lope y de Calderón. Que la muchacha vaya á pudrirse 
en un claustro y el galancete á correr cortes, era cosa corriente 
y hasta lógica. Un padre como su merced el Contador, es, sobre 
poco mas ó menos, carácter idéntico al del Rico-home de 
Alcalá. Que el mancebo llegue para impedir la profesión, minuto 
y medio más tarde, es recurso de cajón en el teatro y en la 
novela. Siempre trop tard^ como acontecía á los cai-abineros 
de la opereta. Convengamos, pues, en que el argumento es trivial, 
y en que tampoco hay episodios románticos, pues ni el escri- 
bano don Estado, con su carta noticiera, deja de ser pura 
prosa. 

Pero esa misma trivialidad de argumento es, para mí, uno de 
los grandes méritos de la obrita. No es más gordo el hilo de 
que se ha servido Pedro Antonio de Alarcón para tejer su Sombre- 
ro de tres picos 6 Historia de los amores de la Molinera y el Co- 



Digitized by 



Google 



420 BIGARDO PALMA 

rregidor^ la más linda novela de contemporáneo autor que ha caí- 
do bajo mis lentes. Son los detalles, y no el fondo, lo que en 
ella me cautiva, é idéntica impresión ha producido en mí La 
Hija del Contador. 

Yo he conocido la. casa de don Melchor Orozco en cada calle 
de Lima, hasta 1845; he bebido agua de la tinajera; de im co- 
cazo lompí el cristal del farol, remendándose la avería con 
medio pliego de papel San Lorenzo; me he acercado alas jaulas 
de caña, para dar alpiste y maíz molido á la cuculí^ y capulíes 
silvestres al piche; á pesar de que á mujer bigotuda de lejos 
se saluda, he proporcionado más de un sofocón á la vieja To- 
masa, obligándola á ponerse parches de papa en las sienes, 
sujetándolos con el vendón ó pañuelo de cuadros blancos y 
negros: he conocido á Lucía rebozada en el paño de Lam- 
bayeque: y mis primeros palotes los hice á presencia del San- 
tocristo de talla que había sobre la mesa del cuarto de estudio 
de don Melchor, engulléndome medio bizcochuelo que sobrara 
del matinal chocolate. ¡ Cuántas veces repasé mi lección de cate- 
cismo del padre Astete, sentado en una de las dos sillctitas 
de paja vecinas á la ventana de la sala! ¿Qué limeño que bar- 
bee, como nosotros, con medio siglo de fecha, no se sentirá 
remozado, y más que eso, vuelto á los días infantiles, leyen- 
do la descripción tan viva, tan animada, que la pluma de usted 
nos hace de la casa y costumbres del viejo jubilado del Tri- 
bunal de Cuentas? Para mí el cuadro es de exactitud fotográ- 
fica: no ha dejado usted olvidado en el fondo del tintero el 
menor detalle... ¡Ah!... sí... falta el fanal de la sala. Necesito 
ese fanal, y poco, muy poco le costaría á usted complacerme. 

De tapadillo, como se dice, aüsbé una noche la tertulia del 
Regente; recuerdo los azulejos del salón; los sillones de cuero 
de Córdoba tachonados de clavos de bronce; que allí el piso 
no era de gastados, pero muy limpios ladrillos, como en la 
casa del honrado don Melchor, sino de rica alfombra del Cuz- 
co; todo, en fin, como usted con magistral ligereza lo describe. 
Pero también recuerdo que en la mesa de revesino vi una bu- 
jía de cera color rosa, cubierta por ima guardabrisa de cristal. 
¿No la vio usted? Pues véala, amigo, véala. 

Hay en el manuscrito de usted muchas páginas que me 



Digitized by 



Google 



cachivachería 421 

han quitado algunas canas. Son las que usted consagra á descri- 
bir la Alameda vieja. ¡Quién la vio y quién la ve! Me parece 
que fué ayer, cuando retozando por ella con otros arrapiezos de 
mi edad, recogía las bolitas negras de que estaban cargados unos 
árboles que, en el Norte, llaman chorolques. Hoy la Alameda 
con sus estatuas y sus verjas, y su jardín y su fuente, será más 
artística, pero no más poética que la Alameda de nuestra in- 
fancia. Hoy es algo que hemos visto en Europa y en otros 
pueblos de América; pero no es típica, no es limeña. Hoy la 
Alameda no vale un pueho de cigarro. Es una Alameda con 
pretensiones de civilizada, y nada más. i Quién me diera es- 
paciarme por la Alameda semisalvaje de esos días^ en los jque 
era aforismo doméstico lo de marido^ vino y bretaña, de Es- 
paña! 

Muy bien traída es por usted la anti^a costumbre de hacer 
pasear tres días, por el mundo^ á las desventuradas doncellas 
destinadas á sepultarse en im claustro. Ogaño no se estila eso. 
Los monjíos se hacen de sopetón, y muy á Dios que te la de- 
pare feliz. 

En una novelita de corto aliento nos ha puesto usted de 
relieve á nuestra Lima tan querida de los tiempos coloniales. 
No sea usted egoísta, y haga gozar á los demás de las bellezas 
con que yo acabo de engolosinarme. Publique usted su no- 
vela, que es muy digna de vivir en letras de molde. 

No he querido acostarme sin borronear antes, muy á la 
ligera, mi juicio sobre La Hija del Contador, y felicitar á usted 
por el buen desempeño literario. Con pobre argumento, ha 
hecho usted un libro precioso por los detalles. Haga usted 
conocer á los limeños que viven, el Lima que conocimos los 
limeños de la generación que se va. 

Buenas noches, my dear dearest friend. 



Digitized by 



Google 



122 RICARDO PALMA 



Alberto Navarro Viola. 

(Carta A su hermano Enrique) 



Sil carta del 7 de Febrero ha traído á mi corazón y á mi 
memoria el recuerdo de un antiguo compromiso:— juzgar -á 
Alberto Navarro Viola como poeta, siquiera sea lacónicamente, 
ya que el recargo de ocupaciones no me deja tiempo para 
discurrir largo y menudo, como mi cariño desearía, al ocu- 
parme del merecimiento literario de un joven á quien traté 
siempre con paternal cariño. Quede para otro disertar sobre 
el inteligente y estudioso bibliófilo que, con criterio de admi- 
rable rectitud, alcanzó, con la fundación del Anuario^ á ser 
en su patria, el aniquilador de la conjuración del silencio, con- 
juración que pesaba sobre los libros de los escritores noveles. 
La juventud necesita de estímulos delicados y consejos sanos, 
y tal fué la noble tarea que el malogrado Alberto se impusiera 
y de la que usted, con plausible éxito, y no menos levantado 
propósito, es continuador entusiasta. 



Allá, por los años de 1876, llegó á mis manos un periódico 
bonaerense, que, en sus columnas de preferencia, traía unos 
versos con el título: — A mi hermana, en la primera 'página de 
las Armonías de Ricardo Palma. 

Aunque la confesión auricular no entra en el reino de mis 
creencias, á riesgo de que los lectores argentinos me califiquen 
de inmodesto, voy á espontanearme con ellos, que de seguro 
han de ser para conmigo confesores de manga ancha. Y esta 
confianza mía en su benevolencia, nace de la fe que tengo 



Digitized by 



Google 



CACmVACHEBlA * 423 

en el personal aprecio, de que abrumadoras pruebas me han 
dado siempre los hijos de la patria de San Martín. Entremos, 
pues, de lleno en el capítulo de las confidencias. 

Cuando por primera vez, y al pie de los citados versos, 
leí la firma de Alberto Navarro Viola, me dije:— He aquí un 
niño que será, para las letras de su patria, no de los llamados, 
sino de los escogidos.— Y dóime la enhorabuena por haber 
acertado en mi pronóstico, yo que, en augurios de esta natu- 
raleza, me he chasqueado muy á menudo. 

Desde su apellido me fué simpático Alberto. En mis días 
juveniles de marino, de proscrito y de viajero, había tenido 
ocasión de intimar amistad, en Guayaquil, con un distinguido 
abogado y hombre de letras. Habrá usted adivinado que me 
refiero á su excelente tío el doctor Navarro Viola, á quien su 
caballerosidad condujo á temprana muerte. 

Cuando el presidente del Ecuador don Gabriel García Mo- 
reno realizó, en Jambelí, la horrible matanza de los jóvenes 
que contra su autoridad se rebelaron, encontró en la cartera 
del caudillo fusilado un billete sin firma, que así decía: 

«Compadre: Acepto, y queda amarrada la pelea; pero le 
» advierto que mis gallos 5, 7 y 10 no son de á pico, sino 
»de navaja.» 

—;Ah!— exclamó García Moreno.— Esto sólo Navarro Viola 
lo descifra 

Muy pocas horas después estuvo el presidente de regreso (en 
Guayaquil, y su primera medida fué ordenar la prisión del 
hombre á quien, no sabemos con qué fundamento, atribuía 
la paternidad del billete. 

García Moreno le exigió que rebelase los nombres á que 
correspondían las cifras 5, 7 y 10. Mi caballeresco amigo re- 
chazó indignado la ultrajante exigencia y prefirió, á conser- 
var una vida sin honra, un patíbulo honroso. Pocas horas des- 
pués fué fusilado el hidalgo argentino. Quince días antes, re- 
gresando yo de Nueva York, estuve por pocas horas en Gua- 
yaquil y había estrechado su mano. Volvamos á Alberto. 

El niño empezó á hacerse hombre, y en 1880, con una ama- 
ble dedicatoria, recibí un precioso librito, edición aulográfica, 
bautizado con el modesto título de Versos. 



Digitized by 



Google 



424 , RICARDO PALMA 

Aunque en esos primeros versos de Alberto abundaba la 
incorrección de forma, propia del principiante, encontré en 
ellos un poeta en germen. Sus rimas tenían todo el atractivo 
de la adolescencia, todo el tibio perfume de la juventud que 
aún no ha sido combatida por el huracán de las pasiones ni 
apurado la hiél de los desengaños y del infortunio. 

Desde entonces principió nuestra amistad y corresponden- 
cia. Se estableció entre los dos constante cambio de ¡deas y 
sentimientos, y al través de la distancia, me acostumbré á leer 
en lo íntimo de su alma, como en libro abierto. Yo lo trataba 
con la llaneza un tanto socarrona de los viejos cuando se 
intiman con los jóvenes. Así lo alentaba en sus confidencias, 
y le daba los consejos sinceros que la experiencia y el afecto 
me dictaban. 

Recuerdo con íntima tristeza que, en una de mis cartas, 
dos años antes de su muerte, le decía, á propósito de ciertas 
juveniles y legítimas aspiraciones políticas de que me hablaba: 
—Calma, amigo mío; la política es manjar para gente gastada. 
Viva usted todavía con la vida del espíritu, y no envenene 
su alma tan temprano. No olvide usted que los jóvenes pre- 
coces viven poco.— Fatídico, tristísimo augurio de mi pluma. 

Yo no sé si Alberto se lanzó ó no en esa candente arena de 
la política, matadora de las ilusiones y del entusiasmo, vida 
en que, á la postre, se ostenta 

joven la faz y anciano el corazón; 
vida de prosa y materialismo, vida de ideales, absurdos casi 
siempre, y en la que, como el médico que armado de escalpelo 
intenta adueñarse de los misterios del organismo humano, sólo 
se cosechan decepciones. En política, lo que nos imaginábamos 
oro, es oropel. 

Los poetas no han nacido para la política. Dios no quiso ha- 
cer de ellos seres contradictorios. Son harto soñadores; y la 
política es, como la tumba, la más desconsoladora de las rea- 
lidades. Lamartine, el gran poeta de las melancolías y dul- 
zuras, fué el más infeliz de los políticos. Los pueblos no son 
el arpa de marfil que, pulsada por el bardo, produce melodías. 

Quizá dirá usted, don Enrique, que se me Jia ido el santo 
al cielo, y dirá bien. Esto tiene la condenada política, que al 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 425 

hablai* de ella, siquiera sea por incidencia, nos trabuca el seso, 
y la pluma corre como corcel sin freno. 

Para mí, Alberto supo fotografiar su adolescencia en un so- 
neto que mereció, por entonces, crítica amarga, y que estimo 
infundada. El zoilo atendió más á lo convencional de la forma 
que á la espontaneidad de la expresión y á lo conceptuoso 
del fondo. 

Voy á darme el gusto barato de copiarlo: 

¿Cuál es su gusto, su afición, Alberto? 
una mujer me preguntaba un 'día, 
con ese tono de interés incierto 
que puede ser cariño ó cortesía. 

Y yo, con mi lenguaje siempre abierto, 
llano como yo soy, la respondía:— 
Me gusta mucho amar, soñar despierto, 
comer arroz, sentir la poesía. 

Me gusta alguna vez la buetia copa 
de Oporto, y más que todo la cerveza, 
se entiende si es del norte de la tluropa; 

Me gusta toda clase de impresiones, 
me gustan el durazno y la cereza... 
V usted me gusta más que los bombones. 

Todos los hombres hemos sido así, de los dieciséis á los 
veinte años, en esos risueños días que marcan la transición 
de la existencia del muchacho á la existencia del joven cir- 
cunspecto. Alberto nos retrató con magistral ligereza á todos 
en ese soneto; y si algo hay en él exclusivamente suyo es ipl 
último verso, por lo culto de la galantería que expresa. Quizá 
no á todos los muchachos se les habría venido á la pluma 
el delicado piropo. 

Posteriormente me envió All>erto un pequeño poema titu- 
lado Eduardo^ sobre el cual emití nada favorable juicio en 
carta que dirigí al autor, y que él dio á luz en la prensa bo- 



Digitized by 



Google 



426 RICARDO PALMA 

naerense. Para mí, escribir poemas como el Edunrdo es hacer 
un gasto estéril de fuerza intelectual, un derroche de senti- 
miento poético, es falsear la misión del poeta en las nacientes 
sociedades americanas. Quede á la Francia y á los pueblos 
viejos la literatura del escándalo. Hay sociedades que, como 
los hombres gastados, se ahmentan, á imitación de los mag- 
nates romanos, en los días de corrupción y decadencia del 
gran imperio de los Césares, con manjares cargados de es- 
pecias y salsas nauseabundas. La escuela literaria de Zola no 
puede ni debe aclimatarse en la América republicana. Nues- 
tra manera de ser y nuestras aspiraciones son más ideales. 
Decimos, como los enemigos de ía cerveza, que hartas amar- 
guras hay en la vida para saborear una más. Zola nos exhibe, 
en toda su desnudez repugnante, las debilidades, los errores, 
las miserias, las torpezas, las abominaciones todas de socie- 
dades decrépitas, cacochlmes, anémicas, por consecuencia del vi- 
cio. Las sociedades americanas, á Dios gracias, distan todavía 
mucho de familiarizarse con ese prosaico y execrable pande- 
mónium. Aun tenemos el derecho de mirarlo todo por un 
prisma poético. Por eso reprobé, en Alberto, que empleara 
su claro talento en pintar escenas de pura fantasía, y para 
él completamente ignoradas por extrañas al centro social en 
que vivió. Afortunadamente para la gloria y renombre del poe- 
ta, no reincidió en el pecado. 

En el tomito que publicó en 1882 es donde el poeta se 
exhibe ya con faz propia, sin amaneramiento ni timidez. Hay 
entonación robusta en los tercetos, de caprichosa estructura, 
con que dedica el libro: 

A la memoria de mi madre santa— 
jamás las peripecias del combate 
que el ardimiento nubil agiganta, 
te anuncien que mi espíritu se abate. 

Juguete de la duda, el hombre canta 
cuan.do su corazón, á cada embate, 
con más viril aliento se levanta. 

Pues hombre me educaste, á ti refluya. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 427 

si triunfo, el galardón de mi energía; 
i porque es la gloria de mis sueños tuya! 

Yo no amo á los poetas que, olvidándose de su sexo, llenen 
pusilanimidades de mujer nerviosa y asustadiza, ó vacilacio- 
nes de coqueta. Yo quiero al poeta que, en los albores de la 
\ida, es ante todo, hombre, y que, como Alberto, dice: 

Permítame la suerte que merezca 
■batirme i>or mi patria y por mi dama, 
lo mismo que en la edad caballeresca. 



¡A meditar de pie! Por las colinas 
vagando ó ascendiendo la montaña, 
pensar al mismo tiempo que caminas. 

Si marchas, el progreso te acompaña; 
si te detienes, quedas atrasado, 
y el muerto mar tu inteligencia baña. 

Poeta, y poeta trascendental como Olegario Andrade. como 
Carlos Guido, como Rafael Obligado, como Ricardo Gutiérrez, 
como Palacio (Almafuerte), como Lugones, como Leopoldo Díaz 
y como Martín García Mérou, es, sin duda, el autor de los, 
por muchos conceptos, admirables cantos á Giordano Bruno 
y Dante Alighieri, que de paso sea dicho, son, en la forma, 
las más cuidadas y correctas de las poesías de Alberto. jEsos 
son versos! ¡Eso es poesía! ¡Así se escribe!— diría yo á mis 
discípulos si tuviera competencia para catedrático de litera- 
tura En esos dos cantos ha transparentado el poeta sus idea- 
les políticos, sociales y religiosos. En nuestra joven América, 
el poeta está obligado á ser, ante todo, el cantor de la libertad 
y del derecho. Aunque pague tributo al amor y al ensueño, 
aunque se pierda en las áureas nebulosidades del infinito, su 
objetivo de combate ha de ser estigmatizar toda tiranía y todo 
abuso. Otra poesía es dublé y piedras falsas, y no riquísima 
joya del espíritu: es, como dijo un crítico, imitar en migajón 
de pan los mármoles y bronces de los grandes escultores. 



Digitized by 



Google 



428 RICARDO PALMA 



A Juan Zorrilla de San Martín. 



Mi querido poeta y amigo: 

Fiebre epidémica hay ahora, en mi tierra, por escribir y pu- 
blicar cartas políticas. Todos politiquean, así el sacristán como 
el monago, y cada cual arrima el ascua á su sardina. 

Yo, que ni quito ni pongo rey, ni entro ni salgo en sanhe- 
drín de candidaturas, y que presencio la algarada politiquera 
tranquilamente arrellanado en mi poltrona, sin inquietarme por 
tirios ni troyanos, moros ni cristianos, gutibambas ni muzife- 
rrenas, siéntome hoy también atacado de la influenza episto- 
tolar; sólo que mientras la mayoría de escritores mis paisa- 
nos esgrime la péñola sobre eleccionario asunto, á mí antó- 
jaseme discurrir, y disparatar acaso, en la tranquila región 
de las letras. 

Manténgame Dios la devoción. 

Confieso á usted ingenuamente que nada es tan satisfactorio 
para mi espíritu como leer producción literaria de americano 
autor, y encontrar en ella asidero para concienzudo y entu- 
siasta aplauso. No soy de los que se afligen ante el espectácu- 
lo de la gloria ajena, y nunca dejo de quemar mi granito de in- 
ciensa á talentos que, como el de usted, saben y alcanzan á 
imponerse á la admiración de los que merodeamos en el ex- 
tenso, si bien con frecuencia ingrato, campo de las letras. Y 
créame usted que mi americanismo se siente engreído y hasta 
orgulloso, cuando encuentro en la prensa española, que emi- 
nencias como Castelar, Emilia Pardo Bazán y don Juan Va- 
lera coinciden conmigo en el elogio. 

A Juan Montalvo, egregio prosador, gran artista de la pa- 
labra, diestro en utilizar los primores de la lengua, cervan- 
tesco hasta cuando abusa del arcaísmo, lo calificaba yo, há 
quince años, de ser el más correcto y castizo de los escritores 
de nuestro siglo. La Pardo Bazán, esa portentosa literata ma- 
ravilla de su sexo, vino recientemente á robustecer mi juicio. 
—Tendrá hoy España (dice la ilustre hija de Galicia) hasta 



Digitized by 



Google 



cachivachería 429 

seis escritores que igualen á Montalvo en el conocimienta y 
manejo del idioma; pero ninguno que lo aventaje.— Y Caste- 
lar, según la feliz expresión de un crítico distinguido, (1) se 
arroja en brazos de Montalvo como si viera en él á Cervantes 
resucitado. 

Cuando comparo entre los historiadores contemporáneos á 
Ferrer del Río, por ejemplo, historiador de Carlos IV, alam- 
bicado en la frase, de un purismo amanerado, y con criterio 
propenso siempre á apreciaciones inexactas, con don Bartolomé 
Mitre, historiador de San Martín y de los magnos días de lu- 
cha por la autonomía de un mundo, con su estilo llano y ele- 
gente, con su envidiable tino para compulsar documentos sa- 
cando de ellos el jugo animador de la narración, y con su 
ningún apasionamiento para deducir lo que se entiende por 
filosofía de la historia, siéntome como hijo de esta gran patria 
americana, íntimamente satisfecho y gozoso. 

Cuando leo poetas como Eduardo de la Barra, Rubén Da- 
río, Guillermo Prieto, Rafael Pombo ó Rafael Obligado, poetas 
con fisonomía propia, digámoslo así, se fortifica mi fe en que 
el dominio del porvenir literario está reservado para nuestra 
joven América. Y note usted que, estudiosamente, no nom- 
bro á ningún poeta compatriota mío, para que no pueda de- 
cirse que sentimientos de nacionalismo ó de personal cariño 
me hacen tratar con predilección la fruta del cercado propio. 
Aleccionádome han los conceptos con que mi erudito amigo 
el académico don Vicente Barrantes, en la España Moderna^ ava- 
lora mi entusiasmo por las que, en mis Confidencias de bohemio^ 
llamé admirables quintillas del malogrado vate peruano Adol- 
fo García.— Quand méme, siendo sigue, para mí. García un poeta 
de estro arrebatador. 

El poema de usted que he leído con cordial deleite, vi^ene 
á poner de nuevo sobre el tapete de la discusión el eterno 
tema del americanismo en literatura. Con lengua, religión, cos- 
tumbres y hasta instituciones genuinamente españolas, con ur- 
dimbre que no es de nuestra propiedad exclusiva, mal po- 
demos aspirai á una originalidad absoluta. Pero si por ame- 
ricanismo en literatura queremos significar lo especial del co- 
tí) Raíael M. Merchán. 



Digitized by 



Google 



430 RICARDO PALMA 

lorido para pintar fielmente la exuberancia vital de nuestra 
naluralezi», que en poco ó en nada se asemeja á la de los 
viejos pueblos europeos y asiáticos; las aspiraciones de razas 
y sociedades nacientes, y las idealidades, no diré si patrióti- 
cas ó patrioteras, que nuestra condición democrática encarna, 
el problema queda resuelto, y á usted corresponde parte jen 
la solución. 

Desde este punto de visla, la Araucana de Ercilla, O Guesa 
errante de Souza Andrade y Tabaré, son los poemas que, en 
mi concepto, satisfacen más cumplidamente el ideal del ame- 
ricanismo literario. Ercilla no escribió como español, sino como 
araucano, ha dicho Rafael Merchán. Su pluma no interpretó 
la arrogancia y despotismo del conquistador castellano, sino 
el orgullo y virilidad, los dolores y las esperanzas de las tri- 
bus conquistadas. Sintió y se expresó, como siente y se ex- 
presa el vencido. 

La modestia de usted no le ha permitido reconocer que, 
en las páginas de Tabaré, palpitan y se respiran las auras uru- 
guayas, que los árboles, rumores, alboradas y siestas que us- 
ted describe, son propios de la región que habitaran el guaraní 
y el charrúa, 

héroes sin redención y sin historia, 
sin tiunbas y sin lágrimas; 

que el ave que canta, y la enredadera que trepa, y la loma 
que se arropa en su neblina, y la estrella que tiembla en su luz. 
tal como usted nos las presenta en versos ricos de perfume 
poético y de armonía eólica, no son sino copias al natural 
de accidentes, en el gran cuadro de la vida salvaje y primi- 
tiva de una nacionalidad americana. 

Pincel de eximio paisajista, que no galana pluma de escritor, 
ha empleado usted en las descripciones. Tiene razón mi exc<e- 
lenle amigo don Juan Valera cuando, al juzgar á usted como 
poeta, lo califica de muy original, y sobre todo, de muy ame- 
ricano, sin dejar por eso de ser muy español. 

En cuanto al argumento de su libro y á Tabaré, el prota- 
gonista del poema, el charrúa de ojos azules, trait d' unión en- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 431 

tre dos razas, dice usted muj' áticamente, y dice bien: que 
las historias de los poetas son á veces más historia que la 
de los historiadores graves: los criterios se imponen, es cierto, 
á la humanidad; pero la inspiración se impone á los criterios, 
y vaya lo uno por lo otro. 

No es una crítica, sino ima opinión, la que voy á expre- 
sarle. Quien como usted versifica tan gallardamente; poeta para 
quien la rima, asonante ó consonante, no es tirana despótica 
sino vasalla humilde, ¿por qué ha escrito en un metro inva- 
riable y monótono, hasta cierto punto, dada la extensión del 
poema ? 

No es que yo desdeñe, por completo, la forma por usted adop- 
tada: lejos de eso, la aplaudo y encuentro apropiada en varios 
de los cantos. Pero tiene usted en el poema escrcnas descripti- 
vas que habrían ganado no poco en soltura y naturalidad, em- 
pleando el octosílabo. El diálogo de los soldados, por ejemplo, 
en el canto segimdo, carece de animación y ligereza enqerrado 
en la cárcel majestuosa de los endecasílabos y eptasílabos. Es 
probable que esta opinión mía sea desacertada (cuestión de 
estética y de gusto) y por lo tanto, le repito, que no eslime mis 
palabras como crítica. 

Mi viejo camarada Guillermo Prielo, el infatigable decano 
de los poetas de la América latina que, á los setenta años 
conserva aún en el alma la frescura de sus juveniles tiempos, 
ha dicho, á propósito de Tabaré, que en este poema no deben 
señalarse incorrecciones ni pecados contra Horacio ni Ilermo- 
silla. Los policías literarios, sea cual fuere su mérito, no son 
ni los amigos ni los proceres de las letras. 

Sintetizando mi juicio, que ya es tiempK) de poner remate á 
esta desaliñada carta, diré á usted, con su ilustre crítico de 
México, que Tabaré^ me ha encantado: porque es im poema tí- 
pico, lleno de grandeza, de ternura y de verdad. 

Mil cordialidades. Muy de usted amigo afectísimo. 



Digitized by 



Google 



432 RICARDO PALMA 



A Marietta de Veintemilla. 



Queridísima amiga: 

Me ha honrado usted con el obsequio de un ejemplar de su 
libro Faginas del Ecuador^ y manifestádome deseo de conocer 
mi juicio sobre su producción literaria, deseo que complacido 
satisfago, no por galantería de hombre social para con la be- 
lleza, sino por el entusiasta cariño que á la inteligente é ilus- 
trada amiga profeso. Perdone usted, pues, que con mi habitual 
llaneza exprese en esta carta las variadas impresiones que la 
lectura de su libro ha despertado en mi espíritu. 

Líbreme Dios de entrar en el campo de apreciaciones his- 
tóricas y políticas sobre un país cuyos sucesos contemporáneos 
conozco sólo en síntesis general, y no con amplitud de por- 
menores. Aparta lo resbaladizo del terreno, tengo para mí que 
los contemporáneos somos siempre malos juzgadores, por mu- 
chos que sean los alardes de imparcialidad y buena fe que 
ostentemos. 

Ha escrito usted, Marietta amiga, un verdadero libro de par- 
tido y de polémica. Ha hecho usted de la pasión política su 
musa inspiradora, y armada de todas armas se lanza, íunazo- 
na sin miedo y sin mancilla, en el ardoroso palenque, hiriendo 
sin compasión á los enemigos de su causa. Yo no diré, repito, 
si tiene usted ó no tiene razón; si son ó no veraces ó apasiona- 
dos sus juicios sobre hombres públicos y acontecimientos re- 
volucionarios de su patria. En su libro no quiero ver más 
que la obra de arte, y estimarlo sólo por su lado literario, des- 
deñando la urdimbre ó material sobre que ha escrito. 

La aspiración natural de todo el que maneja una pluma 
es la de imponerse al lector, obligándolo á que, una vez prin- 
cipiada la lectura, no deje el libro de la mano y sienta avidez 
por llegar al término. De mí sé decir que he devorado con 
deleito las Faginas del Ecuador. El estilo de usted es claro y 
elegante, y narra usted los hechos con lógica y con encanta- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 433 

dora sobriedad, sin que la sobriedad perjudique en lo menor 
á la animación del relato. ¿Por qué no decirlo también? En 
lo porvenir, el libro de usted será de provechosa consulta 
paiM los cultivadores de la Historia americana, lo que no quita 
que, en la actualidad, revista los caracteres todos de libro apa- 
sionado. 

Cuando exhibe usted el retrato moral de algunos de los 
personajes culminantes en su obra, paréceme estar leyendo 
páginas dictadas por Tácito ó *Gervinus. La personalidad de 
García Moreno, por ejemplo, personalidad universalmente dis- 
cutidci, para quien sus admiradores reclaman de Roma hasta 
la santidad que se reverencia en los altares, y quien es trata- 
do 'por los que no lo amaron, en vida ni en muerte, como uno 
de esos monstruos que envilecen á la especie humana, nué- 
rcce do usted frases que, á pesar de todo, subliman al hom- 
bre, así en el mal como en el bien. Para usted García Moreno 
se destaca^ en la vida política del Ecuador, como una eminen- 
cia asontadí» entre el fango de la hipocresía, pero bañada con 
los resplandores del genio. «Mezcla absurda de Catón y de 
»Calígula (dice usted), extraño ingerto de las virtudes romanas 
i^con las prostituciones helénicas; amante ciego de la civiliza- 
»ción en negro concubinato con la barbarie; serio, económico 
»y desprendido, no manchó sus manos con los dineros de la 
» nación No hay bestia más limpia ni que conserve su piel 
)>más lustrosa que el tigre.»— Si el retrato que usted pinta con tan 
vivo colorido es copia fiel, como á mí me parece, enorgulléz- 
case de él la literata. Esas son plumadas magistrales. 

Llámame también la atención en el libro de usted el que, apar- 
tándose de las preocupaciones propias de su sexo, no abrigue, 
en punto á creencias religiosas, la fe del carbonero, exhibién- 
dose, no como creyente ciega, sino como racionalista osada. 

Hoy que en Colombia, Ecuador y hasta en el Perú, hay 
reacción favorable al fanatismo y adversa á la libertad de con- 
ciencia, ¿se atreve usted á decir las verdades del barqupro 
á los simoniacos de sacristía? ¿Aspira usted acaso á que en 
su patria la excomulguen, ya que en las postrimerías del si- 
glo XIX las excomuniones andan bobas? También usted, cria- 

28 



Digitized by 



Google 



434 RICARDO PALMA 

tura ideal y vaporosa, se convierte en execradora de las aves 
negi'as de Loyola, que aspiran á establecer sus cuarteles de 
invierno en los pueblos de la América republicana? Decidida- 
mente, Marietta, hay en, usted muy varoniles bríos, y quien 
no la conozca, ni por retrato, la supondrá físicamente mujer 
robusta, vieja, hombruna y hasta con pelos en la barba, y 
no la joven de palidez romántica, de aire risueño siempre, 
y que en la vida social tiene todas las graciosas y espirituales 
delicadezas de ñifla mimada. 

Escriba usted, Marietta, se lo aconsejo, que en su estilo 
hay conceptuosa galanura y su fantasía es rica en imágenes apro- 
piadas; pero apártese de la política militante, amiga mía, que 
la política es una hoguera en la que quien no se quema, se 
tuesta. No me gusta ver sus alas de mariposa gentil en vecindad 
con el humo caliente de las llamas. 

¡Cuánto deploro que libro tan bien hecho, tan bien escrito 
como el de usted, sea libro de combate! Yo la querría á usted 
más mujer y menos batalladora! 

Con afecto de viejo, besa la linda mano de usted su sincero 
apreciador y amigo. 



A José Santos Chocauo. 



Mi joven amigo: 

Ha tenido usted la amabilidad de solicitar, por su atenta 
carta de ayer, el juicio que á este jubilado de las letras haya 
sugerido la lectura de su elegante libro AZAHARES. Pide us- 
ted con tan delicadas formas, que no hallo manera de esquivar 
el compromiso. Va usted, pues, á sacarme de mis cuarteles 
de imierno, obligándome á limpiar el moho de la ya casi 
abandonada pluma. 

Literato del pasado, sin hiél ni resabios en el alma, sin 
desdén por los que empiezan ni envidia por los que terminaron 
conquistándose renombre, crea usted que me siento complacido 
cuando encuentro motivo para encomio en las producciones 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 435 

de la nueva generación de escritores. No hago cuestión bata- 
llona del modernismo en boga con sus ramas de parnasianos, 
decadentes, simbolistas, etc., etc., por mucho que el modernis- 
mo no sea ángel de mi coro. Para mí, y ya en otra oportunidad 
lo he dicho, la mejor estética es la de Boileau: 

Tous les genres sont bons hora le genre ennuyeux. 

Lo de poner consonantes al fin de cada renglón es tarea 
facilísima. Lo que tiene bemoles es poner talento. 

Así, cuando leí las primeras composiciones, hijas de la fe- 
cunda musa de usted, me dije:— En este alumno de Apolo 
hay tela de poeta. ¿Quedará como tantos otros, que principia- 
ron prometiendo opimos frutos, rezagado á mitad de camino? 
El porvenir dirá. 

Corriendo breves años, y há pocas tardes, leí en un perió- 
dico literario, una soberbia poesía titulada El Sermón de la 
Montaña, He ahí un poeta, exclamé, á media lectura, volteando 
la página para conocer el nombre del inspirado autor. El 
porvenir había hablado: era usted el poeta. Sin dar tregua 
á la espontaneidad del aplauso, envié á usted ese día mi felici- 
tación muy cordial, y como palabra de aliento á su juventud. 

Tengo para mí que si se convocara un certamen ó concurso 
de poetas americanos, bastaríale á usted, para alcanzar la rosa 
do oro en los juegos florales, concurrir sin otro caudal poé- 
tico que su Sermón de la Montaña. No lime usted esos versos, 
no cambie una palabra en ellos, no agregue estrofa alguna, no 
zurza ni remiende. Deje vivir tan admirable poesía tal como 
brotó de su espíritu en horas de felicísima inspiración. Los 
retoques artísticos, por diestro que sea el pincel y por mucho 
que los colores abimden en la paleta, suelen desmejorar un 
cuadro. 

Y ya que he dicho á usted todo lo que de bueno sobre su 
numen me retozaba en el alma decirle, ruégole me tolere lo 
que de agridulce pudiera encontrar en mi opinión sobre 
AZAHABES. 

Los leí anoche, mejor dicho, los devoré. La musa enamo- 
rada, el ideal del femenino eterno, rimas que semjejan lluvias 
de flores, estrofas que despiden cascadas de luz ó que se rp- 
J)ujan entre nieblas, mucho de subjetivo, de íntimo, de personal. 



Digitized by 



Google 



43G RICARDO PALMA 

y poco Ó nada que á la humanidad le interese saber. Tal e^ 
mi concepto sobre el librito. Desborda en él la poesía, y, ¿cómo 
no? si el autor es poeta, y poeta con toda la amplitud del vo- 
cablo, poeta exuberante de vida, de fuego en la fantasía, de 
frescura en el sentimiento y que, en la forma, acierta casi siem- 
pre con exquisiteces de expresión. Byron en Grecia, combatien- 
do por el derecho y cantando á la libertad, me cautiva más 
que Byron, cantor de sus pasiones íntimas, individuales. Siem- 
pre que leo versos de vale enamoradizo, qué echa á. los cuatro 
vientos los desdenes ó las sonrisas de una dulcinea, me digo: 
—¿Y á mí qué me cuenta usted? Cuéntesela á ella. — Hasta 
más arriba de la coronilla me tienen esos nenes. 

Casi apostaría que si un vate de esos pregunta á su ado 
rado tormento si ha soñado con sus versos amorosos, la chica 
^:o vacilará en contestarle:— Claro que no, porque nunca tengo 
pesadilla. 

Yo sé bien, señor Chocano, que hombre que tiene por oficio 
ó afición escribir versos, no puede libertarse de caer en ese 
ridículo . ¡ Y bastante pecador que yo fui allá en mis moce - 
dades! Por lo mismo que yo pequé, no quiero que otros pe- 
quen pintando mujeres, como dijo un poeta rancio, con 

barba esdrújula, boca seguidilla, 
nariz romance, cara redondilla, 
pecho hermoso en plural, ojos sonetos, 
y, en fin, un todo de los más perfetos. 

Por eso en la edad de la experiencia y del arrepentimiento, 
aconsejo, en cabeza de usted, á la juventud, que no malgaste 
su talento y sus horas en naderías frivolas, sino que america- 
nice su estro empleándolo en más levantados ideales^ y que 
revistan siquiera novedad. Huele á rancio eso de estai- siem- 
pre á vueltas y tornas con los labios de coral, y los ojos de 
gacela, y el cabello de ébano, y la frente de plaza de toros. 
Quede todo eso para poetas chirles. 

¡El amor! El amor es un poema cuyo primer verso lo escri- 
bió Dios en el Paraíso con la sugestión de la serpiente. Por 
millones y millones de siglos que la humanidad esté destinada 



Digitized by 



Google 



cachivachería 437 

á vivir, nadie alcanzará á formular el último verso del poema. 
Alpha y Omega. Sólo á EL, que escribió el primer verso, está 
reservado el verso final. 

Los versos de usted en AZAHARES son muy bonitos, muy 
armoniosos, muy ricos en imágenes... pero son lectura para 
damiselas soñadoras y nerviosas. A mí nada me dicen que no 
me tenga por muy sabido; son para mí chachara celestial, 
música de organito callejero. ¿Que ama usted? Que sea muy 
en hora buena, como se lo diría á cualquier prójimo qufe me 
detuviera en plena calle para comunicarme la nueva de encon- 
trarse chiflado por unos ojos negros, azules ó verdes, que hom- 
bre enamorado no atina á diferenciar colores. ¿Que es usted 
amado? Me alegro por usted, y que sea por muchos años. 
¿Que se casa y apechuga con ese gran divisor que se llama 
suegra? Hombre, ya eso es grave, muy grave. Sin embargo, 
le repetiré lo que un mi amigo, poeta de Bogotá, dijo á otro 
mi amigo, poeta de Buenos Aires, que le pedía órdenes para 
Espafla; 

¡Oh distinguido vate! 

Si en España se cruza 

con alguna bellísima andaluza, 

no vaya á cometer un disparate; 

mas si quieren del Hado los decretos 

que con ella claudique, 

cuando lo verifique, 

sírvase presentarla mis respetos. 

Hallará usted, mi joven amigo, mucho de prosaísmo en esta 
mi manera de estimar la poesía, (no diré si espiritualmente 
amatoria ó sensualmente erótica), sembrada de besos, como 
los que prodiga usted en AZAHARES. Son besos al aire, y 
sin consecuencias. Bese usted mucho así, mientras Dios lo man- 
tenga en estado de crisálida ó soltería. 

En síntesis. Prefiero en usted el poeta objetivo, trascend)en- 
tal, razonador, filosófico, que se inspira en ideales que á la 
humanidad toda interesan, el poeta del Sermón de la Montaña, 
por ejemplo, deslumbrador, varonil, impetuoso, al poeta de 



Digitized by 



Google 



438 RICAKDO PALMA 

las veleidades y afeminamientos amorosos. Soporto á Heine y 
á Becquer por la singularidad de la ironía, y porque cantan 
amores que en nada se parecen á los de la comunidad de la 
especie humana. No son dos plañideras, sino dos leones exacer- 
bados por la pasión. 

La Verdad y la quinina se parecen en que ambas son amar- 
gas, pero provechosas. 

Mil perdones por mi llaneza un tanto patriarcal, y créame 
su admirador y amigo. 



A Julio J. Sandoval. 



Buenoa Aires. 

Mi querido Julio: El libro que, en capillas, tuvo usted la 
amabilidad de enviarme, ha producido en mi espíritu el mismo 
efecto que el refrigerador rocío sobre la planta próxima á 
agostarse por el calor tropical. Indescriptibles recuerdos de 
tiempos ya idos, palpitan para mí en las páginas del precioso 
libro, y por ello convendrá usted conmigo en que soy el juez 
más desautorizado y menos competente para hablar de su mé- 
rito literario, con tranquilo é imparcial criterio. Como ([ue yo 
mismo tendría, en no raras ocasiones, que ser tribunal y sujeto 
justiciable. 

Además, el corazón no es literato, ni sabe letra de estética: 
no raciocina ni discute: siente y ama...* porque sí... quand meme... 
y ésta, con frecuencia caprichosa frase, es para él la razón de 
las razones, ante la cual no pesan argumentos sólidos. Por eso 
me declaro inhábil, hasta estúpido, para escribir sobre este 
volumen el prólogo literario que, de mi buena voluntad por 
complacerlo, ha solicitado usted. 

Pero si está excusado el hombre de letras (y no de cambio, 
por mi mal) de manejar el escalpelo de la crítica para aquilatar 
bellezas que, incuestionablemente, las hay y en buena cifra, 
en el libro VELADAS^ nada me impide llevar la flor del re- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 439 

cuerdo á la tumba de las nobles amigas que, fraternizando 
en ideales con la digna madre de usted, fueron el encanto 
de aquellas deliciosas noches, de cordiales, de íntimas expan- 
siones, gozadas en el modesto, á la vez que elegante, salón d^ 
la ilustre literata argentina. 

i Ni cómo olvidar á Cristina Bustamante, la hada gentil de 
rizos cabellos y ojos fascinadores, que tan melódicos trinos 
arrancaba de su garganta de iruiseñor; á Rosa Mercedes Ri- 
glos de Orbegoso, la aristocrática dama, cuya pluma nos em- 
belesaba con escritos de académica corrección; á Rosa Ortiz 
de Cevallos, la magistral pianista; á Victoria Domínguez, la 
risueña joven, que cambió en breve su corona de azahares 
por las amarillentas flores del sepulcro; á Manuelita V. de Pla- 
sencia, la dulce poetisa de las sencillas frases,, corazón de án- 
gel encarnado en la más simpática de las mujeres! 

¡ Cómo olvidar á Adolfo García, el poeta de calderoniana en- 
tonación, sobre quien tan cruelmente pesaron las desventu- 
ras, ni al chispeante crítico español don Juan Martínez Viller- 
gas, ni al decidor Murciélago^ ni á tantos otrosa asiduos con- 
currentes á las Veladas, verdaderas lides, en que las armas 
del talento y del ingenio se disputaban el lauro! Pocos queda- 
mos en pie de aquella pléyade entusiasta de luchadores que 
hicieron de las amenas tertulias de Juana Manuela Gorriti, 
animado palenque de literarias contiendas. 

Después... en el reloj del tiempo sonó la hora de los gran- 
des infortunios para el Perú... y á los días de pa.sión febril 
por las letras, han sucedido los de amargura y desaliento. 

Triste, tristísima cosa es encanecer y vivir de recuerdos do- 
lorosos, que la memoria, en los viejos, no es sino vasto cemen- 
terio en el cual las lápidas son los nombres de seres que 
nos fueron queridos. 

Por eso, el libro que á la vista tengo melancoliza mi ánimo 
con la tristeza de las tumbas, y no veo ni quiero ver en él 
más que la corona de siemprevivas funerarias, que el cariño 
de usted y el de Juana Manuela colocan sobre la losa de los 
muertos, pero no olvidados amigos y compañeros de labor li- 
teraria. 

Muy cordialmente de usted afectísimo amigo. 



Digitized by 



Google 



440 \ BIGARDO PALMA 



A Rafael Altamira. 



Universidad de Oviedo. 
(España) 

Mi buen amigo: Al fin recibí ejemplar del drama realista 
y sensacional que tanto ha alborotado en la patria de usted. 
¿Quiere usted conocer mi modesto juicio? Pues ahí va sin más 
preámbulos, á riesgo de que me salga usted después con lo 
de que al colchón le falta lana. Contentaríame con que esta mi 
carta fuese para su criterio 

como la hija de María Ignacia, 
que, de puro fea, caía en gracia. 

Me explico los arrebatos entusiastas del éxito. Don Benito 
Pérez Galdós tuvo el talento y la fortuna de acertar con el 
momento sociológico para el estreno de Electra. Recrudecida 
con el secuestro de una joven, en un monasterio de Madrid, 
la lucha contra la reacción ultramontana y contra los jesuí- 
tas, el drama tenía que producir el efecto de una granada 
de lydita que hace explosión. 

Juicios diversos sobre el merecimiento literario de Electra 
habían llegado hasta mí antes de la lectura. Para unos, sin 
desconocer lo correcto é intencionado del diálogo, que pluma 
de maestro es la que entinta Galdós, resultan largos, pesados 
y hasta soporíferos los dos primeros actos. Para otros, huelga 
en el drama un i>ersonaje, Cuestas, que reclama su partija 
de paternidad en la joven, que no extrema oposición al monjío, 
siquiera para contrastar con la tenaz insistencia y mojigate- 
ría do Pantoja, y, que por fin, exclama:— Ahí queda eso.—Y 
hace la morisqueta del camero muriéndose rei>entinamente, 
previo testamento en el que deja á la chica por heredek-a de sus 
bienes. Para no pocos, la Electra de los dos primeros actos es 
una muchacha más ó menos extravagante, con vistas al his- 
terismo, pues ya en el tercer acto, es decir, en horas, cambia 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 441 

por completo la niña traviesa y, en el laboratorio de Máximo, 
exhala multo adore di femúia que dicen los italianos. Yo no 
entro ni salgo en estas ni otras críticas. Para mí el gran lunar 
de Electra está en el desenlace, que estimo de lo más absurdo 
é ilógico que á un escritor de probado talento pudo ocurrírsele. 
Yo creía, antes de leer Electra^ ser, en literatura, como un co- 
ronel de mi tierra á quien le preguntó una buena moza, dis- 
cípula de piano de mi contemporáneo y camarada el maestro 
Cadenas, si le gustaba la música, y él la contestó:— 'Señorita, 
toque usted sin recelo, que un veterano como yo no se asusta 
de nada.— Pues, amigo Altamira, la última escena del drama 
me hizo dar diente con diente de puro susto. La verdad es 
que me pilló el parto sin alhucema, que es como decir á usted 
que no estaba en mis libros ni sospechaba posible ese desenla- 
ce. No cabe en mí dudar de que faltóle esfuerzo al autor para 
crear un desenlace que cupiese en la esftera de la vida social, 
de lo humano, de la actualidad, de lo posible, y recurrió á 
lo sobrenatural, al milagro, á la aparición de una ánima ben- 
dita del Purgatorio. Quizá se dijo el señor Galdós: 
Si algunas veces dormitaba Homero, 
¿por qué yo no he de echar un sueño enlero? 

Pasaron, y sin duda para nunca volver, los tiempos en que 
venían espíritus del otro mundo á arreglar en éste asuntillos 
que dejaran pendientes al emprender el viaj.e! eterno. Al ver 
la última escena, eché de menos la fórmula de cajón ó de ru- 
tina que usaron, en clías ya remotos, nuestras abuelas, para 
hacer charlar hasta por los cotíos á las penas 6 difuntos impalpa- 
bles que diz que se les aparecían á media noche:— Anima ben- 
dita, en nombre de Dios te ruego que me digas lo que se 
te ha perdido en mi casa.— Después de tal súplica, el espíritu 
del otro mundo no se hacía el remolón, y se espontaneaba 
y desembuchaba el entripado. 

El ánima de la madre de Electra (la cual madre fué so- 
bre la tierra una madamita gran devota de Venus, y hembra de 
mucho cascabel y mucho escándalo) para sacar á su hija de 
atrenzos (y al autor también) emprende viaje desde el otro ba- 
iTío, no en tortuga-coche, sino en tren rápido, se le aparece 
á la jovenzuela y la dice:— Déjate de pensar en monjío, y no 



Digitized by 



Google 



442 KICARDO PALMA 

seas Cándida, niflita. Puedes sin escrúpulo casarte con Máximo, 
que no es tu hermano, ni por la sábana de arriba, ni por 
la sábana de abajo. Yo te lo aseguro, y súfkit.—Elecira. se 
echa entonces en brazos del novio; exclama éste, por vía de 
mor 2ile]Si :— Besurrexit ; cae el telón,., y á multiplicar se ha dicho. 

¿Puede ser bello un desenlace tan rebuscado, tan exótico, 
tan inverosímil, tan falso, en los días que vivimos? ¡Ahí ¡Pa- 
dre y maestro Boileau! ¿por qué cuando Galdós escribía esa 
escena, tu espíritu no murmuró á su oído aquel tu precepto 
inmortal: — Bien n'est beau que le vraie? 

(,A qué buscar belleza en la mentira, 
si en campo de verdad crece espontánea? 
ha escrito un i>oeta catalán, amigóte de usted y también mío, 
Melchor de Palau, como si hubiera presentido á Eleclra. 

Y no se arguya que el recurso empleado por Galdós 'que 
debe de tener aficiones espiritistas) lo ha usado, entre otras 
eminencias de las letras, el gran Shakes¡>eare ; y que el inol- 
vidable Zorrilla llevó también á la escena la sombra de doña 
Inés, en su Don Juan Tenorio; mas tuvo el buen sentido de 
bautizar su drama con el calificativo de drama fantástico, y 
bien se sabe que en el terreno de la fantasía y dfc la leyenda 
rancia, caben los milagros y todas las ánimas benditas del Pur- 
gatorio, y hasta las del Limbo. Pero exhibirlas en el drama 
social, íntimo, contemporáneo, en que campean tipos, costum- 
bres y hasta personas que nos son más conocidas y familia- 
res que el agujero de la oreja... vamos, eso es, en un hombne 
de reconocido ingenio, aberración que no alcanzo á explicarme. 

