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Full text of "Causas y consecuencias, antecedentes diplomáticos y efectos de la guerra hispanoamericana"

——■■^^'■■""' I "■■'■" «Mil J JitlIljlimM MIMUMU— i— idLi^»J— — — — il^M 

JUAN B. SOTO 

Profesor de Derecho en la Universidad die Paerío Rico 
y Presidente de la Sección de Ciemcias Políticas 
y Morales del Ateneo Fortorrí^neSo. 



GAÜSx\S Y 

CONSECUENCIAS 



ANTECEDENTES DIPLOMÁTICOS Y EFECTOS 
DE LA GUERRA HISPANOAMEmCANA. 



ü¿S2^^íS¿¿i 



CORtfESPONOENCIA 0£ mo. KlCiX INC. 

SAN JUAN. PUERTO R.IfcO. 

1922. 



<,%^- 






Tt cf T O. Cebrian 



A Manera de Proloáo 



La guerra hispanoamericana, aunque de corta 
duración, ocupa en la Jdstoria una página de sin- 
gular importancia. Al poner fin a los extensos 
dominios coloniales de España en América, ella 
dio la independencia a Cuba, que con tan admira- 
bles tenacidad y lieroismo luchaba para obtener- 
la, y de modo inesperado, arrancó el archi- 
piélago filipino y la isla de Puerto Rico del seno 
augusto de la madre España, para entregarlos en 
brazos del noble pueblo americano ; determinancLo 
üdí la entrada de esas islas en una escuela cuyas 
tendencias y principios en nada se parecen a los 
que desde el momento inicial de su civilización^ 
habían sido expuestos y defendidos en su dereclio 
público. 

Lo cine en veinte años ha sucedido en Cuba, 
Puerio Pico y Filipinas, no puede ser contado en • 
un capitulo de este libro, y menos aun en el breve 
espacio Cjue df'ben ocupar estas observaciones, he- 
chas a guisa de prefacio; y lo que habrá de ser su 
futuro, cuestión es que aun se debate en los domi- 
nios de la cspecídación; pero que en sus lineas 
generales, se dibuja ya en un horizonte de halaga» 
doras esperanzas. 

En la exposición e interpretación de los he- 
chos estudiados en las páginas que forman este 
libro, la más estricta imparcialidad ha servidonos 
de norma, ya que no es nuestro objeto adulterar 
la verdad para defender opiniones formuladas 



*'a prio/i", sino, por el contrario, buscar en ha 
masa confusa de los hechos, la ley fundamental 
que los rige. 

Hasta ahora, casi todo lo que se ha dicho o se 
ha escrito en relación con la guerra que puso fin 
al poder político de España en América, deja en- 
trever la influencia de la pasión y el prejuicio. 
Unos, conservando vivo el rencor causado por los 
errores de la política seguida por España en sus 
colonias, tiendejí a ser injustos con la nación civi- 
lizadora de todo un continente, no viendo en ella 
más que el lado de sus flaquezas, con menosprecio 
de sus nobles y altas virtudes. 

Otros, ofuscados por un ardimiento muy na- 
tural en quien tiene arraigado el sentimiento de 
patriótica solidaridad, caen en el extremo opuesto, 
privando los hechos de su verdadero sentido na- 
tural. 

Unos y otros carecen de la serenidad que de- 
be tener quien busca en los hechos mismos la razón 
necesitante que los causa y las leyes que los unen 
en la coynpleja urdimbre de la historia. 

Afortunadamente, cuando España perdía su 
liltima posesión en este hemisferio, aun éramos 
demasiado jóvenes para sentir verdadero rencor 
con motivo de su política de ultramar, o tristeza 
muy profunda ante la inmensa desgracia que ado- 
loraba su espíritu. Y esto, al permitirnos apreciar 
tn su exacia realidad las causas y consecuencias 
de dicha guerra, le da a las páginas que siguen el 
solo mérito que reclaman para si : adhesión inque- 
brantable a la verdad histórica, según nos la cuen- 
tan hechos y documentos cuya autenticidad se en- 
cuentra fuera de toda discusión. 

EL AUTOR. 






iT. 



índice 



I. LA EP]VCLUriON EN CUBA 5 

El Grito do Yarar, — Los Comienzos de la Revolución que 
terminó el 10 de febrero de 1878. — La Paz del Zanjón. — 
El Viaje de Martínez Campos a España.— La Dimisión de 
Cánovas y '.a exaltación al Poder de Martínez Campos. — 
El Fracaso de Martínez Campos y la Vuelta de Cánovas al 
Poder/— lUna Nueva Revolución Estalla en Cuba el 24 de 
febrero de 1895. — Capital Extranjero Invertido en Cuba. — 
Martínez Campos Vuelve a Cuba. — Substitución de Martí- 
nez Campos por Weyler. — Nota del Secretario de Estado, 
Sherman, al Ministro de Lome, Protestando de l's Proce- 
dimientos de Weyler. — -Posibles Complicaciones interna- 
cionales como Consecuencia de la Situación en Cuba. — 
Simpatías hacia la Revolución en los Estados L^nidos. — 
Mensaje del Presidente enviado al Congreso el 7 de diciem- 
bre de 1896, relativo a los Asuntos de Cuba.— Kl Gobierno 
Americano Estudia la Manera de Ayudar a España a ter- 
minar la Revolución. 



Jl. PERPLEJIDADES DE LA DIPLOMACIA 
AMERICANA 



.,..23 



Letados Unidos necesitan que la Revolución termine. — Có- 
mo podía el Gobierno Americano contribuir a la Pacifica- 
ción de Cuba. — Soluciones que se Ofrecían. — •Dificultades 
que presentaba cada una de las soluciones ofrecidas. — 
Mensaje del Presidente McKinley al Congreso el 6 de di- 
ciembre de 1897. — ^Se sugiere la Compra de la Isla de Cu- 
ba. — El Capítulo Cuatro del Tratado de Anexión de la Re- 
pública de Santo Domingo. — El Manifiesto de Ostende. 



V. LA INDISCRECIÓN DE UN DIPLOMÁTICO Y LA CA^ 
.' TAíSTIiCFE DEL ' ' MAINE " 93 

La visita de Canalejas a McKinley. — (Carta de Dupuy di- 
rigida a Canalejas mientras se hallaba en Cuba. — Telegrama 
'de Dupjy al Ministro de Estado relativo a la carta dt'; 
aquél a Canalejas. — El ''Journal" anuncia que publicará 
: \ ,4icha carta. — El *'Asslstant" Secretario de Estado, Day, 
inquiere de Dupuy sobre la autenticidad de dicha carta, 
que fué publicada por el Journal. — 'El diplomático español 
én Washington informa que debe ser substituido en vista 
de la publicación de esa carta. — El Ministro de Estado 
acepta la renuncia de Dupuy. — El Ministro Woodford visi- 
ta al Ministro de Estado y le lee un des¿)acho recibido de 
Washington Sibre la carta de Dupuy. — Nota del Ministro 
Vv^oodford al Ministro de Estado referente a la carta de 
Dupuy. — Dupuy con esa carta contribuyó al rompimiento 
•de las hostilidades. — ^La actitud de España con motivo de 
"este incidente no satisface a Estados Unidos. — La catas 
trofe del ''Maine" y sus efectos. — Otro telegrama, del 
Ministro de Estados a los embajadores españoles en las 
capitales Europeas. 

VL EL FRACASO DE LA AUTONOMÍA EN CUBA 109 

Inaugiración del gobierno autonómico en Cuba. — Bando 
del Ge-ieral Blanco. — Contestación dada al bando mn los 
revolucionarios. — Manifiesto al pueblo Cubano por Cal- 
vos, Govin, Montoro, Zayas y Rodríguez. — Manifestaciones 
■de Silvela referentes a la Carta Autonómica. — ^Carta de 
, ,, Rafael María de Labra al a!)ogado Salvador Amell, pro- 
nunciándose en contra del pacto con Sagasta. — Movimiento 
p.)lítico en Puerto Rico contra el pacto con Sagasta. — 
•Constitución del partido Autonomista Puro en Puerto Rico. 
, —Artículo del periódico "La América" elogiando la ac- 
. titud de Labra. — Declaraciom s de Cas'.elar c.i ('1 "Correo 
,^ Español de Méjico", sobre la Autonomía para Cuba. 

VIL LA CRISIS , 123 

; \ Memorándum del Ministro Wuodford al Ministro de Es- 
^' ; tado.— lAmenaza que dicho memorándum contenía — Contes- 
tación del Ministro de Estado al memorándum del diplomá- 

IV 



tico Americano.— Error de los que atribuyen la Guerra al 
Juindir-nlento del *' Maine ".—Estados Unidos rehusan se- 
guir discutiendo la situación de Cuba.— Estados Unidos 
manifiesta que no quiere apoderarse de ihiha, y subiere 
que se conceda un arjnisticio,— Manifestaciones del Minis- 
tro de Estado. — (Alarmante información del Cardenal Ram- 
polla al Embajador Merry,— Los buenos oficios del Papa 
•-"on ofrecido,s. — Polo de Bernabé, ministro español en Wasli- 
zngton, entrega al gobierno americano una nota encami- 
nada a calmar la agitación del Congreso. — El contenido de 
dicha nota. — Breve contestación del secretario de Estado 
. .al Ministro español. — El Ministro de Estado solicita la in- 
tervención del Papa.— La gravedad de la situación es co- 
municada a los embajadores españoles en las capitales eu- 
ropeas.— Eesolución conjunta de la Cámraa de Represen- 
tes autorizando la intervención en Cuba. — La resolución 
del Senado en el mismo sentido. — ^La Cámara adopta la 
resolución del Senado,— Telegranja del Ministro español 
informando a su gobierno la gravedad de la situación en 
Washington. — La Resolución conjunta declarando libre a 
la Isla de Cuba y exigiendo a España que retire sus fuer- 
^-.as de tierra y mar en Cuba, — El ultimátum del Presiden- 
te, — El Ministro español en Washington se retira, — ^Wood- 
ford solicita s,is pasaportes, 

VIII. EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES Y LOS 

Preludios de paz ,. .i4i 

Nota del Pre^sldente de Suiza. — Contestación del Ministro 
de Estado.^^Decreto de la Reina Regente.— El Ministro de 
Estado protesta ante las cancillerías extranjeras de la 
captura de barcos españoles. — Alega la ineficacia del blo- 
queo. — ^Los primeros preludios de paz. — ^España comprende 
que no puede ganar la guerra. — Intervención del embaja- 
dor Cambón en representación del gobierno de Esj^aña. — 
El armisticio es solicitado, — Condiciones que imponen loa 
Estados Unidos. — El protocolo preliminar. — El destino de 
la Isla de Puerto Rico quedaba determinado en dicho 
protocolo. — Gestiones relativas a la evacuación de Cuba y 
Puerto Rico. — La capitulación de Manila. — ilnforme del 
Cónsul americano en Manila sobre las condiciones políticas 
en Filipinas, — Noticia alarmante para la Corona con res- 



ncral número 50 de marzo 22, 1899. — El recurso de Habeas 
Corpus es implantado en Puerto Kico por primera vez en 
su historia.-^El general Henry y la primera legislación 
©brcra iniciada en Puerto Rico. — El gobierno militar crea 
las Juntas de Sanidad y de Instrucción. — ^Interés demos 
trado en favor de la instrucción pública p^r el gobierno 
militar. — Ordenes generales proclamando la independencia 
de los Tribunales de Justic^ . y acordando su reorganiza- 
<.i5n^ — El ''bilí" Foraker y la implantación del gobierno 
civil americano.-^El Bill Foraker como una ley sabia y 
y^sia. — ^Nuostra Psicología revelada en la crítica del Bill 
Foraker. — La nueva Carta Orgánica conocida con el noaur 
bre de Bill Jones — Ana. sis y Expcsiciu.. ue su contenido. 
^Libertades de que gozan los iHíertorriqueños bajo el nue- 
vo régimen.— 'Progreso realizado en Puerto Eico bajo el 
muevo régimen. — Estado de la Colonia Puertorriqueña al 
efectuarse el cambio de dominación. — El primer Comisio- 
nado de Instrucción bajo el r^o-i-nen civil amer'c-^no en 
Puerto Rico. — El último Comisionado americano y el pri- 
mero portorriqueño. — ^R(>forma escolar efectuada en esta 
AntiPa.— El nuevo sistema y los nuevos métodos de enso- 
ñanzíi. — ^:t diferencia del sistema antiguo. — -Mejoramiento 
y aumento do las vías de coinijunieación. — El progreso del 
comercio y de la industria. — Progresos realizados en la 
Isla de Cuba como consecuencia de la guerra hisipano- 
americana. — Interesante estudio <Iel escritor Ramiro Gue- 
rra sobre la reforma escolar en Cuba bajo el gobierno del 
General Wood. — Tratado autorizando a los Estados Unidos 
para intervenir en los asuntos de Cuba. — lArtículo tercero 
de dicho tratado. — Facultades que confiere a los Estados 
Unidos. — La intervención americana en Cuba el año 1906. 
— 'Manifestaciones del Presidente Roosevelt al ministro 
Quesada. — Proclama del secretario Taft al constituirse el 
gobierno provisional de Cuba en 1906. — ^Adelanto realizado 
en Filipinas bajo el régimen americano. — -Influencia de los 
Estados Unidos en la orientación espiritual del pueblo fi- 
lipino. — Los pueblos de Hispanoamérica deben gratitud a 
la República norteamericana. — Equivocaciones cometidas 
por los Estados Unidos en sus relaciones con los países de 
la América hispana. — La Doctrina de Monroe como salva- 
guardia de las pequeñas naciones de este Hemisferio, — ^La 

VIII 



controversia entro Venezuela e Inglaterra sobre la fron- 
tera de la Guayaría Inglesa. — El bloqueo de Jas costas ve- 
nezolanas por Inglaterra, Italia y Alemania.— Actitud de 
los Estados Unidos y beneficios que produjo para Vene- 
zuela. — El Presidente Cleveland amenaza con la guerra a 
Gran Bretaña.— Koosevelt amenaza a Alemania.— Actitud 
de los Estados Unidos con respecto a la intervención fran- 
cesa en Méjico. — ^La intervención americana en Santo Do- 
mingo y Nicaragua. — El >atado de Anexión de Santo Do- 
mingo a Estados Unidos de América. — ICl Senado rechaza 
ese tratado.— Consideraciones generales sobre la conve- 
niencia de una más alta compenetración entre la Repú- 
blica del Norte y sus vecinos del Sur. 



IX 



LA EEVOLXJCÍON EN CUBA 



LA REVOLUCIÓN EN CUBA 

El día 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel 
de Céspedes, patriota cubano, lanzó el célebre gri- 
to de Yara. Ese día empezó en Cuba el período 
de actividad revolucionaria que terminó el 10 de 
febrero de 1878, al firmarse el pacto del Zanjón. 
En éste, el general Martínez Campos, en nombre 
del gobierno español, prometía: 

conceder a la isla de Cuba los mismos privi- 
legios políticos y administrativos de que gozaba 
la isla de Puerto Rico; 

perdonar toda ofensa política cometida desde 
1868 hasta el momento de firmar el convenio, y 
conceder amnistía a todos aquellos entonces su- 
jetos a sentencia por delitos políticos, ya se en- 
contraran en o fuera de la isla ; 

conceder la libertad a todos los trabajadores 
asiáticos y a los esclavos que entonces formaban 
en las filas revolucionarias; 

no obligar a aquellos que, por virtud de aque! 
compromiso, permanecieran bajo la protección dei 



CitSAS ^X'QQÍ^CUENCIAS 

gobicrao espáñ^íi'á.pi^eístai^ kervicios militares; 

ayudar a aquellas personas a quienes afec- 
tasen las cláusulas del compromiso que quisieraH 
salir de la isla sin detenerse en ningún pueblo; 

llevar a cabo en campo abierto la capitulación 
de las fuerzas ; 

poner a disposición del ejercito cubano los fe- 
rrocarriles y vapores bajo las órdenes del general 
en jefe del ejército español; 

considerar el pacto como un convenio gene-- 
ral, haciéndolo extensivo a todos los departamen- 
tos que aceptasen las condiciones en él impuestas, 
sin restricciones especiales de ninguna clase. 

Una vez concertada la paz con los revolucio- 
narios, Martínez Campos embarcó para España. 
Iba a la Metrópoli con el fin laudable de obtener 
de su gobierno la ratificación y eí cumplimientc 
del convenio que acababa de celebrar con los jof 
fes de la Revolución. Quería demostrar al va- 
liente pueblo cubano, la buena fe que le guiara al 
firmar el compromiso. 

El sabía del valor y de la abnegación de aquel 
pueblo. Comprendía que si España deseaba evi- 
tar otra revolución no menos sangrienta y de- 
vastadora, era necesario cumplir lo prometido. 
De lo contrario, la pelea se reanudaría algún día, 
y las escenas de dolor y amargura que se repitie- 
ron por espacio de diez años en la bermosa Isla 
antillana, se reproducirían de nuevo, con todas 
las consecuencias de una guerra civil llevada a 
cabo entre hermanos en la raza y en el heroísmo. 



LA REVaLUCION EN CUBA 

Al llegar Martínez Campos a España, encon- 
tró en el poder la figura arrogante y conspicua de 
Antonio Cánovas del Castillo : hombre notable por 
su talento, pero terco y reaccionario. Era este 
jefe del partido Conservador y, fiel a los princi- 
pios que habían guiado su actuación política has- 
ta entonces, rehusó someter a las Cortes, con su 
recomendación, el compromiso contraído con los 
revolucionarios cubanos, y conocido con el nom- 
bre de la Paz del Zanjón. 

Esta actitud de Cánovas determinó honda 
crisis parlamentaria. Ella no respondía al sen- 
tir general del pueblo español, ni era la expresión 
de la opinión unánime del gobierno; y el célebre 
estadista vióse compelido por las circunstancias 
a presentar su dimisión el 3 de marzo de 1879, 
Esta situación parlamentaria llevó al gobierno, 
para ocupar el puesto de Cánovas, al general Mar- 
tínez Campos, el mismo que en el campamento de 
San Agustín había concertado la paz con los pa- 
triotas cubanos. 

Las circunstancias demandaban una acción 
rápida, y Martínez Campos, que había lucbarío va- 
lientemente en Cuba, quiso ponerse a la altura de 
las circunstancias. Y organizó un nuevo gabinete. 
Y disolvió las Cortes. Y apeló al país que le dio 
una mayoría en el Congreso. 

Hasta aquí todo iba bien. Todo marchaba 
de acuerdo con sus deseos ; y la esperanza de que 
los pactos consignados en el compromiso de Zan- 
jón fuesen cumplidos por su gobierno y de este 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

modo, definitivamente pacificada la isla, parecía 
realizarse. Pero el odio a los revolucionarios, el 
rencor creado durante la lucha de diez años, y el 
espíritu tradicionalmente reaccionario que flo- 
taba en el ambiente político español, impidieron 
una ratificación franca y completa de las promesas 
hechas por Martínez Campos al pueblo cubano. 
Sus colegas ¿el gobierno no deseaban llegar has- 
ta donde quería el bravo soldado, a quien se ha- 
bía encomendado la delicada misión de gobernar 
en momento de tan grave responsabilidad. 

Y ocurrió lo que era de esperarse: Martínez 
Campos insistió en la concesión íntegra de cuanto 
se prometía en el convenio; sus compañeros de 
gobierno, por otra parte, mantuviéronse firmes 
on su nesrativa, y la división se marcó. Esto im- 
puso al general, la necesidad de su renuncia; la 
que no se hizo esperar. El 9 de diciembre de 1879, 
Cánovas, de nuevo asumía las riendas del go- 
bierno. 

Lo que significaba la caída de Martínez y la 
vuelta de Cánovas al gobierno, puede el lector de- 
ducirlo fácilmente. Quien en momentos difíciles 
para él había preferido su caída al cumplimiento 
de las promesas hechas a la Colonia antillana, 
mal podría entonces, cuando su situación se des- 
pejaba, adoptar una actitud conciliadora y gene- 
rosa hacia la hermosa isla. Por consiguiente, el 
compromiso del Zanjón fué prácticamente igno- 
rado por el gobierno, y aquel pueblo que por es- 
pacio de diez años había regado el suelo patrio 
con la sangre de sus héroes, sintió morir en su 

8 



LA REVOILUCION EN CUBA 

pecho la que fué para él una esperanza halaga- 
dora, 

Durante 17 años, el pueblo de Cuba sobrelle- 
vó el disgusto que sintiera al ver frustrados sus. 
anhelos de éxito en la primera sangrienta contien-- 
da por su libertad. Después de patrióticas y te- 
naces gestiones para ver de conseguir, de manera 
amistosa, lo que consideraba el reconocimiento de 
derechos que podía y debía reclamar, cuando ya 
hubo agotado todos los recursos amistosos, y per- 
dido todas las esperanzas, un nuevo grito de gue- 
rra lanzó al espacio, el 24 de febrero de 1895. 
Y con él empezó la última revolución cubana, más 
intensa y devastadora, si se quiere, que la prime- 
ra; pero de resultados más felices para la causa 
de la revolución. 

Desde que se inició esta última rebelión, la 
situación general en Cuba empezó a grava r.^u de 
manera alarmante y profunda. El comercio, la 
agricultura, las industrias, cr¿in entorpecidos, y 
un período de amarga desolación comenzaba pa- 
ra los habitantes de la Gran Antilla. 

El capital extranjero invertido en la Isla al- 
canzaba proporciones considerables. Los Estados 
Unidos, por razón quizá de su proximidad, ha- 
bían invertido alrededor de setenta millones de 
dólares, según lo manifestado por el Presidente 
Cleveland en su mensaje de 7 de diciembre de 
1896. ^^El volumen del comercio entre Esta- 
dos Unidos y Cuba'', dice Cleveland, *^que en 
1889 alcanzó a sesenta y cuatro millones de dó- 
lares y en 1893 a 103 millones, en 1894, el año an-, 

9 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

tes de la revolución, llegó a 96 millones/' De 
suerte que los intereses americanos radicados en 
aquella Isla alcanzaban una cuantía considerable, 
y eran lastimados profundamente por la revolu- 
ción. En la nota que el Gobierno Americano en- í 
fregó al Ministro español en Washington el día 4 
de abril de 1896, se llamaba seriamente la aten- 
ción del gobierno de Su Majestad hacia la des- 
trucción de las cosechas, industrias y comercio, 
a que conducía el estado de guerra que reinaba 
en Cuba. Los trabajos se paralizaban, los insu- 
rrectos se llevaban los hombres a la revolución, 
dejando los campos faltos de brazos para su cul- 
tivo, y las cosechas eran destruidas hasta el pun- 
to de que, de una producción normal de ochenta 
millones de dólares, bajó a veinte millones el año 
1896. A estas consecuencias naturales de la revo- 
lución, hay que agregar las resultantes de medi- 
das extraordinariamente drásticas adoptadas por 
el general Weyler, con el fin de obligar a los insu- 
rrectos a deponer su actitud. 

Empezada la insurrección, Martínez Campos 
volvió a Cuba con la esperanza de que podría ter- 
minar felizmente el nuevo levantamiento, según 
había conseguido terminar la rebelión de diez 
años. Pero las circunstancias habían cambiado 
notablemente. Los revolucionarios, decepciona- 
dos por el incumplimiento de las promesas que se 
les habían hecho el año 1878, parecían abrigar el 
propósito de mantenerse ñrmes hasta conseguir 
la realización completa de sus fines, y redoblaban 
BUS esfuerzos con verdadero heroísmo, extendien- 

10 



LA IIEVOJLUCION EN CUBA 

do cada día más el radio de sus operaciones. Ea- 
to preocupaba al Gobierno de Su Majestad, que 
enviaba millares de jóvenes para ser sacrificados 
inútilmente, en una guerra antipática a los pue- 
blos de América y nada simpática al elemento li- 
beral y progresista de la Península. 

Martínez Campos conducía la guerra dentro de 
los límites del derecho internacional. Desarrollaba 
toda la actividad y toda la energía que las cir- 
cunstancias demandaban; pero sin traspasar los 
límites que marca el espíritu de la civilización mo- 
derna. Mas, el resultado no era bastante satis- 
factorio. Sobre todo, los conservadores de la Pe- 
nínsula, que representaban allí el elemento in- 
transigente y reaccionario, consideraban fracasa- 
da la gestión de Martínez Campos, quien al cons- 
tituirse el gabinete de Cánovas, fué substituido 
por el general Weyler. 

Con la llegada de Weyler a Cuba, una era de 
terror pareció iniciarse en esa isla. Este ge- 
neral, sabiendo que las medidas de guerra adop- 
tadas por Martínez, no daban el resultado que 
anhelaba la Corona, decidió implantar un régimen, 
cuya dureza rayaba en los límites de una bárbara 
crueldad. Los insurrectos utilizaban las cas^s 
de campo, las cosechas procedentes de labores 
agrícolas y la población rural, en su provecho. 
Así, siempre podían contar con hombres y con 
municiones de hoca, tan necesarios a los fines que 
guiaban la revolución. Weyler decidió privarlos 
de esa ventaja y, sin reparar en lo desusado de 

11 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

tal medida, dispuso la destrucción de las casas de 
campo y de las cosechas, la suspensión de las la- 
bores agrícolas, y la concentración de la pobla- 
ción rural en las ciudades. Por este medio, él es- 
peraba debilitar la rebelión, y obligar a los insu- 
rrectos a capitular, a rendirse incondicionalmon- 
te; no comprendiendo que, lejos de perjudicar la 
revolución, la extraordinaria dureza de sus medi- 
das podría crear dificultades diplomáticas y, a 
caso, precipitar la intervención de un pueblo 
amigo de los revolucionarios : Estados Unidos de 
América. 

La miseria, la desesperación y la desolación 
creadas por los procedimientos de Wcyler, cons- 
tituyen uno de los episodios más sombríos, más 
tristemente conmovedores de la última revolución 
cubana. Sin casas, sin cosechas, sin medios con 
que atender a las necesidades más urgentes de la 
vida, la población rural concentrada en las zonas 
urbanas sufría una de las pruebas más amargas a 
que puede verse sometido un pueblo débil, en lu- 
cha fratricida y desigual. La gravedad de la si- 
tuación creada por el General Weyler se expresa 
en la nota del Secretario Sherman al ministro 
Dupuy de Lome, enviada el 26 de junio de 1897, 
cuando decía: ^^ mediante sucesivas órdenes y pro- 
clamas del Capitán General de la isla de Cuba, 
algunas de las cuales fueron promulgadas, mien- 
tras otras sólo se conocen por sus efectos, una po- 
lítica de devastación e intervención en los dere- 
chos más elementales del hombre, ha sido estable- 
cida en ese territorio, con tendencia a perjudicar 

12 



LA REVOLUCIÓN EN CUBA 

a los no combatientes, a destruir el valor de in- 
versiones legítimas, y a extinguir los recursos 
naturales del país con la esperanza aparente de 
vencer a los insurrectos y restaurar el dominio 
de España en la Isla. Ningún incidente ha afec- 
tado tan hondamente la sensibilidad del pueblo 
americano o ha impresionado tan dolorosamente 
a su gobierno, como la proclama del General Wey- 
1er, ordenando el incendio y la destrucción de ho- 
gares, la devastación de los campos y el abandono 
de sus casas por la población rural, para sufrir 
privaciones y enfermedades en el hacinanilento 
de los pueblos.'' 

Además de los daños ocasionados hasta en- 
tonces por la revolución, los Estados Unidos es- 
taban expuestos a posibles complicaciones inter- 
nacionales, si España, continuando en su política 
temeraria, no ponía término a la revolución. Es 
sabido que para aquella fecha se había ya procla- 
mado la doctrina de Monroe. Esta no permitía 
la intervención violenta de ningún poder europeo 
en asuntos relacionados con los pueblos de Amé- 
rica, y, de prolongarse mucho tiempo el estado de 
cosas reinante en la isla de Cuba, existía la proba- 
bilidad de que alguna potencia extranjera tratara 
de actuar juntamente con el gobierno de España 
para someter a los rebeldes, ya obedeciendo a con- 
sideraciones de orden político, ya con el pretexto 
de proteger intereses de sus subditos radicados 
en la Isla. 

De ocurrir esto, el conflicto con los Estados 
Unidos hubiera sido inminente, pues el gobierno 

13 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

de Washington no podría tolerar ninguna inter- 
vención que se inspirara en un espíritu de hostii 
antagonismo hacia los revolucionarias. El pe- 
riódico francés * * La Patrie ' ' afirmaba, a la sazón,. 
**que Francia y Eusia debían gestionar unidas el 
término de la insurrección cubana, porque debili- 
taba a España y era nec?sario que ésta siguiese 
siendo una nación fuerte para el equilibrio y la 
paz del mundo. '^ (1) 

El porvenir de la revolución, a juzgar por sus 
comienzos, ofrecía a España muy pocas probabili- 
dades de éxito. Los insurrectos ganaban más te- 
rreno cada día. Su número aumentaba conside- 
rablemente^ Su disciplina mejoraba; su equipo 
y material de guerra eran cada vez mayores, y 
sus éxitos afirmaban la confianza en el triunfo de- 
liiiitivo de su causa. Los informes llegados a la 
Península no revelaban fielmente la verdadera si- 
tuación. La verdad se ocultaba por los represen- 
tantes del gobierno en Cuba, quienes tenían inte- 
rés en conservar el estado de cosas, y necesitaban 
impedir que noticias alarmantes para la Corona, 
pudieran determinar una concesión demasiada 
amplia y liberal a la Colonia ; pues en Cuba, como 
en Puerto Rico, y según ocurrió en todas las co- 
lonias de EsiJaña en América, si las condiciones 
políticas no mejoraban de acuerdo con las exigen- 
cias de la época y con las aspiraciones de los go- 
bernados, culpa fué principalmente de los que allí 



(1) La Política Exterior áe España, por Alberto Mousset^ 
pags. 100 j 101. 



14 



LA REVOLUCIÓN BN CUBA 

mandaban. Estos, movidos por intereses perso- 
nales, hacían cuanto a su alcance estuviera para 
impedir en la Península la adopción de toda me- 
dida liberal y descentralizadora. Para conseguir- 
lo, los informes enviados a España eran hechos 
€on el propósito de causar allí la impresión de 
que no debía concederse a la colonia ninguna de 
ias reformas por que luchaba. 

Esperaba España sofocar la revolución en un 
plazo relativamente corto. Para ello, enviaba nu- 
merosas tropas, esperando que, al ser usadas en 
activa campaña, extinguirían rápidamente la re- 
volución. Las autoridades españolas en Cuba, pa- 
ra justificar su fracaso durante el primer año de 
la revolución, informaban a la Península, 
que los progresos de los revolucionarios 
se debían a que las lluvias casi conti- 
nuas de mayo a noviembre, impedían la 
acción efectiva de las tropas; y prometían éxito 
completo tan pronto como la estación de lluvias 
terminase y las numerosas tropas enviadas por la 
Península se pusieran en condiciones de actuar 
con regularidad. Esto ocurría en 1895. Pero el 
año 1896, después de haber cesado las lluvias del 
año anterior, la experiencia demostraba que los 
insurrectos seguían progresando, y que lo que pa- 
recía una tarea sencilla y fácil para el gobierno, 
se convertía rápidamente en un problema de difí- 
cil solución y de profunda gravedad. 

Los Estados Unidos de América estaban per- 
fectamente informados de lo que pasaba en Cul)a. 
Eminentes personalidades de la Isla residían en 

15 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

distintos puntos de la gran Eepública del Norte, 
y hubo en ésta sociedades encaminadas a desper- 
tar simpatía en los americanos hacia la revolu- 
ción. Había además en Cuba un representante del 
Gobierno de los Estados unidos, quien, como es 
natural, informaba Tegularmente sobre el curso se- 
guido por los acontecimientos. Así vemos, que en la 
aludida nota de 4 de abril de 1896, el Gobieíao de 
Washington llama seriamente la atención del do 
Madrid hacia el poder de los insurrectos, la ij:e> 
ficacia del esfuerzo realizado por España para 
suprimir la revolución, el creciente empuje de los 
revolucionarios, y la desolación que cundía por 
todas partes de la isla. ^'En resumen '', dice la 
referida nota, ^^difícilmente puede negarse que la 
insurrección, en vez de ser sofocada, es hoy más 
formidable que nunca, entrando en el segundo 
año de su existencia con manifiesta probabilidad 
de éxito.'' 

La simpatía que la causa de los isleños des- 
pertaba en los Estados Unidos, era profunda y, 
hasta cierto punto, natural. El pueblo que había 
roto las coATindas que lo ligaban al poder opresor 
de Gran Bretaña, tenía que saludar con alborozo 
todo movimiento encaminado a sostener en Amé- 
rica un régimen de igualdad y democracia. Y si 
a esto se agrega el heroísmo con que los revolucio- 
narios de Cuba llevaban a cabo su campaña, y el 
hecho indiscutible de que el régimen colonial a 
que venían sometidos era ignominiosamente duro, 
no cabe negar la razón que existía al pueblo ame- 
ricano para demostrar, de manera enfática y 

16 ' 



LA REVOLUCIÓN EN CUBA * 

abierta, sus sentimientos en favor de los rebeldes: 
Por mucho tiempo los colonos habían sido 
tratados como individuos inferiores a los españo- 
les de la Península. La Isla era considerada por 
éstos, como un lugar de explotación donde los pe- 
ninsulares podían gozar de derechos y privilegios 
negados a los nativos. No queremos decir que 
éste fuera el sentimiento dominante en España. 
Es indudable que allí existía un fuerte movimien- 
to de opinión en favor de las colonias, y es verdad, 
así mismo, que muchos de los atropellos que se co- 
metieron en Cuba y Puerto Rico, no obedecieron, 
ni pudieron obedecer, a órdenes o instrucciones 
del Gobierno central de Madrid, ni estaban ni pu- 
dieron estar de acuerdo con el sentimiento domi- 
nante en la Península. El pueblo español es hi- 
dalgo, es generoso y hospitalario, y no cabe pen- 
sar que el sentimiento nacional fuera el de opri- 
mir al pueblo de las colonias. En realidad, el 
desastre colonial de España, como tendremos 
oportunidad de ver más adelante, fué una conse- 
cuencia directa de la política seguida por sus hom- 
bres de gobierno, asesorados por individuos a 
quienes interesaba especialmente perpetuar el ré- 
gimen despótico y opresivo de las colonias. 

La simpatía del pueblo americano, al mismo 
tiempo que se reflejaba en la prensa del país, 
creaba para el Gobierno Federal una situación 
muy peligrosa, pues agitado por su sentimiento 
de adhesión a la causa de los insurrectos e impe- 
lido a su vez por los daños materiales que la re- 
volución le ocasionaba, el pueblo de la gran Repú- 

17 



CAUSAS Y CONiSECUENCIAS 

blica del Norte clamaba por la intervención de su 
gobierno en los asuntos de la Isla hermana. 

*'Los muchos cubanos que residen en este 
país^^ dice el Presidente en su mensaje de diciem- 
bre 7 de 1896, * ^ indirectamente promueven la in- 
surrección valiéndose de la prensa, de mítines pú- 
blicos, de la compra y envío de armas, de la re- 
colección de fondos y de otros medios que el espí- 
ritu de nuestras instituciones y el tenor de nues- 
tras leyes no nos permiten perseguir como actos 
criminales. Algunos de ellos, aunque cubanos de 
corazón, se han naturalizado como ciudadanos de 
los Estados Unidos, con el fin de obtener protec- 
ción de este gobierno Los insurrectos indu- 
dablemente son alentados y sostenidos por la am- 
plia simpatía que el pueblo de este país siempre e 
instintivamente ha sentido hacia toda lucha por 
un gobierno mejor y más libre; simpatía que en- 
tre los elementos más intranquilos de nuestra po- 
blación, conduce en muchos casos a una partici- 
pación activa en la contienda. El resultado es 
que este gobierno constantemente es llamado pa- 
ra proteger ciudadanos americanos, reclamar in- 
¿lemnlzaciones por daños a las personas y a la 
propiedad, estimados en muchos millones de dó- 
lares, y para pedir exijlicaciones y apología por 
actos de oficiales españoles, cuyo celo por la re- 
presión del movimiento revolucionario los ciega 
a veces, impidiéndoles ver las inmunidades de que 
gozan los ciudadanos pacíficos de una potencia 
amiga. De todo esto resulta que los Estados Uni- 
dos son movidos a vigilar una gran extensión de 

18 



LA REVOILUCION EN CUBA 

las costas contra expediciones ilegales ; las que la 
mayor vigilancia no siempre es suficiente a evi- 
tar. '^ 

Lo que esto implicaba para el gobierno Fe- 
deral sólo pueden comprenderlo aquellos que co- 
nocen la vasta influencia que la opinión pública 
ejerce en el gobierno de un pueblo que se rige por 
principios de amplia y robusta democracia. En 
las monarquías burocráticas, donde el verdadero 
gobierno por el pueblo no existe, el clamor de la 
multitud, el sentimiento general suele no preocu- 
par seriamente al gobierno. Pero en los Estados 
Unidos no podía ocurrir eso. La voz del pueblo 
no podía desoírse; y, por consiguiente, la pacifi- 
cación de Cuba se convertía en un problema cuya 
solución interesaba casi tanto a la gran República 
del Norte, como a la Monarquía española. A ésta, 
porque la continuación de aquella guerra podía 
traerle posibles complicaciones internacionales; 
porque le costaba el sacrificio de una gran parte 
de su juventud; porque le ocasionaba cuantiosos 
gastos, y le creaba una situación muy desagrada- 
ble y embarazosa. 

Las personas sensatas en España compren- 
dían que de no terminar pronto la revolución, era 
probable una guerra con los Estados Unidos. En 
la península repercutía el eco de la prensa ame- 
ricana al expresar su protesta contra el régimen 
español en Cuba, y su simpatía hacia los que tan 
valientemente sacrificaban vida y hacienda por 
un alto ideal de democracia. Y lo que es más aún, 
no pocos españoles de la más alta intelectualidad 

19 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

comprendían que la actitud del pueblo americano 
estaba justificada, y que, de ocurrir un conflicto 
con los Estados Unidos, el desastre para España 
sería inevitable. 

Por otra parte, el Gobierno Americano, pre- 
viendo la posibilidad de graves dificultades con 
España, estudiaba la manera de evitarlas. Ee- 
cordaba cuanto le debía toda la América al espí- 
ritu generoso del pueblo español, y quería con- 
servar relaciones amistosas con una nación que 
tantos títulos posee al más alto aprecio y a la 
consideración de los pueblos de este hemisferij. 



20 



PERPLEJIDADES DE LA DIPLOMACIA 
AMERICANA 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 



II 



PERPLEJIDADES DE LA DIPLOMACIA 

El problema de la pacificación de Cuba cau- 
saba serias perplejidades a la diplomacia ameri- 
cana. Era necesario, en vista de las circunstan- 
cias, terminar la revolución y, con ella, el estado 
caótico de la isla vecina. España parecía no po- 
der hacerlo. Los revolucionarios no cedían y sí, 
on cambio, avanzaban rápidamente. La presión 
del pueblo sobre el gobierno americano era cada 
vez más fuerte, y la posibilidad de complicaciones 
internacionales aumentaba. ¿Qué camino seguir! 
¿(¿wé solución ofrecer a este problema? ¿De qué 
manera podía el gobierno americano contribuir a 
la pacificación de Cuba? ¿Uniendo sus armas a 
las de las fuerzas españolas para así aplastar el 
movimiento revolucionario? En otras palabras: 
¿colocándose del lado del poder dominante en Cu- 
ba, y, en consecuencia, en contra de los domina- 
dos ? No. Tal línea de conducta no la hubiera tole- 
rado el pueblo de la Eepública. Pensar en que el 
gobierno de los Estados Unidos pudo actuar en 
favor de España y en contra de los revoluciona- 

23 



PERPLEJIDADES DE. LA DIPLOMACIA 

rios, indica un desconocimiento absoluto del es- 
píritu de aquella democracia. Era imposible de 
todo punto que el Gobierno Federal contribuyera 
en modo alguno al éxito de las fuerzas españolas 
contra los rebeldes antillraios. Ello, de ser inten- 
tado, hubiera podido determinar una revolución, 
y de seguro, la derrota del Presidente en los pró- 
ximos comicios. Luego, sólo -«e ocurrían las si- 
guientes soluciones, sugeridas al gobierno por la 
prensa del país : el reconocimiento de la belige- 
rancia en Cuba ; el reconocimiento de la indepen- 
dencia de Cuba; la intervencim directa en los 
asuntos de Cuba; la adquisición, mediante com- 
pra, de la isla de Cuba. 

Cada una de estas soluciones ofrecía enor- 
mes dificultades. Al reconocimiento de la beli- 
gerancia se oponía la falta de gobierno civil es- 
tablecido y organizado por los revolucionarios en 
sitio cierto, que presidiera y dominase sobre un 
territorio definido, y que pudiera, además, ejer- 
cer los poderes y cumplir las obligaciones inter- 
nacionales impuestas por el derecho de gentes a 
los pueblos soberanos Dificultad igual ofrecía el 
reconocimiento de la independencia. Más aún, 
este reconocimiento se hubiera considerado como 
un acto de verdadera hostilidad hacia España, 
cuyo patriotismo y su alta devoción al honor na- 
cional, demostrados en diversas ocasiones, reco- 
noció el Presidente en su mensaje de 7 de diciem- 
bre de 1896, cuando dijo:^^En realidad ellos no 
olvidan su intervención en el descubrimiento del 
Hemisferio Occidental; y. el .pueblo americano no 

24 , 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

menosprecia las grandes cualidades del español ni 
deja de reconocer de la manera más plena, su pa- 
triotismo y su devoción hidalga al honor nacional. 
El pueblo de los Estados Unidos observa con ad> 
miración la alegría con que muchos hombres atra- 
viesan el océano para ir a combatir, y con cuanta 
generosidad el pueblo de la nación incurre en una 
deuda enorme para ver de que esta perla de laa 
Antillas continúa ocupando su sitio en la Corona 
española.^* 

Cualquiera que fuese la justicia de su causa, 
era digno de gran admiración el patriotismo de 
aquellos soldados que en gran número acudían al 
teatro de la guerra, para ver de impedir la pérdi- 
da de una colonia. La grandeza de España se mer- 
mó notablemente en el siglo XIX, pero cometería 
ingratitud o demostraría crasa ignorancia el que 
lo atribuyera a falta de entusiasmo patriótico por 
parte de su pueblo. Este siempre estuvo dispues- 
to para defender los intereses patrios ; y si de una 
potencia de primer orden ha pasado España a 
ocupar puesto secundario entre las potencias del 
mundo, culpa ha sido de su gobierno; mas no ha 
sido culpa de su pueblo. 

Que los Estados Unidos profesaban alta con- 
sideración a España, es un hecho demostrado en 
diversas ocasiones. Verdad es que hemos dicho 
que las simpatías de la gran República fluían ha- 
cia la revolución; pero no dudamos que el lector 
imparcial e inteligente, por poco que medite, com- 
prenderá que no de otro modo tenía que ocurrir, 
Y que ello no significaba, ni podía significar jamás, 

25 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

que no existiera el deseo por parte de los Estados 
Unidos de conservar relaciones de amistad con la 
nación descubridora. Un examen de las relacio- 
nes diplomáticas entre los dos pueblos, durante el 
siglo XIX, lo demuestra plenamente. Cada vez 
que ocurrió alguna dificultad entre ellos, los Esta- 
dos Unidos se esforzaron por resolverla de ma- 
nera absolutamente iniparcial y justa ; y el deseo 
de actuar siempre del mismo modo, constituía 
una barrera inmensa, un poderoso obstáculo ai 
reconocimiento de la independencia del pueblo cu- 
bano, en una hora en que el pueblo español se im- 
ponía los más altos sacrificios para ver de con- 
servar sus últimos restos coloniales en América. 
Más aun: el reconocimiento de la indepen- 
dencia, así como el de la beligerancia, podía crear 
otras dificultades al gobierno americano. La exis- 
tencia de cuantiosos intereses americanos en Cu- 
ba, requería facilidades y libertad para comuni- 
carse con la isla, y si los Estados Unidos recono- 
cían la beligerancia de los revolucionarios, hubie- 
ran tenido que actuar como neutrales, sujetándose 
a todas las restricciones que la neutralidad im- 
pone. Así se reconoce en el mensaje enviado por 
el Presidente McKinley al Congreso, el 6 de di- 
ciembre de 1897: ''Las sabias manifestaciones del 
presidente Grant, en su memorable mensaje de 
diciembre 7 de 1875'', dice McKinley, "son de ex- 
cepcional p^rtiuencia en la presente situación cu- 
bana, e interesa grandemente recordarlas. En- 
tonces, un conflicto ruinoso había devastado la 
isla por espacio de 7 años. Durante éstos, un 

26 



PERPLEjroADES DE LA DIPLOMACIA 

toompleto abandono de las leyes civiles de guerra 
y de las justas demandas de la humanidad conti- 
nuó sin interrupci(Sn alguna, no obstante la pro- 
testa de las naciones cristianas. La desolación y 
la ruina destruían aquella región productiva, 
afectando profundamente el comercio de todas las 
naciones; pero especialmente el de los Estados 
Unidos, dada su proximidad y sus frecuentes re- 
laciones con la Isla. En aquella situación, el Pre- 
•sidento Grant hizo las manifestaciones que si- 
guen, las que, ahora como entonces, resumen los 
elementos todos del problema : ^ ' siendo, en mi opi- 
nión, impracticable e indefendible el reconocimien- 
to de la independencia de Cuba, la próxima cues- 
tión a considerar es el reconocimiento de los de- 
rechos de beligerancia. En un anterior mensaje 
al Congreso tuve ocasión de considerar esta cues- 
tión, y llegué a la conclusión de que el conflicto eu 
Cuba, no obstante ser horroroso y devastador, no 

tenía la dignidad de una guerra Es posible 

que los actos de naciones extranjeras y aun los 
actos realizados por la misma España, tiendan a 
justificar tal reconocimiento. Pero hoy, como en 
su historia pasada, los Estados Unidos deben evi- 
tar cuidadosamente la luz falsa que podría con- 
<lucirlos a una situación de dudosa legalidad; y 
deben adherirse fuertemente al principio, que has- 
ta ahora le ha servido de norma : hacer sólo aque- 
llo que merezca la aprobación de los demás y que 
responda a un espíritu de honradez y de justicia. 
La cuestión relativa al reconocimiento de belige- 
rancia debe considerarse de acuerdo con los he- 



27 



PERPLEJIDADES DE LA DIPLOMACIA 

chos particulares de cada caso; A no ser que la 
necesidad lo justifique, tal reconocimiento siempre 
y justamente es considerado como un acto de ene- 
mistad y una demostración gratuita de ayuda mo- 
ral a la rebelión La beligerancia es asimismo, 

un hecho. La mera existencia de fuerzas armadas 
y sus conflictos ocasionales, no constituyen la gue- 
rra en el sentido del derecho internacional .... 
Aplicando a las condiciones existentes en Cuba 
los principios reconocidos por los publicistas j 
autores de derecho internacional y que han sido 
observados por las naciones siempre que han es- 
tado libres de motivos egoístas, no encuentro en 
la insurrección la existencia de una organización 
política, palpable y manifiesta al mundo, que pue- 
da ejercer las funciones ordinarias de gobierno 
hacia su propio pueblo y hacia otros Estados, con 
tribunales para la administración de justicia, con 
un territorio definido, y en posesión de la fuerza 
necesaria para elevar a la categoría a que sería 
^elevada la rebelión por el reconocimiento de la be- 
ligerancia. Esta impone al país que la reconoce 
deberes difíciles y complicadas, y requiere la exac- 
ción por parte de los contendientes de la obser- 
vancia estricta de sus derechos y obligaciones. 
Confiere el derecho de registro en alta mar por 
barcos de ambas partes contendientes; lo que su- 
jetaría la conducción de armas y municiones de 
guerra que ahora pueden ser libremente transpor- 
tadas en barcos de los Estados Unidos, a su de- 
tención, y posiblemente a la captura de és- 
tos. Daría derecho a innúmeras cuestiones en- 



23 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

fadosas, relevaría al gobierno español de su res- 
ponsabilidad por actos realizados por los insu- 
rrectos, y daría derecho a España a ejercer la su-, 
pervisión reconocida por el tratado de 1795 sobre 
nuestro comercio en alta mar; una gran parte^ 
del cual, en su tráfico entre el Atlántico y los esta- 
dos del Golfo, y entre todos ellos y el Pacífico, pasa 
por las aguas que bañan las costas de Cuba. El 
ejercicio de esta supervisión ciertamente condu- 
ciría, si no a abusos, a encuentros peligrosos para 

las relaciones pacíficas de los dos estados '' 

Si el reconocimiento de la beligerancia o el dé 
la independencia de Cuba podía determinar com- 
plicaciones de inmensa gravedad, la intervención 
directa de los Estados Unidos en los asuntos de la 
Gran antilla, otra de las medidas aconsejadas, hu- 
biera sido de consecuencias no menos y sí mucho 
más serias y difíciles. En primer lugar, ello hu- 
biera determinado una ruptura inmediata de re- 
laciones con España y, a continuación, un estadd 
de guerra entre las dos potencias, A pesar de las 
reiteradas manifestaciones de amistad por parte 
de los Estados Unidos, el pueblo español se mani- 
festaba inquieto y marcadamente bélico en su^ 
sentimientos hacia la República. Su proximidad 
a la isla de Cuba, las manifestaciones de simpatía 
que publicaba la prensa hacia los rebeldes de esa 
isla, las declaraciones hechas por prominentes 
americanos sobre la conveniencia de anexar la 
Gran antilla al pueblo de los Estados Unidos, y la 
ayuda material y moral que éstos prestaran a la 
revolución, constituían un motivo bien fundado 

29 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

de recelo y desconfianza. Las columnas de la 
prensa española publicaban enérgicos artículos 
discutiendo la actitud de los Estados Unidos, 
echando al vuelo su protesta más vibrante. El 
mismo gobierno de España se quejaba de la pasi- 
vidad del gobierno de Washington ante la propa- 
ganda que los revolucionarios hacían en la Re- 
pública. Pretendía el gobierno de Madrid que 
los Estados Unidos prohibieran la existencia de 
clubs revolucionarios en el país, pues era sabido 
que Nueva York y otras ciudades de los Estados 
Unidos eran centros verdaderos de propaganda 
en favor de la revolución. Así vemos que en la 
nota del gobierno de Madrid, contestando la en- 
viada por el de Washington el 4 de abril de 1896 
al ministro Enrique Dupuy de Lome, el gobierno 
de Su Majestad, de una manera clara, aunque cor- 
tés, se quejaba de que se permitiese a los insu- 
rrectos la activa propaganda que realizaban en 
territorio americano. 

Las graves consecuencias que la intervención 
directa de los Estados Unidos en las cuestiones 
de Cuba 'hubiera podido ocasionar, las preveía el 
m.ismo gobierno de Washington, a cuya perspica- 
cia no se escapaba la agitación reinante en Espa- 
ña, y el espíritu belicoso y guerrero del español. 
Y tal situación, el gobierno americano quería evi- 
tar. oEntonces, como siempre, la gran República 
del Norte comprendía las ventajas de la paz so- 
bre la guerra, no importa cuantas fueran las pro- 
babilidades de triunfo. ^'Se aconseja finalmente '', 
dice el Presidente Cleveland, en su mensaje de 7 

30 



PEI^LEJIDADES DE LA DIPLOMACIA 

de diciembre de 1896, *^que, habiendo fracasado 
todas las demás gestiones, la lucha sangrienta y 
sin cuartel que se lleva a cabo en la isla de Cuba 
sea terminada mediante nuestra intervención, 
aun a costa de la guerra con España ; guerra que, 
se afirma, no podría ser ni grande en sus propor- 
ciones ni de éxito dudoso para nosotros. Lo acer- 
tado de esta predicción no necesita ser afinnado 
ni negado. Los Estados Unidos tienen un carác- 
ter que mantener como nación, el cual plenamente 
exige que el derecho y no el poder debe ser norma 
de su conducta. Más aún, aunque Estados Uni- 
dos no es una nación para la cual la paz es una 
necesidad, es, no obstante, la más pacífica de las 
potencias, y no hay nada que desee tanto como 
vivir en armonía con todo el mundo. Sus propios 
dominios, amplios y variados, satisfacen todos 
los deseos posibles de territorio; evitan todo sue- 
ño de conquista, y previenen toda mirada codi- 
ciosa sobre regiones vecinas, no importa cuan 
atractivas. ' ' 

Algunos, más moderados, sugerían al Congre- 
so la compra de Cuba. Esto hubiera puesto ter- 
mino a la revolución contra España, y, probable- 
mente, habría pacificado completamente esa isla, 
pues es muy dudoso que, al cambiar de soberanía, 
los revolucionarios continuasen agitándose contra 
una democracia tan liberal como Estados Unidos 
de América. Los cubanos conocían el espíritu 
liberal y la generosa simpatía que el pueblo ame- 
ricano profesa a los principios de libertad pro- 
clamados en su declaración de independencia, y 



31 



PERPLEJIDADES DE LA DIPLOMACIA 

sabían que, bajo la soberanía americana, un régi- 
ínen absoluto y despótico no era posible. La au- 
tonomía por que tan ardorosamente habían pe- 
leado, la conseguirían sin demora. 

Pero, en primer lugar, España no parecía es- 
tar dispuesta a vender. Ya en otras ocasiones se 
habían hecho gestiones a ese efecto sin resultado 
satisfactorio. El descubrimiento de América dio 
a la Corona española vastos territorios en el He- 
misferio Occidental, cuya grandeza constituía un 
timbre de orgullo y su descubrimiento una gloria 
inmensa para España. Las equivocaciones de los 
políticos, el espíritu democrático y la intensa 
agitación revolucionaria que se extendían por Eu- 
ropa y América durante los últimos años del si- 
glo XVIII y los primeros del XIX, habían mer- 
mado considerablemente el poder colonial espa- 
ñol en América. Durante el último tercio del siglo 
XIX, a España solo quedaban dos colonias en es- 
te lado del Océano, la isla de Cuba, que pugnaba 
por su independencia, y la isla de Puerto Eico, 
que trabajaba por su autonomía. Y aun a costa 
de grandes sacrificios, España quería conservar 
estas dos posesiones, como recuerdo, por lo me- 
nos, del más vasto poder colonial conocido en la 
historia. 

