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Full text of "Campaña del norte de 1873 á 1876"

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CAMPA! DEL NORTE DE 1873 A 1876 



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RESERVADOS LOS DERECHOS 



Imprenta de L* Hormiga db Oro, calle Nueva de ^:an Francisco 17, Barcelona. 



Biblioteca Popalar Cablista 



CAMPAÑA DEL NORTE 



de 1873 á 1876 



por 



Don flNTONio Bp^ea 






A-dministraciór»..— Clai-ís, ISS, p3?al. 
1897 



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Annex 







CAMPAÑA DEL NORTE DE 1873 A \m 



Capítulo ppimepo 



^ De Francia á Vergara en demanda del Cuartel de Don Carlos 



EN uno de los primeros días del mes de Septiembre de 1873, varios 
ginetes con uniforme de artilleros llegaban al pueblo de Lecum- 
berri; el ruido que hacían los caballos al trotar por las calles no podía 
menos de llamar la atención; tanto los hombres como las mujeres y ni- 
ños, asomábanse todos con curiosidad á las puertas y ventanas de las 
casas, y al conocer el uniforme que vestían los expedicionarios mostrá- 
banse alegres y satisfechos, saludándoles con vítores que revelaban el 
mayor afecto, gritando algunos de ellos: «¡Vívanlos pasados!» Al oír 
-s esta palabra el que parecía, y era en realidad, jefe de aquellos oficia- 
y les, detuvo el aire de su caballo y contestó enérgicamente, aunque 
L_J;ambién con afecto: ¡Pasados no, que sovios venidos á servir al Rey! 
I ~' Comprendiendo ó no comprendiendo los campesinos la diferencia 
de concepto entre j?asaí?os y t;eniííos,' redoblaron sus aclamaciones y 
ofrecieron sus casas á los recién llegados, quienes, aceptando la invita- 
ción, echaron pie á tierra para tomar algún alimento, dar pienso á los 
P^aballos y continuar más tarde la jornada. 



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— 6 — 

Veamos ahora quiénes eran, de dónde venían y á dónde iban aque- 
llos jefes y oficiales del Cuerpo de Artillería. 

El que parecía jefe llegó á desempeñar con el tiempo el Ministerio 
de la Guerra del Señor Don Carlos de Borbón; el que le seguía en anti- 
güedad alcanzó el empleo de Brigadier, Jefe de Estado Mayor de 
S. A. R. el Conde de Casería; el tercero organizó la fábrica Maestran- 
za de Azpeitia, marchando después á Cataluña á mejorar el artillado 
de la Seo de Urgel; el cuarto fué el bravo jefe de la 1.* batería de 
montaña de la división de Navarra; y el más moderno, un sabio ayu- 
dante de profesor de la Academia de Segovia, creador de la fundición 
de cañones de Arteaga. 

Los cinco entraban juntos en campaña^ habiéndoles precedido otros 
oficiales del Cuerpo y algunos alumnos y alféreces alumnos de la cita- 
da Academia: entre ellos figuró el desgraciado teniente D. Domingo 
Nieves, de la promoción de 1871, quien, encargado déla sección de ar- 
tillería de Guipúzcoa, había sellado ya con su vida su adhesión á la 
Causa carlista en el ataque y toma del fuerte de Ibero. 

Todos procedían del Cuerpo de Artillería; pero como quiera que 
éste fué disuelto al proclamarse la República en 11 de Febrero de 1873, 
hubieron de unirse en Madrid á la numerosa oficialidad del departa- 
mento de Castilla la Nueva, comisiones de jefes y oficiales de los demás, 
para convenir en el mejor medio de afrontar la situación que se les 
presentaba. Aunque la inmensa mayoría de los artilleros no eran po" 
lítícos, se pensó en arrojar en el platillo de la balanza del país las es- 
padas de los pundonorosos oficiales que habían arrojado por la ventana 
su carrera por no sufrir imposiciones á las que no creían conveniente 
sucumbir. Pero como el caso se presentaba con visos de semejanza al 
acontecido con los brillantes oficiales de la Guardia Real en la prime- 
ra guerra civil, claro es que alguna entidad política había de repre- 
sentarles, y, por lo tanto, dividiéronse las opiniones entre el eatonces 
Príncipe Don Alfonso y Don Carlos de Borbón, cuyos organizados ba 
tallones mantenían enhiesta en las montañas vasco-navarras, catalanas 
y del Maestrazgo, la bandera de la antigua monarquía; si bien la 
mayor parte de los artilleros optaron al fin por servir al gobierno cons- 
tituido en el caso, casi seguro, de ser llamados al ejército en vista de 
lo mal que lo hacían los improvisados jefes y oficiales que los sustitu- 
yeron. 

Deslindados, pues, los campos, los jefes y oficiales que se adhirieron 
á Don Carlos hubieron de dirigirse por medio de un largo escrito, j 
representados por una comisión de tres de ellos, á los demás compa- 
ñeros del Cuerpo, invitándoles á secundarles en su decisión, contando 







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DON CARLOS DE BORDÓN 



•oon la previa aquiescencia que había tenido aquella solución entre 
algunos; y si la idea no prosperó, los artilleros carlistas creyeron cum- 
plir así con un deber antes de ponerse enfrente de sus antiguos com- 
pañeros. Por estas razones, pues, y por hallarse todavía disuelto el 
Cuerpo cuando aquellos artilleros ofrecieron sus servicios á Don Carlos 
de Borbón, fué por lo que se decían venidos al llegar á Lecumberri, j 
no pasados, como les apellidaban los buenos y sencillos aldeanos. 

Hé aquí la carta de los artilleros carlistas á la cual nos hemos refe- 
rido anteriormente: 

«Queridos compañeros: La revolución, que se prometía llegar á sus- 
»tituir con instituciones nuevas las magníficas creaciones de la mo- 
»narquía tradicional de España, no ha logrado, al cabo de cuarenta 
»años de pruebas dolorosas, sino destruirlo todo, y entre las ruinas 



«acumuladas, comprometer la suerte de los intereses social 3S, la dig- 
»nidad y la integridad de la nación. — Al derrumbarse tantas cosas 
«grandes, no era concebible que la corporación militar á que pertene- 
»cíamos fuese respetada; y en efecto, desconocidos sus servicios, mc- 
»nospreciadas sus virtudes, sus sacrificios olvidados, fué al fin disuelta, 
«escupiéndose al rostro de los que procuramos imitarlos, la sangre de 
»los héroes que sublimaron nuestra particular historia. — Aunque, pues, 
»oomo españoles, tengamos que preocuparnos y dolemos ante todo de 
»las desventuras comunes^ como antiguos artilleros no podemos olvidar 
»el imperioso deber de restablecer el Cuerpo en que se fundían nuestra 
«vida y nuestro honor; de afirmar su honrada reputación del pasado; 
»de procurarle nuevos y más brillantes laureles para lo porvenir. — Hé 
»aquí, compañeros y amigos, por qué nos dirigimos á vosotros. — En 
«cumplimiento de lo que consideramos una obligación sagrada, trae- 
»mos hoy la bandera de nuestra corporación ilustre al único campo 
«donde sus tradiciones están: donde rodeada de los que han probado 
«rectitud de principios, firmeza de carácter y acendrado españolismo, 
«no ha de ser abatida ni humillada, sino enaltecida por ellos. Dios, la 
«Patria y el Rey la bendicen; y al servicio de causas tan sagradas y 
«gloriosas nada hay que no se realce, nada que no se engrandezca. — Con 
«nuestra bandera vienen al ejército real las reglas, los hábitos, las 
«costumbres, todo lo que constituía la existencia íntima del noble ins- 
«tituto de los artilleros españoles. ^ — Al agruparnos de nuevo en torno 
«de la enseña que saludaron respetuosos en Zaragoza y Bailen esclare- 
«cidos capitanes de huestes extranjeras, la vida de mejores tiempos 
«reaparece; y de tal modo, que ni ofensa ni agravio ha de haber para 
«ninguno, y cada cual ha de tener el puesto que le corresponde en la 
«organización primitiva, que será rigurosamente observada. — Porque 
«partimos de promesas solemnemente hechas por el egregio Príncipe' 
«que en estos momentos acomete la generosa empresa de abrir con su. 
«espada los caminos de la regeneración universal, nadaba de cambiar- 
»se en el modo de ser del Cuerpo de artilleros.— Por eso nos permiti- 
»mos esperar que cuantos han sido y seguirán siendo al través de 
«cualesquiera vicisitudes, más que compañeros, nuestros hermanos, 
«han de prestarnos su leal cooperación. — Sólo nos desconsolaría, en la 
«confianza que abrigamos^ que hubiese alguno cuya vacilación dema- 
«siado prolongada pudiera ser, por la fuerza de los hechos que se con- 
«sumasen, causa injustificada de pretendidos perjuicios. — No queremos 
«creer que así suceda; y por el contrario, conocedores de la alteza de 
admiras y pureza de sentimientos de aquellos á quienes nuestras pala- 
«bras se encaminan, suponemos que desde luego han de escucharlas y 



«atenderlas. — Los tiempos son harto duros para que la reflexión no 
«haya madurado el consejo de la conciencia propia.— La crisis por que 
»pasa el pueblo español es decisiva. — El remordimiento ó el orgullo del 
«deber cumplido se ofrecen perentoriamente á nuestra elección, como 
«legado para dejar á nuestros sucesores. — Nosotros hemos elegido ya. 
» — ¡Compañeros! Expuestos con fraternal franqueza nuestro proceder 
»y propósito, elegid también vosotros, elevando el corazón y el espiri- 
»tu á la altura de vuestros nombres. —Mientras tanto os enviamos un 
»saludo cordial. — En nombre de los oflciales pertenecientes al Ejército 
»Real^ la Comisión autorizada. — Elido Berriz, Antonio Brea, Julián 
y> García Gutiérrez.» 

Explicado ya quiénes eran y de dónde venian los artilleros que lla- 
maron tanto la atención en Lecumberri, réstanos decir á dónde iban^ á, 
partir de dos días antes de llegar á dicho pueblo. 

Reunidos dichos jefes y oficiales en Francia, partimos á caballo de 
San Juan de Luz, vestidos de paisano, pero llevando en los maletines 
de grupa y cubre-capotes los uniformes militares. La gendarmería 
francesa que ocupaba la frontera no nos detuvo más que el tiempo 
preciso para que hiciéramos en la aduana la declaración correspon- 
diente á la salida de los caballos, para el pago del impuesto al Estado, 
al regresar. Dejáronnos, pues, pasar tranquilamente, y al entrar en 
tierra española espoleamos á los caballos con la idea de llegar cuanto 
antes á Vera, primera población carlista^ á la cual arribamos bien de 
mañana, pues no es mucha la distancia que la separa de San Juan 
de Luz. 

Nuestra primera visita fué á la naciente fábrica de proyectiles, en 
cuya ligera inspección fuimos acompañados por su estudioso director 
el capitán de artillería D. José de Lecea, el teniente D. Luis Ibarra y 
el alférez alumno Gómez Quintana, quienes constituían todo el per&o- 
nal facultativo que había entonces allí. Visitamos, por tanto, los hor- 
nos de fundición, los moldes y modelos para fundir proyectiles, y por 
último los planos y libros que había en su biblioteca, los cuales ha- 
bían sido llevados á Vera desde la antigua fábrica de proyectiles de 
Orbaiceta, donde había estado, precisamente, destinado antes de la 
guerra el mencionado Lecea. 

Las necesidades de dicha fábrica no eran muchas entonces, pues 
sólo tenía á su cargo la fundición de granadas de 8 centímetros para 
piezas niyadas, bombas para morteros de á 12 y li centímetros, del tren 
de sitio, y granadas esféricas para los obuses de la batería de Navarra. 

Al salir de la fábrica nos encontramos los artilleros expedicionarios 
con varias compañías del 5." batallón de Navarra, dedicadas á su or- 



— 10 — 

ganización é instrucción, al mando de nuestro a:.tiguo amigo el Mar- 
qués de las Hormazas, brillante oücial del ejército de Isabel II, que 
había hecho con lucimiento la campaña de África á las i^nmediatas ór- 
denes de su tío el mariscal de campo D. Fausto Elío. 

Como nuestro proyecto era llegar cuanto antes al Cuartel de Don 
Carlos, y allí no había noticias del punto en que podía encontrarse, 
montamos de nuevo á caballo, y atravesando el río por los vados cer- 
canos al puente volado por el general republicano Nouvilas, que era 
el ingeniero que más hizo por los carlistas (poniendo dificultades á los 
liberales al volarles los puentes, puesto que á los carlistas les bastaba 
con sus conocidos vados)^ fuimos á dormir á Lesaca, en cuya pequeña 
villa no había más que una ligera señal de que se estaba en guerra, y 
era el principio de un hospital para cuando las operaciones se verifica- 
sen en la frontera. 

La población más cercana era Leiza, hasta donde pensábamos lle- 
gar en la jornada del día siguiente; pero como no existían más que pe- 
dazos de regular carretera desde Lesaca, y había, en cambio, que 
atravesar una respetable masa de altísimas montañas, por veredas pe- 
dregosas é imposibles cuando caían cuatro gotas, hubimos de solicitar 
y obtener un guía para que nos condujese al sitio ya designado. Al 
amanecer empezamos la ascensión, subiendo, ó mejor dicho, escalando 
montes, bajando á hondísimos valles, y mediando la jornada en el pue- 
blo de Goizueta, de donde, después de un ligero descanso^ emprendi- 
mos de nuevo la marcha, llegando ya de noche á Leiza, corriendo el 
menor peligro que era el de extraviarnos por los montes de Arichule- 
gui, pues gracias á los caballos escapamos del mayor, que lo hubiera 
sido el de despeñarnos por aquel camino en escalera y en rampas res- 
baladizas, imposibles de todo punto pai'a e' que no las conocía. 

En Leiza hubieron de informarnos de que allí se encontraba el bri- 
gadier D. Ramón Argonz, á quien hubimos de presentarnos, cum- 
pliendo un deber militar que aquel digno veterano agradeció extra- 
ordinariamente, y después de felicitarnos por nuestro arribo al campo 
carlista, nos dijo que él se dirigía también al Cuartel de Don Carlos 
con el coronel Zalduendo y otros jefes. 

Siguiendo sus pasos atravesamos Lecumberri, desde donde hemos 
dado comienzo á este capítulo, yendo á dormir á Lacunza, en la Ba- 
rranca. Nada de particular ocurrió en esta jornada; no así en la si- 
guiente, porque á los pocos pasos de Lacunza nos encontramos nada 
menos que con los batallones l.^y2." de Navarra, mandados por su 
insigne comandante general D. Nicolás Olio. Aquellos batallones, cu- 
yos respectivos jefes lo eran D. Eusebio Rodríguez y D. Teodoro Rada 



— 11 — 

(Radica), venían de limpiar de enemigos la frontera, y se dirigían al 
proyectado asedio de Tolosa. 

Dejamos pasar al General, á quien debíamos presentarnos después, 
toda vez que nos dirigíamos á pernoctar en el mismo punto, que era 
Segura, y nos agregamos á la piaña mayor del 2.'' de Navarra, á cuyo 
primer jefe, Radica, fuimos presentados por nuestros queridos amigos 
el comandante D. Carlos Calderón, el Barón de la Torre y D. Diego 
Henestrosa, hermano del Marqués de Villadarias, quienes en aquella 
época figuraban como agregados á la citada plana mayor, de la cual 
formaba parte también un intrépido capellán, el ilustrado y joven don 
Benito, cuyo apellido no podemos recordar, siendo por demás cariñosa 
y difícil de describir la cordial acogida que nos dispensaron todos 
aquellos tan bravos cuanto simpáticos y queridos amigos y compañe- 
ros de armas^ en cuya alegre compañía cenamos aquella noche; y 
después de la presentación oficial al Comandante general de Navarra, 
nos despedimos de tan dignos camaradas, pues al otro día debíamos 
separarnos en contraria dirección. 

En la siguiente jornada, al atravesar por Zumárraga, nos encon- 
tramos con tropas vizcaínas que, como las navarras, se encaminaban á 
Tolosa, á las órdenes de su comandante general D. Gerardo Martínez 
de Velasco, á quien nos presentamos cumpliendo un deber de cortesía, 
y siguiendo nuestro camino llegamos al anochecer á Vergara, en donde 
se hallaba entonces el Cuartel de Don Carlos, objeto de nuestros afanes 
por el momento. 

Al día siguiente tuvimos la alta honra de saludar al Señor Don 
Carlos de Borbón, al egregio príncipe, único representante, entonces, 
en España del principio monárquico por el cual íbamos á luchar; y 
como el que hacía de jefe del pequeño grupo de oficiales, al cual se 
agregó el alférez alumno D. Carlos León, era entonces el más antiguo 
del Cuerpo de Artillería, aquel mismo día fué nombrado Comandante 
general del mismo, con plenos poderes para ir destinando jefes y ofi- 
ciales allí donde fueran más necesarios sus servicios. 

En su consecuencia, el coronel D. Elicio Bérriz nombró á D. Anto- 
nio Brea jefe del Cuerpo en el Estado Mayor de Navarra; destinó á 
D. José Dorda para ayudar á D. Leopoldo Ibarra en la fábrica de Az- 
peitia; á D. Alejandro Reyero le dio la dirección de la batería de mon- 
taña de la división de Navarra; y á D. Julián García Gutiérrez y don 
Carlos León les envió á Vizcaya á fin de que sirviesen de base á la ba- 
tería de dicha provincia y fundición de Arteaga, con D. Idilio y don 
Germán García Pimentel, antiguos alumnos de la Academia de Arti- 
llería de Segovia. 




Medalla de LA CABIDAS 



Capítulo II 



Creación y organización de los batallones navarros, guipuzcoanos^ 
vizcaínos, alaveses, cántabros, castellanos, riojano, de aragoneses 
y de asturianos. — Caballería carlista. — Hospitales, ambulancias 
y creación de La Caridad. 

SABIDAS de todos son las causas que dieron lugar al levantamiento 
do las provincias Vascongadas y Navarra en Diciembre de 1872. 
El tratado de Amorevieta no fué más que una tregua ó aplazamiento 
de la guerra en ellas, máxime cuando había continuado la campaña 
en Cataluña, donde conseguían los carlistas importantes victorias. Esto 
estaba en la conciencia de todos los españoles, ó mejor dicho, de cas 
todos. El Gobierno de Madrid, como siempre, creíase invulnerable, ó 
poco menos; pero dados el carácter eminentemente guerrero de los 
descendientes de los antiguos éuskaros y su espíritu religioso, era de 
suponer que no estuviesen los vascos y navarros muy conformes con- 
la Monarquía democrática primero, y con la República federal des- 
pués, cuyas dos formas de gobierno fueron proclamadas por el central 
de Madrid. 

Por eso se vieron convertidos en batallones, en menos de un año, 
cada uno de los veintisiete hombres que salvaron los Pirineos con don 
Nicolás Olio en Diciembre de 1872, organizándose rápidamente^ á fa- 
vor de la idea creadora iniciada por dicho jefe en Navarra, donde go- 



— 13 — 

-zaba de gran popularidad, los batallones del Rey, Reina, Príncipe Don 
Jaime, Infanta Doña Blanca, Infanta Doña Elvira y Rey Don Juan, 
con la numeración del 1 al 6. Estos cuerpos fueron organizados y 
mandados respectivamente, hasta fines de 1873, por D. Ensebio Ro- 
dríguez, D. Teodoro Rada (más conocido por Radica), D. José Lerga, 
Goñi, el Marqués de las Hormazas y D. Juan Yoldi. 

El primer Comandante general de Navarra, D. Nicolás Olio, había 
nacido en Ibero en Diciembre de 1816; militó en la división carlista de 
su provincia durante la primera guerra civil, siendo herido dos veces, 
asistiendo á más de cuarenta acciones de guerra y llegando á obtener el 
empleo de alférez de infantería á los veinte años de edad. Adherido al 
Convenio de Vergara, distinguióse en el ejército de Isabel II, especial- 
mente en la guerra de África, en la cual ganó la cruz de San Fernan- 
do, retirándose poco después del servicio con el grado de teniente co- 
ronel y la efectividad de comandante desde 1860. 

Muchas páginas habríamos de necesitar si quisiéramos describir las 
especiales condiciones de carácter y distinguidas prendas militares 
del malogrado general carlista D. Nicolás Olio. Otros escritores de 
más mérito lo intentarán con mayor éxito. Su modestia, golpe de vista 
rápido y seguro, entendimiento claro, valor á to^a prueba, tan duro 
para sí mismo como sensible á las fatigas de sus compañeros é inferió 
res: tal era el antiguo capitán de infantería en la guerra de África; e~ 
comandante retirado luego, y el organizador de aquellos batallones 
navarros, tan queridos del caudillo como admirados por sus enemigos. 
Nadie habrá olvidado, seguramente, las estratégicas marchas que 
hubo de hacer Olio al principio déla campaña, con un puñado de hom- 
bres desarmados, mientras no encontraban enemigos á quienes quitar 
sus fusiles y municiones; aquella vida errante, sin tener tiempo para 
descansar y para racionarse, sin abrigo en invierno, no cruzando las 
carreteras sino de noche, rodeados siempre de tres y hasta cinco co- 
lumnas enemigas, y á pesar de todo organizándose en las cimas de las 
montañas y haciendo frente al ejercito liberal en cuanto se encontra- 
ban con él^ siquiera en la razón de uno á ocho. Unas veces mandando 
en jefe y otras acompañado, su nombre figuró siempre en primera lí- 
nea entre los carlistas, y su temprana y desdichada muerte causó 
honda pena entre todos ellos. ¡Dios haya recompensado sus virtu- 
des, su modestia y sus indisputables dotes de mando! 

D. Ensebio Rodríguez, que obtuvo el mando del primer batallón de 
Navarra, casi desde el principio de la campaña, haciendo de él un 
modelo de disciplina y sólida instrucción, pudiendo competir ventajo- 
samente con cualquier cuerpo de Cazadores del ejército liberal, había 



— 14 — 

hecho la guerra de África con el destAio de ayudante del batallón de 
cazadores de las Navas, ganando en aquella gloriosa campaña la cruz 
de San Fernando, y era ya comandante al llegar al campo carlista. 

Como él procedían también del ejército: el teniente coronel Marqués 
de las Hormazas, quien también había ganado en África la cruz de 
San Fernando y que creó y mandó hasta su fallecimiento el 5.*^ bata- 
llón de Navarra, y D. Juan Yoldi, que había sido coronel en el ejérci- 
to de Isabel II y que en el de Don Carlos mandaba el 6.^ batallón de 
Navarra en la época á que nos referimos. 

De buenos y leales oficiales de la primera guerra civil procedían 
los coroneles Lcrga y Goñi, quienes organizaron respectivamente los 
batallones 3.° y -í.^ de Navarra. 

El 2.° de la misma división fué creado por D. Teodoro Rada, á 
quien expresamente hemos dejado el último entre los jefes navarros, 
por merecer colocarse á su cabeza. Compartía la popularidad con Olio, 
y nunca, como en él, ha sido un axioma el conocido proverbio de vox 
pojnili, vox Dei. Su popularidad era merecidísima; sin ser una notabi- 
lidad militar, era un guerrillero del temple de los Mina y de los Man- 
so. Modesto por naturaleza y callado, nunca daba su opinión sino des- 
pués de bien pesadas todas las razones del caso, y rara voz dejaba de 
acertar en sus claros juicios. Muchas veces le sorprendíamos en sus 
alojamientos leyendo la Campaña franco prusiana ola Táctica del 
Marqués del Duero. Arrojado y valiente hasta la temeridad, hizo te- 
mible á su batallón en cuantas ocasiones entraba en fuego, conocién- 
dole sus enemigos casi tanto como los suyos. ¿A qué se debía, sino, el 
que los periódicos republicanos citasen su nombre al lado de los de 
Olio, Elío y Dorregaray, siendo así que estos eran generales y él no 
dejó de ser jefe de batallón sino poco antes de su muerte? 

A" su' lado hizo la campaña D. Carlos Calderón, antiguo oficial de 
coraceros del Príncipe y ayudante de campo del general Duque de 
Osuna, embajador de España en Rusia en el reinado de Isabel II; des- 
pués oficial de órdenes de Don Carlos hasta la jornada de Oroquieta, y 
más tarde, segundo jefe del batallón de Radica y su sucesor en el 
mando del mismo, siendo de admirar la conducta de Calderón, quien 
pudiendo hacer su carrera al lado de Don Carlos ccn mayor comodi- 
dad, prefirió irse á un batallón por creer más necesarios allí sus servi- 
cios y para ganarse en las filas sus empleos y condecoraciones. Identi- 
ficado con Radica, participaba de parte de su gloria, que nosotros le 
envidiamos, y lloró su muerte, como todos lloramos al saberla. 

¡Olio y Rada! desdichado proyectil que desde Serantes cortó dos vi- 
das tan necesarias al carlismo! juntos entraron á hacer la guerra, y la 



— 15 — 

misma granada acabó con el General y el Brigadier, firmísimas colum- 
nas del suspirado trono de Don Carlos. 

Con el tiempo llegó la División de Nav^arra á contar con doce bata- 
llones, cuyo mando desempeñaron, en el transcurso de la campaña, ade- 
más de los jefes ya citados, los antiguos oficiales de Infantería del ejér- 
cito D. Simón de Montoya^ D. Romualdo Cesáreo Sanz (actual diputado 
á Cortes por Pamplona) y D. Marcelino Martínez Junquera (quienes 
llegaron á brigadieres): D. Fausto Elío^ Martínez, Vergara, Angozto y 
Equiazu (quienes murieron al final de la guerra, los cuatro primeros de 
ellos en Navarra y el quinto en Guipúzcoa): D. Tomás Foronda, don 
Leonardo Garrido, D. Joaquín Sacanell, D. José Seidel, D. JcséOrlán- 
diz, D. Kamón Inestrilla, D. Gabino Sainz Celaya, D. Joaquín Monta- 
gut, Segura, Mendoza y algún otro que no recordamos. 

En Vizcaya adelantó también la organización de un modo notable, 
debido no solamente á la popularidad del anciano brigadier D. Castor 
Andéchuga, sino también al celo del comandante general del Seño- 
río, D. Gerardo ]\Iartínez de Velasco, y á la ilustración de su jefe de 
Estado Mayor D. Alejandro Arguelles. 

En la época á que nos referimos había nueve batallones vizcaínos. 
Se llamaban por el nombre del distrito á que pertenecían, correspon- 
diendo dos á las Encartaciones, otro á Arratia y uno á cada villa de 
Guernica, Durango, Marquina, Munguía, Orduña y Bilbao. Sus jefes 
eran casi todos del país, y pocos de la ¡Drimera guerra civil: D. José 
Seco Fontecha, el Barón de Sangarrén, D. Andrés Ormaeche y D. Mar- 
tín Luciano de Echévarri (quienes llegaron á brigadieres), D. León 
Iriarte, D. Juan Sarasola, D. José Gorordo y D. José Bernaola: más 
tarde mandaron también batallones de esta División D. Eulogio de Isa- 
si, Galván, Orúe, Echevarría, Maidagan, Rivaflecha, Valcárcel, Es- 
quiaga, Iturzaeta y Escauriaza. El primer comandante general de Viz- 
caya, D. Gerardo Martínez de Velasco, había nacido en 1820, era 
veterano de la primera guerra civil y fué el único General que pudo 
mantenerse con 1,000 hombres en armas, después del tratado de Amo- 
revieta, en las provincias Vascongadas, recorriéndolas mientras tuvo 
un grupo de hombres que mandar y volviendo á entrar en campaña el 
año 1873. Tuvo el acierto de rodearse de hombres de verdadero valer, 
procedentes del Ejército, como el capitán teniente de Ingenieros don 
Alejandro Arguelles y el de Infantería D. Carlos Costa, antiguo profe- 
sor de cadetes. Aquel, de carácter organizador y entendido, contribuyó 
más que otro alguno á que Don Carlos pudiera revistar, á poco de en- 
trar en España, ocho batallones vizcaínos de nutrida fuerza y bien ar- 
mados. Costa, que le sucedió en el cargo de jefe de Estado Mayor de 



— 16 — 

Vizcaya, continuó por el mismo camino, siendo infatigable en el traba- 
jo, modesto, y uno de los más valiosos jefes de la causa carlista. 

El segundo jefe de la provincia de Vizcaya, D. Castor Andéchaga, 
era ya septuagenario; habia hecho la campaña realista de 1822 al 23, 
llegando en ella á teniente de Infantería; durante la guerra de los siete 
años distinguióse en numerosas jornadas, mandando primeramente el 
batallón 7.'^ de Vizcaya, y después una brigada al frente de la cual 
ganó la Cruz de San Fernando. Adherido al Convenio de Vergara, no 
aceptó nunca ningún destino, vivió siempre retirado en su país, sin ce- 
der á los halagos de los Gobiernos liberales, que además de reconocerle 
su empleo de brigadier le agraciaron con la Gran Cruz de Isabel la Ca- 
tólica; pero cuando se reanudó la guerra carlista, montó á caballo, á 
pesar de su edad, y en breve organizó sus dos batallones de Encarta- 
dos y dio gran impulso al levantamiento de Vizcaya, pues era allí tan 
querido y tan popular como Olio en Navarra. Su poderosa iniciativa, 
su arrojo desmedido y su entusiasmo por la Causa, no reconocían lími- 
tes. La lucha era su elemento, y su nombre y condiciones se echaron 
muy de menos, no sólo entre los batallones Encartados y la fundición 
de Arteaga, que creó, sino en el modo de ser de la provincia, desde el 
nefasto día que regara con su sangre el cerro de las Muñecaz, dispu- 
tando el paso de Bilbao al ejército republicano. 

D. José Seco Fontecha había sido comandante de la Guardia Civil; 
el Barón de Sangarrén procedía también del Ejército, en el que había 
llegado á capitán de Infantería y ganado la Cruz de San Fernando 
cuando la guerra de África; y, en fin, los otros dos jefes vizcaínos que 
también llegaron á brigadieres, Echévarri y Ormaeche, habían militado 
en las filas carlistas durante la primera guerra civil, ganando ambos la 
Cruz de San Fernando; y adherido el segundo al Convenio de Vergara, 
habia llegado en el Ejército á comandante de Infantería. 

En Guipúzcoa, el cura Santa Cruz primero, y después el teniente 
coronel que había sido del batallón de cazadores de Arapiles, D. Anto- 
nio Lizárraga, habían organizado seis batallones que se llamaban de 
Tolosa, de Azpeitia, de Elgoibar, del Carmen, del Triunfo y de San Ig- 
nacio. Sus jefes eran guipuzcoanos en su mayoría, de natural influencia 
en el país, como el veterano de la primera guerra D. Juan José de Aiz- 
purua (que llegó á brigadier), Iturbe (hijo del brigadier carlista del 
mismo apellido que tanto se distinguió en la guerra de los siete años), 
Erapáran y otros; pero también figuraron al frente de batallones de di- 
cha provincia los antiguos jefes y oficiales de Infantería del Ejército 
D. Enrique Chacón y D. José Ferrón (quienes llegaron á brigadieres), 
Pérez Dávila, Hinestrilla, López y Blanco (quien murió en Mendizo- 



— 17 — 

rrotz). La División de Guipúzcoa llegó á contar con ocho batallones, de 
los que en el transcurso de la campaña fueron jefes, además de los ya 
citados, Fortuny, Alday, Vicuña, Irazu y Folgaera. Estos batallones 
estaban bastante nutridos de fuerza y aguerridos, porque el general 
republicano Loma conocía á palmos el país y no les dejaba descansar 
al principio, por su incansable persecución y actividad. 

El primer comandante general de Guipúzcoa, D. Antonio Lizárraga, 
había nacido en 1817 y militado en las filas carlistas durante la prime- 
ra guerra civil, llegando á teniente de Infantería. Adherido al Conve- 
nio de Vergara, obtuvo la Cruz de San Fernando peleando contra los 
carlistas en 1848; fué á la guerra de África con el 3.er tercio de la bri- 
gada vascongada, ganó el empleo de teniente coronel en la sangrienta 
jornada del 22 de Junio de 186G, en Madrid, y se distinguió en el ejér- 
cito de Isabel II al frente del batallón de cazadores de Arapiles. Nom- 
brado por Don Carlos para el mando de Guipúzcoa, á las atrevidas 
marchas del cura Santa Cruz se sucedieron la toma de Azpeitia, Elgoi- 
bar y otros puntos defendidos por columnas liberales: á la guerra de 
guerrillas se sucedió la lucha en campo abierto, y las partidas convir- 
tiéronse en batallones. Militar de raras prendas é incansable en todo 
a,quello que creía el cumplimiento de su deber, D. Antonio Lizárraga 
babía dado ser y vida á los batallones de guipuzcoanos, que por sus 
condiciones y lenguaje eran refractarios á ser mandados por jefes que 
no fueran del país. Con tino y paciencia fué modificando Lizárraga es- 
tas condiciones, y si bien no les privó nunca de que paisanos de verda- 
dera popularidad en Guipúzcoa les mandasen, consiguió que los distin- 
guidos oficiales procedentes del Ejército que ya hemos citado, fuesen 
venciendo la desconfianza de los voluntarios y llegasen á ser tan que- 
ridos como aquellos, debiéndose también á la iniciativa de Lizárraga 
la creación de la Maestranza-fundición de Azpeitia y que las fábricas 
de Eibar y Plasencia dotasen á los batallones de su mando de excelen- 
tes fusiles sistema Remington. 

En Álava había cuatro batallones en 1873, y más adelante organi- 
záronse otros dos, creados todos por jefes conocidos del país y manda- 
dos por ellos hasta su ascenso á empleos superiores. El comandante 
general lo era D. José Ruiz de Larramendi^ y su jefe de Estado Mayor, 
el antiguo brigadier del ejército D. Torcuato Mendiry. Los alaveses se 
distinguían por su valor frío y sereno, y su apacible carácter, tan dife- 
rente del bullicioso de los navarros y de la imperturbabilidad de los 
vizcaínos y guipuzcoanos. Los batallones de dicha provincia fueron 
mandados en el transcurso de la campaña por D. Celedonio Iturralde y 
D. José Montoya (que llegaron á brigadieres); por el teniente de navio 



— 18 — 

D. Mariano Torres; por los antiguos oficiales de infantería del ejército, 
Alvarez Sobrino, D. Felipe de Sabater y D. Manuel Rodríguez Maillo; 
por D. Valentín Sopelana (que murió en Somorrostro); por D. Fausto 
Eguilleta (que murió en Abarzuza); por D Casimiro Urtueta; por Vi- 
guri, por Mendivil y por Luzuriaga. 

El primer comandante general de Álava, D. José Ruiz de Larra- 
mendi, había nacido en 1820 y militado durante la guerra de los siete 
años en las filas carlistas: adherido al convenio de Vergara, formó par- 
te de la memorable expedición española á Italia, mandada por el ge- 
neral segundo Marqués de Mendigorría, y ganó en África la cruz de 
San Fernando y el grado de teniente coronel. Tuvo la desgracia de 
que su salud no corriese parejas con su ánimo y buen deseo; casi pue- 
de asegurarse que mientras estuvo al frente de la provincia, le susti- 
tuía en el mando activo de ella su jefe de Estado Mayor Mendiry. 

El primero organizaba, y el segundo tenía la gloria de conducir al 
combate á los sufridos y subordinados alaveses en la mayoría de las 
ocasiones, aunque con harto dolor deLarramendi, quien^ sin embargo, 
peleó en numerosas jornadas. D. Torcuato Mendiry había nacido en 
181.3, y servido en el ejército de Don Carlos María Isidro de Borbón, 
en el que ganó la cruz de San Fernando y llegó á obtener el grado de 
coronel y la efectividad de comandante. Adherido, más tarde al Con- 
venio de Vergara, ganó el empleo de teniente coronel, peleando en las 
calles de Zaragoza, en 1854: ascendido á coronel en 1862, mandó suce- 
sivamente los regimientos de infantería de Murcia y de Bailen, y des- 
empeñó, ya de brigadier, la Comandancia General de Ronda. 

Larramendi y Mendiry, que eran ambos militares de merecido re- 
nombre en el ejército de Isabel II, continuai'on en el carlista sus buenas 
tradiciones, distinguiéndose entre los militares severos de alta gradua- 
ción, que hicieron de partidas, batallones, y de batallones, divisiones 
tan organizadas y tan buenas como las mejores. 

La División de Castilla tenía, en 1873, de comandante general á 
D. Manuel Salvador Palacios, veterano de la primera guerra civil, en 
la que había ganado dos cruces de San Fernando y llegado á briga- 
dier, primer jefe de la célebre brigada de Tortosa. Los voluntarios 
castellanos al acudir desde su país á las provincias vasco-navarras 
fueron formando compañías sueltas, inl jpendientes de los batallones de 
la provincia á la que se incorporaban, aunque siempre á las órdenes 
de los comandantes generales de las mismas, llegando á organizarse 
en Vizcaya hasta dos batallones castellanos, el del Cid y el de Arlan- 
zon, mandados por Bruyel y por D. Telesforo Sánchez Naranjo, anti- 
guo capitán de carabineros. Con las compañías sueltas de las otras pro- 



— 19 — 

vincias, con» algunas partidas que no pudiendo sostenerse en Castilla 
se refugiaban en el Norte, y con los muchos voluntarios que acudian 
allá, organizó el general Palacios los batallones de Burgos, Falencia y 
Cruzados de Castilla, los cuales se refundieron más tarde en dos que uni- 
dosá los que habia en Vizcaya formaron la División de Castilla, la cual 
llegó á contar con seis batallones, de los que fueron jefes, en el transcur- 
so de la campaña, además de los ya citados Bruyel y Naranjo, D. Maxi- 
miano del Pino, el veterano D. Alejandro Atienza, D. José Manuel 
G. Solana, los antiguos oficiales de infantería del ejército D. Rodrigo Me- 
dina (hijo del Marqués de Esquivel) y D. JoséRovira y Ladrón de Gue- 
vara, Pérez Nájera y algún otro que no recordamos en este momento. 

De los batallones castellanos no diremos que fuesen los mejores del- 
ejército del Norte, porque en valor y abnegación todos rivalizaron; 
pero no se puede negar que eran de los que tenían mayor mérito, toda 
vez que los vascongados y navarros para incorporarse á las filas no 
tenían, en general, que correr tantos riesgos; pudiéramos decir que 
peleaban en su casa; en sus heridas y enfermedades podían verse más 
fácilmente atendidos por los suyos, y como dominaban gran parte del 
territorio de sus provincias, sus Diputaciones á guerra podían disponer, 
relativamente de grandes recursos. En cambio los castellanos, sola- 
mente para acudir á la guerra, tenían ya que sufrir mayores penalida- 
des y correr mayor peligro al atravesar extenso territorio domina- 
do por el enemigo; peleaban y caían enfermos ó heridos lejos de sus 
ca^as y de sus familias; su Junta ó Diputación á guerra no podía aten- 
derles tanto como las otras á los suyos, y sin embargo, no sólo fueron 
siempre tan valientes, tan sufridos^ tan leales y tan disciplinados como 
el mejor cuerpo del ejército carlista, sino que cuando á las victorias de 
Somorrostro, Abarzuza, Lacar y tantas otras, sucediéronse los días de 
prueba que precedieron al paemorable de Valcarlos, cuando estaban 
disueltos ya casi todos los batallones de otras provincias, aún se man- 
tuvieron hasta el último momento tan decididos y leales, tan unidos y 
disciplinados como en los más felices tiempos, aquellos inolvidables 
castellanos con quienes tuvimos el honor de compartir las amarguras 
por que todos pasamos en los últimos días de la guerra. 

Los batallones cántabros, riojano, de asturianos y de aragoneses 
fueron organizados, respectivamente, por el coronel D. José Navarre- 
te, por los célebres guerrilleros Llórente y Rosas, y por el brigadier 
D. León Martínez Fortún, antiguo coronel del ejército de IsabelII, en 
el que se había distinguido organizando en Cuba las primeras fuerzas 
de voluntarios, y después, como ayudante de campo del general Ma- 
kenna, en la guerra de África. 



— 20 — 

Los batallones cántabros no eran más que dos y algunas compa- 
ñías de Guias, á pesar de los desvelos de su digna Junta de guerra: en 
el transcurso de la campaña fueron sus jefes, además de Navarrete, don 
Juan Yoldi, D. Alejandro Arguelles, D. Pedro Vidal, D. José Mora, 
San ^[illán, y no recordamos si algún otro más. El batallón asturiano 
tuvo también de jefe á Hurtado de Mendoza. El batallón aragonés, 
además de Fortún, tuvo á su frente al antiguo oficial de caballería y 
ayudante de campo del general Ortega, D. Francisco Cavero, al co- 
mandante del ejército de Cuba D. Carlos González Boet y á D. Cristo- 
bal de Vicente, quien mandándolo murió en Zumelzu. Al final de la 
guerra, este batallón, llamado de Almogávares del Pilar, se refundió 
con el 12.° de Navarra. 

La caballería de Navarra, creada al principio de la campaña por 
el antiguo voluntario de la de África D. José Pérula, tuvo por base, no 
sólo la popularidad de que gozaba este guerrillero en Sesma, Lodosa y 
otros puntos de Navarra, sino la atrevida expedición que muy al prin- 
cipio hizo á Castilla la Vieja. En Agosto de 1873 hallábase en organi- 
zación, bajo las órdenes de dicho señor y de algunos jefes y oficiales 
que habían servido en el ejército liberal, como D. Fernando Ordóñezy 
D, Juan Ortigosa. 

A pesar de carecer de buenos y reglamentarios equipos, y aún de 
armas, habíase portado bizarramente la caballería carlista en Eraul 
y Udave. Sin embargo de su naciente estado desempeñaba buenos 
servicios, como avanzadas y flanqueos, apresaba convoyes, picaba re- 
taguardias, etc. Los caballos tenían diversa procedencia: unos cogidos 
al enemigo, otros requisados en los pueblos, otros donados graciosa- 
mente por sus antiguos dueños, y otros propiedad de los jinetes, por 
compra ó pase del ejército contrario. En la citada época serían unos 
doscientos; algunos carecían en absoluto de monturas, y otros las te- 
nían, pero sin uniformidad. Esta circunstancia cesó pronto por la ini- 
ciativa del general carlista Olio y de su jefe de caballería, Pérula, 
quienes establecieron un taller de monturas en Legaría (Amézcoas), 
que surtió de sillas y bridas á aquélla. Los jinetes iban armados de 
sables, y unos pocos de tercerolas y lanzas. 

Hemos dicho que para la organización de la caballería de Navarra 
influyó mucho la popularidad de D. José Pérula, y, efectivamente, la 
compartía en aquella provincia con Olio y Radica. Su carácter franco 
y sin vacilaciones le hacía apreciable y querido de sus compañeros é 
inferiores. Sus antecedentes anteriores á la revolución de 1868 no fue- 
ron otros que el de haber ido á la guerra de África como voluntario, 
distinguiéndose en ella, en términos de haber alcanzado la cruz de 



— 21 — 

San Fernando y un destino civil en recompensa de sus méritos. Así 
como Olio y Rada fueron el alma de la infantería navarra, Férula lo 
fué de la caballería, viéndosele desde el primer alzamiento carlista 
montar á caballo, recorrer los pueblos de la ribera del Ebro y arras- 
trar con su presencia á todo el que disponer podía de un caballo ó te- 
nía medios de proporcionárselo. Guerrillero y jinete infatigable, hacía 
rápidas y atrevidas marchas en terreno liberal, aceptando la lucha en 
buenas condiciones, ó esquivándola caando el número ó las circuns- 
tancias le hacían suponer un probable vencimiento. Hánle achacado 
algunos á Férula faltas que á otros generales en jefe se les han dispen- 
sado; pero, á nuestro juicio, el que de soldado asciende á general en 
jefe de 40,000 hombres, demuestra que si no es un Moltke, es de la 
madera de donde han salido el Empecinado, Falarea y otros generales 
cuyos hechos de armas honran á nuestra patria, excusando decir que 
al juzgarle de este modo lo hacemos prescindiendo de su intervención 
en algunas operaciones de la guerra, pues de este delicado asunto ya 
nos ocuparemos á su debido tiempo. 

D. Fernando Ordóñez había sido comandante de caballería del 
Ejército, en el que había prestado muchos y buenos servicios; en el 
campo carlista fué segundo de Férula en la caballería de Navarra, 
asistiendo con ella á las acciones de Alio, Dilcastillo y Montejurra; 
organizó en Junio de 1874 el escuadrón de Guardias, escolta de Don 
Carlos, y después pasó al Ejército del Centro con el general Dorre- 
garay. 

También figuró brillantemente en la organización de la caballería 
de Navarra el antiguo capitán teniente de Húsares de Pavía D. Juan 
Ortigosa, hijo del general del mismo apellido, oficial pundonoroso, va- 
liente é ilustrado, que demostró cualidades superiores á su edad en 
cuantas empresas hubieron de encomendársele hasta el fin de la guerra. 

En las demás provincias organizóse la caballería análogamente que 
en Navarra; el escuadrón de Álava lo mandó el coronel D. Francisco 
Aguirre, y los de Vizcaya y Guipúzcoa tuvieron á su frente á los anti- 
guos oficiales de caballería del Ejército D. Félix Noriega y D. Manuel 
de la Cruz: con la famosa partida de los célebres Hierros, que de la 
provincia de Burgos pasaron al Norte, se formaron los dos primeros 
escuadrones de Castilla: con soldados pasados del ejército republicano 
se constituyó un escuadrón que solía servir de escolta al jefe de Estado 
Mayor, General Elío, y al Capitán General de las Vascongadas y Nava- 
rra, Dorregaray: y, en fin. Cantabria, Aragón, Asturias y Rioja tam- 
bién llegaron á disponer de escuadrones que, aunque de escasa fuerza, 
prestaron excelente servicio. 



Con la caballería de Navarra formóse el Regimiento del Rey; con 
los escuadrones de Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y el de pasados, se or- 
ganizó el Regimiento de Borbón, y con la caballería de Castilla el Re- 
gimiento de Cruzados; quedando sueltos algunos escuadrones como 
los ya citados de Cantabria, Aragón y Asturias, y el de Húsares de 
Arlaban. 

Entre los jefes de caballería que sirvieron en los Cuerpos del arma 
recordamos, además de los ya citados, al brigadier D. Esteban Barrasa 
(jefe procedente de la caballería del ejército de Isabel II y que llegó á 
ser Comandante general de la del ejército carlista del Norte), y á los 
antiguos oficiales de caballería del ejército liberal D. Mario Villar (que 
mandó el Regimiento de Borbón), Planas (que mandó el del Rey), 
Zaldívar (que mandó el de Castilla), Mogrovejo (hijo del General 
del mismo apellido), Urbina, Doñamayor, Escribano y Alvarez del 
Manzano. 



El servicio sanitario dejó mucho que desear, por falta de personal y 
de material á propósito, excepto en los hospitales. Realmente puede de- 
cirse que no le hubo perfecto hasta la instalación en Navarra del hospi- 
tal de Irache, del de Loyola en Guipúzcoa, del de Villaro en Vizcaya, 
y de otros de menor importancia en diversos puntos; creilndose por 
iniciativa de Doña Margarita de Borbón la asociación llamada de La 
Caridad, á cuyo sostenimiento contribuían fondos remitidos por par- 
ticulares de todas las provincias de España. Pero de lo que principal- 
mente vivía La Caridad era de la considerable cantidad de efectos 
que periódica y generosamente remitía de Francia la Junta que tan 
dignamente presidía la caritativa esposa de D(m Carlos de Borbón, de 
cuya augusta señora dice el escritor liberal D. Antonio Pirala en su 
Historia Contemporánea (tomo IV, página 91) lo siguiente: «Merece 
»loa en primer término Doña Margarita, fundadora de la asociación 
»de La Caridad, que la ejerció de una manera digna y elevada en 
»favor de los enfermos y heridos, sin excluir á los liberales, que la de- 
»ben muchos la vida y la gratitud por las esmeradas atenciones y ex- 
»quisito cuidado que la merecieron. Justa fué la bendición que otorgó 
»S. S. Pío IX por dos veces á La Caridad, la medalla que se creó para 
»premiar los grandes servicios que se prestaron en favor de los heri- 
»dos y de los establecimientos para su curación. Doña Margarita 
»quería hacer que la caridad, además de virtud, fuera un deber y- 
»una institución, á la que consagraba toda su existencia, debiendo 
«consagrarla también los que la ayudasen. Sabía, sin duda, aquella 



~ 23 — 



,,^<3_ " y-jTf'^w^MXZ 




DOÑA MARGARITA DE BORBÜN 



«señora lo que significaba la Orden de la Caridad Cristiana estable- 
5>cida en Francia por Enrique III para los soldados estropeados en 
«servicio del Estado, y las demás Ordenes para ejercer la caridad, y 
»quería que en nada desmereciese á las más santas la que ella funda- 
»ba, enseñando A todos con el ejemplo.» 

Doña Margarita, hija del último Duque soberano de Parma, era 
una señora de claro talento, vastísima instrucción y, sobre todo, de 
un corazón ansioso siempre de remediar todas las desgracias que le 
permitía atender el estado poco lisonjero, entonces, de su fortuna. Aún. 
antes de haber entrado en España había ya tenido ocasión de ejercer 
su inagotable caridad asistiendo y curando por sí misma, en su casa 
de campo de Burdeos, primero al coronel Rada, primer jefe del bata- 
llón 2.° de Navarra; al coronel de la caballería Férula, y á muchos 
otros después. Al volver Radica á entrar en campaña recibió, además. 



— 24 — 

como obsequio particular de su Reina un hermoso caballo tordo, que 
desde su muerte en Santurce siguió montando su cariñoso amigo el 
coronel Calderón. 

No hacía Doña Margarita excursión alguna al teatro de la guerra 
sin visitar detenidamente los hospitales, pasando largas horas en ello» 
y animando con su presencia, tanto á los heridos carlistas como á los 
liberales. Un escritor nada sospechoso, por cierto, el director de Sani- 
dad Militar D. Nicasio Landa, decía en Julio de ISli lo siguiente: «Do- 
ña Margarita se personó á mirar igualmente por carlistas y liberales 
en el hospital de Irache,» cuya importancia, entonces cobrada, no se 
desmintió con motivo de los hechos de Lácar, Sesma, Treviño y demás 
ocurridos hasta la última acción de Montejurra, desde cuya época lo 
tomaron los liberales. 

La esclarecida Señora de quien nos ocupamos, aparte del natural 
interés que le inspiraba la guerra, no se mezclaba para nada en política 
de ninguna clase; la educación de sus hijos y el buen servicio de los 
hospitales eran su única ocupación. Entre sus dotes naturales ñguraha 
su prodigiosa memoria, que la hacía no olvidar las personas, una vez 
vistas, ni sus hechos, una vez conocidos; pero, como ya hemos dicho, 
entre todas sus excelentes dotes y virtudes sobresalía la de la caridad, 
que hacía no se apartasen 'de ella sin consuelo tantísimos desgraciados» 

Saludemos, pues, con toda la consideración y profundo respeto que 
merece la buena memoria de la egregia Princesa que fué alivio y con- 
suelo de tantos españoles, y que, seguramente, ha recibido ya en el 
cielo el premio de haber sido en la tierra ángel de la caridad, como la 
apellidaban, al bendecirla, tantos bravos. 

En los hospitales que esta Señora estableció en el Norte, ayudada 
eficacísimamente por el celo, desprendimiento y prodigiosa actividad 
de la inolvidable Sra. D.''^ Josefa Vazco, viuda de Calderón (madre de 
D. Carlos Calderón), así como por el sacerdote D. Manuel Barrena y el 
caballero francés Mr. Bourgade, se daba una esmeradísima asistencia 
facultativa á los heridos de ambos campos que tenían la desgracia de 
caer bajo el plomo enemigo. El vacio que existía antes de crearse La 
Caridad era grandísimo; los pobres heridos, pena nos da recordarlo, 
eran insuñcientemente curados y socorridos. Aún recordamos haber 
visto poco menos que hacinados en habitaciones pequeñas, las más de 
ellas sin cristales ni ventanas, y por ende insalubres, en el hospital que 
se había improvisado en Abárzuza, en la carretera de Muez, á los heri- 
dos procedentes de la acción de ]\Iañcru. El médico que los asistía no 
tenía residencia fija en el hospital; las camas y demás efectos eran de- 
bidos al desprendimiento particular de los vecinos de los pueblos co- 



— 25 — 

márcanos, y el irreemplazable instituto de las Hermanas de San Vicen- 
te de Paul era sustituido por los parientes de los heridos, por su» 
conocidos y aún por sus propias madres, si no carecían de recursos pa- 
ra trasladarse de un punto á otro. Uno de los espectáculos que más 
presente se nos quedó en la imaginación fué el ver á dos heridos car- 
listas, padre é hijo, asistidos varonil, pero nada facultativamente, como 
es de suponer, por la esposa y madre de ambos desgraciados. 

Antes de Lcsaca é Irache hubo hospitales en Gollano (Amézcoas) y 
en varios establecimientos balnearios, creados y sostenidos exclusiva- 
mente por las Diputacioncíi. El de Irache, sin embargo, vino á ser la 
Providencia de los heridos que caían bajo el hierro ó el plomo en los 
campos de Navarra. Antes de su instalación se hicieron las obras más 
indispensables para habilitar de hospital el antiguo convento, que por 
su magnitud, estado de conservación y sobre todo por su situación to- 
pográfica, se prestaba, más que ningún otro, al objeto á que se le des- 
tinó. 

No contribuyó poco el entusiasta celo y trabajo del Conde de Belas- 
coain (hijo del general D. Diego de León) para la rapidez é inteligente 
dirección de las obras, así como el haberse alojado en el mismo edificio 
la ya citada Sra. de Calderón, dos ó tres médicos y los Sres. Bourgade 
y Barrena, estableciendo en él una botica y lo más necesario para la 
curación de los heridos. La Compañía de zapadores de Navarra, que 
mandaba el comandante Argila, fué utilizada convenientemente para 
los trabajos, y el comandante general Olio apoyó y obtuvo se interesa- 
se la Junta de Navarra en la pronta terminación de las obras. A favor 
de todas estas circunstancias reunidas, se logró que en el escaso inter- 
valo de un mes se hallase preparado Irache con camas, servicio facul- 
tativo, botica y salas bastantes para recibir, como recibió, heridos car- 
listas y liberales, que lo fueron en la acción de Montejurra: sentimos 
no recordar el número, pero calculamos acogería el hospital lo menos 
250 de los primeros y unos 10 de los segundos. Los oficiales tenían sa- 
las perfectamente acondicionadas, donde disfrutaban de una esmeradí- 
sima asistencia. Más adelante se hizo capaz el hospital para acoger y 
cuidar más de 500 heridos, disponiendo de un excelente mobiliario, de 
colchones, jergones, catres, sábanas, cobertores, hilas, mantas, com- 
presas, vendas, camisas, almillas de franela, coches para transportar 
heridos, camillas, estuches completos para operaciones, bolsas de soco- 
rro para campaña, medicamentos en abundancia, y en fin todo cuanto 
podía ser más necesario. 

Un autor liberal, el corresponsal de la Cruz Roja D. Saturnino Gi- 
ménez, en su obra Secretos é intimidades del campo carlista, algunos 



— 26 — 

de cuyos conceptos equivocados rectificaremos, pero que se distingue 
por su comedido lenguaje, dice textualmente: «Queda, pues, sinfunda- 
»mento el conocido rumor de que los carlistas empleaban en armas y 
•pólvora el dinero que recibían para hilas y medicamentos. Tan escru- 
»puloso y delicado andaba en esta parte el Comité, que hasta procura- 
»ba que el material remitido no pudiese tener otra aplicación posible 
»que la dispuesta por los donantes. Regaló á La Caridad soberbios co- 
»ches ambulancias, pero no caballerías que los arrastrasen. Así, no hu- 
»bo probabilidad de que arrastrase cañones el ganado que exclusiva - 
»mente debía transportar heridos.» 

La Caridad estableció hospitales^ no sólo en Irache y Lesaca, sino 
en Aoiz, Lacunza, Puente la Reina, Santurce, Verástegui y otros pun- 
tos. El personal se componía de cuatro ó cinco médicos de residencia 
fija, un boticario, hospitalarios y Hermanas de la Caridad, con algunos 
practicantes. El traje de ellos consistía en boina morada, blusas con 
cinturón y pantalones del mismo color, y una margarita en lugar de 
chapa en la primera. 

El citado autor liberal Sr. Giménez, corresponsal, como ya hemos 
dicho, de la Cruz Roja, continúa así más adelante: «La disposición de 
»los lechos, el orden del servicio, la previsión de todas las comodida- 
»des, no tenían que envidiar á los hospitales de primera categoría. La 
»fiebre purulenta, tan común en los hospitales de campaña, nosecono- 
»ció nunca en Irache, por grande que fuese la aglomeración de heri- 
»dos. — Merecían especial mención, en el hospital de Irache, el gabinete 
»de Química, esplendentemente surtido; la ropería, y, en una palabra, 
»todas las dependencias naturales en esta clase de establecimientos. To- 
»das las salas estaban cruzadas de estufas, que en invierno hacían 
»pasar desapercibida la cruda temperatura propia de aquel país. Dos 
«secciones de ambulancia volante se encontraban permanentes en Ira- 
»che y dispuestas á entrar en acción.» 

Estas ambulancias permanentes desempeñaron gran papel en las 
operaciones del Carrascal, Lumbier, Pamplona y otros hechos de ar- 
mas. Por su parte las Diputaciones de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava 
fundaron y dotaron muy bien sus hospitales particulares de Loyola, 
Valmaseda, Galdácano, Durango, Sata Águeda y otros. 

Las ambulancias de los batallones, escuadrones y baterías consis- 
tían únicamente en media docena de camillas, que se llevaban en mu- 
los al lugar de la refriega, y una ó dos bolsas de socorro que llevaba 
el médico. El botiquín más completo que tenían los carlistas en 1873 
era el de un regimiento de infantería liberal, cogido en la acción de 
Eraul. 




DON JOAQUJX ELIO 



Capítulo III 



Organización general del ejército carlista del Norte.— Administración 
Militar y Clero Castrense.— Comandancia general de la frontera. 
— Ingenieros. — Armamento de los batallones carlistas. — Coman- 
dantes de armas y partidarios. 



EL General en Jefe carlista lo era Don Carlos de Borbón; pero tanto 
antes como después de la creación del Ministerio de la Guerra (ó 
Secretaría de Estado y del Despacho de la Guerra), el General Jefe de 
Estado Mayor General era el que disponía y mandaba las operaciones 
en unión con el Capitán General de las provincias Vascongadas y Na- 
varra, cuando lo había, como en Septiembre de 1873, en cuya fecha 
desempeñaba el primer cargo D. Joaquín Ello, y el segundo D. Anto- 
nio Dorregaray. 

El dignO; bravo y leal entre los leales, D. Joaquín Elío, era un an-. 
ciano de agradable presencia, á quien nadie podía atribuir los años 
que contaba, tales eran su robustez nerviosa y su estado de conserva- 
ción, no pudiendo decir lo mismo de su actividad, pues en muchas 



— 28 — 

ocasiones entraba el enemigo en los poblados por una puerta, cuando 
el general Ello salía por la opuesta, sin grandes apresuramientos. Sus 
necesidades eran nulas, y montado á caballo no echaba de ver las pro- 
longadas marchas á que se entregaba y que no interrumpía por sueño, 
cansancio ni fatiga alguna. Sabida es la gran parte que tomó en la 
primera guerra civil, en la que acreditó la nobleza de su estirpe y su 
procedencia de la Guardia Real, ganando todos sus empleos sobre el 
campo de batalla y emigrando á Francia en 1839 con el empleo de 
mariscal de campo. En 1860 acompañó á Don Carlos Luis de Borbón 
en su viaje á España cuando el levantamiento del general Ortega en 
San Carlos de la Rápita, y habiendo sido hecho prisionero y debido su 
libertad al perdón que le otorgara la bondadosa reina D.^ Isabel II, no 
olvidó el ilustre general carlista semejante generosidad, hasta el punto 
de que cuando perdió el trono aquella augusta señora, fué el caballero 
Elío de los pocos españoles que la acompañaron en su desgracia, lle- 
vando su delicadeza hasta el extremo de que antes de presentarse á 
Don Carlos de Borbón y ofrecerle sus servicios, pidió permiso para ha- 
cerlo á la egregia señora que años antes le perdonara la vida y en. 
contra de la cual había ofrecido no hacer armas; permiso que Isabel II 
le otorgó desde Pau, donde á la sazón se encontraba, haciendo entera 
justicia á la hidalguía del noble caudillo, de cuyos eminentes servicios 
en la última guerra civil ya tendremos ocasión de ocuparnos oportu- 
namente. 

Padre, más bien que general, de los jefes del ejército carlista, las 
órdenes de Elío eran fidelísimamente ejecutadas y respetadas por to- 
dos: su reconocida lealtad, su sereno valor, su caballerosidad nunca 
desmentida, hacían de él el tipo del antiguo monárquico, firme, hidalga 
y decidido, y su nombre será siempre respetado por todos^ hasta por 
los mismos liberales^ haciendo justicia al caballero, al carlista y al 
general. 

D. Antonio Dorregaray había nacido en 1823, y á los doce años de 
edad fué agraciado con los cordones de cadete en el ejército de Don 
Carlos María Isidro de Borbón; ganó el ascenso á subteniente por las 
acciones de Gaevara y Arlaban, y adherido al Convenio de Vergara, 
obtuvo: el empleo de teniente, por antigüedad; en 1845; el grado de ca- 
pitán, por mérito de guerra, en 1848; la efectividad de dicho empleo y 
el grado de comandante, cuando los sucesos de 1854 y la acción de Vi- 
cálvaro; la cruz de San Fernando, en las sangrientas jornadas de Julio 
de 1856; el empleo de comandante, otra cruz de San Fernando y el 
grado de teniente coronel, en la gloriosa campaña de África, y ascenso 
á teniente coronel en Í866, en el cual año pasó á servir en el ejército 



— 29 — 

de Cuba, mereciendo allá toda la confianza del Capitán General Ler- 
sundi. 

Destronada D.^ Isabel II, ofreció Dorregaray su espada á Don Car- 
los de Borbón, quien le designó para ponerse al frente del alzamiento 
de Valencia. Sabido de todos es el desastre que sufrieron en Portaceli 
los que se levantaron con Dorregaray, más por la defección de algunos 
que se habían juramentado para secundarle, que por los medios que 
pusiéronse en juego para combatir al futuro General. 

«Gran valor y serenidad á toda prueba demostró en tal hecho de 
»armas el entonces Brigadier Dorregaray (dice un escritor republica- 
»no, nada sospechoso por cierto), primero batiéndose á pecho descu- 
»bierto, y después de herido en una mano, cubriendo con su cuerpo la 
»mayor parte de la acción, el del infortunado IMartí.» El Gobierno 
de Madrid le ofreció entonces otra vez su empleo de teniente coronel 
en el ejército liberal; pero Dorregaray no aceptó. 

«Privado de todo recurso pecuniario (continúa el mismo autor re- 
»publicano), y atendiendo á la curación de su herida y á las primeras 
«necesidades de la vida, con la mitad de la ración de un pobre sacer- 
»dote con quien vivia, trató de reanudar sus trabajos para verificar 
»otro levantamiento; pero tuvo que abandonarlo todo y marchar al 
«extranjero á cumplimentar una orden de Don Carlos de Borbón que 
»le llamaba á su Consejo.» 

El viaje lo hizo con los recursos de algunos amigos, poco menos 
que de limosna; y conociéndose su valer como militar, fué nombrado 
por Don Carlos Comandante General de Navarra, provincias Vascon- 
gadas y Rioja, ofreciéndose á reanudar la campaña con Olio, Radica, 
Férula y algunos voluntarios. 

No era, pues, un advenedizo D. Antonio Dorregaray en el ejército 
carlista; sus hechos posteriores en el Norte confirmaron la valía de su 
abolengo: organizador, valiente y de buen criterio, no puede negár- 
sele que mandó con no poca fortuna en el ejército del Norte: unas ve- 
ces aliado á Olio, otras á Lizárraga ó Velasco, siempre se le vio el 
primero en el peligro y, no el último en el consejo; y en fin, en su tiem- 
po lleváronse á cabo los importantes combates de Eraul, Portugalete, 
Somorrostro, Abárzuza, Biurrun y Monte San Juan, de tal modo que 
para su mando en jefe en el Norte no podemos tener más que alaban- 
zas, y en cuanto á su mando en jefe en el Centro, no nos toca discutir- 
lo, toda vez que en la presente obra únicamente nos proponemos ha- 
blar de la guerra del Norte. 

Al lado del General Dorregaray figuró siempre como Jefe de Estado 
Mayor el ilustrado y valiente D. Antonio Oliver, antiguo oficial del 



— 30 — 

Cuerpo de Estado Jlayor del Ejército, en el que ya se había distinguido: 
inteligente y simpático joven dotado de relevantes prendas militares y 
en quien tenía ciega confianza el General Dorregaray, cuya honra me- 
recía ciertamente el Brigadier Oliver, pudiéndose decir que á ambos 
les fueron comunes las glorias y las desgracias. 

Con el General Dorregaray hizo también leal y bravamente la cam- 
paña, siguiendo su suerte, D. Rafael Alvarez Cacho de Heijrera, el 
héroe de San Pedro Abanto, antiguo oficial del Cuerpo General de la 
Armada, en el que había prestado excelentes servicios y que no que- 
riendo contribuir al pronunciamiento de la Marina, causante en primer 
término de la Revolución de 1868, solicitó y obtuvo su licencia absolu- 
ta, presentándose entonces á Don Carlos, en cuyo Ejército demostró va- 
ler lo mismo en tierra que en la mar, como veremos más adelante, pues 
más de una vez habremos de tributar á Alvarez, lo mismo que á Oliver, 
nuestros justos elogios. 

Hasta Abril de 1874 no se creó en el campo carlista el Ministerio de 
la Guerra, confiado en un principio al General D. Joaquín Elío, á quien 
sucedieron: primero el General D. Ignacio Planas, Mariscal de Campo 
que había sido en el Ejército de Isabel II y procedente del Cuerpo de 
Artillería: después el General D. Joaquín Llavanera, procedente del de 
Estado Mayor, en cuyo distinguido Cuerpo había prestado excelentes 
servicios, que era veterano de la guerra de África y que había llegado 
á Brigadier en el Ejército liberal: y, finalmente, el General D. Elicio 
Berriz, procedente del Cuerpo de Artillería. 

En 1873 el General Jefe de Estado Mayor General, á falta de Mi- 
nistro de la Guerra, asumía en sí ambos cargos, dando colocación á 
cuantos jefes y oficiales del Ejército se iban presentando, ó á los que le 
eran propuestos por los comandantes generales de las provincias y 
Cuerpos especiales. A sus órdenes llevaba, por entonces, á los generales 
Marqués de Valde-Espina, Díaz de Ceballos, Lirio y Belda, al Briga- 
dier Arel laño, al Comandante General de Artillería, al Coronel de 
Estado Mayor D. Fernando Adelantado (que había servido en el Cuerpo 
de Estado Mayor del Ejército de Isabel II y que ya se había distingui- 
do en el Ejército carlista de Cataluña), á los jefes de Ingenieros Garin 
y Villar, á los antiguos oficiales de Caballería del Ejército Marqués de 
Vallecerrato y D. Alvaro Maldonado, á los coroneles Recondo y Va- 
lluerca, al antiguo Capitán de Fragata D. Santiago Patero y al antiguo 
oficial de Infantería D. José de Oriol. También figuraban por aquella 
época en el Cuartel General algunos jóvenes tan entusiastas, distingui- 
dos y valerosos como el Marqués de Castrillo, los hermanos Albalat, 
D. Cándido Orbe (hijo del General Marqués de Valde-Espina) y Don 



— 31 — 

José de Gogeazcoechea, quien, por cierto, cantó misa después de la 
guerra y se fué á Filipinas de Vicario General de nuestro hermano po- 
lítico Don Fray Mariano Cuartero, Obispo de Nueva-Segovia. 

Cada una de las cuatro provincias vasco-navarras tenía, como ya 
hemos dicho, su Comandante General y su jefe de Estado Mayor: en 
Navarra desempeñaba en la época á que nos referimos el cargo de jefe 
de Estado Mayor el Brigadier D. Ramón Argonz; en Vizcaya el Coronel 
Arguelles y después el jefe de igual giaduacíón Costa, en Guipúzcoa 
el Coronel D. José Feliu, y en Álava el Brigadier Mendiry, hallándose 
también afectos á las citadas comandancias generales el General An- 
déchaga, los brigadieres Zalduendo é Iturmendi y los coroneles Iza y 
Torrecilla, así como otros jefes que sentimos no recordar, y en general 
todos aquellos que no tenían mando determinado en los batallones y 
escuadrones ya organizados. 

Hasta 1875 no se organizó el Supremo Consejo de la Guerra; pero 
hubo uno permanente en cada provincia desde 1873. Estos Consejos se 
componían de un Brigadier ó Coronel, presidente, y seis ú ocho voca- 
les de la clase de jefes, con sus fiscales y asesores correspondientes, 
ocupándose en sentenciar las causas formadas por los ayudantes de los 
cuerpos, sentenciando sin apelación el Capitán General ó el Jefe de 
Estado Mayor General. 



Al principio de la guerra no estaban muy organizados la Adminis- 
tración Militar y el Clero Castrense: ambos Cuerpos fueron reglamen- 
tándose bajo la entendida dirección del antiguo Intendente D. Domin- 
go Gallego y del Excmo. é limo. Sr. D. José Caixal, Obispo de Urgel. 

Desde los comienzos del levantamiento carlista iban presentándose 
á las Diputaciones forales de las provincias, ó á sus comandantes gene- 
rales, algunos oficiales de Administración Militar del Ejército liberal, 
aunque en corto número; otros procedentes de la primera guerra civil, 
y algunos paisanos que habían seguido diferentes carreras literarias ó 
que habían desempeñado distintos empleos civiles. 

El General Elío les iba destinando allí donde las necesidades eran 
más apremiantes, ó á los cuerpos que los pedían. Dispuso asimismo el 
anciano General que cada Batallón, Escuadrón ó Batería tuviese de 
dotación un oficial administrativo, cuya misión estaba reducida á en- 
tenderse con los alcaldes para la extracción de raciones, pues la con- 
tabilidad era directa entre los jefes de las secciones y su respectiva 
Diputación. Las cuentas, por lo demás, no embarazaban á los capitanes, 
pues se reducían á listas de revista mensuales, liquidadas, y á la distri- 



— 32 — 

bución de haberes y raciones^ lo cual fué suficiente y no recordamos hu- 
biese muchos casos de reclamaciones ni nada parecido. El haber de los 
voluntarios era de un real y medio, otro de plus, y una ración completa 
de pan, vino y carne, corriendo el suministro á cargo de las respectivas 
diputaciones. Si bien el numerario solía escasear en algunas épocas, 
las raciones eran excelentes en clase y en cantidad, no habiendo pro- 
ducido jamás queja alguna. En algunas provincias el haber y las ra- 
ciones variaron al principio, pero esto cesó por completo el año 1874, 




EXCMO. E ILMO. SR. D. JOSlí CAIXAL 

OBISPO DE URGEL 



después de la retirada de Bilbao. Las raciones eran dobles para los je- 
fes y oficiales, y las hospitalidades eran poco numerosas, aun en las 
heridas y operaciones anormales, efecto sin duda del clima duro, pero 
sano, del teatro de la guerra, así como de la robusta constitución de los 
vascongados y navarros. 

El clero castrense estaba convenientemente representado, y á su 
frente figuró como Vicario General el Sr. Obispo de Urgel^ orador no- 
table, escritor insigne^ antiguo Senador por Tarragona y uno de los 
prelados que más gloria habían alcanzado en el reciente Concilio Vati- 
cano. No nos detendremos en refutar las mil y una vulgaridades que 



— ÓS — 

se leían en los periódicos liberales respecto al clero castrense del 
I^ército carlista del Norte: ya decían que el Obispo de Urgel, desde 
un balcón de la plaza de Estella, 'predicaba guerra y exterminio á 
las ignorantes masas del país, ya que los oficiales facultativos de arti- 
llería habían tenido la poca dignidad de ponerse á las órdenes del je- 
suíta Goiriena, ó que el Vicario de Orio mandaba una partida, et sicde 
cceteris. 

Excusado es, repetimos, refutar todas esas frases de efecto, pero sí 
diremos que nunca vimos predicar al respetable Obispo fuera de la 
iglesia, y que á nuestra llegada al campo carlista solamente el Cura 
de Guernica, D. León Iriarte, tenía mando de tropa, figurando al fren- 
te del Batallón de la citada villa por haberlo él creado cuando el alza- 
miento. Sin embargo, después del sitio de Bilbao fué sustituido por 
otro jefe de la primera guerra, y tanto dicho sacerdote como, algunos 
otros que al principio de la campaña tomaron las armas, solicitaron y 
obtuvieron del Sumo Pontífice la devolución de las licencias que se les 
habían recogido, y no figuraron ya como guerrilleros, sino exclusiva- 
mente como ministros del altar. 

Por lo demás, el clero délos batallones, baterías y escuadrones car- 
listas podía arrostrar cualquier género de comparaciones con los me- 
jores, más instruidos y más puros de su sagrado ministerio. 







D. ROMUALDO MARTÍNEZ VIÑALET 



Además de las comandancias generales de que ya hemos hablado, 
había otra que, aún sin disponer de fuerzas armadas, no dejaba de te- 
ner gran importancia y de prestar singulares servicios. Nos referimos 



....- 34 — 

á la Comandancia General de la Frontera, desempeñada con sumo tac- 
to y celo por el General D. Romualdo Martínez Viñalet, procedente dej 
Cuerpo General de la Armada, en el que había llegado á ser Contra-Al- 
mirante. 

Este anciano y animoso General de Marina habíase ya levantado en 
armas contra el Gobierno de D. Amadeo de Saboya, proclamando á 
Don Carlos en Murcia, con el comandante de Infantería Navarrete. 
Ambos fueron hechos prisioneros y condenados á muerte, si bien des- 
pués se les conmutó dicha pena por la de arresto en un castillo. De él 
consiguieron escaparse, y presentados á Don Carlos en Francia, fué 
destinado el General Viñalet al mando militar de la frontera, ayudado 
por el Brigadier Alcalá del Olmo^ por el Coronel Fortuny y algún otro 
jefe. Era su misión vasta y espinosa, porque no sólo tenía que ocupar- 
se en clasificar y extender pasaportes á considerable número de oficia- 
les que casi diariamente se le presentaban, sino que también había de 
dirigir la correspondencia oficial y particular al teatro de la guerra, y 
tenía que entenderse con una sub-comisión que se estableció en Lon- 
dres, para compra de armamento y municiones, y con el Comité legi- 
timista de Bayona, así orno con los emigrados carlistas, para facilitar 
el paso por ¡a frontera de hombres, caballos y efectos de guerra. Hasta 
el sitio de Bilbao desempeñó Viñalet tan delicado destino á satisfacción 
de Don Carlos y de todos cuantos de él tuvieron que valerse, pasando 
después á encargarse del Ministerio ó Secretaría de Estado, al mismo 
tiempo que el General Elío de la cartera de Guerra y el Conde del Pi- 
nar de la del Gobierno Político. 



El Cuerpo de Ingenieros no contaba, en 1873, más que con algunas 
compañías, mandadas las de Navarra por el antiguo Mfiestro de obras 
Argila, y compuestas de cerrajeros, carpinteros, albañiles y volunta- 
rios de otros oficios. Pero al año sigaiente organizilronse dos batallones, 
uno de ocho compañías, afecto á la División de Navarra, y otro de seis^ 
dos de cada una de las provincias vascongadas, mandando la fuerza 
Argila, Echevarría y Arrieta. Establecióse asimismo una Academia de 
Ingenieros de campaña en Vergara, y se regularon y perfeccionaron 
todos los servicios bajo la inteligente y acertada dirección del General 
D. Francisco de Alemany, Brigadier del Cuerpo que había sido en el 
ejército de Isabel II, ayudado eficazmente por sus antiguos subordina- 
dos D. José Garín, D. Amador Villar y D. Alejandro Arguelles, el jefe 
de Estado Mayor de Vizcaya de cuyos valiosos servicios nos hemos 
ocupado ya en el anterior capítulo. 



D. Francisco de Alemany había terminado su carrera en 1837; ga- 
nó peleando contra los carlistas, en la primera guerra, los grados de 
capitán y comandante y la cruz de San Fernando; desempeñó después 
largos años la Comandancia de ingenieros de Tortosa y ascendió á 
Brigadier del cuerpo en 1866; fué Subinspector de Castilla la Nueva, 
Director de la Academia de Guadalajara y Gobernador militar de Va- 
lladolid, hasta que en Mayo de 1874 ofreció su espada á Don Carlos de 
Borbón, quien le encargó de la Comandancia General de Ingenieros, de 
la que fué nombrado Secretario el antiguo oficial de Infantería D. José 
de Alemany, hijo del General del mismo apellido. 

D. José Garín había sido comandante capitán de Ingenieros, en 
cuyo cuerpo se había distinguido como sabio profesor, y ganado el 
grado de comandante cuando los sangrientos sucesos del 22 de Junio 
de 1866 en Madrid. En el campo carlista acreditó su gran valía en to- 
das ocasiones, tanto como notable oficial científico, como en las mu- 
chas acciones de guerra en que tomó parte, según iremos viendo más 
adelante, siendo al terminar la campaña Jefe de estudios de la Acade- 
mia de Vergara. 

D. Amador Villar, capitán teniente del Cuerpo de Ingenieros, fué 
también uno de los mejores jefes del ejército carlista, en el -que prestó 
muchos y señalados servicios, lo mismo como oficial facultativo, que 
más tarde como Comandante General de la Mancha, y finalmente como 
Mayor general de Ingenieros. 



No solamente había en armas en el Norte las fuerzas de infantería, 
caballería é ingenieros que hemos citado hasta aquí, sino que además 
de las de artillería de que hablaremos en el capítulo siguiente, existía 
en Guipúzcoa una compañía destinada á dar cuenta de los movimien- 
tos del enemigo por medio de telégrafos ópticos, más ó menos perfec- 
cionados, y en Álava otra compañía llamada de verederos. Las Dipu- 
taciones disponían también de escoltas, aduaneros y guardias forales, 
para cuidar de la administración de las provincias, recaudar los im^- 
puestos, sostener el orden y, en caso preciso, batirse con el enemigo. 
Además había otras fuerzas que podían llamarse irregulares, constitu 
yendo partidas más ó menos importantes según el número de hombres 
de que disponían y el nombre adquirido por el jefe que las mandaba 
en sus múltiples operaciones, las cuales eran, por lo regular, indepen- 
dientes de los movimientos de las tropas ya bien organizadas. 

La fuerza de los batallones era muy variable, pues dependía de la 
mayor ó menor popularidad de que gozaba el jefe que los había crea 



— 3G — 

do. Sabido es que al principio todo aquel que por sus gestiones y amor 
á la causa carlista levantaba cien hombres, era y tomaba el nombre 
de su capitán; así es que si el número de voluntarios que lograba reu- 
nir llegaba á seiscientos, podía así llegará ser comandante ó teniente 
coronel. Esto, por lo menos, se llevaba á efecto con religiosidad, pues- 
to que el objetivo principal era aumentar el número de los voluntarios 
carlistas; pero á los pocos meses de iniciado el alzamiento cesó esta 
base de organización, teniendo indistintamente cabida en los batallo- 
nes los oficiales procedentes del ejército y los del país. 

Había batallones, como los de Castilla, que apenas llegaban á 
500 hombres, mientras que algunos de Vizcaya y de Navarra tenían 
hasta 900. El armamento era de diferentes procedencias: había Re- 
mingtons del ejército, y construidos en las fábricas de Eibar, Ermúay 
Plasencia; Berdán de dos modelos; carabinas y fusiles, modelos 1857, 
rayados y aún lisos; escopetas Ibarra y Lefaucheux y Chassepots. 

En 1873 los cuatro primeros batallones navarros tenían Kemingtons, 
el 5." cambió su armamento después de la acción de Montejurra, y 
conformo se iban uniformando las armas de cada uno de ellos, pasa- 
ban las antiguas á los que se iban creando nuevamente. Los vizcaínos 
tenían fusiies Berdán (del segundo modelo); los alaveses, de ambas 
clases, y los guipuzcoanos Remingtons construidos en las fábricas de 
su provincia. 

Fácil es comprender lo que embarazaría semejante diversidad de 
bocas de faego en el momento de combatir y de ser transportados sus 
cartuchos de un punto á otro. 

Además de las fábricas que hemos citado, existían otras de pólvora, 
de cartuchería, de armas y de material de guerra, á cargo de las Di- 
p'itaciones. En las minas de Barambio se extraía plomo. Guipúzcoa, 
Navarra y Vizcaya tenían fábricas de pólvora y talleres de recarga de 
cartuchos. Únicamente en las armas tenía el Cuerpo de Artillería la 
inspección y admisión de las destinadas á los batallones. En Amurrio 
había un taller de bastes y efectos; en Dijrango y Estella se estable- 
cieron talleres de recomposición de armamento; en Legaría, de montu- 
ras, etc La Artillería no dirigió más establecimientos que los de Vera, 
Azpeitia, Arteaga, Becáicoa y elparque de Eiitella. 

Los cartuchos procedían al principio de compras en el extranjero y 
de la recarga de cartuchos metálicos, tanto propios como de los libera- 
les, que se recogían descargados en el campo de batalla una vez ter- 
minada ésta. Se había calculado que las vainas ó envueltas metálicas 
de los cartuchos procedentes del ejército liberal admitían seis ó siete 
recargas, mientras que las del extranjero apenas admitían dos ó tres, 



si es que no se abrían antes. Verdad es que se pagaban baratos en 
Francia; pero en transportes y dificultades de la frontera venían á sa- 
lir tan caros como los mejores. Las municiones, además de la dotación 
personal, se llevaban en cajones, sobre mulos de carga que acompaña- 
ban á los batallones. 



En toda población de alguna importancia había comandantes de 
armas, todos ellos ó la mayor parte naturales del país, y que no sólo 
daban cuenta diariamente á sus respectivos comandantes generales de 
los movimientos y recursos con que contaba el enemigo, sino de todo 
cuanto podía convenir en cualquier sentido á la seguridad y descan- 
sada organización y desenvolvimiento de las fuerzas. Los comandan- 
tes de armas de los pueblos próximos al enemigo, como los de Puente 
la Reina^ Los Arcos, Alio, Salvatierra, La Barranca y demás, desem- 
peñaron siempre una difícil y arriesgada misión, viéndose muy ex- 
puestos á caer prisioneros á poco que el enemigo saliese de sus canto- 
nes. Y, sin embargo, la mayor parte dormían tranquilamente á dos 
pasos de las tropas liberales, fiados en el espíritu carlista del país. En 
plazas como Estella, Durango y Tolosa, los comandantes de armas 
pasaban á ser gobernadores militares, desempeñando estos destinos 
los brigadieres Senosiciin, Landa, Mergeliza, Lerga, Ontiveros, Itur- 
mendi é Iturzaeta, procedentes todos ellos de la primera guerra civil. 

Mucho tendríamos que hablar de los partidarios, por lo complejo 
de su cometido y lo importantes que fueron sus servicios en toda la 
campaña. Estos eran dar cuenta de los movimientos que hacían ó in- 
tentaban las diferentes columnas liberales; apresar é impedir su racio- 
namiento; apoderarse de sus comunicaciones y correspondencias; coger 
los rezagados é impedir ó retrasar sus proyectos, debiendo advertir 
que estos penosísimos servicios no se lograban nunca sin que mediase 
fuego y ocurriesen las consiguientes bajas. El número y clase de estas 
partidas era muy variable; las había de sólo infantería ó caballería y 
de las dos armas, oscilando entre doce ó veinte hasta ciento el núme- 
ro de los hombres que las componían. 

Merecen especial mención las partidas situadas al rededor de las 
poblaciones bloqueadas ó sitiadas, las cuales, especialmente de noche, 
velaban tan cerca del enemigo, que oían hasta sus conversaciones, 
tenían inteligencias en las plazas y hasta se arriesgaban á veces á en- 
trar en ellas á coger raciones y prisioneros, y siempre sabían cuantas 
noticias importaban. 

Entre los partidarios recordamos que en Navarra figuraron siem- 



pre mucho Portillo y Mateo, en los alrededores de Sesma, Leríii, V'ia- 
na y Larraga; en Guipúzcoa, Ochavo, Alberdi y Mugarza; en Vizcaya, 
Caballuco y Vicente Garcia; en la Rioja, Llórente; y por último el 
célebre Canónigo D. Antonio Milla, que desde Asturias condujo á la 
línea de Somorrostro el batallón de asturianos, esquivando diestra- 
mente tropezar con el enemigo en su larga y atrevida expedición. 




DOX JUAN MARÍA MAESTRE 



Capitulo IV 



Formación de la primera hatería de montaña en Navarra y de una 
sección en Guipúzcoa. — Fábrica de proyectiles en Vera, desde el 
principio de la campaña de 187 S hasta 1.^ de Octubre del mismo 
año. — Compra de cañones en el extranjero. — Llegada- de algunos 
oficiales de Artillería al campo carlista y nombramiento de Coman- 
dante General. — Primera organización de los servicios fabriles y de 
campaña. 



HASTA la acción de Eraul no hubo artillería en el ejército carlista 
del Norte, puesto que se carecía, no sólo de bocas de fuego, sino 
de oficiales que las dirigiesen. A mediados del 73 sólo existía en Na- 
varra un antiguo oficial procedente de la Academia de Oñate durante 
la primera guerra civil, cuyo oficial fué ayudado por un teniente déla 
escala facultativa , dos alféreces alumnos y algunos sargentos y cabos 
que habían servido en el ejército republicano. 

Este oficial, llamado D. Juan José de Iza, natural de Guipúzcoa, 
fué siempre atendido y considerado por sus demás compañeros^ pues 



— 40 — 

aun cuando no procedía de la Academia de Segovia, sus buenas condi- 
ciones morales, práctica en el servicio militar y avanzada edad le 
constituían en condiciones especiales. Ascendió á alférez de artillería 
después de haber sido aprobado en los estudios que se exigían en la 
escuela de Oñate, el año 1838: después de haber estado emigrado al- 
gunos años en Francia, por no haberse querido acoger al convenio de 
Vergara, ingresó el año 1843 en el ejército de Isabel II, en el cual y 
por sus servicios obtuvo el empleo de teniente de infantería, el grado 
de capitán y la cruz de San Fernando. Presentóse á Don Carlos á prin- 
cipios de 1873, y en clase de comandante fué agregado al Estado mayor 
de Navarra hasta la acción de Eraul, en que pasó á artillería, dándosele 
el mando de la sección que entonces se formó, y luego el de la batería 
de la misma provincia. 

Los otros oficiales, á quienes nos hemos referido, eran el teniente 
del Cuerpo Fernandez Charrier, que había salido de la Academia el año 
1872, ocupando en el escalafón el número 166, y los subtenientes alum- 
nos D. Joaquín Llorens (hijo del Brigadier del mismo apellido que fué 
segundo Comandante General carlista de Valencia en la guerra de los 
siete años) y D. Miguel Ortigosa (hijo del General D. Francisco); Fer- 
nández Charrier, que á falta de cañones había sido Ayudante del ba- 
tallón de Radica, pasó á ser segundo de la batería que mandó Iza, y 
por último fué destinado á Cataluña ó al Centro al organizarse inte- 
rinamente la artillería en Septiembre de 1873: á los subtenientes de 
Segovia Llorens y Ortigosa les faltaba muy poco tiempo para ser de- 
clarados tenientes facultativos cuando la disolución del Cuerpo; ambos 
fueron considerados como tales hasta el fin de la campaña: á éstos y á 
los demás que se hallaban en igual ó parecido caso se les autorizó para 
prepararse y examinarse de las materias que les faltaban para termi- 
nar su carrera; pero las circunstancias por las que pasaba el ejército 
carlista impidieron hiciesen uso de aquella autorización, por cuyo mo- 
tivo sólo se les consideraba condicionalmente como tenientes, si bien 
tanto Llorens y Ortigosa como todos los de su clase prestaron señala- 
dísimos servicios. 

La clase de tropa era procedente de los batallones navarros, llegan- 
do á tener de dotación, de cincuenta á sesenta hombres, pasando en 
ocasiones de ciento. El ganado fué en parte proporcionado de requi- 
sas, y en parte del cogido ala artillería liberal en la acción de Eraul 
en la de Udave y en otros encuentros. El material se componía de dos 
piezas cortas y rayadas, de á 8 centímetros, cogidas al enemigo en las 
citadas acciones de Eraul y Udave con sus cureñas y cajas de muni- 
ciones, y dos obuses lisos, cortos, de bronce, de á 12 centímetros, ad- 



_.. 41 — 

quiridos en la toma del fuerte del tunel de Lizárraga. Las granadas, 
tanto ojivales como esféricas, provenían de las dotaciones que había en 
sus cajas reglamentarias, de las encontradas como depósito en fuertes 
tomados á los repablicanos, especialmente en el de Estella, y de las 
que por entonces se empezaron á fundir en Vera bajo la dirección de 
algunos oficiales del Cuerpo. Los bastes eran de diferentes clases y for- 
mas; unos de los usados por el ejército contrario; otros, de los emplea- 
dos para la carga por las gentes del país, y por último, de los llamados 
de ingenieros, los cuales se entregaron á los artilleros en Estella, á 
cuyo sitio y rendición no concurrieron más cañones que los de la bate- 
ría de Navarra, pues los de Guipúzcoa no llegaron á tiempo. Además 
de los efectos de dotación de la batería mixta de Navarra, habíanse 
adquirido algunos respetos más, como juegos de armas, palancas, en- 
cerados, etc., los cuales se depositaron en una cueva no distante de Es- 
tella, de cuyo paraje se iban sacando cuando de ello había necesidad. 
Su situación era y fué un secreto por mucho tiempo, por temor de que 
el enemigo se apoderase del improvisado parque. 

La sección de Guipúzcoa se formó análogamente á la batería de 
Navarra en lo que respecta á gente y ganado, aunque algunos mulos 
fueron comprados á los particulares por la Diputación de la provincia. 
Los dos cañones cortos de bronce, rayados, de que se componía, fue- 
ron adquiridos en Francia por aquella corporación á medias con la de 
Navarra; los bastes eran de los usados por los paisanos, y las municio- 
nes procedían de la fábrica fundición de Vera. Uno de los cañones fué 
mandado mucho tiempo por un sargento pasado del ejército, apellida- 
do Tellechea^ mientras funcionó como principal partidario el famoso 
cura Santa Cruz: luego, en unión con el otro, formando sección, por 
tenientes del Cuerpo y algún alumno de la Academia de Segovia. 

El primer oficial facultativo de Artillería que se puso al frente de 
la fábrica de Vera fué el teniente D. Domingo Nieves, natural de Ca- 
narias, quien había terminado su carrera en 1871, ocupando el número 
129 de los de su clase, cuando la disolución del Cuerpo. Como él y los 
hermanos D. Leopoldo y D. Luis Ibarra eran los únicos artilleros que 
había entonces en el ejército carlista, tuvieron que multiplicarse pro- 
digiosamente y desempeñar toda clase de destinos y comisiones. Tan 
pronto se les veía dirigiendo la fabricación de proyectiles huecos ó só- 
lidos en Vera, como acudiendo á las fábricas de armas de Eibar y Pla- 
sencia, como al frente de los cañones de Guipúzcoa. La muerte de Nie- 
ves fué muy sentida en el naciente ejército, pues la modestia, valor é 
inteligencia de tan distinguido oficial se hicieron muy de notar por los 
generales Olio y Lizárraga. Al atacar éste el fuerte de Ibero, donde 



— 42 — 

había una guarnición republicana importante, mandó el general car" 
lista situar convenientemente un cañón para batir la puerta de la for- 
tificación; y como la pólvora tenia, por desgracia, malísimas condicio- 
nes de alcance, de ahí que poco á poco fuese Nieves adelantando al 
descubierto con los artilleros, hasta colocarse á boca de jarro, como se 
dice vulgarmente, para producir en menos tiempo el máximo efecto. 
Aprovechado por el enemigo el avance de la artillería, hizo la guarni- 
ción una descarga de la que resultaron muertos el desdichado Nieves y 
dos artilleros, y heridos casi todos los demás sirvientes de la sección. 
Muchas veces el general carlista Olio se lamentaba del desastre, di- 
ciéndonos que seguramente no se hubiera malogrado oficial tan bri- 
llante si él se hubiera hallado presente en el ataque de Ibero. 

El teniente facultativo D. Leopoldo Ibarra, natural de Guipúzcoa, 
que había salido de la Academia el año 1872 y ocupaba el número 171 
entre los de su graduación, era un oficial de claro talento y grandes 
conocimientos: desempeñó durante la campaña diversas comisiones 
científicas y militares, entre las primeras de las cuales se cuenta la 
creación de la fábrica de Azpeitia, en unión con D. José M.^ Dorda, 
y entre las segundas la organización de la cuarta batería montada, 
asi como la adopción de material para la misma. D. Luis Ibarra era 
hermano del anterior, y sus servicios no faeron menos distinguidos 
que los de aquél. 

Tanto la sección de Guipúzcoa como la batería de Navarra tomaron 
parte en casi todas las operaciones militares que se sucedieron desde 
Monreal á la toma de Estella; en los combates y encuentros de Gui- 
púzcoa, en la rendición de los fuertes y villas de Viana, Lumbier, 
Azpeitia, Verga ra, Valcarlos, Orbaiceta é Ibero, en el que, como ya 
hemos dicho, tuvo la desgracia de ser muerto de un balazo el ilustrado 
y valiente capitán de la sección gaipuzcoana D. Domingo Nueves. 

No bien se tuvieron cañones, se comprendió la necesidad de abas- 
tecerlos convenientemente de municiones y de pólvora. En cuanto al 
segundo de estos artículos se encargaron las Diputaciones á guerra de 
proveer á tan precisa necesidad. Una de las fábricas de pólvora se si- 
tuó en Vera, otra enRiezu (Nava,rra) y otras en diferentes puntos. Pero 
su elaboración, de suyo minuciosa y complicada para obreros no ex- 
pertos en esta industria, no producía, en clase y cantidad, el buen re- 
sultado que hubiera sido de desear. Varias fábricas de pólvora se es- 
tablecieron en las provincias vasco-navarras, y algunos talleres para 
la recarga de cartuchos metálicos; pero el mal servicio siguió hasta el 
mes de Septiembre en que empezó á regularizarse todo. 

La fábrica de municiones y pirotecnia de Vera fué la primera que 



— 43 — 

á cargo de ios oftciales de Artillería empezó muy pronto á dar resul- 
tados, por la idoneidad y práctica de sus directores. El hierro era de 
la mejor calidad, pues procedía del que el enemigo tenía depositado en 
su antigua fábrica de Orbaiceta. Con este hierro, mezclado de lingote 
inglés de primera clase, se fundían proyectiles huecos y sólidos que en 
nada cedían á los que usaba el enemigo. 

La fábrica fundición de Vera, que tan importante papel desempeñó 
en la centralización y organización definitiva del Cuerpo después del 
sitio de Bilbao, era propiedad de un francés que, no hallándose en si- 
tuación de utilizarla para su industria particular, hubo de alquilarla á 
la Junta de Navarra, la cual pensó en ella para una maestranza, fun- 
dición, talleres y demás que fuera necesitándose en el ejército car- 
lista. 

Al principio eran pagados los jornales de los obreros fundidores, 
moldeadores, maestros, etc., por los fondos particulares de la provin- 
cia, como enclavada en ella Pero como quiera que su principal desti- 
no fuese la fabricación de proyectiles, y éstos tanto servían para ali- 
mentar las bocas de fuego de Xavarra como las de otras provincias, 
cuando se concentró el Cuerpo el año siguiente, varió su organización 
administrativa, por más que su dirección facultativa fué siempre pecu- 
liar de los oficiales de Artillería Puede decirse que su director, que lo 
fué D. José de Lecea, desempeñó este destino todo el tiempo que duró 
la guerra civil, pues sólo estuvo separado de ella en dos ó tres ocasio- 
nes. El teniente Lecea había salido de la Academia el año 18G7, y ocu- 
paba el número 73 de los de su clase cuando se presentó á servir en. el 
ejército carlista. Entre los destinos que desempeñara anteriormente 
fué uno el de teniente, jefe de labores de la fundición de Orbaiceta, cu- 
ya fábrica conocía, por tanto, perfectamente. Esto sirvió para que des- 
de luego, como perito en la materia, prosiguiese en Vera el análogo 
destino que tuvo en el ejército liberal; y como Orbaiceta fué ocupada 
por los carlistas cuando se tomó la Aduana de Valcarlos, pudo Lecea 
fundir proyectiles con los mismos moldes, con la ayuda de los mismos 
planos y hasta de los mismos libros que existían en su biblioteca. Has- 
ta el desembarque de los primeros cañones extranjeros en 1874, se 
fundían en Vera granadas de 8 centímetros con tetones de plomo, re- 
glamentarias, ojivales y esféricas para obús corto de 12 centímetros, 
y algunas bombas de 27, 16 y 32 centímetros. Al principio se fundieron 
también algunas balas y aún granadas ojivales sólidas paia satisfacer 
el capricho del Diputado General de Ouipúzcoa Dorronsoro y del Cura 
de Hernialde, quienes pretendían que dichos proyectiles servían mejor 
que los huecos para batir en brecha. No nos detendremos en seguir 



_. 44 -- 

paso á paso las d ftcultades que hubo de vencer Lecea durante su lar- 
g-a dirección de la fábrica; sólo diremos que en las fundiciones de los 
liberales únicamente se fundían proyectiles de dos clases para campa- 
ña: en cambio en el ejército carlista, como no eran iguales todos los 
cañones, tenían que hacerse proyectiles de distintas clases, y sin em- 
barco llegaron á fundirse cientos diarios, concluidos y hasta pintados 
para evitar la oxidación. En estos trabajos fué auxiliado Lecea por el 
teniente D. Luís Ibarra, quien acababa de terminar su carrera al disol- 
verse el Cuerpo, así como por Gómez Quintana, alférez alumno de la 
Academia de Segovia, cuyos oficiales estuvieron al lado de Lecea para 
ayudarle en las múltiples y variadas cuestiones industriales que sur- 
gían á cada paso en el difícil desempeño de su cometido. 

La dificultad de primeras materias, al principio, para la construc- 
ción de espoletas y otros efectos de guerra, hizo que se hiciesen espo- 
letas de madera y de tiempo para los proyectiles huecos. En cambio la 
fábrica era inmejorable por su situación (gracias á la cual se allegaban 
con suma facilidad y baratura recursos y primeras materias de Fran- 
cia), por hallarse al abrigo de un golpe de mano del ejército contrario, 
y, en fin, por disponer de una magnífica rueda hidráulica como fuerza 
motriz, y de espaciosos talleres, tornos, bancos y cuanto pudiera nece- 
sitarse en lo sucesivo. 

Resumiendo, pues, cutinto llevamos expuesto sobre este primer pe- 
ríodo de la artillería carlista, período, digámoslo así, de transición 
diremos que en 15 de Agosto de 1873 contaba el Cuerpo con una fábri- 
ca de proyectiles, dos cañones rayados de 8 centímetros en Guipúzcoa, 
otros dos de la misma clase y dos obuses en Navarra, con buena dota- 
ción de gente y ganado, aunque escasa de buen material y de oficiales 
facultativos, cuyo número llegó poco tiempo después á veinte, sin con- 
tar los alumnos y los alféreces alumnos de la Academia de Segovia 
ni los cuatro oficiales del Cuerpo General de la Armada que pres- 
taron también servicio de artilleros posteriormente á la batalla de Abár- 
zuza. 

Los nombres de estos jefes y oficiales, sin contar entre ellos los que 
ya hemos citado en el presente capítulo y la antigüedad que en sus res- 
pectivos empleos tenían en 1.*^ de Enero de 187.3, eran los siguientes: 

D. Juan María Maestre, antiguo teniente coronel de Artillería, re- 
tirado desde 1868 por no hallarse conforme con la revolución de Sep- 
tiembre, vino al ejército carlista presentándose en Vergara en igual 
mes de 1873, para ser el alma de aquellos pocos oficiales de Artillería 
que, como él, creyeron no había más salvación para España que la 
bandera carlista. Lleno de fe, de voluntad y entusiasmo por la Causa 



— 45 — 

y por el desempeño de su misión, era entre todos los artilleros el com- 
pañero y el jefe á un mismo tiempo; el moderador de los impremedita- 
dos y el impulsador de los que se desalentaban con las diftcultades y 
reveses. De entendimiento claro y levantado, tuvo el tacto feliz de ir 
buscando siempre para todos, los servicios que estuviesen más en ar- 
monía con el modo de ser de cada uno, sin violencias ni bruscas tran- 
siciones. Militar de carácter pensador y frió, prefería siempre el éxito 
tardío, pero seguro, al brillante y pasajero. Acertado en el consejo y 
de buen sentido práctico, puede asegurarse que su ftgura fué una de las 
más honrosas y honradas del ejército carlista. 

D. Elicio Berriz era coronel de ejército y 18 ° teniente coronel del 
Cuerpo; habíase distinguido en la guerra de Santo Domingo, y acaba 
ba de llegar de Puerto-Rico^ en donde por algunos años había desem- 
peñado con sumo tacto el mando civil y militar del distrito de Ponce; 
fué el primer Comandante General de la Artillería carlista, pero des- 
empeñó poco tiempo este importante destino, pasando en breve á 
mandar una Brigada, al frente de la cual se distinguió en Somorrostro, 
así como más adelante en la Comandancia General de Vizcaya y como 
Ministro de la Guerra. 




D. LL'IS DE PAÜES 



1). Luís de Pagés, teniente coronel, 5.*^ comandante de Artillería, 
había sido capitán y jefe de regimiento de montaña: á su llegada al 
campo carlista fué nombrado director de la fundición de Vera, mien- 
tras Lecea marchó á Bacaícoa para montar una maestranza y procurar 
la instalación de otra fundición de proyectiles, lo cual no llegó á rea- 



— 40 — 

lizarse: después fué Pagés director de la maestranza de Azpeitia y Ma- 
yor General de Artillería. 

D. José Pérez de Guzmán era el comandante número 32 de la Es- 
cala; había sido capitán del primer Regimiento montado; desde 186'S 
se hallaba en el Ministerio de la Guerra, y había ganado la Cruz de 
San Fernando en la campaña de África. 

D. Jacobo de León, comandante, como los dos anteriores, ocupaba 
en el escalafón el número 43; había servido en la maestranza de Sevilla 
y en el Ejército de la Isla de Cuba. 

D. Antonio Brea, comandante, capitán 4.° de la Escala; había man- 
dado muchos años la 3.^ batería del 4.'^ Regimiento montado y se halla- 
ba en la Dirección General del Cuerpo desde 1868^ habiendo obtenido 
la cruz de San Fernando en la guerra de África, y peleado por Doña Isa- 
bel II en la jornada del 22 de Junio de 1866 y en la batalla de Alcolea. 

D. Manuel Fernández Prada (actual Marqués de las Torres de 
Oran), coronel, capitán 15." del escalafón; había mandado una batería 
en el 2.'^ Regimiento montado, al frente de la cual batióse contra los 
republicanos de Andalucía, y había ganado en la campaña de África la 
cruz de San Fernando. 

D. Francisco Javier Rodríguez Vera, comandante, capitán del 
Cuerpo con el niimero 68 del escalafón; habíase distinguido en la gue- 
rra de Santo Domingo y mandado la 5.^ batería del 4.** Regimiento 
montado. 

D. Amado Claver, comandante, capitán con el niimero 82; había 
mandado una batería en el tercer Regimiento montado y combatido 
contra los revolucionarios; marchó al Centro como jefe superior de la 
Artillería carlista. 

D. Rodrigo Velez, capitán con el número 96 del escalafón, había 
mandado una batería y sido Ayudante de profesor en la Academia de 
Segovia . 

D. José Juárez de Negrón, capitán de Artillería, retirado desde 
hacia muchos años, se presentó en el campo carlista poco antes del si- 
tio de Portugal ete. 

D. Atilano Fernández Xegrete (hijo del célebre ministro isabelino 
del mismo apellido), habíase presentado á Don Carlos en el extranjero 
en 1869, siendo entonces teniente; pero como por aquella época no es- 
taba aún decidido el levantamiento, marchó á Filipinas, de donde vol- 
vió siendo ya capitán y relevando á Prada en el mando de la 2."^ Bate- 
ría montada carlista. 

D. José M.'^ Dorda, capitán, teniente 4." del Cuerpo cuando ingresó 
en el Ejército carlista. 



— 47 — 

D. Alejandro Reyero, era capitán, teniente niimero oO de la Escala, 
y había sido Ayudante del 5.*' Regimiento montado. 

D. Julián García Gutiérrez, era el teniente número 98 del Escala- 
fón, y había sido Ayudante de profesor de la Academia de Segovia. 

Cerrada ésta al mismo tiempo que se verificó la disolución del Cuer- 
po, acudieron al Ejército carlista algunos alumnos y subtenientes 
alumnos de la misma, distinguiéndose tanto que además de Llorens y 
Ortigosa, citados ya anteriormente y que llegaron á mandar las bate- 
rías 4.""^ y 5.*^ de Montaña, obtuvieron también el mando de la 3.* de 
Montaña, de la 3.'^ Montada y de la sección Plasencia, respectivamen- 
te, D. Marcelino Ortiz de Zarate, D. Germán García Pimentel y D. Al- 
berto Saavedra, quieh murió hace pocos años siendo Ingeniero de Ca- 
minos, carrera que hizo con brillantez después de la campaña. En 
los trabajos científicos obtuvieron una reputación D. José Gómez 
Quintana y D. Carlos León, y como tenientes, Luzuriaga, Barradas y 
otros. 

Los oficiales de la Armada que prestaron servicio en la Artillería 
carlista fueron: D. Marcos y D. José Fernández de Córdova, teniente 
y alférez de Navio respectivamente, á quienes destinó el Comandante 
General de Artillería Maestre para regimentar el tren de sitio, en unión 
de los tenientes de Navio D. Fernando Carnevali y D. Mariano Torres, 
quien ya había militado en la División carlista de Álava al frente de 
un batallón. Pecaríamos de desagradecidos si no consagráramos un 
cariñoso recuerdo de gratitud á estos brillantes oficiales de Marina, 
cuyos excelentes servicios tendremos ocasión de detallar más ade- 
lante. 

También habían sido jefes en el Cuerpo de Artillería los generales 
Daque de la Roca y D. Ignacio Planas; pero ninguno de los dos llegó 
á prestar servicio como artillero en el campo carlista, pues el primero 
de ellos desempeñó desde luego la Jefatura del Caarto Militar de don 
Carlos, y el segundo sustituyó al general Elío en el Ministerio de la 
(íuerra. 

En la época á que nos estamos refiriendo en este capítulo, hubo de 
comprenderse por los más caracterizados Jefes del Ejército carlista la 
imprescindible necesidad en que éste se encontraba de disponer de 
algunos cañones, no sólo para las acciones de guerra que inevitable- 
mente habían de ocurrir, sino también para atacar plazas fuertes, trin- 
cheras ó puestos fortificados del ejército republicano. Pero como quiera 
que los fondos que se procuraban las Diputaciones apenas bastaban 
para pagar de un modo imperfecto los batallones de infantería, com- 
prar armas y adquirir municiones, vestuario y demás efectos, hubo de 



— 4.S — 

comisionarse á Gixrcía Gutiérrez para que fuese á Inglaterra, estudiara 
los diversos sistemas de bocas de fuego más en uso y que pudieran 
adaptarse á la clase de guerra que se había de sostener, ocasionando 
á las provincias vasco-navarras el menor gasto posible. Dicho oficial 
regresó al poco tiempo, cumpliendo pronto y bien la comisión que se le 
encargara: eligió entre todos los sistemas el de cañones de acero 
Whitwort, rayados, poligonales: se procuró planos, escribió una Me- 
moria descriptiva de su construcción y manejo^ dejando elegida una 
batería de cuatro piezas de montaña de 4 centímetros, cortas, á car- 
gar por la boca y de ánima y proyectil exagonal, llegando oportuna- 
mente á Francia para Armar en la frontera y en unión de Beri'iz y de 
Brea la despedida de los artilleros carlistas á sus antiguos compañeros 
en el ejército. 

El sistema de cañones citados dio en la práctica tan buenos resul- 
tados por su precisión, facilidad de transporte y de manejo, que con el 
tiempo llegaron á formarse seis baterías de otros tantos cañones cada 
una. 

En los primeros días de Septiembre se encargó del mando superior 
de la artillería el coronel de ejército, teniente coronel del Cuerpo, don 
Elicio Berriz, como ya hemos dicho en el capítulo I.**, por ser el más 
antiguo de los jefes presentados hasta entonces en Bayona el Contra- 
Almirante de la Armada D. Romualdo Martínez Viñalet, Comandante 
General carlista de la frontera. 

Casi al mismo tiempj que Barriz, presentóse también á D. Carlos el 
antiguo teniente coronel D. Juan María Maestre, comisionado á la vez 
por los carlistas de Andalucía para allegar recursos á la Causa, siendo 
al efecto portador de una importante letra sobre Londres, la cual fué 
endosada por D. Carlos al citado Jefe de Artillería, comisionándole al 
propio tiempo para que marchase á Inglaterra (como así lo efectuó in- 
mediatamente) á activar el envío de la batería que había ya gestiona- 
do García Gutiérrez, así como para comprar el material de una bate- 
ría montada que pudiese también servir en algunos casos para batir 
en brecha pequeños puestos y fortificaciones de poca importancia. 

Inauguróse el mando del Comandante General Berriz revistando en 
Segura la batería de Navarra, empezando á corregirse los pequeños 
defectos de que adolecía su organización y material, dando la direc- 
ción de ella á D Alejandro Reyero, cuyo mando conservó hasta el fin 
de la campaña. 

Dispuso asimismo Berriz que los oficiales del Cuerpo Dorde é Ibarra 
(D. Leopoldo) marchasen á Guipúzcoa á las órdenes del Comandante 
General de dicha provincia D. Antonio Lizárraga, para que les enco- 



— 49 — 

mendase los trabajos fabriles que creyera más convenientes. Púsose 
aquel jefe también en comunicación con el jefe de la sección de mon- 
taña de Guipúzcoa, Rodríguez Vera, confirmándole en el mando de 
ella y eiicaro;ándole diese cuenta de las operaciones que se llevasen á 
cabo en la citada provincia. Ofició Berriz al director de la fábrica de 
proyectiles de Vera, para que fuera regularizando su producción y 
fundiese el mayor número posible de aquéllos, con arreglo á la consig- 
nación que periódicamente le pasaba la Junta de Navarra. A causa de 
la dificultad de las comunicaciones, y para ganar tiempo, ordenó el 
Comandante General á Lecea que suministrase, previo recibo, á los je- 
fes de las secciones de montaña las municiones que éstos pudiesen ne- 
cesitar, arreglándose de esta manera el servicio de contabilidad de la 
fábrica, la cual faé poco á poco adelantando en la organización y bon- 
dad de sus productos, poniéndose muy pronto al nivel de las mejor 
montadas en el resto de España, bajo la acertada dirección facultativa 
del citado Lecea^ del teniente D. Luis Ibarra y del alférez alumno don 
José Gómez Quintana. • 

El de igual clase D. Carlos León partió á Vizcaya á las órdenes del 
capitán García Gutiérrez con el fin de crear y organizar la batería de 
montaña, cuyo material se esperaba desembarcase de un momento á 
otro. En dicha provincia se encontraban ya los dos hermanos D. Ger- 
mán y D. Idilio García Pimentel, antigaos cadetes de artillería. 

Unidos, pues, desde esta fecha á las respectivas divisiones los seis 
cañones existentes, los hechos de guerra de la artillería carlista se ha- 
llan confundidos con los de aquéllas, por cuya razón prescindiremos 
por ahora del Cuerpo y antes de relatar las notables acciones de Ma- 
ñeru y Montejurra daremos una.Jigera idea de los principales hechos 
de armas ocurridos en 1873 antes de nuestra entrada en campaña. 




D. ANTONIO DORREGARAY 



Capitulo V 



Ojeada retrospectiva. — Acciones de Eraul y Udnve. — Entrada de Don 
Carlos de Borhén en España. — Segunda embestida y toma de Este- 
lia por los carlistas. — Acciones de Alio y Dicastillo. — Importancia 
de la posesión de Estella para liberales y carlistas. 



PRÓSPERAMENTE habían marchado hasta entonces los asuntos de la 
guerra para los carlistas. En los ocho meses de campaña, no sola- 
mente habían ido organizándose las fuerzas de las diferentes provin- 
cias, si no que habían hecho frente al ejército liberal rindiendo á 
Deva, Azpeitia y Elizondo, librando los combates de Lamíndano, 
Monreal, Oñate y otros varios. 

Todo esto había acontecido antes de comenzar el mes de Mayo; 
pero como á sus principios ocurrió la más famosa de las acciones ga- 
nadas al enemigo hasta entonces, merece párrafo aparte su narración. 

Hallábanse el día 5 reunidos en Galdeano el General Dorregaray y 
los brigadieres Olio, marqués de Valde-Espina y Lizárraga con los ba- 
tallones 1.° 2." y 3." de Navarra, otros dos guipuzcoanos y unos se- 
senta caballos; y convencidos todos de que era preciso á todo trance, 
para sostener la moral del soldado, obtener una importante y pronta 



— 51 — 

victoria contra cualquiera de las columnas liberales que les rodeaban, 
emprendieron la marcha hacia el puerto de Echévarri, con objeto de 
disputar el paso á la columna que mandaba el Coronel Navarro, de 
quien se supo por segura confidencia que intentaba pasar por el puerto 
de Eraul. 

Era el Coronel de ejército, comandante de Estado Mayor, D. Joa- 
quín Navarro, uno de los más brillantes jefes de su Cuerpo; había he- 
cho con lucimiento la campaña de África, en la cual ascendió á coman- 
dante y ganó dos cruces de San Fernando; pasó después á Cuba; for- 
mó, más tarde, parte del Estado Mayor del Capitán General Marqués 
de Novaliches en la batalla de Alcolea, y destinado desde el principio 
de la guerra civil al ejército del Norte, el General en Jefe liberal le dio 
el mando de una columna en atención á concurrir en el ilustrado y 
valiente jefe vencido en Eraul las más excelentes prendas militares. 

Ávido de gloria. Navarro, aunque vio tropas carlistas á su flanco 
ocupando las estribaciones de los montes, no vaciló, y emprendió la 
panosa subida de ellos al frente de su columna compuesta délos dos ba- 
tallones del regimiento de Sevilla, el de cazadores de Barbastro, dos 
compañías de ingenieros, una sección de artillería de montaña y otra 
de lanceros de Villa viciosa. 

La vanguardia liberal avanzó impávida y serena, á pesar del vivo 
fuego que le opusieron los batallones carlistas de la izquierda, y vien- 
do éstos que el coronel liberal no titubeó en correr en su ayuda, co- 
rriéronse con la idea de envolver su retaguardia, donde iban Barbas- 
tro y la artillería, que lograron desordenar. Empero, como hemos in- 
dicado ya, el coronel Navarro era joven, entusiasta y valiente, y como 
tal volvió á acometer con mayor ímpetu, logrando á su vez rechazar 
las masas carlistas. Pero aunque el campo de batalla era de lo más 
quebrado que se pudiera suponer, los ginetes carlistas, guiados por el 
arrojado Marqués de Valde-Espina, presentáronse de improviso, acu- 
chillando la artillería y haciendo retroceder á las tropas liberales en 
completo desorden . 

El pundonoroso coronel Navarro, así como el intiépido jefe de inge- 
nieros Acellana, trataron de contener la dispersión de sus soldados, 
pero ya era tarde: su derrota había sido enorme, y ellos mismos y el 
comandante Batlle, de infantería, faeron hechos prisioneros, cogién- 
doseles un cañón montado en su cureña y la cureña de otro, con mu- 
niciones, fusiles y setenta prisioneros, todos los cuales fueron tan ad- 
mirablemente tratados por los carlistas, que tanto el Coronel de Estado 
Mayor Navarro como el Teniente Coronel de Ingenieros Acellana, cuan- 
do fueron puestos en libertad, escribieron al General carlista Dorre- 



garay expresándole su gratitud. Las bajas de los carlistas fueroT». diez 
y ocho muertos, entre ellos eJ Coronel Arciniega, y treinta y siete he- 
ridos, entre los que se contaron el Marqués de Valde-Espina y el Capi- 
tán Lirio: las de los liberales fueron aún mayores, y en recompensa 
de tan brillante hecho de armas fué el General Dorregaray agraciado 
más tarde por Don Carlos con el título de Marqués de Eraul. 





i^^-<- 



D. JOAQUÍN NAVARRO 



Al mes siguiente, el 26, obtuvieron otra notable victoria los carlis- 
tas en Udave, derrotando al Coronel Castañon en sangrienta jornada, 
en la que tomaron parte los generales carlistas Elío, Dorregaray, Olio 
y Lizárraga, con los batallones 1.'', 2.^ 3.'^ y 4." de Navarra, el de ca- 
zadores de Azpeitia, el cañón cogido en Eraul y una sección de caba- 
llería. Los liberales perdieron en esta acción otra pieza de artillería, 
gran número de prisioneros y unos ciento cincuenta hombres entre 
muertos y heridos, costando todavía mayores bajas el triunfo á los car- 
listas, de quienes murieron el Coronel de infantería Azpiazu, el de ca- 
ballería Sanjurjo y el secretario del General Elío, D. Carlos Caro, her- 
mano de los duques de Medina-Sidonia y de los marqueses de la Ro- 
mana; entre los heridos carlistas figuraron el Coronel Radica, el Co- 
mandante D. Emilio Martínez Vallejo, procedente del Ejército, y don 
Romualdo Martínez Vifialet, hijo del General de la Armada, Coman- 
dante General carlista de la frontera. 

El día 1() de Julio hizo Don Carlos de Borbón su eotrada en Espa- 



ña por Zagarrainurdi, en donde faé recibido por D. Antonio Lizárra- 
ga y el Marqués de Valde-Espina al frente de tres batallones guipuz- 
coanos, despertando la llegada de Don Carlos indescriptible entusias- 
mo, así entre sus tropas como entre la gente del país, carlista en su 
inmensa mayoría, y que de todas partes acudía á victorearle en la ex- 
pedición que emprendió con los generales Elío, Dorregaray y Olio, 
atravesando todo el territorio vasco-navarro hasta jurar los fueros en 
Guernica. 

Dos ataques había costado á los carlistas la posesión de Estella, y 
el recuperarla les costó á los liberales los reñidísimos combates de Ma- 
ñera, Montejurra, Abárzuza, Oteiza. Lácar y Santa Bárbara, donde 
fueron rechazados con grandes y sensibles pérdidas, antes de apode- 
rarse del fuerte de Montejurra, en Febrero de 1876, y aún tronaba el 
cañón carlista de Monjardin cuando el ejército liberal entraba en la 
codiciada ciudad. ¿Clerecía ésta tan considerables sacrificios? Discu- 
rramos, pues, sobre el particular; pero evoquemos antes los recuerdos 
de la entrada de los carlistas en Estella. 

El Brigadier liberal Villapadierna mandaba en Agosto de 1873 la 
columna de la Ribera, encargada, por entonces, de proteger la guarni- 
ción de la ciudad y su fuerte: este último lo era el antiguo convento de 
San Agustín, convenientemente aspillerado, puesto en buen estado de 
defensa, y en donde se encerró la guarnición desde el momento que 
los batallones carlistas tomaron las formidables posiciones que rodean 
á Estella, y desde donde con sus certeros y sostenidos fuegos impedían 
á los liberales continuar pacíficamente en la ciudad. Reducidos, pues, 
al fuerte, entraron los carlistas y se diseminaron por los alrededores 
del mismo, tomando posesión de las casas más próximas, colocando 
sus cañones en una del barrio de San Pedro y detrás de las tapias del 
convento de San Benito, rompiendo enseguida un vivísimo fuego de 
fusil y cañón. Contestado éste al momento y con energía por los sitia- 
dos, sin cesar sino por cortos intervalos, llegó la noche del 23 de Agosto. 

El General carlista Dorregaray, viendo que el día anterior había 
disminuido bastante el fuego de los sitiados, después de ciento sesenta 
y ocho horas que lo sostenían, hubo de avisarles que si no se rendían 
aquella misma noche haría volar una mina que días antes había empe- 
zado á preparar el jefe de los zapadores de Navarra, comandante Ar- 
gila. La contestación de los defensores del fuerte fué romper el fuego 
otra vez con mayor furor; lo que visto por Dorregaray, dio la orden de 
que se volara la mina al amanecer. Así se hizo; pero no habiéndose cal- 
culado bien las distancias, la explosión sólo se dejó sentir en una fuente 
que estaba situada á unos diez metros de la puerta del fuerte. Los sitia- 



— 54 — 

dos no pidieron capitulación, pero quedaron tan quebrantados moral - 
mente que al anochecer del 24 pidieron parlamento, cuando de orden 
del citado General carlista se preparaba otra segunda mina, de laque 
se esperaban resultados más decisivos que de la anterior. 

Seis días había durado el ataque, que seriamente no empezó hasta 
el 18. Las fuerzas sitiadoras se componían de los cuatro primeros bata- 
llones navarros, de las piezas de montaña y de la escolta de Don Car- 
los, quien asistió á estas operaciones con los generales Elío, Dorregaray 
y Olio. El fuerte fué defendido por el teniente coronel republicano 
Sanz con tres capitanes, siete subalternos y 475 sargentos, cabos y sol- 
dados. El día 18 dispararon éstos 28,090 cartuchos, habiendo izado 
bandera negra cuando se les intimó la rendición antes de romper el 
fuego. El día 19 se supo que el Brigadier Víllapadierna se acercaba en 
socorro de la ciudad: entonces salió Don Carlos con Olio, seguidos por 
la caballería y dos batallones para disputarle el paso. Sabido por Vi- 
llapadierna el proyecto de los carlistas, desistió del suyo y se retiró 
con sus fuei*zas á Sesma. El 21 volvió á entrar en Alio; rompióse el 
fuego por ambas partes, y después de amagar un avance á Dicastillo, 
el jefe liberal fué rechazado completamente, teniendo en el ataque más 
de 2.5 bajas: las de los carlistas fueron de 2 muertos y 6 heridos. 

En el fuerte de Estella encontraron y recogieron los carlistas más 
de mil fusiles Berdan, cuatrocientas granadas de 8 centímetros, consi- 
derable cantidad de pólvora, un parque de ingenieros de campaña, al- 
pargatas, mantas, camas, tabaco, ochenta mil cartuchos metálicos y 
gran cantidad de provisiones. Las bajas de los liberales fueron siete 
muertos y 16 heridos; las de los carlistas, 2 muertos y 15 heridos La 
guarnición del fuerte fué acompañada hasta terreno neutral por algu- 
nas compañías del batallón o." de Navarra, con arreglo á la capi- 
tulación. 

No desistieron, sin embargo, los liberales de recuperar la ciudad en 
los primeros momentos; porque el día 25, es decir, al siguiente día de 
la rendición de Estella, volvió Víllapadierna, acompañado del General 
Santa Pau y de considerables refuerzos. Tenemos á la vista el parte 
oficial dado por D. Joaquín Elío, Jefe de Estado Mayor General, y que, 
poco más ó menos, dice así: — «A consecuencia de la derrota de la co- 
lumna de Víllapadierna en Alio, se retiró á Sesma y Lodosa: en estos 
pueblos se reforzó con cuatro batallones, y-tomando el mando en jefe el 
General Santa Pau^ salió el 25 de Agosto para Dicastíllo, en donde se 
hallaba Don Carlos con el batallón 1." de Navarra. A líis ocho de 
la mañana situó el enemigo sus piezas en batería, rompiendo el fuego 
sobre Dicastillo; á las nueve desplegó sus guerrillas en dhx-cción de 



— 55 — 

Alio, y al mismo tiempo el grueso de su infantería avanzó por el porti- 
llo de Santa Lucía con intención de apoderarse del alto de Robledo. 
Conocido el punto de ataque por los carlistas, salió de Dicastillo el 
1." batallón con el 4*^, quedando en Dicastillo el 2.^* y tomando po- 
siciones á su izquierda el 3."; la caballería y artillería carlista es- 
peraron tomase las suyas las del enemigo para obrar. En el alto de 
Robledo, y entrando por opuestos puntos, se encontraron los republica- 
nos con el 1."" batallón;, rompiendo á la vez el fuego unos sobre 
otros. Don Carlos ordenó entonces reforzar al 1." con seis compa- 
ñías del 2.*' que acababa de llegar de Estella, sin reposar apenas 
de las duras fatigas del sitio. Auxiliado el primer batallón, suspendió 
el fuego y se lanzó á la bayoneta sobre los enemigos en unión de las 
compañías del 2.". Rechazados entonces los liberales corrieron á 
reorganizarse detrás de su caballería y artillería, haciéndoseles antes 
veinte prisioneros, entre ellos un teniente coronel. Las pérdidas de los 
carlistas fueron cinco muertos y quince heridos; las del enemigo no se 
pueden precisar; sólo muertos se vieron más de cuarenta en el campo. A 
las dos horas de haber cesado el fuego, pronuncióse el enemigo en re- 
tirada otra vez hacia Sesma. Las fuerzas republicanas tenían unos 
cuatro mil hombres de infantería, seis piezas de montaña y nove- 
cientos caballos. La caballería carlista no cargó por ser muy despro- 
porcionado su número con la del enemigo. Los generales Olio, Argonz 
é Iturmendi secundaron admirablemente los deseos de Don Carlos, quien 
no se separó un momento del lugar de la acción.» Concluye el general 
Elío recomendando á Don Carlos el valor de sus tropas y sus jefes, es- 
pecialmente al general Olio, que tomó parte en el combate á pesar de 
haber sido herido en la acción de Alio, y el comportamiento del Mar- 
qués de Valde-Espina, que se puso á la cabeza de los batallones que car- 
garon á la bayoneta en dirección de la Tejería. A las siete de la tarde 
del mismo día 25 entraron en Estella todas las tropas que acababan de 
vencer en Dicastillo, á las que se agregaron dos mil quinientos guipuz- 
coanos que llegaban de su provincia mandados por el General Li- 
zárraga . 

Con los fusiles cogidSs al enemigo, que ascendían á mil doscientos, 
se armaron muchos de los que carecían de ellos, pertenecientes á los 
batallones 6.°, 7." y 8." de Navarra, y el día 2(5 desfilaron por delante 
de Don Carlos cerca de nueve mil voluntarios. 

Dada una breve idea de la toma de Estella, volvamos á nuestro 
asunto. Conocida es su situación; pero no nos creemos dispensados de 
decir dos palabras respecto á su importancia, siquiera por el papel que 
ha desempeñado, tanto en la primera como en la última guerra civil. 



— 5b — 

Estella es una ciudad de unos siete mil habitantes: el rio Ega la baña, 
y la rodean las imponentes sierras de Toloño y de Andía. Se halla en co- 
municación directa por magníficas carreteras con Vitoria, Pamplona, 
Tafalla, Logroño y Tolosa, encajonadas entre formidables alturas y des- 
filaderos. El enemigo que quisiera llegar por el Norte ó por el Sur á 
Estella, tendría que atravesar de frente las sierras de Andía, Monjar- 
din y Montejurra: por el Este, tendría que dominar antes San Cristo- 
bal y Esquinza, y por el Oeste las Amézcoas ó el famoso puente de 
Arquijas. No podía esconderse la ventaja de la posesión de Estella á 
los liderales^ como la facilidad de su defensa por un ejército como el 
carlista. No nos esplicamos, por lo tanto, por qué no se pensó desde el 
principio de la campaña en fortificar fuertemente á Estella, bien enten- 
dido que esto se conseguiría haciéndolo desde las alturas que la domi- 
nan^ que además de las expresadas hay las de Apalar, los Castillos, el 
Puig,Montemuro é infinitas estribaciones. Verdad es que la defensa de 
Estella hubiera costado al Gobierno de Madrid el aumento en grande 
escala del Ejército del Norte. Calculamos que por la topografía de Es- 
tella y por el carácter de los carlistas, hubieran necesitado los libera- 
les distraer ocho ó diez mil hombres para asegurar la zona de Estella 
en una situación medianamente pacífica. Esta es la razón en que nos 
fundamos para pensar que, por lo menos, fueron prematuros los ata- 
ques de los liberales á Estella, toda vez que sin un numeroso ejército 
les era imposible sostenerla no disponiendo de buenas fortificaciones. 
¿Podían distraer fuerzas de otros puntos no menos importantes para ha- 
cer morir de inacción un par de brigadas en Estella? Los generales 
Loma y Morlones quejábanse de no disponer de todas las fuerzas nece- 
sarias para emprender operaciones de gran trascendencia; el goberna- 
dor de Bilbao no podía salir del recinto de la plaza; á los de Vitoria y 
Pamplona les sucedía lo mismo. Y si esto se conocía en el campo libe- 
ral tan bien como en el carlista, ¿por qué atacaron en Alio y Dicastillo, 
Mañeru y Montejurra? El Capitán General Marqués del Duero trató de 
llegar á Estella un año después con un numeroso ejército, y no consi- 
guió tampoco dicho objeto, y eso que las condiciones de las tropas re- 
publicanas eran ya entonces bien distintas que fen 1873. 

