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Full text of "Cervantes; revista hispano-americana"

i Sil I 

UíilUf!! 

IjliJKAlíY 



p 



AÑO II NUM. VI 

CERVANTES 

Madrid, Enero 1917. 

REVISTA MENSUAL 






Mateo Alemán 



No poco vacilé, señores académicos, en la 
elección de tema para este discurso reglamen- 
tario. Ocurriaseme desde luego que, viuien-, 
do yo de la pintoresca margen del Guadalquivir 

De la mejor ciudad por quien famoso 
Levanta igual al mar la altiva frente 

sevillano debía ser el asunto; que es fineza y 
cortesía traer el viajero adonde han de recibirle 



2 CERVANTES 

y honrarle algunas flores o algunos frutos de la 
tierra de donde viene. Y esto habia yo de hacer 
con más imperiosa obligación que otro ninguno, 
porque he vivido largo tiempo no ya en una, si- 
no en las dos Sevillas. ¿Os causa extrañeza esta 
aseveración? Pues nada es más cierto. Dos Sevi- 
llas hay, y ¡cuáu diferentes entre sí! Una, la her- 
mosa ciudad que no puede menos de recordar 
nostálgicamente toda su vida quien logró la di- 
A'Q cha de gustar su gracia y de admirar su raagni- 
^' ficencia; la de la Torre del Oro y laTorre de oro, 
^ que asi merece llamarse el gallardísimo alminar 
^^ de la Giralda: la ciudad que siempre huele a aza- 
'//7 hares y siempre sabe a gloria al codicioso pala- 
fnCtc-jj^j. jg jQg oíos; la del incomparable cielo, en fin, 
cu3'a riente luz se entra avasalladora por las re- 
tinas e inunda las almas en resplandor y alegría 
y regocijo, y las asotila, como decía la gitana 
vieja de Cervantes, haciéndolas aptas para todo 
trabajo del entendimiento y para toda invención 
de la fantasía. La otra Sevilla, no subterránea, 
sino suhtemporánea (permitidme decirlo asi), es 
de muy pocos conocida, y aun de éstos no bien; 
pero todavía más grande y opulenta que la de 
hoy, y, a no dudar, más poética e interesante, 
porque se columbra por la lente de la meditación 
y al través de la niebla de los siglos, y su visión 
tiene la grata palidez de las secas mieses, la aus- 



CERVANTES 3 

tera pátina de los torreones seculares, la sombría 
majestad de las grandezas muertas. 

Pero ¿en cuál de entrambas Sevillas buscaría 
yo mi asunto...? Y después de resolverme a acu- 
dir a la famosísima del siglo xvi, para traeros en 
mi discurso un nuevo estudio biográfico, en se- 
ñal de mi vivo agradecimiento por la honra que 
otorgasteis a los de Luis Barahona de Soto y Pe- 
dro Espinosa, todavía me hallaba casi al comien- 
zo de la dificultad. Pensé en el docto humanista 
Juan de Mal-lara, Menandro hético, uno de los 
fundadores de la más gloriosa de las escuelas 
poéticas peninsulares, y el regocijadísimo Balta- 
sar de Alcázar, Marcial hispalense, insuperable 
artífice de la airosa redondilla, y en el excelente 
poeta D. Francisco de Medrano, cuyo talento pe- 
regrino hizo a Horacio cantor de las cosas de la 
España de Felipe III. De estos lucidos ingenios 
y de otros muchos podría yo, a poco trabajo, di- 
sertar largamente, con abundancia de noticias 
hasta hoy de todo punto ignoradas, que hallé en 
los archivos sevillanos, en el de los protocolos 
entre ellos, inagotable mina de oro, no ya para 
la historia social, literaria y artística de la famo- 
sa metrópoli andaluza, sino también para la his- 
toria general de la espléndida cultura española 
en la época de su mayor florecimiento y de su 
más grande influencia en el mundo. Y, fuera de 



4 CHRVANTES 

Alcázar, Mal-lara y Medrano, ¿ao serviría bas- 
tantemente a mi propósito esclarecer o explanar, 
hasta donde mi escasa habilidad me lo permitie- 
ra, tal o cual punto dudoso o no bien conocido 
de la vida de algún procer de nuestras letras, 
pongo por caso, la estancia en Sevilla de D. Juan 
Ruiz de Alarcón, gentilmente fantaseada por don 
Luis Fernández Gruerra y Orbe, o la del gran 
Lope de Vega y su amada Camila Lucinda, de 
todos los cuales he tenido la suerte de hallar no- 
ticias por extremo curiosas? 

Perplejo andaba yo, revolviendo apuntes y so- 
licitada la atención por estos y otros nombres, 
cuando, acudiéndome a la memoria, en el afano- 
so trafagar de la imaginación, el vago recuerdo 
de unas palabras leídas antaño, marcó rumbo fijo 
a mi pensamiento. Helas aquí. Son de Mateo Ale- 
mán: «Veo presentes — escribía — tantos y tan va- 
rios gustos, estirando de mí todos, queriéndome 
llevar a su tienda cada uno, y sabe Dios por qué 
y para que lo hace.» ¡La vida de Mateo Alemán 
había de ser el tema de mi discurso! ¿Qué escri- 
tor sevillano merece mejor que él una biografía? 
Ni ¿quién la necesita más? Poco había averigua- 
do yo del autor del Guzmán de Alfarache, pero 
no importaba. En unas notas de mi estudio acer- 
ca de Barahona de Soto dije aun eso que averi- 
güé. No importaba tampoco. Yo buscaría acá y 



CERVANTES O 

allá cosas ignoradas de la vida de Alemán, hasta 
topar con ellas. Y tomando por base lo sabido, 
es decir, lo que recopiló esmeradamente, ha tres 
lustros, mi querido amigo D. Joaquín Hazañas y 
la E,ua en su discurso de entrada en la Real Aca- 
demia Sevillana de Buenas Letras, y la infor- 
mación testifical hecha por el escritor hispalense 
para pasar a las Indias, que dio a luz en 1896 mi 
también muy estimado amigo D. José Gestoso, 
écheme, en Dios y en hora buena, a brujulear e 
inquirir, y, a pocos meses andados, el éxito so- 
brepujó a mis esperanzas, y aun casi que a mis 
deseos. La facilidad con que hallé lo que busca- 
ba menoscabó su poco mérito a la diligencia. T)- 
dos los archivos hispalenses, como a dos por 
tres, me franquearon lo que del autor del Picaro 
guardaban: el Archivo Parroquial del Salvador, 
su partida de bautismo y las de dos de sus her- 
manos; el Archivo Universitario, un asiento has- 
ta ahora desconocido de su grado de bachiller 
en artes y la prueba de su primer curso de facul- 
tad; el Archivo Municipal, curiosos datos relati- 
vos al padre del insigne novelador; el Archivo 
General de Indias, un asiento inédito del pa- 
saje de Alemán y curiosas noticias del envío de 
.«US obras a la Nueva España y a Tierra Firme; 
y, en resolución, el Archivo General de Proto- 
colos, más de sesenta escrituras del ilustre autor 



6 CERVANTES 

sevillano o referentes a él, y obra de ciento vein- 
te que atañen a su familia y a otras personas que 
le rodearon de cerca. Añádase a esto que tam- 
bién en el Archivo de Protocolos de esta corte 
logré hallar algún documento del mismo escri- 
tor, y que en el Archivo Universitario de Alcalá 
de Henares, que hoy se custodia en el Histórico 
Nacional, busqué con feliz resultado casi todo el 
resto de su historia académica, y se tendrá una 
idea aproximada de los materiales de que dispon- 
go. Es desgracia, sin duda (y curóme en salud, 
como dicen, adelantándome a advertirlo), que no 
ha3'a caído en manos más hábiles que las mías 
este copioso arsenal de curiosísimas especies. 
Mas no hay llanto sin paño: yo, que en el pre- 
sente discurso, por no abusar demasiado de vues- 
tra bondadosa atención, he de limitarme a flo- 
rearlas, andando muy por las cumbres, daré gus- 
toso mis copias y mis extractos, para que los 
aproveche en una buena biografía, a quien haga 
a las letras patrias la inestimable merced de pre- 
parar una edición crítica y bien comentada del 
Guzmdn de Álfarache, que es, indiscutiblemente, 
el príncipe de nuestros libros picarescos. Y en- 
tro ya en materia. 

Hacia los años de 1640 el doctor Hernando 
Alemán, médico cirujano, mudó a Sevilla su casa 
desde Jerez, cerca de Badajoz, hoy Jerez de los 



Curvantes * 

Caballeros, recién muerta o poco tiempo antes 
de morir su mujer doña Beatriz de León, de la 
cual quedóle una hija llamada Jerónima. Quería 
buscar en Sevilla, su patria, la medra que no 
logró hallar en el lindo pueblo extremeño y acon- 
sejábase del refrán que dice: «A do vayas, de los 
tuyos hayas», pues de los suyos había muche- 
dumbre en la ancha metrópoli andaluza. Eran 
naturales y vecinos de ella, amén de otros deu- 
dos más remotos, sus cinco hermanos; conviene 
a saber: Alonso, que mercadeaba, como todo el 
mundo en Sevilla; Juan, licenciado en Medicina, 
que ejercía su profesión; García Jerónimo, cléri- 
go presbítero, y doña Leonor y doña Beatriz, 
solteras, que vivían con Alonso. 

Calmado el breve dolor de la viudez, el doctor 
Hernando Alemán contrajo nuevo matrimonio 
con doña Juana de Enero, hija de Juan López de 
Enero, negociante, vecino de Sevilla, y de esta 
unión nacieron doña Leonor, que llevó el apelli- 
do de Hoscoso, tomándolo de unos parientes de la 
rama paterna; doña Violante, bautizada en 29 de 
julio de 1546; Mateo, el escritor insigne, que 
recibió el agua del bautismo en la iglesia cole- 
gial de San Salvador el miércoles 28 de septiem- 
bre de 1547, once días antes que en la de Santa 
María la Mayor de Alcalá de Henares fuese bau- 
tizado el por siempre famosísimo autor de El 



8 CERVANTES 

Quijote, y Juan Agustín, cristianado el día 6 de 
septiembre de 1655. El doctor tenía su morada 
en la calle de la Sierpe, no tan principal enton- 
ces como ahora, y, a lo que vislumbro, aun en 
1566 no había mejorado considerablemente de 
fortuna, y cuenta que trataba por amigos a su- 
jetos muy principales, algunos de ellos canónigos 
de la Santa Iglesia hispalense; mas de allí a poco 
tiempo vino a lograr alguna mejora: por ausen- 
cia que hizo de Sevilla el Licenciado Diego de 
Torres, médico y cirujano de la Cárcel Real, 
nuestro doctor fué nombrado interinamente para 
este cargo; y como Torres, algunos meses más 
tarde, se partiese a las Indias, Alemán pidió y 
obtuvo en propiedad aquel empleo, a fines del 
año de 1667. Por tal servicio la ciudad le paga- 
ba anualmente 12.000 maravedís. 

Entretanto, Mateo Alemán, que acababa de 
cumplir dos lustros, y que por su singular despe- 
jo es de creer que ya daría en flor las esperanzas 
de frutos muy sabrosos, habia aprendido en poco 
tiempo las primeras letras, y después de adies- 
trarse en leer, «no sólo en el molde, mas en la 
procesada, por obscura y trabada que fuese», y 
de escribir muy suelta y limpiamente de redon- 
do y de tirado, pasó a cortesano, a medio punto 
y a punto entero, y comenzaba a escribir letra 
redondilla o de caja, quedándole aún — él dice 



CERVANTES 9 

tüdo esto — las estacioues del escolástico y bas 
tardillo, aparte, por supuesto, de las letras chan- 
cilleresca, francesa, encadenada y grifo. Esme- 
rada instrucción, pues, hacía dar su padre, como 
hombre muy culto, al que, tiempo andando, ha- 
bía de ser celebrado dentro y fuera de España 
por su peregrino ingenio. Porque, a la verdad, 
no era común aprender todo eso los muchachos; 
que. en punto a lectura, bastábales con «leer de 
molde y tirado una carta misiva, y escrituras pú- 
blicas en letra luenga castellana», y, en cuanto 
a plumear, dábase por contento un padre con 
que su hijo dejara la escuela sabiendo escribir 
«de redondo e cortesano, y letra carsiva que sea 
buena para cualquier carta misiva, y para escri- 
turas, que se pueda signar de escribano públi- 
co». Ni aun tanto era menester, pues con mala 
escritura y peor ortografía pasaban los adoles- 
centes a los estudios de facultad, tal como suele 
acaecer hoy, de donde el mismo Mateo Alemán, 
decía por boca de su donoso Picaro, refiriéndose 
a cierto abogado: «El señor licenciado sabe de 
leyes, pero no de letras: dicta y no escribe, por- 
que lo sacaron temprano de la escuela para los 
estudios, ya porque fué tarde a ella, o por codi- 
cia de llegar presto a los digestos, dejándose in- 
digestos los principios.» 

Y no es el mencionado el único recuerdo que 



10 CERVANTES 

de su niñez nos dejó Mateo Alemán en sus obras- 
Hablando en otro lugar del amor que solemos 
tener a las cosas de nuestros progenitores, que 
nos parecen sagradas y que no se debe tocar a 
ellas, dice: «Yo conocí en mi niñez a Montesdo- 
ca, soldado viejo, que lo había sido de Carlos 
V, el cual traía colgando del cinto un puñal de 
orejas, de los del tiempo de marras, tan vil y 
despuntado, que apenas con buenas fuerzas lo 
hicieran entrar por un melón maduro, y decía 
estimarlo en más que un majuelo que había com- 
prado en mucho precio; y todo el fundamento 
de su estimación era porque un bisabuelo suyo, 
de Utrera, lo había dado a su padre para ir en 
el campo del rey don Fernando el Católico a la 
conquista del reino de Granada». Pues si esto 
oído una o dos veces por Mateo Alemán al buen 
Montesdoca, imprimiósele en la memoria de 
suerte que a los sesenta y un años de su edad lo 
sacaba a colación en su postrer libro, ¿qué no 
sucedería en sus largas y frecuentes visitas a la 
populosa Cárcel B,eal, siempre llena de picaros 
y rufianes, recorriendo cada día sus grandes pa- 
tios, oyendo acá y allá contar proezas dignas de 
mármoles lidios, mimado y agasajado de todos, 
presos y libres, así por sus donaires de mucha- 
cho despierto y decidor como por las considera- 
ciones que debían al médico de la honrada casa? 



CERVANTES II 

Ya, pues, no será dudoso para nadie cuándo echó 
Mateo Alemán los sólidos cimientos de su vasto 
saber bribiático, en el cual lleva mucha ventaja 
a los demás autores de novelas picarescas, sin 
excepción alguna, ni dónde aprendió aquel abun- 
dantísimo folk-lore de la taimería, ni cómo ad- 
quirió aquel hondo conocimiento seudobotánico 
de la inmensa variedad de flores del jardín 
tahuresco y aquel copioso caudal léxico de la 
germanía, sólo comparable con el que otro his- 
palense, Cristóbal de Chaves, derrochó en los 
versos y juntó en el Vocabulario que corren 
malamente atribuidos a Juan Hidalgo, su editor. 
No me fué dado averiguar en qué Academia 
aprendió Mateo Alemán las humanidades, y pre- 
sumo que las cursaría en las del ínclito Juan de 
Mal-lara, quien, después de ser discípulo, en Se- 
villa, del docto preceptor Pedro Hernández, en 
Salamanca del comendador Hernán Núñez y de 
León de Castro, y en Barcelona del célebre va- 
lenciano Francisco de Escobar, abastadísimo de 
erudición clásica había regresado a Sevilla, en 
donde abrió su estudio por los años de 1560. 
Fuese o no Mal-lara su maestro, consta que Ale- 
mán, «a civitate hispalensis orttis et orhindus», se 
graduó de bachiller en Artes y Filosofía en la 
Universidad llamada de Maese Eodrigo, a 28 de 
junio de 1564, matriculándose después para el 



12 CERVANTES 

primer curso de Medicina, que oyó desde sep- 
tiembre del mismo año, según la prueba testifi- 
cal practicada en octubre de 1665. 

Pero en aquel tiempo seguir estudios de Fa- 
cultad y no pasar algún año en la Universidad 
de Salamanca era como ir a Roma y no ver al 
Sumo Pontífice. Así, y bien por esto solo, o por- 
que el doctor Hernando Alemán hubiese estu- 
diado en ella y le tuviese cariño, en la ciudad 
del Tormes oyó el segundo curso de Medicina 
nuestro insigue escritor, de lo cual, aunque no 
se hallasen pruebas en el archivo de aquella 
Universidad gloriosa, haylas tan fehacientes 
como las mejores en las obras de Mateo Alemán. 
«Yo me acuerdo — dice en su Ortografía, hablan- 
do de la naturaleza de la F — haber asistido en 
las escuelas de Salamanca y Alcalá de Henares 
algunos años, donde cursé...» Y antes, en la 
parte segunda de su Giizmán, encareciendo 
cómo el amor pule y sutiliza los ingenios, había 
referido, con la abundancia de pormenores pro- 
pia de un testigo cercano, el gracioso lance de 
aquel catedrático de prima, de Salamanca, galán 
de cierta monja muy linda y discreta, que, como 
él, en plática de algún enojo, se ufanase de ha- 
ber llegado al puesto que tenía, no por sobornos 
ni por favores, sino por sus trabajos y continuos 
estudios en las letras, le respondió con ira: «Pues 



CERVANTES 13 

¿cómo, traidor? Y ¿teníades vos entendimiento 
para conseguirlas en tal extremo, ni para remen- 
daros un zapato viejo, si yo no hubiera puesto 
el caudal con daros licencia que me amárades?» 
Y ¿quién sabe si no fué en Salamanca donde 
Alemán, recostado alguna mañana de primavera 
a la verde orilla del manso Tormes, releyendo y 
paladeando por centésima vez la pintoresca vida 
de Lazarillo, tuvo, cual por asomo, la feliz idea 
de emular a su desconocido autor escribiendo el 
Guzmán de Alfarache? 

Con todo esto, no prosiguió en Salamanca sus 
estudios, y para el curso académico siguiente 
asentó su matricula en Alcalá de Henares, el día 
24 de octubre de 1566. De su dilatada perma- 
nencia en la patria de Miguel de Cervantes; de 
las hambres buidas que los escolares solian pa- 
decer alegremente bajo la odiosa férula de los 
maestros de pupilos, asi en los días de carne 
como en los de pescado, todos de disimulado 
ayuno riguroso; del malísimo gobierno de las 
amas, si es que los estudiantes caían en estas 
brasas por huir de aquella sartén; de las peli- 
grosas romerías dominicales a Santa María del 
Val, en donde el Amor, cuando menos percatado 
el romero, hacía de las suyas, tomando por sae- 
teras cualesquier lindos ojos rasgados; y, tocan- 
do otros registros, de tal cual donoso h'.irto es- 



1 4 CERVANTES 

tudiantil, y de las dañinas ocurrencias del loco 
Frutilios, de todo esto trató con sumo deleite 
Mateo Alemán en la más popular de sus obras, 
enumerando y enalteciendo a la par los atracti- 
vos y las dulzuras de aquella vida incomparable, 
y exclamando con cariñosa vehemencia: «¡Oh 
madre Alcalá! ¿Qué diré de ti que satisfaga, o 
cómo para no agraviarte callaré, que no puedo?» 

En lo mejor de sus estudios y en lo más ale- 
gre de sus entretenimientos estaba nuestro escof 
lar cuando improvisadamente una alarmadora 
noticia le amargó todo el gusto. El doctor Her- 
nando Alemán, su padre, de quien el día 31 de 
enero de 1567 informaban al Cabildo hispalense 
que «curaba bien en la cárcel y visitaba a todos 
los presos», había enfermado de allí a poco, de 
enfermedad tal, que le tenía en peligro de muer- 
te. Sabedor de esta nueva el estudiante, regresó 
muy luego a Sevilla, no sin dejar probados ante 
el secretario de la Universidad los cuatro meses 
que había asistido en sus aulas, desde el día de 
San Lucas del año anterior, hasta el 24 de febre- 
ro, en que lo probaba, ni sin recoger copia certi- 
ficada de tal prueba, por si no volviese a Al- 
calá. 

Murió el Doctor en marzo de 1567; y, a lo que 
locumbro, dejó pocos bienes de fortuna, que hu 
bieron de parecer todavía más escasos cuando se 



CERVANTES 15 

dividieron entre la viuda y los hijos; después de 
lo cual, y pasado el rigor del estío, Mateo Ale- 
mán volvió a la Universidad complutense, en 
donde, acabado de oir el tercer curso de Medici- 
na antes del día de San Lucas, se matriculó a fin 
de octubre para el cuarto y postrero. En su prue- 
ba, practicada a 19 de abril de 1568, se le llama 
licenciado, así como en una subsiguiente, en que 
declaró como testigo, firmando al pie: «El licen- 
ciado Mateo Alemán.» Es peregrino esto. ¿En 
qué facultad podía ser licenciado, en el acto mis- 
mo de probar que había oído el cuarto curso de 
Medicina? De que hubiese estudiado otra facul- 
tad no se nada, y en aquélla ni era bachiller, ni 
menos había hecho los ejercicios indispensables 
para la licenciatura, que en la Uuiversidad com- 
plutense se llamaban primero, segundo y tercer 
actos públicos, la alfonsina, y el grado propia- 
mente dicho. Y como reparo en que, vuelto a Se- 
villa, se hizo llamar licenciado, y firmó llamán- 
dose así dos muy curiosas escrituras de deber, y 
en que después de este tiempo no tornó a usar 
tal título en otras escrituras, ni lo puso en nin- 
guna de las portadas de sus obras, y es de notar, 
por último, que, sobre no haber ejercido jamás 
esa profesión, dijo mal de ella algunas veces, sos- 
pecho que emprendió y siguió tales estudios só- 
lo por filial obediencia, y que, muerto su padre, 



16 CERVANTES 

y ya libre de sujeción, no llegó nunca a licen- 
ciarse. 

No sin buen fandamento acabo de calificar de 
muy curiosas las dos escrituras que otorgó Ale- 
naán en Sevilla entrado el otoño de 1568. Por la 
primera de ellas, fechada a 16 de octubre, él, 
con licencia de su madre doña Juana de Enero 
y declarando ser mayor de veintiún años y estar 
gobernando su persona y bienes como sujeto li- 
bre, capaz y emancipado, confesó deber a Este- 
ban Grilo, mercader genovés, 37.500 maravedís 
que éste le había prestado, y se obligó a pagár- 
selos, en Sevilla o donde le fueran pedidos, al 
fin del año siguiente, so pena del doblo. En la 
segunda escritura, otorgada once días después y 
que fué origen de mil desdichas, Alemán como 
principal obligado y doña Juana como su fiado- 
ra recibieron en depósito del capitán Alonso 
Hernández de Ayala 210 ducados de oro, para 
devolverlos un año después; pero estipulando — 
copiaré esto ala letra — «que si en el tiempo 
del dicho año del dicho plazo yo el dicho 
licenciado Matheo Alemán me casare con 
doña Catalina de Espinosa, hija de Virgilio 
de Espinosa, difunto, con quien está tratado 
y concertado el dicho casamiento, luego que 
hayamos casado ligítimamente, según orden 
de la Santa Madre Iglesia, seamos obligados e 



CERVANTES 17 

nos obligamos que yo el dicho Matheo Alemán 
y la dicha doña Catalina de Espinosa que ha de 
ser mi mujer vos impondremos e venderemos 
tanta cantidad de tributo cuanto montaren los 
dichos docientos e diez ducados..., el cual vos im- 
pondremos al redimir e quitar... sobre cual»s- 
quier bienes raíces, juros e tributos que a mi el 
dicho licenciado Matheo Alemán me dieren e 
adjudicaren en dote con la dicha doña Cata- 
lina...» 

Interesantísimo es, señores académicos, este 
documento público, y eslo todavía más por lo 
que calla que por lo que dice. 

Probemos a interpretarlo, con el auxilio de 
otras noticias. Virgilio de Espinosa, sevillano, 
que de su matrimonio con doña Mayor de Espi- 
nosa había tenido un hijo llamado Diego, ausen- 
te en las Indias desde el año de 1561, tuvo fue- 
ra de aquella unión a doña Catalina. Dejóle al- 
gún caudal y la encomendó, o la encomendaron 
después, al capitán Alonso Hernández de Ayala, 
que, por lo que he visto, ocupaba su tiempo y 
se buscaba la vida en la tutela y cúratela de al- 
gunos menores. Pues bien: Mateo Alemán, que 
fué un poco enamoradizo aun al llegar a los lin- 
deros de la vejez, cuanto y más acabados de pa- 
sar los de la adolescencia, hubo de agradarse de 
la hermosura o de la buena gracia de doña Ca- 



18 CERVANTES 

talina; luego que ésta le correspondió, malicias 
recién llegadas se dieron la mano con inocencias 
que estaban a punto de irse, y, como «nunca el 
diablo hizo empanada de que no quisiese comer 
la mejor parte», cuando nuestro gentil mancebo 
iba a dar por terminado aquel trato amoroso, 
no halló los fines tan llanos como había encon- 
trado los principios, pues saliendo a la palestra 
el capitán, que sería hombre de decir y hacer, 
si bueno para asentar una cuchillada, mejor to- 
davía para pagar un escrito de querella y meter 
a un mozalbelte en la cárcel, anduvieron a mía 
sobre tuya, y hubo amagos de proceso, y súpli- 
cas y llantos de doña Juana, y, en resolución, 
pactóse que el santo vínculo del matrimonio pu- 
siese fia a tales desabrimientos. Con esto y con 
todo, para más bien asegurar el efecto de lo ca- 
pitulado, y pues Mateo Alemán tenía, o imagi- 
naba tener, tales o cuales asomaderos para bus- 
car fortuna, y de probarla por ellos dependía la 
buena posibilidad de efectuar lo convenido, Her- 
nández de Ayala, de acuerdo con la viuda del 
doctor Alemán, acudió a tal menester, claro que 
con dineros de su protegida, y entregó al galán 
aquellos negros ducados de oro, red traicionera 
para cazarlo y casarlo; que bien podía adivinar 
el menos zahori que el travieso mozo los gasta- 
ría bizarramente, y a la hora del pago se encon- 



19 CERVANTES 

traria en grave apuro, teniendo que escoger, ve- 
lis nolis, entre dos prisiones a cuál más temi- 
das: los hierros de la cárcel y la coyunda ma- 
trimonial. 

Y aconteció lo que era de presumir: que nues- 
tro joven, engreído en Sevilla y en otras partes, 
dejó pasar el año y más tiempo sin efectuar 
ninguna de las cosas a que alternativamente se 
había obligado; que, tras cien apremios estériles, 
el capitán Hernández Ayala, en junio de 1571, 
entabló su reclamación ante el doctor Alonso 
Carriazo, teniente de asistente de la Ciudad, y 
que al cabo, Alemán optó por el matrimonio, 
a lo cual puede que contribuyera algo la ten- 
tadora mielecilla de la dote. 

Mil veces se arrepintió después de no ha- 
ber preferido la cárcel, y por esta herida respi- 
raba aún dolorosamente pasados treinta y tres 
años, cuando exclamó en su San Antonio de Pa- 
dua: 

«Oh discreto Licurgo, y qué discreta ley 
hiciste cuando mandaste que las mujeres no lle- 
vasen dote, con que las dotaste de virtudes, por- 
que sabían ser aquél su remedio y mayor teso- 
ro, y que los hombres buscasen su inquietud 
con honestas y humildes compañeras! Conociste 
ser aquéllos verdaderos bienes, y los otros pin- 
tura o sombra dellos, pues no hay prosperidad 



20 CERVANTES 

en dote que se iguale coa la vergüenza, modes- 
tia, castidad y limpieza...» 

Casado y en su nueva casa de la collación de 
San Esteban, calle de la Calería Vieja, estaba 
Mateo Alemán (que hasta entonces, desde la 
muerte del doctor, había vivido con su madre 
en la collación de la Magdalena), cuando, media- 
do septiembre de 1671, lo vemos usar de un po- 
der que en la Corte le había conferido Melchor 
de Herrera, marqués de Valderagete, del Conse- 
jo de Hacienda de S. M. y su Tesorero General, 
para que recibiese del receptor del subsidio de 
Sevilla y su arzobispado las cantidades de dine- 
ro que recaudara. Muy poco después de aquel 
tiempo, y no tres años antes, debió de ser nom- 
brado contador de resultas en la Contaduría Ma- 
yor de Cuentas, pues, como demostró poco ha 
el muy docto hispanista señor Morel-Fatio, el 
príncipe de la Iglesia a quien Alemán se refirió 
en su Ortografía castellana hubo de ser, contra 
lo que imaginó don Martín Fernández de Nava- 
rrete, el cardenal Alessandrino, que estuvo en 
la corte de España por octubre y noviembre 
de 1571, y aun algunos días de enero de 1572, y 
no el legado Acquaviva, que había estado en 
ella a fines de 1568, 

Pero, a la verdad, y constando cual consta, por 
el dicho del alférez Luis de Valdós, que Mateo 



CERVANTES 21 

Alemán sirvió «casi veinte años, los mejores de su 
edad, oficio de contador de resultas de su Majestad 
el rey Felipe II», no acierto a explicarme satis- 
factoriamente cómo, a lo menos, hasta el de 1582 
se le encuentra domiciliado en Sevilla, llamán- 
dose más de una vez vecino de esta ciudad, y 
ocupado en tareas que, por lo común, no se com- 
padecían bien con el oficio de contador. Así, en 
18 de agosto de 1573 hallólo vendiendo por 
precio de treinta y dos ducados una su esclava 
morisca del reino de Túnez, llamada Magdalena; 
y en enero de 1576 encargábasele por seis años 
de cobrar la renta de las sacas de lana en cuanto 
al almojarifazgo mayor de Sevilla, por poder de 
Juan Martínez de Asteiza; y en 1578 ocupábase 
en redactar la regla de la Cofradía de la Santa 
Cruz de Jerusalón; y en 2 de enero de 1580 ma- 
triculábase para oir Leyes en la famosa Univer- 
sidad de Maese Rodrigo; y pocos meses des- 
pués, en 11 de mayo, asistía con el docto maes- 
tro Alvaro Pizaño, «uno de los mejores bonetes 
de España» en frase del pintor y poeta Francis- 
co Pacheco, a ver graduarse de bachiller en Cá- 
nones al presbítero Luis Grómez; y a fines de oc- 
tubre... Pero esto de fines de octubre requiere 
más prolija relación. 

Obligaciones pecuniarias incumplidas, o, para 
decirlo con las propias palabras de Mateo Ale- 



22 CERVANTES 

man, «ciertas contias de maravedís que me pi- 
den y demandan diversas personas», dieron con 
él en la Cárcel Real de Sevilla en los últimos 
días de octubre de 1580. Registraron su entrada 
en el libro correspondiente; y, como con todos 
hacían, pusiéronle grillos u otras prisiones harto 
molestas, al solo fin de que por él prestaran la 
fianza que llamaban «de cárcel segura» y redi- 
mieran su vejación con cualquier media docena 
de escudos. El mismo Alemán encontraba esto 
naturalisimo en su Guzmdn de Alfarache: «Ver- 
dad sea — escribía — que quieren comer de sus 
oficios, como cada cual del suyo; que aquello no 
se lo dan de gracioso, y harta gracia te hacen si 
redimes tu necesidad.» No, probablemente, sin 
violentarse algo, porque todo lo que averigüé 
del matrimonio de nuestro escritor induce a 
pensar que no había amor ninguno entre aque- 
llos cónyuges, doña Catalina de Espinosa, pre- 
via la licencia marital necesaria, lo fió con su 
persona y bienes habidos y por haber «para qui- 
tarle — dice la escritura — las prisiones en que le 
tenéis e dejarle aadar por la dicha cárcel libre- 
mente sin ellas», obligándose a «que el dicho mi 
marido no se irá ni ausentará ni saldrá de la di- 
cha cárcel e prisión donde está, en sus pies, ni 
en ajenos, ni en otra manera alguna, aunque 
halle las puertas de la dicha cárcel abiertas...»; 



CERVANTES 



23 



que toda cautela y esmerada previsión parecían 
pocas a los alcaides en el concertar de tales 
fianzas, 

Pero de bien difícil arreglo hubieron de ser 
los torcidos negocios que a tan mal paraje ha- 
bían traído al malaventurado Alemán, pues aún 
permanecía en la cárcel a 29 de diciembre de 
aquel año, día en que, vuelto a cargar de pri- 
siones, o por parecer poco abonada la fiadora, o 
por haberse agravado con nuevas demandas de 
otros acreedores las responsabilidades que se le 
exigían, o, en fin, por ir revistiendo peor carác- 
ter alguna de sus deudas, lo fió su tío Alonso 
Alemán, expresando «que esta escriptura es de- 
más y aliende de otra escriptura que doña Cata- 
lina de Espinosa tiene fecha y otorgada en fa- 
vor de vos el dicho alcaide» . Entonces, y no an- 
taño, en sus alegres visitas de adolescente, apren- 
dió Alemán ser la cárcel «un paradero de ne- 
cios, escarmiento forzoso, arrepentimiento tardo, 
prueba de amigos, venganza de enemigos, repú- 
blica confusa, infierno breve, muerte larga, puer- 
to de suspiros, valle de lágrimas, casa de locos, 
donde cada uno grita y trata de sola su locura». 
Y tan adversa debió de seguir siéndole la suer- 
te, que en marzo de 1582, sin duda con el pro- 
pósito de irse a las Indias, «refugio y amparo 
de los desesperados de España», como dijo Cer- 



24 CERVANTES 

vantes, hizo ante la justicia de Sevilla la infor- 
mación testifical necesaria para llevarlo a efecto, 
lo cual no acaeció por no se sabe qué dificulta- 
des. Alemán (él lo dice en su petición) era enton- 
ces de edad de treinta y cuatro años, alto de 
cuerpo, la nariz larga, barbitaheño obscuro, señas 
que completan las que ya conocíamos por el re- 
trato que sacó a luz en entrambas partes de su 
Guzmdn, en el San Antonio y en la Ortografía 
castellana. 

Ocupándose en la gestión de asuntos ajenos 
(pues ni con los propios, que no los tenia o los 
tenía apenas, ni con las rentas del corto caudal 
de su mujer, si es que de ellas disponía, lograba 
subvenir a sus necesidades) pasó Mateo Alemán 
aquellos años, sin abandonar el cultivo de las le- 
tras, en las cuales hallaba consejo para las du- 
das, consuelo para las tristezas y amable y pia- 
dosa compañía para el abandono en que el mun- 
do deja a los pobres. Pero como en los libros 
está el consejo y no el remedio, a Madrid tornó- 
se a buscarlo nuestro insigne prosista, y grato 
es reconocer que de esta hecha logró algunos fa- 
vores de la caprichosa fortuna, diosa o lo que 
fuere, que «si es buena, es madrastra de toda 
virtud; si mala, madre de todo vicio; y al que 
más favorece, para mayor trabajo le guarda». 

Entonces, y no antes, encuentro a Alemán lia- 



CERVANTES 25 

mandóse contador de resultas, por donde vengo 
a sospechar si acaso comenzaría a serlo en este 
tiempo y si el remitir el desempeño de este car- 
go en su Ortografía castellana a otra sazón más 
remota se debería quizá a confusión que, tras- 
cordado, hiciera entre tal empleo y otro pareci- 
do. Y entonces, por octubre de 1586, compró al 
licenciado Barrionuevo de Peralta un solar en la 
calle del Río, lindante con el monasterio que es- 
taba labrando doña María de Aragón (el ámbito 
que hoy ocupa el edificio del Senado), en el cual 
sitio edificó una casa para su morada; y, ocupán- 
dose en muy diversos negocios, propios y ajenos, 
como singularmente ágil y expeditivo, ya acu- 
día a las subastas de inmuebles, por comisión de 
otras personas, buscando prima en la retirada o 
en la cesión de los remates, o ya, por interés de 
los derechos de administración, procurábase y 
aceptaba tutelas y cúratelas de menores, oficios 
algo peligrosos, ciertamente, en cuanto a lo tem- 
poral, y aun puede que en cuanto a lo eterno, 
pero de los cuales no sabía prescindir quien, ha- 
llando corto su salario de contador, no tenía pin- 
gües rentas ni palaciegos gajes que añadirle. 

A las veces Alemán salía de Madrid a desem- 
peñar comisiones propias de su oficio, y de una 
de ellas nos dejó memoria en el San Antonio de 
Padua, al referir que en Cartagena, por enero de 



26 CERVANTES 

1691, después de visitar cierto navio flamenco, 
y como éste hiciera salva con una pieza de arti- 
llería, uno de los tacos dio a Alemán en la cabe- 
za, de que pudo bien matarlo, y ningún daño le 
hizo, caso que se tuvo, y tuvo él, por milagroso. 
Y en Sevilla permaneció algún tiempo en el año 
siguiente, pues lo prueba una escritura de 13 de 
abril de 1592 en que, llamándose contador de 
S. M., revocó ciertos poderes conferidos desde 
la Corte a su hermano Juan Agastin, para here- 
dar, entre otras cosas. De esto se colige que ha- 
bría muerto recientemente doña Juana su ma- 
dre, cuyas noticias menos remotas son de 1583, 
año en que, por diciembre, apoderó al dicho 
Juan Agustín para que tomase posesión de unas 
casas de la calle de la Sierpe que habían estado 
en pleito: probablemente las mismas en que Ma- 
teo Alemán pasó su edad infantil. 

Otras noticias nos han quedado de la estancia 
de Alemán en la corte, debidas, como algunas de 
las ya citadas, a recientes hallazgos del expertí- 
simo bibliógrafo don Cristóbal Pérez Pastor. Por 
ellos se sabe que en junio de 1594 don Francis- 
co Valles, prior del Sar y estante en Madrid, 
hijo de Valles, el divino, se obligó a pagar a Ale- 
mán 1.100 reales castellanos, precio de unos ob- 
jetos de plata, contrato de venta que acaso en- 
cubría en realidad un oneroso préstamo; que en 



CERVANTES 27 

abril de 1595 otorgó cierto poder para pleitos; 
que por los años de 1598 y 1599 tomó parte por 
otros en varias subastas sobre aprovechamiento 
de unas dehesas... Mas llegados a este tiempo, 
cosa mucho más interesante solicita nuestra 
atención. 

Exprimiendo el casi siempre amargo jugo de 
toda su larga experiencia de la vida, mezclándo- 
lo, por endulzarlo un poco, con mucha sólida 
doctrina «de doctos varones y santos», y rebo- 
zando esta mezcla, para hacerla agradable a todo 
paladar, con lo bien dispuesto y entretenido de 
la fábula y lo agradable del estilo, Mateo Ale- 
mán, atento a imitar El Lazarillo de Tormes, 
claro que para aventajársele a ser posible,, había 
ideado su Guzmán de Alfarache y compuesto la 
primera parte de él. Y, ciertamente, como dijo 
Luis de Valdés en su elogio de la segunda, de- 
bajo de nombre profano escribía Alemán tan di- 
vino, «que puede servir a los malos de freno, a 
los buenos de espuelas, a los doctos de estudio, 
a los que no lo son de entretenimiento, y, en 
general, es una escuela de fina Política, Etica y 
Económica, gustosa y clara, para que, como tal 
apetecida, la busquen y lean». Esta primera par- 
te había quedado terminada en 1597, pues su 
aprobación es de 13 de enero de 1598, si bien el 
autor no obtuvo el privilegio hasta el 16 de fe- 



28 CERVANTES 

brero de 1599, año en que salió a luz, en Madrid, 
de la imprenta del licenciado Várez de Castro, 
con este titulo: Primera parte de Guzmán de 
Alfarache. Muerto Felipe II el día 12 de sep- 
tiembre de 1598, Alemán retocó la portada, lla- 
mándose en ella «criado del rey Don Felipe III», 
y aun en el texto de la novela parece que intro- 
dujo una ligera variación alusiva al reciente ca- 
samiento del nuevo Monarca. 

No creo que haya memoria en nuestra patria 
de libro que en el año de su publicación y en el 
siguiente inmediato se reimprimiera tantas ve- 
ces. En 1599, además de la edición principe, sa- 
lieron a luz dos en Barcelona y una en Zarago- 
za; y en 1600 no menos de siete, dos de ellas en 
Madrid, y las demás, respectivamente, en Bar- 
celona, París, Bruselas, Coimbra y Lisboa. Y es 
pormenor curioso aquel a que se refirió Alemán 
en la segunda parte de esta obra, al tratar de 
cómo los apodos o motes suelen arraigar hasta 
la quinta generación en las familias, y aun ser 
blasón de quienes descienden de aquellos que 
los tuvieron por afrenta. «Esto mismo — dice — 
le sucedió a este mi pobre libro, que habiéndolo 
intitulado Atalaya de la vida humana, dieron en 
llamarle Picaro, y no se conoce ya por otro nom- 
bre.» Trascordábase Mateo Alemán en cuanto a 
lo primero, pues no llamó Atalaya de la vida 



CERVANTES 29 

humana sino a la parte segunda de su novela; 
pero en lo otro decía fielmente lo sucedido: que 
no bien salieron a correr mundo los ejemplares 
de la primera edición, el Picaro llamaron al pro- 
tagonista y al libro cuantos saborearon la delei- 
table historia, y, tomándolo del vulgo y no de la 
portada de la edición principe. Primera parte de 
la vida del picaro Guzmán de Alfarache <e inti- 
tuló esta obra en las dos ediciones barcelonesas 
de 1599, y en algunas de 1600, verbigracia, la 
de Bruselas. 

Asi, y pues a pesar de las reiteradas prohibi- 
ciones de llevar a las Indias «libros de romance 
que traten de materias profanas y fabulosas e 
historias fingidas», los remitíamos allá, a lo me- 
nos desde 1580, sin dificultad ni tropiezo, y aun 
a vista y con el beneplácito del Tribunal de la 
Inquisición, así, iba a deciros, en el Archivo Ge- 
neral de Indias hallé a poco trabajo, hojeando 
con mediana atención los registros de ida de 
naos de 1600, noticia de algunos ejemplares de 
El Picaro, sin más larga indicación, y aun tal 
cual vez sin el artículo, despachados para la 
Nueva España en la buena compañía de seis 
resmas de coplas y del Laheñnto, la Tebaida y 
el Filocopio de Bocaccio, en toscano los tres. Y 
en el registro de otra nao, compartiendo las ca- 
jas con muchedumbre de libros y con veintidós 



30 CERVANTES 

mauos de coplas, doscientos cuarenta y ocho 
Catones, doscientos cincuenta San Alejos, veinte 
resmas de Fierres y Magalona y treinta de Oli- 
veros de Castilla, pliegos de cordel con que inun- 
dábamos el Nuevo Mundo después de haber 
inundado el viejo, al pie de cuarenta ejemplares 
de la famosa novela de nuestro Alemán, mencio- 
nada así comúnmente: Guzmdn de Álfarache, 
llamado el Fícaro. 

No se imagine, empero, que las ediciones men- 
cionadas y otras muchas (de más de veintiséis 
tenía noticia Valdés antes del año 1604) sacasen 
de apuros a Alemán. A hurto suyo se habían he- 
cho casi todas, y «llegó a quedar de tal manera 
pobre — según el mismo Valdés — que, no pu- 
diendo continuar sus servicios de contador con 
tanta necesidad, se retrujo a menos ostentación 
y obligaciones» . Entonces acudió a los más one- 
rosos j>réstamos y a la destructora mohatra, com- 
prando, por ejemplo, a un Miguel López, en 3 
de febrero de 1601 y por precio de 3.006 reales, 
ciertas mercaderías de oro y seda, para pagarlas 
al cabo de cinco meses, prendas que, sin to- 
carlas su mano, tornaría a vender incontinenti 
por la mitad de aquel dinero, al mismo sujeto a 
quien las había comprado, o a persona muy su 
allegada. Y tres meses después vémosle debien- 
do al doctor Cristóbal Pérez de Herrera, famoso 



CERVANTES 



31 



protector de los verdaderos pobres, los corridos 
de cierto tributo y 2.450 reales de los alquileres 
de unas casas en la calle de Preciados, junto al 
Postigo de San Martin. Y mientras en toda Eu- 
ropa se leia y releía con deleite aquel libro ad- 
mirable en que lo útil y lo dulce, conforme al 
precepto de Horacio, estaban mezclados ha- 
bilísimente, y se aplaudía a su autor, «no me- 
nos en España, donde no es pequeña maravi- 
lla consentir profeta de su nación, mas en toda 
Italia, Francia, Flandes y Alemania», y solía lla- 
mársele el español divino, y un religioso de la Or- 
den de San Agustín, tan discreto como docto, 
sustentaba en la renombrada Universidad sal- 
mantina, en un acto público, «no haber salido a 
luz libro profano de mayor provecho y gusto 
hasta entonces»; mientras sucedía todo esto, Ma- 
teo Alemán, por negra burla de la suerte, miraba 
su no alcanzado pan convertido en infructífero 
laurel, tal como en la fábula mitológica vio Apo- 
lo a la hermosa Dafne, cuando más ahincada- 
mente y más de cerca la perseguía. Y era que, a 
vuelta de sus defectos y de sus virtudes, Ale- 
mán tenia una gentileza que rara vez los pode- 
rosos perdonaron: no sabía adular. «Y podremos 
decir del — escribía su mencionado encomiasta 
— no haber soldado más pobre, ni ánimo más ri- 
co, ni vida más inquieta con trabajos que la su- 



32 CERVANTES 

ya, por haber estimado en más filosofar pobre- 
mente que interesar adulando.» 

Deseugañado y triste, mas no por eso perdido 
el ánimo ni desfallecida la voluntad, Mateo Ale- 
mán dejó la corte y se volvió a la ciudad del 
Betis a fines de 1601. No sé si habia tenido en 
Madrid a su mujer alguna parte del largo tiem- 
po que allí permaneció; pero si, a lo menos, que 
a su retorno a Sevilla vivieron convencionalmen- 
te apartados, y que ella, con poder marital admi- 
nistraba los bienes de su dote, entre los cuales 
era lo más granado la casa, que ya conocemos 
de la Caleria de San Esteban. Sospecho que Ale- 
mán, al regresar por este tiempo a la metrópoli 
de Andalucía, vivió primeramente en una casa 
pequeña que poseía en la calle del Horno Que- 
mado, collación de San Lorenzo, habitación tan 
humilde, que en 5 de agosto de 1602, y ya mo- 
rando en otra de la calle de Redes, que con una 
lindera, más pequeña, había recibido en traspaso 
por dos vidas, la arrendó en dos ducados cada 
mes. 

Importa no omitir que para el arreglo inte- 
rior de su morada tomó un ama de gobierno al- 
go entrada en años, ágil y nada lerda. Llamába- 
se doña Gregoria Volante, con su don espolvo- 
reado por encima; que ya al comenzar el siglo 
XVII era, en especial para las mujeres, caso muy 



CERVANTES 33 

de menos valer el no tenerlo, aunque hubiesen 
de arrancarlo de su propio donaire. 

En los últimos meses del mismo año de 1602 
tuvo incremento aquella como familia de aluvión 
que nuestro novelista había empezado a formar 
frisando ya con los cincuenta y cinco. El diablo, 
que no duerme y que, por malos de los pecados 
de Alemán, nunca anduvo muy lejos de él, le ha- 
bía hecho conocer a una doña Francisca Calde- 
rón, soltera, cuya edad pasaba de cinco lustros y 
algunas de cuyas señas sin fantasear nada pue- 
den decirse: era de color trigueño y debía de 
agraciarla mucho un lunar que tenía debajo de 
la oreja izquierda. 

Ofreciósele a esta doña Francisca necesidad 
de promover cierto pleitillo ante el licenciado 
Flores, teniente de asistente, sobre ser de su 
pertenencia una esclavita de ocho años llamada 
Petronila, y como, en solicitud de consejo o de 
gestiones, acudiese a Mateo Alemán, quien, ob- 
tenido lo que se demandaba, fué testigo con doña 
Gregoria de la entrega de la muchacha y del 
conocimiento de doña Francisca, el trato se hizo 
más íntimo desde entonces, y, pasado un mes, 
ésta dio poder a Alemán para que administrase 
sus escasos bienes. Cierto que todo ello pudo 
bien deberse a que por este tiempo estuviera 
ausente de Sevilla su hermano fray Francisco 



34 CERVANTES 

Calderón, conventual del monasterio de la Vic- 
toria, en Triana, de la Orden de los mínimos de 
San Francisco, y en quien por octubre de 1603 
sustituyó Alemán el poder mencionado; mas ni 
por aqui se puede dar color de inocentes a estas 
relaciones, porque es verdad asimismo que, con- 
tribuyendo o no a tal determinación la amistad 
que de antiguo tuviese con doña Gregoria, de 
allí a poco doña Francisca, y hasta otra su her- 
mana llamada doña María Calderón, vivieron 
familiarmente en compañía de Alemán, y aun 
aquélla, como veremos, le acompañó en su vía- 
le a las Indias. 

Nuestro ínclito escritor había dedicado a don 
Francisco de Rojas, marqués de Poza, la prime- 
ra parte de su novela, y a don Diego Fernández 
de Córdoba, duque de Cardona y Segorbe y mar- 
qués de Comares, la traducción en verso de dos 
Odas de Horacio, publicada probablemente algu- 
nos años atrás. A otros sujetos encopetados de- 
dicó después sus demás obras; pero, aunque al- 
gunos favores llegase a deberles, no ha de bus- 
carse entre todos ellos a su verdadero protector; 
que, salvo excepciones muy contadas, y por eso 
mismo loabilísimas, son personas de posición so- 
cial más humilde las que acorren a los ingenios 
menesterosos, y les dan la mano para que no cai- 
gan, y los levantan si cayeron. Más hizo en fa- 



CERVANTES 35 

vor de Miguel de Cervantes, dándole posada, 
prestándole dineros y fiándolo cuando fué me- 
nester, el ex comediante y mesonero Tomás Gu- 
tiérrez que el procer a quien dedicó la primera 
parte de su inmortal novela, aunque el pompo- 
so nombre de este quídam haya lucido en todos 
los ejemplares de todas las ediciones de ella, o 
séase en centenas de millares de volúmenes, y la 
memoria del buen Grutiérrez, en cambio, haya 
estado perdida tres siglos entre las polvorientas 
hojas de los protocolos sevillanos, hasta que una 
voluntad amiga la ha sacado a la luz del sol. 

Pues así mismo, otro que no el Marqués de 
Poza, y otro que no el Duque de Segorbe, fué el 
protector y, vamos al decir, el paño de lágrimas 
de Mateo Alemán en los años a que me voy re- 
firiendo. Veámoslo. Por los de 1540, o poco des- 
pués, Lorenzo del Rosso, florentín, había veni- 
do de su patria a Sevilla, como tantos otros ex- 
tranjeros, en busca de fortuna. Hallólo en 1551 
interviniendo en los negocios de Jácome Botti, 
con poder de este opulento comerciante, tam- 
bién florentín, y, algo más tarde, entendiendo 
en sus propios asuntos. En esta sazón hubo de 
contraer matrimonio con doña Agustina de Ene- 
ro, tía de Mateo Alemán, hermana de su madre, 
y de tal enlace tuvieron dos hijos: Juan Bautis- 
ta y Leonor del Rosso. Muerto Lorenzo, aquél, 



36 CERVANTES 

que se había adiestrado en los negocios, no sólo 
&a su casa, sino también en la del rico mercader 
Nerozo del Ñero, florentino igualmente, quedó 
en po?esión de un más que mediano caudal y 
con buena aptitud para acrecentarlo. De su pa- 
dre había heredado, entre otros bienes raíces, 
dos hermosas huertas, extramuros de Sevilla, 
junto al monasterio de la Trinidad, que aún per- 
duran con sus antiguos nombres: la de las Mo- 
reras y la de Valsóla. Este Juan Bautista del 
Rosso, primo hermano de Mateo Alemán, y a 
quien, al entrar el siglo xvii supongo frisando 
con los ocho lustros, fué el generoso protector 
del tan infortunado como célebre novelista. Ya, 
por consiguiente, apenas daremos un paso sin 
encontrar junto a Alemán, siempre liberal y be- 
néfica, la mano de su deudo. 

Tal nos la hace ver una curiosa escritura por 
aquél otorgada a 5 de agosto de 1602, y en al 
cual, por cuanto Alemán tenía privilegio del Rey 
para imprimir en sus reinos por tiempo de seis 
años «un libro intitulado Ouzmán de Alfarache, 
que por otro nombre se llama El Picaro cortesa- 
no, dio poder a Rosso — dice — -«para que a su 
costa e por su cuenta pueda imprimir e imprima 
en esta ciudad, e no fuera della, hasta cantidad 
de mil y sietecientos e cincuenta cuerpos del di- 
cho libro, en letra parangona o texto y de cuar- 



CERVANTES 37 

to de pliego cada uno, e no de otra manera..., e 
pueda assi mismo vender e venda los dichos li- 
bros en la parte e lugar que le pareciere..., y 
todo el aprovechamiento lo tome e reciba en si 
en cualquier cantidad que sea; que yo se lo re- 
nuncio e traspaso, por el trabajo que el susodi- 
cho ha de tener e porque le hago gracia e dona- 
ción dello..., por ser, como es, mi primo, e por 
el muncho amor e voluntad que le tengo...» Y 
apenas pasado un mes, prestábale Rosso 400 du- 
cados. 

La primera de estas dos escrituras es intere- 
sante en extremo, porque se refiere a la única 
edición sevillana antigua del Guzmán, impresión 
cuyos ejemplares son de tal rareza, que de ellos 
se habla, como del fénix, de referencia tan sólo. 
Silva se limitó a decir que «Quaritch, en su Ca- 
tálogo de 1864, trae una edición de Sevilla, 
1602, 4.°»; el doctor De Haan, ilustre profesor 
de la Universidad de Baltimore, se ha limitado 
a remitirse a esta cita, y Rosenthal tuvo un 
ejemplar, no sé si aquél mismo, y lo anunció 
como de «edición de extremada rareza, no cita- 
da», en el Catálago VII de su Boletín. Y ¿qué 
mucho, cuando don Nicolás Antonio, padre de los 
estudios bibliográficos en España, no tuvo noti- 
cia de esta impresión, con ser sevillano y haber 
vivido en el siglo xvii ?Yo he logrado la suerte 



38 CERVANTES 

de ver un ejemplar: tiénelo en su rica biblioteca 
hispalense el Sr. Duque de T'Serclaes de Tilly. 
Pero ¿qué se hizo de esta edición, que asi esca- 
sean sus copias, ya no conocidas en Sevilla al 
mediar el siglo en que salió a luz? Pronto habrá 
ocasión de responder, siquiera conjeturalmente, 
a esta pregunta. 

Poco dura la alegría en la casa del pobre, y 
dos nuevas desdichas vinieron sobre Mateo Ale- 
mán en el mismo año de 1602. Consistió la una 
en que cierto abogado valenciano, Juau Martí, 
con noticia, quizá no inmediata, de la segunda 
parte del Guzmán, que ya su autor había com- 
puesto y leídola a tal cual amigo, la plagió y 
recompuso le menos mal que el diablo le dio a 
entender, y la sacó a luz en su patria, bajo el 
seudónimo de Mateo Lujan de Sayavedra. Así 
dijo Alemán después, ya reescrita su segunda 
parte: «Me aconteció lo que a los perezosos: ha- 
cer la cosa dos veces; pues por haber sido pródi- 
go, comunicando mis papeles y pensamientos, 
me los cogieron al vuelo, de que viéndome, si 
decirse puede, robado y defraudado, fué necesa- 
rio volver de nuevo al trabajo, buscando caudal 
con que pagar la deuda, desempeñando mi pa- 
labra. Con esto, me ha sido forzoso apartarme 
lo más posible de lo que antes tenía escrito.» 
Peor cariz, aunque mejor resultado, ofreció 



CERVANTES 39 

estotra desdicha: Alemán tenía pendiente de 
pago la obligación contraída en Madrid, por fe- 
brero de 1601, a favor de Miguel López, y, como 
a su vencimiento la hubiese solventado el fiador 
Pedro de Baeza, éste, con su carta de lasto, pi- 
dió ejecución contra el deudor principal ante el 
licenciado Uribe, teniente del corregidor de Ma- 
drid, y, despachada requisitoria en 15 de junio 
de 3602, fué con ella a Sevilla Francisco Demar 
hacia mediados de diciembre e hizo prender en 
la Cárcel Real al ejecutado, que también, a lo 
que parece, había sufrido alguna prisión por 
cualquier trabacuenta de su contaduría. Proba- 
blemente por aquellos mismos días estaba preso 
allí Miguel de Cervantes, y a fe, señores acadé- 
micos, que deploro no ser ésta oportuna ocasión 
para empezar a esclarecer punto tan brumoso, y 
tan interesante a la vez, como el de la nada 
amorosa voluntad que se tuvieron aquellos dos 
ingenios peregrinos, y que se trasluce, no menos 
que en algunos lugares del Quijote, ya indicados 
por Clemencín, en varios otros del Guzmán de 
Alfarache, por nadie notados hasta ahora. ¡Para 
que fuese auténtica aquella amistosísima carta 
de Alemán a Cervantes, mal urdida por el ver- 
dadero autor de El BuscMpié! 

En aquellos días debió de hallarse ausente de 
la metrópoli andaluza Juan Bautista del Rosso, 



40 CERVANTES 

cuando no se dio prisa a sacar de la prisión a su 
deudo, negóse a efectuarlo doña Catalina de 
Espinosa, por lo cual, airado Alemán, en 10 de 
enero de 1603 le revocó los poderes con que co- 
braba las rentas de su casa de la Calería, y que- 
dó el infeliz abandonado de cuantos pudieran 
favorecerle. Entonces, y acaso a la par que Cer- 
vantes escribía su incomparable novela allí 
«donde toda incomodidad tiene su asiento y 
donde todo triste ruido hace su habitación», 
Alemán, que, en cumplimiento de un voto, com- 
ponía el libro que había de intitular San Anto- 
nio de Fadua, acumulaba en su corazón aquella 
angustiosa amargura que, al tratar de una pri- 
sión sufrida por el padre del Santo, le hizo 
proferir estas palabras: «Quien careció de mise- 
rias, de afligida prisión o injusta, desesperada 
hambre o afrentosa desnudez, parecerále traba- 
joso de sufrir el dolor de un mal paso; mas 
mucho mayor se le hace al que pasó por ello 
y se vio algún tiempo solo y preso, desnu- 
do y pobre, necesitado y hambriento. Bendito 
sea el Hijo de Dios, que, aunque como Dios 
nuestro Señor tuvo entera noticia de nuestros 
trabajos y desventuras, no las había padecido 
hasta que se vio entre los hombres hombre: 
y entonces praticó por experiencia nuestra do- 
lencia; lo que aflige una necesidad, lo que ator. 



CERVANTES 41 

menta una ingratitud, lo que irrita una soberbia, 
lo que martiriza un agravio, lo que padece un 
justo perseguido y un solo desfavorecido...» Al 
cabo, en 25 del propio mes, Juan Bautista del 
Rosso, ya de regreso en Sevilla, pagó a Demar 
el capital debido y las costas judiciales, cedién- 
dole en casi total pago del adeudo «quinientos 
libros intitulados Guzmán de Alfarache, por otro 
nombre el PícaroT^, claro que de la edición sevi- 
llana, en precio de doscientos diez maravedís 
cada uno, y quedando a deber Alemán al agen- 
te del acreedor quinientos reales, importe de su 
costa y de sus salarios. 

Es de presumir que Demar negociaría la 
venta de estos libros con algún librero sevillano 
de los muchos que mercadeaban con las Indias, 
y que allá enviaría también Rosso, fuera de muy 
contados ejemplares, el resto de la edición, de- 
biéndose a estas circunstancias el ser extrema- 
damente raros. Bien que lo son asimismo los de 
la príncipe. Paladinamente declaro que, aunque 
lo intenté con ahinco, no he logrado hallar noti- 
cia de tales remesas en los registros de ida de 
naos en 1603. En cambio, acá y allá tropecé con 
envíos de ejemplares de ^El Picaro, segunda 
pcD'te^^ que no puede ser más que la de Martí, 
y aun tal cual vez, juntas en ilícito maridaje, la 
primera parte, que no la hay sino auténtica, con 



42 CERVANTES 

la segunda que falsificara aquel torcido hombre 
que, por una de tantas paradojas como la reali- 
dad ofrece a cada paso en el mundo, solía exa- 
minar de Derecho en la Universidad valentina. 

Terminado el libro acerca de San Antonio 
antes fie la primavera de 1603, el generoso deu- 
do y editor de Mateo Alemán, a 3 de marzo, 
concertó con Clemente Hidalgo, tipógrafo his- 
palense, la impresión de 1.750 ejemplares de 
esta obra, en letra parangona, habiendo de co- 
menzarse el trabajo el día 20 de aquel mes y de 
dar hecho cada día un pliego de tres resmas y 
media. Pero ¡cosa rara y difícil de explicar!, tal 
impresión no sólo no se hizo en aquella prima- 
vera, sino que, además, no habría podido efec- 
tuarse, por carecer todavía el libro de las apro- 
baciones necesarias, pues las que lleva son de 
noviembre y diciembre de aquel año. El caso 
parece aún más peregrino al reparar en que 
hasta el 31 de enero de 1604 no autorizó Ale- 
mán a Rosso — dígolo por sus propias palabras — 
«para que en mi nombre y como yo mismo pue- 
da hacer imprimir e imprima un libro de la vida 
e milagros del señor san Antonio que yo he he- 
cho, de que tengo previlegio de su magestad...» 
Y, en efecto, sólo entonces se imprimió el libro, 
en la oficina de Hidalgo y en letra parangona, 
tal como (prematuramente, a lo que se deja en- 



CERVANTES 



43 



tender) lo habían concertado el editor y el im- 
presor. 

Mas a fe que si tal documento origina alguna 
duda, en cambio, desata otra, o, dicho mejor, in- 
duce a rectificar una afirmación acaso acaso equi- 
vocada. La particularidad de hallarse en el Li- 
bro de la Hermandad de los Impresores de Ma- 
drid un asiento justificativo de que en 4 de junio 
de 1600 ingresaron «de en casa de Mateo Ale- 
mán un real y catorce maravedís» hizo enten- 
der al tan sagaz como docto bibliógrafo don 
Cristóbal Pérez Pastor que aquél, impresa en 
1599 la primera parte del Guzmdn en casa de 
Várez de Castro, «quiso imitarle poniendo tam- 
bién imprenta». Y así lo entendí yo con el dili- 
gentísimo exhumador de los Documentos cervan- 
tinos inéditos, hasta que, a la nueva luz de la di- 
cha escritura sevillana hallé otra explicación al 
apunte del Libro de la Hermandad. Estipuló 
Clemente Hidalgo con Rosso que la impresión 
del San Antonio había de hacerse «en una im- 
prenta que tengo de tener armada y puesta en 
las casas de la morada de Mateo Alemán, que 
son en esta ciudad, en la collación de sant Vi- 
cente». Pues cosa igual debió de suceder con la 
impresión de la primera parte del Gtizmán: que 
se haría en la casa del autor, entonces habitante 
en la corte, y al ingresar tardíamente aquellos 



44 CERVANTES 

maravedís en el arca de la Hermandad, se indi- 
caría, no el nombre del impresor, sino la casa 
en que había estado establecida la imprenta. 

Entre los pocos amigos que en su pobreza te- 
nía Mateo Alemán, deben contarse los que le 
agasajaron escribiendo composiciones encomiás- 
ticas para sus obras. De algunos de ellos, verbi- 
gracia, de Vicente Espinel y Juan López del 
Valle, he tratado en uno de mis libros recientes; 
de los demás nada podré decir en este discurso. 
Una sola excepción haré: la del famosísimo Lope 
de Vega, autor de diez y seis gallardas liras que 
lucen en los principios del San Antonio de Padua. 
Sabido es que Lope, ya casado desde el año de 
1698 con doña Juana de Guardo, dejó en el de 
1600 el servicio del Marqués de Sarria y se tras- 
ladó a la gran ciudad del Guadalquivir con su 
amada Camila Lucinda y con algunos frutos, 
más bien flores, de esta ilegítima unión: con 
aquella gentil Mariana y aquella graciosa Ange- 
lilla a quienes Hamete, el esclavillo de Gaspar 
de Barrionuevo, llevaba a la tienda por chuche- 
rías infantiles... ¡Es lástima, pero es verdad que 
los más tiernos idilios suelen convivir risueña y 
fraternalmente con los más diabólicos pecados! 
Pues bien (y de bonísima voluntad ofrezco a la 
Academia Española estas primicias de un recien- 
te hallazgo mío), para que la permanencia de 



CERVANTES 45 

Lope en Sevilla se alargara hasta los primeros 
meses de 1604 hubo uu curioso motivo: la her- 
mosa comedianta Micaela de Lujan, Camila Lu- 
cinda por otro nombre, estaba casada con cierto 
mediocre representante, llamado Diego Díaz. 
Este, que discretamente se había ido a las In- 
dias en 1596 o algo más tarde, falleció en el 
Perú al mediar el año de 1603; y, como un se- 
villano que de allá vino trajese los maravedís 
que quedaron por bienes suyos, la ya viuda pro- 
movió diligencias judiciales para que se la nom- 
brase tutora y curadora de sus hijos y se la au- 
torizase para recibir y administrar la herencia. 
Ofreció por fiador en la dicha tutela a Lope de 
Vega Carpió, y entre los testigos que presentó 
para la información, fue el primero Mateo Ale- 
mán. Quizá en la propia casa de éste vivieron 
Lope y Camila Lucinda; a lo menos, consta que 
moraban en su collación: en la de San Vicente, 
Entre los hijos de Micaela de Lujan figuran (y 
no podía ser menos) Mariana y Angeles, y como 
el menor de todos, de edad de tres meses recién 
cumplidos (y no podía ser más), Félix, nacido y 
bautizado en Sevilla. 

Impresa la Vida de San Antonio, y pues era 
Lisboa un excelente mercado para los ejempla- 
res de este libro, por el grande amor que a su 
santo profesan los portugueses, Mateo Alemán» 



46 CERVANTES 

de acuerdo con E-osso, partióse allá entrada la 
primavera de 1604. Puede fijarse casi con cabal 
precisión la fecha de la partida: en 6 de abril 
otorgó Alemán cuatro escrituras que lo pintan 
con el pie en el estribo. 

Por una de ellas, como cesionario de Juan 
Alonso, piloto mayor de la flota de Nueva Espa- 
ña, apoderó a su deudo para que prosiguiera 1 is 
gestiones relativas al cobro de lo que por su sa- 
lario como tal piloto se le debía; por otra corres- 
pondiéndole designar la segunda vida en cuanto 
al disfrute de sus casas de la calle de Redes dio 
poder a Atanasio de Averoni para que la desig- 
nase; y por las dos restantes apoderó a doña 
Francisca Calderón para cobrar, arrendar y aun 
vender sus casas y cualesquier otros bienes su- 
yos, y simuló cederle en arrendamiento, por un 
año, las de la dicha calle de Redes, dando por 
recibida la renta. Y ya Alemán en Lisboa, como 
allí se le ofreciese buena ocasión para dar a la 
estampa la segunda parte de su novela, en la 
cual (dígolo siquiera de pasada) se sacó a mara- 
villa cuantas espinas le había clavado Juan Mar- 
ti, llevó su manuscrito a la renombrada impren- 
ta de Pedro Crasbeeck, con aprobaciones de 7 y 
9 de septiembre y privilegio para Portugal de 4 
de diciembre, y en los últimos días del año salió 
a luz el nuevo libro, bajo el título de Segunda 



CERVANTES 47 

parte de la vida de Giizmán de Alfarache^ atala- 
ya de la vida humana, por Mateo Alemán, su ver- 
dadero autor. 

La estancia de Alemáu en Lisboa, quizá por- 
que entendiera allí en otro linaje de negocios, se 
prolongó hasta después de abril del siguiente 
año: pruébase por un poder que Rosso dio más 
tarde para cobrar de cierto mercader de libros 
de aquella ciudad unos ejemplares del San An- 
tonio «que de mi recibió — dice E-osso — por ma- 
no de Mateo Alemán..., según consta y parece 
por un conocimiento que dello me hizo firmado 
de su nombre, su fecha en Lisboa a 26 de abril 
del año pasado de seiscientos y cinco». Y entre- 
tanto, el mismo E-osso hacía al Nuevo Mundo 
grandes remesas de los libros de su pariente: en 
15 de abril de 1605, para entregarlas en Puerto 
Belo, tres cajas con 292 ejemplares del San An- 
tonio; poco después, para Cartagena de Indias, 
102 ejemplares de la misma obra, y en julio del 
propio año, para alijarlas en San Juan de Ulúa, 
otras tres cajas con 490 ejemplares de la segun- 
da parte del Guzmán. 

A partir de octubre de 1605, mes en que Ale- 
mán, ya de regreso en Sevilla, compró en el tér- 
mino de Tímbrete, por encargo del dicho Avero- 
ni, un pedazuelo de pinar como de una aranzada, 
no vuelvo a hallar contrato alguno suyo con 



48 CERVANTES 

Juan Bautista del Rosso, y de éste no encontré 
hasta ahora noticias posteriores a marzo de 1607. 
¿Cómo no salió a luz la tercera y última parte 
del Guzmán, que su autor habia de ofrecer muy 
en breve, pues la ten ía hecha, según dijo reite- 
radamente en la segunda? ¿Sucedió alguna cosa 
desagradable que enemistara a Alemán y Ros- 
so...? Porque no sé responder a estas preguntas 
las hago, y en cuanto a la última, hechos poste- 
riores, que narraré, hacen presumir que pueda 
aventurarse una respuesta afirmativa. 

Frisaba Alemán con los sesenta años y se le 
habia cerrado el horizonte en términos tales, que 
se encontraba reducido a la miseria, y, lo que 
aún era peor, perdida la esperanza de salir del 
negro estado en que se veía. Había pasado el bi- 
zarro tiempo del Emperador, que premió las ar- 
mas, y el buen tiempo de Felipe II, que so- 
lía premiar las letras; de ordinario, galardonába- 
se ahora la adulación servil; ser deudo de un pri- 
vado valía más que estudiar toda la vida; dábase 
el pan a los ahitos, con tal que no lo hubieran 
ganado; el favor se reía desvergonzadamente de 
los méritos, y las virtudes escondíanse abochor- 
nadas, como si fueran vicios... Y pensando estas 
y otras cosas análogas, Mateo Alemán, que había 
gastado en la lucha por la vida lo mejor de los 
aceros de su alma, quiso no morir en donde no 



CERVANTES 49 

podía vivir. Se resolvió a irse a las Indias. Allí 
tenía deudos que podrían favorecerle; especial- 
mente prometíase mucho del doctor Alonso Ale- 
mán, su primo hermano, quien, después de abo- 
gar con grande crédito en la Audiencia mejicana 
y de leer muchos años la cátidra de prima de 
Leyes de aquella Universidad, había sido reco- 
mendado para algún alto puesto por el Con- 
de de Monterrey, ex virrey de Méjico y virrey 
del Perú. 

Adoptada tal resolución, Mateo Alemán pidió 
la real licencia para pasar a la Nueva España 
con tres hijos suyos, una sobrina y dos criados. 
Obtúvola; mas aquí empezaron a suceder cier- 
tas cosas raras, para algunas de las cuales, hoy 
por hoy, no hallo satisfactoria explicación. Fué 
la primera que Mateo Alemán, por dos escritu- 
ras otorgadas en Sevilla, a 10 de abril y 14 de 
mayo de 1607, respectivamente, donase su casa 
de la calle del Río a Pedro de Ledesma, secre- 
tario del Real Consejo de Indias, y le apodera- 
se para vender los privilegios relativos a la se- 
gunda parte del Guzmán y al San Antonio de 
Fadua. Como era Ledesma quien refrendaba las 
reales cédulas de pasajeros, cabe dudar si fué 
un acto de mera liberalidad la tal donación, que 
siempre parecía sospechosa, por la pobreza del 
donante, o si en ello hubo quizá remuneración 



50 CERVANTES 

de algún favor recibido, mayormente si por cual- 
quiera circunstancia había impedimento para 
conceder a Alemán la licencia de pasaje que so- 
licitaba. 

Cosa para causar extrañeza es también que 
Alemán en todo lo tocante a su ida a las Indias 
cuidó ahora de llamarse Mateo Alemán de Aya- 
la, añadiendo insólitamente a su nombre este úl- 
timo apellido; pero tal hecho tendría buena ex- 
plicación si se demostrara que un Juan Alemán 
de Ayala que había sido escribano de Sevilla 
por los años de 1568, y que en 1589 renunció 
su oficio de escribano público en la ciudad de 
Santo Domingo de la Isla Española, se había 
trasladado a Méjico, vivía aún a los comienzos 
del siglo XVII y era deudo de Mateo Alemán; 
que en los pasados tiempos no fué caso raro, 
antes bien frecuente, arrimar al propio apellido 
el de aquel cuya protección se esperaba o se pre- 
tendía, y aun dejar el uno por el otro. Y para 
que todo sea harto curioso en los preparativos 
del viaje de Alemán, eslo muy mucho el que 
éste, al presentar la real cédula en la Casa de la 
Contratación de Indias con la información de 
testigos practicada en 1582, diese por hija suya, 
con doña Margarita y Antonio Alemán, de trece 
y ocho años, a doña Francisca Alemán, de vein- 
ticuatro, que no era sino su amiga doña Francis. 



CERVANTES 51 

ca Calderón, mudado el apellido, y debía de pa- 
sar de los treinta. Igualmente llama la atención 
el haber manifestado alguno de los testigos que 
no conoció a la madre de los hijos de Alemán, 
porque éste y aquélla «no fueron casados, y son 
hijos naturales nacidos en esta ciudad, y ansí es 
cosa pública y notoria». Y la doña Catalina Ale- 
mán, de cuarenta años, que aparece como hija 
de Juan Agustín, no podía serlo, a lo menos le- 
gítima, porque éste no tuvo sucesión de su pri- 
mera mujer doña Isabel San Román de Medina, 
muerta en 1596. 

Dejándonos una acabada prueba de que la 
doña Francisca que había de acompañarle no 
era una hija suya de este nombre, sino doña 
Francisca Calderón, Mateo Alemán, a 8 de ju- 
nio de 1607, la víspera de su despacho para el 
embarque, otorgó poder a doña Gregoria, su 
ama, a doña María Calderón, hermana de aqué- 
lla, para que administrasen sus casas de la calle 
de Redes, y facultó a doña María para que mo- 
rase en la pequeña, o la cediese en arrenda- 
miento haciendo suyo el producto. Claro es que 
pues tal poder y tal licencia no se dan a doña 
Francisca, la persona más allegada a Alemán, 
ésta había de partir con él. Y claro es asi- 
mismo que estarían rotas las relaciones de Ale- 
mán con su deudo Juan Bautista del Rosso, acá- 



52 CERVANTES 

SO por muerte de éste, cuando no quedó a su 
cargo la administración de aquella humilde ha- 
cienda. 

Despachado y pronto para el embarque, ya 
Alemán soñaba con el momento en que se diese 
la orden de zarpar la flota; pero aun en ésto se 
vio defraudada su esperanza. Vagaban piratean- 
do no lejos de nuestras costas de Levante na- 
vios holandeses, y por real carta fecha en Valla- 
dolid a 27 de junio se manifestó a don Francis- 
co Duarte, presidente de la Casa de la Contra- 
tación, que, pues para el breve despacho de la 
armada que había de ir en busca del enemigo 
«era fuerza valerse de algunos navios de la flo- 
ta de Nueva España que está aprestada», se 
había mandado «suspender por agora la salida 
de dicha flota y que se descarguen las mercade- 
rías a satisfacción de sus dueños». 

Preciso fué, por tanto, a nuestro escritor apla- 
zar su viaje hasta cerca del estío del año siguien- 
te; y como en todo este tiempo, aunque mucho 
lo procuré, no he hallado rastro suyo en Sevilla, 
colijo que viviría fuera de esta ciudad. No es di- 
fícil conjeturar en dónde, ni tampoco determinar 
en qué emplease los ratos que le dejaba libres la 
negra tarea de buscar su mantenimiento. Dedi- 
cólos a componer una Ortografía castellana, en 
la cual pudiese plantear y proponer importantes 



CERVANTES 



53 



reformas que sus buenos estudios y sus largas 
meditaciones sobre esta materia le representaban 
como necesarias, o, cuando menos, como grande- 
mente razonables y útiles. Tengo por probable 
que Alemán pasó aquel año, o buena parte de él, 
en la villa de Trigueros, en donde residían pa- 
rientes suyos, o en algún otro pueblo del Conda- 
do de Niebla, e indúzoolo del siguiente párrafo 
de su Ortografía: «Doy mi palabra que habrá 
pocos días que siendo huésped en un lugar del 
Condado de Niebla de más de quinientos veci- 
nos, vi que muchos llamaban escriben a el escri- 
bano, y el mismo escribano, hallándose presente 
a cierta conversación escolástica que tratábamos 
el cura y yo, nos dijo: «Por esta sofricanza de 
»cruz, ques hecha de güeso y carne, que les die- 
»ra no sé qué por saber latigar y destroir los la- 
»tines como ellos. > Quiso decir litigar y cons- 
tJtiir; y para esto hizo una cruz con el índex y 
el pulgar, poniendo una hechura de toda la ma- 
no, que pudiera bien servir para el candelero de 
tinieblas.» 

Con estas y las otras, pasó el tiempo, y a me- 
diados de junio de 1608 llegó el ansiadísimo de 
hacerse a la vela la flota de la Nueva España, 
compuesta aquella vez de más de setenta navios. 
El egregio dramaturgo mejicano Juan Ruiz de 
Alarcón tenía su pasaje en la nao de que era 



54 CERVANTES 

maestre Diego Garcés; Mateo Alemán y sus 
acompañantes iban en la de Tomé García, con el 
ecijano Bartolomé de G-óagora, como éste dijo 
muchos años después en su curioso libro, hoy to- 
davía inédito, intitulado El Corregidor sagaz... 
Zarparon las naves del puerto de Bonanza, que- 
dáronse atrás, a la mano derecha, los copudos 
pinos del famoso Bosque de Doña Ana, y a la 
izquierda, la alegre ciudad de Sanlúcar, y poco 
después, pasada la barra y esfumados y desva- 
necidos por la brumosa lejanía los blancos case- 
ríos de Chipiona, Rota y Cádiz, no se vio otra 
cosa que mar y cielo. Doña María de Treseño, 
la mujer de Góngora, charlaría sobre cubierta 
con doña Francisca Calderón; Alemán, mirando 
con los ojos fijos el lejano horizonte, eusimisma- 
ríase a menudo, lleno de melancolía. Llevaba al 
Nuevo Mundo, además de sus viejos desengaños 
y sinsabores, un solo librillo, y ése, no acabado: 
su Ortografía castellana. Dejábase atrás, con 
amargo desdén, todo lo que tenía escrito de la 
tercera parte de su Guzmán y una Historia de 
Sevilla, fruto de muchas vigilias y afanes... ¡Per- 
dido, perdido todo! 

De la breve estancia y de la quizá pronta 
muerte de Mateo Alemán en Méjico no sabemos 
sino lo que se colige de su Ortografía castellana, 
que allí terminó y publicó en 1609, y lo que en 



ÓERVANTES 65 

SU mencionado libro inéíííto dijo Bartolomé de 
G-óngora. Alemán dedicó el suyo a don Juan de 
Villela, presidente de la Audiencia de Guadala- 
jara; pero, en realidad de verdad, ala ciudad de 
Méjico, en unas elegantísimas expresiones: «...No 
se lo pude imprimir — dice — por no tenerlo 
acabado cuando me dispuse a pasar a estas par- 
tes, y porque, como el que viene de otras extra- 
ñas, tuve por justa cosa traer conmigo alguna 
con que, cuando acá llegase, manifestar las pren- 
das de mi voluntad...» Discúlpase antes, al fin 
de la fe de erratas, de las que había sacado su li- 
bro: «...que no es posible corregir bien sus obras 
el autor dellas; demás que la corta vista y la lar- 
ga enfermedad me disculpan.» Al cabo de esta 
dolencia debió de estar acechándolo la muerte. 
He aquí las palabras de Góngora: «Mateo de 
Alemán, criado del Segundo y Prudente, ingenio 
subtil sevillano, y subtil en su Guzmán y San 
Antonio, merece recordación de amigo, con quien 
comunicaba sus elocuentes escritos antes que vi- 
niese conmigo el año de 1608, mereciendo Méji- 
co su precioso cadáver...» 

Voy a terminar muy pronto, señores Acadé- 
micos: luego que resuma en algunas breves con- 
sideraciones este esbozo de biografía. En las 
obras de Mateo Alemán están contenidos, como 
por vislumbres y entre ligera bruma, los princi- 



&é CÉRVANTtS 

pales acontecimientos de su turbulenta vida y 
las memorias de las tierras y ciudades que reco- 
rrió y en donde vivió: de Madrid (y seré muy 
parco en estas citas) aquel sermón, oído en San 
Gil, contra los escribanos, y el recuerdo de los 
famosos bodegones de Santo Domingo, Puerta 
del Sol, Plaza Mayor y calle de Toledo; de Gra- 
nada, amén de hacer memoria de aquellas «uvas 
pequeñuelas y gustosas llamadas jabíes^, el su- 
cedido del rústico labrador que, viendo tan alta, 
en la portada de la Chancillería, la figura de la 
Justicia, se desistió prudentemente de su pleito, 
y la hábil traza de que se valió aquel travieso 
regidor para vender bien la leche de su ganado; 
de Italia, con especialidad de Florencia, en don- 
de debió de residir algún tiempo, muchedumbre 
de interesantes pormenores, y no menos de Por- 
tugal y del hidalgo y afectuoso trato de los por- 
tugueses. 

Pero solamente los sucesos de la vida de Ma- 
teo Alemán bien investigados y conocidos pue- 
den dar la clave para entender y juzgar sus 
obras con cabal acierto. Sin la curiosa historia 
de su casamiento y de sus desavenencias conyu- 
gales no entenderíamos sino a medias el alcan- 
ce de aquellas prolijas consideraciones acerca 
de las mujeres y del matrimonio, a que solía di- 
gresar, así en el Guzmán como en el San Anio 



CBRVANTÉS 57 

nio de Padua; sin la noticia de sus encarcela- 
mientos no podríamos darnos exacta cuenta de 
cuan hijas de su propio infortunio fueron sus 
frecuentes observaciones sobre la cárcel. Mas 
¿se ha de entender por esto que, como algunos 
insinúan, Mateo Alemán se retratase en su Pi- 
caro, hasta el extremo de que la vida de éste sea, 
plus minusve, su propia historia? No, a buen se- 
guro, y ahora, cuando por primera vez al cabo 
de tres siglos pueden compararse entrambas vi- 
das, la del escritor y la de Guzmán, échase de 
ver muy claramente. Esto no obsta para que, pa- 
sando a menudo del relato de las diabólicas tra- 
vesuras de su héroe picaresco a las graves mo- 
ralidades que pone en sus labios, para tornar 
muy luego de éstas a aquél, tal como, en frase 
de Ariosto, hace el músico diestro, 

Che spesso muta corda e varia suono, 
R ¿cercando ora il grave, ora' I acuto, 

Alemán atribuyese a Guzmanillo, su hechura, 
alguna particularidad de su misma persona y no 
pocos pormenores de su propia vida, como por 
cariño y fineza paternal. 

Así, sobre cuantas concordancias y analogías 
he ido señalando acá y allá en este mi des- 



58 CEI^VANTES 

manado discurso, puede bien advertirse cómo 
la señal de herida que tenia Alemán «sobre el 
dedo pulgar de la mano izquierda, junto a la 
muñeca», cicatriz que implícitamente se deja su- 
poner que era asimismo señal de Guzmán, da 
pie para el error de los desalmados cuadrilleros 
que confunden a éste con un ladroncillo a quien 
buscaban y que «tenia menos el dedo pulgar de 
la mano izquierda»; cómo la compra de un solar 
para edificar, en la calle del Río, sobre el cual 
pesaba un censo perpetuo de diez y ocho reales 
de rédito en cada un año, está recordada 
la referencia de aquel otro solar, también con 
censo perpetuo, que compró Guzmán, «por te- 
ner una posesión y un rincón propio en que me- 
terse»; cómo las alhajas que vendió Alemán 
a don Francisco Valles en 1594, y las merca- 
derías de seda y oro que compró en 1601 a 
Miguel López, corresponden de todo en todo 
a aquellas famosas mohatras con que Guzmán y 
su suegro se granjeaban judaicas medras; y 
cómo, en fin, para no proceder en infinito, cuan- 
do Guzmán, por segunda vez casado, vuelve a 
Sevilla, toma casa «en los barrios de San Bar- 
tolomé», es decir, iunto a la collación de San 
Esteban o en ella misma, donde Alemán había 
vivido algunos años. 

