(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Colección de documentos inéditos papa la historia de España"



^.\^^ 






.^r^ 
^*^ 



^^^. - f^._ 



sím' 






"t 



■J^---. [^- . ~ ' ' ~ — - -- . 

-■": V,:,;.' ■ --/rlí-'-'^^.rs,'- ' .'.S^-- 

















'■</' > 



>. 












"ÍTL-- 









■^^. 





■:M:-'- 









rf-';.- 
















I 






t4 



/ %^:^^ 



-X. . 






COLECCIÓN 

DE DOCUMENTOS INÉDITOS 

PARA LA HISTORIA DE ESPAÑA 



COLECCIÓN 



DB 



DOCUMENTOS INÉDITOS 

PARA LA HISTORIA DE ESPAÑA 



POK 



EL líAEaUES DE LA FUENSANTA DEL VALLE 



TOMO CVI 






MADRID 

IMPRENTA DE JOSÉ PERALES Y MARTÍNEZ 

Calle de la Cabeza, núui. 12 

1893 



3 
t.iofc 



OOIVTIIVXJAOIOTSr 

DE LA 

CRÓNICA DE ESPAÑA 

DEL ARZOBISPO 

DON RODRIGO JIMÉNEZ DE RADA 

POK EL OBISPO 

DON GONZALO DE LA HINOJOSA 



CAPITULO CCXXXV (1). 

DE CÓMO EL NOBLE REY DON FERNANDO GANÓ A LA NOBLE 
CIBDAT DE SEVILLA. 

Después desto, el rey don Fernando partió de Córdoua e tor- 
nóse á Toledo, e avian entre Córdoua y Sevilla grand guerra, 
porque Sevilla era de moros estonce; e dexó el rey en Córdoua 
muchos ricos oraes, e caualleros, e muchas otras gentes que avian 
y poblado; mas los ricos ornes dexó en frontera con sus caualle- 
ros. E con estos ricos ornes e caualleros era el maestre de San- 
tiago, á quien decian don Pay Correa, e don Rodrigo Alvarez 
de Asturias. E estos con los otros todos andauan en la guerra 
mu}' reciamente, e tanto ficieron fasta que llegaron á Sevilla á 
correrla, e levaron della mucho ganado, e muchos cativos e mu- 
43has cativas. ,E era estonce en Sevilla un rey moro á que de- 

Xiian (2) estos sobredichos corriéndola cada dia, e mucho 

amenudo, teníanla ''afincada de amas partes que la corrían, ca 
estaba el maestre don Pay Correa en una cabeqa muy alta, que 
es entre Sevilla e Tejada, que es á un lugar que dicen Sant Lú- 
car de Albayda, e de ally la corría cada dia. E estaua otrosy don 
Rodrigo Alvarez de Asturias en un lugar á que dicen Alcalá de 
Guadayra, e de ally la corría cada dia. Estando estos omes bue- 
nos ansy, el rey don Fernando fuese para Toledo, e la fabla fué 
esta, que el rey don Fernando estaría en Castilla tres años, e á 
cabo de tres años que vernia sobre Sevilla, e non se levantaría de 
Bobre ella fasta que la tomase. E el rey ido, fincaron ally aque- 



(1) Nota marginal.. — Desde aquí empieza el obispo de Burgos don 
Oonzalo de la Hinojosa su historia, continuando á la que tradujo del 
Arzobispo don Rodrigo del latín. 

(2) Hay un blanco. 



]Ios ornes buenos, e el rey moro de Sevilla tomó consejo con sus 
moros sabios sobre fecho de la tierra, que estaua, e la villa, muy 
menguada de viandas. E dixerou los moros al rey que diese algo 
á don Kodrigo Alvarez e que ficiesen con él paz, e que avriau 
más viandas, e íiciéronlo asy. £ después desto, fabló otra vez el 
rey moro coa los moros, porque ya sabia en cómo el rey don 
Temando era ido para Toledo, e cómo avia fablado con sus ricos 
omes, en como estaría en Castilla tres años, e á cabo de tres años 
que vernia sobre ellos; e el rey de Sevilla mandó á los moros que 
sembrasen toda cuanta simiente tenian, asy trigo como cebada, 
e garbanzos, e fabas, e toda la otra simiente, e que lo cogerían e 
finchirian la villa de pan; e después, que ficiese el rey don Fer- 
nando cuanto peor pudiese. E ellos ficiéronlo ans}', e sembraron 
cuanta simiente tenian. E fizo Dios tan buen año de pan, que to- 
das las gentes decian que non era si non la gracia de Dios. Tales 
eran los panes que todas las gentes decian e tan buenos. E don 
Rodrigo Alvarez, e don Pay Correa, fablaron en uno, e tomaron 
su acuerdo que embiasen decir al rey en cómo estaua la tierra mu- 
cho ahondada de muy buen pan; e que sy los moros cogesen aquel 
pan, que se non trabajase de venir contra Sevilla, que non la po- 
drían tomar, mas que viniese él á comer aquellos panes, e que to- 
marían la villa, e sy non, que se fincase allá, que non avia por 
qué tomar trabajo, que non la podría tomar. E el rey don Fer- 
nando quaudo vio las cartas e sopo estas nuevas, non se echó á 
dormir, e embió luego por toda Castilla e León que viniesen todos 
en pos del, que iba sobre Sevilla. E luego partió él de Burgos, que 
non salieron con él más de cieut cauallos, e asy se fué apresura- 
damente qual en Burgos estaua quando le llegaron las nuevas. E 
quando don Rodrigo Alvarez e don Pay Correa fablaron esto que 
embiaron decir al rey don Fernando, fué un poco ayuso de la Pue- 
bla do Coria, porque es el rio ally un poco- más angosto, que el 
uno estaua del un cabo e el otro del otro cabo, que non podían 
verse en otra manera. E llegó el rey don Fernando á Sevilla en 
el mea do Marzo de la era de mili e docientos e ochenta e seys 
anos, o do la Encarnación de Jesucristo en mil e docientos e qua- 
renta e ocho años, aviendo veinte e un años del su reynado, e cer- 



^óla de todas partes, e afincáuala mucho de fambre e de guerra; 
pero que se alongana la cerca, porque del cabo del Axarafe le ve- 
nia vianda; como quier que el infante don Alonso posaua desta 
parte, non lo podia todo guardar, e porque estaua de ese cabo el 
castillo que dicen de Triana, e acá ayuso á la Torre del Oro estaua 
una cadena de fierro muy gorda que atravesaua el rio desde la 
Torre del Oro fasta otra torre que estaua del otro cabo del rio. E 
esta cadena facia muy grand pesar al rey don Fernando, e muy 
grand ayuda á los moros. E don Ramón Bonifaz que era burgés 
en Burgos, oyó decir desta cadena que tan grand enojo facia al 
rey, e tomó una nave suya que él traia sobre la mar, e mandóla 
traer tdly, e después que la tovo ally en Sevilla, estovieron gran- 
des días que non pudieron aver viento el que era menester. E el 
re}' don Fernando preguntó á don Ramón Bonifaz qué viento avia 
menester, e él diso que ábrego. E dicen que se metió luego el rey 
en oración, e estudo tres dias que non lo pudo nenguno ver nin 
fablar con él, e el quarto dia salió, e mandó á los ornes de la nave 
que la adobasen, e la aparexasen de todo quanto avia menester, e 
los ornes entraron dentro en la nave, e adobaron todo lo que ovie- 
ron menester, e alearon la vela, e á la hora que la vela fué al9a- 
da, embió Dios un viento que dicen que á los caualleros quería 
arrebatar de las sillas, e á la hora entró la nave muy recia por el 
rio arriba: tan recia iba, que quebrantó luego la cadena, e fué 
adelante, e quebrantó la puente por medio, e todo quanto falló 
delante de sy. E quando esto vieron los moros de Sevilla, ovieron 
muy grand pesar e grand quebranto, porque vieron que todo su 
pleyto era mal parado. E dende á pocos dias embiaron pedir fabla 
al rey don Fernando, e el rey embió á don Rodrigo Alvarez que 
fablase con ellos, e la fabla fué ésta: que queria dar el rey la villa, 
e el rey que los dexase ir con sus fijos, e con sus mujeres, e con lo 
suyo, e si algunos quisiesen dellos fincar y, que fincasen salvos á 
servicio del rey e á su mandado. E el rey don Fernando otorgó- 
gelo, e después demandaron los moros más en pleytesía que que- 
rían derribar la mezquita. E dixo el rey don Fernando que lo dí- 
xesen á su fijo el infante don Alonso, e dixéronlo al infante don 
Alonso, e él dixo que si una teja le derribasen della, que por eso 



degollaría cuantos moros avia en Sevilla. E ellos dixeron que 
pues derribarían la torre, e que el rey don Fernando faria otra. 
E el rey embiólos otra vez con esto al infante don Alonso. E el 
infante díxoles que si derribasen un ladrillo de los que estauan 
encima, que por aquello non le fincaría moro nin mora en Sevilla. 
E cuando vieron los moros que non podian facer nada de lo que 
ellos querían, aplazaron la villa al rey que gela darian á siete 
días, e diérongela. Tomó el rey don Fernando á Sevilla el dia de 
Sant Clemeynte, ocho dias por andar del mes de Noviembre, era 
de mil e docientos e ochenta e seis años, e de la Encarnación de 
Jesucristo en mil e docientos e quarenta e ocho años. 

CAPITULO CCXXXVI. 

DBL CONSEJO QUE PIÓ EL JUGLAR QUE AVIA NOMBRE PAJA, AL 
REY DON FERNANDO SOBRE LA PARTIDA DE SEVILLA. 

Después que el rey don Fernando entró en Sevilla, entraron 
los ricos omes, e los caualleros, e los concejos; e como eran gente 
mucha, asy tomaua el rico ome ó el concejo el barrio, e ponían su 
pendón encima de la casa, porque sus gentes e sus compañas su- 
piesen los lugares do avian á posar. E después que el rey don Fer- 
nando estovo y unos días, consejáronle los ricos omes. que dexase 
ally gentes con los moros que fincauan ally por moradores, que non 
se fueran con los otros, e que se fuese el rey para Castilla; e el 
rey don Fernando, movido para se tornar para Castilla, e facer 
aquello qne le consejauan los ricos omes que fincasen dellos en Se- 
villa e dellos en Córdoua, e dellos que fuesen con él; e por esto 
avia roydo entre las gentes por non fincar, que avian miedo que á 
la ora que el rey se fuese, que se ayuntaría el poder de los moros, 
e que vernian sobre ellos. Cierta mente asy fuera, que cuidanda 
esto los moroF, todos los más se fincaron en el Axarafe, cuidando 
que el rey don Fernando se iría para Castilla, e que á ellos ver- 
nia ayuda e que se tornarían para Sevilla. Estando el rey don 
Fernando en esto ¡en Sarniento, que se querían ir, porque todos 
los dias del mundo le afincaban que se fuese, acaesció que avía en 
Castilla un juglar á quien decían Paja, e escucháuanle bien todo». 



lo que decía e facia, ca todas las cosas facía él e decía con que to- 
dos tomasen placer. E este nunca se partía del rey don Fernan- 
do, e un día pasaua por la mezquita mayor de Sevilla, que aún el 
rey non avia oido misa en ella, porque atendía que la alimpiasen 
los arzobispos e los obispos. E este juglar Paja paró mientes á la 
torre, e viola tan alta e tan fermosa como es, e vínole á talante 
de sobir en ella, e sobió encima, e cuando fué encima, paró mien- 
tes e vio la villa toda, e vido los pendones de cada cabo, e conos- 
ció cuyo era cada uno, e vido que la villa aún no era poblada más 
del tercio, e dixo entre sy: — Valme Santa María, esto cómo pue* 
de ser, que aquí está Castilla e León, e aún esta villa non es po^ 
blada más de la tercia parte; e pues cómo la poblarán unog pocos 
que aquí quiere dexar nuestro señor el rey don Fernando? E ruego 
á Dios que me dé gracia que lo faga yo sobir en esta torre. E el 
juglar Paja decendió de la torre, cuidando en cómo podría facer 
que subiese el rey á la torre; e otro día fué al rey e díxole: — Se*- 
ñor rey don Fernando, por amor de Dios, el que tanto bien e tan- 
ta onrra te fizo, te ruego que me fagas una merced tú e tus ricos 
omes. E el rey don Fernando, como se pagaua del, díxole que le^ 
demandase, e díxole el juglar: — Señor, pídete por merced que coi- 
mas eras conmigo tú e tus ricos omes. — En buen ora, dixo el rey. 
Pero, do comeremos? E dixo el juglar: — Encima de la torre de la 
yglesia mayor. E dixo el rey: — Cómo tanta gente cabrá ay? E dixo 
el juglar: — Señor, en aquella torrecilla de encima cabrás tú con 
cinquenta, e en esta otra de las almenas, cabrán quinientos. E 
dixo el rey: — Comamos y eras. E otro dia leuantóse el juglar muy 
acucioso como que andana faciendo de comer á muy grand priesa, 
e cuando fué ora de tercia, fué al rey e díxole: — Señor, anda á 
comer. E el rey e los ricos omes fueron con él e subieron en la tor- 
re. E cuando el rey fué suso, cató toda la villa cómo parescia de 
ally muy bien e muy fermosa, e dixo contra sus ricos omes: — 
Bendicho sea el nombre de Dios que nos dio á ganar á tan noble 
cosa. E dixo contra los ricos omes: — Aquellos pendones, vuestros 
son. E dixeron ellos: — Señor: cada uno de nos posamos á grand 
anchura, nos e los concejos. E dixo el rey: — Bien lo veo. E dixo 
el juglar Paja: — Señor: védeslo tan bien como lo decides? — Si> 



8 

loado sea Dios. Dixo el juglar:— Pues, señor: mejor vos lo mos- 
traré yo. Señor, vedes vos? aquel pendón es de tal concejo, e 
aquel otro, de fulan, rico orne. E Señor, aquí es la flor de Castilla 
e de León, e veis cuánto de la villa está yerma? E dixo el rey don 
Temando: — A buena fé mucho hay yermo. E díxole el juglar: — 
Pues ahora que está aquí Castilla e León, e non es poblada Sevi- 
lla, cómo, Señor, dices tú que te quieres ir para Castilla e que de- 
jarás quien la pueble? Cata, Señor, que si della sales una vez, 
nunca en ella entrarás otra vez; e Señor, lo que te finca de vevír, 
á do lo puedes vevir mejor que aquí, nin tan onrrado, nin tan vi- 
cioso, nin á tan servicio de Dios? E el rey cató contra el juglar, e 
4ixo: — Siempre lo oí decir e agora tengo que es verdat, que de los 
locos salen á las vegadas buenos enxemplos, e si yo non te creo, 
Dios nunca mo vala. E dixo: — Agora prometo á Dios que en toda 
mi vida de aquí non vaj'a á Castilla, e aquí será mi sepoltura. E 
desta manera fincó el rey don Fernando en Sevilla fasta que mu- 
rió en ella, e se pobló muy bien, como nunca fué tan bien poblada, 
segund que es oy dia. E estando el rey don Fernando de sosie- 
go en Sevilla, veniéronle nuevas en cómo era alqada Murcia. E el 
rey don Feí-nando mandó á su fijo el infante don Alonso que la 
avia ganado, que fuese allá. E fué allá, e cuando el infante llegó 
allá, falló el pleyto muy mal parado e de mala guisa, e estudo so- 
bre la villa buenos días. 

E el rey don Alonso de Aragón era en Calatayud, e embió 
decir al infante don Alonso que le quería ir aj'udar si entendía 
que la villa se le ternia. E el infante don Alonso respondióle que 
le placía, mas que non avia vianda si non poca, e que non cum- 
pliría para tantas gentes. E dixo el rey de Aragón: — Cuaudo el 
orne ha de ayudar á su amigo, con su puño e con pan le ayuda, e 
asy nos levaremos nuestra vianda. E tomó el rey de Aragón mu- 
cha vianda, e mucha gente, e fué ayudar al infante don Alonso, e 
cuando el rey de Aragón llegó, falló que avia ya pleitesía la villa 
con el iufante don Alonso. E de aquella vez se pol)16 Murcia de 
muchas gentes del rey de Aragón, e él llevó consigo muchos mo- 
ros de los de Murcia, e dióles tierra en que labrasen e criasen. E 
moró allí en Murcia el infante don Alonso de aquella vez bien dos 



9 

años e medio, fasta que la pobló toda de cristianos, e cuando esto 
ovo fecho, venosa para Sevilla, e falló al rey don Fernando, aa 
padre, mucho alegre, porque le avia acontescido tan bien con Mur- 
cia. E andando asi alegres e bien andantes todos, quiso el nuestro 
Señor Dios llevarnos al noble rey don Fernando, e adoleció e mu- 
rió en Sevilla, miércoles treinta dias de Mayo de la era de mil e 
docientos e noventa años, e de la Encarnación de Jesucristo en 
mil e docientos e cinquenta e dos años. E reynó treynta e cinco 
años, e murió á tres años e medio después que ganó á Sevilla. E 
soterráronlo en la j^glesia catredal de Santa María á do se mandó 
él soterrar. E reynó en su lugar su fijo el rey don Alonso, que fué 
noble rey, e muy noble Señor, e non erró un punto de la nobleza 
de su padre, que si buen padre perdimos, buen señor cobramos, 
j Gracias aya Dios por cuanto bien e merced les fizo, amen. 

CAPITULO CCXXXVIl. 

DE LO QCE AVENO AL REY DON FERNANDO CON EL 

REY BERMEJO DE ARJONA , E OTROSY DE LA SU MUERTE DEL 

REY DON FERNANDO. 

Cuenta agora la estoria que quando el rey don Fernando ganó 
á Córdoua segund dicho es, que avia en Arjona un rey á quien los 
cristianos decian Bermejo, e los moros llamauan Alhamar, e antes 
desto era labrador, e dexó de labrar, e fizóse almogabar, e salió á 
tan bueno entre los moros, que lo amauan mucho, e era caualga- 
dor, e ardid, e avia muchos parientes en Arjona. E fabló con los 
moros de Arjona, e la fabla fué ésta: que por qué non catauan en 
cómo saliesen de sojebto de los reyecillos que avia enire los moros; 
e ellos tomaron su acuerdo que embiasen por este Alhamar, e que 
lo ficiesen rey, pues que era tan bueno e tan ardid, e quizá de ally 
cobrarían la tierra. E ficiéronlo ansy, e embiaron por él, e aleá- 
ronlo rey en Arjona. E como era ardid e bravo, fizo muchas caual- 
gadas contra cristianos, e contra moros, e enriqueció su villa e su 
tierra, e después que los cristianos entraron á correr tierra de mo- 
ros, como non se acordaua si non de las villas mayores e más 
nombradas, acorrían aquellas, e non curauan de Arjona, e por esto 



10 
escapaua Arjona, que non la corrían los cristianos. E los moros,^ 
porque veían que los cristianos non la corrían como á las otras, 
decían que lo facían por miedo de su rey Alhamar. E asy estauan 
los de Arjona con su rey muy atrevidos. E después que el rey 
don Eernando ganó á Córdoua, e á toda esa tierra, iba acorrer á 
Sevilla; esta era la primera vez de tres veces que la corrió, e iba 
por allá por ese campo, e pasaua por cerca de Arjona el rastro del 
rey. E dixeron los ricos omes al rey: — Señor, vos ides á Sevilla, 
e finca en Arjoua este peón. Quizá que fará daño fen el rastro. 
E dixo el rey: — Verdad decides. E mandó el rey don Fernanda 
tornar el rastro contra Córdoua, e fueron en mala barata el reye- 
cíllo 8 sus moros. E el rey don Fernando embió por él, e el mora 
como. sabia que el rey don Fernando era noble e verdadero, salió 
á él, e fizóle onrra segund la merescía. E dixole el rey dou 
Fernando que le diese la villa, e el moro dixo: — Señor, toma mi 
cabera e después tomarás la villa. E dixole el rey: — Tú serás mi 
vasallo, e darm'as á Arjona si te ficiere rey de Granada. E dixo 
el moro: — Señor, rucea tan buen día vi, como ser tu vasallo, e- 
en cualquier manera; mas sy me faces rey de Granada, darte 
Arjona e darte las más acabadas parias que nunca te dio moro. E 
dixo el rey don Fernando: — Pues yo te faré rey de Granada. 
Atiéndeme agora aquí fasta que venga de Sevilla, e guárdame 
aqueste rastro, que los moros tuyos nin los estrañosnon me fagan 
mal en él nin daño. E el moro, como sabia que el rey don Fernan- 
do era muy verdadero en la su palabra, nunca fallecía, dixole: — 
Señor, ve en buena ventura, que sy te fallesciere una acémila, yo- 
te daré por ella diez. E asy fué el rey á Sevilla, e corrióla, e ro- 
bóla, e non falló quien se le parase delante, e tornóse de ally al su 
peón de Arjona; e como los moros avian miedo al rey don Fer- 
nando, e facían por él por cuanto lo fallauan verdadero en todo- 
cuanto les decía, e non les fallescian nin punto; e el rey don Fer- 
nando estonce tiró fasta un lugar que dicen Alcazara Bonura, e- 
embió por los omes buenos de Granada, e dixoles: — Vosotros que- 
redes que vos dé yo paces por diez años, e que vos quite las parias- 
de cinco años. Dixeron los moros: — Nunca tan buen día vimos. 
E dixoles el rey: — Pues faced rey Alhamar. E los moros por es- 



11 

cusar el pecho, e por aver paz, dixeron al rey que lo farian, e leva- 
ron Alhamar á Granada, e ficiéronlo rey, e desficieron al otro, uno 
que era de los de Sarnulo, que era rey. E Alhamar dio ?.l rey dou 
Fernando á Arjona. E asy ovo el rey don Fernando á Arjona 
sin peligro e sin muerte, e fué de cristianos fasta oy dia. E esto 
asy fecho, dixeron al rey don Fernando en cómo Jaén era muy 
fermosa villa, e pidióla Alhamar, e dixo que non gela daria. E 
dixo el rey don Fernando: — Dámela, e yo darte homenaje que 
cuando me la demandares, que te la torne. E Alhamar dixo: Asy 
quiérelo facer. E diógela en que posase cuando fuese e quando vi- 
niese. E el rey fizo luego facer encima un alcácar muy fuerte que 
es oy dia. E los moros dixéronle luego: — Señor, por qué faces 
este alcázar? E dixo el rey don Fernando: — Fágolo para en que 
pose cuando viniere, porque los mis caualleros e las mis compa- 
ñas non vos fagan enojo acá en la villa. E así fizo el alcáqar de 
Jaén el rey don Fernando con esta maestría; e posaua el rey don 
Fernando en Jaén cada que iba á Sevilla. E después agora cuando 
el noble rey don Fernando se vio á la muerte, que Dios embiaua 
por él e se quiso morir, dixo al infante don Alonso, su fijo, que 
avia de reynar en pos del: — Don Alonso, fijo, cata que yo he fe- 
cho homenaje al rey de Granada por Jaén, que cuando me la de- 
naandare, que gela dé. E tú cuando te la demandare, dágela su villa 
e ten lo que es tuyo. E dixo el infante don Alonso: — Señor, que 
es lo mió? E dixo el rey don Fernando: — El alcácar es tuyo, por- 
que yo lo fice e lo labré, e la villa es suya solamente, por lo cual 
le fice homenaje. E luego á la hora que el rey don Fernando fué 
muerto, segund dicho es, luego el rey de Granada embió diez ca- 
ualleros al rey dou Alonso que avia reynado, que le diese á Jaén. 
E dixo el rey don Alonso que le placía, e fué luego el rey don 
Alonso, e entregó la villa de Jaén á los moros. E así como facía 
salir los caualleros de la villa, así los metía en el alcácar. E dixe- 
ron los moros: — Señor, qué es esto que faces? Cómo non nos das 
el alcázar? E dixo el rej': — Tomad lo vuestro e dexad lo mió. E 
dixeron qué era lo suyo. E dixo: — El alcágar que fizo mi padre. 
E desta guisa fincaron los moros en la villa, e los cristianos en el 
alcá9ar. E luego á poco tiempo ganó don Lorenzo Suarez trece 



12 

castillos cerca Ronda, e cativo los moros: e don Juan García de 
Sagra pedían cada dia merced al rey que lo sacase de cativo; e el 
rey don Alonso dixo que lo comjDraria por doblas ó por otras cosas 
cualesquier que gelo vendiesen. E dixo el rey de Granada que non 
gelo quería vender, mas que le daría á Jaén e á don Juan García, 
e que le diese los castillos que tomó don Lorenzo Suarez. E dixo 
el rey que le placía, e dióle el rey los castillos, e diéronle á Jaén 
e á don Juan García. E á cabo de quince días, murióse don Juan 
García, e pesó mucho al rey for la barata que avia fecho. E dixo: 
Si yo sepiera que tan poco nos avia de prestar don Juan García, 
3'0 non diera mis castillos; mas non se face si non como á Dios 
place. 

CAPITULO CCXXXVIII. 

DE CÓMO REYNÓ SU FIJO EL REY DON ALONSO QUE FUÉ 
EMPERADOR, E CÓMO CASÓ. 

Este rey don Alonso casó con doña Violante, fija que fué del rey 
de Aragón, e estudo un tiempo que se non pudo empreñar, e el rey 
con miedo que fincaría el reyno sin heredero, envió pedir la fija 
del rey de Nuruega, e troxérongela, e avia nombre doña Cristiana, 
e era muy fermosa á maravilla. E quando llegó á Castilla, falló á 
la reyna preñada, e ovo el rey muy grand vergüeña de la embiar 
ú su padre e á su reyno, e rogó á su hermano el infante don Felipe 
que dexase la clerecía, que era electo de la yglesia, e que casase con 
ella, e que le daria una parte del reyno en que visquiese. E el in- 
fante don Felipe, por amor de la infanta, que era muy fermosa, e 
por lo que el rey le prometía, dexó la clerecía e casó con la infanta 
doña Cristiana; e después que casó con ella, non le dio el reynado 
de quanto le prometiera, salvo lo que mandaua dar á la infanta 
doña Cristiana, e los almoxeri talgos, e á poco tiempo murió esta 
doña Cristiana con pesar. E el infante don Felipe demandaba al 
rey todo lo que le avia mandado, e afincábalo ante los ricos ornes 
diciendo que le avia fecho dexar la yglesia e la onrra, e que non le 
daua nenguna cosa de lo que le prometiera. E los ricos omes de- 
cían al rey que faría bien de dar al infante lo que le prometiera, 



pues lo sacara de la yglesia. E el rey don Alonso decia á los ricos 
ornes que él se avernia con él. E asy ñncó este fecho entre el rey 
dou Alonso e el infante don Felipe, su hermano. Este rey don Alon- 
so ovo fijos en la reyna doña Violante, su mujer, fija del rey de 
Aragón, á don Fernando que dixeron de la Cerda, que fué el ma- 
5'or heredero, e á don Pedro e á don Sancho, e á don Juan, e A don 
Jaime. E ovo dos fijas, á doña Berenguela e á doña Violante. 
Esta doña Berenguela envió pedir el grand Ivan. E el rey quería 
gela dar. Ella dixo al rey su padre que alf/rand Kan, que le diesen, 
grand cadena, e non quiso casar con él. E este rey don Alonso ovo 
otros fijos que non fueron de la reyna: al uno dixeron don Alonso 
el niño: al otro dixeron Ercoles, e ovo tres fijas que non fueron eso 
mesmo de la rej'na: e la una dellas fué casada con el rey don Alon- 
so de Portogal. E este rey don Alonso de Castilla, después que fué 
rey, ganó mucha tierra de moros, e eso mesmo cuando era infante. 
E luego que reynó, tomó Alcaraz e á Xorquera e á las Cuevas. E 
después desto fué sobre Xerez e tomóla, e non tenia gentes para 
la poblar, e dexó los moros en la villa e dio el alcáear á don Ñuño; 
e don Ñuño dióla á un cauallero que decían Gómez Carrillo, e á 
poco tiempo que el rey fué en Sevilla, aleáronse los moros con la 
villa de Xerez e entráronle el alcáear e afincábanlo mucho. E este 
cauallero Gómez Carrillo con los de dentro que tenía amparáuase 
muy bien fasta que le ficieron cava de dentro de la villa. E asy 
entraron dentro con ellos en el alcáear, e tomaron el alcázar e ma- 
taron los cristianos, salvo á Gómez Carrillo, que se acogió á uña 
de cauallo con otros seis, e se fué, e los otros todos los mataron. E 
vinieron estas nuevas al rey don Alonso, e díxéronle los ríeos 
ornes que tornase á Xerez. E díxoles el rey: — Dexaldes agora, que 
aquello todo es nuestro. E luego fué el rey sobre Tejada e tomóla. 
E estaua dentro un moro que se llamaua rey. E enviólo el rey don 
Alonso allende la mar, e el rey don Alonso tornóse para Sevilla, e 
luego á poco fué el rey sobre Niebla e estovo sobre ella nueve me- 
ses. Quísose el rey levantar de sobre ella porque se le moría ally 
mucha gente, que avia ally tantas de moscas, que non comía orne la 
vianda, que luego canviaua, e non se tenía la vianda en los estó- 
magos, e caía en ellos maleza e morían todos. E por esa raigón se 



14 

quisiera el rey levantar e irse; e acaesció que avia allí dos freiles 
descalzos, al uno decian frey Andrés, e al otro decían frey Pedro, 
6 estos vinieron al rey e dixéronle: Cómo, Señor, agora que tene- 
des la villa cerca de ganada vos queredes ir della, e bastecerla han 
loa moros en tal manera que cuando la queséredes tornarla á este 
estado non podredes? E dixo el rey: Qué faré, que me se muere la 
gente con esta tormenta de estas moscas? E dixeron los freiles: 
Señor, nos vos daremos á este consejo. E estonce mandaron pre- 
gonar que todo orne que trújese un almud de moscas á la tienda 
del rey, que le daria el rey por cada almud tres torneses de plata, e 
las gentes menudas tomai-onomesillo con las moscas, atante que tro- 
xeron allí do estaban los freiles atantas de moscas que fincheron dos 
silos que eran y, e cesó la mortandat. E el rey moro de Niebla cuan- 
do vio que el rey don Alonso estaua quedo, fizo pleitesía con él, e fué 
esta: que le diese en Sevilla en que visquiese e que tomase á Niebla. 
E dióle el rey don Alonso al rey moro de Niebla, que avia nombre 
Benuafon, la su huerta de Sevilla, con otras cosas muchas de que 
se tovo el moro por contento. E ganó el rey don Alonso á Niebla 
en la era de mil e decientes e sesenta e dos años, e de la Encarna- 
ción en mil e docientos e cuarenta e cinco años. E tomó con Niebla 
todo el Algarbe con mucha buena tierra, e luego á poco tiempo to- 
mó el rey don Alonso á Cote e á Morón, e otros muchos castillos, e 
después fué el rey don Alonso á Xerez e tomóla en la era de mil e 
trecientos e quatro años, e de la Encarnación en mil e docientos e 
sesenta e sej's años, en el dia de San Dionis, diez e nueve dias 
da Octubre, á catorce años del su reynado, e poblóla luego de 
cristianos e despoblóla de los moros, que nunca más en ella entra- 
ron nin moraron. E tomó luego á Bejer, e á Medina, e á Rota, e 
á Sant Lucar, e al Puerto, e poblólo, e vínose para Sevilla, e esto- 
vo en Sevilla poco tiempo, e venóse para Castilla, e asosegó la 
tierra, e fizo Cortes en Toledo, e á estas Cortes avia de venir el 
rey de Portogal, e embióle decir que pues que lo avia casado con 
fija de Pero Guzmán, que lo dexase estar. E por esto non veno á 
las Cortes. E las Cortes fechas, venóse á Sevilla, e estudo allí tres 
años, e veno Abeyucaf de alien la mar e corrió toda la tierra fasta 
Sevilla; e el rey que estaua en Sevilla á dos dias salió tras él, e él 



15 

era ya ea Algeclra. E fué luego el rey don Alonso sobre Carmona e 
tomóla, e tomó á Ecija e Aguilar, Estanella, e á otro3 muchos cas- 
tillos, e faciendo en esto servicio á Dios, venóle á cora9on de ir á 
Castilla, e fué allá e andovo por Castilla sosegando su tierra, e lle- 
gó á Burgos. E estando en Burgos, venióronle nuevas de una Em- 
peratriz que venia á él, que era su marido captiuo en tierra del 
Soldán, e venian con ella treinta dueñas, todas vestidas de negro, 
E el rey salióla á rescebir con grand gente, e íízole mucha onrra, 
e metióla en el alcáqar de Burgos con la doña Violante, su mujer. 
E la reyna fizóle mucha onrra, e plógole mucho con ella, e mandó 
poner la mesa para pensar de la Emperatriz. E díxole la reyna 
que se sentase á comer. E dixo la Emperatriz: — Nunca lo Dios 
quiera, que yo á la mesa me pose, que non so digna para ello. E 
la reyna maravillóse de lo que le decia, e preguntóle que por qué 
decia aquéllo. E dixo la Emperatriz: — Reyna, tú estás en tu 
onrra, e Dios te la mantenga, que estás en tu onrra con tu Señor, 
sano e guarido, e Dios te lo guarde. E yo esto fuera de la mia, ca 
el mi Señor non es en su poder, antes es captivo en tierra del Sol- 
dán, e yo fué á casa del Apostólico de Roma por ver si fallaría 
en él ayuda, e dio el tercio del aver; e fui á casa del rey de Fran- 
cia, e dióme el otro tercio. E allí oí decir de la nobleza e de la 
franqueza del noble rey don Alonso de Castilla, e so aquí venida 
á le pedir ayuda para sacar el Emperador, mi marido, de captivo. 
E la reyna embió por el rey e contóle todo lo que dixera la Empe- 
ratriz. E el rey rogóle mucho que se asentase á comer. E ella dixo 
que nunca comiera en manteles fasta que toviese para quitar á su 
marido el Emperador de cativo. E el rey le preguntó que los de 
su tierra que por qué non lo quitauan. E ella dixo que non era 
uso que diesen por él nada, mas antes decían ellos que le facian 
mucho cuando non facian otro Emperador. E el rey tomóla por la 
mano e posóla á la mesa, e díxole: — Emperatriz, yo vos prometo 
que de hoy en veinte días yo vos daré con que quitedes al Empe- 
rador, vuestro marido. E dixo: — Cata, rey, qué dices, que non sa- 
bes cuánto yace. E el rey preguntó: Por cuánto yace? E ella le 
dixo: — Por quarenta quintales de plata; mas que el Papa le diera 
el un tercio, e el rey de Francia el otro tercio. E el rey tomóla 



16 

por la mano e fuéla á asentar á la mesa, e dióle la mano que á 
veynte (lias le daria qnarenta quintales de plata. E diso la Em- 
peratriz: — Agora comeré á manteles, pues que es quito el mi Se- 
ñor, e asi comió e folgo la Emperatriz con la reyna. E á los veyn- 
te dias dióle el rey don Alonso los quarenta quintales de plata, e 
mandó que tornase lo que avia tomado al Papa e al rey de Eran- 
cia. E que tan largo fué el rey don Alonso, que aun oy día face 
mengua este aver en Castilla. E fuese la Emperatriz, e tornó al 
rey de Francia e al Papa lo que le avian dado, e contóles todo lo 
quo le acontesciera con el rey don Alonso de Castilla. E todos 
cuantos lo oian, loaban e presciaban mucho al rey de Castilla. E 
salió luego este Emperador de captivo e pedricaua la bondatdel rey 
don Alonso de Castilla. E sonando esta voz por todas las tierras, 
acaesció qu9 murió el Emperador de Alemania, e fincara el Imperio 
sin lieredero, e ayuntáronse todos los condes e los ricos ornes para 
acordar quién farian Emperador, e esleyeron por Emperador al 
rey don Alonso, e embiaron por él que fuese á rescebir el Impe- 
rio. E estando en Burgos, venieron á él cuatro caualleros con car- 
tas de los más onrrados condes del Imperio, que en todas las gui- 
sas del mundo fuese requerir e rescebir el Imperio, e que non ficie- 
se ende al por ninguna manera. E el rey don Alonso guisóse para 
ir al Imperio, e tomó muy grandes gentes e grandes averes, e fue- 
se para su Imperio. E desta vez fincó Castilla pobre de los averes, 
fasta oy dia. E llegó el rey don Alonso fasta León del Ruédano, e 
dexó en Castilla por rey á don Fernando de la Cerda, su fijo, que 
era mayor heredero en el reyno. E este infante don Fernando se- 
yendo infante, casó con la fija del rey de Francia, que decían doña 
Blanca, e casó con esta postura: que si oviese en ella fijos, que 
roynasen en Castilla los fijos después del. E desto ficieron omena- 
je los ricos ornes de Castilla, e cartas selladas con sus sellos al rey 
de Francia. E asi embió el rey de Francia á su fija por mujer al 
infante don Fernando de la Cerda, que avia de reynar en Cas- 
tilla. E ovo este don Fernando en la fija del rey de Francia, 
fijos, á don Alonso e á don Fernando. E estos demandaron des- 
pués el reyno grand tiempo, tanto que el rey don Alonso iba al 
Imperio, ésto don Fernando fincaua por rey en Castilla, e yéndose 



17 

para el Andalucía, murió en Villareal, e fincó don Alonso su fijo^ 
muy pequeño, e el rey don Alonso que era en León del Ruédano, 
llegáronle las nuevas de su fijo don Fernando de la Cerda coma 
era muerto, e aun con todo eso non le osaua decir nenguno que se 
tornase. E sus ricos omes buscáronle una maestría en que le ficie- 
ron entender que era mejor tornarse que non 3'r. E esto fué que 
le ficieron un juego de ajedrez, e ficiéronlo en tal manera que non 
avia el rey más de dos casas, e los juegos tomábanle la una, e otro 
juego dáñale mate. E dixeron al rey: — Señor, andad e veredes 
qué juego de partido han fecho aquellos ricos omes en el ajedrez. 
E fuélo ver el rey, e ficiéronlo antél. E dixéronle: — Señor, vedes 
qué juego? E dixo el rey: — Sí, veo bien, e mándovos que vos go- 
cedes, e que nos tornemos para Castilla. E sabed que todas las 
gentes ovieron grand placer. E tornóse el rey don Alonso para 
Castilla, e cuando llegó á Castilla, falló toda la tierra sosegada e 
sin bollicio, salvo que don Alonso, fijo del infante don Fernando 
de la Cerda, el que después de la muerte del rey don Alonso avia 
de sor rejí^, e como quiera que él fuese mo^o, non dexaua de de- 
mandar su derecho, e demandáuanlo otros muchos por él. E des- 
to pesaua mucho al infante don Sancho, e á otros muchos de la 
tierra que tenían con el infante don Sancho, que decían que más 
guisado era que tomase él el reyno, que non que entrasen en la 
tierra los franceses, e lo uno porque le metian en coraron que 
tomase el reyno, e lo al porque él lo avia á talante, tomó este fecho 
á coraron e á voluntad atanto fasta que lo demandaua por dere- 
cho e por ante jueces, á vista de Castilla e de León, e ficieron al- 
caldes que judgasen este pleyto, e pusieron abogados que lo razo- 
nasen e toviesen la voz de las partes. E fueron los alcaldes el 
infante don Manuel e Diego López de Sazedo. E fueron los abo- 
gados Juan Gato de Qamora e Agostin Pérez. E decía el infante 
don Sancho que pues don Fernando non reynara, que non seria 
su fijo rey; e pues que el rey don Alonso era vivo, e él era el ma- 
yor fijo, que avia de heredar de derecho e ser rey. 



Tomo CVL 



18 
CAPITULO CCXXXIX. 

DE CÓMO EL REY DON ALONSO FIZO CERCAR ALGECIRA. 

Así fincó el pleito en esta guisa, e el rey don Alonso guisóse 
para venir sobre Algecira, e llegaron de Castilla e de León muy 
grand gente, e vínose el rey para el Andalucía, e mandó que se 
viniese la flota de Castilla para Sevilla, e cuando fuese en Sevilla 
que gnisaría la otra flota que y era, e que irian sobre Algecira, e 
así lo fizo, que luego se veno el rey á Sevilla, e cuando llegó ya 
era y la flota llegada, e mandó armar el rey la flota de Sevilla. E 
fueron almirantes de las galeas de Castilla don Pero Laso, e de 
las de Sevilla don Pero Nuñez de Feu, e fuéronse para Algecira e 
el rey e la hueste que se avian de ir por tierra luego, E venóle 
manditdo al rey de la reyua de Portogal su fija, en que le enviaba 
pedir merced que la atendiese en Sevilla fasta que ella viniese á 
verse con él. E el rey envió con la hueste e con los caualleros á sus 
fijos don Pedro e don Alonso el niño. E estos fueron con la hueste, 
e llegaron Algecira, e la flota llegó y, e fablaron con los almirantes 
cómo otro dia saliesen á tomar agua, e fincó entre ellos que todos 
saliesen en uno por ra^'on que andauan ay mucha gente de la ca- 
uallería de los moros. E dixeron los castellanos á don Pero Laso: 
— Vayamos nos por nuestra agua e vayan ellos por la suya, e pa- 
reace que nos non osamos ir sin ellos. E salieron los castellanos 
de las galeas por agua, e non quisieron llamar á los otros, e salie- 
ron á ellos la cauallería de los moros e mataron á don Pero Laso 
e a otros muchos, e salieron los de las otras galeas de Pero Mar- 
tínez de Eeu, e él con ellos toviéronse por bien andantes cuando 
lo pudieron cobrar muerto, e metiéronlo en las galeas de Castilla, 
e don Pero Martínez tomó los comitres de las galeas de Castilla, e 
metiólos en las de Sevilla. E esto fué miércoles, diez e siete días de 
Julio, era de mil e trecientos e diez e seis años, e de la Encarnación 
de Jesucristro de mil e docientos e setenta e ocho años. E esto facía 
don Pero Martínez por sosegar las gentes, e sobre todo esto co- 
mencjó la enfermedad á matar muchos dellos, e sobre todo este mal 
vino la flota de Abeyuqaf de allende la mar, e como venia fresca, 



19 

■e esta otra estaua lazrada, desbaratáronla e levaron todas las ga- 
leas los demás. E á la ora que la flota fué desbaratada, tornáronse 
los ricos ornes e los infantes para Sevilla á do estaua el rey, e 
cuando los vio el rey, díxoles muchas malas cosas e muchos so- 
saños. E ellos fincaron mucho envergonzados. E el rey avia muy 
grand pesar por los buenos que alli cativaron, que fueron estos: 
Perrand Pérez de Gruzman, e Alonso Roys de Mendoza, e don Pero 
Martinez de Peu, e don Guillen de ¡Sauaante, e otros muchos bue- 
nos que en aquella flota eran, que de toda la armada no escapó 
más de una nave, e esta non escapara si non por un cauallero que 
dixo á los moros que non la combatiesen, que él gela faria dar, e 
los moros enviai'on el cauallero á la nave, e cuando fué en la nave, 
alqó la vela e fuese, e así escapó la nave por este cauallero. E el 
rey, con saña grande que tenía porque sus gentes fueran desbara- 
tadas, llegó luego á pocos dias sus gentes de Castilla e de León, e 
entró á la vega de Granada con todos sus fijos e con todos sus i'icos 
ornes, e taló e quemó e astragó toda la vega, e salióse. E desta sali- 
da envió al infante don Sancho, su fijo, á Castilla, e él fincó en el 
Andalucía, e desta se algo el infante don Sancho e se fizo la guer- 
ra que dicen de padre e fijo. 

CAPITULO CCXL. 

DE CÓMO DON FELIPE EL INFANTE 

DEMANDAÜA AL REY DON ALONSO SU HEISfMANO LO QUE LE 

PROMETIERA. 

El infante don Felipe, después que dexara la yglesia e se casa- 
ra con doña Cristiana, por ruego del rey don Alonso , su herma- 
no, segund dicho es, demandaua al rey lo que le avia prometido 
ante los ricos omes. E los ricos ornes rogauan al rey que le ficie- 
se justicia, pues él perdiera la clerecía do era electo por él. E el 
rey decíales: Qué avedes vos que ver en ello, que yo me averna 
con mi hermano? E desto pesaua mucho á todos ellos, porque les 
daua mala respuesta. E andando así ellos sañudos, fizo el rey des- 
facer la moneda prieta, e fizo ios sueldos e las meajas. E desto 
pesó mucho á los ricos omes, porque tomauan un cauallo por cient 



20 

maravedís de aquella moneda, e después non la tomauan por dos 
mil maravedís de la otra. E dixeron al rey: — Señor, esto que fa- 
ces no es pro de la tierra, desfacer la buena moneda e facer otra 
que non es tan buena, que por cient maravedís de la otra moneda 
compráuamos un cauallo, e desta non lo avernos por dos mil. E 
dixo el rey: — Estonce el que no avia más de mil maravedís, dolé 
yo agora cuatro mil maravedís. E por esto todos los ricos omes 
fablaron con el infante Felipe, su hermano del rey, e dixeronle 
que se algase con ellos, e que ellos le farían cobrar lo suyo e aun 
más. E él díxoles que lo faría de grado. E así aleáronse todos con 
el infante; pero que don Ñuño levaua la voz de los ricos omes, & 
de todas las gentes, e fueron para Granada. E el rey de Granada 
fizóles mucha onrra, e dio á entender que le placía mucho con 
ellos. E fizo una mezquita por dar á entender que era más rico- 
de lo que era, e fizo que cuanto para trigo e cebada daua á los 
cristianos, que todo salia por una boca e por un lugar. E maravi- 
lláuanse desto todos, e decían que este silo era el mayor que nun- 
ca orne viera nin oyera. E esto facía él porque dixesen los cristia-- 
nos que todos cuantos silos allí parescian que todos eran tan 
grandes como aquél. E los ricos omes estando allí, acordaron quo 
embiasen alien la mar por Abe3'U9af, e que le diesen toda la 
tierra como la diera el conde don Julián. E eml-iaron allá ár 
don Juan Nuñez, fijo de don Ñuño, que era estonces moco, e^ 
pasó la mar, e dio las cartas de todos los ricos omes de CaS' 
tilla, e la carta del infante don Felipe, todas selladas con sus 
sellos, que pasase la mar, e que le darían toda la tierra. E Abe- 
yuyaf guisóse, e embió por grandes poderes de cauallerias, e de 
otras gentes de pie, e mandó á don Juan Nuñez que se fuese 
á Granada, á los ricos omes, e que les diese lo que él -les em- 
biaua, que eran grandes averes, e que les embiaría grandes 
cauallerias e otras gentes de pié. E cuando llegó don Juan Nu- 
ñez á Granada, falló que el rey de Granada era muerto, e que 
los moros avian fecho rey á su fijo Aben Alhamar. E este les fizo 
mucha onrra más que el padre. E cayó en ellos gran enfermedat, 
que morían como canes. E ellos estando así, quiso Dios poner en- 
tre ellos concordia e avenencia con el rey don Alonso de Castilla,. 



21 

B tornáronse á Castilla, e cuando fueron tornados, sopólo Abe- 
yuQaf, e pesóle mucho, e con pesar que ovo dellos, tomó las car- 
4;as que le avian embiado los ricos ornes, e embiólas al rey don 
Alonso, e el rey guardólas e non dixo nada á ninguno. E Abe- 
yuqaf pasó luego la mar e comen<jó á facer mucho mal. E el rey 
don Alonso era en Burgos cuando pasó AbeyuQaf á estragar la 
iierra del Andalucía. E acordaron los del Andalucía de lo embiar 
decir al rej-^. E embiaron de Sevilla al abad de Sant Salvador, e él 
llegó á Burgos, e dixo á los ricos ornes en cómo pasó Abeyuqaf 
con gran poder, e non osaua nenguno decírgelo al rey, e decían 
quién gelo diría. E dixo don Juan Nuñez: — Yo gelo diré. E di- 
xeron todos: — Pues decídgelo. E dixo al rey: — Muchos moros pa- 
saron la mar. E el rey calló e fizo que no oía. E don Juan Nuñez 
■díxogelo otra vez. E él paróse e tornó el rostro contra él e dixo: — 
Non pasaron tantos por cuantos embió vuestro padre e fuestes vos. 
E desto pesó mucho á los ricos omes, porque ellos cuidauan que 
el rey non sabia nada de aquellas cartas nin de lo que embiaron 
decir al rey Abeyugaf; e ovieron muy grand vergüenpa, e por esto 
nunca jamás osaron los ricos otnes demandar los fueros que de- 
mandauan, nin el infante don Felipe lo que demandan a al rey don 
Alonso, su hermano. E estonce mandó el rey á don Ñuño que se 
viniese á la frontera por adelantado, e cuando fué ido, embió el 
jey cartas á todas las villas e fortaleoas, que non lo acogesen. E 
don Ñuño fuese para Ecija, e veno al poder de Abeyu(jaf, e salió 
á ellos don Ñuño, e matáronlo cerca de una cabera que dicen ago- 
ra los cristianos Sant Cristóbal. E mataron y de los de Ecija e de 
la tierra en derredor, e murieron de los ricos omes Eerrand Roys, 
su hermano; e Diego Elores escapó, que era mo<jo, e metióse en 
Ecija, que se pararon á las puertas de la villa e la defendieron. E 
aaurió este don Ñuño por una palabra que dixo un peón, que él 
i^ueria ante dar al arcfobispo de Toledo, don Sancho, que era fijo 
del rey de Aragón, que venia en su ayuda con muy grand poder 
de cauallería e de peonaje, ca venia con él el concejo de Córdoua, 
e de Ubeda, e de Baeza. E dixo don Ñuño: — Atendamos al arzo- 
bispo e aya su parte desta onrra, que merécela. E dixo un peón: 
— Aya la honra don Ñuño. E oyólo un cauallero de sus vasallos, e 



22 

dixo á don Ñuño: — Vedes que dicen aquellos peones, que aya la 
honra don Ñuño. E estonce don Ñuño mandó mover el pendón 
contra los moros e subió encima del "Viso, e dio en la delantera de- 
llos, e desbaratáronse e ficiéronse los moros dos partes: la una 
que fincaua atrás, dio á la zaga de los cristianos; e dixeron á don 
Ñuño: — Los moros dan en la zaga. E él mandó tornar el pendón, e 
los moros dixeron: — Fuyen los cristianos. E los unos dieron en la 
zaga e los otros entre él e la villa, e asi murieron todos. E desta 
mesma manera murió el arzobispo de Toledo, don Sancho, fijo del 
rey de Aragón, quel andana por el Andalucía por facer servicio á 
Dios. E salió de Quesada, que era suya, e iba á Jaén, e topó con 
los moros que salían de correr tierra de cristianos. E los adalides 
le dixeron: — Vedes los moros? E él cuando los vio, mandó al que 
leuaba la cruz que fuese á la delantera de los moros. E él fué to- 
mar la delantera e non quiso atender la gente. E los moros mata- 
ron al arzobispo con grand gente; e el infante don Fernando de 
la Cerda que fincaba en Castilla por rey e Señor, cuando le dixe- 
ron estas nuevas destos ornes nobles que eran muertos, que los 
mataron los moros, embió por todas las tierras de los réjanos, e 
allegáronse grandes gentes, e guisóse para venir á la frontera, e 
él iba a facer servicio á Dios, non quiso Dios que lo acauase, e 
adolesció en el camino. E con todo esto, él non dejaua de ir, e 
llegó á Villarreal e afincóle el mal, e murió y en Villarreal. Dios 
le haya merced al alma. Amén. 

CAPITULO CCXLI. 

DE LO QUE FIZO EL INFANTE DON SANCHO EN LA VEGA 
DE GRANADA. • 

Cuando el rey don Alonso entró en la Vega de Granada, llevó 
consigo todos sus fijos, e el infante don Sancho, que era el mayor 
e el mejor, e entraron por la Vega fasta que llegaron á Granada, 
una cabeqa á que decían Avíezín (1) la cual agora han metido en 
la cerca del muro de la villa, que estonce non era así. 



(1) Al margen.— Dg mano de Zurita: Alhayzin. 



23 

E los moros que salian de la villa, paráuause en la cabega, e el 
infante don Sancho vio los moros allí estar, e dixo: — Aquellos 
moros, cómo están allí? E dixéronle: — Señor, allí se paran ellos 
siempre, que aquel lugar es tanto como en la villa. E el infante 
embió por un rey de Granado que avian desfecho cuando ficieroa 
rey á Alhamar, rey de Arjona, e era de los de Escaliuela, e an- 
dana con el rey don Alonso faciendo mal á los moros; e díxole el 
infante don Sancho: — Aquel lugar en que está aquel poder de los 
moros, qué lugar es? E díxole el moro: — Aquel lugar era donde 
se paran siempre los de la villa, e cuando quieren facer espolona- 
da, de allí la facen, e allí se acogen cuando tornan. E dixo el in- 
fante don Sancho: — Pues aquel lugar tomemos nos e fagamos á 
ellos lo que cuidan facer á nos. E dixo aquel moro: — A muchos 
cristianos muy fuerte es de tomar. E dixo el infante: — Fuerte ó 
flaco, á tomar es. Estonce el infante mando mover su pendón, e 
fué tomar la cabera á los moros, e mataron muchos dellos, e mu- 
rieron muchos cristianos. E el poder de Granada cuando vieron- 
que el infante estaua en la cabeca, e non le podían acorrer los de 
su hueste, allegáronse de pie e de cauallo mucha ballestería, e cer- 
caron aquel lugar, e matando en los moros, e los moros en ellos, 
llegóse al infante aquel moro que avia seydo rey de Granada, e 
dixo: — Señor, salid vos de aquí, que el poder de los moros es gran- 
de, e á vos non vos pueden acorrer los de la hueste. E dixo el in- 
fante: — Id allá, que más vale bien morir que mal vevir. E el moro 
dixo: — Pues quiero ir decir al rey que vos acorra. E el moro ftié 
al padre, e díxole: — Señor, si non acorredes al infante don San- 
cho, muerto es, que lo tiene cercado todo el poder de Granada. E 
yo díxele que se saliese, e él díxome que más valia bien morir que 
mal vevir. E dixo el rey á don Gonzalo de Aguilar: — Id al infan- 
te e decidle que se salga, e que non quiera morir, e que todo lo 
que quisiere acabará. E don Gonzalo fué allá, e fizo mucho por 
llegar al cabeqo do estaua el infante, E los moros cercáronlo, e 
matáronlo allí, que non pudo decir nada al infante. E cuando don 
Gonzalo fué ido, dixo el rey esta palabra que oyeron muchos de 
Castilla e de León. E la palabra fué ésta: — Malo sería don San- 
cho de desfacer. Cuantos esta palabra oyeron, decían que todo lo 



24 

que facia don Sancho era por consejo del rey. E estudo el infante 
don Sancho en aquella cabeoa todo el dia fasta la noche, faciendo 
tanto, que Castilla e León se maravillaron cómo dende salió vivo. 
E (ie allí se pagaron las gentes del atanto, que dixeran que era 
para ser rey de Castilla e de León. 

CAPITULO CCXLII. 

DE CÓMO SE ALOÓ EL INFANTE DON SANCHO CONTRA EL REY 
DON ALONSO, SU PADRE. 

Esto así fecho, luego que salieron de allí, luego le dio á Córdo- 
ua Ferrand Muñoz que tenia el alcaqar por el rey don Alonso, e 
luego se algo con toda la tierra, e todos los concejos, e todas las 
más cibdades del reyno se alearon con él, fasta que toda la tieiTa 
lo acató por Señor, como quiera que nunca se llamó rey, fasta que 
su padre murió. 

E todo esto fizo él, porque non entrasen los franceses en la tier- 
ra, e fincó el rey don Alonso, su padre, desheredado, que non tovo 
con él si non Sevilla tan solamente, e todo lo al era con el infante 
au fijo, don Sancho, e aun las Ordenes con él tovieron, si non fue- 
ron muy pocos freyles que tovieron con el re}'. E veyéndose el rey 
don Alonso muy desamparado, dixo á los arcobispos e á los obis- 
'pos que metiesen paz entre él e su fijo, el infante don Sancho, e 
ellos en lugar de meter paz, metieron y más mal e más discordia. 

E el rey don Alonso cuando se vido desapoderado e pobre, me- 
;tióse en Sevilla, que non le fincaua más, e cantaua e decía así: 

Yo sally de mi tierra — para Dios servir, 
e perdí cuanto avia — desde Enero fasta Abril, 
e todo el reyno de Castilla — fasta Guadalquivir. 
E los obispos e perlados — cuydé que meterían paz; 
mas ellos dexaron esto — e metieron mal asaz 
entre mí e mis fijos — como en derecho non yaz; 
non á escuso, mas á voces — como el añafil faz. 
Fallesciéronine amigos — e parientes que yo avia, 
con avcres, e con cuerpos, — e con su cauallería. 



25 

Ayúdeme Jesucristo — e la Virgen Santa María, 

que á ellos me acomiendo — de noche e de día. 

Non he más á quien lo diga — nin á quien me querellar, 

pues lo.s amigos que yo avia — non me osan ayudar, 

que con miedo de don Sancho — desamparado me han. 

Non me desampare Dios — cuando por mi embiare. 

Ya yo oi otras veces — de otro rey contar, 

que con desamparo se ovo — de meter en alta mar, 

á morir en las ondas — ó en las aventuras buscar. 

Apolonio fué aqueste — e yo faré otro tal. 

E el rey don Alonso diciendo esto, e otras cosas muchas, coa 
gran pobreza, embió la su corona al rey Abeyuqaf de alien la 
mar, que le prestase sobre ella algo. E el rey Abeyuqaf cuando 
vio la corona del rey, dolióse del, e prestóle sesenta mil doblas de 
oro. E de mientra embió la su corona alien la mar, mandó facer 
en Sevilla una galea negra en que se fuese á perder á la ora 
quel llegase el aver de la corona. E el rey Abeyu^af cuando vido 
la corona, mostróla á los nobles moros, e ellos cuando la vieron, 
dixeron que non faria tal cosa nin tal nobleza, si non orne noble. 
E dixo:— Este es rey de Castilla, e halo desheredado su fijo. E dixo: 
— Viéneme á coraqon de ille ayudar que cobre su reyno. E dixe- 
ron los onrrados de los moros: — Señor: pues que tú has de ir á fa- 
cer algasu en los cristianos, así lo farás en ellos, e farás ayuda á 
tu amigo, e ayudarle has á cobrar su reyno. E Abeyu(jaf embióle 
las sesenta mil doblas, e embió con ellas cuatro caualleros, e em- 
bióle decir con ellos que le iria ayudar á cobrar su reyno si qui- 
siese. E embiógelo gradescer mucho, e dixo: que le viniese ayu- 
dar á cobrar su rej'no, e él que le quería ayudar en todas las co- 
sas que él mandase. E estonce el rey Abeyuqaf mandó guisar loa 
marineros e pasó luego la mar, e lleuó muy grandes poderes de 
cauallerias, e fué á ver al rey don Alonso. 



26 



CAPITULO CCXLIII. 

DE CÓMO EL KEY MORO ABEYUQAP VENO AYUDAR AL REY 
DON ALONSO. 

Cuando el rey Abeyuqaf pasó la mar, embió decir al rey don 
Alonso á Sevilla en cómo era en Algecira, e que quería atravesar 
por tierra de Granada contra do él quisiese que le fuese ayudar. 
E esto facia él porque estaua con el rey de Granada mal quisto, e 
que queria antes destruir su tierra que non la del rey don Alon- 
so. E cuando los mandaderos llegaron á Sevilla, plogo mucho al 
rey don Alonso, porque era cierto del rey Abeyugaf que le venia 
ayudar, e embióle decir que él se quería ver con él donde él tu- 
viese por bien. E los mensajeros idos, pedricó el rey don Alonso 
en Sevilla en Santa María, e dixo en la pedricacion; — Amigos, 
vedes aquí á qué so venido, que por forza he de ser amigo de mis 
enemigos, e enemigo de mis amigos. Esto sabe Dios que non pla- 
ce mí. E sabed que he puesto mi amor con el rey de los moros, e 
vome á ver con él donde Dios toviere por bien. E mandó guisar 
sus gentes, e envió sus adalides al rey Abeyuqaf que lo guisa- 
sen contra Córdoba, e viniesen á él cuando fuesen cerca. E los 
adalides fueron á él, e dexáronlo que atravesaua por tierra de 
moros, e vinieron al rey don Alonso los adalides, e el rey salió 
contra él, e fallaron los mandaderos del rey don Alonso á Abeyu- 
(;af en Zahara, e dixéronle en cómo venia el rey don Alonso. E 
AbeyuQaf mandó caualgar á Benamarin, e mandó sacar una tien- 
da muy noble e muy grande, e mandó facer dos estrados con mu- 
cha rica ropa de oro, e de seda, e en derredor de la tienda muchos 
alhamares e buenos, e vieron al rey don Alonso venir así como á 
un amigo. E mandó Abeyuqaf á Benamarin, e á todos los moros 
currados que besasen al rey don Alonso la rodilla, así como es 
costumbre de los moros, e embió Abeyugaf por Alonso Fernan- 
dez Cebollilla, e por don Alonso Pérez de Guzman, que eran sus 
vasallos, que venían de alien la mar con él, e mandóles que cuan- 
do viesen al rey don Alonso, que gelo mostrasen á él e á los mari- 
neros. E quando llegó el tropel de la cauallería del rey don Alón- 



27 

se cerca de la tienda, salió el rey don Alonso delante, e fincó el 
tropel, e dixeron Alonso Fernandez e don Alonso Pérez de Gnz- 
man al rey Abeyugaf: — Señor, este es el rey don Alonso. E mien- 
tras le besaron el pié, todavia estudo el rey Abeyuoaf en pié, e la 
mano en una cuerda de la tienda. E cuando los marinos ovieron 
todos besado el pié al rey don Alonso, quiso él allí descaualgar, 
mas mandó Abeyugaf Abdelat que le dixese que non descaualgase 
fasta dentro en la tienda. E llegáronse al rey don Alonso, Alonso 
Fernandez Cebollilla, e don Alonso Pérez de Guzmún , e Abdelat 
que era trujamán, e dixéronle que non descaualgase fasta dentro 
en la tienda. E descaualgó á la puerta de la tienda á do estaua el 
rey Abeyuqaf parado en pié, e descaualgó el rey don Alonso, e 
apartáronse amos los rej'es, reyendo e alegres, e tomáronse por 
las manos, e fuéronse á posar. E poso el rey Abeyugaf al rey don 
Alonso en el estrado más alto e más onrrado, e él posóse en el 
más bajo. E el rey don Alonso levantóse e travo con él que se po- 
sase con él en el estrado más alto. E dixo Abeyugaf: — Posa tú, 
que eres de abenicio mundo, e yo solo de agora, que me lo di6 
Dios. E dixo el rey don Alonso: — Non dio Dios nobleza si non á 
los nobles, nin da onrra e reyno si non á los onrrados, nin da 
reyno si non á los que lo merescen. E así dióte Dios reyno porque 
lo meresces. E dixo Abeyucaf á los moros que grande era la no- 
bleza del rey don Alonso. E pusieron su amor muy bueno e muy 
firme. E fablaron allí amos de muchas cosas. E su amor puesto, e 
despidióse el rey don Alonso de Abeyuqaf. E dixo Abeyuoaf al 
rey don Alonso: — Dadme un adalid que me Heve por la tierra que 
te non obedescen, e destroirla he; e faré que te obedescan, e á la 
que te obedesce, que le non fagan mal nin daño. E estonce dióle 
el rey don Alonso un adalid de Carmena que fuese con él, e man- 
dó que los levase por do entendiese que más poco daño farian. E 
tornóse el rey don Alonso para Sevilla á guisar su hueste en cómo 
saliese con Abeyuqaf. E Abeyuoaf fuese luego, e llegó á Osuna, 
e ovieron que le non podían empescer. Pasaron por ella, e fueron 
á combatir á Estepa un día todo, e non pudieron y facer nada, si 
non que rescibieron daño. E mandó Abeyuqaf otro dia rehalar, e 
fué posar cerca Ecija, e atendió allí á las cauallerías que avia em- 



28 

biado á correr por toda la tierra. E cuando Abeyucaf movió de 
Zahara, embió su sobrino Amir con tres mil cauallos que fuesen 
correr á Castro. E iba con ellos don Alonso Pérez de Gruzman, o 
el adalid dixo á don Alonso Pérez: — Si ymos á Castro, están segu- 
ros que quieren obedescer, e farán grand daño en ellos estos mo- 
ros. E dixo Alonso Pérez: — Llevadnos á otro lugar do non faga- 
mos tan grand daño. E el adalid levólos á Córdoua, e cuando 
anianesció, fc^lláronse los moros cerca de Córdoua, e dixeron los 
moros: — Amir, señor, cata que esta es Córdoua, e está Sanchon 
en ella, e agora será aquí con nos. E Amir embió por el adalid, 
e díxole ¿Cómo embió nos nuestro señor AbeyuQaf á Castro, e tú 
troxístenos á Córdoua? Tú non andas con bien. E dixo el adalid: — 
Señor, non sería onrra de nuestre señor Abeyufjaf nia de tan no- 
ble cauallería de ir acorrer á un astroso lugar en que non fallare- 
des nada; mas yo vos troxe aquí á sabiendas porque levásedes 
carne para nuestro Señor el rey. E dixo Amir; — Si Sanchon está 
ahí, non nos dexará levar carne. E ya quisiese Dios que fuéremos 
ydos en salvo. E dixo el adalid: — Señor, non es aquí Sanchon. 
Estonce dixo Amir que era bueno el adalid, e agradesciógelo mu- 
cho lo que dixera e lo que ficiera. E estonce mandó ir á las alga- 
radas á todas partes, e derramaron como los diablos así iban 
aquellos polvos. E corrieron toda la tierra, e quiso Dios que non 
fallaron nada en que ficiesen daño, salvo unas pocas de vacas que 
truxeron de allende de la sierra, e tornáronse á la hueste de Abe- 
yucaf, que habia pasado cerca de Ecija el río arriba de Guadaxenil 
cuanto legua y media de la villa. E allí llegó Amir cuando vino de 
correr á Córdoua e contáronle todo como pasaron, e plógole mucho 
de lo quel ficiera el adalid. E allí le vinieron nuevas en cómo ve- 
nia el re}' don Alonso de Sevilla, con su hueste, e mandó á Aben- 
marin caualgar e salirlo á rescebir allá ayuso aquellos visos de 
Ecija. E posaron amos los reyes en uno bien un mes la una 
hueste cerca de la otra, cuanto un mijero, como quier que todos 
comprauau e vendían en uno. E posaua Abeyuqaf el rio arriba, e 
el rey don Alonso el rio ayuso. E esto fué en Castro, ribera de 
Guadaxox; e el rey don Alonso cuando llegó á Ecija non entró en 
la villa, que luego pasó por la puente. E fué por el camino de la 



29 

Parrilla e allí fablaron amos cómo farian. E fuese Abeyugaf e lle- 
gó á Castro, e fizo mucho mal, como quier que rescibió grand 
daño. E luego llegó el rey don Alonso á Castro e estado y cuatro 
dias, e al quinto dia caualgó el rey don Alonso e el rey Abeyucaf, 
e fueron contra Castro, e luego salió el concejo á obedescer al rey 
don Alonso, e fincaron los j'nojos en tierra llorando de los ojos; 
así lo obedescieron los do Castro. E movieron luego dende, e fue- 
ron posar en un lugar que es entre Castro e Córdoua, á dos le- 
guas, que dicen Teba. E allí moraron los reyes bien un mes. E 
dende fueron amos los reyes á Córdoua, e llegaron con ellos aque- 
llos moros que fueron en Algasu. E un dia antes que los reyes 
moviesen de Teba, llegó y un moro que era el que truxera con- 
sigo cien veces mil omes de cauallo e de pié; e decían á este moro 
Alhage Caharan, e iba en Algaza. E este moro luego que llegó á 
Abeyugaf, dixole: — Rey: cómo tú non dexiste á los moros que ve- 
niste en Algasu? E él dixo: — Sí, pues, dixo el, qué detienen aquí 
estos cristianos, que yo sé muy bien que si tú matas estos cris- 
tianos que aquí están con este su rey, que toda la tierra es gana- 
da. E calló Abeyuqaf. E esto fuéronlo á decir al rey don Alonso. 
E otro dia avian de mover de aquel lugar, e de la media noche 
ayuso mandó el rey don Alonso que se armasen todos. E alli dice 
que fizo tanta cauallería e tanta de gente, que cuidaron los moros 
que les faria alguna traición. E llegaron todos en uno fasta Cór- 
doua, e mandó el rey don Alonso que llegasen el su pendón á las 
puertas de Córdoua, e llegaron á aquel cortijo que es de aquel cabo 
de la puente con el pendón, e preguntaron aquéllos que lleuauan 
el pendón, si era alli Perrand Martínez, e dixéronles: — Sí. E lue- 
go paresció Ferrand Martínez entre las almenas, e dixéronle los 
que traían el pendón:— Ferrand Martínez, conoscedes vos este pen- 
dón? E dixo él: — Si conosco, que es de nuestro Señor el rey don 
Alonso. E dixeron ellos: — Pues él vos embia decir que le dedes á 
Córdoua, que bien sabedes vos que él vos fizo cauallero e vos la 
dio. E dixo él: — Decid vos al rey don Alonso que otro Señor te- 
nemos en Córdoua. E dixeron ellos: — Quién es ese? E dixo él: — A 
don Sancho que llegó aun agora. Estonce los que lleuaron el pen- 
dón, embiaron un cauallero al rey don Alonso, en cómo sopiese 



30 

que era en Córdoua el infante don Sancho. E cuando lo dixeron 
1 rey, pesóle mucho dello. E cuando Abeyugaf vido venir al ca- 
uallero que fuera con el pendón e que fincara allá el pendón, cui- 
dó que venia con buenas nuevas, e embió á Alonso Pérez e al Tru- 
jamán al rey don Alonso, que le embiase decir qué nuevas avia 
tenido. E él embióle decir que don Sancho era en Córdoua. E em- 
bióle Abeyueaf á decir que qué tenia en talante de facer, si le 
queria da,r la villa ó non. E el rey don Alonso embióle á decir 
que por tirar sospechas, que lo embiase él á saber. E Abeyueaf 
embió á Córdoua á don Alonso Pérez de Guzmán e al Trujamán, 
e entraron á don Sancho e dixéroule en cómo le embiaba á rogar 
el rey Abeyugaf que catase lo que cataron siempre aquéllos don- 
de él venia, e que no se alease contra su padre, e que le tornase 
su tierra. E en tanto que estos mensajeros fablaban con don San- 
cho, llegáronse los marinos á las barreras, e mataron una pieza 
de los peones, e llegaron á don Sancho estas nuevas. E dixo don 
Sandio á los mensajeros de Abeyugaf: — E cómo vosotros con este 
mensaje me venistes, que me matan los moros las gentes? E non 
sé quién me detiene que vos non mandó langar por cima del adar- 
ve á fuera de la villa; mas idvos agora de aquí, e non estedes aquí 
más. E ellos fuéronse, e cuando fueron fuera, decían: — Nunca 
nos dio Dios aquí más meta. E así se fueron sin nenguna res- 
puesta de lo porque iban. E pesó dello mucho á Abeyueaf, e em- 
bió á decir al rey don Alonso otra vez que qué queria que ficiesen. 
E embió decir que mandase correr la tierra. E luego embió las 
algaras por toda la tierra en derredor, e i"obáronla e astragáron- 
la. E llegaron los moros de aquella vez fasta Consuegra. E Abe- 
yugaf pasó por el puerto del Muladal, e pasó el campo de Montiel, 
6 de allí embió las algaras por todas las tierras, e robaron e as- 
tragaron, e quemaron cuanto fallaron, e tornóse el rey don Alon- 
so para Sevilla. E Abeyueaf andando por aquella tierra de vagar 
que nunca falló quien le dijese nada. E cuando salió leuaba tan- 
tas de vacas, que el mundo cobrian. E destas vacas llevó Abeyu- 
t,'af alien la mar, e fizo dellas grandes cabanas, porque las vacas 
de alien la mar non son tan manas como estas desta tierra, si 
non menores e muy más pequeñas. 



31 

CAPITULO CCXLIV. 

DE CÓMO EL REY DON ALONSO SE FUÉ A VER CON ABEYÜQAF. 

Después que el rey Abeyu9af corrió la tierra e robó á su volun- 
tad, mandó pasar el ganado á su paso, porque non se le perdiese 
por el puerto de Caoasen, e venóse muy paso e fué pasar cerca de 
Ecija e en ribera de Gruadaxenil, e de allí embió sus mandaderos 
¿ Sevilla al vey don Alonso, que se queria ir ver con él ante que 
se fuese para su tierra. E el rey don Alonso rescibió bien los men- 
sajeros e fizóles mucha onrra, e preguntóles do era Abeyuqaf; e 
ellos le dixeron que lo dexaran cerca de Ecija, e que posara en ri- 
bera de Guadexenil. E el rey don Alonso mandó guisar su gente 
que fuesen con él, e guisáronse, e salió de Sevilla, e fué para Eci- 
ja, e pasó por ella e non entró en la villa, ante mandó poner su 
hueste cerca de la de Abeyucaf. E díxole Abeyugaf cómo era ve- 
nido el re}'^ don Alonso, e plógole mucho, e quísole ir ver, e por- 
que era ya noche, dexólo fasta en la mañana. E el rey don Alon- 
so que mandaua fincar sus tiendas, embiáronle decir de la hueste 
de AbeyuQaf que parase mientes en su facienda, que por cierto 
que lo queria tomar Abeyuqaf á traición. E el rey don Alonso, 
como era noche, mandó luego dar cebada, e cuando ovieron las 
bestias comido la cebada, mandó caualgar á su gente, e andudie- 
ron toda la noche, e amanescióles cerca de Ecija, e embió el rey 
don Alonso por el moro Mandil, fijo de Abeyuqaf, e díxole en 
cómo el rey, su padre, Abeyuqaf, le queria facer maldat. E díxo- 
le Mandil: — Señor: non creades que mi padre tal cosa ficiese por 
nenguna manera. E cuando esto sopo el rey Abeyugaf, tomó muy 
grand pesar por ello, e dixo: — Por Dios, si yo sóplese quién tal 
cosa dixo ó lo embió á decir, bien le podría decir que avia fecho 
mal; e sospecharon que lo dixera don Alonso Pérez de Guzman, e 
teníale saña Abeyu(?af, fasta que se salvó, que lo mandaua echar 
en la cárcel de Marruecos, e avia jurado de lo nunca sacar; mas, 
don Alonso Pérez fuese á echar á sus pies, e salvóse, e el rey non 
le fizo mal. E fuese el rey don Alonso á Sevilla e non se vido más 
con Abeyucaf; e á cabo de un mes, embió Abeynqaf al rey don 



32 

Alonso que le embiase ayuda, que quería andar por tierra del rey- 
de Granada. E el rey embióle nuevecientos cauallos, e embió por 
cabdillos dellos á don Fernand Pérez Ponce, como quier que iba 
y don Juan Fernandez, e don Pedro Fernandez, su hermano, que- 
eran los batisalas, e otros buenos caualleros; pero non avia otro 
tan bueno. E saliéronse de Sevilla e fuéronse á Granada, e fallan 
ron al rey Abeyu<jaf cerca Ronda, e plógole mucho con ellos, e 
fuese facia Málaga, e allí mandó dar pagas á los cristianos, e dié- 
ronles doblas. E después que ovieron tomado las doblas, dixeron 
á don Fernand Pérez Ponce en cómo el rey Abeyucaf los quería 
levar á los cristianos alien la mar, e pesóle mucho. E dixo: — 
Esto será como Dios quisiere; e esto era ya tarde cuando gelo di- 
xeron; e veno la noche, e mandó que de la media noche adelante, 
que se armasen e que cargasen las acémilas, e los cristianos ficié- 
ronlo así. E cuando amáneselo, pararon mientes los moros e vie- 
ron cómo se iban los cristianos. E el rey Abeyucaf embióles decir 
que le diesen lo suyo e que se fuesen á buena ventura, que pues 
mal servían á su señor, que á él non le servirían bien, que días 
avia que los castellanos lo avían por costumbre de ser soberbios e 
servir mal á su señor, e que si non fuese por non facer pesar al rey 
don Alonso, su hermano, que les él ficiera que nin á él nin á otro 
nunca servíesen bien nin mal, e que se fuesen cuando quisiesen. 
E don Fernand Pérez Ponce cojo todo el aver de los cristianos, e 
embiógelo, e fuéronse ellos así á ojo de Abeyuqaf e de Benama- 
ryn. Ellos querían ir á Sevilla, e acordaron al. E dixo: — Cómo 
iremos ante el rey don Alonso, que nos embió que sirviésemoe á 
este rey, e nos irnos desavenidos del, e BÍn su mandado? E él que 
se avrá embiado á querellar de nos, e á decir mal, pues cómo ire- 
mos antel rey e esnos muy grand vergüenza? E dixo don Fernand 
Pérez Ponce: — Oy prometo á Dios que non querría ser nascido; 
pero acordemos en lo mejor que pudiéremos. E acordaron que fue- 
sen á Córdoua, que non era y don Sancho, e que fablarían con 
ornes buenos que diesen la villa al rey, e acordaron todos en esto. E 
tomaron camino de Córdoua, e en Córdoua eran allegados los con- 
cejos de muchas villas, e ellos non sabían dello nada, que estaña y 
el concejo de (Ramera, e el de Toledo, e el de Coca, e el de Toro, e 



33 

el de Alba, e el de Medina, e el de Salamanca, sin otras gentes 
muchas de las aldeas, que non podia orne contar. E de todas estas 
gentes non sabia nada don Fernand Pérez Ponce, nin los que con 
él venian. E los ricos ornes que veuian con él, don Juan Fernan- 
dez, batisala, e don Ruy Fernandez, su hermano, e don Juan 
Fernandez de Valdenebro, e otros muchos buenos caualleros de 
la mesnada del rey don Alonso, e llegaron á Córdoua, e cuando 
llegaron, erabiaron decir que querian fablar con ellos de su pro e 
mucho de su onrra. E los de Córdoua embiáronles decir que los 
atendiesen un po';o, e ellos saldrian á fablar con ellos. E don Fer- 
nand Pérez Ponce e todos los que con él venian, cuidaron que lo 
decian con bien, e mandaron fincar las tiendas e asentar la hues- 
te. E un cauallero de los de la hueste fincara atrás cansado, e 
daua de pacer á su cauallo; e él estando asi, paró mientes contra 
la villa e vido venir todo el mundo de gentes, e muy bien arma- 
dos, e tantos pendones, que todo el mundo cuidó que era allí. E 
caualgó e llegóse á un cauallero, e díxole: — A dó va toda esta, 
gente? E dixo el otro cauallero: — Van á matará todos aquellos de 
aquella hueste. E el cauallero cuando aquello oyó, puso las es- 
puelas al cauallo e comenqó á decir á muy grandes voces á los 
del rey: — Caualgad e armadvos. E estonce salieron los de la 
hueste e armáronse, e caualgaron, e comentaron de ir contra 
ellos muy paso; e los otros eran muchos, que eran bien diez mil 
omes á cauallo, e más de cien veces mil omes á pié, e estos del 
real eran por todos nueuecientos omes de cauallo; e venian de 
Córdoua las mujeres en brazos, con sogas para atar á los que avian 
de captivar sus maridos. E cuando se llegauan á la facienda, díxo 
don Fernand Pérez Ponce á un cauallero que decian don Arias 
Diaz de Fuente Encalada: — Don Arias Diaz: ruégovos que acab- 
dilledes estas faces. E dixo don Arias Diaz: — Non mande Dios, 
cuando están tantos e tan buenos como aquí estados, que yo acab- 
dillase las faces. E dixeron todos: — Antus vos rogamos por vues- 
tra mesura que lo fagades. E el cauallero estonce ordenó las faces,, 
e díxoles así: — Señores: si vos queredea el dia de oy ser onrra- 
dos, este nuestro tropel vaya luego ferir en aquella su espesura; 
que vedes que son muchos, non valen una arveja. E así como lo 
Tomo CVI. 3 



34 

él mandó, asi lo ficieron; e así como les él mostró, e non iba él 
atrás. E dixo el gran comendador del Temple que se acertó y: — De- 
mos en la espesura de los pendones. Estas otras haces que nos 
cercan por las espaldas, qué les faremos? £ dixo don Arias Diaz: 
A la ora que aquellos pendones sean en tierra, á tal ora se ma- 
tarán unos con otros por foj^r. E así como don Arias lo mandó, 
así lo ficieron, e fueron ferir en la espesura de los pondones. E der- 
riuáranlos luego e fueron luego desuaratados. Así como cayeron 
los pendones, que Ferrand Enriquez que era su cabdillo, luego 
fuyó, e mataron á Eerrand Martínez, e comengarou luego á ferir 
cada uno por su parte á do podía. E don Juan Fernandez batisa- 
la, e don Ruy Fernandez, su hermano, facían muy grand daño 
en ellos, que matauan muchos, á tanto, fasta que les dixo don 
Fernand Pérez Ponce: — Ah, varones, asaz ay que aún los avremos 
menester. E por todo eso, non dexauan de facer en ellos cuanto 
podían. E esto facían ellos porque mataron en Córdoua á su pa- 
dre por una novia que tomara del tálamo; e por ello agora ven- 
gáronse cuanto podían, e duróles el alcance fasta las puertas de 
Córdoua. E todas las señas de los concejos, e la cabeya de Fer- 
nand Muñoz, e el escudo de Fernand Enriquez, lleuaron todo á 
Sevilla, e las señas pusieron en la yglesia de Santa María. E la 
cabera de Fernand Martínez, e el escudo de Fernand Enriquez, 
mandó el rey don Alonso poner: la cabera en el tablado de Sant 
Francisco, e el escudo mandó quemar. E así entraron estos bue- 
nos omes en Sevilla, e fueron muy bien rescebidos del rey don 
Alonso que les fizo mucha onrra. E llegaron estas nuevas al in- 
fante don Sancho de cómo era su gente desuaratada. E dixo el 
infante don Sancho: — Quién les maudaua á ellos salir contra el 
pendón de mi padre? E bien sabían ellos que non salgo yo á él, 
nin vo contra él, mas estoviesen quedos en la villa, que yo non 
quiero lidiar con mi padre, mas quiero tomar el rey no para mi, 
que es mío, e porque lo él quiere dar á los franceses, por eso lo 
quiero yo tomar. E ando por la tierra, e llegáronse muchas gen- 
tes á él, e venóse para Córdoua con muy grand saña contra todos 
aquéllos que salieran contra el pendón de su padre, e decía que si 
vivo fallase á Fernand Muñoz, que lo ficiera quemar ó cocer en 



35 

una caldera (1) porque saliera de la villa á lidiar con Fernand 
Pérez Ponce, e más con el pendón de su padre, el rey don Alon- 
so. E él que se iba para el Andalucía, dixeron al rey don Alonso 
en cómo venia don Sancho, e preguntó por cuál camino venia, e 
dixéronle que lo dexauan en el Puente de Alcolea. E él salió de 
Sevilla con poca gente, e fuese para Constantina, e él estando en 
Constantina, llegó el infante don Sancho á Guadalcanal, e cuan- 
do le dixeron que su padre el rey don Alonso era en Constantina, 
dixo mucho mal aquéllos que allí lo avian traído. E tornóse luego 
contra dende, fuj'endo de su padre, e denostando aquéllos que lo 
avian tanto llegado á su padre; e allí juró ante todos cuantos bue- 
nos allí estañan que nunca se llegaría con cinco leguas á dó él 
estudíese. E allí se partieron de don Sancho, don Juan el infante, 
su hermano, e don Alvaro, fijo de don Juan Nuñez, e viniéron- 
se para el rey don Alonso á Sevilla. E cuando al rey dixeron en 
cómo el infante don Sancho se tornara, e en cómo juró tal jura, 
covaenqb de llorar, e en llorando dixo así: — Sancho, que tan caro 
me cuesta el tu amor! E tornóse para Sevilla el rey don Alonso, 
e el infante don Juan, su fijo, e don Alvaro con él. 

CAPITULO CCXLV. 

DE CÓMO EL REY DON ALONSO, YENDO VER AL REY DON SANCHO, 
SU FIJO, MURIÓ EN EL CAMINO. 

Estando el rey don Alonso en Sevilla, embiáronle decir cómo 
facia mucho mal un fraile que estaua en Mérida, que era de la 
Orden de Santiago, e cómo tomara voz por el infante don Sancho; 
e el rey don Alonso embió allá á su fijo don Juan, e á don Ferrand 



(1) {Al margen, de mano de Zurita). Este castigo de cocer los hombres 
hallo en anales antiguos que le mandó ejecutar el rey don Fernando, 
el que conquistó á Córdoba y á Sevilla, y el rey don Pedro, como pa- 
rece por su historia, y asi se escribe por algún autor moderno que el 
rey don Alonso de Aragón, marido de la reina doña Urraca, lo mandó 
ejecutar en algunos vecinos de Avila, y que desde entonces se llamaron 
Las Fervencias (*). Lo del rey don Fernando fué en la ciudad de Toledo. 



(*) Las Herencias? 



36 

Pérez Ponce, e á don Alvaro, e á don Juan, batisala, que fuesen 
sobre Mérida e que llevasen toda la mesnada, e ellos fueron sobre 
ella, e á cabo de ocho dias que y llegaron, entraron la villa, e la 
gente metióse en el alcázar, e tomáronles en la villa cuanto avian, 
e los fijos e las mujeres. E ellos asy estando encerrados en el alcázar 
e combatiéndoles de cada dia, dixeron los del concejo al Comenda- 
dor que les ficiese alguna pleytesía; sy non, que ellos que non po- 
dian más estar, que avian perdido cuanto avian, e las mujeres, e 
los fijos, e que querían catar manera cómo se pudiesen cobrar; e el 
Comendador vido sus intenciones, e díxoles que atendiesen fasta 
otro dia e que les respondería. E otro dia el cauallero armóse e 
paróse á la puerta del castillo, e allí lo mataron, e luego que fué 
muerto, dieron los vecinos el alcáqar al infante don Juan, e él 
entró en él e lo tenia por suyo. E de allí destroia don Juan e los 
otros la tierra de enderredor que era de parte de don Sancho. E 
los de la tierra embiáronlo á decir á don Sancho que los acorriese. 
E él cuando lo sopo, fué allá á más andar, e sópelo el infante don 
Juan, su hermano, e embiólo á decir á su padre el rey don Alon- 
so, e cómo venia don Sancho, si mandaua que saliesen á él. E él 
embióles á decir que guardasen la villa e que lo desasen andar 
por do quisiese. E don Sancho veno e pasó cerca de Mérida, e 
atendió que saliesen á él, e cuando vido que non sallan á él, co- 
meado de venir más adelante. E aquesta fué la vez que salió el 
rey don Alonso de Sevilla, por traer consigo para Sevilla al infan- 
te don Sancho, e adolesció en el camino en la torre de Santa Ma^ 
ría, e tornóse de allí para Sevilla, e quejáuase mucho porque non 
pudo ver á don Sancho ante que muriese. E á la hora que llegó á 
Sevilla, luego murió, en la era de mil e trecientos e veinte e doa 
años, e de la Encarnación en mil e docientos e ochenta e cuatro 
aiíos, e soterráronlo en Santa María con su padre el rey don Fer- 
nando. Dios por la su merced perdone la su alma, amen. E reynó- 
en su lugar el rey don Sancho, que fué muy buen rey, e justicie- 
ro, e temeroso, e mantenedor del su reyno mucho bien. 



37 
CAPITULO CCXLVI. 

DE CÓMO REYNÓ EL REY DON SANCHO. 

Reynó el rey don Sancho en Castilla en la era de mil e tre- 
<;ientos e veinte e dos años, e de la Encarnación en mili e docien- 
tos e ochenta e cuatro años. E luego que reynó, veno á Sevilla, e 
reynó, e pedricó en la yglesia de Santa María, e fizo mucho bien, 
e moró y pocos dias, e fue?e luego para Castilla. E él estando 
allá, el rey Abeyucjaf pasó la mar con grandes poderes, e comen- 
-^ó de correr la tierra, e de facer mucho mal, e los del Andalucía 
embiáronlo decir al rey don Sancho que los veniese á acorrer. E 
Diego Maga díxolo al rey, e el rey dixole que les dixese á los de 
*la tierra que guardasen la fortalecjas, e estudiesen en las villas, e 
-algasen los ganados, e estudiesen quedos, que luego á poco tiem- 
po sería con ellos. E las gentes e los concejos hiciéronlo ansí, e al- 
.^aron los ganados á las sierras, e ellos metiéronse á las villas, e 
en los castillos, e estudieron quedos. E los moros corrieron toda 
la tierra, e pasaron á Guadalquivir, e quemaron todos los panea, 
e ficieron grand daño en las gentes que fallaron fuera, que los 
mataron e cativaron. E desque ovieron toda la tierra corrida e 
astragada, fueron sobre Xerez, e estudieron sobre ella seis meses 
fasta que llegó el rey don Sancho á Sevilla. E todo esto facia 
Abeyuqaf porque cuando murió el rey don Alonso, embióle decir 
Abeyuqaí al rey don Sancho que quería aver amor con él como 
con su padre. E el rey don Sancho dio mala respuesta á sus men- 
-Sajeros, diciendo que en él estaua el pan e el palo. E non les em- 
bió con otra respuesta. E esto decia el rey don Sancho porque ea 
él estaua la paz ó la guerra. E los moros sacáronlo á otra cosa, 
diciendo que en la una mano tenia el pan e en la otra el palo, 
para dar á quien lo quisiese comenQar sin su mandado. E por esto 
lo tovo Abeyugaf por mal, e fizo lo que quiso, porque non le em- 
bió otra respuesta. E estando sobre Xerez, corrían sus caualleros 
toda la tierra, e estauan los de Xerez muy afincados, e embiaron 
sus cartas al rey don Sancho á Castilla, escritas con sangre, que 
^i les non acorriese, que la villa era perdida, e ellos todos 



38 

muertos e captivos. E cuando el rey don Sancho vio las cartas, 
ovo muy grand pesar, e embió luego sus cartas por todo el reyno, 
que se viniesen todas las gentes en pos del á Sevilla, que iba á 
lidiar con los moros, e con el rey dellos, e con todo su poder. E 
las gentes venian muj' de grado, e llegaron de muchas partes 
muy grandes poderes, e venian los caminos llenos de gentes de 
cauallo e de pié, e venian tan alegres que semejauan que iban á 
Paraíso. E el rey don Sancho venoso luego para Sevilla, así corno- 
sopo las nuevas, e cuando entró en Sevilla, entraron con él tre- 
cientos caualleros, e non entró por nenguna puerta de la villa, si 
non por el postigo del alcácar, porque lo non viese nenguno en- 
trar. E al entrada que el rey entró en Sevilla, luego lo sopo Abe- 
yugaf. E embió luego cinco mil caualleros á correr á Sevilla, & 
mandóles que llegasen fasta las puertas de Sevilla, por ver si sal- 
dría el rey don Sancho á ellos. E los moros corrieron toda la tier- 
ra, e llegaron fasta Sevilla. E el rey don Sancho mandó cerrar 
las puertas de la villa, que non saliese allá nenguno, e los moros 
desque ovieron corrido toda la tierra en derredor, e vieron que 
non salía allá gente nenguna, tornáronse para su señor Abeyu^af, 
6 contáronle todo el fecho. E dixo el rey Abeyugaf: — Sancho est4 
en Sevilla, e nos cuidamos que lo aviamos con moco, e nos aviá- 
rnoslo con quien sabe más que nos. E las gentes venian de cada 
día de Castilla, e de León, e de muchas partes, así que desque- 
se fueron los moros dende á cinco días, llegaron más de diez mil 
caualleros. E mandó el rey que posasen á la puente de Guadayra, 
E otro día caualgó el rey á facer alarde, e falló fasta diez mil ca- 
ualleros, e la gente venia que nunca cesaua. E mandó el rey que- 
ftiese posar á la Eenconada, e dixéronle los ricos omes que aten- 
diese fasta que se llegasen las gentes que venian á más andar. E 
dixo el rey: — Si yo non venqo Abeyucaf con diez mil caualleros, 
non lo venceré nunca. E otro día fué posar el rey don Sancho con 
su hueste al cortijo de don Melendo. E Abeyu9af cuando sopo que 
el rey don Sancho era salido de Sevilla, e iba contra él, mandó* 
levantar la hueste de sobre Xerez, e fué posar allende Guadalete, 
e cuando sopo que era en Lebrija, fuese él posar al Berrueco de 
Medina. E cuando sopo que el rey don Sancho llegara á Xerez, 



39 

e non entrara dentro á pasar el río, fuese Abeyu9af posar allende 
Medina, en un lugar que dicen Albuhera, cerca Baruate. E cuan- 
do el rey don Sancho posó en el Palmar, mandó á sus ricos omes 
que cada uno catase entre sí cuánta gente traia de caualleros ar- 
mados, e ficiéronlo así como el rey mandó, e fallaron que avia, 
veinte e dos mil omes de los cuerpos e de los cauallos armados, e 
que de la otra gente de cauallo aforrados, non avia cuenta. E 
mandó el rey don Sancho á todos que se guisasen para la batalla. 
E era tan grande el placer e el alegría en las gentes, que non la 
podía ome decir. E dicen que veno al rey don Sancho el conde 
don Lope, e dixole: — Señor, el rey Abeyucaf es ido, e fué delante 
de vos, pues vos que lo queredes, dexaldo vaya su carrera. E dixo 
el rey: — Cómo, conde, vos que me devíades avivar eesfor<jar para^ 
ir allá, vos decides que lo dexe? E dixo don Lope: — Yo vos digo 
esto por vuestra pro. E aquí tomó el rey sospecha del. E luego á 
poca pieza, vino á él un escudero de don Ponce, e dixole: — Señor, 
embíavos pedir por merced don Pouce que lo querades ver antes- 
que muera. E dixo el rey: — Esto cómo puede ser, que aj'er se par- 
tió de mi? E dixo el escudero: — Señor, mucho está afincado. Es- 
tonce demandó el rey una bestia, e fué ver á don Ponce, que era 
este uno de los maj'ores ricos omes de Castilla, e facíale el rey 
mucha onrra, e amáualo mucho. E cuando llegó el rey á un mo- 
nesterio que es en Xerez, fuera de la villa, que dicen Sant Fran- 
cisco, falló á don Ponce que posaua allí, e fallólo muy mal parado. 
E mandó el rey á los porteros que non dexasen entrar á nenguno,, 
e fabló con él en poridat, que non sopo nenguno lo que le dixo^ 
E estando el rey en esta fabla, venieroná la puerta del moneate- 
río para entrar dentro el infante don Juan, hermano del rey, e el 
conde don Lope, e otros muchos ricos omes dixeron á los porteros 
que fuesen decir al rey cómo estañan allí aquellos ricos omes; e el 
rey les dixo que les dixesen que se fuesen á la hueste, que él allí 
quería dormir. E ellos fuéronse muy sañudos e muy tristes, e el 
infante don Juan muy triste, e íbalo denostando el conde don 
Lope, que era su suegro. E después de la media noche, allá contra 
el día, murió don Ponce, e fizóle el rey mucha onrra, e fué con el 
cuerpo de pié fasta una yglesia que es en la villa, que dicen Sant 



40 

"Salvador, e allí lo enterraron. E allí pedricó el rey, e dixo mucho 
bien de la lealtad que avia en don Ponce. E después que fué soter- 
rado, salió el rey á la hueste, e estudo y ese dia que era viernes. 
E el sábado en la mañana mandó el rey mover la hueste para Se- 
villa, e las gentes cuando lo oyeron, del grand placer que ovieron, 
tornóseles en tristeza, e non sabian los mezquinos nada de su fa- 
cienda en que estañan, e si non, non les pesara con la tornada. E 
porque lo sopo el rey, por eso los mandó tornar, que non avia en el 
mundo orne que más alegre nin más talante á la lid fuese que el rey 
fasta que sopo el fecho en cómo era. E tornóse el rey para Sevilla, 
e luego fuéronse los ricos omes para Castilla. E el conde don Lope 
e don Juan iban mucho sañudos porque sospechauan que don Pon- 
ce avia algo descubierto, e derramaron luego todas las gentes, 
cada uno á sus lugares. 

CAPITULO CCXLVII. 

DE Cü-MO ANDAUA EL REY DON SANCHO SABIENDO DE LA TRAICIÓN 
DE LOS RICOS OMES. 