Si Electro^ <;omo ideal del autor, es un arma de combate 
contra los abusivos avances de la clerecía jesuítica, contra el 
fanatismo y contra la superstición, mal se comprende que, como 
regalado manjar contra la última, se le ofrezca al espectador 
una supersticiosa aparición. Las apariciones, como los milagros, 
en el siglo xx, están mandadas recoger por la policía. 

Francamente, amigo don Rafael, y sintetizando mi opinión, 
concluyo diciendo á usled que Electra me ha parecido poquita 
cosa para el exitazo que ha alcanzado. 

Sabe usted que soy muy suyo admirador y amigo que le 
besa la mano. 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 443 



A Julio Hernández. 



Aunque no está el alcocer para zamponas ni la madena 
para hacer cucharas, pues todas las potencias de mi alma se 
hallan absor.idas por la descifración y comentario de rancio 
manuscrito, de carácter histórico y literario, no debo, á fuer 
de cortés, dejar sin respuesta, siquiera sea ella rapidísima, 
la fina esquela que usted me dirige en El País del sábado úl- 
timo. 

Empezaré por el principio, y el principio es dejar establecida 
la significación y origen de la palabra levantisco. 

De saber nuevas 
non vos enredes, 
que hacerse han viejas 
y las sabredes. 

Entiendo que en las guerras sustentadas por Carlos I de 
España, fueron enrolados, así en los tercios militares como en 
la flota, muchos naturales de Levante, ó sea de los pueblos 
que caen á la parte oriental del Mediterráneo. Eran esos hom- 
bres refractarios á la rigidez de la disciplina en (¡uarteles y 
naos, y, por ende, promovían no pocas turbulencias, haciéndose 
merecedores de rigurosos castigos. Vino de aquí el bautizar 
á los levantinos con el mote de levantiscos^ y i>or generalización 
se llamó y^ llama levantisco al sujeto de ánimo alborotador, 
quisquilloso y tumultuario. 

Levantinos venidos á América, en el primer siglo del descu- 
brimiento y conquista, apenas si los hubo; pero lo que es levan- 
tiscos, amotinadores de buena y legítima cepa española, vaya 
si abundaron. Que los descendientes de ellos, en América, seamos 
también por excelencia levantiscos, cualidades (y no del caso de- 
cir si buena ó mala) que traemos en la masa de la sangre. Si 
bien se hace la cuenta, los peruanos por ejemplo, resultaríamos 
á motín por barba. Siempre estamos listos para el barullo. Des- 



Digitized by 



Google 



444 BIGARDO PALMA 

prevenidos nos cogerá un terremoto; pero un bochinche... ¡cuán- 
do! Siempre nos encuentra apercibidos. 

Y basta. No diga usted que busco pan de trastrigo. 

Para hacer pendant con él relato que usted reproduce del 
levantisco de Belmonte Bermúdez, vea lo que de otros dos le- 
vantiscos refiere un historiador:— «Cuéntase del segundo virrey 
del Perú, don Antonio de Mendoza, marqués de Mondéjar, que 
í gobernó desde Septiembre de 1551 hasta Julio de 1552 en que 
> falleció, que habiendo un capitán acusado á dos españoles 
^de levantiscos^ por vivir entre indios, alimentándose de la caza y 
elaborando pólvora, dijo el virrey:— Esos delitos merecen más 
í bien gratificación que castigo ; porque vivir dos españoles entre 
'indios y hacer i>ólvora para comer de lo que con sus arcabuces 
matan, no sé qué delito sea, sino mucha virtud y ejemplo dig- 
no de imitarse. Id con Dios, y que nadie me venga otro día 
con semejantes chismes, que no gusto de oirlos.» 

Ya ve usted, mi don Julio, que si en 1605 un levantisco pagó 
con la pelleja el pecado de elaborar pólvora, viviendo entre 
indios, ese mismo i>ecado, medio siglo antes, había merecido 
loa de un virrey, y hasta absolución plenaria. 

Y no va más adelante todo lo que sobre levantiscos de antaño 
he alcanzado á saber; que, en cuanto á los de hogaño, tela, y 
no escasa, tendría en que ocupar las tijeras. Pero yo, de mío 
soy ya pacífico, tengo la pólvora mojada y no quiero camorra 
ni con mi vecino el campanero de San Pedro, que bastante 
me mortifica en ocasiones. 

Perdone usted la cortedad, y créame su atento servidor que 
le besa la mano. 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 445 



A Pastor S. Obligado . 

Biie?ios Aires. 



Yíi ha llovido, y recio, mi querido don Pastor, desde la 
época en que amigablemente departíamos en Lima, y en que yo 
barruntaba en usted algo así como tendencia á dejarse soli- 
viantai' por el demonio de la Tradición, demonio que ya de mí 
se había adueñado, y que me hacía dar ripio á la mano, bo- 
rroneando cuartillas de papel. 

Eso de comer pan de trastrigo, ó de meterse uno donde 
no lo llaman ni han menester, por sólo el gusto de averiguar 
vidas y cosas de difuntos, es vicio á que todos los humanos 
pagamos obligado tributo y del que, por más enaltecer su ape- 
llido, se ha hecho usted reo convicto y confeso, dando á la 
estampa los tres volúmenes de Tradiciones que, al alcance de 
mis ojos, tengo hoy sobre mi mesa de trabajo. 

Aunque en materia de bella literatura me he llamado al 
goce de jubilación, y en esto de tradicionar (páseme el verbo 
soy ya como el herrero aquel á quien machacando se le olvidó 
el oficio, los libros de usted han conseguido que se me suba 
San Telmo á la gavia y, como no soy río, atrás me vuelvo en 
mi propósito de cesantía, y ahí va, como dice la leyenda del 
caballo de copas, ésta mi carta, quje, á guisa de prólogo, estimare 
á usted publique cuando le venga en gana echar á correr corles 
un cuarto tomo, que de buena tinta sé está usted condimentando 
y puliendo. Por lo menos, así ha teniílo la amable indiscreción 
de noticiármelo mi buen camarada el doctor Ángel Justiniano 
Carranza. 

Cuenta el entretenido Padre Isla, de un loco más flaco y es- 
piritado que el espíritu de la golosina, que andaba por las calles 
de Sevilla, gritando : 

—«La persona que quiera saber cómo se cala un melón, 
acuda por la respuesta al tío Antón.» 



Digitized by 



Google 



440 RICARDO PALMA 

Rodeábanlo los curiosos, hacíanle la pregunta, y el loco con- 
testaba: 

—«¿Conque se empeñan ustedes, señores míos, en saber cómo 
se cala un melón?... Pues un melón se cala... (y esto lo decía con 
énfasis de magister) sabiendo rezar el Credo». 

Háme venido- á los puntos de la pluma el cuento del gracioso 
fraile, como pretexto para consignar en esta carta todo lo que 
sé y pienso, que es y debe ser el género literario, deí modernísima 
aclimatación en la literatura castellana, bautizado con el nombre 
de Tradición, género que es romance y que no es romance, que 
es historia y que no es historia. Y seguir apuntando lo que es 
y lo que no es la Tradición, sería el cuento de la buena pipa ó 
de nunca acabar. 

Como usted, amigo Pastor, es de los que le sacan púa al 
trompo y saben rezar el Credo... según me lo comprueban 
sus tres notabilísimos volúmenes, resultando por ellos un buen 
calador de melones, va á permitirme hablarle de mis remi- 
niscencias que con la Tradición tienen concomitancia; y si de 
esas mis reminiscencias no sacare usted jugo, diga caritativa- 
mente de mí lo que reza un refrán sobre un tal Diego Moreno, 
que habló largo y menudo, y que nada dijo de malo ni de 
bueno. 

Allá en los remotos días de mi juventud, há más de un 
tercio de siglo, ocurrióme pensar que era hasta obra de pa- 
triotismo popularizar los recuerdos del pasado, y que tal fruto 
no podía obtenerse empleando el estilo severo del historiador, 
estilo que hace bostezar á los indoctos. Yo era, por entonces, 
socio activo de la muy antigua y acreditada casa de Ocio, Bausa 
y Compañía; y esta circunstancia abonará ante usted el em- 
peño con que consagré la poca ó mucha actividad de mi cere- 
bro á discurrir sobre el tema. Verdad que ello no era merito- 
rio para aficionado á las letras, á quien, por esos días, venía 
el tiempo más holgado que los calzones del cura de Puquina, 
que medían tres varas de. pretina. El pueblo es como los niños, 
que tragan, y hasta con deleite, la pildora plateada. 

Recordé que, en la infancia, los granujillas y mocosuelas 
de mi casa y de la vecindad, nos agrupábamos, en las noches 
de clarísima luna, en torno de alguna vieja, gran cuentista, 



Digitized by 



Google 



cachivachería 447 

cuentera ó contadora de cuentos, (que de los tres modos sabíamos 
decirlo, sin cuidamos del Diccionario,) y se nos pasaban las 
horas muertas oyéndola narrar consejas que, si ahora las cali- 
ficamos de ñoñerías sin entripado, á la chiquillería parecie- 
ron verdades como el puño, y con más intención que un toro 
bravo. Sonaban en un reloj de cuco las diez de la noche, y 
los muchachos distábamos mucho de p)estañear embelesados 
con cuentos que, aunque la anciana nos los relatara por centé- 
sima vez, para nosotros revestían siempre el hechizo de lo 
nuevo. La infancia es de suyo desmemoriada, y la vieja sabía 
rezar el Credo. 

— jA dormir, niños!— gritaban impacientes las madres que 
en nuestras repúblicas americanas han sido, son y serán siem- 
pre muy madrazas; y la muchachería se insurreccionaba y 
había lo de: 

—í Ahora á la cama te vas. 
—Si me cuentan otro cuento. 
—Pero, hijo, si ya van ciento... 
— jUnito más!» 

Y no había vuelta de hoja. Como la paloma en los árboles 
de fuego, venía el unito más. 

¿Y qué es el pueblo? El pueblo no es más que una colecli- 
vidad de niños grandullones. 

Resultado de mis lucubraciones sobre la mejor manera de 
popularizar los sucesos históricos, fué la convicción íntima de 
que, más que al hecho mismo, debía el escritor dar importancia 
á la forma, que ésta es el Credo del tío Antón. La forma ha 
de ser ligera y regocijada como unas castañuelas, y cuando 
un relato le sepa á poco al lector, se habrá conseguido avivar 
su curiosidad, obligándolo á buscar en concienzudos libros de 
Historia lo poco ó mucho que anhele conocer, como comple- 
mentario de la dedada de miel que, con una narración rápida y 
más ó menos humorística, le diéramos á saborear. El estilo 
severo en una tradición, cuadraría como magnificat en maitüíes; 
es decir, que no vendría á pelo. 

Tal fué el origen de mis Tradiciones, y bien haya la hora 



Digitized by 



Google 



448 BIGARDO PALMA 

en que, impulsado por un sentimiento de americanismo, me 
eché á discurrir sobre la forma, entre artística y palabrera, 
que á aquéllas convenía. Bien haya, repito, la hora en que 
me vino en mientes el platear pildoras, y dárselas á tragar 
al pueblo, sin andarme en chupaderitos ni con escriipulos de 
monja boba. Algo, y aun algos, de mentira, y tal cual dosis 
de verdad, por infinitesimal ú homeopática que ella sea, muchí- 
simo de esmero y pulimento en el lenguaje, y cata la receta 
para escribir Tradiciones. Tengo conciencia de que lío he pro- 
pinado veneno, sino pócima saludable para ilustración y en- 
tretenimiento del pueblo, amén de que es emin-entemente su- 
gestiva la índole literaria de esa clase de escritos. 

¿No opina usted como yo, doctor Obligado? Pues dos cuar- 
tos voy á mi gallo. 

Y de que no estuve del todo desacertado en predicar, como 
predicando sigo, que eso y no más es la Tradición, y que su 
atractivo y poder de sugestión sobre el alma están más en 
la forma que en el fondo, dame prueba palmaria la circuns- 
tancia de que ese género literario, por mí puesto á la moda 
há más de treinta años, encontró devotos en todas las Repú- 
blicas americanas, y devotos que, como usted, cultivan la Tra- 
dición con espiritual humorismo y no escasa corrección en 
la frase. El suceso aislado, por interesante y singular que sea, 
se parece á una joven bonita vestida de trapillo. La belleza 
cobra realce y valimiento con traje de seda ó terciopelo. Has- 
ta la fea, (aunque, entre las cuatro paredes de su cuarto, lo sea 
más que una excomunión) da gatazo cuando se exhibe vestida 
con arte. 

Sucedo que muchas veces el lector encuentra frivola y san- 
dia una Tradición. Para mí la frivolidad ó tontería, no está 
en el asunto mismo, sino en que al Iradicionista le faltaron in- 
genio y arte para dar interés á su relato; mejor dicho, se ol- 
vidó de rezar el consabido Credo. Es el caso de la fea mal aci- 
calada y que, por su desgreño, le da un susto mayúsculo al 
mismo miedo. Quien consagra sus ratos á borronear Tradicio- 
nes, debe tener lo que se llama la gracia del barbero, gracia 
que estriba en sacar patilla de donde no hay pelo. 

Un escritor meritísimo, compatriota de usted, don Joaquín 



Digitized by 



Google 



CACmVAOHERU 449 

V. González, muy señor mío y mi dueño, ha dicho que la 
Tradición es la Historia de los pueblos que no tienen Historia, La 
frase es bonita, y nueva. Aquí sea mi hora, si no es verdad 
que, cuando leí ese concepto, me sentí como sin faja de om- 
bligo, que dice el refrán, y por mucho que en el terreno d^^ 
mi consideración literaria tenga al señor González bajo toldo 
y sobre peana, como reza otro refrán, no quiero que se me 
moje la pólvora, sin decir al muy galano escritor argentino, 
que su aforismo no tiene para mí valor de tal. Siempre he 
reconocido que la Tradición puede ser una de las fuentes au- 
xiliares de la Historia, pero se me atraganta lo de que ella 
alcance á ser la Historia misma. Cuatro siglos cuenta ya la 
América de vida civilizada, y su Historia está muy lejos de 
basarse en Tradiciones. El historiador tiene en mucho los do- 
cumentos, y en poco ó nada los decires del pueblo. Hasta 
para la Historia de los tiempos precolombinos, á falta de es- 
critura cuneiforme, de geroglíficos como los de los códices 
maya y mexicano, y de los quipus peruanos, están los monu- 
mentos de piedra, convidando al investigador á severo estu- 
dio sobre la vida y civilización de pueblos, cuyo origen sigue 
envuelto en la noche del misterio. Para el que sepa ó alcance 
á leer en la piedra como en un documento, no es la Tradición 
la que le habrá servido de gran cosa para reconstruir la His- 
toria. 

Usted dirá acaso que al hilvanar esta carta he llevado le- 
chuzas á Atenas, ó aguas al mar, hablándole de teorías que 
usted se tiene por sabidas, y tanto, que las ha llevado á la 
práctica, como lo prueban sus interesantes libros; y lo mismo 
dirá mi bondadoso y viejo amigo Isidoro De María, autor de 
las Tradiciones Uruguayas^ en las que la llaneza del estilo y lo 
conceptuoso de la frase, armonizan sin esfuerzo. Pero, amigo 
mío, nunca por mucho llover fué mal año, y no es dar puñalada 
en el cielo ó pretender realizar lo imposible, el insistir eli la 
repetición de lo mismo que, "hasta en lono serio, he predicado 
cuantas veces me he visto en el compromiso de subir al pul- 
pito, para expresar mis ideas sobre lo que, á mi modesto juicio, 
es ó debe ser la Tradición. 

29 



Digitized by 



Google 



45() RICARDO PALMA 

Repito que esta mi opinión hiunildísínia no es lección de 
catedrático, y es usted mu}^ dueño de no acatarla. 

—Baila usted como la misma Terpsícore, dijo en un salón 
un galancete almibarado á una preciosa niña, la que le con- 
testó:— No, señor, yo bailo como me da la gana y sin imitar á 
nadie, y menos á esa señora Terpsícore, á la que ni en misa 
he conocido. 

Y basta de parlerías, y que Dios siga dando á usted, como 
hasta aquí, buena mano derecha. Adelante, mi querido doc- 
tor Obligado. No desmaye usted en la labor, y que venga pron- 
to su cuarto volumen de Tradiciones á proporcionar horas 
de delicioso solaz á este su apreciador sincero y amigo afec- 
tísimo. 



Digitized by 



Google 



i?«?íí^íi:'ííJ«J$2$ñ^.^2^{;?íi^í?^B^ 



PARTE TERCERA 

PARRAFADAS DE CRITICA 
Dos libros de versos. 



Confieso que, con los años y el estudio, he llegado á con- 
vencerme de que es muy fácil criticar y muy difícil produ- 
cir; y de esta íntima convicción mía nace que, al juzgar obras 
literarias, esté siempre mi espíritu más dispuesto á la bene- 
volencia que á la censura amarga. Cómoda tarea es la de 
buscar sólo los defectos, haciendo gala de delicadeza de gusto. 
Líbreme el cielo de sentar plaza de intransigente zoilo. Ni 
en literatura ni en política, soy de los que dicen que de cada 
mil almas una va con Dios y las demás con el diablo. 

En países como el nuestro, donde la literatura no es una ca- 
rrera, y en donde ni siquiera encuentra estímulos dignos quien 
consagra sus ocios al cultivo de las letras, creo que, los que, 
por justos ó verenjustos, hemos alcanzado á crearnos una mo- 
desta fama, llenamos deber de patriotismo alentando con una 
palabra de aplauso á los jóvenes que, con destellos de talento 
y sobra de entusiasmo, acometen la ardua empresa de dar á 
la estampa sus producciones. Y tanto es asíj que prefiero ca- 
llar cuando no encuentro en un libro pretexto para el elo- 
gio. No escribió, ciertamente, para mí el gran Víctor Hugo 
estas palabras: 

—La boca de un poeta, encomiando á otro poeta, es un 
vaso de hiél azucarada. 



Digitized by 



Google 



452 RICAKDO PALMA 

Anles, pues, que desalentar á la juventud estudiosa con crí- 
ticas virulentas que, á Dios gracias, ajeno soy á mezquindades 
y pasioncillas, consiento en aceptar este reproche que alguna 
vez se me ha dirigido:— Que Dios me echó al mundo para 
halagai* vanidades. 

Afortunadamente no se hallan en este caso los dos libritos 
do versos, sobre los que el director del Correo del Perú me ha 
impuesto hoy el compromiso de emitir ligero juicio. Los auto- 
res me son desconocidos. 

Poniendo punto al introito^ un si es no es personal, pasemos 
á ocuparnos del prójimo en Cristo y hermano en Apolo. 



Que en don José María Chaves, autor de las Melodías relir 
giosaSy hay dotes de poeta lírico, no es para mí cuestión. En 
efecto, poeta es el que escribe versos como los siguientes: 

jAy! en el vicio estéril 
el corazón del hombre se marchita, 
sin savia que lo aliente, 
cual un árbol mordido de serpiente. 
Y el manzano agostado, 
¿qué fruto puede dar? Y si su dueño 
lo abandona al olvido, 
¿podrá ostentarse fresco y florecido? 

Vése, sin gran esfuerzo, que el autor ha leído, y con pro- 
vecho, al divino Herrera, á Rioja y Luis de León, pues ha 
acertada á imitarlos en giros y locuciones. No desdeñe el jo- 
ven poeta tan excelentes maestros que, andando los tiempos, 
ellos lo conducirán á figurar en el moderno Parnaso ame- 
ricano. 

En la silva, principalmente, hallo felices reminiscencias de 
esos ilustres ingenios que tanto esplendor dieron á las letras 
castellanas. Véase la pintura que del poeta hace el señor Cha- 
ves, pintura llena dé vigor en la expresión y de lozanía en las 
imágenes. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 453 

Corazón con latidos de armenia, 

alma de amor que nunca á odiar aprende, 

relámpago divino 

que sólo en Dios y para el bien se enciende, 

acaso cual la tímida violeta, 

desde un retiro le convida al mundo 

su delicioso aroma, 

y aunque sufra cual Job, su mismo llanto 

es un himno, un perfume, un riego santo. 

Sucesor de Moisés y de Isaías, 

su función es un gran pontificado; 

y cuando imperios grandes han caído 

y reyes yacen en profimdo olvido, 

suá santas armonías, ' 

al través de los siglos, aun deleitan 

á miles de millones 

de entusiastas y nobles corazones. 

Una de las buenas cualidades del vate á quien juzgamos, 
es la sinceridad de creencia que respiran sus versos. En él, el 
sentimiento religioso se halla muy lejos de ser amanerado ó 
fruto convencional ó de cálculo. Sin penetrar en las nebulosas 
regiones de la filosofía, el señor Chaves siente y se ¡expresa 
con claridad, y por mucho que el espíritu del siglo sea un 
tanto volteriano y descreído, nuestro poeta se encastilla en 
la fe de sus padres, en los recuerdos de la infancia y en la 
severidad de los buenos ejemplos que, como semilla bendita, 
han fructificado en su alma. 

En cuanto á la forma, mucho habría donde hincar el dien- 
te. Abundancia de ripios; abuso de adjetivos y sinónimos; ver- 
sos que pecan mortalmente contra las leyes de la armonía, 
y... pero el poeta confiesa, hasta cierto punto, su pecado, cuando 
dice:— t Yo no soy hijo del arte: yo soy. como la fuentecilla 
»de la pradera, que á veces se seca, y otras veces rompe' su 
» cauce y se dilata hasta el pie de los árboles que acompañan 
»sus quejas con su susurro.» 

Quien así se conoce y así se expresa, quien así es mo- 



Digitized by 



Google 



-154 RICARDO PALMA 

desto, se halla en camino de adelantar mucho y de escribir, 
en breve, algo menos desaliñado que las Melodiaft religwsas. 

Ego Polibio es la firma bajo la cual se esconde un poeta 
que acaba de coleccionar cien picarescos sonetos, á los que 
llama Zanahorias y Remolachas, El librito es una panacea con- 
tra la tristeza, y como tal lo recomendamos á los caracteres 
melancólicos. Sonetos tiene, como el titulado Zamamtea. que 
convidan á echar ima cana al aire. 

La idea que constituye el fondo, el jugo diremos mejor, 
de las zanahorias y remolachas, es en sí trivialísima ó mano 
seada; pero lo magistral de la ejecución, la reviste de mérito 
y novedad. Las incorrecciones, y complacémosnos en recono- 
cer que no son muchas, no valen la pena de tomarse en cuenta. 
Ensáñense en ellas los alguaciles del Diccionario, que no otra 
cosa son los critiquizantes que andan á la pesca de) casticismo 
palabrero. 

Lo que más cautiva en los versos de Ego Potíbio es la ri- 
queza de rima. Parece, á primera vista, que el poeta se hubiera 
propuesto escribir con pies forzados, y sacrificar la idea á la 
robustez y gracia del consonante; i>ero esta presunción queda 
destruida ante la soltura y facilidad de los versos. Esas rimas 
difíciles han brotado, i>or entre los puntos de la pluma, con 
la naturalidad del arroyo. 

Pero no todos los sonetos son legumbres de la huerta; no 
todos son chiste y travesura. Dos hay que no son zanahorias 
ni remolachas. El uno es flor perfumada del ramillete de ima 
dama, y el otro espinoso cardo. Gran intención filosófica, aun- 
que ligeramente amarga, hay en ellos, y verdadero aroma 
poético. Me refiero al titulado .4 una bella y al que voy á darme 
el gusto barato de copiar: 

A VS INGRATO 



Triste llegaste de la culta Europa, 
sin un rasgo siquiera de cultura, 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHEBIA 455 

ú mendigar humilde la basura, 
<lc mi tierra feraz, en baja tropa. 

Sin un realillo de vellón, sin ropa, 
con la grasicnta faja en la cintura, 
conservando tu estólida gordura 
con la olla podrida y mala sopa. 

Pronto vestiste como Adán decente; 
que cariñoso, liberal, clemente, 
de la escoria te alzó noble peruano. 

Olvidaste tu ayer, nada halagable, 
¡y muerdes hoy, imbécil miserable, 
la bella, fiel y generosa mano! 

Kn conclusión : Ego Polihio no ha nacido para poeta lacrimoso. 
No es romántica lira de cuerdas de oro la que él maneja, sino 
alegre, encintada castañuela y bullicioso tamboril. Hartas lá- 
grimas hay sobre la tierra y escasísimas risas (se ha dicho), 
y por eso aspira á prolongar las fiestas carnavalescas tomando 
la vida por su lado risueño. Que las decepciones no envenenen 
un día su espíritu, aleje Dios de sus labios la hiél del sarcasmo 
y, los que amamos los versos graciosos y ligeros, nos prome- 
temos que la juguetona musa de Ego Polibio nos regalará con 
producciones más limadas y de mayor aliento que las Zanaho- 
rias y Remolachas. 



Algo sobre una ley de Instrnceión. 

En ningún ramo se ha hecho sentir tanto la instabilidad 
de nuestra manera de ser, social y i>olítica, como en el ramo 
de Instrucción pública. Nuestros presupuestos consignan ingen- 
tes sumas para el sostenimiento de infinitas escuelas: y la ver- 
dad es que nos damos el lujo de gastar en la enseñanza, sin 
haber cuidado antes de crear maestros que enseñen. A la falta 
de pedagogos instruidos hay que añadir un pecado capital, 



Digitized by 



Google 



456 RICARDO PALMA 

fruto exclusivo de la condición atrasada de nuestros pueblos 
del interior. No sólo no hay maestros, sino que tampoco hay 
alumnos. El indígena raciocina que, para cultivar una fanegada 
de terreno y aumentar su rebaño de cabras, no ha tenido necesi- 
dad de saber leer y escribir, que su hijo debe seguir su ejem- 
plo, y que más provecho saca éste ayudándolo en sus labores 
agrícolas, que pasándose las horas muertas deletreando el si- 
labario y haciendo palotes. Así las escuelas están desiertas, y 
la autoridad es imp)otente para compeler á los padres de fa- 
milia 

Por otro lado, se ha reglamentado tanto, en materia de ins- 
trucción, que ya no hay cómo entenderse. Cada Ministro del 
ramo, por hacer que hacemos, sin gran meditación ni estudio, 
ha implantado un sistema, que luego el sucesor ha reemplazado 
con otro. Y de esta volubilidad ha resultado un pan como unas 
hostias, y así anda la instrucción universitaria más revuelta 
que costura de beata y 

más torcida que una ley 
cuando no quieren que sirva, 
como dijo el regocijado poeta limeño Juan de Caviedes. 

La manía de imitar irreflexiblemente lo que se hace en 
otros países, ha hecho que se trate de implantar, entre nosotros, 
el sistema universitario de Francia; olvidando que la prudencia 
aconseja dar tiempo al tiempo, y aguardar á que se reúnan 
ciertas condiciones y circunstancias que hagan provechoso, en 
Lima, lo que aún es discutible si es bueno en París. 

Do todos estos puntos y de otros más que nos dejamos 
en el tintero por no ser difusos, se ocupa el interesantísimo 
libro que bajo el seudónimo T. L. S. acaba de publicar uno de 
nuestros más distinguidos y correctos escritores. (1) En Algo 
para una ley de instrucción, vemos más que un libro de doctrina 
una obra de polémica. El autor, con envidiable ligereza y con 
un estilo lleno de atractivo combate el actual sistema universi- 
tario, y sus argumentos, en muchos casos, como cuando aboga 
por la conveniencia de restablecer el internado, son incontes- 
tables 

Al hablar de la llamada Escuela de Artes y "Oficios, cuya 

(t) El doctor don Manuel Santos Pasapera, catedrático en la Universidad de Lima. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 457 

actual organizacióu combate, entra el autor en importantísi- 
mas consideraciones sobre la gran cuestión que 'hoy trae con- 
vulsionada á la Europa.-— «Hay en la Internacional (dice) un 
>hecho que no debe despreciarse: la miseria de los obr/e'ros, 
»que quieren trabajar para vivir y que no tienen trabajo, y la 
»de los que trabajan sin un provecho proporcionado. De ese 
•hecho han abusado los ateos, socialistas y comunistas, y los 
«demagogos que nada respetan, siempre que se les franqufce 
»el camino hacia el poder. No somos partidarios de la Inter- 
«nacional; porque, para nosotros, la Biblia es el único código 
•completo de moral y de derecho: el culto, necesidad indivi- 
»dual y social: la herencia, la salvaguardia de la familia; y 
•sin impuestos, sin fuerza pública, sin gobierno, sin religión, 
>es imposible la sociedad. Pero la Internacional descansa en 
•un hecho, en el que hay, cuando no un fondo de justicia, 
• una loable aspiración.» 

Perdone el ilustrado señor T. L. S. que no estemos de 
acuerdo con su opinión. Creemos que no hay aspiración loable 
si, ante todo, no está basada en la justicia. Convenimos en 
que el obrero tiene derecho al trabajo; pero no aceptamos 
que, para hacer práctico este derecho, le sea, no diremos lí- 
cito, sino excusable, recurrir á la violencia y al desquicia- 
miento social. Para nosotros, ese desnivel funestísimo en la 
cuestión capital del trabajo, no es más que, valiéndonos de 
una frase del mismo señor S. una desiguadad racional é inevitable. 
y no la obra de la injusticia humana. 

Incidentalmente consagra el señor T. L. S. algunos capítu- 
los de su libro á la música, la pintura, el teatro, la biblioteca 
y museo, y, francamente hablando, son estos capítulos los que 
más han llamado nuestra atención. Cada uno de ellos forma 
un excelente cuadro de crítica social y administrativa, donde 
campean el aticismo literario y el espíritu filosófico y de ob- 
servación concienzuda, que tan estimables hacen las produc- 
ciones de nuestro modesto amigo. 

Completa el libro del señor T. L. S. un proyecto de ley de 
instrucción que, en el fondo, es la síntesis de las ideas que for- 
man el cuerpo de la obra. Extraños á la carrera del profesora- 
do, reconocemos nuestra incompetencia para juzgar este tra- 



Digitized by 



Google 



i58 líIC AKDO PALMA 

bajo; pero sería de desear que, hallándose hoy reunido el Con- 
greso, fuese tomado en consideración el indicado proyecto. Hon- 
ra, y grande, será para los legisladores de 1874, dictar una 
ley de instrucción que, por imperfecta que salga, siempre sig- 
nificará un paso adelante en las regiones del progreso. 



Las revolaciones de Arequipa. 

El doctor don Juan Gualberto Valdivia, que tan útilníente 
ha servido al país en el profesorado, acaba de enriquecer la 
bibliografía nacional con una importante obra titulada:— líe- 
moria sobre las revoluciones de Arequipa^ desde 1834 hasta 1866, 

Ciertamente que nada hay de más comprometido y difícil 
que escribir sobre p)olítica contemporánea. Vivos aún muchos 
de los personajes que han desempeñado los primeros papeles 
en nuestras contiendas civiles, el historiador tiene que atrope- 
llar por mil consideraciones para presentar hechos y actores; 
y tal es la tarea que, con sobra de audacia, ha acometido el 
señor doctor Valdivia. 

Con todo el respeto que nos merecen la honorabilidad y 
la reputación del señor Deán del coro de Arequipa, y arrostrando 
el peligro de que se nos eche en cara nuestra insignificancia 
para juzgar un trabajo que lleva por garantía firma tan au- 
torizada, vamos á permitirnos consignar someramente las ob- 
servaciones que su lectura nos ha sugerido. 

Quien busque en el libro del señor Valdivia galas literarias, 
pierde lastimosamente su tiempo; pues bajo este aspecto la 
obra no está, ni con mucho, á la altura de la reputación 
del fogoso redactor del Yanacocha, Vése que los años han debi- 
litado el vigor de la pluma, que el lenguaje es por demás 
incorrecto, y que su llaneza se confunde, casi siempre, con 
lo vulgar El mismo señor Valdivia declara que no aspira á 
ser un Tácito ni á lucir primores académicos; y ante tan fran- 
ca declaración, no es ya lícito hacer hincapié en la cu^tión 
de forma. 

El doctor Valdivia, dotado de una felicísima memoria, ha 



Digitized by 



Google 



cachivachería 459 

querido sólo dar á sus recuerdos la forma del libro, y defender 
al pueblo arequipeño de atrabiliarios é injustos calificativos. 

En la narración que de los sucesos hace, desde la revo- 
lucióa contra Orbegoso hasta la caída de Santa Cruz, sucesos 
en que el doctor Valdivia tomó tan activa parte, hay páginas 
en que el escritor se anima y parece retemplado con un resto 
del calor de los días juveniles. Las Memorias son la confesión 
sincera, el peccavi con sus respectivos tres golpes de pecho, 
que el señor Valdivia hace ante la patria de un error político, 
y bien merece absolución plenaria por su ingenuidad. El se- 
ñor Valdivia, al ser uno de los más activos auxiliares de la 
invasión boliviana, cometió una falta de la que, en verdad, 
no puede culparse á su patriotismo sino al imperio de espe- 
cialísimas circunstancias del momento. El no vio más que la 
necesidad de mantener triunfante el principio constitucional: 
no alcanzó á convencerse de que la causa de Salaverry, el re- 
volucionario de cuartel, había llegado á convertirse en la causa 
nacional; y cuando midió el abismo y quiso retroceder, ya era 
tarde. Había avanzado demasiado y la vorágine lo envolvía. 

Las figuras políticas que más airoso papel hacen en las 
Memorias, son las de los generales Nieto y Castilla. La amis- 
tad de Valdivia por el general Nieto es casi un culto, y esta 
constancia de afecto que sobrevive á la tumba, en estos tiempos 
de fragilidad, en que tan pronto se olvida á los que fueron 
para acordarse únicamente de los que son ó pueden ser, hace 
elocuente elogio de los sentimientos del hombre. El señor 
Valdivia ha probado, con su libro autobiográfico, que tiene 
la memoria del corazón. 

En cambio, hay en su obra tanta destemplanza y tanto ex- 
ceso de bilis para hablar del general Vivanco, que no se puede 
menos que negar la imparcialidad al escritor. Cuando se en- 
tinta la pluma para borronear páginas de historia que han de 
pasar á la posteridad, el hombre tiene que hacer el sacrificio 
de sus pasiones de hombre. El señor Valdivia ha olvidado que 
su libro, más que para nuestra generación, es para el mañana, 
y que por eso estaba obligado á juzgar á sus enemigos políti- 
cos 6 personales, con más caridad cristiana, sin amor ni odio. 

Pero por apasionadas que sean las Memorias, nos compla- 



Digitized by 



Google 



y 

400 RICARDO PALMA 

ceñios en reconocer que, con su publicación, ha prestado el 
doctor Valdivia un servicio á la Historia nacional; pues ellas 
arrojan luz sobre hombres y sucesos contemporáneos.— La His- 
toria tomará algún día en cuenta el libro del señor Valdivia, 
y ella, imparcial y justiciera, sabrá escoger el buen grano. 

Diccionario histórico. 

Asaz culpable ha sido la indiferencia con que, en los pue- 
blos hispano-americanos, se ha visto, el estudio de la Histo- 
ria que nos es propia. Por eso multitud de documentos curio- 
sos se han destruido, y otros existen arrinconados en los archi- 
vos, entre espesa capa de polvo, dando sabroso alimento á ra- 
tones y polilla. Por fortuna, empieza á despertarse el gusto 
por conocer nuestro pasado político y social, y obreros de bue- 
na voluntad, como los señores Ribeyro, con su Galería de los 
Avales universitarios^ Paz Soldán, con su Historia del Ferú in- 
dependiente, y Odriozola, con su curiosa compilación de Docu- 
vientos, se han entrado con sobra de fe y de inteligencia en el 
rico venero, poco ó nada explotado, de los tiempos que fueron. 

Desde hace más de veinte años se liablaba con variedad 
en los círculos literarios, de un trabajo que, sobre Historia pa- 
tria, traía bajo los puntos de la pluma el señor general don 
Manuel de Mendiburu; y los que no alcanzan á darse cuenta 
de las dificultades que hay que vencer para ordenar hechos, 
compulsar documentos y rectificar datos, dudaban ya de que 
el empeño fuese realidad. 

Por fin, para sosiego de impacientes y murmuradores, el 
primer volumen ha aparecido en la última semana. Es por 
decirlo así, la muestra de la obra, y'á fe que su contenido 
justifica ampliamente el retardo. Muchos años de consagración 
asidua y afanes sin cuento se requieren, para producir un li- 
bro de tan palpitante interés como el Diccionario Histórico. 

El plan seguido por su ilustrado autor es presentar, en 
biografías de hombres notables, no sólo nuestra Historia colo- 
nial, sino la de la guerra de Independencia. 

Nuestra Historia, desde los tiempos primitivos de los Incas 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 461 

hasla que sonó la hora de la conquista, se halla en estado 
embrionario. Es una especie de mito fabuloso. Pero si no es 
aventurado sostener que sea imposible escribirla de una ma- 
nera concienzuda, tal imposibilidad no existe tratándose de los 
tres siglos en que vivimos rindiendo vasallaje á los monarcas 
españoles. Hay crónicas, reales cédulas, gacetas é infinitos do- 
cumentos de los que se puede hacer brotar raudales de luz. 
La tarca es, sobre todo, de inteligencia, para saber encontrar 
la verdad en aquellos incidentes sobre los que han escrito 
diversas plumas, variada y aun contradictoriamente. 

Desde este punto de vista, el libro del señor de Mendiburu 
no puede dar campo para la crítica. Se conoce que el autor 
ha tenido á mano muchos cronistas que sobre las cosas de Amé- 
rica escribieron, y que, con tino y habilidad, ha sabido huir 
del escollo de dar entrada en el santuario de la* Historia á 
muchas de las fantasías de Garcilaso, á las exageraciones de 
Pedro Sancho el conquistador, á las apasionadas noticias de 
Francisco Jerez, á la chispeante mordacidad del Palentino, y 
á las candorosas narraciones de Montesinos, que, más que para 
historiador, había nacido para escribir cuentos de las Mil y 
una noches. Siempre hemos creído que la fábula y la ficción 
desnaturalizan la Historia, rebajando en mucho el carácter 
de severa majestad con que ella debe presetitarse revestida. 

Con acertadísimo criterio, al ocuparse de la conquista y 
de las guerras civiles que la siguieron en breve, prefi(e're el 
señor de Mendiburu á Antonio de Herrera, cronista de cla- 
ro ingenio y de juicio sólido, que tuvo á su disposición los 
archivos reales, el apoyo del Consejo de Indias y que, sobre 
algunos sucesos, recibió amplísimos informes de los mismos 
que en ellos fueron actores. 

Las biografías de Atahualpa y de los Almagros nos pin- 
tan con superabundancia de pormenores y de hechos, sesuda- 
mente apreciados, las peripecias de la conquista, las escenas 
de sangre que á ella se mezclaron, y los horrores de las dis- 
cordias entre bandos compuestos de gente allegadiza^ ganosa 
de riquezas y dominada por las más ruines pasiones. Ante 
todo, el autor ha cuidado de no aceptar otros sucesos que 
los suficientemente comprobados, desvaneciendo equivocacio- 



Digitized by 



Google 



462 RICARDO PALMA 

ues de autores de nota sobre el lugar donde alguno de aquellos 
se realizara. 

Las biograiías de Annendaris, Amat y Abascal son, en nues- 
tro concepto, las mejores páginas del libro. No es posible dar, 
hasta en ciertos ligeros detalles, idea más completa de la ad- 
ministración de estos tres \irreyes. La energía del de Castiefl- 
fuerte, la astucia del señor de la Quinta del Rincón y la sa- 
gacidad del marqués de la Concordia, se desprenden del cua- 
dro con natural y admirable relieve. Es pluma de maestro 
la que ha escrito esas tres magníficas biografías. 

F!n cuanto al estilo, es claro, correcto y sin pretensiones, 
cual conviene á la solemne misión de la Historia, y estamos 
seguros de que los tomos siguientes, ya que no aventajen en 
mérito, pues ello no es posible, no desmayarán en el interés 
que inspira *la lectura del primero. 

Debe estar persuadido el señor general Mendiburu dé que, 
con su inapreciable y monumental obra, ha rendido á la pa- 
tria servicio de gran valía; y si el polvo del olvido llega á 
cubrir ei nombre del soldado, no sucederá lo mismo con el 
nombre del historiador. Aunque incompetente el que estas lí- 
neas firma, tributa al autor del Diccionario su más entusiasta 
felicitación^ bien que ella no pesa en la balanza, ni da ni quita 
glorias, ni encama otro mérito que el de la espontánea síli- 
ceridad que la dicta. 



Ollantay. 

Cuando, hace pocos meses, oí al joven escritor don Cons- 
tantino Carrasco leer en el Club Literario su traducción del 
Ollantay, confieso que fué tan grata la impresión que esa lectura 
me produjo, que al felicitar al poeta por su trabajo, déjeme 
arrebatar del entusiasmo, y lo amenacé con que, si algún día 
daba la obra á la estampa, tuviese por seguro que mi humilde 
pluma borronearía algunas líneas que servir pudieran de pró- 
logo ó introducción. Tal amenaza era la espada de Damocles 
pendiente de un hilo. Háse éste roto por obra y milagro de 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 463 . 

lia editor complaciente, y heme en el compromiso de echar 
tajos y reveses á riesgo de herirme con mis propias armas. 

Hoy, que tengo sobre mi mesa de trabajo las pruebas impre- 
sas del Ollantay, helo leído y releído, y mi entusiasmo por la 
obra y por su estimable y erudito traductor ha ido en escala 
ascendente. Enemigo de esa crítica implacable que fustiga con 
crueldad, así como de la que sin examen y á cierra ojos se 
encariña por las producciones del amigo, voy á permitirme, 
muy á la ligera, expresar mi acaso incompetente, pero muy 
sincero juicio. 

Incuestionable es que la civilización de los imperios del 
Anahuác y Cuzco estuvo bastante avanzada, para que estos 
pueblos hubieran tenido una literatura propia, original, verda- 
dera expresión de las ideas y sentimientos de sus naturales. 
El yaraví, p)or ejemplo, especie de melancólico idilio, refleja 
por completo el carácter sombrío y soñador de la raza india. 
Nada hay que se le asemeje en la poesía popular y primitiva 
de los pueblos europeos. 

Uno de los caracteres distintivos de la poesía lírica, entre 
los indígenas, fué el tono filosófico y sentencioso de sus con- 
ceptos. Garcilaso nos ha transmitido algunas muestras de ella 
que justifican esta creencia. Y no sólo fué tal la índole de 
la poesía lírica entre los bardos del Perú, sino entre los del 
imperio azteca. Así se sabe que Netzahualt, rey de Tezcuco, 
príncipe notable pctr su sabiduría, grandeza de alma y empresas 
militares, escribió á principios del siglo xv, es decir, medio 
siglo antes de la conquista, unos versos de los que ofrezco 
esta pálida traducción. 

La pompa mundanal se me figura 
de los sauces coposos la verdura, 
6 el agua del arroyo enrarecida 
que no vuelve al caudal que la dio vida. 
Lo que fué ayer no es hoy. Sobre el mañana 
nada osará afirmar la ciencia humana. 
La tumba, vuelto polvo pestilente, 
encierra á quien ayer fué omnipotente. 
Es la gloria, quimera que el hombre ama, 



Digitized by 



Google 



464 RICAKDO FALMA 

de otro volcán Pocatepelt la llama. 
¿Qué fué de las innúmeras legiones 
que impusieron la ley á otras naciones V 
¿Qué de los tronos? ¿Qué de las famosas 
obras de grandes sabios, portentosas? 
i Nada sé! ¡Nada sé! Que el cielo esconde 
la misteriosa cifra que responde 
al enigma fatal, enigma sumo... 
¡Todo, sobre la tierra, lodo es humo! 

Pero es preciso convenir en que, si bien la poesía es in- 
nata y responde á una exigencia del espíritu, entra por mucho 
la forma, el arte, mejor dicho, para abrillantar la frase. Por 
lo que conocemos de los haravicus ó vates peruanos, que es 
muy poco ciertamente, sacamos en claro que, entre ellos, el arte, 
la forma, no anduvo muy aventajado. 

Si para constituir una literatura nacional bastaran la origi- 
nalidad de imágenes, la traducción fiel de costumbres y carac- 
teres, y el trasunto del clima y del cielo bajo el cual . se vive, 
preciso nos sería confesar que el drama Ollantay simboliza la 
poesía indígena del Perú. Mas, cuando se versifica en la lengua 
de Cervantes y Calderón, no creo que el poeta alcance á ser 
ni más ni menos, que maestro ó alumno del Parnaso español. 
Por mucho que en nuestros tiempos, Juan León Mera en su 
Virgen del Sol^ José Fornaris en sus Cantos d9l sibonet/j Julio .Ar- 
boleda en su Gonzalo de Oyon y otros poetas cuya 'enumera- 
ción sería larga, hayan pretendido crear una "literatura indí- 
gena, vése en sus obras algo de amanerado, de poco espontáneo, 
y traslúcese estudioso empeño para disimular que los buenos 
modelo?, de la literatura española han influido en la inspiración 
del autor. ¿Quien al leer estos versos, bellísimos por otra par- 
te, que se presentan como ejemplo de americanismo poético, 

no tiene el Amazonas, en sus orillas, 
rosa como la rosa de tus mejillas, 
ni, en sus laderas, tienen nuestras montañas 
roca como la roca de tus entrañas, 



Digitized by 



Google 



CACHIVACirKRlA 465 

no se imagina estar leyendo una de las armoniosas serenatas 
orientales de Zorrilla? Mal que nos pese, y mientras en- Amé- 
rica no inventemos para nuestro uso exclusivo un idioma, nues- 
tra literatura tiene que ser española, eminentem^eVife españo- 
la. El americanismo en literatura no pasa, en mi concepto, 
de un lindo tema para borronear papel. 

Pero estas reflexiones que, sobre primitiva literatura in- 
dígena y sobre americanismo en literatura, se me han escapa- 
do al correr de la pluma, eran indispensables para formular 
una opinión acerca de la obra en que, con tanta felicidad, 
ha lucido el señor Carrasco sus buenas dotes de poela y su 
ilustración lingüística. 

Historiadores de nota, apoyándose en Garcilaso, dicen que 
no fueron desconocidas entre los antiguos peruanos las farsas 
escénicas j ó lo que tanto vale, que existió la p)oesía dramática. 

Si el Ollantay (y perdónese lo que haya de presuntuoso 
en esto juicio) es la prueba testimonial que de esa opinión 
se me presenta, tentado estoy de sostener qu^ la obra no fué 
compuesta en época de los Incas, sino cuando ya la conquista 
española había echado raíces en el Perú. 

En efecto. Basta fijarse en la distribución de escenas y 
en la introducción de coros, para que se agolpen al espíritu 
reminiscencias del teatro griego. Diráse que las unidades de 
tiempo y de lugar no están consultadas; pero esto no probarla 
más sino que el atitor quiso apartarse de los preceptistas clá- 
s'cos, forzado acaso por la imposibilidad de encerrar su ar- 
gumento en la estrechez de límites por aquéllos establecida. 

La escena del acto primero entre el galán y el gracioso, nos 
recuerda la obligada exposición de los poetas dramáticos del 
antiguo, original y admirable teatro español. Así en las come- 
dias do Lope, Calderón, Moreto, Alarcón, Tirso y demás inge- 
nios de la edad de oro de las letras castellanas, vemos siem- 
pre aparecer galán y gracioso preparando al espectador, con 
una larga tirada de versos, al desarrollo del asunto. 

Otra de las circunstancias que me hace presumir que el 
OUantay fué escrito en el segundo ó tercer siglo de la con- 
quista, y por plimia entendida en la literatura de los pueblos 

30 



Digitized by 



Google 



46f> UlCARDO FALMA 

europeos, os la de que ni los antiguos ni los modernos poetas 
que han versificado en quichua hicieron uso de la rima, ya 
fuese ésta asonante ó consonante. Plumas muy autorizadas han 
sostenido que la rima no entra en la índole del quichua, y de 
ello dan prueba concluyente los yaravíes^ versos esencialmente 
populares. 

Acaso esta opinión mía, en abierta discordia con la de los 
eruditos filólogos Marckam y Barranca, y con la de hábiles 
críticos que, así en el Perú como en Inglaterra, Francia y 
Alemania se han ocupado del Ollantay, sea tildada de extrava- 
gante. Pero sea de ello lo que fuere, y dejando la cuestión 
en tela de juicio para que ingenios más competentes decidan 
si es exagerada ó inaceptable mi opinión, no por eso deja de 
tener el Ollantay un sello de indisputable mérito. 

Servicio, y grande, ha hecho, pues, á la Historia y á las 
letras el inteligente señor Carrasco, contribuyendo á popularizar 
con el atractivo que brindan los buenos versos de su traduc- 
ción, una de las más hermosas leyendas de la época de los 
Incas 



Copias del natural. 

Si no me probaran las canas y otras prebendas legas que 
empiezo á envejecer, bastaría para traer á mi espíritu tan do- 
loroso convicción, lo descontentadizo que me he vuelto en acha- 
que de poesía y de poetas. No prueba ello que mi gusto lite- 
rario haya ganado ó perdido, sino, simplemente, que los años 
despiadados me hacen ver bajo diverso prisma los renglones 
rimados y las lucubraciones de la fantasía. Si las obras del 
espíritu han de juzgarse siempre con el espíritu, declaro que 
el mío debe haber pasado por alguna extraña metamorfosis. 
Lo cierto es que hoy me embelesan poetas que, en la mocedad, 
me inspiraban sueño; y no me resigno á leer de seguido aque- 
llos que fueron mi constante hechizo. 