En segundo término, dada la agitación que se 
realizaba en Madrid contra el pueblo americano, 
y el disgusto que allí se sentía como resultado de 
la pasividad del gobierno de Washington ante la 
campaña revolucionaria que se llevaba a cabo en 
la Eepública, una proposición de compra hubiera 

32 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

podido despertar, y sin duda despertaría, sospe- 
clias i)erjudiciales a la diplomacia americana. 
Además, nos inclinamos a creer que los Estados 
Unidos, antes de adquirir la isla mediante com- 
pra, necesitaban estar seguros de que los habi- 
tantes de la misma aceptarían de buen grado la 
anexión, según lo iiicieron con la república do- 
minicana. 

Sin embargo, en España siempre se creyó 
otra cosa; y al romperse las hostilidades circuló 
por todo el nmndo la versión, de que los Estados 
Unidos habían declarado la intención de anexarse 
definitivamente la isla de Cuba si lograban vencer 
en la guerra. 



33 



liA DIPLOMACIA EN ACCIÓN 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 



III 



LA DIPLOMACIA EN ACCIÓN 

El día 7 de abril de 189^ Enrique Dupiiy de 
Lome, Ministro de España en los Estados Uni- 
dos, recibió de Richard Olney, Secretario de Es- 
tado Americano, una nota diplomática. Impli- 
caba ésta un serio esfuerzo de la diplomacia a^ne- 
ricana, palpitando en ella un sentimiento de fran- 
ca cordialidad y el deseo de convencer a España 
de que los Estados Unidos sólo querían obtener el 
restablecimiento de la paz en Cuba, sin menos- 
cabo de la soberanía española. Ofrecía la Unión 
Americana ayudar en la solución del problema 
creado por la revolución; y prometía ^hacerlo de 
manera compatible con la dignidad y la soberanía 
de España. 

Como veremos más tarde, el gobierno espa- 
ñol pareció no creer en la eficacia de la a\nida 
ofrecida en la mencionada nota; pero lo cierto es 
que, cualquiera que fuese la opinión del gabinete 
de Madrid, ningún estado del mundo se encontra- 
ba en condiciones de prestar auxilio más efectivo, 
mediación más eficaz en el referido conflicto, que 

37 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

los Estados Unidos. Ellos habían demostrado 
sus simpatías hacia la causa de los revoluciona- 
rios, y difícilmente podrían éstos creer que la ac- 
tuación americana al tratar de reconciliar los in- 
tereses de la Isla, con los de la madre patria, hu- 
biera de redundar en perjuicio de aquéllos. Por 
otra parte, las reiterat^.as manifestaciones de 
amistad hacia España y la simpatía tantas veces 
demostrada po.' parte do la República del Norte 
hacia la nacl6:i descubridora del nuevo mundo, 
debieron ser garantía suficiente, y no dudamos 
que lo eran, del buen deseo que guiaba al Gabinete 
americano, al ofrecer sus buenos servicios al go- 
bierno de la Corona. Dado el estado a que habían 
llegado las cosas en Cuba, el conflicto no se resol- 
vería a no ser que se concediera a esa isla una au- 
tonomía muy amplia. Promesas como las com- 
prendidas en el compromiso de Zanjón, no logra- 
rían variar por un solo instante la actitud decidi- 
da que guardaban los revolucionarios. Con el 
transcurso de los años, el deseo de mayores liber- 
tades se intensificaba en el corazón de todos los 
pueblos ; y lo que, de haberse cumplido, habría sa- 
tisfecho las aspiraciones de la colonia en 1878, no 
bastaba a calmar la revolución de 1895. 

Las autoridades en Washington lo compren- 
dían: era necesario que el gobierno español ac- 
tuara rápidamente, pues de aguardar mucho tiem- 
po, sólo una solución bastaría a calmar la violenta 
agitación de los rebeldes: la independencia de la 
Isla. Así lo indican estas palabras de la sobredi- 
cha nota : ' ' solo falta por decir que, si algo puede 

38 



LA DIPLOJVIACTA BN ACCIÓN 

hacerse en la indicada dirección, debe de hacerse 
sin demora y a iniciativa de España. A medida 
que se prolongue el estado de cosas, más amargo 
e irreconciliable será el antagonismo existente, 
corriéndose el peligro de que cuando lleguen las 
concesiones, parezcan deberse a la utilidad y al 

temor '' Los americanos, que conocían mejor 

que en España la situación reinante en Cuba, po- 
dían apreciar también los errores de la política 
conservadora española, y las graves consecuen- 
cias a que ella conducía. Y un cambio de esa po- 
lítica es cortesmente insinuado en los términos 
que siguen: ''Hasta ahora España ha afrontada 
la insurrección, espada en mano, sin haber señal 
alguna que demuestre que a la victoria de las ar- 
mas españolas seguirá nada que no sea el antiguo 
estado de cosas. ¿No sería prudente modificar 
esa política y acompañar la aplicación de las fuer- 
zas militares con una declaración auténtica de los 
cambios orgánicos que se proyectan en la admi- 
nistración de la isla, a fin de remover todo funda- 
mento de justa queja? Es a España a quien le 
corresponde determinar lo que serán esos cam- 
bios; pero si son de tal naturaleza que ios Esta- 
dos Unidos puedan considerarlos como suficientes 
para eliminar cualquier queja fundada, su influen- 
cia se usara a fin de conseguir su aceptación por 
los revolucionarios"; y, difícilmente puede du- 
darse, que ello hubiera sido un factor poderoso 
para la terminación de las hostilidades y la res- 
tauración de la paz y el orden en Cuba. Uno de 
los resultados de tal medida, si no otro, sería se- 

39 



LA DIPLOMACIA EN ACCIÓN 

guramente, la pérdida del apoyo moral que la re- 
volución recibía del pueblo de los Estados Uni- 
dos. ^^En conclusión '^ sigue diciendo la nota, 
*' apenas si es necesario repetir que esta comuni- 
cación se inspira en el mííá amistoso sentimiento 
Lacia España. Atribuirla a ocultas hostilidades, 
o a propósitos velados, sería un error grave v 
muy lamentable. Los Estados Unidos no tienen 
ningún proyecto con respecto a Cuba, ningún pro- 
yecto hostil en contra de la soberanía de Espa- 
ña Para ayudar a la solución (del problema 

cubano) ofrecen los Estados Unidos las ougestio- 
nes contenidas en esta nota ....'' 

El efecto que produjo esta comunicación, se- 
gún se verá más adelante, parece haber sido, en 
parte, por lo menos, agradable al gobierno de la 
Corona. Decimos en parte, porque dudamos mu- 
cho que España acogiera de buen grado aquellas 
insinuaciones, pues se declara en la nota que los 
Estados Unidos no pueden contemplar con indi- 
ferencia diez y seis años de insurrección cubana 
con todos sus dañosos y tristes incidentes. Y 
aunque ellas podrían significar igualmente una 
amenaza para los insurrectos, después de leer ín- 
tegramente el contenido de la nota, fácil debió ser 
para el Gabinete de Madrid, deducir que a España 
y no a Cuba iba encaminada la advertencia. 

Sin embargo, el Ministro de España en los 
Estados Unidos, pareció ver en ella, a más de un 
documento muy importante, una expresión sin- 
cera del sentir y pensar americanos. En una co- 
municación de abril 10 de 1896, enviada a propó- 

40 



LA DIPLO)M]ACIA EN ACCIÓN 

sito de la nota del Gobierno de Washington, Du- 
puy de Lome, entre otras, hace las siguientes con- 
sideraciones con respecto a la nota del secretario 
Olney: *^ Estimo innecesario decir todo lo «pie 
creo sobre la nota. El estilo es claro y exacto, 
las proposiciones no admiten duda, y puesto que 
Su Excelencia conoce ya por mis informes oficia- 
les, la evolución de los puntos de vista del Secre- 
tario de Estado (evolución que ha producido la 
definición explícita de la política de Cleveland que 
se contiene en dicha nota), no necesito agregar a 
la misma ningún comentario." 

Ningún otro político español estaba en condi- 
ciones de apreciar mejor el verdadero sentido de 
las palabras de Olney, que el Ministro de Lome. 
Las ventajas que su posición le brindaba, su co- 
nocimiento de los estadistas del Norte y su fami- 
liaridad con la política y el carácter americar, )3, 
daban a sus palabras una autoridad incuestio- 
nable. 

Cuando estalló la última revolución cubana la 
idea de la independencia absoluta no había sido 
aún ampliamente secundada. No faltaba quien la 
defendiese, y sus partidarios demostraban interés 
y entusiasmo en su defensa; pero es indudable 
que los deseos generales de la Isla hubieran sido 
satisfechos con una carta autonómica como la que 
se quiso implantar a última hora. Los autono- 
mistas no solicitaban para la antilla ninguna so- 
lución que implicara la ruptura absoluta de los 
vínculos que la unían a la soberanía española. Su 
sentir era igual al de la mayor parte de los porto- 

41 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

rriqueños. Entre nosotros se había desarrollado 
el mismo intenso deseo de una amplia autonomía ; 
pero ningún portorriqueño pensaba seriamente en 
la constitución definitiva de su isla como un estado 
independiente. Los temperamentos más batalla- 
dores; los defensores más entusiastas de los de- 
rechos de nuestro pueblo, Baldorioty de Castro, 
Acosta, Muñoz Rivera, Barbosa y otros que con 
ellos figuraban en las avanzadas huestes de nues- 
tra política, sólo querían para Puerto E-ico una 
constitución que g-arantizara el más amplio go- 
bierno propio compatible con la soberanía nacio- 
nal española. 

El 14 de abril de 1897, en carta dirigida 
por el señor Muñoz Rivera a don Miguel Noya, el 
ilustre patricio portorriqueño reiteraba su adhe- 
sión a la soberanía de España, con estas termi- 
nantes palabras: *^y hoy ningún *hombre do jui- 
cio piensa en convulsiones ni en revoluciones : se 
quiere la paz, se quiere la libertad con la sobera- 
nía española como base. Sin eso ni aún la auto- 
nomía más franca aceptaremos.'^ 

*^Solo con la esperanza de que se nos trate 
bien ya no existe el temor de una revuelta ; ya na- 
die siente antojos de separatistas. El país es es- 
pañol y lo será siempre si España misma maltra- 
tándolo, engañándolo, no lo arroja al abismo en 
que Cuba se arruina y se pierde. '* 

Como Muñoz Rivera pensaban Barboña y los 
demás políticos que entonces tremolaban la ban- 
dera autonomista. Es verdad que el último de 
los indicados políticos levantó la bandera de los 

42 



LA DIPLOMACIA EN ACCIÓN 

Puros, la bandera ortodoxa, oponiéndose al pacto 
celebrado con Sagasta. Pero esta actitud no en- 
volvía un movimiento separatista. Ella sencilla- 
mente significaba la protesta contra un pacto ce- 
lebrado con un partido a quien el país no debía la 
misma lealtad que al partido de don Rafael María 
de Labra, tan entusiasta siempre en la defensa de 
las colonias de Cuba y Puerto Rico. 

Sin embargo, la tenaz resistencia opuesta por 
las Cortes españolas a todo proyecto descentrali- 
zador y autonómico para las colonias, fué desper- 
tando en Cuba el sentimiento separatista y crean- 
do en la mayoría del país una actitud rencorosí- 
sima hacia los intereses de la Metrópoli; senti- 
miento y actitud que se afirmaban más y más cada 
día, adquiriendo mayor intensidad y fuerza más 
robusta y amplia. El viejo caudillo Máximo Gó- 
mez, jefe de la última revolución, herido profun- 
damente por el dolor que le causara la muerte de 
su Lijo, junto al general Maceo, llevó su enojo 
hasta el punto de manifestar que sólo la indepen- 
dencia bastaría a poner fin al movimiento revo- 
lucionario. La guerra no era ya un movimiento 
encaminado a obtener ciertos derechos. Iba acom- 
pañada de odio intenso, se proponía la destruc- 
ción completa de la soberanía española en Cuba y, 
si necesario, el exterminio de cuanto representara 
aquella soberanía. La actitud del gobierno espa- 
ñol ante tal demanda, contribuía poderosamente a 
empeorar la situación. El orgullo nacional pro- 
hibía al gobierno de la madre patria tratar con 
los insurrectos sobre las cuestiones envueltas en 



43 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

aquella contienda. Así encontramos que al con- 
testar la nota americana de 4 de abril de 1896, el 
duque de Tetuán, entonces ministro de estado, ma- 
niñesta que tratar con los rebeldes equivaldría 
para España al abandono de su dignidad nacional 
** afectando su independencia, de la cual ha sido 
España tan celosa en todos los tiempos, según la 
historia demuestra. '* En resumen, dice el duque 
de Tetuán, **no hay ningún medio efectivo para 
pacificar la isla de Cuba que no sea la sumisión 
actual de los rebeldes armados ante la madre pa- 
tria. ^^ Tales manifestaciones sólo conseguían 
irritar más y más a los héroes de la revolución ; 
quienes contestaban negando la sinceridad de Es- 
paña al prometer que nuevas reformas llegarían 
tan pronto como los rebeldes depusieran su ac- 
titud. 

Por consiguiente, sólo había un camino que 
seguir, y éste era el de la guerra sin cuartel. Los 
cubanos no cesarían de luchar a no verse a ello 
compelidos por la fuerza. España, inspirada en 
la política de Cánovas, no abandonaría su políti- 
ca, a no ser que a ello se sintiera irremisiblemen- 
te compelida por la acción de los Rebeldes. 

Pero la revolución amenazaba crear a la na- 
oión española muy serias dificultades internacio- 
nales. En cuanto se refiere a los Estados Unidos, 
ya hemos visto que éstos, franca y firmemente 
expresaban su propósito de no consentir la pro- 
longación de la lucha por el término de 10 años. 
Por consiguiente, el conflicto se dibujaba ya en 
lontananza, y no podía escapar a la mirada pers- 

44 



LA DIPLOMACIA EN ACCIÓN 

picaz de los verdaderos estadistas españoles. La 
continuación del movimiento rovolucionario en 
Cuba constituía, pues, la causa que de un modo 
gradual, pero seguro, había de conducir a una 
guerra con la República yanki. Quizás los direc- 
tores de la política triunfante en España no pre- 
veían las consecuencias de tal guerra. Se creía 
entonces, como se ha creído casi siempre, que la 
República del Norte no sería capaz de librar un 
serio combate con una potencia acostumbrada, 
como lo estaba España, a las más heroicas y ab- 
negadas proezas; pero la verdad es que los pen- 
sadores españoles veían en la continuidad de la 
re^'o¡ución, el factor determinante de un grave 
eonílicto internacional. 

Sin embargo, esto no era todo : En los demás 
países de América, la revolución encontraba eco 
simpático. Las Repúblicas cuya constitución ha- 
bía precedido a la revolución cubana y se había 
alcanzado sólo a costa de sacrificios enormemente 
dolorosos, no podían sustraerse al deseo de sim- 
patizar con sus parientes antillanos. Y la cruel- 
dad que revelaba aquella lucha, sólo servía para 
crear desafectos hacia la vieja madre patria. 

Si a ello se unían el clamor de la prensa ex- 
tranjera y los comentarios de ésta a la situación 
do Cuba, indudable es que la política colonial es- 
pañola creaba a la nación problemas de una vasta 
magnitud. La precitada nota de 4 de abril de 
1896, envolvía dos aspectos de la cuestión que la 
diplomacia española tenía sobre el tapete: pri- 
niero, ¿cómo rehusar los buenos servicios del go- 

45 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

bierno americano sin causar agravio a esta na- 
ción, cuya amistad más que la de cualquier otra 
potencia del mundo interesaba entonces conser- 
var! Segundo, ¿cómo justificar ante el gobierno 
de Washington la actitud del gobierno español 
hacia la revolución? 

No aceptar la oferta amistosa del gobierno 
americano, podría agrav::r muy hondamente el 
problema, y aunque la pijnsa española se manifes- 
taba arrogante, y el pueblo de la Península no 
daba señales de temor, la prudencia aconsejaba 
evitar un disgusto con quien podía convertirse en 
el aliado más eficaz de los rebeldes cubanos. Pero 
tampoco se quería aceptar la oferta del gobierno 
de Washington. Ello implicaba la renuncia de la 
línea de conducta que se había trazado el Gabi- 
nete Español y que se disponía a sostener de ma- 
nera inquebrantable y absoluta. Era necesario, 
pues, al rechazar las proposiciones de la nota ame- 
ricana, fundarse en razones de lógica incontras- 
table. Y ésta no era tarea muy fácil, aún para los 
ilustres estadistas del Reino. 

En primer lugar, el argumento de los revolu- 
cionarios encontraba apoyo en hechos de una rea- 
lidad innegable; en segundo lugar, el éxito con 
que los revolucionarios habían sostenido la rebe- 
lión durante dos años, constituía un claro indicio 
de que acaso nunca podrían ser sometidos en la 
forma que se proponía el gobierno de la Metró- 
poli. Era evidente que el territorio ocupado por 
los rebeldes, cada día se ensanchaba más alcan- 
zando la acción de aquéllos un radio cuya ampli- 

46 



LA DIPLOMACIA EN ACCIÓN 

tuá les permitía desenvolver sus planes con gran 
eficacia y libertad. Y ante tales Lechos, ¿cómo jus- 
tificar la afirm.ación de que los rebeldes se some- 
terían dentro de poco tiempo y de que mientras 
tanto el gobierno metropolítico se negaría a tra- 
tar con ellos? Es claro, pues, que las exigencias 
de la nota americana llenaban de perplejidades a 
la cancillería española ; pero, de un modo u otro, 
era necesario contestar. El gobierno de Wash- 
ington esperaba con impaciencia la respuesta. De 
ella dependería en gran parte el próximo giro que 
tomaran los asuntos de Cuba, y su contenido, por 
consiguiente, había de revestir trascendental im- 
portancia. Por fin, el 22 de mayo de 1896, el mi- 
nistro de estado dirigió al ministro plenipoten- 
ciario español en Washington, la ansiada contes- 
tación. 

^ Domina en ella el propósito de justificar la 
actitud del gobierno español al rehusar las 
ofertas del gobierno americano, y al de seguir 
en el desarrollo de su política. Para ello se de- 
clara la intención de conceder a Cuba, no sólo lo 
que se le había prometido en el pacto del Zanjón, 
smo también reformas de una amplitud mucho 
mayor. Y se alega como razón para no aceptar 
los buenos oficios del gobierno de Washington, 
que los insurrectos probablemente rechazarían 
tal mediación. Es verdad que en algunos perió- 
dicos se hicieron manifestaciones en ese sentido; 
pero ni las mismas eran suficientes para justificar 
la predicción concluyente del fracaso de las ges- 
tiones que el gobierno de Washington a ese efecto 

47 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

realizara, ni hubieran éstas, en tal caso, perjudi- 
cado los intereses de España en Cuba. Por el 
contrario, es más probable que hubieran sido be- 
neficiados con ellas, puc.'^ si el gobierno americano 
fracasaba por culpa de intransigencia o de acti- 
tudes injustificadas por parte de los rebeldes, aca- 
so las simpatías americanas, que de modo tan cla- 
ro se externaban hacia la revolución, hubieran su- 
frido un quebranto a todas luces favorable a los 
intereses metropolíticos. Pero en la mente del 
gabinete español dominaban dos ideas capitales: 
primera, la de que hubiera sido una indignidad 
por parte de España tratar con sus subditos re- 
])eldes ; segunda, la de que en el fondo de la oferta 
americana solo existía el propósito de apoderarse 
Cuba, con exclusión de la soberanía españo- 
la. Y cualquiera de estos dos motivos bastaba a 
anular el efecto de toda consideración de orden 
l)olítico que aconsejara una actuación en armonía 
con la nota de Washington. 

A pesar de los esfuerzos hechos para evi- 
tarlo, esa contestación parece no haber satisfecho, 
ni las esperanzas, ni los deseos del gabinete de 
Wasliino'ton. La x^riinera entrevista celebrada 
con el Secretario de Estado por el Ministro pleni- 
potenciario español, lo indica concluyentemente. 
Olney se manifiesta reservado y dice a de Lome, 
que España no ha hecho más que rehusar cortes- 
mente las ofertas americanas. Así lo indica la 
comunicación de junio 11 enviada al Ministro de 
Estílelo por el Ministro de Lome. **E1 Secretario 
de Estado'; dice de Lome, *'a quien he visto hoy^ 

48 



LA DIPLOMACIA EN ACCIÓN 

ha manifestado mucha reserva, entendiendo que 
.en su nota el gobierno de Su Majestad rehusa cor- 
tésmente aceptar los buenos oficios de los Estados 
Unidos. Al mismo tiempo, manifiesta interés en 
que se le informe oportunamente sobre la discu- 
sión de las materias concernientes a la Isla y a la 
legislación sobre la misma, presentada a las cor- 
tes, pues él cree que la situación aquí y en Cuba 
debe mejorarse/* Después de esto, el gobierno 
americano parece haber decidido aguardar. Se 
quería, sin duda, dar oportunidad a España para 
que demostrara que podía calmar la revolución, 
ya mediante h acción de las armas en los campos 
de Cuba, ya adoptando alguna legislación o medi- 
da política que a ello condujera. De junio a di- 
ciembre de 1896, nada extraordinario y sensacio- 
nal ocurrió en la cancillería americana. Pero, sú- 
hitamente, el Presidente Cleveland, en su men- 
saje de 7 de diciembre de 1896, trata de la situa- 
ción de Cuba en términos tan categóricos y enér- 
gicos, que indicaban claramente la aproximación 
de un probable rompimiento de hostilidades entre 
España y los Estados Unidos. Las últimas pala- 
bras del mensaje, en cuanto atañen al problema 
de Cuba, son muy significativas: **No he conside- 
rado innecesario recordar al Congreso que puede 
llegar un día en que una conducta correcta y el 
debido cuidado hacia nuestros intereses, así co- 
mo la consideración a los intereses de otras na- 
ciones y de sus ciudadanos, unida a razones de 
humanidad y al deseo de salvar de la completa 
ruina un país rico y fértil relacionado íntima- 

49 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

mente con nosotros, llevarán nuestro gobierno a 
tomar una acción que garantice los intereses así 
envueltos y que, al mismo tiempo, prometa a Cu- 
ba y a sus habitantes la oportunidad de gozar de 
las bendiciones de la paz.'' En este mensaje, el 
Presidente, después de informar al Congreso so- 
bre el estado de las relaciones internacionales, se 
muestra muy pesimista respecto de los asuntos 
de la gran Antilla. 

Cleveland habla de los graves daños 
materiales que causa la revolución, y nie- 
ga que España tenga razón para negar 
la autonomía a Cuba hasta que se haya 
éste rendido incondicionalmente. '; ^'La ra- 
zón para que España requiera la rendición incon- 
dicional de los insurrectos cubanos antes de que 
les sea concedida la autonomía, no es completa- 
mente clara. Se ignoran aspectos importantes 
de la situación, como lo son la estabilidad que ha 
dado al movimiento revolucionario su duración 
por espacio de dos años, la posibilidad de su pro- 
longación indefinida, según lo indica la experien- 
cia ; la completa e inminente ruina de la Isla, a no 
ser que la actual lucha sea prontamente termina- 
da y, sobre todo, los grandes abusos que todos los 
partidos de España, todas las ramas de su go- 
bierno, todos los hombres públicos que diri<?en la 
opinión confiesan que existen ; y desean terminar. 

^^Ante tales circunstancias, posponer las re- 
formas necesarias hasta que la parte que las de- 
manda se rinda, deponiendo su actitud y sus ar- 
mas, indica una indiferencia peligrosa que hace 

50 



LA DIPLOMACIA EN ACCIÓN 

dudar de la sinceridad de cualquier promesa de 
reiorma/' 

En resumen, Cleveland, en su mensaje, re- 
futa los fundamentos invocados por el gabinete 
de España en apoyo de su política, y afirma, que 
los dos años de lucha ya transcurridos, habían 
dado estabilidad a la revolución; que solo se con^ 
seguiría por España prolongar indefinidamente 
el caótico y desastroso estado por que atravesa- 
ban los asuntos de la Isla y que con la destruc- 
ción de las riquezas antillanas no se lograría ter- 
minar la revolución. Una vez más el gobierno de 
Washington expresaba su deseo de ayudar a zan- 
jar tan enojosa cuestión, y una vez más se decla- 
raba enfáticamente el propósito de no permitir a 
ningún otro poder, fuera de España, la adquisi- 
ción de la Isla, o intervención y contiul de la 
misma. 

Enrique Dupuy de Lome, s(;gún la nota que 
envió a su gobierno, acompañada de un extracto 
del mensaje de Cleveland, parece no haber com- 
prendido el alcance de las manifestaciones del 
Presidente, no atribuyéndole gran importancia a 
las mismas. Dice que la prensa sensacional, al 
juzgar el mensaje, pasa por alto muchas cosas 
buenas en él contenidas, dando énfasis, sin em- 
bargo, al último párrafo, y afirma que tales perió- 
dicos atacan al Presidente porque frustra las es- 
peranzas de los rebeldes y se propone ayudar a 
España en el mantenimiento de su soberanía. 

Es verdad que Cleveland declara que los Es- 
tados Unidos deben intervenir sólo en el caso de 



51 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

quo España demuestre su incapacidad para domi- 
nar a los rebeldes, y es cierto asimismo que man- 
tiene un tono de alto respeto hacia la soberanía 
española en Cuba; pero la lectura íntegra del 
mensaje indica que la continuación de la política 
española seguida hasta entonces, irremisiblemen- 
te conduciría a una guerra entre España y los 
Estados Unidos. Esto fué lo que debió advertir 
Dupuy de Lome. Ello fué lo que la prensa y los 
políticos de la península en su mayoría enten- 
dieron. 

En los Estados Unidos, el mensaje de Cleve- 
land fué bien recibido. La prensa pacifista creyó 
que garantizaba la paz. Los más exaltados, 
aquéllos que deseaban con mayor ardor el triunfo 
de la revolución cubana y hasta la intervención 
de los Estados Unidos en favor de Cuba, acoo^ie- 
ron con placer el último párrafo; pero expresaban 
su dis£i;usto ante las manifestaciones del Presiden- 
te en favor de la soberanía española. Ya enton- 
ces dominaba en Cuba el sentimiento separatista, 
y aquella parte del pueblo americano más inte- 
resada en la causa de los rebeldes, se hacía eco de 
este sentimiento y, lejos de ver con agrado que el 
gobierno de Washington tendiera a desalentarlo, 
sentía hondo disgusto por ello. Sabido es que 
una enérgica campaña por parte del gobierno 
americano en contra de la revolución, hubiera en- 
torpecido grandemente la marcha triunfal de la 
misma. Los cubanos dependían de los Estados 
Unidos para la adquisición de armas y municio- 
nes; y si el gobierno hubiera decretado un em- 

52 



LA DIPLOMACIA EN ACCIÓN 

!\irgo y se hubiera dispuesto a hacerlo cumplir, 
es casi seguro que los rebeldes no habrían podido 
sostenerse mucho tiempo, ya que las armas y de- 
más pertrechos de guerra eran absolutamente in- 
dispensables. Por eso, toda manifestación del 
Presidente que pareciera favorecer los intereses 
de España en Cuba, encontraba tenaz oposición 
en una parte considerable de la prensa. 

La impresión causada en España por el refe- 
rido mens^aje de Cleveland, fué hondamente de-;- 
agradable. La prensa española, sobre todo la que 
favorecía los planes y la política del gobierno, en 
Ciibn, protestó con gran calor. Para ella, las de- 
c--^ raciones del Presidente envolvían una grave 
amenaza, que España debía rechazar con un gesto 
de suprema indignación. La idea de la inter- 
vención en cualquier forma que se intentara ésta, 
era absolutamente rechazada. Los partidarios 
del gobierno alentaban a éste para que continuase 
firme sin ceder en modo alguno a las demandas 
del pueblo americano. Los republicanos y los li- 
berales también rechazaban la intervención; pe- 
ro, al contrario de lo que ocurría con los demás, 
aconsejaban una legislación pronta y liberal, a fin 
de impedir que se realizara el triste vaticinio. 
*'En una conferencia que el diputado don Rafael 
María de Labra dio el 7 de junio de 1896 en el 
Círculo Republicano de Cádiz, esforzóse en evi- 
denciar la necesidad de conceder una amplia auto- 
nomía a las colonias. . . . . *^ (1) 

(1) Mouset, "La Política Exterior de España", pag. 100. 

53 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

En otras palabras, España entera era opues- 
ta a la intervención; pero, mientras los conser- 
vadores aprobaban el estatus quo político en Cu- 
ba, los liberales, los republicanos y los avanzados 
insistían en la conveniencia de \ina legislación 
descentralizadora que satisficiera los anhelos del 
pueblo cubano, y sus demandas de un régimen au- 
tonómico, tan vigorosamciite formuladas. 

Los términos del mensaje de Cleveland eran 
tan terminantes y enérgicos que, no obstante la 
obstinada actitud de los conservadores españoles, 
el Gabinete, viendo acercarse el conflicto con sus 
graves consecuencias, convenció a la corona de la 
necesidad de alguna acción en armonía con las 
exigencias de Washington, si quería evitarse la 
intervención. El 4 de febrero de 1897, se firmó 
un decreto de las cortes disponiendo la concesión 
de ia autonomía para Cuba. Y con esa misma fe- 
cha el duque de Tetuán envió al ministro plenipo- 
tenciario en Washington, el siguiente cablegrama : 
^'El Consejo presidido por la Reina. Su Majestad 
acaba de firmar el decreto, autorizando urgente 
consulta con el Consejo de Estado, relativa al pro- 
yecto para amplificación de reformas en Cuba y 
Puerto Rico. Pasado mañana (sábado) La Ga- 
ceta publicará el decreto. Y dentro de unas po- 
cas horas telegrafiaré a vuestra excelencia una 
sinopsis de todo el decreto, incluyendo las partes 
más esenciales del mismo. Entre tanto no dé cré- 
dito a las noticias publicadas por la prensa ahí, 
las cuales seguramente serán inexactas y, si co- 
rrectas en algún particular, lo será sólo por intui- 

54 



LA DIPLOMACIA EN ACCIÓN 

ción o accidente. Cuando Ud. reciba el cablegra- 
ma a que me refiero, puede Ud. usarlo confiden- 
cialmente, dando cuenta al Secretario de Estado 
y preparando un informe ; pero antes de publicar 
todo el texto espere cablegrama el sábado por la 
mañana, anunciando su publicación en La Gace- 
ta.'' Con fecha 5 de febrero, el mismo duque de 
Tetuán envió al ministro plenipotenciario en 
Wasíiington, un extenso cablegrama en que, de 
acuerdo con lo ofrecido en el anterior, se enviaba 
una sinopsis del decreto, conteniendo copia lite- 
ral de sus artículos dos, tres y cuatro. En el 
preámbulo se hace constar que su aplicación ma- 
terial ** depende de los revolucionarios, quienes, 
convencidos de la futileza de su lucha y entriste- 
cidos por la desolación y ruina de su tierra na- 
tiva, deben deponer sus armas permitiendo así a 
la madre patria, (España), mostrar su inagotable 
generosidad. . . . '* El preámbulo termina con las 
palabras siguientes: **el gobierno no tiene medios 
suficientes para determinar si transcurrirá mucho 
o poco tiempo antes de que las reformas presen- 
tes puedan implantarse en Cuba y Puerto Rico; 
aunque todas las noticias son satisfactorias y el 
pronóstico de una paz cercana es general. Pero 
cualesquiera que fueren las condiciones, el gobier- 
no entiende que debe estar preparado para apli- 
car las reformas sin la menor dilación, cuando 
llegue la oportunidad; y para esto el Consejo de 
Estado será urgentemente reunido, aunque el go- 
biemo no aplicará el decreto hasta que las con- 

55 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

dicioiies indispensables para ello sean cumpli- 
das '' 

¿Existía el propósito sincero de conceder a 
Cuba y Puerto Rico las r*-!' .rmas envueltas en ese 
decreto, o tratábase sólo de una mera promesa, 
gin más finalidad que inducir a los revoluciona- 
rios a abandonar su actitud, y complacer al go- 
bierno de Washington, suavizando asperezas e im- 
pidiendo cualquier acción que aquél pudiese in- 
tentar para poner fin a la situación de Cuba, con 
perjuicios de los intereses metropolíticos? Es di- 
fícil afirmar sin temor a equivocarse, cual era el 
propósito verdadero del gabinete español, aunque 
existen razones muy poderosas para, abrigar se- 
rias dudas. Mas, cualquiera que fuese la inten- 
ción del gobierno de la Corona, ello es verdad que 
el resultado diplomático fue satisfactorio, si he- 
mos de atenernos a un cablegrama dol represen- 
tante español en Washington al ]\íinistro de Es- 
tado. En él, el diplomático español informa a su 
gobierno que '^la opinión del Secretario de Estado 
con respecto a las propuestas reformas es que las 
mismas son tan amplias como pudiera desearse, y 
más de lo que él esperaba. '^ Esa era también, se- 
gún dicho cablegrama, la opinión del Presidente 
McKinley. 

La situación diplomática, pues, mejoró nota- 
blemente, y un período de serena calma se inició. 
La prensa pro-revolucionaria calmó sus acerbos 
ataques y, si se abstenía de hacer manifestaciones 
contrarias a la revolución, también guardaba si- 
lencio y asumía una actitud expectante. 

56 



WEYLEE EN CUBA Y STEWART WOOD- 
FOED EN MADRID 



IV 

WEYLER Y WOODFORD 

La calma iniciada con la reforma política en- 
vuelta en el decreto relativo a Cuba y Puerto Ri- 
co, se prolongó algunos meses. El gobierno de 
Washington no dio por algún tiempo señal alguna 
de honda preocupación, y todo parecía marchar 
satisfactoriamente para las cancillerías ameri- 
cana y española; mientras en Cuba la lucha con- 
tinuaba con feroz encarnizamiento. El día 25 de 
enero de 1896, el general Weyler salió de Barce- 
lona hacia Cuba, para substituir a Martínez Cam- 
pos, quien embarcó para España el 20 del mismo 
mes. 

El fracaso del general Martínez Campos, con- 
dujo a Weyler a pensar en un nuevo plan de cam- 
paña que, según él, pondría término a la lucha. 
Era aquél un plan de exterminio, de cruel perse- 
cución, no sólo contra los que se debatían en el 
campo de las operaciones militares, sino también 
de todos los nativos de la isla, cuya lealtad y sim- 
patía hacia el gobierno no estuviesen absoluta- 
mente demostradas. Se necesitaba ahogar la re- 
volución, ya fuera en su propia sangre, ya en la 

59 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

sangre de pacíficos ciudadanos. Nunca antes, 
pues, había sido tan intensa y empeñada la lucha. 
Nunca habíanse manifestado los odios entre na- 
tivos y peninsulares con tan alta intensidad. 

Consistía el plan de Weyler en aislar a los 
rebeldes, privándoles de toda comunicación con el 
pueblo y de los recursos con que éste podía con- 
tribuir al sostenimiento de los que se entregaban 
a los azares de la guerra. Para conseguirlo, Wey- 
ler ideó la reconcentración de toda la población 
rural en los centros urbanos, fuera del dominio 
de los rebeldes. La dureza de esta medida es apa- 
rente. Se sacaba al campesino de su cabana, se 
le obligaba a abandonar su sembrado, su huerto y 
sus animales, y a marchar al pueblo para vivir 
allí sin recursos, sin hogar y sin más medios de 
subsistencia que la caridad privada y la caridad 
gubernamental. Mantener esa población desocu- 
pada, proporcionándole hogar adecuado y el ali- 
mento suficiente para su vida, era de por sí una 
empresa difícil y costosa ; y si a esto se agrega el 
rencor que el gobierno profesaba a aquéllos sobre 
quienes recaía la sospecha de desleales y traidores 
a la patria, fácil será comprender las amarguras, 
las privaciones y tristezas a que fueron someti- 
dos los millares de individuos reconcentrados. El 
hambre, la miseria y la muerte formaban el cua- 
dro en cuyo fondo se destacaban las infelices víc- 
timas de tan cruel persecución. Los campos sin 
frutos ; el pueblo sin pan y sin albergue, y la ruina 
en que rápidamente parecía hundirse el país, 
conmovieron en sus más hondos sentimientos a 



60 



WEYLER Y WOODFORD 

ennntos contemplaban, sin odios para nadie, cua- 
dro tan desolado. En los Estados Unidos se or- 
ganizaron comisiones para recolectar fondos a fin 
de aliviar la triste situación de aquellas víctimas. 
Al mismo tiempo, la cólera que provocaban los 
procedimientos de Weyler, hallaba expresión en 
la prensa del país; y la agitación empezó de nue- 
vo. La protesta iba dirigida al gobierno cuya pa- 
sividad ante tal estado de cosas, no era posible 
tolerar. Se pedía que el Congreso y el Presidente 
actuasen, que no se permitiera la continuación, 
por más tiempo, de aquellas escenas que, si en 
rclidad crueles, a caso la exageración de los in- 
formes presentaban ante la imaginación del pue- 
blo de la República, con los colores de una bar- 
barie propia de remotos días en los anales hu- 
manos. 

La agitación popular en Estados Unidos, re- 
vistió tan grande intensidad, que el gobierno ame- 
ricano vióse precisado a protestar ante el de Ma- 
drid contra los procedimientos implantados por 
Weyler quien, dicho sea de paso, era un general 
que en varias ocasiones se había distinguido por 
su valor, alcanzando gran prestigio ante el go- 
bierno y, sobre todo, entre sus correligionarios. 
De padres oriundos de Alemania, nació Weyler el 
año 1832 en la ciudad de Palma de Mallorca. Hizo 
sus estudios en el Colegio de Infantería de Tole- 
do, donde se distinguió considerablemente como 
estudiante. Peleó en Santo Domingo, dando se- 
ñales de gran valor, y desde 1868 a 1870, combatió 
contra los rebeldes en Cuba, donde comandaba un 

61 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

cuerpo de voluntarios organizado por él en la Ha- 
bana. El año 1873 regresó a España con el grado 
de brigadier general, y en 1875 y 1876 luchó con- 
tra los carlistas, obteniendo, por su arrojo, el 
grado de general de división. Se le concedió tam- 
bién el rango de Marqués do Tenerife, y ha sido 
senador del reino, capitán general en las islas Ca- 
narias (1878-1883) y capitán general de las islas 
Filipinas (1888). También ha sido varias veces 
capitán general de Cataluña; puesto que ocupaba 
cuando los disturbios ocasionados por la discu- 
sión de Francisco Ferrer. 

El día 28 de junio de 1897, el Ministro Dupuy 
de Lome recibió una nota fechada el 26 del mismo 
mes y relativa a la situación creada por Weyíer 
en Cuba; en la cual nota el secretario de estado, 
señor John Sherman, se expresaba así: ** Refi- 
riéndome a la conversación que el Assistant Se- 
cretario de Estado, Mr. Day, tuvo el honor de sos- 
tener con Ud. el 8 de los corrientes, tengo ahora 
el deber, obedeciendo a direcciones del Presiden- 
te, de invitar por mediación suya, la urgente aten- 
ción del gobierno de España a la manera de con- 
ducir las operaciones en la vecina isla de Cuba. 

*^Por órdenes y proclamas sucesivas del capi- 
tán general de la isla de Cuba, algunas de las 
cuales se han promulgado mientras otras se cono- 
cen sólo por sus efectos, una política de devasta- 
ción y de atropello de los más elementales derechos 
humanos, ha sido establecida en ese territorio, 
con tendencia a causar sufrimiento a ciudadanos 
inocentes, a destruir el valor de inversiones legí- 

62 



WEYLER Y WOODFORD 

timas, y a extinguir los recursos naturales del 
país con la esperanza aparente de aplastar a los 
insurrectos y restaurar el mando de España en 
la Isla. 

Ningún incidente ha afectado tan profunda- 
mente la sensibilidad del pueblo americano o lia 
impresionado tan dolorosamente a su gobierno, 
como la proclama del general Weyler, ordenando 
la destrucción de los hogares y de las cosechas, la 
suspensión de las labores, la devastación de los 
campos, y el traslado de la población rural desde 
sus casas, para sufrir privaciones y enfermeda- 
des en las hacinadas y mal provistas guarniciones 
de los pueblos. El último aspecto de esta campa- 
ña de devastación ha atraído especialmente la 
atención de este gobierno, toda vez que se afirma 
que varios centenares de ciudadanos americanos, 
entre los miles de reconcentrados de las provin- 
cias centrales y orientales de Cuba, han sido pri- 
vados de las cosas más necesarias para la vida, 
en un grado tal, que demanda auxilio inmediato, 
si se quiere salvarlos de la muerte por inanición y 
pestilencia. 

De todas las zonas productivas de la Isla, don- 
de las empresas y el capital americano han esta- 
blecido fábricas y fincas explotadas en gran parte 
por ciudadanos de los Estados Unidos, llega la 
misma historia afirmando la perturbación de las 
labores agrícolas y de las manufacturas, causada 
por la aplicación sistemática de una política acer- 
tadamente descrita en el bando publicado por el 
general Weyler el 27 de mayo último, como la 

63 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

concentración de los habitantes de la zona y **la 
destrucción de los recursos de todas partes don- 
de las instrucciones dadas no se efectúen.'' En- 
tre tanto, los tributos continúan y el cobro de las 
contribuciones aumenta con la privación de los 
medios de pagarlas; sin decir nada de la destruc- 
ción de los medios ordinarios de vida 

Contra estos aspectos del conflicto, contra 
esta deliberada causa de sufrimiento a ciudada- 
nos pacíficos, contra el empleo de instrumentos 
condenados por la civilización humana, contra el 
uso cruel del fuego y del hambre para realizar lo 
que las armas militares parecen incapaces de lle- 
var a cabo,, el Presidente se siente compelido a 
¡protestar en nombre del pueblo americano y en el 
de la humanidad. La inclusión de más de mil de 
nuestros propios ciudadanos entre las víctimas de 
esa política, la inexcusable destrucción de las in- 
versiones legítimas hechas por americanos, y que 
ascienden a millones de dólares, y la paraliza- 
ción de empresas; todo esto da al Presidente el 
derecho de una querella específica. El, movido 
por las obligaciones más altas que le impone la 
representación que ostenta, protesta contra la in- 
civilizada e inhumana conducta del capitán ge- 
neral de la isla de Cuba ; y entiende que tiene de- 
recho a demandar que una guerra conducida a la 
vista de nuestras playas y que afecta sensiblemen- 
te a Estados Unidos y sus intereses en toda la is- 
la, sea, cuando menos, conducida de acuerdo con 
los códigos militaros de la civilización. . . . '' 

Como se ve, los términos en que esta nota es- 

64 



WEYLER Y WOODFORD 

tá concebida, revisten una gran dureza e indican 
profundo malestar por parte del gobierno y del 
pueblo de los Estados Unidos. Tan dura la consi- 
deró el mismo Weyler, que a su regreso a España 
demandó de su gobierno que exigiera exi:)licacio- 
nes al de Washington por las injurias que, en su 
sentir, implicaba para él esta nota. 

Atendido el estado de las relaciones diplomá- 
ticas entre Estados Unidos y España, la lectura 
de este documento ponía de manifiesto el grave 
peligro de un conflicto armado si los procedi- 
mientos de Weyler no se modificaban. Su efecto 
en la cancillería de Madrid debió ser profundo. 
Había transcurrido algún tiempo sin que nada 
alarmante ocurriera en las relaciones de esos dos 
países; pero esta nota venía a interrumpir de 
nuevo aquella serena calma, creando nuevam<^nte 
un estado de perturbadora ansiedad. ¿Qu»'- ha- 
cer ante el nuevo aspecto que presentaba la cues- 
tión! 4 Ordenar a Weyler que descontinuara sus 
procedimientos? Si se tiene en cuenta que la re- 
volución costaba ya grandes sumas de dinero y nu- 
merosas vidas a España, y que se había conver- 
tido en un problema de mucha seriedad y de muy 
difícil solución, se comprenderá cuan difícil era 
al gobierno de la corona acceder a las demandas 
del gobierno americano. Este quería la pacifica- 
ción de Cuba; pero la revolución no terminaría 
5iasta que España, por un esfuerzo supremo, lo- 
grara aplastar la altiva cabeza de los insurrectos, 
o éstos, solos o auxiliados por sus amigos del Nor- 
te, alcanzaran el triunfo definitivo. Y para lo 

65 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

primero se hacía necesario apelar a recursos de 
extraordinario rigor, pues el empuje de los rebel- 
des, el aumento de sus recursos y el creciente en- 
tusiasmo que el pueblo cubano sentía al pensar en 
la conquista de su libertad, hacían más que du- 
dosa la victoria final de las armas españolas. 

El dilema era difícil y terminante: si se ate- 
nuaba el rigor de los métodos de Weyler, la re- 
volución probablemente continuaría más allá del 
límite señalado por los Estados Unidos; si Wey- 
ler continuaba como hasta entonces, la interven- 
ción americana era probable. ¿De qué manera 
salir de tan embarazosa situación? El modo más 
fácil, a juicio de la cancillería española, consistía 
en justificar los procedimientos de Weyler; y a 
ese efecto, el gobierno español envió a Washing- 
ton, el 4 de agosto de 1897, una nota sosteniendo 
dos proposiciones fundamentales : primera, que la 
información recibida por los Estados Unidos con 
respecto a la situación de Cuba y a los procedi- 
mientos del general Weyler, no era correcta; se- 
gunda, que las proclamas del general Weyler es- 
taban justificadas por las circunstancias de aquel 
momento. 

El esfuerzo realizado por el gabinete de Ma- 
drid para sostener sus conclusiones, es digno de 
mejor causa. El duque de Tetuán, como ministro 
de estado, firma la nota ; la que constituye un há- 
bil y brillante alegato en apoyo de las proposicio- 
nes aludidas. En primer lugar, se sostiene que el 
gobierno americano ha sido sorprendido por no- 
ticias e impresiones recibidas de fuente muy du- 

66 



■WEYI.ER Y WOODFORD 

dosa. Se afirma, además, que la proclama de 
Weyler está justificada por las circunstancias, 
pues se inspira en propósitos verdaderamente hu- 
manitarios; ya que se encamina a poner término 
cuanto antes a aquella lucha horrorosamente san- 
grienta, dominando a los insurrectos y, en con- 
secuencia, restableciendo el orden tan profunda- 
mente alterado. ^^El objeto^', dice el Duque, '^de 
algunas de estas proclamas, es privar a los rebel- 
des de los medios que emplean en la persecución 
de sus planes. Otras se proponen la protección 
de los campesinos leales a España, librándolos 
del ultraje, de la miseria y del robo 
a que los sometían los rebeldes, obe- 
deciendo órdenes de sus jefes. Objetos 
pstos igualmente necesarios, aunque puedan en 
su aplicación, según se ha dicho, lastimar intoro- 
ses privados, ya que éstos siempre y en todas 
partes deben subordinarse a las exigencias supe- 
riores de la comunidad y del estado.'' 

Esta es la misma doctrina que ha servido de' 
norma a la famosa comunidad de los jesuítas : el 
fin justifica los medios. Weyler perseguía la ter- 
minación de la guerra, la consiguiente rendición 
de los insurrectos, y el restablecimiento de la ley, 
tres fines aceptados como buenos y, por consi- 
guiente, justificadores de cualesquiera medios em- 
pleados. Era plausible el propósito de proteger 
a los leales a España. N^los Estados Unidos ni 
nadie hubiera podido justamente criticar al ge- 
neral Weyler porque quisiera hacerlo. Pero de 

67 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

ningún modo se puede aplaudir que para ello se 
utilizaran medidas tan drásticas. 

Sin embargo, el gabinete de Madrid quiso 
apoyarse en precedentes históricos, y apeló a los 
procedimientos seguidos en la guerra civil de los 
Estados Unidos. 

*^Se encuentran medidas de severidad y ac- 
tos de destrucción, aún más severos que los que el 
general Weyler se ha visto compelido a adoptar 
en Cuba, no sólo en las obras de los historiadores 
de más crédito, incluyendo patriotas americanos, 
sino también en documentos públicos en Wash- 
ington y en informes y memorias publicadas por 

ilustres generales Bien podemos entender, 

sin embargo, que el triste espectáculo que presen- 
ta ahora la Gran Antilla debe excitar la compa- 
sión del pueblo norteamericano, pues la guerra es, 
ha sido siempre y siempre será, por su propia na- 
turaleza, una calamidad temible, capaz de des- 
pertar la piedad de todos cuantos se llaman aman- 
tes de la humanidad ; pero sería la mayor injusti- 
cia, injusticia de que no puede ser culpable el no- 
ble pueblo de los Estados Unidos, culpar de ello a 
España, quien se limita al ejercicio de derechos 
que a su vez son para ella un sagrado deber : el de 
combatir la insurrección, que es la sola causa de 
las calamidades a que está sujeta la Isla.'' 

No es criticable el esfuerzo de España para 
justificar las condiciones de Cuba ante el 
Gabinete de la República Norte-americana. Bajo 
circunstancias tan graves como las de aquel 
momento, es natural, es humano y no debe sor- 

68 



WEYXiER Y "WOODFORD 

prendernos, que se echara mano del sofisma, 
si el sofisma era necesario. El partido 
«conservador tenía el deber de defender a Weyler, 
defendiendo así su política colonial, pero que Cuba 
fuera responsable de la revolución y sus horro- 
res, no lo creía ni podía creerlo ningún obser- 
vador imparcial, pues, como veremos más ade- 
lante, la culpa del desastre colonial de 1898 co- 
rresponde, en su mayor parte, a Cánovas y sus 
partidarios. 

Si al regresar Martínez Campos a la Penín- 
sula, el tratado del Zanjón y el compromiso he- 
•clio allí se hubieren cumplido, y una legislación 
progresista, a tono con el espíritu de la época y 
«con las aspiraciones de las colonias, se hubiese 
continuado, España no hubiera perdido ninguna 
de sus dos últimas colonias en América. Puerto 
Rico y Cuba aun hoy pertenecerían a la Corona. 
La responsabilidad, pues, corresponde a los polí- 
ticos de corta visión que, para desgracia de un 
pueblo que cuenta tantas epopeyas en su historia, 
mandaban entonces en la cancillería española. 

El Duque termina su nota invitando al Gabi- 
nete de Washington a que tome la acción que pro- 
ceda para evitar que ciudadanos americanos si- 
guieran ayudando a los rebeldes, y afirma que era 
ese el único recurso humanitario que los Estados 
Unidos podían poner en práctica, a fin de terminar 
lo más pronto posible los infortunios que desola- 
ban la Antilla, y el único camino *^ compatible con 
el sentido del artículo primero del tratado de 1795, 
el cual estipulaba una paz sólida e invariable y 

69 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

una amistad sincera entre España y el pueblo de 
los Estados Unidos, sin exceptuar personas o 
lugares.'* 

Los insurrectos, con el fin de debilitar al go- 
bierno, contribuían también a la destrucción de la 
riqueza material del país, causando daños de enor- 
me consideración. Y este hecho lo citaba España 
como justificativo de los daños materiales que la 
concentración de Weyler ocasionaba, y para de- 
mostrar que no todos los perjuicios sufridos por 
la propiedad, se derivaban de las medidas re- 
presivas impuestas por el general Weyler. 

Pasaban días, y, a pesar de la nota protes- 
tando contra los procedimientos de Weyler, las 
condiciones allí no mejoraban, y el movimiento' 
revolucionario era cada vez más vasto. La re- 
suelta actitud de España y la presión que las cir- 
cunstancias ejercían sobre el Gabinete de Wash- 
ington, indujeron al Presidente a enviar a Ma- 
drid un nuevo diplomático portador de otra nota ; 
la que constituía un nuevo esfuerzo encaminado 
a resolver amigable y satisfactoriamente el con- 
flicto creado por la revolución. Presentía el go- 
bierno americano que de no zanjarse pronto las 
diferencias, cada vez más hondas, entre Cuba y 
España, los Estados Unidos se verían envueltos 
en una guerra con esta última nación, ya que los 
ánimos del pueblo americano se hallaban de tal 
modo excitados, que parecía inevitable la inter- 
vención si España no buscaba un medio eficaz de 
terminar la rebelión sin demora. El general 
Stewart L. Woodf ord, hombre de la confianza del 

70 



WEYLER Y WOODFORD 

Presidente McKinley, fué escogido para encar- 
garle la misión delicada y difícil de convencer al 
Gabinete Español de que era necesario que ac- 
tuara sin demora, si quería evitar una grave com- 
plicación internacional en día no lejano. 

Stewart L. Woodford era un notable abogado 
de la ciudad de Nueva York, y orador que gozaba 
de fama por su elocuencia. Nació el año 1835, y 
«e graduó el 1854 en el Colegio de Columbia. En 
J860 fué delegado a la convención que nominó al 
Presidente Lincoln. Desempeñó el cargo de Fis- 
cal dol Distrito del Estado de Nueva York, que re- 
nunció en 1862 para alistarse como voluntario en 
un regimiento de los que pelearon en la guerra ci- 
vil. De tal modo se distinguió, que en 1865 reci- 
bió el grado de Coronel con el título de Brigadier 
Oeneral. Fué representante en el Congreso Fe- 
deral, y el primero de julio de 1867 juró el cargo 
de Ministro Plenipotenciario de los Estados Uni- 
dos en España. Llegó a San Sebastián el prime- 
ro de septiembre, y el día 13 presentó sus creden- 
ciales a la Eeina Pe gente. 

Existe la opinión de que además de repre- 
sentar su gobierno ante la Corte de Madrid, tenía 
Woodford la misión de averiguar hasta qué punto 
las potencias europeas se conservarían neutrales 
en caso de guerra entre los Estados Unidos y Es- 
paña. Este encargo constituía una misión muy 
delicada; pues de la actitud que guardaran las 
potencias europeas, en caso de guerra, dependía 
en gran parte el resultado final de la misma. Co- 
mo en otra parte hemos visto, la doctrina del equi- 

71 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

liLrio de los poderes parecía indicar que a Europa 
le convenía que España fuera una potencia de pri- 
mer orden, pues de este modo, en caso de conflicto, 
su influencia podía ser decisiva. Si España, co- 
mo consecuencia de una guerra con los Estados 
Unidos, perdía sus coloniíis, su escuadra y su? 
ejércitos, su importancia como potencia interna- 
cional quedaría muy reducida, y el equilibrio in- 
ternacional europeo podía ser perturbado. 