Después que las gentes fueron idas e derramadas todas, el rey 
don Sancho andana muy afincado por saber cómo fuera fecha e 
fablada aquella maldad que le cuidaron facer. E por saber desto, 
salió de Sevilla con mil omes á cauallo, e tornóse para Xerez bien 
por donde viniera, e non sabia ome del mundo á dó iba, e non iba 
•con él rico ome nenguno, .si non don Perálvarez de las Asturias, 
que era ome bueno, viejo, e de buen ánimo, e non sabia si non 
servir á Dios e á su Señor el rey, e por eso lo tovo el rey consigo, 
e traíalo consigo, e fíaua mucho del. E cuando el rey llegó á Xe- 
rez non entró en la villa, ante fué á posar al Palmar, bien así como 
avia posado la otra vez. E estudo allí dos dias, e maravilláronse 
todos cuantos allí estañan, porque non sabian nin podían enten- 
der por qué era aquella venida. E estudo allí martes e miércoles, 
e jueves en la mañana mandó caualgar, e non sabian á dó, si non 
que mandaua ir contra Medina. E los unos decían contra los 
otros: — Cuidados que nos lleva el rey á lidiar con el rey Abeyu- 
<;af; e non gelo osauan preguntar. E rogaron á don Perálvarez que 



41 

sóplese del á dó iba. E él dixo al rey: — Señor: todos irnos aquí 
con grand cuidado, porque non sabemos á dó irnos. E estonce co- 
mencó el rey á reir, e dixo: — A lidiar con Abeyu^af. E dixo don 
Perálvarezí — A buena fé, Señor, asilo cuidan todos. Estonce dixo 
el rey: — Don Perálvarez: irnos á fablar con el rey algunas cosas 
de que tomaredes vos placer, e veredes lo que nunca vistes, e sa- 
bredes lo que non sabriades. E dixo don Perálvarez: — Dios lo 
faga bien, e yo non vi tan noble señor como vos facer tal cosa 
como avedes fecho, que aun agora lo echastes del mundo, e agora 
vos queredes ir meter en su poder con tan poca gente como vos 
llevados. E dixo el rey: — Don Perálvarez: mucho es mejor facer 
el orne con poca gente de su enemigo amigo, que non con mu- 
cha gente perder al amigo e el cuerpo. E cuando llegaron á las 
Albuheras, fallaron al rey Abeyugaf que lo salia á rescebir con 
sus fijos e con toda Benamaryn. E sus fijos eran estos, que él fizo 
conoscer al rey don Sancho: al uno decian Yu9af Abeyacob, e al 
otro decian Mandil Buseyen. E estos fueron en la paz que puso 
el rey don Sancho con Abeyugaf, e fabiaron una grand pie9a de 
cauallo, e después fuéronse posar en una tienda muy grand e muy 
buena que mandó Abeyupaf armar. E cuando iban á la tienda é, 
posar, iba el rey don Sancho en un cauallo rucio, muy grande e 
muy fermoso, e levaba una lan<ja en la mano, e cuando llegó á la 
puerta de la tienda, dio con el cuento de la lan^a en tierra, e fin- 
cóla en el piado, e fincóla mucho. E á toda la su fabla non estauan 
con él de todas sus gentes, salvo el ome bueno don Perálvarez e 
dos alanos que entraron con el rey don Sancho, que nunca se par- 
tían del, e mandaua él á los bodidíos que estauan á la puerta que 
los echasen fuera; e leuautóse Busien, fijo de Abe3'UGaf, que estaña 
■en la tienda con su padre e con su hermano Abeyacob, e quiso 
echar los perros fuera, e los alanos metiéronle en mala ventura, 
que lo ovleran á matar, si non porque les fabló el rey; e comen9Ó 
AbeyuQaf á reír de coraeon, e fabiaron allí mucho e de muchas 
cosas, e pusieron su amor, e cuando se despidieron, dixo el rey 
den Sancho al rey Abeyuqaf que él embiarla allá á Perálvarez, 
por aquello que le prometiera que él Irla, e cuidando todos que le 
daria aquello que fué puesto entre Abeyu^af e los ricos ornes. E 



42 

dixo Abeyugaf que lo embiase AJgecira, e así se leuantó, e despi- 
diéronse; e caualgó el rey don Sancho en su cauallo, e los boadíes 
fueron por dalle la langa que estaua metida en tierra^ e por poder 
que ovieron, nunca la pudieron sacar. E vio el rey don Sancho 
que la non podian sacar, e díxoles: — Dexalda, E llegó el rey en 
su cauallo e tomó su lanqa en la mano, e cogió las riendas al ca- 
uallo, e apretóse en él, e emblandesció aquella lan^a, que decian los 
moros que era maravilla si nunca vieran ome que así blandescie- 
se una lan9a, ca era la vara della tan gorda como un brazo. E 
después fuéronse todos de cauallo por ese campo en uno. E cuan- 
do se ovieron á despedir, estaua el rey Abeyuqaf de un cabo, e 
Abeyacob, su fijo, de la otra parte, e el rey don Sancho en medio; 
e fablando de sus cosas, puso el rey el cuento de la langa en el 
suelo, e tendióla, e comengó á emblandescer aquella lanoa que se- 
mejaua que la quería facer pedazos. E dixeron los moros: — Agora 
quebrará aquella lanpa, e caerá aquel fierro e matará uno de nues- 
tros reyes. E aquí se despidieron, e venóse el rey don Sancho á 
Sevilla, e Abeyucjaí e sus fijos á Algecira. E estudo el rey en Se- 
villa unos dias e quería, ir á Castilla, e antes que fuese, embió á 
don Perálvarez á Algecira al rey Abeyu^af, que le embiase á decir 
lo que le prometiera. E mandóle el rey que cuando viniese, que 
se fuese en pos del á Castilla. E don Perálvarez fuese á Algecira, 
e cuando llegó falló muerto al re}' Abeyugaf, e falló que su fijo 
Abeyacob era ido alien la mar, e que era preso en Málaga el otro 
su fijo Mandil Busien. E cuando don Perálvarez esto vio, dixo: — 
Muy buen recabdo llevaré yo de aquí esta vegada de lo porque 
vine. Estonce fabló con un moro que era señor de Algecira, e tor- 
nóse para Sevilla, e falló que era ido el rey á Castilla, e fuese en 
pos del rey don Sancho, e fallólo en Valladolid, e cuando le cont6 
cómo era muerto Abeyn9af e del mal recabdo que traía, pesó dello 
mucho al rey, porque non podia saber la verdat de aquel fecho que 
mucho cobdiciaua saber, como quiera que él sabia de algunas co- 
sas, mas non de todas. E el rey don Sancho non podia aver placer 
fasta que lo sopiese, E embió un judío alien la mar á Abeyacob, 
fijo de Abeyugaf, en grand poridat, en que le embiauan rogar como 
hermano e amigo, que le embiase decir aquello que le prometiera 



43 

su padre Abeyu9afde decir. E este judío pasó la mar, e fué i 
Marruecos, e fabló y al rey Abeyacob. E el rey fizo onrra al judío, 
e el judío dixo al rey: — Señor: pídote por merced que me non 
fagas esta onrra tan grand; que mi Señor el rey don Sancho me 
embió en grand poridat á ti. E si las gentes ven que me face onrra 
el más noble rey del mundo, que querrán saber dónde era j'O ó 
á qué so venido. E por ventura sabrían algo de la mi venida, e si 
lo sopiesen, non seria mi pro nin tu onrra. E el rey Abeyacob dio- 
al judio respuesta en esta manera: que se fuese para el rey don 
Sancho e que le dixese que él le embiaría á un orne con sus car- 
tas desto e de otras cosas muchas de su pro e de la suya, de amos 
los reyes, en que fuese la su hermandat puesta. E el judío llevó 
una carta desto, e fuese para Castilla. E de mientra que el rey an- 
dana en esto, ei infante don Juan e el conde don Lope nunca se 
partían de en uno, e don Diego eso mesmo; pero non se llegaua á 
ellos, así de tal manera lo sabia facer el rey don Sancho, porque le 
non entendiesen nada. E nunca cosa le demandó el conde don 
Lope que el rey non gela diese de buena mente; e eso mesmo facía 
al infanta don Juan, su hermano; e eso mesmo facía á don Diego, 
hermano del conde. E faciendo esto el rey don Sancho, decían 
ellos en sus poridades que les avia miedo el rey don Sancho. E 
andando el rey don Sancho así asosegándolos e faciendo mucho 
por ellos, embió á don Diego por Adelantado al Andalucía; por esto 
fueron ellos mucho más alegres. E fué don Diego al Andalucía 
por Adelantado, e lo más de su morada facía e era en Sevilla. E en 
esto embió el rey moro Abeyacob de Marruecos un mensajero al 
rey don Sancho, e era un moro que decían Adulha, que era ladi- 
no; e este fué el que dixo al rey don Sancho todo el fecho, coma 
gelo mandó el rey moro Abeyacob, e embióle pedir trecientos ca- 
uallos buenos, e embióle mil de unos e de otros. E díxole más este 
moro que le embiaua decir el rey Abeyacob que parase mientes 
en cómo oyese qué facía él en su reyno, e que así ficíese él en el 
suyo. E de allí pensó el rey don Sancho en cómo tomase derecho 
de los que le andauan en mal á él e á su reyno. E después que 
sopo la verdat, segund gelo embió decir Abeyacob, otrosy verdat 
fué con don Ponce que le descubrió la poridat, mas nunca le dixo 



44 

él si non por cosa del mundo non fuese aquella lid^ si non que sí 
allá fuese, no» saldría de ella vivo. E cuando don Ponce lo quiso 
descobrir, tomólo el dolor de la muerte, e perdió la fabla, e así 
non pudo saber el rey lo que sopo después, que gelo embió decir 
el rey Abe3'acob. E desde aquí andana el rey buscando tiempo 
cómo los matase á todos cuantos tomase en su tierra, que algunos 
fuyeron, e non entraron en Castilla fasta que el rey don Sancho 
fué muerto. E el rey don Sancho andana por los tomar en uno, 
porque rescelaua que si uno á uno tomase, que se le irian los otros, 
que asaz de veces los tomara uno á uno si quisiera. E el rey fizo 
Tbuscar los trecientos cauallos que le embió pedir el rey Abeyacob, 
que fuesen buenos, e de vergüenza, e que non fuese y coxo nin 
tuerto. E mandó á Diego Florez, fijo de don Rodrigo Alvarez, 
que fuese por mayor dellos. E mandó que se fuese para Sevilla, e 
mandó fuese la gente allegada e guisada, que se fnesen alien la 
mar con aquel moro á servir al rey Abeyacob. E después que el 
moro fué ido, andana el rey pensando á dó los tomaría aquellos 
ricos omes, e fué andar por el reyno, e andando así, el conde don 
Lope, traía más gentes que el rey; que si el rey comía diez vacas, 
comia él veinte, e por esta ra^on andana el rey buscando tiempo 
en que lo tomase al conde, e cuidó en su coracon que si non lo to- 
mase en su tierra al conde, que non lo podria tomar mejor en 
otro lugar. E andando desta guisa, dixo el rey al conde: — Conde: 
vayamos ver vuestra tierra e folgaremos y algunos días, e desy 
venirnos hemos para Castilla, e después iremos al Andalucía. E 
dixo el conde: — Si vos contra mi tierra quisiéredes ir, non leve- 
des mucha gente, por raqon de las viandas que non encarescades. 
E dixo el rey: — Llevemos la más poca que pudiéremos. E esto dixo 
el rey al conde en Burgos. E de allí comengó el rey á ir contra la 
tierra del conde, e andudieron por la tierra á su sabor, fasta que 
llegaron á un lugar que dicen Alfar o, e era su}-© del conde. E el 
conde convidó al rey que comiese coa él otro día, e el rey otorgó- 
gelo, e fuese á su posada e le dixo á un cauallero que le fuese lla- 
mar al conde. E el conde vino e entró en casa del rej-; e cuando 
lo llamaron, mandó llamar al infante don Juan, e vino el infante 
« dixo al conde: — Dó queredes ir? E dixo el conde: — El rey me 



45 

manda llamar, que quiere fablar conmigo. Vamo8 allá e veamos 
qué fabla es esta. E estonce dixo el infante don Juan: — Conde, 
que Dios vos dé salud que non vayades allá, que el cora9on me 
dice que non vayamos allá. E dixo el conde: — Avremos miedo del 
estando aquí en mi tierra? Andad, vayamos allá. E ellos que se 
iban allá, fallaron á Diego López de Campos en el camino, e di- 
xéronle: — A do idesV E dixo él: — Vóime á la posada. E dixeron 
ellos; — Mas vayamos á casa del rey. E dixo Diego López: — Cedo 
tome él mala muerte. E dixo el conde: — Amén. E fuéronse todos 
tres á casa del rey, e ellos entraron ansí. El conde iba delante, e 
Diego López en pos del, e el infante don Juan detrás. E dixo el 
conde: — Vedes qué buen esfuerzo de infante: e él que debia ir de- 
lante, va detrás, e semeja que lo leñamos jorreando. E dixo el in- 
fante don Juan: — A buena fé á mí pesa porque allá entramos, 
pues eras ha de ir á comer conbusco. Allí fablaríamos todo lo que 
quisiéredes fablar. E dixo el conde: — El rey dice que quiere ago- 
ra fablar conmigo; pues veremos qué quiere. E entraron todos; e 
como entró el infante don Juan detrás de todos, vido que así como 
entraron, que los porteros cerraron las puertas todas, lo que nun- 
ca fué en uso. E dixo don Juan el infante á los porteros: — Por 
qué facedes esto? Dixeron los porteros: — Señor: así nos es man- 
dado. E dixo don Juan entre sí: — Cuido que somos en el lazo. E 
el conde como entró delante, entró en el palacio e posóse en el es- 
trado; e el rey estaua en otro palacio con la reina. E como se posó 
el conde, dixo: — A dó es el rey? E díxole el capellán; — Agora lo 
llamarán. E entraron al rey e dixeron: — Señor: venido es el con- 
de, E leuantóse el rey e fué al palacio do estaua su estrado, e falló 
al conde don Lope que estaua posado. E dixo el conde: — Pues qué 
es aquello que me queríades? — Quiero que desfagades estas que- 
rellas e estos tuertos que avedes fecho á las gentes que se quere- 
llan de vos. — E esto, conde, por qué lo facedes vos non aviendo 
mengua nenguna de nenguna cosa? pues por qué facedes tuerto á 
las gentes mezquinas e les tomades lo suyo por fuerga? E dixo el 
conde: — Por qué decides que lo fago? E dixo el rey: — Sí. E dixo 
el conde riyendo: — Porque casó Marina Franca á cuatro leguas de 
Salamanca. E cómo? dixo el rey; aquí tenedes á Marina Franca? 



46 

E dixo estonce el rey: — Conde, dame mis castillos. E dixo el con- 
de: — Echad, en la bolsa los tengo, que vos los dé aquí; mas eras 
avedes de comer conmigo, e allá me demandaredes castillos e lo 
al que me querades demandar. E dixo el rey: — Conde, de aquí no 
saldredes fasta que mis castillos me dedes. E dixo el conde: — 
Cómo en eso lo tenemos convusco! E levantóse el conde, e metió 
mano á un cuchillo e quiso dar al rey con él. E el rey leuantóse e 
tropezó en la falda de una garnacha que traia vestida, mas non 
cayó. E luego el rey metió mano á un cuchillo que traia consigo 
siempre en su cinta, e dio con él al conde un golpe en el bruzo con 
el hombro que todo le abrió, e dixo: — Matadlo. E luego á la ora 
salieron los ornes que tenia el rey para esto armados, e mataron 
al conde en un alfama que non se leuantó; mas non murió desa 
pieza. E el infante don Juan fuyó á la cámara de la rejma, e la 
reyna cerró las puertas de la cámara, e decía al rey: — Aquí está, 
Señor, el infante don Juan, vuestro hermano, para nunca más sa- 
llir de mandado. E el re}' andana muy sañudo por el palacio. En- 
contróse con don Diego López de Campos, e díxole: — Vos aquí 
sodes? E dióle el rey con aquel cuchillo e cortóle la cabeca. 

E este rey don Sancho ovo un fijo á quien dixeron don Fernan- 
do. Otrosy este rey don Sancho ganó á Tarifa en vísperas de San 
Mateos, á veinte días de Septiembre, año del Señor de mil e do- 
cientos e nouenta e dos años. 

E finó este rey don Sancho en miércoles, veinte e cinco di as de 
Abril del año del Señor de mil e docieutos e nouenta e tres años, e 
está enterrado en Toledo. 

CAPITULO CCXLVIII. 

DE CÓMO REYNÓ EL KEY DON FERNANDO, E DE LO QUE FIZO 
EN SU TIEMPO. 

Muerto el rey don Sancho, luego reynó su fijo don Fernando, 
en el año del Señor de mil e decientes e nouenta e tres años. E al 
seteno año del su reynado, le nasció un fijo que ovo nombre don 
Alonso, e nasció el dia de Sant Ipólite, en viernes, trece dias de 
Agosto. 



47 

E este rey don Fernando ganó á Gibraltar en día de Santa 
Cruz á diez e ocho días de Setiembre del año del Señor de mil e 
trecientos e cinco años. Estonce murió don Diego de Vizcaya, e 
dende á seis años finó este rey don Eernando en Jaén, teniendo 
cercado á Alcaudete. E la ocasión de su muerte dicen que fué 
porque mandó matar á dos escuderos de Carvajal sin culpa. E los 
escuderos, por esta razón, emplazáronlo fasta treinta dias, e luego 
á los treinta dias finó este rey don Fernando. E dos dias antea 
que finase, era ya dado Alcaudete á los cristianos. E finó este rey 
don Fernando en el año del Señor de mil e trecientos e once años, 
e está enterrado en Córdoua. 

CAPITULO CCXLIX. 

DE CÓMO BEYNÓ EL REY DON ALONSO, E DE LO QUE FIZO 
EN SU TIEMPO. 

Muerto el rey don Fernando, segund dicho es, luego su fijo el 
rey don Alonso en el año sobredicho del Señor de mil e trecientos 
e once años, e avia un año e veinte e seys dias que nasciera cuan- 
do comengó á reynar. E fueron sus tutores el infante don Juan, 
fijo del infante don Manuel, e don Juan, fijo del infante don Juan. 
E estos ovieron grand contienda entre sí sobre el regimiento del 
reyno, que lo queriu cada uno para sí. E al segundo año del su 
reynado, finó la reyna doña Constanza, su madre. 

E al sexto año del reynado, murieron los infantes don Juan e 
don Pedro, en la Vega de Granada, á veinte e cinco dias de Julio. 
Estando el rey en Valladolid, ovo su consejo con todos los del 
reyno, e ordenó su casa, e tomó por consejeros á Garcilaso de la 
Vega e Alvar Nuñez de Osorio, porque eran omes de entendimien- 
to, e á un judío que decían don Yuqaf, e el judío para en sus ren- 
tas. E destos tres fiaua sobre todos, segund ficiera su tio don Fe- 
lipe en el tiempo de la su tutoría. 

E á los trece años del su reynado casó con doña Constanza, 
fija de don Juan Manuel. E á los trece años del su reynado, salió 
de Valladolid á do lo criaron, e fué andar por su reyno, e dio el 
Adelantamiento de la frontera al infante don Juan Manuel, e man- 



48 

dóle facer guerra á los moros. E el rey de Granada cuando sopo 
que don Juan Manuel era Adelantado, embió á Osj'm con todo el 
poder de Granada que corriesen fasta las puertas de Córdoua. E 
sopólo el infante don Juan Manuel, e salió de Córdoua con los 
concejos de la frontera e con los maestres de Calatraua, e de Al- 
cántara, e con los frailes de Santiago, e falláronse al rio de Gua- 
dalferza, e fué allí la pelea, e allí fué vencido Osym e todos los mo- 
ros, e murieron y muchos moros, e tornaron los cristianos muy 
alegres. E el rey don Alonso ovo muy grand placer cuando lo 
sopo. E á los quince años del su reynado mandó matar el rey á 
don Juan el Tuerto, fijo del infante don Juan, en Toro, en el dia 
de todos Sriutos, e á García Fernandez Sarmiento, e á Lope Alva- 
rez de Fermosilla, porque le andauan en traición; e puso estrado 
prieto e dio por traidor al dicho don Juan, e tomóle todos los lu- 
gares que tenia. 

E después desto á los diez e seis años del su reynado, que fué en 
el año del Señor de mil e trecientos e veinte e siete años (1), fué el 
rey don Alonso á cercar á Olvera, e combatióla muy fuertemente, 
e diósele por pleyto que se fuesen los moros en salvo, e así la ganó, 
e luego fué sobre Pruna e ganóla, que la furtaron dos almogábarea 
por la peña con escacas de fierro, mientra la combatían el rey, e 
con escalas. E luego fué á Ayamonte e á la Torre del Alfaquí, e 
dieróngelos, e tornóse estonce el rey don Alonso á Sevilla muy 
currado e muy alegre por el bien que le Dios ficiera en comiendo 
del su re)'nado contra los enemigos de la fó. 

E otrosy en este año embió el rey don Alonso al almirante don 
Alonso Jufre con seis galeas, e ocho naos, e seis leños, que pelea- 
sen con liis galeas de los moros, que eran veinte e dos galeas, que 
estañan al Estrecho. E fué allá, e peleó con ellas, e venciólas, 
e fundió en el agua las cuatro dellas, e tomó las trece, e murieron 
y fasta mil e docientos moros. E troxo á Sevilla al rey don Alon- 
so las otras galeas, e troxo trecientos moros cativos en sogas, e 
entraron todos en Sevilla delante del rejs e él saliólos á rescebir 
e ovo muy grand placer e dio gracias á Dios, 



(1) Este fué el año de la muerte de D. Gonzalo de Hinojosa. (N. d. E). 



49 

En este año dexó el rey don Alonso á doña Constanza, su mnjer, 
fija del infante don Juan Manuel, e firmó su casamiento con doña 
María, fija del rey don Alonso de Portogal. Por lo cual el iníante 
don Juan Manuel se desnaturó del, e le corrió la tierra, e fizo 
grand daño. 

El rey avia dos privados caualleros, segund dicho es, á Garci- 
laso, e Alvar Nuñez de Osorio, e un judío, su almojarife, que de- 
cían Yu^af de Ecija. E destos fiaua más que de otros, e sobre to- 
dos de Alvar Nuñez. E á éste fizo conde de Trastamai-a, e de Le- 
mos, e de Sarria, e señor de Cabrera e de Ribera, e dióle pendón 
e caldera. 

A los diez e siete años del su reynado, que fué en el año del 
Señor de mil e trecientos e veinte e ocho años, estando el rey 
en Córdoua, mandó matar á don Juan Ponce, por muchos males 
que ficiera e alboroto que puso en la cibdat porque se oviera á 
perder. 

Después desto, embió el rej' á Garcilaso á tierra de Soria para 
que tomase toda la gente e fuese contra el infante don Juan, e él 
estaua en agüeros, e falló que avia de morir allá él e otros mu- 
chos, e partió de Córdoua, e fué su camino, e llegó á Soria, e fizo 
ayuntar ea Sant Francisco todos los caualleros, e á toda la gente. 
E antes que fablase nenguna cosa, dixeron todos entre sí que les 
venia á prender. E por ende fué el alboroto muy grande, e ma- 
táronlo allí en Sant Francisco á Garcilaso e á Alvar Pérez de 
Quiñones, e á su fijo de Garcilaso, e á todos los más que vinieron 
con él, así que murieron y veinte e dos infanzones e omes fijos 
dalgo. 

En este año se al9aron contra el rey, Zamora, e Toro, e Valla- 
dolid, porque traia consigo Alvar Nuñez que les avia fecho mucho 
mal, e tirara las tierras e las mercedes á todos, e por esto lo que- 
rían mal fasta que el rey lo echó de sí, e luego lo acogieron al rey 
e le dieron todos estos lugares. 

E á los diez e ocho años del su reynado deste rey don Alonso, 

que fué en el año del Señor de mil e trecientos e veinte e nueve 

años, fizo sus bodas este rey don Alonso con la reyna doña María, 

fija del rey don Alonso de Portogal, en un lugar que dicen Alfa- 

ToMO CVI. 4 



50 

yates, e dende viniéronse á otro lugar de Castilla que dicen Gui- 
naldo. Allí firmaron otro casamiento entre el infante de Portogal 
• con doña Blanca, fija del infante don Pedro de Castilla. 

E aquí dio el rey al almirante don Alonso Jufre Tenorio el ofi- 
•cio de la guarda mayor de su cuerpo, e mandóle que entrase en 
su consejo. E en este año mató Ramir Elorez al conde don Alvar 
Nuñez por mandado del rey, e tomó el rey los castillos e el aver 
•que tenia, que era mucho. 

E en este año, en el tiempo del papa Juan, ficieron antipapa en 
Koma, porque el papa Juan non quería ir allá por miedo del Em- 
perador Barbarroja; pero que lo atendía en el camino para lo 
•matar, e como quiera que embió decir sus escusas, non gelas qui- 
;SÍeron rescebir, e ficieron papa á un fraile de Sant Francisco, e 
pusiéronle nombre Nicolo. E este veno después al papa Juan con 
una soga al cuello, e demandóle pei'don. E el papa Juan perdonó- 
lo, e púsolo en una cámara, e allí le dieron lo que ovo menester 
fasta que murió. 

En este año fizo el rey grand justicia en Soria por la muerte de 
"Oarcilaao en los que falló culpados. En este año casó este rey don 
Alonso á su hermana doña Leonor con el rey de Aragón don 
Alonso en Tarazona, e venieron ay mensajeros del re^'- de Porto- 
gal. E allí afirmaron todos tres reyes las posturas en manera que 
todos ayudasen al rey don Alonso de Castilla contra los moros, e 
•que nenguno non amparase á nenguno de los suyos en su reyno. E 
de allí se partió cada uno para su tierra, e levó el rey de Aragón á 
-su mujer doña Leonor consigo, hermana del rey don Alonso de 
•Castilla. 

Otrosy en este año fué tratado entre el rey don Alonso e el in- 
fante don Juan que le diese á su fija doña Constanza que él toma- 
ra por mujer, e la tenia en Toro, e él que le daría los castillos que 
tenia e lo serviría en la guerra de los moros. E otrosy fueron da- 
das grandes querellas de don Yugaf de Ecija al rey, e mandó el 
rey que le tomasen cuenta, e alcangáronle por mucha contía de 
maravedises; e de allí adelante non fió más del, e tiróle el oficio, e 
mandó que recabdasen cristianos sus rentas, e que los llamasen 
tesoreros. 



51 

A los diez e nueve años del su reinado, que fué en el año del 
Señor de mil e trecientos e treinta años, fué el rey á cercar á Teba 
Hardales e combatióla con engaños muy fuerte mentó, en manera 
que gala dieron por pleytesía que sa fuesen los moros con sus ves- 
tidos en salvo, e non levasen más. E así la ganó el rey don Alon- 
so en el mes de Agosto, e ganó más á Pliego, e á Cañete, e á las 
Cuevas, e á Ortexica, que estauan desamparadas. 

A los veinte años del su reynado, que fué en el año del Señor 
-de mil e trecientos e treinta e un años, por cuanto el rey non avia 
fijos de su mujer, estaua muy pesante, e pensó en cómo pudiese 
aver fijos de otra parte, e tomó una dueña que decian doña Leo- 
nor, fija de don Pero Fernandez de Gruzman, muy noble dueña, e 
moga, e mu}'^ fermosa en Sevilla, e fiaua mucho della, e ovo della 
fijos, segund que adelante oiredes. En este año se tornó su vasa- 
llo el rey de Granada, e dauále cada año doce mil doblas de oro 
en parias. 

En este año se vino á la merced del rey don Alonso, don Alon- 
so, el que algunas veces ea tiempo del rey don Sancho e del rey 
don Fernando, su fijo, se llamaua rey de Castilla. 

En este año defendió el rey don Alonso que non caualgasen en 
muías si non en rocines, e non oviesen muías nin mulos de silla, 
si non acémilas. E duró dos años, e fincó la tierra sin bestias mu- 
lares, en manera que fueron muy caras, e perdíanse los rocines, 
que non podían sofrir el trauajo, en tal manera, que quitó el rey 
aquella ordenación e mandó que oviese muías como solía. E en 
este año tomaron rey en Granada, que ante non avia si non gober- 
nador veinte e un años. 

En este año mandó el rey labrar la primera moneda, cornados 
6 nevones. 

E en este año nasció al rey un fijo de doña Leonor, que le díxe- 
ron don Pedro, e ovo el reyno muy grand placer, e fizo bofordar, 
© púsole casa e heredat en Aguilar de Campo, porque non avia 
otro fijo. En este año en Vitoria ordenó el rey la Banda, e la dio á 
muchos que la merescian de la su mesnada, e él la vistió primero; 
e los paños eran blancos, e la banda era prieta, tan ancha como la 
mano. E daua cada año á sus caualleros un par de paños con ban- 



52 

da, e llamauan los caualleros de la Banda, e facían juramento de- 
guardar toda orden de caualleria, e á los que probauan bien ea 
armas, dauáles el rey la Banda. E asi fizo muchos buenos caus^» 
lleros. 

E en ©se año se armó cauallero este rey don Alonso, en Santiago 
de Galicia sobre su altar, e Santiago le dio la pescozada en el car'^ 
rillo. E después veno á Burgos e allí se coronó él e la reyna doña 
María, que estaua ya preñada. E otro día armó el rey ciento e cin- 
cuenta e dos caualleros, de los cuales eran los veinte ricos omes, 
que eran estos que se siguen: don Pedro Fernandez de Castro, 
don Juan Alfonso de Alburquerque, don Juan Alonso de Earo, 
don Ruy Pérez de Ponce, don Pero Ponce, vizconde de Carcai, don 
Loys, fijo de don Alonso de la Cerda, Alvar Diaz de Haro, Alon- 
so Tellez de Haro, don Fernand Rodríguez de Villalobos, Ruy 
Pérez de Villalobos, don Juan García Manrique, don Alvar Pé- 
rez de Guzman, don^Alonso Méndez de Guzman, Rarair Florea, 
Gonzalo Muñoz Da9a, Sancho Manuel, fijo de don Juan Manuel, 
Alvarez Daqa. Estos son veinte ricos omes, e los otros caualleros 
non los contamos, porque son muchos, e sería luengo de contar. 

En los veinte e dos años del su rey nado, que fué en el año del 
Señor de mil e trescientos e treinta e tres años, en este año pasó 
de alien la mar el infante Tuerto Abomelique, fijo del rey Alboaceu 
de Benamarin, con siete mil de cauallo, e pasaron Algecira, e cer- 
caron á Gibraltar, e combatiéronlo recia mente por mar e por tier- 
ra, maguer que el almirante don Alonso Jufre Tenorio andauSr 
guardando la mar; e toviéronlo cercado los moros á Gibraltar, que 
non comían los de dentro si non los cueros de los escudos. E Vas- 
co Pérez de Neira que lo tenia, embió por muchas veces á reque- 
rir al rey don Alonso que le acorriese, e al almirante Alonso Ju- 
fre. E el rey non pudo, por el rey de Granada e el infante don 
Juan que le corrían la tierra, e por tanto óvolo á dar Vasco Pérez 
á los moros por pleytesía, e él fuese allende, e así lo ganaron los 
moros. E cinco días después que se perdió Gibraltar, llegó el rey 
á lo acorrer, e fallólo ya de los moros e ovo á tan grand pesar, 
que fué maravilla. 

Ea este año aasció al rey de la reyna su mujer, un fijo que di- 



53 

xéron don Ferrando; otrosy le naació otro fijo dé doña Leonor qae 
le dixeron don Sancho. E estudo el rey sobre Gibraltar un tiempo 
e cercólo, e combatiólo, e derribó las almenas e el petril de la Tor- 
re del omenaje, e el infante Abomeliqae embió al rey de Granada 
que lo viniese ayudar, e fuélo ayudar. E pusieron sua reales amos 
á media legua del real del rf>y doH Alonso. E el rey don Alonso 
non dejó de combatir por todo eso 4 Gribraltar. E el rey de Gra- 
nada embió pedir tregua al rey don Alons», por ciertos aSoSy e 
que entrase en ella el infante Abomelique. E el rey don Alonso 
ovo su consejo e falló que le era bien de lo facer, lo uno porque 
flon podía tan ayna cobrar á Gibraltar, lo otro por el daño que le 
facía cada dia el infante don Juan, e don Juan Nuñez, e otros ca- 
ualleros en el reyno, e lo otro porque non podia tornar á su reyno, 
si non oviese batalla primero con ambos los reyes moros; e por eso 
óvolo de otorgar. E veno el rey de Granada al real del rey de Cas- 
tilla, e comió eon él, e dióle muchas joyas eso mesmo el rey de 
Castilla, e allí pusieron sus paces por cuatro años; e fincó el in- 
fante Abomelique en Algecira, e el rey de Granada tornóse á sa 
tierra; pero matáronlo luego los fijos de Osrain e ficieron otro rey, 
por cuanto avia comido con el rey don Alonso, diciendo que era 
cristiano. E el rey don Alonso venóse á Sevilla, e veniéronle nue- 
vas que le nascieran dos fijos de un vientre de doña Leonor, e des- 
to ovo el rey muy grand placer, e nascieron en Sevilla, e ovo el 
uno nombre don Enrique e el otro don Fadrique (1). E don Ro^ 
drigo Alvarez de las Asturias, porque non avia fijo legítimo here» 
dero, heredó e fizo heredero á don Enrique, e porfijólo e heredó 



(1) {Nota marginal, de mano de Zurita). Lo mismo escribe el que 
compuso la tistoria del rey don Alonso en metro: 

Ambos de consuno nascieron 
estos donceles onrrados, 
e los nombres que ovieron 
nunca serán olvidados. 

El uno fué don Enrique, 
muy apuesta criatura, 
e el otro don Fadrique, 
Señor de buena ventura. 



54 

el solar de Moraua (1) e todo lo suyo. A los veinte e tres años del 
su reynado, que fué eu el año del Señor de mil e trescientos e 
treinta e cuatro años, fué el rey á Córdoua e fizo despeñar de la 
Puente Ayuso á Dia Sánchez de Jaén por muchos males que fizp,. 
6 don Gonzalo de Aguilar e Fernand González, su hermano, fué- 
ronse al rey de Granada por miedo que eran en el consejo con 
Dia Sianchez. Otrosy fizo matar á don Juan Alonso de los Came- 
ros en un lugar que dicen Agonciello, porque él ficiera traición an- 
dando con el infante don Juan. E otrosy á los veinticuatro años 
del su reynado, que fué en el año del Señor de mil e trescientos e 
treinta e cinco años, estando la tierra sin heredero, por cuanto- 
finó el infante don Fernando, la reyna doña María, que avia fin- 
cado eu Burgos, parió un fijo á treinta dias de Agosto, e fizo el 
rey grandes alegrías, e bautizáronlo en Burgos, e ovo nombre 
don Pedro, e diólo á criar á Vasco Rodríguez, maestre de Santia- 
go. Otrosy en este año nasció otro fijo al rey de doña Leonor, que 
ovo nombre doa Fernando. E en este tiempo finó don Rodrigo Al- 
varez de las Asturias, e don Enrique, fijo del rey, heredó á Nore- 
ña e á todas las otras cosas que él avia. 

A los veinte e cinco años del su reynado, que fué en el año del 
Señor de mil e trecientos e treinta e seis años, salió el infante don 
Juan de Peñafiel, e fuese al rey de Aragón. E estonce embió pedir 
merced don Juan Nuñez de Lara, que estaua cercado en Lerma, al 
rey don Alonso, que lo perdonase, e que lo serviría, e el rey don 
Alonso perdonólo, e derribó á Lerma, e á loa otros lugares que él 
tenia, e tomólo en su merced, e fizólo su alférez, segund solía, e 
embiólo á Villalon, e á Óigales, e á Morales. E en este año nas- 
ció al rey un fijo de doña Leonor, que dixeron don Tello. A los 
veinte e seis años del su reynado, que fué en el año del Señor de 
mil e trecientos e treinta e siete años, aviendo el rey don Alonso 
partido de Sevilla para Castilla, sopólo el infante Abomelique, 
que se llamaua rey de Algecira, e embió mil cauallos que corrie- 
sen á Medina Sidonia, e ellos corrieron, e troxeron los ganados e 
pastores que fallaron. E un cristiano de los que estauan presos 



(1) {Al máryen). Noreña. 



55 

en Algecira, soltóse de la prisión, e venosa á Tarifa, e dixo á- 
Ferrand Pérez Portocarrero, que era alcaide dende, en cómo Abo- 
melique, que estaua en Algecira, queria entrar á tierra de cristia- 
nos, especial á Lebrija, por tomar el pan que avia y, llevallo á 
Algecira, porque non tenian pan. E él embiólo decir á Xerez e á 
los lugares fronteros, e éí salió de Tarifa, e veno á Lebrija por le 
defender que les non levase el pan dende. E Abomelique salió de 
Algecira, e fué por Medina e por Xerez, puesto su real, embió' 
mil e quinientos cauallos de los mejores, que corriesen la tierra^ 
6 sacasen el pan de Lebrija. E Fernand Pérez Portocarrero, que 
estaua en Lebrija, defendiógelo, e los moros llegaron fasta el me- 
són de Pascual Rubio, e llevaron cuantas vacas fallaron, e Eerrand 
Pérez Sigilos embiólo decir á Sevilla, e á don Alvar Pérez de Guz.- 
man, e á don Pero Ponce do León, e á don Juan Alonso, e ellos 
salieron con el pendón de Sevilla, e otrosy el Maestre de Alcán- 
tara, con los vasallos del rey que estauan en Ecija; e fueron en 
uno, e guiáualos Juan Francisco, alguacil, e fallaron los moros: 
los trecientos que guardauan el ganado, e los mil e docientos que 
tenian sus haces paradas para pelear. E como quiera que los cris- 
tianos avian andado dos dias e facia grand agua, pero fueron per- 
lear con ellos, e ovieron grand pelea; pero vencieron los cristianos: 
á los mil e docientos cauallos, e Ferrand Pérez Ponce que estaua 
en Arcos por frontero, saltó con su gente, e fué contra los trecien- 
los moros que guardauan el ganado, e desbaratólos, e mataron y 
muchos dellos, e cogeron el campo e el despojo, e tomaron el ga- 
nado, e viniéronse para Arcos, e sopieron cómo Abomelique esta- 
ua en la Vega de Pagana, e levaua muchos ganados, e iba á to- 
mar á Alcalá de los Gazules, que gela avia á dar un enaciado; e 
los cristianos andudieron toda aquella noche, e eran fasta dos mil 
caualleros e dos mil e quinientos peones, e fallaron los moros; jue- 
ves veinte e un dias de Octubre deste año, fué la pelea, e vencieron 
los cristianos, e murieron tres mil caualleros e diez mil peones, 
e murió allí este infante Picado. E los moros que lo vieran morir, 
venieron por él, e leváronlo á su padre el rey Alboacen, e los cris- 
tianos cogeron el campo, e el despojo, e los moros cativos, e ve- 
niéronse muy alegres á Xerez. A los treinta años del su reynado 



56 

deste rey don Alonso, que fué en el año del Señor de mil e tre- 
cientos e cuarenta e un años, este rey de Benamarin, cuando 
sopo la muerte del infante Abomelique, su fijo, e de los otros mo- 
ros, ayuntó todos los moros, e comentaron á pasar la mar este rey 
Alboacen, e el rey de Túnez e el rey de Bugia, con todos sus po- 
deres desde el mes de. Mayo fasta Octubre, e pasaron con ellos 
fasta ochenta rail de cauallo, e los de pie non avian cuenta. 

Otrosy el rey de Granada tenia y fasta seis mil de cauallo e 
mucho peonaje, e aportaron á Gribraltar, e después cercaron á Ta- 
rifa, e el rey Alboasen, e combatióla domingo e lunes, e murie- 
ron y de los moros fasta ocho mil moros. 

E sábado, ocho dias de Abril deste año, peleó el almirante don 
Alonso Jufre con la flota de los moros, que era muy grand, que 
estauan sobre Tarifa, e ovo talante de morir allí, porque le dixe- 
ron que avian dicho al rey que avia él rescebido de los moros 
donas porque pasasen aquende. E embiógelo su mujer á decir, e 
por ende ovo miedo del rey e quiso morir allí, e allí perdiéronse 
veinte e siete galeas, e ocho naos de Castilla. 

Estando los moros sobre Tarifa, erabió el rey don Alonso por 
su suegro el rey don Alonso de Portogal que le veniese ayudar, 
e él veno con todo su poder á le ayudar, e ayuntáronse ambos los 
reyes, e tenían fasta catorce mil de cauallo, e fasta veinte e cinco 
mil peones, e fueron á Xerez el jueves nueve dias de Octubre des- 
te año, e estudieron al vado de Medina: el miércoles fueron á Me- 
dina, e el jueves llegaron á Barvate, e el viernes á Celemín, e el 
sábado á Almodóvar á la Peña del Ciervo. 

E el lunes treinta dias deste mes de Octubre deste año fué la 
batalla (1) que dicen de Benamaryn con los moros, e cuando los 
reyes cristianos llegaron cerca de los moros, sopieron que eran los 
moros cincuenta e cinco mil de cauallo, sin los otros que murieron 
en la cerca, e eran de pie setecientas veces mil omes. E el domin- 
go en la noche mandó el rey don Alonso que los pendones e los 



(1) En la historia del rey se dice que fué lunes 29 de Octubre. El 
que escribió la historia del rey don Alonso en metro, dice que fué vís- 
pera de Todos los Santos.— (^o¿a de Zurita). 



57 

vasallos de sus fijos don Enrique, e don Tello, e Martin Fernan- 
dez Portocarrero, e Alonso Fernandez Coronel, e don Pero Ponce, 
e don Enrique Enriquez, e el obispo de Jaén fuesen aquella noche 
entrar en Tarifa. E embió mandar al prior de Sant Juan, e á los 
otros caualleros e escuderos que estañan dentro al almirante de 
Aragón don Pedro, que otro dia lunes en la mañana todos con sus 
pendones e con los de sus fijos fuesen ferir en el real donde el rey 
Alboacen tenia el su alfaneque. E estos caualleros que iban entrar 
ffli Tarifa eran fasta mil de cauallo e cuatro mil de pié. E caaa- 
do el sábado iban allá, ^ fallaron tres mil moros que guardauan el 
paso, e pelearon con ellos, e fueron vencidos los moros, e pasaron 
los cristianos, e entraron en Tarifa, e murieron y dos cristianos. 
E los moros levaron sus cabegas al rey diciendo que los cristianos 
quisieron pasar á Tarifa, mas que non pudieron. Esto fué domin- 
go ante; e otro dia, lunes sobredicho, que fué la batalla, levantá- 
ronse los reyes cristianos de grand mañana e dixéronles misa el 
arcjobispo de Toledo don Gil, e confesaron e comulgaron ellos, e 
todos los más de la hueste, e armáronse, e subieron con sus caua- 
llos. E desque los reyes ovier&n pasado la Peña del Ciervo , vieron 
á los reyes moros cómo estañan sus haces paradas E el rey don 
Alonso aderesqóá la mano derecha á donde estaua el rey Alboacem, 
e mandó que los pendones de sus fijos don Eadrique, e don Fer- 
nando, e García Laso de la Vega, e Gonzalo Roys, su hermano, 
e García Meleudez Destor mayores, e Juan E-uiz de Baeza, e los 
Donceles, e don Alvar Pérez, que fuesen delante del, e el rey don 
Alonso de Portogal á la mano izquierda contra do estaua el rey 
de Granada, e así entraron estos nobles reyes en la santa batalla. 
E cuando llegaron al Salado, fallaron que lo defendían los moros 
el paso, e Gonzalo Roys con los de don Fadrique, e García Laso 
con los de don Fernando pasaron primeramente el vado por una 
puente angosta, e fueron á los moros que guardauan el vado, e 
allí fueron muchos feridos, poro estudieron muy fuertes fasta que 
fueron vencidos los moros. E luego pasaron don Alonso Méndez, 
maestre de Santiago, e don Juan, fijo del infante don Juan Ma- 
nuel, pasaron el Salado con sus pendones que iban en la delantera, 
e ovieron muy grand pelea con los moros, e levaron los vencidos 



58 

á los moros fasta el alfaneque del rey Alboacen. E don Juan Mar- 
tínez 6 el Maestre fueron por un otero á un tropel de moros que 
guardauan el real, e á la Tunecia, mujer del rey, e á otras mujeres 
que y estauan, e fueron vencidos los moros, e fuyeron á Algecira; 
e luego salieron los que estauan en Tarifa que emtiara el rey con 
sus pendones, e fueron ferir en una grand campaña de moros que 
guardauan el real. E fueron vencidos los moros, fuyeron á Alge- 
cira, e de los otros contra la mar. E el rey don Alonso pasó el 
vado, e vido que los suyos eran idos en pos de los moros e fincó él 
allí con pocos, e vinieron á él los moros en. tropel, lanzándole mu- 
chas saetas con arcos torqueles, e diéronle al rey una saetada en 
el argón de la silla, e el rey don Alonso esforpó á los suyos, e dí- 
xoles: — Ferid, señores, que yo so el rey don Alonso, e yo veré 
quién son mis vasallos, e ellos verán quién so yo. 

E luego quiso ferir en los moros e aguijó el cauallo, mas don 
Gil, arzobispo de Toledo, le dixo: — Estad quedo. Señor, e non 
querades poner en aventura el rey no de Castilla e de León, que 
los moros vencidos son, e vos. Señor, seredes hoy vencedor. E el 
rey don Alonso, estando asi, llegaron García Sánchez de Grijalba. 
e Iñigo López de Porosa, e Juan Estébanes, e don Ruy Pérez 
Ponce de León, e don Alvaro, obispo de Mondoñedo, e Ruy Paez 
de Viedma, que eran fasta cuatrocientos de cauallo; liego don 
García de Aguilar con el concejo de Córdoua. E cuando los moros 
vieron esta gente tanta que venia, e vieron que los de Tarifa 
estauan en el otero do estaua el alfaneque, e venían el recuesta 
ayuso matando e feriendo en pos de los moros, e comentaron á 
foyr contra Algecira. E el rey don Alonso de Portogal, que es- 
taua peleando con el rey de Granada muy fuertemente (sic), llega 
luego don Pero Martínez de Guzman, con toda la gente de pié del 
rey de Castilla, e luego los moros comeníjaron á foyr e toparon 
con el rey de Marruecos, que iba fuyendo delante, e el rey de 
Castilla en pos del rey Alboacen, e el rey de Portogal en pos del 
rey de Granada. Amos estos reyes llegaron al rio que dicen de 
Guadamecil, seguiendo el alcance de las gentes e matando los 
moros cuantos podían alcanzar. Muchos más mataran, si non 
porque algunos cristianos se detovieron en los reales á cativar 



59 

moros e moras, e moros pequeños, e mucho oro, e mucha plata, ü 
fué alli muerta Fátima la Tunecia, fija del rey de Túnez, mujer 
del rey Alboacen, e otra su hermana, e otras tres aferras del rey, 
cristianas e moras, de aquel rey Alboacen. E murió allí Almoha- 
ma e otros dos sus fijos del rey Alboacen, e un oU sobrino, que 
fué rey de Sajulmencia, e otros muchos caualleros de grandes 
solares. E non murieron de los cristianos si non fasta quince 6 
veinte. E el rey Alboacen e el rey de Granada iban fuyendo e lle- 
garon Algecira. E el rey Alboacen fuyó luego á Gibraltar, pen- 
sando que lo iría luego á cercar allí el rey don Alonso. E el rey 
de Granada fuese á Marbella, e el rey de Castilla e el rey de Por- 
togal tornáronse á sus reales; e como quiera que los moros que y 
murieron non pudieron ser contados, pero sopo el rey don Alonsa 
que desque llegó el rey Alboacen alien la mar, que fizo matar á 
los alimoyses que dicen los alardes que tiene escritos sus nombres 
de todos cuantos pasaron aquende la mar, que fallescian cuatro- 
cientas veces mil moros. £ el rey don Alonso quiso ir luego á 
cercar á Algecira, pero por cuanto non tenia vianda si non para 
cuatro dias, dexólo de facer, e viniéronse á Xerez, e fué á ver á 
Tarifa, e fizóla bien reparar, que estaña mal reparada de los com- 
bates que le habían dado el rey Alboacen. 

E otro dia, en la mañana ante que partiese de la Peña del 
Ciervo, el rey armó caualleros á don Gouzalo Roys de la Vega e 
á García González de Grijalba, porque fueran muy buenos en 
aquella batalla, e dióles heredades. 

E fueron se luego los reyes á Sevilla, e fueron rescebidos con 
grand procesión, e todos los pendones de los moros metieron á 
cuestas los otros moros captivos que traían en la yglesia de Se- 
villa. E los reyes e todos los otros caualleros que venían con ellos 
entraron en la yglesia con la procesión, e todos dieron muchas 
gracias á Dios por cuanto bien e merced les había fecho. 

E otrosy en aquel alfaneque del rey Alboacen e en las otra» 
tiendas de los otros reales de los moros, fueron falladas mucha» 
doblas de oro de cíen doblas marroquíes cada una; otrosy fallaron 
muchas vergas de oro, de que facían aquellas doblas; otrosy mu- 
chas argollas de oro e de plata que traían las moras en las gar- 



60 

gantas, e en los brazos, e en los pies, e mucho aljófar, e muchas 
ricas piedras presciosas, e muchas espadas guarnidas de oro e de 
plata, e muchas espuelas, e muchas cintas de oro e de plata, e 
muchos paños de oro, e muchas tiendas de grand prescio. 

E mucho"? de los que ovieron este robo, fuyeron con ello á Ara- 
gón e á Navarra, e aun fasta do estaua el papa Benedicto. E tanto 
fué el oro e la plata, que abajó la sesma parte. E fizo poner el rey 
don Alonso todas estas joyas cada una á su parte, e fizo poner á 
los moros en sogas, e delante el fijo del rey Alboacen, e el fijo de 
Sojulmenza con ellos, e fizo llamar al rey de Portogal, e mostró- 
gelo todo, e dixo que tomase de todo cuanto quisiese. Eel rey don 
Alonso de Portogal, su suegro, tomó de las espadas, e sillas, e 
frenos, e espuelas, lo que le plogo, mas de las doblas non quiso; 
e por esto que non quiso de las doblas, dióle el rey don Alonso al 
fijo del rey de Sojulmenza e á otros moros. E el rey de Portogal 
fué mucho pagado de cuanta onrra le fizo su yerno el rey de Cas- 
tilla, e salió de Sevilla e fuese á su reyno de Portogal, e fué el rey 
de Castilla con él por le facer onrra fasta Cazalla, e dende se fué 
el rey de Portogal para su tierra, e tornóse el rey de Castilla á 
Carmena, porque avia de librar allí algunas cosas. 

E después desto, embió el rey don Alonso á don Juan Nuñez 
con el su pendón que toviera en la batalla al papa, e levó algunos 
de los pendones de los moros, e el cauallo del rey que tovo aquel 
dia con sus sobreseñales, e embióle de los moros e de los canallos 
que tomó aquel dia en la batalla, e embióle demandar que le ficie- 
se alguna ayuda para mantener aquella conquista. E el papa e 
los cardenales cuando lo sopieron, saliéronlo á rescebir muy lejos 
de la villa, e tantas fueron las gentes que allá salieron, que en 
dos leguas ovieron de andar desde la mañana fasta ora de nona. 

E el dicho Juan Martínez entró en Aviñon ante el papa en esta 
manera: Uevaua primeramente el pendón del rey delante, e en pos 
del iban los cauallos de los moros que tomaran en la batalla, e iba 
uno en pos de otro, e llevauan los cauallos los ornes á diestro, e 
iban ensillados, e cada cauallo llevaua una espada e una adaraga 
en el arzón de la silla. E luego cerca del pendón del rey iba el su 
cauallo con sus coberturas. En pos desto, iban veinte e cuatro mo- 



61 

ros que llevauan veinte e cuatro peadones de los suyos á cuestas 
bajos. E así llegó antel papa, e el papa descendió de su silla, e 
trabó el pendón del rey don Alonso con su mano, e comenqó á 
decir: — Vexilla Regís froAeunt, falyet Crucis mislerium. E los 
cardenales, e los arzobispos e obispos, dixeron todo aquel himno 
fasta en cabo, que dice así en romance:— La señal del rey apa- 
resce; pero el sacramento de la Cruz resplandesce. E esto asi fe- 
cho, mandó el papa llamar para otro dia ¿ grand Consistorio, e 
otro dia dixo el papa la misa e pedricó, e dixo muchos bienes del 
rey don Alonso, e otorgóle muchas gracias e loó á Dios por aque- 
lla merced que fizo á la cristiandat. E con esto se tornó de Aviñon 
el dicho Juan Martínez, e troxo al rey don Alonso muchas gracias 
del papa, más de las que le avia dado ante. A los treinta e un 
años del su reynado, este noble rey don Alonso ayuntó su hueste 
6 fué cercar á Alcalá de Abenzaide, e combatióla fuerte mente, e 
ganóla por pleytesía que se fuesen los moros en salvo con sus 
cuerpos. Otrosy ganó á Locobin por pleytesía, e á Priego, e á Ru- 
te, e á Benamexi, e á Matrera, e fizólas bien reparar e bastecer, e 
ganó á Carcabuey, e todo esto ganó en seis meses. 

En este año el almirante de Castilla, que era Micer Egidio Bo- 
canegra, e el almirante de Portogal que guardauan la mar, toma- 
ron de los moros siete galeas e un leño cargados de trigo, que 
traían á Algecira del rey Alboacen al puerto de Cebta, e tomaron 
mil e quinientos moros. A los treinta e dos años del su reynado, 
que fué en el año del Señor de mil e trecientos o cuarenta e tres 
años, los almirantes de Castillii e de Portogal, con cincuenta e dos 
galeas e treinta naos, vencieron toda la flota de los moros que 
eran noventa e seis galeas e leños, sin las gabras que fundieron 
las veinte e siete galeas, e tomaron veinte e una, e las otras fus- 
tas fuyeron, e murieron allí más de veinte mil moros. 

En este año cercó este noble rey á Algecira en sáuado, tres días 
de Agosto, e mandó á los almirantes que estudiesen cerca del su 
real, porque se acorriesen los unos á los otros. E mandó á los gi- 
netes que fuesen pelear con los moros de Algecira, e pelearon con 
ellos, e metiéronlos por la villa matando en ellos, e tomaron cua- 
tro vivos que truxeron al rey. E preguntólos qué gente avia en la 



62 

villa, e dixeron que avia ochocientos caualleros marines e doce 
mil ornes ballesteros, sin los otros omes para pelear, que eran por 
todos fasta treinta mil omes. Después desto llegó á la hueste el 
infante don Juan, fijo del infante don Manuel, e dióle el rey po- 
sada cerca del su pendón, en derecho de la Villa nueva. E los 
moros veyendo que non podian de allí tirar al rey don Alonso de 
sobre aquella cerca, embiaron á dos moros que lo matasen, e fue- 
ron tomados aquellos dos moros, e fizólos el rey atormentar, e di- 
xeron que venían por lo matar por mandado de los de la villa; e 
fallaron al uno dellos un cuchillo en la manga, e fizólos el rey des- 
cabeqar e traer sus cabeqas por el real. 

Después desto, mandó el rey echar tres celadas, e fizo á los don- 
celes que fuesen pelear con los moros de la cibdat, e salieron á 
ellos los moros, e pelearon con ellos, e salieron los de las celadas 
e mataron muchos dellos, e encerráronlos en la Villa nueva, e ti- 
raron tantas saetas e truenos de la villa, que los cristianos non lo 
pudieron sofrir e tornáronse al real. E estando así el rey don Alon- 
so sobre Algecira combatiéndola cada día con engeños muy fuer- 
temente, los moros de Granada, e de Málaga, e de Ronda, entra- 
ron correr tierra de cristianos, e levauan grand presa, e eran mil 
de cauallo e dos mil de pié, e sopólo Feruand González de Agui- 
lar, e ayuntó los suyos e los de Ecija fasta decientes de cauallo e 
quinientos omes de pié, e fué en pos dellos, e alcanzólos á la me- 
dia noche al rio de las Yeguas que avian pasado allende el rio, e 
tenían las vacas e las ovejas y. E cuando fué el alba, pasó Fer- 
nand González e los suyos el rio, e mandó luego á los que iban 
con él que fuesen ferir en los moros llamando Santiarjo. E ellos 
ficiéronlo asi. E quiso Dios ayudar á los cristianos, e mataron mu- 
chos de los moros, e los otros fuyeron, e duró el alcance dos leguas, 
e truxeron trecientos cauallos de los que murieron, e truxeron seis- 
cientos e cincuenta moros cativos, e truxeron toda la presa e vinie- 
ron don Gonzalo e los suyos todos sanos e alegres. E en este tiempo 
veno en ayuda del rey don Alonso, don Bernaldin de Cabrera, e 
mandó el rey que posase cerca de la mar á do estaua la flota de 
Aragón de la parte de la Villa nueva, e sirvió bien al rey en esta 
cerca. E en este tiempo, teniendo la flota del rey cercada á Algeci- 



63 

ra en que avia y cincuenta galeras de ginoveses e castellanos, e 
diez galeas de Aragón, e cuarenta naves de Castilla, ovo grand tor- 
menta en la mar, e quebraron tres galeas e dos naos e bajeles pe- 
queños cei-ca la villa, e salieron los moros e tomaron la vianda que 
traian, de lo cual ovieron grand pesar todos los cristianos. Así es- 
tando, llegó al rey Ruy Pavón, e díxole cómo estaua el rey de Gra- 
nada con todo su poder al rio de Guadiato, e los moros de allende 
que estauan en Éstepona e venian á pelear con él. E el rey cuando 
lo sopo, embió luego por todos los caualleros de la frontera e ayuntó 
sus gentes, e fizo sus haces, e estovo atendiendo. E el rey de Gra- 
nada estovo allí quedo, esperando gentes más que avian de venir 
de allende. E el rey don Alonso non facia de dia e de noche si non 
laucar con los engeños e derriuar cuanto podia de la cerca e de las 
torres de la villa. E esto que este noble rey don Alonso facía con- 
tra ios moros, era sonado por todo el mundo. E todos los reyes e 
grandes señores lo cobdiciauan ver por los grandes fechos e con- 
quistas que facían contra los moros enemigos de la fé. E por ende 
don Felipe, rey de Navarra e conde de Eurones, Algosme de Mo- 
ragayn e Señor de Longavilla , estando en Erancia en estos conda- 
dos, veno de allá ayudar al rey don Alonso; e el rey rescibiólo 
muy onrradamente e fizóle mucha onrra, e troxo consigo ciento de 
cauallo e trecientos peones, e fizóles dar posadas con los de la Gas- 
cueña e con los del conde de Eox; e los de Inglaterra e de Alema- 
ña estauan en uno aparte por cuanto avian ávido contienda en- 
tre el rey de Francia e el de Inglaterra, e los alemanes ayudauan 
al rey de Inglaterra. E el rey don Alonso embió rogar á los reyes 
de Aragón, e de Portogal, e de Navarra, que mandasen á los de sus 
reynos que truxesen vianda al real, e ellos ficiéronlo así, e por 
esto avian grand ahondo en el real de todas las cosas que eran 
menester. 

Estando esto así, embió el rey de Granada mensajeros al rey 
don Alonso, en que le embió decir que dexase aquella cerca, e 
quel daría las doblas que solía, e más que le pagaría alguna 
cosa de la costa que allí fizo, e que ficiese treguas con él e con el 
rey de Benamarin. E él respondió que de allí non partiría fasta 
que fuese aquella villa suya; e con esto mandó que les mostrasen 



64 

aquellos mensajeros los sus reales, e mostraróngelos porque lo de- 
mandaron ellos. E ellos andudieron todos los reales e vieron cómo 
estaua aquella villa toda cercada, e la combatían lan recio, e vie- 
ron tantos nobles caualleros e tantos nobles yelmos con tantas fe- 
guras en ellos, que fueron mucho espantados. E con estas nuevaa 
tornáronse á su rey de Granada e contárongelo todo. Estando así 
el fecho, el rey don Alonso veyendo el grand menester en que es- 
tauan para pagar toda esta gente el sueldo, e non tenia de qué, 
que todo el reyno era gastado, e porque non gele fuesen las gen- 
tes, embió pedir prestado al papa, e al rey de Francia, e al arzo- 
bispo de Toledo para aquella conquista. E el papa prestóle veinte 
mil florines por tiempo cierto, e embióle cincuenta mil florines el 
rey de Francia, e embióle decir que gelos daua endonados para 
esta guerra. E el rey pagó luego á los ginoveses que se querían ir 
con sus galeas, e á los de las naos e á los caualleros que estauan 
en grand menester. E el conde de Fox demandó estonce sueldo 
al rey, si non, que se queria ir, e el rey e todos toviérongelo á 
mal; ¡jero el rey pagógelo, porque non se fuese nin desmanase el 
real, porque los moros non se esforzasen contra él. E dio al con- 
de cada dia docientos maravedís para su mesa, e á su hermano 
cincuenta maravedís, e al de cauallo ocho maravedís, e al de pié 
dos maravedís. 

£ estando así, llegaron cartas al rey del obispo de Jaén, don 
Juan, e del Comendador de Segura, en cómo habían entrado á 
correr á tierra del rey de Granada, e estudieron allá cuatro diaa 
e cuatro noches, e truxeron muchas vacas e muchas ovejas, e mo- 
ros e moras captivos. E desto ovo el rey muy grand placer e di^ 
muchas gracias á Dios; e estando así el fecho, los condes de Arby 
6 de Solusber dixeron que el rey de Inglaterra, su Señor, les 
enviaba decir que se fuesen luego, que los habia mucho menester 
porque habían de tratar entre él e el rey de Francia e ellos que 
quisieran estar si non por esto. E él gradesciógelo mucho e fué- 
ronse su carrera. E dixeron al rey que los maravedís que habían 
tomado e non los sirvieron, que los querían para el camino, e asi 
se fueron. 

Después desto, el rey de Granada e los moros de allende He- 



65 

garon A Gibraltar e embiaron algunos dellos que pasasen el rio 
de Guadarranque e llegasen al i"io de Palmones, que era á media 
legua del real, e ellos ficiéroulo así. E el rey cuando lo sopo, echó 
tres celadas pensando que entrarían los moros; mas un enacíado 
se pasó allá e lo descubrió, e cuando vido el rey que eran descu- 
biertos, 6 ellos non lo sabían, embió por los suyos que se viniesen 
de la celada, e ficiéronlo así. 

En este tiempo el rey de Navarra adoleció e fuese para su tier- 
ra, e murió en Jerez. E otrosy el rey don Alonso, con los fuertes 
combates que daua á esta villa, ovo de tomar la torre de Cartage- 
na, e puso cristianos que la guardasen, e avíala de mantener de 
viandas; e por eso le era grave cosa de complir, por cuanto los 
moros de allende la tenían muy cerca de su real. E acaesció que 
el rey ovo de embiar con vianda aquella torre al maestre nuevo 
Ahamiso, maestre de Alcántara, e á Eernand González, Señor de 
Aguílar, e á los concejos de Córdoua, e de Ecija, e de Carmona, 
e de Xerez, e levaron vianda e pusiéronla en la torre, e á la tor- 
nada non sopieron el vado que estaua alto por la cresciente, e 
afogárense el maestre e Fernand González, Señor de Aguílar, e 
otros frailes de Alcántara, de lo cual ovo muy grand pesar el rey 
don Alonso. E después desto, el rey de Granada embió decir al 
rey don Alonso que oviese paz con el rey de Marruecos e con él, e 
qu3 él sería sa vasallo e le daría sus parias cada año, que eran 
doce mil doblas, e que descercase á Algecira, e por la costa que 
ficiera, que le daría trecientas mil doblas. E el rey dixo que le 
placía, mas que se viese primero con él; e esto facía él por cobrar 
una vez las doblas para pagar aquellas gentes, e lo otro por lo 
tomar para sí e lo quitar del rey de Marruecos. E dixo el rey de 
Granada que lo vería con el rey de Marruecos. E en esto estando, 
llegaron dos caualleros moros de Algecira al rey de Marruecos 
que le dixerou que non avia pan en la cibdat, e que la embiase 
acorrer, si non, que era perdida la cibdat. E luego el rey de Gra- 
nada e el re}' de Marruecos con todas sus gentes pasaron el rio 
de Guadarranque, e venieron contra el rio de Palmones, sus haces 
paradas, e luego que lo sopo el rey don Alonso, repicaron las 
xjampanas en el real, e salió luego el rey con su pendón en la de- 
ToMO CVI. 5 



66 

lantera con sus gentes, e ordenó sus haces muy bien, e mandó 
salir de sus naos á las gentes que estauan dentro, e se viniesen 
luego á él allí para pelear con los moros, e ficiéroulo ellos así. E 
vinieron luego don Juan Alonso de Alburquerque con sus vasallos 
e los vasallos del infante heredero don Pedro, e Garcilaso, e los 
vasallos de don Tello e otros muchos, e fincaron en la flota asaz 
de gentes e infanzones, e otros muchos fijos dalgo. E el rej' orde- 
nó muy bien sus haces, e porque algunos de los moros quisieran 
pasar el rio de Palmones, e venian do estaña el rey, mandó el rey 
á don Juan Nuñez e á los otros que tenian la delantera, que fue- 
sen ferir en ellos, e firieron en ellos tau de recio, que tornaron 
los moros fnyendo á pasar el vado, e los cristianos iban matando 
en ellos, e allí murieron muchos moros, dellos afogados por pasar 
ayna el vado, e dellos á espada. E mandó luego el rey pasar á to- 
dos los suj-os, e pasó él con ellos el vado, e fizo de los suj'os tres- 
haces e saliéronse en tres cabezos. E el re}' mandó á don Juan 
Nuñez con la delantera que fuese á una haz, e mandó á los del in- 
fante don Pedro, su fijo heredero, con su pendón, que fuese á la 
otra haz, e el rey fué á la otra haz e mandó que el alcance dura- 
se hasta la noche. E los moros cuando vieron aquellas tres haces 
así bien ordenadas que venian contra ellos, non cataron por se de- 
fender, e tornaron fuj-eudo, dellos contra Gibraltar, e dellos con- 
tra Castellar. E los cristianos fueron en pos dellos matando fasta 
que los partió la noche, e allí fueron muchos muertos e captivos. 
E el rey don Alonso atendió en un otero á todos los suyos fastar 
que fueron llegados, e viniéronse mucho alegres para su real. E 
esto fué víspera de Santa Lucía, en el mes de Diciembre. Nunca 
en aquel dia el i*ey se desarmó, e ayunaua, e truxeron muchos 
captivos. 

E después desto, los moros que estauan en Gibraltar, veyendo 
cómo fueran vencidos e desbaratados, e que .non podían descercar 
la villa, cataron manera cómo la fasteciesen, e fincheron una ga-- 
lea de fariña, e de miel, e de figos, e de manteca, e mandaron al 
patrón que la leuase á la cibdat de Algecira. E un mo^o cristiano 
que estaña y, fuyó de la galea e venólo á decir á la flota de los 
cristianos, e aguardáronla, e cuando vieron que venia, fueron tres 



67 

galeas á ella e tomáronla con todo cuanto traían; e desto ovo el 
re}' e todos muy grand placer, por cuanto de dentro de la villa non 
avia ya que comer, e si aquella galea allá llegara, tuvieran un 
grand tiempo vianda para se defender. E estando así el rey don 
Alonso sobre Algecira, e combatíala por mar e por tierra, e teníala 
toda cercada porque non le entrase acorro de viandas, veno al rey 
un moro del rey de Granada que decían don Hacan Alí^arafe, con 
carta del rey, en que le embiaba decir al rey don Alonso que to- 
viese por bien de dejar salir aquella gente de los moros de la villa 
á salvo con todo lo suyo, e otrosy que diese treguas por quince 
años á él e al rey de alien mar, e que le darían la cibdat, e que él 
sería su vasallo, e que le daría cada año doce mil doblas de oro en 
parias. E el noble rey don Alonso ovo su consejo, e falló que era 
mejor de tomar luego la cibdat, pues gela dauan, que non estar 
allí faciendo tan grandes costas. E fizo llamar aquel moro man- 
dadero del rey de Granada, e díxole que tenía por bien de tomar 
la cibdat de Algecira, e que el rey Alboacen e el rey de Granada 
ovíesen con él tregna por diez años e non más, e que el rey de 
Granada fuese su vasallo e le diese las parias, e que en esto les 
facía grand gracia, e le diesen luego Algecira, e los moros que ay 
estañan que se fuesen en salvo, e los cristianos que tenían en la 
villa captivos, que los diesen al rey don Alonso. E los mandade- 
ros, por el poder que tenían, otorgáronlo todo al rey, segund es 
contado, e ficiéronle los mensajeros del rey de Granada vasallaje 
al rey don Alonso en nombre de su Señor el rey de Granada. E 
dixo estonce el rey don Alonso: — Loado sea el nombre de Dios 
que me dio tal ventura, e que se le membró de mí en me fazer ga- 
nar á Algecira. E así fueron puestas las paces como avedes oído, 
e fuéronle entregadas las Algeciras al noble rey don Alonso en 
sáuado, víspera de Eamos, veinte e siete días de Marzo d'i^l año 
del Señor de mil e trecientos e cuarenta e cuatro años, e tóvola 
cercada veinte e dos meses. E asi perdió África todo su bien, ca 
era llave e flor entre moros e cristianos. E así ovieron todos los 
moros grand quebranto por ello, e luego que el rey entró dentro, 
falló una mezquita e fizóla consagrar á los perlados, e puso en 
ella onrrados clérigos, e fizo cantar en ella muchas misas por su 



68 

alma, e mandóla llamar Santa María de la Palma, e fizo facer 
otras muchas iglesias, e puso los nombres, e dióles mucho aver e 
ordenó muy bien la cibdat, e partió amas las villas muj' bien e 
fizólas poblar ordenada mente, e ordenó cómo viviesen los caua- 
lleros, e los peones, e fizóles dar quitaciones á todos, á cada uno 
segund su estado, e dióles muy grandes franquezas, e mandó muy 
bien labrar la villa, e partió dende e veno á Sevilla con muy 
grand placer. E así estando el noble rey don Alonso en grand 
placer, troxéronle muchos nobles casamientos para el infante don 
Pedro, su fijo; especialmente le troxeron á la infanta doña Juana, 
fija del rey Aduarte, de Inglaterra, e á su madre decían doña Fe- 
lipa, e era mujer de grand valor. E oviéronse de hacer los tractos 
en tal manera, que desposasen amos estos infantes en uno, e ca- 
saron noble mente. E esto así fecho, este noble rey don Alonso, 
teniendo las fijas delrey Alboacen, que tomó en la pelea de Bena- 
marin, e las pudiera matar si quisiera, fué la su nobleza de las 
mandar apostar de muy ricas vestiduras e de nobles caualgadu- 
ras, e diólas muchas joyas de grand valía, e embiólas al rey Al- 
boacen, su padre, e pasaron la mar, e fallaron al rey, su padre, 
en Pez. E cuando el padre las vido así venir tan apostadas á sus 
fijas, si ovo placer con ellas, bien lo podedes entender. E grádes- 
elo mucho al rey don Alonso aquello que fizo por él, e rescibió á 
sus fijas muy onrrada mente e á los que con ellas iban, e dióles 
muchas nobles dádivas e ovo muy grand placer en su cora'jon. 

Este rey Alboacen embió al rey don Alonso un noble presente 
en que le embió ricos sartales de oro e de piedras preciosas, e em- 
bióle muy rica vagilla de oro e de plata, muy rica mente obrada, 
e embióle cuatro cauallos muy ligeros e bien guarnidos, e embió- 
le muchas cintas e muchas espadas de oro e de plata, e espue- 
las de oro e de plata, e muchos paños de oro e de seda; e embióle 
muchos dientes de marfil, e algalia, e bálsamo muy presciado, e 
muy nobles coronas, e penas veras e grises, e embióle un león e 
dos leonas, e otras nobles e ricas joyas que non podían ser conta- 
das. E levaron este preserte dos moros: al uno decían Abdalla 
Afar, e al otro Abiterbo. E fallaron al rey en Villareal, e besáron- 
le las manos, e dixéronle cómo el rey Alboacen le embiaba aquel 



69 

presente. E él rescibiólos muy bien, e gradesciógelo mucho, e dió- 
les de sus joyas á los mensajeros e fuérouse su carrera. 

E después desto, en el año del Señor de mil e trescientos e cua- 
renta e ocho años, que fueron cuatro años adelante, fué la mor- 
tandat mayor que dicen la primera. 

E después desto, en el año siguiente del Señor de mil e trecien- 
tos e cuarenta e nueve años, aj'uutó este noble rey don Alonso sus 
huestes e fue á cercar á Gribraltar (1). 

E después en el año siguiente del Señor de mil e trecientos e 
cincuenta años, finó este noble rey sobre esta cerca de Gibraltar 
en viernes de la Cruz, veinte e seis dias de Marzo, e truxéronlo á 
Sevilla á él e á don Diego de Faro que finó allí, e enterráronlo en 
Sevilla en la Capilla de los Reyes. 

E después que reynó su fijo el rey don Enrique, mandólo lle- 
nar á Córdoua, e allí está enterrado con el rey don Fernando, su 
padre. 

CAPITULO CCL. 

DE CÓMO REYNÓ EL REY DON PEDRO, E DE LAS COSAS QUE FIZO 
EN SU TIEMPO. 

Después que así finó este rey don Alonso, fué alqado por rey 
el rey don Pedro, su fijo legítimo, por espacio de asaz tiempo. E 
estovieron él e los dichos sus hermanos bastardos que ovo este rey 
don Alonso de travieso en doña Leonor de Cnzman, su barraga- 
na, los cuales fueron don Enrique e don Fadrique, e don Tello, 
6 don Juan, en mucha paz e sosiego, e andudieron por los reynos 
de Castilla e de León sosegando e pacificando el reyno, e avien- 
do muchos placeres e deportes fasta tanto que el rey don Pedro 
fué á la cibdat de León; e á la entrada que entraña, vido en los 
palacios de un cauallero que se decia Diego Fernandez de Quiño- 
nes, un grand cauallero de la cibdat, una doncella, su parlen ta 
deste cauallero, que se decia doña María de Padilla, la cual era la 



(1) No se refiere cómo se rompió la tregua de los diez años que se 
asentó con el rey de Granada. (Nota marginal de mano de Zurita). 



70 

más apuesta doncella que por estonces se fallaua en el mundo. E 
el rey cuando la vido, como era mancebo de edat de fasta diez e 
siete año.", enamói-ose raucbo della e non pudo estar en sí fasta 
qre la ovo e durmió con ella. E tan grand fué el amor que con 
ella pus", que non presciaua á sus hermanos, nin á la re^-na doña 
Maria, su madre, mujer del noble rey don Alonso, nin los facía 
]ps onrras e fiestas que de antes les solia facer, de lo cual todos 
olieron mucho enojo e sentimiento. 

E fué acordado por ellos, e por los ga-andes del reyno, e por 
don Juan Alonso de Alburquerque, que era su privado deste rey 
don Pedro, que tractasen casamiento para el rey con doña Blanca 
de Borbon, fija del duque de Borbon, sobrina del rey de Francia, 
que era la más linda fembra que se fallaua por estonce por todo 
el mundo, diciendo que, aquella venida, que perdería el amor que 
con la dicha doña María de Padilla tenía. E dixeróngelo al rey 
don Felro, e de su consentimiento fué tractado el casamiento por 
dos obispos que al duque de Borbon fueron, por tal manera, qua 
dende á poco tiempo fué venida en Castilla la dicha doña Blanca 
de Borbon, e fueron fechas bodas al dicho rey don Pedro con ella 
en la villa de Valladolid, en la iglesia de Santa María del Anti- 
gua. E el rey don Pedro se agradó d prima facie de la dicha rej'-- 
ua doña Blanca, como quier que non estado con ella más de tres 
dias después que se veló e pasó á ella. E una noche partió de la 
villa fcecretamente, que non lo fizo saber á la reyna su madre, nin 
á la reyua doña Blanca, nin á sus hermanos, salvo á dos de sus 
camareros que cojisigo llevó, e fuese ppra el castillo de Montalban 
donde doña María de Padilla estaua, e dende para la cíbdat de 
Sevilla. 

E como esto vieron los hermanos del rey, como la re^^na doña 
Blanca de Borbon, como los otros grandes del rej'no que en Va- 
lladolid estañan, ovieron muy grand enojo dello, e toviéronse por 
burlados de aquel fecho, e creyeron que algunos fechos malos te- 
nia fechos al rey la dicha doña Maria de Padilla. E de acuerdo 
de todos e de la reyna doña María, su madi'e del rey, embiaron 
á don Juan Alonso de Alburquerque al rey don Pedro á la cíbdat 
de Sevilla para decirle que quisiese tornar á su mujer e facer vida 



71 

cou ella, e que se dexase de continuar con doña María de Padilla, 
que non era curra suj'a nin de sus réjanos dexar á tan noble e 
vertuosa reyua como era la reyna doña Blanca de Borbon, e tan 
generosa, e fermosa, que ellos e todo el reyno eran contentos mucho 
con ella. El cual dicho don Juan Alonso de Alburquerque, con- 
fiando mucho en la grand privanza que tenia con el rey don 
Pedro, ci-eyendo que non faría más de cuanto él ordenase e le 
dixese, acebtó la embajada, e les aseguró de no venir de allá fas- 
ta que ficiese que echase de sí á doña María de Padilla, e de le 
facer que ficiese vida continua cou la reyna, su mujer. Ill cual 
luego partió, e se fué para la cibdat de Sevilla, e el rey desque 
sopo que venia, por le facer onrra, salióle á rescibír, e mostróle 
buen amor, e mandóle bien aposentar, e dióle grandes jo3'as, e 
cauallos, e preguntóle que cómo venia. El cual le dixo que venia 
de parte de la reyna, su madre, e de sus hermanos, e de la reyna, 
su mujer, e de los otros grandes de sus reynos á le decir e supli- 
car todo lo suso dicho, e que mirase bien su honestidat, e lo que 
los susodichos le embiauan decir que cumplía á su servicio, e lo 
que segund Dios e razón debia ser. E el rey don Pedro, como lo 
oyó, fué muy enojado por lo que don Juan Alonso le decía, e res- 
pondióle que en ninguna manera non lo faría, e que sopiese que 
la reyna doía Blanca en sus ojos le parescia mal, e que doña 
María de Padilla le parescia que era la más fermosa dueña que en 
todo el mundo avia, e que aquel avia seido el su primero amor ; por 
ende que él non ternia otra mujer si non á doña María de Padi- 
lla. E don Juan Alonso le tornó afincar mucho acerca dello, fa- 
blándole muchas razones, e dándole muchos e buenos consejos, e 
amonestándole lo que de ello podría nascer, segund que nasció. 
E el rey le respondió desque vio que tanto le afincaua, muy sa- 
ñuda mente, diciéndole que £Í más gelo decía, que non se podría 
bien fallar dello. E como esto vido el dicho don Juan Alonso, fué 
muy sañudo, e partióse para Castilla, e veno á Valladolid , e con- 
tó su embajada á las reynas e á los hermanos del rey, e con ello 
fueron todos pesantes. E este don Juan Alonso con ira que tenia 
porque el rey don Pedro non quisiera facer lo que le él rogaua, e 
■decia, nin tenia tanta parte en él como solía tener, acordó de po- 



72 

ner, como puso, omecillo e cizaña entre el rey don Pedro con la 
reyna, su mujer, e con los hermanos del, que les consejó que 
ficiesen levantamiento, que el rey don Pedro non era para ser 
rey, pues que non quería facer vida con su mujer la reyna doña 
Blanca, e que por ella habrían cabsa de lo destruir, e echar del 
reyno, e ser ellos señores del, e asimismo le tomarían sus pechos 
e derechos de sus cibdades e villas para con que le ficiesen guerra. 
E fué así que tan grandes bollicios e escándalos ovo en el reyno, 
que grand tiempo ovo que mayor non fuera. E embiaron cartas 
á todas las cibdades e villas quejándose del dicho rey, por tal 
manera que la mayor parte de las cibdades e villas del reyno se 
altearon contra el rey, e recudían con los pechos e derechos de 
aquellas cibdades á la reyna doña Blanca, e á los hermanos del 
rey, para pagar sueldo á grandes gentes de pié e de cauallo que 
con la reyna e con ellos de continuo traian sobre aquella razón. 
E como el rey don Pedro esto sopo, venóse para Castilla, e andu- 
do apoderándose de algunas cibdades, e villas, e lugai'es que lo 
bien querían e su voz tenían. E estos debates duraron bien tres 
años. E á cabo de los tres años acaesció que estando el rey don 
Pedro en la villa de Tordesillas, con mucha gente de armas que 
juntaua para ir á cercar á Toro, donde estañan sus hermanos, 
e la reyna doña Blanca, su mujer, con muchas gentes de armas 
á les dar batalla, e non atendían salvo que abonase el tiempo, por- 
que era cuaresma e facia grandes aguas e fríos, pasó por aojo 
de la villa de Tordesillas una batalla de gente de armas que po- 
dían ser fasta mil ornes de armas con un estandarte todo iiegro, e 
con cuatro trompetas, e en medio do la batalla llevauan unas an- 
das muy guarnidas de seda, e dentro dellas un cuerpo finado. E 
el rey se maravilló mucho qué cosa era aquello, e embió en pos- 
dellos, que iban contra la villa de Toro, á dos caualleros suyos á 
saber quién eran, e fuéles respondido que en las dichas andas iba 
el cuerpo de don Juan Alonso de Alburquerque, que avia finado 
poco avia, e que mandara en su testamento á un fijo suyo que allí 
iba que lo troxesen en andas con el estado e gente de armas que 
en su vida solía tener en servicio de la reyna doña Blanca de 
Borbon, fasta que fuesen acabados los fechos que el rey don Pe- 



73 

dro, su marido, ficiese vida con ella. E que mandara so pena de 
su maldición e so pena de perder toda su herencia, á su fijo que 
lo toviese en cualquier lugar que la reyna estuviese, pues que non 
pluguiera á Dios darle vida para lo él ver. E que por aquello lo 
levauan en la manera que él veia para la villa de Toro , donde la 
reyna con todos los otros grandes señores estañan. E los caualle- 
ros que el rey erabió tornáranse para la villa, e contárongelo todo 
al rey, el cual se maravilló mucho dello, e pesóle porque tan tarde 
lo sopo, que ya irían el río de Duero abajo más de una legua, 
que bien quisiera salir á ellos con su gente e los desbaratar por 
quemar el cuerpo de don Juan Alonso de Alburquerque, que bien 
sabia él que le avia ordenado en su vida todo cuanto escándalo 
en sus reynos avia. E estando así los fechos en este estado, juntan- 
do e llamando los unos e los otros muchas gentes para que desque 
abonase el tiempo poner en todo riesgo aquellos fechos, e por la 
reyna doña Blanca, e por los hermanos del rey, fué acordado que 
antes que el verano fuese venido, que el conde Lozano don Enri- 
que que fuese á Segovia donde la madre del rey don Pedro esta- 
ña, á le decir e requerir que porque los fechos non viniesen en 
mayores rompimientos de lo que venidos eran sobre aquella razón, 
e Castilla non se perdiese si unos contra otros avian de pelear, 
porque seria causa que los moros entrasen por el reyno, e en su 
tiempo de ella Castilla se perdiese como de antes se perdió , e que 
segund la razón lo requería, que ellos todos querían estar á man- 
damiento del rey, su fijo, para que ficiese dellos lo que quisiese, 
de muerte ó de prisión afuera. E acerca de facer vida con la rey- 
na doña Blanca, que lo dexauan en su cargo que ficiese lo que por 
bien toviese, que porque en el reyno por estonce no avía persona 
alguna que lo pudiese mejor facer que ella, que le suplicase de 
parte de Dios e de todos ellos que lo pusiese en obra luego. 

E como don Enrique, conde de Trastamara, esto ovo dicho, la 
reyna, pensando que lo decía de coraoon, e que non avria engaño 
alguno, como después lo ovo, plególe mucho de coraeon, porque 
mucho deseaba ella paz entre su fijo el rey don Pedro, e sus her- 
manos. E caualgó e fuese luego para Tordesíllas e contólo todo al 
rey, su fijo, e comentóle á rogar afincada mente que quisiese ve- 



74 

nir á la paz e buena hermandat que le era á ella pedida por el 
conde Lozano, su hermano. E el rey don Pedro respondió que á 
él le placía mucho de tener paz coa sus hermanos, e con sus vasa- 
llos e caualleros; pero que non faria vida con su mujer, á su pesar, 
por la manera que ellos querían, salvo que aquesto quedase cuan- 
do él lo toviese por bien; pero que creía que esto era algund enga- 
ño por le facer alguna mengua e grand traición. E la reyna, por 
las cosas que el conde le avia cíicho, por las cartas que en su po- 
der estañan, dixo: — Fijo Señor: si ellos alguna mengua ó traición 
vos íiciereu, quiero desde aquí rescebir sentencia que me mande- 
des matar. E el rey, veyeudo que su Señora madre la reyna non 
le avía de facer nín ser en que le fuese fecho engaño alguno, dixo 
que le placía de facer estas paces. E la reyna desque esto oyó, 
partióse luego para la villa de Toro e concertó las dichas paces. 
E porque por estonce morían de pestilencia en todas las cibdades, 
€ villas, e lugares de aquellas comarcas, e porque la villa de Tor- 
desíllas era pequeña, fué acordado que las vistas se ficiesen en 
Toro, aunque el rej' don Pedro se rescelaua dello, e que las gen- 
tes de armas que estañan juntas de amas las partes, las derrama- 
sen, e así se fizo. E el rey don Pedro partió de Tordesíllas afor- 
rado, que non levaua consigo salvo al maestre de Calatrava, e al 
prior de Sant Juan e á don Símuel Levi, su tesorero mayor de 
Castilla e su privado, e otros algunos sus oficiales. E los herma- 
nos del rey, e la reyna, su madre, e la reyna doña Blanca de 
Borbon, su mujer, como sopieron de la venida del voy don Pedro, 
saliéronlo á rescebir bien dos leguas de Toro, e cuando se vieron 
todos, descendieron de las muías en que iban e fincaron las rodi- 
llas en el suelo, e besáronle las manos e los pies, e él besóles á to- 
dos en la boca, que asi mesmo se apeó. E luego comenqó á fablar 
don Enrique, el conde Lozano, diciendo: — Señor: bien sabemos 
todos nosotros cómo sodes nuestro hermano -e nuestro rey natural, 
e vemos que vos avemos errado. Por ende dende aquí nos pone- 
mos en vuestro querer para que fagades de nosotros lo que la vues- 
tra merced fuere, e pedimos vos por Dios que nos querades per- 
donar. E el rey don Pedro desque esto vido, comencóse á llorar, e 
ellos con él, e dende á poco dixo que Dios los perdonase e que él 



los perdonaua. E tornaron todos á caualgar, e faciendo grandes 
alegrías, e corriendo cauallos, e jugando cañas, así se fueron para 
Toro. E el rey iba ea medio de las dos reynas; e como el rey don 
Pedro, e el maestre e prior, e don Simuel Levi fueron entrados 
por la puerta de la villa que dicen de Morales, luego fué echada 
una compuerta que uon dexaron enti'ar más gente de la que el 
rey leuaba, e en continente fueron cerradas todas las puertas de 
la villa de Toro, e se apoderaron de la persona del rey, e leváron- 
lo á su palai;io. E en su presencia le fueron dichas asaz feas pala- 
bras, e que aunque le pesase, faría vida con su mujer continua- 
mente de noche e de dia. E así mesmo en su presencia fueron pre- 
sos e muertos los dichos maestre de Calatrava e prior de San 
Juan (1), e otrosy fué preso e robado el dicho don Simuel Levi, 
e ficieron otro maestre e otro prior á quien ellos quisieron , e fa- 
cíanle firmar todas las cartas que ellos querían, por tal manera, 
que se apoderaron de todas las cíbdades, e villas, e fortaleeas de 
sus reynos, salvo de la cibdat de Segovia, que estaua aleada por la 
reyna, su madre. 

E cuantos obispados, e oficios, e beneficios vacaron en tiempo 
de tres años que este rey don Pedro estovo en esta opresión en 
todos sus reynos, tantos fueron dados á los que ellos quisieron. 

E desque el rey don Pedro quería ir á caza, j'endo en muía, 
iban con él mil ornes de armas de guarda, e salían con él fasta 
obra de una legua, á caza de ribera del río de Duero ó á raposos. 
E así por esta manera estovo que cuanto sus reynos rentaron en 
estos tiempos, tanto se tomaron para sí e se repartieron sus her- 
manos e la reyna doña Blanca. E por dar color á estos fechos, non 
dieron lugar que la madre del rey don Pedro se fuese de la villa 
de Toro, e caia la guarda del re\'' á sus hermanos á cada uno su 
dia. E acaesció que un dia copo la guarda á don Tello, su her- 
mano. E el rey don Pedro, sintiéndose opreso e contra su volun- 
tad segund su grand coraron, de estar tanto tiempo en Toro como 
avia estado, fabló á don Tello su hermano en poridat, rogándole 
que le diese lugar como él se fuese de allí, pues que en su mano 



(1) Esta prisión y muerte no es como se dice. {Nota de Zurita). 



76 

era, e que le daría la villa de Aguilar de Campo con todas las 
Asturias de Santillana, e el Señorío e condado de Vizcaya, que 
serian todos más de sesenta mil vasallos, e que regiría e goberna- 
ría sus reynos e señoríos. E don Tello le respondió qiie non lo po- 
dia él facer, porque todos se tenían fecho pley to e homenaje de 1» 
non soltar sin consejo e consentimiento de todos. 

E el rey don Pedro le dixo que él como rey le alzaua el pleyta 
e homenaje de le no tirar los lugares en toda su vida, e que le 
daria cartas dello. E tanto le afincó, que gelo ovo de otorgar. £• 
amos á dos se fueron para una ermita, que es cerca del rio de 
Duero, adonde andauan á caza. E porque llovía por estonce, se 
entraron en ella, e allí escribió el rey don Pedro de su mano la 
merced de los dichos lugares e el pleyto e homenaje, con unas 
escribanías en un pedazo de papel que les dio su secretario de don 
Tello. E luego que esto fué fecho, mandaron ir á toda la gente de 
armas de la guarda tras unos cerros pequeños que ende estauan, 
e caualgaron en sendos cauallos, e pasaron el rio de Duero á nade 
con grand peligro, porque por estonce venia mucho crescido. E 
no curaron de ir á la puente, por no ser descubiertos, e comen ca- 
rón de aguijar contra Castro Ñuño, e allí dexaron los cauallos e 
tomaron otros, e corrieron cuanto pudieron fasta que llegaron á 
Medina del Campo, e allí tomaron otros cauallos e dexaron los 
que llevauan, e otro tanto ficieron en Arévalo. E así fueron en esa 
mesma noche puestos en la cibdad de Segovia. E como el rey don 
Pedro se vido en Segovia, escribió cartas á todas las cibdades e 
villas de sus reynos recontándoles lo que le avia contescido en 
Toro, en cómo sus hermanos e la reyna doña Blanca de Borbon, 
su mujer, lo tovieron opreso tanto tiempo con esfuerco e favor de 
algunos caualleros de sus reynos; por ende, que él revocaua las 
cartas que le avian fecho firmar contra su voluntad durante la 
dicha opresión, e que doliéndose del como "de sia rey e su señor 
natural, que le quisiesen todos ayudar, que él entendía de los pu- 
nir e castigar por justicia, e que mandaua que todos los omes de 
veinte años arriba e de sesenta años ayuso, todos se viniesen para 
él luego. E como las cartas fueron llegadas, vínole mucha gente, 
así de pié como de cauallo, de unas partes e de otras de sus reynos. 



77 

€ el rey movió contra Toi'o. £ como esto sopieron en Toro, el con- 
de Lozano se fué para Galicia á su condado de Trastamara, e del 
temor que tenia del rey, no osó parar en todo el re3'no, ante se 
fué por mar fuera del. E el maestre don Padrique se fué para su 
maestradgo e comen9Ó á bastecer sus fortalegas, e todos los ODros 
condes e caualleros se fueron fuyendo, que nenguno non quedó en 
Toro con las reynas. E el rey don Pedro prestamente fué sobre 
ellas con la más gente que tovo, e cercó la villa, e dende á cuatro 
dias se la dio. E las reynas retrajéronse al castillo de la villa, e 
el rey mandólo combatir de todas partes, e porque no es fuerte, 
oviéronsele de dar. E desque las tovo en su poder, mandó llevar 
de noche a la reyna doña Blanca de Borbón al castillo e fortaleza 
de Urueña, e mandóla entregar presa á don Lope Ortiz de Estú- 
ñiga, e que la levase al alcázar de Xerez de la Frontera, e que la 
toviese bien guardada ende. E después la mandó matar. E don 
Lope Ortiz non la quiso matar, diciendo que non mataría á su 
Señora la reyna. E por esto este rey don Pedro embió mandar á 
don Lope Ortiz de Estúñiga, que la entregase á la reyna á otro 
cauallero que embió, e el alcáqar de Xerez, e que se viniese para 
él. El cual don Lope Ortiz lo fizo así e partióse dende. E luego 
aquel cauallero fizo afogar á esta reyna doña Blanca con una toca. 
La cual fué sepultada en Sant Francisco de Xerez, delante del 
altar mayor. 

E mandó otrosy levar á la reyna su madre al alcácar de Sego- 
via, e fué muerta dende (1) á poco que la levaron. 

E así este rey don Pedro andudo por sus reynos recobrando sus 
cibdades, e villas, e lugares, e fortaleeas, que ansí tenían dadas 
sus hermanos, e matando e tirando bienes á los que fallaua cul- 
pantes en aquel fecho. 

E después fuese para Sevilla á estar con la reyna doña María 
de Padilla. E en esto acaesció que el rey don Pedro se fué por el 
rio de Gruadalquivir ayuso fasta la mar con ciertos caualleros de 



(1) La reina doña María murió en Portugal, y éste parece que se- 
ñala que fué muerta en Segovia. {Nota de Zurita). 



78 

su casa, encima de una galea, e salió á SantLucar de Barrameda 
e á la mar. E andando con otras muchas fustas pequeñas que con 
él iban deportándose por la mar, veno un canallero cosario de 
Aragón en una galea de armada contra él por lo matar. E como 
quier que le fué dicho que allí estaua el rej don Pedro, que se 
tornase, non lo quiso facer, mas antes echaua truenos e lombar- 
das contra la galea del rey, que la forado toda e entraña por ella 
el agua tan fuertemente, que si non la acorrieran, se anegara. E 
el rey desque esto vido, ovo grand temor de ser muerto. E por los 
grandes galeotes e maestros que dentro de la galea venían, se veno 
fuyendo fasta Sant Lucar. E luego salió el rey e todos los otros á 
cauallo en tierra, e embió á notificar lo susodicho al rey de Ara- 
gón, e embióle rogar que le entregase aquel cosario para facer 
del justicia, pues que en los mares del rey don Pedro fizo el 
delito. 

E porque este rey de Aragón non lo quiso facer, antes le res- 
pondió que lo embiase acusar ante él e que él le furia del justicia, 
por esto el rey don Pedro le desafió por si e por sus reynos al rey 
de Aragón e á los suj'os. E sacó sus huestes este rey don Pedro e 
entró tan brauamente por los reynos de Aragón, quemando, e ta- 
lando, e matando, e levó muy grandes lombardas e pertrechos de 
guerra, que non iba á lugar que non se le daua. E tomó por fuer- 
-ja las cibdades de Albarracin, e Teruel, e Horiguela, e la villa 
de Carinana, en la cual Carinana fizo facer grand crueldat á los 
vecinos della, á unos matando e á otros cortando los pies e las 
manos, e á otros las narices. Esto, porque este rey les embió decir 
antes que por la villa pasase con sus gentes, que le diesen vian- 
das por sus dineros, e que no les mandaría facer ningún mal, e 
tomó otras fortaleeas. 

E estando dentro en Aragón faciendo la guerra, queria ir sobre 
Zaragoza, vinieron nuevas al rey don Pedro que el rey Bermejo 
de Granada, que avia corrido e robado toda el Andalucía, así los 
ganados como cativando muchas gentes, e que avia tomado algu- 
nos castillos de la frontera que estauan todos seguros, seyeudo 
este rey Bermejo vasallo del rey don Pedro, e el rey don Pedro 
le avia dado favor cuando reynó, segund que más laigamente está 



79 

escrito en la Corónica verdadera deste rey dou Pedro (1); porque 
hay dos Corónicas, la una fengida, por se desculpt^r de los yerros 
que contra él fueron fechos en Castilla, los cuales causaron e prin- 
cipiaron que este rey don Pedro se mostrase tan cruel como en su 
tiempo fué. E como el rey don Pedro sopo esto, acordó de no es- 
tar más en Aragón e dése venir para el Andalucía, á fin de se ven- 
gar de este rey Bermejo. E por esta cabsa ovo de facer paz con el 
rey de Aragón, e dióle e entrególe las cibdades, e villas, e forta- 
lezas que le tenia tomadas, que si non fuera por lo que fizo el rey 
Bermejo, antes de medio año el rey don Pedro tomara todo el rey- 
no de Aragón, segund el grand temor que le avian, e fuera cabsa 
que fincara para siempre para la corona real de Castilla. 

E piirtióse e dexó todos los pertrechos e lombardas en Soria, e 
fuese para Sevilla. E como el rey Bermejo lo sopo, ovo grande 
temor del, e este rey don Pedro lo embió asegui'ar con dos caua- 
lleros que allá embió, diciendo que creía que de su voluntad non 
fué fecho aquel error, salvo de grado del Albaicin de Granada e 
de algunos otros caualleros del reyno, por lo indignar con él. E 
que crej-ese que lo ficieron por lo disponer de rey desque el rey 
don Pedro lo desamparase, e que no tenia en él menos que antes. 
E el rey de Granada desque oj'ó aqiiesto, aseguróse mucho, ca non 
pensó que le tenia otro omezillo. E dende á poco, acaesció que le 
nasció al rey don Pedro un fijo de doña Maria de Padilla en Se- 
villa. E embió convidar al rey Bermejo que viniese á las fiestas 
que avia de facer por el nascimiento de su fijo, e á ser su compa- 
dre. E el rey Bermejo dixo que le placía; pero que le embiase su 
seguro; e el re}' don Pedro gelo embió, e luego se vino e¿te rey 
Bermejo para Sevilla e troso consigo seiscientos caualleros, los más 
currados e más ricos del reyno de Granada, los cuales e él j^ara 
aquellas fiestas vinieron los más guarnidos que pudieron. E des- 
que este rey don Pedro sopo de la venida del rey Bermejo, mandó 
aderescar cuantos juegos se facian en Sevilla cuando rescebian á 
él e á los otros re3^es, e fizo desde la puerta del alcáqar por donde 



(1) Do; historias del rey dou Pedio. {Nota marginal de mano de 
Zurita). 



80 

entró poner en el suelo alhombras, e á las paredes paños de Ras 
ricos, 6 en el cielo paramentos colorados, e saliólo á rescebir él e 
toda su cauallería fasta dos leguas camino de Carmona por donde 
él venia. E desque se vieron, abrazáronse e diéronse paz estos dos 
rej'es; e desy todos los otros caualleros moros que con él venian, 
besaron las manos al rey don Pedro, e así se vinieron para Sevi- 
lla con muchas trompetas e atabales, e faciendo grandes alegrías, 
e entraron por la cibdat fasta el alcácar. E fué aposentado el 
rey Bermejo en el alcáqar nuevo que este re}' don Pedro mandó 
facer, que es la más rica e la más onrrada labor que por estonce 
ovo en todo el mundo, en especial el palacio del Caracol, que en el 
suelo todo está de piedras grandes de labastro e de jaspes mu}' ri- 
cas, e en las paredes e en el cielo está todo de oro e de azul da- 
cre, e lleno de mármoles chicos e grandes de muchos colores. E 
fizo asimismo las Atarazanas, donde están las galeas, con la forta- 
leza donde ponen los presos que deben al rey debdas; e la Torre 
del Oro con su torrito, que es muy fuerte e muy fermosa, e dícenle 
la Torre del Oro, porque allí ponia sus tesoros de oro. E fizo asi- 
mismo la Huerta del Alcoba, con las torres e cerca de alrededor 
della, e mandóla poblar de muchos árboles. E él aposentóse en el 
alcácfar viejo, e mandó enderescar bien de cenar para el rey de 
Granada de muchos manjares de diversas maneras, e mandó que 
los otros moros fuesen muy bien aposentados por la cibdat. E des- 
que ovieron cenado, el rey don Pedro llamó á consejo al conde 
don Tello, su hermano, conde de Vizcaya, e á don Simuel Levi, 
su privado, que le decia el rey padre; e otrosy á los letrados de 
su consejo, e los otros grandes caualleros que con él ostauan. E 
estando así juntos, díxoles: — Los que aquí fuestes ayuntados es 
que vos quiero preguntar que me digades si uno quebranta á otro 
cualquier juramento, e pleyto, e homenaje que le tenga fecho, no 
aviendo cabsa de lo quebrantar, e el otro después le quebranta á 
él, después de aquel yerro fecho, cualquier seguro, e pleyto, o 
homenaje que le haya fecho, si por esto si yerra en cuanto á Dios 
e al mundo. 