Por lo mismo que en días ya remotos, en las horas de 
las ilusiones juveniles, rendí cullo y vasallaje á las hermanas 
del Castalio coro, y que ellas (¡ingratas y tornadizas!) me es- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 467 

quivan ahora sus favores, presumo que no se me negará com- 
pelí ncia, rúes sostre fui y conozco el paño, para zurcir ó liil- 
vanar algo así como juicio crítico, á propósito de an librito 
de versos que, con el título Copias del natural, acaba de dar á la 
estampa un escritor que oculta su nombre de cristiano y su 
apellido de familia bajo el seudónimo de Mérida^ (1) ocultación 
que anda un si es no es reñida con el Estatuto. Y á fe, que, 
en esto del secreto, no tiene ni pizca de razlón él vate, lla- 
mado á conquistarse sólida Tama si prosigue como hasta aquí, 
y no se echa á dormir sobre sus laureles, y se infatúa y se 
pierde, como tanto y tanto malogrado ingenio de mi tierra. 

A los viejos nos queda la afición y el compás, como al mú- 
sico de marras, y llenamos un deber de conciencia y de pa- 
trioüsmo dirigiendo una palabra de aliento y simpatía á los 
jóvenes que, con sobra de fe y de entusiasmo, se aventuran 
en el revuelto campo de las letras. De mí sé decir que el libri- 
to de Mérida me obliga á echar una cana al aire. 

Líbreme Dios de aplaudir esa poesía afeminada, enclenque 
y enfermiza de los que sacan á plaza, como si á la humanidad 
interesaran un ardite, sus dolores íntimos, reales pocas veces, 
y ficticios "ó de contrabando casi siempre. X^ue quien da los 
primeros pasos en el palenque de la vida, se nos exhiba más abru- 
mado de desengaños y más dolorido que el doliente Job, es 
una aberración que hace llorar... de risa. La verdadera des- 
ventura es pudorosa, y no se aviene con mostrarse desnuda 
como las hetarias de la Roma pagana. El poeta que lagrimea 
por una bobería ó sin saber por qué, no es ángel de mi coro. 
¿Poeta he dicho? Abrenuncio. Rectifico y retiro la palabra. 

Tampoco soy partidario de esa poesía de filigrana y re- 
lumbrón, tan á la moda ogaño, cuyo mérito se basa en hacinar 
palabras bonitas, rimas agudas y conceptos alambicados. ; Mú- 
sica de organito callejero! 

¡No! Yo no quiero que el poeta sea un ser egoísta que canta 
sus penas y sus alegrías, olvidando las de la humanidad; yo 
quiero que el poeta acierte á reflejar, en sus estrofas, las as- 
piraciones de su época y del pueblo en que vive; que glorifi- 
que todo lo noble y grande y generoso; que nos exhiba en 

(1) Auroliuno Víliarán. Esle üislingu ido joven murió en 1882. 



Digitized by 



Google 



468 RICARDO PALMA 

cuadros, palpitantes de verdad é interés, tipos y costumbres 
sociales; que deje traslucir siempre un plan filosófico; que crea 
y no dude, que ame y no maldiga, que enseñe y nos deleite! 
Yo quiero, en fin, que el poeta, antes que todo, sea hombre y 
hombre de su siglo, y no ridicula plañidera de duelo antiguo. 

Confieso que abrí el libro de Mérida con suma desconfian- 
za y ánimo un tanto prevenido.—; Coplltas, me dije, que vivirán 
lo que las rosas de que habla Malesherbes!— Pero, después 
de leer la primera composición, exclamé entusiasmado r—j Este 
es poeta de buena ley! 

Descúbrese, sin esfuerzo, que la lectura de los Pequeños poemas 
de Campoamor sugiripl á Mérida la idea de sus Copias del tiatural. 
Como Campoamor, tiene Mérida sus ribetes de panteísla, punto 
en el que no me atreveré á decir si va ó no extraviado,que, 
en cuanto á sistemas, por hoy ni entro ni salgo. Natural y 
rápido en las descripciones, chispeante de gracia y ligereza, 
su filosofía es con frecuencia risueña, y cuando una lágrima 
asoma á la pupila del poeta, se apresura á enjugarla, con él 
doiso de la mano, es decir, con un chiste espiritual y tra- 
vieso. 

Mejor que nuestras palabras hablan estos versos de Quince 
años ya: 

Y vacilante entre el muchacho loco 
y el hombre previsor y mesurado, 
ni piensas como niño, porque es poco, 

ni piensas como el hombre: es demasiado. 

Y un cielo crees hallar en tu alegría, 
y un infierno encontrar en tu tristeza, 
según que tu alma la gobierne un día 
ya el loco corazón, ya la cabeza. 

Amarga, i>^ro irrefutable filosofía encierran las estrofas co- 
piadas; y para nuestro gusto, es Quince años ya la más cuidada 
y poética de las composiciones del librito. 

La del frente es, en puridad de verdad, una buena escena 
de la vida real, y en la que todos acaso hemos sido actores. Es 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 469 

la historia eterna de la sacerdotisa de Venus caída del pedestal. 
Alfredo de Musset no desdeñaría alguna de las pinceladas 
con que Mérida nos pinta á la cortesana en sus días, ya de 
esplendor, ya de decadencia. 

Juayí de Mata^ que así bautiza el poeta su tercera produc- 
ción, es la pintura fiel de un tipo criollo, exclusivo de Lima. 
'Pluma de observador profundo es la que allí se ha ejercitado. 

Gabriela es una lección galante, á la vez que justa, dada 
á las mujeres que se encariñan con pergaminos nobiliarios. 

Haciendo contraste con la primera composición del librito, 
viene la última, titulada La vejez. En ella, el poeta se revela 
I)ensador y cristiano. 

Pero como hasta la cara 
más perfecta y bonita, 
si no un lunar, ostenta una pequita, 
y como todo no ha de ser almíbar y pan tierno, voy, para 
poner remate á este artículo, á fruncir el entrecejo y levantar 
la palmeta del pedagogo, que bien merece Mérida un palmetazo, 
y recio. Por escribir de prisa, como si lo forzaran con puñal 
al pecho, descuida con frecuencia las reglas de la métrica y 
de la sintaxis, pecados graves en quien, como el, peca, no 
por ignorancia, sino por pereza para corregir y limar. Al que 
tiene el estro y demás envidiables dotes poéticas que ha reve- 
lado Mérida en sus Copias del natural, hay derecho para exigirle 
que no desatienda la forma, que ella es la ropa con que se 
atavían los pensamientos. ¿Por qué Mérida^ que tiene faculta- 
des para vestir siempre de raso y terciopelo sus ideas, las 
ha de envolver á veces en filipichín y zaraza? 

Por lo mismo que, entre nosotros, el mejor libro (salvo los 
de texto para las escuelas) no produce para el puchero co- 
tidiano; por lo mismo que los literatos, en el Perú, no son 
más que abnegados obreros del progreso, pienso que el escritor 
está más seriamente obligado á ser correcto, hasta donde sus 
fuerzas intelectuales y su ilustración se lo permitan, que á 
más no poder... ¡paciencia y moler vidrios con los codos! 

Ojalá opine como yo el inteligente Mérida, abomine el pe- 
cado de incorrección, y haga formal propósito de enmienda. 
He dicho. Fecha y firma. 



Digitized by 



Google 



470 RICARDO PALMA 



Tradiciones del Cuzco. 



Pocas veces he tomado la pluma con más viva satisfac- 
ción que hoy para formular juicio sobre el libro que mi exce-, 
lente y muy querida discípula la señora Clorinda Matto de 
Turner, se ha decidido á dar á la estampa. Y llamóla discípu- 
la, no porque traspiren en mí vanidosos humos de maestro, 
sino porque la amable escritora ha tomado á capricho, que 
mujer es, y por ende, autorizada para encapricharse, repetir 
que la lectura de mis primeros libros de Tradiciones despertó 
en ella la tentación de consagrar su tiempo é ingenio á la ruda 
tarea de desempolvar rancios pergaminos y extraer de ellos 
el posible jugo, para luego presentarlos en la galana forma 
de la leyenda nacional. La Historia es manantial inagotable 
de inspiración, y de entre las páginas de raídos cartapacios 
puede el espíritu investigador, auxiliado por la solidez del cri- 
terio, tejer los hilos todos de drama interesante y conmovedor. 

Bien sé que habiendo sacado de pila á muchos ahijados li- 
terarios, gallardos unos y deformes otros, debe mi firma, cuan- 
do aparece en la línea final de un prólogo, inspirar no poca 
desconfianza al lector. En España, por ejemplo, se "dice que 
la mejor recomendación que puede presentar un libro nuevo, 
es la de no traer prólogo de don Manuel Cañete ó de don 
Marcelino Menéndez y Pelayo, dos críticos de grandísima ilus- 
tración, pero en los que la benevolencia supera en mucho 
al talento, y que han escrito, pK)r resmas, prólogos ó cartas 
de presentación. Yo amo esos caracteres que se complacen 
en alentar con el elogio, y detesto la crítica malévola ó intran- 
sigente que, desdeñando las bellezas, goza en rebuscar tunarles 
y aquilatar defectos, rebajando siempre la talla del escritor 
novel. Sin que ello importe parangonarme con mis dos ilustres 
amigos y compañeros en la Real Academia Española, al lado 
de los cuales no paso de ser un simple (y tómese este simpVe 
hasta en su acepción maligna) borroneador de papel, declaro 
que, como ellos, prefiero pecar de indulgente á pecar de severo. 

Afortunadamente para mí, en esta ocasión no tengo que far 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHKRIA 471 

ligar el cerebro ni entrar en transacciones con mi conciencia 
lileraria, para tributar entusiasta aplauso, que es de justicia 
y no de obligado compromiso. Dejo á los zoilos de pacotilla 
y á los envidiosos de aldehuela en su derecho para amargar 
con la ponzoña de una crítica intemperante, toda la miel que 
de mi pluma destile. 

Eso es digno de crítico villano, 
como es digno el cadáver del gusano. 

En el fondo, la Tradición no es más que una de las formas 
auc puede revestir la Historia; pero sin los escollos de ésta. 
Cumple á la Historia narrar los sucesos secamente, sin recu- 
rrir á las galas de la fantasía, y apreciarlos, desde el punto 
de vista filosófico social, con la imparcialidad de juicio y ele- 
vación de propósitos que tanto realza á los historiadores mo- 
dernos Macaulay, Thierry y Modesto de Lafuente. La Histo- 
ria que desfigura, que omite, ó que aprecia sólo los hechos 
que convienen ó como convienen; la Historia que se ajusta 
al espíritu de escuela ó de bandería, no merece el nombre de 
tal. Menos estrechos y peligrosos son los límites de la Tradición. 
A ella, sobre una pequeña base de verdad, la es lícito edificar 
un castillo. El tradiclonisra tiene que ser poeta y soñador. 
El historiador es el hombre del raciocinio y de las prosaicas 
realidades. La Tradición es la fina tela que dio vida á las bellí- 
í^imas mentiras de la novela histórica, cultivada por Walter 
Scott en Inglaterra, por Alejandro Dumas en Francia, y por 
Fernández González en España. 

En nuestras convicciones sobre americanismo en literatura, 
entra la de que precisamente es la Tradición el género que 
mejor lo representa. América es el teatro de los sucesos; cos- 
tumbres y tipos americanos son los exhibidos y el que escriba 
Tradiciones, no sólo está obligado á darles colorido local, sino 
que, hasta en el lenguaje, debe sacrificar, siempre qu^e opor- 
tuno lo considere, la pureza clásica del castellano idioma, para 
poner en boca de sus personajes frases de riguroso provincia- 
lismo, y que ya perderá tiempo y trabajo el que se eche á 
buscarlas en los diccionarios. Cuando se pinta, no debe huirse 
de la naturalidad, por mucho que á veces sea ella ramplona 
y de mal gusto. Estilo ligero, frase redondeada, sobriedad en 



Digitized by 



Google 



172 RICARDO PALMA 

las descripciones, rapidez en el relato, presentación de [:jerso- 
najes y caracteres en un rasgo de pluma, diálogo sencillo á 
la par que animado, novela en miniatura, novela homeopática, 
por decirlo así, eso es lo que, en mi concepto, ha de ser la 
Tradición. Así lo ha comprendido también la inteligente au- 
tora de este libro. 

Como labor histórica, hay que convenir en que la señora 
Matto de Turner ha sabido explotar el rico filón de documentos 
escondidos en los empolvados archivos de la imperial ciudad 
de los Incas, tarea patriótica que hombres han desdeñado aco- 
meter, y que, con cumplido éxito, ha conseguido realizar mi 
predilecta amiga. ¡Cuántas noticias y fechas históricas, salva- 
das para siempre del olvido, va á encontrar el lector en las 
preciosas páginas que entre las manos tiene! La autora sabe 
hacemos vivir en el pasado, en un pasado embellecido pbr no 
sé qué mágico y misterioso hechizo, que adormece en el ánimo 
los dolores del presente y cicatriza las heridas de nuestros 
recientes é inmerecidos infortunios, haciéndonos alentar la es- 
peranza en mejores días, y la fe en que llegarán tiempos de 
reparación y desagravio para la honra de nuestra abatida na- 
cionalidad. Lo repetimos: el libro de Clorinda es digno íle ser 
gustado y saboreado con deleite. 

Que la señora Matto dé Turner es una escritora concienzu- 
da, nos lo prueba el que rara, rarísima vez, deja de citar la 
crónica, el documento, la fuente, en fin, de donde ha bebido, 
revelando conocimiento sólido en los anales de la Historia 
patria. Desde Garcilaso y Montesinos, hasta Córdova y Men- 
diburu, todos los historiágrafos del Perú la son familiares. 
No son muchos los hijos de Adán que pueden preciarse de aven- 
tajarla en este terreno. 

Páginas ha escrito la señora Matto de Turner, que por la 
sencillez ingenua del lenguaje, nos recuerdan á Cecilia Bohl 
(Fernán Caballero). ¥.n general su estilo es humorístico, su 
locución castiza é intencionada, y libre de todo resabio de 
afectación ó amaneramiento, tal como cuadra á la índole de 
sus narraciones. Viveza de fantasía, aticismo de buen gusto, 
delicadeza en las imágenes, expresión natural, á \i\ vez que 



Digitized by 



Google 



cachivachería 473 

correcta y conceptuosa, son las dotes que más sobresalen en 
la ilustrada autora de las Tradiciones Cuzqiieñas. 

Acuérdela el cielo horas más serenas, para que prosiga em- 
belesando á los amantes de la buena literatura nacional con 
nuevas producciones de su elegante pluma. 



La guerra separatista del Perrt. 

El señor don Fernando Valdés, conde de Torala y coronel de 
artillería en el ejército español, ha tenido la amabilidad de 
"emitirme para la Biblioteca Nacional, acompañado de benévola 
carta, un ejemplar del primer tomo de la obra que, sobre nues- 
tra guerra de Independencia ha entregado á la publicidad. El 
tomo contiene, con el carácter de preliminar, la exposición 
que el general don Jerónimo Valdés dirigió desde Vitoria, en 
Julio de 1827, el rey don Fernando Vil, documento que, hasta 
ahora, permanecía inédito, pero del cual tuve, hace años, opor- 
tunidad de leer una copia entre los manuscritos que poseía 
mi egregio amigo el general Mendiburu, autor del Dicciona- 
rio histórico biográfico del Perú. Gran servicio prestaría la 
Real Academia de la Historia compilando las exposiciones ó 
manifiestos de Pezuela, La Sema, Rodil. Ramírez y demás pro- 
hombres del partido realista, documentos en su mayor parte 
inéditos, siendo muy difícil conseguir hoy ejemplar de los pocos 
que se imprimieron. Sólo me es conocido el de Rodil. 

En tres partes divide el señor general Valdés su exposi- 
ción. Consagra la primera á justificar lo injustificable de ese 
acto clásico de indisciplina, conocido por revolución de Azna- 
puquio, en virtud del cual quedó depuesto el virrey Pezuela. 
En la segunda parte se contrae á recriminar la defección de 
Olañeta, en el Alto Perú; y en la tercera y última, á probar 
que la batalla de Ayacucho no se perdió por traición ni por ig- 
norancia, sino por cobardía de la tropa (colecticia y en tres 
cuartas partes compuesta de peruanos) y por haberse adelan- 
lantado, más de lo que se le previno, el comandante del pri- 
mer regimiento de la izquierda. Achaques quiere la muerte. 

Sintetiza el general Valdés su exposición, pidiendo al mo- 



Digitized by 



Google 



474 RICARDO PALMA 

narca que. considere en autoridad de cosa juzgada todo lo re- 
lativo á la deposición de Pezuela; que declare odiosa la memo- 
ria de Olafieta; y que estime merecedores dei nacional aprecio 
y de sus reales bondades á los vencidos en Ayacucho. No era 
poco pedir. 

El afecto filial conquista siempre simpatías, y confieso que 
muy cordial me la inspira el señor conde de Torata, al in- 
tentar la defensa de los errores y extravíos políticos del que 
le legara su nobiliario título y su apellido histórico. 

Como peruano, debo y quiero reconocer que la rebelión de 
Aznapuquio significó, para la causa patriota, tanlo como una 
batalla ganada á España. Todo el elemento civil de la capital, 
impresionado por el escándalo que dio el militarismo, se hizo 
partidario de la Independencia. Y nada de forzado, sino de 
muy lógico y natural, hubo en ello. El motín personalista 
de Aznapuquio desmoralizó por completo una sociedad acos- 
tumbrada, por cerca de tres siglos de administración colonial, 
á mirar con profundo respeto el principio de autoridad civil, 
hasta creer la persona del virrey tan sagrada é inviolable cómo 
la del monarca. 

Pero tratándose de juzgar un hecho histórico, pongo aparte 
mi condición de peruano, desciendo del campanario de mi 
parroquia, ceso de ver las cosas por el lado egoísta del bene- 
ficio reportado, y echóme á discurrir con criterio desapasio- 
nado, recto, independiente. Yo no conocí ni traté, como el 
general Mendiburu, á los políticos españoles de 1821; los juzgo 
sin personales antipatías ni interesados afectos. Ruego, pues, 
al señor conde de Torata, que en mi manera de apreciar la 
revolución de Aznapuquio (1) tres cuartos de siglo después 
de acontecida, no vea más que la opinión individual de uno 
de tantos aficionados á estudios sobre el pasado del Perú. 
En la página 12 del libro, el señor conde me honra con gratu- 
latorias palabras por los conceptos justicieros que dedico al 
general Valdés en varias de mis Tradiciones, si bien lamen- 
tando que, en una de ellas, al llamar á La Serna virrey de 
cuño falso, virrey carnavalesco y de motín, revele, muy á la 

(1) Aanapuquio. Vocablo quechua que 8ÍgnilÍoa manantial hediondo. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 475 

lij^íera, reprobación por lo de Aznapuquio. Disculpe el señor 
<:onde que la justifique en este artículo. 

Siempre que á los puntos de mi pluma vino el nombre del 
general Valdés, fué para acompañarlo de un adjetivo encomiás- 
tico. Como el general Mendiburu, creo sinceramente que Val- 
dés fue un distinguido talento; un militar instruido, gran or- 
denancista y mejor táctico; soldado valiente, decidido, perse- 
verante, desinteresado y severo, sólo cuando la severidad p'ra 
oportuna. Poseía, en fin, todas las cualidades necesarias para 
encabezar un partido. Precisamente ese conjunto de circuns- 
tancias le fué fatal, porque lo arrastró á cometer gravísima falta 
que, ante la posteridad imparcial, empaña el brillo de su nom- 
bre. Esa falta es la rebelión de Aznapuquio, de la que él fué 
el inspirador, el alma. 

Es indudable que el general Valdés fué de los pocos hombres 
que hacen de la amistad un culto, y que todo lo sacrifican ante 
ella. En 1816 vino de España con La Sema, embarcados en 
la fragata Venganza, y después de la capitulación de Ayacucho 
regresaron juntos á Europa en la Ernestina. Eran dos inse- 
parables: estaban ligados por el afecto más que los hermanos 
siameses por un cartílago. El cariño de Valdés por La Serna, 
unido al resentimiento que contra Pezuela abrigaba, porque 
éste pretendió separarlo del Perú, destinándolo al ejército de 
Quito, fueron causas que bastaron para acallar en su alma el 
sentimiento del deber, arrastrándolo á fraguar la desleal de- 
fección de Aznapuquio. 

Gran esfuerzo cerebral revela el general Valdés en su expo- 
sición, para atenuar el pecado y sus consecuencias; pero la 
voz de If. conciencia le grita que todos sus argumentos son 
deleznables ante el rigor de las ordenanzas y de las leyes del 
honor militar; y por eso, termina solicitando del monarca, i3o 
precisamente la absolución, sino que se eche tierra sobre «el 
acto de rebeldía. Así en España como en el Perú, han sido 
siempre una grandísima calamidad estos generales que hacen 
polilica con criterio de cuartel. 

La rebelión de Aznapuquio no se defiende con palabras ni 
con chicana de abogado. Si defensa cabe, es la del hecho triun- 
fante :— la victoria, y no la derrota de Ayacucho. Un hecho 



Digitized by 



Google 



47(i RIÜAKDO PALMA 

quizá se justifica con otro hecho, que es el éxito, suponiendo 
moralidad en la máxima jesuítica de que el fin bonifica los 
medios. 

El militarismo derroco á Pezuela, no por lealtad ni amor 
al soberano, sino porque sólo prolongando la guerra había 
ancho campo para ascensos y medros:~«Era preciso (1) (dice 
Mendiburu en su artículo sobre La Serna) dar soltura á las 
ambiciones, recibir ascensos en abundancia, (como sucedió con 
García Camba, que en menos de dos años ascendió desde co- 
mandante hasta general), volver á España para figurar en ele- 
vada escala, jugar el todo por el todo, frase frecuente en boca 
de Canterac. Dieciocho jefes, convirtiéndose en cuerpo deli- 
berante, destituían al que representaba al soberano, al virrey 
Pezuela, que había serxúdo al rey más que todos ellos reuni- 
dos. Abusaron de la ignorante tropa que les obedecía, y á la 
cual desmoralizaron, dejando al Perú un ejemplo funesto. (2) 

Ningún jefe de marina autorizó con su firma el escándalo, 
si bien acataron, como era natural, el hecho consumado. Y 
en cuanto al vecindario de Lima, á los hombres civiles que 
no medran con las turbulencias de cuartel, títulos de Castilla, 
clero, comerciantes acaudalados, ricos agricultores, propieta- 
rios urbanos, todos negaron su contingente de simpatías al entro- 
nizado militarismo. 

El vecindario, por intermedio del Cabildo de Lima, había 
obligado al virrey Pezuela á las negociaciones de Miraflores, 
negociaciones contra las que murmuraron sin embozo esos mi- 
litares, á quienes nada importaba la ruina y aniquilamiento 
social. Y esos mismos hombres fueron más tarde partidarios 
de las negociaciones de Punchauca, sólo porque en ellas se 
estipulaba una Regencia de la que sería jefe el virrey La Sema. 

Un mes antes de la felonía de Aznapuquio, el general Ra- 
mírez que mandaba las fuerzas del Alto Perú, escribió desde 
Arequipa al rey de España, manifestándole que la adhesión 
de los pueblos á la causa independiente era incontenible, qu^ 
el espíritu revolucionario había penetrado hasta en los cuarte- 

(1) «Diccionario hi»tórico tomo VII, páfrina 218. 

(2) Los dieciocho motinistas ó amolinadores fueron los brípadieres Can»«»n»c y Val<*é», lo» 
•ornneles Bavona, Toro, marqués de Va i lo- umbroso, I and inri. Bodil. Otero, T»Tr«r, beoana. 
Bedoya, Martín, y los comandantes García Camba, Ramírez, Karráez, Ort.z. Tur y García. 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 477 

les, donde, á fuerza de vigor, había tenido que reprimir va- 
rios amagos de motín; y terminaba asegurando que, si de la 
metrópoli no se enviaba pronto una poderosa escuadra, el Perú 
se perdería para la corona. Ramírez no hizo en este documento 
más que repetir lo que Pezuela, en diversos oficios, había co- 
municado á la Corte. El mismo La Serna^ á los cuarenta días 
de ser ^gobierno, clamaba por buques y refuerzo de tropa, re- 
conociéndose ya tan impotente como Pezuela para detener la 
ola revolucionaria. 

El motín de Aznapuquio no tuvo, pues, más propósito que 
el personalísimo de cambiar hombre por hombre. Los jefes 
que no imperaban bajo Pezuela, vinieron á ser los omnipo- 
tentes con La Serna. 

Abundan en la exposición de Valdés cargos que por sí so- 
los se refutan, como el de la defección del Numancin, que era 
uno de los cuerpos que mandaba el general. Alega este que 
ignoraba lo que todos sabían sobre el espíritu dominante en 
oficiales y tropa; que no tenía noticia de un reciente plan de 
sublevación, conjurada en los momentos de estallar; y hasta 
era para él desconocido el hecho de que, en Guayaquil, tres 
capitanes del NumancH habían cambiado de bandera alistán- 
dose en las filas patriotas. El alegato es pueril. Don Jerónimo 
Valdés no era de los hombres que están siempre en Babia para 
necesitar que el virrey Pezuela le recomendase vigilancia con 
los numan tinos.— Mendiburu dice que en esta ocasión no le 
asistió á Valdés su reconocida inteligencia para proceder con 
la cautela que pudo y debió emplear. 

No desconocemos que Pezuela cometió no pocos desaciertos 
políticos y militares. Pero, ¿acaso el que se propuso enmendar- 
le la plana no incurrió en ellos, y en mayor escala? ¿No llegó 
también La Sema á declarar, en oficio de 7 de Marzo, diri- 
gido al Ministerio de Guerra, que los recursos estaban ago- 
tados, que nada podía alcanzarse sin marina, que la causa in- 
surgente progresaba y que, en habitantes y soldados, había 
decisión por la Independencia? Comentando este oficio, dice 
Mendiburu (y dice bien) que La Serna vindica con él al anterior 
virrey, quien no pudo hacer más de lo mucho que hizo. 

En resumen, el gobierno militar y civil en manos de ios 



Digitized by 



Google 



478 RICARDO PALMA 

hombres de Aznapuquio, fué un elefante blanco; pues ni siquiera 
amagaron á las fuerzas de San Martín ó las derrotaron, como 
creían fácil cuando mandaba Pezuela. Se mantuvieron seis me- 
ses á la defensiva, entre los muros de Lima, dando campo 
para que los patriotas aumentasen sus fuerzas y ganasen en 
prestigio. No es razonable presumir que el objetivo de los 
revolucionarios de Aznapuquío hubiera sido entregar la ca- 
pital á San Martín sin que éste tuviera para qué gastar pól- 
vora. 

En la segunda parte de su exposición, el general Valdés 
desahoga bilis y fulmina rayos contra el rebelde Olañeta, quien 
desconociendo la autoridad del virrey La Serna, virrey de mo- 
tín y de farándula, no hizo más que seguir el ejemplo que le 
dieran los revoltosos de Aznapuquio. Estos sembraron mala 
semilla, y no debían prometerse cosecha de buen grano. La 
autoridad de Olañeta nació de la misma fuente que la de La 
Serna: del cuartel. Sable por sable, tanto daba el uno como 
el otro. 

En esta parte de la exposición hay algo que no habla muy 
alto en favor de la firmeza de convicciones en el general Acal- 
des. Desde 1816, en que llegó al Perú, hasta principios de 
1824, era considerado como uno de los jefes del partido que 
se bautizó con el nombre de liberal p)eninsular. Que el libera- 
lismo del general Valdés no era de purísimos quilates, lo com- 
prueba el hecho de que, en la expedición contra Olañeta, pro- 
clamó el régimen absoluto, restablecido por el ingrato y des- 
leal Fernando Vil, renegando de la liberalísima Constitución 
que dictaran las Cortes de Cádiz. Las razones que para justificar 
cambio tan radical y repentino exhibe el general Valdés, en 
su manifiesto de Vitoria, son razones de momentánea conve- 
niencia partidarista, y nada más; pero que no recomiendan 
al general como hombre de convicciones y de doctrina. Desde 
1824, la consigna para el soldado, que antes se distinguiera 
por su liberalismo, fué ésta: ¡vivan las cadenas! 

El día de la desgracia llama el general Valdés al de Aya- 
cucho. No, el día de la desgracia fué el de Aznapuquio, porque 
fué el día del deshonor. La derrota no fué sino el corolario pre- 
ciso, inevitable, de la desmoralizadora é injustificable rcbcl- 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 479 

día. El día de Ayacucho no fué más que el día de la expiación 
para el militarismo, ambicioso y corruptor, que sembró en 
el Perú semilla cuyo fruto estamos cosechando todavía, en 
nuestros tiempos de república. Gamarra, nuestro primer motinis- 
ta de cuartel, se educó en' la escuela de Aznapuquío. Gamarra 
tuvo discípulos que lo aventajaron. 

Fresco aún el recuerdo del suplicio de Atahualpa, princi- 
piada apenas la conquista, él sable avasallador del militaris- 
mo derribó al primer virrey del Perú, Blasco Núñez de Vela. 
El militarismo español no quiso despedirse de América sin 
repetir el escándalo. La conquista terminó como empezara. 
Principió con la destitución de un virrey, y concluyó con la 
destitución de otro virrey. El sombrío Felipe II castigó, como 
él sabía castigar, á los que, en la persona de su representante, 
ultrajaron la majestad del soberano. El débil Fernando VII, 
rey también absoluto y por derecho divino, no quiso ni supo 
castigar. Fué el pueblo español, quien se encargó de hacer jus- 
ticia, más tremenda que la realizada por el hacha del verdu- 
go, bautizando á los rebeldes de Aznapuquio con el oprobioso 
y muy significativo epíteto de ayacuchos. 



El señor conde de Torata contestó á este artículo con un 
folleto personalísimo, al que no estimé digno de mí dar res- 
puesta 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



^m^^?^::t^:>:r^:>7n^'{t'yir:^';¿^^ 



BORRASCA EN UN VASO DE AGUA 



Tal puede llamarse la que, en tres periódicos de la pre- 
sente semana, se pretendió levantar con motivo de una >tesis 
sobre la mujer, tesis leída hace un mes en la Facultad de Le- 
tras de nuestra Universidad de San Marcos por el joven don 
Maximiliano Oyóla, para optar el grado de doctor. Periódico 
hay que lleva su intemperancia hasta pedir que se suspenda 
por un año al alumno universitario en el derecho de titularse 
doctor, ya que no es hacedero cancelarle el diploma. Cosas 
leímos contra esa tesis, que hasta á San Pedro, que es calvo, 
le ponen los pelos de punta, y que, en punto á exageración, 
corren parejas con la liariz de aquel narigudo que, cuando 
estornudaba, sólo oía el estornudo cinco minutos después, por 
lo largo del trayecto recorrido. 

Confesamos que ante alharaca tamaña, se despertó la cu- 
riosidad nuestra por leer la monstruosa tesis, el fenómeno de 
inmoralidad, irreligión y escándalo; y después de leída no pu- 
dimos menos de soltar la carcajada, pensando que los que con- 
tra la tesis se encarnizan, no se han tomado el trabajo de 
leerla, y que se han hecho eco de apasionadas ó incompetenl^es 
referencias. No ha faltado más que pecTír cinco años de pe- 
nitenciaría para el subdecano por haber acordado su visto hueno 
á la inofensiva disertación, que ciertamente no tiene ni el mé- 
rito de estar escrita en galano y seductor estilo, sino en prosa 
muy prosaica y ajustada á las leyes de la sintaxis, no obstan- 

31 



Digitized by 



Google 



482 RICABDO PALMA 

te que el tema se prestaba á bizarrías de lenguaje. El señor 
Oyóla, á quien sólo de vista conocemos, será un joven más ó 
menos aplicadito ó aprovechado; pero, á juzgarlo por la forma 
'de su tesis, no ñay en él tela de literato. No es de los muchachos 
peUgrosos y capaces de hacer daño á la reacción conservado- 
ra que, hoy por hoy, gana terreno en el Perú. 

Para que los que no conocen la tesis se formen cabal con- 
cepto de ella y se convenzan de que no vale el alboroto, va- 
mos á extractarla y comentarla párrafo por párrafo. 

Ln introducción que, como estilo, parece lo más cuidado 
del estudio sociológico, es un ditirambo á la mujer, que, para 
nosotros los barbados, es fortaleza en el combate, fe en la 
incerlidumbre y consuelo en la desgracia. Continúa el señor 
Oyóla enalteciendo la influencia de la mujer en todas las eda- 
des de la humanidad, repitiendo, con palabras distintas, con- 
ceptos de Castelar; y al hablar de la condición jurídica de la 
desterrada del Paraíso, defiende las doctrinas que el señor 
Cesáreo Chacal tana enseña á sus alumnos en la Cátedra de 
Derecho civil. Pone término á las diez páginas de introducción 
declarando que va á ocuparse en estudiar lo que fué la mujer 
en el pasado, cuál es su condición actual y lo que presume que 
podrá ser en lo porvenir. Esto es, ni más ni menos, lo de 

vi yo no sé cuándo, por yo no sé dónde, 
no sé qué muchacha con yo no sé quién; 
no sé por qué fueron á no sé qué sitio, 
y no sé qué hicieron, pues yo no sé qué. 

El primer capítulo es un rápido estudio antropológico de 
la mujer, estudio que, en su mayor parte, es reproducción 
de un artículo que el sabio doctor Letamcndi publicó en un pe- 
riódico de Barcelona. Nada de original ó propio nos dice el 
joven Oyóla, limitándose á reforzar la exposición con una, tal 
vez innecesaria, cita de Ahrens, tratadista de Derecho na- 
tural. 

En el capítulo segundo, hablando de la condición de la 
mujer en los tiempos antiguos, repite el aspirante á docto- 
rado lo que todos hemos leído en Cantu, Oncken, Bebel, Mi- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 483 

chelet, Tácito, Herodoto, Pomponio Mcla, Aristóteles, Tucídi- 
dos, Heinzen y... la mar de historiadores y sociólogos. Capitu- 
lito de erudición, y nada más; y como no se ha declarado 
que lucir pretensiones de erudito sea un crimen, resulta quye 
no es justiciable el señor Oyóla sólo por contarnos que ha leído 
mucho de bueno, mucho de mediocre y hasta mucho de malo. 

Vamos al tercer capitulo. Acepta el autor de la tesis que 
el cristianismo mejoró en mucho la condición de la mujer, á 
pesar de que, en los primeros siglos, no fueron muy liberales 
para con ella los Padres de la Iglesia; y entre otras citas 
exhibe la autoridad de Tertuliano, que llamó á la mujer pmrta 
del infierno. Nada inventa Oyóla al historiar la condición de 
la mujer en la edad media; nos dice sobre el feudalismo y 
las cortes de amor con sus juegos florales y la andante caba- 
llería, lo que nos dicen todos los libros viejos. Hablando de 
la mujer peruana, estampa que su condición ante la ley es idén- 
tica á la de la mujer en Francia, Alemania, España, Italia, et- 
cétera, etc., lo que comprueba citando diversos artículos del 
Código Civil. Que el autor aspire á que la mujer sea ilustrada 
y disfrute de los mismos derechos civiles y políticos que el 
varón, no es pretensión que, por inmoral, escandalice y que 
merezca que sobre la tesis caiga un varapalo. Hasta aquí no 
ha incurrido el sustentante ni en lo que se llama el pecado 
de la lenteja, que es de los más veniales. Ese es tema que 
está sobre el tapete de la discusión, desde los días de la r^- 
volución francesa; es una de tantas fantasías humanas que 
no reviste seriedad, á pesar de que, en Estados Unidos, la 
mujer va rápidamente haciendo conquistas en el campo iguali- 
tario, i Qué mucho si, hasta entre nosotros, ya hay doctoras, 
y hay nómina de oficina en que varias hijas de Eva figuran 
como empleados públicos! 

i Cómo no estimar, como un progreso, el que hoy la mujer 
ilustre su inteligencia, y que lea y escriba con corrección! Ya 
pasaron los tiempos en que, galanteando nuestros abuelos á 
alguna gentil y aristocrática tapada de saya y manto, la de- 
cían: 

—Dígame usted siquiera por qué letra empieza su nom- 
bre. 



Digitized by 



Google 



484 RICARDO PALMA 

—Empieza por U...: adivine usted ahora. 

— ¡Ah! ¿Se llama usted Úrsula? 

—No, señor; me llamo Usebia. 

i Qué horror! Nuestras lindas paisanitas del siglo pasado 
ignoraban hasta la ortografía de su nombre de pila. 

El autor, apoyándose en relaciones de viajes, nos habla, 
en el capítulo cuarto de la actualidad social de la mujer en 
Asia, África, Oceanía y tribus salvajes de América. Habrá pe- 
queñas discrepancias en el relato de los viajeros; pero, en el 
fondo, resaltará siempre la abyección á que, en esos pueblos, 
está sometido el bello sexo. Bien pudo el autor suprimir este 
capítulo por innecesario. Carece de objeto, y hasta las lige- 
rísimas apreciaciones tienen sabor á verdades de PerogruUo. 
No toda la misa ha de ser amenes. 

El capítulo final, que es la síntesis ó resumen del sociológi- 
co estudio,— igualdad absoluta de la humanidad entera— no es 
más que ampliación de lo expuesto en el tercer capítulo. Por- 
que el señor Oyóla desee que en lo porvenir la mujicr pueda 
ejercitar su actividad en el terreno que más le plazca, y que 
se coloque frente al hombre con entera independencia; por- 
que hable de paz perpetua y porque discurra como Spencer 
sobre límites del progreso humano, puntos todos discutibles, 
que no atacan la moral pública, ni el dogma, ni las leyes del 
Estado, ¿se ha de calificar su tesis de inmoral, de irreligiosa, 
de anarquista y disociadora? Y hubo prójimo liberal que lle- 
vara la alarma al espíritu del mismo Rector de la Universidad, 
pidiéndole que no autorizara con su firma el doctorado de 
ese joven irreverente, impío, socialista y sedicioso? Liberalis- 
mo de tal estofa, es el liberalismo del Syllabus, el liberalismo 
del ciudadano Nerón, 

y muera el que no piense 
tal como pienso yo. 

Felizmente, el recto criterio del Rector se sobrepuso á la 
pretensión, leyó la tesis, de seguro que sonrió después de leer- 
la, y n3 infirió al autor el desairo que se pretendía. ¡Pues no 
faltaba más para que estuviéramos en pleno triunfo reaccio- 
nario! Para eso no valía la pena de que nuestros mayores 
hubieran combatido en Junin y en Ayacucho. De eso al ín- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 485 

dice expurgatorio para las producciones del pensamiento, no 
había que andar gran trecho de camino. 

Nuestro siglo se distingue por el espíritu de tolerancia. Ya 
hoy nadie, persona ó corporación, tiene el monopolio de la 
verdad ó el error. Errónea declararon unánimemente los sabios 
la doctrina de Galileo; y sin embargo, Galileo tuvo razón con- 
tra su siglo. Hoy, en materia filosófica, literaria ó sociológica, 
no hay doctrinas erróneas, sino discutibles. Los tiempos son 
de libre examen y de discusión libre. Hoy por hoy, el único 
hombre que no tiene un sí ni un no con los inquilinos de la 
casa... es el portero del cementerio. 

En el Perú, la libertad de pensamiento parece que fuera 
perdiendo terreno, pues hasta se pretende que los alumnos 
sigan ciegamente las enseñanzas del catedrático. Apartarse de 
ellas, como en el caso del joven Oyóla, es provocar conflicto 
y escándalo. 

Decididamente, retrocedemos. Por los años de 1850 se en- 
señaba, en San Carlos, la doctrina de la soberanía de la inte- 
ligencia, y aunque por entonces era muy prestigioso el aca- 
tamiento al principio de autoridad, como que todavía estába- 
mos vecinos á los días del magister dixit^ hubo lujo de toleran- 
cia con la juventud que defendía el principio de la soberanía 
popular. Otro procedimiento habría convertido en juez y par- 
te al cuerpo de catedráticos, privilegio del que sólo disfruta 
Dios por ser Dios; pues reza el Credo que Jesucristo ha de 
venir á juzgamos, por los agravios que le hayamos hecho 
sobro la tierra, el día aquel en que San Vicente Ferrer haga 
resonar la trompeta. 

Ha muy pocos años que el inteligente y malogrado joven 
Isidro Burga, leyó, para graduarse de doctor, una tesis en 
que abogaba por la monarquía como la mejor forma de gobier- 
no. Pues hubo escándalo, y casi se desploma la bóveda ce- 
leste sobre el alumno universitario. Por cuatro votos contra 
tres se le confirió el grado. De 1850 á 1890, en un lapso de 
cuarenta años, habíamos perdido en espíritu de tolerancia para 
con las opiniones ajenas. 

Francia es república, y abundan en ella, sin que para na- 
die sea motivo de alarma, los periódicos que abogan por la 



Digitized by 



Google 



486 



RICARDO PALMA 



monarquía. En la España monárquica, la tercera parte, por 
lo menos de la prensa, enarbola la bandera republicana. 

Nosotros, hoy, nos vamos aferrando al pasado con todas sus 
rancias preocupaciones, y poco nos ha faltado para declarar 
á Oyóla tan criminal como el socialista asesino de Cánovas. 
Y ¿por qué? Porque ese joven tuvo el candor de repetir lo 
que muchos, muchísimos reputados escritores han dicho so- 
bre el porvenir social de la mujer. Y no entro ni salgo en lo 
de si es quimérico y fruto de fantasías soñadoras eso de igua- 
lar á la mujer en derechos con el varón; ni en si, alcanzado 
el propósito, desaparecerían el hogar con todos sus encantos, 
y la familia con todos sus privilegios. Algo más: no me cautiva 
el tema; pero no excomulgo á los que lo sustentan, ni me es- 
candalizo de que ejerzan propaganda. Se trata de un problema 
sociológico como tantos otros, que son incentivo para la in- 
teligencia, y todo problema merece los honores de la discu- 
sión. 

La Facultad de Letras es, precisamente, la obligada á en- 
sanchar horizontes para el vuelo del pensamiento. No debe dar 
campo para que, hablando de ella, se diga que todo diablo 
cuando llega á viejo se hace ermitaño. Lo único que üene de- 
recho á imponer es decoro, cultura en la forma. En la Facul- 
tad no puede ni debe imperar el dogmatismo estrecho. ¿Por 
qué la verdad, el bien y la belleza han de estar solamente 
en nuestro cerebro, y no en el del que nos impugna? 

Por honra del país, debemos pues felicitarnos de que, la Fa- 
cultad de Letras haya dado juiciosa solución al conflicto, echan- 
do aceite sobre las encrespadas olas que se agitaban dentro 
del vaso de agua. Procedimiento distinto habría equivalido á 
poner sobre la puerta de la Facultad de Letras esta inscrip- 
ción :-tCerrada POR INÜTIL. 



Digitized by 



Google 



t¿^^:y^:y.<^^K:ííúí^>z}^^^<y^^^ - :-.z^a^.i^j^s2^:^:!^2$q^i2^ 



RECUERDOS DE FRANCISCO B. O CONNOR 



Coronel de los ejércitos de Colombia, General do brigada de 
los del Perú, y General de división de los de Bolivia. 



Pocos libros de Historia despiertan más vivo interés en 
el espíritu del lector que aquéllos de carácter subjetivo ó au- 
tobiográfico, en que los hechos son relatados por quien fué 
actor en ellos, y los personajes culminantes apreciados con 
el criterio de persona que los trató con familiaridad íntima. 
Lectura tal es como amena conversación de sobremesa entre 
camaradas, paladeando á sorbos una taza de exquisito ca- 
racolillo y siguiendo las caprichosas espirales del hiuno de un 
riquísimo habano. 

'A solaz de ese género he consagrado los dos últimos días, 
y dejo el libro para consignar, palpitantes aún, las variadas 
impresiones que su lectura me ha producido, y las observacio- 
nes, ligeramente críticas, que á los puntos de mi pluma han 
de acudir. El libro se ha publicado en Bolivia, hace cuatro 
meses, por el distinguido periodista don Tomás 0*Connor d*Ar- 
lach, en. homenaje á la memoria de su ilustre abuelo el ge- 
neral. 

Mister Francisco Burdett O'Connor nació en Irlandaj por 
los años de 1791, y pertenecía á familia rica y aristocrática. 
Su padre, sir Rogerio O'Connor, fué uno de los que encabeza- 
ron la revolución de 1798, malogrado esfuerzo del pueblo ir- 
landés para romper la cadena que, hasta hoy, lo alierroja 
á Inglaterra. En 1819 vino el joven O'Connor á defender la 
causa de la Independencia ameñcana, acompañándolo en el 



Digitized by 



Google 



488 RICARDO PALMA 

viaje más de doscientos compatriotas, los que, en playas de 
Colombia, se organizaron, nombrando, por aclamación, á O'Con- 
nor como su comandante. Bolívar aceptó los servicios de la 
legión irlandesa, reconociendo al jefe en la clase de teniente 
coronel. Con el ascenso inmediato, llegó, cuatro años más tarde, 
al Perú, y se encontró en las batallas de Junín y de Ayacucho. 
Marchó á Bolivia con Sucre, allí formó su hogar, y allí murió 
en 1871, á los ochenta años de edad. 

Fué en 1869 cuando principió á escribir sus Memorias, bau- 
tizándolas con el nombre de Recuerdos^ y que sólo alcanzan 
hasta 1840. La muerte venía de prisa, y no concedió al noble 
anciano que historiase los treinta años posteriores. 

En estilo llano, extremadamente llano, escribe el general 
0*Connor sus Memorias, estilo que cuadra al soldado ajeno á 
galas y refinamientos literarios. En la manera como relata los 
hechos hay cierta sinceridad que raya en infantil, y de vez en 
cuando nos deleita con espirituales añoranzas de la verde Erin 
donde se meció su cmia. Aunque el libro no tuviera otras con- 
diciones atrayentes, como tiene, bastarían las apuntadas para 
que recomendásemos su lectura. 

Lo que no podemos aplaudir en la pluma del general 0*Con- 
nor es sus prejuicios sobre el Perú, su ninguna simpatía por 
el Perú y los peruanos. Así, apenas incorporado, en el Norte, 
al ejército libertador, y pocos días antes de la batalla de Junín, 
asistió á un banquete que en Huánuco se ofreció a Bolívar, 
y el brindis de 0*Connor fué mía injuria á nuestro patriotis- 
mo. No fué, pues, para mí una sorpresa encontrar en las pá- 
ginas que posteriormente consagra á la época de la confedera- 
ción Perú-boliviana, más acentuada su injustificable é injus- 
tificada prevención contra nosotros. No necesitaba agraviar- 
nos para enaltecer su bolivianismo, que yo aplaudo sinceramen- 
te. De espíritu noble y levantado, de corazón agradecido, era 
identificarse con el pueblo en donde formó familia y en donde 
sus merecimientos, honradez y servicios, fueron recompensa- 
dos con distinciones, honores y fortuna. Y á extremos tales 
lleva la pasión al general 0*Connor, que, al describir la batalla 
de Junín, niega que la victoria se debió á los esfuerzos de los 
Coraceros de Lambayeque, y estampa que si Bolívar lo declaró 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHJSKlA 489 

así en la orden general, cambiándoles su nombre por el de Hú- 
sares de Junín, lo hizo sólo para estimular á los peruanos. 

Cuando describe batallas á las que concurrió, tiene 0*Con- 
nor la debilidad senil de aspirar á que la Historia lo coloque 
sobre Bolívar y sobre Sucre. Sin O^Connor, Junín y Ayacu- 
cho habrían sido, no dos victorias, sino dos desastres. En Ju- 
nín fué O'Connor quien, viendo la confusión en que se había 
envuelto la caballería de Brawn, guió á Miller para que sal- 
vase la ciénaga ó mal paso. En Ayacucho, después de no que- 
darse corto en críticas sobre las aptitudes estratégicas de Su- 
cre y de desconocer el mérito de La Mar y de Gamarra, fue 
0*Connor quien designó el sitio en que debía darse la batalla, 
costándole mucho trabajo convencer á Sucre y á sus genera- 
les. En un arranque de fatuidad suprema, nos refiere el *)ravo 
irlandés que Sucre le dijor—No sé qué hacer... ¡estoy loco! 
—Entonces fué cuando 0*Connor reforzó sus argumentos para 
persuadirlo, como al fin lo consiguió. Por eso los patriotas 
esperaron en el llano á que los españoles descendieran de las 
alturas del Condorcunca. 

Especial complacencia revela el general O'Connor en hacer 
resaltar que ningún cuerpo de la división La Mar era manda- 
do por jefe peruano; y para poner sello á sus colosales ínfu- 
las de estratégico, cuenta que cuando el general don .íerónimo 
Valdés vino á rendirse prisionero, su saludo fué:— Nos han 
fundido ustedes: sus posiciones habían sido una trampa nú- 
mero cuatro.— »Y esto fué justamente (continúa el escritor) lo 
mismo que yo dije al general Sucre la tarde en que colocába- 
mos el ejército en las posiciones por mí elegidas, y de las 
cuales él no se mostró contento.» 