De los cuarenta y ocho libros que el buen 



CERVANTES 59 

Vasco Díaz Tanco de Fregenal declaró en su 
Jardín del alma cristiana tener recopilados y 
hechos después que salió de tierra de infieles, 
llamábase el quizá más curioso: Los seis aventu- 
reros de España, y como el uno va a las Indias, 
y el otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro es- 
tá preso, y el otro anda en pleitos, y el otro entra 
en religión. E como en España no hay más gente 
destas seis personas sobredichas. Cierto: no había 
más. Pero algunos españoles de aquel gran siglo 
tenían vitalidad tan lozana y pujante, que junta- 
ban en sí las más de las seis personas. Y esto su- 
cedió a Mateo Alemán, que, fuera de andar por 
Flandes y entrar en religión, todo lo demás hizo 
y todo lo demás fué, que era espíritu complejo y 
brioso, de amplísimas aptitudes, y en quien toda 
cualidad tuvo algo, y aun mucho, de atlético. 
Así, a poco que se lea en la mejor y más popular 
de sus obras, sorprenden y cautivan al lector, 
aquí, un valiente rasgo de aquella alma templa- 
da como el acero damasquino; allí, una bizarra 
muestra de su agudo y perspicaz ingenio; en to- 
das partes, un léxico abundantísimo, lleno de vi- 
vas lumbres, salpicado de innumerables joyuelas 
del bien decir y sembrado de folk-lore de lo más 
neto y castizo que criaron tierras de España. 

Fué Mateo Alemán, como Cervantes, un des- 
heredado de la dicha, y aun quizá habría podido 



60 CERVANTES 

reconvenirse como se reconvino éste por boca de 
Apolo: 

Tú mismo te has forjado tu ventura, 
Y yo te he visto alguna vez con ella; 
Pero en el imprudente poco dura; 

mas así y todo, ¡qué diferencia entre ambos pe- 
regrinos escritores! Para los dos tuvo harta hiél 
la fortuna; pero Cervantes, siempre generoso, le- 
vantaba sobre todas las miserias su efusivo cora- 
zón, y escupía noblemente aquella hiél, apenas 
pasada de los labios, para que no se le aposenta- 
ra en las entrañas, mientras que Alemán, profun- 
do filósofo, de espíritu recio y áspero, la paladea- 
ba y deglutía aposta, por no perder su derecho 
a la queja y a la indignación. Así, explicando, 
en ocasión memorable y no remota, mi venerado 
maestro y maestro universal don Marcelino Me- 
nóndez y Pelayo cómo Cervantes no imita jamás 
la novela picaresca, ni siquiera en Rinccnete y 
Cortadillo, «que es un cuadro de género tomado 
directamente del natural, y no una idealización 
de la astucia famélica como Lazarillo de Termes, 
ni una profunda psicología de la vida extraso- 
cial como Guzmán de Alfarache*, añadía estas 
palabras de oro: «Corre por las páginas de Rin- 



CERVANTES 



Gl 



coñete una intensa alegría, un regocijo luminoso, 
una especie de indulgencia estética que depura 
todo lo que hay de feo y de criminal en el mode- 
lo, y sin mengua de la moral lo convierte en es- 
pectáculo divertido y chistoso. Y así como es di- 
verso el modo de contemplar la vida de la ham- 
pa, que Cervantes mira con ojos de altísimo poe- 
ta y los demás autores con ojos penetrantes de 
satírico o moralista, así es divergentísimo el es- 
tilo, tan bizarro y desenfadado en Rinconete; tan 
secamente preciso, tan aceradamente sobrio, en 
el Lazarillo; tan crudo y desgarrado, tan honda- 
mente amargo, en el tétrico y pesimista Mateo 
Alemán, uno de los escritores más originales y 
vigorosos de nuestra lengua, pero tan diverso de 
Cervantes en fondo y forma, que no parece con- 
temporáneo suyo, ni prójimo siquiera.» 

Tiempo es éste de reparaciones. En el promo- 
verlas y llevarlas a cabo hay, al par que un no- 
bilísimo anhelo de justicia, algo de bochornoso 
remordimiento nacional. Parece, además, triste 
hado del genio no gozar de su gloria, postuma 
siempre. Por eso a la amargosa baya del laurel 
sólo por burla irónica puede llamársele fruto. Ya 
honramos a Cervantes. Ya, también, podemos 
honrar a Mateo Alemán: él mismo, anciano y en- 
fermo, dijo cuando había de ser llegada la sazón, 
en estas palabras que dirigió Al lector en su Or- 



62 CERVANTES 

tografia: «Así habré de pasar el tiempo que vi- 
viere, siendo muy propio a los presentes andar 
perseguidos hasta la muerte. No se dirá de mi, 
pues me falta de qué, ser iuvidiado; mas deste 
agravio me nace confianza que habiendo falleci- 
do me dirán responsos y volverán a envainar las 
armas con que agora trataren de ofenderme, por- 
que la luz natural habrá dádoles vista, y me ten- 
drán ausente de la suya. Que nunca la sal sala ni 
hace su efeto hasta ya estar deshecha.» 

He dicho. 

Francisco Rodríguez MARÍN 



CERVANTES 63 



El libro de los paisajes. 



Tormenta. 

Erase una caverna de agua sombría el cielo; 
el trueno, a la distancia, rodaba su peñón, 
y una remota brisa de conturbado vuelo, 
se acidulaba en tenue frescura de limón. 

Como caliente polen exhaló el campo seco. 
Un relente de trébol lo que empezó a llover. 
Bajo la lenta sombra colgada en denso fleco, 
se vio al cardal con vividos azules florecer. 

Una fulmínea verga rompió el aire al soslayo; 
sobre la tierra atónita cruzó un pavor mortal; 
y el firmamento entero se derrumbó en un rayo, 
como un inmenso techo de hierro y de cristal. 



64 CERVANTES 

II 



Ll 



uvia. 



Y un mimbreral vibrante fué el chubasco resuelto 
que plantaba sus líquidas varillas al trasluz, 
o en pajonales de agua se espesaba revuelto, 
descerrajando al paso su pródigo arcabuz. 

Soltó la alegre lluvia por taludes y cauces. 
Descolgó del tejado sonoro caracol; 
y luego, allá a lo lejos, se desnudó en los saucea 
transparente y dorada bajo un rayo de sol. 



III 



Cal 



ma. 



Delicia de los árboles que abrevó el aguacero. 
Delicia de los gárrulos raudales en desliz. 
Cristalina delicia del trino del jilguero. 
Delicia serenísima de la tarde feliz. 



IV 

Plenitud. 

El cerro azul estaba fragante de romero, 
y en los profundos campos silbaba la perdiz. 

Leopoldo LUGONES 



CERVANTES 65 



JUVENILIA 



Felices los jóvenes. Ignoran la esclavitud de 
las opiniones consagradas y no sufren la coyun _ 
da de errores que otros cometieron. Pueden mi- 
rar hacia adelante sin angustias de remordimien- 
to y esparcir semillas vírgenes en surcos nuevos, 
como si la historia comenzara en el preciso mo- 
mento en que ellos forjan sus ensueños. 

El porvenir pertenece a los que no tienen com 
plicidad con el pasado; es necesario estar libres 
de prejuicios crepusculares para estremecerse al 
contacto de ideales que incensantemente se re- 
nuevan. Toda futura grandeza, en nuestra Amé- 
rica, está en manos de la juventud que estudia, 
preparándose a vivir intensamente una era nue- 
va de la civilización humana. Una sola genera 
ción de estudiosos bastaría para dar a estos pue 
blos personalidad en el mundo, creando una nue 



66 CERVANTES 

va moral, plasmando formas originales de arte, 
agregando verdades firmes al acervo de las cien- 
cias, inspirando la vida común en generosos pre- 
ceptos de solidaridad social. 

Pensar en el porvenir, con insaciable afán de 
perfección, es la manera más firme de preparar 
altos destinos a las razas nacientes. Está en for- 
mación otro mundo moral, libre de las tradicio- 
nes rencorosas que envenenan el arcaico espíritu 
de Europa; procuremos infundirle ideales nues- 
tros y virtudes nuestras, cuyo conjunto constitu- 
ya una etapa distinta de las pasadas en la histo- 
ria de la Humanidad. 

Una nueva nación debe significar algo más que 
un )iuevo estado político. Importa una nueva 
cultura, un nuevo criterio para medir los valores 
sociales, una nueva orientación del ideal colecti- 
vo hacia conquistas propicias a la ventura de los 
hombres. Todo ritmo de civilización puede redu- 
cirse a términos de una fórmula sencilla: couquis. 
tar la felicidad de todos, evitando los comunes 
sufrimientos. 

Refugíense en el ayer los hombres y las nacio- 
nes exhaustas, que ya no tienen mañana. Los 
ideales contemplativos son propios de la senec- 
tud, para la que «todo tiempo pasado fué mejor»; 
los ideales constructivos son propios de la juven- 
tud, pue-s ella sabe que «todo tiempo por venir se- 



CERVANTES 67 

rá mejor». Los jóvenes deben explorar rutas des- 
conocidas, en busca de inspiraciones y de estí- 
mulos para la vida humana: hay sistemas de sen- 
timientos, de pasiones, de ideas, de actos, que 
implican vehementes anticipaciones. Quien ten- 
ga avidez de pensar por sí mismo no se detenga 
a rumiar lo que otros pensaron, ya que el hom- 
bre y la sociedad son susceptibles de ilimitados 
perfeccionamientos. 

Los que sólo piensan en el presente y viven 
hartándose con satisfacciones inmediatas, son. 
factores negativos para el porvenir. Son fuerzas 
eficaces los que miran alto y lejos, aunque no 
puedan cosechar en vida los frutos de su siem- 
bra. Hay, para los soñadores, una justicia segu- 
ra, la de sus hijos, que son la posteridad. 

Bienvenidos los jóvenes quiméricos que cons- 
truyen el mañana, anhelándolo, pensándolo, ha- 
ciéndolo. En ellos pueden adunarse la capacidad 
para el trabajo y el entusiasmo para la cultura, 
fuentes naturales de toda grandeza colectiva. Los 
pueblos que marcan su paso por la historia son 
los que ejercitan más intensamente las virtudes 
del pensamiento y de la acción. 

El hombre que trabaja es optimista y es justo; 
cosecha los frutos de su huerto y respeta los fru- 
tos del esfuerzo ajeno, estimando el mérito de 
los otros hombres y sintiendo la comunión de 



68 CERVANTES 

todos los esfuerzos. El hombre que piensa ela- 
bora los destinos comunes, sirve a su pueblo en- 
tero, preparando los ideales que lo encaminan 
hacia un norte expansivo y fecundo. 

Estudiar es el trabajo de la juventud, pues da 
inteligencia para la acción, que es la vida mis- 
ma. Descifrar la naturaleza, en las cosas que la 
constituyen y en los libros que la interpretan, 
es multiplicarse. El ritmo con que diariamente 
aprendemos más, la estoica labor del que sabe 
escrutar la verdad y construir la ciencia, la bea- 
titud serena del que se juzga fuerte porque sabe, 
frente a los que son débiles por ignorancia, ele- 
van el entendimiento y ennoblecen el corazón, 
templan el carácter en la dignidad y preparan 
hombres cada vez menos imperfectos. 

Una generación estudiosa puede marcar desti- 
nos nuevos a América; su civilización palpita en 
manos de los jóvenes. Nuestro siglo está ya can- 
sado de viejos y de enfermos, harto de sombras 
que se agitan en la maldad y en la sangre. Todo 
lo espera de una juventud viril. Desea hombres, 
capaces de amor y de solidaridad. 

José INGENIEROS 



CERVANTES 69 



Los dos creyentes 
de Hieraim. 



Y cuando ores, no serás como los 
hipócritas; porque gustan de po- 
nerse a orar de pie en las congre- 
gaciones, y en las esquinas de las 
plazas, para mostrarse a los hom- 
bres... Mas tú, cuando ores, entra 
en tu aposento, y, bien cerrada tu 
puerta, ora a tu Padre que está en 
lo ooulto... 

(Mateo VI, 5-6.) 

Si no deseáis su reino, no le pi- 
dáis en vuestros rezos. Mas si le de- 
seáis, es preciso que reguéis por 
su adquisición, es precito que tra- 
bajéis por él. 

(BnsKiN. La corona del olivo Sil- 
vestre. El trabajo.) 

I 

Había una vez un hombre muy bueno, cerca 
de las tierras de Hieraim, que decía parábolas y 
sabía curar a los enfermos. 



70 CERVANTES 

Y vivía en una choza en lo alto, en donde es- 
tán hoy las cuevas del entierro, y no bajaba a 
adonde las gentes, ni por alimentos porque sabía 
buscarlas en el campo. 

Y sucedió que un día los hombres religio- 
sos de la ciudad descubrieron que el pobre de 
la choza enseñaba oraciones distintas de las su- 
yas. Y aun algunos le oyeron censura contra los 
ricos que rogaban por «el pan nuestro de cada 
día» mientras se fallecía de hambre en las 
calles... 

Y también le oyeron que no decía «tu reino 
venga a nos» como ellos, sino, «yo haré, Señor, 
por acercarme a sus puertas» . 

Pero como todas estas oraciones eran extra- 
ñas para los hombres religiosos de Hieraim, di- 
famaron contra él... Y subieron gentes a poner 
aflicción en las puertas de la choza. 

Mas el viejo tenía paz de espíritu y rodeábale 
el aura de sus hechos, porque su vida, que ha- 
bía recordado, no la encontró manchada... Y en- 
tre sus recuerdos flotaban las obras justas como 
los nenúphares en el estanque... 

Mas de su boca no volvió a salir, sin embargo, 
predicación alguna para los que se le acercaban, 
porque temía que sus dichos fuesen dichos de 
división y de discordia. 

Pero cuando ea el silencio de la noche los des- 



CERVANTES 71 

velos aleteaban sobre él y se oían los aullidos 
lejanos de las fieras, desde el fondo de su espí- 
ritu se elevaban estremecimientos y en su men- 
te latía compasión infinita... 



II 



Y he aquí que cierto día llegósele uno de los 
servidores del templo que le era enviado por 
los escribas. Y el servidor del templo habló de 
las cosas del reino de Dios y su boca vertió sá- 
tira para los descreídos y derramó ponzoña para 
«los que abandonaban el camino» y para los 
orgullosos y para los osados... 

Mas el viejo de la choza le habló de la cari- 
dad sin esperanza de premio, de la bondad ver- 
dadera e intensa, de la bondad ignorada por to- 
dos. Y le habló de la desgracia cuando persigue 
al hombre. Y le dijo que si la vida era grande 
era por el dolor... Y le dijo que había ideas in- 
tensísimas y eternas como el mundo, y le habló 
de la Justicia. Después le dejó que leyera sus 
Meditaciones, un pequeño texto escrito en ara- 
meo sobre hojas de palma. 



72 CERVANTES 



III 

Y en aquella misma luna, una tarde en que el 
pobre de Hieraim miraba la tierra a lo lejos, 
aposcósele el ánimo y retiróse. Y llegada que 
fué la noche, murió. Sin lágrimas por su sole- 
dad y con amargura por otros mundos, murió. 

Y como un caminante llevara la noticia de la 
muerte a Hieraim y la supiera el enviado de los 
hombres del templo, llegóse de noche adonde el 
viejo y le cerró los ojos... Y lloró sobre sus res- 
tos hasta que cantó el gallo. Luego salió y ca- 
bo una fosa. Y mientras el alba comenzaba a cla- 
rear por entre las palmeras, condujo allí al po- 
bre envuelto en su manto y le sepultó. 

Y ya marchaba cuando vieron sus ojos los 
escritos de la Meditación esparcidos sobre la tie- 
rra desde la choza hasta la sepultura y pisados 
por él durante la noche... 

Y recogióles, poniendo en ellos orden, has- 
ta que se leían bien los títulos grandes que de- 
cían: Meditación. Después cabo fosa muy pro- 
funda y en lo más hondo les enterró; porque no 
era conveniente que las gentes de Hieraim su- 
pieran que podía orarse «a solas y bien cerrada 
la puerta». 

Y como faltara ya muy poco para la oración 



CERVANTES 73 

de la mañana que se celebraba en Hieraim al 
salir el sol, limpió sus manos, arregló bien su 
túnica y marchó, apresurándose para no perder 
las primeras ceremonias de los phariseos. 

ViRiATo DÍAZ PÉREZ 



74 CERVANTES 



CLEOPATRA 



A la cour de Cléopatre, 
il était un tigre royal... 

Rachilde. 



Bajo el toldo cobalto de un cielo implacable 
el campo de batalla tiende su inmeaso osario 
cou la grandeza épica de un canto milenario 
bañado en llamaradas de horror inenarrable. 



La tropa se detiene. La reina inexorable 
contempla el espectáculo macabramente vario; 
topacios y diamantes tejen regio sudario 
para su cuerpo impúber de encanto incomparable. 



CERVANTES 75 

Con la mano enjoyada cubre los negros ojos, 

crueles y lascivos sonríen los labios rojos, 

y en su torre de plata, sobre el faerte elefante, 

con placeres de espasmo y agonías de muerte, 
los cuerpos que se pudren contempla palpitante, 
vencida, temblorosa, agonizante, inerte. 



II 

Del mar de podredumbre que llega hasta el 

desierto, 
como un arco que vibra para lanzar la flecha, 
un tigre que entre los muertos agazapado acecha, 
salta a lomos del bruto que vacilante, incierto, 

se dobla al leve peso. Hay un silencio yerto. 
A su zarpazo fiero la torre cae deshecha. 
Las esclavas perecen; la reina permanece derecha; 
con un gesto detiene a los arqueros. El concierto 

prosigue. Danza en la magia de los lampadarios^ 
y en la gloria morena de los senos erectos 
entre la policromía de los collares varios 

florecen dos carbunclos cual líricos insectos. 
Mientras el sexo altivo, misterioso y fuerte, 
es como un heraldo que anuncia la Muerte. 



76 CERVANTES 



III 



La noche tiene un mágico encanto de cristal, 
le cielo es un manto con dorados guiones, 
y en la serena pompa de las constelaciones, 
le Nilo es como un mágico camino sideral. 

Cleopatra va ritmando el eco de metal 
de sus bailes extraños en sacras extorsiones. 
Por incestuosos celos en fieras contorsiones 
revuélvese su amante sobre la cruz fatal. 

La esfinge sonríe su perenne misterio, 
las pirámides tienden su línea de salterio, 
y en la magia azulada de la noche de plata 

se escuchan los rugidos del tigre prisionero, 
mientras la Reina danza en la gloria escarata 
y por el cielo cobalto resbala un lucero. 

Antonio DE HOYOS Y VINENT 



CERVANTES "^^ 



Poetas latinoamericanos 



Luis G. Urbina. 

Una gran parte del público, y otra gran parte 
de la juventud intelectual española, verán en 
Urbina (pues desconocen sus obras, y su nombre 
nunca llegó a ellos sino como un eco lejano) uno 
de tantos mozos que, en los primeros ensayos 
líricos, llegan a España cargados de ilusiones, 
con el justo anhelo de conquistar unas tempra- 
nas hojas de laurel,.. 

Nada más dolorosamente erróneo. Se sigue 
queriendo ignorar en España cuanto de nuevo y 
bueno en la América existe, como antes se qui- 
sieron ignorar la Geograíia y el desarrollo de 
aquellos pueblos, que se fueron haciendo nacio- 
nes libres, con el natural asentimiento de todos, 



78 CERVANTES 

menos de uosotros, descendientes del Cid, con 
mucho hierro en la mano y muy poco sentido 
común en la medula. 

Ya que han dado en llamar a aquel Continente 
una gallarda prolongación de la estirpe, España 
debería tender la vista más allá del Atlántico, 
como a una ventana azul abierta al futuro. Dan- 
do nosotros hoy la espalda a la América, hace- 
mos el papel de la noche dando la espalda a la 
aurora. 

Urbiua es uno de los poetas más altos y deli- 
cados de la América latina. Pocos como él, du- 
rante estos últimos veinte años, han gozado de 
un prestigio sin mácula, arrastrando tras de si a 
una juventud intelectual. Toda una escuela que 
tiende a diamantizar el idioma y a quintaesen- 
ciar el espíritu. 

El poeta está en el otoño de la vida, y sus 
versos de hoy tienen la misma frescura de los 
que escribió en su mocedad. Es un poeta obser- 
vador, descriptivo y emotivo. Su romanticismo 
rejuvenece. Ha llegado a España hace unos me- 
ses como redactor del importante periódico He- 
raldo de Cuba, que se edita en la capital de aque- 
lla isla, donde se refugió al estallar la revolución 
de Méjico, cuna del poeta; perpetuo soñador, 
solitario y sereno, que al conocer el corazón de 
los hombres opta por apartarse de ellos, sentarse 



CERVANTES 79 

sobre el banco de piedra de un parque y platicar 
a solas con una flor. 

Tiene publicados, entre otros libros, Puestas 
de Sol, Ingenuas y Lámparas en agonía, obras 
magnificas donde imperan la melancolía de las 
fuentes solitarias y la serenidad de los jardines 
floridos bajo las maravillas del crepúsculo. 

Además ha escrito otros libros, en prosa, que 
rezuman ideas y desbordan bellezas de estilo; 
entre ellos el que publicó con motivo del Cente- 
nario de la República de Juárez. También ha 
sido durante mucho tiempo director de la Bi- 
blioteca Nacional de su país. 

Urbina une a su alma de niño todo el jugo de 
la filosofía, limpia y amarga, que le han dado sus 
cuarenta y tantos años de sabia experiencia 
y la serena observación de la vida y de las co- 
sas. Es como quien lo ha sentido todo, lo ha 
comprendido todo, y solamente la sencillez y la 
inocencia han logrado verter en su alma una 
benéfica lluvia de rocío y de frescura. 

Pronto publicará otro tomo de poesías inédi- 
tas; un puñado de rosas sencillas, empapadas en 
una filosofía clara y amarga, que intitulará De 
la vida vulgar, y donde ha logrado poner en las 
cosas más fútiles una llovizna de oro y un jirón 
de azul. 

De entre este jardín de versos nuevos arrancó 



80 CERVANTES 

estas rosas con que adorna la vida de una chi- 
quilla vulgar y la común vulgaridad que la rodea: 

Mariposa de harapos, ¿en qué flores 
de vicio un día libarás las mieles 
del deseo? Los años son crueles, 
y nos roban muy pronto los candores. 

jPobre niña que vas, candida y sola! 
Don Juan acecha, y Celestina ríe... 
Te pone el sol de Ocaso una aureola, 
y la tarde en sus oros te deslíe. 

Tu belleza es gentil, pero no fuerte; 
lirio de amor, que cubren los andrajos. 
El Ogro está escondido y va a comerte, 
Caperucita de los Barrios Bajos. 

* * * 

Nombro a los míos, y me asalta el miedo; 
en mi fatal divagación me enredo... 
Ya es una sombra en el confín la niña... 
Y yo, con ansias de llorar, me quedo 
mirando la aridez de la campiña, 
que asoma por la Puerta de Toledo. 

Tanto mérito tiene dignificar asuntos como 
éste, donde casi siempre el oro de la imaginación 
cae en el vacio, como tejer un poema épico-lírico 
a la manera de las Montañas de Oro, de Leopol- 
do Lugones. 



( 



CERVANTES 81 

Bien llegado a tierras de Castilla el poeta, 
que, a través de las múltiples transformaciones 
de la literatura, arrebatando prosélitos, y de los 
diversos aires que durante años sacudieron los 
rosales líricos, llevándose consigo muchas perso- 
nalidades, ha sido siempre él, sin la influencia de 
ninguno de los maestros de las liras modernas 
y teniendo la virtud de encontrarse siempre en 
las avanzadas del modernismo. 

Alfonso CAMÍN 

Madrid, octubre de 19l6, 



82 CERVANTES 



TEATRO LÍRICO 



Carlos Bosch. 

El señor Pérez de Ayala publicó el día 3 del 
pasado diciembre un interesantísimo articulo, en 
el que, a propósito de la pantomima «El sapo 
enamorado», estrenada en el teatro de Eslava, 
hacía, con su erudición excepcional, una síntesis 
histórica de lo que ha sido y constituye este arte 
de la pantomima, y, refiriéndose al intento del 
señor Martínez Sierra, advertía un distiogo en- 
tre lo usadero provechoso y lo usadero chabaca- 
no, elogiando después la iniciativa del director 
artístico del teatro de Eslava. 

Yo veo este arte como una necesidad, una pe- 
tición de movimiento del de la Escultura, que 
no conforme con el reposo del tiempo, que en- 
cuentra en la serenidad la perfección de su idea, 



CERVANTES H3 

algo apartada de la vida accidente, busca, ampa- 
rándose en el ritmo musical, la expresión de una 
intensidad vivida por la acción y el gesto que 
para lograr su efecto ha de ser sucedido, si des- 
borda el equilibrio para dar la sensación del 
sentimiento presente, porque en la Escultura 
queda tan sólo la esencia, la idea causa de lo 
que fué un trozo de vida, y que se eterniza en la 
existencia de forma soberana. 

En el arte se ampara y descansa la vida, pero 
ella a su vez es la que sugiere, la que forma el 
proyecto de belleza que inspira al artista crea- 
dor, y su expansión es necesaria; la danza lo es 
de la música misma, y el movimiento y el gesto 
de la Escultura, completándose con el ritmo 
musical, que equilibra su acción y comenta el 
asunto. Por eso esta música de pantomima ha 
de internarse completamente en el poema que 
se nos presente, dándonos claramente la idea de 
sus principales episodios. Y es asi, según dice 
perfectamente el señor Pérez de Ayala, como lo 
realizado en este género por Strawinski puede 
servir de modelo. 

El señor Martínez Sierra ha comprendido 
indudablemente que la extensión del arte teatral 
se abre en mayor campo, y fértil, con el atracti- 
vo del más variado paisaje para el musical sobre 
todo. Gran aficionado en sus empresas a toda 



84 CERVANTES 

clase de novedades, tuvo la buena idea de orga- 
nizar estos espectáculos, que pueden decirse 
nuevos para nosotros; pero preciso es reconocer 
que en la elección de la primera pantomima es- 
tuvo desacertadísimo. Y no tanto por el poema 
del señor Borras como por la música del señor 
Luna, que además de sonar sin sonoridad (per- 
mítaseme tal atrevimiento de dicción), quiero 
decir mal instrumentada, no nos señala absolu- 
tamente nada de cuanto va pasando por la esce- 
na, y cuando alguna vez lo procura, es de tal 
manera, que recuerda el «calla Sancho, peor es 
meneallo». 

No comprendo cómo al Sr. Martínez Sierra, 
que tan rodeado está de nuestros mejores músi- 
cos, se le ha ocurrido elegir esta pantomima para 
inaugurar el género, ni siquiera aceptarla entre 
ellas. Claro es que yo pienso todo esto sin salir- 
me del terreno artístico y ni vislumbro siquiera 
temores de Prensa, ni de taquilla. Cuando se 
pretende hacer una campaña de arte, lo prime- 
ro a que se obliga quien la emprende es a selec- 
cionar, amontonando los bienes sin mezcla de 
mal alguno. Únicamente se podrá dispensar en 
tal caso el mal inconsciente, y el Sr. Martínez 
Sierra tiene buenos músicos de quienes tomar 
consejos, y si ellos, por exagerada delicadeza, no 
los quisieran dar, siempre se hubiera podido en- 



CERVANTES 85 

terar por alguien, caso de que él por sí mismo 
no acierte a distinguir de bondades musicales. 

Este error es de por si bastante grave, porque 
el fracaso al comienzo de un género puede traer 
el del género mismo, y bien lamentable sería que 
músicos insignes como Manuel de Talla, Con' 
rado del Campo y Joaquín Turina, entre otros' 
fracasaran por ajenas culpas, confundiéndoseles 
además con los que no son ni de su categoría ni 
de su clase. Siempre, como dice el insigne Gani- 
vet: «Tendremos obras magistrales creadas por 
los maestros y una rápida degradación provoca- 
da por la audacia y desenfado de los aprendi- 
ces.» Menos mal si lo fuera el Sr. Luna; pero el 
Sr. Martínez Sierra debió comprender que el au- 
tor del «Asombro de Damasco» no lo sería del 
público de Eslava. 

En cuanto al Sr. Borras, aunque formó algo 
pesadamente el interesante asunto en que se 
inspiró, creo que era digno de mejor suerte, o de 
mejor compañero para la parte musical. El pró- 
logo, que quizá sea demasiado largo, por el mo- 
mento de impaciencia en el público, es, aun in- 
fluido del estilo de Benavente, o por ello mismo, 
de gran poesía. Nunca sobra la belleza, y, por 
consiguiente, en mi opinión, que no e^ humilde 
aunque pueda ser equivocada, resultando opor- 
tuno y nos conduce al exotismo imaginado don- 



86 CERVANTES 

de la vida se liberta para convertirse en un cuen- 
to inverosímil que jamás sucedió, porque sólo 
lleva verdad. El desarrollo de la acción que si- 
gue es como digo demasiado larga; pero con otro 
músico, el Sr. Borras hubiera triunfado comple- 
tamente. 

Los intérpretes estuvieron a mayor altura de 
la que se pudiera esperar, teniendo en cuenta 
que eran principiantes en ese género, nada fá- 
cil y que no tiene Escuela entre nosotros. 

Mucho confio en que a pesar de todo pueda 
el público deleitarse con este arte de antigüedad 
revivida en nosotros que tiene la poesía de lo 
que fué y la alegría de esperanza de lo que será, 
existiendo ya asegurado desde sus comienzos 
con la música de Joaquín Turina, que comenta 
el gran poema de la divinidad humanizada, siem- 
pre niño y siempre eterno, que ve nuestras vidas 
aun presagiando sus tristezas, porque trae en sus 
amores dones de redención. 

Carlos BOSCH 



1 



CERIVANTES 



87 



La canción del eunuco. 



A Francisco Villaespesa. 

Tu harén está vacio. La favorita muerta. 
Tu harén está vacio como mi corazón... 
Sólo queda el eunuco nostálgico en la puerta, 
que aduerme su fastidio con lánguida canción. 

Oye la amarga trova del árabe importuno 
que canta dolorido su horóscopo fatal, 
y dice los secretos del mirador moruno, 
turbando del serrallo la calma sepulcral: 

—Padezco como Tántalo: con lúbricas delicias 
sus ojos me brindaban... Mis párpados cerré. 
Sus labios me humillaron con cálidas caricias; 
los mios se esquivaban... Besar, ¿y para qué? 



^ tÉRVAÑTES 

Recorro los jardines, lá,s sendas más umbrosas, 
en busca de un retiro donde poder llorar, 
y en todos los rincones parejas hay dichosas 
'qtie me rechazan... ¡Piensan que yo no puedo 

amar! 

Rayo de luna, dame tu místico consuelo; 
consuelo que no hay lengua que pueda definir; 
caricia que desciende desde el callado cielo 
y sin palabras, dice: «Prepárate a partir...» 

¿Por qué nos has dejado, sultana dolorida? 
¿Por qué ya no resuena tu voz en el harén? 
Amores imposibles causaron tu honda herida; 
amores imposibles me matarán también. 

Existen los fantasmas. Ayer junto a la fuente 
una furtiva sombra surgió cerca de mí, 
y se alejó llorando, tras de besar mi frente. 
Yo no sé si he soñado... Yo no sé si la vi... 



Sacras cegueras. 

Persiguiendo fantástico espejismo 
por el llano atajé de la existencia, 
apagando el fulgor de mi conciencia 
para no ver la sombra de mí mismo. 



tERVÁNtííS 89 

Busco cimas de lu¿ eñ ^égfo albismo; 
alza frágiles torres mi demencia, 
y por cada ilusión, en la experiencia 
tiene el mundo moral un cataclismo. 



¿Adonde dirigir nuestra mirada...? 
Es preferible para el alma herida, 
a contemplar miserias no ver nada. 

¡Acaso lo ideal es verdadero, 

si se mira la sombra de la vida, 

con los ojos de Milton o de Homero...! 



Vértices luminosos. 

Jehová, Zeo, Jesús: ígneo tridente, 
magna constelación, triángulo inscrito 
en el cero que abarca lo infinito: 
¡Pon un crisma de luz en cada frente! 

La Humanidad bosteza indiferente 
hollando el lirio de la fe, marchito; 
ni áurea leyenda ni sagrado mito 
surgen ya, como antaño, del Oriente... 



90 CERVANTES 

¡Jehová, Zeo, Jesús! Voz angustiosa, 
ve a perderte en la noche silenciosa... 
¡No hay un eco en la Tierra para ti! 

Bajo el cielo, sediento de plegarias, 
yerguen sus cumbres mudas, solitarias, 
el Gólgota, el Olimpo, el Sinaí... 



Eros. 

Besa un rayo de sol de primavera 
en el rostro pueril a Eros dormido; 
los rizos de su blonda cabellera 
brillan con el fulgor de oro bruñido. 

En su boca purpúrea y hechicera 
un diminuto corazón partido; 
cada pestaña, flecha traicionera, 
dardo de luz de su carcaj temido. 

Hay en sus alas cortas y sutiles 

el bello tornasol inolvidable 

que tienen nuestros sueños juveniles; 

y tibio soplo de sus labios mana, 

que esparce un polen mistico, impalpable 

como el secreto de la vida humana... 



CERVANTES 91 



El rayo verde. 

Una mirada fué, que no se olvida; 
una postrer mirada persistente... 
Su inefable expresión flota en mi mente 
cual remembranza tierna y dolorida. 

Aún me atormenta la visión querida 
de aquel pálido rostro adolescente 
donde miré apagarse, dulcemente, 
la tenue llama de su corta vida. 

En alta mar, en dias de bonanza, 
envía el sol sus últimos destellos 
del color ideal de la esperanza. 

Así sus verdes ojos me miraron, 
sus ojos melancólicos, ¡tan bellos!, 
y luego para siempre se cerraron... 



Alejandro, príncipe. 

Ese joven de olímpica belleza, 

a veces soñador, a ratos fiero, 

cuando duerme, reclina su cabeza 

sobre un libro inmortal, timbre de Homero. 



92 CERVANTES 

Es casto por temer que la impureza 
debilite sus músculos de acero: 
estudia porque aspira con firmeza 
a ser entre los reyes el primero. 

Montado en el Bucéfalo indomable, 
piensa, tal vez, que dominar la gloria 
es siempre para un héroe practicable; 

y sus ojos de bicroma mirada 

ven futuras grandezas de la Historia 

repasando los versos de la «Iliada»... 



En el reino de la poesía. 

Llantos de eunuco, tonos de elegía, 
trinos de flauta, música incolora... 
¿Qué acento exaltará la poesía? 
¡No hay una voz profética y sonora! 

Como en noche polar, alba tardía, 
presentimos tu luz consoladora: 
¡venga el fecundo resplandor del día! 
¡Surja el himno de fuego de la aurora! 



CERVANTES 

Inspiración viril, robusta, sana, 
no la débil que lánguida suspira, 
requiere nuestra musa castellana. 

Yo percibo en la sombra — sueño acaso — 
ecos remotos de ignorada lira, 
y el galope triunfante de Pegaso... 

Manuel VERDUGO 



m 



94 CERVANTES 



La Evolución de Gabriel 

D'Annunzio por Gonzalo 

Zaldumbide. 



Esta obra estudia la audaz trayectoria recorri- 
da por el genio de Gabriel D'Annuuzio, que, en 
su evoluciÓQ creadora, señala la curva más alta 
y luminosa en el ciclo de la literatura mundial 
comprendido entre las postrimerías del gran si- 
glo pasado y el orto sangriento de los actuales 
días. 

Libro que es como un pomo cincelado en cris- 
tal de roca, en el que un sutil alquimista de be- 
lleza hubiera encerrado la más pungente y alqui- 
tarada esencia exquisita que él mismo extrajera 
de las encendidas y odorantes flores del brujo y 
deslumbradar jardín dannunziano; libro que es 



CERVANTES 95 

como un cofre de sándalo, con herrajes de oro y 
plata, en el que se guardara preciadas joyas de 
arte; libro que es como una mágica caja de mú- 
sica, en la que se encerraran reminiscencias 
de las maravillosas armonías que brotaran de la 
lira más sonora y multicorde que humanos de- 
dos hayan pulsado jamás; libro que es como un 
vasto lienzo, o más bien, gran fresco mural en el 
que, en visión panorámica, se muestran los as- 
pectos más hermosos e interesantes del mundo 
ingente visto por una milagrosa fantasía y fijado, 
de manera definitiva, por un mago de la línea y 
del color. 

Para ornato de nuestras letras, este libro be- 
llo y hondo, en el que se analiza magistralmen- 
te toda la producción dannunziana, está escrito 
por un literato hispanoamericano; y, a fe, que 
sólo un espíritu sutil, comprensivo, fino y pene- 
trante, flor de latinidad, como el de Gonzalo 
Zaldumbide, en quien se unimisman el fervor, la 
espontaneidad jugosa de los hijos del Nuevo 
Mundo — ha nacido en la capital del Ecuador y 
es gala y orgullo de la juventud intelectual de 
ese bello país — y la serenidad, la perspicacia, la 
penetración y la cultura de un europeo — vive y 
produce en París — podía haber llevado a feliz 
término la magna empresa de escribir el prime- 
ro, y, en concepto de muchos críticos, el mejor 



96 CERVANTES 

libro que sobre el enorme poeta de Italia existe 
hasta ahora en lengua de Castilla. 

Como un guia experto e inteligentísimo, el 
autor nos conduce por el maravilloso y deslum- 
brador semicírculo parabólico que va de Primo 
Veré a La Nave, después de culminar en la Laus 
Vita. Sigámosle, si bien rápidamente, por la vía 
encumbrada y luminosa del supremo arte de 
nuestros tiempos. 

Las grandes etapas que en su camino, con sin- 
gular acierto, va marcando el guía son: Los co- 
mienzos. — El realismo. —La vena lírica. — El cir- 
culo de la sensualidad. — El conato humanitario. — 
La voluntad de dominio. — El canto de triunfo de 
la vida. — El teatro. — Características de la oirá. — 
El espíritu dannunziano. 

En el primer capítulo, vemos brotar, en plena 
adolescencia del gran poeta, las primeras vertien- 
tes de la inexhausta vena lírica. Asistimos a la 
aparición de los cuatro primeros libros que nos 
dan la clave de la labor futura: Primo Veré, bro- 
te de juventud, abierto a los rayos del sol car- 
ducciano; el Canto Novo, «himno inmenso en loor 
de la tierra, del mar, de los héroes y de la vida», 
y que fué en la literatura italiana «como una 
sangre nueva, hirviente, pero pasada por un fil- 
tro de arte» ; Terra Vergine, que nos da intacta 
la emoción de aquel agro hosco y triste, mis- 



CERVANTES 



-dfr- 



tico y bravio de los Abruzzos. Eu estos libros 
está en germen toda la obra consumada. 

Aquella visión cruel y lacerante de humani- 
dad, en la que se descubren todas las llagas y 
purulencias de una adolorida carne de esclavi- 
tud, se condensa en los Cuentos de la Pescara y 
corresponde a la fase más que realista, natura- 
lista, del gran idealizador y exaltador de la vida. 

Tras este paréntesis materialista, la fibra lirica 
y el ímpetu dionisiaco vuelven a vibrar: ¡Oh di- 
vina floración del Intermezo, joya preciocista, 
cincelada por un orfebre florentino; del Isotteo, 
pleno de gracia y elegancia; de La Chimara, car- 
gada de morbosas y dulces languideces; de las 
Elegías romanas, en las que la melancolía infi- 
nita de la ciudad única rima maravillosamente 
con la oceánica tristeza de las almas; del Poema 
Paradisiaco, en el que un «anhelo de rena- 
cimiento, difunde por el libro una frescura 
nueva». 

Se abre luego el círculo de la sensualidad vór- 
tice alucinante, en el fondo del cual las Novelas 
de la rosa, abriéndose como opulentas y tenta- 
doras flores de carne, exhalan un capitoso aroma 
de deseo. 

En seguida, como para olvidar sus conflictos, 
sus inquietudes, sus pasiones, como para huir de 
si mismo y de su espíritu, Gabriel D'Annunzio 



98 CERVANTES 

canto apoteósico de la vida, el más vibrante y 
férvido que haya resonado jamás, es como nn 
germinal glorioso, dominado por un divino e 
inmortal aliento pánico, y en él se contiene toda 
el alma de Gabriel D'Annunzio. 

Después de haber dominado la lírica y la no- 
vela, el prodigioso e infatigable creador de be- 
lleza va a la conquista de la escena, la cual le 
viene estrecha para encerrar sus desmesuradas 
e ingentes concepciones. «Por el comentario líri- 
co a su drama la Cittá Morta — nos había dicho 
nuestro guía — sabemos que su propósito era el 
de renovar el espíritu trágico de las multitudes 
reunidas en espera de una nueva palabra, no 
oída de labios de poeta desde que enmudecieron 
Esquilo y Sófocles; resucitar la tragedia griega, 
aparejándola en forma que fuese contemporánea 
de los espectadores y capaz de infundirles, sin 
evocaciones retrospectivas, un ideal de vida he- 
roica.» Al tratar del teatro dannunziano, la com- 
prensión profunda, el sutil análisis, la perspica- 
cia suma, el poder evocatriz; todas las preciadas 
cualidades que caracterizan el escogido espíritu 
del autor de la Evolución se manifiestan plenas. 
¡Qué manera de comprenderlo y de sentirlo to- 
do! ¡Qué modo de desentrañar los más ocultos 
sentidos, los más obscuros simbolismos! ¡Cómo 
analiza, cómo avisora, cómo ausculta, cómo bu- 



CERVANTES 99 

cea en la roja entraña de la magna obra! ¡Qué for- 
ma tan sintética, tan bella, leve y cristalina tie- 
ne de relatarnos los asuntos de dramas y trage- 
dias! ¡Y qué noble serenidad en medio del torbe- 
llino de belleza, de pasión, de lirismo, de horror 
y de dolor que nos va mostrando, con estilo tan 
moderno, personal, plástico, dúctil y vivaz que, 
al recorrer las cien páginas que en el estudio to- 
tal ocupa el del teatro, llegamos a sentir algo 
que se acerca a la emoción misma de la drama- 
turgia dannunziana. Sentimos, si, sentimos el 
temblor calofriante que sacude U sogno d' un 
matino di primavera y 11 sogno d'un tramonto 
d'autunno; el inquietante maleficio de la Cittá 
Morta; la angustia de unas divinas manos muti- 
ladas en La Gioconda; el vértigo heroico de La 
Gloria; la dantesca belleza de Francesca di Ei- 
mini; la milenaria superstición y el atroz fata- 
lismo de la Figlia di lorio; la magia verbal de 
Pin che l'amore; la sugestión misteriosa del 
«fragante, verde, triste Adriático» en La Nave. 
Al señalar las caracteristicas de la obra dan- 
nunziana, el sutil crítico nos dice: «Defectos y 
cualidades van extrañamente mezclados en su 
obra. Van compenetrados; tanto, que es difícil 
hacer entre ellos un discremen neto y señalar en 
qué punto preciso de su manifestarse, cualidades 
y defectos dejan de serlo convirtiéndose unos en 



100 CERVANTES 

otros. Los que pueden reprochárselo a D'Annun- 
zio son los defectos de sus cualidades; éstas, sin 
ellos, no serían lo que son. Son cualidades que 
pecan por exceso o por exclusivismo.» Luego 
nos presenta al autor de 11 Piaccere como el ar- 
quetipo del artista, tal como lo concibió el Re- 
nacimiento, como un excelso creador de puras 
formas estéticas, como un potentísimo escultor 
de belleza, cuyo sentimiento ha dignificado y ha 
exaltado a la categoría de un culto universal; 
condiciones éstas por sí solas bastantes para enal- 
tecer toda la obra y justificar los más lamenta- 
bles extravíos. Lirismo, irrealidad, exaltación, 
armonía, sensualidad, sentimiento de la natura- 
leza, riqueza de matices, exageración del senti- 
miento pánico, ofuscamiento, esplendor, precio- 
sismo suntuario, fantasía ardorosa; todos los ele- 
mentos constitutivos de ese potente filtro de 
belleza que nos enajena y nos embriaga, y que 
se llama arte dannunziano, están analizados, de 
manera admirable, en este estudio. 

El último capítulo se consagra a examinar el 
espíritu dannunziano. Si todas las partes de la 
obra total del poeta de Italia están unidas por un 
invisible engarce de pensamiento, seria, sin em- 
bargo, impertinente pretender extraer de ella 
una concepción intelectual sistemática y propia. 
Lo creado por Gabriel D'Annunzio es, más bien, 



CERVANTES ^^^ 

un fascinador panorama de belleza, iluminado 
por un sol de varias filosofías, sobre todo, de filo- 
sofía nietzschana. Ya nos lo advierte naestro 
autor: «Despojado Nietzsche de preocupaciones 
intelectuales, conviértese en Gabriel D'An- 
nunzio. 

Sí; D'Annunzio es un Nietzsche, sensual. Es 
Nietzsche, menos la inteligencia; Nietzsche, me- 
nos Nietzsche. No queda de él sino la voluntad 
de dominio, la voluntad afirmativa y lírica. La 
voluntad no necesita de certidumbres: va. ¿Adon- 
de? A girar en el retorno eternal.» En una obra 
en la que, «como en lechos suntuosos e infames, 
en sus páginas se retuercen los espasmos de la 
carne», no hay, no puede haber más filosofía que 
ésta: la de sentir y vivir en belleza, ávidamen- 
te, plenamente, intensamente, la Vida, toda la 
Vida...! 

Cierra el volumen un apéndice, en el que el 
autor examina los que, acerca de la gran cuestión 
dannunziana, se han publicado con posterioridad 
al suyo; porque esta importante obra, de la que 
el notable literato que dirige la Biblioteca Andrés 
Bello ha tenido el acierto y la oportunidad de 
darnos, en estos días, una segunda edición, salió 
a luz en París, en 1909, siendo elogiosamente 
comentada por intelectuales de Italia, Francia e 
Hispano-América, que saludaron en Gonzalo 



102 



CERVANTES 



Zaldumbide la aparición de un alto y singular 
espiritu crítico. 

Tal es, en síntesis, el libro que sobre el proce- 
so evolutivo del inmenso espíritu «del hombre 
de la Italia Nueva, de su poeta, su héroe epóni- 
mo acaso, del que marcará la nueva época igual 
que el padre Dante la suya», aparece en Madrid, 
prestigiado por circunstancia tan única como la 
de ser el bardo de la Laus Vita, actor en la apo- 
calíptica tragedia universal de hoy, a lá que 
arrastró a su pueblo con el poder taumatúrgico 
de su verbo, con la fascinación irresistible de sn 
numen, el solo capaz de cantar la epopeya de la 
edad presente. 

Césae E. arroyo 



CERVANTES 103 



La fábula del Deseo. 



A Rosa Riera, en Barcelona. 

Eva en el Paraíso sonríe satisfecha 
bajo el árbol sagrado de la Sabiduría, 
mientras en torno de ella una audaz teoría 
de visiones extrañas se retuerce y la estrecha. 

Tiembla sobre su seno, diabólica y derecha, 

una tosca cabeza de serpiente, que guía 

la cola puntiaguda por la noble armonía 

de sus piernas, curvadas como un arco de flecha. 

En la fosforescente mirada de sus ojos, 

más grandes y más verdes que los de la serpiente, 

hay una cranescencia de férvidos antojos... 

Y sus mórbidos brazos, en absurdo himeneo, 

atraen la cabeza del reptil reluciente 

y la besan sus labios, donde sangra el Deseo. 

L, RODRÍGÜEZ-FIGUEROA 



ig^l CERVANTES 



DON JUAN 
EN SANTA MARTA 



Al salir del Perú, ya consumada 
la obra de su genio y de su espada 

en la América austral, 
Bolívar, desde Francia, recibía 
una carta de amor y poesía 

de Fanny de Villars. 

Aquella ardiente carta en su memoria 
removía cenizas de una historia 

de veinte años atrás, 
y mundano, voluble y liberino, 
París se interponía en su camino 

de Lima a Bogotá, 



CERVANTES 

Fanny le confesaba... Todavía 
el recuerdo penoso de aquel día 

me persigue tenaz. 
Vos socabais al llanto en mi semblante, 
mientras yo enloquecida y suplicante, 

no os dejaba marchar. 

«No quiero resignarme al desengaño, 
y en prueba de mi afecto os acompaño 

mi efigie y un puñal. 
Tales prendas serán en vuestra vida, 
el arma, la defensa requerida, 

mi efigie, un talismán...» 

¿Habló a su corazón tanta vehemencia? 
No era fácil sondear en la conciencia 

del caudillo inmortal. 
Tras la heroica virtud de su pujanza, 
se confundían en estrecha alianza 

Aquiles y Don Juan. 

Placía a sus pasiones voluptuosas, 
olvidar los laureles por las rosas, 
la gloria por el vals. 



-1U5 



106 CERVANTES 

Y pronto a la embriaguez de las caricias, 
entre mujeres al amor propicias 
plantaba su vivac. 

De Lima a Quito, Bogotá y Pamplona, 
hasta el valle que el Avila corona, 

fué una marcha triunfal. 
Palpitantes de amor los corazones, 
se pusieron en pie cuatro naciones 

para verle pasar. 

Pocos años después, en Santa Marta, 
ya próximo a morir, aquella carta 

recordó frente al mar, 
clavó la vista en el confín arcano; 
vio por última vez el océano, 

y rompió a sollozar... 

Andrés MATA 



CERVANTES 



107 



De «Cristo en los Infiernos» , obra inédita, 
de Goy de Silva, publicamos el capítulo de 

^-^El Reino de los Parias^ 



€ Escúchame, yo te mos- 
traré, y te contaré ¿o que 
he visto...» 

«Él me ha puesto por 
parábola de pueblos, y de- 
lante de ellos he sido como 
tamboril.» 

(Job. Capíts. XV y 
XVII. Versículos XVII y 
VI.) 

< 

Todos vienen aquí... to- 
dos pasan aquí la noche 
de reposo, para luego em- 
prender la marcha... Otra 
vez la marcha, pero sin ser 
ya lo que han sido y sin 
saber lo que serán... Por- 
que yo, durante su sueño, 
¿es cambio el corazón y bo- 
rro de su mente los recuer- 
dos...» 

(La Reina Silencio. Es- 
cena primera del acto 
tercero.) 



108 CERVANTES 

He aquí, que este pequeño libro extraño de 
«El Reino de los Parias» es como el sueño del 
hombre que pasó una noche en el castillo feudal 
de la Reina innominada, en la misma cámara de 
las postreras nupcias. 

Todos dormiremos alguna vez en el tálamo 
frío donde la amante silenciosa velará nuestro 
sueño, durante el cual ha de arrancarnos dulce- 
mente el corazón, poniendo en su lugar un cora- 
zón nuevo para una nueva vida... 

Hoy, por primera vez, sale a la luz este peque- 
ño libro extraño de «El Reino de los Parias» 
(arrancado de las páginas inéditas de «Cristo en 
los Infiernos») en esta nueva edición de «La Rei- 
na Silencio», porque es como un epílogo de la 
tragedia; el sueño mismo del hombre que pasó 
una noche en el castillo del misterio... 



CERVANTES 



109 



A ti, oh Amante, innomi- 
nada, e/i cuyos brazos he 
de refugiarme fatalmente 
cuando todos me abando- 
nen, hasta la misma Vida 
consogro este poema de 
muerte y esperanza; por- 
que tú has dicho: *A mi 
lado, criando hay muerte 
hay también resurrección.* 

Estaba ante la puerta del Misterio. Negra bo- 
ca de un túnel que parecia conducir a las profun- 
didades de la tierra. 

Diríase la puerta de un panteón que tuviese 
por túmulo una montaña. 

Avancé, sin temor, entre la obscuridad, duran- 
te largo tiempo. 

Oia rumor de músicas. Voces de instrumentos 
de una extraña armonía, suavemente acordados, 
como en aire lento de zarabanda. 

En una nueva dirección del túnel vislumbró 
una claridad que parecía la boca de salida. 

Y después de una caminata larga, entre las 



lio CERVANTES 

sombras, llegué no a la salida del túnel, sino a 
una gran estancia subterránea, iluminada por 
una luz fantástica, una luz matizada con toda la 
gama de colores, como si un arco iris luciese so- 
bre las tinieblas. 

Y bajo esta luz, que se debilita en los ángulos 
distantes de la vasta sala y se perdia a lo largo 
de las galerías profundas que partían en todas 
direcciones, se veía un compacto y abigarrado 
conjunto de seres humanos. 

Seres que yo había visto en el mundo separa- 
dos por las categorías sociales y que allí, con 
gran asombro mío, veía en una confraternidad 
tal, que hacían suponer se estaba en una fiesta de 
carnaval donde las galas de unos y los harapos 
de otros eran disfraces. 

O bien en un gran escenario donde se celebra- 
se una farsa. 

A un lado de la sala, sobre un estrado en el 
cual se alzaba un trono, había una mujer envuel- 
ta en un manto negro de cola interminable y con 
la faz velada por una gasa. 

Estaba en pie, con la cabeza alta y las manos 
caídas, manos de muerta, descarnadas y pálidas. 

Ante Ella, en un espacio abierto entre los cir- 
cunstantes, bailaban a compás de la orquesta, 
como en un minué de honor, diversos personajes 
de figurón: 



CERVANTES lil 

Un rey, tocado de corona de oro, túnica de 
púrpura y raanto de armiño, daba la mano a una 
doncella vestida de juglaresa, y hacían bis con 
un enano en traje de bufón, que a su vez tenía 
por pareja a una reina. 

Un mendigo harapiento y una princesa de ro- 
mance cambiaban sus ceremonias con un prelado 
y una meretriz. 

Una monja y un poeta tendían sus manos a 
un astrólogo y una sibila... 

Había gentes de todas las razas, castas, sexos, 
edades y categorías. 

Gantes de todos los países: del Occidente, del 
Oriente, del Norte y del Sur... 

Un esclavo blanco bailaba con una reina negra 
del país de Ofir. 

Y un paria, cubierto de lepra, llevaba a sus 
labios ulcerosos la mano blanca y suave de una 
doncella hermosa, coronada de azahar... 

Había risas y llantos; gemidos de dolor y gri- 
tos de júbilo, y suspiros de enamorados. 

Todos buscaban su pareja. 

La música, en una enarmonía constante, pasa- 
ba del aire lento, de los dulces acordes, a las no- 
tas altas, agudas y vibrantes, hasta los compases 
rápidos, como ráfagas sonoras, y ya no era un 
minué, una zarabanda o una danza pausada, sino 
un vals en crescendo, un galop de notas deliran- 



112 CERVANTES 

tes y cálidas, un torbellino de sonidos, en la más 
febril exaltación de armonías, que levantaban 
ecos de tal estruendo, como si a las músicas de 
la fiesta se mezclasen los cantos de las tempes- 
tades. 

Y a compás de las notas sonoras, las notas lu- 
minosas crecían en intensidad, como en un des- 
pertar mágico de colores que llenaban los ámbi- 
tos, ahuyentando las sombras en tropel, cayendo 
sobre todas las negruras y sobre todas las cosas 
como un aluvión de rayos irisados, de clarida- 
des irresistibles, como si el arco de la luz, fan- 
tástica y velada en un principio, se abriese cual 
el ala de un abanico gigantesco o la cola enorme 
de un gran pavo real, en la que cada pluma fue- 
se un sol distinto y todas ellas formasen una au- 
rora radiante. 

Era la visión apocalíptica de un alucinado. 

Ante esta inundación de luz, ante esta fiebre 
de armonías, las voces y las figuras humanas 
desaparecían, quedando como sumergidas en un 
abismo de fuego. Yo, en una ofuscación total de 
mis sentidos, por el deslumbramiento, perdí la 
noción de todo. Y cuando luego, ignoro al cabo 
de qué tiempo , me hallé en las tinieblas, creí 
despertar de un sueño. 

Pero oía voces en torno mío. 

Las músicas habían cesado, la luz se había ex- 



CERVANTES ^ 1J3 

tinguido; pero las gentes estaban allí, en mi de- 
rredor y no parecían darse cuenta de la obscu- 
ridad, porque hablaban como si estuviesen en 
plena luz y pudieran verse. ¿Verían en efecto? 
¿Sería yo el único deslumbrado y ciego entre 
todos? 

Hablaban, a la vez, infinitas voces de múlti- 
ples acentos, unas con expresión de júbilo, otras 
resignadamente, otras con indiferencia o desdén; 
otras, en fin, nostálgicas, doloridas, desespera- 
das, plañideras... Muchas con palabras de rebel- 
día; muchas con un ligero acento de esperanza, 
de ironía, de duda... Todas se preguntaban: ¿Por 
qué estamos aquí? 

Una voz: — Toda mi vida es una página blan- 
ca. Me llamaban paralítico, ciego, mudo y tonto. 
¿Por qué estoy aquí...? 

Otra voz: — He sido más rico que Creso y más 
poderoso que César. He conquistado pueblos y 
mis esclavos se extendieron por toda la tierra. 
¿Por qué estoy aquí...? 

Otra voz: — He sido tan bello que a mi vista 
se humillaba la ira y se alzaba el amor... Con 
una mirada rendía todas las voluntades. ¿Por 
qué estoy aquí? 

Otras voces decían: 

— He sido fuerte como Hércules. 

— Sabio como Salomón, 



114 CERVANTES 

— Casto, prudente y pródigo como Josef. 

— Desventurado como Job. 

— ¿Por qué estamos aquí? 

¿Por qué estamos aquí todos, 

los inocentes y los culpables, 

los soberbios y los humildes, 

los avaros y los pródigos, 

los castos y los concupiscentes, 

los sumisos y los rebeldes, 

los abstinentes y los voraces, 

los compasivos y los envidiosos, 

los perezosos y fós diligentes, 

los limpios de corazón y los rojos de abomi- 
naciones, 

los justos y los pecadores, 

¿Por qué? ¿Por qué? 

Todos hacían fe, con voces altas, de sus peca- 
dos o de sus virtudes. 

Y todos se preguntaban dónde estaba el pre- 
mio y el castigo. Y por qué no había separación. 

Sonó un clarín y se encendió de nuevo el pá- 
lido arco iris. 

Y entonces callaron todas las voces. 

Y reinó el silencio : 



CER\^ANTES 115 



II 

¿Dónde podréis estar más seguros 
que aquí...? 

Vi otra vez el estrado, y sobre el estrado a la 
mujer envuelta en su manto negro, pero con la 
faz descubierta. Era de una belleza sobrehu- 
mana. 

Miraba serenamente sobre la multitud sin 
que pareciese ver a nadie, ni fijarse en nada. 
Miraba como quien pone su mirada en sus re- 
cuerdos, o en sus esperanzas... Miraba al pasado 
y al porvenir. 

Por un instante movió los labios, como si 
fuera a hablar; pero no pronunció la menor pa- 
labra. 

Alzó sus manos lentamente, a la altura de sus 
hombros, desprendió su manto sujeto por un 
cordón, y se mostró desnuda a todos los ojos 
fijos en ella con ávida curiosidad. 

Tenia la belleza grácil y armoniosa de las 
doncellas vírgenes que iban a encender sus 



lis *> CERVANTES 

lámparas en el sagrado altar de Vesta y a ofren- 
dar sus coronas de flores blancas a Afrodita. 

Tenía una belleza andrógina de adolescente. 
Su8 dos pechos nacientes fingían dos rubíes. 

En su vientre suave parecía esconderse una 
perla. 

Y en su sexo lucía una amatista. 
Una voz dijo: 

— He ahí la Vida en todo su esplendor... 
— He ahí la belleza. He ahí el triunfo de la 
carne. 

y otra voz: 

— ¡Es la más bella de todas las mujeres! 

— Es la castidad. 

Y otras voces: — ¡Es la lujuria...! 

Y otras: — ¡Es la muerte, es la muerte...! 
Pasó una sombra de terror sobre todos los 

rostros. 

Ella, entonces, habló: 

— Soy — dijo con una voz divinamente ex- 
traña, 

la que os esperaba... 

Para mostraros el camino de la Muerte... 

Soy el secreto de la Vida... La imagen de la 
Vida... El espejo de la Verdad... Miraos en mí... 
Miradme... 

A medida que hablaba iba transfigurándose y, 
como si los diversos matices del iris pasasen so- 



CERVANTES 1 1 <' 

bre ella, su cuerpo blanco adquiría lentamente 
tonalidades moradas, azuladas y verdosas. 

Su rostro era verde. Y bajo este color pare- 
cía demacrado, horrible. 

Sus ojos desaparecían bajo una mancha vio- 
lácea. 

Toda su carne parecía pudrirse, descompo- 
nerse al fuego de una fiebre intensísima. De su 
belleza no quedaba el más leve indicio y toda 
ella estaba ahora vestida de fealdad, vestida de' 
lepra. 

Devorada, roída por la lepra que levantaba 
úlceras en su cuerpo y desgarraba su carne. 

La sombra trágica se obscurecía más y más 
sobre los rostros espantados. 

Pero ella, con una mueca siniestra que quería 
fingir una sonrisa, con una mueca en su boca 
descarnada, en su boca negra, sin dientes y sin 
lengua, dijo con voz desconocida: 

¿Por qué me miráis así, con ese espanto? 

¡Soy feliz, soy feliz...! 

¡Oh, nada hay comparable al placer que gozo 
en este instante...! 

Es la Muerte quien me besa en este instante. 

Es la Muerte quien pone sobre mí sus labios 
voraces y sedientos. 

Es la Muerte quien me desnuda, y pronto que- 
daré despojada de miseria. 



llB 'CERVANTES 

Siento deshacerse mis carnes... desgarrarse a 
jirones, desprenderse en piltrafas. 

¡Estoy inundada de placer...! 

Era, ya, un esqueleto descarnado y calvo, a 
cuya vista las gentes aullaron horrorizadas. 

Todos querían huir; pero la mirada negra y 
profunda del fantasma pesaba sobre todas las 
miradas con una irresistible fascinación. 

¡No huyáis, no huyáis! — les decía. 

¿Dónde podréis estar más seguros que aquí? 

Fuera de aquí ya todo son tinieblas. 

Esos corredores negros no os llevarán a nin- 
guna salida. 

Son los caminos de las sombras. 

Y sólo cuando seáis sombras podréis seguir- 
los. Pero entonces sólo iréis a los lugares del 
recuerdo y de la expiación. Y a los lugares del 
olvido. 

Venid a mí los que aún tengáis esperanza... 
Porque yo os infundiré nueva vida.» 

Tendía sus brazos descarnados y frágiles. 

Pero todos retrocedían con las miradas trá- 
gicas. 

¿Por qué mi vista apaga vuestras sonrisas? — 
decía ella tristemente. 

Hace un instante todos me mirabais con 
amor. 

Todos me mirabais con deseo. 



Cervantes 119 

Y ahora soy la misma, atmqTíie 'íio parezca la 
misma... 

¿Era, pues, mi carne lo que amabais? 

¿Y qué es mi carne...? 

¡Hela ahí, en ese montón de despojos...! 

Si era ella la que despertaba vuestro deseo, 
lanzad sobre ella los lebreles de vuestra lujuria. 

Ya no era triste su voz, sino iracunda. 

¡Lanzaos, lanzaos sobre ella, lobos.,.! 

A estas palabras, que eran como latigazos, 
todos retrocedían poseídos de asco, de pánico y 
de dolor. 

Pero ella desde su estrado seguía terrible en 
sus imprecaciones. 

Y recogiendo del suelo sus propios despojos, 
las piltrafas sangrientas, los arrojaba a la multi- 
tud gimieute. Todos querían librarse del azote, 
pero ninguno podía huir. 

Y cuando ella hubo arrojado, ya, hasta el úl- 
timo de sus despojos, convencida de que a to- 
dos habían alcanzado sus salpicaduras, entonces 
se rió largamente, con carcajadas que se perdían 
en lejanos ecos. 

Y recogiendo su negro manto se cubrió con 
él, por entero. 

Se replegó en sí misma y se sentó en el tro- 
no, como una sombra... 

Pero era una sombra que miraba, con una 



Í20 CERVANTES 

mirada fija, dominadora, atrayente, a la cual 
ninguna voluntad se sustraía. 

Yo la sentía sobre raí, como un imán, como 
una luz perdida en la obscuridad de mi espí- 
ritu... 

Y en vano cerraba mis ojos para no verla y 
apagarla, porque me sentía arrastrado hacia ella, 
a mi pesar, y contra toda mi energía. 

Sentía su mirada y su silencio que me llama- 
ban como a un elegido. 

Y parecía como si todos los que estaban de- 
trás me empujasen y me condujesen al estrado. 

Y ya en el estrado, ante ella y sobre la mul- 
titud, me sentí como libertado de todo temor y 
poseído de una fuerza nueva. 

Veía fijas sobre mí todas las miradas y no sa- 
bía decirme si en aquel instante era yo verdade- 
ramente una victima o si era verdaderamente 
un héroe. 

Había miradas de curiosidad, de asombro, de 
admiración, de piedad y de envidia en todo 
aquel concurso de múltiples seres semejantes y, 
a la vez, diversos. 

Oía las voces de sus comentarios. 

Y unos decían: — Es un rey. 

Y otros: — Es un guerrero. 

Y otros: — Es un mago. 

Y otros: — Es un sacerdote. 



CERVANTES 121 

Y otros: — Es un poeta. 

Y todos: — Es un elegido. 
Es el elegido... 

Yo, entonces, sentí vehementes deseos de 
hablar. 

Venían a mí, en tropel, ideas y palabras que 
no podía callarme porque sabía no eran sólo 
para mí. 

Y sentía la voz de Ella, que estaba a mi es- 
palda, decirme imperiosamente: 

¡Habla! 

Entonces hablé y dije: 

— Vengo del valle, como todos vosotros, los 
que habéis llegado hasta aquí. 

He subido a la cima de la montaña más alta- 
de la tierra, donde el pensamiento de los hom- 
bres ha querido levantar una torre que llegase 
hasta el sol. 

En mi ascensión penosa cuantas más alturas 
alcanzaba más abismos veía a mis pies. He visto 
volar a mis pies hasta a las mismas águilas. 

Y cuando llegué a los umbrales de la torre 
erigida en la cúspide, miré a mis pies. 

Y más allá de los abismos vi extenderse el 
valle lejano, donde las calles del laberinto de la 
vida se perdían en los horizontes, sin que yo 
pudiese distinguir su término. 

Para poder ver adonde conducían esas calles 



122 



CERVANTES 



era necesario subir a lo más alto de la torre. 

Donde brillaba sobre la Vida el faro de la 
Verdad. 

¿Habéis alcanzado alguno de vosotros ese faro? 

¿Habéis oído el relato del hombre que lo po- 
seyó todo... 

que lo perdió todo...? 

¿Habéis visto a Dios? 

A esta pregunta todas las voces dijeron: 

— Dios no está aquí. 

Yo, entonces, continué: Aquí han venido to- 
dos los seres que pasaron por la vida; los hom- 
bres y los dioses que han tomado forma hu- 
mana. 

Entonces Ella, que permanecía silenciosa en 
su trono, se levantó y solemnemente dijo: 

Aquí vienen los hombres y los dioses. 

Porque los dioses son creaciones de los hom- 
bres y no los hombres creaciones de los dioses. 

Yo soy la única creadora. 

La única destructora. 

Y a mi lado, cuando hay muerte hay también 
resurrección... 

Mis tumbas, ¿qué son sino las arcas de la 
existencia? 

Yo soy la que crea los dioses, esos fantasmas 
del sueño de la Humanidad. De cada uno do 
vosotros puedo hacer un dios. 



CERVANTES ' 123 

Cada uno de vosotros tiene en el Mundo un 
altar y una lámpara encendida. Aun los más 
humildes, los más miserables. 

Los que os habéis arrastrado por el Mundo 
como reptiles sin veneno, que sólo inspirasteis 
asco. 

Los que fuisteis en la vida los últimos, sois 
en la muerte los primeros. 

Y dirigiéndose a un paria que estaba al pie 
del estrado, dijo: 

— Tú, leproso, que has nacido de noche en 
una ergástula y te libraste de la voracidad de 
las fieras, porque las fieras no quisieron devo- 
rarte... Tú tienes también tu lámpara. Cuénta- 
nos tu vida. 

Y el leproso asi distinguido, con la mirada y 
la sonrisa radiantes, se arrastró hasta nosotros. 

Y habló asi: 



III 



Me amamantó una loba; pero no 
he fundado ninguna ciudad. 

Me amamantó una loba; pero no he fundado 
ninguna ciudad. 



124 CERVANTES 

La primera vez que entre en una ciudad, las 
gentes huyeron aterradas de mi y me llamaban 
el Monstruo. 

Yo tenia el corazón angustiado porque estaba 
sediento de caridad y amor, y a mis súplicas 
respondían el asco, el odio y el castigo. 

Las gentes de la ciudad me arrojaron a un 
suburbio donde tenían su cementerio. 

Desde alli mendigaba yo a los que pasaban 
para enterrar a sus muertos queridos. 

Yo sentía por todos ellos un gran rencor. 

Los muertos eran conducidos en ataúdes de 
cristal, y yo podía verlos y los reconocía a to- 
dos, porque todos habían pasado vivos alguna 
vez ante mí. 

Y hoy era una doncella envuelta en velos 
blancos y cubierta de flores. 

Y otro día era una matrona engalanada de 
joyas, que había sido dueña de mil esclavos. Y 
otro una prostituta encumbrada y todavía her- 
mosa, que esclavizara a mil amantes. 

Y aquella doncella, aquella matrona y aquella 
prostituta que iban en sus urnas, habían pasado 
alguna vez bellas y altivas. 

Y si por casualidad fijaban en mi su mirada, 
la volvían con horror diciendo: 

— ¿Quién es ese miserable? 

Y yo las veía alejarse rápidamente. iComo 



CERVANTES 



125 



una felicidad imposible...! Todas aquellas gentes 
estaban tan distantes de mi como los astros. 

Solo, en mi vallado, veía pasar constantemen- 
te, ante mi, la juventud, la belleza y la vida, 
acompañando a la muerte. Todo lo que para mi 
era extraño y estaba vedado. ¡Oh, mis largos 
dias de tristeza y de sed...! ¡Porque yo tenia pa- 
siones como todos los humanos...! 

Yo tenía sed de todos los deseos. 

Y todos los manantiales de placer, todas las 
fuentes de piedad, estaban cerradas para mí... 

Era un paria, un leproso... 

Mi cuerpo estaba cubierto de llagas, de mise- 
ria... 

Pero, ¿y mi alma, y mi alma...? 

¿No era nada mi alma para todos aquellos se- 
res que se llamaban cristianos,..? Todos habían 
sido bautizados, como yo, en el agua del Jordán, 
en nombre de Cristo; pero en vano yo les decía 
con un acento capaz de conmover a las hienas, 
a las piedras, a los mismos astros: «Hermanos en 
Jesús, tened misericordia de mi alma sedienta...» 
Era yo para ellos como un despojo de la Huma- 
nidad abandonado a mi propia miseria. 

Pasaban ante mi dolor, ajenas e indiferentes, 
las multitudes varias, en comitivas alegres o en 
cortejos de duelo... Pasaban las caravanas nó- 
madas, ávidas siempre de nuevos horizontes.,, 



126 CERVANTES 

Las cabalgatas del vicio, del dolor y del pla- 
cer... 

Un día vi pasar numerosos ejércitos, en son 
de guerra. Las músicas marciales poblaban las 
lontananzas de ecos belicosos, y aquellos bata- 
llones innumerables de hombres jóvenes, animo- 
sos y fuertes desfilaban ante mí, con un gesto de 
asco y de horror para mi desnudez doliente. 

Yo, entonces, les decía: «Me miráis sin piedad 
y no veis que la muerte cabalga ante vosotros 
con su rojo estandarte... Camináis hacia las ne- 
gras fauces de un Moloch que ha de devoraros... 
Mañana, muchos de vosotros, hombres jóvenes 
y vigorosos, seréis pasto y festín hasta de los 
grajos... Mañana, muchos de vosotros, envidia- 
réis hasta mi propia lepra... Esto les decía yo y 
me reía largamente con carcajadas vengativas, 
de una cruel y deliciosa revancha... 

Pensar que toda aquella juventud iba a pere- 
cer; toda aquella fuerza iba a destruirse; toda 
aquella vida iba a morir...! ¡Y yo viviría aún 
mientras ellos formarían una montaña de cadá- 
veres...! Que palpitaría, aún, mi corazón mien- 
tras ellos, tal vez los más fuertes, los más bellos, 
los más llenos de energías y de ilusiones, forma- 
rían un inmenso montón de podredumbre, un 
inmenso festín de gusanos...! ¡Ah, yo me reía 
largamente, con carcajadas vengativas; porque 



CERVANTES 127 

entonces la risa era el desquite de todos mis do- 
lores...! 

Todas aquellas gentes altivas que me miraban 
con asco, ¿no habían de ser un día como yo, 
cuando los condujesen en sus ataúdes? No ha- 
bían de ser peores que yo, puesto que en sus 
cuerpos muertos y corrompidos no alentaría ya 
el espíritu...? 

¿Por qué, pues, huían de mí? Yo algunas ve- 
ces, en mis horas de desesperación, les gritaba 
cuando pasaban llevando a los cadáveres: 

«Esos que conducís, son parias como yo, pues- 
to que vais a dejarlos abandonados... 

Son más miserables que yo, porque pronto 
serán roídos de vermes y tienen paralizado el co- 
razón. 

¿Por qué a ellos, que nada sienten ya, ni nada 
son, los honráis, y a mí, en cambio, me abando- 
náis tan cruelmente...? 

Entonces ellos me arrojaban piedras y me 
llenaban de injurias. 

Y me gritaban: 
¡Monstruo, monstruo...! 

Esto encendía el odio en mis entrañas. 
Un día sentí fiebre de odio. 
Sentí sed de venganza. 

Y esperé a la noche. 

Y cuando la noche hubo llegado, amparado 



128 CERVANTES 

por las sombras, me arrastre hasta el campo de 
las tumbas. 

Aquella tarde había visto pasar en sus ataúdes 
a una doncella bellísima, a quien yo había ama- 
do; a un joven hermoso y cruel, de quien había 
recibido ultrajes, y a un prelado, cuyo anillo no 
me fué posible besar nunca. 

El prelado y el mancebo estaban en la capilla, 
entre cirios. 

Y allí, cerca, en una sala próxima, estaba el 
tercer cadáver sobre una mesa, envuelto en una 
sábana. 

No había nadie velándolos. 

Ningún ser vivo, más que yo, había entre los 
muertos. 

Porque yo estaba vivo, a pesar de mi podre- 
dumbre. 

Acostumbrado a mi podredumbre, ninguna 
repugnancia sentí a la vista de aquellos cuerpos 
que empezaban a descomponerse. 

Me aproximé al prelado, que estaba al pie de 
un crucifijo de ébano y marfil. Sabré el fondo 
negro de la cruz, la figura blanca y descarnada 
de Cristo se destacaba en toda su desnudez... la 
divina desnudez sobre la vana pompa de las 
galas episcopales... El obispo, amortajado como 
Pontífice judío, desaparecía bajo los brocados, 
entre los que sobresalía aquella de sus manos, 



CERVANTES 1 -9 

en la que lucía el anillo pastoral con la amatis- 
ta que yo no había podido besar nunca. 

Y la besé entonces una y mil veces, con odio, 
con rencor, babeáudola, mordiéndola, destro- 
zándola entre mis dientes. 

Clavó mis dientes en aquella mano despiada- 
da y fría en la que ya no había sangre, 

y entonces fui yo quien sintió el asco por pri- 
mera vez, 

y quien escupió de asco. 

Me dirigí al adolescente, que tenía los ojos 
abiertos, y parecía mirarme. 

Desuní sus manos tfnlazadas y le injurié con 
los mismos insultos que él me había lanzado en 
otro tiempo. 

Su silencio me exasperó más todavía y, con- 
siderando que mis golpes serían vanos a su in- 
sensibilidad, me golpeé yo mismo con sus ma- 
nos. 

Con sus manos rígidas me abofeteé el rostro 
y me golpeé todo el cuerpo, sintiendo con este 
castigo voluntario la extraña sensación de un 
dolor que era un goce. 

Rendido ya, me dirigí a la sala donde estaba 
el tercer cadáver. 

Tiré al suelo la sábana que lo cubría y apare- 
ció el cuerpo desnudo y yerto de la doncella 
hermosa que yo había amado tanto, que yo ha- 



130 CERVANTES 

bía deseado tanto y de la cual no habia recibido 
sino desprecio y jamás compasión. 

Estaba todavía bella, 

muy bella, porque parecía dormida. 

Era la primera vez que veía ante mí, así, un 
cuerpo semejante. 

Un cuerpo que había sido, para mí, fantasma 
de mis delirios. 

Sueño de mis insomnios. 

Que había sido un imposible, y ahora estaba 
allí desnudo y abandonado a mi voluntad. 

Su carne fría y pálida parecía coloreada y me- 
nos fría, sobre aquel lecho de mármol. 

Parecía que la vida dormía aún en su corazón 
y su pecho palpitaba levemente. 

Yo paseé mis manos sobre todo aquel cuerpo 
de suaves ondulaciones y el contraste de mis 
manos llagadas con aquella carne tersa y blanca 
era tal que me sentí humillado. 

Entonces renació mi instinto de venganza. 

E-enacieron mi odio, mi amor, mi fiebre y mis 
deseos. 

Todos mis largos años de abstinencia obliga- 
da, de concupiscencia contenida, y la alegría 
feroz de una revancha. 

Me despojé de mis harapos, y ya todo desnu* 
dO; ulcerado y sangriento, me lancé furiosamen- 
te 8obre aquel cuerpo virgen, cuyo frío y cuya 



CERVANTES 



131 



insensibilidad eran deleite a mis ardores. Caía 
to da mi lepra sobre toda aquella carne blanca; 
toda mi baba sobre aquella boca sin gestos; toda 
mi mirada sobre aquella belleza dormida e indi- 
ferente a mi profanación. 

Me abracé fuertemente a aquel cadáver por 
toda la noche... por todo un largo sueño de 
amor... del cual no recuerdo haber despertado. 

Calló el leproso y sonreía sarcásticamente al 
recuerdo de sus escenas sacrilegas. 

Todas las miradas subían hacia él como hacia 
un héroe. 

Y hasta los reyes le miraban con envidia. 
¡Un hombre que había pasado por la vida asi! 
Un hombre que era allí el primero, porque 

estaba en el reino de la podredumbre... 

Ella, que permanecía en pie a su lado y le 
había oído atenta, le tendió ahora sus manos 
descarnadas, y le dijo: 

Tú eres el primero. 

Eres el elegido. 

Eres aquí el rey. 

Y luego que esto hubo dicho le condujo hasta 
el trono. 

Y ya en el trono el leproso sonaron los clari- 
nes y comenzó la recepción. 

Ella decía a los que iban llegando: 

He aquí mi esposo, vuestro señor; los que lie- 



132 CERVANTES 

guen más despojados estarán más cerca de nos- 
otros y serán los preferidos. 

Al oir esto, todos los que allí estaban se apre- 
suran a despojarse de sus galas, de sus riquezas 
o de sus harapos, y se dirigieron desnudos al 
trono, donde besaban la mano al paria, y des- 
pués de aquel beso de muerte comenzaba la 
transfiguración. 

Todos los que iban desfilando veían pasar, en 
un instante, sobre sí, los años con sus huellas 
implacables. 

Sentían sobrSSus cuerpos el calor y el frío de 
cien estíos y de cien inviernos. 

El peso de todas las felicidades y de todas las 
desgracias. 

Y el frío de las tumbas. 

Todos, como contaminados de lepra, de una 
lepra devoradora y rápida, sentían el desgarra- 
miento de sus cuerpos, el desprendimiento total 
de sus carnes. Y no se lamentaban ni parecían 
sufrir. Parecían más bien felices, considerando 
su fea desnudez como una nueva belleza. 

Todos los que venían detrás anhelaban ser 
transfigurados y gritaban de impaciencia. 

Los potentados, los sabios, los guerreros. 

Las mujeres que habían triunfado por su be- 
lleza en el Mundo. 

Todos en confusión, con los que habían sido 



CERVANTES 



133 



feos y desgraciados en la vida. Parecían rendir 
su tributo a la muerte. No como una ley irremi- 
sible, sino como un espectáculo impuesto por el 
ejemplo. 

ün gesto de buen tono. 
Se citaban nombres: 

Todos los héroes de la Historia; las grandes 
figuras de la Humanidad que habían desfilado 
por allí en compañía con los ignorados... 

Todavía hablaba la voz de la vanidad con sus 
palabras hueras... 

Pero sobre esta voz mezquina y ridicula des- 
collaba la risa sarcástica del Paria, que desde el 
trono de la Muerte los iba convirtiendo a todos 
en un montón de despojos. 

Pronto la sala no era más que un montón de 
cadáveres. 
Un inmenso osario. 

Un inmenso pudridero adonde los esqueletos 
mismos se descomponían hasta reducirse a ce- 
nizas. Y de estas cenizas, de estos despojos, na- 
cían los gusanos. 
Todos iguales. 

Todos arrastrándosepenosamente porla tierra. 
«¡Oh, lepra de la tierra! — dijo la muerte con 
su voz dolida — . ¡Oh, lepra de la tierra! ¡Vani- 
dad de vanidades! Amasijo de pasiones. He ahí 
lo que sois. 



134 CERVANTES 

Riqueza, Soberbia, Avaricia, Lujuria, Orgullo, 
Ambición... 

Vuestras luchas, vuestros odios, vuestras du- 
das, vuestras pasiones... 

¡Estiércol...! 

Estiércol de donde brotarán las nuevas si- 
mientes... 

EUa tenia su rostro ensombrecido. 

Me tendió sus manos y, tristemente, dijo: 

«¿Para qué...? ¿Para qué? 

Tú quieres saber, penetrar el arcano de la exis- 
tencia... Ver en las tinieblas... 

¿Para qué...? ¿Para qué...?» 



IV 



¿Por qué ese horror, mu- 
jer, si no eres más que un 
esqueleto disfrazado...? 

Habían desfilado ya todos, menos una donce- 
lla que llegaba vestida de pudor. 

Parecía avanzar, a duras penas, con el espan- 



CERVANTES 135 

to en los ojos. Y el paria le tendió las dos manos 
como dos garras. 

Y cuando ella, obligada por una fuerza inven- 
cible y con el asco en los labios iba a besarlas, 
él la hizo su presa, con toda la voracidad de su 
lujuria despierta, y la abrazó brutalmente... 
oprimiéndola con todo deseo enfurecido, opri- 
miéndola, triturándola... 

Ella luchaba desesperadamente, se retorcía 
entre aquellos brazos viscosos e inarticulados, 
que parecían tentáculos, luchaba escupiéndole 
todo su asco. Y él decía con palabras cálidas, 
entrecortadas, jadeantes, y con el aliento co" 
rrompido: 

«¿Por qué ese horror, por qué esa resistencia, 
por qué ese asco, muier, si no eres más que un 
esqueleto disfrazado...? 

Enlazados, confundidos por un abrazo de 
muerte, los vi caer en el inmenso montón de ca- 
dáveres como sobre un lecho de podredumbre... 

Los vi agitarse entre la podredumbre, no sé 
si con estertores de agonía o con espasmos de 
amor. 

Ellos quedaron allí, sepultos, para siempre... 

Ya todo era negrura y silencio en torno nues- 
tro. 

En el silencio de la muerte habían enmudeci- 
do todas las voces, 



136 CERVANTES 

Y la VOZ hipócrita de la vanidad. 
Sobre las tinieblas flotaron unas lucecitas 
blancas. 

Eran los fuegos fatuos... 

GoY DE SILVA 



CERVANTES 137 



El pecado de la raza. 



Seguido de su amigo Berbegal, entró Aurelio 
en el cuarto algo reducido donde Carola, senta- 
da detrás de una máquina, pespunteaba con afán 
una blanca y transparente camisita de niño. Des- 
pués de recibir los saludos de uno y otro, se en- 
caró con Aurelio, y le interrogó con cierta im- 
pertinencia que ocultaba un fondo de amarguísi- 
mo reproche: 

— ¿Y qué ventolera te trae por aquí, si se pue- 
de saber? 

— Pues ya lo ves, los deseos de verte... 

— Dichosos deseos, después de cinco días que 
no te dignas subir. 

— Es que hay novedades, querida Carola. 

— Si no hay novedades, no vienes. Me lo figu- 
raba. 

— No, mujer. No lo tomes tan a pecho. Com- 



]3S CERVANTES 

prende qne 1oí5 pobres fnnoionarios tenemos que 
estar a las órdenes de nuestro jefe. 

— Si no fueras tan holgazán, ya estarías colo- 
cado. 

— ¿Oyes, tú, Berbegal? — interrogó el aludido 
volviéndose a su amigo — . ¡Holgazán un servi- 
dor que lleva una vida de perro, lamiendo ma- 
nos a tutiplén, meneando la cola y yendo de acá 
para allá todo el santo día en busca de una mo- 
desta colocación, que es como decir en busca de 
la cadena con que me tengan amarrado! 