E el conde don Tello, como lo oyó, ovo róscelo, pensando que 
por él lo decia, por el error que le ficiera con los otros sus herma- 



81 

nos ea su opresión, e respondióle e díxole que por quién lo decia. 
E el rey dixo que primera mente queria saber lo que sin cargo 
podia facer, e que gelo dixese. E por los letrados e por todos fué 
acordado que non erraua en cosa alguna el que le avian quebran- 
tado seguro á pleyto e omenaje, e le quebrantar él después otro, e 
que asi lo querían los derechos e leyes antiguas. E como el rey 
esto oyó, díxoles que ya sabían cómo este rey Bermejo de Grana- 
da, que era su vasallo, e por su mano era rescebido por rey en 
Granada, á pesar de la mayor parte del reyno, el cual le tenia 
asegurado por sí e por sus reynos, e aun fecho juramento en su 
ley de le ayudar contra todos los omes del mundo cuando lo ovie- 
se menester, e de le non facer mal nin daño á él nin á sus reynos, 
e que estando faciendo guerra al rey de Aragón, e teniéndole ga- 
nada grande parte de su reyno, e aquél teniendo en tanto aprieto 
que todo gelo queria entregar, para lo dejar consumido en la coro- 
na real de Castilla, segund que antiguamente fué en tiempo de los 
reyes de España, que el rey Bermejo, non mirando á cosa alguna 
de los beneficios pasados e al seguro, que le avia entrado por el su 
reyno del Andalucía, e le avia robado todo el campo e captivado 
muchos de sus vasallos, veyendo que en el reyno non avia al- 
gunos caualleros, que todos estañan con él en su servicio en la 
guerra de Aragón, e que pues lo tenia en su poder, que su volun- 
tad era de facer justicia de él, porque á él fuese castigo, e á los 
otros enxemplo. E por todos fué acordado que era bien, como 
quier que quisieran que por otra manera lo prendieran, mas non 
se podia facer. E luego mandó prender al rey Eermejo e á todos 
los otros caualleros moros que con él venieron, e mandólos tomar 
todo cuanto truxeron de su tierra, e tanto fué, que fueron de pie- 
dras presciosas e perlas gordas de aljófar, que fué en número de 
un cafiz, sin las otras joyas, e ropus, e jahezes, e espadas moris- 
cas, e cauallos, e acémilas, e moneda de oro, que non ha número. 
E otro dia en la mañana mandó caualgar al rey Bermejo en un 
asno, e diéronle la cola por rienda, e mandólo sacar al campo de 
Tablada, e mandólo atar á un madero que ende estaua fincado, e 
mandó que lo jugasen á las cañas. E fué acordado que porque era 
rey, que el rey don Pedro le tirase la primera caña; pero él non 
Tomo CVI. 6 



82 

le quiso tirar caña, salvo una lanca que lo pasó de parte á parte. 
E luego le fueron dadas tantas cañaveradas que apenas le quedó 
cosa sana en el cuerpo al rey Bermejo, de que luego murió. 

E el rey don Pedro mandó facer pesquisa de cuáles de sus ca- 
ualleros entraron con él á robar el Andalucía, e á los que falló que 
no vinieron, mandóles tornar todo lo suyo e embiólos en paz á su 
tierra, e todos los otros fueron captivos e algunos dellos muertos. 
E luego de mano del rey don Pedro fué al<jado por rey de Gra- 
nada el rey Mahomad, su vasallo, e fizóle otro tal seguro e pleyto 
omenaje, e guardólo mejor que el otro, segund adelante oiredes 
contar. 

E después desto así fecho, por ruego del conde don Tello fué 
perdonado e reconciliado el maestre don Fadrique, su hermano, 
con el rey don Pedro, e desque lo ovo así acauado, fuese para Viz- 
caya el conde. E después á poco tiempo, por afinco de doña María 
de Padilla, el rey don Pedro mandó matar á don Fadrique, su 
hermano, maestre de Santiago, en la cíbdat de Sevilla, en el al- 
cáear della (1). 

E asimismo fué muerto el infante don Juan en Toro á yerbas (2). 

E como estas cosas así se ficiesen, muchos del reyno, así de los 
grandes señores como de la comunidat, e algunos parientes de 
aquéllos que estauan fuera del reyno con el conde Lozano don En- 
rique, con muchas cibdades, e villas, e lugares del reyno, se co- 
mentaron á alear e rebelar contra el rey don Pedro, los cuales no 
querían obedescer sus cartas e mandados; e fechos todos liga, acor- 
daron embiar por el conde Lozano á las partidas de Francia, don- 
de estaña. El cual, como lo oyó, veno muy prestamente para en- 
trar por Navarra. E el rey don Pedro, como lo sopo, fuese luego 
para Burgos por le resistir la entrada, e embió sus cartas de lla- 
mamiento por todos sus reynos, porque le viniesen á dar favor, e 
registió la entrada á su hermano que venia con gi-and poder, e 
nengunos non le querían acudir, los unos porque no osauan, e los 
otros porque cobdiciaban su destruicion. E así que en esto estaua 



(1) La historia dice lo contrarió. {Nota de Zurita). 

(2) Contra la historia. {ídem). 



8;^ 

«on todo trabajo en su coraeon, e arrepentíase mucho entre sí por 
lo fecho. E estando en esto el conde Lozano, con las muchas gen- 
tes que traía, asi de franceses como de gascones, e de otras mu- 
chQ.9 gentes que con él venían, e otros muchos que so le allegauan 
■de los castellanos, vínose para Logroño, e luego fué rescebido por 
los de la villa dentro en ella. E así entrando, fué acordado, así por 
él como por los caualleros que con él venían, para que más presta- 
mente pudiera echar al rey don Pedro del reyno, que don Enrique 
tomase allí título de rey de Castilla e de León, e así fué fecho, 
que fué aleado por rey por ciertos caualleros e perlados que con 
¿1 eran de los rey nos de Castilla e de León, e desde allí se llamó 
rey el rey don Enrique. E el rey don Pedro, como lo sopo, ovo 
-dello grand pesar, e luego pensó ser perdido, como lo fué, e embió 
mandar llamar á los alcaldes e regidores de la cibdat de Burgos 
-donde él estaua, e mandóles que pusiesen buen cobro en aquella 
cibdat, e que non acogiesen en ella al conde Lozano, que se 11a- 
maua rej', nin á cauallero alguno poderoso sin su mandado, por- 
que dixo que él se quería partir para Sevilla e á Toledo, á poner 
cobro en ellas e en otras cibdades del reyno. E los de Burgos le 
-dixeron que se maravillauan de su merced, sabiendo que el otro 
rey venia e entraña por el re3'no, querer desamparar aquella cib- 
dat, e que farian su poderío en la defender. E el rey non dixo 
más, e á más andar se partió de allí e se fué para Toledo. E como 
fué entrado en Toledo, toda la cibdat se alteró e alborotó contra él 
e contra los suyos en tal manera, que no osó estar en ella, mas 
antes se partió luego della e se fué por la puerta de Alcántara. E 
salieron los de Toledo en pos del, e robáronle el su rastro. 

E el rey don Pedro fuese para la cibdat de Sevilla en la cual 
fué rescebido muy bien, e donde á diez días que en la cibdad entró, 
sopo cómo el rey don Enrique tenia ayuntada grand gente, e se 
venia á mas andar para Burgos. E como este rey don Enrique fué 
alqado por rey de Castilla e de León en Logroño, embió luego sus 
embajadores á la cibdad de Burgos á les decir cómo era él su rey 
•e señor natural, e no aquel malo tirano de don Pedro que se Ua- 
maua rey, e que él era fijo mayor del rey don Alonso, su padre, e 
que el rey don Pedro no merescia ser rey nin íacia fechos de rey 



84 

por esto. Por ende que les rogaua e mandaua que luego le acoge^ 
sen en su cibdad e lo apoderasen en lo alto e bajo della, como de- 
derecho eran tenidos, así como aquél á quien pertenecía el mayo-! 
rado de los dichos reynos, e en otra manera, que vernia podero- 
samente sobre la cibdad e les faría e mandaría facer cruel guerra 
de espada e de fuego. E como los de Burgos esto oyeron, fueron 
muy turbados, e non sabían qué se facer por así rescibír á otra 
rey, seyendo vivo el rey don Pedro; pero porque aun en la cibdad 
la mayor parte de los principales della les placía del mal del rey 
don Pedro, e por temor de ser muertos e robados por la muche- 
dumbre de gente que el rey don Enrique traía, e de cada un día 
se iban para él, ovieron de acordar de embiar al re}'^ don Enrique 
á le decir que les placía de lo acoger en la cibdad. E como esta 
sopo el rey don Enrique, venóse á la cibdad de Burgos, el cual 
luego fué rescebido en ella sin empacho alguno. 

E después que ansí fué onrrado este rey don Enrique en Bur- 
gos, embió sus cartas á todas las cibdades, e villas, e lugares de 
los reynos de Castilla, e de León, e de Galicia, e del Andalucía, 
e de Murcia, para que embiasen á él sus procuradores á le resce- 
bir por su rey e señor natural, e á le facer el pleyto homenaje que 
le era debido, que él les quería confirmar sus previlegíos, e usos, 
e costumbres. Lo cual les embió decir con las dichas arengas que 
dichas son do suso. 

E luego dende á pocos dias fueron venidos procuradores de las 
cibdades de Córdoba, e de Toledo, e Murcia, e de Cuenca, e de 
Avila, e de Segovia, e Salamanca, e Zamora, e de la mayor parte 
de otras cibdades o villas de los reynos susodichos. Los cuales se: 
ayuntaron todos en uno e acordaron de lo rescebir, como fué luego 
rescebido por rey, por nombre de todas las cibdades del reyno, e 
asimismo los condes e grandes omes lo rescebieron e juraron por 
rey, e luego lo coronaron al rey don Enrique. 

E como esto sopo el rey don Pedro, no sopo qué se facer, que 
bien vido que por sus pecados daua nuestro Señor Dios lugar que 
se ficiese contra él lo que se facía, e acordó de se ir del reyno por 
mar. E estando en este pensamiento, acaesció que un dia domin^ 
go, se algo la mayor parte de la gente de Sevilla contra la gente 



del rey don Pedro. Esto porque ya sabían cómo el conde I^ozano 
se alqaua por rey de Castilla. E fueron contra los del rey, e cer- 
cáronlos en el alcázar. E el rey don Pedro desque esto vido, en- 
tróse en la Torre que dicen del Oro que él fizo, orilla del rio de 
Guadalquivir, e mandó sacar e echar en el rio dos naos de las que 
tenia en las atarazanas, e mandólas bastecer de noche de todo lo 
que ovieron menester, e fizo poner dentro todo el tesoro que en la 
Torre del Oro tenia, e subió encima de la una de ellas, e muchos 
de los suj'os con él en quien se fiaua, e fuese el rio ayuso fasta la 
mar, e non paró fasta que llegó ul reyno de Inglaterra. E llevó 
consigo á una su fija, la cual casó allá con el duque de Alencas- 
tro, que era e es en aquella tierra gran señor e de mucha tierra, e 
pariente bien cercano del rey de Inglaterra. 

El cual rey don Pedro, como llegó á una cibdad donde el rey 
úe Inglaterra estaua, desembarcó, e el rey lo rescibió muy bien, 
e lo mandó aposentar á él e á los suyos mucho onrradamente, e le 
fizo grandes fiestas, e en poridat le preguntó de su venida. El re- 
contógelo todo, e después le rogó e requirió el rey don Pedro al 
rey de Inglaterra que ficiese juntar Cortes, e los grandes de sus 
reynos, porque en presencia de todos quería fablar con él. El cual 
rey de Inglaterra fizo luego llamar á Cortes los procuradores de 
sus reynos, e otrosy los grandes barones dellos. E desque estovie- 
ron todos juntos, este rey don Pedro dixo al rey de Inglaterra 
cómo él era fijo legítimo del rey don Alonso, rey de Castilla e de 
León, e fijo de la reyna doña María, su legítima mujer, e que al 
tiempo de su finamiento, el rey don Alonso lo avia dexado por 
primogénito heredero de los reynos de Castilla e de León, e que 
aviéndolo por tal, que él fuera rescebido por rej', así por cuatro 
hermanos suyos bastardos que el rey don Alonso, su padre, dexa- 
■ra, como por los grandes e ricos omes de todos los dichos reynos, 
6 asimismo por los procuradores de todas las cibdades, e villas, e 
lugares dellos. E que agora de poco tiempo á esta parte, un mal 
hermano suyo bastardo que se decia don Enrique, el conde Loza- 
no, conde de Trastamara, que non acatando lo susodicho, ni así 
mesmo cómo él e todos los de sus reynos le avian besado las ma- 
nos por rey e por señor al tiempo de su rescebimiento, e avia rey- 



86 

nado en Castilla e en León pacificamente quince años, e más, 
dixo el rey don Pedro que el dicho conde se avia aleado por rey 
de los dichos sus reynos, e se llamaua rey dellos, e que avia te- 
nido maneras él e algunos malos caualleros que seguian su opi- 
nión 6 voluntad que le quitasen á él la obediencia que le era 
debida e íbrciblemente se levantasen, como se levantaron, contra 
él, e lo avian echado de sus reynos e señoríos. E que el dicha 
conde que se decía rey, gelos tenia ocupados, llevando las rentas, 
e pechos, e derechos dellos, en grand menosprecio de Dios, e inju- 
ria e mengua suya. E que agora él no avía fallado á quien se so- 
correr, salvo al rey de Inglaterra, porque sabía que era ome que 
temia á Dios e le socorrería. Por ende, que le rogaua e requería^ 
por el debdo que era obligado de rey á rey, de le dar socorro de 
gentes para con que él pudiese ser restituido en los dichos sus rey- 
nos, e pudiese punir e castigar así al dicho su mal hermano que- 
so llamaua rey, como á los otros que le avian dado e dauan favor 
e ayuda pava le quitar lo suyo e su patrimonio real que él asi 
tovo, e poseo días avia. E como el rey de Inglaterra oyó lo que 
el rey don Pedro avía dicho ante los del su consejo, pidió plazo 
de acuerdo para que se quería ver en ello con los de su reyno, er 
después de visto, fué acordado por el rey de Inglaterra e por loa 
de su reyno que le fuese dado favor e ayuda al rey don Pedro 
para ser restituido en sus reynos, de once mil ornes de cauallo, e 
que viniese por capitán dellos el príncipe de Gales, fijo del rey 
de Inglaterra; pero con tal condición, que antes que de allá par-- 
tiesen, que el rey don Pedro les pagase á cada uno dellos su suel- 
do de medio año, á razón cada uno cada un día de á cincuenta 
maravedís desta moneda que agora corre en Castilla. E fué dicha 
al rey don Pedro lo susodicho, al cual plogo mucho dello, aunque 
le venía como agro dar luego tan grand tesoro que el sueldo mon- 
tana. Pero con el grand ardor que tenía en su coraron de ser res- 
tituido en sus reynos e se vengar de la injuria que le era fecha, 
dio lugar á ello, e porque sus tesoros no bastaron para pagar el 
sueldo, ovo de embiar las piedras presciosas e perlas que ovo del 
rey Bermejo á las vender por muchas partidas. E en esto ovo de 
estar en Inglaterra por tiempo de tres años. E á cabo deste tíem- 



87 

po, el rey don Pedro e el príncipe de Gales con los once mil ornes 
de cauallo, partieron de Inglaterra para se venir á estos reynos 
de Castilla, e entraron por Navarra. E el rey don Enrique desque 
lo sopo, pesóle de coraron, porque pensaua que el rey don Pedro, 
su hermano, era muerto ó perdido del todo, e temió de perder tan 
grand señorío como tenia e poseía, que todo el reyno estaua ya á 
su mandado, salvo la cibdad de Zamora, que estaua alejada por 
el rey don Pedro. Esto porque veniera un cauallero della que 
fuera á facer reverencia al rey don Enrique á Toledo, e un su 
portero le dio con la puerta en la cara, porque él porfiaua de en- 
trar á la cámara del rej^ E porque el rey don Enrique non quiso 
facer justicia del portero, aunque le fué querellado por el caua- 
llero, por esto él se fué á Zamora, e fizo dende allí guerra al rey 
don Enrique e á los lugares sus comarcanos, que por él estauan 
durante este tiempo de los tres años que el rey don Pedro estova 
fuera del reyno fasta que veno. 

E este rey don Enrique llamó todas las gentes del reyno, así 
de pie como de cauallo, e fuese para Burgos, e allí la recogió toda, 
que podrían ser en número de doce mil de cauallo, e más de cien 
mil peones. E embió requerir al rey de Navarra que no diese 
el paso al rey don Pedro e á los ingleses por los montes claros, 
si no, que le destruiría e echaría de su reyno. E el rey de Navarra 
no sabia qué se ficiese, e embió decir al rey don Enrique que no 
daría el paso al rey don Pedro, e embió decir al rey don Pedro 
que viniese, que él le daría el paso, como lo fizo. E el rey don 
Pedro con el príncipe de Gales e con los ingleses pasaron el paso, 
e travesaron á Navarra , e veniéronse para Logroño, e entraron 
luego en la villa. E como el rey don Enrique lo sopo, partióse de 
Burgos, e fuese para Nájera, e iba con él el conde don Tello, su 
hermano, con mil omes de armas, e diez mil peones de vizcaínos 
e montañeses bien armados. E el rey don Pedro venóse para Na- 
varrete, que es á tres leguas francesas de Nájera. E estando así 
los dos reyes, emplazaron su batalla para día cierto, e de cada 
dia le venia mucha gente así de pié como de cauallo, al rey don 
Pedro. E asimismo veno en su favor el cauallero de Zamora con 
más de mil rocines que con él se juntaron de muchas partes para 



88 

servir al rev don Pedro, de los que tenían enojados e ecbados de 
sas faciendas e casas el rej' don Enrique e los suyos, porque eran 
criados e servidores del rey don Pedro. E venido el dia que la 
batalla estaua emplazada, el rey don Pedro con los suyos e con el 
príncipe de Gales e los suyos se armaron muy bien después que 
ovieron todos oido misa e comido, e se vieron á ojo de la villa 
de Nájera. E otro tanto íizo el rey don Enrique e los suyos, e or- 
denaron sus batallas. E estando todos á ojo unos de otros, que 
echauan las caretas para pelear, el conde don Tello con los mil 
ornes darmas e diez mil peones que tenia suyos con su bandera, 
se fueron camino de contra Vizcaya, que non quisieron ajmdar al 
rey don Enrique nin pelear contra el rey don Pedro. E como esto 
vieron los del rey don Enrique, ovieron grand pesar, e cayóles 
como desmayo. E el rey don Pedro e los su3'0s, e los ingleses, to- 
maron grand coraqon, o ellos comen<?aron la batalla, e pelearon 
tan reciamente en todo ese dia los unos con los otros firiéndose muy 
cruelmente, e faciendo muy grande matanza; pero á la fin ovo de 
ser vencido el rey don Enrique, e desbaratada su batalla, así por 
lo que de suso dicho es, como porque la mayor parte de los caste- 
llanos no peleauan de coraron contra el rey' don Pedro, porque ya 
sabían que avia seido e era su rey e señor natural días avia, e 
que si algunos males e 3-erros avia fecho, que Dios gelos avia de 
demandar, que no castigárgelos ellos. 

E como esto así fué fecho, el rey don Pedro e el príncipe de 
Gales andudieron á buscar entre los muertos al rey don Enrique 
e no se pudo fallar, que como vido el vencimiento, con bien pocos 
de los suyos fuyó del reyno e non paró fasta Roma. E el principe 
de Gales, como non lo conocía nin lo avia visto, preguntó á los 
que así lo avian buscado, diciendo en su lengua: — M hor es mor 
ó fresi E dixéronle que no. E él respondió e dixo: — ±\o ay res fet. 
Dando á entender que si fuera muerto ó. preso, que todo fuera 
acauado. 

E como la batalla fué acauada, en queriéndose poner el sol, 
muchos de los castellanos se fueron fuyendo contra Santo Domin- 
go de la Calzada, e otros contra esos cerros grandes, e porque lea 
dio la noche encima los más dellos guarescieron. E algunos caua- 



81) 
lleros principales que se ende acaescieron, que fueron presos por 
mandado del rey don Pedro, fueron muertos por justicia, e luego 
dende á dos dias partieron dende. E mandó el rey don Pedro que 
fuese fecha una ermita donde acaesció la batalla, la cual dende á 

poco fué fecha, e está oy dia allí, que se dice (O- -^ ^^^' 

tinuaron su camino el rey don Pedro e el príncipe de Gales para 
Burgos, e acogiéronlos luego en la cibdad. E otro dia mandó lla- 
mar el re}' á los caualleros mayores de Burgos, e á los alcaldes e 
merinos e regidores, e como fueron todos en su palacio, que posa- 
ua en los palacios del obispo, el rey don Pedro sopo cuáles fueron 
cabsadores que el rey don Enrique entrase primeramente en Búr- 
g-os e lo recibiesen así, sin que primeramente los cercara, e aun 
robara e combatiera. E fueron siete los mayores de la cibdad que 
falló culpantes, á los cuales mandó cortar ias cabecas e echarlas 
por un terrado ayuso á una plaza que está delante las puertas de 
los dichos palacios. E ese dia después de comer mandó correr 
toros en la plaza, por alegría del vencimiento de la batalla, e 
mandó lanzar los cuerpos de los dichos muertos á los toros, e los 
toros los lanzaban fácia arriba, e dauan en aquellos cuerpos 
grandes golpes, en tal manera, que todos lo sentían por grande 
crueldat. 

E dende á otro dia se partió e andudo por sus réjanos faciendo 
grandes crueldades de justicia sobre esta razón, e tomando bienes, 
e vasallos, e oficios, e á obispos obispados, e á otros clérigos be- 
neficios, e á muy pocos perdonando, por tal manera que esto le 
fizo grande daño, que se indinó mucho el reyno contra él, pero 
non osauan al facer, tanto se mostraua cruel. 

E porque ya en todos sus reynos no avia lanza enfiesta contra 
él, que mató e fizo matar en Toledo catorce caualleros e ricos omes, 
e seis dueñas, e en Córdoua e en otras cibdades mató asaz. E así 
se apoderó de todos sus reynos e señoríos, e de las fortalezas 
dellos. 

E desque así se vido apoderado e restituido en todo ello, pidió 
por merced al príncipe de Gales que se tornase con todos los 

(1) En blanco. 



90 

suyos para su tierra, e dióles grandes dádivas, e así se tornaron 
ricos e con grand placer. E el rey don Pedro se fué para Sevilla, 
e estudo ende grand tiempo e en mucha paz e sosiego, fasta en 
tanto que nn dia andando este rey don Pedro orilla del rio de 
Guadalquivir acerca de Tablada, veno ende el rio arriba una ga- 
leota en la cual venia un arcediano de corte romana, el cual dicha 
arcediano sabia bien que el rey don Pedro andana cada dia caual- 
gando por allí, e dixo á los que con el rey andauan que dixesen 
al rey que se llegase á la orilla del rio, e que le daria nuevas de 
las partes de Levante. E el rey llegóse á la orilla del rio, e el ar- 
cediano le preguntó si era el rey don Pedro, e él le dixo que sí, e 
el arcediano luego le leyó una carta del Santo Padre que por es- 
tonces era, por lo cual lo pronunciaua por descomulgado al rey 
don Pedro, e ponia entredicho en todos sus reynos e señoríos. 
Esto porque el rey avia mandado matar poco avia al maestre de 
Sant Bernaldo, e le avia tomado todas las villas e lugares que 
tenia, que eran de la dicha Orden, las cuales son las behetrías que 
están en Castilla; esto porque avia ayudado al rey don Enrique, 
su hermano, contra él; e otrosy porque avia fecho desposeer á los 
obispos de Calahorra e de Lugo, e avia puesto otros obispos, no 
se pudiendo entremeter en lo eclesiástico. E el rey don Pedro 
como lo oyó, dio de las espuelas al caballo e saltó en el rio, e sacó 
su espada por dar al arcediano con ella, e dio en la fusta delante 
en el bordo della, e el arcediano volvió fuyendo el rio ayuso, e to- 
móle por testimonio cómo avia leido en presona la carta al rey don 
Pedro por aquella manera, que de otx-a guisa non avia orne en el 
mundo que gela osase leer que no lo matase; e á nado con el ca- 
uallo fué en pos dél un rato, e desque vio que no le podía alcan- 
zar, fuéle diciendo que dixese al Papa que por lo que avía fecho 
contra él, quél lo iría allá á buscar á su tierra e le faría cruel 
guerra, e le quitaría, como le quitó, la obediencia. E asimismo por 
ruego del rey don Pedro, los reyes de Navarra e de Aragón qui- 
taron al Papa la obediencia. E fué acorrido el rey cuando iba tras 
el arcediano, que ya. el cauallo desmayaua, con un barco pequeño, 
que entraron por él, en que salió del río, e el cauallo, por ser baja 
la ribera e el rio muy fondo, que por estonce era cresciente e esta- 



91 

ua todo lleno, e afogóse el cauallo. E el arcediano fuese para el 
Papa e contóle todo lo que le avia contescido con el rey don Pedro, 
e mostróle la cochillada que en la galea diera, e por allí se fizo 
proceso contra él. E el rey don Pedro mandó luego echar en el 
agua todas las naos e galeas que estañan en las atarazanas, e 
mandó armar otras muchas fustas, así en Vizcaya como en C-ralicia 
e en Asturias, e fizólas bastecer todas, e truxéronlas acerca de 
Saut Lúcar de Barrameda, e adereszaua para el otro verano para 
partir con la flota de muchas naos e galeas que ende tenia, e irse 
á facer guerra al Papa. E como el Papa lo sopo, pensó en sí, e él 
ovo su acuerdo diciendo que este rey don Pedro era grand guer- 
rero e tenia grand dicha en peleas, e era grande señor, e seria 
mejor averse bien con él que en otra manera, e que le seria torna- 
da la obediencia por él e por los otros reyes de Aragón e de Na- 
varra, e acordó de le erabiar al cardenal de Sant Pedro que le 
dixese e rogase al rey don Pedro que non le quisiese ir á facer 
guerra, e que le diese e íiciese á los otros reyes que le diesen la 
obediencia, e que él le absolvería. E el rey don Pedro sacó parti- 
do con el Papa que nunca más oviese en Castilla maestre de 
Sant Bernaldo, e que las villas e lugares del dicho maestradgo 
fuesen de la corona real de los reyes de Castilla, con tal condición, 
que porque eran de orden, no se pudiesen dar á presona alguna, e 
que ovieseu nombre behetrías, e que las tercias de los diezmos que 
el Papa tenia en Castilla, que éstas que las oviese el rey don Pe- 
dro, e los otros reyes que después del viniesen para las gastar en 
la guerra de Granada. E otrosy que el Papa no pudiese dar obis- 
pado, ni arzobispado, ni prioradgo de Sant (?), nin abad de San- 
tillana, nin otra dignidad grande alguna, si fuese en Castilla, á 
presona alguna sin consentimiento del rey e de los otros reyes 
que después del viniesen. E todo lo susodicho fué asi asentado e 
jurado e concordado con el Santo Padre e el re}^ don Pedro. E 
desde allí lo asolvió e le fué dada la obediencia por él e por los 
reyes de Aragón e de Navarra, e úsase fasta agora en Castilla. 
E después desto fecho, por volturas de un pariente de doña María 
de Padilla, que se decía Juan García de Padilla, el rey don Pedro 
corrió desde Sevilla fasta Consuegra al prior de Sant Juan, e en 



92 

dos noches e dos días le corrió fasta el castillo de Consuegra e no 
lo alcanzó, e tornóse á Sevilla. 

E por legitimar á don Diego e á don Alonso, sus fijos, e á doña 
Catalina, su fija, que casó con el duque de Alencastre, que los ovo 
todos de doña María de Padilla (1), el rey don Pedro, estando un 
dia en consejo delante toda su Corte, dixo que él se desposara por 
palabras de presente secretamente con doña María de Padilla, antes 
que con doña Blanca de Borbon, lo cual juraron que lo vieron, 
don Alonso, obispo de León, e don Sancho, obispo de Astorga, 
que ellos lo vieron e se acercaron á ello, e de allí adelante fué lla- 
mada doña Maria, reyna. 

£1 después, estando el rey en Toledo, quejáuase que estaua 
muy gastado de las guerras que en su tiempo avia ávido, e 
unos judíos de Toledo, con envidia de la privanza que tenia en 
el rey dicho don Simuel Levi, le dixeron al rey don Pedro: — 
Señor: este don Simuel Levi es el más rico orne que de rey 
ayuso sea en todo el mundo, que vos ha robado vuestros reynos 
más ha de veinte años. Por ende demandalde dineros, e si vos 
dixere de non, mandaldo poner á tormento, que nosotros sabemos 
que alcanza grandes tesoros, mas non sabemos dónde los tiene. E 
el re}' don Pedro fizo luego llamar á don Simuel Levi, e díxole: — 
Padre: yo esto mucho gastado, que non tengo qué gastar, e quer- 
ría que vos me emprestásedes para casar mis fijos dos mil marcos 
de oro, que los he menester, que de lo que rentaren mis rentas, 
vos lo cobraredes poco á poco. 

E don Simuel le dixo: — Fijo Señor: tan sólo un marco de oro 
non tengo para vos emprestar. E el rey le dixo que cumplía que 
gelos diese, si non, que él le mandaría poner en tal estrecho, que 
él le diese cuanto le avia robado de sus reynos. 

E don Simuel, pensando que el rey don Pedro non lo decía de 
verdad, segund el grand amor que le tenia, e los servicios que le 
avia fecho, e la grand privanza que en el rey tenia, dixo que le 
non podía dar lo que non tenia. E el rey fué mucho airado contra 



(1) Yerra en los nombres de los hijos del rey don Pedro. {Nota de 
Zurita). 



93 

él, e luego lo mandó poner á tormento. E como don Simuel se vido 
que lo atormentauan, como ya era viejo e delicado, mirando en 
tan grand desonor como era puesto, de tan grandes onrras eu que 
se avia visto, de puros corajes luego de súpito murió, e al rey pe- 
sóle mucho dello desque lo sopo. E por consejo destos judíos, man- 
dóle tomar el re}' todo cuanto tenia, e fueron cavadas sus casas de 
don Simuel que en Toledo tenia, e fallaron una bóveda fecha de 
yuso, de tierra, de la cual sacaron tres montones de tesoro e mo- 
neda, e pastas de oro e de plata, que tan altos eran cada uno de 
ellos, que non se páresela un ome de la otra parte. 

E el re}'- venólo á ver, e dixo así: — Si don Simuel me diera la 
tercia parte del más pequeño montón que aquí está, yo non lo 
mandara atormentar, e dexóse morir sin me lo decir. 

E así fué todo llevado al alcá(?ar del rey, e dende á poco se fué 
el rey para la villa de Ocaña. E estando ende un pariente de la 
reyna doña María de Padilla que se decia Juan García de Padi- 
lla, e por cobdicia que tenia de ser maestre de Santiago, que era e 
es en los reynos de Castilla la mayor dignídat e de más vasallos 
e renta que eu ella hay, después de ser rey ó infante heredero, e 
pues que non se le avia fecho de aver el prioradgo de Sant Juan, 
comidió entre sí de revolver con el rey á don Gonzalo Mejía, maes- 
tre de Santiago, e fuese para el palacio del rey e apartó al rey á 
poridat, e dixole que el maestre de Santiago que por el presente 
era, que se decia don Gonzalo Mejía, que eu Ocaña con él estaua, 
que de cada día llegaua gente, e que por estar en su tierra, non se 
páresela, que ya tenia tanta gente, que de cada un dia se comían 
en su palacio seis vacas, sin los carneros, e que le páresela que lo 
facía á mala fin, á fin de matar ó prender al rey. Por ende, que lo 
ficiese llamar e que lo mandase matar e diese el maestradgo á 
otro de quien él se fiase, e lo sirviese con tan grand renta como 
tenia. E el rey embió por el maestre don Gonzalo Mejía que vi- 
niese á palacio, e ovo quien lo desengañó. E este maestre, miran- 
do cómo el rey no tenia con quién contender, mas comen(j'aba á dar 
en pos de sus criados, segunt que fecho avia en don Simuel Levi, 
que era sn privado, que lo mandó matar en Toledo por le tomar 
lo suyo tan acelerada mente, e non mirando á los servicios que le 



94 

avia fecho, este maestre temió que así farian con él. E por esto 
luego fizo llamar á los suj'os, e caualgó, e fizo tañer sus trompe- 
tas, e partióse luego dende, e fué contra la su villa e fortaleza de 
Uclés. E como el rey lo sopo, ovo dello muy grand enojo, e creó 
que alguna traición le ordenaua de facer en aquel ayuntamiento 
de gentes, e fizo luego al^ar por maestre de Santiago al dicho 
Juan García de Padilla, pariente de la reyua, al cual le dio cuan- 
ta gente tenia consigo e ovo en aquella villa, e mandóle que fuese 
en pos del maestre viejo e que le prendiese, e gelo truxese á su 
poder. E el maestre nuevo lo fizo así e andudo á más andar fasta 
que lo alcanzó entre Tarancon e Uclés, e allí pelearon amos, e fué 
vencido e muerto el maestre nuevo, así que non le duró el maes- 
tradgo más de dos dias e medio. 

E como el rey don Pedro lo sopo, ovo dello grande enojo, e man- 
dó llamar gente e fué luego sobre el maestre á Uclés, e porque era 
invierno, non pudo estar ende mucho, e por ser tan grand fortale- 
za como es el convento de Uclés donde el maestre estaua. 

E teniendo los fechos en poco, pensando que ya non tenia con- 
trario alguno, fuese el rey para Sevilla, e este maestre, veyendo 
esto, comenoó todo ese invierno de escribir e tratar con muchos 
caualleros del reyno e con algunas cibdades e villas destos fechos 
que este rey don Pedro facía, e por el dicho maestre e por algunos 
otros caualleros del rej'no fué acordado que embiasen por el rey 
don Enrique á Basilea, donde estaua, e que viniese, que agora te- 
nia tiempo de se vengar del rey don Pedro. E fué fecho asi. E el 
rey don Enrique, cuando le dieron las cartas, ovo mucho placer 
con ellas; pero que estaua muy gastado, e pasando por la villa de 
Avifion, mandó á los suyos que tomasen cuanto oro e moneda fa- 
llasen en los cambios de Aviñon, e ficiéronlo así, e saliéronse de 
la villa, e por esto se alteró toda la villa contra el rey don Enri- 
que, e estudo en el campo armado con los suyos, e en la puente 
del rio del Res, como que querían pelear, pero que non osaron pe- 
lear con él. E prometióles el rey don Enrique por su fé real, que 
cuando en sus reynos de Castilla e de León fuese restituido, que 
les pagaría todo lo que les tomara, porque lo avia menester para 
las gentes que avia de levar. E los de Aviñon mirando que non 



95 

podían otra cosa por estonce facer, segund que el rey don Enri- 
que por estonce estaua, sopieron de los cambiadores cuánto avian 
tomado á cada uno, e fallaron que lo que á todos tomaron fué más 
de cuatro millones de ducados. E por esto el rey don Enrique lo 
tomó e recobró en sí de los suyos que lo tomaron, e dióles carta 
de seguro con pleyto e omenaje de gelos pagar de las rentas de 
Castilla, lo cual cumplió después que reynó en estos reynos, antes 
que finase, que se repartieron en todo el reyno e lo pagaron. E 
venóse para Castilla á jornadas contadas, allegando á sí á muchas 
gentes e dándoles grandes dádivas porqué le ayudasen, e troxo 
cuando en Castilla entró muchas gentes darmas de franceses, e 
bretones, e italianos, e catalanes, que marauilla era, e venóse 
ayuntar con el maestre de Santiago á Ocaña. E como se sopo en 
todo el reyno que el rey don Enrique era venido, venían á él mu- 
chas gentes, e prometía á los que algo valían porque le ayudasen 
e le non fuesen contrarios, á unos vasallos, e á otros castillos, e á 
otros oficios, asi que por esto e por la grand crueldat que avían 
visto en el rey don Pedro, la mayor parte del reyno le favoresció 
al rey don Enrique. E como el rey don Pedro sopo que su herma- 
no el rey don Enrique estaua en Castilla, embió sus cartas por 
unas partes e por otras á llamar gentes e non le venia nenguno. 
E esto era en el mes de Febrero. E algunos que fueran non osa- 
uan, porque ya todos los caminos e los puertos eran tomados de 
gentes del rey don Enrique e del maestre de Santiago, e de los 
otros que le favorescian. E desque esto vido el rey don Pedro, 
partió de Sevilla con las gentes que en esas comarcas pudo alle- 
gar, e venóse para Carmena, e tomó ende gente e dineros de sus 
gentes, e dexó aquella villa e sus alcázares á buen recaudo, e en 
el un alcázar fuerte dexó á sus fijos don Alonso e á don Diego, e 
fuese para Ecija e fizo otro tanto. 

E desque vino á entrar en Córdoua, non le acogeron (1), mas 
antes le cerraron las puertas, e el rey desque esto vido, comen 9Ó á 
combatir á la Calahorra e se troxeron bombardas de Sevilla. Embió 
el rey don Pedro á llamar al rey Mahomad, rey de Granada, que 



(1) Esto se ha de poner en las anotaciones. {Nota de Zurita). 



96 

le viniese ayudar, el cual luego veno con tres mil de cauallo e mu- 
chos peones de moros. E estovieron ende amos reyes e dieron gran- 
des combates á las torres de la Calahorra fasta que las entraron, e 
entrañan á más andar la Puente adelante para entrar en la cibdat. 
E como esto vieron los de Córdoua, quebrantaron dos arcos de 
la Puente, e si non fuera por esto, el rey don Pedro e el rey Ma- 
homad entraran en la cibdat por fuerza. E desque esto vido el rey 
don Pedro, que por estonce non podía más facer, fuese para su 
real e fizo allí sus pregones, e dio por traidora á la cibdat de Cór- 
doua, e juró si en ella se apoderaua, de la quemar e arar. E de 
allí se partieron e se fueron para Jaén, e dende para Baeza e á 
Ubeda; e tomó cuanta gente dende pudo sacar. E el rey don Pe- 
dro quisiera mucho pasar á Toledo e se apoderar del, que por la 
grand guarda que en Toledo e en su alcác;ar puso, estaua por este 
rey don Pedro; pero tanto le tenian tomados los puertos, que no 
sabia por dónde se fuese, e acordó de se ir por Saut Esteban del 
Puerto e por el Campo de Montiel. E rogó á este rey Mahomad 
que se fuese con él. El dixo que non gelo mandase, que ya sabia la 
enemiga que entre los cristianóse los moros avia, e que agora que 
sabia que todos sus subditos se levantauan contra él, que era cris- 
tiano e su rey, e qué farian contra él e contra sus moros; e como 
quier que gelo mucho rogó, non lo pudo acabar con él. E fuese 
este rey Mahomad para su reyno. E el rey don Pedro se partió 
dende Ubeda para Toledo, e en llegando á ojo del castillo de 
Montiel, venóle mandado del alcaide que él lo acogería en él, 
aunque le era defendido por el maestre de Santiago, su Señor, 
cuyo era el castillo. E fuese e entró dentro en el castillo, e apode- 
róse de él e de la villa, aunque era pequeña, él e todos los suyos, 
E vido escrito de letras góticas en una piedra que está en la torre 
del omenaje del dicho castillo, que decían: — Esta es la torre del 
Estrella. E como lo leo, vidose perdido, porque por muchas veces 
le avian dicho grandes estrólogos que en la torre del Estrella avia 
de morir. E fué así que el rey don Enrique e los otros tenian 
grandes espías con el rey don Pedro, e fuéles dicho que estaua en 
Montiel, o que el rey Mahomad de Granada se avia tornado para 
su reyno él e su gentCj e así avia desamparado al rey don Pedro. 



97 

E como lo sopieron el rey don Enrique, e el maestre de Santiago, 
e los otros caualleros que estauan con ellos, tomaron grand poder 
de gente, e vinieron ende asentar real sobre el rey don Pedro, e 
toviéronlo cercado algunos dias. E el rey don Pedro buscaua por 
do ir en cualquier manera á Toledo, porque creia que si dentro en 
Toledo entraña, que él le echaría otra vez del reyno al rey don 
Enrique, su hermano, E un su privado del rey don Pedro, que 
se decia Mosen Beltran de Claquin, cauallero francés, dixo al rey 
don Pedro: — Señor: si á Toledo queréis ir, vamonos vos e yo de 
noche que no nos verán, e de allí fareis á vuestra voluntad. E el 
rey don Pedro dixo que le placía, non sabiendo de la traición que 
le tenia ordenada. E de noche descendieron del castillo de Mon- 
tiel e fueron á unas casas donde el dicho Mosen Beltran le dixo 
que tenia los cauallos en que avian de ir. E entrando dentro de 
la casa el rey don Pedro, encontró con el rey don Enrique, su 
hermano (1). E el rey don Enrique le dixo: — Señor hermano, man- 
tenga vos Dios. E el rey doa.^edro le dixo: — Oh, traidor borde, 
aquí estás? E arremetió á él por le dar con la lanca, e pelearon 
tanto en uno, fasta que vinieron á brazos. E el rey don Pedro, 
aunque non era tan alto de cuerpo como el rey don Enrique (2), 
pero que era de fuerte cuerpo e de grand coraron, echó en tierra al 
rey don Enrique, e luego el rey don Pedro lo quiso degollar; pero 
Mosen Beltran e otros que ende estauan, non le dieron lugar; 
mas antes revolvieron al rey don Enrique sobre el rey don Pedro, 
e el rey don Enrique luego lo degolló e le cortó la cabeca, e fué 
llevado á sepultar su cuerpo á la Puebla de Alcocer (3), e estovo 
ende fasta que doña Constanza, priora de Santo Domingo del Peal 
de Madrid, nieta deste rey don Pedro, por mandado e de licencia 
del rey don Juan el segundo, biznieto del rey don Pedro, fueron 



(1) No refiere que hubiese batalla entre los reyes en Montiel. {Nota 
de Zurita). 

(2) Era al contrario, que el rey don Pedro era grande de cuerpo y 
el rey don Enrique pequeño. {Nota de Zurita). 

(3) En el testamento del rey don Enrique, se dice que estaba el 
cuerpo del rey don Pedro en la villa de Montiel. {Nota de Zurita). 

Tomo CVI. 7 



98 

llevados sus huesos al monesterio de Santo Domingo del Real de 
la villa de Madrid. El cual está sepultado e fecho su bulto cerca 
del altar mayor como está de rodillas. E murió en el año del nas- 
cimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil e trecientos e sesenta 
e nueve años, en el mes de Marzo, así que reynó fasta que murió 
veinte e siete años. 

CAPITULO CCLI. 

DE CÓMO REYNÓ EL REY DON ENRIQUE, E DE LO QUE ACAESCIÓ 
EN SU TIEMPO. 

Muerto el rey don Pedro, reynó en pos del don Enrique, su 
hermano, maguera que en su vida del rey don Pedro rey ñaua él 
segund avedes oido, e comenzó á reynar en el año del Señor de 
mil e trecientos e setenta años. E en el segundo año de su reyna- 
do, finó el maestre de Santiago, Gonzalo Mejía, en seis dias de 
Agosto, e ficieron maestre al comendador mayor Eerrand Osores, 
e en tres dias de Octubre finó don Tello en Trogillo, hermano del 
rey e señor de Vizcaj'a. Otrosy en veinte dias de Noviembre des- 
barató la flota de Castilla á la de Portogal. 

E al tercero año del su reynado finó en Roma el Papa Urbano 
quinto, e ficieron Papa á Inocencio. E en este tercero año entró 
el rey don Enrique en Carmena, en sábado en la tarde, seis dias 
de Mayo, que le abrieron las puertas. E Martin López alqóse en 
el alcácar con los fijos del rey don Pedro. E luego el jueves si- 
guiente se fizo la pleytesía entre Martin López e el rey, e el lunes 
siguiente se veno el rey para Sevilla con toda su hueste que tenia 
sobre Carmena, e tóvola cercada dos años. E troxo consigo á 
Martin López, e á doña Isabel, e á los fijos del rey don Pedro, e 
á Matheos Fernandez. E el jueves siguiente mandó arrastrar por 
toda Sevilla al dicho Matheos Fernandez, e cortáronle pies e ma- 
nos, e degolláronlo. Entonces valia en Sevilla la fanega del trigo 
á doscientos cincuenta maravedís. E el lunes, doce dias de Junio, 
arrastraron á Martin López por toda Sevilla, e le cortaron los 
pies e las manos en la plaza de Sant Francisco, e lo quemaron. E 
luego el rey fizo sus Cortes en Toro en el mes de Agosto. E en 



99 

este año finó don Alonso Pérez de Guzman en Sevilla, e está en- 
terrado en su capilla en Santa María la Mayor. E en el cuarto 
año del su reynado, que fué en el año del Señor de mil e trecien- 
tos e setenta e dos años, fué el rey cercar á Tuy que estaua por 
el rey de Portogal, e ganólo, e fué á Santiago, e armó caualleros 
al conde don Alonso, su fijo, e á Vasco Pérez, e á Juan Martínez, 
su tesorero mayor. 

E en el quinto año de su reynado, que fué en el año del Señor de 
mil trecientos setenta e tres años, fué el rey contra el rey de Por- 
togal, e cercó á Lisbona, é ficieron sus paces en esta manera: que 
el conde don Sancho, hermano del rey, casase con la infanta, her- 
mana del rey de Portogal, e que casase el infante don Donis, her- 
mano del rey de Portogal, con doña Juana, fija de don Enrique. 

E en el sexto año del su reynado murió el conde don Sancho 
€n Burgos, que lo mataron de noche, non lo conosciendo, depar- 
tiendo una pelea, e nunca se sopo quién lo mató. E en este año 
entró el infante don Juan en Sevilla en viernes, cinco dias de 
Mayo. E estonce andana la tercera mortandat. E en el mes de No- 
viembre fizo el rey almirante á Ferrand Sánchez de Tovar. En 
■el seteno año del su reynado entró el almirante en la mar e ven- 
ció la flota de Inglaterra. E en este año embió el rey á Francia 
por mensajeros, al obispo de León don Alonso Martínez de Bar- 
rasa, e á Pero Fernandez de Velasco, en dos galeas por la mar, e 
salieron los ingleses por los tomar, mas ellos defendiéronse e cap- 
■íivaron al señor de Espaira, e troxéronlo preso al rey. 

E en este año ficieron las bodas de la infanta de Castilla, doña 
•Leonor, con el infante de Navarra, en Burgos, e en este año se 
ficieron las bodas del infante de Castilla, don Juan, con la infan- 
ta doña Leonor de Aragón, en Soria. 

E al otavo año de su rejmado, fué gran carestía de pan en Se- 
villa e en el Andalucía, que sembraron e non llovió, e perdióse el 
pan que sembraron, e valía en Sevilla el trigo de Bretaña que ve- 
nia por la mar, á cuarenta maravedís la farega, e el de la tierra, 
-á ochenta maravedís la fanega. 

E en este año se fué el Papa Gregorio e los cardenales de Avi- 
ñon á Roma. 



100 

E en el noveno año adelante fué buen año de pan, e de un cafíz 
cogían cincuenta cafices. 

En el décimo año de su reynado murió el Papa Gregorio en 
Roma, e ficieron por fuer9a Papa á Benito sexto. E de aquí ade- 
lante fué cisma en la iglesia de Dios, porque ficieron los cardena- 
les otro Papa, Clemente de Aviñou, e desjDues como finaua el uno, 
facían otro en cada lugar. E en este año en el mes de Julio, es- 
tando Pero Manrique en Logroño, fizo sus tractos con el rey de 
Navarra que le daría á Logroño, e veno y el rey de Navarra, 
mas non quiso entrar dentro, e alguno de los suyos entraron; e- 
Pero Manrique cuando vio que non podía tomar al rey de Na- 
varra, prendió e tomó á todos los suyos. Estonce el infante don 
Juan que estaua frontero, entró en Navarra e fizo mucho mal. 

En este año se vinieron los cardenales de Roma e ficieron Papa 
en Aviñon al Papa Clemente, en sábado, veinte e cinco días de 
Setiembre. E en este año en sábado, diez e seis días de Octubre, 
se quemó el alcázar de Madrid estando dentro el rey don Enrique. 
E en el año del Señor de mil trecientos setenta e nueve, que fué 
el once año del su reynado, partió el rey de Burgos, e entró por 
Navarra, e ganó á Sant Vicente de la Sonsierra; e á nueve días 
de Abril ficieron sus paces amos los rej'es, e dio el re}' de Na- 
varra al rey don Enrique en arróbenos á Tudela e á otros luga- 
res. E á veinte e dos días de Abril se vio el infante don Juan con 
el rey de Navarra en Alfaro, e entregaron á Tudela al dicho in- 
fante don Juan. E á diez e seis días de Mayo, en lunes, después 
de vísperas, fizo eclipsy el sol, e escuresció todo el sol, que no se 
veían los omes unos á otros, e parescieron las estrellas en el cíelo 
así como si fuese medía noche, e duró aquella oscuridad una hora. 

E otro día martes, veno el rey de Navarra á Santo Domingo de 
Silos á se ver con el rey don Enrique. E lunes, treinta dias deste 
mes de Mayo (1), finó el rey don Enrique en Santo Domingo de la 
Calzada, á ora de prima, e ovo buen acauamiento, e dexó su reyno 
en paz á su fijo el infante don Juan. E enterráronlo en Toledo con 
el rey don Alonso, su padre. E reynó ante que muriese el rey don 



(1) Murió á 29 de Mayo 1379. {Nota de Zurita). 



101 

Pedro, tres años, e después que murió, diez, que son trece, e vein- 
te e dos años que avia cuando comen (]ó á reynar, que son por to- 
dos los años que vivió cuarenta e cinco años. 

CAPITULO CCLII. 

DE CÓMO REYNÓ EL KEY D0\ JUAN, E DE LO QUE AVENO 
EN SU VIDA. 

Muerto el rey don Enrique, segund que avedes oído, reynó lue- 
go su fijo el rey don Juan, en el año del Señor de mil e trecientos 
6 setenta e nueve años. 

E luego en este año, á veinte e cinco dias de Julio, se armó ca- 
uallero este re}' don Juan en las Huelgas de Burgos, e se coronó 
él e la rej'ua doña Leonor, su mujer. E luego el miércoles siguien- 
te armó el rey don Juan en las Huelgas de Burgos cient caualle- 
ros, sus vasallos. E luego el lunes, primero dia de Agosto, fizo las 
primeras Cortes, e duraron quince dias. E el domingo veinte e un 
dias deste mes, mataron los judíos á don Yuqar Pichón. E luego 
el miércoles siguiente, mandó el rey matar al Merino e cortar la 
mano á Ferrand Martin, su alguacil, e mandó matar á don Cu- 
leman, e á don Mayr, e á don Qag, porque fueron en la muerte 
de don Yucjaf Pichón. E en el segundo año de su reynado que fué 
en el año del Señor de mil e trecientos e ochenta años, en sábado, 
diez dias de Marzo, entró el rey don Juan en Sevilla la primera 
vez, e el lunes siguiente entró la reyna su mujer, doña Leonor, e 
fneron rescebidos con muchas alegrías. E el lunes, postrimero dia 
de Abril, partieron de Sevilla e fueron á facer sus Cortes en Soria, 
e allí ficieron pleyto e omenaje todos los del reyno al infante don 
Enrique, su fijo, e a la infanta doña Leonor, su esposa, fija del 
rey de Portogal. 

E á treinta dias de Noviembre nasció el infante don Fernando 
en Medina del Campo; e en el tercero año del su reynado, que fué 
en el año del Señor de mil e trecientos e ochenta e un años, se 
fizo la declaración del Papa Clemente en domingo, diez e nueve 
dias de Mayo; e á veinte e nueve dias de este mes finó la reyna 
doña Juana, madre del rey don Juan. 



102 

E en miércoles, cinco dias de Junio, se alqó el conde don Alón' 
so en Gijon. E á diez e siete dias de Junio, fué desbaratada la flo- 
ta de Portogal, en dia de Santa Justa e Santa Rofina de la flota- 
de Castilla, e duró la pelea desde ora de misa fasta ora de nona, 
e eran de Castilla diez e siete galeas, e de Portogal veinte e tre» 
galeas, e fuyeron las tres e tomaron las veinte galeas e á su com- 
paña, e truxéronlas á Sevilla. E prendieron 3' á su almirante Gon- 
zalo Ternero e á otros caualleros e escuderos, e metiéronlos en el 
Atarazana, e colgaron sus pendones en la iglesia mayor de Santa 
María, e su estandarte cabe9a ayuso. E era estonce almirante don 
Eerrand Sánchez de Tovar, que fízo esta batalla con los Cha- 
morros. 

En el cuarto año de su reynado, que fué en el año del Señor de 
mil e trecientos e ochenta e dos años, entró el rey don Juan ert 
Portogal, e puso sus haces en el campo de Acaya contra el rey de 
Portogal e contra Mosen Aymon. E veno y el cardenal de Luna, 
e puso paz entre ellos. E en este año finó la rey na doña Leonor en 
Castellar, en sábado, trece dias de Agosto. 

Otrosy en veinte e seis dias de Octubre, finó el maestre de San- 
tiago, don Ferrand Osores, e ficieron maestre á don Pero Fer- 
nandez Cabeza de Vaca. 

E en el quinto año del su reynado, en el mes de Mayo, casó el 
rey don Juan con la infanta de Portogal doña Beatriz, e estonce 
fué en Sevilla la tercera mortandat. 

E luego en el mes de Julio fué el rey sobre el conde don Alon- 
so, su hermano, que estaua aleado en Gijon, e tomólo e levólo á 
León, e luego entrante Agosto, partió el rey e el conde con él de 
León para Segovia, e en el mes de Octubre prendió el rey doa 
Juan al conde don Alonso en Mental van. 

E en el mes de Noviembre sopo el rey don Juan cómo era 
muerto el rey de Portogal, su suegro, e luego entró en Portogal, e 
la reyna con él, que era heredara de Portogal. E en este año, A 
veinte e seis dias de Deciembre, en el dia de Navidat, se comengó 
en Castilla por mandado del rey don Juan, la era del nasci- 
miento del Nuestro Señor Jesucristo, que fasta allí andana la de 
César. 



lo;} 

En el sexto año del su reynado cercó el rey don Juan á Lisbo- 
na seis meses, e ovo gran mortandat, en tal manera, que murie- 
ron sobre ella Pero Fernandez de Velasco, e Pero Ruiz Sarmiento, 
6 el conde de Mayorga don Pero Martinez de Lara. e el almirante 
Ferrand Sánchez de Tovar, e otros muchos, asi en el real como en 
la flota, en tal manera, que ovo el rey de descercar á Lisbona, e 
venóse á su rey no. 

E en el seteno año del su reynado, que fué en el año del Señor 
de mil trecientos ochenta e cinco años, tornó el rey don Juan 
contra Portogal otra vez por lo ganar, ca le pertenescía por su 
mujer, que era heredera del rey no de Portogal. 

E ovo Ib batalla con los Chamorros, la que dicen de Aljubarro- 
ta, e fueron vencidos los castellanos, e murieron y muchos de los 
mejores, ca murió y el conde don Juan Alonso de Mayorga, e don. 
Pedro, fijo del marqués de Villena, e Pero Gronzalez de Mendoza, 
e Diego Gómez Manrique, e Diego Gómez Sarmiento, e Juan Fer- 
nandez de Tovar, e don Juan Ramirez de Arellano, e Mosen Arnao, 
e Juan Manuel, e otros muchos caualleros e escuderos de Castilla: e 
fué esta batalla á catorce dias de Agosto, víspera de Santa María. 

E dende á pocos dias entró Ñuño Alvarez en tierra de la Orden 
de Santiago, e fué contra él el maestre de Santiago don Pero Mu- 
ñiz, e otros caualleros, e fuyeron todos, e el maestre quedó allí e 
quiso morir, e matáronlo los Chamorros en Valverde. 

E en el ochauo año de su reynado fizo el rey don Juan sus Cor- 
tes en Burgos; e á veinte e cinco dias de Julio aportó en la Coru- 
ña el duque de Alencastre, e la duquesa su mujer con él, e fué res- 
cebido en Santiago de Galicia, que se le dio. E en el noveno año 
de su reynado, en el mes de Marzo deste año, entraron el rey de 
Portogal e el duque de Alencastre con sus huestes en el reyno de 
León, e llegaron á Benavente, e tomaron á Valderas e á otros lu- 
gares, e estudieron en esa tierra fasta tres meses, e cayó mortan- 
dat e fambre en ellos, e ovierou á salir del reyno, e murieron mu- 
chos dellos, e el duque fuese á Bayona, e allí se tractaron las pa- 
ces entre el rey don Juan e él en esta manera: que casase el in- 
fante de Castilla, don Enrique, con la fija del duque, nieta del 
rey don Pedro. 



104 

E eu el diez año de su rey nado, en el mes de Setiembre, fueron 
entregados los arrehenes de Castilla al duque, e traxeron luego su 
fija á Castilla, e ficieron luego sus bodas en Falencia. E en el mes 
de Noviembre veno la duquesa á ver su fija. 

E en el once año de su reynado, murió el Papa de Roma Urba- 
no, en trece di as de Octubre, e ficieron Papa al cardenal de Napol 
que llamaron Bonifacio. 

E eu primero dia de Noviembre llevó el rio la Puente de Sevi- 
lla e la puso en dei-echo de Santa Ana, cerca la Torre del Oro. E 
en el mes de Diciembre se pregonaron las paces entre Castilla e 
Portogal en Sevilla, fasta el mes de Agosto del año de noventa e 
dos. E en el doce año del su reynado del año del Señor de mil 
trecientos e noventa añus, finó el Papa de Roma Bonifacio, e ficie- 
ron otro á que dixeron (1) E en este año, en el postri- 
mero dia de Julio, fina don Pedro, arzobispo de Sevilla, en Um- 
brete, su lugar. E está enterrado en el coro de Santa María, cerca 
de don Remondo. 

E en este año, el domingo nueve dias de Octubre, estando el rey 
don Juan en Alcalá de Henares, en la mañana, después que ovo 
oido misa, ante de comer, caualgó en un cauallo, e salió fuera de 
la villa á ver el campo, e quiso prouar aquel cauallo <j[ue le avian 
estonce dado, e corriólo por un barbecho, e cayó el cauallo con él. 
E al levantar del cauallo, puso las manos sobre el rey e sobre su 
cabe(;a, e mató al rey, e allí murió luego, que nunca más vivió, e 
leváronlo á enterrar á Toledo con el rey don Enrique su padre, e 
reynó doce años. 

CAPITULO CCLIII. 

DE CÓMO REYNÓ EL REY DON ENRIQUE, E DE LO QUE FIZO 
EN SU TIEJirO QUE ÉL VIVIÓ. 

Muerto el rey don Juan, segund avedes oido, luego reynó su 
fijo el rey don Enrique e su mujer la rej'ua doña Catalina, fija del 
duque de Alencastre, e nieta del rey don Pedro, estando en Ma- 

(1) En blanco. 



105 

drid, en el mes de Octubre del año del Señor de mil e trecientos e 
noventa años. 

E en el primero año del su re3'nado, que fué en la era sobre di- 
cha, llegaron á Madrid don Pedro Ponce de León e Pero Martí- 
nez de Guzman, fijo del conde don Juan, los cuales avian estado 
en arrelienes e los tenia el duque de Alencastre. E en este año que 
comeníj'ó á rejnar, avia el rey don Enrique once años. E en el se- 
gundo año del su rey nado, en miércoles de la Ceniza, se leuantó 
grand alboroqo contra los judíos en Sevilla, por cuanto azotaron á 
dos cristianos porque llamaron perros á los judíos. E levantóse el 
pueblo menudo e tomaron por fuerza á los dos ornes que azotauan, 
6 metiéronlos en la iglesia de Santa María, e quisieron apedrear 
al alguacil, que era estonce don Alvar Pérez. E después desto, en 
sábado, veinte e Jiueve días de Abril, rescibieron en Sevilla por 
almirante al dicho don Alvar Pérez, e por alguacil mayor á don 
Pero Ponce de León. E después desto, en martes, seis días de Ju- 
nio, se robó toda la Judería de Sevilla, e mataron más de cuatro 
mil judíos, e los otros se tornaron cristianos, e esto mismo se fizo 
por todo el rej'no de Castilla, e esto fué por ocasión de la predi- 
cación que facía el arcediano de Ecija contra los judíos, diciendo 
las sus maldades dellos. 

E en este año se leuantaron en Córdoua e en Xerez lo? menu- 
dos contra los grandes, e echáronlos fuera, e pusieron ellos otros 
oficiales por sí. 

E en el quinto año del su reynado, en trece dias de Febrero, 
rescibieron en Sevilla por almirante por mandado del rey, á Die- 
go Eurtado de Mendoza, e tornó el alguaciladgo á don Alvar Pé- 
rez, e don Pero Ponce quedó sin oficio. E después desto, domingo, 
veinte e seis dias de Abril deste año, entró el maestre de Alcánta- 
ra Martin Yañez en tierra de moros con trecientos e sesenta omes 
de armas, e cuarenta ginetes, e fasta doce mil peones, e defendió- 
le el rey so pena de traición que non fuese allá, por cuanto tenia 
paces con el rey de Granada; e ellos non quisieron, por lo cual les 
vino mucho mal por ello, ca ellos entraron al Puerto Lope e com- 
batieron una torre de los moros. E ellos ansí estando, como á ora 
de tercia vinieron los moros sobre ellos, que eran fasta cuatro mil 



106 

de cauallo e ciento e mil ornes de pié, e cercáronlos á todos en 
derredor, e matáronlos allí, que non podían foir á nenguna par- 
te, porque les tenían tomado el puerto los moros, e pelearon los 
cristianos sobre ellos, e desde tercia fasta ora de nona, defendién- 
dose cuanto podían. Pero tanta era la ballestería e los fonderos de 
los moros, que se non pudieron defender, e non ovierou acorro 
nenguno, porque era defendido. E allí murió el dicho maestre, e 
don Juan Ponce de León, hermano de don Pero Ponce, e Fernan- 
do de Mera, e todos los otros fueron muertos e presos, que non 
escaparon si non fasta cuatrocientos peones que fuyeron esa noche 
por esas sierras, dellos sanos e dellos feridos. E todo esto fué 
porque este maestre Martin Yañez tenia que avia de ser rey de 
Granada, segund que él catana por sus artes. E en este mismo 
año finó don Alvar Pérez de Guzman en Sevilla, en jueves, quin- 
ce días de Julio, á ora de vísperas, e está enterrado en su capilla 
con su padre, don Alonso Pérez de Guzman. 

E en el sexto año de su reynado, en jueves, trece días de Di- 
ciembre, entró en Sevilla el rey don Enrique; e la reyna doña Ca- 
talina, su mujer, entró dende á ocho días con grandes alegrías. E 
en este día mandó el rey prender al arcediano de Ecija, por la 
muerte e el robo de los judíos, diciendo que él lo ficiera con sus 
predicnciones. 

E en el seteno año del su reynado fué muy grande batalla entre 
el rey de los turcos que decían Morato, e el rey de Hungría, e fue- 
ron vencidos los cristianos, e fueron muertos e presos muchos de 
los franceses que iban en a5'uda del rey de Hungría. E fueron 
presos en esta batalla de los nobles de Francia éstos que aquí 
diré: el señor conde de Mineres, e el señor condestable de Fran- 
cia, e el conde de la Marcha, don Enrique de Bor, e el señor de 
Cruxi. e el mariscal de Francia don Guido de la Tremoylhe, e 
fasta sesenta otros. E fué esta batalla la vegilia de Sant Miguel. 

E otro dia fizo el Morato traer ante sí fasta mil e quinientos 
captivos de los cristianos, e fizólos facer cuartos delante del, e en- 
tre ellos eran fasta cuatrocientos caualleros nobles franceses. 

E en este año casó el infante E-echarte, de Inglaterra, con la in- 
fanta doña Isabel, fija del rey Carlos de Francia, por aver paz e 



107 

amorío entre ellos, que avia grand tiempo que eran enemigos. E 
fué fecho este casamiento muy solemnemente. E en este año otro- 
sy, en miércoles, veinte e seis dias de Julio, se acauaron de poner 
todos los mármoles con sus cadenas en derredor de Santa María 
de Sevilla, que son todos noventa e nueve mármoles,. e manó el 
agua en la fuente de Santa María. 

E en este año finó el conde don Juan Alonso de Guzman, en 
jueves, cinco dias de Octubre. E en este año tomó el rey de Por- 
togal á Badajoz, estando el rey en Castilla. 

E en el ochauo año del su rey nado, fueron dos frailes de la or- 
den de Sant Francisco á Granada, á pedricar la fó de Jesucristo, 
e el rey de Granada defendiógelo que lo non ficiesen; mas ellos 
non quisieron, por lo cual los fizo el rey azotar, e ellos estando to- 
davía en esta intención, fizóles cortar las caberas, e arrastrar por 
toda la cibdat. E esto fué en el mes de Mayo, e truxeron á Cór- 
doua e á Sevilla algunos de sus huesos por reliquias, diciendo los 
frailes de su orden que facían milagros. 

Otrosy en este mes de Mayo pelearon cinco galeas de Castilla 
con siete de Portogal que traían bastimento, e venían de Genova 
con armas, e oro, e plata para Portogal; e vencieron las cinco ga- 
leas de Castilla á las siete de Portogal, e fuyeron las dos dellas, 
e encalló launa, e tomaron las cuatro con cuanto traían; e mata- 
ron á todos los Chamorros, e echáronlos en la mar, que eran fasta 
cuatrocientos omes, e truxeron las cuatro galeas con cuanto traían 
á Barrameda, e el rey mandó facer dellas lo que fué su merced. 

Otrosy en este año se pasaron de Portogal á Castilla Martín 
Vázquez e su hermano, con cien lancas de las mejores de Por- 
togal. 

E en el nueve año del su reynado, en once dias de Agosto, día 
de Santa Lloreynte, se consagró al obispo de Córdoua don Per- 
nando, en la iglesia de Sevilla, en la Capilla de los Re3^es, e con- 
sagrólo el arzobispo de Sevilla don Gonzalo, e otros dos obispos. 

E en el diez año de su reynado fué gran mortandat en toda la 
tierra. E en este año, á diez e seis dias del mes de Julio, se puso 
el reloj en la torre de Sevilla á ora de nona, e fizo estonce gran- 
des truenos e relámpagos, e llovió bien un rato cuando subían la 



108 

campana. E á trece dias de Noviembre nasció la infanta doña Ma- 
ría en Segovia (]). E en el año del Señor de mil e cuatrocientos e 
dos años, en el mes de Diciembre, fizo las muchas aguas, e en tal 
manera, que se oviera á fundir Sevilla, que entraña el agua por 
medio del adarbe, e finchóse la cibdad de agua en manera que 
dauan agua á las bestias á Sant Miguel, e á la Puerta del Atara- 
zana, e audauan barcos por la laguna e por en derredor de la 
Puerta del Ingeño. E si non fuera por el corregidor que estaña en 
Sevilla, que decian Juan Alonso de Toro, hermano del dotor Pe- 
riañez, que andana de noche e de dia con todos los de la cibdad 
atapando los portillos con ropa, e con piedras, e con otras cosas, 
si non, toda la cibdad fuera anegada de agua e perdida toda la 
gente, que aun con todo este recabdo que se puso, entró el agua de 
noche en algunas casas e afogó muchos, e andauan las camas na- 
dando en el agua e todas las otras cosas, e fuj^ó toda la gente, da- 
llas á los tejados e á los lugares altos, fasta que quiso Dios que 
menguaron las aguas. E duró diez e siete oras, que no pudieron 
atapar ni estancar el agua. E subió el agua fasta encima del arco 
de la Puente por do entran al castillo e fasta las almenas de la 
cibdad, que de encima de los adarbes tomauan el agua con las ma- 
nos. E duró ocho dias en se abajar el agua, que non podia nen- 
guno salir fuera de la cibdad, que toda estaña cercada de agua 
en derredor, e non tenian las gentes vianda que comer nin leña 
para cocinar. E toda la clerescía ficieron procisiones, e peticiones, 
e confesáronse todos, e ficieron penitencia, e quiso Dios aver pie- 
dat de los pecadores, e cesó las aguas, e vinieron á su lugar. 

E en este año fué la grand batalla entre el Morato e el Tártaro, 
e venció el Tártaro al Morato, e prendiólo, e duró la batalla quin- 
ce dias. E fué esta batalla á veinte e cuatro dias de Julio. E dicen 
que murieron allí de amas partes ochocientos mil omes de caua- 
11o, sin los de pié, que fueron sin cuenta, e matóle cuantos moros 



(1) Cousta por escritura original que nasció el dia y año que aquí 
se dice, y el mismo hubo llamamiento y poderes para jurarla por 
Princesa, y parecen poderes de Julio de 1402, que se dan para hacer el 
juramento. — {Nota autógrafa de Zurita). 



109 

falló, e tomóle sus tierras e sus tesoros, e enibió una su mujer del 
Morato al rey de Castilla en presente, con otras joyas que le 
embió. 

E en el año del Sf^ñor de mil e cuatrocientos e cuatro auos en 
que ves, día de Navidat, veinte e cinco días de Dicieiabro, ante 
de nona un poco, cayó un rayo en la torre mayor de las campanas 
de Santa María do estaua el reloj, e quebró el farpon del reloj, e 
quebró dos finiestras, e un poco de la torre do está el reloj, e su- 
mióse dentro la torre, e fizo grandes fumes e grandes truenos. 

E en el año del Señor de mil e cuatrocientos e cinco años, en 
viernes, seis dias de Marzo, nasció el infante don Juan en Toro; 
e en sábado, dia de Navidat, del año del Señor de mil e cuatro- 
cientos e siete años, finó este rey don Enrique en Toledo e ahí 
está enterrado. E fué muy justiciero, e puso corregidores en todos 
los lugares de su reyno, en tal manera, que todos avian paz con 
miedo del. E fué siempre doliente fasta su muerte, e muy temido 
de todos los de su reyno. 

CAPITULO CCLIV. 

DE CÓMO REYNÓ EL REY DON JUAN, E DE LO QUE AVENO 
EN SU TIEMPO. 

Después que así finó este noble rey don Ecrique, rej'nó en Cas- 
tilla e en León el noble e virtuoso rey don Juan el segundo, su fijo. 
El cual muy católico e noble rey, e muy franco, e pomposo, e ga- 
lán, e muy fermoso, e de grand cuerpo. E porque reyDÓ en muy 
tierna edat, que reynó en tiempo de veinte e dos meses, en la cib- 
dad de Toledo, el infante don Fernando, su tio, hermano del rey 
don Enrique, su padre, e todos los otros grandes del reyno, lo al- 
earon por rey muy onri'adamente en su absencia, en Toledo. E 
después fué el infante don Fernando á la cibdat de Segovia donde 
lo tenia la reyna doña Catalina, su madre, muy bien guardado en 
el alcázar de Segovia. E por el acuerdo que ende se ovo entre el 
infante don Fernando con la reyna doña Catalina, el infante don 
Fernando besó la mano al rey don Juan, primero que otro nengu- 
no, e lo algo muy alto en sus brazos. E por esta manera fué fecho 



lio 

por los perlados e grandes del rey no que ende estañan, segund 
que más largamente se face mención en la Crónica deste rey don 
Juan. E diremos aquí algunas cosas que en su tiempo acaescie- 
ron, que fueron muj' grandes fechos, porque reynó cuarenta e sie- 
te años. 

E porque este noble e católico rey don Juan reynó en tan tierna 
edat, entre la reyna doña Catalina, su madre, e el infante don 
Fernando, ovo muy grandes divisiones sobre el regimiento e go- 
bernación del reyno, en tanto que el rey don Juan estaua en tute- 
la. E fué acordado por ellos e por todos los grandes del reyno, 
que la rejma doña Catalina gobernase el rej^no de Castilla Vieja 
con Vizcaya e el reyno de León con todas las villas e lugares que 
son allende de los puertos, e el infante don Fernando todo el rey- 
no de Toledo con el Andalucía, e el reyno de Murcia con todas 
las villas e lugares de aquende loi puertos, e asimismo el reyno 
de Galicia. E después desto asentado, fué acordado que el infante 
don Eernando con todo el poder de Castilla, que ficiese guerra á 
los moros del reyno de Granada, porque así fué mandado en el 
testamento del rey don Enrique, el cual dexó cuando fallesció 
doscientos cuentos de maravedís para la guerra de los moros de 
Granada; e pues á Dios no avia placido de le dar á él lugar e vida 
de facer la guerra, que mandaua e mandó á la reyna doña Cata- 
lina, su mujer, e al rey don Juan, su fijo, e al infante don Fer- 
nando, su hermano, que con los tesoros que asi dejaua, que ficie- 
sen crua guerra al rey e reyno de Granada. E este infante don 
Fernando, porque este rey don Juan, su sobrino, era niño, e de 
tan corta edat como avedes oido, aceptó esta guerra; el cual fué e 
entró en tierra de moros, matando e astragaudo e faciendo mucho 
mal e daño en el reyno de Granada, en tal manera, que cercó, e 
á fuerza de armas tomó la villa de Antequera, e á Zahara, e á 
Pruna, e á otras fortale9as del reyno de Granada, E estando así 
faciendo la guerra, venóle nuevas en cómo don Martin, rey de 
Aragón, avia fallescido poco avia, el cual no dejaua heredero al- 
guno descendiente; e como lo sopo, venóse para Castilla, á Gua- 
dalajiíra, donde el rey don Juan, su sobrino, e la reyna doña Cata- 
lina, estañan. E como quier que estos reynos de Aragón, e Valen- 



111 

cía, e Condado de Barcelona, con lo otro anejo á ellos, venia e 
pertenescia el Mayorazgo dello á este rey don Juan, por parte de 
su abuelo el rey don Pedro de Aragón; pero que esta rey na doña 
Catalina, porque este infante don Fernando, su cuñado, se fuese 
destos reynos de Castilla e no toviese gobernación ni mando en 
ellos, dio lugar que el infante oviese aquellos reynos de Aragón. 
E fué acordado que el infante don Fernando con todo el poder de 
Castilla e á costa del rey don Juan, su fijo, de los tesoros que el 
rey don Enrique dejara, que se fuese á ser rey de Aragón. El cual 
se fué para la cibdad de Cuenca e embió muchas gentes con algu- 
nos caualleros de Castilla, con los cuales e con algunos caualleros 
de Aragón que les placía que fuese rey, se tovo manera que lo 
rescibiesen por rey de Aragón al infante don Fernando. E den- 
tro de la cibdad de Cuenca fué aleado por rey de Aragón, e se 
fué luego para Zaragoza, donde él fué coronado, e dende se fué 
para Barcelona, e estudo andando por todo el reyno de Aragón 
por espacio de tres años, que no reynó más, que luego finó. El 
cual rey don Fernando dexó por sus fijos al rey don Alonso, rey 
de Aragón, e al infante don Juan, que fué después rey de Na- 
varra, e al infante don Enrique, maestre que fué de Santiago en 
el reyno de Castilla, e al infante don Pedro, que fué maestre de 
Alcántara, e á la infanta doña María, que después fué reyna de 
Castilla, e á la infanta doña Leonor, que fué después reyna de 
Portugal. E esta noble e santa reyna doña Catalina, después dej 
finamiento del rey don Enrique, su marido, e del finamiento deste 
rey don Fernando de Aragón, tovo todo el regimiento e goberna- 
ción destos reynos ella por sí e por el rey don Juan, su fijo. La 
cual los rigió e gobernó en mucha paz e sosiego e en grand justi- 
cia, así á los grandes como á los pequeños, por tal manei'a, que 
non facía falta alguna el rey don Enrique, su marido, nin en su 
tiempo nenguno non osó facer movimiento nin levantamiento al- 
guno en el reyno, por el grand temor que la tenían. 

E fué así, que después que lo susodicho así fué fecho, que un paje 
que se decía Alvaro de Luna, fijo bastardo de un cauallero que se 
decía Alvaro de Luna, Señor de la villa de Cañete, que es en el 
Obispado de Cuenca, que lo ovo en una su vasalla, mujer rahez e de 



112 

poca manera, vecina de la dicha villa de Cañeto, vino á vivir con 
este rey don Juan, sej'endo niño. El cual tomó con él tanto amor, 
que non podia estar nin folgar sin él, nin queria que durmiese otro 
con él en su cámara, en tal manera, que la reyna doña Catalina ve- 
yendo aquesto, que de tan grand amor non podia nascer si non 
grand daño después, segund que nasció, mandó echar del reyno al 
dicho Alvaro de Luna. El cual estovo en el rej'no de Aragón con el 
arzobispo de Luna, su tio, asaz tiempo, fasta que finó la noble rej'- 
na doña Catalina en la villa de Valladolid, en el año de mil e cua- 
trocientos e diez e ocho años, la cual fué sepultada en Toledo, cer- 
ca del rey don Enrique, su marido. E después, por grand afinca 
desterey don Juan, fué tornado el dicho Alvaro de Luna a Casti- 
lla, á su xjoder del rey. El cual como lo vido, se alegró tanto con 
él, que maravilla era, e queríalo tanto e en tanto grado, que ya 
no vacaba cosa en el reyno que non se le diese á él. E tan grande 
fué la privanza e el amor que con él ovo, que lo fizo grand orne 
en muy poco tiempo, en esta manera: que lo fizo conde de Sant 
Esteban de Gormaz, e Condestable de Castilla. E fué asi que des- 
que el rey don Juan fué de catorce años, que le fué entregada la 
gobernación de sus reynos, los cuales estovieron por algund tiem- 
po en paz e en sosiego, fasta que nasció división entre los dichos 
infante don Juan e infante don Enrique, maestre de Santiago, 
primos deste rey don Juan, fijos del dicho rey don Fernando, so- 
bre que cada uno dellos queria casar con la infanta doña Catalina, 
hermana del rey don Juan, fija del rey don Enrique; por causa de 
lo cual, e por quitar los dichos debates e alborotos que por estonce 
ovo en el reyno por la dicha razón, fué acordado por el rey e por 
los grandes del reyno que á la infanta doña Catalina que la me- 
tiesen, como la metieron, monja en el monasterio de Santa Clara 
de Tordesillas. E este infante don Enrique, contra voluntad del 
rey don Juan e de la infanta doña Catalina, entró en el monaste- 
rio e forciblemente la sacó del, e se desposó e casó con ella en la 
villa de Escalona, estando por estonce el rey don Juan en la dicha 
villa. E el rey don Juan, e asimismo el dicho infante don Juan, e 
muchos de los del reyno toviéronlo por mal fecho; pero así se pasó. 
E dende á poco tiempo, se partió este rey don Juan para la cib- 



113 

dad de Talayera, e allí fizo bodas con la reyna doña María, fija 
del dicho rey don Fernando, e estovo ende poco tiempo. E por 
causa de los muchos boUicios e escándalos que en el reyno avia 
sobre el casamiento del infante don Enrique con la infanta doña 
Catalina, e de la toma que el dicho infante facía facer del marque- 
sado de Vi llena, que el rey don Enrique, su padre, mandara en 
su testamento á la dicha infanta doña Catalina, su fija, este rey 
don Juan con la rej'na doña María, su mujer, se fueron para la 
villa de Talayera, e estudo ende algunos dias, e tantos eran e tan 
grandes eran los bollicios e juntamientos de gentes e de caualleros 
que á la dicha villa de Talayera venían, que de acuerdo del conde 
don Fadrique, primo del rey, conde de Trastamara, duque que fué 
de Arjona, e de don Rodrigo Alonso Pimentel, conde de Benaven- 
te, e de don Alvaro de Luna, conde de Sant Esteban, el rey don 
Juan salió de la dicha villa en achaque de ir á caza, e á más an- 
dar se fué para el castillo de Montalban, el cual entró dentro en 
él e se apoderó de él, e estovieron dentro con el rey el conde don 
Fadrique, e el conde don Alvaro de Luna, e Pero Carrillo de Hue- 
te, su falconero mayor del rey, e don Rodrigo de Pimentel, conde 
de Benayente, e Pero Portocarrero, yerno del almirante don Alon- 
so Enriquez, e Juan de Padilla, e Diego López de Ayala, e Pero 
Suarez, hermano de García Alvarez, Señor de Oropesa, e Gonzalo 
de Guzmán, que fué después conde de Galves, e Juan de Vinatea, 
pregonero mayor del rey, e Rodrigo de Valdés, e Francisco de 
Montalvo, e Martin de Montalvo, e Juan de Montalvo, sus herma- 
nos, e Sancho Fernandez, contador, e Payo Cuello, fijo de Egas 
Cuello, e Ramiro de Tamayo, e Diego Luz, e Diego de Cibdad, 
fijo del obispo de Cibdat Rodrigo, e no más. E como fué sabido 
en la villa de Talayera que el rey así se avia ido para el castillo 
de Montalban con muchas gentes de armas, fueron luego en pos 
del el infante don Enrique, e el adelantado Pero Manrique, e don 
Ruy López Davales, condestable viejo, e el conde de Niebla, e el 
conde don Pero Ponce, e Gonzalo Fernandez Manrique, conde 
que fué después de Castañeda, e Iñigo López de Mendoza, Señor 
de la Vega, e Pero Carrillo de Toledo, e Pero López de Ayala, el 
Tuerto, e otros muchos caualleros con ellos con fasta tres mil 
Tomo CVL 8 



114 

ornes de armas e ginetes que con ellos levauan. E cercaron todo 
el castillo de Montalban de todas partes en tal manera, que non 
podía uno salir nin otro entrar; e desta manera estovo el rej' cer- 
cado en el castillo por diez e siete dias, en el cual avia muy poca 
provisión, en tal manera, que todos morian de fambre, e ovieron 
de comer tres cauallos de los que ende metieron, e non tenian sal. 
E los del real embiaban cada dia para el rey dos panes e dos ga- 
llinas e una azumbre de vino. E estado ende el rey cercado fasta 
que los procuradores de las cibdades, e villas, e lugares del reyno 
que avian venido á Talavera por mandado del rey don Juan, de 
consentimiento de los dichos infantes e caualleros, llegaron á las 
barbacanas del dicho castillo á fablar con el rey don Juan. Los 
cuales dixeron: — Señor: nosotros somos procuradores de vuestras 
cibdades e villas de vuestros rey nos, e dícese públicamente que 
vos estades preso en ese castillo, e detenido por esos caualleros que 
ende están con vos. Por ende, Señor, queremos lo saber si asi es, 
porque en aqaesta creencia están todos aquellos caualleros que 
están e tienen real sobre este castillo, e ellos, todas vuestx'as cib- 
dades, e villas, e las gentes dellas, vos socorramos e saquemos 
desta opresión. E el rey don Juan desque esto oyó, comentó de 
llorar e dixo: — Yo no esto aquí opreso ni detenido, mas antes esto 
aquí con estos caualleros que conmigo están, que son mis sirvien- 
tes e de quien yo me fío por guardar mi presona. E aquesos que 
aquí me tienen cercado, non facen lo que deben, que mi voluntat 
es que por agora ellos nin ninguno dellos non estén en mi Corte 
nin do yo estoviere, segund los fechos que el infante don Enrique 
con su favor e ayuda face contra mi voluntad. E agora yo me 
vine aquí, porque me sentía opreso en estar entre ellos. E bien 
paresce que se querían apoderar de mi presona por facer lo que 
ellos quieran en mis re3nios, e tienen me en tanto estrecho como 
vedes, quitándome las provisiones e mantenimientos que por mi 
mandado me traían de Gralves, como á mis ojos les tiró á los veci- 
nos de Galves, Iñigo López de Mendoza, Señor de la Vega, e los 
apaleó, e algunos dellos están aquí conmigo en mi servicio. Por 
ende yo vos digo que querades aver dolor de vuestro rey e Señor 
natural que muere de fambre en sus rey nos, sin merescimiento 



115 

alguno, e eátá cercado de sus subditos e naturales. E como aques- 
to oyeron los procuradores del re3'no, e asimismo todos cuantos 
con el rey estauan en el dicho castillo, comentaron á llorar tan 
bravamente, tirando de sus cabellos, e dando grandes voces, como 
si tovierau muerto al rey don Juan. E dende á poco los dichos 
procuradores dixeron que, pues ya sabian su voluntad, que ellos 
farian aquellas cosas que cumplían á su servicio, e así se despi- 
dieron del rey, e se fueron para el real donde el infante e los otros 
susodichos caualleros estauan. E estando juntos en su consejo, les 
dixeron todo el fecho de la verdat. Los cuales, así porque ya ve- 
nían en socorro del rey el infante don Juan e mucha gente de Cia- 
licia con ciertos capitanes del conde don Fadrique e del conde de 
Benavente. E por estar tomadas por el infante todas las puertas 
del rio de Tajo, que venia estonce muy crescido, que era por el 
mes de Noviembre, que nunca al facía si non llover noches e días, 
non pudieron pasar. E fué acordado por el infante e caualleros, que 
por poner en más estrecho al rey e á los otros que con él estauan. 
si se les darían, que mudasen otro dia el real cerca del castillo, e 
fué fecho así. E como loa condes de Niebla e don Pero Ponce su- 
pieron la voluntad del rey por dicho de los procuradores, acorda- 
ron de se ir al rey al castillo con sus gentes, e con sus fardajes e 
provisiones que tenían, e así lo ticieron, e llevaron muchas acémi- 
las cargadas de pan cocido, e fariña, e vino, e empanadas de pes- 
cados frescos que les avian embiado poco avia de Sevilla. Con los 
cuales el rey don Juan e los otros caualleros que con él estauan 
ovieron muy grand placer, e proveyóse bien, e tovógelo en. servi- 
cio señalado. E el infante e los otros que con él estauan, desque 
esto vieron, pesóles mucho, e vieron que por fambre non los podía 
tomar. E así por esto como porque ya facían barcas para pasar el 
rio la mucha gente que en socorro del rey don Juan venían, acor- 
daron ak;ar el real e descercar al rey. E el infante se fué para 
Toledo porque estonce estaua alqado por él, e los otros caualleros 
se fueron para sus tierras, e como esto vido el rey don Juan, luego 
se fué ese mesmo dia para la villa de Talavera, donde avia queda- 
do la reyna doña María, su mujer, e de allí se fué para Roa. 
Después de lo cual acaescieron en estos reynos grandes debatea 



116 

e divisiones e juntamientos de gentes, así por el infante don Enri- 
que, en el Espinal, como por el rey don Juan, en Arévalo, e otra 
vez en Palenzuela, segund que por más estenso se contiene en la 
Crónica deste rey don Juan. 

E después á (1) del Infante don Juan, que era ya rey 

de Navarra, porque casó con la fija del rey don Carlos de Navar- 
ra, fué venido el infante don Enrique e el conde de Castañeda, 
con él á la villa de Madrid, donde el rey don Juan estaua. E un día, 
después que así entró el infante en Madrid, estando en la grand 
sala del alcácar de la villa, el rey don Juan prendió al infante don 
Enrique, e mandó asimismo prender al conde de Castañeda. El 
cual infante fué llevado preso al castillo de Mora, e estovo ende 
preso tres años. E á cabo de los dichos tres años, así por ruego 
de la dicha rey na doña María, mujer del rey don Juan, como del 
rey don Alonso de Aragón, su hermano, e del Santo Padre, e de 
otros muchos reyes e grandes omes que por él rogaron, el rey lo 
mandó soltar, pensando que se escarmentaría de los fechos pasa- 
dos. El cual desque se vido suelto e apoderado eu su maestradgo^ 
que lo tovo todo en secrestación don Alvaro de Luna, privado del 
rey, en tanto que el infante estovo preso, e el infante don Enri' 
que, comengó á tratar paces con el rey de Navarra, su hermano, 
e facer otras muchas ligas e confederaciones, diciendo que el rey 
don Juan non debia tener privado, e que debia echar de sí á don 
Alvaro de Luna, lo cual fizo con la mayor parte de los caualleros 
de Castilla. Los cuales embiaron por el rey don Alonso de Ara- 
gón, e él e ellos que se juntaron con él, entraron en Castilla por 
la parte de Earisa, Medinaceli, e el rey de Aragón traía voz que 
el regimiento e gobernación de ciertos reynos de Castilla que el 
rey don Fernando, su padre, gobernaua en tanto que el rey doií 
Juan estovo en tutela, que pertenescían á él, así como á fijo mayor 
del rey don Fernando, e que él las quería regir e gobernar. E 
como el rey don Juan lo sopo, que j'a el rey de Aragón e sus her- 
manos andauan por el reyno con grandes gentes de pié e de caua- 
11o que consigo traían, que llegaron e entraron fasta cerca de 



(1) En blanco. 



117 

Santa María de Sopetian, embió sus cartas de llamamiento por 
todos sus reynos, asi á loa grandes caiialleros como á los guisados 
de cauallo, e caualleros de premia e de alarde, e á todos los fijos 
dalgo e á los que del tenían tierras, que fueron fechas cinco mil 
cartas en una noche. E un día, por la grand diligencia del relator 
del re\', que se decía el doctor Fernando Díaz de Toledo, su se- 
cretario, las cuales fueron embiadas muy prestamente por todo 
el reyno, en tal manera que antes de doce días fueron juntos con 
el rey don Juan más de quince mil rocines, entre omes de armas 
6 ginetes. E luego fué con esta gente e con más de cient mil ornes 
de píe que se juntaron con él contra donde los reyes de Aragón e 
de Navarra, e infante don Enrique estauan, e asentó real cerca 
de Hariza, estando por estonce los reyes cerca de Santa María de 
Sopetran, que es á tres leguas de la villa de Guadalajara. E estan- 
do este rey don Juan en Benamazan, venóle ayudar don Eadri- 
que, conde de Trastamara, duque que era ya de Arjona, con mil 
rocines e diez mil peones, e como el rey sopo de su venida, man- 
dólo salir á rescebir muy onrradamente, e mandó aposentar sus 
gentes á parte del su real. E cuando el duque entró en el real del 
rey, era ya noche, e fuéle á facer reverencia en sus tiendas. El 
cual luego fué preso por mandado del i-ey don Juan; esto por 
consejo del condestable don Alvaro de Luna. E esa mesma noche 
fué llevado caualgando en una muía á la fortaleza de Almazan, e 
dende al ca.stíllo de Peñafiel. El cual duque estovo preso bien 
poco tiempo, porque el condestable don Alvaro de Luna lo mandó 
matar afogándolo, como fué afogado con una toca de lienzo. Esto, 
sin licencia e mandado del rey don Juan, diciendo que el duque 
se tractaua con los reyes de Aragón e de Navarra, e infante don 
Enrique á fin de destroir al condestable. E como los reyes e in- 
fante sopieron de la prisión del duque de Arjona, e de como el 
rey don Juan traía tan grand poder de gentes de noche, algaron 
real, e se volvieron fuyendo e se entrai'on en su reyno do Aragón. 
E como el rey don Juan lo sopo, andado en pos dellos cuanto 
pudo, e por la grand ventaja que le levauan, non los pudo alcan- 
zar^ e entró por Aragón matando, e robando, e quemando, e es- 
■tragando en tal manera, que destruj'ó á Cetina, e á otras villas e 



118 

lugares de aquella frontera, e mandó facer tan cruel guerra á 
los reynos de Aragón e de Navarra, poniendo fronteros en to- 
das las fronteras, que maravilla era, en tal manera, que la ma- 
yor parte de todos los lugares de las fronteras de los reynos 
de Aragón e de Navarra fueron robadas e destroidas. E duró 
esta guerra bien espacio de tres años fasta tanto que por rue- 
go de la noble e virtuosa réyna doña María, mujer deste rey 
don Alonso de Aragón, e hermana deste rey don Juan, e por 
ruego de la reyna madre del rey don Alonso e rey don Juan 
de Navarra, e infante don Enrique, e don Pedro, fué fecha 
paz é concordia entre ellos con condición que no entrasen en 
Castilla los reyes de Aragón e de Navarra, e infantes, sin es- 
pecial licencia e mandado del rey don Juan de Castilla, con tal 
que les fuesen dados, puestos en Aragón, cierta suma de florines 
de las rentas que rentaua en Castilla al infante don Enrique su 
maestradgo de Santiago, e al rey de Navarra, las villas de Me- 
dina del Campo, e Olmedo, e Peñafiel, e Roa, e Aranda de Due- 
ro, e Coca, e otras villas e lugares que en Castilla les avia dexado . 
el rey don Fernando, su padre, cuando finara. E fué fecho ansí. E 
después fué acordado por este rey don Juan e por todos los gran- 
des de sus reynos que fuese á facer guerra al rey Esquierdo de 
Granada. E fué fecho así que en el año de la Natividad de Nues- 
tro Señor Jesucristo de mil e cuatrocientos e treinta e un años, 
este rey don Juan sacó sus huestes e fuese para el Andalucía á la 
cibdad de Córdoua, e fizo facer alarde, e falláronse con él más de 
quince mil de cauallo, omes de armas e ginetes, e más de se- 
senta mil peones. E entró por el reyno de Granada matando, e 
quemando, e astragando cuanto fallaba, e enderesqó contraía cib- 
dad de Granada donde estaua el rey Esquierdo. E fué ansí que non 
podia entrar á la Vega de Granada sin grand peligro de muchas 
gentes. Esto porque le tenían tomado los moros las torres de la 
Puente de Pinos, e por las grandes acequias fondas que avia á la 
entrada. E este rey don Juan mandó á un cauallero que se decía 
Perrand López de Saldaña, su contador mayor, (que este rey, á 
suplicación deste su condestable don Alvaro de Luna, avia fecho 
e avia dado grandes rentas e manera, por tal que este Ferrand 



119 

López de Saldaua levaba suj'os trescientos ornes darraas muy bien 
guarnidos, aunque era de antes orne de poca manera, porque era 
fijo de un converso onrrado que se decia Ñuño López de Saldaña, 
natural de Sevilla), que él que derribase las torres de la Puente 
de Pinos. El cual Perrand López, con grand diligencia e acucia, 
mandó combatir la dicha Torre, e con las lombardas e pertrechos 
del rey fué derribada, e muertos los moros que en ella estañan. E 
el rey don Juan pasó por la Puente con sus huestes, e falló al rey 
Esquierdo con todo el poder de Granada e de muchos moros de 
allende la mar que, por lo dar favor, avian pasado. El cual tenia 
su real puesto de fuera de la cibdad de Granada, en el olivar. E 
el rey don Juan asentó su real á ojo del rey Esquierdo e de la 
cibdat de Granada; e ovo entre estos reyes e las gentes dellos muy 
grandes escaramuzas, fasta que un dia, domingo del mes de Mayo, 
á ora de medio dia, estando las batallas destos reyes en el campo,, 
unos á ojo de otros, este Perrand López de Saldaña, contador 
mayor del rey, e Ruy Diaz de Mendoza, maj'ordomo mayor del 
rey don Juan, comenQaron la batalla con los moros, e tal fué el 
comienoo, que el rey don Juan e todos ovieron á pelear tan bra- 
uamente los cristianos contra los moros, en tal manera, que duró 
la batalla fasta ora de vísperas, e fué vencido este rey Esquierdo 
e los suj'os, e comentaron á foir contra la cibdad de Granada, e 
duró el alcance matando, e firiendo, e captivando moros, así por 
el olivar, como debajo de una grand figuera que estaua en unas 
huertas fasta que anocheció, en tal manera, que fueron muertos 
más de treinta mil moros sin los captivos. E el rey don Juan e 
los suyos robaron las tiendas e el real del rey Esquierdo de Gra- 
nada. E tan grande fué el miedo que en la cibdat de Granada 
ovieron los moros este día del desbarato e vencimiento de su rey, 
que si el rey don Juan e su hueste se fueran luego encontinente 
para la cibdad de Granada, que la tomara e se apoderaran della, 
6 non fallaran puerta cerrada, nin lan^a enfiesta. E esto se fizo, 
non por el buen esfuerzo del rey e de los suyos, salvo por no mi- 
rar en ello, e con la grande alegría que ovieron del vencimiento 
desta batalla. E estando el rey en su real, e embiando sus gentes 
á robar, e quemar, e astragar todo el rey no de Granada, porque 



120 

este don Alvaro de Luna, condestable de Castilla, mató á dos 
ornes vizcaínos que eran parientes e servientes de don Pero Fer- 
nandez de Velasco, conde de Haro, porque los dichos vizcaínos se 
iban del real á mal recado donde los captivasen los moros, e aun- 
que por el dicho condestable les fué mandado que se tor.'^asen, 
non lo quisieron facer, e por esto el condestable los mató alan ca- 
das. E por esto el conde de Haro e algunos otros caualleros del 
reyno que ende estañan, ovieron grand enojo e sentimiento, en tal 
manera, que ovo tan grandes alteraciones en el real entre los unos 
e los otros, que se ovieron de perder todos, que ya estaña toda la 
gente del real fecha dos bandos. E así por esto como ¡Dorque el rey 
de Granada, de noche, embió á este condestable cuatro acémilas 
cargadas de doblas moriscas porque toviese manera que el rej' don 
Juan alf;ase real de sobre su cíbdab de Granada, porque segund 
lo que sentía en la mayor parte de los vecinos e moradores de la 
dicha cibdad de Granada, se querían dar á trato al rey don Juan 
e entregarle la cibdad e fortalezas de ella, ssgund el grande estre- 
cho en que estauan, e el grande miedo e temor que tenían de ser 
todos muertos, e captivos ellos, e sus mujeres, e fijos; e este con- 
destable don Alvaro de Luna consejó á este rey don Juan que 
mandase alear su real de sobre la cibdad de Granada, como luego 
fué aleado, e mandó quemar mucho pan cocido e otras muchas 
viandas que para provisión é bastecimiento del real tenían en él: 
esto á fin que los moros non gozasen dello. E viniéronse para Cas- 
tilla el rey don Juan e todos los suyos. E después el rey don Juan 
mandó poner fronteros en la frontera contra los moros, e reyno de 
Granada, por tal manera, que en término de siete anos que duró 
por estonce esta guerra, fué fecho tanto estrago, mal e daño en el 
reyno de Granada, que así don Iñigo López de Mendoza, conde 
del Real de Manzanares, e marqués de Santillana que después 
fué, ganó de los moros á la villa de Huelma. E don Eodrigo 
Manrique, conde que fué después de Paredes de Nava, ganó á la 
villa de Huesca. E el adelantado don Alonso Yañez Fajardo, ade- 
lantado de Murcia, ganó de los moros á las villas e fortalezas de 
Albox, e á Velez el Rubio, e á Velez el Blanco, e á Xiquena, e Ti- 
rieíja. E asimismo en este tiempo fué ganado de los moros por el 



121 

mariscal Pero García de Perrera á la villa e íbrtaleoa de Ximena, 
e otros fronteros á otros muchos lugares. En el cual dicho tiempo 
fué gobernador e administrador de la Orden de Santiago este 
condestable don Alvaro de Luna, e llevó las rentas e pechos e de- 
rechos del. E así estuvieron estos reynos de Castilla por espacio 
de doce años en mucha paz e sosiego, e mantenida e gobernada en 
mucha justicia. E estando así, acaesció que por algunas fablas e 
debates que ovo entre este condestable don Alvaro de Luna e 
Pero Manrique, adelantado de León, este condestable tovo mane- 
ra que el rey don Juan prendiese, como prendió, áeste adelantado 
Pero Manrique, e lo mandó prender en la villa de Madrigal, e 
mandólo levar así preso al castillo e fortale(?a de Puente Dueña. 
E diéronlo á Gómez Carrillo, fijo de Alvaro Carrillo, un caualle- 
ro bueno e de buen linaje, sobrino, fijo de su hermano del dicho 
marqués de Santillana, e decíase por estonce Gómez Carrillo, el 
Peo. Esto porque era muy feo de rostro. El cual tovo preso al di- 
cho adelantado asaz tiempo fasta en tanto que por mandado del 
rey dio lugar que la mujer del dicho adelantado lo sirviese e estu- 
díese con él en el dicho castillo, porque el dicho adelantado adoles- 
ció después que fué preso de una grand dolencia. E estando así la 
mujer del adelantado, embió secretamente de noche por gente de 
armas á su tierra, e por unas ventanas que quebrantaron, fué sali- 
do de la prisión el dicho adelantado, e ido á su tierra. E por causa 
de la dicha prisión, así antes que el dicho adelantado saliese de- 
11a como después, ovo tan grandes alteraciones e bollicios en los 
reynos de Castilla e de León por parientes e amigos deste adelan- 
tado, e por su hermano el almirante don Padrique, que toda Cas- 
tilla estovo en grand trauajo. E fueron al9adas contra este rey don 
Juan muchas villas, e cibdades, e lugares, en tal manera, que se 
fizo el reyno bandos, que se fizo tan grande juntamiento de gen- 
te de armas por parte de los caualleros en la villa de Valladolid, 
e por parte del rey don Juan eu Medina del Campo, que maravilla 
era. E estando así en este juntamiento el dicho adelantado e los 
otros caualleros de su opinión, acordaron de embiar llamar al di- 
cho rey don Juan de Navarra e infante don Enrique á la cibdad 
de Zaragoza donde estauan. Los cuales, como vieron las cartas e 



122 

las alteraciones de Castilla, plególes mucho dello, e luego enconti- 
nente viniéronse para Castilla; e como este rey dou Juan lo sopo, 
embió rogar al rey de Navarra que se viniese para él e que le die- 
se favor e ayuda contra estos sus caualleros que así se avian le- 
vantado contra él, á los castigar por justicia. El cual rej'' de Na- 
varra se veno para él, e el infante don Enrique para los caualle- 
ros; e por esta causa, este rey don Juan dio al rey de Navarra el 
marquesado de Villena e las villas e lugares que de antes tenia, 
que de suso están contadas, las cuales villas e lugares e marque- 
sado, este rey de Navarra dio en casamiento á la princesa doña 
Blanca, su fija, con el príncipe don Enrique, fijo deste rey don 
Juan, que después desto fué fecha boda con ella en la dicha villa 
de Valladolid en el año de mil e cuatrocientes e cuarenta años. E 
como este infante don Enrique fué junto con los dichos caualleros, 
él e los suyos andovieron tomando e apoderándose de las villas e 
lugares del maestradgo de Santiago, e de otras cibdades, e villas, 
e lugares del reyno, en tal manera, que la mayor parte dellas es- 
tañan aleadas e rebeladas contra el rey don Juan. 