Los Estados Unidos preveían eso y, como es- 
natural, necesitaban conocer, a fin de adoptar ac- 
titudes y llegar a conclusiones bien fundadas, cual 
sería la actitud de los poderes europeos en caso 
de un conflicto con la Monarquía Española. 

El nombramiento del General Woodford c(*- 
mo representante de los Estados Unidos en Es- 
paña, fué recibido en ésta con marcadas muestras 
de disgusto. Woodford, durante la guerra de 
diez años, se manifestó partidario de que Cuba ob- 
tuviera la independencia, y este hecho les constaba 
a los españoles, para quienes su nombramiento no 
podía ser de todo punto satisfactorio. No obs- 
tante, Woodford fué aceptado, permaneciendo en 
Madrid hasta que sobrevino la ruptura de rela- 
ciones diplomáticas. 

En la nota entregada por Woodford al go- 
bierno de Madrid, se insistía de nuevo en la con- 
veniencia de legislar prontamente, concediendo a 
los cubanos una amplia autonomía, sin aguardar 
a que terminase la revolución por el triunfo de las 
armas españolas, pues esto parecía cada vez más 
difícil. En su mensaje de diciembre 6 de 1897, el 

72 



WEYLER Y WOODFOED 

Presidente McKinley, refiriéndose a la misión di- 
plomática de Woodford, decía al Congreso: '*l'is 
instrucciones dadas a nuestro ministro en España 
antes de partir para su puesto, eran las de im- 
presionar al gobierno español en el sentido de que 
los Estados Unidos sentían un sincero deseo de 
ayudar a la terminación de la guerra en Cuba, al- 
canzando un resultado duradero tan honroso pa- 
ra España como para el pueblo cubano. Estas 
instrucciones contienen el carácter y dirección de 
la lucha, las grandes pérdidas que ocasiona, las 
cargas y dificultades que nos crea, y los perjui- 
cios resultantes de la continuación indefinida de 

este estado de cosas Se sostiene en dicha 

nota que, como una nación vecina con grandes in- 
tereses en Cuba, se puede demandar de nosotros 
que esperemos un tiempo razonable para que la 
madre patria restablezca su autoridad y r^stnnre 
la paz y el orden dentro de los bordes de la isla; 
pero se manifestaba que no i:>odríamos aguardar 
un período indefinido para la consecución de este 
resultado. Ninguna solución se proponía que con- 
tuviese la más ligera idea de humillar a España, 
y se prescindió de proposiciones precisas, con el 
fin de no crear una situación embarazosa a aquel 
Gobierno. Todo lo que se pedía y esperaba era 
que algún camino seguro fuera prontamente se- 
guido a fin de restaurar una paz permanente.'* 

Después de partir el general Woodford, y 
antes de su llegada a Madrid, cayó el gobierno 
conservador. Antonio Cánovas del Castillo, su 
jefe máximo, moría a manos de un anarquista 
asesino. 

73 



CAUSAS y CONSECUENCIAS 

Cánovas era un estadista y hombre de letras 
que gozaba en Europa de fama internacional. Ca- 
ballero de Toisón de Oro, de la Legión de Honor 
Francesa, de las Águilas Prusianas, de la Corona 
y de los Santos de Italia y de varias órdenes de 
Üusia, Turquía, Portugal y Koma, fig-uraba ade- 
más entre los académicos de la lengua y de la his- 
toria en Madrid. Había nacido en Málaga el año 
X828, demostrando desde muy joven fuerte incli- 
nación hacia el cultivo de las letras. A la edad de 
18 años fundó el periódico **La Joven Málaga ^\ 
Estudió derecho en Madrid y mientras estudiaba 
esta carrera, se dio a conocer como escritor obte- 
niendo, mediante su colaboración en algunos pe- 
riódicos, los recursos necesarios para atender a 
los gastos de su carrera. El año 1849 hizo su apa- 
rición en la política, figurando como redactor del 
periódico **La Patria". Más tarde publicó una 
novela titulada ^^La Campana de Huesca '^ y una 
historia titulada ^* Historia de la Decadencia de 
España desde el advenimiento al trono de Fede- 
rico III hasta la muerte de Carlos II". El año 
1858 obtuvo el cargo de director general de ad- 
ministración. El año 1860 fué nombrado Su-direc- 
tor del Ministerio de Gobernación. Algún tiempo 
después se distinguió por su actitud reaccionaria 
y las medidas conservadoras que implantó. Sien- 
do Ministro de Gobernación, derogó la reforma 
constitucional de 1857 y restringió la libertad de 
imprenta y la de reunión, a tal punto, que fué ob- 
jeto de censura acre y enérgica por su actuación. 
En las Cortes constituyentes de 1869 abogó con 

74 



WEYLER Y WOODFORD 

calor y energía por sus doctrinas reaccionarias, 
librando campañas muy enérgicas frente a los 
principios radicales y democráticos que la revo- 
lución había proclamado. Era opuesto a toda re- 
forma liberal en el gobierno de las colonias, re- 
chazando, según hemos visto, el convenio del Zan- 
jón, en cuya virtud Martínez Campos había ob- 
tenido la terminación de la guerra de diez años. 
Cuando se supo en Madrid que había empezado la 
sublevación en Sagunto, Cánovas fué preso inme- 
diatamente; durando su prisión hasta que la res- 
tauración hubo triunfado. Entonces empezó a go- 
zar de las más altas distinciones políticas. Se 
puso al frente del Ministerio-Regencia, ejerciendo 
la dictadura hasta la llegada de Alfonso XII a 
España, en enero de 1875. Las primeras cortes 
de la restauración, que tuvieron lugar el año 1876, 
aprobaron la constitución redactada por una jun- 
ta de notables que había sido reunida por Cáno- 
vas para ese objeto. Fué muy alta la influencia 
que Cánovas alcanzó entonces en España, habien- 
do continuado en la presidencia del Consejo de 
Ministros hasta febrero de 1871, con la sola inte- 
rrupción del corto tiempo que duró el gabinete de 
Jovellar y Martínez Campos. Fué él quien formó 
el partido Conservador-Liberal, con restos del 
partido Moderado, con aquéllos que habiendo in- 
tervenido en la revolución quisieron venir a pres- 
tar su ayuda. Nombró Ministro de Gobernación 
al Sr. Romero Robledo, consiguiendo por fin que 
don Alfonso recibiera la sanción que deseaba. 
Fué Cánovas orador muy notable, hombre es- 

75 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

tudioso y de una vastísima cultura ; pero su polí- 
tica reaccionaria, cada vez más conservadora, lo 
creó hondos desafectos entre los elementos radi- 
cales ; y el día 8 de agosto de 1897 cayó en Santa 
Águeda, 'lierido por el puñal de un anarquista lla- 
mado Angiolillo. 

A propósito de su muerte, Pi y Margal escri- 
bió lo siguiente : 

* * Cánovas ha muerto a manos de un anarquis- 
ta. Su muerte, por lo trágica, ha impresionado 
aún a los que más le odiaban. Le han colmado de 
elogios los que ayer le deprimían y le han puesto 
algunos entre los más grandes hombres de la 
edad presente. Propiedad es de nuestro carácter 
ser tan exagerados en la alabanza como en la cen- 
sura. 

Cánovas valía. Hablaba bien, era siempre 
dueño de su palabra, tenía vasta instrucción, ejer- 
cía, más aún por su carácter que por su talento, 
influjo y autoridad en todos los cuerpos a que per- 
tenecía. De su partido era, no sólo el jefe, sino 
también el verbo y el alma. Aunque conservador, 
no rechazaba el progreso. Dio la ley de reuniones 
por la que nos regimos, y aceptó las de los libe- 
rales: la de la imprenta, la de las asociaciones, la 
del sufragio universal, la del jurado. Preparó 
Cánovas la restauración de los Borbones y la rigió 
desde el día en que se proclamó Rey a Don Al- 
fonso. La condujo sin vejar ni perseguir a los 
bandos vencidos, se atrajo a los que habían 'hecho 
la revolución de septiembre y no se habían decla- 
rado aún por la República, dio una Constitución 

76 



WEYLEU Y WOODFORD 

elástica que ninguno se ha permitido ensanchar 
en los veinte años que lleva de vida, y para mayor 
confianza de los nuevamente adoptados se des- 
prendió del antiguo partido moderado. Con esto 
y con la terminación de las dos guerras que enton- 
ces como ahora asolaban al país, dio en realidad 
a la restauración asiento y fuerza. 

Se los fué luego quitando. Bastardeó el sis- 
tema parlamentario hasta el punto de que Cortes 
algunas pudiesen llegar al término legal de su 
existencia, ni fuesen arbitras de la caída ni de la 
elevación de los Gobiernos. Falseó sistemática- 
mente la voluntad de los comicios, recurriendo a 
las más escandalosas coacciones y repartiendo a 
su antojo los distritos entre amigos y adversa- 
rios. Hizo de la representación nacional una ver- 
dadera farsa. Con el fin de hacer suyo el Parla- 
mento engendró el más vergonzoso caciquismo y 
sacrificó sin pudor la honra de la administración 
y la de los tribunales. Sobre todo en sus últimos 
tiempos fué exclusivista, partidario ciego, escudo 
de la inmoralidad de sus parciales, más amigo de 
elevar a las gentes por lo lisonjeras que por lo 
capaces y lo honrados. Soberbio, se gozaba en 
hacer sentir el peso de su poder ; dotado de un ex- 
cesivo amor propio, desoía los más acertados con- 
sejos y aun la voz de la justicia. Pudo con una li- 
gera y justa concesión resolver el conñicto parla- 
mentario, y se negó obstinadamente a hacerlo ; pu- 
do con una información judicial acallar los cla- 
mores de los presos de Montjuich, y prefirió que 

77 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

pasasen la frontera y nos deshonrasen a los ojos 
de las demás naciones. 

Ese hombre tan soberbio, era, sin embargo, 
débil para con la Iglesia. Nada hizo contra esa 
reacción religiosa que de día en día avanza. Con- 
sultó al estallar la insurrección de Filipinas a las 
Ordenes monásticas, se atuvo a lo que le aconse- 
jaron y pasó hasta por la humillación de que le 
impusiesen al general Polavieja. Ni aun ahora se 
manifestaba dispuesto a sacrificarlas ni amen- 
guarlas con el fin de obtener y asentar sobre jus- 
tas bases la paz del Archipiélago. 

Las guerras coloniales las condujo desastro- 
samente. Jamás supo adelantarse a los aconte- 
cimientos. A deshora siempre sus reformas, y 
no las ajustó jamás a lo que exigían el estado de 
la guerra y el espíritu de los insurrectos. No tu- 
vo ni criterio fijo ni valor siquiera para desha- 
cerse de los hombres que contrariaban su polí- 
tica. Dejó hacer y no puso el menor correctivo a 
iniquidades que nos cubren de rubor el rostro. 

Era Cánovas, como se ve, mezcla de debilidad 
y de orgullo. Tanto valía, sin embargo, con todos 
sus defectos, que no hay en el Partido Conserva- 
dor quien pueda superarle ni igualarle, ni en el 
Partido Liberal quien pueda con ventaja susti- 
tuirlo.^^ (1) 

La muerte de Cánovas determinó la consti- 
tución de un nuevo gabinete, con Sagasta como 
Presidente. 



(1) Historia de España en el Siglo XIX, por Pí y Mar- 
gal, pags. 574-575. 

78 



WEYLER Y WOODFOEJ) 

Este nació el 21 de julio de 1827, y mientras 
estudiaba en la escuela de Ingenieros de Canales 
y Puertos reveló un carácter acentuadamente re- 
belde, habiéndose negado a firmar el mensaje de 
adhesión que la dirección de dicha escuela dirigió 
a la Reina el año 1848, con motivo de la revolución 
francesa. 

Al verificarse la revolución de 1854, formó 
parte de la junta revolucionaria en Zamorra, la 
que presidió por ser ello la voluntad del partido 
progresista. Se distinguió como^ orador elocuen- 
te en las cortes constituyentes desaparecidas en 
julio de 1856. Trabajó fuertemente para organi- 
zar el Partido Progresista, cuya aspiración prin- 
cipal era el establecimiento de una monarquía 
constitucional rodeada de instituciones democrá- 
ticas. Pronto se dio a conocer como orador de 
lucha y gran polemista. Acompañaba a Prim 
cuando éste se sublevó en Villar e jo, y conspiró 
constantemente contra el gobierno de España. Se 
le condenó a muerte con motivo del grito de in- 
surrección lanzado por los artilleros el 22 de julio 
de 1896, y logró escaparse a Francia, donde pre- 
paró otra revolución. Se declaró partidario del 
sufragio universal; pero perdió su popularidad 
con motivo de la persecusión desplegada por él 
contra los republicanos. Limitó los derechos de 
asociación y de reunión. Fué jefe del Partido 
Constitucional, que luchaba frente al Partido Ra- 
dical de Zorrilla. Formó después, el Partido Fu- 
sionista, del que fué jefe y, al que pertenecieron 
casi todos los constitucionales. A través de su ca- 



79 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

rrera pública incurrió en serias contradicciones. 
Así lo demuestra el hecho de que, después de ha- 
ber atacado en 1879 la constitución de 1876, de la 
que dijo : **para mí esa constitución no sólo no tie- 
ne la gracia de Dios, sino que no tiene ninguna 
gracia", la aceptó al formar el Partido Fusionista. 
Y después de haber defendido los derechos indi- 
viduales durante el período revolucionario de 
1S6S a 1871:, declaró que tales derechos, inaliena- 
bles a juicio de los demócratas, le parecían ina- 
giiantahles. Y durante su primer ministerio, el 
año 1881, hablando sobre el sufragio universal, 
dijo: ''el sufragio universal significa el triunfo de 
la ignorancia '\ Ocupaba la presidencia del Con- 
sejo de Ministros al estallar en Cuba la guerra 
civil de 1895, continuando en ella hasta el 18 de 
marzo, en que su renuncia fué aceptada. 

La muerte de Cánovas facilitó las negociacio- 
nes diplomáticas. Al constituirse el nuevo go- 
bierno y llegar el general Woodford, la perspec- 
tiva pareció mejorar considerablemente. ''El úl- 
timo hombre y la última peseta", no era el lema 
del partido de Sagasta. Este, aunque dominante 
y no tan progresista como era de desear, guarda- 
ba una actitud diferente a la de Cánovas con res- 
pecto a la revolución. 

Los Estados Unidos vieron con satisfacción 
el cambio de gobierno, pues era más fácil nego- 
ciar con hombres de ideas relativamente libera- 
les, que con políticos tan intransigentes como Cá- 
novas, cuyo programa s-e condensa en las si- 
guientes palabras atribuidas a él por un perio- 
dista francés; 

.80 



WEYLER Y WOODFORD 

* * Soy hombre de calma, pero muy resuelto, No 
me dejo llevar por los arrebatos, ni soy propenso 
al desaliento. De imperturbable e inquebranta- 
ble firmeza, no acepto la conciliación, no quiero 
medidas a medias, ni me avengo a transacciones 
con los rebeldes. 

Por otra parte, ¿a qué transigir con los ele- 
mentos de la raza negra! Así no conseguiríamos 
la pacificación definitiva, sino una tregua. Y ¿de 
qué serviría una tregua! ¿Para volver a empezar 
al cabo de ocho o diez años f No es ese mi sistema. 

Mientras ocupe este sillón, mi política se re- 
sumirá en la siguiente fórmula : Nada de baladro- 
nadas, nada de temeridades, calma y firmeza en el 
interior, y en el exterior ninguna concesión, nin- 
gún retroceso, ninguna debilidad ante nadie, 
quien quiera que éste sea. El derecho está de 
nuestra parte, y tenemos el inquebrantable pro- 
pósito de hacerle valer.'' (1) 

Al contrario, el nuevo gobierno, o sea el go- 
bierno de Sagasta, admitía que los intereses ame- 
ricanos eran afectados por la revolución de Cuba; 
y al contestar la nota de que era portador el mi- 
nistro Woodford, lo hace de manera que permite 
a los Estados Unidos alentar nuevas esperanzas 
de un arreglo amistoso en la Gran Antilla. En su 
mensaje de diciembre 6 de 1897, el Presidente Me 
Kinley lo reconoce así: ^^La contestación a nues- 
tra nota", dice, ^^fué recibida el 23 de octubre. Se 
dirige a la consecución de una mejor inteligencia. 



(1) Historia de España en el Siglo XIX, por Franco. Pí y 
Margal, páge. 574-575. 

81 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

Aprecia los propósitos amistosos de este gobier- 
lio. Admite que nuestro país es profundamente 
afectado por la guerra en Cuba y que nuestros 
deseos de paz son justos. Declara que el presente 
gobierno español está obligado por toda clase de 
consideraciones a efectuar un cambio de política 
que satisfaga a los Estados Unidos y conduzca a 
la paz en Cuba dentro de un término razonable. 
Á este fin ha decidido llevar a efecto las reformas 
políticas defendidas por el actual Presidente del 
Consejo, sin detenerse por ninguna razón en el 
camino que, a su juicio, conduce a la paz. Las 
operaciones militares continuarán; pero serán hu- 
manas, se llevarán a cabo con toda consideración 
hacia los derechos privados, e irán acompañadas 
de una política conducente a la autonomía de 
Cuba, mientras se conserva la soberanía españo- 
la. Esto, se dice, resultará en investir a Cuba con 
una personalidad distinta ; pues estará gobernada 
por un consejo ejecutivo y por un consejo local o 
cámara, reservando a España el control de las 
relaciones exteriores, el ejército y la armada, así 
cpmo la administración judicial. Para ello, el 
presente gobierno se propone modificar la legis- 
lación existente mediante un decreto; dejando a 
las Cortes Españolas, con la ayuda de los senado- 
res y diputados cubanos, la tarea de resolver el 
problema económico y de distribuir propiamente 
la deuda existente. '^ En este mensaje el Presi- 
dente indica que ha prestado la más seria consi- 
deración a las indicaciones relativas a la inter- 
vención americana en Cuba por razones de huma- 

82 



WEYT.ER Y WOODPORD 

iiidad, y parece entender que tal medida no debía 
adoptarse mientras en España se proyectaba nn 
cambio que permitía abrigar grandes esperanzas 
de paz entre España y la Isla. ^^La intervención 
por razones de humanidad'', dice el mensaje, **ha 
sido frecuentemente sugerida y no ha dejado de 
recibir mi más atenta consideración. ¿Pero, debe 
tal medida adoptarse cuando es aparente que un 
«ambio que permite grandes esperanzas se rea- 
liza eii la conducta de España hacia Cuba? Un 
nuevo gobierno se ha inaugurado en la madre pa- 
tria, el cual ha declarado que el mayor esfuerzo 
posible no es suficiente para mantener la paz en 
Cuba mediante las bayonetas; que vagas prome- 
sas de reforma después de haber sub^oigado a 
Cuba, no constituyen solución alguna para el pro- 
blema insular; que con la substitución del jefe de 
las fuerzan debe venir un cambio del sistema dé 
í^-norra quf^ allí es aplicado, substituyéndolo por 
uno en armonía con la nueva política, el cual no 
se propone por más tiempo obligar a los cubanos 
a la horrible alternativa de someterse o sucumbir 
rio miseria; que las reformas deben ser institui- 
das de acuerdo con las necesidades y circunstan- 
cias del tiempo; y que tales reformas, aunque 
adoptadas con el fin de dar la completa autono- 
mía a la colonia y de crear una entidad virtual y 
una administración propia, conservarán y afir- 
marán la soberanía de España por una justa dis- 
tribución de los poderes y responsabilidades so- 
bre bases de interés mutuo desprovisto de méto- 
dos egoístas.*' 

83 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

Como se ve, el gobierno de "Washington con- 
cibió muchas esperanzas con motivo del cambio 
de gobierno. Y lo que es más aún: este mensaje 
de McKinley prueba que el Gobierno Americano no 
tenía propósito alguno de lastimar los intereses 
de España, privándola de su soberanía sobre Cu- 
ba. A nuestro juicio, todos los antecedentes di- 
plomáticos de la guerra hispano-americana así lo 
confirman, aunque ninguno con más elocuencia 
que el mensaje a que acabamos de aludir. La pro- 
mesa de un gobierno autonómico para Cuba, el 
cual se creyó que aseguraría definitivamente la 
paz en la Antilla, fué recibida por los Estados 
Unidos con muestras de placer. 

En su mensaje. McKinley^ hizo además un es- 
tudio del decreto de autonomía, según había sido 
éste telegrafiado por el gobierno de Madrid a su 
representante en Washington, y terminó dicien- 
do que **si en lo sucesivo la intervención en Cuba 
fuere necesaria, como un deber impuesto por las 
obligaciones hacia la patria, hacia la civilización 
y hacia la humanidad, ello sería sin culpa de su 
parte, y sólo debido a la necesidad; y tal acción 
sería tan clara que habría de recibir la aprobación 
del mundo civilizado.'' 

En su mayor parte, la prensa de los Estados 
Unidos elogió el mensaje del Presidente, conside- 
rándolo de tonos conservadores y pacíficos. Los 
partidarios de la insurrección, sin embargo, le 
atacaban violentamente. Entre éstos incluíanse 
el ** Journal" y el **Sun" de Nueva York, dos de 
los diarios más grandes y de los más entusiastas 

84 



WEYLER Y WOODFORD 

defensores de la revolución. Dupuy de Lome, re- 
firiéndose a dicho mensaje, en telegrama de di- 
ciembre 8 de 1917 dice al Ministro de Estado : 
*^ Aunque hay mucho en él que molesta, ello se ex- 
plica si se tienen en cuenta los sentimientos del 
Congreso. A los demócratas y opositores del 
Presidente, el mensaje les ha parecido sin fuerza. 
Taylor, actualmente en Mobile, publica un ataque 
rabioso contra el Presidente, calificando el men- 
saje de indiferente, frío y cínico *' 

A este mensaje siguieron días de relativa cal- 
ma. El Presidente de la República y el Secretario 
I)ay salieron tan pronto como se leyó el mensaje, 
regresando el día 16 del mismo mes. La mayor 
parte del Gabinete y el Assistant Secretar y de 
Estado asistieron a los funerales de la madre del 
Presidente. El Congreso había estado ocupado 
con asuntos locales .... El sábado, 18 de diciem- 
bre, el Congreso suspendería su sesión hasta el 5 

de enero de 1898 ** Hasta que no se haya 

constituido un gobieriio en Cuba y se hayan lle- 
vado a efecto los decretos, se debe estar en ex- 
pectación'', dice Dupuy. '* Considero buena la 9\- 
tuación, y la decisión tomada anoche (15 de di- 
ciembre de 1897) por los demócratas de ]a mino- 
ría de la Cámara colocándose del lado de los In- 
surrectos, nos conviene, pues significa oposición 
unida a los republicanos y al Gobierno. La pren- 
sa escasamente se ocupa de la cuestión de Cuba, 
y yo creo que debemos asumir una actitud reser- 
vada, hasta que se haya formado el primer go- 
bierno insular.'' 



85 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

En la nota de octubre 23 enviada por Pío Gu- 
llón al ministro Stewart Woodford, España in- 
sistía en que los Estados Unidos, al permitir que 
en su territorio los revolucionarios llevaran a ca- 
bo su propaganda, violaban los principios de neu- 
tralidad admitidos por el Derecho Internacional 
Público. 

Cada vez que el Gobierno Español tuvo opor- 
tunidad de expresar sus opiniones con respecto a 
la cuestión del reconocimiento de la beligerancia 
de Cuba, lo liizo negando que procediera, y aplau- 
dió la actitud del Presidente cuantas veces en sus 
mensajes al Congreso o en las notas al Gobierno 
de la Península, expresó su propósito de no re- 
conocer como beligerantes a los revolucionarios 
cubanos. De aquí surgió la siguiente cuestión: 
¿podía España exigir de los Estados Unidos los 
deberes de una nación neutral en cuanto concer- 
nía a la revolución en Cuba? 

En la nota de abril 18 de 1874, enviada por el 
entonces Secretario de Estado, Sr. Fish, al almi- 
rante Polo de Bernabé, se discutió esta cuestión. 
*^Lo que en tal caso una potencia no puede a sa- 
biendas permitir que se haga contra otra sin vio- 
lar los deberes internacionales'', dice el Secreta- 
rio Fish, ^^está definido con suficiente precisión 
en el estatuto de 1818, conocido con el nombre de 
Ley de Neutralidad de los Estados Unidos.'' 

Según dicho estatuto, una nación amiga no 
puede consentir que se enlisten dentro de su ju- 
risdicción territorial, fuerzas navales y militares, 
con el fin de ayudar a los insurrectos. De acuerda 

86 



WEYLER Y WOODFORD 

con la opinión de la Corte Suprema de los Esta- 
dos, dada en el caso de Wiborg contra los Estados 
Unidos, no puede considerarse un crimen u ofen- 
sa contra éstos bajo las leyes de neutralidad del 
país, que salgan de éste uno o varios individuos 
con intención de ingresar on el servicio niilí^'^r 
extranjero; ni se pueden estimar violadas las le- 
yes de neutralidad de los Estados Unidos porque 
se conduzcan personas a países extranjeros don- 
de se proponen ingresar en el ejército. Así mis- 
mo resolvió la Corte Suprema, que el transporte 
de armas, municiones y otros materiales de gue- 
rra de los Estados Unidos, a cualquier otro país, 
ya con intento de usarlas en la guerra o con cual- 
quier otro fin, no constituye una ofensa contra la 
nación, no envolviendo ello la violación de ningún 
principio de neutralidad, admitido por la Repú- 
blica. 

El primero de febrero de 1898, el Ministro de 
Estado contestó la nota que Woodford le remitió 
el 20 de diciembre de 1897; y en su contestación 
Gullón mantenía que los Estados Unidos no de- 
ben ni pueden legalmente intervenir en los asun- 
tos de Cuba (Woodford dejaba entrever en su no- 
ta lo que ya en otras notas y en mensajes del Pre- 
sidente se transparentaba claramente: El propó- 
sito de intervenir para poner término a la revo- 
lución). 

Como cuestión de derecho, creemos que los 
Estados Unidos podían intervenir si era ello ne- 
cesario para impedir daños inminentes, pues es 
doctrina bien establecida en Derecho Internacio- 



87 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

nal, que la intervención con el fin de impedir talos 
daños a la parte interventora, está justificada. 
También se 'lia sostenido por los tratadistas que 
en algunas ocasiones, razones de humanidad jus- 
tifican la intervención; la que, desde lue.í^o, en 
tal caso, sólo debe realizarse para impedir actos 
de crueldad, y aiempre que haya la oportunidad 
de poner térmmo a tales actos mediante la inter- 
vención. La Ilota de España lle^^aba, sin embar- 
g'o, hasta a amenazar a los Estados Unidos con la 
g-uerra si se decidían a intervenir en la Antilla. 
''El Gobierno Español' ', dice Gullón, ''no ad- 
mitió que razones de proximidad o daños e.msa- 
dos por la guerra a países vecinos, pueden dar a 
éstos el derecho de limitar a un tiempo más o me- 
nos largo la duración de una lucha, para todos de- 
sastrosa ; pero más desastrosa aún para la nación 
en cuyo seno explotó o se mantiene, según su ex- 
celencia voluntariamente admite. Mi nota de oc- 
tubre 23, al referirse a este punto en términos ge- 
nerales, probó con perfecta claridad que, en vista 
de las estrechas y varias relaciones que existen 
entre los modernos estados, una perturbación sur- 
gida en cualquiera de ellos, puede justificar las 
naciones vecinas al expresar su deseo de paz y 
ofrecer sugestiones amigables ; pero nunca y bajo 
ninguna circunstancia justifica la intrusión o in- 
tervención extranjera. Tal iní^erencia conduciría 
a una intervención que cualquier estado que posea 
algún respeto propio, tendría que repeler por la 
fuerza, aunque fuese necesario agotar, en la de- 
fensa de la integridad de su territorio y de su in- 

88 



WEYLER Y WOODFORD ' ' 

dependencia, absolutamente todos los recursos a 
su disposición. España actuaría de acuerdo con 
este honroso principio (el único compatible con la 
dignidad nacional) del mismo modo que los Es- 
tados Unidos noblemente actuaron de acuerdo 
con él, cuando, en 1861, se sospechó que se inten- 
taba ejercer influencia mediante intervención ex- 
tranjera en la lucha doméstica que se llevaba a 
cabo entonces/' 

El día 8 de febrero de 1898, el Ministro de 
Estado Español envió a los embajadors de Su Ma- 
jestad en París, Berlín, Londres, Viena, Roma y 
San Petersburgo, el siguiente telegrama: 

^^La situación oficial con los Estados Unidos, 
es casi la misma que hace diez días; pero el des- 
plegamiento y concentración de fuerzas navales 
cerca de la Habana y en aguas cercanas a la Pe- 
nínsula (España), así como la persistencia con 
que el Maine y el Montgomery permanecen en las 
grandes Antillas, causa creciente ansiedad, y po- 
dría, mediante alguna desgracia, determinar un 
conflicto/' 

^^ Estamos tratando de evitarlo a toda costa, 
realizando esfuerzos heroicos para mantenernos 
en la más severa actitud/' 

El conflicto, pues, parecía seguro, y este te- 
legrama, sin duda, iba encaminado a preparar la 
opinión, disponiéndola en favor de España, caso 
de estallar la guerra. 



89 



LA INDISCRECIÓN DE ÜN DIPLOMÁTICO 
Y LA CATÁSTROFE DEL MAINE 



r 



LA INDISCRECIÓN DE U^ DIPLOMÁTICO 



El 12 de noviembre de 1897, Canalejas, acom- 
pañado del Ministro Español en Washington, Du- 
puy de Lome, visitó al Presidente McKinley, cele- 
brando con él una entrevista. Según telegrama 
de Dupuy al Ministro de Estado Español, la entre- 
vista de Canalejas con el Presidente fué altamen- 
te satisfactoria. McKinley dio al político español 
ana cordial bienvenida, y manifestó la alegría con 
que observaba el desarrollo de los acontecimien- 
tos, expresando la esperanza de que en virtud de 
las medidas políticas adoptadas por el nuevo go- 
bierno, todo motivo de rencor desaparecería. Rei- 
teró McKinley a Canalejas y a Dupuy su amor a 
la paz, y su deseo de mantener relaciones cor- 
diales con España. 

. Estas manifestaciones revestían gran impor- 
tancia y hacían concebir esperanzas muy halaga- 
doras, debiendo producir efecto altamente satis- 
factorio en España, si se tiene en cuenta la gran 
siirnificación política de Canalejas. Talento muy 

93 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

preclaro, había éste ocupado altos puestos en el 
Congreso y en el gobierno ejecutivo. Era gran ora- 
dor, literato de vastísima cultura y profesor de 
la Universidad Central, gozando en España de 
sólido y merecido prestigio; y las manifestacio- 
nes hechas a él por el Presidente, no podían pa- 
sar desapercibidas; máxime cuando regresaba 
aquél de la Isla de Cuba, donde había ido a estu- 
diar las condiciones reinantes, según lo hizo cons- 
tar él mismo antes de salir de España. 

Mientras estaba Canalejas en Cuba, Dupuy 
de Lome le escribió desde Washington una carta 
contentiva de frases injuriosas para el Presiden- 
te McKinley. Parece que antes de que la misma 
llegase a su destino, alguien la interceptó apode- 
rándose de ella ; o que después de haberla recibido 
Canalejas, se le extravió, encontrándola algún 
amigo de la revolución y enemigo de España. El 
que la encontró la retuvo en su poder hasta que 
tuvo oportunidad de entregarla a la Junta Revo- 
lucionaria en Nueva York, quien, a su vez, la en- 
tregó a *^The JournaP', importante diario neo- 
yorkino, simpatizador y defensor de la revo- 
lución. El día 8 de febrero de 1898, Dupuy de 
Lome tuvo conocimiento de que la carta había lle- 
gado a manos de los amigos de la revolución y de 
que sería publicada por **The Journal"; y com- 
prendiendo lo difícil que le sería continuar en su 
puesto después de tal publicación, Dupuy envió al 
Ministro de Estado el siguiente cablegrama: 

*'The Journal manifestará mañana que tiene 
una carta escrita por mí al Sr. Canalejas, pocos 

94 



£iA INDISCRECIÓN DE UN DIPLOMÁTICO 

días después del mensaje de McKinley, en la cual, 
al expresar mi opinión, usé expresiones humillan- 
tes para el Presidente de la República. The Jour- 
nal sostiene que al Sr. Canalejas se le extravió 
dicha carta, yendo a parar a manos de la Junta. 
Yo creo que él nunca la recibió y que alguien la 
interceptó apoderándose de ella en la Habana. 
De todos modos, aunque yo no recuerdo los tér- 
minos de la misma, ello puede ser cierto, y mi po- 
sición aquí sería insostenible. Lo notifico a su Ex- 
celencia para que se adopten las medidas más con- 
venientes para la reina y para España, sin consi- 
deración alguna para mí.^' 

El 9 de febrero, el mismo Dupuy cablegrafió 
otra vez al Ministro de Estado informándole 
**que la carta había sido publicada en The Jour- 
lial." 

El Assistant Secretario de Estado, Day, vino 
a verle con el fin de enterarse de si la carta era 
suya. Dupuy contestó que sí, y que como minis- 
tro de España nada podía decir; pero reclamaba 
su derecho a expresar su opinión privadamente 
en la misma forma en que con igual frecuencia y 
menos discreción, los agentes americanos lo ha- 
bían hecho. 

**Mi posición'', continúa diciendo el cable- 
grama, *'no puede ser lo que había sido antes; yo 
no creo que pueda continuar aquí. El Departa- 
mento de Estado ha informado a la prensa que 
Woodford se comunicará con el gobierno de su 
Majestad." 

El día siguiente, o sea el 10 de febrero de 

95 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

1898, el ministro Gullón cablegrafió a Dupuy, 
aceptando su renuncia, y disponiendo que el Se- 
cretario de la Legación le substituyera interina- 
menteA El mismo día Woodford se avistó con el 
Secretario de Estado, leyéndole el despacho que 
había recibido de Washington, el cual decía : 

**Ha sido publicada por la prensa una carta, 
dirigida a principios de diciembre último por el 
Ministro Español al Sr. Canalejas, la cual aquél 
admite que fué escrita por él. Ella contiene ex- 
presiones relativas al Presidente de los Estados 
Unidos, de tal carácter, que determinan la inuti- 
lidad del Ministro como medio de franco y sin- 
cero intercambio entre este país y España. Se 
ordena a Ud., por tanto, que sin demora, mani- 
fieste al Ministro de Estado que el Presidente es- 
pera que el Ministro Plenipotenciario en Wash- 
ington sea llamado inmediatamente.^* 

El 11 de febrero, Dupuy cablegrafiaba al Mi- 
nistro de Estado informándole que había hecho en- 
trega de la legación al primer secretario, Du Bosc, 
quien actuaría como eliarfjé d'aff aires; y el 14 
del mismo mes el Ministro Americano envió al Mi- 
nistro de Estado Español la siguiente nota: 

^* Excelencia: La tarde del jueves último, día 
10 de febrero, y después de suspendida la sesión 
del Consejo de Ministros, tuve el honor de viáitar 
a Su Excelencia y leerle una copia del cablegrama 
que aquella mañana yo había recibido de mi Go- 
bierno, en relación con una carta escrita por él 
Ministro Español en Washington. Entonces ma- 
nifesté que comunicaría a mi Gobierno inmediata- 



iLA INDISCRECIÓN DE UN DIPLOMÁTICO 

mente y por telégrafo, la contestación de Su Ex- 
celencia, y dejé en su poder una copia de dicho 
cablegrama. Entendí que Su Excelencia me con- 
testó que el Gobierno Español sinceramente la- 
mentaba la indiscreción del Ministro Español en 
Washington, y que su renuncia había sido pedida 
y aceptada por cable antes de nuestra interview 
celebrada entonces. Inmediatamente cablegrafié 
esto a mi Gobierno. Es posible que yo interpre- 
tara mal las manifestaciones de Su Excelencia, 
en cuanto a que le hubiere sido pedida al Ministro 
la renuncia por vuestro Gobierno. Hoy es el cuar- 
to día desde que tuve el honor de visitar a Ud., y 
aiin no he tenido la satisfacción de recibir ninguna. 
indicación formal de que el Gobierno de Su Ma- 
jestad lamente y desapruebe el lenguaje empleado: 
y los sentimientos expresados en la susodicha 
carta, dirigida por el Ministro de Esr^afia en 
Washington a un distinguido ciudadano español. 
Espero y creo con placer que el Gobierno Es- 
pañol no puede haber recibido el texto de la carta 
escrita por Dupuy a Canalejas; y que motivó mi 
visita a Su Excelencia el jueves último; y por esta: 
razón tengo el deber de poner en conocimiento 
de Su Excelencia, los siguientes extractos de di- 
cha carta, los cuales son notablemente ofensivos a 
mi gobierno: - 

Primero j el mensaje ha desengañado a los in- 
surrectos que esperaban otra cosa y ha paralizado 
la acción del Congreso; pero yo lo considero malo. 
Además de la natural e inevitable grosería con 
que se repite cuanto ha dicho la prensa y la opi- 

97 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

nión en España, demuestra una vez más lo que es 
McKinley : débil y populachero y además un poli- 
ticastro que quiere dejarse una puerta abierta y 
quedar bien con los gingos de su partido. 

Segundo, seria muy importante que se ocu- 
paran aunque no fuera más que para efecto de las 
relaciones comerciales y que se enviase aquí un 
hombre de importancia para que yo le usara aqui 
para hacer propaganda entre los senadores y 

otros en oposición a la Junta y para ir 

inmigrante. 

La última palabra antes de ** inmigrante*', y 
que se ha indicado mediante un guión, es casi 
ilegible. 

Deseo llamar la atención de Su Excelencia 
hacia el carácter insultante del primer pasaje y 
la insinceridad que fundamenta el segundo.'* 

A esta nota contestó el Ministro de Estado, 
manifestando haber expresado al Ministro Ame- 
ricano su sentimiento por el incidente En cuan- 
to concierne al Sr. Dupuy, la contestación se li- 
mita a manifestar que el hecho de haber el go- 
bierno aceptado la renuncia de un funcionario 
**cuyos servicios habían sido utilizados y alta- 
mente apreciados hasta aquella fecha, deiaba es- 
tablecido perfectamente que el Gobierno Español 
no compartía y sí, por el contrario, desautorizaba, 
la crítica tendente a ofender o censurar al .iefo de 
un estado amigo ; aunque tal crítica había sido es- 
crita a un amigo personal y había alcanzado la 
publicidad por medios criminales.*' 

Un examen de la situación de Cuba y del es- 



í 



98 



(LA INDISCRECIÓN DE UN DIPLOMÁTICO 

tado de las relaciones entre España y la Repú- 
blica del Norte, lleva a la conclusión de que la pu- 
blicación de la carta de Dupuy contribuyó pode- 
rosamente a la ruptura de relaciones que dos me- 
ses después tenía Instar entre esas dos potencias. 
EvS indudable, que la conducta del Ministro 
Español, al escribir diclia carta, acusa una indis- 
creción inexcusable, y deja mal paradas las ha- 
bilidades diplomáticas de Dupuy. Este no puede 
neg'ar que conocía pei'Fectamentb el estado de la 
opinión americana. El sabía que la revolución 
contaba con un crecido número de partidarios en 
los Estados L^nidos y le constaba así mismo que 
en Cuba, donde se realizaba la tragedia revolu- 
cionaria, con excepción de los peninsulares y de 
alguno que otro empleado del gobierno, todos sim- 
patizaban con la causa de los rebeldes. La pru- 
dencia más elemental acón sei aba, pues, que el re- 
presentante diplomático de España, cuyo esfuer- 
zo todo debió encaminarse a conquistar para su 
patria los sentimientos de amistad del pueblo y 
del Gobierno Americanos, se abstuviera en abso- 
luto de hacer manifestaciones que, de ser publi- 
cadas, pudieran ofender la dignidad y herir la 
susceptibilidad del gobierno ante el cual desem- 
peñaba sus funciones diplomáticas en momentos 
tan críticos. Escribir una carta en tales términos 
y bajo tales circunstancias, y enviarla por correo 
nada menos que al teatro de la revolución, como 
lo era la Isla de Cuba, es el colmo de la indiscre- 
ción. El hecho de que la misma procediera de los 
Estados Unidos y fuese dirigida a una persona- 

99 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

Ildad tan conspicua como la del señor Canalejas, 
tenía que despertar la curiosidad de los emplea- 
dos de correo, entre los cuales no faltaría algún 
amigo de la revolución, dispuesto a no desperdi- 
ciar oportunidad de ayudarla. 

McKinley debió sentirse profundamente 
agraviado al leer las injuriosas frases de esa car- 
ta. Si hemos de creer las manifestaciones del 
mismo Dupuy, aquél le había tratado con exqui- 
sita cortesía, con deferencia a caso desusada por 
el Presidente de los Estados Unidos hacia un mi- 
nistro plenipotenciario. Así lo demuestra el si- 
guiente cablegrama enviado por Dupuy a su go- 
bierno el 28 de enero de aquel mismo año. 

Anoche se efectuó la comida diplomática 
anual. Al retirarnos para tomar café, el Presi- 
dente me invitó a sentarme en una mesa pequeña 
con él y los embajadores inglés, alemán y fran- 
cés, aunque estaban presentes nueve ministros 
que me precedían. Cuando nos levantamos, se me 
acercó el Presidente y me dijo : 

Veo que sólo tenemos buenas noticias. Es- 
toy muy satisfecho con lo que ha ocurrido en la 
Cámara y con la disciplina de los Republicanos. 
Ud., que comprende esto, sabrá cuan fuerte es 
nuestra posición y cuanto ha cambiado y moj ora- 
do durante el último año. Ud. no tiene motivos 
para estar nada más que satisfecho y confiado. 

Esta sincera declaración fué escuchada por 
todos los diplomáticos extranjeros.'' 

Y sabido es que pocas veces nos sentimos tan 
ofendidos como cuando la injuria proí»-^-de de una 

100 



LA INDISCRECIÓN/ D¿ Ún! pipD0;¿ATICO 

porsona a quien hemos dispensado especial consi- 
deración. 

Pero con mucha sorpresa se observa, estu- 
diando los documentos diplomáticos relativos al 
mencionado incidente, que no sólo Dupuy de Lo- 
me, sino también su gobierno, incurrió en gran 
torpeza e imprevisión diplomática. 

Si el Ministro de Estado comprendía, como 
indudablemente tuvo que comprender, que Espa- 
ña se hallaba abocada a un conflicto con los Esta- 
dos Unidos, parece lo más natural y lo único pru- 
dente y aconsejable, bajo tales circunstancias, 
que, al tener conocimiento del agravio inferido 
por su ministro en Washington al Presidente de 
la República, pusiera en práctica todos los medios 
lícitos a su alcance para borrar aquella ofensa e 
impedir que la misma se convirtiera en motivo de 
hostilidad y rencor hacia España. 

El Gobierno Español debió haber pensado que 
el Presidente de los Estados Unidos era sencilla- 
mente un estadista que se había distinguido por 
muchos conceptos ; pero que, como todos los hom- 
bres, conservaba su orgullo personal y el senti- 
miento de su propia dignidad. Una carta del re- 
presentante de una nación amiga dirigida a un 
personaje de gran valer, acusando al Presidente 
de hombre débil, populachero, grosero y politi- 
castro, debió haber causado a éste un gran enojo. 
Suponer lo contrario, acusa una ignorancia inex- 
cusable de la naturaleza y de la psicología hu- 
manas. 

McKinley, como Presidente de los Estados 

101 



\c . . ^. .CAUSAS cY^CONSECUENUTAS 

Unidos, podía provocar la guerra en cualquier mo- 
mento. Dada la excitación general y la actitud 
de hostilidad manifiesta hacia los intereses de Es- 
paña en Cuba, en más de una ocasión demostrada 
por el Congreso, sólo bastaría que el Presidente 
se dirigiera a éste, expresando la opinión de que 
debía intervenirse en los asuntos de aquella Isla, 
para que así se hiciera sin demora. Si no de de- 
recho, por lo menos de hecho, la continuación de 
relaciones aoilstosas entre España y los Estados 
Unidos dependía de la voluntad del Presidente 
de la República. 

Dada la tirantez diplomática que por algún 
tiempo se observaba entre las dos naciones, es 
natural que España comprendiera todo esto. Y 
no se concibe como fué que hizo tan poco para di- 
sipar la mala impresión causada en los Estados 
Unidos, y, sobre todo, en el ánimo del Presidente, 
por la carta de Dupuy. La contestación a la úl- 
tima citada nota del Ministro Americano en Ma- 
drid, es una prueba inequívoca de que el gobierno 
español aplaudía la acción de su representante 
en los Estados Unidos. Alegar, como alegaba el 
Ministro de Estado, que el mero hecho de acep- 
tarle la renuncia ^a su ministro plenipotenciario 
en Washington demostraba que el gobierno no 
compartía la crítica contenida en dicha carta, es 
más propio de un amateur que de un diplomático 
y estadista de la altura que debemos atribuir al 
señor Pío Gullón, pues cualquier persona inicia- 
da en los principios fundamentales de la diplo- 
macia y del derecho internacional público, sabe 

102 



LA INDISCRECIÓN DE UN DIPLOMiATICO 

que cuando un representante diplomático no es 
grato al gobierno ante el cual ejerce sus funcio- 
nes, debe ser llamado inmediatamente, ya que su 
actuación ha de resultar, en la mayoría de los ca- 
sos, inútil e ineficaz. Más aún: nadie ignora que 
cuando un diplomático no es grato ante el gobier- 
no que lo ha recibido, éste puede demandar que 
se le retire, como en este caso lo hizo el gobierno 
de Washington. De suerte que, por más que el 
gobierno de España no hubiera querido aceptar 
la renuncia de Dupuy, al ser requerido por el go- 
bierno americano para que lo retirara, no hu- 
biera podido dejar de hacerlo. 

Es verdad que en nota de febrero 19, el mi- 
nistro Woodford comunicó al Ministro de Estado 
que el Departamento de Estado en Washington le 
había cablegrafiado ordenándole que informara 
al Ministro de Estado en Madrid que su nota de 
febrero 15 terminaba satisfactoriamente el inci- 
dente surgido con motivo de la carta del diplomá- 
tico español. Pero no cabe olvidar que ese es pu- 
ro lenguaje diplomático, y que sería infantil su- 
poner que implicaba el olvido completo por parte 
de McKinley, de la ofensa recibida mediante la 
publicación de aquella carta. Toda vez que era 
ésta una carta particular del Ministro Español, y 
que su gobierno, aunque en términos un tanto 
fríos, ía había desaprobado, el Departamento de 
Estado no podía menos que declarar terminado el 
incidente, como cuestión oficial; mas, como cues- 
tión personal, es muy probable que continuara 
latente por mucho tiempo. 

103 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

Parece que las circunstancias se conjuraban 
para complicar más cada día la situación. Cuan- 
do aún no se había zanjado por completo este in- 
cidente, otro de mayor importancia tuvo lugar. 
El Maine, barco de guerra americano, era hun- 
dido en la bahía de la Habana el 15 de febrero de 
1898. 

El día 25 de enero del mismo año, el Ministro 
Wooc'f vord c nnunicó al Ministro de Estado en Ma- 
drid, que había recibido un despacho cablegráfico 
del Gobiorn;) -mericano, informándole que los Es- 
tados CJnidos se proponían empezar de nuevo vi- 
sitas navales amistosas a los puertos de Cuba y 
que, con tal motivo, el Maine visitaría el puerto 
de la Habana dentro de uno o dos días. A esta 
nota, el Ministro de Estado contostó al Ministro 
Plenipotenciario Americano acusándole recibo, y 
manifestándole que el gobierno de Su Majestad, 
apreciando el carácter amistoso que la visita ten- 
dría, había decidido corresponder, enviando, den- 
tro de poco tiempo, algunos de los barcos de la 
marina española a los puertos principales de la 
Unión, como testimonio de sus amistosos senti- 
mientos. Al amanecer del día 16 de febrero de 
1898, el Capitán General de Cuba cable;0:rafió a Du 
Bosc, charcjé d'affaírs español en Washington, 
comunicándole la explosión del Maine, y el 23 del 
mismo mes Du Bosc informaba al Ministro de 
Estado que el Senado había pasado una resolución 
asignando la suma de diez millones de dólares 
para la construcción de fortalezas, y otra resolu- 
ción creando un aumento de dos regimientos más 

104 



LA INDISCRECIÓN DE UN DIPLOíHATICa 

de artillería. También comunicaba Du Bosc al 
Ministro de Estado que, además de esa prepara- 
ción, él observaba cierta aprehensión en los circu- 
ios gubernativos de Washington. Estas noticias 
constituían una voz de alarma para España. In- 
dicaban que la hora fatal se acercaba. El tan te- 
mido conflicto se precipitaba. La intervención 
americana, que tanto se había discutido, pronto 
sería un hecho, y la guerra, con todos sus horro- 
res, tendría lugar una vez más. El 25 de febrero 
Du Bosc trasmitía al Ministro de Estado esta no-=^ 
ticia sensacional: 

** Informes alarmantes de Cuba, recibidos 
ayer, tarde, indicando que la catástrofe del Main^ 
se debió a una mina submarina, han producido lá 
mayor agitación, hasta el punto de que aún los 
hombres más importantes y conservadores han 
perdido sus cabezas. Se aguarda con ansiedad el 
informe oficial americano. Si éste declara que lá 
catástrofe se debió a un accidente, creo que puedo 
asegurar a Su Excelencia que el peligro actual 
terminará; pero, si por el contrario, el informe 
alega que el accidente se debió a una mano crimi- 
nal, tendremos que afrontar la más grave situa- 
ción. * ' 

Los preparativos americanos continuaban. 
La agitación y efervescencia eran cada vez mayo- 
res. El 10 de marzo, el nuevo Ministro Plenipo- 
tenciario de España en Washington, Polo de Ber- 
nabé, tomó posesión de su cargo. Al comunicarl9 
a su gobierno, le informó también que el Congre- 

105 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

m había votado unánimemente una asignación de 
cincuenta millones de dólares para armamentos; 
y el 16 del mismo mes participó a su gobierno 
que había sido llamado por el Secretario Day, y 
que éste le había manifestado que los Estados 
Unidos no deseaban la guerra ni querían para 
ellos la isla de Cuba, y que los preparativos de 
guerra se debían a la actividad con que España 
adquiría grandes armamentos y nuevas unidades 
para su escuadrón. • Tres días más tarde, el 19 de 
marzo, comunicaba al Ministro de Estado, que los 
barcos de guerra Massachussett y Texas se ha- 
bían unido al escuadrón que se hallaba en Hamp- 
ton Roads; que nuevos distritos militares se ha- 
bían formado en el Sur, y que un bilí se había 
presentado en la Cámara, añadiendo ciento tres 
mil hombres más al contingente de la armada. 

Estos informes, naturalmente, no podían satis- 
facer a España ; y el Ministro de Estado lo mani- 
festó así a los embajadores españoles en París, 
Berlín, Viena, Londres, San Petersburgo, Roma 
y el Vaticano. La situación, sin embargo, no era 
aún desesperada. El día 18 de marzo, el Senador 
Proctor pronunció un discurso de tonos concilia- 
dores, en que aconsejaba que la solución del pro- 
blema de Cuba se dejara en manos del Presidente. 
Polo, al comunicar esta noticia a su gobierno, 
agregaba que estaba bajo la impresión de que el 
Presidente trataría de contener el sentimiento 
público, el que se manifestaba fuertemente en fa- 
vor de la insurrección; pero a su vez agregaba 
que cualquier incidente podía impedirlo. 

106 



EL FRACASO 13E LA AUTONOMÍA 
EN CUBA 



VI 

EL FRACASO DE LA AUTONOMÍA EN CUBA 

El primero de enero de 1898, se implantó la 
nueva carta orgánica concídida por el Gobierno 
de Sagasta a los cubaiius». Componíase el go- 
bierno de la Isla de los Síes. Galves, Zayas, Ro- 
dríguez, Saenz, Ibañey. y (íovin. Presidía el Con- 
gejo el Sr. Galves. Estos prestaron juramento 
el día primero de enero, con excepción de Govin 
que lo hizo el 15 del mismo mes. Después de la 
jura, el Capitán General leyó un discurso afirman- 
do la sinceridad con que el Gobierno de la Metró- 
poli actuaba al conceder una carta autonómica a 
la Isla. 

El General Blanco, obedeciendo instrucciones 
de la Reina Recente, publicó el bando siguiente: 

**E1 gobierno de Su Majestad, accediendo a los 
deseos expresados por el Santo Padre León XIII 
y encarecidos por los embajadores de las seis 
grandes potencias de Europa, ha resuelto, para 

109 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

preparar y facilitar la paz en toda la Isla, decre- 
tar la suspensión de hostilidades, ordenándome 
que así se liaga público: 

Por lo tanto dispongo : 

Art. 1. — Decláranse suspendidas las hostili- 
dades en todo el territorio de la Isla desde el día 
sig-uiente al en que se reciba este bando en cada 
localidad. 

Art. 2. — Los detalles de ejecución y el plazo 
de duración de la tregua se determinai'án por ins- 
trucciones especiales comunicadas a los coman- 
dantes generales.'' 

El resultado de este decreto, fué negativo. 
Los revolucionarios rehusaron deponer su acti- 
tud y aceptar el armisticio, y el consejo de gobier- 
no cubano consideró una falta de consideración 
que sin su conocimiento, se publicara tal bando. 

En su contestación, el Consejo de Gobierno de 
la República Cubana hizo constar que los propósi- 
tos de la revolución no eran otros que construir 
una república sobre las ruinas de la colonia. 