— No crea usted, Carola, que el amigo Aurelio 
cumple como el primero, sabe su obligación 
como el primero, y escribe al dictado de un modo 
maravilloso, 

— Tan bueno es Pedro como su compañero- 
afirmó la costurerita al propio tiempo que lanza- 
ba una sonrisa de incredulidad al amigo Berbe- 
gal — . ¡Vaya un par de trabajadores! 

— Bueno, chica. En ausencia de un día o de 
mil quinientos, ya sabes que se te quiere. No 
hablemos más de eso. Venía a pedirte un favor, 
que yo escribiría con letra mayúscula. Hazte 
cuenta si será grande. 

— Comprendido. ¿Y esas son las novedades 
que traías? 

— No, mujer. Estas son las consecuencias de 
lo otro, Tú verás. Don Marcial Calatraveño, mi 



CERVANTES 



139 



paisano y augusto jefe en tiempos del anterior 
Ministerio, va destinado a Canarias. En favor y 
querencia a mi personilla me lleva de secretario. 
Allí le será más fácil la colocación, porque so- 
mos tantos los innumerables mártires... En fin; 
yo sé que tu padre tiene sus correspondientes 
ahorrillos. Para ponerme en condiciones de tras- 
lado y navegación con el aditamento de ropas y 
demás, necesitaba unas mil quinientas pesetillas. 
— No llegarán a eso los ahorros de mi padre. 
— Yo creo que pasa, querida Carola. Estoy 
bien enterado. 

— Cuidado que eres fresco. Tendrás algún ami- 
góte en el Monte y habrás ido a enterarte. 

— No lo creas. Pura coincidencia todo ello... 
Sucede que a veces está uno en el cafó y salta 
el de al lado y dice una tontería, y tú te enteras 
casi sin querer. 
— El casi le falta. 
— Ahí está Berbegal, que lo diga. 
Berbegal, que parecía en ocasiones un hom- 
bre dormido, aunque apuraba la colilla del ter- 
cer cigarrillo, levantó la cabeza y los miró con 
su habitual calma, afirmando lo dicho: 
— Ya lo creo que si, ya lo creo. 
— De todos modos, cuento contigo, querida 
Carola. Tú serás en el presente naufragio mi 
salvadora tabla. En cuanto llegue allí y dispon- 



140 CERVANTES 

ga de esa cantidad, que sí dispondré porque co- 
rre mucha guita inglesa, te lo remito sin pérdi- 
da de tiempo. En ti confiaba, y por eso acepté 
esta miseria de «señorito de compañía», que 
viene a ser eso de secretario de un personaje de 
tercera fila. En ti confiaba, porque eres más 
buena y más rica que el pan de Viena. 

— Y más tonta que las habas verdes. Sólo asi 
se comprende que una se fíe de vuestras pala- 
bras. 

— Palabra de caballero, y no se hable más 
del asunto. 

— Como que j'o dispongo del dinero de mi 
padre. Pues estás enterado. 

— Pero si tú te empeñas... Ya sé que tienes 
un padre que no lo merecemos, que hay que 
besar por donde él pisa, que hay que quererlo 
con el alma y la vida, y si no lo conociéramos 
no vendría yo a darte esta jaqueca. 

— Vaya que sí. Cualquiera diría que mi padre 
iba a ser desde mañana tu augusto jefe. 

— Pues poco menos, chica. 

— Si tus intenciones fueran tan buenas como 
tus palabras... — suspiró la muchacha, todavía 
indecisa ante la solemne promesa de su buen 
amigo y la seriedad de su semblante, que pare- 
cía confirmarla. 

Miróle fijamente como si quisiera penetrar en 



CERVANTES 141 

el fondo de aquel espíritu un tanto burloncillo 
y un mucho holgazán, pero no ingrato y olvida- 
dizo hasta el punto de jugarle una mala pasada — . 
Bueno, bueno; pero no confíes mucho, Aurelio. 
Tengo mis razones para hablar asi — añadió ella 
en tono de confidencia. 

Quince días después, confirmado el ofreci- 
miento indicado por su antiguo jefe y paisano, 
Aurelio fué a recoger de manos del padre de Ca- 
rola las mil quinientas que le prestaba mediante 
un pagaré que firmó aquella misma tarde. Le re- 
novó, como a Carola, la formal promesa de cum- 
plir como bueno, escribirles con frecuencia, y 
trabajar los imposibles hasta hacer una media- 
neja fortuna. 

Tranquila y resignada con su suerte, continuó 
Carola trabajando en el corte y arreglo de ropa 
blanca, al lado de su padre, que como empleado 
en una antigua casa de banca cobraba un mo- 
desto sueldo, reforzado de vez en cuando por 
las propinas de los buenos clientes. Corriendo el 
tiempo, ya desesperaban de tener carta de Au- 
relio, que después de tres largos meses aun no 
les había enviado la más ligera muestra de su 
letra. Por vía de consuelo, se les presentó una 
tarde Lucio Berbegal, que iba a saludarles y a 
saber de aquella honrada familia por encargo 
especial de su amigo. Supieron algo de sus bue- 



142 CERVANTES 

nos propósitos, prometióles Berbegal volver otra 
tarde en cuanto recibiera una segunda carta; 
pero como era más perezoso y abandonado que 
su amigo no volvieron a verlo por su casa. En 
este intermedio, el padre de Carola, sin saber 
cómo ni dónde, tomó un enfriamiento, que él 
consideró como un simple catarro que no altera 
en lo más mínimo el plan de vida. Cuando en 
la misma casa donde aprovechaban sus servicios 
observaron su semblante, y la tos pertinaz, y el 
decaimiento y malestar que a ratos le acometía, 
le dieron permiso para que inmediatamente guar- 
dase cama tres o cuatro días. Según el médico, 
este descuido le trajo las consecuencias de unas 
fiebres que degeneraron en tifoideas, y le postra- 
ron por completo. 

Alarmadísima Carola, no se separaba de la ca- 
becera del enfermo ni de día ni de noche, mien- 
tras la sostuvieron sus propias fuerzas, que no 
eran muchas. A pesar de estos cuidados, no logró 
vencer en esta desesperada lucha la naturaleza del 
enfermo, bastante decaída. Con tiempo, reserva- 
damente, le hubo de anunciar el médico este in- 
evitable y triste desenlace. Con doble motivo, 
por no tener madre y ver desaparecer el más 
solícito amparo de su vida, pudo llorar Carola su 
muerte por muchísimo tiempo. En los primeros 
días de esta orfandad, viendo a su lado los ros- 



CERVANTES 143 

tros compasivos de algunas amigas y de los com- 
pañeros de su padre, aun pudo hallar algún con- 
suelo, un ligero lenitivo para lo más amargo de 
su aflicción. Al terminar el segundo mes ya com- 
prendió la realidad de esta horrible desdicha de 
verse sola, sin la sombra protectora de un padre, 
de un hermano, de algo intimo y familiar a 
quien confiar sus nuevas penas. 

En aquellos tremendos días de soledad se acor- 
dó de un cierto pariente, llamado Jenaro, que 
vino del pueblo de su madre, como recluta, a 
uno de los cuarteles de Madrid. Era por enton- 
ces un muchachote bien plantado, y hasta gua- 
po, a pesar de lo morenucho de sus carnes, lleno 
de fuerza y de salud, que la seguía y acompaña- 
ba a todas partes, como un can sumiso y obe- 
diente, Y ello consistía que al recuerdo de las 
de Riofrío, tostadas y mal pergeñadas hijas de 
la Sierra, le resultaba la Carola un encanto de 
mujer. Con su blusita clara y su falda azul mo- 
teada, y sus andares, y su bonito cuerpo, y las 
muchas cositas que sabía hacer, bien aprendidas, 
tenia para su pariente el atractivo de la mujer 
tipo, limpia, hacendosa, inteligente y bonita, que 
lo reúne todo. Por tanto, mientras Jenaro estuvo 
en el cuartel, se veían con encantadora frecuen- 
cia, y andaban juntos y charlaban tan contentos 
y satisfechos, como si aquella inesperada armo- 



144 CERVANTES 

nía de inclinaciones y caracteres hubiese de du- 
rar toda su vida. Ocho o diez meses después, su 
regimiento fué destinado a Sevilla, y en breves 
horas quedó disipada esta naciente dicha que 
empezaba a alborear en sus corazones espontá- 
neamente, sin darse ellos cuenta. Y ella pensaba 
en estos días interminables de tristeza y de so- 
ledad: «¡Ah, si Jenaro estuviera ahora en Ma- 
drid...!» 

Disipada una tan lejana esperanza, Carola se 
acordó de la única de sus amigas que le inspira- 
ba verdadera confianza. Y como urgía resolver 
cuanto antes el problema de vivir con algunos 
ahorrillos para lo venidero, fué una tarde a ver 
a su amiga Jacinta, a quien nadie le negaba unas 
manos habilidosas para el corte y arreglo de los 
vestidos, como de cualquier clase de ropa. Nun- 
ca le faltaba labor. Lo que necesitaba únicamen- 
te era buena salud, pues a causa de la pobreza 
de su sangre o por su especial contextura, sen- 
tíase algunos días invadida de una debilidad 
general, de una indolencia enfermiza que la re- 
tenía en la cama hasta bien entrada la mañana. 
Se acatarraba con pasmosa facilidad, y para 
evitarlo, veíase obligada a no salir con frío y 
a tomar innumerables y tediosas precauciones. 
Jacinta la recibió con su acostumbrada dul- 
zura: 



CERVANTES 145 

— ¿Qué te trae por aquí, mujer? No vienes con 
buena cara. 

— Qué quieres... ciertas cosas no se pueden ol- 
vidar. 

— Pues mira, trabajando... 

— Ya lo creo, todo lo que me sale. Pero ven- 
go a proponerte una cosa que he pensado. 

— Tú dirás. 

— Que viviendo reunidas, como ya nos conoce- 
mos, nos ahorrábamos la mitad del cuarto. Lo de 
la casa es lo que más apura, que el tiempo corre 
que es un gusto, y el mes se te echa encima... 

— Pues mira, lo pensaré. 

Esta Jacinta, paliducha y delgada, era una 
(muchacha reflexiva que lo consultaba todo con 
.^a almohada, y después con su hermana mayor, 
la casada, y hasta con su novio. 

A los dos dias Jacinta apareció en casa de su 
buena amiga Carola y le dijo que lo de vivir 
reunidas era cosa hecha. En su consecuencia, al 
mes siguiente buscarían un cuarto adecuado, con 
las condiciones indispensables para dos perso- 
nas que hablan de vivir de su trabajo. Debido a 
esta circunstancia del cambio de domicilio, Ca- 
rola no llegó a recibir puntualmente la carta que 
le remitía desde Canarias su antiguo amigo y 
deudor Aurelio Gutiérrez. No teniendo éste con- 
testación inmediata, como era de esperar, tornó 



14G CERVANTES 

a escribir a Berbegal, incluyéndole en la carta 
un cheque de mil quinientas pesetas para que 
pudiera pagar a Carola y recoger el pagaré fir- 
mado. Cobró Berbegal en el Banco de Castilla 
las mil quinientas y los billetes recibidos hubo 
de colocarlos en un cajoncillo disimulado de su 
mesa. 

Transcurrido un mes le ocurrió una tarde su- 
bir al cuarto donde debía vivir Carola. Aunque 
a regañadientes, la portera le dio las señas de su 
nuevo domicilio. Con su indecible y habitual pe- 
reza, Berbegal dejó transcurrir otras cinco o seis 
semanas antes de decidirse a ir a la calle del Es- 
píritu Santo, donde vivían las dos amigas. En el 
largo intermedio de estos días ocurrió que una 
mañana despertóse Jacinta con mal gusto de 
boca y algo febril. Se sentía cansada, removida, 
presa de un malestar inexplicable. Inesperada- 
mente, por la noche, al tiempo de acostarse tuvo 
un vómito de sangre. Vino luego el médico, la 
examinó, la auscultó, y habló reservadamente 
con Carola. Era una tuberculosis heredada para 
la cual la ciencia no había encontrado todavía 
más que míseros paliativos. Su mayor enemigo 
venía a ser la naturaleza exhausta y pobre de la 
enferma. A los quince días justos se repitió el 
vómito de un modo extraordinario y vino a fa- 
llecer en los brazos de la pobre Carola, que ni en 



CERVANTES 147 

sueños pudo imaginarse un desenlace tan rápido 
y definitivo. 

Dolorosamente sorprendida y trastornada por 
la muerte de su buena amiga, vióse Carola en la 
necesidad de buscar un cuarto de menos precio. 
Por esto, cuando Berbegal se dirigió a la calle 
del Espíritu Santo, le contó una de las vecinas 
lo ocurrido, proporcionándole al mismo tiempo 
las señas de la nueva vivienda de Carola, en la 
calle de Jordán. Sorprendido igualmente Ber- 
begal, se prometió tomar el tranvía al día si- 
guiente, y presentarse de improviso en casa de 
su amiguita. Pero su grandísima pereza pudo 
más, y lo dejó para mejor ocasión. Cierto com- 
promiso adquirido por una muchacha que fué 
en años anteriores íntima amiga suya, y que 
ahora insistía en reanudar sus antiguas relacio- 
nes, le obligó un dia al pago de doscientas pese- 
tas. Se hallaba a fin de mes, con el bolsillo lim- 
pio de plata y cobre, y echó mano al reservado 
cajoncillo donde guardaba las mil y quinientas 
de Carola. 

Cierta mañana entró en su oficina del Ministe- 
rio el propio director, acompañado de un perso- 
naje político y de un extranjero de excelente y 
simpática presencia, que por su acento parecía 
americano. Se dirigían al despacho del jefe dis- 
cutiendo como personas corteses. Uno de ellos 



148 CERVANTES 

afirmaba que a pesar de su buena apariencia 
aqni se hallaba todo desorganizado, en confu- 
sión monstruosa, por lo cual los acontecimientos 
más graves nos cogían siempre desprevenidos. 

— A mi juicio — objetó el obro — se encuentra 
el origen de todo ello en el pecado de la raza, 
venial si se quiere, pero pecado grave contra la 
vida. Esa indolencia tan característica trae el 
desamor, el despego hacia lo propio y nacional, 
y acaba luego por la abulia. No ignoran ustedes 
que la voluntad y la inteligencia son los moto- 
res. Si falta una voluntad robusta y briosa, toda 
la linda máquina alzada por una clara inteligen- 
cia se viene a tierra. 

— Sí, señor; alguno de mis amigos opina de 
ese modo. Yo estimo que principalmente la falta 
de cultura es lo que más nos afea a los ojos de 
Europa. 

— No, perdone, señor. Si un pueblo indolen- 
te, perezoso, despegado, no acude a las escuelas, 
ni lee, ni estudia, ni se interesa por nada, ¿dón- 
de se hallará la base do la cultura? Ese pueblo 
sin ideal, sin espíritu de asociación, sin verda- 
dero amor a su país, se verá intervenido en 
cuanto plantee sus grandes problemas por las 
naciones vecinas, más o menos aliadas, y no 
será nunca dueño de sus destinos. 

— ¡Ah, doctor, eso es ya excesivo pesimismo. 



CERVANTES 149' 

Yo confío mucho en la nueva orientación de 
nuestro partido. 

— Sin embargo, no conviene, como indicó an- 
tes el doctor, cerrar los ojos a la realidad. Bien 
sabe usted lo que aquí pasa: es sencillamente 
monstruoso, humillante, inconcebible... 

Y no se pudo oir más, porque el jefe del ne- 
gociado salió a recibirlos afectuosamente a la 
puerta del despacho. Berbegal, que escribía en 
la mesa más cercana, escuchó las razones de 
unos y otros sin comprender una palabra, y no 
obstante se trataba de su principal y castizo de- 
fecto. Quedóse un tanto pensativo, temiéndose 
si esta visita del director, cuyo carácter agrio y 
descontentadizo se encabritaba ante cualquier 
contrariedad, les traería inopinadamente alguna 
formidable racha de ceses. 

Entretanto, Carola, impresionada todavía por 
la muerte de su mejor amiga, se considex'aba 
cada día más sola, con menor aliento, se dejaba 
de comer, salía de casa a lo preciso, y se sentía 
acometida en las últimas horas de la tarde de 
una vaga tristeza que era en el fondo un abru- 
mador desaliento. La labor no la consolaba; por 
el contrario, parecía cansarse más pronto, y 
hasta tomar cierta repugnancia por el esfuerzo 
y el trabajo de muchas horas. Acaso por no gas- 
tar y no tener en el cuarto la lumbre necesaria 



i 50 



CERVANTES 



debió tomar un enfriamiento, que degeneró en 
un catarro gástrico. Sintiéndose des-ganada y 
débil se quedó en cama dos días. Sus pobres 
ahorrillos se iban reduciendo de tal modo, que 
haciendo un supremo esfuerzo se levantó al ter- 
cero, aún sin contar con las fuerzas indispensa- 
bles para continuar la labor encomendada. Una 
noche, en la misma tienda que le proporciona- 
ban costura, le advirtieron que le convenía cui- 
darse, puesto que se iba «entrando como la 
tela»; es decir, quedándose en los puros huesos. 

Por su parte, el amigo Berbegal, comido de 
la pereza, sin darse cuenta del daño horrible 
que pudiera causar, confiando en el azar, arras- 
trado por el compromiso y los gastos de su ínti- 
ma amiga, sustraía de vez en cuando algún bi- 
llete del cajoncillo reservado, siempre con la 
bendita esperanza de reponerlo en el mes si- 
guiente apenas saludara la nómina. 

Transcurrieron unos cuantos meses. Algún 
día hubo de pensar en su amiguita y se dijo 
muy serio: — «Esto es lo justo. Iré a ver a Ca- 
rola y le llevaré su dinero.» Pero aquel santo 
propósito nunca se cumplía. Una mañana que 
acababa de copiar una minuta, vio entrar en la 
oficina al ordenanza, seguido de un sargento de 
imponente aspecto, un alto y recio mozo, que se 
encaró con él: 



CERVANTES i 151 

—¿Es usted don Lucio Berbegal? — Y ante la 
afirmación del empleado, añadió al punto: — Ne- 
cesito hablarle hoy mismo de un asunto que le 
interesa. 

Imaginóse Berbegal al pronto, no ignorando 
que el susodicho militar acababa de venir de Ca- 
narias, que se trataba quizá de algún pariente 
lejano, o de alguna herencia inopinada que iba 
a endulzar de un modo nunca pensado su pere- 
zosa existencia. 

Lo habia citado en su casa entre cinco y seis 
de la tarde, y en cuanto lo vio entrar compren- 
dió por su semblante y su aspecto que el nego- 
cio era muy otro. A la indicación de Berbegal 
se sentó en una de las sillas; pero apenas sacó 
del bolsillo cierta carta para leérsela se puso de 
nuevo de pie y continuó su interrogatorio: 

— Usted es amigo de don Aurelio Gutiérrez, 
y conoce, por tanto, a mi prima Carola Estéba- 
nez. Esta es la carta que hemos recibido de su 
amigo. Hace diez y ocho meses que le envió a 
usted un cheque de mil quinientas pesetas, para 
pagar una deuda que usted conocía igual- 
mente. 

—Sí, señor; aqui guardó los billetes — y Ber- 
begal mostró al sargento el cajoncito reservado 
de donde sacó tres o cuatro billetes de cincuenta 
pesetas. 



Í&2 CERVANTES 

— ¿Y esas son las mil quinientas que usted re- 
servaba? 

Berbegal confuso, rojo, encendido como la 
grana miró al sargento, miró a la mesa, bajó lue- 
go los ojos, mudo, hecho una pieza, sin saber 
cómo salir airoso de este espantable atranco. 

Con voz muy entera, lleno de brío y de cora- 
je, continuó el militar su terrible interrogatorio: 

«Usted no ignoraba, señor mío, que la amiga 
de su íntimo don Aurelio se había quedado sin 
padre, que carece de rentas, que vive de su traba- 
jo, que ese dinero era suyo y debía servirle como 
de ayuda y consuelo, y a pesar de eso, usted, 
que cobra del Estado y cuenta con una paga se- 
gura, tarda usted diez y ocho meses en entre- 
garle un dinero que debía quemar sus manos. 
¿Pensaba usted al fin de cuentas quedarse con él? 

— ¡Oh!, no, señor; de ninguna manera. No soy 
capaz... 

— Entonces... No me explico... 

— Si fui a llevárselo a su casa, y se había 
cambiado. 

— Y una vecina le dio sus señas. Y usted, por 
pereza o por no sé qué razones particulares, se le 
pasan los meses... Y entretanto mi pobre prima 
se ve sola, triste, anémica, debilitada, sin aliento 
ni color, como una tísica... ¡La tiene usted en el 
Hospital...! 



CERVANTES 



153 



— ¿En el Hospital?^ — musitó apenas el em- 
pleado. 

— ¡Y aun lo pregunta! Si me dejara llevar de 
mi coragina, en este instante le ahogaba a usted 
como a una mala bicha — y el sargento le mos- 
traba los recios puños temblorosos, que parecían 
terriblemente dispuestos a caer sobre su cuello 
como dos mazas de fragua — . Pero sépalo usted: 
de aquí no me muevo sin las mil quinientas pe- 
setas. 

Berbegal, que vivía al día como todo gran pe- 
rezoso, le contempló con el espanto con que mi- 
raría a una fiera escapada de las jaulas del Reti- 
ro, y tuvo tentaciones de arrojarse a sus pies y 
llorar arrepentido de su abominable pereza y de 
su enorme pecado como una Magdalena. 

—¿Qué me pide usted, caballero...? Por Dios 
y por todos los santos, que no tengo ni dispongo 
más que de mi triste sueldo. 

— Le pido el dinero de mi prima, y si no lo 
tiene lo busca o lo roba. 

Berbegal se levantó; miró en los demás cajo- 
nes de la mesa, y buscó por todas partes algo 
que no pudo encontrar. Luego se volvió al sar- 
gento como desesperado, y expresó su angus- 
tia: 

— Si no puedo, señor; si no dispongo... 

— Usted no puede... Bueno. Mañana recibirá 



154 CERVANTES 

usted la papeleta de citación. Iremos al Juzga- 
do, se le retendrá la paga... 

— No, por Dios, caballero; eso no, eso no. Yo 
buscaré mañana ese dinero, aunque me cueste... 
lo que me cueste. 

— Mañana vuelvo. Y le advierto una cosa. 
Como mi pobre prima no salga del Hospital, 
como ella... No quiero ni pensarlo. Bueno, en 
ese caso le insulto a usted en medio de la calle 
5^ le obligo a batirse conmigo. Se lo juro a usted: 
la muerte de mi prima le cuesta a usted la pe- 
lleja. Ni más ni menos. — Y el imponente sar- 
gento salió del cuarto como una furia des- 
pués de fulminarle una de esas rápidas miradas, 
que son como rayos, que quedan estereotipadas 
en nuestra retina. Berbegal se levantó, dio unos 
cuantos pasos y se sintió desfallecer en medio 
de una espantosa debilidad, a la que precedieron 
frios y copiosos sudores. 

Devueltas al otro día las mil quinientas, que- 
dóse una semana entera en su rincón, sin atre- 
verse a salir de casa ante el temor de ser fusila- 
do o atravesado el corazón de un machetazo. 

Como se habrá comprendido, este gran pere- 
zoso era un tipo representativo de nuestra raza, 
de esta noble y desventurada raza que deja todo 
por hacer para el día siguiente. 

José M. MATHEU 



CERVANTES 



155 



SONATA PRIMAVERAL 



Oh amiga que tan dulcemente amparas 
en tu suave amistad mi hosca fatiga, 
purificando con tus manos claras 
mi obscuro corazón, oh dulce amiga. 

Si no puedo decir lo que te amo, 
oh mi triste, perdona a mis amores, 
y para ser piadosa con las flores 
no tardes mucho en desatar el ramo. 

Merece la bondad con que lo asistes 
cuando a ti se confia, lastimero, 
corazón que, tan sabio en cosas tristes, 
sólo sabe decir «cómo te quiero»... 

Al amor de la tarde ya más rubia, 
que algún suspiro a la pradera arranca, 
te ha presentido en tu batista blanca 
con un murmullo de ligera lluvia. 



156 CERVANTES 

(Encanto pastoril, jovial secreto 
que diluye, en contornos más lejanos, 
la blusa clara, el escarpín coqueto 
y la gentil capota con acianos.) 

Así alcanza primicia venturosa 
de florecer en tu temprana cinta, 
al mismo tiempo que la vieja quinta 
como un sueño de amor se aclara en rosa. 

Y una emoción más grave lo estremece 
al llenarlo de ti la primavera, 
con ternura tan honda, que parece 
que va a llorar — como si no supiera. 

Cada día que pasa está más cierto 
de ser más tuyo y de saber que lo amas, 
como se ve más cielo entre las ramas 
cuando se empieza a deshojar el huerto. 

(Serenidad azul que predestina 
a una gracia mejor por más discreta, 
como entre la hojarasca de la encina 
se complace feliz la violeta.) 

Corrió el año, y la nieve fué su engendro 
y nevó en mí, mas con candor tan leve 



CERVANTES 

y angelical, que de esa misma nieve 

mi alma se embelleció como el almendro. 

Y la sombra llegó, y la tierra en calma 
flotó en su seno, como nunca bella, 

y yo me iba tranquilo con tu alma 
como se va la noche coa su estrella. 

Lejos de la extensión obscurecida, 
marchamos ya sin pesadumbre alguna, 
y nuestras sombras alargó la Luna 
sobre un prado ulterior de la otra vida. 

(Soledad del amor; claro desvelo 

de rocío y de luz; susurro vago 

de almas que tiemblan próximas al cielo 

como ramas obscuras sobre un lago.) 

Mulló su arena pálida el olvido... 

Y allá en la orilla azul de la mañana, 
nuevamente cantó la alondra ufana, 
y el duraznero amaneció florido. 

Oh amiga que tan suavemente curas 
el encono del cardo y de la ortiga, 
apaciguando con tus manos puras 
mi torvo corazón, oh suave amiga. 



157 



158 — ; " - CERVANTES 

En la campestre exhalación del heno, 
un sabor de buen pan la vida cobra; 
y con los ojos que alza de la obra, 
bebe la fuerza del azul sereno. 

Hinchase el alma audaz como una vela, 
el mundo, como un yunque, está sonoro, 
y en el campo que al cielo se nivela 
la luz deshoja su retama de oro. 

Tras las huellas azules de tu planta, 
el deseo se humilla más huraño; 
y como el mirlo oculto en el castaño, 
mi corazón su soledad te canta. 

Cruza los aires un arrullo agreste, 

el orbe está magnífico y desierto, 

y contigo es la claridad celeste 

que te alboroza como a un lirio abierto. 

Así con esa plácida alegría 
que en abismado azul mi ser dilata, 
compuííe esta sonata, una sonata 
simple y cordial, «quasi una melodía»... 

Leopoldo LüGONES 



CERVANTES 161 



NOTAS DE VIAJE 



: : Una página de novela : : 
El suicidio de Felipe Trigo. 



Cerca de las nueve de la noche caminaba yo, 
con Paco Villaespesa, por la calle del Marques 
de Cubas, cuando pasó junto a nosotros un hom- 
bre muy delgado y muy alto, vestido con un 
traje claro: 

—Adiós, Felipe — dijo el poeta. 

— Adiós, Paco — contestó el otro. 

Y Villaespesa, con su natural bondad, me pre- 
guntó: — ¿Quieres que te lo presente? Es Felipe 
Trigo. Le he hablado de ti. 

— Mira, le indiqué. Vamos, primero, a ver a 
Gómez Carrillo. Y luego, mañana, si ahora no 
queda tiempo, buscaremos a Trigo. 



11 



162 CERVANTES 

Yo tenía vivos deseos de presentarme cuanto 
antes a Gómez Carrillo, para saludarle y acom- 
pañarlo en aquel momento que yo creía penoso; 
acababan de denunciar una de sus crónicas de 
El Liberal; lo acusaban de ofensas a Alemania. 
Más tarde supe que aquello tenía resonancia, 
pero no importancia. 

A pocos pasos nos encontramos, en efecto, al 
famoso cronista, que venía acompañado de otro 
poeta, con el cual he fraternizado cordialmente: 
Manuel Machado. Entramos los cuatro en un 
café vecino, y nos pusimos a charlar. A las dos 
de la mañana nos despedimos, con la promesa 
de reanudar la conversación al anochecer si- 
guiente. 

Hacia la una de la tarde vino Villaespesa a 
mi casa; me saludó; le uoté vivamente agitado. 

— Chico — me dijo con voz rápida y turbada — , 
vengo deshecho. 

— ¿Pues qué te sucede? 

— ¡Figúrate! Que se ha suicidado Felipe Tri- 
go. Dos balazos en la cabeza; una hora de ago- 
nía terrible. En estos momentos ya debe de ha- 
ber muerto. 

y se sentó frente a mí, y se llevó una mano a 
los ojos. La verdad es que aun sin haber trata- 
do a Trigo, sin sentir admiración ni siquiera in- 
clinación por su literatura, sentí pena. El uo- 



CERVANTES • 163 

velista se hallaba en la edad madura, próximo a 
la vejez, en el período de la energía mental, de 
la experiencia atesorada, de la producción sóli- 
da. Villaespesa me pidió que lo acompañase a 
ver a la familia; accedí de buen grado; comimos 
juntos; le escuché al poeta la relación conmove- 
dora de su íntima amistad con el autor de La 
Bruta, y a las cinco de la tarde tomamos en la 
Puerta del Sol el tranvía que había de condu- 
cirnos a la Ciudad Lineal. Por el camino fueron 
subiendo al carro otros amigos que iban con 
igual propósito que el nuestro. 

Las afueras de Madrid son de una aridez im- 
placable. Mucho polvo; mucho sol; mucha tierra 
sedienta y cubierta por el roto tapiz de la yerba 
amarilla y reseca. Aquí y allá, por entre las que- 
braduras y ondulaciones del suelo, las motas 
verdes de algunos pequeños plantíos, indicios 
de que por allí hace el agua milagros. Casas di- 
seminadas. Ventas. Y un cielo magnífico, de azul 
deslumbrante, encorvándose por el horizonte. 
El camino es largo, y es, además, el del cemen- 
terio, porque veo cómo, de trecho en trecho, 
nos vamos encontrando con carrozas fúnebres y 
filas de coches que las siguen. Yo pienso que 
ésta es, decididamente, una tarde predestinada 
para la tristeza. Después de una hora de viaje 
en tranvía, nos encontramos en la Ciudad Li- 



164 * CERVANTES 

neal. Es ella un pueblecito melancólico, de una 
calle sola y extensa, en la que, por ambos lados, 
se levantan hoteles más o menos graciosos y 
elegantes. Los hay también feos y pobres. En 
medio de la ancha vía se alza una doble fila de 
árboles. El paraje es simpático, no alegre. Nos- 
otros lo sentimos a propósito para nuestra desa- 
zón. Reflejamos en él nuestro estado de alma. 
Hemos pasado ya por frente a dos o tres hoteles 
silenciosos. Yo, sin preguntar, respetando el si- 
lencio de mis compañeros, me digo, al caminar: 
— Aquí. — No; aquí. Y no atino con la casa del 
suicida. Está lejos; está más allá de diez o doce 
hotelitos que dejan presumir una comodidad 
burguesa. De repente, nos detenemos en una 
reja entreabierta. Allí sí es. Dos policías o dos 
soldados — no sabría decirlo — están en pie reco- 
giendo las tarjetas de los que llegan e indicán- 
les que la familia pide excusas por no poder re- 
cibirlos. Entramos. Un jardín y, en el fondo, un 
chalet muy blanco, de enjalbegadura que reluce 
al sol, y por cuyos muros trepan los caprichosos 
ramajes, de verde clarísimo, de las enredaderas. 
¿Qué dijo Villaespesa a los hombres uniforma- 
dos? No sé. El resultado fué que a cuatro o cin- 
co nos dejaron libre la entrada. Subimos al cha- 
let. Nadie salió a recibirnos. Amortiguando los 
pasos, de puntillas casi, penetramos, primero, en 



CERVANTES 



165 



un pasillo estrecho, y, en seguida, en un salon- 
cito que estaba obscuro porque habían cerrado 
sus puertas y ventanas. La violencia del con- 
traste entre la claridad de afuera y las sombras 
del interior me hirió vivamente los ojos. Llegué 
deslumhrado, y muy poco a poco fui distin- 
guiendo, fantasmales, a unas cuantas personas 
que hablaban en voz baja. Comencé a respirar y 
a sentir el ambiente de lo siniestro. Dejé que 
mis compañeros se dirigieran a sus amigos y 
conocidos, y, como siempre, busqué mi rincón 
de observador. Sonó en la pieza contigua la 
campanilla del teléfono, y un acento, en el que 
había temblor de sollozos, empezó a hablar para 
transmitir^ por el aparato, los detalles de la no- 
ticia. Se comunicaba, probablemente, con la re- 
dacción de un periódico. Y dictaba, con largas 
y desgarradoras pausas, la carta de despedida 
de Felipe Trigo, breve, dolorosa, amorosa, en la 
que daba el último adiós a sus hijos, a su mujer, 
y en la que repetía, con ternura insistente, la 
palabra perdón. En el pesado silencio de aque- 
lla casa, este mensaje de la muerte, transmitido 
por una voz lacrimosa, lastimaba como si fuese 
un golpe en el corazón. La voz se calló, por fia, 
y después de un minuto salió, de la pieza donde 
había sonado, un jovencillo pálido, nervioso, con 
la mirada distraída y la expresión del ensimis- 



166 



CERVANTES 



mamieuto que nos deja un grande e imprevisto 
suceso. Saludó, forzadamente, a los visitantes, y 
salió. Otro joven militar, a quien yo no había 
visto, lo siguió llamándolo: — ¡Hermano! ¡Her- 
mano! 

Todos los circunstantes mirábamos, en muda 
contemplación, estas simples escenas, que im- 
presionaban, no obstante, con el horror de la 
tragedia. 

Y mientras nosotros permanecíamos mudos 
abajo, arriba, en las habitaciones altas, se que- 
jaban, gritaban, lloraban. Llantos y plañidos de 
mujer que intermitentemente se apagaban, alzá- 
banse por largos intervalos. Eran súplicas, im- 
precaciones, oraciones, desesperaciones. Un vo- 
cativo, repetido sin cesar, me hurgaba el alma 
y la memoria, como gancho que me revolviese 
penas y recuerdos: «¡Papá!» 

La familia de Felipe Trigo se había refugiado 
allí de la indiscreta e inoportuna compañía de 
los extraños. Me sentí mortificado. Y acercán- 
dome a Villaespesa, le dije al oído: 

— Me voy 

— No, aguarda un poco. Van a sacar el cadá- 
ver. Quiero acompañar a mi amigo hasta ese 
instante. 

— ¿Pues dónde está? 

—Allí. 



CERVANTES 



167 



y Villaespesa me señaló una puerta cerrada, 
en el mismo primer piso donde estábamos. El 
gabinete de trabajo de Trigo. Allí estaba solo, 
el desventurado, sin blandones y sin plegarias, 
en el mismo lugar, en el mismo sillón donde se 
había quitado la existencia. 

A esa puerta llegaban — yo las vi bajar hechas 
un océano de lágrimas — las hijas del escritor, 
una hermosa y rubia criatura y una robusta y 
linda niña. Los hermanos las acompañaban. — 
¡Yo quiero verlo! — rogaban ellas. Y, convencién- 
dolas, obligándolas, las alejaban de aquel lugar 
pavoroso. La puerta cerrada era una barrera 
infranqueable. 

Estos suplicios me hacían daño, y, para no 
asistir a ellos, me aconsejó mi egoísmo que sa- 
liese al jardín. Salí con otro literato que sentía 
y pensaba lo que yo. Una vez en el jardín los 
dos, él empezó a contarme la vida del célebre 
novelista: 

— Este final no es imprevisto. Ya nos lo espe- 
rábamos, Felipe estaba enfermo, muy enfermo. 
Una profunda neurastenia lo agotaba. No podía 
escribir ya como antes. Veinte noches hacía que 
no probaba el sueño. El era médico y sus sínto- 
mas le inquietaban. Presentía un próximo desas- 
tre mental. En su familia hubo alienados. El te- 
nía miedo de la fatalidad hereditaria. Induda- 



168 CERVANTES 

blemente que Felipe tenía un extraordinario ta- 
lento, una imaginación resplandeciente, una 
agudísima percepción. Sus facultades de nove- 
lista fueron muy grandes. Su lenguaje carecía 
de pureza y de estilo. Con frecuencia se alejaba 
del buen gusto. Pero, en cambio, sabía ver muy 
bien, y reproducía con exactitud los ambientes 
y los personajes de segundo término. Los de 
primer término, no, porque, en general, sus mu- 
jeres, sus heroínas, son irreales, están hechas 
con materiales imaginativos y concebidas por 
la exaltación erótica, por el sueño sensual que 
atosigó de continuo la vida de Trigo. Y sus 
hombres, sus protagonistas, son él mismo, el 
autor con sus anhelos de aventura dannunziana. 
Porque Felipe no sólo escribía, sino que quería 
vivir sus novelas. Las vivía. Vistiendo la reali- 
dad, que solía ser inferior y grosera, con los 
atavíos de un fantástico refinamiento, el poeta 
— porque era un poeta, un soñador incansable — 
se forjaba la ilusión de las conquistas suntuo- 
sas, de los amores raros, de las citas misteriosas, 
de las altas comedias del placer y de la elegan- 
cia. Trigo era un fantaseador admirable e inge- 
nuo. Era también un teorizante lleno de nove- 
dad. Temperamento exaltado, corazón generoso, 
gran cerebro, este literato fué, a pesar del mun- 
do calenturiento que llevaba en el espíritu, un 



CERVANTES 169 

bondadoso jefe de familia, un excelente amigo 
y un cumplido caballero. Y no sufrió únicamen- 
te imaginarias tormentas, sino que, asimismo, 
las sufrió verdaderas. 

En Filipinas, lo acuchillaron los tagalos hasta 
abandonarlo por muerto en el campo de comba- 
te. ¿No le notó usted la cara atravesada por cua- 
tro o cinco grandes cicatrices? Anduvo con su 
inquietud por todas partes. No se conformó con 
ser médico de provincia. Fué ambicioso de glo- 
ria, voluntad activa. Tarde reveló su vocación 
artística; al filo de los cuarenta años. El realis- 
mo de sus novelas no es siempre agradable. Dis- 
gusta la insistencia de su manía erótica. Eso, 
quizá, depende de la edad en que comenzó a es- 
cribir. En sus libros destapó la caja de sus de- 
seos irrealizados. Pero hay obras suyas muy 
fuertes: Jarrapellejos, El médico rural... 

ít ^ 1^ 

Calló el literato. Habíamos visto que comenza- 
ba a bajar la corta escalinata del chalet una ca- 
milla cubierta con un paño negro y cargada por 
dos mozos funerarios. Detrás, con la cabeza des- 
cubierta, venían los amigos y camaradas. 

Se oía sollozar, gritar, implorar dentro de la 
casa. El cadáver salió, no por la puerta princi- 



170 CERVANTES 

pal, sino por una que había detrás del jardíu. 
Figuróseme aquello una escapatoria, una fuga 
avergonzada, el remordimiento de dejar tanto 
dolor y tantas lágrimas. El crepúsculo era es- 
pléndido y simbólico; rojo, como la sangre; azul, 
como la esperanza. 



CERVANTES 1'^^ 



El Madrid del género chico. 
: : Verbenas y tradiciones : : 



II 



Noche de agosto; brava noche, de calor seco, 
asfixiante. Son las once. Y decir las once en ve- 
rano, es decir aquí la hora del principio del bu- 
llicio, de la preparación de la fiesta. El Madrid 
verbenero se divierte de once a cinco. 

Por la calle Mayor pasan henchidos los tran- 
vías, y se nota un frecuente ir y venir de coches 
alquilones, que entran y salen por los arcos de la 
gran plaza. La gente que marcha a pie, va como en 
romería. Pasan mujeres garbosas; y, por distin- 
tas partes, pasan mantones historiados y flori- 
dos: uno blanco, y otro azul, y otro rojo; pasan, 
llevadas cuidadosamente, guitarras enlistonadas, 
y algunas van ensayando, sotto voce, rasgueos y 
pespunteados. La calle y la plaza, mal alumbra- 



172 CERVANTES 

das por la luz verdosa de los farolas públicos, 
presentan, con su procesión popular, un aspecto 
un poco rembranesco, un cuadro nocturno, en el 
que juegan, en violentas antitesis, la sombra y 
la claridad. 

Curioso y vagabundo, me dejo arrastrar por 
la multitud. De repente, me encuentro en la 
calle de Toledo. Ya estoy en el limite de la zona 
del regocijo. Desde la plaza de la Cebada se ex- 
tiende la batahola; luces, tinglados callejeros, pa- 
peles de colores, guirnaldas de claveles, ritmos 
de castañuelas, afinadas vibraciones de cuerdas, 
ecos de voces que cantan, hervor humano. Voy 
acercándome: puestos de almendras, tendidos de 
peladillas, pirámides de melones, mesas con 
platos de aceitunas y vasos de manzanilla; ju- 
guetes; alfarería; gritos de vendedores ambulan- 
tes; calles estrechas, por cuyas calzadas va la 
gente abriéndose paso con los codos; algazara, 
cuchicheos, rumores de colmena; sombreros de 
torero, gorras de golfo; peinados de chula; mu- 
chos ojos negros; muchos labios frescos; una rosa 
aquí y otra allá; una agudeza canallesca, un mo- 
dismo de barrio; música por todos lados; ruido 
que ensordece; calor que sofoca. 

En una calle semiobscura, la amarilla y radian- 
te mancha de una iglesita romántica y nueva, 
dentro de la cual se aprieta la gente, por ver ^ 



CERVANTES ^^^ 

la Virgen, en el altar mayor hecho una brasa ru- 
tilante. Distintos cobertizos se alzan en medio 
de la calle. Este cobertizo es salón de baile; den- 
tro, danzan las parejas en típicas posturas; sue- 
na, incansable, el organillo de manubrio; se pa- 
sea el bastonero enarbolando su largo palo, que 
es un tirso de listones; fuera, detenida por el frá- 
gil barandalillo, la muchedumbre, atenta, mira 
el cuadro. Aquel cobertizo es improvi.-ado res- 
taurante, y en él familias enteras de la clase 
submedia— obreros, menestrales, cigarrerillas y 
gente de juerga, mozuelas y galancetes — senta- 
dos en torno de las mesas, comen con incitador 
apetito. G-rupos regionales, repartidos por los 
distintos lugares, cantan y bailan, unos a la an- 
daluza, otros a la aragonesa, acá las sevillanas y 
acullá las jotas, en incesante y sugestiva mono- 
tonía. Los muros, viejos; los pavimentos, mal 
empedrados; los portales, obscuros; tabernas y 
cafés brillantes y concurridísimos; un contento 
natural, ingenuo, que se respira en el aire (¡y eso 
que apenas se respira!); simple alegría de vivir 
de un pueblo que no ha perdido la salud espiri- 
tual. Esta es, pintada a brochazos, la célebre 
verbena de la Paloma... 

Me acordé de la que yo conservaba en la me- 
moria, entre los trastos de la guardarropía y los 
viejos retratos de las tiples; me acordó del saine- 



1'^^ CERVANTES 

te de Ricardo de la Vega, musicado por Bretón. 
Y comparando la realidad con el artificio, hallé 
que éste tenia una vida tan intensa como aque- 
lla, y que, sin literatura, sin subterfugio, sin áli- 
to casi, el poeta había trasladado uu pedazo de 
verdad al escenario, arrancándolo de este am- 
biente alborotador del barrio madrileño. No pa- 
rece una copia, sino el original mismo, que, sin 
perder detalles, queda reducido al espacio peque- 
ño del tablado. Tan exacta es la identidad, que, 
por momentos, me sentía formando parte de un 
coro zarzuelesco, y buscaba a mi lado la mucha- 
cha a quien cantarle aquello de: 

Como es la Virgen 
de la Paloma... 

Estaba yo en pleno género chico de la vida. Y 
en cada viejo emperifollado distinguía al boti- 
cario calaverón; en cada bien plantada jamona 
reproducía la Seña Rita; en cada anciana obesa 
que bailaba sacudiendo las trémulas carnes re- 
cordaba a la tía fingida de la morena y de la ru- 
bia. Muchas rubias y muchas morenas se pasea- 
ban, allí, del brazo de sendos Julianes enamo- 
rados. 

Y es que las costumbres de este pueblo no ne- 
cesitan aderezo para ir al teatro y renovarse en 



CERVANTES 



175 



él por medio de pintorescas escenas, castizas 
agudezas, animados personajes, intencionados 
diálogos, música típica y chuscos episodios. Son 
estas las horas en que el pueblo de la villa vive 
para reir, para querer, para desbordar el entu- 
siasmo y el alborozo, en la calle, en la plaza, al 
son del organillo y entre las agitaciones del tu- 
multo. 

Los majos de don Ramón de la Cruz, los hor- 
teras de las Escenas matritenses, el Castellano 
viejo, de Fígaro; la Fortunata, el Celipón, las 
Miaus, de Pérez Gal dos, y el cesante famélico, el 
valiente de barrio, el galán de vecindad, La re- 
voltosa, la Regina, las Mujeres, en fin, y los hom- 
bres todos de Burgos, de Sinesio Delgado, de 
Arniches, de los dioses mayores y menores, del 
chiste escénico español, y de los antiguos cos- 
tumbristas, y de los novelistas de genio, andan 
por aquí barajados y revueltos, y se nos presen- 
tan para desaparecer, como por obra de fantas- 
magoría, entre el gentío de la verbena de la Pa- 
loma. 

Es vigoroso el carácter plástico y psíquico que 
conserva este pueblo. Una chula madrileña no 
cambiaría su mantón por el velo de Tannit. Un 
guapo mozo no se desanudaría del cuello el pa- 
ñuelo de seda, para que, en su lugar, le colgaran 
un toisón ole oro. Las modas han alterado el tra- 



176 CERVANTES 

je; pero no lo han acercado a cualquiera olra 
vestimenta extranjera; el pueblo, con un raro 
instinto de individualización, ha adoptado sus 
modelos y figurines, y ha peculiarizado sus imá- 
genes. 

Al modernizar su apariencia, obligado con 
imperio por la necesidad, siempre se retrasa, 
y, principalmente en el atavio femenino, deja 
algo de arcaico, algún toque arqueológico: la 
peineta, la mantilla, la estirada media blanca, 
el zapato bajo. 

Las provincias, menos expuestas al contagio 
social, conservan mejor sus vestidos caracterís- 
ticos: Andalucía, Aragón, Galicia... 

Pero este pueblo de Madrid, el de la chulape- 
ría andante, si ha retocado el indumento, ha 
persistido en la conservación de su alegría des- 
enfadada, de su quemeimportismo, de su gracia 
a flor de labio, de sus fiestas seculares y de sus 
ruidosas verbenas. 

Pueblos firmes por dentro y por fuera, pue- 
blos que persisten en peculiarizarse y no olvidan 
ni desdeñan sus antiguallas, por seguir formas 
de placer iuadaptables al espíritu de la raza, 
tienen una larga vida nacional. El misoneísmo 
colectivo, que, en ocasiones perjudica y retrasa, 
en ocasiones también sirve y robustece, porque 
cultiva en la existencia popular el amor a la tra- 



CERVANTES 177 

dición y unifica en un sentimiento común el es. 
píritu de las generaciones. 

Bueno es acabar con la inveterada rutina; 
pero malo destruir las viejas y tradicionales 
costumbres. Es un error derribar, a golpe de 
piqueta, un edificio, un monumento, representa- 
tivos para el arte y para la historia, y construir, 
en su lugar, o un monumento o un edificio 
nuevos. 

Y, sin ser monumentales, son tradicionales y 
representativas estas verbenas de Madrid, tan 
pintorescas, tan interesantes y típicas, desde la 
de San Antón, hasta la de la Virgen de la Pa- 
loma, 



i| 



178 



CERVANTES 



Mendigos y guitarras : : 



III 



A las seis de la tarde el sol madrileño ha em- 
pezado a perder su brío. Después de quemar, 
durante siete horas, la ciudad y de fundirla en 
sus cálidos oros, se complace en acariciarla con 
suaves y matizados fulgores, y le pide al viento 
su ayuda, el cual de buen grado la da, soplando 
tenuemente, y repartiendo así consoladora fres- 
cura. 

Madrid, entonces, entra en una repentina ani- 
mación que no abandona ya sino hasta la vuelta 
del nuevo día. Repentinamente se pueblan: de 
niños el Prado, de coches la Castellana, de tran- 
seúntes la Puerta del Sol y la Carrera de San 
Jerónimo, de parroquianos los cafés, las calles 
centrales de mujeres hermosas y los árboles de 
los viejos jardines de pájaros y gorjeos. Los tri- 



CERVANTES 179 

tones y delfines de las fuentes monumentales 
sueltan sus delgados y corvos chorros de plata 
irizada, el carro de cantera blanca de la Cibeles 
se sonroja con las luces del Poniente, y, en la 
misma línea, al otro extremo, los dientes del Ar- 
ma de Neptuno clavan y retienen una última lla- 
marada vespertina. 

Las ventanas y balcones de los edificios, las 
lanzas de las rejas, las columnatas y bordaduras 
de piedra de los palacios, los bronces de las es- 
tatuas, las farolas del alumbrado, todo relampa- 
guea y resplandece. El Goya de la fachada del 
Museo de Pinturas parece sentado en un sillón 
de oro fúlgido. A la vuelta, Velázquez, sobre su 
bajo pedestal, mira cómo relumbra en su mano 
la paleta obscura; San Isidro y Alfonso el Sabio, 
en la escalinata de la Biblioteca, perfilan, en la 
diafanidad del aire, el blanco mate de su grani- 
to; los negros leones del Congreso muestran la 
melena untada de amarillo solar. Aquí y allá, en 
las esquinas de los parques, los quioscos de re- 
frescos son ascuas. En las frondas compactas del 
Retiro hay escardillos de esmeralda. 

En esta hora Madrid está hecho con cristales 
de color; cristal de roca, las fachadas; azogado 
cristal, las fuentes y los estanques; cristal verde, 
los árboles; cristal de Baccarat, los mármoles... 

Hasta las piedras ennegrecidas de las casas 



180 CERVANTES 

seculares, que, como ancianas coquetas, no lo- 
gran ocultar la edad; las calles de antaño, angos- 
tas, tristonas, con sus altos muros, sus vanos 
exiguos, sus balconcillos por donde asoma, de 
cuando en cuando, el penacho florido de un ties- 
to, hasta el Madrid secular y semi-destartalado, 
sonríe, y su sonrisa ingenua y amable nos pare- 
ce la de una boca desdentada. Los inclinados te- 
chos de teja mezclan ocre a sus rojos polvo- 
rientos. 

Y éstos, precisamente, son los momentos en 
que comienzan a salir y a recorrer la ciudad los 
mendigos, las gitanas, adivinadoras de la suerte, 
los ciegos de bordón y lazarillo, los músicos am- 
bulantes, las cantadoras de coplas, los violines 
de prima gemebunda, las guitarras de rasgueo 
monótono, los acordeones de vocecilla aguda, 
el hampa española, pintoresca y pedigüeña, que 
va por esos mundos despertando la curiosidad, 
moviendo la compasión y recogiendo la calderi- 
lla en el consabido plato de estaño. 

Para el viajero, para el que por primera vez 
pisa estas históricas tierras, el desfile de la Corte 
de los Milagros tiene un vivísimo interés y 
constituye un singular entretenimiento. Nada 
más pintoresco, ni más típico, ni más evocador. 

En la banca de un paseo, en la silla de un 
café, en cualquier recodo, en cualquier ángulo, 



CERVANTES 181" 

donde se quiera, no importa dónde, puede im 
provisarse un sitio de recreo y observación, que, 
si la mano no es avara y el alma es piadosa, 
cuesta poco: algunas 'perras chicas repartidas en- 
tre la miseria ambulante. 

La manera más común de pedir, de estos por- 
dioseros, es cantando algún airecillo en boga, 
tañendo algún instrumento de cuerda, o soplan- 
do en alguna flauta de barro. Los hay que van 
solos, y los hay también que forman sociedad, y 
juntan y armonizan voces, instrumentos y ga- 
nancias. 

Va usted caminando y distraído por esas ca- 
lles de Dios; oye usted el silbido licuado de un 
pito que caricaturiza un tema vulgar, de zarzue- 
lilla o de opereta; se acerca usted, y en el entre- 
paño que separa dos puertas, ve, recargado, a un 
viejo. Es una hermosa figura: largo el cabello; 
muy larga la canosa barba; noble y afilada la 
nariz; ancha la frente; alto y enflaquecido el 
cuerpo, que viste pobre, mal cepillado traje de 
americana; las manos están afanosamente ocupa- 
das, bajo la boca, en tapar y destapar los aguje- 
ros del flautín de arcilla de donde sale, torpe- 
mente modulado, un tema popular. Los ojos es- 
tán cerrados. Y usted oye, ve, imagina, recuer- 
da, hace una novela eléctrica, siente un impulso 
tierno, y saca del propio bolsillo la moneda, es- 



182 CERVANTES 

perada ya por la vieja maüo, que repentinamente 
cambió de ocupación. Usted se aleja pensando 
en Homero, en Edipo, en el rey Lear. Bien dijo 
el célebre ironista que la hermosura es una carta 
de recomendación que da la Naturaleza, 

Pero cátate que mientras usted toma tranqui- 
lamente su asiento en la acera del café, llegan y 
se enfilan frente a usted cuatro singulares per- 
sonajes: dos mujeres de edad indefinible y dos 
hombres de catadura sospechosa: sucios, andra- 
josos, descascarados. Ellas, llevan cubierta la 
cabeza con sendos pañuelos de hierbas; ellos la 
llevan, cubierta asimismo, con sombreros o go- 
rras de formas inverosímiles; ellas, cantan; ellos, 
acompañan el canto, uno con un violin y otro 
con un guitarrón. Las caras hacen gesticulacio- 
nes que parecen arrugamientos de trapo viejo. 
Este es ciego, tuerto aquél, y al de más allá le 
manan, y no ámbar, los ojos pitarrosos. Vienen 
coplas de amor, desengaño y tristeza; coplas es- 
pañolas, de melancolía árabe, en las cuales llora, 
sintetizada, una pasión: ausencia, ingratitud, trai- 
ción, olvido. Viene la canción alusiva, picaresca, 
oportuna, en la que cada palabra adquiere un 
sentido penetrante, y es como un grano de sal, 
como una caja de gracia maliciosa. Y vienen el 
vals vienes y la jota aragonesa, desafinados, con 
la letra cambiada, con la frase torcida, con el 



CERVANTES 183 

acompañamiento de moscón de la guitarra y los 
crispantes chirridos del violin; mas coplas, cau- 
ciones, vals y jota traen desenfado y se llevan 
céntimos. 

Porque el platillejo recorre las mesas, el sa- 
lón, los rincones, las aceras, y de mano en ma- 
no, de mozo en mozo, de transeúnte en transeún- 
te, pronto se le ve, si no henchido, visitado a lo 
menos, por los obscuros discos de las monedas 
de cobre. 

No se ha marchado aún esta compañía lírica, 
cuando llegando está otra, de mayor o menor 
personal, de mejor o peor afinación, de diverso 
instrumental, de distinto repertorio, de orfeón 
solo o de esclusivo género sinfónico: tres mucha- 
chas: una, que canta en pie; otra, que sentada 
abre y cierra el acordeón, y la más chiquilla, que 
recoge las limosnas; un baturro de negro y corto 
pantalón, encintada pantorrilla, hilacha de man- 
ta al hombro y varejón en mano; dos hembras 
greñudas y tomadas de orín como las armas de 
Don Quijote; una pálida niña, de ojos abiertos 
por el hambre y por la desvergüenza; una ancia- 
na, hecha un etcétera dentro de su manto raído, 
un mundo, en fin, el mundo de los desheredados, 
de los inútiles, de los mutilados; el mundo de la 
pereza y el vicio, de la incuria y del dolor, el 
fondo de la miseria, el sedimento de todo con- 



184 CERVANTES 

glomerado social, que sube a la superficie, en es- 
tas horas de alegría, y que burbujea y hace es- 
puma, como si señalara venenosas fermentacio- 
nes. Hasta bien entrada la noche sigue pasando 
la procesión histórica, que plañe, grita, canta, im- 
plora, amolda una oración en un aire de tango, 
y habla de sus enfermedades y desdichas en 
tiempo de mazurka. Todo pintoresco, animado, 
todo sinceramente optimista, a tal punto, que en 
estos rápidos cuadros de género, que han copia- 
tantos pintores españoles, la misericordia nos 
parece frivola; la queja, nos suena a cante-jondo, 
el dolor se nos figura falseado; y se nos antoja 
fingida la ceguera. Es que aquí la tristeza lleva 
cascabeles, y los mendigos cargan guitarra. Es 
que aquí la mendicidad tiene sus puntos y ribe- 
tes de juerga. Es que la despreocupación y la 
alegría de vivir están en la atmósfera. 

« « « 

¿Procesión histórica acabo de decir? Sí, estas 
costumbres, esta mendicidad retozona, esta mu- 
siquería ambulante, esta hampa colorida, son an- 
tiguas, son seculares, están historiadas en los 
códices polvosos de los cantares de gesta, des- 
critas en los libros de don Juan Manuel, rima- 
das por don Juan Ruiz, el fraile nocherniego 



CERVANTES 185 

del siglo XIV, contadas en la Vida del Lazarillo 
de Tormes, y desgranadas en mil y tres fábulas, 
en las novelas de truhanes y picaros. Estos men- 
digos de guitarra y violin, estas cantadoras de 
copla coreada y jaleada, estos flautistas de bar- 
ba hermitañesca, son los mismos de hace ocho 
y siete y seis siglos; son una prolongación, un 
desprendimiento, un escurrimiento de las eda- 
des pretéritas, y constituyen una variante, una 
transformación de aquella andante jugleria me- 
dioeval, que llevaba por todas partes, a los pue- 
blos batalladores, una visión del ideal épico y 
una gota trovadoresca de ensueño y galantería. 

No piden a secas, cantan, tocan, llaman a las 
puertas del alma popular, con los mástiles de 
sus mugrientas guitarras; piden una moneda de 
cobre a cambio de cauciones y rasgueos. Espar- 
cen a los cuatro vientos polvo de regocijo y de 
ilusión a trueque de un poco de calderilla des- 
gastada. Y como en los tiempos del Mío Cid se 
conforman con un vaso de vino, y ahora con un 
terrón de azúcar, cuando no reciben dinero. 

Billeteros y pilluelos voceadores acompañan 
la sinfonía... 

Luis G. URBINA 



186 



CERVANTES 



Mujeres y libros. 



Bellas mujeres de blancura 
deslumbradora y ñno cuello, 
que perseguimos con locura, 
por vuestra carne tersa y dura 
y vuestro undívago cabello; 
lindas mujeres de vestidos 
de seda y lana coruscantes, 
que acariciáis nuestros sentidos 
con vuestros senos exhibidos 
entre batistas y diamantes; 
libros que sois amigos fieles 
y que en tallados anaqueles 
nos conserváis nuestro tesoro 
de raros broches, blandas pieles, 
suave papiro y cantos de oro; 
libros ornados de iniciales 
rojas y artísticas viñetas, 
que en vuestras páginas luíales 



CERVANTES l^*^ 

los pensamientos innaortales 
guardáis de sabios y poetas; 
porque sois lumbre de entusiasmo 
y manantial de eterno gozo; 
porque sois néctar de alborozo 
y sacudís hasta el espasmo 
y conmovéis hasta el sollozo; 
porque sois fuente de alegrías 
y estimulante de energías, 
y en nuestras rutas desoladas 
sois, cual Beatriz, nuestras amadas, 
y, cual Virgilio, nuestras guías; 
porque sois foco de ambiciones 
y dulce fruto de placeres 
y fuerte vino de emociones, 
porque sois prisma de ilusiones 
os amo, libros y mujeres. 

Efrén rebolledo 



188 CERVANTES 



ÍNDICE 



Fáerinas 

Mateo Alemán, por Francisco Rodríguez Marín. 1 

El libro de loa paisajes, por Leopoldo Lugones. . 63 

Juvenilia, por José Ingenieros 65 

Los dos creyentes de Hieraim, por Viriato Díaz 

Pérez 69 

Cleopatra, por Antonio de Hoyos y Yinent 74 

Poetas latinoamericanos, por Alfonso Camín.. . . 77 

Teatro lírico, por Carlos Bosch 82 

La canción del eunuco, por Manuel Verdugo.. . . 87 
La evolución de Gabriel D'Annunzio por Gonza- 
lo Zaldumbide, por César E. Arroyo 94 

La fábula del Deseo, por L. Rodríguez Figueroa. 103 



CERVANTES 189 

Páginas 

Don Juan en Santa Marta, por Andrés Mata 104 

«El Reino de los Parias, por Goy de Silva 107 

El pecado de la raza, por José M. Matheu 137 

Sonata primaveral, por Leopoldo Lugones 155 

Notas de viaje, por Luis G. ürbina 161 

Mujeres y libros, por Efréu Rebolledo 186 



CERVANTES 

REVISTA MENSUAL IBERO -AMERICANA 



directores; 



Francisco \?illaespesa, Luis Q. Urbina, 
José Ingenieros. 

ADMINISTRADOR: 

José Lloret. 

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España y Portugal: 

Trimestre, 6 pts.; semestre, 12; año, 20. 

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Alberto Aguilera, 35. — Teléfono 3967. 

Número suelto, 2,50 pesetas. 



I 



AÑO II NUM. VII 

CERVANTES 

Madrid, Febrero 1917. 

EEVISTA MENSUAL 



ROCINANTE 



Vino a mi propósito el escribir estas páginas 
hace bastante tiempo, como resultado de conver- 
sación con un amigo de superior inteligencia, 
uno de estos con los cuales conversar siempre 
es aprender y de cuyo trato sacamos, no tan sólo 
ideas trasmitidas, sino aun estímulos y sugestio- 
nes que nos hacen pensar y que acrecientan asi 
el caudal de las ideas propias, por las que en 
nuestra mente despiertan sus palabras. En esa 
conversación se examinó la idea que es funda- 
mental entre todas las que aqui han de exponer- 
se, que quiero consignar netamente, al comien- 
zo de este trabajo, porque a todo él informa y 



2 CERVANTES 

porque a todo él hizo surgir, como semilla fe- 
cunda. Observábamos cómo ha sido cualidad 
propia de los grandes escritores, hayanse servi- 
do del verso o de la prosa, el haber sabido crear 
caracteres bien definidos, verdaderas imperso- 
nations, que dicen los ingleses, con palabra real- 
mente intraducibie, que parecen tener una exis- 
tencia tan real y efectiva que creemos conocer- 
los, que, al cabo, los hemos verdaderamente co- 
nocido; a tal punto que, ante sus representacio- 
nes plásticas, intentadas por pintores y esculto- 
res, nos atrevemos a decir si aquellas figuras son 
o no verdaderas representaciones, atinadas y 
ciertas, del ser ideal representado, como si éste 
hubiera existido efectivamente; y ello nos con- 
vence de que tal ser ha tenido, en verdad, la 
más cierta y aun la más alta existencia que 
puede tener ser alguno; tal, que ha llevado a don 
Eamón de Campoamor a decir, en uno de sus 
Pequeíios Poemas: 



«¡Si a veces duda el mundo 

si César o Colón han existido! 

¡Los verdaderos hombres que han nacido 

son Fausto, Don Quijote y Segismundo!» 



Y, concretando nuestra tesis, hablábamos de 
dos figuras de bronce, bastante comunes en aque- 



CERVANTES O 

líos días en las tiendas en que se comercia en 
objetos de arte o de ornamentación, que preten- 
dían representar a Don Quijote y a Mefistófe- 
les, exageradas y ridiculas caricaturas de estas 
dos creaciones imperecederas, que nada tienen 
de análogo; pero que, de modos muy distintos, 
vienen iufluyendo desde que aparecieron en el 
mundo sobre la mente humana. Ello nos llevó a 
pasar revista a otras personificaciones, hijas de 
la literatura universal, desde el trágico Orestes 
y la dulce Ifigenia de la antigüedad griega has- 
ta ese mismo Fausto, por Campoamor citado, 
que tal vez sea hermano mayor de Manfredo, de 
los últimos de tal linaje, y al que quizá pudiera 
darse a Quasimodo como final representante. Y 
discurriendo sobre otros miembros intermedios 
de tan ilustre familia, a través de la rica prole 
de Dante y de Shakespeare, vinimos a parar a 
ese otro gran padre de tales criaturas, que se lla- 
mó Miguel de Cervantes y, de repente, pensa- 
mos en algo que no habíamos pensado hasta en- 
tonces, al hallarnos, con sorpresa, frente a un 
ser quizá único en su clase, pues que tiene esa 
firmeza de rasgos físicos y morales propia de 
toda su estirpe, esa unidad del carácter que les 
es común a todos y esa neta precisión de todos 
los contornos, que les da el sello de personas 
vivas y que los hace típicos e inconfundibles; 



4 CERVANTES 

pero (caso singular) no pertenecía a la especie 
humana, a la que los demás invariablemente per- 
tenecen. ¡Era un animal! ¡Era Rocinante! 

Pareciónos entonces como si por primera vez 
lo hubiésemos contemplado, y caímos en un mé- 
rito peculiar de su creador, que, como todos sus 
congéneres, produjo esos dos tipos efectivos e 
inmortales que se llaman Don Quijote y Sancho, 
ejemplares de esa gran galería de hijos muy hu- 
manos de la mente humana; pero produjo, ade- 
más, un caballo, para colmo de prodigio, ridícu- 
lo y feo, al que dio por compañero un asno, no 
tan típico como él ciertamente, dado que el ru- 
cio es más borroso y vago, al paso que el caba- 
llo tiene tanta realidad y tanta vida, que no po- 
demos verlo en pintura o en grabado sin decir- 
nos en el acto si es él o si no es él, como nos 
lo decimos ciertamente de su jinete y señor. 

Y dando vueltas a tal idea, llegué a pregun- 
tarme si esa viviente entidad equina que se 
llama Rocinante debe sus caracteres, su realidad, 
su vitalidad, a cosa que le es propia, o simple- 
mente a haber sido cabalgado por tal jinete, ora 
a través de los tranquilos campos de la Mancha, 
ora en las ariscas soledades de Sierra Morena, 
ora por las bulliciosas calles de la vieja Barce- 
lona; siendo así su personalidad un mero reflejo 
de la de su dueño; y con este problema en la 



CERVANTES O 

mente, dime a releer la historia del Ingenioso 
Hidalgo. 

He buscado a través de ella a Rocinante con 
especial cuidado, como si él fuese el protagonis- 
ta de la gran novela en cuyas páginas vive. En 
los dos volúmenes de la edición que poseo lo 
hallé citado 108 veces, sesenta en el primero, 
cuarenta y ocho en el segundo, incluyendo en 
la pesquisa el Buscapié y los versos que prece- 
den y que siguen a la Primera Parte, así como 
el Prólogo y las dedicatorias. Dada la constan- 
cia con que él está en escena, son realmente po- 
cas citas; y el caso es más sorpréndete si se re- 
para en que muchas de ellas se limitan a decir 
que Don Quijote hubo de montar en él o que 
Sancho procedió a ensillarlo o a desensillarlo. 
Poco, en efecto, se dice de él en todo el libro; y 
de ello derivé primero la impresión de que era 
su vida una vida refleja y no una propia y per- 
sonal existencia. Pero, antes de formar este jui- 
cio como definitivo, pensé en que esos grandes 
creadores de personificaciones, no necesitan de 
muchas palabras para dar vida a sus criaturas; 
ponsé en cuan pocas hablan bastado a dar a Dan- 
te para hacernos ver eternamente a Farinata, er- 
guido en su fosa, altivo, despreciador del infier- 
no y de sus tormentos, o a Sordello, sereno y 
tranquilo, como león que descansa; en los poqui- 



b CERVANTES 

simos versos que habrá usado Shakespeare para 
dar vida, por ejemplo, a Heury Percy, Hotspur, 
personaje si se quiere secundario de una de sus 
tragedias históricas, al que nos parece que hemos 
conocido y aún que asistimos a sus explicacio- 
nes con el rey Enrique IV sobre los motivos en 
cuya virtud no le entregó los primeros prisione- 
ros que hizo en la batalla de Holmedon; y en- 
tonces, siempre en busca del secreto de la vida 
peculiar de Rocinante, apliqué mayor atención 
a los lugares en que se menciona; y he hallado 
sus rasgos de figura y de carácter tan constan- 
tes y precisos, que he llegado a pensar, sin duda 
alguna, que la pobre y maltrecha bestia es una 
de las creaciones más salientes, no ya de la lite- 
ratura española, sino de la literatura universal, 
y la única en su clase, dado que no es de nues- 
tra especie, sino que la pluma que le dio el ser 
la fué a tomar en la región poco precisa y nada 
abundante en rasgos típicos e individuales de la 
animalidad. 

«- * * 

Por lo que hace a su aspecto exterior, no es 
preciso describirlo ahora, porque cierto me hallo 
de que todos aquellos que tengan la bondad de 
escuchar esta lectura lo estarán viendo, como 



CERVANTES i 

quien dice, en estos momentos. ¿Cómo es que 
ha quedado así, en la imaginación de todos, aun 
tal vez la de aquellos pocos que no han leído el 
libro en cuyas páginas se le encuentra? Porque 
es lo cierto que Cervantes nunca se ha empeña- 
do en describirlo de una manera detenida. A 
través de toda la obra ha dejado caer tan sólo 
unas cuantas pinceladas, y con ellas hemos teni- 
do bastante para que la estampa del rocín no se 
separe nunca de los ojos de nuestro espíritu. La 
vez primera que nos hallamos con un como co- 
nato de abortada descripción, el más franco ele- 
mento descriptivo se encuentra en un frase lati- 
na. En el capítulo primero de la primera parte, 
después de referirnos Cervantes algunos de los 
preparativos de don Alonso Quijauo (todavía no 
Don Quijote definitivamente) para equiparse al 
efecto de emprender sus correrías en busca de 
aventuras, tras de decirnos cómo se fabricó por 
vez segunda aquella media celada de cartón, y 
sin querer hacer nueva experiencia de ella, la 
diputó y tuvo por celada finísima de encaje, 
nos refiere que fué luego a ver a sti rocín, 
Aquí la pintura completa del animal se hubiera 
ocurrido oportuna a cualquier escritor que no 
supiese que vale más, para que sea precisa la 
imagen que ha de impresionar al lector, que 
ésta se forme, por decirlo así, espontáneamente 



8 CERVANTES 

en la imaginación del que lee, y que bastan, 
para ello, unos cuantos toques bien dispuestos, 
grandemente sugestivos. Asi el gran libro rego- 
cijado empieza aludiendo al caballo con un do- 
naire característicamente genuino del tono ge- 
neral de la obra. Haciendo un juego de palabras 
con el nombre que entonces se daba a una en- 
fermedad que suele atacar a los caballos en los 
cascos, nos dice el autor que aunque el pobre 
animal tenía más cuartos que un real y más ta- 
chas que el caballo de Gonela, pareció a Don Qui- 
jote que ni el Bucéfalo de Alejandro ni el Ba- 
bieca del Cid con él se igualaban. En ello el 
buen hidalgo no hacía sino aplicar a su rocín el 
criterio con el que todo lo juzgaba y mirarlo a 
través del constante cristal de su locura; como 
veía castillo roquero en una venta de camino y 
dama de no igualada hermosura en Aldonza Lo- 
renzo, zafia aldeana de aires rudos y hombru- 
nos, tan deliciosamente pintada por Sancho 
cuando, con no escasa sorpresa suya, llegó a 
identificarla con la sin par Dulcinea del Toboso. 
Pero como no sería bien que el lector quedase 
en ayunas acerca del caballo de Gonela, no tan 
conocido ni tan célebre como Babieca o Bucéfa- 
lo, el autor agrega, a la alusión que hace del 
mismo, que tantum pillis et ossa fuit; y aun así, 
quedádome hubiera yo en la mayor ignorancia 



I 



CERVANTES » 

acerca de quién fué el dueño de tan flaca cabal- 
gadura, de más general conocimiento, sin duda, 
en el siglo xvii que a la fecha, si una nota del 
libro no me dijese que fué el tal Gómela un bu- 
fón de uno de los duques de Ferrara. Y no hay 
más elementos descriptivos en esta primera alu- 
sión al animal que es como su fe de bautizo, 
pues que el párrafo no contiene luego otra cosa 
que el decirnos cómo llegó su amo a darle el 
nombre ridiculamente altisonante con el que la 
Humanidad lo reconoce; nombre que tiene tam- 
bién un carácter definido, pues que, en muchas 
partes, es del mismo género que el que a si pro- 
pio se diera su amo, en su condición de caballe- 
ro andante; y que está caracterizado por el mis- 
mo énfasis que lo inspira, en contraste con la ri- 
diculez que lo domina, de cuyas circunstancias 
es tal vez el mejor ejemplar aquel otro con el 
que Don Qaijote designa a uno de los más fuer- 
tes y nobles caballeros que hubo de ver en aque- 
llos rebaños de carneros, a los que le plugo ata- 
car, por su mala ventura, ¡el nunca medroso 
Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres 
Arabias nada menos! 

Pero, en verdad, que limitarse a decirnos que 
la pobre bestia era todo huesos y pellejo (y esto 
en latín), y que estaba llena de cuartos en los 
cascos, no es señalar caracteres suficientemente 



10 CERVANTES 

específicos que la diesen aquella fuerte indivi- 
dualidad de que disfruta, sino dejar caer tan 
sólo algunos rasgos genéricos, sin duda comu- 
nes a tantas y tantas caballerías desgraciadas 
como han sido, son y serán en el mundo, y de 
las cuales Rocinante resulta, siglos hace, subli- 
mado prototipo, bestia esencialmente represen- 
tativa, encarnadora eminente de los mayores 
defectos físicos que pueden afligir, y de las más 
altas y nobles prendas morales que redimen a 
todos los desgraciados seres del hampa equina 
que trotan canijamente sobre la tierra. 

Ya en la venta, en la época de la primera sa- 
lida, comienza a ofrecerse, con motivo de Roci- 
nante, aquel perenne contraste entre la realidad, 
tal como la percibía Don Quijote, y tal como el 
común de los hombres llegaba a percibirla. Por- 
que cuando el caballero andante llega a dicha 
venta, al desmontar y poner en manos del ven- 
tero su cabalgadura, díjole que le tuviese mucho 
cuidado de su caballo, porque era la mejor pieza 
que comía pan en el mundo. Cervantes no se 
cuida de subrayar la gracia de este régimen ali- 
menticio aplicado a un animal de tal clase, sino 
que se limita a decir: Mirólo el ventero, y no le 
pareció tan bueno como Don Quijote decía, ni aun 
la mitad. De estas pequeñas y como descuida- 
das observaciones acá y allá reproducidas, está 



CERVANTES 



11 



fabricado el artificio sencillísimo mediante el 
cual hemos llegado todos a tener bien fija en la 
imaginación la figura precisa y bien delineada 
de este singular y verdadero personaje de la fa- 
mosa y sin par novela. Así, cuando Don Quijo- 
te, internado en Sierra Morena, después de ape- 
dreado por los galeotes que él mismo libertara, 
decide seguir el consejo de Sancho, temeroso de 
la Santa Hermandad, con la cual no hay usar de 
caballerías, y llega inclinado al fin a ser pru- 
dente, a la mitad de Jas entrañas de la sierra, 
ocurre que topa con ambos Ginés de Pasamon- 
te, llevado al mismo lugar en virtud del propio 
sentimiento que guiara a Sancho, y decide (por- 
que no era agradecido ni hien intencionado) hur- 
tar el asno, no curándose de Rocinante, por ser 
prenda tan mala para empeñada como para ven- 
dida. Igualmente, ya al final de la parte primera, 
cuando por industrias del cura de su pueblo, va 
Don Quijote de regreso al mismo, encantado y 
metido en una jaula, Sancho le aconseja que in- 
tente salir de ella, ofreciéndole ayudarlo, y le 
recomienda (\w.q pruebe de nuevo a subir sobre su 
buen Bocinante, que también parece que va encan- 
tado^ según va de melancólico y triste. Y en un 
pasaje en que se ocurrió a Cervantes contarnos 
cuál era y cuánta la amistad que entre el Rucio 
y Rocinante existía, aprovechó la ocasión para 



12 CERVANTES 

decirnos que ambas bestias se acercaban y se 
rascaban una a otra, lo que parece ha sido siem- 
pre, entre animales, muestra evidente de gran- 
dísimo afecto, y después que estaban cansados y 
satisfechos de rascarse, cruzaba Rocinante el pes- 
cuezo sobre el cuello del Rucio, que le sobraba de 
la otra parte más de media vara, dándonos a en- 
tender, con esta sola medida del cuello, cuan 
largo, cuan flaco y cuan desgarbado era. Final- 
mente, este achaque de flaquencia aparece en el 
pobre rocin tan característico y esencial, que 
cuando ambos, caballero y escudero, vuelven a 
su aldea, definitivamente, vencido el primero 
por el de la Blanca Luna, maltrecho y melancó- 
lico, cerca ya del recobrar el juicio y del morir, 
cosas ambas que, como es sabido, le ocurrieron 
en un punto, acuden a verlos cuantos chiquillos 
en el pueblo había, que al advertir una coraza 
pintarrajeada puesta sobre la cabeza del rucio 
(recuerdo que Sancho se trajera del castillo de 
los duques y memoria del desencanto y resu- 
rrección de Altisidora), que allí la había Sancho 
acomodado, decíanse unos a otros: venid, mu- 
chachos, y veréis al asno de Sancho Panza más 
galán que Mingo, y la bestia de Don Quijote más 
flaca hoy que el primer día. Ultima mención que 
del pobre animal se hace en la obra; final, que 
coincide con aquel principio en que el autor lo 



CERVANTES 13 

hubo de presentar a los lectores, semejante al 
caballo de Gonela, que ta ntum pellis et ossa fuit. 

Sin embargo, algo más hay en el Quijote, que 
resulta descripción de la estampa y figura de tal 
bestia; que cuando Cervantes deja en suspenso 
el contarnos cómo se decidió la batalla entre ej 
vizcaíno y Don Quijote y, allá en el capitulo IX 
de la Primera Parte, expone el artificio de ha- 
ber encontrado la historia del hidalgo, escrita 
en arábigo por Cide Hamete Benengeli, en unos 
empolvados cartapacios que un muchacho vino 
a vender a un sedero de Toledo y que él adqui- 
rió por medio real, cuenta cómo en el primer 
cartapacio halló pintada esa batalla con el suso- 
dicho vizcaíno; y, refiriéndose a lo propio y exac- 
to de la pintura, escribe estas palabras: estaba 
Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y 
tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, 
tan hético confirmado, que mostraba bien al des- 
cuhiej'to con cuánta advertencia y propiedad se le 
había puesto el nombre de Rocinante. 

¡Cosa singular! En esta, su más completa des- 
cripción y más cabal diseño, aparece cotejada 
ya su supuesta estampa real con una figuración 
plástica que se dice, en el más amplio sentido 
de la palabra una pintu7'a. Ya se condenaba a 
estas al parecido fiel que debían y deberán guar- 
dar, por los siglos de los siglos, con un ente pu- 



14 CERVANTES 

ramente imaginario, si acometían la empresa de 
representarlo; ya el padre de tan singular per- 
sonificación lo sabia dotada de una vida supe- 
rior e imperecedora, con caracteres tan precisos 
que toda representación suya debia ser retrato, 
y retrato fidelísimo, pues que el modelo habría 
de ser como si existiese, vivo, realmente vivo, 
con rasgos típicos inalterables, tanto más inalte- 
rables cuanto que en ellos no influiría. el curso 
del tiempo, por tratarse de una criatura destina- 
da a la inmortalidad. 

Cuerpo semejante es natural que adoleciese 
de defectos físicos lamentables. 

Por lo pronto, un animal tan flaco, tan hético 
confirmado, no podía tener mucha resistencia. 
Así era, en efecto; y tan capital y palpable esta 
deficiencia resultaba que su amo y señor a pesar 
de tener de él aquella opinión que comunicó al 
al ventero, y que ya vimos, vióse forzado a re- 
conocer que a su cabalgadura fueron imputables 
algunos de sus contratiempos como caballero 
andante, hasta el ocurrido finalmente, el decisi- 
vo y fatal de su palmario vencimiento en las 
afueras de Barcelona, ante los ojos del Virrey, 
que puso término a sus caballerías, a su locura 
y a su existencia misma. 

Ya cuando su primera salida, al dejar la ven- 
ta, hubo de topar Dun Quijote no con la Iglesia, 



CERVANTES 15 

sino con unos mercaderes que iban a Murcia a 
comprar seda, a los cuales por no haberse pres- 
tado a reconocer la belleza superior de Dulcinea 
sin verla, calificó el enamorado caballero de 
gente descomunal y soberbia. Y como atacase a 
uno de aquellos mercaderes, agudo y burlón, 
que había dicho algunas impertinencias siquie- 
ra de un modo condicional, de Dulcinea, ocu- 
rrió lo que ahora transcribo. I en diciendo esto, 
arremetió con ¡a lanza baja conti^a el que lo ha- 
bía dicho con tanta furia y enojo que si la buena 
suerte no hiciera que en la mitad del camino tro- 
pezara y cayera Bocinante, la pasara mal el atre- 
vido mercader. Cayó Rocinante, y fué rodando su 
amo una buena pieza por el campo, y queriéndo- 
se levantar, jamás pudo..., etc. Y entre tanto que 
pugnaba por levantarse y no podía, estaba di- 
ciendo: non fuyais, gente cobarde, gente cautiva: 
atended, que no por culpa mía sino de mi caballo, 
estoy aquí tendido. 

Y es que, si bien Don Quijote, en su jactan- 
cia, creía cuanto con él y sus caballerías se rela- 
cionaba, de primer orden y no excediendo ja- 
más, por encima de todo colocaba su valor, la 
pujanza de su brazo, el brillo de sus armas y su 
gloria; y no como contradicción de su locura, 
sino como confirmación de la misma, veía las 
cosas como eran, cuando al verlo importaba a 



16 CERVANTES 

la conservación de su prestigio y de su fama, 
tales como él las entendía. 

Naturalmente, vino después de lo contado, la 
inevitable paliza, por mano de un mozo de mu- 
las, que obligó a Don Quijote a la primera reti- 
rada a su casa, acomodado sobre el Rucio. San- 
cho al pie, y cargado con las armas, Rocinante, 
culpable único de tal desventura. 

Y quedó esta culpa de Rocinante bien firme 
en el ánimo de Don Quijote, porque cuando lo 
condujo, al fin, a su casa aquel labrador vecino 
suyo, a quien Don Quijote tomara por don Ro- 
drigo de Narváez y por el Marqués Mantua, al 
salir a su encuentro el ama y la sobrina, asi 
como el cura y el barbero, antes que nada, dijo: 
ténganse todos que vengo mal ferido, por culpa de 
mi caballo... ¡Pobre caballo! la victima principal 
de la locura de su dueño, que tantos malos ra- 
tos estaba llamado a pasar en lo futuro...! 

La resistencia del caballo no brilla tampoco 
mucho en la aventura de los molinos de viento, 
aunque sí su resignación y sufrido carácter. Y 
no es que podamos reprocharle el que las aspas 
del molino lo derribaran, porque esto acaecido 
hubiera aún a más lucido corcel, sino por lo fá- 
cil que fué, y lo desastrosa su caída. 

El ataque y la derrota del caballero andante 
se pintan con estos colores: hien cubierto de su 



CERVANTES 17 

adarga, con la lanza en el ristre, arremetió a todo 
el galope de Rocinante y embistió con el primer 
molino que estaba delante; y dándole una lan- 
zada en el aspa, la volvió al viento con tanta fu- 
ria, que hizo la lanza pedazos llevándose tras si 
al caballo y al caballero, que fué rodando muy 
maltrecho por el campo... Sancho interviene en- 
tonces, como siempre, en auxilio de su amo, y, 
como siempre mezcla a la ayuda los reproches; 
pero estos no se dirigen contra el caballo: ¿no le 
dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que 
hacia, que no eran sino] molinos de viento, y que 
no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales 
en la cabeza? Y habiéndolo ayudado a levantar- 
se, tornó Don Quijote a subir sobre Rocinante, 
que medio despaldado estaba; sin perjuicio de lo 
cual, parece haber seguido, con la carga a cues- 
tas, su camino. 