Para aceptar á cierraojos la oración pro dama «m^, que no 
otra cosa es el relato que de ambas batallas nos hace O'Con- 
nor, sería preciso rehacer la Historia, emj>ezando por negar 
la veracidad de los partes oficiales, y concluyendo por recha- 
zar el testimonio de todos los escritores, así españoles como 
americanos, que concurrieron á ambas acciones de guerra. El 
general García Camba, español, y el general López, colombia- 
no, entre otros historiadores que podríamos citar, quedarían 
por dos grandísimos embusteros. Aníbal Galindo, en su prc- 



Digitized by 



Google 



490 RICARDO PALMA 

cioso libro Batallas de la libertad compulsa, con hábil y severo 
criterio, los documentos y juicios históricos, haciendo resur- 
gir de los campos de Junín y de Ayacucho un nimbo de gloria 
para Sucre. También mi queridísimo Aníbal quedaría en mal 
predicamento como historiador concienzudo. 

Muy leal, honrado y justiciero fué el general Sucre para 
haber dejado al coronel irlandés, jefe del Estado Mayor del 
ejército colombiano, sin el premio de un ascenso, si los méritos 
contraídos por éste hubieran sido de la magnitud decisiva con 
que aparecen en su libro Recuerdos. El coronel 0*Connor fué 
ascendido á general de brigada del Perú por el presidente 
Oibegoso, once años después de la batalla de Ayacucho, en 
recompensa á su comportamiento en la acción de Socabaj'a; 
otro combate en que, de paso sea dicho, no se debió el triunfo 
según el autor de las Memorias, á la dirección de Santa Cruz, 
sino á la iniciativa y serenidad de O'Connor, que en las postri- 
merías de su existencia, adoleció la neurosis de creerse el Deus 
ex mnchina que manejara á los prohombres y á los aconteci- 
mientos. Y que los primeros síntomas de dolencia que llegó á 
ser crónica, se revelaron en él desde 1836, nos lo comprue- 
ban estas palabras de Santa Cruz:— Sepa usted, general O'Con- 
nor, que en el campo de batalla no tolero dos capitanes gene- 
rales. Para capitán general, basto yo solo. 

Para explicar el por qué no fué ascendido en iVyacucho, 
nos reliere, con flema de buen inglés, que el mariscal Sucre 
le ordenó formase un estado general del ejército, considerando 
como presentes á los dispersos de Matará, pues Bolívar se 
disgustaría de saber que la mayor parte del batallón Rifles, 
cuerpo favorito del Libertador, no había entrado en acción. 
Dice O'Connor que le contestó:— Mi general, yo no puedo fir- 
mar una falsedad— palabras de rigidez más que catoniana, á 
las que Sucre no dio otra respuesta que tomar la pluma y 
borrar el nombre de O'Connor, que figuraba, en primer lugar, 
on una propuesta para ascenso á generales. 

Toda esta es la parte en que el libro del señor O'Connor 
se parece (para mi pobre criterio, se entiende) á la carne de 
oveja, que ó se comte ó se deja. Lee uno, sonriendo, esos desaho- 
gos de la vanidad ó del amor propio, y dobla la hoja. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 491 

No cabe en mí por cierto desconocer que el general O'Con- 
nor fué un militar culto, inteligente, previsor, rígido, leal y 
bravo, ni mucho menos poner en tela de juicio su caballero- 
sidad. Lejos de eso: hasta sus excentricidades y sus frecuentes 
arranques de insubordinación, nacidos de la altivez cerril de 
su carácter, me son simpáticos. Habría deseado encontrar en 
el soldado un poco de modestia; y en el escritor menos caus- 
ticidad é injusticia; y así mi pluma no habría tenido motivo 
para er^presar sino conceptos halagadores sobre el libro y so- 
bre su autor. Pero, ¿qué hacer? Ni hombre ni obra humana 
se encuentran sin lunarcillos que afean, y sin pequeneces que 
obligan á la murmuración. 

Y basta; pues para que el volumen de las Memorias de 
O'Connor no sea víctima de la conjuración del silencio, sobra 
con este articulejo. 



£1 nuevo libro del general Mitre. 

Con el título Historia de San Martín y de la emancipación 
sudamericana^ recibimos, en Agosto del presente año, con des- 
tino á la Biblioteca Nacional, tres volúmenes en 4.Q, con más 
de 2,000 páginas de texto, edición de gran lujo, hecha en Bue- 
nos Aires, en la imprenta de La Nación, El primer tomo trae 
la siguiente dedicatoria, manuscrita: 

A LA Biblioteca Nacional del Perü fundada por San Mar- 
tin, FUNDADOR DE LA LIBERTAD DEL PeRÚ.— -E/ OW/or— BaRTOLOMK 

Mitre. 

Así por la galantería del autógrafo cuanto por la curiosidad 
que en nuestro ánimo despierta todo trabajo sobre Historia 
americana, dimos de mano á otras lecturas para engolfarnos 
en la de la interesantísima obra de nuestro ya viejo amigo 
el erudito y laborioso escritor argentino general don Barto- 
lomé Mitre. 

El nuevo libro del general Mitre encarna más que el muy 
plausible propósito de levantar imperecedero monumento á la 
memoria del compatriota, el de historiar, con imparcial y jus- 
ticiera pluma, los magnos días de la homérica lucha por la In- 



Digitized by 



Google 



1 



492 RICARDO PALMA 

dependencia. Copioso archivo de documentos inéditos ha te- 
nida á su disposición el autor, para rectificar no pocos errores 
sustanciales en que, desde los pródromos de la revolución sud- 
americana hasta su triunfo providencialmente definitivo, han 
incurrido los historiadores contemporáneos. 

Nuestro fin al borronear este artículo, no es emitir un juicio 
autoritario, que nuestra incompetencia no consiente, sino dar 
á nuestros lectores una idea sucinta (y clara A la vez) de la 
obra: evitando así el que pudiera decirse que, sobre un libro tan 
trascendental como el dado á luz por el señor general Mitre, 
se ha hecho, en Lima, la conjuración del silencio. 

Los tomos primero y segundo son íntegramente consagra- 
dos á los móviles y hechos que dieron i>or consecuencia la 
libertad de Chile y de la gran República del Plata, al par que 
á hacer patente la redentora influencia de San Martín. 

— «No era San Martín (dice Mitre) un político en el sentido 
técnico de la palabra, ni pretendió nunca serlo. Como hom- 
bre de acción, con propósitos fijos y voluntad deliberada, sus 
«medios se adaptaban á un fin tangible; y sus principios po- 
«líticos, sus ideas propias y hasta su criterio moral, se subordi- 
naban al éxito inmediato, que era la Independencia.» 

Estas líneas sintetizan magistralmente, á nuestro juicio, la 
personalidad de San Martín hasta los días de la campaña sobre 
el Perú. 

El tomo tercero, y para nosotros el más importante ele la 
obra, está consagrado al Perú y á las Repúblicas de Colombia. 
Sin que Mitre lo trace, el lector se ve obligado á hacer un 
paralelo entre los dos libertadores de Sud-América, paralelo 
en el que no siempre queda muy arriba la personalidad de 
Rolívar. 

Después de la capitulación de Miranda, en San Mateo, (1812) 
encaminóse éste á la Guayra para embarcarse á bordo de un 
buque inglés, considerando perdida la causa de la República, 
por la derrota que en Puerto-Cabello había sufrido su teniente 
Bolívar. Este, que también se 'hallaba en la Guayra, y habi- 
tando la misma casa en que se alojó Miranda, esperó á la 
media noche y á que estuviese profundamente dormido para, 
personalmente, apresar á su jefe y hacerlo entregar á los es- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 493 

pañoles. En tal situación Bolívar, que se había ocultado en 
Caracas, solicitó por intermedio de un español, amigo suyo 
y del realista Monteverde, un salvo conducto para alejarse del 
país. Copiemos literalmente á Mitre: 

^Su protector lo presentó á Monteverde diciéndole: 

»— Aquí está don Simón Bolívar, por quien he ofrecido mi 
«garantía.— Monteverde contestó:— Está bien: y volviéndose á 
»su secretario, añadió:— Se concede pasaporte al señor (miran- 
»do á Bolívar) en recompensa del servicio que ha prestado 
»al rey con la prisión de Miranda.— Era la marca de fuego 
apuesta por la mano brutal del vencedor.— Según uno de sus 
^biógrafos, Bolívar repuso que había preso á Miranda por trai- 
»dor. Si hubiese sido traidor, habría merecido favores, y no 
^martirios, de parte de los verdugos á quienes él contribuyó 
»á entregarlo. Bolívar decía confidencialmente á sus amigos 
»hasta el fin de sus días, que su ánimo había sido fusilar ú 
]> Miranda, y que sin la oposición de Casas lo habría ejecuta- 
»do. La defensa es tan siniestra, como tremenda la acusación. 
»Los más grandes admiradores de Bolívar jamás han preten- 
»dido negar este hecho, que ha quedado como una sombra 
»que todas las luces de la gloria no han podido disipar.»— Mon- 
tenegro, Baral, Larrazabal y Ducoudray, entre otros, son las 
autoridades en que se apoya la narración de Mitre, que, aun 
para los más entusiastas adoradores del dios Bolívar, no pue- 
den ser sospechosas. 

Dejemos á nuestros lectores las apreciaciones sobre estas 
páginas, que todo comentario de nuestra pluma (que nunca 
fué fervorosa por la figura histórica de Bolívar) podría esti- 
marse como fruto de personal pasión. 

Desde el desembarco de San Martín en Pisco, hasta su 
alejamiento del país, no hay detalle que no sea consignado 
por el historiador argentino, y rigorosamente comprobado. Sin 
embargo (y perdónenos el señor Mitre nuestra petulancia) nos 
atrevemos á indicarle un pequeñísimo error de fecha en que. 
por distracción, ha incurrido. Dice el señor Mitre (página 205. 
tomo 3.0) que la noticia de la aproximación de Canterác la re- 
cibió San Martín el 4 de Septiembre, hallándose en el teatro: 
que desden su palco la anunció á los espectadores, llamando al 



Digitized by 



Google 



494 RICARDO PALMA 

pueblo á las armas, y que el público, en medio de gran entu- 
siasmo, cantó el Himno Nacional. No hay exactitud en lo últi- 
mo. El Plimno Nacional no era aún conocido por el pueblo, 
y la primera vez que se cantó en el teatro fué veinte días des- 
pués del 4 de Septiembre. Este dato lo tuvimos del mismo 
maestro Alcedo, autor de la música del himno, y á f e que no 
puede ser más autorizada la fuente. En fin, tan ligera equivo- 
cación de fecha nada significa en substancia. 

Véase lo levantado del criterio del general Mitre por estas 
frases en que, hablando de San Martín, después de jurada 
la Independencia, dice:— «La gloria de San Martín había He- 
lgado al grado culminante de la declinación de los astros que 
*han recorrido su curva ascensional. Era, como fundador de 
»tres nacionalidades (la argentina, la chilena y la peruana), 
»por sus grandes planes de campaña continental, por sus com- 
*binaciones estratégicas y por sus victorias, el primer capitán 
»del Nuevo Mundo. De todos los sud-americanos, hasta entonces 
» nacidos, era el más grande y el más genuinamente ameri- 
♦cano. Para ser más grande, sólo le faltaba completar su obra. 
»Su medida histórica, en los sucesos contemporáneos, única- 
»menle podía compararse con la de Bolívar. Bolívar había 
»sido aclamado Libertador, y este título lo investía de la dic- 
»tadura revolucionaria en su patria. San Martín, sin punto de 
^ apoyo en la patria propia, se nombró á sí mismo; pero al 
^asumir la dictadura fatal que las circunstancias le imponían, 
•se inoculó el principio de su decadencia militar y política.» 

Estos juiciosos conceptos del señor Mitre, vienen á dar más 
tardo el por qué de la abdicación de San Martín y su retiro 
de la vida pública. 

Las tendencias monárquicas de que, juzgando con ligereza, 
so hace capítulo de acusación contra el héroe de San Lorenzo, 
las disculpa Mitre con estas palabras: — «Si buscaba la monar- 
^quía constitucional, era sin ambición personal, anteponiendo 
>sus convicciones republicanas á lo que consideraba relativa- 
»mcntc mejor para coronar la Independencia con un gobierno 
estable, que conciliase el orden con la liberlad y corrigiese 
«la anarquía.» 

Siempre hemos opinado que el plan monárquico de San 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 495 

Martín era hijo de una conciencia honrada y de verdadera sen- 
satez. El Perú de 1821, aunque nos duela confesarlo, para todo 
estaba preparado menos para la vida republicana. Verdadero 
centro de las tradiciones monárquicas, con una gran copia de 
títulos de Castilla, que daban á la capital del virreynato el boato 
y exterioridades de una pequeña corte regia, mal podía romper 
en un instante con su pasado y hábitos de tres siglos. La 
tra^nsiclón era demasiado brusca. 

Capítulo muy notable que encontramos en la obra de Mi- 
tre es el que consagra á la entrevista de Guayaquil, entrevista 
que ha dado campo á infinitas conjeturas y á versiones de 
todo punto inexactas ó fantásticas. Muy bellas son las líneas 
que sirven de introducción á este capítulo, y no queremos de- 
jar de darlas á conocer á nuestros lectores. 

«El encuentro de los grandes hombres que ejercen influen- 
»cia decisiva en los destinos humanos, es tan raro como el 
•punto de intersección de los cometas en las órbitas excéntri- 
»cas que recorren. Sólo una vez se ha producido este fenómc- 
»no en el cielo. La masa de un cometa penetró una vez en el 
»otro, y al dividirlo lo convirtió en una lluvia de estrellas que 
•sigue girando en su círculo de atracción, mientras el primero 
•continuó su marcha parabólica en los espacios. Tal sucedió 
•con San Martín y Bolívar, los dos únicos grandes hombres 
•sudamericanos por la extensión de su teatro de acción, por 
»su obra, por sus cualidades intrínsecas, por su influencia en 
•su tiempo y en su posteridad. Son los únicos hijos del Nuevo 
•mundo, después de Washington, que dio al mundo la nueva 
•medida del gobierno humano, según la -vara de la justicia, 
•y legó el modelo del carácter más bien equilibrado en la 
•grí.ndeza que los hombres hayan admirado y bendecido. Bo- 
•lívar y San Martín fueron los libertadores de un Nuevo Mun- 
ido republicano, que restableció el dinamismo del mundo po- 
•lítico, por efecto de la revolución que hicieron triunfar. Su 
•acción fué dual como la de los miembros de un mismo cuerpo; 
•y hasta su choque y antagonismo final responde á su acción 
•dupla, que se completa la una por la otra. Los paralelos de 
•los hombres ilustres, á lo Plutarco, en que se buscan los con- 
ttrastes externos y las similitudes para producir un antítesis 



Digitized by 



Google 



496 RICARDO PALMA 

»lilerario, sin penetrar en la esencia de las cosas mismas, son 
«juguetes históricos que entretienen la curiosidad, pero que 
*nada enseñan. El paralelismo de San Martín y Bolívar está 
*cn su obra, y su respectiva grandeza no puede medirse por 
»el compás del geómetra ni por las etapas del caballo de Ale- 
»jandro, al través del continente que recorrieron en direcciones 
» opuestas y convergentes. Se ha dicho, con más retórica que 
» propiedad, que para determinar la grandeza relativa de los 
*dos héroes americanos, sería necesario medir antes el Amazo- 
>nas y los Andes. El Amazonas y los Andes están medidos, y 
»las estaturas históricas de San Martín y Bolívar también, así 
^en la vida, como acostados en la tumba. Los dos son mtrínsi- 
«camente grandes en su escala, más por su obra común que 
por sí mismos; más como libertadores que como hombres de 
»I»eiisamiento. Su doble influencia se prolonga en los hechos 
»de que fueron autores ó agentes, y vive y obra en su poste- 
ridad. Hasta ahora, el tiempo que aquilata las acciones por 
»sus resultados, dando á Bolívar la corona del triunfo final, 
A ha dado á San Martín la de primer Capitán del Nuevo Mun- 
do, y la obra de la hegemonía por él representada vive en 
»Ias autonomías que fundó, aunque no como lo imaginara, mien- 
tras el gran imperio republicano de Bolívar y la unificación 
>monocrática de la América, se hizo en vida y se ha disipado 
como un sueño. Si se compara la ecuación personal de los 
>dos libertadores, vése que San Martín es un genio concreto 
con más cálculo que inspiración, y Bolívar un genio desequi- 
'librado^ con más instinto y más imaginación que previsión 
y método. Si la conciencia sud-americana adoptase el culto 
>>de los héroes, preconizado por una moderna escuela histórica, 
^resurrección de los semi-dioses de la antigüedad, adoptaría 
^por símbolos los nombres de San Martín y de Bolívar, con 
» todas sus deficiencias, como hombres, con todos sus errores 
»como políticos.» 

Con admirable acierto y escrupuloso análisis pasa el señor 
Mitre, después del inspirado preámbulo que acabamos de copiar, 
á ocuparse de la conferencia de Guayaquil que, hasta aquí, 
se nos presentaba rodeada de misterios y de accidentes capri- 
chosos. Lo que pasó, y aun lo que no pasó, está relatado 



Digitized by 



Google 



CACniVACIIERU 497 

por c) escritor argentino, con todos los caracteres de la más 
severa verdad, utilizando, no sólo los documentos ya conocidos, 
sino muchos que permanecían ignorados. 

No es menos importante la manera como aprecia el his- 
toriador bonaerense los planes de presidencia vitalicia que, en 
mala hora para su gloria, concibiera y pretendiera desarrollar 
el Libertador Bolívar. Cedamos la palabra á Mitre: 

t Bolívar debía tener una idea muy exagerada de la imbcci- 
»lidad de los pueblos, cuando pretendía engañSrlos con apa- 
•rienc'.as que no lo alucinaban á 61 mismo. El sabía, y todos lo 
«sabían, que su imperio sólo duraría lo que durase su vida, 
•cuyos días estaban ya muy contados. Tan es así, que en el 
»pacto entre Bolívar y el Perú, se agregó este artículo:— Mucr- 
»to el Libertador, los cuerpos legislativos quedarán en libcr- 
»tad de continuar Ja federación ó disolverla.— El mismo au- 
»guró el fin trágico de su gobierno personal, cuando excla- 
»maba:— ¡Mis funerales serán sangrientos como los de Alcjan- 
»dro!— Tenía la conciencia (y esto lo hace más responsable 
»ante la Historia) de que era un imperio asiático el que prc- 
» tendía fundar, sin más títulos que la gloria del conquistador, 
*ni más sostén que el pretorianismo. Es Bolívar uno de aque- 
»lIos grandes hombres de múltiples faces, llenas de luces res- 
»plandecientes y de sombras que las contrastan, á quien tiene 
•que ser perdonado mucho malo por lo mucho bueno que hizo. 
>Aun en medio de su ambición delirante, sus planes tienen 
•grandiosidad y no puede desconocerse su heroísmo y su ele- 
ovación moral como representante de una causa de emancipa- 
»ción y libertad. No quería ser un tirano, pero fundaba el 
»más estéril de los despotismos, sin comprender que los pueblos 
»no pueden ser semi-libres ni semi-esclavos. Así, en todo lo que se 
•relaciona con la posesión del mando, sus vistas son cortas, 
•sus apetitos son groseros, y hasta las acciones que revisten 
•ostensiblemente abnegación, llevan el sello del personalismo, 
•por no decir del egoísmo. La Constitución boliviana era el 
» falseamiento de la democracia con tendencias monárquicas. 
»E1 plan de la monocracia era una reacción contra la revolución 
•mi^ma y contra la independencia territorial de las nuevas Rc- 

32 



Digitized by 



Google 



RICARDO PALMA 

•públicas, que violaba hasta las leyes físicas de la geografía. 
»La insurrección americana había tenido por principal causa 
»el absurdo de un mundo gobernado automáticamente desde 
»otro mundo, bajo régimen autoritario y personal. Era la vuel- 
»ta á otro sistema colonial con otras formas, pero con incon- 
»venientes más graves aún. Colombia sería la metrópoli y Bo- 
»lívar el soberano. Para esto no merecía la pena el haber 
»hecho la revolución. El dominio del rey de España, afianzado 
»en la tradiciSn y la costumbre, era más tranquilo y pater- 
»nal. Mejor se gobernaba á Bolivia y al Perú desde Madrid, 
»pues la monarquía daba más garantías que la vida pasajera 
>de un hombre que no ve más allá de ella que anarquía y 
•sangre. Bolívar había anatematizado varias veces la monar- 
>quía en América, no en nombre de la República precisamente, 
•sino fundándose en la razón de hecho de no poderla estable- 
•cer con solidez, y había rechazado con ruidosa ostentación 
»la corona que alguna vez se le ofreció.— Yo no soy Napoleón, 
»ni quiero serlo (dijo): tampoco quiero imitar á César ni á 
• Ilúrbide: tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria. 
>— Y ofreció en cambio la Constitución boliviana; es decir, la 
•cosa sin el nombre; la realidad de la monarquía sin sus va- 
•nos atributos. Con este poder real y absoluto durante su vida, 
•bien podría despreciar las cuatro tablas cubiertas de tcrcio- 
•pelo del trono de Itúrbide, cuando tenía ó creía tener en sus 
•manos lo que valía más que un cetro de rey: el bastón de 
•dictador perpetuo. César con una corona de laurel, que acop- 
ólo para ocultar su calvicie, no necesitó hacerse emperador 
•para serlo. Cromwell no se atrevió ó no quiso declararse 
trey, y al investirse con el título de Lord Protector, hizo llevar 
•delante de sí una Biblia y su espada.— Bolívar, como César 
•y como Cromwell, era más que un rey, y con su corona cívica 
«llevaba delante de sí, por atributos de su monocracia, su es- 
»pada de Libertador y su Código boliviano, que era la Biblia 
•de su ambición personificada.» 

Nunca, con argumentación más vigorosa, habíamos visto com- 
batida la vitalicia de Bolívar. Esa página parece escrita con 
la pluma de Gervinus, el inmortal historiador del siglo xix. 



Digitized by 



Google 



CACmVACHTRlA 499 



Abusaríamos de la generosa hospitalidad acordada á es- 
tos renglones, si nos ocupásemos de la parte narrativa. El 
cuadro de las i)atallas de Junín y de Ayacucho es verdade- 
ramente pintoresco, y ni aun los episodios han sido olvidados. 
Todo extracto que hiciéramos resultaría pálido ante la solem- 
ne grandeza del original. El libro del general Mitre, como na- 
rración, no se extracta: se lee y sé admira. Lo correcto y fá- 
cil del estilo, hace de las dos mil páginas de la obra, una lec- 
tura nada fatigosa, y sí muy deleitable é instructiva. 

Como era natural, las últimas páginas son, en síntesis, el 
juicio definitivo del autor sobre la personalidad política de su 
héroe. Y como estas páginas son también el resumen de la 
obra, terminaremos reproduciendo algunos fragmentos: 

fEl triunfo final de los principios elementales de la revo- 
»lucíón corresponde á San Martín, aimque la gloria de Bolívar 
»sea mayor; porque si el uno llena mejor su misión activa de 
•Libertador, el otro es moral, militar y políticamente, más gran- 
»de por su ciencia y conciencia, y por los resultados ullerio- 
»res que responden á su iniciativa. En la vida pública de San 
•Martín y Bolívar, se combinan y distribuyen igualmente los 
»dos elementos de que se compone la Historia: uno activo y 
•presente, que forma la masa de los hechos: otro pasivo y Irans- 
•cendental, que constituye la vida futura. Bolívar representó 
»uno de éstos, y San Martín el otro. La vida política de Bolívar, 
•en el orden nacional, ha muerto con él, y sólo queda la he- 
•roica epopeya libertadora al través del continente por él in- 
»dependizadp. La obra de San Martín ha sobrevivido, y la Amé- 
»rica del Sur se ha organizado según las previsiones de su genio, 
•dentro de las líneas geográficas trazadas por su espada.» 

«San Martín concibió grandes planes políticos y militares 
•que, al principio, parecieron una locura, y luego se convir- 
•ticron en conciencia, que él convirtió en hecho. Tuvo la pri- 
•mcra intuición del camino de la victoria continental, no para 
•satisíaccr designios personales, sino para multiplicar la fuerza 
•humana con el menor esfuerzo posible. Organizó ejércitos 
•que pesaron con sus bayonetas en la balanza del Destino, no 
•á la sombra de la bandera pretoriana, ni del pendón personal, 



Digitized by 



Google 



500 RICARDO PALMA 

»sino bajo las austeras leyes de la disciplina. Fundó repúblicas, 
»no como pedestales de su engrandecimiento, sino para que vi- 
»vieran y se perpetuaran por sí. Mandó, no por ambición, y 
•mientras consideró que el poder era un instrumento útil para 
»la tarca que el Destino le había impuesto. Fué conquistador 
»y libertador sin fatigar á los pueblos, por él redimidos de la 
•esclavitud, con su ambición ó su orgullo. Abdicó conciente- 
• »mente el mando supremo, sin debilidad y sin enojo, cuando 
•comprendió que su tarea había terminado, y que otro podía 
•continuarla con más provecho para la América. Se condenó 
•deliberadamente al ostracismo y al silencio, no por egoísmo 
•ni cobardía, sino en homenaje á sus principios morales y 
•en holocausto á su causa. Pasó sus últimos aflos en la soledad, 
•con estoica resignación, y murió sin quejas cobardes en los 
•labios, sin odios amargos en el corazón, viendo triunfante 
•su obra y deprimida su gloria. Es el primer Capitán del Nue- 
•vo Mundo, y el único que haya suministrado lecciones y cjem- 
•plos á la estrategia moderna, en un teatro nuevo de guerra, 
•combinaciones originales inspiradas sobre el terreno, al tra- 
svés de un vasto continente, marcando su itinerario militar con 
•triunfos matemáticos y con la creación de nuevas naciones 
•que le han sobrevivido.» 

fEl carácter de San Martín es uno de aquellos que se im- 
•ponen á la Historia. Su acción se prolonga en el tiempo, y 
•su influencia se transmite á su posteridad. Como general de 
•la hegemonía argentina primero, y de la chileno-argentina dcs- 
•pués, es el heraldo de los principios fundamentales que han 
•dado su constitución internacional á la América, cohesión á 
•sus parles componentes, y equilibrio á sus estados. Con sus 
•errores y con sus deficiencias, con su escuela militar, más 
•melódica que inspirada, es el hombre de acción más delibera- 
»da que haya producido la revolución sud-amcricana. Fiel á 
•la máxima que regió su vida— /«é lo que debía ser — y antes 
•que ser lo que no debía, prefirió— wo ser nada.—Por eso vivirá 
•en la inmortalidad.» 

En suma, el señor general Mitre, con su monumental obra, 
ha prestado á la Historia Americana servicio de inconmensu- 
rable valor. Su San Martín no es de los libros llamados á mo- 



Digitized by 



Google 



CACinVACHERlA 501 

rir con el siglo. El será siempre gloriosa corona del veterano 
soldado do las letras, á quien nos honramos en tributar el 
homenaje de nuestro humilde, pero muy sincero y entusiasta, 
aplauso. 



REFUTACIÓN A UN TEXTO DE HISTORIA 

I 



El padre Ricardo Cappa, sacerdote prestigioso en el car- 
dumen de jesuítas que, como caído de las nubes y con escar- 
nio de la legislación vigente, ha caído sobre el Perú, acaba de 
echar la capa, ó, mejor dicho, de tirar el guante á la sociedad 
peruana, publicando un librejo ó compendio histórico en que 
la verdad y los hechos están falseados, y en el que toscamente 
se hiere nuestro sentimiento patriótico. A fe que el instante 
para insultar á los peruanos ha sido escogido con poco lino 
por la pluma del jesuíta historiidor. (1) 

Mientras llega la oportunidad de que Gobierno y Congreso 
llenen el deber que la ley les impone, cúmplenos á los escrito- 
res nacionales no dejar sin refutación el calumnioso libelo, 
con el que se trata de inculcar en la juventud odio ó despre- 
cio por los hombres que nos dieron Independencia y vida de 
nación. Si bien lo decaído de mi salud y el escaso tiempo 
que las atenciones de mí empleo oficial no reclaman, me de- 
jan poco vagar, procuraré siquiera sea rápidamente, patenti- 
zar las más culminantes exageraciones, falsedades y calumnias 
de que tan profusamente está sembrado el compendio. 

Triste es que cuando, así en España como en el Perú, 
nos esforzamos por hacer que desaparezcan quisquillas añe- 
jas, haya sido un ministro del altar, y un español, el que 
se lanzó injustificadamente á sembrar zizaña y azuzar pasio- 
nes ya adormidas, agraviando con grosería el sentimiento na- 
cional. 

(1) Entft folU to motivó ntertings en pro y «»n rontr» de \on jafuHab. KI Comnp«»>'0 dM Perú <*x- 
pidin u' a lpy |ito|ii»>icn(in á I »b mif>mli*08 «le 1n Oomiuifl a eHtililocerHH en el pntH romo f ueriio 
docentH... P'«ro á la ley le ban toicidu lact nurice^, y los ij^naciunoi» aiituen haciendo de Ua auyas 
como antes. 



Digitized by 



Google 



502 RICARDO PALMA 

Precisamente el caballeresco representante de España en 
el Perú, y la colonia toda, reciben constantes pruebas de la 
cordialidad de nuestro afecto para con los subditos de la na- 
ción que, durante tres siglos, fué nuestra dominadora. La de- 
licadeza, no sólo oficial, sino social, se ha llevado hasta el 
punto de no considerar, entre nuestras efemérides bélicas, la 
fecha del Dos de Mayo, suprimiendo toda manifestación que 
de alguna manera lastimara la susceptibilidad española. Hace 
años que ningún peruano ostenta sobre su pecho, en actos 
oficiales, la medalla conmemorativa de un combate en que, 
si lució la bizarría española, también el esfuerzo de los peruanos 
se mantuvo á la altura de la dignidad. Las fiestas del Dos de 
Mayo se han abolido entre nosotros, no por la fuerza de un 
decreto gubernativo, q\ie no lo ha habido, sino por la fuerza 
del cariño que, en lo íntimo del corazón, abrigamos los pe- 
ruanos por España y por los españoles. 

EspafLa, por su parte, nos corresponde con todo género de 
manifestaciones afectuosas. Sus Academias de la Lengua y de 
la Historia brindan asiento á los peruanos; y de mí sé decir 
que, entre las distinciones que en mi ya larga vida literaria 
he tenido la suerte de merecer en el extranjero, ninguna ha 
sido más halagadora para mi espíritu que la que esas dos 
ilustres Academias me acordaran, al considerarme digno de 
pertenecer á ellas. 

Pero si amo á España y si mi gratitud, como cultivador 
de las letras, está obligada para con ella, amo más á la patria 
en que nací, patria víctima de inmerecidos infortunios; y ruin 
sería al callar cobardemente ante el insulto procaz, sólo por- 
que la injuria viene de pluma española; aunque, bien mirado, 
desde que el padre Cappa es jesuíta, puede sostenerse que 
carece de nacionalidad. El jesuíta no tiene patria, familia ni 
hogar. Para él, díganlo sus Estatutos, la Compañía lo es todo: 
patria, familia, hogar. 

¿A qué plan obedece la Compañía de Jesús, lanzando, con 
la firma del más espectable de sus adeptos en Lima, tan inso- 
lente cartel? ¿Qué se ha propuesto al provocar un escándalo? 
¿Quiere batalla campal? ¿Tan fuerte se considera ya que fía 
en el éxito? El Gobierno y el Congreso, y con ellos el país 



Digitized by 



Google 



cachivachería 503 

entero, estamos seguros de que han recogido el guante. Tiempo 
es ya de saber si es ó no letra muer*ta la ley que cierra las 
puertas del Perú á los hijos de Loyola. 

Y no se diga que la Compañía no es responsable, como 
cuerpo, de lo que aparentemente hace uno solo de sus miembros. 
En la portentosa organización del Instituto, en el especial en- 
granaje de esa máquina disociadora, todo obedece á un solo 
impulso, á un solo cerebro y á una sola volimtad. El jesuíta 
abdica de su albedrío; hasta para estornudar, digámoslo así, 
necesita la aquiescencia del superior; nada posee como indivi- 
duo, pero colectivamente, es archimillonario, y aspira á escla- 
vizar el mundo enseñoreándose de las conciencias. Gobierno 
y pueblos han de ser siervos humildes de la Compañía. Si 
Cristo dijo: Mi reino no es de este mundo, los jesuítas dicen: 
El dominio del mundo para nosotros. 

Entre los jesuítas no hay insubordinaciones ni se discuten 
los mandatos del superior: la obediencia es ciega, pasiva, ab- 
soluta. Per inde ac cadáver es la divisa de la Orden. Son muertos 
que hablan, escriben, piensan y sienten, como al superior, como 
al Papa negro, conviene hacerlos hablar, escribir, pensar y 
sentir. No se concibe milicia mejor regimentada; y por eso 
los jesuítas son un peligro para la libertad, la civilización y 
la república. 

Todo jesuíta está destinado por el superior para llenar de- 
terminado propósito. Visitando un viajero inglés el noviciado 
de un convento de la Compañía, se fijó en que uno de los 
jóvenes era rematadamente bruto.— ¿Qué provecho, preguntó, 
podrán sacar ustedes de este animal?— Y el padre Rector contes- 
tó sencillamente:— Para nosotros no hay hombre que no sirva 
para algo. A este prójimo lo destinamos para mártir del Japón. 

Valiéndonos de un refrán popular que sintetiza nuestras 
convicciones, diremos que los jesuítas no dan puntada sin nudo. 
Cortar el nudo, es la obra á que están llamados los hombres 
del Gobierno, y los hombres del actual Congreso. Es induda- 
ble que se tratará de hacerles creer que, en el escándalo que 
ha exasperado nuestro patriotismo, no hay más que un culpa- 
ble, el padre Cappa, quien escribió por sí y ante §í; y aun 
se dirá que la Compañía, no sólo lo ha amonestado, sino que. 



Digitized by 



Google 



504 RICARDO PALMA 

hasta por castigo, lo ha puesto en cepo de cinco puntos, previ- 
niéndole que, si reincide, se h d^rá chooolate. 

Mi colombroño el padre Cappa es un comodín, una especie 
de agnim obligado á cargar con los pecados de la Compañía, 
en el Perú. Cuando recientemente, la discreta 6 ilustrada auto- 
ridad eclesiástica prohibió una mascarada carnavalesca, en ob- 
sequio de San Luis Gonzaga, quedándose pontifiquito, carde- 
nalitos. zuavitos, frailucos y angelitos con los crespos hechos, 
el superior de los jesuítas se lavó las manos, colgando el mo- 
chuelo al fantástico y batallador ex marino Ricardo Cappa. O 
se ha desvirtuado y descendido mucho la Compañía, para que 
en ella todo ande manga por hombro, y haga y escriba ca'da 
miembro lo que en antojo le venga, "ó hay que considerar las 
disculpas como nueva é insolente burla al decoro de la autoridad 
y al buen sentido del país. 

II 

Pasemos á desmenuzar la producción del padre Cappa, que 
bien vale la pena (ie emprender la enojosa tarea un 'libro, en 
que se trata de rebajar á todo trance al país y á sus hombres 
más eminentes; en el que ninguna clase social es respetada; 
y en el que se trasluce claramente el propósito preconcebido 
de historiar mal y maliciosamente nuestro pasado, subordinán- 
dolo todo al enaltecimiento del virreynato, único honrado, bue- 
no y sabio gobierno que hemos tenido. Mientras el padre Cap- 
pa consignó estas ideas en otra de sus publicaciones, franca- 
mente que no nos pareció precisa una refutación; porque no 
se trataba como ahora, de un libro de propaganda y desti- 
nado á servir de texto en un colegio. Somos tolerantes, por sis- 
tema y por convicción, y nuestra pluma rehuye siempre la crí- 
tica en materia de opiniones políticas, de creencias religiosas, 
de doctrinas literarias y hasta de apreciaciones históricas. Cuan- 
do algo nos desagrada, censuramos en el seno de la intimidad. 
En público, preferimos á la reputación de zoilo y de severo, 
la acusación, que ya se nos ha hecho, de complaciente hasta 
la debilidad. Tras una palabra de crítica, hemos puesto siempre 
diez de encomio. Aquellas publicaciones del padre Cappa nos 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERLV 505 

aiTíincaron, pues, las mismas murmuraciones que su Estafeta 
dci Cielo, superchería que consiste en escribir carlitas ni sanio 
de nuestra devoción, echar la esquela en los buzones í[uc, al 
electo, tienen los reverendos, y esperar la respuesta. 

I Valiente historia la que el padrecilo pretende enseñar á 
nuestros hijos! Los Incas, bárbaros opresores dignos de ser 
condenados; el coloniaje, todo bienandanza y todo tratarnos 
con excesivo mimo (pág. 18); la República, una vergüenza; los 
proceres de la Independencia, ambiciosos sin antecedmtas y ver- 
daderos monstruos; la Inquisición, una tlelicia cuyo restable- 
cimiento convendría; la libertad de imprenta, una iniquidad; 
Bolívar, San Martín y Monteagudo, tres peines entre los que 
distribuye los calificativos obsceno, cínico, pérfido, aleve, in- 
moral, malvado, y sigue el autor despachándose á su regalado 
gusto; el padre Cisneros, un impío; el canónigo Arce, un blas- 
femo; Mariátegui, iln libérrimo; Luna bizarro y^Rodríguez (le 
Mendoza, sembradores de mala semilla; nuestro clero tratado 
con menosprecio; nuestra sociedad de Beneficencia, satirizada; 
en una palabra, toda nuestra vida independiente no sTgniFica 
para el padre Cappa sino retroceso, corrupción y barbarie. 

Vamos pasito á pasito, que todo el camino se andará. 

-¿Qué le parece á usted el compendio?— preguntamos ano- 
che á un amigo muy competente en Historia.— ¡Hombre! Una 
viborita á la que hay que aplastar con el taco de la bota.— La 
respuesta es típica, y ya se convencerán de ello mis lectores. 
En 219 páginas, en 8.Q menor, es imposible reconcentrar mas 
veneno contra el Perú y sus hombres. 

El texto de mi ensotanado tocayo (malo como texto, pues 
carece de las condiciones de tal), empieza por no dar idea 
geográfica del país, teatro de los acontecimientos en que el 
historiador va á ocuparse. Como quien camina sobre ascuas, 
pasa sobre los tiempos pre-incásicos cuando, s!n aventurar con- 
jeturas ni admitir hipótesis, ha podido dar el preciso desarrollo 
á la historia de las tribus que ocupaban todo el territorio 
ariies de ser conquistadas por los Incas. No pinta con fidelidad 
el estíido social del imperio incásico, sino que ha falseado 
la interpretación de los hechos y callado otros que, en la com- 
paración. redundaran en contra del gobierno colonial. 



Digitized by 



Google 



500 litCAKÜO PALMA 

Larguísima tarea nos daría el detenernos en pequeños de- 
talles. Ocupémonos, á vuela pluma, de algimas de las afirma- 
ciones del profesor de historia ad husum Societate Jem, 

Todos los pueblos, antes de la conquista incásica, dice que 
«reconocían un Ser Supremo generalmente llamado Ticihui- 
racocha al interior, y Pachacamac, en la costa. 

Desde luego debemos recordar á nuestros lectores que eran 
tantos los dioses adorados en el Perú, que los Incas, como los 
romano.s, llevaban á su gran templo de Coricancha los ídolos 
ó divinidades de los pueblos conquistados. Algo más grave 
aún. Los yungas no hablaban el quechua, y mal podían dar 
á sus divinidades nombres de otra lengua ó dialecto. 

En la página 41, hablando de los monasterios consagrados 
á las vírgenes del Sol ó escogidas, después de repetir lo que so- 
bre estas sacerdotisas traen Garcilaso y otros, dice el padre 
Cappa, por su cuenta, y sin más autoridad que la suya: «No 
* obstan te (esto es, porque á mí se me anloja) eran vastos barc- 
ones exparcidos por el imperio, repugnames Itestimonios de 
»los celos de un déspota.» Como verdad histórica, esta es una 
de las muchas ruedas de molino con que el profesor hace co- 
mulgai* á sus alumnos. Como refutación, baste copiar lo que 
don Sebastián Lorente, historiador de buen criterio, ílice:— 
«El mayor número de las escogidas consagraban su virginidad 
»ai Sol; y las pocas que no hacían votos perpetuos, contraían 
^enlaces ventajosos.» Y Lorente apoya su aseveración en él 
testimonio de cronistas é historiadores. 

Las contradicciones no faltan para que el librito del padre 
Cappa no tenga por donde ser cogido sin tenacilla. En una 
parte, dice que los indios tenían tanto trabajo que, abrumados 
por él, morían; y en otra, que no vivían sino en continuada 
fiesta y entregados á la embriaguez. ¿A qué carta se quedan 
los discípulos del padre Cappa? 

Tampoco aprecia debidamente la misión civilizadora de los 
Incas, y cuánto mejoró la condición social, dulcificándose las 
costumbres, bajo el gobierno patriarcal de los hijos del SoL 
Desapareciendo las frecuentes guerras en que vivían empeñados 
los pueblos, aprendieron nuevas artes é industrias, engrandcr 
cieron la agricultura y se estrecharon los lazos de la familia 



Digitized by 



Google 



cachivachería 507 

y de la sociedad, bajo la innuencia de leyes y religión huma- 
nitarias. Mal califica el padre Cappa la política y espíritu de 
los Incas, diciendo que su norte fué «dejar reducidos á sus sub- 
ditos á la condición de simples cosas,» lo que contradice la 
afirmación que más adelante estampa, de que «la pobreza no 
se conocía en el pueblo.»— -Sin darse cuenta, hace con esta 
contradicción el elogio del paternal gobierno incásico. 

No es cierto que el egoísmo de las clases privilegiadas ex- 
cluyera al pueblo de obtener honores y grandeza, como lo 
asegura el padre Cappa. Desde Garcilaso hasta Montesinos, 
los historiadores afirman que, á más de la nobleza de sangre 
ó hereditaria, había otra 4 la que por sus méritos, virtudes 
servicios y talento, podían elevarse los hombres, desde las más 
hiunildes esferas. 

Dejando aparte inexactitudes que no significan gran cosa 
en el cuadro que de la conquista traza el padre Cappa, consa- 
graremos nuestro próximo artículo á refutar la apología del 
feroz y fanático Valverde, á la vez que la defensa del gran 
crimen que produjo el asesinato del prisionero Atahualpa. El 
mismo padre Cappa lo llama verdadero crimen; pero... ya co- 
piaremos al pie de la letra, los rebuscados y malignos argu- 
mentos con que pretende paliarlo ó justificarlo. 



III 

«Hay comezón (escribe el padre Cappa) de pintar á Val- 
» verde como azuzador contra Atahualpa.» Si tal comezón ha 
habido, ella, más que de los americanos, ha venido de los 
historiadores españoles. En la proeza de Cajamarca, cronista 
que fué testigo de ella, refiere que Valverde gritaba á los sol- 
dados que hiriesen de punta con sus espadas á los indios, que 
aterrorizados, huían. En la colección de Documentos de Men- 
doza se encuentra la información que los partidarios de Alma- 
gro enviaron al rey de España, información de la que cierta- 
mente no sale Valverde en olor de santidad. Tocaba al padre 
Cappa santificarlo, y para ello apela á la opinión de un escritor 
de nuestro siglo, el conde de Maistre, y á sus Veladas de San 



Digitized by 



Google 



508 RICARDO PALMA 

Pctershurgo, que no son siquiera una obra de historia, sino 
de controversia filosófica y religiosa. Pero aun aquí falsifica 
nuestro jesuíta el texto, que costumbre es de la Compañía 
falsearlo todo. 

Lo que dice de Maistre en el tomo I de las Veladas^ es, li- 
teralmente:— «No tengo noticia de ningún acto de violencia, 
•excepto la célebre aventura del padre Val verde, que, á ser 
•cicrla, no probaría sino que en el siglo xvi hubo un fraile loco 
»en España; mas la aventura tiene carácter intrínseco de fal- 
»scdad. No me ha sido posible descubrir su origen; pero un 
tcspaflol muy instruido me ha dicho:— Creo qiie todo ello no es 
•sino un cuento del imbécil Garcilazo.^ 

Como se ve, el conde de Maistre está muy distante de de- 
fender á Val verde; no hace más que poner en duda la crimi- 
nalidad del fraile dominico. Creyendo falsa la aventura, con- 
fiesa el ultramontano conde que no ha cuidado de registrar 
historiadores para averiguar la verdad, y se atiene á lo que 
le dijo un bufón español. ¿No es un falso testimonio el que el 
padre Cappa le levanta á de Maistre, haciéndolo decir lo que 
no dijo? Si á las palabras que del conde dejamos copiadas las 
llama el padre Cappa vindicación, diré que se necesita criterio 
muy pobre para aceptarlas como tal. Además, se necesita toda 
la mala fe jesuítica para, en un libro de texto, considerar 
como autoridad histórica á quien no fué historiador, y que, 
al divino botón, sin tomarse el trabajo de estudiar el asunto, 
como él mismo lo confiesa, lanza las chilindrinas del fraile 
loco y de la imbecilidad de Garcilazo. ¿Hay seriedad en esto? 
¿Es digno de ser patrocinado por la pluma de quien, como el 
padre Cappa, es profesor titular de Historia peruana en el 
colegio de la Orden? 

Pero no es la vindicación de Valverde el florón más her- 
moso del INFAME librejo del padre Cappa. Vamos á presentar 
en toda su desnudez la conciencia jesuítica de doble fondo 
moral, de dos caras como Jano, conciencia que sostiene la doc- 
trina de que el fin justifica los medios. Entramos en el asesinato 
de Atahualpa. 

Queremos ser parcos en comentarios, por temor que nues- 
tra pluma se extravíe en un arrebato de patriótica indigna- 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 509 

ción. Dejamos la palabra al padre Cappa. «La muerte de Ata- 
»hualpa fué un borrón del conquistador, un verdadero crimen, 
»es cierto; pero crean los jóvenes que se han repetido y se 
•repetirán hechos análogos, mientras dure el mundo, y con 
•menor motivo, por más que se diserte contra ellos.» Así se 
justifica hasta el asesinato de Abel y la crucifixión de Cristo. 
¡Moral de jesuíta! A los ignacianos les viene siempre á pelo 
aquello de:— ¿Cómo anda uste'd de capitales?— No ando del todo 
mal... tengo los siete pecados. 

En un consejo de guerra, se decidió, por trece votos contra 
once, el suplicio de Atahualpa, mediando breves horas entre 
la sentencia y la ejecución. Nada de esto refiere el padre Cappa 
á sus alumnos. En homenaje á esos once honrados españoles 
que votaron porque Atahualpa fuese enviado á España, para 
que allá decidiese el rey sobre su destino, quiero consignar 
aquí sus nombi^es. 

Llamáronse Juan de Rada, Diego de Mora, Blas de Atien- 
za, Francisco de Chaves, Pedro de Mendoza, Hernando de Haro, 
Francisco de Fuentes, Diego de Chaves, Francisco Moscoso, 
Alfonso Davila y Pedro de Ayala. El padre Cappa parece que 
envidiara no haber figurado entre los trece asesinos del Inca; 
pues dice, que, aunque en ese día se le hubiera perdonado, 
«pronto se hubiera encontrado motivo para insistir en su muer- 
tte. Los españoles todos estaban convencidos de que, quitando 
»de en medio á Atahualpa, la conquista se allanaba extraordi- 
•nariamente.» 

Oviedo, cronista real, después de estampar la relación de 
Jerez, conquistador que asistió á las escenas del sangriento 
drama de Cajamarca, dice: «por lo que he podido inquirir, la pri- 
sión y muerte de Ataballfca fué injusta.* 

Y el gran Quintana, gloria de las letras en nuestros días, 
dice en su Vida de Pie-arro;— «Si desde antes no tenía ya en 
»su corazón condenado á muerte al Inca, sin duda lo determinó 
•cuando, satisfecha la pasión primera, que fué la de adquirir, 
•pudo dar oídos solamente á las sugestiones de la ambición.» 

Sin esfuerzo convendrá el lector en que algo habremos ho- 
jeado sobre historia patria, y creerá nucslra afirmación de que 
en cronista ó historiador alguno habíamos encontrado hasta 



Digitized by 



Google 



510 RICARDO PALMA 

ahora disculpado, tan sin embozo, el regicidio de Atahiialpa. 

Iai honra de esa novedad estaba reservada en el siglo xix 
y en el Perú, para un cofrade del padre Mariana, el sabio je- 
suíta gue sustentó en España la doctrina del regicidio. Sólo 
los jesuítas tienen la audacia de patrocinar los grandes crí- 
menes. 

Véase, en fin, la oración fúnebre que el padre Cappa consa- 
gra al infortunado Inca: «El padre Valverde le administró el 
» bautismo poco antes del suplicio. Diremos con Gomara: di- 
»choso él si de buena fe pidió el bautismo; y si no... 'pagó 
*las que había hecho. ^ 

¡Ferocidad de hiena ó de jesuíta! La pluma, indignada, se 
resiste á seguir copiando. 

IV 

Pasemos á las encomiendas y mitas, tan defendidas por nues- 
tro historiador. «Unas pocas encomiendas se adjudicaron á 
españoles que nunca pisaron la América.» ¡Bravo! Esta de- 
claración nos ahorra tinta. Quedamos, pues, en que los pobres 
indios eran adjudicados como botijas de barro: que tenían 
doble amo:— el residente en España, y el mayordomo ó re- 
presentante de éste en el Perú. 