^^Si la conducta seguida por los españoles 
desde que comenzó la lucha no hubiera sido tan 
anormal e ilógica, tendríamos razón sobrada pa- 
ra extrañarnos de la determinación actual. La 
falta de consideración en que se nos ha tenido 
siempre llega hoy, no ya a suponer como antes 
que no somos factor apreciable para la solución 
de los asuntos que a Cuba conciernen, sino hasta 
suprimir nuestra existencia como elementos . que 

110 ^ 



EL FRiACASO DE LA AUTONOMÍA EN CUBA 

combaten a España con las armas en la mano. 

No de otro modo se explica la pretensión de 
dictar un armisticio por una sola de las partes 
combatientes, cosa que nunca le había ocurrido a 
ejército alguno, cualquiera que sea la situación 
en que se haya encontrado. Se dice qu3 esa me- 
dida tiene por objeto preparar y facilitar la paz 
en esta Isla. España debiera sabor, como lo sabe 
hoy el mundo todo, que sólo hay un medio de ob- 
tener la paz en Cuba : reconocer nuestra indepen- 
dencia. Eso puede realizarlo el Gobierno Espa- 
ñol, bien evacuando desde luego el territorio cu- 
bano, o viniendo por camino recto y en actitud 
franca a pactar con nosotros sobre la base inde- 
clinable de la independencia absoluta e inmediata 
de toda la isla de Cuba. A ello habrá de llegarse 
necesaria y forzosamente. Y mientras más tar- 
de, peor para Cuba, peor para España, peor para 
todos, pues no habremos de ceder un á^jice de 
nuestros propósitos, firmes y resueltos hoy más 
que ayer y mañana más que hoy.'' 

El 22 de enero de 1898, el gobierno insular de 
Cuba publicó un manifiesto que firmaban Calves, 
Covín, Montoro, Zayas y Rodríguez. Después de 
fijar el alcance de la nueva constitución política 
concedida a la Isla y de expresar los propósitos 
que guiaban al gobierno provisional, el manifiesto 
terminaba con las siguientes palabras : 

**Sea el pasado enseñanza poderosa; pero no 
semillero de odios ni fuente impura de recrimina- 
ciones. Ha muerto para siempre la política de 
la suspicacia y de proscripción. Todos somos 

111 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

cubanos y todos peninsulares, porque todos somos 
españoles. La distinción entre las instituciones, 
lejos de dividir los sentimientos, los identifica; el 
vínculo de unión está en la igualdad de condición 
jurídica, en las salvadoras inspiraciones 
de la justicia y en las corrientes gene- 
rosas de la mutua confianza, estrechándose de es- 
ta suerte los lazos de la común nacionalidad con 
los de la política y el derecho. Tiempo es ya que 
la reflexión se sobreponga a los extravíos de la 
voluntad y al cinismo y al amor propio. Nadie 
tiene derecho a inmolar un pueblo en aras de 
ideales no compartidos por la comunidad, al paso 
que todos vienen obligados a secundar generosa- 
mente el alto empeño de mejorar la suerte de la 
Patria amada, asegurando los dos bienes por ex- 
celencia para toda sociedad culta: el orden y la 
libertad.'' 

Casi al mismo tiempo que circulaba este do- 
cumento, Máximo Gó^ez escribía a miembros 
prominentes del partido autonomista ratificando 
su propósito de continuar la guerra hasta obte- 
ner la conquista definitiva de la independencia 
cubana. ^*No puedo aceptar la autonomía, decía 
el Generalísimo, * aporque creo que su único fin es 
dividir a los cubanos. 

Los que se interesen por nuestra Cuba, de- 
ben rechazar esa reforma hipócritamente conce- 
dida por España. No es prudente ni sensato fiar- 
se de la sinceridad de los gobiernos españoles. 
Deben Uds. sumarse a nosotros y venir a ayudar- 

112 



EL FRACASO DE LA AUTONOMÍA EN CTJBA 

nos. El sacrificio es tanto más fácil de hacer 
cuanto que se aproxima el triunfo. 

Nuestras fuerzas crecen y nuestras esperan- 
zas serán pronto un hecho. 

Antes escribía por vía extranjera. Ahora la 
organización de los servicios de la República cu- 
bana me permiten hacerlo desde los campos li- 
bres de Cuba. 

Pronto, y como coronación de nuestra cam- 
paña, sobrevendrá una gran sorpresa. Una inter- 
vención extraña determinará el fin de nuestros 
esfuerzos.^' 

Era difícil afirmar entonces, con al)Soluta 
certeza, cual estaba llamado a ser el porvenir de 
aquella carta autonómica, como es difícil saber 
cual hubiera sido su duración definitiva en Puerto 
Eico, a quien, al mismo tiempo que a la isla de 
Cuba, se otorgaba igual constitución. La opinión 
de estadistas prominentes en la Península no era 
del todo satisfactoria para los isleños antillanos. 
Silvela, uno de los más prominentes políticos es- 
pañoles, públicamente manifestó que asentía a la 
reforma introducida en Cuba solo como medio de 
acabar la guerra. Pero si ese re;Bultado no se ob- 
tenía, a caso nuevos rumbos serian tomados. A 
este respecto se lee en la Historia de España en 
el Siglo XIX por Pi y Margal, lo siguiente: **E1 
Sr. Silvela no reparaba, sin embargo, en decir 
que sólo aceptaba la refoi-ma como medio de con- 
cluir la guerra. Se creía obligado a esperar que 
produjese o dejara de producir los apetecidos 

113 



. . ; - ; / CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

f rutds para saber si debía o no cambiarse de rum- 
bos.'' 

Rafael María de Labra, uno de los más entu- 
siastas defensores de los derechos políticos de 
Cuba y Puerto Rico, pareció abrigar serias du- 
das respecto a la eficacia y duración de aquella 
reforma. Con fecha 7 de febrero de 1897, dirigía 
desde Madrid al abogado Salvador Amell, la si- 
guiente interesante carta : 

, "Mi distinguido amigo: V. parece resuelto a 
no escribirme y yo estoy decidido a que no se in- 
terrumpa nuestra correspondencia. 

' Ahí le va la copia de la carta que hov dirijo 
al Sr. Sánchez Morales (Secretario del Directo- 
rio) por conducto del Sr. Rossy. Me interesa 
que se conozca bien ahí mi actitud delicada y co- 
rrectísima y de ningún modo se ignoren mis te- 
mores respecto de los fatales resultados de con- 
vertir ese Partido Autonomista pura y exclusiva- 
mente en un partido monárquico haciendo casi im- 
posible la tranquilidad en Puerto Rico de los que 
no sigan a este partido y concitándonos aquí, con 
negra ingratitud, la mala voluntad de los repu- 
blicanos peninsulares que todavía necesitará mu- 
cho Puerto Rico. 

Presumo que dentro de poco habrá nuevas 
elecciones de diputados a Cortes. 

•No puedo extenderme más. — Suyo afmo. Rfl. 
M. de Labra.— 7-Febrero-97.'' 

'' '■' La actitud de este gran político, a quien tan 
enipefiadas defensas debía el pueblo portorrique- 

114 



EL FRACASO DE LA AUTONOMÍA EN OUBA 

ño, contribuyó a que algunos autonomistas, entre 
los que se contaban el Dr. José G. Barbosa, Dr. 
Manuel Fernández Juncos, Don Manuel F. Rossy 
y otros, rechazaran el pacto celebrado con Sagas- 
ta por la comisión portorriqueña, mediante el cual 
el Partido Autonomista se incorporaba al Liberal 
Sagastino. El eco que de la actitud de Labra se 
hicieron Barbosa, del Valle, Fernández Juncos y 
otros, culminó en el Partido Autonomista Puro, 
o Partido Ortodoxo. Salvador Amell, que. tam- 
bién formaba en las filas del Partido Autonomista, 
contribuyó con muchos otros al movimiento en- 
caminado a sostener en el país las .mismas rela- 
ciones políticas que hasta entonces existieron :Con 
los republicanos de la Península ; de quienes, se- 
giín la frase de Labra, todavía necesitaría mucho 
Puerto Rico. Labra se había distinguido siempre 
por el celo desplegado en la defensa dé los inte- 
reses concernientes a las islas de Cuba y ]^lerto 
Rico. Conocía a fondo la política peninsular y 
parecía vislumbrar en el pacto con el partido de 
Sagasta, una amenaza para el porvenir políticp 
de las Antillas. El periódico '^ La América^', en 
su edición de mayo 28 de 1875, decía de Labra j 
de su labor por las Antillas : 

**E1 que más frecuentemente ha llevado la 
voz de la Diputación en los momentos críticos, y 
de hecho, cuando menos, tiene el carácter de Lea- 
der del grupo es uno de sus más jóvenes miem:- 
bros. Labra, que este es su nombre, no cuenta 
aún 33 años. Nacido en Cuba, e hijo de padres 
peninsulares, vino con ellos a Europa a los 10 

115 



CAUSAS Y CON<SECUENCIAS 

años de edad. En la Universidad de Madrid hizo 
i?us estudios con gran aprovechamiento, dándose 
desde muy temprano a conocer ventajosamente 
en los centros cintíficos, como el Ateneo y la Aca- 
demia de Jurisprudencia. Hijo único, fuéle dado 
recibir una educación tan completa como esmera- 
da, pues al par que cultivaba las ciencias en h)s 
libros y en el aula, no desatendió el estudio de las 
lenguas y la música, y el ejercicio de la esgrima, 
en la que muy especialmente sobresale. Pronto 
se dio también a conocer en el foro, con éxito y 
gran aprovechamiento de sus intereses .... De- 
mostró su notable competencia sobre los asuntos 
de Ultramar en la cátedra del Ateneo desde la que 
explicó en 1870 un notabilísimo curso de Política 
y Sistemas Coloniales ; luego en las oposiciones a 
la cátedra de Historia de las posesiones inglesas 
y holandesas de Asia y Oceanía, aquel mismo año 
creada en la Universidad de Madrid ; y en fin, en 
los debates por él sostenidos en el Congreso de 
los Diputados, cujeas puertas se le abrieron en 
1871, precedido ya de justa y merecida fama de 
orador elocuentísimo, le han dado la considera- 
ción, que nadie le disputa en la España Contem- 
poránea, del primero de nuestros colonistas. Sus 
muchos escritos en favor de la Eeforma de Ul- 
tramar, y más que nada, su incesante esfuerzo 
como Vice-Presidente de la Sociedad Abolicionista 
Española, de la que ha venido siendo el alma y el 
más activo propagandista, le han creado nume- 
rosos y fuertes enemigos entre los mantenedores 
del status quo: circunstancia que ha influido, no 

116 



EL FRACASO DE LA AUTONOMÍA EN CUBA 

poco, para que aun hoy se tenga, por muchos, un 
concepto por todo extremo equivocado del joven 
leader de la Diputación Puertorriqueña. Pero en 
honor de la verdad, es fuerza convenir que los 
últimos célebres debates sobre la ley de Aboli- 
ción para la Antilla Menor y las negociaciones 
con los conservadores a que aquéllos dieron lu- 
gar, ^han desvanecido muchos de los erróneos jui- 
cios que contra Labra se han formulado. Firme 
y tenaz siempre en sus propósitos, ha sabido, sin 
embargo, elegir el momento oportuno para los 
principios para el mejor éxito de sus empresas. 
Amante de la pureza del sistema parlamentario, 
se ha colocado, constantemente, desde que entró 
en la vida pública, en frente de las mixtificacio- 
nes y componendas. Y en efecto, su primer dis- 
curso en el Congreso fué la señal del fuego con- 
tra el Ministro de Conciliación de 1871; cuando 
en el Partido Radical, en que militaba, predominó 
la idea de la coalición electoral, con republicanos 
y carlistas en contra de los conservadores de la 
Revolución de 1868, se opuso Labra resueltamen- 
te a ella, previendo sus consecuencias, en un todo 
realizadas. Por último, después de la renuncia 
de D. Amadeo de Saboya fué partidario decidido, 
en el instante, de un Ministerio de Republicanos 
de la Víspera, dándose con este motivo, la forma 
ción en la última Asamblea del grupo llamado 
de los conciliadores, cuya representación ha ve- 
nido ejerciendo el diputado de Purto Rico en el 
seno de aquella célebre comisión permanente que 
tantas alarmas y peligros creó a la situación re- 
publicana de febrero. De esta suerte, colocado 

117 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

ya Labra en el número de nuestros primeros ora- 
dores por su palabra abundante y facilísima, su 
vasta instrucción, su talento y su rica fantasía, 
considérasele también, en el día, un político pre- 
visor, hábil e influyente.'^ (1) 

A propósito del decreto concediendo t^i auto- 
nomía a la isla de Cuba, publicó Castelar en él 
*^ Correo Español de Méjico'', las siguientes e 
importantes declaraciones: 

*^lill partido liberal tiene una Extrema Iz- 
quierda representada por el Sr. IMoret, y una 
Extrema Dereciía representada por el Sr. Ga- 
mazo. En estos dos polos de tal políticri debía 
repercutir, por muy contraria y opuesta manera, 
la grave trascendente frase. Así, apercibiéronse 
sus sendos representantes a un verdadero com- 
bate, el cual era tanto más sabido cuanto mejios 
público. 

Mientras el Sr. Moret quería, dirigiéndose: a 
Cuba, decirle: *Homa las autonomías y daca la 
paz", el Sr. Gamazo y el Sr. Abarzuza cambia- 
ron esta oferta en esta otra: ** daca la paz y toma 
las autonomías." Pero como esto no resolvió de 
ninguna manera el combate aquél en ningún sen- 
tido, aunque tuviese una significación muy clara 
contra las impaciencias de Moret, éste se aprove- 
chó de la primer coyuntura ofrecida por los acon- 
tecimientos y formuló en Zaragoza un proyecto 
de autonomía, el cual no solamente desconce^rtó 



(1) Boletín Histórico de Puerto Rico, Año V No. 2 de 1918. 
Pags. 118-120. 



118 



EL FRACASO DE LA AUTONOMÍA EN CUBA 

las conciliaciones que habían Gamazo y Abarzuza 
concertado, sino que borró por completo el mani- 
fiesto de Sagasta, donde aparecieran las autono- 
mías diferidas y limitadas. 

Así, pues, ni el Ministerio propio de Cuba, 
ni las dos Cámaras Insulares, ni el reconocimien- 
to en estos poderes de facultades para nombrar 
los funcionarios públicos, me asusta, pues se ha- 
llan en verdadera y completa congruencia con los 
principios radicales, sustentados por mí toda la 
vida y congénitos con los comienzos de mi vieja 
historia. Lo que me asusta, y muchísimo, es el 
conjunto de circunstancias particularísimas en 
que los decretos proclamando el régimen autonó- 
mico se dan y se promulgan. ,Ha precedido a 
ellos una impaciencia propia de cualquiera junta 
revolucionaria, y acompáíianlos una serie de sú- 
bitas improvisaciones, a cual más peligrosa. Así, 
no he podido menos que indignarme cuando he 
visto a los autonomistas cubanos que sufrieran el 
antiguo régimen por tanto tiempo, impacientarse 
y pedir la improvisación del nuevo régimen auto- 
nómico, en leyes acaso tan rápidas en su existen- 
cia como rápidas han sido en su breve e impre- 
vista formación/' (1) 

Como se ve, a Castelar le disgustaba la acti- 
tud de los autonomistas cubanos, al aceptar el 
nuevo régimen, y vaticinaba a éste una breve du- 
ración. 

Todas estas circunstancias alentaban a los 



(1) Pí y Margal, obra citada. 

119 



CAUSA8 Y CONSECUENCIAS 

revolucionarios e inducían al pueblo cubano a 
adoptar una actitud contraria al régimen que se 
le ofrecía. El día 5 de enero de 1898, * * El Recon- 
centrado ^^ un periódico que se publicaba en la 
Habana, dio a luz un suelto que decía: ''Fuga de 
Granujas. En el vapor Monserrate marcha para 
la madre patria el capitán Sr. Sánchez, ejecutor 
de aquellas órdenes terribles del Sr. Maura. '^ 
Esto dio por resultado que algunos oficiales del 
ejército, considerándose ofendidos, acometieran 
al periódico cnyendo sobre él y destrozándole 
completamente. Dada la excitación de los áni- 
mos y el malestar aun reinante, este incidente le- 
vantó una enérgica protesta que amenazaba aho- 
gar todo sentimiento de ami.« osa reconciliación 
entre el pueblo cubano y los representantes de la 
Península en la Antilla. La agitación llegó a tal 
grado, que Lee, el cónsul americano en la Ha- 
bana, pidió barcos a su país para proteger las 
vidas y haciendas de sus compatriotas, en vista 
de los motines que se sucedían en la capital de 
Cuba. La paz no era posible. Los propósitos 
del régimen autonómico fracasaban, y con éste 
fracasaba también todo esfuerzo encaminado a evi- 
tíir la intervención americana en los asuntos cu- 
banos. 



^is 



120 



LA CRISIS 



A / 



— vn — 

LA CRISIS ; 

El 22 de marzo de 1898, el Ministro Wood-: 
f ord solicitó del Ministro de Estado una entrevista, 
que debía celebrarse en la casa particular de éste 
el día 23, a las tres de la tarde. Concedida la au- 
diencia, y presente el Ministro Moret, quien Sir- 
vió de intérprete al plenipotenciario americano, 
entregó éste, al Ministro de Estado, un memoran-: 
dum en que le comunicaba que el informe rela- 
tivo al hundimiento del Maine se encontraba en 
manos del Presidente, y que, aunque no estaba 
autorizado para manifestar cuál era el carácter 
de dicho informe, podía asegurar, no obstante, 
que si no se llegaba a algún arreglo satisfactorio 
que pusiera término en muy breve plazo a la re- 
volución cubana, el Presidente sometería en se-. 
guida a la decisión del Congreso toda cuestión 
concerniente a las relaciones entre los Estados- 
Unidos y España, inclusive la cuestión le- 
vantada con motivo del hundimiento del Maine.; 
Este memorándum, que casi equivalía a un ulti- 
mátum, debió impresionar hondamente al Gobier- 

123 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

no de la Corona, pues el día siguiente, o sea el 27 
de enero, el Ministro de Estado se dirigía a los re- 
presentantes diplomáticos en el extranjero infor- 
mándoles del contenido de dicho memorándum, 
indicándoles cuál sería la contestación y sugi- 
riéndoles que informaran a los gobiernos ante 
los cuales representaban los intereses de España, 
sobre la actitud del Gabinete Español y la del Ga- 
binete Americano. 

El 25 de marzo el Ministro de Estado entrego 
la contestación al Ministro Plenipotenciario de 
los Estados Unidos. En ella el Ministro dn la Co- 
rona insistía en que el Presidente de los Estados 
Unidos no debía someter al Congreso el informe 
de la comisión nombrada para investigar las cau- 
sas que determinaron el hundimiento del Maiiie, 
primero : porque el informe de la comisión espa- 
ñola no estaba terminado aún ; 

Segundo: porque la opinión que formara el 
Congreso dependería más del sentimiento que de 
la razón; 

Tercero : porque ello impediría toda discu- 
sión ulterior del problema planteado ; 

Cuarto: porque con ello el Presidente de- 
mostraría que desea apelar a los sentimientos de 
simpatía del pueblo, y no a la razón serena y 
fría; 

Quinto: porque solo en caso de discrepancia 
irreconciliable debía someterse al Congreso una 
cuestión como ésta. 

El Gobierno Español había nombrado una co- 
misión de técnicos que procediera al examen de 

124 



LA CRISIS 

los restos del Maine, con el propósito de encon- 
trar la verdadera causa que determinó la desapa- 
rición, bajo las olas, de aquel gallardo acorazado, 
que poco antes se paseaba tranquilo y sereno por 
el mar de las Antillas. Pero el informe de esa co- 
misión no se había recibido aún, y, naturalmente, 
el Gobierno de la Corona deseaba obtenerlo para 
poder discutir, de modo inteligente, la cuestión 
levantada por aquella horrorrosa catástrofe. Se 
temía que tan desgraciado accidente pudiera pro- 
ducir una ruptura de relaciones que trajera la 
guerra. A juzgar por la última parte de la nota 
entregada a Woodford, y por los términos del 
telegrama dirigido a los representantes españo- 
les en las cancillerías extranjeras, se daba más 
importancia a aquella parte del memorándum de 
Woodford que se refería al hundimiento del 
Maine, que a la alusión que se hacía al problema 
de Cuba. En cuanto a éste, Gullón se limitaba a 
manifestar que las medidas indicadas a los Esta- 
dos Unidos, seguramente traerían la deseada paz 
sin ninguna demora, y que, si al redactarse el me- 
morándum del día 23. el Gobierno Americano pen- 
saba en condiciones de paz que directa o indirec- 
tamente se relacionaran con el sistema político 
ya establecido en Cuba, nada podría hacerse por 
e] Gabinete de Madrid sin la intervención del Par- 
lamento Insular, cuya primera reunión se lleva- 
ría a efecto el 4 de mayo próximo. 

r^ El hundimiento del Maine, ocurrido tan po- 

íco tiempo antes de la ruptura de relaciones con 

España y cuando la situación creada por la revo- 

125 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

lución cubana alcanzaba muy profunda gravedad, 
se ha creído por muchos, y se sigue aún creyendo, 
que fué la causa de la guerra hispano-americana. 
Este es, sin embargo, un error manifiesto. Más 
tarde veremos que la guerra entre España y los 
Estados Unidos obedeció principalmente, a no ha- 
ber logrado España pacificar la Isla de Cuba 
antes del momento crítico en que comenzaron las 
hostilidades, y que la catástrofe del Maine no hizo 
más que acelerar, quizá como la carta de Dupuy 
a Canalejas, la fecha del conflicto. 

Del cstiidio de la correspondencia diplomá- 
tica relación -kI a con esa angustiosa catástrofe, se 
puede inferir fácilmente que España hubiera lle- 
gado hasta indemnizar a los Estados Unidos, si 
necesario era para evitar la guerra, los daños 
causados por la pérdida de diclio acorazado. La 
paz debía conservarse, ya que no se requería un 
gran esfuerzo para apreciar la magnitud del de- 
sastre que había de ocasionarle a la Península una 
guerra con la República del Noite. En un tele- 
grama circrJar enviado a sus representantes en 
las diversas cancillerías extranjeras de Europa, 
el Ministro de Estado comunicaba a aquéllos, que 
su representante en Washington acababa de in- 
formarle qu'-^ muy pronto, el informe de la co- 
misión americana, sobre la catástrofe del Maine, 
sería trasmUido al Congreso; y pedía Gullón a 
dichos diplomáticos que lo informaran así a los 
gobiernos ante los cuales ejercían sus funciones, 
solicitando a su vez de éstos sus oficios amiga- 
bles, a fin de persuadir al Presidente a retener 

126 



LA CRISIS 

Dajo su control todas las cuestiones que afectaran 
las relaciones con España. 

España no quería la guerra, pero la veía ve- 
nir y, creyendo que la causa inmediata de la mis- 
ma lo era el incidente del Maine, se manifestaba 
dispuesta a someter a un. Tribunal de Arbitraje 
cuantas diferencias pudieran surgir entre los dos 
gobiernos con motivo de aquella catástrofe. ■ Mas, 
para el Gobierno Americano, el hundimiento del 
Maine revestía importancia secundaria. Lo que 
interesaba esxjecialmente a la opinión y la aten- 
ción de la República, eran las condiciones por que 
atravesaba Cuba; los problemas de la revolu- 
ción; la restauración de condiciones normales en 
la Gran Antilla. 

Así lo demuestra el memorándum entregado 
por el Plenipotenciario Americano al Presidente 
del Consejo de Ministros, en una entrevista ce- 
lebrada el 29 de marzo de 1898. '*E1 Presidente 
me ordena^', dice el memorándum, **que tenga 
con Ud. una conversación directa y franca acerca 
de la actual condición de los asuntos de Cuba y 
de las presentes relaciones entre España y lo3 
Estados Unidos. 

El Presidente cree que lo mejor es no discu- 
tir los puntos de vista sustentados por cada una 
de dichas naciones. Ello sólo sirve para provocar 
argumentos, dilatar y, posiblemente, impedir una 
decisión inmediata. 

Me ordena el Presidente, además, que diga a 
Ud. que nosotros no queremos apoderarnos de 
Cuba, que lo que deseamos es que haya paz in- 

^27^ 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

mediatamente en dicha Isla, y sugiere que se con- 
ceda inmediatamente un armisticio hasta octubre 
primero, y que, en el entretanto, se entablen ne- 
gociaciones con miras al restablecimiento de la 
paz entre España y los insurrectos, utilizando 
para ello los amigables oficios del Presidente de 
los Estados Unidos. 

Desea el Presidente que la orden de recon- 
centración sea inmediatamente revocada, y que 
se permita a las gentes el regreso a sus hogares, 
llevando las x)rovisiones necesarias de los Esta- 
dos Unidos, los cuales cooperarán con las autori- 
dades españolas, a fin de prestar auxilio a los ne- 
cesitados/' 

El gobierno de los Estados Unidos no de- 
seaba ya continuar la discusión diplomática. Por 
espacio de dos años se había ésta sostenido sin 
ningún resultado práctico. /TLiOS Estados Unidos 
mantenían sus puntos de vista. España susten- 
taba los suyos. Y mirando la cuestión a través 
de cristales distintos, nunca lograban ponerse de 
acuerdo. €L*)da vez que lo intentaban, sólo se con- 
seguía provocar argumento tras argumento para 
fundar sus diversas opiniones^ 

España quería imponer de cualquier modo su 
soberanía sobre la Isla. Deseaba la paz con sus 
subditos rebeldes; pero sin celebrar con ellos nin- 
gún pacto, ni realizar acto alguno que implicara^ 
reconocimiento de su fuerza. Y toda solución suge-^ 
rida por el Gobierno Americano que envolviera uní 
abandono total o parcial de esa política, se re- 
chazaba por el Gobierno de la Metrópoli; quien, 

128 



LA CRISIS 

deseando justificar su actitud, contestaba siempre 
con argumentos cuyo último resultado era el fra- 
caso de las gestiones del Gobierno Americano. 

En contestación al citado memorándum de 
marzo 29, el Consejo de Ministros acordó en- 
viar, y el Ministro de Estado entregó al Ministro 
Americano, el 31 de marzo, una nota alusiva al ac- 
cidonte del Maine, a los reconcentrados, la pacifi- 
cación de Cuba, y el armisticio. En cuanto al 
Maine, el Gobierno Español manifestaba que se 
hallaba dispuesto a someter a arbitraje las dife- 
rencias que pudieran surgir con motivo de su per- 
dida. Con respecto a los reconcentrados, so in- 
formaba que el General Blanco, ** siguiendo ins- 
trucciones del gobierno, había revocado en las 
provincias del oeste el bando relativo a los recon- 
centrados, y que el gobierno ponía a disposición 
del Gobernador General de Cuba un eré ]ito de 
tres millones de pesetas a fin de que los campesi- 
nos pudieran volver inmediata y felizmente a sus 
labores.'' También informaba el memorándum 
que el Gobierno Español aceptaría todo auxilio 
que el pueblo americano quisiera prestar a los 
necesitados cubanos, debiendo ello hacerse en ar- 
monía con las condiciones que el Assistant Se- 
cretario de Estado y el Ministro Español en Wash- 
ington acordaran. Al mismo tiempo proponía 
confiar la cuestión relativa al establecimiento de 
la paz, al Parlamento Insular, toda vez que sin la 
intervención de éste no se podría llegar a ningún 
resultado definitivo. Por último, se ofrecía el 
armisticio, declarando que España no tenía ,in- 

129 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

conveniente en aceptar sin demora una suspen- 
sión de hostilidades, siempre que los insurrectos 
lo solicitaran del jefe de las fuerzas españolas a 
quien, en este caso, correspondería determinar la 
duración y las condiciones del armisticio. 

España se manifestaba condescendiente, y su 
actitud era razonable y satisfactoria, excepto en 
cuánto se refiere al armisticio, sin duda la cues- 
tión más importante en toda la controversia. '( Se- 
gún puede verse, insistía en su propósito de humi- 
llar a los rebeldes, obligándolos a ser ellos los que 
solicitaran la suspensión de hostilidadesr 

Claro está, parecía impropio que España so- 
licitara un armisticio de los rebeldes. Ella era la 
Madre Patria; contaba todavía con recursos bas- 
tantes para combatir por mucho tiempo más, y 
parecía ilógico esperar que fuera ella quien soli- 
citara la cesación de hostilidades. Pero, por otra 
parte, los insurrectos también se consideraban 
fuertes. Ellos habían obtenido hermosas victo- 
rias y un rápido aumento de sus recursos. El 
horizonte era halagador y nada había ocurrido 
que justificara de su parte una actitud i.dicailva 
de agotamiento e incapacidad para continuar la 
lucha. Sólo justificaría la cesación, por su parte, 
de las hostilidades, el hecho de haberse otorgado a 
Cuba la autonomía; pero ya hemos visto que los 
revolucionarios la rechazaron y que, como me- 
dida pacificadora, había sufrido aquélla un rui- 
doso fracaso. 

Quedaba, pues, en pie la principal dificultad. 
Lo que más interesaba el gobierno de los Estados 



130 



ll 



LA CRISIS 

Unidos era, según se desprende del memorándum 
de Woodford, la concesión del armisticio. Este; 
ofrecerla una oportunidad para tratar con calma 
y relativa serenidad sobre los términos de una 
paz duradera y justa. 

El día 2 de abril, el Cardenal Rampolla visi- 
tó al señor Merry, representante de España en el 
Vaticano, para manifestarle que los informes re- 
cibidos de Washington eran muy graves. El Pre- 
sidente de la República deseaba llegar a una so- 
lución amistosa; pero, según las manifestaciones 
del Cardenal, nada podía hacer contra el Con- 
greso. Í^^La dificultad'' (dice Merry, en telegra- 
ma dando cuenta al Ministro de Estado de su en- 
trevista con el Cardenal), ** consiste en resolver 
quien debe solicitar la suspensión de las hostili- 
dades.''^ 

Al mismo tiempo el Cardenal Rampolla in-; 
formó al embajador Meriy que el Presidente de 
la República parecía dispuesto a aceptar los ofi- 
cios del Papa, y que éste, según hemos visto ya, 
quería saber si su intervención solicitando el ar- 
misticio sería aceptada por el Gobierno de Su Ma- 
jestad. 

La gravedad de la situación indujo al Mi- 
nistro Español en Washington, Luis Polo de J^er- 
nabé, a entregar al Gobierno Americano, por con- 
ducto del Sub-Secretario Day, un memorándum 
cuyo objeto era defender la actuación de España 
y calmar la agitación del Congreso. Se infor- 
maba al Presidente que con aquella misma fecha 
(10 de abril) el General Blanco había publicado 

131 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

er bando correspondiente, a fin de suspender in- 
mediatamente las hostilidades ; y que de esta ma- 
nera el Gobierno de Su Majestad realizaba ivi es- 
fuerzo extraordinario en pro de la pacificación 
de Cuba. Se llamaba la atención del Gobii-rno de 
Washington hacia la constitución autonómica que 
acababa España de conceder a Cuba. *^ Ninguna 
persona que conozca el espíritu liberal que anima 
las Cortes Españolas electas poco ha, y la patrió- 
tica actitud de los partidos principales de la opo- 
sición'*, dice la nota, ** puede dudar que los cu- 
banos podrán obtener cuantos cambios puedan 
justamente desearse, dentro de los límites de la 
razón y de la soberanía nacional ; según solemne- 
mente se ofrece en el preámbulo del Real Decreto 
de noviembre 5 de 1897, feclia en que el Gobierno 
de Su Majestad declaró que no retiraría o permi- 
tiría que se retirase ninguna libertad, garantía o 

privilegio concedido a una colonia Ninguna 

persona imparcial, con conocimiento pleno de los 
hechos, puede en justicia imputar a E.spaña va- 
cilaciones en cuanto se refiere a su esfuerzo por 
alcanzar los medios de pacificación de la Isla, ni 
falta de liberalidad en cuanto se refiere a la conce- 
sión de libertades y privilegios para el bienestar 
y felicidad de los habitantes de ésta. El Gobierno 
de Su Majestad no duda que el gobierno de los 
Estados Unidos lo reconocerá así; como debe 
también reconocer la injusticia manifiesta con 
que una parte del pueblo de este país trata de im- 
putar responsabilidades al Gobierno Español por 
la horrible catástrofe que tuvo lugar la noche del 

132 



LA CRISIS 

15 de febrero último. Su Majestad, la Reina Ee- 
geiite; su gobierno responsable; el Gobernador 
General de Cuba, el Gobierno Insular, todas las 
altas autoridades de la Habana, demostraron des- 
de el primer momento la profunda tristeza y los 
sentimientos de horror que les causara aquella 
inconmensurable desgracia, así como la simpatía 
que en aquella triste ocasión los unía al pueblo y 
al Gobierno Americano. Prueba de esto se en- 
cuentra en las visitas del encargado de asuntos 
de Su Majestad al ilustre Presidente de los Es- 
tados Unidos ; las visitas hechas por los más altos 
funcionarios de España al Sr. Woodford, la ge- 
nerosa ayuda prestada a las víctimas, las exe- 
quias fúnebres que el Concejo Municipal de la 
Habana acordó, y las notas dirigidas al Departa- 
mento de Estado por esta Legación con fechas 16 

y 17 de febrero y 2 del corriente ^' Después 

do otras consideraciones, el Representante Espa- 
ñol termina así: ^*E1 ministro de España confía 
que estas manifestaciones, inspiradas por el sin- 
cero deseo de paz y concordia que anima al Go- 
bierno de Su Majestad, serán apreciadas en su 
justo valor por el Gobierno de los Estados Uni- 
dos." 

La contestación del Secretario de Estado al 
^.ünistro Español fué muy lacónica. Se limitaba 
a acusarle recibo del memorándum y a manifes- 
tarle que el mismo era objeto de examen y consi- 
deración. Esta contestación llevaba fecha de 
abril 12, y el 13 del mismo mes, el Ministro Es- 
pañol cablegrafiaba al Ministro de Estado infor- 

133 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

mandóle que el Comité de Eelaciones Exteriores 
del Senado había presentado un informe calum- 
nioso, basado principalmente en la destrucción 
del Maine, y en que proponía, además, una reso- 
lución conjunta declarando libre al pueblo de Cu- 
ba, dem.andando del Gobierno de España que re- 
tirase inmediatamente su autoridad y su ejército 
y armada de la Isla, y ordenando al Presidente 
que usara de las fuerzas federales y de la milicia, 
a fin de dar efectividad a la resolución. También 
decía el telegrama que el Comité de Relaciones 
Exterioras do la Cámara de Representantes ha- 
bía sometid'j I? na resolución conjunta autorizando 
al Presidente para intervenir inmediatamente en 
la guerra de Cuba, con el fin de asegurar hi paz y 
el orden, y de establecer, mediante la acción libre 
del pueblo cubano, un gobierno estable e inde- 
pendiente; para lo cual se autorizaba al Presi- 
dente que usara la fuerza pública. 

La alarma causada por esta nota, no fué poca. 
El 14 de abril, el Ministro de Estado solicitaba 
del Papa, por medio del Embajador Español en el 
Vaticano, que sugiriera cualquier medida que es- 
timara oportuna a fin de impedir la guerra con 
los Estados Unidos. Al mismo tiempo se comu- 
nicaba a los embajadores españoles en París, 
Londres, Viona, Berlín, Roma, San Petersburgo y 
el Vaticano, la sensacional noticia recibida de 
Washington. 

En 5 de abril. Polo de Bernabé cablegrafió de 
nuevo al Ministro de Estado, comunicando que el 
Senado había pasado una resolución conjunta 

134 



LA CRISIS 

más violenta aún que la de la Cámara de Repre- 
sentantes, y que, siendo aquéllas diferentes entre 
sí, serían referidas a un Comité. El 18 otro cable 
Je fué enviado por Polo de Bernabé al Ministro 
<le Estado, informándole que la Cámara de Re- 
presentantes había adoptado la resolución del Se- 
nado, excepto la parte relativa al reconocimiento 
de la llamada República, y que con esta enmienda, 
la resolución había pasado al Senado. Pocas ho- 
ras más tarde, otro cablegrama daba cuenta al 
Ministro de Estado de que ambas Cámaras ha- 
bían adoptado una resolución conjunta cuya par- 
te dispositiva dice así: ^* Resuélvase por el Senado 
y la Cámara de Representantes de los Estados 
Unidos de América reunidos en Con;í?reso ; 

lo., Que el pueblo de la Isla de Cuba es y de 
derecho debe ser libre e independiente. 

2o., Que es el deber de los Estados Unidos 
demandar, y el Gobierno de los Estados Unidos 
por la presente demanda, que el Gobierno de Es 
paña inmediatamente renuncie a su autoridad y 
gobierno en la Isla de Cuba, y retire de ésta sus 
fuerzas de tierra y mar. 

3o., Que al Presidente de los Estados Unidos 
se le ordene, y por la presente se le ordena y fa- 
culta, para usar todas las fuerzas de tierra y mar 
de los Estados Unidos, así como para llamar al 
servicio actual de los Estados Unidos la milicia 
de los varios Estados, en la medida que pueda ser 
necesaria, a los fines de dar efectividad a esta re- 
solución. 

4g., Que los Estados Unidos por la presente 

135 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

niegan toda disposición o intención de ejercitar 
soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha Isla, 
excepto en cuanto sea necesario para la pacifica- 
ción de la misma ; y afirman los Estados Unidos su 
determinación de dejar el gobierno y dominio de 
la Isla a su pueblo, tan pronto como esa pacifica- 
ción tenga efecto.'^ 

Esta resolución pasó en el Senado por 42 vo- 
tos contra 35, y en la Cámara por 310 contra 6. 

Como es sabido, la misma no entraría en vi- 
gor hasta o no el Presidente no la firmara, lo que 
tuvo lugar ti 20 de abril, o sea dos días después 
de haberla aprobado el Congreso. 

Un ultimátum fué preparado por el Presidente 
de los instados Unidos y neviado al Minislro Ame- 
ricano en Madrid para que lo trasmitiera al Go- 
bierno de la Corona. En él el Presidente hacía 
constar que si al medio día del sábado 23 de abril, 
el Gobierno Americano no había recibido del de 
España contestación completa y satisfactoria a 
las demandas de la transcrita resolución, se pro- 
cedería, sin ulterior comunicación, a usar, en la 
medida que creyera el Presidente necesaria, de 
los poderes y autoridades que se le conferían en 
la resolución, para dar efectividad a la misma. 
Polo de Bernabé, a quien el Departamento de Es- 
tado remitió copia de las instrucciones enviadas 
al Ministro Woodford, cablegrafió inmediatamen- 
te al Ministro de Estado enviándole una síntesis 
de ellas. 

España, determiiiada a no ceder en sus em- 
peños de continuar ejerciendo su soberanía en 

136 



LA CRISIS 

Cuba, quiso evitar que Woodford tuviera oportu- 
nidad de entregar el memorándum y, sin vacila- 
ción alguna, el día 21 envió una nota al Ministro 
Americano, manifestándole que en vista de que el 
Presidente había aprobado la resolución de ambas 
Cámaras, y toda vez que esta resolución, al negar 
la soberanía de España y amenazar con la inter- 
vención armada en Cuba, equivalía a una evidente 
declaración de guerra, el Gobierno de Su Majes- 
tad había ordenado a su Ministro que, sin pérdida 
de tiempo, se retirara del territorio americano 
con todo el personal de su legación ; y que por este 
acto, terminaban las relaciones diplomáticas que 
previamente existieron entre los dos países, ce- 
sando toda comunicación oficial; lo que se le co- 
municaba *^a fin de que dispusiera de su parte lo 
que creyera conveniente." 

El Plenipotenciario Americano pidió su pasa- 
porte y salió con el personal de su legación hacia 
la frontera francesa, el día 21 de abril, habiendo 
partido el 20, para Canadá, Luis Polo de Berna- 
bé. Con esto quedaban por completo terminada» 
las relaciones diplomáticas entre los dos países, y 
se iniciaba el estado de ^erra que culminó en el 
tratado de paz firmado en París el día 10 de di- 
ciembre de 1898. 



T 



137 



EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES Y 
LOS PRELUDIOS DE PAZ 



VIII 

EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES 

Comenzadas las hostilidades entre España y 
los Estados Unidos, el Presidente de la Confede- 
ración Suiza se apresuró a dirigir a los beligeran- 
tes una nota recomendándoles la adhesión a los 
artículos del proyecto adoptado en la conferencia 
celebrada en Genova el 20 de octubre de 1868, pa- 
ra interpretar y extender los acuerdos de la con- 
vención de agosto 22 de 1864. 

El 21 de abril, el Ministro de Estado contes- 
taba la comunicación del Presidente Ruffi, expre- 
sando el asentimiento de su gobierno a las pro- 
posiciones contenidas en la comunicación del Con- 
sejo Federal, y su propósito de probar práctica- 
mente la sinceridad de los sentimientos expresa- 
dos por España en la nota de septiembre 7 de 
1872. (1) El gobierno de los Estados Unidos tam- 
bién aceptó los artículos adicionales de la conven- 



cí) En nota de septiembre 7 de 1872, el Gobierno Español 
había declarado su intención de aceptar los artículos del pro- 



141 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

ción de Genova, según lo manifestó al Cónsul Fe- 
deral de Suiza en Madrid al Gobierno de España. 
El 23 de abril de 1898, la Keina Regente, entre 
otras cosas, decretó : 

lo. Que el estado de guerra entre España y 
los Estados Unidos dejaba sin efecto el tratado 
de paz y amistad de octubre 27 de 1795; el proto- 
colo de enero 12 de 1877 y todos los demás enten- 
didos, pactos y convenciones que, al firmarse aquel 
decreto, estuvieran en vigor. 

2o. Que se concedían cinco días de término, 
contados desde la publicación del decreto en la 
Gaceta de Madrid, para que todos los vapores de 
los Estados Unidos, que entonces se hallaban en 
puertos españoles, pudieran abandonar éstos. 

3o. Que aunque España no estaba obligada por 
la doelaración firmada en París el 16 de abril de 
1856, habiendo manifestado siempre su propósito 
de no adherirse a tal declaración, el Gobierno, 
atento a los principios del derecho de gentes, se 
proponía observar, y por aquel decreto ordenaba 
que se observaran las siguientes reglas militares : 

(a) Una bandera neutral protege las 
mercancías del enemigo excepto 
cuando aquéllas constituyen 
contrabando. 

(b) Las mercancías de un neutral, 
excepto el contrabando de gue- 



yeeto adoptado en la conferencia de octubre 27 de 1868. Igual 
declaración lucieron los Estados Unidos en nota de marzo de 

1882. 

142 



EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES 

rra, no pueden confiscarse cuan- 
do se hallan bajo la bandera del 
enemigo, 
(c) Un bloqueo, para ser obligato- 
rio, debe ser efectivo; esto es, 
debe mantenerse por una tuerza 
suficiente para impedir el ac- 
ceso del enemigo a las costas. 

En este decreto, el Gobierno Español se re- 
servaba el derecho de armar en corsos ; incluía la 
lista de efectos de contrabando, y declaraba que 
se considerarían como piratas todos aquellos bar- 
cos, no americanos, que se encontraran realizando 
actos de guerra contra España, aunque estuvie- 
sen provistos con patentes de corso de los Esta- 
dos Unidos. 

El 3 de mayo, el Ministro Auxiliar de Agüe- 
ra, envió a los representantes del gobierno es- 
pañol en las cancillerías extranjeras, dos copias 
de las instrucciones relativas al derecho de Iiep:is- 
tro, y les ordenaba, a su vez, que una de las mis- 
mas fuese entregada al ministro de relaciones ex- 
teriores. El 11 del mismo mes, Pío GuUón, que 
todavía desempeñaba la cartera del ministerio de 
Estado, dirigió una nota a las cancillerías extran- 
jeras, haciendo constar que la guerra fué declara- 
da por los Estados Unidos el 25 de abril, y que, 
con particularidad extraña e ilegal, se retro- 
traían sus efectos al 21 del mismo mes. Sostenía 
GuUón la teoría de que la captura de cualquier 
barco español, realizada antes del 25 de abril, era 

143 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

ilegal y abusiva. También se declaraba que el 
bloqueo de parte de la costa norte de Cuba, entre 
la Baliía Honda y Cárdenas, y del puerto de Cien- 
fuegos, en la costa sur, no podía considerarse 
efectivo, porque las circunstancias demostraban 
que durante los días 23 de abril y 7 y 10 de mayo, 
los barcos Cosme Herrera, Aviles, San^iagueto y 
otros habían entrado a varios de los pueitos que 
se pretendía bloquear. 

Sin duda el Alinistro de Estado tenía razón 
en cuanto alega la ineficacia del bloqueo, pues es 
principio general del dereclio de gentes que el blo- 
queo para sor obligatorio debe ser efectivo; y no 
lo es cuando con facilidad se logra burlar la vigi- 
lancia de los barcos encargados de sostenerlo. 
Pero en lo que atañe a los demás extremos de la 
nota, la falta de razón por parte de Gullón es ma- 
nifiesta. La declaración formal de g*uerra no es 
requisito indispensable para que pueda conside- 
rarse como existente un estado de guerra entre 
dos beligerantes. Es indudable que desde el día 
21 de abril, en que cesaron por completo las rela- 
ciones diplomáticas entre España y los Estados 
Unidos, un estado de guerra existía, no porque 
la ruptura de relaciones implique siempre el co- 
mienzo de hostilidades, sino porque las circuns- 
tancias especiales que condujeron España a ter- 
minar sus relaciones diplomáticas con los Esta- 
dos Unidos, claramente indicaban el comienzo de 
las operaciones de guerra. 

La resolución conjunta de abril 18, por sus 
propios términos creaba un dilema terminante 

144 



EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES 

para el gobierno español: o concedía la indepen- 
dencia a Cuba, terminando así la revolución, o 
los Estados Unidos intervendrían para indepen- 
dizar la Isla. 

En la nota de abril ^1, dirigida al ministro 
americano en Madrid, el Ministro de Estado cali- 
ficaba la resolución de abril 18, como una decla- 
ración de guerra. ^'En cumplimiento de penoso 
deber ^^, decía Gullón, ^Hengo el honor de infor- 
mar a Su Excelencia que, habiendo el Presidente 
aprobado la resolución de ambas Cámaras de los 
Estados Unidos, la cual, al negar la soberanía le- 
gítima de España, equivale a una evidente de- 
claración de guerra, el gobierno de Su Majestad 
ha ordenado a su ministro en Washington, que 
sin pérdida de tiempo abandone el territorio ame- 
ricano con todo el personal de lii legación " 

Además, el hecho de no haberse dado lug;\r a que 
el ministro americano presentara el ultimátum 
enviado por el Presidente McKinley, impedía al 
gobierno de los Estados Unidos esperar un arre- 
glo de la cuestión debatida. El argumento de la 
diplomacia española se basaba en la sección 8 de 
la Constitución americana. La declaración de 
guerra, según aquella sección, corresponde al Con- 
greso, y no habiéndola hecho de una manera for- 
mal hasta el 25 de abril, no parecía posible que 
una Corte americana hubiera de considerar buen 
botín un buque apresado antes de esa fecha. Así 
lo manifestaba el ministro Gullón al embajador 
español en París el 26 de abril, al solicitar por su 
conducto, del Ministro Francés de Eelaciones Ex- 

U5 



CAUSAS Y CONSECUENCIxVS 

teriores, que cablegrafiara a su embajador en 
Washington para que, como encargado de los 
asuntos de España, presentara las reclamaciones 
pertinentes. 

El gobierno español adoptó el procedimiento 
de someter a la consideración de las potencias 
amigas las medidas que, según su sentir, eran 
realizadas por los Estados Unidos en contraven- 
ción de la ley y de la costumbre de las naciones. 
Con ese motivo, el 6 de junio, el Ministro de Es- 
tado envió a las cancillerías extranjeras, por con- 
ducto de los representantes dii^lomáticos, una no- 
ta para ser comunicada a los respectivos gobier- 
nos, ante los cuales ejercían sus funciones, en que 
se acusaba a los Estados Unidos de haber bom- 
bardeado sin previa notificación las plazas de 
Cienfuegos, Cárdenas, Santiago de Cuba, Caba- 
na, Matanzas, San Juan de Puerto Eico y Ca- 
vite; de haberse usado por barcos americanos la 
bandera española para poder entrar en el puerto 
de Guantánamo, y de haberse interrumpido las 
comunicaciones por cable; lo que, aunque no fue- 
se ilegal, causaba, según la opinión del Ministro 
de Estado, grandes inconvenientes a todo el mun- 
do, y no podía aceptarse sin protesta. 

Cuarenta días más tarde, y después de supre- 
mos y heroicos epfuerzos para ganar la guerra, se 
oyeron los primeros preludios de la paz. El 18 
de julio de 1898, el Duque de Almodó- 
var, Ministro de Estado español, pre- 
guntó al Ministro de Estado francés, 
si autorizaría éste al embajador Cambón para 

146 



EL PRINCEPIO DE LAS HOSTILmADES 

presentar un mensaje al Presidente McKinley, y 
negociar con éste, en nombre de España, una sus- 
pensión de liostilidades, que sirviera de base a 
una paz definitiva. En dicho mensaje, el Presi- 
dente de la República Americana era invitado pa- 
ra poner término a la angustiosa situación de la 
isla de Cuba. Por su parte, España estaba dis- 
puesta a negociar con los E-stados Unidos res- 
pecto a la pacificación de la Isla. Como razón 
principal para solicitar un armisticio, se aducían 
por el duque los horribles sufrimientos que an- 
gustiaban a los habitantes de la hermosa Anti- 
11a, como resultado del bloqueo establecido en sus 
costas. Dos días después de solicitar del go- 
bierno francés, que autorizara al ministro Cam- 
ben i)ara representar a España en estas negocia- 
ciones, León y Castillo informaba al duque que, 
dada la importancia de las gestiones qn^^ se de- 
seaba confiar al Embajador Francés en Washing- 
ton, el Ministro de Relaciones Exteriores de Fran- 
cia opinaba que debía consultar al Presidente de 
la República, antes de dar una contestación defi- 
nitiva. Cualquier dilación, ^^la pérdida de horas, 
para no hablar de días, i3odía ser de consecuen- 
cias muy graves al ir a negociar la paz. La capi- 
tulación de Manila, el ataque a Puerto Rico y el 
desembarque de tropas en esta isla'', se conside- 
raban peligros inminentes, que había que evitar, 
pues una vez consumados, la dificultad para ne- 
gociar un tratado de paz en condiciones tolera- 
bles, sería inmensa. 

España sabía ya que no podía ganar la gue- 

147 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

rra; y el único camino aconsejable consistía en 
asegurar un armisticio en condiciones que permi- 
tieran discutir con algunas ventajas los términos 
de acuerdo con los cuales debía concertarse la 
paz. Una vez consumada la capitulación de Ma- 
nila, la rendición completa de las fuerzas españo- 
las, sería un hecho inevitable, cualesquiera que 
fuesen las condiciones impuestas por el vence- 
dor. El 21 de julio, el ministro de asuntos exte- 
riores de la República Francesa participó al Mi- 
nistro de Estado, por conducto del Embajador 
Español en París, que el gobierno de Francia es- 
taba dispuesto a autorizar al embajador francés 
en Washington para realizar, en representación 
del gobierno de Espaíía, las gestiones a que se re- 
fería la nota solicitando aquella autorización, y 
el 22, el Ministro de Estado envió el mensaje al 
Embajador Cambón. El 24, León y Castillo in- 
formaba, desde París, que se había recibido una 
comunicación del Embajador francés en Wash- 
ington manifestando que le era imposible desci- 
frar el mensaje del Gobierno Español, porque no 
tenía la clave, ni había podido obtenerla en la Le- 
gación Austríaca, donde se hallaban guardados 
sus archivos. Al mismo tiempo informaba al Mi- 
nistro de Estado, que transcurrirían dos días an- 
tes de que pudiese obtenerse dicha clave, debido 
a que el Ministro Austríaco se hallaba ausente de 
Washington. Cambón terminaba su nota al IMi- 
nistro de Eelaciones Exteriores, con estos alar- 
mantes términos: *4os momentos son preciosos. 
La expedición h§i salido para Puerto Rico.*^ Al 

148 



EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES 

mismo tiempo se sugería que la nota fuera tra- 
ducida y trasmitida en francés, a fin de no perder 
tiempo. El Ministro de Estado cablegrafió inme- 
diatamente al Cónsul General Español en Mon- 
treal, ordenándole que, ^'con la mayor rapidez, y 
por el camino más corto, enviara al Embajador 
Francés en Washington la clave número 74. El 
26 de julio el Embajador Cambón entregó al Pre- 
sidente McKinley una traducción inglesa del men- 
saje. McKinley, después de leerla, manifestó que 
se alegraba haberla recibido y que, después de 
consultar con su gabinete, la contestaría.'^ Su- 
plicó a Cambón que volviera a la Casa Blanca 
para recibir la contestación y cambiar impresio- 
nes. 

En vista de lo manifestado por el Presidente, 
el Duque de Almodóvar envió, para ser traducido 
al francés y remitido a Cambón, un cablegrama 
contentivo de las condiciones bajo las cuales Es- 
paña estaba dispuesta a discutir los términos de 
paz. Independencia absoluta, independencia ba- 
jo protectorado, y anexión a la República Ameri- 
cana, de la Isla de Cuba, eran condi- 
ciones todas aceptables al Gobierno de Madrid. 
Se expresaba por éste el deseo de que se realizara 
la anexión definitiva de la Isla a la República del 
Norte, * aporque ello garantizaría mejor las vidas 
y las propiedades de los subditos españoles esta- 
blecidos en Cuba. **En cuanto concierne a Cuba, 
este Gobierno no establece reserva alguna '', de- 
cía la nota de Cambón; pero sí la establecía en 
cuanto a las demás colonias. Se le sugería al 



149 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

Embajador Francés que averiguara el pensamien- 
to del Presidente McKinley con respecto a Puerto 
Rico y Filipinas; y aunque el Gobierno Español 
reconocía la justicia de una indemnización razo- 
nable, no se mostraba dispuesto, sin embargo, a 
perder las dos últimas Colonias. 