Cuando los galeotes, recién libertados, mues- 
tran una tan negra ingratitud cual la que mos- 
traron, apedreando a su libertador, la debilidad 
de la bestia en discurso aparece tan grande que 
queda aturdido primero, pues que no hacía 
más caso de la espuela que si fuera hecho de 
bronce; y después viene al suelo de una pedra- 
da y queda tendido junto a su amo, mientras el 
jumento estaba cabizbajo y pensativo, sacudiendo 
de cuando en cuando las orejas, pensando que 



18 



CERVANTES 



aún no había cesado la borrasca de las piedras. 
Lleguemos con esto a la desdicha fundamen- 
tal del Buen Caballero al combate con el de la 
Blanca Luna, que en lo esencial ocurrió de este 
modo: volvieron entrambos (los dos contendientes) 
a un mismo punto las Hendas a sus caballos y 
como era más lijero el de la Blanca Luna, llegó 
a Don Quijote a dos tercios andados de la carre- 
ra, y allí le encontró con su poderosa fuerza, sin 
sin tocarle con la lanza, que levantó al parecer de 
propósito, que dio con Rocinante y con Don Qui- 
jote en el suelo una peligrosa caída. Cuando los 
asistentes al combate acudieron a auxiliar al caí- 
do, levantaron a Don Quijote, descubriérotile el ros- 
tro, y halláronle sin color y trasudando. Rocinan- 
te, de puro malparado, no se pudo mover por en- 
tonces. Sancho quedó sumido en el mayor asom- 
bro y la mayor tristeza, y temía si quedaría o no 
contrahecho Rocinante. 1£A buen caballero, por mu- 
cho que fuese sincero y leal, aún por serlo, y 
llevado de aquel su espíritu que a todo ante- 
ponía su fama, volvió a ver claro respeto de 
aquel caballo que, al principio de la su historia 
le vimos anteponer a Bucéfalo y Babieca; de- 
bió advertir que antes bien se asemejaba al ca- 
ballo de Gonela; pues que días después dijo a 
Sancho: Yo lo he sido de la mía (acabo de decir 
que cada uno es artífice de su ventura) pero no 



CERVANTES 19 

con la prudencia necesaria, y así me han salido 
al gallarín mis presunciones, pues debiera pen- 
sar que al poderoso grandor del caballo del de 
la Blanca Luna no podía resistir la flaqueza de 
Rocinante. Así vuelve el buen caballero, en tan 
decisivo trance, a hechar de ver con verdad qué 
clase de bestia montaba; pero para que no se 
desmienta su noble condición cuando inmedia- 
tamente Sancho, llevado de su bellaca naturale- 
za, dice que, si no fuera por la falta que habría 
de hacer para el camino, también con las armas, 
debía dejarse colgado a Rociuaute, Don Quijote 
replica lo siguiente: Pues ni él ni las armas, por- 
que no se diga que a buen servicio mal galardón. 

Y con esto, con arrollarlos a todos una piara 
de puercos y con hallarlo más flaco que el pri- 
mer día los chiquillos de la aldea, a su regreso, 
se cierra la historia del buen jamelgo, tan dig- 
no de lástima y de estimación como su amo. 

Con lo dicho, no es de esperarse que resulta- 
ra bestia de buen andar. Ya le vimos galopar, 
sin embargo, contra los molinos de viento, y es 
lo curioso que siempre, en las veces primeras en 
que se trata de su andadura, esta no es tan poca 
como por los antecedentes pudiera presumirse. 

Es verdad que en la primera ocasión el paso 
vivo de Rocinante se explica por sí mismo: Don 
Quijote llega a la venta, cuando su primera sa- 



20 CERVANTES 

lida; y es ésta aquella vez en que se hizo armar 
caballero por el propio ventero, al que se pre- 
senta al lector con esta donosa advertencia: 
ho/nbre que por ser muy gordo era muy pacifico. 
Después de una marcha de todo un día, cuando 
Don Quijote llega a la expuesta venta (que cre- 
yó castillo), a poco trecho della detuvo las riendas 
a Rocinante, esperando que algún enano se pusie- 
se entre las almenas a dar señal con alguna trom- 
peta de que llegaba caballero al castillo. Pero 
como vio que se tardaban y que Bocinante se daba 
priesa por llegar a la caballeriza, se llegó a la 
puerta..., etc. Al salir de la venta a la mañana 
siguiente, a hora tan temprano que la narración 
nos dice que la del alba seria, decidió el caballe- 
ro volver a su casa, equiparse, según los conse- 
jos que le diera el ventero, y conseguirse el es- 
cudero indispensable. Con este pensamiento guió 
a Bocinante hacia su aldea, el cual, casi cono- 
ciendo la querencia, con tanta gana comenzó a 
caminar, que parecía que no ponía los pies en él 
suelo. Que avivase el paso en estas dos ocasiones 
el rocín, es fácilmente explicable, por el motivo 
que a tal esfuerzo le llevara; pero ya no lo es 
tanto en otras oportunidades. 

Por ejemplo, cuando, fenecida la pendencia 
con el vizcaíno, Don Quijote se retira franca- 
mente vencedor, hácelo a paso tirado de su ca- 



CERVANTES 21 

balgadura, tanto, que Sancho tiene que seguirle 
a todo trote de su jumento, a pesar de lo que, ca~ 
minaba tanto Rocinante, que viéndose quedar 
atrás, le fué forzoso dar voces a su amo que se 
aguardase; y asi mismo, cuando la aventura del 
cuerpo muerto, en que, al referirse la acometida 
del andante caballero a los enlutados, la historia 
dice así: ...y revolviéndose por lo demás, era de 
ver con la presteza que los acometía y desbarata- 
ba, qtie no parecía sino que en aquel instante le 
habían nacido alas a Rocinante, según andaba de 
lijero y orgulloso. 

En tres pasajes de la Primera Parte, sin em- 
bargo, aparece muy claramente, con referencia 
al andar, la condición poco recomendable de tal 
cabalgadura. Cuando, en la aventura de los ba- 
tanes, Sancho le ata calladamente las patas de- 
lanteras, a fin de que su amo no acometa de no- 
che la temorosa empresa, Don Quijote piensa, 
naturalmente, que Rocinante está encantado. 
Mas, cuando la mañana se acerca, lo desata el 
ladino escudero, y ocurre que, al verse libre, 
aunque él de suyo no era nada brioso, parece que 
se resintió, y comenzó a dar manotadas, porque 
corvetas, con perdón suyo, nos las sabía hacer. 

Cuando Don Quijote, en Sierra Morena, vio 
por primera vez pasar a Cárdenlo cerca de él, 
roto y desecho, semi-desnudo, saltando de risco 



22 CERVANTES 

en risco, se propuso alcanzarle, y aunque lo pro- 
emio, no pudo seguiUe, porque no era dado a la 
debilidad de Rocinante andar "por aquellas aspe- 
rezas, y más siendo él de suyo pasicorto y flemá- 
tico. Y al filial de la Primera Parte, cuando la 
rara aventura de los disciplinantes, la acometida 
a éstos se cuenta con las siguientes palabras: ...y 
en diciendo esto apretó los muslos a Rocinante, 
porque espuelas no las tenía y a todo galope (por- 
que carrera tirada no se lee en toda esta verdade^ 
ra historia que jamás la diese Rocinante), se fué 
a encontrar con los disciplinantes. Aún asi, el 
buen rocín ya llevaba deseo de quietarse un poco 
cuando su amo lo detuvo al llegar frente a la 
procesión. 

De tal regla se presenta, sin embargo, una 
excepción. En el momento del combate con el 
caballero de los Espejos, el caballo de éste, 
que no era más ligero ni de mejor parecer que 
Rocinante^ y a todo su correr, que era un mediano 
trote, iba a encontrar a su enemigo. Este, que ya 
lo veía venir volando, arrimó reciamente las es- 
puelas a las trasijadas ijadas de Rocinante^ y le 
hizo aguijar de manera, que cuenta la historia 
que esta sola tez se conoció haber corrido algo, 
que todas las demás siempre fueron trotes decla- 
rados. Y así queda definitivamente establecido 
el canijo andar de la sufrida bestia, que corre 



CERVANTES 23 

pareja con su escasa resistencia y su fea catadu- 
ra. Y no hay en todo esto, con lo antes dicho, 
contradicción esencial, porque de ese trote tan 
repetido no pasa el arranque del pobre animal 
contra los molinos de viento. Lo cual, conside- 
rado en conjunto, demuestra una gran debilidad 
física que, de tiempo en tiempo, saca fuerza de 
flaqueza y procura excederse a sí mismo en el 
servicio de su amo. El carácter excepcional de 
estos esfuerzos y el trabajo que cuestan a quien 
los hacen, dan la medida de su propio natural, 
que permanece muy presente a nuestro espíritu, 
precisamente en virtud de estos contrastes tan 
naturales y adecuados. 

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f •»» •»» 

Con lo expuesto hasta aquí tenemos completo 
el aspecto físico del rocín. Bestia encanijada, 
toda huesos y pellejo de escasa resistencia y muy 
poco andar normal, ridicula de aspecto; pero su- 
frida como pocas, capaz de hacer esfuerzos re- 
querida por su dueño, que acepta palos, pedra- 
das y caídas sin resistirse luego, que jamás re- 
husa sus servicios, ora como bestia de silla (que 
es lo corriente), ora como bestia de carga, lo 
cual en varias ocasiones acontece. 

Y si dejamos a un lado esas sus prendas físi- 



24 CERVANTES 

cas y pasamos a las morales, el carácter, porque 
tiene un carácter esa bestia, aparece confirman- 
do cuanto hasta aqui observado queda. 

Era, por lo pronto, tímido, de facto, lo que no 
se opone a la bondad, a la mansedumbre y a la 
buena inclinación, sino que, antes bien, muchas 
veces les hace compañía. Ya había demostrado 
tanto miedo como Sancho en la noche de los ba- 
tanes. Cuando Don Quijote se encuentra con el 
carro de las Cortes de la muerte, después que el 
hombre vestido de diablo le explica quiénes 
ellos son, adonde van y por qué conservan sus 
disfraces, a tiempo en que el buen caballero re- 
conoce que no hay aventiira propia de andante 
caballería en todo ello (caso raro, en que queda 
tranquila y vencida su locura), aparece un suje- 
to con un disfraz de mojiganga empuñando un 
palo en cuya punta atada estaban tres vejigas de 
vaca hinchadas, lleno él de cascabeles, el cual, 
llegándose a Don Quijote, comenzó a esgrimir él 
palo y a sacudir el suelo con las vejigas, y a dar 
grandes saltos sonando los cascabeles, cuya mala 
visión así alborotó a Rocinante, que sin ser -pode- 
roso a detenerlo Don Quijote, tomando el freno 
entre los dientes, dio a correr por el campo con 
más ligereza que jamás prometieron los huesos de 
su anatomía. Sancho, que consideró el peligro 
en que iba su amo de ser derribado, saltó del 



CtRVANTES 25 

rucio, y a toda prisa fué a valerle; pero cuando 
a él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él Ro- 
cinante, que con su amo vino al suelo: ordinario 
fin y 'paradero de las lozanías de Rocinante y de 
sus atrevimientos. 

A veces no parece darse cuenta de que su amo 
entra en batalla. Indiferente a sus hazañas, 
aprieta el paso y toma aquel famoso trote, sin 
llegar a carrera tendida, cuando le dan con las 
espuelas o de cualquier otro modo le aguijan. 
No obstante, el amo agradece sus servicios, como 
lo vimos al rechazar la idea de dejarlo colgado, 
con las armas, casi sugerida por Sancho, a pe- 
sar de haber declarado que a su flaca condición 
hay que atribuir esencialmente la sufrida de- 
rrota. Se le llama alguna vez, en el curso de la 
historia de las aventuras del andante caballero, 
el huen Rocinante) ¡y a fe que era bueno cierta- 
mente el pobre rocín! 

Ya vimos cómo al rucio amaba y cómo se 
acercaba a él en afectuosa actitud y compañía. 
Al encontrar en el bosque al caballero de los es- 
pejos y a su narigudo escudero, Don Quijote no 
está en condiciones de combate, sino de descan- 
so; las dos cabalgaduras, la de él y la de Sancho, 
están sueltas y paciendo, y con motivo de su 
afectuosa actitud es que Cide Hamete Benenge- 
li se entretiene en ponderar la amistad que en- 



26 



CERVANTES 



tre ambos había, en estos términos: cuya amis- 
tad del (el rucio) y de Rocinante fué tan ilnica y 
tan trabada, que hay fama por tradición de pa- 
dres a hijos, que el autor desta verdadera historia 
hizo particulai'es capítulos della; más que por 
guardar la decencia y decoro que a tan heroica 
historia se debe, no los puso en ella, puesto que al- 
gunas veces se descuida deste su presupuesto y es- 
cribe que así como las dos bestias se juntaban 
acudían a rascarse el uno al otro, y después que 
estaban cansados y satisfechos de rascarse, cruza- 
ba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio, 
que le sobraba de la otra parte más de media vara 
y mirando los dos atentamente al suelo, se solían 
estar de aquella manera tres días, o a lo menos 
todo él tiempo que les dejaba o no les compelía la 
hambre a buscar sustento. Y a tal efecto corres- 
pondía el asno, como se indica, de paso, al refe- 
rirse la ingrata solución de la aventura del re- 
buzno, en que Sancho, aturdido por un garrota- 
zo, es encaramado sobre su jumento apenas vuel- 
to en si, y le dejaron ir tras su amo, no porque él 
tuviese sentido para regirle, pero el rucio siguió 
las huellas de Rocinante sin el cual no se hallaba 
un punto. Y así constantemente se les ve reuni- 
dos y se les menciona como compañeros y ami- 
gos, paciendo juntos o bien juntos sufriendo con- 
tratiempos y penalidades. 



CERVANTES 27 

Este mismo cariño teníalo la buena bestia por 
el amo, a quien jamás abandonara. Al terminar 
el ataque a los rebaños de carneros, sin embar- 
go de haber pensado Don Quijote, ante la idea 
de la rica presa que iba a obtener de aquella 
batalla que aún corre peligro Rocinante que no le 
trueque por otro, el caballero se halla con toda la 
dentadura en tan mal estado, que tiene qae lle- 
varse una mano a la boca porque no se le acaba- 
sen de salir los dientes, mas como la otra asió las 
riendas de su cabalgadura, la cual nunca se ha- 
bía movido de junto a su amo (tal era de leal y 
bien acondicionado). 

Ya lo vimos, triste y melancólico, al punto de 
parecer encantado, cuando su amo, cautivo en 
una jaula y custodiado por vestiglos, iba camino 
de su obscuro destino, en pleno encantamiento. 
Y entonces, cuando, constreñido por apremiante 
necesidad, ruega Don Quijote que le dejen salir 
un momento de la jaula, al serle esto concedido, 
lo primero que hace es irse a su caballo, darle 
dos palmadas en las ancas y decirle: aiín espero 
en Dios y su bendita Madre, flor y espejo de los 
caballos, que presto nos hemos de ver los dos cual 
deseamos, tú con tu señor a cuestas, y yo encima 
de ti ejercitando el oficio para el que Dios me echó 
al mu7ido. 

Y tal debía ser el deseo y propio sentimiento 



28 CERVANTES 

de aquella buena bestia, como se hace palpable 
en otros pasajes de su historia, como el de la 
aventura del barco encantado, en el cual entra- 
ron señor y escudero, dejando atadas en la ori- 
lla sus respectivas cabalgaduras, y cuando San- 
cho se vio obra de dos varas dentro del río, comen- 
zó a temblar, temiendo su perdición; pei'o ningu- 
na cosa le dio más pena que oir roznar al rucio y 
el ver que Rocinante pugnaba por desatarse; y dí- 
jole a su sefior: el rucio rebuzna condolido de nues- 
tra ausencia, y Rocinante procura ponerse en li- 
bertad para arrojarse tras nosotros. 

Y es que estaba hecho para la no desmentida 
lealtad y para sufrir mansamente los contratiem- 
pos que la fortuna le deparase, siempre al servi- 
cio de su dueño, siendo la paciencia su más sa- 
liente cualidad moral. Bien hubo de probar que 
le asistía cuando Maritornes dio a Don Quijote 
la más pesada broma que imaginar pudiera, 
cuando desde un alto ventanillo de la venta ató 
una mano al loco, pero buen caballero, el cual 
quedó en la situación que ahora se describe: 
Estaba, pues, como se ha dicho, de pie sobre Roci- 
nante, metido todo el brazo por el agujero y atado 
de la muñeca al cerrojo de la puerta, con grandí- 
simo temor y cuidado, que si Rocinante se desvia- 
ba a un caho o a otro, había de quedar colgado del 
brazo, y así no osaba hacer movimiento alguno, 



CERVANTES 29 

puesto que de la paciencia y quietud de Rocinante 
bien se podía esperar que estaría sin moverse un 
siglo entero. Y así fué, que el buen rocín pasase 
en quietud absoluta toda la noche, y amaneció 
melancólico y triste, con las orejas caídas, tal que 
parecía de leño, sin que llegara a moverse hasta 
que hubo de acercarse a olerlo otro caballo, que 
montaba un caminante que, con otros tales, lle- 
gara al amanecer a la venta; ¡caso singular de 
paciencia, de quietud y de inmovilidad, carac- 
terístico del buen animal, seguramente no igua- 
lado, en trance alguno, por ninguno de su raza! 

El día en que ocurrió la aventura de los dis- 
ciplinantes, después que Don Quijote caj'ó derri- 
bado por aquel garrotazo que primero se creyó 
que lo había muerto y que lo incapacitó para 
volver a montar, hasta el punto de requerir él 
mismo a Sancho para que lo volviese a la jaula 
en la que iba encantado, Rocinante adopta una 
actitud pasiva, tal que de él se dice que a todo lo 
que había visto estaba con tanta paciencia como su 
amo. 

Ya, cuando apaleado, y molido por los yan- 
güeses, con el amo y el escudero, esta vez por su 
culpa, se halla derribado, es él quien parece más 
descalabrado y más sin fuerza, pues que Don 
Quijote y Sancho se levantan primero y aquél 
dice a éste: Déjate deso, y saca fuerzas de flaque- 



30 CERVANTES 

za. Sancho, respondió Don Quijote, que así haré 
yo, y veamos cómo está Rocinante, que a lo que me 
parece, no le ha cabido al pobre la menor parte 
desta desgracia. Y Sancho tuvo que levantarlo, 
hallándolo en tal estado, que hubo que llevarlo 
de reata, cabalgando Don Quijote sobre el rucio, 
echando él tan sólo de menos el no tener lengua 
con qué quejarse, porque si la tuviera a buen se- 
guro que Sancho ni su amo no le fueran en zaga. 

Tan quieto y sufrido animal debía, natural- 
mente, ser comedido y pacato, y aun cuando tal 
comedimiento y mesura de ánimo y conducta 
nunca se mencionan expresamente de un modo 
directo, ello resulta evidente de cuanto se habla 
de Rocinante en la donosa novela; en la cual el 
sutil ingenio de su autor se valió del procedi- 
miento contrario al que pareciera natural y di- 
recto para hacerlo ver, empleando, con insupe- 
rable gracia, el camino de hacer resaltar ese ras- 
go de carácter, pintando su más inesperada y 
cabal excepción. 

En el capitulo XV de la Primera Parte, una 
vez despedido Don Quijote de los que enterra- 
ron al pastor Crisóstomo, él y su escudero se en- 
traron por el mismo bosque donde vieron que se 
había entrado la pastora Marcela, y al fin vinie- 
ron a un prado de fresca yerba por el cual un 
manso arroyo corría. Alli comieron y dejaron en 



I 

1 



CERVANTES 31 

libertad a sus cabalgaduras, para que lo mismo 
hiciesen; y he ahi que tal dia, que comenzaba 
arcádica y deliciosamente, acabó por ser el de 
la más desdichada de sus aventuras, en virtud 
de la más inesperada de las causas. Cedamos la 
palabra al autor: «No se habia curado Sancho 
de echar sueltas a Rocinante (lo que una nota 
de mi edición declara que es poner una especie de 
trabas en las manos de las caballerías cuando se 
las deja sueltas) seguro de que le conocia por tan 
manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de 
la dehesa de Córdoba no le hicieron tomar mal 
siniestro. Ordenó, pues, la suerte y el diablo, 
que no todas las veces duerme, que andaban 
por aquel valle paciendo una manada de hacas 
galicianas de unos arrieros yangüeses, de los 
cuales es costumbre sestear con su recua en lu- 
gares y sitios de yerba y agua, y aquel donde 
acertó hallarse Don Quijote era muy al propósi- 
to de los yangüeses. Sucedió, pues, que a Roci- 
nante le vino en deseo de refocilarse con las se- 
ñoras hacas, y saliendo asi como las odió de su 
natural paso y costumbre, sin pedir licencia a 
su dueño, tomó un trotillo algo picadillo y se 
fué a comunicar su necesidad con ellas; mas 
ellas, que a lo que pareció debían de tener más 
ganas de pacer que de él, recibiéronle con las 
herraduras y con los dientes, de tal manera, que 



32 



CERVANTES 



a poco espacio se le rompieron las cinchas y 
quedó sin silla en pelota; pero lo que él debió 
más de sentir fué que viendo los arrieros la fuer- 
za que a sus yeguas se les hacía, acudieron con 
estacas y tantos palos le dieron, que le derriba- 
ron mal parado en el suelo.» 

La escena tiene más de humano que de cosa 
a animales relativa. Se figura uno ver al varón 
ridiculo de quien nadie espera que emprenda 
galanteos, porque se lo vedan los años, su estam- 
pa, su oficio, carácter y antecedentes de vida y 
costumbres que inesperadamente comienza a 
hacer el amor a una muchacha fresca y hermo- 
sa, en la flor de su juventud y su belleza. Esta 
le recibe, poco más o menos, como las yeguas 
recibieron a Eocinante, descartado el empleo de 
dientes y herraduras, que son los toques necesa- 
rios para referir escena tan supinamente huma- 
na al terreno de la animalidad en que se desen- 
vuelve; y cuantos saben del suceso se maravi- 
llan y espantan de que tal persona, de tal carác- 
ter y de tales antecedentes, haya acometido em- 
presa tan fuera de propósito y de estación; y 
por ser ella tan excepcional e inesperada, des- 
pierta generales comentarios y queda en la me- 
moria de todos, y siempre se recuerda, y acom- 
paña al héroe de la historia por largos años y 
por su vida entera; y es más, que su condición 



CtRVANTES 33 

impropia para aquella empresa abortada, resul- 
ta palpable y evidente en virtud de ella, más 
aún de cuantas veces hubo de manifestarse di- 
rectamente, por acciones en consonancia con el 
temperamento que, de un modo natural, hubo 
de producirlos. Si alguna vez pudo con razón 
decirse que la excepción, por ser tal, confirma 
la regla, tal vez fué ésta. 

Y nada falta al episodio de sus caracteres hu- 
manos antes indicados, porque nada de cuanto 
se refiere a Rocinante queda lan persistente en 
el recuerdo de los que lo presenciaron o de ello 
supieron, siquiera fuese de referencia; porque 
en pasajes distintos del regocijado libro que le 
recuerda del modo más preciso. Verdad es que 
los acontecimientos sobrevenidos no fueron 
para olvidarse por los que de ellos participaron. 
A Don Quijote, naturalmente, se le ocurre ven- 
gar el agravio hecho a su caballo en sus mismas 
barbas, decide acometer a los arrieros, y, por 
ser estos gente soez y de baja ralea, dice a San- 
cho que puede y debe prestarle ayuda conforme 
a las reglas de la caballería andante. El buen 
sentido de Sancho le lleva a observar que ellos 
no son sino dos y muchos los contrarios; pero 
Don Quijote le contesta: Yo valgo por ciento; y 
acomete. Sancho le sigue; y llevan los dos la 
paliza más cumplida que nunca recibieron, de 



3 i CERVANTES 

las no escasas que cuenta su historia. Don Qui- 
jote está caído a los pies de Rocinante, Sancho 
un poco más allá; los yangüeses se marchan con 
su recua precipitadamente, Sancho entonces lla- 
ma con voz doliente a su amo para pedirle un 
poco del bálsamo de Fierabrás. No le tiene el 
caballero, y se sigue el más donoso diálogo qui- 
zá de todo el libro, durante el cual Sancho de- 
clara su propósito de no poner nunca más mano 
a la espada, ni contra villano ni contra caballe- 
ro, y que desde aquí para adelante (agrega) í¿e 
Dio.s perdono cuantos agravios me han hecho y 
han de hacer, ora me los haya hecho, o haga, o 
haya de hacer persona alta o baja, rico o pobre, 
hidalgo o pechero, sin aceptar estado ni condición 
alguna. La réplica de Don Quijote es lo que de 
él pudiera esperarse; pero, al fin, Sancho dice 
que mejor está para bizmas que para pláticas, y 
agrega: «Mire vuestra merced si se puede levan- 
tar, y ayudaremos a Rocinante aunque no lo me- 
rece porque él fué la causa principal de todo este 
molimiento.» Y para subrayar el carácter propio 
del rocín y caán excepcional e inesperada fué su 
conducta, Sancho agrega: «jamás tal creí de Ro- 
cinante, que le tenía por persona casta y tan pa- 
cífica como yo. En fin, bien dicen que es menes- 
ter mucho tiempo para venir a conocer las per- 
sonas, y que no hay cosa segura en esta vida.» 



CERVANTES 35 

El hecho, como antes se dice, jamás fué olvi- 
dado. Allá eu la Segunda Parte, Cervantes ha- 
bla de la primera, llega a noticias de Don Qui- 
jote que se ha publicado su historia, que es leí- 
da por muchísimas gentes con encanto y regoci- 
jo, de lo que mucho se huelga, aunque se des- 
consuela pensando que era moro el autor de 
tal libro; y como procurase conocerle y conocer 
así mismo la impresión que producía en el pú- 
blico, hace llamar al Bachiller Sansón Carrasco, 
hombre a propósito para el caso, y de él inquie- 
re lo que saber quería. El artificio conduce a 
Cervantes a defender su obra con mordaces, 
aunque no airadas, alusiones a la apócrifa Se- 
gunda Parte del enigmático Licenciado Avellane- 
da, uno de los más bien guardados incógnitos 
de la historia, cuya identidad es problema aún 
pendiente y debate abierto todavía. Favorece 
tal artificio el hecho conocido de que entre la 
publicación de la primera y la de la segunda 
parte mediaron años, lapso de tiempo que apro- 
vechó el supuesto Avellaneda para publicar su 
libro. En el curso de la conversación, recordan- 
do los acaecidos sucesos de sus anteriores caba- 
llerías, pregunta Don Quijote si los cuenta el li- 
bro de que el bachiller le habla, y cómo; he aquí 
que Sancho salta con esta donosa pregunta: «Dí- 
game, señor bachiller, ¿entra ahí la aventura de 



36 CERVANTES 

los yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante 
se h antojó pedir cotufas en el golfoh> Y aún al 
final del Buscapié, cuando el caballo del bachi- 
ller que eu él figura, cuyo caballo es una réplica 
de Rocinante mismo, se acerca a una muía con 
las propias intenciones que el otro tuvo acerca 
de las yeguas de los yangüeses, y la muía lo reci- 
be como una verdadera Lucrecia, de nuevo el 
suceso 86 recuerda. Y es que no podía olvidarse, 
porque él por su extrañeza y carácter desusado, 
choca e impresiona fuertemente, ya que no sor- 
prende y casi ni se advierte que ocurra lo espe- 
rado, siendo lo inesperado lo que afecta nuestro 
espíritu con mayores bríos y mayor fuerza y 
origina en él una más fuerte y duradera im- 
presión. 

Tal es, con todos sus rasgos distintivos y ca- 
racterísticos, este singular personaje de la nove- 
la inmortal. Tiene, como su amo, mucho de ri- 
dículo; pero también, como el amo, tiene mucho 
de noble y de estimable. Ambos son flacos, es- 
cuálidos, sin fuerzas para la empresa que acome- 
ten. Ambos están vistos por el propio protago- 
nista y héroe epóuimo (que pudiera decirse) del 
libro, a través del mismo cristal; porque Don 
Quijote cree en su pujanza irresistible y en la 
fuerza de su brazo como cree en la excelencia de 
su caballo. Las más peligrosas aventuras se le 



CERVANTES 37 

antojan hechas para él y exactamente a su me- 
dida. Análoga opinióa tiene de su cabalgadura; 
y tanto la estima, que considera como un colmo, 
propio para dar idea de la rica presa de corceles 
que espera alcanzar, cuando acomete al ejército 
enemigo de Peatapolin, el decir que aún Roci- 
nante corre peligro de que le trueque por otro. Co- 
mo el amo es mesurado y casto (cualidad esta 
que, por contraste, resulta más que nunca en el 
día excepcional en que quiso dejar de serlo). 
Ambos son pacientes y sufridos. Como Don Qui- 
jote, en el fondo de su alma, siente por Sancho 
un afecto un si es no es paternal. Rocinante tie- 
ne cariño al rucio como seguramente lo tiene al 
amo, sin que se advierta que, en grado semejan- 
te, lo tenga por Sancho. Al amo sigue, sin resis- 
tencia alguna, a todas las locas empresas a que 
quiere llevarlo, aunque saber debe que de ellas 
no ha de sacar sino palizas. En esta virtud de la 
fidelidad sincera y constante, tal vez no le igua- 
le criatura alguna, ni real, ni imaginada por la 
fantasía literaria. Desde luego que, en este sen- 
tido, es superior a Sancho. No cabe negar que 
éste tiene afecto al Caballero de la Triste Figu- 
ra, pero su servicialidad sufre excepciones, a ve- 
ces se burla de él; a veces resiste; una ocasión 
hasta lucha brazo a brazo y a amenazar llega 
cuando Don Quijote trata, por sorpresa, de apli- 



38 CERVANTES 

carie alguno de aquellos azotes que han de dea- 
encantar a Dulcinea. 

Y de todos es Rocinante el más desinteresado, 
que, al cabo, su amo vive en un mundo irreal, 
imaginario y fantástico, de empresas heroicas, de 
gloria que ha de alcanzar, de victorias que ha- 
rán imperecedera su fama; lleno de tales imagi- 
naciones que en las ventas ve castillos, en los 
venteros alcaides de nobles fortalezas, princesas 
en estas o aquellas labradoras y tiene por real y 
efectivo lo que soñó en la cueva de Montesinos; 
mundo surcado por encantadoras y por vestiglos, 
llenos de gigantes cuyas cabezas ha de cortar, 
de hermosas cautivas a quienes ha de proteger 
y redimir; y ¿qué es, ni qué supone, la dura rea- 
lidad, frente a un panorama tan rico, hijo de una 
más rica y dislocada fantasía? 

Sancho, por su parte, participa de aquellas 
ilusiones; cree a pie juntillas que su amo llegará 
a ser rey o emperador y que e ntonces, o aún sin 
serlo, lo hará conde por lo menos o le dará a 
a gobernar una ínsula, Y aún cuando llegó a tal 
gobierno, si bien de un modo grotesco, y de él 
quedó escarmentado, hasta tal punto que dijo a 
don Antonio Moreno, que preguntaba, sorpren- 
dido, si había sido Sancho gobernador, esta frase 
profunda, que me produjo, por motivos per- 
sonales, honda impresión al releerla: Sí, y de una 



CERVANTES 39 

Ínsula llamada la Barataría. Diez días la gober- 
né a pedir de hoca: en ellos perdí el sosiego y 
aprendí a despreciar todos los gobiernos del inun- 
do. Y a pesar de ello quedó en su espíritu un res- 
to de ilusión, y preguntó inconti nenti a la cabeza 
mágica del propio don Antonio, si llegaría a te- 
ner otro gobierno; y aún duélese del vencimien- 
to de su señor por el caballero de la Blanca Lu- 
na, entre otras cosas, porque con el tal venci- 
miento y las condiciones del combate que lo 
acarreara, disípanse sus esperanzas y couviér- 
tense en humo las nuevas promesas de Don Qui- 
jote, sin advertir que humo habían sido siempre, 
y que de tal humo llena estaba impenitentemen- 
te su cabeza. 

Con tales esperanzas en el corazón y tales 
fantasmagorías en el caletre, puédense soportar 
ayunos y vigilias, noches al raso, palizas y toda 
clase de contratiempos; pero sin eso, sin espe- 
ranzas y sin ilusiones, la pobre bestia, dócil y 
sufrida, ofrece su lomo al héroe de tanta aventu- 
ra absurda, y, con él cargado va de acá para acu- 
llá, soportando su peso y participando sin otro 
horizonte que el de que el buen caballero le car- 
gue con la culpa de sus vencimientos, y Sancho 
casi proponga colgarlo, proposición que no llega 
a hacer en serio, sólo por la necesidad que del 
mismo tiene en el camino de su derrota y retí- 



4( > CERVANTES 

ro. Mansa y bonda'iosa criatura de la cual nos 
queda un recuerdo más bien melancólico que 
regocijado, como nos queda al fin, de todo el li- 
bro en que su figura aparece, con aquellas otras 
inmortales del caballero que en él cabalga y del 
escudero que lo cincha y lo suelta alternativa- 
mente, según el caso. 

Fiel trasunto de su padre espiritual, la nota 
que en él domina es seguramente ésta de la re- 
signación melancólica. La última vez que se le 
menciona es para que lo veamos, como lo halla- 
ron los chicos de la aldea: más flaco entonces 
que el primer día. Y suponemos que muriera de 
consunción y de tristeza, olvidado, sin que de él 
cuidase nadie, poco más o menos como hubo de 
morir el hombre que manejó aquella pluma ex- 
traordinaria que Cide Hamete dejó colgada de 
una espetera, para que en ésta quedase luengos 
siglos y aún en la espetera está. 

¡Singular carácter y tristísima vida, los de Mi- 
guel de Cervantes Saavedra! Dado le fué sopor- 
tar todas las durezas de la existencia humana, 
así las que quebrantan el cuerpo, como las que 
afligen y amargan el espíriiu; y sin embargo, su 
espíritu debió de quedar afligido, pero seguramen- 
te, no quedó amargado. Eu la larga historia de 
las aventuras del hidalgo mauchego se pasa una 
revista muy completa de la Comedia Humana, y 



CERVANTES 41 

aunque muchas de sus escenas son zaheridas, 
con toda justicia, nunca la hiél de la amargura 
emponzoña aquella pluma que se mueve siempre 
a impulsos de una mansa ironía sin veneno. De- 
bió ser la suya un alma nobilísima, en verdad, 
tanto como fué desdichada; y quizá sea el timbre 
mayor de su gloria el que vacilemos en decidir 
cuál de sus dos grandezas a la otra supera, si la 
intelectual o la moral. 

Esta grandeza moral aparece bajo una luz sin- 
gular en Argel, cuando Cervantes, sorprendido 
siempre en sus planes de fuga con otros cauti- 
vos, se confiesa repetidamente culpable, y el 
único culpable, ante sus señores, corriendo con 
ello todos los riesgos, pero alejando de éstos a 
sus tristes compañeros de cautiverio. Y así mis- 
mo resplandece en el Prólogo de la Segunda 
Parte del Quijote, en la serena y mesurada res- 
puesta que allí da a las innobles bellaquerías del 
Licenciado Avellaneda. 

Pero es tiempo ya de poner fin a estos discur- 
sos. En un trabajo como este, ocasionado como 
lo fué por el recuerdo del día en que desapare- 
ció del mundo el que escribiera un libro como 
aquel cuyas páginas inspiran estos renglones, no 
es menester entrar en apreciaciones generales 
que otros han hecho ya, con mejor pluma y más 
completo estudio. Más sencillo fué mi propósito 



42 CERVANTES 

al componerlo, propósito ya declarado anterior- 
mente. Sea él modesto testimonio de una admi- 
ración ilimitada, tanto como es limitada la ofren- 
da. Y ante la imagen, que todos tenemos en el 
espíritu, de aquel que, como otros genios seme- 
jantes, confió en la posteridad para ser apreciado 
y se resignó a no recoger de sus contemporáneos 
el galardón que le era debido, sea lícito a todo 
el que quiera hacerlo, depositar su ofrenda, la 
cual ha de tener dos medidas: una, la que sirva 
para apreciar su mérito intrínseco; otra, la que 
estime y aprecie la intención con que se le trae 
y se la ofrece, la buena voluntad con que se la 
aporta y el acto de reverencia que el acarrearla 
supone. Si la primera medida resulta en mi per- 
juicio, como lo temo, ruego a quien esto haya 
oído que atienda a la segunda, que habrá de re- 
dimir la molestia que pueda haber causado con 
una disertación ciertamente más extensa que lo 
que pensaba cuando tomé la pluma para comen- 
zar. Y aquí acabemos, no digamos más encomios 
en honor de la memoria del que creó la figura 
inolvidable del buen rocín que nos ha entreteni- 
do, que él nos ha menester, ni a oírlos era dado 
siquiera; no sea que se no aparezca en espíritu 
o fantasma, y nos diga, como dijo, en los últi- 
mos días de su vida, a aquel estudiante pardal a 
quien halló en el camino de Esquivias a Madrid, 



CERVANTES 43 

al oírse por el mismo ensalzar de uu modo que 
juzgó exagerado: «Ese es un error, donde han 
caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, 
soy Cervantes; pero no el regocijo de las Musas, 
ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho 
vuesa merced.» Frase inspirada por la más alta 
y noble modestia, tan propia de quien la pronun- 
ciara, que parécenos oírle, al leerla, y ver al par 
los rasgos tristes, severos y nobles de su fisono- 
mía, iluminados por una sonrisa, al mismo tiem- 
po melancólica y bondadosamente irónica; lleno 
él de piedad por quien dijera una majadería, de 
agradecimiento por quien le demostrara afecto 
y del firme propósito de no disimular, sin la de- 
bida advertencia, lo inadecuado, de la adula- 
ción, siquiera la inspirasen la devoción y la sim- 
patía. 

No debía hallarse, en efecto, en aquellos mo- 
mentos para cortesías y halagos el viejo soldado 
de Lepanto. Eq la conversación que subsigue 
entre él y el estudiante, su admirador, el bonda- 
doso hidalgo se declara ya muy enfermo, y, que- 
riendo, sin duda, quitar todo dejo amargo a su 
réplica a los elogios de su entusiasta, le dijo: 
«En fuerte punto ha llegado vuesa merced a co- 
nocerme, pues no me queda espacio para mos- 
trarme agradecido a la voluntad que vuesa mer- 
ced me ha mostrado.» Sentíase, en efecto, morir. 



44 CERVANTES 

Pocos días después escribía aquella triste y fa- 
mosa dedicatoria, al Conde de Lemos, de la obra 
en cuyo prólogo se encuentra la anterior anéc- 
dota, y que comenzaba con el inicio de unas an- 
tiguas coplas, muy conocidas: 

«■Puesto ya el pie en el estribo, 
con las ansias de la muerte, 
gran Señor, ésta te escribo. y> 

En 23 de abril de 1616, en efecto, murió. En 
el día mismo en que acabé de escribir estos ren- 
glones, en 23 de abril de 1916, hizo trescientos 
años justos de su muerte. No tuvo que amena- 
zar con maldición alguna (como su gran contem- 
poráneo Shakespeare) al que removiera sus hue- 
sos. Estos descansan en paz absoluta, en la com- 
pleta paz de lo ignorado hace tres siglos. Es 
posible que pluma mejor no haya sido manejada 
por mano de hombre; pero es más posible, qui- 
zá, que alma mejor no hubo de hospedarse nun- 
ca en un pobre cuerpo humano. 

J. A. González LANUZA 



CERVANTES 



45 



Primaveras ficticias. 



El Zar iba a llegar a París, y por motivos de 
alianzas estratégicas, querían obsequiarle con 
fiestas realmente extraordinarias. 

A aquel hombre de nieve, más que banquetes 
y revistas, más que arcos triunfales y carreras 
de caballos, lo que había de conmoverle y hala- 
garle sería, sin duda, una buena Primavera. 

Allá en Rusia el fresco verdor debía de durar 
pocos días; las flores, apenas nacidas, debían de 
marchitarse; la nieve lo mataba todo. Así es que 
un buen paisaje florido, un revuelo de flores des- 
envolviéndose en las ramas, tenía que entusias- 
marle. Pero era el caso que justamente aquellos 
árboles que estaban enringlerados por los paseos 
y avenidas, con una lamentable falta de patrio- 
tismo, no tenían más que nervios, troncos enju- 



46 CERVANTES 

tos sin hojas ni señal de que brotasen, y ni con 
bandos ni con decretos del Presidente de la Re- 
pública se les podía mandar que apresurasen la 
floración, para bien del pueblo francés. 

En otros tiempos se hubieran visto apurados: 
pero hoy, con todo eso del progreso, con los ade- 
lantos que proporciona la industria, no había 
por qué apesadumbrarse. ¿Que no tenemos Pri- 
mavera y nos conviene que la haya? Pues la ha- 
remos artificial. ¿Que no florecen los árboles? Ha- 
cemos flores de papel. ¿Que tampoco tienen ho- 
jas? Máquinas tenemos para recortarlas, gente 
para irlas pegando, y dineros y paciencia y pa- 
panatas a quienes parecerá muy natural, y que 
prorrumpirán en alabanzas de la nueva Prima- 
vera fabricada de encargo. 

¡No faltaría sino que al final del siglo xix hu- 
biese que eslar esperando la calma desoladora 
que gasta la Naturaleza! Pusieron manos a la 
obra, arrojaron a las tinas todo el papel de Pa- 
rís, hicieron millones de flores, y a lo largo de 
los campos Elíseos, pegándola en los árboles, se 
produjo una florescencia tal, que si mayo se hu- 
biese presentado de repente, no habría encontra- 
do una ramita para hacer nacer en ella una hoja, 
ni un botón para plantar en él una florecilla. 

Flores de almendro injertas en los plátanos, 
rosas de té pegadas en los tilos, gardenias en los 



CERVANTES 47 

castaños silvestres... y asi por todo lo largo del 
paseo disfrazaron los árboles con tal derroche de 
colores, los vistieron de tal modo, que aquello 
fué el triunfo del progreso material, una lección 
bien dada a la calma impertinente de las cuatro 
estaciones, que todos los años hacen lo mismo; 
un castigo oportunamente dado a los árboles del 
paseo, enseñándoles a florecer cuando conviene 
a la patria y cuando el pueblo lo manda con su 
gran soberanía. 

Aquello fué la Primavera moderna; aquello 
era la conquista del siglo que se acababa espe- 
rando uno mejor; aquello henchía de orgullo a 
los que cantaban estrofas a los adelantos mate- 
riales. Mas ¡ay, pobre gente! no contaban con 
las leyes de la Naturaleza, con el hermosísimo 
desprecio de la obra maravillosa, que destruye 
inconsciente cuanto hacen las hormigas. 

Y ¡quién había de decirlo! ¡Llovió! 

Llovió, y las flores se destiñeron, y churre- 
teando colores tronco abajo de aquellos árboles 
tan engalanados, tiñeron de adhilinas todo el 
hermoso follaje. Las flores precian grumos de 
engrudo; las rosas pegadas a las ramas, sudaban 
barniz turbio; la blanca flor de almendro se ha- 
bía embarrado de fango; las gardenias de trapo 
parecían cintajos que vendaban las heridas de 
los troncos, y por todas partes chorreaban aque- 



48 CERVANTES 

líos cachos de papel de las vanidades de un día. 
A la noche, los arroyos arrastraban pasta de 
flores, los coches los aplastaban, y los traperos, 
con la horquilla en las manos, iban llenando el 
saco y llevándose los despojos de aquella gran 
Primavera fingida por los hombres. 



II 



Primavera tan florida nunca la vi cual la de 
un pueblecillo de Mallorca, blanco como un cis- 
ne, con un dosel azul por cielo y un ancho mar 
por alfombra. 

Al abrir los balcones por la mañana, un aro- 
ma exquisito subía de la llanura; todo el pueblo 
olía bien, y un perfume de frescor virginal, de 
flor abierta, de prado florido y de alborada em- 
briagaba los sentidos. Tras las tapias, un desbor- 
damiento de blanco resaltaba sobre el azul: blan- 
co rosáceo, blanco verdoso, blanco crema, blan- 
co irisado de violeta; todos los matices del blan- 
co formando ramilletes hermosísimos y no de- 
jando sitio a las hojas; todas las formas de flo- 
res, amontonadas, medio abiertas, reventonas, 
en ramilletes, en ringlas extendidas, hasta de- 
rramarse en el mar; todos los caminos alfombra- 
dos por una nevada olorosa; todos los arroyuo- 



CERVANTES 49 

los centelleantes; todo el valle adornado; todo un 
boscaje de Primavera que estallaba a la vez 
como una erupción de vida. 

Nunca la tierra se había vestido de novia 
como en aquel blanco pueblecillo; nunca el mar 
había visto a su vera un jardín de tal hermosu- 
ra; nunca las abejas ni las mariposas tuvieron 
tantos olores que gozar, ni casa mejor vestida 
para cobijarse los pajarillos, ni perspectiva más 
bella para la mirada del hombre. 

¡Y qué feliz debía ser la vida allí! — pensaba, 
sin duda, el caminante contemplando aquella 
gran fiesta — . |Y qué felices y ligeras debían de 
resbalar las horas bajo aquel techo hermoso! ¡Y 
qué paraíso de ensueño, qué tibio escondijo para 
no moverse de él nunca! — pensaba yo contem- 
plando aquel paisaje. 

Mas ¡ay! allí en el mar, sobre aquellas ondas 
de tan soberano azul, casi como quien dice mis- 
mamente debajo de las ramas que se columpia- 
ban al peso de la vida de tanta blancura esplén- 
dida, había una nave gris, una nave fatídica; 
una nave cárdena, toda llena de emigrantes, 
pero que aún no tenía demasiados y venía a bus- 
car más, a sacar otros y otros de aquel nido de 
pluma blanca y llevárselos más allá de las olas, 
donde la nieve no era de flores, donde no había 
Primavera. 

i 



5U CERVANTES 

¿Adonde iban aquellos hombres dejando el 
olor de la patria para subir en unos maderos que 
sudaban pobreza y alquitrán? ¿Qué iban a bus- 
car detrás del oleaje? ¿Qué encontrarían allá le- 
jos en aquellos pueblos modernos, levantados 
como casas de baños para limpiarse la miseria; 
ciudades plantadas de nuevo con calles enume- 
radas, con árboles sin savia, con hombres extran- 
jeros? ¿Qué encontrarían allá lejos entre el vaho 
de humareda que ennegrecía la Primavera, o en 
el corazón de la tierra negra de carbón de pie- 
dra, o entre aquel tumulto de máquinas y esca- 
lofríos de angustias y empujones de los hombres 
para hacerse un lugar en la mesa de la vida mi- 
serable? ¿Qué canciones cantarían en aquel país 
donde la íuente de poesía estaba enjuta? ¿Cómo 
podrían rezar en templos de alquiler? ¿Dónde se- 
rian enterrados si morían en aquellos países 
prácticos donde los muertos tanto estorban? 
¿Dónde volverían a ver el blancor de Primavera 
que dejaban al partir? 

¡Oh mísera humanidad! — pensé — . Allí don- 
de no tienes Primavera, la crias en una estufa, 
la haces artificial, la imitas y la disfz'azas. Allí 
donde los hombres la ensueñan, y la envidian, y 
la esperan afanosos, allí pasa perseguida por el 
Invierno que la hace suya, y donde la tienen... 
emigran. 



CERVANTES 



51 



¿De qué sirve la Naturaleza? ¿Por qué hay flo- 
res para cada hombre y no frutos para todos? 
¿Por qué gozar la esperanza, por qué respirar el 
aroma, si en llegando la hora de la vida y de co- 
ger la promesa, para vivir es menester huir a 
desoladoras tierras? ¿Por qué la nieve del In- 
vierno mata a los miserables pobres, y por qué 
no les da vida la nieve de la Primavera? 

¡Qué triste es que el cuerpo del hombre no se 
nutra de belleza como se nutre el espíritu, y te- 
ner que dejar la patria porque no da para 



vivir 



Santiago RUSIÑOL 



52 CERVANTES 



A DARIO 



Padre Rubén, maestro cuya lira armoniosa 
supo toda la gama sutil y misteriosa 

del verso alado y musical; 
que llevaba en sus cuerdas no escuchadas 

canciones, 
prosas profanas y místicas oraciones 

en connubio sentimental. 

Poeta entre poetas, maestro de maestros, 
privilegiado numen entre fúlgidos estros, 

esclarecido rimador, 
por ti el viejo romance luce con nuevo brillo, 
la gesta del trovero y el cuUo caramillo 

cobran mirífico esplendor. 

Por ti el imperio vasto del grande Moctezuma 
revive tradiciones de fiereza, tu pluma 
las lleva a lejano confín, 



CERVANTES 53 

y en las notai5 guerreras de tu pífano heroico, 
resalta más el gesto despectivo y estoico 
del muy noble Cuauhtemotzín. 

Oh sagrado aborigen, tu caracol broncíneo 
sugiere no el acanto, ni el laurel apolíneo 

para tu frente de inmortal: 
que huyan las canéforas; se esconda el coro 

trágico, 
y llegue el hierofante con el penacho mágico 

hecho de plumas de quetzal. 

Ancianos nobilísimos, en la calma nocturna, 
circunden reverentes tu cineraria urna 

cantando estrofas de loor, 
y nubiles doncellas, agitando ayacaxtles, 
tejan vistosas danzas mientras los teponaxtles 

acallan su sordo fragor. 

Lentamente desfile la sombría cohorte 
de poetas, y en duelo cada uno te aporte 

su lira rota, paladín, 
y si curioso Pan en el contorno acecha, 
Tezcatlipoca lance tal mortífera flecha 

que a sus desmanes ponga fin... 

Y huya el hijo de Driope buscando a las 

Castálidas... 



54 CERVANTES 

por SUS carnes seniles, temblorosas y pálidas 

corre calosfrío letal, 
y lleva en las pupilas, como visión caótica, 
los símbolos de nueva mitología exótica 

en pugna con Hades fatal; 

mas en vano recorre, tal espectro noctivago, 
los ámbitos del bosque rumoroso y undívago 

lanzando gritos de dolor, 
por doquiera descubren sus ojos cadavéricos, 
una sombra gigante, de perfiles homéricos, 

que fulge como resplandor. 

Carlos BARRERA 

Cristiania, 6 de octubre de 1916 



CERVANTES 55 



NOTAS DE VIAJE 



Una noche íoledana. 

Por el ventanillo del tren en marcha, miro el 
obscurecimiento del paisaje. Poco a poco, van sa- 
liendo, blancas y tímidas, las estrellas. De pron- 
to, la locomotora se ha detenido. Una voz plañi- 
dera grita: ¡AJgodor! ¡Un minuto/ Luego, segui- 
mos caminando con rapidez. Yo sigo en mis si- 
lenciosas contemplaciones. 

Una larga y lívida franja, deshilvanándose en 
el azul sombrío del horizonte, sirve de fondo a 
un caprichoso dibujo en tinta china: diríase una 
mancha negra que, caída en una orla de seda 
violeta, se expandiese en múltiples y raros per- 
files. En la sombra amarillenta de la llanura cas- 
tellana, por la cual ha comenzado a palpitar una 
que otra centellita de candil rústico, esta fan- 
tasmagoría que se desvanece en el término re- 



5n CERVANTES 

moto, me recuerda lecturas hace tiempo olvida- 
das: versos de poemas románticos; descripciones 
de novelas por entregas. 

Lo que de niño me hicieron soñar los libros 
he aquí que, en la madurez cansada de mi vida, 
me lo da la realidad para entretenerme como en 
aquellos días felices. La silueta negra sobre el 
friso semiapagado del crepúsculo, revuelve en 
mi cerebro lejanas memorias. Yo estuve allí mu- 
chas veces, muchas, mientras, a hurtadillas, en la 
banca de la escuela, o en algún rincón de mi ca- 
sa, devoraban mis ojos los cuentos de milagrería 
que llenaron mi adolescencia de maravilla y 
pasmo. 

Ya nada veo más que sombra abajo y astros 
arriba. Y cuando menos lo pienso, el tren se de- 
tiene por última vez. ¡Toledo! Los pasajeros se 
ponen de pie y se apresuran a bajar. Me enfundo 
en el gabán, tomo la maletilla, y ¡andando! En- 
tro en la estación; busco el carro de un hotel; 
subo, con otros tres o cuatro viajeros, en la in- 
cómoda diligencia, y me preparo a continuar en 
mi divertida y muda contemplación. No quiero 
darlo a conocer, pero la verdad es que me siento 
no sólo curioso, sino emocionado. Se me remue- 
ven, hervorosamente, las añoranzas. Suena el 
látigo del cochero: los animales de tiro empren- 
den su ruidoso trote. El coche se bambolea y 



CERVANTES 57 

cruje. Ya vamos atravesando el puente de Al- 
cántara; una torre maciza, de gris aperlado por 
el fulgor de la noche, nos abre, al fia del puente, 
su puerta obscura y blasonada. Pasamos. El ca- 
mino, angosto, va, cuesta arriba, haciendo cur- 
vas amplias. Hacia un lado, el de afuera, el pres- 
til de piedra del precipicio; por el otro lado, el 
interior, pedazos de muralla, altos paredones, 
gruesas mamposterías, por los que, de trecho en 
trecho, sale el disco blanco de una pantalla, en 
cuyo centro brilla la ampolla de oro de un ana- 
crónico foco eléctrico. A pesar del ruido de la 
diligencia, se oye la voz del río que corre invi- 
sible, en el fondo de la escarpadura. Abajo, en 
el campo, veo cómo se extiende el caserío, todo 
sembrado de luces inmóviles. A lo lejos, se dis- 
tingue que, ascendiendo nuevamente el suelo, 
forma el suave declive de una colina moteada de 
follajes obscuros. Del cielo, pálido y limpio, cae, 
profusamente, la lluvia de plata de la luna. Pa- 
samos junto a otra puerta morisca, fileteada de 
luz en la gigantesca herradura de su clavo, y 
más arriba, en los dientes de sus almenas. El co- 
che sube por la calzada de recio empedrado. Mis 
ojos, incansables y asombrados, beben miste- 
rio. La sombra y las ruinas, la noche y los mu- 
ros, diseñan, en claro obscuro, una fantástica de- 
coración. Vuelvo la cabeza, para darme cuenta 



58 CERVANTES 

del trecho recorrido, y alcanzo a ver todavía los 
arcos del puente de Alcántara, y bajo ellos la 
cinta rutilante del río, y en un extremo, la 
masa de contornos precisos, de un castillo. Lo 
reconozco; me acuerdo de las viejas láminas que 
me lo enseñaron; es la secular atalaya de San 
Servando, asilo de los monjes de Cluny; morada 
de los Templarios. Flanqueamos un jardín soli- 
tario que es un alto miradero que domina el pa- 
norama argentado. Penetramos por callejuelas 
torcidas y negras, muy escasamente alumbradas. 
En ellas entra la diligencia con la exactitud de 
una alhaja en su estuche, de una espada en su 
vaina. Si sacáramos una mano tocaríamos las ca- 
sas. En una plazuela poligonal, que parece el 
hueco que dejó un prisma enorme, está el hotel. 
Allí, casi a tientas, bajamos a pedir hospedaje. 
El interior, bien iluminado, contrasta con la pla- 
za tenebrosa. Escojo mi habitación con vista a 
nn callejoncito que es como un estrecho listón 
de terciopelo negro, en el que fulgura una sola 
lentejuela: la claridad ocre de un farol pavoroso. 



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V ?,í vf 



He salido a pasear sin rumbo. Fui, primero, 
en busca de luz. Ruando por cinco o seis calle- 
jas, la hallé. Hallé la luz en los lugares que son 



CERVANTES 59 

comunes a todo pueblo moderno; en los escapa- 
rates de las tiendas, en los salones de los cafés, 
en los paseos, en la irregular y vasta plaza del 
Zocodover, en la calle principal por donde to- 
davía iban y venían las señoritas toledanas. 

Quien ha vivido la existencia lugareña, monó- 
tona, uniforme, maliciosilla y cansona, con su 
amor platónico, su chisme del día, su rencor es- 
condido, sus sanas y devotas costumbres, y su 
maledicencia, susurrante, recordará todo eso si 
sale, como yo, a ver, en Toledo, a las nueve de 
la noche, las tiendas de la calle del Comercio y 
los cafés de la plaza del Zocodover; la burguesa 
mediocridad provinciana en su simpático aspecto 
de sencilla tranquilidad. 

Me voy deteniendo para matar el tiempo, fren- 
te a los cristales de los aparadores: ropa, zapa- 
tos, quincalla... Las mismas mercancías de cual- 
quier parte, dispuestas de igual manera, para 
idénticas necesidades. Mas, de aparador en apa- 
rador, voy sorprendiendo peculiaridades que me 
obligan a pensar en el carácter de la ciudad que 
visito. Los escaparates de las tiendas son tam- 
bién reveladores para quien sabe estudiarlos y 
comprenderlos. Suelen mostrar lo que esconden 
las casas y callan las bocas. Enseñan las tenden- 
cias de las gentes que pasan, sus gustos, sus mo- 
dos de vivir, sus cualidades y defectos. Ver mu- 



60 CERVANTES 

cho los aparadores, verlos con atención y con 
intención, en una ciudad que no se conoce, es 
prepararse a comprender la sociedad y sus cos- 
tumbres. 

Y en estas viejas urbes que viven de su pasa- 
do legendario, de su grandeza monumental y 
remota, de su celebridad fabulosa, de sus ruinas, 
el escaparate, es, a veces, como un voceador de 
mercadería para el viajero; la leyenda, la gran- 
deza, la fábula se abajan y entran en charlatane- 
rías y falsificaciones de buhonero. 

Sí tiene Toledo aparadores característicos en 
su mejor y más concurrida vía; dos, cinco, diez. 
Dominan sobre el conjunto de la vulgaridad. 
Allí están: dentro de su paralelógramo de cristal, 
cada uno de ellos es una exposición deslumbran- 
te: éste, es un anaquel de santos; el otro, un 
puesto de cacharros azules; el de más allá, una 
armería. Esculturillas y estampas sagradas, 
aquí; adelante, cantarillos y vasos de loza de Ta- 
lavera de la Reina; y, por todas partes, hojas de 
acero refulgente, espadas, puñales, navajas, con 
inscripciones y diseños repujados, damasquina- 
dos puños, cofrecitos y joyeros de ataujía primo- 
rosa, pequeñas ánforas sobre cuyas formas pavo- 
nadas, se entretejen los hilos de oro, en dibujos 
intrincados y sutiles... 

Al contemplar estas chucherías encantadoras. 



CERVANTES 



61 



y estas blancas espadas, y estos puñales de cu- 
bierta afiligranada, sentí el hechizo de la fantás- 
tica Toledo, goda, moruna, judaica, la Toledo de 
los romances viejos, de las crónicas misteriosas, 
de los orientales placeres, de las devotas auste- 
ridades, de los heroí smos asombrosos, de las tu^ 
multuosas tragedias, de las aventuras de retablo 
y encrucijada, de los amores de reja y desafío, 
de la Toledo de espada y de puñal, de ánfora y 
joyero, de vajilla de Talavera, y de santas y po- 
licromadas esculturas. 

Aquí, en los escaparates, aunque rebajada y 
modernizada, la encuentro. Pero quiero verla en 
el ambiente; revivirla en el recuerdo; vivirla en 
la imaginación y la evocación. 

^ ^ rUt 

Estoy sentado en el zócalo de piedra que ro- 
dea ei centro de la plaza del Zocodover. El re- 
loj, que brilla, como un ojo bilioso, en lo alto del 
arco de la Sangre, acaba de sonar, con sus cam- 
panas de voces juveniles, las once de la noche. 
En la plaza, ya casi sola, se levanta uno que 
otro árbol escueto. Bajo las portaladas vetustas, 
siguen abiertos y vivamente alumbrados, los ca- 
fés. En lo alto, dominándolo todo, se recorta la 



62 



CERVANTES 



masa rectangular del Alcázar, Sus torres pun- 
tiagudas, pican la plata sideral. 

Mi soledad comienza a estar llena de visiones: 
cuadros hechos con humo de colores se desen- 
vuelven en la obcuridad de la memoria; tumul- 
to de turbantes; vuelos de sedas; matices de al- 
catifas; el mercado arábigo; las zambras; los jue- 
gos de cañas y las lizas; y, llena de sombra y de 
relámpagos, la procesión de los autos de fe. 

Aqui pasaron todas esas cosas. Y como soy 
un libresco empedernido, comienzo a sacar pa- 
peles de la estantería de los recuerdos, y a ho- 
jearlos y a buscar los pasajes que podrían inten- 
sifica en aquel instante mi emoción y hacerme 
más sensible y exaltada la realidad. 

Después de media hora me levanto, y, a im- 
pulsos de mi fantaseadora curiosidad, me deci- 
do a perderme en el laberíntico y tentador si- 
lencio de la ciudad. Por las callejas, de áspero 
empedrado, que se entretejen confusamente, por 
los recodos y retorceduras, por las cuestas y des- 
censos del suelo, voy, entre la sombra, agujerea- 
da de cuando en cuando por los amarillentos fa- 
rolillos, como si fuese por una ciudad vista en 
un sueño. Mis pasos tienen ecos que se reprodu- 
cen en la distancia. Todas las casas están cerra- 
das. Las paredes de las fachadas, altas, negras, 
medrosas. A la claridad parpadeante del alum- 



CERVANTES 



63 



brado, distingo, en un lienzo carcomido, en un 
muro de ladrillos rotos, a lo largo de las aceras, 
ya un arco románico, ya una puerta ojival, ya 
un ajimez calado, y una columna gótica, de ca- 
pitel pesado, y en la clave de un portalón des- 
cascarado, un borroso escudo, un bajo-relieve 
heráldico, una escena mística tallada en el gra- 
nito. Es más lo que adivino que lo que percibo; 
lo que infiero y sospecho que lo que miro. So- 
bre esta paz profunda cae el argento de las es- 
estrellas. Llego a una plazoleta. Me siento en 
el pórtico de una iglesia, desde el cual, puedo 
alcanzar una parte del panorama. Allá abajo se 
extiende la negrura plateada de la campiña limi- 
tada por los collados que tapiza el espeso y obs- 
curo follaje. Ya no hay danza de luciérnagas en 
ella. Oigo el rumor del Tajo invisible y adormi- 
lado. Vivo, por fin, una hora antigua, una hora 
pretérita, de poesía medioeval. Divago a mis an- 
chas por entre recuerdos históricos y poemas y 
leyendas. 

¿Qué se han hecho la vida presente, la agita- 
ción actual, la inquietud activa de este minuto 
angustioso del mundo? ¿Dónde están las noti- 
cias de la guerra europea, el estremecimiento de 
la lucha universal, la preocupación de los pro- 
blemas modernos, el miedo visionario, la espe- 
ranza nerviosa que nos sacuden incesantemen- 



64 CERVANTES 

te el espíritu? Todo se ha desvanecido en esta 
ciudad fantasma, en esta noche feudal, en este 
laberinto de calles morunas y palacios castella- 
nos, en esta plazoleta, en cuya tierra gris se alar- 
ga ridiculamente mi sombra, frente a este paisa- 
je misterioso que la luna envuelve y deslíe. 

Y, como en la oda de Fray Luis, me fingí que 
el río sacaba el pecho fuera, y empezaba a na- 
rrarme cuentos de hazañas, de encantamiento y 
de amor, Y el espectro de la intrépida Isabel, 
mujer de Fernando de Aragón, el astuto, cruza, 
paso a paso, rodeada de su séquito de damas y 
pajes, rumbo al claustro de San Juan de los E-e- 
3^es. A distancia, recatado y severo, revestido 
con la armadura resplandeciente y sonante, si- 
gue la comitiva, como presa de un penoso ensi- 
mismamiento, el prodigioso capitán don Gonza- 
lo Fernández de Córdova, Condestable del rei- 
no de Ñapóles, orgullo de la época, domador de 
la gloria. ¿Estará acaso enamorado el Gran Ca- 
pitán'? El Tajo, bajando la voz, interpreta, para 
mí, la Crónica de don Hernando del Pulgar, y 
me aclara las alusiones obscenas de las Coplas 
de Mingo Revulgo. 

¡Media noche! El sereno la grita; el reloj la 
canta. Después de rodeos y tanteos, como Dios 



CERVANTES 65 

me da a entender, vuelvo a mi hotel; entro en 
mi cuarto; abro el balcón, insaciado todavia de 
curiosidad e interés. El callejoncito, la cinta 
de tiniebla, conserva aún el resplandor de su 
lentejuela, de su farola agonizante. Pero ahora 
tiene una luz más, en la altura de un muro, fren- 
te a mi balcón, en una ventana abierta. De ella, 
sale un sonido constante, rítmico y fino. Yo, 
atisbo el interior. Inclinada sobre una máquina 
de coser, una mujer, trabaja. Desde donde es- 
toy puedo ver un pedazo de la casa pobre: al- 
gunas sillas, el lecho, una cómoda, un cuadro. 
Sobre la mesa de la máquina, una lámpara. La 
cabeza inclinada de la mujer, no me permite ver 
el rostro. Mas un canturreo, a bocea chiusa, me 
hace pensar en la juventud, tal vez en la belle- 
za, acaso en el amor y en la melancolía. Y, urgi- 
do por la existencia real, abandono los recuer- 
dos de las gestas gloriosas, los desfiles suntuo- 
sos del romancero, las arrogancias del Cid, la 
entrada del Rey Alfonso, y compongo con los 
últimos hilos de la fantasía — la Penólope eterna 
— un cuentecito becqueriano. 

La vida provinciana, me revela sus tristezas 
de ahora. 

La muchacha y yo, frente a frente, sin cono- 
cernos, velamos. Toledo duerme profundamente 
en un silencio conmovedor. 

5 



66 CERVANTES 

II 

Sol de Castilla. 

De codos, en el carcomido antepecho, a la 
orilla del desfiladero, en cuyo fondo corre la pu- 
lida lámina del Tajo, gozo de la belleza y la 
frescura de la mañana. Bajo las brillazones del 
sol, los campos toledanos tienen una grave y se- 
rena alegría. Ancha la vega, silenciosa, cruzada 
y acotada por compactas arboledas, muestra una 
placidez majestuosa como de inmensa huerta 
conventual. Los olivares trepan por el collado 
frontero, en inmensas manchas verdinegras, por 
entre las cuales asoman su blancura reluciente 
las viejas casas de campo que de lejos, por su 
pesada fábrica, por su apariencia claustral, cau- 
san la impresión de monasterios diseminados en 
el monte. 

Al pie del peñón abrupto en que se asienta 
la ciudad, sobre el ocre rojizo de la tierra, se 
agrupa pintorescamente el caserío del Arrabal y 
las Covachuelas. Y un puente arcaico levanta, 
atravesando el río, sus tres fuertes y sobrios ar- 
cos. En el confín se profundiza el azul cenicien- 
to del horizonte. 

Pero el día avanza, y es preciso entrar en el 



CERVANTES 67 

corazón de Toledo para visitar sus tesoros. Des- 
de Madrid preparé mis datos y me tracé un plan. 
Las mudas guías bibliográficas me ayudaron a 
necesitar lo menos posible de los ciceroni locua- 
ces y vulgares. Ocupó a uno de ellos, tan sólo 
para que me orientase, con prohibición absoluta 
de explicación y comentario. Penetro en la ciu- 
dad que a estas horas, las diez de la mañana, 
parece no haber despertado todavía. En el aire 
de vetustez de estas calles estrechas zigzaguean- 
tes, penumbrosas, apenas hay indicios de movi- 
miento. Por un empinado callejón va, delante de 
mi, una mujer del pueblo de pañuelo en el busto, 
falda corta y alta, medias azules y alpargatas 
plomizas. Después la soledad; después una bea- 
ta anciana; y otro trecho solitario; y un sacerdo- 
te que baldea; y al cabo de mucho tiempo, en 
una plazolilla toda gris de polvo, un hombre 
arriando sus cargados borricos que andan soño- 
lientos, cuellicaídos, moviendo sobre la frente el 
bordado adorno de la cabezada. Un rechinante 
carrito de verduras. Un militar de uniforme azul. 
Y nada más, Calles, plazas, tapias, todo hermo- 
samente ruinoso; todo plácidamente mudo. La 
irregularidad y la variedad de líneas y masas en 
las fachadas, son de una irresistible fuerza evo- 
cadora. Una puerta de herradura, que tiene ios 
ladrillos carcomidos, y que parece una boca 



68 CERVANTES 

abierta que enseñara los dientes cariados. La co 
lumnilla de uu lindo ajimez, cubierta de negruz- 
cas mordeduras. Una saliente y tupida reja, con 
su lijado triangular y sus ménsulas de hierro 
mohoso. De cuando en cuando, una placa in- 
completa de azulejos desteñidos. De distancia 
en distancia las fachadas destartaladas de una 
casa señorial, de un palacio, con sus puertas fe- 
rradas de las que cuelgan los historiados aldabo- 
nes. Una fuente de brocal gastado en torno de 
la cual unas cuantas mujeres calladas, han deja- 
do, en el suelo, sus cántaros blancos. Una niña, 
sentada en la escalerilla de un postigo tararea. 
E-emotisimamente, uu organillo de Berbería, toca 
una canción madrileña. Y nada más. Las casas, 
que tienen abierto el portón, me dejan fisgar una 
celosa entrada moruna, con sus tableros policro- 
mados; un ángulo de patio con sus tiestos floreci- 
dos. Muy pocas figuras humanas; muy pocas vo- 
ces. Toledo está vacío; Toledo está abandonado; 
Toledo es el cementerio de sus antiguos mora- 
dores. 

Es necesario llegar al centro para percatarse 
de que Toledo, aunque débilmente, vive. Por 
allí viene un grupo de canónigos; por allá cruza 
un gran automóvil atiborrado de oficiales; los 
vendedores ambulantes vocean; las tiendas se 
suceden y se aprietan en las vías de lento trán- 



CERVANTES 



69 



sito. En los salones del café hay varias mesas 
ocupadas. La gente marcha sin apresuramiento 
ni apreturas, en un escaso y pobre desfile. Mas 
todo este lienzo provinciano está aquí como 
prestado, como forzado. Es de un chocante ana- 
cronismo. Las piedras y las personas no se po- 
nen de acuerdo. Las piedras ostentan fiereza y 
grandeza; las gentes sencillez y apocamiento. 
La alegría de las piedras es fastuosa y suntuosa; 
la de las gentes es humilde y amanerada. Las 
piedras se han vestido de encajes, y adornado 
con relabrados de orfebrería, o bien se atavían 
de hierro, embrazan escudos, soportan cascos y 
cargan bordaduras heráldicas; o bien se ahuecan 
para recibir santos de mármol, o llevan sobre 
los pulidos cerramientos retablos esculpidos. Las 
gentes carecen de elegancias presuntuosas, y 
visten provincianamente, sin excesos de lujo, sin 
ostentaciones vanidosas. 

Las piedras poseen una elocuencia oriental; 
saben historias; narran fábulas, conocen la poe- 
sía árabe; hablan latín, y recitan versículos he- 
braicos. Las gentes parecen despreocupadas y 
hasta olvidadas de tanta sabiduría. Las piedras 
son viejas, están desmoronándose por todas par- 
tes, pero pregonan eviternidad. Las gentes de- 
jan entrever su sello perecedero y caduco. Y es 
que las piedras viven; recuerdan tristezas, pía- 



70 CERVANTES 

ceres, heroísmos, sacudimientos de libertad, es- 
fuerzos de piedad. Y las gentes, entre las pie- 
dras, viven también, aunque una existencia re- 
bajada, callada y obscura, que se asemeja y 
acerca a la muerte. El alma, vigorosa y maravi- 
llosa, irradia de las piedras; y tímida y amodo- 
rrada se esconde en las carnes... 



« -íí « 

En el corredor de la casa del Greco, sentado 
en la banca mural, de ladrillos gastados, me re- 
creo, mirando el jardín. No es grande y las pa- 
redes que lo limitan son bajas. Desde el, en el 
sitio en que estoy, se ve ascender la ciudad; se 
ven las líneas de las casas subir, suavemente es- 
calonadas, hasta recortar el horizonte diáfano. 
Es un espectáculo de época; es el siglo xvi que 
se pone delante de mí, en muros severos, de ven- 
tanas simétricamente dispuestas, con su fría 
austeridad de monasterio. El jardín está capri- 
chosamente sembrado de plantas que florecen, 
y, que, sin embargo, por su verde polvoroso, por 
su aspecto mustio, producen la impresión de que 
son tan viejas como el edificio. Una fuentecilla 
secular, deja caer, desde la altura de su gastado 
pilón de piedra, el chorro cansado y turbio. El 



CERVANTES 



71 



sol, en plenitud, sobredora este rincón, apacible 
y huraño. 

Los pilares leprosos del corredor, proyectan 
hacia dentro y en oblicuo, una cinta de sombra. 
¡Qué paz siente el espíritu; qué alejamiento; qué 
anonadamiento! ¡Ah, casa decrépita, senil pala- 
cio del avariento Samuel Levi, y del refinado y 
diabólico Enrique de Yillena, cómo se conoce 
que te habitaron hombres exquisitos, almas con- 
templativas y sutiles! El Greco te aderezó y te 
adaptó a su raro y admirable sentido estético. 
Albergaste un día la riqueza; escondiste en tus 
subterráneos el tesoro de Aladino; otro día en- 
cubriste la mágica sabiduría; y bajo tu techo 
abrió las alas, llamado por el cabalístico conjuro, 
el ángel Asrael; pero lo que vale en ti más que 
todo, es haber tenido la gloria de abrigar los en- 
sueños luminosos del Arte. Domenico Theotoco- 
puli, descansando en este mismo lugar, concibió 
las visiones celestiales, el séquito de ángeles 
alargados y de figuras que parecen copiadas en 
cóncavos espejos. Tal vez aquí, en una hora 
como ésta, mientras, frente al caballete, untaba 
sobriamente en la paleta sus cuatro colores fa- 
voritos, hablaba de cosas ascéticas, con su ami- 
go el venerable maestro Fray Juan de Avila. 

Toledo entero está lleno de este espíritu en- 
fermo de la divina locura del genio. Toledo es 



72 CERVANTES 

del Greco; nadie le puede disputar esta sobera- 
nía. Es su dominio; su feudo; su monumento. 

He visitado las iglesias, los palacios, las for- 
talezas, las ruinas, las mezquitas, las sinagogas; 
el portento de la Catedral que sobrecoge como 
el misterio del viás allá; el alcázar poblado de 
espectros esplendentes. El arte mudejar, la ar- 
quitectura muzárabe, las maderas incrustadas de 
nácar, las techumbres sobrecargadas de marfil; 
las alharacas, que son graníticas bordaduras, y 
han removido en mí, el mundo fantástico de los 
recuerdos. Lasjoj^as, de trémula pedrería; las 
vestiduras de brocado magnifico; las capas mag- 
nas de gemados diseños; los tapices de colorido 
inmarcesible me han herido los ojos con deslum- 
bramientos de milagro. El sepulcro de don Al- 
varo de Luna, el sarcófago del Cardenal Men- 
doza; la espada de Alfonso VI; las insignias del 
Cardenal Cisneros; el San Francisco de Asís de 
Alonso Cano, limpiaron en mi fantasía el pano- 
rama de la historia. He soñado leyendas, he re- 
citado romances, viendo templar una hoja de 
acero, junto a una vieja fragua, y contemplando 
en su capilla silenciosa, al Cristo de la Vega. 

Mas cosa ninguna me ha tocado el corazón ni 
me ha producido emoción más honda que el rin- 
cón de la iglesia de Santo Tomé, donde viví 
quién sabe cuántos siglos en el breve tiempo en 



CERVANTES 73 

que logró mi alma alcanzar la elevación del éx- 
taxis, ante el muro que sostiene el prodigio del 
Entierro del Conde de Orgaz. 

* * « 

Al concluir mi larga meditación en el jardín 
de la casa del Greco, del formidable inmortali- 
zador de la España devota y caballeresca, ende- 
recé mis pasos hacia el rumbo opuesto; atravesé 
la plaza del Zocodover, pasé por debajo del Arco 
de la Sangre, y me detuve frente a un caserón 
pringoso y obscuro, en cuyo patio se desgrana- 
ba materialmente, un veterano coche de camino. 
Era la posada del Sevillano. Un forastero pobre, 
de aspecto hidalgo, de aguileno rostro, manco y 
gallardo, se hospedó en esta posada. Llamábase 
el tal, Miguel de Cervantes Saavedra. 

Y cuéntase que en alguno de estos aposentos 
escribió una de las fábulas más hermosas y típi- 
cas de la lengua castellana. ¿Quién ha oído ha- 
blar por ahí de La Ilustre Fregona...? 

Luis G. URBINA 



74 CERVANTES 



SONETOS 



El infolio. 

¡Cuan soberbio festín a la polilla, 
oh, raro libro, en tu vejez procuras, 
albergado entre bárbaras lecturas, 
oprobio del idioma de Castilla! 

Si hogaño indocto mercader te humilla, 
yo sabré celebrar tus donosuras, 
que es tu fondo venero de aguas puras, 
y tu lenguaje sabia maravilla. 

En nuestra edad, como ninguna triste, 
nadie, mejor que tú, las desoladas 
voces de los caídos interpreta. 

Y en tus albores por misión hubiste 
ilustrar con tus juicios las veladas 
de un santiaguista clérigo y poeta. 



CERVANTES 76 

Fray Luis de Granada. 

El bello anochecer de primavera 
Granada ve, desde abacial ventana, 
cuando el recio clamor de una campana 
recuérdale que el pulpito le espera. 

Ya pregonó la cristiandad entera 
triunfos de su oratoria soberana; 
y es pasmo de la corte lusitana 
el hijo de la humilde lavandera. 

Sus homilías, cual fecundo riego, 
al pecho llegan, que el dolor abate, 
y son del justo peregrina loa. 

Y al percibir las cláusulas de fuego, 
inflamada en piedad, por Cristo late 
como un inmenso corazón, Lisboa. " 



Flor de Germania. 

¡Sonata melancólica de piano, 

tejida con furores y ternezas! 

Tú hermanaste muy bien con mis tristezas 

un solemne crepúsculo aldeano. 



76 CERVANTES 

¿Dónde estará la prodigiosa mano 
que descifrarte suele? ¿Dónde rezas 
las plegarias, y copias las fierezas 
del corazón del músico germano? 

Pues tu poder sonata, reverencio, 

vuelva la melodía fascinante 

a interrumpir el vesperal silencio. 

Hazme ver cómo el alma se redime, 
al escuchar las notas de un andante 
que habla en tono menor de algo sublime. 



i 



El gran don Francisco. 

Por la famosa puente de Toledo, 
anciano, sin doblones y tullido, 
a padecer venganzas del valido, 
preso camina el inmortal Quevedo. 

Cuan limpio lleva el ánimo de miedo, 
pronto lo hará saber el perseguido, 
cuando en León pesares dé al olvido 
con fe cristiana y ejemplar denuedo. 



CERVANTES 

Si el cáncer le permite algún reposo, 
los monjes han de ver cómo recita 
con versos gongorinos, rimas claras. 

Y esculpirá un soneto religioso, 

para escribir después a Margarita: 

— Fueses menos ramera y más ganaras. - 



Tiempos duros. 

De lejos vuelve derrotado y pobre, 
y en las horas de aspérrima campaña, 
lustrar le vieron el honor de España 
las firmes tierras y la mar salobre. 

Nunca será que su altivez recobre; 
ya Marte y Venus, en fatal compaña 
le invalidaron para toda hazaña, 
y si el oro sembró, mendiga el cobre. 

Harto de pompas vanas y placeres, 
no siente los rasgones de su traje 
ni el desvio glacial de las mujeres. 

Tan sólo juzga superior ultraje 
contemplar en dintel de mercaderes 
el heroico blasón de su linaje. 



77 



CERVANTES 



78 

Mirabile visu. 

No preguntes, mujer, cuál atavio 
mejor tus perfecciones realzara. 
Siempre triunfan las rosas de tu cara, 
y tu ingénito y magno señorío. 

De tu hermosura el hondo poderío, 
a quien te mira esclavitud depara; 
en todo corazón logras un ara, 
y el culto ves con singular desvío. 

Soy tu esclavo sin ansias de rescate 
si veste luces de negror severo; 
cuando gobiernas victorioso yate. 



Ya la ceñida falda te recojas 

por esquivar los charcos del sendero 

que el otoño pobló de mustias hojas. 

Luis BARREDA 



CERVANTES 79 



JUANA BORRERO 

Una María Bartkiesíchief, cubana. 
f en la Habana el 12 de marzo de 1896. 



«II semble que la femme soit plu8 
que nous snjette aux destinées. Elle 
les subit avec une simplicitó bien plus 
grande. Elle ne lutte jamáis sincere- 
ment contre elles. Elle est encoré plus 
pres de Dieu et se livre avec moins de 
reserve a l'action puré du mystére.» 

MaeterlinK, «Sur les íemmes.» 



Mientras los hombres hacen sus daños, arma- 
dos y llenos de odios, en la crueldad de la gue- 
rra, allá en la isla de Cuba una rara niña, una 
dulce y rara niña penetra en la sombra mortal, 
delante de los tristes ojos de sus hermanos, y 
paréceme que vuelve el rostro como para decir 
adiós, y que su mano traza un rasgo enigmático 



80 CERVANTES 

que anuncia la esperanza de un futuro momento 
consolador; tal una blanca visión, en un miste- 
rioso castillo antiguo, al perderse en una puerta 
llena de obscuridad en el imperio del silencio, 
en una hora inmemorial. 

Cuba ha sido para el naciente pensamiento 
de América, isla cara y gloriosa, pues pudo allí 
aparecer después del gran Marti aquella alma 
excepcional, alma soñadora que se llamó Julián 
del Casal, y al lado suyo su hermana de espíri- 
tu, esa extraña virgen hoy difunta, Juana Bo- 
rrero, que por cerebral y vibradora y artística 
puede, en medio distinto, ser colocada a la par 
de María Bartkiestchief. 

Como la slava, fué escritora y pintora; como 
la slava, tuvo curiosos ensueños de grandezas 
legendarias; como la slava, poseyó la dicha de 
la belleza, si bien en esa cubana imperaba la rica 
y quemante belleza de la criolla. No la vi nunca 
en Cuba, pero por su retrato sé de sus copiosos 
cabellos obscuros, de sus ojerosos y grandes 
ojos negros, de su boca de fuertes y sensuales 
labios, y de la tristeza profunda y distintiva 
que envolvía toda su persona, poniendo en ella 
algo de desterrada o de nostálgica. Así partió 
de este mundo, llevando sus flores espirituales, 
su virginidad, sus ensueños y su magia. 

Era la amada y creo que la prometida de uno 



CERVANTES 81 

de los dos hermanos Uhrbach, encantadores y 
generosos poetas. 

Por Carlos Uhrbach sabemos que aquella ni- 
ña tropical no amaba el sol. Dice el desolado jo- 
ven: «Se ha juzgado a Juana Borrero un tempe- 
ramento de fuego. Están en un error los que asi 
afirman. Ella no tenía nada de tropical; sólo su 
aspecto pudiera hacer creer que había nacido 
en esa zona. Siempre soñaba con brumas. Ale- 
mania la seducía, y su imaginación se desenca- 
denaba para volar a la Selva Negra, o rasgar 
con el filo jamás embotado de sus alas los cau- 
dales neblinosos que envuelven el Rhin.» 

«Yo sueño con un clima extraño — me decía — , 
donde nunca haya sol. ¡Ah!, el sol es mi primer 
enemigo.» Y se complacía con lujo de imágenes 
en desplegar a los ojos de mi mente panoramas 
septentrionales, paisajes de hielo, castillos cir- 
cundados de pinos, lejanías crepusculares, lagos 
helados y comarcas pobladas de abetos. 

Y yo, confidente de esos desvarios ansiosos, 
la escuchaba, la escuchaba sugestionado por la 
magia fascinadora de su verbo. ¡Oh, cuan leja- 
nas me parecen esas palabras! Sus ecos revibra- 
rán mientras viva en mi corazón...» 

Julián del Casal ha dejado entre sus versos 
una canción que celebra a la sororal Virgen 
Triste: 

6 



82 CERVANTES 

Tú sueñas con las flores de otras praderas. 

nacidas bajo cielos desconocidos, 

al soplo fecundante de primaveras 

que, avivando las llamas de tus sentidos 

engendren en tu alma nuevas quimeras. 

Hastiada de los goces que el mundo brinda, 
perenne desencanto tus frases hiela; 
ante ti no hay coraje que no se rinda. 
Y, siendo una inocente como Graciela, 
pareces tan nefasta como Flox'inda. 

Nada de la existencia tu ánimo encanta; 

quien te hable de placeres, tus nervios crispa; 

y temores secretos en ti levanta 

como si te acosara tenaz avispa 

o brotaran serpientes bajo tu planta. 

No hay nadie que contemple tu gracia excelsa, 
que eternizar debiera la voz de un bardo, 
sin que sienta en su alma de amor el dardo; 
cual lo sintió Lohengrin delante de Elsa, 
y, al mirar a Eloisa, Pedro Abelardo. 