Para los carlistas era otra cosa. Su importancia para ellos era infi- 
nitamente mayor, aunque no estamos de acuerdo tampoco con los que 
sostenían la idea de defender á Estella á todo trance. Para los carlis- 
tas era la ciudad más grande y de más recursos de Navarra, excep- 
ción hecha de aquellas que no poseían, siendo á la vez Estella y su co- 
marca la que más hombres carlistas tenía en armas. Durango y Verga,ra, 
así como Tolosa después^ eran, digámoslo así, las capitales reconocidas 



— ^í — 

de los carlistas de Vizcaya y Cniipúzcoa; los navarros, que eran los 
más ricos y los más numerosos partidarios entre las cuatro provincias, 
querían tener su capital propia, demostrando luego que sabían y po- 
dían conservarla. Los muchos caminos que afluían á Estella les asegu- 
raban sus tranquilas comunicaciones con todo el resto de España, con 
la frontera francesa^ con las Amézcoas, verdadero almacén erizado de 
defensas naturales y muy á propósito para refugio de un ejército en 
un caso desgraciado 

Estella, con las vertientes de Montejurra, ó sea la Solana, y el cami- 
no de Los Arcos, podía abastecerles de víveres fácilmente, y por sus 
vías de comunicación ser socorrida en un momento dado, haciendo ve- 
nir fuerzas hasta de los confines de Vizcaya. Tres días tan sólo tarda- 
ron los batallones navarros en trasladarse desde Dicastillo al valle de 
Somorrostro cuando fueron al sitio de Bilbao. ¿Cuántos hubieron tar- 
dado los guipuzcoanos en acudir desde los alrededores de Tolosa? Uno 
tal vez. Unidas estas razones á las particulares del reconocido carlismo 
de Estella, al carácter tenaz de los navarros y á que era tradicional en 
ellos que defendiendo su querida ciudad no habían sido vencidos nunca, 
se comprende el empeño que los carlistas tuvieron en sostenerse en Este- 
lla, costase lo que costase, y los acontecimientos que se sucedieron más 
adelante se encargaron de darles la razón. 

Los carlistas tampoco llegaron á tener almacenes ni edificios mili- 
tares en Estella hasta mucho después; ni siquiera residía en ella la Jun- 
ta de Navarra; las municiones de boca que se consumían procedían de 
los pueblos comarcanos y de los riquísimos valles de la provincia; las 
de guerra no se construían allí. ¿A qué, pues, el empeño del Gobierno 
de Madrid cuando disponía, sin salir del antiguo reino de Navarra, de 
poblaciones tan importantes como Tudela, Olite, Tafalla y la plaza 
fuerte de Pamplona? Chicho más que recuperar á Estella les habría po- 
dido convenir á los liberales asegurarse de la frontera, por donde en- 
traban tantos recursos carlistas, y apoderarse de las aduanas de Val- 
uarlos y Dancharinea. 




ySDALLA SE MOtTIEJUSBA 



Capitulo VI 



Pormenores de la acción de Mañeru, llamada por los liberales de Puen- 
te-la-Reina, el 6 de Octubre de 1873. — Batalla de Montejurra, los 
días 7, 8 y 9 de Xoviembre del mismo año. — El cañón de las Améz- 
coas. — Sobre adquisición de cañones en Inglaterra, y demás sucesos 
hasta l.^de Diciembre de 1873. 



EN Septiembre de 1873 encargóse del mando en Jefe del ejército 
liberal del Xorte el Teniente General D. Domingo Moriones, mi- 
litar valiente, activo y gran conocedor del pais Vasco-Xa varro, en el 
que habia hecho la primera guerra civil. Habia nacido en 1823; á los 
trece años de edad ingresó en clase de cadete en un regimiento de 
lanceros del ejército cristino, y al terminar la guerra de los siete años 
había alcanzado el empleo de teniente y ganado la Cruz de. San Fer- 
nando. En 1849 emigró á consecuencia del alzamiento de Sevilla, eco 
tardío de las conmociones revolucionarias que sufrieron casi todos 
los países de Europa desde el año anterior, y entonces empezó para 
Moriones una agitada vida militar y política á un mismo tiempo, figu- 
rando en los partidos avanzados y llegando á distinguirse como inteli- 
gente y arrojado gaerrillero. Al triunfar la Revolución de 1808, el 



— 59 — 

Gobierno provisional le hizo Brigadier; D. Amadeo le ascendió á Ma- 
riscal de Campo en 1871, y la fácil victoria de Oroquieta le valió al 
año siguiente el empleo de Teniente General. 

A poco de ponerse al frente de las tropas liberales del Xorte, el ge- 
neral Moriones dispuso dar un golpe de mano sobre Estella, aprove- 
chándose de la escasez de las fuerzas carlistas que había entonces en 
Navarra, ocupadas las demás en los bloqueos de Bilbao y Tolosa, de 
resultas de cuyas operaciones no tenía el General Olio disponibles de 
momento más que los cinco primeros batallones de su división y la sec- 
ción de artillería que tenía Reyero á sus inmediatas órdenes, pues la 
otra que mandaban Iza y Fernández Charrier se hallaba entonces le- 
jos de Estella formando parte de la reserva que tenía á sus órdenes el 
Brigadier Argonz; y en cuanto á la Caballería, que se hallaba en Alio 
y Oteiza organizándola el teniente coronel Ordoñez i á causa de hallar- 
se en Francia, curándose una herida, su primer jefe Férula), no pudo 
tomar parte en la acción por la clase de terreno en que se operaba. En 
cambio el Brigadier 3Iendiry se hallaba en Navarra con dos ó tres ba- 
tallones alaveses, juntándose entre todas las fuerzas con que pudo 
oponerse Olio á Moriones, un total de cinco mil hombres y la Sección 
de montaña ya citada; pero el General en jefe liberal contabapara la 
operación proyectada con diez mil hombres, diez y seis cañones y cua- 
tro escuadrones. 

El servicio de confidencias se hacia entonces con la mayor puntua- 
lidad éntrelos carlistas, porque la Junta de Navarra consagraba á él 
sumas importantes (á veces era desempeñado por mujeres), y tanto por 
la razón expuesta como por la inmensa popularidad de Olio y por el 
carlismo del país, no daba un paso el Comandante general carlista sin 
encontrar gente que le informase al detalle y al minuto de Jos movi- 
mientos del enemigo, siendo muchas las noches que no podía aquel 
dedicarse al sueño tres horas seguidas, sin verse interrumpido cinco ó 
seis veces. 

Debido á esto, supo el día 4 el General carlista que su contrario el 
General Moriones había concentrado fuerzas respetables en Tafalla y 
Puente-la-Reina, y que se decía intentaba dirigirse á Estella y arra- 
sarla (palabras textuales), como la principal guarida de los carlistas. 
Inmediatamente dispuso Olio aprovecharse de las ventajosas posicio- 
nes que protegen á Estella por el Este; en su consecuencia ordenó á los 
batallones 1.** y 2." y á la sección de montaña que se adelantasen y 
ocuparan Mañeru, Cirauqui y sobre todo la elevada ermita de Santa 
Bárbara, cuya situación, á la izquierda y avanzada sobre Puente-la- 
Reina, les permitía fácilmente ver los movimientos del enemigo, pre- 



— 60 — 

venirlos é impedir su paso, flanqueando su marcha desde el mismo 
instante de su salida de Puente. A la vez previno" al jefe de los alave- 
ses, Mendiry, que dejando la fuerza más indispensable para cubrir La 
Solana y Villatuerta, avanzara con el resto hacia Mañeru en el mo- 
mento de oir fue^o, y por el camino más corto. 

Así las cosas y hallándose de vanguardia delante de la ermita el 
2." batallón de Navarra, adelantó Morlones sus tropas en dos co- 
lumnas, sin previo flanqueo ni exploradores. La una, más pequeña, 
emprendió la marcha por la carretera que sube unos tres kilómetros 
empezando así deádc el mismo Puente-la-Reina; la otra, más conside- 
rable, al oir el fuego de flanco con que fué saludada la primera, subió 
de frente á la ermita, procurando envolver toda la posición carlista de 
la izquierda. Visto esto por Olio, que se hallaba en el mismo lugar 
del combate, ordenó al I.*' batallón que reforzase á la carrera al 
2.** el cual á las once de la mañana se hallaba envuelto por todas 
partes. El ataque fué tan rápido y la defensa tan obstinada, que la 
ermita fué perdida y vuelta á recuperar dos veces por Radica y su 
aguerrido batallón, teniendo apenas tiempo de disparar sus fusiles 
en este combate, verificándose, por consiguiente, el choque al arma 
blanca. A la otra vez no pudo ya abrirse paso el 2." do Xavarra, á pe- 
sar de su bravura, por el considerable número de enemigos que lo ro- 
deaba; hasta que, animado al ver llegar al 1." en su auxilio, hizo un 
último esfaerzo, y entre los dos lograron al fin romper el círculo ene- 
migo á la bayoneta. Xo se consiguió esto sin grandes pérdidas por parte 
de los carlistas, si bien fueron también muy numerosas las de los repu- 
blicanos por hacerse el fuego á quemarropa, y sobre todo por el ímpe- 
tu con que se cruzaron las bayonetas por una y otra parte. 

Retiróse, pues, por escalones y ordenadamente el 2." batallón, para 
rehacerse al abrigo del 1." que llegó de refresco. Este con el General 
carlista y su teniente coronel Rodríguez á la cabeza, restableció al 
poco tiempo el combate, y á favor de otra nueva carga á la bayoneta, 
dada con grande empuje, volvió á quedar otra vez por los carlistas la 
ermita de Santa Bárbara. El jefe de los alaveses, Mendiry, y sus fuer- 
zas contribuyeron eficazmente al buen resultado de la operación, así 
como los batallones 3." 4.^ y 5." de Navarra, demostrando dicho jefe 
sus excelentes dotes militares. 

El general Morlones, en vista de las muchas bajas que habían ex- 
perimentado sus tropas, ordenó su retirada para rehacerlas, aprove- 
chándose de los accidentes del terreno, sin abandonar al parecer su 
idea de intentar el paso á Estella. Conocido esto por Olio, ordenó al 
Comandante de Artillería Reyero que hiciese faego ganando terreno y 



— 61 - 

empleando la granada ó la metralla, según conviniese; hízolo asi con 
la mayor serenidad é inteligencia Reyero, teniendo la fortuna de acer- 
tar con algunos disparos al centro de las fuerzas enemigas Unido este 
buen resultado al ataque simultáneo de los batallones alaveses y na- 
varros, decidióse Morlones á emprender la retirada con dirección á 
Puente-la-Reina, en donde entraron sus fuerzas en el mayor desorden 
seguidas de cerca por las bayonetas del ejército carlista, no detenién- 
dose ni aún á pernoctar en dicho pueblo y abandonando sus heridos 
en los hospitales. 




D DOMIKGÜ MORIONES 



Pero al hablar de esta acción de Mañeru tenemos que cumplir un 
alto deber de justicia consignando que cuando la brusca acometida de 
los carlistas hizo huir á la desbandada la vanguardia liberal, el gene- 
ral Moriones, puesto á la cabeza del puente, hizo se rehiciesen sus 
fuerzas y que volviesen á hacer cara al enemigo, encargando al capi- 
tán de ingenieros Cazorla contuviese la huida de las tropas con su 
compañía: así lo hizo este bravo y pundonoroso oficial de ingenieros, 
pero costóle la vida su heroísmo, y allí en el campo cayeron también 
á su lado hasta treinta y siete de sus zapadores, siendo muy sentida 
su temprana muerte entre sus compañeros de armas, y su nombre 
citado con gran elogio por los mismos jefes y voluntarios carlistas que 
tuvieron el honor de admirar su brillante defensa. 

El General carlista se replegó con sus fuerzas sobre Estella, y el 
liberal á Ta falla, donde tan quebrantadas quedaron las suyas, que 
hubo de permanecer inactivo en aquel punto por espacio de un mes. 
Las pérdidas del ejército liberal fueron treinta y cinco muertos y tres- 
cientos sesenta heridos: las del carlista fueron mayores, pues llegaron 
á quinientos hombres fuera de combate. 



— 62 — 

Durcante la acción del G el capitán del 2.*^ de Navarra Alvarez So- 
brino fué herido por sus mismos soldados, á causa de que, habiéndose 
caido al suelo y perdido la boina, los voluntarios de su batallón le 
creyeron liberal, pues la levita y pantalón que llevaba eran los mis- 
mos que había usado en el ejército contrario. 

Entre los desaparecidos se contaba otro oficial carlista, procedente 
del ejército también, apellidado Más, el cual era Ayudante del bata- 
llón de Radica, y á quién éste profesaba sing:ular cariño. Al día si- 
guiente, ignorándose su paradero y creyéndole acaso entre los heridos 
que el enemigo recogió y llevó á Puente, marcharon á dicho puebla) 
Radica y algunos oficiales más para volverlo á Estella si era vivo, ó 
enterrarlo si era muerto, Por desgracia, le encontraron entre los ca- 
dáveres enemigos, no lejos de la ermita de Santa Bárbara, dándosele 
después la debida sepultura. En el hospital de Puente-la-Reina visita- 
ron Radica y sus acompañantes á los heridos enemigos, entre quienes 
tuvieron el sentimiento de encontrar á nuestro inolvidable amigo el 
oficial de Estado Mayor Marqués de Coquilla y á nuestro antiguo com- 
pañero Moya, oficial de artillería. Tanto los heridos como el pueblo, 
casi en masa, confirmaron todas las noticias que llevamos expuestas 
en este relato. 

Por aquellos días se dijo que diez y siete heridos que los carlistas 
no pudieron llevarse cuando fueron desalojados de la ermita por los 
liberales al principio de la acción, fueron tratados inhumanamente 
por los liberales, encontrándoseles muertos al ser recuperada la posi- 
ción. Como quiera que esto no tenía fácil comprobación por unos ni 
por otros, solamente lo consignamos como un rumor. Creemos, sin em- 
bargo, que no sería cierto, pues de haberlo sido es seguro que en las 
acciones siguientes se hubieran llevado á cabo algunas represalias, 
cosa que hubiera dado á la guerra un carácter que no tuvo después, 
afortunadamente para unos y otros. Sin embargo, el escritor liberal 
D. Antonio Pirala dice textualmente: «Los diez y siete (heridos carlis- 
»tas) qite quedaron {en la ermita) /"wer o n muertos á bayonetazos al ocu- 
»par la ermita las tropas liberales.» (Historia Contemporánea, to- 
mo IV, pág. 557). 



Llegamos ya á la célebre batalla de Montejurra, para la cual se 
concentró previamente el grueso del ejército liberal en Logroño, y el 
carlista en Estella, siendo de notar que en esta memorable jornada 
que duró tres días jugaron las tres armas. 

A los dos días de la acción de Mañeru entró en Estella Don Carlos 



— 63 — 

con los generales Elío, Dorregaray, Marqués de Valcle-Espina y Mar- 
tínez de Velasco, seguidos de cuatro batallones de vizcaínos, como 
refuerzo por si el general Olio no hubiera podido impedir el paso al 
general Moñones. Como vemos, el refuerzo no llegó á ser necesario; 
pero tanto Don Carlos como sus tropas fueron todos por el camino más 
corto, es decir, por las Amézcoas, y contribuyeron al feliz éxito de la 
acción que se preparaba. 

El ejército carlista encargado de la defensa de Estella se compo- 
nía, pues, de los batallones 1."^ de Castilla, l.'^úe Arratia, de Durango, 
de Guernica y de la Rioja, más cuatro batallones de Álava y cinco 
navarros; total, ocho mil infantes, unos doscientos caballos mandados 
por el coronel Péi-ula, y cuatro cañones de montaña de la batería 
Reyero. 

El ejérdito republicano se componía próximamente del doble, ó 
sean unos diez y seis mil hombres, con más de mil caballos y veinte 
y ocho cañones, entre ellos ocho de batalla sistema Krupp. 

En aquel mismo mes de Octubre llegaron á Estella Don Alfonso de 
Borbón y de Este, el heroico zuavo pontificio defensor déla Puerta - 
Pía, que tan brillante campaña acababa de hacer al frente de los car- 
listas catalanes, y su esposa D.*^ María de las Nieves de Braganza, tan 
criticada por algunos liberales á quienes debía servir como de lección 
lo que de tan egregia dama decía nuestro antiguo jefe en el Cuerpo de 
Artillería é inolvidable amigo de siempre, el caballeroso Capitán Ge- 
neral D. Manuel Pavía y Rodríguez de AlburquerquC;, quien en su 
obra Ejército del Centro se expresa así: «Al frente del carlismo se 
«hallaba el bizarro Don Alfonso, hermano del pretendiente Don Car- 
»los de Borbón. Acompañaba á Don Alfonso su distinguida é ilustrada 
» esposa Doña Blanca. Es Doña Blanca una señora bizarra, agraciada 
Ȏ interesante, que no representa la fortaleza de su sexo, ni tiene figu- 
»ra varonil; todo lo contra i>io, es de pequeña estatura y tiene un físico 
«delicado, sensible y débil. Esta ilustre señora compartía con Don Al- 
»fonso todas las penalidades, sufrimientos y escaseces de las guerras 
»de montañas y de guerrillas, que es necesario haberlas practicado 
»para conocer el alcance que tienen; y disfrutaba también de todas las 
«contrariedades, obstáculos y disgustos de distintas clases que propor- 
sciona una insurrección popular cimentada con elementos anárquicos 
«y con rivalidades y escisiones de todos géneros. Doña Blanca obser- 
«vaba una conducta ejemplar y no era un obstáculo por su sexo para 
«los movimientos y operaciones del carlismo. Doña Blanca no tenía ni 
«una persona siquiera en su servidumbre, y todos los jefes y oficiales 
«tendrían el que menos su asistente y su ordenanza. Se había cortado 



— G4 — 

»el cabello, y ella se vestía sola, limpiaba su ropa, y nunca molestó en 
»las casas donde se alojaba. El General en Jefe que esto escribe, ha 
»residido en los mismos alojamientos, y tanto en éstos como en los 
»pueblos no ha escuchado más que numerosos elogios á tan distinguida 
»é interesante señora. — El Carlismo en el Centro tenía á su frente, 
»además de una persona de estirpe regia que debía influir mucho en 
«partido tan monárquico, á la ilustre é interesante Doña Blanca, que 
«debía inspirarle gran consideración, mucho respeto y profunda ad- 
»miración^ produciéndole un entusiasmo indescriptible. fiEs posible 
»que la presencia de dicha señora no extinguiera por completo las ri- 
»validades, escisiones y maltiplicados disgastos que existían en el 
«campo enemigo? ¿Es creíble que la vista de Doña Blanca no tuviera 
»para los carlistas gran alcance, y su mirada no les excitase la ener- 
»gía, inflamándoles el corazón, volcanizando sus cabezas hasta la lo- 
»cura para alcanzar de tan virtuosa, sufrida y valiente señora una 
«sonrisa de satisfacción ó palabras halagüeñas, con el dictado de bra- 
«vos, la mayor recompensa que podían aspirar á obtener? ¿Es verosímil 
«que la presencia de dicha señora, su ejemplar conducta, los peligros 
«y penalidades que sufría con grandísima resignación, no hubiesen 
«inspirado absolutamente nada á los enemigos de la libertad en el 
» Centro? « 

Con motivo de haber pensado D. Carlos celebrar el día de su Santo 
al mismo tiempo que la llegada de su augusto hermano D. Alfonso y 
de la princesa D.'^ Nieves de Braganza, con corridas de toros y otras 
diversiones propias del caso, el objetivo del general Morlones era apo- 
derarse de Estella en aquellos días precisamente, calculando que con 
las diversiones que se preparaban no tendrían muchos deseos de com- 
batir los batallones carlistas y que su moral se hallaría acaso quebran- 
tada. 

Amaneció el día .3 de Noviembre, y Morlones salió muy de mañana 
de Los Arcos con los generales Primo de Rivera^ Terrero, Ruiz Dana y 
otros. La niebla que cubría el horizonte, lejos de evaporarse, como se 
presumió, se deshizo en menuda lluvia al poco rato, conforme iba 
avanzando el día; y como no presentaba indicios de despejar, ordenó 
Moriones la vuelta á Los Arcos. 

Los batallones carlistas, al saber por sus confldentes el movimiento 
de los republicanos (1), ocuparon en buen orden Arroniz, Luquin, Bar- 



(1) No erau malas tampoco las confidencias que tenían los liberales á pesar 
de achacar á los carlistas que el país en masa era quien desempeñaba el servi- 
ciode confidencins. No negaremos que, especialmente en Navarra, eran éstas 



— 65 — 




DON ALFONSO DE BORBÓN Y DE ESTE DON CARLOS DE BORBON 

DOÑA MARÍA DE LAS NIEVES DE BRAGANZA 



Ijarín, Urquiola y Villamayor, saliendo también á Arqueta los batallo- 
nes que ocupaban Villatuerta, Abárzuza y demás; pero ni D. Carlos 
ni los generales salieron de Estella, excepción hecha de Olio, ¡jorque 



excelentes entre los carlistas, y que durante el sitio de Bilbao y durante su 
bloqueo, hasta la terminación de la guerra, gabianse día por día y hora por hora 
los pensamientos del Comandante general liberal de Vizcaya; pero no escaseaban 
tampoco entre los liberales las buenas confidencias especialmente durante el man- 



— 66 — 

la noticia del avance de Morlones coincidió con la de su regreso á Los 
Arcos., ' 

Celebráronse, pues, las fiestas con la mayor alegría: se lidiaron al- 
gunos becerros y se racionaron abundantemente los batallones, á cuyo 
fin se relevaban éstos durante los días 4, 5 y 6, para que todos disfru- 
tasen de aquéllas, las cuales se hacían ¿i ciencia y paciencia de Morlo- 
nes, detenido forzosamente por el temporal, y que deseaba estorbarlas 
á todo trance. 

Llegó por fin el día 7, y á la misma hora próximamente de la ma- 
ñana franqueaba el general Morlones las gargantas de la sierra de 
Cogullo, dando vista á las posiciones carlistas que ocupaban nuestros 
batallones aprestados al combate. Casi al romperse el fuego de las gue- 
rrillas y de la Artillería liberal, llegó el General Elío con su Cuartel 
general, y D. Carlos, al mediodía. Dividió Morlones sus fuerzas en dos 
columnas desiguales: la de su derecha avanzó protegida por el fuego 
de sus veinte piezas de Montaña, con intención de envolver la izquier- 
da carlista, defendida por Olio y los navarros. La otra columna, más 
pequeña, adelantó pausadamente por la carretera, con la Caballería y 
Artillería Montada, en la idea, sin duda, de apoderarse de Villamayor 
y Monjardín^ donde se apoyaba la derecha carlista. 

La Batería de Montaña carlista se dividió en dos mitades: una, man- 
dada por el comandante Eeyero y el teniente Llorens, operó en la iz- 
quierda; la otra, mandada por el comandante Iza y el teniente Orti- 
gosa, en la derecha, colocando el obús de á 12 liso delante ae la iglesia 
de Villamayor, y el cañón rayado á la izquierda, en unos sembrados. 
A esta última seceión se agregaron en la acción del día 7 el Coman- 
dante general coronel Berriz y el teniente coronel Brea. La primera 
sección tomó posiciones en Barbarín y Luquín. 

Como el proyecto del general Morlones fué el envolver ambas alas 
carlistas y apoderarse de Montejurra y Monjardín, centinelas avanza- 
dos de Estella, conocida ya la resistencia de la izquierda carlista hizo 
reforzar su columna derecha de ataque. Como su número era bastante 
más considerable que el de los batallones contrarios, logró á las doce 
de la mañana correrse por una de las estribaciones de Montejurra y 
entrar en los pueblos de Luquín y Barbarín, mientras la segunda co- 



do de D Domingo Moriones, pues como hijo del país y rodeado de mucha popu- 
laridad entre los navarros de su comunión política, no dejaba de contar con 
numerosos y seguros confidentes. Recordamos haber oido decir al general car- 
lista Olio que más de un espía de Moriones había sido cogido convicto y confe- 
so, y fusilado después por algún partidario. 



— 67 — 

lumna entraba sin obstáculo en Urbiola por no haber fuerzas en dicho 
punto. Muchas y considerables bajas debió costarle al General repu- 
blicano la posesión de estos pueblos (cuyos habitantes, dicho sea de 
paso, los habían abandonado poco antes), cuando en todo el resto del 
día no pudo adelantar ni uno más. Que la resistencia de los carlistas 
fué grande lo prueban las bajas que sufrieron sus fuerzas, especial- 
mente el Batallón 2.° de Navarra y la sección de Artillería: ésta reti- 
raba sus piezas á brazo por un extremo del pueblo, cuando los enemi- 
gos entraban por el otro, no dándoles tiempo para cargar aquéllas en 
los mulos, hallándose por lo tanto muy expuestas á caer en poder de 
los republicanos, sosteniéndose seis horas consecutivas el fuego de fu- 
sil y de cañón, que no cesó hasta bien entrada la noche. 

Dueño Morlones délos citados puntos, la Infantería carlista se re- 
tiró á una segunda estribación de Montejurra, donde se sostuvo hasta 
la noche sin retroceder ni un solo paso, y en cuyas posiciones viva- 
queó. Entonces hizo el General Morlones que adelantase á Urbiola la 
Artillería Montada, rompiendo un vivo fuego contra las posiciones de 
la derecha carlista para preparar el ataque contra Villamayor. Estas 
posiciones fueron tenazmente defendidas por los batallones de Duran- 
go, de riojanos y 5.° de Navarra y por la sección de Montaña, en tér- 
minos que el enemigo se vio obligado á retroceder dos veces sobre Ur- 
biola. La noche puso término á la acción del día 7; ambos ejércitos 
quedaron: los liberales en las posiciones conquistadas, que hicieron de- 
cir á Morlones en un telegrama que puso al Gobierno: Tomado á Mon- 
tejurra, domino á Estella; la primera línea carlista con los generales 
Dorregaray, Olio y Marqués de Valde-Espina, en Villamayor y Mon- 
tejurra; la segunda en Arqueta, con el general Velasco, y la Caballería 
en Ayegui, con el coronel Férula, preparados todos al combate que 
todo hacía presumir se libraría al día siguiente. 

Así fué, en efecto. El día 8 amaneció lluvioso, y el fuego se rompió 
por ambas partes antes de amanecer, repitiéndose el de cañón bastante 
vivo hacia Villamayor, desde donde fué contestado por la Artillería 
carlista, concentrada en dicho punto desde el anochecer del día ante- 
rior. Continuando la lluvia, y á causa, sin duda, de ella, el enemigo 
suspendió su fuego á las nueve de la mañana. Entre los heridos car- 
listas del segundo día, se contó el comandante Conde, del Batallón I.*' 
de Castilla, herido al parecer leve; pero que murió en el hospital de 
Irache dos meses después. El resto del día lo pasaron las tropas libera- 
les y carlistas en sus respectivas posiciones. 

Al mediodía se despejó la atmósfera, y deseando Don Carlos visi- 
tar los puntos avanzados, contra el parecer de su Cuartel Real, marchó. 



— 68 — 

sin embargo, acompañado de muy pequeño séquito, hacia Villamayor, 
con el fin de no llamar demasiado la atención del ejército liberal, cu- 
yas masas cubrían Urbiola y sus alrededores, y que se hallaba á poco 
más de un kilómetro. Las baterías enemigas habían permanecido ca- 
lladas hasta las doce; pero advertidas, sin duda, de la visita regia, rom- 
pieron otra vez el fuego con granada y shrapnells, reventando una de 
ellas á los pies del caballo de Don Carlos. Logrado el objeto de éste, 
regresó al cabo de un rato á Arqueta, trayendo en la mano el culote de 
dicha granada, y al ver á los artilleros, se dirigió al Coronel Berriz y 
díjole jovialmente: 

— Hé aquí un regalo que me hacen tus queridos compañeros del otro 
lado. 

Aludia_, tal vez, Don Carlos á la conversación que tuvo con Berriz, 
Brea, Dorda, Reyero y García Gutiérrez, cuando dichos oficiales de 
Artillería se le presen^-aron en Vergara, á principios de Septiembre, 
pues sin dejar de ser el recibimiento tan digno de aquella Augusta 
Persona como de los artilleros favorecidos, lamentóse Don Carlos de 
que muchos jefes y oficiales de Artillería habían conferenciado con él 
ó sus allegados, indicándoles que primero irían á ponerse á sus órde- 
nes que servir al Gobierno federal de España, y á pesar de esto había 
visto recientemente que el disuelto Cuerpo se disponía á aceptar la in- 
vitación de reorganización hecha por Castelar como Presidente de la 
República. No sólo trataron los referidos oficiales de disculpar á sus 
antiguos amigos y compañeros, haciendo presente á Don Carlos la si- 
tuación precaria ó particular de alganos, sino que le suplicaron fuesen 
llamados á su lado el día que como Rey llegase á Madrid, si Dios lo 
permitía. Don Carlos oyó atentamente sus palabras, y les contestó con 
éstas ó parecidas frases: Pláceme mucho ver en vosotros esa generosi- 
dad y compañerismo: si quiere Dios que ganemos y llegue yo á ser un 
día Rey de España, vosotros habréis contribuido á ello con vuestra cien- 
cia y vuestro valor; pero yo no podré perm,itir que sigáis en vuestros 
antiguos puestos de la Escala, como solicitáis; sin embargo, haré todo 
lo que queráis por la gloria del Cuerpo de Artillería. Desde entonces no 
olvidó nunca Don Carlos la prueba de amistad dada en aquella ocasión 
por los oficiales de artillería carlista á los artilleros liberales, y á esta 
conversación aludiría sin duda Don Carlos cuando en Montejurra en- 
señaba á los i^rimeros el culote de una de las granadas disparadas por 
los segundos. 

Pasóse el resto del día 8 sin otra novedad; pero á la media noche 
llegó á noticia de los generales carlistas Dorregaray y Marqués de Val- 
de-Espina, que habían pernoctado en Villamayor, que se sentía en 



— 69 — 

Urbiola y demás pueblos, ocupados por el ejército del General Morlo- 
nes, un ruido extraño. Enviados exploradores y confidentes, se averi- 
guó, de una manera positiva, que el enemigo abandonó Urbiola, Lu- 
quin y Barbarin á las dos de la madrugada, sin tocar cornetas y en el 
mayor silencio, y que marchaban en retirada á Los Arcos, tratando de 
ganar el desfiladero de Cogullo antes de rayar el día. Avisado oportu- 
namente D. Joaquín Elio, ordenó desde luego Dorregaray á las tropas 
más avanzadas (que lo eran el l.*^ de Castilla, el 2." de Navarra y al- 
gunas compañías vizcaínas), que se preparasen y saliesen enseguida 
para cortar el paso á los liberales. Ordenó también al ala izquierda 
carlista que adelantase por su parte. Pero como quiera que los repu- 
blicanos habían ya franqueado ó estaban próximos á ganar las alturas 
de Cogullo, por el sigilo con que habían emprendido la marcha, resul- 
tó que únicamente los dos batallones mencionados con Dorregaray y 
el Marqués de Valde-Espina, y la Caballería de Férula, tuvieron tiem- 
po de hostilizar la marcha de aquellos. 

Dicho sea en honor de la verdad, la retirada del ejército republica- 
no fué muy ordenada y por escalones, haciendo un fuego vivo y muy 
sostenido de fusilería y cañón. Se veían las líneas de fuego ir poco á 
poco ganando terreno á retaguardia, hacer alto la Artillería, disparar 
unos cuantos cañonazos, cesar el fuego, y repetirse la misma opera- 
ción táctica con singular serenidad, como en un simulacro, protegien- 
do la numerosa Caballería liberal en la carretera la admirable reti- 
rada de sus tropas. Verdad es también que el ejército carlista no esta- 
ba en condiciones de perseguirlas de cerca y activamente por la clase 
de terreno en que se operaba, y sobre todo por lo distantes que se en- 
contraban ya las fuerzas unas de otras. 

Di jóse que la causa de la retirada del ejército de Morlones fué la 
falta de raciones. Esto no es creíble, pues las dos horas que mediaban 
entre Urbiola y Los Arcos pudieron recorrerse fácilmente por su Ca- 
ballería, cuyos caballos pudieron también convertirse en acémilas, 
dado caso que no hubiera habido otro medio más rápido de locomoción. 
Esto no es de pensar en un país como Navarra donde abundan los re- 
cursos de esta especie, existiendo numerosos carros y animales de car- 
ga. Partimos del supuesto de haber salido de Los Arcos y Logroño sin 
racionar el ejército republicano, lo cual es muy aventurado de supo- 
ner, disponiendo de fondos, de Administración Militar y otros recur- 
sos; y esto tampoco hubiera argüido mucho en favor del General Mo- 
rlones, que en muchas ocasiones tañía dadas pruebas de su previsión, 
tanto como de su osadía y de su conocimiento exacto del país navarro, 
que era el suyo propio. 



— 70 — 

Sean cuales fueren las verdaderas causas de la retirada de los libe- 
rales, el ejército carlista ganó en fuerza moral lo que había perdido el 
enemigo, el cual pudo convencerse con dolor, por sí mismo y prescin- 
diendo de las alharacas de los periódicos, que ya no eran partidas 
sueltas y muchedumbres sin armas, como en Oroquieta, las que en 
adelante tenía que combatir el General Morlones, confesando la victo- 
ria de los carlistas un escritor IrÍDcral con las siguientes palabras: «Los 
carlistas acababan de arrollar á nuestras tropas en las alturas de Mon- 
tejurra.» 

Las bajas de los carlistas ascendieron á trescientas; las de los libera- 
les llegarían al doble, atendiendo á que el primer día de la acción tuvo 
su Infantería que tomar á la bayoneta tres pueblos, colocados sobre al- 
turas respetables, expuesta al cercano y certero fuego de sus enemigos. 

No dejaremos^ antes de concluir, de referir un incidente que pudo 
tener graves consecuencias para unos y otros adversarios. Sabedor el 
Coronel Radica del casi total abandono en que había dejado su línea el 
enemigo afanoso de concentrar el mayor número de combatientes para 
la acción de Montejurra, propuso dar un golpe sobre Tafalla^ de donde 
era natural, conociendo á palmos sus avenidas. Para el objeto contaba 
Radica con su aguerrido batallón, con el 1." de Navarra, como de re- 
serva, y las cuatro piezas de Montaña de la misma División, previo 
acuerdo con los jefes de dichos cuerpos Rodríguez Román y Brea: hi- 
zo Rada presente su proyecto al General Olio, quien dio su asentimien- 
to, añadiéndole que él y el resto de la División de su mando apoyarían 
la operación; pero que ésta debía llevarse á cabo antes de que los libe- 
rales pudieran apercibirse y acudir en socorro de Tafalla. Expúsose el 
plan al General Elío, quien no tuvo por conveniente acceder á lo pro- 
puesto por el audaz guerrillero: calcúlese, sin embargo, el efecto mo- 
ral y material que en el ejército contrario hubiera producido la ocu- 
pación de Tafalla, cortándosele su línea de operaciones y dejando sin 
defensa sus puestos avanzados de Lerin y Larraga. El éxito no hubiera 
sido muy difícil de conseguir, á nuestro entender, sabiéndose por con- 
fidencias seguras de aquellos días, que apenas quedarían dos compa- 
ñías guarneciendo aquella plaza, mientras durasen las operaciones del 
General Morlones sobre Logroño, Los Arcos y Montejurra. 

Tanto el primer día de la acción, como los siguientes, se vio reco- 
rrer nuestras lineas, para cuidar á los heridos sobre el campo de bata- 
lla, á Mr. Bourgade y al médico de Artillería Marín, agregado al hos- 
pital de Irache, quienes á caballo y provisto el segundo de una mochila 
de socorro á la espalda, atendían á los heridos con notable caridad, 
valor é intelisrencia. 



— 71 — 

Al entrar el día 9 eu Urbiola con su Estado Mayor el General Dorre- 
garay, se encontró con un Ayudante médico, dos practicantes y siete 
soldados de Sanidad. A los seis días fueron puestos en libertad, alo- 
jándoles mientras tanto en Irache, obsequiados por la Sra. viuda de 
Calderón y por Mr. Bourgade^ quien antes de despedir al médico Abe- 
la, que así se llamaba el Ayudante, le dio mil reales, á nombre de 
La Caridad, para los heridos liberales de Logroño. En cambio al ser 
acompañado Abela y sus sanitarios hasta cerca de Tafalla por volun- 
tarios carlistas del 2.° Batallón de Navarra, faeron despedidos éstos al 
avistar el pueblo, por decir aquéllos que no podían responder de sus 
vidas. Consignamos el hecho y nada más. 



Antes de terminar este capítulo, diremos aún dos palabras sobre el 
estado de la Artillería carlista hasta fines del año, pues que al tratar 
de la acción de Velabieta y sitio de Portugalete hablaremos del servi- 
cio particular del Cuerpo en las secciones y en las fábricas. 

En los días de la acción de Montejurra presentóse á la Junta de Na- 
varra un Maestro mayor de la fundición de Trubia, retirado, que vivía 
en las Amézcoas, de donde era natural, diciendo que había forjado un 
cañón liso de hierro, que dedicaba á Don Carlos y á Navarra. Hízose 
venir el cañón á Estella; fundiéronse balas de su calibre, que era pró- 
ximamente de siete y medio centímetros; se le adaptó una de las cure- 
ñas de á ocho cogidas al enemigo, y por último se probó por los oficia- 
les de Artillería que había entonces en Estella, en los alrededores del 
Convento-hospital de Irache. Las pruebas no correspondieron á lo que 
del cañón se esperaba, pues si bien los proyectiles alcanzaron cerca 
de cuatro mil metros, su precisión era nula, por estar mal calculado y 
centrado. Sin embargo, dióse orden para que se agregase á la Batería 
de Navarra, teniendo ésta desde entonces una pieza más, y cuando 
llegaron las de acero Whitvort para Montaña, fué relegado á uno de 
los fuertes de Estella. 

El día 20 de Noviembre tuvo que marchar á Francia para restable- 
cer su salud, quebrantada por demás en América, el Brigadier carlista 
Berriz, llegando al día siguiente á Estella el Coronel Maestre, encar- 
gándose en el acto de la Comandancia general de Artillería como jefe 
más antiguo del Cuerpo. 

Berriz se había encargado antes del mismo destino por ser el jefe 
más antiguo del Cuerpo, según la Ordenanza del mismo. A la vuelta 
de la comisión de Londres de D. Juan ]\rana Maestre, se dudó sobre 
quién de los dos tendría mayor antigüedad, porque si bien éste último 



— 72 — 

llevaba algunos puestos de ventaja al primero cuando la revolución 
de 1868, desde que se retiró perdió el derecho de antigüedad, quedan- 
do más moderno también por las leyes orgánicas del Cuerpo. El jefe 
de Estado Mayor General D. Joaquín Elío resolvió el problema dando 
á Maestre el mando superior de la Artillería, y á Berriz el mando de 
una Brigada de vanguardia, cuyos destinos aceptaron ambos gustosos, 
por deber y por conveniencia. 

También el Coronel Maestre traía de Inglaterra planos, apuntes y 
memorias^ como lo había hecho anteriormente García Gutiérrez, para 
servir una Batería Montada de seis cañones á cargar por la culata, 
sistema Vavasseur, cuyo cierre era muy parecido al del Krupp. Como 
se creía inminente su arribo, nombróse para organizaría á D. Antonio 
Brea, que había mandado en el Ejército de Isabel II una Batería de 
este último sistema, y que escribió un ejercicio para el manejo de los 
Vavasseur por los voluntarios, gestionando con el General carlista Olio 
se le entregase gente, ganado y monturas, pues los atalajes habían de 
llegar con las piezas. No vaciló D. Nicolás Olio en facilitar á Brea 
cuanto éste le pidiera^ quedando la base formada en Estella, con el 
citado jefe, el capitán D. Luis Ibarra, los tenientes Llorens y Barradas 
y el alférez Pérez, sargento segundo que había sido del 4.° Regimien- 
to montado en el Ejército liberal. La batería Vavasseur no llegó tan 
pronto como se esperaba, haciéndolo en el primer desembarque de 
cañones que se verificó al año siguiente. Mientras tanto Brea siguió 
agregado al Estado Mayor del General Olio, para seguir las operacio- 
nes en la División de Navarra. 

Tanto la batería Whitvort de montaña como la montada Vavas- 
seur, compradas en Inglaterra, fueron intervenidas por el Embajador 
de España en Londres. El cómo y el por qué de esta circunstancia no 
se supo entonces sino de una manera confusa é incompleta, ni de qué 
medios se valió el Gobierno liberal para impedir su envío á los carlis- 
tas. La opinión pública, sin embargo, acusó entre otros al General Ca- 
brera, quien llamándose todavía carlista se hallaba enterado al por- 
menor de todos cuantos pasos daba el carlismo para la adquisición en 
Londres de armas, proyectiles y cañones. También se acusó á un in- 
glés que, defraudado en sus esperanzas de lucro por una junta de arti- 
lleros (entre los que se encontraban Maestre, Brea, Velez y Reyero), 
había visto desechados unos cohetes que presentó, y que dieron mal 
resultado en las pruebas, á más de ser excesivamente caros. Sea de 
todo esto lo que quiera, los cañones no llegaron y hubo que adquirir- 
los de nuevo. 

En el mes de Noviembre la Junta de Navarra comisionó al Coman- 






— 73 — 

dante Lecea para que viese y estudiase el mejor medio de trasladar á 
Bacaicoa la fábrica de Vera á causa de no haber sino caminos de he - 
rradura para transportar los proyectiles construidos al teatro de ope - 
raciones. Trasladóse Lecea á Bacaicoa, y hallándose estudiando las 
mejoras y obras que habían de introducirse en ella, llegó el Coronel 
Maestre para inspeccionarla á su vez: tanto este señor como el modesto 
é inteligente Comandante del Cuerpo D. Jacobo León convinieron en 
la marcha futura del establecimiento, á lo que había de dedicarse en 
definitiva y en todos los extremos necesarios. Con harto sentimiento 
de ellos no pudo establecerse en Bacaicoa la fundición de proyectiles, 
por ser irreemplazables muchas de las máquinas y efectos de Vera, 
por lo cual regresó Lecea á este punto, á donde al poco tiempo llegó el 
Comandante de Artillería D. Luis Pagés para encargarse de la direc- 
ción en jefe, y León quedó desde entonces instalado en Bacaicoa. 

Visitó también Maestre la fábrica de Azpeitia, y terminada su ilus- 
trada revista pasó á Vizcaya á conocer la de Arteaga, allanando difi- 
cultades y contribuyendo más que otro alguno al progresivo é inespe- 
rado desarrollo que llegó á adquirir el Cuerpo de Artillería carlista en 
cuantas dependencias tuvo á su cargo en el Norte. 




D. ANTOXIO LIZAERAGA 



Capítulo Vil 



Operaciones en Vizcaya y Guiínlzcoa. — Bloqueo de Tolosa por el Ge- 
neral carlista Lizárraga. — Acontecimientos por la llegada del cura 
Santa Cruz — Acción de Asteasu-Velabieta, ocurrida el 11 de Di- 
ciembre de 1873. 



MIENTRAS ocurrí aij en Navarra los sucesos que llevamos narrados, 
no dejaban de ser importantes, aunque no de t^inta trascenden- 
cia, los que acaecían en Vizcaya y Guipúzcoa. Como el grueso del Ejér- 
cito republicano operaba en Navarra, especialmente desde que el Gene- 
ral Morlones se encargó del mando, hubo necesidad de hacer afluir allí 
batallones de la parte de Vizcaya y Guipúzcoa, donde los liberales 
disponían de menos fuerza. En la primera sólo existía una pequeña 
columna al mando del Gobernador Militar de Bilbao, cuya columna 
se limitaba por entonces á guardar el recinto y á mantener expeditas 
sus comunicaciones con la ría de Bilbao, cuya línea estaba reforzada 
naturalmente con la posesión de los fuertes del Desierto, Luchana y 
Portugalete. Para impedir este objeto, solamente habían quedado en 



— 75 — 

el Señorío la mitad de los batallones vizcaínos al mando del segundo 
Comandante General carlista Brigadier Andéchaga, pues los restantes 
fueron á Estella, tomando parte, como hemos visto, en la acción de 
Montejurra, con el Comandante General D. Gerardo Martínez de Ve- 
lasco. La izquierda carlista, ó sean las Encartaciones y la provincia 
de Santander, estaba, digámoslo así, neutral, A excepción de la capi- 
tal, la plaza fuerte de Santoña y una pequeña columna liberal que te- 
nía su residencia, unas veces en Medina de Pomar, otras en Castro- 
Urdiales; pero que apenas se atrevía á hacer frente á los batallones 
cántabros que operaban por aquella parte. La importancia de la refe- 
rida columna liberal puede calcularse con recordar las atrevidas ex- 
cursiones que hacía en los pueblos de la provincia el Coronel carlista 
Navarrete, quien el 4 de Octubre se permitió entrar en Laredo con 
cuatrocientos hombres de Infantería y cuarenta caballos, cobrando 
tranquilamente un trimestre de contribución y duplicando el número 
de sus ginetes con la requisa de ganado. También la División castella- 
na operaba por la provincia de Santander, corriéndose á veces á la 
de Burgos; ya para esta época, y durante el breve mando del General 
Palacios, se habían organizado tres batallones y tres secciones de Ca- 
ballería, reuniendo para ello las dispersas fuerzas de Ortiz, Solana, 
los Hierros y otros atrevidos guerrilleros. 

Por la parte de Guipúzcoa operaba el General carlista Lizárraga, 
unas veces por la línea de la costa, y otras, el mayor número, ponien- 
do sitio á Tolosa, cuya villa había tomado empeño en quitar á su an- 
tiguo amigo y compañero en el Ejército de D.'*^ Isabel II el General li- 
beral Loma, veterano de la guerra de África, uno de los más infatiga- 
bles jefes de columna liberal desde el principio de la campaña carlista, 
y que á la sazón disponía de fuerzas próximamente iguales á las del 
citado jefe carlista, por cuya razón se limitaba á distraer á éste para 
que Tolosa tuviese más expedita su comunicación con Andoain y San 
Sebastián, únicos puntos por donde podía ser socorrida. 

Las acciones ocurridas entre las fuerzas contendientes durante los 
meses de Septiembre y Octubre, tuvieron éxito vario. Loma, por su 
parte, en cuanto disponía de algunos batallones, salía de Andoain, y 
unas veces procuraba y otras conseguía introducir convoyes de muni- 
ciones y de raciones en Tolosa, levantando el espíritu de su guarni- 
ción, ayudándola á aspillerar su recinto y á defenderse en mejores 
condiciones, de la circunvalación carlista. Otras veces se ponía Loma 
en comunicación con el Jefe que mandaba en la plaza, y apoyaba al- 
guna salida de su guarnición. El 14 de Octubre intentó una la fuerza 
bloqueada, al mismo tiempo que Loma salía de San Sebastián con 



— 76 — 

cinco mil hombres; rompióse el círculo carlista, entró el General repu- 
blicano en Tolosa, dejó en dicha villa mucha gente de refuerzo, y re- 
gresó á Andoain^ no sin haber experimentado en la operación las ba- 
jas consiguientes á marchar por una carretera encajonada entre mon- 
tes, como lo es aquélla, y dominada en todo su trayecto por altísimas 
montañas de las que eran absolutos dueños los carlistas. Tolosa fué 
efectivamente socorrida; pero al llegar de regreso el General Loma á, 
Villabona, habíanse vuelto á reunir detrás de él los dos semicírculos 
en que se habían dividido los batallones carlistas guipuzcoanos, vol- 
viendo á establecerse el bloqueo, 

Lizárraga tenía unas veces su cuartel general en Asteasu y otras 
en Larraul. Desde allí distribuía convenientemente sus batallones, y 
unos días por un lado, otros por todos á la vez, rompía el fuego sobre 
los defensores de la plaza, mientras ésta sufría también el de los ca- 
ñones de Rodríguez Vera; otras veces la embestía de noche, hasta que 
se agotaban sus municiones, de manera que la guarnición de Tolosa 
podía decirse que no tenía un momento de descanso, ni de día ni de 
noche. Posible hubiera sido que, A disponer de más fuerza ó de algún 
cañón de batir los carlistas, Tolosa se les hubiese entregado, aun de- 
lante de su libertador Loma, cuyas tropas apenas le bastaban para 
guarnecer Rentería^ Irun, Astigarraga y Hernani. 

Queda consignado que el Capitán de Artillería Dorda había sido 
destinado á las órdenes del Comandante General Lizárraga, para que 
tomando las suyas, se ocupase con preferencia en organizar el servicio 
fabril del Cuerpo en una provincia donde abundaban las fábricas de 
armas é idóneos operarios como en ninguna otra de España. Efecto de 
la organización foral de Guipúzcoa, el General Lizárraga hubo de 
eontar en primer término con el Diputado General Dorronsoro, hom- 
bre de entendimiento clarísimo y notable por su gestión financiera. 
Hízolo así también Dorda_, y se convino en que se crease una fundición 
de cañones y una Maestranza de Artillería, á cargo del expresado Ca- 
pitán y del Teniente del Cuerpo D. Leopoldo Ibarra, dejando á las 
diputaciones en entera libertad para la construcción y adquisición de 
armamento, y de un taller de recarga de cartuchos metálicos para la 
Infantería. ^lás adelante, ó mejor dicho, pocos días después, se esta- 
bleció también una fábrica de pólvora de fusil, cuyo importante ar. 
tículo se hacía cada vez más necesario, por lo diñcil y casi imposible 
que se hacía su introducción por la frontera francesa. La citada fábri- 
ca se estableció en Azpeitia_, al lado del camino de Urrestilla, en cuya 
instalación tuvieron no pequeña parte Dorda é Ibarra, especialísimos 
para esta clase de industria. Andando el tiempo, también se fabricó en 



— 77 — 

ella pólvora de cañón, siendo Director facultativo el Sr. Ibarra, Ingenie- 
ro industrial y hermano de los oficiales de Artillería del mismo apellido. 
A la salida de la citada villa de Azpeitia, por el camino de Cestona, 
había una antigua fábrica para construir efectos de hierro, cañones de 
fusil y otros objetos del mismo metal, propiedad del Sr. Gurruchaga, 
la cual fábrica se había cerrado desde la toma de Azpeitia por los car- 
listas_, en atención á que su dueño había marchado á San Sebastián 
por causa de sus opiniones liberales. Elegida dicha fábrica por los dos 
oficiales de Artillería ya citados, á ambos les cabe la indisputable glo- 
ria de haber puesto los cimientos á la única dependencia artillera, que 
dio abasto, con el tiempo, para dotar los cañones carlistas de todo su 
complicado y novísimo material de guerra. Referir las luchas que am- 
bos oficiales sostuvieron para allegar recursos y operarios suficiente- 
mente instruidos, para innovar y dar otro destino á los hombres y á 
las máquinas, sería tarea en la que invertiríamos muchas páginas. 
Baste decir que^ tanto Ibarra como Dorda, cumplieron como buenos, y 
que su inteligencia toda, puesta al servicio de la causa carlista, unida 
á la feliz inventiva de ambos, sería suficiente para hacer la reputación 
de los más entendidos oficiales extranjeros. Por ahora dejaremos este 
asunto, y mientras ellos llenan cumplidamente su honrosa misión, vol- 
vamos á los sucesos militares que acaecieron por aquella época en la 
provincia de Guipúzcoa. 



Insostenible por demás iba haciéndose la situación de los sitiados 
en Tolosa. La de la villa dio qué pensar al Gobierno de Madrid, y en 
la imposibilidad de aumentar la División de operaciones de Guipúzcoa, 
hubieron de pensar los liberales en que el General Morlones fuese á 
dicha villa para ver de mejorar su estado de defensa, reuniendo á la 
División del General Loma la que operaba y había operado hasta en- 
tonces en Navarra, siquiera fuese por algún tiempo. 

Noticioso el General carlista Olio, por sus confidentes, del acuerdo 
de los generales Loma y Morlones para el socorro de Tolosa, determinó 
ponerse en marcha el día 2 de Diciembre, como así lo hizo, acompaña- 
do de los batallones 1.", 2.^, 3." y 5." de Navarra y la Batería de Mon- 
taña, reuniendo un total de 2,000 hombres. Al frente de Estella y de 
su Merindad^ dejó á su jefe de Estado Mayor Argonz con el resto de los 
batallones navarros y algunos alaveses, para oponerse á cualquier mo- 
vimiento que sobre Estella ó su línea intentase la División enemiga que 
operaba y se apoyaba^ como sabemos^ en los fuertes y plazas de La 
K ibera. 



— 78 — 

El referido día pernoctó, pues, en Munarriz y al segundo se aloj6 
con la Artillería y los dos primeros batallones en Lecumberri, ocupan- 
do los restantes los pueblos avanzados sobre Betelu y Leiza. El objeto 
de Olio era impedir por cualquier medio que se operase la unión de las 
divisiones Morlones y Loma en Vera ú Oyarzun, y que después bajasen 
á Tolosa, no sin antes haber destruido la naciente fábrica de proyecti- 
les establecida en el primero de dichos puntos. Al situarse en Lecum- 
berri y sus inmediaciones, el General carlista estaba en situación de 
correrse por Benuza y sus montes y amenazar el flanco de Morlones; ó 
hacerle retroceder á Pamplona por temor á un descalabro; ó interpo- 
nerse entre aquel y Tolosa por Berástegui; y por último, situarse sobre 
la carretera de Pamplona á Tolosa, atacando de frente á Morlones en 
Dos Hermanas, de donde únicamente le separaban dos horas escasas. 




D. JOSÉ LOMA 



Dadas las órdenes oportunas para pernoctar, recibió Olio una confi- 
dencia de Pamplona y otra de Estella, de su Jefe de Estado Mayor; 
ambos le decían que acudiese lo más pronto posible á esta ciudad, pues 
aquella misma mañana habían sabido de una manera positiva que, ad- 
vertido Morlones de la marcha de Olio, había empezado á mover, no 
sólo sus batallones en dirección á Tafalla y Los Arcos, sino su Artille- 
ría y algunas piezas de grueso calibre, entre las que se contaban va- 
rios morteros: que estas operaciones tenían sin duda por objeto aprove- 
charse del abandono de fuerzas en que habían quedado La Solana y 
Estella (á pesar de no hallarse lejos el Brigadier Mendiry con los ala- 



— 79 — 

veses), para tomar esta plaza por medio de un golpe de mano. Posible 
era, en efecto, fnera este el pensamiento de floriones; sin embargo, al- 
gunos, y entre ellos el Coronel Radica, aconsejaron á Olio que desistie- 
se de socorrer á Estella, pues si bien había pocas fuerzas que la defen- 
diesen, no era de suponer que desistiera ^Moriones de su primero y 
principal proyecto de socorrer á Tolosa, y que acaso fueran engañosos 
sus movimientos hacia Estella. Perplejo anduvo en esta ocasión el Ge- 
neral carlista, por hallarse en disidencia con su Jefe de Estado Mayor; 
pero pesando sobre él la responsabilidad de la conservación de Estella, 
y pudiendo ser cierta tal vez la suposición de Argonz, ordenó deshacer 
el movimiento forzando las marchas y llegando, por consiguiente, con 
sus navarros á Muez y Munarriz al otro día. No se hicieron esperar Lds 
confidentes, que confirmaban por el camino las noticias de Argonz. El 
General carlista hizo avanzar algunas parejas de Caballería y esperó 
en Salinas de Oro la contestación de aquél respecto á los moviroientos 
del enemigo: veamos ahora lo que había ocurrido en realidad. 

Prevista por el General Morlones la marcha emprendida por OllO;, 
dispuso que gran parte de su División saliese de Pamplona con direc- 
ción A Tafalla, poniéndose él á su frente; en este punto embarcó algu- 
nos morteros y cañones en el ferrocarril de Tudela; hizo salir alguna 
fuerza de Lerín y Tafalla con dirección á Logroño, y él esperó en este 
punto á que sus confidentes le informasen del movimiento de los bata- 
llones carlistas, consecuentes al suyo, como era de suponer. Aquella 
misma noche debió llegar á su noticia que su marcha no era ignorada 
en Estella, máxime cuando en la estación de Tafalla y á presencia de 
muchos paisanos, se dejó decir que la Artillería iba destinada á des- 
truir Estella. Surtióle bien su estratagema á Morlones, y sin perder 
momento, salió precipitadamente para Pamplona con la mayor parte 
de sus batallones, y á su llegada mandó cerrar las puertas de la plaza. 
Después de algunas horas de descanso, de haberse racionado, y orde- 
nado al Gobernador que no dejase salir á persona alguna hasta la una 
de la tarde del día siguiente, bajo las más severas penas, con el fin de 
que los paisanos carlistas de Pamplona no pudiesen notificarlos nuevos 
movimientos de los liberales á las tropas de Olio y Argonz, salió Mo- 
rlones con toda la fuerza disponible al amanecer, franqueó rápidamen- 
te el puerto de Veíate, y por los montes de Otsondo, Echalar y Lesaca 
fué á parar á Arichulegui. 

No es posible negar en esta marcha al General republicano el atre- 
vimiento y osadía que le eran peculiares, así como el perfecto conoci- 
miento del terreno de Navarra, y sobre todo del carácter de sus paisa- 
nos, y su tenacidad en la conservación de Estella. Con esta marcha^ 



— so- 
por todos conceptos admirable, evitó que se le interpusieran las fuerzas 
carlistas, ahorrando bajas á su División^ y, quizás, un vencimiento en 
malas condiciones. De no haber obrado como lo hizo, era más que pro- 
bable que Olio hubiera atacado á Moriones en aquellos interminables 
desfiladeros, impidiéndole acaso regresar á Pamplona sin muchas pér- 
didas, é impidiendo á la vez su unión con Loma. 

Lizárraga, por su parte, no pudo tampoco impedir que Loma se 
uniese con Moriones, porque todos los batallones de su División se ha- 
llaban en el cerco de Tolosa, para que su guarnición no saliese, excep- 
to cuatro ó seis compañías que se hallaban en observación de la carre- 
tera de Andoain, con el río por medio. También se susurraba en* su 
Cuartel General de Larraul que Santa Cruz, el famoso cura de Her- 
nialde, había entrado en Guipúzcoa, y que acompañado de sus anti. 
guos partidarios del primer Batallón y algunos oficiales del país, trata- 
ba de quitar el mando de la provincia á Lizárraga. Más adelante 
veremos las funestas consecuencias que produjeron estas disensiones en 
Guipúzcoa, de las que oportunamente se aprovechó el enemigo para lo- 
grar á menos costa sus intentos. 

Noticioso Olio, en Salinas de Oro, de que Moriones se había aprove- 
chado de su movimiento de retroceso para pasar Veíate, y sin embargo 
de calcular no llegaría ya á tiempo de impedirle la unión con Loma, 
volvió á emprender la marcha, pernoctando el primer día en el valle 
de Olio, con sus batallones, y al siguiente en Lecumberri por segunda 
vez. Perdida la primera partida, quiso Olio disputar en buenas posicio- 
nes la segunda, para lo cual avanzó por Leiza hasta Berástegui, alo- 
jándose en este punto con la Batería y los batallones, excepto el 1.*', 
que lo hizo en Elduayen, al pié mismo de los montes de Velabieta. 

En la plaza de Berástegui hallábase á nuestra llegada el Coronel 
Felíu, Jefe de Estado Mayor carlista de Guipúzcoa, con algunos oficia- 
les, para ponerse de acuerdo con el General navarro, en nombre de su 
Comandante General, á fin de ocupar entre ambas divisiones tales po- 
siciones que se estorbase el abastecimiento de Tolosa, ó por lo menos 
que el socorro no llegase sin experimentar los liberales grandes bajas 
y detenciones en el trayecto de Andoain á la plaza bloqueada. Graves 
sucesos habían ocurrido, sin embargo, la noche anterior á la División 
carlista de Guipúzcoa, según el relato que nos hizo el Coronel Felíu. 



Desgraciadamente para los carlistas, se habían realizado las sospe- 
chas que abrigaba Lizárraga sobre el famoso cura Santa Cruz. El pri- 
mer Batallón de Guipúzcoa, compuesto en su mayor parte de los anti- 



— 81 — 

guos partidarios del cura, se le había unido para volver, sin duda, á 
hacer la vida errante de las montañas, más apetecible para ellos que 
la disciplina militar, arrastrando á algunos otros oficiales y volunta- 
rios guipuzcoanos, unos de grado y otros por fuerza, y aprisionando á 
bastantes jefes del país, entre ellos á Iturbe, Emparán, Vicuña y otros, 
amenazándoles con ser fusilados si no se unían á los revoltosos. Así las 
cosas, adelantaron éstos en ademán hostil hacia Larraul, donde se en- 
contraba el General Lizárraga con sus mermadas fuerzas y la sección 
de Artillería. 

Sabedor el General carlista, por algunos voluntarios que se habían 
separado del cura, de los propósitos de éste^ salió inmediatamente de 
su alojamiento, montó á caballo, y acompañado de algunos jefes lea- 
les, hizo tocar llamada, reunió las compañías que de distintos batallo- 
nes se hallaban en el pueblo, y les arengó enérgicamente, diciéndoles 
que él estaba de Comandante General de la provincia por Don Carlos, 
que éste había declarado rebelde al cura Santa Cruz, que, por consi- 
guiente, contaba con ellos para mantener la prerrogativa regia, y que 
estaba decidido á desarmar á los turbulentos, á todo trance, contando 
con su lealtad y sumisión á las órdenes de Don Carlos. 

Aclamado por aquellas escasas fuerzas Lizárraga, y resuelto á re- 
sistir con ellas el combate que entre batallones hermanos iba sin duda 
á verificarse á la aproximación del cura, quiso, á pesar de todo, evitar 
el probable derramamiento de sangre, y comisionó al Teniente Coronel 
de Artillería Rodríguez Vera para que, avistándose con aquél, cono- 
ciera claramente sus intenciones y obrar en consecuencia. 

Partió el citado jefe de Artillería; se encontró á la fuerza sublevada 
no lejos del pueblo, y pidió le condujeran á la presencia de Santa Cruz. 
Este hubo de recibirle con el carácter de parlamentario, y le dijo que 
su venida tenía por objeto levantar el espíritu de la provincia, pues 
que desde que Lizárraga había tomado el mando, nada se había hecho 
de notable; que contaba con bastantes bayonetas para sublevar el resto 
de los que aún obedecían y respetaban la escasa popularidad de Lizá- 
rraga, y juntos todos después, buscar y batir á Loma, donde quiera se 
encontrase. Hízole presente Rodríguez Vera la misión de que iba en- 
cargado, le hizo todas las reflexiones que su ilustración y conocimiento 
de la guerra le sugirieron, apelando á sus ideas y patriotismo para que 
evitase una colisión entre los que defendían una misma bandera, má- 
xime en vísperas de una batalla, de cuyo éxito fatal pudiera desde 
luego culpársele en lo porvenir. No dejaron de hacer mella en el gue- 
rrillero guipuzcoano las reflexiones de Vera; pero le despidió, amena- 
zándole con ser fusilado si insistía en sus apreciaciones. 

6 



— 82 — 

Al dar cuenta Rodríguez Vera á Lizárraga del resultado de su ges- 
tión, encontró á los batallones en mejor sentido que á su salida de La- 
rraul, y decididos á rechazar, en un todo, la fuerza con la fuerza. 
Unido esto á la presentación en grupos, más ó menos numerosos, de los 
insurrectos que se separaban del cura, cobró más ánimo el General 
carlista, y salió de sus acantonamientos dispuesto á batir á aquél en 
cuanto le viese. Cada vez iban siendo más numerosos los grupos que 
en el camino se le incorporaban, los cuales solicitaban el perdón del 
General, alegando que habían sido víctimas de un engaño, y que con- 
vencido el cura, por fin, de que no lograría secundasen sus inten- 
tos, había escapado hacia la frontera, acompañado de algunos, aunque 
muy pocos, de sus más allegados. Poco á poco fué renaciendo la con- 
fianza entre unos y otros, no vertiéndose más sangre que la de un 
Comandante guipuzcoano que fné hecho prisionero y uno de los que 
entraron en Larraul para arrastrar á la sedición las tropas de Lizá- 
rraga. 

Poco tiempo tardaron éstas en reorganizarse; pero no antes de que 
el enemigo se aprovechase de estos disturbios á los dos días de acae- 
cidos. 

Impresionado el General Olio con el relato del jefe de Estado Mayor 
Felíu; pero dispuesto á contener con sus faerzas la naciente indisci- 
plina de los guipuzcoanos, preguntó repetidas veces á Felíu si su Ge- 
neral contaba incondicionalmente con sus batallones. Aquél le contestó 
que creía que sí, que él se quedaría á su lado al frente de algunas 
compañías de Guipúzcoa, como conocedoras del terreno en que proba- 
blemente se habría de operar, poniendo antes en noticia de Lizárraga 
el plan de Olio, el cual se reducía simplemente á defender las posicio- 
nes de Velabieta y sus estribaciones, desde Villabona á Andoain, sobre 
la carretera de Tolosa, mientras Lizárraga hacía lo propio desde An- 
doain á Asteasu, oponiéndose ambos de flanco á la marcha combinada 
de los generales republicanos, que no podían marchar sino por la 
carretera, á causa del convoy que escoltaban. Así fué, en efecto; con- 
centrados los batallones liberales en Andoain y sus alrededores, dispuso 
el General Morlones que el General Loma forzase las posiciones de 
Lizárraga, con su División, y que el General Catalán hiciese lo mismo 
con las de los navarros. 



No bien llegó el General carlista Olio á Elduayen el día 10 de Di- 
ciembre, subió al monte de Velabieta, acompañado de los coroneles 
Radica y Felíu, de los jefes de Artillería Brea y Reyero, y de algunos 



— es- 
otros, con el fin de inspeccionar menudamente el terreno^ especial- 
mente por la parte más próxima á Villabona. Al llegar á las cimas más 
elevadas echó pié á tierra y encargó á los artilleros citados que eligie- 
sen los emplazamientos más propios para las piezas. Partieron, cada 
uno de ellos en distinta dirección, reconocieron los alrededores y vol- 
vieron á dar cuenta á su General del resultado de sus observaciones. 
Ambos eligieron el mismo punto, que lo era la meseta de un monte 
avanzado sobre uno de los repliegues de la carretera de Tolosa, desde 
donde se descubría por la derecha un extenso campo de tiro hacia 
Andoain, destacándose muy cerca el campanario de la iglesia, y por 
la izquierda se flanqueaba, aunque no tan bien, desde el puente de 
Villabona hasta Irura. Sonrióse bondadosamente el General carlista al 
oir el acuerdo unánime de los jefes comisionados, quienes, como hemos 
dicho, no habían hecho el reconocimiento en común ni se habían visto 
después, y les dijo que estaba conforme con sus apreciaciones, pero 
que el sitio indicado estaba muy avanzado sobre el terreno en que ma- 
niobraría el enemigo, que para aseguraj- la retirada de las piezas en el 
caso de un revés no podía desmembrar sus dos mil hombres disponi- 
bles, y que, por lo tanto, había resuelto que el día de la acción le si- 
guiera de cerca la Artillería para maniobrar á su vista y á sus inme- 
diatas órdenes. 

Las posiciones que se eligieron para la Infantería eran relativa- 
mente buenas, y si Lizárraga por su lado detenía el avance de los 
republicanos, el General carlista Olio, por su parte, no se quedaría 
atrás. Las compañías guipuzcoanas recibieron orden de conservar unas 
á modo de trincheras, ó mejor dicho, atalayas, porque el muro de me- 
dio metro de espesor, de piedras informes, que formaba los parapetos, 
nada defendía en caso de ataque, teniendo los voluntarios que hacer 
fuego de rodillas ó tendidos en posiciones violentas á media ladera del 
monte^ y sólo podían servir para avisar los movimientos de los enemi- 
gos, desde el momento en que salieran de Andoain. 

Verificado el reconocimiento, regresó á Berástegui 011o, no sin an- 
tes haberse asegurado del buen espíritu de los batallones navarros, y 
enviado un Ayudante al Jefe de Estado Mayor General B. Joaquín 
Elío, quien con dos batallones, uno navarro y otro alavés, se aproxi- 
maba al teatro de los sucesos, para que le reforzase con ellos en caso 
de necesidad, puesto que por sus confidencias particulares y por las 
noticias recibidas de varios paisanos de Andoain y Lasarte había sa- 
bido la concentración de las divisiones de Loma y Moriones en el pri- 
mero de dichos puntos, reuniendo un total de diez y seis mil hombres 
con numerosa Artillería. 



— b4 — 

Antes de amanecer el día 11, salió el General Olio hacia Elduayen, 
disponiendo al paso la reunión de sus fuerzas sobre este punto, al pie 
de Velabieta, seguido de cerca por sus cuatro cañones y el Batallón 
2.*^ de Navarra. A su llegada á Elduayen supo por algunos voluntarios 
guipuzcoanos que Felíu había n andado en su busca, que los republi- 
canos habían salido de Andoain en dirección de las posiciones de Li- 
zárraga hacia Asteasu y Cirurquil. Estas noticias eran exactas y fue- 
ron confirmadas por el Teniente Coronel Vera, quien acababa de pasar 
por Villabona y venia á suplicar á Olio que se le proporcionasen al- 
gunas granadas de la Batería de Navarra, á causa de haberse agotado 
las de su Sección con el bloqueo y cañoneo de Tolosa. Dicho jefe de 
Artillería había enviado días antes un oficial á la fábrica de proyecti- 
les de Vera para que le trajese algunas municiones, pero al verificar 
su regreso, tuvo que arrojarlas por un despeñadero en Arichulegui, y 
él y los artilleros que conducían los mulos estuvieron para caer en 
poder del enemigo, por en medio de cuyas columnas pasaron, viendo 
en su camino las espirales de humo de más de cuarenta casas de Oyar- 
zun quemadas por los soldados del General republicano Morlones, 
bajo pretexto de ser carlistas sus moradores y no haber racionado la 
numerosa fuerza que le acompañaba. Enterado el General Olio de que 
no abundaban las municiones en su Batería, ordenó, sin embargo, se 
diesen cuatro cajas á la Artillería de Guipúzcoa, las cuales se encargó 
el citado Vera de dirigir á su destino: pero no pudieron estas municio- 
nes llegar á tiempo, porque en Villabona se encontró Rodríguez Vera 
con que los liberales se habían posesionado ya del pueblo, y tuvo que 
regresar,, pues, á Velabieta;, presenciando así parte de la acción al 
lado de sus compañeros de Artillería de Navarra. 

Al llegar al alto del monte los batallones navarros, en cuya subida 
no tardaron menos de dos horas, ya se había roto el fuego en las po- 
siciones del General carlista Lizárraga, y con el auxilio de los ante- 
ojos pudimos ver que sus fuerzas marchaban en retirada, replegándose 
de cañada en cañada y de monte en monte sobre Asteasu, Larraul y 
Alquiza. El fuego era muy débil, á veces, por parte de los carlistas, 
lo cual nos hizo supon. ;r desde luego cuál pudiera ser la verdadera 
causa, que no era otra sino la escasez de cartuchos y la relativa des- 
organización en que habían quedado los batallones guipuzcoanos por 
la incalificable conducta del cura Santa Cruz. 

Al mismo tiempo, una columna bastante numerosa salía de An- 
doain, cubriendo la carretera desde este punto á Soravilla, y hasta 
'inos dos kilómetros del puente de Villabona. Visto esto por Olio, dis- 

o que á la carrera se amparasen de las eminencias más avanzadas 



— 85 — 

los batallones 1." y 5."^ y que rompiesen el fuego en el acto sobre el 
flanco y la cabeza de la columna, que después se supo era la Brigada 
Padial, la cual llevaba en vanguardia al Batallón de migueletes. El 
2.® Batallón de Navarra con la Artillería y algunas compañías del 
3°, formaron la segunda línea, rompiendo el fuego la Artillería con 
dos cañones rayados sobre Andoain, y con los obuses sobre las masas; 
cumpliéndose las órdenes de Olio con prontitud y decisión, en términos 
de hacer vacilar por un momento el avance de los batallones liberales; 
y decimos por un momento solamente, porque el 1° de Navarra tuvo 
que suspender el fuego al poco rato, por reventarse algunos fusiles y 
porque los cartuchos comprados en el extranjero eran de tan mala ca- 
lidad, que unos se atoraban y otros no funcionaban. Dicho batallón 
fué relevado enseguida por el 2." de Navarra; pero ya el enemigo ha- 
bía casi rebasado la posición que ocupaba el primero. 

Mientras tanto, los artilleros carlistas habían tinido la fortuna de 
arrojar una granada en medio de la plaza de Andoain^ según relato 
de un prisionero hecho después, cuya granada desordenó por algunos 
instantes las fuerzas que apiñadas la ocupaban. En cambio, estaba tan 
en embrión en aquella época la organización de la Artillería carlista, 
que careciendo de alzas las piezas, se veían obligados los oficiales á 
apuntar sirviéndose de los dedos, de los sables y de otros aparatos tan 
exactos como éstos. La fabricación de espoletas (de tiempos, por su- 
puesto), estaba aún tan atrasada, que la mayoría de los proyectiles 
huecos no reventaban. A pesar de esto, tanto y en tales condiciones 
trabajó la Artillería carlista en la acción de Velabieta, que hubo pieza 
en la que sólo quedaron en pie para servirla, el Jefe que esto escribe 
y el sargento Gorricho^ teniendo el General Olio que ordenar dos ve- 
ces que se retirasen los cañones á retaguardia para evitar más bajas, 
y mereciendo los artilleros los mayores elogios del General y del 2.*^ de 
Navarra, á cuyo lado combatieron casi toda la jornada. 

Viendo Olio que se generalizaba la acción, y previendo que el ene- 
migo nos pudiera acorralar por la desigualdad de fuerzas, mandó se- 
gundo aviso al General Elío, que se hallaba en Leiza con dos batallo- 
nes, para que si á bien lo tenía le auxiliase con ellos. El Jefe de Estado 
Mayor General carlista salió, pues, de Leiza, pero no llegó al lugar de 
la acción hasta al anochecer, y, por consiguiente, no pudo tomar parte 
en la refriega. Sólo sí alcanzó á ver que los liberales no avanzaban 
de las posiciones que conquistaron, sin duda por las considerables 
bajas que habían experimentado y los peligros que les ofrecería el 
aventurarse de noche en aquellos desfiladeros. 

Flanqueado el 5.° Batallón de Navarra por fuerzas superiores y 



— 86 — 

ocupando el 2." una posición en que se veía casi envuelto por el ene- 
migo, dispuso Olio la retirada de ambos por escalones, cargando el 
2.*^ en dos mitades, con la mayor bizarría, por dos veces consecutivas, 
llevando á la cabeza A sus dos bravos jefes Radica y Calderón. Las 
cargas fueron tan profundas, que el Batallón apenas fué ya hostigado 
en su retirada por los migueletes, quienes, como hemos dicho, iban en 
vanguardia, y cuya fuerza resistió el empuje con la mayor serenidad. 
El campo, la cañada y el monte se vieron instantáneamente cubiertos 
de cadáveres y de las boinas encarnadas de los navarros y migueletes. 
Allí fué herido dos veces el Brigadier liberal Padial, y el 2." de Nava- 
rra tuvo doscientas bajas entre muertos y heridos; Calderón perdió su 
caballo y Radica rompió dos sables. Por su parte, el 5.^ de Navarra 
cargó con intrepidez otras dos veces, á las órdenes del valiente Mar- 
qués de las Hormazas, quien salió contuso en un hombro, retirándose 
al fin, pero ordenadamente, á la segunda línea. La acción por la dere- 
cha carlista había dui'ado más de cinco horas. Los heridos fueron 
mandados retirar á Elduayen y Berástegui, en donde se habían im- 
provisado hospitales de sangre durante el fuego por el secretario de 
Olio, el Coronel Torrecilla. Al día siguiente La Caridad proveyó 
abundantemente á la curación de heridos, estableciendo en Leiza una 
sucursal ambulancia de Irache, á cargo del distinguido médico don 
Eduardo Marín, á quien ya hemos tenido ocasión de elogiar por su 
conducta en la batalla de Montejurra. 

Habiendo tomado el mando de los carlistas el General Elío, ordenó 
quedasen algunas fuerzas en Velabieta y otros puntos avanzados, y 
que las demás se retirasen á sus cantones. Las bajas de los carlistas 
fueron muy numerosas, aproximándose á quinientas; pero en cambio 
las de los republicanos llegaron á dos mil, según confesión de un co- 
misionado de la Cruz Roja, que así se lo dijo al General Olio. Los ca- 
dáveres fueron tantos que se tardó tres días en enterrarlos. 

El General Morlones logró su objeto; abasteció y socorrió á Tolosa, 
por medio de una atrevida marcha militar; pero no fué sin muchas y 
sensibles pérdidas. No consiguió levantar el bloqueo de Tolosa, cuya 
villa se hallaba ocho días después en las mismas condiciones que ante- 
riormente, es decir, incomunicada con Andoain y San Sebastián, por 
los reorganizados batallones de Lizárraga, y separada del Comandante 
General de la provincia. Loma; por último vióse obligado el General 
Morlones á embarcar su fuerza en San Sebastián, después de una bre- 
ve posesión de la línea del Oria, por carecer de otro camino para re- 
gresar á Pamplona. Los carlistas no se durmieron sobre»su vencimien- 
to en aquella ocasión: gracias á las medidas tomadas por los generales 



— 87 — 

Elío y Dorregaray, acudieron batallones alaveses, navarros y hasta 
vizcaínos, para interceptar los caminos á Moriones, en términos que 
su proverbial osadía debió de faltarle entonces, cuando prefirió el son- 
rojo de que el vulgo y los periódicos le llamasen el General pasado 
por agua, antes que atravesar las reforzadas líneas de los carlistas del 
Norte. 

Antes de concluir este capítulo diremos algo con motivo de los in- 
cendios de Oyarzun. Con un valor y una justicia que le hom'an asegu- 
ra el Corresponsal de la Cruz Roja D. Saturnino Jiménez en su obra 
Secretos é intimidades del camjyo carlista, que hubo incendiarios en- 
tre los carlistas y entre los liberales. Califica y distingue con recto 
criterio los incendios estratégicos de los que solamente podían tener 
otro objeto: el de hacer daño. Contrayéndonos á los verificados en 
Oyarzun, antes de la acción de Velabieta, diremos que no encontramos 
la razón estratégica de los incendios llevados á cabo por los soldados 
liberales, y consentidos ó por lo menos no castigados, que sepamos, 
por los generales Moriones y Loma. Creemos no seiía fácil demostrár- 
senos la necesidad de incendiar una parte de dicho pueblo; porque, 
¿se les hizo, acaso, resistencia á las tropas en las casas? ¿se convirtió 
alguna de ellas en amenaza, por su sólida construcción ú otra cir- 
cunstancia, para las ulteriores operaciones? ¿tomaron parte, tal vez, 
los vecinos del pueblo en la lucha? Verdad es que el cura Santa Cruz, 
con su partida, llevó á cabo en Guipúzcoa diferentes incendios que 
no podían tener ninguna razón de ser ni desde el punto de vista mili- 
tar ni por ningún otro concepto; pero nada tiene de común el Ejército 
carlista con el citado cura, ni han de hacerse los carlistas solidarios 
de sus actos, toda vez que Don Carlos de Borbón dio á sus Generales 
orden para que se fusilase al desdichado cura donde quiera que fuese 
habido. Y sin embargo, cita el Sr. Jiménez el incendio de las casas 
fortificadas por los carabineros cerca del puente, y el puente mismo 
de Endarlaza; pero situación muy especial tenían aquel puente y 
aquellas casas como puntos militares, en el límite de Guipúzcoa y Na- 
varra, á dos pasos de la fábrica carlista de Vera, á donde podían tras- 
ladarse las guarniciones de Behovia é Irún en dos horas, por una 
buena y cómoda carretera. Sin perjuicio de volver á tratar cuantas 
veces ocurra, en el curso de estos apuntes, la cuestión de incendios, 
diremos^ por de pronto, que con presencia del mapa y visitando el 
terreno como nosotros lo hemos visitado, es como apreciarse pueden 
las razones estratégicas que aconsejan á veces al militar las medidas 
más incomprensibles, dolorosas y violentas. 




D. AIírONIO DIEZ MOGROVEJO 



Capitulo VIII 



La Noche Buena de campaña en 1859 y 1873 



REALMENTE los viejos sólo vivimos dc recuerdos: hoy, pues, nos 
proponemos dar de mano á los estudios que llevamos hechos so- 
bre la campaña carlista, refiriendo, en cambio, diversos incidentes que 
en la Natividad del Señor nos ocurrieron en las fechas arriba citadas, 
con catorce años de intervalo entre ellas y al través de los veintitrés 
que han transcurrido ya desde la última. 

La primera fecha me cogió en África. El Regimiento de Artillería 
á caballo (del cual era yo entonces teniente) había acampado días an- 
tes en las alturas del Otero, á la vista de nuestra formidable plaza de 
Ceuta, en unión de los regimientos 2.° y 3.° montados, es decir, tres 
baterías de cada uno, porque en la Península quedaba en depósito una 
Batería de cada Regimiento para atender á las bajas de gente y gana- 
do que hubiera necesidad de reemplazar. Yo pertenecía á la que de mi 
Regimiento quedó en Madrid; pero aviniéndome mal con aquella forza- 



— 89 — 

da situación puesto que no podía formar parte de un Ejército que yo- 
pensaba, y pensaba bien^ que había de cubrirse de gloria, solicité y 
procuré por cuantos medios me sugirió mi impaciente deseo, que se me 
destinase á alguna de las baterías que salieron á campaña, no siendo 
pequeña mi fortuna al lograr conseguirlo, porque la verdad es que to- 
dos los militares españoles deseábamos ir á batirnos por el honor patrio 
enfrente de los eternos enemigos de nuestra Religión y nuestra raza; 
así que al que no le tocaba en suerte el ser destinado al Ejército expe- 
dicionario, le costaba un verdadero triunfo poder marchar al fin á 
África. Pasé, pues, de la 3.^ Batería á la 2.''*^, mandada con singular 
acierto por el hoy veterano Mariscal de Campo D. Agustín Ruiz de Al- 
calá, uno de los más dignos y brillantes generales del Ejército; y per- 
dóneseme esta falta de modestia al recordar que milité á sus órdenes 
en África, porque me envanezco todavía de que fuese citada con enco- 
mio nuestra Batería por el insigne escritor D. Pedro Antonio de Alar- 
cón en su Diario de un testigo de la guerra de África (1), así como por 
haber felicitado cordialmente el General en Jefe D. Leopoldo O'donell 
á nuestro dignísimo Coronel D. Jacobo Gil de Avalle, ilustrado y biza- 
rro Jefe de la Brigada de á Caballo, que había sido promovido á Te- 
niente del Cuerpo en 1835, que había ganado la Cruz de San Fernando 
en la primera guerra civil, á quien tuve el honor de conocer siendo él 
profesor y yo cadete en el Alcázar de Segovia^ de quien fui más tarde 
subordinado en la Brigada de á Caballo, y admirador (como todos los 
jefes y oficiales) del paternal afecto, exquisito tacto y singulares dotes 
de mando del inolvidable D. Jacobo, quien durante la guerra de Áfri- 
ca, y por sus servicios, fué ascendido á Brigadier, teniendo la alta hon- 
ra de que al felicitar al insigne General en Jefe del Ejército de África 
por su elevación al Ducado de Tetuán, le contestase aquel caudillo, de 
tanta valía como frialdad de carácter^ que era de su deber manifestar- 
le, á su vez, que el feliz éxito de la batalla se había debido en gran 
parte al valor y brillante comportamiento de la Brigada de Artillería 
del digno mando de Gil de Avalle. 

«El enemigo que vamos á combatir, nos había dicho el ilustre Conde 
»de Lucena, es astuto y valiente, y la campaña que vamos á empren- 
»der será dura y penosa...» Por consiguiente, organizóse el servicio co- 



(1) Describiendo Alarcón la batalla de Tetaán, dice así en la página 166 de 
la expresada obra: «.. Y nuestra Artillería avanza siempre; corriendo y dispa- 
»rando, estrechando cada vez más en un círculo de bronce el codiciado campa- 
»mento enemigo. Las baterías de á caballo se baten en guerrilla... Hay una, la^ 
»del Capitán Alcalá, que gallardea enteramente delante de los cañones marro- 
»quies.« 



— 90 — 

mo si las baterías hubieran sido unidades independientes, dentro por 
supuesto de la unidad de mando de nuestro digno Coronel. Este dulcifi- 
có aquel, estableciendo como tesis general que al montar á caballo 
ocupara cada cual su puesto reglamentario; pero que en campamento, 
ó sea en el estado de paz dentro de la guerra, se suprimieran las guar- 
dias á cambio de una vigilancia rigurosísima de noche, durante la 
cual se dividían las horas desde la retreta á la diana entre los cuatro 
oficiales de cada batería, haciéndose fuera del recinto del campamento 
y delante de la línea de centinelas. 

Tuvimos la fortuna de contar entre los tenientes á D. Ramón Fer- 
nández de Córdoba (hoy General de Brigada) que acababa de llegar de 
Crimea, y por tanto fué nuestro maestro en acampar, buscar manteni- 
mientos y hacernos más llevadera la vida en un país que carecía de 
pueblos y de acantonamientos. Una campaña de aquella índole nos co- 
gía á todos de nuevo, pero gracias, repitO;, á nuestro querido compañe- 
ro, no nos faltó nunca el necesario y confortable descanso y alimento 
■de que no todos disfrutaban. Fiados en su experiencia, le entregamos, 
entre todos^ los fondos suficientes para que se adquirieran en Jerez y 
Cádiz multitud de latas de variedad de couserv^as, garbanzos, postres 
y otros comestibles por mayor, con los cuales se llenaron dos enormes 
cajas que á lomo conducía una acémila de nuestra propiedad, y baste 
decir que no uno, sino muchos días disfrutamos de gazpachos y ensala- 
das. Por cierto que al regresar de noche después de haber adquirido en 
la Escuadra lo necesario para esta líltima, se equivocó de campamento 
el conductor, y á poco cae en el de los moros: tan próximos estaban. 
Hasta se llegó á formar un corral con gallinas y pollos. ¡Cuánto se lo 
agradecíamos todos al bueno de Córdoba! 

Al fondear, digámoslo asi, ó sea al marcársenos el sitio donde de- 
bíamos acampar, entre el otro teniente Levenfeld (1) y yo, nos ocupá- 
bamos en establecer el campamento siempre en la forma siguiente: los 
cuatro cañones en los ángulos de un cuadrado; los carros de municio- 
nes en la mitad de sus lados; de carruaje á carruaje se tendían prolon- 
gas á las que se sujetaba el ganado, que comía en los morrales su pien- 
so, acompañándolo con heno en vez de paja. En el centro, formando 
calles paralelas, se establecían las tiendas-abrigos de los artilleros^ y 
en medio la de oficiales que era de las llamadas cónicas. 



(1) Este querido compañero nuestro D. Federico Levenfeld falleció hace bas- 
tantes años, siendo ya Teniente Coronel, secundo jefe de la Academia de Sego- 
via y ocasionando su temprana muerte profundo sentimiento eu todo el Cuerpo 
de Aitillería. ¡Descanse en paz! 



— 91 — 

Mientras tanto, el Capitán cuidaba de que los ordenanzas situaran 
nuestra casa; hacia bajar las camas de campaña de las entrecajas de 
municiones donde iban durante las marchas, y, por último, Córdoba 
con los asistentes se encargaba de buscar leña y establecer la cocina. 
Debido á este buen orden, que no se alteró nunca, al terminar nuestro 
cometido los oficiales de servicio, ó sea próximamente á las dos horas, 
las camas ocupaban ya su lugar, y la comida, compuesta invariable- 
mente de un plato de carne y de arroz (de las raciones que se nos da- 
ban) y otro de pollos, perdices ó pescados en conserva, postres, entre 
los que siempre había carne de membrillo por causa del cólera^ regado 
todo con excelente vino, también de ración, siendo algunas veces de 
Jerez, regalado por los cosecheros al Ejército; se servía después hu- 
meante y en sendas tazas el café, y dicho se está que todo nos parecía 
magnifico y que jamás faltaba el buen humor en una Batería en la que 
casi todos éramos menores de edad. 

Nuestra vida dependía siempre del deseo-más ó menos grande que 
de combatir teníamos moros y cristianos. Al montar á caballo, previo 
el abatir tiendas y colocarnos en correcta formación de ataque, cada 
«ual ocupaba su puesto y procurábamos todos cumplir como buenos, 
no sólo como previene la ordenanza y nuestro propio honor y espíritu 
nos aconsejaba, sino porque aquella guerra era sin cuartel, y pobre 
del que caía vivo en manos de los enemigos. 

Los días en que no había fuego, que eran bastante raros, montába- 
mos á caballo^ y nuestro mayor goce era recorrer los demás campa- 
mentos para ver á los amigos (allí todos lo éramos de todos), buscar á 
los cabos carteros que diariamente nos traían noticias de la querida 
España y de nuestros padres, parientes y amigos, y en cada pico ó 
meseta de los montes sacábamos les jumelles marines de que íbamos 
provistos para ver si entreveíamos algo de la vida de los campamentos 
ó vivacs de los moros. 

¡Dígasenos si esto no era divertidol 

Se me olvidaba quizás lo principal: me refiero á la diana en que al 
rayar el día, y que duraba á veces una hora, rompían simultáneamen- 
te las músicas de los regimientos de Infantería, las alegres charangas 
de los cazadores y los severos clarines de Caballería y Artillería Mon- 
tada. Teníamos nosotros un trompeta que se llamaba Mirafuentes, cu- 
yos agudos y prolongados puntos de atención llamaban la de todos los 
-campamentos circunvecinos. El despertar temprano siempre se nos 
hizo muy cuesta arriba, menos entonces, porque había una emulación 
tal entre todas las bandas, inventaban tal cúmulo de dianas, á cual 
más sonoras y brillantes, que bien sabe Dios no nos dolería nada vol- 



— 92 — 

verlas á escuchar á pesar de hallarnos ya en el ocaso de la vida. 

Cuando permanecíamos más de un día en los campamentos, se 
hacía la tienda á la manera de los turcos, para encontrar más como- 
didad dentro de ella, bajo la dirección del Teniente Córdoba, quien 
como ya hemos dicho había estado en la guerra de Crimea. Consistía 
esto "en ahondar más de un metro toda la superficie donde estaba si- 
tuada la tienda, á excepción, como es consiguiente, del sitio en que 
estaba el palo central, entrando en aquella por tres ó cuatro escalones 
de tierra, y, por tanto, ya podíamos estar siempre de pie, sin tener 
que doblar el cuerpo como en las tiendas ordinarias. ¡Eran una gran 
cosa estas tiendas! ¡No las hubiéramos cambiado ninguno de nosotros 
por los mejores salones de la Corte! 

Lo único que de cuando en cuando nublaba nuestras frentes era el 
recrudecerse la epidemia colérica y ver extinguirse tanta existencia 
querida. Salvo, pues, este ligero paréntesis, el canto de los soldados^ 
el rasgueo de las guitarras y el buscar ó rechazar al enemigo^ eran 
goces que nunca como entonces hemos podido disfrutar. 

Alguna vez; y esto precisamente ocurrió en la célebre noche de 
Navidad, piísábamos algunos instantes de amargura cuando el venda- 
val y la lluvia echaban por tierra nuestras casas de lienzo; cuando los 
ligeros catres de campaña sobrenadaban en las lagunas en que se con- 
vertía nuestro campo, y cuando nuestros esfuerzos resultaban impo- 
tentes contra el temporal,, se nos caía el lienzo empapado, y el agua 
corría por el cuerpo en todas direcciones. Aquella noche la pasamos 
así, y cuando preferimos echarnos fuera de nuestra mansión á buscar 
mejores horizontes ó casas más firmes, nos refugiamos en la única que 
permanecía en pie, próxima á la nuestra, ocupada por los oficiales de 
la l.'"^ Batería, entre los cuales figuraba, por cierto, el Teniente D. Juan 
de Mesa, hoy General de Artillería, quien andando los tiempos (en el 
famoso 22 de Junio de 1866) se ganó la Cruz laureada de San Fernan- 
do, y á cuya inalterable amistad y compañerismo somos deudores los 
artilleros carlistas de la defensa que en plena mesa redonda del hotel 
de Vitoria hizo de nosotros más tarde, cuando la guerra civil, á riesgo 
tal vez de provocar un lance personal con otros jefes del Ejército libe- 
ral que se permitieron calificar de una manera inconveniente nuestra 
decisión por Don Carlos. Y á fuer de agradecido, consagro al caba- 
lleroso y querido compañero el testimonio de la más profunda gratitud 
en mi nombre y en el de todos los jefes y oficiales del Señor Don Car- 
los de Borbón. 

Como decíamos, aquella noche del 24 de Diciembre de 1859, los 
oficiales de la 2.* Batería de á caballo, al ver por el suelo nuestra 



— 93 — 

tienda de campaña, destrozada por e] temporal, nos refugiamos en la 
de los oílciales de la 1.^ Batería, quienes también sostenían porfiada 
lucha con el vendaval para mantener en pie la suya: unimos nuestros 
esfuerzos á los suyos, y por fin logramos entre todos que no corriese 
igual suerte que la nuestra y que las de la mayor parte del campa- 
mento, pasando en tan divertida tarea toda la noche, hasta que al ama- 
necer cesaron el viento y la lluvia como por ensalmo. 

— ¿T á esto llamarán Noche-Buena? — decíamos,— ¡vaya una noche! 

En cambio nuestro despertar, ó mejor dicho, la diana que los en- 
ronquecidos trompetas y músicos entonaban fué acompañada de un 
fuego general con que nos obsequiaron los moros. Ya se ve, pensando 
en que la Natividad del Señor sería celebrada por nosotros con sen- 
das libaciones, creyeron sin duda que no tendríamos ánimos para ha- 
cerles frente, y ¡qué chasco se llevaron! 

Precisamente, como la inundación había sido general en todos los 
campamentos, nos cogió á todos, no sólo prevenidos, sino con verda- 
dero deseo de exterminarlos, así es que volamos todos á ocupar nues- 
tros puestos con más entusiasmo y con más rabia que nunca: jugó 
bastante la Artillería, dio brillantes cargas á la bayoneta nuestra In- 
fantería, y fué en un todo glorioso para nuestras armas aquel combate, 
en el cual recordamos que se distinguió el entonces Brigadier D. An- 
tonio Diez Mogrovejo, á quien quince años después vimos en el Norte 
de Comandante General carlista de Castilla. 

Como este valiente veterano, fueron también muchos los jefes y 
oficiales que tomaron parte en la gloriosa campaña de África, y que 
más tarde fueron, así mismo, nuestros compañeros de armas en el 
Ejército carlista: entre ellos recordamos en este momento áD. Joaquín 
Llavanera, que fué á África de Teniente Coronel de Estado Mayor; 
D. Antonio Dorregaray y D. José García Albarrán, que tanto se dis- 
tinguieron, el primero de Comandante de los presidiarios armados, y 
el segundo de Comandante de Cazadores de Madrid; D. León Martínez 
Fortún, que era Ayudante de Campo del General Makenna; D. Nicolás 
Olio, D. Antonio Lizárraga, D. Prudencio Ayastuy y D. José Ruiz de 
Larramendi, que fueron á aquella guerra de capitanes de Infantería; 
los entonces tenientes de Artillería D. José Pérez de Guzmán y D. Ma- 
nuel Fernández Prada; D. Juan Francesch, Teniente de Ingenieros 
por aquella época; el Marqués de las Hormazas, D. Ensebio Rodríguez, 
D. Venancio Eyaralar y D. Telesforo Sánchez Naranjo, tenientes de 
Infantería y los alféreces de la misma arma Barón de Sangarrén, don 
Marcelino Martínez Junquera, D. Ramón Inestrilla y D. Leonardo Ga- 
rrido. 



— 94 — 

Allá en la c^loriosa campaña de África tuvimos la satisfacción de 
estar con ellos, como con D. Juan de Dios Córdova, D. Emilio Terrero, 
D. José López Domínguez^ D. Sabas Marín, D. Clemente Velarde, los 
marqueses de Mancera y de los Castel Iones, D. Eduardo Bermudez 
Reina, D. Miguel y D. Rafael Correa, D. Ramón España, D. Luís He- 
nestrosa_, D. Manuel de la Cerda, D. Agustín Ruiz de Alcalá, D. Carlos 
O'donell (hoy Duque de Tetuán), D. Ramón Córdova, D. Fernando 
Vega Inclán, D. Juan Mesa, D. Juan Sevilla, los condes de Mirasol, de 
la Cimera, de Manila y de Clavijo, D. Jacinto Anglada, D. Federico 
Levenfeld, D. Ramón Pagés, D. José Navarrete, D. Ricardo Munaiz, 
D. Pedro Méndez Tello, D. Francisco Salas, D. Eloy Carre, y tantísi- 
mos otros que aún al través de los años y de las vicisitudes políticas 
han sido siempre nuestros amigos queridos. 

Juntos unos y otros tuvimos la suerte de pelear y vencer en Casti- 
llejos, Guad-el-Felú y Tetuán, en todas aquellas jornadas de impere- 
cedera memoria; pero como no puede ser hoy nuestro objeto detenernos 
con otros episodios de tan memorable guerra, dejamos tan agradable 
tarea para otra ocasión, consagramos á todos los antiguos compañeros 
de armas un cariñoso recuerdo, y nos trasladamos con el pensamiento 
á otra Noche-Buena, á la del año 1873. 



Ya sabemos que después de la acción de Velabieta," el Ejército car- 
lista quedó cubriendo ó, mejor dicho, cerrando perfectamente cual- 
quiera de los tres caminos que el General Morlones podía elegir para la 
invasión de Guipúzcoa. En efecto, tres caminos podía elegir el citado 
General republicano para llevar á cabo su proyecto: primero, salir de 
Tolosa por la carretera de Azpeitia: segundo, salir de Guetaria y Za- 
rauz para caer sobre Oiquina; y tercero, salir de Crio en dirección de 
Aj^a, trasponer sus montes y arribar á su objetivo. 

Tocóle á la División de Xavarra ocupar la extrema derecha; á los 
alaveses y vizcaínos, el centro; y á los guipuzcoanos, la izquierda, cu- 
yas fuerzas todas, bajo el mando parcial de sus respectivos comandan- 
tes generales Olio, Larramendi, Velasco y Lizárraga, se hallaban á 
las órdenes del Jefe de Estado Mayor General Elío y del Capitán Ge- 
neral de las provincias vasco-navarras Dorregaray. 

Es indudable que el General republicano hubiera encontrado una 
seria resistencia por cualquiera de sus tres caminos,, alejándose de su 
base de operaciones, y como no pecaba de lerdo, tuvo por mejor, para 
salir de su situación, embarcarse en San Sebastián y trasladar el campo 
de operaciones á Vizcaya. 



— 95 — 

Entretanto las fuerzas navarras se situaron en la siguiente forma: 
el General Olio con la Artillería y el primer Batallón, en Alegría^ el 
segundo Batallón en Lizarza, y el 3." y el 5.° en Alzo de arriba y Alzo 
de abajO;, llegando nuestras avanzadas á la vista de Tolosa, en obser- 
vación del enemigo. 




D. TEODORO RADA (RADICA' 



En esta guerra no acontecía lo que en la de África. Las zonas do- 
minadas por nuestras armas alojaban llenas de entusiasmo á cuantas 
fuerzas podían^ cediendo gustosos los habitantes sus casas y cuanto en 
ellas se encerraba, no escaseando nunca las raciones, llevándolas á 
largas distancias, atravesando á veces casi todo el país^ como cuando 
el sitio de Bilbao, que iban hasta de los confines de Navarra á Somo 
rrostro. Las mujeres labraban los campos cuando escaseaban los hom- 
bres, y lo que es más, hasta prescindían del descanso propio en bien 
del que pudiera disfrutar el ejército, constituyéndose en centinelas 
mientras los voluntarios dormían, cuando se hallaba próximo el ene- 
migo, pues son muchos los casos de estos que podríamos citar. 

Así pudo hacerse aquella campaña con relativa comodidad, y en 
cuanto á uno de los principales nervios de la guerra^ cual es el conoci- 
miento exacto de la situación y proyectos de los contrarios, hacíase de 



— 9G — 

una manera admirable, no sólo por los partidarios, sino hasta por los 
pocos hombres libres que quedaban en los pueblos, y mils de una vez 
recordamos que el General Olio no pudo descansar un solo momento 
durante la noche, pues de media en media hora recibía detalladas no- 
ticias, no solamente de la situación y movimientos de las tropas libe- 
rales, sino hasta de los pensamientos y palabras que pudieran relacio- 
narse más ó menos directamente con los proyectos ó deseos de los jefes 
enemigos. 

La vida en los acantonamientos también era dulcificada grandemen- 
te por las gentes del país, que á porfía se esmeraban en hacérsela agra- 
dable á los que necesariamente habían de serles molestos, pues que 
perturbaban su modo de ser en absoluto. De mí sé decir que no me 
alojé jamás en diferente punto de una misma villa ó caserío, y que mi 
primer patrón fué siempre el último: tales eran la buena fe y la cari- 
ñosa confianza que depositaban en nosotros. 

¡Bendiga Dios habitantes de índole tan generosa! 

Como quiera que en estos apuntes no nos hemos propuesto, como 
otras veces, hablar de las operaciones militares, daremos una idea á 
nuestros lectores, de la vida de acantonamientos, puesto que el ejército 
carlista no tenía precisión de acampar, como le sucedió al de África, 
del que ya hemos hablado^ ni acampó ó, mejor dicho, vivaqueó 
sino en Somorrostro, aprovechándose para guarecerse de la intempe- 
rie, de los caseríos que se encontraban á mano, y en los montes, las 
chozas ó chabolas de los pastores y leñadores. 

Circunscribiéndonos á Navarra, donde hicimos la mayor parte de 
la campaña, sobre todo al principio^ formando parte del Estado Mayor 
del insigne y malogrado General D. Nicolás Olío, diremos que durante 
la época de su mando, que duró desde el comienzo de la guerra hasta 
su llorada muerte en Sanfuentes, emprendía siempre las operaciones 
con cuatro ó seis batallones y las cuatro piezas de la Batería de Reyero, 
i a cual hasta la organización definitiva de la Artillería se componía de 
dos obuses lisos y dos cañones rayados de 8 centímetros, y de la cual 
fueron entusiastas y valerosos tenientes Llorens, Ortigosa y Saavedra, 
quienes con el tiempo mandaron también baterías; el resto de los ba- 
tallones solía quedar completando su instrucción, bien en la Solana, 
al mando del leal D. Ramón Argonz; bien en Lumbier, Aoiz y otros 
puntos, al de sus respectivos jefes, así como la Caballería, cuyo Cuartel 
General solía ser Oteiza ó Alio. 

Si el lugar donde se pernoctaba no se prestaba á alojar cómodamente 
á las fuerzas que iban con Olio, distribuíalas éste convenientemente en 
los puntos más cercanos, quedándose él casi siempre con un Batallón 



— 97 — 

y la artillería, á la cual mostró constantemente singular afición^ de tal 
modo que no hubo nunca medida alguna á ella referente que no fuese 
aprobada en el acto. 

Si la índole de las operaciones no exigía marchar sin descanso, 
durante la permanencia en el cantón, todas las fuerzas, tanto de in- 
fantería como de artillería, dedicábanse á la instrucción [práctica, que 
llegaron á poseer nuestros Cuerpos tanto como el mejor de los del ene- 
migo: tal era la emulación que había entre ellos, que llegaron á domi- 
nar por completo y en breve tiempo la táctica del Marqués del Duero, 
que era entonces la más moderna, incluso la esgrima á la bayoneta, 
en cuyo ejercicio lograron descollar como pocas tropas. 

Por las noches, el General de Navarra recibía en su alojamiento y 
obsequiaba con café y cigarros á los jefes de las fuerzas de su cantón, 
y, por mi parte, nunca dejé la costumbre de aceptar su invitación, 
pues el bondadoso General se complacía en recordármela en seguida 
si por cualquier circunstancia me retrasaba algún día. Cuando le to- 
caba al segundo batallón acantonarse donde el General, asistían á la 
tertulia Radica, Calderón y el valiente caballero D. Diego Henestrosa, 
hermano del Marqués de Villadarias, que fué Presidente de la Junta 
Central católico-monárquica. Diego Villadarias se titulaba agregado 
al batallón de Radica, coi. cuyos jefes se alojaba siempre, siendo inse- 
parable de ellos lo mismo en los días tranquilos que en los momentos 
de mayor peligro, batiéndose con tanta bizarría, que en la batalla de 
Velabieta hubo de colocarle en el pecho el mismo General Olio la placa 
roja del Mérito Militar que usaba el inolvidable caudillo navarro. Ra- 
dica, Calderón y Diego Villadarias eran, puede decirse, tres herma- 
nos, y la cariñosa amistad con que los tres me honraron no la olvidaré 
nunca; recuerdo pocos ratos tan agradables como los que pasé durante 
la campaña en tan buena compañía. ¡Cuánto disfrutábamos (y cómo se 
emocionaba el buen Villadarias) cuando los voluntarios de Radica al 
verle siempre entre ellos^ cuidándoles y tomando p arte en sus fatigas, 
le saludaban al paso con vivas al general D. Diego, ó cuando éste ha- 
cía gala de su buen humor tanto en nuestras marchas como en la ter- 
tulia del General! Allí se hablaba de milicia, del estado de la guerra, 
de proyectos y planes de futuros combates, prolongándose la velada 
muchas veces hasta las doce, hora en que invariablemente se levantaba 
la sesión para retirarnos á descansar. 

Era el 20 de Diciembre: aproximábase la Noche-buena, y yo había 
sido invitado á pasarla en Lizarza con el 2.** Batallón de Navarra, un 
día que bajó Calderón á Alegría á tomar órdenes del General. Se me 
íinunció un opíparo banquete con acompañamiento de malagueñas, 



— 98 — 

jotas y otros cantos populares que con singular gracejo sabía entonar 
nuestro buen amigo el Sr. D. Diego (1). Excusado es decir que acepté 
sin vacilar, y sin acordarme de que para ausentarme del cantón de 
Alegría tenía necesidad de pedir permiso al General. Yo no dudaba 
me lo concedería, pues por el momento el enemigo no se había movido 
de San Sebastián y Tolosa, y no había indicios de que se reanudasen 
las operaciones en algunos días. Pero no contaba con la huéspeda, que 
esta vez tomó la forma de una queja, por parte del General Olio á 
quien anuncié mi proyectada ausencia: — ¿Con que deja V. solo á su 
General en semejante noche? — Tales fueron sus palabras, y como éstas 
envolvían frases de afecto y consideración, me decidí firmemente á 
prescindir de todo, por no desagradarle. Continué, pues, yendo por 
las noches á su alojamiento y avisé á los amigos del 2.*' de Navarra 
que no me esperasen. Pero llegó la víspera de Navidad, y acercándose 
bondadosamente á mi el General, me dijo: — ¿Está V. resuelto á acom- 
pañarme mañana?— Sí señor, mi General, le contesté, y ya he avisado 
á los del 2." que no me esperen. — Pues entonces, me replicó abrazán- 
dome, su General de V., que se hace cargo de que lo pasará V. mejor 
con Radica, con Calderón y con Diego, le manda á V. que monte á ca- 
ballo y que vaya á llevarles la contra-orden. — 

No tengo para qué decir que, dándole las gracias, me aproveché 
del permiso y que pasé realmente una verdadera Noche-buena. 

¡Pobre y querido General, pobre Radica y pobre Calderón! 

De los que asistimos á la inolvidable cena sólo existen el general 
Don Diego y el que esto escribe, que no ha podido olvidar á aquellos 
tan bravos y alegres compañeros de armas. 

Concluiré como empecé: Los viejos vivimos solamente de recuerdos 
y á cada compañero que deja de pertenecer al mundo de los vivos, 
sólo se nos ocurre rezar por su eterno descanso y decirnos á nosotros 
mismos: No, ellos no perecen, adquirieron sus nombres y sus hechos 
tanta gloria, que sólo podrían ser olvidados si no hubiese más que 
egoísmo entre los supervivientes. Gracias á Dios la humanidad no es 
así, y el que es la Suma Justicia habrá olvidado sus faltas acogiéndo- 
les en Su infinita misericordia, premiando la Fe de los que confesaron 
á Cristo á la faz del mundo. 



(IJ También fuimos obsaquiados por Villadarias con Tin famoso banquete 
de callos y caracoles para conmemorar la victoria de Abárzuza. Celebróse esta 
otra fiesta en Estella, en Julio de 1874, y asistimos á ella con el General Maestre, 
los Coroneles Calderón, Guzmán, Rodríguez Vera, el teniente coronel Velez y 
otros varios jefes cuyos nombres sentimos no recordar ahora. 




D. CASTOR DE ANDECHAGA 



Capitulo IX 

Creación y organización de una fábrica fundición de cañones en Artea- 
ga. — Operaciones en Vizcaya. — Importancia de Ja posesión de Bil- 
bao y Portugaletepara los carlistas. — Marcha de fuerzas earlistas 
desde Guipúzcoa á Vizcaya, con Elio y Dorregaray. — Movimientos 
del General en jefe republicano y su embarque para Santoña y La- 
redo. — Preparación del sitio de Portugalete y otros sucesos hasta 
fines del año 1873. 

EL Capitán de Artillería D. Julián García Gutiérrez fué destinado 
á Vizcaya para organizar ó, mejor dicho, crear una batería de 
montaña, previo acuerdo con el Comandante General carlista de la 
provincia. Llevaba como Tenientes á los alumnos de la Academia de 
Segovia, D. Carlos León, y D. Germán y D. Idilio García Pimentel, 
quienes ayudaron al primero, tanto en la parte militar como en la 
científica, especialmente León, á quien sólo faltaba un semestre de es- 
tudios para terminar su carrera, cuando la disolución del Cuerpo. Ha- 



-- 100 — 

liábase, pues^ García Gatiérrez en la anteiglesia de Castillo Elejabei- 
tia, dedicado á la organización de su batería, cuando recibió orden 
del Comandante General interino del Señorío, D. Castor Andéchaga, 
para que se personase en Arrigorriaga, donde se encontraba. Cum- 
plió aquél lo ordenado, y el citado General Andéchaga le encargó la 
creación de una fundición de cañones y maestranza de Artillería, á 
cuyo fin le invitó á visitar algunas fábricas de las existentes en el país, 
y que pudieran adaptarse al objeto por sus condiciones particulares y 
por su situación al abrigo de un golpe de mano del enemigo. Habién- 
dole manifestado García Gutiérrez la necesidad que tenía de buenas 
herramientas y primeras materias, el referido General se encargó de 
proporcionarlas, valido de su natural influencia de vizcaíno y de su au- 
toridad superior en la provincia. Partió García Gutiérrez, y entre las 
muchas fábricas que visitó, hubo de fijarse en una, á dos kilómetros de 
Zornoza, propiedad del Sr. Jáuregui. Esta fábrica cumplía con la ma- 
yor parte de las condiciones que se deseaban, no sólo por su situación 
topográfica, distante de Bilbao y demás puntos ocupados por el enemi- 
go, sino por disponerse en ella de un espacioso local, hornos, fraguas, 
tornos, máquinas de vapor de 30 caballos, y rueda hidráulica de 40, 
sin contar multitud de herramientas y efectos útilísimos para la nueva 
industria á que se la iba á destinar. Enterado de la elección el Gene- 
ral Andéchaga, dirigió el siguiente oficio al Capitán García Gutiérrez, 
en Arrigorriaga á 16 de Octubre de 1873. — «Con objeto de atender 
«cuanto antes á la rápida fabricación de cañones, y para que V. se en- 
»cuentre constantemente sobre ella, he dispuesto que pase con la bate- 
aría á Zornoza, en cuyo punto encontrará gran parte de los elementos 
«necesarios para aquella construcción, pudiendo empezar desde luego 
ȇ procurarse los que en aquel local falten y V. necesite. A fin de que 
»con brevedad se atiendan sus pedidos, remítame la lista de lo que es 
»más preciso para empezar d esde luego á trabajar, para mandárselo.» 
Antes de la elección de la fábrica citada, habíanse cruzado intri- 
gas, recomendaciones y multitud de exigencias para que no llegara á 
establecerse, cuyas influencias dejáronse sentir en mayor escala cuan- 
do hubo recaído la elección definitiva. A tal extremo llegaron, que ni 
la fuerza de carácter del General ni su perseverancia en obtener caño- 
nes rápidamente y á toda costa, bastaron para impedir quedase sin 
efecto la orden que acabamos de copiar, decidiéndose por último que 
la fundición y maestranza de Artillería se instalasen en Arteaga, en 
una ferrería vieja de San Antonio de Ugarte. A la vista tenemos una 
Memoria, de la cual no podemos menos de transcribir á la letra algu- 
nos párrafos, de cuya autenticidad respondemos, por haber sido 



— 101 — 

testií?os de la veracidad de su contenido: «Jamás se ha visto una fá- 
»brica en peor estado para tanto trabajo como se deseaba, y la gran 
«rapidez con que se quería ejecutar. Años hacía que estaba parada, y 
»así lo decían sus derruidas paredes, sus enmohecidos cilindros lami- 
»nadores, su agrietado y casi hundido horno de reverbero, el encene- 
»gado cauce de una rueda hidrálica medio podrida, y los escombros 
»que aquí y allá impedían el paso. Sólo la energía y el entusiasmo del 
»General Andéchaga daban aliento para emprender aquella obra: 
todo lo facilitaba, para todo proporcionaba recursos.» 

A pesar de sus múltiples ocupaciones, apenas pasaba día sin que 
Andéchaga visitase la fábrica, allanando obstáculos, haciendo venir 
operarios inteligentes, no sólo de los batallones, sino paisanos, ani- 
mando á todos, desembarazando primero la fábrica de lo inútil y es- 
torboso, sacando partido de todo y haciendo que el Capitán García 
Gutiérrez pudiera hacer marchar la cuestión científica al abrigo de su 
popular autoridad. De este modo, en un mes escaso, se dio fuego al 
horno de reverbero, no sin antes haberse sacado los escombros por 
peones y artilleit)s, haberse construido un horno nuevo con las plan- 
chas del viejo, haberse preparado los tornos y demás maquinaria, 
atendiendo al establecimiento de un cubilote, á la recomposición de 
herramientas, y allegando, por último, braseros, campanas, calderos 
y cuantos objetos de cobre y estaño podían producir el bronce para los 
cañones y morteros que se proyectaban. No contribuyeron poco al 
lisonjero resultado que llevamos expuesto, D. Andrés Pradera, don 
Lino Ulibarri, el citado 8r. Jáuregui, así como D. Nicolás Zulueta y 
D. Primitivo Hernández, Maestro mayor de montajes el primero y Maes- 
tro forjador el segundo, para los trabajos de la Maestranza. Así mismo 
se estableció un taller de nioldería en arena, habiendo preferido este 
sistema al de moldeo en barro, por la falta de operarios idóneos y por 
la mayor rapidez que aquél permitía, y se construyeron también cajas 
de moldear. 

La fosa con paredes de ladrillo y fondo de chapa de hierro dio muy 
buenos resultados, así como el cubilote y un magnífico taller de carpin- 
tería, dotado con doce bancos y un torno, así como el de forja, con 
cinco fraguas y diez y seis tornillos para limadores, un departamento 
para la construcción de ruedas, y dos grandes tornos para barrenar y 
tornear morteros y cañones. 

Excusado es decir el ímprobo trabajo intelectual, moral y material 
que el establecimiento de Arteaga exigió del Capitán García Gutié- 
rrez en breve tiempo, y las luchas que tuvo que sostener para la im- 
plantación de la nueva industria que se estableció en Vizcaya. Algo 



— 102 — 

más nos extenderíamos sobre el particular y en elogio de los dignos y 
malogrados compañeros, el citado jefe y el Teniente León, que con 
toda su fuerza le ayudaba; pero basta hacer constar, en honor de su 
buena memoria, que tanto las bocas de fuego, como los proyectiles y 
el material de guerra que salió de Arteaga, se construyó todo sin pla- 
nos; por lo cual casi puede asegurarse que fueron inventos hijos tan 
sólo de su inteligencia y de los imperfectos recuerdos que conser- 
vaban de sus estudios en la Academia de Segovia. 

Fundióse el día 28 de Noviembre de 1873 el primer cañón, al cual 
siguieron hasta cinco lisos, de 12 centímetros; cuatro de montaña, de 
rayado poligonal, y cuatro morteros. Más adelante^ ocho de esta últi- 
ma clase y cuatro piezas largas de 8 centímetros. 

La Maestranza^ por su parte, construyó carruajes para todas estas 
piezas, tres cureñas de plaza y costa, afastes para los morteros, y una 
cureña de respeto, con su correspondiente armón. Dotó á todas estas 
bocas de fuego de cuántos juegos de armas les eran necesarios, como 
atacadores, escobillones, espeques y juegos de medidas para pólvora, 
chifles, cucharas, guarda -fuegos, plomadas, etc., dos cabrias, una 
cureña con su armón, modelo 18(38, de batalla, y tres carruajes para 
cañón de 10 centímetros, con otros varios efectos. 

El taller de fundición se ocupó en alimentar de proyectiles todas 
las citadas bocas de fuego, durante los sitios de Portugalete y Bilbao. 
Asimismo se construyeron en él todos los herrajes que llevaban los 
carruajes referidos, y aun las piezas grandes y pequeñas que hubo que 
ir reemplazando en la maquinaria de la fábrica. 

En el taller de máquinas se barrenaron y tornearon los cañones, 
tornillos y cuantos herrajes lo necesitaron, así como un cañón de hie- 
rro forjado, por ser empeño de la Diputación de Vizcaya; pero con- 
tra el dictamen del Capitán García Gutiérrez, á quien el tiempo dio la 
razón, porque estaba tan mal calculado el citado cañón^ y sobre todo 
su espesor de metales, que hubo de reventar en las pruebas que con 
él se hicieron. 

También se estableció en Arteaga un taller de pirotecnia, en un 
edificio cercano á aquélla, bajo la dirección del Ingeniero industrial 
D. Guillermo Guillen, el cual produjo los efectos siguienfes: siete mil 
espoletas de bomba, cientos de granadas de 8 y 10 centímetros, piedra 
de fuego, camisas embreadas, lanza fuegos y otros artificios. 

La administración de la fábrica de Arteaga se hallaba á cargo de 
de un delegado especial de la Diputación del Señorío, cuidando de 
proporcionar recursos para el pago de los operarios y primeras mate- 
rias. Dicho administrador llevaba su libro de entradas y salidas, lo 



— 103 — 

que proporcionaba más independencia á la dirección facultativa de 
García Gutiérrez, y se hallaba más en harmonía con las leyes y el 
modo de ser de las provincias vascongadas. 

No concluiremos este trabajo, escrito á la vista de datos auténticos 
y oficiales, sin mencionar al diestro dibujante D. Blas Lumbreras, 
quien pasó después á la Maestranza de Azpeitia con el mismo cargo, 
y que dibujó acertadamente todo el material de Artillería que se cons- 
truyó en Arteaga, y aún mucha parte del que luego se fabricó en 
Azpeitia y el procedente del extranjero . 

Por término medio hubo en Arteaga 34 carpinteros, 16 fundidores^ 
6 forjadores^ 28 limadores, 4 torneros y algunos peones hasta comple- 
tar el número de ciento. Sus haberes eran de cuatro reales los volun- 
tarios, catorce los paisanos y hasta veinte los maestros. 

Después de la acción de Velabieta, dejamos á las divisiones 
republicanas de Loma y Moñones ocupando Tolosa, Adnoain y líneas 
de San Sebastián y Oria; á los batallones carlistas (excepto los de 
Estella y algunos de Vizcaya) en los alrededores de Tolosa, Cestona, 
Aizaruazabal, Iturrioz y Aya, ocupando los puntos y posiciones que 
impedían el paso de sus enemigos á Azcoitia, donde se hallaba Don 
Carlos, y á Azpeitia, así como el que pudieran correrse aquéllos al 
interior de las Provincias, encerrando así á los liberales en un semi- 
círculo sin más salida que el mar. 

Séase que la actitud de las fuerzas carlistas en Guipúzcoa fuese 
el motivo que impulsara á Morlones á embarcarse en dirección de 
Santander, ó bien las noticias que recibiera del proyectado sitio de 
Portugalete, el hecho fué que (aunque debió serle sumamente duro 
llevar á cabo dicha operación) embarcó el día 28 de Diciembre la 
División que había llevado desde Navarra, en Guetaria y San Sebas- 
tián, desembarcando en Santoña y Laredo. 

Antes, sin embargo, de decidirse á dar este paso, intentó el día 18 
romper la línea carlista, de acuerdo con el General Loma, atacándola 
por Orio y Guetaria, apoyando á la vez una vigorosa salida de la guar- 
nición de Tolosa. Avanzaron, pues, en el primer momento, y la co- 
lumna que salió del último de los puntos citados llegó á Hernialde, que 
saqueó é incendió. El ejército liberal ocupó Zarauz y Orio, pero vióse 
detenido en Aizarna por el batallón 5." de Guipúzcoa y algunas otras 
fuerzas que allegó el General Dorregaray. 

También intentaron los republicanos avanzar por la carretera de 
Berástegui, que defendieron bravamente los navarros mandados por 
Olio. 



— 104 — 

Rechazados al fin en toda la línea los liberales, la División de Loma 
volvió á sus anteriores posiciones, la guarnición de Tolosa volvió íi ser 
encerrada en la plaza, y el General Morlones decidió, por último, su 
embarque. 

Conocido sin embargo este movimiento por los carlistas, hicieron 
un cambio de frente, dejando sólo al General Lizárraga en Guipúzcoa, 
y corriéndose los batallones navarros, alaveses y vizcaínos, al valle 
de Somorrostro, con los generales carlistas Elío y Dorregaray á su 
cabeza. Su objeto era impedir á todo trance al General en Jefe repu- 
blicano que pasase á Portugalete y Bilbao, para restablecer esta línea 
llevando la guerra á Vizcaya, donde podía ser fácilmente socorrido 
por el ferrocarril de Santander. Consiguióse el objeto por los carlistas, 
teniendo el General Olio la suerte de llegar antes que sus enemigos á 
las Encartaciones, tomando posesión de Salta-Caballo, monte que era 
la llave de las posiciones sobre Castro-Urdiales, y acantonando sus 
« navarros y la batería de su División en Talledo, Trucios y Otañez. El 
General vizcaíno Velasco ocupó San Juan de Somorrostro, y el Jefe 
de Estado Mayor General Elío se estableció en Valmaseda y Sopuerta 
con el resto de los batallones carlistas. 



Llegados á este punto, réstanos dar algunos detalles sobre el estado- 
en que se encontraba el sitio puesto á Portugalete por D. Castor Andé- 
chaga. En ninguna ocasión se conoció tanto lo ventajoso del estudia 
de la primera guerra civil, como en los sitios de Portugalete y Bilbao. 
Cuantas veces se intentó tomar esta villa en la primera campaña, tro 
pezóse con su centinela avanzado, Portugalete. No nos detendremos 
en encarecer lo mucho que valía la posesión de Bilbao para los carlis 
tas. Tanto su situación como su riqueza^ y la considerable exportación 
del hierro que encierran en sa seno las próximas montañas, la hacían 
cuestión de suma importancia para el naciente ejército carlista, má- 
xime cuando no una, sino varias potencias de Europa habían asegu- 
rado que reconocerían la beligerancia de los carlistas en el momento 
que hubieran entrado victoriosos en Bilbao. Todos los jefes del ejército 
carlista, habían^ sin embargo, desconfiado de tomar Bilbao: únicamente 
D. Castor Andéchaga, con aquella fe en el triunfo de la Causa, y con 
aquella pertinacia propia del carácter vizcaíno, habíase empeñado en 
considerar que la posesión de Portugalete primero, y la de Bilbao des- 
pués, serían la más segura y poderosa base del engrandecimiento de 
la Causa que defendía. Escarmentado también con lo que había pasado 
en la primera guerra civil, había tomado el mando de los batallones 



— 105 — 

encartados y algún oti'o vizcaíno, en la firme idea de apoderarse de la 
capital de Vizcaya, empezando por rendir Portugalete. 

Dio principio, pues, D. Castor Andéchaga á sus proyectos incomu- 
nicando á Bilbao por la ría, ya que el ferrocarril de Tudela se hallaba 
cortado hacía algún tiempo. Luchana, el Desierto y Portugalete eran 
los tres puntos que había que incomunicar con Bilbao. Desatendiendo 
los dos primeros, dirigióse D. Castor al último, logrando entrar en él 
en 1." de Agosto; pero viéndose obligado á salir de dicha villa con su 
fuerza, ante el socorro que había enviado el Gobernador de Bilbao á 
la guarnición. No habiéndose podido sostener los carlistas en Portuga- 
lete, entraron en Deusto, Olaveaga y Zorroza, con objeto de acumular 
fuegos y dominar con ellos el paso de la ría y la consiguiente comuni- 
cación de Bilbao con Portugalete. Los vapores que trataban de impedir 
estos intentos, tuvieron que bliadarse para resistir los fuegos con que 
eran hostilizados en sus periódicos viajes para relevar y abastecer los 
destacamentos liberales citados, temibles aquéllos por su número y por 
ser dirigidos desde parapetos bien escogidos y defendidos. El Capitán 
de Fragata D. Santiago Patero púsose en el mes de Septiembre á las 
órdenes de Andéchaga, por mandato de D. Antonio Dorregaray, para 
ayudarle y escogitar el mejor medio de cerrar la ría, dadas las condi- 
ciones especiales de su carrera. 

Portugalete no tiene más importancia que la relativa de ser un 
punto avanzado de Bilbao, como hemos dicho, y según la autorizada 
opinión de un Jefe de Ingenieros del ejército liberal, con quien nos 
encontramos completamente de acuerdo, Portugalete pudiera ser un 
punto de partida para el que quisiese levantar el bloqueo de Bilbao, ó 
apoyarse en él para futuras operaciones, caso de que su enemigo lo- 
grara apoderarse de Bilbao. La guarnición de Portugalete se componía 
del batallón Cazadores de Segorbe, una compañía de Ingenieros y una 
sección de Artillería de campaña, dotada de cañones rayados de 8 
centímetros. 

Fijo en su pensamiento el General carlista, no descuidaba un mo- 
mento ni el bloqueo de Bilbao y Portugalete, ni la construcción de 
cañones para batir dichas plazas. Sus confidentes le informaban mi • 
nuciosamente de todas las defensas que los republicanos iban estable- 
ciendo dentro de Portugalete. Situada esta villa en la orilla izquierda 
del Nervión, y próxima á su desembocadura,, hallábase dominada por 
las alturas de San Roque, Campanzar, Atalaya y el Cristo. Enfrente 
hállanse las Arenas y Algorta, de cuyas posiciones eran dueños los 
carlistas, y en donde habíanse construido baterías bajo la dirección 
del Coronel de Marina Patero; en los montes y alturas citadas se habían 



— 106 — 

establecido trincheras por los carlistas, para defenderse en regulares 
condiciones, de los faegos que los liberales les hacían desde la casa 
de los Pellos, la Escuela, el Ayuntamiento, y sobre todo desde la torre 
de la iglesia, que dominaba una gran extensión de terreno. 

Los liberales, bajo la inteligente dirección de oficiales del Cuerpo 
de Ingenieros del ejército, trabajaban á su vez fortificando conve- 
nientemente la torre de la iglesia, que era de bóveda y sostenida por 
gruesos pilares de mampostería, aspillerando la casa fuerte de los 
Pellos, cerrando con barricadas las avenidas de algunas calles, 
aprovechando tapias sólidaS;, construyendo espaldones y traveses y 
poniendo á Portugalete en buen estado de defensa, según los medios 
que tenían disponibles y que les aconsejaban los deberes de su pro - 
fesión. 

Mientras tanto, los carlistas no permanecían ociosos, pues retar- 
dándose en Arteaga la fundición y conclusión de los nuevos cañones 
de bronce, hizo D. Castor Andéchaga desenterrar algunos de los viejos 
de hierro que habían servido hacía muchos años para amarrar los 
barcos, arreglóseles el ánima y se les dispuso para el ataque. El 6 de 
Diciembre se hizo acompañar el General carlista por el Capitán de 
Artillería García Gutiérrez, practicando ambos un prolijo reconoci- 
miento, del que resultó cerciorarse de las defensas que el enemigo 
había acumulado en Portugalete, y de que ya dejamos hecha men- 
ción. 