El día 31 de julio, el Embajador Cambón en- 
vió un despaho conteniendo la contestación dada 
por el Gobierno Americano al mensaje del Mi- 
nistro de Estado. Después de una serie de con- 
sideraciones tendentes a justificar la conducta de 
los Estados Unidos, el Secretario de Estado, Wil- 
liam II. Day, terminaba dicha contestación con es- 
tas palabras: ^*Los Estados Unidos exigirán: 

lo. — El abandono por España de toda recla- 
mación de soberanía sobre Cuba, y la inmediata 
evacuación de la Isla. 

2o. — El Presidente, deseoso de externar sus 
sentimientos de generosidad, no establece ahora 
demanda alguna de indemnización x^^cuniaria. 
Sin embargo, no puede él permanecer indiferente 
a las pérdidas y gastos que los Estados Unidos 
lian sufrido como consecuencia de la guerra, ni a 
las reciamaciones de los daños experimentados 
por sus ciudadanos durante la última insurrec- 
ción de Cu!):i. Por tanto, el Presidente se siente 
compelido a requerir la cesión a los Estados Uni- 
dos de la Isla de Puerto Rico y de aquellas otras 
Islas que ahora se hallan bajo la soberanía espa- 
ñola en las Islas Occidentales, así como de las 
islas que forman el archipiélago de las Ladrones. 

150 



EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES 

3o. — Por razones semejantes los Estados 
Unidos se consideran con derecho a ocupar y re- 
tener la ciudad, la bahía y el puerto de Manila, 
mientras se concluye el tratado de paz, el cual 
determinara cuál haya de ser el control, disposi- 
ción j gobierno de las Islas Filipinas. 

Si los términos que en la presente se ofrecen 
son aceptados en su totalidad, los Estados Uni- 
dos designarán comisarios, que se reunirán con 
los que nom.bre España, para acordar los detalles 
del tratado de paz, y firmarlo y entregarlo, bajo 
los términos arriba indicados.'^ 

Mientras el Embajador Francés discutía con 
el Presidente sobre las condiciones del armisticio, 
el Presidente dijo que sentía que España no hu- 
biera solicitado la paz después de la batalla naval 
de Cavite. *^Las condiciones que hubiéramos en- 
tonces demandado'^, dijo el Presidente, ** hubie- 
ran sido menos que aquéllas que ahora nos vemos 
ohlip'ados a exigir. Si España rehusa nuestras 
demandas, ella se expone a mayores sacrificios 
aún. Suplico a Su Excelencia, Sr. Embajador de 
Francia, haga Ud. que así se entienda en Ma- 
drid.'^ Cambón, al trasmitir estas impresiones a 
Madrid, expresaba el temor de que la resolución 
del Presidente sería irrevocable. El Gobierno 
F>spañol contestó manifestando a M. Cambón su 
deseo de retener su dominio sobre Puerto Rico y 
su propósito de indemnizar en alguna otra forma 
los gastos y perjuicios sufridos por la República 
Americana con motivo de la guerra. M. Cambón 
volvió a discutir con el Presidente la cuestión. 



151 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

tratando de inducirle a aceptar, en lugar de la 
Isla de Puerto Eico, aU^na otra compensación 
por los daños y por juicios. En la nota de agosto 
4, dando cuenta del resultado de sus gestiones, el 
Embajador Francés dice lo siguiente: ^^No oculté 
al Presidente que el Gobierno de Su Majestad 
consideró excesivamente rigurosas las condiciones 
ofrecidas; y que la necesidad de ceder Puerto Ri- 
co como indemnización de guerra, se estima par- 
ticularmente severa. Esta Isla, le dije, no ha sido 
ni por un momento elemento de conflicto entre 
España y los Estados Unidos; sus habitantes han 
permanecido leales a la Corona, y desearía Es- 
paña, en consecuencia, que el Presidente consin- 
tiera en aceptar otra indemnización en lugar de 
Puerto Rico.'' 

El Presidente pareció m.-anifestarse inflexible 
en sus demandas. No mostró ninguna disposi- 
ción a acceder a estos deseos de la Corona, y pa- 
recía una cuestión resuelta ya, que Puerto Rico 
habría de pasar a formar parte de los Estados 
Unidos, bien como una posesión, bien con el ca- 
rácter de territorio incorporado. Así se despren- 
de claramente del tenor de las siguientes palabras 
de Camben on su nota de agosto 4: ** hasta donde 
pude ver, AIcKinley se manifestó inflexible y rei- 
teró que la cuestión de las Islas Filipinas era la 
única que no había sido en definitiva resuelta en 
su mente." Cuando se comunicó al Presidente 
que, de acuerdo con el artículo 55 de la Constitu- 
ción Española, la Reina Regente no podía eva- 
cuar territorios sin el consentimiento y autoriza- 

152 



EL PPJxNCIPIO DE LAS HOSTILIDADES 

ción de las Cortes, el Presidente se mostró muy 
contrariado, manifestando que no podía entrar en 
la consideración de estas cuestiones de gobierno 
doméstico, y exigiendo, en consecuencia, como ga- 
rantía de la sinceridad que guiaba a España en 
su propósito de concertar la paz de acuerdo con 
las bases que se habían establecido, que se firmara 
un protocolo preliminar haciendo constar las con- 
diciones del armisticio. Como el Gabinete de 
Madrid consintiera en ello, el siguiente protocolo 
fué firmado por el Secretario de Estado, William 
R. Day, y el Embajador Cambón : 

'*Art. 10. — España abandonará toda recla- 
mación de soberanía o títulos sobre la Isla de Cu- 
ba. 

''Art. 2o.— España cederá a los Estados Uni- 
dos la Isla de Puerto Rico y otras Islas albora ba- 
jo su soberanía en las Indias Occidentales. Tam- 
bién una Isla en Las Lndrones, que será la que 
indiquen los Estados Unidos. 

Art. 3o. — España inmediatamente evacuará 
las Islas de Cuba, Puerto Rico y otras ahora bajo 
la Soberanía Española en las Indias Occidenta- 
les; y a este fin cada gobierno nombrará, dentro 
de los 10 días siguientes al en que se fir- 
mare este protocolo, comisarios que, así nom- 
brados, se reunirán en la Habana, dentro de los 
30 días siguientes a la firma de este protocolo, 
con el propósito de arreglar y llevar a cabo los 
detalles de la susodicha evacuación de Cuba y las 
Islas Españolas adyacentes; y cada Gobierno 

153 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

nombrará también, dentro de los 10 días siguien- 
tes al en que se firme este protocolo, otros comi- 
sarios que, dentro de los 30 días siguientes al en 
que se firme dicho protocolo, se reunirán en San 
Juan, Isla de Puerto Eico, con el propósito de 
arreglar y llevar a cabo los detalles de la dicha 
evacuación de Puerto Eico y otras Islas bajo la 
Soberanía Española. 

Art. 4o. — Los Estados Unidos y España nom- 
brarán no más de cinco comisarios para discutir 
la paz ; y los comisarios así nombrados se reuni- 
rán en París el día lo. de octubre de 1898, o antes, 
y procederán a las negociaciones y conclusión de 
un tratado de paz sujeto a ratificación, de acuerdo 
con las formas constitucionales respectivas de los 
dos países. 

Art. 5o. — Al sor concluido y firmado este pro- 
tocolo, las hostilidades entre los dos países se 
suspenderán; y a ese efecto cada Gobierno lo no- 
tificará así tan pronto como le fuere posible, a los 
comandantes de sus fuerzas militares y navales. ' * 

Aunque expresamente sólo se convenía en la 
cesación de la Soberanía Española en Cuba y 
Puerto Eico, esto era bastante para constituir un 
desastre de profundas consecuencias. 

El destino de la Isla de Puerto Eico, quedaba 
determinado. Sería cedida a los Estados Unidos 
como una indemnización de guerra, como una pro- 
piedad o posesión destinada a indemnizar la na- 
ción vencedora en aquel sangriento duelo. 

A fin de dar cumplimiento a lo convenido en 

154 



EL PRIxNCIÍPIO DE LAS HOSTILIDADES 

el protocolo de Washington, los Estados Unidos 
designaron los generales Butler y Wadey y el 
Atirante Sampson para Cuba, y los generales 
Brooks y Gordon y el Almirante Schley, para 
Puerto Rico. Por su parte, España designó para 
Cuba a don Julián González Parrado, general de 
división; al Almirante don Luis Pastos y Lan- 
dero y al marqués de Montoro; y para Puerto 
Rico, al general Ortega Díaz, al capitán Valla- 
rino y a don José Sánchez del Águila. 

Firmado ya el armisticio, sólo restaba a la 
España desangrada y maltrecha, aprovecharse de 
cuantos recursos tuviera a su alcance la diplo- 
macia para atenuar, en cuanto fuera dable, la in- 
tensidad de su dolor, reduciendo, en la medida 
que las circunstancias lo permitieran, la magni- 
tud de su desastre. El primer paso que dio Es- 
paña, una vez hecha la designación de los r.^feri- 
dos comisarios, fué el acuerdo, y la entrega a 
aquéllos, de las instrucciones que deberían guiar- 
los en el desempeño de su cometido. En primer 
término, los comisarios deberían determinar y 
dilucidar el alcance que debiera atribuirse al pro- 
tocolo, en cuanto disponía la evacuación de las 
Islas indicadas en él. ¿ Se refería sólo a las f uer- 
z.as militares o comprendía igualmente todos los 
funcionarios que de modo directo o indirecto re- 
presentaban a la Corona, tanto en el orden civil 
como en el militar! El protocolo no lo determi- 
naba expresamente y, por consiguiente, los co- 
misarios españoles debían sostener que se trataba 
sólo de la desocupación militar, sin afectar en 

155 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

ningún modo las organizaciones civiles de las co- 
lonias. ¿Aceptarían los Estados Unidos esta in- 
terpretación o entenderían que la desocupación se 
extendía a todos los ramos de la administración 
civil? Poco después de llegadas estas comisiones 
a sus respectivos destinos, dio comienzo la discu- 
sión relativa a tales puntos. Los representantes 
americanos consultaron su gobierno, recibiendo 
instrucciones de insistir en que la palabra eva- 
cuated, según era usada en el protocolo, no se li- 
mitaba a una evacuación militar, sino que, por el 
contrario, implicaba el abandono inmediato de la 
posesión del país, retirándose de él tanto las auto- 
ridades militares como las civiles. 

En vista de esta actitud, el Ministro de Es- 
tado envió al Gobierno de Washington, por con- 
ducto del Embajador Francés, una nota sostenien- 
do el criterio contenido en las instrucciones sobre 
el alcance que debería darse al artículo cuarto del 
protocolo. Este esfuerzo, sin embargo, resultó 
inútil. El Gobierno Federal manifestó que no po- 
día aceptar las conclusiones del de Su Majestad, 
y que consideraba innecesario detenerse a discu- 
tir esta cuestión, ya que era ella una de las que 
habrían de ventilarse en las conferencias de París. 

La capitulación de Manila era ya un hecbo. 
El Gobierno Americano ocupaba la ciudad, su 
puerto y su bahía, en virtud de lo dispuesto en el 
artículo tercero del protocolo y de la capitulación 
ocurrida el 14 de agosto. Alegaba el Gobierno 
Español que habiendo ocurrido la capitulación 
después de firmado el armisticio, aquélla debía 

156 



EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES 

considerarse nula, pues la ocupación americana 
de territorio en Filipina era una concesión tem- 
poral por España, y no una conquista manu mili- 
tary. En la nota de 7 de septiembre, entregada 
por el Ministro de Estado al chargé cVaffairs de 
Francia en España se sostenía que la distinción 
entre una ocupación por concesión y la ocupación 
manu milltary es esencial. Pero el Gobierno Fe- 
deral respondió que el Departamento de Estado 
*^no puede concurrir en la opinión del Gobierno 
Español" y recuerda que *^se iiizo constar expre- 
samente en el protocolo", que la suspensión de 
hostilidades sería notificada a las fuerzas de am- 
bos gobiernos siendo la opinión del Gobierno Fe- 
deral que los efectos de tal notificación empezaban 
al recibo de la misma." Sostenía, además, la no- 
ta de Wasliington, que era inmaterial el que la 
ocupación se considerara como resultante de la 
capitulación o en virtud del protocolo, pues en 
cualquiera de los dos casos, los poderes del ocu- 
pante son los mismos. El contenido de esta nota 
se resum.e en las palabras siguientes : ^*el Gobierno 
Federal no puede aceptar la opinión del Gobierno 
de España en cuanto a los efectos del protocolo 
de agosto 12, con relación a la situación militar en 
Manila". Esta actitud firmemente sostenida por 
el Gobierno de Washington, era causa de profun- 
da ansiedad en el Gabinete de Madrid. Abrigaba 
éste serios temores con respecto a cuál pudiera 
ser la intención del Gabinete Americano con res- 
pecto a la disposición final de las Islas Filipinas. 
La pérdida de Cuba y Puerto Rico era por sí sola 

157 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

suficiente desgracia, y si a ella se agregaba la pér- 
dida de las posesiones orientales, el desastre no 
podría ser mayor. 

Los filipinos estaban en guerra contra Espa- 
ña. El caudillo Emilio Aguinaldo, al mando de 
un número considerable de nativos, se agitaba 
fuertemente, luchando con tesonera firmeza por 
independizarse de la soberanía española. La si- 
tuación allí no difería mucho de la de Cuba. Sol- 
dados españoles eran diariamente muertos y he- 
ridos, existiendo motivos bien fundados para 
alarmante inquietud por parte del Gobierno de 
España. 

El 27 de marzo, el Cónsul de los Estados Uni- 
dos en Manila, Mr. Osear F. Williams, en un in-. 
forme oficial decía: *4as condiciones de Cuba 
existen aquí posiblemente en una forma agrava- 
da. Los soldados españoles son muertos y heri- 
dos diariamente, a pesar de haberse proclamada 
la paz. Los hospitales permanecen constantemen- 
te llenos .... Las crueldades y horrores de la gue- 
rra se repiten todos los días .... El jueves último, 
24 de marzo, un regimiento de la Corona, com- 
puesto de nativos, y estacionado en Cavite, reci- 
bió órdenes de avanzar contra los insurrectos y, 
como no fuera obedecida la orden, ocho soldados 
fueron fusilados en presencia del regimiento, al 
que de nuevo se ordenó avanzar con la amenaza 
de que si no lo hacía, todos sus miembros serían 
fusilados. De nuevo se desobedeció la orden, y 
entonces se les envió a los cuarteles para esperar 
sentencia. A la mañana siguiente, marzo 25, el 

158 



EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES 

regimiento entero, con sus armas y equipos, so 
fugó, yendo a engrosar las filas de los insurrectos 
y declarando que estaban dispuestos a pelear con- 
tra los extranjeros enemigos de España ; pero no 
contra sus propios amig'os. 

Después de empezado este despacho, he te- 
nido noticias de que otro regimiento entero se ha 
unido a los insurrectos..'* 

Una vez empozada la guerra entre los Esta- 
dos y España, gran parte de los filipinos influ- 
yentes ofrecieron ayudar a ios americanos. An- 
tes de la batalla de Cavite, los jefes rebeldes en 
Hondos, expresaron su alegría ante la perspec- 
tiva de una libertad próxima. El 4 de mayo se 
publicaba por la prensa filipina la noticia de que 
Aguinaldo se encontraba en Singapore dispuesto 
para unirse al Almirante Dewey, y el 8 de junio 
Ja colonia filipina residente en Singapore, por 
medio del Sr. Santos, presentó al Cónsul Ameri- 
cano, Edward Spencer Pratt, el siguiente mensa- 
je, revelador del sentimiento de simpatía que pro- 
fesaba a los Estados Unidos, y do su deseo de ter- 
minar para siempre sus relaciones políticas con 
la madre patria: *^ Señor; la colonia filipina resi- 
dente en este puerto, compuesta de representan- 
tes de todas clases, ha venido a presentar sus res- 
petos a vos como representante que sois de la 
grande y poderosa República Americana, a fin 
de expresaros nuestra eterna gratitud por la pro- 
tección moral y material dispensada por el Al- 
mirante Dewey a nuestro jefe. General Emilio 
Aguinaldo, quien ha conducido 8,000 filipinos 

159 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

a tomar las armas en defensa de los principios de 
justicia y libertad de que vuestro país es el más 
conspicuo defensor. Nuestros compatriotas en 
Filipinas, y aquéllos que aquí residimos, huyendo 
del mal gobierno y de la tiranía española en 
nuestro amado terruño, esperamos que los Esta- 
dos Unidos, vuestra nación, perseverando en su 
política humanitaria, secundarán eficazmente el 
programa preparado aquí entre Ud. y el General 
Aguinaldo, y nos asegurarán la protección. 
Nuestra gratitud es especialmente debida a vos, 
Sr., por haber sido el primero en cultivar relacio- 
nes con el General Aguinaldo, y en hacer los arre- 
glos necesarios para la cooperación con el Almi- 
rante Dewey, apoyando así nuestras aspiracio- 
nes, que el tiempo y las acciones consiguientes 
han desenvuelto, haciendo que reciban la aproba- 
ción y el aplauso de vuestra nación. Finalmente, 
pedimos a Ud. que haga llegar a vuestro ilustre 
Presidente y al pueblo americano, así como al 
Almirante Dewey, nuestro sentimiento de sincera 
gratitud y nuestro más ferviente deseo por su 
prosperidad.'^ 

Auiique algunas de esas negociaciones y de 
las gestiones realizadas por los insurrectos para 
apoyar la acción de los americanos, fuesen igno- 
radas por el Gabinete de Madrid, es indudable 
que éste no i'jfnoraba todo lo que allí ocurría, sos- 
pechando cuál era la actitud de los nativos, y cuál 
la posible influencia que aquélla podía ejercer en 
la mente del Gobierno Americano, al tratarse de 
la disposición definitiva de las Islas Filipinas. 

160 



EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES 

Entre las noticias publicadas en Oriente con res- 
pecto a la marcha de los acontecimientos, figura- 
ba ésta, a todas luces alarmante para el Gobierno 
de la Corona, y publicada el 4 de mayo de 1898 : 
*' inmediatamente antes del comienzo de las hos- 
tilidades entre España y los Estados Unidos, 
Singapore era la escena de un arreglo político se- 
creto, mediante el cual el General Emilio Agui- 
naldo, la cabeza suprema del movimiento revo- 
lucionario en Filipinas, ha entrado en relaciones 
directas con el Almirante Dewey, comandante del 
escuadrón americano en las aguas de China..." 
En el mismo despacho de La Prensa de Singapore, 
encontramos, entre otras cosas, lo siguiente: **en 
diciembre último el General Primo de Rivera, 
quien más que cualquier otro general español co- 
noce íntimamente el país y sus habitantes, en- 
contró que la situación que reinaba en Filipinas 
era insostenible para ambas partes (la Isla y la 

Corona) Este general envió a Biac-Na-Bato 

dos nativos filipinos, bien conocidos en Manila, 
con la misión de hacer proposiciones de paz al 
General Aguinaldo. Se celebró entonces un con- 
sejo de gobierno revolucionario, y fué acuerdo 
que se depusieran las armas bajo condición de 
que, entre otras, se efectuarían las siguientes re- 
formas : 

**lo. — La expulsión, o por lo menos seculari- 
zación de las órdenes religiosas, y la 
abstención por parte de éstas de toda 
intervención en la administración civiL 



161 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

2o. — Amnistía general para todos los re- 
beldes, y garantía de seguridad perso- 
nal contra todo acto de venganza des- 
pués de haber aquéllos regresado a sus 
' bogares. 

3o. — La adopción de medidas que pusieran 

término a los abusos manifiestos que se 

; cometían en la administración pública. 

4o. — Libertad de la prensa para denunciar 

: la corrupción oficial. 

6o. — Abolición de los sistemas de deporta- 
ción secreta de políticos sospecho- 
sos '^ 

Los rebeldes se decidieron a deponer sus ar- 
mas, y la paz fué aparentemente asegurada ; mas 
no bien habían regresado a sus hogares, cuando 
las intransigentes órdenes religiosas comenzaban 
a perseguirlos otra vez, imputándoles cargos ima- 
ginarios, cuyo fin era obtener nuevos arrestos. 
El Gobierno de la Corona, por su parte, creyén- 
dose ya seguro, desistió de su propósito de cum- 
plir las reformas prometidas, pensando hacer lo 
mismo que con Cuba después de la paz del Zan- 
jón, y los filipinos, decepcionados, tomaron nue- 
vamente las armas, no sólo en los distritos alre- 
dedor de Manila, sino también en todo el archipié- 
lago, el cual sólo espera la señal del General 
Aguinaldo para levantarse en masa.'' 

El día 10 del mes de junio, Emilio Agui- 
naldo envió al Presidente de los Estados Unidos 
un manifiesto, en que expresaba su gratitud al 
Gobierno Americano por la protección que le ha- 

162 



EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDADES 

bía dispensado éste a los filipinos. Al mismo 
tiempo protestaba contra la noticia dada por 
^^Tlie Times'', de Nueva York, el 5 de mayo, en 
que se decía que los Estados Unidos retendrían 
las Islas Filipinas hasta el fin de la guerra, y que 
entonces, si España no pagaba la indemnización 
que se exigiera, aquéllas serían vendidas a algún 
poder europeo, con preferencia a Inglaterra. 
Aguinaldo terminaba su comunicación, manifes- 
tando que abrigaba la esperanza de que el pueblo 
filipino no sería abandonado nuevamente a manos 
de España, y sí se le dejaría libre e independien- 
te. El 2 de agosto, el senador Marco Hanna re- 
cibió el siguiente telegrama: ^4a familia Cortés, 
representando a las familias ricas y educadas de 
Manila, imploran de Ud., por mediación del Cón- 
sul General Wildman, en nombre del cristianismo 
y de la humanidad, que no la abandone, y (|ug in- 
ñuya para que las Islas Filipinas sean anexadas 
a América. Sírvase ver al Presidente''; y el 4 
del mismo mes, este cablegrama fué confirmado 
por el Cónsul Wildman a requerimiento del mis- 
mo senador Hanna. 

El General T. V. Greene, en memorándum de 
agosto 27, concerniente a las Islas Filipinas, se 
expresaba de este modo: ^^si los Estados Unidos 
abandonan estas islas, la anarquía y la guerra ci- 
vil surgirán inmediatamente, dando lugar a la 
intervención extranjera. Los insurrectos recibie- 
ron ayuda material y moral de nuestra arma- 
da, y no podemos ignorar nuestras obligacio- 
nes, tanto hacia ellas como hacia las na- 

163 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

clones extranjeras; obligaciones que nos he- 
mos impuesto por nuestros propios actos. 
El Gobierno Español aquí está completamente 
desmoralizado, y el poder de España ha muerto 
para siempre. Ella no podría gobernar estas 
islas si nosotros las entregáramos. Los españoles 
aquí temen grandemente a los insurrectos. El 
gobierno está completamente desorganizado y en 
bancarrota, teniendo una enorme deuda flotante. 
Por otra parte, los filipinos no podrían gobernar 
al país sin la ayuda de alguna nación fuerte. 
Ellos lo reconocen, y dicen que su deseo es obte- 
ner la independencia bajo el protectorado ameri- 
cano 

*^E1 odio que existe entre peninsulares y na- 
tivos es muy intenso y no puede disiparse. Los 
nativos son todos católicos Romanos, pero sienten 
odio acerbo hacia las órdenes monásticas, e in- 
sisten en que éstas sean lanzadas del país, o de lo 
contrario sus miembros serán asesinados. Estos 
frailes poseen la mayor parte de las tierras, y se 
han enriquecido oprimiendo a los nativos. . . . En 
Manila hay próximamente 200,000 nativos filipi- 
nos, entre los que existe un gran número por cu- 
yas venas corre sangre española y china, y quie- 
nes son hombres de carácter, educación, habilidad 
y riqueza. Estos odian a los españoles, no sien- 
ten simpatías hacia otras naciones, y sólo buscan 
ayuda de los Estados Unidos. No simpatizan del 
todo con Aguinaldo, la entrada de cuyas tropas 
en Manila temen tanto como los mismos espa- 
ñoles. Dicen que Aguinaldo no tiene ni la habili- 

164 



EL PRINCIPIO DE LAS HOSTILIDABES 

dad ni la experiencia necesarias para ponerse al 
frente de un gobierno nativo, y dudan de que se le 
elija Presidente en una elección honrada. Los 
principales intereses extranjeros aquí son britá- 
nicos, y éstos están unánimemente en favor de la 
ocupación americana, habiendo enviado ya un me- 
ínorial a su Gobierno para que influya en ese sen- 
tido, pues consideran esa ocupación el único me- 
dio de proteger sus vidas y sus haciendas." 

Green, en dicho memorándum, solicita de los 
Estados Unidos que mantengan la ocupación de 
las Islas Filipinas hasta que las circunstancias 
justifiquen su abandono. 

Claro está que en estas condiciones había 
grandes motivos para temer, como indudablemen- 
te España temía, que sus posesiones orientales 
corrieran la misma suerte que Cuba y Puerto Ri- 
co. Y este temor llevaba el Gabinete de Madrid 
a desplegar la mayor actividad para ver de im- 
pedir, por medios puramente diplomáticos, lo que 
las armas no podrían evitar en un duelo de san- 
gre. 



165 



LAS CONFERENCIAS DE PAEIS Y EL 
TRATADO DE PAZ 



IX 

LAS CONFERENCIAS DE PARÍS 

El primero de octubre de 1898, los delegados 
americanos y españoles se reunieron en los her- 
mosos salones del Ministerio de Relaciones Exte- 
riores de Francia. Iban a celebrar la primera de 
las conferencias de la Paz en París, según lo con- 
venido en el protocolo de AVasliington. T41 co- 
misión americana se componía del Ex-S3cretario 
de Estado, Mr. William Pt. Day, el Ex-Ministro 
americano en París, Sr. Key, y los senadores Da- 
vis, Fry y Gay. Representaban a España don 
Eugenio Montoro Ríos, Presidente del Senado y 
Ex-Ministro de la Corona; don Buenaventura 
Avarzuza, Ministro de la Corona; don José Ga- 
rrique y Díaz, Magistrado del Tribunal Supremo, 
don Wenceslao Ramírez de Villa-Urrutia, Repre- 
sentante ordinario y Ministro Plenipotenciario en 
Bélgica, y don Rafael Cerero y Saenz, general de 
división y comandante en jefe de ingenieros del 
primer puerto de la armada. Fueron nombrados 
para desempeñar las funciones de secretario, los 

169 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

señores Ojeda, por España, y Moore por los Es- 
tados Unidos. 

Terminada de hecho la guerra militar y na- 
val, iba a dar comienzo ese día la batalla diplomá- 
tica. El vencedor y el vencido medirían sus fuer- 
zas en un campo distinto de aquél en que se ha- 
bían encontrado durante algunos meses. Y las 
prolongadas y brillantes discusiones que se desa- 
rrollaron en el curso de aquellas conferencias, 
constituyen una de las páginas más interesantes 
e instructivas en la historia diplomática de la 
guerra hispano-americana. Se iniciaba el debate 
con una proposición de los delegados españoles, 
solicitando que, juntamente con ellos, los comi- 
sarios americanos declarasen que las autoridades 
americanas en las Islas Filipinas debían proceder 
inmediatamente a restablecer el status quo en los 
territorios que ocuj)aban, y a abstenerse de im- 
pedir, directa o indirectamente, que las autori- 
dades y fuerzas españolas lo restablecieran en 
territorio no ocupado por fuerzas americanas. 
Fundaban esta demanda en lo dispuesto en el 
artículo 6o. del protocolo de agosto 12, el cual, 
entendían los comisarios españoles, disponía que 
el status quo existente en las Filipinas al mismo 
tiempo de firmarse el protocolo, no podía recibir 
alteración alguna mientras durara el armisticio. 

Para su estudio por la delegación americana, 
se tradujo al inglés esa proposición; la que fué 
rechazada en la conferencia próxima, tachándola 
de mero ardid encaminado a distraer la confe- 



170 



LAS CONFERENCIAS DE PARÍS 

rencia de su verdadero objeto, toda vez que se 
refería a un asunto que no le incumbía. 

La segunda conferencia tuvo lugar el 3 de 
octubre. Después de contestar en la forma que 
hemos visto la demanda hecha por los comisarios 
españoles, los americanos propusieron, como par- 
te del tratado de paz, dos artículos en que se dis- 
ponía que España abandonaba toda reclamación 
de soberanía y todo título sobre la Isla de Cuba, 
y cedía a los Estados Unidos la Isla de Puerto 
Rico, y las otras islas bajo su soberanía en las 
Indias Occidentales, así como la Isla de Guan en 
el Archipiélago de Las Ladrones.'' 

Con esta proposición y con la formulada en 
la primera conferencia por los comisarios es- 
pañoles, quedaba expuesta toda la cuestión a cu- 
yo derredor debía versar la controversia diplo- 
mática que precedió al tratado de paz. Aunque 
los artículos primero y segundo del protocolo de 
agosto 12, disponían que España abandonaría la 
Isla de Cuba y cedería la de Puerto Rico a los 
Estados LTnidos, había muchas cuestiones a dis- 
cutir antes de que los delegados españoles pu- 
dieran aceptar la proposición americana. Como 
era, pues, de esperarse, en la conferencia de oc- 
tubre 7, la rechazaron, ofreciendo, en su lugar, 
una proposición en virtud de la cual los Estados 
Unidos recibían de E.spaña, la Isla de Cuba con 
todas las cargas y obligaciones de todas clases, 
pendientes al ratificarse el tratado de paz, que la 
Corona de España y sus autoridades en la Gran 
Antilla hubiesen contraído legalmente en el ejer- 

171 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

cicio de la soberanía que aquélla renunciaba y 
transfería. Según se hace constar en el artículo 
quinto del proyecto propuesto por los comisarios 
españoles, la transferencia a los Estados Unidos 
de la Isla de Cuba, comprendía todas las carocas 
y obligaciones de todas clases, incluyendo las deu- 
das que hubieran sido contraídas constitucional- 
mente para el servicio de la Isla o con cargo a su 
tesoro especial. 

Las condiciones que imponía este proyecto, 
difícilmente podían aceptarlas los delegados ame- 
ricanos. Estos no propusieron la transferencia 
a los Estados Unidos, sino el abandono de la So- 
beranía Española sobre la Isla de CuLa, El 
texto inglés de la proposición americana, dice 
así: *Hhe government of Spain relinquish all 
claim of sovereignty over and title to Cuba. ' ' En 
cuanto a Puerto Rico, la palabra ^* cedes'' es usa- 
da en vez de relinquish. ^^The government of 
Spain hereby cedes to the United States the Island 
of Porto Eico and other Islands now under Span- 
ish Sovereignty in the West Indies, and also the 
Island of Guan in the Ladrones.'' 

En la conferencia de octubre 11, los comisa- 
rios americanos presentaron un memorándum en 
apoyo de su proposición original. Alegaban ellos 
que los artículos propuestos por los comisarios 
españoles, más que una renuncia incondic'onal 
de la Soberanía Española sobre Cuba, implica- 
ban una transferencia a los Estados Unidos de 
cargas y obligaciones contraídas por España. 
Las deudas no podían considerarse como parte de 

172 



LAB CONFERENCIAS DE PARÍS 

soberanía. España debía renunciar, según ellos, 
todo derecho sobre la Isla de Cuba, sin hacer 
mención de deuda alguna. Si España las había 
contraído, ella debía satisfacerlas. 

Sostenían, además, los comisarlos america- 
nos, que una renuncia no era una transferencia o 
cesión, sino el abandono de todo derecho de do- 
minio sobre la cosa abandonada. A esto siguió 
una larga controversia con respecto al alcance 
jurídico de las palabras inglesas, relmquish y 
ahandonmenf . También se discutió extensamente 
sobre quién debía pagar la deuda nacional con- 
traída con cargo al tesoro de Cuba. En sus res- 
pectivos alegatos, ambas partes defendieron con 
admirable lucidez y elocuencia sus diversos i3un- 
tos de vista. 

En la conferencia de octubre 17 los ameri- 
canos propusieron, para substituir los primeros 
artículos del tratado, ofrecidos por ellos, dos nue- 
vos artículos, más sintéticos en la forma, aunque 
iguales a los primeros en el fondo. Dice el pri- 
mero: ^^ España por la presente abandona toda 
reclamación de soberanía sobre la Isla de Cuba.'' 
El segundo: *^ España cede a los Estados Unidos 
la Isla de Puerto Rico y otras Islas actualmente 
bajo la Soberanía Española en las Indias Occi- 
dentales, así como la de Guan y Las Ladrones.'' 
Este proyecto fué rechazado en la conferencia de 
octubrp 21, y, en su lugar, los comisarios espa- 
ñoles ofrecieron un nuevo proyecto en que apa- 
rece España renunciando su soberanía, y todo de- 
recho sobre Cuba, y los Estados Unidos, aceptan- 

173 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

do, a su vez, esa renuncia, así como todas las car- 
gas y obligaciones pecuniarias pendientes al ra- 
ratificarse el tratado de paz y que, previo y mi- 
nucioso examen de su origen, objeto y condiciones 
de su creación, debieran reputarse distintas de 
las que son propias y peculiares del tesoro de la 
Península. 

En vista de la insistencia de los diplomáticos 
españoles, y teniendo en cuenta que éstos, por 
medio de su presidente, manifestaron que no da- 
ban importancia a la fraseología en que se expu- 
siera el abaiulono de la soberanía, siempre que el 
tratado contuviera un pacto sobre las deudas, el 
presidente de la comisión americana preguntó si 
la actitud de los delegados españoles siír^úficaba 
que rehusarían ellos cualesquiera artículos res- 
pecto a Cuba o Puerto Eico, que no implicasen la 
aceptación por los Estados Unidos de las deudas 
contraídas con cargo al tesoro de esas islas. Los 
comisionados españoles no contestaron inmedia- 
tamente. Sin duda vieron el alcance de la pre- 
gunta, y decidieron solicitar un término dentro 
del cual responder. Se fijó para ello el día de la 
próxima conferencia, que debía celebrarse el miér- 
coles 26 de octubre, a las 4 de la tarde. 

De ser afirmativamente contestada esta pre- 
gunta, las ciiofereneias hubieran tocado a su tér- 
mino sin antes realizar el fin para que se inicia- 
ron, pues los comisarios americanos demostraban 
un propósito invariable de no aceptar las condi- 
ciones en que, con notable tenacidad, insistían los 
representantes españoles. Era, pues, necesario 

174 



LAS CONFERENCIAS DE PARÍS 



os 



tudiar una forma de contestar nue evitara, de 
una parte, el fracaso d(^ las confercnc\TS, y de la 
otra, toda señal de agotamiento por parte de los 
comisarios españoles. En la fecha convenida, o 
sea en la tarde del 23 de octul)re, la comisión es- 
pañola presentó su contestación: *'Los comisa- 
rios españoles contestan a la sobredicha pre- 
gunta diciendo que, aíirmando su convicción de 
que con arreglo a derecho las obligaciones colo- 
niales de Cuba v Puerto Eico, deben pasar con 
estas islas y sus soberanías, no rehusan tomar en 
consideración cualquier otro artículo relativo a 
Cuba y Puerto Eico, que no contenga la cláusula 
de asumirse las cargas por los Estados Unidos o 
por Cuba o por ambos, subordinando la primitiva 
aprobación de tal artícur) a los demás qu-^ ha van 
de formar la totalidad del tratado; le invitan, en 
su consecuencia, a los señores comisarios ame- 
ricanos, a que se proceda a la discusión de los 
demás puntos que en el tratado se han de com- 
prender y, desde luego, a la de lo relativo al Ar- 
chipiélago Filipino, proponiendo a los comisarios 
españoles lo que entienden que debe convenirse 
en aquel sobre este asunto.'* 

E.n cuanto a Puerto Rico, los comisarios es- 
pañoles insistían en que se hiciera constar que la 
cesión de esta Antilla se efectuaba para indemni- 
zar a los Estados Unidos, y a sus ciudadanos, los 
gastos y perjuicios que la guerra los causara. En 
la conferencia de octubre 27 preguntó el Presi- 
dente de la comisión española si la comisión ame- 
ricana tendría inconveniente en que el artículo 

175 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

en que se trata de la cesión de Puerto Rico, otras 
islas de las Antillas y la Isla de Guan, se expresa- 
se que esta cesión se hacía con el fin de verificar di- 
cha indemnización. Los comisarios americanos 
expresaron su conformidad; y, con este acuerdo, 
fué suspendida temporalmente la discusión rela- 
tiva a las Antillas, pasándose a tratar de la no 
menos importante cuestión filipina, la que se plan- 
teó en la siguiente conferencia, de octubre 31 en 
los términos que se siguen: **Los comisarios ame- 
ricanos, habiendo sido invitados por los comisa- 
rios espafiolos, en la última conferencia, a pre- 
sentar una proposición respecto de las Islas Fi- 
lipinas, se permiten someter, a ese respecto, el 
artículo siguiente: 

*^ España, por medio de este artículo, cede a 
los Estados Unidos el archipiélago conocido por 
las Islas Filipinas, situado dentro de las líneas 
siguientes '' 

Manifiestan, además, los comisarios ameri- 
canos, que estaban dispuestos a insertar en el 
tratado una estipulación por virtud de la cual los 
Estados Unidos aceptan cualquier deuda de Es- 
paña, contraída para obras públicas o mejoras de 
carácter pú]>lico, en Filipinas. En la conferencia 
que tuvo luc:ar el 4 de noviembre, los comisarios 
españoles contestaron la proposición de los ame- 
ricanos, manliestando gran sorpresa en vista de 
su contenido. Alegan, que de acuerdo con los 
términos del protocolo preliminar, los Estados 
Unidos, según lo que dispone el artículo tercero, 
ocuparían y retendrían la ciudad, la bahía y el 

176 



LAS CONFERENCIAS DE PARÍS 

puerto de Manila sólo hasta que se firmara el 
tratado de paz. Dicho artículo dice así: **los Es^ 
tados Unidos ocuparán y retendrán la ciudad, la 
bahía y el puerto de Manila, esperando la con- 
clusión de un tratado de paz que deberá deter- 
minar la inspección, la disposición y el gobierno 
de las Filipinas.'* La comisión española enten- 
día que tal disposición implicaba una ocupación 
meramente temporal o provisional de Manila y 
su puerto y bahía por los Estados Unidos; ocu- 
pación que duraría hasta que se firmara el tra- 
tado. Por consiguiente, un prolongado y no poco 
interesante debate debía efectuarse al rededor 
del sentido atribuido al artículo tercero del sobre- 
dicho protocolo preliminar. Sostenían los comi- 
sarios españoles, en primer término, que el Minis- 
tro francés de asuntos extranjeros, en circular 
enviada a sus embajadores en Europa dundo 
cuenta de que el Gobierno de la República había 
consentido en que su Embajador en Washington 
negociara, en nombre de España, un armisticio 
con los Estados Unidos, interpretaba el artículo 
tercero de ese protocolo en la misma forma que 
ellos. En segundo término, alegaban que las pa- 
labras ^^ inspección'*, * disposición*' y *^ gobier- 
no" de las Filipinas, según eran empleadas en el 
protocolo provisional, no tenían un sentido claro, 
y, por consiguiente, debían aplicarse las reglas 
de interpretación de tratados que afirman que la 
ambigüedad de las frases no debe favorecer a 
quien se negó a aclararlas sin alegar buena razón 
para ello. Mas aún, añadían que, al firmarse el 

177 



CAUSAS Y CONSECfJENCIAS 

protocolo, el Presidente manifestó a Cambón one 
no pensaba en que España debiera ceder el Arcbi- 
piólago Filipino; y que no consignándose la ce- 
sión en el protocolo provisional, la misma no po- 
lla exigirse entonces. 

Los comisarios americanos, naturalmente, no 
aceptaban el criterio expuesto por los españoles. 
A juicio de aquéllos, el protocolo preliminar re- 
servaba a los 'Estados Unidos el derecho a de- 
mandar, en las conferencias de la paz, la cesión 
del archipiélago. *^En la opinión de los Estados 
Unidos'*, dicen los americanos, ^Vpie este artícu- 
lo (3 del protocolo preliminar) deja la cuestión 
relativa al í>*obierno y soberanías futuros de las 
Islas Filipinas, a la determinación del tratado de 
paz'*, y sostenían que el propósito de los Estados 
Unidos siempre fué fijar las condiciones del ar- 
misticio de la manera más precisa y clara; razón 
por la cual acordaron, después de algninas discu- 
siones con el Embajador de Francia, consi?:nar 
los términos baio los cuales se suspenderían las 
hostilidades. Citan el despacho de aofosto diez, 
en quo Oarabón se expresaba así: **el Gobierno 
Federal 'ha decidido consignar en un pro+ocolo, 
de manera precisa, las bases sobre que deben, a 
su juicio, ser iniciadas las negociaciones de paz**; 
lo que indicaba, en sentir de los comisarios ame- 
ricanos, que las negociaciones debían contimiarse 
de acuerdo con el protocolo preliminar, prescin- 
diendo de la correspondencia cruzada entre los 
Estados Unidos y el Gobierno de la Corona. 

Sobre el alcance de la palabra disposición, 

178 



LAS CONFERENCIAS DE PARÍS 

usada en el protocolo con respecto a las Isls Fi- 
lipinas, los comisarios americanos alegaban que 
tal palabra implica distribución, enajenación o 
arreglo definitivo; es decir, que al usarse tal pa- 
labra en el protocolo, las partes contratantes au- 
torizaban a los comisarios para decidir sobre cuál 
debiera ser la soberanía sobre las islas del Ar- 
chipiélago Filipino, después de terminada la gue- 
rra. 

En la conferencia de noviembre 16, los comi- 
sarios españoles unieron al protocolo número 14 
un memorándum conteniendo, a la vez que una 
contestación al último presentado por los ameri- 
acordaran proponer a sus gobiernos que un árbi- 
canos, la proposición de que ambas comisiones 
tro o tribunal arbitral fijara el sentido de los ar- 
tículos tercero y sexto del protocolo de Washing- 
ton. Apoyábase esta proposición en arp";ní'»ntos 
un tanto sentimentales; pero tan hábil y elocuen- 
temente expuestos, que en la siguiente conferen- 
cia, al referirse a ellos, el presidente de la comi- 
sión americana hubo de reconocerlo así en tér- 
minos expresamente consignados en acta. 

^^La diferencia de opinión entre ambas Co- 
misiones, dice el memorándum, descansa princi- 
palmente en el diverso sentido que cada una da a 
aquellos artículos. 

Así resulta de sus respectivos memorándums. 

Pues bien, si en los conflictos de las naciones 
hay o puede haber algo que en vez de ser resuelto 
por la fuerza de las armas, deban los hombres de 
buena voluntad tratar de resolverlo por la fuerza 

179 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

de la justicia, o siquiera por los dictados de la 
equidad, es precisamente aquello que consiste en 
la diversa interpretación que haya surgido al 
tratar de aplicarse un artículo de cualquier Tra- 
tado en que anteriormente hubieran convenido. 

Podrán los Soberanos, por un sentimiento 
de natural fiereza resistirse a someter al juicio de 
un tercero todo aquello que afecta a su honor, o 
siquiera a su amor propio. Podrán no querer 
encomendar a un juicio semejante la existencia 
o aiín la integridad de sus Estados. Pero no se 
concibe que a la faz del mundo moderno y cris- 
tiano prefieran cubrir la tierra de cadáveres e 
inundarla de sangre humana, a someter su propia 
opinión en asuntos tan expuestos a la falibilidad 
de la inteligencia de los hombres, como no puede 
menos de serlo el sentido que quiera darse a un 
mero artículo de cualquier convención que sobre 
materia libre y ajena a las sagradas causas sobre- 
dichas haya podido ser celebrada. 

Los Estados Unidos, son entre todos los pue- 
blos del mundo civilizado los que, para gloria su- 
ya, han tomado la iniciativa y han manifestado 
más decidido empeño en que se acuda a este me- 
dio tan humano, tan racional y tan cristiano, an- 
tes que al cruento de la guerra, para resolver los 
conflictos entre las Naciones. 

Ya en 1835 el Senado de Massachussetts 
aprobaba una proposición, presentada por la 
Asociación Americana de la Paz, preconizando la 
creación de un Tribunal Internacional para resol- 

180 



LAS CONFERENCIAS DE PARÍS 

ver amistosa y definitivamente las dificultades en- 
tre los pueblos. 

En 1851 el Comité de Negocios Extranjeros 
de Wasliington, por unanimidad declaraba que 
era de desear que los Estados Unidos insertasen 
en sus Tratados una cláusula para que diferen- 
cias^ que no pudieran resolverse por la vía diplo- 
mática, fueran sometidas, antes de comenzar las 
hostilidades, a la resolución de Arbitros. 

^En 1853 el Senado aceptaba el voto del Co- 
mité de Negocios extranjeros. En 1873, otra vez 
el Senado, y en 1874 las dos Cámaras, volvían a 
consignar esta humanitaria aspiración. Y en 
18á8, en fin, no bastándoles fijar su propia línea 
de conducta en tan laudable sentido, ambas Cá- 
maras acordaban por resolución conjunta rogar al 
Presidente, que emplease de tiempo en tienipo su 
infiuencia para comprometer a todos los Gobier- 
nos que con los Estados Unidos sostuvieran rela- 
ciones diplomáticas, a someter las cuestiones que 
entre los unos y los otros pudieran surgir en el 
porvenir a la resolución de Arbitros. 

El caso que se presenta en las conferencias 
de París, espera la Comisión Española que no ha 
de dar motivo a que los Estados Unidos, apar- 
tándose de tan gloriosos precedentes, quieran 
resolverlo por el último medio que entre seres ra- 
cionales y libres es tristemente inevitable, siquie- 
ra nunca sea lícito, en defecto de otros más hu- 
manos, para conservar inalterable la paz de los 
hombres. '' 

El efecto de este memorándum es aparente. 
181 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

A él, en gran parte, se debe que España no tu- 
viera que ceder las Filipinas a los Estados Uni- 
dos, sin remuneración alguna. Movidos, sin du- 
da, por la elocuencia y por la fuerza de aquel ar- 
gumento, los comisarios americanos consultaron 
a su Gobierno, obteniendo de éste autorización pa- 
ra ofrecer a España la suma respetable de veinte 
millones de dólares, además de ciertos privile- 
gios, en cambio de esa cesión. En la conferencia 
de noviembre 21, los comisarios americanos ma- 
nifestaron a los españoles que ^^ habían consul- 
tado a su Gobierno y decidido hacer las conce- 
siones que estaban consignadas al final de su con- 
testación, y cuyo objeto era el de terminar de una 
vez la discusión. A la vez advirtieron los comi- 
sarios americanos a los españoles que era tiempo 
ya de llegar a un resultado final, i)ues se habían 
prolongado las conferencias el tiempo necesario. 
El final de dicha contestación, en cuanto se refiere 
a las aludidas concesiones, dice así: 

*^E1 Gobierno de los Estados Unidos no pue- 
de modificar sus proposiciones hechas hasta aho- 
ra en cuanto a la cesión de todo el archipiélago fi- 
lipino; pero han sido autorizados los comisarios 
americanos para ofrecer a España, en caso de 
que ésta accoda a la cesión, la suma de veinte mi- 
llones de dólares, que se pagarán de acuerdo con 
los términos que se fijaren en el tratado de paz. 

Y siendo la política de los Estados Unidos el 
ofrecer en las Islas Filipinas igual oportunidad 
para el comercio mundial (open door for the 
world's commerce) los comisarios americanos es- 

182 



LAS CONFERENCIAS DE PARÍS 

tan preparados para insertar en el tratado una 
estipulación al efecto de que, por un número de 
años, los barcos mercantes españoles se admiti- 
rán en los puertos de las Islas Filipinas, en los 
mismos términos en que han de serlo los barcos 
mercantes americanos. 

Los comisarios americanos están asimismo 
autorizados y preparados para insertar en el tra- 
tado, en relación con la cesión por España a los 
Estados Unidos, de territorios pertenecientes a 
aquélla, una cláusula renunciando mutuamente to- 
da reclamación por concepto de indemnización, 
nacional o individual, de los Estados Unidos en 
contra de España o do España en contra de los 
Estados Unidos, y que pueda haber surgido des- 
de los comienzos de la última insurrección en Cu- 
ba y antes de concluirse el tratado de paz/' 

Todo parecía, pues, indicar que el Gobierno 
Americano había llegado al límite de sus conce- 
Munes, y que, de no ser aceptadas éstas, las con- 
ferencias se declararían fracasadas, y reanuda- 
das las hostilidades. Y tal reanudación sería de 
tremendas consecuencias para España. La tris- 
te experiencia adquirida durante el tiempo que 
duraron las actividades de guerra, lo demostra- 
ba. La situación era tan grave, y tan desesperan- 
te, que empezar de nuevo las hostilidades equi- 
valdría para el Gobierno de la Corona a aumen- 
tar la magnitud del desastre, ya lo suficiente- 
mente doloroso. La prudencia, pues, aconsejaba 
aceptar las proposiciones americanas. 

Los Comisarios españoles no habían fracasa- 

183 



CAUSAS Y CONSECL'ENCIAS 

da. Su labor había sido de una eficacia efectiva^ 
por más que en la misma España hubiera quien 
mantuviese la opinión contraria. Dada la desi- 
f^iialdad de recursos con que contaban las dos 
partes contendientes, la manifiesta inferioridad de 
las fuerzas españolas, y su agotamiento causado 
por las derrotas sufridas durante el tiempo que se 
prolon.e-aron las hostilidades, los Estados Unidos 
se hallaban en actitud de imponer condiciones tan 
duras, si lo deseaban, como fuese compatible con 
un estado de guerra; y a España no le hubiera 
quedado otro remedio que aceptarlas, o ir al sui- 
cidio. Esto intimo hubiese sido una locura inex- 
cusable en pueblo tan inteligente como el pueblo 
español. Por consiguiente, las últimas proTiosi- 
ciones de los Comisarios americanos en cuanto a 
la cesión de las Islas Filipinas debían aceptarse, 
e implicaban una victoria diplomática. En la 
conferenciíi de noviembre 28, la comisión espa- 
ñola presentó su contestación final: 

*' Agotados, pues, por parte de España todos 
los recursos diplomáticos para la defensa del que 
considera su derecho, y aún para una equitativa 
transacción, se exige hoy a los Comisarios espa- 
ñoles que acepten en conjunto y sin m^ás discu- 
siones la proposición americana o que la recha- 
cen, en curfo caso quedarían terminadas, según 
entiende la Comisión Americana, las negociacio- 
nes para la paz y roto por consiguiente, el Proto- 
colo de Washington. El Gobierno de S. M. mo- 
vido por altas razones de patriotismo y de huma- 
nidad, no ha de incurrir en la responsabilidad de 

184 



LAS CONFERENCIAS DE PARÍS 

desatar de nuevo sobre España todos los horro- 
res de la guerra. Para evitarlos se resigna al 
doloroso trance de someterse a la ley del vence- 
dor, por dura que ésta sea, y como carece Es- 
paña de medios materiales para defender el de- 
recho que cree le asiste, acepta las únicas condi- 
ciones que los Estados Unidos le ofrecen para la 
conclusión del Tratado de Paz.'* 

Y después de ligeras conferencias y discu- 
siones se llegó al acuerdo definitivo, firmándose 
el Tratado de Paz, en París, el día 10 de diciembre 
de 1898. El 12 de abril de 1899 el mismo fué rati- 
ficado por el Congreso de los Estados Unidos, 
terminando así el estado de guerra reinante entre 
la vieja hidalga patria del Cid y la joven, liberal 
y vigorosa República de Washington. 

Los acontecimientos que desde entonces se 
han desarrollado en América, y cuya raíz be en- 
cuentra en el conflicto hispano americano, mere- 
cen los honores, no de una simple mención, que es 
lo más que podríamos hacer en este libro, sino de 
un volumen totalmente dedicado a su estudio. El 
Tratado de París, al poner término a los que fue- 
ron vastos dominios españoles en América, no só- 
lo determinó cambios políticos de honda signifi- 
cación, sino también consecuencias morales cuyo 
alcance ya nadie ignora. Lo que perdió España 
en dominio económico y político, lo ha ganado en 
simpatía. El rencor que se le profesaba en estas 
Américas mientras se prolongó el duro régimen 
de su Gobierno, revistió siempre caracteres in- 
quietantes; y de no terminar su dominación polí- 

185 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

tica, es seguro que a estas horas todos los afectos 
y todo orden de simpatías hacia ella se habrían ex- 
tinguido. 

Los pueblos, como los hombres, sienten una 
instintiva repugnancia hacia toda forma de tira- 
nía. Nadie quiere ser gobernado por otro. Es 
verdad que la historia nos enseña que en todas 
las épocas ha existido el dominador y el domina- 
do, que la desigualdad entre los pueblos, como 
entre los hombres, ha dado siempre a unos la 
hegemonía sobre otros; pero sin que el dominado 
se resigne jamás gustoso a la condición de siervo. 
España no había sabido conquistar el corazón de 
sus colonias. Fundaba su dominio en el tan de- 
batido y no bien comprendido principio de sobe- 
ranía, y se olvidaba de que la tiranía más suave 
es la del amor; de que la obediencia y el respeto 
de nuestros semejantes, como mejor se obtiene, es 
conciliando el derecho de la fuerza, con los dic- 
tados de una generosa disposición. 