Tah insoportables debieron ser las encomiendas y mitas, y 
á tal punto llevaron el abuso y la crueldad los encomende- 
res, que alarmado el rey con las continuas reclamaciones que 
desde aquí le enviaran algunos hombres de bien, mandó al 
virrey Blasco Núflez para que pusiese en vigencia ordenanzas 
que, rechazadas por los encomenderos, produjeron las revuel- 
tas de Gonzalo y de Girón. ¡Suprimir las encomiendas! ¡Abolir 
el servicio personal! Eso no podía soportarse. Corrió sangre á 
raudales, venció la corona; pero los abusos y exacciones si- 
guieron en pie. Venían reales cédulas procurando mejorar la 
condición del indio; pero las reales cédulas eran papel mojado 
ú hostias sin consagrar: no se las acataba. 

Cuando, á más no poder, tiene el padre Cappa que conve- 
nir cu que hubo exacciones, crueldad y arbitrariedad, culpa 
de ellas á los hijos del país, como si no hubieran sido tan es- 



Digitized by 



Google 



CACmVACHERtA 511 

pafíolcs los de allá como los de acá, y como si no hubiera 
habido gobierno llamado á reprimir y castigar. , 

Aunque los indios estaban connaturalizados con el trabajo, 
el padre Cappa los hace holgazanes, sacando de aquí la nece- 
sidad de obligarlos al trabajo por medio de la mita. Olvida el 
profesor que, pocas páginas adelante, ha enseñado á sus dis- 
cípulos que la ociosidad no era conocida bajo el gobierno incási- 
co. Pero, ¿qué importa? Ahora, bajo el gobierno colonial, le 
convenía convertir en perezosos á los laboriosos. — Cuando el 
rey quería aliviar en algo la condición de esas bestias de carga 
llamados mitayos, expedía alguna real cédula que, llegada á 
Lima, no salía de palacio. Los virreyes sabían que siendo pun- 
tuales en remitir á la corte, convertidas en oro y plata, las 
gotas del sudor de los infelices indios, nada tenían que recelar; 
y preferían mantenerse en buena armonía con los encomende- 
ros, propietarios de esas bestias, á las que fué preciso que una 
bula del papa Alejandro VI, si la memoria no me engaña, de- 
clarase seres humanos y capaces de sacramentos. La tiranía 
Se llevíS hasta el punto de pretender que los indios no hablasen 
la lengua nativa. 

A estas bestias de carga es á las que, probablemente, se 
refiere el padre Cappa, cuando dice que los conquistadores 
nos trataron con exceiivo mimo. Es cierto: á pocos mitayos des- 
cuartizaron pudiendo hacerlo (¡Dios les premie la caridad!) 
pero el palo y el látigo andaban bobos acariciando espaldas. 
I Esto es mimo^ y todo lo demás es chiribitas! 



Si uu europeo, ateniéndose á los informes de Acosta, Hum- 
boldt y de infinitos historiadores, viajeros y hombres de cien- 
cia, que han considerado el territorio peruano á propósito para 
cosechar en él los productos de todas las zonas, llega, en mo- 
mentos de embarcarse, á leer el libro del reverendo jesuila, 
de fijo que deshace la maleta y se queda en el Viejo Mundo. 
No so diría sino que los jesuítas se proponen, desacreditando 



Digitized by 



Google 



512 RICARDO PALMA 

al país, íccev imposible la inmigración. Véase io que, sin alterar 
silaba, escribe el padre Cappa: 

«No es el territorio del Perú capaz de mucha agricultura. 
»La costa estéril; la sierra demasiado fría. Sólo las pcquc- 
Ȗas quebradas del litoral, y alguna que otra provincia del in- 
»lerior, pueden rendir razonables cosechas. Durante el virreyna-: 
»to se aprovecharon, no mal, estos terrenos, pues el Perú se 
«bastaba á si mismo, y aun exportaba al extranjero.» 

El hábil corresponsal de El Callao^ comenta este manojito 
de mentiras. Háme gustado su comentario, y lo prohijo.— «¿Con- 
»que sólo en tiempo del virreynato se aprovecharon esos terre- 
ónos, hasta el punto de que produjeran lo bastante para casa 
ty para fuera de casa? Pero, ¡hombre de Dios I si acaba usted 
»de decirnos que, por estéril la ima y por fría la otra, costa 
»y sierra, no consienten agricultura, ¿cómo nos habla de ex- 
»ccso de producción? ¿Y usted ha aprendido lógica, padre? 
•Pues lo disimula.» 

Capítulo de otra cosa. Habla el padre Cappa:— «La Inqui- 
tsiclóu (dice) ha sido desde setenta años á esta parte el bu 
>de las gentes. (¿Y antes, qué era? ¿caramelo?).— Su fin estaba 
» reducido á velar por la pureza de la te, y á castigar á los 
«casados que, fingiéndose solteros, contraían otro matrimonio. 
»(¿Y no quemaban brujas, padre?)— Hubo en el Peni muchos 
•portugueses judaizantes, que sufrieron el justo rigor de la 
•Inquisición.- (Conque, jusíOy ¿eh?)— Es una vulgaridad tamaña 
•decir que la Inquisición encadenaba el pensamiento, y otras 
•sandeces por el estilo.— (Sandez es, en pleno s'glo xix, echarse 
»á hacer la apología de tribunal tan maldecido.)— Fuera de los 
•portugueses, raros fueron los castigados severamente en el 
•Perú.— O Hola I ¿Nos lo dice su paternidad, ó nos lo cuenta?)— 
• Nosotros, por respeto á tan santa y hiinhechora institución (¡ata- 
»ja! i ataja!) nos esmeramos en disipar las patrañas con que, 
•los hombres de fines del siglo pasado y principios de éste, 
•han embaucado á tanto candido.» (Muchas gracias, por la 
parle que nos toca.) El padre Cappa se coloca aquí en la misma 
condición del que dijo:— Yo arrojaría al mar á lodos los im- 
béciles* á lo que un curioso le contestó con esta pregunta: 
—¿Sabe usted nadar, padre? 



Digitized by 



Google 



cachivachería 513 

¿Podía imaginarse el lector mayor impudencia? Pues ahí 
eslú en letras de molde. 

Afortunadamente, aunque muchos documentos originales de 
la Inquisición han desaparecido del Archivo Nacional, quedan 
los suficientes para probarle al padre Cappa que, sólo en Lima, 
quemó la santa y bienhechora treinta prójimos vivos, y catorce 
en estatua y huesos, contándose entre los achicharrados dos 
mujeres; y que el número de los sentenciados á azotes, ga- 
leras y demás penas, ascendió á cuatrocientos cincuenta y ocho. 
[Vaya una bienhechora! Ni los paganos desenterraron jamás ca- 
dáveres para castigarlos con la hoguera. 

Los bárbaros hacen á sus divinidades ofrendas de carne 
humana: y la santa, la civilizada, la católica Inquisición, insuHa 
á un Dios todo amor y misericordia, brindándole también el 
sacrificio de humanos seres. 

Además, la Inquisición hacía imprimir en folletos la rela- 
ción de cada auto de fe, con el extracto de la causa seguida á, 
cada reo. Y de estos folletos se conservan no pocos, en Lima. 
Quien tenga flema para leerlos, verá por cuan ridiculas acu- 
saciones se aplicaban penas severísimas. 

No podrá negar el padre Cappa la autenticidad del llamado 
Edicto de las delaciones que en el tercer domingo de Cuaresma 
se promulgaba anualmente en nuestro templo de Santo Do- 
mingo, fijándose luego, en carteles impresos y con el sello del 
Tribunal, en la puerta de todos los templos de Lima. En la 
antigua Biblioteca Nacional se encontraban (y abundan las per- 
sonas que los vieron) los edictos promulgados en 1721, 1738, 
1742 y 1809. También Llórente, en su historia de la Inquisición, 
los publica. El cartelón que se pegaba en la cancela ó puerta 
de las iglesias, llevaba esta terrible nota mannscñía:— Nadie 
lo quite, so pena de excomunión. 

Para solaz de nuestros lectores, extractaremos del edicto 
algunos de los crímenes, por los que se corría peligro de tra- 
bar relaciones íntimas con la penca ó con la hoguera. 

Erase hereje judaizante, por ejemplo, por haber negado que 
las campanas fuesen las trompetas del Señor; por recitar los 
salmos sin agregar gloria Fatri; por ponerse camisa blanca en 

33 



Digitized by 



Google 



514 . RICARDO PALMA 

sábado: por haber vuelto, al morir, la cara á la pared; por 
lavarse, por la mañana, los brazos hasta el codo; por pasar 
sobro la uña la hoja de un cuchillo; por hacer ascos al vino; 
por separar el gordo del tocino; por poner, en sábado, sába- 
nas limpias en la cama; por poner sobre el hombro de un hijo 
la mano con los cinco dedos extendidos; y, en fin, largo espa- 
cio ocuparía seguir extractando un edicto que el lector, curioso 
por conocerlo íntegro, encontrará en la Biblioteca Nacional. 
Lo más infame de este edicto era la obligación que se im- 
ponía á los hijos de denunciar á los padres, abominación de 
la que, para mengua de la humanidad, no faltaron casos. 

Y á ese Tribunal sanguinario, feroz, fanático é inmoral, 
es á lo que el padre Cappa llama institución santa y himhechora 1 1 

Tiene razón. La Compañía de Jesús y la Inquisición son 
hermanas gemelas. Tal para cual. Que echen raíces en el Perú 
los jesuítas, y su hermanita vendrá, no precisamente en la for- 
ma antigua, sino en otra más hipócrita. ¡Quién sabe si, por esta 
refutación, me quemarán un día en estatua y huesos! Sea todo 
por Dios. 

Y va de tradición: 

Cuentan que el padre Esteban Dávila, que fué uno de los 
cinco primeros que trajeron á Lima la lepra del jesuitismo, 
mantenía una de dimes y diretes con fray Diego Ángulo, co- 
mendador de la Merced, sacerdote que tenía el cabello de un 
rubio azafranado. Fijándose en esta circunstancia, le dijo en 
cierta ocasión el jesuíta: 

—jRvbicundus erat Judas. 

A lo que el mercenario limeño contestó sin retardo: 

—Et de Societate Jesu. 

VI 

No todo ha de ser seriedad y entrecejo y bilis. Hay^ en el 
librejo temas de que no puede ocuparse la crítica sino humo- 
rísticpmente. Escogeré cuatro ó cinco, que para muestra basta 
un botón Criticólos, más que por lo que ellos en sí expre- 
san, por el solapado propósito que encarnan de establecer com- 
paraciones entre el pasado y el presente. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 515 

Sobre libertad de imprenta, punto de que también se ocupa 
el padre Cappa en la sección de su libro correspondiente á 
la Independencia de la República, después de opinar que el 
gobierno colonial hizo- bien en matar el Mercurio peruano^ por- 
que éste empezaba á sacar los pies fuera de la sábana, con 
tendencias y doctrinas intolerables^ añade que los periódicos que 
le sucedieron valían poco, marcándose cada vez más la fisonomía 
repugnante que hoy caracteriza á la mayor parte de eUos. 

No se apuren los miembros del cuerpo médico de Lima, 
que también ellos tocan del pan bend¡to.«No hacían tantas con- 
»sultas, ni t^n caras; y con todo, la mortandad está, ahora, 
»en la misma proporción que antes».— ¡Vaya! ríanse ahora con 
esta dedada de miel:— los estudios se encuentran hoy en tan 
>buen pie, como en las más acreditadas escuelas europeas.» 
—Una de cal y otra de arena. Lo que el padre Cappa critica 
es que cobren caro y que dejen morir gente, después de ha- 
berlo consultado mucho, cosas que, según él, no hacían los 
médicos del coloniaje. 

De las limeñas dice el padre Cappa:— «Las leyes eran pocas 
»y suaves; pero se notaba en las señoras marcada tendencia 
Tȇ contradecirlas aun con descaro, en lo que hubo excesiva 
•tolerancia de las autoridades, contribuyendo á formar un ca- 
»rácter sin más norma que el capricho. ¡Cosa sorprendente I 
•Entre la multitud de acusaciones que los americanos inde- 
» pendientes hacen á los españoles, nunca he visto ésta que, 
»en mi concepto, es la más fundada, y la que ha dado y da 
•resultados fatales.» 

Cuando llueve, todos se mojan, y no era posible que mis 
bellas paisanas quedaran sin su correspondiente sepancuantos 
en el sermón del padre Cappa. 

Pesada se haría esta refutación si continuara pasando el 
lápiz rojo sobre todos los párrafos parecidos á los que, humo- 
rísticamente, apunto en este capítulo. Son dignos de ataque 
sólo por estar en un libro de texto para colegio, y dar á los 
estudiantes extraviada idea de lo que fué y es nuestra sociedad 
peruana. Quédense en el tintero. 



Digitized by 



Google 



516 RICARDO PALMA 



VII 



Hablando de las causas que produjeron la Independencia, 
considera, entre otras, ésta:— -«La ambición de unos cuantos hom- 
»bre8 sin antecedentes ^ que con el cambio radical se prometían 
»ocupai los primeros puestos.» 

Así, para el padre Cappa, eran ambiciosos sin antecedentes 
los notabilísimos peruanos que, el 28 de Julio de 1821, suscri- 
bieron, en el Cabildo de Lima, el acta de emancipación; y 
nótese que más de una docena de los firmantes eran títulos 
de Castilla, condes y marqueses; y no pocos nombres de muy 
acaudalados comerciantes figuran entre los suscritores del clá- 
sico documento. Hijos ó nietos de esos patriotas republicanos 
son los hombres de la actual generación, y creo que no de- 
jarán de sentirse heridos en su sentimiento filial, al ver ca- 
lificados á sus padres y abuelos de ambiciosos sin antecedentes. 

«La acción, no interrumpida de las logias masónicas del 
»rito escocés, el resentimiento de Inglaterra para con España, 
ȇ la par que el deseo de explotar el Nuevo Mundo, y los libros 
»de los llamados filósofos franceses,» fueron, según el padre 
Cappa, las chispas que produjeron la explosión. ¿Por qué olvi- 
da que el despotismo, la intransigencia, los abusos, exasperaron 
á los americanos, hasta lanzarlos á una lucha titánica, la lucha 
desesperada de los débiles oprimidos contra los fuertes y en- 
greídos opresores? Convenimos con el padre Cappa en que, 
al principio, no fué grande el eco que encontrara en el Perú 
la causa revolucionaria; pero no aceptamos que el indiferentis- 
mo fuese porque previeron que la Independencia daría por 
fruto la anarquía más lastimosa^ como él sostiene. ¿Quién rea- 
lizó el milagro de convertir el indiferentismo en entusiasmo? 
Los realistas mismos con sus innecesarias crueldades en Can- 
gallo y Pasco, ni Y luego hablarncs de anarquía un español, un 
subdito del más anarquizado de los pueblos y gobiernos de 
Europa! I! En otra oportunidad he escrito que, si bien se hace 
la cuenta, á españoles y peruanos nos toca á motín por barba. 



Digitized by 



Google 



(JACniVACHERlA ol? 



VIII 



Veamos cómo trata el padre Cappa á los prohombres de 
la Independencia. 

Pasando por alto que á La Mar, (página 184) lo llama á 
todas luces inepto; que de Riva-Agüero dice que nunca oyó sil- 
bar una bala, y que, sin embargo, fué gran mariscal; y que 
unos picaros de aquí y otros picaros de allá, poseedores de 
títulos de la antigua deuda española, fueron los promovedores 
de la toma de las islas de Chincha en 1864, y otras difama- 
ciones calumniosas ó inconvenientes en un texto, contraigá- 
mosnos sólo á lo más culminante' é intencionado, por la ten- 
dencia y espíritu que en el historiador dominan. 

Hablando de M:ntca3udo, dic?:— «Era Montearudo írrci'gio- 
»so, inmoral, pérfido y aleve.»— ¡Cuánto derroche de califica- 
tivos! Los jesuítas tienen bien sentada su fama de derrochado- 
res de insultos. Es lo único que derrochan.— «Kra hijo de un 
•pulpero de Chuquisaca y de una esclava.»— Esto no puede 
pasai* en un libro de texto; porque á los escolares no se les 
debe enseñar mentiras crasas. 

En 1879 (y con motivo de la polémica histórico-continen- 
tal á que un estudio nuestro sobre Bolívar dio motivo) el go- 
bierno argentino hizo seguir una información sobre el naci- 
miento de Monteagudo. De esa información resulta que nació 
en Córdoba del Tucumán, por los años de 1785, que fué hijo 
de don Miguel Monteagudo Labrador de Roda, natural de Cuen- 
ca, en España, capitán de milicias en Buenos Aires cuando 
la invasión inglesa, quien casó con doña Catalina Cáceres, de 
cuyo matrimonio tuvo por hijo al doctor don Bernardo Mon- 
teagudo Estos datos constan en el testamento del dicho ex- 
capitán de milicias que, original, se encuentra en poder del 
general y literato don Bartolomé Mitre. 

Dos historiadores bonaerenses. Pelliza y Fregueiro, publi- 
can, en sus libros sobre Monteagudo, otros documentos que 
apoyan la información oficial á que nos acabamos de referir, 



Digitized by 



Google 



518 RICARDO PALMA 

y aun creemos haber puesto ambos libros en mano del padre 
Cappa, en alguna de las visitas que hizo á la Biblioteca en busca 
de documentos. Pero le convenía dejar en pie las hablillas 
que, en vida, propalaron los enemigos de ese eminente hombre 
de Estado, con el mezquino propósito de rebajar su perso- 
nalidad. 

Sigue el padre Cappa:— «De este sujeto, (¡vaya ima grose- 
>ría!) como de San Martín, Bolívar, Sucre (¿también sujetos f 
»¿ también números de la penitenciaría?) y otros pocos, da- 
» remos una biografía, en otro Ubro.»— Y hablando de la de- 
posición de Monteagudo, añade:— «Nunca es larga la felicidad 
»de los malvados.»— ¿Por qué malvado? ¿Por patriota? 

El padre Cappa nos trae á la memoria el parte fie aquel 
comandante de fronteras, que escribió:— Todo está listo, mi 
general, para batir al enemigo: sólo nos faltan armas, municio- 
nes, caballos y gente; pero nos sobra artillería de embustes. 

Cuando, por un momento, se olvida el padre Cappa de que es 
jesuíta, entonces su pluma se inclina á ser justiciera. Así nos 
explicamos que en la página 177, al hablar de la organización 
del gobierno de San Martín, diga:- «Se rodeó de hombres de 
emérito como don Bernardo Monteagudo, etc.,» pero olvidadi- 
zo luego de que había reconocido la importancia del hombre, 
lo colma de improperios veinte páginas después. No se diría 
sino que el tal jesuíta es tuerto del ojo canónico, que dicen lo« 
teólogos, y que tiene cerrada la otra ventana. 

En cuanto á los honores concedidos por el Congreso á 
San Martín, dice: «que estos fueron obra del miedo, y no de 
»la gratitud nacional»— y, en un párrafo que bautiza con el 
epígrafe Servilismo y adulación^ lanza al clero peruano este en- 
venenado dardo:— «El clero oía con gusto un himno dedicado 
»á Bolívar, que se cantaba entre la epístola y el evangelio, 
»conslándole que Bolívar era el hombre más cinicamente obsceno 
T^del mundo* al lado del cual, añadimos nosotros, Pirrón, con su 
oda á Priapo, sería probablemente para los ignacianos un mo- 
naguillo de la Cartuja, ó una pudorosa monja visitandina. 

¿Quiere el lector respirar el aroma de un ramillete de in- 
sultos procaces contra nuestros hombres más eminentes? Pues 
vea lo que, ad pedem Uleree^ copiamos de la página 208:— «La 



Digitized by 



Google 



cachivachería ;') 19 

«semilla sembrada en la juventud por el impío padre Cisncros; 
•por el blasfemo canónigo Arce; por los sacerdotes liberales 
»(quc, para los jesuítas, ser liberal es más que ser excomulgado 
» vitando) Rodríguez y Luna Pizarro; por los libérrimos Ma- 
»r¡átegui y Sánchez Carrión; y regadas, en fin, por Sati Mar- 
tín, Bolívar y Monteagudo, debían producir opimos frutos.» 



IX 

Hasta la gloria de los laureles que en Ayacucho alcanza- 
ron los americanos, es vulnerada por la pluma del sai disant 
historiador jesuíta. La victoria no se debió al esfuerzo de los 
patriotas, sino á la traición de Canterac, el general en jefe 
de los realistas. Y luego, (no se caiga de espaldas el lector) en 
Ayacucho el ejército independiente no tuvo los 5,686 hombres 
que las listas de revista, los partes oficiales y demás documen- 
tos consignan, cifra que hasta hoy ni García Camba, cronista 
español de esa batalla, había contradicho, sino 8,000 hombres; 
número casi igual al del ejército realista, cuyo efectivo, en rea- 
lidad, fué de cerca de 10,000. Convénzase el lector por este tro- 
cito que, literalmente, copiamos de la página 199 .—«Las fuer- 
»zas fueron, próximamente, de unos ocho mil hombres de cada 
»parte, como con buenos datos lo probaremos en nuestra His- 
»toria, (así será de embustera esa Historia) para donde, igual- 
emente nos reservamos analizar la conducta de Canterac, y 
»si hubo ó no traición por parte de este jefe, al que desde 
»Junín lo llamaban el francés.» No hubo, pues, según el histo- 
riador loyolista, gran proeza en vencer á número igual de ene- 
migos, y menos cuando la traición fué aliada de los vencedores. 
üj^Y nosotros que vivíamos tan engreídos con nuestra victoria 
de Ayacucho, que selló la Independencia de la América!!! Ven- 
cieron ustedes gracias á ramas, gracias á la traición, es lo 
que, en buen romance, les enseña ahora el padre Cappa y Ma- 
nescau, á nuestros hijos, á los nietos de los vencedores en 
Ayacucho. j Habrá cinismo! 

Precisamente todos los entendidos en el arte militar, así 
españoles como americanos, que han escrito sobre la batalla 



Digitized by 



Google 



520 



RICARDO PALMA 



de Ayacucho, convienen en que esa batalla fué, por parte de 
los patriotas, la más correcta, la más ajustada á estrategia 
entre cuantas se dieron en América durante la larga guerra 
de Independencia. No es Pichincha, es Ayacucho la acción 
que, como soldado, pone á Sucre al lado de los más grandes 
capitanes. ¡¡¡Pues bien, sépalo la juventud, sépalo el mundo, 
esa gloria es hechiza, es usurpada!!! ¡Gracias á ramas! 

Cómodo es justificar todo desastre inventando una traición 
y un traidor. ¡Pobre Canterac! Murió alevosamente asesinado 
en un cuartel de Madrid al apersonarse á sofocar un motín, 
y ahora... también su honra es alevosamente asesinada y... para 
que sea más cruel el golpe, por un compatriota suyo. 

El padre Cappa se exhibe en esta parte de su compendio co- 
mo el granuja á quien pregunta el juez el por qué ha robado 
un terno de ropa en una sastrería.— Ya se sabe que aquél 
contestará que lo hizo para poder presentarse vestido con al- 
guna decencia ante el juzgado. 

Pues ni esto ha conseguido el padre Cappa, porque ante el 
tribunal de la Historia, en la misma España, será tenido por 
indecente el que, sin exhibir documentos comprobatorios, in- 
fama la memoria de un soldado benemérito para la metrópoli. 

Hay un aforismo español que, á ser contemporáneo, cree- 
ríamos inspirado para hacer el retrato moral del jesuíta pa- 
dre Cappa. Dice así el ya rancio aforismo:— -Tres muchos y 
tres pocos hunden á un hombre: mucho hablar y poco saber; 
mucho presumir y poco valer; mucho gastar y poco tener. 



X 

Termino esta refutación desentendiéndome de las 18 pági- 
nas que el padre Cappa consagra á los gobiernos del Perú, 
desde La Mar hasta el día. Se ocupa de hechos en que todos 
hemos sido, si no actores ó comparsa, por lo menos especta- 
dores, y de hombres públicos á los que todos hemos conocido 
personalmente. Tela hay, y larga, en esas 18 páginas; pero 
esa tela córtela cada cual según sus simpatías ó prevenciones. 
No quiero exponerme á herir susceptibilidades de conlcmpo- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 521 

ráneos ó de amigos personales; sobre todo cuando, como re- 
futacióíi al librejo, creo haber escrito lo suficiente para que 
mis lectores se formen cabal concepto del espíritu jesuítico 
encarnado, como sutil ponzoña, contra la libertad y la repú- 
blica, en esas 219 paginitas. 

Del fondo de una sociedad pervertida en su fe por la su- 
perstición, y en una edad anarquizada, en su dogma, por las 
herejías, se levantó, al par de la Inquisición, con su hoguera 
y sus verdugos, una institución mitad militar, mitad religiosa, 
con todos los vicios del campamento y todas las sutilezas del 
claustro, con toda la hipocresía arrancada á su fundador por 
los terrores de un libertinaje salvado á la muerte en las alu- 
cinaciones de un sistema nervioso ya gastado. 

Esa institución formada por un desertor, debía convertirse en 
el poder más tenebroso y absorbente. La espada caída en las 
puertas del hospital de Pamplona, debía transformarse en el 
puñal de Ravaillac; y la sangre de la herida de Loyola debía de 
servir para confeccionar el chocolate de Ganganelli. 

Esa institución, como asociación religiosa es una blasfemia 
contra las doctrinas del Evangelio; como sociedad civil, es 
una amenaza al hogar y á la propiedad; como cuerpo político, 
es un complot permanente contra la libertad de los pueblos y 
la estabilidad de los gobiernos. Ese monstruo, abortado por 
una decadencia de fe y corruptela de nobleza; ese antro que 
fué refugium peccatorum de los libertinos hastiados y de los am- 
biciosos decepcionados, es lo que, por sarcástica ironía, se 
llama ¡Compañía de Jesús!... 

Gobiernos y pueblos, familia é individuo, á todos hiere, á 
todos alcanza ese Moloch esclavizador de las conciencias, esa 
divinidad de las tinieblas llamada jesuíta. Consentir que se adue- 
ñen de la juventud, autorizándolos para la enseñanza en los 
colegios, es renunciar al porvenir de la patria y renegar del 
progreso. 

Si los jesuítas son tan útiles y tan buenos, ¿por qué se les 
expulsa de todas partes? ¿será por su virtud y santidad? Y, 
¿por qué ha de ser el Perú, cuyas puertas les cierra una ley 
vigente, el Ceuta de los expulsados, el cuartel general donde 
se den cita esos fatídicos buhos para continuar en sus fimcs- 



Digitized by 



Google 



522 llICARDO PALMA 

tas maquinaciones contra la libertad? Si nuestra genial toleran- 
cia ha consentido que, lentamente, adquieran señorío y aun 
personalidad en el país, ellos mismos se han encargado de ha- 
cernos arrepentir de ella. Son nuestros huéspedes, caritativa- 
mente admitidos en nuestro hogar, y nos corresponden hirién- 
donos en las fibras más delicadas de nuestro sentimiento pa- 
triótico. 

No es esta la primera vez en que mi pluma, torpe acaso, 
pero sincera y entusiasta, combate con bravura al jesuitismo. 
No lo quiero en mi patria, y menos con el carácter de educa- 
cionista Sin embargo, ha sido necesaria toda la petulante au- 
dacia del padre Cappa para que, á mis años y con mis decep- 
ciones, se irritase la nerviosidad de mi temperamento y, atro- 
pellandc por toda consideración de personal conveniencia, me 
lanzara á escribir esta refutación. En ello, pienso que he lle- 
nado, no sólo un deber de honrada conciencia literaria, sino 
un obligado deber de patriotismo. Salisfechos estos, vuelvo á 
mis cuarteles de invierrfo. 

Contento estoy con haber sido el centinela que ha dado 
la voz de alarma. Gobierno, Congreso y opinión pública harán 
el resto. Otros á la brecha. 
Luna, Julio de 1886. 



Digitized by 



Google 



mw99mm0mmmmm^mmmwñF9mww9mmm^^m^m9^ww%w9wmWW%mw 



GRAMATIQUERIA 

Á un corrector de pruebas 

Cuentan de un santo que, al llegar á Roma, pensó en aci- 
calar su personita para presentarse con decencia ante el P«pa, 
y necesitando sotana nueva, detuvo al primer transeúnte, y 
le preguntó: 

-—¿Sabe usted dónde encontraré un buen sastre? 

—Hombre—le contestó el interrogado,— en la esquina hay 
uno que es muy buen cristiano. 

—Perdone usted— argüyó el santo,— yo no necesito un buen 
cristiano sino un buen sastre. 

Por buen sastre, que en conciencia disto mucho de serlo, 
rae ha tenido usted al revelar, en el último párrafo de su ar- 
tículo, el deseo de que dé una puntada: deseo que satisfago, 
no con humos de maestro sastre, sino con la hunuldad de zur- 
cidor ó remendón, que es casi tanto como ser buen cristiano. 

Eso de que la locución bajo la, bass no es correcta, es punto 
que, hoy por hoy, ningún aficionado á estudios filológicos dis- 
cute. Pasó ya en autoridad de cosa juzgada. 

Fortificando la sesuda opinión del egregio Cuervo, dice Mer- 
chan en sus Estalagmitas del lenguaje: «Solemos decir bajo este 
pie^ bajo esta bjLSz, y con eso sí incurrimos de lleno en la justa 
censura del señor Cuervo.» Y entiéndase que el ilustrado es- 
critor cubano no es de los intolerantes ó ultra conservadores 
en materia de Idioma. 

Si los más reputados prosadores contemporáneos como Va- 



Digitized by 



Google 



52^ RICARDO PALMA 

reía, Benot, Menéndez Pelayo y Galdós, dicen y escriben sobre 
la base, no somos nosotros, pobres emborronadores de pa- 
pel, los llamados á rebuscar argumentos en contra y corre- 
girles la plana. De mí sé decir que soy devotp de la locución 
sobre la base; pero no gastaré tinta en imponerla á los demás, 
porque sé que, en asunto de lenguaje, hay un tirano que dicta 
la ley; y ese tirano es el uso generalizado. Diariamente leo, en 
la prensa oficial, que se hacen concesiones bajo las bases y no 
sobre las bases. Verdad que no hay enemigos más recalcitrantes 
del bien decir, que los oficiales mayores y jefes de sección de 
los ministerios. Si no se alcanza á proscribir lo de bajo las ba- 
ses, habrá que dejar subsistente la locución, agregándola á la 
larga lista de idiotismos hasta por la Academia autorizados. 

En lo relativo á pluralización del apellido, raro es el escritor 
hispano-americano que acata la prescripción existente en la Gra- 
mática de la Academia. No somos los americanos muy partida- 
rios de los Pizarros, los Almagros, los Girones, etc., y decimos 
y escribimos los Pizarro, los Almagro, los Girón, etc. El ape- 
llido lo heredamos, y no encuentro derecho ó razón fundada 
que nos autorice para alterarlo en letra ó en sílaba. 

Además de la prescripción gramatical, tiene tantas excepcio- 
nes, que éstas, casi por ser tan numerosas, deberían formar la 
regla. Según ellas, los patronímicos Martínez, Domínguez, Ra- 
mírez, Rodríguez, etc., no admiten pluralización final, como no 
la admiten los Cárdenas, Robles, Cáceres, Dueñas y demás ter- 
minados en s. Tampoco se pluralizan al fin los Abad, los Olid, 
los La Madrid, etc. Hay apellidos como los Portal y Portales, 
Arenal y Arenales, Mora y Morales, etc., en los que, pluralizan- 
do los que concluyen en al, resulta una verdadera confusión. Si 
digo, por ejemplo, voy á visitar á los Morales, el que me oye 
decirlo queda en Babia, ignorando si hablo de la familia de 
Moral ó de la de Morales. Pluralizar apellidos como Torreblan- 
ca, Casaverde, Casanueva, etc., sería dar existencia á nuevos 
idiotismos, que no otra cosa serían los Casaverdes y los Torre- 
blancas. Tratándose de apellidos de otras lenguas, nadie plu- 
raliza la terminación. Así decimos y escribimos los Cronwell, 
los Pitt, los Wilson, los Hugo, los Goncourt, los Tolstoy, los 
Manzoni, los Garibaldi, los Spencer, etc. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 523 

Anlc tantas excepciones que me han venido al correr de la 
pluma, y otras que dejo en el tintero por estrechez de tiempo, 
me parece que lo lógico y, en mi sentir, lo más ajustado á 
la buena forma, es no agregair s ó sílaba pluralizadora á nin- 
gún apellido. Basta y sobra con el artículo en plural. 

Y como no tengo más que decirle, ni aunque lo quisiera 
tendría tiempo holgado para disertar, me ofrezco de usted 
muy atento remendón ó remendador de palabras, que le besa 
la mano. 



CHARLA DE VIEJO 



Como la puerta de mi escritorio está entornada, siempre 
que en ella dan un golpe con los nudillos tengo la amabilidad, 
á despecho de cierto joven que dijo que el doctor Patrón y yo 
somos un par de ogros intratables, de contestar:— ¿Quién es? y 
pase quien fuere. 

Con la entrada del nuevo siglo me declaré escritor jubilado, 
me despedí del oficio de emborronar papel para el público, y 
guardé la pluma literaria bajo llave, jurándome no entintarla 
sino impelido por fuerza mayor. 

Bien dice el aforismo francés: qui a bu hoira^ pues el intrín- 
g]ulis está en hacerle llegar á la nariz el honquet ó tufillo del 
buen vino. Vínole en antojo á un señor que firma Amigo de 
Tejerina, muy señor mío y mi dueño, dar un golpe á mi puerta 
para hablarme de mi chifladura, sí, señores. Han de saber 
ustedes que yo soy un chiflado del siglo xix, y que mi inofensi- 
va chifladura consiste en preocuparme de cuestiones sobre gra- 
matiquería y lingüística castellana. Una mala concordancia, por 
ejemplo, en pluma que estimo como castiza y correcta, me 
crispa los nervios. Nunca fumé cigarro con exterioridades de 
habano y realidades de • hamburgués. 



Digitized by 



Google 



526 RICARDO PALMA 

A los muchachos de mi tiempo se nos forzaba á pasar cua- 
tro años aprendiendo latín y nociones de griego. Esta circuns- 
tancia, unida á la de que, en las pocas y pobres librerías de 
la capital, era difícil encontrar libros en francés, inglés ó ale- 
mán, influyó para que aquellos jóvenes de mi tiempo, pica- 
dos por la tarántula de las aficiones literarias, se diesen un 
hartazgo de lectura con las obras de los grandes hablistas 
castellanos desde el siglo xiv hasta nuestros días juveniles, 
en que la batuta de la literatura española estaba en manos de 
los románticos Espronceda, Zorrilla, Arólas, etc., etc. De este 
hartazgo de lectura castellana nació mi ya incurable chifladu- 
ra ó apasionamiento por la lengua de Cervantes. Peor habría 
sido que me acometiese la chifladura politiquera. 

Hoy pasa lo contrario, y no sabré decir si para bien ó para 
mal de las letras. La juventud hace ascos al latín y al griego; 
lee pocos libros castellanos y muchísimos franceses; y el ce- 
rebro, como es natural, se amolda á pensar en francés, tra- 
duciendo el pensamiento al idioma nacional con no escasa in- 
corrección. Así me explico que sean ya numerosos en mi tierra 
los afiliados á esa jerga llamada decadentismo y que, en puridad 
de verdad, tengo por decadencia. En fin, para todo pecado hay 
bula, y ya veo con gusto á dos ó tres inteligentes jóvenes en 
vía de arrepentimiento. 

No es tan numerosa ó rica, como generalmente se propala, 
nuestra habla castellana. >íoble, solemne, robusta, armoniosa, 
flexible y lógica en la sintaxis, que es el alma de toda lengua, 
convengo; pero, ¿rica?... Tinta no poca he consiunido pro- 
bando lo contrario en mis librejos. Felizmente va ganando 
terreno en la docta corporación la idea de que es quimérico 
extremarse en el lenguaje, defendiendo un purismo ó pureza 
más violada que la Maritornes del Quijote. Lengua que no 
evoluciona y enriquece su Léxico con nuevas voces y nuevas 
acepciones, va en camino de convertirse en lengua litúrgica 
ó lengua muerta. Con la intransigencia sólo se obtendrá que el 
castellano de Castilla se divorcie del castellano de América. 
Unificarnos en el Léxico es la manera, positiva y práctica, de 
confraternizar los dieciocho millones de españoles con los cin- 
cuenta millones de americanos obligados á hojear, de vez en 



Digitized by 



Google 



cachivachería 527 

cuando, el Diccionario. Hay que convencerse de que la re- 
volución en el lenguaje es una imposición irresistible del si- 
glo XX, pues como dice Miguel de Unamuno, catedrático sal- 
maticense, vinos nuevos no son para viejos odres. 

Creo como usted, señor Amigo de Tejerina, y también mío 
si usted permite, que nada hay de más democrático y en 
que más impere la ley de las mayorías que el lenguaje. No 
son los doctores precisamente los que imponen tal ó cual 
vocablo, sino el uso generalizado, y ese generalizador irresis- 
tible es siempre el pueblo soberano... hasta en la plaza de Acho. 
Vea usted algunos ejemplitos en materia de acepciones y aún 
de género gramatical. El día en que por primera vez funcionó 
en Madrid el ferrocarril urbano, habló el académico don Ale- 
jandro Olivan sobre la conveniencia de dar nombre á esa no- 
vedad, y desde aquella sesión se incorporó en el Léxico la 
palabra tranvía, sólo que don Alejandro le asignó por género 
el femenino. El pueblo se negó á decir la tranvía, y á la postre 
su negativa se ha impuesto á la Real Academia, que nada 
tiene de democrática y sí mucho de autoritaria, como cuando 
nos enseña que llamemos lengua quechún ó quichua, á la que des- 
de los tiempos de los Incas hasta los de nuestros republica- 
nos gobernantes se llamó quechua ó quichua, y lo notable es 
que ya hay en mi tierra dos novedosos predicadores de la 
innovación ortográfica. Desde la última edición del Dicciona- 
rio aparece d tranvía, masculinizado (adjetivo ó participio, que 
aún no tiene sanción académica). 

La Academia sostuvo durante siglo y medio, que el verbo 
verificar no admitía otra significación que la de comprobar. 
Verifique usted esa cuenta, era como decir compruebe usted 
su exactitud ó verdad. Pues dale que le darás, se encaprichó 
el pueblo en que verificar había de significar también efectuar, 
realizar, acontecer, y á la postre tuvo la Academia que some- 
terse declarando que no era incorrecto escribir, vcrbi-gracia : 
Ayer se verificó el matrimonio de don fulano con doña zutana. 
Un académico, famoso por su intransigencia, y que en cada 
pelo del bigote se encontraba escondido un galicismo, declaró 
guerra sin cuartel á la locución temr lug%r. Pues la locución 
se empeñó en vivir, y ya no hay académico que tenga escrú- 



Digitized by 



Google 



528 RICARDO PALMA 

pulo de monja boba en decir ó estampar:— Ayer tuvo lugar 
la recepción solemne de don X. Antes se desplome la bóveda 
celeste sobre la Academia, y perezca la lengua, y perezcamos 
todos, que dar entrada en el Diccionario á la palabra guberna- 
mental^ clamoreaba ha cuarenta años el caprichoso académico 
Baral. Pues no hubo ni un temblorcillo y la voz campa ya 
muy fresca en el Diccionario. Por eso no desespero de que 
los verbos presupuestar, clausurar é independizar, por los que tanto 
he bregado y brego, así como la locución terreno accidentado, 
alcancen carta de naturalización en el Léxico. Y no sigo con 
más ejemplos, porque eso sería el cuento de la buena pipa. 

Empiezo á convencerme de que no hay corporación más 
dócil que la Real Academia, y de que yo anduve un mucho 
desatinado y con los nervios en total sublevación cuando, en 
las veinte sesiones á que concurrí en el ahora leyendario ca- 
serón de la calle de Valverde, comprometí batalla ardorosa 
en favor de más de trescientas voces que, en América, son 
de uso corriente. Yo ignoraba que con paciencia y saliva se 
alcanza todo en España. 

Curiosa idiosincracia la de ese pueblo. Está usted vestido 
de levita y con chistera y guantes, entre la muchedumbre 
más ó menos desarrapada, empeñado en abrirse camino á fuer- 
za de empujar á los delanteros, y no logra avanzar media pul- 
gada. Pero dice usted cortésmente: «Permítame pasar» y le 
abren campo diciéndole: «Pase usted, caballero». Vaya usted 
con orgullitos y presunciones fundadas en la indumentaria de 
levita, guantes y sombrero de copa, y se clava con clavo de 
tuerca y tornillo. En esta idiosincracia, si no miente el licen- 
ciado Montesinos, éramos idénticos á los españoles de ogaño 
los peruanos del siglo xvi. Tuvimos en Lima todo un Oidor 
de la Real Audiencia llamado don Fernando de Santillana, 
el cual decía: «Al perulero, para que no se tuerza, hay que 
darle con maña y no con fuerza». 

Cuatro cuartos de lo mismo sucede en la Academia Espa- 
ñola. Mi idiosincracia, hasta entonces batalladora, me propor- 
cionó una derrota cada noche, fracaso del que me consolaba 
murmurando: tCausa victrix Diis placuit^ sed vicia Catoni^ que 
para mí Catón era mi inolvidable y queridísimo amigo don 



Digitized by 



Google 



/ 



CAOmVAOHBRlA 529 

Ramón de Campoamor, cuyo voto nunca me fué adverso. Gra- 
tísima sorpresa tuve, pues, cuando, transcurridos siete años, 
llegó á mis manos la última edición del Diccionario, y en- 
contré en ella casi la mitad de los vocablos por mí patrocinados, 
figurando entre ellos los verbos dictaminar y tramitar^ en de- 
fensa de los cuales agoté mi escaso verbo. 

¿Qué había pasado? Que con paciencia y saliva, mi sabio 
compañero don Eduardo Benot, el ilustre autor del libro Ar- 
quitectura de las lenguas, se puso al frente del elemento nuevo, 
y secundado por don Daniel Cortázar y otros noveles acadé- 
micos, sin pelear batallas, pasito á pasito, mi vocablo hoy 
y otro mañana, hizo aceptar la lista de voces, que, por entonces, 
publicó El Comercio, 

Como la charla va haciéndose larguita, pongámosla remate 
y contera entrando en el meollo del artículo que la ha mo- 
tivado. 

Tiene razón el Amigo de Tejerina, hasta más arriba de la 
coronilla, al decir que lo nuevo reclama é impone la creación 
de voz apropiada. 

No opina así la Academia, pues rechaza la palabra cablegrama^ 
aferrándose en que basta y sobra con telegrama, como si fuera 
cosa igual la transmisión de im despacho por intermedio de 
hilos ó alambres eléctricos y la misma acción por intermedio 
de cables marítimos. La formación de ambas voces, en buena 
filología, no puede ser más correcta. Telegrama viene de los 
vocablos griegos tele (lejos, distancia) y gramos (escrito) como 
cablegrama tiene por raíz Jcalo que significa cable. No disparataron 
ciertamente los que, en la prensa, preferían el kalograma al 
cablegrama. 

El adjetivo inalá^nbrico nunca se había empleado antes de 
ahora, y tengo por seguro que la Academia no lo desairará. 
Tal vez llegue á ser inalamgrama la voz con que se bautice 
al nuevo aparato, ó bien sinalamgrama ; pero no sinalambranUy 
pues en la formación de la palabra no habría de prescindir 
la corporación de la desinencia grama. Esto sería romper con 
las leyes filológicas. 

34 



Digitized by 



Google 



530 RICARDO PALMA 

Lo que sí me atraganta es aquello de marconigrama, pór la 
fundada razón que voy á exponer. 

Cuando Mr. Daguerre, allá por los años de 1830 á 1840, hizo 
no el invento, sino el descubrimiento de fijar la imagen con au- 
xilio del rayo solar, la Academia adoptó la voz daguerrotipo 
como la más aproi)iada para bautizar esta novedad, honrando 
á la vez el nombre del mortal que le diera vida. Después, so- 
bre la base del daguerrotipo vinieron la fotografía y la mar 
de inventos que mejoran ó perfeccionan á aquél. Aquí cabe lo 
de gracias á Mr. Daguerre, lo de la fábula, gracias al que nos 
trajo las gallinas. 

Si el inventor del telegrama hubiera sido el italiano Marconi, 
sería justiciera y acaso hasta correcta la palabra marconigra- 
ma; pero Marconi ha venido como los fotógrafos y demás, 
hasta después de existir el cablegrama. Sin las gallinas tele- 
grama y cablegrama, generadoras de la supresión del alam- 
bre y cable eléctricos, seguiría en el limbo el nuevo invento 
que no pasa de ser un progreso del primitivo, como fijar la 
imagen sobre el papel aibuminado fué mejoramiento de la 
plancha ó lámina metálica de Daguerre. 

Lo que es al aerograma (no aereograma^ que no seria castizo, 
como no lo es decir aereonauta en vez de aeronauta), le niego mi 
pobre voto. Sería un vocablo muy rebuscado y tal vez falso, 
pues aun no está suficientemente demostrado que en la teo- 
ría de Marconi sea el aire -atmosférico el factor más importante. 

En conclusión, mi opinión es (y si no vale, que no valga) 
que serían de buena cepa castellana las palabras sinalagrania 
ó inalagrama^ y sus derivadas análogas á las de telegrama y 
cablegrama, y que no estaría en lo discreto la Academia in- 
sistiendo en rechazar este último vocablo que ha adquirido 
ya, entre nosotros, hasta carácter histórico, después de la za- 
lagarda á que dio campo el cablegrama de mi amigo Carlos 
Wiese. 

Perdone la gran lata ó kindergaríeo el señor Amigo de Teje- 
rina, y créame muy suyo atento y s. s. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



532 RICARDO PALMA 

ediciones oficiales que algunas municipalidades de la repúbli- 
ca reparten de vez en cuando, entre los niños de las escuelas. 
Transcribimos ahora lo pertinente del artículo del señor Pé- 
rez de Guzmán: «El Himno del Perú, que queda trascrito, pa- 
»rece que procede de las primeras revoluciones separatistas de 
» América. Sin embargo, si es posterior á la batalla de Ayacu- 
»cho, á que se alude en alguna de sus esti-ofas, mal puede com- 
» paginarse su origen con las noticias históricas que ha dado 
)> sobre él, el eruditísimo don Ricardo Palma. La derrota del 
» virrey de Lima don José de Laserna, conde de los Andes, en Aya- 
»cucho, tuvo lugar el 9 de Diciembre de 1824. ¿Cómo pudo don 
»José de San Martín, jurada la Independencia en 1821, expedir 
sen este mismo año el certamen musical y literario, de que, en el 
¿primero, salió triunfante el antiguo donado de los dominios 
»de Lima José Bernardo Alcedo, y en el segundo el obscuro poe- 
»ta don José de La Torre Ugarte, ni cómo el himno preferido 
»por el tribunal de calificación pudo ser estrenado en el teatro, 
»la noche del 24 de Septiembre del año referido de 1821, por la 
» bella y simpática cantatriz á la moda Rosa Merino, para fes- 
» tejar la capitulación de las fortalezas del Callao por el general 
»La Mar, si el brigadier español don Ramón Rodil, comandan- 
»te entonces de aquéllas, cuyos prodigios de valor para soste- 
»nerse han merecido encomios hasta de los propios perua- 
»nos vencedores, no se verificó hasta el día 23 de Enero de 
^1825? Entre el acta de jura de la Independencia, que se firmó 
»el sábado 28 de Julio de 1821, y la batalla de Ayacucho (9 de 
«Diciembre de 1824) mediaron cerca de dos años y medio, y 
»otro medio año más entre la batalla de Ayacucho y la capi- 
»tulación de las fortalezas del Callao. De modo que la fecha 
«atribuida al certamen provocado por San Martín para el him- 
»no nacional, y su estreno en el teatro por la cantatriz Rosa 
» Merino, es completamente inexacta.»— Hasta aquí la parte en 
que el señor Pérez de Guzmán contradice mis afirmaciones, 
consignadas en uno de mis libros bajo el título de La Tradición 
del Himno Nacional Continúa el escritor madrileño con apre- 
ciaciones sobre la música de Alcedo y las correcciones del 
profesor Rebagliati, terminando con estos conceptos:— «Es in- 
^ dudable que los nuevos himnos nacionales de la América es- 



Digitized by 



Google 



CACinVACHERlA 533 

«pañola parecerán mejor, como ya sucede en todas las nacio- 
*nes cultas de Europa, si se reducen aJ ritmo majestuoso de 
»su composición musicaJ, con carencia absoluta de palabras; 
opero si á la composición musical acompaña la literaria, será 
»cosa digna de todo elogio que las ideas que contenga se amol- 
»den más á los elevados conceptos de que están imbuidos el 
* Himno de los Boers y el Himno de los Estados Unidos, que 
»á las jactancias pueriles de valor ó de fortuna, que en el cam- 
»po de los hechos suelen correr mil difíciles vicisitudes.» 

Respeto el criterio del señor Pérez de Guzmán sobre éste 
y otros puntos de su artículo; pero no puedo ni debo dejar 
sin refutación aquello en que contradice ó niega la veracidad 
ó exactitud de mis datos. Ignoro á qué fuentes de consulta his- 
tórica habrá acudido el señor Pérez de Guzmán para contra- 
decirme. 