Conocida la clase de Artillería de batir de que se disponía, eligióse 
el alto de Campanzar para situar dos piezas de hierro, de 13 centíme- 
tros^ y una poligonal. Su objeto principal era batir una pieza que los 
liberales tenían colocada en la casa de los Pellos. Su distancia á la 
plaza era de 400 metros. 

En el alto de San Roque se construyó otra batería de pipas, para 
otra pieza de á 13, con el fin de batir varias casas fuertes de enfrente, 
y otra segunda para un cañón de á 12, de bronce, con objeto de tirar 
á la torre de la iglesia, que se hallaba á menos de 200 metros. En la 
falda de Sestao se levantó otra batería de dientes de sierra á 800 me- 
tros, para hacer faego no sólo al paeblo, sino á los barcos de guerra 
que le protegían. 

Procedióse acto continuo á acopiar y reunir madera y sacos de 
tierra para revestimientos, dirigiendo los trabajos de construcción el 
Teniente de Artillería D. Idilio García Pimentel y el Alférez de 
Infantería Rodrígaez, haciéndose aquellos por gente del país. Darante 
el mes de Diciembre y mientras se levantaban parapetos y merlones, 
y la fábrica de Arteaga daba la última m \no á los nuevos cañones de 



— 107 — 

bronce, la misma fábrica fundía balas y granadas, reunía pólvora, 
(de caíifera, por cierto, pues no se pudo disponer de otra durante el 
sitio), y cuantos efectos de guerra se necesitaban; fué nombrado Jefe 
superior del sitio el General Dorregaray, quien encargó de la orilla 
derecha y del ataque por esta parte al Coronel Patero, confirmando al 
General Andécliaga en la dirección del ataque por la izquierda, y en 
las Arenas se colocaron dos piezas poligonales, de montaña, un mortero 
de 27 centímetros y un cañón liso de á 12. 

Entre la Artillería carlista de batir que tomó parte en el ataque, 
merecen especial mención dos cañones de hierro, uno de 14 y otro de 
15 centímetros, sin cureña (pues los otros dos de hierro las tenían de 
las llamadas de plaza) y sin muñones. Para estos cañones hubo que 
construir un montaje especial, compuesto de fuertes vigas, formando 
una especie de basamento, en cuyo centro hubo que colocar una 
horquilla de madera é hierro, giratoria y un poco elevada sobre aquél 
para poder apuntar; cuando ésto se hacía, la culata se apoyaba sobre un 
montante vertical, sujeto fuertemente, para evitar que al retroceso se 
saliese la culata de su lugar. Aparato era este por demás ingenioso, y 
que fué debido á la inventiva del Capitán García Gutiérrez, quien 
personalmente dirigió las operaciones del sitio, en la orilla izquierda 
de la ría, ayudado del Teniente D, Germán García Pimentel, así como 
en las Arenas si situaron, con el Coronel Patero, el Teniente D. Idilio 
García Pimentel y D. Nicanor Zaldúa^ quien había mandado en la 
primera guerra civil la Artillería carlista que á las órdenes del General 
D. Miguel Gómez atravesó toda España, desde Asturias á Gibraltar; 
en Portugalete y Bilbao acreditó el veterano Zaldúa la reputación 
adquirida, siendo después nombrado Goberaador de Bermeo, de donde 
era natural, y en donde se hallaba avecindado cuando se inició la 
liltima campaña. 

A fines del año 1873 fué nombrado Comandante General de Aragón 
D. Antonio Lizárraga, sustituyéndole en el mando de Guipúzcoa el 
Teniente General carlista D. Hermenegildo Diez de Ceballos, quedán- 
dose en dicha provincia con cuatro batallones. En Navarra se comple- 
taba la organización de los batallones 7.", 8.", 9." y 10."^ á las órdenes 
del General Argonz, pues ya dijimos que el Comandante General Olio 
se encontraba en Vizcaya con cinco batallones, así como el Brigadier 
Mendiry con cuatro alaveses. El batallón aragonés acabó también de 
organizarse en los alrededores de Estella, encargándose de su mando 
el Coronel Boet; y en fin, el Comandante General de Vizcaya, Velasco, 
habíase trasladado también con sus batallones á Somorrostro. En esta 
situación quedaron las tropas carlistas al finalizar el año 1873. 




D. JOSÉ GARIN 



Capitulo X 



Detalles del sitio de Portugalete. — Diarios de operaciones carlistas, de 
la plaza y de la Marina. — Rendición de la villa. — Toma de los 
fuertes de Luchanayel Desierto por los carlistas. — Reparto de ar- 
mas y otros efectos de guerra después del sitio. 



PRÓSPERA había sido para los carlistas la suerte de las armas en el 
año de 1873. Como ya hemos visto, habíanse librado combates 
tan importantes como los de Eraul, Udave, Alio, Dicastillo, Mañera y 
Montejurra, sin más revés que el de Velabieta, cuyo revés vino, sin 
embargo, á favorecer la Causa carlista, costando á sus enemigos la 
pérdida de una gran fuerza moral y material al embarcarse en San 
Sebastián y Guetaria^ y consiguiendo los carlistas llevar á más favo- 
rable terreno las operaciones. Antes de terminar el año citado, por los 
días 28 y 29 de Diciembre, habíanse realizado por las tropas de Don 
Carlos dos hechos notables: el definitivo cierre de la ría de Bilbao, y 
el principio del sitio de Portugalete. 



— 109 — 

Desde aquella fecha podíanse considerar aislados del resto de Es- 
paña, los habitantes y las guarniciones de ambas villas. La ría fué 
interceptada^ un poco más arriba de Olaveaga, con cadenas y cala- 
brotes que formaban con el eje de ella un ángulo de cuarenta y cinco 
grados, próximamente. Dos medios intentaron los bilbaínos para 
destruir este obstáculo material que daba al traste con sus esperanzas 
de socorro por la vía fluvial. El uno fué la salida de una fuerte columna 
desde Bilbao, que se retiró, rechazada por los carlistas: el otro fué 
arrojar sobre las amarras una especie de torpedo cargado con dinamita 
que no dio fuego á tiempo. Pero dejemos por ahora á los bilbaínos en- 
tregados á sí mismos^ y volvamos á Portugalete, cuyo sitio habíase 
emprendido ya con verdadera seriedad por los carlistas, el 28 de Di- 
ciembre. 

Don Antonio Dorregaray, encargado por aquellos días del mando 
en jefe, dispuso que los ataques por ambas orillas fuesen independien- 
tes en cierto modo, pero siempre contando con que el principal fuese 
el déla izquierda. La retaguardia de los carlistas estaba asegurada 
completamente por la distribución de fuerzas vizcaínas y navarras en 
las Encartaciones, para impedir el paso á la plaza, que pudiera inten- 
tar el General republicano ]\Ioriones. 

Los liberales, por su parte, habían salido de Bilbao el 28 y desem- 
barcado el mismo día en Portugalete, en dos gabarrones, los materia- 
les para armar un blokaus en el alto de San Roque, con un Capitán 
de Ingenieros y el resto de la compañía de dicho Cuerpo, cuya mayor 
parte se hallaba ya allí desde mucho tiempo antes, dedicándose desde 
luego á mejorar las defensas existentes y construir las más apre- 
miantes. La iglesia de Santa María estaba fortificada en el tercer 
cuerpo de su torre, y además la rodeaba un muro aspillerado, tanto 
del lado de tierra como del de la ría. La casa-escuela, estaba unida 
por un muro sin aspillerar, á la iglesia, y al punto denominado el 
Cristo, que era un conjunto de casas, el cual se había cercado con un 
muro aspillerado, colocándose una pieza de montaña en el desván de 
una de ellas. Por la parte de Santurce había una cortina (llamada de 
Santa Clara) formada por otro muro aspillerado, con dos garitones en 
sus extremos. En el edificio de la fonda (que tampoco carecía de muro 
aspillerado) se colocó otra pieza rayada de montaña. Por la parte de 
la ría, se hallaba estacionada la goleta Buenaventura, dotada con dos 
cañones rayados de 12 centímetros, y otro de 16, también rayado, 
como batería flotante. En el muelle viejo se construyó otro muro que 
ponía en comunicación la villa con el dique, y en el interior se habían 
construido traveses y espaldones para desenfilar calles y pasos de 
tropas. 



— lio — 

Los carlistas tenían ya para entonces en disposición de funcionar 
las baterías de Sestao, San Roque, Campanzary de las Arenas, de cuya 
construcción y artillado nos hemos ya ocupado detalladamente en el 
capitulo anterior, disponiendo los carlistas de la siguiente dotación de 
municiones: para cañones de á 12, GOO proyectiles; para los de á. 13, 
400; para uno de á 15, 100; para otro de á 14, 100; y para los poligonales 
160 granadas, cuyas espoletas eran de tiempos; los estopines fueron de 
fricción al principio, de cañizo luego, y últimamente se cebaba con 
pólvora de fusil; no habia zaquetes, se cargaba con cuchara; y en fin, 
la pólvora era de cantera. 

Para la infantería había fuertes y bien situadas trincheras i\ prueba 
de la artillería y á menos de 500 metros del recinto, siguiendo los 
accidentes del terreno: los fuegos dirigíanse á aquel, á las casas y á 
la guarnición y artilleros de la goleta. Los parapetos cubrían perfecta- 
mente A los tiradores, habiendo dirigido varias de estas obras el sabio 
Jefe de Ingenieros D. José Garín, quien en estas operaciones selló con 
su sangre su adhesión á la Causa de Don Carlos. 

El día 29 de Diciembre á las siete de la mañana rompióse el fuego 
por los carlistas sobre la goleta, la iglesia y demás defensas de tierra. 
Los días 30 y 31 se reprodujo el fuego de doce á tres de la tarde, ha- 
biéndose logrado quebrantar bastante la torre de la iglesia, desde la 
que tiradores escogidos molestaban y hacían muchas bajas en el campo 
carlista por su dominante situación. El 31, se pudo incendiar una casa- 
cuartel de Cazadores de Segorbe, pero el incendio fué apagado al poco 
tiempo: en cambio se destruyó uno de los cuerpos de guardia de la 
fonda. A la vez empezóse á construir por los carlistas una nueva batería 
en las alturas de Lejona, para batir en mejores condiciones á la Bue- 
naventura. También los liberales con sus disparos habían hecho nece- 
saria la recomposición de" casi todas las baterías carlistas, distinguién- 
dose por la certeza de aquellos la goleta y el vapor Gaditano que tomó 
parte en el combate del día 31, excusando decir que la Infantería no 
cesaba de disparar una contra otra desde sus atrincheramientos. 

- El dia 1." de Enero se pasó sin fuego de cañón, dedicándose ambas 
tropas contendientes al arreglo de sus respectivos desperfectos, bajóla 
febril actividad del General Andéchaga, los carlistas. El día 2, á las 
once de la mañana, intimóse la rendición á la plaza por el General 
carlista Dorregaray, siendo rechazada la propuesta por el Gobernador 
que lo era el hoy General de División D. Amos Quijada, Teniente 
Coronel, entonces^ del Batallón de Cazadores de Segorbe. En vista de 
esto, rompióse el fuego por todas las baterías, batiéndose en brecha 
la torre de la iglesia, la cual al anochecer perdió el encofrado de ma- 



— Hi- 
ciera de su techo, viéndose precisados sus defensores á habilitarlo de 
nuevo con sacos á tierra. 1^2^ Buenaventura tuvo muchos desperfectos, 
dedicándose á ella solamente tres de los cañones de las baterías del 
Cristo y Sestao. El cañón liberal de la casa de los Pellos fué reducido 
á silencio. Los cañones carlistas hicieron un total de 300 disparos en la 
forma siguiente: los poligonales, 40; los de á 18, 130; el de á 12, 80; y 
50 los de 14 y 15. 

El día 3 rompióse el fuego á las ocho. Un cañón de montaña quedó 
desm-ontado y deshecha la caseta donde se hallaba emplazado,, por lo 
que no volvió á disparar en todo el día. El de á 12 liso, afbrió brecha 
en la torre de la iglesia; pero las piezas de Sestao obtuvieron poco 
resultado por su poco fuego, á causa de lo pesado y difícil de su manejo 
y la mala calidad de la pólvora. El fuego duró seis horas. El Coman- 
dante de la goleta manifestaba á su Jefe en oficio de aquel día, los 
pocos cartuchos de fusil que le quedaban á causa de que la Infantería 
había disparado 38,000 sólo en el día 3, para rechazar los ataques de 
los carlistas, confesando á la vez los destrozos causados por éstos en la 
población y sus defensas. Las bajas que tuvo su tripulación fueron dos 
marineros y el mismo Comandante herido, aunque levemente. 

Calculando García Gutiérrez que los fuegos de la batería de Cam- 
panzar eran demasiado fijantes, fué autorizado por Andéchaga para 
trasladarla á San Roque, aproximándose 150 metros al recinto. Las 
otras baterías rompieron el fuego el día 4 sobre los mismos puntos, 
logrando continuar ensanchando la .brecha de la torre y destruir su 
escalera. En todo el día arrojaron los carlistas 120 proyectiles. El 
Comandante de la Buenaventura decía con aquella fecha, que la torre 
se estaba cayendo, y que había conseguido librar su barco de un bru- 
lote que le arrojaron los carlistas por la noche. 

El día 5, un proyectil carlista hizo desplomarse con estrépito la 
quebrantada linterna de la torre, acompañando al fuego de sus anti- 
guas baterías el de la nuevamente construida. Para conseguir aquel 
resultado, se calcula haber disparado los carlistas ala torre, de 400 á 
500 proyectiles. La escasez de éstos hizo que por orden de Dorregaray 
se fundiesen balas á toda prisa en Alonsótegui y Castrejana. El día 5 se 
arrojaron á la villa 150 proyectiles. El fuego de las baterías de Sestao 
tuvo que suspenderse por haber destruido sus parapetos la Artillería 
liberal. Por la derecha de la ría adelantaron también lostrabajos car- 
listas, habiéndose terminado una batería en el alto de Lejona, á 120 
metros de la plaza. 

No pudiendo ya disponer la guarnición de Portugalete, de la torre 
de la iglesia en buenas condiciones, Se refugiaron sus defensores en la 



— 112 — 

escuela. En su consecuencia , los carlistas construyeron una batería á 
100 metros de dicho edificio con objeto de desalojar á aquéllos. La 
batería de Sestao continuó tirando con preferencia á la Buenaventuva, 
porque la batería de las Arenas no hacia buenos blancos, á causa del 
corto alcance de la pólvora. Los liberales^ por su parte, fortificaron y 
aspilleraron el muro ó cortina de la parte de Santa Clara. Los tiros 
de los carlistas fueron bastante certeros, ocasionando averías de con- 
sideración en el casco y arboladura de la goleta. Su Comandante se 
quejaba de escasez de municiones, en su parte oficial del día 6. El 
fuego de la batería de las Arenas se hizo más vivo y preciso á favor 
de una nueva batería que se construyó en un saliente de la costa, si- 
tuado próximamente á mitad de distancia de Lejona y de la plaza. 

Al amanecer del 7, reanudóse con igual tenacidad por ambas partes 
el fuego, en medio del cual dedicáronse los carlistas á la construcción 
de una batería más próxima en la vertiente de Lejona (orilla derecha), 
consiguiendo, por áltimo, hacer completamente inhabitable la torre 
de la iglesia por la destrucción absoluta de sus defensas. 

El día 8 continuó el fuego en las mismas condiciones anteriores, 
convergiendo el de las baterías carlistas sobre la casa-escuela y el 
Cristo. Una bala de cañón carlista rompió la cureña de la pieza de 
montaña situada en este último punto; pero recompuesta provisional- 
mente, la emplazaron los liberales en una casa, para que unida á la 
otra dirigieran ambas sus fuegos á San Roque. A las ocho y media de 
la mañana entraron en el puerto los vapores Gaditano y Bilbao, con 
municiones de fusil y cañón para la guarnición y los barcos; pues el 
Comandante de la Buenaventura, de acuerdo con el del Gaditano, 
resolvió que ambos se quedasen para contribuir á la mejor defensa de 
Portugalete. El primero de dichos buques empezaba á hacer agua á 
causa de uno de los disparos carlistas del día anterior, sobre la línea 
de flotación. Las bajas de la goleta el día 8, fueron un marinero muerto 
y 6 heridos, algunos graves; en la guarnición, un zapador á quien 
hubo que amputarle una pierna. 

En la noche del 8 al 9 se hizo un fuego considerable de fusilería 
por parte de los carlistas, desde las Arenas y parapetos de la Atalaya, 
con objeto de distraer la atención de los liberales, y dedicarse á los 
trabajos de aproche, é impedir algún desembarco, si lo había. La 
Marina contestó con algunos disparos de metralla, y efectivamente, 
desembarcaron los liberales una gran cantidad de municiones de 
Infantería y Artillería. La carlista tiró poco durante el día por la 
escasez de proyectiles. 

El día 10 consiguieron los carlistas incendiar dos casas del grupo 



— 113 — 

del Cristo desde una nueva batería colocada á la altura de la cortadura 
del molino. La batería enterrada de las Arenas se dedicó á tirar á la 
Buenaventura y al Gaditano, con tanto acierto, que la primera tenía 
ya casi destruido su aparejo y una cuaderna hendida de un balazo. 
Al mismo tiempo, su Comandante se confesaba impotente, en el parte 
oficial de aquel día, para proteger Luchana y el Desierto, conforme 
le ordenaba el Comandante de Marina de Santander. La citada batería 
de las Arenas se hallaba en el muelle mismo, á unos 100 metros de los 
referidos barcos, y la mandaba el Capitán D. Nicanor Zaldúa. El com- 
bate librado durante la noche del 10 al 11 merece párrafo aparte. 

De suma importancia era para los carlistas el deshacerse á toda 
costa, y cuanto antes, de los buques que defendían Portugalete. Cono- 
ciendo, sin embargo^ que no era fácil reducirlos al silencio ó echarlos 
á pique, por la inferioridad de la Artillería carlista en número y cali- 
bre, sobre todo desde la orilla izquierda, ordenó el Jefe del sitio Do- 
rregaray al Capitán García Gutiérrez que pasase á la orilla derecha, 
donde en vista de la situación de las baterías y de la menor distancia, 
pudiera intentarse con más ventaja destruir los mencionados obstácu- 
los. Autorizado García Gutiérrez por el General carlista, dispuso que el 
cadete Mejía se colocase detrás de una de las casas de las Arenas con 
las dos piezas poligonales de 8 centímetros; que después de cargadas 
al abrigo de ella_, las descubriese sólo en el momento de disparar, y 
que lo hiciese sólo á los barcos y cuando se le previniese, reservando 
municiones para el amanecer, pues el cañón de á 12, de bronce, sola- 
mente contaba con 36 balas. Este fué puesto á las órdenes de Zaldúa, 
así como 70 tiradores escogidos, al mando del Capitán Beitia, quien 
colocando su gente á derecha é izquierda de la batería, no tenía más 
misión que hacer fuego cuando los barcos abriesen las portas para 
disparar. Al mismo tiempo se colocó un mortero de 27 centímetros en 
otra batería para que al amanecer bombardease la villa. 

Arreglado todo de esta manera, rompióse un vivísimo fuego de 
cañón á las diez de la noche, entre la Artillería de los barcos y el 
cañón de á 12 de las Arenas, siendo muy certero por parte de los 
carlistas, á causa de hallarse á menos de 100 metros, como dijimos. 
El Capitán Zaldúa demostró en aquella ocasión su inteligencia y valor, 
batiéndose contra seis cañones rayados de mayor calibre que el suyo, 
ayudado por los dos de montaña que mandaba el bizarro cadete Mejía. 
Posible hubiera sido que á tener á mano los-^arlistas mayor número 
de proyectiles, no hubieran podido huir la Buehaventura y el Gadita- 
no, como lo hicieron á las ocho del dia siguiente. A las doce de la 
noche habíanse agotado los proyectiles del cañón de á 12, y no tuvieron 



— 114 — 

más recurso que echarse á buscar por el suelo, los artilleros carlistas, 
los que se encontrasen procedentes de los disparos hechos desde la 
orilla opuesta: su número sólo fué de 16, que como es de suponer se 
arrojaron enseíjuida á los barcos. 

Para completar esta ligera descripción, veamos lo que de oficio 
manifestaba el Teniente de Navio D. Joaquín Posadillo á su Jefe 
superior: Empieza diciendo que tuvo necesidad de establecer un taller 
para cargar las granadas que habia recibido el día antes, así como 
para limar sus tetones, por atorarse en las piezas, y otro taller para 
construir tacos de que carecía, encargando por último, del mando 
(bajo sus órdenes) de las colisas de popa y proa al Alférez de Navio 
D. Joaquín Barriere, cuyo celo, valor y serenidad durante el combate 
elogia sobre manera, así como el de los otros oficiales Morgado y 
Molina. 

«Tomadas estas disposiciones (continúa Posadillo), rápidamente se 
»empezó el fuego^ sin que hubieran transcurrido cinco minutos desde 
»el primer disparo del enemigo, que continuó su fuego con rapidez y 
»acierto, bien que teniendo sus baterías á tan cortísima distancia, que 
»podían distinguir los buques á pesar de la profunda obscuridad de la 
»noche. El Gaditano, amarrado por nuestra proa, hacía también fuego 
»con sus dos colisas y fusilería, pues teniendo sus cañones en reductos, 
»no perjudicaban sus fogonazos á sus sirvientes. A la una y cuarto 
»recibí aviso de su Comandante, diciéndome que hacía agua por un 
«balazo que había recibido, y pidiéndome municiones. Ya á esta hora 
»había mi barco recibido 9 balazos, y sabía, por los proyectiles recogi- 
»dos á bordo que, además del cañón de á 24 de la Atalaya, tenían los 
«carlistas, cuando menos tres en las Arenas, uno de á 24, otro de 16 y 
»uno de 8 centímetros, que disparaban granadas espirales en formci 
»exagonal, y cargadas de pólvora y petróleo (1). En su consecuencia 
»le mandé 25 granadas y la orden para subir al amanecer al Desierto, 
»dejar víveres á su guarnición y después abandonar la ría, donde 
»creía que no podría pasar otra noche sin que le echaran á pique. 

«Continuamos el fuego con entusiasmo y la rapidez que la necesidad 
»de arreglar granadas permitía, sin que el enemigo disminuyese el suyo 
»de cañón y fusil: en Portugalete ardía una manzana de casas en el 
«muelle nuevo, quemada por los carlistas; en las Arenas ardían otras, 
«incendiadas por nuestros proyectiles, y á cada nuevo disparo oíamos 



(1) No tomaron parte en el combate por parte de los carlistas, más que un 
cañón liso de 12 centímetros y dos de á 8 poligonales. En cuanto al petróleo, 
nada decía de oficio el Capitán García Gutiérrez. 



o f^ 







a 5 



— IKi — 

»el ruido de los escombros que producían las casas al desplomarse. A 
»las tres recibí segundo aviso del Gaditano pidiéndome más municío- 
»nes, y diciéndome que no podía ir al Desierto por tener el condensa- 
»dor de su máquina averiado por un balazo. 

«El fuego vivo y certero de los carlistas me hacía comprender su 
»fuerza y abundancia de municiones, ( á las doce de la noche se reco- 
»gieron 16 balas del- suelo), y la imposibilidad de aguantar otro día en 
»la ría: pues de 400 granadas recibidas la noche anterior, no me que- 
»daban más de 140, con las que apenas podría sostener el fuego hasta 
»la hora de la pleamar, teniendo ya el buque en muy mal estado; le 
»mandé, pues, algunas granadas y la orden de forzar la barra tan lue- 
»go ^como tuviera luz para hacerlo; pues no habiendo agua para la 
»goleta httsta las nueve de la mañana, quería, en el caso de que me 
«inutilizaran la máquina ó timón, impidiéndome salir y obligándome 
»á abandonar y quemar el buque, salvar al menos el Gaditano. Además 
»de que tenía tal confianza en mi Artillería, que no dudaba de que si 
«llegaba la amanecida sin que me hubieran inutilizado, inutilizaría ó 
»liaría retirar la Artillería enemiga, tan luego como pudiera apuntar 
»con luz. A las cinco empezó el Gaditano á maniobrar, y se nos atrave- 
»só por la proa, impidiéndonos el uso de la colisa de proa hasta las seis, 
»que pude continuar el fuego y contribuir á disminuir el riesgo de la 
»salida del Gaditano que la verificó felizmente á las siete. 

»A1 darle la orden de salida, había avisado al Gobernador de Por 

»tugalete, yendo el cabo de guardia, Juan Dunfort, sólo en un bote, 

»en medio de una lluvia de balas, á decirle nuestra situación, mi de- 

»terminacióB de salir, pedirle oficio para el General en Jefe y estopi- 

r, »nes para nuestra pieza, pues sólo nos quedaban á bordo unos 40, 

3 «regresando á las seis, sin haber tenido novedad. Amaneció todo el 

t »pretil de enfrente aspillerado para fusilería, y continuando el fuego 

5 «desde ella, de las casas y trincheras de la Atalaya. El cañón de la 

- «Atalaya continuaba el fuego; pero en las Arenas retiraban los cañones 

«tras de las ruinas de las casas para cargarlos, sacándoles sólo en el 

«momento de hacer fuego. A las ocho de la mañana tenía á bordo 

«unos 30 balazos de cañón, y el barco muy mal tratado, me quedaban 

«muy pocas granadas, y la convicción de perder el buque si no logra- 

»ba forzar la barra en aquella pleamar. En su consecuencia mandé 

«avivar los fuegos y preparar la salida, que decidí hacer, picando to- 

«das las amarras á un tiempo, pues era imposible salvarlas, ni aún 

«sacrificando toda la gente. A las ocho y media hubo de todo, y bajo 

«un fuego vivo de fusil y cañón piqué todas y me puse en movimiento.» 

Concluye su parte Posadillo, recomendando los oficiales y tripula- 



_„ 117 — 

ción á la munificencia del Gobierno, manifestando que su casco había 
sufrido 32 cañonazos y muchos en el aparejo, además de un bote des- 
trozado, siendo sus bajas dos oficiales y cuatro marineros. 

Al amanecer del día 11 cesó el fuego de los cañones carlistas para 
dar algún descanso á los artilleros, conseguido ya su objeto de hacer 
retirar los barcos enemigos, rompiéndose entonces el fuego de mortero 
sobre la villa, en la que se ocasionaron los desperfectos consiguientes, 
variando mucho, naturalmente, la situación de los de Portugalete, por 
la falta del apoyo moral y material que les prestaban los barcos, de- 
dicándose la guarnición á mejorar sus fortificaciones y desenfilar sus 
ya reducidas comunicaciones. La fuerza de Ingenieros se encargó de 
la defensa de la cortina de Santa Clara y calle de Coscojales, con la 
orden de retirarse en último extremo á la iglesia. El batallón de Se - 
gorbe se encargó de la manzana de casas de la fonda y plaza de la 
Constitución^ y una compañía del mismo cuerpo^ del dique y calle de 
Santa María, estableciéndose, por último, un reducto á prueba de 
Artillería. 

El día 11 volvió á encargarse del ataque de la Artillería por la iz- 
quierda el Capitán García Gutiérrez á las inmediatas órdenes del Co- 
ronel D. Juan María Maestre, que había llegado el mismo día, acom- 
pañado del antiguo Capitán retirado del Cuerpo D. José Juárez de 
Negrón y del Capitán del mismo D. Rodrigo Vélez. 

El día 12 sostúvose por ambas partes un nutrido fuego de fusil y 
cañón. El Coronel Maestre dispuso pasase ,á la orilla derecha el Co- 
mandante Velez para encargarse del ataque por las Arenas: Negrón 
se encargó del cañón de á 12 para batir la casa-escuela, y una pieza 
de montaña que había en la casa-botica. García Gutiérrez fué encar- 
gado de reponer las bajas de artilleros con voluntarios de los batallo- 
nes vizcaínos, para hacer menos penoso el servicio de todos, y de 
volver á montar el aparato para poder usar el cañón de á 16 contra la 
iglesia, desde el alto de San Roque. El mismo Maestre, además de 
acudir á todas j)artes, se encargó personalmente de establecer la ba- 
tería de morteros, animando á los artilleros y dando ejemplo de valor 
y serenidad. Es de creer que si el día 12 de Enero no hubieran esca- 
seado los proyectiles á los sitiadores, hubiéranse rendido más pronto 
los sitiados; pero el ataque hubo de reducirse desde erfíonces á ir des- 
truyendo poco á poco las defensas de los liberales. También por aque- 
llos días se presentó de nuevo en el Cuartel General de Dorregaray, el 
Jefe de Artillería Berriz, ayudando á sus compañeros y subordi- 
nados. 

En los días 13, 14 y 15 continuaron el fuego la Infantería y baterías 



— 118 — 

carlistas, avanzando sus obras paso á paso, si asi puede decirse. En 
los días citados fué apoyada la guarnición por varios vapores que á 
la desembocadura de la ría rompieron el fuego contra las posiciones 
carlistas, especialmente hacia las Arenas. Desde este punto fueron 
trasladados los morteros carlistas á San Roque. Las noches fueron 
empleadas por las tropas liberales y carlistas en reparar las defensas, 
mutuamente destruidas durante el día. Los liberales aumentaron las 
de la iglesia haciendo otras barricadas en las calles. Los carlistas 
construyeron una batería nueva en las Arenas, completamente á cu- 
bierto de los fuegos contrarios. 

Los días 16 y 17 se emplearon por los liberales en prevenirse de los 
trabajos de mina que por las alcantarillas pudiera verificar el sitiador, 
mientras éste hizo volar una el día 17 delante de la manzana de casas 
del muelle nuevo. Las avanzadas fueron sorprendidas; y á pesar de 
haber recibido los sitiados un refuerzo de 30 hombres, fueron tomadas 
las casas, asaltándolas por la brecha los carlistas con inusitado empuje. 
Como desde una de ellas se enfilaba la cortina de Santa Clara, dispuso 
el Gobernador de la plaza desalojar íi los carlistas é incendiarla. Así 
se verificó en la noche del 17, por la guarnición, protegida por el fuego 
de las dos piezas de montaña que los liberales emplazaron en la fonda, 
cuyo edificio era batido sin cesar por las baterías carlistas de las Are- 
nas. El día 18 continuó el fuego de unos y otros combatientes^ y los 
carlistas se aprovecharon de los escombros y materiales de la casa 
quemada el 17, á fin de aproximar sus fuegos y proteger los trabajos 
de una nueva batería más cercana, la cual apareció terminada el día 
19^ en la huerta de Armona, así como otra nueva también, en la carre- 
tera de Santurce . 

El día 20 se hallaba ya tan destrozado el edificio de la fonda, por 
los proyectiles que sin cesar le lanzaban las baterías de las Arenas, 
que hubo de pensarse por los liberales en abandonarla. 

Durante estos días, el trabajo incesante de los carlistas se redujo á 
seguir el bombardeo y acercar todo lo posible sus baterías y trinche- 
ras, situándose algunas á tiro de pistola. El Capitán Cuircía Gutiérrez 
montó nuevamente el cañón de á 15 en dos medias carretillas unidas 
con traviesas y sujetas con alambres Continuó, pues, el fuego contra 
la torre, que á pesar de todo, no acababa de caerse, tan sólida era su 
construcción. El Comandante Velez desde las Arenas, tiraba sin inter- 
misión sobre la fonda^ casas del muelle, de los PelloS;, y defensas ex- 
teriores de la iglesia, haciendo estas posiciones imposibles de defensa, 
hasta que una granada arrojada á larga distancia por un barco de 
guerra, entró en la batería carlista, hiriendo al Comandante Velez y 



— 119 — 

algunos artilleros, y matando al Teniente D. Idilio García Pimentel, 
sobre quien reventó la granada, y cuya muerte fué muy sentida en las 
filas carlistas en las que era muy apreciado por sus bellas cualidades, 
valor y actividad. 

Sin embargo de este duro percance sufrido por los carlistas, aviva- 
ron éstos el fuego el dia 21, teniendo la fortuna de introducir una 
bomba dentro de la iglesia, en ocasión de hallarse mucha parte de la 
guarnición comiendo el rancho. 

A las once de la mañana reunió consejo el Gobernador de la plaza 
Quijada. Oyóse el ilustrado informe del Capitán de Ingenieros, quien 
expuso, en resumen, que los edificios de la iglesia y escuela, sirviendo 
de constante blanco á la Artillería carlista durante 28 días, se hablan 
hecho insostenibles: que el edificio de la fonda se hallaba en ruinas: 
que las casas del Cristo, poco menos, y, por lo tanto, que habla de re- 
ducirse la defensa á las viejas y deterioradas casas de la población. En 
vista de esto, propúsose suspensión de hostilidades al General carlista 
Dorregaray, y capitulación al mismo, en la noche del referido día 21. 

En la capitulación se estipuló entre otras cosas, que la guarnición 
saliese con armas, entregándolas al pié de los muros de la villa, que- 
dando prisionera de guerra para ser cangeada á la mayor brevedad 
posible, siendo entretanto conducidos sus jefes, oficiales é individuos 
de tropa, á Estella por el 2,° batallón de Navarra que les tributó todo 
género de consideraciones, agasajándoles particularmente los jefes de 
la citada fuerza navarra, Eadica y Calderón. El Teniente Coronel 
primer jefe de los enemigos, D. Amos Quijada, fué autorizado por Don 
Carlos para ir á Madrid á pactar él mismo el cange de sus fuerzas, las 
caales entregaron á los carlistas más de mil fusiles Remington y Bor- 
dan, una bandera, dos cañones rayados de campaña, de 8 centímetros, 
y considerable cantidad de víveres y municiones. 

Las bajus carlistas fueron muy numerosas. La batería de montaña 
compuesta de vizcaínos, en su mayoría, demostró un valor y serenidad 
á toda prueba, sufriendo penalidades sin cuento y sin poder apenas 
relevarse en su continuado servicio, muriendo el ya citado Teniente 
Pimentel, el Alférez Rodríguez, un sargento, un cabo y tres artilleros, 
y resultando heridos el Comandante Velez, un sargento, tres cabos y 
diez y seis ai'tilleros, número de bajas excesivo, teniendo en cuenta 
que la expresada batería solamente constaba de noventa hombres 
antes de comenzar el sitio. Las municiones consumidas fueron dos mil 
doscientas cincuenta en esta forma: 121 bombas, 198 granadas exago- 
nales y 1,934 balas de á 12, 13, 14 y lo centímetros. 

Los otros dos fuertes que los liberales poseían para defensa de la 



— 120 — 

ría, á saber: Luchana y el Desierto, se entregaron á los carlistas; el 12 
de Enero el primero sin hacer una grande resistencia, y el segundo de- 
fendiéndose algo más, pero ambos destacamentos eran poco numero- 
sos. El Desierto se rindió el día 23 del mismo mes; su guarnición, del 
Eegimiento de Zaragoza, entregó sus fusiles BerdAn, un cañón de 
campaña, de 8 centímetros, y gran cantidad de cartuchos. 

El armamento de los cazadores de Segorbe, sirvió para armar con 
él al 2.° batallón de Navarra, al que se destinaron también los instru- 
mentos de la charanga del citado batallón liberal; el resto y las armas 
de los Ingenieros y de las compañías del Regimiento de Zaragoza se 
entregaron, con el armamento antiguo del 2.° de Navarra, á los demás 
batallones carlistas. Las municiones se repartieron según las necesi- 
dades. Los cañones tomados al enemigo sirvieron para formar la 2.''^ 
batería de montaña, reunidos á los dos que había en Guipúzcoa; y en 
fin, la bandera del batallón prisionero figura hoy entre los gloriosos 
trofeos del Palacio Loredán, en Venecia. 




D PABLO MORALES 



Capitulo XI 



Síicesos acaecidos durante el sitio de Portugálete. — Proyecto sobre 
Castro- Urdiales. — El partidario carlista Mendizábal. — El General 
Mariones recupera La Guardia, en Álava. — Consecuencias de la 
toma de Portugálete, Luchana y El Desierto. — Fracasada expedi- 
ción de los carlistas á Santander. — Preparativos de la fábrica de 
Arteaga. — Preliminares del sitio de Bilbao. 



COMO hemos visto, á consecuencia de la jornada de Velabieta y 
demás sucesos ocurridos en Guipúzcoa, hubo de embarcarse el 
General Morlones en Guetaria y en San Sebastián, con su División, 
pretendiendo impedir la toma de Portugálete por los carlistas. Adelan- 
táronsele éstos, y tomando posiciones Olio y Velasco en las Encarta- 
ciones, lograron detener á los republicanos. Ya dijimos que Velasco 
ocupó San Juan de Somorrostro, Ontón y sus alrededores, mientras que 



Olio había tomado posiciones en Salta-Caballo, alojando á los batallo- 
nes l.*^ y 2." de Navarra, respectivamente, en Talledo y Otañez, así 
como los batallones 3.*^, 5.'^y G.*' de la misma provincia y la Batería de 
su División, en Marcadillo y Sopuerta. Mendiry con tres batallones 
alaveses se acantonó en Traslaviña y otros puntos cercanos, y Don 
Carlos se trasladó á Valmaseda con el General Elío, los guías y su es- 
colta. 

Conocidos estos movimientos por el General Morlones desde Santoña, 
Laredo y Castro-Urdiales, hubo de retroceder desde este último punto 
al segundo, y desde allí al primero. El mismo día que emprendió su 
marcha, destacó Radica un ordenanza á su General Olio, participándole 
que por confidencia segura sabía que en Castro no dejaría Morlones 
más que un par de compañías de guarnición, y que estaba^dispuesto á 
echarse sobre Castro-Urdiales (importante por su relativa riqueza y 
excelente situación topográfica), si le autorizaba al efecto y le enviaba 
la Batería de Navarra. La contestación de Olio no se hizo esperar; en 
el acto dio cuenta de lo proyectado á Elío, para que como General en 
Jefe resolviera lo más conveniente, ordenando entretanto, y para ganar 
tiempo, al Jefe de Artillería Brea que partiese inmediatamente para 
Otañez á fin de practicar, en unión de Radica, un detenido reconoci- 
miento sobre Casti'o, á la vez que ordenaba á la Batería de Reyero que 
se preparase para marchar al primer aviso. 

Dos horas después habíase verificado ya el reconocimiento ordenado 
por el activo y experto Comandante General de Navarra D. Nicolás 
Olio. A caballo, y sin más escolta ni defensa que sus anteojos de cam- 
paña, adelantáronse Radica, Brea y Calderón (segundo Jefe del bata- 
llón de la Reina), inspeccionando detenidamente el recinto, á las pocas 
horas de haber salido el General Morlones de Castro-Urdiales. La puer- 
ta que daba á la carretera, por la que marchaban los jefes citados^ fué 
cerrada por un centinela de carabineros que en ella había, al avistar 
la pequeña cabalgata, temiéndose, acaso, una irrupción parecida á la 
ocurrida el día anterior, en el que el ordenanza de Olio, el sargento 
de Caballería Rosas, había entrado en Castro y sacado del pueblo un 
prisionero cogido en la calle, al atravesarla de una acera á otra. Eli- 
gieron, pues. Radica, Brea y Calderón, posiciones para la Artillería y 
los batallones, designaron el punto principal y los accesorios del ataque, 
y por la tarde de aquel mismo día recibía el General de los navarros 
un oficio dándole cuenta y detalles de todo; únicamente hubo que aña- 
dir que á las cuatro de la tarde estaban desembarcándose cuatro ca- 
ñones en el muelle de Castro-Urdiales, enviados por el General Morlo- 
nes desde Santoña; pero el General Elío no tuvo por conveniente 



— 123 — 

acceder á la propuesta de ataque hecha por Radica, trasladada y 
apoyada por el Comandante General de Navarra Olio. 

Convencido el activo General republicano de que en Vizcaya le era 
tan difícil romper las líneas carlistas como en Guipúzcoa, varió de 
plan y pensó en otro que siempre le había producido buen resultado. 
Este consistía en llamar la atención de los carlistas sobre Estella. Pen- 
sarlo y hacerlo fué obra de muy pocos días. El día 10 hizo una rápida 
marcha en busca del ferro-carril de Santander; embarcó sus batallones, 
y ganando horas llegó á Miranda de Ebro por la vía férrea, de allí, 
después de un ligero descanso para racionar sus fuerzas y calzarlas, 
siguió á Logroño, y amagó A Estella por la parte de Lerín y el portillo 
de San Julián. 

No se escondieron á los carlistas estos movimientos; pero no pudie- 
ron oponerse á ellos por falta de tiempo material^ aunque en el instante 
de saberse por los generales carlistas la sospechosa marcha de Morlones, 
emprendieron la suya á Estella los navarros y alaveses, pernoctando 
el primer día en el valle de Llodio, el segundo en Alegría de Álava, y 
el tercero en la Solana los navarros y en Bernedo los alaveses. 

Al ver ya en esta situación á los carlistas, el General Morlones en 
vez de llevar á cabo su aparente deseo de caer sobre Estella, pensó 
compensar la pérdida de Portugalete con la toma de La Guardia, punto 
fortificado de alguna importancia y del cual se habían hecho dueños 
los carlistas poco después de la batalla de Montejurra. Al efecto, y sin 
dejar de amagar á Estella, encargó al General Primo de Rivera que 
con seis ó siete mil hombres y poderosa artillería, atacase la citada 
plaza guarnecida únicamente por el batallón riojano, de unos seiscien- 
tos hombres, que había organizado el veterano Brigadier Llórente, 
quien se defendió tres días con gran valor; pero al tercero se agotaban 
ya las municiones, empezó á desmoralizarse la gente, acabando por 
producirse entre los sitiados graves desórdenes alentados por las des- 
-a venencias surgidas entre el anciano Llórente y su segundo, y herido 
mortalmente el citado Brigadier carlista, capituló el día l.°de Febrero 
lagaarnición, entregando las armas y quedando en libertad al día si- 
guiente. 

Al saberse en Navarra el plan de Morlones sobre La Guardia, ha- 
llábase el General Olio en la Solana, en observación de la columna 
liberal de la Ribera que practicaba sospechosos movimientos por Lerín, 
Larraga y Sesma, por lo que no pudiendo el caudillo navarro abando- 
nar la protección de Estella, ordenó que, en combinación con los ba- 
tallones alaveses del General Mendiry, saliese á ver de llegar oportu- 
namente en socorro de La Guardia el Brigadier Iturmendi, al frente de 



— 124 — 

los batallones 2/' y 6.° de Navarra, con Radica y Segura y dos piezas 
de Montaña á las órdenes de Brea é Ibarra, cayas fuerzas llegaron sin 
pérdida de tiempo á la Población y el Villar (distantes ya muy poco de 
La Ouardia'i, precisamente cuando la plaza se entregaba al grueso del 
ejército de ^Morlones, por lo que tanto los batallones navarros como los 
alaveses que se habían corrido á cubrir el puerto de Herrera, retroce- 
dieron A sus acantonamientos cuando se hubieron convencido de que 
su presencia era ya completamente inútil. 

La atrevida marcha del General Morlones tuvo el éxito que se pro- 
ponía, y fué la segunda ocasión en que engañó tácticamente á los car- 
listas. Estos pudieron convencerse una vez más de que el General 
republicano amenazaba un punto para caer sobre otro, y el cebo era 
siempre el mismo, es decir, Estella. Amenazando á ésta, tenían seguro 
los caudillos liberales que los carlistas dejarían las empresas y los 
planes mejor combinados sin e;iecución, en el instante que se llamara 
su atención sobre Estella. Esta repetida falta en los carlistas, produjo 
el levantamiento del sitio de Tolosa, la pérdida de La Guardia dos 
veces, y posible hubiera sido también que si hubiesen llegado á entrar 
en Bilbao, la hubieran abandonado si pensar pudieran en que se com- 
prometía la suerte de Estella. Esta tenacidad carlista corría parejas 
con la de entfar en Bilbao á todo trance, que hubo durante la primera 
guerra civil. Más adelante nos convenceremos de que esta manía, 
reproducida en la última campaña, pudo haber ocasionado el completo 
desastre de las huestes carlistas en I.*' de Mayo de 1874. 

Por lo demás, la pérdida de La Guardia no constituyó un verdadero 
fracaso para los carlistas, por más que los periódicos liberales dijesen 
por aquellos días que si bien su ejército había perdido á Portugalete, 
había en cambio recuperado á La Guardia, y que esta compensación 
les era ventajosa Los militares que conozcan la situación topográfica 
de ambas plazas, podrán hacer los comentarios y sacar en consecuencia 
si eran ó no comparables uno y otro punto, estrechado Bilbao^ como 
ye se encontraba entonces, por las tropas carlistas. La ocupación de 
La Guardia no costó á éstos más que el tiempo empleado por Llórente 
en rendir á su corta guarnición, y no equivalía por ningún concepto á 
la ocupación de Portugalete, no sólo por las ventajas que explicamos 
ya en otro capítulo, ni por los planes ulteriores sobre Bilbao, ni por el 
material cogido en ambas plazas, sino por lo que satisfacía el amor 
propio de los carlistas el haberse apoderado de un punto del que no 
habían podido hacerse dueños en la primera guerra civil, cuya falta 
militar expiaron no pudiendo entrar en la invicta villa cuantas veces 
lo habían intentado anteriormente. Crecieron, pues, sus bríos y sus es- 



— 125 — 

peranzas de un modo tal, que á la entrada en Estella de los prisioneros 
de Portugalete, el entusiasmo no reconoció límites. Los batallones viz- 
caínos, dueños de la pequeña villa, revolviéronse sobre Bilbao, acer- 
caron sus trincheras á tiro de fasil de la plaza, estrecharon el bloqueo 
de una manera harto sensible para sus moradores, y tomaron definiti- 
vamente posesión de la cordillera de Archanda y Banderas, j\Ionte 
Abril y Santa j\Iarina, Ollargan y Castrejana hasta el mar, quedando 
reducido Bilbao al casco de su población. 

En cuanto á operaciones militares en Guipúzcoa y Navarra, esca- 
searon las de importancia por Enero; sin embargo estuvo á punto de 
ser copada la partida carlista del valiente Mendizílbal, el día 25. Ha- 
llábase dicho jefe con su fuerza en el valle de Echauri, componiendo 
un total de cincuenta á sesenta hombres, cuando al amanecer del día 
referí do se vio atacado por una columna republicana que salió de 
Pamplona, fuerte de quinientos infantes y cien caballos. Los piírtida- 
rios se defendieron con heroísmo en las casas, y después de infructuosas 
acometidas de sus enemigos, los rechazaron al caer de la tarde, hacién- 
doles un Capiíán muerto, diez heridos y seis prisioneros, sin sufrir, en 
cambio, Mendizábal más que tres bajas. 

Desde el principio de la guerra acudieron al campo carlista nume- 
rosos paisanos de sígníñcación, que aun sin poder ejercer mandos mi- 
litares por haber vivido siempre ajenos á la profesión de las armas, ni 
sentar plaza de voluntarios por su edad ó circunstancias especiales, 
prestaron, sin embargo, señaladísimos servicios contribuyendo eficaz- 
mente con su valer al más rápido y brillante desarrollo de las tropas 
del Norte, y á la admirable organización que llegó á adquirir el Esta- 
do carlista. 

Entre estos beneméritos partidarios de Don Carlos, hubo dos que, 
en su entusiasmo por la Causa, llegaron hasta á presentar á la apro- 
bación del General Elío acertados planes militares, en Enero de 187-1. 

Don Pablo Morales, político de clara inteligencia y hombre verdade- 
ramente de acción, que ya en su juventud había sido como el alma del 
movimiento carlista que fracasó en San Carlos de la Kápita, desempe- 
ñando á un mismo tiempo, con singular acierto y actividad, las 
secretarías de Don Carlos Luis de Borbón, del célebre Consejo de 
Regencia de Madrid, y del Capitán General de Baleares, D. Jaime 
Ortega, propuso un plan de operaciones que, basado en una fuerte ex- 
pedición á Castilla, hubo de aplaudirse por el Cuartel General; pero 
aplazando su realización para no desatender las proyectadas operacio- 
nes sobre Bilbao. 



— 126 — 

D. Fernando Fernández de Velasco, Diputado á Cortes que había 
sido en las de D.^ Isabel II, hombre de gran influencia en la provincia 
de Santander, Presidente de la Junta de Guerra de Cantabria, tan celoso 
de su deber que aunque el cargo que ejercía era exclusivamente admi- 
nistrativo, rara vez se separó de la División de Cantabria, tomando 
con ella parte activa y personal en gloriosas funciones de guerra, pro- 
puso un bien combinado plan para tomar á Santander, idea que vino á- 
coincidir con el propósito, que hacía tiempo ya abrigaba el General 
Ello, de destruir el ferrocarril que unía dicha capital con otros nota- 
bles puntos del teatro de operaciones, siendo como arteria principalísi- 




D. FEKNANDO FERNANDEZ DE VELASCO 



ma, por medio de la cual el enemigo podía acumular en momentos 
dados considerables refuerzos sobre los carlistas. 

Decidióse, pues, realizar lo propuesto por Fernández de Velasco, y 
encargóse de la operación al General D. Torcuato Mendiry y al enton- 
ces Comandante General de Castilla, D. Santiago Lirio, con siete 
batallones, dos cañones de Montaña y unos trescientos caballos, for- 
mando dos columnas, una á las órdenes del primero de dichos jefes, 
compuesta de los batallones 3.*^ y 5.^ de Navarra y 1.° y 3." de Álava, 
la Sección de artillería y el Escuadrón del Príncipe, y la otra columna 
mandada por Lii'io, y formada por los batallones 3.° y 4.*^ de Castilla, 
el de Cantabria^ los guias y tres escuadrones, dos 'de la División de 
Castilla y otro de la de Cantabria. 



— 127 — 

La columna de Lirio debía cortar la línea férrea en Reinosa, y la 
de Mendiry debía dirigirse rápidamente á Ramales y Santander, y en- 
trar en este punto batiendo á su escasa guarnición, llevando como 
persona influyente en el país, al Presidente de la Junta de Cantabria, 
Fernández de Velasco. 

Ambas columnas rompieron la marcha en cumplimiento de su im- 
portante misión. Lirio entró aquella noche en Espinosa, después de un 
reñido combate con la columna de Medina de Pomar, á la que rechazó; 
pero en vez de cortar la vía por la parte de Reinosa, lo hizo por la de 
Ontaneda y las Caldas. ]\Iendiry pernotó en Ramales, después de haber 
huido la fuerza liberal que defendía dicho punto; en la jornada 
siguiente avanzó hasta tres leguas de Santander, en una marcha 
penosa por la neblina y la menu'da lluvia que empezó á caer por la 
tarde; despejóse el tiempo al otro día, pero Mendiry no salió hasta las 
dos, por temor, quizás, á los barrizales del camino. Entretanto, el 
Gobernador de Santander tuvo tiempo de saber las instrucciones y la 
aproximación de los carlistas, é hizo que se armase el pueblo y que se 
construyesen barricadas y todo género de defensas posibles, dada la 
premura del tiempo y lo inminente del peligro. Supo Mendiry, á su 
vez, estas circunstancias, por sus confidentes, y reuniendo junta de 
jefes para tomar consejo en vista de lo ocurrido, resolvióse no atacar 
por no considerar ya fácil la victoria, retirándose al ñn los carlistas 
sin ser molestados, pero sin lograr su objeto. 

Para nosotros es indudable que los carlistas hubieran logrado en- 
trar en Santander, á pesar de la decisión de sus defensores y de las 
precauciones tomadas, pues las tropas que defendían dicha capital se 
reducían á dos compañías de Carabineros auxiliadas por voluntarios de 
la libertad, y el Gobierno de Madrid no podía enviarles refuerzos en 
algunos días, primero porque carecía de ellos por el momento, y se- 
gundo, porque el ferrocarril no hubiera funcionado, y, por lo tanto, la 
ventaja que la línea férrea pudiera haberles proporcionado, se habría 
anulado por D. Santiago Lirio. El fuerte temporal de agua y niebla 
que se desencadenó desde el primer día de marcha, fué la causa 
eficiente de que retrocediesen los expedicionarios á sus acantonamien- 
tos sin lograr sus intentos. Comprendemos que internados en país, sino 
enemigo, tampoco muy entusiasta por la causa carlista, pudieran 
haberse visto comprometidas las columnas por falta de mantenimien- 
tos en las montañas y pobres caseríos de las mismas, y por la dificultad 
de comunicaciones con el resto del Ejército carlista. Pero, sin embar- 
go, parécenos que algo pudo arriesgarse el General Mendiry, aún 
cuando no hubiera sido [más que para entrar y salir en Santander, 



— 128 — 

recogiendo al paso cuanto pudiera convenirle. ¿Hubieran sobrevenido 
después las sangrientas batallas de Somorrostro, si los liberales no 
hubieran tenido ú su disposición el ferrocarril de cantábrico? Cúlpese 
á las circunstancias, cúlpese á quién quiera; pero ni Elío, ni Dorregaray 
ni Olio desconocieron nunca la importancia de la línea férrea de 
Santander, ni dejaron de tener los ojos fijos en ella, ni el primero dejó 
de dar por tres veces la orden ineludible de destruirla á toda costa, 
primero al Coronel Navarrete, después á los generales Mendiry y Lirio, 
y más tarde al marqués de Valde-Espina, impidiendo siempre lograr 
tan ventajoso objeto, la fatalidad de los carlistas y buena suerte de 
los liberales. 



Volvamos al cerco de Bilbao. No bien hubo desempeñado satisfac- 
toriamente su misión en Portugalete el Capitán de Artillería García 
Gutiérrez, volvió á Arteaga para activar la construcción de cañones, 
proyectiles y demás efectos de guerra que habían de funcionar en el 
sitio de la capital de Vizcaya. Creemos haber dicho ya que durante su 
ausencia, había desempeñado sus veces el antiguo Subteniente alumno 
de la Academia de Segovia, D. Carlos León, haciendo trabajar á los 
operarios lo que no es decible; pues, aunque idóneos todos, especial- 
mente los maestros Nicolás y Primitivo, en sus respectivos oficios de 
carpintería y herrería, había que marcarles detalladamente la clase de 
construcciones que su nueva industria estaba llamada á realizar en lo 
sucesivo. 

La fábrica de Arteaga había marchado por sí sola, digámoslo así, 
en virtud del impulso científico dado por Garcí Gautiérrez y León, y 
por el directivo de D. Castor Andéchaga; por lo tanto, dedicáronse 
aquéllos con ahinco y estimulados por el feliz éxito obtenido ante 
Portugalete, para lograrlo en mayor escala ante Bilbao. Eecompúsose, 
pues, todo el material, montajes y efectos que tanto habían sufrido en 
Portugalete; refundiéronse los cañones poligonales que no habían dado 
buenos resultados; dióse mayor amplittud á la fundición de bombas y 
proyectiles sólidos, habilitóse para este fin tnmbién la excelente fábri- 
ca del Desierto (propiedad de los Ibarras, ricos industriales de Bilbao), 
y á mediados de Febrero hallábanse ya suficientemente dotados y en 
disposición de romper el fuego cinco cañones lisos, de bronce, de á 12 
centímetros, y cuatro morteros de á 27. Como los fondos escaseaban, 
hubo que hacer las fundiciones de una manera especial, para ahorrar 
combustible, y que consistía en calentar el horno con leña y carbón el 
día anterior al de la colada: de este modo solamente duraba cinco ho- 



V 



— 129 — 

ras la fundición. Para economizar lior.is de trabajo, se fundían en 
hueco los cañones; de otro modo, la fundición en sólido y el barrenado 
de las ánimas hubiera ocupado uu espacio de tiempo interminable para 
el activo ó impaciente General Andéchaga. El tallr de pirotecnia, á 
cargo del Ingeniero industrial Sr. Guillen, produjo siete mil espoletas 
de bombas, que se consumieron en Bilbao y Portugalete, así como in- 
numerables estopines de cañizo, juegos de armas y demás. Empleóse 
en el sitio pólvora procedente de Aragón, de las provincias vasconga- 
das y de la que en Navarra se hacía en Riezu, bajo la dirección de un 
antiguo oficial de la primera guerra civil. 




D. JUAN X. DE ORBE 

MXBQUÉS DE VALDE-ESPINA 



Capitulo XII 



En marcha contra Bilbao. — La opinión de un General cañista. — Sitia^ 
dores y defensores de la plaza. — Primer periodo del asedio. — La 
vida de los acantonamientos y la vida de los sitiados. — La avanza- 
da de la Salve. — El Ayuntamiento de Begoña. — Misión de la Bate- 
ría de Ollargan. — La pólvora carlista. — La cuestión de subsisten- 
cias. — Temporal. — Sobre salidas. — Episodios. — Levantamiento del 
sitio. 

TüDO cuanto aconteció al ejército carlista en sn empeño sobre Bil- 
bao, fué previsto por el General D. Nicolás Olio. Veterano de la 
primera guerra civil, nos recordaba pasados sucesos, que para nos- 
otros tenían el encanto de ser refeiidos por un testigo presencial, y 
que entretenían, instruyéndonos, nuestras pesadas marchas. 

Era el General de Navarra, hombre de elevada estatura, de mar- 
cial y simpático continente, incansable á caballo, rígido ordenancista 
y al mismo tiempo tan benévplo con sus inferiores, que no se desde- 
ñaba en oír pacientemente los proyectos más ó menos razonables ó ilu- 



— 131 — 

sorios de sus subordinados. Tenía, como se dice vulgarmente en la mi- 
licia, un ojo táctico de primer orden, creciéndose en las dificultades y 
peligros. 

Unas veces nos refería su entrada en territorio navarro, seguido 
solamente de veinte y siete hombres: otras veces, la organización de 
su querido primer Batallón de Navarra: otras, sus marchas y contra- 
marchas por las Amézcoas, burlando á veces hasta cinco columnas 
enemigas: otras, nos refería las peripecias de la primera guerra civil, 
explicándonos sobre el terreno las posiciones de cristinos y carlistas 
en las famosas batallas del puente de Arquijas y Arlaban, ó las diver- 
gencias habidas entre los generales Eguía y Villarraal, üranga y Ma- 
roto^ ó recordaba, en fin, episodios de la gloriosa guerra de África, en 
la que también tuvimos la honra de pelear por el honor de España, y 
en la que se distinguió tan dignamente Olio que en la Crónica de la 
guerra de África, página 87, al describirse la acción de Cabo Negro, 
ocurrida el 14 de Enero de 1860, hay un párrafo que dice así: «Todos 
»los del Regimiento de la Princesa cumplieron con sus deberes, distin- 
»guiéndose por su bizarro comportamiento el Comandante Menacho, el 
» Capí tan Buchón, que se batió bizarramente, y los capitanes Olio y 
•Rodríguez que se distinguieron en la última carga.» ¡Quién nos ha- 
bía de decir al recrearnos con las animadas narraciones de Olio, que 
al marchar éste con sus batallones al sitio de Bilbao iba en busca de 
la muerte! 

Pero no divaguemos. Era una mañana fría y despejada del mes de 
Febrero. En cumplimiento de órdenes emanadas del Jefe de E. M. G. 
interino D. Antonio Dorregaray, habíamos pernoctado en Santa Cruz 
de Campezu y nos dirigíamos á Vizcaya con el General Olio, los bata- 
llones 1.", 2.", 3.^ y G." de Navarra y la Batería de Reyero. Dijimos al 
principio que el malogrado Comandante General de Navarra había 
previsto casi con detalles todo cuanto luego nos sucedió, y efectiva- 
mente, recordamos muy bien que aquel día, razonando sobre las ope- 
raciones que íbamos á emprender, nos decía así: 

«Mucho he pensado en este asunto; quizás desde el principio de 
»esta campaña veía acercarse este momento con temor, y como yo soy 
»muy franco y muy navarro, voy á explanar á V. mi pensamiento. 
» Únicamente la lealtad debida á mi Rey y el imperioso deber de viejo 
«soldado, pueden hacer que contribuya á un empeño militar de esta 
• índole. Ante la plaza se han estrellado siempre las fuerzas carlistas. 
»En esta guerra era siempre de temer que siguiéramos las huellas de 
»la primera. ¿Cómo no, si todavía vivimos muchos de aquella época? 
»No alcanzo todas las grandes ventajas morales y materiales que su 



— 132 — 

«conquista nos pueda proporcionar. Aún dado caso de que nos apode- 
»rásemos de Bilbao, cosa bastante problemática careciendo de potente 
«Artillería, ¿no es verdad que necesitaríamos todos, ó casi todos los 
«batallones hasta hoy organizados, para su defensa? ¿No sería locura 
«suponer que el enemigo nos dejase en pacífica posesión de la Villa? 
«Dicen que nuestro reconocimiento por las potencias europeas como 
«beligerantes depende de la toma de Bilbao. Pero aún suponiendo más, 
«suponiendo que los batallones vizcaínos bastasen para resistir las aco- 
«metidas del ejército liberal ¿cómo es posible que el resto de nuestras 
«fuerzas fuese bastante para contener á los contrarios, y avanzar al 
«interior de España, lo cual debe ser nuestro primero y principal obje- 
»tivo? Tan errados vamos nosotros en ésto, como los liberales en sus 
«acometidas contra Estella. Prescindiendo del efecto moral que pudie- 
»ra producir la toma de nuestra capital carlista, ¿no se hallarían los 
«contrarios en iguales condiciones para sostenerla, que nosotros para 
«conservar Bilbao? ¿No podríamos dejarles en su pacífica posesión y 
«dedicarnos á completar la Artillería y Caballería que necesitamos 
«para cruzar en buenas condiciones el Ebro, castigando entre tanto al 
«enemigo en empresas en que no expusiéramos tanto y cuyos seguros 
«resultados levantasen el espíritu carlista tanto como quebrantasen la 
»moral del ejército y del país republicano, facilitando así el éxito de 
«una expedición nuestra á Madrid? Al pensar nosotros en el sitio de 
»Bilba(.\ no olvidemos, y quiera Dios no olviden nuestros jefes, que ha 
«de preceder á todo la inutilización definitiva de la línea férrea de 
«Santander, pues por ella nos ha de venir la muerte. Si no bastan tres 
«batallones, todos en masa debemos acudir á romper, no temporalmen- 
»te. sino para siempre la vía férrea. Y si esto no se hace, y pronto, el 
«enemigo no tendrá que discurrir mucho para arrojar sobre nosotros 
«cincuenta ó sesenta batallones, con dotación sobrada de cañones y 
«proyectiles para aniquilarnos por muy buenas que sean nuestras po- 
«siciones. Los liberales, no disponiendo ahora de Portugalete, como 
«base de operaciones, se nos entrarán por Algorta ó Somorrostro; qui- 
»zás nos entretengan por allí mientras otras columnas avancen por 
«Valmaseda ó Durango, y entonces, ¿no tendremos que dividirnos y 
«que acabar por levantar el sitio para evitar que nos envuelvan y des- 
«truyan?» 

Tales eran las razones que oponía el ilustre General Olio al asedio 
de Bilbao, y no hemos querido ocuparnos en éste sin antes referir el 
modo de pensar que aquel inolvidable caudillo y muchos carlistas 
teníamos sobre la operación acordada. 

Sólo incidentalmente nos ocuparemos en este capítulo de las bata- 



— 133 — 

lias libradas en los campos de Somorrostro, dejando su descripción para 
los capítulos siguientes, limitándonos en el presente á referir como 
mejor nos sea dable, el sitio de Bilbao, cuya ría quedó cortada teniendo 
los carlistas gruesas cadenas de orilla á orilla y sumergiendo gabarro- 
nes rellenos de grandes piedras y mineral de hierro, bajo la dirección 
del antiguo Capitán de Fragata D. Santiago Patero; obstáculos, estos 
últimos, que los barcos de la Escuadra no supieron ó no pudieron des- 
truir, y que unidos á la pérdida de Portugalete, Luchana y el Desierto, 
dieron lugar á que se hiciese sumamente precaria la situación de la 
plaza de Bilbao. 



Los carlistas emprendieron el sitio de Bilbao bajo la inmediata di- 
rección del infatigable General Marqués de Valde-Espina, veterano de 
la primera guerra civil en la que había ganado ia Cruz de San Fer- 
nando y alcanzado el empleo de Comandante; después había tomado 
parte en el levantamiento carlista de 1848 y en ia conspiración que 
fracasó en San Carlos de la Rápita; había sido Senador en las Cortes 
de 1871, y se había distinguido notablemente desde principios de 1873 
en numerosas acciones de guerra, y de una manera muy especial, en 
la memorable victoria de Eraul. 

Los batallones que asediaban á Bilbao tenían la siguiente situación: 
el de Bilbao, con Fontecha, del Puente Nuevo á Artagan; el de IMar- 
quina, con Sarasola, en Archanda y Santo Domingo; el de Durango, 
con el Barón de Sangarren, en Olaveaga y Deusto; el de Munguía, con 
Gorordo, parte en Olaveaga y algunas compañías destacadas en las. 
Arenas y Plencia; el de Guernica, con Iriarte, en San Mames é Iturri- 
gorri; yelde Orduña, conBernaola, en Larrasquitu y la Peña, suman- 
do dichos seis batallones un total de unos cuatro mil hombres. 

Antes de formalizar el sitio se reconocieron los emplazamientos de 
las futuras baterías, por cierto que en uno de estos reconocimientos faé 
herido el Comandante de Artillería García Gutiérrez, por un casco de 
granada. También se hicieron trincheras y caminos cubiertos para la 
Infantería. 

El Gobernador de Bilbao lo era el Mariscal de Campo D. Ignacio 
María del Castillo, procedente del Cuerpo de Ingenieros, veterano de la 
primera guerra civil en la que peleando contra los carlistas había ga- 
nado la Cruz de San Fernando y el grado de Capitán, pasando des- 
pués á ser profesor de la Academia de Ingenieros, distinguiéndose más 
tarde en la expedición á Portugal dirigida por el General D. Manuel 
de la Concha, y en la célebre jornada del 22 de Junio de 186G, en la 



— 134 — 

que conquistó el entorchado de Brigadier peleando contra los revolu- 
cionarios, enfrente de los cuales y acompañando en 1868 á D.* Isabel II 
hasta la frontera con las tropas de Ingenieros de su mando, había teni- 
do el envidiable honor de ser el último soldado de la Monarquía. 



1 




D. IGXAGIO M. DEL CASTILLO 



Las fuerzas de que disponía el General Castillo en Bilbao , eran las 
siguientes: el Regimiento de Infantería del Rey, con 1,277 hombres, el 
Batallón de Cazadores de Alba de Tormes, con 555, el de Forales, con 
648, y el de Auxiliares, con 600, 90 artilleros de Montaña, 123 para el 
servicio de las piezas de posición, 95 caballos. Guardia Civil y Cara- 
bineros, sumando cerca de cuatro mil hombres, con dos piezas de Mon- 
taña y unos treinta y cinco ó cuarenta cañones de grueso calibre dis- 
tribuidos en las bien combinadas defensas de la plaza, pues además 
de los fuertes del Morro y de Miravilla que desde hacia tiempo pro- 
tegían la Villa, habíanse construido también los de Mallona y San 
AgustÍD, de Solocoeche, de la Cárcel, del Choritoque, del Diente y al- 
gún otro. 

El Coronel D, Isidro Macanaz mandaba la Artillería de la plaza, y 
la sección de Montaña estaba á cargo del Capitán Gascón. Las bocas 
de fuego estaban distribuidas del modo siguiente: En el fuerte de Mi- 
ravilla, situado al Norte de la población y á la izquierda del río, un 
cañón de á 16 centímetros, dos de á 12, y uno de á 8, todos rayados; en 
el fuerte de Mallona, situado al Norte y derecha del Nervión, cinco 
cañones lisos y rayados de á 8 centímetros; en el fuerte del Morro, 
que era el principal por su excelente y dominante situación topográ- 
fica, liabía un cañón de á IG, otro de á 12, y otro de á8, rayados; este 



— 135 — 

fuerte se hallaba al Sur y á unos dos kilómetros de la villa. Además se 
establecieron las baterías del Diente, Chori toque, reducto de San Agus- 
tín, Estación y Muerte, al Norte, dotadas con dos cañones de ú 16, cin- 
co de á 8, otros tantos de á 12, y dos de á 4; las baterías de Albia y 
Zabalburu, con cañones de á 12 y de ¿I 8, y en fin, la de la Cárcel, con 
cuatro cañones de á 8, lisos y rayados. 

Contaba también Bilbao con una sección de Ingenieros, debién- 
dose la dirección de la mayor parte de las defensas al entendido y es - 
forzado Capitán del Cuerpo D. Eduardo Mariátegui, á quien, por la 
escasez de personal militar, ayudaron en los servicios facultativos el 
Ingeniero Jefe de Obras Públicas D. Adolfo de Ibarreta, los Ayudan- 
tes del mismo Cuerpo D. Domingo de Almarza y D. José María Alva- 
rez, y los Arquitectos D. Julián de Zubizarreta y D. Francisco de 
Orueta, con una compañía que organizaron titulada de Zapadores au- 
xiliares, entre cuyos oficiales figuraban varios maestros de obras. 

No había perdido, ciertamente, el tiempo el ilustrado y enérgico 
General liberal Castillo, porque los fuertes estaban bien situados y 
construidos, y la Artillería de la plaza era muy superior en número y 
en calibre á la de los sitiadores, lo cual resultaba contrario á las más 
elementales reglas de la guerra, pues sabido es que para equilibrarse 
los ejércitos en el ataque y defensa de las plazas, los sitiadores deben 
estar, por lo menos, en la relación de cinco á uno con los sitiados. 

Los carlistas, en cambio, careciendo de bocas de fuego, pues los 
■dos únicos cañones de bronce, de á 12 centímetros y lisos, los tenía á 
sus órdenes el Brigadier de Marina Patero, en xVlgorta, hubieron de 
desenterrar algunos de hierro de á 12 y 13 centímetros, lisos también, 
y que habían servido en los muelles para atíiarrar los cables de los 
barcos. En atención á la falta de buena Artillería, elemento indispen- 
sable para sitiar plazas, se decidió en Consejo de Guerra presidido por 
D. Carlos (y al cual asistieron los generales Marqués de ValdeEspina, 
Planas y Benavides y los brigadieres Maestre é Iparraguirre), que los 
morteros fuesen el elemento principal del ataque, tanto por la consi- 
deración ya expuesta, como por la de creer que Bilbao se entregaría al 
recibir las primeras bombas y ver interrumpido su tráfico con el ex- 
tranjero. 

Construyéronse, pues, baterías de morteros en diferentes puntos de 
la cordillera de Archanda, á 400 metros de la plaza, en Casamonte, 
Pichón^ Santo Domingo y Quintana, encargándose de su mando el Co- 
mandante de Artillería D. Rodrigo Vélez. 

De las baterías de cañones, que eran dos, una delante de Santa 
Mónica y otra en Artagán, que batían en brecha á Begoña á cortísima 



— 136 — 

distancia (unos 150 metros), se encargó un Teniente, y aún sin haber 
roto el fuego todavía, comisionóse para el mando de dichas baterías 
al autor de estos apuntes, á quien se hizo acudir precipitadamente des- 
de la línea de Somorrostro, á causa de haber sido herido gravemente 
aquel oficial al apuntar un cañón sobre Begoña. Después se constru- 
yeron otras dos baterías más en la Cadena Vieja y en Ollargan, de las 
que hablaremos más adelante. 

Don Carlos de Borbón se situó en las Cruces, desde cuyo punto po- 
día acudir con igual facilidad al cerco de Bilbao y á la línea en que se 
había de disputar el paso al ejército liberal. El General Marqués de 
Valde-Espina estableció su Cuartel General en Olaveaga, y el Coman- 
dante General de Artillería Maestre se situó en]Azúa, próximo al par- 
que de campaña, que se estableció en un antiguo cocheronen el cruce- 
ro de Derio; acudieron también allá las compañías de Ingenieros que 
mandaba Argila, y desde el citado valle de Azúa cuidaba el Brigadier 
Maestro de que se atendieran las necesidades de todas las baterías, sin 
desdeñar por eso el acudir con frecuencia al Desierto, donde se halla- 
ba la fundición de proyectiles, ó á las baterías de Santa Mónica, Arta- 
gán y demás, para animar á sus subordinados, tomar parte en sus fa- 
tigas y trabajos y proveer por sí mismo al aprovisionamiento y demás 
necesidades de las baterías. 

El primer punto de ataque de los carlistas, ó sea su línea más avan- 
zada, la formaban los alrededores de Begoña, en cuyo santuario se 
albergaba el Batallón de í'orales^ templo aquél fortísimo, cuyos hue- 
cos había cubierto de blindajes el enemigo, y que dominaba una gran 
parte del campo sitiador. La elección fué muy acertada, por parte de 
los liberales, porque desde la torre de Begoña, en la que se situaron 
los mejores tiradores del Batallón de Forales, hacían muy arriesgada 
el paso de los carlistas, aún desde las trínchelas á sus alojamientos. 
Los carlistas, por tanto, blindaron sus baterías de Santa Mónica y Ar- 
tagán, y aún así, ya hemos dicho que hallándose haciendo la puntería 
el oficial de Artillería que las mandó primeramente, recibió un balazo, 
yendo á matar el proyectil al artillero que con la palanca le ayudaba 
á apuntar. 

A pesar de todo su resguardo, la Batería de Santa Mónica tenía que 
desenfilarse de los tiros de revés del Morro, y de los de frente de ^fa- 
llona y Mira villa. La Batería de Artagán, revestida de sacos á tierra, 
estaba también dominada de frente por los dos últimos fuertes, y de 
flanco por los de San Agustín y Mallona, á cortísima distancia. 

Tal era el estado de las operaciones el 19 de Febrero. 



— lo7 — 

Para la mejor inteligencia del relato, conviene dividirlo en perío* 
dos, comprensivo el primero, de los hechos de armas verificados desde 
el 19 de Febrero hasta fines de Marzo, dejando para el segundo los 
ocurridos hasta el levantamiento del sitio. 

Hemos dicho que fueron cuatro las baterías de morteros 7 tres las 
de cañones, sin contar la mixta de Ollargán. 

Nada tenemos que decir de las primeras, después de haber fijado 
su situación en el monte de Archanda. Estas fueron construidas por los 
artilleros de Vizcaya, á las órdenes de los comandantes Vélez y Gar- 
cía Gutiérrez, resultando éste herido, como hemos indicado, en uno de 
los reconocimientos previos verificados en dicha cordillera. Todas es- 
taban dotadas de morteros de á 27 centímetros y sus proyectiles pro- 
cedían, unos de la f audición de Arteaga y otros de la del Desierto. 

En cuanto á las baterías de cañones, debióse su construcción á los 
voluntarios del Batallón de Bilbao, y su ingeniosa situación al Coronel 
del mismo, D. José Seco Fontecha, quien había sido mucho tiempo Co- 
mandante de la Guardia Civil de Vizcaya, excusando decir, por tanto, 
la valía de sus servicios en un terreno como aquel que conocía á pal- 
mos. La de Artagán se hizo, como hemos indicado, para batir en brecha 
á Begoña y evitar que los tiradores de su torre hicieran imposible ó 
muy difícil el trasladarse de un punto á otro de las posiciones carlistas, 
dada su dominación. Se aprovecharon para ello las dos paredes de pie- 
dra del foso de un fuerte que hubo allí en la primera guerra civil, y el 
tercer lado se rellenó de sacos á tierra^ cubriéndose además las paredes 
de la cañonera, con maderos y tierra, dándole el espesor suficiente para 
defenderse de los fuertes que dominaban á su vez la Batería tanto por 
el número como por el calibre de sus piezas. La de Santa Mónica fué 
asimismo levantada por el ya citado Batallón, que se albergaba en los 
conventos de las Recogidas y de Santa Clara. Su construcción era aná- 
loga á la de la Batería de Artagan, con su correspondiente cumbrera 
blindada. 

Si no hubiera sido por esas defensas, ¿cómo habría sido posible, no 
ya atacar, sino mantenerse siquiera á la defensiva, con dos cañones 
lisos de á 13 centímetros contra diez veces mayor número de piezas 
rayadas^ y de los calibres de 12 y 16? 

Para ofender con mejor éxito al fuerte de Mallona, cuya proximi- 
dad á la Batería de Artagán flanqueándola, hacía muy comprometido 
su servicio, construyó una Batería provisional el Teniente Coronel 
Brea, en el intervalo comprendido entre las dos, emplazando en ella 
dos cañones lisos de á 12 centímetros, fandidos en Arteaga, los cuales 
pasaron luego á la Batería de la Cadena Vieja, la cual fué dirigida con 



— 138 — 

todas las reglas de la fortificación por el Teniente Coronel de Ingenie- 
ros D. José Garin, 

Llegó, pues, Brea, acompañado del Capitán D. Luis Ibarra, desde 
Somorrostro, el 20 de Febrero, haciéndose cargo en el acto, de la orga- 
nización y mando de las baterías de cañones, con entera independen- 
cia de las de morteros, haciéndole entrega de sus puestos el Coronel 
Fontecha, y hecho el correspondiente acopio de pólvora y proyectiles, 
de lo cual se habían ocupado asiduamente el Comandante General 
Maestre, García Gutiérrez, León y Ortiz de Zarate, esperamos la orden 
de romper el fuego. 

Hétenos ya frente á la plaza de Bilbao, á la que no se puede decir 
que se sitiaba, sino que se bloqueaba y circunvalaba^, toda vez que, 
como ya hemos expresado, para embestir á una plaza, debe el sitiador 
hallarse con el sitiado en la relación de cinco á uno, mientras que nos- 
otros, solamente en Artillería, estábamos con los liberales en la rela- 
ción de uno á 12. 

El mismo día 20 llegó á nuestra línea el arrojado y caballeroso Ge- 
neral Marqués de Valde-Espina, con el Coronel Fontecha, á quienes 
acompañamos^ recorriéndola toda ella á pie, no sin ser saludados por 
los fuertes de la plaza con algunas granadas, pues era tal la proximi- 
dad entre unos y otros combatientes, que tres hombres reunidos éra- 
mos ya causa de que nos hicieran fuego los artilleros liberales. Por 
cierto que al recorrer la línea nos acaeció el siguiente hecho curioso: 
Sabido es que Valde-Espina era completamente sordo, y diciéndonos 
Fontecha en su voz natural, lo feliz que era el General no oyendo el 
repetido paso de los proyectiles á nuestro alrededor, se encaró el Mar- 
qués rápidamente con nosotros y nos dijo: «Están equivocados: lo único 
que oigo bien son las balas.» 

El día 19, y según los usos de la guerra, el General carlista Valde- 
Espina anunció el bombardeo con veinte y cuatro horas de anticipa- 
ción, que se prolongaron otras tantas, para que salieran de la Villa 
los cónsules, las mujeres y cuántos no se creyeran útiles para la de- 
fensa. 

El día 20, el General liberal Castillo distribuyó convenientemente 
sus fuerzas; estableció vigías en las torres, para avisar la llegada de 
las bombas, y á las doce y medía del día 21 salió de la Batería de 
Pichón la primera bomba disparada contra la plaza, sobre la que suce- 
sivamente rompieron el fuego las de Casamonte y Quintana. El bom- 
bardeo continuó sostenido durante toda la noche, arrojándose unas 140 
bombas. El mayor número de ellas se dirigía al parque de San Nicolás, 
dónde se creía custodiaban los liberales sus municiones, como así eia 



_ 139 — 

<3n efecto. í^l destrozo faé grande en el caserío, contándose entre otros 
la rotura de un cable del puente colgante. 

Las baterías de Artagán y Santa Mónica empezaron su trabajo de 
demolíciónr de la torre de manipostería de Begoña, logrando, al cuarto 
ó quinto día de cañoneo^ romper los blindajes de los huecos de las 
campanas, con lo que sí no se conseguía alejar á los forales, se dificul- 
taba, por lo menos, su situación, mientras recomponían los desperfec- 
tos sufridos. 

Para no hacer de nuestra narríici(3n un diario de operaciones, nos 
limitaremos á referir los hechos y episodios más principales acaecidos 
en ambos campos. Baste decir, condensando esta reseña, que desde 
que se arrojó la primera bomba hasta el 31 de Marzo, cayeron tres 
mil seiscientas sobre la población y novecientas balas sobre Begoña, 
logrando ahuyentar por completo á los defensores del piso superior de 
la torre, rompiéndoles la escalera y destruyendo un tercio próxima- 
mente de la mampostería del primer cuerpo. Fueron asimismo tan 
insistentes los disparos dirigidos al parque de municiones, que tuvo 
éste que ser trasladado bajo la bóveda de un arco en seco del puente 
de San Antón. 

El bombardeo tuvo que ser suspendido muchas veces no horas, sino 
hasta días enteros, por falta de pólvora, á pesar de encargarla Valde- 
Espinaá Francia, y á pesar también de los esfuerzos que para conse- 
guirla hacía el mismo Don Carlos, gracias á cuyas valiosas gestiones 
llegó un día (creemos que á mediados de Marzo) un carro procedente 
de Aragón atravesando las líneas del enemigo, sin que éste llegara á 
advertir el paso de tan importantísimo convoy. 

Los morteros tuvieron que refundirse, y la escasez de balas forzó 
á los carlistas á diseminar por el campo cientos de voluntarios para 
buscar las tiradas por el enemigo, y poder alimentar así sus bocas de 
fuego. 

Mientras tanto, los bilbaínos, á quienes no puede negarse en justi- 
cia lo heroico de sus sufrimientos y el estoicismo con que perseveraban 
en sus rudas fatigas, tuvieron que prescindir de los pisos superiores y 
trasladarse á los bajos y los sótanos de las casas. Ya á fines de Marzo, 
empezaban á no ser tan fáciles los mantenimientos: faltaba la carne, 
la harina escaseaba y aun cuando las bajas no eran muchas, la moral 
de soldados y bilbaínos empezaba á decaer, si bien ponían rostro ale- 
gre á los reveses. Su valor cívico era grande, repetímos, y no hemos 
de ser nosotros quienes regateemos alabanzas á nuestros enemigos po- 
líticos. 



— 140 — 

La vida en los acantonamientos carlistas era lo más satisfactoria; 
posible; pero íbanse convenciendo muchos, como nosotros ya lo estába- 
mos desde el principio, de que los bilbaínos no se rendirían solamente 
con el bombardeo. Tanto se llegó á arraigar esta idea, lo mismo en 
una que en otra línea carlista, que se llegó á pensar seriamente en el. 
asalto; en su consecuencia, una noche, previa la venia del General 
Elío, atravesaron la ría los batall .nes 3.^ y G.° de Navarra al mando 
del Brigadier Lerga, llegando tres horas antes del amanecer á Olavea- 
ga, dispuestos ú lanzarse en seguida sobre Bilbao; pero no hallándose 
prevenido el General Valde-Espina de la llegada de tan poderosa ayu- 
da, y temiendo que se resintieran del caso los vizcaínos que rodeaban 
la plaza, hubo de desistirse de la empresa, regresando los navarros, 
mollinos y cabizbajos, á su campo de Somorrostro. 

Pero volvamos á la vida en los acantonamientos carlistas. Al ama- 
necer rompían la diana las músicas y charangas de nuestros batallo- 
nes, cuyos acordes daban siempre lugar á algunos cañonazos con que 
nos saludaban los fuertes enemigos, máxime si á continuación de la 
diana entonaban los nuestros la Pitita, lo cual nos recordaba los glo- 
riosos días de la campaña de África, en la que también nuestras 
dianas causaban igual efecto que en los republicanos, en los moros,, 
quienes casi siempre contestaban á balazos á las músicas de los es- 
pañoles. 

Los oficiales y los voluntarios desayunaban frugalmente, y cada 
cual se iba al punto que tenía designado desde la víspera. Los más 
madrugadores oían Misa, que decían los capellanes en los templos ha- 
bilitados para el culto; el más concurrido lo era el de las Recogidas, 
donde se alojaba la Artillería y la fuerza franca de servicio del Bata- 
llón de Bilbao. Los que no tenían misión señalada en el servicio del 
día, se encaminaban á las alturas de Monte-Abril, Santo Domingo y 
Axpe, desde dónde se distinguían claramente los movimientos y lo& 
disparos de ambos ejércitos en Somorrostro, ó bien se iban á las bate- 
rías de morteros á pasar el tiempo viendo lanzar bombas sobre la plaza 
liberal. Las baterías de cañones no eran tan visitadas, no por el peligro 
que en ellas podía correrse, y que no era escaso en verdad^ sino porque 
sus emplazamientos no podían contener muchos curiosos. Sin embargo, 
casi toda la oficialidad del buen Batallón de Bilbao desfiló por ellas, 
ofreciendo su ayuda á los artilleros y proporcionándonos la satisfac- 
ción de disfrutar con frecuencia de su excelente compañía, recordando- 
entre nuestros más asiduos favorecedores á los capitanes Rovira, Cas- 
tillo y Llana, al Alférez Marín y al Médico Moreno. 

A las doce cesaba el fuego, se descansaba bástalas tres de la tarde,. 



— 141 — 

y al regresar á sus acantonamientos los carlistas, veíanse acompaña- 
dos siempre por los multiplicados disparos de los fuertes liberales. La 
noche se pasaba viendo arrojar bombas sobre la capital de Vizcaya, la 
cual desde un principio había suprimido el alumbrado de casas y calles, 
para no ofrecer tan fácil blanco á los disparos, relevándose de noche, 
también por análoga razón, el servicio entre los carlistas. 

Los días en que escaseaba ó no había pólvora, se empleaban en re- 
correr los alrededores de Bilbao y las posiciones de la línea de Somo- 
rrostro. 




D. EAMOX DE ALTARRIBA 

BAUÓN DE SAXGARUKX 



Cuando el General republicano Moñones retrocedió en Febrero ante 
los batallones carlistas mandados por el insigne Olio, el Marqués de 
Valdo-Espina ofició al General Castillo comunicándole la nueva é in- 
A'itándole á que enviara algún jefe ii oficial de su confianza, para cer- 
ciorarse del hecho; con este motivo mediaron corteses comunicaciones 
entre el noble Marqués y el ilustre Gobernador militar de la Plaza, por 
más que éste no aceptara la galante invitación del General carlista. 

La monotonía del sitio hubo de romperse solamente en dos ocasio- 
nes durante el mes de Marzo. La casa Delmás, refugio de 35 carabi- 
neros de la avanzada de la Salve, fué atacada y tomada por algunas 
compañías del Batallón de Durango, á las órdenes del Barón de San- 



— 142 — 

garren, cayendo prisioneros cuantos la defendían. Esto sucedió el día 
14 de Marzo; aquella misma noche se frustro otro ataque de los carlis- 
tas contra la Casa-fiicrtc del Ayuntamiento de Begoña, para cuya ope- 
ración habíanse preparado faginas y camisas embreadas y un carro de 
paja rociada con petróleo; pero por más que al mismo tiempo rompían 
el fuego sobre la Plaza los batallones carlistas en Albia y otros pun- 
tos, losforales sospecharon y su vigilancia ó su espionaje les avisó con 
tiempo y pudieron estorbar el ataque. 

Concluímos este período con una noticia que llenó de luto los cora- 
zones y de llanto los ojos de todos los militares carlistas. Xos referi- 
mos á la muerte del General Olio, del Brigadier Rada y del Auditor 
Escudero, víctimas de una granada que reventó en el grupo donde 
aquéllos se encontraban, el día 29 de Marzo. Sabido es el prestigio de 
que Olio y Radica gozaban entre sus compañeros y subordinados, el 
uno por su iniciativa é inteligencia, y los dos por su temerario valor y 
empuje; la Xarración miJitar de la guerra carlista, escrita por el 
Cuerpo de Estado Mayor, al hablar de este triste suceso dice del malo- 
grado Comandante General de Navarra que: era un jefe de gran pres- 
tigio y valor, y de bastante iniciativa, y sil vacio difícil de llenar. 



Deseando los sitiadores defenderse de los continuos y cercanos fuegos 
de las Baterías de Mallona, que les convertía, á su vez, en sitiados, se 
construyó en una noche otra Batería artillada con dos cañones lisos de 
bronce, de los fundidos en Arteaga. Pocos días pudo funcionar, sin 
embargo, porque flanqueada por las bien servidas baterías del fuerte 
del Morro, fué destruida por éstas á las pocas horas, y si bien se arre- 
glaban sus averías por la noche, volvía á ser arrasada al día siguien- 
te. Esto hizo pensar en llamar por otro lado la atención del Morro, y 
como la falta de bocas de fuego era grande entre los carlistas, como 
hemos dicho ya, el Marqués de Valde-Espina ordenó á un Bata- 
llón que se situara en la Peña, y el Comandante General de Artillería, 
Maestre, dispuso que se colocara un mortero, bajo la dirección del Ca- 
pitán D. Luis Ibarra, en el alto de Ollargán, que dominaba al Morro, 
con la única misión de arrojar bombas sobre los emplazamientos de las 
piezas de dicho fuerte, al mismo tiempo que los tiradores del Batal ón 
carlista hacían que los artilleros liberales no obrasen tan á mansalva 
como antes. Ambas fuerzas cumplieron las órdenes recibidas, y desde 
principios de Abril el fuerte dejaba en libertad á las demás baterías 
carlistas para funcionar contra la Plaza, pues varias bombas cayeron 
entre los cañones enemigos, destruyendo sus montajes y explanadas. 



— 143 — 

Al mismo tiempo se ordenó por el Brigadier Maestre, que se fundie- 
ran en Azpeitia cañones de á 12 centímetros y uno rayado de á 10, para 
el cual se eligió terreno en Ollargán y se construyó convenientemente 
una cañonera para cuando lo recibiéramos. 

Luchando los carlistas con la absoluta falta de elementos, tenían 
que limitar su acción al empleo de los cañones y morteros cuando ha- 
bía pólvora^ recurriendo muchas veces al forzoso silencio por dos ó tres 
días, con tal de arrojar en uno sólo las economías de los anteriores. 

Un día se nos avisó que fuéramos á probar una gran cantidad de pól- 
vora que los voluntarios habían encontrado. El júbilo nos hizo montar 
enseguida á caballo y marchar al Crucero, que era un edificio situado 
en la confluencia de las carreteras de Derio y Bilbao. Allí nos esperaban 
el Comandante General de Artillería y los Comandantes Vélez y García 
Gutiérrez. A la simple vista nos pareció á todos pólvora de mina, y 
habiendo extendido un reguero de ella de un metro de longitud^ vimos 
con desaliento que el fuego tardó en recorrer tan pequeño trayecto, 
minuto y medio, reloj en mano. ¡Caál no fué nuestro desconsuelo en- 
tonces! 

Forzoso fué, por lo tanto, á los carlistas llevar perezosamente el 
asedio en el mes de Abril, si bien el 11 se alteró la monotonía entre 
unos y otros combatientes, á causa del terrible temporal de agua, nieve 
y viento que se desató en la noche de dicho día. Los aguaceros se su- 
cedían unos á otros, y en cuanto el agua cesaba^ se convertía en nie- 
ve, la que tanto en los montes inmediatos k Bilbao, como en los de So- 
morrostro, llegó á tener el espesor de cinco áseis centímetros. El viento 
silbaba violento al atravesar por los huecos i^ue hicieran las granadas 
enemigas y por las ventanas sin cristales del Convento de Recogidas, 
donde nos albergábamos. En medio de todo, sin embargo, nuestro 
pensamiento no se apartaba un punto de los compañeros de armas que 
no tenían ni aún nuestras derruidas paredes y techos para guare- 
cerse. 

Amaneció, y no tuvimos mi\s que echar una ojeada sobre las po- 
siciones enemigas, para que se convirtiera en júbilo la angustia de la 
pasada noche. Lo que ocasionó nuestra alegría fué el ver por tierra 
un lienzo del fuerte de Miravilla, que arrastró tras de sí uno de los 
cañones rayados de á 16 centímetros que tanto nos molestaban. Ya 
nos creíamos dentro del temido fuerte, é igualado desde allí el combate 
contra el jMorro, JLallona y Bilbao. Los voluntarios pedían á voces el 
inmediato asalto^ y el jefe que esto escribe marchó en seguida á dar 
cuenta de tan feliz novedad al Comandante General de Artillería. 

Llegado que fuimos á Azúa, á las pocas palabras hicimos partici- 



— 144 — 

par al Brigadier Maestre de nuestro entusiasmo, conviniendo en el 
plan de la operación. Reducíase éste simplemente á hacer converger 
desde Albia ó la Peña á cualquiera de nuestros batallones, y aún nos 
ofrecimos á tomar parte en la operación, con los artilleros vizcaí- 
nos, quienes como no tenían pólvora y por lo tanto nada que ha- 
cer, no encontraban medio mejor i^ara no aburrirse, palabras textua- 
les de aquellos bravos. 

De acuerdo, pues. Maestre, en que contando con Miravilla podía- 
mos imponernos, no tan sólo á Bilbao, sino que también á los demás 
fuertes, haciéndonos así dueños de la Plaza, salió acto seguido en de- 
manda del Cuartel General para proponer lo que habíamos acordado. 
jQué largas nos parecieron las horas que transcurrieron hasta la vuel- 
ta del Brigadier! Regresó Maestre, por fin, diciéndonos que volviéra- 
mos á las baterías, porque había que esperar la resolución del Gene- 
ral Elío. Altas razonas, sin duda, debieron oponerse al proyecto contra 
Miravilla, cuando el Jefe de Estado Mayor General carlista no dio la 
orden para el ataque: entretanto, pasaron las hovas, y pasaron dos 
días, y acabó por desaparecer la oportuiúdad y aún la facilidad de la 
operación, pues como los ingenieros y los artilleros liberales no se des- 
cuidaban, al cabo de aquel tiempo se hallaba ya el fuerte como antes 
del temporal, ó tal vez en mejor estado de defensa. 

A nuestro juicio, perdióse por completo la ocasión de hacernos due- 
ños de Bilbao, y las esperanzas de conseguirlo por otros medios, pues 
probado estaba que los del bombardeo y bloqueo no producían resul- 
tado. 

Hemos dicho anteriormente que todos, ó casi todos los vecinos y 
defensores de Ja invictn Villa, se habían trasladado á los pisos inferio- 
res de sus casas, con el fin de evitar ó disminuir los horrores del bom- 
bardeo; que allí organizaban su modo de vivir^ se reunían unos con 
otros, cuando los proyectiles dejaban de caer por algún tiempo, y que 
los mantenimientos iban subiendo de precio, conforme se iban ago- 
tando. 

Muchos de los defensores de Bilbao murmuraban, aunque emboza- 
damente^ de su Gobernador militar, porque, disponiendo de tropas en 
suficiente número con relación á los carlistas, no rompía sus líneas con 
lo que hubiera cesado el malestar que á todos acosaba. Pero no tenían 
razón, y eso que el nilsmo General carlista Elío escribía á Dorregaray,, 
el 10 de Abril, lo que sigue: «Extraño mucho que no llegando nuestra 
«fuerza más que á unos tres mil hombres, y disponiendo el enemigo de 
»siete mil, no ataquen y fuercen nuestras líneas». No tenía tampoco 



— 145 — 

razón Elío: el General Castillo no disponía de bastante número de dis- 
paros de fusil para semejante función de guerra. Éste era el secreto de 
la aparente calma del pundonoroso Gobernador de la Plaza, secreto 
que guardó hasta el extremo de que nunca llegaron á sospechar, ni 
menos á advertir, los soldados que tenía A sus órdenes, que no había 
en los parques repuesto alguno, y que toda su reserva la llevaban en 
sus cartucheras 

Hay circunstancias en la vida, en las que es preciso sobreponerse 
no solamente á la queja general, sino que, también^ sufrir en silencio 
ataques que tienen visos de fundamento. Algo de esto nos pasaba tam- 
bién á los carlistas: la principal sinrazón que los liberales nos echaban 
en cara, era que se bombardeaba la ciudad y no se cañoneaban los 
fuertes. Más que ellos nos lamentábamos nosotros del caso; pero, ¿cómo 
atacar los fuertes si carecíamos en absoluto de Artillería, pues no po- 
-día apellidarse tal á las tres piezas de hierro desenterradas y los dos 
•cañones lisos de á 12 centímetros? ¿Qué eran estos cañones, en núme- 
ro y calibre, comparados con loa treinta ó cuarenta rayados de que 
disponía la Plaza en fuertes perfectamente construidos por los inge- 
nieros liberales? Prueba do nuestro aserto, lo es que en el momento en 
que pudimos disponer de un solo cañón rayado, de á 10 centímetros, el 
27 de Abril, nos trasladamos con dicha pieza á Ollargán y arrojamos 
150 proyectiles sobre el Morro, sin tener en cuenta la superioridad no- 
toria de su artillado. 

En este segundo período^ ó sea en todo el mes de Abril, habíamos 
lanzado sobre Bilbao, 1 645 bombas, 300 balas y 150 granadas, que 
unidas á las arrojadas anteriormente suman un total de 5.300 bombas, 
1.300 balas y 150 granadas, habiéndonos contestado los liberales con 
-8.000 granadas y 2.000 balas. 

Todos convenían entonces, en que ni los carlistas ni los liberales 
pudieron hacer más, ni la población desmereció de los anteriores sitios 
de la primera guerra civil. 

Aunque no influyesen en la marcha de las operaciones, no hemos 
de pasar adelante sin referir dos hechos que demuestran el espíritu de 
lealtad y abnegación que animaba á los voluntarios carlistas. 

Para entrar y salir de la Batería de Ollargán, había que atravesar 
un terreno como de unos cien metros cuadrados que estaba completa- 
mente al descubierto: un día al venir mi asistente con la comida para 
los oficiales de la Batería, cayó una granada de á IT) centímetros, de- 
lante y tan cerca de el, que al reventar le perdimos de vista. Al disi- 
parse el liumO; que había hecho el efecto de una fogata, apareció de 

10 



— 14G — 

nuevo mi asistente con su cesta en la mano, tan tranquilo como si no 
hubiese corrido ningún peligro, y á la exclamación de alegría que lan- 
zamos todos al verle salvo, nos contestó con la mayor sinceridad y san- 
gre fría: «¡Ah! no hubiera yo sentido morir, sino que se hubieran us- 
»tedes quedado sin comer.» 

El otro hecho fué, que habiendo experimentado algunas bajas la 
Batería de Artagán, subió el ordenanza que me cuidaba el caballo á 
servir como artillero primero de la pieza. Púseme á apuntar, y al ver 
que se ponía delante de mí, estorbándome la puntería, le hube de de- 
cir que se separara. Al poco rato volvió á poneroe delante, y enton- 
ces, al reprenderle y decirle que se fuera á cuidar del caballo, pues 
como artillero lo hacía muy mal, me contestó con cierto enojo y amar- 
gura que no pudieron menos de emocionarme^ dicicndome: «¡Cuando 
»trato de cubrirle con mi cuerpo, me riñe! fíCuánto más vale que yo le 
»sirva de pantalla? Así no le matarán á usted.» 

El asistente era alavés y se llamaba Gabino; el ordenanza era na- 
varro y se apellidaba Erro. ¿Puede darse mayor sangre fría y ab- 
negación que la de aquellos dos tan modestos como valientes sol- 
dados? 

Llegamos rápidamente al desenlace. Por los confidentes supimos- 
que el General Marqués del Duero había reunido un cuerpo de ejército 
para flanquearnos y que tenía ya muy adelantada dicha operación. 
Desde aquel momento dimos por seguro el inmediato levantamiento del 
sitio, pues hubiera sido muy arriesgado esperar que nuestro Ejército 
de Somorrostro pudiera dividirse para hacer frente en dos mitades á 
triplicado número d-e enemigos. 

Nos preparamos, pues, para la retirada, conviniendo, previo conse- 
jo con el Comandante General de Artillería, en salvar el material de 
guerra, compuesto únicamente de los morteros, del cañón de á 10 cen- 
tímetros y los dos de á 12, pues los de hierro no podían servir más que 
para volver á sujetar las amarras de los barcos. Reunióse suficiente 
número de carretas del país, disparóse la última granada el día 1." de 
Mayo, á las siete de la tarde, y lanzó la postrera bomba la Batería de- 
Quintana á las diez y media de la noche del mismo día. 

Al romper el alba del siguiente, nos hallábamos en Larrabezúa. Las 
tropas carlistas y las carretas que salvaban los cañones y demás efec- 
tos de guerra que habían servido para el sitio, se hallaban paradas á 
lo largo de la carretera y en los alrededores del pueblo. La causa de 
tal detención lo era el rumor que corría entre las filas, de que la guar- 
nición de Bilbao había hecho una salida y ocupaba la bifarcación de 



— 147 — 

las dos carreteras que conducían A Zornoza y Durango, una desde 
Bilbao y otra desde Zamudio y Larrabezúa. Enterado de esto el Te- 
niente Coronel de Artillería Pérez de Guzmán (quien había salvado 
aquella noche, con su decisión y arrojo, los dos cañones de á 12 centí- 
metros, lisos, que se hallaban en las Arenas próximos ya á caer en po- 
der de los liberales) se ofreció al General Mendiry, que era el jefe más 
cercano, para hacer un reconocimiento detenido del campo que se su- 
ponía en poder del enemigo y salir así de dudas. El Teniente Coronel 
de Artillería Brea y el siempre voluntarioso Capitán del mismo Cuerpo 
Llorens se brindaron á acompañar á Pérez de Guzmán: llegados los 
tres á la confluencia de las expresadas carreteras y reconocidos con la 
mayor escrupulosidad los contornos, resultó no ser cierta la noticia ni 
haber motivo alguno para temer ningún contratiempo, sabido lo cual 
por el General Mendiry, continuaron su marcha las tropas y el convoy 
de, carretas que conducían las piezas, evitándose quizás un pánico (que, 
como se vio, no habría tenido razón de ser) gracias á la iniciativa de 
nuestro querido compañero Pérez de Guzmán. 

El Ejército carlista estaba en salvo, no dejando atrás más que aque- 
llo que de nada podía servirle ya para ulteriores planes. ¡Pero muchas 
veces se nos vinieron á la memoria, durante aquella triste noche, los 
vaticinios del pobre General D. Nicolás Olio, mientras que con dolor 
nos íbamos alejando de sus restos que, con los de Radica y tantísimos 
otros valientes, quedaban abonando los campos de Somorrostro! 




D. KICOLÁS OLLO 



Capitulo XIII 

Ejércitos liberal y carlista en Febrero de 1S74. — Acción de Ontón. — 
Batalla de Somorrostro. — El Duque de la Torre al frente del Ejér- 
cito liberal. — Intentan los liberales desembarcar en Algorta. — Bata- 
lla de San Pedro Abanto. 

EN el Norte; además de las tropas de todas armas empleadas en 
guarniciones, destacamentos y otros servicios, podía el General 
en jefe republicano disponer de 27 batallones de Infantería, tres bate- 
rías Krupp, tres baterías de Montaña, algunas compañías de Ingenie- 
ros, Guardia civil y forales, y cinco regimientos de Caballería, cuyo 
respetable ejército estaba organizado en Febrero de 1874 en tres divi- 
siones á las ordenes de los generales Primo de Rivera, Andía y Cata- 
lán^ y una Brigada de vanguardia y otra de Caballería mandadas res- 
pectivamente por los brigadieres Blanco y Jaquetot. 

En cambio el Ejército carlista por aquella misma época contaba con 
tan poca Artillería que no tenía disponibles para acudir de un punto á 
otro más que cuatro piezas de Montaña de la Batería de Xavarra y 
otras cuatro, también de Montaña, pertenecientes á Álava y Guipúzcoa; 



— 149 — 

su Caballería se reducía entonces cá un Regimiento y algunos escuadro- 
nes sueltos; su cuerpo de Ingenieros no tenia en armas más que algu- 
nas compañías, y si bien su Infantería había llegado ya á sumar diez 
batallones navarros, nueve vizcaínos, ocho guipuzcoanos, cuatro ala- 
veses, otros cuatro castellanos, dos cántabros y otro de aragoneses, 
como con estos treinta y ocho batallones había que atender á un mis- 
mo tiempo á los cercos de Bilbao y de Tolosa y á la defensa de Estella 
y otros puntos importantes, solamente pudo reunir Don Carlos de Bor- 
bón cuando llegó á la línea de Somorrostro, y para defender la misma, 
un total de diez y ocho batallones con ocho piezas de Montaña. 

Eran Comandantes generales carlistas de Navarra, Guipúzcoa, Ala- 
va, Aragón y Vizcaya, respectivamente, D. Nicolás Olio, D. Hermene- 
gildo Díaz de Ceballos, D. Torcuato Mendiry, D. Antonio Lizárraga y 
el Marqués de Valde-Espina; los batallones castellanos se pusieron á las 
órdenes de D. Gerardo Martínez de Velasco-, D. Castor Andéchaga, con 
sus batallones de Encartados, se encargó de observar al enemigo que 
pudiera acudir por la parte de Castro-Urdiales, y, en fin, con batallo- 
nes de todas las provincias del Norte, se organizó una División de ope- 
raciones cuyas brigadas se pusieron á las órdenes de los brigadieres, 
D. Elicio Berriz y D. Rafael Alvarez Cacho de Herrera, y cuyo mando 
se confió al Teniente General D. Antonio Dorregaray, quien en aquella 
época desempeñaba también el cargo de Jefe de Estado Mayor Gene- 
ral por ausencia y enfermedad del General Elío. 

Concebido por el Teniente General D. Domingo Morlones el plan de 
la liberación de Bilbao, nada más sencillo para él que hacer una llama- 
da á la ribera del Ebro, de los batallones carlistas que operaban en 
Vizcaya y Santander, para entonces volverse^ aprovechando la vía fé- 
rrea, por Miranda á Vizcaya y arrollar las pocas fuerzas nuestras que 
quedasen en dicha provincia, de las cuales había que descontar, por 
supuesto, las que ocupaban las alturas que rodean á Bilbao y las que 
vigilaban las orillas de la ría. 

No era, sin embai'go;, la primera vez que se valía el General repu- 
blicano del mismo ardid de guerra, es decir, amagar un punto para 
descargar sobre otro; así es que cuando advirtieron los carlistas la po- 
sibilidad del engaño, al saber por seguras confidencias el embarque de 
la Brigada de vanguardia y de la División de Primo de Rivera en ]\Ii- 
randa de Ebro, desandaron lo más brevemente posible el camino. 

Las tropas liberales llegaron á Santander y doblando sus marchas- 
por la carretera de la costa cayeron sobre Salta Caballo, llave obliga- 
da para base de futuras operaciones en Somorrostro. 

El General Primo de Rivera había llccrado á Castro el día 14 de Fe- 



— 150 — 

brero con unos siete mil hombres, y ordenó al jefe de su vanguardia 
que iniciara el ataque con sus fuerzas, siguiéndole él de cerca con las 
restantes, forzando el paso que guardaba, con pocas tropas, el General 
carlista Andéchaga. 

Este ocupaba las alturas del Cuadro, Mioño y otras más cercanas 
con dos batallones vizcaínos y algunas compañías castellanas que, á 
faerza de perseverancia, había organizado el bizarro Solana; pero no 
eran bastantes elementos para oponerse con éxito á los enemigos. Bien 
es verdad que el General carlista Andéchaga había recibido aviso pre- 
viniéndole, desde el día anterior, de que llegarían pronto en su auxilio 
siete batallones alaveses y navarros con el General Mendiry, pero de 
éstos no pudieron llegar á tiempo, y poco antes de terminar la acción, 
más que dos batallones mandados por el Brigadier Berriz. 

A las once de la mañana rompió el Brigadier Blanco la marcha con 
el propósito de arrojar de sus posiciones á los carlistas, como hemos 
dicho, y llevarlos de carrera hacia Bilbao, dejando expeditos para el 
Ejército liberal los pasos más difíciles que en su marcha á la Villa pu- 
dieran presentársele. 

Las jíosiciones carlistas fueron embestidas con arrojo y decisión y 
cañoneadas por las fuerzas de la vanguardia, simulando antes un ata- 
que á las Muñecaz para hacer más extensa y debilitar la línea contra- 
ria. De cumbre en cumbre fueron retirándose los carlistas ante la su- 
perioridad numérica del enemigo, cañoneada también su derecha por 
los fuegos de la Escuadra, y el combate duró hasta el anochecer, cuan- 
do solamente había llegado á las posiciones carlistas el escaso refuerzo 
de los dos batallones del Brigadier Berriz, en cambio de otros ocho ba- 
tallones que con el General Primo de Rivera habían operado su con- 
junción con los que mandaba el Brigadier Blanco. Perdiéronse, pues, 
por los carlistas, Salta Caballo y Ontón, pasando á pernoctar en San 
Juan de Somorrostro, sufriendo pérdidas importantes; pero no fueron 
menores las de los liberales, quienes tuvieron 8 muertos y 6(3 heridos, 
haciendo noche en las alturas conquistadas sobre Ontón y Mioño, y al- 
gunas otras fuerzas en Castro-Urdiales. 

El General carlista D. Castor Andéchaga, á pesar de su reconocida 
valentía y de lo bravamente que se condujeron sus batallones, no tuvo 
más remedio que retirarse ante la desigualdad de fuerzas y la escasez 
de municiones de que disponía. Creía también que las nuevas posicio- 
nes superaban á las anteriores por no tener á la espalda la ría, así es 
que el día 17 repasó ésta y ocupó las alturas de su frente: así lo consig- 
nó de oficio, pidiendo refuerzos al Jefe de Estado Mayor general. 

Esta acción fué el hecho preliminar, digámoslo asi, de las operado- 



— 151 — 

nes que se sucedieron después, porque iiin2;uno de los dos ejércitos 
había concluido de concentrarse todavia. 

Pero antes de seguir adelante forzoso es que designemos siquiera 
de nombre los puntos donde hablan de librarse los subsiguientes com- 
bates. 

A partir de Somorrostro se presentan dos cadenas de montañas que 
limitan el pequeño valle; á su derecha los montes de Cotarro y Triano, 
de la cordillera de Galdames; por la izquierda el Lucero y Pico del 
Montano, que forman parte de la sierra de Serantes, cuyas últimas es- 
tribaciones concluyen en la ría. La carretera de Castro á Portugalete 
corre casi paralela al mar pasando por Mioño, Ontón, Somorrostro, las 
€arreras y Nocedal: desde este punto va otra que muere en Bilbao: esta 
misma carretera se bifurca en Sanf ellees (barrio, puede decirse, de So- 
morrostro) y por Memerea y ]\Iercadillo termina en Valmaseda, unida 
con la carretera directa desde Castro á este punto. Los pueblos y case- 
icos intermedios, á partir de la costa, son San Mames, Murrieta, San 
Pedro Abanto, las Carreras, Santa Juliana, Pucheta y las Cortes. A la 
espalda de Somorrostro figura el Monte Janeo, y á su pie las aldeas y 
caseríos de Muzquiz, Revilla, Somorrostro, Sanf ellees y Memerea. 

Hecha esta ligera reseña, sólo nos resta añadir que los carlistas ha- 
bían sido reforzados el 16 con tres batallones castellanos mandados por 
el General Velasco, que se situaron en las IMuñecaz; y que el General 
Mendiry con siete batallones y el General Andéchaga con tres, ocupa- 
ron las alturas y caseríos comprendidos entre Montano y el pico de las 
€ortes, casi en semicírculo, atrincherándose sólidamente en sus posi- 
ciones, así como el Batallón aragonés con el General Lizárraga y cua- 
tro batallones navarros y cuatro cañones de Montaña que llegaron al 
día siguiente con el General D. Nicolás Olio, quien, como más antiguo, 
asumió interinamente el mando en jefe^ cuidando prolijamente de la 
mejor y más oportuna situación de las tropas; estableció fuertísimas 
trincheras para resguardarse del fuego de la numerosa Artillería libe- 
ral; situó su cuartel general en San Salvador del Valle y allí dio una 
larga orden general al Ejército, la cual sentimos no poseer por creerla 
un acabado modelo y la mejor de cuantas hemos conocido en nuestra 
larga carrera militar. En dicho notabilísimo documento detallaba el 
inolvidable caudillo, con precisión matemática, las posiciones que cada 
batallón tenía encargo de defender, las que debían ocupar, caso de ser 
aquellas tomadas por el enemigo, las fuerzas de refresco que habían de 
nyudar y relevar á las cansadas; la distancia á que había de romperse 
el fuego á las ordenes de los jefes y oficiales, para evitar el inútil con- 
sumo de las escasas municiones de que se disponía, y, en fin, marcaba 



— 152 — 

expresamente todo cuanto correspondía á cada uno de los comandantes 
de División y de Brigada. 

Dicha orden general, repetimos, bastaría por sí sola para acreditar 
la pericia y altas dotes de un Comandante en jefe, y ya querríamos po- 
der reproducirla aquí; pero únicamente conservamos la orden relativa 
á los fuegos, la cual decía así: 

«Orden general del 19 de Febrero de 1874, en San Salvador del 
»Valle.— Estando atrincheradas todas nuestras fuerzas que ocupan la 
«primera línea de nuestras posiciones, prohibo absolutamente, y los 
»jefes de los cuerpos serán responsables, que se rompa el faego á más 
«distancia que á cien metros, y esto en el caso de que el enemigo se 
«presente en el orden cerrado, pues haciéndolo en el abierto ó de gue- 
»rrillas debe despreciarse, aunque la distancia sea de veinte pasos;^ 
»porque mucho más nos hemos de hacer respetar conservando nuestras 
imuniciones^ que consumiéndolas inútilmente, y en último caso hare- 
»mos uso de las bayonetas para rechazarlos y obtener una victoria que 
»de seguro ha de conducir á nuestro Soberano al solio de sus mayo- 
»res. — Los jefes leerán esta orden general á sus respectivos batallones, 
»— El Comandante General interino.— iVicoZds Olio.» 

Tenemos una indecible satisfacción en consignar la opinión que el 
General Carlista Olio merecía al entendido y valiente General liberal 
D. Pedro Ruiz Dana, quien en sus Estudios sobre la guerra civil del 
Norte desde 1872 d 1876, dice lo siguiente: «A principios de 1873 la 
«principal partida de la zona de que me voy ocupando (Navarra) esta- 
»ba mandada por Olio, en quien concurrían tales cualidades, que hay 
«que reconocer era una especialidad para aquel género de guerra: en- 
«contrándose vivamente perseguido en las Amézcoas por dos oolum- 
«nas, la misma noche que éstas ocupaban Chavarri y Galdeano, á las 
«diez de ella pasó á la desfilada entre los dos pueblos, sin que ninguna 
»de aquellas columnas tuviera el menor conocimiento de su atrevido 
«paso.» 

Don Carlos de Borbón^ deseoso^ como siempre, de compartir con 
sus bravos voluntarios los peligros y las fatigas de la guerra, llegó á 
la línea de Somorrostro acompañado del General Dorregaray el día 18, 
y se situó en las Cruces, para desde dicho punto poder acudir con igual 
facilidad al cerco- de Bilbao y á las tropas que habían de disputar el 
paso al Ejército liberal. 

Por su parte el Teniente General Moriones había sumado sus f aerzas 
con las del General Primo de Rivera y el 19 ocupó San Juan de Somo- 
rrostro, en donde estableció su cuartel general, dejando á la Brigada 
de Tello encargada de mantener las comunicaciones con Castro; esta- 



— 153 — 

blecióse en dicho día y siguientes en una extensa línea que abar- 
caba desde Peña Corbera hasta la venta de Poval, frente al pico de las 
Cortes; construyó en Monte Janeo fuertes baterías artilladas con caño- 
nes Krupp de á 8 y 10 centímetros de calibre destinadas á romper la 
línea carlista durante los combates sucesivos, y cuyos fuegos solamen- 
te podían ser contrarrestados por parte de los carlistas con el de ocha 
piezas de Montaña, cuatro de la Batería de Navarra mandada por don 
Alejandro Reyero, y otros cuatro de las secciones de Álava y Guipúz- 
coa, mandadas por D. Javier Rodríguez Vera, las cuales habían de 
hacer frente .lo sólo á las baterías de Monte Janeo, sino que también á 
las emplazadas por el enemigo para batir Montano y San Pedro Aban- 
to, eficazmente ayudadas por los gruesos cañones de la Escuadra que 
batían la derecha carlista. 

El plan del General Morlones era atravesar la línea nuestra por su 
centro y abrirse paso A Portugalete, y previo Consejo de oficiales ge- 
nerales, dio sus órdenes para que el día 24 se rompiera el fuego por 
sus baterías en toda la extensión de la línea carlista, principalmente 
por su extrema izquierda que ocupaba la Brigada Berriz, contra la cual 
se destacaron algunos batallones en son de reconocimiento. Los carlis- 
tas aguardaron cada cual en su respectivo puesto, decididos A mante- 
nerse en ellos á toda costa, A pesar del horrible fuego de la Artillería 
enemiga que destrozaba los parapetos y causaba grandísimas bajas. 
Pero como los carlistas no disponían de los cañones necesarios para 
contestar al vivo fuego que hacían los de los liberales, se reservaban 
firmes en sus posiciones para cuando avanzaran las columnas de In- 
fantería del Ejército republicano. 

Aquel día no era, sin embargo, el destinado para dar el empuje de- 
cisivo. Este se verificó al siguiente, el 2ó. 

El General en Jefe carlista Olio, que dirigía la batalla, se colocó en 
San Fuentes; el General Andéchaga A vanguardia; el General Mendiry 
en el centro; el General Velasco en las alturas de Galdames con tres 
batallones castellanos, y el General LizArraga A retaguardia con el Ba- 
tallón de aragoneses, otro guipuzcoano y dos navarros. 

A las nueve de la mañana, previo un violento cañoneo A toda la 
línea carlista, salieron los liberales de San Juan de Somorrostro. atra- 
vesando la ría por la izquierda ó sea hacia Montano, que era su obje- 
tivo principal, porque sin dominarlo no podían dominar las carreteras 
que conducían A Bilbao. Morlones lanzó la División de Andía con siete 
batallones hacia dicho punto: la División do CatalAn se dirigió hacia 
San Pedro Abanto y Santa Juliana; y la División de Primo de Rivera 
marchó hacia la extrema izquierda carlista. Al mismo tiempo rompía 



— 154 — 

la Escuadra el faego sobre ilontaño. y desde las once de la mañana 
hasta las cuatro de la tarde no cesó un momento el cañoneo, así como 
el avance y retroceso de las fuerzas liberales rechazadas en toda la 
línea, aunque fué tal la decisión del enemigo que en las primeras ho- 
ras pudo avanzar algo, ocupando el General Catalán el castillo viejo 
de San Martín, así como el General Andía algunas casas de las lade- 
ras del Montano, y llegando el General Primo de Rivera hasta las Ca- 
rreras; pero el imperturbable valor de los carlistas les impidió seguir 
adelante. 

Al principiar el General Primo de Rivera su ataque sobre el pico 
de las Cortes ocurrió un incidente que pudo tener graves consecuen- 
cias, y fué que un Batallón guipuzcoano se retiró de los parapetos que 
tenía encargo de defender, abrumado por el diluvio de proyectiles de 
cañón que arrojaba el enemigo; pero advirtiendo dicha retirada el Bri- 
gadier Berriz, se puso al frente del Batallón más próximo, que lo fué el 
primero de Álava, y en un impetuoso ataque á la bayoneta volvió á 
recuperarse la posición, estableciéndose sólidamente en ella y resta- 
bleciendo el honor de las armas. 

Don Carlos de Borbón, que ya había presenciado desde la llanura 
delante de San Fuentes el fuego del día 24, al ver que el 25 se forma- 
lizaba la acción, acudió con el General Dorregaray á la línea de com- 
bate: los solemnes acordes de la Marcha real resonaron en el fragor de 
la batalla, y allí, sirviendo con su brillante Estado Mayor de blanco á 
numerosos disparos enemigos, vióse aclamado no solamente por sus 
bravos y leales voluntarios, sino que también por soldados republica- 
nos, prisioneros en las célebres cargas á la bayoneta de aquella memo- 
rable jornada, pues los carlistas no se contentaban con responder con 
certero fuego á sus contrarios, á menos de cien metros (según lo orde- 
nado por el General Olio), sino que, para ahorrar municiones, salían de 
los parapetos librándose multitud de combates al arma blanca que di- 
rigían con su acostumbrado arrojo Andéchaga, Radica, Alvarez, Ro- 
dríguez y tantos otros jefes de no menor bizarría. 

Comprendiendo, el General Morlones, por las numerosas bajas que 
había sufrido su Ejército, ([ue no podía lograr el plan que se había pro- 
puesto, toda vez que no había podido avanzar por su centro ni por sus 
alas, ordenó la retirada de sus tropas, que volvieron aquella noche á 
repasar la ría y acantonarse en San Juan de Somorrostro. 

La batalla, por tanto, había sido ganada por las precisas órdenes y 
acertada dirección del insigne General D. Nicolás Olio, admirablemen- 
te secundado por los demás generales, jefes, oñciales y voluntarios del 
Ejército carlista, cuyos distintos cuerpos rivalizaron todos en valor y 



— 155 — 

«ntusiasmo, y Don Carlos de Borbón premió la pericia de Olio conce- 
diéndole merced de título de Castilla con la denominación de Conde de 
Somorrostro. 

Las tropas carlistas sufrieron unas seiscientas bajas; las del Ejército 
liberal llegaron á dos mil, contándose entre sus heridos al Brigadier 
Minguella, y entre sus contusos al General Primo de Rivera. 

El General en Jefe republicano, á cuyo valor no podemos menos de 
hacer cumplida justicia y á quien no podían negársele relevantes dotes 
militares, confesó modestamente su derrota en aquel célebre telegrama 




D. FRANCISCO SERRx^NO 

DUQUE DE LA TOKRE 



que dirigió al Gobierno diciendo: «El Ejército no ha podido forzar los 
reductos y trincheras carlistas, y su línea ha quedado quebrantada. 
Vengan refuerzos y otro General á encargarse del mando.» 



La derrota sufrida por los liberales causó tal sensación en toda Es- 
paña, que el Gobierno de la República acordó nombrar General en 
Jefe del Ejército del Norte, al más prestigioso de sus generales, que 
era al propio tiempo Jefe del Estado como Presidente del Poder Ejecu- 
tivo: D. Francisco Serrano, valeroso militar que al empezar la prime- 
ra guerra civil no era más que porta-estandarte de Coraceros de la 
Guardia Real y que siete años más tarde ceñía ya la faja de Mariscal 
de Campo, obteniendo todos sus ascensos por méritos de guerra y ha- 
biendo ganado también la Cruz laureada de San Fernando: político y 
soldado de fortuna que, ^linistro de la Guerra en el pronunciamiento 
de 184.3, Teniente General al año siguiente y agraciado por D.'* Isa- 
bel II con el empleo de Cipitán General, con el título de Duque de la 



— 15G — 

Torre y con la Grandeza de España, había llegado á ser la primera fi- 
gura de Ja Revolución al tener la suerte de vencer al caballeroso y no 
menos bravo Capitán General Marqués de Novaliches en la memorable 
batalla de Alcolea. 

También se incorporó á las fuerzas del Norte el Ministro de Marina 
D. Juan Bautista Topete, el iniciador en Cádiz de la Revolución de 1868, 
entendido y bravo marino que había ganado la Cruz de San Fernando 
en la guerra de África y que á las órdenes del heroico Méndez Núñez 
se había distinguido en el glorioso combate del Callao. 

Para el cargo de Jefe de Estado Mayor General nombróse al Gene- 
ral D. José López Domínguez, antiguo oficial del Cuerpo de Artillería, 
ilustrado y valiente militar que hiibía hecho con gran lucimiento las 
campañas de Crimea, de Italia y de África, ganando en ellas dos cru- 
ces de San Fernando^ y que acababa de alcanzar dignos laureles ani- 
quilando la temible insurrección cantonal de Cartagena. 

Al salir de Madrid el Duque de la Torre quedó ya acordado con el 
Ministro de la Guerra, Teniente General Marqués de Sierra-Bullones, 
el envío de grandes refuerzos que fueron llegando con pasmosa activi- 
dad y que consistieron en diez mil hombres y toda la Artillería necesa- 
ria hasta dotar al Ejército liberal de la línea de Somorrostro de un 
total de sesenta cañones: (1) dos de á 16 centímetros; cuatro de á 12, 
de posición; doce de á 10, de reserva; dieciocho de á 8, sistema Krupp; 
doce de á 8, sistema Plasencia, y otros doce de Montaña, sistema 
antiguo. 

El día 8 de Marzo dióse una nueva organización al Ejército liberal, 
que se dividió en dos Cuerpos al mando de los Generales Letona y 
Primo de Rivera, y dos brigadas de vanguardia á las órdenes de los 
brigadieres Blanco y Chinchilla; el primer Cuerpo constaba de dos di- 
visiones mandadas por los generales Andía y Catalán, y el segundo 
Cuerpo estaba también formado por dos divisiones, á cuyo frente figu- 
raban los generales Serrano Acebrón y Morales de los Ríos; á estas 
tropas se agregaron después, las que de Guipúzcoa llevó el General 
Loma, y entre todas formaron un total de cuarenta y ocho batallones, 
con la poderosa Artillería detallada anteriormente, y fuerzas de Inge- 
nieros, Guardia Civil y Caballería, afectas al Cuartel General. 

Nada hablaremos ahora de los diversos proyectos de los generales 
liberales; porque las reflexiones tácticas y estratégicas las dejamos 
para más adelante, con el fin de no interrumpir la narración de los 
combates. 



(1) Xarración Militar de la Guerra Carlista, por el Cuerpo de Estado Mayor 
del Ejército; tomo I, páginas 89 y 90. 



— 157 — 

El Ejército carlista, por su parte, comprendiendo la nube que era 
■de esperar se le fuera encima, procuró aumentar sus contingentes apro- 
vechándose del abandono de Tolosa por los liberales, y por tanto hizo 
marchar á Somorrostro algunos batallones guipuzcoancs y navarros 
que se iban organizando, únicas fuerzas de que por el momento se po- 
día disponer sin desamparar Estella, Bilbao y el posible flanqueo por 
Galdames y Portugalete, y acaso por Vitoria ó por el mar. 

El Ejército carlista, á las órdenes del General Olio, el vencedor de 
Morlones, se reorganizó y estableció en posiciones de la manera si- 
guiente: El General Andéchaga con los batallones 1." de Castilla, de 
Arratia y encartados, ocupaba la extrema derecha, es decir, Ciérvana 
y las posiciones inmediatas: la primera Brigada, de Zalduendo, con los 
batallones 1.° y 5.*^ de Navarra, en Sanfaentes: la segunda Brigada, de 
Radica, con los batallones 2." y T.*^ de Navarra, en la carretera pró- 
xima: la tercera Brigada, de Yoldi, con los batallones 3.° y 6.** de Na- 
varra, en Santa Juliana: la cuarta Brigada, de Goñi, con los batallo- 
nes 4.° de Navarra y 2." de Álava, en Nocedal: la quinta Brigada, de 
Alvarez, con los batallones 3." y 4.° de Álava, en San Pedro Abanto: 
la sexta Brigada, de Zaratiegui, con los batallones 3.° y 4." de Casti- 
lla, en los parapetos detrás de Santa Juliana: la séptima Brigada, de 
Berriz, con los batallones 2.*' de Castilla y 3." de Guipúzcoa, en Puche- 
ta: la octava Brigada, de Aizpurúa, con los batallones 7.° y 8.*^ de Gui- 
púzcoa, en las Cortes: el General Velasco al mando de las brigadas 
séptima y octava se encargó de la extrema izquierda de la linea: el 4.° 
Batallón guipuzcoano se situó en Portugalete, y á las órdenes del Mar- 
qués de Valde-Espina quedaron siete batallones vizcaínos para conte- 
ner las salidas que pudiera intentar la guarnición de Bilbao. 

El Ejército liberal apoyaba su izquierda en Poveña y Muzquiz, ex- 
tendiéndose por Somorrostro, La Cuadra, La Rigada: fuerzas acampa- 
das ocupaban las alturas de la derecha del Ejército, y en el alto de 
Arenillas se estableció una Batería de á 10 centímetros. Cinco batallo- 
nes mantenían la línea de comunicaciones en la Concepción y Ontón, 
y desde Laredo á Santoña se situó un Cuerpo de reserva á las órdenes 
del General Loma, compuesto de una Brigada y una División del se- 
gundo Cuerpo. 

Mientras organizaba sus futuros ataques el Duque de la Torre, ocu- 
pábanse los batallones carlistas en mejorar sus defensas, erizándolas de 
parapetos más reducidos, con el fln de presentar el menor blanco posi- 
ble á la formidable Artillería liberal, y la práctica les llevó á construir 
zanjas que evitando el relieve disminuían las probabilidades de acierto 
á los artilleros enemigos: el Teniente Coronel de Ingenieros D.José 



— 158 — 

Garin dio la última mano al proyecto, y unido esto al pie forzado de 
tirar á cortísima distancia, con lo cual se ahorraban municiones á la 
vez que se aprovechaban más los tiros, resultaban las lineas de atrin- 
cheramientos carlistas convertidas en un campo casi del todo inex- 
pugnable. 

Así transcurrió desde últimos de Febrero hasta mediados de JMarzor 
los carlistas perfeccionando sus posiciones defensivas, y los liberales 
trazando y construyendo baterías é ideando diferentes planes de ata- 
que, decidiéndose por último, en Consejo de oficiales generales, que el 
Cuerpo del General Loma efectuase un desembarco en Algorta, á la vez 
que el Ejército de Somorrostro intentaba romper la línea carlista. 