Al disolverse los vínculos que unían a la an- 
tigua Metrópoli con sus Colonias, desapareciendo 
la inñuencia de su dominio, se eliminaba un mo- 
tivo de discordia y se establecían las bases de 
franca cordialidad sobre que debían descansar 
sus relaciones ulteriores. Es verdad que aún no 
puede decirse que se hayan extinguido por com- 
pleto los odios y rencores que tan profundas raí- 
ces llegaron a echar durante el largo período de 
coloniaje a que estuvieron sujetos los pueblos la- 
tinos de América. Pero el más superficial obser- 
vador puede ver que aquellos odios y aquellos 

186 



LAS CONFERENCIAS DE PARÍS 

rencores van cediendo su lugar a sentimientos de 
generosa cordialidad y de franca y noble simpa- 
tía. Los vínculos que crean la raza, el idioma, la 
tradición y la historia, son demasiado poderosos 
para que se destruyan totalmente; y sería insen- 
sato opinar que la nación cuya sangre, cuyo idio- 
ma y cuya civilización hemos por tanto tiempo 
compartido, no ha de encontrar afectos en el co- 
razón de los que fueron, sus hijos, como es ab- 
surdo pensar que algún día pueda España, o al- 
gún otro pueblo del viejo Continente, imponer sn 
hegemonía política en America. La comunidad 
de intereses políticos y económicos crea en las re- 
públicas de este Hemisferio sentimientos de soli- 
daridad que hacen imposibles a los viejos puebles 
europeos, la adquisición en él de dominios o 
zonas donde ejercer su influencia. Es verdad 
que no siempre reinan entre estos jóveno?; pue- 
blos de América, relaciones de sincera y frater- 
nal amistad. Las rencillas entre ellos son fre- 
cuentes, y la desconfianza con que los del Sur mi- 
ran el poderoso influjo que la gran República del 
Norte ejerce en la política mundial, es profunda 
y, a veces, inquietante. Pero cualesquiera que 
sean las diferencias que surjan entre estos pue- 
blos, en la hora suprema de una actitud amena- 
zante para su seguridad por parte de cualquiera 
de los estados de Europa, todos marcharán uni- 
dos, tanto a la resistencia, como al ataque 



187 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

Al estallar en Cuba la revolución de 1895, 
Puerto Rico atravesaba un período de intensa 
a«:itación política, y una fuerte corriente liberal 
inquietaba los espíritus. 

Los amplísimos poderes otorgados por la Co- 
rona a los gobernadores generales de la Isla, y el 
uso exagerado, o abuso, de esos poderes, habían 
ido creando, poco a poco, una atmósfera hostil a 
los intereses nacionales. La centralización ab- 
sorbente, el sistema tributario en vigor en el 
país y el exceso de autoridad por parte de los fun- 
cionarios de la Corona, no podían obtener la 
aprobación de los nativos, quienes se sentían ex- 
plotados y humillados en una medida para ellos 
intolerable. No existía de hecho en la Colonia la 
libertad de pensamiento y de conciencia, ni el de- 
recho a reunirse y discutir sus propios asuntos 
sin la intervención oficial; y la mirada escruta- 
dora y amenazante de los que mandaban en la An- 
tilla, seguía a sus habitantes por todas partea. 

191 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

La educación pública, lejos de recibir aliento ofi- 
cial alguno que valiera la pena, era obstaculizada 
por los partidarios del régimen imperante. Cada 
vez que aparecía un vocero guiado por el propó- 
sito de servir los intereses del procomún, la ac- 
ción gubernamental se interponía para impedir su 
labor. Así vemos que el primero de junio de 1848, 
según cuenta don Salvador Brau en su *' Historia 
de Puerto Kico'^, comenzó a publicarse en Maya- 
guez *^E1 ImparciaP', y sólo alcanzó la efímera 
vida de cincuenta días. **A don Juan Prim no le 
hizo gracia í^n imparcialidad y la extinguió el 20 
de julio.'' En 1854 dábase a la luz **E1 Ponceño'', 
periódico literario cuya muerte sobrevino por el 
solo motivo de acoger en sus columnas un trabajo 
conteniendo una estrofa que decía: 

*^Que parta a España el que nació en España 
Y deje aquí, de susto y pena exento, 
al que le cupo este jardín por cuna, 
bañada en suave hamaca por la luna.'' 

La voluntad del pueblo de Puerto Rico care- 
cía de importancia para los ministros de la Co- 
rona, y para sus representantes aquí. 

Con motivo de un motín militar ocurrido el 
7 de junio do 1867, el general Marchesi decretó, 
por su sola autoridad, el destierro de Betances, 
liuiz Belvis, Goyco, Romero, Celis Aguilera, Goe- 
uaga y don Julián E. Blanco, ordenándoles que 
deberían comparecer, dentro del término de dos 
meses, ante el ministro de Ultramar. Betances y 

192 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

Eiiiz Belvis, que lograron escaparse, publicaron 
en ^^The New York Herald'', el 5 de agosto de 
«qnol mismo año, una carta en que manifestaban 
que era inútil esperar buena fe del Gobierno Es- 
pañol; y desde entonces empezaron gestiones en- 
caminadas a organizarse para obtener la indepen- 
dencia de esta Antilla. Se constituyeron socie- 
dades secretas y juntas revolucionarias, estallan- 
do poco después la revolución de Lares. 

Los portorriqueños seguían con marcado in- 
terés el curso de la rebelión cubana. Las simpa- 
tías generales estaban con los rebeldes, celebran- 
do callada, pero fervorosamente, todos los triun- 
fos alcanzados por sus hermanos de Cuba, y la- 
mentando las derrotas que sufrían. 

Al estallar en Cuba la revolución de 1895, la 
situación política en Puerto Rico no había mejo- 
rado aún, y el inquietante desagrado de la mayor 
parte de los portorriqueños se hacía cada vez más 
intenso, pues el adelanto de la cultura, el espíritu 
cada día más liberal de la civilización, y el entu- 
siasmo siempre creciente por las instituciones de- 
mocráticas en América, imprimían nuevos bríos 
a los autonomistas portorriqueños, en la lucha 
por su ideal. Existían entonces en la Isla dos 
partidos políticos, que representaban las dos ten- 
dencias en que el país se orientaba: el Partido 
Conservador, que defendía el status quo, y el 
Partido Autonomista, que abogaba por la des- 
centralización gubernamental. Se componía el 
primero de nativos y peninsulares, y el segundo 
de nativos solamente, con la excepción de algún 

193 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

peninsular de amplia visión y de espíritu culto y 
justiciero, como, por ejemplo, el Dr. Manuel 
Fernández Juncos, miembro entonces del direc- 
torio autonomista. 

Existía el Partido Autonomista Portorrique- 
ño desde marzo de 1887. En esa fecha se reu- 
nieron, en la ciudad de Ponce, delegaciones de 
diversos puntos de la Isla, con el fin de consti- 
tuirlo, y el 10 de dicho mes la Asamblea proclamó 
el siguiente programa : 

** Artículo lo. — El Partido cuya conbtitución 
emana de la Asamblea reunida en Ponce ios días 
7, 8 y 9 de marzo de 1887, se denominará: Par- 
tido Autonomista Portorriqn^eño. 

Artículo 2o. — Dicho Partido tratará de ob- 
tener la identidad política y jurídica con nuestros 
hermanos peninsulares; y el principio fundamen- 
tal de su política será alcanzar la mayor descen- 
tralización posible dentro de la unidad nacional. 

Art. 3o. — La fórmula clara y concreta de este 
principio es el régimen autonómico, que tiene por 
bases la representación directa de los intereses 
locales a cargo de la Diputación Provincial, y la 
responsabilidad, también directa, de los que ten- 
gan a su cargo el ejercicio de las funciones pú- 
blicas, en lo que toca a la administración pura- 
mente interior o local. 

Art. 4o. — Como consecuencia de esta doc- 
trina, el Partido pedirá que en esta Antilla que- 
den resueltos definitivamente, por la Autoridad 

194 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

competente, los asuntOvS administrativos locales, 
y que se administre el país con el concurso de sus 
habitantes, concediendo a la Diputación la fa- 
cultad de acordar en todo lo que toque y se rela- 
cione con los asuntos puramente locales, como la 
de votar y formar los presupuestos de ingresos 
y gastos locales por su naturaleza, objeto y fin, y 
sin perjuicio de L-is atribuciones de las Cortes en 
materia de presupuesto nacional. 

Art. 5o. — El Partido no rechaza la unidad 
política, antes bien proclama la identidad política 
y jurídica, según la cual, en Puerto Rico, lo mis- 
mo que en la Península, regirán la propia Cons- 
titución, la Ley electoral, la de reuniones, la pro- 
])ia representación en Cortes, la propia ley de 
asociación, la de imprenta, la de procedimientos 
civiles y criminales, la orgánica de tribunales, la 
de matrimonio civil, la de orden público, la misma 
ley provincial y municipal; es decir, que en punto 
a dereciios civiles y políticos, el Partido pide que 
se iguale a las Antillas con la Península. 

Art. 6o. — Y en virtud de la descentralización 
administrativa que el Partido pide, las cuestiones 
locales, que, por regla general, deben reservarse 
a las Antillas, son las siguientes: instrucción pú- 
blica, obras públicas, sanidad, beneficencia, agri- 
cultura, bancos, formación y policía de las pobla- 
ciones, inmigración, puertos, aguas, correos, pre- 
supuesto local, impuestos y aranceles y tratados 
de comercio; éstos subordinados siempre a la 
aprobación del Gobierno Supremo; de manera 
que, al hacer esa reserva, la Metrópoli continúa 

195 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

en el ^oce supremo de la soberanía, y en la prác- 
tica del imT)erio, entendiendo exclusivamente en 
todo lo relativo al ejército, marina y tribunales 
de justicia, representación diplomática y admi- 
nistración general del país, señalando a 6=".to el 
cupo que le corresponde en el presupuesto gene- 
ral del Estado, llevando la rlirección de la política 
general, velando por la fiel observancia de las 
leyes, resolviendo todos los conflictos de corpora- 
ciones y entidades, nombrando y separando, con 
arreglo a las leyes 2:enerales de la Nación, a sus 
representantes en las diversas esferas de los po- 
deres públicos, y en la facultad de suspender y 
anular los acuerdos de la Diputación Insular, 
cuando lleven el vicio de incompetencia, o sean 
contrarios a los intereses nacionales. 

Art. 7o. — Dado el carácter local de la unión o 
Partido Autonomista, se deja a cada uno de sus 
afiliados comT)leta libertad para in2:resar en los 
partidos políticos de la Metrópoli que acepten o 
defiendan la autonomía de las Antillas; de sus- 
tentar sus ideas particulares respecto de la for- 
ma de gobierno/' (1) 

El mismo año en que se constituyó el Partido 
Autonomista, o sea el año 18S7, desarrollóse una 
serie de acontecimientos que, por su gravedad y 
consecuencias, ocupan una de las páginas más 
sombrías en los anales de la historia política de 



(1) Boletín Histórico de Puerto Eico, págs. 293-294, No. 5 
de 1919. 



196 



ESPAÑA EN PUEKTO RICO 

Puerto Kico. El día 30 de agosto, el Teniente 
Coronel, primer jefe de la Comandancia de la 
Guardia Civil, dirigió ^1 Gobernador Palacios 
una comunicación informándole que el Capitán 
del segundo escuadrón de aquella comandancia, 
en escrito de fecha 27 del mismo mes, daba cuenta 
de la captura de los individuos Cristino Aponte y 
Cleto Mangual, y de la existencia de una sociedad 
secreta denominada ^^Los Secos ^^, cuyos fines con- 
sistían en el exterminio de los peninsulares y la 
proclamación de la República de Puerto Rico. Se 
informaba asimismo, en dic'ia comunicación, que 
se había ordenado por autos oficiales la prisión de 
noventa individuos, cuyo proceso se seguiría ante 
el Juez don José García de Lara. El día 13 de 
septiembre, Policarpo de Echevarría, alcalde de 
Juana Díaz, presentó denuncia ante el referido 
juez, afirmando que don Espartano Franceschi, 
vecino y comerciante de aquel término municipal, 
se personó a indicarle, como autoridad de aquel 
pueblo, que había llegado a su conocimiento la 
frecuencia con que se reunían ^^en ciertas y de- 
terminadas casas de algunos barrios del campo, 
infinidad de individuos dando reuniones en las 
cuales juramentaban con tendencias que podrían 
traer en un día dado fatales consecuencias al or- 
den y tranquilidad de que se disfrutaba/' Se 
exponía asimismo, en dicha denuncia, que el re- 
ferido Espartano Franceschi le refirió al denun- 
ciante, que la noche antes había tenido lugar una 
de esas reuniones en la casa de don Pedro Des- 
cartes, jurisdicción de Santa Isabel a la cual, 

197 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

según se le había expresado, concurrieron infini- 
dad de individuos de Ponce, del mismo Santa Isa- 
bel y algunos de Juana Díaz, sin que pudiera pre- 
cisarse quienes fueran. Se denunciaba el hecho de 
que, **por diferentes conferencias reservadas que 
tenía '^ se le había notificado al denunciante que 
en el ^ ^barrio de Capitanejo, sitio de Aruz, cuarta 
tierra de Ponce, se ven-'an cek^brando también 
muy secretamente la misma clase de reuniones.^' 
Con motivo de estas denuncias extremóse de 
tal modo h\ persecución por parte del gobierno, 
que llegó r.ii momento en que parecía imposible 
soportar poi mis tiempo las penalidades a que 
se veían soLiotidos los defens^,ores del re9;imen 
autonvímico en Puerto Rico. Fueron num.M^JSOS 
los arrestos y, lo que es más grave aún, muy duro 
el tratamiento que se daba a los arrestados, pues 
fué entonces cuando se extremó el empleo del 
** componte" como medida punitiva y como me- 
dio de obtener revelaciones sensacionales por par- 
te de los confinados. La graveaad de la situa- 
ción se deduce del siguiente cablegrama, enviado 
desde San 'i'homas a Madrid, y dirigido a don 
Rafael l\íaría de Labra, diputado a Cortes por 
los autonomistas: 

** Coincide información gubernativa sobre 
atropellos a Cepeda con terribles compontes en 
Mayaguez. Bárbaro atropello a Nadal, norte- 
americano. Terror produce suicidio, Tedillo. 
Tres conatos más suicidios en presos, temiendo 
ser componteados. Junta de autoridades Maya- 
guez impide continúen persecuciones. Ponce, 

198 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

numerosos compontes, hacienda Caña Verde. 
Braceros refugiados montaña. Algunos subditos 
ingleses componteados. Informe Fiscal Audien- 
cia inexacto. Reclamen expediente información. 
Comandante militar niega entrada cárcel aboga- 
dos, notarios, procuradores. Cosecha perdida. 
País arruinado. Remedio llegará tarde. Ultima 
hora: Gallart, en nombre del G-obernador, propu- 
so a varios autonomistas confesión conspiración, 
disolución partido y perdonarán. Todos consul- 
tados desecharon indignados. Seguida, presos 
embarcados vapor guerra suponemos Capital. Te- 
miendo vida presos. Gobernador hidrófobo, co- 
meterá mayores atrocidades. Urge relevo cable, 
tomando precauciones para evitar efectos despe- 
cho.^^ (1) 

Los sucesos del 87 habían despertado indig- 
nación general, y a haberlo permitido las circuns- 
tancias, es seguro que la revolución hubiera esta- 
llado en Puerto Rico. El ilustre y admirado cau- 
dillo José Martí, al escribir los estatutos del par- 
tido revolucionario cubano, declaró, en el artículo 
primero, que dicho partido se constituía para, 
entre otras cosas, ^ lograr con los esfuerzos reu- 
nidos de todos los hombres de buena voluntad, la 
independencia absoluta de la isla de Cuba, y fo- 
mentar y auxiliar la de la isla de Puerto Rico.*' 
Entonces no existía en los Estados Unidos nin- 
guna organización portorriqueña encaminada a 
conseguir la independencia de esta Isla, aunque 



(1) Boletín Histórico de Puerto Bico, No. 6, 1918, pág. 375. 

199 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

los doctores Betances y Ilenna abitaban la idea 
de fundar en Nueva York una liga, club o socie- 
dad con ese objeto. '*A1 tomar cuerpo el movi- 
miento insurreccional de Manzanillo, desembar- 
cados ya en Cuba los generales Gómez y Maceo y 
realizado el sacrificio de Martí, aquellos mismos 
portorriqueños que le dieron su cooperación en 
los días de propaganda, creyeron llegado el mo- 
mento de organizar en forma solemne y efectiva 
el Partido Revolucionario de Puerto Rico; y a 
ese fin, después de celebrar reuniones preparato- 
rias, se acercaron al Sr. Tomás Estrada Palma, 
Delegado del Partido Cubano, para obtener su 
eficaz apoyo. Acogiólos el representante de los 
separatistas cubanos con efusiva emulación ofre- 
ciéndoles todo su concurso ; pero haciéndoles pre- 
sente que, por razón de los trabajos anteriormen- 
te realizados por el Dr. Henna de acuerdo con el 
venerable Betances, por la extensión de relacio- 
nes del mismo con la colonia portorriqueña en el 
extranjero y su reconocida irepresentación so- 
cial, deseaba que en la organización política que 
aquellos compatriotas procuraban, tuviese el Dr. 
Henna conspicua participación. Esta insinua- 
ción del señor Estrada Palma fué acogida con 
verdadero entusiasmo por los portorriqueños, y 
determinó la celebración de una asamblea (des- 
pués de otras reuniones preparatorias), el 22 de 
diciembre de 1895, en Chimney Córner Hall, que- 
dando constituida la ^'Sección Puerto Rico del 
Partido Revolucionario Cubano ■ \ con la siguiente 
directiva: Dr. Betances, Delegado General; Dr. 

200 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

Henna, Presidente; J. M. de Terreforte, Vice- 
presidente; Manuel Besosa, vocal; Sotero Fi- 
giieroa, vocal; Gumersindo Rivas, Secretario de 
actas, y Gerardo Forrest, Secretario de Corres- 
pondencia. 

Se comunicó lo actuado al señor Estrada Pal- 
ma, quien con tal motivo, escribió al Dr. Henna 
una carta expresándole la satisfacción con que 
veía la actitud de los portorriqueños. ^^Esta de- 
legación'', decía, ^'ha visto con sumo placer la co- 
municación en que Ud. se sirvió informar haber- 
so organizado la Sección Puerto Rico del Partido 
Revolucionario Cubano, con objeto de preparar 
la guerra de independencia en la isla hermana. 
Como delegado del partido me es grato asegurar 
a los dignos miembros que componen hi Junta Di- 
rectiva de la ^^ Sección Puerto Rico del Partido 
Revolucionario Cubano", que no he de omitir em- 
peño alguno para que se cumpla la parte que se 
refiere a Puerto Rico en el artículo primero d© 
las bases del P. R. C' (1) 

El día 8 de diciembre de 1895, por invitación 
de los señores Dr. Henna, Terreforte, Besosa, Fo- 
rrest, Figueroa y Rivas, varios portorriqueños se 
reunieron en la casa habitación del Dr. 
Henna, donde escucharon, de labios de éste, los 
trabajos llevados a cabo por él y sus colaborado- 
res en pro de la independencia de Puerto Rico. 
Recordando el artículo primero de las bases del 



(1) Mjemoria de los Trabajos realizados por la Sección 
Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano. 



201 



CAUSAS Y CONSí]OUENCIAS 

' 'Partido Revolucionario Cubano'*, los concurren- 
tes acordaron proceder a organizarse debidamoii- 
te. El 22 de diciembre del mismo año, en el salón 
de la cai^'a No. 57, al oeste, de la calle 25, esquina 
a la ser^a avenida, se reunieron de nuevo y el Sr. 
Juan M. Terreforte presentó una bandera, "pro- 
poniendo que la misma se adoptara como la ban- 
dera de los revolucionarios portorriqueños. Te- 
nía ella los colores de la cubana, aunque inverti- 
dos, y una estrella blanca en su fondo. 

Con la constitución de la referida Junta em- 
pezaron las gestiones sistemáticas para fomentar 
la revolución en Puerto Pico. El 23 de julio do 
1896, el Dr. Hernia dirigió a los portorriqueños, 
desde la ciudad de New York, una carta encami- 
nada a despertar en ellos el espíritu patriótico y 
el ardimiento revolucionario. ** Habituado a las 
libres instituciones de la Gran República de los 
Estados Unidos *\ dice un párrafo de dicha carta, 
** donde el ciudadano lo es todo y lo puede todo 
por su intervención en la cosa pública, por la de- 
liberación y el voto de sus impuestos y su inge- 
rencia en cuanto concierne al interés procomunal, 
no concibo como tan cerca de sus costas la más 
atrasada nación de Europa conserva las prácti- 
cas de Gobierno de la Edad Media y la negación 
absoluta de los derechos del hombre .... La Isla 
tiene un millón de habitantes próximamente y ca- 
rece de una Universidad literaria y de centros 
docentes, donde sus hijos se eduquen y se formen 
en el campo de las ciencias. ... no hay allí m ?>íu- 
seos, ni Bibliotecas, ni Escuelas profesionales, ni 

202 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

hospicios; nada, sino castillos vetustos y molda- 
dos. Desde este lugar al que forzosamente me 
trajeron mis convicciones, y que luego he adopta- 
do por patria para no ser víctima ni testigo ni 
cómplice del sistema tiránico que seca la fuente 
de mi caro país nativo, vuelvo a cada instante mis 
miradas y mi pensamiento hacia vosotros, mis 
compatriotas, los desgraciados hijos de Borin- 
quen, ansiando ver la tierra de mi cuna bajo me- 
jores auspicios.^' 

De acuerdo con los deseos y los propósitos 
de sus miembros, y traduciendo los anli-elos de una 
gran parte (la mayoría) del pueblo de la Isla, la 
*^ Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario 
Cu])ano", después de mucha deliberaí^ión, decidió 
enviar a la Isla la expedición revolucionaria qué 
debería iniciar el movimiento definitivo. 

Tropezaba la Junta con diversas dificultades. 
La Isla es pequeña. Sus hijos ignoraban las ar- 
tes de la guerra, y se carecía de jefes militares 
con experiencia bastante para llevar a una feliz 
victoria las huestes revolucionarias. Era, pues, 
necesario solicitar en el extranjero, no sólo la ayu- 
da pecuniaria de que se tenía absoluta necesidad, 
sino también la cooperación de hombres avezados 

a la lucha en acciones de guerra. 

/' 

Junto a los rebeldes luchaban algunos porto- 
rriqueños, entre los que se contaba el general 
Rius Rivera, y pensando en la conveniencia de 
que fuera él el jefe de la expedición que debía in- 
vadir esta Isla, se le suplicó que aceptara tan difí- 

203 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

cil y delicada misión. Pero después de un viaje a 
Santo Domingo y de haber sufrido algunas con- 
trariedades, Rius Rivera rehusó acaudillar las 
huestes portorriqueñas, y volvió a Cuba para se- 
guir peleando al lado de los patriotas cubanos. 

Fué éste un contratiempo muy rudo para los 
dignos compatriotas que, en el destierro, labora- 
ban por las libertades patrias ; mas, no fué la úni- 
ca dificultad. Para la revolución se necesitaban 
amplios recursos materiales, y los planes acorda- 
dos para levantar fondos no obtuvieron el éxito 
esperado. Se creyó que podría obtenerse ayuda 
de Venezuela, y se envió una comisión allí, sin re- 
sultado satisfactorio. Se esperaba que en Haití 
y Santo Domingo podrían conseguirse medios am- 
plios para la lucha; pero la realidad no justificó 
aquellas esperanzas. El Partido Revolucionario 
Cubano, cuya generosa y noble oferta tanto com- 
placía a la Sección Puerto Rico del mismo, no 
cumplió a su hora lo prometido. Estrada Palma 
rehusó acceder, en el momento supremo, a las de- 
mandas del Directorio fportorriqueño, excusán- 
dose con que los patriotas cubanos necesitaban 
para ellos todos los recursos que podían allegar. 
Esto pudo ser verdad. Las medidas del general 
Weyler, y la redoblada intensidad del esfuerzo 
Hietropolítico para someter a los rebeldes, exi- 
gían la concurrncia de todos los recursos que pu- 
dieran obtenerse, para resistir y atacar en una de 
las horas más trágicas de la revolución. 

Debido a las dificultades con que tropezaba 

204 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

el Directorio al tratar de llevar a cabo la proyec- 
tada expedición, se acordó, en reunión celebrada 
el 6 de enero de 1898, y a moción del secretario, 
señor Todd, desistir de aquel plan hasta que la 
actitud del delegado cubano, don Tomás Estrada 
Palma, permitiera acometer de nuevo empresa 
tan arriesgada. Para ese entonces, el general do- 
minicano A. F. Morales, había aceptado el mando 
de las fuerzas revolucionarias encargadas de dar 
el golpe en Puerto Rico, y planes definitivos se 
habían trazado. í]ra, pues, motivo de muy .-..iVír- 
ga decepción para los patriotas portorriqueños, el 
fracaso de tan nobles iniciativas, de empeños tan 
generosos y abnegados. 

Mientras tanto, en Puerto Rico, el Partido 
Autonomista continuaba agitándose para ver de 
conseguir de la Metrópoli aquella descentraliza- 
ción que constituía el ensueño de la mayor parte 
de nuestros compatriotas. A ese fin, en asamblea 
celebrada en la ciudad de Caguas, se acordó en- 
viar a España una comisión compuesta de los 
señores Luis Muñoz Rivera, José Gómez Brioso, 
Rosendo Matienzo Cintrón, y Federico Degetau. 
Antes de su salida para la Península, esta comi- 
sión designó al señor Pedro J. Fournier para ir 
a New York y expresar al doctor Henna el deseo 
que abrigaba la comisión autonomista de que los 
trabajos revolucionarios de la *^ Sección Puerto 
Rico del Partido Revolucionario", se suspendie- 
ran hasta que el resultado de su labor en Madrid 
fuese conocido. Prometía la comisión que, si el 
éxito no coronaba sus esfuerzos, a su regreso sus 



205 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

miembros se unirían a los revolucionarios, en 
Nueva York, y a ellos prestarían su colaboración. 
El doctor Henna rehusó acceder a esta petición. 
La labor empezada, opinaba Henna, no debía sus- 
penderse, pues las circunstancias demandaban 
una acción continua y rápida. Henna y sus com- 
pañeros conocían lo ocurrido con el pacto del Zan- 
jón, y sabían que no era cosa tan fácil obtener 
reformas de un gobierno en que imperaba la reac- 
ción y en que los partidos avanzados, como el Re- 
publicano, de Salmeró]\, y el Federalista, de Pi y 
Margal, no contaban con fuerzas suficientes para 
ir al triunfo. 

Poco tiempo después del acuerdo desiotiendo 
de la proyectada invasión a Puerto Rico, o sea, 
en abril de 1898, terminaban las relaciones diplo- 
máticas entre España y los Estados Unidos, y se 
daba comienzo, como ya hemos visto, a las opera- 
ciones de guerra. Naturalmente, esto 'cambiaba 
por completo la situación. Creaba un estado de 
cosas enteramente nuevo, e imponía a los revolu- 
cionarios una actitud de atenta expectación. 

A las personas bien informadas no parecía 
difícil f>redecir cuál de los ejércitos había de re- 
sultar vencedor; pero en aquella hora, toda pre- 
dicción con respecto al futuro status de las colo- 
nias de España en América, resultaba conjetural 
e insegura. Íjos Estados Unidos anunciaban que 
iban a la guerra empujados por un sentimiento' 
de humanidad. Creían que la isla de Cuba había 
sufrido demasiado, y que las circunstancias de- 
mandaban, después de prolongados esfuerzos en 

206 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

pro de un arreglo amistoso, una intervención ar- 
mada que, de una vez por todas, diera solución al 
problema por tanto tiempo debatido en las can- 
cillerías de Washington y Madrid. 

¿Intentaban los Estados Unidos retener inde- 
finidamente el territorio de Cuba! ¿Se limitaba 
su propósito a obtener la indepeiídencia de la 
Oran Antilla, o entraba en sus cálculos anexarse 
la isla de Puerto Eico, privando de ella a la Co- 
rona española? ¿Meditaba la República ameri- 
cana en extender sus dominios a lejanas tierras 
orientales, o se proponía permanecer encerrada 
dentro de los límites de este hemisferio ? No exis- 
te motivo alguno para creer que se intentara la 
anexión indefinida de la isla de Cuba. Más aún, 
examinados los hechos con espíritu de sincera 
imparcialidad, todo parece indicar que entre los 
propósitos que g-uiaban su acción, se hallaba el 
de ofrecerle la independencia por que tan valien- 
temente se habían batido los patriotas cubanos. 
El Congreso, en su resolución conjunta dispo- 
niendo la intervención, así lo declaró; y otra ac- 
titud hubiera sido incompatible con las reiteradas 
manifestaciones del Gobierno Americno, y con el 
sentimiento general del pueblo. 

En cuanto a Puerto Rico, ninguna declara- 
ción definida y concreta se había hecho. El eco 
de sus protestas contra el régimen imperante, no 
había obtenido gran resonancia en la Cancillería 
Americana. La misma España parecía no preo 
cuparse, y cuando hubo que ofrecer un ejemplo 
de lealtad, se citaba a Puerto Rico como modelo 

207 



CAUSAS Y CONSECUENiCIAS 

digno de imitación. No se comprendía que la 
tranquilidad aparente de esta Antilla, obedecía a 
la carencia de medios con que llevar a cabo una 
acción de guerra enérgica y eficaz, y no al con- 
tentamiento del espíritu colectivo. 

Es posible, no obstante, que en los cálculos 
del Gobierno de Washington hubiera entrado la 
anexión de la Isla a la República. Su situación 
estratégica, su proximidad al Continente y el 
hecho de encontrarse tan cerca de la ruta seguida 
por los barcos europeos al atravesar el Canal de 
Panamá, cuya construcción ya se vislumbraba co- 
mo una reaJidad posible, justifican esa sospecha. 

No creemos, sin embargo, que en Washing- 
ton se pensara seriamente al empezar la p;ii?rra, 
en la anexión de las Islas Filipinas. Los térmi- 
nos en que se redactó el protocolo provisional, lo 
indican. Pero, más que posible, es probable que 
desde muy temprano después de empezadas las 
hostilidades, existiera el propósito de obtener al- 
gunas ventajas para los Estados Unidos en aquel 
archipiélago. 

No ha do olvidarse que las principales na- 
ciones de Europa, habían extendido poco a poco 
su influencia a lejanos confines orientales, esta- 
bleciendo sus llamadas ^* zonas de intereses espe- 
ciales^* y ^^ zonas de influencia'', en la hoy Re- 
pública de China; y que esto, a pesar de los es- 
fuerzos de la diplomacia por hacer creer otra co- 
sa, constituía una perenne amenaza para el man- 
tenimiento allí de la política americana llamada 
de ''Puerta Abierta''. 



208 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

La adquisición de las Filipinas facilitaba 
cualquier acci(Sn encaminada a evitar que los im- 
perios de Europa, y aun el mismo Imperio Japo- 
nés, burlaran ese principio, tan enérgicamente 
sostenido por los Estados Unidos. Además, és- 
tos necesitaban aquel mercado para los produc- 
tos de su industria, y no parece lógico creer que 
estuvieran dispuestos a perder la oportunidad 
que les daba la guerra, para conseguir ventajas, 
bajo otras circunstancias muy difíciles de lograr. 

Cuando los primeros soldados del ejército 
invasor arribaron a las tranquilas playas porto- 
rriqueñas, la acogida que el pueblo les brindó, fué 
sinceramente cordial. No hubo una sola mani- 
festación de protesta, ni se observó un solo gesto 
de dolor o de coraje. Sólo se escucliaron mani- 
festaciones de placer, con que se saludaba aquel 
acontecimiento, cuyo alcance en la vida pvjlítica 
y civil de nuestro pueblo, aun hoy no es cosa fácil 
medir. El pueblo americano venía envuelto en la 
aureola del gran prestigio que le daba la gloriosa 
epopeya de su independencia, y la no menos glo- 
riosa de su guerra civil para dar la libertad a los 
esclavos. Se había leido en Puerto Rico el discur- 
so de Castelar, ensalzando en las Cortes españo- 
las, con toda la galanía de su elocuencia y con to- 
da la majestad de su palabra, el espíritu de la 
gran democracia del Norte, encarnado en la sere- 
na personalidad de Lincoln. Conocíamos el tra- 
bajo de Azcárate sobre la constitución americana, 
y casi todas las personas cultas de esta Isla es- 
taban familiarizadas con la historia del pueblo 

209 



CAUSAS Y COiNSEOUENlCIAS 

que, en América, primero proclamara, elevándo- 
los a la categoría de realidad viviente, los prin- 
cipios básicos de las modernas democracias. Era, 
pues, un día de grandes esperanzas aquel en que, 
por vez primera después de 400 años de régimen 
colonial, ondeaba sobre nuestras almenas una 
bandera simbolizadora de halagadoras promesas 
de redención. 

Puerto Rico había soñado muchas veces con 
su libertad. La había demandado, como un dere- 
cho, de los poderes metropolíticos, y había siem- 
pre encontrado resistencia invencible por parte 
de los llamados a establecer aquí, un status com- 
patible con el sentimiento general. Sabíamos 
cuan lastimosamente se sangraba la Gran Anti- 
lla, en una lucha desigual y fratricida por conse- 
guir las reformas que estimaba esenciales a su 
dignidad y bienestar. Y teniendo en cuenta nues- 
tra pequenez territorial y la escasez de recursos 
con que obtener por la fuerza lo que el derecho 
no bastaba a conseguir, se había creado entre 
nosotros un especial estado de alma, y nadie 
creía que faltaba a su deber recibiendo al invasor 
con alborozo. Tal tenía que ser nuestra psico- 
logía en aquella hora apocalíptica, en que el es- 
píritu flotante en el ambiente del siglo XIX, sd 
adelantaba hacia nosotros, disolviendo los nexos 
que por espacio de 400 años nos habían ligado a 
la que, un día, fué Ja más grande, la más hidalga 
y hasta la más generosa de las viejas monarquías 
europeas. Pero así y todo, el alma portorrique- 
ña no pudo dejar de tener momentos de inmensa 

210 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

pesadumbre, al saber que al implantar su régi- 
men el invasor, tendrían que cesar nuestras re- 
laciones íntimas con la que nos había dado su ci- 
vilización y su idioma. No podíamos ver con ab- 
soluta indiferencia que descendiera para siempre 
de nuestros castillos y edificios públicos una ban- 
dera que por tanto tiempo nos cobijara. Y esto 
determinó aquella vacilación, aquella actitud más 
o menos incongruente de nuestro pueblo, al en- 
salzar ahora las glorias y los prestigios de Es- 
pafía, y un momento después saludar con entu- 
siasmo al invasor. 

El grupo revolucionario que constituía el di- 
rectorio de la ** Sección Puerto Rico del Partido 
Revolucionario Cubano'' en Nueva York, más en- 
cariñado que los habitantes de la isla con las li- 
bres instituciones de América, de cuyas ventajas 
participaba diariamente, acogió con agr.-rdo la 
idea de invadir esta pequeña Antilla, y se dispuso 
a prestar al invasor todos los recursos y todo el 
auxilio que se encontrara a su alcance. Ya, an- 
tes de que se rompieran las relaciones diplomáti- 
cas entre Estados Unidos y España, los jefes 
portorriqueños de aquel movimiento revolucio- 
nario de Nueva York habían ofrecido ayudar al 
Gobierno de Washington, en caso de una guerra 
con España. El doctor Henna, presidente del 
Directorio, había ofrecido, desde marzo de 1898, 
sus servicios personales y los de 50 de sus com- 
patriotas para la invasión de la Isla. Y el 14 de 
dicho mes, o sea, más de un mes antes de pasar 
en el Congreso la resolución que determinó la 

211 



CAUSAS Y CONSECUENICIAS 

ruptura de relaciones, Henna escribió a Teodoro 
Roosovelt la carta que insertamos a continua- 
ción: 

'^ew York, Marzo 14 de 1898.— Hon. Theo- 
dore Roosevelt. — Sub-Secretario de Marina, — 
Washington, D.C. — Muy Señor mío: — Tenido el 
^sto de incluir una breve descripción de Puerto 
Rico, que he escrito a la carrera, y que espero re- 
sultará de interés para las fuerzas invasoras de 
mar y tierra en el caso de que se rompan las hos- 
tilidades entre este país y España. También quie- 
ro reiterar la oferta que le hice persona^m-^nte de 
mis servicios, y los de cincuenta de mis compa- 
triotas, para la invasión. Nuestro conocimiento 
de la topografía de la isla; la que ocupamos, y ol 
deseo de romper para siempre con el bárbaro vu- 
go de la despótica E'=ír)aña que nos inspira y alien- 
ta para la lucha, pronto serán demostrados si so- 
mos aceptados entre las filas del Ejército o Ma- 
rina do los Estados Unidos. A nuestra llegada a 
Puerto Rico, tenemos motivos para esperar que 
toda la población nativa se acogerá baio los plie- 
gues de la gloriosa bandera de la República Ame- 
ricana, evitando de este modo innecesaria efusión 
de sangre y prolongación de la lucha. Como le di- 
je a usted en mi última entrevista, estoy listo, en 
cualquier momento, a obedecer sus órdenes y tras- 
ladarme a Washington a rcibir instrucciones y 
mis credenciales de Comisionado. Hago la misma 
oferta al Secretario de la Guerra, si usted tiene a 
bien trasmitirla por el conducto apropiado y si 
lo considera necesario. Con sentimientos de la 



212 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

más alta consideración, quedo respetuosamente 
suyo, — J. J. Henna, M.D. — Presidente de la Sec- 
ción Puerto Rico.*' (1) 

Cartas en sentido análogo se escribieron al 
sonador Lodge, al senador Morphy Jr., al Gene- 
ral Stone, al General Miles y a otras altas auto- 
ridades del Gobierno Federal. El 12 de julio de 
J898, se celebró una asamblea del Partido Revo- 
lucionario de Puerto Rico, tomando el siguiente 
acuerdo: ''Que los servicios colectivos del Direc- 
torio y un contingente de unos cuarenta portorri- 
queños, residentes en los Estados Unidos, sean 
ofrecidos al Gobierno de los Estados Unidos, pa- 
ra acompañar al ejército de invasión que al pre- 
sente se está organizando.'' (1) El 14 de julio, el 
doctor Henna dirigió una carta al Secretario de 
Estado, William R. Day, comunicándole dicho 
acuerdo y el propósito que abrigaba de publicar 
el siguiente manifiesto, alentando los portorrique- 
ños e invitándolos a celebrar el arribo a nuestras 
playas de las fuerzas invasoras norteamericanas : 

** Portorriqueños : 

Por nuestro amor entrañable a esta tierra en 
que vimos la luz primera, en que corrieron ios 
años más felices de nuestra vida y en la que radi- 



(1) '^Memoria de los Trabajos Realizados por la Sección 
Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano, 1895 a 1898", 
paga. 129-130. 

(1) Memoria de los Trabajos Realizados por la Sección 
Puerto Rico del Partido Revolucionario. 



213 



CAUSAS Y COísíSEOUENCIAS 

can nnestros más hondos afectos y recuerdos; 
por nuestra consagración constante a servirla y 
ayudarla en la obra ansiada de sn redención del 
yTi.íi:o español y por nuestra adhesión y amor y 
lealtad debidos a la Gran República Norte Ame- 
ricana, en cuyo seno libre y hospitalario encon- 
tramos refu2:io, asilo seguro, hogar tranquilo y 
patria adoptiva contra la ensañada persecución del 
déspota ibero, ha querido la Providencia en sus 
inexcrutables designios que seamos los elegidos 
para dirigiros voz amiga en esta hora solemne de 
nuestra historia, al amparo de la bandera de las 
estrellas y orí las filas de los ejércitos que vienen 
a romper para siempre vuestras ignominiosas ca- 
denas. 

No podrá haber para vosotros vacilación en 
la alternativa de volver la espalda y pisotear la 
bandera que ha servido sólo para sembrar des- 
gracias, decepciones y rencores en nuestra socie- 
dad y en nuestras familias y que jamás ha sido 
símbolo de reparación y de justicia; o la de reci- 
bir y acorrer y prestarle todas vuestras adhesio- 
nes al pabellón estrellado de América, que no se 
ha elevado nunca en ninguna tierra más que para 
cobijar y desarrollar el bien, extender el progreso 
y practicar las instituciones más libres y demo- 
cráticas. 

Portorriqueños: Vuestro triste pasado está a 
todas horas vivo en vuestros recuerdos. 

El sistema militar de Gobierno personal y 
arbitrario que os ha vejado día por día ; el sistema 
de exacciones fiscales que os ha explotado y em- 

214 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

pobrecido ; el sistema de exclusión que os ha arre- 
batado siempre la gestión de vuestros intereses 
propios y colectivos y os ha mantenido en irritan- 
te tutela, ha sido derrocado en un instante : el cas- 
tigo que la Providencia reserva a los Gobiernos 
tiránicos se ha cumplido. 

No seréis presa de la conquista, sino que que- 
dará a vuestra propia y l'bre iniciativa la organi- 
zación por vosotros mismos de vuestro gobierno 
constitutivo. 

De posesión explotada de una Monarquía ab- 
sorbente os transformáis en país de instituciones 
democráticas y republicanas. 

Portorriqueilos : Nuestro acento os conmina. 
Que vuestros corazones rebocen de entusiasmo y 
alegría; que los hogares todos se abran a los sol- 
dados de la legión libertadora; que cada esfuerzo 
venga a apoyarlos y cada brazo a robustecerlos 
para que la expulsión del español de nuestras po- 
bhiciones, no sea obra de poderosos ejércitos in- 
vasores sino principalmente del empuje unido, es- 
pontáneo, incontrastable de los naturales del 
país que derrocan para siempre la tiranía y rea- 
lizan la suspirada empresa de su emancipa- 
ción.'» (1) 

La importancia de los servicios prestados 
por el Directorio Portorriqueño en Nueva York al 
Gobierno Federal en relación con la invasión de 
Puerto Rico, la reconoció Teodoro Rooseveit en 



(1) Memoria de los Trabajos Eealizados por la Sección 
Paerto Eico del Partido Bevolucionario. 



215 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

carta de noviembre 15 de 1898, dirigida al Gene- 
ral Brook con el objeto de presentarle el señor 
Roberto H. Todd, Secretario de ditího Directorio. 
**E1 señor Todd'', dice Air. Roosevelt, ''nos pres- 
tó servicios muy iitiles en la preparación de nues- 
tra campaña en Puerto Rico.'' 

El 21 de abril de 1898, al romperse las hos- 
tilidades entre España y Estados Unidos, había 
empezado a regir ya en Puerto Rico una carta 
constitucional autonómica. E] Gobierno se com- 
ponía de un Gobernador, de las Asambleas Legis- 
lativas ColoTvales o Cámaras Coloniales, y del 
Parlamento (^olonial y un Gobernador General 
en Consejo. El Parlamento Colonial estaba a su 
vez compuesto por las Cámaras Coloniale'^ con el 
Gobernador General, y por el Gobernador Gene- 
ral en Consejo se entendía el Gobernador Gene- 
ral con los Secretarios del despacho. Estos eran 
cinco: Gracia, Justicia y Gobernación; Hacienda; 
Instrucción Pública; Obras Públicas y Comunica- 
ciones; Agricultura, Industria y Comercio. Los 
Secretarios podían ser individuos de la Cámara 
de Representantes o del Consejo de Administra- 
ción, y tenían derecho a tomar parte en las dis- 
cusiones de ambos cuerpos, aunque con voto sólo 
en aquél a qne pertenecían. El Concejo de Ad- 
ministración, especie de Cámara Alta o Senado, 
constaba de 15 individuos, de los ^cuales 8 eran 
electos, y los otros 7 los designaba el Rey, me- 
diante su representante en la Colonia, el Gober- 
nador. Debían ser españoles, haber cumplido 35 
años de edad; haber nacido en la Isla o llevar en 

216 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

ella cuatro años de residencia constante ; no estar 
procesados criminalmente ; hallarse en la plenitud 
de los derechos políticos; no tener sus bienes in- 
tervenidos ; poseer con dos o más años de antela- 
ción una renta propia anual de $4000.00, y no te- 
ner participación en contratos con el Gobierno 
Central o con el de la Isla. Podíaii serlo también 
los que fueran o hubieran sido senadores del 
Reino, o los que tuvieran las condiciones que para 
ejercer dicho cargo se señalaban en el artículo 3 
de la Constitución; los que hubieran desempeña- 
do durante 2 años alguno de los cargos siguien- 
tes : Presidente o Fiscal de la Audiencia Territo- 
rial de Puerto Rico ; Director del Instituto de San 
Juan; Consejero de Administración del antiguo 
Consejo de este nombre ; Presidente de la Cámara 
de Comercio de la capital o de Ponce ; Presidente 
de la Sociedad Económica de Amigos del País, de 
Puerto Rico; Presidente de la Asociación de 
Agricultores ; Decano del Ilustre Colegio de Abo- 
gados de la Capital; Alcalde de San Juan o Pre- 
sidente de la Diputación Provincial durante 2 
años; Dean del Cabildo o Catedral. 

Los consejeros nombrados en la forma expre- 
sada debían ejercer el cargo durante su vida; y 
los electos serían renovados por mitad cada 5 
años, y en totalidad cada vez que el Gobernador 
General disolviera el Concejo de Administración. 

La Cámara de Representantes se componía 
de los representantes que nombraran las juntas 
electorales en la forma determinada en la ley, y 
en la proporción de uno por cada 25 mil habitan- 

217 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

tantes. Para ser electo Eepresentante se requería 
ser español de estado seglar, mayor de edad, go- 
zar de todos los derechos civiles, ser nacido en la 
isla de Puerto Rico, o llevar 4 años de residencia 
en ella, y no hallarse procesado criminalmente. 
Eran elegidos sus miembros por 5 años, y podían 
ser reelectos indefinidamente. Las Cámaras de- 
bían reunirse todos los años, correspondiendo al 
Eey y, en su nombre, al Gobernador General, 
convocarlas, suspenderlas, cerrar sus sesiones, o 
disolver separada o simultáneamente la Cámara 
de Representantes y el Concejo de Administra- 
ción, con la obligación de convocarlos de nuevo o 
de renovarlos dentro de 3 meses. 

La iniciativa y proposición de estatutos esta- 
ba reservada al Gobernador General, quien la 
ejercía por medio de los Secretarios del Despa- 
cho y, una vez aprobados aquéllos, debían presen- 
tarse al Gobernador General para su sanción y 
promulgación. 

Siempre que a juicio del Gobernador, los inte- 
reses de la nación pudieran ser afectados por los 
estatutos coloniales, éstos no podían ser presen- 
tados sin antes haberse comunicado al Gobierno 
Central. Y si el proyecto procedía de la iniciati- 
va parlamentaria, el Gobierno de la Colonia de- 
bía demandar el aplazamiento de la discusión de 
aquél, hasta que el Gobierno Central, o sea el 
Consejo de Ministros del Reino, emitiera su opi- 
nión. 

El Gobernador General ejercía el gobierno 
supremo de la Colonia. Además tenía el mando 

218 



ESPAÑA ENTUERTO RICO 

superior de todas las fuerzas armadas de mar y 
tierra, y era delegado de los Ministerios de Esta- 
do, Guerra, Marina y Ultramar. Correspondía 
al Gobernador, entre otras cosas, nombrar y se- 
parar libremente los Secretarios del Despacho, y 
cuando entendía que un acuerdo del Parlamento 
Insular traspasaba los límites de sus facultades, 
era atentatorio a los derechos de los ciudadanos 
que reconocía el artículo primero de la Constitu- 
ción, o a las garantías que para su ejercicio le se- 
ñalaban las leyes; o si entendía que tal acuerdo 
comprometía los intereses de la Colonia o del Es- 
tado, era su deber remitirlo al Consejo de Minis- 
tros del Reino, el cual en un período que no exce- 
diera de 2 meses, lo aprobaría, o lo devolvería al 
Gobernador General con los motivos que tuviera 
para oponerse a su sanción y promulgación. 

De haber sido concedida oportunnm(M] te, es 
probable que esta ley hubiera calmado los renco- 
res que agitaban el corazón de la Colonia; y, aun- 
que no es dable predecir con exactitud cual sería 
en la práctica su resultado, no parece injustifica- 
do afirmar que, al menos por algún tiempo, ha- 
bría bastado a satisfacer los deseos del país en 
general. Pero llegó tarde. Además, se abriga- 
ban muchas dudas con respecto a la sinceridad 
del Gobierno Metropolítico, al otorgárnosla. Mu- 
chos creían, y con sobrada razón, que era más el 
resultado de la presión ejercida por el Gobierno 
Americano, que un cambio en la política colonial 
española. Además, políticos muy significados ch 
la Península, parecían abrigar serias dudas con 

219 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

respecto al término de su duración. La imponían 
las circunstancias, sin que se derivara de un sen- 
timiento de justicia y de una convicción del con- 
cesor. Entre una guerra con los Estados Unidos 
y el otorgamiento de la autonomía a las Colonias 
Antillanas, el Gobierno escogió lo que estimaba 
menos malo, sin que por ello lo considerara bue- 
no. Y la desconfianza, la sospecha y el temor an- 
te una posible retractación ulterior, privaban al 
pueblo portorriqueño de toda la alegría que le hu- 
biera traído la obtención de reformas liberales, si 
su fe y su confianza en la Nación no se hubiesen 
quebrantado tan hondamente por la política torpe 
y reaccionaria, con que el Gobierno Central pre- 
paraba su fracaso. Ello explica, en parte, por 
qué el pueblo de Puerto Rico, a pesar de habérsele 
otorgado aquella carta, acogía con amorosa cor- 
dialidad a los invasores del Norte, en quienes 
creía saludar La aurora de un nuevo día de paz y 
venturosa libertad. 

El País, con excepción de unos pocos espíri- 
tus retrógrados, deseaba y aplaudía toda reforma 
política favorable a la Colonia, toda ley o decreto 
guiado por el propósito de reconocer nuestra li- 
bertad y nuestro derecho; pero no todo el país 
aplaudió el pacto efectuado con el Partido de Sa- 
gasta. En su sesión del 8 de marzo de 1887, la 
Asamblea Constituyente del Partido Autonomista 
había acordado, a moción de los señores Díaz Na- 
varro, Germán Rieckoff, Norberto B. Cordero y 
Pedro Malaret, proclamar a don Rafael María de 
Labra como uno de sus líderes, y aquéllos que si- 

220 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

guieron con interés los esfuerzos de Labra en pro 
de la Colonia, consideraban ingratitud y desacier- 
to todo paso que condujera a un divorcio con el 
Partido Republicano, y a la alianza con cualquie- 
ra de los partidos monárquicos, de la Península. 
Además, el momento del pacto no era el más a 
propósito para consumar ese divorcio. Se agi- 
taba entonces la idea de una Fusión Republicana, 
que organizaría a todos los republicanos en un 
solo partido, bastante fuerte y robusto para ir a 
la victoria. Entraba en sus propósitos conquis- 
tar la república utilizando todos los medios a ello 
conducentes, y gobernarla hasta que las Cortes 
Constituyentes le dieran forma y garantizaran el 
sufragio universal. *'La Fusión Republicana de- 
claraba aceptar el régimen autonómico como solu- 
ción al problema de Cuba y Puerto Rico, recha- 
zando toda ingerencia extranjera que pudiera ser 
lesiva al interés nacional, y formulaba la aspira- 
ción de que, con todos los miramientos y discre- 
ciones que las circunstancias exigían, se implan- 
tase un nuevo régimen en Filipinas. Prometía 
mantener en toda su integridad la lay de 24 de ju- 
lio de 1873, regulando el trabajo de las fábricas, 
talleres y minas, así como restablecer el proyecto 
relativo a la creación de Jurados mixtos, y mani- 
festaba el firme propósito de poner en su día toda 
la atención que exige el problema obrero, inspi- 
rándose para la resolución del mismo en su as- 
pecto jurídico, en el sentido que reclama el dere- 
cho y la armonía entre las clases sociales.'* (1) 

(1) Alvaro de Albornoz. El Partido Republicano, pág». 
226 227. 

221 



CAUSAS Y COÍ^SECUENCIAS 

Como se ve, la Fusión Eepnblicana se decla- 
raba francamente partidaria del implantamiento 
en Puerto Rico de un régimen autonómico que 
satisficiera los anhelos constantes de la Colonia. 
En cambio, el Partido de Sagasta, si defen- 
sor de un programa más o menos liberal, no re- 
chazaba el sistema monárquico. Antes bien, lo 
defendía, aunque abogando, con inexcusable ti- 
midez, por reformas liberales que no hallaban eco 
en el Partido Consen^ador. 

El movimiento republicano que siguió al es- 
tablecimiento de las Repúblicas de América, y las 
ideas democráticas que se agitaban en el ambien- 
te político universal, habían contribuido a la crea- 
ción de un sentimiento hostil a toda forma de go- 
bierno monárquico; y el hecho de que todas las 
Repúblicas independientes de este lado del océano 
hubieran tenido que luchar contra el despotismo 
de monarcas europeos, creaba un espíritu espe- 
cialmente favorable a la fórmula republicana de 
gobierno. 

Prominentes políticos portorriqueños, mien- 
tras acogían con placer la reforma que la nueva 
Ley constitucional implicaba, combatían el pacto 
con un político desacreditado, como lo estaba Sa- 
gasta ante los defensores del principio republi- 
cano. La opinión, pues, se dividía en la Colonia. 
Colocábanse unos bajo la bandera del nuevo ** Par- 
tido Liberal Sagastino^' mientras otros se agru- 
paban en torno del ** Partido Autonomista Pu- 
ro '^ Y mientras todo esto agitaba con sacudi- 
mientos desconcertantes el alma triste de la Co- 



222 



ESPAÑA EN PUERTO RICO 

lonia, el conflicto hispano-americano llegaba, y, 
con él, horizontes nuevos, aunque vagos e impre- 
cisos, divisábanse a lo lejos. Era la hora de la 
crisis definitiva ; y para quien pueda comprender la 
honda incertidumbre y las angustias que adolo- 
raban el espíritu de la Colonia, la actitud de ésta 
entonces, con todas sus incongruencias y todas 
sus vacilaciones, le parecerá natural, justificada y 
perfectamente explicable. 



223 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 



I 



XI 

BAJO ElL NUEVO RÉGIMEN 

El día 25 de julio de 1898, las tropas del ge- 
neral Miles arribaron al hermoso puerto de Guá- 
nica, pisando por vez primera las rientes playas 
de nuestra costa sur. 

Diez y ocho días después, el día 3 2 de agosto, 
el Embajador Cambon firmaba en Washington, 
con el Secretario Day, el protocolo preliminar, 
de acuerdo con cuyos términos la bandera de oro 
y grana sería arriada de nuestras almenas y edi- 
ficios públicos para que, en su lugar, se elevara 
el pabellón tricolor; y el 18 de octubre, con la 
bandera española, desaparecía el símbolo de tra- 
diciones muy arraigadas en la conciencia nues- 
tra, y profundamente impresas en el sentimiento 
y en la fantasía populares. 