El autor del artículo en que me ocupo parece ignorar que 
cuando á principio de Julio de 1821 abandonó Lima el virrey 
Laserna dejó las fortalezas del Callao con pequeña guarni- 
ción al cargo de La Mar, y que desde Agosto las tropas de 
San Martin, posesionadas de la capital, establecieron el si- 
tio que duró casi mes y medio. El general Canterac empren- 
dió marcha con una división, desde el valle de Jauja, para 
proteger á los sitiados; pero estando ya á inmediaciones del 
Callao efectuó una desastrosa retirada, que bastó para desalen- 
tai' á los de las fortalezas, y que hizo precisa la capitulación. 

Si al señor Pérez de Guzmán se le despierta curiosidad 
por conocer detenidamente este episodio de la guerra separa- 
tista, le recomiendo la lectura del San Martín^ libro de gran 
interés histórico, del cual es autor el general Bartolomé Mitre 
y que existe en la Biblioteca de Madrid. Allí encontrará noti- 
cias que no se diferencian de las mías, sobre el himno nacio- 
nal, y pormenores sobre lo que, en la Historia de mi patria, 
se conoce con el nombre de primer sitio del Callao. Después 
de la capitulación ajustada por La Mar, en Septiembre de 1821, 
permanecieron los castillos enarbolando la bandera republi- 
cana hasta 1823, en que, por cuestión de falta de pagas á las 
tropas se sublevó el sargento Moyano, y vino Rodil á encar- 
garse del mando del Callao y sus fortalezas. 



Digitized by 



Google 



534 RICARDO PALMA 

Los errores en que ha incurrido el señor Pérez de Guzmán 
vienen de que, para él, no ha habido más sitio del Callao que 
el segundo en que capituló Rodil. Y aun en esto, anda mal de 
noticias el escritor hispano, pues nos cuenta que entre la ba- 
talla de Ayacucho y la capitulación de Rodil transcurrió me- 
dio aflo, pues consigna que esta capitulación se ajustó el 23 
de Enero de 1825 (lo que equivaldría á cuarenta y cinco días 
después de Ayacucho) en vez del 23 de Enero dé 1826, esto es, 
después de trece njeses de estar diariamente quemando pól- 
vora sitiadores y sitiados, y de haber, entre los últimos, he- 
cho estragos el escorbuto. 

Hay ima ley en el Perú asignando un modesto premio y 
una medalla á la tropa que estuvo en el primer sitio comba- 
tiendo contra La Mar; y otra recompensando con largueza 
y con otra medalla á los que asistieron al segimdo sitio con- 
tra Rodil. 

En resumen, señor Pérez de Guzmán, yo me apoyo en he- 
chos históricamente comprobados, resultando de mi reíalo lo 
siguiente : 

l.«* Que únicamente el coro y las cuatro primeras estrofas 
que usted publica, y de las que fué autor La Torre legarte, 
están oficialmente declaradas como letra del himno. Fm cuan- 
to á estrofas de circunstancias ó antojadizas, como la V y VI 
que usted da á luz, he oído cantar en el pueblo... ¡la mar y sus 
peces plateados y de colores! 

2.° Estando el general San Martín en el teatro, en la no- 
che del 21 de Septiembre de 1821, le trajeron la noticia de 
que á las siete de esa noche había La Mar puesto su firma 
en la capitulación. San Martín, desde el palco <le gobierno, 
la comunicó al público, que la acogió con vivísimo contento, 
y la orquesta, que en esos días estudiaba la música de Alcedo, 
para estrenarla el 24, rompió, haciendo oir las solemnes y 
entusiastas notas del coro. 

3.0 En la noche del 24, festividad de la Virgen de las Mer- 
cedes, cantó por primera vez Rosa Merino las cuatro estro- 
fas de La Torre Ugarte. Así lo consignan los periodiquitos 
de esa época existentes en la Biblioteca de Lima y todos los 
textos de escuela desde 1830. Yo alcancé á conocer y tratar á 



Digitized by 



Google 



cachivachería 535 

más de cien personas que asistieron á la función teatral de 
aquella noche de Septiembre, y que no sólo ensalzaban el mé- 
rito de la cantatriz, sino que me relataban incidentes curiosos 
producidos por el entusiasmo del público. 

Eso, y no más, amén de ligeros datos biográficos sobre la 
personalidad del maestro Alcedo, fué cuanto escribí en la tra- 
dición que ha dado campo á la culta pluma del señor Pérez de 
Guzmán para poner en tela de juicio mis afirmaciones, y darme 
una leccioncita de historia peruana. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



€« tp«í«iFiiwtp«í«i Hi tp«íip«f«iwiii» 4í^tp-«F## ^mmmwmwwmmwmi^wWmmmm 



MAS SOBRK EL HIMNO NACIONAL 

Lima, 21 de Noviembre de 1901. 
Señor doctor don Ignacio Gamio, director de gobierno. 
Queridísimo amigo: 

Há poco más de quince años que, con el título de «La tra- 
dición del Himno Nacional^ publiqué, no recuerdo en cuál 
periódico de Lima, una biografía del maestro Alcedo, falle- 
cido en 1879. La encontrará usted, si se despierta su curiosidad 
por conocerla, en la pá^na 120 del cuarto tomo de Tradiciones 
Peruanas, (Edición de Barcelona). 

Decía en ese artículo que mejores versos que los de don José 
de La Torre Tgarte merecía el magistral y solemne himno 
de Alcedo. Las estrofas, inspiradas en el patrioterismo que por 
esos días dominaba, son pobres como pensamiento y desdi- 
chadas en cuanto á buen gusto y corrección de forma. Hay 
en una de ellas mucho de fanfarronada, y en las otras poco 
de la verdadera altivez republicana. Pero, con todos sus defec- 
tos, debemos acatar la letra como sagrada reliquia que nos 
legaron los con su sangre fecundaron la libertad y la repúbli- 
ca. Sobre todo, cambiar los cuatro versos del coro sería ha- 
cernos reos de sacrilega profanación.— Esto escribí, sobre poco 
más ó menos. 

Solo los ríos no vuelven atrás, amigo Gamio, y después de 
corridos quince años, ya no extremo mi opinión contra el cam- 



Digitized by 



Google 



í>38 RICARDO PALMA 

bio de estrofas. Aparte de que siempre he dicho que son malas 
con M de Manicomio, no incurriremos en pecado gordo sacri- 
ficándolas ante la cordialidad del afecto que hoy nos liga con 
España. Olvidemos el jasado y abramos cuenta nueva, ,que oja- 
lá perdure por los siglos de los siglos. 

Pero no transijo con que se cambien los cuatro decasílabos 
del coro. Conservémoslos, como inmortal recuerdo de nues- 
tros días épicos. Conser\'émoslos, porque ese coro lo cantaron 
los peruanos en el llano de Junín, después de la victoria, y lo 
cantaron también á la falda del Condorcunca el día en que lu- 
ció el espléndido sol de Ayacucho. Conservémoslos, porque 
tres generaciones han sido arrulladas con las palabras de ese 
coro que todo peruano conserva en la memoria. Conservé- 
moslos, en homenaje respetuoso á los proceres que nos dieron 
patria. 

Las estrofas no se hallan en la misma condición: no son po- 
pulares. A lo sumo, la menos mala aquella del largo tiempo en ai- 
lencio gimió— (eso del gemido silencioso echa chispas) la saben 
algunos, no muchos. Para la generalidad pasará casi inad- 
vertido el cambio de estrofas, y eso no sucederá tratándose del 
coro. 

l'n municipio de mi tierra se propuso, .hará cuarenta años, 
que los muchachos aprendiesen geografía en los letreros de las 
esquinas Los añejos nombres de las calles, que todos tenían 
su razón de ser porque conmemoraban un suceso ó el apelli- 
do de algún personaje, nombres todos que conservaron por 
dos ó tres siglos, fueron cambiados por los de departamentos 
y provincias. ¿Quién, en Lima, y no excluyo á los señores con- 
cejales, sabe de corrídoi y sin consultar el plano cuál es la calle 
de Quispicanchis, por ejemplo, ó la de Chumbivilcas ? Todos 
nos atenemos á los nombres antiguos. 

Cuatro cuartos de lo mismo nos pasaría con un nuevo coro. 
El pueblo, á guisa de protesta, gritaría en las fiestas del 28 de 
Julio: jcl viejo I ;el viejo! ¡fuera el nuevo! Amigo Gamio, lo que 
nos entró con el capillo, sólo se irá con el cerquillo. 

Habiendo exteriorizado, desde ya larga fecha, mi opinión, 
convendrá usted conmigo en que me falta la cualidad más esen- 
cial en un jurado: la imparcialidad. En este asunto del himno 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERU 539 

quizá estoy apasionado, lo que me inhabilita para desempeñar 
la honorífica comisión con que la benevolencia de S. E. el Pre- 
sidente y el personal afecto del señor ministro me han distin- 
guido. 

A los conceptos que en esta carta apunto obedece la renun- 
cia que le acompaño, conceptos que la rigidez del estilo oficial 
no me consentía expresar en una nota. 

Pidiéndole excusa por el tiempo que le he quitado con la lec- 
tura de estos renglones, me reitero de usted afectuoso amigo 
que todo bien le desea. 

R. Palma. 

Lima, á 25 de Noviembre de 1901. 

Señor don Ricai^do Palma: 

Mi respetado y muy querido amigo: 

Su carta de 21 de este mes y la nota con que vino acompa- 
ñada llegaron á mis manos al siguiente día; y si hasta hoy 
no les he dado respuesta ha sido por aguardar el acuerdo 
supremo que ayer se verificó. 

Renuncia usted la presidencia del Jurado que ha de conocer 
del cambio de la letra de nuestro himno patrio; y S. E. y el 
señor Ministro no ven, para la resolución de usted, gran fun- 
damento. 

Si cree— como me lo dice— que son las estrofas del himno 
las que deben ser cambiadas, por su pésimo gusto literario, y 
por ser ya inoportunos los arranques de patrioterismo que con- 
tienen, y si desea, como deseo yo y desean muchos, que se con- 
serven los decasílabos del coro, que encierran el primer grito de 
nuestra ventura al reconquistar la libertad, es una razón más 
para que forme usted parte del Jurado, á fin de sostener sus 
opiniones, y vencer de todos modos, aduciendo razones que 
sus colegas no desoirán. 

Pero negar su contingente vaUosísimo el literato maestro, 
cuando se trata de un delicado asunto; no querer que su nom- 
bre se mezcle en esa forma impuesta por una necesidad gene- 
ralmente sentida; y exponer á la autoridad suprema, á que 
quizás tenga que verse precisada á designar personas muy re- 



Digitized by 



Google 



54() RICAEDO PALMA 

putadas por su taJento y su vasto saber, pero que no midan los 
puntos de prestigio y de universal renombre del ilustre Direc- 
tor de nuestra Biblioteca Nacional, para poder dar á la reforma 
la seriedad conveniente, es algo que no tiene explicación. 

Por lo mismo es para mí seguro que, cuando lea estos renglo- 
nes que le llevan la confidencial noticia de que su renuncia no 
ha sido aceptada, tendrá usted que variar su propósito, resignar- 
se á la tarea en cuestión. No carece ella de espinas, bien lo sé; 
peroi, á la larga, vend|rá á ser dulce para su corazón de peruano, 
cooperar al fin plausible que ha movido al supremo gobierno. 

A la obra, pues, mi noble y muy querido amigo; y que tenga 
el país que agradecer esta nueva muestra de patriotismo puro, 
al que, con sus altísimos dotes y su voluntad inquebrantable, 
le ha consagrado todos sus desvelos. Estrecha á usted la mano 
á la distancia, el primero de sus admiradores cariñosos, último 
de sus amigos humildísimos. 

J. loNACio Gamio. 

Lima, 26 de Noviembre de 1901. 

Señor don J. Ignacio Gamio: 
Mi muy bondadoso amigo: 

De la lectura de su amabilísima carta de hoy deduzco que 
en el supremo gobierno hay buena voluntad para ampliar las 
atribuciones del Jurado, que, según el decreto primitivo y el 
de la designación de jueces, no nos facultaban más que para 
fallar sobre el mérito de las composiciones. Siéndole, pues, aho- 
ra lícito al Jurado resolver sobre la subsistencia ó insubsisten- 
cia del coro, no tiene ya razón de ser la renuncia formularia 
por su amigo afectuosísimo. 

Ricardo Palma. 

Se presentaron al Concurso treinta y siete himnos que fue- 
ron desechados por el Jurado. Subsisten, pues, actualmente 
(1906), con carácter oficial el coro y las cuatro estrofas de La 
Torre Ugarte. 



Digitized by 



Google 



i^^<^^^^:2^^2^^^^^^>;^?:>^>9/.::y.^^ 



PAR TE CUA RTA 

bolívar, MONTEAGUDO y SÁNCHEZ CARRION 
(Estudio histórico) 

El asesinato que en la noche del 28 de Enero de 1825 se 
peri>etró en la persona del coronel don Bernardo Monteagudo, 
reviste caracteres de misterioso drama. Unos lo atribuyeron 
á Bolívar; otros á venganza de los españoles vencidos en Aya- 
cucho; y no pocos vieron en la sangrienta tragedia el fruto 
de la celotipia de un rival desdeñado por hermosa dama ó de 
un esposo ofendido. 

Ya es tiempo de escudriñar la verdad histórica, apartando 
la venda que ciega á muchos, y de ofrecer á las generaciones 
que están por venir un estudio desapasionado. No conocimos 
á ninguno de los personajes políticos de aquella época, y por 
lo tanto no puede extraviarnos el afecto 6 desafecto. 

Si los colores de nuestra paleta son débiles para iluminar 
el cuadro; si, esquivando apreciaciones, envolvemos nombres 
y sucesos en cierto aparente claro-obscuro, toca al lector bus- 
. car el rayo de luz que ha de hacer, ante sus ojos, transparen- 
tes las mismas sombras. 

I 

Ni Lafond, ni Stevenson, ni Pruvonena, ni Miller, enemigos 
de Monteagudo, están de acuerdo sobre el lugar donde naciera 
nuestro protagonista. Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Men- 
doza y Chuquisaca se disputan la cuna del gran hombre de 



Digitized by 



Google 



342 KICARDO PALMA 

Estado, como se disputaron la de Homero siete ciudades de 
la Grecia. 

Don Juan Kanión Muñoz, don Antonio Iñíguez Vicuña, y 
el general Paz del Castillo, en sus Memorias, lo creen nacido en 
Córdoba por los años de 1786, en cuya Universidad hizo sus 
estudios de abogado, pasando á ejercer en Chuquisaca la pro- 
fesión. (1) 

Desde 1809, y á los veintitrés años de edad, empieza Mon- 
teagudo á figurar como uno de los prohombres de la revolución 
americana. En la deposición de García Pizarro, presidente de 
la Audiencia de Charcas, en las malogradas sublevaciones de 
Potosí y La Paz, en el primer Congreso argentino al que asiste 
como diputado por Mendoza, en el pronunciamiento de 1812, 
y en los sucesos revolucionarios de 1815, se encuentra siempre 
á Monteagudo figurando en primera línea entre los más com- 
prometidos. 

En la persecución que sufrieron los amigos de Alvear, no 
podía ser olvidado el fogoso redactor del Mártir ó libre, y salió 
en condición de proscrito para Inglaterra. 

En 1817 vuelve á América, acompaña á San Martín en Chile, 
y después de Cancha-rayada regresa á Mendoza. 

En esta época hay un punto nebuloso en la vida de Mon- 
teagudo. La parle que como juez le cupo en el fusilamiento 
de los Carrera y en la matanza de los prisioneros españoles 
confinados en San Luis— Vicuña Mackenna, García Camba, To- 
rrente y otros lo condenan. El benévolo Juan Ramón Muñoz 
aguza su ingenio i>ara justificar al que sus adversarios llaman 
sanguinario terrorista. 

II 

Alistándose ya la expedición que debía zarpar de Chile, 
en auxilio de la Inde]>endencia peruana, San Martín llama á 
Monteagudo, y á principios de 1820, empieza éste, en Santiago, 
la publicación del Censor de la Revolución. 

(1) En el imporlante libro que sobre Monleaj^udo publicó en Buenos Aires, en 1880^ el juicio» 
80 escritor don Mariano Pelliza, hay documentos irrefutables que comprueban el nacimiento de 
Monteagudo en Tucumán. Fué hijo legitimo de un espafiol, capitán de patricios. Otro publioisla 
urutruayo. el seftor Frejtueiro, apoyándose en las cláusulas testamentarías del padre de Monte- 
agudOy conviene también en que fué Tucuman la cuna de don Bernardo. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 543 

Un cambio se había operado ya en las convicciones polí- 
ticas de Monteagudo. El exaltado republicano de 1809 se ma- 
nifiesta, en 1820, inclinado á defender la monarquía constitu- 
cional. El radical inti-ansigente es ahora conservador neto. Así, 
en el segundo número del Censor^ habla contra «los esfuerzos 
prematuros para establecer una libertad que sería máísi ven- 
tajosa á nuestros enemigos que á nosotros.» 

En resumen, la opinión de Monteagudo, expresada más tar- 
de con claridad en muchos de sus escritos, era que los vcpueblos 
de la América española no estaban preparados para ser regidos 
por instituciones democráticas, y que había peligro en dar- 
les á beber sin medida el néctar embriagador de la libertad. ^ 

Una de sus frases familiares, era ésta:— «La república, para 
que sea buena, ha de ser como la fruta que de madura se cae 
del árlx)l. Lo que es, por ahora, en América la veo verde. 
Para gozar de libertad, y aun para sufrir la esclavitud, es ne- 
cesario hacer una especie de aprendizaje, antes de adquirir 
la paciencia habitual del esclavo y la constante moderación 
que debe animar al que desea ser libre.» 

En uno de los números del Censor^ hacía el publicista ar- 
gentino esta bien significativa declaración: «No pretendemos li- 
brar nuesb'a felicidad exclusivamente á una forma determinada 
de gobierno. Conocemos los males del despotismo y ios peli- 
gros de la democracia. Ya hemos salido del período en que po- 
díamos soportar el poder absoluto y, bien á costa nuestra, 
hemos aprendido á temer la tiranía del pueblo cuando llega á 
infatuarse con los delirios democráticos.» 

A fuer de hábil y experimentado, Monteagudo no lanzaba 
aún todo su pensamiento. Preparaba el terreno para, en su 
ofK)rtunidad, arrojar la semilla. Véase la sutileza con que nos 
hacía dudar de la gran república creada por Washington... 

«Ni podemos ser tan libres como los que nacieron en esa 
tierra clásica (Inglaterra), que ha presentado el modelo de los 
gobiernos constitucionales, ni como los americanos de la América 
septentrional, que educados en la escuela de la libertad, osa- 
ron hacer el experimento de una forma de gobierno, cuya ex- 
celencia aun no puede probarse satisfactoriamente por la du- 
ración de cuarenta y cuatro años.» 



Digitized by 



Google 



544 RICARDO PALMA 



111 



El coronel Bernardo Monteagudo, auditor general de gue- 
rra en el ejército que, á órdenes de San Martín, desembarcó 
en Pisco, á fines de 1820, era no sólo una inteligencia poderosa, 
sino una voluntad incontrastable. Al asumir San Martín el 
título de Protector, invistió á Monteagudo con el cargo de ministro 
de Estado. 

La contracción y actividad del joven ministro son verdadera- 
mente prodigiosas. En imo de sus primeros documentos formu- 
laba con estas enérgicas palabras su programa administrati- 
vo:— «Nada significaría haber hecho la guerra á los españoles, 
si no la hiciéramos también á los vicios que nos legaron.» 

Los principales decretos expedidos por Monteagudo fueron: 

Abolición del tributo y de la mita, abusos que constituían 
á los indígenas en verdaderos siervos del acaudalado patrón y de 
los corregidores españoles. 

Emancipación de los esclavos, lo qxie importaba la des- 
trucción del inmoral comercio en carne humana. 

Abolición de la infamante pena de azotes. 

Creación de escuelas bajo el sistema lancasteriano, y funda- 
ción de la Biblioteca de Lima. 

Un plan provisorio sobre tribunales de justicia, en el que se 
leen estas admirables máximas: 

«Los gobiernos despóticos no existirían sobre la tierra, si 
pudiesen preservarse del contagio los que administran la jus- 
ticia; y cuando el pueblo es libre, preciso es que sus magistrados 
sean justos.» 

IV 

Desgraciadamente, otros actos políticos de Monteagudo le 
concitaron general odiosidad. Los principales fueron: la crea- 
ción de un Banco de emisión (cuya manera de ser dio lugar 
á que el billete tuviera los mismos caracteres del papel mo- 
neda,) sus decretos contra los españoles domiciliados en Lima, 



Digitized by 



Google 



cachivachería 5'45 

á los que llegó á prohibir el uso de la capa; y por fin, la ex- 
pulsión violenta de más de cuatro mil peninsulares, muchos 
de los cuales fueron víctimas de. la salvaje crueldad del capitán 
del bergantín Pacífico. 

Los arbitrarios fusilamientos del norteamericano Jeremías 
y del argentino Mendizábal; el destierro, no menos atentatorio, 
del doctor Urquiaga, sobre quien recaían sospechas de ser 
autor de un pasquín que contra el omnipotente ministro arro- 
jaron en el teatro; y la obstinada persecución á Tramarría 
y otros republicanos, eran causas bastantes para que la in- 
dignación pública se desbordara contra el gran hombre de Es- 
tado. 

Monteagudo predicaba ya sin embozo sus doctrinas monár- 
quicas, y el honrado San Martín las prohijaba, aunque caute- 
losamente. Los republicanos sinceros entraron en alarma y 
temieron, con razón, que mientras Monteagudo tuviese inge- 
rencia en la cosa pública, la causa de la República estxiría 
en pehgro. Monteagudo minaba el terreno, con lentitud, es 
cierto, pero de una manera segura, y contaba con número cre- 
cido de correligionarios. Esta propaganda, ejercida por un hom- 
bre de su talento y energía, asustó á los demócratas y á los 
radicales, que para combatirla, organizaron una Logia, á cuya 
cabeza se pus'ieron Sánchez Carrión, Luna Pizarro, Mariátegui, 
Ferreiros, Pérez Tudela, Méndez Lachica, Arce, Rodríguez 3e 
Mendoza y otros i>atriotas. 

Pronto supieron inculcar en la conciencia del pueblo los 
recelos que les inspiraba Monteagudo, y el 25 de Julio de 1822 
se elevaba al Cabildo una acta, firmada por más de quinientas 
personas notables, exigiendo la inmediata destitución del mi- 
nistro. 

El Cabildo, presidido por Riva-Agüero, apoyó unánimemente 
el acta. Mariátegui y Cogoy fueron en comisión á palacio, para 
recabar del mandatario supremo la deposición y enjuiciamiento 
del ministro. El marqués de Torre Tagle, que por hallarse 
San Martín en Guayaquil había quedado al frente del gobierno, 
aceptó la renuncia que le presentó Monteagudo, y una compa- 
ñía del batallón Numancia recibió orden de custodiarlo, en 

35 



Digitized by 



Google 



340 RICARDO TALMA 

SU casa, para impedir cualquier desbordamiento del populacho. 

Alentados los enemigos del estadista argentino, pidieron en- 
tonces su arresto : y creciendo de hora en hora la exaltación, el 
gobierno, para salvar la vida de Monteagudo, lo embarcó, en 
la madrugada del 30, en la goleta de guerra Limeña, que inme- 
diatamente zarpó para el Norte. 

A la vez que el 26 de Julio peilía en Lima el amotinado pue- 
blo la cabeza de Monteagudo, celebrábase en Guayaquil la fa- 
mosa entrevista entre San Martín y Bolívar. 

Al regresar á Lima el Protector, el 19 de Agosto, se in- 
dignó mucho contra el débil Torre Tagle, (fue se había dejado 
subyugar por un puñado de demagogos. Inmediatamente de- 
cretó la reunión de un Congreso, y en el mes próximo entregó 
al Cuerpo legislativo la insignia del poder supremo. 

Dos días después se alejaba para siempre del -Perú el ab- 
negado y valeroso San Martín. 



Que Monteagudo y San Martín, como Puirredón y O'Hig- 
gins, trabajaron por monarquizar la América, es punto histó- 
ricamente comprobado. No los recriminamos. Tal pensamiento 
era en ellos fruto de una convicción honrada y ajena á mó- 
viles mezquinos ó de lucro personal. Pudieron equivocarse, pero 
hagámosles la justicia de reconocer en ellos honradez de miras. 

O'Higgins dio instrucciones al ministro Irisarri para que 
buscara en Europa un príncipe á quien entregar el gobierno 
del reino de Chile. 

Puirredón. en Buenos Aires, encargaba á Rivadavia idéntica 
tarea. 

La misión que San Martín y Monteagudo confiaron á Gar- 
cía del Río y Paroissien, no se limitaba sólo á la realización 
de un empréstito en Londres y reconocimiento de la Indepen- 
da peruana por el gabinete de San James, sino que se extendía 
á buscar entre los príncipes de la sangre uno que sin más 
condición qne la de abjurar del protestantismo, aceptara el tí- 
tulo de emperador del Perú. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 547 

El hugonote Enrique IV dijo, en una situación idéntica:— 
Bien vale París una misa.— ¿Habria un príncipe inglés dicho 
lo mismo por el Perú, en tiempos en que aun no se explota- 
ban huano y salitre? 

En caso de no encontrarse en Inglaterra quien de buen 
grado se prestara á hacernos el favor de ser nuestro señor, 
se recurriría á un príncipe ruso, alemán ó austríaco; y si estos 
hacían ascos al regalo, estábamos llanos á conformarnos con 
un infante de Francia ó de Portugal. 

Hasta el duque de Luca era bueno para amo de la tribu. 

Aquello era andar á pvesca de rey.— He aquí el documento 
comprobatorio: 

Estando reunidos en la sala de sesiones del Consejo de Estado, los Conse- 
jeros Iltmo. Honorable señor don Juan García del Rio, Ministro de Estado y 
Relaciones Exteriores, fundador de la Orden del Sol; lUmo. y Honorable se- 
ñor coronel don Bernardo Monteagudo, Ministro de Estado en el departa- 
mento de Guerra y Marina, fundador de la Orden del Sol; Iltmo. y Honora- 
ble señor doctor D. Hipólito Unánue, Ministro de Estado en el departamento 
de Hacienda y fundador de la Orden del Sol; el señor doctor don Francisco 
Javier Moreno y Escanden, Presidente de la Alta Cámara de Justicia; el Uus- 
irisimo y Honorable señor Gran M*ariscal conde del Valle de Oselle, marqués 
de Montemira y fundador de la Orden del Sol; el señor Dean doctor don 
Francisco Javier de Echagüe, Gobernador del Arzobispado y asociado k la 
Orden del Sol; el Honorable señor General de división, marqués de Torre 
Tagle, inspector de los cuerpos cívicos y fundador de la Orden del Sol; los 
señores condes de la Vega del Ren y de Torre Velarde, asociados á la Orden 
del Sol; bajo la presidencia del Excelentísimo Protector del Perú, acordaron 
extender en el a^ta que las bases de negociaciones que entablen cerca de los 
altos poderes de Europa, los enviados, llustrísimo y Honorable señor don Juan 
García del Rio, fundador de la Orden del Sol y Consejero de Estado, y Ho- 
norable señor coronel don Diego Paroissien, fundador de la Orden del Sol y 
ofícial de la Legión de Mérito de Chile, sean las siguientes: 

1 * Para conservar el orden interior del Perú y á fin de que este Estado 
adquiera la respetabilidad exterior de que es suceptible, conviene el estable- 
cimiento de un gobierno vigoroso, el reconocimiento de la independencia, y 
la alianza ó protección de una de las potencias de primer orden en Europa. 
La Gran Bretaña, por su poder marítimo, su crédito y vastos recursos, como 
por la bondad de sus instituciones, y la Rusia por su importancia política y 
poderío, se presentan bajo un carácter más atractivo que las demás: están de 
consiguiente autorizados los comisionados para explorar como corresponde y 
aceptar que el Príncipe de Sussex Cobourg, ó en su defecto, uno de los de la 
dinastía reinante de la Gran Bretaña, pase á coronarse Emperador del Perú. 
En este último caso darán la preferencia al Duque de Sussex, con la precisa 
condición que el nuevo jefe de esta monarquía limitada, abrace la religión 
católica, debiendo aceptar y jurar al tiempo de su recibimiento, la Constitu- 
ción que le diesen los representantes de la nación; permitiéndosele venir 
acompañado, á lo sumo, de una guardia que no pase de trescientos hombres. 
Si lo anterior no tuviese efecto, podrá aceptarse algunas de las ramas colate- 
rales de Alemania, con tal que esta estuviera sosteníala por el gobierno britá- 



Digitized by 



Google 



1 



548 RICARDO PALMA 

nico; ó uno de los Principes de la casa de Austria con las mismas condiciones 
y requisitos. 

2.^ Rn caso de que los comisionados encuentren obstáculos insuperables por 
parte del Gabinete británico, se dirigirán al Emperador de la Ru&ia, como el 
único poder que puede rivalizar con la Inglaterra. Para entonces están auto 
rizados los enviados para aceptar un Principe de aquella dinastía ó algún otro 
á Quien el Emperador asegure su protección. 

3.^ En defecto de un Principe de la casa Brunswick, Austria ó Rusia acep- 
tarán los enviados alguno de la de Francia y Portugal; y en último recurso 
podrán admitir de la casa de España al duque de Luca, sujetándose pn un to- 
do á las condiciones expresadas, y no podrá de ningún modo venir acompa 
nado de mayor fuerza armada. 

4.^ Quedan facultades los enviados para conceder ciertas ventajas al go- 
bierno que más nos proteja, y podrán proceder en grande para asegurar al 
Perú una fuerte protección y para promover su felicidad. 

Y para su constancia lo firmaron en la sala de sesiones del Consejo, á 24 de 
Diciembre de 1821, en la heroica y esforzada ciudad de los Libres. 

Jo8¿ DB San Martín. 

ElConob dbl Vallb ob Osbllb. 

El Condb db la Vbga dbl Rbn. 

Francisco Javibr Morbno. 

Franci>co Javibr db Echagüb. 

El Marqués db TorrbTaglb. 

Hipólito Unanub. 

El Condb db Torrb Vblardb. 

Bbrnardo Montbagudo. 

Mientras se mendigaba en Europa un monarca para el Perú, 
San Martín y su ministro trabajaban infatigablemente para que 
el futuro rey encontrase ya bien aclimatado el elemento monár- 
q[uico. No fué otro el objeto que se tuvo en mira al crear la 
Orden del Sol, dividida en tres categorías. Ella era el molde en 
que iba á fundirse una nueva aristocracia, que, en cuanto á 
la antigua, un decreto había declarado subsistentes los títulos 
de condes y marqueses, haciendo sólo ligeras alteraciones herál- 
dicas en escudos y blasones. 

Como auxiliar poderoso para la propaganda de la idea mo- 
nárquica, estableció Monteagudo la Sociedad Fatriótíea de Lima, 
adornándola con ciertas formas de asociación literaria. El pre- 
sidente de la Sociedad era Monteagudo, el vice-presidcnte Una- 
nue, y el secretario Mariátegui. En ella los republicanos estaban 
en minoría. 

El canónigo don José Ignacio Moreno, hizo la apología de 
los gobiernos monárquicos, en un discurso preparado ad hoc : 
I>ero encontró un adversario formidable en otro sacerdote, el 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERU 549 

doctor don Mariano José de Arce. La sesión fué borrascosa y 
Monteagudo tuvo que susp>enderla. 

En las sesiones sucesivas, don Manuel Pérez Tudela, don 
Pedro La Torre y Sánchez Carrión, en un elocuente discurso 
el primero, y los otros por medio de escritos que enviaron á la 
Sociedad, continuaron la defensa de la buena causa. Según 
afirma Mariátegui, en el curioso folleto histórico que publicó 
en 1869, Luna Pizarro, comprometido á hablar sobre la ma- 
teria, renunció á hacer uso de la palabra, cediendo á una amis- 
tosa insinuación de Unanue, partidario de la monarquía. 

Las actas de la Sociedad Patriótica se conservaban inéditas 
en el Archivo de la Biblioteca Nacional, y recientemente han 
sido publicadas por Odriozola en el tomo XI de su colección de 
Documentos históricos. 

Para dar consistencia al plan de monarquizar la América, 
salieron el general Luzurriaga f>ara Buenos Aires, Cavero y 
Salazar para Chile, y Morales Ugalde para México; reserván- 
dose San Martín «1 atraer á su proyecto á Bolívar, arbitro de 
los destinos de Colombia. 

Sabido es que en los tres días que duró la entrevista de 
Guayaquil, si bien estuvieron hasta cierto punto los dos pro- 
hombres de acuerdo en la conveniencia de implantar la monar- 
quía como forma definitiva de gobierno para los pueblos ame- 
ricanos, disintieron en cuanto á la persona del monarca. Bo- 
lívar, como lo probó más tarde, quería la corona, la dictadura 
ó la presidencia vitalicia (cuestión de nombre) para el que, 
con su espada en los campos de batalla y engrandecido por el 
éxito y la aureola de gloria, conquistase el derecho de ocupar, 
no el asiento de un hombre, sino el i>edestal de un semidiós. 

Bolívar tenía mucho de poeta, y San Martín mucho de hom- 
bre práctico. 

é 

VI 

Quizá los planes de monarquía proyectados por el hábil 
y perseverante Monteagudo, habrían alcanzado á ser una rea- 
lidad, si Dios no le hubiera opuesto en su camino al doctor 
don Jos;'í Sánchez Carrión. 



Digitized by 



Google 



550 RICARDO PALMA 

Sánchez Carrión había nacido en Huamachuco en 1787, y 
era, por consiguiente, casi de la misma edad de Monteagudo. 
Educado en el ilustre convictorio de San Carlos, donde llegó 
á ser catedrático, mereció iK)r su liberalismo severas reprensio- 
nes, y aun amenazas, de los virreyes Abascal y Pezuela. 

Proclamada la Independencia, fué Sánchez Carrión uno de 
los más entusiastas patriotas, y el primero que en la Abeja 
Republicana y el Correo Mercantil^ periódicos del año 22, combatió 
las ideas monárquicas de Monteagudo. Afírmase que las céle- 
bres Cartas del solitario de Sayán, fueron hijas de su enérgica 
pluma. 

Los dos adversarios eran dignos el uno del otro. Ambos, en 
la plenitud de la vida, grandes pensadores, elocuentes, escri- 
biendo con igual vigor y elegancia en defensa de su doctrina. 

Los republicanos rodearon á Sánchez Carrión y lo recono- 
cieron tácitamente por su jefe, obligándolo á organizar la re- 
sistencia. 

Sólo Sánchez Carrión podía salvar la república. Y hombre 
de la revolución, pues la revolución exige caracteres enérgi- 
cos y resueltos, hizo imposible la monarquía en el Perú. 

Ya hemos dicho que el destierro de Monteagudo fué obra 
de la Logia republicana, que supo diestramente servirse de 
las pasiones popidares. 

Sánchez Carrión comprendió que Monteagudo podía venir 
más tarde del destierro y recrudecer la lucha. Era preciso po- 
nerse para siempre á cubierto del peligro. La causa democrá- 
tica, con un enemigo como Monteagudo, podía ser vencida 
mañana. Lo urgente era hacer imposible para Monteagudo el 
Perú. 

El Congreso comisionó á Sánchez Carrión y al poeta OK 
medo, diputados ambos, para que fueran á Guayaquil en busca 
de Bolívar. A la sagacidad y talento del representante por 
Trujillo no se escondió, desde su primera conversación con 
el héroe de Colombia, que la fe republicana de éste no era in- 
quebrantable, y que mantenía correspondencia con Monteagudo. 

En la sesión secreta del 3 de Diciembre, Sánchez Carrión 
inspirándose en sus sentimientos democráticos, pronunció uno 
de sus mejores discursos en apoyo de una proposición sobre la 



Digitized by 



Google 



cachivachería 551 

que, en sesión siguiente, emitieron favorable dictamen Luna 
Pizarro, Tudela y Aranívar. 

Aquel día, en el, número tercero del Tribunoy periódico re- 
dactado por Sánchez (larrión, apareció un artículo muy acre, 
probando la justicia y conveniencia de la ley. Citemos esta 
frase: Ya todo republicano puede decir: — ¡Desde que ha cmdo Mon- 
teagudo. no siento la montaña que me oprimía! 

Estudiosamente hemos copiado estas palabras, porque ellas 
dan la medida de la importancia política, del prestigio del 
coronel Monteagudo y del miedo que inspiraba á sus contra- 
rios. . 

t!n el número 6 del Tribuno es todavía más explícito, si 

cabe, Sánchez Carrión:- Con razón, dice, está Monteagudo fuera 

>de líi ley, y sin responsabilidad cualquiera que acometa á su 

-persona, cuando una imprudencia hasta hoy desconocida ó 

rsu mala ventura, lo conduzca á nuestras costas. Merece hono- 

*res y premios en vez de suplicio, por haber extirpado al más 

) pestífero de los enemigos de Roma, decía Tulio por Milón, 

cuando éste mató á Clodio. Nosotros no deseamos tanto mal 

al que especuló con nuestros destinos como un propietario 

con sus rebaños. Manténgase distante de nuestro suelo, pero 

olvídese para siempre del Perú, que lo detesta y djetestará 

mientras viva. Con su separación, hasta la atmósfera tomó 

otro aspecto; tanto influye la caída de un tirano.» 

Por estas líneas se ve que entre Sánchez Carrión y Monteagu- 
do, quedaba declarada una guerra sin cuartel. 

Además circularon por entonces unas décimas contra Mon- 
teagudo, y que se atribuyeron á su adversario, en las cuates 
se glosaba esta redondilla: 

Ya Lima mudó de estilo 
cambiando en risa sus quejas; 
si antes lloraba á madejas, 
ya se ríe de hilo en hilo. 



Digitized by 



Google 



552 BIGARDO PALMA 



VII 



La victoria de Ayacucho hacía á Bolívar señor absoluto del 
Perú. 

Desde el 7 de Diciembre de 1824 se encontraba Bolívar pti 
Lima, acompañado de Monteagudo. 

El Libertador, á quien desde el 10 de Febrero de ese año 
había el Congreso investido de la dictadura, soñó en adueñarse 
para siempre del poder supremo. Pero, hombre de lucha más 
que de organización, necesitaba tener á su lado una cabeza 
que lo ayudase eficazmente en su empresa. Buscó y encontró. 
Ese aliado no podía ser otro que don Bernardo Monteagudo. 

En efecto, el publicista argentino se unió á Bolívar antes 
del 6 de Agosto de 1824, pues se encontró en la Batalla de Ju- 
nín entre los que formaban la comitiva del Libertador; y se 
consagró á |)reparar las bases de la presidencia vitalicia, re- 
sumidas en la Constitución boliviana del año 25. (1) 

Unanue, Pando, Larrea y Laredo, Figuerola y Estenos, tra- 
bajaban también porque el sueño dorado de Bolívar se convirtie- 
se en realidad. 

Sólo Sánchez Carrión, que desde el 24 de Marzo de 1824 
desempeñaba un ministerio, combatía en el seno del gobierno, 
las asechanzas contra la República. 

El Congreso mismo, después de Ayacucho, se convirtió en 
turiferario del vencedor, y con pocas exítepciones, era dócil 
juguete de la ambición de Bolívar. 

Los diputados protestantes como Luna Pizarro, Mariátegui, 

(1) £1 periodista español, don Gaspar Rico y Ángulo» publicaba entonces en el Callao un p»- 
riocUquito - El Depositario— áe\ cual existió coleocion completa en la Biblioteca de Lima. — En el 
número correspondiente al 3 de Agosto de 18i4, dice que Monteagudo desembarcó en Huanohaco, 
para reunirse a Bolívar, el 17 de Abril de ese afio; y que el doctor don Félix Devoti, al verlo en el 
puerto, montó inmediatamente á caballo y á galope se fué ¿ Trujillo para comunicar la noticia á 
Sánchez Carrión y Mariátegui, que estaban alojaaos en una misma casa. El caustico Rico y Án- 
gulo hace largo comentario sobre la impresión que en los dos produjo la noticia.— Un escritor 
uruguayo juzga en los términos siguientes ol regreso del proscrito: 

«La presencia á<i Monteagudo en Trujillo fué un acontecimiento de verdadera trasoendenoia en 
»su vida, porque es muy posible, que desde ese instante quedará resuelta su desaparición del es- 
€cenario polflíoo. En efecto: alli se encontró con sus más imnlacables enemigos. (Sánches Ca- 
»rrión y Mariátegui,) con los autores de su caída y de su terrible proscripción; allí, al lado de 
«Bolívar, estaba su antagonista, el arrogante Sánchez Carrión desempefiando el ministerio. Los 
»odioe nuevamente encendidos tenían aue hacer explosión, y ni la espada vencedora de Bolirar, 
»ni U magnitud de los servicios prestados al Perú, señan bastantes á detener la oculta y crispa- 
>da mano que, movida por el delirio de la pasión, se ensayaba al i»mparo de las sombras, para 
«asestar traidoramente en el esforzado pecho del gran tribuno el puñal homicida.» 

{Frkqvkiho— EstudioB higióricoB, poQy 383.) 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 553 

Colmenares, Rodríguez de Mendoza, Méndez Lachica, Ramírez 
de Arellano, Arce, y dos ó tres más, así como el almirante 
Guisse, el coronel Brandsen y muchos distinguidos jefes del 
ejército, reorganizaron la antigua Logia republicana, cuyo pre- 
sidente era Sánchez Carrión. 

Preparándose Bolívar para emprender su paseo triunfal hasta 
Potosí, delegó el mando político y militar en una Junta de 
Gobierno compuesta de La Mar, Sánchez Carrión y Unanue: 
—un demócrata tibio, un republicano ardiente y un monarquis- 
ta solapado. 

Entretanto, la obra de Monteagudo adquiría gran consis- 
tencia y su triunfo parecía inevitable. Bolívar era una voluntad 
resuelta, pero necesitaba de otra inteligencia que S(C encargara 
de los detalles ó pormenores del plan, y poj' lo tanto, aislado, 
entregado á sí mismo, no era un enemigo temible. 

Urgía salvar la República; y para ello era preciso obrar in- 
mediatamente y sin vacilación. Monteagudo era un coloso y 
había que derribar al coloso, sin detenerse en los medios. 

La República estaba perdida si no se ocurría á un expediente 
extremo. 

La Logia resolvió atropellar por todo para salvar la Repú- 
blica. 

VIII 

A las siete y media de la noche del 28 de Knero de 1825 di- 
rigíase Monteagudo á visitar á una amiga, (1) en la calle de 
Belén, cuando al acercarse á un pilancón (que estaba situado 
entre las dos puertas que hoy forman la entrada á la esta- 
ción del ferrocarril de Lima al Callao) fué alevosamente herido 
sobre el corazón, dejándole el asesino clavado el puñal. Nadie 
oyó un grito ni presenció el crimen. La calle era solitaria, y 
la luna no había aún disipado la lobreguez. 

Los transeúntes que descubrieron el cadáver lo conduje- 
ron á la vecina iglesia de San Juan de Dios. 

Claro era que tal crimen no se había cometido por robar á 
la víctima, pues ésta conservaba un prendedor de brillantes 

ij Oofin Juana Salguoro. que más tanle ca»ó con el coronel don Joaqufn Torrioo. 



Digitized by 



Google 



OÓA RICARDO TALMA 

valorizado, según dice Heres en las Memorias de O'Leary^ en 
tres mil quinientos pesos, un magnifico reloj con sellos, seis 
onzas de oro y algunas monedas de plata en el bolsillo. El 
prendedor fué entregado á Bolívar por el argentino coronel 
Dehesa, quien, para impedir su extravío, lo había apartado 
de encima del cadáver. 

La víspera de ser asesinado, estuvo Monteagudo hasta las 
once de la noche, en casa de su compatriota y amigo íntimo 
el coronel don Manuel José Soler, acompañándolo en su ago- 



Muarta da Montaagudo 

nía, pues Soler falleció á esa hora. Al regresar á su domicilio 
(que era en la calle de Santo Domingo y en la casa que hoy 
ocupan los señores Dreiffus hermanos) encontró don Bernar- 
do, bajo la puerta, un pasquín, al que no dio importancia, 
con estas palabras: — Zambo Monteagudo, de ésta no te desquitas. — 
Venezuela. 

Monteagudo era hombre que vestía con esmero y elegancia, 
cuidando mucho de la compostura de su persona. Sus enemigos 
lo recriminaban por su propensión al lujo y al sibaritismo, 
y le atribuían muchas y muy escandalosas aventuras galan- 
tes. En realidad, Monteagudo era extremadamente sensual y 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 350 

muy dado al culto de Venus. El hombre era un ejemplar de 
nenrosismo erótico. 

La noticia del asesinato esparcióse por la ciudad, producien- 
do gran agitación. Algunos encontraban lógico que el expul- 
sado del Perú hubiera tenido tan triste fin; pues la disposi- 
ción del Congreso, que lo colocaba fuera de la \ey^ no había 
sido derogada. ¡Fatal olvido! (1) 

Bolívar llegó á las nueve de la noche á San Juan de Dios, 
donde es fama que, contemplando el cadáver, exclamó muy 
conmovido:- ¡Monteagudo! ¡Monteagudo! Serás vengado. 

Los funerales del ilustre argentino se celebraron con ik)C() 
boato, y su apoderado don Juan José Sarratea, hizo los gaslos 
del entierro, pues la víctima no dejaba fortuna. 

Hoy (1878) gracias al celo de un inspector de Beneficencia, 
se han exhumado los restos de Monteagudo, y comprobada 
su, identidad, ha dispuesto el gobierno que se depositen en 
modesto mausoleo. 

T£l mismo Sarratea publicó, algún tiempo después, los bo- 
rradores incorrectos de una obra que escribía Monteagudo y 
que flejó inconclusa. Titúlase: Ensayo sobre la necesidad de una 
federación continental. 

Otra de las producciones de Monteagudo es la Memoria 
que, en Marzo de 1823, publicó en Quito, en respuesta 'á la 
exposición con que el Cabildo de Lima justificaba su destierro. 
En ese documento, escrito con admirable galanura de estilo 
y con mucho vigor de argumentación, aboga abiertamente \}ov 
la monarquía en* América. Confiesa que, antes de su viaje á 
Inglaterra, era republicano ardoroso.— Ser patriota, dice, sin 
ser frenético por la democracia^ era para mí xuia contradic- 
^ción. En 1819 ya estaba sano de esa fiebre de que casi todos 
»hemos padecido; y ¡desgraciado del que con tiempo no se 
cura de ella I» 



Mes y medio antes de realizarse el asesinato de Honteafnido, lo aumiraba don Tomás He- 
una carta que, fachada en Cliancay á 8 de diciembre de 18¿4, dirigió á Bolívar, carta que se 



(1) 

res en una c ^ . - /* 

encuentra impresH en el tomo V. de las Memorias de O' Leary. Dice Heres en esa carta:— «El 
pobre MonteiMgndo está, en el dia, como los apóstoles en el nacimiento del cristianismo; donde no 
«los ahorcaban los perseguían. ¡Ojalá que el apostolado de Monteagudo no lo conduzca algún dia 
cal martirio!» 



Digitized by 



Google 



55() RICABDO PALMA 



IX 



Pasemos á examinar el ¡n-oceso seguido al asesino. 

"La primera medida de la autoridad fué poner presos al 
farmacéutico don Santos Peña y al cirujano don Francisco Ro- 
mán, que se hallaba de tertulia en la botica de aquél; porque, 
habiéndose perpetrado el crimen frente al establecimiento de 
Peña, era razonable presumir que algo hubieran visto ú oído; 
pero, pasados ocho días, se dispuso su libertad, pues ambos 
probaron haber estado ciegos y sordos. Además eran dos hom- 
bres honrados y bonachones, incapaces de mezclarse en ba- 
rullos políticos. 

El puñal encontrado sobre el cuerpo de la víctima debía 
conducir al descubrimiento del criminal. Bolívar se fijó en que 
era nuevo y recientemente afilado. 

Convocados los cuarenta y tres barberos que en la ciudad 
había, Jenaro Rivera reconoció el puñal, y dijo que el día 26 
fué á su tienda, situada en la calle de Plateros de San Agustín 
un negro, como de veinte años de edad, y le pagó un real por- 
que afilase dicha arma; que ignoraba su nombre, pero que, si 
le veía, podría señalarlo. 

Promulgóse inmediatamente bando convocando á los hom- 
bres de color para que, á las doce de la mañana del 30, se 
presentasen en el patio del palacio, conminando bajo severas 
l>enas á los que no concurriesen. 

Así fué apresado aquella mañana Candelario Espinoza, ne- 
grito claro, de diecinueve años de edad, y que había sido sol- 
dado de caballería en el ejército patriota. A esa edad contaba 
ya otro asesinato y varios robos. 

Pocas horas después, la policía aprehendía á Ramón Mo- 
reira, limeño como Espinoza, esclavo, zambo, y de veintidós 
años. 

Este declaró que Espinoza lo había comprometido para prac- 
ticar un robo en la calle de la Trinidad; que encontraron 
por San Juan de Dios á un caballero muy bien vestido, y que 



Digitized by 



Google 



cachivachería 00 / 

su compañero le dijo: Ese tiene reloj, vamos á quitárselo: que Es- 
pinoza se abalanzó sobre él transeúnte, cuchillo en mano; que 
emprendieron la fuga, y por ei camino le dijo:— Hasta el vuchiUo 
se lo he dejado adentro ; vaya por las que ha hecho ; y concluyó diciendo 
que sólo por la voz pública había llegado á saber que el asesinado 
era el coronel Monteagudo. 