En efecto, el día 19 se embarcaron las tropas de Loma, dirigienda 
personalmente la Escuadra el Ministro de Marina, Vice-almirante To- 
pete, y llegó antes de amanecer al abra de Bilbao. Pero como el Ejér- 
cito de tierra no debía romper el faego hasta tener noticias de la Es- 
cuadra, y ésta tuvo que regresar por el mal cariz que presentaba el 
mar, ambos ejércitos estuvieron preparados y contemplándose en sus 
posiciones, á excepción de algunos batallones carlistas que sospechando 
la operación del desembarco recibieron orden de reforzar Portugalete 
y Algorta, así como contener, si era preciso, las salidas que pudiera 
intentar la guarnición de Bilbao. 

El General en Jefe liberal no podía resignarse á renunciar al plan 
del desembarco, así es que estuvo dos ó tres días esperando á que me- 
jorase el estado del mar; pero á pesar de haber esto sucedido, y sin 
duda por dificultades de la Escuadra, decidióse al fin á embestir por 
tierra y de frente los atrincheramientos carlistas. 

En su consecuencia, y resuelto el ataque para el día 25, se ordenó 
al General Primo de Rivera que atacase la izquierda carlista para de 
este modo proteger el avance por San Pedro Abanto. De la derecha 
carlista se encargó el General Letona, y del centro el General Loma, 
debiendo ayudar eficazmente á Letona, con sus fuegos de fianco sobre 
las trincheras del Montano, la Artillería de los barcos de la Escuadra, 
dotada con veinte y tres cañones de á 20, 18, 16, 15 y 8 centímetros, 
teniendo, por lo tanto, los carlistas que suftñr el cañoneo de ochenta y 
tres piezas, entre las de mar y las de tierra. 

A las siete de la mañana, y protegidas por el vivísimo fuego de sus 
baterías de posición, rompieron la marcha simultáneamente las fuei'- 
zas liberales. Apercibidos convenientemente los carlistas esperaron fir- 
mes en sus zanjas el ataque comenzado, recibiendo al enemigo con un 
nutrido fuego en toda su línea. 

Empezaba, pues, la famosa batalla de los tres días. 



— 159 — 

Con ímpetu sin i^ual lanzáronse los diez y seis batallones del Gene- 
ral Primo de Rivera sobre las escasas fuerzas carlistas, que no eran 
más, como hemos dicho, que los batallones del Brigadier Berriz y los 
que bajaron á sostenerle mandados por el General Velasco, que ocupa- 
ban antes la cumbre de Triano: pero por esta parte no pudieron los li- 
berales conseguir su objeto, que era el de coronar las posiciones carlis- 
tas de la izquierda, pues solamente lograron apoderarse de las Cortes, 
cuya posición les resultaba insostenible á causa de hallarse dominada 
por las alturas inmediatas, las cuales continuaron en poder de los car- 
listas. El General Letona quedó al fin de la jornada en las primeras es- 
tribaciones del Montano, y el General Loma en Las Carreras; pero sin 
poder adelantar un solo paso, á pesar de lo cercano que se hallaban de 
su objetivo principal, poniendo la noche fin al encarnizado combate de 
aquel día y acampando todos en sus respectivas posiciones. 

Al amanecer del 26 rompióse de nuevo el fuego, con igual tesón por 
ambas partes, pero con la diferencia de ser más espantoso el cañoneo 
á causa de haber emplazado los liberales á menor distancia algunas de 
sus baterías de posición. El combate continuó cada vez con mayor en- 
carnizamiento por parte de unos y otros, pero sin adelantar nada por 
su frente, lo cual obligó al Duque de la Torre á reforzar su centro y su 
derecha. El ataque fué obstinado y sangriento: la distancia que sepa- 
raba á las dos fuerzas contrarias era tan corta, sobretodo en el centro^ 
ó sea en San Pedro Abanto, que se habrían oído distintamente las con- 
versaciones de unos y de otros, si lo hubiera podido permitir el vivísi- 
mo tronar de los cañones liberales. 

Convencido el General Primo de Rivera de que no podía llenar su 
misión ocupando las alturas de Triano, se corrió con la mayor parte de 
sus fuerzas hacia el centro, dándose la mano con el General Loma, á 
quien también había reforzado por su izquierda el General Letona con 
algunos batallones, de manera que el combate principal hubo de cir- 
cunscribirse al centro, y era de ver á los batallones carlistas de Santa 
Juliana y San Pedro Abanto, rodeados de una columna de fuego, dis- 
parar sus armas con serenidad pasmosa, defendiéndose con sin igual 
bizarría. No nos compete citar nombres ni unidades tácticas por temor 
de lastimar á los que nuestra memoria olvidase; pero no hubo uno solo 
que no se excediese en el cumplimiento de su deber. Al caer de la tar- 
de, comprendieron todos que la batalla tenía que continuar, porque ni 
el General Primo de Rivera ni el General Letona habían avanzado sen- 
siblemente: sólo el centro liberal había conseguido sostenerse en Las 
Carreras. 

Reprodújose el ataque el día 27 con mayor furia, si cabe, que en los 



— 160 — 

días anteriores, y con mayor tesón y valentía sostenido por los carlis- 
tas en San Pedro de Abanto, Santa Juliana y las casas de Murrieta: la 
Artillería liberal cubría con sus granadas todos los atrincheramientos 
nuestros, y sus baterías de las Carreras, establecidas á tiro de pistola, 
abrasaban, materialmente, nuestras zanjas y parapetos. Los batallones 
liberales, sin embargo, avanzaban paso á paso: pero al lograr, al pare- 
cer, su objeto coronando alguna posición codiciada, veíanse obligados 
á retroceder de nuevo, librándose multitud de combates ú la bayoneta. 




D. RAFAEL ALVAREZ 



No se sabía qué admirar más, si el denuedo de los republicanos ó 
el sereno valor de los carlistas. 

A vanguardia de las columnas que atacaron San Pedro Abanto mar- 
chó un Batallón de Infantería de ]\[arina, en cuyo elogio no hay que 
decir más si no que fué completamente destrozado, por preferir sus bi- 
zarros jefes, oficiales y soldados quedar tendidos en el campo antes 
que volver la espalda á los carlistas, á cuyo frente se encontraba, pre- 
cisamente en la misma citada posición, un antiguo oficial de la Arma- 
da, el temerario Brigadier carlista D. Rafael Alvarez Cacho d.e Herre- 
ra, quien subido sobre los parapetos de los esforzados alaveses de su 
digno mando, desafiaba constantemente, y á pecho descubierto, la llu- 
via de plomo é hierro con que le saludaba el enemigo, y cuando llega- 
ba el momento oportuno lanzábase el primero á la carga^ viéndosele 



— 161 — 

siempre á la cabeza de sus heroicos voluntarlos, aún después de recibir 
tres grandes contusiones. El popular historiador D. Antonio Piraladice 
textualmente: «Defendía San Pedro Abanto D. Rafael Alvarez que no 
»se limitó á pelear desde los parapetos, sino á la bayoneta, y pelearon 
»él y su gente con bizarría.» Pero, realmente, hay que hacer constar 
que con igual denuedo pelearon en aquella célebre batalla de los tres 
días todos los jefes, oficiales y soldados de ambos campos, carlistas y 
republicanos. 

El mismo Capitán General, Daque de la Torre, hubo de consignar 
después de oficio «que los carlistas se habían defendido con una tena- 
>>cidad comparable sólo á la bravura de nuestras tropas.» 

Un distinguido jefe liberal, en la obra Juicio crítico de la guerra 
civil, á propósito de estas batallas de Marzo se expresa así: «El fuego 
»de nuestra Artillería era poca cosa, á pesar de ser muy rápido y muy 
«certero, para amedrentar aquellos enemigos tan valientes y decididos 
»que salían de sus parapetos y se descubrían para tirar mejor contra 
»las tropas que los asaltaban: La metralla de nuestros cañones no era 
«suficiente á proteger nuestra Infantería contra unos enemigos tan bra- 
»vos y tenaces.» 

Hé aquí algo de lo que dice sobre la batalla de San Pedro Abanto 
el escritor liberal D. Antonio Pirala en su Historia Contemporánea: 
«El fuego era horroroso en toda la línea: los carlistas resistían desespe- 
«radamente; saltaban en ocasiones de sus parapetos y cruzaban sus ba- 
»yonetas con los que les atacaban con la misma arma; se rehicieron los 
»liberales; se apoderaron de los caseríos de Puchetay Murrieta; fueron 
«rechazados desde San Pedro Abanto, cuya defensa era más obstinada 
»y donde los liberales sufrían además del fuego de frente y flanco el de 
«retaguardia producido por una trinchera que con traviesas y rails 
«construyeron los carlistas en el ferrocarril de Galdames; y como si 
«esto no fuera bastante, la Iglesia de San Pedro y algunas casas agru- 
«padas á su alrededor, que están sobre una colina, eran defendidas por 
«los parapetos y más abajo por un arroyo que servía de foso. Heroicos 
«esfuerzos hicieron los soldados liberales para apoderarse de San Pedro 
»y de la trinchera del ferrocarril: todo era inútil; llegaron hasta laori- 
»lla del arroyo^ que no pudieron salvar, y allí encontraban la muerte. 
«¡Cuántos cadáveres llenaron el pequeño prado triangular que hay al 
«pie de la eminencia en que está San Pedro Abanto y junto á la carre- 
»tera!...» 

]']1 mismo Duque de la Torre con su Jefe de Estado Mayor el bravo 
General López Domínguez, se puso valerosamente al frente de sus tro- 
pas para animar todavía más á tan decididos acDmetedor3S; todos los 



— 162 — 

jefes liberales dieron el mayor ejemplo de valor peleando en las gue- 
rrillas, pero á pesar de su bravura y la de sus soldados, únicamente lo- 
graron al fin de la jornada de los tres días hacerse dueños de las casa? 
llamadas de Murrieta^, situadas entre San Pedro Abanto y las Carreras. 
Imposible poderse describir el tremendo fuego que por ambas par- 
tes se hacía, especialmente desde la nna de la tarde hasta el anochecer. 
Ninguno de aquellos generales y veteranos jefes recordaba parecidas 
batallas: «Únicamente puede encontrarse algo semejante en la guerra 




D. JOSÉ LÓPEZ DOMÍNGUEZ 

»de Crimea, pero sólo en la zona ocupada por la torre de Malakoíf^ 
»cuando su célebre asalto,» dice el General López Domínguez en su 
folleto sobre las batallas de la línea de Somorrostro. 

La Narración militar de la guerra carlista, escrita por el distin- 
guido Cuerpo de Estado Mayor del Ejército, al hacer justicia á la fe y 
al heroísmo del Ejército carlista cita, entre otros casos, el de una com- 
pañía de navarros que, ante el fuego de ocho cañones Krupp que dis- 
paraba sobre ella, trató de retirarse de Mantres, pero advertida por 
sus oficiales de que Don Carlos de Borbón estaba á pocos pasos, volvió 
á la trinchera rezando en alta voz el acto de Contrición, dispuestos á 
morir antes que abandonar su puesto de honor; con igual fe pelearon 
todos. 

El ilustrado autor de La Campaña Carlista, D. Francisco Hernan- 
do, Ayudante de Campo del general Lizárraga, se expresa asi en su 



— Í63 — 

citada obra: «Nuestros voluntarios estaban como pegados á lospárape- 
»tos: dos días llevaba el 4.° de Castilla en el suyo, casi sin comer ni 
» beber, con infinidad de bajas; y cuando por la noche se tínvió alguna 
«fuerza para relevarle á fin de que descansara, pidió que se le dejase 
»en aquel puesto de honor y de peligro; pues ya que se le había enco- 
»mendado, quería morir en él ó conservarle. Lo que deseamos, decían 
»los soldados, soíijpicos y palas para recomponerlos parapetos, pero 
»no relevo ni descanso. Y, en efecto, en vez de dormir, pasaban la no- 
»che abriendo nuevas zanjas y levantando otros parapetos.— El 1.'"* de 
» Álava había perdido 180 hombres, y sin embargo, no consintió tam- 
»poco que se le enviase á retaguardia, así como el 4.° de la misma pro- 
»vincia, que había sido muy castigado, contestó como los castellanos, 
»que aun eran bastantes para conservar sus posiciones.» 

La Artillería carlista en todas estas operaciones se portó bizarra- 
mente, dada la desventajosa situación en que se encontraba respecto á 
la liberal, tanto en número como en alcance y calibre de las bocas de 
fuego; pues dicho se está que no llegaban sus proyectiles á ofender á 
las baterías muy superiores establecidas en Monte Janeo, y que mien- 
tras no se pusieron á tiro, sólo pudieron ofender á las columnas de 
asalto á San Pedro Abanto y á las que intentaron envolver su izquier- 
da, en las alturas del Brigadier Berriz, donde el Teniente Coronel de 
Artillería Rodríguez Vera cayó gravemente herido, así como en San 
Pedro Abanto y Santa Juliana los oficiales Llorens y Saavedra, de la 
Batería de Reyero, y bastantes artilleros. 

Las perdidas de ambos combatientes fueron enormes. Las de los li- 
berales (según documentos oficiales) fueron, en los tres días de comba- 
te, dos mil doscientas cuarenta y una bajas entre muertos y heridos, 
contándose entre los primeros los coroneles Quintana, Trillo y Rodrí- 
guez, y figurando entre los segundos los generales Primo de Rivera y 
Loma y los brigadieres Terrero y Cortijos. 

Las de los carlistas fueron también muy numerosas: baste decir que 
hubo Batallón, como el 3.** de Álava, que tuvo trescientos hombres fue- 
ra de combate; puede calcularse que el total de nuestras bajas llegó 
casi á dos mil. 

Las batallas de Marzo en la línea de Somorrostro constituyen una 
verdadera epopeya; verdad es que solamente la presencia de Don Car- 
los de Borbón y de sus más esclarecidos generales en los puntos de 
mayor peligro bastaba para llenar á nuestros heroicos voluntarios de 
un incontrastable entusiasmo, únicamente parecido al de los recha- 
zados, pero bravos liberales, cuando vieron desafiando la muerte, á la 
cabeza de ellos, al Duque de la Torre. 

¡Españoles todos, al fin! 




MEDALLA DE VIZCAYA 



Capitulo XIV 

Consejo de generales carlistas. — Muertes de Olio y Radica. — Episodios. 
— El Marqués del Duero en el Ejército del Korte. — Acciones de 
Muñecaz y Galdames. — Retirada del Ejército carlista. — Conside- 
raciones sobre la campaña de Somorrostro. 

CONVENCIDO el GolDierno republicano de que, á pesar de los refuer- 
zos de su Ejército y del imperturbable valor de sus soldados, les 
era de todo punto imposible forzar de frente la línea de Somorrostro, 
pensaron por ñn en lo que podían haber pensado desde el principio^ 
tanto el General Morlones como el Duque de la Torre, es decir^ en en- 
volver nuestras posiciones, ó por lo menos flanquearlas en términos de 
obligarnos á su abandono. Los días que transcurrieron hasta que se dio 
forma al nuevo plan de operaciones á fines de Abril, empleáronse por 
ambos ejércitos en renovar y multiplicar sus respectivos atrinche- 
ramientos, erizando de dificultades toda la extensión de sus campos, 
especialmente los carlistas en las avenidas de San Pedro Abanto y San- 
ta Juliana, y los liberales en sus conquistadas casas de Murrieta y las 
Carreras, estableciendo fuertes baterías para el emplazamiento de sus 
piezas de grueso calibre. 

Asi es que el día 28 de Marzo y los siguientes, hasta fines de Abril, 



— 165 — 

no se renovó el ataque por ninguno de los dos ejércitos, pues ambos 
necesitaban descansar del esfuerzo titánico que habían llevado á cabo 
en la siempre memorable batalla de los tres días necesitando á la vez 
disponer de tiempo para enterrar los muertos de que los atrinchera- 
mientos estaban sembrados en los días siguientes á las batallas de Mar- 
zo. Únicamente los cañones de Monte Janeo hacían un fuego muy 
lento, para advertir á los defensores de Bilbao que aun se velaba y se 
pensaba en ellos. 

Pero antes de llegar á las jornadas finales, cumple á nuestro relato 
dar cuenta del Consejo de Guerra de oficiales generales verificado bajo 
la presidencia de Don Carlos de Borbón, de la gran desgracia ocurrida 
al Ejército carlista el 29 de Marzo y de la reorganización de ambas 
fuerzas beligerantes antes de las operaciones que dieron fin en Mayo á 
la campaña de Somorrostro. 

Citados convenientemente, se reunieron en Consejo el día 28 de Mar- 
zo, como hemos indicado, los generales EIío, Dorregaray, Olio, Men- 
diry, Duque de la Roca, Marqués de Valde-Espina, Lizárraga, Martí- 
nez de Yelasco, Andéchaga, Benavidesy Larramendi,y los brigadieres 
Rada, Oliver, Bérriz, Zaratiegui, Yoldi, Zalduendo, Lerga, Alvárez, 
Orniaeche y Aizpurúa. El anciano y caballeroso Capitán General don 
Joaquín Elío tomó la palabra, previa la venia de Don Carlos, y plan- 
teó la cuestión de conveniencia en levantar ó no el sitio de Bilbao, ó de 
retirar la línea de defensa de San Pedro Abanto á la de Castrejana 
para librar allí la decisiva batalla, ó trasladar la guerra á otras pro- 
vincias. El General Mendiry contestó afirmativamente á la primera 
pregunta,, fundando su respuesta en las numerosas y sensibles bajas 
sufridas hasta entonces por el ejército carlista, en su difícil reemplazo 
y en la escasez de sus municiones. El General Andéchaga y el Briga- 
dier Bérriz opinaron en contrario, afirmando que las municiones había 
casi seguridad de reponerlas en día no lejano, y que hallándose á tan 
gran altura la moral del ejército carlista, sería un golpe acaso de 
muerte para la Causa emprender una retirada, estando tan elevado el 
espíritu de sus jefes, oficiales y voluntarios, máxime no habiendo su- 
frido ninguna derrota. Puesto el asunto á votación, y á pesar del voto 
negativo á continuar en la línea de Somorrostro, emitido por la mayo- 
ría de los reunidos, tomó el General Elío la palabra para manifestar 
que, en vista de las razones expuestas por la minoría, se adhería á ella, 
habiéndose puesto en estado de defensa otra linea desde Algorta á 
Banderas y Santo Domingo, y dióse, por lo tanto, la orden para extre- 
mar la resistencia y continuar defendiendo las líneas desde Montano á 
Triano. 



— 1G6 — 

El día 29 filé un día de luto para el Ejército carlista: una g. -añada 
disparada desde Monte Janeo hizo blanco en un grupo de generales 
que había salido á recorrer las posiciones, hiriendo de muerte al Gene- 
ral Olio, al Brigadier Rada, al Auditor de Navarra Escudero y leve- 
mente al coronel Torrecilla. El caudillo navarro falleció aquella misma 
noche, y el heroico Radica al día siguiente en el hospital de Santurce. 
No tenemos palabras para ponderar lo sensibles que fueron para nues- 
tro Ejército la muerte del ilustre y modesto General y la del insigne y 
bizarro guerrillero de Tafalla. Han pasado vemte y tres años^ y al re- 
cordar tan inmensa desgracia aun asoman las lágrimas á nuestros ojos^ 
y en tanto tiempo no hemos dado un solo día al olvido su memoria, ni 
el egregio Desterrado de Venecia, que en su honor y en el de tantí- 
simos otros campeones que dieron su vida por la bandera de Dios, Pa- 
tria y Rey, ha ordenado celebrar las solemnidades del 10 de Marzo. 

Paz á los muertos y sigamos nuestra narración: 

El día 30 se pidió un armisticio á los carlistas para enterrar la mul- 
titud de cadáveres cuya putrefacción inficionaba el aire con gran 
detrimento de la salud del soldado. Durante el armisticio hubo varias 
conferencias entre los jefes y oficiales amigos y antiguos compañeros 
de ambos ejércitos, y hasta sonó la voz de arreglo entre todos, pero no 
dio resultado alguno y ni uno solo cambió de campo, dicho sea en ho- 
nor de unos y otros. 

Llegaron á los pocos días los de la Semana Santa, y el Ejército carlis- 
ta la celebró armando una modesta capilla de campaña en la que se re- 
zaron los divinos Oficios, pasando luego á visitar el improvisado Sagra- 
rio todas las tropas, desarmadas y por grupos, siguiendo la cristiana 
costumbre del Ejército español. 



El Ejército liberal estaba nuevamente en vías de reorganización: el 
Duque de la Torre había pedido más refuerzos, no sólo para reponer 
sus bajas, sino también para emprender operaciones en mayor escala, 
continuando entretanto en su campo atrincherado de Somorrostro. 

El Ministro de la Guerra Zabala ofició el día 3 indicando al Duque 
de la Torre la conveniencia de que con los refuerzos que á toda prisa 
se preparaban y que consistían en quince mil hombres se formara un 
nuevo cuerpo de ejército que rebasando la izquierda carlista cogiera 
á ésta de revés y la obligara á capitular,, ó por lo menos á levantar su 
línea. El punto de ataque fué el único obstáculo que se debatió en las 
comunicaciones que mediaron entre ambos generales, y aun con el Co- 
mandante en jefe del expresado tercer Cuerpo, el Capitán General Mar- 



— 107 — 

qués del Duero, adoptándose por fin un plan definitivo consistente en 
verificar un ataque simultáneo las fuerzas del Duque de la Torre y las 
del Marqués del Duero, el primero por su frente y el segundo por Mu- 
ñecaz y Galdames con veinte batallones, sirviendo de lazo de unión 
«ntre ambos caudillos una División de siete batallones que destacaría 
de su derecha el Duque para ponerse en contacto con el Marqués. 

Reorganizóse, pues, el Ejército republicano déla manera siguiente: 
Oeneral en jefe, el Capitán General Duque de la Torre, teniendo á sus 
inmediatas órdenes dos cuerpos mandados por los Generales Letona y 
Laserna, sumando entre los dos treinta y cinco batallones, con la nu- 
merosa dotación de Artillería de posición, de batalla y de montaña de 
que ya hemos hecho mérito, y constituyendo cuatro divisiones á cuyo 
frente figuraban los generales Andía, Catalán, Serrano Acebrón y Mo- 
rales de los Ríos, y dos brigadas de vanguardia á las órdenes del Ge- 
neral Palacio y de los brigadieres Blanco y Chinchilla. El tercer Cuer- 
po, ó sea el encargado de flanquear la línea carlista, tenía de Coman- 
dante general, como ya hemos dicho, al Marqués del Duero, con veinte 
y cuatro batallones y veinte piezas de Artillería, formando tres divi- 
fiiones mandadas por los generales Echagüe, Martínez Campos y 
Reyes. 

Enterados los carlistas por seguras confidencias del plan de los ene- 
migos, padecieron sin embargo, entre otros, un error gravísimo, supo- 
niendo que el Cuerpo del Marqués del Duero avanzaría por Valmaseda, 
y no por las Muñecaz, y partiendo de esta base tomaron sus medidas 
para contrarrestarlo. El veterano General Elío, dejando en Somorros- 
tro al General Dorregaray al frente de las tropas que guarnecían dicha 
línea, tomó el mando de una División de once batallones, y se situó 
con el General Lizárraga en Traslaviña, como punto céntrico de la 
nueva línea que estableció en esta forma: El General Andéchaga, con 
dos batallones de Encartados, en Talledo; el Brigadier Yoldi, con los 
cántabros, en Muñecaz; el Brigadier Aizpurúa, con los batallones 7.° y 
octavo de Guipúzcoa, en Villaverde; y el General Martínez de Velasco, 
desde Santa Cruz de Arcentales hasta Carranza, con los cuatro batallo- 
nes de Castilla y el de Asturianos, el cual era, por cierto, el único re- 
fuerzo que había recibido el Ejército carlista después de las sangrien- 
tas jornadas de Marzo. 

Acordado en definitiva el plan de ataque por el Ejército republicano, 
rompieron la marcha el día 27 las tropas del tercer Cuerpo en dirección 
á Otañez ocupando el pueblo y alturas inmediatas, mediando un lige- 
ro tiroteo con las fuerzas carlistas en observación de los movimientos 
del enemigo. Conocida entonces la dirección del Marqués del Duero, 



— 168 — 

ordenó el General Elío, que el General Andéchaga fuera reforzado con 
dos de los batallones que tenía á sus órdenes el General Velasco, quien 
se apresui'ó á cumplimentar lo dispuesto por Elío, reuniéndose en junto 
cuatro batallones carlistas para oponerse, por lo menos, á triple núme- 
ro de enemigos. 

Al amanecer del 28, los generales Echagüe y Martínez Campos rC' 
cibieron la orden de tomar las dos cordilleras de Haya y Mello respec- 
tivamente, para caer después sobre Talledo. Ardua hubiera sido la em- 
presa encomendada á dichos generales si las cortaduras y trincheras 
carlistas hubieran sido defendidas, siquiera, por doble número de ba- 
tallones; pero ni los valientes encartados ni los sufridos y no menos 
bravos castellanos podían hacer imposibles, así es que después dq un 
combate desesperado, aún más que heroico, perdieron sus posiciones, 
aunque no sin hacer sensibles y numerosas bajas á los liberales, que 
tuvieron cuarenta y cinco muertos y quinientos heridos. Las última» 
trincheras carlistas tuvieron, sin embargo, que ser tomadas por el arro- 
jo del Marqués del Duero y de los generales á sus órdenes, quienes ba- 
tiéndose en las guerrillas consiguieron, con el ejemplo de su bravura, 
que sus numerosos batallones hicieran un supremo esfuerzo, y abru- 
mando con tantas faerzas á los denodados pero pocos defensores, logra- 
sen el éxito de la jornada, que faé funesta para los carlistas, pues per- 
dieron al heroico General Andéchaga y las posiciones que, aún tan 
bravamente defendidas, tuvieron al tin que abandonar. 

Al mismo tiemp) las tropas liberales destacadas de Somorrostro, al 
mando del General Laserna, operaron su unión con las del Marqués 
del Duero en el pico de Melio, mientras en las líneas de Somorrostro 
sostenía el Duque de la Torre un nutrido fuego para que los carlistas 
que tenía á sü frente no pudieran intentar el fracaso de las operacio- 
nes emprendidas por el resto del Ejército republicano. 

Retirados después de la acción de las ]\íuñecaz, los carlistas que la 
habían sostenido, á Traslaviña el General Vclasco con los batallones 
del Cid y de Arlanzón, y el General Lizárraga con los de encartados á 
Sopuerta, dispuso, el día 29, el General Elío que tanto dichas fuerzas 
como los otros dos batallones castellanos, el de Asturias y los demás 
que con los brigadieres Yoldi y Aizpurrú se mantenían en sus anti- 
guas posiciones, se replegasen sobre Galdaraes en cuya sierra estable- 
ció dos batallones de Castilla, trasladándose después Elío con los res- 
tantes de su inmediato mando á Güeñes, á cuya derecha é izquierda 
escalonó sus tropas creyendo que los liberales se dirigían sobre Valma- 
seda, cuya, idea le dominó hasta el extremo de llegar íI pensar en aban- 
donar por completo la sierra de Galdanies y tras'adar toda su defensa 



— ÍG9 — 

á Sodupe, (1) volando los pueates de Güeñes, El Marqués del Duero, 
mientras tanto, se había corrido á Sopuerta, y el General Laserna ca- 
ñoneaba é intentaba apoderarse de las Cortes, cuya importante posi- 
ción defendió bravamente el General Larramendi, rechazando á la ba- 
yoneta al enemigo. 

Como el Marqués del Duero disponía de suficientes fuerzas, para 
vencer á los carlistas trató de desorientarlos y de alejarlos de su obje- 
tivo principal por medio de diversos movimientos que iniciaron sus tro- 
pas^ ya hacia Galdames, ya hacia Valmaseda^ ya sobre Güeñes y Sodu- 




D. GERARDO MARTÍNEZ DE VELASCO 



pe. En estas operaciones transcurrió el día 21) y gran parte del 30. pues 
el plan del Marqués del Duero era hacerse dueño por capitulación del 
Ejército carlista que defendía la línea de Somorrostro, rebasándola por 
Galdames y dirigiéndose á Castrejana; habilísima operación que los 
carlistas no tuvieron la fortuna de adivinar, y que de haberla conoci- 
do la hubieran dificultado grandemente á pesar de lo corto de sus 
faerzas. 

Ya hemos dicho que en la sierra de Galdames situó el General Elio 
dos batallones, de los cuales estaba encargado de defender la principal 
posición el 4.*^ de Castilla, mandado por el aguerrido Solana. Desde que 
el enemigo dirigió la División de Martínez Campos sobre Galdames, ni 
el número de los enemigos ni la impetuosidad del ataque arredraron á 
Solana y á los suyos, que con un valor temerario disputaron sus posi- 



(1) Carta de Elio á Dorregaraj-, féchala en Güeñes el día 30 de Abril 
de 1874. 



— 170 — 

•ciones con tal tenacidad y causando tan enormes bajas i\ los liberales, 
que seguramente, á haberse dispuesto de otro batallón más no hubiera 
coronado el General Martínez Campos la cumbre en la noche de aquel 
día tan glorioso para el Coronel Solana y sus bravos castellanos; pero 
A pesar de la superioridad numérica de las tropas con que atacaron los 
republicanos no lograron éstos que cediesen los carlistas, sino cuando 
3'a no corría peligro de caer en poder del enemigo el Ejército carlista 




D. JÓSE M. G. SOLANA 



de Somorrostro, el cual, gracias á la heroica resistencia de aquel inol- 
vidable Batallón castellano, pudo verificar su retirada sin perder un 
hombre ni un cartucho en la noche del mismo día. 

Gloriosa puede, por tanto, considerarse aquella retirada, pues que 
tampoco abandonaron los sitiadores de Bilbao, ni un pertreciho ni una 
sola pieza de bronce^ dejando únicamente en las baterías los cuatro 
cañones de hierro que habían desenterrado al comenzar el asedio y 
que, como ya dijimos, servían de postes para amarrar los barcos. Débe- 
se también tener en cuenta, en elogio del Ejército carlista, que el últi- 
mo disparo sobre Bilbao se hizo á las diez, y que los dos cañones que 
se hallaban en las Arenas fueron retirados á las doce de la misma no- 
che^ incorporándose al resto del Ejército al amanecer del día 1." de 
Mayo. 



— 171 — 

La última Brigada que se retiró faé la de Berriz, y detrás de ella, 
el último de todos, sólo con sus ayudantes de campo, el Jefe de Estado 
Mayor General D. Joaquín Elio, cuando ya estaba el enemigo á la vis- 
ta de Sodupe. Admiremos su valor temerario y su serenidad, pero hay 
que deplorar el error en que incurrió durante las últimas operaciones, 
dando origen con él á que el Marqués del Duero realizase punto por 
punto sus deseos, menos el de hacer prisioneras las tropas carlistas que 
■ocupaban lá línea de Somorrostro, si bien libertando á Bilbao, como re- 
sultado de sus bien meditados planes y de los del Duque de la Torre. 



Hagamos ahora algunas consideraciones sobre la campaña de So- 
morrostro. 

No hay que negar al General JMorioncs singulares dotes de mando, 
■como son el valor y la actividad desplegadas en todas cuantas ocasio- 
nes tuvo la dirección del Ejército republicano; pero en medio de aque- 
llas cualidades nunca le cupo dar cima por completo ú sus planes de 
campaña. 

Solamente con volver la vista al año 1873 encontraremos la prueba 
de nuestro aserto. Nadie duda que el objetivo del General Moriones en 
Mañeru y Montejurra era la plaza de Estella; así como el socorro á To- 
losa, en Diciembre, debió haberse completado con la destrucción de las 
íábricas y maestranzas carlistas. Pues bien, el Ejército carlista le hizo 
frente en la primera acción de las citadas, y en la batalla de Monteju- 
rra, A pesar de la superioridad num(^*ica de los liberales, se retiraron 
éstos al tercer día de acción. 

Cuando el famoso socorro á Tolosa, nadie pone en duda que fué 
muy bien concebida y ejecutada la primera parte del plan de Morio- 
nes^ pero quedó en pie la segunda, y se convenció de que no podía re- 
dondear su operación destruyendo las fábricas de los carlistas. 

Del mismo modo en su plan sobre liberación de Bilbao sucedió otro 
tanto. Seguramente que si hubiera realizado tan bien como lo ideó el 
sorprender á las fuerzas carlistas vizcaínas, hubiera hecho levantar el 
sitio de Bilbao, ó por lo menos hubiera situado su línea en Portugalete, 
habiendo salvado el escollo de Somorrostro. El Jefe de su primera Di- 
visión, General Primo de Rivera, que en reñida batalla con los carlis- 
tas se hizo dueño de Salta Caballo y Ontón, le propuso continuar al día 
siguiente su avance, y el General Moriones no se lo permitió. Este Ge- 
neral cometió entonces dos faltas, á nuestro juicio, que le hicieron per- 
der la partida: primera, no seguir inmediatamente el movimiento de 
su vanguardia para hacer más firme y obtener su avance hacia Bilbao-, 



— 172 — 

segunda, no permitir que Primo de Rivera se adelantara cuando toda- 
vía los batallones que mandaba D. Castor Andéchaga no pasaban de 
seis, pues el General Mendiry estaba en Sopuerta aquel día, y el Ge- 
neral Olio una jornada más atrás todavía. 

La derrota, pues, del General Morlones en los días 24 y 25 de Fe- 
brero tiene su explicación, no sólo en la superioridad de las posiciones 
que debidamente eligieron y atrincheraron los carlistas, sino que tam- 
bién en el número de batallones que éstos pudieron ya oponer al ene- 
migo en aquella fecha; ventajas compensadas en parte por el número 
y clase de los cañones con que fueron atacados por Morlones. 

Díjose entonces que el plan del General en Jefe republicano había 
fracasado por culpa de los empleados de la vía férrea, que dificultaron 
sensiblemente el embarque y desembarque de las tropas; pero este 
descargo agrava más la falta del General, pues estamos muy lejos de 
creerle tan inocente que no tuviera en cuenta cualquiera dilación por 
el mal servicio de los caminos de hierro, toda vez que conocía sobra- 
damente el país y los medios incompletos de que disponían los ferro- 
carriles españoles; circunstancia primera que ha de tenerse en cuenta 
cuando de marchar por ellos se trata. 

El transporte por mar era otro de los elementos que un General pre- 
visor debió tener presente, elementos que á pesar de su bondad no de- 
pendían de sí mismos, sino del estado de un mar como el Cantábrico 
en invierno, y del considerable número de barcos que habían de dis- 
ponerse para la travesía. 

Pudo también haber elegido otfo objetivo, ó bien combinar un ata- 
que con la marina de guerra, como después se intentó: pero para esta 
consideramos que no tenía bastantes fuerzas. 

Llamado el graeso de las fuerzas carlistas á la ribera de Navarra, 
y calculando por los antecedentes de Mañeru y Montejurra que podía 
ser aquella ¡a tercera embestida á Estella, acudieron allí como es con- 
siguiente, puesto que estaban tranquilos por la parte de Vizcaya, no 
temiendo salida alguna de la guarnición de Bilbao, pues el Marqués de 
Valde-Espina podía oponer seis batallones y el General Andéchaga 
otros cuatro á los enemigos que pudieran llegar por Portugalete ó So- 
morrostro. Sabedores, sin embargo, del rápido movimiento iniciado por 
el General Morlones hacia Miranda de Ebro, se les presentó claro y 
distinto á los carlistas el plan de los enemigos, y por tanto forzaron 
sus marchas en lo posible, sin un punto de retraso; pero no pudieron 
evitar qu-? las tropas liberales se les adelantaran por el ferrocarril. 

Ahora bien, si el General Andéchaga hubiera tomado con más em- 
peño la defensa de Salta Cabillo, como se lo indicó oportunamente su 



— 173 — 

ilustrado Jefe de Estado Mayor el Coronel Arguelles, así como las po- 
siciones que abandonó al retirarse á Montano y San Pedro Abanto, los 
combates se hubieran dado con mejor éxito seguramente, y al enemigo 
le habría costado mucha gente el forzar las primeras posiciones de que 
pudo hacerse dueño sin disparar un tiro. Fué, pues, una gravísima falta 
€l preferir las defensas últimas k las primeras, sin que se pueda pensar 
lo hiciera aquel General por falta de tropas, pues ya el General Men- 




D. ALEJANDRO ARGUELLES 



diry le avisó que se hallaba á una jornada corta con siete batallones 
de refuerzo y que el General Olio le seguía con los restantes. 

Sentadas estas premisas, la ocupación de Montano y las sucesivas 
defensas dominantes de la carretera de Castro, así como la de los mon- 
tes de Triano, fueron bien elegidas por el Ejército carlista, puesto que 
el contrario tenía que pasar por aquel camino, desde Castro, donde se 
apoyaba, hasta Portugalete y Bilbao, si quería el General Morlones 
hacer sentir á los carlistas el peso de su Artillería de batalla y de po- 
sición. 

Relevado á su instancia el Teniente General D. Domingo Morlones, 
ya hemos dicho que fué reemplazado por el Capitán general Duque 



— 174 — 

de la Torre, entrando en el segundo período de las operaciones. 

También hemos dicho que se enviaron al Norte grandes refuerzos^ 
pedidos ya por Moriones y ampliados para el Ejército del Duque hasta 
poder disponer de cuarenta y ocho batallones y sesenta piezas de Ar- 
tillería. 

Como el objetivo de la liberación de Bilbao se imponía al Gobierno 
de la República_, y ya se habían acumulado en Somorrostro todas las 
fuerzas de que se podía disponer, el experto Duque de la Torre reunió 
Consejo de generales á fin de adoptar el mejor modo de romper la línea 
carlista ó de envolverla con los medios puestos á su alcance. 

Eeciente tenía el General Serrano el triunfo que había obtenido so- 
bre el Capitán General Marqués de Novaliches en la famosa batalla de 
Alcolea, precisamente por empeñarse Pavía en atacar de frente el cam- 
po de operaciones del puente; así es que el plan á que se inclinó desde 
un principio fué el combinado con la Escuadra^ previa aquiescencia del 
Ministro de Marina, Vice-almirante Topete. Se proyectó, por tanto, que 
una columna de ocho ó nueve mil hombres haría un desembarco en 
Algorta ó Plencia, á la vez que el resto del Ejército liberal atacaría la 
línea carlista de Somorrostro, con lo cual se conseguiría: primero, en- 
tretener á los carlistas para que no pudieran desprenderse de fuerzas; 
y segundo, una vez verificado el desembarco en puntos donde tan es- 
casos defensores pudieran encontrar, atrincherarse en ellos y dar lugar 
para que al día siguiente levantara su linea el General en Jefe liberal 
y la trasladara íntegra á la otra orilla de la ría. Sus previsiones se ha- 
brían cumplido, porque dicho se está que ni los batallones carlistas de 
Somorrostro podían debilitarse ante el rudo ataque de sus enemigos- 
por el frente, ni los que cercaban á Bilbao habrían podido abandonar 
su puesto dando así lugar á que saliendo de la plaza la guarnición les 
cogieran las tropas liberales entre dos fuegos. De esta manera, al lle- 
varse á cabo tan bien concebida operación, habrían resultado inútiles 
las defensas del Montano y de San Pedro Abanto. 

En la segunda parte de este escrito hemos dicho que embarcada con 
la Escuadra la División del General Loma^ llegaron los liberales á la 
altura de la ria^ retirándose al amanecer, porque el mar anunciaba 
tiempo duro: retiráronse, pues, los barcos á sus fondeaderos, y no po- 
demos comprender el por qué de haberse renunciado á este plan, cuan- 
do el tiempo sólo tardó algunas horas en abonanzar y pudo haberse 
procedido al desembarco en las mejores condiciones. 

No es concebible^ repito, que la alta autoridad del Duque de la To- 
rre, como Jefe de Estado, no se impusiera insistiendo en su proyecto 
aprobado por todos sus generales y hasta por el Jefe de la Escuadra. 



— 175 — 

Volvió, por consiguiente, el General Serrano á pensar en el ataque de 
frente A las líneas carlistas, si bien encomendando el principal papel al 
Cuerpo del General Primo de Rivera ;, para extender su derecha y coger 
de flanco la izquierda carlista. El General liberal Villegas, competente 
también en puntos de guerra, sobre todo en la de Vizcaya, opinó que 
la derecha liberal verificase el flanqueo, no por Triano, sino por el valle 
de Sopuerta. El Duque de la Torre dio preferencia, sin embargo, al que 
había de dirigir el General Primo de Rivera, y tan importante creyó el 
General en Jefe la misión de este General, que puso á sus órdenes die- 
ciséis batallones con la correspondiente Artillería. 

Aún este plan, sin ser tan bueno como el del desembarco, podía con- 
siderarse como obligado, dada la situación que ocupaban ambos ejér- 
citos en Somorrostro: y de haberse llevado á cabo pudo comprometer 
seriamente á los carlistas, cogiendo de revés los pocos batallones desti- 
nados á proteger su izquierda. Verdad es que al anciano General Elía 
no podía escondérsele, ni se le escondió, el posible flanqueo de las fuer- 
zas de Somorrostro, por lo que había situado algunos batallones desde 
Sopuerta á Galdames para estar en observación del enemigo por estos 
puntos, á la vez que en un momento dado podían reforzar su iz- 
quierda. 

Verificáronse, pues, las batallas de Somorrostro, como ya hemos 
descrito^ y ni el General Primo de Rivera pudo lograr su objeto pri- 
mordial, ni el Duque de la Torre consiguió romper el centro ni la de- 
recha carlista; y aunque avanzó algún tanto su línea de combate hasta 
ponerse casi al habla con sus enemigos, sobre todo en San Pedro Aban- 
to, ya no pudo pensar en seguir adelante sin nuevos refuerzos. 

Como hemos dicho anteriormente, al proveer el Ministro de la Gue- 
rra^ General Zavala, de todo cuanto pudiera necesitar al Ejército de 
Somorrostro para extender su ala derecha y envolver con éxito las lí- 
neas carlistas, hu:*)o varios pareceres y consultas para el mejor resul- 
tado de la operación. El Duque de la Torre pensó desde el primer mo- 
mento en ello, y su plan difería muy poco del que se llevó á cabo 
después, y del propuesto también por el General Villegas, que profundo 
conocedor del país había hecho estudios sobre él y á quien oyó el Ge- 
neral en Jefe. Aquel General proponía que el nuevo Cuerpo de Ejérci- 
to que se creaba después de la batalla de los tres días, partiera de San- 
tander y Santoña, y por la carretera y alturas inmediatas bajase á 
Valmaseda, para desde allí dominar la cordillera de Galdames, cogien- 
do de revés la izquierda carlista, á la cual embestirían al mismo tiem- 
po de frente respetables fuerzas desprendidas del Ejército que quedaría 
en Somorrostro con Serrano. 



— 176 — 

El plan ideado por el Comandante en Jefe del tercer Cuerpo, Capi- 
tán General Marqués del Dueío. previo acuerdo con el General en Jefe 
Duque de la Torre, consistía en partir de la misma base para dominar 
las alturas que íi derecha é izquierda de Otaflez conducen á las Muñecaz, 
y por las crestas de los montts caer también sobre San Pedro de Gal- 
dames: al mismo tiempo el General Laserna con las tropas á sus órde- 
nes debia marchar hasta las Cortes, partiendo de la carretera deSomo- 
rrostro á Sopuerta, correrse después hasta darse la mano con las tropas 
del tercer Cuerpo, y pernoctar en Montellano, desde donde se domina 
el valle de Sopuerta, quedando así rebasada la línea carlista. 

Ya hemos dicho que los once batallones que á sus inmediatas órde- 
nes llevó el General D. Joaquín Elío para oponerse al flanqueo eran 
pocos para contrarrestar el doble ataque iniciado por los Cuerpos de 
Ejército del Marqués del Duero y del General Laserna; pero su coloca- 
ción y distribución fué aún más defectuosa que su inferioridad numé- 
rica. En efecto, en vista de la avalancha de enemigos que se le presen- 
taba distribuyó Elío sus batallones dos á dos, estando por tanto en 
relación de uno por Brigada enemiira, y no pudiendo así ser fuertes en 
ninguna parte: Al atacar las divisiones de Echagüe y Martínez Cam- 
pos en la acción de las Muñecaz, sólo pudieron oponérseles dos batallo- 
nes de Velasco y otros dos de Andéchaga, que ligeramente atrinche- 
rados, aun se defendieron con heroísmo y entretuvieron el combate 
hasta el anochecer, en que el veterano Andéchaga perdió la vida, pero 
manteniendo brillantemente el honor de las armas. 

Grave falta cometió en aquellos días el Jefe de Estado Mayor Ge 
neral carlista, fiado más que nada en que si la línea de Somorrostro 
resultaba cortada, podría llevar en buenas condiciones todas sus tro- 
pas á la línea de Castrejana; error funesto que perdió á todos. No sos- 
tendremos que dados los poderosos elementos de que disponía el Ejér- 
cito liberal fuera fácil empresa la de imposibilitar en absoluto su 
victoria; pero seguramente se habría podido conseguir que llegase 
muy castigada y quebrantado á la posición última de Galdames, en 
donde ya hemos visto que solo el bizarro Coronel Solana, con su no 
menos bravo Batallón cuarto de Castilla, tuvo en jaque toda una Divi- 
sión enemiga. 

La liberación de Bilbao tuvo lugar al fin. Los errores cometidos 
por unos y por otros todavía son objeto de empeñada polémica cuantas 
veces se trata de los combates de la línea de Somorrostro. Unos á otros 
se culpan de sus respectivos fracasos tácticos y estratégicos, y el éxito 
que coronó el esfuerzo de les liberales se debe según unos al Duque de 
la Torre, según otros al Marqués del Duero: según rosotros. en nuestra 



— 177 — 

humildísima opinión, se debe únicamente á las faltas cometidas^ pri- 
mero por el General Andéchaga al iniciarse las operaciones, y en se 
gundo lugar á las en que incurrió el General Elío no acertando á colo- 
car sus batallones de modo que no resultara tan débil por todas partes 
la defensa de sus posiciones. 

Sin embargo, el Ejército liberal no consiguió desesperanzar á los 
carlistas con su vencimiento^ ni debilitarles moral ó materialmente, ni 
logró más que el resultado material de la retirada: prueba de ello in- 
contestable es que el espíritu carlista se levantó más que nunca, y que 
cuando Don Carlos de Borbón quiso saber, como Augusto, el número 
de sus defensores en 1.*^ de Julio de 1874^ se vio que disponía de cien 
mil combatientes en el Centro, en Cataluña y en el Norte, con más de 
sesenta piezas de Artillería, entre las que se contaban más de veinte 
cañones cogidos al enemigo en buena lid. 

De todas maneras, los combates de Somorrostro forman época y aún 
hoy se consideran como legendarios, siendo de unos y de otros la glo- 
ria adquirida en tan memorable campaña^ pues como decía muy bien 
el Duque de la Torre: el valor de los liberales es comparable únicamen- 
te al tesón de los carlistas 



12 




D. TIESO DE OLAZABAL 



Capitulo XV 



Definitiva organización de la Artillería carlista. — Cañoneo de Hernani. 



COMO la organización de la Artillería de que hemos hablado en otro 
capitulo, no puede considerarse si no como embrionaria, ónífejor 
dicho, hecha con arreglo á las circunstancias del momento, y al núme- 
ro de bocas de fuego de que se disponía antes y durante el sitio de 
Bilbao, vamos á volver sobre el asunto, aunque sea adelantando algo 
los sucesos y las fechas, con relación á la marcha general de la guerra. 
Hemos dicho que los cañones carlistas tenían diversas proceden- 
cias: los unos fueron tomados al enemigo en los campos de batalla ó en 
los puntos fortificados; otros fueron fundidos en Arteaga, primero, y 
después en Azpeitia, bajo la dirección de jefes y oficiales del Cuerpo; 
y otros, en fin, fueron adquiridos en el extranjero, con fondos de las 
Diputaciones de las provincias vasco-navarras, con donativos de legi- 



— 179 — 

timistas franceses, de carlistas de Andalucía y de otras entidades ó 
colectividades. 

Después de la retirada de Bilbao, el ilustre Comandante General de 
Artillería D. Juan M.^ Mae'stre, tuvo el democrático acuerdo de reunir 
en Villaro (próximo á la fábrica de Arteaga), á la mayor parte de los 
jefes y oficiales de Artillería existentes entonces en el Ejército car- 
lista, para organizar definitivamente los servicios del Cuerpo, en sus 
dependencias fabriles y en las baterías, puesto que en el anterior mes 
de Abril habían desembarcado ya algunos de los muchos cañones 
que se esperaban y que se había encargado de hacer arribar á las 
costas carlistas, el insigne patricio D. Tirso de Olazabal, actual Sena- 
dor por Guipúzcoa, hombre dotado de rara abnegación, gran actividad 
y clara inteligencia, antiguo Diputado á Cortes en las últimas de doña 
Isabel II y en las Constituyentes de 1869, y á quien Don Carlos hubo 
de nombrar Coronel honorario de Artillería á petición del Cuerpo, ad- 
mirador de sus notables servicios. 

Orillada con las diputaciones la cuestión metálica (primer nervio de 
la guerra, como decía Napoleón I), para hacer marchar las fábricas 
que habían de alimentar las bocas de fuego, se empezó á hacer un ba- 
lance de lo ya existente, y de las futuras piezas, cuyo balance dio el 
resultado siguiente: 

Piezas tomadas en buena lid á los liberales: Dos obuses de á 8 cen- 
tímetros, cortos, cogidos al enemigo en el túnel de Lizárraga; dos ca- 
ñones cortos, rayados, de á 8 centímetros, cogido el uno en la acción 
de Eraul y el .otro en la de Udabe; tres cañones largos, rayados, de 
á 8 centímetros, tomados en Portugalete y en el fuerte de El Desierto. 
Más tardece aumentó el número de piezas Je Artillería cogidas al ene- 
migo, con los tres cañones Plasencia ganados en la batalla de Lácar, 
otros tres rayados de á 8 centímetros tomados en La Guardia y dos 
más que se tomaron en Astigarraga el uno, y el otro en el castillo de 
Axpe. 

Entre las piezas fundidas por entonces en Arteaga y Azpeitia, figu- 
raban, si la memoria no nos es infiel: dos cañones lisos de bronce, de 
á 12 centímetros, otros dos ra-yados, de á 10 centímetros, y ocho mor- 
teros. 

Por último, y en cuanto á los cañones adquiridos en el extranjero, 
debemos empezar consignando que la Marina de guerra no pudo evi- 
tar ni uno sólo de los desembarcos en la costa cantábrica. En el pri- 
mero, arribaron: dos cañones Withwort, rayados, de á 4 centímetros; 
seis Wavasseur, rayados, de á 7 centímetros y á cargar por la culata; 
tres largos, Withwort, de á 4 centímetros; dos Wavasseur, de á 9 cen- 



— 180 — • 

tímetros; y seis Wolvich, rayados, de á 7 centímetros: todos ellos de 
acero. También se esperaban y llegaron poco después al campo car- 
lista: veinte y cuatro cañones más del sistema WithAvort, de á 4 centí- 
metros, rayados: seis "WithAvort, rayados, de á 7 centímetros; y otros 
seis Krupp, de á 8 centímetros, sumando un total de cincuenta y siete 
bocas de fuego, con las otras dos piezas de Montaña, que ya en 1873 
había adquirido también en el extranjero la Diputación de Guipúzcoa. 

La primera dificultad que hubo de presentarse, adquirida la aquies- 
cencia (como hemos dicho), de las juntas provinciales para el abaste- 
cimiento de las fábricas y maestranzas, fué la del escaso personal fa- 
cultativo de que se disponía por entonces. 

A ello ebedeció el suprimir la Fundición de Arteaga y reducir los 
servicios industriales á los establecimientos de Vera, Azpeitia y Ba- 
caicoa: el primero dedicado exclusivamente á la fundición de los 
proyectiles de los diferentes calibres que había en la Artillería car- 
lista; el segundo dedicado á la construcción de carruajes de bata- 
lla, montajes, espoletas y fuegos artificiales, así como á la fundi- 
ción y rayado de cañones, y á la fabricación de pólvora; y el tercero, 
destinado á la construcción y arreglo de los bastes y material de pie- 
zas de montaña. 

Dióse la preferencia á Azpeitia sobre Arteaga, no sólo por la situa- 
ción más céntrica de aquélla, y su consiguiente mayor defensa al 
abrigo de un golpe de mano del enemigo, si no por haberse reunido 
más elementos para la construcción de carruajes y montajes, mayor 
número de hornos para la fundición, que en Arteaga, y personal sub- 
alterno más idóneo que en Vizcaya, á causa de la proximidad de las 
fábricas de fusiles de Ermua, Eibar, Elgoibary Plasencia. A pesar de 
esto, los planos y algunos de los obreros más expertos de Arteaga se 
llevaron á Azpeitia con los guipuzcoanos. 

De la fábrica de Vera continuó siendo Director el entendido y la- 
borioso Comandante Lecea, ayudado por el antiguo Alférez Alumno 
de la Academia de Segovia, Gómez Quintana. Esta fábrica llenó su 
difícil misión en términos de abastecer con holgura toda la Artillería 
carlista de campaña. No costó poco trabajo el convencer á Lecea de 
la utilidad de sus servicios en Vera, porque manifestó el noble deseo 
de dedicarse como otros compañeros al activo servicio de las baterías de 
campaña. Pero al fin se logró su aquiescencia, si bien como la multi- 
plicidad de calibres en los proyectiles dificultaba en gran manera su 
misión, unas veces los coroneles Pagés y Pérez de Guzmán, y otras el 
mismo Comandante General Maestre, se pasaban largas temporadas en 
la fábrica, ayudando científica y materialmente á Lecea, para abastecer 



— 181 



debidamente á todas las baterías montadas y de montaña, y al Tren 
de Sitio, habiendo de construirse proyectiles de diez calibres dife- 
rentes 

Sentimos no conservar datos exactos de la fabricación corriente, 
por habérsenos extraviado los que tuvimos la curiosidad de tomar so- 
'bre el terreno; pero hemos visto consignados los siguientes en la Na- 
rración militar de la guerra carlista, escrita por el Cuerpo de Estado 
Mayor del Ejército. 

Proyectiles construidos en Vera, desde la centralización del Cuerpo 
al 30 de Noviembre de Ls74: 



wrrnwoRT 



(Ce? C. Se 4 L. De i C 



Julio ,, „ 840 

Agosto 352 1 903 2,351 

Septiembre. ..... .| 2,116 200 „ 

Octubre i 1,'<30 605!l,760 

Noviembre ; ., 456 552 



I I 

VAYASSEUR,Vohich Bronce ¡Ecnilia: 



áe 9 



Totales. 



de 7 



1,528 
908 
126 



605 
698 







de 7 


de 8 


51 


(30 


« 


829 


'^ 


17 


220 


,, 


1,708 


646 



4,198 2,164 5,-503 2,562 1,303 1,934 2,122 



424 



494, 



Hemos indicado en otro lugar que la creación de la Fábrica y Fun- 
dición de Azpeitia tuvo principio en los comienzos de la guerra, siendo 
Comandante General de Guipúzcoa D. Antonio Lizárraga, quien dio 
órdenes al Comandante de Artillería D. José M.* Dorda y al Capitán 
del mismo Cuerpo D. Leopoldo Ibarra, para que, visitando una antigua 
Fábrica existente en aquel punto, sobro el camino de Cestona, propu- 
sieran lo más conveniente parala instalación en ella, de una Fundición 
y Maestranza de Artillería. Bajo la hábil dirección, pues, de dichos ilus- 
trados oficiales de Artillería, se fueron modificando algunas de sus 
máquinas para destinarlas á su nueva misión, y adquiriendo y trasla- 
dando otras desde las fábricas de Plasencia y Eibar. A esto fué debido 
que además de los importantes trabajos de instalación que hemos in- 
dicado, se lograra fundir y rayar un cañón de á 10 centímetros (lue 
desempeñó admirab'emente su cometido frente á Bilbao, en la Batería 
de 01 largan. 

Como el primer desembarco de cañones se verificó en Abril, y ape- 
nas traían algiín armón ó cureña para modelos, de ahí que el Estable- 



— 182 — 

cimiento de Azpeitia no pudiera dedicarse en mucho tiempo más que á 
construir los armones, carros de municiones y juegos de armas de las 
baterías montadas, siendo, por tanto, mayor cada día el número y cla- 
se de los trabajos que hubieron de encomendarse á los dignos oficiales 
Dorda é Ibarra, á quienes se agregó con el carácter de director facul- 
tativo el entusiasta y entendido Coronel del Cuerpo D. Luis de Pagés, 
que ya había hecho, digámoslo así, sus primeras armas en el Ejército 
carlista, ayudando y dirigiendo en Vera los importantes trabajos del 
Comandante Lecea y del Teniente D. Luis Ibarra. Cuando el Coronel 
Pagés ascendió más adelante á Mayor General de Artillería, se confió 
la dirección de la importantísima Maestranza fundición de Azpeitia, 
al idóneo y acreditado Coronel D. Amado Claver, que había hecho 
hasta entonces la guerra en el Centro, como Jefe de Artillería á las ór- 
denes de D. Alfonso de Borbón, hermano de Don Carlos. El distinguido 
jefe Claver continuó ya hasta el fin de la campaña en Azpeitia, pues el 
delicado estado de su salud no le permitía, bien contra su voluntad, 
hacer vida tan activa como sus otros compañeros. 

La dependencia artillera de Bacaicoa fué creada por el esclarecido 
Comandante General de Navarra D. Nicolás Olio, cuando aún el Cuer- 
po de Artillería no disponía demás piezas que las de Montaña, y tuvo 
por objeto recomponer los bastes antiguos procedentes del ejército li- 
beral, los Ingenieros que se aplicaron á Artillería después, y construir 
los nuevos, así como los correajes y enseres necesarios para el servicio 
de los cañones de INIontaña. A su frente faé colocado el Teniente Coro- 
nel D. Jacobo de León, muy ducho en estos servicios y uno de los más 
estudiosos oficiales de la Artillería carlista. El mismo Comandante Ge- 
neral de Navarra, Olio, entusiasta de nuestro Cuerpo como el que más, 
dio órdenes á un taller de guarnicioneros que tenía establecido en Le- 
garía (Amézcoas)^ para que poniéndose á las del Jefe de Artillería Don 
Antonio Brea, construyera todas las monturas, bridas y correajes que 
necesitaran las plazas montadas de las baterías de Campaña. 

Creemos haber dicho en otro capítulo que el Cuerpo de Artillería no 
tenía ni tuvo á su cargo más establecimientos fabriles que los expresa- 
dos, pues desde el principio de la guerra, el armamento portátil y sus 
municiones corrían á cargo de las respectivas juntas ó diputaciones á 
guerra provinciales, adquiriendo aquél en el extranjero ó construyén- 
dole en las fábricas de Eibar y Plasencia, ó recomponiendo en las 
mismas fábricas los fasiles cogidos al Ejército liberal. En cuanto á 
municiones, se compraban en el extranjero, se hacían algunas en las 
provincias vasco-navarras, y, en fin, se recargaban las vainas que el 
enemigo y los nuestros dejaban en los campos de batalla, siendo éste el 



— 183 — 

mejor contingente de cartuchos que había, pues los comprados en el 
extranjero no solían dar muy buen resultado. 

El Parque de Estella llegó á estar en buenísimas condiciones, bajo 
la hábil dirección de D. José dé Iza, primero^ y de D. Jacobo de León, 
después, cuando se cerró la fábrica de Bacaicoa, teniendo que luchar 
siempre con la escasez de fondos, debiendo advertir que contaba con 
un Almacén provisional de municiones y un taller de pequeñas recom^ 
posiciones de material y efectos. Esto aumentaba la importancia del 
Parque, máxime tratándose de un número grande de baterías, cuya 
movilidad continua daba trabajo de una manera increíble. 

Cubierto, de la manera que hemos expuesto, el servicio futuro de 
las fábricas, hubo de abordarse la cuestión de personal para las bate- 
rías; porque descontados los jefes y oficiales destinados á aquéllas, que- 
daban únicamente ocho, que unidos á los cuatro oficiales del Cuerpo 
General de la Armada que (con el mayor beneplácito de todos los arti- 
lleros) entraron á prestar servicio en el nuestro, formaban un total de 
doce disponibles para el servicio de baterías. Pero como se disponía á 
la vez de cinco ó seis antiguos alféreces alumnos del Alcázar de Segó- 
vía, el problema se reducía á empezar dando el mando de baterías á 
los jefes, luego á los oficiales, y más tarde á los citados alféreces, des- 
pués de haber éstos prestado servicio á las órdenes de aquéllos, si bien 
aún así resultaría deficiente el resultado por la escasez de subalternos. 

Para obviar esta dificultad hubo diferentes opiniones: quien propu- 
so que se creara una Academia donde los alumnos recibieran una edu- 
cación militar análoga á la del Alcázar de Segó vía; pero este plan no 
tenía aplicación por el momento, puesto que exigía cierto número de 
años á fin de obtener oficiales aptos para el servicio del Cuerpo. Hubo 
quien propuso que se ascendiera á oficiales á los sargentos que proba- 
ran ciertos conocimientos; pero este sistema adolecía de la contra de 
que por entonces no había más que dos baterías. Por último, el digno 
Comandante General de Artillería propuso, y fué aceptado por unani- 
midad, un proyecto que llenaba todas las condiciones que podían ape- 
tecerse dadas las circunstancias. Propuso, pues, con singular aciértela 
creación de los oficiales de Artillería de campaña, procedentes de una 
Academia que se crearía en Azpeitia, como principal centro artillero, en 
la que ingresarían los voluntarios que tuvieran adquirida una previa 
instrucción en los Institutos, Universidades ó análagos centros de en- 
señanza, para, en el breve espacio de algunos meses, enseñarles, aun- 
que sólo fuese ligeramente, elementos de Industria militar artillera, 
fortificación de campaña y, sobre todo, el manejo de las diferentes pie- 



— 184 — 

zas de Artillería de batalla, montaña, plaza y sitio, de que disponían 
los ejércitos liberal y carlista. 

Encarg:ado de llevar á la práctica esta feliz idea, ei Comandante Gar- 
cía Gutiérrez, salieron de la Academia de Azpeitia algunas promocio- 
nes^ y dieron tan excelente resultado los oficiales de Artillería de cam- 
paña, á las órdenes^ por supuesto, de los jefes y oficiales facultativos, 
que aprovechamos esta ocasión para consagrarles un cariñoso y agrade- 
cido recuerdo por su valor, buenos deseos, excelente espíritu militar^ 
aplicación é instrucción relativa, relevantes dotes que demostraron en 
numerosos y memorables hechos de la guerra. 

Atendiendo, por tanto, al material disponible entonces, se dispuso 
por el Comandante General de Artillería, que se organizasen, por de 
pronto, otra batería de Montaña y cuatro Montadas. La primera de 
Montaña, que ya hemos dicho que fué mandada casi desde su organi- 
zación hasta el fin de la guerra por el valeroso y entendido D. Alejan- 
dro Reyero, cambió sus dos cañones rayados de á 8 centímetros y dos 
obuses, por seis cañones Withwort de á 4 centímetros, cortos. La según 
da Batería de Montaña se formó con alaveses y guipuzcoanos, y fué 
destinado á organizaría y mandarla, el Comandante D. Rodrigo Vélez, 
á quien sustituyó al poco tiempo el Capitán D. Luis Ibarra, cambian 
do sus antiguos cañones rayados por seis "Withwort de á 4 centímetros^ 
cortos; con el tiempo se organizaron hasta seis baterías de Montaña. 

La primera Batería Montada la organizaron en 1873 los entonces 
Teniente Coronel Brea y Teniente D. Luis Ibarra; es decir, como aún 
no habían llegado por aquella época las piezas, sacaron de los batallo- 
nes y de la Batería de Montaña de Navarra, la gente á la cual instru- 
yeron en el manejo de los cañones á cargar por la culata, sistema Va- 
vasseur, valiéndose para ello de cañones viejos con cierres figurados; 
así es que desde el momento de recibirse los Vavasseur de á 7 centí- 
metros, con cierres análogos á los del sistema Krupp, se dio á Azpeitia 
orden para alistar y entregar á dicha primera Batería Montada, sus 
cureñas, carros y juegos de armas, no faltando ya más que el ganado 
y el atalaje, de los que después hablaremos. 

La segunda Batería ]\Iontada, á la que sirvió de base la de Montaña 
de Vizcaya, que había formado el entonces Capitán García Gutiérrez, 
fué convertida en Montada, bajo el mando del Coronel Fernández Prada 
Como no había construido material para ella, y r.o habían desembarcado 
aún los seis cañones Krupp que se habían encargado á Alemania, tomó 
Prada posesión interinamente de seis piezas de bronce, rayadas, de á 8 
centímetros, procedentes del Ejército liberal, con sus correspondientes 
montajes. 



— 185 — 

La tercera Batería Montada, llamada de posición, se entregaría, 
previa la construcción de su material, al Coronel Rodríguez Vera, com- 
poniéndose de los cañones rayados, de A 7 centímetros, sistema Wol- 
vich. 

Por último, la cuarta Batería Montada (la cual por indicación des- 
pués del General D. Antonio Dorregaray y de su ilustrado Jefe de 
Estado Mayor el Brigadier Oliver) se convirtió en Batería de á Caballo, 
componiéndose de cuatro piezas largas Withwort, de á 4 centímetros, 
á cargar por la recámara, la mandó primero el Comandante D. Leo- 
poldo Ibarra, y después elde igual clase García Gutiérrez. 

Asimismo se organizó el Tren de sitio, cuyo mando en jefe se con- 
firió al Teniente Coronel de la Armada D. Marcos Fernández de Cór- 
coba, y las unidades del mismo, á los Comandantes Torres y Carnevali 
y al Capitán Fernández de Córdoba (D. José), 

Por de pronto fué dotado dicho Tren, con los cañones rayados y li- 
sos de á 12 centímetros que se fundieron en Azpeitia, con el de á 10 
centímetros, con los dos cañones rayados, Vavasseur, de á 9 centíme- 
tros y además con los que posteriormente se encargaron por la Dipu- 
tación de Guipúzcoa, de á 13 centímetros, largos, y que no llegaron á 
funcionar, sin perjuicio de todo lo cual sirvieron también como Arti- 
llería de Sitio los cañones Withwort de á 7 centímetros, y los del sis- 
tema Wolvich, de la Batería de Rodríguez Vera. 



Restaba ya tan sólo dotar á las unidades montadas del ganado y los 
atalajes, pues el Coronel Pagés tomó inmediatamente posesión de la 
]\Iaestranza de Azpeitia, en cuyo establecimiento se trabajaba hasta de 
noche con febril actividad á ñn de entregar concluido el material de 
las baterías en el más breve plazo posible. 

Del ganado y de los atalajes hubo de encargarse el Coronel Brea, 
quien desde luego marchó á Estella en busca del General Jefe de E. M. 
General para concertar con él la adquisición del ganado de arrastre, 
complaciéndose tanto el General Dorregaray como su digno Jefe de Es- 
tado Mayor, Oliver, en facilitar nuestras gestiones que, gracias á sus 
oportunas órdenes é incondicional apoyo, viéronse coronadas del más 
feliz éxito en pocos días. En cuanto á los atalajes, supo el Comandante 
General de Artillería Maestre (quien, como hemos visto, era el alma de 
todo) que podían adquirirse en Francia multitud de ellos, procedentes 
de la Guardia Móvil, y comisionó también al Coronel Brea para que 
reconociéndolos previamente en Bayona y Burdeos, se avistase con el 
digno Presidente de la Comisión de Armamento, D. Tirso Olazabal, á 



— 186 — 

fin de que los pagara y se encargase de introducirlos en España, como 
así se verificó^ no tardando ni quince dias la llegada á Azpeitia de los 
atalajes completos de las cuatro baterías montadas. 

Resultado, pues, de la junta magna de los artilleros fué que cuanto 
se acordó hubo de llevarse á feliz término en tan breve tiempo que 
la 1,^ Batería Montada entró en Estella, arrastrando sus seis cañones 
Vavasseur, el día 30 de Junio, haciéndolo la 2.* Batería á los pocos días, 
y celebrando con salvas la 3.^ el día de San Ignacio, en Azpeitia, no 
empleándose más que veinte y cinco días en la instrucción de Batería 
y de Regimiento, gracias al entusiasmo y ap icación de nuestros bravos 
y queridos voluntarios. 

Resumiendo, dii-emos que entre los jefes y oficiales de Artillería se 
cubrieron todos los servicios fabriles y de campaña, á cargo del Cuer- 
po, de la manera que á continuación se expresa: 

Comandante General. — Lo fué primero D. Elicio Berriz, y poco des- 
pués D. Juan María Maestre hasta la conclusión de la guerra. 

Mayor General. — D. Luis de Pagés y después D. José Pérez de 
Guzmán. 

Jefes de divisiones de baterías. — D. José Pérez de Guzmán y don 
Antonio Brea, primeramente; después S. A. R. el Conde de Caserta y 
D. Antonio Brea, y más tarde, D. Manuel Fernández Prada, Marqués 
de las Torres. 

Baterías Montadas: 

1.^ D. Antonio Brea, primero, y después D. Rodrigo Vélez. 

2.^ D. Manuel Fernández Prada, primero, y después D. Atilano 
Fernández Negrete. 

3.^ D. F-ancisco Javier Rodríguez Vera, primero, y después don 
Germán García Pimentel. 

4.^ D. Leopoldo Ibarra, primero, y después D. Julián García Gu- 
tiérrez. 

Baterías de Montaña: 

1.^ D. Alejandro Reyero. 

2.^ D. Rodrigo Vélez, primero, y después D. Luis Ibarra. 

3.*^ D. Marcelino Ortiz de Zarate. 

á.^ D. Joaquín Llorens. 

5.'^ D. Miguel Ortigosa. 

6.^ D. José Fernández de Córdoba. 

La sección Plasencia que se formó en 1875 con los tres cañones de 
dicho sistema cogidos á los liberales en la batalla de Lácar, la mandó 
el antiguo Alférez Alumno D. Alberto Saavedra. 




!5 -ra 



a o 



¿ÜMJÉomUES 



— 188 — 

Establecimientos fabriles: 

Fundición de Arteaga — D. Julián García Gutiérrez y D. Carlos 
León. 

Talleres de Bacaicoa. — D. Jacobo de León. 

Maestranza y fundición de Azpeitia. — D. José M.'^ Dorda, primero, 
D. Luis de Pagés, después, y finalmente D. Amado Claver. 

Fundición de proyectiles de Vera. — D. José de Lecea. 

Parque de Estella. — D. Juan J. de Iza, primero, y después D. Jaco- 
bo de León. 

Academia de Artillería de Campaña. — D. José M.'^ Dorda, D. Julián 
García Gutiérrez, D. Antonio Brea y finalmente D. Luis de Pagés, 



Algunos escritores liberales al tratar del Cuerpo de Artillería car- 
lista han incurrido en errores que procuraremos desvanecer, pues si al- 
gunos de ellos no tienen importancia, como el de suponer que el cañón 
de Montaña cogido por los carlistas en la acción de Eraul era sistema 
Krupp (1); en cambio es muy de lamentar, por ejemplo, que se haya 
querido sostener que la Artillería carlista figuró por primera vez en la 
acción de Biurrun, ocurrida el 23 de Septiembre de 1874, cuando para 
dicha fecha, había ya funcionado la Artillería carlista en campo abier- 
to, y hasta agotar sus municiones, en Viana^ Valcarlos, Estella, Ibero 
(en donde, como hemos referido ya, murió gloriosamente el Capitán Nie- 
ves), en Mañeru, Montejurra, VeUibieta, San Pedro Abanto, Bilbao, 
Abárzuza, Hernani, Portugalete y Oteiza. 

Tampoco es cierta la existencia del cañón llamado el abuelo. 

Sólo existió uno de calibre irregular, de hierro, forjado por un anti- 
guo maestro de la Fábrica de Trubia, y que apenas tuvo ocasión de 
probarse por hallarse mal centrado. Otro había también en Peñaplata, 
y otro en Vera, para calibrar proyectiles. Lo único en que concedemos 
acierto, es en reconocer la inferioridad de las espoletas y proyectiles 
carlistas, con relación á los del Ejército liberal. Una razón hubo, sin 
embargo, para esta diferencia, y fué el complicadísimo é incesante tra- 
bajo de la Fábrica de Vera al alimentar por espacio de dos años unas 
cien bocas de fuego de quince calibres diferentes, cuando el Ejército 
liberal fundía sólo granadas de á 8, que servían para sus piezas de Mon- 
taña y de Batalla, y de 12, 16 y 21" centímetros, para las de sitio y po- 
sición, sin contar con la escasez de recursos de los carlistas relativa- 
mente á los de que disponía el Ejército liberal. 



(1) El Sr. Giménez en su obra "'Secretos ó intimidades del campo carlista-.. 



— 189 — 

«El prodigioso desarrollo que adquirió la Artillería (dice un escritor 
»liberal), entre los carlistas, en tan corto espacio dé tiempo, es efecti- 
»vamente divino de estudio.» Vamos á facilitarlo en pocas palabras Los 
jefes y oficiales de Artillería que, procedentes del disuelto Cuerpo, ofre- 
cieron sus espadas al Señor Don Carlos de Borbón, lo hicieron llenos de 
fe en la Bandera simbolizada por aquel Príncipe ilustre, cuando en Es- 
paña no había entonces ninguna otra bandera aceptable para ellos, 
como no fuera la de los cantonales de Sevilla y Cartagena. Eran pocos 
y trabajaron mucho, dicho sea sin inmodestia; porque eran españoles 
como los artilleros liberales, y como ellos habían aprendido en el Alcá- 
zar de Segovia la misma ciencia, idénticas ideas de honor y amor al 
trabajo que sus antiguos compañeros^ y sobre todo, el modesto éxito 
que pudieran alcanzar debióse á Dios, que era el primer lema de su 
Bandera, cuya protección pidieron y alcanzaron centuplicada, resol- 
viendo El sólo más problemas que los que pudieran ellos señor nunca. 

Hánse congratulado algunos escritores liberales de que no se inuti- 
lizaran los cañones carlistas, pudíendo así saludar con salvas á D. Al- 
fonso XII Nosotros también nos congratulamos de ello, como buenos y 
leales españoles, amantes de nuestra Patria, considerando honroso para 
los artilleros carlistas el no haber inutilizado nuestras piezas antes de 
la retirada á Francia, como pretendieron algunos animados de un bár- 
baro, egoísta é inconcebible deseo de destrucción. 

Preferimos nosotros que nuestros cañones los usaran y manejaran 
tan ilustradamente como los suyos, nuestros antiguos compañeros en el 
Ejército deD.'"^ Isabel 2.*, donde quiera que los considerasen aceptables, 
como así ha sucedido, haciendo fuego, más tarde, muchos cañones car- 
listas, en las campañas de Mindanao, sobre los eternos enemigos de 
nuestra Religión y nuestra Patria. 



En el breve período de tiempo que transcurrió desde el levanta- 
miento del sitio de Bilbao hasta la memorable batalla de Abárzuza, sólo 
medió el ataque de los carlistas á Hernaní, y como éste fué principal- 
mente un combate de Artillería, le haremos formar parte de este capí- 
tulo antes de reseñar la breve campaña del General Marqués del Duero. 

Desde que este célebre caudillo entró en Bilbao y sustituyó en el 
mando en jefe del Ejército liberal al Duque de la Torre, supusieron 
todos, fundadamente, dada su actividad, que lanzaría sus tropas sobre 
los carlistas, creyéndoles quebrantados y poco menos que deshechos. No 
contaban los liberales con que los carlistas son españoles, y por tanto, 
dignos descendientes del popular general Xo inqiorta, que viene acau- 



— 190 — 

dillando los ejércitos de España desde las gnerras de Flandes. No os 
esto decir, en puridad de verdad, que ni los carlistas ni las provincias 
en guerra no hubieran sentido el fracaso de sus esfuerzos al verso obli- 
gados á levantar el sitio de Bilbao; pero tan no influyó aquel hecho 
en la moral del país vasco-navarro, que éste como un solo hombre, ofre- 
ció íl Don Carlos de Borbóu armas, hombres y dinero y el Ejército car- 
lista se encontraba después del sitio de Bilbao, en mejores condicion< s 
aún que antes, porque todo él se había batido en línea, y había demos- 
trado su incontrastable pujanza en los campos de Somorrcstro. 

En apoyo de nuestra opinión ponemos á continuación la de un dis- 
tinguido jefe de Artillería liberal, quien, en su Juicio cHtico de la gue- 
rra civil, dice así: «El ejército carlista se había retirado intacto, con 
^conciencia de su fuerza^ acostumbrado á obedecer á jefes que no eran 
»de su país, y olvidándose los soldados de sus provincias tenía la dis- 
»posición necesaria para acometer cualquier empresa. Su ejército ini- 
»ció una reacción ofensiva en Guipúzcoa; bloquean á Hernani y lo bom- 
»bardean: en Navarra disponen una expedición contra el alto Aragón 
»al mando de Lizárraga, etc.» 

Desde el 2 de Mayo, pues, en que el Ejército liberal entró en Bil- 
bao, no había dado señales de vida, por lo que los carlistas se creyeron 
en el caso de llamarle la atención por varios puntos á la vez, para 
tomar el pulso ala situación, como suelen decirlos políticos de par- 
lamento. 

Durante las operaciones de Somorrostro, los batallones carlistas de 
Guipúzcoa y Navarra que no pudieron acudir al sitio de Bilbao por 
tener que atender á la defensa de los puntos ya ocupados en dichas 
provincias, quedaron á las órdenes de los generales Argonz é Itm*- 
mendi, los navarros, y los guipuzcoanos á las del General Ceballos, 
quien se dedicó á continuar estrechando más cada día el bloqueo de 
Tolosa hasta conseguir entrar en ella á principios de Marzo. 

Ocupada ya por los carlistas dicha villa, quedaba en poder de los 
liberales otra plaza de dicha provincia^ la de Hernani, molesta, quizás 
como ninguna para los carlistas, no sólo por ser el centinela avanzado 
de San Sebastián, á la cual no había medio de hostilizar sin anular 
aquél, si no que también porque al trasladarse de un punto á otro en 
la línea de Guipúzcoa, había que perder mucho tiempo al tener que 
desenfilarse de Hernani, cuantas veces había que atravesar la carre- 
tera de Francia y trasladarse del interior á Oyarzun, á la frontera y 
demás poblaciones intermedias. 

Dispuesta, por consiguiente, la acometida á Hernani, se dispuso la 
salida de dos morteros y seis cañones, de los cuales dos eran rayados. 



— 191 — 

de á 10 centímetros, tres lisos, de á 12, y un obús de á 9, al mando 
dichas piezas, del Coronel Pérez de Guzmán y del Comandante Dorda, 
con la precisa dotación de gente, pero con alguna escasez de municio- 
nes, pues no llevaban entre todos masque unas 400 bombas y 800 gra- 
nadas y balas. 

Una de las primeras dificultades que se presentaron á la expedi- 
ción, dirigida por el Comandante General de Guipúzcoa, D. Hermene- 
gildo Díaz de Cevallos (acompañado de los batallones 6.° y 7.*^ de 
dicha provincia para apoyar la operación), lo fué la falta de un camino 
á propósito para transportar las piezas de á 10 y 12 centímetros, con 
sus pesados montajes; pero contando con la buena voluntad de la 
fuerza armada y con la de los caseros de las inmediaciones;, se consi- 
guió arreglar una vía por la que pudo subir el tren de sitio, no dila- 
tándose la operación más de cuarenta y ocho horas. 

Durante la noche del 29 de Mayo se construyeron dos baterías en 
las alturas de Oriamendi y Santiagomendi, y se situaron los batallo- 
nes referidos entre San Sebastián y Hernani, para impedir el socorro 
que les pudiera llegar á los sitiados desde la primera de dichas plazas, 
y el día 30, después de haber intimado la rendición, desatendida por 
los defensores de Hernani, se rompió el fuego sobre dicha villa á la 
vez que contra el castillo de Santa Bárbara que lo defendía artillado 
con cañones rayados de á 12 y 16 centímetros. 

Como era de presumir, avanzaron de San Sebastián algunas tropas 
en combinación con otras de Hernani^ las cuales fueron rechazadas 
por las fuerzas carlistas; la Artillería de Santa Bárbara tampoco pudo 
hacer callar á la carlista (1); Don Carlos con los generales Duque déla 
Roca y D. Ignacio Planas revistó las posiciones del sitio y asistió al 
fuego, del que no lograron los liberales ninguna ventaja, perdiendo en 
cambio algunos muertos y heridos en la refriega. En dicho día se dis- 
pararon sobre Hernani más de 190 bombas y 350 granadas y balas. 
El fuego continuó con igual ó parecida intensidad los días 31 de Mayo 
y í .° de Junio^ sin conseguir^ á su vez, los carlistas más que incendiar 
algunos edificios y ocasionar bastantes desperfectos en la casa de 
Ayuntamiento y otras que hubo que reedificar después de la guerra, 
siendo el total de los proyectiles lanzados á la plaza liberal en los tres 
días, más de 400 bombas y de 800 granadas y balas, y no reconocien- 
do otra causa que la escasez de municiones la retirada que al fin em- 
prendieron los carlistas. 

También se puso en práctica por éstos otra diversión para explorar 



(1; Historia contemporánea , por D. Antonio Pirala, tomo 6 ° pág. 8. 



— 192 — 

las intenciones del enemigo en aquellos días. Habiendo tomado pose- 
sión el General carlista D. Antonio Lizárraga de la Comandancia Ge- 
neral de Aragón, se situó en Saugüeza con el Batallón deAlmogilvares 
del Pilar y otros dos más, sin otro objeto que el de fraccionar las fuer- 
zas del enemigo y procurar adivinar sus proyectos. El General liberal 
Marqués del Duero destacó al General Echagüe en busca del General 
carlista, y como el plan de éste no era combatir, y mucho menos con- 
tra fuerzas conocidamente superiores, hubo de retirarse, habiendo de- 
mostrado solamente que el Ejército carlista no operaba tan sólo á la 
defensiva, si no que también á la ofensiva, aunque fuera en frente de 
un Ejército tan numeroso como el del Capitán General Marqués del 
Duero. 




D. MANUEL GUTIÉRREZ DE LA CONCHA 

MARQUÉS DEL DUERO 



Capítulo XVI 



Pormenores de la batalla librada en los campos de Abárzuza, los días 
25, 26 y 27 de Junio de 1874, ganada por el General carlista D. An- 
tonio Dorregaraij al General liberal Marqués del Duero. 



UNO de los más importantes períodos de la guerra del Norte, lo fué 
la breve campaña del Capitán General Marqués del Duero, desde 
que se hizo cargo del mando en jefe que le entregara el Capitán Gene- 
ral Duque de la Torre, á raíz de la liberación de Bilbao. Ocupados nos 
hallábamos nosotros por entonces en la organización del Cuerpo de 
Artillería, y por tanto no pudo cabernos la honra de tomar parte en la 
célebre batalla de Estella ó Monte-Muru, conocida así por los liberales, 
y llamada de Abárzuza por los carlistas (1). El nombramiento del afa- 



(1) Bien es verdad que disponemos, en cambio, de documentos oficiales, 
como son las instrucciones dadas á los jefes de los cuerpos por el General Con- 
cha, y los partes oficiales de los generales de uno y otro campo . 

13 



— 194 — 

mado General Conchn coincidió también con el hecho á favor del Te- 
niente General D. Antonio Dorregaray para el cargo de Jefe de Estado- 
Mayor General del Ejército carlista del Norte. Empezaremos, pues, 
por consignar algunos antecedentes del primero, ya que del segundó- 
los hemos dado en otro de los anteriores capítulos. 

Seguramente que en 1874 no había en España un General de más- 
prestigio que D. Manuel Gutiérrez de la Concha: sus anteriores hechos- 
le abonaban. Desde subalterno de la Guardia Real de Infantería á 
Mariscal de Campo, ganó durante la primera guerra civil en el campo 
de batalla todos sus empleos y condecoraciones, entre las que honra- 
ban su pecho nueve cruces de San Fernando. En la expedición á Por- 
tugal consiguió la pacificación del país, por lo que fué agraciado con 
la Grandeza de España y el título de Marqués del Duero. Igualmente 
en la segunda guerra civil, ó sea combatiendo y venciendo á Cabrera 
en Cataluña, fué premiado con la jerarquía de Capitán General de 
Ejército. Posteriormente, y desde el año 1848, sin tomar parte ostensi- 
ble en la política, pero sí en altos mandos militares^ se dedicó al estu- 
dio de la ciencia militar, escribiendo su célebre táctica de las tres ar- 
mas, con lo que acabó de confirmar el elevado concepto que de bravo 
y entendido merecía ya á sus contemporáneos. 

Decidido el Marqués del Duero á dar un golpe de muerte á sus ene- 
migos, y no contentándose con ganar una batalla, sino aspirando á 
concluir en breve la guerra^ nombró Jefe de Estado Mayor General al 
valiente é ilustrado General D. Miguel de la Vega Inclán y organizó 
su Ejército en tres cuerpos, una Brigada de vanguardia y una División 
llamada de la Ribera. El primer Cuerpo lo mandó primeramente el Ge- 
neral D. Antonio López de Letona, y poco después el General D. José 
Rosell, teniendo á sus órdenes dos divisiones mandadas por los gene- 
rales Andía y Catalán, con dieciséis batallones y cinco baterías mon- 
tadas, sistema Krupp. El segundo Cuerpo lo mandó el General D. Adol- 
fo Morales de los Rios, y constaba de doce batallones, formando tres 
brigadas á las órdenes de los brigadieres Cassola, Bargés y Zenarruza. 
El tercer Cuerpo lo mandó el Teniente General D. Rafael Echagüe, 
Conde del Serrallo, y estaba constituido por tres divisiones á las órde- 
nes de los generales Beaumont, Martínez Campos y Reyes, con veinte 
y cuatro batallones y dos baterías de Montaña, sistema Plasencia. La 
Brigada de vanguardia, al mando del Brigadier Blanco, disponía 
de seis batallones de cazadores, una Compañía de la Guardia Civil y 
una Batería de Montaña, sistema Plasencia. La División de la Ribera, 
mandada por el General García Tassarra, se componía de dos batallo- 
nes y mil caballos. Además formaban parte del Ejército del General 



— 195 — 

Concha, el 6.° Batallón de la Guardia Civil, afecto al Cuartel General, 
así como la correspondiente dotación de tropas de Ingenieros y de Ca 
ballería, hasta sumar siete Regimientos de esta arma, ascendiendo á 
unos cincuenta mil hombres el total del Ejército republicano, manda- 
do por el Marqués del Duero. 

El Ejército carlista que había esperado en posiciones atrincheradas 
el avance de los liberales hacia Durango, marchó en dirección al Ebro, 
en el momento que vio iniciado el movimiento de los enemigos hacia 
Navarra. Por mucho secreto que el Marqués del Duero empleó^ hubo 
de traslucirse el principal objetivo de su operación, que era la toma de 
Estella, cortando la retirada y obligando á capitular al Ejército carlis- 
ta. En su consecuencia, el General Dorregaray destacó primero al Ge- 
neral Mendiry con algunos batallones y con orden de ir abriendo zan- 
jas y trincheras en los alrededores de Estella, no alejándose mucho de 
la población para no extender demasiado la línea de defensa, á fin de 
que no resultase debilitada en ninguna de las posiciones que se eli- 
gieran y tener la mayor facilidad para allegar refuerzos de un lado á 
otro de la expresada línea. A Mendiry siguió después el Jefe de Estado 
Mayor General, reuniéndose en las inmediaciones de Estella nueve 
batallones navarros, cuatro alaveses, tres vizcaínos, cuatro guipuz- 
coanos, cuatro castellanos, dos cántabros, uno aragonés y otro astu- 
riano, en total veinte y ocho batallones, diez piezas de Artillería de 
Montaña, un Batallón de Ingenieros y un Regimiento de Caballería. 

Cuando arribó Dorregaray á Estella, dióse tan gran impulso á la 
construcción de trincheras, que al iniciar el enemigo su ataque, se 
hallaba toda la línea en el mejor estado de defensa, para conseguir de 
este modo equilibrar la gran desproporción de faerzas entre los ejér- 
citos que iban á combatir, pues aun suponiendo (lo cual no era ni po- 
día ser exacto) que los batallones carlistas tuvieran^ unos con otros, 
ochocientos hombres cada uno, sus veinte y ocho batallones alcanza- 
ban próximamente un tercio menos que el Ejército liberal, aun des- 
contando al segundo Cuerpo de éste por no haber tomado parte en la 
batalla. 

La distribución de las tropas carlistas, hecha por el General Do- 
rregaray, era la siguiente: su derecha partía de Alio, corriéndose por 
Dicastillo, Morentín, Aberin, altos de Villatuerta, Zurucuaín, Grocin, 
Murugarren, Muru y las posiciones al Norte de Estella, ó sean Eraul 
y el puerto de Echávarri. Defendían su extrema derecha las brigadas 
de Zalduendo y Valluerca, con los batallones 1.°, 2.*^, o." y 7." de Na- 
varra: seguían los batallones 3." y 4.° de Álava con el Brigadier Al- 
varez; la Brigada Cántabra y el Batallón de Asturias á las órdenes del 



— 19G — 

Brigadier Yoldi. El centro carlista, ó sea desde la ermita de Santa 
Bárbara de Villatuerta hasta Muru, se componía de los batallones 
3.°, 4.*^ y 6.*^ de Navarra, al mando del Brigadier Férula, el 1." y 2.^ 
de Castilla á las órdenes del Brigadier Zaratiegui, y los batallones 
de Munguía y de Bilbao, á las del Coronel Fontecha. La izquierda car- 
lista, desde Muru á Echávarri, se componía de los batallones 9." 
de Navarra, 2.^ de Álava, l.*^ y 2." de Guipúzcoa y 3.° y 4." de 
Castilla, bajo el mando de los coroneles Costa, Cavero é Iturbe. La Ca- 
ballería estaba en Alio. La Batería de Montaña de Navarra, mandada 
por su Jefe Reyero, quedó á las inmediatas órdenes del General f)o- 
rregaray, situándose en Echávarri la Batería de Rodríguez Vera, cuyo 
Jefe no pudo concurrir á la batalla por hallarse curando la grave he- 
rida que recibió en Somorrostro; tanto sus piezas como las de Reyero 
cambiaron de situación durante la refriega, según las exigencias de 
la misma lo hicieron necesario para aprovechar sus fuegos con mayor 
ventaja. La Narración Militar de la Guerra carlista, redactada por el 
Estado Mayor del Ejército liberal, dice que figuraron en el combate 
cinco cañones de batalla; pero es equivocado el concepto, pues la 
1.'*^ Batería Montada, que fué precisamente organizada por quien ésto 
escribe, estaba entonces esperando que concluyeran en Azpeitia su 
material, y no llegó á Estella sino tres días después de la batalla. 

Llegó el 25 de Junio , señalado para el avance del Ejército republi - 
cano: las instrucciones dadas por el General Concha para la primera 
etapa consistían en que partiendo de Larraga y Lerín, dos cuerpos de 
su Ejército debían dirigirse á Lorca y Ciranqui, pernoctando en Lácar 
y Alloz uno de ellos, y marchando el otro en dirección de Oteiza á 
pernoctar en Murillo. En las alturas de este punto debían situarse las 
baterías que habían de batir los altos de Villatuerta, Arandigoj^^en y 
Grocin. La Brigada de vanguardia debía pernoctar en Montalbán y 
Zurucuaín. La División Rosell debía salir de Lerín, camino de Oteiza 
y situarse con sus fuerzas y la Artillería en disposición de oponerse á 
los carlistas que ocupaban la Solana y que pudieran correrse en de- 
fensa de su centro. En el segundo día, el General Martínez Campos y 
la Brigada de vanguardia debían tratar de envolver las posiciones de 
los montes que cubrían á Estella, batiendo con toda la Artillería dis- 
ponible á las fuerzas carlistas que defendieran Abárzuza, Zabal, Mu- 
rugarren y Monte-Muru, apoyando estos movimientos el Cuerpo de 
Ejército del General Echagüe. Conseguido todo este objetivo, las tro- 
pas liberales debían caer sobre Estella, y faerzas suficientes cortarían 
la natural retirada de los carlistas á las Amézcoas, previa la ocupación 
de los montes de Eraul. 



— 197 — 

Penetrados, pues^ ambos ejércitos por las respectivas órdenes de 
sus generales en jefe, de la misión que debían cumplir, rompió su mo- 
vimiento el Ejército liberal con precisión matemática, no habiendo 
extremado su resistencia los carlistas, para ver de conocer mejor las 
verdaderas intenciones del General Concha, y porque los liberales en 
su primer avance hacia Estella se hablan limitado á tener en jaque á 
las fuerzas que cubrían la Solana, y cañonear, antes de ser ocupados, 
los pueblos de Murillo, Lácar, Alloz y Villatuerta. Reservaban los car- 
listas su máxima resistencia para cuando el Ejército liberal embistiera 
decididamente las avenidas de Estella, pues, como siempre, tenían que 
luchar los carlistas con la escasez de municiones, y por lo tanto nece- 
sitaban aprovecharlas bien, porque aleccionados con lo ocurrido en 
las acciones de IMuñecaz y Galdames, no podían considerar si no como 
preliminares los movimientos efectuados por las tropas liberales el 
día 25, y sabido es que las municiones del armamento moderno se 
agotan pronto. Obraron bien prudentemente, por cierto, los carlistas, 
como se comprobó en los días 20 y 27^ en los que extremada la defen- 
sa, no solamente resistieron bien el empuje del Ejército republicano, 
tan superior en número y sobre todo en Artillería, como ya hemos 
visto, si no que se desbarataron los bien meditados planes del mejor 
de los generales enemigos. 

Cortsecuente, pues, alo sucedido el 2o y puesto que, evidentemente, 
los liberales no tenían fuerzas suficientes para dar el ataque en toda 
la línea, toda vez qu3 no se empeñaban por la parte de la Solana, dis- 
puso el General Dorregaray que acudieran á reforzar el centro de su 
línea, los batallones de la Brigada Alvarez, otro guipuzcoano y uno 
navarro, dejando el resto en observación de los movimientos que pu- 
diera intentar el enemigo por aquel lado. 

Al amanecer del día 26, habíase ordenado por el Marqués del Due- 
ro, que se rompiera la marcha, pero ésto no pudo llevarse á efecto á 
causa de no estar racionadas las fuerzas, y hubieron de esperar los li- 
berales la llegada del convoy hasta las tres de la tarde. A pesar del 
tiempo perdido, mandó el General en Jefe que las tropas de Echagüe 
y Martínez Campos avanzaran sobre Montalbán, como así lo hicieron 
con el mayor denuedo, en medio de un furioso temporal de lluvias, 
acompañado por el redoblado tronar de todos sus cañones de campa- 
ña, sembrando de granadas con sus cuarenta bocas de fuego los atrin- 
cheramientos de los carlistas. Resistieron éstos, como sabían hacerlo, 
el empuje del Ejército liberal, con la bravura y el tesón que en San 
Pedro Abanto, no pudiendo, sin embargo, impedir que los republica- 
nos pernoctaran en Abárzuza^ Zabal, Montalbán, Zurucualn, Murillo 



— 198 — 

y Arandigoyen; pero siguiendo los carlistas indomables en sus trinche- 
ras cubiertas de muertos y heridos. En cambio, los liberales no logra- 
ron entrar en Grocin, ni pudieron envolver la izquierda carlista, ni 
romper el infranqueable muro de carne y bayonetas que le oponían 
los bravos defensores de Monte-Muru y Murugarren, desde donde di- 
rigía la batalla el General Dorregaray, acompañado de su brillante 
Jefe de Estado Mayor, el Brigadier D. Antonio Oliver, quien acreditó 
una vez más su valía en tan memorable jornada, así como el indoma- 
ble Brigadier Alvarez. 

Restaba, pues, el ataque general del día 27, en que conocidas ya 




D. ANTONIO OLIVKR 



las intenciones del enemigo de jugar el todo por el todo, se apercibie- 
ron debidamente los carlistas, ordenando, por tanto, el General Do- 
rregaray que el Brigadier Alvarez con cuatro batallones ocupara los 
altos de Murugarren, así como que dos batallones navarros cubriesen 
los altos sobre Muru. Asimismo mandó reforzar su extrema izquierda 
en Eraul con un Batallón navarro y el vizcaíno de Durango, cuyas 
fuerzas se pusieron i\ las órdenes de los generales Argonz é Iturmendi. 
Todo, por supuesto, en la previsión de que los liberales se dispusieran 
á pasar á Estella, no bien hubieran derrotado á los carlistas, como se 
lo proponían á todo trance, en las alturas de Murugarren y Mura, cuya 



— 199 — 

<?onquista creía el Marqués del Duero que decidiría la jornada, por lo 
■que había dispuesto que obrara al día siguiente sobre dichos puntos 
toda su Artillería. 

En la noche del día 2G ocurrió en Abárzuza un incidente que tuvo 
más adelante inmensa trascendencia. Sea por imprudencia ó descuido, 
«ea por haberse dedicado á recorrer las bodegas del pueblo algunos de 
los soldados liberales que pernoctaron en aquel punto, ó sea, en fln^ 
por lo que se quiera, lo cierto es que se produjeron algunos incendios, 
los cuales habrían sido castigados, seguramente, por el Marqués del 
Duero, con todo el rigor de las Ordenanzas Militares, pues profunda- 
mente disgustado dicho General en Jefe, apostrofó duramente á los 
batallones haciéndoles comprender que sobre ellos podía caer la nota 
de incendiarios, y que estaba resuelto á castigarles con todo el rigor 
de la Ordenanza, lo cual no pudo tener lugar por necesitarse dichas 
fuerzas para el ataque general del día 27. (Narración Militar de la 
Guerra Carlista, por el Cuerpo de E. M.) Otros incendios, aunque en 
menor escala, se produjeron también por los liberales en Zabal, Villa- 
tuerta y Zurucuaín. 

A las dos de la tarde, y en medio de un violento cañoneo de la Ar- 
tillería liberal, emprendió su Ejército el ataque de la línea carlista, 
avanzando con decisión la Brigada de vanguardia y la División de 
Keyes, respectivamente, contra Monte Muru y Murugarren. Los car- 
listas, entonces, rompieron á quema-ropa un nutridísimo fuego desde 
las zanjas, consiguiendo retardar, pero no detener, el avance de las 
columnas de ataque: dignos eran uno de otro los dos ejércitos conten- 
-dientes; nos complacemos en consignarlo así, por ser de justicia, como 
lo consignamos al relatar los combates de San Pedro Abanto. 

A todo esto, la continuada lluvia que se había desatado contrariaba 
por igual á unos y otros. Cuando ya se creían los liberales dueños del 
campo, pues los defensores de las trincheras hallábanse muy quebran- 
tados por el horroroso fuego de cañón que habían sufrido, viéronse 
obligados á retroceder, porque los carlistas saliendo de sus defensas 
acometieron bizarramente á los asaltantes, persiguiéndoles con sus ba- 
yonetas hasta la carretera de Estella. Rehechos otra vez los liberales, 
volvieron á atacar las líneas carlistas, siendo rechazados valientemente 
por sus enemigos, á la vez que éstos emprendían seriamente el ataque 
á Abárzuza, poniendo en grave aprieto á los batallones liberales que 
defendían dicho pueblo, pues si lo hubieran llegado á perder, el Ejér- 
-cito liberal hubiera iniciado su retirada en toda la línea, puesto que 
también se había visto rechazado en Zurucuaín y Grocin. 

Pero como quiera que lo más importante para continuar adelante 



— 200 — 

los liberales^ era hacerse dueños de Monte-Muru, y esto no lograban 
conseguirlo á pesar de los repetidos ataques de su Infantería, y á pesar 
de que treinta cañones Krupp acumulaban todo el día sus fuegos sobre 
Murugarren y el Caserío de Muru, el Capitán General Marqués del 
Duero creyó que únicamente un acto de audacia y valor llevado á cabo 
por él mismo, podía inclinar la balanza de la victoria en favor suyo: 
púsose entonces á la cabeza del mayor número de tropas que pudo 
reunir á su lado y emprendió la subida á las trincheras de los carlistas. 
Pero eran ya las siete y media de la tarde, y las tropas que debían 




D. TOUCUATO MEXDIRY 



auxiliarle no llegaban, por lo que el bravo General en Jefe decidió al 
fin dejar su empeño para el día siguiente. Volvió á emprender la reti- 
rada, pero no sin ser perseguido él y los suyos por el fuego de las trin- 
cheras de Murugarren, una de cuyas balas penetró en su pecho, derri- 
bándole cadáver. 

Esta inmensa desgracia causó profunda pena y desaliento en los 
pocos que al principio se enteraron de ella, pudiendo creerse que si la 
muerte del General en Jefe republicano hubiera llegado oportunamente 
á noticia de los carlistas, habrían éstos salido impetuosamente de sus 
trincheras, y contando con el pánico que semejante suceso produciría en 
aquellas tropas liberales, ya tan quebrantadas, habría sido de incalcu- 
lables resultados la victoria de los carlistas. 



— 201 — 

Entre tanto, y favorecidos los republicanos por la obscuridad de la 
noche, emprendieron la retirada, no extrañándose de ello los carlistas 
cuando llegaron á saberlo, porque tanto en su centro como en su iz- 
quierda habían contenido y rechazado valientemente á todo el Ejército 
republicano. Tenía razón el Jefe de Estado Mayor General Dorregaray, 
al decir que la victoria de Abárzuza había sido la más importante de 
las que hasta entonces había obtenido el Ejército carlista. 

Tenemos á la vista los partes oficiales de los generales D. Rafael 
Echagüe, Conde del Serrallo y D. Antonio Dorregaray, los cuales no 
copiamos á continuación por ser muy extensos y por diferir muy poco, 
ó nada^ del relato que hemos hecho de tan importante batalla. Única- 
mente copiaremos algunos párrafos de uno y otro para la mayor inte- 
ligencia del conjunto. 

El Teniente General Echagüe (que como más antiguo asumió el 
mando del Ejército liberal al morir el Maí-qués del Duero) dice entre 
otras cosas lo siguiente: «Una División,, Reyes, y dos batallones pene- 
»traron en Abárzuza después de un empeñado combate con el enemigo, 
»que se defendió tenazmente, y el General Campos se posesionó tam- 
»bién de Zurucuaín habiendo sostenido una lucha no menos empeñada. 
»E1 Ejército ganó las primeras trincheras, pero acudió el enemigo con 
«numerosas fuerzas y rechazó las nuestras, que volvieron varias veces 
»al ataque y sólo combatiendo y causando numerosas bajas, cedieron 
»el terreno. — Las bajas sufridas por este Ejército, son: un jefe, diez y 
»seis oficiales y ciento catorce individuos muertos; el Brigadier Molina, 
»seis jefes, cinco oficiales y ochocientos cuarenta y nueve individuos 
«heridos; cuatro jefes, diez y ocho oficiales y ciento setenta y nueve 
asoldados contusos y doscientos sesenta y tres extraviados, arrojando 
»un total de mil cuatrocientas cincuenta y seis bajas.» 

El Teniente General carlista Dorregaray, dice asi en el parte oficial 
que dio á Don Carlos de Borbón: «Conocidas son de V. M. las dificul- 
»tades de todo género con que teníamos que luchar para oponernos á 
•fuerzas tan considerablemente superiores y á la poderosa Artillería 
«liberal. — El Comandante D. Pablo Portillo, con siete caballos, pasó el 
»río y cogió prisioneros á siete soldados y 23 acémilas^ así como dos 
«soldados de Caballería y un espía... — Las considerables masas de 
«enemigos adelantaron impunemente hasta corta distancia de nuestros 
«parapetos, porque había dado la orden de que no se hiciera fuego 
»hasta entonces^ pero llegados á esta distancia, nuestros valientes vo- 
»luntarios sembraron el campo de muertos y heridos republicanos. — 
«Por cortos instantes consiguieron alguna ventaja, como les sucedió en 
«Murugarren, al cual, defendido por tres compañías de Castilla, logra- 



— 202 — 

T»ron aproximarse bastante; pero enviadas otras tres del 4.*^ de Álava, 
«cargaron á la bayoneta seguidas de los castellanos, consiguiendo po- 
»ner en la más espantosa y completa dispersión á toda la columna de 
»ataque, en la que causaron considerable número de bajas, cogiéndoles 
«además veintitrés prisioneros y gran número de fusiles. — Repetidas 
»veces intentaron las masas enemigas volver sobre nuestros parapetos, 
»pero en todos sus ataques se vieron obligados á retroceder, dejando 
»gran número de muertos, heridos, prisioneros, armamento y municio- 
»nes. — Tenemos en nuestro poder doscientos cincuenta prisioneros y 
»dos mil fusiles: nuestras pérdidas, aunque siempre dolorosas, han sido 
«escasas, pues no llegan á doscientos, contándose entre los muertos 
»al Teniente Coronel Eguilleta, y heridos los coroneles Fontecha y 
»Cavero.» 

La Historia Contemporánea de D. Antonio Piral a hace ascender á 
dos mil el número de bajas sufridas por los liberales, entre muertos, 
heridos y prisioneros, y dice que los carlistas, en cambio, apenas per- 
dieron trescientos hombres. 

La importante victoria de Abárzuza causó en el Ejército carlista y 
en el país vasco-navarro un entusiasmo indescriptible. Pródigo fué 
Don Carlos de Borbón en premiar á los generales, jefes, oficiales y vo- 
luntarios que más se distinguieron en tan glorioso hecho de armas, 
concediendo al Jefe de Estado Mayor General Dorregaray la Gran 
Cruz de San Fernando; elevando á la dignidad de Conde de Abárzuza 
al Comandante General de Navarra Mendiry, que había secundado 
admirablemente las órdenes de Dorregaray; ascendiendo á Mariscal de 
Campo á D. Rafael Alvarez, cuya Brigada fué de las que más sufrieron; 
nombrando brigadieres á los coroneles Cavero y Fontecha que habían 
resultado heridos, y al Coronel Costa; promoviendo al empleo inme- 
diato al bravo Teniente Coronel del tercer Batallón de Navarra D. Si- 
món de Montoya, al joven Capitán Marqués de Castrillo (hijo del 
General Duque de San Lorenzo y del Parque), bizarro Ayudante de 
Campo del General Dorregaray, y concediendo, en ñn, multitud de re- 
compensas, que sentimos no poder detallar aquí, y que si fueron real- 
mente bien merecidas, acreditaron asimismo una vez más la admiración, 
el entusiasmo y el cariño con que Don Carlos de Borbón se enorgulle- 
cía de ser el Rey de aquellas valerosas tropas. 



No terminaremos sin decir dos palabras sobre un hecho calificado 

duramente por los liberales al tratar de los fusilamientos de Abárzuza. 

Conocido es de todos que al entrar á viva fuerza en Abárzuza el 



— 203 ~ 

Ejército carlista, hizo algunos prisioneros al enemigo, en ocasión de 
que todavía humeaban los restos de algunas casas en Zabal y Villa- 
tuerta, y en que, llamas aun sin apagar, continuaban consumiendo las 
viviendas de los inermes vecinos de Abárzuza. Al entrar el Jefe de Es- 
tado Mayor General carlista en el pueblo, oyó las voces de muchos 




D. JOSÉ FERNANDEZ DE VILLAVICEXCIO 

MARQUÉS DK CASTKILLO 



prisioneros que le saludaban con las frases de: «¡Viva nuestro General 
Dorregaray!» — «Yo no soy General de incendiarios, — hubo de contes- 
»tarles el caudillo carlista.— El Consejo de Guerra se encargará de 
«castigar á los que, como vosotros, hacéis la guerra destruyendo los 
»campos y los albergues de los pacíficos habitantes de este país, que se 
«quejan fundadamente de que el Ejército carlista es una fuerza armada 
»que ni los defiende ni los protege.» 

No se nos negará que el General en jefe liberal Marqués del Duero 
increpó también duramente á los incendiarios de su Ejército, y que él 
mismo se hubiera encargado de castigarles, si la falta de tiempo mate- 
rial no se lo hubiera impedido. 

Formóse, pues, el Consejo de Guerra, presidido precisamente por 
uno de los jefes más justificados del Ejército carlista, como lo f aé el 
Coronel D. Simón de Montoya. 

De todo hubo de enterarse Don Carlos de Borbón, quien con Doña 
Margarita se hallaba á dos jornadas de Abárzuza, y que se apresuró á 



— 204 — 

conceder lo que algunos caracterizados jefes de su Ejército le pedían, 
es decir, que únicamente se diezmara á los prisioneros, consecuente á 
cuyo acuerdo fueron sólo trece los fusilados. 

De lamentar han sido siempre estos hechos; pero, á nuestro juicio, 
hay que tener en cuenta las consideraciones siguientes: que los fusila- 
mientos de Abcárzuza fueron, dichosamente para todos, de los pocos que 
ensangrentaron la victoria en el Norte: que antes y después d« ellos, 
llevaron á cabo los liberales análogos hechos, siempre deplorables, 
pues no nos dejarán mentir los manes de Balanzátegui, de los carlistas 
de Montealegre, de los del Tajo, de los de Burgos y Soria, de los de 
San Martín de Unx, el del bravo Coronel Lozano y los de tantos otros 
partidarios del Carlismo, y en fin, hay también que hacerse cargo de 
que pueblos en masa acudieron al Jefe de Estado Mayor General car- 
lista pidiéndole amparo y protección para ellos, las mujeres y los hi- 
jos, y que de quedar impunes los incendios de Zabal, Villatuerta y 
Abárzuza, (como antes lo habían quedado los de Oyarzun y otros pun- 
tos), posible hubiera sido que el país vasco-navarro se hubiese llegado 
á negar á dar, como hasta entonces, sus hombres, sus vidas y sus ha- 
ciendas á la Causa carlista. Sabido es, por último, hasta dónde llegan 
las guerras civiles: pidamos á Dios que no se repitan jamás semejantes 
represalias. 




RINDIENDO ARMAS 



Capítulo XVII 



El Rosario de Lecumberri y la Comunión de Estella 



EN todos nuestros estudios sóbrela pasada guerra civil, hemos 
considerado á los carlistas únicamente en su aspecto militar: 
hoy vamos á recordar con hechos prácticos su modo de ser con rela- 
ción al primer lema de la bandera tradicionalista, ó sea desde el pun- 
to de vista religioso. 

Habían partido de Munarriz, á principios de Diciembre de 1873, 
cuatro batallones de Navarra y la Batería de Montaña, afecta á la Di- 
visión de dicha provincia, bajo el mando del Comandante General don 
Nicolás Olio, para oponerse al General en jefe delEjército republicano, 
D. Domingo Morlones^ que había franqueado el puerto de Veíate y to- 
mado la dirección de Irún, á fin de socorrer á Toiosa, en combinación 
del General Loma que se hallaba en San Sebastián. 

Ya hemos descrito en el capítulo VII las operaciones que tavieron 
lugar por entonces en Guipúzcoa, así que circunscribiéndonos ahora 
al objeto del presente capítulo, recordaremos tan sólo que aquellas tro- 
pas carlistas, que antes del amanecer habían salido del pueblo de Mu- 
narriz, llegaron por caminos poco menos que imposibles á Lecumberri, 
cerca del anochecer. A pesar de tan fatigosa marcha, el soldado na- 
varro, vivo de suyo é impresionable, saltando de peña en peña, no 



— 206 — 

había interrumpido un solo momento su alegría y su buen humor, ni 
los cantos que por entonces estaban más en boga, raferentes^ por su- 
puesto, á los asuntos de la guerra. Recordamos, entre los que más 
oímos en aquella jornada, uno que aludiendo á la victoria de Eraul 
decía así: 

«El dia cuatro de Mayo 

celebraron la función, 

y al otro dia s guiente 

les íjííi/enios un caiióta;) 

les quitemos un cañón, 

y del otro la cureña, 

y el otro no le quitemos 

porque habia mucha leña.» (1) 

Llegados á la plaza mayor del pueblo^ previo un ligero descanso 
en las eras, donde formaron los batallones, y sin limpiarse el polvo 
del camino, como vulgarmente se dice, pasaron rápidamente, aquellas 
tropas, desde la formación en columna á la del cuadro, con profunda 
sorpresa del que esto escribe Acto seguido, y á una voz del Jefe 
del 2.^ Batallón de Navarra, D. Teodoro Rada (Radica), apareció en me- 
dio el Padre Capellán y se comenzó á rezar el Rosario. Era de ver en- 
tonces á aquellos valientes, que teñido habían las puntas de sus bayo- 
netas en sangre de sus enemigos en Monreal, Udave, Eraul, Mañeru y 
Montejurra, entonar piadosos las preces del sagrado rezo en honor de 
la Virgen. Sorprendente espectáculo para quien! como yo presenciaba, 
por primera vez, la plegaria en tan especiales circunstancias; pues aún 
cuando sabía que en los cantones se practicaba siempre esta devoción 
por los carlistas, con arreglo á lo preceptuado en las antiguas Orde- 
nanzas del Ejército, nunca había admirado todavía tan consolador es- 
pectáculo en medio del campo ni de una plaza pública. 

Es indecible, repito, la gratísima sorpresa que en mí produjo aquel 
acto religioso de Lecumberri: parecía verme transportado á la época 
de las Cruzadas ó rodeado de las piadosas tropas realistas de la Ven- 
dée, y en aquellos momentos creí ver convertido al valeroso Jefe na- 
varro en un Charette ó un Larochejacquelín. La semejanza, para mí, 
era completa, pues los voluntarios carlistas ostentando en su pecho el 
dulce emblema del Corazón de Jesús, firmes en sus puestos, con las 



(11 Para comprender el cantar, de autor ignorado, por supuesto, debemos 
decir que el Ejército liberal había celebrado con una gran fiesta el levanta- 
miento del primer sitio de Estela, el dia 4 de Mayo de 1873; pero riéronse al 
día siguiente arrolladas las tropas republicanas en las cumbres de Eraul como 
ya explicamos en el capítulo V. 



— 207 — 

armas descansadas, contestaban con sus oficiales á los rezos del sacer- 
dote, y hasta que hubo terminado el Rosario no desfilaron aquellos 
arrojados campeones á buscar su ración y el necesario descanso á tan 
larga y fatigosa marcha, que había durado doce horas. 

Al evocar tan gratos recuerdos de otros días, no podemos menos de 
relatar otro hecho que nos impresionó tan profundamente como el del 
Rosario de Lecumberri: nos referimos á la Comunión de los artilleros 
en Estella, el 15 de Agosto de 1874. 

Como ya sabemos, allá por el mes de Abril del mismo año, habían 
desembarcado en las costas carlistas veinte y siete cañones, que aun- 
que arribaron sin cureñas ni carros de municiones, trabajóse tanto bajo 
la inmediata dirección del General Maestre, del Coronel Pagés y de 
los comandantes Dorda é Ibarra, en la fábrica de Azpeitia convertida 
en Maestranza, que en breve plazo salía para Navarra la l.'*^ Batería 
Montada, de acero, sistema Vavasseur y á cargar por la recámara, al 
mando del que ésto escribe, á la cual Batería siguieron sucesivamente 
y en poco tiempo la 2.'', la 3.^ y la 4.*^, también montadas y dirigidas 
por nuestros antiguos compañeros en el Ejército de Isabel II, los coro- 
neles Fernández Prada y Rodríguez Vera y el Teniente Coronel Gar- 
cía Gutiérrez. 

La 1.*^ Batería Montada llegó á Estella tres días después de la bata- 
lla de Abárzuza, que tan funesta había sido para la causa liberal^ y 
aun resuenan en nuestros oídos los bravos y vítores que despertó tan- 
to entre los militares como entre los paisanos de la ciudad santa del 
carlismo la vista de los seis magníficos Vavasseur, seguidos de sus ca- 
rros de municiones y precedidos por nutrida banda de clarines, con 
que desfilamos y dimos frente en la plaza de San Juan ante el aloja- 
miento del Jefe de Estado Mayor General D. Antonio Dorregaray, 
quien acompañado de su bravo Jefe de Estado Mayor Oliver y de 
otros no menos distinguidos oficiales generales, presenció la entrada 
de la Batería que aparcó guardando los intervalos reglamentarios, 
como si toda la vida no hubiesen hecho otra cosa aquellos entusiastas 
voluntarios y noveles artilleros, como si no hubiesen hecho ya bastan- 
te con haber subido y bajado puertos sin novedad alguna ni en el ma- 
terial ni en el ganado. 

Como el mérito no era nuestro, séanos permitido consignarlo aquí: 
era el primer caso que en nuestra larga vida militar podemos citar de 
que en escasos veinte días tuvieran aquellos artilleros instrucción 
práctica suficiente para realizar lo que en tiempos ordinarios no se ha- 
bía conseguido nunca en menos de cuatro meses. 

Al día siguiente de la llegada de la primera Batería Moatada á 



— 208 — 

Estella, comenzaron los ejercicios en un terreno llamado la pieza del 
Conde, y cuando llegó la segunda Batería Montada (que, por cierto, 
estaba formada con vizcaínos y dotada entonces de cañones de bronce, 
sustituidos al poco tiempo por los de acero sistema Krupp), ya la pri- 
mera había terminado la instrucción de Batería. Habiendo llegado 
por entonces á Estella el señor Don Carlos de Borbón, invitóle el autor 
de estos apuntes á que viese maniobrar las dos baterías montadas, 
como así se verificó, admirando el egregio Príncipe y su lucido acom- 
pañamiento el valer de nuestros queridos voluntarios, al ver á las dos 
baterías maniobrar con la mayor soltura y desembarazo, como si aque- 
llos bravos fuesen j^a vetei'anos, pues con la maestría de tales ejecuta- 
ron con gran precisión tanto los diferentes despliegues en línea y ba- 
tería^ como los ejercicios de fuego. Para llegar á aquella altura se ne- 
cesitaban muy bien cuatro meses en el Ejército de Isabel II: una 
prueba más de que los voluntarios, en el mero hecho de serlo, desplie- 
gan toda su ñrme voluntad para aprender pronto y bien. 

Era tal la emulación que se despertó entre todas las baterías, que 
apenas llegó á un mes laboral el tiempo empleado para poder romper 
el fuego y maniobrar al trote y al galope con extraordinaria soltura 
todas ellas, y al llegar á ñnes de Julio á Estella las baterías tercera y 
cuarta (dotada aquella de cañones Wolwich y ésta de cuatro WithAvort), 
pudo ya constiti^iirse un Regimiento Montado maniobrero, dispuesto á 
todas las eventualidades del porvenir, como prueba de lo cual hubo 
acto seguido en las cercanías de p]stella una escuela de tiro notable, 
presidida por Don Carlos de Borbón, cuyo augusto señor, así como su 
brillante Estado Mayor, demostró su complacencia á los jefes de las 
baterías tan rápidamente organizadas. 

Llegamos por fin al domingo que precediera á la fiesta de la Asun- 
ción de la Santísima Virgen: al salir de misa las baterías, del Conven- 
to de monjas de San Benito, en donde teníamos la costumbre de cum- 
plir con el divino precepto los artilleros, el que esto refiere;, como Jefe 
más antiguo de las baterías, hubo de llamar la atención de la tropa 
sobre la festividad que se acercaba, añadiendo, bien lacónicamente 
por cierto, que él y los demás jefes y oficiales habían pensado comul- 
gar reunidos el 15, en honor de la fiesta de la Virgen, en descargo de 
sus pecados y en súplica de su poderosa ayuda en los combates, y que 
tendrían un especial gusto en que sus artilleros les acompañasen. Acto 
seguido desfiló cada cual á su alojamiento. 

Pues bien, ¿cuál no sería la agradable impresión de los jefes del 
Cuerpo cuando el solemne día de la Asunción de Nuestra Señora vi- 
mos que no dejaron de acercarse á la Sagrada Mesa más que los con- 



— 209 — 

tados artilleros de imprescindible servicio que se hallaban en las cua- 
dras aquel día? ¿Podía darse espectáculo más conmovedor y brillante 
ni mayor satisfacción para los que teníamos el honor de mandar aque- 
llos tan valientes cuanto piadosos voluntarios? 

Han pasado desde entonces veinte y tres años, y fué tan grande 
nuestra emoción en aquellos momentos que á pesar de haber visto re- 
producida después multitud de veces aquella bendita escena, no nos 
es dable explicarla, sino sentirla. 

Con tropas como aquellas, con voluntarios como los de la División 
de Guipúzcoa, que á la más leve indicación de su General, el piadoso 
Lizárraga, no entraban en combate sin recibir fervorosamente la Sa - 
grada Forma, ¿cómo era posible no alimentar las más risueñas espe- 
ranzas? ¿Y qué decir del catolicismo ferviente del Coronel del primer 
Batallón de Navarra, Eodríguez Román, á quien nunca faltaba tiempo 
para asistir al santo sacrificio de la Misa, aún cuando las marchas se 
emprendiesen al romper el día? ¿Qué decir de todos ellos, en fin, de los 
vizcaínos y castellanos, alaveses y cántabros, navarros y aragoneses 
de todos aquellos voluntarios que sueltos y sin prevención de ninguna 
€lase por parte de sus superiores llenaban diariamente las iglesias de 
Durango y Vergara, de Estella, Orduña, Tolosa y Valmaseda, de to- 
das las poblaciones en que llegaban á dominar las armas carlistas? 

Al evocar el gratísimo recuerdo de actos tan edificantes como los 
que tuvimos la satisfacción de presenciar durante la última campaña, 
aún nos parece vernos entre tantos queridos voluntarios,, admirando 
el contraste de su humildad y devoción en los actos religiosos, con el 
entusiasta arrojo con que á los pocos momentos de realizar algún he- 
cho piadoso se lanzaban á la bayoneta sin contar el número d e los 
enemigos. 



14 




D. JUAX D!í ZAVALA 

MARQUÉS DE SIER \ BULLONES 



Capítulo XVlII 



Consecuencias de la batallade Abárzuza. — Sorpresa de La Guardia. — 
Acción de Oteiza. — Expedición á Ccdaliorra. — Acción de San- 
güesa. 



QUEBRANTADO por dcmás había quedado el Ejército liberal des- 
pués de su derrota en los campos de Abárzuza, no reponiéndose 
hasta muy adelante; á pesar de que su nuevo General en Jefe, el Ca- 
pitán General D. Juan de Zavala, había demostrado en su larga carre- 
ra militar que era un experto y valerosísimo soldado, y le acompañó 
al Norte, como Jefe de Estado Mayor General, el insigne D. Marcelo 
de Azcárraga. 

D. Juan de Zavala, procedente de la Guardia Keal de Caballería, 
había hecho toda la primera guerra civil ganando en ella dos cruces 
laureadas de San Fernando, conquistando para su Regimiento de Hú- 
sares de la Princesa dos corbatas de la misma orden, desempeñando 



- L>11 — 

más tarde el cargo de Comandante General de Caballería y alcanzando 
la faja de Mariscal de Campo en 1840. Mandó después una de las di- 
visiones de la célebre expedición española á Italia en favor de Su San- 
tidad Pío IX; ascendió á Teniente General en 1852, y mandando ei 
segundo Cuerpo del Ejército de África conquistó el título de Marqués 
de Sierra-Bullones, distinguiéndose últimamente al frente de los mi- 
nisterios de Marina y de la Guerra. 

D. Marcelo de Azcárraga, procedente del Cuerpo de Estado Mayor 
del Ejército ganó la Cruz de San Fernando en las jornadas de 1854, 
cuando acababa de salir de la Academia; se había distinguido en 
Cuba;, en la expedición á Méjico y en la campaña de Santo Domingo; 
había ganado el empleo de Coronel peleando el 22 de Junio de 1866 en 
defensa del Gobierno constituido, y había sido ya, en 1874, el alma, 
digámoslo así, de todos los ministros de la Guerra, desde D. JuanPrim 
hasta el Marqués de Sierra-Bullones, quien dejó el expresado cargo 
para sustituir en el mando del Ejército del Norte al ilustre Marqués 
del Duero, llevando á su lado, como hemos dicho, al antiguo Jefe del 
Negociado de Campaña y Subsecretario del Ministerio de la Guerra, el 
entonces Brigadier Azcárraga, el modesto, caballeroso y activo Minis- 
tro de la Guerra, cuya fama ha volado por toda Europa, reconocién- 
dosele como uno de los mejores generales contemporáneos, y que, si 
como militar se ha visto aplaudido por todos los españoles, se honra 
como cristiano con el cargo de Vicepresidente del Consejo Nacional 
de las Corporaciones católicas obreras. 

Pues bien, decíamos que si con escogidos elementos de acción y con 
un General en Jefe como el ilustre ^larqués de Sierra-Bullones, secun- 
dado admirablemente por su digno Jefe de Estado Mayor Azcárraga, 
el Ejército liberal no pudo dal- un paso importante contra los carlistas, 
quebrantadísimo por demás debió quedar en los combates de Abár- 
zuza. 

Y eso que después de tan brillante victoria no había llegado ni á 
intentar perseguir á los liberales el Jefe de Estado Mayor General carlis- 
ta,, Dorregaray, el más afortunado de los generales carlistas, y de quien 
un ilustrado escritor militar dice en el Juicio critico de la guerra civil 
lo siguiente: «Dorregaray gozaba indudablemente una primacía que 
ni directa ni indirectamente ninguno de sus adversarios le podía dis- 
putar. Lo superioridad de sus servicios era indudable.» 

A pesar de tpdo, los vencedores ganaron en el concepto de sus con- 
trarios mucho más que nunca. En efecto, á partir del 27 de Junio cre- 
cieron las esperanzas de vencer en lo sucesivo los carlistas^ al ver que 
en las posiciones de Somorrostro y en los alrededores de Estella habían 



— 212 — 

podido impedir el avance de un enemigo siempre superior en número, 
con una masa abrumadora de cañones y mandado por el General más 
insigne del Ejército liberal en aquella época. 

El entusiasmo de los carlistas rayaba en delirio, y á la llegada á 
Estella de Don Carlos y Doña Margarita, pudieron estos augustos seño- 
res pasar revista á más de veinticinco batallones de todas las provin- 
cias, al Regimiento de Caballería de Navarra, á las baterías de Brea, 




D. MARCELO DE AZCAERAGA 

Prada y Reyero, y algunos otros cuerpos^ constituyendo un total de 
más de veinte mil hombres perfectamente armados, equipados y orga- 
nizados, formados en gran parada para vitorear á sus reyes. 

Aspirábase, por tanto, en el campo carlista á cambiar la guerra 
defensiva en ofensiva, castigando las poblaciones liberales más cerca- 
nas, y en especial la plaza de Pamplona, impidiendo la llegada de 
convoyes y haciendo cada vez más riguroso su bloqueo. También hubo 
de pensarse ya seriamente, por entonces, en ensanchar la esfera de 
acción del Ejército carlista del Norte, franqueando la barrera del 
Ebro, dándose la mano con las tropas carlistas que operaban en Ara- 
gón, extendiendo la guerra á Santander y Asturias, é invadiendo 
Castilla en donde el espíritu carlista estaba tan despierto que, al apo- 
yo de una fuerte expedición, tal vez hubiéranse podido organizar en 
breve tiempo hasta veinte batallones. 



— 213 — 

La superioridad de los servicios del General Dorregaray era in- 
dudable, puesto que le eran debidas notables victorias; asi es que, 
reconociendo nosotros ésto, como lo reconocían también los liberales, 
no podemos menos de deplorar que tan afortunado caudillo no se 
pusiese á la cabeza de una fuerte División para llevar la guerra al otro 
lado del Ebro, pues seguramente no debió escondérsele el elemental 
principio de que no pueden aceptarse en absoluto las guerras defensi - 
vas, porque se enervan el valor y la actividad del soldado, y que para 
tomar la ofensiva eran una gran base la victoria obtenida en los cam- 
pos de Abárzuza y la organización completa que por aquella época se 
estaba dando á la Artillería carlista. Sin embargo, el General Dorre- 
garay se limitó á dejar que cada División operase en su respectiva 
provincia: los vizcaínos, ofendiendo á Bilbao; los guipuzcoanos, sobre 
San Sebastián y Hernani; los navarros, bloqueando á Pamplona; los 
alaveses, operando por los ali'ededores de Vitoria y La Guardia. 

Faltó, pues, al Jefe de Estado Mayor General carlista Dorregaray, 
la iniciativa que era de esperar, dados sus valiosos servicios y sus 
brillantes antecedentes militares : aquella feliz iniciativa que cubrió 
de gloria al General Zumalacárregui, y que tanto distinguió en la 
última campaña al inolvidable y nunca bien llorado General Olio. 



Únicamente los alaveses dieron señales de vida, gracias A la aco- 
metividad de su Comandante General D. Rafael Alvarez, quien á prin- 
cipios de Agesto se apoderó de La Guardia. 