E estando los fechos en esto, este rey don Juan de Navarra se 
mostró contra el rey don Juan que acometió á lo prender en la 
villa de Medina del Campo. E este rey don Juan e el príncipe don 
Enrique, su fijo, andudieron en algún tiempo en uno, e porque 
el príncipe toviese grand casa e grand poder, dióle á la cibdad de 
Segovia e á la cibdad de Alcaráz e á otras villas e lugares. E 
porque en la corónica deste rej' se contiene más por istenso lo» 
fechos grandes que en su tiempo acaescieron, e durante estos mo- 
vimientos; pero diremos aquí algunas cosas especiales. Eué así 
que así por enducimiento de la rey na doña María, mujer deste 
rey don Juan, madre deste príncipe don Enrique, e de los dichos 
sus tios, rey de Navarra o infante don Enrique, este príncipe don 
Enrique se fué del rey don Juan, su padre, que no quiso más 
andar en su compañía, porque no quería el rey echar de sí al 
dicho su condestable. E este rey don Juan e su condestable e los 
suyos desde la cibdad de Avila se fué para la villa de Medina del 
Campo, e estando en ella con muchas gentes de armas, vinieron 
contra él e sobre él el rey de Navarra e el infante don Enrique, su 



123 

hermano e el almirante don Fadrique, e los fijos del dicho adelan- 
tado Pero Manrique, que ya el dicho adelantado era finado, e 
otros muchos caualleros con ellos, con los cuales vinieron la dicha 
rej'na doña IMaría e príncipe don Enrique, su fijo, e pusieron real 
sobre la dicha villa de Medina del Campo, e tovieron cercado á 
este rey don Juan e los suyos asaz tiempo, fasta tanto que una 
noche ficieron un grand portillo los del real en la cerca de la 
villa de Medina del Campo á la parte del rio de Zapardiel, e por 
allí fué entrada la villa por tal manera que se apoderaron del rey 
don Juan, e fueron robados todos los suyos, e fuéronse fuyendo el 
dicho condestable e su hermano don Juan, arcjobispo de Toledo, 
e don Gutierre, maestre de Alcántara, e el prior de Sant Juan, e 
Alonso Pérez de Bivero, su contador mayor deste rey don Juan, 
e fuéronse para la cibdad de Avila, e como todos fueron entrados 
en la villa de Medina, con mucha reverencia e obediencia la reyna 
doña María, su mujer, e el príncipe, su fijo, e los reyes de Na- 
varra e infante don Enrique, e todos los otros cauiílleros fueron 
á este rey don Juan á la plaza de la villa donde estaua arma- 
do con su pendón real, e abajaron sus banderas e pendones di- 
ciéndole que les perdonase, que si alguna cosa avian fecho, que 
egto que lo facían porque echase de sí á su condestable e su pri- 
vado, que los tractaua mal e les cobdiciaua su destruicion. E este 
rey don Juan, veyendo cómo estaua en su poder, e que por eston- 
ces non podia al facer, reconcilióse con ellos en tal manera que 
non les mostraua tanto enojo como de razón debía de les mostrar, 
segund los fechos pasados; e partiéronse dende para la villa de 
Madrigal, e estovieron ende en una compañía por asaz de tiempo 
fasta en tanto que este príncipe don Enrique, fijo primogénito e 
heredero deste rey don Juan, sopo qiie estos reyes de Navarra e 
infante don Enrique, sus tíos, se queri-.n apoderar de su presona 
e le tomar su tierra, para facer de todo el reyno á su guisa, e lo 
mandar e lo repartir entre sí, como se decía que lo querían facer, 
que ya se licuaban ellos e los sus adherentes e secaces todas las 
rentas e pechos e derechos del reyno, en tal manera, que al rey 
venia mucha poca contía para su mantenimiento; e como lo sopo, 
so color de ir á matar á unas lagunas de cerca dende unas garzas 



124 

que le diseron que le tenían amesnadas, este principe, e Juan Pa- 
checo, su criado e privado, marqués de Villena que después fué, 
se fueron á más andar á la cibdad de Segovia. E este rey don Juan 
por los grandes i'oydos que en aquella villa de Madrigal por es- 
tonce avií" 'e gentes del conde don Pedro Destúñiga e del con- 
de de Haro, se fué para Ramaga, un lugar que es entre Madrigal 
e Salamanca. E los dichos rey e infante, e los otros caualleros que 
con él estauan, acordaron de estrechar á este rey don Juan, e fué 
fecho asi, que prendieron á Alonso Pérez de Bivero, su contador 
mayor, e á Eerrand Yañez de Jerez, su secretario, diciendo que 
se tractauan de llevar al rey don Juan á su condestable á la villa 
de Escalona donde estaua. E troxeron al rey don Juan, rey de 
Castilla, á la villa de Madrigal, e deude á la villa de Tordesillas, 
e echáronle de la Corte á cuantos oficiales tenia. En tal manera e 
en tanta opresión lo tenian, que no era señor de escrebir carta al- 
guna nin fablar con persona de su coraron, salvo con sirvientes e 
criados dellos que lo guardauan de noche e de dia. E caualga- 
uan con él fasta mil ornes de armas cuando quería ir á caza de ri- 
bera el rio de Duero a3'uso ó arriba, e caía la guarda del rey á 
cada uno su dia, e facían firmar á este rey cuantas cartas querían. 
E dieron á este infante don Enrique cartas que fuese visorey de 
los reyuos de Toledo e del Andalucía. El cual, con las cartas e po- 
deres del rey, se apoderó del maestradgo de Calatrava para don 
Alonso, un fijo bastardo deste rey de Navarra. E otrosy, de la 
cibdad de Toledo, la cual tovo alqada contra este rej' don Juan, 
Pero López de Ayala, el Tuerto, alcaide del alcágar della, e asi- 
mismo alcalde mayor de Toledo. E asimesmo se apoderó este in- 
fante don Enrique de Villareal e de las cibdades de Ubeda , e 
Baeza, e Jaén, e Andújar, e de las cibdades de Córdoua, e Ecija, 
e de Carmena, e asimesmo se ak;ó por él la cibdad deXerez de la 
Frontera, e fuese para la cibdad de Sevilla á fin de se apoderar 
della, la cual se le resistió muy bien por la grand lealtad que en 
ella avía, e con favor, e ayuda, e esfuerce de don Juan, conde de 
Niebla, duque que después fué de Medina del Albuhera. E porque 
el conde don Pero Ponce tenia su voz deste infante en Sevilla, el 
dicho duque, e los caualleros, e veinte e cuatros, e alcaldes mayo- 



125 

res de la cibdad, le echaron fuera della. Así que este infante des- 
que esto vido, fuese para Alcalá de Guadaira e dende para Can- 
tillana, e estovo ende algunos dias con muy grand gente, así de 
pié como de cauallo que consigo levaba en número de ocho mil 
de cauallo e más de treinta mil peones, e fué á dar vista con la 
dicha gente á Sevilla, diciendo que por fuerca la avia de entrar; 
pero el dicho duque con los de Sevilla, se armaron e aderescaron 
bien, por tal manera, que gela bien defendieron. E como esto vido 
este infante, mandó robar cuanto fallaron por el campo e por el 
Axarafe. E como á Sevilla non pudo entrar, sonóse por su real 
deste infante que todo aquello que facía que era contra voluntad 
del rey don Juan, su primo, e comengóse á derramar e ir de suyo 
sin licencia e consentimiento del dicho infante, muchos caualleros 
e gentes de los que consigo levaba, en especial Juan Furtado de 
Mendoza, montero mayor del rey don Juan, que con el dicho in- 
fante andana con fasta cient rocines, porque el dicho Diego Fur- 
tado gelo embió mandar, porque ya avia fecho pleito e omenaje 
á este rey don Juan de tener por él la su cibdad de Cuenca que 
de antes tenia al(íada e rebelada por el dicho infante don Enri- 
que. El cual dicho pleito e omenaje fizo este Diego Furtado, á in- 
citación del licenciado Alonso Díaz de Montalvo, vecino de Hue- 
te, en quien este rey don Juan fiaua mucho. E por esta manera 
fué partido el dicho Diego Furtado. E después del partido, en so- 
las dos noches se partieron más de dos mil rocines e asaz peones, 
6 se fueron cada uno á sus tierras. E como esto vido el infante, 
retrójose para Córdoua, e veno bien triste e desfavorescido, así 
porque non pudo tomar á Sevilla, como porque sopo que venían 
contra él don Clutierre de Sotomayor, maestre de Alcántara, con 
muchas gentes, así de los suyos como del reyno de Portugal que 
los embió el regente don Pedro, hermano del rey don Duarte, los 
cuales se vinieron para Sevilla. E dende ellos e este conde de Nie- 
bla, duque que después fué, fueron poderosamente e combatieron, 
e tomaron á Carmena, e á Ecija, e á Córdoua. E estando asi los 
fechos en este estado, este rey don Juan sopo esto, e fabló de se- 
creto con la abadesa de Tordesillas, rogándole que embiase ciertas 
cartas que tenia á Perálvarez de Osorio, conde de Trastamara, e 



126 

á Griitier Quijada, que en cualquier manera lo sacasen de aquella 
opresión en que estaua en aquella villa de Tordesillas en poder 
de la reyna dona María, su mujer, e del rey don Juan de Na- 
varra, e del almirante, sus primos. La cual dicha abadesa embió 
las cartas á los dichos conde e Grutier Quijada; e como fueron lle- 
gados, ellos de secreto ayuntaron la más gente que pudieron, e 
una noche partieron de Villalobos, que es en tierra de Campos, e 
amanescieron cerca de Tordesillas. E esta abadesa tenia fecho que- 
brar una carreta en la puerta de la villa por donde entrasen, la 
cual dicha puerta estovo toda aquella noche abierta, e porque vi- 
nieron un poco ya entrado el dia, no pudieron entrar en Tordesi- 
llas, porque un carnicero del rastro del rey cerró la puerta des- 
que vido aquella gente. E en tan grande estrecho e desbarato fué 
puesta aquella villa, que el rey de Navarra, e reyna de Castilla, 
6 almirante, e conde de Benavente, e los otros grandes caualleros 
que ende estañan en guarda del rey, que todos pensaron ser per- 
didos. E así lo fueran, si este conde e Gutier Quijada entraran en 
Tordesillas; los cuales desque vieron que non podían más facer, se 
tornaron para sus tierras; e este rey de Navarra e almirante, con 
los condes de Benavente, e de Castro, e los Quiñones, e Juan de 
Tovar, e los otros caualleros que con ellos estauan, con grandes 
gentes de armas e de pié fueron en pos deste conde e Gutier Qui- 
jada, e destruj-éronles sus tierras e lugares, e por las grandes for- 
taleqas que tenían, non les pudieron empescer en sus presonas, e 
tornáronse para Tordesillas. 

E acaesció por estonce que porque Ruy Diaz de Mendoza, 
mayordomo mayor deste rey don Juan, tenia cargo de noche e 
de dia á este rey, él e Lope de Mendoza, su primo, e el príncipe 
don Enrique, lo embió amenazar desde Segovia á este lluy Diaz 
porque non avia dado lugar á este rey don Juan le escribiese 
respuesta de otras cartas que el dicho principe, su fijo, le em- 
biara, e le embió decir que era carcelero mayor del rey, e que él 
gelo pagaría. Por esto este Ruy Diaz dixo que non quería tener 
cax'go de guardar al rey, e dejólo, así por esto, como ¡morque el 
rey don Juan de Castilla, estando ende en Tordesillas, mandó á 
un su mogo de espuelas que le troxese un cauallo para caualgar en 



127 

que fuese él á caza. E este Ruy Diaz non gelo dexó traer, salvo 
una muía, que asi estaua dicho e mandado por todos. E por esto 
este rey don Juan corrió á este Ruy Diaz con un espada sacada 
en pos del por su palacio fasta lo lanqar por una escalera abajo, 
pero que lo non alcanzó. E por esto Ruy Diaz dexó la guarda del 
rey. Los dichos rey na de Castilla, e rey de Navarra, e almirante, 
e los otros grandes que con ellos estañan, acordaron de dar por 
guarda al rey á don Diego Gómez de Sandoval, adelantado ma- 
yor del reyno de Castilla, conde de Castro Xeris. El cual aceptó 
la guarda del rey, con condición que gelo levasen á la su villa de 
Portillo, e por esta razón fué llevado este rey bien contra su vo- 
luntad á Portillo; el cual dicho conde lo tomó e tovo en asaz estre- 
cho e bien guardado por asaz tiempo en el castillo de la dicha vi- 
lla. E acaesció que el dicho almirante embió rogar al dicho conde 
de Haro, don Pedro de Velasco, que se viniese á ver con él en 
tierra de Campos, á fin do lo atraer á la opinión suya e de los di- 
chos reyua e rey de Navarra, porque este conde de Haro fasta 
allí non se avia mostrado á la una parte nin á la otra. El cual 
dicho conde se venia bien seguro; pero que sopo de cierta ciencia 
que en el camino estaua puesto en un celada don Fernando de 
Rojas, fijo deste conde de Castro, con fasta docientos omes de ca- 
uallo f ara lo prender. E este conde de Haro lo sopo, mandó á 
todos los suyos que se fuesen su camino al lugar do avia de facer 
la vista, e él caualgó en un cauallo, e á más correr él e otro 
paje suyo se tornaron para su tierra. E como el dicho almirante 
vido que el conde de Haro se avia vuelto así, tóvose por burlado; 
pero que non fizo nin consintió que se ficiese mal nin daño á la 
gente deste conde, e ovo del grand recelo que les vernia lo que 
después les veno. E luego el dicho conde de Haro apellidó todo el 
reyno e fuese para la cibdad de Burgos, e apoderóse della, él e el 
conde don Pedro de Estúñiga, alcaide que era del castillo de la 
dicha cibdad, e juntaron grandes gentes, así á pié comoá cauallo, 
por cuanto este conde de Haro tenia á su mandar la ma3'or parte 
del reyno de Castilla Vieja, e Asturias, e Santillana, e el señorío 
e condado de Vizcaya. E de allí, dende Burgos, escribieron al di- 
cho príncipe don Enrique á Segovia donde estaua, e al dicho con- 



128 

destable don Alvaro de Luna á la su villa e fortaleca de Escalona 
donde estaua, e al dicho maestre de Alcántara, e al prior de Sant 
Juan, e al dicho conde de Niebla, e á los otros grandes del reyno, 
diciéndoles que ya veian cómo los susodichos tenían opreso e de- 
tenido á su señor e rey natural, e que ellos, como leales vasallos e 
servientes suj'os, con sus gentes, querían ser en lo delibrar de aque- 
lla oprision, para que por su presona e en su libertad rigiese e 
gobernase sus rejmos e Señoríos; por ende, que les rogaua e re- 
quería de parte de Dios e de la fieldad e lealtad que debían á su 
re}', que se quisiesen juntar con ellos en aquella cibdad de Bur- 
gos, que era e es cabccja de Castilla, e allí darían la orden que 
cumpliese. E como este príncipe don Enrique vido estas cartas 
destos condes, ovo por una parte grand dolor e sentimiento j)or la 
oprision del rey, su padre, e por otra parte esforgóse mucho e le- 
vántasele el coraQon para la su delibracion, e escribió al dicho 
condestable sobre ello su parescer e voluntad, e el dicho condesta- 
ble venóse para la cibdad de Avila á se ver con este príncipe don 
Enrique, e en las vistas acordaron de llamar cuantas gentes pu- 
dieron, así de pié como de cauallo, para lo cual y porque el dicho 
príncipe decía que estaua gastado e no tenia por estonce dineros 
pai'a este ayuntamiento de gentes, el dicho conde éste les prestó 
treinta mil doblas de la banda. E así se partieron amos á dos e 
se fueron para Burgos, e los, condes los rescibiei'on mu}'- bien. E 
acordaron de embiar cartas á todas las cibdades, e villas, e luga- 
res del reyno, recontando los fechos susodichos, e que todos les 
quisiesen dar favor e ayuda para la delibracion de su rey e Señor 
natural, que lo tenían opreso sus caualleros e vasallos e subditos 
en sus reynos sin cabsa alguna. E estas cartas leídas y publica- 
das por los reynos, vinieron de muchas partes muchas gentes e 
caualleros, así de pié como de cauallo, en tal manera, que en poco 
tiempo fueron juntar con estos más de cinco mil omes de cauallo e 
veinte mil peones muy aderezados. E este rey de Navarra e almi- 
rante e todos los otros condes e caualleros que con ellos estañan, 
acordaron de ir contra Burgos por pelear con este príncipe e con- 
destable e condes que así juntos estañan. E juntáronse los unos en 
Palenzuela, una villa deste almirante, e los otros que con el prín- 



129 

cipe venían en otra villa que tucen Pampliega, e allí estovieron un 
dia, los unos á ojo de los otros en sus reales, aviendo grandes es- 
caramuzas, fasta en tanto que en una tarde en una grand escara- 
muza que ovieron, fueron desbaratados Perrand López de Salda- 
ña, contador mayor deste rey don Juan, e García de Herrera, se- 
ñor de Pedraza, sobrino deste aLnírante, e preso el dicho García 
de Herrera, e muertos muchos de los suyos. E si non fuera por 
causa del rio e de muchas e grandes acequias que estañan ende, e 
porque vino la noche e los cerró á todos, este rey de Navarra e al- 
mirantes fueran muertos ó presos, como quier que por esta cabsa 
se desbarataron todos, que otro dia en la mañana partieron dende 
e se fueron para sus tierras cada uno por su parte, del grand mie- 
do e temor que tenían á este príncipe e á los que con él iban. E 
como esto fué sabido en Portillo, donde así estaua opreso este rey 
don Juan, luego le fué fablado del desbarato ya dicho. E este rey 
don Juan, como sopo deste desbarato deste rey de Navarra e almi- 
rante e otros caualleros, pensó de mirar donde mejor fuese deli- 
brado de aquella opresión. E estando por estonce en Turuégano el 
cardenal don Juan de Cervantes, administrador que por estonce 
era del obispado de Segovia, e después fué administrador del arzo- 
bispado de Sevilla, tovo con él tal manera, que en la villa de Mo- 
jados, que es una legua de Portillo, que viniese ende á le convidar 
á comer, en el cual convite fabló con él e concertó su delibracion, 
6 después tornóse á Portillo con el conde de Castro que lo guarda- 
ua. E después mandó este rey don Juan á don Juan de Ferrand 
Mellory, natural de Santo Domingo de la Calzada, sacristán que 
fué después deste rey, e asimesmo abad de Santillana, que fuese 
al dicho cardenal á le decir que para otro dia irían él e la reyna 
doña María, su mujer, á comer con él á Mojados; por ende que 
aderesgase todas las cosas que eran menester para aquel convite. 
E este cardenal embió mandar al merino Alonso Niño , merino de 
Valladolid, e Alonso de Estúñiga, regidor de Valladolid, de par- 
te del dicho rey don Juan, que de noche, secretamente, se viniesen 
con toda la gente de Valladolid á la villa de Mojados, que ende 
sería con ellos otro dia el rey don Juan so color de venir á caza de 
ribera. E asi fué fecho, que so aquella color, vinieron este rey don 
Tomo CVI. 9 



130 

Juan e este conde de Castro fasta la dicha villa de Mojados, e 
como este rey fué dentro de la dicha villa e ovo comido, salieron 
de unos piñales que cerca de la villa están la gente de Valladolid, 
e como el rej' los vido, fuese para ellos, e el conde se pasmó dello, 
e así fue delibrado de la dicha oprision, e fuese para la villa de 
Valladolid, e el conde tornóse para Portillo. E como el dicho prín- 
cipe e los otros condes e caualleros que con él estauan lo sopieron, 
fueron muy alegres, e dieron gracias á Xuestro Señor que tan 
grand milagro avia fecho á este rey don Juan. E porque su volun- 
tad era de luego venir sobre la villa de Portillo, este rey don Juan 
luego encontinente se fué para ellos, e como lo vieron, del grand 
placer que ovieron comentaron á llorar con él, e ovieron su acuer- 
do de luego tomarles á todos sus villas e lugares; e así fué fecho, 
que dende á poco este rey don Juan e principe don Enrique, su 
fijo, con los otros condestable e condes, tomaron por fuerza de ar- 
mas por combate, de dia, la villa de Peñafiel, que era deste rey de 
Navarra. El cual dicho Mosen Juan fizo juramento, e pleyto e 
omenaje en manos deste rey don Juan, de no dar más favor nin 
ayuda á este rey de Navarra, nin ser contra este rey de Castilla, 
nin tomar nin tener fortaleza en sus re3-nos contra su voluntad e 
mandado. E andando así el dicho príncipe, tomó á la villa de Roa, 
6 Aranda de Duero; e el prior de San Juan con gente del rey, 
tomó á Cuéllar. E durante esto, este rey de Navarra se fué para 
su reyno bien corrido e destrozado, e de cada un dia se le iban las 
gentes que tenia e lo dejauan. E esto fecho, fué acordado por este 
rey don Juan e por el dicho principe, su fijo, de embiar, como em- 
bió, sus cartas al dicho almirante e conde de Benavente don Alon- 
so Pimentel, e don Enrique, hermano del almirante, e al dicho 
conde de Castro, e al adelantado Diego Manrique, conde que fué 
después de Treviño, e al dicho conde de Castro, e al dicho conde 
de Rojas, su fijo, por las cuales les embió decir e á mandar que se 
apartasen de la compañía del rey don Juan de Navarra, e del in- 
fante don Enriíjue, su hermano, e de lo que por ellos avian de fa- 
cer, e que no le diesen favor ni ayuda, ni los acogiesen en sus tier- 
ras, so muy grandes penas. Las cuales cartas embió á los susodi- 
chos con el licenciado Alonso Díaz de Montalvo, oidor de la su 



131 

Audiencia, para que con ellas les requisiese por ante Alvar López 
de Cuenca, su escribano de cámara deste re}'; los cuales fueron 
luego, e con asaz peligros e trauajos, las leyeron e notificaron á los 
susodichos caualleros. E este licenciado de Montalvo tuvo manera 
de reconciliar á este adelantado Diego Manrique con este rey don 
Juan, e le fizo facer juramento, e pleyto e omenaje, de nunca ser 
contra el rey en favor de presona alguna; el cual lo guardó bien 
después. E los otros caualleros, como quier que por estonce dixeron 
que les placía, pero non lo ficieron ansí después, segund que ade- 
lante oiredes. E este rey don Juan, por el grand servicio que este 
príncipe, su fijo, le fizo en su delibracion este mismo año, le dio 
el obispado de Jaén, que son Ubeda, e Baeza, e Jaén, e Andújar, 
que son cuatro cibdades con sus tierras en el Andalucía, e á la 
cibdad de Logroño, e á Najara, e á otras muchas villas e lugares. 
E porque el dicho infante don Enrique se andana por el Andalu- 
cía, acordó de embiar al dicho principe, su fijo, e al dicho su con- 
destable con él, contra el dicho infante, con grandes poderes e con 
pendón real, e con muchas gentes de armas. E embió por su corre- 
gidor á la cibdad de Murcia al licenciado Alonso Diaz de Montal- 
vo. E los dichos príncipe e condestable fueron en pos del dicho in- 
fante fasta la villa de Lorca, e toviéronlo ende cercado fasta quince 
días. E por cabsa que era ya cerca de Todos Santos e facían grandes 
fríos de noche, acordaron de alqar real e viniéronse para Murcia, 
e estovieron ende por espacio de un mes e partiéronse dende para 
Castilla, e dexaron recebido por corregidor de la dicha cibdat al 
■dicho licenciado de Montalvo. E como este infante don Enrique 
.sopo que el dicho príncipe e condestable eran ya pasados de Chin- 
chilla, veno sobre la dicha cibdat de Murcia poderosamente con 
mucha gente de pió e de cauallo en número de veinte mil ornes 
•de los suyos, e de Lorca e de Orihuela e de Val de Ricote e reyno 
de Valencia, e cercó toda la dicha cibdat e robó todos los ganados 
del campo, e tóvola cercada par espacio de veinte días. La cual él 
-entrara e tomara según el trato que con el dicho infante don En- 
rique tenia fecho Sancho González de Harronis, un cauallero e 
.regidor de la dicha cibdat, salvo por el grand esfuerzo e diligencia 
,e trabaxo é industria deste licenciado de Montalvo, corregidor desta 



132 

cibdat de Murcia, e del bachiller de Mendado, su alcalde, e de Joan 
de Cuenca, su alguacil, e del dicho Alvar Pérez de Cuenca, e con 
los vecinos de la dicha cibdad, e con la gente del adelantado Pero 
Fajardo, adelantado mayor del reyno de Murcia que la bien guar- 
daron e velaron e rondaron de noche e de dia. E este infante desque 
vido la grand guarda, e que non podia tomar á Murcia, acordó de 
se venir para, la villa de Ocaña, e ende allegó asaz gente para ir á 
tomar la cibdat de Huete que se le avia rebelado por mandado 
deste rey don Juan. E estando así para partir para Huete, venóle 
nuevas e cartas cómo el rey don Juan de Navarra, su hermano, 
era ya entrado por Castilla. El cual entró por el condado de Me- 
dinaceli, que le dio lugar para ello, e venia con él el conde deMe- 
dinaceli don Juan de la Cerda. E esto, porque el rey don Juan, 
rey de Castilla, non le quiso facer gracia o merced de la villa de 
Atienza, que era deste rey de Navarra. El cual rey don Juan de 
Navarra entraua á fin de recobrar para sí sus villas e lugares que 
este rey de Castilla le tenia tomadas. E este infante don Enrique 
se fué luego para este su hermano, e juntáronse cerca de la villa 
de Olmedo, e entráronla por fueroa de armas, e mandaron degollar 
al dotor de la Euente que en guarda de la villa estaua por man- 
dado del rey don Juan de Castilla. E de allí querian ir á tomar 
más lugares, e acordaron primeramente de llamar los grandes del 
reyno, e dende á poco se juntaron con ellos en la villa de Olmedo 
el almirante don Eadrique e don Enrique su hermano, e el conde 
de Benavente, e el conde de Castro e Rodrigo Manrique e Juan 
de Tovar, e Pedro e Suero e Diego de Quiñones, e otros muchos 
caualleros con ellos, que se ficieron en número de cinco mil orne» 
de cauallo, sin otra grand gente de peones. E como el rey don Juan 
de Castilla lo sopo, juntáronse él e el príncipe su fijo, e el condes- 
table, e don Pedro de Velasco, conde de Haro, e don Alonso de 
Fonseca, obispo de Avila, e arzobispo de Sevilla que después fué, 
e don Ferrand Alvarez de Toledo, conde de Alba, e don Gutierre, 
arzobispo de Toledo, su tio, e otros muchos caualleros con ellos, asi 
del Andalucía como de otras partes, en número de fasta otros cince 
mil omes de armas e ginetes; e veno luego ende don Gutierre 
de Sotomayor, maestre de Alcántara, con seiscientos omes de 



133 

armas. E este rey don Juan de Castilla mandó poner real sobre la 
villa de Olmedo, e tóvolos cercados algunos dias, e cada un dia le 
venian gentes de todas partes, fasta en tanto que un dia, sáuado á 
diez e nueve dias de Mayo, año de mil e cuatrocientos e cuarenta e 
cinco años, dia de Santa Potenciana, este rey don Juan de Castilla 
se armó con su gente e los dichos rey de Navarra e infante 
e almirante, e los otros condes e caualleros se armaron con las 
suyas, e salieron al campo, e comentaron á pelear brauamente los 
unos contra los otros, feriándose muy cruelmente e sin piedat. E 
estando en esto, veno por la parte del costado este maestre de 
Alcántara don Gutierre con su gente, e dio uu grand golpe en la 
batalla del infante don Enrique, que estaua peleando con el con- 
destable don Alvaro de Luna, que lo traia ya á mal andar, E tan 
grandes fueron los encuentros que el maestre e los suyos dieron 
en la batalla del infante, que fué cabsa del desbarato de aquella 
batalla, e allí fué ferido el infante don Enrique en la mano es- 
quierda, de que dende á diez ó á doce dias murió en Calatayud. E 
como esta batalla fué vencida e desbaratada, el rey de Navarra e 
el almirante e condes e sus gentes, dieron á foir contra la villa 
de Olmedo, e allí se retrajeron. E el rey don Juan de Castilla e 
príncipe, su fijo, e los suyos, fueron en pos dellos firiendo e ma- 
tando e prendiendo fasta los meter por las puertas de la villa, e 
así fueron todos desbaratados e quedó el campo e despojo por el 
rey. E fueron presos en esta batalla el dicho conde de Medinace- 
li, e el conde de Castro, e García Sánchez de Alvarado, que man- 
dó después degollar en la villa de Valladolid este rey don Juan 
á este García Sánchez, e fué muerto Diego de Quiñones, fijo de 
Diego Fernandez de Quiñones, en esta batalla, E como esto así 
fué fecho, acordaron el rey de Navarra e infante don Enrique 
así como estaua ferido, e almirante, de otro dia en la mañana de se 
ir cada uno para sus tierras, que ya entrellos no avia lanqa en- 
fiesta, e avian róscelo de ser cercados, e combatidos, e presos, por- 
que esta villa de Olmedo es llana e no hay en ella ninguna forta- 
leza. E así lo ficieron, que ante que otro dia amanesciese, se par- 
tieron juntos los dichos rey de Navarra e infante con los que los 
-quisieron seguir, e fuéronse para Aragón, la via de Atienza, e 



134 

dende á Daroca, e el almirante e conde de Benavente, se fueron 
para sus tierras. E fueron en seguimiento de los dichos rey e in- 
fante, el dicho príncipe e los suyos, e les corrieron fasta bien siete 
leguas de Olmedo, e les tomaron asaz cauallos, e armas, e acémi^ 
las cargadas, e otras muchas cosas, e aquí pagaron la que ficieron 
en Medina del Campo al rey don Juan. £ este rey desde allí en 
adelante, acordó de tomar sus tierras á estos caualleros, e fué de 
allí á la villa de Simancas. E porque este condestable don Alvaro 
de Luna consejó á este rey don Juan que prendiese á Juan Pache- 
co e á Pero Girón, fijos de Alonso Tellez Girón, señor de Belmen- 
te de la Mancha, que después el dicho Juan Pacheco fué marqués 
de Villena, e el dicho Pero Girón fué maestre de Calatrava, por- 
que eran privados de este príncipe don Enrique, su fijo, e porque 
non oviese en Castilla quien le diese en la mano á lo que él qui- 
siese facer, e porque el rey prendió á Pei'o Girón, el príncipe e 
Juan Pacheco se fueron fuyendo de Simancas á más andar para 
Segovia á uña de cauallos. E porque el príncipe se fué, el rey 
mandó soltar á Pero Girón, e por esta manera fueron apartados 
padre e fijo dende en adelante. 

E este rey don Juan aviendo fecho esto, andudo por sus 
reynos e tomó todas sus villas, e lugares, e fortalezas á los 
dichos almirante, e conde de Benavente, e de Castro, e don En- 
rique, e don Rodrigo Manrique, e Pero e Suero de Quiñones, 
e de Juan de Tovar, e de todos los otros que les dieron favor 
e aj'uda en aquellos fechos. E después desto, acaesció que el 
dicho Mosen Juan de Puelles, se apoderó de la villa de Torija e 
fortalezas della, que era del conde Gonzalo de Guzmán, conde que 
después fué de Gelves. E de alií él por una parte, e Mosen Rebo- 
lledo, otro criado deste rey de Navarra, de la otra parte, desde la 
villa e fortalena de Atienza, ficieron grand guerra en estos reynos, 
firiendo, e matando, e robando, e captivando omes e rescatándolos 
como á moros. E este rey don Juan como sopo de lu muerte deste 
infante don Enrique, su primo, e con el grande amor que avia á 
este su condestable, fizólo maestre de Santiago, e dióle las forta- 
le<?as e rentas del dicho maestradgo. El cual dicho maestre, non se 
midiendo en lo que de razón se debia medir con su desordenada 



135 

cobdicia e soberbia grand, e vejendo que ya non avia contrarios 
algunos en este reyno, ponia e tenia en tanto estrecho á este rey 
don Juan en el regimiento e gobernación de él e en los pechos e 
derechos del reyno, que tantos fueron los pedidos e monedas que 
en su tiempo durante aquestos movimientos en estos rey nos ovo, 
que las gentes non se podian sustentar, segund las grandes fati- 
gacioues que el rey non lo podia reparar. Esto á fin de echar 
grandes tesoros en Escalona, segund que echó. E el rey e los que 
lo servian vevian pobremente, que non podian dar oficio nin bene- 
ficio en este reyno si non á quien este maestre e condestable 
queria. 

E en este mesmo año desta batalla de Olmedo, dende á poco, 
murió la reyna doña María, mujer deste rey don Juan, madre des- 
te principe, en Villacastin, aldea de Segovia. E fué enterrada en 
el monasterio de Santa María de Nieva. E otrosy dende á poco, 
finó la reyna de Portogal, su hermana, mujer del rey don Duarte, 
en la cibdad de Toledo, dentro del monasterio de Santo Domingo 
del Real de Toledo. E este rey don Juan casó después con la rey- 
na doña Isabel, fija del conde de Barcelos, e nieta del rey don 
Juan de Portogal, una señora muy noble, e virtuosa, e de grand 
honestidad, de la cual ovo este rey don Juan á la infanta doña 
Isabel e al infante don Alonso, sus fijos. E este rey don Juan an- 
dovo asaz de tiempo pacificando sus reynos e señoríos fasta en 
tanto que por fuerqa de armas fué tomada la villa de Torija por 
Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, e por don Alon- 
so Carrillo, fijo de Lope Vázquez de Cuna, arqobispo de Toledo, 
que por mandado deste rey y á su costa, la tovieron cercada por 
espacio de un año. La cual con trabucos e lombardas la derribaron 
toda, e fué preso ende el dicho Mosen Juan de Fuelles, e rescatado. 

E estando los fechos en este estado, porque este maestre e con- 
destable, con el grand apoderamiento que tenia de la Corte e pre- 
sona del rey don Juan, este rey don Juan se sentía por tan opreso 
desto como de las otras oprisiones, e tracto con Alonso Pérez de 
Bivero, su contador mayor del re}', e su criado que fué deste maes- 
tre, e con el conde don Alvaro de Estúñiga, que le prendiesen en 
la cibdad de Burgos, donde por estonce estaua. E este maestre e 



136 

condestable ovo algunas sospechas dello, e un dia, viernes endu- 
lencias, de mañana, embió llamar á este Alonso Pérez á su posada, 
e él fué allá e allí lo mandó matar. E fué echado por unas baran- 
das aj'uso, que son en las posadas de Pedro de Cartagena. E como 
este rey don Juan lo sopo, ovo dello grand enojo e sentimiento, e 
non se lo dio á entender á fin de lo asegurar, e dejó pasar los tres 
dias de Pascua de Eesurreccion; e otro dia, miércoles de las ocha- 
vas, antes que amauescíese, este rey mandó al dicho don Alvaro 
de Estúñiga, conde de Plaseocia que después fué, que por el cas- 
tillo de la dicha cibdad le troxese, como le troxo, trecientos ornes 
de armas, £ este rey llamó otrosy al obispo de Búx'gos, e al dicho 
Pedro de Cartagena, su hermano, e á los alcaldes e regidores de la 
dicha cibdad, e con ellos este rey don Juan cercó e fizo cercar sus 
posadas deste maestre, e prendiólo, e mandólo levar preso al cas- 
tillo de Portillo. E dende á pocos dias mandólo degollar por jus- 
ticia, pregonándolo en la villa de Valladolid, en un alto cadahal- 
so que fué fecho, en que todos lo viesen degollar, e mandóle cortar 
la cabeqa e ponerla en un clavo de una viga grande que en el di- 
cho cadahalso estaua, la cual estovo ende por espacio de nueve 
dias. E este rej' don Juan le tomó todas sus tierras, e villas, e lu- 
gares del su maastradgo, e otrosy la villa de Escalona, e tracto 
que partiesen los tesoros él, e su mujer, e el conde don Juan, su 
"fijo, en esta manera: Que el rey don Juan oviese las dos tercias 
partes, e la dicha condesa e conde don Juan, su fijo, que oviesen 
la otra tercia parte. E fallóse en el castillo e fortaleza de Escalo- 
na que este maestre e condestable fizo, estas cosas que aquí dirá: 
siete mil paños franceses, e docientas cercaduras de camas, e cua- 
tro mil colchones, e mil e quinientas alhombras, e unas bajillas 
con oro de trecientos marcos: de plata dorada e blanca no ovo 
cuento; de doblas de la banda, millón e medio; de florines de Ara- 
gón, e de blancas viejas, ochenta cuentos. Fallaron enterradas 
siete tinajas de nobles e de doblas alíbnsíes, e de florines de Elo- 
renda, e de ducados. E esto así fallado, este rey don Juan tomó 
para sí las dos tercias partes de lo susodicho, e dio graciosamente 
á la condesa, mujer deste maestre e condestable, el ajuar de casa, 
e así los mandó salir del dicho castillo e diólo en tenencia á Luis 



137 

de la Cerda, ixn cauallero de buen linaje e de grand lealtad, e asi- 
mesmo le dio el alcácjar de Toledo. E por esta muerte deste maes- 
tre e condestable, por la manera que dicha es, este rey don Juan 
fué tan temido e amado en sus reynos, que maravilla era, sino que 
á Nuestro Señor Dios non plogo de le dar más vida de fasta año e 
medio después de la muerte deste maestre, 

E como este maestre fué muerto, el dicho Ferrand López de 
Saldaña, que estaua en Navarra, embió decir á este rey don Juan 
que le perdonase e le tornase su oficio de contador mayor e sus 
bienes, e que él le daria donde estaua una grand facienda que fué 
suya de la cámara de los reyes viejos, sus antecesores, que valia 
más de ochocientas mil doblas. E este mensajero deste Ferrand 
López, á fin de ganar para sí, descubrió al rey el secreto que estaua 
en el Alcácar de Madrid en lo bajo del entre dos pilares. E este 
rey don Juan embió con esto á Diego Romero, su secretario, e á 
Mosen Pedro de Bobadilla, amo del i'ey de la dicha su fija doña 
Isabel, e alcaide del Alcázar de Madrid, e á dicho licenciado de 
Montalvo, su corregidor que por estonce era de Madrid. Los 
cuales, e asimesmo el dicho Alvar López de Cuenca, escribano de 
cámara del rey, e alcaide que por estonce era en la dicha villa, 
mandaron cavar e desfacer una pared de entre los dichos pilares, 
e fallaron treinta e cuatro arcas muy grandes ensay aladas, e dentro 
dellas muy grandes riquezas, en especial veinte e cuatro apóstoles 
grandes, los doce de oro macizos e los doce de plata, e un Santiago, 
e un Saut Francisco, todo de oro, e otras muchas cosas, e las es- 
padas del Cid Ruy Diaz, Tizona e Colada, e la espada Gulosa, e 
una corona de oro del rey don Pedro, e una cinta de caderas, toda 
de oro e de perlas e piedras presciosas, que fué del Cid Ruy Diaz, 
e otras muchas cosas e piezas de plata e de oro, e de tantas labo- 
res que bien páresela valer lo que el dicho Ferrand López decia, e 
más. E como el dicho Diego Romero lo vido, fué puesto por escri- 
to, e levólo al rey, el cual embió por algunas cosas dellas, e los 
dichos corregidor e alcalde e alcaide gelas enviaron. 

E otrosy en tiempo deste ley don Juan, e después de la dicha 
batalla de Olmedo, viviente el dicho maestre e condestable don 
Alvaro de Luna, acaesció que en Durango, que es en las montañas 



138 

de Vizcaya (1), se levantó una grand heregia entre los órnese mu- 
jeres de aquella tierra, que por cabsa de algunos sermones e pedrif 
caciones que ficieron unos frailes de Sant Francisco de la observan- 
cia contra el santo matrimonio, la mayor parte de las mujeres de 
aquella tierra dexaron á sus maridos, e las moqas á sus padres e 
madres, e se fueron con los dichos frailes e con mucha compaña 
de omes que los acompañauan por las montañas e por las cuevas 
dellas, e facian adulterio e fornicación los omes e los frailes con 
ellas e con las que querían públicamente, diciendo: Aleluya y ca- 
Hdal. En tal manera, que si este rey don Juan en esto non prove- 
yera como proveyó, todas las mujeres de aquellas partes dexaran 
á sus maridos, e se fueran andar con ellas. E este rey don Juan 
prestamente embió allá alcaldes e executores que prendieron á la 
mayor parte dellos, aunque los frailes se fueron por mar, e los 
mandó traer á Santo Domingo de la Calzada, e á los que quisieron 
tornar á buena recordación e se reconciliaron á la fé con el obispo 
de Calahorra, e dexaron de se llamar como se llamauan, á los unos 
Sant Pedro e á los otros Sant Pablo, e nombres de otros santos e 
santas, á estos tales mandóles facer merced. E á los otros que por- 
fiaron en esta heregia mandólos quemar, por tal manera que fueron 
muertos e quemados más de ciento omes e mujeres e mocas, e por 
esto cesó aquella heregia. 

E otrosy en tiempo deste rey don Juan, después de la dicha 
batalla de Olmedo, viviente el dicho maestre e condestable, acaes- 
ció que por la cobdicia desordenada deste maestre de allegar más 
tesoros de los que allegado avia, consejó á este rey don Juan 
que echase á la cibdad de Toledo cierto empréstidos de doblas, 
seyendo aquella franca e quita de pechos e empréstido, por los 
grandes previllegios que tenia de los reyes pasados. E porque 
á un orne odrero, pobre, vecino de la dicha cibdad, le repartieron 
ciertas doblas para el dicho prestido, e porque non tenia de qué 
las pagar, por aquello lo levauan á la cárcel, e él dio tan grandes 
gritos e voces, que alborotó la cibdad en tal manera que se levan- 



(1) La herejía de Durango, e Álava e Vizcaya, y parece que dice 
Lipuscoa e Viscaya. {'^ota de Zurita). 



139 

taron las gentes de la comunidad della e dixeron que non darían 
nin pagarían el dicho empréstido, e fueron todos e quemaron las 
casas de Alonso Cota, recabdador que era del dicho empréstido, 
puesto por el rey, sobre lo cual ovo en la dicha cibdad grandes es- 
cándalos e alteraciones e divisiones unos con otros. E porque Pera 
Sarmiento, un cauallero bien generoso, que por estonce era alcai- 
de del alcázar de la dicha cibdad, era incitador destos fechos, que 
así se facían sobre razón del dicho empréstido, por esto este maes- 
tre e condestable, que por estonce estaua en Ocaña, quisiera entrar 
en Toledo á le quitar el dicho alcázar, e á facer castigar los culpa- 
dores desta cosa. El cual dicho Pero Sarmiento como lo sopo, se 
apoderó de todas las puertas de la dicha cibdad e echó de fuera 
della á mano armada á los alcaldes e caualleros vecinos de la dicha 
cibdad e á los conversos, e robóles cuantas facieudas tenían, e 
asimesmo á la mayor parte de los abades e beneficiados de la cib- 
dad. A lo cual todo le daua consejo e ayuda el bachiller Marcos 
García de Mazarambroz, que le decían primeramente el bachiller 
Marquillos, e otros muchos, los cuales mataron e robaron e que- 
maron algunos conversos e conversas, levantándoles falsos testimo- 
nios, por dar color á su traición e heregía. E levantaron algunas 
heregías que son contra la fé e Evangelios de Nuestro Señor, e ficie- 
ron otros tan grandes males e feos fechos, que non se falla por es- 
critura que en ningund tiempo fuese fecho en cibdad destos reynos 
á tan noble e santo rey como este. El cual dicho rey don Juan, como 
lo sopo, aviendo dello grand sentimiento, e enojo, e dolor de sus 
subditos e naturales, e por vengar esta tan grand injuria que le 
ansí era fecha, con grand gente de cauallo e de pié se fué para la 
dicha cibdad de Toledo por entrar en ella. E este Pero Sarmiente 
e los dichos malos e rebeldes de Toledo, que así estañan apodera- 
dos de la cibdad, non le dieron entrada en ella, mas antes le tira- 
ron á él e á sus gentes muchos truenos, e lombardas, e saetas. E 
por esta cabsa ovo de estar este rey puesto su real sobre Toledo 
cerca de Sant liázaro por espacio de bien dos meses. E dixeron al 
rey, de noche, de encima de los adarves, muchas e feas palabras. E 
como este rey vído que, por ser fuerte, como es la dicha cibdad, por 
fuer<?a de armas non la podía tomar, acordó de levantar real de so- 



140 

bre Toledo, e embió notificar todo lo susodicho al Santo Padre Eu- 
genio. El cual embió escomunion papal á este malo tirano de Pero 
Sarmiento e bdchiller Marquillos, e á todos los otros vecinos de la 
cibdad que le dauan favor e ayuda así contra su rey e señor natu- 
ral, e dio licencia que los pudiesen prender e captivar así como á 
moros e rebeldes, donde los tomasen. E este rey don Juan embió 
sus cartas, inclusas en ellas la carta del Santo Padre, e mandólo 
así complir e facer, e asi se facía por sus reynos después que fué 
fecho proceso e pregones contra ellos. E así estovo esta cibdad de 
Toledo en esta rebelión por espacio de dos años, fasta que á tracto 
del dicho príncipe don Enrique, fijo deste rey don Juan, fué dada 
la dicha cibdad e alqácar della al dicho príncipe e á don Pedx'o 
Girón, su criado, maestre de Calatrava. E estando en Toledo este 
dicho príncipe, el dicho bachiller Marquillos e otro Eernando 
de Avila, un malo cismático, que era consejador destos fechos, el 
cual tenia las torres de la puerta de Alcántara por este malo eré- 
tico de Pero Sarmiento, avian acordado de facer traición á este 
principe, e fuéle descubierta esta traición por el re}' don Juan, su 
padre. El cual dicho príncipe como lo sopo, prendiólos dentro de 
la iglesia mayor, e mandólos arrastrar e eníorcar á los dichos ba- 
chiller Marquillos (1) e Eernando de Avila, de la forca de la pla- 
za de Zocodover de la dicha cibdad. E dende á otro año, este rey 
don Juan entró en la dicha cibdad pacíficamente, aunque no fizo 
justicias algunas sobre aquel mal fecho. 

E después que este re}' ovo ganado á la dicha villa de Escalona, 
e tomado la parte de los tesoros della, segund que de suso dicho 
es, un esclavo moro del dicho maestree condestable (2), descubrió 
á este rey don Juan que en un corral del alcácjar e fortaleza de la 
dicha villa de Escalona, debajo de donde estaua la leña, que vido 
enterrar al dicho maestre e á dos moros que luego degolló, dos ti- 
najas llenas de doblas. E este rey don Juan fizo quitar la leña e 



(1; Llamóse el bachiller Marcos García de Mora, como parece por 
la apelación que ordenó, y de Mazarambroz, como parece arriba, y en 
el escrito del obispo Barrientos. {Nota de Zurita). 

(2) Notanda. {Nota de Zurita). 



141 

cavar, e fueron falladas las dichas dos tinajas, en las cuales se fa- 
llaron ochenta e cuatro mil doblas baladíes moriscas. E decíase 
que aquellas eran de las que el rey Ysquierdo de Granada le dio e 
embió en el real que de suso dicho avernos. E así pasadas todas 
estas cosas en tiempo deste rey don Juan el segundo, segund que 
dicho e declarado está de suso, dende á dos meses que este maes- 
tre e condestable fué degollado, este rey don Juan adolesció en 
Tordesillas, e fué cuartanario bien seis meses, e sus físicos con 
muchas purgas e melecinas quitáronle la cuartana, pensando le fa- 
cer bien, en tal manera, que tornó á recaer, estando en el monas- 
terie del Abrojo, que es cerca de Valladolid, orilla del Duero, que 
se amorteció este rey e después tornó en sí e fué llevado á Valla- 
dolid. El cual finó en ella, lunes en la noche, víspera de Santa 
María Madalena, que se contaron veinte e dos dias de Julio que 
amaneció finado del año del nascimiento del Nuestro Señor Jesu- 
cristo de mil e cuatrocientos e cincuenta e cuatro años. E oti-o dia 
de mañana, con grandes llantos que por él fueron fechos en sn 
Corte, así por el dicho príncipe, don Enrique, su fijo, como por 
los otros grandes omes e perlados que en su Corte estauan, lo le- 
varon á sepultar muy onrrada mente como á tal señor, como á él 
pertenescía, al monasterio de Sant Pablo de la dicha villa de Valla- 
dolid, cerca del altar mayor. E estovo ende fasta que otro año fué 
llevado su cuerpo al monasterio de Miraflores, que el rey don En- 
rique, su padi'e, tenia fechos palacios, porque este rey don Juan lo 
fizo monasterio de frailes de la Cartuja, el cual está allí sepultado 
mu}' onrrada mente como á tal re}'' e señor como á él pertenescía. 

E Nuestro Señor Dios lo quiera perdonar como á noble rey, e 
santo, e católico que él era. Amén. 

E este rey don Juan, en su tiempo, tomó la devisa déla Banda, 
e fízola poner en las doblas de la Banda castellanas que él fizo; e 
otrosy en sus banderas e guarniciones traia la devisa de los ris- 
tres, la cual envencion traia, porque estos reyes e infantes, sus 
Górmanos, la erraron, que quería decir: crrestes. 

FINITO LIBRO 
DEO GRATIAS. 



HISTORIA DE LOS HECHOS 

DON RODRIGO PONCE DE LEÓN 

MARQUÉS DE CÁDIZ 
(1443-1488). 

(BibL'^ nacJ G. — i\2). 



HISTORIA DE LOS HECHOS 

DEL, 



(1) y grande merescimiento, los reyes de Castilla 

le íicieron de ello merced, e aun en tiempo del rey don Enrique, 
de gloriosa memoria, (santo paraíso haya su ánima), fué visorrey 
en estos rey nos de Castilla, yendo su alteza á Navarra, e le dio 
tan grandes poderes como su real persona y estado tenia, y dio 
tan buena cuenta de sí, que durante el tiempo que el rey vino, 
puesto que algunas divisiones habia entre algunos grandes del 
reyno, el marqués los puso en mucha paz y concordia. Ca como 
quiera que era caballero, mancebo de pocos dias, era tan virtuoso 
y de tan limpia crianza, y sus fechos tan reposados como de ca- 
ballero anciano, cuerdo y de buen seso, y por esto deben mucho 
mirar los que después del vinieren sostengan la honrra que sus 
antecesores dejaron. 

AQUÍ COMIENZA LA TABLA Y OEDENACION 

DEL PROEMIO E CAPÍTULOS DE ESTE LIBRO. 

Porque como quiera que los muy serenísimos rey y reyna, 
nuestros señores, el muy magnifico señor rey don Fernando y 
la muy esclarecida señora reyna doña Isabel, reyes y señores 
de los reynos de Castilla, Aragón y Cecilia, elegidos, alumbra- 
dos y enviados por la gracia del Espíritu Santo para ejecutar 
su justicia y ensalzar la santa Fé Católica, acatando los muy 
grandes y señalados servicios que el honrrado y leal y muy es- 
forzado caballero el marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de 



(1) Asi empieza este manuscrito, falto de la primera hoja en que 
acaso constaría el nombre del autor. (N, d. E.) 

Tomo CVI. 10 



146 

e deliberadamente sus altezas hayan mandado á sus coronistas 
León, siempre fizo y procuró la bonrra y estado de la corona real, 
que todos los nobles y virtuosos hechos del marqués de Cádiz, 
pongan y asienten en su Corónica real, porque igualmente goce 
con sus altezas en las cosas santas y virtuosas, porque para siem- 
pre de él quede esclarecida memoria, y á causa de su gran meres- 
cimiento, su linaje mucho resplandezca, e porque en todos sus 
fechos acabadamente fué muy notable caballero, es muy gran 
razón que todos los re\'es, príncipes, cuantos serán hasta la fin 
del mundo en los reynos de Castilla, usando de sus autorizadas 
virtudes y grandeza, queden en esta deuda y obligación; hon- 
rar y noblecer la casa de León, como sea cosa tan acostumbrada 
á los nobles y virtuosos reyes dar buen galardón á los que bien y 
lealmente les sirven, no pudiendo negar la libertad y franqueza 
de su grande estado y corona real, según dice el Aristótiles que á 
los reyes conviene ser francos, porque saben que les no tiene de 
faltar. 

¡Oh qué gloria y alabanza infinita, todas las generaciones del 
mundo cada dia deben dar á aquel inmenso todo poderoso Dios 
eterno, por cuantos bienes y mercedes de su santísima bondad 
todo el linaje humano continuamente recibimos! Esto no ppr 
nuestros merescimientos, según la muchedumbre de los nuestros 
pecados, mas por su gloriosa Pasión, que le place usar de tanta 
misericordia con nosoti'os. E cosa muy cierta es que el mundo ovo 
principio, y conviene de necesario que haya fin. Y dicen los San- 
tos bienaventurados que en la gloria de Dios están , que por 
cuanto las criaturas razonables non han usado limpiamente del 
libre albedrío que Dios á cada una dio para que por sus obras se 
salven ó condenen, e no tan solamente en esto sólo será la paga 
en el paraíso, gloria ó pena en el infierno, en los cuerpos e áni- 
mas, mas quiere que por los muy grandes y feos pecados de todas 
las gentes, así moros como judíos, herejes e malos cristianos 
todos, sean bien castigados, e los buenos e católicos queden apu- 
rados; que David dice en el psalmo: — Señor, la mi ánima siem- 
pre es en las mis manos, yo la puedo condenar ó la puedo salvar. 



147 

Jesucristo dice en el Evangelio: — Amigo, yo te fice á tí, sin tí; 
mas sepas que no te puedo salvar sin tí. E cosa muy averiguada 
es que la voluntad es enemiga del seso, e loa prudentes han mu- 
cho de trabajar con todas sus fuerzas por la señorear y resistir, 
porque en esto está todo el merescimiento de la salvación. Séneca 
dice que los grandes señores non son llamados grandes por sus 
muchas villas e castillos; mas por ser acompañados de muchos te- 
soros de grandísimas virtudes y bondades, e siendo muy obedien- 
tes á Dios Nuestro Señor y á sus reyes naturales; e aun por las 
tales virtudes, aunque pobres de los bienes de fortuna, merescieron 
algunos ser buscados, rogados y llamados para ser Emperadores, 
así como Trajano, Scipion e otros tales. E muchas veces, pasando 
tiempo con el sentido, he mirado el grandísimo descauso que todas 
las gentes resciben, algunos en leer y otros en oir las historias de 
los romanos e troyanos. E aquí podemos decir algo de tan esfor- 
zados caballeros romanos, que por fama e honrra de la república, 
y por favorecer sus dioses mentirosos, cabalgaban en muy espe- 
ciales caballos, con ricos paramentos de brocados de diversas ma- 
neras, e muy lindas armas e atavíos, e varonilmente se osaban 
lanzar, unos en un lago de agua muy profunda e muy temerosa, e 
otros en una sima grande, de mucha fondura, ardiendo á llamas 
muy encendidas, e cosa de muy grande espanto. Pues ¿quién po- 
dría acabar de decir de tanta gentileza y polecia de tantos y tan 
esforzados varones, caballeros troyanos, el rey Priamo, don Ector, 
Paris, Achiles, Aníbal, Peles, Pompeo e Jason, Ercoles e Gedeon 
en España, de tan grandes osadías, valentías, desafíos e muchas 
infinitas batallas, de tanta destruicion e mortandad de gentes, sin 
provecho de bien ninguno, donde las ánimas e cuerpos para siempre 
perecieron? Este Ercoles, el grande, vino en las Espafías con gran 
flota de naos y muy acompañado de nobles y ricas gentes, des- 
pués de haber acabado mu}' grandes y hazañosas cosas en el 
mundo, y fué muy noble y muy esforzado, piadoso y amador de 
la justicia. Gedeon fué rey muy codicioso y cruel, y era jigante, y 
él se había tanto mal en la gobernación de las gentes de su reyno, 
que vinieron muchas de ellas, de las más principales, delante de 
Ercoles, quejándose de Gedeon, de las grandes crueldades y tira- 



148 

nías que les facía, pidiéndole por merced les quisiese librar de 
tan gran cativerio y que todos querían ser sus vasallos y tomarla 
por rey y por señor. Y" oida Ercoles la queja de los españoles, mo- 
vido á gran virtud y compasión, vistas tantas querellas, con ani- 
moso corazón, doliéndose de ellos, juntó muy grandes gentes, asi 
de los suyos como de las gentes de España que para él se vinieron,^ 
y fué á buscar al cruel Gedeon, el cual estaba en aquella parte 
donde Mérida es agora poblada, e como supo la venida de Erco- 
les, mandó llamar cuantas gentes más pudo, e esperólo en el 
campo; e como Ercoles viese tan gran muchedumbre de gentes, 
así de su parte como de su adversario, doliéndose de las gentes 
que en la batalla podían perecer, envió decir á Gedeon le plu- 
guiese no dar lugar á su cabsa tanta gente muriese, mas que so^ 
lamente de su persona á la suya lo combatiese, á condición que el 
que oviese la victoria, quedase por señor de la tierra. Y Gedeon, 
confiando en su gran fuerza, valiente y de gran cuerpo, no mi- 
rando al soberano Dios cómo derriba tan presto á los sober- 
bios y da victoria á los humildes, fué contento, y pelearon tres 
días antes que se conociese quién sería vencedor, e al fin Er- 
coles llevó la victoria y le cortó la cabeza, y en el campo don- 
de fué la batalla, mandó facer una gran torre, y debajo de la 
primera piedra del cimiento mandó poner la cabeza de Gedeon, e 
allí pobló la cibdad que agora se llama Mérida, y toda la comar- 
ca ribera del Guadiana. De otras grandes victorias e infinitas ba- 
tallas que Ercoles ovo, e muchas tierras que pobló, no queremos 
más decir. ¡Oh qué descanso será de contar de tan santísimos y es- 
clarecidos reyes de gloriosas memorias, y muy nobles y virtuosos 
caballeros que tanto resplandecen ante el acatamiento de Dios, 
defendiendo y ensalzando la Santa Eé Católica contra los moros 
e infieles enemigos de la fé de Jesucristo , así como el muy mag- 
nifico rey don Fernando, que ganó á Sevilla día de San Clemeyn- 
te, e la víspera antes de su fiesta en la noche le apareció Nuestra 
Señora la Virgen María, e le puso las llaves de la cibdad en su 
mano, e lo metió dentro, y este santísimo rey, envebido ante su 
imagen con muy devota oración, al tiempo de su partida, olvidóse 
su espada, e otro dia por la mañana, el rey moro se la envió, pi- 



149 

diendo por merced á su alteza les quisiese relevar las vidas, por- 
que su señoría tenia fecho voto de los meter todos á esjjada, y él, 
usando de su gran virtud y clemencia, como noble rey, otorgóse- 
lo. Este rey bien aventurado ganó á Córdoba e la mayor parte del 
Andalucía, e ovo muchas otras victorias contra los moros. [Oh rey 
don Alonso, fijo de este santo rey don Fernando, que fué elegido 
por Emperador en Koma! Este fizo las Siete Partidas, y la Gene- 
ral Estoria, y el Libro del Tesoro, e las Tablas Alfonsies que hoy 
se leen en los estudios generales, e por la fama de su gran nobleza 
e saber, le eligieron por Emperador. Este noble rey don Alonso 
casó con doña Violante, fija del rey don Jaime de Aragón, e ganó 
la cibdad de Jerez dos veces por fuerza de armas, e ganó á Car- 
mona, e á Ecija, e la villa de Niebla, e muchos otros castillos de 
moros, e recobró el reyno de Murcia. Pues agora vengamos á los 
nobles y virtuosos caballeros, así como el buen conde Eernand 
Oonzalez, que fué tan cristianísimo y tan esforzado caballero, que 
después de la destru3'CÍon de España, fizo cosas maravillosas que 
serían luengas de contar, contra los moros infieles, faciendo ea 
ellos grande destruycion; e tres veces venció al rey Almanzor en 
batallas campales, e le mató infinitos moros. ¿Pues qué diremos del 
santísimo caballero Cid Ruy Diaz, que dejando otros muchos ven- 
cimientos que en los moros fizo en su vida, e tovo quince reyes 
moros por vasallos? Después de su fallecimiento, venció treinta e 
dos reyes en una batalla en que había sesenta mil de caballo, e 
doscientos mil moros de pié, con mil e seiscientos de caballo, e 
cinco mil peones, y por su gran merescimiento, el noble rey don 
Alonso en las cortes de Toledo donde vino el Cid Ruy Diaz , e los 
Condes de Carrion, sus yernos, mandó que la silla ó escaño del Cid 
Ruy Diaz siempre fuese puesta junta con la de los reyes, porque 
allende de ser muy leal á la corona real, venció y prendió muchos 
•reyes moros y cristianos. Otrosy no es de dejar en olvido el bien- 
aventurado maestre de Santiago don Pelaez Correa, que tanto flo- 
reció favoreciendo la fé de Jesucristo, que yendo un dia en pos de 
los moros con muy poca gente, e los moros eran gran número de 
ellos de caballo, e de pié, e como él se fallase ya puesto encima de 
la sierra de Santa María de Tudia, e viese tan gran morería, e 



150 

como el dia fuese ya pasada la mayor parte dél, v^ue ya era tarde, e- 
su gana era grande de pelear con los moros, e como él era devoto 
de Nuestra Señora la Virgen María, él se apartó un poco de sus ca- 
balleros, e puso las rodillas en tierra junto con lina peña blanca 
que parecía cristal, e con muchas lágrimas, fizo una muy devota 
oración, los ojos y manos levantados contra el cielo, e dijo: — ¡Oh 
Señora Virgen María, por reverencia y acatamiento de tu limpieza 
y Santísima Virginidad, deten ho}' este dia y danos vencimiento 
contra estos enemigos, porque el nombre de Jesucristo por todas 
las generaciones del mundo sea loado! E la oración acabada, se- 
gún cuenta su corónica, el sol estobo quedo tres horas e media, y 
luego el maestre se vino á sus caballeros muy alegremente, e co- 
menzólos mucho á esforzar, e díxoles: — Ea, cablleros, que hoy es- 
nuestro dia. E todos con grande alegría se fueron contra los moros, 
peleando muy bravamente, e venció toda la morería, e siguiendo 
el alcance, mató infinitos de ellos. ¿Pues quién podría acabar de 
contar de otros muchos, buenos y esforzados caballeros que ficie- 
ron muchas nobles cosas contra los moros, favoreciendo la fé de 
Jesucristo^ 

Con los cuales merece ser mentado e acompañado el muy noble 
y virtuoso caballero el marqués de Cádiz, don Eodrigo Ponce 
de León, así como honrrado y leal caballero á Dios, Nuestro 
Señor, y á la corona real, asentado en una muy rica silla, toda de 
oro, bordada con muchas perlas, y esmaltes, rubíes y diamantea 
cercada, porque su memoria y gloriosa fama para siempre en 
todas las naciones del mundo sea mentada. Suplicando á la San- 
tísima Trinidad mi flaco entendimiento lo quiera alumbrar, por- 
que esta breve escriptura sin la su ayuda non se puede acabar, y 
pidiendo por merced á todos los discretos, si alguna falta en mi 
decir á sus entendimientos pareciere, la corrijan y enmienden, y 
resciban mi buen deseo, gana y razón que me movió, sin ser ro- 
gado, nin tener necesidad, ni otro conoscimiento de mercedes que 
por ello rescibiese, salvo de mi propia voluntad, sojudgado & 
una virtud que los fijosdalgo son obligados con todas sus fuerzas 
procurar la lionrra y memoria de los nobles caballeros, porque su 
virtuosa fama no perezca, mas antes sea acrecentada en los cora- 



151 

zones de los buenos, y sus grandes y famosas virtudes me dieron 
cabsa haber de dezir y recontar de los fechos virtuosos de este tan 
noble y tan esforzado caballero, segund más largamente por su 
estoria adelante parescerá. Y así podemos bien decir por el mar- 
qués de Cádiz, el segundo y buen conde Fernando González, y 
segundo y santísimo caballero Cid Ruy Diaz, pues que averigua- 
damente, y fablando toda la verdad, tan nobles y tan esforzadas 
cosas de él podemos contar, de sus grandes victorias y vencimien- 
tos que en los moros fizo, favoreciendo y ensalzando la Santa Té 
Católica, y porque todos sus fechos fueron de caballero entero, 
muy varón, y con gran seso y esforzado corazón y manos, no 
podemos tanto bien decir que de mucho más no tenga meresci- 
miento, segund sus grandes virtudes. 

CAPITULO PRIMERO. 

CÓMO EL MARQUÉS DE CÁLIZ, DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, 

FUÉ FIJO LEGÍTIMO DEL CONDE DON JUAN PONCE DE LEÓN, CONDE 

DE LA CIBDAD DE ARCOS. 

Este marques de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, fué fijo 
legítimo del muy magnífico, honrrado y noble caballero, el conde 
don Juan Ponce de León, conde de Arcos. ¡Santa gloria haya su 
ánima! Y como quiera que el conde don Juan toviese otros muchos 
fijos, todos muy nobles y virtuosos, mas en su corazón no habia 
cosa que él tanto amase como á este don Rodrigo Ponce de León, 
por mucha limpieza, bondades y virtudes que de él conoscia, por- 
que desde su niñez y juventud, siempre se levantó cortés, muy 
gracioso y de gentil crianza, y muy humilde al mandamiento del 
conde, su padre, tanto, que jamás alzase los ojos ni respondiese 
palabra en que el conde, su padre, enojo de él rescibiese por cosa 
que le dijese ó mandase; mas con aquella cara de alegría y mucha 
vergüenza, siempre le acataba y le obedescia, como sea cosa muy 
agradable ante el acatamiento de Nuestro Señor la humildad, por- 
que los obedientes al padre e á la madre, siempre fueron y serán 
honrrados. Ejemplo en Nuestro Redentor Jesucristo, que fué tan 
obediente á Dios Padre y á Nuestra Señora la Virgen María su 



152 

bendita Madre, en lo cual todos mucho debemos mirar para dar 
limpia cuenta cuando nos será demandado. 

Y este marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, entre 
otras muchas virtudes, tovo una muy señalada, que desde edad de 
nueve años siempre ayunó los dias de Nuestra Señora la Virgen 
María, la cual mucho le acorrió en los tiempos que más la ovo 
menester. E fué tanto loada la fama de este tan noble caballero por 
todas las partidas del mundo, que fué cosa de gran maravilla el 
amor que todas las gentes le tenian y deseaban lo mucho ver todos 
los que le non conoscian. Y pues que plugo á Dios Nuestro Señor 
darle tan especiales gracias á él, plega por su Santísima Pasión 
en el fin de sus dias con sus coros de ángeles levarlo á su santa 
gloria eternal. 

CAPITULO 11. 

QUE TABLA QüALES FUERON LOS REYES Y CABALLEROS 

3IÁS PRINCIPALES EN LAS ESPAÑAS QUE, DESTRUYENDO LOS SIOROS 

INFIELES, FAVORECIERON LA SANTA FÉ CATÓLICA. 

Agora digamos alguna cosa de los reyes de los godos. En el 
año de la Encarnación de Nuestro Señor de trescientos e cua- 
renta e tres años, reynó Atanarico, que fué el primero rey de los 
godos en España, e reynó trece años, e después de la muerte de 
este rey, estovieron los godos sin rey veinte y seis años, otros 
dicen que veinte y tres, debajo del señorío de los Emperadores 
Teodosio e Grraciano; e en este tiempo los judíos redificaron el 
templo de Salomón en Jerusalem, e por un gran terremoto fué 
derribado en una hora, e asimesmo fué dada libertad á los fran- 
ceses por los romanos, porque les ayudasen contra los alanos. En 
este mesmo tiempo, el Papa Damaceno ordenó que el Credo se 
dijiese los domingos e fiestas principales. E después de este 
rey, ovo otro rey que llamaron Alarico, e comenzó á reynar en el 
año de la Encarnación de trescientos e ochenta e cinco años, e 
re3'nó veinte e seis años, y fué muj' esforzado e muy franco, el 
cual tomó por fuerza de armas la ciudad de Roma, e la metió á 
saco mano. E acaeció que un caballero godo tomó ciertas joyas de 



153 

oro e plata de la iglesia de San Pedro e San Pablo, e como este 
noble i'ey lo sapiese, mandógelas luego tornar con gran reverencia 
y solemnidad, diciendo: A los romanos vine 2/0 á facer guerra, que 
non á los Apóstoles. E fué tomada Eoma por este rey Alarico, de 
ios godos, á mil e ciento e sesenta e cuatro años de cuando fuera 
ensanchada por Rómulo e llamada Homa; e dende á pocos dias el 
rey Alarico murió, e fué mucho llorado por los godos y españoles, 
€ fuéle fecha una sepoltura la más extraña que antes ni después 
se fizo á príncipe del mundo, desta guisa: Que los moros sacaron 
de madre un gran rio llamado Varisio, y en medio de él cavaron 
muy fondo, e labraron una sepoltura muy rica de oro, e guarne- 
ciéronla de piedras preciosas, y enterráronlo, e cubriéronlo bien, 
y tornaron el agua por do solia; y porque esto no se supiese, ma- 
taron los maestros que esta sepoltura ficieron. Otros muy grandes 
y muy esforzados reyes de los godos fueron después que ficieron 
muy grandes cosas, e ovieron grandes victorias en muchas bata- 
llas e conquistas que con diversas gentes tovieron guerras. ¡Oh 
desdicha tan fuerte! ¡Oh pérdida tan dolorida! ¡Oh tan desastrada 
fortuna! Un rey tan grande y tan poderoso, tan riquísimo y tan 
esforzado y de tan florecido linaje como fué el rey don Rodrigo, 
el postrimero rey de los godos en España, y por un pecado tan 
humano, el cual non alabo, que pudiera ser sofrido y callado, ó 
rescebida enmienda, que fuera bien satisfecho en otras maneras 
honestas. ¡Oh mujer mal' aventurada! ¡Oh conde Julián! ¡Oh entra- 
ñas tan crueles. ¡Oh corazones tan duros que quesistes dar tan 
gran cabsa de tanto cabtiverio, mortandat y destruicion en todas 
las Españas, de tantas gentes, hombres e mujeres y criaturas cris- 
tianas! Vuestras ánimas deben ser perdidas en los infiernos. 

Y el rey don Rodrigo tenemos por muy cierto él fizo su peniten- 
cia con gran conoscimiento y humildad, por la cual Dios, usando 
de su infinita misericordia, milagrosamente al tiempo de su falle- 
cimiento se doblaron las campanas en la cibdad de Viseo donde 
está sepultado. En que parece su ánima ser en aquella gloria y 
bienaventuranza de paraíso; porque ninguno no despere, mas que 
con gran fé y esperanza, con lágrimas, contriecion y arrepentimien- 
to, satisfaciendo sus pecados todos le serán perdonados. ¡Oh virtud 



154 

infinita de tan gran merescimiento! ¡Oh limpieza tan esceleutepor 
la cual la Santísima Trinidad determinó en su divina sabiduría 
enviar su precioso hijo Jesucristo, nuestro redentor, á encarnar eu 
Nuestra Señora la Virgen María, y por merescimiento de su grand® 
humildad fué alumbrada y preservada por la gracia del Espíritu 
Santo, la cual concibió y parió el verbo divinal, estando virgen 
antes del parto, y en el parto y después del parto! Sant Bernaldo 
dice en un libro que se llama Vergel de consolación., que la gran 
castidad, hermana es de la virgidad y cosa de gran maravilla; y 
es espejo de santidad y fermosura del alma, y es claridad y apos- 
tura del cuerpo, es honrra y limpieza de Jesucristo y de Nuestra 
Señora la Virgen María. Sant Agostin dice que la castidad es ima- 
gen de Dios. ¡Oh bien aventurados los que tanto pudieron acabar 
con su voluntad que en el deseo y en la obra sean limpios y fuertes, 
batallando con aquel malvado enemigo que siempre procura, por 
cuantas maneras y engaños puede, traernos á perdición! 

Y tornando á nuestro propósito: ¿Cuáles fueron los más principa- 
les reyes y caballeros de gloriosas memorias que más favorecieron 
la Santa Fé Católica destruyendo los moros infieles después de la 
destrnicion de España, que fué en el año de setecientos e veinte 
años? 

El primero, el bien aventurado rey don Pelayo, que fué el prime- 
ro rey cristiano que ovo en España después desta destruicion, e fué 
hijo del duque don Favila de Cantabria. Este reinó catorce años, e 
fizo Dios muy señalados milagros por él, e ovo muy grandes victo- 
rias contra los moros, y les ganó la cibdad de León, e las villas de 
Rueda, e Mansilla, e Cangas e Tineo, e todos los castillos e luga- 
res de su comarca. 

Otrosy el rey don Alonso el Católico, fijo del duque don Pedro 
de Cantabria, yerno del rey don Favila, el cual reinó diez e nueve 
años, e fué muy noble rey e muy feroz y espantable contra los mo- 
ros enemigos de la Santa Fé Católica; e ovo con ellos grandes ba- 
tallas, en las cuales siempre llevó la victoria, e ganóles toda tierra 
de Campos e toda Castilla Vieja, e Alba, e Orduña, e todo lo que los 
moros tenían ganado en las montañas, e toda Navarra hasta los 
montes Pirineos, e ganó en Portogal lacibdad del Puerto, e á Braga, 



155 

e á Viseo, e otras muchas cibdades e villas, e tomó poi* fuerza de 
armas ea el reyno de León á Zamora, e á Toro, e ú Salamanca, e á 
Ledesma, eá Simancas, eá Dueñas, e Saldaña, e á Miranda, e Sego- 
via,e Avila, e Osma, e Cuéllar, e Sepúlveda, e otros muchos lugares 
e fortalezas, e prendió e mató todos los moros que en ellas falló* 
Este noble rey reparó todas las iglesias que los moros destruyeron 
en España, e fizo otras muchas nobles cosas. El rey don Fruela fué 
fijo deste noble rey don Alonso el Católico, e reynó trece años. Este 
rey mandó en el comienzo de su reynado que los clérigos viviesen 
castamente e no toviesen mujer ninguna, porque del tiempo del 
malvado rey Vitisa habia quedado esta mala costumbre de tener 
todos cuantas mujeres quisiesen. Este noble rey venció una gran 
batalla que ovo con el rey lucef de Córdoba, en la cual murieron 
cincuenta mil moros, e fué muy noble rey. 

El rey don Bermudo, nieto del rey don Alonso el Católico, rei- 
nó dos años, e acordósele que habia rescebido orden de Evangelio, 
e que, sin cargo de conciencia, no podia facer guerra ni justicia, y 
envió por su sobrino el rey don Alonso, que fué llamado el Casto, 
e dióle el reyno de buena voluntad; e como quiera que el rey don 
Alonso gobernaba el reyno cuatro años que vivió don Bermudo, 
siempre fué acatado y honrrado como rey. Este rey don Alonso 
venció á un moro muy poderoso llamado Magayo , que entró en 
España con gran gente de alárabes, e la mayor parte de los moros 
fueron presos y muertos. Este rey don Alonso el Casto fué hom- 
bre de muy limpia e santa vida, e nunca quiso haber ayuntamien- 
to á mujer. Fué muy piadoso, e muy franco, e muy esforzado, e 
ovo muchas batallas con los moros e les ganó muchos lugares. 

El rey don Ramiro, el primero de este nombre, fué fijo del rey 
don Bermudo, e reinó seis años y nueve meses. E como los mo- 
ros supieron que el rey don Ramiro reinaba, enviáronle decir que 
si queria tener paz con ellos, que les diese cada año cient donce- 
llas cristianas, las cincuenta fijas dalgo, e las cincuenta cibdada- 
nas, como las daba el rey Mauregato. E de la tal embajada el rey 
ovo muy grande enojo, e mandó juntar todos los grandes de su 
reino, e contóles lo que los moros le enviaban decir, e cada uno 
dijo su parecer, e desque todos ovieron fablado, el rey les dijo: — 



156 

Perlados e ricos ornes y caballeros que aquí estades: quiero vos 
decir mi determinada voluntad, la cual es, que antes sofriré per- 
der el reino e la vida con él, que facer tan grande enemiga e in- 
juria tan conocida á toda la cristiandad. Por ende, todo orne apres- 
te las manos, que en defensa de aquesto j'O quiero ser el primero. 
E todos respondieron que fariau lo que su merced mandaba, e 
despidió los moros, e juntó grandes gentes, e fué correr tierra de 
moros, e llegó fasta Nájera destruyendo e quemando todos los lu- 
gares de moros que falló. E cuando los moros lo supieron, vinie- 
ron con grandes gentes contra él, e como el rey don Ramiro vido 
tan gran multitud de moros, e como ya era noche, no se pudo dar 
la batalla; e toda esa noche el rey e sus gentes estuvieron en muy 
devota oración suplicando á Nuestro Señor les ayudase contra la 
muchedumbre de sus enemigos; e el rey estando así, adormecióse, 
6 aparecióle el Apóstol Santiago, e le dijo: — Esfuérzate, rej'; non 
temas el gran poder de tus enemigos, que mucho mayor es el de 
Dios. Sepas que }'© só Jacobo el Apóstol, que Nuestro Señor Je- 
sucristo me encomendó la guarda de las Españas, y vengo á te 
aj'udar, pues que ya los pecados de ella son purgados por sangre. 
Por ende levántate y llama tu grey y esfuérzala, y manda que to- 
dos confiesen e oigan misa, y diles que sin temor entren en la ba- 
talla, que ahí me verán delante en un caballo blanco y en la mano 
una señal de la cruz ^ , y que fieran sin temor en los enemigos, 
llamando á Dios e á mi nombre, e sean ciertos que serán vencedo- 
res. E para los que aquí murieren, Nuestro Señor les tiene apare- 
jado el re^^no del cielo, e á los otros reyes, ricos e honrrados e 
vencedores. Y el noble rey don Ramiro se levantó con grande ale- 
gría y esforzó todos sus caballeros y gentes, y dio la batalla y la 
venció, y murieron sesenta mil moros y muy pocos cristianos. E 
el rey don Ramiro tomó luego á Calahorra y todos los lugares y 
castillos de su comarca, y prendió e mató todos los moros que ende 
falló, y volvióse á León con mucha honrra y grandes despojos. E 
asi quitó este rey el tributo de las cient doncellas que llevaban los 
moros del rey no de León, y fizo otras muy santas, piadosas e ma- 
ravillosas cosas. 

El rey don Alonso el Magno, fijo del rey don Ordoño, reinó 



157 

cuarenta e seis años, e ovo en la reyna doña Ximena, su mujer, 
cuatro fijos que fueron llamados don García, e don Fruela, e don 
Ordoño, 6 don Gonzalo. Fué muy noble y virtuoso, franco y muy 
esforzado, e muy gracioso e piadoso á los suyos, e fizo gran des- 
trucción en los moros, e les venció grandes batallas, en que fueron 
muertos más de cient mil moros, e fizo otras muy santas y virtuo- 
sas obras. 

El rey don Ordoño, fijo deste noble rey don Alonso, reinó ocho 
años e seis meses, e ovo una gran batalla sobre Talavera, teniéndo- 
la cercada con el rey moro de Córdoba que vino sobre él con gran- 
des huestes, e dada la batalla, venció toda la morería y mató infi- 
nitos de ellos, y prendió al rey moro e tomó la villa por fuerza de 
armas, e mató e prendió todos cuantos moros falló, e ovo gran 
gloria e muchos tesoros. 

El rey don Ramiro, segundo deste nombre, reynó diez e nueve 
años, fué muy noble y muj' virtuoso y acabado rey en todas virtu- 
des y obras piadosas, e fizo muy cruel guerra á los moros y le3 
venció muchas batallas, entre las cuales en la una de ellas murie- 
ron ochenta mil moros e fué preso el señor de Zaragoza e otros 
muchos con él; y el rey Aduramen de Córdoba escapó fuyendo con 
fasta veinte de caballo, e llevó de ellos muy gran despojo e riqueza. 

El rey don Fernando, fijo de don Sancho el Mayor de Navarra, 
comenzó á reynar en Castilla y en León en el año del Señor de 
mil e diez e siete años, e reynó once años, e ovo el rey no de Castilla 
por parte de su madre, que fué fija del rey don Sancho, e el reyno 
de León por su mujer doña Sancha, hermana del rey don Bermudo, 
Este rey don Fernando fué muy franco, gracioso y muy esforzado 
8 muy devoto, e criaba en su casa todos los fijos de los caballeros 
que en su tiempo morían. Este rey ovo tres fijos. El j)rimero lla- 
mado don Sancho; el segundo, don Alonso; el tercero, don García; 
e ovo dos fijas; doña Urraca e doña Elvira. A este rey bien aven- 
turado le apareció Santiago armado en un caballo blanco estando 
sobre Coymbra, e lo metió dentro milagrosamente, le abrió las 
puertas e tomó la cibdad. E allí armó este rey caballero á Rodrigo 
de Vivar en la mezquita mayor, e mandólo llamar Ruy Díaz, e ci- 
ñóle el espada, e dióle paz en la boca, e no le dio bofetada como era 



158 

costumbre, mas dióle con el espada en el ombro, e mandóle que to- 
mase el espada e que de su mano armase nueve caballeros, e así los 
armó. E desde Coymbra el rey se volvió á Santiago, e tovo ende 
novenas, efizo grandes ofrendas, e volvióse á Castilla, e tomó áOrgaz 
e otros castillos donde los moros facian gran daño, e derribóles las 
torres de las atalayas e tomó á Guadalajara, e allí vino el rey de 
Toledo con grandes presentes, e se le ofreció por vasallo, e fué des- 
truyendo toda la tierra de los moros, e el rey de Sevilla se le ofre- 
ció por vasallo, e le dio grandes parias e ovo otras grandes victo, 
rias. Este rey fizo la iglesia mayor de León, y no sé quién pudiese 
acabar de dezir tantos nobles fechos como este noble rey fizo. El 
rey don Alonso, fijo del conde don Eemon de Tolosa e de la reyna 
doña Urraca, nieta del emperador don Alonso, que ganó á Toledo 
e fué coronado en Toledo por Emperador, e reynó cincuenta años. 
Este rej' fué muy noble, muy católico, muy franco y muy esforza- 
do, e ovo muchas batallas con los moros, e siempre fué vencedor e 
les ganó muchos lugares. 

El rey don Sancho, el deseado y bien aventurado, fué casado en 
vida del Emperador su padre con doña Blanca, fija del rey don 
García de Xavarra. Este rey don Sancho fizo tantas obras virtuo- 
sas e usó de tanta justicia, que por todos fué llamado padre de los 
pobres e amigo de los religiosos, defensor de las viudas, tutor de 
los huérfanos, e derecho juez de las gentes. Fue tan franco, tan hu- 
mano, que de todos fué mucho amado, e fizo otras muchas nobles 
piadosas cosas. 

El rey don Alonso, fijo del rey don Sancho el deseado, comenzó á 
reynar en el año de mil ciento sesenta años; e reinó cincuenta e tres 
años. Este bien aventurado rey venció la batalla de las Navas de 
Tolosa, á la cual vinieron Santiago y Sant Estacio y Sant Jorge á 
le ayudar, por mandado de Dios, e Santiago le apareció, e fueron 
vistos en la batalla, e los moros fueron vencidos e muertos y pi-esos 
gran número de ellos. Este noble rey venció otras batallas á loa 
moros y les ganó muchas tierras, y fizo otros santísimos fechos. 

El rey santísimo don Fernando, que ganó á Sevilla, comenzó á 
re3'nar en el año del Señor de mil e doscientos e diez e seis años, e 
reynó treinta e cinco anos. Este noble y santo i-ej' venció y desba- 



159 

rato muchas batallas á los moros y les ganó á Córdoba y A Jaén y 
otras muchas tierras. Fué muy devoto de Nuesti'a Señora la Virgen 
María, y amador de la justitia, y acabado en todas las virtudes. 

El rey don Alonso el Sabio, fijo de este santo rey don Fernan- 
do, comenzó á re3'nar en el año del Señor de mil e doscientos e 
cincuenta e dos años. Este noble rey fizo muchas cosas mai'avillo- 
sas, ensalzando la Santa Fé Católica, según dicho avernos en el 
prohemio de este libro. 

¡Oh bien aventurado rey don Fernando, rej' e señor de los 
reynos de Castilla, Aragón e Cecilia, fijo del noble rey don 
Juan , re}'' de Aragón ! Este noble rey comenzó á reynar on 
el año del Señor, de mil e cuatrocientos e setenta años, e rey- 

nó (]) años. Este rey fué muy virtuoso y amador de 

la justicia, e como católico cristiano, tovo una muj* santa costum- 
bre. El confesaba e comulgaba muchas veces en el año con gran- 
dísima reverencia y lágrimas de sus ojos. Fué muy piadoso, e ha- 
bía gran compasión de la gente cuando vía venir algunos feridos 
de los suyos, combatiendo algunas villas y fortalezas; pesábale 
mucho de ello, y mucho más cuando alguno moría. Y de esta 
cabsa siempre en las guerras que fazia traía en su hueste un es- 
pital, fecho de ricas tiendas, en el cual traia capellanes que con- 
tiuo dijesen misa e confesasen los feridos y enfermos, e físicos e 
cirugianos que los curasen, con muy gran complimiento de todas 
las cosas que para ello menester fuesen, así de medicinas como de 
todos los otros mantenimientos , e hombres e mujeres, cuantos 
menester eran para el servicio de todo. Este noble re}'- ovo siem- 
pre grandes victorias, e ganó el reyno de Granada por fuerza de 
armas, que sus ingenios, petrechos y artillerías eran tantos y de 
tal manera ordenados, y sus cosas tan complidas y abastadas, que 
para los haber de llevar á las fortalezas, villas e cibdades que 
había de poner cerco, eran menester cuatro mil carretas e ocho ó 
diez mil yuntas de buej'^es. Y este tan virtuoso rey casó con la 
Tauy esclarecida reyna doña Isabel, fija del rej^ don Juan, que 
fué vey de los reynos de Castilla; muy noble, y virtuoso, y justi- 

(1) En blanco. 



160 

ciero rey, el cual mandó degollar á don Alvaro de Luna, maestre 
de Santiago, porque era tirano, y por otras justas cabsas compli- 
deras á su estado y corona real. 

Esta muy serenísima rey na fué cristianísima, muy católica, 
piadosa, caritativa y de gran corazón, y fundada sobre todo lo 
bueno, y muy amiga de las obras de Dios y de Nuestra Señora 
la Virgen María, y procuradora y ensalzadora de la corona real, 
y ambos juntamente fueron enviados por la mano de Dios para 
esecutar su justicia y castigar los malos. Ca estos reynos de Cas- 
tilla estaban usurpados y perdidos, y Sus Altezas los pusieron en 
gran justicia. E con gran seso y reposo, cuerdamente los tovieron 
en mucha paz e ficieron gran justicia, quemando y poniendo 
gran castigo sobre la heregía en todos sus reynos. E todas las 
otras cosas que estos santísimos reyes y otros nobles reyes ficie- 
ron dejamos, porque en sus Corónicas reales se fallará muj' com- 
plidamente. Y pues que habernos dicho de los santísimos reyes, 
digamos de los nobles y esforzados caballeros, y aunque busque- 
mos alguno de lueñes tierras, bien parecerá, por sus santas obras. 
De los duques, el duque don Godufre de Bullón, que fizo cruel 
guerra á los moros, e mató infinitos de ellos, conquistando la 
Casa Santa de Jerusalen por la ganar. 

De los maestres, don Pelaez Correa, maestre de Santiago, por 
el cual Dios fizo muchos milagros. 

De los condes, el buen conde Fernand González, que ovo gran- 
dísimas victorias contra los moros e fizo grandes fechos. 

De los caballeros, el Santísimo Cid Ruy Diaz, al cual apareció 
Sant Pedro de Cárdena, el cual le reveló de parte de DiosXuestro 
Señor, cómo dende en treinta dias supiese cómo habia de morir, y 
que después de su fallecimiento habia de vencer una gran batalla 
de reyes moros. 

De los marqueses, el bien aventurado, noble y esforzado caba- 
llero don Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz, el cual con- 
tinuamente fizo guerra cruel á los moros del reyno de Granada, y 
venció grandes batallas, y nunca fué vencido, e mató e cativo mu- 
chos de ellos, y les quemó las villas de Garciago, e Villa Luenga, 
e les taló muchos panes, huertas, viñas y olivares, e derribóles 



IGl 

muchas torres por el pié, de las cuales facían los moros grandes 
daños á los cristianos, e les tomó muchas villas y fortalezas. El 
cual nació en dia muy señalado y bien aventurado y de gran gozo 
y alegría, que fué dia de la Concepción de Nuestra Señora la Vir- 
gen María, en el año de mil cuatrocientos e cuarenta e tres años. 
Este noble caballero fué do real generación de los reyes y casa de 
León, e casó con doña Beatriz, fija de don Juan Pacheco, marqués 
de Villena, maestre de Santiago, en el tiempo del rej' don Enri- 
que, cuya alma santo paraíso haj'a; el cual rey don Enrique, de 
gloriosa memoria, siempre amó mucho á este don Rodrigo Ponce 
de León, porque como quiera que él fuese de pocos días, sus fe- 
chos eran tales y tan virtuosos, sentidos y tan bien mirados, que 
en todo parecía á los cónsules y nobles caballeros romanos, en po- 
der de los cuales todo el bien, honrra y gobernación del Imperio 
era confiado. Y por su gran merescimíento y algunos señalados 
servicios que á Su Alteza había fecho, le fizo merced de la cibdad 
de Cádis, y por le dar mayor honrra, marqués de ella. E aprobá 
tan varonilmente creciendo cada dia en los fechos de la guerra, 
que él fué la principal cabsa y el medio y el fin de toda la des- 
truicion de los moros y reyno de Granada. Este caballero fué tan 
humano, ñ'anco y muy gracioso, discreto y sabio en todas las co- 
sas, que así por su gran seso como por ser muy esforzado caualle- 
ro, fizo siempre sus fechos mucho á su honrra, e por tanto, de to- 
das las cosas que este marqués de Cádis fizo en las cosas del mun- 
do, non queremos aquí facer mención, porque serian largas de 
contar, e otras escrituras habrá que fablarán cerca de ello larga- 
mente; mas solamente queremos decir de sus grandes victorias y 
vencimientos que en los moros fizo, favoreciendo y ensalzando la 
Santa Fé de Jesucristo. 



Tomo CVI. 11 



162 



CAPITULO III. 

DE LA PRIMERA BATALLA QUE EL MARQUÉS DE CÁDIZ, 

DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, OVO CON 

LOS MOROS, EN QUE VENCIÓ Y DESBARATÓ AL REY MULIQA CON 

TODA LA CASA DE GRANADA. 

Sabed, señores, por cierto, que en el año de la Encarnación de 
Nuestro Salvador Jesucristo, de mil e cuatrocientos e sesenta e 
dos años, el muy noble y esforzado caballero don Rodrigo Ponce 
de León, marques de Cádiz, seyendo de edad de diez e ocho años, 
estando al mandamiento del conde don Juan, su padre, en la su 
villa de Marchena, su deseo era muy grande de se fallar en algu- 
na batalla peleando contra los moros infieles; y este caballero era 
muy devoto de Nuestra Señora la Virgen María, secretamente, 
ante la cual imagen cada dia dos veces él facía una muy devota 
oración pidiéndole por merced le quisiese cumplir aquel deseo que 
tenia. E un dia estando en esta oración, le apareció Nuestra Se- 
ñora la Virgen María visiblemente, e le dijo: — ¡Oh buen cauallero, 
devoto mió, sepas por cierto, que mi amado fijo Jesucristo e yo, 
habernos rescebido tu oración, y por ser fecha tan continua y con 
tan limpio deseo de corazón, te otorgamos que en todas cuantas 
batallas de moros te fallares, serás vencedor. 

E cuando esto oyó el marqués de Cádiz don Rodrigo Ponce de 
León, quedó con muy grande gozo y alegría, y llorando de sus 
ojos, las rodillas puestas en tierra, dijo: 

¡Oh Señora Vii'gen María! Cuándo podré 5'0 servir ni merecer á 
Dios, mi Señor, tanto bien y merced como hoy me es otorgado! E 
de allí adelante, este noble caballero acrecentó más largamente en 
su santísima devoción. 

En este tiempo habia en esta frontera del Andalucía un espe- 
cial caballero que llamaban el alcaide Luis dePernia, el cual era 
muy esforzado, e ovo grandes victorias contra los moi'os. Este 
Luis de Pernia amaba mucho á don Rodrigo Ponce de León , y 
don Rodrigo amaba mucho á él; y este buen caballero Luis de 
Pernia, como supiese la voluntad y deseo grande del marqués de 



16;^ 

Cádiz, supo de cierto cómo el rey Muley Albuhacen con toda la 
casa de Granada era entrado á correr á tierra de cristianos, y 
vínose á más andar para don Rodrigo Ponce de León, y díjole: 
Señor don Kodrigo Ponce de León, yo soy venido á vos ver y 
facer reverencia, por quien vos sois y el amor grande que vos yo 
tengo, e así por vuestro merescimiento como por vuestras grandes 
virtudes y noblezas, como por ser bien cierto en esto non ser en- 
gañado con vuestra merced, vos fago saber que vuestros buenos 
deseos son cumplidos, que la casa de Granada es entrada á robar 
e correr esta tierra. E cuando esto oyó el marqués don Rodrigo 
Ponce de León, dio muchas gracias á Dios y á Nuestra Señora la 
Virgen María, y echóle los brazos encima, e díjole: ¡Oh buen ca- 
ballero Luis de Pernia! Vos seáis muy bien venido, y allende de 
otros cargos que de vos tenga, agora me tenéis fecho muy señala- 
do servicio, para que con mayor gana yo vos faga muchas mer- 
cedes. E luego á la hora, don Rodrigo Ponce de León se quitó 
una cadena de oro, e un capellar de grana, e se lo echó encima. 
E luego el marqués de Cádiz mandó repicar las campanas, e es- 
cribió á Morón e á Osuna por la gente de caballo, mientras él 
aderezaba la su gente de la villa de Marchena, así de caballo como 
de pié, en que juntó trescientos e setenta de caballo, e quinien- 
tos peones, e toda esta gente muy escogida y con buena gana. E 
como el conde don Juan estoviese en cama de una grande enfer- 
medad, e oyese tanto repicar, preguntó á sus caballeros que por 
qué repicaban tanto, y ellos respondieron que non sabían. E dí- 
joles el conde: Llamadme luego á don Rodrigo. E luego lo fueron 
á llamar, e venido, dijo al conde, su padre: Señor, ¿qué manda 
vuestra merced? Y el conde le respondió: Esto mucho maravilla- 
do de tanto repicar, y quiero que me digáis la verdad de ello. Y 
don Rodrigo le respondió: Nunca plega á Dios, señor, que yo nie- 
gue la verdad á vuestra merced. Sabed, señor, que el rey de Gra- 
nada es entrado á correr esta tierra con cuatro mil de caballo, e 
más de diez mil peones, e como el alcalde Luis de Pernia lo supo, 
es venido á me lo facer saber, e yo tengo junta la más gente que 
he podido haber, así de caballo como de pié. A vuestra merced su- 
plico me faga tamaño bien y tan señalada merced, pues que tanto 



164 

es servicio de Dios, alegremente me dé licencia, non rescibiendo 
enojo por ello. E el conde le respondió, aunque asaz flaco estaba: 
¡Oh fijo mío, don Rodrigo, id mucho enhorabuena, y fazed como 
quien sois, y minid al linaje donde venís, e la bendición de Dios e 
la mía vaya con vos! Y don Rodrigo Ponce de León con grande 
alegría, puestas las rodillas en tierra, le besó las manos e se despi- 
dió. Eáto sería dos horas antes que el sol se pusiese, e luego man- 
dó á todos los caballeros que se ataviasen e ferrasen bien sus caba- 
llos, que les non faltase ninguna cosa, e si algo menester oviesen, 
viniesen á él, que él lo mandaría luego todo complir; e así todos con 
mucho placer lo pusieron en obra; e todo puesto á punto e adere- 
zado, al tiempo de la partida, que sería entre las ocho 3- las nueve 
de la noche, faciendo colación el marqués de Cádiz don Rodrigo 
Ponce de León con su buen caballero Luis de Pernia, le dio un 
caballo con su jaez muy rico que valia más de cincuenta mil mara- 
vedises, e partieron de la villa de Marchena, e tomaron su caminOj 
e anduvieron tanto fasta que les amaneció dos leguas desta parte 
del rio de las Yeguas, sin ser sentidos, e allí reposaron, que habían 
andado buena jornada, porque la gente e los caballos estoviesen 
descansados para la pelea que esperaban. 