Espinoza empezó por negar su crimen. Careado con Morei- 
ra, confesó que realmente había dado muerte á un caballero 
ignorando que fuese el coronel Monteagudo; i>ero sólo con el 
propósito de robarlo, pues nadie lo había instigado ni ofrecido 
recompensa por la acción. 

A pesar del empeño y argucias del juez, el reo permaneció 
encastillado en su primera declaración. 

Bolívar comisionó entonces al coronel Espinar, su secreta- 
rio en otra época, y éste, más sagaz ó afortunado, consiguió 
que Espinoza conviniera en revelar su secreto; pero al Liber- 
tador en persona. 

No consta del proceso; pero el coronel Espinar refirió, en 
1856, al que esto escribe, que á las once del 31, fué Candelario 
llevado con esposas y grillos. Lo subieron cargado en hombros 
de los soldados. El Libertador se hallaba acompañado de los 
señores Unanue, Pando y general don Tomás Heres. Mandó 
que dieran á Espinoza una copa de vino, pues desde la hora 
de su pMisión no había tomado alimento. Además, la tortura 
que le aplicaron en la cárcel lo tenía muy debilitado. 

Bolívar se encerró con el reo, y después de empeñarla pa- 
labra de que le salvaría la vida, hízole el criminal revelaciones 
que serán siempre un secreto para la Historia; pero que debieron 
ser de gran importancia si se atiende á que, más tarde, para 
cumplir su palabra, tuvo el Libertador que hacer uso de las 
facultades discrecionales que le acordaba la dictadura. 

Todo lo que se supo de la entrevista fué que un guayaquile- 
ño, portero del Cabildo, poseía, para asesinar á Bolívar, un 
puñal idéntico al empleado para dar muerte á Monteagudo. Esle 
guayaquileño llamábase José Pérez. Había sido alabardero del 
virrey, y era dueño de una panadería en la calle de las Ani- 
mitas. 

En su nueva declaración_, Candelario Espinoza acusa á don 



Digitized by 



Google 



'^^ KUAKDU PALMA 

Francisco Moreira y Matute, á don Francisco Colmenares y 
á don José Pérez, el guayaquileño, de haberlo comprometido 
ofreciéndole tres mil pesos porcpie asesinara á Monteagudo. Se- 
gún nos ha referido el coronel don Rafael Grueso, Candelario 
Espinosa reveló también al Libertador que había existido un 
complot para asesinar á éste en el baile que dio la I universi- 
dad el 20 de Enero, en celebración del triunfo de Ayacucho. 
crimen cuya ejecución impidieron ciertas casuales circunstan- 
cias. Más de un año i>ermanecieron en la cárcel estos señores, 
sobreabundando en el proceso las pruebas de su inocencia. Al 
fin. fueron definitivamente absueltos. 

También estuvo presa, por pocas horas, una señora de la 
antigua aristocracia limeña, por haber dicho, refiriéndose al fa- 
llecimiento del coronel Soler y al asesinato de Monteagudo: — 
Dios los perdone; tan picaro el uno como el otro. 

Estando ya la causa para fallarse por la Corte Suprema, 
dispuso el ministro Unanue, en 26 de Marzo, la creación de un 
tribunal ad hoc compuesto de López Aldana, Larrea y Loredo 
y Valdivieso, como vocales, y Galdeano y Tellería, como au- 
ditores, por haberse excusado el doctor don Mariano Alvarez 
cpiien fundó su excusa en que para cumplir bien con el cargo 
tenía que empezar por poner en la cárcel á un ministro de Es- 
tado. Aludía á Sánchez Cardón. 

F\ié en q^ísl ocasión cuando el doctor don Manuel Lorenzo 
Vidaurre, presidente de la Corte Suprema, dijo refiriéndose 
á Candelario Espinoza:~Í!^« mi dictamen que este negro oculta un 
gran secreto, y que ninguno de los tres á quienes acusa tiene arte 
ni parte en el asesinato... (1) 

Vidaurre tenía una mirada de águila, era un talento privi- 
legiado, un espíritu observador y sereno. Quizá, entre lodos 



(1) Dnn Manuel Bilbao publicó en Lima, en 1851. tratadilo de Hisloría del Perú para uso de 
las escuelas, en el cual dice: qu<> en Lima todos acusaban á Sánchez Carrión del asesinato de 
Monteagudo Por entonces, á nadie escandalizaron las palabras de Bilbao. Pero en 1879, con mo- 
tivo de la polémica casi continental á que dio origen mi opúsculo, escribía Bilbao, en Buenos 
Aires, en el número 4á6 de La Libertad, refutando á uno de mis inpugnadores: — «Respeoto al 
asesinato de Monteagudo, hace mal en apoyarse en opiniones de otro para contradecir á quien 
ha visto lo que no ha visto aún el señor Paz Soldán. Es el proceso que se siguió al asesino por el 
üscaI geñor Zeballos: y al cual se depuso para que no llevase adelante las i nvestiu aciones. Paz 
Sildán no ha visto el v*»rdadero proceso que qu^^dó oculto, y se hizo desaparecer del Archivo por 
influencia de un ministro.» Aúadirémos á esta aseveración de Bilbao que, posteriormente, se ba 
encontrado partn del primer proceso, y que esta se halla hoy (1883) entre los manuscritos de la 
Biblioteca de Lima. 



Digitized by 



Google 



CACHIVAI HKRiA 559 

los del círculo político de Bolívar, era el único que veía claro 
en el drama de Monteagiido. 

Todos los tribunales por los que pasó este proceso, eslu vie- 
ron uniformes en condenar á Espinoza á la pena de muerte, 
y á su cómplice Ramón Moreira á la de diez años de presidio, 
absolviendo á los tres señores acusados. 

Cada vez que un tribunal fallaba, se daba aviso á Bolívar, 
ausente á la sazón en el Sur. En nota de 4 de Septiembre, fle- 
chada en La Paz y suscrita por su secretario Estenos, y en 
otro oficio de Oruro, del 25 del mismo mes, hacía hincapié el 
Libertador en que no debía quedar sin efecto su promesa de 
perdonar la vida al reo. 

Insistiendo los tribunales en no alterar su fallo, Bolívar, con 
fecha 4 de Marzo de 1828, expidió el siguiente decreto: -«Usando 
de las facultades extraordinarias de que me hallo investido, 
vengo en conmutar la pena ordinaria á que ha sido condenado 
> Candelario Espinoza, en diez años de presidio al de Chagres 
>y extrañamiento perpetuo de la República: á Ramón Moreira 
-en seis años de presidio en el mismo sitio, en lugar de los diez 
»á que ha sido condenado: y en lo demás, que se lleve ú 
i> efecto lo contenido en dicha sentencia.» 

Nótese que en toda la vida pública de Bolívar, en ei í^erú. 
fué éste el único decreto en que hizo gala del poder dictatorial 
de que estaba investido. 



Entramos en la parle más comprometida del presente estudio 
histórico. Nos hemos formado una convicción, y ésta es la 
que sinceramente ofrecemos al juicio público. 

Si la causa de la monarquía tuvo en Monteagudo el jnás in- 
teligente y ardoroso apóstol, el principio republicano halló en 
Sánchez Carrión, el Cristo que, con el sacrificio de su vida, 
selló el triunfo del elemento democrático. 

Sigamos exponiendo los hechos. 

Pocos días después de la entrevista de Bolívar con Cande- 
lario Espinoza y de las revelaciones que éste le hizo, asegú- 
rase que estuvo una mañana el ministro Sánchez Carrión en 



Digitized by 



Google 



560 RICARDO PALMA 

el pueblecito de la Magdalena, residencia veraniega del Liber- 
tador, platicando con éste sobre asuntos del servicio público. 
Invitólo su Excelencia á almorzar. (1) 

Para Bolívar y sus áulicos era una convicción que la muerte 
de Monteagudo fué obra de la Logia republicana. Quizá Sán- 
chez Carrión fué una víctima inocente; tal vez no conoció si- 
quiera el plan de asesinato tramado por algunos de sus compa- 
ñeros, asustadizos ó impacientes. 

Desde el día del siniestro desayuno, la vigorosa salud de 
Sánchez Carrión emi>ezó á decaer, y el 25 de Febrero pasó 
un oficio al gobierno, anunciando que se hallaba gravemente 
enfermo é imposibilitado para atender al despacho del ministe- 
rio. El general don Tomás Heres, por orden del Libertador, le 
contestó con frases de estricta cortesía. 

Preparándose Bolívar para emprender su paseo triunfal al 
Sur, expidió, con fecha 9 de Abril, el decreto siguiente: 

Considerando; que el Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores Dr. D 
José Sánchez Carrión se halla gravemente enfermo, he venido en decretar y 
decreto: El Consejo de Gobierno se compondrá, interinamente y mientras 
dura la ausencia del Gran Mariscal D. José de La Mar, del Dr. D. Hipólito 
Unanue, quien ejercerá también interinamente la Presidencia del Consejo, 
siendo Vocales los Ministros, general D. Tomás Heres y Dr. D. José María 
Pando, hasta que restablecido el Dr. Sánchez Carrión vuelva á encargarse 
del despacho de su Ministerio. , 

Desde que Sánchez Carrión cayó enfermo, era voz general 
que había sido envenenado. ¿Por quién? Nadie se atrevía á 
decirlo. 

Uno de los tres médicos que asistían al doliente, el coronel 
Moore. cirujano inglés, designó el mismo tratamiento que se 
emplea para combatir una intoxicación; y sus colegas, lejos 
de combatir su opinión, se sujetaron á ella. 

La ciencia alcanzó, por el momento, á salvar á Sánchez Ca- 
rrión. 

Entrado en el período de convaleí cencía, los facultativos 
le aconsejaron que, dando de mano á los asuntos públicos, 
cambiase el temperamento de Lima por el de Lurín. 

Cuando, en los primeros días de Junio, se hizo notoria la 

(1) No hacemos hincapié eu este detalle. El (cenerol Mosquera, en la polémica qae suscitó es- 
te escrito, refiere de distinta manera los pormenores: pero, en lo principal, viene á quedar com- 
pletamente de acuerdo con nosotros. 



Digitized by 



Google 



CACHIVACIIEKIA 561 

muerte de Sánchez Carrión, tomaron mayor ^incremento los anti- 
guos rumores de que el esclarecido republicano había sucumbi- 
do á los estragos de un veneno. 

Don Hipólito Unanue, que á la sazón desempeñaba la Presi- 
dencia, creyó comprometido el decoro del gobierno, y comisionó 
al doctor don Cayetano Hercdia, director anatómico, para que, 
encaminándose á Lurín, practicase la autopsia del cadáver. 

El informe de Hercdia fué un tanto ambiguo y sólo se pu- 
blicó la parte final de 61, en que dice: que una rápida descom- 
posición del hígado, había producido el prematuro fin del ilustre 
tribuno. 

Como Montcagudo, murió Sánchez Carrión á los treinta y 
nueve años de edad. 

A la vez que, en la Gaceta de Gobierno^ el clérigo Larriva 
publicaba un magnífico artículo biográfico sobre Sánchez Ca- 
rrión, enalteciendo sus servicios á la causa democrática, el mo- 
narquista Unanue dictaba un decreto convocando á elecciones, 
pues con la desaparición del gran repúblico, quedaba expedito 
el campo para secundar los ambiciosos proyectos de Bolívar. 



XI 



F'ué el 28 de Junio, en el Cuzco, y á los dos días de su 
entrada triunfal en la ciudad de los Incas, cuando Bolívar reci- 
bió la noticia del fallecimiento de su ministro. 

—Pierde el Perú un gran carácter y una gran cabeza; pero 
también se libra de un hombre muy peligroso. 

Tal fué el elogio fúnebre que hizo el Libertador del hombre 
á quien, con justicia, consideraba como el alma de la resisten- 
cia para la realización de sus fines antidemocráticos. 

Pronto, muy pronto convencióse Bolívar de que los hombres 
mueren, pero la libertad es inmortal. 

La Logia anlipersa con Luna-Pizarro, Ferreiros, Mariáte- 
gui y demás patriotas, se mantuvo firme en la lucha contra el 

36 



Digitized by 



Google 



•'>62 RICARDO PALMA 

despotismo, alcanzando á llevar á buen término la obra co- 
menzada por el enérgico Sánchez Carrión. 

Bolívaí' tuvo que renunciar á su político ideal, porque le 
faltaron colaboradores del temple é ilustración de Monteagudo; 
y abrumado por las decepciones, fué á morir, víctima de la 
tisis, en el hospitalario hogar de San Pedro Alejandrino.— De 
él, mejor que de Napoleón, puede decirse con un poeta:— Des- 
pués de Luzbel, ni ángel ni hombre han caído desde mayor 
altura. 

Lima, Octubre 20 de 1877. 



.LA POLÉMICA 

En 1877 me propuse escribir algunos estudios sobre Historia 
contemporánea; y en efecto, llegué á concluir los titulados Mon- 
teagudo y Sánchez Carrión y Reminiscencias de la administración del 
coronel Baila. 

Mi amigo Odriozola, á quien leí estos trabajos, me pidió 
el primero para insertarlo en el tomo XI de su colección de Do- 
cumentos Históricos y Literarios, que á la sazón estaba en pren- 
sa, y no tuve inconveniente para acceder á su empeño. Acaso 
tal na hiciera al sospechar la recia tormenta que encima había 
de caerme. 

En la prensa de Lima, los señores Mariátegui, Paz-Soldán 
y otros, salieron á la palestra; y tuve que cambiar con ellos 
algunos artículos. El estimable señor Unanue, calificándome 
de difamador de la memoria de su ilustre padre, me llevó ante 
el Jurado de imprenta, el cual declaró, ahorrándome con su 
declaratoria las molestias que todo proceso proporciona, que 
la Historia no es justiciable. Las prensas del Ecuador, Co- 
lombia y Venezuela, tuvieron tema para largos meses en la glo- 
rificación de Bolívar y en los denuestos contra el escritor pe- 
ruano. En Buenos Aires, los señores Pelliza y Fregueiro, es- 
cribieron dos voluminosos libros sobre Monteagudo; y en Bo- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 563 

livia y Chile, aunque menos calurosamente, se gastó no poca 
tinta. En una palabra, la polémica se hizo continental. 

Entre los varios opúsculos que, en refutación del mío, apa- 
recieron, figuraba uno, publicado en Santiago de Chile por 
mi querido amigo el literato y estadista colombiano Ricardo 
Becerra. Después de leerlo, me decidí á contestarlo eín otro 
folleto, suspendiendo la polémica en artículos de periódico. La 
seriedad del trabajo histórico que iba á emprender, me obligó 
á dejai' mi residencia de Lima y trasladarme ét Miraflores, don- 
de el reposo de la vida campestre me permitiría consagrar 
toda la actividad de mi cerebro á la lucha con adversario tan 
caballeresco como ilustrado. 

Sobrevino la guerra, que tan desastrosa há sido para el 
Perú. Mi libro estaba ya en condiciones de pasar á la impren- 
ta; pero no eran esos oportunos momentos para su publica- 
ción. Escrito estaba que ni mi respuesta á Becerra ni mis 
Reminiscencias de la administración Balta^ vivirían en letra de 
molde. El incendio de Miraflores devoró mis libros y manus- 
critos i Sea todo ix)r Dios! 

La gente de letras sabe que no es hacedero volver á escribir 
un libro. Para mí, lo confieso, es imposible. 

Es seguro que habría omitido considerar en esta compila- 
ción de mis obras, mi tan asandereado estudio sobre Monteagu- 
do, si. con motivo de las fiestas del centenario de Bolívar, no 
se hubiera vuelto á poner sobre el tap>ete la crítica de mi 
folleto. Esa recrudescencia me ¡mpK)ne la obligación, no sólo 
de consentir en que se reimprima, sino la de reproducir al- 
gunos artículos con que sostuve la pK)lémica y que, afortunada- 
mente me ha proporcionado un amigo conservador de coleccio- 
nes de periódicos. 

Hoy, como entonces, y aunque vuelvan á quemarme en efi- 
gie sobre el escenario de un teatro, como se hizo en el de 
Guayaquil, y por más que caigan sobre mi modesta persona 
á guisa de nuevo chubasco, todas las injurias del vocabulario 
de las desvergüenzas, insisto en creer: 

—Que el asesinato de Monteagudo fué crimen político, y 
no obra de la casualidad; 



Digitized by 



Google 



564 RICARDO PALMA 

Que Bolívar alcanzó á descubrir la cabeza que concibiera 
el plan: 

Que Sánchez Carrión murió á estragos del veneno, sin que 
ello implique una afirmación de complicidad en Bolívar; 

Que los planes de vitalicia eran la monarquía sin la palabra 
monarca. 

Que Bolívar no amó al Perú ni á los peruanos. 

Estas arraigadas convicciones mías, estos lunares que en 
desapasionado juicio, encuentro en la figura histórica de Bo- 
lívar y que tuve la entereza de exhibir, merecían que se me 
refutase con argumentación sólida; mas no con razones ad 
hominem^ esto es, con insultos á la individualidad del escritor. 

Bolívar era un genio; Bolívar merece las estatuas que en 
America se le han levantado; ¡üBolívar afianzó la Independen- 
cia del Nuevo-Mundo ! ! ! Convenido. ¿Lo he negado acaso? 

Pero, por ser un genio, ¿estaba exento de errores y d^é pa- 
siones, de debilidades y caprichos como los demás hijos de 
Adán? Para la mayoría de mis antagonistas, todo el que no ab- 
jure de su inteligencia y criterio, aplaudiendo frenéticamente 
cuanto hizo ó pensó hacer el Libertador, debe, como yo, ser 
borrado, por ingrato, desleal é infame, de la libre comunión 
americana, y merece arrastrar el grillete del presidiario. 

Se ha sostenido por alguien que en mi alma hay odio innato 
por la figura histórica de Bolívar. No es cierto. Yo nací en 
1833, cuando ya el Libertador no existía; y en mi humildísima 
familia no hubo pergaminos nobiliarios: ni tuve deudo que 
hubiera militado en el ejército opuesto al de la patria. El aplau- 
so que he tributado al Libertador en mis tradiciones Justicia 
de Bolívar y otras, prueba lo antojadizo é infundado de la es- 
pecie. Donde encuentro grande á Bolívar, le quemo incienso: 
donde lo encuentro pequeño, lo digo sin embozo. 

Por Dios, que hay escritores que, llamándose liberales, son 
más intolerantes que Roma. Ni Bolívar ni el Syllabus admiten 
examen ni discusión. 

¿Discurrís sobre la infalibilidad del Papa?— ¡A la hoguera el 
hereje I - 

¿No tributáis culto idólatra á Bolívar?— ¡Sois un imbécil ó 
un malvado I 



Digitized by 



Google 



CACHIVACIIERIA 565 

jAh! Empequeñecéis á Bolívar, los que os obstináis en ha- 
cer de 61 un ser perfecto, una divinidad. No sólo lo empeque- 
ñecéis, lo ridiculizáis. 

¡Quién sabe si las generaciones venideras estimarán en más 
la atrevida independencia de mi pluma, que las frases de oropel 
con que una generación, casi contemporánea del héroe, cree 
enaltecerlo! 

¡Tal vez mis artículos harán por la gloria de Bolívar, ante el 
desapasionado criterio de otros siglos, más que los panegíricos 
de relumbrón y que los obligados discursos de académica forma! 

Si convenís conmigo en que Bolívar es ya un nombre histó- 
rico, tolerad que la crítica se apodere de ese nombre. Pues- 
tos en la balanza su genio y su fortuna de político y de ba- 
tallador, á la par que sus extravíos y mezquindades de hom- 
bre, no temáis que su estatua descienda una pulgada del pe- 
destal sobre el cual se alza. 

¿Acaso brilla menos el sol porque los cristales ópUcos li.'iyan 
descubierto en él manchas? 

Lima, Diciembre 5 de 1883. 



RESPUESTA A UNA CRITICA 



Por sabido me.tuve, al dar á luz un ligero estudio sobre pro- 
hombres de la época de la Independencia, que mi patriótica 
tarea había de suscitar críticas. No se puede hacer tortilla sin 
romper huevos, ni ocuparse de los contemporáneos sin que 
alguien resuelle por la herida. 

Deber mío es no rehuir la polémica, porque, aparte de 
que me reconozco honrado, así por la talla del adversario como 
por lo cortés de la censura, creo que de la discusión resultará 
un rayo de luz que guíe á los aficionados á este género de 
estudios en el enmarañado laberinto de nuestra descuidada 
Historia. 



Digitized by 



Google 



566 RICARDO PALMA 

No siendo un misterio el nombre de mi ilustrado contendor, 
excusará éste que, para hacer menos difusa mi réplica, me 
vea precisado á estamparle. Además, no presumo que mi ex- 
celente amigo el doctor don Mariano Felipe Paz-Soldán pre- 
tenda monopolizar el magisterio de la Historia patria, y que 
sus apreciaciones y relatos sean aceptados como artículos de fe. 

Pásale á mi estimable crítico, con el extracto y análisis que 
hizo del proceso sobre el asesinato de Monteagudo, lo que á 
todo buen padre que siempre se encariña por el más desventu- 
rado de sus hijos. Yo he estudiado también, á mi manera, esc 
curioso proceso, y él me revela lo que el señor Paz-Soldán se 
empeña en no querer ver: que el crimen no fué hijo exclusivo 
de la casualidad^ sino obra de un puñal comprado. 

El 30 de Enero, y á pesar de haberse aplicado tormento á 
Espinoza, declaró éste que no había sido instigado y que asesinó 
á Monteagudo sin conocerlo, y sólo por robarle el reloj y al- 
hajas que llevaba encima, i Y sin embargo, los ladrones no des- 
pojaron á la víctima ni de un alfiler! 

Al día siguiente, después de su entrevista con el Libertador, 
hizo Espinoza revelaciones comprometedoras. 

El señor Paz Soldán quiere que sólo merezca fe lo declarado 
por el reo el día 30, no se fija en lo absurdo de la instruc- 
tiva de un ladrón que no roba, teniendo espacio para hacerlo, 
y estima en poco las revelaciones posteriores y aun los careos 
con los señores Colmenares y Moreira Matute. 

Que las revelaciones del asesino debieron ser de tal magni- 
tud que llevaran al ánimo del Libertador la convicción plena 
de que existía un círculo político que puso ej puñal en manos 
de Candelario Espinoza, lo prueba el empeño de Bolívar por 
salvarle la vida, empeño que arrastró al Gran Capitán de Co- 
lombia hasta el pimto de hacer gala de sus facultades dictato- 
riales. 

Lai5 palabras mismas del doctor don Manuel Lorenzo Vi- 
daurre, vienen á corroborar mis afirmaciones. El doctor Vi- 
daurro era una inteligencia clarísima y perspicaz, y á quien 
no se podía hacer comulgar con la rueda de molino de que 
Candelario Espinoza no era instrumento de ajena voluntad. 

Con el proceso de Monteagudo nos pasa, al señor Paz Sol- 



Digitized by 



Google 



CACHIVACIÍERIA 567 

dan y á mí, algo de orígínal. Sacamos conclusiones diametral- 
menle opuestas. Donde mi laborioso y entendido contradictor 
ve sólo la mano de la casíialídady descubro yo todos los pormeno- 
res de un plan. 

Una semana antes del asesinato de Monleagudo, debió rea- 
lizarse igual tragedia en la persona del mismo Bolívar, en el 
baile dado en la Universidad para celebrar el triunfo de Aya- 
cucho. Ciertamente que planes de esta naturaleza no puedjen 
documentarse, y hay que fiar en el testimonio privado de los 
contemporáneos. 

Oportuno es tener en cuenta las doctrinas dominantes sobre 
el tiranicidio; que estaban palpitantes aún los recuerdos de 
la revolución francesa; que el padre Jerónimo había traído 
de Europa y puesto en manos de nuestros estudiantes las obras 
de Voltaire, Diderot, Volney, Rousseau, D'Alembert y demás 
enciclopedistas; y que nuestra juventud de los colegios, ardo- 
rosa y poéticamente republicana, veía un ideal en los austeros ti- 
pos de la Roma antigua. 

Exígeme el señor Paz-Soldán documentos auténticos é in- 
tachables sobre alguna de mis afirmaciones, negando que la 
Historia camine casi siempre de inducción en inducción. Su 
exigencia peca contra la filosofía de la Historia. Por inducción 
aprecia ésta muchas veces, en presencia de un hecho, las cau- 
sas que lo engendraron y las consecuencias que su realización 
produjo ó debió producir. 

Lo que yo encuentro claro como la luz en el proceso y que 
el señor Paz-Soldán tiene el capricho de no querer encontrar, 
es lo mismo que repite el centenar de personas quef aun viven 
en Lima y que presenciaron la tragedia del año 25. Es lo mismo 
que, sin embozo, refirieron públicamente los mariscales Cas- 
tilla y San Román á infinitos hombres de nuestros días. Vivos 
están el doctor Dávila Condemarin, amigo íntimo y paisano 
de Sánchez Carrión, y los generales Pezet, Mendiburu, Eche- 
nique, Alvarado Ortiz y otros muchos soldados, nobles reli- 
quias de esos tiempos de titánica lucha, y ellos dirán si hubo, 
por entonces, en el Perú, quien viera en la desaparición dip 
Monteagudo, la mano de esa casualidad acomodaticia inventa- 
da, medio siglo después, por mi apasionado amigo. 



Digitized by 



Google 



568 RICARDO PALMA 

Extráñame, y mucho, que sea el señor Paz-Soldán quien 
afirmo que no era posible entre nosotros la monarquía, sabien- 
do que, hasta hace quince ó veinte años, había en el Perú 
pueblos, (en Ayacucho y Huancavelica, por ejemplo) donde se 
creía que aun gobernaba nuestro amo el rey. Los republica- 
nos de 1821, no sólo tuvieron que luchar con el poderoso 
ejército español, sino con los hábitos monárquicos de tres si- 
glos. Más que con las bayonetas realistas, tuvieron que batallar 
con las preocupaciones; pues no es fácil que un pueblo, fa- 
nático é inculto como era el nuestro, rompa en un momento 
con las tradiciones y el servilismo. Por eso los republicanos 
de 1821, más que soldados de fortuna, fueron hábiles propa- 
gandistas de la doctrina democrática, en pugna con otro círcu- 
lo, también inteligente y privilegiado además con la riqueza 
y pergaminos de cuna que, si bien se avenía á hacer sacrificios 
por la Independencia del país, no podía conformarse con que 
la República viniera á hacer tabla rasa de fueros y blasones. 
Diga lo que quiera el señor Paz-Soldán. San Martín estuvo 
lejos de ser republicano, pero mucho más lo estuvo Bolívar. 
Su proyecto de vitalicia nos conducía solapada y arteramente 
á la monarquía. En la conducta del primero hubo, por lo rñe- 
nos, hidalga franqueza. En él la monarquía era una convicción 
honrada. 

Débil argumento es el de que Monteagudo, sin el apoyo 
de San Martín, era ya una estrella errante y sin brillo. Mon- 
teagudo, como todos los que se apasionan, no quiso irse á 
Chile ni á Buenos Aires, donde por su talento habría siempre 
figurado, sino que, atropellando por todo, prefirió volver al 
Perú, donde su plan de monarquía contaba con numerosos 
é influyentes adeptos. Excuso, para no herir susceptibilidades, 
citar nombres y aun hechos que el señor Paz-Soldán conoce 
tanto ó más que yo. Monteagudo, al abandonar el destierro, 
sabía que una ley del Congreso lo extrañaba perpetuamente 
del país, y no podía ignorar que su antagonista, el impetuoso 
Sánchez Carrión, había escrito en el Tribuno un artículo, soste- 
niendo que cualquier peruano tenía el derecho de matar sin 
conmiseración á Monteagudo, si una imprudencia hasta hoy des- 
conocida ó su mala ventura lo coniujzran á nuestras costas. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 5G9 

Montcagudo tenía la seguridad del pniligro que corría su 
vida; y vino, porque los planes gigantescos no brotan en áni- 
mos cobardes; y vino, como el apóstol de una idea, buena ó 
mala, salvadora ó fatal, decidido á la victoria ó al sacrificio. 
Bolívar no podía sin provocar en el país serias resistencias 
y graves conflictos, que acaso pusieran el éxito de la campaña 
á merced de los españoles, hacer su ministro á Montcagudo; 
y razonable presunción es la de que éste se habría negado á 
aceptar un puesto en el que tan amargas decepciones cosechara 
un día. Túyolo á su lado en la batalla de Junín y, aunque 
sin cargo público, fué notorio que era hombre influyente en 
la camarilla palaciega, en que dominaban Unanue y otros par- 
tidarios del sistema monárquico. En el mismo proyecto de 
Constitución Boliviana, descubre el menos avisado la influen- 
cia de Montcagudo y rasgos que fueron propios de su pluma 
sentenciosa. 

Maravíllame que el señor Paz-Soldán tenga tan mojados sus 
papeles históricos, qae me pida pruebas sobre la existencia 
de la Logia republicana, cuyos principales trabajos se contra- 
jeron á combatir el plan de monarquía. 

Casi no hubo suceso de alguna significación, en la obra 
de nuestra Independencia, que no esté relacionado con la Logia. 
Creo más, que sin el talento y entusiasmo de los hombres 
quo compusieron esta sociedad, las ideas de Montcagudo se 
habrían enseñoreado del país. Patriotería á un lado, y diga- 
mos una verdad sin vuelta de hoja. Cuando se proclamó la 
Independencia, el Perú estaba preparado para todo, menos para 
la República. La Repúbhca fué, pues, la obra de Sánchez Ca- 
rrión y de sus compañeros de Logia. 

En cuanto al envenenamiento de Sánchez Carrión, el mismo 
empeño que tomó el gobierno para desvanecer el rumorcillo 
acusador, contribuyó á fortificarlo. Esa fué la opinión públi- 
ca en aquel tiempK), y estudiando sin pasión los hombres y 
los sucesos de há medio siglo, he hecho las deducciones y apre- 
ciaciones que incumben al que, con mediano criterio, escudri- 
ña las páginas del pasado. No es, pues, justo conmigo mi 
apreciable crítico afirmando que al escribir sobre Historia, me 
tomo la misma libertad y llaneza que al hilvanar Tradiciones. 



Digitized by 



Google 



570 RICARDO PALMA 

El señor Paz-Soldán creyó que con su folleto sobre el pro- 
ceso de Monleagudo, en que la casualidad es el Detis ex machina^ 
quedaba dicha la última palabra. Yo, sin respeto al noüi me 
tangere^ me he apoderado también del proceso; pero para sacar 
distintas conclusiones. No sé cuál de los dos estará en posesión 
de la verdad: si el que peca de candoroso, haciendo á la 
casualidad arbitra de la vida de Monteagudo, ó el que peca de 
malicioso, viendo en el suceso la consecuencia lógica de la 
ley de la Asamblea. 

Al terminar, perdóneme el señor Paz-Soldán ^^ue proteste 
contra la parte de su crítica en que, á guisa de moraleja, dice: 
— «No manchemos la fama postuma de nuestros grandes hom- 
bres.»— Tales palabras pueden aplicarse al que calumnia ma- 
liciosamente, con interesado y malévolo propósito; pero no á 
quien con espíritu justiciero, sin amores ni odios, y teniendo 
por único móvil el servir, modesta y quizá útilmente, á las 
letras patrias, consagra sus horas al estudio del pasado. A ser 
práctico el consejo de mi buen amigo, al huir del examen por 
no herir reputaciones y susceptibilidades, tendríamos que dar 
siempre puesto de preferencia á candorosos absurdos y patra- 
ñas injustificables, como la de la casualidad que nos arrebató á 
Monteagudo. 

Marzo, 20 de 1878. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 571 



II 



RESPUESTA AL SEÑOR MARIATEGUI 



El respetable magistrado doctor don F.-ancisco Javier Ma- 
riátegui me ha dispensado la honra de refutar algunos puntos 
de mi modesto estudio histórico sobre prohombres de la época 
de la Independencia. Siento la acritud y dureza con que trata 
á un escritor humilde como yo que, al dar á la estampa su tra- 
bajo, no tuvo en mira otra idea que la muy patriótica de apre- 
ciar, según su criterio, más ó menos ilustrado, y ajeno á todo 
espíritu dq partidarismo, sucesos y personajes poco ó nada es- 
tudiados todavía. 

Pero dando de mano á quisquillas de personal susceptibili- 
dad, paso á dar respuesta á las observaciones del señor Mariá- 
tegui. 

-—La primera, más que histórica, es de propiedad de lengua- 
je. Dice el señor Mariátegui que no debí haber escrito— aZ aceptar 
San Martín el poder, sino al asumir, al apropiarse ó al investirse 
por sí y ante sí del mando. Quizá no fué de rigorosa propiedad 
el verbo por mí empleado ; sin embargo de que, según el testimo- 
nio de mi crítico, San Martín aceptó lo que la opinión pública 
le brindaba. Pero concluye mi ilustrado contendor con esta frase : 
—«Es falso, que se le hubiese hecho la guerra á San Martín, 
cuando se invistió del mando.»— Reticencia que no sé á qué 
viene, pues yo no he escrito que, de 1820 á 1823, hubiera tenido 
el Protector émulos ni enemigos entre los que abrazaron la 
causa de la Independencia. 

—La segunda observación no me atañe. Redúcese á ampliar 
lo que yo apunté sobre los fusilamientos de Jeremías y Mendizá- 



Digitized by 



Google 



572 



RICARDO PALMA 



bal, ampliaciones de positiva utilidad para la Historia. En cuanto 
al pasquín que yo digo se atribuyó 'por enioncei al doctor Urquiaga, 
me alegro de que el señor Mariátegui convenga conmigo en qxifi 
ese no fué más que el pretexto de que se valió MonLeagudo para 
desterrar á aquel entusiasta republicano. 

—La tercera y cuarta observaciones se contraen á negar la 
existencia del club ó Logia republicana. El señor Mariátegui 
ha olvidado que, en una de sus obras, él mismo nos habló de 
conciliábulos en la celda del padre oratoriano. La palabra Logia 
estaba á la moda, y se aplicaba á todo lo que hoy llamamos 
sociedad ó asociación. 

— Dice mi crítico, y yo sospecho que alude á don Toribio 
Rodríguez de Mendoza, que uno de los señores por mí ^nombrados 
no fué patriota. No creo que Rodríguez de Mendoza, el hombre 
que educó á una generación inculcándola ideas liberalísimas, 
para la época, merezca la exclusión que de él hace el señor 
Mariátegui, ni acepto que se exhiba á Ferreiros como un ser de 
carácter tan apocado, que transigiera con sus convicciones 
por no perder un mezquino sueldo, como empleado. subalterno 
en una aduana. 

—La observación siguiente no me compete. El señor Mariá- 
tegui se contrae en ella á referir pormenores sobre la caída de 
Monteagudo, suceso en que él tomó activísima parte. Esos por- 
menores son interesantes, aunque en el fondo no avanzan mucho 
sobre los que yo consigno en mi folleto. 

—En la sexta observación ha estado (con perdón sea dicho) 
muy poco ó nada feliz el señor Mariátegui. Dice: «Lo del ofreci- 
miento de la corona del Perú á un príncipe inglés, es un cuento 
ridículo y en lo que jamás se pensó; pues San Martín y Montea- 
gudo sabían que en Inglaterra se habrían burlado de semejante 
ofrecimiento; jamás se les ocurrió tan extravagante idea.» 

Supongo que para el señor Mariátegui sean documentos dig- 
nos de fe la parte de correspondencia (en clave) que existe hoy 
en el arcliivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, las cartas 
que de San Martín y otros se han publicado sobre el particular 
y, más que todo, el pliego de instrucciones dadas á García del Río 
y Paroissicn. 



Digitized by 



Google 



CACHIVACírERlA 573 

Para convencer al señor Mariátegui de que el último en quien 
se fijaron los monarquistas fué el duque de Luca, y que cifraron 
todo su emi^eño en conseguir la aceptación de un príncipe inglés, 
bastaráme copiar el primer artículo del ya citado pliego de ins- 
trucciones. 

«La Gran Bretaña, por su poder marítimo, sus créditos y 
vastos recursos, como por la bondad de sus instituciones, y la 
Rusia por su importancia política y poderío, se presentan bajo 
un carácter más atractivo que todas las demás naciones. Están, 
por consiguiente, autorizados los comisionados para aceptar 
que el príncipe de Sussex-Coburgo ó, en su defecto, uno de los 
de la dinastía reinante de la Gran Bretaña, pase á coronarse 
emperador .del Perú. En este último caso darían preferencia 
al duque de Sussex, con la precisa condición de que abrace la 
religión católica, permitiéndosele venir acompañado de una guar- 
dia que no pase de trescientos hombres. Si esto no tuviere efecto, 
podrá aceptarse alguna de las ramas colaterales de Alemania, 
con tal que esté sostenida por el gobierno británico.» 

¿Dirá aún mi respetable contradictor que es cuento rUículo 
aquello de que á outrance se quería para el Perú un soberano 
inglés? 

Sabe el señor Mariátegui, como todos los que hemcs hojeado 
algo sobre Historia, que el plan de monarquía no era nuevo, 
y que ya en 1788 Catalina II de Rusia y el ministro Pitt habían 
concertado en Londres algo á este respecto, sirviendo de agente 
ó intermediario el esclarecido general Miranda, inspirador más 
tarde y amigo íntimo de San Martín, Bolívar, O'Higglns y otros 
campeones de la Independencia americana. 

— Yo sabía que el periódico Abeja Republicann fué redactado 
por los señores Mariátegui y Sánchez Carrión. La verdad his- 
tórica ha ganado con la presente polémica. Conste, pues, que 
los excelentes artículos que allí aparecen, contra los planes 
de monarquía, fueron fruto de la pluma del doctor Mariátegui. 
Al César lo que es del César. 

Mi equivocación, sin embargo, tiene mucho de disculpable, 
desde que los artículos de la Ah2j% son cortados por el mismo pa- 
trón de las famosas Cartas del solitario dz Sayán, cuya paternidad 
nadie ha disputado á Sánchez Carrión. 



Digitized by 



Google 



574 RICARDO PALMA 

—Yo no he atribuido á Sánchez Camón las décimas en que 
se glosaba una redondilla popular. Bien claro digo, en mi fo- 
lleto, que estas décimas se atribuyeron al redactor del Tribuno. 
Yo no afirmo, sino repito lo que decía la voz pública. 

Este punto, de suyo insignificante, no merecía la destemplan- 
za con que de él se ocupa mi poético censor. El que Sánchez 
Carrión escribiera inspiradísimos versos Úricos^ (lo que niego, sea 
dicho de paso) no es argumento que destruya la posibilidad 
de que, en un rato de broma, hubiera zurcido cuatro décimas 
hxunorísticas glosando una redondilla (gongórica es cierto, y 
de ajeno autor,) muy popular en Lima. 

—Bolívar era el hombre de la síntesis; mas no el hombre 
de los detalles. Creo que él necesitaba de Monleagucjo, como d^ 
un hábil auxiliar, para la realización de su vasto plan de 
mtalicia ó monarquía (cuestión de nombre.) 

—Es verdad, como dice el señor Mariátegui, que Monteagudo 
fué herido en el pecho y no por la espalda; pero no es exacto 
que hubiera gritado. El boticario don Santos Peña y el cirujano 
Román habrían oído los gritos, y consta del proceso que, ó no 
hubo gritos, ó esos señores estuvieron sordos. Así lo declaró 
también el padre Cortés, religioso juandediano, que fué la prime- 
ra persona que se acercó al cadáver. 

—En cuanto á la presencia de Bolívar en San Juan de Dios, 
me refiero al testimonio de muchas personas que lo vieron 
conmovido ante el cuerpo del exministro. 

—Excusará el señor Mariátegui que deje sin respuesta sus 
observaciones sobre el proceso, porque de ellas me ocupo /en 
mi próxima contestación al señor Paz-Soldán; y en cuanto al 
envenenamiento de Sánchez Carrión, yo, en mi opúsculo, nada 
aseguro. Exhibo datos y hago las presumibles deducciones. Si 
éstas son ó no fundadas, no á mí, sino al criterio del lector 
corresponde el fallo. 

Chorrillos, Abril 16 de 1878. 



Digitized by 



Google 



OACUIVACHERIA 575 



III 



RESPUESTA AL SEÑOR FAZ-SOLÜAN 



No llega tarde quiea llega, dice el adagio, y véome forzado 
á recurrir á él para disculpar ante el amable señor Paz-Sol- 
dán el retardo con que contesto á su bien pensado artícu- 
lo del día 10. El señor Paz-Soldán obliga mi gratitud por los 
corteses términos que gasta en la polémica; pues, para de- 
fender una causa, no es necesario tratar con desdén al ad- 
versario ni rebajar su talla. 

Mi ilustrado contendor y yo perseguimos la verdad histó- 
rica, y confieso que honra será para mí ser vencido por él 
en esta controversia. Fatalmente, sus argumentos no me con- 
vencen, traen dudas á mi espíritu, y me suministran nuevas 
armas para el combate. 

Mi afectuoso crítico conoce á fondo los misterios de la Lo- 
gia Lautarina, en Chile, así como la historia del motín que, 
en el ejército español, produjo la caída de Pezuela. Manifies- 
ta ahora, si no abierta negativa, duda sobre la existencia en Lima 
de una asociación republicana que, con cautelosa reserva, tra- 
bajara así por la independencia del país, como contra el ele- 
mento monárquico. 

Puede decirse que el padre jeronimita fué el fundador de ese 
club republicano, al que perteneció lo más distinguido y exal- 
tado de la juventud de San Carlos y San Fernando. El padre 
Cisneros dio á conocer, entre los estudiantes, las obras de los 
enciclopedistas que prepararon la tremenda revolución fran- 
cesa, inculcando en la juventud ideas, á la vez que poéticas, 
un tanto terroríficas. 



Digitized by 



Google 



576 lUCARDü P4.LMA 

Baquíjano sucedió al fraile español en la dirección de los 
trabajos de la Logia, hasta la época de su viaje á la metrópoli. 
Los asociados continuaron trabajando, y se congregaban unas 
veces en la celda del padre Méndez, y otras en la casa de Tra- 
marría. 

Cierto que no hay documentos con que comprobar que la 
Logia hubiese decretado el asesinato de Monteagudo ; pero sí 
abundan pruebas de que los miembros de ella fueron los auto- 
res del popular tumulto que depuso al ministro de San Martín, 
de la ley que lo extrañaba perpetuamente del país, y de la 
proposición para que se declarase día de fiesta nacional el de 
la deposición de Monteagudo. 

En la conciencia universal está que fué la Logia Lautarina 
la que decretó en Chile la muerte de Manuel Rodrígu'ez; y, 
sin embargo, no hay un sólo documento que compruebe tan 
general creencia, pues no es juicioso presumir que sociedade's 
secretas dejen huella escrita de actos que revisten cierto gra- 
do de trascendencia. Pedirme, pues, el señor Paz-Soldán do- 
cumentos análogos sobre el triste fin de Monteagudo, ds pedir 
lo imposible. 

Que las Logias ó sociedades políticas estuvieron á la moda, 
en la época de la Independencia, es punto históricamente com* 
probado en toda la América. San Martín organizó una en el 
Perú, casi con el mismo reglamento de las de Buenos Aires y 
Santiago. Poseo una copia de ese reglamento y aun otros do- 
cumentos de esa Logia á la que pertenecieron, al principio, 
Guido, Monteagudo, Necochea, Alvarez-Jonte, Alvarado (don Ru- 
dcsindo) y más tarde Santa-Cruz. 

Quizá en breve, ampliando mis apuntes y datos, y con al? 
gunos documentos, que no desespero de conseguir, acometa, 
en servicio de la Historia patria, im estudio sobre las Logias 
poh'ticas en el Perú. 

El odio á Monteagudo, que había herido tantos y tantps in- 
tereses y cuya personalidad era una pesadilla para los contra- 
rios, no podía amortiguarse en poco tiempo. Compruébalo el 
hecho de que la ley de destierro perpetuo se dio cuando 6) 
llevaba ya meses de ostracismo. 




Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 577 

El general Espejo, en el curioso libro que sobre Bolívar 
y San Martín ha publicado recientemente en Buenos Aires, 
nos habla con exceso de fK)rmenores de la intimidad que, des- 
de Guayaquil, se estableció entre el Libertador y Monteagudo. 
¿Qué hay, pues, de forzado en que se reavivara el encono 
contra el hombre que, aunque sin cargo ostensible, era, en 
realidad, el personaje más influyente en la política del Li- 
bertador? 

No es exacto el paralelo que presenta el señor Paz-Soldán 
entre las proscripciones de Riva-Agüero y Orbegoso con la de 
Monteagudo. Desde el día de su dei>osición, cada hora acrecía 
el ensañamiento contra él; ni contra Riva-Agüero v Orbeíjoso 
se escribió nunca, en un periódico, como contra Monteagudo, 
sosteniendo que era acción meritoria asesinarlos si volvían á 
pisar tierra peruana. 

Incurre el señor Paz-Soldán en una contradicción. Dice que 
Monteagudo estaba destinado por Bolívar para representante 
del Perú en el Congreso de Panamá, y pocas líneas más ade- 
lante sostiene que cuando lo asesinaron, vivía retirado de la 
política. No se concibe que el Libertador pensara en confiar 
tan alto puesto á hombre prescindente de los asuntos públi- 
cos, y que no estuviera identificado con su política y muy al 
cabo de sus planes de dominación perpetua. 

Entrando en el examen del proceso, hace hincapié el señor 
Paz-Soldán apoyándose en su práctica de magistrado y de cri- 
minalista, en que con frecuencia el asesino no roba á la víc- 
tima porque se amilana ante el "horror del hecho, y sólo le 
quedan alientos para la fuga. Hábil es, en verdad, el argu- 
mento, cuando se trata del que por primera vez entra en la 
senda del crimen. Pero el mismo señor Paz-Soldán nos dice 
que el espectáculo de la muerte no era nuevo para CancSelario 
Espinoza, soldado de caballería en Junín, y que, á la edad 
de diecinueve años había cometido ya otro asesinato y varios 
robos. Espinoza era, pues, im criminal avezado, ajeno al grito 
de la conciencia, y nada nervioso ni asustadizo como lo demos- 
tró por su energía para soportar el tormento. (1) 

(Tí Toda la noche, hasta el amanecer del 31, se alternó el 8usp»»nd«rlo en el aire de la muñe- 
ca de la mano y darle azotes hasta desmayarlo. Manuscrito existente en la Biblioteca, 

37 



Digitized by 



Google 



578 RICARDO PALMA 

No encuentro razón para que el señor Paz-Soldán siga en- 
castillado en dar crédito sólo á la instructiva del reo, y en re- 
chazar las declaraciones posteriores á la entrevista con Bo- 
lívar. Llama el señor Paz-Soldán firmeza en negar á la obs- 
tinación del reo durante cuarenta y ocho horas, y á f e que 
no es firmeza de buena ley la que dura tan poco espacio de 
tiempo. 

Y aquí es oportuno rectificar algo que el señor Mariátegui 
rechaza, y en que el señor Paz-Soldán y yo estamos de acuer- 
do. No sólo el testimonio de los señores coronel Grueso y 
mayor Izquierdo, sino de otras muchas personas caracteriza- 
das, prueban que Bolívar tuvo en palacio una entrevista con 
el reo. El señor Mariátegui lo niega, con la autoridad de su 
palabra, como ha n^ado, contra la autoridad de irrefutables 
documentos, que para el plan de monarquía se hubiera pen- 
sado de preferencia en un príncipe inglés. 

Para el señor Mariátegui, las revelaciones de Espinoza fue- 
ron inspiradas por Bolívar, quien quiso comprometer en el 
crimen á la antigua nobleza colonial y al naciente partido re- 
publicano. Por lo mismo que el señor Mariátegui declara que 
Bolívar era un genio, un talento superior que podía pasarse 
sin auxiliares para el desarrollo de un plan, paréceme pueril 
la hipótesis. Bolívar, después de Ayacucho, era omnipotente 
en el Perú, y es rebajar mucho esa omnipotencia hacerlo des- 
cender á forjador de intriguillas de baja ley. 

Dice el señor Paz-Soldán que si Espinoza hubiese tenido cóm- 
pUces de posición, éstos le habrían ocultado ó favorecido en 
su fuga. También es hábil el argumento, pero no me hace 
fuerza. Apresado el asesino, en los primeros momentos se re- 
solvió que fuese juzgado sumaria y militarmente, pero se opuso 
el ministro Sánchez Carrión. Apelo al respetable testimonio 
del doctor don Manuel Ortiz de Zevallos, cuyo padre era el 
juez militar. Vea, pues, el señor Paz-Soldán que á Espinoza 
no le faltaron protectores. 

Entre los manuscritos de la Biblioteca Nacional (1) se en- 
cuentra uno titulado: 

(1| Arortunadamente, despué» do la dc'iirucción de lu Biblioteca de Lima en 1^1, e^te ma- 
nuf«críto ba sido uno de lo^ pocos recobrado» en 1883. £1 caballero qu** lo ha d<»vuello álaBiblío- 
ter , lo rescató d"l poder du un HolJado chileno. Faltan alguna» páginas del final. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 579 

Razón del proceso formado en la inaudita causa del homici- 
dio PERPETRADO EN LA PERSONA DE DoN BERNARDO MoNTEA- 
GUDO. 