Sabedor el expresado General carlista, por sus seguras confiden- 
cias, de que se había reducido la guarnición de dicha plaza, reunió los 
batallones 1.", 2.° y 4:.° de Álava y el castellano de Clavijo, y con ellos 
y los seis cañones With>vort de la 2.'^ Batería de Montaña, al mando 
de Vélez, dirigióse sobre La Guardia, encargando al Brigadier Alba- 
rrán de observar y contener con los batallones cántabros á las tro- 
pas liberales que pudiesen acudir en socorro de la plaza, especialmen- 
mente desde, Logroño, en donde á la sazón se encontraba el General 
en Jefe liberal. 

A fin de evitar en lo posible el derramamiento de sangre, mandó 
Alvarez que, aprovechando la obscuridad de la noche del día -4 de 
Agosto, ocuparan dos compañías alavesas al mando del Comandante 
Urbina, unas casas que había fuera de los muros de la plaza, con 
orden de que, al amanecer, procuraran introducirse en aquélla al 
abrirse las puertas. Cumplió Urbina su cometido, y al ser de día entró 
á la carrera con sus voluntarios en La Guardia, no sin qus los defenso- 



— 214 — 

res, unos trescientos hombres, les hicieran vivísimo fuego y les ocasio- 
naran bastantes bajas desde el castillo^, cuyas puertas cerraron al refu- 
giarse en él. Advertido el General carlista, por el fuego que se oía en 
la plaza, de haberse entablado en ella la lucha, acudió con sus bata- 
llones, emplazando la Artillería que rompió el fuego contra el castillo 
á la voz que entraba en la población la Infantería. El Jefe que man- 
daba á los liberales pidió un plazo para entregarse si durante él no se 
veía socorrido; pero habiendo sido deshechada su proposición por el 
General Alvarez, acabó por rendirse, marchando libre la guarnición á 
Logroño y quedando en poder del vencedor tres cañones largos y ra- 
yados de á 8 centímetros, ocho mil granadas, más de trescientos fii 
siles y unos seiscientos mil cartuchos. 

El efecto producido en el Ejército liberal por el ataque de La Guar- 
dia faé detestable, tanto que el General en Jefe Zavala, al saber que 
los carlistas se dirigían sobre dicha plaza, dispuso el envío de inme- 
diato socorro á la guarnición, creyendo llegar á impedir que capitula- 
se; pero al romper la marcha la columna entraron en Logroño los que 
habían sido prisioneros de los carlistas, desistiendo con tal motivo de 
su empresa los republicanos. Los carlistas no tuvieron gran empeño 
en conservar su conquista, puesto que si se obstinaban en hacer suya 
en adelante la plaza tendrían que dedicar, por lo menos^ un Batallón 
á guarnecerla, asi que comprendiendo peifectamente que no les con- 
venía distraer en guarniciones las fuerzas necesarias para otras em- 
presas más importantes, se contentaron con demoler las fortificaciones 
de La Guardia, dejando una guarnición po-io numerosa, y llevándose 
fondos y cuantos pertrt^chos de guerra ú otros efectos pudieran serles 
útiles. 

En cambio el General en Jefe liberal, á quien no podían negarse 
singulares dotes de previsión y de energía, intentó y consiguió levan- 
tar el bloque » que pesaba sobre Vitoria, valiéndose del conocido ardid 
de guerra de llamar la atención del enemigo por un lado para caer 
sobre otro. Con este tin ordenó al General Moriones, Capitán General 
de Navarra^ que provocara una diversión de fuerzas carlistas por dicha 
provincia, mientras Zavala, por su parte, introducía un considerable 
convoy en la capital alavesa, cuya operación fué bien dirigida por el 
Marqués de Sierra-Bullones, gracias también á las numerosas tropas 
que puso en juego para lograr su objeto, y que consistieron en una Di- 
visión y la Brigada de vanguardia hacia Miranda de Ebro y la carre- 
tera, apoyado dicho movimiento por una salida que hicieron los bata- 
llones que en Vitoria mandaba el General Loma, dando lugar á que 



— 215 — 

los carlistas, ante tal aglomeración de faerzas, no hiciesen una seria 
resistencia, limitándose á hacer que las partidas hostilizasen á los 
liberales. 

El mismo día que esto acontecía por la parte de Miranda y Vitoria, 
ó sea el 11 de Agosto, el Cuerpo de Ejército del Teniente General Mo- 
riones, compuesto de diez y ocho batallones y dos regimientos de Ca- 
ballería, con diez y ocho cañones Krupp y cuatro de á 10 centímetros , 
emprendía la marcha sobre Oteiza. El General carlista Mendiry, que 
operaba por las inmediaciones de Estella y la Solana, como Coman- 
dante General de Navarra, con ocho batallones navarros, cuatro caste- 
llanos, el de aragoneses y doce cañones de batalla, tuvo días antes 
confidencia de lo que se intentaba por el General enemigo, y en su 
consecuencia comenzó á atrincherarse eligiendo posiciones convenien- 
tes, apoyando su extrema izquierda en las estribaciones de Monte-Es- 
quinza, camino de Villatuerta, su centro, unos kilómetros delante de 
Oteiza, y su derecha formando martillo á la derecha también de dicho 
pueblo: estas últimas zanjas no pudieron ni trazarse siquiera por falta 
material de tiempo, pues, como debía acontecer, los planes del ofen- 
sor permanecieron ocultos hasta el momento preciso de obrar, sin que 
esto sea disculpar la falta de previsión de Mendiry; antes por el con- 
trario, tenemos precisamente la convicción de que con otro General al 
frente de los carlistas no se habría perdido por éstos la batalla, toda 
vez que entre las fuerzas combatientes no había una diferencia tan 
grande como para no poder ser equilibrada por los atrincheramientos 
carlistas, y hasta en Artillería no eran nuestras tropas tan inferiores 
como en tantos otros combates, en los que resultaron, sin embargo, 
vencedoras. 

Como decíamos, rompió el día 11 la marcha el General liberal, 
cuando ya el General Mendiry había colocado sus tropas de manera 
que cinco batallones defendieran el paso A Cirauqui y Mañeru, cu- 
briendo el resto las trincheras de su centro y dejando al descubierto su 
extrema derecha. El General Morlones emprendió el movimiento pre- 
parando su avance con la Artillería, la cual como de mayor precisión 
y alcance que la de que disponían en aquella jornada los carlistas, 
aunque no consiguió apagar nuestros fuegos, obligó á nuestras piezas 
á cambiar continuamente de posición para no ser deshechas á distan- 
cia mayor de la del alcance de nuestras granadas, acreditando en este 
combate una vez más su valor, inteligencia y serenidad, el entonces 
Coronel Fernández Prada, quien con los cañones de bronce de suman- 
do, maniobró con tal acierto y bizarría, que consiguió contrarrestar 
brillantemente los fuegos de la numerosa Artillería Krupp de los libe- 



— 216 - 

rales, secundado admirablemente por el no menos valiente y sereno 
jefe de Artillería D. Luis Ibarra. 

La izquierda liberal, encomendada á la División de Colomo, debía 
atacar vivamente la derecha carlista rebasándola y envolviéndola, si 
le fuera posible; el centro y el pueblo debían ser tomados por la Divi- 
sión de Catalán. La misión de la izquierda liberal cumplióla brava- 
mente el General Colomo, y los carlistas no extremaron, ni mucho 




D. MAKUEL FERNANDEZ PRADA 

MARQUÉS DE LAS TORRES DK ORAN 



menos, la resistencia que debían haberle opuesto: el centro carlista 
tampoco defendió con él tesón debido las posiciones cuya defensa le 
estaba encomendada, acabando por volver la espalda al enemigo, acaso 
por el temor de verse nuestra Infantería envuelta por la Caballería li- 
beral, achaque común en los infantes bisónos, pero que nunca debieron 
haberlo padecido los bravos veteranos de Somorrostro y de Abárzuza. 
Tomado, pues, el pueblo por los liberales y pronunciada la retirada de 
los carlistas, volviéronse aquéllos á sus cantones, después de haber sa- 
cado de Oteiza todo cuanto pudo convenirles, y conseguido el objeto 
que se propusieron de secundar los planes del General en Jefe Zavala. 
Hemos dicho, y nos duele repetirlo, que la defensa de los carlistas 
no fué tan sostenida como debiera haberlo sido; que el centro se retiró 



— 217 — 

por temor á la Caballería; y ahora hemos de añadir que la escasez de 
municiones no disculpa, á nuestro juicio, la retirada, pues como había 
ocurrido ya en otras acciones de guerra, podía haberse suplido con el 
arma blanca la falta de cartuchos, cuyo contratiempo podía también 
haberse evitado con alguna mayor previsión por parte del General 
Mendirj', quien, finalmente, al ver que los republicanos no intentaban 
ningún movimiento sobre Cirauqui y Mañeru, pudo muy bien haber 
llamado á reforzar su centro y su derecha á los cinco batallones que 
con el General Argonz había situado para defender su izquierda, y que 
si hubiesen sido llamados oportunamente por el General Mondiry, ha- 
brían podido convertir en victoria su derrota. 

Parecía en aquel combate que aquellos voluntaiños no eran los 
mismos soldados invencibles de San Pedro Abanto y Monte Muro; pero 
también creemos que la culpa no era suya, sino del Comandante Ge- 
neral de Navarra D. Torcuato Mendiry, quien, si bien se había portado 
admirablemente en otros hechos de armas^ hay que tener en cuenta 
que hasta entonces no había obrado por su propia iniciativa, sino cum- 
pliendo órdenes de generales tan insignes como Olio y Dorregaray; lo 
cual prueba que Mendiry era un buen General de División, pero que 
no tenia grandes aptitudes para mandar en jefe, corroborando esta 
opinión nuestra no sólo la pérdida de la acción de Oteiza, sino que 
también lo ocurrido más tarde en la retirada del Carrascal, pues sabido 
es por todo el mundo que la gloriosa victoria de Lácar no se debió al 
entonces Capitán General carlista de las provincias vasco-navarras, 
Mendiry, sino que alcanzóse gracias á la enérgica y feliz iniciativa del 
valeroso Don Carlos de Borbón. 



Algo hubieron de resarcirse los carlistas, del fatal efecto moral de 
Oteiza, con la atrevida expedición del Brigadier Pérula á Calahorra, 
de cuya operación ni los liberales ni, acaso, los mismos carlistas tu- 
vieron noticia hasta después de haberla llevado brillantemente á cabo 
el mencionado Brigadier. Sin más odjetivo que el de adquirir fondos 
para ayudar á las diputaciones á guerra en el vestuario de los bata- 
llones, emprendió Pérula la marcha con tres batallones y dos escua- 
drones; atravesó el bravo Brigadier el Ebro, muy cerca de Lerin, Ses- 
ma y demás acantonamientos de la numerosa Caballería de la Divi- 
sión liberal de la Ribera, sorprendió á Calahorra, ciudad importante, 
guarnecida por una Compañía de Carabineros y doscientos volunta- 
rios; y después de atacarles y rendirles, recogió más üe trescientas 
armas, municiones, treinta mil duros y gran cantidad de paños; des- 



— ¿18 — 

trozó la vía férrea y el telégrafo^ y dio, en fin, la vuelta al campo car- 
lista atravesando para ello por en medio de dos cuerpos del Ejército 
enemigo con inconcebible actividad y bravura, palabras textuales de la 
Narración Militar de la Guerra carlista, escrita por el distinguido 
Cuerpo de Estado Mayor del Ejército. 

Tan audaz y valiente expedición llegó casi á borrar la mala impre- 
sión que en todos produjo la derrota de Oteiza^ acaecida á raíz de una 
de las mejores victorias de los carlistas. 

Al hab'ar de la expedición á Calahorra consideramos de justicia 
consignar que su feliz éxito debióse en gran parte á la inteligencia y 
bravura del Teniente Coronel Martínez Junquera, quien conquistó el 
empleo inmediato en tan arriesgada cuanto feliz operación, así como 
el Comandante de Caballería^ D. Juan Ortigosa. 

El día 9 de Septiembre, y á causa de una equivocada creencia de 
los liberales, se libró una acción que no dejó de ser importante. Creyó 
el General Morlones que trataban de dirigir una expedición al Alto 
Aragón los carlistas, cuando el objeto de éstos al dirigirse hacia aque- 
lla comarca no era otro que el de reclutar gente para cubrir bajas. 
Con el fiD de impedir la supuesta expedición, hizo Morlones que el Ba • 
tallón de Guadalajara, el de Marina, los forales de Navarra, dos com- 
pañías de carabineros, sesenta caballos y una sección de Artillería, se 
dirigiesen á Sangüesa, no encontrando dicha columna á su frente más 
que al Batallón de Almogávares del Pilar, mandado por Marco^ y el 
9." de Navarra^ mandado por Sanz (actual Diputado á Cortes por 
Pamplona), pertenecientes ambos á la Brigada de D. Antonio Landa. 
Llegados á Sos los liberales, dispuso este Brigadier carlista aceptar tan 
desigual combate, secundado hábilmente por los tenientes coroneles 
Sanz y Marco. 

Al encontrarse ya las tropas republicanas cerca de Sangüesa, vié- 
ronse recibidas con vivo fuego desde las alturas que dominan el pue- 
blo, y si bien se inició en los carlistas alguna vacilación, fué pronto 
ésta dominada bravamente por el Teniente Coronel Sanz cargando con 
vigor sobre el enemigo. Pero no teniendo por el momento objeto algu- 
no para los carlistas el continuar la operación, pues su propósito no 
había sido otro que demostrar, como lo demostraron, que estaban 
siempre dispuestos á aceptar combate aunque fuese en condiciones tan 
desfavorables com,o en aquella ocasión, y escaseando además las mu- 
niciones, retiráronse á sus acantonamientos los carlistas, cuyas pérdi- 
das se calcularon en unos catorce muertos y cuarenta heridos, siendo 
mayores, seguramente, las de los liberales por haberse aprovechado 
mejor en sus masas el nutrido f u go de guerrillas que hubieron de di- 



— 219 — 

rigirles los carlistas, y por haber tenido que entrar en Sangüesa por 
un despeñadero dominado por éstos. 

Pudo decirse muy bien, entonces, del General Morlones que se le 
antojaban los dedos huéspedes, desde el momento en que al ver que 
un par de batallones, solamente, se dirigía hacia cualquier frontera 
próxima, creía ya que fuera alguna de las tan temidas espediciones 
de los carlistas. 



Las operaciones descritas en el presente capítulo faeron las de ma- 
yor importancia entre las ocurridas durante el mando en jefe del Ca- 
pitán General Marqués de Sierra Bullones, quien al poco tiempo fué 
sustituido por el Teniente General D. Manuel de la Serna, veterano 
también de la primera guerra civil, en la que había llegado á ser Co- 
mandante de Infantería del Ejército liberal, y que ascendido á Tenien- 
te Coronel cuando el pronunciamiento de 184.3, y á Coronel y Briga- 
dier en 1851 y 1853, respectivamente, había sido agraciado con la faja 
de Mariscal de Carnpo por la Revolución de 1868, con el empleo de 
Teniente General por Don Amadeo, y había mandado en la campaña 
de Somori ostro el segundo Cuerpo del Ejército del Duque de la Torre. 

A su lado púsose con el cargo de Jefe de Estado Mayor General al 
Mariscal de Campo D. Pedro Ruiz Dana, ilustrado y valiente militar 
procedente del Cuerpo de Estado Mayor del Ejército, en el que se ha- 
bía distinguido ganando la Cruz de San Fernando en la gloriosa gue- 
rra de África, y el grado de Coronel peleando el 22 de Junio de 1866 
en defensa del Gobierno constituido; más tarde obtuvo los ascensos á 
Brigadier y Mariscal de Campo, peleando C3ntra los carlistas en el 
Norte desde el principio de la última campaña, después de la cual pu- 
blicó su bien escrita obra Estudios sobre la guerra civil en el Norte, 
desde 1872 á 1876. 



^^ 




D. SIMOX DE MOXTOTA 



Capitulo XIX 



Conducción de un convoya Pamplona. — Rerddos combates de Biurm.n 
y Monte San Juan, ocurridos en el mes de Septiembre de 1874. 

BLOQUEO en toda regla hacían pesar los carlistas sobre la plaza de 
Pamplona, que hallábase ya en situación nada lisonjera, sin- 
tiendo escasez de hombres, de mantenimientos y de municiones. Urgía, 
por lo tanto, socorrerla, pues las partidas volantes y las avanzadas 
carlistas llegaban hasta sus mismos muros, y al menor descuido de los 
liberales les cogían hombres y ganados, constituyendo tcdo esto xin 
penosísimo servicio para sus mermados defensores. 

Como tal situación no se les escondía á los superiores jefes republi- 
canos, evidente era que tomarían, en un plazo no remoto, las medidas 
conducentes para socorrer Pamplona, máxime cuando el Capitán Ge- 
neral de Navarra, lo era entonces, D. Domingo Morlones, y como hijo 
del país tenía en ello interés grandísimo. 

Foresta razón, y en la eventualidad del paso de un convoy enemi- 



- 221 — 

go, los carlistas ocuparon con la mayor parto de sus fuerzas la línea 
del Carrascal como la más indicada para impedirlo. 

Por aquella época, el Jefe de Estado Mayor General carlista D. An- 
tonio Dorregaray^ hallábase por Xavarra, teniendo á sus inmediatas 
órdenes al Comandante General de dicha provincia D . Torcuato Men- 
diry, con diez batallones navarros, cuatro castellanos, dos cántabros 
y el de aragoneses, el Regimiento de Caballería del Rey, veinticuatro 
piezas de Batalla y doce de Montaña, ocupando la extensa línea de 
Estella á Puente-la-Reina, Biurrun, Añorbe, Unzué, Mendigorria y 
Artajona. 

El nuevo General en Jefe del Ejército liberal, D. Manuel de la 
Serna, disponía, para operar frente á Dorregaray, de una División de 
vanguardia mandada por el General Blanco y compuesta de ocho ba- 
tallones, y de los Cuerpos primero y segundo de su Ejército, que á las 
órdenes, respectivamente, de los generales Morlones y Ceballos, se com- 
ponía cada uno de quince batallones con la correspondiente dotación 
de Ingenieros, Artillería y Caballería, acantonadas tan numerosas 
fuerzas por Miranda, Logroño y la ribera de Navarra, teniendo su 
Cuartel General en el segundo de dichos puntos, y el primer Cuerpo en 
Tafalla. También figuraban, naturalmente, á las órdenes del General 
Laserna, el tercer Cuerpo del Ejército mandado por el General Loma 
y la División llamada de Vizcaya, pero prescindimos por ahora de su 
composición y número, por hallarse dichas fuerzas en zonas distantes 
de Navarra, y no haber tomado parte en las operaciones objeto del 
presente capítulo . 

El General en Jefe liberal, apremiado por repetidas comunicacio- 
nes recibidas del Ayuntamiento de Pamplona y del Comandante en 
Jefe del primer Cuerpo, suspendió una operación que tenía proyectada 
sobre La Guardia, y reforzó á Morlones con una Brigada, conviniendo 
en que dicho General llevase un fuerte convoy á Pamplona, mientras 
él á su vez amagaba Estella por la carretera de Logroño á Viana y Los 
Arcos, suponiendo fundadamente que si no se lograba debilitar la línea 
carlista en el Carrascal y desfiladeros de Unzué, no le sería fácil al 
Ejército liberal conseguir su objeto, dado el número de los carlistas y 
lo escabroso de las posiciones que éstos ocupaban. 

El día 17 de Septiembre, emprendió el General Morlones su movi- 
miento, precedido de un reconocimiento que dio por resultado averi- 
guar que los batallones carlistas que ocupaban Unzué y Añorbe habían 
avanzado hasta cerca de Barasoaín, regresando á sus posiciones. 

El 19 llegó á este punto Morlones, lo que visto por sus enemigos, 
desplegaron sus fuerzas de Infantería y colocaron en batería las piezas 



— 222 — 

de la de á Caballo al mando del Coronel Pérez de Guzmán y del Co- 
mandante Ibarra (D. Leopoldo), esperando asi impávidos la acometida; 
pero el Ejército liberal no avanzó, por lo que los carlistas volvieron á 
sus acantonamientos. 

Durante la noche se recibió, por seguros confidentes, en el Cuartel 
General carlista la noticia de que el Cuerpo del Ejército liberal que 
operaba á las inmediatas órdenes de su General en Jefe La Serna, habia 
salido de Logroño en dirección de la Solana y Estella, en vista de lo 
cual, el General Dorregaray dispuso que inmediatamente se despren- 
diera el Comandante General de Álava D. Rafael Alvarez, de dos ba- 
tallones y que amagara el flanco izquierdo de La Serna, asi como que 
el General Argonz y el Brigadiez Iturmendi, con seis batallones, y el 
Coronel de Artillería Brea con las dos baterías montadas de Fernández 
Prada y Rodríguez Vera, marchasen por la carretera de Puente-la- 
Reina á Estella. como así lo hicimos, llegando antes del amanecer á 
Morentín, Dicastillo y Alio. 

Al día siguiente, quebrantada ya la línea carlista para atender á 
Estella, según el seguro proyecto que al General en Jefe liberal había 
propuesto el General Morlones, avanzó éste con el convoy hasta Tie- 
bas, precedido por la División del General Catalán. Las fuerzas carlistas 
que ocupaban los altos de Biurrun, bajaron á flanquear el paso* de los 
enemigos, asi como las de Unzué; pero como tenían que luchar con 
fuerzas superiores por haberse debilitado su línea, no pudieron impedir 
el paso de los diez y ocho batallones de que disponía el enemigo, que 
además habia adelantado cinco batallones y cliatro piezas Krupp hasta 
Biurrun, en cuyo punto pernoctaron, decididos á asegurar el paso 
del convoy por la carretera, apoyándolo desde aquella importante 
posición. 

Enteradas las tropas carlistas más próximas á Biurrun, de la ocu- 
pación de dicho pueblo, lo cual hacía dueños de la carretera á los 
liberales, pensaron seriamente en arrojar de allí á enemigo tan peli- 
groso. Estas fuerzas carlistas eran las que, al mando del Brigadier don 
José Pérula, se hallaban en Puente y Obanos, ó sean los batallo- 
nes 2." y 3." de Navarra, cuyos jefes eran, respectivamente. Foronda 
y Montoya, el 2." de Castilla ((¡ue sentimos no recordar quién lo mandó 
aquel día), y un Escuadrón de Navarra al mando de D. Juan Ortigosa, 
jefes todos ellos cuyo arrojo y decisión eran proverbiales. Por medio, 
pues, de una rápida marcha^ salió el Brigadier Pérula de Puente-la- 
Reina por Muruzabal hacia Subiza, que se halla situada en la sierra 
del Perdón, aconteciendo esto el día 21 de Septiembre. 

El camino seguido por los citados batallones carlistas era asperísí- 



— 224 — 

ino, teniendo que marchar á la desfilada, de modo que al arribar des- 
de Subiza hacia Biurrun, y al descender de una pequeña eminencia 
que le domina, advirtió el Coronel Montoya (que iba á la cabeza de las 
fuerzas carlistas) que los liberales ocupando el pueblo y la ermita, 
fuertemente atrincherados, les esperaban ya á poca distancia, rom- 
piendo acto seguido nutrido fuego sobre la poca gente que llegó á 
avistarles con ]\Iontoya, quien no vaciló ni un momento, si no que, 
afrontando impávido el inminente peligro que corría, fué ordenando á 
cada Compañía que se iba reuniendo que se lanzase sobre los liberales 
á la bayoneta, dando á sus tropas el ejemplo al frente de la primera. 
El ataque fué tan rudo, que las avanzadas liberales fueron desbarata- 
das en breves instantes^ y empujadas dentro del pueblo, en donde el 
ruido apresurado de las cornetas tocando llamada y ataque á la ca- 
rrera, se mezclaba con los roncos disparos de la Artillería liberal, á 
cuyo amparo comenzaron á organizar la resistencia los batallones re- 
publicanos. Pero el empuje estaba ya dado é iniciada la retirada de 
éstos á la vez que llegaban el resto del Batallón de Montoya y los se- 
gundos, de Navarra y Castilla con el Escuadrón, á cuyo frente mar- 
chaban los valerosos Férula y Ortigosa. El pueblo, la ermita y los al- 
rededores quedaron sucesivamente en poder de los carlistas, y en tan 
rápida y valiente acometida se hicieron multitud de bajas al enemigo, 
cogiéndole ochenta prisioneros y considerable número de cartuchos y 
pertrechos de guerra . 

Tal acción pudo calificarse de heroica por parte del Coronel Mon- 
toya y de sus escasas tropas, pues las que iniciaron el ataque no pa- 
saban de cuatro compañías, y sin embargo se lanzaron sobre un ene- 
migo que ocupaba Biurrun con cuatro batallones, y que tenía otros 
catorce más en los cercanos pueblos de Olcoz, Unzué, Tiebas y Ucar. 

Don Carlos de Borbón, quien desde que dieron principio las opera- 
ciones, hallábase alojado en Puente-la-Reina con el veterano y enten- 
dido General Jefe de su Cuarto Militar D. Antonio Diez Mogrovejo y el 
magnífico y nutrido Batallón de Guias del Rey (que organizó y man- 
daba entonces el bizarro Coronel Calderón), en el momento que tuvo 
noticia del empeño de Biurrun, montó á caballo y acompañado de sus 
generales Dorregaray, Mogrovejo y Mendiry, visitó las posiciones de 
sus heroicas tropas y les felicitó con entusiasmo, impresionado viva- 
mente por el valor de sus voluntarios y en especial por el arrojo del 
Coronel D. Simón de Montoya, quien con los suyos había puesto tan 
alto en aquel día el honor de sus armas, y que fué el héroe de la jor- 
nada. ,: 

Tal fué la brillante acción de Biurrun, en la que conquistaron la 



— 225 — 

Corbata de San Fernando las banderas de los batallones 2.° y 3." de 
Navarra y 2.*^ de Castilla, y el primer Escuadrón del Regimiento de 
Caballería de Navarra, 

El General en Jefe liberal no quiso empeñar acción alguna en Los 
Arcos, ni avanzar hacia Estella en vista de las formidables posiciones 
que ya ocupaban las faerzas carlistas destacadas de la línea principal 
al mando del General Argonz, mientras que por la parte de Álava el 
Comandante General de dicha provincia, D. Rafael Alvarez, amagaba 
el flanco y comprometía la retirada de las tropas del General La 
Serna. A esta actitud debióse sin duda la inacción y el regreso de los 
liberales á su acantonamiento, volviendo también los carlistas á su 
¿interior línea del Carrascal, dispuestos otra vez á disputar el paso del 
primer Cuerpo del Ejército republicano á su regreso de Pamplona. 

Como siempre, hay que reconocer en justicia que el General Mo- 
rlones conocía bien la índole de los enemigos que había de combatir, 
y que constantemente lograba lo que se proponía con su ya conocida 
táctica de amagar á Estella para conseguir fácilmente su objeto pri- 
cipal. 



De regreso el General Moriores de su expedición, en la que por más 
que hubiera conseguido su objeto de avituallar á Pajnplona, había te- 
nido el fatal tropiezo de Biurrun, (como así lo calificaron los periódi- 
cos liberales de aquel tiempo) ocupó con sus tropas los pueblos de Ba- 
rasoaíny Garinoaín; el General Colomo, con su derrotada División de 
Biurrun se acantonaba en el primero de dichos puntos, y las demás 
fuerzas liberales, en Unzué, Mendivil y Tiebas. 

Los carlistas, entre tanto, y ante la inminencia de un combate, se 
escalonaban en Biurrun, Eneriz, Adiós, Ucar y Añorbe. 

Amaneció el día 23, y el General Morlones ordenó el despliegi^e de 
sus tropas al frente de las posiciones carlistas, en consecuencia de lo 
cual el General Dorregaray secundado por Mendiry, comunicó órde- 
nes terminantes á los jefes de Brigada para que rompiendo la marcha 
detrás de la acantonada en Biurrun, al mando del Brigadier Yoldi, 
atacaran sin vacilar al Ejército enemigo de flanco y de frente á la vez. 
Contestado, aunque débilmente, el fuego, fuéronse retirando los repu- 
blicanos por escalones y ordenadamente, hasta que llegados á la esce- 
lente posición de Monte San Juan, hicieron alto y organizaron la re- 
sistencia en dicho punto y en los pueblos de Barasoaín y el Pueyo. 

La retirada de los liberales fué admirable, i.nte un enemigo que, 
como el carlista, se hallaba entusiasmado con su reciente victoria, y 

15 



— 226 — 

nuestra imparcialidad se complace en reconocer y elogiar las dotes mili- 
tares del Teniente General Morienes, desplegadas tanto en esta oca- 
sión como en otras muchas en las que también le hemos tributado 
nuestro modesto aplauso. Al llegar al desfiladero, las tropas carlistas 
dirigidas también admirablemente por los generales Dorregaray y 
Mendiry, bajaban con arrogancia desde las alturas de Unzué, Biurrun 
y Tirapu, llegando un momento en que los liberales se vieron casi en- 
vueltos por sus contrarios; pero maniobrando hábilmente Moriones, 
logró que sus tropas pudieran desenvolverse y ocupar con la mayor 
parte de sus fuerzas el Pueyo y Barasoaín, dónde establecida ya en 
posición su excelente Artillería, rompió certero y vivo fuego sobre las 
columnas carlistas^ evitando así que el fracaso de Biurrun se reprodu- 
jera en mayor escala aquel día. 

A pesar do ésto, el General Dorregaray mandó que á la carrera si- 
guieran el movimiento de avance sus columnas; pero ya los republi- 
canos aprovechándose de los accidentes del terreno, y de que los car- 
listas atacaban en compactas masas, rompió con gran precisión y 
serenidad un nutrido fuego de cañón y fusil, que hizo vacilar algo á 
los carlistas conteniendo su ímpetu. 

A la Artillería liberal, parapetada y disparando al abrigo de las 
tapias del cementerio, que había aspillerado convenientemente, de- 
bióse sin duda el éxito de la resistencia^ sólo comparable á la valiente 
y ordenada acometida de los carlistas y al bien dirigido fuego de sus 
cañones de Batalla. 

En la Historia Contemporánea, por D. Antonio Pirala, y otras na- 
rraciones de la guerra civil se consigna un rumor que no deja de te- 
ner algún fundamento, y al cual se atribuyó que los carlistas no hu- 
bieran sacado más partido de la acción de Monte San Juan. Parece 
ser, según el rumor á que nos referimos, y que como tal consignamos 
en estos apuntes, que, debido á causas que desconocemos todavía, 
(y mejor aúná rivalidades entre ciertos jefes superiores), algunos bata- 
llones, especialmente los mandados por el Brigadier carlista Zalduen- 
do, no secundaron bien las órdenes del Jefe de Estado Mayor General 
Dorregaray. Realmente está para nosotros fuera de duda, que en la 
acción á que nos referimos debió, por lo menos, quedar desbaratada 
una División liberal, que gracias al General Moriones fué socorrida 
cuando se hallaba ya á punto de ser envuelta, si Zalduendo hubiese 
llegado con toda oportunidad. 

Pero en fin, sea de ello lo que quiera, replegáronse al cabo los car- 
listas ante la seria resistencia de sus enemigos, y aunque en los días si- 
guientes, es decir, el 24 y 25, hubo algunas escaramuzas en toda la 






línea, siguieron los liberales en el Pueyo, bien atrincherados, y los 
carlistas regresaron á sus posiciones^ dominando por completo, sin 
embargo, la famosa línea del Carrascal, y teniendo en respeto desde 
allí, en adelante, al Ejército liberal. 

La línea carlista se fortiflcó y atrincheró en sus principales puntos 
bajo la acertada dirección del Coronel de Ingenieros D. Amador Vi 
llar, y para establecer comunicaciones entre ellos^ se hicieron buenos 
caminos practicables para la Artillería de Batalla, 

Todos sabemos que el Ejército liberal tardó después más de cuatro 
meses en acometer y envolver la línea carlista, y que lo hizo cuando 
se había duplicado en número y hasta reforzado con una División de 
Aragón. La plaza de Pamplona, entretando, volvió á verse bloquea- 
da y cañoneada, y de los combates de Biurrun y Monte San Juan no 
quedó más recuerdo que las bajas ocasionadas en ambos ejércitos, 
siendo unas dos cientas las de los liberales, y ciento setenta y ocho 
las sufridas por los carlistas. 




D. HERMENEGILDO DÍAZ DE CEBALLOS 

Capitulo XX 
El sitio de Irún y la acción de San Marcos. 

DECIDIDO al fin al Ejército carlista á tomar la ofensiva,, compren- 
diendo lo peligroso que era establecer como sistema el de las 
lineas atrincheradas, pensaron en una expedición á Castilla y en operar 
sobre Hernani ó Irún, es decir por Guipúzcoa, ya que los alaveses ha- 
bían entrado en La Guardia, y que los navarros y vizcaínos habían 
reñido, respectivamente, los combates de Biurrun y de Santa Marina, 
del cual ya nos ocuparemos al describir las operaciones de Vizcaya 
después del sitio de Bilbao. 

Pues bien, si dificultades del momento (en primer término la esca- 
sez de municiones) impidieron lanzar seis ú ocho batallones á Castilla, 
bien bajo el mando del General Alvarez, ó- bien á las órdenes del Ge- 
neral Mogrovejo, acordóse por de pronto en consejo de generales, po- 
ner sitio á la plaza de Irún ya que no se disponía de faerzas bastantes 
para llevar adelante dos operaciones á la vez, puesto qué había de 
contarse con el pié forzado del bloqueo de Pamplona, por una parte, 
y con estorbar que los liberales hicieran cscursiones desde Bilbao, Vi- 
toria y San Sebastián. 



— 229 — 

Realmente Irún no tenia importancia alguna más que cómo pobla- 
ción fronteriza, aún así no era del todo indispensable á los carlistas su 
posesión, puesto que disponían de suficienie frontera por donde reci- 
bir mantenimientos y efectos de guerra como se había hecho hasta en- 
tonces, pero parece ser que en la decisión de sitiar la citada plaza en- 
tró por mucho el deseo de demostrar el valor é importancia del Ejército 
carlista á los extranjeros que no dejarían de acudir á la frontera á 
presenciar los combates que hubieran de librarse en los alrededores 
de Irún, contándose además con que el Ejército liberal, que al mando 
de D. Manuel de la Lerna se hallaba, en su mayor parte, escalonado 
desde Miranda de Ebro á Tafalla, tal vez no llegaría á tiempo de sal- 
var la plaza, en el caso de que acudiese en su auxilio. 

Poco tiempo antes de estas operaciones había sido elevado á la 
Capitanía General de Xavarra, Provincias Vascongadas y Rioja, el 
General D. Torcuato Mendiry, cesando con tal motivo en el mando de 
las tropas del Norte, el General D. Antonio Dorregaray á quien Don 
Carlos nombró General en Gefe del Ejército del Centro. 

Era por aquella época Comandante General de Guipúzcoa, el Gene- 
ral D. Hermenegildo Diaz de Ceballos, antiguo Guardia de Corps en.el 
reinado de Fernando Vil, y después bravo militar carlista que en la 
primera guerra civil ganó la Cruz de San Fernando y alcanzó el em- 
pleo de Coronel, que en la guerra sostenida después por Cabrera en 
Cataluña, fué ascendido á Brigadier, y que habiendo prestado más 
tarde muchos y distinguidos servicios á la Causa carlista habíase visto 
agraciado por el Conde de Montemolín con el empleo de Mariscal de 
Campo, cuando lo de San Carlos de la Rápita, y con el de Teniente 
General por Don Carlos de Borbón, en 1868. 

Dispúsose que se emprendieran las operaciones del sitio de Irún 
encargándose de él al Comandante General de Ingenieros D. Francisco 
de Alemany, quien con los coroneles del mismo Cuerpo, Garín y Vi- 
llar, dirigióse desde luego á recorrer los alrededores de la plaza, para 
elegir convenientes posiciones; y nombróse para el mando de la Arti- 
llería del sitio á los Coioneles de este Cuerpo Brea y Rodríguez Vera, 
secundados por los comandantes Torres y Carne valí, procedentes del 
Cuerpo General de la Armada. 

El Comandante General de Guipúzcoa disponía, por su parte, de 
ocho batallones guipúzcoanos, poniéndose á sus órdenes al General 
IMarqués de Valdespina con cuatro batallones navarros al inmediato 
mando del Brigadier Zalduendo y la Batería de Montaña del Teniente 
Coronel Reyero. 

La importancia del Ejército carlista era grande cuando tácitamen- 



— 230 — 

te la reconocían los generales liberales hasta en sus relaciones oficia- 
les: El General Morlones oficiaba al Gobierno: «Por hoy la atención 
«fija de los carlistas es cerrar el paso á Pamplona;» el General Ville- 
gas^ jefe de la extrema izquierda liberal se prevenía para impedir el 
paso de la temida expedición á Castilla; el Comandante General de 
Bilbao, Morales de los Ríos, soñaba con que los carlistas no abandona- 
ban la idea de hacerse dueños por sorpresa de la invicta villa; y en 
fin, el General Loma pedía refuerzos para Guipúzcoa, siendo este infa- 




D. FKAXCISCO DE ALEMAXY 



tigable General el único que entonces veía claro, adivinando que 
pronto había de ser aquella provincia el blanco de las operaciones del 
Ejército carlista. 

Con el General Alemany marcharon algunas compañías de Inge- 
nieros á fin de construir un trozo de camino necesario para conducir las 
piezas y levantar las baterías. El Coronel Rodríguez Vera y el Coman- 
dante Carnevali emprendieron desde Vera la marcha con el material 
de Artillería, mientras el Coronel Brea y el Comandante Torres se ade- 
lantaron á conferenciar con el General Alemany y acordar el mejor 
emplazamiento de los cañones y morteros. 

Todo se verificó sin la menor dilación, y, previo el reconocimiento 
facultativo de los alrededores de la plaza, se eligió el monte llamado 
Ibayeta para la colocación de los ocho cañones de posición de la Bate- 



— 231 — 

ría Rodríguez Vera; no lejos de éste se eligió otra para los morteros 
que debía mandar el Comandante Carnevalí, y por último, el alto de 
San Marcial se designó para emplazar, á las inmediatas órdenes de 
Brea y de Torres, las piezas de mayor calibre, es decir, dos Vavasseur, 
rayados de á 9 centímetros y seis WithAvort de á 7, también rayados. 

Las compañías de Ingenieros cumplieron tan pronto y con tal acierto 
su misión, que resultaron simultcáneas la marcha de la Artillería por los 
montes y la construcción de baterías, de modo que al llegar las piezas 
no tuvieron más que entrar en sus respectivos emplazamientos. 

El General Ceballos, Jefe de la línea que había de oponerse al Ejér- 
cito de socorro, situó sus fuerzas del modo siguiente: batallones 1." y 
segundo de Guipúzcoa, desde Urnieta á Pagollaga, al mando del Bri- 
gadier Aizpurúa y del Coronel Iturbe; en Pagollaga y Santiagomendi, 
el 6.*' Batallón con el Coronel López y el Teniente Coronel Blanco; en 
Choritoquieta, cuatro compañías del 4.° con el Teniente Coronel For- 
tuny; el 5.'' Batallón en San Marcos, con el Teniente Coronel Pérez 
Dávila; el 3.° en Oyarzun con los coroneles Carpintier é Irazu; el 7."^ 
mandado por Folguera (menos tres compañías) en Jaizquivel; y el 8." 
al mando de Vicuña, en Lastaola y San Marcial. 

Antes de romperse el fuego acudieron á sus puestos de honor el 
Señor Don Carlos de Borbón, el Ministro de la Guerra General Elío, y 
poco después el Comandante General de Artillería D. Juan M.*"^ Maes- 
tre, quien había estado desde días antes en la Fííbrica de proyectiles 
de Vera, cuidando de que no faltase el alimento de las bocas de fuego 
que habían de operar contra Irún. 

Esta plaza se puso en breve en estado de defensa: tenía dos fuertes 
construidos en dos colinas inmediatas, llamados el Parque y Mendivil 
artillados con tres cañones rayados de á 12 centímetros, el primero, 
y el segundo con un cañón, también de á 12 y otro de á 16 centíme- 
tros. En el río había asimismo una cañonera y dos trincaduras, con un 
cañón de á 12, y dos dé á 8 centímetros. La guarnición de Irún se 
componía de dos batallones de los regimientos de África y de Murcia, 
tres compañías de Miguel etes, cuarenta y nueve Carabineros y cien 
voluntarios. Además estaban fortificados y artillados el puente de Beho- 
via, el internacional de Hendaya y el paso de Santiago. 

A las siete de la mañana del día I de Noviembre de 1874 rompióse 
el fuego de las baterías carlistas contra Irún; á los primeros disparos 
fueron muertos en el Parque tres artilleros y un Capellán; durante el 
día cayeron sobre Irún mil doscientas granadas, y por la noche ciento 
cuarenta bombas que lograron incendiar bastantes casas. Los días 5 
y 6, reprodújose el cañoneo, si bien no con tanta intensidad como el 



— 232 — 

día 4, recibiendo por su acierto los artilleros carlistas los plácemes de 
los oficiales franceses que, armados de anteojos de campaña, seguían 
las peripecias del sitio, durante el cual nos dispensó el Señor Don Car- 
los de Borbón el honor de pasarse todo el día en la Batería de San 
T.Iarcial^ animándonos á todos con su presencia, valor y gran sere- 
nidad. 

La baja más sensible que tuvimos en las baterías fué la del Coronel 
de Artillería Rodríguez Vera, quien al descubrirse para ver los efectos 
de sus disparos, recibió una herida en la cabeza, siendo ésta la segunda 
que casi en el mismo sitio había recibido en la campaña carlista, pues 
como ya dijimos oportunamente^ también fué gravemente herido en 
Somorrostro. 

Consiguieron los carlistas romper á cañonazos los diques del Bida- 
soa con objeto de inundar el pueblo; pero las averías fueron recom- 
puestas al poco tiempo. Las mujeres, los niños y los enfermos que al 
principio se habían acogido á la Casa Consistorial, la cual tenía algo 
de fortaleza, pasaron á Francia huyendo de los horrores del bom- 
bardeo. 

El día 7 se adelantaron á Aldabe tres piezas rayadas de á 8 centí- 
metros, y continuó el fuego habiéndose hecho, en total, cuatro mil qui- 
nientos disparos hasta el día 10. En estos días las bajas de los liberales 
fueron de cuarenta y una nada más; pero las pérdidas en los edificios 
fueron enormes, destruyéndose por completo cuarenta y cuatro, once 
de ellos incendiados, según datos oficiales de los liberales; el valor de 
Jos sitiados corría parejas con el ardor de los sitiadores. 

Los comandantes generales de Artillería é Ingenieros, Maestre y 
Alemany, así como otros jefes de importancia, creyeron llegado el mo- 
mento de que se diera un asalto antes de que el enemigo enviase, 
como era de esperar, numerosas fuerzas en auxilio de la villa; pero su- 
cedió lo que en el sitio de Bilbao, es decir, que después de estar pre- 
paradas las columnas de asalto, al frente de las cuales figuraba el 
bravo Batallón de Guías del Rey, mandado por su digno Coronel Cal- 
derón, no se llevó al fin á cabo el asalto, sea por falta de iniciativa en 
el Brigadier Zalduendo, (según se dijo), ó sea por rivalidad entre las 
fuerzas navarras y guipuzcoanas, según se aseguró por muchos. 

Convencido, entre tanto, el General en Jefe liberal de que los car- 
listas proseguían con viveza el sitio de Irún, dispuso acudir en socorro 
de dicha villa con todas las fuerzas de que pudiera disponer, no de- 
jando en la Ribera más que el Cuerpo de Ejército de Moriones y algu- 
nos batallones más. El día 4 emprendió, pues, la marcha con seis ba- 
tallones y tres baterías de Montaña, é hizo que el General Blanco 



2 o o 

avanzase con otros seis batallones y otra Batería, y que se le uniera el 
General Loma con otros dos batallones, media Batería Montada, algu- 
nas compañías de Ingenieros y dos escuadrones, embarcando La Serna 
sus tropas en treinta y tres trenes, trasladándolas por el ferrocarril, á 
Santander y de allí por mar á San Sebastián, en donde desembarcaron 
el día 9. 

Por cierto que hemos de referir un incidente curioso. Como hemos 
dicho, el fuego de los sitiadores fué menos intenso que el día 4, en los 
sucesivos, y el General en Jefe liberal La Serna al saberlo creyó que 
era que los carlistas levantaban ya el sitio al sólo anuncio déla llegada 
de refuerzos republicanos á Guipúzcoa, y ofuscado, sin duda, por se- 
mejante idea que á ser cierta podía haber halagado su amor propio, 
telegrafió al Gobierno de Madrid diciendo, entre otras cosas, lo si- 
guiente: «La rapidez con que se ha llevado á cabo la operación del 
«Ejército sobre Irún, ha producido como resultado inmediato el levan- 
»tamiento del sitio. Han podido convencerse los franceses de que el sólo 
«anuncio de nuestro movimiento ha ahuyentado las huestes carlistas.» 
Semejante baladronada, produjo, sin embargo, gran desencanto en el 
país liberal cuando vio que no se confirmaba lo telegrafiado por su Ge- 
neral en Jefe. 

El General carlista Ceballos había hecho presente al Ministro de la 
Guerra Elio, lo difícil que le era sostener las posiciones que ocupaba 
con las pocas fuerzas que tenía á sus órdenes, por lo que el General 
Elío le mandó los seis cañones de la Batería de Reyero y el 5.^ Bata- 
llón de Navarra con el Brigadier Zalduendo, estableciendo el Coman- 
dante General de Guipúzcoa su Cuartel General en Astigarraga, y 
quedando sus tropas apoyando la derecha en el monte Jaizquibel y la 
izquierda en los montes de Aya. 

El plan adoptado por el General en Jefe liberal no podía ser mejor, 
lo confesamos haciéndole estricta justicia; pues si en vez de amagar la 
derecha carlista para caer con todas sus fuerzas sobre la izquierda, se 
le ocurre obrar en sentido contrario, creemos que ni la liberación de 
Irún le hubiera sido tan fácil, ni le hubiera costado tan pocas bajas. 
En cambio lo primero que le faltó al General carlista Ceballos fué acer- 
tar á tener en invariable comunicación sus dos alas, así es que el ene- 
migo aprovechándose de este detalle, las incomunicó y habría llegado 
á hacerse dueño de todos los defensores de Jaizquivel si éstos le hu- 
bieran hecho seria resistencia y cegados en el fragor del combate no se 
hubisen cuidado más que de pelear, y no de evitar también el quedar 
cercados. 

Al amanecer del día 10 avanzaron las tropas del General La Serna, 



— 234 — 

en número de diez y seis batallones, hacia Rentería, dirigiéndose todas 
las fuerzas hacia la izquierda carlista, menos las tropas del General 
Blanco y del Brigadier La Portilla, las cuales esperaron á que se tra- 
base el combate en toda la linea para entonces dirigirse á Jaiz- 
quibel que era su objetivo principal. Un combate preliminar habia de 
librarse antes, y se empeñó, como era de necesidad, pues sin él no le 
habría sido posible al Ejército liberal dar un paso adelante sin verse 
batido de revés. 

Hablamos del combate por las posiciones de San Marcos y Chorito- 
quieta que tenían orden de defender el 5.'^ Batallón de Guipúzcoa y 
cuatro compañías del 4.° al mando de Pérez Dávila y Fortuny, y en 
Santiagomendi el Coronel López con el 6." Batallón de la misma pro- 
vincia. Del ataque liberal hubo de encargarse el impetuoso General 
Loma, y dicho se está que de tal caudillo no podía esperarse sino una 
embestida á todo trance, como asi sucedió. Los batallones de su mando, 
precedidos por algunas compañías de Migueletes como exploradores, 
tomaron á la carrera los parapetos carlistas, aunque no sin sufrir terri- 
bles bajas ni tener que vencer una tenaz resistencia por parte de los 
carlistas, como así lo consignaron los republicanos en documentos ofi- 
ciales, diciendo: «El enemigo en estos puntos opuso una resistencia 
»tenaz, y Asturias y Valencia, sobre todo el primero de estos regi- 
»mientos, experimentaron numerosas bajas.» 

Tuvieron empero que ceder al número los carlistas, porque no fué 
solamente al General Loma con sus fuerzas á quien tuvieron que hacer 
frente, sino que también el General Blanco y los brigadieres Oviedo y 
Bargés les atacaron con las suyas. El Brigadier carlista Zalduendo que 
se hallaba sobre Zamalvide con dos batallones, y que desconocía el 
apuro en que se encontraban los de San Marcos y Choritoquieta, no 
pudo auxiliarles, y á su vez tuvo que resistir el empuje de algunos ba- 
tallones liberales, abandonando sus posiciones y dejando sin defensa la 
Batería del bravo Teniente Coronel Reyero^, quien impávido siguió, sin 
embargo, haciendo fuego al enemigo, y gracias á la pasmosa serenidad 
y desprecio del peligro con que sabía portarse siempre tan distinguido 
Jefe de Artillería, consiguió á última hora retirarse sin perder un ca- 
ñón ni un hombre, á pesar de no prestarle auxilio ni una sola Compa- 
ñía de Infantería de la Brigada Zalduendo. 

¡Siempre la misma falta de acuerdo entre los batallones de diferen- 
tes provincias, cuando no mediaba una autoridad superior á la de todos 
los distintos i'efes, como lo hubiera sido la del General en Jefe Mendiry 
ó la del Ministro de la Guerra Elío, quien se hallaba en San Marcial 
sin ordenar nada á unos ni á otros! 



— 235 — 

Dominada, pues, por los liberales la clave principal, y seguros con 
ello de que no podían ser ofendidos de flanco ni de revés, decidieron 
dejar el ataque general para el siguiente día. 

El desenlace estaba próximo; el General La Serna dispuso con el 
mejor acuerdo que el Brigadier La Portilla se encargase con preferencia 
de atacar ó envolver á los defensores de Jaizquibel mientras él mismo 
con los generales Loma y Blanco, al frente del resto del Ejército libe- 
ral atacaría el centro y la izquierda carlista, empezando por Oyarzun 
y corriéndose, á serle posible, hasta San Marcial. 

Al amanecer emprendió cada División liberal el movimiento que se 
le había confiado. El General Loma se apoderó de Oyarzun sin gran- 
des bajas; y el General en Jefe y el General Blanco avanzaron á rom- 
per el centro carlista, mientras el Brigadier La Portilla emprendió la 
subida de Jaizquibel, cuyo punto se hallaba defendido por el 7.° Bata- 
llón de Guipúzcoa mandado por su bizarro Teniente Coronel Folguera 
Decidido este Jefe á cumplir con su deber de defender la posición que 
se le había confiado, á pesar de haber recibido aviso de que se retirase 
ante lo inminente del ataque por una gruesa columna liberal, siguió 
sereno en su puesto hasta recibir una orden del Coronel Carpintier, 
Jefe de Estado-Mayor del Marqués de Valde-Espina, previniéndosele 
que se replegase con su Batallón, al mismo tiempo que se mandaba 
otro alavés á relevarle. 

El General carlista Ceballos, viendo que sus tropas se retiraban 
vencidas por todas partes^ marchó al caserío de Aguirre, repartiendo 
sus fuerzas entre Audoaín, PagoUaga y Goiburu; lo único que les res- 
taba á los liberales era apoderarse de San Marcial, como lo verificaron 
dos batallones. 

La Artillería carlista y las municiones se habían puesto en fran- 
quía, camino de Lastaola y Vera, á donde llegaron sin perder un hom- 
bre, una pieza ni un cartucho, á las diez de la nochC;, teniendo el honor 
de encontrarnos en Lastaola con el Príncipe Don Jaime^ niño entonces 
de cuatro años de edad_, que ansioso de abrazar á su Augusto Padre 
hubo de llegar acompañado de un Gentil-hombre; por cierto que la no- 
che del día 12 se la pasó al lado de una hoguera calentándose como 
pudiera hacerlo un veterano, y muy contento al verse entre soldados, 
sin fijarse en la inclemencia del tiempo, y siendo objeto del más entu- 
siasta cariño por parte de cuantos tuvimos la honra de saludar al digno 
hijo del primer General de los ejércitos carlistas. 

El efecto moral de la retirada de Irún faé fatal para los carlistas; y 
sin embargo, no estamos conformes con los escritores liberales que ha- 
blan del desastre que hubieran sufrido los carlistas si hubieran sido 



— 236 — 




D. JAIME DE BORBUX Y SU GUARDIA DK CADETP:S 



perseguidos por las tropas liberales, porque en Irún como en Bilbao^ el 
espíritu del voluntario era tan levantado en las derrotas como en las 
victorias. 

Pero como el fracaso había sido muy sentido hubo quien se atrevió 
á culpar de todo al caballeroso General Ceballos, y éste pidió la inme- 
diata formación de una sumaria para aclarar responsabilidades y de- 
fenderse, como lo hizo plenamente por sí mismo^ y por medio de su 
defensor el Brigadier Férula, pues habiendo comparecido ante un Con- 



— 237 — 

scjo de Guerra compuesto de los generales Mendiry^ Argonz é ítur- 
mendi, y de los brigadieres Yoldi, Bosque, Arel laño y Landa, después 
de dar sus descargos Ceballos, el mismo Fiscal, que lo era el General 
Larramendi, pidió, y decidió el Consejo, que el Teniente General don 
Hermenegildo Diaz de Ceballos fuese absuelto libremente y con las 
notas más favorables, publicándose la sentencia en la Orden General 
del Ejército carlista. 

En nuestra humilde opinión, y dejando desde luego á salvo el valor, 
la lealtad y el honor de cuantos jefes carlistas tomaron parte en las 
operaciones de Irún, creemos que fueron varios los que contribuyeron 
al mal éxito de la jornada, aunque todos ellos involuntariamente, por 
supuesto, y sin el menor asomo de perjudicar en lo más mínimo á la 
Causa por la que todos se sacrificaban; pero sabido es que el hombre 
no siempre acierta en la vida: creemos pues, que hubo falta de carác- 
ter en el General Ceballos al no imponerse al General Marqués de 
Valde-Espina y al Brigadier Zalduendo, quienes querían obrar por su 
propia cuenta con sus navarros, animados del mejor deseo, faltando 
entre los distintos cuerpos que cubrían la línea esa absoluta unidad de 
mando y de acción sin la cual se comprometen las victorias; pero de 
esto tuvo la principal culpa el Capitán General Elío quien por su respe- 
tabilidad notoria, por su cargo de Ministro de la Guerra y por su gradua- 
ción superior á la de todos, era el único que sin herir las más exquisi- 
tas susceptibilidades de nadie, podía haber aunado las voluntades y 
los esfuerzos de unos y de otros, asumiendo el mando en Jefe y afron- 
tando las responsabilidades de la jornada, dirigiendo directa y perso- 
nalmente las operaciones, tanto en conjunto como en detalles á fin de 
que hasta en los más pequeños de éstos hubiese presidido esa cohesión 
de mando sin la cual no se puede vencer nunca. 

El periódico liberal La Iberia decía por aquellos días: «Ayer y hoy 
»han sido incendiados por nuestras tropas todos los caseríos que se ha- 
»llaban abandonados, y no exagero si le digo que su número llega á 
«ciento. Es una necesidad, pero horrible, etc.» También recordamos 
otro detalle: al dar noticia al Gobierno de Madrid el Gobernador de 
Guipúzcoa de las operaciones de las tropas liberales, le decía entre 
otras cosas, desde Santiagomendi, lo que sigue: «Nuestro valiente Ejér- 
»cito viene alcanzando á nuestra vista por Garinchusquieta, quemando 
«caseríos.» Por lo visto, en el Ejército liberal seguían figurando algu- 
nos de aquellos á quienes el mismo Capitán General Marqués del Duero 
apostrofó duramente y pensó castigar cuando los incendios de Abárzuza, 
Zabal y Villatuerta: dato importante que también debe tenerse en 
cuenta al tratar de juzgar imparcialmente la severa conducta observada 



— 238 — 

por el General carlista Dorregaray ante los incendios realizados por 
los liberales en Navarra. 

Las bajas del Ejército liberal en las operaciones de Irún fueron 
treinta muertos (entre ellos diez y nueve oficiales) y doscientos setenta 
heridos y contusos, habiendo sufrido los carlistas las mismas pérdidas, 
próximamente, si bien sentimos no poder precisarlas por no recordarlas 
ahora y por carecer de datos oficiales sobre el particular. 

Después del levantamiento del sitio de Irún y retirada de los car- 
listas á Vera, volvieron á Navarra los batallones de dicha provincia, 
y el Ejército liberal regresó á la Ribera del Ebro dejando en Guipúzcoa 
al General Loma reforzado con algunos batallones y baterías. 



Antes de terminar este capítulo cúmplenos dar cuenta de un hecho 
que inñuyó moral y materialmente en el Carlismo: nos referimos al 
apoyo que hubieron de prestarle los Borbones de Parma y de Ñapóles, 
representados los primeros por el Duque de Parma y por el Conde de 
Bardi, y representados los segundos por los Condes de Caserta y de 
Barí, quienes durante el sitio de Irún se presentaron á ofrecer sus ser- 
vicios á Don Carlos de Borbón. 

Como S. A. R. el Conde de Caserta había sido Coronel de Artillería 
en el Ejército de Ñapóles, al ingresar en el Ejército carlista solicitó y 
obtuvo de los oficiales de Artillería el formar parte de dicho Cuerpo, 
tomando la antigüedad correspondiente, colocándose entre los corone- 
les Pagés y Pérez de Guzmán. Importante adquisición fué la de S. A. R. , 
tanto para el Cuerpo de Artillería que tantísimo se honró al contarle 
entre sus jefes, como para todo el Ejército carlista á cuyo frente llegó á 
figurar más tarde, después de haberse distinguido en numerosas accio- 
nes de guerra en las que conquistó los ascensos á Brigadier y Mariscal 
de Campo. 




D. JUAN JOSÉ DE AIZPUKUA 



Capitulo XXI 

Infructuoso ataque á San Marcial. — Acción de Urnieta, en 7 y 8 de 
Diciembre. — JEl Duque de la Torre vuelve á mandar en Jefe el 
Ejército del Norte. — Proclamación de Alfonso XII. 

COMO indicamos en el capítulo anterior, el disgusto de los carlistas 
por lo de Irún no se dejó sentir gran cosa, análogamente á lo 
ocurrido cuando la retirada de Bilbao, y no tardaron en dar señales 
de vida. Parte de la División carlista guipuzcoana y algunos otros ba- 
tallones de los que concurrieron á las operaciones de Irún, se hallaban 
escalonados desde Lastaola á Sumbilla, y la Artillería de sitio y la Ba- 
tería de posición de Rodríguez Vera hallábanse acantonadas en este 
último punto. Por aquellos días cayó en los montes una espesísima ne- 
vada que impidió la salida de sus cuarteles de invierno á las fuerzas 
liberales y carlistas. Reforzadas que fueron las republicanas de la pro- 
vincia, regresó, como dijimos, el General en Jefe La Serna á la ribera 
de Navarra. Las tropas liberales de Guipúzcoa se componían entonces 
de la División mandada por el General Blanco con las brigadas Ovie- 
do, Infanzón y Salcedo, fuertes de ocho batallones de línea, cuatro de 
cazadores, tres baterías de Montaña^ cinco compañías de Ingenieros y 
un Regimiento de Caballería, Foi mando parte del Cuerpo de Ejército 



— 240 — 

del General D. José de Loma, se hallaba la División del General Ville- 
gas, compuesta de ocho batallones, y que operaba independientemente 
en los valles de Losa y Mena (Vizcaya). 

Como á los carlistas molestaba mucho que el enemigo se posesiona- 
ra por tiempo indefinido del monte y ermita de San Marcial, dispusie- 
ron á los pocos días de la retirada de Irún, darle una seria acometida 
para que volviera á su poder tan codiciada posición, tratando de sor- 
prender á los liberales. Hallábanse cuatro compañías de éstos en San 
Marcial, protegiendo los trabajos de un fuerte en construcción, y el 
Jefe del 8." Batallón de Guipúzcoa, Vicuña, simuló un ataque á la pla- 
za de Irún, hacia la cadena, cargando fieramente con algunas compa- 
ñías sobre los que guarnecían San Marcial. Sorprendidas las fuerzas 
liberales, se retiraron en dispersión ante el rudo empuje de los carlis- 
tas, á excepción de un Teniente que, con veinte hombres, defendía la 
línea avanzada, y una Compañía que se hizo fuerte en la ermita. La 
avanzada quedó destrozada por los carlistas; pero la Compañía del Re- 
gimiento de Murcia que se hizo faerte en la ermita y que, hasta agotar 
sus municiones, aguardó el auxilio que no había de tardar en enviár- 
sele de Irún, consiguió sostenerse bravamente hasta la llegada de tres 
compañías y del Batallón completo de Migueletes, ante cuyos refuer- 
zos hubieron de retirarse á su vez los carlistas, aunque acabando antes 
con todas sus municiones y sufriendo algunas bajas, si bien fueron ma- 
yores las de los liberales, pues confesaron haber tenido treinta y cinco 
muertos y veinte y nueve heridos y contusos, pertenecientes casi todos 
á las cuatro compañías que se hallaban al principio en San Marcial. 

Nos hemos detenido en relatar este combate, á pesar de su poca 
importancia relativa, nada más que para demostrar el buen espíritu 
que reinaba en la División carlista de Guipúzcoa, á pesar de haberse 
retirado de las posiciones de San Marcos y Choritoquieta, tan quebran- 
tada, al decir de los periódicos liberales. 



Tampoco entraba en las miras del intrépido General Loma el per- 
manecer mucho tiempo en la inacción, reconociendo nosotros en él, 
con toda imparcialidad, lo infatigable que era dicho caudillo: la acción 
de San Marcial fué el 25 de Noviembre, y el 7 de Diciembre ya se ha- 
llaba Loma de nuevo en activas operacisnes. 

Como el General carlista Ceballos fué sometido á un Consejo de 
Guerra, conforme expusimos en el capítulo anterior, hubo de nom- 
brarse otro Comandante General^ recayendo este nombramiento en el 
veterano Brigadier de la primera guerra civil D. Domingo de Egaña, 



— 241 ~ 

quien había ganado en aquella camp.iña la Cruz laureada de San Fer- 
nando, y como este Brigadier volvía al Ejército carlista ganoso de de- 
mostrar que su valeroso ánimo no liabia padecido con los años, y como 
del General Loma podía decirse que tenía el instinto de la acometivi- 
dad, claro es que vinieron pronto á las manos los dos caudillos de 
Guipúzcoa. 

El día 7 de Diciembre, pues, el General liberal emprendió un mo- 
vimiento para reconocer las posiciones ocupadas por los carlistas, y 
ver la manera más breve y segura de alejarles, por lo menos, á mayor 
distancia de sus líneas. No cogió desprevenido al Brigadier Egafla la 
salida de San Sebastián de su contrario, porque sabido es que las par- 
tidas sueltas que se hallaban mezcladas siempre con los enemigos, te- 
nían al Comandante General carlista muy al corriente hasta de los 
pensamientos de ¡os jefes republicanos; así es que al emprender la 
marcha el General Loma, encontró prevenidos á los carlistas, apoyan- 
do su derecha en las trincheras de Goibnru y Fagollaga, su centro en 
Urnieta, y su izquierda en Monte-Eípino. En Urnieta se hallaba con 
dos batallones el Brigadier Aizpurúa, y más á retaguardia, con la re- 
serva, el Comandante General carlista. 

Los liberales atacaron con decisión el centro, llamando la atención 
de sus enemigos, á la vez, por sus alas Los carlistas les dejaron llegar 
hasta la misma población, pero al querer intentar rebasarla, se rehi- 
cieron y con una vigorosa carga á la bayoneta consiguieron rechazar 
á los liberales en toda la línea. 

A continuación copiamos el parte dado por el Brigadier Egaña al 
Ministro de la Guerra, desde Andoaín: «Exemo. Sr. — El enemigo salió 
»de Hernani en la tarde del 7, fuerte de 3,000 hombres, con el Geoeral 
»Blanco, dirigiéndose al centro de nuestra línea, y una pequeña parte 
»á Goiburu y Fagollaga. Ordenado tenía al Brigadier Aizpurúa contu- 
»viese al enemigo con los batallones 4.° y 7.** de Guipúzcoa; A pocolle- 
»gué yo con el 1.", cargando aquellos entonces á la bayoneta, con ¡a 
»mayor decisión, causando al enemigo más de cien muertos y hacién- 
»doks l')S prisioneros. Supuse desde luego fuese un reconocimiento, es- 
»perando el ataque del día siguiente, como asi se verificó.— El día 8, 
»á las 12 de la mañana, salió de nuevo el enemigo, de Hernani, con 
»unos 12,000 hombres, divididos entres columnas. La primera, de 4 
«batallones se dirigió hacia Fagollaga, donde tenía situados en trin- 
»cheras á los batallones 2."^ y o." de Guipúzcoa: la segunda columna, 
»de 5,000 hombres, tomó la dirección de Burunza; y la tercera, con 
»3,000, hacia Urnieta. Suponiendo que acaso tratasen los liberales do 
»pasar el Oria por Lasarte ó Zubicta, destaqué al Brigadier Aizpurúa 

16 



— 242 — 

»con el 6.^ Batallón para impedirlo, juntamente con una partida de 80 
»hombres. Al mismo tiempo, previne rápidamente al General Mogro- 
»vejo, que se hallaba en Villabona, ordenara al Batallón Guías del Rey 
»que viniera á Andoain para reforzarme, mientras yo salía con el l.er 
«Batallón hacia el centro de mi línea. A la una se hallaba ya á mi lado 
»el citado Batallón de Guías del Rey, á cuyo frente llegó también en 
»mi ayuda el General D. Antonio Diez Mogrovejo. Cuando se me unió 
»este refuerzo, el fuego era general en toda la línea, distribuyendo las 
«fuerzas todas, de modo que la vanguardia carlista fué reforzada con 
»el 7.° Batallón y una Compañía de Guías; la izquierda, ó sea Burun- 
»za^ dónde se hallaban diez compañías del 4.* y 6.'\ se reforzó con 4 
«Compañías de Guías del Rey: las tres restantes del valiente Batallón 
»se destinaron al centro de nuestra línea. — El fuego seguía nutrido, 
«especialmente por el centro, á pesar de batirnos al descubierto, y ba- 
«jo los fuegos del castillo de Santa Bárbara de Hernani. Al fin retiróse 
«el enemigo, quebrantado por las repetidas cargas á la bayoneta que 
«se le dieron por los bizarros batallones guipuzcoanos y el de Guías 
«del Rey, en noble competencia. Se recogieron más de 300 fusiles; pero 
«no pudieron hacérsele prisioneros, como el primer día, por haberse 
«verificado su ataque al amparo de sus fuertes. — Se cree que sus bajas 
«llegarían á 2,000^, entre ellas su Comandante General D. José de Lo- 
»ma. Las nuestras fueron o oficiales y 31 voluntarios muertos, IG ofi- 
«ciales y 140 voluntarios heridos, entre ellos el arrojado General Mo- 
«grovejo. — Domingo Egaña.» 

Ciertamente que no peca de difuso el parte anterior, así es que de- 
bemos detallar algo más lo ocurrido. 

En el primer día de combate, ó sea el del reconocimiento, tuvieron 
los liberales tres muertos, cincuenta y tres heridos, y se les hicieron 
veinte y ocho prisionsros, entre ellos un Capitán del Regimiento de 
Luchana, á causa de haber sido envueltos por los carlistas. Las tropas 
del General Loma habíanse dividido en dos brigadas, la primera con 
cuatro batallones y cuatro piezas de ]\Iontaña, mandada por el Briga- 
dier Oviedo: la segunda, compuesta de cinco batallones y una Batería 
de Montaña. La primera recibió orden de dirigirse á Urnieta y An- 
doain por las alturas de la izquierda carlista: un Batallón debía prote- 
ger la izquierda liberal, y cuatro batallones del Brigadier Calleja, 
quedaron encargados de embestir el centro. 

Hemos indicado que los batallones 2.° y 3." de Guipúzcoa defendían 
en Fagollaga la derecha carlista: que el centro estaba en Urnieta, que 
defendía Batallón y medio, y que la izquierda, compuesta de dos bata- 
llones, defendía la elevada posición de Peña-Espino. La disposición del 



— 243 — 

terreno fué hábilmente esplotada por los carlistas, según dice la Na- 
rración militar de la guerra carlista, escrita por el ilustrado Cuerpo 
de Estado Mayor del Ejército. 

El centro carlista, que lo fué siempre el pueblo de Urnieta, fué tes- 
tigo de una lucha gigantesca entre ambas tropas contendientes, pues 
«i rudo y enérgico fué el ataque de los batallones liberales, no lo fue- 
ron menos la defensa, primero, y después las cargas á la bayoneta de 
los carlistas, de tal manera que las fuerzas liberales hubieron de ini- 
ciar la retirada en bastante desorden. Visto esto por el impetuoso Ge- 
neral Loma, á quien no escasearemos nuestras justas alabanzas, se 
puso á la cabeza de unas compañías, espada en mano, para impedir la 
retirada de su gente, seguido de su Estado Mayor. Entonces fué cuan- 
do un certero disparo de la derecha carlista le hirió gravemente, asi 
como otro mató á un Ayudante de Campo del General Blan<!0, quien 
se hallaba á su lado y que tomó inmediatamente el mando. Rehechas 
un tanto las tropas liberales que se habían desordenado^ pudieron en- 
tablar de nuevo el combate, pues mientras tanto, la Brigada Oviedo 
había coronado la posición más importante, y el Brigadier Calleja re- 
cibía orden de apoderarse de un grupo de casas ocupado por los car- 
listas. Baste decir que fueron tomadas y perdidas tres veces las casas, 
en lucha por demás sangrienta, hasta que la noche puso fin á tan reñi- 
da lucha, Y no sabemos cómo habría terminado el empeño de unos y 
•de otros, si el tiempo, metiéndose en agua, nieve y viento no hubiera 
impedido reanudar el combate al día siguiente^ retirándose liberales 
y carlistas á sus antiguas posiciones. 

Como ya sabemos, fué herido gravemente en esta acción el General 
carlista D. Antonio Diez Mogrovejo (cuyo retrato aparece en el capí- 
tulo viii), veterano de la primera guerra civil en la que se había dis- 
tinguido notablemente ganando la Cruz de San Fernando y llegando á 
mandar un Batallón de la División carlista de Castilla. Adherido des- 
pués al Convenio de Vergara, confirmó bien pronto en el Ejército de 
Isabel II la justa fama de entendido y de bravo que había adquirido 
en el campo carlista, ascendiendo bien merecidamente á Brigadier, 
desempeñando importantes cargos militares, cubriéndose de gloria al 
frente de una Brigada en la célebre campaña de África, en la que 
ganó la Cruz de 3.''^ clase de San Fernando y la gran Cruz de Isabel 
la Católica, alcanzando, en fin, el alto concepto de ser uno de los más 
brillantes oficiales generales del reinado de D.*^ Isabel II, por quien se 
batió en la memorable batalla de Alcolea mandando una de las briga- 
das del Ejército del ilustre Capitán General Marqués de Novaliches; 
finalmente tuvo á su cargo, en la última guerra civil, la Comandancia 



— 244 — 

General carlista de Castilla y la Jefatura del Cuarto Militar de Don 
Carlos de Borbón. 

También distinguiéronse en la acción de Urnieta el Brigadier car- 
lista D. Juan José Aizpurúa, veterano de la primera guerra civil, en 
la que había ganado la Cruz de San Femando y alcanzado el empleo 
de Comandante, y el actual Ayudante de Campo de Don Carlos, don 
Joaquín Sacancll, antiguo oficial de Cazadores de Tarifa, A quien cupo 




D. JOAQUÍN SACANELL 

el honor de mandar en Urnieta el brillante Batallón de Guías del Rey 
que tanto se acreditó en esta sangrienta jornada. 

A principios de Diciembre fué nuevamente nombrado General en 
Jefe del Ejército del Xorte el Capitán General Duque de la Torre, Pre- 
sidente del Poder ejecutivo de la Pepública, pasando á desempeñar el 
Teniente General Laserna el cargo de Jefe de Estado Mayor General, 
proponiéndose ambos generales, de acuerdo con el Ministro de la Gue- 
rra Serrano Bedoya^ librar á Pamplona del riguroso bloqueo en que 
tenían los carlistas cá dicha plaza. 

Reforzado, al efecto, el Ejército republicano con poderosos elemeu' 



— 245 — 

tos, quedó orf^anizado en tres cuerpos mandados por los Tenientes Ge- 
nerales D. Domingo Morlones, D. Cándido Pieltaniz y D. José de Loma, 
y una División llamada de Vizcaya, á las órdenes del Mariscal de 
Campo Morales de los Ríos. 

El primer Cuerpo se componía de veinte y un batallones de Infan- 
tería, dos baterías de Montaña, cuatro baterías montadas, cuatro com- 
pañías de Ingenieros y tres regimientos de Caballería, formando di- 
chas fuerzas tres divisiones mandadas por los Mariscales de Campo 
Colomo, Catalán y Merelo, y seis brigadas á las órdenes de los briga- 
dieres Mariné, Ruíz de Alcalá, Otal, Cortijo, Prendergast y Jaquetot. 

El segando Cuerpo se componía de veinte y un batallones^ tres ba- 
terías montadas, dos baterías de Montaña, una Compañía de Ingenie- 
ros y tres regimientos de Caballería, formando dichas fuerzas tres 
divisiones mandadas por los mariscales de Campo La Portilla, Fajardo, 
y García Tassara, y seis brigadas á las órdenes de los brigadieres 
Pino, Acellana, Espina, Bargés, Moltó y Serrano. 

El tercer Caerpo se componía de veinte batallones, dos baterías de 
JIontaña, una batería Montada, cinco compañías de Ingenieros y un 
Regimiento de Caballería, formando dichas fuerzas dos divisiones 
mandadas per los mariscales de Campo Villegas y Blanco, y cinco bri- 
gadas á las órdenes de los brigadieres Pazos, Velasco, Oviedo, Infan- 
zón y Salcedo. 

La División de Vizcaya se componía de ocho batallones formando 
dos brigadas á las órdenes de los brigadieres Mendeviela y Erenas. 

Finalmente, existían afectas al Cuartel General cinco baterías mon- 
tadas con el Comandante General de Artillería Brigadier Prat, y once 
compañías de Ingenieros, con el Comandante General de dicho Cuer- 
po, Brigadier Barriel, y como además de todas las tropas ya mencio- 
nadas, había prestando el servicio de guarnición cuatro batallones en 
Navarra, cinco liatallones, una Batería Montada y un Regimiento de 
Caballería, en las provincias vascongadas, y diez batallones distribui- 
dos desde Santander por Miranda de Ebro hasta Logroño, resultaba 
que el Ejército republicano del Norte, á cuyo frente se puso el Duque 
de la Torre en Diciembre, se componía de un total de ochenta y nueve 
batallones de Infíintería, catorce baterías montadas^ seis baterías de 
Montaña, veinte y una compañías de Ingenieros y ocho regimientos 
de Caballería, sin contar la Guardia Civil y los cuerpos de voluntarios. 

No había dejado de ser afortunado para los carlistas el año que 
terminaba. Prescindiendo de combates poco importantes, comenzó con 
la toma de la plaza de Portugaletc y los fuertes de Luchana y el Da- 



— 246 — 

sierto: continuó con el sitio de Bilbao y los legendarios combates de 
Somorrostro, de los cuales ganaron los carlistas los dos primeros, per- 
diendo el último; siguió después el sitio de Hernani, la brillante victo- 
ria de Abárzuza, la toma de La Guardia, la acción de Oteiza, perdida 
por los carlistas, las de Biurrun y Monte San Juan, ganada aquélla y 
perdida ésta, el sitio de Irún con el desgraciado combate de San Mar- 
cos y Choritoquieta, y finalmente, la acción de Urnieta, ganada por 
los carlistas. Es decir, que éstos habían vencido en cinco acciones im- 




D. ALFOÍsSO XII 



portantes y perdido cuatro, ganando dos plazas y tres faertes y reti- 
rándose de Bilbao, Hernani é Irvm, y que en total, habían crecido ex- 
traordinariamente en fuerza moral y material, puesto que la revista 
pasada á todos los carlistas en armas en el Norte, en Cataluña y en el 
Centro, arrojaba cien mil combatientes y más de cien piezas rayadas 
de Artillería. 

Un hecho de gran trascendencia ocurrió en el campo liberal en los 
últimos días del año 1874: la proclamación de Don Alfonso XII, digno 
fin y remate de la Revolución de 1868, puesto que dicho acto mereció 
la aprobación de la inmensa mayoría de los vencidos y de los que ven- 
cieron en la batalla de Alcolea. Nada diremos por nuestra propia 



— 247 — 

cuenta sobre suceso tan memorable, pues aunqne nosotros continuamos 
peleando hasta el fin por Don Carlos de Borbón, siempre hubimos de 
considerar con afectuoso respeto al egregio hijo de nuestra antigua, 
bondadosa y amada Reina D.'*^ Isabel II, por cuya Augusta Señora ha- 
bíamos tenido el honor de batirnos en las calles de ^Eadrid, en los 
campos de África y en el puente de Alcolea; por cierto que al evocar 
ahora, ya en el invierno de la vida, nuestros recuerdos militares, poco 
encontramos que nos satisfaga tanto como esto de pensar que, cortesa- 
nos de la desgracia, hemos tenido la honra de ser de los últimos solda- 
dos de Doña Isabel y de los militares fieles hasta el último momento á 
Don Carlos, defendiendo el trono de aquella Augusta Señora en la 
sangrienta batalla que dio el triunfo á una revolución que podríamos 
apellidar de las ingratitudes, y rindiendo más tarde los últimos hono- 
res reales y escoltando á Don Carlos de Borbón cuando vencido por la 
adversa fortuna pidió hospitalidad á la Nación francesa. 

Limitarémonos, pues, á copiar lo más importante de cuanto se ha 
consignado en varias publicaciones al hablar de la proclamación de 
Alfonso XII; pero haciendo constar ante todo que aquel hecho histórico 
hizo resaltar una vez más la caballerosidad nunca desmentida del 
egregio Señor Don Carlos de Borbón, dejando éste Augusto Príncipe en 
libertad de ir á servir al hijo de Doña Isabel II, á todos aquellos jefes 
y oficiales suyos que procedíamos del antiguo Ejército isabelino, no de- 
jando de aceptar algunos, aunque pocos, de los que solamente fueron 
al Ejército carlista por ser la Bandera de Don Carlos la única monár- 
quica desplegada al viento, en contra de la Interinidad y de la Repú- 
blica nacidas de la Revolución de Septiembre de 1868. 

La Narración militar de la guerra carlista, del Cuerpo de Estado 
Mayor, dice así: «Un suceso de suma trascendencia cambió Li manera 
»de ser política de la Nación, y por tal causa se suspendió por de pren- 
oto la operación de referencia (el socorro de Pamplona). El Mariscal de 
»Campo D. Arsenio Martínez Campos, proclamó en las inmediaciones 
»de Sagunto, al frente de la Brigada Daban, la monarquía de Alfon- 
»so XII, y en breve fué secundado por todo el Ejército de la Nación.» 

D. Antonio Pirala^ en su Historia contemporánea, se expresa de es- 
te modo: «Al regresar á Sagunto (después de la proclamación) telegra- 
»fió el General Martínez Campos al Presidente del Consejo de Ministros 
»y Ministro de la Guerra, diciendo que tenía la alta satisfacción de 
»anunciar la proclamación que había hecho, que el Gobierno no podía 
»dejar de aceptar aquella solución, que era la que deseaba el pueblo, 
»y la que podía salvar de la anarquía y de la guerra civil, adoptando 
»como programa el manifiesto del Príncipe. — Adhirióse al movimiento 



— 248 — 

»cl General Jovellar, participándolo así desde Nales al Ministro de la 
«Guerra .. Este le contestó inmediatamente lo que sigue: Sabida por 
»mí y por el Gobierno la conducta de V., y el uso que ha hecho del 
«mando que el mismo Gobierno habia confiado al General y al... nada 
» tengo ya que decirle, como no sea recordarle su despedida, las confe- 
»rencias que la precedieron, y que el Ejército dal Norte se halla al 
«frente del enemigo » 

En la obra Juicio critico ríe ¡a guerra civil, se lee lo siguiente: «Co- 
»ino el Gobierno y los partidos liberales tenían muchos amigos en el 
«Ejército, es muy posible que si se hubieran puesto faera de juego á 
«los que en ^Madrid y en el Norte, desempeñaban mandos importantes 
«y estaban en inteligencia con los insurrectos, se hubiera podido aho- 
»gar en su origen la sublevación que el Gobierno calificaba con dure- 
»za; el mismo Cánovas condenaba como una calaverada y hasta desa- 
«probó el que había de personificar la restauración y dirigir constitu- 
»cionalmente sus destinos, por la forma y manera de haberse llevado 
»á cabo el hecho.» 

En la continuación de la Historia General de España, por D. M. 
Lafuente, emite D. Juan Valera los siguientes conceptos: «Adhirióse 
»al movimiento el General Jovellar. . negóse á hacerlo el General Cas- 
«tillo que se hallaba de Capitán General de Valencia, manifestando 
»que no le permitía la severidad de sus principios militares, ni los de 
«su honor, faltar á los deberes que tenía respecto al Gobierno que le 
«habia confiado aquel mando, negándose repetida y resueltamente á 
«ponerse al lado de los que siempre fueron sus amigos . » 

Finalmente, un escritor militar nada sospechoso y acérrimo enemi- 
go de los carlistas se expresa así: «Se suspendieron las operaciones y 
«se trató de atraer á los partidarios de Don Carlos haciéndoles ofrecí - 
»mientos y concesiones con ese objeto. Pero Dorregaray, Berrizy otros 
«antigaos jefes del Ejército que servían con los carlistas, rechazaron 
«las ofertas é hicieron entusiastas prote ;tas de adhesión á Don Carlos: 
»los oficiales de Artillería carlista, requeridos j^or sus compañeros del 
^Ejército para c^ue se les incorporasen, toda vez que habían desapare- 
»cido los desórdenes federales y la Be2)ública, ¡Ji'etexto de su separa- 
»ción, contestaron con firme resolución de no abandonar sus bande- 




EL CONDE DE BARDI 



Capitulo XXII 



Objetivos, número y clase de los ejércitos liberal y carlista en la línea 
del Carrascal. — Operaciones de los días SI de Enero y 1 y 2 de Fe- 
brero. — Batalla de Lacar. 



Asi como el levantamiento de los sitios de Tolosa, Bilbao é Irán 
dio lugar á los combates de Velabieta, Somorrostro y San Mar- 
cos, el rompimiento del bloqueo de Pamplona había de ser origen de 
otros combates, como los de Biurrun y Monte San Juan en 1874, de los 
cuales ya hemos hablado, y el de Lacar y Lorca, en 1875. 

Tiempo hacía, pues, que cada convoy de abastecimiento de la ca- 
pital de Navarra costaba una reñida acción al Ejército liberal, y desde 
el 74 databa el empeño de los carlistas en bloquear á Pamplona, no 
para hacerse de ella dueños, pues sus medios de ataque no podían en. 
modo alguno equipararse á las defensas del enemigo, que amparado 



— 250 — 

de una plaza fuerte, dotada do todo género de recursos y combatien- 
tes, hacía desesperar de su posesión á los más optimistas. El empeña 
de los carlistas estribaba, por lo tanto, en atraer á los liberales á te- 
rrenos conocidos de fácil defensa, donde pudieran contrarrestar el nú- 
mero, con posiciones elegidas de antemano, obligándoles á aceptar 
empeños en desfavorables condiciones. 

Por esta razón, después de la batalla de Abárzuza, el General car- 
lista Dorregaray estudió la linea del Carrascal, y reunió un respetable 
número de batallones y baterías en Navarra, para no sólo cubrir á. 
Estella de un golpe de mano, si no también para llevar su defensa 
desde Puente-la -Reina á Lumbier, cubriendo el camino de Tafalla á 
Pamplona, á fin de atraer al enemigo á las citadas posiciones del Ca- 
rrascal. 

El General carlista Mendiry, también atendió preferentemente estos- 
trabajos, y á excepción del período del sitio de Irún, durante el cual 
se desprendió de algunos batallones navarros para ayudar á los gui- 
puzcoanos, sostuvo siempre en Navarra numerosa Infantería y Artille- 
ría, y aumentó las defensas del Carrascal, abriendo trincheras bajo la 
dirección de los jefes de los cuerpos y levantando baterías bajo la de 
los artilleros. 

Había, pues, en Enero de 1875, fuertes atrincheramientos en la 
Sierra del Perdón, Biurrun, Tirapu, Olcoz, Guirguillano, Añorbe, Mu- 
nizabal^ Obanos, Santa Bárbara de Mañeru, Monte-Esquinza y Unzué, 
así como diversas baterías en Olcoz, Añorbe y sobre todo en Santa 
Bárbara de Mañeru^ constituyéndose en ésta una fortificación poca 
menos que inexpugnable. 

Ocupados estaban, pues, todos estos puntos por las tropas carlistas, 
compuestas de diez batallones navarros, cinco alaveses, cuatro caste- 
llanos, dos cántabros, el Riojano, el Aragonés y el de Guías del Rey, 
las baterías montadas de Vélez, Fernández Prada y Rodríguez Vera,, 
la de á Caballo de García Gutiérrez, las de Montaña de Reyero é Iba- 
rra y seis piezas del Tren de sitio al mando de D. Marcos í>rnández 
de Córdova, formando el Ejército carlista de operaciones en Navarra, 
un total de unos catorce mil hombres, con cuarenta y dos cañones y 
seiscientos caballos de los regimientos de Castilla y del Rey, al manda 
de D. Juan Ortigosa. 

Como más adelante veremos^ este Ejército tuvo que fraccionarse á 
fin de cubrir Estella y la Solana, destinándose para ello y á las órde- 
nes del Comandante General de Navarra D. Ramón Argonz, diez bata- 
llones al mando de los generales Carasa é Iturmendi, y de los briga- 
dieres Al barran, Fortun, Fontecha y Arbeloa, un Escuadrón de 



— 251 — 

Navarra, con el Brigadier Zaratiegui, y catorce piezas de Artillería á, 
las órdenes del Coronel Brea, quedando á las inmediatas del General 
Mendiry todas las restantes tropas de Infantería, Caballería y Artille- 
ría, con los generales Marqués de Valde-Espina y Maestre, brigadieres 
Yoldi, Lerga^ Cavero, Férula, Zalduendo y Valluerca, y el Coronel de 
Artillería Pérez de Guzmán, como Jefe de las baterías de Campaña. 

Mientras tanto, y urgiendo cada vez más al Gobierno liberal, rom- 
per las líneas carlistas para abastecer Pamplona y levantar el bloqueo 
de dicha plaza, hizo acudir A Navarra una División del Ejército del 
Centro, la de Despujol, ana Brigada, la de Zenarruza, y otras fuerzas 
de Santander y otros puntos reuniéndose en el Xorte el Ejército más 
numeroso que España había puesto en camjjana^coirio dice muy bien 
D. Antonio Pirala en su Historia Contemporánea (1), pues según se 
hace constar por el Cuerpo de Estado Mayor del Ejército en su Narra- 
ción Militar de la Guerra carlista (2), llegáronse á reunir, solamente 
en Navarra, para las operaciones del Carrascal, cuarenta y nueve mil 
quinientos hombres, con dos mil quinientos caballos y ochenta y seis 
cañones. 

Triunfante el movimiento de Sagunto, cesaron en el mando en Jefe 
y en el del segundo Cuerpo del Ejército del Norte, los generales Duque 
de la Torre y Pieltain, reemplazándoles en sus respectivos cargos los 
tenientes generales La Serna y Primo de Rivera, confiándose el de Jefe 
de Estado Mayor General al Mariscal de Campo Ruíz Dana, continuan- 
do el General Loma con el Cuerpo de Ejército de su mando en opera- 
ciones por las provincias vascongadas, y organizándose las tropas 
acumuladas en Navarra para las operaciones del Carrascal, formando 
tres Cuerpos á las órdenes de los generales Morlones, Primo de Ri- 
vera y Despujols: el primer Caerpo se componía de veinte bata- 
llones de Infantería, dos regimientos de Caballería, diez y seis caño- 
nes de Montaña y tres compañías de Ingenieros; el segundo Caerpo lo 
constituían veinte batallones de Infantería, dos regimientos y dos es- 
cuadrones de Caballería, veinte y cuatro cañones de á 8 centímetros, 
cuatro de á 4, doce de Montaña y cuatro compañías de Ingenieros; el 
tercer Cuerpo estaba formado con catorce batallones de Infantería, 
seis escuadrones, ocho cañones de Montaña, diez y ocho de á 8 centí- 
metros, cuatro de á 10, y dos compañías de Ingenieros, constituyendo 
los tres Caerpos del Ejército liberal que operaba entonces en Navarra, 
un total de cincuenta y cuatro batallones, cuatro regimientos y ocho 



(1) Tomo VI, página 251. 

(2) Tomo I, página 110. 



— 202 — 

escuadrones de Caballería, treinta y seis cañones de Montaña, cuaren- 
ta y dos de á 8 centímetros, ocho do i\ 10 y nueve compañías de Inge- 
nieros. 

Previo un Consejo de generales celebrado en Peralta, y en el que 
se acordó el p'an de campaña que había de seguirsj por cada uno de 
los cuerpos que constituían el líjército libera', emprendió éste las ope- 
raciones de la manera que á continuación expresaremos. 



El plan acordado por el Consejo de generales ya citíido no pudo 
llevarse á cabo por completo, á causa de las circunstancias que obli- 
garon A modificarlo. Según dicho acuerdo, el primer Caerpo, ó sea el 
del General Moriones, debía des le Tafalla dirigirse por la carretera de 
Sangüesa, rebasar el ala izquierda carlista, franquear la sierra del 
Perdón, caer sobre Astrain, ayudar al tercer Cuerpo en sus movimien- 
tos, y por los montes de Guirguillano apoderarse de Santa Bárbara de 
Mafleru en combinación con e! segundo Cuerpo. Este, ó sea el del Ge- 
neral Primo de Kivera, debía dirigirse desde Berbinzana y Larraga, 
por Oceiza, á ]\Ionte-Esquinza, Cirauqui y los referidos atrincheramien- 
tos de Santa Bcárbara. El tercer Cuerpo, el del General Despujols, de- 
bía partir de Artajona y dirigirse al centro de la línea carlista, ó sea 
contra las posiciones de Añorbc, Tirapu y Olcoz, hasta Puente la- 
Reina. El p'an de los libeíales, era por lo tanto, en resumen, combatir 
el centro carlista y destruir las nías, dejando libre el p:íso á Estella. 

El General carlista Mendiry, previendo el ataque de los liberales 
por su izquierda^, había dispuesto con antelación que cuatro batallones, 
á las órdenes de los brigadieres Yoldi y Lerga, se situaran en las posi- 
ciones de Unzué y Monreal, pa.'a oponerse ai paso del Cuerpo de Ejér- 
cito de Moriones, que la Brigada Pérula defendiese Obanos con los 
bata'lones o." y 6.° de Navaria: que el Brigadier Zalduendo, con otros 
dos batallones cubriera Añorbe, y que el Brigadier Cavcro con los cas- 
tellanos se opusiera al enemigo en San Cristóbal de Esquinza, á pro- 
puesta del mismo Cavero, quien más tarde recibió contraorden del 
General Mendiry, por razones que ignoramos todavía, dándose lugar 
con ello á que encontrándose al fin sin defensa el importantísimo alto 
de San Cristóbal, se apoderase de Esquinza el Cuerpo de Ejército de 
Primo de Rivera, sin necesidad de disparar un tiro. 

Distribuidas las fuerzas de uno y otro campo, rompió el movimien- 
to el primer Cuerpo; pero como quiera que el de los carlistas fué á 
consecuencia de los iniciados por el segundo y tercero, comsnzaremos 
por estos últimos. 



— 253 — 

El Genei-cal Despujol, cuyo objetivo era Puentc-la-Reina, salió de 
Artajona con dirección á Tirapu, OIcoz y Añorbc, al amanecer del 
día 2; pero como en estos puntos se hallaba precisamente el fjrueso del 
Ejército carlista en formidables posiciones, que por necesidad había 
de batir con Artillería de batalla, porque eran defendidas también 
por Artillería, y como la suya no pudo franquear el paso, á causa de 
los malos caminos que debía atravesar, hubo Despujol de iniciar el 
ataque sin el auxilio de las piezas de batalla, y debido ¿i esta circuns- 
tancia, el tercer Cuerpo, después de haber desplegado todas sus fuer- 
zas, regresó al punto de partida, no sin haberle hecho frente desde 
Obanos el bizarro Brigadier carlista Férula, con cinco batallones y 
algunos más que bajaron de otras posiciones. 

El segundo Cuerpo, mientras tanto, saliendo de Larraga, empren- 
dió la marcha sobre Oteiza y Monte-Esquinza, que se hallaban des- 
guarnecidas de enemigos, y de cuyos puntos tomó posesión en la 
madrugada del día 2. Posible es que si los batalloues de Castilla, que 
con su Brigadier Cavero habían cubierto antes Monte-Esquinza, no 
hubiesen recibido el día 1." la orden del General Mendiry para reti- 
rarse á reforzar el centro carlit-ta en vista de las grandes masas del 
tercer Cuerpo, es posible, repetimos, que otro hubiera sido el resultado 
de la operación de las tropas del General Primo do Ilivera, quien in- 
mediatamente hizo atrincherar sus fuerzas en Ezquinza y mandó avan- 
zar la División del General Fajardo A Lorca y Lacar, en donde entró 
después de un ligero tiroteo con algunos batallones que en Lorca situó 
el General carlista Iturmendi, quien no pudo disponer de mayor nú- 
mero de fuerzas, porqué las que después puso el General Mendiry á dis- 
posición del General Argonz, no pudieron ya llegar hasta el anoche- 
cer. Esta falta de precaución de Mendiry fué causa de lo que aconteció 
después, así como la de los liberales al no apoderarse de Murillo (cuya 
ermita domina en absoluto á Lacar), dio motivo á la pérdida de la 
Brigada Bargés, que guarnecía dicho punto. Pero no adelantemos los 
sucesos. 

Por su parte, el primer Cuerpo, cuyo primer objetivo era x\straín, 
rompió su marcha' y llegó á Noain, encontrando en su camino á las briga- 
das carlistas de Yoldi y Lerga, que con cuatro batallones no se creyeron 
bastante fuertes para resistirle, y que temiendo verse envueltas, se 
replegaron A Biurrun. Pero observando el General Morlones, jefe del 
citado primer Cuerpo, las grandes masas de Infantería y Caballería 
que ocupaban respectivamente la sierra del Perdón y Astrain^ no 
quiso intentar el paso, acantonándose y pernoctando el día 2 con todas 
sus fuerzas en Noaín, Tajonar y Ondovilla, pues el no haber oído fue- 



— 254 — 

go sostenido hacia Añorbe, le hizo presumir quo no era necesario su 
auxilio al tercer Cuerpo. 

Enterado por la tarde el General en Jefe carlista, Mendiry^ de los 
movimientos llevados á cabo por el enemigo, y sospechando funda- 
damente que los del tercer Cuerpo sólo habían tenido por objeto 
hacerle reunir sus fuerzas en el centro abandonando sus alas, y cre- 
yendo en inminente peligro cá éstas, rebasada su derecha y á los libe- 
les dirigiéndose á Estella, mandó entonces al General Argonz que 
acudiese á cubrir dicho punto y la Solana, al frente de las tropas que 
ya hemos mencionado en la primera parte de este capítulo, pues en la 
conservación de Estella estaba interesado el honoi' de las armas car- 
listas, palabras textuales del parte oficial del citado General en Jefe 
carlista, Mendiry, cuando si dos días antes se hubiesen atendido los 
consejos de otros jefes, no se habría dado lugar con el abandono de 
Monte-Esquinza á aquel peligro de que se dio cuenta Mendiry cuando 
no habría habido ya tiempo para conjurarlo si los liberales, atrinche- 
rándose en Murillo, llegan á hacer imposible la victoria de Lacar. 

Rota, por lo tanto, la línea carlista del Carrascal, y ante el temor 
de verse envuelto por los numerosos batallones liberales que tenía 
enfrente y casi á retaguardia, ordenó el General Mendiry la retirada 
hacia Estella, pernoctando con sus fuerzas en Cirauqui y Mañeru. 

La Artillería de la línea del Carrascal, á las órdenes del Coronel 
Pérez de Guzmán^ emprendió de noche la marcha por Legarda, As- 
traín^ Salinas de Oro y Abárzuza, guiada y escoltada por algunos ji- 
netes del Regimiento de Caballería del Rey, los que adelantándose 
impidieron se volara el puente de Ibero por algunas fuerzas que te- 
nían orden de destruirlo para impedir el paso del primer Cuerpo del 
Ejército liberal en dirección á Estella. 

De haberse encontrado roto el citado puente, habríase perdido gran 
parte de la Artillería carlista, la cual se hubo de retirar sin tropas que 
la protegiesen ni más escolta que alguna Caballería, que, aunque 
entusiasta y decidida, era harto corta en numera para poder confiar 
en su apoyo, considerándose, por lo tanto, la salvación de las piezas 
como milagrosa (1), y tributándose grandes y merecidos elogios por 
el acierto y serenidad con que la consiguieron,, al Coronel Pérez de 
Guzmán y á los jefes, oficiales y voluntarios de aquellas baterías, que 
abandonados en los peligros de una marcha por caminos que espara- 
ban ver asaltados de un momento á otro por los liberales, se habían 
jurado hacerse acuchillar al pie de sus cañones antes que rendirse al 



(1) Historia Contemporánea, por D. Antonio Pirala, tomo VI., pág. 266. 



— 255 — 

•enemigo, pudiendo también nosotros tributar nuestros más calurosos 
elogios á aquellos bravos artilleros, ya que no tuvimos el honor de fi- 
gurar en la expedición de aquella noche triste. 

Estaba visto que, como ya dijimos en otro capítulo, era el General 
Mendiry un buen Comandante de División, que había nacido para 
«eñir laureles secundando admirablemente órdenes superiores; pero 
no para mandar en Jefe un Ejército tan numeroso é importante como 
lo era ya el Ejército carlista del Norle. 

Entretanto, el General carlista Argonz^ con las tropas de su man- 
do, forzó su marcha para hacer frente á una probable embestida á Es- 
tella, estableció su Cuartel General en Murugarren con la 2.^ Brigada de 
Navarra, á las órdenes del Brigadier Arbeloa; situó el 3. er Escuadrón 
del Rey con el Brigadier Zaratiegui, en el puente de ]\Iuniain, y dis- 
tribuyó el resto de su Infantería en la forma siguiente: el Batallón de 
Guías del Rey, con el General Carasa y el Brigadier Fontecha, en 
■Grocin; el 4° de Álava en Zurucuain, con el General Iturméndi; el 
3.* de la misma provincia en Arandigoyen y Villatuerta,, con el Bri- 
gadier Fortún; la Brigada Cántabra, con el Brigadier Albarrán, ocu- 
pando las posiciones sobre la ermita de Villatuerta, y en el pueble de 
Abárzuza, los batallones de Clavijo y 5.^ de Álava y de Castilla. El 
Coronel de Artillería Brea, de acuerdo con el General Argonz^ con 
•quien conferenció detenidamente sobre las operaciones que pudiesen 
tener lugar, colocó ocho cañones de la Batería de á Caballo y de la 3.^ 
Montada, en el promedio de la carretera de Estella á Lorca, cuyo ca- 
mino faldea Monte-Esquinza, prontos á acudir á sus inmediatas órdenes, 
á donde sus fuegos pudieran ser necesarios, y en una de las estribacio- 
nes del monte Apalar, situáronse los seis cañones del tren do sitio, que 
mandaba el Coronel de Marina Fernández de Córdoba, para en un caso 
desgraciado batir las avenidas de Estella, en cuyo servicio se previno 
al citado Córdova que había de consumir hasta el último cartucho; en 
esta disposición quedaron en la noche del día 2 las tropas del General 
Argonz resueltas á impedir, á todo trance, el probable avance de los 
liberales á Estella. 

De intento no hemos querido hablar de las especiales circunstancias 
que en estas operaciones concurrían para ambos ejércitos contendien- 
tes, á saber: que al frente de las tropas liberales hacía sus primeras 
armas Don Alfonso de Borbón, rey recién aclamado por los monárqui- 
cos liberales, así como Don Carlos de Borbón veíase también aclamado 
rey por los monárquicos tradicionalistas en Cataluña, Aragón, Valen- 
cia, Navarra y Provincias Vascongadas. Ambos, pues, se hallaban 



— 25G — 

frente A frente con sus respectivos ejércitos, y pesando los dos, como 
era debido, en el ánimo de sus defensores. 

Don Alfonso, á quien liabía acompañado al Xorte su Ministro de la 
Guerra, Teniente General D. Joaquín Jovellar, marchaba con el se- 
gundo Cuerpo de su Ejército: Don Carlos llegó áCirauqui, también con 
su Ministro de la Guerra, Capitán General D. Joaquín Elío, y seguido 
de su brillante Escuadrón de Guardias, poco después de haberlo veri- 
ficado el General Mendiry con el grueso de sus fuerzas. Es de advertir 
■que éstas habían operado su retirada con perfecto orden; pero retra- 
tándose en los curtidos semblantes de aquellos bravos voluntarios el 
despecho y la pena que producir deben en pechos valerosos los venci- 
mientos sin previa lucha, y hasta hubieron algunos de proferir frases 
malsonantes y apellidar inmediato combate, para reivindicar el honor 
de las armas. 

Comprendiendo Don Carlos de Borbón, con el golpe de vista militar 
que nadie puede negarle, que era necesaria allí una iniciativa, y que 
nadie mejor que él mismo podía tomarla con el valor con que ya en 
Dicastillo, Montejurra, Somorrostro y otras sangrientas jornadas había 
arrostrado en primera fila el peligro de las batallas, llamó á su presen- 
cia al General carlista Mendiry, y sin hacer caso desús observaciones, 
le ordenó tomar la ofensiva, señalándole como objetivo el pueblo de- 
Lacar, y previniéndole que al asumir toda la responsabilidad de la jor- 
nada, había resuelto compartir con sus tropas los riesgos de la lucha, 
como así lo hizo en los campos de Lacar, dando una vez más á sus lea- 
les el alto ejemplo de su va or y serenidad. 

Cumpliendo Mendiry como General las órdenes de su soberano^ 
reunió doce batallones, encargó al Brigadier Zalduendo y al Coronel 
Echevarría que situándose respectivamente en Cirauqui y en el fuerte 
de Santa Lucía, con tres batallones el primero, y con el de su mando 
el segundo, oljservasen á las tropas del General Morlones y le hiciesen 
frente si avanzaba: dispuso que los regimientos de Caballería del Rey 
y de Cruzados de Castilla y el Escuadrón de Guardias de Don Carlos 
se situasen en la carretera de Alloz, ocultos y próximos al pueblo de 
Lacar: previno á los jefes de Artillería Reyero é Ibarra (D. Luis) Ios- 
puntos en que habían de emplazar las piezas de sus baterías 1.^ y 2.'"^ 
de ]\Iontaña para secundar con sus fuegos el atat^ue ordenado para las- 
cuatro de la tarde; y, en fin, con los brigadieres Férula, Cavero y 
Valluerca, seguidos de la Infantería^ emprendió el General Mendiry á. 
las once de la mañana la marcha por caminos imposibles en las gar- 
gantas de Guirguillano, apareciendo á las tres de la tarde del día 3, á. 
la vista de Lacar, formando entonces sus batallones en cuatro coluní- 



— 257 — 

ñas de ataque á las órdenes de los expresados brigadieres y del Coro- 
nel Iturralde. 

Entretanto el General Argonz, recibió á las dos de la tarde el aviso 
del próximo ataque á Lacar, encargándole al propia tiempo el General 
Mendiry que secundase dicha operación y á la vez cuidase de hacer 
frente á los liberales que desde Oteiza, Lorca y altu' as próximas á San 
Cristóbal pudieran acudir en socorro de los atacados. En su consecuen- 
cia, el Comandante General de Navarra, dispuso que las tropas que 
tenía en aquellos momentos á sus inmediatas órdenes, se dispusieran 
seguidamente i\ acometer al enemigo por la parte sur de Lacar, orde- 
nando al General Iturmendi que con el 4.*^ Batallón de Álava avanzase 
en dirección del pueblo de Lorca; previno al Brigadier Arboloa que 
con los batallones 2.° y 7.*^ de Navarra y el de Guías del Rey continua- 
sen la línea de ataque ocupando éste el centro y aquéllos la izquierda; 
dispuso que el Coronel de Artillería Brea con los ocho cañones de Gar- 
cía Gutiérrez y de Ortigosa (D. Miguel) estuviese pronto para seguir el 
movimiento de las columnas de ataque, y constituyendo la reserva con 
los batallones 3." y 5.^ de Álava, 5.*' de Castilla, 1.*^ de Rioja y los de 
la Brigada Cántabra^ al mando del General Carasay de los brigadieres 
Fortun, Fontecha y Albarran, esperó el cañonazo de las fuerzas del 
General Mendiry que éste había dispuesto fuese la señal para el ataque 
general. 

Veamos ahora los movimientos de las tropas liberales el día ?>. Al 
amanecer, el tercer Cuerpo emprendió su marcha desde Artajona, y 
no encontrando resistencia, por haber abandonado su línea los carlis- 
tas, llegó sin novedad á Puente-la-Reina, donde se alojó. El primer 
Cuerpo, no viendo ya enemigos en Perdón ni Astrain, bajó también á 
Puente-la-Reina, donde reunido con el tercer Cuerpo, debían ambos 
auxiliar al segundo en su ataque á las fuertes posiciones de Artazu y 
Santa Bárbara de Mañeru, guarnecidas por masas carlistas en crecido 
número. No se escondían al General Primo de Rivera ni al General 
Fajardo, Comandante de la División que ocupaba Lorca y Lacar, la 
importancia de este último punto, así es que por su orden se atrinche- 
raron los batallones del Brigadier Bargés colocándose por éste las 
avanzadas que en tales casos se acostumbran, y previniendo á sus fuer- 
zas que en el de ataque se defendieran en las casas, puestas en el me- 
jor estado posible de defensa. 

Es un error, pues, muy generalizado el suponer que la embestida 
de los carlistas á Lacar fué una verdadera sorpresa para sus defenso- 
res. Fué, sí, una funesta equivocación, en nuestro sentir, pues que cre- 
yendo ser las fuerzas del primer cuerpo las que se acercaban, hasta 

n 



— 258 — 

momentos antes del rudo ataque de los carlistas, claro es que real- 
mente no pudieron extremar su defensa los batallones de la Brigada 
Bargés. 

Ahora describiremos lo ocurrido en Lacar, según se desprende de 
los documentos oficiales de uno y otro campo y de las obras que con- 
sultamos constantemente para confirmar y completar nuestros propios 
recuerdos. 

Cuando los batallones carlistas dieron vista al pueblo de Lacar, ha- 
llábase el Brigadier Bargés en las afueras del pueblo con algunos jefes 
de su Brigada, y suponiendo desde luego enemigas las fuerzas que se 
acercaban, dispuso que se rompiera sobre ellas el fuego de cañón como 
así se verificó. Algunas granadas cayeron, pues, en medio de las co- 
lumnas carlistas de ataque, las cuales sin perder su correcta formación 
en hileras de á cuatro siguieron, sin embargo, avanzando con imper- 
turbable sangre fría. Este fué, sin duda, el motivo principal de pensar 
los defensores de Lacar si los que avanzaban serían tropas del General 
Morlones, puesto que llevaban el mismo camino por el que se esperaba 
apareciese el Comandante en Jefe del primer Cuerpo. Tal duda debió 
convertírseles como en certeza pocos instantes después, cuando sonó el 
toque de alto el fuego y se oyeron voces de «son de los nuestros^ no 
tirar!» Los defensores de Lacar que se hallaban en las casas por pre- 
caución, salieron de ellas en tropel, si bien con las armas en la mano 
según era costumbre de antiguo en el Ejército liberal. 

Cuando las columnas de ataque de los carlistas se lanzaron á la, ba- 
yoneta, á la carrera, con irresistible empuje, fué de ver el intenso pá- 
nico que se apoderó de los regimientos de Asturias y Valencia . No se 
comprende, ciertamente, el no haber visto destacarse las encarnadas 
boinas de los navarros entre las azules de los vascongados. Media hora 
duró, próximamente, la potente arremetida de pos batallones castella- 
nos, navarros y alaveses, á cuya cabeza iban los primeros, á pie y sa- 
ble en mano,' los bravos brigadieres Cavero, Férula y Valluerca y el 
Coronel Iturralde^ protegidos por los certeros disparos de las baterías 
de Reyero é Ibarra. así como por la intrépida Caballería que llevando 
á su frente al General Marqués de Valde-Espina y á S. A. R. el joven 
Conde de Bardi (quien ganó en aquella jornada la Cruz de San Fer- 
nando), se lanzaba por los claros que iba abriendo la Infantería. 

Un ilustrado escritor liberal, antiguo compañero nuestro en el 
Cuerpo de Artillería, al hablar de la embestida de Lácar, en su Juicio 
critico de la guerra civil, se expresa así: «El momento era solemne; el 
«ataque vigorosísimo y ar.-ogante. En ningún período de la guerra se 
»había mostrado á mayor altura el valor^ jamás hubo una expresión de 



— 2«0 — 

»la bravura más bien representada: parecían aquellos batallones cav 
y>Ustas, las olas embravecidas que empuja una tras otra del fondo de 
»Ios mares, siniestra tempestad aterradora.-» 

Ni el valor de algunos soldados liberales, ni el de su arrojado jefe 
el Brigadier Bargés, quien á todo trance procuraba contener la disper- 
sión de sus fuerzas, ni la heroica defensa de la Artillería, hecha por 
los oficiales y soldados de la Batería', de la cual murieron en poco& 
momentos el Teniente Navazo y treinta y cuatro artilleros, acuchilla- 
dos al pié de los cañones, defendidos también bravamente por una 
Compañía de Ingenieros; nada fué bastante para detener el empuje de 
los carlistas y la ciega carrera de la mayor parte de los soldados libe- 
rales, quienes viéndose cercados por tres frentes del pueblo, intentaron 
dirigirse al único libre á su parecer, es decir, al Sur, en dirección de 
Murillo; pero en breve retrocedieron y se dispersaron por todas partes, 
pues en aquella dirección vieron adelantarse también hacia ellos, á la 
bayoneta á la segunda Brigada de Navarra, con su Brigadier Arbeloa 
al frente, y al Batallón de Guías del Rey con su bravo Coronel Calde- 
rón íl la cabeza, cuyas tropas completaron por orden del General Ar- 
gonz el cerco de Lácar, protegidas por los cañones de Brea, Fernández' 
de Córdova, García Gutiérrez y D. Miguel Ortigosa. 

Prevenido el General Jefe de la División, Fajardo, de cuanto ac )n- 
tecía por un Ayudante de Campo del Brigadier Bargés, montó á caba- 
llo y ordenando que le siguiera la Brigada de Viérgol, acantonada con 
él en Lorca, salió rápidamente para Lácar. Su sorpresa faé entonces- 
inmensa, pues en el brevísimo espacio de tiempo transcurrido vio lle- 
gar, y rebasarle, á las dispersas fuerzas de la Brigada de Lácar, y al 
mismo Brigadier Bargés, herido, pero persiguiendo bravamente á su& 
oficiales y soldados para que volviesen cara al enemigo. Intento impo- 
sible: nada hay que en la guerra sea bastante para dominar el pánica 
cuando éste se apodera del ánimo de las masas; gracias que basten al- 
gunas veces los' intentos para prevenirlo. 

Solos, ó casi solos, en el camino el General Fajardo y el Brigadie- 
Bargés, rodeados de pocos, pero valerosos jefes y oficiales viéronse 
forzados á marchar á Lorca al abrigo de los batallones del Brigadier 
Viergol, perseguidos bravamente por los coroneles Junquera é Ines- 
trilla y el Batallón G.° de Navarra que entró en el pueblo revuelto con 
los liberales. El Brigadier Viergol vio así mismo desbandarse sus fuer- 
zas ante el funesto ejemplo de las de Lacar, y en esta situación el bi- 
zarro General Fajardo resolvió hacerse fuerte en Lorca con dos ó tres 
compañías escasas que pudo reunir de toda su División. 

Entonces las tropas del General carlista Argonz pensaron en com- 



— 261 — 

pletar la victoria acabando con la División que suponían en Lorca, y 
que fué auxiliada por algunas fuerzas que el General del segundo 
Cuerpo, Primo de Rivera, destacó desde Monte-Esquinza en socorro de 
su comprometida vanguardia. Y como quiera que el Jefe de Artillería 
que esto escribe abundaba en las mismas ideas que su General, hizo 
adelantar al trote la Batería de á Caballo al mando de García Gutié- 
rrez y cuatro cañones de la 3.*"^ Montada á las inmediatas órdenes de 
Ortigosa, desplegando á derecha é izquierda de la carretera de Estella 
á Puente-la-Reina la expresada Artillería, protegida por dos batallones 
alaveses al mando del Brigadier Fortún. Roto vivamente el fuego so' 
bre los de Lorca, ó mejor dicho, sobre las casas por no verse los ene- 
migos á medio tiro de cañón, claro es que el efecto que debió causar 
en los desbandados batallones liberales debió ser grandísimo; y por lo 
que pudimos ver cuando ya se hacía de noche, consiguióse dispersar 
Algunas nutridas masas de Caballería, cuyos banderines viéronse on - 
dear y retirarse á la carrera detrás de las casas y en dirección de 
Montc-Esquinza . 

Entre tanto, el Batallón de Guías del Rey lanzóse á las alturas del 
Esquinza con el fin de asegurar más la victoria, precedido por su Coro- 
nel D. Carlos Calderón, escalando, si así puede decirse, las tortuosas 
veredas que se dirigían á la cima. Al poco rato parecía arder ésta con 
los repetidísimos disparos que se cruzaban entre los que defendían la 
posesión de la meseta y los bizarros Guias del Rey. Una vez y otra 
vez fueron rechazados éstos, una y otra vez cruzáronse las bayonetas 
entre los impetuosos Guías y los bravos defensores del Monte, que lo 
eran el Batallón de Reserva de Cáceres, cuatro compañías del Regi- 
miento de la Princesa, una Batería de Montaña y una Compañía de 
Ingenieros. ¡Loor á '-os arrojados jefes liberal y carlista, Mcdiavilla 
y Calderón, por su valor legendario! Al fin acudieron más tropas en 
auxilio de los liberales, y no pudieron menos de retirarse los carlistas, 
aunque sin ser hostilizados por los contrarios: tales fueron la tenaci- 
dad y el valor desplegados por Calderón y su gente. 

No habiéndose recibido orden en contrario, antes bien pensando 
las faerzas de Argonz que debían extremar el ataque á Lorca, avan- 
zaron, hasta emplazarse sobre dicho pueblo las baterías á fin de pre- 
parar la arremetida de la Infantería, á eso de las ocho y media de la 
noche; pero el toques de alto el fuego y la voz de «á retirarse á Este- 
lla» se oyeron bien claramente á espaldas de las faerzas mencionadas; 
y como quiera que quien ésto disponía era el mismo Capitán General 
de las provincias vasco-navarras, el General Mendiry, quien en aquel 
momento cruzaba por la carretera, mohínos y cabizbajos volvimos á 



— 262 — 

en.£:anch<ar las piezas los artilleros, y emprendimos con los bcitallone» 
la retirada, aunque no sin antes haber manifestado algunos jefes de 
Infantería y Artillería al General Mendiry las fundadísimas esperan- 
zas que podíamos abrigar de castigar y aún destruir á Lorca, dados el 
número, la clase y la moral de las tropas que allí se albergaban. 

El resultado material del ataque de Lacar fué la destrucción de 
una División y la pérdida, por parte de los liberales, de tres cañonea 
sistema Plasencia, cuatro cureñas, muchas cajas de municiones de ca- 
fión y fusil, dos mii fusiles, la caja del Regimiento de Infantería de 
Asturias, un jefe, cinco oficiales y ochenta y dos individuos de tropa 
muertos (si bien Mendiry en su parte oficial y Pirala en su Historia 
Contemporánea hacen ascender ó ochocientos el número de los muer- 
tos liberales); un Brigadier^ cuatro jefes, veinte y cuatro oficiales y 
cuatrocientos diez y seis individuos de tropa entre heridos y contusos 
trescientos prisioneros y cuatrocientos cincuenta y dos extraviados. 
Las bajas de los carlistas fueron, según partes oficiales, treinta muer- 
tos y doscientos heridos. 

En cuanto á la impresión profunda que causó en el campo alfonsi- 
no el ataque de los carlistas á Lacar, basta trasladar aquí las siguien- 
tes líneas de la Historia Contemporánea, por D. Antonio Pirala (1): 
«Poco después de las cuatro de la tarde se empezó á oir en Oteiza, re- 
»sidencia del Cuartel Real de Don Alfonso, nutrido fuego hacia Lacar, 
»y se creyó que el primer Cuerpo se estaba apoderando de las posicio- 
»nes de Guirguillano para ponerse en contacto con el segundo, al paso 
»que el tercero protegía por su flanco izquierdo el movimiento del pri- 
»mero: se ordenó que un Oficial de Estado Mayor saliera para Esquin- 
»za, y antes de que lo verificase se presentó otro que horas antes ha- 
»bía salido de Oteiza conduciendo raciones para el segundo Cuerpo^ y 
»dijo que éste estaba siendo atacado por el enemigo. Oyóse al anoche- 
»cer el fuego más intenso y cercano, y en el monte Esquinza; Oteiza 
»se puso en estado de defensa con la Brigada de Infantería de la Di- 
svisión de Tassara y la Artillería Montada del segundo Cuerpo que 
»estaba en el Cuartel Real, y si no se produjo el pánico, se mandó car- 
»gar los equipajes para huir y salvar al Rey, lo cual hubiera sido di- 
»fícil si fuerzas de Argonz, desde Villatuerta avanzaran á Oteiza en 
»vez de haberlo hecho por la izquierda.» Pero ya sabemos que el Ge- 
neral Argonz no había recibido más orden que la de secundar el ata- 
que sobre Lacar y hacer frente á las tropas que pudieran acudir desde 
Lorca^ así que nada tiene de extraño que no intentase llevar á cabo un 



(1) Tomo VI, página 285 



— 263 — 

movimiento que habría podido salirle bien, pero que también habría 
podido acarrearle grandes responsabilidades^ pues ya hemos visto que 
el General Mendiry después de entrar en Lacar no dio ninguna orden 
para nuevas operaciones, y lo línico que dispuso fué la retirada de las 




D. RAMÓN ARGONZ 

tropas del General Argonz, cuando estaban ya disponiéndose á con- 
cluir con el General Fajardo y los que con él se habían refugiado en 
Lorca. 

De todas maneras, el efecto moral fué inmenso en favor de los car- 
listas, pues en un Consejo de generales alfonsinos celebrado en Puente- 
la- Reina, bajo la presidencia del mismo Don Alfonso, el día 6, acordó- 
se suspender las operaciones hasta fortificar los puntos ocupados y que 
regresase Don Alfonso XII á Madrid en vista de ello, con el sentimien- 
to de no haber terminado aún la guerra, á pesar de disponer de tan 
poderosos elementos y tan numeroso Ejército como el que había re- 
unido á sus inmediatas órdenes en el Norte, á donde no volvió ya hasta 
el año siguiente, en las postrimerías de la campaña. 

Don Carlos de líorbón que había compartido con sus tropas los peli- 
gros de la batalla, y á cuya feliz iniciativa debióse la brillante victo- 
ria de Lacar, ostentó en su pecho desde entonces la Gran Cruz de San 
Fernando á petición de los generales, jefes, oficiales y voluntarios de 
su valiente, entusiasta y leal Ejército del Norte. 



— 264 — 

Las operaciones de la línea del Carrascal y la batalla de Lacar 
dieron lugar á sensibles rivalidades y críticas en el campo carlista, 
llegando hasta á decirse por algunos que la pérdida de Esquinza había 
valido seis millones al General carlista Mendiry, cuya atrevida supo- 
sición consideramos, en honor de la verdad, completamente falsa, 
siendo nuestra leal opinión que el General Mendirj" obró con poco 
acierto en estas operaciones, como en otras; pero que ésto pudo ser por 
error ó descuido involuntarios, los cuales, aunque fueran naturalmen- 
te muy de lamentar, no por ello debemos confundirlos con las faltas 
qu'i tienen su origen en la traición, las cuales infaman al que las co- 
mete, mientras que las equivocaciones, aunque sean graves, pueden 
desfavorecer á un militar en el concepto de probar que no sirva para 
el mando en jefe, por ejemplo, pero sin que por esto dejen de recono- 
cerse en él las excelentes condiciones que le adornen y sobre todo la 
rectitud de sus intenciones y su lealtad. 

Asimismo encontramos completamente injustas las críticas de los 
que supusieron que el General Argonz tuvo la culpa de que no resulta- 
se aún más brillante la victoria de Lácar, pues no solamente nos cons- 
ta que antes todavía de recibir dicho General Argonz el aviso del ata- 
que á Lácar, ya había resuelto llevarlo á cabo con las fuerzas de si 
mando y de acuerdo con algunos de los jefes que estábamos á sus in- 
mediatas órdenes; no solamente nos consta esto, repetimos, si no que 
recordamos perfectamente que el General Mendiry no dio á Argonz 
otra orden ó aviso que el de secundar el ataque, sin disponer después 
ninguna otra operación, y, finalmente, somos testigos de que cuando 
el General Argonz quiso completar la victoria de Lácar apoderándose 
de Lorca, quien lo impidió fué el mismo General Mendii'y, ordenando 
imperiosamente la retirada á Estella, de cuyo hecho creemos que tam- 
bién debió ser testigo el entonces Brigadier D. León Martínez Fortun, 
por ser dicho jefe quien mandaba los dos batallones encargados por el 
General Argonz de apoyar la Artillería que teníamos á nuestras inme- 
diatas órdenes, y á la cual dio personalmente el General Mendiry la 
que consideramos entonces (y seguimos considerando hoy) muy des- 
acertada orden de suspender el avance á Lorca y retirarnos acto se- 
guido á Estella. 

En vista de los disgustos surgidos por aquella época entre los gene- 
rales Mendiry y Argonz, consideramos oportuno copiar á continuación 
los partes oficiales que ambos jefes redactaron á propósito de estas 
operaciones militares, pues creemos que su lectura completará la des- 
cripción que ya hemos hecho de las mismas en el presente capítulo, 
empezando por copiar el parte oficial del General Mendiry en atención 



— 2I>5 — 

Á la mayor categoría de éste como Capitán General de las provincias 
Vascongadas y Navarra, por Don Carlos de Borbón. 

«Ejército Real del Norte. —Estado Mayor G 'neral. — Parte detalla- 
»do de la acción de Lácar. — Excmo. Sr. — De pues de las gloriosas 
«batallas de Biurrun y Barajoaín, ocurridas en los días 21 y 23 de 
«Septiembre último, fué de absoluta necesidad el establecimiento de 
»una línea atrincherada que, partiendo de la villa de Puente-la-Reina, 
«terminara en el Carrascal, ya para estrechar en cuanto fuera posible 
»el bloqueo de la plaza de Pamplona, ya también para librar á este 
«hermoso y heroico país de la rapacidad y devastación del ejército 
•contrario. Bien sabía que con su instalación no evitaría el socorro de 
«Pamplona; pero tenía la seguridad de que para conseguirlo necesita- 
»ría el enemigo reunir un ejército considerable, y mientras tanto po- 
ndría tener en jaque á los dos cuerpos de ejército de Morlones y Piel- 
»tain, compuestos de veinte y cinco batallones cada uno, que operaban 
j»en este antiguo Reino. Así ha sucedido: el Ejército, antes republicano 
«furibundo, ayer de la dictadura de un gobierno despótico y hoy de 
«Don Alfonso, ha reunido próximamente 60,000 hombres, de los cuales 
«treinta batallones, al mando de Morlones, rebasaron la línea por Cá- 
«seda y San Martín, treinta kilómetros más á la izquierda de su pro- 
elongación, sin que me fuese posible oponerle una seria resistencia. — 
»Mi primer pensamiento fué abandonar la línea atrincherada y caer 
«sobre esta columna; pero las malas condiciones en que tenía que dar 
«la batalla, y la consideración de que dejaba casi abandonada y á gran 
«distancia esta ciudad de Estella, en cuya conservación está interesa- 
»do el honor de nuestras armas, me hizo desistir de esta idea. El ene- 
«migo penetró en Pamplona en la tarde del día 2, situándose Morlones 
«con la mayoría de sus tropas en la posición estratégica de Tiebas. 
»p]ste caso, que empeoraba mi situación, pero que no la hacía desespe- 
«rada^ lo tenía previsto, y me obligó á operar un cambio de frente, 
«apoyado en la posición del pueblo de Añorbe, y de establecer una se- 
»gunda linea en la sierra del Perdón, distante dos leguas de la prime- 
»ra, quedando las fuerzas enemigas situadas en esta forma: el Cuerpo 
«de jMoriones, donde dejo hecha mención; otro Cuerpo, fuerte de 20,000 
«hombres, en Tafalla^ con una Brigada en la posición del Pueyo^ y el 
«tercero en Artajona, de quince batallones, formando los tres cuerpos 
»un triángulo equilátero; pero el cuerpo situado en Tafalla vino á 
«acampar, en la tarde del día 1.°, una legna al Sur de Artajona, cuj^^o 
«movimiento no me llamó la atención, suponiendo lo hacía con el obje- 
«to de apoyar el de dicha villa, pues que habiéndose adelantado á 
«efectuar sa reconocimiento sobre Añorbe, fué tan rudamente atacado 



— 266 — 

»por el Brigadier Férula, que le obligó d retroceder al punto de parti- 

»da en completo desorden y con pérdidas de alguna consideración; 

»pero no era aquella la cuasa, pues por un movimiento rápido, ejecu- 

»tado durante la noche, vino á situarse en los pueblos de Oteiza, Lorca 

»y Lácar. Desde este momento la situación del Ejército Real en Puen- 

»te-la-Reina y valle de Ilzarbe se hizo insostenible y determiné levantar 

»la línea, enviando al Comandante General de Navarra con diez bata- 

»llones á ocupar las posiciones de Estella, para poner á cubierto esta 

»plaza, y yo, con el resto del Ejército, marché á situarme en Cirauqui 

»y Mañeru. Nos hallábamos en esta situación en la mañana de ayer, 

»cuando S. M. el Rey nuestro Señor (q. D. g.) llegó al primero de 

«dichos pueblos, y me ordenó que diese un rudo ataque al pueblo de 

»Lácar, ocupado por el regimiento de Asturias, fuerte de 1,600 hom- 

»bres, y el de Valencia con igual fuerza. -A las once de la mañana 

«emprendí la marcha con doce batallones por un camino poco menos 

»que intransitable, dejando en Cirauqui^ al frente del enemigo situado 

»en el monte de San Cristóbal, al Brigadier Zalduendo, con tres bata- 

»lIones, y al Coronel Echevarría con el de su mando en el faerte de 

»Santa Lucía, á fin de observar y hacer frente á la columna de Morio- 

»nes. A las tres y media de la tarde me hallaba oculto á unos 1^600 

»metros de Lácar, en donde, conforme iban llegando los batallones, or- 

»ganicé las cuatro columnas de tres cada una, mandadas por los bri- 

»gadieres Férula, Valluerca, Cavero y Coronel D. Celedonio Iturralde, 

»que debían verificar el ataque. Con la necesaria anticipación habla 

»dado orden al General Argonz para que reconcentrara los diez bata- 

»llones puestos á sus órdenes en el paeblo de Murillo, á fin de secundar 

»el ataque por la parte Sur de la población, y á los regimientos de Caba- 

»llería del Rey y Cruzados de Castilla y Escuadrón de Guardias de Su 

«Majestad, que se situaron en la carretera de Alloz, también ocultos y 

»lo más próximo al pueblo que se iba á atacar, cuya operación debía 

»tener lugar á las cuatro de la tarde, señalando al Comandante de la 

«primera Batería de Montaña el punto para el emplazamiento de las 

»ocho piezas de que se compone. Como las operaciones del general Ar- 

»gonz fueron independientes, él dará cuenta de ellas. — A la hora se- 

Ȗalada salieron las cuatro columnas paralelamente y en marcha de 

» hileras de á cuatro, por no permitir la salida de la garganta que ocu 

»pábaraos otra formación, y conforme iban llegando y entrando en 

«terreno más abierto, fueron organizándose en columna por compa- 

»ñías. —Apercibido el enemigo, se aprestó inmediatamente al combate, 

«instalándose en las casas y en algunas obras de defensa 'que había 

«construido á la entrada del pueblo; mas todo fué en vano, porque los 



— "267 — 

«batallones que formaban la cabeza de las columnas se precipitaron á 
»la carrera sobre el pueblo, apoyados sobre los que ocupaban el se- 
»gundo lugar en la marcha, quedando los terceros en reserva según lo 
»había prevenido.— Una media hora duró el combate, quedando com- 
»pletamente arrollado el enemigo, que al apoyo de las fuerzas que sa- 
»lieron del pueblo de Lorca debió en parte su salvación: habiendo caí- 
»do en nuestro poder tres piezas de Artillería, sistema Plasencia, de á 
»ocho centímetros, con el material completo perteneciente á cuatro; 
»más de 2,000 fusiles, las cajas délos regimientos, municiones, bagajes 
»y víveres y sobre trescientos prisioneros, entre ellos 45 heridos, que- 
»dando en el campo de 800 á 900 cadáreres, y llevándose el enemigo 
»un número considerable de heridos, consistiendo nuestras pérdidas 
»en 30 muertos y unos 200 heridos. — Como el pueblo de Lorca dista 
»del de Lácar 1,800 metros y en él había situados cuatro batallones 
«enemigos, y en las alturas inmediatas, derivaciones del monte de San 
«Cristóbal, hubiera también otra Brigada, se generalizó la acción, á 
»que concurrió también el resto del Cuerpo que se hallaba en Otei- 
»za, consiguiendo quitarles cuantas posiciones habían ocupado hasta 
»muy entrada la noche, en que mandé retirar las tropas. — He concu- 
»rrido á más de ciento veinte hechos de armas en mi larga carrera y 
»nunca he visto tanta heroicidad como en la batalla de ayer. Es im- 
»posible describir los hechos de bravura que tuvieron lugar, porque 
»los regimientos de Asturias y Valencia, que ocupaban el pueblo, eran 
»de los más distinguidos del ejército contrario, lleno de valor y abne- 
»gación. ¡Loor á los bravos que en uno y otro campo han sucumbido! 
»No es posible que los héroes de la antigüedad pudieran elevar á tan 
»alto grado el mérito de sus acciones guerreras que nos dejaron con- 
»signadas en la historia. — Imposible me sería citar á los que más se 
«distinguieron, pues todos excedieron en el cumplimiento de su de- 
»ber, como de cerca lo vio S. M.: solamente me permitiré indicar á 
»S. A. R. el señor Conde de Bardi, que á caballo fué uno de los prime- 
»ros que entraron en el pueblo de Lácar. —Nuestras pérdidas, ya fijadas 
•anteriormente, son bien cortas, al pensar en el vivo ataque de nues- 
»tros voluntarios y horroroso fuego de los enemigos. — Al dar cuenta 
»á S. M. de tan glorioso hecho de armas, invito á V. E. incline su real 
»ánimo á recompensar con su ordinaria generosidad el comportaraien- 
))to de este Ejército.— Dios guarde á V. E. muchos años. — Estella 4 de 
«Febrero de 1875. — Excmo. Sr. — Toi-cuato Mendiry.—'E-x.cmo. señor 
«Capitán General, Ministro de la Guerra.» 