Como quiera que, en llegando, luego mandó el marqués de Cádiz 
don Rodrigo, con acuerdo de su buen caballero Luis de Pernia, po- 
ner ciertas atalayas en tales lugares que ellos pudiesen estar segu- 
ros y fuesen avisados cuando menester fuese. E como oviesen ya 
reposado más de tres horas, mandó cabalgar, e partieron de allí e 
continuaron su camino fasta llegar al rio de las Yeguas, á donde 
don Rodrigo Ponce de León y su buen caballero Luis de Pernia 
ovieron su acuerdo y buen consejo cerca de lo que les complia, e 
acordaron de enviar diez caballeros muy escogidos y que sabían 
mucho bien la tierra, ca era muy fragosa y de grandes madroñales^ 
e fueron de tal manera, que sin ser sentidos, vieron estar todos los 
moros bajo de una cuesta en una ladera casi cerca del llano, y mi- 
raron muy bien la gente que les parecía, porque los moros estaban 
quedos e la gente de pié iba con la cabalgada; e vieron estos caba- 
lleros dol marqués de Cádiz cómo salieron de las batallas del rey 
moro ciertos caballeros que facían volver la gente de pié,e dende á 



165 

poco dejáronla ir con la cabalgada. E como esto vieron estos diez 
caballeros, acordaron que los seis de ellos fuesen para su señor don 
Rodrigo Pouce de León, para le contar todo lo quehabian visto, e 
que quedasen allí los cuatro para que mirasen lo que entre tanto fa- 
cian los moros; e ficiéronlo así. E llegados los seis caballeros al mar- 
qués de Cádiz, íiciéronle relación de todo lo que habían visto; con la 
cual nueva rescibió grandísima alegría, y determinaron de ir pelear 
con el rey moro y sus gentes, e tomaron su camino y llegaron en- 
cima de una ladera de la parte de una torre que era atalaya, á don- 
de salieron al marqués los cuatro caballeros quo habían quedado, e 
dixerou: Ciertamente, señor, nosotros somos sentidos, que grande es 
el bollicio y remolinar que los moros traen consigo, que fasta agora 
han mucho reposado, e agora están ordenando sus batallas, y cree- 
mos que nos han sentido e se quieren partir, e aquí están cerca tras 
de esta asomada destos madroñales. E como el marqués esto oyese, 
fizo su gente dos batallas, e púsoseá vista de los moros, que podían 
estar los unos de los otros cuatro tiros de ballesta. Como los moros 
vieron la gente, ficiéronse cinco batallas, faciendo rostro que querían 
pelear. Ecomo esto vido el marqués, dixo: Ea, alcaide Luís de Per-, 
nía, encomendémonos á Dios y Santiago, y... á ellos! E i-espondió 
Luis de Pernia, e dixo: Catad, señor, que estos moros es muy gruesa 
gente 3'^ nosotros somos pocos, y es tan grande la ventaja que nos 
tienen, y no querría rescibiésemos alguna mengua e nos perdiése- 
mos, pues estamos á tiempo de nos poder ir á nuestro salvo, y soy 
cierto que el conde don Juan, vuestro padre, de cualquier desastre 
que por vos aconteciese, lo que nunca plega á Dios, á mí sería echa- 
da toda la culpa, que por mí non se me daría nada. E respondióle 
don Rodrigo Ponce de León: — ¡Oh buen caballero Luis de Pernia! 
¡Pluguiera agora á Dios mi Señor, y tales palabras de vos nunca 
oyera! ¿Un caballero tan esforzado como vos, y en tan grandes 
fechos como vos habéis visto, y siempre ovisteis victoria, y dezisme 
agora tales palabras y á tal tiempo? Yo os tengo por padre, y de- 
lante de estos caballeros y gentes que aquí están, parientes míos, 
criados y vasallos, yo vos perdono cualquier cosa que de mi acon- 
teciere, y vamos y demos en ellos, ca yo tengo tan gran confianza 
en Dios Nuestro Señor y en la Virgen María, su bendita Madre, 



166 

que I103' seremos vencedores, y mi voluntad determinada es dar la- 
batalla, aunque con menos gente me fallase; y puesto que yo mue- 
ra, mi muerte habré por bien aventurada, porque soy bien cierta 
viviré para siempre. E cuando esto oyó el alcayde Luis de Perniar 
y todos los caballeros y peones, alegráronse tanto y tomaron tan 
grande esfuerzo, que fué cosa de gran maravilla, porque algunos 
de ellos habia que estaban con gran temor que non es cosa de pen- 
sar, en ver tan gran morería. E respondió Luis de Pernia e di- 
xole: — Señor dou Rodrigo Ponce de León: yo soy mu}^ alegre de 
todo lo que tan bien habéis razonado, mostrando tan esforzado co- 
razón y dando tan noble cuenta del linaje donde venís, y creo que 
al tiempo del menester lo fareis más cumplidamente que decís, 
como esforzado caballero; y vamos á ellos con la bendición de Dios, 
que yo miraré por vos, que sois mancebo y de tan pocos dias, 
pero creo tanto que seréis hombre entero en las obras. E luego á la 
hora, el marqués de Cádiz don Rodrigo Ponce de León, dixo: — 
Agora, caballeros, todos con mucha fé y devoción nos encomen- 
demos á Dios y á Nuestra Señora la Virgen María, que con su 
ayuda, hoy habremos gran victoria y vencimiento. E luego man- 
dó tocar sus trompetas e atabales, y fué tan grande el gozo y ale- 
gría de los caballeros y peones, que con el sonido de las trompe- 
tas e atabales, los caballos no podían tener, ni la gente con deseo 
de ir á pelear. E luego el marqués de Cádiz, con su buen caballero 
Luis de Pernia, fizo toda su gente una batalla, así de caballo 
como de pié; fechos todos una pina, juntos acordadamente, se fue- 
ron poco á poco contra los moros, puesto su alférez en la delante- 
ra un criado suyo, fijo dalgo valiente y muy esforzado, con espe- 
ciales armas y caballo. E como los moros vieron tan poca gente, 
ficiéronse todas cinco batallas una, á la luenga, y viniéronlos cer- 
cando, por les tomar en medio. E don Rodrigo Ponce de León con 
su buen caballero y gentes, arremetieron muy reciamente por lo 
más flaco de los moros, con muy grande apellido, todos diciendo- 
Santiago! e pasaron de la otra parte firiendo, derribando e matan- 
do muchos dellos; e así juntos, dieron otra vuelta sóbrelos moros, 
e ficieron en ellos gran destruicion, e volvieron luego juntos con 
gran vigor e fuerza sobre otra batalla gruesa, e desbaratáronla, e 



167 

duró tanto la pelea, que mataron cuatro caballos á don Rodriga 
Ponce de León, e luego le era dado otro, e volvía á pelear tan bra- 
vamente, que parescía un león; e al postrero caballo que le mata- 
ron, se encontró con un valiente moro, e pasóle el moro con su 
lanza el brazo derecho, y el marqués encontró al moro por la cara 
que le pasó de la otra parte, e dio con él en tierra, e lo mató; e 
como quiera que la ferida del marqués fué rauj' grave, nunca ja- 
más quiso que se la ligasen, tanta era sa gana de pelear, fasta 
que ovo vencido e la sangre por sí le dejó, y nunca se le alteró ni 
le vino accidente. E como los moros se viesen tanto destrozados y 
perdidos, comenzaron de fuir, y el marqués de Cádiz con sus caba- 
lleros y la otra gente de pie siguiendo el alcance, matando y firien- 
do en ellos camino de Antequera, fasta que llegaron á la cabal- 
gada 6 se la tomaron, e allí mataron infinitos moros de pió e 
aun de caballo, e dieron vuelta con la cabalgada fasta donde fué 
el vencimiento de la batalla, e allí don Rodrigo Ponce de León 
con su buen caballero Luis de Pernia y gentes, mataron muchos 
moros de los que quedaron escondidos entre los madroñales. E 
así todos los moros desbaratados, muertos y vencidos, el marqués, 
recogida toda su gente, fizo llegar todo el despojo del campo, que 
fué cosa de gran riqueza, de muchos cativos, e caballos, e ricos 
jaeces, e otras muchas ricas joyas de gran valor, en especial la 
bandera del rey moro, que era muy ricamente labrada de oro e 
seda, e otras tres señas de algunos caballeros principales, como 
oviesen venido con el rey moro toda la flor de los caballeros de 
Grranada, en que venían el Aliatar e los Abencerrajes, e otras ca- 
beceras de diversos apellidos. 

Y todo así recogido, don Rodrigo Ponce de León con su buen 
caballero Luis de Pernia y toda su gente, dieron muchas gracias 
á Dios por tanta gracia y merced como les había fecho, e mandó 
tocar sus trompetas e atabales, e todos con grande alegría toma- 
ron su camino del rio de las Yeguas, la vía de Marchena. E yendo 
por el camino ya cerca del rio de las Yeguas, un poco antes que 
el sol se pusiese, salió al marqués un peón cristiano que estaba 
escondido, e díxole en cómo allí cerca del camino en una quebra- 
da, estaba una batalla de moros en que podría haber, á su parecer. 



168 
más de trescientos e cincuenta de caballo, los cuales hablan muer- 
to e ferido más de doscientos peones que venian de Ecija en so- 
corro, y quedaron azagados, que non pudieron llegar, y que él se 
habia escondido en una maleza. E luego el marqués ovo consejo 
con su buen caballero Luis de Pernia, e acordaron de dejar allí la 
cabalgada con el peonaje, e tomaron aquel peón delante, e llególes 
á la quebrada donde los moros estaban. Y el marqués envió á 
Luis de Pernia con cient caballeros y dos trompetas, que fuese á 
derredor de la quebrada e les tomase la delantera. E como llegó 
este buen caballero, mandó tocar las trompetas e arremetió coa 
ellos. E los moros peleaban bravamente, como viesen poca gente, 
y el marqués á muy gran priesa dejóse ir por la quebrada abajo, 
dando todos los suyos una gran grita, e el sonido e la priesa de 
las trompetas e atabales era tan grande, que era gran placer de 
lo ver; e como los moros vieron la bandera del marqués y la grau 
priesa que traia, desmayaron de tal manera, que pocos escaparon 
que no fuesen muertos e presos, e si la noche non lo atajara, nin- 
guno de ellos non se fuera, e allí les tomó el marqués otra bande- 
ra, e con el gran despojo que de allí ovo, se volvió con toda su 
gente á donde habia dejado la cabalgada en poder de los peones, 
los cuales ficierou grandes alegrías, e fizóle Dios al marqués seña- 
lada merced, que de su gente fueron muy pocos muertos y feridos, 
y de los moros fueron muertos más de dos mil caballeros, e de los 
peones más de cinco mil, sin otros muchos feridos e cativos, entre 
los cuales murieron ciertas cabeceras e hombres muy principales 
del reyno de Granada; e allí reposó aquella noche, e descansaron 
e ovieron mucho placer, ca como quiera que grande trabajo ovie- 
sen pasado, así el marqués como toda su gente, non lo estimaban 
en nada, en comparación de la gran victoria que Dios les habia 
dado. 

E allí consintió el marqués que le curasen su brazo, con el cual 
sin dubda firió e motó asaz moros; e mandó que curasen de todos 
los otros feridos que ahí estaban, ca eran pocos e sin niuguud pe- 
ligro. E otro dia de buena mañana, don Rodrigo Ponce de León 
envió la cabalgada con iodo el despojo, e cincuenta caballos con 
ella, e el peonaje, salvo cincuenta peones que mandó que queda- 



169 

sen cou él. E nftindó á los caballeros que iban con la cabalgada 
que anduviesen fasta cierto logar, e que allí le esperasen , y el 
marqués, con su buen caballero Luis de Pernia, e la otra gente, 
volvieron por los lugares de la matanza, e fallaron muchos caba- 
llos e moros que mataron e prendieron, que hablan salido de las 
breñas, e muchas otras cosas que de antenoche no era tiempo de 
las buscar. E de allí se volvió don Pedro Ponce de León con su 
gente con muy grande alegría, e tomó su camino fasta que llegó 
á la otra gente que embió con la cabalgada; e allí falló un escude- 
ro que le traía nueva cómo el conde don Juan, su padre, estaba 
en gran peligro de muerte de la enfermedad que él le había deja- 
do. De la cual nueva rescibió muy gran pesar, e como se oviesen 
adelantado dos criados suyos por le alegrar al conde, y le deman- 
dar albricias de la gran victoria y vencimiento que Dios había 
dado á su hijo don Eodrigo Ponce de León, e como le acabaron 
de contar todo lo que habia acontecido, abrió los ojos, que había 
gran rato que non podía fablar, e alzó las manos dando muchas 
gracias á Dios, y fué tanto su gozo y alegría, que pareció que non 
tenia mal ninguno, e mandó dar grandes albricias á los mensaje- 
ros, y envió luego el conde otro mensajero á su hijo don Rodrigo 
Ponce de León, faciéndole saber cómo estaba mucho mejor; e ve- 
nido el mensajero al marqués, que sería á dos leguas de Marche- 
na, e oyó tan alegres nuevas, fizo grandes mercedes al mensajero, 
dando muchas gracias á Dios por tanto bien como le habia fecho 
con la salud del conde su padre. E como llegase ya á vista de 
Marchena, que aun no habia una legua, el conde mandó á todos 
sus criados e vasallos que todos lo salieran á rescibir muy hon- 
radamente, e así lo ficieron todos, faciendo grandes alegrías, asi 
por la salud del conde, su señor, como por la gran victoria que 
Dios habia dado á su hijo don Rodrigo Ponce de León. E así en- 
tró el marqués por la villa de Marchena con mucha honrra y ri- 
camente acompañado con muchas trompetas, e atabales, su estan- 
darte tendido delante, e la bandera del rey moro e las otras cuatro 
señas, todas en pos de la suya, todos con muy gran gozo y ale- 
grín, dando muchas gracias á Dios por el vencimiento que le 
habia dado contra los moros, enemigos de la Santa Pé Católica, 



170 

E luego se fué derecho á ver al conde don Juan su padre, y con 
él sus hermanos, y otros caballeros, y el su buen alcaide Luis de 
Pernia, y le fizo aquel acatamiento y reverencia que debia, e las 
rodillas en tierra, le besó las manos, dando muchos loores á Dios 
por lo fallar en tal disposición, y el conde le echó los brazos en- 
cima, y le dio su bendición, y se alegró mucho con él y con los 
otros sus fijos y caballeros, y mandó que todos fuesen luego bien 
aposentados, e darles muy largamente todas las cosas que menes- 
ter oviesen, e les ficiesen muchas honrras. E. luego otro dia, don 
Rodrigo Ponce de León mandó que toda la cabalgada que á los 
moros fué tomada, la diesen á sus dueños; e partió muy larga- 
mente con los caballeros y peones de la gran presa que habian 
traido, dando á cada uno según quien era, de manera que todos 
fueron muy contentos de él; e así se despidieron, e se fueron á sus 
casas, y el conde y don Rodrigo Ponce de León, su fijo, ficieron 
muy grandes mercedes al alcayde y buen caballero Luis de Per- 
nia, e despidióse de ellos, e fuese á su casa á la villa de Osuna. Y 
desta gran victoria y vencimiento qae don Rodrigo Ponce de 
León ovo contra los moros fué fecha en el Andalucía muy gran 
gozo y alegría. E el rey don Enrique cuando lo supo, rescibió 
grandísimo placer y dio muchas gracias á Dios por la gran vic- 
toria que habia dado al marqués de Cádiz don Rodrigo Ponce de 
León, al cual el rey mucho amaba, y de allí en adelante creció 
mucho la honrra y fama deste noble caballero. 

CAPITULO IV. 

CÓMO LOS MOROS ENTREGARON LA CIBDAD DE 

GIBRALTAR AL MARQUÉS DE cAdIZ DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, 

E DE LAS COSAS QUE ENDE PASARON. 

En este mismo año de mil e cuatrocientos e sesenta e dos años, 
en el mes de Agosto, dia de San Bartolomé, antes que la cibdad 
de Gibraltar se ganase á los moros, los caballeros de Tarifa e Xi- 
mena supieron nueva muy cierta que los caballeros moros de Gri- 
braltar e toda la otra más gente de ella estaba fuera de la cibdad; 
y esto sabido, los caballeros de Tarifa e Ximena fuéronla á cercar, 



171 

e de allí ficiéronlo saber á las cibdades e villas de la comarca que 
les viniesen á ayudar al cerco. Y luego, como buenos cristianos, so- 
corrieron la cibdad de Xerez, e Medina, e Alcalá de los Gazules, 
e Arcos. E luego el alcayde de Arcos lo fizo saber al conde don 
Juan que estaba en Marcliena, e los de Medina lo ficieron saber 
al duque don Juan que estaba en Sevilla. Y luego el conde, como 
la nueva supiese, cabalgaron él y don Rodrigo Ponce de León, su 
fijo, con la gente de Marchena, e fuéronse la via de Arcos donde 
se quedó el conde, porque era ya viejo y se habia sentido mal. E 
el marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, siguió la via 
de Gibraltar con la gente que llevaba de Marchena e Arcos, e 
nunca paró fasta llegar á Gibraltar, donde falló las gentes de las 
cibdades e villas suso nombradas en el cerco della. Y como los 
moros viesen su batalla y bandera y gente tan bien ordenada, e 
tantas trompetas, e atabales, e viesen cómo todos le facian grande 
acatamiento, creyeron ser algún caballero de mucho estado. E luego 
los moros acordaron de se contratar con él para le dar la cibdad e 
todo lo alto e lo bajo de ella, porque no habia tanta gente de los 
moros para la poder defender. E los moros, habido su consejo e 
Informados de la fama y nobleza del marqués don Rodrigo Ponce 
de León, vinieron á él un Mahomad Qaban e otros seis moros con 
él de los más principales de ellos, e ficiéronle reverencia, y el mar- 
qués recibiólos mucho bien, e fabló con ellos largamente. E los 
moros fueron tanto contentos de él, que fué maravilla; e con el con- 
cierto que entre don Rodrigo Ponce de León e ellos pasó, volvie- 
ron á los otros moros; e pasado entre ellos todo su razonamiento, 
e dicho cada uno su parecer, volvieron al marqués e dixéronle: 
Señor, nosotros somos venidos á vuestra merced con acuerdo de 
todos los más principales que en esta cibdad estamos, de vos dar 
la cibdad y todo lo alto e lo bajo antes que á otro grande ninguno, 
porque sabemos que sois caballero de gran fé, y con esta confian- 
za, nuestras vidas, bienes e honrras ponemos en vuestras manos 
para que nos pongáis en salvo con todo lo nuestro. E mandadnos 
dar vuestra bandera, e ponerla hemos encima del alcázar y Cala- 
horra, y enviar de vuestra gente toda la que menester será para 
defendimiento de las fortalezas. E como esto oyó el marqués de 



172 

Cádiz don Rodrigo Ponce de León, gradescióselo mucho e otorgó- 
les todo lo que le demandaron, e aun les fizo mercedes de secreto 
por les más agradar, visto su buen deseo. E dio muchas gracias á 
Dios por tan señalada merced como le habia fecho eu darle aquella 
cibdad pacíficamente sin muerte de gentes. E díxoles: Amigos, 
no sé en qué satisfaceros pudiese vuestro deseo y gana que te- 
neis de me servir y complacer; mas ruego vos, porque de aquí á 
dos ó tres horas entiendo que verná el duque de Medina, don Juan 
de Guzman, mi señor tic, y por ser tan virtuoso caballero anciano, 
y debdo tan cercano del conde mi señor e mío, vosotros hayáis 
paciencia y no rescibais enojo, porque quiero que, venido el conde 
don Juan mi señor padre, todos juntamente rescibamos la honrra. 
E los moros, cuando oyeron estas palabras á don Rodrigo Ponce 
de León, si mucho estaban á él ofrecidos, mucho más se le obliga- 
ron mirando su gran virtud y nobleza. E luego el marqués de Cá- 
diz entró en la cibdad con la gente de Arcos, e de Marchena, e 
apoderóse en las torres más principales de ella, y luego en pos de 
él entraron la cibdad de Xerez, e Tarifa, e Ximena, e Alcalá de 
los Gazules, los cuales ficiei'on muy grande acatamiento á don Ro- 
drigo Ponce de León. E no entró otra gente ninguna de la que ahí 
estaba sobre el cerco, porque hablan ido á rescebir al duque, cre- 
yendo que venia cerca, y él venia de allí más de tres leguas. E es- 
tovo el marqués don E,odrigo Ponce de León apoderado en todo 
cerca de tres horas, y muy bien aposentado en las mejores casas 
de la cibdad. E estando así reposado, después de haber comido, 
supo cómo el duque de Medina venia cerca y mandó ensillar. 

E luego con sus caballeros, dejando la cibdad á buen recabdo, 
lo salió á rescebir fasta cerca de media legua. E como llegó al du- 
que, fizóle su acatamiento como quien él era, y el duque asimes- 
mo al marqués, e lo abrazó, y no menos acatamiento se ficieron 
don Rodrigo Ponce de León y don Enrique, fijo del duque, y don 
Pedro de Eatúñiga. A los cuales el marqués apartó y les contó 
todo cómo le habia acontecido en la toma de la cibdad de Gibral- 
tar, y cómo todo lo tenia de su mano, lo alto e lo bajo. Mas porque 
él rescibiese juntamente la honrra con el conde don Juan, su pa- 
dre, y con 61, no habia querido apoderarse en el alcázar y Cala- 



173 

horra, que su bandera, y gente, y armas, y cuanto menester fue- 
ra, ya estoviera dentro más hobiera de dos horas. E como el du- 
que oyó todo lo que habia pasado, díxole: — Seíior sobrino: yo os lo 
mucho resgradesco, y bien ha parecido vuestra gran virtud y no- 
bleza, y no se esperaba menos de vos, ni podístes negar la limpie- 
za del linaje donde venís. Y escribid al señor conde, mi primo, 
que venga luego, y como vos lo tenéis asentado, que todos junta- 
mente rescibamos la honrra, así se faga, y yo así lo quiero. E luego 
con mucho placer tocaron las trompetas e fueron su camino; pasan- 
do sus tiempos con mucha alegría, llegaron á la cibdad, y aposen- 
tados con mucho reposo, el marqués don Rodrigo Ponce de León 
escribió al conde, su padre, muy largo todo como habia pasado, e 
como quiera que él venia muy flaco, llegado el mensajero e resce- 
bidas las cartas, ovo grandísimo placer, dando muchas gracias á 
Dios por el bien y merced que habia fecho á su fijo, don Rodrigo 
Ponce de León, y porque él asi lo habia fecho con el señor duque, 
su primo, tan virtuosamente. De lo cual él fué muy contento, 
porque aquella era su voluntad, y luego el conde partió de Arcos 
y se fué para Gibraltar. E como la envidia es raíz de todos los 
males, esa noche que el duque llegó, habiendo quedado todo asi 
asentado, el duque envió por el moro Qaban antes que el conde 
viniese, e concertóse con él esa noche que le diese el alcázar e la 
Calahorra, e que no curase él nin los otros moros del concierto y 
fé que á don Rodrigo habían dado primero. Y el moro por dádi- 
vas que le dio, plególe e concedió de gela dar. E otro día por la 
mañana en amaneciendo, el duque envió ciertos caballeros de su 
casa armados, e otras gentes con ellos, á rescebir las fortalezas. E 
los otros moros cuando aquello vieron, que iba fuera del concierto 
primero que habían fecho con el marqués de Cádiz, don Rodrigo 
Ponce de León, titubearon e ovo división entre ellos de no resce- 
bir aquella gente sin la del conde don Juan e de don Rodrigo 
Ponce de León, su fijo, á quien la fé entera habían dado primera- 
mente. E como esto supo don Rodrigo, y visto aquéllo, cabalgó y 
fué á la puerta del alcázar y mandó á su alférez que diese su seña 
á los moros, porque ellos la pedían e les pesaba del engaño que le 
era fecho, habiendo él usado de tanta virtud y nobleza con el du- 



174 

que, su tio, y esta bandera demandaron los moros para la poner 
principalmente sobre todas. E don Enrique de Guzman, fijo del 
duque, e don Pedro de Estúñiga, su yerno, mandaron dar la seña 
á los moros que asimismo la pusiesen, e sobre rescebir primero la 
una ó la otra ovo tanta confusión, que las puñadas esto vieron á 
punto en las manos. Mas como el concierto que primero ficieron 
los moros con don Rodrigo Ponce de León estaba dañado, y dado 
asiento en el segundo, el duque, por apaciguar el peligro tan apa- 
rejado, y vido que el marqués de Cádiz lo habia gana y también 
que tenia justa razón, dio forma que los moros tomasen ambas las 
señas juntas y que se pusiesen igualmente sobre las torres, las 
cuales se tomaron, y al tiempo del poner de ellas, allí apareció el 
engaño manifiesto, porque la del duque pusieron más alta y la de 
don Rodrigo Ponce de León más baja, y desta manera pasó cuan- 
do las pusieron en la Calahorra. E estando en esto, el conde don 
Juan llegó, y como supo la forma que se Labia tenido tan mal 
mirada cerca dello, riñólo mucho, de tal manera, que ese dia en la 
tarde se salió él y don Rodrigo Ponce de León, su fijo, con toda 
su gente al campo al rio de Gruadarranque, de donde envió á de- 
cir al duque, que allí estaba con aquella gente que sabia que tenia, 
y él tenia mucha más, que le rogaba y requería que él saliese allí 
á le dar cuenta del engaño y fé que así le habia quebrantado, e 
que allí le faría conocer cómo non lo habia fecho bien, ni como 
buen caballero, y que allí le esperaba aquel dia y otros dos, los 
cuales estovo allí esperándole. Y desque esto el conde vido, e don 
Rodrigo Ponce de León, su fijo, fuéronse para Arcos, y de allí ne- 
gociaron tanto con el rey don Enrique, fasta que le quitaron al 
duque á Gibraltar bien afrentadamente, que con ella non quedó, 
y en esto non pasaron tres meses que sobre este caso el rey don 
Enrique envió grandes poderes al conde don Juan e á don Rodri- 
go Ponce de León, su fijo, para que todos los caballeros y gentes 
de toda el Andalucía les acudiesen, para que si luego non diese el 
duque la cibdad de Gibraltar á un caballero que el rey enviaba 
suyo para la tenencia de ella, fuesen sobre él donde quiera que es- 
tuviese, y lo combatiesen y prendiesen y le destruyesen su tierra. 
Y cerca de esto non queremos más decir, salvo que toda la 



175 

honrra y merescimiento de la toma de la cibdad de Gibraltar, al 
marqués de Cádiz don Rodrigo Ponce de León, se debe dar ente- 
ra (1) 



condición haberlos de tener. Mas cuando la razón natural 
non puede más sostener y llegan las cosas al cabo, es forzado 
descobrirse la centella ó carcoma que luengos tiempos ha estado 
guardada para aquella hora, e aunque non quieran, cada uno ha 
de mirar por llevar la ventaja por cuantas maneras mejor pudiere. 
E tal fué esta cuestión entre estos dos señores. Y dexando muchas 
cosas de decir de algunos enojos e pundonores pasados entre estos 
dos caballeros, duque y marqués, á cabsa de los cuales muchos 
prelados e religiosos, personas muy reverendas y otros nobles 
caballeros, movidos de servicio de Dios Nuestro Señor, ovieron de 
entre veuir entre ellos por bien de mucha paz, conoscieudo estos 
dos señores, estando acordados, toda la tierra ternia descanso, y es- 
tando divises, muchas pérdidas e trabajos, y plugo á Nuestro Se- 
ñor Dios que los pusieron en mucha pas, en tanto grado, que 
ficieron juramento y pleyto omenaje, y partieron el cuerpo de 
Jesucristo por medio, dende en adelante se guardar verdadera 
amistad y non ser más el uno contra el otro. E en aquel dia seña- 
lado deste concierto e amistad, que sería entre las diez e las once, 
andovieron ambos juntamente por la cibdad cabalgando, e todos 
los caballeros e gentes de ella dieron muchas gracias á Dios en 
los ver acordados en grande amistad. E idos á comer cada uno á 
sus posadas, non duró el amistad tres horas. E estando el mar- 
qués después de haber comido folgando, e habiendo mucho pla- 
cer con algunos de sus caballeros, bien apartado su pensamiento 
de ninguna cuestión, según la estrecha amistad entre ambos que- 
daba asentada, á muy gran priesa vinieron al marqués dos cria- 
dos su^'os, vecinos de la cibdad, e le dixeron: Señor, sepa vuestra 
merced que está muy gran roydo trabado, gente del duque con 



(1) Hay dos hojas cortadas, aunque la foliación antigua no está 
interrumpida. {N. d. E.) 



176 

los vuestros, y todos dicen que los del duque lo volvieron, y de 
tal manera está el roydo trabado, que Layen ello mucho que facer, 
porque hay ya hombres muertos y feridos de la una parte y de 
la otra, y están muchas calles tomadas. E como el marqués esto 
oyó, envió á muy gran priesa ciertos caballeros suyos y gentes 
armadas á ver qué cosa era, y si la podían apaciguar. E cuanda 
llegaron á do era el ruido, la cosa andaba á tanto peligro y por 
tantas partes la pelea trabada de una parte y de otra, con muchos' 
tiros de saetas y espingardas, que los caballeros y gente que el 
marqués envió, non curaron salvo de ayudar á los suyos , y en- 
viaron luf^go á lo facer saber al marqués cómo el fecho quedaba 
tan encendido; e yendo el mensajero, falló al marqués que salia de 
su posada con más de mil hombres armados de caballo e de pié, 
e puso tanto recabdo por todas las calles que más pudo tomar, 
que hombre del mundo non pudo más facer, nin ponerse á mayor- 
peligro, esforzando y favoreciendo mucho toda su gente, y pe- 
leando delante todos los suyos, retrayendo á los contrarios y ga- 
nándoles muchas de las calles que tenian tomadas, y todos los 
suyos lo ficieron tanto bien, que Roldan en su tiempo non puda 
más facer. Mas como los confesos de la cibdad eran muchos, y 
muy ricos, y muy armados, y aficionados á la casa de Niebla, y 
temiendo que si el marqués venciese al duque, como venciera si 
por ellos no fuera, serian todos perdidos, muertos y destruidos, y 
desta cabsa, acorrieron todos al duque, con más de siete ú ocho 
mil hombres de pelea muy armados, y con muchos dineros y 
mantenimientos, más por lo que cumplia á sus vidas de ellos, que 
por la honrra del duque. Y no solamente por entonces le ayuda- 
ron, mas durante todos los tiempos de la guerra, que fué más de 
tres años. E fué tan sobrada la gente del duque con el socorro de 
los confesos, e como antes que el marqués lo supiese, tenia toma- 
da muy gran parte de la cibdad, la pelea fué tan grande de am- 
bas partes, que muchos fueron feridos y muertos. 

Y veyendo este tan gran daño, el marqués era tanto rogado y 
aquejado de muchos religiosos y personas reverendas, que se non 
podia de ellos defender, rogándole muy afincadamente le pluguiese 
salir de la cibdad porque non pereciesen más gentes de las que es- 



177 

taban muertas y feridas, y que en esto non rescebiría mengua, mas 
honrra, pues que tanto era servicio de Dios, y también porque sa- 
bían que venia otra mucha gente de refresco al marqués de sus 
tierras, y valedores le afincaban tanto en "el ruego. Y creyendo 
que, según su esforzado corazón del marqués, si el socorro le entra- 
se en la cibdad, faria muy grandes daños, y el marqués de Cádiz 
don Rodrigo Ponce de León, vej'éndose tanto aquexado de tan 
nobles personas, ovo gran consejo cerca de todo con algunos más 
principales de sus caballeros, y movido á piedad, de compasión que 
ovo de tanta gente como perecia y de tan santas cosas como estos 
religiosos le decian, determinó de lo facer así, por servicio de Dios 
Nuestro Señor, ca como quiera que él era caballero mancebo, era 
muy temeroso de Dios e de su ánima, que de otra manera, antes 
consintiera la muerte, aunque mucha más gente fuera contra él, y 
también porque él tenia dado asiento en su voluntad cómo de otra 
manera él seria más satisfecho, y su honrra más acreditada, como 
lo fué. E duró esta pelea tres dias e medio, poco más ó menos, donde 
fueron muertos e feridos asaz gente. E algunos dixeron que el 
marqués habia mandado quemar á Sant Marcos, y por cierto en 
esto non dixeron verdad, ca él era cristianísimo, y la tal cosa non 
supo, antes le pesó mucho de ello, y si el tiempo lo padeciera, él 
diera sobre ello gran castigo. Mas como de aquella iglesia facian 
gran daño á los suyos, ovo algunos de ellos que quisieron poner 
fuego á las puertas por les entrar, non pensando que así habia de 
ser de se quemar toda, que no quedó, salvo la capilla del altar ma- 
yor e sagrario que Dios quiso guardar. Para la cual facer de nuevo, 
y ornamentos y libros de ella mucho mejor que de antes estaba, 
el marqués mandó dar más de quinientos mil maravedises, demás 
de otras muchas limosnas que de cada dia después le mandaba 
dar. E luego el marqués de Cádiz, don Rodi-igo Ponce de León, 
mandó poner todas las cosas de su casa á buen recabdo, donde 
todo estovo bien seguro, y él cabalgó con trescientos de caballo y 
otras muchas gentes en pos de él sin la que tenia en el campo, e 
fuese derecho á Alcalá de Guadayra, e el alcayde Fernán Darías 
de Saavedra, su cuñado, le dio la fortaleza e villa toda á su man- 
dar, e de allí mandó el marqués llamar muy presto más gentes, asi 
Tomo CVI. 12 



178 
de sus tierras como de parientes e valedores, e la gente venida, to- 
mó rail e ochocientos de caballo, e dos mil peones, e dexó en Alca- 
lá su guarnición todo á mucho buen recabdo, y él se partió llevan- 
do la via de Xerez de la Frontera, sus batallas bien ordenadas, por 
su camino derecho á vista de Sevilla. E dio tal forma, como caba- 
llero esforzado y deseoso de su honrra, que en llegando á la cibdad 
de Xerez, la tomó por fuerza de armas, e la cibdad tomada y el al- 
cázar de ella, luego fizo en él grandes obras y edificios, fortalecién- 
dolo mucho, así los muros como torres e barbacana, e muy gran 
cava e de muchos mantenimientos, cuantos pertenece tener una for- 
taleza muy cumplidamente de diversas maneras para gran tiempo, 
e muchos tiros de lombardas, gran ballestería, e espingardas, e to- 
dos cuantos pertrechos e artillerías era menester. E otro tanto fizo 
e labró en todas cuantas villas e fortalezas tomó al duque y á Sevi- 
lla, y en todas las suyas, asimismo, labró y edificó maravillosas 
cosas continuamente, e gostovo aquella cibdai, e la tovo en mucha 
paz y justicia, y de todos era muy amado y querido. Y durante el 
tiempo de la question y debates entre el marqués y el duque, y 
guerra tan continua, descercó á Costantina ]v>r fuerza de armas, 
que el duque la tenia cercada, y descercó á Alanis, e tomó á la 
Hembrilla, e á Lopera, y tomó á Medina Sidonia, que era toda la 
honrra del duque, e tomó á las Cabezas, e derrocó la Puente Hora- 
dada, y puso batalla al duque y á Sevilla en el Campo de Tablada, 
de tal manera, que si muchos caballeros y perlados y otras reve- 
rendas personas no trabajaran tanto con el marqués , que no 
podían con él, salvo todavía dar la batalla, la cual si se diera, 
él ficiera muy grande destruicion, de manera que de la una parte 
y de la otra oviera grande mortandad de gentes, porque las 
gentes del duque y Sevilla andaban muy mal concertadas, sin 
buen regimiento, e había entre ellos muchos que habían de 
ayudar al marqués. Y es verdad que el duque y Sevilla tenían 
más de cuatro mil de caballo, y más de quince mil peones, y el 
marqués no tenia más de dos mil de caballo e siete mil peones. 
Mas como el marqués era tan esforzado caballero y tan diestro 
«n los fechos de la guerra, y tenia siete capitanes, hombres muy 
varones, y los más escogidos de toda el Andalucía, sin otros 



179 

muchos caballeros de grande bonrra, y toda la otra gente de la 
frontera, usados cada dia á pelear con los moros, y con muy gran 
gana todos de morir por la honrra del marqués; e non decimos 
tan solamente el vencer la batalla, si se diera; mas entrarse por las 
puertas de Sevilla e tomarla, según el mal recabdo que en ella es- 
taba. Mas plugo á Dios Nuestro Señor y á la Virgen María, Nues- 
tra Señora, su bendita Madre, que puso tanta gracia en estos per- 
lados, caballeros y religiosos, que tanto trabajaron de la una par- 
te y de la otra, que acabaron con el marqués y con el duque, y Se- 
villa, que igualmente volviesen sus banderas, e asi lo ficieron, que 
seria cerca del sol puesto, y el marqués se volvió con mucha honrra 
,á Alcalá, y el duque y Sevilla se volvieron á la cibdad. E después 
de esto, los capitanes del marqués ovieron una batalla con don 
Pedro de Estúñiga, fijo del duque de Arévalo, e con don Alonso 
de Guzmán e don Pedro de Guzmán, hermanos del duque, e con 
su gente, que serian obra de ciento e treinta caballeros, todos muy 
escogidos, que salieron de Sevilla presumiendo que no habia quien 
les fuese á la mano. E llegáronse muy cerca de Alcalá, e como los 
capitanes del marqués lo supieron, como eran caballeros tan es- 
forzados y en todo tiempo dieron gran cuenta de si doquier que 
.se fallaron, tovieron forma de pelear con ellos, de tal manera, que 
dada la batalla, les vencieron los capitanes del marqués, e fueron 
muertos e presos algunos, en especial murieron don Alonso y don 
Pedro, hermanos del duque, de lo cual mucho pesó al marqués é 
mostró gran sentimiento, como si fueran sus hermanos, porque 
eran inocentes y non lo merecían ni tenían culpa, y por ser debdos 
tan cercanos suyos. E si pudiera haber los que lo ficieron, ficiera 
de ellos gran justicia, e el marqués más contento fuera que fueran 
presos, como lo fué don Juan de Guzmán, su hermano; y la volun- 
tad del marqués siempre fué que no muriese gente ninguna, mas 
que entre él y el duque se partiese esta cuestión á pié ó á caballo, 
como muchas veces por el marqués le fué requerido, y el duque 
nunca quiso. E allí fué preso Cabrera, yerno de Gonzalo de Estú- 
ñiga, comendador de la orden de Santiago, e otros fijos dalgo, e 
mataron á don Pedro de Estúñiga el caballo, e si non fuera socor- 
rido de un escudero con otro, él fuera muerto ó preso, el cual es- 



180 

capó á uña de caballo, qne non paró fasta Sevilla. E de allí ovie- 
ron gran despojo estos capitanes del marqués e la gente que con 
ellos fué, de machos caballos, e ricos jaeces, e otras joyas muy ri- 
cas; e ponian cada dia en tanto estrecho al duque y á Sevilla des- 
de Alcalá de Guadaira, e los Palacios, corriéndoles fasta las puer- 
tas de la cibdad, que ajjenas osaban salir de ella, salvo á gran te- 
mor, e llegaban estos capitanes del marqués fasta el algaba, e 
pasaban á Guadalquivir, e corrían fasta Triana e toda esa tierra, 
llevando muchos prisioneros, e ganados, e acémilas cargadas de 
vino, e aceite, e pescado, e de otros muchos mantenimientos que 
venían á la cibdad. 

E en este tiempo el duque se contrató e concertó con el rey de 
Granada que entrase á tomar á Cárdela al marqués, que él daría 
tal forma como él no la pudiese socorrer. E así acordado , el rey 
moro entró e la tomó por fuerza de armas, según que aquí con- 
taremos. 

CAPITULO VI. 

CÓMO EL DUQUE DE MEDINA SIDONIA 

SE CONCERTÓ CON EL REY DE GRANADA QUE VINIESE 

A TOMAR LA VILLA DE CÁRDELA, POR FACER TODO MAL Y DAÑO 

AL MARQUÉS DE CÁDIZ, DON RODRIGO PONCE 

DE LEÓN, E DE CÓMO LA TOMÓ. 

Nunca jamás los prudentes tienen seguridad en sus corazones 
cuando se temen de algunas cosas qi:e les va mucho de su honrra, 
nin jamás tienen descanso, buscando muchos remedios para lo que 
les puede acontecer; y como el marqués de Cádiz, e sus capitanes 
y gentes continuamente toviesen guerra con el duque y con el rey 
de Granada, y como cada dia del marqués y sus capitanes y 
gentes muchos daños y afrentas rescibiesen, el duque y el rey de 
Granada se confederaron e acordaron en esta manera: que el rey 
de (t ranada viniese poderosamente sobre la villa de Cárdela e la 
combatiese; y como el rey moro estoviese muy sentido, así por 
la haber perdido como por los grandes daños que continuamente 
de ella rescebia, ovo grandísimo gozo e alegría en consentir el dn- 



181 

que y dulle tan gran parte de si para cumplir lo que él mucho de- 
seaba, y determinó de juntar toda la más gente de su rey no, lo 
más secreto que pudo, e el duque asimesmo juntó toda su gen- 
te echando la fama que quería ir sobre la cibdad de Xerez. E 
el marqués estando en la dicha cibdad, fué certificado que el rey 
de Granada Muley Albuhacen, en persona, con la mayor parte 
de la gente de su reyno, estaba sobre la villa y fortaleza de Cár- 
dela, que el marqués de Cádiz, antes que esto, la ovo ganado por 
fuerza de armas á los moros, e cómo cada dia la combatía cruel- 
mente por todas partes, e que si non los socorría, la villa estaba 
en peligro de se perder con toda la gente que dentro estaba. E 
como esto el marqués de Cádiz supiese, mandó repicar las campa- 
nas á muy gran priesa, cabalgó, e sacó toda la gente de la cibdad, 
así do caballo como de pié, y envió á mandar á la su cibdad de 
Arcos que asimismo con toda la gente saliesen á cierto lugar 
donde con él se juntarían para ir á descercar la villa de Cárdela. 
y estando poniendo en obra el marqués su partida, vínole nueva 
cómo el duque, con muy gran gente, era salido de Sevilla y esta- 
ba en la villa de Teba, por el acuerdo y concierto que quedó asen- 
tado entre él y el rey de Granada, porque el marqués non pudie- 
se socorrer á la villa de Cárdela. E como esto el marqués supiese 
muy cierto, óvose de detener dos días en su partida por dejar gran 
recabdo en la cibdad, por lo que cumplía á su honrra y estado, y 
acordó de enviar llamar la más gente que pudo, así de sus tierras 
como de sus parientes e valedores, para haber de poder así con el 
duque como con el rey de Granada, para descercar la villa de Cár- 
dela, e aun si menester fuese, darles batalla; como en otros luga- 
res tan peligrosos Nuestra Señora la Virgen María le dio grandes 
victorias, le daría en aquella hora, como fuese tanto servicio de 
Dios y suyo; y partióse de Xerez con dos mil lanzas e tres mil 
peones para la su cibdad de Arcos, porque allí se había de juntar 
con todas las gentes que había enviado á llamar, de que estaba 
seguro ser socorrido. E llegado el marqués á. Arcos, le vino nue- 
va cómo el rey de Granada había entrado e tomado la villa de 
Cárdela. E como el rey moro supo que el marqués la venia so- 
<;orrer, }' con el gran temor que los moros le tenían, dio tan gran 



182 

priesa en el combate de dia e de noche, que como la villa non tu- 
viese muros para mamparar lo de dentro, que era una peña, todos 
los más de los que dentro estaban fueron muertos y feridos de las 
espingardas y ballestas, e como el alcayde ahí non estoviese, ca 
era ido á negociar con el marqués algunas cosas que cumplían á 
su servicio, dexó otro alcayde en su lugar de los que le pareció 
que más se debia confiar, e más hombre para dar buena cuenta de 
sí; el cual fué muy mal ferido, de la cual cabsa, los cristianos des- 
mayaron e no se pudieron más detener, e retrayéronse al castillo, 
e de allí se dieron á pleytesía que les diese la vida, porque el rey 
de Grranada estaba de intincion de los meter á espada todos, por 
el gran daño que sus gentes de ellos hablan rescebido en los com- 
bates, que le mataron más de trescientos moros, entre los cuales 
murieron muchos moros principales. E como el rey de Granadar 
estoviese á gran temor del socorro del marqués, e toviese tan gran 
gana de cobrar aquella, villa, otorgó á los cristianos todo lo que 
le demandaron. E la villa e fortaleza entregada, puso en ella muy 
gran recabdo para su defendí miento, e luego se marchó con sus 
gentes á muy gran priesa e se metió en la sierra de Villaluerga, 
de donde envió sus mensajeros para el duque, faciéndole saber 
cómo habia tomado la villa e fortaleza de Cárdela, e dándole mu- 
chas gracias por el lugar que á ello habia dado, por el cual le 
quedaba en cargo todos los dias de su vida; e de allí llevó su ca- 
mino para Granada. E como el duque vio los mensajeros y cartas 
del rey de Granada, se volvió luego para Sevilla. E el marqués 
con muy grande enojo, por el gran deservicio que Nuestro Señor 
Dios habia rescebido en se perder aquella villa, volvióse para Xe- 
rez, e de allí envió sus mensajeros para que las gentes que en su 
socorro venían se volviesen, porque ya su venida al presente non 
era menester, faciéndoles saber todo lo acontecido y dándoles 
muchas gracias, teniendo esperanza en Dios Nuestro Señor, él la 
tornaría á recobrar, y les daría la paga y merescímiento del me- 
noapx-ecio y ultraje que ficieron en la iglesia de Dios, e del gran 
robo que en ella ficieron de muchos ricos ornamentos de brocados 
que la marquesa habia dado, e libros, cálices, e cruces, e otras 
cosas con que el cuerpo de Jesucristo era muy servido. E el rey 



183 

don Enrique y todos los grandes y gentes de su reyno ovieron 
gran sentimiento de la pérdida de esta villa, e culparon mucho al 
duque por haber sido él la cabsa de la pérdida de ella. 

CAPITULO VII. 

CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ, DON RODRIGO 

rONCfi DE LEÓN, FIZO LO QUE DEBÍA COMO CABALLERO ESFORZADO, 

Y VERDADERO CRISTIANO, Y AMIGO DE DIOS, EN TOMAR 

Á MEDINA SIDONIA AL DUQUE. 

E como el marqués de Cádiz quedase con muy gran sentimiento 
de la pérdida de Cárdela, pensó en que pudiese mucho enojar al 
duque, y procuró mucho de le tomar á Medina Sidonia, que era 
toda su honrra, como gela tomó, faciéndolo como contra persona 
que se apartó de la unión y Santa Eé Católica, habiéndose con- 
certado con el rey moro para facer tan grande ofensa á la Santí- 
sima Trinidad, y á toda la cristiandad, y á la corona real de Cas- 
tilla, la cual injuria Dios, ni el santo Padre, nin los reyes debian 
perdonar. E como quiera que el marqués de Cádiz en esto fizo lo 
que debia, en gela ganar como esforzado caballero y verdadero 
cristiano; mas á mayor grandeza y nobleza de corazón todos W 
discretos le deben contar poder acabar con la razón habérgela 
de tornar. Ca cosa muy justa era que por penitencia, él ni otra 
de su linaje nunca jamás la cobrara, porque quedara por ejemplo 
á todos los caballeros de todos los reynos cristianos del mundo. E 
no tan solamente era muy gran razón lo que dicho habernos, mas 
aunque fuera dispuesto de todo su estado, y tornado á muy baja 
suerte. Y la memoria de la casa de Niebla pereciera, y no tan so- 
lamente decimos esto por el duque y casa de Niebla, mas por to- 
dos los otros duques, maestres, condes, marqueses, y otros cuales- 
quier grandes señores, desde el mayor estado, fasta el menor que 
lo tal pusiesen en obra, son dignos de mayores penas, y gran cas- 
tigo, pues que negaron el santo baptismo y confirmación de la 
Iglesia de Dios, como el conde don Julián, Y ninguno non debe res- 
cebir á injuria que se diga lo que á todo el mundo está manifiesto; 
mas con grande humildad conocer su pecado, y rogar á Dios- 



184 

Nuestro Señor que le perdone, disponiéndose á facer gran peni- 
tencia pública y secreta. Y no nos debemos mucho maravillar que 
este duque ficiese esto, pues que el duque don Juau, su padre, fizo 
otro tanto cuando la de los Molares, que por enemiga que tenía 
con el adelantado, dio lugar que el rey moro, con toda la casa de 
Granada, viniese, como vino, á robar y destruir aquella villa, y lle- 
var todas las gentes de ella cativas, e abarrauan los niños por las 
paredes, e destruyó la iglesia, e llevó cruces e cálices, e libros, e 
vestimentos, e todos los otros ornamentos de ella. E estovo allí 
asentado i-eal cuatro ó cinco dias, por la gran fé y seguridad que 
del duque don Juan tenia. E como el cardenal de Ostia don Juan 
de Cervantes, arzobispo de Sevilla, de loable memoria, (santa 
gloria aya su ánima), viese la poca fé y gran crueldad del duque, 
mandó apregonar por toda ]a cibdad que todos viniesen á oir su 
sermón, y venida toda la gente, así de la cibdad como la estran- 
jera que en ella estaba, predicóles tantas e tan maravillosas cosas 
acei'ca del servicio de Dios, como era perlado de muy buena vida, 
e díxoles que todos los que quisiesen ir con él á dar la batalla al 
rey de Granada, que él los absolvía á culpa e á pena, como en 
aquella liora que fueron baptizados, y que él esperaba en la Pasión 
de Nuestro Señor Jesucristo de lo vencer, y matar, y cabtivar, á 
él e á toda su gente. E como esto le oyeron decir, todas las gentes 
lloraban de alegría, e todos respondieron que les placía de ir á 
morir con él por la fé de Jesucristo, debajo de su bandera; e así 
lo pusieron por obra. E luego el cardenal en este dia mandó sacar 
una bandera á Tablada, muy ricamente labrada de oro e seda; de 
la una parte tenia un devoto crucifijo, e de la otra parte una devo- 
tísima imagen de Nuestra Señora la Virgen María; e á los pies de 
las imágenes, las armas del rey de Castilla, e las suyas debaxo de 
ellas, por acatamiento de la corona real. E fallóse al tiempo de la 
partida, al derredor de su bandera, con cuatro mil de caballo, e 
más de veinte mil peones, e partió de allí con la dicha gente, e 
fuese derecho á la villa de Utrera; e asentó su real de la otra parte 
de ella en el camino de los Molares, e predicóles allí otra vez, es- 
forzándoles mucho, e todos con muy alegre gana no vian la hora 
que ser llegados á pelear con los moros. E acabado el sermón, y 



185 

descendido el cardenal del pulpito, el duque lo apartó, y fabló muy 
largamente con él, certificándole que el rey de Granada ya seiba, 
y que de esto él le daba la fé; 3' así se desconcertó, e se volvió el 
cardenal á Sevilla con muy grande enojo. E como todas las gentes 
esto supieron, clamaban diciendo muchos desonores contra el du- 
que, porque asi lo había fecho, que espanto era grande de lo oir. 
E allá están donde non lo quisieran haber fecho, y darán estrecha 
cuenta á Dios de ello. Y fué cosa de gran maravilla, que non tan 
solamente tovo el marqués guerra con el duque, y Sevilla, y con 
el rey moro de Granada, mas aun con el rey de Portogal, y todo 
á cabsa del duque, que lo procuraba dañándole por cuantas partes 
podia. 

E la flota del rey de Portogal vino algunas veces por barrejar 
con la cibdad de Cádiz, si mucho defendida non lo fuera. Y siem- 
pre este caballero fué muy amado, querido y muy temido. E 
como quiera que todo esto toviese consigo, nobles caballeros, mu- 
chos parientes e amigos, según la grandeza del duque con Sevilla 
y los reyes de Portogal y Granada, lastó tanto su corazón, que 
pudo con todos. E como él era de limpias entrañas y católico cris- 
tiano, era Dios con él, y Nuestra Señora la Virgen María, su ben- 
dita Madre, en la cual él siempre tovo grande esperanza, y siem- 
pre se pagó tener consigo muchos fijos dalgo, y especiales caba- 
lleros, e capitanes muy escogidos, así como el alcalde Luis de 
Pernia, e Godoy, un Fernando de Medina, Martin Fernandez 
Galindo, e un Fernán Darlas, e Villacreces, dexando aparte otros 
muy principales caballeros, y en especial sus hermanos, primos y 
sobrinos, caballeros tanto esforzados, que cada uno de ellos era 
para dar cuenta de cualquier cosa que á cargo les fuese dada, por 
grande que fuese la gobernación de ella. E toda su gente muy flo- 
recida, y muy honrrada y acatada de su lengua; y era tanta 
su nobleza, que todos eran muy contentos de él. E después de 
esto, el duque y Sevilla y todas sus valias fueron á poner cerco 
sobre Alcalá de Guadaira, con cuatro mil de caballo e más de 
doce mil peones. E teniéndola así cercada, el marqués de Cádiz, 
don Rodrigo Ponce de León, con sus gentes e valedores vino á la 
descercar, e amaneció una mañana sobre ella con dos mil e qui- 



186 

uientos de caballo e ocho mil peones, y de tal manera ordenó su 
gente y batallas, que envió á decir al duque que saliese al campo, 
que él quería dar la batalla; y como les tomó así salteados entre 
la villa y sus gentes, púsoles en tan grande estrecho, que el du- 
que y todos los otros caballeros y gentes suyas ovieron por bien 
de pedir amistad. E así la villa de Alcalá fué descercada, y meti- 
do en ella mucho mantenimiento, y el cercador cercado. Para la 
cual amistad el conde de Tendilla, que era á la sazón asistente de 
Sevilla, y Alonso de Yelasco, e otros nobles caballeros, y el obis- 
po don Fadrique, tio del duque, y el oT^ispo de Málaga, y otros 
muchos religiosos y personas muy venerables, así como el prior 
de las Cuevas, y el de Sant Isidro e de Sant Jerónimo, los cuales 
todos trabajaron tanto entre estos dos señores, duque y marqués, 
por los acordar, que plugo á la pasión de Jesucristo de los concer- 
tar en tanto grado en verdadera amistad, que quedaron en todo 
grandísimos amigos, y dende en adelante siempre se honrraron 
mucho, guardándose toda buena amistad. 

CAPITULO YIII. 

DE CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ, DON RODRIGO 

PONCE DE LEÓN, QUEMÓ Y DESTRUYÓ LA VILLA DE GARCIAGO, 

E TRAJO DE ELLA MUCHOS CATIVOS E GRAN 

DESPOJO DE MUCHAS RICAS JOYAS. 

Todos los que alcanzan buen seso natural, son bien aventura- 
dos, porque estos tales son muy liberales y esforzados, así en el 
servicio de Dios como en todas las cosas de sus honrras, y esto 
digo, porque estando el marqués de Cádiz en la cibdad de Xerez^ 

año de mil e cuatrocientos e setenta (1) años, vinieron á él 

ciertos adalides suyos de los cuales él mucho confiaba, porque 
siempre los falló muy ciertos, e le dixeron cómo él podia tomar & 
destruir la villa de Garciago que estaba á una legua de Cárdela. 
E como el marqués de esto fuese bien certificado, púsolo en obra, e 
con la más gente que pudo, salió de Xerez y fuese derecho á la su 

(l) Kn blanco. 



187 

cibdad de Arcos, e de allí sacó toda la gente que habia de caballa 
6 de pié, la que era para pelear, e otro dia amaneció sobre la villa 
de Garciago, e antes que los moros lo sintiesen, la villa fué cerca- 
da por todas las partes de ella, salvo ú la parte de la sierra que 
tiene un serrejon muy alto, e tan agudo, que no ovo lugar subir 
por aquella parte la gente; e como en viendo el alba los cristianos 
dieron una gran grita e los moros los sintieron, algunos de ellos 
salieron por aquella parte de la sierra e se fueron, e todos los 
otros que quedaron, que era la mayor parte de ellos, fueron muer- 
tos ó cativos, e la villa fué metida á sacomano. E como el marqués 
se partiese con su gente, habiéndola ya toda robado, e llevaba con- 
sigo muchos cativos, así hombres como mujeres, moras e moros, 
e niños, e quedáronse algunos cristianos robando en la villa non 
lo sabiendo el marqués, e como ios moros que se fueron dieron 
vuelta á la villa con otros algunos que apellidaron por la comar- 
ca, en que se allegaron más de cuatrocientos hombres de pelea, 
e vinieron por la sierra, y entráronse en la villa, e dieron un 
grande alarido, e mataron e cativa ron algunos cristianos, aun- 
que fueron pocos, e un cristiano de los que estaban en la villa salió 
fuyendo, e fué con la nueva al marqués, e luego como lo supo, á 
gran priesa mandó volver la gente sobre la villa; e los moros, co- 
mo vieron volver los cristianos, comenzaron de fuir, e el marqués 
e sus gentes siguieron el alcance de los moros, firiendo e matando 
en ellos tanto, que el marqués non quiso que ninguno de los moros 
que tomarse pudieron quedase á vida, de los cuales muy pocos 
escaparon, que ninguno non quedara, sino fuera por lo agro de 
la sierra; pero fueron muertos más de los trescientos e cincuenta. 
E el marqués dio vuelta por la villa, e mandóla del todo destruir 
e quemar, e asi la dejó despoblada. E nunca se falló en memoria 
de hombres, que fasta estonce ningund caballero ni otras gentes 
cristianas allí oviesen llegado, según la tierra era tan fragosa y 
tan poblada de moros. Y esta tan especial gracia quiso dar Nuestra 
Señora la Virgen María al marqués, como él fuese tan devoto suyo. 
E de allí se volvió con mucho gozo e alegría, dando infinitas gra- 
cias á Dios por tantos bienes y mercedes como cada dia de él res- 
cebía; e trajo gran cabalgada de muchos ganados, cabtivos, e otras 



188 

muchas joyas, e así entró con gran victoria en lacibdad deXerez, 
donde fué muy honrradamente de todos rescebido, e allí partió 
muy largamente la cabalgada con todos los suyos, dando á cada 
uno según quien era. 

CAPITULO IX. 

DE CÓMO EL REY DON FERNANDO, E LA REYNA 

DOÑA ISABEL, SU MUJER, ENTRARON EN SEVILLA, Y EL MARQUÉS DE 

CÍDIZ DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, LES VINO A FACER 

REVERENCIA DESDE ALCALÁ DE GUADAIRA. 

Año de mil e cuatrocientos e setenta e siete años, los muy sera" 
nísimos rey e reyua, el muy magnífico rey don Temando, y la 
muy esclarecida señora re3fna su mujer, reyes y señores de los 
reynos de Castilla, Ai'agon e Cecilia, vinieron á la muy noble y 
muy leal cibdad de Sevilla, con intención de se apoderar en ella, 
que el duque de Medina Sidonia la Labia tenido en los tiempos 
pasados que el rey don Enrique era vivo. Y sus altezas, entrados 
en ella, y toda á su mandamiento, determinaron de enviar mandar 
al marqués de Cádiz que diese la cibdad de Xerez, e' non embar- 
gante que él estaba con intención de gela dar, pues que de sus 
altezas era, según su gran cordura, y temeroso de su ánima, que 
él bien sabia que era razón de dar lo suyo á su dueño; pero por 
algunos que no buena voluntad le tenían, de los cuales los reyes 
cada dia eran incitados que la non daría, á menos que le non fuese 
tomada por fuerza; de cuya cabsa sus altezas muchas veces le es- 
crebian en la contratación que cerca de esto se íácia, como á per- 
sona que estaba mucho apartada de su servicio; y todo con gran 
reposo, bien mirado por el marqués de Cádiz, queriendo mostrar 
la limi ieza de su voluntad y gran lealtad que á sus altezas tenía, 
y por atajar las malicias de aquellos que eran contrarios de su 
deseo, e como caballero muy prudente, y esforzado, y de buen seso 
natural, cabalgó una noche desde Alcalá de Guadaira, y tomó con- 
sigo al mariscal .3uan de Guzman, señor de Teba, e á Pedro de 
Avellaneda, su mayordomo mayor, e venosa al alcázar de Sevilla, 
donde sus altezas de los reyes estaban, que serian cuatro horas de 



189 

la noche pasadas, y entró por la puerta del campo, fasta donde sus 
altezas estaban, en una rica sala, e les fizo aquel acatamiento y 
reverencia que á sus reales estados pertenecía, y besó las manos 
á sus altezas, como á sus reyes y señores naturales, 3' les suplicó 
pidiéndoles por merced sus altezas fuesen á,Xerez,á la rescebir, y 
que non solamente aquella cibdad que era suya, mas á él, y todas 
las cibdades, y villas, e logares de su tierra e señorío, y que desde 
estonce lo ponía todo en las manos de sus altezas, y para su ser- 
vicio, como desde que sus altezas reynaron lo estovo, y estovieron 
al servicio de los otros reyes pasados, sus antecesores. E vista la 
suplicación del marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, 
los reyes rescibieron grandísimos gozo e alegría, non solamente 
en ver su grande humildad y conoscimiento, como bueno, virtuoso 
y leal caballero, mas porque sus altezas lo deseaban mucho ver y 
tener á su servicio, como él siempre lo estovo, y le regradecieron 
mucho su voluntad, y le prometieron de facer muchas mercedes, 
más que á ninguno otro grande en todos sus reynos. Y el rescibi- 
miento y honrras que sus altezas le ficieron con aquel amor tan 
entrañable, fué cosa de gran maravilla de lo ver; e estovieron sus 
altezas fablando tanto largo con el marqués en cosas complideras 
á su servicio, fasta las dos horas después de la media noche; e el 
marqués se levantó, e puestas las rodillas en tierra, besó las ma- 
nos á sus altezas, e se despidió; e los reyes se levantaron de su es- 
trado real, e salieron con él fasta las puertas de la sala, mucho 
contra la voluntad del marqués, que no pudo más acabar con sus 
altezas, e allí les besó otra vez las manos, e los reyes lo levanta- 
ron, y enviaron seis hachas delante de él, fasta el postigo del al- 
cázar por donde habia entrado; e allí cabalgó con sus dos caballe- 
ros, e se volvió á Alcalá de Guadaira. E dende á pocos dias pasa- 
dos, los Reyes acordaron de ir á Xerez, y fallaron la cibdad, y al- 
cázares, e casas del marqués, todo tan llano y tanto al servicio de 
sus altezas, que luego pensaron de le complir todo cuanto en el al- 
cázar de Sevilla le prometieron. E asi lo pusieron por obra, que 
antes que de allí salieron, le confirmaron la cibdad de Cádiz, e to- 
das las otras cosas de su facienda, que menester habia confirma- 
ción. E la merced que de esto le ficieron fué tanta, que le dieron 



190 

siete cuentos de renta, y más. Y así parece que quien bien y leal- 
mente sirve á los reyes, buen galardón le dan. E allí conoscieron 
luego sus altezas quién eran los que les incitaban contra él, e le 
prometieron de le facer otras muchas mercedes, de las cuales la 
ficieron una, que le dieron á Sahara, e á Cárdela, e á Hasnalmara, 
con todos los otros lugares de la Serranía de Juro, que fué tan 
grande merced, con que cualquier gran señor, teniéndola, aunque 
más non toviese, se fallara muy contento, y el marqués de Cádiz 
rescibió á sus altezas con muy gran solemnidad, e les fizo muy 
honrradas e ricas fiestas, de gran cumplimiento de todas las cosas, 
segund que á sus reales estados era razón de lo facer. Y de allí 
se partieron los reyes para la cibdad de Sevilla, y el marqués fué 
con sus altezas más de tres leguas, donde le mandaron volver; e 
allí el marqués les besó otra vez las manos, y se fué á la su cibdad 
de Arcos, para dar orden en algunas cosas, mucho complideras al 
servicio de sus altezas; los cuales, de allí adelante, siempre hon- 
raron mucho al marqués de Cádiz, y nunca, se apartaron de su 
buen consejo, nin el marqués de les servir bien e lealmente. 

CAPITULO X. 

DE CÓMO LOS MOROS TOMARON LA VILLA DE 

ORTEXICAR, Y EL MARQUÉS DE CÁDIZ Y EL CONDE DE URÜEÑA LE 

FUERON PONER CERCO, E LA GANARON. 

En el año de mil e cuatrocientos e setenta e (1) años, como 

quiera que estoviesen asentadas treguas entre el rey don Fernan- 
do y el rey de Granada, á condición que el rey moro diese las 
parias acostumbradas á los señores rey e reyna, ciertos caballeros 
moros entraron e tomaron la villa de Ortexícar, que era del conde 
de Urueña, el cual, como lo supiese, venóse para el marqués de 
Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, que estaba en la su villa de 
Marcbena, y contóle toda la manera, cercadeello, rogándole mucho 
afincadamente á él le pluguiese dar alguna de su gente para aver 
de cobrar aquella villa; y el marqués, como virtuoso caballero y 

(1) Ea blanco. 



191 

muy deseoso del servicio de Dios, non solamente ovo placer de 
gela dar, mas antes le dixo: Yo quiero ir con vos en persona, y 
poner todo mi estado por vuestra honrra. E así razonado por el 
marqués, el conde gelo gradeció mucho, quedándole en cargo para 
toda su vida. E acordados de esta manera, partieron con dos mil e 
cuatrocientos de caballo, e ocho mil peones. Y como quiera que les 
veno mandamiento del rey e reyna que non fuesen á poner el cerco, 
diciendo que en otra manera sus altezas lo mandarían remediar, e 
como fuese obra tan santa, y tanto servicio c < Dios y de la corona 
real, ellos non dexaron continuar su buen deseo, e amanecieron 
sobre la villa; e luego mandaron asentar grandes tiros de lombar- 
das, e mandaron combatir la villa por diversas partes, en tal ma- 
nera, que á tercer dia que ende estovierou, los moros gela entrega- 
ron, á condición que libremente les dexasen ir con todo lo suyo, y 
el marqués, e el conde, así gelo prometieron; como quiera que ovo 
algún debate entre las gentes de estos caballeros sobre el poner de 
las banderas, el rey envió mandar, que pues la villa era del con- 
de, su bandera entrase primero. Mas el conde, como virtuoso, mi- 
rando el gran merescimiento del marqués, y cómo, á cabsa suya, 
la villa fué recobrada, non lo quiso consentir; mas antes mandó 
que la bandera del marqués entrase delante. Y el marqués, usando 
de sus virtudes acostumbradas, dióle muchas gracias, y rogóle que, 
pues él así lo quería, que ambas las señas entrasen igualmente, e 
al conde le plugo mucho de ello. E así se pusieron ambas junta- 
mente en la torre del homenaje, e luego mandaron reparar todo lo 
derribado de la villa e fortaleza. Y el marqués don Rodrigo Ponce 
de León, y el conde de Urueña se volvieron con mucha victoria 
á la villa de Osuna, donde el conde se quedó, y el marqués se par- 
tió para la su villa de Marchena, e toda la gente que el marqués 
allí llevó fué pagada de su sueldo. 



192 



CAPITULO XI. 

CÓMO CIETRTOS MOROS SE LEVANTARON 

CONTRA EL REY DE GRANADA EN EL CASTILLO DE 

MONTECORTO, E DE CÓMO LOS MOROS DE RONDA, E DE TODA LA 

SERRANÍA E COMARCA, LOS VINIERON Á CERCAR, E SABIDO 

POR EL MARQUÉS, LOS VENO A SOCORRER, E COMO 

LOS MOROS MUCHO LE TEMIESEN, ALZARON 

EL CERCO, Y ENTREGÁRONLE LA 

FORTALEZA. 

Estando el marqués de Cádiz en la su villa de Marcliena, aña 

de mil cuatrocientos e setenta e (1) años, fué certificado que 

ciertos moros gomeres, e otros, vecinos de algunas villas e lugares 
del reyno de Granada, se hablan alzado contra el rey en el castillo 
de Montecorto, e que los vecinos de la cibdad de Ronda e otros 
lugares de la comarca querían venir á los cercar, por los tomar, 
e facer de ellos justicia. E como el marqués esto supiese, envi6 
ciertos criados suyos que tenían gran conoscimiento con algunos 
de aquellos moros, por tratar con ellos, diciéndoles que si aquella 
fortaleza le daban, les faria muchas mercedes, e si alguno de ellos 
se quisiesen pasar allende, les daria navios en que pasasen, e los 
que quedar quisiesen, él les daria lugar tanto á su voluntad donde 
bien pudiesen vivir. E como quiera que los moros estoviesen mu- 
cho menguados de lo que menester hablan, recelaron mucho déla 
facer; pero al fin su necesidad fué tan grande, y tantas veces reque- 
ridos de parte del marqués, que confiando de sus grandes virtu- 
des, ovieron por bien de lo facer, poniendo en obra todo su querer. 
Y esto así asentado, los moros de Ronda, e de la sierra, e de toda 
su comarca, vinieron á cercar á IMontecorto, e luego los moros 
que en la fortaleza estaban, enviaron un peón á muy gran priesa, 
á lo facer saber al marqués el estrecho en que estaban. Y el mar- 
qués, como lo supo, mandó salir toda la gente de la villa, así de 
caballo como de pie, y envió mandar á sus vasallos de la cibdad 

(1) En blanco. 



193 

de Arcos, e á muchos otros caballeros, sus criados e vasallos de 
otras sus villas, que todos saliesen á él á un rio que es llamado 
Guadamanil, que es á dos leguas de Montecorto. E todos llegados, 
juntáronse con el marqués ochocientos de caballo, e cinco mil 
peones, e teniendo los moros de Ronda, e de toda la comarca, 
puesto el cerco sobre Montecorto, el marqués de Cádiz amaneció 
sobre ellos; e como quiera que los moros fueron salteados, por estar 
muy cerca la sierra de Ronda Vieja, la mayor parte de ellos se 
salvó efuyeron; pero con todo eso, muchos de ellos fueron allí muer- 
tos y presos, entre los cuales murieron moros muy principales, e 
allí les tomó el marqués todo su fardaje e mantenimientos, e otras 
muchas joyas de caballos e jaeces muy ricos, e asimismo les ganó 
dos señas, una del alcalde de Ronda, e otra del alcaide de Marbe- 
11a. E luego los moros que en la fortaleza estaban, gela entregaron 
libremente. E serian los que en ella estaban fasta cuarenta e cinco 
hombres de pelea, á los cuales el marqués mandó muy bien vestir, 
y dio á los principales de ellos sayos e jubones de seda, e capella- 
res de grana, e á los otros de finos paños, e encabalgólos á todos 
de muy buenos caballos e jaezes, según que á cada uno pertenecía. 
E dexada la villa e fortaleza á muy buen recabdo de gente y man- 
tenimientos, y pertrechos de muchos tiros de pólvora e ballestería, 
se partió á la su villa de Marchena, todos con muy grande alegría, 
dando infinitas gracias á Dios por lo haber fecho vencedor de sus 
enemigos. E rej^osado el marqués en la su villa de Marchena, man- 
dó decir á los moros que los que quisiesen ser cristianos, que les 
mandaría dar ración e forma en que bien pudiesen vivir, e los que 
se quisiesen pasar allende, que se fuesen á la cibdad de Cádiz, y 
que allí les mandaría dar navios en que pasasen, dando á cada uno 
de ellos cierto dinero para ayuda á su costa. De los cuales la ma- 
yor parte se tornaron cristianos, y el marqués les mandó dar ra- 
ciones de dinero con que bien se pudiesen mantener á su honrra, 
e á los otros mandó pasar allende. E mandó á un criado e vasallo 
suyo que llamaban Castro Verde, vecino de Marchena, que fuese 
á ser alaide en la fortaleza de Montecorto, con el cual mandó ir 
tantos de sus vasallos, cuantos entendió que eran menester para 
guardar aquella fortaleza, para la cual envió todos los manteni- 
ToMO CVI. 13 



194 

mientos que más necesarios eran para su proveimiento para asaz 
tiempo, e mandó que fuese con ellos un clérigo para les adminis- 
trar todos los Sacramentos de la Madre Santa Iglesia, el cual llevó 
consigo todos los ornamentos que para ello menester habia. E para 
seguridad de esta gente, envió cuatrocientos de caballo e mil peo- 
nes. Los cuales llegaron coa ellos á la dicha fortaleza de Monte- 
«orto, e sacaron el alcaide, e las otras gentes que el marqués allí 
habia dejado, e pusieron al alcaide e gente que de nuevo iba en la 
fortaleza, e volviéronse á Marchena. E dende á pocos dias, el mar- 
qués se partió de allí para la su villa de Rota, donde la marquesa 
estaba. 

CAPITULO XII. 

COMO LOS MOROS ESCALARON E TORNARON 

Á TOMAR LA VILLA E CASTILLO DE MONTECORTO , E LLEVARON 

CABTIVOS AL ALCAIDE E TODOS LOS OTROS QUE 

CON ÉL ESTABAN. 

Estando el marqués en la su villa de Rota en el año de mil cua- 
trocientos setenta (1) años, acontesció que los moros de la 

cibdad de Ronda, estando muy lastimados de la pérdida de aque- 
lla villa e fortaleza de Montecorto, procuraron de la tentar, ca co_ 
mo quiera que ella fuese muy fuerte e puesta en una peña muy 
alta, tenía á la parte de la sierra una entrada que se llamaba el 
Resquicio, por donde un moro entró alguna vez á la tentar; e como 
falló que por aquella parte ninguna guarda toviesen, dixo á los 
principales de Ronda el mal recabdo que en aquella fortaleza es- 
taba, e luego los moros acordaron que porque el dia de Navidad 
los cristianos suelen facer gran fiesta, e haber sus gasajados e pla- 
ceres aquella noche, que ellos habrían mejor lugar para la escalar. 
E estando así los cristianos muy seguros en sus placeres en aque- 
lla noche, los moros vinieron, e subió primero aquel que algunas 
veces la habia tentado, y en pos del otros cuarenta ó cincuenta, e 
fallaron la vela durmiendo, e matáronla luego, antes que viniese 

(1) En blanco. 



195 

el dia; e venida el alba, los moros dieron ujia gran grita, y el al- 
caide y los que con él estaban, con gran temor se retruxeron á la 
fortaleza, donde si quisieran se pudieran muy bien amparar e de" 
fender, pues que para ello tenian todas las cosas que menester ha. 
bian. Mas el alcaide fué tan de poco corazón y tan cobarde, que 
por uno que comenzó á tirar piedras á los moros, lo quiso matar. 
E demandó á los moros diciéndoles si habia allí algún caballero 
á quien se diesen, y ellos dijeron que sí. E luego subió un moro 
de los más principales que allí estaban por una cuerda, y el alcaide 
lo rescebió y se dio á él, e metió todos los cristianos en un palacio 
y cerróles por de fuera, y dixo el alcaide al moro que si non le 
prometía que los cristianos que allí estaban no rescibiríau daño, 
que non consentiría ningún moro allí subir, y el caballero moro 
le juró por su ley que no temiesen cosa ninguna, e todos los otros 
moros así gelo prometieron. E otorgado y dada j'a la fé, abrióles 
las puertas y entraron. E luego como fueron entrados, ataron á 
todos los cristianos en traillas, e lleváronles así desonrradamente 
á la cibdad de Konda, llevando el alcaide delante de ellos dándole 
la paga de su merescimiento por la gran vileza y cobardía que co- 
metió. E los moros desaron en la villa e fortaleza la gente que 
convenía para la guarda della, e fuéronse con el despojo de todos 
los cristianos. E como el marqués esto supiese, ovo muy grande 
*nojo por perder así aquella villa por la cobardía e mengua de su 
alcaide, y por el mal recabdo que en aquella fortaleza puso. E 
fué su enojo en tanto grado, más por la pérdida de los cristianos, 
como caballero católico y amigo de Dios, que por la pérdida de 
aquella villa, de manera que del enojo grande que por todo ovo, 
adolesció de una grave enfermedad de la cual estovo trabaxado 
buenos días. E como fuese costumbre entre cristianos y moros que 
cuando alguna fortaleza en tiempo de paz 6 de tregua se toma de 
los unos á los otros, los que pierden la tal fortaleza, sus bienes son 
libres, y por eso el marqués envió á demandar los que allí habían 
seido presos, con los bienes que les fueron tomados. E los moros 
respondieron que les non querían dar. Y el marqués determinó de 
facer prendas en los vecinos de Villaluenga y en sus ganados, á 
<}absa de lo cual le dieron los cristianos que habían seido presos en 



196 

aquella fortaleza. E deliberados por el marqués y venidos, coma 
quiera que el alcaide por la cobardía que cometió no queriendo- 
defenderse, teniendo muchas armas, mantenimientos y gentes para 
ello, fuese digno de muerte, según lo disponen e mandan las leyes- 
destos reynosde Castilla, el marqués lo perdonó, dándole por pena 
la vergüenza que de caso tan feo para siempre le quedaba. 

CAPITULO XIII. 

CÓJIO EL MARQUÉS METIÓ Á SACOMANO Á YILLALUENGA , E LE- 
MANDÓ rONER FUEGO POR TODAS PARTES. 

Siempre los buenos y leales caballeros que son amigos de Dios^ 
procuran y desean las cosas de su servicio. E estando el marqués 
de Cádiz don Rodrigo Ponce de León en la su cibdad de Arcos, 
año del Señor de mil e cuatrocientos e ocherta e un años, los mo- 
ros, estando muy sentidos de las cosas pasadas, non curaban de- 
guardar la tregua; antes cada dia entraban almogávares, e lleva- 
ban prisioneros e ganados, e aun llevaron las acémilas e acemile" 
ros suyos del marqués. El cual ovo desto grande enojo, y deter- 
minó en su voluntad de los facer cuanto daño pudiese, de manera 
que lo sintiesen bien, y envió ciertos criados suyos para que ten- 
tasen si podrían haber lugar de robar á Villaluenga, los cuales lo' 
tentaron muy bien, y conoscieron que se podría facer, aunque fuese- 
á gran trabajo y peligro, por ser aquella villa como es enti*e dos 
sierras muy ásperas, e tener á la entrada un puerto muy agro de 
pasar. E fecha la relación al marqués, luego puso en obra de toda- 
vía continuar su propósito, e mandó llamar toda la más gente de 
caballo e de pie de la su villa de Marchena, e algunos caballeros e 
criados suyos que estaban en Sevilla e en Xerez, e juntó fasta se- 
tecientos caballeros e mil peones. E como quiei'a que sus adalides 
sabían bien aquella tierra, la escurana fué tan grande, que ando- 
vieron perdidos gran parte de aquella noche. Pero con todo eso, 
amanescieron cerca de media luega de Villaluenga, e como se fa- 
llaron juntos con la villa, dieron una gran grita. E como los moros 
la oyeron así de lejos, ovieron lugar de se salvar todos, y llevar lo 
mejor que tenían á la sierra. Y con todo esto, fallaron en la villa 



197 

muchas joyas e cosas moriscas, e oro, e plata, e otras muchas pre- 
seas de casa. E sacaroa dende muchos bueyes, e vacas, e cabras, 
6 ovejas, e fallaron dende veinte cabtivos cristianos que traxeron. 
E robado así toda la villa, el marqués mandó luego que le pusie- 
sen fuego por diversas partes; e luego se partió de allí con sus 
gentes y cabalgada muy apriesa, temiendo la pasada del puerto. 
E yendo su camino, supo de un moro que tomaron sus corredores, 
cómo los moros que salieron de la villa apellidaron toda la tierra, 
y tenían el puerto tomado por donde el m?.rqués habia de tornar. 
Mas con todo eso, no dexó su camino, y como Dios era servido de 
5US buenas obras, el marqués e sus gentes salieron con toda la 
priesa sin rescebir daño ninguno, salvo un caballero que llamaban 
Pedro Nuñez de Villa Vicencio, veinte e cuatro de Xerez, que se 
quiso tanto aventajar, que fué íerido de una saeta, de la cual ferida 
murió. Y de los moros fueron muertos y feridos asaz dellos, que 
con el gran pesar que el marqués ovo con la muerte deste caballe- 
ro, ya puesto encima del puerto, arremetió con ellos e fizo en ellos 
grande destruicion. E desta entrada el marqués fué á correr la 
cibdad de Ronda, y estovo sobre ella tres dias, en el cual tiempo 
ovieron asaz escaramuzas con los moros, e fueron muertos muchos 
dellos. E como los moros estonce toviesen una atalaya que se lla- 
maba la torre del Mercadillo, donde se llegaban diez moros que 
facían gran daño, e desde allí descubrían toda la tierra, el marqués 
la cercó, e la mandó combatir, e poner en ella bancos pinjados, e 
cavarla por el pie, e apuntalarla E como los moros esto viesen, 
como quiera que al comienzo se defendían reciamente, pero al fin 
díéronse al marqués por cabtivos, dexándole la torre libremente. 
El cual la mandó luego derribar por el suelo fasta el pie, en que 
los moros en esto rescibieron gran pérdida, e fué muy grande 
ayuda para aquella cibdad de Ronda, haverse de tomar como se 
tomó. E de allí se volvió el marqués con grande victoria e alegría 
á la su cibdad de Arcos, donde repartió la presa que llevaba, 
dando á cada uno según quien era, de manera que todos fueron 
contentos. 



198 



CAPÍTULO XIV. 

CÓMO LOS MOROS DE RONDA, ESTANDO MUCHO 

LASTIMADOS DE LOS GRANDES DAÑOS QUE DEL MARQUÉS DE CÁDIZ- 

RESCEBIAN, PROCURARON DE ESCALAR Y TOMAR LA VILLA 

Y FORTALEZA DE SAHARA, Y LA TOMARON. 

En este mismo año de mil e cuatrocientos e ochenta e un años, 
como los moros de la cibdad de Ronda estoviesen muy sentidos 
de los grandes daños que del marqués de Cádiz e sus capitanes 
cada dia rescebian, en especial como les oviese quemado á Villa- 
luenga y talado todas las viñas y huertas, y tomado los ganados, 
y muertos y presos muchos moros, e grandes despojos, e les 
oviese derrocado la torre del Mercadillo, que era cosa bien fuerte, 
de la cual torre facian gran daño los moros, y en gela derribar 
fué gran pérdida y destruicion para Ronda y toda la serranía, 
para lo cual se ovieron de juntar muchas cabeceras, hombx'es muy 
principales del reyno de Granada, para haber consejo qué manera 
ternian para haber de tomar la villa y fortaleza de Sahara, que la 
tenia Gonzalo de Saavedra, mariscal de Castilla, los cuales acor- 
daron de enviar sus adalides que la tentasen, y tentada, fallaron 
que non se velaba bien, y que se podia tomar. E fueron con esta 
nneva á Abrahen Alhaquime, cabecera de Ronda; el cual, como 
lo supo, rescibió grandísimo placer, y prometió á los adalides 
muchas dádivas si así fuese, e fizo juntar trescientos de caballo e 
cuatro mil peones de la serranía, e el tercero dia de Pascua de 
Navidad escalaron el castillo, e tomaron e mataron todos los cris- 
tianos que dentro fallaron, salvo al alcaide, que lo prendieron. E 
después que fué de dia, salieron e abrieron la puerta del castillo, 
e descendieron á la villa, e tomaron e cativaron ciento e cin- 
cuenta cristianos, hombres, e mujeres, e niños, que metieron 
atraillados en Ronda. E como la nueva desto se supo en toda el 
Andalucía, todos los caballeros y gentes della rescibieron gran 
pesar y dolor; y no menos el rej' don Fernando y la reyna doña 
Isabel, su mujer, mostraron gran sentimiento desque lo supieron, 
así por los grandes daños que los moros de allí podían facer, 



199 

como por la pérdida de los cristianos. E los moros bastecieron 
bien la villa e fortaleza, e dejaron en ella cincuenta de caballo e 
doscientos ballesteros, e fuéronse con su cabalgada muy alegres 
á la cibdad de Ronda. E como quiera que el rey e reyna, y los 
caballeros y gentes del reyno rescibieron grandísimo pesar; mas 
debéis saber que el muy esforzado y noble caballero marqués de 
Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, con la grande enemiga que 
á los moros tenía, fué su pesar y enojo tan grande, que como 
quiera que dias grandes habia que procuraba de les tomar la 
cibdad de Albania; mas desde aquella hora puso tan gran dili- 
gencia en ello, que sus adalides lo hubieron de concertar, según 
que adelante vos contaremos. 

CAPÍTULO XV. 

CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ , DON RODRIGO 

PONCE DE LEÓN , POR GRACIA ESPECIAL DE DIOS 

Y RESPLANDOR DE NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN MARÍA, CUYO 

DEVOTO ÉL MUCHO ERA, TOMÓ LA CIBDAD DE ALHAMA, 

COMO GRANDES DÍAS OVIESE QUE ÉL MUCHO LO 

DESEABA, AÑO DE MIL CUATRO CIENTOS 

E SETENTA. ... (1) AÑOS. 

Grandes honrras merecen los nobles caballeros que en lo bueno 
nunca desfallecen. Y ved qué cosa maravillosa deste tan noble 
caballero, marqués de Cádiz, que continuamente jamás dejaba de 
pensar cómo podría facer todo mal á los infieles. E continuando 
su limpio deseo, siempre movido al servicio de Dios y de la co- 
rona real, estando en la su villa de Marchena, unos adalides 
suyos vinieron á él, e le dijeron que habían tentado la cibdad de 
Alhama, como por él les habia sido mandado; la cual, aunque era 
muy fuerte e asentada sobre una mota de peña muy alta cerca 
de un rio, e non tenia más de una salida para la fortaleza muy 
agrá e alta; pero con todo eso, les parecía que, segund el mal 
recabdo que en ella tenían, se podría bien escalar. E como quiera 

(1) En blanco. 



200 

que el marqués inuclio confiase destos adalides suj'os, porque 
siempre los falló muy ciertos, temiéndose de alguna traición, esa 
noche que los adalides llegaron, sería entre las diez e las once 
horas, él se apartó solo en una cámara donde siempre él conti- 
nuaba rezar e hacer su oración ante una imagen muy devota de 
Nuestra Señora, ante la cual él puso sus rodillas en tierra, y sus 
manos alzadas, suplicándole y pidiéndole de merced le revelase 
toda la verdad de lo que ella era más servida. E allí le apareció 
otra vez Nuestra Señora, la Madre de Dios, y le dijo: ¡Oh caba- 
llero tan devoto mió! Sepas que porque tus deseos son muy 
agradables al servicio de mi amado fijo Jesucristo e mió, tú irás 
seguro en paz y tomarás aquella cibdad, e la sosternás y defen- 
dei'ás, y ésta será cuchillo y el comienzo de toda la destruicion 
del rej'no de Granada y de toda la morería del mundo; e la mez- 
quita de los moros farás luego iglesia; y poner le has el mi nom- 
bre. Y sepas que tú saldrás de ella con gran victoria, y á la mayor 
priesa yo seré contigo. E como esto oyese el marqués don Ro- 
drigo Ponce de León, quedó inflamado con gran gozo y alegría» 
e por más de una hora non se levantó de su oración, e con mu- 
chas lágrimas de sus ojos, dando infinitas gracias á Dios Todo- 
poderoso y á Nuestra Señora la Virgen María, creyendo él no ser 
tan digno de oir ninmerescer tanto bien. E luego otro dia de ma- 
ñana escribió á Diego de Merlo, asistente de la cibdad de Sevilla 
por los señores reyes, e al adelantado don Pedro Manriquez. 
El cual Diego de Merlo tovo siempre aquella cibdad en paz y 
en justicia. Y esto así acordado, non porque del marqués ninguno 
otro supiese el secreto, salvo este caballero Diego de Merlo, que 
era tan católico cristiano, y amigo de Dios , y servidor de los re" 
j-es, y tan bueno que todo se podia del confiar. Y no fago agora 
memoria do otros nobles caballeros que con el marqués iban debajo 
del su pendón y bandera, porque cada uno dio buena cuenta de 
sí. Y esto todo así concertado, pusieron en obra su partida, lla_ 
mando poco á poco de gran secreto gente muy escogida, especiales 
hombres y muy buenas armas y caballos; que serían por todos dos 
mil e quinientos de caballo, e ocho mil hombres de pié. E fué tanto 
aecreto e tan bien ordenada su partida del marqués con todas sus 



201 

gentes, que llevando su vía por medio del reyuo de Granada, 
nunca fueron sentidos, porque placía á Nuestra Señora la Virgen 
María, como por ella le fuese así otorgado, llevaudo consigo mu- 
chos mantenimientos, y pertrechos e artillerías, e sus batallas tan 
bien ordenadas, que aunque el rey moro saliera, le diera la batalla» 
según la gente llevaba tan escogida y con tan buena gana. E con- 
tinuando su camino, llegaron fasta cerca de la cibdad de Alhama, 
una hora antes del día. E allí el mai-quós dio la orden á los esca- 
ladores y gentes que consigo habia de llevar, los cuales fueron 
e pusieron sus escalas, y escalaron la fortaleza sin ser sen- 
tidos; e como los escaladores, e otros muchos cristianos se vieron 
encima de la fortaleza, dieron una gran grita de que los moros 
fueron mucho espantados. Los cuales como se viesen así salteados, 
seyeudo gente muy escogida, peleaban muy bravamente con los 
cristianos. E como el marqués estoviese muy cerca, presto fueron 
del socorridos, y como él entró con toda su gente, los moros des- 
mayaron e se retrajeron por algunas calles más estrechas donde 
mejor se podían defender. Y el marqués e los otros capitanes en- 
traron en la fortaleza por se apoderar en ella. Y el marqués man- 
dó á Sancho de Avila, alcaide de Carmena, e á otro su alcaide de 
Arcos que saliesen á pelear con los moros, e como salieron estos 
dos caballeros e otros cuatro con ellos, los moros eran tantos que 
dellos cargaron, e los caballeros pelearon con ellos tan reciamen- 
te, fasta que todos seis allí murieron por non ser socorridos como 
era razón. De lo cual el marqués ovo muy gran sentimiento; e 
como los moros con la muerte de estos caballeros mucho se esfor- 
zasen, ferian tanto en los cristianos que les facían gran daño, E 
los capitanes que iban con el marqués, caballeros muy principales, 
como esto viesen, parecióles ser imposible de se tomar aquella 
cibdad, e dixeron al marqués que les parecía, según los moros se 
defendían, que se debían volver para sus casas, y no dar lugar que 
más gente allí pereciese. A los cuales el marqués respondió que 
se maravillaba mucho dellos, según quien eran, tomar tan mal 
consejo, donde tan gran mengua e injuria podían rescebir; y pues 
que allí estaban con tanta y tan noble gente, que cada, uno debia 
esforzar los suyos, e trabajar por tomar aquella cibdad como es- 



202 

petaba en Dios que la tomarían. E que cuando la fortuna les fue- 
se tan contraria que oviesen allí de morir, muy más honrrada les 
sería la muerte, que la vida con denuesto entre los otros caba- 
lleros. E como los caballeros oyeron al marqués tan graciosas y 
esforzadas razones, respondieron que pues á él aquello le parecía, 
que todos querían seguir su mandado e morir debajo de su ban- 
dera juntamente con él. E luego el marqués mandó dar un pregón 
que todos se aparejasen para el combate, e toda la cibdad se me- 
tiese á sacomano, e que cada uno oviese para sí lo que pudiese 
tomar, e con esto la gente se alegró, y se esforzó tanto para pe- 
lear, que fué cosa maravillosa. E luego se repitieron los comba- 
tes por aquellos lugares que más era menester, e comenzaron de 
combatir la cibdad muy bravamente. Y el marqués andando por 
todas las estancas esforzándolos mucho, que los cristianos cobra- 
ron tan gran corazón y apretaron tanto en el combate, que retra- 
xeron á los moros y les llevaron delante, fasta los meter por la 
mezquita que era muy fuerte, que está cerca de la puerta de Gra- 
nada, e en el retraer suyo fueron muertos más de seiscientos mo- 
ros, e otros muchos se fueron por una mina que de aquella cibdad 
sale al río. E los moros que así estaban reti'aidos en la mezquita se 
defendieron aquella noche, e otro dia todo entero fasta otro día 
jueves de mañana. E visto por el marqués el gran daño que de 
allí facían, les mandó poner fuego. E como los moros vieron el 
fuego tan grande, que ningún remedio tenían, diéronse al mar- 
qués para que de ellos ficiese lo quél mandase, los cuales el mar- 
qués mandó tomar y repartir por los caballeros que ahí estaban. 
Y ganada ya la cibdad, ¿quién podría contar de tan grandes ri- 
quezas como dentro se fallaron? Mucho oro, mucha plata, seda e 
otras muchas ricas joyas de diversas maneras, muchos cabtivos, 
hombres y mujeres, moros y moras principales, muchos caballos 
y jaeces muy ricos; pues ¿qué diremos de tan gran cantidad de 
trigo y cebada, muchas habas, e garbanzos, muchas almendras, 
pasas, e figos, aceites, e miel, e otras muchas provisiones para 
defendimiento de la cibdad, que fué cosa milagrosa de ver, 
como esta cibdad fuese la mejor cosa que Granada tenia? E es- 
tando así todos apoderados en la cibdad e fortaleza, el marqués 



203 

envió llamar á todos los más principales caballeros que allí con él 
estaban, por saber dellos au voto e parecer de lo que debian facer. 
E algunos dixeron que su parecer era que debian dexar allí algu- 
na gente para defeuder aquella cibdad, e partirse para sus casas. 
E otros dixeron que les parecia que debian poner fuego á toda la 
cibdad por muchas partes, e dexarla así desamparada, porque 
tenían por cosa muy grave de se poder defender á la fuerza de 
Granada, estando tan cercana. Y el marqués fué del todo contrario 
de su razón, y dixoles: que pues que á Dios Nuestro Señor y á su 
bendita Madre les había placido de les dar tan gran victoria en 
ganar aquella cibdad, y pues que allí estaba tanta gente y tan 
buena, que bastaría con el ayuda de Dios no solamente á la defen- 
der á los moros, mas darles batalla, e que le parecía cosa injusta 
averia de desamparar. Mas que su parecer era, pues que todos los 
que allí estaban habían habido parte del honor en la haber gana- 
do, que todos debian esperar para la guardar y defender, fasta 
ver el mando del rey e reyna. E donde á ellos esto non les plu- 
guiese facer, que él era muy contento quedar allí solo con sus gen- 
tes para guardar aquella cibdad, fasta que sus altezas en ello 
mandasen proveer, y que él non daría lugar á que la cibdad se 
quemase, nin tan poca otra gente sin persona principal allí que- 
dase, y que él quería ser éste. Y este acuerdo pesó á muchos de 
los que allí estaban, como caballeros cobardes y de flacos corazo- 
nes. E otro dia de mañana el rey de Granada amaneció _sobre la 
cibdad con siete mil de caballo e cien mil peones, e cercó la cibdad 
por todas partes. E como la gente estoviese toda por los adarbes 
mirando los moros cómo venían, el marqués mandó apregonar, 
so pena de muerte, que todos se abajasen para los ordenar para el 
defendimiento de la cibdad. E luego el marqués, como toviese toda 
la cibdad muy reparada y engaritada con mucha tablazón que 
ende falló, como caballero muy prudente y deseoso de su honrra, 
temiendo lo que vino, e puso sus estancas en todos los lugares 
que menester eran, y en cada una dellas una persona principal, y 
él sobra todos, quedó con cierta gente para socorrer á cualquier 
parto que menester lo oviese, mandando so graves penas que nin- 
guno non dejase su estan9a, aunque oyese decir que la cibdad se 



204 

entraba por cualquier parte. E mandó poner cerradura e llave á 
un buen pozo que en la cibdad Labia, para lo guardar si á tiempo 
se viese de lo haber mucho menester. Y porque como quiera que 
tenían una mina por donde el agua del rio entraba en la cibdad, e 
era cierto que se les podia tomar, como se tomó, e que aquella to- 
mada ternia muy gran trabajo, porque en la cibdad Labia más 
de doce mil personas e más de cinco mil bestias, para lo cual todo 
tenian muchos mantenimientos, e aquel dia que los moros asen- 
taron su real cerca de la cibdad era sábado, e otro dia de maña- 
na comenzaron de la combatir por diversas partes. E como quiera 
que los moros traian mucha ballestería e espingardas, con los 
pertrecLos que el mai'qués Labia mandado traer e poner á las par- 
tes donde más daño se esperaba, e con los tiros de pólvora e ba- 
llestería que en la cibdad estaban, fueron de los moros muertos 
más de mil e quinientos, e mucLos más feridos, de manera que j^a 
recelaban de se llegar á los combates, según el gran daño de los 
cristianos rescebian. E el rey moro determinó de tener allí el 
cerco por algunos días, creyendo que los cristianos enflaquecerían 
e darían la cibdad por partido. E allende de esto, acordaron de 
facer minas para les tomar el agua. E como el marqués lo sintie- 
se, lizo luego contraminar, de tal manera, que ovo muy grandes 
peleas por tomar el agua, en que murieron muchos cristianos e 
moros. E el marqués continuamente, como esforzado caballero, de 
noche e de dia siempre armado, nunca cesaba requerir todas las 
estancas, esforzando mucho todos los caballeros y gentes que con 
él estaban, como ellos non tuviesen otro mayor bien y descanso 
que en lo ver, según la gran fortuna en que estaban y la gran no- 
bleza y esfuerzo grande que del conocían. E algunas veces acon- 
teció que veyendo el marqués que la gente enflaquecía e non pe- 
leaba con aquella ardideza que conven ia para defender la mina, 
se metía en el agua fasta las rodillas, e por su mano puso fuego á 
las ])alizadas que los moros facían, por dar enjemplo á todos que 
non se excusasen de facer lo que debían; e duró este cerco cua- 
renta e dos dias, en el cual tiempo el marqués e los otros caballe- 
ros que allí estaban con él, trabajaron maravillosamente, e por la 
gracia de la Santísima Trinidad y de Nuestra Señora la Virgen 



205 

María y por el consejo y esfuerzo del marqués, aquella cibclad se 
ganó e defendió. E como el rey don Fernando e la reyna doña 
Isabel, su mujer, á la sazón estuviesen en Medina del Campo, que 
eran venidos del reyno de Aragón, fueron certificados cómo el 
marqués y los otros caballeros que en su compañía hablan ido, 
estaban cercados en la cibdad de Alhama. E el rey se partió luego 
á más andar, matando muías e caballos por llegar en persona en 
socorro del marqués y caballeros que con él estaban. E como la 
marquesa oviese mucho procurado de requerir, non solamente á 
los parientes e amigos del marqués e suyos, mas aun al duque de 
Medina Sidonia, como quiera que entre el marqués y él algunos 
debates oviesen pasado; los cuales como lo supieron, non se retar- 
daron, mas muy apriesa ellos y sus gentes en los prados de Ante- 
quera se juntaron para ir en el socorro; coaviene á saber: el duque 
de Medina Sidonia, don Enrique de Guzman; e don Rodrigo Te- 
llez Girón, maestre de Calatrava; e don Diego López Pacheco, 
marqués de Villena; e don Diego de Córdoba, conde de Cabra; e 
don Alonso, señor de la casa de Aguilar; e Lope Vázquez de Acu- 
ña, adelantado de Cazorla, que después fué conde de Buendia; e 
Martin Alonso de Montemayor, señor de Aleándote; e el alcaide 
de los Donceles; e Garci Fernandez Manrique; e Juan de Avila, 
señor de Cebolla, corregidor de Baeza, e las gentes de sus cibda- 
des e villas; e de las cibdades de Sevilla, e Córdoba, e Xerez, y 
Ecija, e Carmena, de los cuales se juntaron más de diez mil de 
caballo e treinta e cinco mil peones. E de allí contiuuaron su ca- 
mino para ir á descercar al marqués e caballeros que con él esta- 
ban, e acordáronse que como todos fuesen en caso que tanto me- 
nester era, y tanto servicio de Dios y de la corona real, que cada 
uno se debia esforzar á facer lo que debia, sin haber acatamiento 
á ningún pundonor. E todos determinaron que porque don Alonso 
de Aguilar era más vecino de aquella comarca, e tenia adalides 
que mejor la podían saber que oti'os, que levase la delantera, e que 
todos los otros en sus batallas ordenadas fuesen como convenia á 
sus estados y honores. E como el rey don Fernando oviese llegado 
á la Rambla, habiendo andado muy grandes jornadas por se fallar 
en persona en aquel socorro, fué certificado como toda la gente era 



206 

ya entrada, de lo cual su alteza rescibió grande enojo, por non 
llegar á tiempo de entrar con ellos. E los caballeros ya entrados 
por el rey no de Granada y llegados á vista de Alhama, á un lugar 
que dicen el campo de Dona, que es un llano muy grande y muy 
gracioso, como los moros fuesen certificados de la venida de aque- 
llos caballeros, levantaron el real e fuéronse muy desesperados de 
recobrar por entonces aquella cibdad. E como llegaron los caba- 
lleros cerca de la cibdad de Alhama, el marqués e los otros caba- 
lleros que con él estaban con dos mil de caballo, dexando la cib- 
dad á buen recabdo, con grande alegría salieron á los rescebir, 
llevando el marqués sus batallas bien ordenadas; e llegados los 
unos á los otros, se ficieron mu}' grande acatamiento; y de la una 
parte y de la otra habia tantas trompetas , cheremias y ataba- 
les, que era gloria de ver el alegría que todos facian. Y en este 
medio tiempo, que seria hora de medio dia, como la marquesa 
oviese enviado las tiendas del marqués, e con ellas muy grandes 
mantenimientos de mucho pan, e vino, e pescados, e frutas, e 
conservas de muchas maneras, según el tiempo que era en cuares- 
ma, e fecho el rescibimiento por el marqués con muy alegre cara 
á estos señores que con el socorro vinieron, les rogó les pluguiese 
de comer con él. E como las tiendas del marqués ya fuesen puestas, 
e todo á punto lo que convenia muy complidameute, los caballeros 
se fueron á comer con el marqués, e á los que en la cibdad queda- 
ron, envió muy gran parte del mantenimiento que allí tenia. E 
después que ovieron comido, el marqués ordenó que quedasen en 
la cibdad Diego de Merlo, asistente de la cibdad de Sevilla, e don 
Alonso de León, su primo, fijo de don Fernando de León, su tio, 
e Pedro de Pineda, veinte e cuatro de Sevilla, e otros caballeros 
suyos, con toda la gente que menester hablan de sus tierras, e 
mandó meter muchos mantenimientos e artillerías para el defen- 
dimiento de aquella cibdad, e partióse el marqués y los otros 
caballeros que en su socorro vinieron, e llevaron su camino, fa- 
ciendo sus jornadas pequeñas, como convenia á gran hueste, fasta 
que llegaron á la líambla donde el rey don Eernaudo estaba, el 
cual como supiese la venida dellos, los salió á rescebir, e ovo muy 
gran i)lacer en ver junta tanta noble gente, e fizo al marqués se- 



207 

ñaladamente muy grande honrra, porfiando con él de le non dar 
la mano, e púsole á la su mano derecha e al duque de la otra par- 
te. E dixo el rey: ¡üli bendito sea Dios Nuestro Seuor, que en mi 
tiempo quiso que oviese un conde Fernand González e un Cid Ruy 
Diaz! E fablando en muchas cosas, llegaron con él á la villa, y el 
rey quiso saber por istenso todas las cosas que en la cibdad de 
Albania hablan acontecido, e sabidas, rescibió grandísimo placer, 
6 echó los brazos encima al marqués y le prometió de le facer 
muchas mercedes, y el marqués con gran i'everencia y acatamiento 
besó las manos á su alteza. Y otro dia de mañana el rey se partió 
para Córdoba, e con él todos los grandes de su Corte, y el marqués 
se despidió de su alteza, y dadas infinitas gracias á todos los 
caballeros que en su socorro fueron, se partió para Marchena, 
donde la marquesa su mujer estaba, e llevó consigo al duque de 
Medina Sidonia, al cual fizo muy grandes fiestas, e le dio muy 
ricas joyas e cativos que de Alhama traia, e non menos reparti- 
miento fizo con los otros caballeros. 