Es xin curioso extracto del proceso, y en el cual están lite- 
ralmente copiados los principales documentos. Lástima es que 
el señor Paz-Soldán no lo haya tenido á la vista para conven- 
cerse de las contradicciones que hay entre el proceso por él 
extractado y la relación hecha, en 1825, por el anónimo autor 
del manuscrito. Dice, entre otras cosas, que por decreto de 
25 de Marzo de 1825, que reproduce íntegro, firmado por el 
señor Unanue, se nombró un Tribunal del que fué presidente 
el doctor don Francisco Valdivieso, vocales los doctores Ló- 
pez Aldana y Larrea Loredo, y fiscales acusadores los doctores 
don José María Galdeano y don Mariano Alejo Alvarez. Excu- 
sóse el último y no le fué aceptada la excusa. Insistió Alvarez, 
diciendo que «si se le obligaba á desempeñar el cargo de fiscal 
» acusador, tendría cpie empezar por pedir mandamiento de pri- 
*sión contra el ministro de Gobierno (Sánchez Carrión) y otros 
♦personajes sospechosos. Ante tal amenaza, se le aceptó la 
» excusa, y en su lugar se nombró al doctor don Manuel Telle- 
»ría. Este mismo Alvarez puso en la imprenta un papel en 
*que explayaba la idea, y revelaba cosas interesantes en el 
» particular; pero el Gobierno le prohibió su impresión.» 

Yo no quiero hacer los comentarios que naturalmente se 
desprenden de la excusa del fiscal Alvarez, y aun de la acepta- 
ción de ella. Hágalos quien crea en la casualidad que victimó 
á Monteagudo. 

Al concluir esta polémica reitero al señor Paz-Soldán, mi ex- 
celente amigo, las gracias, por los benévolos conceptos con 
que me ha favorecido. Desdicha es que entre nosotros no pueda 
discutirse con calma y respetos mutuos una cuestión histórica 
De todos modos, en el pro y en el contra, hemos gastado la 
suficiente tinta para formar la conciencia de los demás. 

Chorrillos, Abril 20 de 1878. 



Digitized by 



Google 



580 KICAItDO PALMA 



IV 



Con estudiada destemplanza, y sin omitir ni la personal 
injuria, se presenta en el número 14,017 del «Comercio» un 
señor P. S. rompiendo lanzas en defensa de la divinidad colom- 
biana, y abrumándome con más de cuatro columnas de ar- 
gumentos ad hominem. Yo habría podido excusar una respuesta 
desde que ese caballero saca la cuestión del terreho histórico 
para convertirla en polémica de comadres; pero consideracio- 
nes de especial carácter me imponen el debet* de contestar. 
Líbreme Dios de llamar maligno , venenoso, cínico^ calumniador y 
protervo al escritor que tenga la desgracia de no pensar como 
yo pienso y que humanice lo que mi fantasía diviniza. 

El señor P. S. (1) hace de Bolívar su ídolo. Es colombiano, 
y está en su perfecto derecho. 

Yo, peruano, estudio á Bolívar, después de medio siglo de 
los sucesos, y mi corazón y mi criterio de peruano no pueden 
cantar himnos al hombre que menos amó á mi patria. 

Pregimte el señor P. S. á esa juventud Carolina que hoy 
se afana para levantar uuna estatua á San Martín, estatua que há 
tiempo debió erigirse con el óbolo de todos los peruanos, y 
oirá de los labios de esa ilustrada juventud estas palabras 
de un historiador contemporáneo:— San Martín fué, ante todq^ 
americano. Bolívar fué, ante todo, colombiano. 

No soy yo quien antojadizamente establece este paralelis- 
mo. Es la Historia. 

Bolívar trae un ejército auxiliar al Ecuador. Unido con 
las tropas peruanas alcanza la victoria de Pichincha, y luego 

^1) Pérez Soto. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 581 

nos da una prueba clásica de amor, desmembrando nuesti'o 
territorio en provecho de su Colombia. Porque era 61 fuerte 
y nosotros impotentes, nos quita Guayaquil, que durante dos- 
cientos veinte años había formado parte integrante del Perú. 
Sin más razón que la del rey de las selvas, guia nominar leoy nos 
despoja del mejor astillero del Pacífico. ¿Qué importa el ul- 
traje al uti po88ideti8? Por derecho de conquista, nos arrebata 
nuestra propiedad: y antes de ayudarnos á alcanzar la Inde- 
pendencia cobra por anticipado, con ese inicuo despojo, el 
precio de su auxilio. 

Resuelto ya á trasladarse al Perú, azuza con infernal ma- 
quiavelismo nuestras contiendas domésticas. Juzgúese por el 
siguiente fragmento de la carta que escribió Bolívar al señor 
Mosquera, ministro por entonces de Colombia en Lima: 

«Es preciso trabajar por que no se establezca nada en el 
•Perú, y el modo más seguro es dividirlos á todos. Me parece 
» excelente la idea de ofrecer el apoyo de la división de Colom- 
*^ía para que disuelva el Congreso. Es preciso que no exista 
»ni simulacro de gobierno, y esto se consigue multiplicando 
»el número de mandatarios y poniéndolos á todos en oposi- 
»ción. A mi llegada á Lima debe ser el t^erú un campo rozado 
»para que yo pueda hacer en él lo que convenga.y> 

Después de leer ese maquiavélico fragnáento de carta, ¿hay 
corazón peruano que no se agite de indignación? 'Bolívar, 
el gran Bolívar, explotando nuestras desventuras! ¡Soberbio 
americanismo el suyo! 

No quiero hablar, i>or no ennegrecer el cuadro, de los pro- 
pósitos que, en daflo del Perú, lo animaron al crear la repú- 
blica de Bolivia, con una demarcación territorial calculada para 
que, entre ambos países, existiese siempre una manzana d.e 
discordia. A Bolívar, exclusivamente, debemos la eterna cues- 
tión aduanera que hoy mismo preocupa á los dos gobiernos. 

üjLa generosidad de Bolívar!!! Gran generosidad la del que 
constantemente nos echaba en rostro el auxilio que nos prestó, 
como si al afianzar la Independencia del Perú no hubiera Co- 
lombia afianzado la propia. El ministro de relaciones exteriores 
de esa República, en los oficios que el año 28 cambió con el 



Digitized by 



Google 



582 RICARDO PALMA 

señor Villa, nuestro representante en Bogotá, hacía siempre 
hincapié, por encargo especial del Libertador, en estas frases: 
—«Colombia no ha necesitado de nadie para ser libre— bastóle 
»el esfuerzo de sus hijos:— ella supo emanciparse con sus pro- 
»pios recursos.» 

¿Era noble, era generoso herir así el sentimiento nacional 
de los peruanos? El Perú pagó, con profusa liberalidad, la 
cooperación de Colombia, y tributó al Libertador honores que 
á nadie acaso se habían dispensado sobre la tierra. Por lo mismo 
que Bolívar daba constantes pruebas de no amarnos, habíamos 
tomado á empeño el conquistarnos su afecto. Humillábamos 
ante él nuestro orgullo, y pagábamos lo que se llama la deuda 
de gratitud, hasta con el sacrificio de nuestra dignidad. 

¿Quién no ha leído la proclama dada por el Libertador, antes 
de la batalla del Pórtete de Tarqui, proclama que termina con 
esta frase que se "ha hecha fK)pular:— iíi presencia entre vosotros 
será la señal del combate?— En ese clásico documento, son clásicos 
también los insultos. La perfidia del Perú, la abominable conducta y 
la ingratitud de los peruanos, esos miserables que intentan pro- 
fanai' á la madre de los héroes, etc.— He aquí cómo nos retribuía 
Bolívar el incienso que á sus plantas habíamos quemado los 
peruanos. 

¡La magnanimidad! ¡jLa clemencia de Bolívar!! Magnánimo 
y clemente para salvar la vida del ruin asesino de Montea- 
gudo. Pequeño y cruel para condenar á un peruano del ta- 
lento de Berindoaga, cuyo crimen no pasó de debilidad de 
carácter ó de error político. El Cabildo de Lima, el clero, 
las señoras, todo lo más selecto de nuestra sociedad inter- 
cedió i>or la vida de Berindoaga. Bolívar tuvo la satisfacción 
de humillar á todos con un desaire. La Independencia era un 
hecho consiunado; todo peUgro había desaparecido; la ban- 
dera de España no flameaba ya en ningún pueblo de Sud-Amé- 
rica; la causa de la libertad no exigía ya holocaustos ni víctimas 
expiatorias; pero las exigía el amor propio de Bolívar, herido 
por los arliculos que contra él escribiera Berindoaga; y Berin- 
doaga fué sacrificado. 

Bolívar pudo considerar dignos de su magnanimidad á sus 



Digitized by 



Google 



cachivachería 583 

enemigos de Colombia. Creo que llorase, como dice el señor 
P. S. ante el cadáver del general Piar, á quien hizo fusilar; y 
aun hallo posible que se afligiese ante la matanza de los vein- 
tidós capuchinos, frailes misioneros del Caroni. Para con sus 
adversarios del Perú, muy distinta fue siempre su conduela. 

Yo no debo ni quiero hacer el proceso de Bolívar en Co- 
lombia, aunque para ello tenga á mano mucho de lo que es- 
cribieron sus émulos y contemporáneos, sin desdeñar ni el 
folleto del obispo de Popayán Jiménez de Encizo. Bástame juz- 
gar á Bolívar en sus relaciones con mi patria. 

Tratándose del envenenamiento de Sánchez Carrión, yo he 
dicho:— que la voz pública acusó á Bolívar de haberlo envene- 
nado, estimando á su ministro como invencible obstáculo para 
la realización de los planes de vitalicia. Y tanto debió ser gene- 
ralizado el rumor, que el mismo gobierno, pai^a acallarlo, dis- 
puso la autopsia del cadáver. Apunto coincidencias, cito hechos 
y testimonios, examino los móviles y saco las deducciones, en 
mi concepto, razonables. 

En cuanto á los planes de vitalicia, es decir de monarquía 
sin la palabra monarca^ la cosa sin el nombre, al alcance de 
todos están las colecciones del Telégrafo y Mercurio de Lima corres- 
pondientes á los años de 27 á 28. Escritos hay allí que ponen 
en transparencia al ambicioso mandatario. Por no hacer de- 
masiado extensa esta réplica, omito copiar algunos trozos que 
á mi propósito cuadrarían; pero no puedo excusarme de repro- 
ducir los siguientes acápites de las Memorias del general don 
Rudesindo Alvarado, y los reproduzco por no ser conocidos 
para los lectores del presente artículo. 

Este curioso libro acaba de ser publicado en Buenos Aires, 
y debo á la bondad de mi viejo amigo, el general Espejo, ayu- 
dante que fué de San Martín, el ejemplar que poseo. 

Residía Alvarado, en 1825, en Arequipa, y habitaba una quin- 
ta que le había cedido el prefecto don Pío Tristán. Llegó el 
Libertador á la ciudad, y la \ispera de proseguir su marcha 
al Cuzco le dio Alvarado un convite. Cedamos la palabra á 
Alvarado. 

<?E1 menor incidente basta, á veces, para revelar el pensa- 



Digitized by 



Google 



^84 RICARDO PALMA 

» miento más oculto de un hombre de Estado. En los brindis, 
»el general Bolívar, abimdando en la elocuencia que le era 
» familiar, analizó con entusiasmo sus triunfos, sus glorias, y 
»las que se prometía aún llevando sus huestes á la república 
» Argentina. Herido nuestro amor propio, expresé, con la mo- 
»deración pKJsible, el hondo sentimiento que me causaba escu- 
»char del Libertador palabras tan inmerecidas como no pro- 
avocadas de parte de una nación que, en esos instantes, se 
» preparaba á luchar con el vecino imperio del Brasil.» 

«Me había retirado conversando con uno de los generales de 
* Colombia al extremo opuesto de la galería, cuando noté que 
»el Libertador saltaba sobre la mesa en que se sirvió el" café, 
»y decía al coronel Dehesa:— J.«í, así he de pisotear á la República 
» Argentina— b1 mismo tiempo que pisaba y hacía pedazos las 
«tazas y botellas que cubrían dicha mesa.» 

«A este espectáculo corrí hacia el Libertador, y alejando á 
» Dehesa, logré con mil esfuerzos calmar su exaltación y conju- 
»rar aquella tempestad.» 

«Instruido de la causa que motivó el lance, supe que Bolí- 
»var había dicho algo en relación á la dictadura, en la América 
»del Sur, que era su sueño dorado, agregando que, en breve, 
» pisaría el territorio argentino. El coronel Dehesa, que lo es- 
» cuchaba con la cabeza acalorada, contestó que sus compatrio- 
í>tas no aceptaban dictadores—respuesiSL que irritó tanto al Li- 
»bertador.» 

Alvarado acompañó á Bolívar en su viaje triunfal hasta Po- 
tosí, y allí el Libertador fué más explícito con él. Sigamos co- 
piando. 

«En otra de sus visitas, tomando aquel aire de notable fran- 
iqueza que parecía serle característico, me dijo:— General, ten- 
»go veintidós mil hombres que no sé en qué emplearlos con pro- 
»vecho, y que de manera alguna conviene licenciar porque Ue- 
» varían la anarquía; preciso es aniquilarlos en la guerra, y 
»hoy, cuando la República Argentina está amenazada por el 
» Brasil, poder irresistible para ella, se me brinda la oportunidad 
»de realizar el pensamiento glorioso que animo de ser dictador 
^dc la América del Sur, Ofrezco á usted un cuerpo de seis mil 
«hombres para que ocupe la provincia de Salta. 



Digitized by 



Google 



CACHIVACHERÍA 585 

»Por sorprendente que fuera esta proposición, me esforcé en 
s reprimir su fatal impresión, contentándome con decirle que 
♦si el gobierno liberal y de crédito que presidía entonces la 
3 República Argentina fuera .impotente para luchar con el Bra- 
»sil, y solicitase el concurso de las fuerzas del Libertador, se- 
»rfa yo un soldado en sus filas.» 

«Esta conferencia se prolongó algunas horas, y me permi- 
»tí descender hasta á la súplica para que el Libertador no 
♦deslustrara su esplendente aureola con sus pretensiones dp 
^dictadura que le enrostraría la América entera.» 

Lo trascrito de las Memorias del general se comenta por sí 
solo. El republicanismo de Bolívar queda en transparencia. 

Siento habcnne visto obligado á probar con documentos, que 
Bolívar no amó al Perú ni á los peruanos, que no amó más que 
su ambición. Habría querido dejar en el goce de sus ilusiones 
y de su entusiasmo por el Gran Capitán de Colombia, á los 
que no se han tomado el fatigoso trabajo de escudriñar el pa- 
sado. 

No soy de los que ciegamente se inclinan ante el dios Éxito. 
Días más, días menos; con más ó menos sacrificios; con Bolí- 
var ó sin Bolívar; con los colombianos ó sin ellos, la Indepen- 
dencia del Perú era un hecho que tenía que realizarse de una 
manera fatal, irremediable. Las repúblicas que, por solo la 
circunstancia de no haber sido el centro del poder colonial, tu- 
vieron la fortuna de independizarse antes que el Perú, no se 
veían seguras mientras la monarquía tuviese un baluarte en 
América, y por su propia salvación estaban interesadas en au- 
xiliarnos. El Perú fué agradecido, y ha pagado con usura ser- 
vicios que perdieron mucho de su mérito desde que se nos echa- 
ron en cara. 

Con mi folleto sobre Monteagudo he adquirido la triste con* 
vicción de que no se puede escribir, entre nosotros, sobre His- 
toria contemporánea. Para hablar de hombres públicos, hay 
que esperar, como para la canonización de los siervos de Dios, 
á que transcurra siquiera un siglo. No siempre tiene uno la 
fortuna de encontrar adversarios que, como el señor Paz-Sol- 
dán, se respeten á sí propios y sepan respetar al escritor, no 



Digitized by 



Google 



58() RICARDO PALMA 

sacando la polémica del campo de las apreciaciones y docu- 
mentos históricos. Yo creía que prestaba un servicio al país 
con este género de estudios, y veo que me he equivocado. He 
tenido que ser blanco de las iras del respetable doctor Mariáte- 
gui, la susceptibilidad filial del señor Unanue me amenazó con 
un proceso, y á guisa de houqmf ó de paloma en los árboles 
de fuego, me ha festejado un señor P. S. con los más pulcros 
epítetos que encontró en su diccionario. Dejo» á este caballero 
en libertad para continuar la tarea, seguro de mi silencio. 
Lima, Junio 14 de 1878. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 587 



JiVil ORTANTISIMAS REVELACIONES HISTÓRICAS 



Ilá meses que recibo, en folletos y periódicos del extranjero, 
impugnaciones (corteses las menos, insolentes las más) á los 
conceptos que sobre don Simón Bolívar brotaron de mi pluma. 

La prensa del Ecuador ha sido, para conmigo, la más viru- 
lenta. El Heraldo y algunos otros papeluchos me dejaron como 
para cogido con tenacilla; y hasta don Juan León Mera, buen 
poeta y olímpico amigo mío, me puso cual no me pusieran due- 
ñas. No le daré la satisfacción de contestar á sus declamatorias 
injurias, que un diario de Lima tuvo la exquisita oficiosidad 
de reproducir. El señor Mera no encontró en su arsenal otras 
armas para combatir mis opiniones históricas, que imprope- 
rios indignos de un escritor de su talla. Siento que don Juan 
León no hubiera acudido á su talento, sino á su bilis. Perdo- 
nado lo tengo, que á perdonar he aprendido aun á los malos 
amigos. 

Por lo demás, nunca me han desvelado las erupciones del 
volcán de Ambato. 

En la prensa de Venezuela, patria de Bolívar, los señores 
Fausto Teodoro de Aldrey, director de la Opinión Nacional de 
Caracas, generales Julio Calcaño y Celestino Martínez, poeta 
Domingo Ramón Hernández, el publicista cubano Miguel Fer- 
nández de Arcila y otros escritores, se lanzaron al palenque 
con más ó menos bríos. Avisóles, pues, recibo de sus artículos, 
á que es muy probable dé más tarde respuesta en un librcjo 



Digitized by 



Google 



588 RICARDO PALMA 

que preparo en correspondencia al de Ricardo Becerra, que 
recurrir no quiero á los periódicos, para no justificar las apren- 
siones de cierto camarada que yo me sé, que dijo, sin que vi- 
niera á cuento el dicho, que cuando escribo en un diario lo 
hago sólo con el deliberado propósito de levantar polvareda. 

Pero por mucho que me hubiera trazado el plan de no volver 
á borronear sobre el tema Bolívar, oblígame á quebrantarlo 
y dar publicidad á estas líneas un folleto que acabo de recibir 
de Coloiñbia, folleto que contiene revelaciones de tal magni- 
tud, que ellas bastan y sobran para poner término á toda con- 
troversia histórica sobre Monteagudo y Sánchez Carrión. 

El Gran General don Tomás Cipriano de Mosquera, tres 
semanas antes de su fallecimiento, acaecido en Octubre, ha dado 
á luz en Popayán, y por la imprenta del Estado, un cuaderno 
de 18 páginas titulado Bolívar y sm detractores. Aun tratándome 
con la dureza que emplea, pues á roso y belloso me llama 
calumniador, hame el señor general dado motivo de vivísima 
satisfacción; porque, gracias á quien levantó polvareda^ no se ha 
ido el Gran general al mundo de donde no se vuelve, llevándos/e 
en la cartera un gran secreto histórico. 

Como no tengo noticia de que haya en Lima muchos ejem- 
plares del folleto, fechado en Popayán á 20 de Septiembre 
de este año, voy á copiar las importantes revelaciones que 
hace ante el mundo el ex presidente de la Unión Colombiana. 
Que la Historia tome nota de las siguientes líneas: 



«Pocos individuos pueden decir lo que yo, que como ayudan- 
te de campo, secretario privado, secretario general, y último 
jefe de Estado Mayor de Bolívar, soy depositario de muchísimos 
de sus secretos. 

Voy á correr el velo á un secreto, que no he querido pu- 
blicar antes de ahora, sobre el asesinato de Monteagudo y 
envenenamiento de Sánchez Carrión. Pero don Ricardo Palma, 
literato peruano y miembro de la Academia de Madrid, calum- 



Digitized by 



Google 



cachivachería 589 

niaiido al inmortal Bolívar, pintándolo como un hombre \iilgar 
que aspiraba á fundar un gobierno monárquico, y atribuyéndole 
esos hechos que tuvieron lugar en el Perú y que han sido co- 
munes con el carácter de políticos, me obliga á referir tristes 
y lamentables historias; porque tengo el deber, como contem- 
poráneo de los hombres que ilustraron su nombre en la grande 
epopeya que libertó á la América española, de referir las cosas 
como han pasado hace ya más de medio siglo. 

El señor Monteagudo regresó al Perú, después de su des- 
tierro, y como hombre de luces y talento, mereció que Bolívar 
lo tratara como amigo, aunque discrepaban en ideas sobre 
forma de gobierno. 

Monteagudo es asesinado una noche en una calle de Lima. 
No había sospechas determinadas sobre el asesino. El puñal 
quedó clavado en el cadáver; estaba recién amolado; se llevó 
á distintas barberías; en una de ellas lo reconoció el amolador. 
y dijo el nombre del negro que lo había llevado. Fué aprehen- 
dido y se inició el juicio. El presunto reo negaba todo, y le 
ocurrió al Libertador interrogarlo él mismo, y lo hizo llevar 
á una sala de Palacio que estaba alumbrada con una sola bujía. 
Interrogando al asesino, exclamó repentinamente Bolívar:— Mira, 
en el fondo de este salón, al alma de Monteagudo que te acusa 
de ser su asesino.— El negro se conmovió y dijo:— Yo confieso 
todo, pero no me maten.— Aquí le respondió el Libertador:— 
Descúbreme todo, y te perdono.— Dobló las rodillas el asesino, 
y dijo estas tremendas palabras:— El señor Sánchez Carrión 
me dio cincuenta doblones de á cuatro pesos, en oro, para que 
matara á Monteagudo, por enemigo de los ;iegros y de los pe- 
ruanos. 

El Libertador me decía al contarme esta escena:— Se me 
heló la sangre al oír el nombre de un amigo á quien yo apreciaba 
tanto: no quise que entonces se descubriera este s^ecreto, y 
solamente se lo confié al general*** 

El general*** á quien hizo Bolívar esta confianza era ínti- 
mo amigo de Monteagudo, y veía con celo la amistad de Sánchez 
Carrión con Bolívar, y determinó vengar á Monteagudo, y sa- 
car del medio al hombre por quien tenía Bolívar tanto afecto, 
y que creía que le menguaba su influencia. 



Digitized by 



Google 



590 RICARÜO PALMA 

Sánchez Carrión, un poco enfermo, hacía ejercicio por la 
mañana, y al regresar á su casa tomaba un vaso de horchata 
que le tenía preparado su sirviente. El enemigo de Sánchez 
Carrión se aprovechó de esta circunstancia, y cuando había 
salido á hacer el paseo, entró á la casa de Sánchez Carrión 
aquel general* ♦♦ y le dijo al sirviente que le trajesje fuego 
para encender un cigarro, y luego que se fué éste á buscar 
el fuego, derramó sobre la horchata los polvos que llevaba en 
un papel, y se retiró después de haber encendido su cigarro. 
Regresó á su casa Sánchez Carrión, bebió la horchata, se en- 
venenó y murió á poco tiempo en Lurín. 

Pasado algún tiempK), una señora reveló á Bolívar este se- 
creto que ella había descubierto. 

Cuando el Libertador me refirió esto, todavía se horrorizaba 
de que hombres de buena posición social hubieran sido capaces 
de semejantes crímenes, el uno mandando asesinar á Montea- 
gudo, y el otro envenenando al asesino. 

Pero cuando Bolívar me hizo estas confidencias, todavía esta- 
ba vivo el general*** y me recomendó el secreto mientras él 
existiera, y que no descubriera al que envenenó á Sánchez Ca- 
rrión sino en una época remota, juzgando que podría yo sobre- 
vivir para dar á conocer la historia de estos crímenes, historia 
que confió también á otro de sus ayudantes de campo el general 
Florencio O'Leary. Y ¡quién creyera! El envenenador de Sán- 
chez Carrión fué también asesinado por un enemigo personal 
suyo:— quien á cuchillo mata, á cuchillo muere. 

En otra ocasión descubriré el nombre del general***. Bolí- 
var murió sin saber el fin trágico del envenenador. ¡Lo que 
es el mundo I 



Popayán, 20 de Septiembre de 1878. 

Tomás C. dk Mosquera. 



Digitized by 



Google 



cachivachería 591 



Confieso que, al terminar esta lectura, creí haber expcriineu- 
tado una alucinación fantástica y dudé del testimonio de mis 
sentidos; pero allí, sobre mi mesa de trabajo, ante mis ojos, en 
claro tipo de imprenta y cortadas las hojas por mi mano, estaba 
el sombrío folleto. Releílo, y plenamente convencido ya de qu,e 
en letras de molde estaban tan magnas revelaciones y garantiza- 
das con la firma del anciano procer, doblemente obligado á ser 
veraz, ya por la fama de su nombre y circunspección que dan los 
afíos, ya por estar pisando los umbrales de esa eternidad que 
quince días después se abriera para él, díjeme parodiando á 
Florentino Sanz : 

Tiene el destino ironías, 
mi general, muy siniestras... 
por buscar las pruebas vuestras 
fuisteis á encontrar las mías. 

Decididamente, como dijo un poeta: 

II est des morts qu'il faut quon tue. 

Tócame, pues, estar reconocido al general Mosquera por el 
servicio que, sin quererlo acaso, me ha prestado con sus impor- 
tantes revelaciones. Estoy persuadido de que tanto mi buen amigo 
don Mariano Felipe Paz-Soldán como el respetable doctor don 
Francisco Javier Mariátegui, convendrán ya conmigo en que no 
fué la casualidad el Deus-cx-machina, responsable del asesinato 
de Monteagudo. 

Poseo un documento, no en copia, sino original, autógrafo, 
de puño y letra del secretario general de Bolívar, del cual S(e 
desprende que el Libertador estaba convencido de que el ejecutor 
del asesinato de Monteagudo le había declarado la verdad. He 
aquí ese documento '^que estoy pronto á mostrar á los que de su 



Digitized by 



Google 



592 RIC4JtD0 i'ALMA 



autenticidad dudaren) que viene á corroborar, en gran parir 
lo mismo que nos revela el señor Mosquera. 



•Secretaria Generad. —Cuartel General en la Paz, á 9 de Septiembre de 
1825.— A.1 señor Ministro de Estado en el departamento de Gobierno.— S. M. 
— S. E. el Libertador me manda decir al Consejo de Gobierno que, en virtud 
de la resignación Que en él ha hecho de las facultades que le concedió el So- 
berano Congreso, queda revocada la orden que se sirvió dar S. E. para cono- 
cer en la causa seguida sobre el asesinato del coronel Monteagudo... Así que 
el Consejo de Gobierno puede disponer se juzgue á los reos por el Tribunal 
que corresponda según las leyes, y se efectúe la sentencia que éste pronuncie. 
El Consejo de Gobierno tendrá presente el ofrecimiento que S. E. hizo al mo- 
reno Candelario Espinoza, ejecutor del crimen, de que se le perdonaría la 
vida en el caso de que declarase con verdad lo? cómplices en el hecho. S, B. 
cree que asi lo ha cumplido, y por tanto desea que su ofrecimiento no quede 
sin efecto. Sírvase U. S. ponerlo en conocimiento del Consejo de Gobierno 
para los fines ¡ndicadoá.— Soy de U. S. muy atento obediente servidor.— i*. 
5. Estenos, 

Lima, Octubre 25 de 1825. —Saqúese copia certificada de esta nota; y, agre- 
gándose á los autos seguidos sobre el asesinato del coronel D. Bernardo Mon- 
leagudo, tráigase.— Tres rúbricas de los señores Unanue, Salasar y Larrea^ 
Loredo. 

El mismo señor Mosquera, poseedor de grandes secretos, con- 
firma también mi aseveración de que Sánchez Cardón fué enve- 
nenado; pero por mucho que dore el relato para exculpar á 
Bolívar, no queda el Libertador limpio de pecado. Después de 
leer aquello de la confidencia hecha al general*** íntimo amigo 
de Monteagudo, mírese por donde se mirare, siempre, por lo 
menos, resultará Bolívar encubridor de un crimen, que cómpli- 
ce es quien pudiendo y debiendo castigar al delincuente, tran- 
sige con él. 

El escritor no lo dice; pero la revelación del crimen la tuvo 
Bolívar antes de Í828, en Lima, cuando el Libertador estaba 
en el cénit de la omnipotencia. ¿Por qué transigió? Seamos 
francos. Porque para el buen éxito de los planes de vitalicia^ 
era necesario pasar sobre el cadáver de Sánchez Carrión, el 
tribuno republicano, capaz de organizar y dar vigor al peque- 
ño partido resistente. 

De lo que apunta el apologista se saca en limpio, que Bo- 
lívar no fué actor en el hecho material de propinar el veneno; 



Digitized by 



Google 



( ACmVA( HERÍA 593 

pero encubrió el delito. Por lo demás, los distingos del gene- 
ral son un tanto casuísticos. 

Aunque el señor Mosquera calla el nombre del general***, 
da señales suficientes para que creamos no incurrir en equivo- 
cación al designarlo. Este general era don Tomás Ileres, minis- 
tro de la Guerra tan luego como Sánchez Carrión cayó enfer- 
mo, y asesinado en Angostura, hoy Ciudad-Bolívar, allá por 
los años de 1840, poco más ó menos. Heres había sido secreta- 
rio de Bolívar, en diversas épocas, y el hombre de íntima con- 
fianza para el Libertador. 

Kl general Mosquera ha hecho, como la Providencia, con 
pautas torcidas renglones derechos. Kl prestigio de su pluma y 
nombre, más que en defensa de su ídolo, se ha empleado, por 
esta vez, en obsequio mío. ¡¡¡Y sin embargo, me llama calum- 
niador, á la vez que se encarga de probar que no he calumniado 
ni mentidoIII Por Dios, que no entiendo la contradicción. 

Concluye el autor del folleto Bolívar y sus detractores de- 
fendiendo al Libertador de los cargos de ambicioso y absolu- 
tista; refuta ligeramente dos párrafos de la obra del señor Paz- 
Soldán; da pormenores sobre la entrevista de Guayaquil, á la 
que dice que se halló presente en su calidad de secretario (1> 
reproduce copia de las instrucciones dadas por San Martín 
á García del Río y Paroissien para, que buscasen un príncipe 
europeo que nos hiciera la merced de venir á gobernarnos, 
documento cuya autenticidad puso en duda alguno de los que 
en Lima me refutaron); y termina con un paralelo entre Bolí- 
var, Washington y Bonaparte. Puntos son estos de que ya 
en otros escritos me he ocupado y que dan campo para vastas 
apreciaciones de que por ahora prescindo. 

En resumen, las revelaciones del Gran General han venido 
á darme derecho para gritar:— ¡victoria en toda la línea!— Di- 
firiendo en ligeros detalles, estamos de acuerdo en los puntos 
culminantes: el asesinato político de Monteagudo y el envenena- 
miento, también político, de Sánchez Carrión. 

(I) No es cierto. El Gen 3ral Mo4querA tuvo tfiem ore en Colombia reputación de aficionado á 
darse bombo. Todos los historiadore:* están de acuerdo en que no hubo t'^siigo alguno en la non 
ferencid de los dos proceres. Además Bolívar no habría incurrido en esa falta de atención social 
para con San Martín, autorizando la presencia de un simple teniente-coronel, que era la clase que 
investía entonces Mosquera. 

38 



Digitized by 



Gaogle 



594 RICARDO PALMA 

No concluiré sin consignar que en el extranjero ha habido 
plumas que, en esta polémica, se han puesto de mi lado. Entre 
otros, un aventajado escritor venezolano, don José Félix Soto, 
ha tenido la audacia (que lo es, y grande) de no pagar tributo 
á la moda de divinizar á Bolívar, sin haberse antes tomado 
el trabajo de estudiarlo. ¡Es tan fácil y tan cómodo repetir de 
coro apologías escritas por otros! La tarea se la encuentra 
uno hecha sin quemarse las pestañas estudiando. Agregúense 
al juicio ajeno cuatro frases campanudas y de relumbrón, y 
con eso habrá bastante para que los peruanos coloquemos á 
Bolívar al lado derecho del Eterno Padre. No todos tienen el 
coraje de don Modesto Basadre para escribir las verdades an- 
tibolivaristas que contiene su artículo Constitución vitaliHfi publi- 
cado en la Tribuna del 30 de Octubre. Tratándose de Bolívar, 
veo que el señor Basadre y yo somos del número de los que 
buscan la verdad histórica contra la corriente, es decir, aguas 
arriba. 

Lima, Noviembre 5 de 1878. 



Digitized by 



Google 



CACIIIVACHEltlA r>ü"j 



VI 
A Simón Camacho Bolívar 



Señor don Simón Camacho Bolívar. 

Estás en tu derecho, y lo que es más, llenas un deber. 

Desgraciadamente, en esta polémica, tus sentimientos de fa- 
milia y tu clara inteligencia se estrellan ante la lógica inflexible 
de los hechos. Tu hábil y lujosa pluma hace lo que llamamos 
un tour de forcé para refutar documento de suyo irrefutable. 

No te quedaba otro camino que llamar chismes de comadres 
al relato del general Mosquera. En ese terreno esperaba á 
los bolivaristas, es su postrer atrincheramiento. Sé también 
que no faltará quien acuse de mentiroso al difunto procer co- 
lombiano, reputación que de antiguo se tuvo conquistada. 

Después de las revelaciones de Mosquera, me toca á mí 
callar, dejando el fallo al cuidado de la Historia imparcial y 
para cuando ésta se escriba, lo que sucederá el día que desapa- 
rezca la generación actora en la lucha de Independencia. Pero 
Dios me libre de sentar plaza de descortés contigo, á quien 
mucho estimo, dejándote sin respuesta. Además, tú no insultas 
y contigo se puede discutir sin desdoro. 

Razonemos ahora: 

Monteagudo fué arrojado del Perú por un indignation meeting^ 
como es de moda decir. Sus adversarios, temiéndolo todo de 
aquel gran hombre de Estado, no quedaron satisfechos con 
el destierro, sino que, meses más tarde, lo colocaron fuera de 
la ley, dejando su vida á merced de quien quisiera quitársela 
si tenía la imprudencia de volver á pisar tierra peruana. 



Digitized by 



Google 



59G BIGARDO PALMA 

Tal severidad estaba en el orden de las cosas y de la época. 
Todos, en América, teníamos mucho de los revolucionarios te- 
rroristas de la Francia. 

Bolívar, que ambicionaba la monarquía sin la palabra mo- 
narca, esto es, la vitalicia; Bolívar, que, según una feliz expre- 
sión del doctor Mariátegui, hablaba como Washington y pro- 
cedía como Atila, vio un útil auxiliar en Monteagudo y lo trajo 
del destierro, sin cuidarse de hacer derogar antes la ley quje 
perpetuamente lo alejaba del país. ¿Ni para qué necesitaba 
el omnipotente Libertador de esa derogatoria? El solo hecho 
de exhibirse en público, al lado del ex ministi'o, equivalía á 
decir: peruanos, la ley de vujestro Congreso es papel mojado: 
quien ofenda á Monteagudo me ofende á mí. Respetadlo, por- 
que yo lo amparo. 

Monteagudo era hombre de gran carácter, entusiasta por 
sus ideas y de una energía á toda prueba. El solo hecho de 
regresar á Lima lo demuestra. Más que en San Martín, vio 
su hombre en Bolívar. ¿Con qué propósito podía venir? Con 
el de vencer ó sacrificarse. Los demócratas, la chusma, una 
poblada, lo lanzaron del ministerio y del país. El volvía, pues, 
á la brecha y decidido á vengarse. • 

La lucha se inició, y la tumba abrióse para Monteagudo. 

Bolívar desplega entonces gran actividad y energía para des- 
cubrir al delincuente. Hace el Libertador llevar á Palacio al 
asesino, lo interroga, influye sobre su debilitada imaginación, 
y el reo revela el nombre de aquel que armara su brazo. 

Bolívar se sorprende al ver acusado á uno de sus ministros; 
se convence de que el reo no le mienüe, vislumbra todo un plan 
político, hostil para sus miras y persona, y escogita una resolu- 
ción. ¿Dará el escándalo de proceder públicamente contra su 
ministro?— No; más llano es hacer la confidencia al general 
lleres. 

i Qué oficiosidad tan portentosa! El único hombre á quien 
Bolívar hace la confidencia, toma ésta tan á pechos, que va 
y envenena á Sánchez Carrión! 

Anudemos hilos sueltos. 

Monteagudo fué asesinado el 28 de Enero: la entrevista de 
Bolívar con el asesino se efectuó entre el 3 de Enero y 10 de 



Digitized by 



Google 



cachivachería 597 

Febrero: hasta el 8 ó 10 concurrió él ministro á sus labores y 
estuvo despachando con Bolívar, sin que éste se diera por enten- 
dido con él de lo que ya sabía; el 25 de Febrero estaba ya 
Sánchez-Carrión imposibilitado por el veneno y elevaba su re- 
nuncia, el 26, el envenenador, en su carácter de secretario 
de Bolívar, suscribía un lacónico oficio eií nombre de S. E. avi- 
sando al dimisionario que su renuncia estaba aceptada: un 
mes después, teniendo el Libertador que emprender su paseo 
triunfal hasta Potosí, organiza un Consejo de Gobierno, y en- 
tre los tres ministros que lo componen, nombra para una de 
las carteras precisamente al envenenador de Sánchez-Carrión. 

Yo no acuso, mi querido Simón: son los documentos oficia- 
les los que acusan. Registra la Gaceta oficial del año 25, y en- 
contrarás comprobadas las fechas que designo. 

Kl general Mosquera, exculpando á Bolívar, dice que llegó 
á saber el envenenamiento por denuncia que le hizo una se- 
ñora. Quiero creerlo. Resuelva todo criterio imparcial si esto 
salva al Libertador. ¿Y por qué encubrió al delincuente? ¿Por 
qué no lo castigó? 

Me acusas de ligereza porque designo á Heres como el pro- 
pinador del veneno. Perdóname.— Mosquera calla el nombre; 
pero pone los puntos sobre las íes, dando señas tales, que á 
obscuras, un ciego acertaría. Por poco entendido que yo sea 
en historia americana, creo haber descifrado la facilísima cha- 
rada. Refresca tu memoria y excusa la petulancia. Allá por los 
años de 1840 á 1841, era autoridad superior en Santo Tomás 
de Angostura el general Heres, quien parece que, en un ruidoso 
pleito sobre una herencia, influía á favor dé uno de los liti- 
gantes. El perjudicado armó dos asesinos que penetraron en el 
cuarto de Heres y le dieron muerte. 

Pueril quisquilla me buscas sobre la exactitud de tal de- 
talle, como si de ima nimia inexactitud pudiera resultar destruí- 
do el hecho culminante. 

Pude decir que Carrión fué envenenado en la Magdalena y 
en un almuerzo, y resultar que por el testimonio de Mosquera 
aparezca que lo fué en Lima y en una tisana. Así sean todas las 
calumnias que yo invente. En soconuzco ó en horchata, en 
Lima ó en la Magdalena, día antes ó día después, son deta- 



Digitized by 



Google 



598 RICARDO PALMA 

Has en los que nunca hice hincapié. Algo más, en mi follieto 
nada afirmaba. Dije sencillamente cuál fué la creencia popular 
por entonces, creencia que debió ser muy generalizada cuando 
el Gobierno se vio obligado, para combatirla, á disponer la 
autopsia del cadáver. Basta que el general Mosquera diga hoy 
que fué real el envenenamiento. 

A lo más, juzgando caritativamente, y en obsequio á ti, pen- 
saré que el Libertador encontró en el general Heres un amigo 
tan oficioso que, para salvar á su excelencia de atrenzos, se 
encargó, por sí y ante sí, de administrar un tósigo al hom- 
bre que, sin disputa, habría ser\ido de serio obstáculo para 
el desarrollo de los planes de vitalicia. 

¡ Las oficiosidades de los amigos suelen ser fatales ! Vé lo que 
pasa con el general Mosquera. De puro oficioso, ha descorrido 
el telón y removido el avispero. 

Ahora te revelaré el motivo que tuve para escribir mi folleto. 
Por amor á la verdad histórica no podía yo consentir en que 
el análisis que el señor Paz-Soldán hizo del proceso de Mon- 
teagudo, pasase á la posteridad sin que pluma alguna se ocupase 
en probar que no fué tal crimen, fruto exclusivo de la casua- 
lidad, como él tan obstinadamente ha sostenido. El estudio de 
ese proceso tenía que llevarse un poco lejos forzándome á poner 
en transparencia muchos nombres. 

Pongo punto, mi buen Simón. Después de las revelaciones 
del Gran General, tócame guardar la pluma. En la prensa de 
Caracas, un descendiente de Piar y otros me están ahorrando 
el trabaja de defender mi folleto. 
Siempre tu amigo, 

Lima, 7 de Noviembre de 1878. 



FIN 



Digitized by 



Google 



ÍNDICE 



Digitized by 



Google 



4 
1 



Digitized by 



Google 



«|^W»V«««*W««««««W«W««««i>¥««ntf«»««W#«««l|lt»««W»««*« 



MIS ULTIMAS TRADICIONES 



Editorial 5 

Ricardo Palma ^ 

Literatura peruana 13 

El tradicionista Ricardo Palma 19 

Un juicio crítico.— Un libro americano 29 

Tradicionbs y artículos históricos 39 

•Croniquillas de mí abuela.— Á mi hija Reiií^ 41 

La olla del Padre Panchito 42 

El traquido de la Capitana 44 

La capa de San José.. 51 

Juez y enamoradizo 53 

El abad de Lunahuaná 55 

Los siete pelos del diablo. Cuento tradicional.- Á Olivo Chiarella. 59 

La astrología en el Perú ^5 

El por qué fray Martin de los Porrea no hace ya milsíafros.— Á 

Carlos Rey de Castro, en el Paraguay 69 

Lluvia de cuernos 73 

Una causa por perjurio "7 

Historiado una excomunión.— Al doctor Dickson Hunler, en 

Arequipa "9 

Los milagros del padre Racimo í^5 

Las barbas de Capistrano. ... 89 

¡ilVifaelpuní! 93 

El marqués de la Bula 97 

Una colegíalada. . 105 



1 



Digitized by 



Google 



m2 



índice 



Pégin—. 

La Nariz de camello 111 

¿Quién fué Gregorio Lópezl— (Cuestión histórica) 117 

Excomunión contra excomunión 122 

Getbsemani.— En el álbum de la i^eñora Laura de Santa Cruz. 125 

Prudencia episcopal.. 129 

Dicharacho de un virrey líH 

El Corpus Triste de I8i2 133 

Asunto concluido 137 

Una moda que no cundió 141 

El Gran poder de Dios 145 

¿Cara ó sello! 149 

Montalván 155 

El padre Pata 159 

La vieja de Bjllvar 162 

Las tres etcéceras del Libertador 1B5 

La caria de la Libertadora 171 

La última frase de Bolívar 177 

Coronguinos 179 

El padre Oroz 183 

Sistema decimal entre los antiguos peruanos 1 87 

De gallo agallo.— Historia de dos improvisaciones 191 

• Dos cuentos populares 197 

María Abascal.— (Reminiscencias.). . 203 

• La monjíta de Ayacucho 213 

Los repulgos de San Benito 217 

San Antonio del Fondo 221 

¿Quién toca el harpa? Juan Pérez. — (Origen de este refrán). . 225 

Un santo varón. — Á Luis Berisso, en Buenos Aires 229 

Las mentiras de Lerzundi 23^ 

El desafio del mariscal Castilla.— (Reminiscencia histórica).. 2)9 

Don por lo mismo. —Á Cesar Gondra, en el Paraguay. . 244 

Minucias históricas 247 

x.a cajetilla de cigarros.— (Episodio de la guerra del Pacífico). . 255 

Títulos de Castilla 261 

SiLUBTAS. -Hernando de Soto 273, 

Pedro de Candía 275 

Alonso de Toro 280 

Francisco de Almendras 281 

Diego Centeno 282 

Pedro Puelles 283 

Hernando Machicao 284 

Martín de Robles 287 



Digitized by 



Google 



índice 



603 



Páirinaa. 

Lope de Aguirre el traidor 291 

Las poetisas anónimas 297 

SoBRB BL Quijote bn América. ~Á don Miguel de Unamuno.-Mi 

nucías bibliográfícas 305 

El primer ejemplar del Quijote 307 

Otro ejemplar curioso del Qdijote 310 

Ediciones del Quijote en América 3l1 

Noticia final 312 

Vítores.— Cuadro tradicional de costumbres Limeñas.—Al señor 

General D. Manuel de Mendiburu 313 

Tauromaquia.— (Apuntes para la historia del toreo) 325 

El toro maestro 334 

Gallistica.— Apuntes sobre la lidia de gallos 341 

El poeta de la Ribera don Juan del Valle y Caviedes. 353 

CACRIVACHERtA 

Parrafíto proemial 361 

pRiMBRA Paktb.— El coronel Fray Bruno 363 

El primer Gran Mariscal 3H9 

Las cortinas.— (Costumbres) 375 

De cómo desban qué á un rival. 379 

Los versos de cabo roto.— (Tradición española) 387 

Algo de crónica judicial española.— Á Manuel N. Arizaga. . 391 

Causa contra Antonio Rodríguez por un carbúnculo. 391 

Entre si juro ó no juro 395 

Manumisión 403 

Justicia y escuelas 411 

Fruslerías 415 

SBGUNf>A Partb.— Cartas literarias.— Á José Antonio de La val le. 419 

Alberto Navarro Viola. — (Carta á su hermano Enrique). A2Z 

Á Juan Zorrilla de San Martin 428 

A Marietta de Veintemilla 432 

Á José Santos Chocano 434 

A Julio J. Sandoval 438 

Á Rafael Altamíra 140 

A Julio Hernández 443 

A Pastor S. Obligado 445 

Ttf robra Partb.— Parrafadas de Crítica. — Dos libros de versos. . 451 

Algo sobre una ley de Instrucción 455 

Las revolucione.s de Arequipa 458 

Diccionario histórico 460 



Digitized by 



Google 



61)4 ÍNDICE 



Páginas. 

Ollantay 462 

Copias del natural 466 

Tradiciones del Cuzco 470 

La guerra separatista del Perú 473 

Borrasca en un vaso de agua 481 

Recuerdos de Francisco B. O* Connor, Coronel de los ejércitos 
de Colombia, General de brigada de Io« del Perú, y General 

de división de los de Solivia., 487 

El nuevo libro del general Mitre 491 

Refutación á un texto de historia 501 

Gramatiqueria.~Á un corrector de pruebas 523 

Charla de viejo 525 

Sobre el himno del Perú 531 

Más sobre el himno nacional 537 

Cuarta Partb.— Bolívar. Monteagudo y Sánchez Carrión.— (Es- 
tudio histórico) 541 

La polémica 562 

Respuesta á una critica. 565 

Respuesta al señor Mariátegui 571 

Respuesta al señor Paz-Soldán 575 

Importantísimas revelaciones históricas ft87 

Á Simón Camacho Bolívar 5^ 



\''>r7^^>>C 



Digitized by 



Google 



IMPORTANTÍSIMO 



LA MUJER, MEDICO DEL HOGAR 

POR LA EMINENTE DOCTORA 

ANA FiSCHER-DÜCKELMANN 



Es la obra más importante y más útil de cuantas se han publicado hasta 
el día. Resulta imprescindible para toda mujer, amante de la familia, que 
desee criar hijos sanos y robustos. Habla extensamente de los cuidados que 
requiere la salud y de los indispensables para que la mujer pueda conservar 
largo tiempo la juventud y la belleza. Contiene instrucciones provechosísi- 
mas para el período del embarazo y los momentos críticos del parto. Da sa- 
ludables consejos á los que deseen ardientemente tener hijos para que pue- 
dan conseguirlos, y enseña delicadamente los medios de no llenarse de ellos 
hasta el punto de hacer imposible la vida.— Con 

^ LA MUJER, MÉDICO DEL HOGAR ^ 

puede prevenirse toda clase de enfermedades y cpidar.<$e convenientemente 
á los enfermos. Con tanta sencillez como maestría instruye en las cuestiones 
más arduas de la vida, y su mérito y utilidad hacen que sea considerada en 
el extranjero como 

-> EL LIBRO DE ORO DE LA MUJER -t- 

En Alemania, donde se han vendido ya más de 200000 ejemplares, tienen 
este libro como indispensable prenda en el ajuar de toda mujer, y resulta el 
más preciado regalo de boda que puede hacerse á una señorita. 

Hace tiempo venía sintiéndose la necesidad de un buen libro hecho por 
una mujer para la mujer, y la doctora Ana Fischer-Dückelmann. sapienii- 
sima médica, ha llenado este vacío. 

♦>-LA MUJER, MÉDICO DEL HOGAR -^ 

forma un grandioso tomo de 850 páginas con 448 grabados en negro y 2^ 
preciosas láminas en color; e^tá impreso en magnifico papel y ha sido pre- 
miado con la 



GRAN MEDALLA DE ORO 



en la Exposición de Leipzig, alcanzando tan alta distinción entre muchas 
obras de reconocido mérito. 



--» 



Bnonademado en tela oon plancha en colores: 30 pesetas 
♦ 

Hay ejemplares encuadernados en rica pasta española al mismo precio. 
Esta admirable obra va convenientemente encerrada en un estuche. 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google 



Digitized by 



Google