Al roce imperceptible de tus sandalias, 
polvo místico dejas en leves huellas, 
y entre las adoradas, sola descuellas; 
pues sin tener fragancia como las dalias, 
tienes más resplandores que las estrellas. 



ú 



CERVANTES 83 

Viéndote en la baranda de tus balcones, 
de la luna de nácar a los reflejos, 
imitas una de esas castas visiones, 
que teniendo nostalgia de otras regiones, 
ansian de la tierra volar muy lejos. 

Y es que al probar un día del vino amargo 
de la vid de los sueños, tu alma de artista, 
huyendo de su siglo materialista, 
persigue entre las sombras de hondo letargo 
ideales que surgen ante tu vista, 

¡Ah! Yo siempre te adoro como un hermano, 

no sólo porque todo lo juzgas vano 

y la expresión celeste de la belleza, 

sino porque en ti veo ya la tristeza 

de los seres que deben morir temprano. 

Ese profeta de la muerte no se equivocó. El 
partió antes; había asimismo en su faz la triste- 
za especial que señala a los seres que deben 
temprano morir, y que en lo antiguo indicaría 
una predilección de los dioses. Parece que estos 
seres fuesen de vuelo hacia una región señalada, 
y que en su peregrinación se equivocasen de 
senda y se hallasen de pronto perdidos en la ás- 
pera selva de esta existencia. 

A esas almas, aun en medio de la primavera, 



84 CERVANTES 

en pleno florecimiento vital, queridas de la glo- 
ria o amadas del amor, diríase que alguna po- 
tencia, insensible y fatal, está de continuo ha- 
ciendo señas desde la entrada de la tumba. La 
muerte les produce cierta atractiva impresión 
desconocida para el resto de los humanos. En 
una carta intima dice Juana Borrero: «A pesar 
de que algunos me juzgan tan venturosa, hay 
en mi alma abismos tan profundos de tristeza y 
sinsabores tan ocultos, que muchas veces anhelo 
la muerte consoladora de todas las amarguras. 
En estos momentos en que me atormenta des- 
piadado el insomnio, cruzan por mi cerebro 
ideas tan lúgubres que me producen un desalien- 
to inmenso...!» 

Y Uhrbach nos cuenta: «Juana Borrero tuvo 
el presentimiento de su prematuro fin. Amaba 
la muerte, y al mismo tiempo le producía horror. 
Este dualismo no será comprensible, pero fué 
un hecho real. 

En las noches melancólicas de la luna, cuando 
la Naturaleza parecía narcotizada por la lumbre 
fría de los astros, recitábame las inmortales ri- 
mas que le consagró el pobre Casal, y cuando 
llegaba al último verso, «porque en ti veo la 
honda tristeza de los seres que deben morir tem- 
prano», su cabeza hacía signos afirmativos y su 
voz desfallecía, desvaneciendo sus timbres flébi- 



CERVANTES 85 

les, como se apagan las notas musicales en las 
penumbras de los templos.» 

Yo me imagino el dolor de ese artista enamo- 
rado que no llegó al triunfo de la posesión, y 
que no volverá a encontrar sobre la tierra a su 
Leonora «nunca más». Y es de llorar con gran 
desolación por esas desaparecidas flores que se 
creerian imposibles en la común vegetación fe- 
menina, y que tan sólo se encuentran a modo 
de sorpresas que lo desconocido pone, de cuan- 
do en cuando, a la mirada del poeta. 

Esas almas femeninas tienen en sí una a ma- 
nera de naturaleza angélica que en ocasiones se 
demuestra con manifestaciones visibles; son 
iguales en lo íntimo a los hombres elegidos 
del ensueño, y sus compañeras terrenales, in- 
conscientes o instrumentos de las potencias 
ocultas del mal, son los principales enemigos de 
todo soñador. «Parece — dice Maeterlink — que 
la mujer estuviese más que nosotros sujeta a los 
destinos.» Y si ello es una verdad de la vida 
profunda, lo es más con respecto de esas muje- 
res de excepción. Así el destino tuvo a esta po- 
bre y armoniosa niña encadenada a una tibra in- 
cógnita y divinamente magnética, por la cual 
venían a ella los temblores supremos del miste- 
rio, pero la cual era cortada coa fatal avaricia 
por las manos de la muerte. 



86 CERVANTES 

Deja cuadros y poesías la adoradora de Boti- 
celli y de Dante Gabriel Rosetti. 

El libro de los versos de esta privilegiada 
doncella, ya célebre en su isla maternal y en 
gran parte de América, debía ser acompañado 
de otro libro epistolario, en el que se documen- 
tase la psicología de la Bartkiestchief hispano- 
americana. Más que los hombres, las mujeres se 
transparentan en las cartas, desde los rasgos 
que investiga el grafólogo hasta la expresión 
que encierra el secreto de sus sentidos, de sus 
nervios, de sus visiones. Siento no tener el libro 
raro de las poesías de Juana Borrero, para dar 
alguna muestra de su manera y vuelo. Apenas 
verán mis lectores estos versos tristes, dedicados 
a un amado poeta: 

Escuchando las notas aladas 

que surgen vibrantes de tu arpa de oro, 

se han llenado mis ojos de lágrimas, 

y ha subido a mi boca uu sollozo, 

escuchando las notas aladas 

que surgen vibrantes de tu arpa de oro. 

Yo no sé lo que tienen tus rimas, 

que al llenar mi alma de triste dulzura, 

me recuerdan la imagen querida 

de un ser adorado que duerme en la tumba! 



I 



CERVANTES 87 

Misterioso poder de las rimas, 

que llenan mi alma de triste dulzura... 

Canta, joh bardo!; tus cantos evocan 
en mi pecho enfermo profunda tristeza, 
y se puebla mi mente ardorosa 
de febriles, fugaces quimeras, 
cuando escucho tus cantos que evocan 
en mi pecho enfermo profunda tristeza. 

Y estos otros a una amiga: 

Aunque sólo la vieron mis ojos en noche remota, 
no he podido borrar de mi mente la imagen hermosa. 

Sobre el fondo sombrío del palco, las luces radiosas 
le ceñian de bucles de fuego luciente corona; 
negro traje de raso y encaje cubría sus formas, 
modelando del talle correcto la curva graciosa; 
se veían sus brazos de nieve cubiertos de blonda; 
en el pecho llevaba prendido un ramo de rosas. 

Pero yo comprendía^ al mirarla, que no era dichosa, 
que al través del raudal de su risa vibrante y sonora, 
expiraba el gemido profundo de intensa congoja. 

Ü AJA «It 
<«í W W 

Hay de ella sonetos admirables, a lo Casal, 



88 CERVANTES 

llenos de sensualismo místico, extrañísimo, en 
el cual quizá encontraríamos la influencia del 
poeta de Nieve, tan celebrado por su maestro 
Verlaine y por el poderoso Huyssmans. 

¡Pobre y adorable soñadora que ya no es más 
de este mundo! ¡Flores para la flor! ¡Bien reso- 
narían para ella las palabras que lamentaron la 
muerte de la dulce Ofelia! 

Yo saludo a la Virgen que asciende a un bal- 
cón del Paraíso, en donde estará como la amada 
de Rosetti o la Rowena de Poe; mas es más 
hondo mi lamento si considero que ese ser es- 
pecial ha desaparecido sin conocer el divino y 
terrible secreto del amor... 

Rubén DARÍO 



CERVANTES 89 



Epístola a Manolo González 



Festejando su reválida. 

Amigo ingeniero: Fraternas razones 
y afectos de siempre, te van en mi esquela; 
hoy que finalizan tus arduas lecciones 
y das, diplomado, tu adiós a la Escuela. 

¡Hagamos memoria! Los gratos extremos 
del pasado, encarnen su antigua apariencia. 
Volvamos los ojos a ayer; evoquemos 
las rosadas horas de la adolescencia... 

Cuando el alma joven y el ingenio vivo 
planeaban juntos su vuelo primero, 
e iban tus miradas de hombre reflexivo 
sondando el enigma de lo venidero. 

Absorto mirabas cómo a un participio 
de portentos, daban luminosidad 



90 CERVANTES 

los Números; gérmenes de todo principio; 
claros e inmutables como la verdad. 

Ellos te auguraban futuros poderes 

de insólitas fuerzas, de huestes gregarias; 

decian la sólida voz de los talleres 

y el vital estruendo de las maquinarias. 

Las causas creaban seguros efectos, 
el triunfo ofrendaba cercanas preseas; 
en tanto ajustaba la mente proyectos 
en un engranaje continuo de ideas. 

y tú que tenias el temple tan fino, 
viste, con serena ciencia de analista, 
que era el desempeño de tu alto destino 
menester de sabio y opinión de artista. 

La norma aritmética, tan fija, tan varia, 
y estos artificios de maga destreza, 
bajo su apariencia tan utilitaria, 
esconden un puro canon de belleza. 

¡Son bellas las máquinas, son inteligentes! 
Unas, trepidantes, de enorme osadía; 
otras, delicadas, finas, sonrientes; 
todas, admirable fuente de energía... 



CERVANTES 91 

La fórmula exacta que el cálculo trajo, 
en los materiales imprimió sus huellas; 
el juego dinámico combinó el trabajo 
y encarnó el ensueño teórico en ellas. 

Y enseñan que toda quimera probable, 
al tiempo que fluye, se torna lograda 
si extiende el estudio su pauta admirable 
y afianza sobre ella, la labor, su azada... 

Asi tú; nutrido de procedimientos, 
dueño de una sabia percepción moderna; 
fuiste introduciendo perfeccionamientos 
en tu originaria mecánica interna. 

Al salto opusiste la cuerda medida, 
al impulso loco, seria contramarcha; 
y obediente, entonces, adquirió tu vida 
el ritmo perfecto de un motor en marcha... 



envío. 

¡Honremos tu título como a cosa eterna! 
El es, en tu vida, mural medianero; 
acaba la noble tutela paterna 
6 inicia el dominio del Yo verdadero. 



92 CERVANTES 

Con él, más valiente so afronta el acaso, 
él es la segura ración cotidiana; 
descarta el inquieto temor del fracaso 
y afirma el sosiego feliz del mañana... 

Señor licenciado: no ignora el discreto 
los justos valores qne animan en él. 
La verdad es una, y tú en el secreto... 
¡Salud y dineros, amigo Manuel! 



Tiendecitas de Turcos. 

A NÉSTOR DE LA TORRE 

Bazares de la calle de Triana 

que aportáis en un vuelo transparente, 

a la febril exaltación urbana 

las muelles laxitudes del Oriente. 

Tiendecitas de Turcos. El vedado 
enigma, a ojos extraños encubierto 
por los hijos del Líbano sagrado 
a nuestro asombro occidental abierto... 

Mediodía. Las puertas entornadas 
en una perezosa oscuridad. 
Fuera, el sol; avalancha desatada 
sobre la actividad de la ciudad. 



CERVANTES 

Y en medio de las calles febricientes, 
estas tiendas de raras mercancías. 
¡Tiendecitas de Turcos! Complacientes 
para las más plurales fantasías... 

Que ocultan en doradas soñaciones 
toda una vida multiforme y quieta; 
y un desfile de exóticas visiones 
para mis entusiasmos de poeta. 

Cofrecillos de sándalo labrados, 
para guardar espléndidos tesoros, 
y junto a los jarrones repujados 
damasquinados de puñales moros; 

porcelanas de brillos irreales, 
sedas en fastuosa algarabía, 
recamados tapices orientales 
y luminarias de bisutería... 

Al braserillo brujo de los sueños 
echa el alma sus gomas regaladas, 
y ve brotar al pronto los ensueños 
que narran las leyendas perfumadas; 

y evoca el soñador que en una hora, 
cernida de celeste claridad, 
trajo un bello navio de Bassora 
todas las maravillas de Bagdad... 



93 



^^ CERVANTES 

Bazares de la calle de Triaua: <y 

¡Valor alucinante de otra tierra! 
¡Toda una ardiente historia musulmana, 
de opio y amor, vuestro mutismo encierra! 

Y como centro de este raro encaje, 
un hombre que nos mira indiferente; 
en la muñeca el bárbaro tatuaje 
y el gorro griego en la serena frente. 

¡Vendedores de rostros apostólicos, 
que llevan en la boca una oración 
y en los rasgados ojos melancólicos 
una mirada de resignación! 

¡Ojos que han visto en épocas lejanas, 
cargadas con los frutos del harón, 
pasar las dromedarias caravanas 
por los caminos de Jerusalén; 

o atravesando el arenal sonoro, 
vieron un día aparecer al fin, 
el Cairo con sus cúpulas de oro 
y los fragantes pinos de Efrain! 

Hoy, alejados de la costa cara. 

sus almas van, en misterioso acuerdo, 



CERVANTES 

tendiendo sobre el mar que los separa 
la puente milagrosa del recuerdo... 

Todo, mientras se aduermen poco a poco, 
|. y la memoria pinta en el sentido, 

la esclava de ojos negros, que en el zoco 
vieran a un mercader desconocido... 

¡Bazares de la calle de Triana! 
Alma oriental que en Occidente habita. 
¡Todo un fantasmagórico nirvana 
en medio del vivir cosmopolita...! 

Tomás MORALES 



95 



96 CERVANTES 



SOLEDAD 



Mi camino está solo: no veo una mano blanca 
que me despida o que me espere. 

Mi camino está obscuro y es aún largo; no hay 
reflejos de viejo marfil a mis espaldas, ni ante 
mis ojos la alborada triunfal de un cuerpo joven. 

Suelo estar muy triste. Bajo la máscara gro- 
sera, ejemplar de mi raza, vibra angustiada mi 
sensibilidad de otros pueblos. 

Anoche tuve paz: se anunció la llegada de los 
zeppelines; todo Paris quedó en tinieblas, y en 
la negrura de la ciudad inmensa, vi la luz mo- 
desta de mi esperanza. 

He estado en teatros, conciertos, cafés y casas 
de té; en todas partes la misma gracia, idéntica 
sonrisa... para los otros. 

En el metro, ya tarde, hay afluencia de viaje- 
ros; las formas se confunden, existen facilida- 
des...; pero yo siempre regreso solo a mi hotel. 



CERVANTES iJ7 

No comprendo esta hora; a veces soy brutal — 
¿herencia o rebeldía?—; con frecuencia atento, 
cordial, sencillo, casi ingenuo; pero invariable- 
mente, cuando llego a mi cuarto, estoy solo. 

Ignoro el porvenir, ¡a Dios gracias!, mas tengo 
fe en algo justo; creo en mi derecho como ani- 
mal, ya que no como hombre, y la ley biológica 
pondrá un día en mi camino, como para el in- 
secto el mineral o la planta, la caricia largo 
tiempo esperada. 

Francisco Onezco MUÑOZ 



París, enero 12 de 1917. 



98 CERVANTES 



La casa de los abuelos. 



La imagen que mejor sintetiza la casa de mis 
abuelos, es la de un árbol: corpulento, frondoso, 
antiguo y solitario... Las hojas son amarillas y 
grandes, láminas de oro imponderable, que se 
desprenden fatalmente, en la serenidad de la 
tarde, dejando una sensación de bondad y de 
paz infinitas. 

Los nietos pequeños juegan con la santa ho- 
jarasca, cuyo lenguaje no comprenden; pero que 
más adelante, a cierta edad, en determinados 
días, escucharán con recogimiento en el fondo 
del alma. 

Feancisco Orozco MUÑOZ 



CERVANTES 99 



Figuras contemporáneas. 



Goy de Silva. 

(Juicio crítico del ilustre filólogo y profesor de Filosofía y Letras 

de la Universidad Central, don Julio Cejador, p-ra su 

«Historia de la Lengua y Literatura Castellana».) 



De entre los escritores contemporáneos más 
jóvenes que no sólo prometen, sino que ya dan 
frutos sazonados, por haber llegado a entera 
madurez, acaso el último en fecha que se ha 
dado a conocer, es Ramón Goy de Silva, que 
tiene veintisiete años, pues nació en 1888 en El 
Ferrol. Acaso a muchos lectores no les suene 
este nombre y quizá les suene demasiado el 



100 GERVAN riiS 

calificativo que yo le dé. No lo extrañaría, por- 
que tampoco a mi me sonó hasta pocos días ha, 
que me eucontré en casa con sus libros. En el 
apicarado vivir de esta menguada España de 
hoy campan por sus respetos los monipodios o 
monopolios políticos, industriales, comerciales, 
literarios y de todo jaez con tan desvergonzada 
cuquería, que el que en alguno de ellos no tenga 
parte, y, por dignidad personal, quiera vivir 
independiente y alejado de los currinches, don- 
de se dan patentes de valer y se bombean extre- 
madamente las obras de los compinches, puede 
tener por cierto que nadie le conocerá, y que 
sus obras caerán en el público con el sosegado 
silencio de los copos de nieve por enero, y que, 
como ellos, se derretirán y se los llevará el olvi- 
do a las pocas horas. 

¿Quién es don Ramón Goy de Silva? Nada sé 
de él más que lo apuntado, y lo que he podido 
averiguar de sus obras para mi Historia de la 
Literatura. No tengo el gusto de conocerle per- 
sonalmente, y a mi requerimiento por carta, no 
ha dado por contestación otras noticias que las 
que aquí irán saliendo. Sus obras publicadas 
son: 

La Reina Silencio, tragedia simbólica, 1911. 

Sueños de noches lejanas, poemas legendarios 
en prosa, 1912. 



CERVANTES 101 

En el bosque de la diosa Milita. 

Amytis, esposa del rey SaosduJcin. 

El coloquio de los astros. 

El Eco, drama en tres actos, estrenado en el 
teatro Español el 6 de marzo de 1913. 

La de los Siete Pecados, poemas bíblicos en 
prosa, 1913. 

Myriam, la de los Siete Pecados. 

Salomé, la del velo de los siete colores. 

Cleopatra, 7'eina de las esfinges. 

BelMs, reina de Saha. 

La Corte del Cuervo Blanco, fábula escénica, 
en cuatro jornadas y un prólogo, 1914. 

El sueño de la reina Mah, 1914. 

El Reino de los Parias, poema simbólico, en 
prosa, 1914. 

Sirenas Mudas, drama en tres actos, estrenado 
en el teatro de la Princesa el 10 de mayo 
de 1915. 

La Caja de Pandora, inédito libro de poesías, 
premiado por la Real Academia de la Poesía en 
un concurso de El primer libro. Comprende dos 
partes: Cantos de Muerte y Esperanza y Cuentos 
de Schahrazada. 

He leído y estudiado La Reina Silencio, La 
Corte del Cuervo Blanco, El sueño de la reina 
Mab, El Reino de los Parias y Sirenas Mudas. 
Por estas obras, me atrevo a decir que la litera- 



102 CERVANTES 

tura castellana tiene en Goy de Silva la flor de 
las más halagüeñas esperanzas, a juzgar por es- 
tos ya sazonados frutos, que le aseguran maciza 
fama. 

La Reina Silencio (1911), es la tragedia de la 
Muerte, sin precedente en la dramática univer- 
sal. La Corte del Cuervo Blanco (1914), es «la 
comedia del Amor. En torno de ambas concep- 
ciones, del más humano simbolismo, cantan o 
gimen, vuelan o se arrastran, las pasiones de la 
vida». 

Así hace hablar el autor a Shakespeare, y há- 
cele hablar con toda modestia y verdad. 

La tragedia de la muerte, del más allá, del 
misterio, que a todos nos hace continuamente 
pensar, no habia sido llevada jamás al arte, y 
Goy de Silva la ha llevado en La Reina Silencio 
por manera acabada. Arte simbólico es, porque 
de otra manera no sé yo que pudiera presentar- 
se en las tablas, ni entiendo quepa ser tratado 
como real lo que está más allá de la realidad; 
pero la concreción en personajes casi reales, y 
en fábula y acción casi real, es un esfuerzo de 
ingenio por parte del autor, que sólo puede 
compararse con el que campea en La Vida es 
Sueño, de Calderón. No hay aquí las nebulosi- 
dades metafísicas del Fausto, que, con todo el 
suyo, no supo convertir en cuerpo el gran Goe- 



CERVANTES 



103 



the; todo es claro y diáfano, mañero y llano. La 
Reina Silencio es la Muerte, que acoge en su 
misterioso y cerrado palacio a todos los pere- 
grinos y viandantes; es decir, a todos los morta- 
les, que todos van a parar a él, valiéndose de 
sus hijas, los siete pecados capitales, simboliza- 
dos en siete princesas, cada una vestida de uno 
de los siete colores, que atraen a los hombres 
hasta arrastrarlos a dar en manos de la terrible 
reina. 

«La disputa de vuestra posesión (dice al pere- 
grino, al hombre, una de las princesas, uno de 
los pecados capitales), destruiría la armonía que 
nos une, y nos obligaría a volver nuestra ponzo- 
ña contra nosotras mismas, cayendo en vuestro 
poder. ¡Oh! El mortal que nos poseyera a todas, 
sería puro, del mismo modo que el color es blan- 
co cuando concentra en sí los siete matices del 
iris.» El poeta que tal pensamiento ha tenido, y 
así lo ha sabido vestir con esta galana metáfora, 
es, sin duda, un excelso poeta. ¿Qué le sucede a 
cada peregrino al llegar al palacio de la silencio- 
sa reina de la muerte? Este es el misterio que el 
gran poeta nos descubre, y que yo no quiero 
empañar esbozándolo aquí con torpes palabras. 
La obra toda es de una sobriedad y armonía clá- 
sicas; de una tan clara, recia y esmerada labor, 
que parece labrada de finísimo alabastro, que a 



104 CERVANTES 

mí se me antoja veteado de negro. Es obra de 
maestro que no da golpe en vano, que cincela a 
lo seguro, sacando del material de primera in- 
tención lo que llevaba bien pensado y delineado, 
hasta en sus más menudos perfiles, allá dentro 
en su idea de artista. 

El dramático francés Edmundo Rostand, con 
su Chantecler, y el dramático belga Mauricio 
Maeterlinck, con su Pájaro azul, han henchido 
el mundo de su fama los años pasados. Estrena- 
ron en París estos dos maravillosos dramas sim- 
bólicos, en los cuales representaban pedazos del 
vivir humano, mediante fábulas de animales, 
representativas de las humanas pasiones, al 
modo que los representó Esopo en sus fábulas 
narrativas de origen indiano, y tras él, los de- 
más fabulistas, aunque en acción más compleja 
y en forma más dramática, 

París es el escaparate del mundo, donde se 
hace el alarde de las obras artísticas, donde los 
voceros de la fama las trompetean después a los 
cuatro vientos. El género fabulesco dramatizado 
no es una novedad. Aristófanes lo inventó y na- 
die lo ha emparejado hasta hoy. El simbolismo 
dramático, por el cual las pasiones se represen- 
tan, no ya mediante animales, sino mediante 
personajes, humanos y vivos en las tablas, tuvo 
su más acabada y sublime expresión en España, 



CERVANTES 105 

en los famosos Autos, y ni Goethe, en la segun- 
da parte del Fausto, ni poeta alguno, llegó en 
fuerza plástica ni en alteza de concepción a 
nuestro Calderón de la Barca. Por estas tierras 
de España, donde, con toda la fanfarronería que 
graciosamente nos cuelgan, no suelen sonar los 
grandes ingenios hasta siglos, a veces, después 
de fallecidos, porque no nos damos la maña de 
los franceses, o no tenemos la vanidad de ellos, 
apenas es conocido Ramón Goy de Silva, autor 
de dramas simbólicos tan estupendamente her- 
mosos, que se les han casi pasado de vuelo a los 
críticos. ¿Conoce el lector, vuelvo a repetir, 
como ingenio famoso a Ramón Goy de Silva? 
Supongo que no, y, sin embargo, yo, sin ser pro- 
feta, aseguro que lo será en lo venidero. Cual- 
quiera supondrá que es un imitador de Rostand 
V Maeterlinck, como suelen serlo los más de 
nuestros poetas de los poetas franceses. Pues, 
para gloria de la literatura española, hay que 
saber que los dramas de Goy de Silva sobrepu- 
jan en valor artístico al famoso Chanteder, que 
ha galleado demasiado y nos tiene atronadas las 
orejas con su quiquiriquí. Aquí, aunque no so- 
mos gallos o galos para cacarear, nunca faltaron 
ingenios soberanos que se les adelantasen y les 
ganasen. «Aún no habían lanzado su canto a los 
humanos el gallo Chanteder de Edmundo Ros- 



106 CERVAN TES 

tand, ni El Pájaro azul de Mauricio Maeterlinck; 
ni se había despertado de su sueño milenario 
La bella durmiente del bosque^ al mágico conjuro 
de Sarah Bernhardt, cuando este Cuei'vo Blanco 
estaba ya cautivo en mi jardín.» Así dice el au- 
tor, bien asistido de razón. «Quise exhibirlo al 
mundo, en el primer escenario de España, antes 
de que llegaran otros animales, y al Cuervo y a 
su Corte les llevó al clásico corral del Príncipe. 
Pero, más tarde, un dramaturgo amigo, usando 
de su derecho, anunció el envío de El Caballero 
Lobo al mismo lugar, con su acompañamiento de 
osos, zorros y lobeznos, etc. Yo, entonces, te- 
miendo lógicamente por mis pájaros, dicho sea 
con cierto humorismo, los retiré de allí, conside- 
rando que no sería prudente reunir en un mismo 
corral aves con cuadrúpedos, cuyos nombres 
eran un tanto alarmantes, aunque luego resulta- 
ron de la condición más noble y humana. Algún 
tiempo después, volví a mi intento de exposi- 
ción; pero son tantas, diversas y fastuosas las 
aves que forman el cortejo del Cuervo Blanco, 
que no hallé empresa capaz de alojarlas y exhi- 
birlas con el debido decoro. La Prensa, en cam- 
bio, me prestó noblemente su concurso, y El Li- 
beral y el Heraldo de Madrid, primero, y más 
tarde Le Temps, de París, publicaron fragmen- 
tos de esta fábula y amables artículos laudato- 



CERVANTES 107 

rios, antes de que El Caballero Lobo y Chante- 
cler se hubieran dado al público...» El día 10 de 
enero de 1908, publicó el Heraldo de Madrid la 
noticia de haber sido entregada a la Dirección 
del teatro Español La Corte del Cuervo Blanco, 
con otros curiosos pormenores de esta fábula. 
En 22 de enero de 1909 se estrenó El Caballero 
Lobo. El 23 de enero de 1909 publicó el Heral- 
do de Madrid un artículo de Ricardo Baeza, fe- 
chado en Tánger el 12 del mismo mes, en el que 
se trata especialmente de La Corte del Cuervo 
Blanco. El 10 de enero de 1910, publicó El Li- 
beral un articulo de Francisco Villaespesa, titu- 
lado La Corte del Cuervo Blanco (con una escena 
de esta obra), en el que este príncipe de la poe- 
sía hace un elogio de la fábula de Groy de Silva. 

El 20 de febrero de 1910 publicó Le Temps, 
de París, el argumento de La Corte del Cuervo 
Blanco, con un comentario amable del glorioso 
maestro Pérez Galdós. Una semana después se 
estrenó Chantecler. El 7 de marzo de 1913 pu- 
blicó La Cori'espondencia de España un artículo 
de Ricardo J. Catarineu, en el que este ilustre 
crítico literario dedica algunos elogios a la fá- 
bula en cuestión. El 1.° de julio de 1913 publi- 
có El Liberal el prólogo de La Corte del Cuervo 
Blanco. 

La Corte del Cuervo Blanco, o sea la tradi- 



108 CERVANTES 

ción, lo que siempre sucedió, sucede y sucederá 
en el mundo, consiste en la lucha del alma por 
alcanzar el amor. Es el famoso mito de Psiche 
y Adonis, tan graciosamente contado por Apule- 
yo en El Asno de oro, que arranca de las máa 
añejas tradiciones, como eruditamente ha pro- 
bado Bonilla en su libro El Mito de PsycMs, 
Barcelona, 1908. Pero no sólo cuanto a la forma 
dramática es cosa nueva, inventada por Goy de 
Silva, sino cuanto al asunto en todo su desen- 
volvimiento. Diríase que Goy de Silva no tenía 
noticia de semejante leyenda. La Mariposa, tra- 
ducción del griego psiche, alma y mariposa a la 
vez, es la vida; el Ruiseñor es el amor, vestido 
de trovador antiguo. En La Corte del Cuervo 
Blanco, símbolo de la tradición, del mundo siem- 
pre igual a sí mismo, el poderoso señor Cuervo 
Blanco quiere casar a la Mariposa con el Ruise- 
ñor, apoyando las bodas la Abeja o laboriosidad, 
el Buho o la sabiduría, que prevé lo futuro y 
saca de la mentira la verdad; el Cacatúa o la 
elocuencia. En cambio opónense a tales bodas 
el Rey Mariposón, que desea casar a su hija la 
Mariposa con el Moscardón o la ambición de 
occidente, y por sus propios intereses apóyanle 
la Mosca, sierva de la Muerte, y el Murciélago, 
espíritu del mal. Por consejo del Buho y del 
Cacatúa, esto es, de las ideas, que «son la luz 



CERVANTES 



109 



que ilumina las negruras del cerebro» y de las 
palabras, que «son los diversos matices con que 
dicha luz se manifiesta», logra el Ruiseñor del 
Mariposón le cederá la mano de su hija si se 
presenta él aliado del Águila o la fuerza (1), y 
logra del Águila su alianza con la promesa de 
que, en casándose, heredera las riquezas del 
Mariposón; así intimida el Amor a las Riquezas 
con la Fuerza, y engolosina a la íuerza con las 
Riquezas, logrando la mano del Alma, vencien- 
do antes los ardides del Cuervo Negro y de to- 
dos sus secuaces, ministros del mal, y dejando 
la corte del Cuervo Blanco, una vez vencedores 
y desDosados, porque, como dice el Ruiseñor, 
«si queremos ser dichosos, preciso es que aban- 
donemos este lugar, donde luchan las pasiones 
rastreras». El asunto es de los más filosóficos e 
importantes que han trabajado las cabezas de 
los mortales, la consecución del amor y de la 
consiguiente felicidad humana. La fábula en 
que cuaja el autor el asunto es cosa nueva y 
más humana acaso que la mitológica de los dio- 
ses en que lo cuajaron y concretaron los autores 
paganos, tanto en Grrecia como en la India. La 
manera de desenvolver la fábula es mañosísima 
y muy bien llevada, entreverando pequeños 



(1) El símbolo, máa bien, de la bélica Germauia. 



lio 



CERVANTES 



episodios, en los que entran otros personajes, 
entre los que son notables la Cotorra o publici- 
dad, y el Mochuelo o cortesano satírico y burlón, 
algo asi como el bufón de corte. No hay senten- 
cia ni dicho que no encierre alguna realidad 
grave de la vida. El lenguaje es digno y apro- 
piado. En su género es obra maravillosa. La for- 
ma dramática refuerza, además, el apólogo, y lo 
engrándese una acción bien tramada y de fon- 
do hondamente filosófico. La comedia de Goy 
de Silva es más humana, más sencilla, más pro- 
funda, más acabada que el Chanteder y M pája- 
ro azul. 

El sueño de la reina Mah (1914) y ¿JZ Reino 
de los Parias (1914), son cortas fantasías simbó- 
licas en prosa narrativa, con pinceladas realis- 
tas de fuerte trazo y de honda filosofía en el 
contenido. 

En resumen: estas obras maestras del género 
simbólico (no simbolista, de los líricos franceses) 
no han sido sobrepujadas por los más afamados 
ingenios modernos de fuera de España, y en 
nuestra misma patria sólo pueden quedar asom- 
bradas por la deslumbradora luz de La vida es 
sueño, de Calderón. A pesar de sus cortos años, 
el autor muestra un juicio asentado y discreto, 
una extensa y bien digerida cultura, pensar hon- 
do y de pocos, concepción dramática, firme y 



CERVANTES 



111 



amplia, expresión sincera y refinada, ejecución 
acabada. En el arte del simbolo no hay quien le 
dé alcance. 

Cualquiera diria que Goy de Silva no sabe 
salir del símbolo, donde se mueve con la sol- 
tura de un maestro incomparable. Pero no es 
así. El Eco (1913) y Sirenas Mudas (1915) son 
dramas que prueban no quedar reducido su in- 
genio al arte simbólico. Dramas realistas, llenos 
de vida moderna, de intensa emoción trágica 
para adentro, lucha de las almas sin sangre ni 
estruendos — . Goy de Silva es, por todo esto, 
indiscutiblemente, una de las fuertes columnas 
de las últimas manifestaciones literarias de Es- 
paña, ñrme sostén de un arte grande, noble, 
moderno y castizo a la vez. 

Julio CEJADOR 

Madrid - MCMXV 



NOTA. — En el número próximo publicaremos 
un fragmento de La Corte del Cuervo Blanco, 
con el permiso especial que Goy de Silva ha con- 
cedido a Cervantes. 



112 CERVANTES 



Los problemas mexicanos 



Síntesis sociológica. 

La impresión dominante respecto de la situa- 
ción mexicana, no sólo en el extranjero, sino en 
México mismo, es la de que es un absoluto caos. 

Las causas que cada Gobierno, cada caudillo, 
cada conspirador, cada político o cada escritor 
exponen, como motivos de la Revolución Mexi- 
cana, son tan numerosas y tan divergentes, unas 
inmediatas, otras remotas, que casi es imposible 
comprenderlas. 

La conclusión más sencilla que las inteligen- 
cias perezosas o los caracteres impacientes han 
sacado de esta multiplicidad de motivos, es que 
el pueblo mexicano tiene una incorregible ten- 
dencia al desorden y a la guerra, y que, por 
consiguiente, es un enfermo imposible de curar. 

El número de Presidentes de México en un 



CERVANTES 113 

siglo, es casi tan grande como el número de 
caudillos, generales o cabecillas que en los últi- 
mos seis años se han llamado a sí mismos «Go- 
bierno legítimo» de México. 

Han pretendido ser Gobierno de México to- 
das las formas posibles de administración, desde 
un Gobierno brutalmente militar, sin organiza- 
ción de ningún género, como el de Zapata o 
Villa, hasta un Gobierno con apariencias abso- 
lutamente democráticas, pero sin cabeza, como 
derivado de la Convención de Aguascalientes. 

Los países extranjeros no saben de México 
sino lo que dicen los títulos de las noticias de la 
Prensa, las cuales se refieren exclusivamente a 
hazañas sanguinarias, batallas, asaltos, voladu- 
ras de trenes, hecatombes, fusilamientos, prisio- 
nes, destierros, etc., etc. 

A juzgar por la clase de informaciones que el 
pueblo americano ha estado recibiendo con res- 
pecto de México, la situación de aquel país es 
un caos completo, y de ese caos la mayor parte 
del pueblo americano no saca nada en claro ni 
aun los hombres que se supondría que deben 
entender esa situación, por falta de lineamien- 
tos generales de interpretación de los hechos 
ocurridos. 

Un estudiante o un sabio que quisiera enten- 
der y seguir paso a paso los fenómenos que se 



114 CERVANTES 

producen en la probeta del químico, o en el re- 
cipiente de cultivos del bactereologista, o en el 
crisol del metalurgista, o un botánico que qui- 
siera seguir minuto a minuto el desarrollo de la 
semilla o del injerto, se encontrarían igualmente 
desorientados. 

Ni los fenómenos químicos, ni los fenómenos 
biológicos, ni los fenómenos sociológicos, pue- 
den estudiarse por la observación directa de los 
elementos en el momento de que están efectuán- 
dose procesos de transformación, sino que es 
preciso conocer la naturaleza de los elementos, 
observar el estudio previo de los mismos, y pos- 
teriormente, los fenómenos que sobre ellos se 
han realizado. 

Para comprender los fenómenos sociológicos 
se necesita, más que todo, no una explicación 
concreta de cada uno de los hechos que se reali- 
zan, sino interpretación general de la serie de 
hechos realizados y de su proceso evolutivo. 

Trataré de hacer una interpretación científica 
de la situación Mexicana. 



Situación geográfica. 

Geográficamente, México es una alta mesa 
triangular, con su vórtice hacia el Sur y su 



CERVANTES 115 

base hacia el Norte, comprendida entre dos ca- 
denas de montañas, de las cuales nna corre pa- 
ralela al golfo y otra paralela al Pacífico. 

Esta alta mesa, en el Norte, es seca y desier- 
ta, y ha sido principalmente el criadero de ga- 
nado de México. En la parte Sur es menos seca 
y menos estéril, siendo esta parte, la llamada 
propiamente mesa central, la región de los ce- 
reales. La vertiente del golfo, húmeda y calien- 
te, es rica para la agricultura tropical, y espe- 
cialmente dotada de yacimientos petrolíferos; la 
vertiente del Pacífico es seca y caliente; pero 
bien regada por nuestras montañas, constituye 
también una región agrícola importante. Yuca- 
tán, un desierto de piedra, sin más producción 
que el henequén, es una región especial, como 
la Baja California. 

Las cadenas de montañas que corren parale- 
lamente el golfo y el Pacífico, y que se entrela- 
zan para formar la alta mesa central, no consti- 
tuyen meros espinazos, sino que, abarcando 
grandes regiones, forman la extensa parte mon- 
tañosa de México, y son la región mineral del 
país. 

Por mucho tiempo se consideró a México 
como un país de maravillosa riqueza. 

Más tarde se tuvo la idea de que era un país 
de extrema pobreza. La verdad es que México 



116 CERVANTES 

tiene grandes riquezas inexplotadas, que requie- 
ren grandes capitales, y una gran suma de tra- 
bajo para su desaroUo. 



Población. 

Desde el punto de vista de su población, Mé- 
xico es un pais tan poco conocido como desde 
el punto de vista geográfico. 

Se habla del pueblo mexicano y de los carac- 
teres de ese pueblo sin saber que el pueblo me- 
xicano o la raza mexicana no es un elemento 
definitivo, sino una población que desde hace 
cuatrocientos años está continuamente cambian- 
do y se encuentra aún en vías de formación. 
Las razas indígenas que existían antes de la 
conquista española, se contaban por cientos. En- 
tre ellas las había de caracteres tan distintos y 
tan opuestos, que difícilmente se encontraría 
otro país con un número tal de razas diferentes. 

Solamente por comodidad intelectual se habla 
del «indio de México» en vez de hablar de los 
«cientos de razas indígenas de México». 

Al efectuarse la conquista española, la pobla- 
ción indígena quedó desde luego esclavizada. 
Más tarde, por virtud de los esfuerzos de los 
frailes españoles para proteger a las razas indi- 



CERVANTES 117 

genas de México, los indios dejaron de ser es- 
clavos, para pasar a un estado de incapacidad 
legal. 

A raíz de la conquista, comenzó a formarse 
lentamente una población mestiza, que todavía 
se continúa formando y reformando constante- 
mente día por día. 

En México no hay una población mestiza, 
propiamente dicha, con caracteres diferentes del 
indio o diferentes del blanco, sino una población 
mestiza variable que en ciertas capas, casi se 
confunde con el indio, y en otras, no se diferen- 
cia del blanco. 

Por lo demás, la facilidad con que el blanco 
se mezcla con el mestizo y el mestizo se mezcla 
con el indio, hace que en México no exista pro- 
piamente una cuestión de raza, sino una mera 
cuestión de educación, pues tan pronto como el 
indio ha sido educado, se iguala enteramente, 
para los efectos sociales con el mestizo. 

El problema de la población consiste, pues, 
en unificar y hacer homogénea la raza mestiza, 
por medio de la educación y del cruzamiento de 
la raza indigena, procurando la constante diso- 
lución de las razas blancas inmigrantes en la 
raza mestiza. 

Este problema no presenta dificultad por lo 
que hace al cruzamiento de la raza india con la 



118 CERVANTES 

raza mestiza, pero es muy serio cuaudo se trata 
de la disolución de la raza blanca inmigrante. 
La inmigración blanca de México puede clasifi- 
carse, por su número, en el siguiente orden: 
españoles, norteamericanos, italianos, franceses, 
ingleses y alemanes. De los inmigrantes blancos 
de México, el español, casi siempre se asimila, 
de tal manera, que después de una generación, 
puede decirse que todos los españoles son mexi- 
canos. 

Lo mismo puede decirse del italiano y de 
otros inmigrantes de origen semítico: árabes, 
armenios, etc. 

El alemán es, después del español y del italia- 
no, el que presenta más facilidades de asimila- 
ción. La inmigración alemana se convierte en 
mexicana después de dos generaciones. El ale- 
mán se casa frecuentemente con mexicana y 
siempre forma hogar y procura permanecer en 
el país. 

El francés sigue al inmigrante alemán, en fa- 
cilidad de cruzamiento. 

El inmigrante americano, raras veces se con- 
vierte en mexicano. El pequeño porcentaje de 
inmigraates americanos que forman hogar en 
México o que se casan con mexicanas, conser- 
van la ciudadanía americana, educan a sus hijos 
en el extranjero, y puede decirse que el 95 por 



CERVANTES ' 119 

100 de los inmigrantes americanos permanece 
americano, social, política y étnicamente. 

El inmigrantes inglés, sólo por mera excep- 
ción, llega a convertirse en mexicano. Nunca se 
casa con mexicana y sus hijos son casi siempre 
educados en el extranjero. 

Estas breves explicaciones sobre la facilidad 
de asimilación de la población blanca, explica 
también muchas cuestiones políticas 3' económi- 
cas existentes en México, respecto de la situa- 
ción de los extranjeros. 



Problema de educación. 

Las dificultades para la solución del proble- 
ma de raza son, por consiguiente, las dificulta- 
des de asimilación de la población blanca en la 
población mestiza y la falta de educación en la 
población indígena, que es el único obstáculo que 
encuentra la misma para mezclarse con la po- 
blación mestiza. 

México tiene un problema de educación que 
puede enunciarso con sólo decir que hay un 80 
por 100 de analfabetos en nuestro país. La edu- 
cación en México ha tenido diversos obstáculos, 
de los cuales, los principales han sido el sistema 
de latifundismo, que ha necesitado de peones, 



120 CERVANTES 

propiamente esclavos para el trabajo, y la ac- 
ción de la Iglesia Católica Romana durante el 
siglo XIX que ha ayudado al latifundismo a con- 
servar a la raza indígena en la ignorancia. 

La acción de los frailes españoles en los siglos 
XVII y XVIII, y, en general, del clero católico en 
esos siglos, puede decirse que fué constantemen- 
te benéfica para la raza indígena; pero cuando 
el clero se enriqueció considerablemente y la 
iglesia se convirtió en terrateniente, ella misma, 
la acción benéfica de la Iglesia Católica, para la 
educación de las razas indígenas de México y de 
la población rural mexicana en general, dejó de 
existir y comenzó una acción contraria; es decir, 
la tendencia de la Iglesia a conservar la pobla- 
ción rural en la ignorancia. 

Los Gobiernos anteriores, o no se dieron 
cuenta del problema o no quisieron educar a las 
clases indígenas y proletarias. La mejor demos- 
tración del fracaso de la Iglesia Católica como 
educadora de las clases indígenas es que después 
de cuatrocientos años de absoluto dominio de 
la Iglesia Católica en materia de educación, 
existe todavía un ochenta por ciento de analfa 
betos. 

La tendencia del Gobierno revolucionario es, 
no sólo quitar los tropiezos que pudiera tener el 
Gobierno de México, sino dedicar una parte 



CERVANTES 121 

considerable de sus esfuerzos y de los fondos 
públicos a la educación de las masas. 



Problema religioso. 

México no tiene problema'' religioso propia- 
mente dicho. El sistema español de patronato 
de la Iglesia Católica por los Reyes de España, 
dio un poder temporal omnipotente al Clero, el 
cual duró hasta el año de 1860 en que por vir- 
tud de la guerra de Reforma, la Iglesia fué des- 
pojada de sus propiedades e incapacitada para 
adquirir bienes raíces y privada enteramente del 
poder temporal. 

Durante el largo Gobierno del general Diaz, 
el clero católico volvió a recobrar, poco a poco, 
en formas disfrazadas, su poder temporal, y a 
rehacer parte de su fortuna. En la actualidad 
existe la tendencia de algunos miembros del 
clero católico a recobrar el poder temporal que 
la Iglesia había tenido hasta antes de 1860. La 
tendencia del Gobierno revolucionario es hacer 
efectiva la absoluta separación entre la Iglesia 
y el Estado^ e impedir que el clero de México 
recobre su poder temporal, dejándolo, sin em- 
bargo, su más absoluta libertad en el terreno re- 
ligioso. 



122 CERVANTES 



Problema agrario. 

El problema agrario de México depende de 
las condiciones geográficas y étnicas del país. 

El sistema colonial español de grandes mer- 
cedes territoriales; la constante absorción de 
propiedad raíz por el clero durante el siglo xviii 
y la primera mitad del siglo xix y el sistema de 
concesiones de terrenos baldíos adoptado duran- 
te la segunda mitad del siglo xix, crearon y 
continuaron un estado de latifundismo que ha 
sido la principal fuente de malestar en México 
durante ese mismo siglo. Como consecuencia de 
tal latifundismo, se ha producido un estado cons- 
tante de servidumbre de las clases rurales de 
México, que generalmente se conoce con el nom- 
bre de peonaje. 

El problema agrario de México consiste en la 
destrucción del latifundismo, tanto para facilitar 
la formación de la pequeña propiedad como para 
efectuar la dotación de ejidos a los pueblos. El 
problema agrario incluye la división de la gran 
propiedad y un sistema de impuestos para la 
propiedad rural que impida la construcción de 
las grandes propiedades. Hasta la fecha, la gran 
propiedad rural puede decirse que casi no ha pa 
gado impuestos. 



CERVANTES 123 



Problemas económicos. 

La falta de capitales mexicanos ha hecho que 
la minería y las demás industrias mexicanas no 
hayan podido desarrollarse sino por medio de 
inversiones de capitales extranjeros. 

El Gobierno español creyó que el desarrollo 
económico de México debía basarse en el mono- 
polio territorial y comercial concedido a los es- 
pañoles peninsulares. 

Ea la explotación de las riquezas naturales de 
México, el sistema seguido por las administra- 
ciones pasadas y especialmente por la de el ge- 
neral Díaz, fué el de concesiones, de tal manera 
privilegiadas, que hacía imposible la competen- 
cia de futuras empresas con las empresas pre- 
viamente establecidas. 

Es decir, un sistema de privilegios y monopo- 
lios que abarcaban no solamente la industria mi- 
nera, la industria petrolera y la industria de la 
fuerza eléctrica, sino toda clase de industrias y 
manufacturas, el comercio y la banca, puede de- 
cirse que en general; el desarrollo económico de 
México durante la administración del general 
Díaz, era el desarrollo de los grandes negocios 
basados sobre el privilegio. 

La tendencia general del Gobierno E-evolu- 



124 CERVANTES 

cionario de México, es obtener un desarrollo 
económico basado en la libre competencia, y de 
tal naturaleza, que el desarrollo de los negocios 
existentes no sea motivo de imposibilidad para 
el desarrollo de los negocios futuros. 

Desde este punto de vista, el capital extran- 
jero invertido en México sobre el sistema de 
privilegios se considera atacado por la actual 
Revolución; pero entendiendo bien la tendencia 
general de la Revolución Mexicana, ésta abre un 
campo de acción para la inversión de capitales 
extranjeros mucho más amplio que el que ha 
existido hasta ahora. 



Problema comercial. 

La falta de vías fluviales navegables, gran al- 
tura de la Mesa Central sobre el nivel del mar 
y lo accidentado del terreno, ha hecho que en 
materia de vías de comunicación México tenga 
que estar atenido enteramente, para sus comu- 
nicaciones, a un sistema de vías ferrocarrileras 
que puede decirse son las únicas existentes en 
el país en la actualidad. Debido a estas dificul- 
tades, el Comercio de México se ha hecho sobre 
bases enteramente erróneas, limitándose al co- 
mercio de importación y exportación, sin pro- 



CERVANTES 125 

curar un fácil intercambio de productos en el 
interior. El comercio mismo ha sido, hasta cier- 
to punto, la única fuente de ingresos fiscales, 
principalmente el comercio de importación, pues 
el de exportación, por mucho tiempo, ha estado 
exento de derechos, aun respecto de materias 
primas que se exportan en crudo. 

La tendencia del Gobierno Revolucionario a 
este respecto consiste en el controlamiento efec- 
tivo de las vías por parte del Gobierno, por ser 
éstas las únicas vías de comunicación con que 
ahora cuenta el país, y en el fomento de vías 
auxiliares, carreteras, ea las que encuentre su 
pleno uso el petróleo y la fuerza hidroeléctrica. 



Problema industrial. 

El desarrollo industrial de México data ape- 
nas de unos veinte años; pero éste se ha hecho 
todo sobre un sistema enteramente artificial, 
consistiendo en una excesiva protección a las 
industrias recientemente establecidas, lo cual ha 
dado por resultado, no solamente que esas in- 
dustrias sean inciertas y tengan una vida preca- 
ria, por falta de bases mercantiles, sino que im- 
pida, al mismo tiempo, el establecimiento de 
nuevas industrias competidoras. 



126 



La tendencia del Gobierno Revolucionario de 
México consiste en poner el desarrollo industrial 
del país sobre bases enteramente mercantiles, 
apartándose del sistema de protección, conce- 
siones, privilegios y monopolios, sobre el que 
se ha basado hasta ahora ese desarrollo. 

Problema político. 

La diversidad de tipo de civilización del in- 
dio, el mestizo y el blanco, constituyen en Mé- 
xico un serio problema social y político, que 
puede enunciarse diciendo que es necesario en- 
contrar una fórmula de Grobierno que sirva al 
mismo tiempo para un tipo de civilización me- 
dioeval, como es el mestizo, y para un tipo de 
civilización moderna, como es el inmigrante ex- 
tranjero o el criollo educado. De no ser esto 
posible, sería preciso encontrar diversas fórmu- 
las de Gobierno y diversos regímenes para cada 
uno do los elementos que forman la población 
de México. 

Las leyes políticas de México, hasta el tiem- 
po del general Díaz, habían sido siempre mera- 
mente teóricas y comparativamente avanzadas; 
pero nunca se habían hecho efectivas, lo cual 
producía una considerable desigualdad jurídica 
y económica. 



CERVANTES 



127 



El problema político de México consiste en 
hacer que las leyes políticas y civiles sean efec- 
tivas. Para eso es necesario, ante todo, encontrar 
las fórmulas políticas y legales conforme a las 
cuales debe gobernarse México, para que una vez 
dictadas esas leyes puedan aplicarse, efectiva- 
mente, lográndose así la igualdad de derechos 
entre todos los hombres. 



Problemas internacionales. 

Merecen especial mención los problemas in- 
ternacionales de México. 

El problema internacional político de México, 
propiamente dicho, consiste en sus relaciones 
con los Estados Unidos. 

Después de la guerra del 47, que costó a Mé- 
xico la mitad de su territorio, los mexicanos no 
han podido tranquilizarse todavía respecto de 
la tendencia de absorción que todos los países 
latinoamericanos atribuyen a los Estados Uni- 
dos. Durante la Revolución Constitucionalista, 
después de la ocupación de Veracruz y de la ex- 
pedición punitiva de Columbus, los temores de 
México respecto de un conflicto con los Estados 
Unidos han aumentado considerablemente, so- 
bre todo, desde que se sabe que hay un partido 



128 CERVANTES 

político en los Estados Unidos que frecuente- 
mente pregona la intervención. 

Las repetidas y públicas declaraciones de no 
intervención del Gobierno Democrático de los 
Estados Unidos, no han sido suficientes para 
tranquilizar la aprensión de los mexicanos. 

Como vecino de los Estados Unidos, México 
tendrá siempre como problama internacional el 
peligro de un conflicto entre aquellos y alguna 
potencia europea o asiática. Los enemigos de 
este país, que en el fondo no son sino enemigos 
del continente americano, procurarán siempre 
hacerse pasar como amigos de México y aprove- 
char cualquiera clase de resentimientos o des- 
confianzas que México pudiera tener contra los 
Estados Unidos. México, sin embargo, compren- 
de que en cualquier caso de conflicto de los Es- 
tados Unidos contra cualquier otra nación que 
no sea americana, su actitud debe ser de entera 
solidaridad continental. 

Desde este punto de vista, el Gobierno Revo- 
lucionario ha seguido un sistema de mucha ma- 
yor franqueza, firmeza y consistencia en sus re- 
laciones con los Estados Unidos, poniendo siem- 
pre de acuerdo sus hechos con sus palabras, y 
procurando sinceramente una inteligencia con 
el pueblo y con el Gobierno de los Estados 
Unidos. 



CERVANTES 129 

El verdadero problema internacional de Mé- 
xico, consiste en la protección de vidas y pro- 
piedades de extranjeros y en la condición de los 
extranjeros en relación con los mexicanos. 

Por virtud de la falta de explicación de las 
leyes políticas y civiles a los mexicanos, y de la 
protección diplomática de que siempre han go- 
zado los extranjeros, poco a poco vino formán- 
dose para éstos una condición legal privilegiada 
en relación con la de los nacionales. A este res- 
pecto, el problema de los extranjeros en México, 
consiste en procurar que estén en la misma con- 
dición dada al extranjero, sino mejorando la 
condición del mexicano. 

Esa misma situación del extranjero en México 
ha hecho que llegue a mirarse con desconfíanza 
el constante aumento de inmigrantes y de capi- 
tales invertidos en el país que, naturalmente, 
significan el crecimiento de una clase privile- 
giada. 

El problema para México es encontrar el 
modo de que los capitales y las personas de los 
extranjeros puedan inmigrar e invertirse am- 
pliamente en México, ayudando a su progreso, 
sin conservar su condición privilegiada, de modo 
que ese aumento de capitales extranjeros y de 
inmigrantes, en vez de llegar a ser una crecien- 
te amenaza de la soberanía do México, contribu- 



130 I CERVANTES 

ya a la consolidación de ésta y de su indepen- 
dencia como nación. 

Los problemas anteriormente enunciados, son 
considerablemente complejos y mal compren- 
didos. 

Los Gobiernos anteriormente existentes, ha- 
bían creado tal suma de intereses, y éstos están 
tan fuertemente ligados con la suerte del Go- 
bierno, que en los últimos años del general Díaz 
llegó a palparse y a saberse, por experiencia, 
que era imposible encontrarle una solución de 
carácter pacifico y evolutivo. La transformación 
lenta de todo el sistema por medio del Congre- 
so y de las Legislaturas, para modificar las leyes 
y reformar el Gobierno en general y los siste- 
mas económicos, habría requerido probablemen- 
te un siglo entero de esfuerzos, y todavía es se- 
guro que todo intento de solución habría encon- 
trado considerables dificultades, que habrían 
orillado a la guerra civil. 

Después de la reelección del general Díaz en 
1910, se vio claramente que el propósito de aqué- 
lla era perpetuar la misma forma de Gobierno 
y el mismo sistema que hasta entonces se había 
seguido. El pueblo comprendió que no era po- 
sible transformar nada por medios pacíficos. 

El pueblo mexicano tuvo, pues, que apelar 
a la fuerza para destruir un sistema contrario a 



CERVANTES 131 

SU libertad y a su desarrollo, y los seis años de 
luchas intestinas, de aspecto caótico, que han 
transcurrido, significan para México el proceso 
de su transformación sociológica. 

No es posible hacer una interpretación cientí- 
fica de la Revolución de México, a menos que 
los hechos ocurridos se tomen en conjunto y se 
analice un período considerable de tiempo. To- 
dos nosotros sabemos que se hacen análisis y es- 
tudios y se sacan conclusiones sobre asuntos de 
la mayor importancia de hechos incompletos que 
se publican diariamente en la Prensa de los Es- 
tados Unidos, que es la peor manera de obtener 
conclusiones ciertas. 

No he conocido un solo país, no en Europa ni 
en Sudamórica, en donde se llegue a una con- 
clusión o se escriba un editorial, sino hasta des- 
pués de transcurrido un período razonable de 
tiempo que justifique la deducción de dichas 
conclusiones. Pero en los Estados Unidos la avi- 
dez de las noticias de la curiosidad pública, se 
malinterpretan por una insaciable curiosidad de 
ideas, motivo por el cual es éste el único país 
del mundo en donde se escribe un editorial la 
misma mañana en que se publica un simple ru- 
mor sobre algún asunto. 

Este modo de estudiar hechos sociológicos, 
me produce el mismo efecto que el intento de 



132 CERVANTES 

un estudiante de física que estudiara el movi- 
miento del péndulo, y que en vez de esperar a 
que se completara el movimiento y ocurriera 
cieitü número de oscilaciones, tuviese tal ansie- 
dad de llegar a conclusiones científicas sobre 
cualquiera de las posiciones del péudulo, que to- 
mara cualquier momento de la oscilación para 
calcular la dirección exacta del centro de la tie- 
rra. La conclusión a que llegaría ese estudiante, 
sería la de que la tierra está loca y su centro cam- 
biando constantemente de un lugar a otro. 

Se dice que la Revolución Mexicana no es 
propiamente una Revolución, sino un período 
anárquico que los países que se encuentran en 
paz consideran innecesario, y, sin embargo, sí 
pueden mostrarse con hechos que la Revolución 
Mexicana ha seguido exactamente el curso natural 
de toda Revolución, y si puede demostrarse que 
en la actualidad misma el Gobierno Revolucio- 
nario de México sigue un programa bien defini- 
do de reconstrucción de un nuevo régimen, de- 
bería llegarse a la conclusión de que el pueblo 
mexicano no está haciendo una obra de locura 
destruyendo a ciegas sus riquezas y sus hom- 
bres, sino una obra de transformación, dolorosa 
pero necesaria, de la cual deben esperarse resul- 
tados que compensen los sacrificios que en la 
actualidad se hacen. 



CERVANTES 133 

La Revolución Mexicana no es sino la insu- 
rrección del pueblo mexicano contra un régimen 
muy tiránico y muy rico, encarnado en un Go- 
bierno fuerte, el del general Diaz, y contra el 
sistema social, político y económico que sostenía 
a ese Gobierno. Dicha revolución tuvo como 
pródromo la revolución de Madero. Pero Made- 
ro no vio más que el lado político de la situa- 
ción mexicana y pensó que un cambio de Go- 
bierno era suficiente para efectuar un cambio en 
las condiciones generales del país. Madero tran- 
sigió con el régimen del general Díaz y consis- 
tió en gobernar con las mismas leyes, con el 
mismo sistema y hasta con los mismos hombres 
con que había gobernado el general Díaz. Mas 
necesariamente tuvo que fracasar, porque no ha- 
bía hecho labor propiamente destructiva ni ha- 
bía construido ningún régimen nuevo. 

El asesinato de Madero y la dictadura de 
Huerta, no fueron sino un intento de reacción 
hecho por el antiguo régimen, con sus mismos 
hombres, con su mismo dinero, su mismo poder, 
sus mismos sistemas, y con tendencias a resta- 
blecer enteramente las mismas condiciones que 
existían en tiempo del general Díaz. 

La Revolución Constitucionalista marcó des- 
de un principio su línea de conducta. El plan de 
Guadalupe, expedido por don Venustiauo Ca- 



134 CERVANTES 

rranza en marzo de 1913, a raíz del asesinato de 
Madero, es el plan revolucionario más puro que 
podría imaginarse para la destrucción del anti- 
guo régimen. Dicho plan implica el absoluto des- 
conocimiento del Poder Ejecutivo, del Poder Le- 
gislativo y del Poder Judicial que habían exis- 
tido hasta entonces, y el uso de la fuerza para 
la destrucción del Gobierno de Huerta, que es- 
taba apoyado en el ejército del general Díaz en 
el poder de los terratenientes y en la influencia 
moral del Clero Católico. 

Se siguió un período de guerra sangrienta, y 
cuando por fin Huerta quedó derrotado y el jefe 
de la Revolución Constitucionalista llegó a la 
ciudad de México, se creyó que había concluido 
el período destructivo de la Revolución Mexica- 
na; pero sobrevino, como tenia que sobrevenir, 
el período extremadamente anárquico y caótico 
de aquella Revolución. 

A fines de 1914, la situación mexicana fué la 
más confusa que ha existido nunca. Fué, sin em- 
bargo, en esos momentos y en medio de esa ex- 
trema confusión cuando don Venustiano Carran- 
za, como jefe de la Revolución Constituciona- 
lista, trazó los lineamientos generales sobre los 
cuales debería efectuarse la reconstrucción de 
México. Dichos lineamientos están comprendi- 
dos en el decreto de 12 de diciembre de 1914. 



CERVANTES 135 

Tal ha sido el desarrollo de la Revolución Me- 
xicana y tal es la interpretación que debe darse 
a los acontecimientos pasados, presentes y futu- 
ros de esta Revolución, cualesquiera que sean 
los hombres que se encuentren en el Gobierno. 

Si Carranza y los que se hallan a su lado son 
personalmente arrastrados por un nuevo período 
anárquico, y si tienen que morir o que apartar- 
se, esto no significará que mis conclusiones estén 
equivocadas; querría sólo decir que un hombre 
no es siempre un escalón entre dos regímenes. 
Ha habido casos en que una revolución se ha 
efectuado durante la vida de un hombre, como 
Cronwell o Washington: en otras ocasiones una 
larga lista de héroes y mártires se ha requerido 
para completar la transformación de un pueblo, 
desde Mirabeau hasta Bonaparte. 

En México hemos tenido tres revoluciones: 

Nuestra Revolución de Independencia en 1810 
no se llevó a cabo por un solo hombre. Hidalgo 
la inició y murió sin haber visto el fin. Morelos 
la continuó y desapareció también antes de que 
nuestro país fuera libre. Guerrero fué el único 
que le tocó ver la consumación de nuestra Inde- 
pendencia. 

En 1857, sólo a Juárez le tocó ver el principio 
y el fin de la Guerra de Reforma. 

La actual Revolución ha causado ya la muer- 



136 CERVANTES 

te de Madero. Si Carranza no ve el fin del mo- 
vimiento, ello no cambiará el desarrollo de la 
Revolución; significará sólo que el mismo Ca- 
rranza y los hombres que lo rodean, no son sino 
meros eslabones de la cadena de hombres que 
habrán de sacrificar sus vidas por la libertad y 
el bienestar del pueblo mexicano. 

Creo sinceramente que los Estados Unidos 
necesitan estudiar la Revolución Mexicana, no 
sólo por interés hacia México y por convenien- 
cia propia, como vecinos de nuestro país, sino 
como ejemplo de una revolución efectuada en 
pleno siglo XX. 

Deseo a los Estados Unidos una gran pros- 
peridad y una larga paz, y deseo a este gran 
país que la resolución de todos sus problemas 
se haga por procedimientos legales y pacíficos. 

Los pueblos, cuando se equivocan en su des- 
arrollo, tienen que hacer revolución. 

Si esa revolución puede hacerse sin alterar la 
paz, se evitarán todos los males innecesarios 
que la revolución puede causar a un país, y se 
aprovecharán todos los beneficios que la revo- 
lución trae necesariamente consigo. 

Bernad Shaw dice que la revolución en In- 
glaterra es una institución nacional, porque el 
pueblo inglés, por procedimieatos democráticos, 
puede hacer una revolución cada siete años, si 



CERVANTES 137 

así lo desea. El Referendum anglosajón no es 
más que el derecho a una revolución pacífica. 

El pueblo mexicano no goza de ese derecho, 
y se ha visto obligado a hacer una revolución 
sangrienta y costosa para la conquista de sus li- 
bertades y su bienestar. He allí la razón. 

una revolución no es siempre una fuente de 
males y de lágrimas, como un incendio no siem- 
pre es mera destrucción. Los campos inexplora- 
dos de las regiones templadas pueden abrirse a 
la agricultura, explotando la riqueza forestal al 
mismo tiempo que preparando el suelo para los 
futuros cultivos; en las regiones tropicales, sin 
embargo, la manera más común de preparar 
los campos para el cultivo, es limpiándolos con 
un gran fuego, que si bien consume grandes ri- 
quezas nacionales, quema al mismo tiempo la 
maleza inútil y purifica y fortifica el suelo, eco- 
nomizando así una gran cantidad de trabajo. 

Luis CABRERA 



138 CERVANTES 



UN POETA NUEVO 



A una mano generosa. 

Canto una noble, generosa mano 
por la que el oro, pródigo corría; 
consuelo de dolientes, bella y pía 
mano de gran señor y de cristiano. 

Un anillo ostentaba, gaje vano 

de un muerto amor, que floreció en su día 

y las caladas guardas oprimía 

de una espada de acero toledano. 

Su dueño fué español, y caballero 
al servicio del Rey, dio placentero 
su sangre, su quietud y su tesoro. 

Y derrotado en cortesana intriga, 

sin tener ya que dar, dio a una mendiga 

la limpia espada y el anillo de oro. 



CERVANTES 139 

Glosa a la divina comedia. 

Soñé que con Virgilio recorría 
los ignotos abismos, como Dante, 
y que al pie de un camino serpeante, 
contemplaba un letrero que decía: 

«Atrevido mortal, aquesta vía 
lleva a la patria del dolor constante 
y conduce también a la triunfante 
mansión de beatísima alegría.» 

— Maestro — pregunté — , ¿qué senda es ésta 

que al Orco guía y al Edén? Dudosa 

la mente queda ante el profundo arcano — . 

Y con voz apagada y despaciosa 
moduló el claro vate esta respuesta: 
«Es el camino del amor, hermano.» 

La leyenda del potro y del halcón. 

Los amigos y devotos de las fahlas de otra edad, 
coronístas y troveros castellanos, escuchad 
cómo el pueblo de Castilla rescató su libertad. 

Fué en el tiempo en que Castilla tuvo feudo 

con León; 
nuestro conde al rey pechaba, como el siervo 

a su señor; 



140 CERVANTES 

era el conde aquel guerrero que a Sepúlveda ganó; 
el rey era Don Ordoño, muy famoso cazador. 

¡Mañanicas de mi tierra! 
|Campos de oro bajo el sol! 
Era en una mañanica 
más alegre que el amor; 
a cazar el rey y el conde 
por el llano van los dos; 
cazaba Fernán González, 
y el rey non cazaba, non. 
Si algún corzo saltó al campo 
presto el conde lo alcanzó, 
que volaba más que el viento 
su caballo corredor; 
y las garzas, no en las nubes 
se guardaban de su halcón, 
que era de alas aguileñas 
muy osado y muy veloz. 

— Vendedme, por Dios, buen conde, vuestro potro 

y vuestro halcón, 
que por ellos he de daros cuanta plata pidáis vos; 
San Cebrián la bien cercada, los molinos de enredor, 
y las villas y castillos de Briceña y Fuente de Hoz. 
¡Por bien menos hubo un hombre que vendió 

a Nuestro Señor! 
— Si quisiérades, el rey, mi caballo y el mi halcón, 
non me habéis de dar dineros, que dineros tengo yo, 
ni molinos ni lugares, que los míos buenos son. 



CERVANTES 



í4l 



¡Libertadme de que os peche como el siervo 

a su señor! 
Dad por libre a mi condado de los Fueros de León- 
Le pesaba a Don Ordoño, pero al cabo lo otorgó. 



¡Libertades rescatadas con un ave y un bridónl 
En diez siglos por guardaros, ¡cuánta sangre 

se vertió! 
Las dos prendas del rescate, de Castilla emblema 

son; 
porque es noble y porque es brava como el potro 

corredor, 
y son altos sus anhelos, como el vuelo del halcón. 



El doctor Andrés Laguna, médico del Papa 
y del Emperador. 

Toda Europa se admira de la ciencia 
de este nuestro patricio esclarecido; 
su profundo saber ha sorprendido 
a los doctos de Roma y de Florencia. 

El César sus talentos reverencia; 
del duque de Lorena es gran valido, 
y con espuela y yelmo ha ennoblecido 
el Pontífice Julio su sapiencia. 



1*2 CERVANTES 

A la par que averigua las virtudes 
de plantas de apartadas latitudes, 
entre pueblos y príncipes lejanos, 

recuerdan sus escritos con cariño 

el tiempo en que buscaba, siendo niño, 

las yerbas de loa campos segovianos. 

Juan de CONTEERAS Y LÓPEZ DE AYALA 



CERVANTES 143 



Prefacio para la historia de la 
crítica artística española de fines 
del siglo XIX y comienzos del XX 



Estas líneas quieren hacer el esbozo de cómo 
fuimos: un a modo de toque de atención, sin 
más objeto que abreviar el camino al historia- 
dor que un día se ocupe de las actuales andan- 
zas españolas. 

En todo tiempo se fueron a la greña los ham- 
brientos con los hartos, y la vida se vio salpi- 
mentada de ironías y sátiras, de lágrimas y ri- 
sas; pero lo cierto es que de semejante baraún- 
da y vocerío, el hombre salió mejorado; y lo 
que una colectividad pierde, otra lo desquita 
con creces. Lo cual quiere decir que la humani- 
dad jamás está quieta, ni conforme, y mientras 
una parte se odormece en la molicie, otra, vigi- 
lante, atesora felicidad. 



144 CERVANTES 

La bondad, hágase donde quiera, a todos al- 
canza: ¡qué admirable concierto! Traigo esta re- 
flexión para el propio consuelo, pues no porque 
nuestra cooperación falte en estos momentos de- 
jamos de aprovechar la ajena. 

Ningún período histórico es de más intere- 
sante y difícil estudio que el de las decadencias. 
La razón es obvia. Los valores individuales y so- 
ciales de los pueblos que decaen, o incapaces de 
levantarse, no cumplieron con su deber, ni su 
crítica clamorosa fabricó más que comedias de 
virtudes y grandezas. Y como todo anduvo 
trastornado y en desorden, no fué hacedero es- 
clarecer los fraudes y adulteraciones, para honra 
de la justicia y vituperio de los falsificadores. 

En aquellos otros tiempos, de crecimiento y 
prosperidad social, los sucesos llevan escritos en 
la frente sus causas: nada va oculto, torcido, ni 
hijo de intriga o de traición; una sana moral de- 
termina las espontáneas y leales acciones. En- 
tonces el ser justos no es excepción, y el egoís- 
mo y la superchería viven en descrédito, sin en- 
torpecer la buena vida del hombre. El juicio crí- 
tico en este caso encuentra poca confusión, y la 
claridad penetra en los rincones de las almas 
poniendo en evidencia la historia verdadera. 

Así como, en los pueblos sanos de espíritu, 
las virtudes se dan la mano y entre sí van bien 



CERVANTES 145 

concertadas, así los vicios y las desmoralizacio- 
nes se suceden y subordinan en las sociedades 
enfermas; y, a partir de la cabeza, la sanies se 
extiende y propaga por todo el cuerpo, sin de- 
jar aparato, función ni órgano que no quebrante. 

La crítica de arte es una secuela de la crítica 
política. Cuando la política cultiva la salud de 
los hombres, una ráfaga de sana moral orea las 
ciencias y las artes. En cambio si, tocada del es- 
píritu del mal, la política recurre a engañosos 
procedimientos, viene el contagio y la verdad se 
disfraza en todas partes. La desmoralización 
surge de los hombres públicos que con sus ha- 
lagos o sus imposiciones enervan las conciencias 
hasta la completa sumisión. En un principio la 
coacción pública suspende las malicias; pero és- 
tas no tardan en adornarse con los atavíos de la 
verdad. En los menesteres del arte y de la cien- 
cia, el contrabando es de más fácil disimulo. 
Aunque la mala critica marcha al compás de la 
mala política, aquella es la que principalmente 
mata la fe en los ideales y en los hombres y 
propaga la podredumbre, cegando el camino de 
salvación. 

Entre la crítica de estómago gruñón y acomo- 
daticia conciencia que pulula en las decaden- 
cias, no es raro ver saltar el genio, que precisa 
el estímulo de la indignación, para alumbrar sus 

10 



146 CtRVANTES 

obras magníficas. Entonces los grandes artistas 
hacen de críticos, y con la verdad y la belleza 
protestan de la abyección. 

El estado espiritual de España le han falsifi- 
cado por ahora de tal suerte, que seria conve- 
niente quemar las plumas y clavar las impren- 
tas. Cuando el estruendo de charlatán de feria 
se apague, después que esta turbulencia de alu- 
vión se serene y decante, la crítica dejará bien 
poco en pie de lo que la fama exaltó y de los 
bronces de las estatuas se harán aldabillas para 
los establos. 

No es al cortísimo número de críticos honra- 
dos a quienes me dirijo, ni al montón bajo cuyo 
estrépito de bombos se obscurecen aquellos: 
huelgan explicaciones para quien sustenta la 
verdad y para quien la disfraza, ya que los unos 
no tienen nada que aprender y a los otros les 
sobra malicia para olvidar su obligación; pero sí 
pretendo que las quejas lleguen al público, para 
que viva prevenido contra las ponzoñas. 

No echaría pestes de la gente literaria a que 
aludo si el mal se limitase a unas cuantas pintas 
de sarampión con pasajero quebrantamiento; 
pero la enfermedad es muy honda y su trascen- 
dencia alcanza a toda la masa social. ¡La astu- 
cia de la pluma! ¡Ya lo creo que sabe del egoís- 
mo y cobardía colectivas! Ni la virilidad ha po- 



CERVANTES 147 

dido venir a menos, ni la audacia vocinglera a 
más. 

Comanditas atrincheradas en las redacciones 
de los periódicos y revistas, se erigen en altísi- 
mo tribunal repartidor de honores y mercedes. 
Y ¡ay! del que no dé por validas sus excomu- 
niones y humilde no se someta; entonces verá 
la grandísima soberbia de los Padres de la Igle- 
sia, o la ruin matonería de navaja y trabuco; 
pues de entrambos procedimientos echan mano, 
según los tiempos y las circunstancias. ¿Quién 
se atreve con tales enojos? ¿Quién no teme sus 
fallos? ¿Qué alimento o medicina que no falsifi- 
que, virtud que no anuble, cielos ni tierra que 
no conturbe y disfrace con intenciones y sátiras 
de una pluma pecadora? A la Prensa, como al 
Gobierno, se la teme más que se la quiere. Y 
desde que se ha constituido su gremio acrece su 
soberbia hasla caer, en lo que cae siempre la 
fuerza, en el egoísmo. Estos días la corporación 
ofendida preguntaba a los empresarios de tea- 
tros, si los regalos de butacas eran a cambio de 
reclamos; y yo añado si el llevar y traer al re- 
tortero la farándula, para cuantiosos beneficios a 
la Prensa, era o no, de espontáneo y alegre sa- 
crificio. Como si a los empresarios les gustara lo 
de la badila en los nudillos. Tales preguntas 
huelen a intimidaciones. Lo menos turbio sería 



148 CERVANTES 

que cada cual pagara lo suyo, y que no se pros- 
tituyeran recíprocamente. Pero, quien manda, 
manda; que por algo aprendieron los periodistas, 
bajo la subordinación de los hombres públicos, 
a ejercer la tiranía. 

La sociedad española, con un barniz de liber- 
tad y justicia por fuera, por dentro teme y trata 
de cubrir sus rencores bajo el manto de una hi- 
pócrita discreción. En la lucha individual, como 
en la guerra entre naciones, es de fundamental 
estrategia ocultar al enemigo sus designios, para 
que no se percate del punto y momento del 
ataque. Tras la discreción, velan sigilosas las 
intenciones traidoras, que sorprenden a la no- 
bleza. Toda sociedad insidiosa y desleal, mata a 
fuerza de discreción sus más puros afectos, las 
primicias espontáneas, las miradas francas y ge- 
nerosas, las dulces intimidades del corazón. 

Aunque la discreción española es forzosa con- 
secuencia de su ambiente moral, no por eso deja 
de ser una virtud repulsiva. Así nos explicamos 
la parquedad y encogimiento de pintores, músi- 
cos y literatos, que siendo los aptos para juzgar, 
jamás despegan los labios, y, discretos y pru- 
dentes, dejan la sanción a la ignorancia del pú- 
blico y a la mala fe de críticos y revisteros. 
Este es el reinado del temor y del egoísmo. 
Ejemplo bien patente nos ofrece España de so- 



CERVANTES 149 

ciedad timorata ante la tempestad desencadena- 
da en Europa. Se dice que estamos divididos en 
dos bandos: de franceses y germanos. No es cier- 
to. Lo que en esta tierra discreta, más discreta 
que ninguna otra, vemos, son unos cuantos atre- 
vidos, que dicen ser liberales, y afrancesados, 
por lo tanto, y otros, no pocos, que añoran los 
tiempos de Calomarde, bajo la tutela del milita- 
rismo prusiano y del clericalismo español. Pero, 
además de estos dos partidos, que por lo cando- 
rosos pudiéramos llamar de niños de teta, viene 
el verdadero macizo burgués, que en la ciudad 
y en el campo se remansa como fruto de nuestra 
vieja historia dañada por la tiranía. Este tercer 
partido que surge de la podredumbre burguesa, 
constituye la dirección nacional, y no es otra 
cosa que la carnaza de Sancho, sin su natural 
bondad y hombría de bien; es la gente reposada 
y prudente, la que no se deja arrebatar; la cau- 
telosa; la que sonríe a hurtadillas con aire de 
superioridad; la que en todo litigio dice que el 
silencio es oro; la sumisa, que no tiene idea pro- 
pia y desprecia la ajena; la ingrata y olvidadiza, 
la que saluda con mentirosa inclinación; la sier- 
va, que no pierde de vista el látigo y pide un 
amo. Esta y no otra es la gente cuca que inter- 
viene en las polémicas con solemne gravedad y 
para dar ejemplo de tranquila e indulgente tole- 



150 



CERVANTES 



rancia; pero, sin dar a conocer su opinión y sin 
sumarse a otra alguna, ya que una mayoría sin- 
cera cortaría de raíz todas las querellas. Este 
tipo es el que se llama en España modelo de 
discreción y de prudencia; que es el que logra 
vivir en santa calma y acumula riquezas. Yo 
protesto contra quien dice que la honradez abre 
el camino a la riqueza. Lo dicen los interesados 
y aquellos de entre los pobres que adulan al po- 
deroso. Este tipo es la escuela del infame despo- 
tismo, que somete las conciencias, rebaja la mo- 
ral, y poco a poco, mata los caracteres. No es 
verdad que en España nos hayan oprimido con 
más tiranía que al presente. Si bien en un tiem- 
po hubo un César, hoy hay mil caciques cobar- 
des y vengativos, con la prepotente soberbia de 
aquél y sin ninguna de sus grandezas, A pesar 
de tales antecedentes históricos, yo denuncio a 
nuestra adinerada y arrogante burguesía, cleri- 
cal y militarista, como la más egoísta y cobarde 
del mundo y acreedora a grandísimo castigo. 
Esta malísima gente es la que, pasándose de 
lista, mira hacia dentro y ve su cono iencia an- 
siosa de justicia y repleta de remordimientos. 

Nadie se desprestigia por ser espontáneo, leal 
y sincero; y no hay mayor honradez que la ver- 
dad. La verdad no debe temer ni respetar nada, 
a no preferir que prevalezca la mentira. Lo de 



CERVANTES 151 

paz a los muertos, lo dicen los picaros vivos. La 
tolerancia del silencio para con el error, es tra- 
bajar traidoramente contra la salud pública, y 
es no tener confianza en sus fuerzas y atrinche- 
rarse astuto por previsora cuquería. Tanta kipo- 
cresía deja caer la critica en esa turba que no 
ve más que su capricho o su interés. 

La falta de valor cívico tiene su disculpa en 
la actual organización social. En este país, los 
organismos del Estado encargados de pesar y 
medir la cooperación de sus asociados, de dis- 
tribuir beneficios y honores, de dirimir en con- 
cursos, competencias y pleitos, resuelven, no con 
arreglo a justicia y merecimientos, sino con el 
más cínico menosprecio del sentido moral. En 
tal ambiente el odio se acumula en la multitud 
y las protestas se aquietan a fuerza de tiranía. 
Este verdadero despotismo ha creado el fondo 
de nuestro carácter nacional, que, salvo entre 
moros, dudo lo haya más innoble y desleal. Bajo 
esta preparación espiritual la Oligarquía, que 
manda y reparte beneficios, vive azorada, y, sin 
saber medir el peligro, escandaliza y atropella 
sin reparo. Todo está preparado para que triun- 
fen las malas causas por los medios más detesta- 
bles. Resultado: una sociedad sin satisfacción 
interior, rebelde y vengativa. Nadie está confor- 
me en el puesto que ocupa, pues sucede que en 



152 CERVANTES 

la clasificación de valores sociales, la inteligen- 
cia, la honradez y el celo están relegados a últi- 
mo término: cuyo resultado es una vida de in- 
justicia dentro de un pueblo revolucionario, en 
el cual el rabo está a la cabeza y ésta a la cola. 

Si la colectividad tuviera conciencia .. pero, 
desgraciadamente, anda entontecida en los em- 
bustes de una critica desmoralizadora. 

El público no se atreve por si solo a dar opi- 
nión por miedo a equivocarse, y la rapacería se 
lo da todo hecho. De antemano, con misericor- 
dia solapada y arrogante poca vergüenza, cálla- 
te, bobalicón, le dice, y atiende, pues ya sabes 
que soy la excelsa razón. Y el rebaño repite los 
balidos. Después de todo, es mucho más cómo- 
do no tener que pensar. Y respecto a la perver- 
sidad de conciencia que la fabrican y a las fal- 
sas reputaciones que levanta con su espalda... 
¡allá ellos! Así, sin salir de la ignorancia, agobia- 
do y sin defensa, se entrega a esa cr'itica incom- 
petente y de maliciosa prestidigitación. 

Si los hombres inteligentes y buenos supieran 
que con la verdad tenían la batalla ganada a 
poca costa, no desconfiarían del público, pues 
lo que a éste le falta es seguridad en su propia 
sabiduría: razón que le exige conductor que le 
guíe. La menor indicación basta para afirmar al 
público en su verdadero sentimiento, asi como 



CERVANTES 153 

se da por equivocado y sucumbe entre el es- 
truendo de la malicia. 

La critica preclara, limpia de corazón y sal- 
vadora, no ha llegado entre nosotros. El oficio 
ha caido en descrédito. Y si los hombres de mé- 
rito y sinceros no defienden lo de todos, queda 
el campo y la dirección nacional por la bribone- 
ría burladora. 

Enrique D. MADRAZO 

12 febrero de 1917. 



154 CERVANTES 



LIEBRE POR GATO 



Historias de París. 

A ENRIQUE FREYMANN 

Vivía en la calle de Vercingetorix, en una de 
esas casas del viejo y adorable Paris, que con- 
servan todavía en el sotabanco de la respetada 
conserje su llavero con departamentos pequeños 
donde cada cliente por las noches toma su bujía, 
para comenzar después el pesado ascenso a las 
buhardillas paupérrimas. 

Estaba sólo con mi hambre, mi pereza y... mi 
talento. ¡Qué demonio! ¿Por qué no he de con- 
fesarlo paladinamente, cuando ni protestas ni 
envidias ha de provocar mi genio ignorado? La 
modelo que utilizara me abandonó, dándome un 
prolongado beso de admiración y de piedad al 
decirme la despedida: «Au revoir, mon tresor; 
quan tu avra le sou, je reviendrai.» (Hasta la 



CERVANTES 155 

vista, tesoro mío; cuando tengas dinero, vol- 
veré.) 

Los colores caros, el cadmiun, la laca de za- 
ranza, el verde esmeralda, estaban íntegros en 
las telas que me vi obligado a empeñar en la 
Rotonde por unas tazas de café. Mi pincel sólo 
podía trabajar ocre, tierra de cieno, y mi último 
cuadro, decididamente «cubista», requería la- 
pizlázuli ¡a trescientos francos el tubo! ¡Un im- 
posible! 

Esa mañana desperté muy temprano, con 
una necesidad de comer terrible. Resolví soñar, 
durmiendo todo el día. A las siete de la noche 
no pude resistir más; necesitaba tomar algo, 
aunque faese aire. Me desperecé, abrí desmesu- 
radamente los ojos, crispé las manos y me di 
cuenta de que ni los cobertores ni las mantas 
que siempre me fueron fieles estaban conmigo. 
Mi lecho era una enérgica tabla con periódicos 
cosidos unos a otros, que hacían de colchóu. Mi 
abrigo lo formaban Le Matín, Le Journal, La 
Livre Paróle, UHumanité, UHome Enchaine, Le 
Petit Journal y algunos números de Le Temps, 
Fígaro y Excelsior, pocos, por ser los más caros; 
sí, señor; la Prensa unida, irónica y misericor- 
diosamente unida para amparar a un pobre, si 
no de la miseria, sí del frío... 

Me vestí con una lentitud verdaderamente 



156 CERVANTES 

filosófica; arregle mi natural desarreglo cuanto 
más pude, y salí. ¿Triste? — dirán los pesimis- 
tas — ; no, señor; con una íntima felicidad, pen- 
sando en la próxima comida, y con un desdén 
olímpico por la Humanidad, mi espíritu opti- 
mista de siempre, y mi amor a la Belleza como 
triunfal recurso. 