Hé aquí ahora el parte oficial que sobre la batalla de Lácar pasó 
al mismo General Mendiry el Comandante General de Navarra, General 



— 2o6 — 

D. Ramón Argonz: «Ejército Real del Norte. — Comandancia General de 
»Navarra. — Excmo Sr. — Hallábame de acuerdo con V. E. el día 2 del 
j-actual recorriendo las posiciones de Biurrun y Subiza, cuando sobre 
»el medio día recibí un aviso participándome que una columna enemi- 
»ga, fuerte de 18 á 20,000 hombres, había tomado la dirección de Otei- 
»za, y que inmediatamente me pusiera en marcha para la parte deEs- 
»tel[a, añadiéndome que lo habían hecho ya en aquella dirección la 2.* 
«Brigada de Navarra y los batallones de Guías de S. M. y 1." de Rio- 
»ja. — Al llegar á las inmediaciones de Mañeru encontré á S. M. con el 
«Ministro de la Guerra, manifestándome éste que á la 2." Brigada pre- 
»cedían los batallones expresados y el 5.*^ de Castilla^ conducidos por 
»el Excmo. Sr. General D. Fulgencio Carasa y Brigadier Fontecha, á 
»los cuales alcancé en el pueblo de Irurre. Desde dicho pueblo oficié 
ȇ V. E. poniendo en su conocimiento que aquella misma noche me si- 
»tuaría con las faerzas en los puntos más convenientes para hacer 
«frente al enemigo, y aun rechazarlo si intentase atacar la plaza de 
»Estella.— Las fuerzas quedaron acantonadas en esta forma: Guías del 
»Rey en Grocin, con el General Carasa y Brigadier Fontecha, uno de 
»los batallones de Álava en Zurucuain, con el General Iturmendi; el 
»otro en Arandigoyen y Villatuerta, con su Comandante General For- 
»tun; la Brigada Cántabra, que estaba en Estella, ocupó á las cuatro 
»de la mañana las posiciones sobre la ermita de Villatuerta, con el Briga- 
»dier Albarrán; la 2.'"* Brigada de Navarra, con mi Cuartel General, se 
»situó en Murugarren y Zabal, destinando al pueblo de Abárzuza los 
• batallones de Clavijo, 5.° de Álava y ó}' de Castilla, poniéndome en 
«comunicación con el General Iturmendi, que se hallaba en Zuru- 
»cuaín. — El enemigo había ocupado desde la mañana la altura de San 
«Cristóbal, la villa de Oteiza y los pueblos de Lorca y Lácar, cuya cir- 
«canstancia me obligó á ejecutar la marcha que dejo expresada, con 
»algún rodeo y precaución. — A luego de mi llegada á Murugarren, di- 
»rigí una comunicación al Brigadier Lauda, Gobernador militar de Es- 
«tella, para que el Sr. Coronel de Artillería D. Antonio Brea se situara 
«para el amanecer del día siguiente con 6 piezas de grueso calibre en 
lia altura de Zurucuain, llamada Apalar, advirtiéndole que se presen- 
«tara antes á recibir mis órdenes, como lo verificó con la debida pun- 
«tualidad, y á los batallones 5." de Álava y 5." de Castilla que se si- 
»tuaran en dicha altura, en apoyo déla Artillería. — Ala una de la 
»tarde di orden para que la 2 ** Brigada de Navarra, al mando del Bri- 
«gadier D. Miguel Arbeloa y el Batallón de Guías del Rey pasaran á 
«situarse en el pueblo de Murillo; que los batallones de Clavijo, 5." de 
«Álava y 5." de Castilla, con el General Carasa y Brigadier Fontecha, 



— 269 — 

«siguieran el mismo movimiento, formando columna de reserva; yo, 
»con mi Estado Mayor, me dirigí á Arandigoyen á conferenciar con el 
»General Iturmendi, que con las brigadas Cántabra y 2.'^ de Álava 
«debía hacer igual concentración en el último pueblo; V. E. había dis- 
»puesto ya de los 4 escuadrones de Caballería que se hallaban en Ari 
»zala, según me manifestó su jefe D.Juan Ortigosa.— De regreso al 
«pueblo de Murillo, recibí el aviso de V. E. sobre el próximo ataque 
»del pueblo de Lácar, ordenándome dispusiera las fuerzas de modo que 
«unas secundasen el ataque por la parte sur de dicho pueblo^ reser- 
«vando las otras para hacer frente á los enemigos que desde Oteiza, 
«Lorca y alturas próximas á San Cristóbal, pudieran venir en socorro 
«de los atacados. Inmediatamente dispuse que las fuerzas indicadas 
«estuviesen preparadas para acometer al enemigo hasta el pueblo de 
«Lácar y su parte sur á la primera señal, y ordené al General Itur- 
«mendi para que con el -í.^ Batallón de Álava avanzase por la carrete- 
«ra en dirección del pueblo de Lorca, dejando como reserva de la de- 
«recha al 3er Batallón de Álava con el Brigadier Fortun y la Brigada 
«Albarrán, ocupando el puente de Muniáin el Brigadier Zaratiegui, con 
«el 3.61- Escuadrón de Navarra. — En esta disposición se oyeron algu- 
»nos disparos de cañón y fusilería en la parte de Alloz, lo que me hizo 
«comprender que V, E. comenzaba la batalla. En seguida se pusieron 
«en movimiento á la carrera á los puntos indicados las fuerzas de que 
«llevo hecha mención, organizándose sobre la marcha tres columnas 
«paralelas con sus correspondientes reservas, desplegando la primera, 
«ó sea la 2.*^ Brigada de Navarra, sobre el flanco izquierdo, el Batallón 
«Guias de S. M. por el centro y el 4." Batallón de Álava con el General 
«Iturmendi sobre el naneo derecho. Acto continuo se generalizó el fue- 
»go en toda la línea, contribuyendo no poco la 2.*^ Brigada de Nava- 
«rra, al mando de su Brigadier Arbeloa, por su movimiento envolven- 
«te, á arrollar al enemigo en el pueblo de Lácar, no siendo menor el 
«mérito contraído por el Batallón Guías de S. M. y 4." de Álava, que 
«no solamente hicieron frente á las fuerzas que iban llegando por la 
«parte de Oteiza, sino que las desalojaron de cuantas posiciones toma- 
«ron, causándoles pérdidas de la mayor consideración, consiguiendo 
«el éxito más completo y favorable. — La Artillería, á las órdenes del 
«Coronel Brea, siguió el movimiento.de las columnas de ataque, y si- 
«tuándose en un punto conveniente, hizo tan nutrido y certero fuego 
«sobre las baterías enemigas, que consiguió apagar los de estas, con- 
«tribuyendo eficazmente al buen éxito de la batalla. — Mientras las 
«fuerzas que llevo enunciadas cooperaban tan activamente á este me- 
«morable hecho de armas, se hallaban de reserva y dispuestos á acudir 



— 270 — 

»donde conviniera los batallones 3/' y 5/' de Álava, 5.*^ de Castilla, 1.® 
»deRiojay Brigada Cántabra, al mando del General Carasa y briga- 
»dieres Fortuny Fontecha.— La obscuridad impidió continuar elcomba- 
»te, y de acuerdo con Y. E. se dispuso que nuestras fuerzas se replega- 
»ran á los pueblos inmediatos. — V. E. que inició el ataque, comprenderá 
»mejor que nadie la oportunidad con que todas las fuerzas de mi man- 
»do concurrieron á la línea de batalla, y de sus grandes resultados de- 
«ducirá que el comportamiento de todos los señores generales, jefes, ofi- 
»ciales y tropa fué digno y heroico.— Lo que tengo el honor de poner en 
«conocimiento de V. E. para su satisfacción y efectos consiguientes. — 
»Dios guarde á V, E. muchos años. — Estella, 9 de Febrero de 1875. — 
»Excmo. Sr.: — Ramón Argonz. — Excmo. Sr. Capitán General de las 
«provincias Vascongadas y Navarra.» 




D. DOMINGO DE EGAÑA 



Capitulo XXIII 

Operaciones en la línea del Oria y detalles del sitio de Guelaria. 



U 



KO de los obligados objetivos del Ejército liberal durante la última 
guerra civil, lo era sin duda alguna la línea llamada del Oria, no 
sólo porque á su amparo podía llegarse más pronto al corazón de Guipúz- 
coa, ensanchando á la vez el territorio dominado por los liberales, sino 
porque los carlistas habían establecido en ella sus principales fábricas 
de armas, pólvora, maestranza y fundición de cañones, ya que el pri- 
mer pensamiento del Comandante General carlista de la provincia 
D. Antonio Lizárraga al encargarse del mando fué la toma de Eibar, 
Plasencia y Azpeitia. 

Aprovechándose, pues, de la escasez de tropas de que disponía el 
General liberal Loma á mediados de 1873, penetró Lizárraga con sus 
batallones, unas veces sólo, y otras ayudado por los navarros, en Eibar, 
Plasencia y Oñate, primero, y después en Mondragón, Elgoibar, Ver- 
gara, Azcoitia y Azpeitia, apoderándose de multitud de armas en cons- 
trucción, que sucesivamente fué haciendo poner en estado de servicio; 
pasándose más tarde, como ya sabemos, á convertir la fábrica antigua 
de Azpeitia en Maestranza y fundición de Artillería bajo la inteligente 
dirección de los oficiales del Cuerpo Dorda é Ibarra (D. Leopoldo). 



— 272 — 

Claro es, por lo tanto, y justificado el empeño de los carlistas en con- 
servar su arsenal de armas, y el de los liberales en destruirlo. 

El activo General enemigo Moriones, después de haber socorrido á 
Tolosa en Diciembre de 1873, pensó en dirigir sus fuerzas al interior 
de Guipúzcoa, destruyendo á su paso las mencionadas fábricas carlis- 
tas; pero ya vimos que hubo al fin de desistir de su empeño ante la ac- 
titud de los numerosos batallones carlistas que en escogidas posiciones 
le cortaban el paso, lo que unido el las órdenes del Gobierno de Madrid 
previniéndole que volviera á la línea del Ebro, le obligó á embarcarse 
con sus fuerzas en San Sebastiiín y Pasajes, para pasar á Santoña tras- 
ladarse por la línea férrea de Santander á Miranda de Ebro y Logroño, 
y acudir así á la Ribera de Navarra ya que directamente le habría 
sido imposible conseguirlo, ó por lo menos le habría costado mucha 
sangre . 

En 1875 volvieron á reproducirse los combates en la línea del Oria; 
pero antes de relatarlos conviene fijar la fuerza y situación de las tro- 
pas liberales y carlistas de Guipúzcoa, por aquella época. 

Los puntos y plazas ocupadas por los liberales en Enero de 1875 
eran: San Sebastián, Hernani^ Pasajes,, Fuenterrabía, Irún y Astiga- 
rraga, así como Guetaria, pequeña península unida con un puente al 
continente. Las avanzadas carlistas partían de Oyarzun, SantiagOnien- 
di, Uzurbil, Zubieta y Zarauz, ocupando y dominando el resto de la 
provincia: por consiguiente era muy reducido el espacio en que podían 
desenvolverse las. fuerzas liberales. De ahí el porfiado empeño de éstas 
en ensanchar su circulo de acción, sobre todo en la línea del Oria, ó 
sea enlazando á San Sebastián con Guetaria por tierra y de un modo 
permanente. Con esta base de operaciones, es evidente que se facilita- 
ban el poder adelantar al centro de la provincia y la consiguiente 
destrucción de las fábricas carlistas al menor descuido de éstos. 

Hallábase de Comandante General carlista el Brigadier D. Domingo 
de Egaña, veterano Jefe que había combatido bravamente durante la 
primera guerra civil, en la que ganó la Cruz laureada de San Fernando 
entrando el primero á escala franca en Guetaria: gran conocedor del 
país y de la gente que estaba llfimado á mandar, querido de sus pai- 
sanos, dotado de gran actividad y tan entusiasta que á pesar de ser ya 
septuagenario acababa de llegar de Méjico, donde había estado emi- 
grado por no querer convenirse en Vergara ni volver á su patria sino 
vistiendo el uniforme carlista. Era cojo y manco, lo cual no le impidió 
inaugurar su mando con la brillante victoria de Urnieta que ya en otro 
capítulo hemos descrito, así es que á sus órdenes rehiciéronse los gui- 
puzcoanos en breve tiempo del fracaso de Irún. 



— 273 — 

Las fuerzas de que disponía el Brigadier Egaña eran siete batallo- 
nes guipuzcoanos, dos vizcaínos, la primera Batería de Montaña, al 
mando del arrojado Teniente Coronel Reyero, y ocho piezas del Tren 
de sitio, á las órdenes del Comandante Torres. Mils tarde se hicieron 
marchar también íi la línea carlista los ocho cañones de la Batería de 
Rodríguez Vera. 

Continuaba por entonces, ó mejor dicho, había vuelto á encargarse 
del mando de las tropas liberales de la provincia el General D. José de 
Loma. Las fuerzas á sus órdenes disponibles para emprender operacio- 
nes (prescindiendo de las ocupadas en guarnecer puntos fortificados) 
eran tres brigadas de á tres batallones, mandadas por el General Blan- 
co y los brigadieres Infanzón y Oviedo^ con su correspondiente dota- 
ción de Artillería, y el nutrido Batallón de ]\Iigueletes. 

En el Estado Mayor General liberal se había convenido que para 
evitar la aglomeración de fuerzas carlistas en la importante línea del 
Carrascal, que se trataba de envolver, se hiciese el General Loma 
dueño de \a línea del Oria, ocupando la atención de sus enemigos, pe- 
netrando, si le era posible, hasta Azpcitia. 

Obediente el General liberal, ordenó la salida de sus tropas por dos 
puntos á la vez: La Brigada de Infanzón salló por mar á Guetaria, y 
rápidamente se hizo dueña de Garaiemendi, á la vez que el General 
Loma salía con las otras dos brigadas por la carretera, A fin de operar 
la conjunción de las tres en Orlo, para componer su puente y trasla- 
darse á la otra orilla. 

Apenas ascendía á una Compañía la fuerza carlista que ocupaba la 
elevada posición de Garatemendi; por lo que la primera Brigada libe- 
ral se posesionó de ella casi por sorpresa, después de un ligero tiroteo. 
Esto se explica por la poca vigilancia de los carlistas y la imprevisión 
de su Comandante General; pues siempre debió cuidarse de posición 
tan importante por ser la llave de Guetaria y el obstáculo que la natu- 
raleza misma oponía á que el enemigo rompiera la línea carlista, des- 
embarcando en Guetaria. 

La Brigada de Infanzón, no pudo, sin embargo, pasar á Zarauz, 
porque se le adelantaron dos batallones que al mando del intrépido 
Coronel Iturbe hizo avanzar el Brigadier Egaña, y éste con el resto de 
sus fuerzas fué flanqueando al General Loma desde su salida de San 
Sebastián, ocupando todas las alturas, incluso las que dominaban 
á Orlo. 

Viendo Loma que el movimiento de concentración no podía verifi- 
carse por interposición de los carlistas, reforzó la Brigada con las 
fuerzas del General Blanco, á la vez que él marchaba á su encuentro 

18 



— 274 — 

bajo el nutrido fuego de sus enemigos. La línea del Oria fué, por tanto, 
restablecida, pues si bien los acantonados en el pueblo estaban bajo el 
fuego de cañón y fusil de los carlistas, lograron apoderarse de los altos 
de Meagas é Indamendi, que dominaban á su vez las posiciones ene- 
migas. Sus bajas en esta operación, según datos oficiales, fueron 
quince muertos y ciento cuarenta y cinco entre heridos y contusos. 

El Brigadier carlista Egafia comprendió, aunque tarde, el verda- 
dero objetivo de los liberales, y por consiguiente dio sus órdenes para 
que acudieran todas sus fuerzas á defender los pasos á Azpeitia, como 
así se verificó al día siguiente. 

El puente de Orio no llegó á recomponerse sino á fuerza de tesón 
de los liberales, pues la Batería del bizarro Reyero y la del no menos 
valiente Torres, hicieron fuego de flanco sobre la obra, en términos de 
ocasionar la rotura de dos tramos, que tuvieron que recomponerse de 
noche. Las baterías fueron establecidas en magníficas posiciones^ que 
dio á conocer á los artilleros y á su Coronel Brea, el insigne Vicario de 
Orio, y tan bien elegidas, que no solamente se dominaban los tableros 
del puente para destruirlos, sino que al acudir el General Loma en 
socorro de las fuerzas de Orio, no hubo necesidad más que de un lige- 
ro cambio de frente de las piezas, para que mientras unas contesta- 
ban al fuego de las baterías de campaña liberales, las otras siguieran 
tranquilamente arrojando sus proyectiles al puente, que, como hemos 
dicho, fué roto por dos partes. Durante el combate, no dejó un punto 
de discurrir entre los cañones el intrépido Vicario, inspirando á todos 
confianza y serenidad. 

Era por entonces como el alma de todas las operaciones de la línea 
del Oria, el célebre Cura de Orio D. Juan Antonio Macazaga, figura 
que se hizo notable por sus singulares condiciones de religiosidad, 
conocimiento del terreno y aficiones militares, unidas á una impertur- 
bable sangre fría. No era, en la verdadera acepción de la palabra, un 
Cura guerrillero como D. Jerónimo Merino, el heroico Brigadier de la 
guerra de la Independencia, sino un dignísimo y virtuoso ministro del 
altar, que llevado al campo carlista por las persecuciones liberales, 
identificado con nosotros y gran práctico en aquella región, servía á 
los carlistas de inseparable guía, y á quien todos oían con respeto, 
inspirado este por la lealtad de sus ilustrados consejos en los asuntos 
de la guerra, y más que nada, porque no dejó de ejercer nunca su sa- 
grada misión, ni aún dejó de usar jamás el traje talar. Por cierto que 
pudo ocasionarle esta circunstancia serios disgustos, pues su sombrero 
de teja y sus hábitos servían de constante blanco, (ó más bien ne- 
gro) á los tiradores liberales y migueletes, de quienes era tan conocido 



— 275 — 

como de los carlistas, pues siempre estaba el buen Cura en las avan- 
zadas, á la cabeza de los voluntarios guipuzcoanos. 

Recompuesto al fin el puente por los Ingenieros, bajo el fuego car- 
lista, atravesaron algunos batallones á la otra orilla y se hicieron 
fuertes, aspillerando el caserío de Damasco-Echevarria, que ocupaba 
una cima algo elevada, y otras posiciones que atrincheraron conve- 
nientemente. Satisfecho el General Loma de la operación, por más que 
no hubiera logrado penetrar en el interior de la provincia, regresó á 
San Sebastián, dejando bien guarnecidos Orio, Mendibelz y el men- 
cionado caserío, por cuya razón el Brigadier carlista volvió á sus an- 
tiguas posiciones de Aya y Zarauz, circunvalando perfectamente la 
línea liberal. 

Como quiera que la vecindad de los enemigos era sumamente mo- 
lesta á los carlistas, no hubo sorpresa que no se intentara contra el 
caserío, ni vejamen que no se hiciera sentir al pueblo de Orio. Baste 
decir que las baterías de Reyero y de Torres impidieron en la medida 
de sus fuerzas el establecimiento del enemigo en la línea y la consi- 
guiente recomposición del puente, como ya hemos dicho. Dominado y 
enfilado el pueblo por la fusilería carlista, dicho se está que no había 
lugar seguro para los contrarios, y sus traveses y espaldones eran ba- 
rridos con frecuencia por la Artillería de Torres. 

El caserío situado en Damasco-Echevarría fué también objeto de 
varias embestidas por los carlistas, si bien hay que confesar que sin 
éxito, por ahorrar la preciosa sangre de los que hubieran de asaltarle. 
El caserío fué cañoneado por dos de sus flancos por los esforzados Re- 
yero y Torres; pero como entonces no había fuerzas carlistas suficien- 
tes para dar el ataque con seguro éxito, y los liberales estaban prepa- 
rados, acudieron con grandes refuerzos y no pudo completarse la 
operación. El relevo de las tropas que ocupaban el caserío tenía que 
hacerse de noche para evitar bajas. 

Posteriormente, el General Loma hizo colocar Artillería de posi- 
ción en la vertiente del Oria, y equilibradas las fuerzas carlistas y li- 
berales, cada una de ellas conservó sus posiciones, por más de que el 
fuego de fusil y de cañón no cesó desde Enero, en que se estableció la 
línea, hasta que al fin fué abandonada por los liberales en Mayo. 

Tenemos á la vista el parte oficial carlista de las operaciones de la 
línea del Oria; pero como es bastante extenso, procuraremos extrac- 
tarlo para mayor claridad de los sucesos. 

El 27 de Enero de 1875 por la noche se embarcó la Brigada Infan- 
zón en San Sebastián, pudiendo á favor de la obscuridad desembar- 
car en Guetaria y hacerse dueña del monte Gárate. Como las fuerzas 



— 27G — 

carlistas no llegaban á dos compañías, tuvieron que abandonar el 
campo, retirándose á Meaga. Creyendo posible, sin embargo, recupe- 
rar posición tan importante^ el Comandante General carlista ordeaó al 
Brigadier Aizpurúa que lo intentara con el 2." Batallón de Guipúzcoa; 
pero habiendo sido rechazado, volvió dicho Jefe á la línea de An- 
doain, quedando Egaña y el Coronel Iturbe para hacer frente al ene- 
migo con el 2.° y 7.° de Guipúzcoa y el Batallón vizcaíno de Bilbao, 
llegado hacía pocos días. 

Mientras tanto, el General liberal Loma salió de la capital el día 29 
con algunos batallones á las órdenes del General Blanco y del Briga- 
dier Oviedo, y aunque los carlistas le disputaron el paso en Usurbil, 
San Esteban y Zubieta, logró su intento de penetrar en Crio, donde, 
enterado de que la Brigada Infanzón no había podido romper la linea 
carlista, dispuso que el General Blanco volviera sobre sus pasos y se 
embarcara para Guetaria y Gárate en auxilio del primero, mientrais 
ta^to que el General Loma disponía la inmediata recomposición del 
puente de Crio, protegiendo los barcos de guerra con sus fuegos todos 
sus movimientos. 

No siendo ya necesarias las fuerzas carlistas en Usurbil, hizo el 
Brigadier Egaña que se trasladaran á la nueva línea los batallones de 
Orduña y 6.*' de Guipúzcoa, los cuales ocuparon el día 31 el alto de 
Zarugaray. Eeforzados á su vez los liberales de Gárate, atacaron re- 
sueltamente á los carlistas que se vieron precisados á retroceder hasta 
su segunda línea, la de Aya, operándose por consiguiente la unión de 
todas las fuerzas liberales desde Orio á Zarauz y Gárate, pues la posi- 
ción de Zurugaray se hizo insostenible, flanqueada y cañoneada por 
las bocas de fuego de la Marina de guerra. Estos nuevos ataques cos- 
taron á los liberales ciento noventa bajas, de las que correspondieron 
nada menos que treinta y dos al Batallón de Migueletes que general- 
mente iba en las operaciones á vanguardia ú ocupando los puestos de 
mayor peligro. 

El día 3 de Febrero salieron nuevamente el General Loma de Orio 
y el General Blanco, de Zarauz, haciéndose dueños de Indamendi y 
Meagas, cuyo paso les fué disputado valientemente por el Coronel Itur- 
be con tres batallones. Al día siguiente intentaron los liberales pasar 
á Zumaya; pero tuvieron que retirarse al abrigo del fuego de la Es- 
cuadra. Las bajas fueron numerosas, pues los carlistas se defendieron 
con tesón y bravura, haciéndose ascender á doscientos cincuenta el 
número de muertos y heridos de los liberales. Los batallones 7.^ de 
Guipúzcoa y vizcaíno de Bilbao se retiraron á Aizarna para cubrir 
el paso á Azpeitia; pero tan seria fué la resistencia de los carlistas, que 



— 277 — 

el día 5 se retiraron las tropas liberales de Zarauz y Gárate, concen- 
trándose en Orio parte de dichas fuerzas, mientras otras volvían á San 
Sebastián y Hernani. 

Puede calcularse, sin temor á equivocaciones, que en los cinco días 
de combate en la línea desde Usurbil á Orio, Zarauz, Indamendi y 
Meagas, las bajas de los liberales excedieron de seiscientas j sin contar 
las que sufrieron en Damasco-Echevarría. 

Entre los muchos combates , de mayor ó menor importancia y de 
éxito vario, que tuvieron más tarde lugar en la línea del Oria^ recor- 
damos el sostenido á principios de Marzo, en el que se rompió á caño- 
nazos el puente del Oria; por aquellos días decía así una correspon- 
dencia de El Cuartel Real: «Aya 11 de Marzo. Se consiguió la rotura 
»del puente de Oria, que ponía en comunicación los batallones enemi- 
»gos que guarnecían Mendibeltz y Damasco, teniendo que relevarse 
»de noche las fuerzas que guarnecían este último punto, por impedirlo 
»de día el continuo fuego de las baterías de Aya. Las fuerzas carlistas 
»sc componían de dos batallones de Guipuzcoanos al mando de Iturbe, 
»de la Batería de Montaña de Reyero, y de las piezas de sitio que 
«mandaba Torres. La noche del 10, previo el oportuno cañoneo, fué 
«desalojado el enemigo de las zanjas que ocupaba alrededor de la 
»casa-fuerte^ y obligado á guarecerse en ella, siendo nuestras bajas 
»doce ó catorce, y las de aquellos, cincuenta: nuestra Artillería admi- 
»rable.» 



Por más que alteremos la cronología de los sucesos, hablaremos del 
sitio de Guetaria, por ser la última operación de importancia ocurrida 
en la línea del Oria. 

Enojoso vecino para los carlistas fué siempre dicha villa, patria del 
insigne Elcano, pues, á menos de distraer siempre numerosas fuerzas 
en el alto de Gárate y sus cercanías, era la llave siempre preparada 
para facilitar cualquier incursión del enemigo al interior de la provin- 
cia, pues por mar, y en pocas horas podían trasladarse muchos bata- 
llones para intentarla. 

Establecido ya el enemigo en Oria y Mendibeltz^ se facilitaba el 
avance de los liberales, y por tanto, el Comandante General Egaña 
pensó seriamente en tomar ó inutilizar Guetaria. Esta pequeña villa 
está edificada en anfiteatro, y en su cima hay un castillo que la de- 
fiende, y donde había colocados dos cañones, uno de á 8 y otro de á 12 
centímetros, ambos rayados. Por la parte de tierra tenia una antigua 
muralla de piedra. Las fuerzas que la guarnecían, en el tiempo á que 



— 27S — 

nos referimos, eran cuatrocientos hombres, entre Infantería, Carabi- 
neros y Guardia civil, con artilleros é ingenieros. 

El punto de ataque elegido por los carlistas era el obligado cerro 
de Gárate, cuya cima alcanzaba próximamente la altura del castillo; 
pero desde donde no se podía abrir brecha en la muralla, á causa de 
tener que emplear tiros muy fijantes. Por esta causa, el plan concebido 
y acordado en consejo, fué construir dos baterías, una en Gárate, que 
se artilló con seis cañones y dos morteros, y otra Batería, baja, lo más 
rasante posible, á unos trescientos metros , de la. que se encargó el 
bravo Coronel Rodríguez Vera; la de Gárate la mandaba el no menos 
bravo Teniente Coronel Torres. La dirección en Jefe se confió á los 
coroneles de Artillería D. Luis de Pagés y D. Alfonso de Borbón, Conde 
de Caserta. 

Con el fin de ahorrar en lo posible la sangre de las tropas en el pro- 
yectado asalto, hubo de pensarse en facilitar la apertura de la brecha 
(por la cual habían de lanzarse los batallones) por medio de la dina- 
mita. 

^adie más á propósito para el caso que el antiguo Teniente de Na- 
vio D. Fernando Carnevali, que pertenecía al Tren de Sitio, que había 
hecho estudios y ensayos sobre aquella nueva arma de guerra, y que 
estaba dotado de una sangre fría y un valor á toda prueba. 

Consultado el plan concebido con Don Carlos de Borbón, no sola- 
mente fué aprobado en todas sus partes, sino que dicho Augusto Señor 
se puso acto seguido en marcha para tomar parte en la operación, 
como lo había hecho siempre en todos los principales empeños de sus 
tropas, llegando á la línea de sitio acompañado del Jefe de su Cuarto 
Militar, el veterano y heroico Teniente General D. Rafael Tristany, 
y del infatigable Comandante General de Artillería D. Juan María 
Maestre. 

Dispuestas así las cosas, preparados los cartuchos de dinamita (un 
centenar próximamente) y enjcerrados en un saco de lona, dispuso 
Carnevali que dos artilleros le acompañaran para conducirlos. Al pre- 
guntar en las baterías si había dos que quisieran prestar voluntaria- 
mente tan arriesgado servicio, dieron un paso al frente todos los arti- 
lleros, por lo que, para que ninguno pudiera quejarse, se sorteó á los 
dos valientes que habían de acompañar al bravo Carnevali. Esto ha- 
bla muy alto en favor de aquellos voluntarios carlistas, que deseaban, 
llenos de entusiasmo, ofrecerse como víctimas en defensa de la Causa, 
pues teniendo que atravesar más de doscientos metros al descubierto, 
era casi seguro el peligro de muerte que arrostraban, si eran vistos- 
desdé la muralla. 




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— 280 — 

Avanzada, pues, la noche del 13 de Mayo, descendieron los dos 
animosos artilleros, cargados con el peligroso saco de cartuchos de di- 
namita y precedidos por el Teniente Coronel Carnevali, quien llevaba 
la mecha y se apoyaba en la horquilla de la cual había de suspenderse 
el saco y descansarlo en el mismo muro. Sabedoras l.as fuerzas carlis- 
tas de cuanto se proyectaba y se estaba verificando en aquellos mo- 
mentos, es indecible la incertidumbre, el temor y la esperanza, á la 
par, con que latían todos los pechos. Transcurrió media hora, trans- 
currió luego otro tanto en el más profundo silencio, y poco antes de 
amanecer oj-óse un formidable estampido, seguido de prolongadas des- 




D. MARIANO TORRES 

cargas, cuyo ruido hizo prorrumpir en burras á las tropas sitiadoras. 
La obscuridad de la noche impedía conocer la entidad del daño cau- 
sado, y al mismo tiempo se desconocía la suerte que pudiera haber 
cabido al heroico Carnevali y á sus dignos acompañantes. 

Por fin arribaron los tres, sanos y salvos, á Gárate, refiriendo que 
su tardanza había consistido en que al llegar casi á tocar la puerta, el 
centinela colocado sobre ella en la muralla sintió ruido de pasos y dio 
el quién vive; por cuya razón, y para desorientarle, se guarecieron como 
pudieron en los salientes del terreno, y así estuvieron más de media 
hora, al cabo de la cual el mismo Carnevali colocó el saco en la horqui- 
lla, prendió fuego á la mecha y volvió sobre sus pasos rápida y silen- 
ciosamente. 

La primera parte del programa estaba cumplida. La segunda co- 



— 281 — 

menzó en el momento preciso de distinguirse al amanecer los objetos; 
descubierta la brecha abierta por la dinamita, rompió inmediatamente 
el fuego sobre ella el Coronel Rodríguez Vera con los cañones de su 
Batería, mientras lo hacía el Teniente Coronel Torres con los suyos so- 
bre el castillo, y con sus morteros sobre la población. 

Ardía el entusiasmo en todos los corazones; Don Carlos, situado en 
posición conveniente, seguía con sus anteojos las peripecias del fuego; 
el castillo se defendía tenazmente con sus piezas, y la Infantería con 
sus fusiles coronaba la muralla y una fuerte barricada que con inteli- 
gencia y gran exposición habían construido los Ingenieros liberales 
para cubrir la brecha. Tronaban sin cesar los cañones, á cuyo ruido, 
que se oía distintamente desde San Sebastián, apareció ante las posi- 
ciones carlistas la Escuadra del Cantábrico, que vino á aumentar el 
fragor del combate con la voz de su Artillería de grueso calibre. En- 
tonces el Teniente Coronel Torres que no podía contestar bien al fuego 
de los barcos de guerra, porque no daban suficiente campo de tiro las 
cañoneras de su Batería, para hacer frente á un mismo tiempo á los 
fuegos del Castillo y á los de los buques, mandó sacar dos piezas With- 
wort de la Batería, y mientras las demás continuaban el combate con 
la Artillería del Castillo, el bravo Torres, á pecho descubierto, cruzó 
sus fuegos con los de la Escuadra, sosteniendo singular combate que 
elevó á un alto grado el concepto de su serenidad y bizarría, y que le 
valió el ascenso, como á Carnevali su arrojo de aquella noche. 

La Escuadra hubo al ñn de retirarse con los heridos y con bastan- 
tes averías, á su fondeadero ordinario de San Sebastian, á eso del ano- 
checer. Por la noche recibió la plaza algunos refuerzos: pero al amane- 
cer del 15, creyendo los carlistas practicable la brecha, lanzaron dos 
batallones á la carrera sobre ella, con el mayor ímpetu. No fué menor 
la obstinación empleada por los defensores, hasta que se retiraron los 
asaltantes, convencidos de que la brecha no estaba en tan buen estado 
como suponían; tales fueron los trabajos realizados en ella por los sitia- 
dos, dirigidos por el inteligente Cuerpo de Ingenieros. Al día siguiente 
volvió á repetirse el cañoneo, así como el 17; pero el 18 fué imposible 
ya continuar, y se desistió de otros asaltos, por imposibilidad material 
de romper la nueva manipostería con que los Ingenieros liberales ha- 
bían reemplazado la antigua. 

Tal fué la embestida contra Guetaria, sin éxito^ más que por nada 
por el escaso calibre de los cañones carlistas (de siete y medio centí- 
metros), no consiguiéndose por ello romper del todo el muro de a villa 
á pesar de lo brillantemente que se intentó abrir camino para la Infan- 
tería. 



— 282 — 

Las pérdidas del enemigo faeron de nueve muertos, diez y nueve 
heridos y cuarenta contusos; ocho casas quemadas y casi todas inhabi- 
tables ya, á causa de cerca de dos mil proyectiles que se arrojaron so- 
bre Guetaria. 

Con el sitio de Guetaria coincidió el levantamiento de la línea del 
Oria, por el Ejército liberal, y por consiguiente, ya no volvió á ensan- 
grentarse por aquella parte el suelo de Guipúzcoa, por más de que la 
guarnición de Guetaria viviera, hasta la terminación de la guerra, 
como prisionera dentro de sus muros, hostilizada constantemente por 
las fuerzas sedentarias del Ejército carlista. 




D. ELIGIÓ BERRIZ 



Capítulo XXIV 



De la guerra en Vizcaya duninte los manidos, en dicha provincia, de 
los genérate s carlistas Marqués de Valde Espina y I). Elido Bé- 
rriz. — Combates de Arraiz, Algorfa, Monte-Abril, Ramales y Arbo- 
lancha. — Asalto del Castillo de Ax2)e. 

No negaremos que el Ejército liberal había ganado mucho, moral- 
mente se entiende, con el levantamiento del sitio de Bilbao; 
pero ni esto fué á expensas de la pérdida moral experimentada por los 
carlistas, ni la situación de la villa ni de sus tropas varió. muy sensi- 
blemente. Tan sólo consiguieron los liberales adelantar su linea dentro 
do la carlista, pues, por lo demás, cada vez que la guarnición avan- 
zaba nunca era impunemente, sino á costa de reñidos combates, te- 
niendo que regresar á sus acantonamientos y al abrigo de sus defen- 
sas. En realidad no hubo más que un cambio de posiciones: los liberales 
estudiaron bien las alturas que habían ocupado los carlistas durante 
el sitio, y combinaron una línea tal de fuertes que en lo sucesivo no 



— 2.S4 — 

pudieran los carlistas repetir otro bombardeo. Esta y no otra fué la 
ventaja que con el levantamiento del sitio de Bilbao alcanzó el ejército 
liberal, asi como la ocupación de Algorta y Portugalete les abría sus 
comunicaciones con el resto de España. 

El Cuerpo de Ingenieros del Ejército liberal, cuya actividad é inte- 
ligencia hemos elogiado siempre, eligió las alturas de Axpe, Santo Do- 
mingo y Monte-Abril, y en frente la de Cobetas, para construir verda- 
deras fortificaciones, que artillaron convenientemente, dominando des- 
de el valle de Arica los nuevos atrincheramientos carlistas. 

A su vez, éstos siguieron dueños del monte Ollárgan, la Peña, 
Alonsótegui y Arraiz, que coiííinuaban dominando los antiguos reduc- 
tos de Miravilla y del Morro, así como el alto de Santa Marina, situado 
á medio tiro de fusil de la principal de las fortificaciones liberales, ó 
sea de Monte Abril. 

La guarnición de Bilbao quedó constituida por entonces con los re- 
gimientos de Saboya y Gíilicia, batallones de África y Albuera, cara- 
bineros y forales; sus fueizas disponían de cañones de á 12 y 16 centí- 
metros^ y estaban al mando del General Morales de los Ríos y de los 
brigadieres Zenarruza y Cassola. 

La División carlista de Vizcaya había quedado reducida á seis ba- 
tallones (por la salida de la Brigada Fontecha para Navarra)^ bajo las 
órdenes del arrojado General Marqués de Valde-Espina, que no se 
daba un punto de reposo para molestar continuamente con sus fuegos 
las posiciones liberales, ya que no le era dado intentar operaciones 
más serias por razón de lo mermado de sus fuerzas. Durante su man- 
do, ó sea hasta Septiembre, no pudieron llevarse á cabo más ataques 
que los del 26 de Agosto en Arraiz y los de los días 6 y 30 de Septiem- 
bre, en que la guarnición hizo una salida en la dirección ya citada y 
otra por la parte de Algorta. 

Divididas tenía sus fuerzas Valde-Espina, pues por su extrema iz- 
quierda le amenazaba constantemente una División liberal al mando 
del General Villegas, llegando por los valles de Mena y Losa hasta el 
mismo Valmaseda; así es que el general carlista hubo de limitarse á 
una forzosa defensiva en ambos puntos, y á procurar, consiguiéndolo 
en efecto, que no adelantaran los liberales en terreno carlista una sola 
pulgada desde sus nuevas líneas. 

Importante era el objetivo que se propuso el General enemigo Mo- 
rales de los Ríos en Agosto de 1874, cual era la ocupación del altó de 
Arraiz, dominante sobre Larrasquitu y la línea de trincheras levanta- 
das por aquella parte, proponiéndose á toda costa hacerse con ella. 
Salió, pues, una fuerte columna de Bilbao, apoyada en el fuerte de 



— 285 — 

Cobetas por una parte, y al mismo tiempo otra columna, no tan nume- 
rosa, se dirigió desde Monte- Abril hacia Santa Marina, á fin de que los 
batallones carlistas de uno y otro lado de la ría no pudiesen auxiliarse 
mutuamente. Firme en su puesto defendió Arraiz el Batallón de Bilbao 
contra fuerzas muy superiores, pero el empuje del enemigo en el pri- 
mer momento consiguió rechazarlo: á punto estuvo, pues, el General 
liberal de conseguir su intento, y á punto estuvo también de ordenar 
el avance de sus reservas que custodiaban en la carretera la Artillería 
gruesa que proyectaba emplazar en Arraiz. Pero no ocultándose este 
objetivo al intrépido jefe Maidagán (quien había sustituido en el man- 
do del Batallón de Bilbao al no menos bravo Fontecha), pudo lograr, 
en un vigoroso empuje á la bayoneta, rechazar en toda la línea á sus 
contrarios, que ya se creían victoriosos, consiguiendo encerrar á gran 
parte de ellos en el cercano reducto de Cobetas, y á la reserva con la 
Artillería en Bilbao. 

Como consecuencia de esta acción estableciéronse definitivamente 
los carlistas en Arraiz^ donde construyeron un fuerte reducto capaz de 
alojar desahogadamente dos compañías, bajo la inteligente dirección 
de los Ingenieros carlistas. 

El lacónico parte oficial decía así: «Deseando el enemigo apoderar- 
»se de Arraiz, salió el General Cassola y lo ocupó en el primer mo- 
»mento; Arraiz domina Larrasquitu. El Batallón de Bilbao defendía la 
>; altura y casa llamada del Caramelo, y el enemigo adelantaba sus 
»masas apoyándose en su reducto de Cobetas, amagando al mismo 
»tiempo Santa Marina. DesiDués de dos horas y media de fuego se lan- 
»zó Bilbao á la bayoneta y los hizo retirar. Las pérdidas de los carlis- 
»tas fueron un capitán y cinco voluntarios heridos. Los liberales en 
»cambio retiraron á Bilbao once heridos (entre ellos dos oficiales) y 
»tres soldados muertos.— Valde Espina. y> 

Tenaz el enemigo en apoderarse de la importante posición de 
Arraiz, volvió á atacar á los cariistas en el mes de Septiembre. Empe- 
zó, como en el ataque anterior, apoderándose de la casa del Caramelo; 
pero fué rechazado, como entonces, por las dos solas compañías que 
guarnecían el fuerte carlista en construcción. 

Habiendo cesado en su mando el noble Marqués, por haber sido 
nombrado Ayudante de Campo de Don Carlos, fué sustituido por el 
Brigadier Bérriz, de quien daremos aquí algunos apuntes biográficos^ 
como hicimos con Valde-Espina al encargarse de los batallones vizcaí- 
nos cuando el sitio de Bilbao. 

D. Elicio Bérriz había nacido en 1827, y era Teniente Coronel del 



— 286 — 

Cuerpo de Artillería cuando la Revolución de 1868, habiendo obtenido 
por méritos de guerra los empleos de Capitán, Comandante, Teniente 
Coronel y Coronel de Ejército-, había peleado en defensa del poder 
constituido en 1848 en Madrid, en 1854 en Sevilla, y en 1856 y 1866 
en Madrid; había servido también en Filipinas, Cuba y Puerto-Rico; 
se había distinguido en la guerra de Santo Domingo y en la subleva- 
ción ocurrida en Puerto-Rico en Abril de 1855, penetrando sólo por en 
medio de los fuegos de los sublevados en el Castillo y haciéndoles 
frente á balazos hasta la llegada de las tropas leales; finalmente, cuan- 
do la insurrección de Lares (Puerto-Rico) tuvo la suerte de sofocar en 
pocos días con las fuerzas á sus órdenes aquel movimiento separatista, 
desempeñando con gran tacto y energía el mando político y militar 
del distrito de Ponce. En el campo carlista había sido el primer Co- 
mandante General de Artillería y se había ya distinguido en las bata- 
llas de Monte-jurra, Somorrostro y San Pedro Abanto. 

Las operaciones más importantes llevadas á cabo durante el perío- 
do del mando de Bérriz en Vizcaya, fueron las de Algorta, Ramales, 
Arbolancha y el asalto del castillo de Axpe. 

En dos brigadas dividió sus batallones el nuevo Comandante Gene- 
neral caHista: una al mando del Brigadier Ormaeche próximo á Bil- 
bao, y la otra con el Brigadier Echévarri en la línea de Valmaseda, 
amagada y en constante fuego esta última con el infatigable General 
liberal Villegas, quien al frente casi siempre de ocho batallones con la 
correspondiente Artillería y Caballería hacía frecuentes excursiones 
desde Medina de Pomar por los valles de Losa y Mena, corriéndose 
hasta la misma capital de las Encartaciones. Establecido Berriz en su 
Cuartel General de Galdácano, con su Jefe de Estado Mayor el Briga- 
dier D. José S. Fontecha, con su compañía de guías y algunas otras 
acudía indistintamente á reforzar el punto más amenazado, por su de- 
recha ó por su izquierda, debiendo advertir que ya disponía por esta 
época el caudillo carlista de ocho batallones vizcaínos, el asturiano y 
á veces también de algunos castellanos. 

Apenas hecho cargo del mando tuvo un reñido encuentro con las 
tropas que de Bilbao salieron en dirección de Ortuella. Tocó hacer 
frente á los liberales al Batallón de Bilbao^ que logró rechazar al ene- 
migo causándole un muerto y once heridos. 

La acción de Algorta, ocurrida el 26 de Octubre, fué más seria. 
Los batallones de Guernica y Orduña, al mando del Brigadier Ormae- 
che, defendían las trincheras que cubrían la línea desde Munguía y 
Lejona á Zamundio y Larrabezúa. 

La columna liberal se componía de cuatro batallones al mando del 



— 287 — 

Brigadier Cassola, y su objetivo principal era destruir los atrinchera- 
mientos carlistas por la parte de Algorta, ó sea los construidos princi- 
palmente frente al cerro de Axpe, Lejona y montes de Berango. Salió, 
pues, el Brigadier liberal de Algorta, acompañado de los batallones de 
Saboya y Galicia, siguiéndole á poco los demás. En el primer momen- 
to, como era muy extensa la línea de los atrincheramientos carlistas, 
y en su defensa sólo había pequeños destacamentos en observación del 
enemigo, se apoderó Cassola de la mayoría de aquellos, distinguiéndo- 




D. ANDRÉS ORMAECHE 

se en el avance el Batallón de Saboya que atacó de frente la posición 
dominante de Sopelana. Al oir el fuego acudió presuroso el jefe carlis- 
ta con los batallones de Guernica, Orduña y Bilbao equilibrándose 
entonces el combate que había comenzado, como hemos dicho, con la 
retirada de algunas compañías carlistas. Reforzado á su vez Cassola 
con el Batallón de Albuera y algunas compañías más, volvió á atacar 
á los carlistas, pero éstos lograron ya rechazarle haciéndole perder 
12 muertos, 3 oficiales y 33 soldados heridos y contusos y 15 extravia- 
dos, según la Narración militar de la guerra carlista, redactada por 
el Cuerpo de Estado Mayor del Ejército. 



— 288 — 

A propósito de la acción de Algorta, el Sr. Pirala en su Historia 
contemporánea dice textualmente: «Peleóse bizarramente más con la 
«bayoneta que con el fuego, distinguiéndose sobre todo Saboya, cuyos 
«soldados impidieron la derrota del Ejército liberal.» 

El ataque de los carlistas á Ramales y su entrada en Guardamino 
tuvo lugar en los primeros días de Febrero de 1875. Hallábase el jefe 
carlista Gorordo al frente de dos batallones (uno de ellos el Asturiano 
. con su intrépido jefe Hurtado de Mendoza), ocupando las posiciones 
avanzadas de la línea de Valmaseda, y creyéndose superior á las fuer- 
zas enemigas que ocupaban Bortedo y el monte Celadilla, rompieron 
la marcha y el fuego á la vez ^ntra esta última posición. 

Sorprendidos y cercados po.^^ todas partes los liberales, hubieron de 
retirarse, dejando 24 prisionero! en poder de los carlistas y llevándo- 
se herido al jefe que los mandaba. El General Villegas con fuerzas 
considerables por una parte y el Comandante General carlista por otra 
con 4 batallones (entre ellos el 3.*^ de Castilla), acudieron en formal 
empeño, romi^iendo los carlistas el fuego de fusil y cañón contra el 
fuerte de Ramales. Tan bravo fué el ataque como sostenida la defen- 
sa, por lo que los carlistas tuvieron que contentarse con entrar en 
Guardamino, poniendo la noche fin á la pelea y volviendo ambas tro- 
pas beligerantes á sus anteriores posiciones y acantonamientos. 

Con varia fortuna vemos que seguía por aquel entonces la guerra 
en Vizcaya, defendiendo unos sus fortísimas posiciones de la invicta 
villa, y los otros sosteniendo sus líneas atrincheradas que los liberales 
no osaban invadir, sino rara vez j á costa de inmensas pérdidas; así es 
que el afán de los generales de ambos ejércitos era el de tener cada 
cual en constante alarma á su contrario y foguear sus tropas, pues es- 
taban mutuamente convencidos de lo imposible que les era posesionar- 
se de Bilbao á los unos y separarse de sus muros á los otros, ni aún 
para racionarse. 

Entre las posiciones atrincheradas de Monte Abril y Santa Marina 
existían unas casas llamadas de Arbolancha, al abrigo de las cuales 
podían acercarse los que guarnecían las primeras y sorprender á los 
de las segundas. Por este motivo, y por los cañoneos que los liberales 
dirigían sobre los indefensos pueblos del valle de Asúa, el General car- 
lista Berriz se propuso destruirlas. Con este fin reunió sigilosamente 
sus batallones, ordenó al bravo Teniente de navio D. Fernando Car- 
nevali que á 400 metros situara una batería compuesta de dos piezas 
de Montaña y dos Vavasseur de O centímetros, y se dispuso'el ataque, 
dirigido personalmente por el Comandante General carlista, en el mo- 
mento en que los preparativos estuvieran terminados. Los liberales 



— 28ti — 

no se apercibieron de los trabajos, por verificarse éstos de noche, y el 
día 26 de Febrero, al amanecer, rompió el 'fuego Carnevali sobre las 
casas, ocupando ya los batallones carlistas escogidas posiciones, que- 
dando el valiente Coronel López en Santa Marina. 

El General enemigo salió entonces de Bilbao tras del Brigadier Me- 
deviela que le precedía, con dos nutridos batallones (entre ellos el de 







D. FERNANDO CARNEVALI 



forales), y pasando de los altos de Santo Domingo á los de Monte 
Abril, atacaron con denuedo la posición de la Cantera y la Ermita. 
Recibiéronles á pie ñrme los batallones 5.'^ y 6." de Vizcaya, y los libe- 
rales fueron rechazados hasta los mismos fosos del reducto de Monte 
Abril: el parte oficial carlista dice así: «En este immer movimiento fué 
«instantáneamente rechazado el enemigo y forzado á refugiarse en sus 
»defensas, distinguiéndose por su notable energía en tal trance cuatro 
«compañías del 5.'' que llegaron casi A tocar las obras del fuerte de 
» Abril, sin poder contenerse en el vigoroso impulso de su ataque.» 

Realizada la primera parte de su plan, mandó Bérriz retirar las 
piezas gruesas y simular una retirada para atraer al enemigo y conti- 
nuar el combate, porque los liberales en número de tres batallones se 
lanzaron en brusco ataque contra Santa Marina. Recibiólos allí digna- 
mente el Coronel López, mientras el mismo Bérriz les atacaba por el 

19 



— l90 — 

centro y el Brigadier Echevarri no perdía un palmo de terreno eñ la 
extrema izquierda, de modo que la acción se generalizó Los batallo- 
nes carlistas de Orduña, Guernica y Somorrostro cayeron como un 
alud sobre los arrojados torales, y éstos se vieron obligados á refugiar- 
se al amparo del fuerte, aunque no sin disputar á los carlistas el éxito 
con un valor que imparcialmente reconocemos y consideramos digno 
de todo elogio. 

La Narración militar de la guerra carlista, escrita por ilustrados 
Oficiales de Estado Mayor, dice á propósito de este hecho lo siguiente: 
«Terrible fué este momento y se luchó con furor por ambas partes, 
«consiguiendo los forales romper el círculo en que les había estrechado 
»el enemigo. Hubo grandes rasgos de valor, habiendo tenido en aquel 
«momento 4 oficiales y 11 soldados muertos.» 

La noche también puso entonces término á tan sangrienta jornada, 
perdiendo los liberales 3 oficiales y 18 soldados muertos, y 8 oficiales 
y 120 individuos de tropa heridos y contusos. Las pérdidas carlistas 
fueron también numerosas, y según el parte oficial ascendieron á 4 ofi- 
ciales y o voluntarios muertos, y 2 oficiales y 29 voluntarios heridos. 
El General liberal añade en su parte oficial lo que sigue: «Los carlistas- 
»se batieron bien y á pecho descubierto, por lo que calculo que susba- 
»jas ascenderían á algunos muertos y á ICO heridos.» 

Xo entraba seguramenta en los planes del General carlista Bérriz 
el apoderarse de un modo permanente del castillo de Axpe, que si bien 
por su posición dominaba la orilla derecha de la ría, pudiendo hasta 
estorbar á veces las comunicaciones de Bilbao por el mar, en cambio 
era sobremanera evidente que el enemigo intentaría los imposibles á 
fin de recuperarlo (para lo cual le sobraban fuerzas y recursos), aun- 
que no hubiese sido más que por evitar el desastroso efecto moral que 
habría hecho en toda la í]spaña liberal la posesión por parte de los 
carlistas de un faerte tan cercano á la villa de Bilbao. Por otra parte 
los carlistas no estaban tan sobrados de tropas como para poder dis- 
traer un par de batallones en la conservación definitiva del castillo de 
Axpe: por tanto, el asalto y toma del citado fuerte fué mcis que nada 
como un mentís dado á los que suponían muerto el entusiasmo carlista, 
á principios de 1875. 

Guarnecían el castillo de Axpe un jefe,, 4 oficiales y 118 soldados de 
Infantería y Artillería, sirviendo los de esta iiltima arma dos cañonea 
rayados, uno de á 12 y otro de A 16 centímetros. 

La idea del asalto partió del denodado Jefe del Batallón carlista de 
Arratia, el Teniente Coronel don Eulogio Isasi, y previa consulta con 
el Comandante General Berriz, dispusieron: aquél el número de volun* 



— 291 — 

tarios que le habían de acompañar, y éste los batallones que habían de 
sostener y ayudar tan arries^^ada empresa. 

El servicio de vigilancia no debería hacerse con todo rigor en el 
fuerte liberal, cuando en la tempestuosa noche del 12 de Abril franqueó 
un grupo de 80 carlistas el glacis y el foso, y dando muerte á los cen- 
tinelas, se apoderó como por ensalmo de toda la guarnición, cuyos sol- 
dados, presa del mayor pánico, se arrojaban de los parapetos cuando no 
caían al impulso de las bayonetas de los asaltantes. Únicamente el Ofl- 
cial de Artillería y algunos pocos soldados hicieron frente con la ma- 
yor decisión á los carlistas, no aventurando á nuestro juicio nada al 
hacer esta afirmación, toda vez que habiéndose formado sumaria des- 
pués del suceso, solamente resultó absuelto el Oficial de Artillería. 

Al amanecer ondeaba la bandera de Don Carlos de Borbón en el 
castillo y el Comandante General liberal de Vizcaj^a D. Crispín Xime- 
nez de Sandoval acudía apresuradamente con cuantas fuerzas y caño- 
nes pudo reunir en el primer momento para reconquistar la perdida 
fortaleza. 

A la falda del monte colocó sus fuerzas que rompieron seguidamen- 
te el fuego sobre el rebelde castillo, aunque con poco éxito. 

Los cañones de los cercanos fuertes liberales hicieron lo mismo; pero 
si el intento de los carlistas hubiera sido conservar Axpe, es seguro que 
tiempo y gente en abundancia habría costado á los liberales recupe- 
rarlo. Mientras tanto los carlistas, decididos á abandonarlo, se lleva- 
ron consigo el cañón de á 12 centímetros, trataron de inutilizar el de á 
16, cuyo excesivo peso y la carencia de caminos les impidiera transpor- 
tarlo, lleváronse asimismo 80 prisioneros y gran cantidad de municio- 
nes de cañón y de fusil, y dejaron, en fin, dentro del fuerte, como tes- 
tigos de su arrojo, 15 cadáveres enemigos. 

El parte oficial carlista dice así: «Como resultado del plan cjue te- 
»nia proyectado, hoy, á las cuatro de la mañana, ha sido tomado por 
«asalto el castillo de Axpe por 80 voluntarios del denodado Batallón 
»de Arratia, al mando de su bizarro y arrojado Teniente Coronel 
»Ysasi. Han quedado prisioneros en nuestro poder 3 oficiales y 80 sol- 
»dados, habiéndoles causado 15 muertos, cogido dos piezas rayadas, 
»una de 1(^ y otra de 12 centímetros, gran cantidad de municiones de 
»cañón y fusil, y bastantes comestibles. Nuestras pérdidas son iin Te- 
• niente y cinco voluntarios muertos, y un Capitán y tres voluntarios 
«heridos. — Bérriz.y> 

Don Carlos de Borbón contestó telegráficamente lo que sigue: «El 
»Rey agradece á sus queridos vizcaínos la toma del castillo de Axpe y 
«encarga á V. E. felicite en su nombre al Coronel Ysasi y á todos 



— 292 — 

»]os bravos que han asistido á aquel brillante hecho de armas.» 
La versión de la Narración militar de la giierra carlista difiere 
bien poco del parte oficial carlista, y hasta detalla más las pérdidas 
liberales, pues coincide en el número de las bajas y añade que los 
carlistas se apoderaron de 122 granadas, 10 botes de metralla, 106 car- 
tuchos de cañón y 60,000 de fusil, y que destruyeron parapetos y trin- 
cheras. 

A mediados de Abril cesó en el mando carlista de Vizcaya D. Eli- 
do Bérriz, ascendido poco antes á Mariscal de Campo y nombrado 
Ayudante de Campo de Don Carlos de Borbón, quien destinó en su lu- 
gar al veterano General D. Fulgencio Carasa: pero la importancia de 
los hechos realizados por este último Comandante General carlista de 
Vizcaya merece capítulo aparte, y otro día nos ocuparemos. Dios me- 
diante, de sus operaciones militares en aquella azarosa época que pre- 
cedió á la terminación de la pasada guerra civil. 




D. GENARO QUESADA 



Capítulo XXV 

Defección de Cabrera. — El General Quesada al frente del Ejército del 
Norte. — Expediciones, sorpresas ij cor reinas. — Lamentable suceso 
de San Martin de ünx. 



TIEMPO hacía que se venía tramando una conspiración, que tal vez 
hubiera llegado á debilitar algo al Carlismo si hubiese figurado 
al frente de ella otra personalidad de más confianza que la que podía 
inspirar el héroe de la primera guerra civil D. Ramón Cabrera. Y sen- 
tamos esta premisa, porque aún antes de pensarse por algunos en que 
dicho General pudiera sustituir al espejo de caballeros D. Joaquín 
Elío, ya teníamos formado nuestro juicio sobre la representación de 
aquel viejo caudillo en nuestros días. 

En efecto: no era un secreto para nadie que los años transcurridos 
desde 1848, por un lado, el casamiento de Cabrera con una protestante 
por otro, y más que nada, quizás, la atmósfera tan liberal de Inglaterra, 



— 294 — 

habían modificado en gran manera los sentimientos del antigao Gene- 
ral carlista del Maestrazgo. 

Cabrera, sorprendido por la Revolución de 1868, y requerido por 
Don Carlos de Borbón, quien creyendo poder contar con él le ofreció 
el primer puesto á su lado para ponerse á la cabeza del Carlismo, hizo 
con sus veladas respuestas, primero, y con sus crudezas después, que 
Don Carlos prescindiera de sus servicios, como hubo de declararse en la 
célebre Junta de Vevey. La intuición de Don Carlos vio claro en un 
asunto como este en el que tantas eminencias se engañaron; sin duda 
la Providencia velaba por la causa carlista, pues si Cabrera se hubiera 
colocado al fin al frente de las huestes carlistas, quizás hubiera resul- 
tado un convenio de peores consecuencias para éstas que el pactado 
por Maroto. 

Solicitado Cabrera por entidades de todos los partidos, desde los 
republicanos de Pí y Margall hasta por algunos jefes y oficiales de Ar- 
tillería que cuando la disolución del Cuerpo llegaron como á pensar, si 
bien sólo por un instante, en el antiguo guerrillero, para obtener paz y 
tranquilidad, no supo ó no quiso soltar prenda el caudillo tortosino 
hasta el año de 1875. Todavía por entonces había muchos carlistas de 
buena fé que creían que una vez hechas las paces entre el señor y el 
subdito, podía llegar un momento en que la figura de Cabrera debiese 
acudir á la contienda al frente del Ejército carlista. 

Sin embargo, esto no dejaba de ser una lamentable equivocación: 
sus antiguos partidarios, porque le conocían, y los que no sabíamos de 
él más que el relato de sus hazañas y de sus faltas, no podíamos ver 
con gusto que nos mandara, y que sustituyera al leal y caballeroso 
General Elío, un hombre que, como Cabrera, había hecho la más cruda 
guerra á sus antiguos compañeros y que sabiendo que su sola presen- 
cia al lado de Don Carlos de Borbón podía influir grandemente en la 
marcha de la guerra, dejaba no obstante pasar tanto tiempo sin tomar 
parte en la campaña. Además, empapados en la lectura de la primera 
guerra civil, no encontrábamos al guerrillero de Tortosa tan puro como 
algunos querían presentárnoslo. No recordamos la fecha; pero en la 
plaza de San Juan, de Estella, hallábanse reunidos un día algunos je- 
fes carlistas comentando precisamente la noticia que corría por muy 
válida, en aquella época, de que el General Cabrera iría pronto á en- 
cargarse del mando en jefe del Norte en sustitución del General Elío, 
que se hallaba enfermo y achacoso; pues bien, como no nos duelen 
prendas, recordaremos aquí que el que esto escribe, al oír los encon- 
trados pareceres que se emitían en el grupo de aquellos compañeros, 
(casi todos los cuales viven todavía), dijo estas ó parecidas palabras 



— 295 — 

que merecieron el asentimiento de los demás: «Yo no creo en el actual 
«carlismo de D. Ramón Cabrera; yo, como militar y carlista, acataré 
»y respetaré cuanto mande Don Carlos de Borbón; pero como abrigo 
» la íntima convicción de que sustituido el leal y consecuente Elío por 
»un hombre como Cabrera ¡remos á una disolución vergonzosa, pediré 
«respetuosamente mi licencia y marcharé á Francia, pues no quiero 
«contribuir á lo que considero seria muerte deshonrosa del Ejército 
^carlista. El General Eüo tiene una brillante historia, es un digno re- 
» presentante del noble espíritu que alentaban sus compañeros de glo- 
»rias y fatigas en el Ejército del inmortal Zumalacárregui, y si alguna 
»vez se ha equivocado, ha dejado siempre puestos á gran altura su ca- 
»ballerosidad, su valor, su afán de sacrificarse por la Causa^ haciendo 
»por el triunfo cuanto ha podido. En cambio dudo que sea muy firme 
»el carlismo de Cabrera, y dudo, en fin, de la lealtad de un General 
»como éste que, conociendo el prestigio que aún tiene entre muchos, 
»no ha arrojado hace ya largo tiempo en la balanza de la contienda y 
»en favor de nuestra Causa, lo mucho ó poco que pueda valer la nom- 
'»bradia que, bien ó mal, logró adquirir en las guerras pasadas. ¡Es 
»tarde ya para que venga á mandarnos Cabrera!» 

Pero aún prescindiendo de todo esto, tenía Cabrera en su historia 
algunos lunares que deslustraban los laureles que alcanzara en los 
campos de batalla y como entendido y afortunado organizador de ca- 
talanes, aragoneses y valencianos. Uno de los hechos que obscurecen 
la fama de Cabrera, lo fué, en nuestro sentir, el gran número de per- 
sonas que sacrificó en desagravio del fusilamiento de su inocente ma- 
dre. Indudable es que hay que tener muy en cuenta las pasiones hu- 
manas y conceder, como desde luego concedemos, que en el primer 
momento, dominado y enloquecido por su sentimiento dio la orden de 
fusilar á todos los enemigos que se encontraban en su poder; todo esto 
podría tener una explicación, si en el momento de verse cara á cara con 
el que suponía matador de su madre hubiera concluido también con él, ó 
por lo menos hubiera hecho lo posible por vengarse en él, como se ha- 
bía vengado en tantos infelices. Pero no fué así: en Londres se encon- 
traron emigrados, después de los acontecimientos de 1843, los genera- 
les Cabrera y Nogueras, y no sabemos que entre los dos mediara ningún 
altercado, y menos que se desbordase el odio con que el primero debió 
mirar al segundo, dados los antecedentes del caso y habiéndose visto 
privado de su santa madre par razones exclusivamente políticas. 

Pero volvamos á 1875. El General Cabrera, olvidándose por com- 
pleto de su historia, pactó con el Gobierno de Don Alfonso su recono- 
cimiento absoluto; mas á pesar de sus deseos y los trabajos de sus 



— 296 — 

partidarios, no pudo lograr más que una media docena de adhesiones, 
de personas bien poco importantes, por cierto, siendo tan escaso el 
fruto de su cambio político, lo mismo en el Norte, en donde no era co- 
nocido más que de nombre, que en el teatro de sus antiguas hazañas, 
en Cataluña, Aragón, Valencia y el Í.Iaestrazgo. 

Un distinguido escritor liberal nada sospechoso, D. Saturnino Gi- 
ménez, en su obra Secretos é intimidades del campo carlista, á propó- 
sito de las gestiones que se hicieron constantemente por los liberales 
para que los jefes procedentes del Ejército de D.^ Isabel II abandoná- 
semos las filas del de Don Carlos de Borbón, dice lo siguiente: «Lo qite 
»pasma es que los carlistas no sucumbieran antes con el cúmulo de 
y>asechanzas y redes ciue les tendíamos. La fé ha salvado á ese partido. 
y>¡Ah, si ellos hubieran dispuesto de los cuantiosos é infinitos elementos 
y>de soborno que nosotros poníamos en juego! Es un hecho indudable, 
^indiscutible, cque muchas proposiciones emanadas de nosotros, se han 
»estrellado,para mayor ridiculez nuestra, ante la intransigencia feroz 
y>del enemigo.» 

Volviendo á tomar el hilo de nuestra narración, diremos que desde 
el desastre del Ejército liberal en Lacar, limitáronse los alfqnsinos á 
atrincherarse fuertemente en Monte-Esquinza, sin intentar la más pe- 
queña operación ofensiva en Navarra y únicamente dieron señales de 
vida en Guipúzcoa y Vizcaya, de cuyas operaciones ya nos hemos ocu- 
pado en anteriores capítulos. 

Los carlistas, por su parte, dedicáronse á realizar algunas algara- 
das en terreno liberal, y á fortificarse en la Población y Puertos de 
Herrera y Azáceta, en Estella, Monjardín, Montejurra, Artazu y Santa 
Bárbara de Mañeru, dirigiendo todos estos trabajos el ilustrado Briga- 
dier de Ingenieros Villar y el activo Coronel de Infantería D. Joaquín 
Mendoza. 

A mediados de Febrero cesó en el mando en jefe del Ejército libe- 
ral el Teniente General D. Manuel de la Serna, reemplazándosele con 
el de igual categoría D. Genaro de Quesada, á cuyo lado se puso con 
el cargo de Jefe de Estado Mayor General al Mariscal de Campo don 
Emilio Terrero. 

Era D. Genaro de Quesada hijo del distinguido General Marqués 
del Moncayo, intrépido oficial cuya sangre regó abundantemente los 
laureles de nuestra Independencia y á quien reservó el destino la 
muerte del mártir, inmolado á la impía saña de una turba liberticida 
en el motín liberal de 15 de Agosto de 1836. El nuevo General en Jefe 
del Ejército liberal del Norte, en Febrero de 1875, habíase distinguido 



— 297 — 

durante la primera guerra civil sirviendo en la Guardia Real de In- 
fantería, desempeñando el destino de Ayudante de Campo de su padre 
y ganando la Cruz de San Fernando; Coronel en 1843, hizo la guerra 
contra los montemolinistas de Cataluña; ascendió á Maris.íal de Campo 
en 1853, y mandando la 2.* División del S.er Caerpo del Ejército de 
África ganó el segundo entorchado. Distinguióse peleando frente á la 
Revolución en la famosa jornada del 22 de Junio de 1866, y después 




D. EMILIO TERRKRO 



de la revolución de 1868, permaneció de cuartel y alejado de la polí- 
tica que por entonces influía en los destinos del país. 

El General Terrero procedía del Cuerpo de Estado Mayor del Ejér- 
cito: á poco de salir de su Academia ganóse la más preciada de las re- 
compensas militares, la Cruz laureada de San Fernando, peleando en 
defensa del poder constituido en las calles de Barcelona; siendo ya Ca- 
pitán asistió y tomó parte brillantísima en la gloriosa campaña de 
África, siendo herido en la batalla de los Castillejos. En la última gue- 
rra civil habíase ya distinguido como Jefe de Estado Mayor del Gene- 
ral Moriones; cuando éste dejó el mando en 26 de Febrero de 1874, 
pasó el entonces Brigadier Terrero á desempeñar el cargo de Jefe de 
Estado Mayor del Cuerpo de Ejército del General Primo de Rivera, íi 



— '2dS — 

cuyo lado se batió y fué herido, como aquél, en los campos de Somo- 
rrostro al acometer las trincheras de San Pedro Abanto. 

Al encargai-se el General Quesada del mando en jefe del Ejército 
liberal del Norte, quedó éste organizado en tres cuerpos á las órdenes, 
respectivamente, de los tenientes generales D. Joaquín Bassols, D. José 
Ignacio Echevarría y D. José de Loma; cada Cuerpo de Ejército lo 
constituían dos divisiones, siendo mandadas las seis por los mariscales 
de Campo Rodríguez Espina, Catalán, La Portilla, Fajardo, Villegas y 
Blanco; además había otra división llamada de la Ribera, á cuyo frente 
fiouraba el Brigadier Jaquetot; una Brigada en Medina de Pomar, á 
las órdenes del Brigadier Zenarruza; una División en Vizcaya, man- 
dada por el Mariscal de Campo Salamanca, y sumando las tropas ya 
citadas con las que cubrían guarniciones y otros servicios de no prime- 
ra importancia, así como con las del Distrito militar de Burgos que tam- 
bién dependían del General Quesada, resultaba tener éste á sus órdenes 
un conjunto de 96 batallones, 8 regimientOo de Caballería, 14 baterías 
montadas y 6 de Montaña, con la correspondiente dotación de compa- 
ñías de Ingenieros y de Guardia civil, y un total, aproximado, de 
ochenta mil hombres. 

La situación de las tropas liberales hasta el principio de las opera- 
ciones en Junio, era la siguiente, prescindiendo de las empleadas en 
guarniciones y otros servicios de análoga importancia: el primer Cuer* 
po de Ejército se encontraba en Navarra, por la sierra del Perdón, 
Tafalla, Añorbe y Artajona; el segundo Cuerpo en Monte-Ezquinza y 
Oteiza; una División del tercer Cuerpo en Medina de Pomar, al man- 
do del General Villegas, ó sean ocho batallones, una Batería de Mon- 
taña y doscientos caballos; el resto del tercer Caerpo (trece batallones 
con la correspondiente Artillería, Caballería é Ingenieros) se hallaba 
en Guipúzcoa, á las inmediatas órdenes del General Loma, desde la 
frontera al Crio; la Divisí"ón de Vizcaya cubi'ía la antigua línea de Bil- 
bao y sus fuertes. 

El Ejército carlista compuesto, sobre poco más ó menos, de la mis- 
ma fuerza que tenía ya desde el año anterior, operaba generalmente 
en la siguiente forma: ocho batallones vizcaínos, dos castellanos, el 
asturiano y algún cántabro, en las líneas de Bilbao y Valmaseda; ocho 
batallones guipuzcoanos, en la línea del Oria, San Sebastián y Herna- 
ni; dos ó tres batallones alaveses por las inmediaciones de Miranda de 
Ebro y Vitoria, y el resto de los batallones de Álava, de Castilla y de 
Cantabria, con los doce navarros, en Navarra. 

Mucho se ha hablado por propios y extraños, especialmente por és- 
tos, de la poca ó ninguna iniciativa desplegada por los carlistas en la 



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última guerra. Sin negar en absoluto la creencia de los liberales, pro- 
curaremos poner la verdad en su lugar. 

Por de pronto, sentaremos la premisa, sin temor de que se nos des- 
mienta, de que el primer fundamento de los liberales de buena fe, an- 
tiguos isabelinos, consistía en la natural impaciencia por ver derrocar- 
se lo más pronto posible la República española, con sus cantones, sus 
asonadas, y, por ende, la intranquilidad que en la atmósfera reinaba 
desde que se predicaba la disolución del Ejército única defensa de la 
sociedad, por los más caracterizados jefes de aquel sistema de go- 
bierno. Claro es que entre aquella turba de voluntarios de la libertad 
que originaron las sangrientas jornadas de Jerez, Cádiz, Sevilla, Má- 
laga, Valls y Cartagena; entre los matrimonios de Reus, de que ha- 
blaban los periódicos, y las monsergas y demás impiedades y pertur- 
baciones de algunos diputados constituyentes, entre todo ésto y los 
batallones vascongados, navarros y los de la antigua Corona dé Ara- 
gón que proclamaban á Don Carlos, no había términos hábiles de com- 
paración, así es que creemos firmemente que todas las personas sensa- 
tas suspirasen por un orden de cosas que les trajese, siquiera, la 
material tranquilidad de sus espíritus. 

Recordamos muy bien las continuas alarmas en que, al marcharnos 
A Francia y después al campo carlista, vivían los honrados vecinos de 
Madrid, procurándose armas para defender sus familias y hogares, 
dado el probable caso de la desorganización completa de la colectivi- 
dad, cuya temible amenaza se cernía sobre ellos, y no ya Don Carlos 
de Borbón (que, por lo menos era, al fin y al cabo, para todos un vas- 
tago de estirpe regia y que disponía de algunos batallones bien orga- 
nizados), sino que hasta el Moro Muza, (expresión que por entonces 
estaba muy en boga entre multitud de liberales de abolengo), era pe- 
dido y deseado por la inmensa mayoría de los españoles. 

Su buena fe y su deseo les engañaba sin embargo; aparte de la ex- 
pedición proyectada por el inolvidable General carlista D. Nicolás 
Olio, en 1873, y de la cual hablaremos á continuación, no tenían en 
cuenta que en estos tiempos la guerra no podía hacerse en las mismas 
condiciones que cuando la campaña por Don Carlos María Isidro de 
Borbón, pues las armas de fuego no CDnsumían entonces el prodigioso 
número de cartuchos que en la actualidad, en que los batallones tie- 
nen que marchar por ello con una pesada, pero forzosa impedimenta, 
y aquellos han de contarse por cientos de miles, para las eventualida- 
des de dos ó tres combates; además, los telégrafos y los caminos de 
hierro evitan ó dificultan, por lo menos, las sorpresas, y facilitan la 
concentración en pocas horas de multitud de enemigos, mientras que 



— 300 — 

en 1834 y en 1840 necesitábanse muchos días para lograrlo; y final- 
mente, el deseo platónico de los que querían que se presentara Don 
Carlos en Madrid, y que hubieran sido los primeros en aplaudirle si el 
éxito hubiese coronado sus esfuerzos, era bien conocido por los carlis- 
tas; pere pensaban éstos firmemente que su apoyo no era bastante, y 
no se consideraban garantidos de que en un momento dado no llega- 
sen á transigir y á hacer causa común con los otros liberales, como 
andando el tiempo aconteció. La idea también de que el Ejército car- 
lista sólo era fuerte en las montañas del Norte, de Cataluña y del 
Maestrazgo, se había heclio camino entre los españoles, y si bien no 
negamos que, los carlistas vascongados preferían batirs: en su natural 
terreno, en cambio los de las otras provincias demostraron en la pri- 
mera y aún en la última guerra, que sabían hacerlo en todas partes 
con la misma fé y el mismo entusiasmo. 

Las célebres expediciones délos generales Conde de Negri, Zaratie- 
gui, Guergué, García, Cabrera, Forcadell, y la mucho más famosa del in- 
victoGeneral D. Miguel Gómez, no nos dejarán mentir respecto á la pri- 
mera guerra civil, y aunque no llegaron á formalizarse tantas y tan im- 
portantes expediciones en la última campaña, recordaremos las corre- 
rías del General Férula á Burgos y Calahorra, la del desgraciado 
Coronel Lozano y las que con más elementos se proyectaron en el Es- 
tado Mayor General carlista y que debieron haber mandado el Gene- 
ral Olio, primero, y después el general Cavero, el General Mogrovejo 
ó el General Alvarez. 

El esforzado Caudillo navarro acarició por mucho tiempo la idea 
de un golpe de mano sobre la capital de España. A su juicio, no era 
empresa que ofreciera grandes dificultades en 1873, porque sin fijar- 
nos en más sino en que todo el Ejército enemigo disponible se hallaba 
repartido entre las provincias del Norte, Cataluña, Aragón, Valencia y 
Cartagena, dicho se está que ninguno de sus cuerpos hubiera podido 
abandonar fácilmente su misión para acudir á la defensa de Madrid. 
En cada una de las regiones citadas^ harto hacía el Ejército republi- 
cano con guarnecer plazas y puntos fortificados y tener á raya á los 
carlistas armados en sus respectivos territorios. Limitándonos á las 
Vascongadas y Navarra, creemos no era tan descabellado el plan que 
proponía el entonces Brigadier carlista Olio. Decía, y decía bien, que 
para los veinte mil hombres que á lo sumo podía por aquella época 
reunir en un momento dado el General en Jefe republicano, bastaban 
los veinticinco batallones que podían quedarse en territorio vasco- 
navarro, en esta forma: ocho vizcaínos, seis guipuzcoanos, cuatro ala- 
veses, cuatro navarros^ dos cántabros y un castellano; los restantes, ó 



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sean tres batallones castellanos é igual número de navarros, dos es- 
cuadrones y cuatro piezas de Montaña, eran suficientes, según Olio, 
para ponerse en algunas horas sobre Miranda de Ebro, detener un par 
de trenes y caer sobre Madrid, en donde no se hallaban, por entonces, 
más soldados que los restos de las tropas que operaban en provincias, 
y en cuanto al éxito algo había que dejarse á la Providencia. 

Aún dado caso (seguimos exponiendo el plan de Olio) que hubieran 
sido rechazados los carlistas, lo cual era muy aventurado suponerlo, 
porque las clases todas conservadoras hubieran en aquellas circuns- 
tancias ahorrado á los carlistas la mitad del camino, cansadas de los 
desórdenes federales, aún en ese caso desgraciado quedaba el recurso 
de allegar más fuerzas carlistas de Valencia ó de Castilla, y en último 
caso batallones navarros ó encartados. 

Más visos de expedición que la de Olio, tuvo la que se organizó 
después y que debían acaudillarlos generales Mogrovejo, Al varez ó 
Cavero en 1874 y 1875. Entonces, la dificultad de los cartuchos se ha- 
bía subsanado en parte, pues á más de la mejor dotación de que dis- 
ponían por aquella época los batallones carlistas, aprovechando una 
oportuna combinación con el Ejército del Centro, podrían haber caído 
reunidas sobre Madrid tropas carlistas del Norte y del Maestrazgo. 

¿Y las que pudieron salir á raíz de la batalla de Abárzuza, cuando 
más pujante que nunca la moral del Ejército carlista veía retroceder 
ante sus lineas de Monte-Muru y Murugarren las derrotadas huestes 
republicanas, y muerto en el combate el General de más prestigio para 
las tropas liberales en aquella época? Testigos presencíales de la reti- 
rada del Ejército del Marqués del Duero, nos refirieron que en Tafalla 
entraban las baterías montadas casi dispersas y sin protección de las 
otras armas, aunque bien decididos los jefes y oficiales de Artillería 
á defenderse A todo trance, y se habrían portado con heroísmo, les 
hacemos la estricia justicia de no ponerlo en duda: tenemos la plena 
convicciónde que aquellos siempre queridos amigos nuestros se habrían 
cubierto de gloria muriendo al pie de sus cañones; pero á pesar de su 
noble sacrificio, creemos también que no hubieran podido rechazar el 
empuje poderoso de los batallones que á las órdenes de los generales 
carlistas Dorregaray, Alvarez, Cavero y tantos otros se hubieran lan- 
zado sobre ellos como una avalancha. 

En la expedición que debieron mandar los valientes Cavero ó Al- 
varez, y luego el entendido Mogrovejo, se proyectó unir á los seis ba- 
tallones castellanos, las seis piezas Withwort que dirigían con singu- 
lar acierto el Teniente Coronel Reyero y los capitanes Llorens y 
Ortigosa, así como el Regimiento de Caballería de Castilla, y llamar 



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al mismo tiempo la atención de los liberales en el Maestrazgo y Cata- 
luña, para que, más desembarazados los carlistas, se presentaran ante 
Madrid por varios puntos á la vez la expedición del Norte y las tropas 
del Ejército del Centro. 

Otra pequeña expedición salió también del Norte en dirección á la 
frontera aragonesa, al mando del General Lizárraga, y luego la del 
Coronel Barón de Sangarren hacia las Cinco Villas; pero ni éstas ni 
las de Férula que ya hemos indicado, pasaron de simples correrías. 

Ni unas ni otras lograron llevarse á cabo, con harto dolor de todos, 
y por causas que aún permanecen desconocidas; pero entre todas las 
expediciones es indudable para nosotros, que la proyectada por el ma- 
logrado General carlista Olio, era la que más probabilidades de lisonje- 
ro éxito pudo reunir, por las razones que ya hemos expuesto^ y más 
que nada por simbolizar la reacción de la idea monárquica contra los 
delirios demagógicos. Aprovechándose'entonces los carlistas del maras- 
mo de los liberales de todos matices, quizás hubieran clavado la rueda 
de la fortuna entrando victoriosos en la capital de España. ¿Qué hu- 
biera sucedido después? ¿qué hubieran hecho las fuerzas armadas? 
¿qué hubiera hecho la nación ante semejante sorpresa? ¡Sólo Dios lo 
sabe! 

Para nosotros está fuera de toda duda, que el no llevarse á efecto 
las expediciones dependió principalmente de la dificultad de municio- 
nar las fuerzas. En efecto, no había artículo más preciado páralos car- 
listas que las municiones, á causa de la dificultad que había para 
fabricarlas ó adquirirlas. Y eso^ que abierta la frontera para ellos 
claro es que podían introducir, como así lo hacían, numerosos cajones 
de cartuchos; pero en cambio, unos resultaban averiados por pro- 
ceder de guerras pasadas, otros estaban mal calibrados y otros había 
que recargarlos de nuevo, por carecer en absoluto de pólvora ó haber- 
se convertido esta en polvorín. Esto consistía en que no eran recono- 
cidos previamente, como hacía el Gobierno liberal, por comisiones 
facultativas, y además porque hacían tanta falta, que en la mayor 
parte de los casos no habría habido tiempo para verificar un detenido 
reconocimiento. La importancia, pues, que el Ejército carlista daba á, 
las municiones era inmensa, y el mercado francés se hacia pagar á 
subido precio la mercancía, que, después de todo, no siempre resulta- 
ba de recibo. 

Los generales carlistas daban la preferencia á los cartuchos metá- 
licos del enemigo, por ser de primera calidad: no había destacamento 
ni plaza de que se apoderasen á la que no pusieran como ineludible 
condición la entrega de todas las armas y municiones. Los comandan- 



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tes generales de las provincias (especialmente los de Navarra y Gui- 
púzcoa) establecieroa talleres de recarga de los cartuchos que sembra- 
ba el enemigo en los campos de batalla. Recordamos que al día 
siguiente de la acción de Velabieta, el primer cuidado de Olio fué en- 
viar carretas custodiadas por algunas compañías á recorrer los montes 
donde se había librado la batalla, y al regresar aquéllas pudimos ver 
con gran contentamiento de todos, que llegaron á Berástegui cinco 
carros cargados de cartuchos vacíos que sin detenerse siguieron á Rie- 
zu, donde fueron recargados sobre la marcha y devueltos después á 
los batallones navarros. 

Dígase, si á pesar de la buena voluntad de todos, había medio de 
reemplazar en momentos dados los cientos de miles de cartuchos que 
consumían en pocas horas los fusiles á cargar por la recámara. 

En apoyo de esto mismo, recordamos aún otro caso: en la primera 
acción de la línea de Somorrostro, ganada á los liberales por el Gene- 
ral en Jefe accidental Olio, era tan escasa la dotación de cartuchos 
metálicos que el previsor General carlista previno que sería fusilado 
todo voluntario que desperdiciase sus cartuchos disparando á larga 
distancia, autorizando á los jefes y oficiales para que bajo su más es- 
trecha responsabilidad hiciesen cumplir este riguroso precepto, ante 
la eventualidad de haber de cesar el fuego á la media hora de empe- 
zado, por falta de municiones. 

Dígasenos ahora, repetimos, si con semejante falta de elementos, 
hubiera podido asegurarse el feliz éxito de expediciones en que á la 
más pequeña contrariedad ó detención, ante cualquier insignificante 
tiroteo, se habría podido malograr todo. Pues qué, ¿habría sido posi- 
ble acaso llegar á Madrid sin disparar un sólo tiro, ó entrar en cual- 
quier lugar cerrado sin otro auxilio que el de las puntas de las bayo- 
netas? 

Los ojalateros, los eternos peroradores de café, los periodistas que 
en su afán de discutirlo todo hablan tantas veces sin entender de 
nada, y otras gentes por el estilo, veíanlo todo fácil y hacedero, aún 
los simpáticos á la Causa carlista, y criticaban la inercia de sus tro- 
pas, recordando la marcha victoriosa del insigne General carlista don 
Miguel Gómez en la primera guerra civil, sin tener en cuenta que aún 
sin rebajar en un ápice todo lo inmenso é indiscutible del mérito que 
tuvo aquella magnífica expedición, débese considerar que los tiempos 
no eran los mismos, que entonces no tenían las tropas liberales á su 
disposición líneas férreas para concentrarse en breve espacio, y sobre 
todo que en la primera guerra civil, las municiones que se consumían 
por el día se reemplazaban por la noche, convirtlendo en parques los 



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alojamientos y en obreros á los mismos voluntarios, haciéndose cada 
uno de ellos sus cartuchos con la misma facilidad con que se los cons- 
truyen los menos idóneos cazadores. 

Además de cuanto hemos expuesto, creemos que el error de unos y 
otros combatientes ha consistido siempre en buscar analogías y seme- 
janzas entre las dos guerras, pues desde el punto de vista militar, ni la 
que principió en 1833 se parecía en nada á la iniciada en 1872, ni las 
armas y demás elementos de combate de entonces eran los mismos de 
ahora. 

Antes de concluir, hablaremos de otra expedición de la cual se 
trató en los tiempos en que el General Dorregaray mandaba el Ejérci- 
to del Centro. Muchas veces había dicho el citado General que en la 
imposibilidad de verificar desembarcos en las costas de Tarragona y 
Valencia, contaba con recursos suficientes para pagar los fusiles y 
cartuchos que se le proporcionaran del Norte. Entretanto, dióseel tris- 
te caso en las comarcas de su mando, de tener que despedir de las 
filas á multitud de voluntarios para evitar el gasto de raciones á mu- 
chedumbres desarmadas, que por encontrarse asi, en vez de ayudar 
complicaban las operaciones, siendo á la vez las primeras víctimas, 
como había ocurrido en la jornada de Oroquieta. Pues bien, en vista 
de ésto, pensóse seriamente en el Norte en ayudar al Centro, concen- 
trando todo el ganado disponible, aún el de la Artillería, para que 
custodiado por dos ó tres batallones pasara el Ebro y entrando por 
Aragón (en previa combinación con la División del Brigadier Gamun- 
di) entregara su preciada carga á los aragoneses y valencianos, lle- 
gándose hasta á designar el Jefe que debía conducir el convoy, para 
cuya arrojada empresa fué elegido el intrépido General Férula. Los 
acontecimientos que por aquellos días se desarrollaban en el Norte im- 
pidieron, sin duda alguna, que el Capitán General carlista de las Pro- 
vincias Vascongadas y Navarra, que lo era entonces el General Men- 
diry^ diese las órdenes oportunas para la realización de tan excelente 
idea, que de haberse llevado á feliz término, habría evitado, probable- 
mente, la disolución del Ejército carlista del Centro. 

Hé aquí todos los proyectos concebidos por los carlistas, y las razo- 
nes por las que (á nuestro juicio) no pasaron á vías de hecho estas ex- 
pediciones, y no porque la inercia, el abandono y la rutina detuviesen 
aquellos aguerridos batallones en las cuatro provincias del Norte, 
cuando en la mente de todos estaba proscrito el sistema de líneas atrin- 
cheradas que al fin y al cabo debían agotar los recursos de aquellas, 
rebajando la inacción la moral del soldado, y por tanto á nadie se le 
escondía que si había de sostenerse la guerra en condiciones de vitali- 



— 305 — 

dad, el Ejército carlista del Norte debía romper la barrera del Ebro, 
y buscar partidarios y mantenimientos fuera del ya empobrecido terri- 
torio vasco -navarro. 

En Marzo de 1875 surgió en Navarra un lamentable incidente, pere- 
ciendo algunos carlistas en San Martín de Unx, cuya muerte dio lugar 
al fusilamiento de varios liberales en la pieza del Conde, en Estella, 
siendo á la sazón Capitán General de las Provincias Vascongadas y 
Navarra, por Don Carlos, el General Mendiry. 

Realmente hubo, como en todas las guerras, en el campo carlista y 
desde el principio de la campaña, algunos partidarios muy dignos de 
la mayor consideración, tales como D. Pablo Portillo, Mendizábal, 
Mugarza, Azcárate, Oses, Mateo y otros para quienes no puede haber 
más que elogios; pero también hubo^ desgraciadamente, algunos otros 
partidarios que no hacían ningún honor á la Causa que pretendían de- 
fender^ como ocurrió con el Cara Santa Cruz y con Rosa Samaniego; 
pero sabido es que Don Carlos de Borbón pregonó la cabeza del prime- 
ro y prescindió por completo del segundo en la organización de sus 
tropas. En cambio, en el campo liberal en el que desde un principio se 
contó con un Ejército organizado y no en embrión como el carlista 
(fijémonos en esto), llegaron á quedar impunes algunos hechos que 
merecieron censuras por parte de amigos y adversarios. 

Pero circunscribiéndonos al caso concreto de que nos ocupamos, 
bien á pesar nuestro, diremos que el día 7 de Abril de 1875 fueron fu- 
silados por los carlistas un sargento y siete soldados y paisanos, en 
represalias de los carlistas muertos en San Martín de Unx por una 
contraguerrilla liberal. Unos y otros hechos son harto lamentables: se- 
gún el Estado Mayor carlista, al entrar de noche en el pueblo citado 
las fuerzas liberales, hallábanse el Comandante de armas carlista y 
cinco voluntarios entregados al descanso, el cual les fué interrumpido 
para ser fusilados: según la Narración militar de la guerra carlista, 
escrita por el Cuerpo de Estado Mayor del Ejército^ las fuerzas carlis- 
tas fueron sorprendidas y batidas por los contraguerrilleros liberales 
causando algunos muertos á los carlistas, lo cual de ser así no creemos 
que hubiera dado lugar á protesta alguna, como no se protestó jamás 
en ocasiones análogas por los carlistas, quienes aseguraban que los 
muertos lo fueron después de hechos prisioneros, y, por tanto, de la 
verdad de ambas versiones distintas debe partir nuestro razonamiento. 

Nosotros creemos más verídica la carlista, y no nos [inclinamos 
á ella por haber militado en las filas de su Ejército (líbrenos Dios de 
•ello), sino por tres razones. Es la primera que los fusilados entonces 

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— 306 — 

por el General carlista D. Torciiato Mendiry, fueron sus únicas vícti- 
mas durante los varios mandos que ejerció en la guerra. Segunda, que 
no se trataba de una autoridad sanguinaria ni de un advenedizo, sina 
de un distinguido jefe del Ejército^ que había servido lealmente en el 
de D.''^ Isabel II, alcanzando la alta categoriaía de Brigadier por sus 
acreditados servicios^ y mereciendo siempre excelente concepto como 
militar pundonoroso y de bien ganada reputación; por consiguiente 
dudamos, mejor dicho, no creemos posible que el General carlista 
Mendiry, dados sus dignos antecedentes, llegara á ensangrentarse por 
capricho ni por error, ni mucho menos porque pudiera su carácter so- 
meterse á imposiciones délos pueblos en que ejercía el mando y de 
cuyos habitantes era paisano. Y tercera razón, porque al menos en el 
Norte las autoridades carlistas no protestaron jamás de las víctimas 
causadas en cuantos lances de la guerra tenían lugar, pues éstas y 
otras desgracias eran consecuencias ineludibles de la campaña. Y eso 
que, ya. puestos en este terreno, habría mucho que hablar; solamente 
recordaremos el bombardeo del Hospital de Santurce y el fusilamiento 
de D. Miguel Lozano^ en represalias de cuya muerte podían los carlis- 
tas haber fusilado al General Nouvilas^ al Brigadier Moya, al Coronel 
Sancho y á otros muchos jefes y oficiales, si en el Estado ^Mayor Ge- 
neral carlista hubiera dominado un espíritu tan sanguinario. Precisa- 
mente fueron prisioneros de los carlistas, además de los citados jefes 
superiores, los brigadieres La Iglesia, Arin y el Gobernador de Seo 
de Urgel, los coroneles Rokiski y Navarro, y otros que no recordamos 
ahora, y sabido es que muchos de ellos después de ser puestos en li- 
bertad hicieron constar públicamente su gratitud por el buen trato 
recibido durante su cautiverio, haciendo así gala de esa caballerosidad 
tan propia de los militares españoles. 

El negro borrón^ pues, que segim algunos historiadores liberales, 
cayera por este hecho sobre el General carlista Mendiry podría, en úl- 
timo resultado, parangonarse con la falta de los liberales que ordena- 
ron ó consintieron, por lo menos, los incendios de Abárzuza, los de 
los caseríos de Guipúzcoa y tantísimos otros hechos deplorables, cuya 
lista sería interminable si al escribir estos recuerdos nos moviese la pa- 
sión, pero que desde luego consideramos como calamidades inherentes 
á toda guerra civil, y que por lo tanto nos guardaremos muy bien de 
achacar, no ya á un partido político, si no que ni tan siquiera á una 
entidad cualquiera del Ejército liberal, por obscura que ésta sea: 
pero sobre todo ya habrá podido observar el lector que, lejos de mo- 
vernos odio alguno, nos inspiramos siempre en el buen afecto que 
sentimos hacia cuantos han vestido ó visten el honroso uniforme mili- 



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tar, asi que únicamente deseamos indulgencia para todos cuantos han 
podido faltar tanto en el campo liberal como en el campo carlista. 

Limitándonos á los hechos de San Martín de Unx y á los fusila- 
mientos á que dieron lugar, duélenos únicamente la no aceptación de 
lo que propuso el General en Jefe del Ejército liberal, D. Genaro de 
Quesada, cuyos humanitarios sentimientos nos complacemos en con- 
signar, y que quiso se declarase neutral, á San Martín de Unx, 
para que un tribunal mixto de carlistas y liberales depurase lo que 
hubiera de verdad en hecho tan controvertido; y nos duele tanto más, 
cuanto que si se hubiera aceptado lealmente por todos el medio pro- 
puesto, tenemos la evidencia absoluta de que hubiera resultado cierta 
la versión carlista. 

Vamos á concluir. Por más de que en todas las guerras civiles 
ocurran, por desgracia, hechos de esta índole, no nos cansaremos en 
reprobarlos enérgicamente, así como reprobamos y protestamos de 
cañoneos inútiles que no se diiijan en campo abierto entre unas'y otras 
fuerzas que combaten, ó contra atrincheramientos defendidos por 
análogas bocas de fuego; pero por lo que respecta á los tan criticados 
cañoneos de los carlistas sobre Bilbao, San Sebastián, Hernani, Irún 
y Pamplona^ conviene tener presente, que fuerzas suficientes y muros 
y cañones tenían dichas plazas, y en tal proporción que, aún prescin- 
diendo del mayor calibre de la Artillería liberal, estaban sus piezas 
con las carlistas en la relación de diez á uno en los más de los casos 
que citaremos en el capítulo siguiente. 




MEDALLA DE LA DEFENSA DE LAS COSTAS 



Capítulo XXVI 

Defensa de las costas carlistas. — Cañoneos recíprocos entre [liberales 

y carlistas. 



NADA menos que ochocientas senté nta y cuatro granadas de dife- 
rentes calibres, pero no inferiores á las de 12 centímetros había 
arrojado la Escuadra sobre los indefensos puertos carlistas de la costa 
cantábrica antes de 1875. Decíase por entonces que tan inusitada saña 
era como un castigo impuesto por el Gobierno de Madrid por haberse 
desembarcado en ellos multitud de fusiles, cañones, cartuchos y mon- 
tajes; otros atribuíanla al deseo de rebajar el espíritu carlista de los 
habitantes de aquellos pueblos al verse sin defensa en sus propiedades 
y sus familias, y otros, por último, pensaban que era un desquita de 
los liberales ante el bloqueo y cañoneo de algunas de sus capitales. 
Sea de esto lo que quiera, el Comandante General de Artillería carlis- 
ta ordenó al Coronel Brea y al Teniente Coronel Torres que constru- 
yeran baterías á lo largo de la costa para artillarlas con todas las bo- 
cas de fuego disponibles del Tren de sitio, entre las'cuales se contaban 
flos Vavasseur de á nueve y medio centímetros, ocho Woolwich, cua- 
tro Withwort de á siete y medio centímetros, y algunos cañones de 
bronce, rayados, largos, de A doce. 



— 309 ~ 

Eligiéronse en su consecuencia las mejores posiciones para defen- 
der en Guipúzcoa los puertos de Motrico, Deva y Zarauz, se constru- 
yeron las baterías correspondientes, se artillaron con dos ó tres caño- 
nes cada una, y se pusieron ;l las órdenes de oficiales de Artillería de 
Campaña, procedentes de la Academia de Azpeitia, bajo la inspección 
y dirección del ya citado Torres, antiguo Teniente de Navio y uno de 
los jefes facultativos del Tren de sitio. Desde entonces la escuadra no 
encontró del todo indefensas las costas de Guipúzcoa, pues ya tenia si- 
quiera enemigos que hicieran frente á sus barcos y no dejaran impu- 
nes sus bombardeos. Y eso que con la Artillería de mar no podía com- 
pararse, ni en número ni en calibre, la carlista, pues sabido es que el 
mayor de los de ésta era inferior al menor de los de aquella. 

Nómbresenos para defender la costa de Vizcaya, y en ella elegimos 
posiciones en Bermeo. Mundaca, Elanchove y Lequeitio; construimos 
con los artilleros las baterías, aprovechando los accidentes del terreno: 
unas comunes, pero del espesor suficiente para recibir los formidables 
disparos de la Escuadra, y otras enterradas. La de Bermeo se constru- 
yó á la izquierda del pueblo, así como la de Mundaca, casi rasantes, 
y las otras á la derecha y algo elevadas sobre el nivel del mar. Tuvi- 
mos también cuidado de revestir las baterías y de hacer repuestos de 
municiones, dejándolas prontas para romper el fuego en el momento 
en que la Escuadra se pusiera á tiro de los cañones, y nos situamos en 
Guernica para desde allí acudir á donde fuera necesario. 

Como sería interminable dar cuenta día por día de los disparos que 
se cruzaron entre liberales y carlistas hasta la terminación de la gue- 
rra nos limitaremos á citar en conjunto los que recibieron los pueblos, 
por más de que fueran muy contados los que arrojaron los buques de 
madera desde el momento en que ya no podían ofenderlos á mansalva; 
pues creemos poder asegurar (según lo que recordamos), que el día en 
que estrenamos la Batería de Mundaca, fué el último en que barcos no 
blindados se acercaron á las costas carlistas. 

Sería como las once de la mañana del día 4 de Julio de 1875; la 
Batería de Mundaca estaba construida en el intervalo que media entre 
este pueblo y el de Bermeo^ en un saliente de la costa, ó sea en la pun- 
ta deLamiaran, y en medio por consiguiente, de las dos ensenadas en 
que se hallan dichos puertos. El día era claro y despejado, y la Consuelo 
ó el Fernando el Católico (que no recordamos bien cual de los dos fue- 
ra) venía doblando el cabo de Ogoño, pero muy á larga distancia, re- 
celando sin duda, por las noticias que habían anticipado los periódicos 
que las defensas de Vizcaya pudieran estar ya terminadas. Pasó, pues, 
pero acortando su andar, por frente de Mundaca: de pronto viró á su 



— 310 — 

izquierda, y rebasando la Batería, vino á acoderarse, moderando su 
andar, en el golfo de Bermeo, con intención manifiesta de ofender este 
pueblo. Como la Batería de Bermeo no estaba artillada todavía, tocóle 
á la de Mundaca demostrar que no quedaría impune la provocación. El 
Alférez Bonet, que mandaba la Batería; compuesta de dos cañones 
Withwort, tenía natural impaciencia por romper el fuego, pero le or- 
denamos que permaneciese con las piezas cargadas y apuntadas, no 
sólo para conocer claramente las intenciones del enemigo, sino que 
también para aprovechar los disparos á más corta distancia. Después 
de un intervalo que denotaba en el buque alguna vacilación^ rompió 
el fuego disparando un cañonazo á Bermeo: aún no se acabó de extin- 
guir en el espacio la vibración del proyectil liberal, cuando el Alférez 
Bonet había ya descargado una de sus piezas sobre el barco de guerra. 
La granada fué larga, pero rectificada la puntería, pasó el segundo 
proyectil carlista tan cerca de la cubierta, que fuera por esto, ó quizás 
porque el barco no tuviera más intención que la de cerciorarse del es- 
tablecimiento de las baterías carlistas de la costa de Vizcaya, es el caso 
que inmediatamente viró de bordo y se alejó de una manera tan rápi- 
da para ponerse fuera de alcance, que en breve espacio de tiempo pudo 
conseguir su deseo, aunque no sin que le alcanzara el quinto disparo 
en una de sus bordas^ pues desde tierra vimos perfectamente la aber- 
tura producida por la granada. Desde entonces, únicamente el Fer- 
nando el Católico osó ponerse enfrente de las baterías carlistas un día, 
el 22 de Julio, ante Lequeitio, porque la Vitoria fragata blindada y el 
primer barco de la nación, fué la sola que se aventuró á lanzar sus 
proyectiles contra los pueblos carlistas, amparada en su corteza de 
acero. 

El 24 de Mayo había sido un día de luto para el Ejército liberal. La 
Batería de Motrico dirigió sus disparos en legítima defensa contra el 
Ferrolano, la goleta África y el Colón, en cuyo puente se hallaba el 
Jefe de la Escuadra, Brigadier Sánchez Barcáistegui: Con decir que 
una granada carlista reventó sobre el cuerpo de dicho Oficial General, 
destrozándole é hiriendo á los jefes y oficiales de Marina Alvargonzá- 
lez, Garin y Yebra, y que el Ferrolano recibió una avería grave bajo su 
línea de flotación, dicho se está que los tres barcos regresaron á guare- 
cerse en San Sebastián, encargándose la Vitoria del castigo de los pue- 
blos carlistas de la costa, á excepción sólo de los días 21 y 22 de Junio, 
en que respectivamente lanzaron la Consuelo y el Ferrolano, ochenta 
y dos y cincuenta proyectiles sobre Bermeo y Lequeitio. 

Desde aquella fecha se recrudeciéronlas agresiones de los liberales 
contra las costas, arreciando contra Motrico y Ondárroa con una saña 



— 311 — 

de que no hay ejemplo: basta decir que, por lo menos, dispararon so- 
bre dichas villas los liberales^ cuatrocientas noventa y cinco granadas 
desdt las portas de la fragata blindada Vitoria, cuyos disparos sobre 
Bermeo, Mundaca, Elanchove, Lequeitio, Ondárroa,Motnco, Zarauz y 
Deva, fueron mil doscientos siete, y ciento treinta y dos los de la Con- 
suelo y el Fernando el Católico únicamente sobre Lequeitio y Bermeo, 
hasta el establecimiento de nuevas baterías. Habíase, pues^ conseguido 
el justo deseo de los pueblos carlistas, porque una vez defendidas, 
aunque imperfectamente, sus costas, hiciéronse respetar, pues á pesar 
de la potencia de los cañones de la Vitoria, ni los ataques fueron ya 
después tan continuos, ni el resto de la Escuadra se dedicaba á caño- 
nearlos como anteriormente. 

Otro día tocóle á Lequeitio imponer respeto á la misma fragata Vi- 
toria desde las cañoneras de su Batería. Era ésta una de las mejo- 
res construidas en la cosía: su forma era circular y hallábase situada 
en la cúspide del cerro de Licoalarra, á la derecha de la población; 
disponía de dos cañones Woolvich, y la mandaba el Teniente Torres 
UbagO;, procedente de la Academia de Artillería de Azpeitia. Era el 
día 18 de Agosto, y á eso de las cinco de la tarde apareció la Vitoria 
que venía de San Sebastián, pasó á toda máquina por delante de la Ba- 
tería carlista, y amparándose del islote San Nicolás, que ocupa casi el 
centro de la bahía, desenfilado de los fuegos de la Batería citada, rom- 
pió el suyo sobre la iglesia y los palacios de Aba roa y otros, como de 
costumbre ei» días anteriores. E! Teniente carlista afinó bien su pun- 
tería, y logró á los pocos disparos introducir una granada en el mismo 
momento de abrirse una de las portas de la Vitoria; porque es de ad- 
vertir que^ desde que se artillaron las baterías carlistas, hacían los 
marinos desaparecer de cubierta todo el equipaje, y era difícil en ex- 
tremo acertar en el reducido blanco de las portas al abrirse para hacer 
fuego. La granada carlista, pues^ reventó dentro de la Batería ene- 
miga, de cuyas resultas quedaron heridos dos oficiales y algunos ma- 
rineros. Eq aquel momento giró rápidamente la Vitoria, y colocándose 
frente á nuestra Batería descargó sobre ella toda la banda de babor y 
salió á toda máquina para San Sebastián, á causa de las averias reci- 
bidas en su arboladura, dejando un escobillón y algunos juegos de ar- 
mas en el mar. Dios, sin embargo, se había puesto la boina, según 
antigua y popular exclamación de los navarros^ porque los marinos 
liberales no lograron introducir dentro de la Batería carlista más que 
una granada enorme, cuya espoleta no dio fuego^ pues de no haber 
^ido así no habría quedado un solo carlista con vida. Tuvimos ocasión 
de verla bien, y como asimismo presenciamos con entusiasmo aquel 



— 312 — 

singular combate, felicitamos calurosamente al Teniente Torres 
Ubago, ascendiéndole allí mismo á Capitán en nombre de Don Carlos de 
Borbón, por su serenidad, valor y excelente puntería, y aún recordamos 
como si fuese ayer la ovación indescriptible que el pueblo tributó á los 
artilleros por aquel inolvidable hecho de armas que fué un verdadero 
duelo entre una Batería de dos cañones y otra de más de sesenta. 

Otros días también, el 31 de Agosto y el 6 de Septiembre, en que se 
cruzaron proyectiles entre los carlistas y liberales, las baterías de 
Bermeo y Ondárroa hirieron á un oficial y á un sargento, destrozando 
un camarote de la Vitoria^ la primera, y ocasionando otros desperfec- 
tos la segunda, sin contar conque el Fernando el Católico fué alcanza- 
do al entrar en Pasajes, por la Batería carlista de San Marcos, ocasio- 
nándole dos muertos y cuatro heridos. 

Convenciéronse al fin los liberales de que nada conseguían con 
arrojar granadas y destruir pueblos, y cesaron en una tarea tan triste 
como aquella y que ninguna ventaja positiva podía proporcionarles. 

Muy al principio^ en vida del heroico Brigadier de Marina don 
Victoriano Sánchez Barcáiztegui, á quien no por enemigo habíamos- 
le de negar su pericia y valentía, le hubo de hacer presente su antiguo 
compañero el Brigadier carlista D. Federico Anrioh la inutilidad de 
los bombardeos: su elocuente respuesta demostraba bien á las claras 
cuan á su pesar veíase obligado á obedecer al Gobierno de Madrid. 
Su contestación á Anrich terminaba diciendo que: «Sus deberes mili- 
»tares le impedían obedecer sus impulsos humanitarios, y que en tanto 
•que no le autorizase el Gobierno, no podía cambiar las instrucciones 
»dadas á los comandantes de los buques.» 

¡Descanse en paz el ilustre Barcáiztegui _¿1 heroico marino que de 
tanta gloria se había cubierto mandando la Almansa en el memorable 
combate del Callao, escribiendo con Méndez-Núñez, Antequera, Alvar- 
gonzález, Pezuela, Topete, Patero, Valcárcel y tantos otros dignos 
compañeros suyos una de las más honrosas páginas de nuestra his- 
toria. 

Don Carlos de Borbón concedió la medalla de distinción que figura 
al frente de este capítulo á los defensores de la costa cantábrica. 

El plan que en 1875 adoptara el Gobierno de Madrid al ordenar á 
su Escuadra que cañonease los indefensos puertos de la costa del Can- 
tábrico, y á su Ejército que hiciera lo propio con las abiertas villas de 
los carlistas, dio lugar á que éstos emplearan sus cañones en hacer lo 
mismo, y en la medida de sus fuerzas, contra los buques de que ellos 
carecían y contra las plazas que albergaban á los liberales, mientras 
no lo impedían operaciones de mayor importancia. 



— 313 — 

Por más que tomáramos nosotros una activísima parte en la defen- 
sa de las costas por aquella época, en cumplimiento del deber militar, 
no creemos acertado el empleo de la pólvora y proyectiles de uno y 
otro bando en semejantes cañoneos: podrá ello constituir un acto todo 
lo más político que se quiera^ pero como militares condenábamoslo en- 
tonces, y seguimos opinando ahora que la voz de los cañones no debe 
emplearse contra las casas de los pacíficos habitantes, salvos los sitios 
en regla de las plazas de guerra y puntos atrincherados. El más digno 
y noble empleo de la Artillería, es contra las masas y obstáculos ene- 
migos; esto se nos enseñó en el Alcázar de Segovia, y esto seguimos 
creyendo en la actualidad. Pero al narrar y recordar los diferentes 
hechos de la guerra última, no podemos menos de dedicar algunos 
renglones á los cañoneos recíprocos de ambos ejércitos, algunos de 
los cuales dieron lugar y fueron causa eficiente de operaciones, y aún 
de resultados importantes. 

Los más señalados cañoneos se verificaron en 1875, después de 
abandonada la línea del Carrascal por los carlistas, y durante la época 
en que las operaciones del Ejército carlista fueron dirigidas, primero 
por el General Mendiry, y después por el General Per ala. Verdad es 
que éste último inauguró su mando con uno de los combates más des- 
graciados para las tropas carlistas, la batalla de Zumelzu, llamada 
por los liberales, de Treviño. Por esta razón, sin duda, deseoso Pérula 
de recordar sus buenos tiempos del Carrascal, emprendió una serie de 
operaciones tales, que hicieran olvidar sus comienzos en el mando, 
lográndolo al fin, á nuestro juicio, con las reñidas acciones de Do- 
meño y Lumbier, sobre todo si se tiene en cuenta que por aquel tiem- 
po contaba ya el Ejército liberal del Norte con setenta y ocho mil se- 
tecientos ochenta y dos hombres, dos mil seiscientos cincuenta y un 
caballos y noventa y dos piezas de Artillería de Campaña, mientras que 
el Ejército carlista del Norte solamente disponía de treinta y ocho 
mil ciento ochenta y cuatro hombres, de mil ciento treinta y ocho 
caballos y sesenta cañones de campaña y diez y nueve de sitio, según 
estados oficiales y datos del escritor liberal D. Antonio Pirala, en su 
Historia Contemporánea. 

Desde que las tropas liberales ocuparon los montes de Esquinza y 
San Cristóbal, así como las alturas que rodean á Puente-la-Reina, el 
Cuerpo de Ingenieros de su Ejército habíase ocupado sin levantar mano 
en erizar de fuertes atrincheramientos aquellas alturas, y sabido es que 
los cañones situados en la cima de los primeros dominaban los pueblos 
de Cirauqui y Mañeru, Muniaín de la Solana, Aberin y Villatuerta y 
los de los segundos, Artazu, Guirguillano y otros, sufriendo estos des- 



— 314 — 

dichados pueblos líno y otro día el rigor de los proyectiles liberales. 
Claro es que los carlistas habían de protestar de semejante vecindad y 
por lo tanto, opusieron fuertes á faertes, y trincheras á trincheras, que 
no en vano tenían entre ellos á D. Francisco Alemany, D. José Garin, 
D. Alejandro Arguelles y D. Amador Villar, procedentes del Cuerpo de 
Ingenieros del Ejército de Isabel 2.'''. Así es que se fortificaron y artilla- 
ron convenientemente los. altos de Guirguillano y Santa Bárbara de 




D. AMADOE VILLAR 



Mañeru que contrabatían los fuertes de Puente-la-Reina, y los de San 
Fernando, cerca de Estella; los de Monjardin, Montejurra y Santa Bár- 
bara de Oteiza, para hacer frente á los de Esquinza y San Cristóbal, 
defendiendo las avenidas de la Solana; y hasta se estudió un completo 
y acertado proyecto de campo atrincherado por el Brigadier Villar, 
quien ya había dirigido anteriormente las obras de la doble línea del 
Carrascal, y á quien se debió en gran parte la construcción de las más 
importantes defensas de Estella. 

En contestación de las repetidas agresiones de los alfonsinos, el día 
5 de Abril cañonearon las baterías carlistas de Artazu y Santa Bárba- 
ra de Mañeru las posiciones liberales de Puente-la-Reina con singular 
acierto, pues lograron introducir dos granadas dentro de una de las 
baterías de á 10 centímetros con que defendían los liberales la citada 



— 315 — 

villa. Algunos periódicos liberales de aquella época dijeron entonces: 
«ique como á fuerza de tirar han aprendido los artilleros carlistas á 
»apreciar bien las distancias, sus disparos son bastante certeros en la 
y>linea de Puente, tanto que lograron poner dos dentro de la Batería de 
»diez centímetros.» 

¡Cómo si los jefes de Artillería alfonsinos y carlistas no hubiésemos 
recibido igual educación científico -militar en el inolvidable Real Alcá- 
zar de Segovia, por aquellos tiempos en que tanto los sublevados como 
los jeales de Alcolea, (y hasta muchos de los jefes carlistas de la pri- 
mera guerra civil), todos militábamos en aquel Ejército de DJ' Isabel II, 
que fué á Italia á defender y consolar á Su Santidad Pío IX, y que al- 
canzó inmarcesibles laureles peleando por el honor de la Patria en la 
gloriosa guerra de África! ¡Cuánto nos hacían reir las ridiculas ocu- 
rrencias de los periodistas liberales! 

Con menos fortuna, el 15 del mismo mes rompióse el fuego sobre las 
posiciones enemigas del monte Esquinza, por los fuertes construidos 
para defender á Esteila. Los cañones de Esquinza contestaron en el 
acto á la provocación, y en tan infausto día reventó una de sus grana- 
das dentro del fuerte de San Fernando, donde se hallaban presencian- 
do los disparos los Brigadieres Calderón y Pérez de Guzmán con algu- 
nos oficiales. El proyectil ocasionó la muerte del bravo Comandante 
Cortázar, del Batallón Guías del Rey, y el Brigadier Pérez de Guzman 
estuvo á punto de quedarse ciego, pues tan cerca de sus ojos estalló la 
granada que tardó en curarse más de un mes una afección á la vista. 

El 12 de Mayo, en cambio, daba parte el General carlista Mendiry, 
•de que los liberales habían cañoneado por espacio de muchas horas los 
pueblos de Mañeru, Cirauqui y Villatuerta, á pesar de que ni un sólo 
voluntario carlista se albergaba en ellos. Sin duda los liberales habían 
querido vengarse de los destrozos causados en \a. Plaza fuerte de Pam- 
plona, en 7 del mismo mes^ por el Brigadier Pérula, quien desde el 
alto de San Cristóbal la había cañoneado con las piezas Krupp de la 
Batería de Fernandez Negrete, cuyos proyectiles llegaron á penetrar 
en la calle de la Merced, ocasionando la natural perturbación en la ca- 
pital de Navarra, á la que volvió á cañonear el mismo Brigadier car- 
lista el día 12, como en venganza del cañoneo de los liberales á que se 
refería el General Mendiry en el parte de que hablábamos antes. 

El 28 de Junio volvieron los alfonsinos á repetir sus disparos sobre 
Aberin y Villatuerta, pero ya con plan más vasto, al parecer. Rompió- 
se el fuego al amanecer, durando sin intermisión hasta el mediodía, en 
cuyo espacio de tiempo adelantóse desde Lerin una columna liberal 
que llegó hasta los vados del Arga; pero prevenidos convenientemente 



— 316 — 

los carlistas, desplegaron sus fuerzas en los pueblos de la Solana, ante 
cuya actitud retrocedieron los alfonsinos á sus acantonamientos. 

El total de cañonazos disparados por los liberales, antes de ser nom- 
brado el General Férula Jefe de Estado Mayor General carlista, fué de 
cuatrocientos ochenta y seis, y las bajas entre unos y otros fueron in- 
significantes, después suspendiéronse los cañoneos para atender á rhás 
importantes operaciones, pero perdida por los carlistas Ja batalla de 
Zumelzu, volvióse á ellos, si bien convirtiéndolos en acciones formales 
que les fueron favorables algunas veces. 

El 26 de Julio llegaron el General carlista Férula y el Brigadier 
Pérez de Guzmán á Viana dispuestos á tomar represalias de los porfia- 
dos ataques de los liberales á las costas y los pueblos carlistas. Les se- 
guían cuatro batallones, dos escuadrones y nueve piezas de Artillería 
mandadas por el Coronel Fernández Prada, el Teniente Coronel Fer- 
nández Xegrete y los Comandantes Llorens y Saavedra. Se aproximó 
á Logroño y lanzó sobre la población y sus defensas doscientas cin- 
cuenta y cinco granadas, colocándose á gran altura aquel día la Arti- 
llería carlista, por la certeza de sus disparos y por la serenidad y san- 
gre fría con que á pecho descubierto se batió con la gruesa Artillería 
liberal, no menos valiente y animosa. En cambio, las tropas liberales 
no se consideraron bastante fuertes para salir del recinto de la ciudad, 
temiendo, seguramente el rudo empuje con que el General Férula les 
habría acometido en desquite de Zumelzu. 

El día .30 de Julio partió la provocación de los liberales, que cre- 
yéndose en mejores condiciones por contar con el refuerzo de la Briga- 
da Córdova, salieron en compactas masas de Logroño en dirección á 
Viana. Hallábanse en este punto aquel día los dos batallones carlis- 
tas S.*' de Navarra y 1.'^ de Guipüzcoa, los cuales, en vista de la supe- 
rioridad numérica de sus contrarios, se retiraron á las alturas y luego 
á Los Arcos. Los liberales, entonces, no teniendo á quien combatir, se 
entretuvieron en quemar las mieses de los pueblos de Samsol, Viana y 
Oyen. 

Casi un mes después, el bravo Brigadier carlista Montoya, con 
cuatro batallones, arrojó de Viana á los liberales, quienes tuvieron que 
ampararse de Logroño, porque comprendieron que Montoya luchaba 
con el tenaz empeño de echarles de su ciudad natal, no pudiendo el 
citado Jefe carlista hacer mayor su victoria por haber salido la Bri- 
gada Córdova en auxilio de los de Viana. 

El 27 de Septiembre volvió á repetirse el cañoneo de los carlistas 
sobre Pamplona, desde las alturas de Ugarte y Villaba, por fuerzas de 
la Brigada carlista del animoso Junquera. El 3 de Octubre hicieron^ 



— 318 — 

en cambio, una salida las tropas de Pamplona, para castigará los car- 
listas, y llegaron hasta el puente de Miluce, ocupando Villaba y ligar- 
te. Entonces el citado Brigadier carlista Junquera les hizo frente con 
los batallones de su mando, que apoyados por la Batería de Fernández 
Negrete y un Escuadrón, lograron que los liberales retrocedieran á 
Pamplona, á donde ya les habían precedido algunas granadas que por 
encima de ellos había lanzado la Artillería carlista. 

La última y más seria provocación á Pamplona se verificó el día 6 de 
Octubre de 1875, pues Don Carlos de Borbón había llegado á sus inme- 
diaciones deseoso, no de animar el espíritu de sus tropas, que no lo 
necesitaban, sino de contemplar de cerca una vez más su arrojo de 
siempre. En efecto; el Jefe de Estado [Mayor General Pérula, que le 
acompañaba con el Brigadier Pérez de Guzmán, ordenó al Brigadier 
Junquera comenzara el ataque con las baterías de Fernández Negrete 
y de Llorens, valientemente apoyadas por los batallones 6.*^ de Nava- 
rra y 4.*^ de Álava y dos escuadrones. Tas piezas se emplazaron dehtro 
del tiro útil de la plaza enemiga, la cual contestó débilmente al prin- 
cipio; pero después hizo salir una Batería de á 10 centímetros, cuyos 
disparos se cruzaron con tenacidad y empeño con los de los carlistas, 
hasta que se hizo de noche. Pero los batallones liberales, á excepción 
de la natural escolta y apoyo de sus cañones, permanecieron dentro de 
los muros, sin salir á combatir con los carlistas. 

Los cañoneos cesaron por fin el día 3 de Noviembre, en cuya noche 
cayeron dentro de Pamplona más de trescientos proyectiles, dispara- 
dos por las baterías carlistas que operaban en Navarra á las órdenes 
del Coronel Fernández Prada. 

Dígasenos ahora, con verdad, el efecto útil alcanzado par unos y 
otros combatientes de resultas de tantos cañoneos, pues lo mismo en 
uno como en otro Ejército, las bajas en gente y material de guerra 
fueron insignificantes. En cambio, poblaciones como Villatuerta, Ar- 
tazu y Cirauqui quedaron casi reducidas á escombros, así como en la 
costa Elanchove, Métrico, Lequeitio y tantas otras. 

¿Cómo era posible que en desquite i^que repetimos no hemos de 
aplaudir) no arrojaran los carlistas sus proyectiles sobre las capitales 
enemigas de Bilbao, San Sebastián y Pamplona, las cuales estaban si- 
quiera bien defendidas por fuertes atrincheramientos y por el superior 
calibre de sus más numerosos cañones? 




D. GERÓNIMO GARCÍA 



Capítulo XXVII 

El Genera] Carasa al frente de los carlistas de Vizcaya. — Un recuera 
do de la campaña de 1872, — Acciones del Berrán y de Medianas y 
Carrasquedo. — Jura de Don Carlos de Borbón en Guernica y Villa- 
franca. — Combate de Carranza. — Batalla de Villaverde de Tru- 
cios. — Operaciones sobre Vnlmaseda y Orduña. 

DESEANDO Don Carlos de Borbón premiar la lealtad y altas dotes 
militares del Mariscal de Campo D. Fulgencio de Carasa, hubo 
de nombrarle Comandante General de Vizcaya, en Abril de 1875. 

Este bravo veterano había hecho la campaña de 1820 á, 1823, de 
subteniente en la División realista de Vizcaya; militó más tarde en 
las filas carlistas durante toda la primera guerra civil, distinguiéndo- 
se de Capitán de Guías de Zumalacárregui, siendo herido en la acción 
de Viana, ascendiendo á Comandante en la de Arrigorria-ga, ganando 
hasta el empleo de Coronel por méritos de guerra, decidiendo con su 
Batallón 6.*^ de Navarra la victoria de Lodosa, conquistando dos cru- 
ces de San Fernando y obteniendo la categoría de Brigadier poco 
antes del Convenio de Vergara, después del cual emigró á Francia. 

Al volver á España en 1847 fué reconocido en su empleo de Briga- 
dier por el Gobierno del General Narvaez; pero siempre permaneció 



— 320 — 

Carasa alejado de la vida militar, hasta que al triunfar la Revolución 
de 1868, encargóle Don" Carlos la Comandancia General de Navarra al 
frente de la cual conquistó nuevos lauros en la breve campaña de 1872, 
la cual inició el 21 de Abril en Morentín, pueblo de su residencia, á 
pesar de la proximidad de Estella en donde habia entonces numerosa 
guarnición liberal. 

Tales eran los prestigios de Carasa y el entusiasmo de aquel país, 
que á las veinte y cuatro horas uniéronsele más de cinco mil hombres, 
de los que no pudieron armarse más que ciento ochenta el primer día, 
y ochocientos al siguiente, y por supuesto, con fusiles de los más va- 
riados calibres y sistemas. 

La campaña que se vio entonces obligado á sostener el Brigadier 
Carasa^ brillantemente auxiliado en el mando por su entendido Jefe 
de Estado Mayor, el malogrado Coronel de Caballería D. Gerónimo 
García, fué tan corta como penosa. Rodeado siempre de columnas li- 
berales en crecido número, tuvo que desprenderse de la multitud des- 
armada, que sólo servia para entorpecer sus movimientos, y se limitó 
á operar al frente de 1.500 voluntarios. A pesar de ésto hizo frente al 
enemigo en ocasiones que consideraba de difícil, pero no inútil ó de- 
sastroso combate, como sucedió en Arizala. La columna liberal al 
mando del Coronel Pino se componía de Cazadores de las Navas, guar- 
dias civiles y voluntarios. Creyéndose entonces fuerte Carasa, no acep- 
tó, sino que provocó la acción, logrando, en una soberbia carga á la 
bayoneta, desordenar al enemigo, encerrarlo en Pamplona, y cogerle 
fusiles, municiones, bagajes y once prisioneros. 

Habiendo llegado á noticia de Carasa, el día 3 de Mayo que Don Car- 
los había entrado en España, voló á su encuentro poniéndose á sus órde- 
nes en Urroz, de donde salieron para Oroquieta. Noticiosos de esto los 
liberales, fueron acercándose á dicho pueblo las columnas de Primo 
de Rivera, Catalán, Letona y Moriones, librándose la desastrosa jor- 
nada de Oroquieta en la que la multitud de carlistas que habían acu- 
dido sin armas, no sirvió más que de estorbo al corto número de vo- 
luntarios que disponía de fusiles, y en la que Don Carlos de Borbón 
acudió desde el primer momento á las guerrillas, y en ellas permane- 
ció con Carasa, á pesar de los reiterados y leales consejos de dicho 
Brigadier, quien trató de evitar las fatales consecuencias que habría 
podido tener para la Causa Carlista la serenidad y el arrojo de su 
augusto Jefe; y en fin, cuando se hizo ya completamente imposible la 
lucha y hubo de darse la orden de retirada, protegióla bizarramente el 
Brigadier Carasa, peleando cuerpo á cuerpo en la carretera y en las 
eras del pueblo, rodeado de algunos otros jefes no menos valientes, 



— 321 — 

entre ellos nuestro querido y malogrado compañero el Comandante de 
Artillería D. Félix Díaz Aguado, que se batió allí con aquella misma 
bravura que le admiramos en la guerra de África, y á cuya amistad y 
desgracia no podemos menos de consagrar un recuerco, sin menosca- 
bar por ello en lo más mínimo lo heroico del comportamiento de tantos 
otros bravos jefes, y tantos y tantos bisónos soldados carlistas que sos- 
tuvieron el honor de las armas hasta quemar el último cartucho ó sellar 
con su sangre su adhesión al Carlismo. 