La gran crisis que aquel notable suceso de- 
bía producir, no se limitaba a un orden puramen- 
te moral, sin más consecuencia que la perturba- 
ción transitoria del espíritu colectivo, sino que 
también debía afectar nuestra vida política, ya 

227 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

que, por el momento, el gobierno civil que nos re- 
gía cesaba para dar paso al régimen del sable y 
de la bota. ¿Hasta cuándo? Nadie podía ase- 
gurarlo ; pero era un hecho fatalmente cierto que 
el próximo e inmediato régimen de la Colonia se- 
ría el siempre tan temido gobierno militar. Asu- 
mió las riendas del poder el bizarro General 
Brooks, con el rango de Gobernador General de 
la Isla; y con esto se inició un período de muy 
interesantes e instructivas experiencias. 

Ningún pueblo cuya civilización haya alear 
zado el nivel a que se encontraba el nuestro al 
ocurrir este cambio, tan brusco como profundo, 
puede aceptar de buen grado, resignándose a so- 
portarlo indefinidamente, un gobierno mliitar. El 
espíritu de libertad y de amplias reformas polí- 
ticas que llenaba el ambiente del siglo diez y nue- 
ve, rechazaba entonces, como rechazaría hoy, con 
mayor fuerza quizás, toda autoridad política fun- 
dada en el odioso principio del derecho de la 
fuerza. Esto explica por qué, a pesar del alto sen- 
fimiento de justicia que inspiraba las actuacio- 
nes de las autoridades militares, los portorrique- 
ños todos revelaban marcadas muestras de an- 
siedad por que un fjfobierno civil fundado en los 
derechos del individuo, viniera a substituir el ré- 
gimen militar. 

Es interesante consignar, para conocimiento 
de las generaciones venideras, y de los que, ig- 
norando nuestra íntima historia contemporánea, 
nos observan desde tierras extrañas, que si una 
pi^eba del espíritu tradicionalmente [liberal y 

228 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

democrático del pueblo de los Estados Unidos, 
hubiera sido necesaria para obtener la confianza 
del pueblo de la Isla, la forma en que se condujo 
la nave del Gobierno en aquella hora de tan gran- 
des perplejidades, la ofrecería abundante para 
todo espíritu juicioso y sereno. 

Al pisar las fuerzas del General Miles la are- 
na de nuestras playas, una proclama circuló rei- 
terando al pueblo de la Isla los nobles propósitos 
que guiaban a la República del Norte. De aqué- 
lla es el párrafo que a continuación copiamos: 
**E1 principal objeto de las fuerzas militares ame- 
ricanas consistirá en destruir el poder armado de 
España y dar al pueblo de vuestra hermosa Isla, 
la más amplia medida de libertad compatbile con 
la ocupación militar. No hemos venido a pelear 
con los habitantes de un país oprimido durante 
varias centurias; sino que, por el contrario, he- 
mos venido a traer protección, no sólo a vosotros, 
sino también a vuestra propiedad; a fomentar 
vuestra prosperidad y a dotaros con las inmuni- 
dades y bendiciones de las instituciones liberaleF 
de nuestro gobierno. No es nuestro propósito in- 
tervenir con leyes o costumbres existentes que 
sean beneficiosas para vuestro pueblo, siempre 
que las mismas sean compatibles con las reglas 
de la administración militar, del orden y de la 
justicia. Esta no es una guerra do devastación, 
sino una para dar a todos aquéllos a quienes a) 
canee, el dominio de las fuerzas militares y na- 
vales, las ventajas y bendiciones de una avanzada 
civilización. ' 



229 



CAUSAR Y CONSECUENCIAS 

Podría decirse, después de un examen cuida- 
doso de la actuación del gobierno de aquel breve 
período, que el se¿ntimiento que guió a las auto- 
ridades militares en hora de crisis tan acentua- 
da, fué de generosidad y justicia pocas veces 
igualadas. 

Ninguna de las exigencias de un buen go- 
bierno escapó a la mirada solícita e inteligente 
de aquellos jefes de la milicia, que desde octubre 
18 de 1898 hasta mayo primero de 1900, tuvieron 
en sus manos toda la maquinaria de nuestro po- 
der político. 

En su :í fán de establecer aquí, dentro del 
más breve plazo, las instituciones democráticas 
de la nueva Metrópoli, una de las primeras re- 
formas que se implantaron tuvo por objeto con- 
vertir el sistema parlamentario, entonces en vi- 
gor en esta Isla, en el congresional americano ; y 
a ese efecto, el Gobernador Henry, por la orden 
general No. 12 de febrero de 1899, efectuó la su- 
presión del Gabinete Insular, el que semejaba la 
organización parlamentaria de algunas viejas mo- 
narquías, más que el sistema congresional a que 
estaban habituados aquellos gobernantes. En lu- 
gar de aquól constituyó los Departamentos de Es- 
tado o Gobernación, Justicia, Hacienda e Inte- 
rior, debiendo cada jefe encargarse de su res- 
pectivo departamento. 

En esta orden, el Gobernador militar con- 
signaba, que ^*dos meses de concienzuda prueba 
habían demostrado que la organización conocida 
con el nombre de Gabinete Insular, no era com- 

230 



BAJO EL NUEVO KEGIMEN 

patible con los métodos y progresos americanos, 
y que, por consiguiente, tal organización debía 
ser y era disuelta por la referida orden'*, en cuyo 
párrafo tres se disponía que ^'los jefes de De- 
partamento u otros que se opongan a la intro- 
ducción de los métodos de administración y pro- 
greso americanos, o a la investigación de los asun- 
tos de los departamentos cuando se ordene en de- 
bida forma, serán relevados de sus cargos o ad- 
mitida su dimisión, si la presentaren. '* El mismo 
día, los Secretarios Juan Hernández López, Luis 
Muñoz Rivera y Cayetano Cali y Tosté comuni- 
caron su renuncia al Mayor General, en los tér- 
minos que siguen: 

*^ Señor: — Existe en la Unión Americana una 
organización del poder ejecutivo idéntica a la que 
aplicáis a esta Lsla por vuestra orden de hoy. El 
Presidente de la República gobierna con sus Se- 
cretarios independientes entre sí. Pero existe 
también una organización del poder Legislativo 
que arranca del sufragio y que funciona con dos 
Cámaras deliberantes. En esas dos Cámaras tie- 
ne su representación suprema el pueblo de los Es- 
tados Unidos. 

Nosotros aceptaríamos con gratitud y con 
orgullo, más todavía, ansiamos que nos rija un 
sistema que ha hecho grande y libre a nuestra 
Metrópoli; pero lo aceptaríamos íntegro, para 
que respondiese a las legítimas aspiraciones de 
nuestro país. Vos en el Gobierno; junto a vos el 
Gabinete que designarais, y muy cerca de todos 
Ja Legislatura popular, diciendoos a cada ins- 

231 



CAUSAS Y CONSEOUENICIAS 

tante cuáles son las ideas y las necesidades de la 
Isla. 

Al desaparecer el Consejo de Secretarios, 
arrastra consigo la última representación colec- 
tiva de Puerto Rico, ya que aquí no se implantó 
aún el sistema norte-americano, en su grandiosa 
y perfecta amplitud. Y caería sobre nosotros 
una responsabilidad ineludible si admitiésemos la 
solidaridad de una medida con la cual no nos sen- 
timos conformes. 

Así, pues, los Secretarios que suscriben, res- 
petuosamente declaran : 

Que aceptan y acatan la orden del Mayor Ge- 
neral Comandante del Departamento, en que se 
disuelve el Consejo de Secretarios. Que renun- 
cian en vuestras manos los puestos que os servís- 
teis confiarles." 

La actitud de estos dignos caballeros, envol- 
vía un gesto muy hermoso de patriótica altivez; 
pero carecía de razón y acusaba ignorancia del 
mecanismo y funcionamiento íntimo del Gobierno 
Americano ; lo que, por supuesto, no ha de ex- 
trañar a nadie si se tiene en cuenta que todos 
ellos, aunque muy ilustrados y competentes, ha- 
bían sido educados en una escuela extraña a la 
concepción fundamental de las instituciones polí- 
ticas en la libre América. 

Pretendínn ellos que el Gobernador organi- 
zara un Gobierno compuesto de él, del Gabinete 
que él designara y de una * ^ Legislatura popular", 
lo que, desde luego, no podía ser; como lo hace 
notar el General Henry en su orden general No. 

232 



BAJO E!L NUEVO RÉGIMEN 

17 al decir que lamentaba el que dichos caballe- 
ros pretendieran lo imposible: ^* sufragio y un 
cuerpo legislativo, pues uno y otro atañen a la 
legislación del Congreso'' y no eran posibles por 
entonces. 

Y ello es claro: un gobierno militar implica 
el ejercicio del poder soberano por el Goberna- 
dor General y Jefe del Departamnto. Teórica- 
mente no podía haber ni regir entonces en Puer- 
to Rico otra ley que no fuera la voluntad del Je^ 
fe Militar expresada mediante decretos u órdenes 
generales. Pues si bien es verdad que las leyes 
existentes en el país al tiempo de la ocupación 
continuaban en vigor, también lo es que en cual- 
quier momento y por cualquier razón a el satis- 
factoria, dicho Gobernador po-h'a enmendarlas, o 
derogarlas, substituyéndolas por otras, según los 
dictados de su propio pensamiento. 

En tales circunstancias ¿qué función podía 
llenar esa Legislatura popular? El día 10 de fe- 
brero, en la referida orden No. 17 y al aceptar la 
renuncia de los señores Aluñoz, Hernández Ló- 
pez y Coll y Tosté, el Gobernador General, después 
de manifestar claramente que los mismos habían 
demostrado **celo y habilidad en el desempeño 
de sus cargos'', agrega: ^*E1 Consejo de Secre- 
tarios, compuesto de Jefes de Departamento, con 
un Presidente, el cual Consejo era de origen es- 
pañol y fué suprimido por órdenes generales No. 
12, serie corriente, de este Cuartel General, sen- 
cillamente proporcionaba a un solo individuo la 
oportunidad de dominar todos los deparcamen- 

233 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

tos y acrecentar su poder político. Semejante 
sistema está en contradicción con el que debe re- 
gir bajo la actual forma de gobierno, en el que 
sólo cabe un jefe, el Comandante del Departa- 
mento, o sea el Gobernador General de la Isla. 

Ambos partidos — Liberal y Radical — están 
representados en el nuevo Gabinete, de modo que 
sienta el pueblo todo que tiene allí su represen- 
tación. ' ' 

A esta reforma siguieron otras de gran tras- 
cendencia e importancia: la organización de lo 
Policía Insular, la reforma de las prisiones, la 
limitación de las horas de trabajo, el establecí- 
miento del recurso de babeas corpus, la creaciói? 
de una Junta de Cárceles, de una Corte Federal, 
de una Junta superior de Sanidad y de una Jun- 
ta do Instrucción. También el reconocimiento de 
la independencia de los tribunales de justici.a. 

El servicio de policía, que entonces dejaba 
mucho que desear en el x)aís, fué organizado por 
la orden general No. 25, de febrero 21 de 1899. 
La Isla fué dividida en distritos, y éstos en ba- 
rrios, cada uno de los cuales tendría los puestos 
de policía que se juzgaran conveniente para el ob- 
jeto de la institución. La fuerza se componía de 
un Jefe, un Segundo Jefe y los Capitanes, Te- 
nientes Primeros y Segundos, Cabos y Números 
que fueran necesarios. Los nombramientos de- 
bían hacerse por el Jefe de Policía mediante la 
aprobación del Comandante del Departamento, y 
las destituciones sólo podían efectuarse por cau 
sa de mala conducta o ineptitud, debiendo ser lie- 

234 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

oh.as por el Comandante del Departamento a pro- 
puesta del Jefe de Policía. Esta orden termina- 
ba con las siguientes palabras, qne indican el sen- 
timiento que guiaba e inspiraba los actos de aque- 
llos gobernantes militares: **Por la presente se 
previene a todos los individuos de este impor- 
tante cuerpo, que en su vida pública y privada de- 
berán observar una conducta correcta y digna de 
militares, desplegando en el cumplimiento de sus 
obligaciones esa energía, celo y denuedo que los 
hagan temer de los malhechores y respetar de 
los ciudadanos pacíficos.'* 

La más elocuente demostración del alto es- 
píritu de justicia y de la amplia cultura que con- 
currían en aquellos gobernantes, la ofrece ía or- 
den general Ño. 33 de marzo 13 de 1899, expedi- 
da por el referido Mayor General Henry. Se re- 
fiere a las condiciones que deben existí'' on las 
prisiones del país, y expone un criterio tan sabio 
y bien informado, que i)ucde compararse venta- 
josamente con el que guía las legislaciones más 
progresistas de los pueblos modernos. 

El tratamiento que hasta entonces se había 
dado en nuestras cárceles y demás prisiones a 
los infortunados que no habían sabido mante- 
nerse libres de las penas que las leyes imponen 
para sus infractores, no respondía satisfactoria- 
mente al espíritu de la moderna cultura. Se les 
trataba con severidad injustificada, existiendo los 
célebres grilletes y otros medios de castigo no 
menos odiosos para las almas movidas por sen- 
timientos de generosa simpatía. El criterio que 

235 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

guiaba a las autoridades bajo cuya custodia y di- 
rección encontrábanse los confinados, tampoco co- 
rrespondía al que modernamente informa las ins- 
tituciones penales y, sin duda, la condición de 
aquellos desgraciados se hacía innecesariamente 
más aflictiva de lo que debía ser. 

El día 12 de marzo de 1899, o sea el día ante- 
rior a la fecha de la referida orden general No. 
33, el Jefe del Departamento había hecho una vi- 
sita al Presidio, donde, sin duda, pudo observar 
la imposición de los castigos tradicionalmente 
aplicados a los delincuentes confinados en las di- 
versas prisiones del país ; aunque, según lo expre- 
sa dicha orden, la disciplina, aseo y desinfección 
del local, eran altamente satisfactorios. Con el 
fin de remediar los males observados por él du- 
rante su visita, la orden general susodicha orde- 
na el abandono de los métodos de castigar las fal- 
tas o infracciones del reglamento carcelario, que 
entonces se empleaban, e introduce algunas inno- 
vaciones altam.ente beneficiosas para los confina- 
dos. Dispónese en la referida orden, que *^en 
adelante los grilletes y el cepo no serán impuestos 
como castigo a los penados, que los presos que 
tengan seis meses o menos que exting-uir, y que 
^ayan observado buena conducta durante su pri- 
isión, serán puestos en libertad^', debiéndoseles 
abonar cinco días por cada mes, a fin de reducir 
la pena impuesta por el tribunal. Literalmente 
copiada dicha orden dice así: 

**lo. — En adelante los grilletes y el cepo no 
serán impuestos como castigo a los penados. To- 

236 



BAJO ElL NUEVO RÉGIMEN 

da falta o infracción del reglamento carcelaria se 
castigará con encierro celular y ración de pan y 
ag-ua que continuará mientras el culpable no pro- 
meta enmendarse. 

Los presos que tengan seis meses o menos 
que extinguir y que hayan observado buena con- 
ducta durante su prisión, serán puestos en li- 
bertad, remitiéndose sus nombres a este Cuartel 
General. 

En lo sucesivo cinco días por cada mes serán 
abonados a los presos que observaren buena con- 
ducta, los cuales abonos se aplicarán a la reduc- 
ción de su sentencia. Cada falta aparejará la 
pérdida de dicho abono, teniendo el interesado 
que empezar de nuevo. 

2o. — En la inspección de los confinados del 
Presidio, practicada ayer por el Jefe del Depar- 
tamento, pudo verse que dicho establecimiento se 
hallaba en excelente orden, bien aseado y desin- 
fectado, lo cual redunda en honor del Primer Je- 
fe, Sr. Maximino Luzunaris. Si todas las caree 
les se hallasen en igual estado, sería un bien para 
la Isla. 

El objeto de las prisiones es proteger a los 
vecinos pacíficos y corregir a los criminales por 
medio de la reclusión. Conseguida que sea la co- 
rccción de nn individuo, no hay motivo para se- 
guir castigándole. Todo exceso en este sentido 
propende a su degradación. 

Los encargados de establecimientos penales 
deben esforzarse, dentro de lo compatible con sus 
atribuciones, por elevar el m^^el moral de los pre- 

237 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

sos bajo su custodia; a este ñn están facultados 
para invitar a las órdenes religiosas a oficiar ]os 
domingos en provecho de los confinados, y de es- 
te modo contribuir a moralizarlos. Tales oficios, 
celebrados con acierto y especialmente acompa- 
ñados de cánticos religiosos, no podrán menos de 
redimir a pinchos de aquellos infelices que en el 
medio en que viven, han perdido toda esperanza 
de salvación. ' ' 

El criterio de la pena expresado en esta or- 
den, concuerda perfectamente con las tendencias 
de una civiliz-ición en que dominan, no sólo senti- 
mientos de |)iedad, sino igualmente la obsei'va- 
ción y el pensamiento científicos. 

Aún hoy día, si se examinan las penas im- 
puestas pQr algunos tribunales y el criterio que 
acusan las circunstancias y el modo en que han 
sido impuestas, se encuentra que para nada se ha 
considerado el hecho de que los objetivos primor- 
diales del castigo limítanse a corregir al delin- 
cuente y a proteger a los ciudadanos pacíficos. 
También parece cosa olvidada por algunos tribu- 
nales, que el excesivo castigo no puede tener 
olro alcance ni otra consecuencia moral que la 
degradación del castigado. Si legisladores y jue- 
ces informaran su criterio en estas nuevas co- 
rrientes de la ciencia penal y de la criminología, 
y obedecieríin a principios tan amplios y científi- 
cos como el que guía el pensamiento expresado 
en esa orden, no hay duda que otro sería el resul- 
tado de las diversas prisiones de este país, en el 
cual la rutina más obstinada impera aún, tan- 

238 



I 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

to en la legislación penal, como en su interpreta- 
ción y aplicación. 

Prueba elocuente del alto espíritu de justicia 
observado aquí durante el régimen militar, por 
las autoridades al mando de la Isla, son las ma- 
nifestaciones hec'has por el Mayor General líen- 
ry al informar, en la orden No. 50, de abril 22 de 
1899, que pronto y a instancia suya sería relevado 
del cargo de Jefe del Departamento y Goberna- 
dor Militar de esta Isla, que venía ocupando. 

**Los puertorriqueños'', dice el General Ilen- 
ry, *'no deben impacientarse, sino adaptarse 
cuanto antes a los cambios propuestos, los cua- 
les son para su bien y tienden a la prosperidad y 
mejoramiento de la Isla. Debe tomarse en cuen- 
ta la diferencia de costumbres, idioma y relacio- 
nes de largos años, todo lo cual es difícil eliminar 
en plazo tan breve; (1) pero que debe cambiarse 
antes de que sea posible adelanto alguno de im- 
portancia. Confía y cree el Gobernador que los 
procedimientos que se adopten estarán basados 
en la humanidad y en la justicia, sin perder de 
vista el áureo precepto **de a tu prójimo como a 
tí mismo''. Tal norma de conducta conducirá al 
éxito y la armonía. El fiel y celoso cumplimiento 
de sus obligaciones por parte de todos los fun- 
cionarios, y la estricta observación de leyes y 
mejoras basadas en códigos justos y moralizado- 
res, deberá ser la piedra fundamental de toda ac- 
ción Creo que de proseguir con planta fir- 



239 



OAUSiiS Y CONSECUENCIAS 

me por el sendero trazado, partiendo de una base 
recta, no podrá menos de alcanzarse el éxito y la 
prosperidad, culminando por ñn en la victoria y 
felicidad del pueblo. Tal será siempre el fervo- 
roso anhelo del Gobernador Militar saliente, quien 
mientras viva conservará cariñoso recuerdo de 
su permanencia entre los puertorriqueños.'^ 

Los trabajadores del país, cuyo bienestar aún 
no había preocupado seriamente a los goberna- 
dores venidos de la vieja Metrópoli, no fueron 
olvidados por los nuevos gobernantes, iniciándo- 
se con é?toñ la primera legislación obrera de que 
nos hablan los anales iJortorriqueños. Sorpren- 
dido por las muchas horas de trabajo a (|ue, en 
cambio de un miserable jornal, veíase som 'tido el 
pueblo trabajador, el General Henry dispuso que 
en toda la isla de Puerto Rico, ocho horas cons- 
tituirían un día de trabajo, y que en lo sucesivo 
lio se impondría contribución alguna sobre sala- 
rios de hombres o mujeres empleados en cual- 
quier labor. 

El Brigadier General Davis, uno de los ge- 
nerales más talentosos y de más altas condiciones 
de estadista que ha tenido la República del Nor- 
te, siguió con paso firme y decidido empeño la 
obra de reformas progresistas emprendida por 
su ilutre antecesor. La primera de las órdenes 
generales que expidió conteniendo disposiciones 
de gran tra'^cendencia para la vida y la libertad 
de los habitantes de esta Isla, se publicó el 31 de 
mayo de ]8Í>9. Hasta entonces, en Puerto :?'co se 
podía encarcelar a un ciudadano con o sin causa 

240 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

probable, y, si así lo deseaba el Fiscal encargado 
del proceso, esa prisión podía prolongarse meses 
y, a veces, años, sin que pudiera impedirse. El 
auto de habeas corpus, tal vez la garantía más 
hermosa y eficaz de la libertad del individuo. •^\'t} 
consignan en sus páginas los códigos modernos, 
no había aún figurado en nuestros estatutos. ?!] 
Gobernador Davis, a propuesta del entonces Se- 
cretario de Justicia, lo estableció en Puerto Rloo. 
Por una ley de la historia, a \\\\ gobierno militar 
cupo el honor de darnos lo que en varios siglos 
de espera, no habíamos podido recibir. 

Con las órdenes generales número 71, inició- 
se la legislación relativa al establecimiento de e^e 
recurso. Dispónese allí que cualquier magistra- 
do de la Corte Suprema de Puerto Eico, o de cual- 
quier audiencia, o cualquier juez de instrucción, 
expedirá el decreto de habeas corpus, a petición 
de cualquier persona cuya libertad se hiúl.^ res- 
tringida dentro de si> respectivos distritos ju- 
diciales. ' ' 

En la circular número 1 7 de julio 3 del mis- 
mo año, se establece el procedimiento que debe se- 
guirse al solicitar y conceder el auto de habeas 
Corpus, fijándose, hasta cierto punto, el alcance 
de lo dispuesto en las referidas órdenes número 
71. En las órdenes número 200, enmendatorias 
de la regla séptima contenida en la referida cir- 
cular, determínase de modo definitivo y claro el 
derecho a permanecer en libertad que, según el 
criterio de la Junta Judicial y del Mayor Gene- 
ral que gobernaba entonces en la isla, debía re- 

241 



CAUSAS Y COí^SECUENCIAS 

conocerse a todo acusado. *^ Deberá permanecer 
siempre en libertad todo acusado a quien pueda 
corresponder pena no superior a prisión correc- 
cional. Si el Juez Instructor no hubiese dejado 
en libertad al acusado a quien corresponda tal 
pena no superior a prisión correccional, el Fiscal 
del Distrito, al recibir las diligencias, pedirá, y 
el Tribunal decretará con la menor dilación po- 
sible, la excarcelación. Para permanecer en liber- 
tad, los acusados a quienes corresponda pena su- 
perior a la de prisión correccional deberán pres- 
tar fianza personal, pecuniaria o hipotecaria. En 
casos excepcionales podrán los tribunales discre- 
cionalmente acordar la libertad aun sin fianza . . ^ ' 

Con la creación de las Juntas de Sanidad y do 
Instrucción, otro paso más de avance era reali- 
zado por el Gobierno Militar. Ambos servicios 
de nuestra administración encontrábanse en es- 
tado de profundo abandono ; pues bajo el antiguo 
régimen, era muy escasa la atención que recibíaTi 
los problemas relativos a la salud pública; y en 
cuanto a instrucción, cuando alguna iniciativa era 
tomada en sentido favorable a su progreso en el 
país, bien por espíritus ilustrados y progresistas 
de la Colonia, ya Y)or funcionarios generosos y 
capaces de la Metrópoli, no faltaba en la Antilla 
algún personaje influyente, interesado en man- 
tener al pueblo en estado de ignorancia, que pu- 
siera en juego el poder de sus influjos para hacer 
fracasar aquel esfuerzo. 

El deseo y el propósito de extender los be- 
neficios de la instrucción por todos los confines 

242 



BAJO BL NUEVO RÉGIMEN 

de la Isla, resulta indudablemente del párrafo 
cuarto de las órdenes genéralos número 205 de 
diciembre 7 de 1899: '^ Siempre que las escuelas 
provistas por el Gobierno Insular no fueren sufi- 
cientes para acomodar los niños de cualquier mu- 
nicipalidad, es el deseo del Gobernador General 
que las autoridades escolares legalmente consti- 
tuidas de tal municipio, provean maestros, salo- 
nes y material para escuelas adicionales en nú- 
mero suficiente para contener los niños que soli- 
citen admisión '' 

La Junta Insular de Educación componíase 
entonces de Victor S. Clark, Doctor en Filosofía; 
George G. Groff, Doctor en Medicina y Ex-Presi- 
dente de la Universidad de Buckneli; Dr. José 
E. Saldaña, Sr. R. H. Todd, Sr. Jorge Bird Arias, 
Profesor Ilenry Huyke, Abogado Piosendo Ma- 
tienzo Cintrón y los Sres. Bartolomé Esteva y J. 
Puiz de Sagredo. 

Mediante la constitución de esta Junta y de 
órdenes generales sabiamente concebidas, la ins- 
trucción pública recibió en Puerto Rico el primer 
impulso considerable iniciado por las autorida- 
des locales. Pero a ello no se limitaba la acción 
saludable y reformadora del Gobierno Militar. A 
nuestro juicio, una de las más grandes, si no la 
más grande de cuantas reformas lleváronse a ca- 
bo en aquel breve período, fué la relativa a la in- 
dependencia de los tribunales de justicia. 

Es innegable que allí donde la acción judi- 
cial está intervenida, ya por un poder central que 
le quita iniciativas y le impide obrar con criterio 

243 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

independiente, ya por la influencia de políticos in- 
morales, sin patriotismo y sin conciencia, para 
quienes ia corrupción de los poderes públicos na- 
da ofrece de particular, no puede haber bienestar 
sólido ni seguridad completa. En realidad los 
tribunales de justicia constituyen la garantía más 
importante, si no la única con que cuentan los ciu- 
dadanos pacíficos cuando de la determinación de 
sus derechos se trata. Y toda intervención, toda 
ingerencia que limite la acción y la libertad de 
los tribunales más allá de lo que la ley determi- 
na, ni está justificada en principio, ni puede re- 
dundar en beneficio permanente de la comunidad 
La orden general a que nos referimos, o sea la 
número 98 do julio 15 de 1899, categóricamente es- 
tablece que, **ol Departamento de Justicia no 
ejercerá en adelante autoridad alguna sobre los 
tribunales, quedando la magistratura del todo in- 
dependiente' \ A fin de dar énfasis, por otra 
parte, a la necesidad de que los jueces, cons- 
cientes de la alta responsabilidad que sobre ellos 
pesa, actúen con discreción, honradez y buen jui- 
cio, se dispone en dicha orden que ^^todo resi- 
dente de la is]a puede presentar cargos ante la 
Junta Judicial, contra cualquier magistrado, 
juez o funcionario judicial, por delincuencia en 
el ejercicio de su ministerio o inmoralidad en su 
▼ida privada, impropia de la posición que ocupa, 
ateniéndose el denunciante a las penas con que 
se castigan las acusaciones falsas o maliciosas.'' 
La Junta Judicial tenía a su vez la obligación de 
presentar a la Corte Suprema, **por conducto 

244 



1 



BAJO EL NUEVO KíJGIMEN 

del Fiscal de ésta, acusaciones contra cualquier 
juez de tribunal insular (excepto magistrados de 
la Corte Suprema) que le fuese denunciado por 
oohocho, faltas graves en el ejercicio de sus fun- 
ciones o por conducta inmoral o viciosa impropia 
de su posición/' Cuando las quejas presentadas 
80 refirieran a algún miembro de la Corte Supre- 
ma, era deber de la Junta Judicial someter el 
caso al Gobernador, quien debía a su vez nom- 
brar una comisión especial de cinco jueces para 
entender en la causa. 

Por órdenes de agosto 17 de 1899, el sistema 
judicial de la Isla fué totalmente reorganizado, 
disponiéndose que la Corte Suprema se compon- 
dría en adelante de cinco jueces, cuatro asociados 
y un Juez Supremo o Presidente. Tendría ade- 
más un Fiscal, un Secretario y varios empleados 
subalternos. La isla era dividida en cinco dis- 
tritos judiciales, con sus cabeceras en San Juan, 
Ponce, Mayagüez, Arecibo y Ilumacao. En la 
misma fecha y por las mismas órdenes, los si- 
guientes nombramientos fueron hechos para el 
Tribunal Supremo: Presidente, don José Severo 
Quiñones; Jueces Asociados: don José Conrado 
Hernández, don José María Figueras, don Ra- 
fael Nieto Abeille y don Juan Morera Martínez. 
Fiscal, don Rafael Romeo Aguayo. A estas re- 
formas siguieron muchas encaminadas a susti- 
tuir los antiguos métodos de enjuiciar, por los 
procedimientos más modernos, aunque no del to- 
do satisfactorios, que se usan en Estados Unidos. 

Éstas y otra3 medidas adoptadas entonces, 

245 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

hablan con elocuencia insuperable en honor de la 
«(ación bajo cuya bandera entrábamos en una 
nueva etapa de prosperidad y bienestar. Sin em- 
bargo, no olvidemos que en aquella espléndida 
obra tomaron aparte activísima compatriotas 
nuestros muy ilustres, algunos muertos ya, y 
otros que han vivido y viven aiin para ver la con- 
tinuación del progreso entonces iniciado y el mag- 
nífico florecimiento que ofrece a las generaciones 
presentes. 

El período de gobierno militar se extendió 
desde octubre 18 de 1898 hasta mayo primero de 
1900, en que un régimen civil se estableció con el 
implantamieiilo en la Isla de la Ley Orgánica vo- 
tada por el Congreso de los Estados Unidos y 
conocida con el nombre de ^'Bill Foraker^'. Si 
se examina esta ley desde un punto de vista ge- 
neral, sin tener en cuenta las condiciones y cir- 
cunstancias especiales bajo las que se hallaba co- 
locado a la sazón el pueblo de Puerto Eico, tal 
vez será fácil encontrar objeciones que formular 
en su contra. Pero estudiada de un modo cientí- 
fico, sin perder de vista la función que debía lle- 
nar, no se tarda en comprender que la ley Fora- 
ker constituye un documento admirablemente 
adaptado a nuestras necesidades y a los fines de 
su creación. Se establecían en él seis departa- 
mentos ejecutivos, una asamblea popular o Cá- 
mara de Delegados, un Gobernador, una Corte 
Suprema, una Corte Federal y una Cámara Alta, 
llamada Consejo Ejecutivo y compuesta de los 
Jefes de Departamentos y de cinco miembros más 

246; 



BAJO ElL NUEVO RÉGIMEN 

nombrados por el Presidente, con la aprobación y 
consejo del Senado de la República. La Cámara 
de Delegados estaba constituida por 35 repre- 
sentantes electos por el voto popular; el Consejo 
Ejecutivo constaba, pues, de once miembros nom- 
brados por el Presidente. Las funciones de este, 
como cuerpo legislativo, eran las mismas de una 
Cámara Alta o Senado. 

Por mucho tiempo el Consejo Ejecutivo se 
compuso, en su mayoría, de americanos conti- 
nentales, quienes, al compartir los poderes legis- 
lativos con la Cámara de Delegados, podían, si 
por algún motivo lo estimaban conveniente, im- 
pedir que se convirtiera en ley cualquier proyec- 
to iniciado en cualquiera de las dos Cámaras. 
Esto dio margen a protestas muy acaloradas. Se 
escribieron muchos artículos, se pronunciaron dis- 
cursos y hasta libros fueron publicados con el fin 
de desacreditar aquella ley que, dada nuestra na- 
tural ansiedad por obtener la mayor participa- 
ción en el gobierno local de la Isla, parecía a mu- 
chos espíritus inquietos una fórmula contraria al 
espíritu que anima las instituciones del pueblo 
americano. Se afirmaba que el principio de la 
separación de poderes, tan calurosamente defen- 
dido por Montesquieu en su ^^ Espíritu de la Ley^' 
y entusiastamente sostenido en la práctica por la 
liepública del Norte, era violado en aquella cons- 
titución, y se proclamaba como un acto de injusta 
intervención en los asuntos nuestros, el hecho de 
que una mayoría de continentales ocupara los es- 
caños del Consejo, dirigiendo, además, los De- 

247 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

partamentos Ejecutivos del Gobierno Insular. 
Cada vez que algún conflicto surgía entre el cri- 
terio de aquellos hombres del Norte y el de los 
nativos que servían en la Cámara de Delegados o 
en el Consejo Ejecutivo, la protesta vibraba re- 
sonante, llegando los espíritus impacientes e irre- 
flexivos, hasta dudar de la justicia y buen deseo 
que guiaban a los poderes nacionales en el sos- 
tenimiento de aquel estado de cosas en Puerto 
Rico. 

Sin embargo, ninguna otra fórmula de go- 
bierno hubií^ra respondido tan perfectamente a 
nuestras necesidades de pueblo no acostumbrado 
al manejo do sus propios asuntos. Durante 400 
años habíamos vivido la vida de una (Bolonia 
constantemente intervenida por los poderes cen- 
trales, aun en los más insignificantes detalles de 
su administración. Los principios básicos sobre 
que descansan las democracias modernas, eran 
conocidos por un número de personas muy cul- 
tas y bien informadas; pero sólo como doctrinas 
metafísicas o generalizaciones abstractas, sin que 
en la práctica hubieran jamás tenido ocasión de 
aplicarlos; pues la autonomía que a última hora 
Espaíaa decidió otorgar a Cuba y Puerto Rico, 
no llegó a brindar oportunidad a los nativos pa- 
ra ensayarse en las artes del gobierno propio. 

Adema-- : los portorriqueños no teníamos, co- 
mo no tenía ningún pueblo de la America his- 
pana, al disolver los vínculos que le unían a la 
madre patria española, una tradición política que, 
de modo natural y espontáneo, adaptara nues- 

248 



BAJO E(L NUEVO KEGIMEN 

tras ideas y nuestras voliciones a las exigencias 
de un gobierno popular basado en la concepción 
política que fundamenta las verdaderas demo- 
cracias. Indudablemente la psicología individual 
corresponde en gran parte a las influencias, no 
sólo del medio telúrico y del estrictamente social 
en que nos desarrollamos, sino también de las con- 
diciones políticas que nos rodean. La concepción 
del estado y de la ley que domina en un pueblo 
durante un período cualquiera de su cultura, de- 
termina en él hábitos de pensamiento, tendencias 
nerviosas, cuya influencia en nuestra vida, difí- 
cilmente podemos rechazar, no importa cuál sea 
nuestra intelectualidad y cuan amplia la infor- 
mación que hayamos podido recoger en las albas 
páginas de periódicos y libros. Así, el hecho de 
(pie en Puerto Rico había, al tiempo de verifi- 
carse la transición del antiguo al nuevo r'íLTÍmen, 
un crecido número de muy ilustradas personali- 
dades, no implicaba ni podía necesariamente in- 
dicar a ningún verdadero sociólogo, psicólogo o 
estadista, que nuestro pueblo poseía todas las 
condiciones indispensables a la buena marcha de 
un gobierno liberal y propio. Acostumbrados al 
status de colonia sin participación directa y am- 
I)lia en la dirección de sus asuntos; y, más aún, 
educados en una escuela en que el principio de au- 
toridad se concibe y aplica de manera distin- 
ta a la en que se aplica y concibe en los pueblos 
de tradición republicana, hubiera sido, más que 
difícil, imposible el que nuestro pensamiento y 
nuestra acción política bajo el nuevo régimen, se 

249 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

hubieran encauzado debidamente, sin la inter- 
vención y ayuda de aquellos hombres que, desde 
el momento inicial de su vida, sólo habían recibi- 
do inspiraciones de libertad y democracia. 

Sin duda, circunstancias análogas a las que 
nos rodeaban al tiempo de implantarse aquí el 
gobierno civil americano, constituyen la razón 
fundamental que mantiene en muchas de las re- 
públicas americanas de Jiabla española, condi- 
ciones políticas en un todo agenas a los principios 
de gobierno que en teoría son proclamados y sos- 
tenidos por las constituciones que las rW^cn ; pues 
ninguna persona instruida puede ignorar, que en 
cualquiera de las repúblicas hermanas nuestras en 
la raza y en la tradición, existen montalidados 
muy brillantes y cultivadas con tanto esmero y 
atención, como las más altas de cualquier país 
moderno. 

E Igual que allí, hubiera ocurrido entre nos- 
otros, si los estadistas del Norte, al sustituir por 
un gobierno civil el régimen militar, no hubieran 
concebido una fórmula que, al mismo tiempo que 
brindaba oportunidad a nuestro pueblo para en- 
saya rso en las prácticas del gobierno democráti- 
co, nos libraba de los excesos v extravíos a que 
hubiéramos llegado, si se nos hubiese abandonado 
a nuestras propias ideas e iniciativas. 

Estudiando la historia de los gobiernos co- 
loniales, difícilmente se encontrará otro caso iorual 
al de Puerto Rico. Es decir : se hace muy difícil 
encontrar otro pueblo en que, después de un bre- 
ve período de gobierno militar, el régimen civil 



250 



i 



BAJO Bh NUEVO RÉGIMEN 

se haya iniciado con una carta orgánica tan Babia- 
mente estudiada y adaptada a las condiciones de 
su vida y de su historia. 

El bilí Foraker, al mismo tiempo que daba in- 
tervención en los asuntos administrativos y le- 
gislativos del ipaís ^ funcionarios venidos del 
Continente, permitía a los portorriqueños el más 
amplio desarrollo de sus iniciativas, y el disfrute 
y goce más completo de las libertades y de los de- 
rechos individuales garantizados por las consti- 
tuciones democráticas del mundo moderno. La 
libertad de palabra, pensamiento, conciencia y ac- 
ción se manifestaba en todas las actividades des- 
plegadas al amparo de aquella ley, y las objecio- 
nes que se formulaban en su contra, la crítica 
acerba de que fué objeto por parte de algunos es- 
critores y políticos del país, sólo demuestran la 
disposición de los portorriqueños a entretcüernos 
en meros ejercicios de lógica abstracta, con me- 
nosprecio de los hechos concretos de la vida y de 
la historia. Defecto de raza, que dificulta a me- 
nudo en nosotros el triunfo de ideas e institucio- 
nes de positivo valor, que otros pueblos más prác- 
ticos, aunque meno lógicos, quizá, acogen con ca- 
lor y entusiasmo. 

Un notable filósofo francés, Alfredo Fouillée, 
estudiando la psicología de Francia en su libro 
L'Idée Modenie du Droit, dice que Cavour afir- 
maba que **el genio francés es la lógica al servi- 
cio de la pasión.'' Y ese juicio, que puede ser o 
no verdad tratándose de Francia, sí lo es cuando 



251 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

de nosotros y de los demás pueblos hispanos de 
América se trata. 

Somos sentimentales, y ponemos al servicio 
de la pasión, todos los recursos de una lógica for- 
mal, abstracta, deductiva y apriorística. En cam- 
bio se nota, estudiando cuidadosamente nuestra 
psicología, la falta de esa lógica científica, induc- 
tiva, que observa y analiza serena y fríamente, 
antes de formular sus conclusiones. Somos ade- 
más extremadamente dogmáticos. Aceptamos un 
principio político, religioso o estético, y, sin an 
tes haber hecho un verdadero examen crítico de 
su fundamento, inferimos de él conclusiones, iimy 
lógicas en la forma, quizá; pero absurdas ^'i el 
fondo, con frecuencia. Y es que la nuestra os I(S- 
gica aristotélica, la misma de aquellos pseudo sa- 
bios del siglo diez y seis, que ante las pruebas 
ofrecidas por Galileo contra los errores científi- 
cos de entonces, se conformaban con decir que 
Aristóteles así lo había enseñado y que, por tan- 
to, ello debía ser verdad. 

El 2 de marzo de 1917, el Congreso de los Es- 
tados Unidos aprobó una nueva ley orgánica, 
sustitutiva del bilí Foraker. Implica ella un no- 
table progreso en sentido democrático. Además 
de las disposiciones contenidas bajo el epígrafe 
'^declaración de derechos'*, esta ley establece un 
gobierno autonómico que confiere amplia inter- 
vención a los nativos en la dirección y manejo de 
los asuntos de la Isla, y una ^ran participación 
en el Gobierno Insular. A diferencia de lo que 
ocurría con el **Bill Foraker'', el *^Bill Jones", 

252 



BAJO ElL NUEVO RÉGIMEN 

según suele ser llamada la nueva carta orgánica, 
esiablece una separación completa, hasta donde 
esto es dable, de los tres departamentos en que se 
divide el gobierno de las modernas democracias: 
el departamento ejecutivo, el departamento legis- 
lativo y el departamento judicial. 

El poder ejecutivo supremo reside en un fun- 
cionario cuyo título oficial es **E1 Gobernador de 
i'uorto Kico^', a quien nombra el Presidente de 
los Estados Línidos con el concurso y consenti- 
miento del Senado, y quien desempeña su cargo a 
voluntad del Presidente y hasta que se designa e 
instala su sucesor. Además establece dicha ley 
ios Departamentos de Justicia, cuyo jefe es co- 
nocido con el nombre de Fiscal General; de Ha- 
cienda, cuyo jefe es llamado Tesorero; del Inte- 
rior, el jefe del cual es conocido como Comisiona- 
do del Interior; de Instrucción, cuyo jefe es de- 
signado con el nombre de Comisionado de Ins- 
trucción; de Agricultura y Trabajo, el jefe del 
cual se llama Comisionado de Agricultura y Tra- 
bajo ; de Sanidad, cuyo jefe se conoce con el nom- 
bre de Comisionado de Samdad. El Fiscal Ge- 
neral y el Comisionado de Instrucción son nom- 
brados por el Presidente, con el consentimiento y 
concurso del Senado de los Estados Unidos. Los 
Jefes de los demás Departamentos son nombra- 
dos por el Gobernador con el concurso y consen- 
timiento del Senado de Puerto Rico, y, como el 
Fiscal General y el Comisionado de Instrucción, 
desempeñan sus cargos por cuatro años, a menos 
que antes sean destituidos por el Gobernador. 

253 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

El Departamento Legislativo se compone de 
dos Cámaras: el Senado y la Cámara de Repre- 
sentantes; las cuales a su vez se designan con el 
nombre oficial de **La Asamblea Legislativa de 
Puerto Rico/^ El Senado está constituido por 
19 miembros electos por los electores capacitados 
de Puerto Rico, por un término de cuatro años. 
La Cámara de Representantes la integran treinta 
y nueve miembros también electos por los electo- 
res capacitados de Puerto Rico, para servir du- 
rante un término de cuatro años. 

El poder Judicial reside en los tribunales es- 
tablecidos en Puerto Rico al entrar en vigor esa 
ley, y se constituyen éstos de acuerdo con leyes 
votadas por la Asamblea Legislativa. 

El artículo 40 de la referida Ley Orgánica 
dispone *'que el Presidente y Jueces Asociados 
del Tribunal Supremo serán nombrados por el 
Presidente con el concurso y consentimiento del 
Senado de los Estados Unidos, y que la Asam- 
blea Legislativa de Puerto Rico tiene autoridad 
para, de tiempo en tiempo, según lo crea conve- 
niente, organizar, modificar o hacer un nuevo 
arreglo de los Tribunales y su jurisdicción y pro- 
cedimiento, con excepción de la Corte de Distrito 
de los Estados Unidos, que procederá de modo 
igual que aquéllos en el despacho de sus asuntos. 
Además ti 071 e ésta jurisdicción para entender en 
la naturalización de extranjeros y puertorrique- 
ños ; así como para conocer de todas las causas, en 
que todos los litigantes de cualquiera de los dos 
lados de la controversia sean ciudadanos o súbdi- 



254 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

tos de un estado o estados extranjeros, o ciuda- 
danos de un estado, territorio o distrito de los Es- 
tados Unidos no domiciliados en Puerto Rico, y 
en que la cosa en litigio, con exclusión de intere- 
ses y costas, exceda de la suma o valor de 
$3,000.00/» 

Otorga esta ley la ciudadanía americana a 
los portorriqueños, aunque dispone que aquéllos 
que no deseen aceptarla pueden ** conservar su 
presente status político, haciendo una declara- 
ción, bajo juramento, de su resolución a ese efec- 
to, dentro de seis meses de haber entrado en vi- 
gor esta ley, ante el tribunal de distrito del dis- 
trito en que residan.'' 

La amplitud de los derechos y de las liberta- 
des individuales de que gozamos, se comprenderá 
leyendo los párrafos de la nueva Ley Orgánica 
que a continuación se transcriben: 

**No se pondrá en vigor en Puerto Rico nin- 
guna ley que privare a una persona de la vida, 
libertad o propiedad sin el debido procedimiento 
de ley, o que negare a una persona de dicha isla 
ia protección igual de las leyes. 

En todos los procesos criminales el acusado 
gozará del derecho de tener para su defensa la 
ayuda de abogado ; de ser informado de la natu- 
raleza y causa de la acusación ; do obtener copla 
de la misma ; de tener un juicio rápido y público ; 
de carearse con los testigos de cargo, y de usar 
de medios compulsorios para conseguir testigos a 
su favor. 



255 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

Ninguna persona será considerada respon- 
sable de un delito sin el debido procedimiento de 
ley; y ninguna persona será puesta dos veces en 
riesgo de ser castigada por el mismo delito, ni se- 
rá obligada en ninguna causa criminal a ser tes- 
tigo contra sí misma. 

Toda persona podrá, antes de ser convicta, 
prestar fianza con suficiente garantía, excepto por 
crímenes capitales cuando la prueba sea evidente 
o la presunción grande. 

No se pondrá en vigor ningima ley que me- 
noscabe el v?^]or de los contratos. 

Ninguna persona será encarcelada por deu- 
das. 

No se suspenderá el privilegio del auto de 
babeas corpus, a menos que, en casos de rebelión, 
insurrección o invasión, lo requiera la seguridad 
pública, pudiendo en cualquiera de esos casos ser 
suspendido ese privilegio por el Presidente o por 
el Gobernador, siempre que durante dicho perío- 
do exista la necesidad de tal suspensión. 

No se í^i probará ninguna ley ''ex post facto'' 
ni ningún proyecto de ley para condenar sin for- 
mación de juicio. 

La propiedad particular no será tomada ni 
perjudicada para uso público, a no ser mediante 
el pago de una justa compensación fijada en la 
forma provista por la ley. 

Nada de lo contenido en esta Ley será inter- 
pretado en el sentido de limitar la facultad de la 
Asamblea Legislativa para decretar leyes para 

256 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

la protección de la vida, salud y seguridad de 
empleados y obreros. 

No se aprobará ley alguna que conceda título 
de nobleza ; y ninguna persona que esté desempe- 
ñando algún puesto remunerado o de confianza 
en el Gobierno de Puerto Rico ace^jtará, sin el 
consentimiento del Congreso de los Estados Uni- 
dos, ningún regalo, emolumento, cargo o título de 
clase alguna de ningún rey, reina, príncipe o es- 
tado extranjero, ni de ningún funcionario del 
mismo. 

No se exigirán fianzas desproporcionadas, ni 
se impondrán multas excesivas ni castigos crue- 
les e inusitados. 

No se violará el derecho de estar garantizado 
contra registros y embargos arbitrarios. 

No se expedirá mandamic^nto de arresto o re- 
gistro sino por motivo fundado, apoyado cm ju- 
ramento o afirmación, y describiendo particular- 
mente el lugar que ha de reg'istrarse y las perso- 
nas que han de ser detenidas o las cosas que d«- 
ben ser embargadas. 

La esclavitud no existirá en Puerto Rico. 

No existirá en Puerto Rico la servidumbre 
involuntaria, a no ser como castigo por un delito 
cuando el acusado haya sido convicto debida- 
mente. 

No se aprobará ninguna ley restringiendo la 
libertad de la palabra o de la prensa, o el derecho 
del pueblo a reunirse en asamblea pacíficamente 
y pedir al Gobierno la reforma de los abusos. 

No se dictará ninguna ley relativa al eslable- 

257 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

ciiiiiento de cualquiera religión o que prohiba el li- 
bre ejercicio de la misma, y se permitirá en iodo 
tiempo el libre ejercicio y goce de profebioiiod y 
cultos religiosos sin distinciones ni preferencias, 
y no se exigirá como condición para desempeñar 
cualquier cargo o puesto de confianza en el Go- 
bierno de Puerto Rico, ningún otro requisito po- 
lítico o religioso que un juramento de defender la 
Constitución de los Estados Unidos y las leyes 
de Puerto Pico. 

Jamás se asignará, aplicará, donará, usará, 
directa ni indirectamente, dinero o propiedad pú- 
blica para el uso, beneficio o sostenimiento do 
ninguna secta, iglesia, denominación, institución 
o asociación sectaria, o sistema religioso, o para 
el uso, beneficio o sostenimiento de ningún sacer- 
dote, predicador, ministro, u otro instructor o 
dignatario religioso como tal, o para fines carita- 
tivos, industriales, educativos o benévolos a per- 
sona alguna, corporación o comunidad que no es- 
i* ba.io la dependencia absoluta de Puerto Rico. 
La poligamia o matrimonios polígamos quedan 
de aquí en adelante prohibidos.** 

El progreso realizado en esta Isla bajo el ré- 
gimen americano, no se limita al orden de los de- 
rechos políticos. Extiéndese también a todos los 
demás órdenes de la vida de un pueblo que siente 
las ansiedades determinadas por la moderna y 
compleja civilización. 

Durante el antiguo régimen, las vías de co- 
municación entre los habitantes de esta Isla ofre- 
cían un espectáculo por demás triste y desconso- 

258 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

lador. La carretera del litoral así como la lla- 
mada carretera Central que conecta la Capital de 
la I-íla con la importante cindad de Ponce, en- 
contrábanse en tal estado de abandono, qne se ha- 
cía prácticamente imposible el tránsito por ellas. 
Las regiones más ricas de nnestra agricultura ca- 
recían de medios para transportar sus produc- 
tos a Jos centros de población, y zonas enteras de 
extraordinaria fertilidad, apenas si tenían valor 
alguno. 

La situación del comercio y de la industria 
era poco menos aflictiva. El sistema escolar no 
era científico. 

La legislación en general era satisfactoria. 
Teníamos el Código Civil de España, el Código 
de Comercio, el Código Penal, la Ley 
Hipotecaria y algunas otras leyes de la 
Metrópoli que constituían el fruto do mu- 
chos años de meditación y estudio por hombres 
eminentes de la Península; pero las condiciones 
generales de la Colonia no causaban impresión 
agradable al viajero venido de pueblos progre- 
sistas que arribaba a estas playas. 

Después de establecido el Gobierno Civil de 
acuerdo con las disposiciones del **Bill Foraker'', 
a que ya hemos tenido ocasión de referirnos, el 
primer Comisionado de Educación enviado por el 
Presidente de los Estados Unidos para organi- 
zar las escuelas del país e implantar los métodos 
sugeridos por la pedagogía moderna, lo fué el 
doctor M. G. Brumbaugh, Catedrático de la Uni- 
versidad de Pennsylvania y uno de los educado- 

259 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

res más ilustres de América. El último venido 
del Continente lo es el Dr. Paul G. Miller, alto 
educacionista y hombre de letras que cesó hace 
algunos meses para ser substituido por el Hon. 
Juan B. Huyke, abogado, escritor y educacionista 
portorriqueño de relevantes méritos. 

De acuerdo con el antiguo sistema de ense- 
ñanza, o sea con el implantado en Puerto Rico 
antes de la ocupación americana, las escuelas del 
país estaban bajo la dirección y el dominio com- 
pleto del Gobernador de la Isla. Con el nuevo 
sistema establecido por el Dr. Brumbaugh, me- 
diante una ley de la Asamblea Legislativa de 
Puerto Rico, se crearon las Juntas Escolares, 
compuestas de tres personas elegidas por cada 
pueblo; las que tenían amplia participación en el 
manejo de los asuntos relativos a instrucción pú- 
blica. 

Los maestros de la Isla fueron clasificados en 
cuatro grupos, conocidos con los nombres de 
maestros principales, graduados, rurales y de in- 
glés. Casi todos los correspondientes a los tres 
primeros grupos, eran maestros portorriqueños, 
siendo americanos los del último, según lo de- 
mandaba la naturaleza del trabajo que estaban 
llamados a realizar. Aunque no educados de 
acuerdo con los principios pedagógicos sobre que 
se fundan los modernos sistemas de enseñanza, la 
labor de los maestros portorriqueños mereció 
desde un principio el aplauso de las mismas au- 
toridades escolares. El Comisionado de Educa- 
ción, en un informe de 25 de marzo de 1901, decía 

260 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

.a este respecto: ^*He tenido ocasión de estudiar 
los maestros nativos y, en muchos casos, de co- 
nocerlos personalmente. También he seguido 
(Cuidadosamente su trabajo en las escuelas y, con 
¿ilgTinas excepciones, todos me han impresionado 
iíomo un cuerpo de maestros devotos y dispuestos 
para realizar la obra a ellos encomendada. No 
han recibido ellos una buena preparación profe- 
sional. No conocen los ideales ni los métodos 
americanos y, como es consiguiente, alguna con- 
fusión y no pocas dificultades han sobrevenido. 
Sin embargo, es alentador hacer notar que se ob- 
serva un progreso recomendable en la enseñanza. 
Ijos maestros empiezan a comprender que su vida 
es la influencia más poderosa que alcanza al n'ño 
en la escuela. Esto exige que el maestro sea un 
ejemplo de prontitud, limpieza, exactitud, laborio- 
sidad, bondad e integridad, debiéndosele hacer 
comprender que sus hábitos y acciones persona- 
les, tanto en la escuela como fuera de ella, deben 
estar en consonancia con los que predica él en la 
escuela. Algunos maestros, cuyo entusiasmo y 
laboriosidad son a<lmirables, dirigen grandes es- 
cuelas que se mantienen llenas todo el día. . . *' 

Este adelanto iniciado por el Dr. Brumbaugh 
con vigoroso empuje, fué entusiastamente secun- 
dado por la Asamblea Legislativa, y ha recibido 
tan generosa y franca cooperación por parte do 
nuestro pueblo, que, a pesar de cuanto falta por 
hacer, puede afirmarse que la labor escolar rea- 
lizada en Puerto Rico bajo el régimen americano, 
es verdaderamente admirable. 