Llegado al portalón, las manos en los bolsillos 
del raído saco, el sombrero de alas anchas em- 
butido hasta las cejas y con un gesto de indife- 
rente inactividad, me miró a los sucios pies, pre- 
guntándome: ¿Quién podrá mantenerme hoy...? 
Mis elucubraciones no dieron luz en el asunto. 
Los camaradas estarían en idénticas condiciones 
que yo. ün comerciante en cuadros de la calle 
de La Boitee, mi cliente cada «Corpus y San 
Juan», vivía al otro lado del mundo, y era ade- 
más noche para encontrarle. Me fui directa- 
mente al cafó Cuyas, centro de espíritus di- 
lectos, donde desfilaban los artistas más pobres 
y más inteligentes de París, como yo, más o 
menos. 

Había acertado; mi compañero Roche estaba 
allí, ¡y tomaba café! Al saludarle, llamé inconti- 
nenti: ¡Un café, patrón! Roche escrutó mi sem- 
blante. 

— ¿Tienes dinero? — me dijo. 

No tuvo respuesta. 



CERVANTES 



157 



Bebí aquel néctar de los dioses con fruición 
de enajenado. Después contosté: 

— No tengo un sueldo. 

— Mais tu a un culo, mon vieux...! 

No le hice aprecio, abandonado al calorcillo 
voluptuoso que experimentaba en aquellos ins- 
tantes de placidez. 

A poco fueron llegando los demás intelectua- 
les. El cenáculo se hizo. Las honras y los fraca- 
sos de los ausentes llenaron el menú de la noche 
hasta las tres de la mañana; a esta hora nos ce- 
rraron el establecimiento, y partimos. No sé al 
fin quién pagaría el café. Roche, no; yo... creo 
que tampoco. 

París estaba en tinieblas, y sus calles del 
quartier solitarias. De la marcha de transeúntes 
lejanos se escuchaba el eco... De algún taxi que 
pasara raudo por la plaza Pelletier se percibían 
apenas los cornetazos como validos de oveja 
perdida en un monte. 

¡Qué ajeno estaba mi pobre estómago del por- 
venir brillante que le aguardaba a la vuelta de 
una esquina! 

Al cruzar frente a la calle del Abate de la 
Espada, rumbo a mi casa, distinguí una silueta 
larga y escuálida, envuelta en una capa españo- 
la. No sé qué misterio adiviné escondido en 
aquél fantasma que parecía deslizarse para no 



158 CERVANTES 

hacer ruido. Detuve curiosamente el paso para 
ver mejor; el hombre se acercó escondiendo 
frente y ojos bajo el chambergo, y la boca entre 
los pliegues de la española capa. Yo, por el con- 
trario, di mi cara faz a faz. El tipo aquel miste- 
rioso, al soslayo, pudo verme y detuvo el paso, 
llamándome por mi nombre, pero no con fran- 
queza, sino solapadamente, con sigilo y miedo. 
La soledad, el silencio, la negrura de la calle, el 
tono ronco de aquella voz, el abracadábrico an- 
dar del personaje, y, sobre todo, la capa larga 
me interesaron sobremanera. 

— Ven — me dijo. 

— ¿Pero adonde? 

— Ven — repitió con imperio. 

— Pero, ¿qué haces? ¿Qué quieres? ¿Por qué 
vas envuelto así? 

— Mira — me respondió, y diciendo abrió la 
ancha capa y me enseñó un animal. ¡Era un 
gato! Un gato muerto, y en seguida me dijo: 

— ¿Tú que haces? 

— ¿Yo? ¡Morirme de hambre! 

— Pues sigúeme. 

Le seguí y me explicó la historia de sus últi- 
mos días. 

— Yo como gato; cada dos días mato uno. 
Esta es mi comida; es decir, nuestra comida de 
hoy y de mañana. 



CERVAN TES 159 

— ¡Pero si yo nunca he probado esa porque- 
ría! — contestó airado. 

— Pues será la primera y no la última. Es una 
carne exquisita, blanca y suave como la del co- 
nejo y muy superior a la de la liebre... ¡Que no 
me vengan a mí con historias tontas! Después de 
esta experiencia cruel de mi vida, yo te juro 
que pueden engañarme todas las veces que quie- 
ran: yo aceptaré gatos por liebres, pero jamás 
me dejaré engañar real y positivamente; ¡a mí 
no me dan liebre por gato! 

La historia era azas curiosa y divertida, y 
como yo estaba horriblemente dispuesto a co- 
mer felino, seguí al artista. 

— Tú no sabes — me decía — , tú no puedes ima- 
ginar los sustos que yo he pasado, las carreras 
que he emprendido, las lágrimas lloradas por 
mi causa, las rabias que he provocado, las trage- 
dias familiares que ocasionaron mi hambre y mi 
valor. Pero he resuelto el problema de mi vida. 
Como gato que yo mismo cazo; pero ¡ah Ferrer 
amigo! Para llegar a mi destreza gaticida he te- 
nido que sufrir temblores, vergüenzas, reprimen- 
das indecibles, angustias, verdaderos martirios. 
Al principio tenía que asestar varios golpes sin 
resultado práctico; el animal maullaba con dolo- 
res dramáticos, me arañaba con fuerza, el escán- 
dalo se levantaba; salían a la calle las conserjes; 



160 CERVANTES 

se enteraba el cercano agente de policía; los 
dueños, iracundos, me buscaban, y cuántas ve- 
ces, al fin de cuentas, el felino se me escapaba 
de las manos, dejándome hambriento y con mi 
despecho a cuestas... Hoy es distinto. He llega- 
do a una perfección sorprendente. Un garrotazo 
es bastante; a golpe por gato; está bien, ¿eh? 

— Genial — respondí conmovido, y dije para 
mi sayo: ¡Qué hombre admirable...! ¡Y qué imbé- 
cil yo, de no haber discurrido antes recurso tan 
eficiente! 

Desde ese día fui su amigo inseparable, su 
fiel cómplice. Comí, viví, trabajé... Gracias a 
aquel noble talento ruso, que el destino pusiera 
en el camino de mi vida, frente a la calle del 
Abate de la Espada, allá subiendo el Boulevard 
San Michel, en aquellos rincones donde en ple- 
no siglo actual se vive mil ochocientos treinta- 
mente... 

Salíamos de noche, garrote en ristre, seguros 
de tornar con una pieza. Localizados el gato, su 
dueño, la conserje, el gendarme, y estudiado el 
vecindario, la topografía del terreno con sus sa- 
lidas para la retirada, los lugares alumbrados y 
los tenebrosos, nos acercábamos con una gran 
tranquilidad. Luego, el estacazo seco, rudo, for- 
midable, en la cabeza del gato, cuyo cerebro 
quedaba hecho añicos. Consigno este pequeño 



CERVANTES 161 

detalle a los naturalistas. No sé de qué manera 
morirán los gatos de muerte natural; pero si sé 
cómo se van a la otra vida de muerte de garro- 
tazo. 

Al recibir el golpe dan un brinco adelante, 
un verdadero scdto mortal, de manera que el há- 
bil gaticida, puede, si es experto y profesional, 
como nosotros lo éramos, coger al gato en el 
aire al dar su último salto... 

Todavía, sin embargo, nos quedaba por resol- 
ver un peliagudo problema: ¡Condimentar la 
carne! Porque aunque una vez lo intentamos, no 
pudimos pasar el cuadrúpedo crudo; necesitába- 
mos cocerlo o asarlo, empresa casi imposible. 
Los vecinos eran de un egoismo rayano en lo 
diabólico; no permitían que usásemos su lumbre 
ni su gas, alegando ser muy caro el combustible. 
Nosotros, ¿cómo habíamos de obtener esos ar- 
tículos de lujo, cuando ni el pan llegaba a nues- 
tros labios,..? Como yo no soy ingrato, y además 
no me agrada que se me recuerden favores atra- 
sados, que lastimarían mi orgullo, hurgué en mi 
imaginación un ardid, un recurso; cavilé, explo- 
ró nuestro taller y los ajenos, para ver de qué 
modo podríamos guisar nuestro alimento, retri- 
buyendo así al pintor ruso los beneficios inmen- 
sos que le debiera. La perseverancia en mis pes- 
quisas y el agudísimo ingenio que Dios otorga 

11 



162 CERVANTES 

a los hambrientos, al cabo y al fin produjeron un 
efecto maravillo. 

Mi casa de la calle de Vercingetorix era como 
una caja de embalaje, cúbica y de madera. Las 
escaleras de caracol, enclavadas en el centro del 
edificio daban acceso a los talleres. Frente a la 
calle se encontraban los departamentos de lujo 
más amplios, con bastante luz y aire. El mísero 
presupuesto de que yo disponía sólo me permi- 
tió quedar a deber uno interior, por el que la 
implacable conserje me exigía ya tres meses de 
renta vencida; esto es, ciento veinte francos. 

La casa tenía cuatro pisos. Yo habitaba, natu- 
ralmente, el último. En el descanso de la escale- 
ra, para alumbrar la entrada de los talleres, ha- 
bía un mechero de gas, de llama anémica, donde 
yo fundó mi triunfo y nuestros estómagos halla- 
ron alivio. 

Me fabriqué con un alambre robado, una es- 
pecie de tenazas y un círculo a manera de hor- 
nilla. Hecho el aparato, ensayé: Prendí el so- 
porte en el tubo del mechero; sobre el arillo 
puse nuestra olla de acero. Perfectamente; el re- 
sultado era espléndido. Sorprendí a mi colega el 
ruso con el ingenio mío. Aleccionados ambos, 
procedíamos con suma destreza; con una cuerda 
descolgábamos la olla llena de agua con el gato 
sacrificado; la hornilla improvisada, incrustada 



CERVANTES 163 

en la tubería, era sostén suficiente para la vasija. 
Uno de nosotros quedaba eu la puerta de la ca- 
lle, atisbando la llegada de la portera; había pe- 
ligro, se levantaba la olla, retirándose el gancho 
de alambre; nos dejaban en paz, entonces hervía 
el agua, se cocía el cuadrúpedo, y los dos pinto- 
res en «bohemis compañis» comíamos nuestro 
gato... ¡Y asi todos los días! 

» í& « 

Mi amigo el pintor encendió su pipa sonrien- 
do y añorando: ¡Et voila! — me dijo. 

— Bueno — interrogué — . ¿Y aquellas aventu- 
ras duraron mucho tiempo? 

— Quiá, no — me contestó — . Después vinieron 
los malos tiempos. Figúrese usted que cuando 
más contentos pasábamos la vida comiendo ga- 
tos, una malhadada noche me encontró en la 
bolsa de mi chaleco viejo un billete de cincuen- 
ta francos, olvido involuntario y signo de mi 
desprendimiento en épocas de esplendor, y ¡cla- 
ro está!, tuve que modificar mi existencia. Más 
tarde, ocurriósele a un rico paisano mío com- 
prarme unos cuadros pagándolos muy bien. En- 
tonces me vi precisado a vestir como todo el 
mundo y a comer a las veces en «La Avenue», 



3 6i CERVANTES 

en la plaza de la Estación Montparnasse, a dos 
francos cincuenta el cubierto. 

— ¿Y el ruso de los gatos? 

— Tuve la pena de perderlo. Cuando se ente- 
ró de que en nuestro taller se recibía gente de 
la categoria «casi bien» y que yo almorzaba en 
restaurante caro, que había trocado la «prensa 
unida» por ponchos mexicanos, regalo de mi 
profesor, me abandonó indignado. Después supe 
que se expresaba de mi persona en términos 
despectivos. 

— ¿Quién, Ferrer? 

— ¡Cet un sale burgois...! ¡Nom de Dieu! — Y 
haciendo una mueca irónica y desdeñosa, con- 
cluía: 

— ¡No me hable más de él...! ¡Es uno de tantos 
que se dejan engañar comiendo liebre por 
gato...! 

Isidro FABELA 

A bordo del «Frisia> , agosto, 29 de 1916. 



CERVANTES 



165 



LA POESÍA 



Pretendes que descubra, bella amiga, 

quién es la triste y dulce compañera 

que conmigo comparte la fatiga 

de este reñido y singular combate 

en que, a veces, el alma desespera 

y el generoso corazón le abate; 

quién es la Musa de mi pobre canto, 

la que alienta en mi alma solitaria, 

la que en mis ojos pone el triste llanto 

y en mis labios la mística plegaria, 

la que consuela todos mis dolores, 

la que mis negras noches ilumina, 

la que en prenda feliz de sus amores 

a la escabrosa cumbre de la gloria 

mis vacilantes pasos encamina; 

qué mujer es, en fin, la que en mi historia 

comparte enamorada 

mi inconsolable pena o mi alegría... 

esa mujer tan bella como amada 



166 CERVANTES 

es mi diosa gentil: la Poesía. 

¡Cuántas noches de fiebre, triste, a solas, 

en la ardorosa mente del poeta, 

luchan los desatados pensamientos, 

como en el mar las encontradas olas! 

Y esos nobles y dulces sentimientos 

que se elaboran en el alma inquieta, 

resbalan por las cuerdas de la lira; 

y en sus puros acentos, 

parece que le escuchan los lamentos 

del corazón humano que suspira! 

De los muertos imperios las grandezas 

que asombro fueron de la humana historia; 

del alma dolorida las tristezas; 

las infinitas ansias de la gloria; 

cuanto la mente en su ilusión procura 

y cuanto el hombre en sus delirios ama, 

vibra en su estrofa pura 

y en su lluvia de versos se derrama. 

Suena en ella la voz del gran Homero; 

ora vibra iracunda 

con el épico canto del guerrero; 

ora pinta el idilio 

que de placer el corazón inunda 

en la armoniosa estrofa de Virgilio; 

toma vida en el alma solitaria, 

sus muertas ilusiones resucita 

y embellece la mística plegaria 



gERVANTES 

que eleva al Cielo el triste cenobita; 

ella forja los puros ideales 

que disipan del hombre los dolores 

y eterniza el amor de los amores 

esculpiéndole en versos inmortales; 

llora con el dolor de Prometeo 

a la tajada roca encadenado 

mientras lucha tenaz con el deseo 

y siente el corazón despedazado; 

es luz que nuestras noches ilumina, 

astro que alumbra en la existencia humana 

la triste soledad en que camina 

la cansada y errante caravana. 

¿Morirá la Poesía, voz divina 

que en el humano corazón retumba 

y nuestros torpes pasos encamina 

desde la cuna a la ignorada tumba? 

Mientras vista la hermosa Primavera 

la tierra adormecida 

con espléndido manto de verdura; 

mientras tome calor, aliento y vida 

la ilusión impalpable que fulgura 

en el amante corazón que espera; 

mientras de amor, en el fecundo exceso, 

se enlacen los humanos corazones 

y palpiten con dulces ilusiones 

y se fundan las almas en un beso; 

mientras el muro triste y derruido 



167 



168 CERVANTES 

nos muestre las grandezas del pasado 

y del profundo sueño del olvido 

despierten como un eco las edades 

con sus brillantes páginas de gloria 

poblando del desierto de la Historia 

las inmensas y muertas soledades; 

mientras desgarre el alma solitaria 

la pena aguda sin vulgar consuelo 

y pretenda del hombre la plegaria 

abrir las puertas del cerrado cielo; 

mientras exista un rayo de alegría 

brillará la Poesía 

sobre el abismo de la humana historia, 

aclarando las sombras del camino 

por donde busca el triste peregrino 

la inaccesible cumbre de la gloria. 

No temas, no, que con mortal desmayo, 

su divina misión, al fin termine, 

ni que con triste y moribundo rayo 

nuestras lóbregas noches ilumine. 

Arde eterna su llama sacrosanta 

que en las negruras de la noche brilla 

como la estrella en el azul sereno; 

de sus propias cenizas se levanta 

y con su propia sangre se renueva 

que aunque los cuerpos rueden por el cieno 

el espíritu siempre a Dios se eleva. 

José TORAL 



CERVANTES 169 



URBINA 



Hace poco más de un año conocí a Luis G. 
Urbina, 

Fué en casa de Villaespesa, en aquellas inol- 
vidables veladas en que el gran poeta del Alcu- 
za?' de las Perlas nos daba a conocer los admi- 
rables versos de El Halconero y los sonetos al 
Generalife. 

Un cultísimo artista, Alfredo Gómez de la 
Vega, habló del viejecito — como llamaba cariño- 
samente al inmenso poeta mejicano — y recitó 
por primera vez La elegía de mis manos, Vieja 
lágrima y Más allá de la melancolía. 

No era Urbina uno de esos vates declamato- 
rios y fríos, que deslumbran al pronto con la 
brillantez verbalista del estilo, sin dejar luego 
la más leve huella. Había en sus versos un hon- 
do acento de sinceridad, una íntima poesía del 
corazón, una sensibilidad tan exquisita, que se 



170 CERVANTES 

apoderaba de la voluntad, dejando una profunda 
a e imborrable emoción en el alma. 

Desde aquel momento — mucho antes de cono- 
cerle personalmente — fui no sólo un admirador 
del poeta mejicano, sino un amigo, un hermano. 

« « « 

ürbina es un poeta que vive su poesía. 

La bondad que resplandece en sus versos, no 
es una farsa lírica, no es un artificio de la ima- 
ginación. Es el raudal que brota puro y cristali- 
no de la sagrada fuente del alma. 

Urbina no ha tenido, como otros poetas, que 
crearse un sentimiento imaginativo. 

La emoción y el sentimiento son en él natu- 
rales. 

Ese es el secreto de sus triunfos. 

«Tres condiciones — dice Lamartine — son ne- 
cesarias para formar un gran poeta serio en to- 
dos los siglos: un amor, una fe y un carácter.» 

Y estas tres condiciones se reúnen de un modo 
admirable en la lirica de Urbina. 

Todo está contenido en su lema «^Creer-crear». 

El carácter de la lirica de ürbina estriba en 
la milagrosa unión de lo antiguo con lo nuevo. 

Es clásico y romántico a un tiempo. 

Tiene su poesía sabor de vino viejo, y está, 



CERVANTES 171 

sin embargo, contenida en rica copa de oro muy 
nueva, muy brillante y exquisitamente cince- 
lada... 

Tiene la solidez, la sabia madurez de lo arcai- 
co y la gracia exquisita y espiritual de una eter- 
na juventud. 

Nunca es académico, nunca es rígido, jamás 
es declamatorio ni artificioso. 

Su carácter, como su estilo, es personalisimo, 
y su personalismo está en que su verso no es 
jamás esclavo ni amanerado, no está cincelado 
en el yunque de la forma; tiene todo el jugo de 
la espontaneidad. Nace como la flor, se nutre de 
la sabia del pensamiento, se eleva al cielo bus- 
cando la luz, y abre su corola ya majestuosa- 
mente como una magnolia, ya sencilla y modes- 
ta como una violeta; pero siempre llena de gra- 
cia, de belleza y de sinceridad. 

« « « 

El alma de Urbina se manifiesta en su obra. 

Podemos contemplarla como si se vislumbra- 
ra a través de la diafanidad de su estilo. 

Podemos estudiarle con absoluta precisión. 
Urbina ama la vida, ama la luz y los bellos pai- 
sajes. 

Allá, en sus días de paz, ¡con cuánta ingenui- 



172 CERVANTES 

dad y alegría expresaba las juveniles emociones 
de su alma! 



Amanecí poeta. ¡Buenos días, 
claridad de los cielos, honda y quieta! 
¡Valle patrio, salud! ¡Montañas mías, 
salud! ¡Salud, azules lejanías! 
¡Qué alegre estoy! Amanecí poeta. 



Y el horizonte es una gran sonrisa 
hecha de resplandores y destellos; 
entre la bruma gris, el sol se irisa; 
las magnéticas manos de la brisa 
sacuden y embalsaman mis cabellos. 



¿Quién me dio esta mirada de cariño 
para ver un ambiente tan sereno? 
¿Porque me siento niño? 
¿Porque me siento bueno? 
Mi alma no es hoy barranco 
de tinieblas, sino cumbre de gloria. 
¿Quién la limpió de escoria? 
¿Quién la vistió de blanco? 



La claridad del cielo, la profunda -y secreta 
paz de sus valles y sus montañas, la dulce y ju- 



CERVANTES 



173 



venil alegría de sentirse poeta, no le inspiran 
orgullo ni egoísmo; no le encierran en su casti- 
llo interior para gozar él solo de su dicha, ni le 
impulsa por las torcidas sendas de la sensuali- 
dad, ni por los caminos de la soberbia. 

Se siente niño, se siente bueno. Es como si 
llevara una rosa 

«recién abierta en lo interior del peclio». 

Siente 

«la aspiración al bien, toda infinito, 
y el amor inmortal, todo esperanza». 

Cuando la «vieja lágrima» del sufrimiento 
humano se filtró, por oculto resquicio, en lo es- 
condido de su entraña, en aquel triste atardecer 
de invierno, él recogió en su corazón, como un 
cáliz, el dolor, lágrima a lágrima, y lo llevó 
noblemente, transformándolo en melancolía y 
en fuente inagotable de ternura. 

Entró el dolor en la vida del poeta, y entró 
también en su obra. 

Mas el dolor al herir este alma grande y no- 
ble no se trocó en acentos de desesperación, ni 
en amargos lamentos de cólera; no se cambió en 
rebeldía, ni destiló el veneno de la sátira. 



174 CERVANTES 

No le inspiró amargas ironias como a Alfredo 
de Muset, ni lanzó gritos desesperados como Es- 
pronceda, ni, escéptico y trágico, paseó por la 
vida la impotente soberbia, como Heine, ni se 
revolvió contra el Destino como Leopardi. 

Amó, sufrió y perdonó; llevó su bondad hasta 
la cruz, hasta el sacrificio; bendijo al que le per- 
seguía, perdonó al enemigo, amó siempre, siem- 
pre...! 

«No basta aceptar la cruz — se dijo — , hay que 
amarla.» 



« « « 

Cuando el sublime cantor de la Provenza, Fe- 
derico Mistral, escribió su inmortal poema, ena- 
morado de la humildad de su heroína, quiso que 
la frente de la angelical Mireya resplandeciera 
aunque no tuviera diadema de oro; quiso que 
aquella niña gentil fuera glorificada como una 
reina. 

Mistral, verdadero poeta, había penetrado en 
el secreto poder de la humildad. 

Había comprendido la profunda sabiduría de 
la Naturaleza, había visto que «cuando los fru- 
tos maduran al sol y al rocío, entre la verdura, 
viene el hombre, famélico como un lobo, a des- 



CERVANTES 175 

pojar de sus frutos el árbol. Mas en la cima, 
Dios siempre eleva alguna rama, donde el hom- 
bre insaciable no puede alzar la mano; hermoso 
pimpollo primaveral, virginal y oloroso, al cual 
llegase el paj arillo para saciar su hambre.» 

Y Mistral quiso colgar su poema en estas «ra- 
mas de los pájaros». 

Quiso recoger en su plectro los dolores humil- 
des y elevar hasta las altas ramas de la más su- 
blime poesía, las escondidas y modestas flores de 
su país, y el Dios de los humildes, el Dios que 
nació entre pastores, hizo que este cántico fuera 
inmortal. 

Así Urbina, guiado por el mismo impulso, ha 
buscado también la «rama de los pájaros». 

Seguidle a lo largo de su vida y a través de 
sus obras. 

Seguid sus pasos. Ved. Su noble lira, como su 
corazón, se da con sublime generosidad, a los 
humildes. 

El, como Mistral, hará que la frente de loa 
pequeños resplandezca como si tuvieran diade- 
mas de oro. 

Su estilo desdeñará toda énfasis, toda al- 
tisonancia declamatoria, adquirirá una divina 
sencillez, una diafanidad sublimu — suprema 
expresión de arte — y exteriorizará su emo- 
ción, su ímpetu pasional, su ternura incom- 



176 



CERVANTES 



parable, en una forma toda gracia, toda sensibi- 
lidad. 

¿A. qué encumbradas regiones de la poesía se 
elevó el maestro para conseguir esta maravillo- 
sa forma? 

Ved cómo se detiene ante toda tragedia hu- 
milde; ved cómo abarca con sus anchas y pensa- 
tivas pupilas los cuadros de escondido dolor, y 
cómo abre su corazón para compadecer y com- 
prender. 

Ya se detiene ante el pobre emigrado español, 
ante el desgraciado niño que, empujado por la 
miseria, dejó su hogar, su pobre aldea y fué a 
buscar el pan a tierra extraña. 

¡Cómo compadece la «morriña» del pobre 
niño, que recuerda la delicia 

de sentarse a cuidar el rebaño 
a la sombra de un viejo castaño, 
o a la vera de un río, en Galicial 



Al visitar Toledo admirará los tesoros artísti- 
cos, contemplará extasiado el carácter histórico 
de la vieja ciudad, los grandes monumentos, la 
maravillosa catedral, las calles legendarias, todo 
le encanta...; pero su corazón se detiene ante una 
ventana iluminada en la noche donde vela traba- 



CERVANTES 177 

jando una humilde obrerita, y la imaginación del 
poeta, en vez de fantasear sobre el pasado, en vez 
de componer una leyenda como la de Las tres 
fechas, se inclina a contemplar y compadecer 
aquella vida humilde que se gasta y se consume 
en tan triste labor... 

Bajo el sol y frente al mar... en las frondas de 
los jardines cubanos, bajo los árboles cuyas al- 
tas y tupidas copas forman ciudades aladas, po- 
bladas de pájaros contentos de vivir, el poeta es- 
cuchará con júbilo el canto de estos pájaros y se 
detendrá a contemplar la belleza del crepúsculo...; 
pero su bondad se ha conmovido ante el espec- 
táculo de la triste vagabundería que pasa. 

En la Habana no hay cotarros, no hay dormi- 
torios de vagabundos. 

«Los guardias rondan, en vigilia constante, 
para que estos pobres lobos desdentados, estos 
miserables, estos tristes, no se habitúen a trans- 
formar en lecho la banca de un paseo público, 
ni la orilla del mar, ni el asiento de un jardín. 
Se les deja libre el paso, pero no el sueño. Es- 
tán condenados, como Lady Maebecth, a matar 
el sueño. 

El pájaro tiene la hospitalaria fronda, donde 
encuentra nido y albergue; mas el hijo del hom- 
bre no tiene donde reclinar la cabeza en estas 
populosas ciudades modernas. 

12 



178 CERVANTES 

«Los que no tienen liogar, no tienen derecho 

al sueño.» 

Y el poeta piensa en la misericordia del árbol, 
que parece que, al mediar la noche, hace más 
compacta su copa, más gruesas sus hojas, más 
apretadas sus ramas; y, en la sombra protectora, 
oculta, como en un regazo de madre viuda, al 
«hijo pródigo» de la vida. 

«El árbol no cejará en su empeño maternal, 
de dar abrigo a los cansancios; el árbol no cono- 
ce la organización social; siente que es una in- 
justicia que arriba los pájaros duerman tranqui- 
lamente y abajo los hombres ni siquiera puedan 
dormir unos instantes.» 

Asi irá siempre el poeta por la vida. 

Sus piadosas manos, 
tan dispuestas a todas las justicias, 
tan dúctiles a todos los halagos, 
tan fáciles a todas las caricias, 

se extenderán siempre para levantar al caido, 

y secarán los ojos al que llora, 
bendecirán al pájaro eu el nido 
y eu el cielo a la aurora. 

« « 4( 



CERVANTES 179 

El poeta mejicano Amado Ñervo, en el prólo- 
go del Glosario de la vida vulgar — último libro 
de Urbina — ha dicho: 

«Luis G. Urbina ha llegado a las playas es- 
pañolas casi al propio tiempo que las golondri- 
nas corvas y los vencejos azulados. Y en verdad 
te digo que asi como estas aves parecen traer- 
nos el don de la Primavera, él trae a España un 
don no menos grande: el don de su madurez se- 
rena y tierna al propio tiempo, de su emoción 
tan honda y límpida, que se adueña al instante 
de nosotros, y en el cual hay no sé qué dejo ex- 
traño y delicado de mis montañas y de mis 
valles.» 

¡Ah! Esta sublime golondrina no sólo traerá 
a España el don de la Primavera. Este gran co- 
razón, que desde su cátedra de Literatura de la 
Universidad de Méjico electrizaba a sus alum- 
nos cuando hablaba de los grandes escritores 
castellanos de nuestro Siglo de Oro; este prodi- 
gioso artista, que cuando visitó el Museo del 
Prado saludó a nuestro Velázquez como a un 
viejo amigo, y cuando pisó los umbrales de la 
Biblioteca Nacional le pareció que entraba en el 
antiguo archivo de su casa solariega, ejerce a su 
paso un santo y noble apostolado. 

El se hace pequeño, con los humildes; pobre, 
con los pobres; triste, con el triste; alegre, con 



180 CERVANTES 

el alegre. No vive para sí, sino para sus amigos; 
prodiga su gran corazón; sabe escuchar y sabe 
tolerar; es comprensivo y dúctil. Su inteligencia 
se amolda a todo, y llena de luz, de bondad y de 
confianza, el alma de los humildes. 

Sus manos, esas diminutas manos, «que no han 
declamado jamás la vil comedia», esas maravi- 
llosas manos, instrumentos del genio, estas pe- 
queñas manos tan grandes en misericordia, rea- 
lizan una misión sublime: están constantemen- 
te creando nuevos y fortísimos lazos de unión y 
de fraternidad. 

Luis LEÓN DOMÍNGUEZ 



CERVANTES 181 



EL REGRESO 



Para el tren. Esta casa de cartón, 
entre las cuatro anémicas acacias, 
habla de uu pueblo más... Otra estación... 

Y las pupilas torpes y reacias, 

vencidas al cansancio y la indolencia, 
miran desde la turbia ventanilla: 
un camino, una vieja diligencia, 
una mies retostada y amarilla. 

A lo lejos, un pardo caserío, 
ün arroyuelo que no llega a río. 
Una pelada y árida campiña. 

Y de allá de un terrizo que está en siega 
el gemir de una cántica gallega 

que llora de nostalgia y de morriña. 



182 



CERVANTES 



II 



Sonar de la campana en el andén. 
Estridencia de un pito. Resoplidos 
de la locomotora. Y sale el tren. 
Algo infernal taladra los oídos. 

Las acacias temblonas, en el viento 
parece que un eterno adiós suspiran. 
El tren en una curva da un lamento. 
Indolentes los ojos ya no miran... 

El sopor nos aturde y desvanece, 
y entornando los párpados, parece 
que caímos en una pesadilla. 

Bochorno, enervamiento, olor a era. 
De un bronce funeral, la voz austera 
se oye sonar muy lejos. Es Castilla. 



III 

¡El pinar! ¡El pinar! Hemos gritado, 
y un aroma a tomillo y a resina 
por la abierta ventana ha penetrado. 
¡Olor a mansedumbre campesina! 



CERVANTES 183 

¿Qué evocan y suspiran estos pinos, 
siempre verdes, fragantes, melancólicos, 
llorando lagrimones ambarinos 
plañiendo al vendaval versos bucólicos? 

Es el aire más fresco y más sutil. 
El cielo de un intenso azul añil; 
en éi, dos nubéculas: dos palomas. 

Silba el tren, y los pinos, se diría 
que estremecidos a su algarabía, 
huyen acobardados a las lomas. 



IV 

Hemos pasado un túnel — humo, hedor, 
obscuridad — . Y el tren que se desliza 
entre un martilleteo atronador. 
En el farol, la triste luz pajiza 

que torna de cadáver los semblantes; 
y vemos en las sombras hoscos guiños, 
y se nos hacen siglos los instantes 
y evocando redrores y años niños, 

miramos en las sombras al viajero 

y sentimos el golpe traicionero 

de un puñal, que en el pecho nos ha hundido. 



184 CERVANTES 

Mas la luz vuelve a entrar. Nueva alegría 
y nuevo y brusco amanecer del día... 
Miramos al viajero: va dormido. 



Bruma en las cimas y en los prados niebla. 
El tren jadea y con fatiga sube, 
rasgando esta espesísima tiniebla 
de tumo, de amanecer, de sueño y nube. 

Lagrimea el cristal. Llora la hoja 
del álamo en la linde. La montaña 
huele a tierra fecunda, y en la roja 
cima suena el «tin, tan» de la espadaña. 

Pasa un río de plata rumoroso. 
Quietud en el paisaje, almo reposo. 
El tren asciende lento y jadeante, 

y en el silencio blando del ejido 

la máquina prorrumpe en un silbido, 

como el ¡ay! de dolor de un caminante. 



CERVANTES 185 



VI 

¡El fin de la jornada! ¡Hemos llegado 
a la tierruca! ¡Acento melodioso 
de este hablar musical! El buen criado 
que besa vuestra mano... El oloroso 



aroma de estos prados, que despierta 
tantas evocaciones... Y la entrada 
en nuestra casa — noble puerta 
de clavos, y blasón en la fachada — . 

¡Dulce minuto de avivar lo muerto! 
¡Años que en tumultuoso desconcierto 
volvemos a vivir estos instantes! 

¡Reverdecer de ideas y cariños! 
¡Tornarnos a sentir buenos y niños, 
y no poder volverlo a ser como antes...! 

Antonio GULLÓN 



186 CERVANTES 



Del último libro 
"Elevación ' 



Substitución. 

¡Cómo han envejecido 
tus manos! 
¡Tus afiladas manos 
de palidez ascética! 

Tu rostro es todavia 
joven, y tu cabeza 
altiva, aún no se ciñe 
su corona de plata. 

Tus ojos claros saben 
penetrar en la hondura 
del alma que se esquiva, 
como dos estiletes 



CERVANTES 187 

luminosos de acero, 
penetran en las carnes. 

Tu frente muestra arrugas; 
pero son como surcos 
que aró tu pensamiento, 
para sembrar las flores 
de la meditación. 

Sólo tus pobres manos 
sarmentosas y exangües, 
dicen toda la lucha 
de tu vivir potente; 
hablan de los combates 
continuos en que, al cabo, 
venciste al enemigo 
cruel que hay en nosotros, 
al ansia sibarítica, 
que pide siempre goces 
a la ley del pecado 
que anida en las entrañas. 

Tu restro nunca supo 
gesticular... Inmóvil 
y claro como espejo, 
devolvía a la vida 
sus imágenes vanas, 
imperturbable siempre. 



188 CERVANTES 

Leíase en tus ojos 

la paz de la conciencia, 

conquistada por fin; 

el perfecto equilibrio 

entre tu alma y el mundo... 

¡Pero tus pobres manos 
sabían la verdad! 
Ellas gesticulaban 
en lugar de tu rostro, 
porque no se amenguase 
la majestad augusta 
de tu expresión serena... 

No hay un dolor que en ellas 
no haya quedado impreso. 
Son libro de diez páginas, 
rugosas y amarillas, 
cada una de las cuales 
narra muchas historias, 
cuenta muchos martirios. 



¡Oh bien nutridas hojas, 
oh poema conciso, 
lleno de intimidades 
misteriosas y excelsas! 
¡Pobres manos sagradas. 



CERVANTES 



189 



fáciles al augurio, 
claras ai quiroinantel 

¡Nobles manos veridicas, 
llenas de ingenuidad, 
que revelan tu diáfana 
y pródiga faena! 

jQuiero besar tus manos! 
Quiero poner tu diestra 
sobre mi corazón. 
Quiero apoyar su palma 
fría, sobre mi frente: 
quizás me reconforte 
con su influjo potente; 
quizás por siempre corte 
la fiebre de mi alma. 

Amado ÑERVO 



Junio, 1915. 



^^^ CERVANTES 



ÍNDICE 



Páginas 

Rocinante, por J. A. González Lannza 1 

Primaveras ficticias, por Santiago Rusiñol 45 

A Darío, por Carlos Cabrera 52 

Notas de viaje, por Luis G. Urbina . 66 

Sonetos, por Luis Barreda 74 

Juana Borrero, por Rubén Darlo 79 

Epístola a Manolo González, por Tomás Morales, 89 

Soledad, por Francisco Orozco Muñoz 96 

La casa de los abuelos, por Francisco Orozco 

Muñoz 9g 

Figuras contemporáneas, por Julio Cejador 99 

Los problemas mexicanos, por Luis Cabrera .... 112 
Un poeta nuevo, por Juan de Contreras y López 

de Ayala I33 

Prefacio para la historia de la critica artística es- 
pañola de fines del siglo xix y comienzos del 

XX, por Enrique D. Madrazo I43 

Liebre por gato, por Isidro Fabela 154 

La Poesía, por José Toral 165 

Urbina, por Luis León Domínguez 169 

El Regreso, por Antonio Gullón 181 

Del último libro «Elevación», por Amado Ñervo. 186 



Banco Híspano-flmerícano 

Capital: loo millones de pesetas. 

MADRID: Calle de Sevilla. 7. 



SUCURSALES 

Barcelona, Málaga, Granada, Zarago- 
za, Sevilla, Coruña y Valencia. 

AGENCIAS 

Villaf ranea del Panadés, Egea de los 
Caballeros y Anteqiiera. 



Realiza, dando grandes facilidades, todas ope- 
raciones propias de estos establecimientos, y en 
especial las de España con las Repúblicas de la 
América latina. 

Compra y vende Dor cuenta de sus clientes en 
todas las Bolsas toda clase de valores y mone- 
das y billetes de Bancos extranjeros. 

Cobra y descuenta cupones y amortización y 
documentos de giro. 

Presta sobre valores, metales preciosos y mo- 
nedas, y abre crédito sobre ellos. 

Facilita giros, cheques y cartas de crédito. 

Abre cuentas corrientes, con interés y sin él. 

Admite en sus Cajas depósitos en efectivo y 
efectos de custodia. 



AÑO II NUM. Yin 

CERVANTES 

Madrid, Marzo 1917. 

REVISTA MENSUAL 



CRÓNICA 



N 



leve, 



Allá me fui, solo^ por la desierta carretera de 
El Pardo, manchando la nieve del cielo con mis 
pies de hombre...- Solo, sí, solo, más solo que lo 
que estuve nunca... 

Después de mi último encuentro con la muer- 
te, era el de ayer mi primer encuentro con la 
vida. 

Ningún día más a propósito para volver a la 
existencia normal, al diario combate, sin transi- 
ciones bruscas, sin violentos cambios de deco- 
ración. En una tarde de sol me hubiese resulta- 
do imposible echarme a la calle. Sintieran los 



2 CERVANTES 

ojos de mi alma, hechos a las tinieblas del due- 
lo, al encontrarse con la alegría pública, al mis- 
mo agrio y angustioso efecto que sienten los 
ojos de la carne al salir de la obscuridad para 
encontrarse con la luz. 

Ayer, no; ayer era un día construido ad hoc 
por la Naturaleza para que cogiera del brazo a 
mi pena recién desflorada y dijese: «Vamos a 
dar nuestro primer paseo de novios por el mun- 
do.» Porque ayer salíase uno de dentro a fuera 
como se sale al día de la noche, poco a poco, 
guiado por las gradaciones lentas del crepúsculo. 

El espacio no tenía esa coloración azul vivísi- 
ma sobre la cual se destaca el sol como un bri- 
llante enorme en un estuche de terciopelo; sus 
tintes eran grises, flotantes, como las nubes de 
invierno que llenan los ámbitos de una iglesia 
durante un funeral; la tierra, tapizada de nieve, 
parecía una inmensa lápida de mármol blanco, 
a la que sólo faltaba el nombre del cadáver para 
ser tumba; las hierbas, por cima de la nieve en- 
galladas, adquirían, al entonarse con la blancura 
de ésta, matices negruzcos de corona mortuoria; 
los árboles, cubiertos de copos medio helados, 
parecían estatuas funerarias arrebujándose en 
sus sudarios; la escarcha, colgando del ramaje, 
remedaba lágrimas cristalizadas por el sufri- 
miento; el aire, dejos de gemido; la solitaria 



CERVANTES 3 

carretera, melancolías de campamento; los tran- 
seúntes, con el rostro oculto por el abrigo y la 
silueta difuminada por la niebla, actitudes de 
espectros... No sé; pero en aquel instante anto- 
jóseme que la Naturaleza, implorada por la 
muerte, para mi tan querida, vestía sus esplén- 
didos lutos para darme el pésame... 

Perdonen mis lectores: Yo no debo hacer de 
mis tristezas público pregón. Pero al verme, 
después de un golpe terrible, no por lógico me- 
nos terrible, frente a unas cuartillas que recor- 
daban mis obligaciones de trabajador constreñi- 
do a ganar su salario positivo de obrero y a 
perseguir sus tal vez irrealizables quimeras de 
gloria, sentí la desesperación que en mis cuarti- 
llas se refleja. La sentí, y haciendo mentalmen- 
te las observaciones en ellas apuntadas ahora, 
las arrugué con furia, las introduje en el bolsillo 
de mi americana y me eché a la calle, ansioso 
de pasear por la nieve que deshará el sol, pensa- 
mientos que nunca he de escribir... 

¡Qué dolor comparable al mío...! Ninguno. El 
lazo que anudaba mi niñez, desaparecida con 
mi vejez próxima, se había roto de repente y 
sólo quedaban en el hueco por la rotura abierto, 
desengaños, tristezas, dolores vestidos de más- 
cara, que carnavaleaban la vida con una botella 
en la mano y una carcajada en la boca. El único 



4 CERVANTES 

afecto grande que en mi existencia pude mos- 
trar al vulgo, acababa de sucumbir. Los otros 
afectos, si existían, liallábanse obligados a pasar 
entre la gente de contrabando, como criminales 
que huyen de los tricornios de la Guardia civil. 
Verdaderamente, no valía la pena de seguir lu- 
chando... ¿Por quién? ¿Por qué...? ¡Bah...! 

Y la nieve caía, caía, en copos monótonos, en- 
volviendo mi cuerpo como la desesperación en- 
volvía mi alma. ¡Luchar, padecer, combatir...! 
¿Por quién? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué ob- 
jeto...? Y mis manos febriles, nerviosas, se in- 
trodujeron con crispación de garra en el bolsillo 
de mi gabán y tropezaron con algo que dentro 
de mi bolsillo había. Era un periódico, El Libe- 
ral, de Sevilla, correspondiente al día 12. 

Lo abrí sin darme cuenta de la acción, y mis 
ojos tropezaron con una Crónica de Gómez Ca- 
rrillo, titulada «La parisiense de Stenley», y 
dedicada a mi humilde persona. 

Comencé a leerla. Era la crónica un himno 
doloroso, construido con notas de anemia, de 
abandono, de prostitución y de infamia. La his- 
toria de la obra parisiense, nacida en la miseria, 
criada en el desamparo y en la ignorancia, pa- 
sando del hambre a la mancebía, de la mance- 
bía al hospital, del hospital a la fosa común, sin 
haber tropezado con la dicha, con el amor, con 



CERVANTES 5 

el reposo, en el transcurso de su viaje terrible. 
Era un compendio amargo de todos los sufri- 
mientos que acogotan desde su niñez a la hija 
del obrero, al obrero mismo, a todos los deshe- 
redados del mundo, a todos los seres humanos 
que reclaman, unas veces con voces de súplica 
y otras con gritos de odio su puesto en la vida 
común... Era un alegato formidable, quizá un 
llamamiento hecho a los hombres de buena vo- 
luntad, en nombre de los que no tienen pan que 
llevar a la boca y afectos que llevar al alma... 

¡Pobre trabajadora parisiense! ¡Pobres traba- 
jadores de la tierra toda...! Vuestras desventu- 
ras, vuestras desgracias, son las grandes desgra- 
cias y las grandes desventuras que existen. La 
muerte total es una ley de Naturaleza. La muer- 
te viva, la que vosotros padecéis, es un cri- 
men, una injusticia enorme, una infamia... ¡Lu- 
char...! ¡Combatir...! ¿Por quién....? ¿Por qué...? 
¡Y yo lo preguntaba...! ¡Y yo quería cruzarme de 
brazos y hundirme en los egoísmos de mi tris- 
teza! No. Descansen los muertos en paz. Hay 
que luchar, hay que combatir por los vivos. ¿Qué 
importa la familia de sangre, comparada con la 
inmensa familia humana que sufre, que padece, 
que reclama su redención con voces de súplica 
unas veces y otras eon gritos de odio...? 

Hay que luchar por ella; es necesario comba- 



6 CERVANTES 

tir por ella, para que su dolor se trueque en di- 
cha y su aspiración en derecho reconocido. Es 
más noble y más varonil combatir por los hu- 
manos vivos que llorar por las madres muertas. 

Joaquín DICENTA 



CERVANTES 



POESÍAS INÉDITAS 



Nemrod está contento. 



Y el Sacro Sauto Espíritu 
Paloma se tornó. 
Nemrod está contento. 
¡Qué diablo de Nemrod! 

El tigre ruge: ¡Vivo! 
¡Siento brama el león! 

Y la paloma arrulla: 
Arrullo siento y soy. 

La flecha va en el bosque, 
Se hace el bosque feroz. 
Nemrod está contento. 
¡Qué diablo de Nemrod! 

Apolo es el arquero, 
Hércules, vencedor, 



8 



CERVANTES 



lehora, sacrifica; 
Vitrifuli y Moloch. 

Redimidos carnívoros, 
Coa civilización 
Imitamos alegres, 
El ejemplo del sol. 
Nemrod está contento. 
¡Qué diablo de Nemrod! 

El buey y el asno saben 
Un secreto los dos: 
¡El cristo de las bestias 
Ha sido el Mal Ladrónl 

La sangre de las bestias 
Es roja bajo el sol; 
La esencia de sus vidas 
Cual las del hombre son; 
El ojo del buey tiene 
Inaudito esplendor. 
Nemrod está contento. 
¡Qué diablo de Nemrod! 

La lengua de las aves 
Sabía Salomón, 
Mahoma de su yegua 
Hizo consagración. 



CERVANTES 



Nemrod está contento. 
¡Qué diablo de Nemrod! 



A un poeta. 

Te recomiendo a ti, mi poeta y amigo, 

Que comprendas mañana mi profundo cariño, 

Y que escuches mi voz en la voz de mi niño, 

Y que aceptes la hostia en la virtud del trigo. 

Sabe que cuando muera yo te escucho y te sigo; 
Que si haces bien, te aplaudo; que si haces mal, 

te riño; 
Si soy lira, te canto; si cíngulo, te ciño; 
Si en tu cerebro, seso; si en tu vientre, ombligo. 

Y comprende que en el don de la pura vida 
Que no se puede dar manca ni dividida 
Para los que creemos que hay algo supremo. 

Yo me pongo a esperar a la esperanza ida, 

Y conduzco entretanto la barca de mi vida; 
Caronte es el piloto, mas yo dirijo el remo. 



10 



CERVANTES 



menos. 



A MIGUEL MOYA 

El pinar está a mi lado. 
¡Oh, dulzura del pinar! 
El pinar está a mi lado, 
¡Cuántas cosas me ha contado 
Que no puedo revelar! 

¡Oh pinar suave y sombrío 
Que produces dulce son! 
Son de espumas, son de río; 
Son amable al sueño mío; 
Son de sueño y corazón. 

He soñado historia y brillo, 
Armas, glorias y poder, 
Fui señor de horca y cuchillo 
Al amparo del castillo, 
Del castillo de Bellver. 

Y las hojas de los pinos 
Daban sombra a mi soñar; 
Pinos llenos de los trinos 
De los pájaros divinos 
Que encantaban el pinar. 



CERVANTES ^■*- 

Luz antigua. Velas rojas. 
Velas blancas. Bruma. Sol. 
¿Qué murmuran estas hojas 
Del pinar en español? 

Han marcado los destinos 
Siempre siglo, norma o fin. 
Tú recibe de los pinos 
Bon de turpi, en mallorquin... 

Rubén DAEÍO 



12 CERVANTES 



Impresiones sobre dos poetas 



RUBÉN DARÍO 

Cinco días hace que por el laberinto de la 
memoria me asaltan, vivos unos y completos, 
otros desfallecillos y mutilados, éste grácil, ése 
brillante y raro, aquél misterioso y profundo, 
los versos que leí siempre con avidez, que releí 
con delectación, que aprendí con entusiasmo, 
que estudié con respeto. Viene una estrofa y 
con ella un olvidado fragmento de mi vida; pa- 
sa una imagen que al sacudir las alas salpica de 
rocío de recuerdos la aridez de mi espíritu; se 
acerca el ritmo extraño de una estancia, y en su 
recóndita sonoridad percibo la música de mis 
suspiros juveniles. ¿Quién por más encallecido y 
duro que se le haya puesto el corazón, no siente 
alguna vez que un canto, un perfume, un color, 



CERVANTES ' 13 

una palabra que recogieron los sentidos inespe- 
radamente, despiertan muchas cosas dormidas 
en el fondo de la conciencia, y que por remotas, 
por abandonadas, se creyeron muertas en la vía 
C7'ucis del olvido? 

Tal acaba de sucederme: una noticia fúnebre 
removió el arcón de mis añoranzas, en el cual 
mi curiosidad sentimental anduvo removiendo 
la guiñaperia literaria; y, buscando, buscando, 
he aquí que entre los rasos chillantes, las borda- 
duras amarillentas y los terciopelos chapados 
de los versos, encuentro telas diáfanas de poe- 
sía: las desdoblo, las miro, las admiro, y siento 
que están impregnadas do aromas de antaño, de 
mirras de ilusión, de fragantes liqúenes de ale- 
gría y ensueño. Ahora comprendo la sutil y me- 
lancólica verdad que, como en minúscula caja 
de oro afiligranado, encerró el Rabbí de Carrión 
en la arcaica copla: 

Cuando es ida la rosa, 
que ya el verano sale, 
queda el agua olorosa 
rosada que más vale. 

Ya para mí salió el verano; ya es ida la rosa; 
pero me ha quedado en el hueco de la mano el 
agua olorosa de los recuerdos, y en ella baño 



14 CERVANTES 

mis pensamientos como en linfas lústrales, y, a 
semejanza de todos los hombres, sonrío ante las 
fugitivas visiones de los días que fueron. 

« í5e « 

En una redacción de periódico, al caer de la 
tarde, nos dábamos cita dos o tres amigos para 
charlar de literatura, de arte, de mujeres boni- 
tas y del último escándalo social. Entre murmu- 
ración y murmuración, entre pitillo y pitillo, 
entre chiste y chiste, se comentaba un libro, se 
leía en alta voz, se discutía en voz más alta aún, 
y se cambiaban impresiones sobre la ópera, so- 
bre el drama, sobre la comedia representada o 
vivida. Los muchachos de aquella época — ¡ha 
llovido desde entonces! — teníamos en Méjico un 
fervor casi frenético por las letras. Era la nues- 
tra más que ocupación, más que inclinación: era 
vocación, consagración, devoción. Y no sólo en 
mi país, en muchos del Continente parecía suce- 
der lo mismo. La América española comenzaba 
a experimentar un ansia de producción que se 
asemejaba a una fiebre de crecimiento. La ten- 
dencia resultaba francamente revolucionaria; de- 
cididamente renovadora. Veinticinco años han 
pasado ya. Vivía Julián del Casal. 

Una de esas tardes, mientras, de bruces sobre 



CERVANTES 



15 



la mesa quintañona, pergeñaba yo el articulejo 
cotidiano, oí los pasos de mis compañeros que 
venían, no como era de costumbre, alborotando 
con sus gritos la casa, sino con pausado cami- 
nar. Se percibían el ruido lento de las pisadas 
en los peldaños de la escalera, y una voz única 
que hablabla rítmicamente. Levanté la cabeza. 
Entraron ellos. Manuel Gutiérrez Nájera, rodea" 
do de tres o cuatro amigos, andaba y al mismo 
tiempo leía un volumen abierto delante de sus 
ojos. El «Duque Job» tenia un marcado vicio 
de pronunciación: tartamudeaba. Pero su acen- 
to, bien timbrado, la suave inflexión de sus en- 
tonaciones, poseían la se( ^eta virtud de la emo- 
ción y la simpatía. VersoíkT eran los que recitaba 
el poeta, versos fáciles y\t;.ídeños de una elegan- 
cia fina, de una sonoridad intensa y aristocráti- 
ca como de clavicardio í atiguo; era un canto 
columbino de inefable y ueva ternura. La pa- 
loma decía: 



Soy la promesa ' ^ada, 
el juramento vi', o; 

soy quien V^-fa. el recuerdo de la amada 
para el jnamorado pensativo. 

Oyendo aquella fábula armoniosa, en la que 
los vocablos mecidos por un ritmo apacible so- 



16 CERVANTES 

naban como flores de cristal que estuviese ba- 
lauceando el céfiro; escuchando aquella silva 
primorosa hecha con arrullos de torcaz en celo, 
quedáronse mis veinte años embelesados, como 
Schariar con los cuentos de Scherezada. 

Al concluir la lectura, en el gris verde de los 
ojos de Gutiérrez Nájera resplandecía el conten- 
to. D© ahí en adelante no nos separamos hasta 
haber paladeado la última gota del vaso de poe- 
sía, al cual acercamos las bocas sitibundas. No 
sentimos correr las horas. Nos despedimos a me- 
dia noche. Mis pensamientos seguían batiendo 
jubilosamente las alas. Presentían el salto del 
sol en los pálidos carmines del Oriente. Un libro 
y un poeta me anunciaban el día. El libro evo- 
caba la visión del cielo: se llamaba Azul. 

El poeta tenía un nombre que, como lo dijo 
don Juan Valera, sugería con su extraña mezcla 
judaica y pérsica nebulosas fantasmagorías his- 
tóricas: se llamaba Rubén Darío. 



^ * 



Existencia azarosa, atormentada, desenfadada, 
inquieta, la de este gran cantor. Siempre me 
interesó y siempre la perseguí con minuciosas 
indagaciones. Los artistas Contreras, Guerra y 
Zárraga me narraban, anecdótica y fragmenta- 



CERVANTES 17 

riamente, la vida parisiense de Rubén Darío, El 
pintor Ramos Martínez me describía la excursión 
a las Canarias en busca de salud y reposo. Y 
Amado Ñervo, que tiene corazón de santo y pa- 
ciencia de benedictino, me ilustraba con suaves 
acuarelas la crónica deliciosa de su amistad con 
aquel intranquilo y luminoso espíritu. 

Rubén Dario cruzó por el mundo como Pul- 
garillo por el bosque: persiguiendo, y seguro de 
darle alcance, la remota lucecita del Ensueño. 
Este hombre, cuya vida interior fué tan intensa 
y tan perfecta, no supo orientar ni perfeccionar 
su vida exterior. Era un niño caprichoso, in- 
experto, y que, a fuerza de avivar sus internos 
resplandores, quedaba deslumhrado y sin distin- 
guir con precisión la realidad. Porque él sabía 
ver, con mirada muy penetrante, la naturaleza 
y la belleza; él sabía encontrar el sonido invoca- 
do y profundo; él sabía reproducir la maravilla 
del color y dar a las voces la inmensidad de 
horizonte del símbolo y sacar las escondidas 
perlas del llanto de los mares del alma. Él mis- 
mo se reconoce sensible, sensitivo, sentimental. 
Lo que tal vez no vio ni encontró Rubén Darío 
fué el aspecto positivo de las relaciones entre la 
sociedad y el individuo. Era un poeta altísimo, 
y su talla espiritual le hacía mirar pequeñas y 
despreciables e inútiles las ataduras con que la 



18 CERVANTES 

sociedad nos amarra al mástil del deber. Por eso 
las rompió, y desde la orilla de la proa tendió 
las manos anhelantes a las sirenas que le canta- 
ban. Era UQ inadaptado, un irregular. Su senti- 
do moral, quizá torcido, pero superior, estaba 
más allá del bien y del mal. Iba, con sus errores, 
tropezando e hiriéndose; pero llevaba en alto el 
brazo y empuñaba la antorcha de su genio, que 
le alumbraba y esclarecía las tinieblas lejanas. 
Se amurallaba en su ensimismamiento y, como 
un señor feudal, sólo tendía el puente levadizo 
para que lo visitaran los caballeros del ideal. 

Así lo vi a través de las confidencias; así quie- 
ro verlo siempre, malherido y doliente, huraño 
y piadoso, raro y noble. 

La veste de su musa era blanca como la de 
Beatriz; el fango de la senda la había mancha- 
do; pero tocada de la celestial radiación del Arte, 
fulgía como estrella cada salpicadura. 

Así lo quiero ver, así lo veré en sus versos ma- 
ravillosos, en sus prosas magníficas: una inmor" 
tal melancolía que mira de hito en hito el uni- 
verso de las cosas bellas, y que de cuando en 
cuando vierte el aljófar de una lágrima para que 
no se marchite jamás la ñor divina de la sonrisa. 



« «» « 



CERVANTES 19 

Muy en breve debo escribir mis impresiones, 
diré mejor, las emociones de mis viajes fantásti- 
cos por la extensa comarca poética de este sobe- 
rano de las letras. He paseado largamente por 
los jardines sonoros de las Prosas profanas, de 
los Cantos de vida y esperanza, del Canto errante, 
y he cortado una rosa de la Pompadour, he be- 
sado un lirio de la princesa triste y he recogido 
devotamente el botón de oro de la margarita 
deshojada, por una muchacha histérica, «en una 
noche alegre que nunca volverá». 

El maestro de la moderna lírica castellana, el 
audaz capitán que se partió a explorar las tierras 
vírgenes del Arte, y que, a semejanza de los con- 
quistadores de Heredia, contempló en cielos des- 
conocidos nuevas constelaciones, necesita ser es- 
tudiado, analizado, glorificado en su obra, que 
tuvo el poder milagroso de renovar y ampliar 
por modo imperecedero el reino de la literatura 
española. La critica de Rodó y la de González 
Blanco, siendo definitivas, podrían completarse 
con observaciones personales. 

Entretanto preparo el cordial homenaje de mi 
admiración, me complace que el brillante corte, 
jo de las estrofas pulidas y extrañas recorra, lle- 
nándome de añoradas músicas, el laberinto de la 
memoria. 



20 CERVANTES 



II 



AMADO ÑERVO 

Puede afirmarse que casi todos los periódicos 
de la ciudad, reproducen y comentan la carta 
que Amado Ñervo dirigió a don Luis Antón del 
Olmet, con motivo de la proposición que éste 
presentó y sostuvo en el Parlamento español, y 
en la cual se pedia una pensión para el insigne 
poeta mejicano, quien desde hace más de diez 
años reside en Madrid. El poeta, con un gesto 
hermosamente amable, rehusa en esa carta, la 
forma material del auxilio generosa y espontá- 
neamente presentado, y se queda con la espiri- 
tual ofrenda de amor y admiración que en ese 
noble proyecto le otorgan sus amigos intelectua- 
les, «sus hermanos de raza», en nombre de la 
Patria española. La intención de la dádiva es 
muy fraternal y muy cordial; mas las razones de 
hidalguía sutil, de la resistencia para aceptarla, 
salen también del corazón y están impregnadas 
de una mansa y sencilla filosofía, de un viejo 
aroma de resignación y humildad que nos re- 



CERVANTES 



21 



cuerda algunas liras de Fray Luis y algunos ter- 
cetos de la Epístola sevillana. 

Desde los prinaeros días de enero, guardo en 
mi cajón de papeles, los recortes de los diarios 
madrileños que publicaron los dos discursos — 
uno del diputado Olmet y otro del ministro An- 
drade — pronunciados en el Congreso con motivo 
de la proposición de ley que concedía la pensión. 
Las palabras dichas en la Cámara me halagaron; 
fueron al mismo tiempo un homenaje al gran lí- 
rico y una caricia hecha con suavidad maternal 
sobre el herido pecho de mi patria. La carta de 
Amado Ñervo, me conmovió; está escrita con 
emoción mal contenida, con la pudorosa tristeza 
del que, acostumbrado a sufrir mucho, sabe ca- 
llar el sufrimiento. Es un canto de gratitud cuyo 
ritmo midieron los latidos de un corazón viril 
rebosante de llanto. Todo esto pensaba y sentía 
yo dentro de las paredes de mi cuarto. Y, por 
temor de ser importuno, por recelo de sacar de 
quicio estas crónicas impresionistas que han de 
ver, no lo que acaece en mi «castillo interior», 
sino lo que sucede en el ambiente que me rodea; 
y que han de reproducir, no las cabalgatas his- 
tóricas de mis añoranzas, sino los cuadros vigo- 
rosos con que la realidad entretiene mis ojos; 
por desconfianza de mis fuerzas para dar interés 
de existencia actual y apariencia de labor opor- 



22 CERVANTES 

tuna a estas líneas de colores con las que subra- 
yo los episodios de la vida que pasa, dejé para 
la intimidad, para la conversación con el amigo, 
para el palique con el literato, para la charla 
desmenuzada de la calle y la revuelta y ansiosa 
confidencia de los expatriados; dejé, digo, mi en- 
tusiasmo, mi alegría, el sentimiento de bienestar 
y satisfacción que me produjo la noticia. Pero 
los periódicos de la Habana han hecho de ella la 
nota del día, la nota artística, y me ofrecen la 
oportunidad que yo necesitaba para tejer con 
unos cuantos estambres de recuerdo la floja e 
improvisada bordadura del obligado artículo se- 
manal. 

La política es, para mí, campo acotado y ve- 
dado; la crónica de espectáculos, ha derramado 
ya las rosas del elogio, como canastilla colmada, 
sobre las japonerías musicales de «Iris»; el señor 
Mapellii, hombre inteligente, mundólogo audaz, 
renueva, con experimentos ya conocidos, las dis- 
cusiones acerca de las teorías de las fuerzas psí- 
quicas; y realiza fenómenos de «fakirismo occi- 
dental», como decía el doctor Gibier, en los cua- 
les tal parece que la ciencia, cansada de la Clíni- 
ca, se disfraza de saltimbanqui y ejecuta suertes 
de magia blanca; el Crimen no ha traspasado los 
límites de la pista donde se verifica la ordinaria 
lucha de lobos hermanos; el doctor Sánchez de 



CERVANTES 23 

Bustamante ha pronunciado una magna oración 
parlamentaria en defensa de la ley de Jurados; 
la pieza oratoria que aún no se publica íntegra; 
ha recibido las calurosas alabanzas de la Prensa, 
pero en este asuiito serio, en el que, sin embargo, 
metí años ha la frágil hoz de mi literatura, no 
debo entrar; lo miro desde lejos y me impone 
como una fábrica severa y grande; en la sala de 
jurados rae pasé días aburridores, y me queda 
una vaga remembranza que podría sintetizarse 
en esta frase: no es siempre la pugna de la ver- 
dad; es, con frecuencia, el combate de los voca- 
blos, la justicia no triunfa, en ocasiones, de la 
elocuencia. Las voces, como las flores en la «se- 
rranilla» de Santillana, suelen ser las «encubri- 
doras». 

Y bien: me place caracolear la pluma alrede- 
dor de un tema que me es familiar y que me 
permite revivir ideas y sensaciones que de años 
atrás han querido, y no han podido exteriorizar- 
se. Séame permitido seguir en la corriente del 
tiempo, tan caudalosa y vasta, la raya de luz 
que traza, a su paso, esta navecilla de papel que 
se llama una nota artística. Un poeta acaba de 
ser glorificado. Para unos cuantos el aconteci- 
miento es trascendental. Para el resto de la mul- 
titud, es absolutamente insignificante. Yo, como 
niño en la orilla del mar, me entretengo con el 



24 CERVANTES 

juguete efímero de la ilusión. Y sueño en que 
es lo único grande que les queda a los hom- 
bres... 

« « « 

Hablaba mi anterior «Semana» de la redac- 
ción de un periódico, en donde Manuel Gutié- 
rrez Nájera entró, leyendo el «Azul» de Rubén 
Darío. Era un cuarto amplio, de paredes encala- 
das y desnudas, y, en el fondo, un ventanal, de 
vidriera empolvada, que abierto a poca altura 
del piso, dejaba ver la verdadera marchita del 
pobre jardincito que se extendía dentro de la 
reja de palo podrido, a la entrada de la casa. 
AHÍ, precisamente, en la puerta de «El Partido 
Liberal», vi por primera vez al poeta. Fué en el 
año de 1895. Cierro los ojos y contemplo, como 
en aquel instante, la figura escuálida del joven: 
el cuerpo de estatura mediana, que parecían 
alargar lo enjuto de las carnes, lo largo de las 
piernas, lo huesudo del busto y un levitón ne- 
gro, de corte clerical, que imprimía carácter al 
personaje; la cabeza, de rostro terso, palidez 
amarillenta, y aguileñas facciones marcadamen- 
te españolas; angulosa la nariz, delgados los la- 
bios y un bigotillo recién salido, más por retar- 
do de la naturaleza que por adelanto de la mo- 



CERVANTES 25 

cedad, pues el espiritado muchacho representa- 
ba haber pasado ya de la edad en que el Rafael 
de Lamartine se asemejaba al bello Sanzio de 
Urbino. Coronaba el conjunto, una melena obs- 
cura y lacia sobre la cual un cansado sombrero 
de seda lanzaba, de mala gana, sus opacos refle- 
jos. Al abarcar la total imagen nos despertaba 
ésta, desde luego, la impresión de que nos ha- 
llábamos frente a un seminarista provinciano. 
Yo me acuerdo de los movimientos un poco des- 
mañados, de los ademanes un poco zurdos, de 
la mímica nerviosa que sorprendí, desde los pri- 
meros momentos de trato con el recién llegado 
a la redacción del periódico. Hablaba, pronun- 
ciando de una manera especial las palabras, 
cantándolas con la típica acentuación que dis- 
tingue a las gentes del interior de la República 
Mexicana. Y si me acuerdo de los movimientos 
y de la voz no olvidaré, no podré olvidar nunca 
las dos cosas que me revelaron al soñador: la 
mirada dulce y vagorosa, que cuando se detenia 
tornábase intensa y honda, y se encendía en luz 
abismal, y las manos gesticulantes, expresivas, 
que se contraían en rápidas crispaturas o se 
abandonaban en languideces y desmayos elo- 
cuentísimos, siguiendo la fulgurante e inagota- 
ble verbosidad del poeta. 

Porque el mozo que aparentaba una discreta 



96 CERVANTES 

timidez, iba adquiriendo lentamente confianza y 
resolución y mostrando la potencia persuasiva de 
los educados en el ágil pugilato de la dialécti- 
ca. En efecto, aquel ingenuo y simpático gar- 
zón era un seminarista; era un provinciano; era 
un poeta. Lo acogimos todos con aspavientos 
cariñosos; lo vimos coa impertinencia; lo escu- 
chamos con atención risueña. Entró en el alha- 
raquiento compadrazgo del regocijo y en la san- 
ta hermandad de la esperanza. Iba a la metró- 
poli como el héroe de la opereta: en busca de 
felicidad y de gloria. Habia escrito en las hojas 
de la provincia. Traia mucho aliento, mucha 
perseverancia, y un tomo de versos inéditos. Se 
sentía, como el infortunado cantor de las «Ri- 
mas»: con algo divino dentro de la frente. Se 
llamaba Amado Ñervo. 

Pronto se hizo admirar de los elegidos. El ta- 
lento le salía a flor de piel. Su imaginación abría 
ocho alas como los ángeles de Tissot. Su oído, 
de sensibilidal ideal, le permitía escuchar inau- 
ditas sutilezas prosódicas y rítmicas, Pero su 
originalidad, su encanto, no estaban ahí. Esas 
cualidades, esas peculiaridades, se escondían en 
su extraña manera de sentir la belleza. Pensaba 
en las flores que le recordaban el altar; en las 
nubes del cielo que le avivaban la visión de las 
volutas de incienso que, hacia la bóveda del tem- 



CERVANTES 27 

pío ascendían cargadas de cánticos; en las voces 
lejanas que llegaban a él con rumor de oracio- 
nes; en las arcadas coloniales que le traían a la 
memoria los corredores de su seminario; en las 
músicas melancólicas que le empañaban con lá- 
grimas las pupilas. Experimentaba nostalgia de 
las sillerías labradas; de las casullas recamadas 
de oro; de los misales de pasta realzada; de los 
cirios de llama moribunda; de los cuadros de 
fondos ennegrecidos. Espolvoreaba la amenidad 
de sus pláticas con cintas de latín eclesiástico. 
Se sabía al dedillo las sentencias de Kempis. A 
veces, cuando rememoraba, ponía en su acento 
una unciosa tristeza que empenumbraba la clari- 
dad de su pensamiento, que se entreveía como el 
jardín de un claustro durante una puesta de sol. 
Tenía sus horas de taciturno, después de sus 
medias horas de locuaz. Era un tanto reconcen- 
trado y misterioso, al margen de sus intempesti- 
vas expansiones. 

« «- » 

Era la crisálida de una mariposa inmortal. 
Era el brote de un gran espíritu de artista; la 
espiga de una próvida inspiración. 

Amado Ñervo entró en la Poesía como en do- 
minada comarca: avasallando formas y rindien- 



i 

28 CERVANTES 

do preceptos. Nació, como todos los predestina- 
dos a realizar las maravillas del arte, con el ins- 
tinto del gusto. Y también nació con la virtud 
suprema de la sinceridad. Sus últimos libros no 
son sino el progresivo crecimiento de sus libros 
primeros. En «Misticas» y en «Perlas negras» 
está el germen de «Serenidad». Es el de Amado 
Ñervo, un temperamento místico que no ha su- 
frido alteración sino depuración. Ahora es más 
diáfano porque el dolor de vivir se ha encarga- 
do de ir puliendo facetas en ese diamante que 
día por día se hace más luminoso. 

Los pasos iniciales de Ñervo en la literatura 
marcan la cualidad conquistadora, la vencedora: 
el caráter. Una voluntad muy firme, una fe muy 
profunda, un ideal muy alto, y con estas tres 
energías el genio de Ñervo se puso en marcha. 
De la puerta de aquella redacción en donde le 
conocí a la puerta de la gloria a la cual ha llega- 
do, el camino se tendió difícil, tortuoso, quebra- 
do, con bien encubiertas trampas y precipicios. 
Todos los salvó este luchador. En México supo 
abatir envidias y levantar admiraciones; en París 
supo ir por el barrio latino del brazo de dos cama- 
radas peligrosos: la Miseria y el Vicio, sin que 
uno u otro mancharan la albura de sobrepelliz 
de su conciencia. A todas partes llevó su resig- 
nación, su bondad y su amor. Lo acompañó 



CERVANTES 



29 



siempre la mansedumbre de un ensueño puro. 
Puso en verso adorable, las aventuras doloro- 
sas de su espíritu. 

Mas no por eso dejó nunca de ver la realidad 
y de compenetrarse con ella. En este contempla- 
tivo con ensimismamientos de éxtasis, vigiló, de 
continuo, un reflexivo con atenciones de obser- 
vador. Y esta dualidad, esta mezcla de tan di- 
versas actividades, no es extraordinaria: recor- 
demos al arquetipo, a la doctora de Avila. 

Amado Ñervo, soñador, escritor, diplomático, 
ha recorrido los senderos de la vida, sin perder 
un solo momento, ni en el momento de las gran- 
des penas, su voluntad de ir por encima de las 
cosas, mas sin perderlas de vista. Posee el gran 
poeta un alto sentido humano esclarecido por 
la ansiedad divina del más allá. 

De ahí que su obra tenga extensión y tome 
amplitud y adquiera universalidad. De ahí que 
sea tan americano y tan español y tan continen- 
tal y tan extracontinental. Es un hombre que 
lleva el alma herida por la tristeza, por el infor- 
tunio, por la muerte, y que se queja en voz baja 
y llora sin amargura porque tiene la seguridad 
de su liberación y de su ascensión. 

El versificador estupendo que ha dado flexi- 
bilidades inconcebibles y músicas recónditas al 
idioma; el imaginador y plasmador de metáforas 



30 CERVANTES 

que deslumbran y emocionan como el sol de un 
atardecer; el confidente emotivo y delicado que 
deslíe sus melancolías en uu ensueño sideral, y 
unta con ungüentos de piedad los corazones 
transberverados, y es sensitivo y caballeresco, 
activo y místico, laborioso y estático, es un ver- 
dadero representativo, una existencia simbólica 
digna del homenaje de la admiración y de la 
ofrenda del amor. 

Luis G. URBINA 



CERVANTES 31 



A UN POETA JOVEN 



Si vas por el camino recto hacia tu Destino, 
no escuches los halagos de esas voces confusas 
que hacen voluptuosas las siestas del camino... 
Es celoso, en su orgullo, el amor de las Musas. 

En las intimidades de su festín divino 
cuando su ensueño escancian, no toleran que 

intrusas 
bocas manchen sus vasos ni profanen su vino, 
ni que alientos extraños soplen sus cornamusas. 



32 CERVANTES 

Si tu alma de panida su eterno amor anhela, 

despójate de todo lo material, y vuela 

hacia los áureos éxtasis en las alas del canto... 

Y haz, en la luminosa bondad de tu poesía, 
de tu dolor más hondo un himno de alegría, 
y un milagro de perlas del temblor de tu llanto. 
Francisco VILLAESPESA 



CERVANTES 33 



¡Y MURIÓ DICENTA! 



En una hermosa mañana templada, acarician- 
te, la primera hermosa después de tantas inver- 
nales y tristes, una de esas mañanas que hacen 
amar la vida por la vida misma, en que la brisa 
y el sol, reconfortantes, saturan el organismo 
como inoculándole faerzas nuevas, llegó a Ma- 
drid la terrible noticia: «Joaquín Dicenta ha 
muerto en Alicante.» A Alicante había ido el 
gran escritor huyendo del desapacible invierno 
madrileño y en busca de más amables tempera- 
turas. Y allí, frente al mar latino, en el mismo 
sitio donde hace treinta y cinco años escribiera 
sus primeras cuartillas el glorioso autor de Juan 
José — esa obra fuerte y bella que es honra no 
sólo de la escena española, sino de toda la con- 
temporánea — , acaba de finalizar su vida, con la 
pluma en la mano, tal un soldado del ideal que 



34 CERVANTES 

no abandonó sus armas sino cuando el último 
aliento de su vida se escapó de su ser. 

* * # 

Joaquin Dicenta se impuso al público español 
desde su juventud, tan borrascosa y bravia, tan 
llena de fuego, tan contagiosa de entusiasmo y 
amor por los parias dolientes, por los irredentos 
eternos de estas organizaciones sociales tan 
lentas en su marcha ascensional, en su educación 
verdadera. Juan José, el popularísimo drama, 
traducido ya a casi todos los idiomas modernos, 
lo consagró. Desde entonces, y van corridos años 
de la fecha del estreno, no cesó Dicenta en su 
obra cultural, ocupando todos los escenarios: el 
teatro, el periodismo, la novela, el libro de cró- 
nica. 

Todavía enfermo, muy enfermo, y con sus 
cincuenta y tantos años a cuestas, dio ejemplos 
de energia estupenda produciendo artículos pe- 
riodísticos que, como el publicado en El Liberal, 
de Madrid, con el título de «Dos juventudes», 
constituye un reto formidable a la generación 
actual, considerada dormida por el luchador, un 
acicate, un latigazo de luz que se diría dado por 
un espíritu excepcional, alentando en el más 
sano y fuerte de los organismos. 



CERVANTES 35 

Cuando llegué a Madrid desde mi lejano Bue- 
nos Aires — hace de esto cuatro meses apenas — , 
tuve oportunidad de visitar a Dicenta, soste- 
niendo con él una conversación que por el inte- 
rés especial de que fué revestida merece recor- 
darse. 

Dicenta me habló de su enfermedad, para 
lamentarse de no poder acompañarme con el fin 
de hacerme conocer el ambiente popular donde 
él era tan querido y por el cual sentía tanta 
predilección. 

— Iríamos — nos dijo — adonde nadie le llevará, 
ahí, donde todos los escritores debieran penetrar 
y donde es necesario que usted haga oír su pa- 
labra, si quiere realizar obra eficaz. 

Y se extendió, inflamado de entusiasmo, en 
consideraciones dignas, como suyas, de ser re- 
producidas y atendidas. 

— Ni Ateneos ni fórmulas diplomáticas harán 
nada por la unión verdadera de los países de 
América con España — dijo — . En tanto no se 
llame al corazón del pueblo con voz sincera y 
convincente, todo será inútil. La unión, esa fu- 
sión espiritual que tanto deseamos, no habrá de 
conseguirse mientras no existan hombres de pen- 
samiento y voluntad que se dirijan a la masa 
trabajadora, o sea al pueblo productor y cons- 
ciente, ese que forja la vida en el taller, se satu- 



36 CERVANTES 

ra de ciencia en las bibliotecas y se arroja a 
combatir en la calle. Ese que vive y sufre, lle- 
vando siempre un rayo de redención en los ojos. 

E iluminado, terminó: 

— Es necesario que los pueblos de América y 
España se tiendan los brazos a través del mar, 
franca y decididamente. Pero esta obra se en- 
cuentra fuera del alcance de los convencionalis- 
mos oficiales y de las fórmulas banales propues- 
tas hasta hoy. 

— Y entonces — interrogué — , ¿cuál sería el 
camino? 

— ¿Cuál? No engañar nunca a los pueblos. No 
afirmarles bienestares falsos e irrealizables, pin- 
tándoles horizontes deslumbrantes que no exis- 
ten. Decirles de una vez que América es Améri- 
ca y no Jauja; presentarla con sus colores pro- 
pios, con sus virtudes y defectos, deshaciendo 
con la decisión de los varones íntegros el pre- 
sente espejismo enceguecedor y mortal. Y en- 
tonces, sólo entonces, evitaríamos el hecho in- 
dignante del engaño fomentado por agentes in- 
teresados y diplomáticos interesados también 
en proclamar las excelencias de países hoy en 
situación económica difícil para el productor, 
como lo prueban acabadamente las profusas no- 
ticias particulares llegadas periódicamente, en 
contradicción manifiesta con las propagandas 



CERVANTES 



37 



oficiales. Trabajemos todos, pero con sinceridad, 
tratando de cambiar viejos y malos sistemas, tan 
malos y tan viejos aquí como allá, y entonces, 
sólo entonces, podremos decir que, en realidad, 
trabajamos todos por el porvenir de la raza. El 
intercambio de ideas y de productos hará lo de- 
más. ¿A. qué esforzarnos por estimular una emi- 
gración a países que no están aún en condicio- 
nes de recibirla en tan gran cantidad como la 
piden? ¿Qué bien obtendremos con este proce- 
der? ¿A quién favoreceremos? Al capital sin ley 
y sin patria, seco y sin sentimientos en todas 
las latitudes. Y a la larga perderán en prestigio 
los dos países: el que a fuerza de subterfugios 
arrancó el brazo de la tierra en que naciera, y 
el que lo dejó ir sin la seguridad del amparo. 

Y como el poeta Villaespesa, mi acompañan- 
te, asintiera con un «¡Bravo, Joaquín!», tan es- 
pontáneo como entusiasta, yo guardé el más 
elocuente de los silencios, admirando desde las 
reconditeces del espíritu el gesto augusto del 
gran escritor, al pensar sólo en el bien de sus 
semejantes, cuando tantos lo consideraban ya al 
borde de la tumba. 

Pocos escritores como éste tan valientes, tan 
enteros, tan línea recta, tan firmes en sus con- 
vicciones revolucionarias. Ejemplo admirable 
de sinceridad, de honradez, de integridad de ca- 



38 



CERVANTES 



rácter, este di'gnificador de la especie, después 
de entregar toda una vida a la propaganda de 
sus ideales democráticos — más grande que el ins- 
tante supremo que Voltaire en el pasado y que 
Mirbeau en el presente — , muere pronunciando 
esta frase que puede considerarse como el coro- 
namiento deslumbrante y la síntesis majestuosa 
de su obra de combatiente: «Conste que ha lle- 
gado mi fin, y que muero fuera de toda confe- 
sión religiosa, manteniendo mis ideales y miran- 
do cara a cara a la muerte.» 

Asi, airosa, serena, gallarda, altivamente, con 
un gesto certificador de su carácter de irreduc- 
tible, acaba de entrar en la región del misterio 
quien luchó durante toda su existencia por el 
advenimiento de una Humanidad organizada en 
forma más fraternal, más noble, más en armonía 
con las leyes naturales regidoras de los seres y 
las cosas. 

Piénsese como se piense, forzoso es respetar 
y admirar esa frase consecuente y bravia, arro- 
jada, con voz serena y ánimo esforzado, en los 
umbrales mismos de la sombra. 

^ tí ^ 

Muere Dicenta en un momento difícil para la 
literatura teatral española. Invadidos los escena- 



CERVANTES 39 

rios de Madrid por géneros híbridos o extraños 
— traducciones, adaptaciones y arreglos de obras 
francesas o inglesas, cuando no por la franca as- 
tracanada, cuyo reino parece eternizarse en al- 
gunas salas de donde — ¡oh, ilusión! — se creyó 
proscripta sin remedio — , ¡presentar el más la- 
mentable espectáculo ante los ojos del extranje- 
ro que los frecuenta esperanzado de encontrar el 
ambiente y la psicología del pueblo, llevados a 
ellos por los escritores del día, con el arte con- 
sumado con que lo hicieran los grandes antece- 
sores de que España puede enorgullecerse! 

El autor de Juan José, de El señor feudal y 
de Daniel deja planeadas dos obras que pensa- 
ba terminar en el transcurso de este año. La 
muerte lo ha sorprendido, pues, con las manos 
en la masa, como a casi todos los fecundos pro- 
ductores del pensamiento, y preocupado de la 
reconstrucción del teatro español contemporá- 
neo, obra a la que él había contribuido tanto y 
que él veía desmoronarse. 

Durante su vida, no muy dilatada desgracia- 
damente, Dicenta ha escrito mucho, ha trabaja- 
do mucho. Su obra periodística es extensa y 
valiosísima. Cronista de El Liberal durante vein- 
ticinco años, ahí quedan, en la colección del 
gran diario, sus páginas vibrantes, llenas de 
ideas generosas, de rebeliones augustas, de no- 



40 CURVANTES 

bilísiraos conceptos. Muchas de ellas han sido 
ya recogidas en hermosos y diíundidísimos li- 
bros: pero existe una cantidad apreciable de 
obra desperdigada que sus herederos compilarán 
sin duda alguna. Precisamente estaba Dicenta 
en vísperas de firmar un contrato con un editor 
de Madrid para la publicación de sus obras 
completas. Y era éste el primer negocio editorial 
realizado en su vida con la seguridad de una 
retribución algo equitativa y aliviadora. Y esto, 
a pesar de ser Dicenta, después de Galdós, el es- 
critor más popular de España. ¡Ironía cruel! 
Muere Dicenta en la más desoladora pobreza. 
Digna, pero desoladora. Ha vivido al día duran- 
te sus largos años de productor. Y en el momen- 
to de la cosecha tranquila, tan merecida, tan jus- 
ta, cuando iba a gustar con alguna calma el fru- 
to de tanta semilla arrojada al surco, sembrada 
con mano pródiga, un hondazo de la suerte lo 
sepulta en el mar inmenso. 

^r ^fi *^ 

«Toques de agonía», su última crónica, en la 
que pintó la situación desesperante creada a las 
poblaciones marítimas de España por la guerra 
que hoy deprime a Europa, ha sido publicada 
en El Liberal, de Madrid, seis días antes del en 



CERVANTES 41 

que se apagó su vida. Y la postrer cuartilla, su 
despedida definitiva, la que su pluma, que no 
tembló nunca, trazó horas antes de doblar para 
siempre su cabeza de águila pensadora, está 
aquí en mis manos, palpitando de generosidad, 
en señal de aplauso al compañero lejano, para 
quien la escribe, reuniendo, quizá, en un es- 
fuerzo supremo y magnifico, todas las energías 
que le restan. 

Dice asi: 

«Jesús que torna», Jesús que se va... 

Alberto GHIRALDO 



42 CERVANTES 



Impresiones de paisajes 
y lecturas. 

Canto a los villanos de Castilla antigua. 

¡Helos, helos por do vienen, los villanos de 

Castilla! 

Los de manos sarmentosas que esparcieron la 

semilla. 

Los de rostros aguilenos, los de frente sin 

mancilla. 

Los de frente sin mancilla, toda ungida de sudor. 
Los que bailan viejas danzas de dulzaina y a 

tambor 
cuando ríe por los campos la mañana del Señor. 

Los que en tiempos de los moros repoblaron la 

comarca 



CERVANTES 43 

Soberanos de la tierra que oprimían con su 

abarca. 
¡No han temor de Señoría, de Perlado ni 

Monarca! 

Los que alzaron sus iglesias a la Virgen y a 

San Juan, 

San Martín y San Miguel, San Llórente y 

San Millán. 

¡Esas piedras, que doradas por un sol miliario 

están! 

Ellos son los hombres buenos que se asientan 

altaneros 

cabe Obispos muy letrados y muy nobles 

caballeros 

cuando llama el Rey a Cortes bajo el árbol de 

los fueros. 

¡Aprended, los ricos hombres del pendón y la 

caldera 
que la tierra que ganades sostenerse non 

pudiera 
sin yantares ni alcabalas, ni moneda fonsadera! 

Aprended que de tres brazos se formó la 

cristiandad. 
Si estos brazos se juntasen en amor de caridad, 



4i 



CERVANTES 



¡uo reinaran como hogaño la iniusticia y la 

maldad! 

¡A rezar los frailecicos, los maitines en el coro! 
jA reñir los caballeros en la guerra contra el 

moro! 
jA segar los segadores, el maduro trigal de oro! 