D. FRANCISCO DE ULIBAKRI 



Desde 1872 hasta 1875 permaneció el Brigadier Carasa retirado en 
San Juan de Luz, ó en su casa de Morentín, por ser de los que todavía 
confiaban en que el desdichado Cabrera decidiese del éxito de la gue- 
rra; y aunque nosotros no fuimos nunca entusiastas por el Conde de 
Morella, no por eso podemos dejar de reconocer la buena fé y la acri- 
solada lealtad del benemérito Carasa, quien apenas se convenció de lo 
equivocado que estaba al confiar en aquel General, se apresuró á pe- 
dir á Don Carlos un puesto de peligro en la campaña, y por la batalla 
de Lúcar fué ascendido á Mariscal de Campo (1). 



(1) Al hablar del General carlista Carasa no podemos pasar por alto lo si- 
guiente: En 1872, los periódicos dieron en suponer á Carasa tan sumamente 
obeso que aseguraban necesitaba ser poco menos que izado entre muchos jiara 
montar á caballo. Y esta idea se hizo tanto camino, que llegamos á persuadir- 
nos de ello, así que nuestra sorpresa fué grande cuando al año siguiente tuvi- 
mos ocasión de conocer y tratar al célebre Carasa. Efectivamente, éste no sólo 
era delgado, sino que hasta era muy enjuto; su mirar era rápido y profundo, su 
frase breve y concisa, sin resultar por ello desagradable, y su físico todo era 



— 322 — 

Al hablar del levantamiento de 1872 no podemos menos de consa- 
grar un recuerdo á lo mucho que ayudó al Brigadier Carasa en sus- 
operaciones de aquella época, el valor y la ilustración de su Jefe de 
Estado Mayor el Coronel D. Gerónimo García, quien murió gloriosa- 
mente en aquella breve campaña, asi como el Brigadier D. Francisco- 
Ulibarri y el Coronel D. Prudencio Ayastuy. 

Pero volvamos á las operaciones de Vizcaya en 1875. 

El mismo día que Don Carlos nombró al General Carasa para el 
mando de la División de dicha provincia, libróse un empeñado com- 
bate en la izquierda de la línea carlista, sostenido brillantemente por 
los brigadieres Cavero y Fontecha, contra las fuerzas del Briga- 
dier liberal Prendergast, quien con tres batallones y dos escuadrone» 
impedía que los carlistas ocupasen la Peña del Caballo y otros puntos- 
dominantes de sus posiciones. 

Asumido por el Brigadier carlista Fontecha (como más antiguo) el 
mando hasta la llegada del General Carasa, dispuso, de acuerdo con el 
Brigadier Cavero, que éste subiera á la peña Camplacera para obser- 
var y cañonear al enemigo llevando á sus órdenes dos batallones cas- 
tellanos, el 2.*^ y el de Guías, un Escuadrón del Regimiento de Borbón 
y dos cañones de Montaña de la Batería de Ortiz de Zarate: Fontecha 
se dirigió á Viergol. El Brigadier Cavero adelantó á Bel loso y su& 
avanzadas ocuparon Quincoces, siguiendo á Villasana, desde cuya 
boquete ordenó cá su Artillería cañonear todos los pueblos del valle de 
Mena en donde se divisaran fuerzas enemigas. 

Los disparos fueron tan certeros que, provocados los liberales de 
esta suerte, adelantaron dos compañías y cincuenta caballos á Cas- 
tresana, otras dos compañías á Villaverde, y unos tres batallones y 
dos escuadrones á Gristando, de cuyos puntos hubieron de retirarse á 
Castrobasto, no sin haber intentado antes envolver las fuerzas carlis- 
tas de la Complacera. Tenemos á la vista el parte oficial carlista que 
copiado á la letra dice así: «Recibido aviso del Brigadier Cavero de 
»que el enemigo con G.OOO hombres, 300 caballos y 6 piezas, se dirigía 
»hacia la Peña del Caballo, y considerando que si los liberales se apo- 



un manojo de nervios, como se dice vulgarmente. Tan no acertaron en esto lo» 
liberales, como en tantas otras afirmaciones suj'as más ó menos ridiculas, como 
por ejemplo, cuando después contaban sus periódicos, como si los hubieran oído, 
los sermones que suponían predicaba en Estella desde los balcones de su aloja- 
miento el Ilustro Obispo de Urgcl. f;Cómo podía darse gran crédito á la prensa- 
que estampaba semejantes patrañas y que tan de manifiesto ponía su completo- 
desconocimiento délos hombres y de las cosas? 



— 323 — 

aderaban de la Peña, quedaba comprometida la izquierda carlista, 
«dispuse que el l.er Batallón de Castilla, el 2.^ de Cantabria y el de 
•Asturias pasasen á Santa Olaja. La línea quedó establecida en conse- 
»cuencia de la manera siguiente: en el valle de Losa, el Batallón Guias 
»de Castilla, defendiendo el boquete de Peña Ángulo: dos compañías y 
»la Caballería en Quincoces: el 2.^ de Cantabria en la Complacera: As- 
»turias en vanguardia y avanzando hacia el enemigo^ y el 1." de Cas- 
»tilla en reserva: yo me situé en Artieta. El enemigo empezó el ataque 
»el día 14, á la vista del boquete de Santa Olaja. AI ser rechazado por 
«nuestras fuerzas, el arrojado Brigadier Cavero quiso cargarlos, no sin 
«sospechar de un bosque cercano, donde efectivamente tenía el enemi- 
»go 4 batallones en masa, que fueron después dispersados por los cer- 
»teros disparos del Capitiln de Artillería Ortíz de Zarate, los cuales 
«consiguieron por tres veces consecutivas hacer variar de posición á 
»las tropas y á las 6 piezas contrarias. Mientras tanto, en el valle de 
«Mena, el enemigo con 3 batallones y algunas piezas intentó avanzar 
»á la Campa del Caballo y á Viergol, donde estaban el 1." de Canta- 
«bria y el 5." de Castilla, siendo rechazado hasta Medianas y Monte- 
»mayor, y más adelante en toda la línea. Las bajas carlistas fueron 
«dos muertos, 13 heridos y 2 contusos. Por la parte de la Complacera 
«tuvimos 8 muertos y 27 heridos.— Las bajas del enemigo subieron 
«á 100 en los días 14 y 15 de Mayo.» 

El escritor liberal D. Antonio 'Pira\íi en &u Historia Contemporánea ^ 
dice: «Prendergast conquistó las posiciones de la Peña Complacera, 
«después de rudos combates, en que jugó la Artillería y se dieron car- 
«gas íi la bayoneta, retirándose los carlistas bien y valerosamente di- 
«rigidos por Cavero: abandonada la Complacera, á los dos días la vol- 
» vieron á ocupar los carlistas.» 

A los tres días de tomar posesión del mando el infatigable General 
carlista Carasa, se dirigió con sus fuerzas á la linea de Valmaseda para 
provocar la salida de los enemigos de sus cuarteles: avanzó hasta Vier- 
gol y el Berron, y desde las alturjis de Nava de Mena hizo que jugaran 
sus cañones de Montaña, sin lograr que los liberales aceptaran el com- 
bate á que les invitaban los carlistas. 



La acción de Medianas, ocurrida el 20 de Junio fué de mucha más 
importancia que la anterior no sólo por lo vivo y sostenido del fuego 
por ambas partes, sino por el gran número de prisioneros que se hicie- 
ron, y el botín de guerra que dejaron en poder de los carlistas las tro- 
pas liberales. 



— 324 — 

Habiendo llegado á noticia del General carlista Carasa que el Ge- 
neral liberal Loma había salido de los valles de Losa y Mena, dispuso 
el caudillo carlista atacar á las tropas del Brigadier Muriel que cubrían 
dichos valles en número de cuatro batallones: uno de ellos ocupaba 
Carrasquedo; otro, con dos cañones. Medianas; otro Covides, y el cuar- 
to, Mercadillo y el Pendo. Apenas se ausentó del valle de Mena el Ge- 
neral Loma, atacaron los carlistas mandados por el Brigadier Cavero, 
desde la parte de Viergol, y destrozaron la Brigada Muriel que tuvo 
que encerrarse en Mercadillo por haber cargado sobre ella los carlistas 
con denodado valor, aislando de los demás á los liberales de Garras- 
quedo que fueron muertos en gran número ó hechos prisioneros. Des- 
pués siguieron los carlistas á Medianas con irresistible empuje, y se 
hubieran hecho dueños de la Artillería contraria, sin el valor heroico 
desplegado por los artilleros liberales quienes se defendieron hasta con 
los juegos de armas de sus piezas, perdiendo al fin la Brigada Muriel 
doscientos prisioneros y doscientos treinta y cinco fusiles, salvándose 
las fuerzas restantes gracias al fuerte de Mercadillo. 

Noticioso de esta derrota el General Loma, acudió con sus batallo- 
nes; pero no pudo llegar á tiempo de impedir la victoria de los carlis- 
tas, si bien en combinación con el General Villegas les atacó, retirán- 
dose las fuerzas de Carasa de las posiciones conquistadas el día 
anterior, las cuales no tenían empeño en defender contra tropas tan 
superiores y que les hubieran causado innumerables bajas. 

Hasta aquí, la versión liberal; la carlista refiere lo mismo en suma, 
pero con mayor lujo de detalles. 

El activo y valiente General Carasa recibió aviso del Coronel Olas- 
coaga, de que los liberales se habían retirado d3 su línea hacia Merca- 
dillo, por lo cual ordenó al Brigadier Echévarri que la ocupase con el 
Batallón de Guernica: Carasa marchó al Berron, y mandó que los ba- 
tallones de Asturias, Guernica y Somorrostro fueran por la carretera 
de Nava; que el Batallón de Durango, que se hallaba en Viergol, se 
concentrara y ayudase á los batallones 2.*^ y 5.*^ de Castilla, que se 
hallaban á la izquierda de la línea carlista con el bizarro Brigadier 
Cavero; y en fin, que el Jefe del Batallón de Asturias reconociera Ber- 
cedo y Víllasante, y se le uniera con algunas compañías de Guías de 
Vizcaya y el Batallón de Guernica, para colocarse á retaguardia de 
Mercadillo. Observando desde allí el General Carasa que alguna fuerza 
liberal ocupaba el monte de Entrambasaguas, ordenó que se la atacara 
por los Guías del mando del Comandante S'aliquet. Eoto el fuego desde 
lina posición atrincherada, dominada á su vez por otra, mandó Carasa 
envolver la segunda y tomar á, la bayoneta la primera, como así se 



— 32Ó — 

hizo por el Batallón de Somorrostro y los Guías, á las cinco de la tarde, 
ayudadas dichas fuerzas por algunas compañías de los batallones As- 
turiano y de Guernica mandadas respectivamente por Rivafiecha y 
Ayerra. Al mismo tiempo y para darse la mano con el Brigadier Ca- 
vero, quien venía sosteniendo fuego todo el día con el enemigo desde 
que salió de Mercadillo, bajó el General Carasa á Villasana, en donde 
se le unió la fuerza de Villasante, quedando al fin en las posiciones 
conquistadas con los batallones de Guernica, de Somorrostro y el de 
Asturias. Entonces los batallones de Durango y 5." de Castilla acaba- 
ron de envolver en un círculo de fuego á los liberales, secundados ad- 
mirablemente por las piezas de la Batería de Ortíz de Zarate, conclu- 
yendo por tener que encerrarse los alfonsinos en Mercadillo. Los 
carlistas tuvieron un jefe, dos oficiales y cinco voluntarios muertos, 
tres oficiales y veinte y nueve voluntarios heridos y contusos. 

Fué, pues, una brillante victoria de los carlistas la de Medianas. 
Tan lo comprendió así el General Loma, que al llegar en auxilio de la 
Brigada Muriel (la cual había realmente quedado abandonada) dice el 
escritor liberal Pirala, que comprendió que las tropas habían sufrido 
ya un desastre, del cual culpó ásperamente Loma á Muriel, atribuyén- 
dolo á falta de pericia, muriendo el citado Brigadier liberal^ víctima 
de un accidente que le ocasionó el verse ajado en su pundonor por el 
expresado General Loma. 

Entretanto que tenían lugar estas operaciones militares, los ele- 
mentos civiles del carlismo vizcaíno reunidos en junta de merindades 
á principios de Junio, y en junta general á fines del mismo mes, ha- 
bían acordado proceder oficialmente y con toda solemnidad al jura- 
mento de Don Carlos como Señor de Vizcaya, majestuoso acto que tuvo 
lugar el día 3 de Julio de 1875 en Guernica á donde acudió Don Car- 
los de Borbón acompañado de su augusto padre Don Juan, de S. A. el 
Conde de Bardi, de los generales Tristany, Férula é Iparraguirre, de 
los brigadieres Pérez de Guzmán y Parada (veterano de la primera 
guerra), del Gentil-hombre Marichalar, de los jefes y oficiales á sus 
órdenes Coronel Marqués de Bondad-Real, tenientes coroneles Barrau- 
te y Respaldiza, comandantes Orbe y Ponce de León, capitanes Silva 
y Suelves y el aposentador del Cuartel Real D. Salvador Morales. 

El Conde del Pinar, Corregidor del Señorío^ los diputados genera- 
les Urquizu (D. Fausto) y Pinera, los síndicos procuradores generales 
Pértica y Liona, los consultores letrados Tollara 'y Sarachu, los cape- 
llanes Ormaechegoitia y Cruz de Llanos y los secretarios del Gobierno 
universal del Señorío, Olascoaga y Artiñano, en unión del Padre de 



— 326 — 
Provincia, Urquizu (D. José Niceto) y de Zavala y Arrieta Mascarúa, 
corregidor que había sido y comisionado en Corte por Vizcaya, con- 
gregados en la sala consistorial de la villa de Guernica, salieron todos 
reunidos en cuerpo de comunidad hacia la morada de D. Carlos, pre- 
cedidos por varias músicas, clarines y atabales y una sección del Caer- 
po de Migueletes del Señorío al mando de su primer jefe, Teniente 




D. JUAK" DE PARADA 



Coronel Urquiii, llevando el síndico procurador general, Pértica, el 
Pendón del Señorío, de cuyos pueblos todos, había acudido numeroso 
público á Guernica, uniendo sus vítores y entusiastas aclamaciones á 
los de los moradores de dicha villa, entre las salvas de la Artillería, 
los caprichosos fuegos de los cohetes y el repique de campanas de 
Iglesias y conventos, que prestaban extraordinaria animación á tan 
memorable acto. 

Colocados Don Carlos y Don Juan de Borbón bajo rico dosel de da- 
masco en el Estrado que cae sobre las gradas y só el árbol de Guernica, 
y ocupando los representantes de Vizcaya el puesto de honor que les 
correspondía, rodeados de inmenso gentío, ofició el Santo Sacrificio de 
la Misa el M. I. Garlón, Magistral de la Catedral de Lugo, jurando Don 
Carlos los fueros, libertades, franquicias^ exenciones, prerrogativas, 
buenos usos y costumbres del Señorío, arrodillado ante el altar en el 
momento de ser consagrada la Santa Hostia, y terminada la Misa tuvo 



— 327 — 

lugar su proclamación solemne como Señor de Vizcaya y el pleito ho- 
menaje que con la más delirante alegría, el más profundo respeto y 
las mayores muestras de acendrada adhesión rindieron á Don Carlos 
el Regimiento General, los Caballeros apoderados y todo el pueblo, 
hincando la rodilla en tierra,, ahogando con atronadoras explosiones 
de entusiasmo la poderosa voz de la Artillería y el volteo de las cam- 
panas que celebraban aquel acto que resultó verdaderamente gran- 
dioso y que tuvo digno coronamiento con la orden que dio Don Carlos 
de Borbón para que en conmemoración de tan celebrado suceso, y para 
aumentar el júbilo de todos enjugando las lágrimas de muchos, se pu- 
siese inmediatamente en libertad á cuantos se encontrasen presos ó 
detenidos por causas políticas. 

Con la misma imponente majestad é igual entusiasmo tuvo lugar 
el día 7 de Julio del mismo año de 1875 en Villafranca la proclama- 
ción de Don Carlos por Guipúzcoa, representada dicha provincia en 
tan solemne ceremonia por el Comandante General y el Corregidor 
carlistas, por el antiguo Diputado á Cortes D. Manuel de Unceta, co- 
misionado por la Junta para levantar pendón por Guipúzcoa en nom- 
bre de Don Carlos, por D. José Domingo de Oyarzabal, D. Ladislao de 
Zavala, D. Vicente de Artazcoz, D. José M.* de Verzosa, D. José Joa- 
quín de Egaña^ D. Tirso de Olazabal, D. Ignacio de Lardizabal^, don 
Antonio de Esterripa y, en fin, todos aquellos sufridos y valerosos 
montañeses, viejos, jóvenes, mujeres y niños que tantas vidas y sacri- 
ficios ofrecían en holocausto por el triunfo de la causa carlista, y que 
también, como en Vizcaya quisieron realizar un acto como éste que 
les parecía unirles más estrechamente con el rey que aclamaban en 
los campos de batalla, quien juró^ á su vez, en la Iglesia parroquial y 
sobre los Santos Evangelios, guardar y cumplir los fueros, privilegios, 
leyes, ordenanzas, buenos usos y costumbres de Guipúzcoa. 



Volviendo á las operaciones militares, dejando para otro capitulo 
el ocuparnos de los hechos de guerra ocurridos en Álava, y en espe- 
cial de la batalla de Zumelzu, réstanos hablar de los combates de Ca- 
rranza y Villaverde de Trucios, ocurridos en Julio y Agosto de 1875. 

El afán de guerrear de los generales liberales de Guipúzcoa y Viz- 
caya, Loma y Villegas, igualaba [al que sentían del mismo modo los 
generales carlistas Egaña y Carasa, pues unos y otros no desperdicia- 
ban ocasión alguna para aprovechar los descuidos ó la falta de fuerzas 
de su contrario, cuando se disponía de algunas de ellas fuera de di- 
chas provincias. 



— 328 — 

Encontrándose, pues, el General Villegas con suficientes faerzas, 
el día 27 de Julio, para distraer las que los carlistas reunían en Álava, 
A fin de oponerse á los intentos del General en Jefe liberal D. Genaro 
de Que'sada, entraron los liberales por el valle de Carranza^ con un 
efectivo de diez mil hombres á las órdenes de los generales Villegas y 
Morales de los Ríos y de los brigadieres Ibarreta y Cuadros. Al saber 
el General carlista Carasa el avance del Ejército contrario, avanzó á. 
su vez desde Valmaseda con los batallones vizcaínos de Guernica, 
Durango, Guías y Somorrostro, un Batallón Cántabro y el de Asturias, 




D. MARCELINO ORTIZ DE ZARATE 



la Batería de Ortíz de Zarate, el Brigadier Echévarri y el Coronel Ro- 
dríguez Maíllo, ordenándoles la natural defensa de su línea atrinche- 
rada, resultando el combate rudo y sangriento. Los liberales atacaron 
y se apoderaron con gran denuedo de Orrantía, Antuñano, Bortedo y 
Celadilla en el primer ímpetu, á pesar de la gran resistencia que le» 
opusieron los carlistas. Unos y otros combatientes acamparon en sus 
respectivas posiciones, esperando que se renovara el combate al día 
siguiente, lo cual no tuvo lugar por haber dispuesto la retirada el Ge- 
neral Villegas, sin duda por el gran número de bajas que experimen- 
taron sus tropas, y que los carlistas hicieron ascender á veinte y cua- 
tro muertos y doscientos heridos, siendo así que los liberales no 
confesaron más que cinco muertos y treinta heridos, primero, y veinte 
muertos y noventa y cinco heridos después. 



— 329 — 

A los pocos días, el 10 de Agosto, hubo de librarse en Vizcaya otro 
reñido combate, en el cual salió victorioso el bizarro é infatigable Ge- 
neral carlista Carasa. Nos referimos al encuentro de Villaverde de 
Trucios, por el cual concedió Don Carlos de Borbón al animoso Gene- 
ral citado el título de Conde de Villaverde de Trucios. 

El General carlista ocupaba sus habituales posiciones, con cuatro 
mil hombres y cuatro piezas de Montaña, cuya fuerza resistió al no 
menos bravo é infatigable General Villegas, quien atacó con diez mil 
hombres y diez y seis cañones, intentando privar de recursos al Ejér- 
cito carlista, para lo cual invadió el territorio dominado por éste, en- 
trando por los valles de Losa y Carranza el día 10, y ocupando posi- 
ciones importantes que habían de servirle al día siguiente para apo- 
derarse de Trucios y Villaverde. 

Carasa se opuso valientemente con sus escasas fuerzas al intento 
de su contrario, quien no pudo lograr su objeto por completo, á pesar 
de su superioridad numérica, la cual no fué obstáculo para que los 
exiguos, pero bravos batallones carlistas, se lanzaran á la bayoneta 
impetuosamente^ hallándose muy próximos á alcanzar sobre los libe- 
rales una victoria aún .más completa y de mayor impoitancia, pues 
estuvieron á punto de quedarse con algunas piezas de Artillería y 
hasta con el General Villegas^ quien se vio precisado á cargar con su 
escolta para verse libre del círculo de carlistas que le rodeaban y ata- 
caban con la mayor intrepidez y encarnizamiento. Dudamos que el 
General Villegas se haya visto nunca en situación tan comprometida. 
Ambos ejércitos volvieron á sus cantones para reponerse de las dolo- 
rosas pérdidas que experimentaron. Las bajas de los liberales se acer- 
caron á doscientas, y las de los carlistas pasaron de ochenta. 

Más adelante sostuvo el intrépido General Carasa otros reñidos en- 
cuentros, pudiéndose decirse que era raro el día que no había algún 
combate, más ó menos formal, en la línea de Valmaseda entre el viejo 
General carlista y su habitual contrario el General Villegas, á quien 
acompañaba^ á veces, en sus operaciones el no menos batallador Ge- 
neral Loma, como en los días 22 y 23 de Septiembre y 15 y IG de Oc- 
tubre. 

En Septiembre atacó el General Loma la línea carlista de Valma- 
seda. La Artillería carlista disparó con gran acierto, especialmente á 
la Peña de San Miguel. Desde Arciniega llegaron dos batallones car- 
listas de refuerzo, por orden de Don Carlos de Borbón, que se hallaba 
entonces en las inmediaciones, para impedir que el enemigo envolviese 
la linea carlista, acabando por retirarse los liberales á sus valles de 
Losa y Mena. Las fuerzas carlistas fueron diez batallones y las seis 



— 330 — 

piezas de Ortíz de Zarate, que lucharon contra doble número de pie- 
zas y catorce batallones que llevaban los liberales. 

Las acciones reñidas en Octubre reconocieron por causa el intento 
de los liberales de apoderarse de los almacenes que tenia la División 
carlista de Castilla en Orduña. Pero los batallones de Somorrostro, 
Murguia y Guias de Vizcaya se situaron sobre Villaverde, Medianas y 
Viergol, y después de haberse puesto en franquía uniformes, efectos y 
raciones, provocaron á las tropas liberales que ocupaban los fuertes, 
sin lograrse más que un nutrido tiroteo que por ambas partes se sostu- 
vo hasta la noche, sufriendo los carlistas cuatro muertos y veinte he- 
ridos, y no pudiéndose precisar las bajas dé los liberales porque no 
abandonaron los fuertes. 

Suspendemos por ahora la narración de los hechos de armas ocu- 
rridos en Vizcaya, para no volver ya á ocuparnos de dicha provincia 
hasta las operaciones finales de la campaña, ó sea el avance del Ejér- 
cito liberal llamado de la Izquierda y la célebre retirada del anciano 
y valiente General carlista Carasa, ayudado por su inteligente y bra- 
vo Jefe de Estado Mayor el Coronel González Granda, de todo lo cual 
hablaremos más adelante, asi como de la sangrienta batalla de Elgue- 
ta, sostenida principalmente y casi en su totalidad por la División 
Vizcaína. 




D. JOSÉ RUIZ DE LARRAMENT)! 



Capitulo XXVIII 



Hesumen de las operaciones en Álava durante el mando de los coman- 
dantes generales carlistas Larramendi, Alvarez y Fortun. — Ba- 
talla de Zumelzu. 



SEGURAMENTE habrá llamado la atención de todo aquel que haya 
seguido paso á paso nuestra narración, el que no hayamos dedi- 
cado siquiera un capítulo á la digna Provincia de Álava y á sus no 
menos dignos batallones. La razón, sin embargo, es muy sencilla: 
lejos de nosotros preterición ú olvido; desde los comienzos de la gue- 
rra, los liberales sólo se ocuparon de la capital, y hasta mediados de 
1873 conservaron únicamente guarniciones en Vitoria, Lagaardia, San 
Vicente y Salvatierra, retirando las últimas después; Laguardia fué 
unas veces guarnecida por liberales y otras por carlistas, y por tanto 
las únicas operaciones llevadas á cabo en la provincia, además de las 
ya descritas al seguir la marcha general de la campaña, fueron las 
que expresaremos á continuación, así como el empeño de guerra más 
notable fué el ocurrido en Julio de 1875, el cual relataremos seguida- 
mente. 



— 332 — 

Poca fortuna tuvieron al principio de la guerra los valientes y su- 
fridos alaveses: su primer Comandante General el Coronel D. Manuel 
Lecea experimentó un duro revés cuando aún estaban los batallones 
alaveses en el período de organización bajo los jefes de la provincia 
entre los que descollaban los veteranos de la primera guerra civil don 
Celedonio Iturralde y D. José Montoya. El 23 de Abril de 1873, cuan- 
do apenas habían empezado á armarse los batallones y hallándose en 
Apellaniz á las órdenes del dicho Coronel Lecea, fueron sorprendido» 
de noche por las tropas ó, mejor diremos, por las contra-guerrillas de 
la provincia que haciendo una marcha rápida desde Vitoria, cayeron 
sobre los voluntarios carlistas en organización, quienes descansaban 
descuidados y sin las precauciones debidas en campaña. Algunos he- 
ridos y prisioneros fueron el botín del vencedor, y éste fué el motivo 
de retrasarse algun tanto la definitiva organización de los batallones 
de Álava. Mandóse formar sumaria actuando de fiscal el Brigadier 
Iturmendi, no volviéndosele á conferir mando alguno á Lecea, y rele- 
vándole con el entendido Mariscal de Campo D. José Ruiz de Larra- 
mendi, que acababa de llegar de Cataluña en donde había desempe- 
ñado dignamente el cargo de Jefe de Estado Mayor de Don Alfonso 
de Borbón, General en Jefe del Ejército carlista del Principado. 

En uno de los primeros capítulos hemos ya dado alguna idea de los 
brillantes antecedentes militares del General carlista Larramendi, así 
que ahora únicamente diremos que con sus acertadas disposiciones 
logró en breve reanimar el espíritu militar de los batallones alaveses, 
organizando seis que fueron un modelo de sufrimiento y de valor, 
como ya hemos tenido ocasión de hacer constar al citar su bravura en 
los hechos de armas que ya hemos referido en esta obra, especialmente 
al describir los combates de Montejurra, Somorrostro y Abárzuza. 
También hemos hablado de la empeñada conquista de Laguardia, en 
la que tanto se distinguieron los batallones alaveses á las órdenes del 
tantas veces citado y valiente General Alvarez. Nada diremos, pues, 
tampoco del arrojo de los alaveses en la línea lel Carrascal, pues tanto 
su Comandante General Fortun, con dos batallones, como el Brigadier 
Valluerca con otros dos, el primero en Esquinza y el segundo en Lácar,, 
dejaron bien puesto el pabellón alavés. 

Al General Larramendi sucedieron en el mando de Álava los gene- 
rales Alvarez y Fortun, de cuya vida militar ya hemos dado algunos 
datos en otro capítulo, así que prescindiendo del breve mando del 
primero de éstos, cuyo hecho más notable fué la toma de Laguardia, 
ya descrita en el capítulo XVIII, pasaremos desde luego á ocuparnos 
de los sucesos de más importancia ocurridos en el tiempo en que des- 



— 333 — 

«mpeñó la Comandancia General carlista de Álava D. León Martínez 
l^ortun, nombrado en Septiembre de 1874. 

No bien se posesionó este General del mando, empezó por no dejar 
tranquilos A los liberales, llevando á cabo la sorpresa de Cenicero, con 
ochenta hombres del Batallón de la Rioja que hicieron cinco prisione- 
ros y se apoderaron de trece fusiles y otros efectos. Al mismo tiempo, 
treinta voluntarios del Batallón 3.^ de Álava atravesaron el Ebro 
cerca de la Puebla de Arganzón, levantaron rails y postes telegráficos 
con el fin de dificultarlas comunicaciones del enemigo. 

A los pocos días se verificó por los alaveses otra sorpresa de mucha 
mayor importancia, cual fué la de un tren de Miranda de Ebro. El 
Brigadier Valluerca dispuso que la partida de Vítores, fuerte de ochen- 
ta hombres, atravesara el Ebro con aquel objeto, á la vez que otra 
pequeña fuerza de Caballería, doce caballos, atravesando el vado más 
cercano, se encargaba de distraer á los liberales que ocupaban Santa 
'Gadea, para evitar que acudiesen en auxilio del tren; cogiéronse cua- 
tro prisioneros de Caballería y nueve de Infantería, montaron los car- 
listas en el tren obligando al maquinista á que los condujera, y bajá- 
ronse en el puente de Pangua, por haber salido contra ellos los liberales 
■de Pancorbo á quienes causaron tres muertos y cinco heridos. 

Después del combate de Lácar, tantas veces citado, la acción más 
Importante que se dio en Álava fué la de Subijana-Morillas. Un sólo 
Batallón, el 6.*^ de Álava, al mando de su Teniente Coronel Muñezcan, 
se encargó de la operación. Como el objetivo de las tropas alavesas 
era, por el momento, cortar las comunicaciones entre Miranda y Vito- 
ría y aislar en lo posible á la guarnición de esta capital, el menciona- 
do Jefe que tenia avanzada una Compañía de su Batallón entre Ar- 
miñán y Miranda, acudió con el resto de aquél para obligar al enemigo 
á combatir. Pero como los liberales por allí no salían generalmente de 
sus defensas, y el castillo de Quintanilla estaba cerca, de él se ampa- 
raron los alfonsinos, habiendo sufrido, sin embargo, ocho bajas que 
dejaron en el campo. No contentos v.on esto los carlistas, revolvié- 
ronse sobre Miranda de Ebro, no saliendo los liberales de sus castillos, 
A pesar de haber dentro del recinto cerca de tres mil hombres. 

Uno de los objetos que con más insistencia persiguió el General 
carlista Fortun fué asegurar de una sorpresa á sus batallones cuando 
se corrieran á la llanada de Vitoria, construyendo con dicho fin, el 
fuerte de San León con el que se cerraba el puerto de Herrera al ene- 
migo, dotándosele de dos cañones para hacer tributario á San Vi- 
cente é interceptar los caminos que conducían á la Barranca^ Bernedo 
y Peñacerrada, así como la carretera de Logroño á Vitoria. 



— 334 — 

Llegamos á Zumelzu. Y bien sabe Dios que lo hacemos lleno el co- 
razón de amargura como el día en que se libró dicha jornada á la que^ 
afortunadamente, no asistimos por encontrarnos en aquella época ocu- 
pados en el establecimiento délas baterías de la costa para hacer fren- 
te á los fuegos de la Escuadra. Cumplimos^ sin embargo, nuestro deber 
de narradores, pero con pena por haber constituido la batalla de Zu- 
melzu la única verdadera derrota de los carlistas, no ya por la mate- 
rialidad de haberse perdido la acción, si no por las consecuencias que 




D. LEÓN MARTÍNEZ FORTUN 



ésta tuvo, puesto que los vencimientos de Velabieta, Bilbao é Irun 
hicieron, como el Fénix, renacer de sus cenizas más pujante al Ejér- 
cito carlista. Describamos lo ocurrido y después sacaremos las conse- 
cuencias y con sereno juicio veremos quién ó quiénes fueron los cau- 
santes del desastre- 

Casi desde el momento en que el General liberal Quesada se hizo 
cargo del mando en Jefe del Ejército del Norte, echó de ver que nin- 
guna de las capitales de las cuatro provincias vivía desembarazada- 
mente. Antes al contrario, Bilbao, Pamplona y San Sebastián eran á 
menudo víctimas de los cañones carlistas. Nada digamos de Vitoria, 
cuyo aprovisionamiento costaba un rudo combate cada vez que se 
llevaba á cabo, hallándose por lo regular incomunicados siempre sus 
moradores con el resto de la Península. Su situación como base de 
operaciones ofensivas no tenía precio, y sin embargo, las tropas que 
la guarnecían apenas podían salir algo del recinto sin experimentar 
bajas, siendo por tanto intolerable la situación de la capital de Álava. 
En vista de ello el General Quesada, que era un animoso soldado, llamó 
fuerzas suficientes para levantar el bloqueo de Vitoria y restablecer 
comunicación segura con Miranda de Ebro, empezando por hacer que 



— ^35 — 

fuesen á la llanada de Álava las fuerzas del General Loma que se ha- 
llaban en Vizcaya y algunas de Navarra, en la forma siguiente: 

El General Loma, con ocho batallones, una Batería de JIontaña y 
dos escuadrones, ocupó Manzanos y los pueblos inmediatos; las briga- 
das Pino y Alarcón, con ocho batallones, tres escuadrones y dos bate- 
rías de ]\Iontaña, se situaron en Armiñán y Estadillo; el General Tello, 
con cinco batallones, dos escuadrones, una Batería de Batalla y media 
de Montaña, se acantonó en la Puebla de Arganzón y las Conchas; y, 
por último, había tres batallones de la Brigada Arnaiz agregados al 
Cuartel General, y otros tres batallones hallábanse destinados á pro- 
teger convoyes y guarnecer puntos importantes, reuniendo el General 
Quesada para levantar el bloqueo de Vitoria un total de veinte y siete 
batallones, diez piezas de Artillería de Batalla, veinte de Montaña, 
siete escuadrones y algunas compañías de Ingenieros y voluntarios. 

La línea defendida por los carlistas en la batalla de Zumelzu apo- 
yaba su izquierda en el Condado de Treviño, descendiendo por los 
montes de Vitoria á Zumelzu y Nanclares, que era su centro^ y se ex- 
tendía por su derecha hasta Subijana, cubriendo estas posiciones los 
•batallones de la División de Álava, el o.", el o. " y el 6." de Navarra, 
el 1." de Guipúzcoa, el de Aragón^ los cinco primeros batallones de 
Castilla, la Compañía de Guías de Álava, las baterías de Montaña de 
Reyero é Ibarra, la sección de cañones Plasencia, de Saavedra, el Re- 
gimiento de Caballería de Castilla, un Escuadrón del de Navarra y 
otro del de Borbón: en junto, diez y seis batallones, quince piezas de 
Artillería de Montaña y seis escuadrones, figurando al frente de estas 
fuerzas el General Pérula y los brigadieres Pérez de Guzmán, Monto- 
ya (D. Simón), Valluerca y Calderón. 

Vemos, pues, que ambos ejércitos estaban equilibrados en Caballe- 
ría^ siendo muy inferior el carlista en Infantería y Artillería. Pero la 
mayor desventaja de las tropas carlistas consistió, á nuestro juicio, en 
que habiendo sustituido por aquellos días el General Pérula en el man- 
do en Jefe al General Mendiry, ocurrió que si éste tenía formado, 
(bueno ó malo), algún plan de campaña, le era totalmente desconoci- 
do á su sucesor Pérula quien cuando llegó á la línea de Álava, con su 
Jefe de Estado Mayor el entendido Brigadier Pérez de Guzmán, se en- 
contró con que ya había dejado el mando y retirádose el General Men- 
diry, Además, sabido es que el nuevo Jefe de Estado Mayor General 
carlista no era más que un guerrillero de audacia y de fortuna, cuyo 
principal mérito estribaba en haber ganado sus empleos gracias á su 
proverbial bravura; pero no era, al fln y al cabo, un militar de carre- 
ra, sino un jefe improvisado, falto de toda la instrucción y prolongada 



— 3o6 — 

práctica del arte déla guerra, que son, hoy más que nunca, indispen- 
sables para dirigir con éxito las tropas, así que era difícil hiciera 
grandes milagros al encontrarse con que había de conducir al comba- 
te, sin pérdida de tiempo y sin espacio para madurar un plan de ope- 
raciones, á unas tropas que ocupaban ya determinadas posiciones ele- 
gidas según el criterio y los planes de su antecesor el General Mendiry, 
quien no llegó á hacerle entrega directa y detallada del mando, por- 
que ofendido, sin duda, al verse reemplazado en su elevado puesto por 
un General como Férula^ con quien no le unían lazos de simpatía ni 
mucho menos, se alejó del teatro de operaciones poco antes de la ba- 
talla, librándose ésta enseguida,, cuando ni el General Férula ni su 
Jefe de Estado Mayor el Brigadier Férez de Guzmán habían tenido 
aún tiempo de preparar convenientemente todos los detalles del com- 
bate, pues al llegar á la línea de Álava, la misma víspera de la jorna- 
da de Zumelzu, tuvieron dichos generales hasta que informarse por sí 
mismos de la situación de las fuerzas, recurriendo para ello á pregun- 
tarlo á los jefes de las brigadas y batallones. 

Entre tanto, puso el General Quesada la víspera de la batalla en 
autos de su plan á los generales y brigadieres que á sus inmediatas 
órdenes habían de llevarlo á cabo. Frevino al Brigadier Pino se diri- 
giera desde San Formerio sobre Treviño, á cuyo punto habían de con- 
currir también, por diferentes caminos, los batallones de los generales 
Tello y Loma con el fin de romper la línea carlista y por Doroño caer 
sobre Vitoria. 

Tanto la Brigada Fino como la División que tenía á sus inmediatas 
órdenes el General Loma, emprendieron sus respectivos movimientos, 
y no encontrando á su frente ni á sus flancos fuerza bastante que los 
contuviera (pues la que pudo oponérseles en la carretera de Feñace- 
rrada á Vitoria se reducía á poco más de un Batallón y medio) entra- 
ron en Treviño, mientras los carlistas se unían al centro de su línea 
para defenderse mejor de la División del General Tello que desde las 
Conchas estaba sosteniendo rudo combate con sus enemigos. Gracias á 
esta concentración de los carlistas, los batallones del General Tello 
hubieron de luchar en desventajosas condiciones, viéndose obligado 
este General á pedir auxilio á las fuerzas del General Loma, que eran 
las que tenia más próximas. El General Férula, que había estado en 
la extrema derecha, y el Brigadier Montoya unieron sus batallones en 
los montes de Vitoria, ocupando Zumelzu y otras posiciones sobre el 
Condado de Treviño, quedando el Brigadier Valluerca y Coronel Cha- 
cón á la derecha del Zadorra, con cinco batallones, tres piezas de 
JVIontaña y dos escuadrones. El choque entre aquellas fuerzas carlistas 



— 337 — 

y las del General Tello fué á la desesperada por parte de todos, vién- 
dose obligados los liberales á retroceder ante el potente ataque de los 
carlistas que cargaron furiosamente sobre los alfonsinos, quienes se 
batieron también con el mayor denuedo. El General Tello entonces 
encomendó la salvación de sus tropas á la Caballería, ordenando al 
Coronel del Regimiento del Rey, D. Juan Contreras, que cargase con 
su gente; al extraordinario empuje con que cargaron los valientes lan- 
ceros liberales debióse, sin duda alguna, que se restableciera el com- 
bate, que por aquel lado podía considerarse perdido por los liberales, 
cuando el tercer Batallón carlista de Navarra cedió ante el arrojo de 
la Caballería enemiga, á pesar del heroísmo del Teniente Coronel Or- 
landi (primer jefe del citado Batallón carlista), quien aún después de 
recibir tres heridas seguía sin rendirse y que debió su salvación á la 
hidalguía del mismo Coronel liberal Contreras, quien uniendo á su 
bravura la generosidad más digna de aplauso, libró al citado jefe car- 
lista de una muerte segura, pues ya iban á rematarle unos soldados 
cuando el digno Coronel de los lanceros alfonsinos le puso en salvo. 

Hoy el General Contreras, postrado por cruel enfermedad, está 
convertido en un inválido y ve aumentados sus dolores con el de no 
poder pelear por el honor de España en Cuba ó Filipinas: reciba el 
pobre veterano el testimonio de la consideración y gratitud que mere- 
ce lo bien que supo hermanar los duros deberes de soldado y los nobles 
impulsos de su caballerosidad, solamente comparable á la expresión 
de profunda gratitud y entusiasta afecto con que el valiente Orlandi 
nos contó el noble rasgo de Contreras, cuando curado de sus heridas 
volvió á pelear á nuestro lado hasta el final de la campaña. 

Rehechos al poco tiempo los carlistas, á quienes tampoco es posible 
negar bravura y tenacidad, volvieron á cargar una y otra vez sobre 
los liberales; pero todo fué ya inútil porque, avisado oportunamente, 
el General Loma llegó con sus fuerzas de refresco, que unidas á las 
del General Tello, decidieron el éxito de la batalla, pronunciándose al 
fin los carlistas en una retirada que no fué lo ordenada que pudo y 
debió ser, toda vez que si en el centro y en la izquierda habían sido 
batidos por los liberales todavía quedaban por la derecha algunos ba- 
tallones carlistas que no habían entrado en fuego á causa de la consi- 
derable extensión de la línea de batalla. 

Rota, pues, la línea carlista, el Ejército liberal entró en Vitoria, 
consiguiendo así su General en Jefe Quesada su objetivo principal, 
aunque sufriendo la pérdida de 'un jefe^ dos oficiales y treinta y seis 
soldados muertos, y treinta oficiales y doscientos noventa y cuatro 
soldados heridos. 

22 



— 338 — 

He aquí algunos detalles tomados del parte oficial del Jefe de Es- 
tado Mayor General carlista, cuyo parte no copiamos literalmente por 
ser demasiado extenso, y por convenir en el fondo con cuanto hemo» 
manifestado hasta aquí de acuerdo con los autores liberales que siem- 
pre consultamos. 

Comprendiendo el citado General carlista al llegar á la línea de 
Álava que el propósito del General Quesada, ea combinación con el Ge- 
neral Loma^ era el de pasar á Vitoria, y viendo que el primero había 
ocupado la Puebla de Arganzón y Tuyo, y el segundo Manzanos, ex- 
tendiéndose hasta Treviño, ambos con gran número de fuerzas, dis- 
puso Férula que el día 7 marchasen los batallones 3." y 6.° de Nava- 
rra, 1.°, 2.'^ y 4.*^ de Castilla, la Batería de Montaña de Reyero, la 
Sección de cañones Plasencia, de Saavedra, y tres escuadrones del 
Regimiento de Castilla en apoyo de las fuerzas que había ya en el Con- 
dado de Tre^-iño, que eran los batallones de Clavijo y de Aragón, el 5.*^ 
de Navarra, el 3.^ de Castilla y el 4.° de Álava, una Sección de la Ba- 
tería de Montaña de Ibarra y un Escuadrón del Regimiento del Rey. 

Trasladóse el General Férula con su Jefe de Estado Mayor, el Bri- 
gadier Férez de Guzmán, en la madrugada del día 7 cá Villodas, reco- 
rrió las posiciones de la derecha del Zadorra, defendidas por los bata- 
llones 1 °, 2."^, 3.°, 5.*^ y 6.^ de Álava, el 1.'' de Guipúzcoa, la Compañía 
de Guías de Álava, una Sección de la Batería de Montaña de Ibarra, 
un Escuadrón del Regimiento de Castilla y otro del de Borbón, y or- 
denó á dichas tropas que se concentrasen en Vi! larrea 1 y Arlaban, en 
el caso de que los liberales entrasen al fin en Vitoria. 

Entretanto el Ejército alfonsino había avanzado á las siete de la 
mañana desde la Fuebla de Arganzón y su fuerte, para ganar el pue- 
blo y el puerto de Zume)zu, á donde acudieron en seguida Férula y 
Guzmán, viendo á su llegada allá, que dos compañías de aragoneses 
se retiraban abrumadas por el considerable número de batallones del 
General Tello. Entonces ordenó Férula á los batallones 3."^ y 6." de 
Navarra que se lanzasen á la bayoneta, como lo hicieron cargando á 
fondo con sus bravos jefes Orlandi y Junquera á la cabeza, logrando así 
hacer retirar á los liberales hasta cerca de la Fuebla de Arganzón, se- 
cundados bizarramente los navarros por los aragoneses, cuyo Tenien- 
te Coronel D. Cristóbal de Vicente encontró en aquel rudo choque una 
muerte gloriosa. Rehaciéronse, sin embargo, los liberales y volvieron 
á avanzar, pero habiendo sido reforzados de nuevo los carlistas con 
los batallones 4." de Castilla y 3." de Álava, ordenó el General Férula 
una carga general que no pudieron resistir los liberales, quienes deja- 
ron en poder de los carlistas diez y ocho prisioneros y dos caballos- 



— 339 — 

Entonces fué cuando el General Tello encomendó la salvación de sus 
batallones á la caballería del Coronel Contreras, ante la cual cedió el 
Batallón 3° de Navarra, y aunque los carlistas, rehechos pronto, vol- 
vieron á cargar bravamente una y otra vez^ fué ya inútil su empeño, 
porque el General Loma llegó en socorro de Tello, y con sus tropas de 
refresco logró decidir el éxito de la batalla á favor de sus armas. 
Mientras tanto el General Quesada en unión del General Loma ha- 




D. MARCELINO MARTÍNEZ DE JUKQUERA 



bía conseguido arrollar la izquierda carlista, tenazmente defendida 
por tres compañías del Batallón de Clavijo, hacia Ozana, y cuatro del 
5.'' de Navarra, en Busto y Cucho, apoyadas por una Sección de la Ba- 
tería de Montaña de Ibarra, cuyas escasas fuerzas no tuvieron al fin 
más remedio que replegarse ante las numerosas tropas de Infantería, 
Caballería y Artillería con que, tanto en unos como en otros puntos de 
los ya mencionados, les atacó el General en Jefe liberal Quesada^ 
quien entró en Treviño rebasando el flanco izquierdo de los carlistas, 
separando las fuerzas de éstos en dos partes, y obligándoles, en fin, á 



— 340 — 

replegarse los unos al amparo de los montes de Vitoria y los otros ha- 
cia la parte de Peñacerrada. 

A la una de la tarde recibieron el Coronel Junquera y el Teniente 
Coronel Medina la orden de sostenerse á todo trance con sus respecti- 
vos batallones. 6.*^ de Navarra y 4 "^ de Castilla, hasta que escalonados 
los demás batallones carlistas se fuesen replegando hacia los montes 
de Vitoria. Tan admirablemente cumplieron el Coronel Junquera y el 
Teniente Coronel Medina las órdenes recibidas, y con tanta enérgica 
resolución cargaron los dos batallones de su digno mando sobre los li- 
berales, que muy lentamente pudieron recogerse los heridos y las ar- 
mas abandonadas por los alfonsinos al ceder ante la acometida de 
aquellos dos cuerpos carlistas encargados de proteger la retirada de 
los demils, en cuya arriesgada operación viéronse apoyados Junquera 
y Medina por el Brigadier Montoya, hacia el puerto alto de Vitoria, y 
el Brigadier Calderón, hacia el alto del Cuervo. 

El Jefe de Estado Mayor General carlista Férula en su parte oficial 
se expresa así: «Xo puedo menos de hacer constar lo admirable que 
»fué ver al 4.'^' Batallón de Castilla, con su Teniente Coronel D. Rodri- 
»go de Medina, y el Coronel del 6." de Navarra, Junquera, al frente 
»de los voluntarios, marchar al enemigo en columna de combate, arma 
»sobre el hombro, y al llegar á la línea enemiga cargar á la bayoneta 
»con la mayor energía y decisión » El último Batallón carlista que se 
retiró fué el citado 4.° de Castilla (el mismo que el año anterior se ha- 
bía cubierto de tanta gloria en la sangrienta jornada de Galdames) y 
fuerzas castellanas fueron también las que protegieron á la Artillería 
carlista en su marcha con dirección á Ulibarri de los Olleros, á donde 
retiraron los cañones por orden del General Férula, cerrando la reta- 
guardia dos compañías del Batallón 6." de Navarra y dos escua- 
drones. 

En cuanto al comportamiento de las compañías carlistas que cu- 
brían la parte de Uzana, Busto y Cucho, al principio del combate, 
nada mejor que copiar aquí algo de lo que decía sobre el particular el 
Coronel Ferrón en el parte oficial, en el que se lee lo siguiente: «Los 
«momentos de ansiedad eran terribles: el enemigo, reforzado á cada 
«momento, empezaba á subir la montaña, y yo no tenía ni un soldado 
»de reserva de que disponer para auxiliar aquellas compañías que tan 
«bizarramente se batían, ni podía cambiar fuerza alguna de las posi- 
»ciones que ocupaban sin ser inmediatamente envuelto. Pasó una hora 
»en tan angustiosa situación, y al llegar el enemigo á la mitad de la 
«distancia par;i, tomar los parapetos de Ozana, comprendí que no podía 
«esperar ni un minuto más sin ser completamente envuelto y perder las 



— 341 — 

«piezas, y di orden al Teniente Coronel del Batallón de Clavijo, don 
»José Rovira Ladrón de Guevara, que mandaba las compañías de 
»Ozana, que resistiera hasta morir para salvar el resto de la fuerza; al 
«Coronel Marqués de las Hormazas, que de las cuatro compañías de su 
«Batallón 5." de Navarra, que había en Araico, una quedase en la al- 
»tura que hay á la izquierda de Treviño para contener á la Caballería, 
«mientras se salvaban las piezas, y las otras tres se diiigiesen de mon- 
«taña en montaña á la parte de Moraza, y las cuatro de Busto y Cucho 
«tomaran hacia] la parte de los puertos; al Comandante segundo jefe 
vdel Batallón de Clavijo que defendiese la sierra de Tovera, y yo hice 
»á las piezas que me procedieran y bajé ix Treviño, y seguí con ellas 
«hasta dejarlas á salvo en las ventas de Armentia. Rovira y sus tres 
«compañías de castellanos cumplieron como buenos soldados la orden 
«dada, pues estaban ya á mucha distancia y aún se batían y contenían 
«al enemigo. No sabría cómo expresar el bravo comportamiento de este 
«jefe y su gente que ha resistido por más de dos horas todo el empuje 
«del enemigo, ayudado solamente por dos compañías del Batallón 
«5.° de Navarra, colocadas á su derecha, y defendidos los parapetos 
«hasta cuerpo á cuerpo, perdiendo un tercio de su gente y abriéndose 
«paso, por último, al arma blanca.» 

En las repetidas cargas de Zumelzu hubo hechos heroicos y tuvie- 
ron los carlistas pérdidas sensibles, entre ellas la del Teniente Coronel 
Vicente, que, como ya dijimos, murió al principio de la batalla; el Te- 
niente Coronel Orlandi, de quien ya sabemos que resultó herido y pri- 
sionero; el Comandante Resa (del 3.° de Navarra) y el Oficial San 
Julián, Ayudante de Campo del General Férula, que fueron heridos, 
contándose entre todas las bajas carlistas un jefe, nueve oficiales y 
cincuenta y dos voluntarios muertos, y tres jefes, diez y ocho oficiales 
y doscientos cuarenta y cinco individuos de tropa entre heridos y con- 
tusos. 

Por los relevantes méritos contraídos en esta batalla ciñó muy jus- 
tamente la faja de Brigadier el bravo Coronel carlista D. Marcelino 
Martínez Junquera, y fué ascendido á Coronel el no menos bizarra 
jefe del 4.^ Batallón de Castilla, D. Rodrigo de Medina. 



Tal fué el célebre combate de Zumelzu, ganado por el General 
Quesada, y desde cuya batalla no volvieron los carlistas á verse victo- 
riosos en acciones de tanta importancia, por la parte de Álava y Na- 
varra, hasta que tuvo lugar en Octubre la memorable jornada de 
Lumbier. 



— 342 — 

Indicado habernos que el cambio de generales carlistas fué, en 
nuestro sentir, una de las causas que más influyeron para que obtu- 
viesen la victoria los liberales, pues á causa de antiguas rencillas 
entre los generales Mendiry y Férula, no llegaron éstos á avistarse, 
resultando de ello que el segundo no pudiera ponerse bien al corriente 
ni siquiera de la situación de las fuerzas que había de mandar^ toda 
vez que no mediaron más que veinticuatro horas escasas desde que 
el General Férula se puso al frente de sus tropas hasta que se vio ya 
atacado por el General en Jefe liberal Quesada. La mitad de la res- 
ponsabilidad del desastre cae, por tanto, á nuestro entender, sobre su 
antecesor el General Mendiry, pues los bravos voluntarios carlistas no 
pudieron portarse con mayor denuedo y bizarría, ni tampoco sus jefes, 
de los cuales distinguiéronse muy especialmente (además de los que 
ya hemos citado al describir distintos episodios de la jornada), el Bri- 
gadier, Jefe de Estado Maj'or, Férez de Guzmán^, el Coronel Castell y 
el Teniente Coronel Sacanell, quienes auxiliaron y secundaron admi- 
rablemente en el mando al General Férula, En cuanto á éste, — dice 
el escritor liberal D. Antonio Firala, en su Historia Contemporánea, 
que obró activo ) pero que los sucesos se precipitaron-» ^ nosotros, por 
nuestra parte, creemos de justicia añadir que harto hizo el General 
carlista Férula con evitar que la derrota fuese mayor, gracias á sus 
arranques y á su no desmentida valentía, bien acreditada siempre, lo 
mismo antes que después de su vencimiento en la sangrienta jornada 
de Zumel zu. 




D. JOSÉ PERULA 



Capítulo XXIX 

La linea carlista de Guipúzcoa. — Combates de Montevideo, Urcabe y 
Choritoquieta. — Toma del fuerte de Astigarraga por los carlistas. 
— Acciones de Villarreal, Viana y Bestia. — Apodéranse los libera- 
les del fuerte de San León. —Encuentros de Labastida y de Berne- 
do. — Canjes de prisioneros. 



EL abandono de la línea del Oria por las tropas liberales, debióse 
A lo costoso que les era su sostenimiento por tener que amorti- 
zar, digámoslo así, muchos batallones para custodiarla. Los carlistas 
habían ido entretanto estrechando el cerco de San Sebastián^ Hernani 
y demás puntos ocupados por sus enemigos, á los que cañoneaban 
constantemente. Y, sin embargo, los periódicos liberales negaban el 
crecimiento que había tenido nuestra Artillería, lo cual no obstaba 
para que el Comandante General de Guipúzcoa D. Ramón Blanco dije- 
ra de oficio al Gobierno de Madrid lo siguiente: «El ataque y la con- 
»quista de San Marcos que no hubiera sido difícil intentar y llevar á 



— 344 — 

»cabo por sorpresa cuando ocupíibamos la línea avanzada del Oria y se= 
»hallaba el grueso del enemigo á nuestro frente, cubriendo sus má& 
«importantes carreteras, lo considero hoy de bastante gravedad, pues- 
»el enemigo ha acumulado para la defensa de aquella posición, ya 
«formidable de suyo, grandes fuerzas y todos sus recursos defensivos, 
¡restableciendo una serie de reductos y atrincheramientos que, liganda 
»la defensa de unos montes con otros y flanqueando mutuamente sus- 
»obras, hacen difícil su conquista, tanto más cuanto que hoy posee 
»tamb¡én en esta provincia una Artillería numerosa y de alcance supe- 
»rior á la nuestra.» 

Tenía razón el General Blanco: los ingenieros y artilleros carlistas 
habían convertido sus posiciones avanzadas en una fortisima línea 
atrincherada y artillada en términos tales que no solamente podían 
defenderla con pocas fuerzas, sino que también podían ofender á San, 
Sebastíiln, Hernani, Pasages y demás puntos guarnecidos por los al- 
fonsinos. La conducción de cualquier convoy á Hernani era siempre 
objeto de acciones más ó menos reñidas contra los carlistas, y los ca- 
ñoneos de éstos sobre Pasages, principal puerto de refugio en la costa, 
de Guipúzcoa y Vizcaya, hacía peligrosa la permanencia en él de los 
barcos, siempre expuestos á verse hostilizados por las baterías de San 
Marcos. Pero éste era un mal con el cual tenían que conformarse los 
liberales, puesto que la situación del citado monte y las obras de forti- 
ficación que en él habían hecho los carlistas, iniposibilitaban de todo 
punto su conquista, á menos de contarse con fuerza superior á la de 
los nueve batallones de que podía disponer para dicha operación el 
General Blanco. 

Todo el mes de Julio de 1875, pues, y hasta mediados de Agosto, 
continuaron los cañoneos de los carlistas sobre Irún, Hernani y San Se- 
bastián, pues el Coronel de Artillería carlista D. Luís Pagés, secunda- 
do admirablemente por el Teniente Coronel D. Mariano Torres, no 
pasaba día sin idear el emplazamiento de nuevas baterías con las que 
batir y hacer insostenible la situación de las fuerzas liberales, en con- 
testación á los incesantes cañoneos de la Escuadra sobre los pueblos 
carlistas de la costa cantábrica, tanto en la provincia de Vizcaya como 
en la de Guipúzcoa, de cuyos hechos lamentables nos hemos ocupado 
ya en otro capítulo. 

El día 20 de Agosto ocurrió un serio encuentro entre las fuerzas li- 
berales y carlistas sin más objetivo, por parte de aquellas, que apode- 
rarse del alto de Montevideo que impedía de todo punto la fácil comu- 
nicación entre San Sebastián y Hernani. Coronaron los liberales la 
altura de Montevideo; pero no sin costarles su posesión numerosas ba- 



— 345 — 

jas á causa de estar dominada dicha altura por los fuegos de las trin - 
cheras y baterías carlistas de Santiagomendi, que sia cesar les hosti- 
lizaban. 

Al ser sustituido, á fines de Agosto, el General Blanco por el 
General Trillo, hizo presente este último al Gobierno las deficiencias 
que encontraba en la línea liberal de Guipúzcoa, pues si bien los fuer- 
tes con que contaban los liberales estaban en perfecto estado de servi- 
cio, no estaban tampoco mal los de los carlistas, y la vida en Hernani 
era imposible teniendo á su frente la magnífica posición de Santiago - 
mendi que dominaba por completo la citada villa, así como Gárate y 
Zarauz il Guetaria, San Marcos á Pasages y Rentería, y Urcabe á Oyar- 
zun y la zona de sus alrededores. No siéndole posible al General Trillo 
dominar las posiciones carlistas de Santiagomendi, ideó apoderarse 
de las de Urcabe las cuales dificultaban el paso por la carretera de 
Hernani á Oyarzun, Irún y Francia. El pkan del General Trillo era 
amagar un extremo de la línea carlista para debilitarla y, cuando se 
desmembrasen las fuerzas que defendían Urcabe, echarse sobre dicho 
punto y tomarlo. El día 13 de Septiembre se preparó, pues, el ataque 
á Urcabe desembarcando algunas compañías en Guetaria, lo cual oca- 
sionó la natural alarma de los carlistas quienes, en su consecuencia, 
destacaron dos batallones de la línea principal para oponerse al des- 
embarco de mayores fuerzas que se dijo embarcarían en Pasages con el 
mismo rumbo el día 14; y aun se desprendieron de más fuerzas los 
carlistas al tener conocimiento de que se anunciaban nuevos desem- 
barcos. 

Debilitada quedó así la línea de los carlistas, gracias al bien com- 
binado plan del General liberal cuya derecha tomó posesión de las altu- 
ras que dominan la carretera de Andoain, aunque no sin verse hostili- 
zada vivamente por las fuerzas carlistas situadas en Urnieta: mientras 
tanto, la extrema izquierda y el centro liberales se apoderaban por 
so'rpvesa de la peña de Urcabe, que había quedado casi desguarnecida 
por haber concentrado los carlistas su defensa principal en Gárate, 
Santiagomendi y San Marcos, engañados por el General Trillo que les 
hizo creer que su objetivo era la conquista de estas dos últimas posi- 
ciones. 

Algo compensó á los carlistas de la pérdida de esta acción el haber 
lanzado su Batería de Santiagomendi á la casa de Ayuntamiento de 
Hernani una granada con tal acierto y precisión que produjo la vola- 
dura del Parque de municiones allí establecido, causando á los libera- 
les veinte y siete muertos y diez y siete heridos. También sirvió á los 
carlistas de compensación de la pérdida de Urcabe^ el apoderarse del 



— 346 — 

faerte de Artigarraga dejando en él los liberales un cañón, unos cin- 
cuenta mil cartuchos y gran núaiero de raciones; por cierto que no 
encontrando el Gobierno de Madrid muy correcta la conducta de los 
defensores de Artigarraga, par-ece ser que castigó á las faerzas libera- 
les que guarnecían el faerte enviándolas á Caba. 

Concluiremos por ahora con lo que á Guipúzcoa se refiere, relatan- 
do el infructuoso ataque de los alfonsinos á Choritoquieta, cuya jorna- 
da fué la mayor compensación del fracaso de Oyarzun. El parte de 
dicha acción está firmado por D. Eusebio Rodrígaez Romano que había 
sustituido á D. Domingo Egaña ea]la Comandancia General de Guipúz- 
coa poco después de la acción de Urcabe; el citado Brigadier carlista 
dice así: «Prevenido por la orden general del enemigo, de 27 del co- 
»rriente, aguardaba su ataque. El 27 recibí aviso de que los liberales 
»se dirigían hacia Lastaola y Arratsain, por lo que me trasladé á 
»Astigarraga. En el primer avance el enemigo ocupó Lastaola, y la 
«escasa fuerza carlista que allí había se retiró á Endarlaza; el enemi- 
»go sería fuerte de 3,000 hombres. El Coronel del 8.°, Vicuña, recupe- 
»ró estas posiciones al anochecer y el enemigo se retiró: nosotros tuvi- 
»mos en el encuentro tres muertos y cuatro heridos. Creyendo que el 
»objetívo del enemigo no era Vera (como había dicho) sino Santiago- 
»mendi y San Marcos, seguí en Astigarraga y mis fuerzas en sus anti- 
»guas posiciones. A las tres y media de la madrugada del 28, el 
«enemigo, en grandes masas se dirigió á Choritoquieta y Ergobia, y 
»poco después de amanecer se dirigieron otras masas á San Marcos, 
«generalizándose el fuego por toda la linea. Las posiciones de Gayo- 
»rregui y Munuandi fueron ocupadas momentáneamente por el ene- 
amigo á causa de ser larga la línea y no poder concentrar los batallo- 
»nes á tiempo; pero dada la señal de acometer á seis compañías, 
«rechazaron á bayonetazos al enemigo de Munuandi llevándole de 
«carrera hasta las mismas puertas de Oyarzun y barrios de Rentería 
«y San Sebastián. Se cree que el enemigo tuvo 500 bajas: las de ios 
«carlistas fueron 7 muertos y 16 heridos.» 

El General liberal Trillo confiesa sinceramente en su parte que tuvo 
que pasar por la amargura de retirarse al frente del enemigo, y la 
Historia Contemporánea de Pirala añade que los liberales dejaron ca- 
torce soldados prisioneros de los carlistas, quienes por la noche del 
mismo día de la acción de Choritoquieta cañoneart>n á San Sebastián 
por disposición del Brigadier de Artillería Pagés. 

Desde fines de Septiembre de 1875 hasta Febrero de 1876 conti- 
nuaron incesantemente los cañoneos de los carlistas sobre toda la lí- 
nea liberal, y particularmente sobre San Sebastián, desde que el Bri- 



— 347 — 

gadier de Artillería Brea (nombrado Comandante de la División de 
Artillería de Guipúzcoa y Vizcaya en Noviembre) construyó la Bate- 
ría acasamatada de Venta-Ziquín, artillándola con dos cañones largos 
de á siete y medio centímetros, sistema Witlnvort; Batería que tan bri- 
llante papel jugó más tarde en la victoria de Mendizorrotz, y cuyo 
mando confió Brea al bizarro y entendido Teniente Coronel Torres, re- 
sultando su situación desenfilada del fuego de once fuertes liberales, 
tan escelente que no llegó á sufrir ni una sola baja en su dotación de 
oficiales y artilleros, y ni aún sufrieron daño los materiales de su 
construcción. 

Pasemos á recordar ahora las operaciones que tuvieron lugar en 
Álava y la Rioja después de la batalla de Zumelzu. 

Firme el General en Jefe liberal Quezada en sus proyectos dehacer 
de Vitoria su base de operaciones, y creyendo que el P^jército carlista 
se hallaría quebrantado por la pérdida de la batalla descrita ya en el 
capítulo anterior, en lo cual se equivocaba grandemente (como se 
equivocaron también sus antecesores al creer lo mismo después de los 
sitios de Bilbao é Irún), puso en práctica nuevos proyectos para atraer 
á la provincia de Álava las fuerzas carlistas. 

El día 10 de Julio se dirigió á Salvatierra, el 16 á Peñacerrada y el 
27 y 30 á Villarreal y á Viana; los dos primeros encuentros revistieron 
poca importancia, porque los carlistas no creyeron deber combatir con 
sus enemigos, máxime cuando éstos les eran niuy superiores en nú- 
mero y se limitaron á quemar las mieses, sacar contribuciones en Sal- 
vatierra y retirarse de Peñacerrada al saber que una columna carlista 
había salido á protejer el fuerte de San León; pero las acciones de Via- 
na y Villareal fueron más notables por las numerosas fuerza que to- 
maron parte en ellas. 

La primera fué una provocación del General carlista Pérula^ lla- 
mando la atención del General Quesada para hacerle salir de Álava, 
en donde no convenía operar á los carlistas por prestarse la llanada 
de Vitoria á la acción de la Caballería, arma de que tan escaso hallá- 
base el Ejército de Don Carlos. Dió_, por tanto Pérula, orden á la Bri- 
gada de Montoya para que cañonease á Logroño, llegando el 26 sus 
avanzadas hasta el mismo puente sobre el Ebro, y siendo cañoneado 
Logroño por la Artillería carlista que al mando del Coronel Fernández 
Prada y del Teniente Coronel Fernández Negrete se componía de la 
Batería de Montaña de Llore ns y la Sección de cañones Plasencia, de 
Saavedra, cuyos faegos fueron débilmente contestados por las baterías 
liberales^ regresando los carlistas á pernoctar en Viana. El día 28 
llegó á repetirse la provocación, y llegado ésto á noticia del Brigadier 



— 348 — 

jefe de la columna liberal de la Ribera, D, Juan de Dios Córdova, 
acudió á Logroño, siguió á Viana, y cargando con faerzas superiores 
sobre los carlistas consiguió hacerles más de cien prisioneros en una 
carga de Caballería. Al saberlo el Jefe de Estado Mayor General car- 
lista Férula, acudió á Agiiilar con el Brigadier Pérez de Guzman y al- 
gunos refaerzos; pero se vio precisado á retirarlos para acudir á la. 
llanada de Álava en la que el General en Jefe liberal atacaba briosa- 
mente á Villarreal, al frente de las brigadas Arnaiz, González Goye- 
neche y Prendergast, formando un total de quince batallones, nueve 
escuadrones y cuatro baterías montadas. 

También por aquella parte hallábanse los carlistas muy inferiores 
en número á los liberales, como en Viana, pues no se encontraban en 
los alrededores de Villarreal más que S. A. R. el Conde de Caserta 
(quien se había encargado de la Comandancia General carlista de 
Álava á raíz de la derrota de Zamelzu) con dos batallones y la Bate- 
ría Montada del Teniente Coronel Velez, y aunque acudió el Briga- 
dier Calderón en apoyo de S. A. con otros dos batallones, no pudo 
este refuerzo llegar á tiempo de evitar la entrada de los liberales en 
Villarreal. Pero entonces ocuparon los carlistas las posiciones que do- 
minan la población, haciéndose fuertes en ellas, y ante esta actitud 
evacuaron á su vez el pueblo los liberales, aunque no sin antes incen- 
diar algunas casas. 

Don Carlos de Borbón, que después de las juras de Guernica y Vi- 
llafranca había ya recorrido con el Conde de Caserta los acantona- 
mientos de sus tropas de Álava, volvió á dicha provincia al saber el 
empeño de Villarreal, revistó con S. A. el Conde de Caserta y con los 
generales Tristany, Diez de Mogrovejo y Pérula, y los brigadieres 
Iparraguirre y Pérez de Guzmán, la línea de Arlaban, examinó el te- 
rreno en que tuvo lugar el combate de Villarreal, visitó los heridos y 
las ruinas de las casas incendiadas por los soldados liberales, y prodi- 
gando consuelos y alentando esperanzas pasó á Estella, en donde le 
pidieron armas muchos de los carlistas pacíficos hasta entonces y á 
quienes había sacado de sus hogares y desterrado á nuestro campo el 
Gobierno de Madrid. 

Continuando liberales y carlistas firmes en su propósito de dominar 
completamente los primeros la provincia de Álava, y de perfeccionar 
los segundos sus defensas para hallarse si'smpre en disposición de opo- 
nerse ventajosamente á los intentos de los liberales, ocurrió el día 14 
de Agosto un reñido encuentro motivado por las fortificaciones de 
Restia, en la línea de Arlaban. Las posiciones carlistas se hallaban 
defendidas por cuatro batallones alaveses, dos de Castilla, dos escua- 



— 349 — 

drones, seis piezas Vavasseur y otras seis Withwort, á las órdenes, to- 
das estas fuerzas, de S. A. el Conde deCaserta, como Comandante Ge- 
neral, y de Fontecha é Iturralde, como comandantes de Brigada. Las 
tropas liberales se componían de la División del Mariscal de Campo 
Maldonado, con los brigadieres Arnaiz, Alarcon y González Goyeneche, 
al frente de trece batallones, cuatro escuadrones, dos baterías de Mon- 
taña y otra Montada. A pesar déla notable desproporción entre las fuer- 
zas de Caserta y de Maldonado, los alfonsinos no pudieron hacerse due- 
ños más que de la primera línea de trincheras y de parte de un reducto 
en construcción. La Artillería carlista, al mando de los tenientes corone- 
les Velez y D. Luis Ibarra, contribuyó eficazmente, con sus bien diri- 
gidos fuegos de flanco y de frente^ á que retrocedieran al fin los ene- 
migos, perseguidos hasta las mismas puertas de Vitoria por tres bata- 
llones carlistas, y sufriendo la pérdida de siete muertos y cuarenta y 
un heridos, según confesión de los propios alfonsinos. 

Muchos otros combates se libraron durante el verano de 1875 en 
Álava y en la Ribera del Ebro; pero no tuvieron más importancia que 
la que les dieron los perjuicios ocasionados por los liberales en los 
pueblos, recogiendo y destruyendo cosechas, incendiando mieses y 
hasta casas en algunos puntos: actos criticados por los mismos escrito- 
res liberales, sí bien hay que reconocer que se llevaron á cabo contra 
el parecer y sentimientos de los mismos jefes alfonsinos^ á propósito 
de lo cual dice D. Antonio Pirala en su Historia Contemporánea 
(tomo 6." página 3H0), lo siguiente: «Qaesada había obrado cumplien- 
»do terminantes y reiteradas órdenes del Gobierno, y tanto le contra- 
»riaban, que expuso reparos no atendidos-, y en cuanto supo la varia- 
»ción que aquel experimentó en Septiembre, pidió órdenes en contra- 
»rio. y manifestó la forma en que se hacía el bloqueo, la inutilidad de 
»los destierros, que la destrucción y quema de las cosechas, después de 
«escandalizar al país y á la Europa, daba escasos resultados positivos, 
»y no eran el medio más adecuado para afirmar una monarquía legí- 
»tima y constitucional adoptar procedimientos propios de los partidos 
»más avanzados. Tratando de la destrucción é incendio, como General 
»en Jefe, consignaba la imposibilidad de contener al soldado, que Ue- 
»vaba la tea incendiaria, dentro de los límites de la disciplina, con- 
»virtiéndole en destructor de los pueblos y del país, del que debía ser 
»siempre protector y opoyo.» 

Dejaremos de ocuparnos por ahora de las operaciones de Álava 
dando cuenta de las últimas acciones que en dicha provincia se libra- 
ron antes de la formación de los dos grandes ejércitos liberales del 
Norte. 



— 350 — 

El 30 de Octubre se apoderaron los alfonsinos del fuerte de San León^ 
defendido por D. Julián Ruiz Escalera con cinco oficiales y sesenta vo- 
luntarios, empleando para ello los liberales el mayor sigilo con objeta 
de sorprender á la guarnición carlista y á las pocas fuerzas que pudie- 
ran acudir en su auxilio, y desplegando en ésta y otras pequeñas ope- 
raciones sobre la sierra de Toloño, dos divisiones y numerosa Artillería. 
Por esta época distinguióse en las acciones de Álava por su inteligen- 
cia, actividad y bizarría el entonces Coronel D. Camilo Polavieja, quien 
faé el que atacó las posiciones carlistas de Echagüen en la acción de 
Villarreal, el que se apoderó por sorpresa del fuerte que construían lo& 
carlistas sobre Payueta, haciéndoles catorce prisioneros, y el que más 
tarde ocupó con gran fortuna el alto de San Antonio de Urquiola, ga- 
nando la faja de l'rigadier en las últimas operaciones de la guerra: Ge- 
neral, en fin, que por su tacto en Cuba por sus piadosos sentimientos y 
excelentes condiciones personales así como por la gloria que ha con- 
quistado últimamente en Filipinas en unión de nuestro antiguo com- 
pañero el bravo, entendido y caballeroso General Lachambre^ ha me- 
recido los aplausos y entusiastas simpatías de todos los españoles. 

También ocurrieron por aquellos días dos encuentros de importan- 
cia en Álava, el de Labastida y el de Bernedo. 

Deseando los liberales imponer contribuciones y recoger cosechas 
en Labastida, enviaron allá mil trescientos hombres, dos piezas de Ar- 
tillería y dos escuadrones cubriendo desde la Nava hasta la altura de 
San Miguel: Labastida no estaba defendida más que por tres compañías 
de alaveses y otras dos de asturianos que acudieron al fuego; habiendo 
sido rechazada la columna liberal, salieron del pueblo y de los atrin- 
cheramientos los carlistas causándola catorce bajas y persiguiéndola á 
la bayoneta hasta San Vicente. 

En la acción de Bernedo se componían las fuerzas liberales de las 
brigadas ArnaiZ;, Pino y Alarcón á las órdenes de los generales Quesa- 
da y Maldonado; los carlistas ocupaban el puente de Villar, en la sie- 
rra de Toloño, y disponían de tres batallones alaveses, el 2.^ de Nava- 
rra y el de Aragón, á las órdenes del GeneralPérula y de los Brigadieres 
Pérez de Guzman y Fontecha. A propósito de este combate, la Narra- 
ción militar de ¡a guerra carlista, escrita por el Cuerpo de Estado Ma- 
yor del Ejército, dice en la página 278 del tomo séptimo lo siguiente: 
«El enemigo (los carlistas) sostuvo desde sus posiciones un fuego nutri- 
»do y vigoroso, batiéndose con decisión. Se logró tomar el pueblo, sin 
»que por ésto declinara la lucha que sostenían las fuerzas contrarias- 
»con gran tesón, pues si cedían lentamente, de nuevo avanzaban, im- 
»pulsados por sus jefes y oficiales.» 



— 352 — 

Las pérdidas de los liberales fueron un oficial y nueve soldados 
muertos y dos oficiales y sesenta soldados heridos. Las bajas de los car- 
listas consistieron en tres oficiales y treinta y siete voluntarios entre 
muertos y heridos, y tres oficiales y cuarenta y cuatro voluntarios pri- 
sioneros, por libertar á los cuales sostuvieron algunas compañías ala- 
vesas una heroica y sangj'ienta lucha cuerpo á cuerpo con las tropas 
alfonsinas. 

Poco podemos decir de la cuestión de los canjes en el Norte, pues 
no llegaron á verificarse allí más que dos, que fuesen autorizados ofi- 
cialmente por los gobiernos liberal y carlista. Desde 1874 quisieron ya 
las tropas de uno y otro campo que se verificasen periódicamente can- 
jes, y así llegó á pactarse en Cataluña entre el General carlista Savalls 
y el General liberal Martínez Campos. Acogida con entusiasmo por unos 
y por otros tan laudable idea, nombráronse comisionados para enten- 
derse con el Gobierno de Don Carlos y con el de Madrid. El comisiona- 
do carlista lo fué D. Luis de Trelles^ ilustrado abogado y escritor que 
se había distinguido ya en las Cortes de 185.3, y que en las de D. Ama- 
deo de Saboya había figurado como Dij^utado de ia minoría carlista que 
tan admirablemente dirigía en el Congreso el ilustre político D. Cán- 
dido Nocedal. Puestos de acuerdo Trelles y D. José Goicoechea, comi- 
sionado al efecto por los liberales, redactáronse por ambos las bases 
que habían de regir para el caso^ las cuales no copia?nos por ser muy 
extensas, pero que, en resumen, satisfacían por igual á los dos ejérci- 
tos combatientes, no olvidándose el carlista de los cientos de prisione- 
ros que se hallaban en Cuba y que procedían de la jornada de Oroquieta 
siendo aprobadas las bases por el General carlista Mendiry y por el Ge- 
neral liberal Azcárraga, como Subsecretario del Mini.sterio de la guerra. 

A punto estuvieron de romperse las negociaciones al ocurrir el fa- 
silamiento del valiente cuanto desgraciado Coronel carlista Lozano, 
realizado precisamente cuando los carlistas acababan de dejar marchar 
generosamente á sus casas al Brigadier liberal D. José de la Iglesia y 
á otros dos jefes más de los muchos que por aquella época estaban en 
poder de los carlistas, pues entre los prisioneros liberales en quienes 
podían haber tomado represalias los carlistas figuraban el Mariscal de 
Campo Xouvilas, el Brigadier Antón Moya, el Brigadier Gobernador 
de Seo de Urgel y gran número de jefes y oficiales, además de algunos 
cientos de soldados. Los carlistas propusieron el canje del Coronel Lo- 
zano por aquellos jefes de cuya vida podían disponer, pero los libera- 
les no accedieron á la propuesta, y sin embargo, el magnánimo Don 
Carlos de Borbón, lejos de recurrir á las represalias, procuró humani- 



— 353 — 

zar todo lo posible la guerra, haciendo que siguieran adelante las ne- 
gociaciones emprendidas, y que de tan inmenso consuelo habían de 
servir á tantos desgraciados, verificándose canjes parciales en Cata- 
luña, primeramente, y después en el Centro; pero en el Norte no empe- 
zaron hasta Junio de 1875. 

He aquí cómo describe un ilustrado escritor carlista el acto del 
canje celebrado en Viana, en el sitio denominado la Alberguería, 
ameno prado que se extiende á los pies de aquella histórica ciudad 
navarra: «Ya desde la víspera estaba lleno de gente, y en toda la ma- 
»ñana del día 16 de Junio no cesaron de anuir caballerías y carruajes 
»de Logroño y de Estella, amén de las muchas personas que iban á 
»pié desde los pueblos circunvecinos. — Se calcula en diez mil el núme- 
»ro de curiosos que presenciaron el canje general de prisioneros entre 
»los dos ejércitos del Norte. Acudieron de cada parte el comisionado 
»de canjes y un Coronel con un Oficial secretario, cuatro compañías, 
«música, una sección de Caballería y los prisioneros. — De nuestra pár- 
ate, el Sr. D. Luis Trelles de Noguerol y el Coronel Martínez Junque- 
»ra. Jefe del 6,° Batallón de Navarra, con dos compañías de éste y 
»dos del I.*', la música del 6." y una sección de lanceros del tercer Es- 
»cuadrón del Regimiento del Rey; de parte de los alfonsinos, el señor 
»Goicoechea y el Coronel Comandante de Estado Mayor D. Isidoro 
»Llull, con dos compañías de la reserva n.° 16 y dos de la n." 22, la 
»charancha de un Batallón de Cazadores y una Sección de Húsares de 
»Pavía. — A las once en punto entraron en el prado por distintos cami- 
»nos, con el arma terciada y batiendo marcha, las fuerzas de ambos 
«ejércitos, mandadas por los dos indicados coroneles, colocándose, 
«mediante una hábil maniobra, unas frente á otras, paralelamente, y 
»áunos doscientos pasos de distancia. — Para nuestro ejército, esta 
«maniobra fué más complicada, pues que para apoyar la cabeza en la 
«derecha, tenía que hacerlo precisamente en el sitio por donde acaba- 
»ba de entrar; dando esto ocasión á que el Jefe, los oficiales y los vo- 
»luntarios luciesen admirablemente su pericia é instrucción, que de- 
«bieron admirar sus enemigos. — Entre ambas líneas, y próximamente 
»á igual distancia, había una mesa cuadrilonga cubierta con un tape- 
ste encarnado, con sillas alrededor y recado de escribir encima. — Los 
»dos coroneles, con sus respectivos oficiales secretarios, se adelantaron 
«á caballo, y después de mediar los saludos de rúbrica, retrocedieron 
»unos pasos para apearse, y se acercaron á la mesa. — Aquí hubo un 
«ligero altercado sobre preferencia de asientos.— El Coronel liberal 
«quiso colocarse por el lado de su línea, en el centro de la mesa, po- 
«niendo á su derecha al comisionado de canjes, y á su izquierda al 

23 



— 354 — 

>oficial secretario, alegando que él por su gobierno era el Jefe del 

»canje, sin que reconociese allí superior: y como quiera que el sitio 

»de preferencia por el lado de la línea carlista lo había de ocupar el 

»Sr. Trelles^ por ser nuestro comisionado general, el Coronel Junque- 

»ra se negó con mucha razón á colocarse en un sitio secundario, si no 

»hacía lo mismo el Coronel alfonsino. —Después de unos momentos de 

«disputa comedida y casi galante, los dos coroneles, que sin duda re- 

»cordaron para sí el cuento de Cervantes, cedieron los sitios preferen- 

»tes á los comisionados civiles, y se colocaron á su derecha respectiva, 

«dejando á la izquierda los secretarios. — Empezó el reconocimiento y 

»ajuste de las listas, que duró hasta las dos. Entonces comenzaron á 11a- 

»mar por lista á los prisioneros, que formando compañías como de á cien 

«hombres, pasaban al lado donde debían quedar; llamáronseenseguida 

«otros tantos del campo contrario y repitiendo alternativamente esta 

«operación, hasta que pasaron á su respectivo campo todos los prisio- 

«neros^ que eran 680 militares, equivalentes á 7l*6 unidades, los que 

«presentó el comisionado carlista, y 634, que equivalían á 707 unida- 

«des^ los que presentó el liberal. — Quedaron, pues, los alfonsinos de- 

»biendo al Ejército carlista, 19 unidades. — Duró esta operación hasta 

«las cuatro, y una vez terminada, los comisionados y jefes volvieron 

»á sentarse á la mesa para concluir de arreglar sus papeles, acabando 

»á las seis y cuarto. — Durante las siete horas que duró el canje, las 

«bandas de ambos ejércitos ejecutaron alternativamente alegres jotas 

»y escogidas piezas de música. — Entre el inmenso gentío que lo pre- 

«senció, había varios jefes y oficiales carlistas y alfonsinos, que asis- 

«tieron por mera curiosidad, y que pasearon mezclados conversando 

«amigablemente, luciendo unos y otros airosos uniformes. — También 

«estaba, pero sin uniforme, y de mero espectador, el General Marqués 

»de Valde-Espina, á quien fué á saludar el Coronel Sr. Llull. — A las 

«seis y media, después de despedirse amistosamente los dos jefes, se 

«retiraron á sus líneas respectivas, y montados á caballo con sus co- 

«rrespoQdientes séquitos, dirigiéronse al centro espada en mano, se 

«saludaron, y cada cual hizo desfilar su fuerza en la misma forma que 

«entró en el campo. — Tal fué el magno espectáculo que tanto dio que 

thablar á los periódicos de la época. — La prensa liberal quiso sacar 

«partido de este acontecimiento, presentando como partidarios de sus 

«ideales políticos á la mayoría de los espectadores que estuvieron en 

«Viana. — Nada más inexacto. — De otro modo, no se explicaría porqué 

«nuestras fuerzas recibieron al entrar y salir innumerables vivas, y los 

iliberales ni uno sólo, y que las gentes diesen el expresivo grito de 

y>¡viva lo bueno! ya, que les estaba prohibido vitorear á Carlos VII, áfin 



— 355 — 

»de no ser provocativos con el enemigo. — Cuando tocaba la música 
«carlista, el prado se llenaba de parejas que bailaban alegremente, y 
»por bailables que fuesen las piezas ejecutadas por la banda liberal, 
»nadie se movía. — Terminaremos con una frase de un voluntario car- 
» lista. — Como las fuerzas estuviesen siete horas en la formación, se 
«cansaban ya, y con este motivo dijo con mucha gracia, refiriéndose 
»á los prisioneros del enemigo: Más trabajo cuesta canjearlos que co- 
»jej'los.* 

Además del canje de Viana, celebróse en Julio otro, también en el 
Norte, pero no tan importante, suspendiéndose al fin tan loables actos 
por imposibilitarlos la prisión del Obispo de Urgel, así como las medi- 
das de rigor que adoptó el Gobierno de Madrid contra los bienes y 
personas de los carlistas, ordenando secuestros y otras disposiciones 
vejatorias^ entre ellas el destierro á las Vascongadas y Navarra de 
todos los parientes de los carlistas, á propósito de lo cual dijo por en- 
tonces El Cuartel Real, y reprodujo más tarde el escritor liberal don 
Antonio Pirala en su Historia Contemporánea , que debían haber sido 
enviados á terreno dominado por ios carlistas, D. Alfonso XII, como 
pariente de Don Carlos, y la Infanta D.'"^ Isabel, como hermana política 
del General carlista. Conde de Caserta, lo cual no dejaba de ser chis- 
toso y oportuno. 

Sea por unos ó por otros, el caso es que en las guerras civiles se 
hace siempre más difícil que en las extranjeras el humanizarlas, pues, 
desgraciadamente, no faltan nunca en uno y otro campo algunos par- 
tidarios ó guerrilleros que con sus tropelías estorban y hasta impiden 
la realización de los buenos deseos y propósitos de las tropas regulares 
organizadas en verdadero ejército y mandadas dignamente por caba- 
llerosos jefes militares. 




D JOSÉ PÉREZ DE GUZMÁN 



Capitulo XXX 



Acciones de Lumbier y de Miravalles-Oricain. — Vuelta del General 
carlista Dorregaray al Norte. — Procesos incoados contra dicho Ge- 
neral y otros jefes carlistas. 



DECIDIDOS los liberales á hacerse fuertes en la línea de Sos, San- 
güesa y Lumbier, salió el 3 de Septiembre el General Reina de 
Pamplona por Huarte y Villalba, llegando al medio día á la vista de 
Aoiz, con cuatro batallones, dos escuadrones y dos baterías montadas. 
Los carlistas ocupaban este punto con cinco compañías situadas en 
atrincheramientos de campaña ligeramente construidos, y resistieron 
tenazmente los porñados ataques de los alfonsinos; pero al fin retirá- 
ronse á la sierra, aunque no sin hacer bastantes bajas al enemigo, el 
cual atacó con pertinacia y valentía. 

De resultas de estas operaciones quedaron las tropas liberales en 
la siguiente disposición: El Comandante General del primer Cuerpo de 
Ejército, General Keina, con tres batallones y tres baterías, en San- 



— 357 — 

güesa; el Brigadier Otal, con otros tres batallones, en Lumbier; y los 
brigadieres Golfín y Garrido, con siete batallones, en Berdún y Salva- 
tierra. 

Todo el mes de Septiembre y principios de Octubre se empleó por 
ambos ejércitos en reconocimientos y en mejorar sus respectivas de- 
fensas, con varia fortuna aquellos, pero con pérdidas de poca impor- 
tancia. Sin embargo, desembarazado el Jefe de Estado Mayor General 
carlista de otros cuidados, reforzó la Brigada de Larumbe, que era la 
fuerza carlista que se hallaba en aquella línea^ con la Brigada manda- 
da por S. A. R, el Conde de Casería, reuniéndose así por aquella parte 
siete batallones carlistas con la Batería de Monta,ña de Reyero y la 
Sección Plasencia de Saavedra. 

En estas circunstancias, el Brigadier de Artillería Pérez de Guz- 
mán, como Jefe de Estado Mayor del General Férula, ordenó al Briga- 
dier Larumbe y al Coronel Zugasti que se apoderasen de la ermita- 
fuerte de la Trinidad de Lumbier, llave de la población y de la sierra 
que la domina, y dispuso al propio tiempo que el Brigadier Conde de 
Caserta ocupase las posiciciones de Aoiz para entretener al enemigo y 
romper el fuego sobre el pueblo. 

El bizarro y veterano Brigadier Larumbe no vaciló un punto, y 
lanzando el ^J.^ Batallón de Navarra al fuerte, rompió vivísimo fuego 
de fusil y de cañón sobre sus defensores, situando los tres cañones 
Plasencia á sesensa pasos del mismo. Más de veinticuatro horas resis- 
tieron los liberales el ataque «con un valor digno de mejor causa», pa- 
labras textuales del parte oficial del General carlista; pero destrozado 
el edificio y cortadas las comunicaciones con Lumbier, lo abandonaron 
temiendo el asalto, pero sufriendo en cambio la pérdida de diez y seis 
hombres muertos, cincuenta y seis heridos y doce prisioneros, además 
de muchos fusiles y municiones. 

Entretanto, las restantes tropas liberales inmediatas no pudieron 
romper la línea carlista porque el General Pérula y el Brigadier Pérez 
de Guzmán habían avanzado desde Domeño con los batallones 1 '* y 3.*^ 
de Navarra, la Batería de Montaña de Llorens y dos escuadrones, y 
habían inutilizado los puentes de Agoz y Zugasti por donde podían 
haber acudido los alfonsinos. 

Tal fué la valerosa conquista del fuerte de la Trinidad, realizada 
el día 30 de Octubre de 1875, concordando perfectamente nuestra re- 
lación con el parte oficial del Ejército liberal inserto en la Narración 
militar de la guerra carlista, escrita por el ilustrado Cuerpo de Esta- 
do Mayor del Ejército. 

Durante la noche de dicho día, reconocieron el General carlista 



— 358 — 

Férula y su Jefe de Estado -Mayor, Brigadier Pérez de Guznián, el re- 
cinto para ver si se podía entrar en Lumbier antes de la lle.gada de 
socorros, que no podían menos de esperarse. Pero los muros eran fuer- 
tes y no quisieron los carlistas exponerse á tener bajas inútiles, á pesar 
de lo cual tomó el Jefe de Estado-Mayor General carlista sus disposi- 
ciones para recibir al Ejército alfonsino que avanzaba ya por la carre- 
tera de ]\Ionreal y las de Aibar y Sangüesa, en número de unos doce 
mil hombres, anunciándose los liberales rompiendo el fuego sobre la 
Trinidad y logrando que entrasen en Lumbier seis batallones, si bien 
dejando en el camino seis muertos y quince heridos. 

Amaneció el 22 de Octubre, y el Jefe de Estado-Mayor General car- 
lista Pérula (acompañado siempre de su Jefe de Estado-Mayor el Bri- 
gadier de Artillería Pérez de Guzmán), ordenó que el Brigadier La- 
rumbe sostuviera á todo trance sus posiciones de la sierra de Leyre, 
con el 9." Batallón de Navarra, cuatro compañías del 10.", otras tantas 
del 1." y ocho piezas de Artillería de Montaña de las baterías de Re- 
yero y Ortigosa, quedando cuatro compañías del 9." Batallón en Cas- 
tillo Nuevo y otras cuatro del 10.° en Bigüeral. La regata del valle de 
Salazar y su defensa se encomendó á S. A. R. el Brigadier Conde de 
Caserta, con dos medios batallones del 1.*^ y 3.° de N ¡varra, todo el 4.'' 
de la misma División y cuatro cañones de la Batería de Montaña de 
Llorens^ escalonadas dichas fuerzas desde las alturas que dominan Ar- 
boniés y Domeño hasta la sierra de Napal. 

A las once de la mañana dirigióse hacia las posiciones carlistas una 
fuerte columna liberal compuesta de diez y seis batallones, dos regi- 
mientos de Caballería y numerosa Artillería, dirigiéndose dichas tro - 
pas por la carretera de Domeño, mientras otros dos batallones alfonsi- 
nos se encaminaban á Rípoda. 

A la una de la tarde rompieron los liberales el fuego de Artillería 
sobre la Trinidad, mientras caatro compañías subían á la carrera para 
tomar la sierra, haciéndolas retroceder algunas compañías de los bata- 
llones 1." y 9." de Navarra. Una hora después la Brigada alfonsina de 
Goñi intentaba un verdadero asaltO;, protegido por el incesante fuego 
de cañón y fusil de la plaza. El Brigadier carlista Larumbe hizo frente 
á dicha Brigada en momentos imponentes por la clase de roca de la 
sierra y por el continuo reventar de granadas, cruzándose al fin las 
bayonetas de alfonsinos y carlistas en un choque violentísimo; al cabo 
de algunos instantes de extrema ansiedad y de lucha desesperada, la 
Brigada liberal de Goñi retrocedió á la carrera, despeñándose muchos 
soldados por la pendiente^ sufriendo más de seiscientas bajas y per- 
diendo trescientos fusiles en la bajada del monte. 



— 35D — 

Siguióse á esto un largo cañoneo por el centro contra los carlistas, 
durante cuatro horas, y emprendieron los liberales su ataque contra 
Domeño y Arboniés; pero la Artillería carlista se defendió disparando 
de frente desde los altos de Domeño y Orradre, y de flanco desde el 
portillo de Ley re. A las cuatro de la tarde el combate era general en 
toda la línea y los alfonsinos trataban inútilmente de avanzar hacia 
Usún y el alto de Domeño cuyas posiciones defendía S. A. R. el Briga- 
dier Conde de Caserta. 




D. ROBERTO DE BOllDON 

DUQUE DE I'ARMA 

Este valeroso Príncipe, acompañado de S. A. R. el Coronel D, Ro- 
berto de Borbón, Duque de Parma, había distribuido sus fusrzas con 
notable acierto: había colocado dos compañías del Batallón 3.'' de Na- 
varra sobre Usún; dos compañías del 4." al pié del alto de Domeño, con 
dos cañones; las restantes del 4." en sierra Orradre, frente á Arboniés^ 
con otras dos piezas de Artillería, y las compañías del Batallón 1.° de 
Navarra sobre Domeño, formando reserva con dos compañías del 3.^ 
cuya reserva entró desde luego en fuego á causa de correrse el enemi- 
go por la derecha. Estas tropas carlistíis defendieron admirablemente 
sus posiciones impidiendo que los liberales rompiesen el centro, aisla- 



— 360 — 

sen á la Trinidad y que tuvieran, por consiguiente, que rendirse sus 
defensores. Por fin, después de una brillante carga á la bayoneta dada 
por algunas compañías del 4." Batallón de Navarra, decidióse la reti- 
rada general de las tropas alfonsinas. 

Sin embargo, al anochecer intentaron éstas nuevamente el apode- 
rarse de la Trinidad con una Brigada de refresco, pero no avanza 
tanto como la de Goñi, por lo cual su retirada fué mucho más or- 
denada. 

A las siete y media de la noche terminó por completo el combate en 
el que el Ejército liberal dispuso de un total de treinta batallones y 
treinta y seis piezas de Artillería con las que hizo tres mil seiscientos 
disparos sobre la Trinidad y seiscientos sobre el resto de las posiciones 
carlistas, sufriendo doscientos muertos y novecientos heridos (entre 
ellos ochenta jefes y oficiales) y perdiendo algunos prisioneros. Las ba- 
jas de los carlistas fueron cuatro muertos y cuatro heridos en la ermi- 
ta, y en el resto veinte y siete muertos y ciento quince heridos, entre 
ellos el Teniente Coronel de Artillería Reyero y los jefes de Infantería 
Seidel y Gareteca. 

La versión liberal de esta jornada difiere muy poco de la descrip- 
ción que acabamos de hacer de la misma, y en realidad de verdad, tan 
obstinado y rudo fué el avance del Ejército liberal como tenaz y va- 
liente la resistencia de los carlistas. Rasgos de temeridad hubo por am- 
bas partes, y si los brigadieres carlistas Conde de Caserta, Larumbe y 
Pérez de Guzmán, y hasta el mismo General Pérula, hicieron prodi- 
gios, así como su Artillería dirigida con el mayor denuedo por Reyero, 
Llorens, Ortigosa y Saavedra, contestando sin cesar al sostenido fuega 
de las baterías liberales de á 10 centímetros en medio de la granizada 
de piedras que llovían sobre todos y que eran otros tantos proyectiles; 
si la Infantería carlista, en fin, con sus vigorosas cargas reverdeció los 
laureles de Somorrostro y de Abárzuza, también la Brigada liberal de 
Goñi, y los generales Reina, Espina y Cuadros, el Brigadier Araoz, los 
comandantes Mendoza y San José y otros muchos jefes liberales, cuyos 
nombres sentimos no recordar^ sostuvieron valerosamente el honor de 
las armas alfonsinas. 

Al día siguiente, y en los sucesivos, el temporal de agua y viento 
que se desató, así como la falta de víveres impidió que se continuaran 
las operaciones por aquella zona 

Tal fué el brillantísimo hecho de armas de Lumbier y Domeño, cuya 
victoria valió al General improvisado Pérula que Don Carlos de Borbón 
le agraciase con la Gran Cruz de San Fernando, y que afirmó la justa re- 
putación militar de que ya gozaba el entendido Jefe de Estado Mayor 



— 361 — 

del General caiiistta Férula, naestro querido compañero de África y 
del Norte, el Brigadier de Artillería carlista D. José Pérez de Guzmán. 



Para terminar las operaciones acaecidas durante el tiempo que el 
General carlista Pérula desempeñó el alto cargo de Jefe de Estado- 
Mayor General del Ejército del Norte, réstanos hablar de las acciones 
libradas en los alrededores de Pamplona para levantar los liberales el 
bloqueo de dicha plaza. 




D. ALEJANDRO REYERO 



Las baterías^ zanjas y posiciones elegidas por los carlistas en San 
Cristóbal, Alzuza, Oricaín y sus inmediaciones, dominaban con sus 
faegos á la capital de Navarra desde ñnes del año anterior, haciéndola 
sentir, por consiguiente, el peso de los fuegos carlistas, ya que los li- 
berales, á su vez, hacian lo propio con cuantos pueblos de las merin- 
dades de Estella y Puente-la -Reina se hallaban dominados por sus ca- 
ñones. 

Atento el General en Jefe liberal Quesada á esta consideración, dio 
sus órdenes precisas á los comandantes en jefe de sus cuerpos de Ejér- 
cito, para que coadyuvasen unidos, bajo su inmediata dirección, al lo- 



— 362 — 

gro de sus deseos; y como quiera que las acciones llamadas de Mirava- 
lles y Oricaín constituyen, quizás, la mejor de sus glorias militares 
haremos un detenido estudio de ellas, máxime cuando á la vez deseamos 
poner las cosas en su lugar por encontrar erróneo mucho de lo que so- 
bre este asunto dice en la Historia contemjyoránea el escritor liberal 
D. Antonio Pirala, cuyo relato lastima el buen concepto militar de uno 
de los más activos y esforzados jefes del Ejército carlista, el Brigadier 
D. Marcelino Martínez de Junquera, cuya brillante hoja de servicios 
merece, por lo menos, la consideración de amigos y adversarios: bás- 
tenos decir que apenas salió del Colegio de Infantería ganó ya una 
Cruz y el grado de Teniente en la gloriosa campaña de África; que en 
la de Cuba obtuvo los empleos de Capitán y Comandante; y, en fin, 
qus en el campo carlista distinguióse tanto que conquistó al frente del 
Batallón 6.'^ de Navarra el ascenso á Coronel por la expedición á Cala- 
horra y la faja de Brigadier en la batalla de Zumelzu. 

El equivocado relato que de las operaciones de Alzuza, Miravalles 
y Oricaín hace el historiador Pirala no ha sido confirmado por la ver- 
sión oficial del Cuerpo de Estado Mayor del Ejército liberal en su 
Narración militar de la guerra carlista, y esta circunstancia creemos 
que robustece nuestra opinión sobre tan delicado asunto. 

Dos cargos principales pesan sobre el Brigadier carlista Junquera, 
según la apreciación particular del Sr. Pirala. Es el primero que el ci- 
tado Jefe nada había hecho en la línea encomendada á su defensa, ni 
la conocía, á pesar de llevar en ella cerca de dos meses. Es el segundo 
cargo, que Junquera había perdido la posición de Alzuza, por mala 
colocación de sus fuerzas, y que á la llegado del General Pérula y de 
su Jefe de Estado-Mayor, el Brigadier Pérez de Guzmán, con refuerzos, 
nada pudieron ya hacer por estar perdido todo, significando su des- 
agrado al Brigadier Junquera. 

El primer cargo lo consideramos enteramente gratuito y acusa un 
completo desconocimiento de los antecedentes y servicios del Brigadier 
Junquera, cuyos empleos todos los había ganado al frente del enemi- 
go, y cuya actividad era tan proverbial desde lo de Somorrostro, Ca- 
lahorra y Zumelzu, que al encargársele posteriormente de las fuerzas 
que debían impedir la unión de las tropas liberales del Baztan con las 
de Guipúzcoa, tanto el General en Jefe Conde de Caserta, como su 
Jefe de E. M. G., Brigadier Brea, enterados'del estado de la línea y de 
las fuerzas de Junquera, descansaron tranquilos en tan brillante 
Jefe. 

Lastimosamente se han confundido, por lo visto, las especies: no 
era la línea lo que el Brigadier Junquera dijo al Brigadier Montoya 



— 363 — 

que desconocía, sino el camino que debían traer los refuerzos que aquel 
le ofreció, procedentes de Lumbier. 

Respecto á que la pérdida de la posición de Alzuza se debió á haber 
tenido pocas fuerzas en ella, queda á nuestro juicio desvanecida esta 
idea, sin más que echar una ojeada al mapa, ver las escasas tropas de 
que disponía Junquera y la multitud de posiciones que debía defender, 
como veremos después por el relato minucioso que haremos de aquellas 
operaciones. En cuanto á la reprensión de que suponen fué victima el 
Brigadier Junquera, con referencia al caballeroso Jefe de Estado-Ma- 
yor, Brigadier Pérez de Guzmán, le hemos consultado el caso, y nada 
más explícito que la contestación de nuestro querido compañero el ci- 
tado jefe Pérez de Guzmán quien en carta dirigida al autor de estas 
líneas dice así: « Montoya y Junquera siempre se portaron como jefes 
•^entendidos y muy valerosos. No es cierto que en el periodo de la gue- 
s>rra citado fuese reprendido Junquera, sino que, por el contrario, se 
•ule otorgaron alabanzas muy merecidas. ti> 

Desvirtuadas^ pues, á nuestro juicio, las aseveraciones del histo- 
riador Pirala, pasemos á la prolija narración délos hechos, fundándola 
en referencias oficiales. 

Mes y medio haría, próximamente, que había sido encargado de 
sostener el bloqueo de Pamplona el Brigadier Junquera; durante este 
tiempo recibió la misión de atrincherar sus tropas en las posiciones 
más convenientes, y desde ellas lanzar los proyectiles de la Batería 
Krupp, de á 8 centímetros (mandada por el bizarro Teniente Coronel 
Fernández Negrete) sobre la citada plaza fuerte liberal. Las tropas que 
tenía á sus órdenes Junquera para cubrir desde Miravalles á Sarasa, 
eran el Batallón 8." de Navarra, mandado por el Coronel Garrido, un 
Batallón de Valencia, la partida llamada del Carrascal, una Compañía 
de Ingenieros, un Escuadrón del Regimiento de Castilla, una pieza de 
Artillería, sistema Plasencia y una Sección de la Batería de Montaña 
de Ortigosa. 

La distribución de estas fuerzas el día 22 de Noviembre en que die- 
ron comienzo las operaciones de que nos ocupamos, era la siguiente: 
La partida del Carrascal, fuerte de unos cien hombres y algunos caba- 
llos, ocupaba el pueblo de Alzuza, el alto pequeño de Huarte y las 
avenidas de Ardanaz. El alto de Miravalles lo guarnecía una Compa- 
ñía, en observación del camino de Burlada, otra el alto de Arre, y otra 
el alto del polvorín hasta la subida del monte de San Cristóbal. En la 
meseta de esta altura había dos compañías, y la de Ingenieros estaba 
en el fuerte en construcción. Medio Batallón de Valencia cubría desde 
el monte de Vallariaín hasta Aldaz, debiendo advertirse que el citado 



— 364 — 

Batallón no tenía más que unas cuatrocientas plazas. Solamente, pues, 
con dos batallones y medio, ó á lo sumo tres contando toda la fuerza, 
iba el bizarro Brigadier Junquera á luchar ó, por lo menos, á recibir 
el primero el empuje de las brigadas liberales de Goñi y deSantelices, 
compuestas de ocho batallones aguerridos, bien completos y apoyados, 
además, por mayores fuerzas. 

En efecto, el General en Jefe liberal había dispuesto sorprender á 
los carlistas que defendían la importante posición de Alzuza; las fuer- 
zas de apoyo de que hemos hablado eran una Brigada y la División de 
la Ribera, sumando en junto diez batallones, seis baterías montadas, 
tres de Montaña y numerosa Caballería, debiendo dirigir las primeras 
fuerzas y la vanguardia el General Espina. 

Compárese este lujo de fuerzas con las de los carlistas, sobre todo 
en el primer día de la acción, pues las que al tercer día llegaron con 
el General Férula y el Brigadier Pérez de Guzmán no podían compa- 
rarse con las desplegadas al fin por los liberales, las que llegaron á 
constituir un total de veinte y dos batallones, cuatro regimientos de 
Caballería y las nuevv: baterías de que ya hemos hecho mérito; y si 
bien tenian los carlistas establecidas desde San Cristóbal hasta Lum- 
bier además de la Brigada ae Junquera las de Montoya y Larumbe, 
hay que tener en cuenta que estos otros dos brigadieres carlistas ocu- 
paban posiciones cuya conservación no importaba menos que las del 
Brigadier Junquera, por lo que si bien tenían encargo de hacer frente 
al enemigo y hostilizarle de frente y de flanco, no pudieron impedir 
que el peso de los combates recayese sobre las fuerzas del Brigadier 
Junquera. 

Rompió, pues^ lá marcha el General liberal Espina (del Cuerpo de 
Ejército del General Reina) viéndose hostilizadas sus tropas desde el 
primer momento^ ó sea desde que entraron en Urroz, por algunas fuer- 
zas del 4.° Batallón de Navarra, perteneciente á la Brigada de Monto- 
ya. Desde Urroz dirigiéronse las brigadas de Goñi y de Santelices 
hacia Elcano y Egües, con la intención deliberada de tomar posesión 
del Alto de Alzuza custodiado, como hemos dicho, por la partida del 
Carrascal de la Brigada de Junquera. 

Temiendo este Brigadier que la resistencia que la expresada parti- 
da pudiera hacer al enemigo no fuera bastante á contenerle, envió una 
Compañía en su apoyo, la cual llegó tarde, pues el empuje de los libe- 
rales, tan superiores en fuerzas, fué harto rudo y rápido y no dio tiem- 
po para impedirlo. 

Cerró la noche del 22 ocupando el Ejército alfonsino los pueblos de 
Ibiricu, Elcano, Egües y Alzuza, limitándose los carlistas á hostilizar 



— 365 — 

al enemigo desde las alturas más próximas. Durante el día el General 
Reina avanzó desde Lumbier hasta Monreal y Zulueta con una Brigada 
y la División de la Ribera. Tanto la partida del Carrascal como las 
compañías del 8.^ de Navarra se batieron á la desesperada, hasta el 
punto de agotar sus municiones, con un arrojo sin igual (palabras del 
parte oficial carlista). 

La toma de Alzuza por los liberales hacia muy comprometidas las 
posiciones defendidas por el Brigadier carlista Martínez Junquera, por 
lo cual solicitó éste el apoyo del Coronel Mendoza que era quien se ha- 
llaba más próximo con fuerzas del 4."^ Batallón navarro, enviando Jun- 
quera al fuerte de Sorauren dos compañías y la Sección de Artillería 
de Montaña, á las órdenes del Coronel Garrido^ y esperando él los 
acontecimientos en Villaba: situó la partida del Carrascal en Zabaldi- 
ca, algunas compañías del 8.° de Navarra delante de Villaba y en las 
alturas de San Cristóbal y Arrúe, y el Escuadrón de Castilla á la salida 
de Huarte, dejando á cargo del Batallón valenciano la defensa de la 
derecha de su línea. 

Así las cosas, amaneció el día 23, y el General Quesada que el día 
anterior había llegado á Pamplona con sus fuerzas, y presenciado la 
mayor parte de la acción librada por los generales Reina y Espina, 
ordenó á la Artillería de la plaza y á las baterías de á 10 centímetros 
que apoyasen el movimiento proyectado para el 23, ó sea la toma de 
Huarte y Miravalles, secundada dicha Artillería por la del Cuerpo de 
Ejército del General Reina desde Alzuza. 

Unidas, pues, las fuerzas que había conducido bajo su inmediato 
mando el General en Jefe liberal con el Cuerpo de Ejército del General 
Reina, dirigiéronse hacia Huarte y Miravalles coq rapidez y decisión, 
no sin oponerles resistencia bizarra las tropas carlistas que además de 
defender sus líneas con fuego de Infantería y Artillería, dieron repe- 
tidas cargas á la bayoneta. Nada pudo, sin embargo, contrarrestar el 
pausado, pero imperturbable avance de las fuerzas liberales que al 
cerrar la noche no sólo se habían posesionado de Huarte, sino que ha- 
bían llegado hasta Villaba y el monte de San Cristóbal. 

El Ejército carlista había sido, por tanto, despojado de sus más im- 
portantes posiciones, sin que bastara á impedirlo el proverbial valor 
de los batallones carlistas, en apoyo de lo cual no podemos menos de 
copiar el siguiente párrafo del parte oficial del Brigadier Junquera: 
«Las fuerzas enemigas á las doce de la mañana se hallaban en todo mi 
«frente desde Alzuza hasta Losa, desarrollándose en masas desde dife- 
»rentes puntos, y todos sus movimientos me daban á conocer que res- 
«pondían á un plan general de ataque diestramente previsto y combi- 



— 366 — 

»naclo: y desde luego supuse que su objetivo sería el vértice del ángulo 
»que presentaba mi línea en el alto de Miravalles. Así fué, Excmo. sc- 
»ñor, y comprendiendo que dicho alto era la parte más débil, guarne- 
»cida sólo por unos veinte y ocho hombres, en él me situé desde el 
»amanecer con mi Jefe de Estado-Mayor, Ayudante y oficial de ór- 
»denes.» 

Suponiendo el Brigadier Junquera con razón que continuaría la 
batalla al día siguiente, colocó la Caballería en observación de Villaba, 
desde el puente de Arrúe y camino de Huarte^ y se situó él en los altos 
de Sorauren, esperando el refuerzo del 6." Batallón de Navarra y cua- 
tro piezas de la Batería de Llorens. 

Se aproximaba el desenlace, llegamos ya al tercer día de batalla. 

Al amanecer se pusieron en movimiento el General Espina, desde 
Santa Eufemia, y el General en Jefe con el General Reina, desde Vi- 
llaba; el primero contra el cerro de Ichurre y los otros contra San Cris- 
tóbal, echando mano de todas sus fuerzas, pues los carlistas habían 
extremado sus defensas en los puntos atacados, en términos de tener 
que ordenar el General Quesada que se suspendiese el avance, porque 
aumentaba poi' momentos la resistencia de los carlistas. (Palabras de la 
Narración Militar déla Guerra Carlista, escrita por el Cuerpo de Es- 
tado-Mayor, tomo VII, página 299). 

Al dirigirse el General Reina á Oricaín fué rechazado por sus ene- 
migos_, como así se consigna en dicha Narración: «Reina había inicia- 
ndo personalmente el combate con gran acierto y valor... y las tropas 
«avanzaron con incomparable resolución, á pesar de la tenaz resisten- 
»cia de los carlistas; pero cuando ya casi podían considerarse vencedo- 
»ras, fueron rechazadas por vigorosas cargas de los defensores de aque- 
»lla formidable posición.» El General Reina se cubrió de gloria aquel 
día, pues á pesar de lo expuesto y de haber recibido orden de) General 
Quesada para que se retirase, siguió imperturbable en su empeño, lo- 
grando al fin con su serenidad y valor hacerse dueño de tan disputada 
é importante posición. 

También el valor de las tropas carlistas rayó á gran altura aquel 
día, contribuyendo poderosamente á que fuesen al fin vencidas el ha- 
berse llegado á agotar sus municiones, así como la gran superioridad 
numérica de sus enemigos; y ya que nos hemos complacido en hacer 
justicia á la bravura de las tropas liberales, permítasenos copiar algu- 
nos párrafos del parte oficial carlista, como hemos copiado otros de la 
Narración debida al Cuerpo de Estado Mayor, toda vez que resultan 
en honor de la Patria los rasgos de heroísmo de carlistas y liberales, 
ante la consideración de ser unos y otros españoles. 



— 367 — 

Refiriéndose en el parte oficial carlista el ataque al monte de Ori- 
caín, el Brigadier Junquera se expresa así: «El combate se hizo gene- 
»ral en toda la línea, de una y otra parte. Con anterioridad el digno 
» Coronel Garrido me envió á las alturas de Eraso una Compañía de 
«refuerzo que situé convenientemente, dominando las ventas de Ori- 
»caín. Con los fuegos de esta Compañía y los certeros disparos de la 
»4.* Batería de Montaña, al mando del sereno Capitán Llorens, que le 
»situé á mi lado, como á unos setecientos metros del puente, conseguí 
«varias veces contener al enemigo sobre las alturas de Sorauren: en 
»tanto, tres compañías escasas del Coronel Garrido y la Partida del 
«Carrascal se batían con indecible ardor sobre las trincheras que do- 
»mican los pueblos de Oricaín y Arrúe. A las tres, próximamente, el 
«enemigo apenas había podido adelantar un paso, y advirtiéndome que 
«en aquel momento llegaba á Sorauren el 6." de Navarra, con tanta 
«ansiedad esperado, le envié la orden de reforzar con cuatro compa- 
»ñías cada uno de los altos de Sorauren y el de Eraso, donde me en- 
» contraba. Con este refuerzo el valeroso 8.^ Batallón, ya apenas sin 
«municiones y con el armamento en extremo inutilizado, efecto de la 
»malísima munición, avanzó con los valientes del 6." y de la Partida 
»del Carrascal^ dando una brillante carga á la bayoneta, llevando á su 
«frente al Coronel Garrido y los jefes y oficiales de estos bravos volun- 
»tarios: en ella cayeron heridos el valiente Coronel del 8.°, el Coman- 
«dante Hoyos y el capitán Gómez, y muertos los capitanes Alonso y 
«Castro, el Teniente Fernández y algunos otros, dando todos ejemplo 
»de valor y fiereza sin igual, á la vez que desde la carretera algunos 
«jinetes del primer Escuadrón de Castilla, por un terreno de cabras, 
«cargaron con tal arrojo y oportunidad sobre el enemigo yendo al fren- 
»te su bizarro Capitán Ríos Pinzón, que dejaron á su retaguardia más 
»de ochenta hombres, de los que sólo se pudieron conservar como pri- 
«sioneros nueve, por lo accidentado del tei reno y escasez de nuestras 

«fuerzas Todos hacían esfuerzos sobrehumanos: la pieza de la A.^ 

«de Montaña del mando del Alférez Hidalgo disparaba su último bote 
«de metralla y los infantes la defendieron con sus valientes artilleros, 
«animándolos con su ejemplo el expresado Alférez á pedradas, logran- 
»do retirarla haciendo esfuerzos inauditos » 

Las pérdidas de los alfonsinos fueron veinte y cinco muertos, ciento 
cincuenta heridos, veinte y siete contusos y nueve prisioneros; las bajas 
de los carlistas fueron próximamente^ las mismas. 

He aquí descritos los principales episodios de los combates de ]\Iira- 
valles-Oricaín, cuya victoria liberal fué el resultado de una combina- 
ción estratégica ideada y llevada á cabo admirablemente por el Gene- 



— 368 — 

ral en Jefe liberal Quesada quien logró hábilmente, y gracias á sus 
poderosos elementos de combate, contrarrestar los esfuerzos que por 
socorrer la línea del Brigadier Junquera hicieron el General Férula y 
su Jefe de Estado Mayor, el Brigadier Pérez de Guzmán. 

Estas operaciones fueron, quizás, las más importantes de las reali- 
zadas por el General Quesada en el período de su mando en el Norte, 




D. JOSÉ garcía albarran 



y tanto debió creerlo asi el Gobierno de D. Alfonso, que le concedió el 
Marquesado de Miravalles y al digno General Reina el Condado de 
Oricaín. 



No puede ser, seguramente, objeto de la presente obra el estudio 
detallado del mando en Jefe del General carlista Dorregaray en el 
Centro, ni el de su paso por Cataluña, cuyo trabajo se desarrollará, 
Dios mediante, con todo género de consideraciones y detenido é impar- 
cial examen de antecedentes, hechos y consecuencias, al describirse 
las campañas del Principado y de Aragón, Valencia y el Maestrazgo. 

Únicamente corresponde, pues, en la presente obra tener en cuen- 
ta y reseñar ligeramente la disolución del Ejército carlista del Centro, 
y los combates á que dio lugar el regreso al Norte del citado General, 
con las exiguas fuerzas carlistas que le acompañaron. 



— 369 — 

Al ser nombrado General en Jefe del Ejército carlista del Centro 
D. Antonio Dorregaray, recibió dicho General nna carta de Don Carlos 
de Borbón, en la que este Augusto Señor le decía^ entre otras cosas, lo 
siguiente: «Te he confiado el mando superior de mi Ejército del Cen- 
»tro, de esa heroica vanguardia de aragoneses y valencianos que bajo 
»tu inteligente dirección ha de abrirme las puertas de Madrid.» 

A cumplir, pues, este programa se dirigieron, sin duda, los esfuer- 
zos del General en Jefe carlista que marchaba al Centro precedido de 
la fama de su fortuna en los combates del Norte, y acompañado de 
distinguidos generales, jefes y oficiales procedentes del Ejército vasco- 
navarro, entre los que se contaban los ilustres Oliver, Alvarez, Alba- 
rrán y Adelantado, como oficiales generales, y los coroneles Boet, Or- 
doñez. Oriol, Doñamayor y otros no menos valientes y entendidos. 

Tanto de los generales Dorregaray, Oliver y Alvárez, como de los 
coroneles Ordoñez, Boet, Oriol y Doñamayor, hemos ya hablado en 
otros capítulos, así que únicamente daremos aquí alguna idea de los 
antecedentes y servicios de los brigadieres García Albarrán y Ade- 
lantado. ^ 

El Brigadier carlista D. José García Albarrán figuró en las filas 
carlistas en la primera guerra civil, desde 1838. Adherido al Convenio 
de Vergara, sirvió en el Ejercito de Isabel II, distinguiéndose tanto en 
Filipinas como en la gloriosa guerra de África en la que ganó la cruz 
de San Fernando y el empleo de Teniente Coronel. Ascendido á Coro- 
nel por antigüedad mandó varios regimientos de Infantería y no ha- 
llándose conforme con la Revolución, solicitó, como tantos otros, su 
licencia absoluta é ingresó en el Ejército carlista del Norte, asistiendo 
á la batalla de Abárzuza, á la acción de Oteiza, á las operaciones de 
Álava y del Carrascal^ y pasó después al Centro, en donde se distin- 
guió notablemente en la acción de Checa y, sobre todo en la defensa 
de Cantavieja, no rindiéndose si no después de rechazar con escasas 
fuerzas un asalto y obteniendo una caiDÍtulación honrosísima. 

El Brigadier carlista D. Fernando Adelantado procedía del Cuerpo 
de Estado Mayor del Ejército y no hallándose tampoco conforme con 
el Gobierno revolucionario presentóse en Cataluña á defender la ban- 
dera carlista. Pero militar siempre, y no creyendo que lo era tanto 
como él deseaba el Ejército carlista del Principado, presentóse en el 
del Norte, tomando desde luego parte muy importante en las operacio- 
nes de Somorrostro y distinguióse después como primer Jefe del Bata- 
llón de la Eioja. Más tarde, al pasar el General Dorregaray al Centro, 
pidió y obtuvo ser destinado á sus órdenes, dándosele á mandar la Co- 
mandancia General de Valencia. 

24 



Como (repetimos) no es nuestro ánimo tratar detenidamente aquí de 
la guerra en el Centro, ni de los servicios que unos y otros jefes pres- 
taron, ni de la reorganización é instrucción de las fuerzas carlistas, ni 
de las empresas que se llevaron á cabo, de ahi que dejando al General 
en Jefe D. Antonio Dorregaray la responsabilidad de sus actos, asi 
como la honra ó el desprestigio de su gestión militar, vengamos á la 
formación del Ejército liberal mandado por el Teniente General, don 
Joaquín Jovellar, ya que fué dicho Ejército el que acabó con el de 
los carlistas del Centro, empujándolo primero hacia Cataluña, y con- 
tribuyendo luego en unión del Ejército liberal del Principado á abru- 
mar por la acción del número y de poderosos elementos de combate al 
Ejército carlista del Norte, en donde se terminó la última guerra civil. 

Algún tiempo vaciló el Gobierno de Alfonso XII en es-íogitar el me- 
jor medio de concluir con la guerra carlista. Unos preferían caer desde 
luego sobre el Xorte, con el mayor número de fuerzas posible; otros 
preferían lo contrario, empezar por el Centro, y otros, en fin, por am- 
bos puntos á la vez. Pero como para este último plan no creían contar 
los alfonsinos con una masa abrumadora de fuerzas que fuera suficiente 
á deshacer á la vez los dos citados ejércitos carlistas, decidiéronse al 
fin por el segundo plan, es decir, acometer el Centro, seguirá Cataluña 
y terminar cayendo sobre el Ejército carlista del Norte todas las tropas 
liberales disponibles para operaciones en España. 

A este ñn se dieron las órdenes oportunas, y en 1/' de Junio de 1875 
se constituyó el Ejército liberal del Centro al mando, como ya hemos 
dicho, del General Jovellar, en la forma siguiente: Jefe de Estado-Ma- 
yor General, el Mariscal de Campo Azcárraga; cuatro divisiones man- 
dadas por los mariscales de Campo Montenegro, Salamanca, Weyler y 
Esteban, con ocho brigadas á las órdenes de los brigadieres Cassola, 
Morales, Sequera, Borrero, Lasso, Calleja, Baile y Chacón, arrojando 
las fuerzas un total de cuarenta mil hombres, tres mil caballos y cua- 
renta cañones. 

En cambio el Ejército carlista del Centro habíase reducido por en- 
tonces á cuatro divisiones, pero bien cortas, por cierto: la de Aragón, 
mandada por el General Gamundi y el Brigadier Boet, y compuesta de 
tres brigadas á las órdenes de los coroneles Madrazo, Palles y Carras- 
co, con un total de cuatro mil hombres y trescientos caballos; la del 
Maestrazgo, mandada por el General Alvarez Cacho de Herrera, com- 
puesta de tres brigadas á las órdenes de los coroneles Vizcarro, Martí 
y Agramunt, con un total de tres mil setecientos hombres y otros tres- 
cientos caballos; la de Valencia, mandada por el Brigadier Adelanta- 
do^ compuesta de mil ochocientos hombres y doscientos caballos; y la 



— 371 — 

de Castilla, mandada por el General D. Manuel S. Palacios y el Briga- 
dier Albarrán, compuesta de mil infantes y cincuenta caballos; arro- 
jando todas las tropas del Centro (por aquella época) un total de diez 
mil quinientos hombres y unos novecientos caballos, con cuyas fuerzas 
había de oponerse Dorregaray á los cuarenta mil hombres, tres mil 
caballos y cuarenta piezas de Artillería del Ejército alfonsino del 
Centro. 

El General en Jefe carlista, en vista de la considerable despropor- 
ción de fuerzas en que se encontraba con relación á las del Ejército li- 
beral, y dadas las deficiencias del armamento de que disponía, así 
como la escasez de municiones, reunió Consejo de generales en el que, 
expuestas las opiniones de cada uno, se resolvió por unanimidad de 
votos, salir del Centro y dirigirse al Norte á fin de armarse y municio- 
narse convenientemente para regresar luego á su Distrito militar una 
vez mejoradas sus condiciones de combate. En lo único en que hubo 
divergencia faé en la elección del camino que debía seguirse paradlo, 
opinando unos por Aragón y otros por Castilla, decidiéndose al fin por 
lo primero, no olvidándose de pasar aviso á los fuertes del Collado y 
Cantavieja para enterarles de los movimientos del Ejército, 

Rompióse, pues, la marcha el día 1.° de Julio con dirección á Cas- 
pe, donde se juntaron á las fuerzas aragonesas el 3 del mismo mes. De 
allí pasaron al Alto Aragón con idea de penetrar en Navarra, armarse 
y regresar ai Centro (como hemos indicado), puesto que entre el Ejéi"- 
cito de Jovellar por retaguardia y el de Martínez Campos por el flanco, 
no les quedaba otro remedio sino entrar en Navarra ó Cataluña. Pero 
el paso al Norte también se halló en breve cubierto por el General 
Delatre y la Brigada de Otal que se destacó del Norte para operar en 
combinación con las fuerzas de aquel General. Creyendo, entonces el 
General Dorregaray que no podía pasar ya á Navarra, retrocedió y en- 
tró en Cataluña por la provincia de Lérida. 

El Jefe de Estado-Mayor General de los carlistas del Norte, Pérula, 
deseoso de que se verificase la conjunción de sus tropas con las de Do- 
rregaray, hubo de ordenar á algunos de los batallones de su mando 
que ocuparan los puntos más convenientes, cerca de la frontera de Ara- 
gón, por donde se suponía habían de entrar los carlistas de Aragón, 
Valencia y el Maestrazgo. 

Los liberales, sin embargo^ se anticiparon tanto á los movimientos 
de Pérula como á los de Dorregaray, encargándose de frustrar los pla- 
nes de los carlistas el Cuerpo de Ejército del General D. José de Reina, 
y destacando (como ya hemos referido) á la Brigada de Otal, la que 
ocupó Tiermas y Sangüesa con cuatro batallones y otras tantas piezas 



— 372 — 

de Artillería, en vista de lo cual tuvieron que retirarse á Liédena las 
únicas cuatro compañías carlistas (del d.'^ Batallón de Navarra), que 
se hallaban en observación del enemigo; pero enterado el General car- 
lista Férula del movimiento de los liberales, envió inmediatamente el 
resto del citado Batallón, el 10."^ de la misma provincia y el de Arago- 
neses. 

Sabedor el Brigadier liberal Otal, á su vez, del refuerzo que habían 
recibido los carlistas, salió de Sangüesa y al avistarles ocupando algu- 
nas estribaciones de la sierra de Leyre, en actitud de no esquivar el 
combate, retrocedió á Sangüesa en donde desde su llegada empezó á 
atrincherarse en la eventualidad de un ataque por parte de sus ene- 
migos. 

Mientras tanto, el Coronel carlista D. José Agramunt, quien con las 
fuerzas de su mando se había separado del grueso del Ejército de Do- 
rregaray, sorteando como mejor pudo las varias columnas que de cerca 
le seguían, consiguió penetrar en Navarra con unos seiscientos hom- 
bres de la Brigada de Gandesa, con cuyos restos se formó un Batallón 
del mismo nombre, en el Norte. 

Llegada á noticia del General en Jefe liberal la atrevida marcha 
del Coronel carlista Agrauiunt, dispuso que el Brigadier Otal saliera 
en el acto en su busca; pero á mitad de camino supo este jefe que los 
carlistas habían bajado á Lumbier, en vista de lo cual varió de direc- 
ción y al avistar la sierra, desde la que le recibían con nutridos dis- 
paros, hizo alto, desplegó sus fuerzas y resistió cuanto pudo las diver- 
sas acometidas de los carlistas, hasta que acercándose la noche y 
calculando que no tendría tiempo de avanzar más, se retiró Otal á 
Sangüesa para atender á la curación de sus heridas, sufriendo veinte 
y una bajas. 

Conocido este resultado por el General en Jefe liberal, dispuso éste 
el inmediato envío de refuerzos, que fueron cinco batallones y dos ba- 
terías de Campaña, á cuyo frente marchó el General La Poriilla, no 
pasando de Urroz por considerar ya reunidas las brigadas de Otal y 
de Golfín. 

Creyéndose el día 21 de Agosto bastante fuertes los liberales, caye- 
ron las tres brigadas sobre Lumbier, de cuyo punto se retiraron enton- 
ces los carlistas á líi cercana sierra, al abrigo de sus atrincheramientos, 
pues no contaban á la sazón por allí más que con cuatro batallones de 
escasa fuerza. 