261 



OAUSAS Y CONSECT^^NCIAfí 

El año 1902, el presupuesto escolar de la Isla 
sólo ascendía a $450,505.00. El año 1919, dieci- 
siete años más tarde, ascendía a la suma de dos 
millones tresciento cincuenta mil doscientos cin- 
cuenta y tres dólares, y el año de 1921, o sea el 
año actual, el presupuesto destinado a fines esco- 
lares en la Isla se ha elevado a la respetable su- 
ma de tres millones, nuevecientos catorce mil 
ochocientos sesenta y uno con cincuenta centavos. 

La diferencia entre los métodos de enseñan- 
za actualmente seguidos, y los que bajo el viejo 
ró^^ímen se aplicaban, ha dado lugar a críticas 
más o mcn(;.5 apasionadas por ciertos espíritus 
refractarios a toda innovación, e ignorantes de 
los principios básicos que informan la nueva pe- 
dagogía. Con el antiguo sistema, el objetivo pri- 
mordial que se buscaba y a que necesariamente 
conducían los métodos de enseñanza, era un am- 
plio desarrollo de la memoria y la acumulación 
de nociones y de ideas que el estudiante no siem- 
pre podía comprender. Así encontrábamos a un 
niño de rr^í^ular inteligencia que a la temprana 
edad de doro o trece años, cuando apenas si ha- 
bía tenido tiempo para adquirir simplcvS nociones 
concretas, ya había empezado el estudio de los 
coiiceT>toñ nb^ tractos de las ciencias filosóficas, que 
recitaba al píe de la letra, sin que, como es natu- 
ral, pudiern ^ynlicarse ni explicar a otros su ver- 
dadero contenido. 

El efecíto necesario de esta pedagogía, era la 
producción, entre los más inteligentes, de erudi- 
tos a la violeta; entre otros, los menos talento- 

262 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

sos, ni de eso siquiera, pues tan pronto como se 
borraban de su mente las palabras e ideas que en 
ella se habían grabado, ya de nada podían hablar, 
puesto que nada habían comprendido ni, consi- 
guientemente, asimilado. 

La facultad de pensar independientemente y 
de saber pensar, era en absoluto descuidada; ra- 
zón por que aquel sistema, con excepciones muy 
raras, nunca produjo mentalidades que supieran 
elevarse a gi'andes alturas de pensamiento, sino 
inteligencias niediocres, con una **cultura de ma- 
nuaP', como diría Salaverría, que los hace pasar 
por sabios entre los ignorantes, y por ignorantes, 
entre los sabios. 

Bajo el nuevo régimen, el objeto de la ense- 
ñanza cambió y, con él, los métodos antiguos, 
prácticamente los mismos que imperaban en los 
obscuros días medioevales, fueron substituidos 
por otros, más en consonancia con las enseñanzas 
do la nueva psicología, y, por consiguiente, más 
modernos y científicos. Hoy el niño no tiene que 
fatigar su monte memo rizando páginas enteras de 
iiu libro, para luego recitarlas al maestro como ae 
recita un poema o se repite el padre nuestro. El 
ím que se jjersigue es preparar al niño para que, 
en su oportunidad, sepa y pueda reflexionar y 
pensar con hondura, no sólo acerca de los pro- 
blemas prácticos que debe diariamente resolver, 
sino también, y particularmente, sobre los altos 
problemas de la naturaleza y de la vida. El emi- 
nente educacionista, doctor Nathal C. Schaeffer, 
en su interesante libro **Thinking and Leaming 

263 



CAUSAS Y CONSECXJENGIAS 

to Think'^ dice que **el maestro que enseña para 
que el alumno aprenda de memoria sus lecciones, 
se satisface con que éste repita las ijalabras del 
libro o las del maestro mismo; mientras que el 
verdadero maestro es aquél que busca que el 
alumno piense las ideas que esas palabras expre- 
san." (The schoolmaster who teaclies by rote is 
satisfied if tiie pupils repeat his words or those of 
tile book; the true teacher sees to it that the pu- 
Xnls think the thoughts which the words con- 
vey.'O (1) Y en ese pasaje caracteriza fielmente 
la diferencia entre el antiguo y el moderno objeto 
de la enseíir.ijza en Puerto Rico, y entre los mé- 
todos que se empleaban y los que se siguen hoy. 
Y aunque no podemos afirmar que la escuela en 
Puerto Rico ha llegado a su máximum do perfec- 
ción, es un hecho absolutamente cierto que los 
progresos realizados durante los últimos veinte 
años, tanto en el número de escuelas como en la 
eficacia de la enseñanza, son de un valor positivo* 
y seíTuro, mereciendo el aplauso de los espíritus 
debidamente preparados, por su experiencia y su 
cultura, para percibir y comprender el mérito 
intrínseco de los nuevos métodos y su superiori- 
dad científica sobre los métodos antiguos. 

Pero si rápido y amplio ha sido el progreso- 
de la enseñanza en esta Isla durante los últimos 
veinte años, no menos admirable y espléndido ha 
sido el de Ijís vías de comunicación. Puede hoy 
afirmarse que pocos países en el mundo cuentan 



O) Schaeffcr. "Thinking and Learning to Think", pág. 23;. 

264 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

con tantas facilidades de intercambio como el 
nuestro, donde, en una superficie aproximada de 
3300 millas cuadradas, hay alrededor de 1200 ki- 
lómetros de carretera, (940 más que en 1898) que 
comunican y enlazan entre sí todas las ciudades 
de la Isla, desde San Juan, la capital, con una 
población aproximada de 80,000 habitantes, hasta 
la aldea más pequeña del más apartado rincón. 
El poeta Francisco Villaespcsaj en ocasión de 
una reciente visita a este país, decía que Puerto 
Rico, con sus blancas y hermosas carreteras, pue- 
de compararse a una gran ciudad con sus calles 
y avenidas. A nosotros se nos antoja un her- 
moso parqae cubierto de vegetación tropical, don- 
de el pálido azul del cielo contrasta con el verde 
subido de los campos, y donde numerosos cami- 
nos, blancos cual cintas de plata, unen entre sí los 
paisajes más bellos y varios de la naturi^oza. 

El comercio de importación y exportación ha 
aumentado asombrosamente bajo el régimen 
americano. Las condiciones del obrero han 
mejorado, y el estado general de la Isla es re- 
lativamente tan floreciente y próspero, que una 
persona que, después de veinte años de ausencií^, 
visitara hoy de nuevo nuestros campos y ciuda- 
des, no podría menos que sentirse sorprendida 
ante la maravillosa transfonnación realizada en 
ese corto período. 

Es lástima que España, la nación coloniza- 
dora a que tanto deben todos los pueblos de Amé- 
rica, no hubiera sabido gobernar sus Colonias de 
la manera que lo hace la República del Norte. De 

265 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

haberlo hecho así, es seguro que todos los puo 
blos de habla castellana en el Hemisferio Occi- 
dental, serían hoy verdaderos emporios de rique- 
S5a y de prosperidad, y que los amplios dominios 
de la antigua Metrópoli, sobrepujarían a los de 
cualquiera otra potencia del mundo. Pero la po- 
lítica conservadora y reaccionaria seguida por 
sus gobiernos bajo el influjo de espíritus atra- 
sados, ha privado de su grandeza material a la 
que, en los días ya olvidados de Carlos V y de 
Felipe n, fue la más poderosa nación del orbe en- 
tero. 

Si grandes han sido los cambios y progresos 
obtenidos en Puerto Rico como resultado de la 
guerra hispano-americana, no menos grandes 
trascendentales han sido los realizados en la Isla 
de Cuba. De lo manifestado en el primer capí- 
tulo de este libro acerca do la revolución cubana, 
será fácil inferir cuan deplorables debieron ser las 
condiciones reinantes en esa Isla al terminar di- 
cha guerra. 

Desde el primero de enero de 1899, al veinte 
de mayo de 1902, el Go])lerno de la Gran Antilla 
estuvo a carp-o de dos generales íimericanos : el Ge- 
neral John R. Brooke, quien gobernó hasta el 20 
de diciembre de 1899, y el General Leonard Wood, 
que gobernó desde esta última fecha hasta mayo 
da 1902, en que, por virtud de una ley aprobada 
por el Congreso americano el 20 de marzo de 1901, 
el gobierno y mando de la Isla pasó a manos de 
»n pueblo. El adelanto realizado en esta joven 
República desde el 20 de marzo de 1902, fecha 

266 



BAJO EL mJEVO REOIMEN 

gloriosa de su independencia, hasta 1922, cons- 
tituye una hermosa página de su historia, tan ínti- 
mamente relacionada con la del pueblo a cuya ge- 
nerosa ayuda debe, en gran parte, el ejercicio de 
su soberanía. Pero no puede olvidar la historia 
ni debe ignorarlo el heroico pueblo cubano, que 
durante el régimen militar a que estuvo aquél so- 
metido desde la focha de la ocupación americana 
hasta el 20 de marzo de 1902, un gran progreso,, 
especialmente en el orden educativo, fué entu- 
siastamente iniciado por las autoridades milita- 
res, secundadas por los espíritus más cultos y pro- 
gresistas de la Antilla ; como no debe tampoco ig- 
norarse cuan saludable ha sido y es para esa jo- 
ven República la influencia que la Repiíblica del 
Norte ejerce en su vida política, económica y edm- 
eativa. 

Durante el tiempo que duró la ocupación mi- 
litar, necesariamente tuvo que ser la instrutición 
pública el problema más urgente que debía afron- 
tar la Antilla antes de entrar en el goce pleno de 
su soberanía. Las intensas y prolongadas lu- 
chas por su independencia, y el espíritu reaccio- 
nario de sus dominadores, habían impedido nn 
desarrollo adecuado de la instrucción popular, 
manteniendo al pueblo muy lejos del nivel de 
cultura a que debía encontrarse al ser llamado a 
resolver, por sí mismo, los graves problemas de 
la vida política independiente. El sistema esco- 
lar que existía al finalizar la guerra, no respondía 
en Cuba, como no respondió en Puerto Rico, ni a 
las necesidades del país, ni a las modernas ideas 

267 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

pedagógicas que informan el plan y los métodos 
de ensG fianza seguidos en los pueblos de mayor 
desarrollo cultural. Era, pues, indispensable que 
una reforma escolar vanara radicalmente, no só- 
lo las ideas fundamentales que sobre el objeto y 
valor de la enseñanza guiaban al maestro en su 
labor, sino también los métodos o procedimientos 
que debían emplearse en la dirección del edu- 
cando. 

La energía con que el Gobierno Militar aco- 
metió esta empresa, y la eficacia, disposición y en- 
tusiasmo con que el pueblo le secundó, han sido 
magistralmente expuestos por el escritor cubano, 
Ramiro Guerra, en un interesante y bien escrito 
artículo que vio la luz pública en julio de 1920, 
en la importante revista habanera, '*Cuba Con- 
temporánea**. De él son los siguientes párrafos 
que, por haber sido escritos por un cubano de pu- 
ra cepa, con conocimiento perfecto de los hechos, 
los transcribimos aquí, en comprobación de lo que 
dejamos apuntado : 

**E1 país carecía de casas-escuelas, de maes- 
tros y de Escuelas Normales para formar éstos. 
Durante la giierra de los cubanos contra España, 
las pocas escuelas pubVicas existentes habían si- 
do clausuradas por el General Weyler; de hecho 
ningún niño recibía instrucción en la Isla. salv(^ 
los alumnos de algunos pocos establecimientos 
privados de enseñanza. La instrucción superior 
no solo era escasa, sino deficientísima. La Uni- 
versidad no contribuía sino a entretener la mis- 
ma plétora de médicos, abogados y farmacéuticos 

268 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

que llamaba la atención de los viajeros que reco- 
rrían la Isla al finalizar el siglo XVIII. 

La enseñanza práctica y experimental era 
desconocida en las aulas. 

El más alto centro docente del país se ha- 
llaba alojado en el antiguo convento de Santo 
Domingo, y todo allí era viejo e inservible; no 
liabia aulas, ni laboratorios, ni bibliotecas. En 
viejos desvanes, según el Dr. Varona, había 
arrinconados algunos instrumentos comidos de 
herrumbre; por una escalera desvencijada se su- 
bía a una buhardilla donde estaba lo que se lla- 
maba el laboratorio de química; viejos infolios 
del convento eran los libros de fondo de la bi- 
blioteca, y el Jardín Botánico resultaba ser un 
pedazo de tierra casi baldía. 

La instrucción secundaria era aún peor si 
cabe. En la Isla había seis Institutos de Segun- 
da Enseñanza situados en las capitales de las 
provincias. Los programas eran anticuados e 
incongruentes; no tendían a favore^^er la llamada 
enseñanza clásica, ni la científica ; ni eran un com- 
promiso entre ambas tendencias, sino una amal- 
gama de estudios literarios y científicos. La ins- 
trucción era puramente verbal, teórica y memo- 
rística. Los estudiantes jamás tenían ocasión de 
obser\-ar, de meditar, de experimentar; en una 
palabra, de interrogar a la Naturaleza. Todo su 
esfuerzo debía concentrarse en aprender de me- 
moria recetas y fórmulas, a fin de recitarlas fif^U 
mente en el examen de fin de año. No era posi- 
ble, en verdad, o^^rno se ha dicho, discurrir mejor 

269 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

BÍstema para atrofiar las actividades mentales de 
la juventud y arruinar bu carácter. 

La pérdida de trabajo útil — decía el Dr. Va- 
rona — representada por un millón de analfabetos 
en una población de millón y medio, expiicíx el ba- 
jo nivel de vida (standard of life) de la población 
cabana en 1899, mientras que la monstruosa des- 
proporción entre los poseedores de la instruc- 
ción superior, es decir, entre los encargados de 
dirigir la labor social en todas las esferas y la 
totalidad de la población, planteaba un problema 
de orden moral y político muy grave. 

El General Wood, al asumir el cargo de Go- 
bernador Gen: ral de la Isla, tuvo el propósito 
firme de remediar eficaz v radicalmente el desas- 
troso estado de la enseñanza. En orden a lit ins- 
trucción primaria, hubo necesidad de crear un 
nuevo sistema de escuelas; en instrucción secun- 
daria y superior, fué preciso renovar y ampliar 
todo el sistema ya existente, señalarle nuevo rum- 
bo e infundirle verdadera vida. 

I^ obra realizada en instrucción pública du- 
rante el mando del General Wood fué gigantes- 
ca, sin hipérbole. Los particulares más impor- 
tantes que comprendió fueron los siguientes: 

lo. — Creación de la Secretaría de Instrucción 
I*ública y de una dirección central de la ense- 
ñanza primaria. 

2o. — Creación de un sistema completo de es- 
cuelas primarias. 

3o. — Formación de un numeroso cuerpo de 
maestros. 

¿ 270 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

4o. — Construcción de edificios escolares. 

5o. — Creación de la enseñanza Kindergarten 
y de una Escuela Normal de Kindergarten. 

6o. — Eeorganización de la enseñanza secun- 
daria y creación de la enseñanza vocaciona.l 

7o. — Mejora de la enseñanza de artes y oñ- 

8o. — Creación de escuelas reformatorias para 
menores de uno y otro sexo. 

9o. — Reorganización de la enseñanza univer- 
sitaria y creación de varias escuelas nuevas, co- 
mo las de Ingenieros y Arquitectos, la de Peda- 
gogía y otras. 

10o. — Creación de la escuela de enfermeras. 
La obra reformadora y constructiva del Ge- 
neral Wood, en lo tocante a la educación pública, 
se inició tan pronto como se hizo cargo del go- 
bierno de la Isla en sustitución del General 
Brooke el 20 de diciembre de 1899. 

El primer paso consistió en dotar a la ense- 
ñanza pública de la dirección responsable de que 
carecía. Al efecto creó la Secretaría de Instruc- 
ción Pública como departamento exclusivamente 
afecto al manejo de los asuntos educativos del 
país (Orden núm. 251, 30 de diciembre de 1899), 
el cargo de Comisionado de Escuelas y la Junta 
de Superintendentes. (Orden num. 368). 

Durante el régimen colonial español, la di- 
rocción de la enseñanza estaba confiada al Capi- 

271 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

tan General o Gobernador General de la Isla, 
asistido de nna Junta Superior de Instrucción 
Pública compuesta de doce vocales. Los cargos 
de vocal, honoríficos y gratuitos, recaían en per- 
sonas que ocupaban puestos importantes en la 
Administración y que sólo prestaban a sus debe- 
res de miembros de la Junta una atención muy 
secundaria. 

El General Wood tuvo la buena fortuna de 
contar en la Secretaría de Instrucción Pública 
con el concurso del Dr. Enrique José Varona, fi- 
lósofo y publicista eminente, patriota de grandes 
merecimientos, hombre de excepcional capacidad 
intelectual y de elevado carácter, cuya gestión al 
frente de la Secretaría fué tan digna de su justa 
fama como fecunda en bienes para Cuba. La Su- 
perintendencia de Escuelas había sido confiada 
por Brooke al distinguido pedagogo norteameri- 
cano Mr. Alexis E. Frye, que reunía todas las 
condiciones de preparación profesional, espíritu 
de iniciativa y actividad requeridas por el cargo, 
y que poseía, además en grado notable, un entu- 
siasmo extraordinario <por la enseñanza y un 
don, más notable aún, de difundirlo entre sus co- 
laboradores y los maestros. 

La orden Militar núm. 368 es la Orden más 
democrática (pe se publicó durante la Ocupación 
Militar de Oaba. El Dr. Varona, ex- Vicepresi- 
dente de la República, ha escrito el siguiente jui- 
cio sobre dicha orden: 

Esta ley pone en manos del pueblo, las es- 
cuelas del pueblo; en manos de un cuerpo facul- 

272 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

tativo, la Junta de Superintendentes, la forma y 
extensión de la enseñanza ; y en manos de un de- 
legado del Gobierno Central, el Comisionado de 
Escuelas, la administración superior de este vas- 
to organismo, con los derechos inherentes a todo 
poder ejecutivo. Es su propósito interesar a to- 
do el pueblo en la obra de su regeneración ; ense- 
ñarlo a combatir esa ignorancia general, que deja 
improductiva tanta parte de esta rica tierra y 
hace de tantos millares de seres racionales meras 
máquinas de trabajo rutinario, cuando no resi- 
duo inútil o peligroso de los otros elementos más 
sanos de la población. 

El número de escuelas se elevó de 312 a 3,628 
y el de alumnos inscriptos de 34,597 a 172,273 ni- 
ños y niñas. Se adoptarou nuevos cursos de es- 
tudio para las escuelas, ajustados a las necesida- 
des del país; se implantaron métodos m:>:lernos 
de enseñanza; se distribuyí^ron gratuitiiniente 
centenares de miles de libros de texto; se dotó a 
]as aulas de abundante material escolar; se com- 
praron 105,000 pupitres modernos; se organizó 
la supervisión de las escuelas ; se crearon funcio- 
narios encargados de vigilar y exigir el cumpli- 
miento del precepto de la asistencia obligatoria 
contenido en la Orden núm. 368; se tomó el pri- 
mer censo escolar de Cuba, base indispensable de 
una buena administración, y, por último se aten- 
dió con la mayor eficacia a dos particulares de 
extraordinaria importancia, los cuales merecen 
que se les conceda una atención especial: la for- 
mación de un numeroso cuerpo de maestros com- 

273 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

pétenles y la construcción de edificios escolares. 

Las medidas adoptadas durante el mando 
del General Wood, para formar rápidamente los 
millares de maestros que Cuba necesitaba, fueron 
uno de los grandes éxitos de su gobierno. 

Una gran parte de la juventud cubana in- 
gresó en el magisterio, y un gran número de se- 
ñoritas de las mejores familias de cada localidad 
encontraron una manera honrosa y admirable- 
mente adecuada, no ya para dejar de ser, como 
tradicionalmente lo habían sido en Cuba, una car- 
ga para sus familiares, sino para constituirse en 
el principal sostén de éstos, mientras llegaba el 
momento de que encontrasen en la agricultura, la 
industria o los empleos públicos, manera de re- 
ponerse de los quebrantos producidos por la gue- 
rra. 

La falta total de edificios escolares fué otra 
de las grandes dificultades con que tropezó el Go- 
bierno del General Wood, pero aplicó a vencerla 
la misma infatigab"lc energía y el mismo espíritu 
democrático. El Comisionado de Escuelas pre- 
paró un plan según el cwdl debía comenzarse la 
construcción de escuelas en toda la Isla, tomando 
como base la población escolar de 5 a 17 años de 
edad. Se fijó en dos pesos per capita al año 
(1.106.056), la suma destinada a cada distrito, e 
inmediatamente el Departamento de Obras Pú- 
blicas dio principio a las edificaciones. El 31 de 
agosto de 1901 existían ya 40 aulas terminadas, 
102 en construcción y 201 proyectadas para el si- 
guiente año. 

274 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

La instrucción cívica era otra de las grandes 
necesidades de Cuba. El pueblo de la Isla aca- 
baba de conquistar su libertad y era menester en- 
señarlo a cumplir y ejercitar sus deberes cívicos. 
Wood hizo venir de los Estados Unidos al reputa- 
do profesor Mr. Wilson L. Gilí, organizador de 
la i)rimera Ciudad Escolar, en Nueva York, el 
año 1899. Mr. Gilí so trasladó a Cuba a fines de 
1900 y preparó inmediatamente la Carta de la 
Ciudad Escolar, que fué publicada en mayo de 
1901. Con arreglo a dicha carta, bajo el cuidado 
del propio Mr. Gilí, se organizaron Ciudades Es- 
colares en las principales escuelas de la Isla. El 
éxito más lisonjero fué obtenido dondequiera que 
las Ciudades Escolares se establecieron, y no tar- 
dó en ha])Grlas en toda la Isla. Así como el pue- 
blo, al practicar y cumplir los deberes que le fue- 
ron impuestos por la ley escolar, aprendí :i a vo- 
tar y a iniciarse en el gobierno propio, manejan- 
do los asuntos públicos que más de cerca le in- 
teresaban, los niños de las escuelas adquirían a 
su vez en las Ciudades Escolares un conocimien- 
to práctico y vivido de sus deberes y derechos 
presentes y futuros, como miembros de una co- 
munidad y como ciudadanos. 

Ningún servicio mayor podía presentarse á 
Cuba en aquellos momentos, próxima ya la fecha 
en que iba a constituirse en República indepen- 
diente y a asumir la responsabilidad de sus pro- 
pios destinos. 

Las grandes innovaciones introducidas en el 
sistema de educación de la Isla durante el mando 



275 



CAUSAS Y CONSECUEN'CIAS 

de Wood no se limitaron a los particulares que 
han sido expuestos; se extendieron a otro campo 
tanto o más importante aún. 

En la vida interna de la escuela, en la posi- 
ción respectiva del maestro y del alumno, en el 
concepto mismo de la educación, se produjo una 
transformación profunda, toa revolución bom- 
pleta, pudiera decirse mejor. 

La escuela oficial de la época colonial fué una 
institución burocrática cuya organización, en su 
totalidad, tendía a asegurar al maestro un máxi- 
mum de beneficios, mientras que el educando no 
aparecía sino en segundo plano, como objeto de 
una atención muy secundaria. Es cierto que en 
la práctica el maestro resultaba tan abandonado 
y desatendido por los poderes públicos como el 
niño, pero esto se debía a las deficiencias de la 
Administración y no a las leyes que entonces re- 
gían. Bajo el régimen de la Colonia correspon- 
dían al maestro todos los derechos, y al niño to- 
dos los deberes, entre ellos el de soportar sin que- 
ja ni protesta los rigores de una disciplina brutal, 
a ba^e de castigos severísimos y envilecedores. 

Eu la parte puramente pedagógica, la revo- 
lución efectuada no fué menos intensa. La ense- 
ñanza en la escuela oficial de la Colonia era li- 
bresca, dogmática, árida. El magister dixit im- 
peraba sin discusión y sin contraste. Un espíri- 
tu de rigidez y de sequedad parecía imperar en 
las aulas. El niño, en un ambiente que le era 
hostil, tenía que refrenar constantemente todos 
sus Impulsos. La alegría bulliciosa que le arras- 

276 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

traba al movimiento y al juego, le acarreaba fre- 
cuentes y duros castigos; esa suerte de instinto 
intelectual que llamamos curiosidad, traducido en 
el niño por un incesante afán de preguntar, lejos 
de ser fuente de goces para el espíritu infantil, 
sólo le proporcionaba la ocasión de recibir áspe- 
ras y despectivas reprimendas; el candor, la in- 
genuidad, la alegría, la fe sencilla y el optimismo 
inocente de los parvulitos, desaparecían como por 
ensalmo en el ambiente de las aulas, donde no im- 
peraba el amor sino la palmeta, y donde la pala- 
bra bondadosa y dulce de la maestra, fecundado- 
ra del corazón y del espíritu, estaba suplantada 
por las fórmulas secas e ininteligibles de anti- 
cuados textos, que los niños debían aprender de 
memoria y recitar ad pedem litere. 

La nueva escuela, la establecida durante el 
Gobierno de Wood, fué más respetuosa de las le- 
yes de la vida. La tendencia del niño a jugar no 
fué considerada como una propensión funesta que 
debía reprimirse enérgicamente, sino como un 
natural y maravilloso medio de educación; la in- 
saciable curiosidad del escolar, como el mejor 
punto de partida y de apoyo para el cultivo de su 
inteligencia. La aridez se convirtió en amenidad 
y el estudio dejó de ser un tormento, para con- 
vertirse en fuente de sanas y profundas alegrías. 
La enseñanza libresca fué sustituida por la ense- 
ñanza objetiva, y las plantas, los pájaros y las 
flores hicieron por primera vez irrupción triun- 
fal en las aulas. La voz persuasiva, suave y ca- 
riñosa de la maestra, sustituyó a la férula del dó- 

277 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

mine de agrio carácter, y un espíritu nuevo de 
bondad y amor abrió risueñas perspectivas, sobre 
la vida y el mundo, al alma regocijada del niño/' 

El día 22 de marzo de 1902, los Estados Uni- 
dos y Cuba firmaron, en la ciudad de la Habana, 
un tratado permanente cuyo artículo tercero, en 
cumplimiento de lo dispuesto en una ley Fede- 
ral de niarz) 2 de 1901, autoriza a los Estados 
Unidos par.: i;;íervenir, bajo ciertas circunstan- 
cias, en los asuntos de la Isla. Los términos 
exactos del referido artículo, segiin apa "í con en 
el texto español del tratado, son los siguientes : 

** Artículo III. — El Gobierno de Cuba con- 
siente que los Estados Unidos puedan ejercer el 
derecho de intervenir para la preservación de la 
independencia de Cuba, y el sostenimiento de un 
Gobierno adecuado a la protección de la vida, la 
propiedad y la libertad individual, y al cumpli- 
miento de las obligaciones, con respecto a Cuba, 
impuestas a los Estados Unidos por el Tratado 
de París y que deben ahora ser asumidas y cum- 
plidas por el Gobierno de Cuba." 

El derecho que se confiere a Estados Unidos 
en ese artículo, ha sido y sigue siendo materia de 
acaloradas discusiones, y de interpretaciones muy 
diversas, por parte de estadistas y escritores de 
la América hispana. Unos, a nuestro juicio los 
más serenos y ecuánimes, ven en el una garantía 
de seguridad para el pueblo de Cuba; otros, los 
perturbados o intranquilos ante el enorme des- 
arrollo que alcanza la República del Norte, lo ca- 

278 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

linean de acto revelador de una tendencia impe- 
rialista, que amenaza la seguridad y la vida de 
ios pequeños estados de Hispano-Ámérica ; lle- 
pndo algunos a sostener que el referido tratado 
implica para Cuba un grave peligro de perder su 
independencia. 

Vista la cuestión con ánimo libre de prejui- 
cios y sin las exaltaciones de una imaginación ca- 
lenturienta, ni el sentimentalismo de románticos 
temperamentos, resulta claro, que el transcrito 
artículo de la Constitución cubana, lejos de en- 
volver peligro alg-una para la vida de esta Ke- 
píiblica, sirve para garantizar su existencia y su 
desenvolvimiento, sin temor de agresiones ex- 
ternas ni de perturbaciones interiores que, de 
otro modo, parece innegable li abrían de interrum- 
pir frecuentemente la buena marcha de sus asun- 
tos, dilatando la evolución de su progreso. La in- 
tervención efectuada en 1906, claramente lo de- 
muestra. El Presidente Roosevelt escribió enton- 
ces al señor Quesada, Ministro cubano en Wash- 
ington, manifestándole de manera inequívoca, que 
la intervención americana en los asun- 
tos de la Isla, sólo tendría lugar **si Cuba misma 
demostraba que había caído en el hábito de las 
insurrecciones; que carecía del necesario dominio 
de sí para asegurar la exislencia de un gobierno 
propio pacífico, y que las facciones contendientes 
lanzaban el país a una situación anárquica. ' ' 

Es bien sabido que los acontecimientos ocu- 
rridos en Cuba durante los meses de agosto y 
septiembre de 1906, revestían una gravedad pro- 

279 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

fundísima, y que a no ser por la actuación ame- 
ricana, pronta y enérgicamente efectuada, un es- 
tado de profunda anarquía hubiera sobrevenido. 
Esto, al igrual que lo ocurrido en varias de las 
otras repúblicas de Hispano-América, hubiera pa- 
ralizado por mucho tiempo quizás, el proscreso que 
vigorosa y florecientemente se manifestaba ya en 
la hermosa Antilla. No sé cuál es el genuino sen- 
tir de los cubanos capaces de apreciar, en su ver- 
dadera significación, esos acontecimientos. Por 
mi x^arte, croo que gracias a esa oportuna inter- 
vención, Cuba se vio libre de un desastre ruinoso. 

Es natural que en Estados Undios desde hace 
muchos años, haya habido quienes de manera 
franca o velada han mostrado deseos de ver la 
Gran Antilla anexada al territorio americano. 
Pero cuidadosamente examinados ios documen- 
tos históricos que pueden servir de guía en el es- 
tudio de estas cuestiones, estimamos que la única 
conclusión justificada es la de que, salvo raras ex- 
cepciones, el pueblo angloamericano ha estado 
siempre animado de los mejores deseos para esa 
Isla, sin que por un solo instante los elementos 
representativos de ese pueblo, hayan seriamente 
acariciado la idea de privar a la nueva Eepú- 
blica, de su actual independencia. A nuestro jui- 
cio, toda sospecha por parte de los cubanos, a ese 
respecto, cajoce de fundamento. En la proclama 
del Secretario Taft al constituirse el gobierno 
provisional en septiembre de 1906, claramente se 
indicaba, ''que este Gobierno sólo se mantendría 
el tiempo suficiente para restablecer el orden, la 

280 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

paz y la confianza pública.'' Y esa promesa fué 
ampliamente confirmada por los hechos. 

El adelanto realizado en Filipinas bajo el ré- 
gimen americano, no es, en forma alguna, menos 
significativo y vasto que el ocurrido en Puerto Ri- 
co. De la situación reinante allí al intervenir en 
el Archipiélago las autoridades americanas, da 
ligera idea lo manifestado en el capítulo IX de es- 
te libro. Sus dificultades eran tan grandes como 
las que en Cuba se oponían ai desarrollo y pro- 
greso de su prosperidad, lo mismo en el orden po- 
lítico, que en los demás órdenes de la actividad 
de un pueblo. Sin embargo, ho}^ es un hecho que 
nadie ignora, que las Islas Filipinas han alcan- 
zado un grado de progreso tan alto, y han entra- 
do en un período de cultura tan superior al que 
prevalecía en 1898, que no puede haber un solo 
observador imparcial que rehuse rocoiiie-orlo. 
Posee una Asamblea Legislativa bicameral, cuyos 
miembros son electos por el voto del pueblo, y se 
rige por una Ley Orgánica tan liberal como la 
nuestra en su tenor y en su espíritu. En ella ex- 
presamente se declara y afirma que siempre ha 
sido el propósito del pueblo de los Estados Uni- 
dos cesar en el ejercicio de su soberanía sobre las 
Islas Filipinas, y reconocer su independencia, tan 
pronto como un gobierno permanente pueda esta- 
blecerse en ellas. 

El progreso de la instrucción, del comercio, 
de la agricultura y de las industrias en general, es 
allí notable ; y la influencia que los Estados Uni- 
dos ejercen en la orientación espiritual del puc- 

281 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

blo de las Islas, ha determinado una de las más 
altas transformaciones efectuadas en la civiliza- 
ción de un país durante el corto período de cuatro 
lustros. 

En resumen: Cuba, Filipinas y Puerto Eico 
han visto realizarse, como resultado directo o in- 
directo de la guerra Hispano-Americana, ensue- 
ños que, de otro modo, no hubieran jamás crista- 
lizado. Cuba: conquistando su independenjcia; 
por que, con sublime abnegación, se desangraba 
en una lucha desigual y fratricida. Filipinas: 
desenvolviendo sus recursos y disponiéndose para 
el ejercicio pleno de su soberanía entre los pue- 
blos independientes del orbe. Puerto Rico: pre- 
parándose material y espíritu almente para un fu- 
turo que, si bien no puede ser aún exactamente 
definido, habrá de sobrepujar los más ardientes 
anhelos de los ilustres varones portorriqueños, 
que en momentos de dolor e incertidumbre, rom- 
pieron los aires con el eco de su protesta y el cla- 
mor de sus almas. 

Salvo los súbd'tos del Rey de España, quie- 
nes, como es natural, aprecian los hechos con un 
criterio infíuencíado por el agravio y el rencor 
que siempre quedan después de una guerra de re- 
sultados adversos, no puede existir persona al- 
guna sensata y juiciosa que niegue la verdad do 
los hechos apuntados. Aun los mismos españo- 
les a quienes la pasión no ciega ni el patriotismo 
ofusca, así tienen que admitirlo. 

Ninguno, sin embargó, de los pueblos cedi- 
dos a Estados Unidos como consecuencia de esta 



282 



BAJO EL NUEVO líEOIMEN 

guerra, tiene una deuda mayor de gratitud con- 
traída con esa gran República, que el pueblo cu- 
bano; pues no es aventurado afirmar que, a no 
ser por la ayuda material y moral que recibiera 
éste de sus vecinos del Norte, aun hoy no habría 
logrado la realización de su ideal de independen- 
cia. Es verdad que pocas veces se registran en 
la historia actos de más intenso patriotismo y 
acendrado valor que ios realizados por los habi- 
tantes de esa Antilla, en su lucha con la raaJre 
Patria; pero también lo es que todos esos es- 
fuerzos y cruentos sacrificios hubieran resultado 
inútiles, si hubiese faltado al pueblo cubano el 
concurso material y las simpatías que le llegaban 
del Norte. 

En realidad, todas las Repúblicas de habla es- 
pañola, y especialmente los Estados pequeños, de- 
ben gratitud a la actuación de los Estados Uni- 
dos, al invocar y sostener, con firme resolución, 
la tan célebre y tan debatida Doctrina de Monroe. 
A juzgar por lo que dicen en periódicos y libros 
algunos escritores sudamericanos, esa doctrina 
constituye una amenaza, que cual otra espada de 
Damocles, se cierne sobre sus cabezas, amena- 
zando su vida y su seguridad nacional. Pero 
nosotros creemos, que la mayor parte de este cla- 
moreo obedece a una de dos razones, o a las dos 
a la vez: a un exagerado romanticismo, o a ren- 
cores fundados en rozamientos internacionales, 
que de ningún modo podían faltar en un Hemisfe- 
rio como el de Occidente, donde tantos pueblos li- 
bres han surgido en la última centuria. 

283 



CAUSAS Y CONSECUENiCIAS 

Es natural que los Estados Unidos se hayan 
equivocado en más de una ocasión, realizando ac- 
tos que pueden lastimar sentimientos y aun de- 
reclios bien establecidos, de las repúblicas veci- 
nas. Lo contrario no sería humano, y tendría 
que responder a un criterio de absoluta perfec- 
ción, que no puede servir de norma a ningún es- 
tadista o pensador bien orientado, al juzgar la 
conducta, lo mismo de los pueblos en sus mutuas 
relaciones, que de los individuos en sus relacio- 
nes privadas. 

Pero no importa lo que se diga en contrario : 
la Doctrina de Monroe ha sido y es una salva- 
guardia para las pequeñas naciones de este He- 
misferio. Más aun: no parece aventurado afir- 
mar, como una generalización sostenida por he- 
chos bien comprobados, que a no haberse procila- 
mado esa doctrina, quizá muchos de los que hoy 
gozan de todos los privilegios y derechos de pue- 
blos independientes, continuarían en el status de 
pueblos sin personalidad internacional y sin más 
dcreclios de soberanía, que los que les fueran re- 
conocidos por el país dominante. 

Quien haya ojeado superficialmente siquiera 
la moderna historia poh'tica de Europa, no puede 
ignorar cuan inminente fué el peligro que corrie- 
ron estos pequeños estados, de perder la libertad 
conquistada a fuerza de tanto sacrificio y de tan- 
to dolor. Pues si bien es verdad que Inglaterra 
parecía mostrarse adversa a toda intervención 
europea en contra de las nacientes Repúblicas, 
y a favor, por tanto, de la Europa monárquica, 

284 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

también lo es que, a poco que se observe su ac- 
tuación de entonces y después, se percibe que el 
deseo de proteger sus intereses particulares, y no 
su devoción a la causa por que luchaban las jóve- 
nes Repúblicas, constituía el móvil de su oposi- 
ción. Véase si se quiere una prueba de ello, la 
cuestión relativa a los incidentes de Venezuela 
sobre la línea fronteriza de la Guayana Inglesa y 
la reclamación y el Moqueo de las costas vene- 
zolanas por Inglaterra, Italia y Alemania. En 
el primero de estos casos, Inglaterra extendía las 
fronteras de la Guayana Inglesa más allá do los 
límites que le correspondieran, abarcando terri- 
torio reclamado por Venezuela como suyo. 

En vista de la actitud insistente de Ingla- 
terra y de la imposibilidad en que se hallaba Ve- 
nezuela de arreglar la cuestión por medio de la 
fuerza, propuso ésta a la Gran Bretaña que se 
sometieran sus diferencias al fallo de arbitros; 
pero Inglaterra, poseída de su superioridad y 
quizá con el fin de ver hasta donde podía llegar 
sin la intervención de los Estados Unidos, rehusó 
esa proposición. En 1895 el Presidente Cleve- 
land, después de repetidas ofertas de sus buenos 
servicios, decidió actuar con energía, y en su 
mensaje al Congreso, el 17 de diciembre de 1895, 
sugirió que se asignara la cantidad necesaria pa- 
ra sufragar los gastos de una comisión que in- 
vestigara los méritos de la controversia; agre- 
gando que una vez obtenido el informe corres- 
pondiente, ''era el deber de los Estados Unidos 
impedir por cualquier medio a su disposición, que 

285 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

como una voluntaria agresión a sus derechos e in- 
tereses, Inglaterra se apropiara o ejerciera ju- 
risdicción gubernamental sobre cualquier territo- 
rio perteneciente a Venezuela.'* Y el resultado 
de estas declaraciones, que invocaban en su favor 
la Doctrina de Monroe, fué un cambio completo de 
actitud por parte de Inglaterra, que entonces con- 
sintió e7i sorncter al fallo de arbitros la cuestión. 
En el s ;;:indo de estos episodios, Alemania 
insistía en reclamar por medio de la fuerza, una 
deuda del Gobierno de Venezuela a favor do cier- 
tos subditos alemanes. Venezuela, influenciada 
por el Ministro americano en Caracas, Mr. Her- 
bert W. Eewen, admitió en principio las reclama- 
ciones de Inglaterra, Alemania e Italia, propo- 
niendo someterlas a una comisión conjunta que 
determinara la cuantía que debía pagar. Italia e 
Inglaterra aceptaron; pero Alemania rehusó. En 
vista de esto, el Presidente Roosevelt le informó 
al Dr. Ilolleben, Embajador alemán en Washing- 
ton, **que a no ser que Alemania consintiera en 
someter la cuestión al fallo de arbitros, el escua- 
drón americmo bajo el mando del Almirante 
Dewey, a las doce del décimo día contado desde el 
en que tales manifestaciones se hacían al Emba- 
jador, recibiría órdenes de salir para las costas 
de Venezuela con el fin de evitar cualquier toma 
de posesión del territorio venezolano .... Una se- 
mana más tarde, como el Embajador Holleben 
volviera a visitar al Presidente y no le trasmi- 
tiera informe alguno sobre la cuestión de Vene- 
zuela, Mr. Roosevelt, cuando el Embajador se le- 

286 



BAJO Eli NUEVO RÉGIMEN 

vantó para salir de Casa Blanca, le pidió que le 
informara las noticias que tuviera de su Gobierno 
en relación con este asunto, y al contestarle el Em- 
bajador que ninguna había recibido de Alemania, 
el Presidente le informó que en vista de ese he- 
cho, el Almirante Dewey recibiría instrucciones 
de salir hacia Venezuela un día antes de la fecha 
originalmente indicada por el Presidente, si den- 
tro de cuarenta y oclio horas Alemania no pro- 
metía aceptar el arbitraje. Treinta y seis horas 
más tarde el Dr. Holleben volvió a la Casa Blan- 
ca y anunció al Presidente que acabada de recibir 
un despacho de Berlín informando que el Kaiser 
sometería la cuestión a arbitros." (1) 

Aun en el caso de la intervención francesa en 
Méjico, y a pesar de la grave situación interna de- 
terminada por la Guerra Civil, la actitud de Es- 
tados Unidos fué, no sólo una confirmación de 
aquella Doctrina, sino un acto de resultado posi- 
tivo en favor del pueblo mejicano. La República 
del Norte prestó todo su apoyo moral al Gobierno 
do Juárez, negándose a reconocer el de Maximi- 
liano ; y la resolución de la Cámara de Represen- 
tantes haciendo constar por unanimidad que los 
americanos no eran ** espectadores indiferentes 
de los deplorables acontecimientos que se desarro- 
llaban en Méjico'', así como las manifestaciones 
hechas en el Congreso por el Senador McDougall, 
denunciando los procedimientos de Francia en 
Méjico **como el robo y ultraje más flagrante que 



. (1) Thayer/ " Lif e an* Letters o£ John Hay", Vol II, 
págs. 286-288. 

287 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

se ha podido intentar por un Estado moderno y 
civilizado^', fueron otras tantas manifestaciones 
públicas de protesta, que advirtieron a Napoleón 
ÍII el peligro de futuras complicaciones interna- 
cionales, sin duda inevitables tan pronto como 
las heridas causadas por la Guerra Civil, permi- 
tieran a la Gran República entrar de nuevo en 
una contienda ai-mada. Sólo así se explica que 
pocos meses después de la amenaza envuelta en la 
nota de diciembre 16 de 18(J5, enviada por el Se- 
cretario de Estado al Ministro Dayton, se anun- 
ciara públicamente que las tropas francesas eva- 
cuarían el t;^rritorio mejicano; lo que no tardó un 
año en efectuarse. 

Es verdad que la actuacióíi del Presidente 
Eoosevelt en relación con el Canal de Panamá, lia 
sido motivo de muy amargas quejas y de no pocas 
sospechas, no sólo por parte del Gobierno de Co- 
lombia, sino también de muchas otras repúblicas 
sudamericanas. Y ello es de lamentarse; pues- 
hubiera sido mil veces mejor que las circunstan- 
cias no hubiesen llevado a Mr. lioosevelt a adop- 
tar una acti-ud que por más que se desee, no po- 
drá del todo justificarse. Sin embargo, la in- 
demnización recientemente pagada por el Gobier- 
no de Washington ai de Colombia, de acuerdo con 
los términos del tratado que a ese efecto se fir- 
mara, constituye una rectificación reveladora del 
elevado espíritu de justicia que anima al pueblo 
de la República angloamericana, y una confirma- 
ción de los sanos propósitos que le guían hacia 
sus vecinos de Hispano-América. . 

288 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

Con frecuencia se citan, como demostración 
de tendencias imperialistas provenientes de los 
resultados obtenidos en la guerra con España, la 
intervención en Nicaragua y la tan comentada 
intervención en Santo Domingo. 

Aparte de los errores y atropellos que se ha- 
yan podido cometer por funcionarios encargados 
de efectuar estas intervenciones, es innegable que 
ninguna de ellas acusa propósito de destruir la 
personalidad internacional de los países interve- 
nidos. 

En cuanto a la intervención en Nicaragua, 
decíamos en nuestra revista *' Puerto Rico'*, en 
el número correspondiente al mes de julio de 1919, 
lo siguiente, que queremos ahora repetir, y que 
indica cuales fueron los motivos determinantes de 
aquella acción: 

** Desde 1911 los Estados Unidos vienen ejer- 
ciendo, con el beneplácito del Gobierno local, si no 
con el del pueblo, una intervención efectiva en los 
asuntos de Nicaragua. Las aduanas de esta pe- 
queña República están intervenidas por agentes 
americanos ; en la bahía de Corinto se halla esta- 
cionado un acorazado americano, y en uno de los 
fuertes de Nicaragua se encuentra un destaca- 
mento compuesto de cien marinos. 

La razón que se alega para esta intervención, 
es, que sin ella las revoluciones que agitarían el 
país, y la pésima situación financiera de la Repú- 
blica, harían imposible el sostenimiento del Go- 
bierno y el pago de la deuda pública. 

289 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

En 1909 estalló la revolución que culminó con 
la derrota del Presidente Zelaya. Y en 1911 el Go- 
bierno de Nicaragua solicitó de los Estados Uni- 
dos un empréstito que le permitiera consolidar su 
deuda interna y externa, y atender a otras nece- 
sidades urgentísimas. El numerario circulante 
había desaparecido, siendo substituido por 
emisiones de papel llevadas a cabo por el Go- 
bierno de Zelaya ; lo que, según ocurriera en Fran- 
cia durante el reinado de Luis XIV al seguirse el 
plan de Law, hubo de producir una crisis muy 
profunda. Después de varias negociaciones, los 
Estados Unidos consiguieron que las casas ban- 
carias de Brown Bros. & Co., y W. Seligeman 
Co., de Nueva York, se comprometieran a prestar 
a Nicaragua la suma de $15,000,000.00 con la ga- 
rantía del Gobierno americano. Esto trajo como 
resultado inevitable la intervención americana en 
4as aduanas nicaragüenses, en forma parecida a 
la en que ha venido realizándose en las aduanas 
de Santo Domingo.'' 

Es innegable que a no ser por la presencia de 
las tropas americanas en Nicaragiia, y por la ayu- 
da económica que de Estados Unidos recibiera en 
la forma indicada, las condiciones de esta Repú- 
blica de Centro América ofrecerían un cuadro de 
amarga desolación, no obstante sus amplios re- 
cursos naturales y la fecunda inteligencia de los 
nicaragüenses. ' ' 

La intervención en Santo Domingo, es un he- 
cho doloroso, cuya necesidad nadie lamenta más 
que nosotros. Las razones que haya tenido el Go- 

290 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

bierno de Washington para efectuarla, es cosa 
que no discutiremos aquí, ya que nuestro objeto 
se limita a demostrar que los pueblos americanos 
de habla española cuyas actividades se desarro- 
llan de acuerdo con principios de sana justicia in- 
ternacional, no tienen por qué temer a la poderosa 
República angloamericana. 

El caso de Santo Domingo suele producir, 
de acuerdo con las quejas que se escuchan a me- 
nudo, muy desagradables impresiones. Tal vez ef^ 
verdad que se han cometido atropellos injustos, 
injustificadas violaciones de derechos bien fun- 
dados, humillaciones irritantes, y otros errores 
no menos deplorables. Pero de eso a que Esta- 
dos Unidos pretendan quedarse con el territorio 
dominicano, hay una inmensa diferencia. Todo 
indica una intención manifiesta de abandonar el 
Gobierno del país en manos de su propio pueblo, 
tan pronto como las circunstancias lo permitan. 
Nosotros, no sólo esperamos que así sucederá, 
sino que de ello nos sentimos bien seguros. 

Ya en otra ocasión Estados Unidos tuvo 
oportunidad de anexar el territorio dominicano, 
y no lo hizo por respeto a la voluntad del pueblo 
objeto de tal anexión, a pesar de que el Gobierno 
do Santo Domingo prestaba gustoso su consen- 
timiento. 

Entonces, Raymond TI. Perry, representan- 
do al Gobierno americano, y Manuel María Gau- 
tier, Secretario de Estado dominicano, en repre- 
sentación de su país, firmaron un tratado que lle- 

291 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

va fecha de noviembre 29 de 1869, y cuyo artículo 
primero dice así: 

**La República Dominicana, actuando de 
acuerdo con los deseos de su pueblo que serán 
expresados dentro del más corto plazo posible, re- 
nuncia todos los derechos de soberanía como na- 
ción independiente y soberana, y los cede a Esta- 
dos Unidos, quien la incorporará como una por- 
ción integral de éste país, quedando sujeta a las 
mismas disposiciones constitucionales que rigen a 
los demás territorios. . . . *' 

La historia de este tratado constituye prueba 
robusta de que los temores que parecen inquietar 
el espíritu de algunos escritores de Hispano- 
Ajnérica, ante el creciente empuje que realiza la 
República del Norte, no tienen fundamento, ni en 
la historia, ni en la tradición de este gran pue- 
blo. En una resolución de enero 4 de 1871, el Se- 
nado americano, con acentos de protesta y des- 
confianza, solicitó del Presidente que enviara co- 
pia de toda la correspondencia y de todos los do- 
cumentos relativos a la proyectada anexión; y 
después de largo debate y amplia consideración 
de asunto tan importante, el tratado quedó sin 
recibir la aprobación de aquel alto Cuerpo, que 
ante la duda con respecto al sentir verdadero del 
pueblo dominicano, creyó su deber no ratificar un 
tratado de tan profundas y trascendentales con- 
secuencias políticas. Y al verle hoy agitarse de 
dolor ante la desconsoladora realidad de una in- 
tervención extranjera que anula prácticamente su 

292 



BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

personalidad internacional, recordamos al pueblo 
dominicano, aquel gesto respetuoso del pueblo 
del Norte, rechazando, por medio de su Senado, 
un tratado que le ofrecía ventajas no desprecia- 
bles. No pierda su fe el heroico pueblo quisque- 
yano : la hora vendrá irremisiblemente, y no en 
día muy remoto, en que no sólo recobrará sus po- 
deres soberanos, sino que también, aleccionado 
por una experiencia, cuanto más dura más útil, 
entrará en las nuevas corrientes de progreso que 
fecundan la vida de los pueblos modernos, e irá a 
ocupar el puesto a que le dan derecho la vivacidad 
de su inteligencia y la amplitud de sus recursos 
naturales. 

Si el tiempo y el esfuerzo que algunos direc- 
tores intelectuales de la América española dedi- 
can a despertar recelos y a crear sospechas hacia 
el Coloso del Norte, lo emplearan en el estudio y 
la propagación de los principios, actividades y 
métodos que determinan el poderío de esta Repú- 
blica, realizarían una labor infinitamente más pa- 
triótica y proficua, pues no es armándose contra 
el fantasma de un peligro imaginario, cual mo- 
dernos Quijotes, que las libres nacionalidades de 
raza hsipana en América, llegarán al pináculo de 
su grandeza, sino estudiando la vida y las insti- 
tuciones de aquellos Estados que saben ascender 
con prontitud la agria cuesta que conduce a las 
cimas del poder y la grandeza, y dirigiendo lue- 
go, con cautelosa prudencia y serena reflexión, el 
espíritu de sus respectivos pueblos, hasta crear 
en ellos una psicología que les permita orientarse 

293 



CAUSAS Y CONSECUENCIAS 

en la dirección de un éxito que habrá de ser se- 
guro, si es sabiamente perseguido. 

Los celos y antagonismos hacia Estados Uni- 
dos de Norte América son de efecto contraprodu- 
cente. Crean espíritu de animosidad hacia todo 
lo que procede o parece originarse en el Norte, e 
impiden, por esta suerte, que ejerzan su influjo en 
la orientación espiritual de los Estados latinos, 
hábitos e ideas que han dado base y solidez íil 
desarrollo material y robustez y esplendor a la 
complexión psíquica de aquella Gran República. 

El alto pensador y notable crítico peruano, 
P^rancisco García Calderón, señala en su obra 
**La Creación de un Continente'^, como uno de 
los obstáculos que se oponen al desarrollo del 
progreso en estas Eepúblicas latinas, la exagera- 
ción del sentimiento nacionalista, que, segiín él, 
las mantiene separadas entre sí por antagonismos 
injustificados y dañosos. Y ese mismo espíritu, 
aunque mucho más acentuado, hace que la in- 
fluencia moral del Norte, no surta efectos más sa- 
ludables en los pueblos del Sur. 

No creemos en la necesidad de que se substi- 
tuya todo lo nacional y característico de esas Re- 
públicas, por lo exótico que pudieran recibir de 
la del Norte. Lo que deben hacer no es renunciar 
a tradiciones y costumbres propias que no que- 
branten el espíritu de las altas civilizaciones, sino 
buscar inspiración y consejo en el ejemplo de sus 
vecinos angloamericanos, quienes, por razones di- 
versas de orden psicológico y político, realizan su 
propósito y desenvuelven su vida y sus actividu- 

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BAJO EL NUEVO RÉGIMEN 

dos, con un éxito que ninguno de los Estados del 
Sur de América ha podido igualar. 

A ese respecto es noble y digno el esfuerzo 
que realizan los que en distintos jjuntos de este 
Hemisferio, luchan por la creación de un senti- 
miento de mutua inteligencia y cooperación entre 
todos los pueblos del Nuevo Mundo. 

Por tal medio la civilización ganará, y gana- 
rán también, de modo muy especial, esos peque- 
ños Estados de raza hispana cuya suerte no es 
posible aún precisar, perdiéndose en las nebulosi- 
dades de un porveriir ?nciorto 



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