E otro dia el duque se partió para la su villa de Sanlúcar, y el 
marqués salió con él más de una legua, e allí se abrazaron, e pa- 
saron entre ellos algunas razones secretas, y con mucho placer se 
despidieron el uno del otro, y el marqués se volvió para la su 
villa de Marchena. El cual, estando ya en ella con gran reposo, 
acordándosele de tan señalada merced como Nuestro Señor Dios 
y la Virgen María le habia fecho en tomar aquella cibdad, donde 
con tan grande honrra salió, determinó de noblecer mucho la 
mezquita mayor de la cibdad de Alhama, e la fizo consagrar, e 
mandó facer ricos altares, e le dio muchos ornamentos de vesti- 
mentos, e libros, cruces e cálices, e ricos frontales, e mandó 
poner en el altar mayor una imagen de Nuestra Señora la Virgen 
María, muy rica y devotísima, y mandó que la iglesia fuese lla- 
mada Santa María de la Encarnación, e mandó quitar todos los 
tableros de sus tierras, que cada un año le rentaban un cuento, 
por quitar muchas blasfemias en que Dios era ofendido. 



208 



CAPITULO XVI. 

CÓMO LOS MOROS ESCALARON LA CIBDAD DE 

ALHAMA, E DESPUÉS DE ENTRADOS EN ELLA, FUERON 

ECHADOS POR FUERZA DE ARMAS, POR CIMA DE LOS ADARBES, 

E FUERON MUERTOS E PRESOS MÁS DE DOSCIENTOS 

CINCUENTA. 

Dende á pocos días que el marqués de Cádiz se partió de Al- 
hama, un dia antes del alba, los moros, con el gran sentimiento 
que tenian de tan gran pérdida, escalaron la cibdad por la parte 
del aposentamiento de don Alonso de León, e de los alcaides Ro- 
drigo Narvaez, e Pedro de Pineda, e Ruy Sánchez de Cádiz, e 
Juan de Talayera, todos caballeros, parientes e criados del mar- 
qués, e como aquella parte del adarbe por donde escalaron era 
tan alto, de tal manera que creian por allí non se poder escalar, 
ninguna vela tenian, y por eso ovieron logar de entrar más de 
trescientos moros antes que fuegen sentidos; e como tantos se 
viesen entrados en la cibdad, dieron una gi'ita muy grande, á la 
cual plugo á Dios Nuestro Señor que los cristianos despertaron» 
e á muy gran priesa tomaron las armas que más pudieron don 
Alonso de León, e Pedro de Pineda, e los otros alcaides del mar- 
qués, e sus gentes; e con grande vigor y esfuerzo pelearon con los 
moros, de manera que antes que los otros caballeros y gentes vi- 
niesen al socorro, habían muerto y desbaratado á los moros, los 
unos derribados del adarbe, e los otros muertos á fierro, e otros 
presos, en que se perdieron más de dos cientos e cincuenta moros, 
entre los cuales fué muerto un fijo del Alatar, alcaide de Loja, 
que era un valiente caballero, e así se fueron los moros fuyendo 
muy tristes y con gran pérdida de muy principales hombres que 
allí se perdieron. 



209 



CAPITULO XVII. 

DEL CONSEJO QUE EL REY OVO EN LA PEÑA DE 

LOS ENAMORADOS, E CÓMO DETERMINÓ IR SOBRE LOJA, E DE 

LO QUE ENDE ACAECIÓ. 

Estando el rey don Fernando e la reyna doña Isabel, su mujer^ 
en la cibdad de Córdoba con los grandes de sus reynos, conviene 
á saber: don Luis de la Cerda, duque de Medina Cali; e don Bel- 
tran de la Cueva, duque de Alburquerque; e don Alonso de Cár- 
denas, maestre de Santiago; e don Rodrigo Tellez Girón, maestre 
de Calatrava; e don Pedro de Velasco, condestable de Castilla, 
condo de Haro; e don Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz; 
conde de Arcos, e don Diego López Pacheco, marqués de Villena; 
6 el conde de Urueña, e el conde de Cabra, e don Grutierre de 
Cárdenas, comendador mayor de León; e don Alonso, señor de la 
casa de Aguilar; e don Iñigo de Mendoza, conde de Tendilla; e 
don Enrique Enriquez, fijo del almirante don Fadrique; e Martin 
Alonso de Montemayor, señor de Aleándote; e Martin Fernandez 
de Córdoba, alcaide de los Donceles, e muchos otros caballeros y 
gentes de sus reynos, los cuales estaban allí ayuntados para 
entrar con el rey en el reyno de Granada contra los moros infie- 
les, enemigos de nuestra Santa Fé Católica; e su alteza se partió 
de Córdoba para la cibdad de Ecija, e de allí fué á Estepa, e á 
los prados de Antequera, e de allí fué á la Peña de los Enamora- 
dos, que es entre Antequera e Archidona, donde mandó llamar 
á todos los grandes que con él iban para haber su consejo con 
ellos dónde les parecía que sería mejor ir á poner cerco. En el 
cual consejo ovo diversas opiniones, diciendo cada uno su pare- 
cer; e como muchos oviese que dijesen que debían ir sobre Loja, 
el rey dijo á don Rodrigo Ponce de León: ¿Marqués, qué vos pa- 
rece que debemos facer'? El cuál respondió: Señor, paes que vues- 
tra alteza sigue esta obra tan santa y tan buena contra los moros, 
paréceme que vuestra alteza debe buscar el camino más corto para 
los destruir; el cual es que vuestra señoría quiera poner el sitio 
sobre Alora, que es muy más ligera cosa de ganar que Loja, e 
Tomo CVL 14 



210 

los moros están muy quebrados e non tienen logar de venir á la 
socorrer; e Loja es cosa muy más fuerte, y es cierto que está muy 
bastecida, así de gente, la mejor del reyno de Granada, como de 
mantenimiento e artillerías para se defender, y está tan vecina 
de Granada, que non se puede tanto cercar, cuanto non hayan 
luo-ar de ser socorridos de gente cada día por la sierra, sin gelo 
poder resistir, e vuestras gentes podrían rescibir gran daño, por- 
que en Loja hay hoy mucha gente, y es menester de se poner dos 
reales, los cuales estarán á gran peligro, según el sitio donde se 
han de poner; e tomándose Alora, perderse yan los valles de 
Cártama e de Santa María, e todos los otros lugares cercanos, en 
lo cual rescibirian los moros muy gran pérdida, y vuestra em- 
presa gran favor; por ende vuestra alteza faga lo que más le pla- 
cera, que este es mi parecer. 

E todo esto así razonado por el marqués de Cádiz, don Gutierre 
de Cárdenas, comendador mayor de León, se levantó, e dixo al 
rey; — Señor, poner el sitio sobre Loja, es muy más convenible á 
vuestro servicio, porque tomada aquella cibdad, estará mejor 
acompañada Alhama, e habrá mejor lugar para que la recua en- 
tre más segura, cuando quiera que menester sea; e yo creo bien 
que vuestra alteza muy ligeramente la tomará, cuanto más que 
vuestra alteza lo tiene ya así ordenado, e non se debe este consejo 
mudar. E el rey aprobó este consejo por bueno, y salidos del con- 
sejo, mandaron cabalgar toda la gente, e continuaron su camino, 
e andovieron tanto, que otro día á medio día llegaron sobre la 
cibdad de Loja, e pusieron sitio sobre ella, e asentaron su real 
desta guisa: que porque el marqués de Cádiz dijo que era cosa 
muy conveniente dos reales, el rey mandó que el maestre de Ca- 
latrava, y el marqués de Cádiz, y el marqués de Villena, e el con- 
de de Urueña, y don Alonso de Aguilar, con dos mil de caballo 
6 diez mil peones, pusiesen su real en un lugar que los moros lla- 
maban Santo Almohacen, que es muy cerca de la cibdad, y el rey 
mandó asentar su real en una rehoyada que es entre el río de 
Xenil y la sierra, junto con las huertas; y esto puesto así en obra, 
aquel dia tuvieron asaz que facer en asentar los reales. E otro 
dia de mañana, el rey mandó que llevasen cuatro robaduquines al 



211 

real del marqués de Cádiz, e maestre de Calatrava, fasta que el 
artillería llegase, y envió mandar al marqués de Cádiz que aque- 
lla noche toviese la guardia en la sierra con su gente, el cual 
cumplió su mandato ; e í'uéle forzado de estar á pié , porque la 
sierra era tan fragosa, que non se podia cabalgar; e así el marqués 
estovo toda aquella noche con su gente en aquella sierra, e con 
gran frío, e á gran peligro, porque aquella sierra es desigualmen- 
te fría; e otro dia sábado de mañana, el marqués de Cádiz se vino 
al real, por dormir y reposar del gran trabajo que la noche antes 
él y sus gentes habían pasado. Y en este tiempo, los moros salían 
de la cibdad á escaramuzar con la gente del real á un llano que 
es debajo de Almohacen, e como la gente del maestre de Calatra- 
va viese salir así á los moros, fueron á escaramuzar con ellos, e 
los moros tenían una celada puesta detrás de unas peñas donde 
tenían muchos ballesteros y espingarderoa, e los moros de caballo 
que primero se mostraron serían fasta cincuenta. E á cada vuelta 
que daban en el escaramuza, crecían tanto, que se ficieron núme- 
ro de doscientos de caballo; e como los caballeros cristianos se 
llegasen cerca de las peñas donde la celada estaba, rescebian muy 
gran daño de las espingardas e ballestería; e como esto supiese el 
maestre de Calatrava que estaba más cercano, cabalgó en un ca- 
ballo á gran priesa, con solamente corazas e adaraga, por ir á re- 
traer su gente de la escaramuza; e como no supiese de la celada 
que tras las peñas estaba, llegando allí, fué ferido de dos saetas, 
una que le pasó el pescuezo, e otra por el escotadura del brazo iz- 
quierdo; e como se sintió ferido, volvió la rienda al caballo , e 
vínose para su tienda, e dende á poco espacio murió; de que el rey 
e todos los grandes que ende estaban ovieron muy entrañable 
sentimiento, e la gente común tomó muy gran desmayo, e como 
de fuerza los cristianos se ovieron de apartar retrayéndose, los 
moros se esforzaron tanto, que dieron una grande arremetida con- 
tra los cristianos, de tal manera, que los ficieron retraer fasta los 
■meter en su real; e como los moros conoscieron el gran desfalle- 
cimiento y desmayo de los cristianos, esforzáronse mucho más, e 
sin ningún recelo, comenzaron á entrar por ambos dos reales, e 
■facer todo cuanto daño pudieron, sin fallar ninguna resistencia. 



212 

E los hombres de armas que estaban en las estancas, que eran del 
duque de Alba, e del conde de Feria, e de don Juan, señor de 
Alconchel, desmamparáronlas, sin ninguna vergüenza, e los mo- 
ros las tomaron. E tanto entraron por el real del maestre , que 
llevaron dende los robaduquines, e otras muchas cosas. E como el 
marqués de Cádiz e toda su gente estoviesen reposando del gran 
trabajo que la noche de antes habian pasado, e 03'ese la gran gri- 
ta e alborozo de los moros, levantóse á muy gran priesa, e tomó 
unas corazas, e un adaraga, e una espada en la mano, e cabalgó 
en un caballo, e salió como un león bravo con fasta cincuenta ro- 
cines de los suyos que más presto se aparejaron, e comenzó á pe- 
lear con los moros de tal manera, que los fizo retraer e dejar las 
estancas que habian ganado, donde fueron muertos y feridos mu- 
chos moros, y pocos de los cristianos, y el marqués estovo allí á 
muy gran peligro, por las muchas espingardas y ballestas que los 
moros trayan , á donde le mataron un caballo, e le firieron otro; 
e milagrosamente Dios, Nuestro Señor, á ruego de su bendita Ma- 
dre, cuyo devoto él mucho era, lo guardó. E estando así peleando, 
comenzó ú venir alguna de su gente, entre los cuales llegó á él 
un sobrino suyo que llamaban Pedro de Pineda, el cual le dio un 
capacete que apenas le cabia en la cabeza, e allí se juntó con él 
don Francisco, fijo del duque de Plasencia, el cual peleó allí como 
buen caballero; e el marqués de Cádiz tovo aquel lugar toda esa 
tarde fasta que fué anochecido. E como la gente del maestre tovie>- 
se muy gran sentimiento de la muerte de su señor, de tal manera 
perdieron el corazón, que todos fuyeron cada uno como mejor 
podia, e non solamenle aquéllos, mas muchos otros de los que en 
el real estaban. E los principales caballeros que allí estaban, des- 
que vieron el daño tan conoscido, mandaron derribar sus tiendas, 
e pasáronse al real del rey, y el marqués de Cádiz quedó allí 
aquella noche con muy gran trabajo y peligro. E otro dia de ma- 
ñana, la gente del real, desacordada e sin mandado del rey, CO" 
raenzaron á derribar sus tiendas, y cargar, e irse á más andar; e 
la gente que non tenia mucho fardaje, ibase toda, sin haber per- 
sona que la pudiese detener. E como los moros de la cibdad esto 
viesen, salieron della á muy gran priesa fasta dos mil e quiaien- 



213 

tos hombres, e comenzaron á entrar por el real, matando e firien- 
do, e robando, sin tallar ninguna resistencia, 

Y el marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León envió á 
decir al rey con Pedro Diaz de Villacreces, caballero de su casa, 
que mandase detener la gente, la cual si así se fuese, todo esta- 
ría puesto á peligro de se perder. E su alteza respondió que él 
habia trabajado cuanto había podido, e non los podia detener; 
mas que le rogaba que él tomase el cargo de los detener, en lo 
cual le faría señalado servicio. E luego el marqués de Cádiz dejó 
su gente con su bandera y él se fué á más andar por los detener, 
firiendo muchos hombres y caballos, diciéndoles muchas veces, como 
caballero de grande honrra y esforzado, de cuan gran maldad y 
deslealtad facian en dejar á su señor el rey en el campo y en tan 
grande afrenta de sus enemigos. E por más que trabajó, nunca 
los más dellos dejaron de continuar su camino sin ninguna ver- 
güenza irse fu)'endo. E los moros en tanto facian gran daño en 
el real, e fué tan grande la turbación de los cristianos, que los 
señores non sabían de sus gentes, nin las gentes de sus señores, e 
así todos desacordados iban fuyendo, los unos por unas partes, e 
los otros por otras. E como esto viese el marqués de Cádiz, que 
el rey su señor y todo estaba á tan gran peligro, como esforzado 
y leal caballero, quiso ofrecer su persona á la muerte, y enco- 
mendándose á Nuestra Señora la Virgen María, entró por el real, 
y peleó tan bravamente con los moros, matando e firiendo en 
ellos fasta los botar fuera. E volvió el marqués por el real e falló 
al Condestable, e al duque de Albürquerque, e al conde de Ten- 
dilla, casi perdidos, que habían quedado en el real por poner en 
él recabdo si pudieran. Y el Condestable dijo al marqués de Cádiz: 
— Señor, por me fallar cerca de vos y debajo de vuestra bandera, 
me parece que esto en la torre del homenaje de la mi fortaleza de 
Frías. Y el marqués le respondió: — Señor primo, esta bandera 
es vuestra y la gente también, e yo vo debajo della. E en esto 
estando, los moros dieron vuelta con más crecida gente, y entra- 
ron faciendo daño por el real. Y el marqués de Cádiz, esforzan- 
do mucho su gente, arremetió con ellos, peleando muy reciamen- 
te, matando e firiendo en ellos fasta los meter por los arrabales. 



214 

e lueo-o los cristianos volvieron al real á coger sus tiendas que 
habian dejado perdidas en poder de los moros, y el marqués es- 
tovo allí fasta que todo lo acabaron de coger y cargar; y esto asi 
fecho, el marqués y los otros caballeros subiéronse arriba, donde 
el rey estaba con asaz poca gente, que serían fasta ochocientos de 
caballo. E como parecían grandes polvos por el camino de Gra- 
nada, algunos dijeron que era el rey moro que venia con todo su 
poder; e tan grande fué el esfuerzo del rey, que esperó allí, e se 
tovo por dicho de le dar la batalla con esa poca de gente que tenía 
al rey de Granada si viniera. E así estovo allí fasta cerca de me- 
dia noche, esperando que cargasen todos los pertrechos e artille- 
rías, que cosa dello non se perdiese, e de allí se partió su alteza 
para Rio Erio, donde después de llegado, envió llamar al mar- 
qués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, e gradecióle mucho 
el servicio tan señalado que allí le habia fecho, e mandóle que 3& 
fuese á Córdoba, donde él y la reyna doña Isabel, su mujer, le 
farian mercedes; e el rey se partió de allí para Córdoba, y lie" 
gando al rio de las Yeguas, el marqués besó las manos á su alte- 
za y se fué para la su villa de Marchena, donde con mucha ale- 
gría fué rescibido, e dende A pocos dias el marqués se fué para 
Córdoba, y el i*ey y la reyna lo rescibieron muy bien e le ficieron 
grande honrra y merced señalada del cargo y descargo de su.' 
cibdad de Cádiz, que fasta entonces non lo levaba, que renta ua 
cuento de maravedises en cada un año. 



215 



CAPITULO XVIII. 

DE CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ, DON RODRIGO 

PONCE DE LEÓN, FUÉ POR ESCALAR LA VILLA E FORTALEZA 

DE SETENIL, E FUÉ SENTIDO, E MANDÓ CORRER LA VILLA, E DB 

ALLÍ FUÉ Á. PONER CERCO SOBRE LA TORRE DE LAS 

SALINAS, E LA COMBATIÓ E DERRIBÓ, E 

LLEVÓ DE ALLÍ DOCE MOROS QUE 

DENTRO ESTABAN. 

Año de mil e cuatrocientos e setenta (1) años, estando el 

marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de Leen, en la su villa de 
Marchena, ya partidos el rey e la reyna á Castilla, dos adalides 
del marqués le vinieron á facer saber cómo hablan tentado la 
villa de Setenil, e como quiera que fuese muy fuerte, ellos enten- 
dían darle orden cómo se pudiese escalar. E luego el marqués^ 
por ser mejor certificado, envió dos criados suj'os que sabian bien 
la tierra para que mirasen si era verdad aquello que los adalides 
decian, los cuales fueron, y con gran diligencia lo tentaron, e fa- 
llaron que los adalides hablan dicho verdad, e ficieron dello rela- 
ción al marqués, el cual, como siempre continuo fuese su deseo 
de servir á Dios y á la corona real, luego mandó llamar la gente 
de la a\\ cibdad de Arcos, e de todas las otras sus villas e luga- 
res, e á todos los caballeros y escuderos de su casa que vivían en 
las cibdades de Sevilla, e Xerez, e Ecija, e Carmena, e juntó fasta 
nuevecientos de caballo e cuatro mil peones, con la cual gente 
se partió de allí e fué á tener dia á un valle que llaman Guada- 
manil, que es á dos leguas de Setenil, e desde allí ordenó la 
gente que debia ir con el escalador, e mandó que se fuesen ade- 
lante, y envió después de aquellos la gente de pié que era me- 
nester para el socorro después que la villa fuese escalada, e or- 
denó sus batallas como convenía, y el escalador e los que con él 
iban echaron sus escalas sin ser vistos, e comenzaron á subir por 
ellas. E como uno de los que subían por el escala llevase un ca- 

(1) En blanco. 



216 

pácete colgado del brazo, e al subir se le quebrasen las correas, 
dio un tan gran golpe en una peña, que las velas lo oyeron, e 
luego comenzaron á dar grandes voces, e levantóse toda la gente 
e socorrieron aquel logar donde oyeron el golpe, e comenzaron 
de lanzar piedras, y el escalador y los que con él iban se volvie- 
ron por donde hablan venido, e contaron al marqués el caso 
acontecido, de que ovo muy grande enojo; mas dio muchas gra- 
cias á Dios y á su bendita Madre por haber salido aquella gente 
sin rescibir daño. E el marqués con su gente estovo allí fasta el 
dia, e mandó correr el campo fasta las puertas de la villa, e fizo 
talar todas las huertas e las viñas, e de allí se partió para una 
fortaleza que es entre Setenil y Ronda, que se llamaba la torre 
de las Salinas, que era muy fuerte e asentada en un cerro muy 
alto, en la cual estaban diez moros, 3' aquella torre era guarda e 
atalaya de toda aquella tierra. E el marqués la mandó combatir 
con gruesos tiros de pólvora, y espingardas, e ballestería, e á es- 
cala vista la tomó por fuerza de armas, e tomó presos los moros, e 
mandó sacar della todo lo que en ella estaba, e mandóla derribar 
toda llana por el suelo, en lo cual los moros rescibierou gran 
daño, e fué comienzo para se haber de perder más presto aquella 
tierra. E de allí el marqués se partió con toda su gente muy ale- 
gre para la su villa de Marchena, dando muchas gracias á Dios 
por tanto bien y merced como cada dia le facía, e fizo mercedes á 
los que aquella torre escalaron. 

CAPITULO XIX. 

COMO EL BEY DON FERNANDO PARTIÓ DE CÓRDOBA 

E FUÉ PONER CERCO SOURE TAJARA, E NON QUERIENDO EL 

REY QUE GENTE ALLÍ MURIESE, MANDÓ QUE NO SE COMBATIESE, 

Y EL MARQUÉS DE CÁDIZ CON SU GENTE Y CON 

LICENCIA DEL REY LA COMBATIÓ E SE 

LA DlÓ Á pleitesía. 

En el año de mil e cuatrocientos e ochenta e tres años, el rey 
don Fernando, continuando su alta empresa, vino á la cibdad de 
Córdoba, e con él muchos grandes de sus reynos. E de allí deter- 



217 

minó de entrar en el reyno de Granada, e todo3 los más lugares 
que pudiese. E así lo puso en obra su alteza, e talando la vega, 
llegó el rey á un lugar que llaman Tajara, en que estaba una 
buena, fortaleza, la cual mandó combatir con sus tiros de pólvora. 
E como la gente suya rescibiese gran daño de las espingardas e 
ballestas que los moros tenian, e como el rey era mu}' piadoso y 
amador de los suyos, non queriendo que rescibiesen daño, mandó 
cesar el combate, e acordó de se partir de allí sin más combatir 
aquella fortaleza. E como el marqués de Cádiz, don Rodrigo 
Ponce de León, ese dia oviese estado en la guarda del campo, e 
venido en la noche, supo el caso pasado, e parecióle ser gran 
mengua que aquella fortaleza así oviese de quedar; e suplicó al 
rey que le diese licencia para la combatir con su gente, y el rey 
gela dio. E otro dia de mañana el marqués mandó armar toda su 
gente, e mandóles que tomasen bancos pinjados e los arrimasen á 
la fortaleza, e mandóla combatir fuertemente, e ganóse una gran 
parte del muro, E ya puestos los puntales e queriéndoles poner 
fuego, como los moros esto sintieron, acordaron de se dar á la 
merced del rey para que dellos ficiese lo que le pluguiese. E los 
moros que en esta fortaleza estaban eran ciento e treinta moros; e 
salidos y entregada al marqués la fortaleza, él se vino para el 
rey, e su alteza ovo muy gran placer de la buena cuenta que el 
marqués había dado en tomar aquella fortaleza. E por toda la 
hueste fué mucho loado lo que el marqués fizo, y el rey mandó 
derrocar toda la fortaleza, llana por el suelo. 



218 



CAPITULO XX. 

DE LA ENTRADA QDE FICIERON EL MAESTRE 

DE SANTIAGO, Y EL MARQUES DE CÁDIZ, Y MUCHOS 

OTROS CABALLEROS, E CÓMO POR MAL CONSEJO FUERON 

TODOS DESBARATADOS EN EL AXARQUIA DE MÁLAGA, E FUERON 

PERDIDOS, MUERTOS E CATIVOS MÁS DE MIL CRISTIANOS 

EN AQUEL DESBARATO, LO QUE NON FUERA SI 

EL CONSEJO DEL 3LARQUÉS DE CÁDIZ, 

DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, 

SE TOMARA. 

Como el rey don Fernando e la reyna doña Isabel, su naujer^ 
fuesen partidos á Castilla para entender en algunas cosas compli- 
deras á su estado real, en el año de mil e cuatrocientos e seten- 
ta (1 ) años, estando el marqués de Cádiz, don Rodriga 

Ponce de León, en la su villa de Marchena, y el maestre de San- 
tiago en Ecija por frontero, al maestre se ofreció un ardid por 
un tornadizo, al cual llamaban Bernaldino de Osuna. El cual 
se le ofreció que le darían una gran cabalgada de unas aldeas, e 
mucho ganado en el Axarquia de Málaga, que es de aquella parte 
della, e que la salida había de ser por cerca de aquella cibdad, 
que era camino muy llano, por donde las batallas podían salir se- 
guramente; e como el maestre fuese deseoso de dar buena cuenta 
del cargo que tenia, escribió al marqués de Cádiz, rogándole mu- 
cho le pluguiese se viesen en uno entre Ecija e Marchena, para 
haber de fablar con él algunas cosas complideras al servicio de 
Dios y de los reyes, lo cual pusieron en obra. E allí juntos, el 
maestre fabló con el marqués muy largamente toda su voluntad, 
é le rogó mucho le quisiese facer tamaño bien que ambos fuesen 
en compañía para facer aquella entrada. E el marqués de Cádiz 
le respondió; que porque ei'a tanto servicio de Dios y de la corona 
real ir contra los moros infieles, y también por amor suyo, que 
era muy contento dello; pero que le rogaba mucho que lo mirase 

(1) En blanco. 



21Í) 

tien primero, porque la entrada era muy peligrosa, por ser tierra 
tan fragosa y áspera que poca gente de los moros podian facer tan 
gran daño donde poca honrra se pudiese sacar. Y el maestre le 
respondió que él estaba muy bien certificado que la entrada era 
muy buena y segura. Y esto acordado, se partieron: el marqués á 
la su villa de Marchena, y el maestre para Ecija, de donde escri- 
bió al conde de Cienfuentes, don Juan de Silva, que era á la 
sazón asistente de Sevilla, e <i don Alonso de Aguilar, que les 
pluguiese de ser en esta entrada con él. Y el marqués de Cádiz 
escribió á don Pedro Enrriquez, adelantado mayor del Andalucía, 
rogándole mucho que le pluguiese de ser en este concierto; como 
quiera que el marqués todo lo facía contra su voluntad, temiendo 
lo que después fué. e al adelantado le plugo de lo facer. E luego 
el miércoles adelante, que fueron diez e nueve de Marzo del dicho 
año, todos estos caballeros con sus gentes fueron juntos en Ante- 
quera, donde se platicó mucho en el ardid que el maestre tenia. 
£ los adalides del marqués decían que la tierra era muy fragosa, 
e muy peligrosa en la salida, y el marqués contradijo mucho otra 
vez aquella idea, por no haber fallado él aquella tierra, e aun por 
dar fé á sus adalides, que los había él por muy ciertos, e quisiera 
él mucho ir á otra parte donde más provecho e honrra estaba se" 
guro de haber, e menos inconvinientes, de lo cual él estaba mucho 
bien informado, porque nunca jamás falló falta en sus adalides. 
Y el alcaide de Antequera, aficionóse mucho al ardid del Bernal- 
díno, y con él todos los de Antequera, los cuales insistieron que 
todavía se debia facer aquel viaje. E al fin, como el ayuntamiento 
de aquellos caballeros oviese seydo á requesta del maestre, todos 
determinaron de estar á lo que á él le pluguiese. E asi á él plugo 
que se pusiese en obra lo por él determinado , pues que el alcaide 
de Antequera, e los de aquella villa que sabían bien aquella co- 
marca, les parecía que se debia facer. E aquel día, miércoles, co- 
menzaron su camino; e levaron la delantera el adelantado, e don 
Alonso de Aguilar, e algunos otros capitanes del rey con la gente 
de Antequera, que serian fasta ochocientas lanzas, con las cuales 
iban los adalides llevando la guía. E luego en pos de aquella ba- 
talla iban el conde de Cienfuentes con fasta doscientas lanzas. E la 



220 

tercera batalla llevaba el marqués de Cádiz con setecientas lanzas; e 
todas estas gentes así ordenadas, andovieron todo aquel dia e la no- 
che; e por mucho que andovieron, non pudieron llegar á las aldeas 
que pensaban fasta otro dia jueves en amaneciendo. E á cabsa de 
la tardanza, e por haber seydo sentidos, todos los moros, con lo 
principal que tenian, se alzaron á las torres e á lo más agro de la 
sierra, en tal manera, que ninguno se tomó, salvo quince moros 
e diez moras que algunos de los del marqués tomaron en una al- 
dea que el marqués entró, la cual mandó quemar después de tomar 
lo que en ella fallaron, e asimesmo robaron e quemaron otras mu- 
chas aldeas. E como el maestre trajese la zaga, e pasase por una 
aldea que se llamaba Modinete, que se habia quemado, los moros 
que so habian retraido á una torre, salieron della, e dieron en 
la zaga de la batalla del maestre , e matáronle veinte de caballo, e 
á los caballos con ellos, e tomaron ciertas acémilas de su fardaje; 
e toda la más gente de su batalla se fuyó, salvo algunos pocos 
criados suyos que con él quedaron, los cuales ficieron rostro á los 
moros, e lo ficieron muy bien. E como el maestre se viese en tan 
gran peligro, envió demandar socorro al marqués, el cual estaba 
más de media legua en unas aldeas que mandaba quemar. El cuál 
como lo supo, vino prestamente donde el maestre estaba, e después 
de llegado, pelearon con los moros. E el marqués apretó con ellos 
tan reciamente que mató la mayor parte dellos, e los otros fuyen- 
do, se metieron en la torre E de allí el maestre y el marqués con 
6U gente siguieron su vía pasando por otros algunos, muy malos 
pasos, fasta que todos llegaron á la ribera de la mar á un lugar 
que se llamaba Bisillana. E de allí tomaron su camino por salir 
al camino de Málaga, como el adalid Bernaldino les habia dicho, 
llevando la delantera los caballeros que primero la habian traído, 
e luego en pos dellos el conde de Cienfuentes, e después el maes- 
tre, e la rezaga llevó el marqués. E fueron asi continuando su 
camino, el cual era muy áspero, e de malos pasos; e los moros 
todavía trabajaban por facer daño en la rezaga ; pero dióse en 
ello tan buen recabdo, que el marqués peleó con ellos, y mató 
más de doscientos dellos, de caballo y de pié, de manera que 
los moros quedaron tan lastimados que por entonces dejaron 



221 

de le seguir. E les adalides guiaron tan mal, que metieron la gen- 
te en lugares tan ásperos y tan fragosos, que no habia hombre 
del mundo que dellos pudiese salir. E pasó la delantera por el 
primer paso malo, e toda la gente, sin rescebir daño fasta que el 
marqués de Cádiz llegó, que traia la rezaga. E algunos de los 
moros comenzaron á pelear con el marqués, e plugo á Nuestro 
Señor Dios, aquel que siempre le dio victoria en todos sus fechos, 
que se dio atan buen recabdo, que ni él ni su gente non rescibie- 
ron daño ninguno, como quiera que los moros tirasen muchos tiros 
de ballestas y espingardas, nunca les empecieron, y el marqués 
y todos los otros siguieron su via, creyendo ser pasado lo más 
fuerte e que adelante todo era llano. E yendo así todos, á la hora 
del Avemaria, llegaron á un arroyo muy fondo, que lo señorea- 
ba una sierra, la cual habian tomado los moros, e las delanteras 
pasaron sin rescebir daño, salvo la batalla del maestre, e del mar- 
qués, que quedai'on atrás; e los moros comenzaron á pelear con 
ellos, e fuéles forzado de acometer subir la sierra contra los moros. 
Y el marqués y el maestre arremetieron juntos, y el marqués subió 
más la sierra fácia los moros, y el maestre y su gente no pudieron 
tanto subir, porque era muy fragosa, e recebian gran daño de los 
moros. E allí quedaron el alférez del maestre e otros algunos; e al 
marqués firieron el caballo, de tal manera, que cayó; e un criado 
suyo le dio otro luego en que salió, al cual después fizo largas 
mercedes. Y en esto cerró la noche, y todos subieron á una loma 
bien alta, e allí conocieron cómo las guardias que fasta allí habian 
guiado habian llevado muy mal camino, e tomó la guia un ada- 
lid del marqués, el cual iba con él en la delantera, con alguna 
gente de la suya, e otra que se le habia llegado, que serían por 
todos fasta doscientas e cincuenta lanzas, para pelear con los 
moros que ya eran pasados á la delantera, á un arroyo muy fuer- 
te, e fondo, de un cañaveral muy espeso que habian de pasar. E 
los otros caballeros e gente habian de seguir aquel mesmo viaje, 
asida la una gente con la otra. E como el marqués llegó al arro^'o, 
luego lo pasó, e el maestre e los otros caballeros se detuvieron en 
un cerro alto, de tal manera, que el filo quebró. E vista su tar- 
danza, el marqués envió á Pedro Vázquez Saavedra a gran priesa, 



222 

para que dijese al maestre e á los otros caballeros, que andoviesen 
cuanto pudiesen. Y el marqués se llegó á una torrecilla pequeña 
que está en un llano, e descabalgó él y todos los que con él iban, 
por reposar, entre tanto que la otra gente llegase. Y estando así, 
llegó á él Francisco de Cárdenas de parte del maestre, el cual le 
rogaba que esperase allí. E el marqués le respondió que él no 
facía alli otra cosa salvo esperar á él e á los otros caballeros que 
con él venían. Y el marqués le rogó que volviese al maestre para 
le facer andar, y él le respondió que traia el caballo muy cansado, 
e no podia ir. Entonces el marqués mandó á ciertos criados suyos 
que fuesen á decir al maestre que le pluguiese de andar; los 
cuales no pudieron pasar, porque los moros se habían ya puesto 
entre la una gente y la otra. E como esto viese el marqués, man- 
dó tocar sus trompetas porque los caballeros las oyesen e acudie- 
sen allí. E los caballeros maestre, e conde, e adelantado, e don 
Alonso de Aguilar, acordaron de no pasar el arroyo, e quedar 
aquella noche en el cerro donde estaban. E los moros dejaron de 
ir á ellos, e fueron á pelear con el marqués, que pudiera estar en 
salvo si quisiera, sí non por los esperar, que según su nobleza y 
esforzado corazón, antes se pusiera á peligro de muerte, como se 
puso, que haberlos de dejar. E allí el marqués, como caballero muy 
diestro en los fechos de la guerra, trabajó peleando con ellos fasta 
más de la media noche. El cual estaba en una rehoyada, e los 
moros tenían tomado todo lo alto en torno della, de tal manera 
que el marqués y toda su gente rescebian muy gran daño de las 
ballestas y piedras que los moros tiraban. E la gente que el mar- 
qués tenia, non esperando ningún socorro, se dejó vencer, de ma- 
nera que todos fuyeron, cada uno por donde mejor pudo, porque 
la escuridad de la noche era tan grande, que non se veian los unos 
á los otros, nin se podían valer, nin menos sabían la tierra donde 
estaban. E por estas cabsas fueron todos desacordados, donde se 
perdieron don Diego, su hermano del marqués, e fasta cincuenta 
otros caballeros e escuderos criados suyos. E como el marqués así 
se vi'íse desmamparado de los suyos, salió con algunos que con él 
se fallaron por una sierra tan alta que había cuatro leguas en la 
subida. E un tornadizo, adalid suyo, que plugo á Dios á la hora 



223 

con él se fallase, lo salvó con todos los otros que con él iban. E 
los moros siguieron poco el alcance por volver á pelear con el 
maestre; e como lo fallaron en la sierra, non quisieron con él pe- 
lear fasta otro dia de mañana que pelearon con ellos e los desbara- 
taron. E allí se perdieron el conde de Cienfuentes e dos hermanos 
del marqués, don Lope e don Beltrán, e tres sobrinos suyos, Juan 
de Pineda e don Lorenzo, fijo de don Pedro Ponce, señor de Villa- 
garcía, e don Manuel, fijo de su hermana del marqués, doña Isabel; 
e Juan de Robles, corregidor de Xerez, e Bernaldino Manrique, 
fijo de don Garci-Fernandez Manrique, corregidor de Córdoba, e 
muchos otros caballeros y escuderos, así de las casas de los di- 
chos señores, como de las cibdades de Córdoba e Sevilla. Y el maes- 
tre y el adelantado, e don Alonso de Aguilar, escaparon á uña de 
caballo. E todos los que con el marqués salieron á un castillo de 
Antequera llamado Coche, e de allí se fueron á la villa de Anteque- 
ra, e dende á dos dias salieron otros muchos que por diversas par- 
tes se pedieron salvar. E de la gente del marqués se perdió en esta 
entrada, allende de sus hermanos e sobrinos, ciento e ochenta hom- 
bres, e de los otros caballeros üe perdieron más de ochocientos, lo 
cual todo se debe creer que acónteselo por los pecados de algunos que 
allí iban, así por su soberbia e envidia, e cobdicia desordenada; 
que si el marqués de Cádiz fuera creído, y su buen consejo resci- 
bido, como caballero que sabia bien el estilo de la guerra, nunca se 
perdieran los que se perdieron, nin los que escaparon rescibirían 
tal afrenta. E yo fui certificado de dos caballeros de mucha fé que 
allí fueron cjibtivos, e después salieron, que muchas veces oyeron 
decir á los moros que cuando iban aquella noche en el alcance del 
marqués, que á su pensar, todavía lo alcanzaran, salvo que vieron 
delante de sí dos caballeros en dos caballos blancos muy grandes, 
armados en blanco con cruces coloradas, e las espadas en las ma- 
nos, que tan grande era su resplandor, que relumbraban más que 
si fuera en medio del dia con gran sol, e mucha gente armada con 
ellos; e fué tan grande el temor y espanto que los moros o vieron, 
que todos volvieron fuyendo más de una legua, pensando de nunca 
escapar; e jamás ninguno dellos osó volver la cabeza atrás, fasta 
que algunos moros de los más principales volvieron las riendas á 



224 

los caballos e ficieron detener los otros moros, y aún no podían 
con ellos; tan grande era el miedo y espanto que consigo traían. 
Y estovieron allí gran rato esperando los que atrás venían, e mi- 
raban estando espantados que non vian nada de lo que antes vie- 
ron, e dixeron algunos de los más ancianos: Verdaderamente esto 
non puede ser otra cosa sino milagro que Alá quiso mostrar por 
salvar al marqués, que es buen caballero; e todos los otros moros 
dixeron que así lo creían. E non debemos dudar en esto, porque 
este noble caballero fué siempre tanto devoto de Xuestra Señora la 
Virgen Jíaría, Madre de Dios, la cual es muy cierto que algunas 
veces le apáreselo, y también era muy devoto de Santiago, e San 
Jorge, e San Estacio, á los cuales Nuestra Señora milagrosamente 
envió en su defendimiento. Y señalada merced fizo Dios á todos 
aquellos que de aquella entrada escaparon, según el gran peligro 
e priesa en que se vieron. 

CAPITULO XXI. 

CÓMO LOS MOROS ENTRARON A CORRER EL CAMPO 

DE UTRERA E MORÓN, E DE CÓMO FUERON VENCIDOS E DESBARATADOS 

POR EL MARQUÉS DE CÁDIZ, PON RODRIGO PONCE DE LEÓN, 

E POR OTROS CABALLEROS QUE LE SIGUIERON. 

E después destas cosas tan continuas así pasadas, en el año de 
mil cuatrocientos e ochenta e tres años acaesció que dos tornadizos, 
adalides del marqués de Cádiz, se fueron á tierra de moros, e 
dieron un ardid al alcaide Bexir, cabecera, e de los principales de 
Málaga, de facer una gran cabalgada en el campo de Utrera, e 
Morón, e Lopera, fortaleza del marqués de Cádiz. E como el al- 
caide Bexir acebtase el ardid, luego comenzó de llegar la gente 
que más pudo, así de Málaga, e Velez Málaga, e Marbella, como 
de Alora, e Coym, e Cagarabonela, e del Burgo, e Ronda, e Sete- 
nil, e la sierra de Villaluenga, en que ayuntarían por todos fasta 
mil e cuatrocientas lanzas con las cabeceras destos lugares, e dos 
mil e doscientos peones. E estando un Antón Blanco, adalid, con 
una cuadrilla de peones en el camino de Lifa, que va de Málaga á 
Ronda, aguardando por tomar algún moro que pásate por el ca- 



225 

mino, e vido venir la dicha gente que llevaba la via de Ronda, y 
esa noche este Antón Blanco vínose de Esteba e dio aquella nueva 
á Diego Ramirez, fijo de Juan de Guzman, señor de aquella villa 
que ahí estaba, e contóle cómo había visto venir por el camino, á 
su parecer, que habria tres mil rocines e gran peonaje. E como 
este caballero desto fuese certificado, luego á la hora escribió al 
marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, como á caballero 
más principal de toda la frontera, á cuya cabsa Luis Portocarrero 
e otros capitanes, con cierta gente de la guarnición que tenían del 
rey e de la reyna en Ecija, e el alcaide de Osuna e gente de 
aquella villa, se vinieron á Morón á se juntar con el alcaide y gen- 
te della y del Arahal, que serian por todos fasta setecientos de 
caballo; y el marqués era ido á Xerez donde le llegó esta nueva, 
con la cual rescibíó grandísima alegría e placer y mandó vestir de 
seda al mensajero. E á la hora escribió á Morón, faciéndoles sa- 
ber cómo facía poner guardias en toda aquella tierra, porque si los 
moros entrasen, luego fuesen dello sabedores, e que luego saldría 
de Xerez al campo, como salió, que seria á dos horas pasadas de la 
noche, e salieron con él fasta trescientas lanzas, e vínose á la sit 
cibdad de Arcos, donde llegó á las tres horas de-ipues de medía 
noche, e de allí sacó ciento e cincuenta lanzas e cierta gente de 
pie; e de Lopera e Hornos, villas del adelantado, se juntaron con 
él fasta cuarenta lanzas e doscientos peones. E á la media noche 
las guardias del campo sintieron entrar los moros por la via e ca- 
mino de Sahara, e ficieron almenaras, por do se conosció que por 
aquella parte entraban los moros. E como quiera que el marqués 
había andado cinco leguas desde Xerez fasta Arcos, con gran de- 
seo de se fallar con los moros, por vengar el afruenta de las lomas, 
en aquel año pasada, no estimaba en nada sus trabajos, e siguien- 
do su camino la via del rebato, que eran otras cinco leguas, llegó 
entre las ocho e las nueve del día al rio de Guadalete, por tomar 
la delantera á los moros que eran entrados al campo de Utrera. £■ 
los que estaban en Morón, que era Portocarrero e los dichos alcai- 
des de Marchena, e Osuna, e Morón, con la gente que tenían sa- 
lieron al rebato. E los moros se ordenaron en esta manera. Ellos 
eran mil e cuatrocientas lanzas e dos mil e doscientos peones; e 
Tomo CVI. 15 



226 

■dexaron el peonaje en el puerto de Orillo, que es tierra fragosa, 
camino de Sahara; e en Guadalete, de la otra parte del rio, dexa- 
ron seiscientas lanzas, y en Lopera, que es legua e media de Gua- 
dalete, camino de Utrera, dexaron cuatrocientas lanzas en otra 
celada, e las otras cuatrocientas lanzas entraron con los alcaides 
que habian dado el ardid, que se llamaban Francisco e Rodrigo, 
al campo de Utrera e Morón, e tomaron e robaron del dicho campo 
mil e trescientas vacas; y en este medio tiempo ovieron lugar 
Portocarrero e los alcaides de Osuna, e Marchena, e Morón, de lle- 
gar cerca de Lopera, e así el marqués ovo también lugar de se po- 
ner entre Guadalete oLopera, tomando la delantera á los moros bien 
más de media legua. E las cuatrocientas lanzas de los corredores 
llegaron de vuelta con su cabalgada á Lopera, como quier que la 
gente de Utrera, que serian cuarenta de caballo e doscientos peones, 
venian asidos con ellos por los detener, e habian muerto algunos 
moros de los corredores, e así mesmo los moros algunos de los 
cristianos, e juntáronse con las cuatrocientas lanzas de la celada 
que habian dexado en Lopera, e allí Portocarrero e los alcai- 
des fueron á ellos con fasta seiscientas lanzas e mil peones que 
venian por su filo. E los moros, habiendo vista de la gente del 
marqués, que estaba en la delantera muy cerca dellos, e los cris- 
tianos arremetieron á ellos en dos batallas, e los que primero die- 
ron en los moros fueron los alcaides de Marchena, e Osuna, e Mo- 
rón; y en la otra batalla venian Portocarrero e los capitanes de 
Ecija, e dieron por el lado en los moros de manera que fuyeron des- 
baratados. E los de Marchena que primero llegaron á la faz de los 
moros derrocaron al alférez de Málaga e le prendieron, e le tomaron 
la seña del alcaide Bexir; e los moros que iban fuyendo, como vie- 
ron la seña del marqués en la delantera, desmayaron, e volviéron- 
se la via del monte de la villa de Lopera, e otros tomaron la via 
de Gaylyn, que es una gran breña, de los cuales quedaron allí 
muertos más de doscientos moros. E las otras seiscientas lanzas 
de la celada de los moros que estaban en el rio, se descubrieron e 
comenzaron de fuir, porque el marqués y su gente iban muy cerca 
dellos, siguiendo el alcance de los que iban desbaratados. E como 
aquello vido el marqués, enderezó á la celada e siguió el alcance 



227 

cuatro leguas, fasta Sahara, donde mataron e prec dieron más de 
trescientos e cincuenta caballeros, entre los cuales habia algunos 
moros principales, e les tomaron dos banderas; e los dichos Por- 
tocarrero e los alcaides siguieron el alcance de los moros que les 
copo por su parte, fasta media legua de aquella parte del rio; e en- 
viaron á decir al marqués, que iba delante en pos de los moros 
siguiéndoles, qué era lo que le parecía ó mandaba que ficiesen; y 
el marqués les envió á decir que lo siguiesen, porque aquel era dia 
de non parar fasta Sahara, porque podia ser tomar aquella villa 
con el disfavor que los moros tenian. E Portocarrero e los alcaides, 
á cabsa de la grande agua que facia, se volvieron á Morón. Y el 
marqués con su gente, como esforzado caballero, como quiera que 
el agua era muy grande, no dexó de seguir su alcance fasta llegar 
cerca de Sahara, donde toda esa noche estovo en el campo con su 
gente recogiendo el campo e los moros que estaban escondidos e 
perdidos, como era tierra fragosa e la noche muy escura, é así es- 
tovo en el campo fasta oti"0 dia de mañana, que dio una vista á Sa- 
bara, donde salieron á escaramuzar fasta quince caballeros, de los 
cuales fueron muertos los siete; e fallóse ser muertos y presos en 
aquel desbarato más de ochocientos moros, donde el marqués ovo 
muchos prisioneros y caballos con ricos jaeces, e muchas ricas otras 
joyas. E de allí el marqués se volvió á Xerez, donde fué rescebido 
con grande honrra e solemnidad, e partió largamente con los suyos 
á cada uno como quien era, como siempre lo ovo de costumbre, ir 
todos del muy contentos. 

CAPITULO XXII. 

CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ, DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, 

TOMÓ POR FUERZA DE ARMAS Á LOS MOROS, EN MEDIO DEL DIA, 

LA VILLA Y FORTALEZA DE SAHARA. 

£n este mismo año de mil cuatrocientos e ochenta e tres años, 
el marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, con aquel lim- 
pio deseo que siempre tenia al servicio de Dios y de su bendita 
Madre la Virgen María, y de la corona real, jamás dexaba de pen- 
:flar cómo pudiese facer todo daño á los moros, e como ellos oviesen 



228 

tomado la villa e fortaleza de Sahai'a, donde muy gran daño uni* 
versal á toda la frontera se seguía, buscó manera cómo la pudiese 
tornar á cobrar, para lo cual mandó á cierta gente de la su cib- 
dad de Arcos, que de continuo corriesen aquella villa de Sahara, 
por saber qué forma tenian en la guarda y defendimiento della, © 
también por haber algún moro de quien pudiese ser certificado de 
la gente, pertrechos e mantenimientos que en ella habia. E cuando 
quiera que los cristianos corrían aquella villa, la mayor parte de los^ 
moros recorría á la guarda de la puerta, e siempre salían algunos 
á escairamuzar con loa cristianos; e mii'ando en el aviso desto, mu- 
chas veces se ovo conoscimiento que, poniéndose cierta gente á las^ 
espaldas del muro, en unas concavidades de peñas cercanas que ahí 
estaban par del castillo, e corriéndolos así á la hora, como soliau 
correr en el escaramuza, algunos saldrían á ella, e los otros que es- 
tarían sobre la puerta mirando, e que así se podrían echar las esca- 
las sin ser sentidos por la parte de las peñas donde los cristianos 
estaban. Y esto habiéndose fecho muchas veces, el marqués, estando 
en la su villa de Marchena, informado bien de todo, acordó de pro- 
bar si podrían haber aquella villa. E un dia por la mañana, el mar- 
qués de Cádiz se partió de Marchena, e con él don Rodrigo, su yer- 
no-, con fasta seiscientas lanzas e mil e quinientos peones que pai'a 
este fecho habia mandado llamar. E luego escribió á los capitanes 
del rey e reyna que en aquella comarca estaban, e á. las cibdades,, 
e villas comarcanas, rogándoles que todos estoviesen prestos para 
le socorrer, sí menester fuese, en un caso en que pensaba que Dio» 
y el rey serían muy servidos. E Luis Portocarrero, señor de Pal- 
ma, no solamente se tuvo por contento de requerir los capitanes, 
mas en presona cabalgó con ochenta lanzas e anduvo toda la no- 
che fasta se juntar con el marqués en Guadalete, que es cerca de 
Lopera, por ser en aquel fecho, donde estovíeron aquel dia, e otro 
dia siguiente, el marqués e los que con él iban, cabalgaron e con- 
tiiuiaroa su camino, y el marqués envió delante á don AlonsQ' de 
León, su primo, e á don Fernando de Padilla, alcaide de Arcosi 
e coa ellos cincuenta escuderos, criados suyos, y el escalador que 
er^ vasallo suyo, para se poner en las. concavidades de las peña* 
susodichas, los cuales lo ficieron con tanto tiento e discreción, qut 



229 

sin ser sentidos, se pusieron donde por el marqués les fué manda- 
do. Y el marqués con toda la gente se puso en una celada muy 
cerca de la villa, e á hora de las diez del día, el marqués mandó 
salir de la celada diez de caballo que fuesen á correr fasta las 
puertas de la villa de Sahara; e como los moros pensasen ser aquel 
dia. como los otros que tantas veces habían venido así tan poca 
gente, salieron á ellos e comenzaron á escaramuzar con ellos como 
solian. Y en este medio tiempo, la gente del marqués que detrás 
de las peñas estaba, pudo arrimar las escalas al muro e subieron 
en él cuatro escuderos sin ser sentidos de los moros; e por una 
atalaya que los moros tenian en una torre del castillo fueron vis*- 
tos, el cual dio grandes voces á los moros que estaban á la puerta 
y en el campo, diciéndoles cómo la villa se entraba por escala. E 
los moros fueron luego á defender la entrada de los cristianos, y 
el marqués que estaba con la gente en la celada con Portocarrero 
e don Rodrigo, salieron con la gente toda. E Portocarrero e don 
Rodrigo fueron á pelear con los moros que estaban á la puerta 
con alguna parte de aquella gente, y el marqués fué á muy gran 
priesa á socorrer y esforzar la gente del escala, e luego como lle- 
gó, comenzó á sobir por el escala, así por esforzar los que arriba 
estaban, como porque los que estaban abajo sobiesen con mejor 
gana. E luego como el marqués fué encima del muro y los suyos 
lo viesen, ellos se esforzaron tanto, que pelearon él y ellos tan re- 
ciamente, que aunque los moros eran muchos y los cristianos que 
arriba estaban eran pocos, los moros fueron vencidos e se retraye- 
ron á la fortaleza, que serían fasta ciento e cincuenta, porque á la 
puerta, porque era muy fuerte, non dexaron más de cuatro que 
bastaban para la defender. E los cristianos que hablan subido por 
el escala, abrieron la puerta de la villa, por donde los otros caba- 
lleros y gentes entraron. E así entrados, el marqués mandó poner 
estancas contra la fortaleza con bancos pinjados, e maderetes, e 
otros pertrechos que allí llevaba, e muchos tiros de pólvora e ba- 
llestería, e combatióla continuamente desde que en ella entró fa¿»ta 
tres dias, de tal manera, que la priesa del combate fué tan gran- 
de, que los moros se le dieron á pleitesía que les diese las vidas. 
Y el marqués gelo prometió, como quiera que le oviesen muerto y 



230 

ferido alguna de su gente, e de los moros fueron muertos y feridos 
la mayor parte dellos. Y el marqués dexó bastecida la villa e for- 
taleza de gentes, e armas, e pertrechos para la defender, e muchos- 
mantenimientos, tantos cuantos cumplían para ciento e cincuenta 
hombres que allí dexó con Fernando de Padilla, su alcaide de Ar^ 
eos, para asaz tiempo; e tomó los moros e llevólos consigo á la su 
villa de Marchena, muy alegre, dando muchas gracias á Dios y 
á su bendita Madre, por la merced que le había fecho en ganar 
aquella villa y fortaleza tan noble y tan principal. E todas las 
gentes que en la villa estaban, lo salieron á rescebir muy honrra- 
damente, y el marqués mandó facer mucha honrra a los moros- 
que consigo llevó, porque le pareció ser cosa muj'- complídera para 
las cosas que dende adelante se habían de seguir. E asimesmo dio- 
grandes dádivas á los caballeros principales que con él se fallaron 
en la toma de aquella villa; e á todas las otras gentes que con él 
iban fizo mercedes muy largamente, dando á unos juro situado, 
e á otros caballos e ropas, e á otros pan e rebaños de vacas, de tal 
manera, que la toma desta villa, con el gasto y mercedes que fizOr 
le costó cerca de tres cuentos. E dende á pocos días envió por al- 
calde á un criado suyo que llamaban Juan de Ayllon, á la su villa 
e fortaleza de Sahara, al cual dio en tenencia muy largamente- 
todo cuanto menester había, e envió mandar á Fernando de Padi- 
lla, el alcaide que primero había dexado, que se viniese á la su 
cibdad de Arcos á estar por alcaide, como de antes lo estaba á su 
servicio. Y el marqués pobló la villa de Sahara de ciento e cin- 
cuenta vecinos, en los cuales había ciento de caballo e cincuenta 
ballesteros, en que se gastaban grandes oontías de maravedís e 
pan cada un ano. E estos cíen caballeros corrían y guerreaban 
continuamente á la cibdad de Ronda, y la pusieron en tanto estre- 
cho, que de cada día se iban despoblando, por los grandes daños- 
que de la gente del marqués cada día rescebian, lo cual fué cabsa- 
xjue el rey don Fernando la tomase en tan poco tiempo. 



231 



CAPITULO XXIII. 

CÓMO EL REY DON FERNANDO 

E LA REYNA DOÑA ISABEL, ESTANDO EN VIZCAYA, 

SUPIERON LA NUEVA CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ HABÍA GANADO 

LA VILLA Y FORTALEZA DE SAHARA Á LOS 

MOROS POR FUERZA DE ARMAS EN 

MEDIO DEL día. 

Dende á pocos dias, en este dicho año, estando los reyes en la 
cibdad de Vitoria, dando asiento en algunas cosas complideras 
al servicio de Dios y bien y paz de sus reynos, supieron nueva 
cómo el marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, Labia ga- 
nado la villa y fortaleza de Sahara á los moros por fuerza de 
armas. E como fuese una de las más principales y más fuerte for- 
taleza de toda la frontera del rey no de Granada, de la cual muy 
grandes daños rescebian todas las gentes cristianas de la comarca, 
sus altezas rescibieron muy gran gozo y alegría, dando muchas 
gracias á Dios. E dixeron ante todos los grandes de su corte, e 
muchas otras gentes que ahí estaban — ¡Bendito sea Dios, que en 
nuestros tiempos alcanzamos ver y tener en nuestros reynos otro 
conde Fernand González! Y mandaron luego, con acuerdo del car- 
denal, facer una muy solemne procesión en que iba el cardenal 
e otros cuatros obispos, vestidos de pontifical; e el deán e el arce- 
diano, e todas las otras dignidades, e canónigos de la iglesia 
mayor con sus capas muy ricamente adornados, e con todas las 
cruces de las otras iglesias, e los clérigos dellas; e junto con el 
cardenal e obispos iban los reyes, y en pos dellos, los grandes de 
su corte, e todos los otros grandes caballeros 5' gentes de la cib- 
dad; e dixeron su misa muy solemne, con canto de órgano y órga- 
nos; e ovo un notable sermón de un religioso de San Erancisco, 
maestro en santa teología, el cual dixo cosas maravillosas, ensal- 
zando la Santa Fé Católica, y loando mucho al noble caballero 
marqués de Cádiz don Rodrigo Ponce de León, por las grandes vic- 
torias que Dios le daba, de que los reyes ovieron grandísimo placer, 
e le ficieron merced de aquella villa e fortaleza d . Sahara de juro. 



232 



CAPITULO XXIV. 

CÓMO EL MAAQUis DE CÍDIZ, DON RODRIGO PONCE 

DE LEÓN, rUE PONER ESCALAS SOBRE LA VILLA DE CÁRDELA, 

E LOS MOROS OVIERON DELLO CONOSCIMIENTO, 

E ÓVOSE DE VOLVER SIN LA TOJtfAR. 

Nunca jamás se puede acabar de contar las virtudes y gloria 
de los buenos. Y como el marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce 
de León, oviese tomado la villa de Sahara á los moros, estando 
en la su villa de Marchena, en el año de mil e cuatrocientos e 

ochenta (1) años, dos vasallos suyos de la su cibdad de 

Arcos le vinieron á decir cómo la villa de Cárdela se podia esca- 
lar sin ningún peligro. E cuando el marquás lo oyó, fué muy ale- 
gre dello, e puso en obra de se certificar más si era cosa de ae 
poder cobrar aquella villa, que antes habia perdido, á cabsa de 
unos malos cristianos; e mandó ir otros dos vasallos suyos, hom- 
bres muy ciertos y escogidos para ello, e fueron su camino, e vieron 
y tentaron todo el ardid que los primeros hablan traido; e visto 
por ellos, vinieron al marqués á le facer saber que la nueva que 
los primeros le hablan traido era muy cierta, y que sin dubda se 
podia escalar sin peligro. Entonces el marqués mandó apercebir 
au gente, y escribió á los alcaides de Morón y Osuna, e á ciertos 
capitanes de la gente del rey, que estaban en la villa de Utrera, e 
partió de la su villa de Marchena con toda su gente de caballo e 
de pié, e mandó escrebir á la gente de sus tierras que viniesen 
todos á la villa de Bornos, donde él los esperaría. E llegado el 
marqués, se juntó con toda su gente, que serían ochocientos de 
caballo, e tres mil peones; e dada toda la orden e aviso que los 
escaladores habían de tener para escalar, e cuáles habían de ser, 
e la gente que cerca dellos habia de ir para les socorrer, el mar- 
qués y toda su gente se partió de allí, e andpvieron aquel dia e 
toda la noche fasta donde la gente habia de estar encubierta para 
que no fuese sentida. E allí habían de quedar los caballos de los 

(1) En blanco. 



233 

escaladores, porque era tierra muy áspera, e fuerte de andar á 
caballo. E ellos allí llegados, los que habían de escalar fueron su 
camino, e llegaron á la villa, e echaron sus escalas por el lugar 
que tenian concertado, e pusieron cuatro trozos, e queriendo po- 
ner otro, los moros estaban apercebidos, e por miedo que ovieron 
que si algunos cristianos entrasen les tomarian la villa, comen- 
zaron luego á pelear, e non los dexaron subir, e según los moros 
estaban, si los cristianos subieran, pudieran rescebir gran daño, 
e como quiera que los tiraron con ballestas y espingardas , e mu- 
chas piedras, la noche era tan escura, que les non podian ver, e 
á esta cabsa, non les pudieron empecer; e sin perder trozo ningu- 
no de las escalas que llevaban, se volvieron. E la cabsa porque los 
moros estaban á tan buen recabdo, e habian proveido de gente 
aquella fortaleza, fué que un moro de la sierra de Villaluenga, do 
aquella villa es, estaba cabtivo en Arcos, el cual se resgataba por 
un alhaqueque que habia entrado á la sierra antes que el marqués 
oviese de ir á esto que tenia comenzado, y en tanta gana de lo 
poner en obra; y aquel moro escribió una carta á sus parientes, 
para que diesen orden á su resgate, en la cual avisó á los moros 
cómo se sonaba que el marqués quería entrar á tierra de moros, 
pero que non se certificaba dónde, y que debían poner buen re- 
cabdo en sus villas e fortalezas. E los moros, como sabían que el 
marqués habia muchas veces mandado tentar aquella villa, luego 
proveyeron de gente más de la que en ella solía entrar, e de la 
velar e guardar más que fasta entonces. Y esta fué la cabsa por- 
que los moros la tenian á tan buen recabdo, e non se tomó, como 
quiera que gran diligencia se habia puesto y muy buena orden de 
la tomar, si los moros no estovieran avisados. E como vído el mar- 
qués que non se podía más facer, volvióse á la su cíbdad de Arcos 
con la gente dalla, e mandó que toda la otra gente se fuese á sus 
tierras. 



234 



CAPITULO XXV. 

DE LA TALA QÜ£ POR MÁNDALO DEL REY FICIERON 

EN mAlAGA E en toda LA COMARCA EL MAESTRE DE SANTIAGO 

Y EL MARQUÉS DE CÁDIZ DON RODRIGO 

PONCE DE LEÓN. 

E como las cosas de la guerra estoviesen en este estado que ha- 
bernos contado, estando el rey don Fernando e la reyna doña Isa- 
bel, su mujer, en la cibdad de Vitoria, como dicho es, entendiendo 
en las cosas de Navarra, el marqués de Cádiz don Eodrigo Ponce 
de León acordó de enviar á sus altezas en presente veinte caballos 
enfrenados y ensillados de muy ricos jaeces, y con ellos veinte 
moros que los llevasen de rienda, todos mancebos, vestidos de gra- 
na colorada, todos con sus ricos almayzares. Con los cuales envió 
á su sobrino Francisco de Pineda, e dióle veinte escuderos, que 
fuesen con él muy ataviados, e cumplidamente todo lo que hablan 
menester para sus gastos, e mandóle que besase las manos á sus 
altezas por él, e les dixese como él estaba á su servicio con Sahara 
y con todo lo otro que tenia. E luego otro dia por la mañana Fran- 
cisco de Pineda, e los otros caballeros, se partieron e andovieron 
tanto fasta que llegaron á donde los reyes estaban. Y fecho aquel 
acatamiento que á sus altezas convenía, les dixeron: Señores; el 
marqués de Cádiz, vuestro vasallo, besa las manos á vuestras al- 
tezas, e vos face saber de la victoria que Dios le ha dado contra 
los moros, con favor de vuestras altezas, y vos envía estos veinte 
caballos con estos veinte moros, y que la villa y fortaleza de Saha- 
ra que él ganó á los moros, y todas sus tierras, y él con ellas, está 
á vuestro servicio. E los reyes los rescibieron muy bien, e ovieron 
muy gran placer, e dixeron ante todos los grandes de su corte. 
— Sin dubda, el marqués de Cádiz es el más noble y el más bien 
andante caballero que hoy hay en todos los- reynos cristianos. Y 
por le hacer merced, otorgámosle á Sahara, y todo cuanto ha ga- 
nado y lo que ganare de aquí adelante, que sea suyo y se llame 
señor dello. Y Francisco de Pineda besó las manos á sus altezas, 
e los reyes le mandaron aposentar con todos los suyos muy honrra- 



damente, mandándoles dar complidamente cuanto menester ovie- 
sen, e dende á tres dias ?e despidió de sus altezas, e se tornó para 
el marqués, e dende á pocos dias los reyes se partieron para Zara- 
goza, por dar orden en algunas cosas mucho complideras, á su 
servicio. E despachados los negocios de allá, se vinieron para la 
cibdad de Toledo, de donde mandaron partir á Ruj' López, su te- 
sorero, e al secretario Francisco de Madrid con sus cartas para el 
maestre de Santiago e para el marqués de Cádiz, por las cuales 
les mandaban que entre tanto que ellos despachaban algunos ne- 
gocios, para poder venir á la cibdad de Córdoba, e llevar las gen- 
tes de sus reynos para facer la guerra á los moros, que los dichos 
maestre y marqués, con los poderes que para ello les enviaban, 
llamasen todas las gentes del Andalucía, y poderosamente entra- 
sen á facer la tala á la vega de Málaga, e á los valles de Cártama, 
e Santa María, e á toda aquella comarca, de tal manera que antes 
que saliese el mes de Abril ficiesen la tala, porque como la tierra 
es temprana, si en aquel tiempo no se les ficiese, podrían los mo- 
ros haber grande ayuda en los mantenimientos. Y llegados los 
mensajeros al marqués de Cádiz que estaba en el Puerto de Santa 
María, villa de don Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, luego 
como las cartas rescibió, se partió para la su villa de Marchena 
para dar orden en lo que el rey e reyna le enviaban mandar. E 
luego de allí escribió al maestre e á los otros caballeros del Anda- 
lucía para que todos se viesen e diesen orden en lo que los reyes 
les enviaban mandar. E juntos el maestre y el marqués, y con ellos 
las gentes de las cibdades de Sevilla, e Córdoba, e Xerez y Ecija, 
e obispado de Jaén, e del conde de Cabra, e de don Alonso de 
Aguilar, e de Martin Alonso de Montemayor, e de Gonzalo Mexia, 
señor de Santafimia, e de LuisPortocarrero, señor de Palma, e la 
de los dichos maestre e marqués, que serian por todos fasta ocho 
mil de caballo, e diez mil peones, e tomaron su camino de Málaga 
para facer su tala, e talaron la cibdad, así de panes como de huer- 
tas, e olivares, e viñas, e todo cuanto pudieron alcanzar allende 
della. E á Cártama, e á Campanillas, e á Churriana, e á Pupiana, 
e á Laulyn, e á Alhaulyn, e á Coym, e Padala, e Benamaquis, e 
Monda, e Tolox, e todo el valle de Santa María, e á Guaro, e X 



236 

Cagorabonela, e á Lora, donde los moros rescibieron gran des daños; 
e de allí salieron á los prados de Antequera, donde supieron cómo 
el rey e la reyna eran venidos á la cibdad de Córdoba, e de allí 
fueron á les facer reverencia, e les dar cuenta de todo lo acontes- 
cido; e sus altezas los rescibieron muy honrradamente, e ovieron 
mucho placer de tan bien como lo babian fecho, y el marqués se 
despidió de sus altezas, e se fué á la su villa de Marchena. 

CAPITULO XXVI. 

CÓMO EL MARQUÉS FUÉ Á TOMAR LA 

VILLA DEL BURGO, E PUESTAS LAS ESCALAS, FUERON 

SENTIDOS E VOLVIERON SIN LA TOMAR, OVO UNA GRAN BATALLA 

CON LOS MOROS EN EL CAMINO EN QUE FUERON 

VENCIDOS Y DESBARATADOS POR 

EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 

E llegado el marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, á 
la su villa de Marchena, falló muy cierta nueva de sus adalides 
cómo la villa del Burgo se podia escalar, y como siempre los falló 
muy ciertos y verdaderos, rescibió tan grande placer, que le pare- 
ció que nunca habia trabajado con la gran gana que tenia de des- 
truir á los moros, e luego de gran secreto escribió á Sevilla, y á 
Xerez, y á Carmena por algunos principales caballeros de su casa 
e otras gentes de sus cibdades, villas e lugares, en que juntó con- 
sigo fasta ochocientos caballeros e mil e quinientos peones, e par- 
tió de la su villa de Marchena con su gente, y fué á dormir á 
Osuna, e otro dia fué á tener dia á la Puente del Almargal, de 
Teba, donde ordenó que fuesen con el escalador treinta escuderos 
criados suyos, hombres muy especiales y probados en las cosas de 
la guerra, e después dellos otros cien escuderos á pié para que los 
socorriesen cuando oviesen escalado, e con ellos cincuenta espin- 
gardero.s e cincuenta ballesteros, á los cuales inandó que llevasen 
más escalas, allende de las que los primeros llevaban, porque pu- 
diesen más presto ser socorridos; e luego en pos de estos mandó 
ir una batalla en que iban doscientos de caballo e cincuenta espin- 
garderos, e cien ballesteros, donde mandó llevar muchos bancos 



237 

pinjados e raanderetes, e mantas, e picos, e azadones, e azadas, 
para romper los muros, si menester fuese, e para combatir la forta- 
leza, si la villa se entrase. E puso con cada una gente de la que 
envió muy especiales capitanes que los ordenasen, e con los esca- 
ladores mandó ir á Fernandarias de Saavedra, señor de las villas 
del Castelar, e del Viso, e á Luis Méndez, alcaide que fué de Mo- 
rón de Reguardo, e con los cien escuderos iban Juan de Guzmán, 
señor de Teba, e con los otros doscientos caballeros y escuderos 
mandó ir á don Diego, su hermano, e á Tristan de las Casas, al- 
caide de Osuna, e con toda la otra gente mandó venir á su sobrino 
don Luis Ponce de León, señor de Villagarcía. E andobieron así 
ordenadamente fasta la media noche, donde llegaron á los lugares 
por el marqués ordenados. Y el escalador, e los que con él iban, 
cuando fueron cerca de la villa, sintieron cómo habia en ella bo- 
llicio de gente, e que la villa se velaba muy bien, e páresela haber 
en ella gente nueva; e la cabsa fué porque el dia de ante loa moros 
habian sentido andar cristianos cerca de la villa, e habian fallado 
una cruz fecha en el adarve; e como vieron aquella cruz, pusieron 
muy gran guarda en ella por aquella parte, de lo cual los cristia- 
nos ninguna cosa sabian, fasta que lo dixo un moro que fué to- 
mado de aquella villa, e los cristianos estuvieron quedos esperando 
tiempo para poner las escalas, e como viesen que los moros acudían 
allí á menudo, estábanse asi quedos sin las poner, e allí non habia 
más de la barrera e el muro, que en otras partes tres cercas tenia 
aquella villa; e después fué cerca del dia, e los moros non sonaban. 
Creyendo que fuesen idos á dormir, los cristianos escalaron la ba- 
rrera y entraron en ella más de la mitad, y pusieron las escalas 
al muro, e como llegaron por las asentar, llegó allí un moro, e 
como era aún escuro, non los vido, pero ovo algún sentimiento, e 
dio una voz e pasóse adelante, y entre tanto los escaladores non 
dexaban de asentar sus trozos, e llegaban cerca de las almenas. 
Como los sintió, dio grandes voces e alaridos, de tal manera, quQ 
todos los moros recorrieron á aquel lugar, e los cristianos, como 
eeto viesen, oviéronse de retraer, e como quiera que los moros lan- 
zaron muchos tiros de espingardas, e ballestas, e piedx*as, ninguno 
de los eristianos nunca faé íérido, e salieron por donde habian en- 



238 

trado con sus escalas, e con todo lo que habían metido sin perder 
cosa alguna, e volviéronse donde la otra gente estaba; e como ya 
fuese el dia, toda la gente se descubrió, e miraron aquella villa 
cómo era tan fuerte y tan fermosa, la cual fué tomada otra vez 
por el rey don Pedro, e fizo en ella muy rico aposentamiento, e 
las mejores torres que en la fortaleza hay. 

Y el marqués y sus gentes se volvieron la via de Teba, e anda- 
da cerca de una legua, asomante á una quebrada que se facia muy 
áspera, vieron estar en el llano tres batallas gruesas de moros, e 
gran peonaje que venia á más andar á tomar aquel puerto, los 
cuales habían sido avisados por un tornadizo que en Marchena es- 
taba dos días antes que el marqués se partiese, de cómo llegaba 
gente para entrar á tierra de moros; y como los moros de la villa 
del Burgo habían fallado aquella cruz en el adarbe, creyeron que 
allí era su venida, e tovieron tiempo de llegarse aquella gente, e 
que había más de mil e seiscientos de caballo e más de cinco mil 
peones, con intención de le tomar aquel paso, por se vengar, si 
pudieran, de la guerra tan cruel que continuo del marqués resci- 
bian. Mas como Dios conociese la limpieza de su deseo, non dio 
lugar que aquel paso le fuese tomado, e vistos los moros por el 
marqués de Cádiz, ovo grandísima gloria e placer, dando infini- 
tas gracias á Dios porque aquel era su deseo. E comenzó á orde- 
nar sus batallas, esforzando mucho toda su gente, e mandó tocar 
sus trompetas e atabales, e los moros ficieron rostro mu}'' esforza- 
damente e mostraron gana de pelear, bien ordenada toda su gen- 
te, y el marqués arremetió con los moros, e la batalla fué tan cru- 
damente íérida, que por más de dos horas nunca se conosció 
quién había el vencimiento; y el marqués aderezó á un moro va- 
liente, caballero que le paresció, según su arreo, ser el más princi- 
pal e cabecera de todos,ydióle un tan gran golpe de encuentro por 
la escotadura del sobaco izquierdo, que cayó muerto en el suelo. E 
como los moros vieron aquel caballero muerto, y de tres banderas 
que traían no vieron ninguna, enflaquecieron e comenzaron á fuir 
cada uno por donde mejor podía, como quiera que la mayor parte 
del peonaje se había retraído á una sierra donde escapó, e el 
marqués e los suyos siguieron el alcance cerca de media legua, e 



239 

non quiso ir más adelante, por la maleza de la tierra, y porque los 
caballos traían fatigados de la mala noche que habian habido, e 
volvióse por donde habia sido la batalla, recogiendo el campo, 
donde ovo gran despojo de muchas armas, e caballos, e ricos jae- 
ces, e muchos captivos; é fallóse que fueron allí muertos más de 
seiscientos moros, así caballeros como peones, entre los cuales 
murieron muy principales moros, y plugo á Nuestro ¡Señor de que 
de los cristianos fueron muy pocos muertos e feridos, e allí les 
ganó dos banderas e partióse de allí el marqués para la villa de 
Teba, donde reposó e mandó curar los feridos. E dende á dos días 
se partió para la villa de Sahara, e yendo por el camino, topó con 
un vasallo suyo que habia sido captivo en Ronda, el cual le dio 
una carta de un moro avisándole de la forma que se habia de te- 
ner para ganar aquella cibdad de Konda, e desde allí se comenzó 
á entender en lo que era menester para la haber. Y el marqués 
estovo allí en la su villa de Sahara ocho dias, e de allí se fué á la 
su villa de Marchena, donde falló un mensajero de los reyes, los 
cuales le enviaban mandar que luego fuese para ellos á Córdoba, 
el cual lo puso así en obra; y llegando ante sus altezas y fecha su 
reverencia, les besó las manos, j los reyes ovieron mucho placer 
con él, así por la victoria que Dios le habia dado, como porque lo 
amaban mucho e siempre lo fallaron bien de su consejo. E apar- 
táronse secretamente con él para entender en los fechos de la 
guerra, y en otras cosas complideras mucho á su servicio; y el 
marqués les contó el aviso que del moro habia habido, mostrán- 
dole la carta que le habia enviado. E allí entre todos tres se díó 
la orden de lo que en todo se habia de facer, e de allí se partió el 
marqués para la su villa de Marchena. 



240 



CAPITULO XXVII. 

CÓMO EL REY DON FERNANDO ENVIÓ AL MARQUÉS 

DON RODRIGO PONCE DE LEÓN k PONER CERCO SOBRE ALORA, 

E SU ALTEZA LA GANÓ POR SU CONSEJO. 

Año del Señor de mil e cuatrocientos e ochenta e . . . (1) años, 
con el gran deseo que el rey don Fernando tenia á la Santa Pe 
Cristiana, habida su información dónde podría, mediante la gracia 
de Dios, facer algún fecho provechoso á los cristianos, e algunos 
de sus grandes del reyno decian que su parecer era ir contra 
Málaga, por ser cibdad rica y puerto de mar. Y estando en esto, 
fué preguntado á los del Andalucía que cuál sería más provecho- 
so e sin menos peligro, ir cercar á Ronda ó á Málaga. E algunos 
dellos respondieron que todo era mucho bien para el Andalucía; 
pero que les parecía ser cosa muy grave e de gran fecho, tanto, 
que ovo de llegar la voz al marqués de Cádiz que dijese su pare- 
cer, el cual respondió que todo lo que los caballeros decian era 
muy bueno; pero, pues que él era obligado á decir la verdad á su 
rey y señor natural, que su voto era que ante todas cosas, su al- 
teza ganase á Alora, porque era llave y puerto así de Málaga 
como de Ronda. E ovo sobre ello algunas altercaciones, tanto, que 
dixo el marqués que si no se tomaba primero Alora, que en nin- 
guna de las dichas cibdades non por allí podría estar el real segu- 
ro sobre ella sin estar á peligro, porque era espada de dos manos 
que podría rescebir el real gran daño. E como el rey se fallase siem- 
pre mucho bien del consejo del marqués, dixo que su voluntad era 
que aquello se ficiese. E luego mandó al marqués de Cádiz que la 
fuese á cercar con dos mil lanzas e seis mil peones, y él así lo puso 
luego en obra, y la cercó de tal manera, que ninguno pudo entrar 
nin salir. E á cabo de tres dias, teniéndoles puestos en este estre- 
cho, el rey llegó con su hueste, pertrechos y artillerías, e la com- 
batió, do tal manera, que le derrocó ciertas torres e gran parte del 
muro; e como los moros se vieron tan fatigados, ciertos de ellos sa- 

(1) Kn Illanco. 



241 

lieron sobre seguro á fablar con el marqués, rogándole que les ga- 
nase del rey que les relevase las vidas e los dexase ir. Y el mar- 
qués gelo pidió por merced, e su alteza gelo otorgó. E la villa asi 
ganada, en tanto que el rey reparaba lo derrocado, el marqués ca- 
balgó con su gente e fué sobi-e Locayna, villa de la Garbia, y la 
combatió e tomó por fuerza de armas, e tomó los moros e cuanto 
en ella estaba, y mandóle poner fuego, e se vino para el rey con 
gran gozo e alegría. Y el rey, sabido lo que habia fecho, ovo muy 
gran placer con él. Y el rey dexó bien bastecida e pertrechada 
aquella villa, y dexó por alcaide della á Luis Portocarrero con tres- 
cientas lanzas, e se volvió á Córdoba, dando muchas gracias á 
Dios por la merced que le habia fecho en ganar aquella villa. 

CAPITULO XXVIII. 

CÓMO EL REY DON FERNANDO ENVIÓ 

AL MARQUÉS DE CÁDIZ, DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, Á PONER 

CERCO SOBRE SETENIL, E CÓMO LO GANÓ POR SU CONSEJO 

EN ESTE DICHO AÑO EN EL MES DE AGOSTO. 

Este santo rey don Fernando, sus fechos Dios los facía, que no 
era posible tan grandes villas e cibdades hombre humano tan pres- 
to podellas ganar; que el infante dou Fernando, su abuelo, con 
todos los grandes de Castilla, estovo sobre Setenil y le mataron 
muchas gentes, e fizo grandísimos gastos, e non la ganó. E este rey 
don Fernando plugo á Dios dalle tanta gracia y virtud, e por el 
buen consejo del marqués de Cádiz en la cercar tan osadamente, e 
la tovo cercada seis dias antes que el rey fuese, e puesto á tan gran 
peligro, que pudieran venir sobre él treinta mil moros de Ronda 
8 su serranía, e non osaron, por el gran temor que le tenían y por 
el gran recabdo y guarda que el marqués siempre sobre sí tenia; 
e venido el rey con su hueste, ovo muy gran placer del buen recab- 
do que el marqués de Cádiz en todo tenia puesto. Y asentado su 
real, le mandó dar tales combates, que antes de diez dias, derro- 
cado gran parte del muro y fortaleza y casas por la villa, que los 
moros se vieron en tanto peligro, que más de veinte dellos se vi- 
nieron al marqués de Cádiz, rogándole que les ganase merced del 
Tomo CVI. 16 



242 

rey que les otorgase las vidas e les dexasen ir con lo que pudiesen 
llevar sobre sí. Y el marqués lo suplicó á su alteza y el rey gelo 
otorgó. Y entregada la villa al rey, todos los moros que dentro es- 
taban fueron á besar las manos del rey, el cual envió con ellos 
doscientas lanzas fasta les poner en salvo cerca de Ronda. E según 
estos fechos de caballería, bien parece el marqués de Cádiz á los 
nobles antiguos el conde Fernán González e Cid Ruy Diaz, nues- 
tros naturales, e á otros nobles romanos, así como Placido que 
fué capitán del Emperador Trajano, que fizo muy grandes des- 
truicíones en los bárbaros que facían gran guerra al Imperio ro- 
mano. E aun algunas veces aconteció, en sólo oirlo mentar ó verlo 
venir con sus batallas, caer algunos dellos muertos en tierra del 
gran temor y espanto que le tenían. El cual mereció ser Santo y 
bien aventurado y fué llamado Santo Estacio, y no menos se espe- 
ra deste noble caballero marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce 
de León. 

CAPITULO XXIX. 

CÓMO EL REY DON FERNANDO ENVIÓ AL MARQUÉS 

©B CÁDIZ Á PONER CERCO SOBRE LA CIBDAD DE RONDA, E DE 

CÓMO LA GANÓ POR SU CONSEJO POR FUERZA 

DE ARMAS. 

Año de mil cuatrocientos e ochenta (1) años, el rey don 

Fernando se partió de la cíbdad de Córdoba con algunos grandes 
de sus reynos, caballeros e ricos homes, duques, maestres, condes 
e marqueses, con diez mil de caballo e cincuenta mil peones, sin 
otras muchas gentes que iban con sus grandes pertrechos e arti- 
llerías, e llevó su camino derecho á los prados de Antequera, 
donde esperó toda su gente, e de allí se partió la vía de Málaga e 
fué á poner sobre Cártama, e Coyn, e Coynejo, ca eran muy fuer- 
tes. E dada la orden de los combates, el rey estaba muy enojado 
porque le habían muerto y ferido alguna gente los moros de Be- 
namaquis, que era una buena fortaleza muy cerca del real. Y 

(1) Eu blanco. 



24H 

jentre tanto que estas fortalezas se combatían, el marqués de Cá- 
diz, por dar placer al rey, que lo vido tan enojado, fué con su 
gente y otras que le seguian, tanta era su nobleza, e puso cerco 
sobre Benamaquis, e combatióla por tantas partes tan feroz e tan 
crudamente, que los moros se le daban, e non quiso, salvo tomalla 
por fuerza do armas, como la tomó en dos dias, e todos los moros 
que dentro estaban, que eran más de ciento, mandó que todos fue- 
sen metidos á espada, e despeñados de las más altas torres de la 
fortaleza, e fechos pedazos. E como el rey lo supo, tóvolo por muy 
Hen fecho e rescibió grandísimo placer. E de allí se partió el 
marqués sobre Fadala, otra buena villa e fortaleza que estaba á 
una legua; e como los moros supieron su venida, todos fuyeron, e 
la desmampararon; e tomadas Benamaquis e Eadala con todo lo 
que dentro tenia, el marqués de Cádiz se volvió para Cártama 
á do el rey estaba, e le besó las manos, e el rey lo levantó e lo 
mandó posar muy cerca de sí; la cual honrra ningún grande de 
sus reynos en sus tiempos rescibió. E tomada Cártama, e Coyn, e 
las otras fortalezas, el rey se partió con hueste por dar una vista 
á Málaga; y asentado su real á vista della, llegó nueva al mar- 
qués de Cádiz cómo gente de caballo e de pie había salido de 
Ronda en socorro de Málaga; e como el marqués lo supo de un 
moro que le fizo la relación, acordó de ir luego al rey para gelo 
notificar, que su alteza supiese que era salida gente de Ronda, e 
que lo parescia seria bien que su alteza la fuese á cercar, antes 
.que la dicha gente á ella volviese, porque la cibdad en sí mesma 
era muy fuerte, e que seria más si en ella la gente oviese logar de 
«ntrar. E el rey le dixo: — Pues ¿cómo será esto, marqués, que lue- 
go se sabrá si muevo mi real? Y el marqués le respondió: — Señor; 
si vuestra alteza es servido, yo la iré luego á cercar, e defenderé á 
.los moros la entrada. E el rey le dixo: — Por cierto, marqués, antes 
me fareis en ello muy señalado servicio, y vayan con vos tres mil 
lanzas de las mias con las vuestras y ocho mil peones, e faced 
xomo quien sois, que yo seré con vos muy presto, E luego el 
marqués de Cádiz dio forma que se publicase que morían en su 
real, e mandólo levantar e poner bien apartado del real del rey, e 
.mucho de secreto, todos los que con él habían de ir esa noche, se 



244 

pasaron á su real. E después de media noche se partió, siguienda 
su camino fasta llegar á la cibdad de Ronda, e la cercó por todas 
partes de tal manera, que ninguno podia entrar en ella ni otro 
salir, e tóvola asi cercada cerca de cuatro dias, en el cual tiempo 
envió á decir al rey cómíb la tenia bien cercada, y que su alteza 
fuese presto con todos sus pertrechos y artillerías, que con ayudar 
del rey nuestro señor la ganaría, por cuanto el moro que le habia 
eacripto, le habia fecho agora saber la división y mengua de gen- 
te que en ella habia. E llegada la nueva al rey, dexadas todaa 
cosas, fué con su hueste á le socorrer. Y llegando el rey á donde 
el marqués estaba sobre la dicha cibdad, e la vido tan grande y 
ten ñierte, muchos de sus caballeros dubdaban de se poder ganar, 
dé manera que llegó la nueva al marqués, e dixo al rey: — Señor, 
mandad luego asentar los pertrechos y tirar, que sin dubda creo 
ganará la cibdad. E luego el rey los mandó asentar e repetir las 
estancas por todas las partes della, y el marqués de Cádiz asentó 
en el Mercadillo, que era lo más peligroso; e los combates fueron 
tan grandes de las lombardas e otros muchos tiros de pólvora e 
ballestería, que derrocaron muchas torres e gran parte del muro, e 
muchas casas fuertes de dentro de la cibdad, que los moros estík- 
ban espantados, que creían no ser de mano de los hombres, maa 
de Dios que quería su destruicion. E así mesmo la osadía fué tan 
grande del rey e de sus caballeros, que bien creyerou los moros 
que non podían escapar sin muerte dellos e de sus mujeres é fijos, 
e mayormente que eran ya muertos muchos de los moros de los 
más principales que dentro estaban, e con el gran temor, salieron 
preguntando por el marqués de Cádiz, como quiera que muy 
grandes daños del habían rescebido, e le rogaron le pluguiese ga- 
nalles merced del rey les dexase ir libremente con lo que pudie- 
sen llegar, e que luego le darían la cibdad, y que por la gran fé 
y verdad que del conoscian, lo dexaban en sus manos. E luego el 
marqués los llevo ante el rey e gelo suplicó, y el rey gelo otorgó, e 
mandó (lue saliesen seguros con todo lo que pudiesen llevar, e los 
que allende se quisiesen ir mandó que los pusiesen en salvo. E asi 
ftié ganada la cibdad de Ronda, domingo, día del Spíritu Santo, 
milagrosanieute, é toda aquella comarca ovo tan gran temor, que 



245 

no pensaron escapar, e vinieron los alcaides de las villas e forta- 
lezas de alrededor á íablar con el marqués de Cádiz, don Rodrigo 
Ponce de León, que le pluguiese de ganar seguro del rey, que 
querían fablar con él; el cual los puso ante su alteza, e le besaron 
pies e manos, e se le ofrecieron por sus vasallos, e le entregaron las 
fortalezas. De lo cual alcanzó grande honrra el marqués, que pues- 
to que eran sus enemigos, e les facia continuo muchos daños, más 
se quisieron confiar del que de otro ninguno. E así quedó, e está la 
tierra e serranías, desde Konda á Gibraltar, por el rey don Teman- 
do á su servicio. E su alteza con todos sus grandes se entró dentro 
de la cibdad de Ronda, e se aposentó en el alcázar della, e mandó 
facer y reparar todo lo que las lombardas derribaron. E el mar- 
qués cabalgó con ochocientas lanzas e mil peones, e fué sobre 
Montecorto, que lo tenia cercado con alguna de su gente, e lo to* 
mó por fuerza de armas, e tomó á Andita, e á Cárdela, e á Has- 
nalmara y la serranía, e otras tres fortalezas, algunas por fuerza 
de armas, e otras por gran temor se le daban á pleitesía. E pues- 
to en ellas el recabdo que era menester, se volvió con mucha vic- 
toria y grande alegría á la cibdad de Ronda, donde el rey y sus 
grandes y todas las otras gentes lo rescibierou muy honrradameu- 
mente, e allí reposó el rey por algunos días, donde tovo la fiesta 
del Cuerpo de Dios, la cual se fizo muy ricamente, y de allí se 
partió el rey con algunos de sus grandes á se folgar con el mar- 
qués de Cádiz á la su cibdad de Arcos, en la cual le fué fecho muy 
honrrado rescibimiento, y muy cumplidamente grandes fiestas á 
él y á todos cuantos con él iban, e allí vinieron dos moros de 
Marbella, como la villa se quería dar á su alteza, y el rey se par- 
tió á la tomar, y tomada, dexó en la tenencia della al conde de 
Ribadeo, e de allí se partió la costa de la mar fasta Osuna e Osu- 
nilla, que es á tres leguas de Málaga, e por la Elongirda, e á 
Cártama, e Alora, e de allí fué por Antequera derecho á la cibdad 
de Córdoba, donde la reina doña Isabel, su mujer, estaba, e le 
fué fecho rico rescibimiento, e allí estovo el marqués de Cádiz con 
sus altezas más de diez días, donde rescibió muy grandes honrras 
y mercedes de los reyes, y se despidió dellos, y se fué para la su 
■villa de Marchena, donde la marquesa, bu mujer, estaba. 



246 



CAPITULO XXX. 

CÓMO EL REY DON FERNANDO FUÉ SOBRE CAJIBIL , E ALAHBAR,. 
E LA GANÓ POR FUERZA DE ARMAS. 

E después desto, eu este dicho año de mil e cuatrocientos e 

ochenta (1) años, como las cibdades de Jaén, e Ubeda, e- 

Baeza continuo rescebian grandes daños de las villas e fortalezas 
de Cambil e Alhabar, ca eran muy fuertes, y por ser como eran 
muy cercanas á los lugares de cristianos, puesto que era invierno, 
el rey, con el gran deseo del servicio de Dios, y bien y pro de sus' 
reynos, acordó de ir á las cercar. E mandó luego juntar sus gentes, 
e sacó su hueste y pertrechos, e artillerías, e fuélas á cercar, y es- 
tándolas combatiendo, llegó fama que el rey de Grrauada con muy 
gruesa gente venia en socorro de aquellas fortalezas. E como el 
marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, era propio guer- 
rero, y tanto fuese su deseo del servicio de Dios y de la coron» 
real, en tanto que el rey allí estovo, nunca jamás las armas 
quitaba de encima, e salia de noche con sus gentes á tomar los 
caminos e atajos, porque el rey estoviese seguro en sus com- 
bates, e no rescebiese algún rebato de los moros, y también 
porque no se perdiesen algunos de los cristianos que del real 
salían desmandados. E continuando esto el marqués fasta que 
las fortalezas fueron ganadas, andando un día destos por el- 
campo, llegó á una torre muy fuerte, que estaba en el paso, en 
que habia dentro ciertos moros de pelea, e salían de allí, e facían 
grandes daños en los cristianos, e llegóse cerca della, e díxoles 
que se diesen al rey, su señor, y que les estaría muy bien si así 
lo íiciesen, en otra manera, que él les certificaba que todos serian 
metidos á espada. E los moros le respondieron palabras sober- 
bias e feas, de que el marqués ovo grande enojo, e vínose al real, 
e tomó pertrechos, e más gente; e otro día amaneció sobre ellos, y 
el combate que les dio fué tan grande, que mató muchos dellos, e 
les entró por fuerza, e todos los moros que dentro falló metió á, 

(1) En blanco. 



247 

espada, e derribó la torre por el pié; e el rey cuando lo supo, ovo 
grandísimo placer, de lo cual todo sacó el marqués de Cádiz 
muy grande honrra. E ganadas estas villas e fortalezas, el rey 
dio muchas gracias á Dios; e el obispado de Jaén y el de Córdoba 
rescibieron grandísimo bien y descanso en la toma dellas. Y el rey 
con sus grandes y gentes se vino á la cibdad de Jaén, donde la 
rej'na doña Isabel, su mujer, estaba, e salió con toda la gente de 
la cibdad á lo rescebir muy honrradameute, e de allí se partió el 
marqués para la su villa de Marchena, donde la marquesa, sa 
mujer, estaba, 

CAPITULO XXXI. 

CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ, DON RODRIGO 

PONCE DE LEÓN, ENVIÓ Á LOS GRANDES DE CASTILLA UN JUYCIO- 

SACADO DE LAS REVELACIONES Y PROFECÍAS DE SAN JUAN 

Y SAN ISIDRO, QUE LE FUÉ ENVIADO POR UN SABIO. 