El General La Portilla regresó á su línea; la Brigada de Otal quedó 
en Lumbier y la de Golfín en Sangüesa, fortificando dichos brigadie- 
res ambos puntos en espera de los acontecimientos y de las órdenes de 



— 373 — 

su General en Jefe. La Brigada de Golfín fué reemplazada al poco tiem- 
po por la de Goñi, para atender á la frontera de Ai'agón y evitar la en- 
trada en Navari-a del General carlista Dorregaray, cuyo Jefe de Esta- 
do Mayor, General Oliver, había llegado ya al Norte á dar cuenta á Don 
Carlos de Borbón de la entrada del Ejército carlista del Centro en Ca- 
taluña, y de los demás sucesos ocurridos anteriormente, así como para 
insistir en la demanda de armas y municiones para el regreso á Valen- 
cia, Aragón y el Maestrazgo. 

Todavía pudo haber costado muy cara la victoria á los liberales en 
Cataluña, á pesar de haber caído allí sobre los carlistas los Ejércitos de 
los Generales Jovellar y Martínez Campos, puesto que entre las tropas 
del General Savalls y las del General Dorregaray reuníanse de veinte 
á veinte y cuatro mil hombres decididos á defenderse, y que habrían 
podido dar mucho que hacer si hubiesen dispuesto de municiones en 
abundancia, pues los voluntarios del Centro carecían casi en absoluto 
de ellas, y los catalanes no las tenían tampoco muy sobradas. También 
fué muy de sentir que en Cataluña no se recibiera como era debido por 
el General Savalls á las tropas carlistas del Centro qne llegaban al Prin- 
cipado ansiosas de pelear, como lo demostraron bizarramente en varios 
encuentros que tuvieron con los liberales los generales carlistas cata- 
lanes Castells y Savalls á quienes prestaron valiente ayuda, por cierto^ 
los voluntarios del Centro, especialmente los del Maestrazgo y los de 
Aragón, mandados directamente por el General Alvarez y el Brigadier 
Boet. 

El General Dorregaray empezó por fraccionar sus fuerzas por la di- 
ficultad de racionarse en grandes masas, uniéndose al General Castells 
los aragoneses; el General Alvarez y el Brigadier Adelantado operaron 
siempre con cierta independencia, pero de acuerdo con el General Sa- 
valls. 

Intentó también el General Dorregaray socorrer á la plaza de la Seo 
de Urgel, sitiada por el General Martínez Campos; pero el General Li- 
zárraga le disuadió de su intento por ser ya tarde, á causa de no haber 
sido ayudado á tiempo por el General Savalls, y porque ya no tenia 
más remedio (jue rendirse al día siguiente, 27 de Agosto. 

Entonces reservóse únicamente el General Dorregaray dos batallo- 
nes, el de Guías y el 1." de Valencia, los cuales consiguieron entraren 
Navarra á principios de Septiembre, así como el expresado General y 
su Estado Mayor; pasando por en medio de diferentes columnas libera- 
les que trataron de cortarles el paso y obligarles á capitular ó entrar 
en Francia, como la mayoría de sus compañeros. 

Volviendo, pues, á la guerra del Norte, ó sea retrocediendo en núes- 



— 374 — 

tra narración á los primeros di as de Julio en los que el Ejército liberal 
del territorio vasco-navarro tuvo noticia de la retirada del Ejército car- 
lista del Centro y de haber éste emprendido su marcha hacia el Norte, 
recordaremos que el General en Jefe liberal Quesada destacó á la Bri- 
gada de Otal que se acuarteló en Lumbier y puntos inmediatos, po- 
niéndose en relación con las tropas liberales de Aragón que habían 
marchado á la provincia de Huesca con el General Delatre para impe- 
dir el paso de Dorregaray á Navarra. Pero ya lo hemos dicho anterior- 
mente, el citado General carlista no se consideró con fuerzas ni con 
municiones suficientes para extremar la operación, á pesar de haber 
llegado á romper el fuego (bien enérgicamente, por cierto) la División 
del Maestrazgo á las órdenes del General Alvarez, quien, sin hacer caso 
de la grave herida que había recibido pocos días antes, púsose al frente 
de los batallones de su mando con la bravura que demostró en todas 
ocasiones; sin embargo, el temor de una derrota por la escasez de car- 
tuchos hizo que el General Dorregaray diera un cambio de frente y se 
internase en Cataluña creyendo contar con el apoyo que, desgraciada- 
mente, no encontró en tan enérgico, decidido y fraternal sentido como 
hubiera sido de desear más que en el veterano y siempre heroico Ge- 
neral D. Juan Castells. 

El Jefe de Estado Mayor General del Ejército carlista, D. José Fé- 
rula, llevó también la guerra por entonces al extremo occidental de 
Navarra, y aparte de las reñidas acciones de Lumbier y Miravalles 
Oricaín, no volvieron á librarse entre unas y otras tropas beligerantes 
más que ligeros encuentros con varia fortuna. 



La disolución del Ejército carlista del Centro y los últimos desgra- 
ciados sucesos dieron lugar á la formación de varios procesos. 

Se empezó por el del General Oliver, que fué encausado por atri- 
buírsele críticas, más ó menos embozadas, del Cuartel de Don Carlos, 
y se terminó dicha causa pidiendo el fiscal un mes de arresto para el 
General Oliver. 

Se procesó también al General Dorregaray, quien pidió él mismo 
que asi se hiciera á fin de que se esclareciese mejor su conducta duran- 
te su mando en Jefe en el Centro; esta causa no se concluyó, pero en lo 
que se llegó á instruir no pudo probarse ningún hecho en contra de la 
lealtad de Dorregaray, habiendo manifestado su fiscal, que lo fué el 
General Martínez Fortun, textualmente: «cumple á mi lealtad asegu- 
»rar que Don Carlos me habló siempre de Dorregaray en sentido digno, 
»con el deseo de que se hiciese luz clara y se conociese la verdad.» Al 



— o75 — 

concluirse la guerra se expidió pasaporte para Francia al General Do- 
rregaray, y pasó á la emigración acompañado de sus ayudantes de 
Campo y asistentes, manteniéndose, por tanto, dicho General en Espa- 
ña tanto tiempo como todos los demás generales, jefes y oficiales de los 
que figuraban en el Norte sin mando de tropas. 

También se formó causa al General Savalls por lo sucedido en Ca- 
taluña, así como al Brigadier (antiguo Jefe de Estado Mayor del Prin- 
cipado) D. Alberto Morera, por igual motivo; al General Mendiry, por 
algunos asuntos relacionados con su mando en Jefe, y por su desobe- 
diencia al Ministro de la Guerra, General Bérriz, marchándose á Fran- 
cia sin licencia de éste ni de Don Carlos; fueron, en fin, también pro- 
cesados el Coronel Barón de Sangarren, por supuestas tropelías contra 
sus subordinados^ el Coronel Marqués de las Hormazas, el Teniente 
Coronel Horran y otros varios jefes, sin que estos procedimientos die- 
sen más resultado práctico que el de enconar enemistades y ahondar 
divisiones que, desgraciadamente, existían ya entre algunos jefes su- 
periores, debidas más que nada á rivalidades y celos mal entendidos; 
así que como no nos hemos propuesto ocuparnos más que en las opera- 
ciones militares de la Campaña del Norte, no hacemos de todo ello men- 
ción sino como dato histórico y sin que nos sea dable otra cosa que 
lamentar lo acontecido en asuntos tan delicados como los que fueron 
objeto de todos estos procesos de los que no resultó nada favorable para 
la Causa carlsta. 




D. ALFONSO DE BORBON Y DE AUSTRIA 

CONDE DE CASERTA 



Capitulo XXXI 

Grave situación del Carlismo en Diciembre de 1875. — S. A. el Conde de 
Casería al frente del Ejército carlista. — Fonnación de los ejércitos 
liberales de la Derecha y de la Izquierda. — Preparativos de los car- 
listas y situación de sus tropas, así como de los distintos cuer- 
pos de los ejércitos alfonsinos. — Los batallones carlistas del Centro 
en el Norte. * 



PACIFICADO el Centro y terminada la guerra en Cataluña á fines 
de Noviembre de 1875, claro es que iba á caer sobre el Norte la 
avalancha de todos los ejércitos liberales reunidos, como preveíamos 
desde mucho tiempo atrás, aproximándose, por lo tanto, importantes 
sucesos que no era fácil esperar hubiesen de ser muy favorables para 
los carlistas. 

En efecto; á principios de Diciembre celebró el Gobierno de Madrid 
detenidas conferencias con varios generales, á fin de estudiar el plan 
más acertado para la pacificación del Norte, así como la nueva orga- 



— 377 — 

nización que se debiera dar á las tropas liberales teniendo en cuenta 
las que acudirían, como refuerzo, al territorio vasco-navarro proce- 
dentes no sólo de los ejércitos alfonsinos del Centro y de Cataluña, sino 
que también de otras distintas zonas de España, con cuyas fuerzas y 
con los antiguos contingentes del Ejército del Norte, llegó á reunir el 
Gobierno de Don Alfonso más de ciento sesenta rail combatientes para 
operar contra el Ejército carlista del Norte que no disponía por enton- 
ces más que de unos treinta y cinco mil hombres en total, é incluyendo 
en esta cifra no solamente los de Infantería, Caballería, Artillería é 
Ingenieros, sino que también los de Administración y Sanidad ^lilitar, 
el Clero castrense, el Cuerpo Jurídico Militar y varias fracciones co- 
rrespondientes á distintos institutos que podríanse apellidar políticos 
aún más que militares y con cuyo auxilio no había de contarse para 
el plan y marcha general de las operaciones, si bien prestaron siempre 
excelentes servicios lo mismo en el especial de su carg'- que en las ac- 
ciones de guerra, cuantas veces tuvieron ocasión de probar con su va- 
lor su adhesión á la Causa carlista. 

Puede, por lo tanto, calcularse que para operaciones disponían los 
alfonsinos de una Artillería superior en calibre y alcance que la de 
nosotros, y aún más que duplicada, así como de una Caballería con 
cuyo número no podía compararse la nuestra, y un total de combatien- 
tes cinco veces mayor que el que podían oponer los carlistas á tan po - 
derosos elementos de combate. 

No era, sin embargo, el número abrumador de enemigos el único 
factor con que tenían que contar en contra suya las tropas carlistas 
del Norte, sino que en aquellos momentos críticos tropezaban con tres 
obstáculos más para obtener la victoria: la falta de recursos en un país 
no muy rico de por sí y que llevaba ya tres años sosteniendo, casi ex- 
clusivamente con sus elementos propios, una campaña tan costosa en 
sangre, dinero y toda clase de sacrificios, como lo son todas las gue- 
rras, y más especialmente las modernas: tenían también entonces en 
contra suya los carlistas las circunstancias políticas del país," bien dis- 
tintas de cuando imperaban los delirios revolucionarios, y que no po- 
dían serles ya tan favorables como en aquella otra época de constantes 
trastornos en que vejadas todas las clases sociales por los excesos y 
desafueros de la Revolución, habia hasta algunos elementos liberales 
que prestaban, más ó menos directa y eficazmente, su apoyo moral ó 
material á los carlistas: finalmente, habían éstos de luchar, así mismo, 
con las consecuencias del sistema de guerra que, por necesidad ó lo 
que se quiera, se había seguido siempre y que no era fácil cambiar en 
las circunstancias harto comprometidas del momento, cuando faltaba 



— 378 — 

el apoyo de log carlistas del resto de España y había quedado reducido 
el esfuerzo del carlismo al que pudiera desarrollarse en el pais vasco- 
navarro, ya tan padecido por la guerra. 

Parecía, efectivamente, que la idea estratégica que había presidido 
las operaciones del Ejército carlista del Norte había sido únicamente 
la de constituir un Estado independiente, ó, como decía el insigne Bal- 
mes refiriéndose á la primera guerra civil, construir una inmensa for- 
taleza defendida por 30,000 hombres, sistema de gaerra que más tarde 
ó más temprano tenía que dar fatales resultados, ocurriendo al fin lo 
que era lógico y natural que ocurriese en tales circunstancias, que 
mientras el Carlismo agotaba sus recursos, el Estado liberal, que con- 
taba con los de casi toda la Nación, pudo ir reuniendo elementos in- 
mensamente superiores; y atendiendo al propio tiempo los ministerios 
conservadores de la República, primeramente, y después los de Don 
Alfonso, á la reorganización de aquellas sus tropas tan quebrantadas 
durante el mando de los federales, lograron al fin y al cabo los capita- 
nes generales Duque de la Torre y Marqués de Sierra Bullones, á fines 
de 1874, y más tarde el Gobierno de Alfonso XII, oponer á las victo- 
rias de los carlistas un Ejército numeroso, fuerte y altamente levanta- 
do en su moral y en su prestigio, al paso que con sus líneas fortificadas 
contrarrestaban los efectos de las atrincheradas de los carlistas, entre- 
tanto que una vez pacificados el Centro y el Principado catalán y re- 
uaidos todos los elementos que consideraron necesarios pudieron llegar 
al día en que les fuera fácil emprender la campaña decisiva con gran- 
des probabilidades de victoria. 

Ya á mediados de Noviembre había expuesto á Don Carlos de Bor- 
bón su Jefe de Estado-Mayor General, Pérula, que su situación era 
gravísima, que el país estaba cansado, que las diputaciones languide- 
cían por falta de recursos y no querían (ó no podían) ayudarle^ y en 
fin, que le era imposible sostener líneas tan extensas como las que cu- 
brían la mayor parte del Estado carlista. 

En vista de ello no se limitó Don Carlos á alentar á su Jefe de Esta- 
do-Mayor General, sino que también estimuló á las diputaciones para 
que con preferencia á los demás servicios atendiesen á la constracción 
de armas, cartuchos y calzado; pero las diputaciones contestaron que 
carecían de recursos, que no les había dado resultado la elaboración 
de las chapas de metal para hacer cartuchos y que tenían que impor- 
tarlos de Francia. 

Realmente agobiaba la situación y actitud en que por razón de la 
falta de elementos tenían que colocarse las diputaciones, s n que por 
ello tratemos de censurar en lo más mínimo su conducta, paes sola- 



— 379 — 

mente aplausos podían merecer el celo, ilustración, entusiasmo y acen- 
drado patriotismo con que las citadas corporaciones se excedieron en 
el cumplimiento de sus deberes; pero lo cierto es que sin recursos no 
era posible emprender grandes operaciones, ni, menos aún, soñar con 
brillantes victorias, aunque todo esto ocurriese con harto dolor, tanto 
de los jefes militares como de las dignas autoridades forales y del egre- 
gio Señor Don Carlos de Borbón, quien tantísimo se desvelaba por ver 
cumplidamente atendidas todas las necesidades de la campaña, ani- 
mando á unos y otros, estimulando á todos, suavizando asperezas que 
á veces surgían entre las diputaciones ó juntas á guerra y los jefes del 
Ejército, dando, en fin, el más alto ejemplo de entusiasmo, ánimo y 
energía ante todo el cúmulo de contrariedades que había que afrontar, 
que habrían sido capaces de abatir otro espíritu que no se hubiese ins- 
pirado en su acendrada fé é inalterable decisión, y cuyas amarguras 
únicamente pudimos apreciarlas bien los que, como el que esto escribe, 
tuvimos el honor de pasar por ellas y probarlas aún más directamente 
que otros muchos, por razón del alto cuanto inmerecido cargo con 
que nos vimos honrados al iniciarse la campaña final en Diciembre 
de 1875. 

Para hacer ver lo crítico de la situación por que atravesaba el Car- 
lismo en la época á que nos referimos, baste recordar que, aún mucho 
antes de llegar á ella, ya los representantes de las provincias vasco- 
navarras, después de celebrar varias conferencias en Vergara, habían 
elevado á Don Carlos una reverente pero franca exposición en la que 
declaraban que había llegado prematuramente el cansancio, el ahogo 
y la miseria de los pueblos. «Sí, augusto rey y señor nuestro, (añadían), 
»ia guerra de hoy no es ciertamente la del 33; el armamento, el muni- 
»cionamiento, el uso repetido de la Artillería y las necesidades, sin 
»duda, de la época, han disipado en la actual, y en solos dos años, 
»más cantidades que el total de las invertidas en los siete, en la que, 
»por cierto, el país jamás presupuestó capítulo alguno de gastos por 
»razón de prest., y en la que por otra parte, el tesoro real, por el auxi- 
»lio de monarcas amigos, allegaba sobre un millón de reales mensua- 
»les, con los que alguna que otra vez se daba algún tercio de sueldo y 
»se aliviaban muy frecuentemente los diarios sacrificios del suminis - 
»tro.» En fin, en otros párrafos de la expresada notable exposición se 
decía entre otras cosas, que era inminente una catástrofe; que el país 
no podía sostener ya la guerra por mucho tiempo con sólo sus agota- 
dos recursos; que si no se le aj'udaba no sería él el responsable de las 
consecuencias que sobrevendrían; y que los recursos de los pobres 
pueblos de un territorio microscópico de España no podían sobrellevar 



— 380 — 

los gastos centrales de un Estado que se constituía en frente del que 
gobernaba y mandaba en la casi totalidad de la Xación. 

Entretanto el Ejército carlista del Xorte solamente se había refor- 
zado con el Batallón de Gandesa y los dos de Valencia, únicas tropas 
del General üorregaray que (como ya dijimos en el capítulo anterior) 
lograron burlar la persecución de los ejércitos liberales de Cataluña 
y del Centro; pero á pesar de este refuerzo había bajado mucho el con- 
tingente total del Ejército carlista del Xorte en los últimos meses, 
porque si bien es verdad que no había disminuido el número de sus 
unidades tácticas, en cambio no habían hallado el oportuno reemplazo 
las bajas naturales de la guerra y las ocasionadas por el cansancio y 
las deserciones, de tal modo que así como al mediar la campaña ha- 
bía muchos batallones de á mil plazas, sobre todo en Xavarra y Viz- 
caya, por la época á que nos referimos, en Diciembre de 1875, la ge- 
neralidad de los batallones no disponían de más de seiscientos hombres, 
y hasta había algunos como los cántabros y el de asturianos que no 
alcanzaban, respectivamente, más que trescientas y doscientas plazas. 



En aquellas circunstancias críticas, en aquellos momentos difíciles, 
en que los carlistas veían tan mermadas sus huestes, tan agotados sus 
recursos y tan escasas sus municiones; cuando en cambio el Gobierno 
de Alfonso XII concentraba sobre el país vasco-navarro tantos y tan 
poderosos elementos, uniendo á su Ejército del Xorte los del Centro 
y Cataluña, con superabundancia de recursos y animados sus soldados 
por la confianza que inspiran el número y el disponer de toda clase 
de medios para combatir con éxito, al par que en los pobres volunta- 
rios carlistas había empezado á entrar ya la desconfianza hacia sus 
jefes, escarmentados con el Convenio de Vergara; en aquellos instan- 
tes supremos, Don Carlos de Borbón lejos de desmayar ante situación 
tan angustiosa y decidido á esperar con sus bravas y leales tropas en 
sus puestos el empaje de los ejércitos liberales, rechazando la idea de 
poner fin á la guerra con un Convenio, y deseando resistir hasta el 
último extremo, nombró, en 11 de Diciembre, Jefe de Estado Mayor 
General de su Ejército á S. A. R. el Mariscal de Campo Conde de Ca- 
serta, en sustitución del General Férula, quien con tal motivo pasó en 
igual fecha á desempeñar la Comandancia General de Xavarra. 

S. A. R. Don Alfonso de Borbón y d-í Austria, Conde de Caserta, 
hijo del Rey Don Fernando H de Xápoles y hermano del último Rey 
de las Dos Sicilias, D. Francisco II, nació en 1841, de modo que era 
joven todavía al encargarse del mando del Ejército carlista del Norte; 



— 381 — 

pero ya se había acreditado como militar activo, inteligente, ilustrado 
y valeroso en varias campañas; además, como príncipe de la familia 
real tenía una ventaja inmensa sobre todos los demás generales para 
mandar el Ejército carlista en aquellas circunstancias, la de inspirar 
absoluta confianza á los voluntarios. 

Sabido es que los hijos del Rey Don Fernando de Ñapóles habían 
ingresado en los distintos cuerpos especiales y armas generales de su 
Ejército: el Conde de Bari había servido en Infantería; el Conde de 
Girgenti había pertenecido al Arma de Caballería, y casado con la 
Infanta Doña Isabel (hija de Isabel II), distinguióse valerosamente en 
la memorable batalla de Alcolea mandando el Regimiento de Húsares 
de Pavía El Conde de Caserta procedía del Cuerpo de Artillería (como 
ya indicamos en el capítulo XX), había formado parte de la Comi- 
sión científico-militar para el examen y construcción de los cañones 
rayados; había sido agraciado por Doña Isabel II con la Gran Cruz 
de Carlos III, en 1857, y era un brillantísimo jefe de su Cuerpo: sobrio, 
entendido,, frío, observador, circunspecto y valiente, llegó al campo 
carlista precedido de una aureola bien merecida, pues se había dis- 
tinguido notablemente en la campaña del Volturno y Garigliano, así 
como en los sitios de Cápua y de Gaeta, ascendiendo sucesivamente por 
méritos de guerra desde Comandante hasta Coronel^ mereciendo ser 
citado en la Orden General del Ejército, y viéndose agraciado por 
los emperadores de Austria y Rusia con el nombramiento de Caballero 
délas Ordenes de María Teresa y de San Jorge, y con la Cruz lau- 
reada de San Fernando por la Reina Doña Isabel II, Destronada la 
familia real de Ñapóles, presentóse el Conde de Caserta á Su Santidad 
el Papa Pío IX, y peleando por la Santa Causa del Pontificado distin- 
guióse en la batalla de Mentana, por la que fué condecorado con la 
Cruz de la Orden de Cristo por Pío IX, en cuyo Ejercito figuró también 
cuando la defensa de Roma en 1S70. 

En 1874 pasó S, A. á España para tomar parte en la campaña car- 
lista, é ingresó en el Ejército del Norte como Coronel de Artillería 
cuando el sitio de Irún. Importante adquisición fué la del Conde de 
Caserta tanto para el Cuerpo de Artillería, que tantísimo se honró al 
contarle entre sus jefes, como para todo el Ejército carlista en general, 
pues á partir de 1875 hasta que á fines de Febrero de 1876 envainó su 
espada en la frontera francesa, no dejó de distinguirse lo mismo al 
frente de las baterías [de operaciones en Guipúzcoa, que en la Di- 
visión de Castilla; desempeñando más [tarde la Comandancia General 
de Álava, mandando luego una Brigada de operaciones. en Guipúzcoa 
y contribuyendo eficazmente á la victoria de Lumbicr con los batallo- 



— 382 — 

nes á sus órdenes; ascendiendo á Brio^adier y á Mariscal de Campo por 
hechos de guerra, como había adquirido sus anteriores empleos en el 
Ejército de Ñapóles, y figurando, en fin, al frente del Ejército carlista 
en la campaña final, cuando no habia más factor á favor de los carlis- 
tas, que el e.itusiasmo y la inquebrantable fe con que se avenían éstos 
á ser víctimas propiciatorias de las innumerables tropas y los podero- 
sos elementos en contra de los que iban á luchar, y su gran confianza 
en el General Xo Importa. 




D. EOMUALDO CESÁREO SANZ 



S. A. el Conde de Caserta nombró al Brigadier de Artillería don 
Antonio Brea, Jefe de Estado Mayor, para cuyo cargo tan importante 
confesamos que no nos creíamos idóneos ni muy á propósito, por lo 
cual hubimos de hacerlo así presente á S. A., al propio tiempo que le 
expresábamos nuestra profunda gratitud por la gran prueba de con- 
fianza con que se habia dignado¡honrarnos, añadiéndole con toda fran- 
queza que nos considerábamos aptos para servir, más ó menos bien, 
mandando artilleros, pero no para desempeñar el difícil destino de 
Jefe de Estado Mayor del E. M. G.: á esio nos replicó S. A. (con la 
mayor modestia) que tampoco creía servir él para General en Jefe, 



— 383 — 

pero que en un Ejército como el carlista creía que no había más reme- 
dio que aceptar lo que ofrecía Don Carlos, sobre todo dado lo crítico 
de las circunstancias en que nos encontrábamos; y siguiendo su ejem- 
plo, aceptamos el cargo de Jefe de Estado Mayor, si bien podemos 
asegurar que no solamente no nos halagaba ocupar tan alto puesto, 
máxime en las condiciones en que á la sazón se encontiaba la guerra, 
sino que habríamos preferido continuar ocupados siempre y exclusiva- 
mente en el servicio de baterías, lo cual ha sido constantemente nues- 
tra única ambición, desde que á los pocos años de edad tuvimos ya el 
honor de vernos agraciados por nuestra antigua amada y bondadosa 
Reina D.*^ Isabel II con los cordones de Caballero Cadete del entonces 
Real Cuerpo de Artillería. 

Para el cargo de segundo Jefe de Estado Mayor de S. A. nombróse 
al ilustrado y valiente Coronel de Infantería D, Romualdo Cesáreo 
Sanz^ antiguo profesor de cadetes y oficial del Batallón de Cazadores 
de Llerena, que había ganado el ascenso á Capitán ^combatiendo la 
insurrección de Béjar, cuando la Revolución de 1868: brillante jefe 
carlista que había ganado todos sus empleos sucesivos por méritos de 
guerra, distinguiéndose lo mismo á las inmediatas órdenes del inolvi- 
dable General Olio al principio de la campaña, que después organi- 
zando y mandando el 1».° Batallón de Navarra, y más tarde desempe- 
ñando el cargo de Jefe de Estado Mayor de la División de dicha 
provincia: actual Diputado á Cortes por Pamplona, respetado y queri- 
do por amigos y adversarios que prescindiendo de ideas políticas han 
aplaudido más de una vez su digna actitud en el Congreso, así como 
el acierto, ilustración^ inteligencia y píitriotismo con que ha tratado 
numerosas cuestiones relacionadas con el Ejército, que le considera 
como uno de los más entusiastas compeones de sus intereses sagrados. 

También figuraron dignamente en el Cuartel General del Conde de 
Caserta los coroneles D. Ramón de Altarriba, Barón de Sangarrén, y 
D. Felipe de Sabater (hijo del marqués de Capmany), como jefes á sus 
inmediatas órdenes; el Coronel D. Fausto Elío^ IMarqués de Vessolla, 
Conde de Ayanz y Vizconde de Valde-Erro; ei Teniente Coronel de 
Marina D. Fernando Carnevali y el Teniente de Caballería D. N. Itu- 
rrate, como ayudantes de Campo de S. A.; el ilustrado abogado alavés 
D. Samuel Iturrate, como Auditor General, y el Teniente de Caballe- 
ría D. Tomás de Sureda, como Ayudante de Campo del Brigadier 
Brea. 

El Mariscal de Campo D. Elicio Berriz desempeñaba la Secretaría 
de Estado y del Despacho de la Guerra, teniendo á su lado como Sub- 
secretario al Brigadier de Infantería D. Manuel López, y á sus inme- 



— 384 — 

diatas órdenes á ios distinguidos oficiales de Caballería D. Marcelino y 
D. ^Fernando de Oráa (sobrinos del célebre General isabelino del mismo 
apellido, que tanto figuró en la guerra de los siete años), y D. Juan de 
Sureda, hermano de nuestro Ayudante de Campo y perteneciente á 
una de las más distinguidas familias de Baleares. 

Los cuerpos de Artillería é Ingenieros tenían de comandantes ge- 
nerales á los mariscales de Campo D. Juan l\laría Maestre y D. Francis- 
co de Alemany; de mayores generales á los brigadieres D. Luis de 
Pagés y D. Amador Villar; y á las inmediatas órdenes de los ex- 
presados generales, respectivamente, al Oficial de Caballería Conde de 
Asmir y al de Infantería D. José de Alemany; la Academia de Artille- 
ría é Ingenieros de Vergara tenía á su frente al Coronel de Ingenieros 
D. José Garín. 

En el Arma de Caballería figuraba como Comandante General el 
Brigadier D. Esteban Barrasa 

Las divisiones de Navarra, Vizcaya, Castilla, Guipúzcoa y Álava 
tenían de comandantes generales^ respectivamente, á los mariscales de 
Campo D. José Férula^ D. Fulgencio de Carasa y D. Francisco Cavero, 
y á los brigadieres D. Eusebio Rodríguez Román y D. Francisco Saenz 
Ugarte, veterano de la primera gueria civil, en la que se había dis- 
tinguido mandando el Batallón 1,*^ de Álava. 

La Brigada del Centro tenía de Comandante General al Brigadier 
D. Carlos González Boet, y de segundo jefe al Coronel D. José Agra- 
munt; la Brigada de Cantabria tenía de Comandante General al Coro- 
nel D. Pedro Vidal y de segundo jefe al Coronel Mora. 

Los generales D. Ramón Argonz y D. Hemeterio Iturmendi, así 
como los brigadieres D. José Pérez de Guzmán, D. Carlos Calderón^ 
D. Simón de Montoya, D. Francisco Larumbe y D. Marcelino Martí- 
nez Junquera y el Coronel de Artillería D. Manuel Fernández Prada 
(actual Marqués de las Torres de Oran), figuraban afectos á la Divi- 
sión de Navarra; á la de Vizcaya, los brigadieres D. Martín Luciano 
de Echévarri y D. José Gorordo; á la de Guipúzcoa, los brigadieres don 
Francisco Javier Rodríguez Vera, D. Juan José de Aizpurúa y don 
Andrés Ormaeche; y á la de Álava, el Brigadier D. Celedonio Itu- 
rralde. 

Desempeñaban el cargo de gobernadores de Estella, de Durango y 
del Castillo de la Población el Mariscal de Campo D. José Lerga y los 
brigadieres D. RegÍDO Mergeliza de Vera y D. José Montoya. La Co- 
mandancia General de j\Iarina estaba desempeñada por el Brigadier 
D. Federico Anrich;, antiguo Ministro de Marina de la República; el 
Cuerpo de Administración Militar tenía á su frente al Mariscal de Cam- 



— 385 — 

pe D. José Ruíz de Larramendi, y de Intendente á D. Domingo Galle- 
go; en fin, a) frente de la Sanidad Militar figuraba el Brigadier don 
Francisco Ramajes, teniendo á sus inmediatas órdenes al ilustrado y 
conocido médico de Madrid D. Telesforo Rodríguez Sedaño. 

El Ejército carlista, en Diciembre de 1875, lo constituían cuarenta 
y ocho batallones de Infantería, algunos tercios de milicias sedenta- 
rias, diez partidas sueltas ó guerrillas, tres regimientos de Caballería, 
dos batallones de Ingenieros, un Tren de Sitio, seis baterías y una 




r. REGINO MERÜELIZA DE VERA 

Sección de Montaña y tres baterías de Batalla (por haberse agregado 
la Batería Montada que mandaron Rodríguez Vera y García Pimentel 
al Tren de Sitio)^ sumando todas estas unidades tácticas un total de 
unos treinta y cinco mil hombres, mil doscientos caballos, treinta y 
nueve cañones de Montaña, diez y seis de Batalla, cuatro morteros y 
veinte y seis cañones de plaza, sitio y posición, desde el de á 8 centí- 
metros hasta los Wawasseur de á 9, pues las dos piezas de á 13 que 
llegaron últimamente carecían de montajes y no llegaron á ser utili- 
zadas. 

En cambio las tropas liberales acumuladas en el Norte para opera- 
ciones, según datos de la Narración Militar de la Guerra Carlista (re- 
dactada por el Cuerpo de E. M.) y de la Historia Contemporánea (es- 

25 



— 386 — 

crita por D. Antonio Piral a), ascendían al número de cuerpos de todas 
armas (bien nutridos, completos y dotados de superabundantes recur- 
sos de todas clases) que á continuación se expresan: ciento treinta y 
un batallones de Infantería; once regimientos y ocho escuadrones de 
Caballería; tres regimientos de Artillería de Batalla, otros tres de Ar- 
tillería de Montaña, y otros tantos de Artillería de á pie, con un total 
de ciento setenta y cuatro cañones, sin contar los que artillaban pla- 
zas fuertes y algunos puestos fortificados; dos regimientos y cuatro 
compañías de Ingenieros; y además los batallones de Migueletes de 
Guipúzcoa, de Forales de Navarra, de Miñones de Alava^ de la Guar- 
dia foral de Vizcaya, los Tiradores del Norte, los Voluntarios de Bur- 
gos, los nutridos contingentes de la Guardia Civil y de Carabineros, y 
varias contraguerrillas, con un total de unos ciento sesenta mil hom- 
bres, más de cinco mil caballos y la potente Artillería ya detallada. 

Con estas numerosas fuerzas, tan excesivamente superiores á las de 
los carlistas, formó el Gobierno de Madrid, en 14 de Diciembre de 1875, 
dos ejércitos independientes entre sí, apellidados de la Izquierda y de 
la Derecha; formados, el primero con las tropas del antiguo Ejército 
del Norte, y el segundo con las procedentes del Centro y de Cataluña; 
destinados á operar, aquél en las provincias Vascongadas, y éste en 
Navarra; mandado el de la Izquierda por el Teniente General D. Ge- 
naro de Quesada, de cuyos antecedentes militares ya hemos dado 
cuenta en el capítulo XXV, y quien en las operaciones centrales y en 
las de combinación de ambos ejércitos podía dar órdenes al General 
en Jefe del Ejército de la Derecha que lo era el Teniente General don 
Arsenio Martínez Campos, procedente del ilustrado Cuerpo de Estado 
Mayor, cuya carrera había concluido en 1852, que se había distinguido 
como profesor de la Academia de su Cuerpo, así como en la guerra de 
África en la que obtuvo el empleo de Teniente Coronel y la Cruz de 
San Fernando, y después en la expedición á Méjico y en la campaña 
de Cuba en la que ganó la faja de Brigadier el año 1870, pasando des- 
pués á tomar parte en la guerra civil por la que era ya Mariscal de 
Campo cuando proclamó á Alfonso XII en Sagunto, desempeñando 
luego el mando del Ejército de Cataluña al írente del cual había teni- 
do la suerte de pacificar el Principado. 

El Ejército de la Izquierda tenía de Jefe de Estado Mayor General 
al Mariscal de Campo D. Tomás O'ryan, y se componía de tres cuerpos 
de Ejército á las órdenes de los tenientes generales D. Domingo Morlo- 
nes, D. José Ignacio de Echevarría, Marqués de Fuente-Fiel, y don 
José Loma, una División de Reserva, otra de Álava, otra de Vizcaya 
y una Brigada de Caballería. 



— 387 — 

El primer Cuerpo tenía tres divisiones mandadas por los mariscales 
de Campo D. Fernando Quadros, D. Adolfo Morales de los Ríos y don 
MeJitón Catalán, con seis brigadas á las órdenes de los brigadieres 
Otal, Suances, Rodríguez Trelles, Navascués, Alvarez y Rodríguez 
Sierra . 

El segundo Cuerpo .tenía dos divisiones mandadas por los marisca- 
les de Campo D. Pedro Ruíz Dana y D. Zacarías González Goyeneche, 
con cuatro brigadas á las órdenes de los brigadieres Santelices, Ar- 
naiz, Córdova y Alarcón. 

El tercer Cuerpo tenía dos divisiones mandadas por el Teniente Ge- 
neral D. Juan Villegas y por el Mariscal de Campo D. Joaquín Rodrí- 
guez Espina^ con cuatro brigadas á las órdenes de los brigadieres Iba- 
rreta, Alberni, Co tárelo y Goñi. 

La División de Reserva la mandaba el Mariscal de Campo D. Anto- 
nio del Pino, y tenía dos brigadas á las órdenes de los brigadieres 
Ciria y Garrido. 

La División de Álava la mandaba el Mariscal de Campo D. Manuel 
Alvarez Maldonado, y tenía dos brigadas á las órdenes de los briga- 
dieres Armiñán y Araoz. 

La División de Vizcaya la mandaba el Mariscal de Campo Burriel;, y 
tenía dos brigadas á las órdenes de los brigadieres Martí y Keller. 

La Artillería, los Ingenieros y la Brigada de Caballería del Ejército 
de la Izquierda estaban mandados como comandantes generales por el 
Mariscal de Campo D. José de Urbina y Daoiz y por los brigadieres 
Verdú y Contreras. 

El Ejército de la Izquierda sumaba un total de unos 108,000 hom- 
bres, 3,500 caballos y 116 cañones. 

El Ejército de la Derecha tenía de Jefe de Estado Mayor General 
al Brigadier D. Antonio Ortiz, y se componía de dos Cuerpos de Ejér- 
cito á las órdenes de los tenientes generales D. Ramón Blanco y don 
Fernando Primo de Rivera, una División de Reserva y una Brigada 
llamada de la Ribera. 

El primer Cuerpo se componía de dos divisiones mandadas por los 
mariscales de Campo D. Emilio Terrero y D. Rafael Juárez de Xegrón, 
con cuatro brigadas á las órdenes de los brigadieres Bonanza, Gamir 
(D. Eduardo), Bargés y Acellana. 

El segundo Cuerpo constaba también de dos divisiones mandadas 
por los mariscales de Campo D. José M.^ Chacón y D. Emilio Calleja, 
con cuatro brigadas á las órdenes de los brigadieres Arias, Molins, 
Cortijo y Pardo Montenegro. 

La División de Reserva estaba mandada por el Mariscal de Campo 



— 388 — 

D Luis Prendergast, y tenía dos brigadas á las órdenes de los briga- 
dieres Baile y Campo. 

La Briííada de la Ribera, la Artillería j las fuerzas de Ingenieros 
del Ejército de la Derecha estaban mandadas, respectivamente, por el 
Brigadier Jaquetot y por los coroneles Saenz-Socies y Manchón. 

Además de las tropas correspondientes á las divisiones y brigadas 
de que hemos hecho ya mención, agregáronse al Ejército de la Derecha 
siete batallones del antiguo Ejército del Norte, cuyas fuerzas se em- 
plearon en guarnecer lineas y puntos fortificados. 




D. AESEXIO MARTIÍsEZ CAMPOS 

El total del Ejército de la Derecha disponía de unos 50^000 hom- 
bres, unos 1,800 caballos y 58 piezas de Artillería. 

Ante lo peligroso de las circunstancias en que se encontraba el 
Ejército carlista del Norte y á fin de distraer á las fuerzas liberales, se 
arreció en los trabajos para renovar la guerra en Cataluña y el Maes- 
trazgo y aún en otros puntos, con cuyo objeto dispuso Don Carlos de 
Borbón que el General D. Rafael Tristany y el Brigadier D. Alejandro 
Arguelles volvieran á Cataluña para ver de encender de nuevo la gue- 
rra en el Principado en unión del General D. Juan Castells, mientras 
el General D. Manuel Marco se encargaba de levantar armas en Ara- 



— 389 — 

gón, y que el Coronel D. Tomás Segarra (después Marqués de Sega- 
rra), que había mandado un Batallón del Ejército del Centro, fuese á 
levantar partidas por el Maestrazgo para facilitar el paso al Centro de 
una expedición compuesta de los batallones de Gandesa y de Valencia, 
que habían llegado al Norte y que se pensó en que volvieran á reanu- 
dar la guerra en su país, al mando del Brigadier Boet y de los corone- 
les D. Joaquín Palles, D. José Agramunt y D. José M.* Berenguer; 
pero resultaron estériles los esfuerzos de los generales Tristany, Cas- 
tells y Marco, así como los del Brigadier Arguelles y los del Coronel 
Segarra; perdiéronse las esperanzas de renovar la guerra en Cataluña, 
Aragón, Valencia y el Maestrazgo, y la campaña quedó defínitiva- 
mente circunscrita, por lo tanto, al territorio vasco- navarro. 



No bien se encargó del mando S. A. el General Conde de Caserta 
en Durango, y después de conferenciar y dar instrucciones precisas 
á los comandantes generales de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, partió 
con su Jefe de Estado Mayor para Navarra á fin de revistar las líneas 
y fuerzas de dicha provincia, enterarse del estado de sus defensas y 
acordar ante todo, personalmente, con el Comandante General de di- 
cho antiguo reino la distribución de las tropas^, ya que era muy gene- 
ral la idea de que si Zos enemigos nos derrotaban en Navarra, todos 
sucumbirian sin luchar apenas. 

Visitó también S. A. las líoeas de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa; re- 
forzando las dos primeras con la Brigada Cántabra y algunas fuerzas 
vizcaínas y alavesas que hallábanse por entonces ausentes de sus res- 
pectivas provincias, y el 23 de Diciembre provocó á los liberales hacia 
Hernani, redoblando al propio tiempo el cañoneo sobre la plaza, de- 
seoso de explorar los propósitos que pudieran tener en Guipúzcoa los 
alfonsinos; pero éstos^, sin embargo, siguieron tranquilos en sus acan- 
tonamientos y el combate limitóse, por lo tanto^ á un mutuo cañoneo 
entre unas y otras fuerzas enemigas. Antes de salir de Guipúzcoa or- 
denó S. A. el Conde de Caserta al Brigadier Martínez Junquera que con 
las fuerzas de la Brigada de su mando se situase por Arichulegui, en 
la frontera de Navarra y Guipúzcoa, para oponerse con éxito á cual- 
quier golpe de mano de los liberales sobre la fábrica de proyectiles de 
Vera, atendiendo además á observar las fuerzas enemigas que pudie- 
sen amagar la retaguardia de los carlistas por Navarra ó Guipúzcoa. 

La primera dificultad con que tenían que luchar las tropas carlis- 
tas era la originada por la falta de suficientes municiones, porque si 
bien en la fábrica de Vera seguía la fundición de proyectiles para la 



— 390 — 

Aitilleria y se contaba en almacenes con algunos millares en depósito 
á fin de que no faltase ni por un momento el conveniente alimento de 
los cañones, en cambio el municionamiento de la Infantería estaba en 
embrión entonces como en todas ocasiones. Este servicio hallábase á 
cargo de las diputaciones á guerra, ó se llenaba recurriendo las más 
de las veces á las compras en el extranjero, y como de la cartuchería 
metálica se consumía en mayor proporción que la en que se adquiría, 
de ahí la inmensa desventaja en que siempre se encontraron los carlis- 
tas con respecto á los liberales en lo que se refiere á tan importante 
asunto. Procurando remediar este gravísimo inconveniente, hubo de 
oficiar S. A. el Conde de Caserta á las diputaciones pidiéndoles le au- 
xiliasen con objeto de municionar bien á los voluntarios, y se solicitó 
al propio tiempo, del Comité francés de la frontera algunos millones 
de .cartuchos á fin de poner á las tropas de su mando en condiciones 
de sostener algunos combates seguidos é importantes con probabilida- 
des de conseguir la victoria. Pero, desgraciadamente, no se obtuvo 
nada del extranjero, ni tampoco de la Diputación de Guipúzcoa: sola- 
mente respondieron al deseo de S. A. las diputaciones de Vizcaya y 
Navarra, y eso que esta provincia había ya dado algunas cajas de 
municiones á los voluntarios de Álava. 

Se pensó asimismo, y desde luego, por S. A. el Conde de Caserta, 
en formar una División de operaciones, cuyo mando había de confe- 
rirse al denodado General Cavero y que compuesta de los batallones 
de Castilla, los tres del Centro, y el de asturianos, se situara en la Ba- 
rranca de Xavarra, pronta á acudir á donde más falta hiciera, y has- 
ta se emprendieron movimientos preparatorios con este objeto, acor- 
dándose que los batallones restantes operasen, como tesis general, en 
sus respectivas provincias dejando á la iniciativa de sus respectivos 
comandantes generales los hechos de armas aislados que en las mis- 
mas ocurriesen, salvo únicamente los casos en que S. A. debiera inter- 
venir directamente, para lo cual se les dieron amplias instrucciones, 
disponiéndose por todos de fáciles comunicaciones con la eficaz ayuda 
de las líneas telegráficas organizadas anteriormente por el activo Con- 
de de Belascoain, Director General de Comunicaciones del Ejército 
carlista. 

La crudeza del invierno y las copiosas nevadas que cayeron por 
aquellos días, suspendieron por entonces todos los preparativos para 
próximas operaciones tanto en el campo liberal como en el carlista, 
acabando asi en paz el año 1875, el cual terminó, como vemos, reorga- 
nizándose y tomando sus disposiciones para emprender una eficaz 
ofensiva los liberales, y procurando los carlistas con sus exiguas fuer- 



— 391 — 

zas prepararse á hacer frente y rechazar en todas partes la invasión, 
por el enem¡o;o, de las provincias Vascongadas y Xavnrra, último ba- 
luarte de su defensa armada contra el resto de la Xacióny el Gobierno 
<deD. Alfonso \ll. 

Antes de pasar adelante consideramos oportuno recordar la situa- 
ción general en que se encontraban las divisione-, carlistas y los dis- 
tintos cuerpos de los ejórcitos liberales al aproximarse las operaciones 
decisivas de la campaña que empezaremos á describir en el capítulo 
siguiente. 

La situación de Guipúzcoa era la única definida en favor de los 
carlistas: el Teniente General D. Domingo Morlones ocupaba con las 
tropas de su mando una extensa línea de fuertes desde Irún á San Se- 
bastián y Hernani, y los batallones carlistas se extendían á su vez en 
otra línea atrincherada que partía de Arichuiegui y bajaba por un 
lado hasta Lastaola y por el otro hasta Gilrate y Zarauz, pasando por 
Urcabe, San Marcos, Choritoquieta, Astigarraga, Santiagomendi, Ba- 
saun, Burunza y Urnieta. El Comandante General carlista, Brigadier 
D. Eusebio Rodríguez Román, había situado la Brigada de Ormaeche 
•en su extensión derecha, la Brigada de Aizpurúa en el centro, y la 
Brigada de Rodríguez Vera cubriendo la extrema izquierda, guarne- 
ciendo los fuertes del Bordacho, Celayaundi, Teresategui y otros. 

Nada lisonjera era, pues, la situación del General Morlones frente 
á la línea carlista, sin más apoyo que el mar á su retaguardia y vién- 
dose forzado á atacar de frente á los carlistas, pues no había que pen- 
sar en ñanqueos imposibles aunque hubieran sido las tropas liberales 
más numerosas de lo que lo eran ya, y eso que superaban con mucho 
á las de sus enemigos por componerse de veinte y cuatro batallones 
de Infantería, el de Migueletes de Guipúzcoa, tres baterías de Monta- 
ña, dos baterías de. Batalla y algunas compañías de. Artillería á pié, 
Ingenieros, Guardia Civil y Carabineros, mientras que el Comandante 
Oeneral carlista de Guipúzcoa no disponía más que de nueve batallo- 
nes y los pocos cañones del tren de sitio que figuraban desde mucho 
tiempo en las baterías de Venta-Ziquin, Arratsain y demás de nuestra 
línea atrincherada; pero era ésta excelente, y á las obras de defensa 
■que ya hemos enumerado en este y otros capítulos hay que añadir las 
de la línea del Oria, fortificada también por los carlistas desde que la 
abandonaron los liberales, y guarnecida por las milicias sedentarias 
de aquella provincia. 

Así es que al hacerse cargo, (y bien pronto por cierto), de su situa- 
•ción el General Morlones, competentísimo en la guerra del Norte, no 
pudo menos de hacer presente á su General en Jefe Quesada que «el 



— 392 — 

«terreno enemigo se encuentra robustecido por numerosas obras de 
«fortificación, muchas de ellas permanentes, y acasamatadas, unidas 
»por comunicaciones cubiertas y blindadas, y sembrado todo de in 
«numerables trincheras y fosos; y todo, en una palabra, tanhábilmen- 
»te dirigido y ejecutado, que para estas tropas no hay manera de mo- 
«verse sin que lo hagan siempre á la vista y bajo el fuego cruzado de 
>los enemigos. He conocido varias situaciones críticas por las que ha 
«pasado nuestro Ejército en esta guerra, y no considero ninguna tan 
«asfixiante y peligrosa como la actual. Aún teniendo á mi frente sólo 
«los batallones guipuzcoanos, la empresa sería ardua y el primer cho- 
«que rudo y sangriento. La situación de Hernani no es peligrosa, si 
«bien aflictiva. En cuanto á San Sebastián, siendo importante, por la 
«parte moral, librarla pronto del fuego de las dos piezas enemigas di- 
» rígidas contra ella (las de la Batería de Arratsain que no dejaban vi- 
«vir á la capital), no lo es considerada la situación materialmente, etc.»- 
Vemos^ pues, que la situación del Comandante en Jefe de las tropa» 
liberales de Guipúzcoa era bien poco halagüeña; ya veremos, sin em- 
bargo, que la salvó al fin de la mejor manera posible, si bien costán- 
dole el éxito sensibles y muy numerosas bajas. 

En Vizcaya, en donde se encontraba el Cuerpo de Ejército del man- 
do del Teniente General Loma, fuerte de diez y ocho batallones, cua- 
tro baterías de Campaña, tres compañías de Ingenieros y dos regi- 
mientos de Caballería, era la situación bastante más favorable á las 
tropas del citado General Loma, quien ocupaba algunos puntos en los 
valles de Losa y Mena, y que había recibido de su General en Jefe 
Quesada la misión de invadir Vizcaya^ á la vez que rompiera Quesada 
la marcha desde Vitoria (donde se hallaba el Cuartel General) con el se- 
gundo Cuerpo y la División de Reserva, para darse la mano con Loma^ 
rompiendo las relativamente, escasas fuerzas que podría oponerle el Co- 
mandante General carlista de Vizcaya, General Carasa, quien no dis- 
ponía más que de los batallones vizcaínos y dos cántabros, una Batería 
de Montaña, alguna fuerza de Ingenieros y dos escuadrones; con cuyas 
fuerzas tendría que atender el General Carasa no solamente á las tro- 
pas ya expresadas, por su frente y por su izquierda, sino que también 
á la División liberal llamada de Vizcaya que contaba con diez batallo- 
nes, una Batería de Montaña y dos compañías de Ingenieros. 

Solamente el imperturbable valor y serenidad de Carasa pudo ha- 
cer que no fuera destruido por completo al luchar en tan desventajosas 
condiciones y contra un enemigo que tenía sobre él tan irritante supe- 
rioridad numérica. Una ayuda tuvo, sin embargo, el veterano guerri- 
llero carlista de la campaña de 1872, en el incansable Jefe de Estado 



— 393 — 

Mayor que hubo de enviársele por aquellos días, el Coronel D. Leoncio 
González Granda. Este brillante jefe procedía del Ejército de doña 
Isabel II, había hecho la guerra de Cuba por espacio de cuatro años, 
y al presentarse en el de 1873 en el Ejército carlista del Norte fué des- 
tinado á las órdenes del Comandante General de Álava, Larramendi; 
por cuyo encargo estableció González Granda una Academia de cade- 
tes en Aramayona. Después estuvo en Somorrostro con los batallones 
alaveses, más tarde fué Ayudante de Campo del General Diez Mogro- 
vejo^ y por último vióse encargado de organizar el 5.° Batallón de Cas- 




D. LEONCIO GONZÁLEZ GRANDA 



tilla, siendo finalmente elegido para el importante cargo de Jefe de 
Estado Mayor de Vizcaya, precisamente en los momentos de más com- 
promiso, cuyos peligros arrostró idónea y valientemente. 

En Álava iba á luchar el nuevo Comandante General, Brigadier 
Ugarte, con gran parte del Ejército liberal de la Izquierda, siendo su- 
mamente escaso el contingente de sus fuerzas, pues solamente disponía 
de los seis batallones alaveses, dos compañías de Ingenieros, una Ba- 
tería Montada y otra de Montaña, y dos escuadrones^ mientras que 
todo un Cuerpo de Ejército y una División qué sumaban veinte y cua- 
tro batallones, dos regimientos de Caballería, ocho baterías y cinco 
compañías de Ingenieros, á las órdenes de los generales Quesada, 



— 394 — 

Marqués de Fuente-Fiel y Pino liabían de tratar de forzar las posicio- 
nes do Villarreal y Arlaban, que el citado Brigadier ligarte tenía or- 
den de cubrir en frente de tan abrumadora masa de combatientes. 

No era más desahogada la situación de los carlistas de Navarra, en 
donde con once batallones navarros (porque el 11.*' se hallaba en la lí- 
nea de Guipúzcoa), cinco de Castilla y los tres del Centro, dos regi- 
mientos de Caballería, una Batería Krupp, de Batalla, otraWoolwich, 
de Posición, la Withwort, de á Caballo, cuatro baterías de Montaña y 
un Batallón de Ingenieros, había necesidad de defender una extensa 
línea, había que cubrir Estella sobre cuya plaza podía caer el enemigo 
eligiendo distintos caminos, había que impedir el paso de las tropas 
del General Morlones á Vera, y había, en fin, que evitar que los libe- 
rales cerrasen la frontera ó atacasen por retaguardia la línea carlista, 
operaciones para las cuales el Teniente General Martínez Campos po- 
día disponer de un total de cuarenta y siete batallones de Infantería, 
tres regimientos y seis escuadrones de Caballería, cincuenta y ocho 
piezas de Artillería de Campaña, dos regimientos de Artillería de á 
pie, cuatro compañías de Ingenieros, contra-guerrillas. Guardia Civil 
y Carabineros^ todo esto sin contar con el fácil apoyo que podía pres- 
tar á las tropas liberales de operaciones en Navarra, la División, de 
Álava, una de cuyas bi'igadas^ la del Brigadier Araoz, pasó efectiva- 
mente allá y fué la que se apoderó del Castillo de la Población, re- 
uniéndose, por tanto, un total de más de cincuenta mil soldados libe- 
rales en Navarra. 

A los pocos días de llegar S. A. R. el General Conde de Caserta á 
Navarra, recién nombrado Jefe de Estado Mayor General, revistó 
acompañado del Brigadier, Jefe de Estado Mayor, Brea, de los ayu- 
dantes de Campo y de la Escolta de Caballería de Navarra, á los ba- 
tallones de Gandesa y de Valencia, acantonados en Salinas de Oro, á 
donde marchamos sin previo aviso y sin poder, por lo tanto, dar lugar 
á preparación alguna. Sin embargo, apenas divisamos la alegre villa 
navarra contemplamos acto seguido formadas sobre la carretera de 
Estella las guardias avanzadas, prontas á rendirnos los correspondien- 
tes honores militares, y aún no habíamos llegado á la plaza del pueblo 
cuando los distinguidos jefes de aquellos batallones, D. José Agra- 
munt y D. José M.^ Berenguer, habíanse presentado ya á recibir 
órdenes. Manifestado por el General Caserta su intento y previos los 
oportunos toques de ordenanza, formaron brevemente y como vetera- 
nas tropas aquellas fuerzas, huéspedes, á la sazón, de sus hermanos 
los vascos-navarros. Aquellos voluntarios llamaron desde luego ex- 



— 395 — 

traordinariamente nuestra atención por su marcialidad y compostura, 
por el buen estado, relativo, de su vestuario y armamento; pero esto 
no era bastante, era preciso verlos maniobrar separados por batallo- 
nes y formando Brigada, como lo vimos nosotros, para admirar con 
entera Justicia su instrucción y excelentos condiciones militares y sa- 
ludarlos con verdadero entusiasmo como dignísimos compañeros de los 
carlistas del Norte. 

La campaña tocaba á su término y no pudieron distinguirse ya 
mucho los voluntarios del Centro; pero al iniciarse el movimiento ha- 
cia la frontera, los batallones de Gandesa y de Valencia ocuparon el 
puesto de más empeño, cubriendo unos nuestra retaguardia con el Bri- 
gadier González Boet y el Coronel Agramunt, y guarneciendo el 1.° 
de Valencia con su Teniente Coronel Berenguer el puente de Arnegui, 
rindiendo los honores á la Majestad calda é impidiendo antes, en la 
triste noche de Valcarlos, que algunos impacientes rebasaran la fron- 
tera antes que su Rey. 

[Cuánta satisfacción sentimos en Salinas de Oro al conocer y admi- 
rar á aquellos bravos voluntarios de Aragón, de Cataluña, de Valen- 
cia y del Maestrazgo que figuraban en los batallones de la Brigada del 
Centro, que empujados por el enemigo, ó mejor dicho, abrumados por 
el número, habían llegado á incorporarse al Ejército carlista del Nor- 
te como una gallarda muestra de todos aquellos otros entusiastas y no 
menos valerosos soldados que militando en los ejércitos carlistas del 
Centro y de Cataluña se habían cubierto de gloria en Alpens, Játiva, 
Castellfullit, Villafranca del Cid, Castellón de Ampurias, Gandesa y 
tantísimas otras memorables jornadas, y á quienes la adversa fortuna 
no permitió unirse con los héroes de Somorrostro, de Abárzuza y de 
Lácar! 

¡Ay, de los liberales si los celos y rivalidades de algunos jefes del 
Centro y de Cataluña no hubieran impedido operar la concentración de 
los bravos y entusiastas contingentes del Centro con los del brillante 
Ejército del Norte! Si esto hubiera llegado á acontecer, y una vez 
bien armados y municionados los del Centro hubiesen vuelto á reanu- 
dar la guerra en las montañas del Maestrazgo, es muy posible que los 
liberales no hubieran llegado á pacificar la indomable Cataluña; y 
quebrantada así la Restauración en aquella parte tan principal de su 
programa constituida por la promesa hecha á todo el país de la próxi- 
ma terminación de la guerra carlista, tal vez ésta hubiese llegado á 
tener un éxito muy distinto del que tuvo, ó por lo menos se hubiera 
prolongado indefinidamente la campaña y hasta quién sabe si aún con- 
tinuaríamos empeñados en la tenaz contienda! 



— 396 — 

En fin: ¿para qué discurrir ahora sobre lo que pasó y no tiene ya 
remedio? Limitarémonos, pues, á consignar que entre los más gratos 
recuerdos que conservamos de la última guerra carlista figura en 
preeminente lugar el del dia aquel que en Salinas de Oro tuvimos oca- 
sión de admirar personalmente y por vez primera las excelentes con- 
diciones militares de los voluntarios carlistas del Centro^ felicitando A 
sus bravos jefes Agramunt y Berenguer al tener el honor de estrechar 
con efusión la mano de aquellos bravos, en quienes saludamos enton- 
ces cariñosamente á todos los jefes, oficiales y voluntarios carlistas del 
resto de España, como saludamos hoy, al evocar los recuerdos de 
nuestra pasada vida militar, á todos los que han sido nuestros compa- 
ñeros de armas. 




D, FULGENCIO CARASA 
X 

Capítulo XXXII 

Don Carlos de Borbón y 8. A. R. el Conde de Casería en Navarra. — 
Planes militares. — Deserciones, — Indisciplina del Batallón 1.^ de 
Álava. — Invasión de Álava y Vizcaya por el Ejército del General 
Quesada: acción de Villarreal, operaciones sobre Valmaseda, lle- 
gada de las tropas del Ejército de la Izquierda á Bilbao. 

DESEOSO Don Carlos de Borbón de enardecer el buen espíritu de 
sus voluntarios con su presencia, recorrió con el general Diez 
Magrovejo las posiciones de Guipúzcoa desde Gárate hasta Urnieta, 
siendo recibido y acompañado en la línea de dicha provincia por el 
Comandante general de la misma, Brigadier Rodríguez Román, y los 
brigadieres Anrich y Rodríguez Vera, y después de visitar también la 
Maestranza de Artillería de Azpeitia con el Brigadier Pagés, pasó á 
Navarra, en donde, acompañado de S. A. el Jefe de Estado Mayor Ge. 
neral Conde de Caserta, de los generales Diez Magrovejo, Jefe de su 
Cuarto Militar, Marqués de Valde-Espina, Ayudante de Campo, y Fé- 
rula, Comandante General de Navarra y de los brigadieres Pérez de 
Guzmán, Jefe de Estado Mayor de Navarra, y Brea, Jefe de Estado 
Mayor de S. A., recorrió la Solana, Villatuerta, el fuerte y la Batería 
de Santa Bárbara de Oteiza y demás atrincheramientos, llegando á 
pesar de la nieve hasta las más extremas avanzadas, dirigiendo una 



— 398 — 

pequeña operación militar contra los liberales que ocupaban el monte 
de San Bartolomé y el pueblo de Baigorri, y aprovechándose de su es- 
tancia en Estella para colocar solemnemente la corbata de San Fer- 
nando en la bandera del brillante Batallón 3.° de Navarra, que había 
ganado tan gloriosa insignia en la acción de Biurrun, mandado en 
aquella jornada por el entonces Coronel D. Simón de Montoya. 

Don Carlos revistó después en Alsásua los batallones castellanos 
acantonados allí á las órdenes de su Comandante General, el Mariscal 
de Campo Cavero, y dio la vuelta á Tolosa en donde se situó á esperar 
los acontecimientos. 

A los pocos días de llegar S. A. el Jefe de Estado Mayor General 
Conde de Caserta á Navarra, dispuso que la Brigada del Brigadier 
Junquera continuase por la parte de Arichulegui á donde ya la había 
mandado anteriormente, desde Guipúzcoa, y distribuyó las demás tro- 
pas carlistas que había en Navarra de la manera siguiente: las briga- 
das de los brigadieres Calderón y Montoya (D. Simón) defendiendo la 
Solana y los fuertes de Santa Bárbara de Oteiza y Estella; la Brigada 
del Brigadier Larumbe al otro lado de la línea férrea de Pamplona, 
por si intentaba ocupar la frontera el enemigo; el resto de los batallo- 
nes navarros con su Comandante General Férula y los brigadieres 
Pérez de Guzmán y Yoldi, en disposición de oponerse á los liberales en 
los fuertes y alturas de la parte de Santa Bárbara de Mañeru; la Bri- 
gada del Centro, con el Brigadier Boet, en la Barranca, alrededores 
de Irurzun; y, en fin, los batallones castellanos, con su Comandante 
General Cavero, por los alrededores de Alsásua, prontos á acudir al 
primer aviso allí donde su auxilio pudiera ser más necesario. En cuanto 
á la Artillería, dispúsose que la Batería de Montaña de Ortigosa ope- 
rase con la Brigada de Larumbe; que la Batería de Montaña de Re- 
yero (mandada por el capitán Illanes, antiguo alumno de la Academia 
de Segovia, á causa de la herida que recibió su primer jefe en Lum- 
bier) se uniese á la Brigada de Junquera; que la Batería de Batalla de 
Fernández Negrete y la de Montaña de Llorens, con el Coronel Fer- 
nández Prada, se pusieran á las inmediatas órdenes del General Pé- 
rula; que los cañones del Tren de sitio^ al mando de García Pimentel, 
quedaran encargados de defender los fuertes y posiciones atrinchera- 
das; y en fin, que la Batería de á Caballo, de García Gutiérrez, y la de 
Montaña de Fernández de Córdova se establecieran entre la Barranca 
y la Solana. Finalmente, el Regimiento de Caballería de Navarra se 
puso á las inmediatas órdenes del Comandante General de dicha Divi- 
sión, el Regimiento de Caballería de Borbón se situó entre la Barranca 
y la Solana, y los IngcQÍeros se distribuyeron entre los fuertes, las po- 



— 399 — 

siciones atrincheradas y la plaza de Estella, en donde se establecieron 
los comandantes generales de Artillería é Ingenieros Maestre y Ale- 
many, y el Brigadier Villar. 

El Gobierno de Madrid, entretanto^ estudió desde principios de Di- 
ciembro de 1875 varios planes militares propuestos, según se dijo, por 
los generales Gándara y Ruiz l^ana y por el ilustrado Capitán de 
Artillería D. Baldomero Villegas^ acordándose, por de pronto y como 
ya dijimos en el capítulo anterior, la formación de dos ejércitos llama- 
dos de la Derecha y de la Izquierda, más un tercer Cuerpo que había 
de operar independiente, en cierto modo, y sólo en Guipúzcoa, al man- 
do del Teniente General Morlones, sirviendo de enlace por un lado con 
el General en Jefe de la Izquierda, Quesada, y por el otro con el Gene- 
ral en Jefe de la Derecha, Martínez Campos. 

El Gobierno de Don AlfonsO;, á quien (dado lo aflictivo de las cir- 
cunstancias por que atravesaba el Carlismo que harto podía hacer con 
procurar sostener una digna defensiva) correspondía naturalmente 
tomar la iniciativa de la campaña postrera (pues en honor de la verdad 
había que prejuzgar vencedores á los alfonsinos por la irritante supe- 
rioridad numérica de sus tropas y de todos sus elementos de combate) 
reunió en Madrid á los generales en Jefe de ambos ejércitos ya citados 
para conocer su opinión. El General Martínez Campos creía que debía 
caerse con todas las ^^fuerzas sobre Navarra, y el General Quesada, 
por el contrario, creía que debían comenzarse las operaciones por la 
base Vitoria-Bilbao y avanzar por Álava y Vizcaya á Guipúzcoa 
(aprovechando para ello el avance que ya habían dado mucho antes 
sus fuerzas apoderándose del fuerte de San León), mientras el 
Ejército de Martínez Campos acometía á los carlistas por Navarra' 
y se hacía dueño de la frontera. El General Jovellar, Ministro de 
la Guerra, se inclinaba á un movimiento central sobre Estella, 
bajo un pensamiento estudiado por el Coronel de Estado Mayor 
D. Fructuoso de Miguel. Di jóse entonces^ y después se afirmó aún 
más, que el plan del General Quesada (que fué el que al fin prevaleció^ 
como veremos más adelante), era el mismo ideado y expuesto ante- 
riormente por el tan entendido cuanto modesto Capitán de Artillería 
D. Baldomero Villegas, así por lo menos lo consigna éste en la obra 
Juicio critico de In gue.rra civil, en la que dice textualmente «que su 
«proyecto había pasado por manos de respetables militares "que abo- 
»naban su dicho, y hasta el mismo historiador D. Antonio Pirala 
»había recibido su plan antes de que se pusieran de acuerdo (los gene- 
»rales alfonsinos), etc.» 



— 400 — 

En cuanto á los planes de campaña de los carlistas, claro es que 
habían de someterse í\ las operaciones que ejecutasen al fin los ejérci- 
tos liberales, porque dadas todas las fuerzas con que contaban ya los 
alfonsinos, nuestro sistema de guerra no podía ser, por de pronto, más 
que defensivo, según el parecer de todas los generales carlistas que 
más ó menos directamente intervinieron en la dirección de las últimas 
operaciones, y según también la ilustrada opinión de las obras milita- 
res que se han escrito sobre la última campaña, entre ellas la Narra- 
ción Militar de la Guerra Carlista, redactada por el Cuerpo de Estado 
Mayor del Ejército. 

Desde que se anunció que los ejércitos liberales del Centro y de 
Cataluña caerían sobre el Norte, dividiéronse las opiniones entre los 
carlistas en el sentido de creer unos que las operaciones empezarían 
por la extrema izquierda liberal (por considerar esto más estratégico) 
continuándolas después por Guipúzcoa, mientras que otros daban por 
seguro que las operaciones empezarían por Navarra (por considerar más 
políticos los objetivos que pudieran perseguir asilos liberales); pero como 
los ejércitos alfonsinos llegaron á disponer de sobradas tropas para aco- 
meter en contra nuestra toda clase de empresas, no teníamos más re- 
medio que preocuparnos de atender á todos los puntos, pues como dice 
muy bien el escritor liberal Pirala: á ambas partes tenían que acudir 
los carlistas^ porque sobre Navarra y sobre Vizcaya iban á caer cual 
irresistible avalancha numerosas tropas. (Historia Contemporánea, 
tomo 6.'\ página -IJrO.) 

¡Desgraciadamente para los carlistas habían pasado ya aquellos 
tiempos de Montejurra, Somorrostro, Abárzuza y Lácar en que al re- 
concentrar los liberales sus tropas para librar dichas jornadas tenían 
•que dejar el resto del país vasco-navarro sin más fuerzas que las im- 
prescindibles para procurar tener en los demás puntos á raya á los 
carlistas, y éstos, á su vez, no teniendo que temer más que por Vizca- 
ya ó por Navarra, podían acumular en los puntos amenazados sufi- 
cientes tropas y defensas que aunque siempre inferiores al número y á 
los elementos de combate del enemigo, nunca llegaron á serlo tanto, y 
podían ser bastantes para lograr la victoria,, sobre todo por la mayor fa- 
cilidad que había de dirigir las operaciones, una vez concentradas las 
tropas en una línea ó región más ó menos extensa, pero siempre en con- 
diciones más favorables para el mando que cuando, como en el de S. A. 
el Conde de Caserta, había que hacer frente al enemigo en todas partes 
y no se disponía de hombres, ni de armas, ni de municiones, ni otros 
recursos ó elementos suficientes para romper con aquella situación y 
abrigar completa seguridad en la victoria! 



— 401 — 

Hasta en las confidencias se tuvo desgracia por parte de los carlis- 
tas: disponíamos^ efectivamente, de algunas cuyos informes eran muy 
seguros, en las que por razones que no son de este lugar podiamos te- 
ner ciega confianza y que nos daban cuenta de los planes y pensa- 
mientos del enemigo con toda exactitud; pero sea porque en el campo 
liberal hubiese quien más listo que nuestros confidentes llegase á en- 
gañarles, ó bien que presidiera una constante indecisión en las resolu- 
ciones de los superiores jefes alfonsinos, modificándose, en cambio, 
impremeditadamente sus proyectos ó variándose con inusitada rapidez 
las operaciones, sea de ello lo que quiera (pues ya se comprende que 
harto dificil nos era, es y sería averiguar lo ocurrido), lo cierto es que 
no siempre resultaron nuestras citadas confidencias acordes con las 
operaciones realizadas, aumentándose con ello las muchas condiciones 
desventajosas en que, á pesar de todo, nos preparamos con entera de- 
cisión á desbaratar en lo posible los planes de los ejércitos alfonsinos, 
si bien debemos confesar que nos aprestamos á combatir más que con 
la esperanza de alcanzar un éxito casi imposible, con el natural deseo 
•de salvar el honor de las armas. 

Proyectóse romper las hostilidades en la primera quincena de 1876; 
pero el gran temporal de aguas y nieves que se desató por entonces 
sobre las provincias vasco-navarras, hubo de retrasar el principio de 
las operaciones. Esto dio lugar á que entre unos y otros ejércitos com- 
batientes se ultimaran los postreros detalles, variándose el plan que 
debía llevar á cabo el Ejército de la Izquierda. Pensóse en que el Cuer- 
po de Ejército del General Loma rompiese la línea de Vizcaya por 
Valmaseda en combinación con la guarnición de Bilbao y con el Cuer- 
po de Ejército del General Morlones, mientras el General en Jefe Que- 
sada saldría de Vitoria en dirección de Villarreal y Ochandiano para 
rodear por completo y destruir ó hacer capitular á la división carlista 
de Vizcaya, operando al efecto el General en Jefe Quesada con el 
Cuerpo de Ejército del Teniente General Marqués de Fuente-Fiel, una 
de las más dignas figuras militares de nuestra historia contemporánea, 
antiguo y leal Gentil-hombre y Ayudante de Campo de Isabel II, y 
tan bravo cuanto caballeroso General de la vanguardia del Ejército 
del ilustre Capitán General Marqués de Novaliches en la inolvidable 
batalla de Al colea. Circunstancias, que explicaremos á su debido tiem- 
po^ hicieron variar el primitivo proyecto, llevándose todo á cabo, me- 
nos la combinación con el Cuerpo de Ejército del General Morlones. 

A principios de 1876 ocurrieron dos sucesos que nos impresionaron 
profunda y desagradablemente, ya que no podían hacer desmayar el 

2e 



— 402 — 

ánimo del Estado Mayor General carlista, toda vez que aunque fuesen 
de triste presagio en aquellos momentos, no habían de influir en la 
decisión de los que en él figurábamos por deber militar y por conside- 
rar que nuestro propio espíritu y honor nos obligaba á aceptar y ser- 
vir sin vacilación alguna nuestros destinos, luchando con todas nues- 
tras fuerzas y según nuestro leal saber y entender hasta el último 
momento, aún persuadidos de que nuestra misión lo era de sacriñcio, 
y que dadas las circunstancias por que atravesaba el Ejército carlista 




D. JOSÉ IGNACIO DE ECHAVARKIA 

MARQUKS DE FUENTE-FIEL 



del Norte, no podíamos ya por aquella época forjarnos grandes ilusio- 
nes sobre el éxito más ó menos tardío de la campaña. 

Habiéndose iniciado en los últimos días del año 1875 algunas de- 
serciones, dióse orden para que todos los jefes de Cuerpo telegrafiasen 
diariamente al Cuartel General carlista cuantas deserciones al enemi- 
go se verificasen en las tropas de su mando, y encargado de recibir 
los despachos el Jefe de Estado-Mayor que esto escribe, fuímonos con- 
venciendo día por día de que, desgraciadamente, decaía por momen- 
tos el espíritu de los voluntarios y aún el de algunos oficiales, toda vez 
que las deserciones se verificaban en una progresión siempre crecien- 
te, capaz de abatir el ánimo más valeroso: indudable era que si las 



— 403 — 

operaciones se retardaban, todo se lo darían hecho los carlistas á los 
liberales por no encontrar éstos siquiera con quién combatir. 

El otro hecho de triste recuerdo lo fué la inopinada sublevación 
del Batallón 1.^ de Álava, que era precisamente, y sin duda de ningún 
género, uno de los más escogidos del Ejercito carlista. 

Hallándose en Estella S. A. R. el Conde de Caserta y el Brigadier 
Brea conversando en su alojamiento con el General Cavero á las altas 
horas de la noche de uno de los primeros días de Enero, se presentó el 
segundo Jefe del citado Batallón alavés, el Comandante Asia, acanto- 
nado con la mitad del mismo en Zábal, manifestando que iba á dar 
parte de que la otra mitad de su Batallón había preso á su Coronel 
Alvarez Sobrino en Abárzuza, ignorando la causa (si bien atribuyén- 
dolo á dureza de carácter de aquel competente Jefe) y ofreciéndose 
á marchar á Abárzuza para castigar la insubordinación. Despedido el 
Comandante Asia á su cantón para esperar allí órdenes, se acordó que 
el General Cavero quedase en Estella en previsión de lo que pudiera 
acontecer, marchando inmediatamente S. A. con su Jefe de Estado- 
Mayor, el Ayudante de Campo de éste, Sureda, y dos ordenanzas, para 
Abárzuza. 

Sin rubor debemos confesar que ni la primera vez que entramos en 
fuego, ni en las más apuradas situaciones en que nos hemos visto des- 
pués repetidas veces, hemos experimentado tanto miedo como el que 
pasamos aquella noche por el camino de Estella á Abárzuza, miedo 
que, gracias á Dios, desapareció en cuanto nos vimos rodeados de los 
voluntarios del sublevado Batallón. Por demás es decir que á nuestra 
mente se nos acordaron situaciones análogas, empezando por las des- 
graciadas de los generales liberales Sarsfield y Ceballos Escalera y 
del general carlista González Moreno, y más cercanas aún, las glorio- 
sas de los generales D. Ramón M.^ Narváez y D. Manuel Gutiérrez de 
la Concha, al desbaratar las sublevaciones de Madrid y Barcelona, y 
la del, entonces, Capitán de Artillería (luego General carlista) D. Elicio 
Berriz en Puerto-Rico, cuando la sublevación de 13 de Abril de 1855. 

Por el camino fuimos pensando lo que debía hacerse y con arreglo 
á lo convenido, al llegar al amanecer al pueblo se adelantó el Briga- 
dier Brea, y hallando al Oficial de guardia y números de ella en su 
puesto y con la mayor vigilnncia, mandó al corneta de guardia que 
tocase diana y á continuación llamada á la carrera, dirigiéndose des- 
pués al alojamiento del Coronel, atravesando la guardia que había en 
el portal, la cual aunque sorprendida por nuestra ^llegada no dejó de 
hacernos los honores de ordenanza, resultando que al parecer todo es- 
taba como si nada hubiese ocurrido. Mientras tanto los voluntarios 



— 404 — 

salían de sus alojamientos recibiendo orden de reunirse en las eras 
que había á la salida del pueblo^ en donde formaron el cuadro por 
orden de los oficiales generales recién llegados, á quienes acompañaba 
ya á caballo el Coronel Alvarez Sobrino. 

Obtenida la venia de S. A. R. el Conde de Caserta, increpó el Bri- 
gadier Brea duramente al Batallón por haber empañado sus gloriaas, 
reintegró á su Coronel en el mando, é impuso al Batallón como castigo 
el no marchar en adelante á vanguardia como lo había verificado has- 
ta entonces elevando á tan brillante altura el concepto de su valer en 
numerosas acciones de guerra, y especialmente en las jornadas de So- 
morrostro y de Abárzuza, de imperecedera memoria: en las curtidas 
facciones de aquellos arrojados voluntarios alaveses que tantas veces 
habían jugado con el peligro y arrostrado impílvidos la muerte, retra- 
tábase en aquellos instantes la expresión airada del remordimiento y 
la pena por el puesto que se les designaba en los próximos combates, 
pero ni una voz, ni un ademán, demostraron otra cosa que el senti- 
miento propio del deber incumplido, y el firme propósito de no volver 
á faltar á la disciplina. 

. Algunos días después, y una vez bien puesta la subordinación, se 
l'elevó al Coronel Alvarez Sobrino, reemplazándole en el mando del 
Batallón 1." de Álava, el Coronel D. Felipe de Sabater (hijo del Marqués 
de Capmany), antiguo oficial de Cazadores en el Ejército de Isabel II, 
que había desempeñado brillantemente el cargo de Jefe de Estado 
Mayor del General Savalls en la época de 1878 á 1874, en que tantos 
laureles conquistara el Ejército carlista de Cataluña y que posterior- 
mente habíase distinguido en el del Norte desempeñando con el mayor 
acierto algunas comisiones científico-militares y mandando el Bata- 
llón vizcaíno de Bilbao. 

Madurados que fueron los planes de los generales alfonsinos en la 
forma que ya hemos indicado, nos ocuparemos ahora de la invasión de 
Álava y Vizcaya por el Ejército de la Izquierda, que fué el que em- 
prendió primero las operaciones, si bien podría decirse que resultaron 
simultáneas tanto las de sus tres Cuerpos como las del Ejército de la 
Derecha. Como creemos haber indicado anteriormente, el Cuerpo de 
Ejército del General Morlones, por sus circunstancias especiales, debía 
obrar independientemente de los demás; el segundo Cuerpo, ó sea el 
del General Marqués de Fuente-Fiel, operaba á las inmediatas órdenes 
del General en Jefe Quesada, y el tercer Cuerpo, á las del General 
Loma, amenazando Vizcaya por la parte de Valmaseda. 

Pues bien: el día 21 de Enero comenzaron las operaciones prepara- 



— 405 — 

torias, avanzando la División de Villegas desde sus acantonamientos, 
hasta ocupar Viergol y Nava, previo un tiroteo poco importante con 
las avanzadas carlistas que ocupaban el primero de dichos puntos. El 
General carlista Carasa tenía que presentarse débil en todas partes, 
pues con unos cinco ó seis mil hombres escasos había de atender al 
enemigo que amenazaba su frente, y al que pudiera llegar más ade- 
lante por su retaguardia, ó sea por la parte de la guarnición de Bilbao, 
ó bien por el sur de la provincia. Retiróse, pues, el bravo General 
carlista hacia el monte Celadilla para ponerse en condiciones de de- 




D. FELIPE DE SABATER 

fendcr con algunas probabilidades de éxito á Valmaseda. No le bastó, 
sin embargo, su previsión, porque como no podía disponer más que 
de cuatro batallones (pues de los restantes se encontraban tres con el 
Brigadier Echévarri hacia Somorrostro, y la demás fuerza sobre Bilbao, 
asi como los cántabros cubriendo la línea de Castro Urdíales á Ortue- 
11a) no pudo impedir que ocho días después, ó sea el 29, tuviera 
que verse forzado á retirarse de Celadilla y Valmaseda á causa de 
haber sido atácalo de frente por las fuerzas del Brigadier Goñi, y 
haber operado un movimiento envolvente el General Villegas, por 
Gordejuela y Sodupe, y otro análogo el General Espina, por Carranza. 
Harto hizo el General Carasa con retirarse haciendo siempre fuego y 
dejando bien puesto el honor de las armas. 

Los liberales se habían interpuesto entre el Brigadier carlista Eché- 



— 406 — 

varri y el General Carasa, y no queriendo éste que los batallones de 
aquel fueran copados, bien por las fuerzas de su frente, bien por las 
que salieran de Bilbao, maniobró de tal modo que corriéndose por 
Arciniega hacia Sodupe y Llodio, llegó en la noche del 29 á Sodupe 
y el 30 á Llodio, reuniéndosele en este punto el Brigadier Echévarri 
con el resto délos batallones vizcaínos, después de haber retirado todas 
las restantes fuerzas carlistas de Somorrostro y Alonsótegui, desta- 
cando únicamente al Batallón de Arratia para que se opusiera en lo po- 
sible, en el valle de su nombre, al avance de las tropas del General 
en Jefe Quesada, cuyas fuerzas se hallaban ya avanzadas sobre los 
montes de Yurre y Dima. 

Mientras tanto la guarnición de Bilbao, no teniendo ya fuerza al- 
guna carlista que se lo impidiera, rompió la marcha, tomando posesión 
de las alturas de Santa Águeda y Galdames, con cuya operación que- 
dó cerrada completamente para los carlistas la parte norte de la pro- 
provincia, retirándose el General carlista á Durango y Zornoza, sin 
haber perdido un hombre ni un pertrecho de guerra, y no huyendo 
tampoco de la abrumadora masa de enemigos que le rodeaba, toda 
vez que lejos de economizar sus escasas municiones, marchó sostenien- 
do siempre escaramuzas más ó menos importantes, es decir, batiéndo- 
se en las únicas condiciones en que podía batirse, para que su retira- 
da fuera un modelo en su clase, tratándose^ como hemos dicho, del 
considerable número de batallones que le acometieron por todas 
partes. 

Tal seguridad tenía el General Quesada de que coparía á la Divi- 
sión de Carasa, que éste, en su asombrosa retirada encontró un núme- 
ro del periódico La Ejyoca, que insertaba el siguiente telegrama: «San 
Antonio de Urquiola: Columna Carasa copada. — Quesada». Este des- 
pacho fué leído á los batallones carlistas, diciéndoles su viejo caudillo 
que aún esperaba darles una lección á sus enemigos, si Dios estaba de 
su parte. No era esta,, por cierto, la primera vez que el bravo vetera- 
no de todas las guerras carlistas se burlaba de sus perseguidores. En 
su célebre campaña do 1872, hubo un día en que su digno antagonista 
el General Morlones destacó cinco columnas para que le rodearany ba- 
tieran dándoles instrucciones concretísimas, y á pesar de haber cum- 
plido todas las columnas liberales con lo prevenido por su General, el 
día en que debía ser copado el ínclito Carasa apareció éste diez leguas 
á retaguardia de sus perseguidores. 

Como el avance de las columnas liberales era simultáneo, veamos 
lo que había sucedido mientras en Álava, y cómo habían resultado los 
movimientos del General en Jefe liberal desde Vitoria. 



— 407 — 

No queriendo dar el General Quesada un paso sin asegurar su re- 
taguardia y sus comunicaciones, en lo cual obraba cuerdamente, em- 
pezó por destacar faerzas suficientes para limpiar de carlistas la vía 
férrea de Miranda de Ebro á Vitoria, en donde el Batallón 6." de Ala- 
va y algunas partidas oponíanse, constantemente y en las medidas de 
sus fuerzos, á la libre circulación de los liberales entre ambos puntos, 
desde Subijana y Morillas. Como los alfonsinos disponían de suficientes 
tropas para todo, lanzaron contra las posiciones carlistas una Brigada 
que resueltamente se apoderó de aquellos puntos y aseguró las inte- 
rrumpidas comunicaciones, á pesar de que el citado Batallón Alavés se 
defendió valientemente, ocasionando bastantes bajas á sus enemigos, 
retirándose y maniobrando admirablemente hasta unirse con sus com- 
pañeros de División^ ocupando ésta Villarreal y la línea de Arlaban 
con la Batería de Montaña de D. Luis Ibarra y la de Batalla que man- 
daba el Coronel D. Rodrigo Vélez. A propósito de esta operación pre- 
liminar dice el Juicio critico de la guerra civil, escrito por un jefe del 
Ejército liberal; los siguiente: «Los carlistas fuéronse intactos tras un 
«pequeño combate por su línea de retirada, á reunirse con sus compa- 
»ñeros después de habernos causado G muertos (entre ellos un oficial), 
»43 heridos y 28 contusos. 

Ordenes tenía recibidas el Comandante General carlista de Álava 
para defender á todo trance el paso de Villarreal y la carretera, por- 
que si bien sus fuerzas. eran inferiores de todo punto á las que se le 
fueron encima, sus posiciones dominantes del pueblo, estaban en cam- 
bio fuertemente atrincheradas. 

El General en Jefe liberal emprendió la marcha el 28, saliendo de 
Vitoria, llamando desde Haro á la llanada de Álava á la División lla- 
mada de dicha provincia y á la de Reserva, á fin de que dichas tropas 
apoyasen las alas de las columnas que atacaron directamente Villa- 
rreal, objetivo principal de la operación. 

Las tropas carlistas que defendían las posiciones dominantes del 
pueblo eran, en total, seis batallones, dos escuadrones, seis piezas de 
Artillería de Montaña y seis de Batalla, á las órdenes, todas estas 
fuerzas, del Comandante General de Álava, el Brigadier ligarte. Al 
avistar estas tropas á la vanguardia liberal, rompió el fuego la Arti- 
llería carlista hasta que emplazada por el enemigo una Batería dea 
10 centímetros y otra de á 8, sistema Krupp, fuéronse batiendo aque- 
llas en retirada al abrigo de sus atrincheramientos. Viéndose rodeados 
por todas partes los carlistas á causa del considerable número de ba- 
tallones alfonsinos que sobre ellos caian, y escaseándoles á la vez las 
municiones, hubo de temer el Brigadier Ugarte el copo de su División, 



— 408 — 

y como desde la primera guerra civil no había vuelto á mandar tropas^ 
ni á ocuparse verdaderamente de asuntos militares hasta entonces, se 
conoce que se había olvidado del sereno valor de sus subordinados los 
alaveses, y ordenó la retirada, pero sin precauciones, resultando así 
bastante desordenada y desfavorable para imponer, por lo menos^ res- 
peto al enemigo; visto lo cual por la División liberal más avanzada, 
que lo era la del General González Goyeneche, cargó el Brigadier 
Córdova con decisión é hiciéronse dueños sus soldados, de dos cañones 
de Montaña que encontraron sin defensa, y hasta se hubieran apode- 
rado de la Batería carlista Montada, si su Coronel Vélez, dando prue- 
bas de una sorprendente serenidad y valor, no hubiera retirado su» 
carruajes rápidamente, rompiendo el cerco en que llegaron á tenerle 
los alfonsinos, á quienes sorprendió seguramente tanto denuedo, pues 
para desembarazarse de enemigos el Coronel Vélez y sus artilleros- 
hubieron de abrirse paso á sablazos y á latigazos, ya que los conduc- 
tores de las piezas hubieron de recurrir al uso de los látigos á falta 
de mejores armas: alto ejemplo de serenidad que debió haber imitada 
el Comandante General carlista ligarte, quien, en cambio, no paró en 
su retirada hasta Azcoitia, dejando así libre á los liberales la entrada 
en Guipúzcoa y Vizcaya, siguiendo algunos de los batallones alaveses 
á su Comandante General y pasando los restantes á Navarra. 

Era la segunda vez que los liberales se vieron en ocasión de apo- 
derarse de la Artillería carlista, pues, como se recordará, la Batería 
de Montaña de Navarra también estuvo á punto de caer en manos del 
enemigo en la batalla de San Marcos, y todo ello por falta de decisión 
ó acierto, no en los valerosos batallones alaveses y navarros, si no en. 
algunos de sus Jefes superiores que, por lo visto, desconocían por com- 
pleto la obligación que tenían de defender un arma que como la de 
Artillería no puede combatir sin el apoyo de las demás. Tanto el Bri- 
gadier carlista Zalduendo en San Marcos, como el Brigadier carlista 
Ugarte en Villarreal, desconocieron ú olvidaron sus deberes militares, 
dándoles, en cambio, dos jefes de Artillería, Reyero y Vélez, una lec- 
ción que supieron aprovechar sus subordinados de otras armas. 

El escritor liberal D. Antonio Pirala en su Historia Contemporánea 
dice textualmente: «Ugarte se vio sorprendido en Villarreal, cediendo 
»sus magníficas posiciones después de un ligero combate, y sin dar 
«tiempo ni aún para retirar los dos cañones que cayeron en poder de 
»los liberales; y sise salvó la Artillería rodada, debióse al valor de su 

» Jefe el Coronel D. Rodrigo Vélez aquellos cañones de Montaña 

»fueron glorioso trofeo por ser los primeros cañones cogidos á los car- 
»listas en campo raso en el Norte.» (Tomo 6.*^, páginas 449 y 451). El 



— 409 — 

escritor carlista D. Francisco Hernando, antiguo Ayudante de Campo 
del General Lizárraga, en su Campaña Carlista, página 415, dice así: 
«La Artillería rodada salvóse gracias al valor de su Jefe, el Coronel 
»D. Rodrigo Vélez; mas las fuerzas de Infantería fueron en retirada 
» hasta Azcoitia.» 

S. A. R. el Conde de Caserta er cuanto tuvo telegráficamente noti- 
cia del suceso, destituyó al Comandante General de los alaveses que 
abandonó tan fácilmente su provincia y dejó libre á los liberales la 
entrada en las de Guipúzcoa y Vizcaya, por aquella parte confiada á 
su custodia y que podía haber defendido más tenazmente. 

Las bajas fueron, poco más ó menos, las mismas por uno y otro 
lado, sobre todo en la División del General Alvarez Maldonado, que 
fué la que más sufrió el peso de la resistencia de los carlistas. 

Al amanecer del día 29 continuó el General Quesada su avance, 
llevando en vanguardia la División del General González Goyéneche, 
y de ésta la Brigada de D. Juan de Dios Córdova, precedida de dos 
baterías, una de Montaña y otra de Batalla para abrirse camino. En 
esta disposición llegaron á Ochandiano, sin experimentar más que un 
ligero tiroteo de naneo por varias compañías alavesas concentradas 
en San Antonio de Urquiola. Algunas fuerzas carlistas defendían los 
atrincheramientos de dicha posición, pero como los liberales disponían 
de tropas suficientes para todas sus empresas, lanzó el General González 
Goyéneche á la Brigada de Alarcón sobre aquel punto, logrando que los 
carlistas abandonasen su defensa en vista de la desigualdad numérica 
en que tenían que combatir; y la Brigada de Córdova quedó en Ochan- 
diano para servir de lazo de unión entre las fuerzas de vanguardia y 
retaguardia. 

El día 30 de Enero siguió en su avance el General Quesada, inva- 
diendo el valle de Arratia, en cuyas alturas le esperaban un Batallón 
y algunas compañías carlistas de las milicias sedentarias, causando á 
los liberales bastantes bajas, entre ellas la del Comandante General 
de Ingenieros, el Brigadier Verdú, un oficial y cuatro soldados muer- 
tos y cincuenta y cinco soldados heridos; en cambio el Ejército liberal 
hizo algunos prisioneros carlistas de las expresadas reservas. 

El día 31 prosiguió su marcha el Ejército de la Izquierda, asegu- 
rando la posesión de lo conquistado, y no encontrando resistencia al- 
guna en Areta y Miravalles, por haberse dirigido á Zornoza la División 
carlista del General Carasa, continuó el General Quesada su camino 
entrando en Bilbao el día 1." de Febrero. 

Vizcaya estaba, pues, perdida para los carlistas, como se había 
perdido también Álava casi al mismo tiempo, y eso que la resistencia 



— 410 — 

opuesta por el General Carasa y sus vizcaínos fué tan notable, como 
triste lo fué la desbandada de las brillantes tropas que no supo ó no 
pudo dirigir mejor el Brigadier ligarte, Comandante General de los 
alaveses. 

Operóse, por tanto, la concentración en Bilbao de la mayor parte 
de las divisiones de los cuerpos segundo y tercero del Ejército de la 
Izquierda, á excepción de la Brigada del Brigadier Córdova, la Divi- 
sión del Mariscal de Campo Ruíz Dana que había marchado á Orduña, 
algunas fuerzas del Cuerpo del Teniente General Loma que habían 
quedado por Valmaseda y valles comarcanos, y la División del Maris- 
cal de Campo Alvarez Maldonado, encargada de mantener libres las 
comunicaciones de Vitoria, Miranda de Ebro y la llanada de Álava, 
en unión do la Brigada de Caballería del Brigadier Contreras. 




D FEANCISCO JAVIER RODRÍGUEZ VERA 



Capitulo XXXIII 



Operaciones en Guipúzcoa. — Sangrienta jornada de Mendizorrotz, 
ultima victoria de los carlistas 



COMO las operaciones de los ejércitos liberales eran simultáneas, 
obedeciendo todas á un plan preconcebido, y como no podemos 
ir de un punto á otro en nuestra narración, de ahí que dejando al Gene- 
ral en Jefe liberal Quesada en Bilbao, pasemos á Guipúzcao para rela- 
tar los hechos del primer Cuerpo mandado por el Teniente General 
Morlones. 

Hemos dicho^ y conviene no olvidar, que la situación del Ejército 
liberal en Guipúzcoa era especialísima, porque aunque tenia á su 
frente un exiguo número de batallones, hallábanse éstos bien atrin- 
cherados. Desde su derecha en Arichulegui hasta su izquierda en 
Igueldo, pasando por Astigarraga y Urcabe, sin contar con las defen- 
sas de la línea del Oria, las posiciones carlistas constituían un verda- 



— 412 — 

dero campo atrincherado; verdad es, también, que los liberales por 
su parte disponían asimismo de los fuertes y excelentes posiciones de 
Guetaria, Irún, Hernani, San Sebastián, Oriamendi, Lugaritz, Ameza- 
gaña, Oyarzun, etc., etc., y de veinticinco batallones con cinco bate- 
rías de Campaña. «Más que triplicadas eran las fuerzas liberales que 
las carlistas», dice D. Antonio Pirala en su Historia Contemporánea; 
pero esto no impedía que el General liberal se considerase encerrado 
en un callejón sin salida, como vulgarmente se dice, pues no era sali- 
da franca ni fácil el haber de embestir de frente la línea atrincherada 
carlista, sin exponerse á sufrir grandes pérdidas ó una derrota al in- 
tentarlo. Así es que el General Morlones, en quien siempre reconoci- 
mos valor acreditado y singulares dotes de mando, se decidió por 
llamar la atención de los carlistas por varios puntos á la vez, á fin de 
debilitarles en todas partes. Primeramente, el día 25 de Enero de 1876, 
operó una diversión sobre algunas posiciones carlistas para tantear 
sus defensas. Una Brigada se dirigió á Muniaundi y Urcabe, otra ha- 
hacia Mendizorrotz, y una Batería de á 15 centímetros sobre Antono- 
nea. Por la tarde ordenó la retirada, que picaron bravamente los car- 
listas saliendo de sus parapetos y ocasionando á los liberales dos 
muertos y cincuenta y cuatro heridos, sin sufrir, en cambio, más que 
escasas pérdidas. 

Previo acuerdo con el Comandante General de la Escuadra, Contra- 
Almirante Polo, dispuso el General Moñones que al día siguiente por 
la noche embarcara una Brigada en Pasajes, al mando del Brigadier 
Mariné, de cuyas fuerzas solamente pudieron desembarcar en Gueta- 
ria un Batallón, y medio de otro, pero al frente de cuyas tropas lanzó- 
se atrevidamente el Brigadier Mariné, ayudado por la guarnición de 
aquella plaza, sobre el alto de Gárate, defendido solamente por algunas 
compañías de las reservas sedentarias carlistas, ó sea de los casados 
dedicados á servicios pasivos, más una Compañía de Guías. Hízose 
dueño el Brigadier Mariné de la importante altura de Gárate, gracias 
á la sorpresa que produjo en los carlistas el atrevido ataque de los li- 
berales. Sin embargo, las pérdidas experimentadas por las cortas fuer- 
zas liberales fueron de ocho muertos, entre ellos dos oficiales, y cua- 
renta y siete heridos. Los carlistas no pudieron retirar un mortero y 
algunas bombas y granadas, por no disponer de los transportes nece- 
sarios para ello: en cambio retiraron dos cañones rayados y se apode- 
raron del importante fuerte de Alzóla, quemándolo y destruyendo sus 
defensas. 

Al otro día, sin perder momento, embarcóse el General Morlones 
con diez batallones, desembarcando en Guetaria y proponiéndose flan- 



— 413 — 

quear y coger de revés la línea carlista, encargando á la División del 
Mariscal de Campo Morales de los Ríos, que quedó en San Sebastián, 
que embistiera la línea carlista con todas sus fuerzas, aunque sin ex- 
tremar el ataque, por no proponerse con el movimiento de dicha Divi- 
sión otra cosa que distraer fuerzas carlistas para debilitar la línea de 
éstos y obligarles á levantarla colocándose á su retaguardia el Gene- 
ral Morlones con sus tropas. 

Llegada la noticia de la toma de Gárate al Comandante General 
Carlista de Guipúzcoa, D. Ensebio Rodríguez, marchó éste inmediata- 
mente, y por el camino más corto, á ocupar las escogidas posiciones 
de Aya, para oponerse con algunos batallones á la invasión del inte- 
rior de Guipúzcoa y á la consiguiente destrucción de la Maestranza y 
las fábricas de armas, operación que el Brigadier carlista Rodríguez 
suponía proyectaba el General Morlones, recordando que ya intentó 
otra vez llevarla á cabo dicho General al principio de la Campaña. 

Llevó consigo el Comandante General carlista á la Brigada de 
Aizpurúa, dejando en su prolongada línea á los brigadieres Ormaeche 
y Rodríguez Vera, defendiendo respectivamente su derecha é iz- 
quierda. 

La operación del Teniente General D. Domingo Morlones estaba 
perfectamente planteada; pero no pudo lograr que el éxito coronase 
sus planes y esfuerzos, á causa del valor indomable desplegado por 
los carlistas en su postrera victoria. 
¡Bien ruda fué la jornada! 

La víspera de este combate hallábase el Jefe de Estado Mayor Ge- 
neral carlista Conde de Caserta en Estella, cuidando de su extensa 
línea defensiva cuando á las altas horas de la noche recibió un tele- 
grama concebido, poco más ó menos, en estos términos: «A S. A. R. 
»el General en Jefe, el Brigadier Rodríguez Vera. — Por confidencia 
»segura que acabo de recibir del Comandante Mugarza, he sabido que 
»el enemigo se propone romper mi línea en la madrugada de mañana. 
«Ruego á V. A. que ordene se me refuerce, pues se dice que el Gene- 
»ral Morales de los Ríos, encargado de aquella operación, dispone 
»de doce mil hombres, y yo no tengo á mis órdenes más que á los 
«batallones 5° y 6." de Guipúzcoa». En el momento de reci- 
birse el anterior despacho, y en consonancia con los deseos ma- 
nifestados por el Brigadier Rodríguez Vera, ordenó S. A. el Conde de 
Caserta al Comandante General de Guipúzcoa que reforzara inmedia- 
tamente la línea amenazada, como así lo verificó éste, enviando la 
mayor parte del Batallón 11.° de Navarra al mando de su Teniente 
Coronel Equiazu, no reforzando á Vera con mayores fuerzas á causa 



— 414 — 

de lo extendido de las posiciones carlistas, y por lo tanto, del conside- 
rable número de tropas necesarias para su custodia. 

Al llegar á nuestra noticia el cumplimiento de las órdenes de 
S. A., quedamos, sino tranquilos porque ésto no podía ser en vista de 
la desproporción en que iban á encontrarse los carlistas con los libera- 
les, por lo menos confiados al pensar que los batallones estaban manda- 
dos por los coroneles Blanco y Pérez Dávila^ y que ambos con el no 
menos valiente Equiazu, habían de ser dirigidos en la batalla por 
nuestro querido compañero el Brigadier de Artillería D. Francisco Ja- 
vier Rodríguez Vera,, que tanto se había distinguido en la guerra de 
Santo Domingo^ en Velabieta, en Somorrostro, en Irún y en muchos 
más notables hechos de armas. 

Mal día^ sin embargo, pasamos S. A. R. y su Jefe de Estado Mayor, 
por la comprometida situación en que considerábamos se- encontrarían 
las fuerzas guipuzcoanas; pero casi á las veinte y cuatro horas de ha- 
berse recibido el aviso telegráfico que hemos transcrito, se reiiibió otro 
que decía, aproximadamente, lo que sigue: «Enemigo rechazado en la 
»línea de los fuertes, con sensibles pérdidas: Blanco y Equiazu muer- 
»tos. Liberales entraron dispersos San Sebastián y ordeno Jefe Batería 
»Venta-Ziquin arroje sobre la capital todos los proyectiles disponibles 
»para completar su derrota.» En confirmación de este despacho se re- 
cibió á los pocos días el parte oficial de la batalla, corroborando la 
noticia de la victoria conseguida por los carlistas, cuyos detalles co- 
piaremos, dando antes una idea de las posiciones objeto de la lucha y 
completando este estudio militar con las apreciaciones del hecho por 
los escritores liberales. 

Como el Ejército alfonsino no tenía en Guipúzcoa más base de ope- 
raciones que de Irún á San Sebastián y O rio para concentrar y acu- 
mular elementos ofensivos, y su salida natural para atacar á los car- 
listas le estaba casi cerrada por el primer punto en la peña de Aya, 
á causa de las muchas fuerzas que para dominarla había de necesitar, 
así como por el centro en las posiciones de Choritoquieta y San Mar- 
cos, y le convenia sobre todo la última linea que podía llevarle desde 
Guetaria directamente en poco tiempo á destruir las fábricas carlistas 
y posesionarse en un plazo breve de toda la provincia, claro es que 
los carlistas, comprendiéndolo así, habían de acumular defensas tales 
que impidieran el avance de los liberales, economizando, por consi- 
guiente, el número de combatientes. De ahí que no solo los Ingenieros 
carlistas, dirigidos por su ilustrado Coronel Garin, sino que también 
los jefes de Brigada y hasta los de los batallones, estudiasen conve- 
nientemente el terreno para sacar de él todo el mejor partido posible, 



— 415 — 

estableciendo parapetos, trincheras y zanjas que poco á poco se con- 
virtieron en fuertes reductos defendidos entre sí y capaces para alojar 
una ó dos compañías cada uno, quedando el resto de los batallones en 
libertad de acudir en auxilio de los puntos que se viesen más compro- 
metidos. 

Así se venía haciendo desde algunos meses antes, y de ahí que en 
la cordillera de Igueldo se construyeran cinco reductos en las alturas 
de Teresategui^ Bordacho, Mendizorrotz, Vidarte, Celayaundi y al- 
gún otro que no recordamos, casi en línea recta y de la manera refe- 
rida, cuyas guarniciones se relevaban periódicamente por la fuerza 
libre de los dos batallones dedicados á su defensa. Un poco á reta- 
guardia de estas posiciones habíamos construido una fuerte Batería 
acasamatada y artillada con dos cañones Withwort de á siete y medio 
centímetros, á cargo del Teniente Coronel de la Armada Torres, no 
solo para contribuir A la defensa de la línea, si no que también para 
arrojar granadas sobre la plaza de San Sebastián. Formada, pues, 
una idea, aunque ligera, del terreno de las operaciones, se comprende 
que no pudiera escaparse á la perspicacia del General Morlones que 
una vez dueño de Gárate y rota la línea atrincherada en Mendizorrotz, 
tendrían que abandonarla los carlistas, y por lo tanto, que dejar libre 
la entrada de los liberales al interior de la provincia, como resultado 
de verse obligados los cablistas á replegarse en malas condiciones, con 
el enemigo á retaguardia. 

Asi es que contando el General Morlones con un golpe de mano 
sobre Guetaria y Gárate, como ya se había llevado á cabo, sólo falta- 
ba que al avanzar las tropas que llevaba dicho General á sus inmedia- 
tas órdenes, se lanzasen también contra los carlistas las fuerzas que 
habían quedado en San Sebastián, para redondear de este modo la 
operación. Dio, sin embargo, Morlones órdenes al Mariscal de Campo 
D. Adolfo Morales de los Ríos, para que no extremase el ataque de la 
División de su mando en el caso de que los carlistas opusiesen seria 
resistencia, por considerar Morlones que le bastaba únicamente con 
que Morales de los Ríos secundase sus miras, distrayendo algunos ba- 
tallones' carlistas. 

Antes de amanecer salió, pues, el General Morales de los Ríos de 
San Sebastian; pero ya encontró prevenido al Brigadier carlista Ro- 
dríguez Vera: compañías de los batallones 5.° y 6 ° de Guipúzcoa ocu- 
paban los reductos, y él con los jefes y el resto de sus fuerzas, que 
podrían constituir Batallón y medio todo lo más (porque el 11 ° de 
Navarra no había llegado todavía), se situó en el centro de la línea 
para acudir á su defensa. 



— 416 — 

Rota la marcha por las tropas liberales, cayeron como una avalan- 
cha sobre las trincheras avanzadas de Vi darte, que cubría con su 
fuerza el Comandante Mugarza. Este tenía órdenes terminantes de 
Vera para entretener al enemigo, mientras se cubría la verdadera lí- 
nea de defensa. Dos horas próximamente se sostuvo Mugarza con su 
acostumbrado valor, y cuando ya no tuvo más remedio que replegarse 
á Celayaundi, lo hizo en buen orden. Dueños de Vidarte los liberales, 
se adelantaron con singular arrojo hasta situarse á unos doscientos 
metros de los carlistas; rompióse entonces el fuego por ambas partes, 
logrando aquellos hacerse dueños de la casa aspillerada de Ichuri- 
chabal. 

Visto ésto por los carlistas, que ocupaban las trincheras intermedias 
entre los reductos, salieron de ellas y con irresistible empuje arroja- 
ron á bayonetazos á los que ya se creían dueños de la posición, per- 
siguiéndoles después hasta el caserío de Barcáiztegui, y aunque por 
segunda vez intentaron los alfonsinos recuperar lo perdido, no pudie- 
ron conseguir nada á pesar del denuedo con que se lanzaron á la 
carga. 

Mientras esto pasaba en el centro y en la derecha de la línea car- 
lista, extremaban los liberales su ataque contra el fuerte de Bordacho. 
Éste se hallaba guarnecido por cuarenta voluntarios al mando del va- 
liente oficial D. León Trechu, quien se batió tan bizarramente, á pesar 
de estar rodeado de enemigos por todas partes, que después de agotar 
todas sus municiones, cuando ya los liberales se habían hecho dueños 
del foso, todavía les contuvo, recurriendo á las piedras y tejas de las 
chavolas del fuerte, dando tiempo con su bravura á que llegasen re- 
fuerzos en su auxilio. Allí acudieron, en efecto, el Brigadier Rodríguez 
Vera y el Coronel Pérez Dávila con dos compañías de guipuzcoanos y 
otras dos del 11.° de Navarra, ante cuya acometida emprendieron de- 
finitivamente los alfonsinos la retirada, dejando cubierto el foso de 
muertos y heridos, acosados por las tropas carlistas de refresco y por 
las que salieron de los reductos, equilibrándose} así el combate y que- 
dando muy alto el honor de las armas carlistas. 

Pronunciado, pues, el movimiento de retroceso de los liberales des- 
de Igueldo, pensaron, sin embargo, sostenerse en Vidarte, como asi 
lo verificaron por algún tiempo; pero al fin viéronse forzados á aban- 
donar este último punto de refugio, perseguidos con tenacidad por el 
Comandante Mugarza y algunas compañías de los batallones 11." de 
Navarra y de los guipuzcoanos. 

Sería interminable referir las peripecias y los rasgos de tesón y 
verdadero valor de los carlistas, iguales sólo al arrojo de los liberales: 



— 417 — 

nada mejor que copiar íntegro el parte oficial de la acción, dado por el 
Comandante General carlista de Guipúzcoa íi S. A. R. el Conde de 
Caserta, y que dice asi: 

«Señor.— El Brigadier D. Javier Rodríguez Vera, Jefe de la segun- 
»da Brigada y encargado de la línea izquierda sobre San Sebastián, 
»atacada el 2U del anterior por el enemigo, dui*aute mi ausencia, se- 
»gún di conocimiento, para acudir á detener en sus proyectos al Jefe 
«enemigo Morlones, que merced á un oculto y nocturno desembarco 
«detrás de Guetaria, se había apoderado con numerosas fuerzas de 
«nuestra posición de Gárate, amenazando á un tiempo la línea de Orlo, 
»y por consiguiente la retaguardia de la expresada Brigada Vera^ y 
'mueótras importantes fábricas de Azpeítia, me dirige con esta fecha 
«el siguiente parte: 

Excmo. Sr.:— El viernes próximo pasado, según las noticias que ha- 
»bía recibido referentes á movimientos del enemigo, tanto por la parte 
»de Guetaria como por la de San Sebastián, me ñguré que intentaba 
«atacar esta parte de la línea, y en efecto, avisé á los Sres. coroneles 
«primeros jefes de los batallones, para que lo pusieran en conooimien- 
»to de los suyos respectivos, que desde algunos días antes estaban 
«constantemente ea las posiciones. Efectivamente, el sábado 29, á las 
«nueve de la mañana^, me avisaron que el enemigo avanzaba con mu- 
«chos batallones y bastante Artillería en dirección de todas nuestras 
«posiciones situadas desde Medizorrotz á Teresategui: V. E. conoce los 
«batallones que defendían esta línea; pero de ellos me faltaban algu- 
«nas compañías que por disposición superior, habían pasado á otros 
«puntos, y estas eran precisamente, Excmo. Sr., coü las que contaba 
«para acudir á los puntos convenientes, cuando el enemigo tratase de 
«rodear nuestras posiciones, como efectivamente lo intentó en algunas, 
«y lo consiguió, felizmente para nosotros en otras. — Ea la imposibili- 
»dad absoluta de disminuir las que ya estaban colocadas, y no pudien- 
»do tampoco abandonar ningún punto, porque en cualquiera de ellos 
snos hubiera sido muy perjudicial la colocación del enemigo, para re- 
«mediar la situaéión en que la falta de esas fuerzas me había colocado, 
■no dudé un momento en disponer que dos compañías de las cuatro que 
«del 2.'* Batallón habían pernoctado y se encontraban en este pueblo, 
«subieran inmediatamente á situarse en Celayundi, cuyo punto, por 
«ser el más céntrico, y desde el que podía observarse toda la línea, 
«había designado para situarme yo. — Poco tiempo después de mi ne- 
sgada, vi al enemigo coronar las alturas de Vidarte. En esta posición, 
»á que los enemigos con su táctica de engañar á todo el mundo, he 
»visto llaman fuerte de Vidarte, la partida del Comandante Mugarza 



— u^ - 

» tenía el encargo, no de defenderla, si no de quebrantarlos en su pri- 
»mer movimiento de avance; y así lo efectuó por espacio de más de 
»dos horas, retirándose después á los puntos que tenía designados, ve- 
»rificándolo con todo orden y una lentitud admirable, y que no podía 
«esperarse por estar rodeado por el enemigo. — Este, que tan fácilmente 
«había tomado un fuerte, que repito no existe, tal vez pensó tomar con 
»la misma prontitud las verdaderas posiciones de nuestra línea, y 
»avanzó con una velocidad y con un arrojo que nunca he visto en ellos, 
»y vino á situar sus guerrillas con sus reservas al caserío lohurichabal, 
«situado á menos de 200 metros de los reductos de Celayundi.» 

«Confieso, Excmo. Sr., que en aquel momento, al ver su arrojo y 
»ver también que tardaban en llegar las municiones, situadas á mayor 
«distancia de la que convenía, me hubiese parecido muy poco el ver 
»á mi lado un número de batallones igual al que ellos podían disponer, 
»por lo que inmediatamente di orden para que subiesen las dos com- 
spañías del 2/' que habían quedado en üsurbil, y que llegaron á susi- 
»tio con la mayor oportunidad. — Contenido el enemigo en dicho 
«punto por el mortífero fuego que se le hacía, empezó á aspillerar el 
«citado caserío, y entonces, las compañías situadas en las trincheras, 
«calculando que desde dicha posición podían molestarnos con sus 
«disparos, al mismo tiempo que les servía de base para correrse por 
«nuestra izquierda, salieron de ellas, y cargando con el mayor arrojo, 
«los desalojaron de aquella posición^ persiguiéndolos hasta el caserío 
«de Barcáiztegui, donde sus grandes reservas se habían hecho fuertes 
«aspillerándolo, dejando en nuestro poder sus muertos, heridos y al- 
«nas municiones. Regresaron nuestras compañías á sus posiciones, y 
«ellos volvieron á avanzar, repitiendo los nuestros las mismas cargas, 
«cada vez con mayor arrojo, hasta que convencidos los enemigos de 
>que por aquella parte ni por la izquierda que habían querido envol- 
«ver, podían conseguir su objeto, se situaron en zanjas frente al ex- 
«presado caserío de Barcáiztegui, desde donde continuaron haciéndo- 
»nos fuego, aunque con más lentitud. — Al mismo tiempo que esto su- 
» cedía en el centro de la línea, el enemigo ejecutaba los mismos movi- 
«mientos en todos los demás puntos, de Mendizorrotz hasta Tere- 
«sategui, y en todos ellos eran rechazados por las repetidas cargas 
«ordenadas por los jefes á quienes estaba confiada su defensa, dejando 
«siempre en nuestro, poder los muertos, heridos, armamento, municio- 
«nes y algunos prisioneros. Sólo en el Bordacho consiguió el enemigo 
«alguna ventaja, que fué beneficiosa para nosotros. Defendida esta 
«posición por el Teniente D. León Trechu, con 40 voluntarios de su 
«Compañía, no pudieron impedir, que el considerable número de ene- 



— 4:10 — 

»migos que los atacaban, llegasen hasta los fosos, los rodeasen comple- 
«tamente, dominándolos por la espalda, é intentasen subir al parapeto, 
» Aquel puñado de héroes, sin pensar en la ¡apurada situación en que 
»se encontraban, agotadas sus municiones, se defendían con granadas 
»de mano, y á pedradas cuando éstas se les concluyeron, y á las inti- 
»maciones de rendirse que el enemigo les hacía, contestaban arro- 
»jándoles las tejas de sus casas.» 

«Tranquilo, Excmo Sr., porque no dudaba que el Coronel Pérez 
»Dávila, encargado de aquella parte de la línea^ tomaría sus disposi- 
»ciones para librar á una pequeña fracción de su Batallón, que tanto 
»orgullo tiene en mandar; tranquilo^ porque tampoco dudé un mo- 
» mentó que aquella fuerza dejase de cumplir las instrucciones que 
»todos tenían recibidas, para dar tiempo á que se acudiese en su 
^socorro, y así lo hicieron, dando una severa lección á los que pocos 
»días antes abandonaban un fuerte artillado y en condiciones mucho 
«mejores que las en que el Bordacho se encuentra, relativamente al 
»Gárate. Efectivamente, mientras yo mandaba á aquel punto doscom- 
»pañías del 7." Batallón que oportunamente me enviaron desde An- 
»doain los señores Brigadier Aizpurúa y Coronel Jefe de Estado Ma- 
»yor Luzuriaga, el expresado Coronel Pérez Dávila, separando' una 
«pequeña fuerza de los puntos en que con menos exposición lo pudo 
«hacer, marchaba á la cabeza de ella para salvar á los que tan biza- 
»rramente defendieron aquella posición, y éstos, dando voces dicien- 
»do: — Ya sube nuestro Coronel,— decidieron dejar una cuarta parte 
»de la fuerza en el reducto, y salir los restantes para ayudar á desalo- 
»jar al enemigo, que con música celebraba ya la toma de Bordacho, 
»y lo consiguieron, enterrando los carlistas en sus fosos á los liberales 
»que tuvieron, tal vez engañados, el atrevimiento de saltar á ellos. — 
»Desde entonces, Excmo. Sr.. empezó la retirada del enemigo por la 
«parte de Igueldo, yendo constantemente perseguido por los nuestros; 
«pero viendo que no se movían de Vidarte los que ocupaban esa po- 
«sición, me propuse desalojarlos de ella, para lo cual, oyendo á los 
«primeros jefes de los cuerpos y al Comandante Mugarza, dispuse que 
«tres columnas, formadas con fuerza de la partida volante, de los ba- 
«tallones 2.*^ y G.° de la Provincia, y las compañías del 11." de Nava- 
«rra que habían llegado, la atacasen resueltamente por tres puntos 
«distintos y á una hora determinada. Así lo efectuaron, y el enemigo 
«fué desalojado de las trincheras que ocupaba obligándole á retirarse 
«al casería de Barcáiztegui, en donde estuvieron los nuestros luchan- 
»do á culatazos con ellos: pero haciendo una tenaz resistencia^ dieron 
«tiempo á que sus grandes reservas llegasen, lo que obligó á que se 



— 421 — 

ji>retiraran los nuestros á las posiciones que hace tiempo ocupamos, 
»trayendo á sus jefes heridos, verificándolo con el mismo orden en que 
»habían avanzado, y bajo un nutrido fueo:o que no cesó hasta que la 
«noche impidió lo continuasen. Deber mío es hacer especial memoria 
»de todos los que más se distinguieron en aquella jornada.» 

«Imposible me es, sin embargo, porque desde los primeros jefes al 
»último voluntario, cumplieron todos su misión de un modo que hu- 
»biera enorgullecido á cualquiera á cuyas órdenes hubiesen estado. 
»Los jefes colocados en los diversos puntos de la línea, con su valor y 
«acertadas disposiciones^ hicieron completamente inútil mi presencia 
»en ella. Los oficiales y voluntarios, con un entusiasmo que rayaba en 
«frenesí. He visto jefes, oficiales y soldados caer heridos, y sin cui- 
«darse si eran ó no de gravedad, continuar en sus puestos, sin querer- 
»se separar de ellos, estando curándose hoy el Comandante Aramburu 
«en el mismo punto cuya defensa se le había confiado. He visto á com- 
«pañías sufrir un nutrido fuego de Artillería que las diezmó en pocos 
«momentos, sin que á los voluntarios se les ocurriese decir otra cosa 
«que: adelante, aquí os espeí'amos, vengan -municiones, que por aquí 
«no ^f/saíi.' á la Artillería, dirigida por el Teniente Coronel Torres y 
«los dignos oficiales á sus órdenes, hacer unos disparos que no hubie- 
»ran hecho los más hábiles tiradores, tomando fusiles y cargando con 
» la Infantería, cuando concluyeron sus municiones: á los Ingenieros, 
«dejar sus picos y sus palas, y tomar el fusil para ayudar á sus com- 
» pañeros á defender el punto donde trabajaban; y á los brigaderos 
«conducir sobre sus hombros las cajas de municiones, trayéndolas bajo 
«el fuego del enemigo por el camino más corto y con una prontitud 
»que satisfacía al que con más impaciencia las esperaba. Hay, sin em- 
«bargo, jefes que debo particularizar, por encontrarse en cirounstan- 
«cias distintas de las de todos los demás: al Sr. Coronel D. Cipriano 
«Blanco, víctima de su temerario valor, le vi por la mañana á caballo 
«con su espada desenvainada en medio de las guerrillas enemigas 
«dando vivas á nuestro Rey, y siendo la admiración de aquellas y de 
«nosotros; y por la tarde, lo mismo que el Teniente Coronel del 11."^ de 
«Navarra, D. Miguel Eguiazu, marchando al frente de sus fuerzas, 
• cayendo ambos gloriosamente heridos acorta distancia del enemigo, 
«muriendo pocos momentos después el primero y dos días mas tardecí 
«segundo. El Excmo. Sr. Comandante General de Marina D. Federico 
«Anríc.h, que tanto en este día como en los anteriores ha estado en los 
•sitios del combate, contribuyó con sus oportunas y acertadas indica- 
«ciones al éxito que se obtuvo, sirviéndome yo de sus ayudantes de 
«Campo para comunicar las órdenes, por no haberme sido suficientes 



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»los que yo tenía. El Capellán de Artillería D. Pedro Lasarte estuvo 
«constante y voluntariamente en los sitios de mayor peligro, marchan- 
»do siempre á la altura de los que cargaban, animando con sólo su 
«presencia el valor de los voluntarios, porque es indudable que nada 
«anima más al soldado católico que el saber tiene cerca de sí á los que 
»en los últimos momentos pueden prestarle los auxilios de nuestra 
»Santa Religión. — Y por último, recomiendo á V. E., por si tiene á bien 
«hacerlo á S. A. R. el Conde de Caserta, al vecino de este pueblo Es- 
»teban Tamborena, que habiendo cogido el fusil de un soldado enfer- 
»mo, que tenia en su casa, acompañ. á las fuerzas del 5.° Batallón que 
»iban á socorrer á los héroes del Bordacho. Pocas, pero sensibles, han 
«sido las bajas que hemos tenido en esta Jornada. Las nuestras con- 
«sisten en dos jefes, cinco oficiales y treinta y cinco voluntarios muer- 
»tos; dos jefes, quince oficiales y noventa y tres voluntarios heridos, 
«y tres oficiales y ve nte y dos voluntarios contusos, formando un to- 
»tal de ciento setenta y siete bajas. Las del enemigo deben ser grandes, 
«según ellos confiesan, pudiendo yo asegurar que han dejado en nues- 
«tro poder más de cincuenta muertos, un oficial y siete soldados he- 
«ridos, y seis prisioneros, cogiéndoles también más de cien fusiles y 
«bastantes municiones.» 

«Réstanme solamente dos palabras, Excmo. Señor: orgullo necio 
»sería en mí el atribuir el resultado obtenido á las disposiciones que 
»yo haya podido tomar, y repito á V. E. que con los jefes que ocupa- 
«ban los diversos puntos de la línea, mi presencia fué completamente 
«inútil en ella. Contraproducente sería para nosotros el atribuirlo al 
«temerario valor de los voluntarios: atribuyamos esta y otras victorias 
»á la innegable y visible protección que nos dispensa Aquella á quien 
«el Rej'' (N. S. Q. D. G ) nos ha dado á reconocer como Generalísima 
»de sus ejércitos; hagámonos dignos de Ella, procuremos que nuestras 
sobras estén en harmonía con los principios que defendemos, y enton- 
«ces tendremos la seguridad de obtener el triunfo que deseamos, lo 
«misiLO después de una gran victoria, como después de la mayor de- 
arrota.» 

«Al trasmitir á V. A. el anterior parte del Brigadier Rodríguez 
«Vera, no puedo menos de suplicar lo eleve á conocimiento de S. M. el 
«Rey (N S. (¿. D G ) inclinando su real ánimo en favor,- no solo de 
«los bizarros Brigadier, jefes, oficiales y tropa de la línea izquierda, 
«sino también de las cuatro compañías del 2." Batallón de Guipúzcoa, 
«dos del 7.° de la misma División y seis del 11. "^ de Navarra, que en 
«atención á la escasez de fuerzas contra las numerosas del enemigo, 
»en todas partes tuve que situar y mover convenientemente, á fin de 



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» aprovecharlas en auxilio de donde más necesario fuera su concurso, 
^disposiciones que por la distancia que nos separaba y me hacía igno- 
»rar las situaciones^ supieron llevar á cabo el Brigadier Aizpurúa des- 
oxida derecha de la línea de faego, y mi Jefe de Estado Mayor el Co- 
»ronel Luzuriaga desde Andoain^ dirigiendo las del 7." y 11.** con tal 
»oportunidad, que la llegada de sus fuerzas á la línea^ asi como su 
»bravura y sus brillantes cargas á la bayoneta, en nada desmerecie- 
»ron á la tan prodigiosamente demostrada por los invencibles del 5.* 
»y 6." y de Mugarza, cuyo valor y serenidad en la defensa de sus res- 
spectivos faertes, como su arrojo en saltar de ellos para arrollar y 
»perseguir al enemigo, nunca me cansaría de encomiar, si no recono- 
»ciera, como el Brigadier Rodríguez Vera, que solo la protección del 
«Omnipotente pudo concederle una victoria que arrancó atan crecidas 
sfiierzas enemigas, auxiliadas por numerosa Artillería. — Señor. — 
»A. 11. r.r. p.p. de V. A.— El Comandante General de Guipiizcoa— 
Eusehio Rodríguez Román.» 

El escritor liberal D. Antonio Pirala, en su Historia Contemporá- 
nea, (tomo VI, páginas 456 y 457), da caenta de la jornada de Mendi- 
zorrotz con pocas variaciones á lo ya referido aquí, entre ellas la de 
asegurar que las bajas sufridas por los alfonsinos fueron mayores que 
las supuestas por los mismos carlistas, pues dice dicho historiador que 
la Brigada de Navascués, la cual sufrió aún menos que la de Careaga, 
tuvo ella sola doscientas treinta y dos bajas. 

En cambio el Brigadier de Artillería carlista Rodríguez Vera hace 
justicia al Ejército alfonsino, como ya hemos tenido ocasión de ver en 
su parte oficial que hemos copiado. 

El General Morales de los Ríos dijo á su vez: «Ha habido bravura 
»en las tropas, poca inteligencia en algunos jefes encargados de los 
»detalles, y olvido por parte de los jefes de Brigada de las instruccio- 
»nes que verbalmente y. repetidas veces les he dado.» 

El Teniente General Morlones decía al General en Jefe Quesada: 
«que de los informes adquiridos por oficiales de Estado Mayor y otros, 
«resulta que tanto el Ejército como el público culpan al General Mo- 
»rales_, etc.» en vista de cuya comunicación, el General en Jefe mandó 
formar sumaría para aquilatar las causas del desastre. 

Al ver el General Morlones el fracaso de su subordinado, cargó 
toda la' culpa sobre éste^ en términos de influir en la formación de la 
sumaria; pero á nuestro juicio, no toda la culpa fué del General Mo- 
rales de los Ríos, y en cuanto á sus tropas bay que convenir en que no 
pudieron batirse mejor ni con más arrojo. Al General Moñones le 
aconteció en Mendizorrotz lo que en Somorrostro: padeció dos graví- 



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simos errores al disponer el ataque de frente á unas posiciones fuerte- 
mente atrincheradas, y al suponer quebrantada la moral del Ejército 
carlista ¿Por que, por su parte no secundó Moriones la operación? ¿Por 
qué al sentir el fue,£:o de Mendizorrotz no avanzó él con los numerosos 
batallones de que disponía en Clárate y Zarauz? Para nosotros estA 
fuera de duda que si ambos ataques hubieran sido simultáneos, el Bri- 
gadier Vera, á pesar de su pericia y su bravura, no habría tenido más 
remediO;, al verse cogido entre dos faegos por tan numerosas y ague- 
rridas tropas, que replegarse con sus valientes pero mermados bata- 
llones, cediendo al fin el paso al enemigo, aunque dejando bien puesto 
ei honor de la bandera. 

De todas maneras, la victoriosa defensa de la línea atrincherada de 
Mendizorrotz, constituye una de las más brillantes páginas de la his- 
toria militar del Carlismo y de nuestro antiguo compañero el Brigadier 
de Artillería carlista D. Francisco Javier Rodríguez Vera. 

Los escritores liberales no conceden gran importancia a tan señala- 
da acción, y pasan como sobre ascuas sobre sus detalles. Esto no es 
imparcial ni generoso: ¿no hemos nosotros confesado nuestras derrotas 
y nuestros desaciertos en Oteiza, Irún y otras operaciones? ¿No hemos 
elogiado nosotros constantemente el valor de las tropas liberales y la 
pericia de sus generales al conseguir importantes victorias? ¿Por qué 
no se ha de hacer también justicia alas tropas carlistas, prescindien- 
do de toda idea política y considerando sus campañas desde un punto 
de vista exclusivamente militar? Creemos además que la confesión de 
las faltas propias enaltece al que las confiesa. Profesamos este princi- 
pio desde que, hace ya muchos años, leímos la Historia del Constilado 
y del Imperio, escrita por Mr. Thiers: fué tal nuestra indignación al 
ver disculpadas y desfiguradas derrotas tan indiscutibles como la de 
Bailen, que desde allí en adelante perdimos la fe en su narración. 

Únicamente un distinguido Jefe de Artillería del Ejército liberal 
(compañero nuestro, por cierto, en la batalla de Alcolea) se expresa 
así: «El general Morales comprometió desde el primer momento las 
«tropas de San Sebastián: éstas acometieron con su acostumbrado valor 
»y llegaron hasta los fosos de los fuertes enemigos, mas hallándose 
»muy alejado Moriones, cargaron á su sabor sobre ellas los carlistas, 
»las destrozaron completamente y las echaron de cabeza á San Sebas- 
»tián, causando en ellas tales efectos que quedó inutilizado todo el pri- 
»mer Cuerpo para operar en lo sucesivo». (1). 



(1). Juicio critico sobre la guerra civil. 



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Dos palabras para concluir: tan exacto es lo que se dice al final de 
este párrafo que nos ahorra digresión alguna. Tanto inñuyó la derro- 
ta de parte del Ejército liberal de Guipúzcoa en Mendizorrotz, que 
afectó al total en términos de que los veinte y cinco batallones y trein- 
ta piezas de Artillería del General Morlones permanecieron como en 
cerrados en sus acantonamientos hasta que todo el Ejército liberal de 
la izquierda, con su General en Jefe Quesada, pudo como libertarlo. 
Contra este resultado no cabe discusión. 

Solamente consideramos pertinente hacer mención de un juicio sobre 
Mendizorrotz, hecho por el escri