¡Dios os guarde, los villanos, los villanos de mi 

tierra! 
Los labriegos de los llanos, los pastores de la 

sierra. 
Todo, el temple de la raza sois vosotros do se 

encierra. 

Salve, salve, los pecheros que ensalzaisteis la 

ciudad 
con la fama de los paños que batiais en su caz. 
¡Era recio y era santo vuestro gremio y 

hermandad! 

¡Bataneros del Eresma, curtidores del Clamores! 
¡Alarifes y pelaires, albañis y cardadores! 
¡Los que hicisteis muy famosa la ciudad de mis 

amores! 



CERVANTES 45 

¡Dios prospere vuestra sangre, que es venero de 

energía! 

En las guerras de cruzada non ganasteis 

hidalguía. 

¡Vuestra lucha fué la lucha por el pan de cada 

día! 



Impresión de Segovia en Otoño. 

Tiene el paisaje el candoroso encanto 
del fondo de una tabla primitiva 
pintada al temple con reflejos de oro; 
entre huertos el río se desliza, 
y en la altura, las torres, las almenas 
corona son de la ciudad antigua 
toda bañada en luces del ocaso. 
De los chopos las copas esbeltísimas 
rojizas cual las llamas de los cirios 
destacan de las nubes, que, sombrías, 
cubren el cielo. Sus postreros besos 
lanza a la tierra el sol. Una colina 
cubierta toda de viñedos gualdos 
parece en limpios cobres esculpida. 
Una a una las hojas van cayendo 
melancólicas, leves, fugitivas 
como nuestras ideas. Tan profundo 
es el silencio, que los ecos vibran 



46 



CERVANTES 



con el rumor de un vuelo entre las frondas 

o de unas voces en la lejanía. 

En la tranquila olmeda. Junto al río 

las hojas nuestros pasos amortiguan 

como una alfombra de oro. Es el follaje 

bello dosel de cintas encendidas, 

un ambiente dorado nos rodea. 

¡Oh ensueño, oh soledad, oh poesía! 

Tan augusta es la calma, que sentimos 

deseos de postrarnos de rodillas 

cual los Santos que adoran a la Virgen 

en las ingenuas tablas primitivas. 



Impresión de Segovia en Invierno. 

Han caído los lobos de la sierra 
cereal del arrabal sobre unos hatos; 
dejaron, al huir, roja la tierra 
de sangre de corderos y chivatos. 
No le valieron al mastín sus hierros 
ni su alerta al pastor. Todo dormía, 
y oímos los ladridos de los perros 
y unos ahullos en la lejanía. 
Ha traído la nueva del pillaje, 
después de amanecer, un pastor mozo. 
¡Aún temblaba de miedo y de coraje! 
¡Aún lloraba la rabia del destrozo! 



CERVANTES 47 

Hoy comienza a nevar; blanquea el cielo 

y luego se deshace en copos leves. 

La ciudad se engalana con el velo 

de la casta madona de las nieves. 

En las murallas y en las torres viejas 

la nieve esfuma los contornos rudos, 

tiende un tapiz real en las callejas 

y pone un perfil blanco en los escudos. 

Y en las secas olmedas, al ramaje 

presta una vaguedad como de bruma, 

y pone un dulce encanto en el paisaje, 

que en lontananza su blancura esfuma; 

a la noche, la luna esparce apenas 

una vaga y difusa claridad. 

Toda blanca, detrás de sus almenas 

parece como muerta la ciudad; 

tan grande es la quietud y tan profundo 

es el silencio y tan intenso el frío, 

como han de ser cuando navegue el mundo 

sin vida y sin calor por el vacío. 

Sigue nevando aún, y vacilante 

surge la tenue claridad del día... 

Cuentan que se ha arrecido un caminante 

que cruzaba al pinar de Navafría. 

Es el aire tranquilo y trasparente; 
son de un azul purísimo los cielos; 
se quiebra con mil luces el naciente 



48 CERVANTES 

en las finas agujas de los hielos. 
¡Mañanita de sol, clara mañana 
que desbordas de luz y de alegría; 
los viejos pensarán en la solana, 
que es la vida muy dulce todavía. 
El sol arranca un iris de refl<^jos 
del huraño vitral de los balcones; 
como jugando, en los palacios viejos 
alegra los sombríos portalones. 
Y en las nobles basílicas doradas 
pule las tallas de las piedras bellas 
y hace añorar el sol de otras jornadas 
a los guerreros y a los santos dellas. 
El sol lleva a la gente a los caminos 
que van a la ciudad: Acompasados 
el andar y la voz, los campesinos 
cementan de la mies y los ganados. 
Llegan del caz los rítmicos rumores 
de los batanes y de las aceñas 
y vibran los agudos estridores 
de las tardas carretas lugareñas. 
¡Carreteras de Cuéllar y Medina! 
¡Caminos de Sepúlveda y Pedraza! 
Parece que entre el polvo se adivina 
la huella firme y honda de la raza. 
A la tarde, en los sotos, cabe el rio 
— el río con sus chopos a la orilla — 
pasean los ancianos el hastío 



CERVANTES 49 

de las viejas ciudades de Castilla. 
Cuando esmaltan los picos de la sierra 
los postreros reflejos vesperales, 
tornan loando a Dios, que dio a su tierra 
de estas templadas tardes invernales. 
La noche cae muy limpia y sosegada; 
destacan del azul los ventisqueros 
de la Muerta; del cielo azul de helada, 
donde tiemblan de frío los luceros. 



El caballero del verde gabán. 



cMis exeroicios son el de la caca y 
pesca; pero no mantengo ni halcón ni 
galgos, sino algún perdigón manso, o 
algún hurón atrevido; tengo hasta seis 
docenas de libros quales de romance 
y quales de latín, de historia algunos 
y de deToción otros: Los de caballerías 
aún no han entrado por los umbrales 
de mis puertas.» (Don Quijote de la 
Mancha, parle II, cap. XVI.) 



Caballero que domas el brio 

de la rápida yegua tordilla: 

¡Frénala, que un rocin como el mió 

me malicio que no ha de seguilla! 

¡Caballero del verde atavio 

yo ante ti, quiero hincar la rodilla! 



cQ CERVANTES 

Buen hidalgo de limpia conciencia; 
miel de Horacio libé en tu decir 
de fray Luis la serena cadencia 
he sentido en tu mente latir. 
¡En tu noble y tranquila existencia 
yo quisiera aprender a vivir! 

Cazador el de hurón y cimbel; 

pescador que en caz, limpio y manso 

turbar sueles con tu esparabel 

la profunda quietud del remanso. 

¡Cazador sin azor ni lebrel 

en tu umbral, yo demando descanso! 

Yo quería besar las hermosas 
manos sabias en dulces primores 
que han llenado tu vida de rosas 
y han mecido tus castos amores. 
¡Esas manos discretas, piadosas, 
que consuelan y alivian dolores! 

Como en cuenco bocal del Toboso 
se serenan las aguas del rio, 
esta paz del zaguán silencioso 
dá sosiego al espíritu mió. 
¡Yo deseo con ansia el reposo 
del zaguán apacible y sombrío! 



CERVANTES 61 

Y la hidalga amplitud de tu estancia 
de tu mesa al yantar simple y sano; 
y el verdor y la suave fragancia 

del jardin que cultiva tu xuauo; 
ese ambiente de paz y abundancia 
del holgado eason aldeano. 

Abrenuncio las bellas locuras 

de las gestas de Artus engañosas. 

Quiero solo probar tus lecturas 

apacibles, cristianas, gustosas; 

y en el campo aprender las dulzuras 

del amor hacia todas las cosas. 

Y el correr en abril las praderas 
los ganados llevando a pastar 

y el holgarse en estio eu las eras 
y el mirar en Otoño el lagar. 
¡Y en el tiempo de las sementeras 
la velada al calor del hogar! 

Labrador el que llenas la troje 
con el ñuto que dio tu semilla. 
Deja que hoy a tus plantas arroje 
esta espada que a nada se humilla. 
¡La Castilla que siembra y recoje 
es la grande y la recia Castilla! 



52 

Serranilla. 



CERVANTES 



En los frescos valles, en los que aun retoza 

tu musa ¡oh famoso Señor de Mendoza! 

Tuve unos dezires con garrida moza. 

Fué en esa ladera de la Marichiva 

donde de una llaga de la peña viva 

nace un agua helada que desciende esquiva, 

brillaban las nieves de las cretas blancas 

con el sol de invierno, y en unas barrancas 

encontré al mastin de férreas carlancas. 

Supe que venia por el ruido d'ellas 

y vi que saltando, con sus breves huellas 

sembraba la nieva de un rastro de estrellas 

al acaricialle, temor y alegría. 

Senti, que en sus ojos yo bien conocia 

que era mi serrana la que le seguia. 

Cuando lo pensaba, fermosa y zahareña 

sobre unos canchales pareció la dueña 

el rostro encendido y al aire la greña. 

Por venir corriendo muy fragosos trechos 

de agrios peñascales y duros repechos 

como corderinos saltaban sus pechos. 

Al verla, quebróse la mi continencia 

y la dije loas en la gal y la sciencia 

que aprendí en las aulas de Arles y Florencia. 

Miróme un momento con sus negros ojos 

y temblando risas en sus labios rojos 



CERVANTES 58 

me dio en sus palabras deleite y enojos. 
«Mantenga esperanzas el señor trovero 
que cuando a la Corte vaya, en otro enero 
le tendré en las rúas por mi caballero. 
Mas aqui en la Sierra quiero tener tratos 
con galán que entienda de regir los hatos 
y sepa las trochas do van mis chivatos.» 
Y bajó hacia el valle, graciosa y lozana 
turbando a su paso la quietud serrana 
con sus risas, claras como la mañana. 

Juan de Contreras y López de Ayala 



54 



CERVANTES 



El Cristo de Velázquez 



Ea uii fondo tenebroso, tocado de misterio, 
trágica y emocionante se destaca la cruz, de la 
cual, sin contorsiones ni crispamientos, pende 
el cuerpo inanimado del Mártir. Ha exhalado 
ya el postrer suspiro, ese suspiro en el que dijo: 
«Padre mío, en tus manos encomiendo mi espí- 
ritu.» Sin embargo, un fulgor de vida parece 
iluminar su cuerpo apolíneo, y un resplandor 
ultraterreno nimba su cabeza soñadora, corona- 
da de espinas, que se inclina levemente sobre el 
pecho, dejando caer desde el arco sublime de la 
frente, en cascada ondulante, la melena, como 
el follaje de un lloroso sauce; el magno artista 
quiso dejar así, velado, semioculto, el postrer 
gesto de la divina faz del Hijo del Hombre. Sus 
brazos amorosos se extienden en ademán que 
preludia una caricia; sus manos liliales, ungidas 



CERVANTES 55 

de perdón, por los clavos está a sujetas y tras- 
pasadas; su torso, en el que, como una flor de 
martirio, florece la herida del costado, tiene la 
armonía de un torso griego, apenas esmaltado 
por unas gotas de sangre, de esa sangre que fué 
el sello del Nuevo Testamento; sus piernas tie- 
nen la serena esbeltez de dos columnas de un 
templo helénico; sus pies, que sufrieron de todos 
los caminos, que se desligaron de la tierra en el 
Thabor y que llegaron a pisar todos los horizon- 
tes de la historia, como palomas heridas, se de- 
sangran clavados... Hay tal sublimidad; hay 
tal majestad en esa figura; emana tal divina 
emoción de ese cuadro, que asombra y pasma, 
conturba y conmueve todas las fibras. Tuvo ra- 
zón el poeta de decir al contemplarlo: 

<Le amaba, le amaba, 

no fué sólo tm milagro del genio 



Ese cuerpo que, como una enseña de piedad, 
pende del madero supliciatorio, es el único que 
pudo encerrar un alma de divina, capaz de mos- 
trarse más fuerte que el dolor, más fuerte que el 
martirio, más fuerte que la muerte; e izado en 
alto, muriendo de pie en las excelsitudes de su 



56 CERVANTES 

cruz, logró eclipsar el sol de Grecia en una apo- 
teosis del espíritu. 

Con fulgores de astro rey, con atributos de 
dios, se destacaba en el firmamento de la anti- 
güedad clásica, el triunfal Apolo pagano, supre- 
mo arquetipo de sacra, masculina belleza. Como 
un lirio del valle, surge bajo el azul del cielo de 
Judea, el Profeta blondo, el Rabbi dulce, que 
vino a enseñar en parábolas, en el templo, en los 
caminos, sobre el lago y en la cumbre de la 
montaña la palabra nueva y consoladora que 
libertaría a las almas. Jesús el manso, el infini- 
tamente piadoso, el que para todos los niños 
tuvo una caricia y para todos los pecados una 
palabra de perdón, fue al sacrificio, como una 
oveja dulce, y en una trágica tarde del mes de 
Nizán, cuando el sol ya occiduo se desangraba 
en un lecho de nubes negras, expiró perdonando, 
clavado al más obsesiouador y pavoroso de los 
tormentos. En el martirio se hizo tan hermosa, 
tan sobrehumana y gigantesca la figura del Pro- 
feta mártir, que su perfección triunfó, derrotan- 
do al mismo Apolo pagano, que fué obscurecido 
por Jesús expirante; porque frente a la belleza 
de forma, carnal, del dios griego, se levantaba 
la belleza ideal, la belleza de alma, la belleza 
eterna de Jesús. 

Y desde aquellos obscuros, milenarios tiem- 



CERVANTES 57 

pos, todos los artistas pusieron todo su espíritu 
en reproducir, en un impulso de amor y en un 
afán de perpetuación, la postuma actitud dolo- 
rosa del Mártir. El fervor infantil de los prime- 
ros cristianos grabó la imagen del Crucificado 
en la reconditez tenebrosa de las galerías de las 
catacumbas romanas; el elementalismo de los 
primitivos la esbozó obstinadamente con inge- 
nuos trazos; el preciosismo suntuario de los 
bizantinos la pegó recortada sobre un exótico y 
chocarrero fondo dorado; la religiosa exaltación 
de los medioevales la extendió atormentada por 
todas partes; el egregio Eenacimiento puso toda 
su inspiración en reproducirla: ahí están las 
obras de los Donatellos, de los "Veroneses, de los 
Grecos, de los Canos, de los Murillos, de los 
Zurbaranes, de los Riberas y cien más. Casi no 
ha habido artista que no realizara igual empeño, 
multiplicándose hasta lo infinito, por pintores, 
escultores, grabadores, mosaisistas, tapiceros, 
orfebres, ceramistas, esmaltadores, fundidores; 
sobre el lienzo, en el mármol, madera, marfil, 
oro, plata, bronce, hierro, cristal, terracota, hue- 
so, etc., la escena culminante y patétita del 
Calvario. Obras magistrales, obras imperecede- 
ras han sido informadas por ese asunto. Pero 
nadie supo darnos la emoción de la tragedia, 
que sólo el genio del pintor mago vino a revé- 



58 CERVANTES 

larnos. ¿Cómo pudo ser? «El Crucificado le intu- 
yó, cuando el artista estaba dormido», dijeron É 
los poetas; «le fué revelada en una visión», afir- H 
marón algunos; «los ángeles bajaron del cielo el 
cuadro inmortal», añadió algún místico. ¡Quién 
sabe! Acaso el alma inmensa de aquel don Diego 
de Silva Velázquez, en una existencia distante y 
distinta, vivió junto a Jesús, amándolo, sintién- 
dolo. ¡Quién sabe las mirladas de almas, las mi- 
riadas de vidas que hay en el alma del genio! 
¡Sólo él puede decirnos lo que ha sentido, lo que 
ha vivido en las épocas remotas! 

El alma peregrina del pintor mago vio, no hay 
duda que vio a Jesús, cuando su presencia per- 
fumaba de amor y de unción la callada, humil- 
de y florecida tierra de Judea. Lo vio antes del 
martirio, cuando, rompiendo los cristales de un 
remanso, penetró en el Jordán sagrado, para que 
Juan, el eremita, vertiera sobre su cabeza, con 
una concha, la virtud purificadora del agua cla- 
ra; cuando seguido de un pequeño grupo forma- 
do por los humildes, por los pobres, por los dé- 
biles, por los parias, recorría las sendas polvoro- 
sas predicando la nueva ley. A orillas del lago 
de Galilea hablaba casi siempre y hablaba en 
parábolas, aniñando, simplificando su espíritu, 
para que su enseñanza fuera por todos compren- 
dida. Entonces su figura blonda y dulce, vestida 



CERVANTES 59 

de túnica inconsútil y envuelta en un manto flo- 
tante, destacándose en esa natural y poética de- 
coración, parecía agigantarse, emergiendo de las 
ondas quietas... Junto al brocal del pozo de Ja- 
cob, con sus labios finos rezumando agua, dijo 
cosas profundas a la Samaritana, de cuyo cánta- 
ro había bebido. En casa de Simón el leproso, 
María de Magdala, rompiendo un noble vaso de 
alabastro, ungió con esencia de nardo la cabeza 
y los pies del Nazareno, sobre los cuales dejó 
caer, como un tesoro, la madeja sedeña de sus 
áureos cabellos que enjugando parecían besar. 
¡Quién sabe si alguna vez las cabezas nazarenas 
del Profeta pálido y de la rubia Cortesana de 
Magdala se unieron en un mismo luminoso tre- 
mor...! En la cumbre gloriosa del Thabor, trans- 
figurado y radiante, se vistió de sol; en la cima 
aún más alta de la montaña del sermón inolvi- 
dable, infundiendo entre los desdichados el se- 
dante consuelo de las bienaventuranzas, fué aún 
más bello, porque fué más humano. En medio de 
un palpitar de palmas y de cánticos, entró en Je- 
rusalem. Eu la noche de la cena, cuando el pre- 
sentimiento de su cercano fin, como el ala de un 
pájaro agorero, rozaba la hostia inmaculada de 
su frente, alargó, con un amplio gesto patriarcal, 
el pan y el vino al que le iba a vender, después 
de haberle dicho como a los demás: «Tomad y 



60 CERVANTES 

comed, éste es mi cuerpo. Tomad y bebed, ésta 
es mi sangre.» Todos callaban; un silencio dolo- 
roso, preñado de temores, flotaba en torno; el 
discípulo amado reclinaba su cabeza en el pecho 
del Maestro... En el obscuro huerto, bajo los oli- 
vos centenarios, transido de mortal congoja, ape- 
nas tuvo aliento para decir: «Si es posible, pase 
de mi este cáliz sin que yo lo beba»; y, desfalle- 
ciente, dudó, dudó de si mismo... En el atrio del 
pretorio, Ecce Homo dijo el escéptico y frió Go- 
bernador romano, y avanzando hasta el interco- 
lumnio, presentó a la pública befa al Rabbi mar- 
tirizado, y la fiera — el populacho — rugia, rugia... 
A lo largo de la senda dolorosa, un fulgor de 
lanzas brillaba alejándose, y la silueta endeble 
del Hijo del Hombre iba curvada bajo el peso 
del madero abrumador. Llegaron, por fin, al Gól- 
gota, en cuya cumbre fué plantada la cruz con 
el cuerpo palpitante del Mártir. Era la hora ter- 
cia. En un negro cielo de tragedia, se bambolea- 
ba un espectro de sol que no tardó en apagarse 
completamente. Rasgando el terciopelo del fir- 
mamento, el rayo, como un latigazo, restalló so- 
bre la tierra. En lo alto, la furia de los cielos; en 
la tierra baja, la furia de los hombres; y entre 
el cielo y la tierra, entre la naturaleza desenca- 
denada y los hombres enloquecidos, el Mártir, 
como UQ símbolo de suprema piedad... A la hora 



CERVANTES 61 

sexta, cuando más densa y pavorosa era la tinie- 
bla, la cabeza del Crucificado rodó sobre los 
hombros; la última palabra de perdón se fundió 
en un suspiro, sus ojos se cerraron; los cabellos 
cubrieron la faz... un halo radiante había dejado 
el alma, como un rastro de sí, en torno a la ca- 
beza. 

Esta visión última fué la que más impresionó 
al pintor mago y la que fijó en su lienzo para 
dar a las generaciones la verdadera emoción de 
la tragedia milenaria. 

En ese asombroso cuadro, Jesús está como 
debía haber estado, como, seguramente, lo vio 
el genio en aquella trágica tarde del mes de Ni- 
zán. ¡Oh el divino Cristo de Velázquez, tan dul- 
ce, tan pleno de íntima piedad! ¡Cuan distinto 
de aquellos lívidos, llagados, atormentados, des- 
coyuntados, amoratados, sangrientos fantasmas 
de noches de aquelarre que pueblan de visiones 
de espanto la lobreguez de las catedrales espa- 
ñolas; de aquellos cristos de la Inquisición, té- 
tricos engendros de fanatismo sádico; de aque- 
llos negros cristos españoles o «africanos», como 
alguien los ha llamado con gran propiedad! ¡Oh 
el apolíneo Cristo de Velázquez! Al verlo se 
comprende que hubiera podido eclipsar el sol de 
Grecia, y que, como un cometa milagroso, hu- 
biera podido envolver con su cabellera el uni- 



^2 CERVANTES 

verso... En torno de su cabeza se adivina un pal- 
pitar amoroso de golondrinas, y de lo hondo 
parece surgir, desgarrado y agudo, como una 
saeta, el alarido de la Madre... 

César E. ARROYO 






I 

i 



CERVANTES 63 



Retrato del cura Valera 



Cincelado por Hugo Moreno, 
Clérigo de Misa. 

Es como el tronco seco de una parra muy vieja, 
su sotana sin mangas tiene un tinte de ayosas; 
son grandes sus zapatos, su sombrero de teja, 
sus narices, sus ojos y sus manos huesosas. 

Una santa locura le acaricia y le besa 

y ha metido en su pecho la lava de un volcán. 

¡Oh, si no hubiera pobres con quien partir 

la mesa, 
los ángeles vendrían a mendigar su pan! 



64 CERVANTES 

Ha dado sus hebillas a un tramposo buhonero, 
la ropa de su cama a unos pobres gitanos; 
a una vieja perlática su catre y su brasero; 

no teniendo que dar, dio a un viejo pordiosero 
un beso en una llaga, comida de gusanos, 
y sanó, y fué de sus milagros el primero. 

Hugo MORENO 



Almería, enero 1917. 



' 



CERVANTES 66 



EL SUICIDA 

(Del iiltimo libro de Alfonso Reyes.) 

Al comenzar el Otoño, en un hotelito de los 
suburbios, donde hace tiempo vivía distrayendo 
su neurastenia entre las labores del novelista y 
el cultivo de su jardín, el pobre señor se suicidó. 
Su familia, que le rodeaba con solicitud minu- 
ciosa, en vano había buscado, durante los últi- 
mos días, un leve sonrojo de contento en aque- 
lla cara ya melancólica para siempre. 

¿Qué había hecho aquella mañana? Pasar y 
repasar frente al grupo de sus hijos que jugaban 
en el jardín; mirarlos más dulcemente que otras 
veces. Nada más. Era llegado el extremo en 
que sobran todas las explicaciones, y el golpe 
seco del revólver, momentos después, vino a 
aclararlo o a confundirlo todo. 

Los ojos, fijos y atónitos durante una larga 
agonía — esos ojos de que los periódicos nos ha- 
blan — hacen concebir todo un mundo de interro- 

5 



66 CERVANTES 

gaciones y de enigmas; de protestas, de discul- 
pas y de amenazas. Lo que uo quiso decir la 
boca, lo difundían magnéticamente los ojos. Y 
en aquella figura de cuervo que se recortaba en 
el aire con una funesta elegancia, los ojos resal- 
tarían cual una crudeza cínica y heroica. 

La Revue Hispanique publicó hace años su re- 
trato. Este extremeño, este paisano de Cortés, 
era un hombre frágil y fino. La levita, el gabán, 
el pantalón rayado y el sombrero de copa, la 
barba preciosamente cortada, acababan por dar- 
le un impecable aspecto de muñeco de sastrería. 
Compáresele con el hermoso y anticuado sujeto 
que dibujó Penagos para el semanario España 
y al que Eugenio d'Ors llama «El Preocupado». 
El Preocupado lleva también una alta chistera 
y se emboza en una vieja capa. Su modelo pare- 
ce haber sido cierto retrato de don Ponciano 
Ponzano que posee Azorín. En todo caso, re- 
cuerda los rasgos de Espronceda. 

— Afeítate esa anticuada perilla. Preocupado; 
rápate esas melenas románticas — le dice, más o 
menos, Eugenio d'Ors — ; deja esos embozos de- 
modados y esa chistera. Ya no más paseos a los 
alrededores de la ciudad barroca que, por lo de- 
más, vive en ti mismo. Despreocúpate, y siénta- 
te a trabajar un poco. Después de todo, tú eres 
una grande esperanza española: tú representas 



CERVANTES 67 

la inteligencia paciente, ¡ay!, pero a dos dedos 
de la desesperación. «Que sabido es que el día 
siguiente al triunfo de la Inteligencia se llama 
Melancolía.» 

Si el lector tiene ambas siluetas a la vista, po- 
drá imaginar conmigo que el Preocupado cam- 
bia sus modas anticuadas y sus procedimientos 
cosméticos por otros más modernos. De manos 
de Utrilla o Borrel pasa a las de los sastres Ber- 
náldez o Cimarra, y de manos del barbero don 
Ciríaco Lagartos o del mozo Pedro Correa, pasa 
a las del gran contemporáneo Jaime Pagés. Y 
ya no es la Inteligencia paciente; ya es sólo la 
Melancolía: la melancolía que fluye abundante- 
mente por los ojos como por dos grifos abiertos. 
Y ya no es la figura armónica y j asta, sino una 
figura esmirriada y espiritada; un grotesco Li- 
cenciado Vidriera, con todas las quebradizas ve- 
leidades del vidrio. 

Este militar de las guerras de África había 
probado los martirios del santo. Quemado y 
acuchillado por los indígenas filipinos, fué de- 
jado por muerto con la mitad de la cara des- 
hecha, la mano izquierda mutilada y todo el 
cuerpo sangrando por mil partes. Más espirita- 
do, más exangüe que nunca, saldría del tormen- 
to, renaciendo a una nueva vida entre las ceni- 
zas de su carue. Este médico rural había pasado 



68 CERVANTES 

por todas las inquietudes del problema socioló- 
gico, que casaba originalmente con un senti- 
miento epicúreo y egoísta. Y, como a todos los 
que predican, aunque sea el egoísmo, no le fal- 
taba generosidad. Su visión materialista y medi- 
cinal de la vida, en vez de ascender desde el 
amor de la carne hasta la belleza abstracta y su- 
perior — como en la mujer de Mantinea que 
inspira los diálogos platónicos — baja desde la 
ley divina hasta la plástica arcilla humana. 
Sus manos de cirujano operan largamente en 
ella, como las del guitarrista en los nervios de 
la guitarra, trayendo a la categoría de calam- 
bre, espasmo y punzada, todos los deleites sin 
mancha que pudieron aprenderse en el cielo. 
Siempre hábil razonador, siempre desequilibrado 
en el fondo, cual el de Cervantes, nuestro Licen- 
ciado Vidriera parece un sacerdote que hubiera 
abusado de los secretos del confesionario. Y fué, 
ciertamente, un médico que abusó de las confi- 
dencias sorprendidas a la cabecera del paciente 
humano, quien suele, con la mejoría o con la cri- 
sis, ponerse comunicativo. 

Escritor tardío, difícilmente descubriremos en 
él aquel ondular de la palabra, aquel placer de 
las expresiones, aquel instinto de la perfección 
verbal que no falta en los escritores nativos. 
Escritor tardío, su tardanza, ¿no pudiera ser una 



CERVANTES 69 

promesa de pensamiento sólido? ¿Un síntoma en 
que conociéramos que va a decir algo positivo a 
los hombres, que ha venido con algún mensaje? 
Los escritores precoces suelen pasar por la vida 
desplegando sus tornasoles técnicos, sin que 
ellos ni nadie sepan, al fin, lo que tenían que 
contarnos. A veces, en cambio, esos escritores 
tardíos son como el viajero de la Grecia clásica, 
para quien la pluma sustituye al bordón de los 
peregrinos; y — utensilio propio de la vejez — 
sólo la usan para recordar, cuando ya no pueden 
viajar más. Entonces, los tardíos tienen siempre 
algo que decirnos; alguna historia, propia o 
ajena, que narrarnos; algunos ejemplos que pro- 
ponernos, ora de las ciudades que visitó Hero- 
doto y que tienen en la geografía su nombre 
más o menos exacto, ora de las que descubría 
Thomas More, de que apenas ha quedado rastro 
en nuestras mentes como de una tierra previ- 
vida. 

Si él había negado la critica, la critica tam- 
bién lo negó, relegándolo a la categoría de autor 
insano, al margen o fuera de la literatura. Y 
seguramente que en la literatura no estuvo, 
porque le faltaba lo esencial, que es la pericia 
de las letras; no sabía — deduzco de lo que le han 
dicho sus críticos — no sabía poner unas letras 
junto a otras; ignoraba la ortografía, al grado 



70 CERVANTES 

de confandir (¿qué extraño espejismo español es 
éste? ¿Por qué esta confusión parece simbólica 
de todo un régimen, o desbarajuste social?), al 
grado de confundir una vacante con una bacante. 
No sabía escoger las palabras; ignoraba el voca- 
bulario, al grado de hablar de las «cuestiones 
tranchadas». Nunca pudo usar en su recto senti- 
do fórmulas como «sino que», «a menos que». 
No sabía poner unas palabras junto a otras; 
ignoraba la gramática hasta desconocer la exis- 
tencia de los pronombres reflexivos. Y se equi- 
vocaba, todavía con más frecuencia que la gene- 
ralidad de sus compatriotas, sobre el empleo de 
las formas verbales en «ara», «are», «ase». No 
tenía el sentimiento de la frase, ni tampoco supo 
ligar unas frases con otras, ni unas páginas con 
otras. Pero sí unos libros con otros. Y no sólo 
por repetir en todos ellos algunos pasajes y 
situaciones, sino por otra razón más esencial. 

Y aquí tocamos a la paradoja del escritor. 
¿Por qué ha de salvarse nuestro novelista — como 
dicen los manuales de literatura española, — por 
qué ha de salvarse sino por la unidad de su 
obra, por la insistencia? Es ciertamente un 
escritor metódico y hasta sistemático. Como lo 
habíamos supuesto, algo tenía que decirnos; y, 
recta o falsa su doctrina, alguna doctrina nos 
propuso. Una doctrina de apariencia congruente, 



CERVANTES 



71 



aunque insuficiente e inferior, que él mismo se 
encargó de definir en libros de índole no nove- 
lesca, pero que ha inspirado también todas sus 
novelas. Porque no es el único escritor erótico, 
pero si uno de esos para quienes el arte — o lo 
que fuere — es el arma de una pretendida refor- 
ma social. Su verdadero mal es la mala literatu- 
ra; que, respecto al fondo de su obra, yo os 
aseguro que no es más insano que D'Annunzio. 
Otros se revuelcan también entre almohadas de 
pasión y lujuria; pero lo que en muchos resulta 
ímpetu lírico y hasta ornamental, en éste es un 
sistema metódico y un apostolado más bien 
práctico que poético. Y aunque hemos bajado 
hasta la región de los indiscernibles, se puede 
pensar que esta unidad, esta insistencia mejor 
dicho, pone su obra algo por encima de sus me- 
dios artísticos. Falta averiguar si la intención — 
que es lo que, teóricamente, parece salvarse — • 
era sana en sí. Falta, por último, averiguar si la 
intención se inspiraba en buenas intenciones; si 
sus libros eran libros de buena fe. Lo mejor que 
de él ha podido decir la crítica puede compen- 
diarse en estos versos de Díaz Mirón: 

Oigo decir de mi destino a un chusco: 
«Talento seductor, pero perdido 
en la sombra del mal y del olvido. 



72 , CERVANTES 

Perla rica en las babas de un molusco 

encerrado en su concha, y escondido 

en el fondo de un mar lóbrego y brusco.» 

Es vieja en las literaturas, y en España es de 
cepa clásica, esa hipocresía estética que consiste 
en disimular el placer de las cosas insanas bajo 
la capa de la reforma social. Zola quería mejo- 
rar el mundo, y para ese fin, describía muy amo- 
rosamente, con paciencia de miniaturista, las lla- 
gas de la sociedad. Tal o cual pasaje de repug- 
nante objetivismo, y que acusa, no ya la pérdi- 
da del paladar, sino aun del sentido de la náu- 
sea, ¿hace falta realmente para el fin de mejorar 
el mundo? Porque para la trama artística de la 
novela no hace gran falta, y a tanto hubiera 
equivalido sustituirlo con dos o tres líneas sin- 
téticas y fuertes. Una cosa es decirnos que una 
mujer ha abortado entre las angustias de la su- 
ciedad, la soledad, el delito y la pobreza, y otra 
convertirnos en médico a palos o en comadrón 
por fuerza, obligándonos a asistir a las mil y una 
peripecias horrorosas del trance. Los autores de 
la Picaresca española otro tanto hacían, y en to- 
dos sus libros parecen alegar lo que Hernando 
de Soto alega del de Mateo Alemán: 

Enseña, por su contrario, 
la forma de bien vivir. 



CERVANTES 78 

Pero eso no quita que el autor picaresco se 
complazca a más no poder en los crudos acerti- 
jos de su invención, y nos conduzca, con fría y 
calculada crueldad, de uno a otro extremo de 
ese laberinto de hambre e ignominia, por donde 
discurren los Caballeros del Milagro. Más de un 
pasaje del mismo Mateo Alemán — tal el cuento 
de la tortilla de huevos — parece convencernos 
de que, en efecto, cualquiera que sea el pretex- 
to bajo el cual se disimule el autor, ha perdido 
algo como el don del olfato: del olíato físico y 
moral. 

Y éste es el problema de nuestro novelista, 
aunque, desde luego, trasladado del terreno de 
lo picaresco al del erotismo: larga complacencia 
en los análisis de la seducción y la caída, des- 
considerado placer en los altibajos psicológicos 
de sus inconscientes meretrices y de sus rufia- 
nes contentos. Porque se puede, sin ser morboso, 
amar el desnudo y sus encantos y consecuencias. 
Cuando otro escritor, valenciano por de conta- 
do, compara a la mujer desnuda con la fruta 
mondada, apela a un instinto santo, a un apeti- 
to tan generoso y saludable que no se le podría 
tachar. Pero cuando aquél compara una mujer 
desnuda a uoa rana despellejada, el dolor sen- 
sual paraliza nuestro corazón; los castos deleites 
del contacto se nos tuercen en desollamientos 



74 CERVANTES 

espantosos, y tanto sadismo y salacidad nos 
amargan como un trago de mar. He aquí al már- 
tir de África que ha resuelto sus dolores, sus 
mutilaciones, en nuevos placeres recónditos: ése 
es el quemado y resucitado, ése es el acuchilla- 
do, para quien toda idea de contacto ha de des- 
pertar, en adelante, el recuerdo de una cicatriz 
o de una úlcera. Más espiritado, más exangüe 
que nunca, ha renacido a una nueva vida, entre 
las cenizas de su carne. 

Pero la investigación de este problema, la 
buena o mala intención del novelista, no hubie- 
ra justificado las presentes disquisiciones. Como 
que acaso se explica fácilmente por una enfer- 
medad de la sensación puesta al servicio de una 
racionalidad inquieta. Médico en el fondo, el Li- 
cenciado Vidriera sabe que su carne es de vidrio, 
que se quiebra y corta y punza; pero no puede 
menos de complacerse en su propio caso patoló- 
gico, que hasta le sirve para sus descubrimien- 
tos y experiencias de gabinete. «Yo me venga- 
ré de mis dolores — grita Flaubert — describién- 
dolos en mis libros.» ¿Qué más quisiera el expe- 
rimentador? ¡Tener el paciente en casa, al alcan- 
ce de la mano, en la mano misma, en la propia 
mano mutilada y achicharrada! Porque esa mano 
siniestra es un símbolo: mano que ya no podrá 
tocar sin dolor los placeres sin una sensación 



CERVANTES 75 

descarnada, como la de un desollado, como la 
de su diabólica y temblorosa rana. Paciente y 
médico a la vez, como paciente es morboso; como 
médico, es apostólico, y prevé una campaña de 
higiene ética. Como Vidriera es frágil, y como 
Licenciado, arguye provechosamente leyes del 
mundo, inferidas de su propia fragilidad. 

El problema de las buenas o malas intencio- 
nes no nos parecía, pues, insoluble; ni siquiera 
muy interesante. Lo que nos importa es el sui- 
cidio. 

Sí, el suicidio. Aquellos ojos abiertos, plenos 
de significaciones terribles, no nos permiten en- 
gañarnos. Este suicidio tiene un sentido, que es 
necesario averiguar. Varias hipótesis pueden 
proponerse sobre el caso. 

La primera, la menos inteligente en el concepto 
literal de la palabra, supone que se trata de un 
mero suicido patológico; un suicidio de neuras- 
ténico, al que no vale buscarle más sentido que 
a la mueca de un loco. Poco sabe de neurasté- 
nicos quien opine asi, lo cual es imperdonable 
por los tiempos que corren. Nada tiene más sen- 
tido que los actos del neurasténico: es su luci- 
dez, su exceso de intenciones y sensibilidades lo 
que lo ha enfermado. En su moderna interpreta- 
ción del Licenciado Vidriera, Azorin nos lo pre- 
senta como un hombre que emigra porque le mo- 



76 CERVANTES 

lesta la grosería de su patria: el modo brusco de 
saludar, el tropezar con los muebles al pasar de 
un lado a otro de la sala, el cerrar las puertas 
con estrépito. Tan lejos estamos aquí del antiguo 
Licenciado Vidriera, como cerca estamos del 
problema moderno. Aquel loco, en Cervantes, 
conserva los sanos estímulos de la cordura: es un 
loco de la razón, pero un cuerdo de la sensibili- 
dad. Las causas de su conducta son tan norma- 
les como ésta: ¿por qué se vuelve a su tierra? 
«Como le fatigasen los deseos de volver a sus 
estudios y a Salamanca (que enhechiza la volun- 
tad de volver a ella a todos los que de la apaci- 
bilidad de su vivienda han gustado), pidió a sus 
amos licencia para volverse.» ¿Por qué, en vez 
de volverse a Salamanca, toma para Italia? Por- 
que, de camino, lo ha seducido a la vida libre 
del soldado el gallardo capitán don Diego de 
Valdivia. Viajó por Italia como turista. De alli 
pasó a Flaudes, siempre sirviendo con las armas. 
«Y habiendo cumplido con el deseo que le mo- 
vió a ver lo que había visto (el de instruirse y 
andar mundo), determinó volverse a España y 
a Salamanca a acabar sus estudios.» Y, atrave- 
sando Francia, volvió a España, «sin haber vis- 
to París por estar puesta en armas». En Sala- 
manca era tan cuerdo que hasta se pasaba de 
cuerdo, desdeñando los amores de cierta dama 



CERVANTES 



77 



de todo rumbo y manejo, la cual acabó por dar- 
le un filtro amoroso que lo enfermara. Y, decla- 
ra rotundamente Cervantes, «aunque le hicieron 
los remedios posibles, sólo le sanaron la enfer- 
medad del cuerpo, pero no la del entendimien- 
to». Loco de la razón, cuerdo de la sensibilidad. 
Si huye entonces de los contactos bruscos, es 
por el miedo racional de quebrarse, puesto que 
cree ser de vidrio. ¿Hay cosa más cuerda, acep- 
tada la previa equivocación? Conservaba tan en 
regla sus facultades, que no faltó quien le dijera, 
como a los locos raciocinantes sucede: «más te- 
néis de bellaco que de loco». Sus dichos y agu- 
dezas eran famosos. Y una vez curado, ¿a qué va 
a la corte? «Aquí he venido a este gran mar de 
la corte para abogar y ganar la vida.» ¿Hay nada 
más cuerdo? Con el apaciguamiento de la locu- 
ra, se ha apaciguado también la irritabilidad ra- 
cional, al grado que se le acaban los dichos agu- 
dos; y la novela tiene que terminar. El mar de 
la razón se aquieta. Pero todavía falta un toque 
definitivo: nadie toma en serio al antiguo loco; 
la humanidad no renuncia voluntariamente a sus 
juguetes. «Perdía mucho y no ganaba cosa y, 
viéndose morir de hambre, determinó de dejar 
la corte y volverse a Flandes... donde la vida 
que había comenzado a eternizar por las letras, 
la acabó de eternizar por las armas.» De modo 



78 CERVANTES 

que en el mismo dia y hora en que el personaje 
de Cervantes emigra a Fiandes para ganarse el 
pan, valiéadose de su brazo, pues ya de su inge- 
nio no se podía valer, el de Azorín emigra a 
Flandes para no oir los castellanos portazos, la 
fea y estrepitosa manera de sonarse, el descuido 
de consentirse un regüeldo y otras calamidades 
que constan en el Galateo EspaTiol de Lucas 
Gracián Dautisco; que, aunque escandalosas, 
puede ser que no justifiquen un viaie a Flandes. 
Si el primero es loco de la razón y cuerdo de la 
sensibilidad, el segundo acaba por el extremo 
contrario. Y esto no sea dicho contra Azorín, 
que él sabe bien lo que hizo y logró lo que se 
proponía, sino para definir al hombre de sensi- 
bilidad irritada, que es el aprendiz de neurasté- 
nico. Si a uno lo sanan del cuerpo, pero no del 
entendimiento, al otro, al moderno, «no le po- 
drán quitar el dolorido sentir». Posible es que 
sean pueriles los motivos del neurasténico, pero 
su enfermedad se llama «embarazo de los moti- 
vos». Y mientras mas recónditos y pueriles, ma- 
yor necesidad de buscarlos y de entenderlos. 

La segunda hipótesis atribuye el suicidio a 
causas prácticas, diversas del orden intelectual. 
Un fracaso en los negocios, una crisis pasional 
de amor. Y no niego que en muchos casos el sui- 
cidio intelectual se disimule bajo pretextos prác- 



CERVANTES 79 

ticos. Lo eficiente es un mal interno; lo ocasio- 
nal, un choque cualquiera de la vida. Si yo, 
fundándome en datos biográficos, asegurase 
ahora que Larra se suicidó por amor, toda la 
España nueva se alzaría contra mí para reivin- 
dicar a su mártir, al mártir de la protesta nacio- 
nal. Algo menos simple es el caso del poeta 
mejicano Manuel Acuña; pero, como quiera, 
sería absurdo culpar de su muerte al viejo can- 
tor Guillermo Prieto, con quien estuvo charlan- 
do sobre el valor de la existencia poco antes de 
suicidarse, y que, según cuentan, en vez de 
alentarlo, procuró desesperarlo todavía mas. ¿Y 
el caso de José Asunción Silva? ¿Vamos a creer 
que se mató porque su médico acababa de 
asegurarle que no había remedio eficaz contra 
la caspa? Parece que, en la mayoría de los casos, 
el suicida no podría menos de suicidarse. Si 
sobreviene un choque práctico, se suicidará con 
motivo del contratiempo (iba yo a decir: se 
suicidará en honor del contratiempo), y si no 
aparece la ocasión, entonces, como en el chasca- 
rrillo vulgar, se suicidará «a propósito de pum». 
Aún se me pudiera objetar que no hay para 
qué pedir secretos a las tumbas. «Bien están en 
su desamparo los suicidas — oigo decir — . Puesto 
que querían estar solos, quédense más solos que 
los muertos.» Contra esto, todo mi instinto se 



80 CERVANTES 

subleva. Y no solamente por debilidad para el 
mal hermano, sino por lealtad a la vida y aun 
por inquietud de la vida. Chesterton escribe: 
«Al colgarse un hombre de un árbol, caigan las 
hojas despechadas y escápense furiosos los pája- 
ros; que cada uno de ellos ha recibido una inju- 
ria personal.» Cierto; pero es también Chesterton 
quien habla de la lealtad a la vida. Estamos a 
bordo de la vida; vivir es nuestra profesión. Y 
como es posible que el suicida haya descubierto 
el cadáver de la bodega, hay que interrogar al 
suicida para mayor bien del equipaje y aun de 
nosotros mismos; es una regla elemental de 
administración. El suicida es un critico que 
renuncia a su oficio; puede que lo haga por 
cansancio, como ese hombre para quien vestirse 
todas las mañanas y desvestirse todas las noches 
llegó a ser tan intolerable, que puso fin a sus 
días, por odio a las rutinas sagradas de la exis- 
tencia. No acataba ése la economía de la vida, 
ni sospechaba, por ejemplo, que la hora matinal 
de afeitarse tiene su necesidad filosófica y puede 
servir, mejor que la inmediata posterior del 
desayuno — donde ya nos importuna la presencia 
de algún diario de la mañana — para plantearse 
los proyectos del día. Y ése sí que nos injuriaba 
a todos, a los hombres, a los pájaros y a los 
árboles; ése sí que nos alejaba de su cadáver. 



CERVANTES 81 

Pero podrá ser también que el suicida haya 
incubado una larga indignación, la cual acaba 
por hacer estallar la máquina. Y entonces su 
alma, como la del héroe de la Eneida, «huye 
indignada y con alarido a la región de las som- 
bras». Y entonces, por si su indignación fuere 
justa, conviene, si es verdad que nos interesa la 
vida, que nos interese su muerte. Podrá ser que 
el suicida, como en nuestro caso, se aleje pidién- 
donos perdón, en su carta reglamentaria. Y 
entonces tenemos que recoger piadosamente las 
reliquias de su conducta, aunque sea para averi- 
guar qué poder supremo de la vida lo aniquiló; 
qué orgullo conviene evitar y cuál conviene 
cultivar; por dónde se incurre en la cólera de la 
tierra y por dónde se concilla su apoyo sobre- 
natural para los empeños humanos. 

Y aquí brota la tercera hipótesis, que es 
múltiple: ¿si el suicida se suicidaría castigándose 
de un error? ;Si, como Don Quijote, habrá 
muerto, por necesidad metafísica, al restituirse 
a su primer nombre de Quijano? ¿Si su suicidio 
podrá ser la pendiente natural de su filosofía, 
como pudo serlo el de Sócrates? Y entonces, ¿qué 
fe prestaremos a una filosofía que, invirtiendo 
nuestros propósitos y abusando de nuestro man- 
dato, en vez del secreto de la vida nos abre el 
secreto de la muerte? Prometeo se quema en los 



82 CERVANTES 

rayos que roba, y Adán se envenena con los 
frutos que prueba, Pero el delito de ambos es el 
Conocimiento. ¿Hasta dónde, pues, nos está 
vedado, hasta dónde nos está consentido el 
conocimiento? Hay que meditar la Biblia, aun 
en los capítulos escabrosos. Ya no hablemos de 
merecimientos literarios: son merecimientos y 
estímulos humanos los que nos atraen hacia 
aquellos ojos extáticos, invitándonos a símdear 
su misterio. Dase el caso de que el suicida haya 
explicado previamente su doctrina del Mundo: 
tanto mejor. Pero lo mismo seria si se tratase de 
un iletrado. Sobre cada tumba de suicida debiera 
abrirse una información a perpetuidad. Sobre 
cada uno, escribirse un grueso volumen de 
investigaciones cuidadosas: así conviene al valor 
de la vida y a la orientación de nuestras almas. 

Y habrá todavía hombres graves que me 
repliquen: 

— No veo la necesidad de tanta fatiga. La 
vida, como quiera, sigue su camino. ¿Qué nos 
cuidamos de vigilarla, de hacerla andar, si ella 
anda de por sí y aun nos arrastra consigo? No 
somos cocheros, sino señores al estribo del 
coche. No renunciemos a nuestro puesto de 
honor. 

¡Ayl ¡Y si yo os dijera que todo el trabajo de 
la humanidad consiste en el empeño que tiene 



CERVANTES 88 

el señor del estribo por arrebatar su sitio al 
cocherol Como en esas cintas cinematográficas, 
el hombre, contraido y tenso, atisba la hora de 
caer sobre el chauffeur y apoderarse del volante 
del coche. Y yo no renuncio a mi función de 
hombre, a mi destino de hombre, a mi rebeldía 
de hombre: queremos saltar sobre el volante. 
¡Tanto peor para los dioses tiranos! La madre de 
los hombres, en medio de la pesadilla del mundo, 
grita como la madre de Peer Gynt: 

— ¿Adonde me llevas, dónde me has traído, 
cochero de los diablos? 

Y, en verdad, ella habla por todos sus hijos. 

Ya lo espero: las últimas objeciones tocan al 
sentido humorístico. Son terribles, como la últi- 
ma flecha de los enemigos de Roma; pero hay 
que resistirlas. Oigamos: 

— No veo por qué los huéspedes del Palace- 
Hotel hayan de averiguar las causas por las que 
los demás huéspedes abandonan la casa. 

Pero este mundo y el Palace-Hotel, aunque se 
parezcan en ser posadas provisionales, se distin- 
guen en que el Palace nos es ajeno, y nuestra 
vida debemos sentirla (y la sentimos siempre, 
aunque la razón ascética arguya en contra sus 
argumentos verbales) como cosa propia. Al 
Palace vamos con el propósito de marcharnos 
libremente un buen día. Y de este mundo — en 



g^ CERVANTES 

principio — no nos vamos mientras no nos 
echen por fuerza. Eso de «morir de la propia 
muerte», como no quiera decir morir de consun- 
ción natural o de suicidio directo o indirecto, es 
una de tantas frases vacías que corren por los 
libros contemporáneos. Nadie sale de esta posa- 
da, salvo los suicidas, sin que le echen. Las dos 
doncellas, en la Danza de la Muerte, bien qui- 
sieran ponerse a salvo: 

Mas non les valdrán flores e rosas, 
nin las conposturas que poner solian: 
de mi, sy pudiesen, partir se querrían, 
mas no puede ser, que son mis esposas. 

Nada más legítimo, pues, que interrogar al 
que entra voluntariamente en la danza. 

Sin pedanterías metódicas, sin la arrogan- 
cia de querer obtener respuestas de la muerte- 
no nos suceda lo que al leñador de la fábula- 
valdría la pena de emprender una serie de libres 
ensayos éticos sobre la materia, con todas las 
facilidades y holguras de una divagación. 

Alfonso REYES 



CERVANTES 85 



Psicología de la curiosidad. 



I. — Origen y función de la curiosidad. 

Sin la inquietud de conocer la Verdad, en 
poco difiere un hombre de una cosa. No hay 
sentimiento más noble; ninguno dignifica más 
la condición humana. La curiosidad es un ala 
para volar sobre la realidad: observándola, ex- 
perimentándola, aprendiéndola. Vivir es apren- 
der; el que más aprende, vive más. Los hombres 
ignorantes vegetan; las naciones incultas sucum- 
ben. La genealogía de la civilización es una sim- 
ple historia de la curiosidad humana a través 
de los siglos. 

Cuenta una vieja leyenda egipcia que existió 
un simbólico santuario de la Verdad; columnas 
silenciosas, tostadas por el sol afiebrado, pare- 
cían formarle una decoración de hechizamíento. 
Llegábase hasta él por una interminable aveni- 
da que flanqueaban colosales esfinges, petrifica- 



86 CERVANTES 

das en mutismo enigmático. Su ceño adusto de- 
safiaba a los curiosos que insistian en llegar 
hasta el santuario, buscando solución a los inte- 
rrogantes que la Naturaleza plantea al entendi- 
miento humano. Inconmensurable era el camino; 
infinita la teoría de esfinges. Ninguna vida hu- 
mana, fuera ella larga y laboriosa, habría basta- 
do para arrancar a cada una su particular miste- 
rio. Así la vieja leyenda quería significar que al 
hombre le eítaba para siempre vedado acercar- 
se a la Verdad; y, en consecuencia, parecía acon- 
sejar a los curiosos que desistieran de intentar 
un esfuerzo inútil. 

La curiosidad humana no se rindió a la fácil 
moraleja. Lo que cada hombre, por sí solo, no 
podía avanzar en el arduo camino, lo intentaron 
conjuntamente los hombres más obstinados. 
Cada uno aprovecharía las i espuestas obtenidas 
por sus precursores, coordinando las verdades 
parcialmente adquiridas en sistemas de verda- 
des impersonales y colectivas: las ciencias. 

Y a medida que los buscadores de la Verdad 
avanzan por la amplia avenida, van aprendien- 
do que la perspectiva es infinita. El santuario 
sigue siendo su objetivo ideal; aunque no ven la 
posibilidad de llegar a él, saben que ese es el 
camino a seguir, el único, y siguen la interroga- 
ción sucesiva de todas las esfinges que lo flan- 



CERVANTES 



87 



quean. Sin negar la esperanza de resolver los 
enigmas finales, atesoran día a día las respues- 
tas parciales y provisorias obtenidas en la pere- 
grinación. 

De la curiosidad inteligente y organizada, 
madre y fuente de toda sabiduría, han nacido 
las «ciencias»; sólo merecen tal nombre aquellos 
sistemas de verdades que nos permiten satisfa- 
cer nuestras principales curiosidades respecto 
de los fenómenos que estudian, aunque nuestro 
afán de conocer desbordará siempre en mucho, 
a la posibilidad de satisfacerlo. 

Todas las curiosidades no se equivalen; algu- 
nas son subalternas y otras admirables. Corres- 
ponden aquéllas al concepto vulgar que de ellas 
se tiene, siendo un vicio o una forma de instabi- 
lidad mental; otras tienen un objeto esencial 
para la vida y sus manifestaciones superiores 
constituyen la curiosidad intelectual. Son pa- 
rientes, por su origen, si se quiere, pero su fun- 
ción y su dignidad son distintas. Hay que dis- 
tinguir entre el prurito banal de inquirir sin 
motivo los mil chismes del día, los pequeños 
asuntos y secretos ajenos, las insignificancias 
que sólo pueden abastecer las charlas infecun- 
das de los perversos e intrigantes, y el noble 
anhelo de colmar las lagunas de nuestra cultu- 
ra, de conocer las causas y el ritmo íntimo de 



88 CERVANTES 

lo que vemos: pasión desinteresada por aproxi- 
marnos a la verdad en la interpretación del 
mundo que nos rodea. Ea ambos casos encon- 
tramos, sin duda, un fondo común, la tendencia 
a descifrar incógnitas; pero mientras la una es 
índice de frivolidad, la otra es indispensable 
para alcanzar un alto desarrollo de espíritu. Más 
aún, los grandes pensadores suelen distraerse 
de las insignificancias que entretejen el diario 
afán de la mediocridad, porque, en ellos, la gran 
curiosidad destruye la pequeña, como la luz so- 
lar impide brillar a las luciérnagas. 

En las raíces instintivas de la curiosidad ha- 
llamos siempre la reacción del organismo a las 
novedades que se presentan a nuestra experien- 
cia y procuran excitar nuestros sentidos; esa 
reacción orgánica, esa actitud mental, es utilita- 
ria en su origen. Verdad es que algunas veces 
la utilidad es directa o inmediata, mientras en 
otras es mediata o indirecta. Esta diferencia ha 
inducido en error a muchos pensadores, hacién- 
doles decir que hay una curiosidad utilitaria y 
otra desinteresada, sin advertir que en ésta el 
interés existió primitivamente, tornándose luego 
tortuoso u oblicuo. 

La Rochefoucauld (1), v. gr., considera que 



(1) La Rocliefoucauld; Máximas, CLXXTI. 



CERVANTES 89 

«hay varias clases de curiosidad: una interesada, 
que nos lleva a aprender lo que puede sernos 
útil, y otra de orgullo, que viene del deseo de 
saber lo que otros igaoran». Y, en una variante, 
amplía así su concepto: «La curiosidad no es, 
como se cree, un simple amor de la novedad; 
hay una interesada, que nos instiga a conocer 
las cosas para prevalemos de ello, y hay otra de 
orgullo que nos induce a ponernos sobre los que 
ignoran las cosas y a no colocarnos debajo de 
los que las saben» (1). 

El supuesto de que existe una curiosidad des- 
interesada suele aplicarse con frecuencia a su 
forma intelectual. James (2) entiende que en 
cierta época de la vida llega a su máximum nues- 
tra sensibilidad frente a ciertas lagunas de nues- 
tro conocimiento, o el placer de resolver deter- 
minados problemas, facilitándose la adquisición 
de conocimientos científicos; «pero estos efectos 
pueden haber sido ajenos al destino de nuestro 
cerebro» y sólo en los últimos siglos podrían ha- 
ber influido sobre la selección de las razas o los 
grupos humanos. 

No obstante su importancia, esta función bio- 
lógica tiene una bibliografía reducida. Encon- 



(1) ídem, Máximas - Variante: CLXXXII. 

(2) James: Principios de Psicología. 



90 CERVANTES 

tramos mencionada la curiosidad, en su sentido 
vulgar, en los clásicos de la ética y de la filoso- 
fía; algunos modernos la enumeran al hablar de 
los sentimientos intelectuales y los libros de 
ciencia pedagógica enuncian la ventaja que 
habría en utilizarla convenientemente en la edu- 
cación. Su psicología suele involucrarse en el 
estudio de la atención; sobre su patología sólo 
tenemos observaciones incidentales. 

Para Descartes la curiosidad es un deseo (1) y 
para Malebranche una inclinación (2); ambos se 
limitan a mencionarla, sin profundizar su géne- 
sis. Los contemporáneos concuerdan en conside- 
rarla un instinto (Darwin, Romanes, Spencer, 
Ribot, James, Patrizi, Ferriani, Thomas), incli- 
nación (Garnier, Boucher), tendencia (Hoffding) 
o sentimiento derivado de ellos (Mercier). Con- 
cuerdan todos en que es un fenómeno primitivo 
de nuestra vida mental, pero el proceso genético 
de su formación aún no ha sido claramente ex- 
plicado. 

Si concebimos la vida como una continua 
adaptación del organismo viviente al medio en 
que vive, las funciones psíquicas se nos presen- 



il) Descartes: Traite des passions, II part., art. 70, 
88, pass. 
(2) Malebranche: Recherche de la Verité, libro IV. 



CERVANTES 91 

tan como un sistema regulador de ese equilibrio, 
provocador de movimientos apropiados a las 
condiciones externas que los sentidos nos reve- 
lan. Vivir y pensar son funciones activas, ince- 
santes; las condiciones físico -químicas de la 
materia viva establecen sus tendencias a la acti- 
vidad, siendo el movimiento su manifestación 
más característica. La actividad vital busca el 
equilibrio entre el ser vivo y su medio: la adap- 
tación. Esa tendencia al movimiento choca con 
las resistencias ambientes: los sentidos son los 
medidores de las resistencias y su excitación re- 
gula las reacciones motrices que adaptan el ser 
vivo al medio. En esa necesidad orgánica de 
«conocer para adaptarse» encontramos el origen 
biológico de la curiosidad. 

El conocimiento del medio por los sentidos 
constituye la experiencia. La curiosidad puede 
llevarnos a conocer la realidad o a equivocarnos 
respecto de ella; en el primer caso la experien- 
cia es exacta y nos encamina hacia la verdad; en 
el segundo hay errores de los sentidos que lle- 
van a la ilusión o a la alucinación, bases del 
error, y que se refieren a las sensaciones mismas 
o a sus representaciones. 

La experiencia de los sentidos es, pues, una 
función biológica y la tendencia a efectuarla es 
lo que suele designarse con el nombre de curio- 



92 CERVANTES 

sidad. Derivando de funciones de adaptación, 
primordiales en la vida de todas las especies 
vivientes, la curiosidad es primitiva y se expli- 
ca su importante función en la vida individual 
o social. 

Observa James que la curiosidad y el miedo 
constituyen una pareja de emociones antagóni- 
cas, pudiendo ser provocadas las dos por el 
mismo objeto exterior y siendo útiles ambas al 
ser que las posee. El espectáculo de su alterna- 
ción en los animales que se encuentran por vez 
primera frente a un ser u objeto desconocido, 
suele ser ameno. Si los objetos nuevos pudieran 
ser siempre útiles, sería mejor para el animal no 
tenerles miedo en ningún caso: pero como pue- 
den ser nocivos les conviene no ser indiferente 
ante ellos, permanecer en guardia, cerciorarse 
de lo que pueden ser y hacer, antes de decidirse 
a estar tranquilos en su presencia. La base ins- 
tintiva de toda curiosidad biológica y humana 
reside, pues, en la «novedad» de lo que se pre- 
senta a nustros sentidos, sin que sepamos si es 
útil o nocivo. En el curso de la evolución, espe- 
cífica o individual, aparecen otros factores que 
modifican el primigenio interés defensivo que 
nos despiertan las cosas, a punto de ser difícil- 
mente perceptible en las manifestaciones supe- 
riores de la curiosidad intelectual. 



CERVANTES 93 

Es siempre utilitaria, sin embargo; una am- 
pliación de la experiencia implica un conoci- 
miento menos inexacto de la realidad y consti- 
tuye una ventaja en la lucha por la vida, favore- 
ciendo la adaptación y la supervivencia. Se com- 
prende que los excitantes de la curiosidad inte- 
lectual pueden no ser ya objetos, sino modos de 
concebir los objetos mismos; pero nuestra curio- 
sida tiende a llenar las lagunas de las sintesis 
mentales efectuadas sobre las partes de realidad 
que más nos interesan, buscando el equilibrio de 
nuestras ideas y facilitando la adaptación de 
nuestra conducta a un cierto concepto del medio 
a que nos adaptamos. 

Concuerdan los biólogos en admitir que la 
sensibilidad es un caso particular de la irritabi- 
lidad procoplasmática, entendida ésta como una 
propiedad general de la materia viva. Después, 
a medida que los seres evolucionan, especializan 
tejidos y órganos que facilitan el cumplimiento 
de las diversas funciones necesarias para la con- 
servación de la vida. Para llenar mejor su obje- 
to, al constituirse órganos especiales, van apare- 
ciendo especializaciones definidas de la sensibi- 
lidad y del movimiento. 

Las tendencias o inclinaciones se forman en 
el curso de la experiencia de la especie. Pueden 
referirse directamente a la vida física (como el 



94 CERVANTES 

hambre o la sexualidad), o indirectamente por 
medio de la actividad mental: así se desenvuel- 
ven las tendencias estéticas, religiosas, intelec- 
tuales, etc. 

La tendencia intelectual — o curiosidad — se 
manifiesta de modo inmanente o hereditario, 
orientada de la manera más eficaz para conocer 
la realidad ambiente, extendiendo el campo de 
la experiencia individual. Cada cosa que solicita 
nuestros sentidos o nuestra imaginación puede 
ser un objeto de curiosidad. 

Producto de la experiencia filogenética, esa 
tendencia es adquirida en el curso de la evolu- 
ción de las especies; adquiere caracteres más di- 
ferenciados en la evolución de la especie huma- 
na. Como tendencia corresponde a lo que en el 
lenguaje antiguo se designaba con el nombre de 
«instinto», que hoy comienza a rechazarse en 
biología y psicología, por lo menos con los ca- 
racteres que antes se le atribuían. Admítese 
ahora que no hay instintos fijos, sino variaciones 
adquiridas por la experiencia de nuestros ante- 
pasados, fijadas en hábitos y transmitidas here- 
ditariamente. En este sentido diríamos que la 
curiosidad (o «instinto intelectual») es el hábito 
de la función de conocer, adquirido por la espe- 
cie y transmitido hereditariamente como una 
tendencia. 



CERVANTES 95 

La curiosidad se nos presenta, en suma, como 
una necesidad compleja de todo el organismo, 
subordinada a sus modificaciones orgánicas y 
bioquímicas: un estado de actividad de todo 
nuestro ser, que acomoda nuestros centros ner- 
viosos más evolucionados para facilitar las per- 
cepciones o representaciones útiles a la vida. 
Sobre las bases de esa tendencia hereditaria 
desarróllase en los individuos el sentimiento in- 
telectual y evoluciona hasta revestir caracteres 
varios y complicados. 

Sus grados y aspectos difieren de individuo a 
individuo. Su función crece progresivamente en 
la evolución humana, encaminando las tenden- 
cias hereditarias hacia su más favorable actua- 
ción. Cuando la tendencia ha encontrado las 
condiciones propicias, asume caracteres voliti- 
vos, de acción, pudiendo en ciertos casos con- 
vertirse en verdadera «pasión intelectual», fase 
superior de nuestra vida afectiva, capaz de com- 
peler la conducta en el sentido de la tendencia. 

Respecto del origen y función biológica de la 
curiosidad, podríamos, pues, decir que la expe- 
riencia de los sentidos es una tendencia instin- 
tiva y la condición inicial del conocimiento de 
la realidad, indispensable para la adaptación. La 
curiosidad es el exponente funcional de esa ten- 
dencia y se revela con tantas manifestaciones 



96 CERVANTES 

cuantos son los modos de la realidad cuyos enig- 
mas intentamos descifrar. El «por qué» y «có- 
mo» de las cosas están perpetuamente plantea- 
dos ante nosotros, cual interrogantes cuyas so- 
luciones relativas pueden servirnos en la lucha 
por la vida; sin olvidar, empero, que su respues- 
ta absoluta es la perpetua quimera que escapa a 
nuestro esfuerzo y el estimulo incesante de la 

curiosidad humana. 

Y es privilegio de los espíritus más altos, en 

las ciencias y en las artes, vivir con el ingenio 
alerta sobre todas las manifestaciones de la Na- 
turaleza, escrutando sus secretos más íntimos, 
auscultando sus palpitaciones, descifrando sus 
problemas remotos y obscuros, multiplicando la 
propia vida por los cien caminos nuevos que 
hacia ella entreabre la curiosidad, a los que pue- 
den decir como el poeta: «Nessuna cosa mi fu 
aliena; nessuna mi sará mai, mente comprendo. 
Vigile a ogni soffio, intenta a ogni baleno, sem- 
pre in ascolto, sempre in attesa, pronta a gher- 
mire, pronta a donare, pregna di veleno o di bal- 
samo, torta nelle sue spire possenti o tesa come 
un arco, dietro la porta augusta o sul limitare 
dell'immensa foresta, ovunque, giorno e notte, 
al sereno o alia tempesta, in ogni luogo, in ogni 
evento, la mía anima visse come diecimila!» (1). 

(1) D'Annunzio: Le Laudi, vol. I, págs. 23 y 24. 



CERVANTES 97 



11. — Evolución de la curiosidad. 



Un ser sin curiosidad seria incapaz de vivir; 
cada ser viviente es curioso a su manera. Lo es 
el gato, tendido ociosamente sobre un tejado, 
cuando sigue con ágil pupila a los pájaros que 
rayan la comba del cielo; lo es el gaucho que 
encontrándose en un bulevar moderno todo es- 
cruta con ojo sorprendido y avizor; curioso es el 
pobre de espíritu cuya mente pueblan de alar- 
ma intranquila todas las pequeñas incidencias 
que ocurren en torno suyo; y lo es el niño indis- 
creto que nos acosa con preguntas acerca de las 
mil novedades que inquietan su experiencia ru- 
dimentaria; y también la mujerzuela ávida de 
fruslerías que inclina su oído sobre el ojo de las 
cerraduras para atisbar secretos ajenos. Todo 
ello nos muestra diversas fases evolutivas de la 
curiosidad a través de las especies, de las razas 
y de los individuos, desde formas sencillas has- 
ta expresiones complejas. 

La vemos aparecer en los tramos rudimenta- 
rios de la evolución biológica; cualquier objeto 
desconocido puede excitarla y la atención e.<! fa- 



98 CERVANTES 

cuitada por el acercamiento al objeto y su ex- 
ploración con las superficies táctiles, con la na- 
riz, con los labios. Toda la operación de «tan- 
tear», es decir, el conocimiento por el tacto, tan 
difundido en la serie animal, es una manifesta- 
ción de la curiosidad sensorial aplicada al cono- 
cimiento de las cosas. Con frecuencia observa- 
mos que los animales merodean en torno de un 
objeto desconocido, ocercándose a él mientras 
está inmóvil, husmeándolo, mirándolo, para fu- 
gar en cuanto observan un movimiento, por 
aquel antagonismo entre el miedo y la curiosi- 
dad que domina a todos los animales frente a lo 
desconocido. Los peces acuden donde aparece 
un objeto desconocido y pescadores hay que se 
valen de luces para llamarlos a sus redes. Entre 
los pájaros el hecho es más frecuente y la viva- 
cidad de los colores suele atraerlos, dato conoci- 
do y explotado en cinegética. Quien quiera leer 
a B-omanes (1) y Darwin (2), encontrará cente- 
nares de observaciones sobre la curiosidad en 
los animales. 

E;la hace acudir millares de insectos en tor- 
no de nuestras lámparas eléctricas, en las noches 
estivales; ella, en lejanas tierras polares, induce 



(1) Romanes: Evolución mental, paga. 283 a 351. 

(2) Darwin: Descendencia del hombre., pass. 



CERVANTES 99 

a los pájaros a aproximarse sin miedo al raro 
visitante de las comarcas, para conocer a su 
modo a los viajeros que constituyen una nove- 
dad en su humilde experiencia; ella, en nuestros 
jardines zoológicos, hace agolparse los monos a 
la rejilla cuando una mujer vestida con vivaces 
colores pasa por las inmediaciones; ella salva al 
minero de nuestras casas, haciéndole observar 
desde la entrada de su cueva si está en la habi- 
tación el temido gato que le acecha implacable. 
Cuentan los naturalistas la estratagema que en 
Ceylán se emplea para cazar fieras, fundada en 
la curiosidad que les produce una sensación nue- 
va: atan un cencerro al cuello de un búfalo y le 
ponen sobre el dorso un canasto con antorchas 
encendidas; a medida que el bñfalo penetra en 
la selva, acuden leopardos, jabalíes y otra caza 
mayor, atraída por lo insólito de la luz y el so- 
nido; los cazadores, que vienen detrás, hacen fá- 
cil blanco sobre las fieras curiosas, que parecen 
suspensas y fascinadas. Notoria es la prueba que 
hizo Darwin sobre la curiosidad de los monos; 
no obstante el terror pánico que les infunden 
las serpientes, no resisten a la tentación de ob- 
servarlas de cerca; dice el naturalista inglés que 
ellos se acercaban prudentemente, uno tras otro, 
a la caja o cartucho en que estaban, llegando 
hasta levantar la tapa o desenvolver la punta 



100 CERVANTES 

del papel, huyendo en seguida aterrorizados. 
Esta función de la curiosidad, estrechamente 
ligada con el conocimiento, es, sin duda, mayor 
en las especies que han alcanzado un desarrollo 
mental más considerable; por otra parte, tratán- 
dose de una función útil y selectiva, cada espe- 
cie tiene curiosidades apropiadas a sus condicio- 
nes de vida. El hombre, en razón de su evolu- 
ción más compleja, es el animal dotado de ma- 
yor curiosidad general y capaz de más vasta 
experiencia. 

No es uniforme, sin embargo, la curiosidad 
humana, como no es homogéneo su nivel men- 
tal, en las distitas sociedades que constituyen 
la especie y en las diversas clases superpuestas 
en una misma sociedad. ¿Es curioso el hombre 
primitivo? ¿Cuáles son sus curiosidades prefe- 
rentes? Conviene, en efecto, recordar que las hay 
elementales y complicadas, directamente conti- 
guas a las sensaciones e indirectamente abstraí- 
das de las mismas: curiosidades de los sentidos 
y curiosidades del entendimiento. Spencer re- 
fiere numerosos hechos que establecen su escasa 
curiosidad por los enigmas remotos que nacen 
de la contemplación meditativa (1); considera 
infundada la hipótesis poética que imagina al 



(1) Spencer: Principies of Sociology, I,|págs. 88-89 . 



CERVANTES 101 

hombre primitivo entregado a especulaciones 

sobre los fenómenos del mundo que lo rodea, no 
teniendo interés alguno de comprenderlos. Si 
esa curiosidad intelectual no existe en el hom- 
bre primitivo, las formas inferiores de la curio- 
sidad son comunes en él. «La necesidad de co- 
nocer — observa Ribot — parece muy desigual- 
mente repartida en las diversas razas; el único 
hecho universal es que la curiosidad primitiva 
se limita a cosas muy simples, que tienen o pa- 
recen tener una utilidad práctica. La curiosidad 
y el estado afectivo que la acompaña, tiene por 
fin la conservación del individuo, lo mismo que 
los otros sentimientos propios de ese periodo 
inicial de la evolución. Estar alerta, averiguar 
lo que es útil y lo que es nocivo, en una palabra 
«saber», es en el orden práctico un arma pode- 
rosa en la lucha por la vida, una causa de selec- 
ción» (1) en favor de los curiosos y en contra de 
los indiferentes. Con ellos concuerdan los psicó- 
logos modernos al admitir que en los pueblos 
primitivos son comunes las formas inferiores, 
inmediatamente utilitarias, escaseando la curio- 
sidad intelectual. 

Prueba de ello tenemos observando la menta- 
lidad de las clases sociales inferiores considera- 



(1) Ribot: Psychologie des Sentiments, pág. 371. 



102 CERVANTES 

das como verdaderas razas primitivas vivientes 
en medio de la civilización moderna (1). El gau- 
cho hipotético, a que hace un instante nos refe- 
ríamos, meditando en la noche serena de la pam- 
pa sobre los hondos problemas que el universo 
plantea al espíritu humano, sólo puede conce- 
birse como una excepción genial dentro de su 
ambiente y de su clase. 

El hombre inculto, lo mismo que el salvaje, 
sólo es capaz de las curiosidades inferiores que 
sirven directamente a sus necesidades inmedia- 
tas. Atrasados en la civilización, equivalen a los 
retardados en la evolución humana, y, lo que es 
más significativo, equivalen también a los defi- 
cientes en su desarrollo individual. 

Los que hemos frecuentado las dolorosas clí- 
nicas manicomiales sabemos que los deficientes, 
los imbéciles y los idiotas, poseen una curiosi- 
dad raquítica o subalterna, incapaz de manifes- 
taciones superiores. Basta leer el conocido libro 
de Sollier (2) para advertir que la curiosidad del 
idiota es casi nula; lo que se mueve o acontece 
en torno suyo no le interesa; sus sentidos pare- 
cen obtusos, rebeldes a toda nueva experiencia; 
su ojo no escruta, su labio no interroga, su oído 



(1) Nicéforo: Anthropologie des dasses pauvres. 

(2) Sollier: Psychologie de l'idiot et de l'imbécile. 



CERVANTES 103 

no se adapta a los sones, su entrecejo no se frun- 
ce jamás para indagar un «cómo» o un «por 
qué». El imbécil tiene, en cambio, la curiosidad 
del primitivo, del ignorante o del niño; su espí- 
ritu es incapaz de fijarse o coordinarse en un sis- 
tema y su curiosidad es instable, fatua, maripo- 
seadora; mil preguntas revelan su indigencia 
intelectual cada vez que un objeto o un hecho 
se presenta a la experiencia de sus sentidos, sin 
ser capaz siquiera de esperar una respuesta o de 
comprenderla. 

En el imbécil, que suele acosar con preguntas 
absurdas o desatinadas, sólo encontramos la ca- 
ricatura de la curiosidad intelectual. 

La curiosidad del niño aparece con los mis- 
mos caracteres que la del primitivo, del inculto 
y del deficiente. Para él casi todo es nuevo y 
está naturalmente inclinado a interesarse por 
cuanto se le presenta; las cosas más insignifican- 
tes son objeto de su curiosidad, por lo menos 
hasta que las comprende. 

La curiosidad es manifestación de inteligencia 
que despierta y desea ejercitarse en el conoci- 
miento de la realidad. El niño aburrido, apático, 
indiferente, el que nunca pregunta el cómo y el 
por qué de las cosas, ese alabado niño «dis- 
creto», que no compromete a las mamas impre- 
visoras, no es inteligente. La tendencia a cono- 



1 04 CERVANTES 

cer se manifiesta primero como necesidad de 
emociones; eso explica en gran parte la rapidez 
con que el niño adquiere, transforma y abando- 
na sus gustos, los incesantes caprichos que ha- 
cen variar constantemente sus preocupaciones, 
dirigiendo en sentido múltiple su curiosidad 
instable. Más tarde el niño inteligente se vuel- 
ve travieso; todo lo inesperado o novedoso le 
interesa y llega hasta buscar los pequeños peli- 
gros en que se balancea la curiosidad y el mie- 
do. En un periodo ulterior comienza a elevar y 
complicar su curiosidad; después de romper un 
muñeco para ver lo que tiene dentro, desarma 
su primer reloj buscando el secreto del engrana- 
je, abre el cadáver de un pez o de un ave do- 
méstica para cerciorarse de su configuración 
anatómica, o desenvuelve un cohete para des- 
cubrir el secreto de las sustancias explosivas. Y 
así, poco a poco, la experiencia lo va poniendo 
en posesión de la realidad; la instrucción seria 
prácticamente imposible si no existiera la curio- 
sidad. El niño debe ser curioso, cuanto más cu- 
rioso, más educable. El que no sienta el agui- 
jón de la curiosidad, será tardío y mezquino 
para enriquecer su patrimonio intelectual. 

Suele atribuirse a la mujer la curiosidad infe- 
rior que acabamos de consignar como propia de 
las mentalidades deficientes o en formación; el 



CERVANTES 105 

teatro y la novela picaresca han sacado abun- 
dante partido de esta malhadada curiosidad feme- 
nina y nos hemos acostumbrado a suponer que 
la mitad del género humano invierte sus horas 
en atisbar lo que pasa en la casa del vecino, en 
averiguar detalles de las vidas ajenas, en inte- 
resarse por la crónica de los crímenes pasiona- 
les y en análogas manifestaciones de la curiosi- 
dad subalterna. El hecho no es axacto sino a 
medias; es el resultado de una actividad mental 
no encauzada en ningún sentido útil, exenta de 
preocupaciones y de trabajos, quedando las ma- 
nos y la lengua libres. Alejadas de las grandes 
actividades intelectuales, sociales, políticas y 
económicas, que el hombre monopoliza, ellas se 
ven obligadas a interesarse por menudencias y 
fruslerías que llenan su existencia mientras no 
sobreviene su gran función biológica y social: la 
maternidad. No olvidemos, para ser justos, que 
existe infinidad de hombres en condiciones se- 
mejantes y que las mujeres ilustradas pueden 
estar exentas de esas pequeneces de espíritu 
que nivelan su curiosidad con la del niño y del 
primitivo. 

La evolución de la curiosidad muestra un pa- 
ralelismo entre ella y el desarrollo mental, asi 
oomo el advenimiento paulatino de curiosidades 
cada vez más indirectamente utilitarias. La cu- 



106 CERVANTES 

riosidad, como la vida, tiene innumerables gra- 
daciones: desde el animal que palpa y husmea 
hasta la genialidad de un Aristóteles o un Ba- 
con que ansiosamente anhela conocer y com- 
prender todos los misterios de la Naturaleza. 

José INGENIEROS 



CERVANTES 107 



SONETOS 



Ángelus del Tramonto. 

Y nada más: para las primaveras 
que ofrenden sus corolas campesinas, 
otra Pascua Florida en las praderas 
y un viento pastoral en las colinas. 

Cuando lleguen las calmas vespertinas 
a darnos sus ternuras postrimeras, 
habrá un poco de sol en las cortinas 
y un florecer en las enredaderas. 

Y, como en las historias de ermitaños, 
que nos coime un perfume, el de los años, 
una lumbre de amor que nos aguarde, 

y un cansado balcón que mire hacia 
lo más remoto en que nos dé su gracia 
el azul difundido de la tarde... 



108 CERVANTES 

II 

A una semienlutada. 

En tus ojos — acaso te desvelas — 
está la ensoñación de los frondajes 
que atenúa la luz en los paisajes 
de los ríos que arrastran cantinelas. 

Ojos de las magníficas abuelas 
que suspiraron entre los encajes: 
son vagos como son ciertos plumajes 
y tornasoles como algunas telas. 

He visto en el tramar de tus pestañas 
eso que deja el sol eu las montañas 
cuando se va... Tantos recuerdos rielas 

en ellos, que no sé qué de adorable 
tienen en su misterio inexplicable 
de frondas, de plumajes y de telas... 

Rapael Heliodoeo valle 



CERVANTES 109 



"La Coríe del Cuervo Blanco' 

Fábula escénica de Ramón Goy de Silva. 



Conforme hemos ofrecido en nuestro número 
anterior, publicamos aquí algunas escenas de 
«La Corte del Cuervo Blanco», obra que, a jui- 
cio del insigne filólogo don Julio Cejador, «es 
más humana, más sencilla, más profunda, más 
acabada que El pájaro azul, de Macterlink, y 
que el C%an¿ecZer, de Rostand». (Véase el estu- 
dio crítico que este sabio profesor de Filosofía 
y Letras de nuestra Universidad Central, hace 
de las obras de Goy de Silva, en el número VII 
de Cervantes.) 



JORNADA CUARTA 

Salón en el Palacio del 
Cuervo Blanco. Al fondo, 



lio CERVANTES 

por el intercolumnio del 
pórtico, se ve el jardín ili- 
mitado donde los macizos 
de mirtos y los cipreses 
distantes simulan túmu- 
los en un cementerio lleno 
de sombras y claridades 
fantásticas. 



I 

LA COTORRA Y EL MOCHUELO 

Salen por ano de los co- 
rredores laterales. 

La Cotorra. — Estoy maravillada, no sé cómo 
agradeceros el favor que me habéis dispensado... 
¡Qué solemnidad...! Nunca he visto nada seme- 
jante... El salón del trono suntuoso, esplenden- 
te,., y la Sede áurea, asiento de Su Potestad, 
sobre altas gradas y bajo un dosel de púrpura y 
armiño. ¡Magnifico espectáculo! ¿Os fijasteis? 
¡Tras el venerable Cuervo Blanco, el Pavo Real 
y el Ave Lira con sus colas desplegadas...! 

El Mochuelo. — ¡Es todo un símbolo...! Aquí 
todo es simbólico... 

La Cotorra. — He notado que el Águila oculta- 
ba a duras penas su contrariedad, parecía humi- 
llada. 



CERVANTES 11] 

El Mochuelo, — ¿Por qué? 

La Cotorra. — Su sitial estaba mucho más bajo 
que el de Su Potestad; ¡ella que vuela tan alto...! 

El Mochuelo. — No debe ofenderse... ¿Quién, 
por muy alto que vuele, puede compararse al 
Cuervo Blanco en excelsitud? 

La Cotorra. — El Águila es una majestad so- 
berbia y poderosa; sus dominios se extienden 
desde las heladas estepas de la Siberia hasta las 
calidas llanuras del África meridional, y aún 
más allá. 

El Mochuelo. — Si, pero Su Potestad gobierna 
en todas partes y no sólo las aves, sino todos los 
seres alados que en el aire viven, a él rinden 
homenaje. 

La Cotorra. — ¿Todos? 

El Mochuelo. — Ya acabáis de verlo... El mis- 
mo rey Mariposón ha jurado acatamiento y acep- 
tó como un gran honor, sin el menor escrúpulo, 
la insignia de la Paloma blanca... ¡Es verdadera- 
mente estupendo! 

La Cotorra. — ¿Tanta importancia concedéis a 
eso? 

El Mochuelo. — ¡Y sois vos quien me hace tal 
pregunta! ¿Ignoráis la significación, la trascen- 
dencia de un acto semejante...? ¡Es la abdicación 
de todo el pasado espiritual de una raza fanáti- 
ca...! El Oriente renegando de sus ideas, de su 



112 CERVANTES 

fe, de su leyenda histórica... ¡Es la profanación 
de una tumba sagrada que contiene el alma de 
mil generaciones...! Es ¡oh, triunfo supremo!, la 
victoria decisiva de la Paloma blanca sobre el 
Dragón alado... el legendario Dragón de oro... 

La Cotorra. — ¿Y a qué artes mágicas se debe 
esa victoria...? ¿Al Cuervo Negro, al Murciélago, 
al Águila...? Porque Su Potestad no ha dicho 
una palabra durante la Asamblea. 

El Mochuelo.— Sabed que Su Potestad no 
habla nunca en actos semejantes; por él piensa 
el Gran Buho, que es la sabiduría y cuyas ideas 
expone el Gran Cacatúa, vuestro noble pariente, 
que es la elocuencia. 

La Cotorra. — ¡Cuánto honor para mi...! Ver- 
daderamente, y esto sin que me ciegue la pasión, 
fué su discurso magistral y emocionante en alto 
grado... Estoy segura de que llevó el convenci- 
miento al ánimo de todos... 

El Mochuelo. — No lo dudéis, merced a él se 
convirtió el rey Mariposón y se condenó al 
Cuervo Negro y a todos sus sectarios con el 
Murciélago y la Mosca al frente... ¡Qué gloria 
para el imperio del aire! Hoy es el primer día 
que brilla esplendoroso el gran topacio en el 
manto azul, que es la real vestidura de la Palo- 
ma blanca... 

La Cotorra. — Parece mentira que seáis vos. 



CERVANTES 113 

un Mochuelo, quien hable así, con tanto entu- 
siasmo. 

El Mochuelo. — ¿Por qué? Ya os he dicho que 
he renegado de mis falsas creencias... Las bellas 
ideas expuestas a la luz, me han convertido. 