Año de mil cuatrocientos e ochenta e seis años, el marqués de- 
Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, continuando su real voluntad 
á la corona real con aquel limpio deseo que siempre tenia de le 
facer señalados servicios, envió á los grandes de Castilla una es^ 
critura muy maravillosa que le fué enviada de un hombre muy 
entendido y católico cristiano, de las grandes victorias y venci- 
mientos que el rey don Fernando e la reyna doña Isabel, su mu- 
jer, habia de haber. Y la cabsa porque el marqués se movió á en- 
viar esta escritura á todos los grandes de Castilla, fué porque to- 
dos estoviesen muy humildes al servicio y mandamiento de los 
rej'es, y muy alegremente fuesen con sus altezas en ganar el reyno 
de Granada, y porque este sabio conocía el marqués ser muy de- 
seoso del servicio de Dios y de la corona real, más que ninguno 
otro grande de Castilla, gelo envió. El traslado de la cual escritu- 
ra, es éste que se sigue. 

Oya la santidad del Santo Padre, patriarcas, cardenales, arzo- 
bispos, obispos y toda la clerescía. Y sepan los Emperadores, re- 
yes, maestres, duques, condes, marqueses y todos los otros caba- 



248 

lleros, escuderos, labradores y todas las naciones del mundo, cris- 
tianos, moros 3' judíos, que el ilustre y muy poderoso gran prín- 
cipe rey don Fernando, rey e señor de los reynos de Castilla, 
Aragón y Qecilia, nasció en la más copiosa y más alta planeta que 
rey ni Emperador nunca nasció^ Y fué tanto llena de la gracia de 
Dios, que aunque todo el mundo señoree, como lo tiene de seño- 
rear, non la podría bynchir. Y por esto dixo Sant Isidro: — Yo so 
maravillado cómo el rey de Aragón no es ensalzado fasta el cielo, 
e serán sobre la tierra los sus ayudadores, así como ]a lluvia, abon- 
dosa en el tiempo del diluvio, porque la justicia de Dios es en sus 
corazones, y no será cosa en este mundo que se le pueda registir, 
que de todo su alteza no sea vencedor, porque toda esta gloria y 
victoria tiene Dios prometida al bastón, conviene á saber, al mor- 
ciélago, que éste es el encubierto. E su alteza e la muj' esclarecida 
señora reyna, es muy cierto ambos juntamente fueron elegidos y 
enviados por la mano de Dios para ejecutar su justicia 3' ensalzar 
la Santa Fé católica; y todos los grandes señores y pequeños, y 
todos las otras gentes , con grandísimo amor deliberado , deben 
mucho honrrar, y amar, y servir á sus altezas; porque así cum- 
pliendo el servicio de Dios Nuestro Señor, á quien mucho todos 
somos obligados, sus altezas muy largamente darán á cada uno su 
merescimiento, según sus obras y servicios. Y regla es del Aristó- 
teles, y en ia Iglesia de Dios auténticamente está, que el corazón 
de los reyes es en la mano de Dios; y todos les que fuesen obe- 
dientes al servicio y mandamiento de sus reyes naturales. Dios les 
honrrará mucho y les dará grandes bienes á los cuerpos y ánimas, 
dexando gloriosas famas y nobles memorias, y los que la contra 
£cieren, presto enseña Dios su venganza; exemplo, en Alvaro de 
Luna, maestre de Santiago, 3' de otros tales que después se afoga- 
ren con harta fortuna. Pues, ¿qué diremos del mu3f magnífico se- 
ñor rey don Alfonso de Portogal, en tan poco tiempo él y todas sus 
valías, cómo se acabaron sus grandes porfías? De manera que las 
cosas acometidas contra Dios y contra su justicia, como sean fue- 
ra de toda razou, muy ayna perecieron, y determinado es del bien 
aventurado San Isidro que dice así: — De necesario conviene qne 
aquel tan gran príncipe que se ha de enseñorear en todo el mun- 



249 

do, salga del señorío de Qecilia, y éste apretará todos los pueblos 
de mar á mar, e destruirá todos los moros de España, y todos los 
tornadizos serán cruelmente del todo dostruidos, por cuanto son 
eacarnidores y menospreciadores de la Santa Fé católica. Y no so- 
lamente su alteza ganará el reyno de Granada muy presto, mas 
sojuzgará toda África, e los reyuos de Fez, e de Túnez e de Mar- 
ruecos, e Benamarin, e todos los reynos fasta la entrada de Egip- 
to, e fasta los montes de Etiopía, e fasta el mar Océano, e los ray- 
aos de entremedias, e sojuzgando todas las tierras de los moros e 
malos cristianos, e destruyendo toda la seta del maldito de Maho- 
mad, e abaxará diez reyes, e sojuzgallos ha, e non saldrán debaxo 
de su señorío tres reyes de su linaje, e ganará fasta la Casa Santa 
de Jerusalen e cincuenta e dos jornadas adelante, e porná por sus 
manos el pendón de Aragón en el monte Calvario, en el mesmo 
lugar donde fué puesta la santa vera cruz ^ en que Nuestro Se- 
ñor Jesucristo fué crucificado; e será Emperador de Roma, e de 
los turcos, e de las Españas, e fará grandes castigos y venganzas 
por la tierra y muchas más por la mar, y no será cobdicioso de 
reynos, e por esto Dios permite e quiere que los faj'a; y mejor se 
Je farán todas las cosas que su alteza las pensará, e será siempre 
amador e sostenedor de la justicia, y muy bueno, y muy humilde 
á Dios Nuestro Señor; e sabrá las cosas por venir, que Dios se las 
revelará, miradas sus limpias entrañas, e terna tres años vacante 
á Roma; e después, por voluntad de Dios, porná un Santo Padre de 
muy santa vida, y de allí adelante cesarán las pompas de la Igle- 
sia e tornarán los clérigos al tiempo e usanza que mandó San Pe- 
dro. Y este magnífico rey bien aventurado fará todos estos castigos 
y venganzas señoreando, no con armasde homicida, mas con armas 
divinas, porque la gracia del Espíritu Santo nunca de su alteza se 
partirá; e no tan solamente será Emperador, mas monarca del 
mundo, e vivirá diez años más que ninguno de su linaje. La San- 
tísima Trinidad á su santo servicio conserve el muy magnífico y 
real estado del señor rey don Fernando y de la muy esclarecida 
señora reyna doña Isabel, su mujer, con luenga vida, gozo y ale- 
gría del señor príncipe y señoras infantas, como sus altezas desean. 



250 

¡Oh caballeros de Castilla! Plegué á Dios Nuestro Señor que vos 
dexe acabar en verdadera penitencia, porque vuestras ánimas se 
salven, y limpiamente procurándola honrra y estado de la corona 
real. Yquiérovos, señores, declarar toda la verdad! Sabed que este 
santo rey don Fernando bien aventurado que tenemos, es el encu- 
bierto, e así está declarado por San Juan y San Isidro en sus re- 
laciones, e dicen así: Que el encubierto era un gran príncipe cris- 
tiano, el cual aparecerá al acatamiento del sol, y en las partes de 
España, y será temporal y espiritual, e terna estas señales; él ha 
de ser de fermoso talle de cuerpo, e la color blanca y roxo, e de 
graciosa palabra y verdadera, e los ojos fermosos, y fermoso talle, 
de rostro y miembros bien puestos, e de muy fermoso andar, e ha 
muy ferraosa barbadura, y será amador de la justicia y enemigo 
de los malos, y será muy agudísimo e de grande entendimiento, e 
será en todo complido de virtudes, e parecerá mucho al rey David 
cuando era vivo. Y esto, señores, digo, porque todos en persona y 
con todos vuestros estados, e con muy alegres corazones, debéis 
servir e ayudar á tan noble rey á destruir todos los moros y here- 
jes, ensalzándola Santa Fé Católica. En esto Dios será muy servido, 
y sonará por todo el mundo la gran lealtad y gloriosa fama de 
vuestras nobles y virtuosas personas, y más la gloria eternal de 
paraíso, como non haya otra bien aventuranza salvo servir á Dios 
derechamente, y en breve tiempo veréis cosas maravillosas, execu- 
tando Dios sus luengas venganzas con derecha justicia contra todos 
los malos, e dando grandísimas victorias á los que tienen raeres- 
cimiento por virtudes. Y sabed por cierto que no habrá otro encu- 
bierto, salvo de los reyes de Aragón, uno ó dos ó cuantos á Dios 
placerá. Y estos y sus fijos e linaje, señorearán el mundo fasta 
la fin. 

Muy magnífico, noble y leal caballero, á Dios y á la corona real, 
señor marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, tan amado 
y tan querido de todas las gentes. Séneca dice que mejores son los 
buenos que el bien; y la noble fama y memoria de vuestra señoría 
non quedará por cierto de la suerte de los otros grandes de Casti- 
lla, según el grande merescimiento de vuestra señoría. Y más se 



251 

tiene de merecer, que aun agora comenzamos. Mas si todos fuesen 
tales, y tan esforzados, y con tan buena gana, y supiesen tanto 
de la guerra, non hay rej'no en el mundo que se detoviese que muy 
presto no ge ganase, cuanto más Granada, y es muy gran razou 
que por vuestras grandes virtudes y merescimiento, todos los gran- 
des de Castilla resciban de mano de vuestra señoría el traslado 
desta verdadera escritura, porque según sus virtuosos deseos, todos 
hayan placer, y resciban parte de su victoria, porque con mayor 
gana amen el servicio de Dios y de sus altezas, Nuestro Señor el 
muy magnífico estado de vuestra señoría prospere con luengos dia» 
de vida como vuestra señoría desea. 

CAPITULO XXXII. 

CÓMO EL REY DON FERNANDO 

GANÓ A LOJA, E Á ILLORA, E Á MOCLIN, E A MONTEFRÍO 

POR FUERZA DE ARMAS, E CÓMO, POR MANDADO DE SU ALTEZA, EL 

MARQUÉS DE CÁDIZ LA IBA Á CERCAR 

DELANTE. 

En este dicho año de mil e cuatrocientos e ochenta a seis años^ 
el rey don Fernando partió de la cibdad de Córdoba, sábado por 
la mañana, víspera de Pascua del Spiritu Santo, que fué á quince 
dias del mes de Mayo, para entrar á tierra de moros; e iban con. 
su alteza el maestre de Santiago, e el duque del Infantadgo, e el 
conde de Cabra, e don Alonso de Aguilar, e otros muchos caballe- 
ros e ricos homes, en que iban con su alteza diez mil de caballo, e 
cuarenta mil peones e más, e fué á comer á la Rambla donde es- 
peró tudas sus gentes, e el lunes adelante fué á sentar su real al 
rio de las Yeguas, porque oviesen lugar de llegar todos sus per- 
trechos e artillerías, que eran tantos y tales, que era cosa mara- 
villosa de ver. Dende llegó el marqués de Cádiz don Rodrigo Ponce 
de León, que venia de la su villa de Marchena, de ataviar todas 
las cosas que le complian, así para servicio de Dios como de la 
corona real, e honrra e defendimiento de su persona en la guerra 
de los moros. E cuando el rey supo cómo el marqués de Cádiz venía, 
rescibió muy gran placer, asi por el grande amor que su alteza le 



252 

tenia, como por se fallar siempre con él muy bien acompañado; e 
aniso ver cómo venia con' sus batallas tan bien ordenadas, e con 
tanto placer con sus trompetas e atabales, e como el dia era muy 
claro, parescían muy bien, ca resplandecían tanto las armas con el 
sol, que todas las gentes del real salían á lo ver, tanto bien pares- 
cían. E aposentado el marqués e sus gentes, esa noche el rey ovo 
consejo con él y con los otros grandes que con su alteza iban, y 
como quiera que algunos decían al rey que debía ir á cercar á Má- 
laga, el marqués de Cádiz le dixo: Señor, muchas razones hay 
para haber de tomar por buen consejo el cerco de Málaga, en es- 
pecial que, ganándose aquella cíbdad, se aseguraría toda la tierra 
de la garbia que vuestra alteza tiene ganada, e así ganará el Axar- 
quía fasta Velez-Málaga, e señoreará vuestra alteza gran parte de 
la mar. Pero para haber de sitiar á Málaga, han se le de poner 
tres reales. E uno, el más principal, en lo alto cerca de Gibralfaro, 
que tome fasta la mar; e el otro real ha de estar en lo baxo en el 
onsario; e el otro real en las huertas, que tome fasta dar en la mar. 
E para estos reales ha menester mayor cantidad de gente que 
vuestra alteza tiene, y por tanto, señor, mi parescer es que 
vuestra alteza debe asentar sobre Loja, e fío en Nuestro Señor 
que en breve tiempo la ganará. E de allí pasará el rio de Xenil, e 
asentará sobre Illora; e como quiera que es villa e castillo muy 
fuerte, tiene muy buena disposición para ser combatida de las lom- 
bardas, e non se le puede detener cuatro ó cinco días; e de allí 
puede vuestra alteza ir á sentar sobre Moclin, e la puede tomar en 
otros tantos dias. Porque estos lugares, como quiera que están en- 
riscados en peñas altas, son á mi parescer muy flacos para el arti- 
llería que vuestra alteza aquí tiene, asi por ser lugares pequeños 
de poca gente, como porque no tienen barreras ni baluartes que 
tengan traveses nin fosados, y por estas cabsas non son defende- 
deros. Y estas fortalezas tomadas, queriendo Dios Nuestro Señor, 
la cibdad de Granada se poma en mucha necesidad, e la villa de 
Montefrio, e otro lugar que se llama Colomera, luego se dará á 
vuestra alteza, porque quedan atajados de Granada. E como esto 
ovo dicho el marqués de Cádiz, todos loa otros grandes se confor- 
maron con él, porque á todos parescía muy bien su consejo, y al 



253 

rey mucho mejor. E su alteza tomó el consejo y parecer del mar- 
qués, y mandó que él tomase la delantera con tres mil lanzas e diez 
mil peones, e la fuese á cercar. 

CAPITULO XXXIII. 

CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ, DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, 
FUÉ Á CERCAR Á LOJA POR MANDADO DEL REY. 

Esto así mandado por el rey, el marqués de Cádiz se partió de 
allí con la dicha gente, e fué á dar cebada, e reposar á la Peña 
de los Enamorados; e de allí se partió sobre tarde, e fué á amane- 
cer sobre Loja e los moros, desque vieron las batallas, salieron de 
la cibdad fasta quinientas lanzas e tres mil peones con el rey Mu- 
ley Albaudil que allí estaba, que habla venido para defender la, 
cibdad de Loja, e comenzaron á escaramuzar, pensando que se des- 
ordenarían los cristianos; y el marqués, como era capitán diestro 
e caballero muy esforzado, fizo ordenar bien sus batallas, después 
que pasó de Riofrío, e llevó la via de la cibdad; e así como él se 
iba llegando, asi el rey moro se iba retrayendo fasta que se puso 
junto con la cibdad, en el Onsario, cerca de los Mesones. E el 
marqués fizo poner tres mil peones e doscientos caballeros en Al- 
mohacen, que es sobre la cibdad; e otros tres mil peones, e dos- 
cientos de caballo en un gran peñasco que está delante de Almo- 
hacen, cerca de la cibdad, para que aquella gente ficiese rostro al 
rey moro e á su gente. E el marqués, con sus batallas bien orde- 
nadas, pasó entre la sierra alta e la. cibdad por un mal paso de 
un arroyo que viene de una fuente que sale de la sierra, e allí se 
facía gran maleza de huertas e árboles, e el rey e los moros tra-- 
bajaron mucho por defender aquel paso. E el marqués, como es- 
forzado caballero, se arriscó en tal manera, que peleó con ellos, e 
los moros fueron desbaratados, fasta que los metió por las puertas 
de la cibdad. E murieron asaz moros, entre los cuales murió un 
alcaide muy honrrado que se llamaba el Alatar Cid Mahomad, 
que era el más principal moro de consejo que el rey allí tenia. E 
después que el rey e los moros fueron todos dentro en la cibdad, 
el marqués apartó su gente, porque rescebian gran daño de las 



254 

espingardas e ballestas desde los adarbes, en tal manera, que él 
y su gente pasaron á todo su placer de aquella parte de la cibdad, 
e asentó su real en un cerro que está en la falda de la sierra, cerca 
della. E como los moros vieron allí asentado el real, desmayaron 
mucho, e fueron muy turbados, conociendo que por aquella cabsa 
e asiento de aquel real, la cibdad les habia de ser tomada. E esto 
fizo el marqués de Cádiz como caballero de gran entendimiento, 
y muy sabio en todo, y mucho en los fechos de la guerra. E otro 
dia llegó el rey don Fernando á Loja con su hueste, e pertrechos, 
e artillerías, e asentó su real desta parte de la cibdad, cerca del 
río. E después de asentado en la tarde, se fué á ver al marqués 
de Cádiz, que estaba de la otra parte de la cibdad, donde su alte- 
za ovo mucho placer con él, porque tan concertadamente lo habia 
fecho, que muchos dubdaban que non podría pasar de la otra par- 
te sin rescebir gran daño e peligro. E como el rey vido que el 
marqués tenia así cercada la cibdad, e se habia dado á tan buen 
recabdo, dióle muchas gracias por ello, e le dixo: Marqués, ¿qué 
vos parece que se debe facer de aquí adelante? Y el marqués res- 
pondió: que según la gran discreción y seso de su alteza, él tenia 
para dar consejo á todos, y non rescebirlo de ninguno; pero 
pues que su alteza le demandaba que le dixese lo que le páresela, 
que su alteza con su hueste se debía estar quedo donde estaba, 
e que otro dia de mañana tomase los arrabales de la cibdad, 
porque, aquello fecho, los moros se estrecharían tanto , que nin 
uno podría salir, nin otro entrar. E que después su alteza debía 
pasar allí su real, porque convenia tener allí la mayor parte de 
la hueste, para registir el socorro que de Granada podía venir. E 
que en el sitio donde su alteza estaba, bastaría un caballero que 
allí quedase con mil lanzas, e seis mil peones, e con su alteza to- 
dos los otros grandes que allí estaban. 

E al rey paresció muy bien el consejo del marqués, e quedó 
acordado que otro dia de mañana lo pusiese por obra, lo cual así 
se fizo. Y en amaneciendo, se armaron diez mil hombres, caballe- 
ros, e escuderos, e espingarderos, e ballesteros, todos bien orde- 
nados, e acometieron los arrabales y entráronlos, ébmo quiera que 
loa moros peleaban tan bien por los defender, que firieron y mata- 



255 

ron asaz de los cristianos; pero al fin de todo, como Nuestro Señor 
Dios era con los cristianos, los moros fueron vencidos, y fueron 
dellos muertos y presos más de seiscientos, e los otros que queda- 
ron se recogeron todos á lo alto de la cibdad. En el cual combate 
todos los grandes que allí estaban e las otras gentes lo ficieron 
muj' varonilmente. Y el rey andaba esforzando toda su gente, y 
puesto tanto al peligro como si fuera un escudero, faciendo como 
noble rey y dando muchas gracias á Dios por la gran victoria que 
les habia dado; e su alteza envió á llamar al marqués don Rodri- 
go Ponce de León e á los otros grandes, para les dar gracias por 
tanto bien como lo hablan fecho, e ovo consejo con ellos cómo se 
debian guarnecer de gente aquellos arrabales, e acordóse que 
su alteza diese el cargo á ciertos capitanes de sus guardas con 
mil escuderos, e tres mil ballesteros, e espingarderos, e estuviesen 
dentro en los dichos arrabales. E esto así fecho, luego otro dia el 
rey pasó su real á la otra parte, como el marqués de Cádiz se lo 
habia aconsejado, e dexó al conde de Cabra con trescientas lanzas 
suyas, e á Gómez Manrrique, corregidor que era en la cibdad de 
Córdoba, con la gente de la dicha cibdad, que eran setecientas 
lanzas e seis mil peones, los cuales caballeros e gentes quedaron 
allí e dieron buen recabdo de lo que el rey les mandó; e por la 
otra parte de la cibdad el marqués y los otros grandes pusieron 
Las estanqas tan cerca de los muros, que la artillería derrocaba 
tanto dellos, y estaban para se entrar dentro en la cibdad. E los 
moros, veyendo esto, dixeron á grandes voces que querían dar la 
cibdad al rey, e que querían seguro del marqués. E el rey mandó 
al marqués de Cádiz que les asegurase, e salieron los más princi- 
pales que con el rey moro estaban al marqués, el cual les dio se- 
guro. E después de les haber dado el seguro llevóles antel rey, y 
los moros se echaron á sus pies, e dixeron que el rey su señor 
enviaba á decir á su alteza que le quería dar la cibdad, e que su 
persona, e todos los otros moros y moras le pedían merced fuesen 
libres, e que el marqués de Cádiz, don Bodrigo Ponce de León, 
los llevase fasta los poner en lugar seguro, porque del se fiaban 
porque era buen caballero, e así como les había dado mucha guer- 
ra, así les guardaba la verdad y fé que les prometía, lo que el 



256 

rey les otorgó. E luego el rey moro, con todas las gentes que te- 
nia, salió de la cibdad, y el marqués los llevó con dos mil lanzas 
fasta cerca de Granada, e el rey moro non quiso entrar dentro en 
la cibdad, e fuese por vera de ciertos lugares que allí estaban por 
él. E los alatares e alcaides que allí estaban en Lqja fueron á 
Granada; e la gente de moros que salió de Loja eran quinientos 
de caballo e dos mil e quinientos moros de pié, e fasta dos mil 
ánimas de mujeres e niños. E dende á tres dias que la cibdad fué 
entregada al rey, dexando en ella el recabdo que convenia á su 
estado real para el defendimiento y guarda della, se partió de allí 
con toda su hueste e artillería, la cual pasaron por una puente que 
se fizo de madera muy fuerte en el rio de Xenil. E el rey mandó 
al marqués de Cádiz que tomase la delantera con fasta dos mil 
lanzas e seis mil peones, e fuese á cercar á lUora. 

CAPITULO XXXIV. 

CÓ510 EL REY MANDÓ AL MARQUÉS DE cXdIZ , 

DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, QUE FUESE Á CERCAR LA VILLA 

DE ILLORA , E LA CERCÓ. 

E luego el marqués, por cumplir el mandamiento del rey, se 
partió por la mañana de la cibdad de Loja con sus batallas bien 
ordenadas. E otro dia en amaneciendo, puso el cerco sobre la villa 
de lUora, y en tal manera puso las estancas e recabdo en el cam- 
po, que cuando el rey otro dia llegó, la villa estaba tan apretada, 
que un moro non podia salir nin oti^o entrar. E como el rey llegó 
con su hueste, ovo muy grand placer del buen recabdo que fallara, 
e asentó su real, y dio tal orden en el combate él y sus grandes, 
y el artillería derrocó tanto de los muros e torres de la villa, que 
dende eu seis dias, el alcaide moro fizo decender cuatro moros de 
los más principales que con él estaban por cima del adarbe, e en- 
viólos al marqués de Cádiz con fabla que queria dar aquella vi- 
lla al rey, y que se quería poner en manos del marqués, para que 
todo lo que él ficiese, lo habría por bien fecho. E luego el mar- 
qués cabalgo y fué con ellos á la tienda del rey y fabló con su 
alteza cómo el alcaide y moros de aquella villa gela querían dar. 



257 

E lo que tocaba A sus vidas e faciendas, por cuanto lo habían 
puesto eu sus manos, que suplicaba á su alteza oviese por bien 
ellos fuesen libres, e fuesen pacíficamente á Granada con todo lo 
suyo, y al rey le plugo dello. E otro dia por la mañana, los mo- 
ros entregaron la fortaleza y villa, y el marqués los fizo poner se- 
guramente fasta cerca de Granada. E la reyna, sabido esto, deter- 
minó de venir á ver á Loja y á Illora. 

CAPITULO XXXV. 

CÓMO LA REYNA FUÉ Á VER LA CIBDAD DE LOJA 
E LA VILLA DE ILLORA, Y ENVIÓ POR EL MARQUÉS DE CÁDIZ 
PARA QUE LA LLEVASE SEGURAMENTE. 

E como la rey na doña Isabel, estando en la cibdad de Córdoba, 
supiese que la cibdad de Loja e la villa de Illora eran ganadas, 
con el gran gozo e alegría que su alteza tenia, envió pedir por 
merced al rey que las quería venir á ver, y le pluguiese enviarle 
al marqués de Cádiz con gente para que la llevase seguramente. 
E el rey lo fizo saber al marqués lo que la reyna quería e manda- 
ba. E el marqués respondió como noble y virtuoso caballero, que 
besaba las manos á sus altezas j)or lo señalar más á él que á todos 
los otros grandes que ende estaban; e luego el marqués se partió 
con fasta mil lanzas, e fué á sentar su real á la fuente de Archi- 
dona; e allí mandó aderezar de comer para la reyna y la infanta, 
su fija, e las damas, e para todas las otras gentes que con su al- 
teza venían. E como quiera que el marqués de Cádiz acostumbra- 
ba á estar en el campo más que otro ninguno, poniendo buen re- 
cabdo en la hueste, siempre tenía muy ricas tiendas e grandes 
atavíos, así de vaxillas de oro e plata, como de otras muchas ricas 
cosas, según su estado e como quien él era. E de allí, de Archido- 
na, pasó con su gente, sus batallas bien ordenadas, deste cabo de 
la Peña de los Enamorados, á rescebir á la reyna, que había su al- 
teza dormido esa noche en Santíllan, cerca de la torre de Molina; 
e como el marqués llegó á la reyna y le fizo reverencia y aquel 
acatamiento que debía y era obligado, le besó las manog, e la rey- 
ToMO CVI. • 17 



258 

na ovo mucho placer en lo ver, e díxole: — Xo parece, marqués, 
sino que los cumpos por donde venís, vienen llenos de alegría. 
Merescimiento tenéis de grande honrra, y el rey, mi señor, e yo, 
vos fareraos grandes mercedes. E el marqués fincó las rodillas 
y le besó las manos otra vez. E su alteza lo levantó, e fueron su 
camino fasta la fuente de Archidona do estaban las tiendas del 
marqués, él cual le fizo allí muy grandes fiestas, e donde la reyna 
comió, tenia una muy rica mesa, e puesto á las espaldas un paño 
muy rico de brocado e otro por cíelo, e su aparador muy compues- 
to, con una muy rica vaxilla de plata blanca, e ciertas piezas, tanto 
doradas, que parescian todas de oro; mucho pan blanco muy es- 
merado, e muy finos vinos, muchas frutas, aves e otras carnes, e 
muchas otras cosas de miel e de azúcar, fechas de diversas mane- 
ras, según el tiempo; conservas e aguas muy odorííenis que la 
marquesa le había enviaio. E fué todo tan complida e abastada- 
mente, que la reyna e infanta, e las damas, e caballeros, y todas 
sus gentes, fueron muy alegres e contentas da tan rico rescibi- 
miento. E luego esa tarde, la reyna se partió para Loja, e llegada 
á la cibdad, lo primero fué á ver la iglesia mayor, e de allí fué á 
ver la fortaleza, porque el marqués le mostraba y daba tan buena 
razón de todo, como quien lo sabia muy principalmente que otro 
ninguno. E su alteza daba muchas gracias á Dios, y estaba mai'a- 
villada cómo en tan pocos días se había tomado aquella cibdad 
tan fuerte y tan populosa. E otro día de mañana, después de haber 
oído misa, la reyna se partió con su leal caballero el marqués de 
Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, e los otros sus caballeros y 
gentes, la vía de Illora. E llegando á una legua della, el rey salió 
á la rescebir con muchos caballeros y gentes do su hueste, donde 
«abréis por cierto que fué el más honrrado y más rico rescibimien- 
to que hombres pudieron ver, de tantos gozos y alegrías que todos 
facían. Y eran tantas las trompetas, sacabuches y cheremías, tam- 
boriles e atambores e atabales, que parescía que el mundo se que- 
ría hundir. E así entrados e aposentados los reyes en la villa de 
Illora con tanta magnificencia, la reyna ovo tan gran placer en ver 
aquella villa tan fermosa e tan fuerte, que dio muchas gracias á 
Dios por la gran victoria q«e al rey habia dado. E sus altezas 



259 

mandaron que con todos los instrumentos que la reyna fué resce- 
bida, con aquella misma solemnidad fuesen todos con el marqués 
de Cádiz fasta ser aposentado en su real, e asi lo ficieron. 

CAPITULO XXXVI. 

CÓMO EL REY MANDÓ AL MARQUÉS 
DE CÁDIZ QUE FUESE Á CERCAR A MOCLIN , E CÓMO SU ALTEZA 

LO GANÓ. 

Ese dia que la reyna llegó á Illora, el rey mandó al marqués 
■que otro dia por la mañana tomase la delantera, e fuese á cercar 
á Moclin con fasta dos mil de caballo e ocho mil peones. E el mar- 
qués lo puso por obra, e puso el cerco como convenía. E á la tarde 
llegó el re}'^ e la reyna, e se apretó tanto el cerco, que dentro en 
cinco dias el alcaide, e algunos caballeros de Granada que ende 
estaban, á grandes voces llamaron al marqués de Cádiz que querían 
fablar con él, y el marqués á la sazón estaba con el rey e la reyna 
en un cerro que se face muy alto sobre la villa, de donde estaban 
mirando cómo tiraban las lombardas á las torres y muros della, 
los cuales eran tan fuertes, que las lombardas facian tan poco daño, 
X[ue sus altezas ovieron mucho placer en ver que los moros llama- 
ban al marqués, y los reyes le mandaron y rogaron él quisiese ir 
á saber lo que los moros le querían. E luego el marqués cabalgó e 
fué fasta corea del muro de la fortaleza, e los moros, como lo vieron, 
abrieron las puertas del postigo, e salieron á él el alcaide e caba„ 
lleros de Granada que ahí estaban,, e le dixeron que aquella villa 
e fortaleza, e sus personas, ponían en sus manos para que ficiese 
<3e todo ello lo que él mandase. E el marqués le mandó que cabal- 
gasen en sus caballos, e levólos consigo á donde el rey e la reyna 
estaban, y les besaron las manos. Y el marqués dixo á sus altezas 
que aquella villa y fortaleza de Moclin era suya, y que aquellos y 
los otros moros que en ella estaban, suplicaban á sus altezas se 
fuesen libres á Granada. E á los reyes plogo mucho dello, y gelo 
otorgaron. Y luego el marqués envió á su hermano don Diego con 
cincuenta escuderos fidalgos suyos para que se apoderasen en la 
fortaleza e homenaje de la villa. E el marqués llevó al alcaide e 



260 

caballeros á sus tiendas, donde les mandó facer muchas honrras, 
e los vestió de seda y les dio machas dádivas. E otro dia por la 
mañana el marqués cabalgó con setecientas lanzas, y como noble 
caballero, quiso ir con ellos porque fuesen más seguros, con los 
cuales llegó fasta cerca de Granada. E los moros de Granada, 
como supieron que la villa era ganada, salieron al campo íasta^ 
mil de caballo, por facer algún daño á los que fuesen á poner en 
salvo á los moros, y el marqués llevaba tres batallas muy bien 
ordenadas; e las atalaj'as que los moros tenian reconocieron las 
banderas del marqués, e ficiéronlo saber á los moros en la celada 
donde estaban puestos; e como lo supieron, salieron á gran priesa 
de la celada e tomaron la via de Granada, fasta que se metieron 
por los olivares de la cibdad; e el marqués los siguió, e quisiera 
mucho que esperaran, e puso los moros que llevaba en el Alearía 
Dalboloco, que serian fasta ciento e cincuenta de caballo, e seis- 
cientos hombres de pie, todos ballesteros y espingarderos. E luego- 
el marqués se volvió al real, e otro dia de mañana la fortaleza de 
Colomera se dio á los reyes, e un caballei'o que llamaban Rodrigo 
de Ulloa la fué á rescebir. E dende á dos dias sus altezas acorda- 
ron con los grandes que allí estaban que el rey fuese á la Vega 
de Granada á la talar, e que los pertrechos e artillería fuesen á 
sentar sobre Montefrío, e que la reyna quedase en Moclin. E el 
rey se partió á poner su real en Alhendin, que es cerca de Grana- 
da, e talóse la vega en tres dias, y en este medio tiempo el alcai- 
de e los moros de Montefrío enviaron sus mensajeros á la reyna, 
que estaba en Moclin, á darla villa á su alteza, e la reyna ovo 
dello mucho placer e partióse para Montefrío, e rescibió la villa. 
E aquel mismo dia el rey con sus grandes e hueste llegó á Mon- 
tefrío, e otro dia después de los moros haber entregado la villa, se 
fueron para Granada. E la reyna se partió para Córdoba á man- 
dar aderezar el rescibimiento que al rey se había de facer. E 
donde ú cuatro dias el rey se partió á la dicha cibdad de Córdoba, 
donde se le fizo grande rescibimiento, e siempre su alteza llevaba 
consigo al marqués de Cádiz junto con él, y entrando por la cib- 
dad, luego fué á la iglesia mayor á facer oración, e de allí se fué 
para el alcázar, donde la reyna con el príncipe e infantas y todaa 



261 

las damas lo salió á rescebir. La cual salió la más fermosa e más 
ricamente vestida de paños de peso, e perlas e piedras preciosas de 
muy gran valor, cual nunca ojos de vivos tal vieron. E allí se ficie- 
ron muy grandes fiestas, e dende en dos días, el marqués se partió 
para la su villa de Marchena, donde la marquesa su mujer estaba, 
la cual salió con sus dueñas y doncellas y criados y todas las 
gentes de la villa á lo rescebir con grandes alegrias, }'■ dando 
muchas gracias á Dios porque siempre en todo le daba gran vic- 
toria. Y luego mandaron el marqués y la marquesa, su mujer, 
que era muy noble, virtuosa y devotísima cristiana, decir diez 
misas de la Concepción de Nuestra Señora la Virgen María Ma- 
dre de Dios, cantadas muy solemnemente, con muchos clérigos y 
ornamentos muy ricos, y con órganos, y en cada una misa un 
sermón muy solemne, todos de loores y alabanzas de Nuestra Se- 
ñora, e ficieron muchas limosnas de secreto en aquellos lugares 
que más lo hablan menester; como de los tales bienes y devocio- 
nes Dios y Nuestra Señora la Virgen María mucho sean servidos. 
Los cuales fueron siempre mucho buenos casados en grande hon- 
ra, paz y mucha honestidad. 

OAPITULO XXXVII. 

CÓMO EN ESTE JUSMO AÑO DE OCHENTA E SEIS, 

EL MARQUÉS DE CÁDIZ, DON RODRIGO TONCE DE LEÓN, ESTOVO 

A TIEMPO APAREJADO DE SE METER DENTRO EN GRANADA, 

DE LA MANERA QUE AQUÍ CONTAREMOS. 

Agora se podrá bien probar lo que el marqués, Iñigo López de 
Mendoza, dixo en uno de sus proverbios: Quien, comienza en ju- 
ventud á lien olrar, es señal de nunca errar en senectud. Y como 
quiera que en muchos lugares vaya apuntado, nunca jamás este 
noble y esforzado caballero marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce 
de León, su pensamiento se apartase así de las cosas del servicio 
de Dios como de ensalzar la coroua real, todavía buscando cómo 
pudiese destruir los infieles, estando en la su villa de Marchena 
reposando, según los grandes trabajos que en la guerra había pa- 
sado, con todo eso, nunca sus adalides cesaban de trabajar; los 



262 

cuales habían ido á tentar á Málaga, e á Vélez Málaga, e Alme- 
ría, por saber y mirar si se podrían escalar ó tomar por otra cual-' 
quíer manera alguna destas villas e cibdades, por venir al mar- 
qués de Cádiz, su señor, con alegres nuevas, por cumplir su gran 
deseo, que era dar guerra continua á los moros, nunca estimanda 
trabajos, soles ni fríos, las armas á cuestas. Ca acaesció que en 
este tiempo ciertos caballeros moros muy principales de Granada, 
veyendo la gran perdición así del rey moro como del reyno, e la 
gran fambre y estrecho en que todos estaban puestos, y más te- 
miendo lo que se esperaba venir, y por se remediar ellos, acorda- 
ron de escrebir al marqués de Cádiz muy encubiertamente, facién- 
dole saber cómo ellos y otros muchos que habían de seguir su vía le 
querían dar una fortaleza dentro en la cibdad de Granada, y que 
él viniese poderosamente lo más que pudiese y más secreto, al 
tiempo que otra letra dellos viese, después de haber rescebído su 
respuesta; y que en esto no pusiese ninguna dubda, porque esta 
era su voluntad determinada, querer darle á él esta honrra más 
que á otro ninguno grande del Andalucía nin de todo el reyno de 
Castilla, por muchas razones y gran merescimiento suyo, seyendo 
ya tan conocido por caballero de gran fé y verdad, y que como 
quiera que él les oviese fecho tan cruel guerra y era la principal 
cabsa de toda su destruicion, que esta era su determinada volun- 
tad, y que en sus manos ponían sus vidas y honrras, las cuales 
querían por su amor poner á todo riesgo y peligro. E cuando el 
marqués, don Eodrígo Ponce de León, vido el mensajero y leo las 
cartas, rescibió muy grandísima gloria y placer, dando muchas 
gracias á Dios y á Nuestra Señora la Virgen María por tanta vic- 
toria, bienes y mercedes como cada día le facía, como quier que 
tovo alguna sospecha que podría ser alguna traición; pero como 
era muy esforzado caballero y de gran seso, él se confesó luego 
otro día e fizo decir una misa devotamente ante Nuestra Señora la 
"V irgen IMaría, de la cual él siempre fué muy devoto, e rescibió el 
cuerpo de Nuestro Señor, e encomendóse á ella. E acabada la misa, 
él se falló tan alegre y tan dispuesto, que le pareció que ya estaba 
dentro en Granada. Y luego, mucho de secreto mandó apercebir 
toda su tierra y fizo requerir muchos parientes e amigos, e se vído 



263 

con algunos grandes de la frontera de quien bien podía confiar 
algo del secreto, y fallóse tener ciertos para la hora que menester 
fuesen, cuatro mil e seiscientos de caballo y diez mil peones; y más 
aparejó de llevar seis medias lombardas y diez robaduquines, e 
otras diez sebratanas con sus piedras, e mucha pólvora, e mil es- 
pingarderos y mil e quinientos paveses, para lo cual todo llevar e 
muchos mantenimientos, tenia repetido trescientas acémilas, roci- 
nes e otras bestias de carga en que fuese todo repartido, que non 
fuesen mucho cargadas, porque pudiesen ir á mayor priesa. E todo 
así ordenado muy secreto, escribió al rey y á la reyna largamen- 
te todo el caso; mas que sus altezas no se moviesen fasta ver otra 
letra suya, porque no sabia si podría acontecer en el caso algún 
desvio porque no se pusiese en obra lo comenzado. E asimesmo 
acordó el marqués con otros grandes, que como supiese que era 
dentro en Granada, muy apriesa llamasen todas las otras gentes 
del Andalucía para el socorro; porque como quiera que el mar- 
qués fuese muy esforzado y de gran corazón, según la gran more- 
ría, y en su casa y sobre lo suyo, todo era bien menester. E como 
caballero cuerdo, desque lo tovo así concertado, él envió el men- 
sajero con sus cartas á los caballeros moros de Granada que le 
habían escrito, gradeciéndoles mucho su buen deseo y faciéndoles 
saber que, dexando los reyes, sus señores aparte, de quién fue- 
sen ciertos rescebir grandes honrras, bienes y mercedes; mas que 
él les faría largas mercedes; por ende, que estoviesen fuertes en lo- 
que le habían escrito, que vista otra letra suya, la cual quedaban 
esperando, sería con ellos. E antes que el mensajero llegase, fué 
revelado el secreto al rey moro, e óvose muy cuerdamente con ellos- 
mirando la gran necesidad en que estaba, porque como estos caba- 
lleros fuesen personas tan principales y muy emparentados y muy 
queridos en la cibdad, el rey moro se fué á sus casas e los llevó á 
comer consigo, e fabló con ellos muy largamente diciéndoles gran- 
des cosas, tanto, que le conocieron toda la verdad, y el rey les 
perdonó y les fizo muchas mercedes y que dende en adelante, de- 
jaba toda su honrra en sus manos dellos. E puso cuanto mejor re- 
cabdo pudo en la cibdad, de manera que así se estorbó obra tan 
buena y mucho mejor que la de Alhama. 



264 



CAPITULO XXXVIII. 

CÓMO EL REY DON FERNANDO Y LA REYNA 

LOS'A ISABEL, SU MUJER, VINIERON Á LA CIBDAD DE 

CÓRDOBA PARA ENTENDER EN LAS COSAS DE LA GUERRA DE LOS 

MOROS, PARA LO CUAL ENVIARON POR EL MARQUÉS DE CÁDIZ 

DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, PARA HABER SU 

CONSEJO CON ÉL. 

En el año del nascimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil 
e cuatrocientos e ochenta e siete años, á veinte y seis dias del mes 
de Febrero, el rey don Fernando, e la reyna doña Isabel, su mu- 
jer, vinieron á la cibdad de Córdoba con grandísimo deseo de servir 
á Dios Nuestro Señor, y por ensalzar la su Santa Fé Católica, para 
dar orden en los fechos de la guerra contra los moros infieles del 
reyno de Granada, para lo cual sus altezas enviaron un caballero 
con sus cartas al marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponco de León 
que estaba en la su villa de Marchena, enviándole rogar y mandar 
que, vista la presente, se viniese para sus altezas á la dicha cibdad. 
Y llegado el mensajero al marqués, y' vista la carta de los reyes, 
ovo muy gran placer y alegría con ella; y mandó luego aposentar 
honrradamente al caballero que vino con el mensaje, y darle muy 
complidamente todas las cosas que menester oviese, como siempre 
lo acostumbró facer á todos les mensajeros que de cualesquier reyes 
ó otros grandes á él viniesen. Y dende á cuatro dias aderezó su 
partida 3' fué su camino con veinte cabalgaduras, todos principales 
caballeros, ricamente vestidos de seda y cadenas de oro, y fué esa 
noche á dormir á Ecija, donde le fué fecho muy honrrado rescibi- 
miento por don Fadrique de Toledo, fijo de don García de Toledo, 
duque de Alba, que alli estaba por visorrey de la frontera, puesto 
por los reyes, con todos los caballeros de la cibdad, e le ficieron 
muy grandes honrras. E otro dia de mañana se partió, e conti- 
nuando su camino, llegó á la cibdad de Córdoba, cerca ya del sol 
puesto, donde le salieron á rescebir el cardenal de España, arzo- 
íjispo de Toledo, con todos los otros prelados y grandes que en la 
corte estaban, con muchas trompetas y cheremías y atabales, así 



2G5 

de la uua parte como de la otra; y entrados á la cibdad y llegados 
á los palacios de los reyes, sus altezas estaban mirando á una ven- 
tana cómo venia rescibiendo mucho placer; y el cardenal y todos 
los otros caballeros ficieron reverencia á sus altezas, y el marqués 
de Cádiz descabalgó y subió á les facer reverencia; y sus altezas 
se levantaron á él, y el marqués, puestas las rodillas en tierra, 
^es besó las manos; y sus altezas le quisieron levantar, y nunca lo 
pudieron con él acabar, antes el marqués suplicando á sus altezas 
se asentasen en su estrado real, que de otra manera non se levan- 
taría. E los reyes asentados, el marqués se levantó, y sus altezas le 
mandaron poner una rica silla cerca de sí, así por el grandísimo 
amor que le tenían, como por sus grandes y leales servicios, y así 
estovieron más de tres horas fablando fasta que los reyes le manda- 
ron ir á reposar, y el marqués besó las manos á sus altezas, y se 
fué á sus posadas con sus caballeros y otros muchos que le acom- 
pañaron, con muchas hachas encendidas delante del: y desta ida 
estovo el marqués de Cádiz con los reyes doce dias, en los cuales 
cada dia fablaban todos tres dando asiento en los fechos de la 
guerra, y en todas las cosas que para ello eran menester, como 
siempre sus altezas se fallasen bien del consejo del marqués, como 
quiera que con todos sus grandes ovieseu consejo, mas al fin lo 
que acordado estaba entre sus altezas y el marqués, aquello habían 
por mejor, y nunca otro seguían desde cuando el rey se oviera de 
perder en Loja por se apartar de su consejo. Y en todo este tiempo 
que el marqués allí estobo con los reyes, nunca jamás vez entrase 
donde sus altezas estaban que á él non se levantasen. E á cabo de 
doce días, el marqués se despidió de sus altezas, y se fué á la su 
villa de Marchena para se ataviar de las cosas que á su honrra y 
estado complian para el tiempo de la guerra. 



266 
CAPITULO XXXIX. 

CÓMO EL REY DON FERNANDO PARTIÓ 

DE LA CIBDAD DE CÓRDOBA PARA IR SOBRE MÁLAGA 

E SOBRE VÉLEZ MÁLAGA, POR CONSEJO DEL MARQUÉS DE CÁDIZ, 

E DE CÓMO LAS TOMÓ, Y DE LAS COSAS QUE SOBRE EL 

CERCO Y TOMA DELLAS PASARON. 

En este dicho año de mil e cuatrocientos é ochenta e siete años, 
á cinco dias del mes de Abril, el rey don Fernando partió de la 
cibdad de Córdoba con muchos grandes señores de sus reinos y 
otros caballeros e ricos homes, conviene á saber: los maestres de 
Santiago, de Castilla e Aragón, el maestre de Alcántara, el duque 
de Nájera, el duque de Gandía de Aragón, el marqués de Villena, 
el conde de Urueña, el conde de Cifuentes, el conde de Benavente^ 
el conde de Cabra, el conde de Feria, el conde de Medellyn, el 
adelantado don Alonso de Aguilar, don Fadrique de Toledo, fijo 
del duque de Alba, el comendador mayor de León, el clavero de 
Calatrava, el alcaide de los donceles, Martín Alonso de Slontema- 
yor, señor de Alcaudete, e otras muchas gentes de caballo e de 
pie, y muy grandes pertrechos e artillerías, que era cosa maravi- 
llosa de lo ver, en que llevaría doce mil do caballo, e cíen mil 
hombres de pie, espingarderos, ballesteros e lanceros; llevando su 
camino derecho por el rio de las Yeguas, donde el marqués de 
Cádiz, don Rodrigo Ponce de León, se juntó con su alteza con cua- 
trocientos caballeros muy ricamente ataviados, con el cual el rey 
rescibió grandísimo placer e alegría, así por el grande amor que 
le tenía, como por ser tan escogido caballero, y tan florecida gente 
como traía y tan bien ordenada. Continuando su camino, e llega- 
dos á los prados da Antequera, su alteza reposó allí cinco diaH, 
esperando su gran hueste y todos sus pertrechos y artillerías. Y 
como quiera que entre su alteza y la reina doña Isabel, su mujer, 
y el raarqviés de Cádiz ya estaba dado asiento, y la orden de todo la 
que se habia de facer; mas el rey, como virtuoso y de gran seso, 
por apartar el gran celo que muchos de los grandes tenían del 
marqués de Cádiz, por la gran cuenta que sus altezas del facían^ 



267 

mandó llamar todos los grandes, para haber consejo con ellos cerca 
de algunas cosas muchas complideras á su estado real y bien de su» 
reinos. Y ávido el consejo y dicho cada uno su voto y parecer, el 
rey respondió diciendo: — Por cierto, caballeros, todo lo que tenéis 
razonado es muy bien dicho, y muy contento quedo de lo haber 
oido, porque cada uno de vos dice lo que le parece con buen deseo 
de me servir; mas agora, caballeros, quieres decir mi determinada 
voluntad. Sabed que yo quiero ir sobre la cibdad de Málaga por 
tres cosas: lo primero, porque yo llevo muchos, buenos y esforza- 
dos caballeros y otras muchas gentes, así de caballo como de pie, 
y grandes artillerías y pertrechos para la cercar e asentar sobre 
ella tantos cuantos reales menester sean, e dar la batalla á todo el 
reino de Granada, aunque en su fuerza estoviese, y destruíllos. Lo 
segundo, grandísimos mantenimientos que yo mandaré venir de 
mis reinos por mar y por tierra. Lo tercero, ganando á Málaga, 
yo entiendo, con el poder del muy alto Dios, quedar señor de todo 
el reino de Granada, y que non haya cosa en él que más se me de- 
tenga. E como el rey ovo dicho todo su querer, los caballeros res- 
pondieron que todo lo que su alteza decia era muy bien, y que así 
lo debia poner por obra; porque á todos parecía ser la mejor 
razón de cuantas cerca dello se habían platicado. Y esto movió el 
rey por guardar su secreto y consejo del marqués de Cádiz, y por- 
que, sonando la fama de ir sobre Málaga, la gente de Vélez Málaga 
se descargaría al socorro de Málaga, y también porque el rey 
siempre facía sus fechos desta guisa, que pocos sabían la verdad de 
su secreto. Y esto así acordado, el rey ordenó su partida, centi- 
nuando su santa empresa, e todos los más de los grandes tornaron 
suplicar á su alteza le pluguiese todavía ir sobre Málaga, como su- 
real señoría les oviese ya dicho que aquella era su voluntad, por- 
que, aquella cibdad tomada, todo lo otro seria tomado. Y el mar- 
qués de Cádiz, como caballero que mucho miraba las cosas, en 
especial en los fechos de la guerra, la cual él siempre continuaba, 
con la grande enemiga que á los moros tenia, dixo al rey: — Señor; 
todo lo que estos caballeros suplican á vuestra alteza es buena ra- 
zón; pero mucho mejor será ir sobre Vélez Málaga, porque, tomando 
vuestra alteza aquella cibdad, Málaga queda atajada y sin ningún 



2G8 

remedio, y no puede ser socorrida, y también es lugar más flaco y 
de menos gente y que más presto se puede tomar. E el rey, como 
en todas las cosas se llegaba más al parecer y consejo del marqués 
que de otro alguno, así lo fizo en esto, e mandó luego al marqués 
tomar la delantera con dos mil lanzas e diez mil peones, y él así 
lo puso en obra, sus batallas bien ordenadas, siguiendo la via de 
Vélez Málaga, e fué á sentar real á la Peña de los Enamorados, 
miércoles de las tinieblas en la tarde, e allí reposó el rey con toda 
su hueste jueves e viernes, por hourrar y noblecer mucho el cuer- 
po de Nuestro Salvador Jesucristo. E luego, el jueves de mañana, 
su alteza mandó facer una iglesia de madera, toda mu}' adornada 
de ricos paños, e un monumento muy honrrado de brocado y seda, 
6 mandó decir la misa muy solemnemente, la cual dijo don Juan 
Bermudez, deán de Canaria, capellán de su alteza, ca era de muy 
honesta vida e muy cristianísimo letrado y persona de grande 
honrra, e fué encerrado el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo con 
grandísima solemnidad, e llevaban las varas del velo el maestre 
de Santiago, don Alvaro de Cárdenas, y el marqués de Cádiz, don 
Eodrigo Ponce de León, y el duque de Nájera, don Diego Man- 
rique, y el marqués de Villena, don Diego López Pacheco. E así 
encerrado, e acabada la misa con tanta venei'acion, entraron doce 
caballeros fijosdalgo, armados en blanco, muy ricamente guarni- 
dos, los cuales guardaron el monumento fasta otro día viernes, 
que fué sacado el Cuerpo de Nuestro Redentor Jesucristo, e ovo un 
sermón muy notable de un religioso muy venerable, maestro en 
santa Teología, de la orden de Santo Domingo, el cual dixo cosas 
maravillosas, secretos grandes de la Sagrada Escritura, esforzan- 
do mucho al rey, e á sus grandes, e á todos los otros caballeros 
y gentes en la Santa Eé Católica. E durante este tiempo que el rey 
allí estovo, acónteselo un caso muy señalado, el cual vos quere- 
mos contar. 



269 
CAPITULO XL. 

CÓMO UN MOUO DE M.ÍLAGA 

SE VINO PARA EL MARQUÉS DE CÁDIZ, 

JUEVES DE LA CENA, POR LA MAÑANA, Á. SE TORNAR 

CRISTIANO, Y QUE PORQUE ÉL ERA TAN BUEN CABALLERO, POR 

SU MANO LO quería SER, Y LE QUERÍA DAR UN ARDID 

cómo tomase doscientos caballeros moros y 

trescientos peones, gente muy escogida, 

que habían de pabtir esa noche de 

mílaga al socorro de VÉLEZ 

MÁLAGA. 

E como el marqués jamás nunca del se partiese aquel inflamado 
deseo del servicio de Dios, siempre por su mano le eran revelados 
muchos secretos, en que más largamente le pudiese servir. E 
viendo la información de este moro, como quiera que era razón 
de tener en ello alguna dubda, según los engaños deste mundo, 
pero como era caballero tan esforzado, teniendo aquella esperanza 
en la Virgen María Nuestra Señora que siempre tovo, no temió, 
e mandó luego llamar á su hermano don Diego, e á don Alonso 
de León, su primo, fijo de don Fernando de Lton, su tio, ca eran 
caballeros muy nobles y de quien él mucho confiaba, y contóles 
todo el caso que el moro le habia dicho, e díxoles que les rogaba 
y mandaba, como á parientes tan cercanos, que ellos fuesen esa 
noche con aquel moro con trescientas lanzas de las suyas e tres- 
cientos peones, todos gente escogida y muy armada, y mu}' se- 
creto á se poner en los lugares donde aquel moro los levase, y les 
rogaba mucho ellos trabajasen con aquellos moros que por allí 
hablan de pasar e ficiesen como quien eran, como en otros fechos 
de mayor peligro muchas otras veces se oviesen visto, o dieron 
buena cuenta de sí, y no menos se esperaba que agora farian, así 
como si el presente fuese, en lo cual Dios seria muy servido y el 
rey su señor, y que él rescibiria grande honrra y ellos también. 
E luego don Diego e don Alonso respondieron al marqués: Señor, 



270 

muy alegres somos y tenemos en buena ventura el cargo que 
vuestra merced nos da, y vos besamos las manos por ello. Pare- 
mos todo nuestro poder, y fiamos en Dios Nuestro Señor seremos 
vencedores. E venida la noche, juntaron su gente, y tomaron su 
camino por donde el moro los levó, fasta los poner en el paso 
mejor e más seguro para los tomar. E llegados aquel logar, e ávi- 
do su consejo, acordaron que don Diego quedase en cierto logar 
bien encubierto y cerca del camino, con ciento e cincuenta caba- 
lleros e ciento e cincuenta peones para arremeter con los moros 
en sintiéndolos, e don Alonso pasó adelante cuanto dos tiros de 
ballesta con la otra gente, porque si los moros fuyesen contra 
Vélez Málaga adonde iban en el socorro della, él se fallase en la 
delantera para los detener y pelear con ellos, y también para que 
si don Diego, su primo, pelease, él lo oyese y presto le socorriese, 
como le socorrió. Y ellos así puestos esperando, dende á gran 
Tato, ya pasada la noche que ya el alba venia, el moro tornadizo 
que iba por guia los sintió venir, y á gran priesa se fué para don 
Diego, e dixole: Ea, señor, apercebios que helos aquí do vienen. 
E don Diego tenia su gente bien presta, e ovo muy gran placer 
con su venida, e á gran priesa lo envió facer saber á don Alonso, 
sü primo, el cual asimismo alegría grande rescibió. E los moros 
llegados, j'a el alba clara que se podia bien ver, dexólos don Diego 
un poco pasar, que venían juntos hechos una pina, temiendo lo 
que fallaron, e arremetió con ellos, e los moros ficieron rostro e 
comenzaron á pelear fuertemente con ellos, e como don Alonso 
oyó aquexar las trompetas e atabales de su primo don Diego, 
mandó tocar las suyas, e á gran priesa fué con él. E los unos e 
los otros lo ficieron tanto bien, que la batalla fué muy reñida, e al 
fin los moros fueron vencidos, e muy pocos escaparon que no fue- 
sen muertos, porque don Diego e don Alonso habían fecho voto, 
dándoles Dios victoria, de no tomar ninguno á vida. E fallaron 
dellos muertos más de trescientos e veinte, e fétidos más de ochen- 
ta, los cuales mandaron meter á espada, e los otros escaparon fu- 
yendo contra Málaga. E fizo Dios á los cristianos señalada mer- 
ced, que fueron feridos muy pocos dellos. E don Diego e don 
Alonso, con todos los otros que allí se acontecieron, alzaron las 



271 

manos á Dios dándole infinitas gracias, e comenzaron á recoger 
©1 despojo, así de caballos como de armas, e ricos jaeces que va- 
lian gran cantidad, e les tomaron una seña verde y colorada. 
E todo así recogido, mandaron á los peones que cada uno levase 
una cabeza de moro en las manos, e á gran priesa enviaron un 
mensajero al marqués, faciéndole saber de la gran victoria que 
Dios les había dado. Con las cuales nuevas señalada gloria ej 
marqués rescibió, agradeciendo mucho á Dios y á la Virgen Ma- 
ría, su Madre, las señaladas mercedes que continuo dellos resce- 
bian, e mandó buenas albricias al mensajero, y enviólos luego 
tres trompetas y sus atabales, y su rica bandera, porque más 
acompañados y con ma3'or honrra entrasen, y mandóles que se 
fuesen derechos á las tiendas del rey, su señor, y ellos así lo ficie- 
ron. E como las gentes del real viesen venir aquellas gentes tan 
fermosa con tantas trompetas e atabales, maravillábanse mucho 
qué cosa era, como quiera que muchos conocían la bandera del 
marqués, e como le vían en el real, maravillábanse mucho más. 
E así andaba toda la gente del real alborozada, y entrados por el 
real, como todos vían las cabezas de los moros puestas en las 
lanzas, gozábanse mucho en lo ver. E llegados á las tiendas del 
rey, como su alteza los vio y supo la verdad del marqués, fué 
muy grande su alegría, y echóle los brazos encima, diciéndole 
palabras muj»- fermosas y de grande honrra. E don Diego e don 
Alonso se apearon e fincaron las rodillas delante del rey y le be- 
saron las manos, y su alteza les agradeció mucho la buena cuenta 
que habían dado de sí, e les fizo grandes mercedes. Y el marqués 
presentó al rey treinta caballos con sus jaeces muy ricos, e toda 
la otra presa repartió por los caballeros, e dio mucha cantidad 
della al moro que había traído el ardid, e lo tornó cristiano, e 
le fizo mucha fiesta y honrra; y el marqués mandó dar á las mu- 
jeres e fijos de los que allí murieron asaz cantidad de sus haberes 
para que se pudiesen socorrer todos los días de su vida, e con 
«sto que el marqués facía todos le amaban servir, y sin ningún 
miedo de sus vidas se ponían á los peligros. E como la reyna 
doña Isabel que estaba en Córdoba supo la gran victoria que Dios 
Labia dado al marqués y sus caballeros, fué muy grande el placer 



272 

que ovo, e dio muchas gracias á Dios por le facer tan señalada 
bien y merced, que en su tiempo alcanzase ver en sus rey nos tan. 
bien aventurado caballero y tanto servidor de la corona real. 

CAPITULO XLI. 

CÓMO OTRO día sábado, POR LA MAÑANA, 

EL REY SE PARTIÓ CON TODA SU HUESTE DE LA PEÑA 

DE LOS ENAMORADOS, E MANDÓ AL MARQUÉS DE CÁDIZ QUE 

CONTINUASE SU DELANTERA LA VÍA DE YÉLEZ, 

E CÓMO LA GANÓ. 

El marqués lo puso así en obra, sus batallas bien ordenadas, e 
fué á sentar real al Trabuco; e otro dia, domingo de Pascua flori- 
da, partieron de alli e fueron á sentar real al rio de Aguaro, que 
es baxo de ^alia, junto con las lomas, porque era lugar de gran 
recreación para descanso e reposo, así de las gentes como de los 
caballos y las otras bestias. E otro dia, lunes siguiente, el rey 
llegó con su hueste á Vélez Málaga, á hora de medio dia, sus ba- 
tallas y gentes muy concertadas, e alli delante de la cibdad, en lo 
llano, mandó parar sus batallas, por ver primero dónde se habia 
de asentar el real; e mandó llamar al marqués de Cádiz, e al con- 
de de Benavente, e al conde de Cabra, e al conde de Eeria, e al 
conde de Urueña, e al adelantado don Pedro Enriquez, e á don 
Alonso, señor de la casa de Aguilar, para que fuesen con su alte- 
za á ver dó se habia de sentar el dicho real. E su alteza con estos 
caballeros se puso en lo alto de la cibdad, e mandó á cierta gente 
de asturianos e vizcaínos, que serian fasta ochocientos hombres 
de pié, que fuesen á ponerse sobre una gran peña que estaba cerca 
de la fortaleza, á la parte de la sierra, porque los moros no pudie- 
sen salir de allí á tirar saetas al rey e á los que con él iban. E 
mandó al marqués de Cádiz que llamase la batalla de su gente, e 
así á la del conde de Urueña, e á don Alonso de Aguilar, que lla- 
mase su batalla, porque ambos traían junta su gente. E el rey e 
loa caballeros susodichos fueron á lo alto, e los vizcaínos e astu- 
rianos se snbinron en la peña alta que dicho habemos, sobre la for- 
taleza. E el rey e el marqués con él e los dichos caballeros, des- 



273 

pues de haber mirado dónde se Iiabia de asentar el real, que era 
allí en aquellas lomas, e por ser tarde, que serian las dos después 
de medio dia, el rey se apeó á sombra de unos almendros á comer, 
e las dos batallas arredráronse un poco, porque les tiraban de la 
fortaleza con tiros de pólvora; e los moros salieron por la fortaleza 
á escaramuzar con los asturianos e vizcainos que estaban en la 
jieña, e como los moros tenian gran ballestería, ferian mucho en 
los cristianos, en tal manera, que les subieron las peñas por fuer- 
za, e los cristianos non se pudieron sofrir, e volvieron las espaldas 
á fuir; e el marqués estaba con el rey, que aún non se habia apeado 
del caballo, e no estaba otra persona con é! sino uno de sus pajes. 
E como vido venir fuyendo á los cristianos, e los moros en pos 
dellos, tomó la lanza á su paje e arremetió á do veniañ los cristia- 
nos por los detener e facer volver á pelear con los moros; e por 
mucho que el marqués los quiso detener, non pudo; e en este me- 
dio tiempo el rey ovo logar de cabalgar, e á la mayor priesa que 
pudo, vino á do el marqués estaba, e su alteza no traia más consi- 
go de tres ó cuatro caballeros, y el marqués como vido el peligro 
tan grande que contra el rey su señor, corría, volvió al rey e dí- 
xole: — Señor: vuestra alteza non pase más adelante, antes le su- 
plico se vuelva, y esto déxelo facer á mí y á estos otros caballeros, 
que con el ayuda de Dios, nos lo remedieramos. E el rey, como era 
de gran corazón, respondió al marqués que ¡oor cierto él no se de- 
ternia, salvo á arremeter á los moros, e el marqués quisiéralo mu- 
cho detener e echalle mano de la rienda del caballo, y porque le 
pareció ser algo deshonesto detener al rey, su señor, mal su grado 
dexó al rey e pasó adelante él solo á los moros. E con el buen de- 
nuedo y esfuerzo del rey e del marqués, se lanzaron en los moros 
firiendo e matando en ellos, de tal manera, que plugo á Dios 
Nuestro Señor y á su bendita Madre, que los moros volvieran las 
espaldas fuyendo, e fasta los adarbes de la fortaleza siguieron el 
alcance dellos, e los peones cristianos así como iban fuyendo, vol- 
vieron tras los moros, e así otros caballeros; e las batallas del 
marqués e del conde de Urueña que estaban apartadas, se soltaron 
ya yendo los moros fuyendo, y con todo, aunque fué tarde su veni- 
da, ficieron grande destrozo en ellos. E plugo á Dios Nuestro Se- 
ToMO CVI. 18 



274 

ñor de facer tau señalado milagro, que el rey non ovo peligro en 
su preaona andando tan metido en la pelea, e así el marqués, como 
quiera que su caballo fué ferido, e su paje asimismo por el muslo 
izquierdo, de una saeta, e los moros eran fasta dos mil espingar- 
deros e ballesteros, de los cuales muchos murieron. E los otros 
grandes susodichos no se fallaron con el rey en la priesa de esta 
pelea, porque algunos estaban apartados de allí mirando la cib- 
dad, e otros quedaron á tomar los capacetes y baberas, e fué teni- 
do en mucho lo que el rey allí fízo, e asimismo el marqués, al cual 
su alteza mucho regradesció e tovo en muy señalado servicio lo 
que aquel dia trabajó. E después desto asi fecho, el rey mandó ve- 
nir allí todas las batallas, e asentó su real en aquellas lomas en- 
tre la sierra e la cibdad; e otro dia por la mañana, aquellos peo- 
nes asturianos e vizcaínos, habiendo vergüenza de lo que el dia 
antes habia acaecido, que los moros los habían echado de aquellas 
peñas e los habían fecho fuír, acometieron el arrabal, que los moros 
lo habían dexado la noche antes; e como los moros vieron á los 
vizcaínos e asturianos dentro en el dicho arrabal, salieron de la 
cibdad á pelear por las calles. 

E como esto el re}' supiese, mandó á alguna gente de escuderos 
de sus guardas e á algunas capitanías de peones, ballesteros e es- 
pingarderos, que entrasen en el arrabal á socorrer e facer espaldas 
á los asturianos e vizcaínos que habían entrado; e pelearon fasta 
medio dia en tal manera, que los moros se encerraron en la cibdad, 
de los cuales fueron muertos e feridos asaz dellos. E los cristianos 
rescibieron daño de las ballestas e espingardas que de la barrera 
e adarbes les tiraban. E luego el rey mandó poner sus estancas 
juntas á la barrera. E estando así el cerco muy bien asentado, e 
muy cerca las estangas de los adarbes, el rey de Gfranada supo 
cómo el rey de Castilla estaba sobre Velez e la tenia en grande 
aprieto, e acordó con sus alcaides con quien él se aconsejaba de ir 
á la socorrer, e sacó la más gente que pudo de la cibdad de Gra- 
nada, e con la otra gente de Ba^a, e Guadix, e las Alpuxarras, 
llegaría fasta dos mil e quinientos de caballo, e cuarenta mil peo- 
nes, e llegó fasta el castillo de Montomis, que es á una legua de 
Velez-Múlaga á vista della. E visto por el rey don Fernando, e por 



275 

el marqués de Cádiz, e por todos los otros grandes que con su al- 
teza estaban, que el rey moro estaba en Montorais con gente, diosa 
orden de poner buena guarda en el real, de caballeros e escuderos 
á pié, fuera del real camino de Montomis, e algunos grandes con 
gentes delante la tienda del rey por guarda de su real persona, e 
para socorrer á cualquier parte que más conviniese, e fasta dos 
mil lanzas e dos mil peones mandó el rey poner en lo llano la 
via de la mar, e otras mil lanzas e mil peones mandó ir con el co- 
mendador mayor de León don Gutierre de Cárdenas, e otros caba- 
lleros, á se juntar con el maestre de Alcántara que venia con el 
artillería que no habia podido llegar más presto, á cabsa de haber 
mucho llovido la Semana Santa, e por estar la tierra-muy pesada 
<ie las aguas. E el rey moro, á hora de vísperas, ordenó sus bata- 
llas encima de la sierra, así de caballeros como de peones, e aba- 
xáronse la sierra abajo por un valle, los peones á se poner en una 
loma alta, por la cual podrían llegar fasta el real, e con ellos fasta 
quinientos caballeros, e el rey moro con fasta mil lanzas se detovo 
en la ladera de la sierra, que non pasó á la otra loma con la otra 
gente, e estovieron en pasar fasta la hora de la Ave-María. E los 
cristianos pensaban que, como gente aborrida, vernian á pelear, de 
lo cual estaba el rey con muy gran gozo y placer; e así todos los 
grandes e caballeros que ahí estaban, teniendo esperanza en Dios 
que aquel dia se acabaría la destruicion de los moros si peleasen. 
E desque los moros pasaron á la otra loma, como dicho es, no osa- 
ron ir más adelante; e en cerrándose la noche, los moros dispara- 
ron las espingardas, que serian más de mil, creyendo espantar los 
cristianos, y que se desbaratarían ellos mismos sin más llegar á 
ellos, e estovieron así fasta cerca de la media noche. E como el rey 
don Fernando esto viese, mandó que con algunos robaduquines de 
su artillería les tirasen. 

E plugo á Dios Nuestro Señor, como en él está todo el poder, 
-que tirado con los robaduquines, fué tan grande espanto en los mo- 
ros, que sin ser acometidos de los cristianos, á cabsa de la noche, 
se desbarataron e volvieron fuyendo, e unos á otros se ferian e 
mataban, de manera que dexaron las más de las armas de balles- 
tas e espingardas, e muchos caballos allí perdidos. E el rey moro 



276 

que de la otra parte estaba, trabajó mucho por detenellos e non 
pudo, e acordó de allí á la hoi'a se partir, maldiciendo su ventura,, 
que no .sabia que facer de sí, si volvería á Granada, ó si se iría á 
Almería; e sus alcaides e los otros moros que con él estaban, 
aconsejáronle que no fuese á Granada, porque los moros de Gra- 
nada, veyendo cómo iba desbaratado, lo matarían e alzarían por 
rey á su sobrino Muley Baudili, que habia quedado en el Albay- 
cin; mas que se fuese á Almería ó á Guadix. E el rey moro, vién- 
dose tan retraído, tomó el parecer y consejo de aquéllos, y esa no- 
che tomó su camino la vía de Guadix, e todos los otros moros cada 
uno se fué á su logar; e esa noche andovieron cuanto más pudie- 
ron por se apartar de la hueste del rey de Castilla. E otro día por 
la mañana, después que aclaró el día, vieron los cristianos cómo- 
ningún moro parecia, e fueron allá é fallaron muchas cosas, así de 
armas como ropas e otras joyas, que fué cosa de maravilla, de 
guisa que todos los que allá fueron fallaron bien que traer. E el 
rey dio muclias gracias á Dios Nuestro Señor porque asi facia 
sus fechos tan milagrosamente. E como quiera que su alteza y el 
marqués, y todos los otros grandes, más quisieran pelear con ej 
rey moro y sus gentes; e visto por los moros de la cibdad cómo el 
rey de Granada y moros se habían ido así desbaratados, sus cora- 
zones fueron muy desmayados y tanto enflaquecidos, que luego 
acordaron de se contratar con el re}' e darle la cibdad, y que les 
mandase poner en salvo á ellos y á sus mujeres e íijos, con lo que 
llevar pudiesen. E su alteza ovo consejo con el marqués e con log 
otros grandes, e á todos pareció muy buen consejo tomar la cibdad 
á pleitesía, porque oviese más tiempo para ir cercar á Málaga. E 
los moros pidieron que el marqués les asegurase y pusiese en sal- 
vo, porque del se confiaban más que de otro caballero ninguno, lo 
cual así se fizo. E salieron diez mil ánimas de la cibdad, de gran- 
des y pequeños, e dellos fizo el marqués pasar allende en navios, e 
otros fizo llevará Granada; e fizóse todo tan bien, que ninguna 
cosa les faltó; de que los moros quedaron muy contentos e alegres 
do la nobleza del marqués, como si ninguna cesa bebieran perdi- 
do. E esto así asentado, el alcaide de la fortaleza de Montomis, 
■veyendo cómo la cibdad de Málaga era ya ganada, como conociera 



277 

la gran í'é del marqués de Cádiz, envióle pedir por merced le en- 
viase nn caballero suyo, faciéndole saber era su voluntad darle 
aquella fortaleza. E el marqués gelo agradeció mucho, y le envió 
un caballero de su casa, e el alcaide e los moros que con él esta- 
ban salieron de la fortaleza e gela entregaron, y el marqués los 
envió seguros á Granada, é mandó dar la fortaleza á un criado suyo 
que se llamaba Navarra, para que la toviese por su alteza. 

CAPITULO XLII. 

CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ TOVO MANERA 
CON EL ALCAIDE DE LA VILLA DE COMARES SE DIESE AL REY 

SU SEÑOR. 

Veyendo el marqués que de la villa de Comares ios cristiano^ 
que veniaii al real y del real iban á tierra llana rescebian muchos 
daños della, por estar en el través del camino,' envió á Cristóbal 
de Eslaba, su alcaide de la su villa de Marchena, que fablase con 
el alcaide de Comares, el cual se llamaba Mahomad el Jabis, que 
era mozo muy cuerdo y muy guerrero, e envióle á decir que 3'a bien 
sabia cómo Vélez Málaga era tomada, e asimismo el castillo de 
Montomis, y que agora le facía saber, porque le quería bien, por 
ser buen mozo, esforzado y bien tentado en sus fechos, cómo el 
rey, su señor, tenia acordado de ir poner sitio sobre aquella villa 
de Comares. Por ende, que le requería oviese por bien dar aquella 
villa e fortaleza al rey, su señor, y no quisiese esperar afrenta, 
porque sin dubda, él se perdería e toda la gente que en aquella 
villa estaba, y que él suplicaría al rey, su señor, le ficiese merced 
que se fuesen libremente con todo lo suyo á Granada ó donde él 
quisiese. E oida esta fabla, el alcaide Jabis se salió de la fortale- 
za á se poner en poder del alcaide de Marchena, e le respondió 
que la respuesta de lo que le habia fablado él quería ir á la dar 
al marqués, e tomó consigo veinte caballeros moros muy adereza- 
dos e bien ajaezados, e fuese para el marqués; e llegado el alcaide 
Jabis á sus tiendas del marqués, descabalgó e besóle la mano, e 
díxole: — Señor: yo vengo aqvxí á dar la respuesta á vuestra mer- 
ced de lo que me enviasteis decir con este vuestro buen alcaide; y 



27« 

como quiera que yo estaba dispuesto de antes morir como bueno 
que haber de dar la fortaleza al rey ni á otro grande ninguno;, 
pero por la buena razón que vuestra merced me ervió decir y por 
la gran nobleza que de vuestra merced conozco, desde aquí pongo 
en vuestras manos la fortaleza e villa de Gomares, para que della, 
señor, fagáis guerra ó paz, como á vos bien viniere. E así dispo- 
ned de mi persona y destos escuderos mios, como del menor cria- 
do que en vuestra casa tenéis. E el marqués le respondió grades- 
ciéndole mucho su buena fabla, y pues que él así lo habia tan bien 
fecho, él suplicaría al rey, su señor, le ficiese mercedes. E luego 
el marqués cabalgó y se fué á las tiendas del rey, e levó al alcaide 
moro consigo, e fizo saber á su alteza lo que aquel moro se le 
habia ofrecido. E el re}' ovo dello mucho placer; el cual veyendo 
cómo aquel moro se habia puesto en las manos del marqués, su 
alteza le mandó facer merced de tres mil doblas castellanas. E eL 
marqués se volvió á sus tiendas e mandó vestir al alcaide moro 
muy bien de seda y de escarlata, y á todos los suyos; e mandó á 
su alcaide de Marchena que fuese con él con doscientos de caballo 
e trescientos ballesteros á rescebir la fortaleza e villa de Gomares. 
E el alcaide moro le entregó todo lo alto e lo baxo della, e se fué 
con todos los moros suyos á Granada seguramente, e los vecinos 
quedaron por mudejares en la villa asegurados por el marqués. E 
todos los otros lugares llanos comarcanos, que es la serranía de 
Canillas, e los lugares de Torrox y el Axarquia, viendo cómo el 
rey de Castilla e sus grandes habían tomado la cibdad de Vélez 
Málaga, y la villa e fortaleza de Gomares, y la fortaleza de Mon- 
tomis, vinieron besar la mano al rey e á se dar por sus vasallos. 
Y en este medio tiempo los moros de Granada, ve} nulo cómo su 
rey habia sido desbaratado de Montomis y no habia socorrido la 
cibdad de Vélez Málaga, acordaron de se levantar por el otro rey 
moro, sobrino suyo, que estaba en el Albaycin, e lo alzaron por 
rey, e lo entregaron el Alfambra y el Alca9aba de la cibdad. E 
prendió á la mujer del rey, su tío, y le tomó las joyas y tesoro 
que tenia, e quedó por rey en Granada. E el otro rey, su tío, se 
estaba en la cibdad de Guadix e se facían guerra el uno al otro. 
E todo esto así fecho, el rey don Fernando ovo consejo con sus- 



279 

grandes si sería bien ir cercar á Málaga ó á la cibdad de Gua- 
dix. E algunos delloa decían ser mejor ir á Guadix, porque lo de 
Málaga quedaba ya fecho, por estar tomadas aquellas villas, que 
con tinta e papel se conquistarían, y que su alteza debía ir sobre 
Guadíx: E el consejo del marqués fué contrario de todos en esto, e 
dixo: — Señor: vuestra alteza no debe dexar ninguna cosa atrás 
por ganar, porque quedando los moros en Málaga, pornian en 
mucha necesidad toda esta tierra que vuestra alteza ha ganado, e 
porque acontecen muchas cosas no pensadas, vuestra alteza debe 
tomar á Málaga; porque tomada aquella cibdad, quedaba segura 
toda el Axarquía e la Garbia, e esto fecho, señoreará vuestra alte- 
za toda esta tierra fasta las puertas de Granada; e vuestra alteza 
se debe contentar por este año de ganar á Málaga, e á Vélez Má- 
laga e toda esta tierra, e otro año, Dios queriendo, habrá lugar 
vuestra alteza de ganar todo lo de la otra parte de Guadix. E al 
rey pareció muy bien el consejo del marqués, e asi lo puso en 
obra, e después de haber mandado poner recabdo en aquellas vi- 
llas e fortalezas ganadas, partió de Vélez e llevó la vía de Málaga^ 

CAPITULO XLIII. 

CÓMO EL REY SE PARTIÓ DE VELEZ-mXlAGA 

POR CONSEJO DEL MARQUÉS DE CÁDIZ, E FUÉ SOBRE LA CIBDAI> 

DE MÁLAGA, E LA CERCÓ, E NUNCA DELLA SE PARTIÓ 

FASTA QUE LA GANÓ. 

E así concertada el rey su partida con su gran hueste, mandó al 
marqués de Cádiz llevar su delantera como la había continuado 
llevar, y él así lo puso en obra, llevando sus batallas muy ordena- 
das; e aquel día fué á sentar real en Besillana; e otro día de ma- 
ñana se partió para Málaga; e llegando cerca de Gíbralfaro, á las 
dos horas después de medio día, á unos cerros gruesos e altos que 
estaban cerca de Gibralfaro, salieron fasta dos mil moros pensando 
detener la pasada al re^'' e á su hueste por aquel camino, e comen- 
zaron á escaramuzar con la delantera de la hueste, e las batallas 
de la delantera del rej' se soltaron, e así el peonaje de la Herman- 
dad, que iba por capitán el provisor de Villafranca, e otras dos 



280 

caijitanías de gallegos, e pelearon con los moros en tal manera, 
que los desbarataron fasta los meter por Gibralfaro, en que murie- 
ron allí muchos moros. E el marqués sirvió en esto muy mucho al 
rey, su señor, en aquel dia, ca lo fizo muy varonilmente. Y esto 
así fecho, el rey miró con sus grandes cómo se habia de asentar 
los reales, e acordó de poner tres reales; el primero e principal, 
sobre Gibralfaro, que está cerca de la mar fasta el arrabal, e otro 
real en las huertas del arrabal; e otro real cabe la mar, de la otra 
parte, en lo llano. E asi esto ordenado, ninguno salia á tomar cargo 
del real de Gibralfaro; e ve3'endo esto el rey, rogó y mandó al 
marqués de Cádiz que tomase del el cargo, porque conocía del ser 
persona que deseaba mucho servirle, e lo sabia bien facer e sofrir 
cualquier afrenta que le pudiese venir. E el marqués le besó las 
manos por le dar cargo en que le pudiese tanto servir, e por ser 
aquella estanca de Gibralfaro más peligrosa que todos los otros 
combates. E así tomó aquel real el marqués con dos mil e quinien- 
tas lanzas, e doce mil hombres de pie, quinientos espingarderos e 
quinientos ballesteros. E don Martin de Córdoba con la gente de 
su capitanía, e don Diego López de A3'ala con la gente de Ubeda; 
e Baeca, e Fernando de Bonilla con la gente de Jaén, e Garci- 
Bravo con la gente de su capitanía, que era alcaide de Atien9a, e 
don Alvaro de Bazan con la gente de su capitanía, e Pedro Baca 
con la gente de su capitanía, e Juan de Beteta, alcaide de Soria, 
con la gente de su capitanía, e Pedro de Castro con la gente de 
Xerez, e Diego Sánchez de Carvajal con la gente de su capitanía, 
e el provisor de Villafranca, que era capitán de la Hermandad, con 
ocho mil peones. La cual dicha gente era por toda dos mil e qui- 
nientas lanzas, e doce mil hombres de pie. Y esa noche el marqués 
puso las estancas tan cerca de la fortaleza, que con piedras tiradas 
de mano las metían dentro en ella. E los otros reales, el rey estobo 
en el de las huertas con sus guardas e capitanías, que serian fasta 
tres mil lanzas. 

E el conde de Cifuentes con la gente de Sevilla, e el alcaide de 
los Donceles, e fasta doscientas lanzas el duque de Medina Sidonia. 
E en el real de la otra parte del mar, tomaron cargo del el maestre 
de Santiago, don Alonso de Cárdenas, el maestre de Alcántara, 



281 

don Franciaco Destúüiga, e el conde de Benavente, don Kodrigo 
Alonso Pimentel, e el duque de Nájera, don Diego Manrrique, e 
el conde de Feíña, don Gómez de Figueroa, e el conde de Cabra, 
don Diego Fernandez de Córdoba, e el conde de Ürueña, don Juan 
Tellez Criron, e don Alonso Fernandez de Córdoba, señor de la 
casa de Aguilar, e don Hurtado de Mendoza con la gente del car- 
denal de España, e Grarci Fernandez Manrrique, corregidor de 
Córdoba, con la gente de la dicha cibdad. E todos estos grandes, 
como buenos caballeros, pusieron sus estancas bien cerca de los 
muros de la cibdad. E los moros qiie en la cibdad estaban eran 
fasta siete mil hombres de pelea, e cada dia sallan á pelear e esca- 
ramuzar, de manera que facian gran daño á los cristianos, e asi- 
mismo los moros lo rescibian dellos. E después que el artillería 
fué llegada, el rey loaudó que se repartiese por todos tres reales, e 
la una parte della subió á Gibralfaro para tirar á la torre del Ho- 
menaje e á la fortaleza. E la otra parte del artillería se asentó en 
las huertas, e la otra parte se asentó cerca de la mar á la puente, 
la cual tiraba continuamente e derrocaba asaz parte de los muros; 
pero no tanto cuanto era menester para el combate, porque los 
muros eran muy fuertes. E la nueva de todo lo que dicho habernos 
fué á la reina doña Isabel, que estaba en la cibdad de Córdoba, e 
algunos escribieron á su alteza, en especial don Gutierre de Cár- 
denas, comendador ma3'or de León, que era caballero muy llegado 
6 continuo de su casa, á quien sus altezas daban mucha fé, dicien- 
do que su alteza debia venir luego, porque la cibdad non se dete- 
nía un dia ó dos, y que su alteza se debia fallar junta con el rey 
en la toma de aquella cibdad. E la reina, por rescebir aquel placer 
de la ver tomar, dio fé á lo quel comendador mayor le escribió, e 
partió luego; e con su alteza, el cardenal de España, e el Obispo 
de Avila, e otros prelados e caballeros, e andovo sus jornadas 
fasta llegar al real; como quiera que en el camino le llegó nueva á 
su alteza cómo la cibdad se daba, á cuya cabsa apuró más el an- 
dar. E el rey la salió á rescibir e muchos de los grandes, e su al- 
teza envió á decir al marqués que le rogaba mucho y mandaba 
que no saliese al recibimiento de la reina, porque no hobiese algún 
mal recabdo en las estancas á cabsa de su ausencia. E el marqués, 



282 

como quiera que tenia tales caballeros que pusieran buen recabdo; 
pero por complir el mandamiento de su alteza, asi lo fizo. E la rei- 
na llegó á las tiendas del rey, e muchos ovieron con la venida de 
su alteza mucho placer, e otros algunos deciau no haber seido bien 
fecho; pero á los más placía mucho, porque la reina era muy ama- 
da y temida de todos. 

CAPITULO XLIV. 

CÓMO EL REY E LA REINA FUERON Á VER AL MARQUÉS DE CÁDIZ 
E Á SUS ESTANCAS.' 

E dende á dos dias que la rejaia ovo llegado, envió decir al mar- 
qués qHe la primera cosa que queria ver de aquel real e cibdad 
era á él e á sus estancas. E el marqués respondió que besaba las 
manos á su alteza por ello. E luego mandó el marqués en el es- 
tanca más alta de Gibralfaro aderezar de ricos paños franceses 
e doseles de brocados muy ricos, do el rey e la reyna estoviesen, e 
la infanta doña Isabel, e el cardenal, e las damas, e todos los 
grandes que con su alteza fuesen; e mandó facer un camino por la 
ladera del cerro, fecho á vueltas, por donde la reyna pudiese sobir 
cabalgando, porque fasta entonces apenas podían sobir á pie; e 
mandó asimesmo aderezar sus tiendas de paños de brocado, e de 
paños de raso, para que allí sus altezas reposasen e rescibiesen 
colación. E esto todo así aderezado, el re}' e la reyna vinieron e 
subieron á lo alto do estaba el marqués y muchos caballeros con 
él, e besó las manos á sus altezas por su venida; e de allí el rey e 
la reyna vieron la fortaleza de Gibralfaro á todo su placer, e vie- 
ron tirar las lombardas á la torre del homenaje; e después que es- 
tovieron allí buena pieza del dia, se descendieron á las tiendas del 
marqués, e visto tan buen aderezo como allí tenía, ovieron mucho 
placer e reposaron allí, do se les dio muy alta e copiosa colación 
de todas las mejores confaciones de conservas. del mundo; ca co- 
mo el marqués fuese muy querido de los reyes, y muchas veces 
sus altezas lo iban ver, siempre continuamente andaba muy aper- 
cibido de todas las cosas que compilan á 8U estado. E aquel dia 
sirvió por mayordomo don Diego López Pacheco, marqués de Vi- 



28;h 

llena, e otros grandes traian los confiteros e platos con las conser- 
vas. E á la noche sus altezas se fueron para su real, e el marqués 
porfió mucho de ir con sus altezas, y mandáronle que se quedase 
á poner recabdo en las estancas, y él les besó las manos y e] rey e 
la reyna le echaron los brazos encima, e así se despidió de sus al- 
tezas. E dende en adelante el artillería tii'aba muy reciamente, e 
ponían tan grande esfuerzo los artilleros que derrocarían tanto las 
lombardas, á que mu}' .sin peligro se pudiese combatir Gibralfaro 
e la cibdad, e entrarían á píe llano por los portillos que las lom- 
bardas farian. E los muros eran tan fuertes, que derrocaron poca 
cantidad e faltóles la pólvora, de que el rey e la reyna rescibieron 
grande enojo e confusión en faltar la pólvora á todos los del real, 
porque sí cantidad della oviera, derrocáranse más los muros e pu- 
diérase bien combatir. Pero como los muros estaban altos, había 
gran dubda sí se podría entrar. E al fin acordóse de sobreseer el 
combate e enviar por todas partes á buscar pólvora. Y en este 
medio tiempo el rey quisiera mucho que se llegaran más las estan- 
cas, porque se llegase á los muros con bancos pinjados á cabarlos, 
porque recelaba que el artillería podía facer poco más daño de la 
fecho, e todos se excusaron dello, salvo el marqués de Cádiz, que 
el re}' le mandó e rogó que pusiese una buena estan(?a junto á la 
barrera e caba de Gibralfaro, porque creía que cabándose por alP 
la barrera, se podría entrar en la fortaleza, e el marqués le respon- 
dió: — Señor; poner el estanca do vuestra alteza manda, luego se 
fará; pero á mi ver, aquella estanqa se debe poner de noche, e 
luego otro día por la mañana se debe dar el combate á la cibdad 
por todas partes, porque si la gente ha de estar allí en aquella 
estanca sin dar combate, las piedras que los moros tirarán de la 
barrera bastarán para ferir e matar muchos de los que allí esto- 
viesen, e asimismo á los que entraren ó salieren á la estanqa, to- 
dos los más serán ferídos e muertos de las espingardas e ballestas 
de los moros. E todavía el rey, por consejo de algunos que estaban 
cerca de su alteza, que pensaban que apartando un poco más los 
moros se habían de dar; e un contiuo de la casa del rey díxo á sa 
alteza que él faria de madera e de rama unos cestones que, asen- 
tados allí, los finchirían de tierra e farian una estanca tan fuerte 



284 

como una torre. E el marqués dixo: — Con tal condición, fágase lo 
que su alteza manda. E quedó allí Rodrigo de Ulloa, contador 
mavor del rey, que era ¡persona acebta á su consejo, para dar or- 
den á facer los dichos cestones. E fechos, asentáronse en la noche 
junto con el beco de la caba, e tomaron cargo para facer el estan- 
ca, e la sustentar e guardar, don Martin de Córdoba con la gente 
da fju gnai-nicion, e Rodrigo de la Peña, capitán del duque de Pla- 
sencia, con su gente, e el mariscal Carlos de ürellano, con la gen- 
te del duque de Medinaceli, e don Alvaro de Bazán, con la gente 
de su guarnición, e Moxica e Ferrera, con sus capitanías de ga- 
llegos, que serian por todos ochocientos escuderos e mil e qui- 
nientos hombres de pie; e aunque los moros defendían todo lo que 
podían aquella noche, por eso no dexaron los susodichos de facer 
su e3tan<ja muy bien, cuanto mejor pudieron. 

CAPITULO XLV. 

CÓMO LOS 3I0R0S SALIERON A PELEAR CON LA GENTE 
DEL ESTANQA E LA TRAÍAN A MAL ANDAR, E EL MARQUÉS LOS 
SOCORRIÓ, E FUERON LOS MOROS DESBARATADOS 
POR SU GRANDE ESFUERZO. 

E desque vino el dia e los moros vieron la estanca, pesóles mu- 
cho dello, e ovieron consejo todos, unos con otros, diciendo que 
si aquella estanca allí estoviese, serian perdidos, porque por allí 
les pasarían la caba e les derrocarían la barrera, e acoi'daron que 
todos .se debían ofrecer á la muerte 9 salir á pelear con la estanca 
e ponelle fuego. E á hora de medio dia que la gente de los cristia- 
nos estaba más segura, salieron por el postigo de Gibralfaro fasta 
tres mil moros, con dos señas, la una blanca e la otra colorada, e 
pusieron sobre la barrera muchos espingarderos e ballesteros^ e 
acometieron el estanca con gran denuedo, e pelearon los unos con 
los otros en manera, que algunos de los cristianos enflaquecieron 
e comenzaron á fuir, e la bandera del marqués con hasta ciento e 
cincuenta caballeros e escuderos que con ella se fallaron, e don 
Diego, su hermano, que estaba en otra estanca, cerca de aquella, 
que estaba par de la caba, socorrió por la parte baxa de una ca- 



285 

nada que allí se facía, fasta juntar con los moros. E allí pelearon 
tanto e tan reciamente, que fué cosa de maravilla, do murieron 
algunos moros e así cristianos; e el alférez del marqués, que se 
llamaba Alfonso Ximenez, lo fizo tan varonilmente, que andovie- 
ron los moros á los brazos con él, e le dieron muchas feridas por 
le tomar la seña, e él la tovo con la mano izquierda, e peleaba 
del espada con la derecha, e feria e mataba á los moros que á él 
se llegaban, que no se la pudieron tomar. E por la otra parte de 
lo alto á do estaba el estanca peleaban los moros muy fuertemen- 
te, de manera que todos los más del estanca con las banderas se 
venían retrayendo, salvo los capitanes, con algunos de los suyos, 
aunque pocos tovieron quedo en el estanca, con propósito de mo- 
rir allí. E el marqués, veyendo esto desde el estanca alta donde 
estaba, como esforzado caballero y muy deseoso de la honra de 
Dios y del rey, salió á pié á muy gran priesa por la ladera abaxo, 
no con más armas de unas corazas e un capacete, e un espada en 
la mano e una daraga; e con él don Luis Ponce de León, su so- 
brino, e el mariscal Juan de Guzman, e Pedro de Pineda, alcaide 
de Mairena, e Luis Méndez Portocarrero, veinticuatro de Sevilla, 
e tres pajes del marqués que se llamaban Alfonso de Medina, e 
Gonzalo Deslaba, e Alfonso de Puentes; que otro ninguno non sa- 
lió con el marqués, porque él mandó á la gente que estaba en el 
estanca alta, que estoviese queda. E con estos pocos que se falló 
llegó con grande esfuerzo á la gente que ya se venían retrayendo, 
e los fizo volver á los moros esforzándolos mucho, y él delante 
dellos peleando, e firieron en los moros tan crudamente, que les 
ficieron volver los rostros, e se pusieron en fuida, e siguieron el 
alcance dellos fasta los meter por el postigo de Gibralfaro, do mu- 
rieron de los moros más de doscientos, los más principales, e fue- 
ron feridos más de quinientos, como quiera que los cristianos, an- 
tes que el marqués llegase, habían rescebido asaz daño, e después 
como los moros les tiraban desde la barrera á su salvo con las es- 
pingardas e ballestas, murieron de los cristianos fasta cincuenta. 
Entre los cuales murieron tres hombres principales, que fueron, 
Garci Bravo, alcaide de Atienza, e Diego López Medrano, su 
yerno, e Gabriel de Sotomayor, los cuales eran caballeros muy es- 



286 

forzados, e fueron feridos asaz, eiitre los cuales fué ferido don Luis 
Ponce de León e don Diego Ponce de León, hermano del mar- 
qués, de saetas, e otros algunos escuderos; e al marqués le dieron 
una espingardada que le pasaron el adaraga, e las borlas de los 
cordones della embarazaron la pelota que le non firiese, que le 
dio baxo de las corazas, en la ingle, do no tenia arma ninguna, e 
parece que milagrosamente Dios lo quiso guardar. E allí, en aque- 
lla pelea, ganó el marqués ambas las señas que los moros sacaron, 
y por su mano tomó la seña colorada e cortó el brazo al moro que 
la llevaba, e lo mató. E después de habido este vencimiento, el 
marqués volvió á reformar el estanca. E en esto vino el rey al 
real del marqués y enviólo llamar, y con muy alegre cara, echóle 
los brazos encima dándole muchas gracias por lo que tan bien ha- 
bla remediado, porque si él non socorriera con tanto peligro de su 
persona, la gente toda venia desbaratada e sin ningún remedio, 
de manera que murieran aquel dia siete ú ocho mil hombres. E 
daba el rey muchas gracias á Dios porque tan milagrosamente lo 
habia querido guardar del espingarda e de otros muchos tiros que 
le tiraron, porque como el marqués era muy conocido délos moros 
e iba en la delantera, todos le tiraban á él y daban á los que más 
cercanos del iban, y desta manera fué ferido uno de sus pajes, de 
un espingarda. Y el rey con mucho placer se volvió á su real, y 
el marqués se quedó poniendo recabdo en sus estancas. 

CAPITULO XLVI. 

CÓMO LOS MOROS, YEYÉNDOSE TAN PERDIDOS , 

ACORDARON DE CONTRATARSE CON EL MARQUÉS PARA DAR 

LA CIBDAD AL REY, E DE LAS COSAS QUE CERCA DELLO PASARON, 

Y DEL BUEN CONSEJO QUE EL MARQUÉS DIO 

Á LOS REYES. 

Como los moros de Gibralfaro e de toda la cibdad se viesen tanto 
apretados y en tan gran necesidad puestos, acordaron de dar la 
cibdad al rey, e salieron al marqués el alcaide Sagir e Omar Abe- 
nomar, e el cadi de la cibdad e Alidordux, sin que demandasen se- 
guro al marqués, diciendo querían dar la cibdad al rey, e que les 



287 

diese libertad á sus personas, e mujeres, e fijos, e para sus bienes. 
E el marqués les respondió que él tenia aquel cargo de aquel cerco 
de Gibralfaro, como veian, que no le era á él honesto ponerse en 
trato para que fuesen libres, salvo que ellos disen la cibdad al rey, 
e demandasen las vidas, e quedasen por cativos, e perdiesen todos 
sus bienes, e lo que suplicaría al rey e á la reyna era lo de las vi- 
das; e que si querian insistir en lo que demandaban, que fuesen al 
comendador mayor de León, que estaba en otra estanqa, para que 
¿1 negociase con sus altezas. Los cuales así lo ficieron, que fablaron 
con el comendador mayor de León, don Gutierre de Cárdenas, y le 
rogaron que fuese á sus altezas con aquella embaxada que habían 
ido al marqués; e el comendador mayor con mucho placer fué al 
rey e á la reyna, y sus altezas mandaron llamar á los grandes que 
allí estaban, para que cada uno delios dixese su parecer de lo que 
en aquel caso debían facer. Y ellos juntos, algunos dixeron que sus 
altezas debían acebtar lo que los moros demandaban, e tomar la 
cibdad, pues en ello eran tan servidos, e excusarían tan grandes 
gastos e espensas que allí se gastaban; e el maestre de Santiago e el 
xiomendador mayor eran en este mismo acuerdo. E el marqués de 
Cádiz dixo á sus altezas: Señores, la calidad de los moros es que 
cuando se vienen á dar tienen tanta necesidad, que no se pueden 
sofrir, e á vuestras altezas va mucho en que estos moros se pierdan, 
porque sea castigo á ellos y ejemplo á todos los otros que quedan 
por conquistar; que si agora estos moros libremente se fuesen, 
todos los otros á do vuestras altezas pusiesen cerco esperarían al 
cabo poniendo todas sus fuerzas tanto y más que estos han puesto; 
e si estos se pierden , non llegarán vuestras altezas á ninguna 
cibdad ó villa que diez días se os detengan. Por ende suplico á 
vuestras altezas que la respuesta para los moros sea: que den la 
cibdad y á ellos mismos con todo lo que tienen, y es muy cierto 
que lo farán luego, según la gran necesidad que tienen de fambre, 
porque algunos moros han salido de la cibdad, e dicen que ha más 
de veinte días que no comen pan ninguno, sino las bestias, e perros, 
e gatos que tienen en las casas, e aunque algunos días se puedan 
detener, serán muy pocos. Y si vuestras altezas non tienen dineros 
para pagar esta hueste, mi gente yo la sosterné; y demás desto,yo 



288 

serviré á vuestras altezas con diez cuentos que tengo en moneda» 
e con plata e otras joyas que valen asaz cantidad, e creo que na 
menos farán muchos de los grandes que aquí están con todo lo que 
pudieren. E muchos se conformaron con este voto del marqués, e 
el rey e la rey na más que todos. 

CAPITULO XLVII. 

CÓMO EL REY E LA REYNA , VISTO EL CONSEJO DEL 

MARQUÉS DE CÁDIZ, ACORDARON QUE AQUELLO SE RESPONDIESE 

A LOS MOROS, E CÓMO SE DIERON LUEGO EN LA MANERA 

QUE EL MARQUÉS DIXO. 