La Cotorra. — ¡Y todo eso es obra de mi ilustre 
primo, el Gran Cacatúa...! 

El Mochuelo. — No os enorgullezcáis tanto, 
que también a mi me corresponde en parte esa 
gloria... Soy primo del Gran Buho, y éste, ya lo 
sabéis, es el cerebro que discurre... es la inteli- 
gencia, la idea... El Cacatúa no es más que la 
palabra... 

La Cotorra. — ¿Queréis restarle méritos aho- 
ra...? ¿De qué servirían las ideas sin esa palabra 
que tratáis de menospreciar? 

El Mochuelo. — Menos aún serviría la palabra 
sin las buenas ideas. 

La Cotorra. — ¡Menos, nunca...! La palabra es 
siempre luz; las ideas sólo son colores... encerrad 
esos colores en la obscuridad de un cerebro y 
veréis lo que brillan si no los ilumina la luz, que 
es la que da a todas las cosas expresión y vida. 

El Mochuelo. — Y si yo os dijese lo contrario, 
que las palabras sólo son colorines y la verdade- 
ra luz son las ideas, ¿qué diríais? 

La Cotorra. — Qae me lo demostraseis. 

El Mochuelo. — Las ideas son la luz que ilumi- 



114 CERVANTES 

na las negruras del cerebro; las palabras sólo 
son los diversos matices con que dicha luz se 
manifiesta. 

La Cotorra. — No estoy conforme... 

El Mochuelo. — Ni yo insistiré en convence- 
ros... Se muy bien que nadie cree más que lo 
que quiere o le conviene creer. De todos modos 
no discutiré a ninguno sus méritos, y a todos los 
concedo por igual... Si tuviésemos aquí Falerno 
y copas brindaríamos a la salud y por la gloria 
del elocuente Cacatúa y del Buho pensador. 

La Cotorra. — Aquí vienen, precisamente... 
¿Queréis que les hagamos presente nuestro tes- 
timonio de admiración? 

El Mochuelo. — Creo más prudente retirar- 
nos... Vendrán a conferenciar... están muy pre- 
ocupados con el asunto de la princesa Mariposa... 
quieren casarla... Ya sabéis que hay dos candi- 
datos a su mano: el Moscardón y el Ruiseñor, o, 
lo que es lo mismo, la Ambición y el Amor... 
éste es el protegido del Cuervo Blanco; pero el 
Moscardón es el predilecto del rey Mariposón. 
Es esta una difícil cuestión diplomática en la que, 
seguramente, vencerá quien tenga más astucia. 
¿Queréis que paseemos por el jardín? Oiremos 
los comentarios de los congresistas. 

La Cotorra. — Como gustéis. 



CERVANTES 115 

Vanse lentamente, por 
el atrio, hacia el jardín. 



II 



EL BUHO Y EL CACATÚA 

Por el lado opuesto al 
quo han seguido la Coto- 
rray el Mochuelo al partir. 

El Buho. — Detengámonos aquí, si os parece 
bien, mi ilustre compañero; no hay nadie en esta 
sala. 

El Cacatúa. — ¿No teméis a los espías del Cuer- 
vo Negro? 

El Buho.— ¿Vos, si? 

El Cacatúa. — 

Con inquietud. 

Si; ¿a qué ocultároslo...? Esos seres me hacen 
vivir en constante alarma... Andan en la sombra 
y son capaces de fraguar los más terribles pla- 
nes... 

El Buho. — Si tanto les teméis, ¿por qué no 
habéis callado? 



116 CERVANTES 

El Cacatúa.— Si hablé fué obedeciendo a una 
fuerza superior a mi voluntad, a todos mis temo- 
res... Era la conciencia quien me exigía imperio- 
samente... Además vuestras ideas eran tan her- 
mosas que hubiera sido una gran falta no lan- 
zarlas a la publicidad... Pero ya veréis cómo es 
a mí a quien echarán toda la culpa. 

El Buho. — Bien saben ellos que ni vos ni yo 
somos los responsables... Nuestro deber es cum- 
plir la voluntad de Su Potestad... 

El Cacatúa.— Pero Su Potestad es inviolable... 

El Buho. — Para ellos nada hay inviolable, ni 
aun el ser poderoso en quien está encarnado el 
espíritu de la Paloma blanca. 

El Cacatúa. — Por eso les temo. 

El Buho. — Somos el saber, somos la justicia, 
somos la verdad... Nada debe contenernos en el 
fiel cumplimiento de nuestra misión; nada debe 
inquietarnos mientras guarde silencio la voz de 
nuestra conciencia. Sabed que la conciencia no 
habla más que cuando tiene que censurar... ¿Os 
dice algo la vuestra? 

El Cacatúa.— A fe mía que no. 

El Buho.— Pues basta, y ahora permitidme 
un consejo acerca de los deseos expuestos por el 
rey Mariposón. 

El Cacatúa. — Decid. 

El Buho. — Ya sabéis cuál es la voluntad de 



CERVANTES 



117 



Su Potestad... Me refiero al casamiento de la 
princesa Mariposa... 

El Cacatúa. — Si, que el Ruiseñor sea el can- 
didato triunfante. 

El Buho. — La victoria del Moscardón seria 
para nosotros una derrota fatal... El Cuervo Ne- 
gro y sus sectarios le protejen y emplearán, 
para favorecerle, todas sus malas artes. Tienen 
de su lado a la muerte y al espíritu del mal. 

El Cacatúa. — La vida, en cambio, es nuestra, 
y vos, que sois la sabiduría, poseéis también el 
valor contra las asechanzas nocturnas... ¿Qué 
puedo hacer yo? 

El Cacatúa. — 

Viendo llegar a alguien. 

Callad... Vienen a interrumpirnos. 

El Buho. — ¿Quiénes son? 

El Cacatúa. — Nuestros enemigos, la Mosca y 
el Murciélago. 

El Buho. — Vamos en busca del Ruiseñor. 

El Cacatúa. — En el jardín lo encontraremos, 
seguramente. 

Vanse por el atrio. 



118 CERVANTES 

III 

LA MOSCA Y EL MURCIÉLAGO 

La Mosca. — 

Viendo partir al Buho y 
al Cacatúa. 

¡Cobardes...! Nos temen y se alejan. 

El Murciélago. — Ya tomaremos la revancha... 
Nuestra primera victima será el Ruiseñor... ¡Oh, 
ese gran Moscardón es digno de ser nuestro 
protegido...! Es la codicia personificada... No 
ama a la Mariposa, pero aspira a ocupar el tro- 
no de su padre... Este, por su parte, no menos 
egoísta, ambiciona los tesoros del tirano de abe- 
jas... La princesa será entre ellos el lazo de 
unión, y la ganancia, al fin, la llevaremos nos- 
otros. 

La Mosca. — ¡Qué triunfo...! 

El Murciélago. — Dadlo por seguro y dispo- 
neos a la lucha... Aqui vienen los adversarios. 

Se ocultan entre las co- 
lumnas. 



CERVANTES 119 



IV 



LA MOSCA Y EL MURCIÉLAGO; LA MARIPOSA Y EL 
RUISEÑOR POR EL JARDÍN 



La Mosca. — No nos han visto; ¿los dejamos 
pasar? 

El Murciélago. — Observémosles. 
La Mariposa. — 

Tristemente. 

He obtenido de mi padre el consentimiento 
para decirte adiós. 

El Ruiseñor. — ¿Cómo es posible que pronun- 
cies esa palabra...? Has prometido no abando- 
donarme nunca. ¿Crees que yo podría vivir sin 
ti...? Te seguiré adonde quiera que vayas. 

La Mariposa. — ¿Al reino de mi padre...? ¡Te 
matarían! 

El Ruiseñor. — Mejor es morir que vivir sin 
ti... Todo es preferible a verte casada con ese 
aborrecido Moscardón, 

La Mariposa. — Eso no sucederá... Jamás seré 
de otro, sino tuya... 

El Ruiseñor. — ¿Por qué no huimos...? 

La Mariposa. — ¿Adonde...? ¿Qué asilo hay 
más seguro que éste...? Si el Cuervo Blanco no 



120 CERVANTES 

es bastante poderoso para defendernos, ¿quién 
ha de ampararnos mejor? 

El Ruiseñor. — Iremos al azar, solos, por el 
sendero florido del mundo... Cruzaremos el país 
del ensueño, el país de la ilusión, entre las mon- 
tañas azules y los valles color de esmeralda... 
Descansaremos a la sombra de las palmeras mi- 
lenarias y beberemos el agua de los manantia- 
les perennes... Yo velaré en las noches tu sueño, 
con mi canto, bajo la mirada blanca de la luna... 
Preguntaremos a las esfinges sus secretos, y 
ellas nos mostrarán el país de la felicidad... Las 
esfinges no hablan, porque están más allá de la 
vida, en el reino del misterio... no hablan, pero 
en sus ojos videntes se descubre lo ignoto... Ellas 
miran sobre los horizontes perdidos que trazan 
un límite a las tierras agostadas... Miran más 
allá de los horizontes terrenos a los mundos le- 
janos del Amor... 

La Mariposa. — 

Con voz emocionada y 
leve. 

Más allá de los horizontes lejanos... ¿Quién 
nos conducirá...? 

El Ruiseñor. — Buscaremos a las quimeras que 
tienen alas de pegaso, colas de salamandra y ga- 



CERVANTES 121 

iras de dragón...; buscaremos a las quimeras que 
tienen cabeza humana, como las garudas, y can- 
tan como sirenas y tienen busto de mujer... Ellas 
pasan por los bosques, cual los centauros; por 
los aires, cual las nubes; por los ríos, cual las on- 
dinas, y por el fondo del mar... Y pasan también 
por las regiones del fuego y van adonde quiera 
llevarlas nuestra fantasía... 

La Mariposa. — No podremos huir de la tie- 
rra... lejos de aquí no habrá asilo seguro... Mi 
padre nos perseguirá sin piedad... Fuera del 
amparo del Cuervo Blanco, ¿quién es bastante 
fuerte para defendernos de las iras del rey Ma- 
riposón? 

El Ruiseñor. — El Águila. 

La Mariposa. — El Águila es menos poderosa 
que Sa Potestad... El Cuervo Blanco tiene el 
poder espiritual que domina todas las fuerzas. 

El Ruiseñor. — El Águila es más fuerte que el 
rey, tu padre, y que todos los reyes... Todos ellos 
juntos no podrían luchar con sus ejércitos de 
buitres y condores, grajos y halcones, y milanos... 

La Mariposa. — ¿Tienes su protección? 

El Ruiseñor. — Confío en que nos protejerá... 
más que por servirnos a nosotros, para castigar 
al Moscardón y a las aves nocturnas... 

El Murciélago. — 



122 CERVANTES 

A la Mosca. 

¿Oís...? Hablan de las aves nocturnas... 

La Mosca. — Eso no va por mi... Yo soy in- 
secto... 

El Ruiseñor. — Al Murciélago, sobre todo... 

La Mariposa. — Sobre todo a la Mosca mise- 
rable... 

El Murciélago. — ¿No os dais por aludida 
ahora...? 

La Mosca. — Hablad vos. 

El Murciélago. — 



Con voz airada. 



¿Quién nos llama? 
La Mariposa. — 



Asustada. 



¡Ellos...! 

El Ruiseñor. — No temas. 

La Mosca. — 



Avanzando unos pasos. 



¿Nos llamabais? 
El Ruiseñor. — 



CERVANTES 123 

Con desprecio. 

Nada queremos con vosotros. ¿Cómo es que 
aún estáis aquí...? La Asamblea os ha condena- 
do... os ha desterrado... 

El Murciélago. — ¿Y creéis que puede expul- 
sarse, asi como así, a seres de nuestra condi- 
ción...? Tenemos aquí nuestros intereses, nues- 
tros bienes... Mientras no nos los devuelvan no 
nos echarán. 

El Ruiseñor. — ¿Qué bienes, qué intereses son 
los vuestros...? ¿Los que habéis usurpado? ¿Cómo 
restituiréis todo el óleo que absorbisteis de las 
siete lámparas sagradas, durante mil años... toda 
la sangre de inocentes víctimas que habéis aspi- 
rado, en vuestro insaciable vampirismo? 

La Mariposa. — Mil tormentos no bastarían 
para castigar vuestros crímenes. 

El Ruiseñor. — Pesáis sobre la tranquilidad hu- 
mana como las tempestades sobre el mar... 

La Mariposa. — Sois para la felicidad de la 
vida como las nubes negras que ocultan al sol; 
pero que no pueden apagarle. 

La Mosca. — ¿Y qué podéis echarnos en cara 
vos, inocente Mariposa...? Preguntad a las flores 
de todos los jardines quién ha libado el néctar 
de sus corolas... 

La Mariposa.— Yo soy la vida... ¿Quién a la 



124 CERVANTES 

Vida puede dar mejor sustento que las flores...? 
¿Perecen acaso por nutrirme...? Mis libaciones 
en los cálices de las rosas son como los besos en 
los labios de los amantes... Cuando yo paso por 
los senderos floridos, bajo la caricia del sol, to- 
dos los capullos se abren en rosas para ofrecer- 
me el néctar de sus corolas... Yo bebo en todas 
las fuentes del camino y beso en la boca a la 
juventud que revive a mi contacto y no se mar- 
chita, hasta que llegas tú, ¡la Implacable...! 

La Mosca. — Y en eso estriba mi gloria... 
¡Ah...! ¿Visteis jamás poder mayor que el mío...? 
Destruyo lo que vos creáis... ¿Qué son para mí 
todas las grandezas del mundo...? Volved atrás 
la vista... ¿Dónde está todo lo que fué y no exis- 
te...? ¿Adonde irá todo lo que ahora es y dejará 
de existir muy pronto...? 

La Mariposa. — Yo no miro al pasado..., soy el 
presente y el porvenir... Todo lo que fué ayer, 
vuelve hoy a ser... Todo lo que es hoy, volverá 
a ser maña'ia lo mismo que ayer... 

El Murciélago. — Y el Amor, ¿cuánto durará...? 

El Ruiseñor. — Todo lo que dure la Vida... 
Mientras la Vida exista, el Amor vivirá... Soy la 
flor de cuyo néctar se nutre la Mariposa. 

El Murciélago. — Ved aquí al rey Mariposón... 
Él tiene la palabra... 



CERVANTES 125 



LA MARIPOSA, LA MOSCA, EL RUISEÑOR, EL MUR- 
CIÉLAGO Y EL REY mariposón; DESPUÉS, EL 
BUHO Y EL CACATÚA. 

El Rey Mariposón sale 
pomposamente de una de 
las galerías laterales, se- 
guido de su coi'te de abe- 
jas, ninfalos, criaomelas y 
colibríes. Al mismo tiem- 
po llegan del jardín el 
Buho y el Cacatúa. 



La Mariposa. — 



Yendo al encuentro del 
rey, su padre. 



Señor, ¿venís a buscarme...? 
El Rey Mariposón. — 

Severamente. 

¿Con quién hablabais? 

La Mariposa. — Me despedía de mi amado Rui- 
señor. 

El Rey Mariposón. — 



126 CERVANTES 

Con disgusto. 

Os prohibo dar ese nombre de amado, a otro 
que DO sea vuestro esposo, y el Ruiseñor no lo 
será... Una princesa de vuestro linaje debe unir- 
se a quien por su posición sea digno de ella... 
¿Quién es el Ruiseñor...? Un vagabundo... Un ar- 
tista errante que vive de limosna y come las so- 
bras de nuestros festines... ¿Cómo es posible que 
pongáis vuestra ilusión en un ser que ni aún tie- 
ne la delicadeza de presentarse con decoro...? 
¿No habéis reparado en el contraste que forma 
su misero ropaje al lado de vuestras galas...? ¿Es 
tan pobre que no pudiendo elevarse a vuestro 
nivel quiere haceros descender al suyo...? Si fue- 
se igual a vos en prosapia y fortuna... o si tuvie- 
se un pedestal de oro en que alzarse para poder 
miraros frente a frente, comprendo que creyeseis 
en su amor y en su desinterés; pero asi... 

La Mariposa. — 

Con pasión. 

Asi es como creo más en él... Es el Amor y 
para elevarse no necesita de ningún pedestal... 
tiene alas que le conducen adonde quiere su vo- 
luntad... No tiene tesoros que guardar y vuela 
libremente por el mundo llevando consigo a la 
Vida, que sólo a su lado puede existir feliz... 



CERVANTES 

El Rey Mariposón. 
¡Callaos! 



La Mosca. — 



127 



Despótico. 



La Mariposa se inclina 
resignada. El Rey Mari- 
posón da órdenes a uno de 
sus chambelanes. 



Al Murciélago. 

¿Habéis oído...? 

El Murciélago. — H*í adivinado... Pero no es lo 
que el Rey Mariposón dice a su hija de mayor 
interés, seguramente, que los consejos que el 
Ruiseñor recibe en este instante del Cacatúa 
inspirado por el astuto Buho. 

La Mosca. — Astucia por astucia... formemos 
nuestro plan... 



El Buho.— 



Siguen hablando. 



Al Cacatúa, que habla 
aparte con el Buiseñor. 



128 CERVANTES 

El Rey Mariposón da instrucciones a uno de 
sus chambelanes, y el Murciélago y la Mosca ur- 
den un complot... No debemos perder un instan- 
te si hemos de realizar con éxito nuestra em- 
presa. 

El Cacatúa. — 

Al Ruiseñor. 

Ya lo oís... No tenéis tiempo que perder... 
contad con nuestra protección... pero no olvidéis 
después que hayáis triunfado que a nosotros de- 
béis vuestra felicidad y vuestra fortuna. 

El Ruiseñor. — ¿No os basta mi promesa de 
adhesión? 

El Cacatúa. — Prestad juramento... De todos 
modos sólo os ligará a nosotros un compromiso 
moral; pero no necesitamos otra garantía. 

El Ruiseñor. — ¿Y si pierdo mi causa? 

El Cacatúa. — Entonces perderemos todos 
vuestros parciales y a nada quedaréis obligado. 

El Ruiseñor. — 

Con decisión. 

Sea, pues, como deseáis... Lo juro por el mis- 
mo éxito que anhelo. 
El Cacatúa. — 



CERVANTES 129 

Al Buho, sin ocultar su 
alegría. 

¿Oísteis? jHa jurado...! 
El Buho.— 

Al Ruiseñor. 

Id, pues, a vuestro objeto y confiad ea reci- 
bir pronto la bendición de Su Potestad. 

El Ruiseñor. — ¿En compañía de la que amo? 
El Buho.— Sí. 

El Ruiseñor hace ade- 
mán de ir junto al Rey 
Mariposón; pero en este 
instante se le aproxima el 
chambelán, a quien elRey 
dio secretamente sus órde- 
nes, y le habla aparte. 



El Rey Mariposón. 



A los de su séquito. 



Custodiad a la princesa y conducidla ante Su 
Potestad... Quédense a mi servicio cuatro genti- 
les hombres de mi cámara. 



Son al momento obede- 

9 



130 CERVANTES 

cidas sus órdenes, y la Ma- 
riposa se dispone a partir. 

La Mariposa. — 

Gratamente sorprendida 
al ver entre los que la ro- 
dean a la Abeja. 

¿Vos aquí, amiga mía...? ¿A qué debo la dicha 
de hallaros a mi lado? 

La Abeja. — Mi amada princesa, ¿olvidáis que 
he sido desencantada con vos...? Al recobrar mi 
libertad no quise abandonaros y vengo dispues- 
ta a haceros compañía, siempre que vos me lo 
permitáis... 

La Mariposa. — ¡Oh...! ¿No os separaréis de mí 
nunca...? Seréis mi amiga, mi hermana... 

Con súbita tristeza. 

Pero, ¿qué ilusiones estoy forjándome...? 
¡Cuando quieren hacer de mí el ser más desven- 
turado del mundo...! 

La Abeja. — No os desconsoléis... El Moscar- 
dón no será vuestro esposo, si así lo deseáis... 
¿Queréis oir mi consejo? 

La Mariposa. — 

Con ansiedad. 



CERVANTES 131 

¡Decid, decid...! ¡En oirlo está interesada toda 
mi alma...! 

A un gesto del E,ey Ma- 
riposón se interrumpe el 
murmullo de las conversa- 
ciones. La Mariposa dirige 
a su padre una última mi- 
rada de súplica; pero éste, 
inconmovible, le indica 
con ademán imperioso una 
de las galerías, por la que 
sale la princesa seguida de 
la Abeja y del acompaña- 
miento. En este instante 
se oyen los graves acordes 
de una marcha augusta. 



VI 



EL RUISEÑOR, LA. MOSCA, EL MURCIÉLAGO, EL BUHO, 
EL CACATÚA, EL REY MARIPOSÓN Y ALGUNOS 
CHAMBELANES Y PAJES DEL REY 

El Ruiseñor. — ■ 



Yendo hacia el Rey Ma- 
riposón, en actitud respe- 
tuosa y firme. 



132 CERVANTES 

Señor, acabo de saber por vuestro siervo la 
proposición que os dignáis hacerme, con ánimo 
de honrarme, seguramente; pero que yo no pue- 
do aceptar, ni aceptaría aunque me ofrecieseis 
en cambio vuestro reino... No es eso lo que an- 
helo, sino vuestra hija a quien he entregado mi 
albedrío. 

El Rey Mariposón. — 

Indignado. 

¿Cómo os atrevéis a dirigirme tales frases...? 
En verdad vuestra audacia me admira... Necesa- 
rio es que hayáis perdido la razón para hablar- 
me asi, cuando debíais prosternaros y expresar 
vuestra gratitud por la generosidad de quien 
pudiendo castigar vuestras faltas las perdona y 
aún hace más: os ofrece una limosna, conside- 
rando que estáis necesitado de ella. 

El Cacatúa. — 

Al Buho. 

El despotismo no se hubiera expresado me- 
jor... Temo que la susceptibilidad de nuestro pa- 
trocinado no le permita usar de diplomacia y le 
haga olvidar nuestros consejos... ¡Con menos hu- 
biera yo perdido los estribos...! 



CERVANTES ^^^ 



La Mosca. — 

Al Murciélago. 

La balanza se inclina a nuestro lado... Falta le 
hacia ahora al mozo nuestra ayuda. 

El Murciélago. — Ya se la prestan buena y no 
a mal precio nuestros vecinos. 

El Ruiseñor. — 

Después de una lucha 
intima, dominándose al 
fin y comprendiendo las 
señas que le hace el Ca- 
catúa. 

Señor, me tratáis con rigor... Ser pobre, en el 
sentido que dais a esa palabra, es, sin duda, mi 
mayor delito... Seguramente no me hubierais 
humillado así, siendo yo, en vez de quien soy, 
por ejemplo... 

Vacilante. 

¿Quién podría deciros...? El hijo..., el heredero... 
o un aliado del Águila real... 
El E-ey Mariposón. — 

Burlonamente, con una 
risa forzada. 



134 CERVANTES 

¡Qué gracia.,.! ¡Qué simpleza...! Ciertamente 
que no, caballerito... Pero habéis de convenir 
que entre ei hijo, el heredero, o un aliado de un 
monarca tan poderoso, y vos, hay diferencia. 

El Ruiseñor. — Y si ese heredero... ese aliado 
de que os hablo os pidiese a vuestra hija por 
esposa, ¿se la concederíai.s?... 

El Rey Mariposón. — Sin duda... si ella le 
amaba. 

El Ruiseñor. — Pues bien, señor, ved en mi en 
este momento al aliado del Águila; que si no lo 
soy, en realidad, puedo serlo tan pronto os dig- 
néis vos decir una palabra. 

El Rey Mariposón. — 



Creyendo ser objeto de 

burla. 



¡Ah, ah...! ¿Todavía pretendéis mofaros...? Si 
no estáis loco, pensad que podéis pagar cara 
vuestra osadía. 

El Ruiseñor. — 

Inmutable. 

Contestad, señor, dignaos contestar... Es el 
aliado del Águila Real quien os lo ruega... ¿Me 
otorgáis a vuestra hija?... Pensad que ella me 



CERVANTES 



135 



ama tanto como detesta a ese miserable Moscar- 
dón, rey de zánganos y abejorros, que sólo pre- 
tende vuestra corona... Contestad, señor... Soy 
más rico que mi rival, y mi poder es mayor que 
el suyo... Tengo a mi mando una legión de bui- 
tres, con los cuales puedo obtener por la faerza^ 
lo que no quieran darme de grado... No os pido 
vuestro reino, ni vuestros tesoros... sólo quiero 
a vuestra hija... 

Prosternándose , supli- 
cante. 

¡No me neguéis tal ventura...! 

El Rey Mariposón. — ¡Basta de farsa...! Lo que 
hacéis es ridículo para vos y para quien como yo 
tiene la paciencia de escucharos, con menoscabo 
de su dignidad... 

Con imperio. 

¡Idos de mi presencia! 
El Ruiseñor. — 

Insistente. 

¡Dadme a vuestra hija...! 
El Rey Mariposón. — 



136 



CERVANTES 
Cor impaciencia. 



¿Todavía...? 
El Ruiseñor. — 

Tenaz. 

¡Vuestra hija...! ¡Ella me ama y por nada en el 
mundo renunciaré a su amor...! 
El Rey Mariposón. — 

Con orgullo. 

¿Queréis que os haga ver la distancia que hay 
entre ella y vos...? ¿Entre vos y su prometido...? 
El Ruiseñor. — 

En pie, con arrogancia. 

¿Su prometido dijisteis...? ¿Queréis hacer un 
parangón...? Pues bien, señor, sea así... Pero 
prometadme que daréis por esposa a vuestra 
hija a aquel de nosotros dos que salga triun- 
fante... 

El Rey Mariposón. — ¿Triunfante...? 

El Ruiseñor. — Sí, al que demuestre ser supe- 
rior... 

El Rey Mariposón. — ¿Superior en qué? 



CERVANTES -^ 137 

El Ruiseñor. — En lo que vos queráis... En ri- 
queza y en fuerza, que es la única superioridad 
digna de consideración a vuestro aprecio... En 
inteligencia y corazón, que es la que yo com- 
prendo y estimo... En todo desafío a ese rival, 
seguro de vencerle... ¿Consentís...? 

El Rey Mariposón. — Demostrad vuestra su- 
perioridad, como decís, y no vacilaré en daros 
el premio que solicitáis, pues así os habréis he- 
cho digno de mi hija, quien, desde este instan- 
te, espera ante Su Potestad la llegada del espo- 
so para recibir la bendición nupcial. Yo voy a 
su lado, en tanto; pero os advierto que poco he 
de esperaros. 

El Ruiseñor. — 

Con el más vivo entu- 
siasmo. 

¡Oh, señor, os prometo que poco aguardaréis... 
es muy grande mi afán...! 

Se oye más cercana la 
música. Todos miran al 
jardín. 

El Rey Mariposón. — ¿Conocéis ese himno...? 

Con ironía. 



188 CERVANTES 

El Águila, vuestro aliado poderoso, viene, sin 
duda, eu vuestro auxilio... Debo dejaros solo en 
su presencia... Adiós... 

El Ruiseñor. — No olvido, señor, que me espe- 
ráis... 

El Rey Mariposón. — 

A sus chambelanes, con- 
fidencialmente. 

¡Pobre joven... está loco!... 

Hay un asentimiento de 
de risas ahogadas, a las 
palabras del Rey, que se 
aleja por una de las gale- 
rías, seguido de sus sier- 
vos. 



VII 

LA MOSCA, EL RUISEÑOR, EL MURCIÉLAGO, EL CACA- 
TÚA Y EL BUHO 

El Cacatúa. — 

Al Ruiseñor, con entu- 
siasmo. 



CERVANTES 139 

¡Os felicito, hijo mío; habéis estado admira- 
ble,..! ¡Seguid ese plan de conducta y triunfaréis! 

El Ruiseñor. — Es el plan que me habéis tra- 
zado. 

El Buho. — No estaréis descontento de nues- 
tros consejos. 

El Ruiseñor. — ¿Puedo estarlo, acaso...? Pero 
ahora es cuando me asalta el temor... ¿Me aban- 
donará la suerte a la mitad de la jugada? 

El Cacatúa. — Tened fe y venceréis... No es 
necesario que vos vayáis en pos de la fortuna; 
ella viene a buscaros... 

El Murciélago. — 

A la Mosca, en secreto. 

Nada tenemos ya que hacer aquí. 

La Mosca. — ¿Queréis abandonar el campo? 

El Murciélago. — Nuestro campo no está en 
este lugar, sino junto al Moscardón. Vamos a 
prevenirle. 

La Mosca. — 

Con despecho. 

¿Y hemos de permitir que esos se lleven la 
fortuna de la princesa Mariposa, pudiendo ser 
nuestra...? 



140 CERVANTES 

El Murciélago. — ¿Qnién sabe.,.? De tridos mo- 
dos, la fortuna del Moscardón quedará en nues- 
tro poder. 

La Mosca. — ¿Y si él no vence...? 

El Murciélago. — 

Enigmático, subrayan- 
do con siniestra intención 
sus palabras. 

He dicho que de todos modos... Vamos a su 
encuentro. 

La Mosca. — ¿No esperamos la llegada del 
Águila real...? Se acercan... 

El Murciélago. — No debemos perder [un ins- 
tante. 

Vanse con prisa por uno 
de los corredores. 



VIII 



EL RUISEÑOR, EL BUHO, EL CACATÚA Y EL ÁGUILA 
CON SU ACOMPAÑAMIENTO DE CONDORES, BUITRES 
Y MILANOS, TODOS POR EL JARDÍN 



El Cacatúa. — 

Yendo al encuentro del 



CERVANTES 141 

Águila real e inclinándo- 
se reverente. 

Señor: Su Potestad espera a Vuestra Majes- 
tad... ¿Os dignaréis pasar aquí la noche? 

El Águila. — Su Potestad me honra; pero con 
harto sentimiento mío véome en la precisión de 
rehusar el honor de ser su huésped por más 
tiempo... La tempestad se avecina... ved el cielo 
que cierra sus ventanas de luz... El viento que 
corre con acompañamiento de hojarasca... y 
aquellas dos nubes que siguen ruta opuesta y es- 
tán a punto de chocar... En tiempo de tormenta 
es mi deber no abandonar mi reino, y retornar 
a él si el temporal me sorprende fuera de mis 
dominios... 

El Cacatúa. — Cúmplase vuestra voluntad. 

El Águila. — No partiré, sin embargo, antes 
de haber expresado personalmente a Su Potes- 
tad mi testimonio de adhesión. Anticipadle mi 
deseo. 

El Cacatúa. — 

Haciendo otra reveren- 
cia. 

Al momento, señor. 

Al Ruiseñor, aparte. 



142 CERVANTES 

Esta es la ocasión. Audacia. 

Sale. 



IX 
EL RUISEÑOR, EL BUHO Y EL ÁGUILA CON SU SÉQUITO 

El Ruiseñor. — 

Al Buho. 

Siento que me falta el valor. 
El Buho.— 

Animándole. 

Va en ello vuestra felicidad... No esperéis a 
que el primer rayo de la tormenta siembre en- 
tre nosotros el espanto y la confusión... y pen- 
sad que no es esa que el cielo nos anuncia, la 
tempestad a que me refiero, sino la que prepa- 
ran en la sombra los partidarios de vuestro ri- 
val, a quienes el espíritu del Mal gobierna. 

El Ruiseñor. — 

Con decisión. 



CERVANTES 143 

Me habéis convencido... Nada me arredra ya 
ante el peligro que nos amenaza. 

Al Águila, respetuosa- 
mente. 

Señor, os pido gracia. 
El Águila.— 

Sin altanería. 

¿Quién sois y qué queréis de mí? 

El Ruiseñor. — Un desvalido que necesita 
vuestra protección. 

El Águila. — Mi protección es de aquellos que, 
a mi concepto, la merecen, más que la necesitan. 
Exponed vuestra pretensión... No me sois des- 
conocido... Creo haberos visto en la Asamblea, 
entre los acusados, si no me engaño. 

El Ruiseñor. — Soy el Ruiseñor. 

El Águila. — ¡Ah...! Sí... conozco vuestra odi- 
sea interesante... Contad con mi simpatía. 

El Raiseñor.- Qué razón tienen, señor, los 
que encomian vuestra magnanimidad... Jamás se 
vio al cobarde defender al débil... Con vuestra 
protección seré fuerte y llegaré hasta el mismo 
sol... que siempre verá mejor el sol un águila 
que un ejército de murciélagos. 

El Águila. — No anticipéis las alabanzas, que 



144 CERVANTES 

acaso no las merezca tanto como suponéis. Ha- 
blad claro. 

El Ruiseñor. — Pues bien... Nombradme vues- 
tro aliado. 

El Águila. — ¿Mi aliado...? ¿Sabéis lo que de- 
cís, joven, o pretendéis burlaros...? 

El Ruiseñor. — ¡Cómo podéis suponer...! 

El Águila. — Supongo que estáis loco y sois 
digno de lástima; de lo contrario ya os hubiera 
hecho pagar cara vuestra osadía... Quitaos de mi 
presencia si no queréis sufrir las consecuencias 
de mi enojo, que presto os lo haré sentir si per- 
sistís en provocarlo. 

El Ruiseñor, — Señor, me tratáis sin conside- 
ración porque me creéis desvalido y pobre... Se- 
guramente me guardaríais más miramiento si en 
vez de ser yo quien os habla, fuese... ¿quién os 
diré...? el hijo... el heredero... o el aliado del rey 
Mariposón... 

El Águila. — 

Con risa. 

¡Qué duda cabe...! ¿Pero queréis compara- 
ros...? 

El Ruiseñor. — Quiero que supongáis, señor, 
por un momento, que el que ahora tiene el ho- 
nor de hablaros es, en efecto, el heredero del 



CERVANTES 145 

rey Mariposón, el prometido de la princesa Ma- 
riposa, que solicita vuestra ayuda para defender- 
se de un rival odioso... 

El Águila. — Si así fueseis, ciertamente... 

El Ruiseñor. — No lo dudéis... Aquí hay quien 
puede dar fe de mis palabras... Dignaos interro- 
gar al Buho, personaje, como debéis saber, el 
más prestigioso de la corte de Su Potestad. 

El Águila.— 

Al Buho. 

Os reconozco, ilustre varón, y vuestra palabra 
será para mí la mejor garantía... ¿Qué respon- 
déis a lo que habéis oído? 

El Buho. — Que, en efecto, señor, el que soli- 
cita vuestra alianza es digno de ella, por sus 
propios méritos y porque, además, es, como 
dice, el prometido de la hija del rey del Orien- 
te, y heredero de su trono, desde el momento 
en que se haya desposado con la princesa. 

El Águila. — ¿Y esos desposorios...? 

El Buho. — Para celebrarlos basta con que 
vos os dignéis apadrinarle y conducirle ante Su 
Potestad, donde le espera la Mariposa para re- 
cibir la bendición nupcial. 

El Águila. — ¡Oh!, no perdamos tiempo, si en 
mí sólo coQsiste que tal boda se realice... 



146 CERVANTES 

Al Ruiseñor. 

Pero, si mal no recuerdo, me hablasteis de un 
rival... ¿Quién es? 

El Ruiseñor. — El Moscardón. 

El Águila. — ¡Ah...! ¿Y qué teméis de ese mi- 
serable zángano de colmena? 

El Ruiseñor. — Ahora nada, si vos me ampa- 
ráis. 

El Águila. — Con toda mi voluntad y todas 
mis fuerzas. 

Luce fuera un relámpa- 
go y se oye el rumor de 
un trueno lejano. 

La tempestad me manda su primer aviso... 
Debo volver a mi reino. 
El Ruiseñor. — 



Suplicante, por el te- 
mor de ser abandonado. 



Venid, señor... sólo un instante y os deberé 
mi dicha... 
El Águila. — 

Al Ruiseñor, en secreto. 



CERVANTES 147 

Pensad que os doy un trono y una fortuna. 

El Ruiseñor. — Me dais algo que para mi vale 
más que todos los reinos y las riquezas del 
mundo... Mi amada es mi vida. Ayudadme a ga- 
narla y todo lo demás será vuestro. 

El Águila. — Digno sois de mi amparo... Te- 
néis talento y corazón. 



A los suyos. 



Seguidnos. 



Prosiguen la marcha 
por las galerías. 



LA COTORRA Y EL MOCHUELO, POR EL JARDÍN, 
HUYENDO DE LA TORMENTA 



La Cotorra. — No hay nada que me aterre 
tanto como una tempestad con su acompaña- 
miento de truenos y relámpagos... 

El Mochuelo. — Lo más temible es el Ya.yo. 

La Cotorra. — ¿Creéis que estaremos aquí bien 
guarecidos? 



148 CERVANTES 

El Mochuelo. — No hay refugio bastante segu- 
ro contra la ira de los elementos... 

La Cotorra. — ¡Me asustáis! 

Ei Mochuelo. — Ved el jardín en sombra... ün 
solo relámpago bastó para iniciar la desbanda- 
da... Todos huyen de la tormenta. 

La Cotorra. — Son las aves nocturnas, expul- 
sadas de la corte de Su Potestad y a quienes no 
se permite aquí la entrada. 

Lucen nuevos relámpa- 
gos y se oyen más cerca- 
nos los truenos. 

¡Huyamos de esta sala desierta... huyamos! 

Se oye rumor de músi- 
cas y cantos. 

¿Esa música...? 

El Mochuelo. — Es la marcha nupcial con que 
se solemnizan las bodas reales. 

La Cotorra. — ¿Acaso la princesa Mariposa...? 

El Mochuelo. — Se ha casado... 

La Cotorra. — ¿Con quién...? El Moscardón es- 
taba en el jardín con las aves nocturnas. 

La tempestad arrecia y 
al ruido de loa truenos se 



CERVANTES 149 

confunden los gritos de 
una multitud de aves que 
parecen rebelarse y a las 
cuales se les ve correr de 
un lado a otro del jardín. 

¿Qué gritos, qué ruido es ese que se mezcla al 
clamor de los elementos...? Mirad el jardín po- 
blado de seres fantásticos, de negras sombras 
que parecen poseídas de espanto y de furor... 
¿No veis...? ¡Luchan...! 

El Mochuelo. — Son los vencidos que se re- 
belan. 

La Cotorra. — 

Aterrada. 



¡Todos huyen... huyamos... ved qué avalan- 
cha...! 



El Mochuelo. — ¡Venid, venid...! 



Huyen por las galerías. 
Al mismo tiempo, de los 
corredores opuestos, salen 
en tropel, y poseidos unos 
de terror y otros de ira, 
aves rapaces, aves canoras 
e insectos que se alejan 
por el jardín. 



150 



CERVANTES 



ESCENA ULTIMA 

LA MARIPOSA, EL RUISEÑOR, EL TORDO Y EL BUITRE 
CHAMBELÁN, POR LAS GALERÍAS, CON ACOMPA- 
ÑAMIENTO 



GoY DE SILVA 



(Prohibida la reproducción.) 



CERVANTES 151 



En loa y elogio 
de la ciudad de Caracas. 



Como buscando que al pensamiento 
no sean dique los horizontes, 
en lo más alto de vuestros montes 
a vuestras casas les dais asiento; 
y así las vemos, ciudades blancas 
y luminosas; como cigüeñas 
sobre los tajos de las barrancas, 
que entre picudos haces de peñas, 
abren las alas, la zarpa incrustan 
hasta arañarlo, sobre el granito, 
y los afanes del hombre ajustan 
al rumor de astros de lo Infinito... 
Y así una y otra ciudad altiva, 
por estas sierras americanas, 
son, en sus marcos de roca viva. 



1 52 CERVANTES 

nidales blancos de ayes humanas: 
— y así es la vuestra! 

Y así es tan bella 
que aunque hace tiempo la deseaba, 
ni la fingía ni la soñaba; 
porque es tan vuestra, porque es tan «ella», 
porque es tan única, porque destella 
tal sello propio de gracia viva, 

que, pensativa, 
mi alma enmudece sin expresarla; 
que antes y luego de visitarla 
a los esfuerzos de un alma excede 
fijar en verbos su fuerza suave: 
antes de verla, porque no sabe; 
después de verla, porque no puede... 



II 



Yo evocaría, 
para decirte lo que he sentido, 
venezolana ciudad, hoy mía, 
viéndote en alto tal como un nido 
de ruiseñores de Andalucía, 
yo evocaría 
no sé qué vieja 
clara conseja 



CERVANTES 153 

de primitiva gracia pagana... 
Cuenta la fábula que una doncella, 
junto a las aguas del mar, un día, 
cuando la aurora resplandecía 
menos graciosa y amable que ella, 
púdicamente desnuda, hacia, 
hundiendo en agua su gentileza 
del crepitante tul de una ola 
su vestidura de plata, sola 
túnica digna de su belleza... 
De pronto, siente que una mirada 
fija y aguda la observa; en torno 
de ella, el mar tiene ráfagas de horno 

y amedrantada, 
siente la bella que está insegura 
sobre aquel lecho de ópalo y plata; 
contra el deseo del mar pirata 
que le codicia su alba hermosura... 

Salta del agua y huye, creyendo 
que a sus espaldas, por el camino, 
con su jadeo la va siguiendo 
todo el mar hecho monstruo marino. 

Nuestra doncella 
se entra temblando por la espesura; 
como estandarte flota tras ella, 
su ensortijada melena oscura; 
sus blancos hombros, de vez en cuando, 



164 CERVANTES 

la selva muestra bajo su velo, 
y son dos astros que van volando, 
montes arriba, para su cielo! 

Ya está en las cimas. 

A una revuelta 
que hace el camino, la perseguida 
detiene el paso, toda vestida 
de su nocturna melena suelta, 
y ve, allá lejos, en lo más hondo, 
por los desgarros de un chai de bruma, 
que el mar babea montes de espuma, 
tascando el pétreo freno redondo... 
Ya está salvada; nadie la sigue... 
si aun la codicia, no la persigue 
su encadenado monstruo marino. 
Baja a un declive que hace el camino, 
trepa otro poco; por una calle 
de árboles mansos, llega a este valle 
que cercan frentes de montes viejos 
rumiando nieblas como consejos, 
y entumecida, rota y cansada 
de aquella fuga desesperada, 
queda, en el valle, semitendida, 
semidespierta, semidormida, 

siempre ensoñada, 
¡por un hechizo transfigurada 
en vuestra blanca ciudad querida! 






CERVANTES 155 



III 

¡Salve, en tu altura, ciudad gloriosa! 
¡Alta y en alto yo te quería 
donde, al abrirte como una rosa, 
serás la aurora de un nuevo día! 

¡Alta, y en alto! que, en tus escaños, 
contra el mordisco ruin de los años 
inmortalmente perdura un nombre 
al que no llegan almas de hombre 
sino trepando sobre peldaños! 

¡Alta y en alto, que eres su cuna! 
Alta y en alto, donde ninguna 
rencilla vieja macule el viento, 
cuando, arbolando mi lira hispana 
tal como el arco de un monumento 
combado sobre su gloria humana, 
dé paso al nombre que, en su bravura, 
resume un mundo y otro inaugura; 
dé paso al nombre de aquel Atlante 
que, como dedos, movió naciones, 
que, andando recio, sacó adelante 
sueños que fueron constelaciones; 
dé paso al nombre del fiero vasco 
hecho de luces y de peñasco, 



156 



CERVANTES 



de aquel ibero, venezolanos, 

que es mío, y vuestro; ¡que es nuestro, hermanos! 

¡Bolívar, padre de americanos! 

— Para las piedras donde él reposa 
juntemos nuestros dos corazones, 
ciudad — la misma sangre los baña — 
¡y al hermanarse sobre su fosa 
serán dos labios los corazones, 
una la boca que bese: España! 

IV 

Ya, en tu estandarte, sobre mi frente, 
vi andar unidas conjuntamente, 
a la luz clara de estas mañanas, 
nuestras dos patrias, ambas hermanas. 
Son tres colores, dos hermandades: 
el rojo y gualdo, mi España; y luego 
tu azul glorioso que entre oro y fuego 
llueve un bautismo de libertades...! 



Síntesis. 

¿Sabes cómo ha surgido esa bandera, 
ciudad... 



CERVANTES i 57 

— ¡Dios la prospere, de manera 
que no vean el fia de su camino 
nuestro oro y sangre, por su azul genuino! 
— Yo sé cómo ha surgido esa bandera: 
grande era el rojo y gaalda de mi España; 
Bolívar quiso más; lo más no daña 
si es filial la ambición, el brazo hermano; 
Bolívar quiso más; llevó sus huellas 

más allá de lo humano; 
trepó a unas cumbres, se mantuvo en ellas, 
vio cerca el cielo, levantó su mano, 
y haciendo lo español venezolano 
¡en los dos tonos del pendón hispano 
prendió un girón de cielo con estrellas! 

> E. MARQUINA 

Caracas, 27-1-91 '. 



158 CERVANTES 



JAIME BRUNET 



Suele deciise que todas las vidas tienen su 
novela, lo que en realidad equivale a decir que 
toda vida tiene su vida, porque tal género lite- 
rario no es sino la expresión de una vida deter- 
minada o de varias, alrededor de las que giran 
otras, que son como representación del mundo, 
que pudiéramos decir, y las que sobre todo de- 
ben interesar al novelista son aquellas menos 
pasadas de accidentes, que al fin y al cabo 
modifican y en ocasiones vulgarizan su carácter, 
aunque difícil es generalizar en estos particula- 
res. Pero si es lo cierto que cualquiera vida tiene 
en si tanto interés como aquellas que a primera 
vista parezcan tenerlo mayor, y por eso precisa- 
mente lo que el novelista debe hacer es no 
escribir nunca sino después de haber visto y 
revisto y observado y contrastado la observa- 
ción, sobre el asunto escogido, y una vez conse- 
guido por estos medios el pleno conocimiento 



CERVANTES 159 

de una vida, una vez sentida su intimidad, su 
ideal, su propósito, sus ilusiones y sus inquietu- 
des, sus dolores y sus consuelos, sus írivolidades, 
en las que brotan los efectos de un algo tal vez 
misterioso y profundo y cuanto por existir me- 
rece nuestra amable comprensión, si el artista 
acierta a expresarla, y con esta expresión algo 
de la idea del mundo, traducida en un determi- 
nado ambiente, que recoja toda la emoción, for- 
mando la armenia que exalta y avalora la vida 
misma, habrá desvelado el misterio de una 
oculta emoción que se debe a nuestra idea, y 
lo que es más, habrá traducido para nuestra sim- 
patía, nuestra piedad, nuestro amor o nuestra 
comprensión indulgente, lo que nuestra limita- 
ción o nuestra injusticia desapercibe. 

Por eso la novela es el género que suele inte- 
resar más y al mismo tiempo uno de los más 
difíciles, porque requiere como niugún otro la 
facultad de objetivarse y después transmitir con 
su propio estilo y con su personalidad toda la 
psicología de los personajes que presenta. En el 
teatro suele serlo más rudimentariamente pre- 
sentada y además los actores, la escena y el 
público mismo parece que colaboran en la obra, 
aunque en verdad no siempre favoreciéndola; 
pero la novela, de acción menos obligada y que 
va directamente a nuestro espíritu, necesita 



160 CERVANTES 

presentarnos toda la complejidad de las perso- 
nas que con vida estética pasan ante nosotros, y 
aquí tenemos otra dificultad, que es la del con- 
sorcio de la realidad, llegando hasta la prolija 
descripción de detalles, que son quizá las cuali- 
dades más distintivas que definen un carácter, 
sin salirse de la estética, que es en sí algo apar- 
tado de los ordinarios accidentes del vivir. Así 
el artista debe exaltar los caracteres que pueden 
llegar a ser ideas representativas de estados de 
almas, como en "Werthes, o de épocas, países y 
regiones determinados. 

Bien podemos enorgullecemos en España de 
novelistas gloriosos, con tantos y tan insignes, 
y bien puede también alegrarnos la ilusión de 
que son muchos los que actualmente siguen 
novelando, como dignos continuadores de los 
que fueron o de los que ya han dado casi toda 
su creación. Esta época nuestra, con Pío Baroja 
a la cabeza, puede contarse entre las mejores. 
Difícil es lograr tanto interés con novelas, mu- 
chas de ellas de tan escasa acción, y sin embar- 
go, tan concreta y detalladamente definidos los 
personajes. Ricardo León se nos muestra en 
varias de las suyas como el privilegiado vidente 
de las vidas austeras y apartadas, que aciertan 
a vivir su propia poesía, pero por eso mismo no 
es tan profundamente humano como Baraja. Y 



CERVANTES 161 

entre los que comienzan son muchos también los 
maestros, sugeriéndome precisamente este ar- 
ticulo uno de ellos, Jaime Brunet, de San 
Sebastián, que ya ha triunfado con su novela 
Música di Camera, y que ya, según mis noti- 
cias, tiene otra en preparación, próxima a publi- 
carse. 

Jaime Brunet es una personalidad verdadera- 
mente interesante. Educado en Alemania y co- 
nocedor de su literatura, que se ha asimilado 
perfectamente, tiene y forma ya su temperamen- 
to, la observación meditativa y el idealismo pro- 
pios de esa raza, pero sin perder por eso tam- 
poco, claro está, las cualidades imaginativas de 
la nuestra latina. 

La poesía melancólica de la región vasca, de 
esa Naturaleza encantada, que profusa y exube- 
rante parece manifestarse con vida reconcentra- 
da, que es armonía de las almas y las vidas de 
sus hijos los vascos, está admirablemente des- 
crita por Jaime Brunet en su novela, y sus 
personajes son, efectivamente, de vida real. Tal 
vez pequen, si acaso, por exceso de realismo, 
pareciendo demasiado inspirador en determinada 
individualidad. 

No he de anticipar aquí, ni su asunto, ni el 
carácter de sus personajes, sino únicamente 
aconsejar a los que esto leyeren que lean tam- 
il 



1 62 CERVANTES 

bien la novela Mtísica di Camera, en la que 
además encontrarán pensamientos elevadísimos, 
que por sí dan conocimiento de la refinadísima 
sensibilidad de su autor y de la sutileza de su 
pensamiento. 

Confío (y entonces sí que será un gran maes- 
tro de la literatura), en que el señor Brunet se 
corregirá de ciertos giros algo extranjerizados, 
bien disculpables en quien tanto ha vivido ale- 
jado de nuestra Patria. 

En una palabra, Jaime Brunet es, no una es- 
peranza, sino una realidad entre las figuras 
ilustres que cuenta esa región vasca, y creo que 
como tal se le llegará a proclamar en España, lo 
que ya es un derecho a la fama universal. 

Carlos BOSCH 



CERVANTES 163 



Los dineros del libertador 



El talento indiscutible de Bazán, aquel escul- 
tor fornido y guapo, conquistó rápidamente al 
Gobierno de su país. 

La voz pública pedía en la Prensa una pen- 
sión para el artista que debía afirmar su perso- 
nalidad en el centro de todas las consagraciones: 
París. 

Le conocí entonces, cuando asombraba a to- 
dos sus compatriotas en aquella pequeña repú- 
blica centro-americana de tierra feraz, cielo di- 
vino y almas bonísimas, y no torné a verlo sino 
años después, en pleno Barrio Latino. 

Su transformación era completa: vestía a la 
usanza española; gustaba del calañés, la chaque- 
tilla corta y el rostro imberbe, conjunto que le 
daba en Francia un aspecto bizarro. Fumaba en 
pipa y bebía... 

Eu un principio gustó del vino como excitan- 
te accidental; pero en la vida diaria del café, con 



164 CERVANTES 

la camaradería encantadora de los pintores y 
poetas que hacen la vida amable con su ingenio 
y sus vicios, fué bebiendo más y más, hasta re- 
querir el vino de manera habitual. 

No haré un elogio del alcohol... ¡Líbreme el 
cielo de semejante inmoralidad! Pero a Bazán, 
particularmente, le era propicio a la inspiración. 
Sus mejores mármoles fueron cincelados bajo el 
influjo de la embriaguez; su talento se hacía más 
lúcido; su imaginación más viva; su sensibilidad 
más exquisita; sus facultades, en suma, mejor ca- 
pacitadas para concebir y crear obra de belleza. 
Y luego, era tan espiritual su charla, se tornaba 
tan ingenioso, tan hondo en su pensar, tan lleno 
de gracia irónica, que sus amigos le incitaban, 
ofreciéndole copas y más copas que le aturdían 
o emborrachaban. 

Pero algo más había respecto de su propia 
persona, que los efectos inmediatos del vino le 
eran profundamente agradables. 

Gozo — decía convencido y convincente — , 
gozo lo inexplicable con esta voluptuosidad del 
«picón», que se inicia con una placidez suave y 
concluye en ardorosas inspiraciones. 

Su amante, la inteligente y poco apetecible Va- 
lentina, en un principio intentó amenguar las afi- 
ciones espirituosas de su bello Bazán; «mon beau 
Bazán», como siempre le llamaba. Pero como no 



CERVANTES 165 

fueran tampoco muy católicas las costumbres de 
la antigua «midinette», resultó para mal de am- 
bos, y en detrimento del honor de su vida casi 
conyugal, que los enamorados del número 5 del 
piso sexto, de la casa 30 de la calle Campagne 
Premier, solían embriagarse juntos cuando algún 
acontecimiento importante lo justificaba, tal 
como la feliz terminación de un boceto, la rabia 
de no encontrar un detalle de perspectiva o mo- 
vimiento; o bien el recibo de la pensión propia o 
ajena (lo mismo daba), suceso ruidoso que venia 
a dar alegría a muchos espíritus, ocupación a 
muchos estómagos, sosiego a los pinceles, cincel 
y pautas, y un aumento sensible en la caja del 
café d'Harcourt de «Cuyas», «La Rotonda» y 
«La Cave», de San Germain... 

Quizá también, o sin el quizá, el artista Bazán 
esfumaba tras la penumbra del alcohol una re- 
cóndita tristeza y una fuerte inconformidad con- 
tra su propia existencia... 

Bazán no amaba a Valentina... Y Valentina 
adoraba en el escultor. Cuántas veces el mozo, 
e-n soliloquios, se repetía las amargas verdades 
del gran mexicano Gutiérrez Nájera: 



Amar y no ser amado 

no es la pena mayor; 

no amar ya lo antes amado, 



166 CERVANTES 

ver el cariño apagado 

es el supremo dolor: 

es como al sepulcro ir 

del pequeñuelo querido 

y quererlo revivir, 

y la tristeza sentir 

de hallarlo siempre dormido... 

Tres años de concubinato con aquella mucha- 
cha de París, insaciable y ardiente, en medio de 
borrascosas noches de alcoba que le desgasta- 
ban su fecunda juventud de esteta, le tenían 
aburrido... 

No así en un principio, cuando recién llegado 
de su tierra natal, sin conocer más besos que 
los lugareños, furtivos y castos, Valentina le 
besó como una faunesa, le mordió los labios, le 
estrujó las encías y le enseñó su cuerpo desnu- 
do, esbelto, ágil y siempre vibrante, regalándo- 
selo en mil caprichosas formas, que por instinto 
aprendiera de la Roma decadente o de Pompe- 
ya, la elegantemente voluptuosa. 

Os contaró cómo se conocieron. 

Un día gris claro de agosto, de vuelta de ce- 
lebrar un bautizo, en el que yo fuera padrino, 
llegamos a obsequiar a madre y madrina, y a 
obsequiarnos nosotros, mi compadre y yo, con 
algunas libaciones en el ya famoso cafe de «La 
Rotonde», que hace esquina entre los bouleva- 



CERVANTES 



167 



res Raspail y Montparnasse. Allí en la terraza, 
alrededor de dos mesas unidas, la pequeña co- 
mitiva comentaba animosa las escenas de la pa- 
rroquia, que resultaron un tanto chuscas. Mi 
ahijadita, la encantadora María E-osa, se condu- 
jo como una persona mayor, a pesar de lo géli- 
do del agua y de las maneras poco acompasa- 
das del señor presbítero. Los padres de la niña 
eran: Ella, Matilde, parisina, moutmartresa, de 
ojazos tan grandes como su bondad y tan ne- 
gros como blanca era su alma de madre y de 
amante; él, Carlos, un mozo paraguayo, perio- 
dista de enjundia y escritor de talento. Magda- 
lena, la madrina, una modelo linda, vivaracha, 
de diez y ocho años, alegres como las primave- 
ras de París, que juntaba sus carnes duras y 
blancas a las morenas del genial caricaturista 
mexicano Karral, quien fué también al bateo. 

Eeíamos todos al recuerdo de nuestras peri- 
pecias: la bella Magdalena hizo tantas muecas 
en sus precauciones por no lastimar a la peque- 
ñuela y bien colocarla en la pila para que reci- 
biera las aguas bautismales, que parecía como si 
hiciera gestos al clérigo, quien pensaba tanto en 
el acto simbólico que efectuaba, como yo en los 
viajes de Marco Polo Veneciano. Mi compadre 
me decía en español interjecciones que, de haber 
sido traducidas al francés, habrían bajado a 



168 CERVANTES 

Juana de Arco con todo y armadura de su brio- 
so corcel, para arrojarnos del templo como a 
enemigos malos. La mamá halaba del saco a su 
hereje cónyuge, quien a impulsos de los tirones 
parecía decir que sí con la cabeza a los latines 
del sacerdote; y yo, muy mortificado, comencé 
cinco veces el «Credo», quedándome siempre en 
«su único hijo», por fallas de mi flaca memoria, 
sirviéndome de excusa, sin embargo, el que yo 
rezaba en el idioma de Recine, para ser galante 
con los santos galos, y mi francés era muy pre- 
cario... 

Procedíamos a brindar por la suerte de María 
E-osa, cuando del agujero del «Metro» (ferroca- 
rril subterráneo), aparecióse la rara silueta del 
pintor centro-americano Bazán. Venía «en co- 
pas», y pidió más al sentarse a nuestro lado. 
Este día — dijo — es lógico beber a la salud de la 
futura artista y de su padre, a quien deberán 
elegir presidente de su país para tener yo dos 
pensiones, pues una apenas me basta para los 
«accidos». («Accido» llamaba el escultor a cual- 
quier producto alcohólico.) 

En esto, del interior del cafó surgió, ataviada 
en negro, una mujer hasta de treinta años, color 
de piñón claro el rostro, de facciones nada ar- 
mónicas: nariz ancha, boca grande, negros ojos, 
pequeños y tristes; manos chiquitínas, de uñas 



CERVANTES 169 

esmeradamente pulidas, pies breves, como los 
senos, que erguiau sus puntas duras por debajo 
la muselina sutil. 

Apenas divisó a la niña en el regazo materno 
corrió a hacerle caricias y a besarla con frui- 
ción. 

«Ma belle petite: comme tu sera jolie. Ma 
mignone, mon tresor» — le decia cubriéndola de 
besos tiernos y sincerísimos. Se la arrebató a 
Matilde, y llevándosela en vilo paseó en triunfo 
a María Rosa como si fuese una princesa. 

— ¿Quién es esta doncella? — preguntó Bazán. 

— Esta doncella no es doncella, y se llama 
Valentina Dusplesis — le respondi. 

— ¿Dusplesis? ¿Entonces nieta de la «Dama de 
las Camelias»? 

— No, por varias razones: primero, porque 
Margarita Dusplesis, la que está enterrada en el 
cementerio de Montparnasse, cubierta siempre 
de flores, no tuvo hijos. Segundo, porque Valen- 
tina no es hija de su padre, sino de un tío suyo... 

— ¿Qué bárbaro...! 

— No, te explicaré. El que aparece como pa- 
dre de esta muchacha no lo es en realidad, sino 
adoptivo; el auténtico es un tío sinvergüenza 
que abandonó madre e hija, que se llamó Duval, 
y que hace poco, una noche, durmiendo tranqui- 
lamente en su trinchera en Arras, fué volado por 



170 CERVANTES 

una mina subterránea. Tercero, no es descen- 
diente... 

Bazán no me dejó concluir, dándome un gol- 
pe seco en el cerebro y diciéndome una picaar- 
dia tan grosera, que no me atrevo a estampar 
en este blanco papel. Y luego tornó a interro- 
garme: Entonces, ¿está de luto por su verdadero 
padre? 

— No — le contesté — ¡por Moliere! 

— ¿Cómo por Moliere? 

— Sí; Valentina recita maravillosamente los 
clásicos; es graduada y «primer premio» del 
Conservatorio en la clase de declamación. Reci- 
tar es para ella más que un placer; una necesi- 
dad. En todas partes se la ha oído, y como se 
prodiga demasiado y es tan sincera su pasión, y 
la halagan tanto los encomios y es tan inocen- 
tona en el fondo, toda esta gente ha acabado por 
no tomarla en serio. La burlan y algunos per- 
versos la befan. ¡Pobrecilla! Tiene un corazón 
como una romántica de Portugal; es crédula, fo- 
gosa hasta la exaltación cuando declama, y en 
misterios de amor es sabia. 

— ¡Ah, tú ya...! 

— Sí, la otra tarde no sé quién la llevó a mi 
estudio, y porque la obsequié mi último libro 
con una dedicatoria galante, y en verdad justa; 
y porque la invitó a decir algún verso clásico, 



CERVANTES 171 

le gustó el ambiente de mi casa, le encantaron 
mis encomios y halló confortable y simpático el 
calor de mi lecho. A las cuatro de la mañana 
bebimos un poco, la perfumó con lilas, y frente 
al espejo me recitó el «Misántropo» completo, 
completamente desnuda. ¡Pobrecilla! La tengo 
una piedad tierna, porque es bondadosa, por su 
exquisito temperamento de artista y porque es 
débil y torpe para hacer valer sus cualidades 
espirituales y aun las físicas, pues si la cara es 
más bien fea que bonita, las formas de su cuer- 
po esplenden en una euritmia sujestiva para los 
ojos y provocadora en los instintos. 

— ¿Y el luto lo lleva siempre? 

— ¡Siempre! Es una de sus chifladuras. Asegu- 
ra a todo el mundo que muerto Moliere, ella no 
tiene derecho a vestirse de color; pero yo tengo 
mis dudas y no la creo a pies juutillas; esta mu- 
chacha guarda un secreto que a nadie revela: 
alguna pasión perdida, un muerto amado aún... 
¡Qué se yo...! Pero el cuento de Moliere es una 
humorada extravagante que esconde una pena. 

Valentina regresaba de su paseo victorioso 
con la chiquilla en brazos, y se sentó a mi vera. 

— ¿Quién es ese «beau garcon»? — me interro- 
gó, refiriéndose a Bazán. 

— ¡Un gran artista! — le contesté. 

—¿Pinta? 



172 CERVANTES 

— Esculpe. 

— «II me plai beaucoup celui lá» — dijo en 
tono que todos escucharon; pero que Bazán no 
comprendió por su francés incipiente. Pero como 
todos sonrieron y le miraron, me dijo intrigado: 

— ¿Qué dice? 

— Que le gustas mucho. 

— Pues dile — contestó — que ella me interesa 
por su boca sensual, su frente inteligente y sus 
ojos plenos de ideas y amarguras. 

Valentina le pagó con un beso, se puso muy 
contenta y bebió a la salud de María Rosa y de 
Bazán. 

Ya de noche, con esplendidez que a todos de- 
jara suspensos invitó la cena en aquel «restau- 
rante» griego que está junto a la «Taverne du 
Pantheon», el «Franco-Hellenique». 

La mamá dejó a su hija al cuidado de una 
burguesa de su misma casa, y toda la comitiva 
enderezó sus pasos todavía firmes a la fonda 
griega. Allí comimos mucho y bebimos más. Se 
cantaron tonadas regionales de América y de 
Francia: las rondas bretonas, las danzas para- 
guayas, con letras y coreografía, los aires hon- 
durenos y «La Cucaracha» y «La Valentina» de 
México. Esta última, a coro, en honor mío. 

Cuando nos despidieron implacablemente los 
hijos de Perikles, andábamos mal..., mal de la 



CERVANTES 173 

cabeza y peor del bolsillo. El matrimonio y 
Magdalena enderezaron sus pasos vacilantes 
rumbo a su casa, cantando la Marsellesa; Karral 
y yo, para estudiar las costumbres de París que 
madruga y trabaja rudamente, nos fuimos al 
gran mercado, comimos fresas con crema, tan 
sabrosas como un pecado, y después de obse- 
quiar a una frutera una mascada de mi amante 
y mis últimos céntimos, porque lloró al decirme 
que había perdido a sus tres hijos en la guerra..., 
llegué a las puertas de mi casa sin arrepenti- 
mientos ni temores, enteramente dispuesto a 
bautizar muchas criaturas, si habían de traernos 
tan felices esparcimientos como los de aquel 
fausto día... 

jSa jf^ Mí 
^ 7j? >(? 

Bazán y Valentina se nos perdieron entre la 
bruma de París. Cuando al cabo de dos días, 
adivinando lo sucedido, fui a buscarlos, el taller 
del escultor, antes ordenado, era ogaño un nido 
en desbarajuste, en el que todos los rincones 
conservaban el eco de un suspiro o el temblor 
de un espasmo. 

¡Pero el tiempo lleva entrañadas muchas cruel- 
dades! 

Entre aquellos días de ensueño y aquesta 



174 



CERVANTES 



realidad presente va gran distancia... Entonces 
vi a los amantes llevar en sus sonrisas el opti- 
mismo de la vida, y en sus labios candentes el 
triunfo de una hermosa juventud; y ahora, con 
amargura, veo a la pobre mujer inconforme, tris- 
te, a las veces desesperada por los celos, y como 
la protagonista de Campoamor, «más que vieja, 
envejecida». 

Bazán la huye, la abandona días enteros, 
bebe, trabaja poco... y se divierte. 

— Déjame en paz — le dice — ; ve donde te 
plazca; haz lo que te dé la gana; engáñame si 
quieres; baila, juega, bebe..., ¡pero déjame tran- 
quilo! 

Y Valentina ha intentado olvidarlo, pero no 
puede. Lo ha engañado, pero los remordimien- 
tos le engendraron una pasión más impetuosa. 

¡Pobre mujer! Una mañana vino a visitarme 
para acogerse a mis consuelos. 

— Dile — me decía — , dile tú que me quiera; 
que no sea malo; que yo soy gentil con él y que 
no puedo dejarlo... porque no puedo, Juan; por- 
que me hacen falta su voz, sus ojos, sus cabellos 
negros, su presencia... Y lloraba sobre mis hom- 
bros fraternales como una niña inocente, casti- 
gada. — Aunque no me quiera, yo quiero verlo, 
yo quiero oirlo. Dile tú que me regañe, que me 
insulte, que me pegue; pero que vaya a casa 



CERVANTES 175 

para que yo lo mire... Dime, ¿por qué habrá 
cambiado tanto, tú sabes...? 

Todavía hace ocho meses, cuando le encargó 
su Gobierno la estatua del «Libertador», recuer- 
do que era muy bueno conmigo, aunque ya dos 
ocasiones me había pegado. ¡Qué dicha! Me ha- 
bía pegado por celos... 

Hoy, ¡qué diferencia!; saber que le engaño le 
deja impasible; y yo creo, Juan, que lo desea; 
¿verdad? ¿No te lo ha dicho, di? 

-¡...! 

— Ya nunca le recito, nunca... Dice que Cor- 
neille y Moliere son sus peores enemigos. Un 
día me lastimó con crueldad, que creí no perdo- 
narle. Me dijo que recitaba 3''o muy mal; que to- 
dos se burlaban de mí... ¡Qué horrible decep- 
ción, Juan, qué cólera y que pena tan espanto- 
sa! Piensa lo que yo sufrí cuando desde niña he 
tenido un culto por la poesía y con religiosidad 
he recitado siempre mis amados versos. Esa 
tarde creí olvidarlo. Lo abandoné, lo engañó 
con un estudiante del Conservatorio, futuro ac- 
tor, que me aseguró lo contrario: que nadie 
comprendía ni interpretaba a Moliere como yo. 
Sin embargo, volví en busca de mi amor, aver- 
gonzada, enferma de remordimientos, a buscar 
los ojos de Bazán y a besarle los pies. Qué quie- 
res, Juan, esta es mi vida. 



176 



CERVANTES 



Ya no recito; ¿para qué, si él no quiere escu- 
charme? Los demás, ni me halagan con sus elo- 
gios ni me preocupan con sus censuras. A veces 
a mí misma me digo mis viejos versos como si 
los rezara, y acabo sollozando... 

Valentina me lastimaba el corazón con sus 
angustias. 

— Lloras — me dijo — , te doy lástima, ¿verdad? 
Si, sí, no digas que no; ya sé que a todos inspiro 
compasión menos a él... mi Bazán... «mon beau 
Bazán...» y se tiró en el suelo balbuceando en- 
tre gemidos el nombre de su amante. 

La calmé cuanto pude, y le ofrecí un cambio 
en la conducta del escultor. 

— Ya verás, ya verás su transformación. Le 
hablaré seriamente, le recordaré vuestro pasado 
idilio... Ya verás, Valentina... 

Me besó las manos como una hermana, y se 
filé contenta. 

Me fui directamente a la «rué Campagne Pre- 
mier». Bazán, muy atareado, trabajaba la esta- 
tua del «Libertador» bastante adelantada ya. 

— Muy bien, muy bien — le dije — ; veo que 
ahora si no estafas al Gobierno de tu país... 

— ¿Y no sabes — me dice — una estupenda no- 
ticia? El ministro me ha dirigido ayer un cable 
que dice... ¡toma, lee! 

El cablegrama decía: «Giróle diez mil francos 



CERVANTES 177 

más Banco de Francia; pero mande estatua «Li- 
bertador» quince dias antes fecha convenida.» 

— Es decir, ¿cuándo? 

— Dentro de tres semanas. 

Pues ya es empresa inverosímil. 

— ¡A.h, no; a este «Libertador» yo le termino 
de cualquier modo, ignominiosamente, impía- 
mente; pero le inmortalizo en el mármol. Eso sí, 
aquí Ínter nos, te confieso mis temores: como 
estos cargantes encargos los hago de tan mala 
gana, yo creo que al «Libertador» lo elevan en 
su pedestal de todas maneras; pero a mí me ba- 
jan del mío...! ¡Ay, Juan, mi adorado Juan, mi 
idolatrado Juan, ruégale a esa señora de los im- 
posibles, doña E-ita, que este señor me resulte 
regular, no bien porque es imposible, pero re- 
gular siquiera! ¿Tú qué opinas, resultará? 

— Sí — le contesté — ; resultará... ¡un fracaso! 

— ¡Juanito, bromas conmigo, en estas horri- 
pilantes condiciones! 

— ¡Un fracaso, como lo mereces por canalla! 

— ¿Canalla un hombre manso de corazón, gen- 
til en sus modales, melifluo de voz en sus acen- 
tos, tierno como yo? 

— Bueno, y a todo esto me escuchas y no son- 
ríes ni me contestas. 

— No, querido hermano; no se ríe cuando se 



178 



CERVANTES 



acaba de penetrar un hondo pesar ajeno. Yo no 
sé estar alegre cuando he visto a una mujer ven- 
cida por el dolor implorar un poco de piedad al 
destino para que le restituya su felicidad... 

Bazán, cruzándose de brazos, me dijo contra- 
riado: 

— ¡Esto me faltaba! Juan, por Dios; con estas 
sensiblería^ yo no puedo trabajar ¿Te ha visto 
Valentina? 

—Sí. 

— Y te habrá contado horrores: ¡el Jardín de 
los Suplicios, Barba Azul, el Infierno del Dante! 

— Me ha dicho solamente que te ama. 

— Pues que me ame todo lo que quiera; pero 
que me deje en paz. 

— ¡Hombre, Bazán! 

— Sí, ya no quiero que se vaya; que se quede 
aquí por los siglos de los siglos; estoy resigna- 
do; ¡pero que no me friegue! Figúrate, Juan, 
que ahora le ha dado por estar celosa, sí, señor, 
celosa... ¿Y de quién imaginas...? De Alice, la 
británica, esa desgarbada y canija que está más 
bien para un estudio de oseología qne para alen- 
tar aún en este paraíso terrenal. Y lo peor del 
caso, hermano de mi corazón, es que no sólo mi 
mujer me fastidia con sus celos infundados, sino 
que la vieja inglesa me persiguepor doquier voy. 

— ¿De veras? 



CERVANTES 179 

— ¡De veras, hombre; esto no es vida! Una in- 
fortunada que cuando no llora me recrimina; 
una anciana que jura por Spencer que soy más 
lindo que Byron y más inteligente que Shakes- 
peare, y que debe ser telepática porque adivina 
dónde estoy a cualquiera hora del día y de la 
noche; y, por último, para estrambote de mis 
malaventuranzas, una pierna del «Libertador» 
que no me sale, que no tiene movimiento, que no 
tiene vida... ¡Contempla, extasíate en esta maldi- 
ta pierna que parece tubo ventilador! 

Reí mal de mi grado con aquel incorregible 
sinvergüenza. 

— Oye — me dijo — , no me hables de esas «don- 
cellas»... y vamos a tomar unos «ácidos» a cuen- 
ta de los dineros del «Libertador»... 

Y bajamos al Café D'Harcourt. 

¿It V* il* 
»é« >i» >»v 

La pobrecilla amante volvió a buscarme. La 
engañé como pude, dejándola entrever una trans- 
formación próxima en su vida de enamorada y 
la di consejos que ella acató sumisa y agradeci- 
da respecto a los infundados celos por la ingle- 
sa, y otras minucias que se me ocurrieron, sa- 
biendo por anticipado que ningún beneficio la 

reportarían. 

«:- $ ^ 

Una mañana, a eso de las doce, después de ce- 



180 CERVANTES 

lebrar la noche anterior con toda pompa el arri- 
bo tantas veces bendito de los dineros del «Li- 
bertador», llegué a buscar a Bazán para invitarlo 
a que me invitase cualquier cosa. Muy sorpren- 
dido quedé al ver un grupo grande y animado 
de gentes que discutían, manoteaban, gesticula- 
ban, lanzando frases no muy académicas y adje- 
tivos bastante oprobiosos para el injuriado... 
El tal era Bazán. 

¡Pero qué de improperios, Dios mío! Toda la 
gramática parda del bajo París iba endilgada al 
escultor del tercer piso. La verdulera allí esta- 
blecida era la más indignada. A ella me dirigí, 
y sin preguntarle nada me refirió el escandaloso 
e increíble suceso. 

— Sí, señor, la ha arrojado por el balcón a la 
pobre señora. Yo, yo la he visto cuando la echó 
para abajo... ¡Bandido! ¡Asesino...! 

— ¿Pero el señor Bazán? — interrogué incré- 
dulo. 

— Sí, sí, el escultor del tercero ha votado a la 
señorita Valentina por los aires como una ba- 
sura. 

— Aturdido, inquirí: — ¿Y la señora, vive? 
— Si, gracias a que el buen Dios es muy gran- 
de; cayó sobre el carro de legumbres y no ha 
muerto; pero se la han llevado privada. ¡Quiera 
el cielo que viva! ¡Tan buena la señora! 



CERVANTES 181 

Y seguían las interjecciones sin cesar. 

Subí desolado. 

Bazán, ebrio, preparaba tranquilamente una 
bola de pasta. 

— ¿Pero que has hecho, bruto? ¿Es verdad? 

— Hermano, no sé que ha pasado, pero me pa- 
rece que aventé a Valentina por allí... 

Yo no acertaba ni a pegarle ni a maldecirlo. 
Ese espanto me sobrecogía. 

— ¿Pero qué te hizo la infeliz mujer, estás 
loco? 

— Un disgusto horrible; no me lo recuerdes 
porque me irrito. Primero lo sempiterno, lo into- 
lerable de todos los días: que no la quiero, que 
ella es una esclava, la misma tonada con la mis- 
ma letra... Pero después vino a colación la hija 
de Picadilly, la veterana de marras, y comenzó 
la reyerta exaltada por los efectos persistentes 
aún de los dineros del «Libertador»... La gritó, 
me gritó, nos injuriamos; la di de golpes; la ame 
nace con arrojarla por el balcón y tuvo a bien 
no creerme capaz de tal osadía, y como ella tam- 
bién hubiera tomado, y no poco, se exaltó más, 
me exasperó hasta lo indescriptible; hubo un ins- 
tante en que me dominó una faerza extraña, una 
fiebre tremenda; la cogí par la cintura... y la 
eché a la calle... «¡Voila!» 

— Pronto, vamos a verla, ven conmigo. 



182 



CERVANTES 



— No, yo estoy esperando a la Policía. 
— Antes que llegue, partamos. 
Bazán me obedeció. 

« « « 

En el hospital de sangre una enfermera nos 
condujo donde Valentina estaba. 

En el salón blanco y largo, el silencio del do- 
lor imponía su gravedad. A la entrada ningún 
ruido percibimos; las enfermas dormían o medi- 
taban. Avanzamos y a media sala se escucharon 
un lamento largo y una voz dulce que venía del 
último lecho ocupado por la paciente recién lle- 
gada. Yo no paraba mientes en las mujeres cu- 
riosas que atiababan; buscaba a Valentina con 
avidez. 

Bazán me seguía atolondrado. 

El guía que nos condujera preguntó a la cela- 
dora por madame Bazán. 

— Allá — respondió una gorda con voz de re- 
soplido — ; el núm, 48, la última, a la izquierda. 

« Ü» « 

Valentina estaba lívida y sufría. Las quejas 
que escuchábamos eran de ella. Una hermana 
de la caridad, muy fea y consiguientemente con 
probabilidades considerables de ser piadosa, la 
cuidaba solícita. 



CERVANTES 183 

Cuando me vio, una cariñosa sonrisa dibuja- 
ron sus labios y expresaron sus ojos; pero ins- 
tintivamente, y con urgencia, sin hablarme si- 
quiera, buscó a mi alrededor, con los ojos muy 
abiertos y las pupilas ávidas... Con una alegría 
infantil, que el sufrimiento y la fiebre impidie- 
ron fuese desbordante, olvidándose de mi per- 
sona, dijo con tierno egoísmo y pasión recon- 
centrada al ver a su amante: 

— Eres tú, «mon Bazán, mon amour»... Y 
quiso incorporarse para besarlo; pero el practi- 
cante que se acercaba le impuso inmovilidad 
absoluta. 

— La señora tiene luxada una pierna y frac- 
turada una costilla. Su curación requiere un re- 
poso total de quince días. 

Después de una pausa en la que Bazán no sa- 
bía qué hacer ni con los ojos, ni con las manos, 
ni con las ideas, y en tanto que Valentina con- 
templaba extasiada a su amante y yo a la sin- 
gular mujercita enamorada, el joven médico em- 
prendió conversación con nosotros. 

— Ha sido un golpe mortal, mortal... ¡Qué 
desgracia y qué casual fortuna! El puesto de 
verduras salvó a la señora. Pero — agregó inqui- 
sitivo — , ¿quiere decirme el señor cómo fué el 
raro incidente que no pudo ser evitado? 

Una sensación extraña de miedo y vergüenza 



184 



CERVANTES 



recorrió mi espiritu; pero Bazán no tuvo tiempo 
de preocuparse siquiera; Valentina, rápidamen- 
te, como quien asesta un golpe premeditado y se- 
guro, respondió con toda la premura que sus 
dolencias le permitieron: 

— Verá usted, doctor; yo veía entrar a casa a 
una amiga que esperaba; la hacia señas del bal- 
cón abajo, y así, hablándola desde arriba y se- 
ñalando el zaguán, fui, sin darme cuenta, levan- 
tando el cuerpo sobre las puntas de los pies, 
echando fuera la cabeza y el busto; pero tanto 
me incliné, que en un momento me faltó sos- 
tén; intenté asirme de algo, sin lograrlo; el pá- 
nico me hizo perder el equilibrio y el conoci- 
miento... y caí. 

La escuchaban el médico y las enfermeras 
con dolorosa piedad, mientras yo escondí el ros- 
tro detrás de las amplias cofias de las enferme- 
ras, para secar dos lágrimas indiscretas que mi 
corazón ofrecía al sublime amor de Valentina. 

El escultor Bazán, aturdido, con palabras y 
acento que distaban mucho de expresar el esta- 
do de su alma, dijo lentamente: 

— Ya lo ves; yo te lo decía siempre: no te 
asomes al balcón, no te asomes... ¡Ya lo ves! 

Isidro FABELA 



Río de Janeiro, septiembre 4 de 1916. 



CERVANTES 185 



'oesias escolares. 



Hablando al padre. 

Padre, has de oir 

este decir 

que se me abre en los labios como flor. 

Te llamaré 

Padre, porque 

la palabra me sabe a más amor. 

Tuya me sé 

ya que miré 

en mi carne prendido tu fulgor. 

Me has de ayudar 

a caminar 

sin deshojar mi rosa de esplendor; 

me has de ayudar 

a alimentar 

como una llama azul mi juventud, 



186 CERVANTES 

sin material 

basto y carnal, 

con olorosos leños de virtud. 

Por cuanto soy, 

gracias te doy: 

porque me abren los cielos su joyel, 

me canta el mar 

y echa el pomar, 

para mis labios en sus pomas miel. 

Porque me das, 

padre, en la faz 

la gracia de la nieve recibir, 

y por el ver 

la tarde arder: 

¡por el encantamiento de existir! 

Por el tener 

más que otro ser 

capacidad de amor y de emoción, 

y el anhelar, 

y el alcanzar 

ir poniendo en la vida perfección. 

Padre, para ir 

por el vivir, 

dame tu mano suave y tu amistad, 



CERVANTES 187 

pues, te diré, 

sola, no sé 

ir rectamente hacia tu claridad. 

Dame el saber 

de cada ser 

a la puerta llamar con suavidad; 

portando ud don, 

mi corazón, 

y nevarle de lirios su heredad. 

Dame el pensar 

en Ti al rodar 

herida en medio del camino. Asi, 

no clamaré, 

recordaré 

el vendador sutil que alienta en Ti. 

Tras el vivir, 

dame el dormir 

con los que aquí anudaste a mi querer. 

De tu arrullar 

bello el soñar. 

¡Hogar dentro de Ti nos has de hacer! 

Gabriela MISTRAL 



188 



CERVANTES 



BOCETOS PROVINCIANOS 



EL AGUA! CUANTO TIEMPO 

El agua! Cuánto tiempo 
estuvo ausente el agua! 
Tenía sed la tierra 
y amorosa esperaba 
su venida, tal como 
al amado, la amada 
paciente y melancólica, 
espera en la ventana. 
El valle estaba triste, 
y triste estaba el alma, 
y triste estaba el huerto 
de nuestra humilde casa, 
aunque tus manos de ángel 
con amor lo cuidaban. 
El agua! Cuánto tiempo 
estuvo ausente el agua! 
Más fué el anual milagro, 



I 



CERVANTES 189 

y descendió la hermana 
azul, musicalmente, 
desde la comba diáfana 
a los tranquilos valles, 
a las humildes plantas, 
a las profundas simas 
y a las verdes montañas. 
Aun hasta en los abismos 
sedientos de mi alma, 
diluvió su frescura 
primaveral el agua. 
El agua! Cuánto tiempo 
estuvo ausente el agua! 



FRESCURA MATINAL 

Frescura matinal. 
Fragante está la tierra, 
recientemente húmeda 
por una lluvia intensa. 
Orgullosa en sus árboles 
aparece la huerta, 
a un lado del camino, 
que es una larga recta. 
La choza es una mancha 
en la verde paleta, 
donde sus tintes puso 



190 CERVANTES 

la gentil Primavera. 
Más en ella, sin duda, 
el niño alado juega, 
y dos almas amantes 
olvidan sus tristezas. 
Ilusión ensoñada! 
Aspiración y meta 
de esta vida intranquila, 
que con los años vuela! 
Una casa en el campo, 
una casa; y en ella, 
una mujer hermosa, 
que nos ame y comprenda... 
Frescura matinal. 
Fragante está la tierra, 
recientemente húmeda 
por una lluvia intensa. 

Julio OROZCO MUÑOZ 



CERVANTES 191 



Indi 



ice. 



Páginas. 

Crónica, por Joaquín Dicenta 1 

Poesías inéditas, por Rubén Darío 7 

Impresiones sobre dos poetas, por Luis G. Urbí- 

na 12 

A un poeta joven, por Francisco Villaespesa. ... 31 

¡Y murió Dicenta!, por Alberto Ghiraldo 33 

impresiones de paisajes y lecturas, por Juan de 

Contreras y López de Ayala 42 

El Cristo de Velázquez, por César E. Arroyo. ... 54 

Retrato del cura Valera, por Hugo Moreno 63 

El suicida, por Alfonso Reyes 65 

Psicología de la curiosidad, por José Ingenieros. 85 

Sonetos, por Rafael Heliodoro Valle 107 

«La Corte del Cuervo Blanco», por Goy de Silva. 109 
En loa y elogio de la ciudad de Caracas, por E. 

Marquina 151 

Jaime Brunet, por Carlos Bosch 158 

Los dineros del libertador, por Isidro Fabela.. . . 163 

Poesías escolares, por Gabriela Mistral 185 

Bocetos provincianos, per Julio Orozco Muñoz.. 188 



J 



AP Cervantes; revista hispano- 

60 americana 

C4 
1917 
enero- 
marzo 



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