E luego SUS altezas determinaron de enviar á los moros aquella 
misma respuesta que el marqués dio. E sabida por los moros la 
voluntad determinada del rey e de la reyna, pusieron en obra de 
lo facer así, e salieron ctra vez á la estanca del marqués, á lo alto 
de Gibralfaro, aquellos moros más principales, á le pedir por mer- 
ced que su cabtiverio e perdición querían que fuese por su mano 
y no por otro alguno. E el marqués les respondió que él non se 
encargaría de lo tal, porque no quería que se disese por otras 
partes que los moros de Málaga se pusieron en sus manos, y que 
él los había fecho perder. £ oida por los moros esta razón del 
marqués, se volvieron á la fortaleza de Gibralfaro, muy tristes y 
desconsolados, llorando, las capillas de los albornoces echadas 
sobre las cabezas, e asentaron todo lo susodicho por mano del 
comendador mayor; e otro día entregaron el alcazaba, e las torres 
e puertas de la cibdad á ciertos caballeros e capitanes del rey, e la 
fortaleza de Gibralfaro entregaron al marqués. E los moros e ju- 
díos de la cibdad fueron todos cativos, e perdieron todas sus fa- 
ciendas. E el rey e la reyna mandaron á sus contadores mayores, 
que eran don Juan Chacón, e don Gutierre de Cárdenas, comen- 
dador mayor de León, e Rodrigo de Ulloa, e su tesorero Ruy 
López, que pusiesen gran recabdo en todos aquellos moros e mo- 
ras; los cuales asi lo ficieron con toda buena diligencia, que nin- 
gtma cosa se perdió de valía de un dinero, que todo lo ovieron el 
rey e la reyna; e mandaron repartir algunos de los moros e moras 



289 

por los grandes e caballeros que allí se fallaron, en cantidad de 
tres mil ánimas, e sus altezas ovieron fasta ocho mil, con todo lo 
mueble, que valió asaz cantidad. E el rey e la reyna quisieran 
dar todo esto á los grandes y gentes, salvo porque estaban muy 
gastados e adebdados, e todos lo ovieron por bien y más el mar- 
qués, porque pudiesen salir de la vergüenza que podian rescebir, 
no pudiendo pagar lo que debían, que era mayor cantidad de 
ciento e cincuenta cuentos. E por esto sus altezas rescibieron los 
sobredichos moros y facienda, e con ello cumplieron con aquellos 
que les habian prestado; e la cibdad seyendo desembargada de los 
moros e judíos, que los sacaron todos á un corral que es entre el 
alca<?aba y la mar, los reyes entraron en la cibdad rnuy pomposa- 
mente e acompañados de todos los grandes, y el marqués junta 
con ellos, á su mano derecha, e fueron á la iglesia mayor á oir 
misa e dar gracias á Dios por la victoria que les babia dado, e 
después de oida la misa, se fueron á su palacio real, e de allí los 
grandes se fueron á sus posadas, e otro dia se despidieron todos 
los más de los grandes para se ir á sus tierras. Y el marqués de 
Cádiz quedó con sus altezas, porque siempre tenia por estilo de no 
se ir á su casa fasta dexar al rey e á la reyna en el logar de donde 
habian salido á conquistar. E los reyes estovieron diez dias en la 
cibdad de Málaga, e dieron el alcaidía della á Fernandez Manri- 
que. E después de haber mandado dar orden en las cosas de la 
cibdad, quiso ir la reyna á ver á Vélez e á toda aquella tierra que 
se babia ganado, y sus altezas partieron para allá, e con ellos el 
marqués, el cual llevaba de rienda la reyna e le mostraba los luga- 
res ganados, e le decia todas las cosas como habian pasado. E lle- 
gados los reyes á Vélez, vinieron todos los moros de los lugares 
comarcanos á besar la mano á la reyna, y su alteza en ver tan buena 
cibdad como Vélez ovo mucho placer, e estovieron allí dos dias, e 
sus altezas se partieron de allí y el marqués con ellos, e fueron por 
la mar en cuatro galeras que ahí estaban de Aragón, e vinieron á 
desembarcar á Guadalquivirejo, que no quisieron entrar en la cib- 
dad de Málaga porque habian fallecido en ella dos ó tres personas 
de pestilencia, e de allí siguieron su camino la vía de la cibdad de 
Córdoba, do fueron bien rescebidos, con gran solemnidad del 
Tomo CVI. 19 



290 

príncipe que allí estaba, e de muchos caballeros, naturales de la 
cibdad; e de ahí se partió el marqués por mandado de sus altezas, 
á la su villa de Marchena, donde la marquesa estaba, do fué muy 
honrradamente rescebido, con muy gran placer e alegría por la 
marquesa y por sus caballeros y vasallos, dando muchas gracias 
-á Dios porque con tanta victoria e honrra lo habia traído á su 
«asa. E los reyes dende en veinte días se partieron para Aragón 
-á facer Cortes en Zaragoza, e haber dinero para la guerra del año 
venidero. E el marqués se quedó en su tierra, con cargo de sus 
altezas para proveer las cosas que subcediesen, e amparar todos 
los lugares e tierras ganadas de los moros. Ca era tanta la con- 
fianza que los reyes del marqués de Cádiz tenían, por sus grandes 
virtudes y leales servicios, que habían por bien dexar en sus 
manos todo su estado real. 

CAPITULO XLVIII. 

CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ, MIRANDO EN LA TARDANZA 

<5ÜE LOS REYES FACÍAN EN ARAGÓN, DETERMINÓ DE IR VER 

TODAS LAS CIBDADES, VILLAS E FORTALEZAS QUE 

sus ALTEZAS HABÍAN GANADO. 

Siempre los fechos del marqués fueron bien pensados, así por 
su grande entendimiento, como por el continuo deseo de servir á 
Dios y á los reyes; como jamás otro fuese su pensamiento; y por- 
que sus altezas estaban tan ocupados en muchos negocios de sus 
reinos de Cecilia, Aragón y Navarra, y que tan ayna non se po- 
dían dellos descargar, acordó de ir á requerir todas las cibdades, 
villas e fortalezas que los reyes á los moros tenían ganadas, y 
como quiera que esta fama á todos fuese pública, mas en lo secre- 
to, la principal cabsa de su ida era por tomar la villa e fortaleza 
de Almuñecar, porque el alcaide della, Maliomad Alatar, era 
mucho suyo del marqués, e habia rescebido del muchas honrras, 
y á esta cabsa se contrataban y tenían dado asiento en la toma 
della, y el marqués le tenia prometidas grandes dádivas y mer- 
•cedes. Y como los moros conociesen del nunca quebrantar cosa 
que prometiese, osaban ponerse por él á todo peligro, así de las 



291 

Lonrras como de las vidas. Y este alcaide tenia la tenencia dest» 
villa y fortaleza por el rey Mulehacen, y como el marqués cono- 
ciese que, tomada Almuñecar, era luego tomada Almería, y que á 
los moros non les quedaba otro puerto de mar en que toviesen 
ninguna esperanza de socorro, y que luego serian todos perdidos, 
deseábalo mucho. Y también fué su ida por acordar algunos al- 
caides que estaban muy divididos, de tal manera, que los reyes 
pudieran rescebir gran deservicio non lo remediando. Y para po- 
ner en obra su camino, mandó ataviar muy complidamente todas 
las cosas, según á su estado pertenecía haber de levar, e juntó 
quinientos caballeros, de hermanos, primos, sobriuos, yernos 
criados e caballeros de su casa, toda gente muy escogida e muy 
ricamente ataviada de especiales armas e caballos e otros arreos, 
e una rica bandera con las armas de los reyes y las suyas baxo 
dellas, e dos pares de atabales, e seis trompetas, e sacabuches, e 
trescientos espingarderos e otros tantos ballesteros muy adereza- 
dos; e mandó que de sus tierras, durante el tiempo que allá esto- 
viesen, fuesen muchos mantenimientos, e así se fizo muy abasta- 
damente, e comenzó su camino á diez e ocho dias del mes de Ene- 
ro de mil cuatrocientos e ochenta e ocho años, desde la su villa de 
, Sahara, e fué á Setenil e á Ronda, donde fué muy honrradamente 
rescebido; e de allí se partió pai'a Marbella e reposó allí una tarde 
fasta otro dia, que se partió después de medio dia, dexando pro- 
veído todas las cosas que cumplían al servicio de los reyes sus 
.señores. E de allí fué á la cibdad de Málaga, en la cual le fué 
fecho un gran rescibimiento por Garci Manrrique, tío del rey, que 
tenia la cibdad por su alteza. E allí reposó cinco dias, e vinieron los 
alcaides de Velez Málaga e de toda la comarca á le ver e facer re- 
verencia, y el marqués los rescibió con mucha alegría, e cada día 
comían todos con él, e allí fizo amigos á los alcaides que estaban 
muy contrarios, e los puso en mucha paz e concordia, de que todos 
fueron muy contentos, porque el alcaide Garci Manrrique no los 
había podido acordar, y el marqués les dio á todos grandes dádi- 
vas. E despedidos los alcaides cada uno á sus tenencias, como 
quiera que de secreto quedaron apercebidos, no sabiendo para 
qué, salvo Garci Manrrique, al cual el marqués dio parte de su 



292 

secreto, por ser caballero muy honrrado y tio del rey, su señor, y 
le quedó el cargo del socorro cuando menester fuese; e de allí se 
partió el marqués para la cibdad de Alhama, donde tantos traba- 
jos sufrió en la toma y defensa della, y llegado, fué muy bien res- 
cebido, e allí estovo seis dias esperando tomar la villa y fortaleza 
de Almufíecar, como lo tenia concertado. E como el rey Muleha- 
cen, que estaba en Gruadix y Bag-a, supiese la venida del marqués 
en aquellas tierras, como mucho le temiesen por los grandes da- 
ños que todos del habían rescebido, pensó lo que podría ser, que 
no sin gran cabsa era su venida; cabalgó con mil caballeros e 
cinco mil peones, sin que ninguno supiese dónde iban, e una ma- 
ñaua amaneció en Almuñecar, que dende á dos días se había de 
dar la villa y fortaleza al marqués. Y el rey tiró aquel alcaide y 
puso otro, no porque él supiese el secreto de entre su alcaide y el 
marqués, mas por la sospecha que tenia, e otro día el rey fué á 
Almería 3' fizo otro tanto. Y como el alcaide de Almuñecar vido 
el rey partido para Almería, escribió al marqués de gran secreto 
la venida del rey e lo que había fecho, y que le perdonase, que 
no se había podido en ello más facer, que si el rey no viniera, todo 
estaba á su servicio; mas que le daba la fé de trabajar en ello 
cuanto más pediese. E venida la nueva al marqués, ovo muy 
grande enojo por ello e partióse para la cibdad de Loja, y quién 
podría decir el gozo que todos rescibian con su vista, como si 
fuera la persona de los reyes. Y aposentado en la cibdad con muy 
grande acatamiento, allí vinieron á lo ver alcaides de Illora. Y 
Modín y Montefrio, y el marqués folgo mucho con ellos; e como- 
el rey Chiquito Muley Baudilí, sobrino del rey Mulehacen, que 
estaba en la cibdad de Granada, supo cómo el marqués estaba en 
Loja, escribióle, haciéndole saber cómo allí estaba á servicio de Ios- 
reyes, que si algo le mandaba, estaba tan obligado á todo su que- 
rer y mando, como al de sus altezas; 3' envióle un caballo blanco, 
muy escogido, muy ricamente ajaezado, e una daraga danta, e 
nna espada morisca muy ricamente guarnecida de oro. E el mar- 
qués lo rescibió mu3' de grado, y le escribió, gradeciéndole mucho 
su buen deseo, y envióle un moro que tenia cativo, que era herma- 
no de su mujer del rey Chiquito, de muy gran resgate, el cual 



293 

preció más el rey que si le diera una villa. Y el marqués se par- 
tió de Loja, la via de Autequera, donde fué muy honrradamente 
rescebido del alcaide e vecinos della, y le dieron un rico presente 
e estovo allí aquel dia, que ei'a sábado en la tarde, e otro dia do- 
mingo, fasta el lunes de mañana que se partió para la su villa de 
Marcliena; y la marquesa, como supo su venida, con grande ale- 
gría lo salió á rescebir. Y el marqués ovo mucho placer con su 
vista, como fuese la cosa que él más amaba, por sus grandes virtu- 
des y santa vida; e fizo Dios al marqués tan señalada merced, que 
en este tiempo que por allá anduvo, aunque era tierra fria y en 
invierno, fizo un tiempo muy templado y sosegado, sin ningunas 
aguas. Y en esta sazón los reyes estaban en Zaragoza y supieron 
cómo el marqués, deseando su servicio, habia tomado aquel cami- 
no, lo cual mucho le agradecieron, y le escribieron, certificándole 
que sus leales servicios siempre los tenían delante para lo facer 
largas mercedes, y que le rogaban y mandaban que folgase y des- 
cansase de los trabajos pasados por aquel año, que creían la 
guerra no se haría, así por la gran pestilencia que andaba en 
Córdoba y en Ecija y en toda aquella frontera, como por otros 
grandes negocios que con el rey de Francia tenían sobre Perpí- 
ñan, de las cuales nuevas el marqués mostró gran sentimiento, 
pesándole mucho dello sí así ovíera de pasar. 

CAPITULO XLIX. 

CÓMO EL MARQUÉS DE CÁDIZ, 

DON RODRIGO PONCE DE LEÓN, ESCRIBIÓ A LOS REYES SUPLICANDO 

Á sus ALTEZAS POR NINGUNA COSA LA GUERRA DE 

LOS MOROS POR AQUEL AÑO SE DEXASE. 

Después destas cosas así pasadas, como el marqués conociese la 
voluntad y gana de los reyes, sus señores, ser tan grande de dar 
guerra á los moros, era mucho maravillado haberse de cesar por 
aquel año, cuanto más estando tan quebrados y perdidos, y se- 
yendo año tan vicioso, así de panes como de yerbas y de todas las 
otras cosas tan abondosas, y también teniendo los moros muy lar- 
cas sementeras, que si lugar se les diese de las coger, quedarían 



294 

muy reparados para adelante, y fallarse yan más fuertes para su 
defendimiento. E á esta cabsa, el marqués escribió luego á sus al- 
tezas, pidiéndoles por merced y besando las manos á sus altezas, 
que por ningunos negocios esta santa guerra contra los moros, 
enemigo;} de la Santa Fé no se excusase de facer, pues que Dios 
en ello tanto era servido; y que creia, poniéndose en obra, luego la 
pestilencia cesaría, y no se haciendo, se acrecentaría; cuanto más 
teniendo como tenían sus altezas tantas gentes de sus reynos aper- 
cebidas, y también teniendo sus altezas mucho dinero, muchos 
mantenimientos y los pertrechos y artillerías todo puesto á punto, 
e todas las gentes muy ganosas de ir con sus altezas; y si menes- 
ter fuese morir en servicio de Dios y suyo en tan santa romería; 
y que él quería ser el primero, porque esto era su gloria y descan- 
so; y cuando menester fuese, que él tenia para su servicio cincuen- 
ta mil fanegas de trigo y otras cincuenta mil de cebada, de sus 
rentas, y doce cuentos de moneda labrada en oro y plata, e otras 
muy ricas joyas de gran valor. E cuando los reyes, estando en Za- 
ragoza, vieron las cartas del marqués de Cádiz, fué muy grande 
el placer y alegría que con ellas rescibieron; y con gran gozo, los 
ojos llenos de agua, dixeron ante todos los grandes de su Corte: 
— Nos bien creído tenemos que todos los Emperadores y reyes 
cristianos no alcanzan más bien andante caballero que nos tene- 
mos en el marqués de Cádiz. E porque siempre nos fallamos mu- 
cho bien de sus consejos, mucho nos place sea puesto en obra como 
él lo dice. E luego sus altezas dieron asiento en los negocios suyos^ 
y del rey de Francia, con ios embajadores que ende estaban espe- 
rando la respuesta, e mandaron que todas las gentes que aperce- 
bidos estaban, fuesen con sus altezas, á cinco días del mes de Mayo 
del dicho año de ochenta e ocho años en Lorca. E ninguno de sus 
grandes no vinieron, diciendo que estaban cansados e gastados, 
y el rey e la reyna ovieron placer dello, porque cuando muchos se 
juntaban, había algunas confusiones, econ el marqués solo, el rey^ 
se tenia por muy acompañado. 



295 



CAPITULO L. 

CÓMO EL REY DON FERNANDO 

E LA REYNA DOÑA ISABEL, SU .MUJER, VISTAS LAS CARTAS DEI> 

MARQUÉS, DETERMINARON LUEGO Á LA HORA 

LE RESPONDER. 

E llegadas las cartas de los re3^es al marqués que estaba en la 
su villa de Marcñena.ú diez y ocho dias del mes de Abril del dicho 
año de ochenta e ocho años, rescibió grandísima gloria con ellas, 
gradesciéndole mucho sus altezas los continuos y leales servicios 
y santos consejos que cada día del rescibian. Y le enviaron dos 
cuentos de moneda labrada de oro e plata para reparo de los gastos 
que habia fecho, andando requeriendo las cibdades, villas y forta- 
lezas que sus altezas á los moros habían ganado; e le rogaban y 
mandaban, pues á su cabsa por aquel año querían facer guerra á 
los moros, la cual por ocupación de grandes negocios dexaban, á 
los cuales sus altezas habían dado medio que lo más presto que 
ser pudiese, fuese con sus altezas en la cíbdad de Murcia, faciéndole 
saber seria grande el placer que con su vista rescibirían. Y el 
marqués díó infinitas gracias á Dios, así por se complir sus deseos, 
como porque siempre sus altezas más señaladamente que á otros 
le querían escoger para se servir del, se3'^endo cómo eran los gran- 
des de sus reynos mu}' nobles, leales y esforzados caballeros para 
dar de sí en todo gran cuenta; mas que él bien creía que el amor 
que sus altezas le tenían, más venia por la mano de Dios que por 
sus merescímientos; como de arriba todas las gracias sean repe- 
tidas según á su divina sabiduría place; ca como quiera que el 
marqués era caballero esforzado, muy varón feroz, y espantable 
contra los moros enemigos de Nuestra Santa Fé Católica, asi era 
muy humilde, cortés, muy piadoso en todas las obras de miseri- 
cordia. E habiendo su placer con las cartas de los reyes, sus se- 
ñores, mandó luego apercebir cuatrocientos caballeros de su casa 
e tierra, muy escogidos, con buenos caballos, e polidas armas, e 
doscientos espingarderos e otros doscientos ballesteros, muy ata- 
viados, vestidos de librea verde y blanco. Para la cual gente ordenó 



296 

dos capitanes, especiales caballeros, los cuales do quier que se fa- 
llaron dieron especial cuenta de sí; los cuales fueron don Diego de 
León, su hermano, e don Alonso de Leoii, su primo, fijo de don 
Fernando de León, su tio, repartidos en esta manera: con cada 
capitán doscientos caballeros, e cien espingarderos, e cien balles- 
teros; e con cada guarnición su bandera de un color, e de unas 
armas, e dos trompetas, e un par de atabales. E la gente llegada 
y puesta á punto en el campo, bien concertadas sus batallas, el 
marqués, muy acompañado de caballeros, salió á los ver, porque 
esta era su costumbre; donde quiera que él en persona fuese ó en- 
viase su gente, queria que fuese muy ataviada y bien ordenada. 
E como sus capitanes lo vieron venir, que estaban á una ladera 
baxo de un cerro, mansamente se abasaron á lo llano; e comenza- 
ron de tocar las trompetas y atabales y disparar muchas espin- 
gardas y trabaron grande escaramuza; y como todos eran muy 
diestros en la guerra, parescian muy bien, y el marqués ovo mucho 
placer y se volvió muy contento, y todos sus caballeros con él. E 
puso en obra muy presto complir el mandato de los reyes, sus se- 
ñores; y dado el cargo de la gente á sus capitanes y todo cuanto 
menester habian para sus gastos complidamente, mandóles luego 
partir que se fuesen para Lorca, donde los reyes, sus señores, acor- 
daron que las gentes se llegasen y que allí lo atendiesen, y sus ca- 
pitanes así lo pusieron en obra. Y el marqués se partió para sus 
altezas á doce dias del mes de Mayo del dicho año, muy ricamente 
adornado, con cincuenta caballeros, todos en muías, vestidos de 
brocados y seda y cadenas de oro; sus mozos de espuelas crecidos 
y bien vestidos, y cada caballero dos caballos y dos pajes, y muy 
polidos arneses tranzados, los capacetes muy guarnidos de oro }'■ 
plata, con sus velas coloradas, con unas largas letras de oro que 
decían: Esperanza en la fé. E el marqués llevaba seis caballos de 
su persona, muy escogidos, sus armas e ricos jaezes eran de gran 
valor, e todos sus pajes ricamente vestidos; treinta acémilas con 
camas, e otros muchos atavíos de ricas cosas, según convenia á su 
grande estado, y con ellas asaz gente bien ataviada y bien casti- 
gada, que por doquier que iban jamás enojaban á ninguna preso- 
na. E andando sus jornadas por Ecija, Córdoba y Baeza, le facían 



297 

jniiy honorables rescibiinientos. E continuando su camino por la 
sierra de Segura, por entre Huesear y Carayaca, llegó á Lorca. 
E todos los caballeros y gentes que en ella estaban, asi del Anda- 
lucía como de Castilla la Vieja y de otras partidas muchas e reynos 
extraños, sabiendo que el marqués iba, salieron con muy gran 
placer y alegría á le rescibir, gozándose mucho con su venida. 

CAPITULO LI. 

CÓMO EL MARQUÉS, SABIENDO QUE EL REY MORO 

había salido de GUADIX para ir BASTECER E FORTALECER 

LA CIBDAD DE VERA, FUÉ Á LE DEFENDER 

LA PASADA Y GELA DEFENDIÓ. 

E así rescebido el marqués honorablemente, como dicho es, lue- 
go en aquel dia le vino cierta nueva de dos adalides suyos, á los 
cuales gran crédito dio, diciéndole que supiese por verdad que 
el rey Mulebacen, rey de Guadix, tenia por cierto que el rey dou 
Fernando entraba á poner cerco sobre Baea e Guadix, e que desta 
cabsa las tenia muj»^ fortalecidas e bastecidas de gentes y pertre- 
chos, en tal manera, que ninguna mengua de todo lo necesario 
tenían, y que por haber de bastecer estas dos cibdades, muchas 
fortalezas, villas e lugares estaban en asaz estrecho e mengua, y 
que estando esperando, como dicho es, que habia de ser puesto cer- 
co sobre estas dos cibdades, supo cómo se habia de poner sobre la 
cibdad de Vera. E luego el rey moro, sin nada detenerse, delibró 
de partirse con mil lanzas e diez mil peones y muchas armas y 
pertrechos para haber de fortalecer la cibdad. E oida el marqués 
esta nueva, como en cosa alguna de lo que le dixeron no dubdase, 
dada entera fé á todo, con gran reposo, crecido saber y seso, co- 
menzó á pensar y prever lo que en esto se debia facer, y para to- 
do con buen tiento facer, queriéndose informar de ajeno seso, 
como caballero de buen concierto, dio parte de todo al adelantado 
de Murcia, con el cual, todo lo que sus adalides le habían dicho y 
certificado, habló. Y como el adelantado era muy buen caballero, 
amigo mucho de Dios, y celoso del servicio de los reyes y ensal- 
zamiento de sus coronas reales, después de muchas cosas decirle, y 



298 

tenerle en merced la parte que de sus hechos le daba, le dixo así: 
Señor primo; ved lo que en esto mandáis y queréis que se faga, 
laeo-o sea fecho, porque yo no querré otra cosa, así en esto coma 
en todo lo que vos, señor, mandardes; y de aquí vos do mi fé que 
la persona y estado y lo que tengo, habré en buena ventura po- 
nerlo por vuestro servicio, porque tengo tanta confianza y seguri- 
dad de quien sois y vuestros deseos y obras, que ni pensar ni 
mandar no podréis, si cosas en que Dios se sirva y los reyes, 
nuestros señores, y crecimiento de nuestros estados j honrras 
sean. Oida el marqués su tan amigable y. graciosa respuesta, mu- 
cho en merced le tuvo la voluntad, junta con el fecho que mostra- 
ba. Y acordados ambos, el marqués dixo: — Si su alteza estoviera 
donde le pudiérames escribir, para que en esto nos mandara lo 
que ficiéramos, muy bien fuera; mas podría ser que en este media 
tiempo habría lugar el rey moro de entrar en la cibdad y fortale- 
cerla de gentes, armas 3' pertrechos, de lo cual se seguiría gran 
daño á los cristianos y el rey nuestro señor sería deservido; por 
ende, nos parece, señor primo, que yo vaya con alguna gente de 
la que aquí está á registirle la entrada; creo será buen acuerdo, 
porque yo confio que con el aj'uda de Dios mi señor y de su glo- 
riosa Madre, en quien yo grande esperanza tengo, y del apóstol 
Santiago, que haciéndose de esta manera, será cabsa de ver el fin 
tan deseado; y vos, señor primo, quedareis en esta cibdad, tenien- 
do toda esta otra gente á cargo, la cual estará muy apercibida con 
el concierto que vos, señor, sabéis, para cuando yo os escriba. El 
adelantado, como quier que su gana y deseo era más ir que que- 
dar; pero por conformar su voluntad con la del marqués y querer 
lo que queria, ovo por bien que así fuese como el marqués lo man- 
daba. El cual se partió de Lorca el día mismo que en ella entró, 
lunes, dos días andados del mes de Junio de mil cuatrocientos 
e ochenta e ocho años, con ochocientas lanzas muy lucidas e tres 
mil peones, pasada una hora de la noche. Y tomado algún refres- 
co, cuatro leguas de allí, dos horas antes del día, sin mucho allí 
estar, se partió, donde continuando su camino, cuando fué hora 
casi de las nueve, estaba media legua de la cibdad de Vera, puesto 
con sus gentes e batallas muy bien ordenadas en el camino por 



299 

donde el rey de Guadix tenia de pasar; y estaba tan deseoso que el 
rey moro viniese, para verse con él y registirle la entrada, que él y 
los suyos no vieran la hora. Y como el alcaide de Vera fuese 
cierto de vista quel marqués estaba allí con tan noble gente, y de 
voluntad de esperar allí al rey moro, mostrando gran sentimiento, 
escribió luego al rey Mulehacen, su señor, que estaba en Cantoria, 
e habia de venir otro diu miércoles, faciéndole saber de la suerte 
que pasaba, diciéndole cómo el marqués estaba media legua de 
Vera en el camino por donde habia de pasar, esperándole muy 
poderosamente para le haber de registir la entrada. E como el rey 
moro viese la carta, quisiera fingir lo que los reyes y grandes se- 
ñores tienen de mostrar en las adversidades y desastrados casos, 
que es no mostrar flaqueza ni sentimiento por ninguna desventu- 
ra, y trabajándose mucho por esto, no pudo tanto el seso que 
las muestras de la sensualidad no descubriese lo que el corazón 
sentía. 

Y así muy triste, lagrimando, llamándose rey sin ventura, se fué 
á Guadix, y llegando, mandó despedir la mas de la gente, y él 
se retraso á una cámara, en la cual estovo ciertos días sin ningu- 
no verle. Cuando el marqués supo de dos caballeros moros que sus 
corredores tomaron, que habían ido con las cartas al rej' moro, 
cómo el rey iba fuyendo, como quier que mucha gana y desea 
tenia verse con él, atribuyendo todo aquel infinito poder á Jesu- 
cristo Nuestro Señor y á su gloriosa Madre, dio infinitos loores y 
gracias, y así, mostrando grandísimo placer e alegría él y las gen- 
tes que con él estaban, mandó tocar sus trompetas, atabales e 
atambores, y muy concertada e ordenadamente se movió contra la 
cibdad de Vera con sus batallas e hueste, llegó muy cerca, e sa- 
lieron fasta cincuenta de caballo e doscientos peones al escaramu- 
za, en la cual quedaron seis de caballo muertos e más de cuarenta 
peones, e fueron Iqs más dellos feridos, e ninguno de los del mar- 
qués murió, como quier que algunos ovo heridos sin peligro de 
muerte ni lisien; y porque las espingardas que de la cibdad echa- 
ban alcanzaban á tiro, mandó el marqués que se retraxese la gen- 
te. Y así retraídos y recogidos, mandó proveer en curar los heri- 
dos, que serian, cuando más, cinco ó seis, y hizo talar muchas viñas 



300 

e huertas; y desto todo como pasaba escribió muy largamente al 
adelantado, su primo; y después de estar así todo aquel día junto 
cou la cibdad, ya que fué tarde, se partió y fué á reposar una legua 
donde camino de Lorca. Otro dia jueves, dia de Corpus Christi, 
entró en la cibdad de Lorca; y sabiendo que iba así victorioso, le 
salió á rescel/ir el adelantado con todas las gentes que ende esta- 
ban, á una legua de la cibdad, mostrando placeres y alegrías no 
de poderse decir. Y así rescebido como es dicho, luego escribieron 
el marqués y el adelantado á sus altezas, que estaban en la cibdad 
de Murcia, muy largamente todo el fecho como pasaba. Y resce- 
bidas las cartas y leídas, mandaron los señores reyes mostrando 
grandísimo gozo y placer, facer grandes alegrías por toda la tierra, 
ofreciendo á Dios Nuestro Señor en servicio grandísimos dones 
por la merced rescebida, e regradeciendo al marqués sus tan cre- 
cidos, continuos y leales servicios. E luego el rey, con todas las 
gentes que estaban con su alteza, se partió la via de Lorca para 
entrar en tierra de moros. El cual llegó sábado, después de medio 
dia, y fué rescebido del marqués y adelantado con otros caballeros 
y gentes muchas, como convenia á tan alto y poderoso ínclito rey 
e señor. Kescebido el señor rey y reposado, y habida alguna re- 
creación, se quiso informar más largamente del marqués e adelan- 
tado. E habido sobre todo gran consejo en lo que se debía de facer, 
determinó su alteza de enviar al marqués con dos mil lanzas e 
cuatro mil peones á poner cerco sobre Vera, en tanto que su alteza 
iba. E antes de su partida, la señora reyna le escribió una carta, 
la cual decía: 

«Marqués, primo: muy gran gloria y placer he rescebido con 
»vuestras buenas andanzas y leales servicios. Bien parece por la 
»obra la gana y deseo que tenéis de servir al rey, mi señor, e ú 
»mí, en las cosas tan señaladas de buenas que hacéis; por las cua- 
jóles es cosa muy justa; crecidas mercedes rescibais y así será; con 
»vida del rey, mi señor, e mía. Señalado placer y servicio rescebi- 
»ró largamente me escribáis las cosas que cada dia pasaren.» 

Rescebida el marqués la carta de la señora reyna, ovo grandí- 
simo placer con ella, y luego escribió á su alteza desta manera. 



301 



<<.Muy alta, muy poderosa, esclarecida reyna e señora. 

»Luego que aquí llegué, quisiera ir besar las manos á vuestra 
»alteza, como era razón y es mi deseo, porq'je se ofrecieron cosas 
»en que acá habia de entender, mucho complideras al servicio de 
»Dios y de vuestras altezas, y esperaba que habría lugar, viniendo 
»su alteza, el cual llegó hoy sábado, después de medio dia, á esta 
»cibdad de Lorca, y luego le supliqué me mandase dar licencia 
»para ello, y no ovo lugar, porque acordó y me mandó que maua- 
»na domiugo partiese para haber de cercar á Vera, porque así 
»convenia para asegurar ciertos puertos en que se esperaba resce- 
»bir algún peligro la gente de su alteza. Creo, señora, con el ayu- 
»da de Dios Nuestro Señor y de su gloriosa Madre, haciéndose 
»así, según el gran temor que aquella cibdad y toda la tierra tiene 
»al rey, mi señor, requeriéndole de parte de vuestras altezas, con 
»s61o asegurar las vidas, se dará la cibdad y fuerzas y de toda la 
»tierra, sin trabajarse mucho, á vuestras altezas. Y de todo como 
»pasare, como de vuestra alteza me es mandado, habiendo salud, 
»complirélo que vuestra real persona me manda. El rej', mi señor, 
»se partirá de aquí el lunes, y será allá otro dia martes. Yo, seño- 
»ra, me parto mañana domingo con dos mil lanzas y cuatro mil 
»peones, y seré, Dios queriendo, allá el lunes. Espero en Dios, 
»cuando su alteza llegue, todo estará á su servicio. Todos los ca- 
»balleros que aquí están para entrar con su alteza, son: el adelan- 
»tado de Murcia, con trescientos ochenta lanzase dos mil e qui- 
»nientos hombres de pié bien armados; Rodrigo de Cárdenas coa 
»seiscientas y cincuenta lanzas y tres mil hombres de pié; el maes- 
»tre de Santiago, don Rodrigo Manrrique, con doscientas e cin- 
»cuenta lanzas e seiscientos e cincuenta hombres de pié; el clavero 
»de Calatrava, doscientas ochenta lanzas e quinientos hombres de 
»pié; Pedro Fernandez de Córdoba, con ciento e quince lanzas del 
»Arzobispo de Sevilla; e Villafuerte, con ciento e cincuenta lanzas 
»del maestre de Alcántara; e Juan de Benavides, con ciento e 
jíveinte lanzas; e García Alonso de Ulloa, con cien lanzas; e Fer- 
»nando de Ribera, con cien lanzas e doscientos espingarderos de 



302 

sToledo. Yo, señora, tengo en servicio del rey, mi señor, y vues- 
»tro, cuatrocientos cincuenta caballeros, e doscientos espingarde- 
»ro3, e otros tantos ballesteros. Con las cuales gentes, placiendo á 
»Nuestro Señor, so dará el recabdo que al servicio de vuestras al- 
»tezas conviene. Nuestro Señor ensalce y prospere la vida y esta- 
»do real de vuestra alteza. De Lorca á nueve de Junio de ochenta 
»e ocho.» 



<i.M%y alta e muy poderosa, esclarecida rey na e señora. 

»Anoche llegamos á La Fuente la Figuera, cuatro leguas de 
»Lorca, e allí acordamos de non parar, por amanecer sobre esta 
»cibdad, porque no oviesen logar de entrar ningunos moros de la 
»comarca en ella, porque creíamos ser vistos, e así se fizo que lle- 
sgamos aquí á las seis del dia. E luego enviamos á llamar al al- 
»caide e á los más prihcipales moros de esta cibdad, con seguri- 
»dad de la venida e vuelta; los cuales enviaron al alcaide, e ellos 
»se escusaron de salir, e venido, acordamos de le decir, que el rey 
«nuestro señor entraba poderosamente en este reyno de Granada, 
»e pasaba por esta cibdad; que nos habia mandado tablar con él e 
>:'Con los de la cibdad algunas cosas complideras al servicio de 
»vuestras altezas e al bien dellos. E el alcaide dubdó de enviar por 
»los de la cibdad; e visto aquello, le deximos quél se volviese para 
»salir con ellos, porque á todos juntamente queríamos fablar. E 
5>viendo el alcaide que todavía queríamos que saliesen los de la 
scibdad, enviólos á llamar con un suyo; á los cuales se les dixo lo 
»que el rey mi señor nos mandó. E habido muchas pláticas en el 
«negocio, que son largas para escrebir, al fin se determinaron de, 
»en viniendo su alteza mañana, entregar la fortaleza, la cual es 
»muy fuerte, e asimismo un circuito grande que tiene baxo de la 
^fortaleza. Lo de la cibdad es flaco, que está en llano, e como quier 
»que es bien cercada de muro e torres, no tiene barrera ni cava, e 
atiene muy buena disposición para le tirar el artillería. En lacib- 
>dad hay muy poca gente; dicese que mucha della es ida al rey 
» viejo, e la que aquí está muestra tanto temor, que hoy, fasta 



303 

»puesto el sol, nos han entretenido de no escrebir á vuestra alteza 
»ni al rey nuestro señor, porque unos nos querían luego entregar 
»la fortaleza e otros lo contradicen. E todavia están en su confu- 
»sión, en tal manera, que no será maravilla mañana, antes que 
»su alteza venga, nos entreguen la fortaleza. Vuestra alteza haya 
»mucho placer, que esto está fecho, e así se fará todo lo otro deste 
»reyno de Granada, como vuestra alteza lo desea. Con otra villa 
»que está aquí cerca, que se dice Las Cuevas, tenemos concierto 
»con el alcaide e vecinos della, que, entregándose la fortaleza des- 
»ta cibdad, luego entregarán aquélla. Es villa muy fuerte e de 
»mucho provecho en esta tierra, á una legua de esta cibdad. ISTues- 
»tro Señor ensalce e prospere la vida y estado Real de vuestra 
»alteza. De Vera, á nueve de Junio de ochenta e ocho.» 

<íMuy poderosa reyna é señora: Después de escrita ésta, salió el 
«alcaide moro, e asentó con nosotros que daria esta noche cuatro 
»rehenes para entregar mañana la fortaleza, porque era ya tarde 
»e no habia tiempo para ello. E así se dará la de Las Cuevas, 
»segun más largo á vuestra alteza fará relación Martin Fernandez 
«Fajardo. Vuestra alteza habrá menester, según Nuestro Señor lo 
*face, mandar buscar muchos alcaides.» 



Muy alta e muy poderosa, esclarecida reyna e señora. 

«Vuestra alteza habrá visto lo que le escrebimos ayer, lunes, que 
ateníamos asentado con el alcaide e moros desta cibdad de Vara- 
ndo el rey Nuestro Señor llegó hoy martes á hora de comer. E le- 
»vamos al alcaide á besar las manos á su alteza; e después á hora 
»de vísperas, salieron todos los moros principales de la cibdad, á 
»los cuales su alteza mandó nos entregasen la fortaleza, e se fizo 
»así. E cierta gente nuestra está apoderada en ella. Muy poderosa 
>reyna e señora; damos muchas gracias á Nuestro Señor por las 
agrandes victorias e tan continuadas que da á vuestra alteza e al rey 
»nuestro señor; á él placerá siempre de las continuar, como vuestras 
» altezas lo desean e lo merecen. Asimismo se entregó la fortaleza 
»e villa de Las Cuevas, e su alteza mandó á Juan de Benavides la 



304 

xfuese á rescebir. E mañana, Dios queriendo, se han de entregar 
j>otras cinco ó seis fortalezas desta comarca; que ya está asentado. 
»Y en lo qae agora su alteza está más de voluntad de tomar es la 
^fortaleza e villa de Moxacar. Es fuerte, por estar en una sierra 
»fragosa; mas mediante Nuestro Señor, aquello se tomará, como se 
^han tomado otras cosas más fuertes. Vuestra alteza haya mucho 
»placer, que todo lo restante deste reyno de Granada muy presto 
»gelo dará Nuestro Señor. El partido que su alteza mandó asentar 
»con los moros fué que queden por mudejares, e los que de aquí á 
»mes y medio quisiesen pasar allende con sus mujeres e fijos, que 
»vuestras altezas los mandarán pasar. E si otras cosas más por 
»istenso vuestra alteza quiere saber, remitimos á la relación del 
»merino de Lorca que va á vuestra alteza. Cuya vida y estado real 
»de vuestra alteza Nuestro Señor ensalce y prospere. De Vera, diez 
»de Junio de ochenta e ocho.» 



^Muy alta e muy ^poderosa, esclarecida rey na e señora. 

»Ya escrebimos á vuestra alteza cómo esta cibdad de Vera se 
> habia entregado, e asi la villa de Las Cuevas e otros cinco ó seis 
»lugares cercanos á ella, e la voluntad que tenia el rey, nuestro 
sseñor, de tomar la villa de Moxacar; e su alteza tenia mucha 
»razon, por ser aquél el puerto para Almería. E ayer vino el al- 
»caide e los principales moros de la villa e dieron la obediencia á 
»vuestras altezas, y por ser tarde, no fueron á entregar la fortale- 
»za fasta hoy jueves. Es muy buena e fuerte e sojudga mucho la 
»villa. Crea vuestra alteza tan provechoso ha seydo tomar aquella 
» villa como esta cibdad. A Nuestro Señor gracias, lo alto e lo 
»baxo, todo se omilla al servicio de vuestras altezas. Todos estos 
singares del rio de Alma^ora, que son más de cuarenta, han de 
»ir á requerir; con esto que se ha ganado, todos vernán á dar la 
»obediencia, e las fortalezas. Con la buena ventura de vuestra al- 
5 teza, todo lo que queda fará lo mismo, e muy presto. Nuestro Se- 
íñor ensalce e prospere la vida y estado real de vuestra alteza. 
>De la cibdad de Vera ¿ doce de Junio de ochocientos e ocho.» 



305 



«.Miiy alta e muy poderosa, esclarecida reyna, e señora. 

»A vuestra alteza escrebimos cómo el rey, nuestro señor, mandó 
»ir á requerir las villas e lugares del rio de Alma<jora, e de la 
»sierra de Filabres, e la fortaleza de Xisar, que es á cinco leguas 
»de Almería, e otros de la comarca; e los alcaides dellas han ve- 
>nido á dar la obediencia, como vuestra alteza ha sabido, e hoy 
«vinieron los alguaciles de Velez el Blanco e de Velez el Rubio, á 
>dar la obediencia á vuestras altezas y entregar las fortalezas, las 
»cuales, mañana, Dios queriendo, irán á rescebir. Asimismo dicen 
»que, por servir á vuestras altezas, trabajarán e ternán manera 
»como den la obediencia y entreguen las villas e fortalezas de 
»Huescar, e Orcfo, e Galera, e iBenamanuel, que son en la hoya 
»de Baga. Escrebímoslo á vuestra alteza, porque sepa cómo 
»Nuestro Señor ha encaminado e encamina lo que tanto desea, y 
»e3 cierto que con la toma desta cibdad, e estar su alteza aquí, 
»todo lo más destas comarcas no ha tenido otro remedio sino dar- 
»se á vuestras altezas; e fasta se haber dado Tabernas e Pure- 
»chena, que no han sido requeridos, fasta hoy martes, que llega- 
»rá á Tabernas el gobernador Rodrigo de Cárdenas, e á Pure- 
»chena Juan de Benavides, su alteza no ha determinado la vía 
»que ha de seguir en persecución destos infieles. Dios le guiará 
»como suele, á parte que vuestras altezas serán muy servidos, 
»Nuestro Señor ensalce e prospere la vida y estado real de vues- 
»tra alteza.» 



«.Muy alta e muy 'poderosa^ esclarecida reyna e señora. 

«Vuestra alteza ha sabido la ida del rey, mi señor, á Almería. 
»Ha sej'do muy provechosa, por haber visto su alteza el asiento e 
«disposición de aquella cibdad, así de la parte de la sierra, como 
»de la mar, que ambas cosas juntan con ella, e ver algunas de las 
»villas e fortalezas que se han tomado más cercanas á aquella cib- 
»dad, e las mandar proveer de mantenimientos e gente, no sólo de 
Tomo CVI. 2d 



306 

»]a que es menester para la sostener, mas de poner guarniciones 
»para guerrear á Almería. Y como su alteza sepa tanto en todo, 
>lo mandó como convenia á servicio de vuestras altezas. E muy 
«poderosa reyna e señora: Almería es una muy gentil cibdad, no 
»tal como Málaga, mas poco menos; el castillo es fuerte e asenta- 
»do á la parte de la sierra; la cibdad está baxa en lo llano, muy 
»cerca la mar, bien cercada de torres e muro, sin ninguna barrera 
»e cava; disposición tiene, mediante Dios, se tomará en pocos dias 
«después de ser cercada. El rey de Guadix, temiendo que su alte- 
»za la quiere ir á cercar, se vino á ella con muy poca gente de ca- 
»ballo e ninguna de pié, porque los de Alpuxarra no le quisieron 
»acudir, diciendo que harto tenían que facer en defender sus ca- 
nsas, si pudiesen, que no se querían poner en cerco. E esto se supo 
»de dos moros que se tomaran el día de antes que su alteza llegase 
»á Almería. E llegada la guarda que levamos el duque de Albur- 
»querque, e el adelantado de Murcia, e yo, y el adelantado vino en 
>otra batalla con la gente del reyno de Murcia e la suya del aban- 
»guarda, saldrían al escaramuza e parecieron junto con la puerta 
»de la cibdad fasta trescientos moros de caballo e dos mil hom- 
»bre3 de pié. Dieseles el escaramuza tanto á provecho e honrra de 
»los de vuestra alteza, cuanto fué á daño e mengua de los moros, 
»que los retraxeron fasta que los facían por fuerza entrar por las 
»puertas de la cibdad, muriendo asaz gente dellos; e en los cris- 
»tianos ovo poco daño, á Dios gracias, salvo algunos feridos, que 
>en estas cosas tales no se puede excusar. E las batallas de vues- 
»tras altezas se pusieron todas en lo llano, junto con la cibdad, 
»bien ordenadas, en que habría más de cuatro mil hombres de ca- 
»ballo e doce mil hombres de pié. E no fué más gente, porque toda 
»la otra quedó aquí en Vera, en la guarda del real. E su alteza 
>vido muy bien la disposición de la cibdad, y está muy alegre y 
«contento de lo que en ella reconoció. E sin dubda, según el des- 
«conocimiento que en los moros pareció, si por su alteza fuera de- 
«terminado de la cercar, muy prestamente se tomara. E á la tar- 
ado 8U alteza mandó apartar las batallas de la cibdad, e asentó el 
»real en el río, do las bombardas de la cibdad casi alcanzaban. E 
>otro dia por la mañana, su alteza acordó de se partir, e los mo- 



307 

»ro3 quedaron tan tristes, e sin mostrar el placer que suelen en ver 
» alzar el real, que pienso fué á cabsa de lo que esperan adelante, 
»Dios queriendo, e así del daño que rescibieron en el escaramuza. 
»Su alteza llegó aquí hoy lunes, e como quiera que su alteza tra- 
»l)aja mucho, gracias á Nuestro Señor, está muy bueno de la dis- 
»posicion de su real persona, e muy alegre, así coa lo que Dios 
»face en todo lo que se ha tomado, como en lo que ve que se fará 
» adelante. Manda proveer todas estas fortalezas de bastimentos 
»para diez meses, e después de fecho, ha platicado su alteza de le- 
»var la vía de Ba9a. Cosa es, que parece bien, en que vuestras al- 
»tezas serán servidos de la ida allí. E Nuestro Señor lo encamina 
»todo, que eusalce e prospere la vida y estado real de vuestra al- 
»teza. De Vera, treinta de Junio de ochenta e ocho.» 



Muy alta, e muy poderosa, esclarecida rey na e señora. 

«Después que á vuestra alteza escrebi la venida del rey, mi señor, 
»de mandar proveer las villas e fortalezas que su alteza había to- 
»mado, cerca de Almería, de gentes de guarniciones, para facer 
»la guerra á aquella cibdad, e la disposición del asiento della, e 
»cómo su alteza había platicado después de mandar enviar las pro- 
»visiones necesarias aquellas villas e fortalezas, de seguir la vía 
!»de Baqa, do serian vuestras altezas servidos en traer esta vía; 
»e antes que su alteza partiese, sabido por el alguacil e la gente 
»de Huesear e moros della, enviaron al mismo alguacil á facer 
»saber á su alteza le querían dar la villa e fortaleza, e mandó á 
»E,odrigo Manrique la fuese á rescebir. E luego otro día, lunes 
»por la mañana, su alteza partió, e vino á sentar real á la boca 
»del rio de Almaneora, e de allí otro día, martes, á Oria, que es 
»una villa e fortaleza muy fuerte, e muy buena, de trescientos ve- 
»CÍnos, que ya se había dado ella, e otras villas e fortalezas por 
»do su alteza pasó, el día de antes, con la toma de Vera. E ayer, 
»miércoles, llegó su alteza á sentar real en Cuéllar, una fortaleza 
»buena, e el lugar de fasta cien vecinos, en muy buen sitio para 
»facer guerra á Baca, e á Purechena, e á otros logares que están 



308 

»por el rey de Guadix. Este logar de Cuéllar no se habia dado, e 
»aTites que su alteza llegase á él con dos leguas, con el recelo que 
»ovieron, se dio á Juan Dalmaraz, que su alteza habia mandado 
«enviar á les requerir. E mandó quedar allí á Carlos de Biedma 
»con la gente de su capitanía, e con alguna otra gente de pié para 
»la guarda della. A la tarde vinieron el alcaide de Benamaurel e 
»los más principales de la villa, á mí, á me facer saber cómo su 
j>voluntad era dar aquella villa e fortaleza á vuestras altezas, y 
»que me rogaban que fuese al re}', mi señor, les ficiese merced de 
«algunas cosas que les convenían, que son las mismas que los otros 
«lugares han demandado. E su alteza ovo mucho placer, e mandó 
«se ficiese así, E ho}', jueves, de mañana, mandó ir á tomar la for- 
«taleza, e partió la via de Baca, con sus batallas muy bien orde- 
«nadas. E el avanguarda traíamos el duque de Alburquerque, e 
«el adelantado de Murcia e yo. E llegaron todas las batallas fasta 
«muy cerca de la cibdad, en manera que se pudo muy bien ver. 
»Es cibdad pequeña; lo fuerte della de buenas torres e muros, asen- 
>:tada en un llano, algo desviada de la sierra que tiene de la una 
>parte; e de la otra tiene muchas huertas, e muy espesas, desde 
«junto con los muros, en compás de media legua. Tiene dos arra- 
«bales; uno á la parte de la sierra, e otro á la parte de las huertasj 
«cada uno de más vecinos que los de la cibdad. El de la parte de 
«la sierra es muy flaco, e para se tomar sin ningún detenimiento. 
«El de la parte de las huertas es algo más fuerte. Disposición tiene 
«todo para se tomar muy brevemente, Dios queriendo. E salieron 
«de los moros al escaramuzar fasta trescientos de caballo, y hom- 
;)bres de pié parecieron pocos, por estar incorporados en las huer- 
«tas. Dióseles el escaramuza muy bien dada, en que murieron asaz- 
«caballeros moros, e de acá no se rescibió otro daño, salvo que el 
«maestre de Montesa iba en compañía del adelantado de Murcia 
«en su batalla, que iba en la delantera de la quel duque de Al- 
>>burquerque y yo llevábamos; e como el escaramuza se trabó, el 
«maestre se apartó con algunos escuderos, la via do escaramuzaban, 
«e el adelantado viéndole ir, fué á él e le pidió se volviese e no 
> fuese al escaramuza. E el maestre le respondió que no iba á escara- 
-nauzar, sino á mirar, e no lo pudo volver. E el maestre llegóse 



309 

»cercado escaramuzaban, e mirando el escaramuza, se cree estaba 
»para arremeter con los moros, aunque no había llegado muy cer- 
»ca, una piedra de espingarda le dio por la boca, e lo firió de tal 
»manera, que dicen los cirujanos tiene poco remedio. E después 
»que su alteza ovo bien visto la cibdad, mandó apartar las batallas 
»e se venir para el real, que estaba asentado en un rio que sollama 
»Guadalquiron, legua e media de la cibdad, la via de Huesear, E 
»como las batallas levaron la via del real, quedaron las del aban- 
»guarda en la gaga. E algunos caballeros continuos de vuestras 
»altezas, e otros que se hablan apartado de las batallas, traian el 
»escaramuza que no los podíamos apartar, fasta las dos horas des- 
»pues de medio dia, que su alteza estaba cerca del real, e el aban- 
»guarda no se podia partir fasta que el escaramuza fuese despar- 
»tida. Y el re}' mi señor envió mandar á los que traíamos cargo 
»del avanguarda que, pues que no querían despartirse del escara- 
»muza, apartásemos las batallas cerca de la cibdad e se viniesen 
»la via del real; e fizóse así, e traspusiei'on las batallas en un llano 
»que está allí cerca, e quedamos en el lomo del valle, á vista del 
«escaramuza, el duque de Alburquerque e yo, fasta veinticinco de 
»caballo, e el adelantado con la gente de su batalla estaba abaxo 
«encubierto. E los moros viendo cómo las batallas habían tras- 
apuesto e levaban la vía del real e no parecían, acometieron muy 
«reciamente á los cristianos del escaramuza, en tal manera, que 
»los pusieron en asaz estrecho; e quiso Nuestro Señor fueran tan 
»bien socorridos todos los que allí se fallaron, que los moros vol- 
»víeron en fuida gran trecho de tierra, en manera que murieron, á 
»lo que allí vimos en alcance, quince caballeros, los más princi- 
»pales dellos, porque venían en la delantera, e les tomaron muy 
«buenos jaeces e armas. E las batallas del abanguarda siguieron 
«tras los moros fasta los encerrar por las huertas de la cibdad; e 
«así los mas caballeros que se habían fallado en la escaramuza. 
»E á Xuestro Señor gracias, allí ningún cristianos e perdió, salvo 
«dos ó tres caballos que los moros mataron, e dos caballeros que 
«firíeron al tiempo que arremetieron con los cristianos, e quedaron 
»de tal manera, que á la vuelta que volvieron las batallas ningún 
«moro salió, por do pareció los moros quedaron con gran miedo e 



310 

j>pérdida de sus caballeros que allí murieron. E el rey mi señor está 
»muy bueno e contento de todas estas fortalezas de la foya que se 
»ha dado á vuestras altezas, que sin dubda Baca queda tan cerca- 
»Da, como si las estanq-as estoviesen juntas con el muro, en especial 
»con Benamaurel, que los que salen por la puerta de Baqa loa 
«pueden contar, según está tan cerca de la cibdad een el llano de 
»su misma vega, que sin dubda, mediante Dios, los de Baca non 
5)pueden salir fuera de los muros á se aprovechar á cosa alguna 
»del campo. E el rey de Guadix, un moro que se salió á fablarme 
»decia que estaba en Purechena, e otros moros que andaban en el 
»escaramuza decian que estaba allí: lo cierto dello no se sabe; pero 
»que el rey, según él e sus moros están, más parecen absentes que 
»presentes. Vuestra alteza haya mucho placer, que esto todo, pla- 
»ciendo á Dios Nuestro Señor, se acabará muy presto. E el rey 
»mi señor, trabaja mucho, e trae tan bien ordenada e concertada 
»8U hueste, que los qué deseamos servir á vuestras altezas resce- 
»bimos mucha gloria. E todos estos caballeros cuanto pueden tra- 
»bajan en servir á vuestras altezas. Mañana viernes va su alteza 
ȇ sentar real cerca de Benamaurel, que es legua e media deste 
»real, e no pasará de allí, por mandar proveer aquella fortaleza e 
»villa de gente de guarnición. E otro dia sábado, irá á Huesear, 
»e de allí por sus jornadas fasta do está vuestra alteza. E así en 
»lo que se ha tomado como en lo que se ha visto e conoscido, he 
«escrito larga e verdadera relación á vuestra alteza. Jueves diez 
»de Julio de ochenta e ocho. Nuestro Señor ensalce y prospere la 
»vida y estado real de vuestra alteza.» 



Después de habida tanta victoria, y ganadas la cibdad de Vera y 
muchas otras villas y lugares y fortalezas, en número por todas cin- 
cuenta y tantas, el rey nuestro señor, con tanta prosperidad e mu- 
cho placer e alegría, después de mandar proveer de alcaides y baste- 
cer todas las fortalezas, villas y lugares que tomó de gentes e man- 
tenimientos, armas y pertrechos y todo lo necesario, se partió, y 
con él todos los caballeros y gentes de su hueste. Y en saliendo 
á tierra llana, mandó despedir todas las gentes cada uno á sus 



311 

tierras. Quedó con su alteza el marqués y el adelantado y ciertos 
otros caballeros, los cuales fueron con su alteza fasta la cibdad de 
Murcia, donde la señora reyna estaba, la cual con el ínclito prin- 
cipe unigénito fijo suyo, con grandísimo placer y gozo, acompa- 
ñado de muchos caballeros y gentes, le salió á rescebir. Y después 
de rescebido el señor rey, estovo allí el marqués ocho días folgan- 
do, y demandada licencia, y besadas las manos á sus altezas, se 
partió dende para ¡danta María de Guadalupe con cincuenta ca- 
balgaduras, á tener novenas, porque así lo había prometido. E 
complido su romaje, y ofrecido á Nuestra Señora en servicio cre- 
cida limosna, se partió para sus tierras, y continuando sus jorna- 
das, llegó á la su villa de Marchena, donde con mucho placer y 
alegría de la marquesa y suyos, y de toda la tierra, fué rescebido. 

Y no es de maravillar que este caballero, por él Nuestro Señor 
tan señaladas cosas faga, porque después de ser mucho amigo de 
Dios, muy católico, celador de su santísima fe, de la gloriosa 
Virgen Maria Nuestra Señora es más devoto que otro ninguno en 
nuestros tiempos se vido. El cual continuamente celebraba la fiestai 
de la Concepción suya en cada un año con grandísima solemni- 
dad en todas sus cibdades, villas e lugares, á sus costas y propias 
expensas, y mucho más honrradamente donde él en aquel tiempo 
se hallaba. 

CAPITULO LII. 

CÓMO LOS MOROS DE GATJSIN PRENDIERON AL ALCAIDE 

Y A LOS SUYOS, Y SE ALZARON CON LA VILLA Y FORTALEZA» 

E DE CÓMO FUÉ RECOBRADA POR EL MARQUÉS 
DE CÁDIZ. 

En este dicho año de mil e cuatrocientos e ochenta e ocho años, 
cei'ca de en fin del mes de Setiembre, los moros vecinos de Gau- 
sin, por algunas sinrazones e injurias que de continuo rescebian 
de un alcaide que ahí tenían puesto por los reyes, y de los suyos, 
e creyendo aunque se quexasen no ser remediados, pensaron de 
lo matar, e ovieron sobre ello gran consejo, y acordaron de lo 
prender y tomar la fortaleza. Y como el alcaide, cargado de vicios 



312 

y poco deseoso de su honrra, no se guardando dellos, entraban y 
salian continuamente en el castillo; e los moros, para mejor poner 
en obra su hecho, cada dia se hacian más amigos del alcaide. E 
un dia el alcaide cabalgó e salió de la villa más de una legua á 
negociar algunas cosas que le cumplían, y los moros como vieron 
el tiempo aparejado, subiéronse pocos á pocos al castillo, en que 
habría cincuenta dellos, y dieron tal forma, que prendieron todos 
los cristianos que dentro estaban. E venido el alcaide, prendiéron- 
lo e alzáronse con la fortaleza, que era cosa muy fuerte y muy de- 
fendedera, y caso tanto grande, que los reyes en ello rescebian gran 
deservicio, si no se remediara tan presto como se remedió. Y como 
quiera que la fortaleza estaba muy bastecida de muchas armas e 
tiros de pólvora, lombardas, espingardas, gran ballestería, mu- 
chos mantenimientos, basteciéronla los moros mucho más de trigo, 
cebada, habas, garbanzos, figos, pasas, aceite e miel, cuanto ellos 
tenían. Ca como aquel, año fué muy abondoso, ovieron de todas 
las cosas gran cumplimiento. E asi apoderados en todo, pusieron 
sus mujeres e fijos repartidos por las villas e lugares del Habaral, 
en que hay más de siete ú ocho mil vecinos. E de gran secreto, 
todos eran juntos con ellos, porque á la hora les socorrieron con 
asaz gente, armas y mantenimientos; y como era sobre invierno, 
e año de muchas aguas para se refrescar y henchir los algibes y 
cisternas, habíanlo bien mirado, y vínoles el tiempo dispuesto para 
ello. E sabido este movimiento que los moros habían fecho por los 
alcaides comarcanos de Ximena e Gibraltar, Arcos, e Medina, 
ficiéronlo saber á toda la tierra, y principalmente al marqués de 
Cádiz, que á la sazón estaba en la su villa de los Palacios, de la 
cual nueva grande enojo rescibió, y doblado por el que los reyes, 
sus señores, en lo saber rescibirian. E como caballero esforzado, 
deseoso de ensalzar la Santa Eé Católica y corona real, no temien- 
do las armas y trabajos, á la hora escribió á sus cibdades, villas y 
lugares que todas las gentes dellas, así de caballo como de pié, 
fuesen luego con él en la su cibdad de Arcos. Y esto despachado, 
escribió al conde de Cifuentes, asistente que era á la sazón de la 
cibdad de Sevilla, e á Xerez de la Frontera, y á don Alonso de 
Aguilar, y al conde de Urueña, haciéndoles saber no solamente el 



caso acontecido, mas que les rogaba mucho y pedia de merced, y 
requería de parte de los reyes, sus señores, que con las más gentes 
que pudiesen ellos, viniesen en el socorro, porque en tanto quellos 
veniau, era su voluntad ir luego á cercar aquella villa y fortaleza, 
y non se partir della fasta la tomar; y que en esto farian lo que 
eran obligados á Dios y á los reyes, y no lo haciendo, caerían en 
mal caso. E vistas las cartas del marqués por los dichos caballe- 
ros, con gran diligencia lo pusieron en obra. E así escrito el mar- 
qués á todas partes, él se partió lunes, antes de la media noche, 
cuatro dias del mes de Octubre, de la dicha su villa de los Pala- 
cios, con doscientas lanzas, á la su cibdad de Arcos, e allí reposó 
aquel dia esperando la más gente que pudo de sus tierras. E otro 
dia se partió con seiscientas lanzas e mil e quinientos peones la 
via de Gausin por la su villa de Hasanalmara; e continuando su 
camino, falló el pendón de Xerez que lo estaba esperando, con 
trescientos caballeros e cuatro mil peones. E lo cual el marqués 
grandísimo placer rescibió, y ellos más en lo ver, así porque lo ama- 
ban mucho, como por se hallar debaxo de su bandera, con tan esfor- 
zado capitán. Y como quier que el tiempo era fuerte, de grandes 
aguas, continuando sus jornadas, que bien se podían sofrir, llegaron 
á Grausin. E asentado su real, á la hora los moros de Casares vinie- 
ron á le hacer reverencia, y le contaron toda la verdad, á qué cabsa 
jos moros de Gausin se habían alzado con aquella fortaleza, e có- 
mo el alcaide e algunos de los suyos dormían con sus mujeres e 
fijas, e otras muchas sinrrazones. El marqués, informado bien de 
los moros, pesóle mucho por la mala cuenta que el alcaide había 
dado de sí, y rogóles y mandóles que fuesen todos á la fortaleza 
de Gausin, á les decir de su parte les rogaba mucho viniesen 
ante él, que él les aseguraba y daba su fé, venidos ellos, volviesen 
en paz, sin que les fuese fecha ninguna sinrazón; e como los mo- 
ros tenían esta seguridad, nunca cosa que el marqués prometiese 
se quebrantase, como quier que gran temor le toviesen, dixoron 
que les placía. Y venidos ante él veinte moros, los más principa- 
les, y féchele el acatamiento que debían, el marqués, como caba- 
llero de gran seso, muy reposado, recibiólos alegremente, e díxo- 
les: — Amigos, yo soy bien informado y sé toda la verdad de la 



314 

cabsa porque ficisteis este movimiento, y por cierto tovisteis mu- 
cha razón de lo facer, y aunque mucho más ficiérades. E bien ten- 
go creído que lo non fecisteis por ser traidores al rey mi señor, ca 
yo no vos tengo en tal posesión, mas por los mejores y más honrra- 
dos de toda esta serranía; e sed muy ciertos que todos los agra- 
vios y daños que vos son fechos yos daré gran venganza, e porné 
en ello grand castigo. Y todo esto decia el marqués por los mucho 
agradar y haber la fortaleza á sus manos. E como los moros vie- 
ron el razonamiento tan dulce del marqués, fueron muy alegres, e 
dixeron: — Señor, tu merced es buen caballero y dice como quien 
es, y es la verdad que nosotros no lo fecimos por ser traidores al 
rey nuestro señor, mas creyendo, aunque nos quexáramos, nunca^ 
oviéramos cumplimiento de justicia, y como quiera, señor, que 
nosotros tenemos la fortaleza bastecida para más de cuatro años, 
y era nuestra voluntad, no nos haciendo justicia, defendernos al 
rey y á todo el mundo, hasta que por fambre oviéramos de morir, 
agora, señor, confiando en vuestra gran nobleza, lo alto e lo 
baxo, nuestras vidas e honrras ponemos en vuestras manos, y 
esto nunca nos sea demandado. Y más, señor, te pedimos por 
merced que este alcaide y todos los suyos lleves contigo, e nos 
des otro que sea bueno e honrrado, que nos tenga en mucha paz e 
justicia. Y el marqués, con gi-andisimo placer que ovo, por excusar 
muchos daños, muertes y gastos, otorgóles todo cuanto los moros 
le demandaron, por la mucha confianza que en los reyes sus seño- 
res tenia, les prometió suplicaría á sus altezas por la deliberación 
de todos ellos. Y entregada la villa e fortaleza al marqués, lea 
mandó que luego traxesen al alcaide y los suyos delante del, e 
demás de le decir muchas cosas afeando sus vicios, mandólo luega 
degollar, e enforcar tres de los suyos, que eran juntos con él en 
aquellos daños que facia, porque fuese castigo y exemplo á todos 
los otros alcaides que los reyes tenían puestos en todas las otras 
fortalezas que sus altezas á los moros habían ganado. Y el mar- 
qués puso por alcaide un criado suyo, caballero de grande honrra, 
hasta que los reyes mandasen proveer lo que más servicio suyo 
fuese. E así todo asentado, otro día por la mañana llegó el conde 
de Urueña con cient lanzas e mil peones. E á hora de vísperas» 



315 

llegó el conde de Cifuentes con el pendón de Sevilla, con seiscien- 
tas e cincuenta lanzas e ocho mil peones; e como en todo fallaron 
dado asiento por el marqués, ovieron mucho placer, y porque el 
tiempo era de gran fortuna, así de frió como de muchas aguas, de- 
terminaron cada uno se partir luego á sus tierras. Y el marqués se 
volvió á la su villa de los Palacios, y del camino, á gran priesa, en- 
vió sus mensajeros á don Alonso de Aguilar, que venia en socorro 
con mil e seiscientas lanzas y catorce mil peones de Córdoba y de 
Ecija, y de toda esa tierra, faciéndole saber cómo lo alto y lo baxo 
quedaba á servicio de los reyes, regradeciéndole mucho su venida, 
pidiéndole por merced se volviese. Y vista por don Alonso de Agui- 
lar la carta del marqués, señalada gloria rescibió, así por lo haber 
tan bien negociado, como por le quitar de tanto trabajo. E don 
Alonso con todas las otras gentes, con mucho placer se volvieron 
á Córdoba acompañando el pendón. Y el marqués reposado larga- 
mente, escribió á los reyes la verdad de todo lo que era pasado. 
Y llegadas las cartas á sus altezas, demás del grandísimo placer 
que coH ellas rescibieron, dixeron ante todos: Muchas veces habe- 
rnos dicho, y agora lo queremos confirmar, la merced tan señalada 
que Dios Nuestro Señor fizo, querernos dar en nuestros tiempos 
un caballero tan bienaventurado como el marqués de Cádiz. Y todo 
cuanto en este caso fizo ó prometió de complir, le otorgamos y la 
tenemos por mucho bien, y por más le honrar, nos le facemos ca- 
pitán mayor de la frontera, y visorrey de toda el Andalucía, para 
lo cual le otorgamos nuestro real poder, Y el marqués, por servir 
á sus altezas, rescibió el cargo, merced y honrra que sus altezas le 
daban. Y luego próvidamente escribió cartas de edito, universa- 
les á toda la tierra, faciéndoles saber la merced, cargo y honrra 
que sus altezas le habían dado, rogándoles animosamente asi coma 
á parientes y especiales amigos, y mandándoles de parte de sus 
altezas que cuando necesario fuese, estoviesen prestos y apareja- 
dos contra los moros enemigos en defensa de Nuestra Santa Fé 
Católica. Y fizólo tan bien el marqués, que sin rescibir fatiga la 
tierra, revocó la voluntad del rey moro que á la sazón ponía en 
mucha afrenta á Granada y estaba con todo su poder para entrar 
á destruir, matar y robar á tierra de cristianos. El cuál como supa 



316 
que al marqués le era cometido el cargo sobredicho, y tenia aper- 
cebida toda la tierra, sin ninguna fuerza el rey moro se falló. E 
así retraído, quexándose de la fortuna, se fué á la cibdad de Alme- 
ría, á la reparar y fortalecer, e asimismo á Almuñecar y á Baca 
y Guadis; como ninguno otro bien le quedase en que él pensar 
defenderse pudiese. E non tan solamente en esto de los moros el 
marqués se dio á tan gran recabdo ponerlos en tanto estrecho; mas 
en otros muchos grandes fechos acontecidos en el Andalucía puso 
en mucha paz y concordia, tanto, que los reyes, pasado el tiempo 
del invierno y venido el verano, acercándose el tiempo de la guerra, 
y venidos á la cibdad de Córdoba, el marqués les fué luego á facer 
reverencia, y sabida su venida, sus altezas mandaron á todos los 
grandes y caballeros que á la sazón en su corte estaban le saliesen 
rescebir. Y rescibido con mucho honor, fueron con él fasta el pa- 
lacio real donde los reyes estaban, y apeado para besar las manos 
á sus altezas, los rej^es se levantaron, andando fasta la mitad de 
una sala real donde estaban, mostrando mucho placer en lo ver, 
y le echaron los brazos encima, y mandado honrradamente apo- 
sentar, holgó allí doce dias con sus altezas, teniéndole en servicio 
y regradeciéndole mucho sus tan señalados servicios, por la bue- 
na cuenta que habia dado del cargo que sus altezas le hablen co- 
metido, así por fallar los moros tan retraídos, como por la pacifica- 
ción de toda la tierra á su cabsa puesta en tanta justicia. E allí 
ovieron gran consejo, e acordaron todas las cosas que en la guerra 
venidera de aquel año de mil e cuatrocientos e ochenta e nueve 
años se habia de facer. Y todo asentado con mucho placer y ale- 
gría, el marqués se despidió de sus altezas y se volvió á la su villa 
de Marchena para dar orden en las cosas que complian al servicio 
de Dios y de los reyes, según su estado contra los moros infieles. 
Y llegado á la su villa de Marchena, adolesció de ciertas calentu- 
ras. E como quiera que el marqués grandes médicos toviese para 
dar orden en el remedio de su salud, sabido por Jos reyes, ovieron 
gran sentimiento por ello, e á gran priesa le enviaron dos docto- 
res suyos, muy señalados principales hombres en el arte de la me- 
dicina. Y lué tanta su buena dicha, que muy presto lo remediaron 
restituyéndole en su propia salud. Y en este tiemqo que el marqués 



317 

estuvo con su enfermedad, continuamente sus altezas enviaban 
mensajeros á saber cómo estaba; y desque los reyes supieron cómo 
ya era libre y sano, mostraron grande alegría, dando muchas gra- 
cias á Dios. E dieron grandes albricias á sus doctores, por tan 
presto lo haber así remediado. Ca en ninguna manera el rey na 
entrara á tierra de moros sin el marqués, si muerte ó luenga en- 
fermedad no lo cabsara, de la cual Dios Nuestro Señor y su ben- 
dita Madre la Virgen María, Nuestra Señora, milagrosamente lo 
quisieron guardar, para más tiempo se servir del. E así, convale- 
cido de la enfermedad, se partió para sus altezas con sus gentes 
muy guarnidas, así caballeros como peones, con muchos arreos y 
atavíos de su presona y casa, como siempre lo acostumbró levar 
muy Cumplidamente. Y continuando su camino, llegó á la cibdad 
de Jaén donde los reyes lo esperaban, y sabida su venida, con 
grandísima alegría, muy honrradaraente de los grandes y caballe- 
ros de su corte fué rescebido, y sus altezas se gozaron mucho con 
él y todas las otras gentes (1). 



(1) (Asi termina el ms. sin explicar por qué no continúa la vida 
del marqués). 



FIN 



SITIO 

DE 

SAN ANTONIO DE ALARACHE 

EW 1689. 
RELACIÓN ESCRITA 

POR 

DON JACINTO NARVAEZ PACHECO 
Y CONTINUADA 

POR 

DON JUAN CLOQUER VARGAS MACHUCA 
(Bibl.^ nacJ G.—222). 



SITIO DE SAN ANTONIO DE ALARAGHE, 

valerosa defensa de los sitiados, inconsolable 

pérdida de esta plaza, é infelices sucesos que se siguieron á ena> 

cuyas señaladas defensas y cuyas horrorosas adversidades 

se leen en cartas, escritas tinas en Europa, 

y otras en África, por 

». JACINTO ]¥ARVAEZ PACHECO, 

capitán de infantería española. 

Veinticuatro perpetuo de la ciudad de Xerez de la Frontera. 

Acabado por su alférez 

D. JUAN CLOQUER VARGAS MACHUCA 



A QUIEN LEYERE 



Toman muchos un libro, y piensan (grande ignorancia) que 
descubriéndole algún defecto, quedan superiores al que lo escri- 
bió, no considerando que á los que le escuchen la razón les mues- 
tra ser sólo efecto de envidia, y la evidencia nos dice que nadie la 
tiene de lo que es bueno. Alabar al indigno es injusticia; tachar 
al que merece alabanzas es indignidad. Fingió, ó fácilmente 
creyó la gentilidad que más allá de Etiopía habia unas mujeres 
que concebían sin varón. Toman esta naturaleza los envidiosos; 
conciben odio sin causa, para oscurecer el crédito de los que son 
blanco de su mordaz lengua, dañando á veces más esto que el 
plomo despedido por el concavado bronce del salitrado elemento. 
Decir mal de una obra, sin considerar primero el desvelo que le 
ha costado á quien la hizo, aunque sea muy diestro en la facultad, 
es desacierto. Acción más gloriosa y acertada es, conociendo la 
falta, ocultarla con su silencio. Este es hijo de la prudencia; tiene 
aspecto grave y apariencias de sabio; aunque raro es el envidiosa 
que puede disimular la imperfección agena, diciendo Sócrates ser 
Tomo CVI. 21 



322 

más fácil tener un ascua encendida en la boca que guardar un se- 
creto. Y llego á considerar que así como es causa de veneración y 
respeto el hablar modestamente, lo es de menosprecio el vituperar 
y tachar aun á quien no lo merece. Ni hay duda que donde hay 
más lengua se experimenta menos corazón. Concedió la Naturale- 
za las voces á los racionales, y no á los leones, tigres, toros y 
otros feroces brutos. Los griegos hablaban con los labios, seguu 
el parecer de muchos, y los romanos con el pecho; clara muestra 
de la elocuencia de aquéllos, y constante prudencia de éstos. Fue- 
ron los Oráculos breves en sus respuestas, para acreditarse por 
Dioses. De sabio se acredita el que modestamente, hallando una 
falta, la encubre. Pues si consideran los envidiosos el escándalo 
que dan con sus murmuraciones, que son bien escuchadas y mal 
parecidas, no dudo que fueran más modestos. Mancha la sombra 
la luz en que asiste un cuerpo; pero al menor movimiento, des- 
vanece. Mancha el envidioso la gloria merecida del que escribió, 
por el deseo que tuvo de acertar; desvanécese y se consume cual 
víbora con la misma ponzoña que concibe. Atrévense á la luz las 
sombras, no sin castigo, pues luego conocen, á costa de su me- 
noscabo, que son viles vapores levantados de la envidia, que 
manchar, no oscurecer, pudieron la claridad de la luz. La fama no 
tiene precio; esta se adquiere por medio de alabanzas, por lo que 
grande beneficio le hace á otro el que dice bien de él, y á tan poca 
costa le engrandece, acreditándose de modesto y prudente. 

Conozco no merecer yo tus alabanzas, ni mi proligidad ha bus- 
cado medios para ellas; pero no juzgo, oh lector, indigno de tus 
aplausos el autor desta diaria relación, la que yo cumplí, sólo por- 
que luciera su principio, que don Jacinto de Narvaez Pacheco, ca- 
pitán de infantería española, Veinticuatro perpetuo de la ciudad de 
Jerez de la Frontera, escribió por complacer á las repetidas ins- 
tancias que don Pedro de Narvaez Pacheco, su hermano, le hacia, 
pidiéndole extensa relación de la pérdida de Alarache, en que 
procuró á un mismo tiempo aliviar los cuidados que trae consigo 
una esclavitud tan inhumana y áspera, para cuyo efecto se retiró 
á lo más oculto del viíe, horrible habitación subterránea, prisión 
la más fiera que pudo inventar tirana crueldad, mazmorra gene- 



323 

jral, fabricada en un centro donde nunca se divisan los rayos del 
sol, donde todo lo que se ve y se toca asusta y aflige, buscando 
alguna quietud entre tanta confusión y en parte tan agena de ella, 
pues el mayor sosiego es escuchar tristes querellas y afligidos so- 
llozos de los cautivos que la habitan; donde unos lloran, otros la- 
mentan, muchos al cielo piden aplaque su justa ira, y algunos, 
impacientes, blasfeman; diferenciándose del abismo este horrible 
y obscuro calabozo sólo en que aquéllas son penas eternas y éstas 
transitorias, por medio de las que, toleradas con paciencia, han de 
adquirir los gozos inefables de la gloria. Allí, pues, á la escasa 
luz que le participó un piadoso mísero candil, dio su pluma claras 
muestras de su ingenio, acreditando la virtud que encerraba. Va- 
lióse de verdaderas noticias que adquirió su desvelo, para satisfacer 
el curioso deseo de don Pedro, su hermano, y participar al mundo 
la obstinada resistencia de los católicos en Alarache, cuyo sitio fué 
el mayor y más estrecho que por los mahometanos se ha visto en 
nuestros tiempos, pues se han de contrapesar las cortas fuerzas de 
los defensores, la flaqueza de las murallas, la irregularidad de la 
plaza, la diñcultosa introducción de los socorros, las brechas, los 
asaltos generales que dieron los árabes, cuyo número llegó á se- 
senta mil, no inexpertos ni cobardes, como muchos han juzgado; 
pero muy resueltos y experimentados; sus baterías, ataques, mi- 
nas y buen gobierno militar; la auténtica gente, toda hecha al 
polvo y á las fatigas de la guerra, todos ágiles, muy diestros, sin 
más ornato que las armas, cuyos semblantes feí'oces, tostados con 
el sol los rostros, mostraban ser hijos de la inclemencia del tiem- 
po, experimentados en las conquistas de su guerrero Emperador y 
fiados en sus triunfos y victorias. Entreteníase, pues, los ratos que 
no estaba ocupado en servir á los enfermos, beneficiar y socorrer 
los miseros cautivos, en escribir algunos principios de la Monar- 
quía de Muley Ismael, prosiguiendo en los sucesos del sitio en al- 
gunas cartas casi en forma de diario, dilatándose en cosas de la 
patria, diciendo ser obligación de hijo el engrandecerlas. Puntual 
y desapasionadamente cuanto habia pasado notó, no tan sucinto 
que sin explicar apuntara, ni tan elegante que confundiera los su- 
•cesos; pero sin proligidad molesta, quiso que no fuera tan sencilla 



324 

de sentencias y adecuadas razones que dejara de advertir y agra- 
dar á un tiempo, mostrando en un mismo sujeto los documentos 
de Marte y Minerva. Pero el cielo que tira á sí las criaturas más 
perfectas, se dignó premiar las fatigas, las caridades, el celo y 
buenas obras de varón tan justo, quitándole de las miserias deste 
siglo por medio de una fiebre que, molestándole treinta dias, pasó 
en el de 14 de Septiembre á gozar los bienes que prometian su 
paciencia, caridad y resignación, con la voluntad de Nuestro Cria- 
dor. Fué llorada su muerte de cuantos católicos Labia en este rei- 
no, con justo dolor, por haber perdido el mayor alivio á sus cala- 
midades. Fué padre de sus compatriotas, cuyo cautiverio sintió 
más que el propio. Desvelóse siempre por el bien de sus soldados, 
socorriéndolos en sus necesidades, alabando á los constantes, amo- 
nestando á los más afligidos, á fin de que, no desesperados, antepu- 
sieran el Evangelio á las mahometanas confusiones; compadecióse 
délos enfermos, llevándoles á costa de oprobios, incomodidades y 
lluvias, por larga distancia, el sustento; cuyo caritativo y católico 
celo lo acompañó basta el sepulcro, dejando en su testamento para 
el rescate de los hijos de Xerez todo aquello que no estaba vincu- 
lado en su hacienda. Quedaron imperfectas algunas obras suyas, 
y entre ellas, ésta que tenia escrita hasta el último dia de iSeptiem- 
bre. Y aunque veneré la memoria de tan virtuoso sujeto guardan- 
do sus escritos, molestado de algunos amigos de mi difunto capi- 
tán, la proseguí solamente en participar, desnudas de toda elocuen- 
cia, las noticias de tanta pérdida, deseando viva á la posteridad 
de los siglos la memoria de aquella plaza, cuya defensa fué admi- 
ración de ellos. 

Recibe benigno esta obra, sin tachar á su primer autor, pues 
cuando merezcan tu rigurosa censura sus escritos, sea medio á tu 
disimulo y prudente silencio sus heroicas y piadosas acciones, 
pues yo estoy seguro que, hallando lo que proseguí enriquecido de 
sencilla verdad y entera puntualidad á los sucesos, quedaré libre 
de ella. 



325 



Palmar de Mequinez, entierro de los cristianos, donde está 

sepultado don Jacinto Narvaez Pacheco, capitán 

de infantería española. Veinticuatro perpetuo 

de la ciudad de Xerez de la Frontera. 

-Conocido su sepulcro por una cruz de piedras, puesta por sv, 
alférez, don Juan Cloquer Vargas Machuca. 

OCTAVAS, 
Por un aficionado suyo. 

Si la fuerza del cruel destino 
te obligare á pisar estas arenas, 
infelice captivo, ó peregrino 
las llegares á ver de palmas llenas, 
sabrás que cada rama un divino 
héroe debajo encierra, que las penas, 
iras, rigores por la fé constante 
padeció, y de temor quedó triunfante. 

Estos que miras huesos esparcidos 
el Evangelio en vida sustentaron; 
las riquezas, los bienes ofrecidos 
si negaban á Cristo, despreciaron, 
y aunque martirizados y oprimidos, 
por verdadero Dios lo publicaron, 
á pesar del furor mahometano 
de Ismael y su poder tirano. 

Mira aqueste sepulcro señalado, 
y no por ser de griega arquitectura, 
no por estar de jaspes fabricado, 
no porque pudo en él sabia escultura 
mostrarlo más vistoso y adornado, 
bien sí por esta venerada hechura 



326 

que fabricó de cantos pía mano, 
seña de su amistad, celo cristiano. 

En él yace Jacinto, que viviente, 
siguió de la virtud feliz las huellas, 
el militar estruendo oyó impaciente, 
y vistiendo el acero, dejó aquellas 
delicias de la patria, y solamente 
aplaudió de Belona las centellas , 
y oponiéndose al gran poder de infieles, 
se coronó de heroicos laureles. 

Urna es de aquel Narvaez tan famoso 
cuya espada fué horror del africano 
el dia más sangriento y lagrimoso, 
funesto á España, propicio al inhumano 
árabe infiel, atroz y riguroso, 
cuya gloria notó de propia mano 
la eternidad en su inmortal volumen, 
á pesar del olvido, ingrato numen. 

En desiertas arenas sepultado 
ves al que de piedad fué ejemplo vivo; 
la clemencia lo tuvo desvelado, 
su celo fué continuo y excesivo: 
digalo el oprimido, el angustiado, 
misero pueblo que hoy está captivo, 
pues faltándole el brazo de Pacheco, 
su amargo llanto nunca mira seco. 

En la patria bien pudo amor materno 
ofrecer á su mal gratas finezas, 
sentir su muerte, y con dolor interno 
angustias explicar, decir llanezas, 
vestir su ilustre casa luto eterno, 
el cuidado no albergar perezas, 
hacer honras excelsas, ciento á ciento,, 
arder antorchas á pesar del viento. 



327 

Pero de Cloquer el leal anhelo, 
la amistad, la asistencia, el sentimiento» 
las debidas exequias, el desvelo 
que tuvo, al bien del alma sólo atento, 
podrán decir, el justo desconsuelo 
bandir del pecho, y su cruel tormento 
trocar en alegría y regocijo, 
pues en la gloria hoy adquiere un hijo. 



328 



A LA M. N. Y M. L. C. DE XEEEZ DE LA FRONTERA, GUARDE DIOS 
MUCHOS AfíOS, EN SU AYUNTAMIENTO. 

Xerez de la Frontera. 

Señor: la obligación y honor en que me constituye el ser hijo 
y capitular de V. S., ejecuta mi atención participe á V. S. lo sub- 
cedido de mi marcha hasta aquí, y cómo habré de continuarla con 
brevedad en derechura á Alarache, por haber estrechádose más el 
sitio de aquella plaza, habiendo repetido muchas veces á mi gene- 
ral, el señor conde de Aguilar, el imponderable servicio que V. S. 
ha hecho á Su Majestad en esta ocasión, y su grande aplicación á 
facilitar sus efectos, muy conforme á la que en todas edades ha ma- 
nifestado V. S. en continuadas lealtades que tan notorias son al 
mundo, en cuj^a atención, al señor don Fernando de Morales y á 
mí, nos concedió S. E. patentes de capitanes de infantería espa- 
ñola, recibidos á sueldo con alternación y demás exenciones que 
gozan los capitanes de todos los ejércitos, y logrando yo este 
honroso empleo por la representación de V. S., debo rendirle las 
gracias y solicitar sus órdenes, que me aplicaré á executar con 
la fineza que V. S. reconocerá en mi cuidado. Guarde Dios á V. S, 
los muchos años que puede y he menester en su mayor grandeza. 
Cádiz y Octubre 10 de 1689. 

B. L. M. de V. S. su menor hijo y mayor servidor, 

Don Jacinto Narvaez Pacheco (Rúbrica). 

Señores Justicia y Regimiento de la M. N. y L. ciudad de Xe- 
rez de la Frontera. 



329 

EESPUESTA 

Á DON JACINTO NARVAEZ PACHECO, GUARDE DIOS 

MUCHOS AÑOS, CAPITÁN DE INFANTERÍA ESPAÑOLA, VEINTICUATRO 

PERPETUO DE LA CIUDAD DE XEREZ DE LA FRONTERA. 

(En la laliia de Cádiz, á bordo de la cajpitana, Santo Tomás). 

Habiendo visto esta ciudad la de Vmd. de 16 deste mes con la 
atenciou de su particular afecto, La celebrado la noticia que le 
conduce de la perfecta salud de Vmd., y de que el señor Conde de 
Aguilar haya despachado patentes de capitanes recibidos á sueldo, 
muy digno empleo de la ilustre saugre de Vmd., deseando con to- 
do cariño se emplee en sus buenas prendas en mayores puestos y 
ascensos; y en cuanto esta ciudad pudiere contribuir, no faltará á 
ejecutarlo que fuere de la mayor estimación de Vmd., deseando 
se mantenga en muy felices sucesos ,y que guarde Dios á Vmd. mu- 
chos años. — Xerez de la Frontera y Octubre 26 de 1689. 

D. Gómez de Figueroa Laso de la Vega y Córdoba. — Don 
Francisco de la Cueva y Córdoba. — Don Martin Joseph Ruiz 
Cabeza de Vaca. — Por acuerdo de la M. N. y M. L. C. de Xerez 
de la Frontera, 

Cipriano di la Rosa. 
Sr. Capitán don Jacinto de Narvaez Pacheco. 

A LA M. N. Y M. L. C. DE XEREZ DE LA FRONTERA, GUARDE DIOS 
MUCHOS AÑOS, EN SU AYUNTAMIENTO. 

(Xerez de la Frontera). 

Señor: mi desconsuelo y mi viaje ofrecen un escaso término á 
mi atención, en que con brevedad avisé á V. S. la pérdida desta 
plaza el dia primero deste mes, donde triunfando las armas ára- 
bes de las católicas, éstas se vieron rendidas y aquéllas victorio- 
sas. Y no habiendo tenido efecto las intentadas capitulaciones, ha 



330 

quedado captiva la guarnición, si bien mi Maestro de campo y los 
que ha señalado, hasta número de ciento, por merced del rey de 
Fez, emperador de Marruecos, han logrado libertad en albricias 
del trofeo, á los que han asegurado sus cabos permitirán pasar á 
España mañana. Y aun siendo yo uno de los señalados, mi obli- 
gación ni mi afecto no me dejan con libertad, quedando sin ella 
mi compañia, para cuyo rescate paso, con licencia de mi Goberna- 
dor, y con seguro del Emperador, á su corte, poniendo este pliego 
en mano del señor don Fernando de Morales, quien individuará 
á V. S. toda la infelicidad deste lance. Guarde Dios á V. S. los 
muchos años que puede y he menester en su mayor grandeza. San 
Antonio de Alarache y Noviembre 11 de 1689. 

B. L. M. de V. S. su menor hijo y mayor servidor, 

Don Jacinto de Narvaez JPaclieco. 

Señores Justicia y Regimiento de la M. N. y M. L. C. de Xerez 
de la Frontera. 

Á LA 5). N. Y M. L. C. DE XEREZ DE LA FRONTERA, GUARDE DIOS 

5IUCH0S a:ños, en su ayuntamiento. 

(Por Tetiian, Xerez de la Frontera). 

Señor: teniendo muy presente mi atención las muchas que en 
carta de 2G de Octubre merecí á V. S. y las grandes expresiones 
con que se sirvió de favorecerme en ella, se avisó á Y. S. la pérdi- 
da de Alarache el dia primero de Noviembre, donde en una san- 
grienta batalla, resistidos cinco avances generales á los árabes^ 
habiendo en los dos dellos llegado á ocupar la plaza de armas, 
venció su gran número lo que no pudo su valor, á los españoles. 
Y no logradas unas propuestas capitulaciones, las más honrosas 
á la corona real de Castilla, con el rey de Fez, Emperador de Mar- 
ruecos, quedaron los rendidos todos captivos. En cuyo triunfo, ha- 
biendo por vanidad de sus armas prometido libertad á mi Gober- 
nador y á ciento, los que señalase á su arbitrio, no cumpliendo lo 
ofrecido, lo llamó á su corte y á los cien señalados, donde los ha 



331 

detenido con la seguridad de que los remitirá á España luego que 
el Rey, nuestro señor, le responda á una carta que ahora remite, 
por algunas razones de estado suyas. Y reconociendo yo la gran 
representación de V. S., debo solicitármela en estado tan infeliz, 
creyendo lastimará á un tan gran príncipe la pérdida de ciento y 
doce hijos, unos muertos y otros captivos, no dubdando en la cle- 
mencia grande de Su Majestad facilitará sus libertades con la re- 
convención de V. S., como ofreció en su Real orden se los restitui- 
ría, si el enemigo hubiera alzado su sitio. Guarde Dios á V. S. los 
muchos años que puede y he menester en su mayor grandeza. 
Mequinez y Diciembre ]2 de 1689. 

B. L. M. de V. S. su menor hijo y mayor servidor, 

I>on Jacinto Narvaez Pacheco. 

Señores Justicia y Regimiento de la M. N. y M. L. C. de Xe- 
rez de la Frontera. 

(Aqui se han de poner la respuesta de la Ciudad y sus acuerdos). 

A LA M. N. Y M, L. C. DE XEREZ DE LA FRONTERA, GTTARDE DIOS 
MUCHOS AÑOS, EN SU AYUNTAMIENTO. 

(Por Salé, Xerez de la Frontera), 

Señor: Luego que sucedió mi desgracia, por Tetuan le avisé 
á V. S., y discurriendo de los engaños del África y sus cautelas 
habrán embarazado á mi obligación esta tan primera atención mía, 
la repito tercera vez por Salé, poniendo en noticia de V. S. la pér- 
dida de Alarache y sus valerosas defensas que, ejecutadas con la 
proligidad de un sitio de noventa y un dias, los ochenta y uno de 
ataques, en los que, volando los árabes siete minas por cuyas bre- 
chas fueron muchos sus avances y su oposición repetida, causando- 
una de más de mil pies geométricos, las dos últimas del dia pri- 
mero de Noviembre, dejando el foso y el campo iguales, se arroja- 
ron tantos y tan muchos de sus tropas, que rechazados sus prime- 
ros cuatro avances, al quinto, rendido el escaso ejército católi- 



co, quedó el árabe victorioso en la más sangrienta batalla que vie- 
ron los africanos, pues aseguran ellos mismos haber perecido al- 
gunos de sus Chei-ifes, muchos de sus más principales alcaides, y 
diecisiete mil infantes, á cuyo caudillo, el alcaide Alí Benabdalá, 
Bajá de Tetuan y jurisdicciones suj^as, propuestas las más decoro- 
sas capitulaciones alas armas de Su Majestad y á su corona Real, no 
las resolvió sin escribir al rey de Fez, Emperador de Marruecos, 
quien, dilatada su respuesta espacio de nueve dias, de ella resultó 
quedasen todos cautivos, y aunque mi Gobernador y todos los ofi- 
ciales intentaron segunda vez la libertad de los pocos que hablan 
quedado con vida, á cuyo fin entraron en la plaza dos principales 
alcaides del ejército enemigo, y del nuestro fué uno de los que pa- 
saron en rehenes á la tienda del Bajá, gastado todo el dia H de 
Koviembre en estos discursos, no tuvo efecto ningún tratado, pues 
como dueño ya de la plaza, á nada atendió más que obedecer á su 
rej-, executando su orden, que fué la de pasar todos los rendidos 
á cuchillo por su vigorosa resistencia; tiranía que, embarazándola 
su cobdicia con título de piedad, determinó de remitirlos á su 
corte, componiéndose este triunfo de religiosos del orden del Pa- 
triarca San Francisco, con todas sus imágenes y reliquias de su 
observante monasterio, de toda la artillería, armas, pertrechos, 
víveres y municiones, de caudillos de fama, capitanes de conocido 
nombre, valerosos soldados, muchos de ellos de los primeros ca- 
balleros de España, que, despojados de sus armas y bagaje, cum- 
pliendo el orden del rey, fueron conducidos á su corte el día 24 
de Noviembre, el más señalado que vieron en muchos siglos 
los españoles , pues los inexplicables improperios con que en 
aquella entrada tan lastimosa los baldonó la mahometana perfidia, 
y el horroroso espectáculo de tantos muertos y heridos á impulsos 
de su diabólica tiranía, sólo pudo hacerlos sufridos el ser padecidos 
por su Dios y su rey, precediendo una marcha de nueve dias desde 
la plaza á esta corte por las incómodas tierras del África, en tan 
continuadas lluvias y con tan no imaginados ultrajes, que no son 
capaces de reducirse á la pluma, ni á la voz del que llegase á Es- 
paña con vida, siendo digna de admiración igual la gran tiranía 
del rey Muley Ismael, sua bárbaras costumbres , sus repetidas 



333 

crueldades, pues, segundo Atila de este siglo, teniendo por su úni- 
ca diversión la de verter sangre humana, día no se pasa que no la 
logre, con tan inhumana fiereza, que es observancia de los cautivos 
antiguos haber ejecutado sesenta y siete mil \-ü\\Qvtes,\íi9 diez y 
siete mil por su mano; cuyas circunstancias seria difícil decir 
á V. S. en la brevedad de una. carta. Y soberbio con el poder en 
que su entereza lo constituye, desvanecido con las riquezas que 1© 
han sabido granjear sus codicias, no admite las mayores cantida- 
des por libertar los cautivos, pues fundando su mayor gloria en 
verlos perecer en sus mazmorras, y en la formación de sus alcaza- 
bas, ideando en su fantasía otra Babilonia, durarán sus fábricas lo 
que su vida; siendo suerte tan sin ejemplar la de los infelices cauti- 
vos, que además de estar esperando el martirio por horas, pues el 
rey suele, cuando le parece, probar en ellos sus armas y el valor 
de sus leones, el dia lo pasan de sol á sol en este tan continuo tra- 
bajo, y á la noche en una mazmorra, con sólo el alimento del agua 
y de un pan compuesto de trigo inmundo, ensilado tiempo de diez 
y de doce años, inapetecible á los irracionales; diferenciándose 
este reino del abismo en que en aquél no tienen término sus tor- 
mentos, y en éste los finaliza la muerte; siendo éstos tan parecidos 
en todo á aquéllos, que se duda haya en el orbe paraje que le sea 
más semejante; pues lo que se acuerda, lo que se discurre, lo que 
se desea, lo que se ve, lo que se oye, lo que se huele, lo que se 
gusta, lo que se toca, los sentidos todos interiores y exteriores» 
todo es sentir y padecier todo; pues la memoria padece, acordán- 
dose de la libertad que perdió; el entendimiento, en discurrir ei 
medio para lograrla; la voluntad, en desear el fin de este logro; 
la vista, en ver objetos horribles; el oido, en oir una repetida vo- 
cería; el olfato, en oler los lugares más obscenos; el gusto, en co- 
mer los más bárbaros manjares; el tacto, en tocar las incomodida- 
des mayores, y siendo en la naturaleza humana lo más amable la 
vida, lo es la muerte, al ver tantos horrorosos castigos y tantos 
asombrosos peligros, y al oir tantos lamentos desesperados, y tan- 
tos lastimosos suspiros, en cuyas fatigas, en cuyas miserias, son 
las indisposiciones tan muchas, que de los cautivos católicos mue- 
ren unos ocho ó diez al dia; y otros, no pudiendo ya tolerar tales 



334 

adversidades, eligen, por una breve comodidad, infelicidades eter- 
nas, negando la ley evangélica que profesan, sujetándose al yugo 
bárbaro de los árabes, siguiendo los engañosos ritos de su Alcorán 
y loa depravados estilos de su errado profeta, sentimiento inconso- 
lable á los católicos, mirando llega ya á un crecido número que ha 
incurrido en ésta la mayor infelicidad; y señalada fortuna de V. S. 
el no haber en él incluídose hijo alguno de los suyos, cuyas glo- 
rias no deben ser advertidas á la escasa luz de providencias hu- 
manas, sino á los altos reflejos y subidos resplandores de las 
divinas. 

Y habiendo logrado tantos aplausos sus singulares constan- 
cias en el cautiverio, y tantas atenciones sus señalados arrojos en 
Alarache, debo no omitirlas á la consideración de V. S., poniendo 
en su atención el primero, á quien siéndolo por su puesto, siempre 
lo fué por su resolución, el Sr. D. Fernando Rodrigo de Morales 
Maldonado Zuazo, quien habiendo padecido un gran peligro la 
noche del desembarco, entrando en la embarcación una bala de 
artillería que mató á su sargento Alonso Zebada, á Cristóbal Ti- 
najero y Diego de Sicilia, atribuyéndose á milagro del Patriarca 
Santo Domingo, que con afectuosa devoción invocó, el no haber 
toda su compañía sumergídose el día de la batalla, que estuvo de 
guardia en la falsabraga, uno de los puestos avanzados, dando á 
«ntender eran los mismos siempre sus pasados bríos, fué notable 
su aplicación y la de su alférez don Ambrosio Bravo y Ángulo, á 
que por su puesto no se arrojasen los árabes, y habiendo nombra- 
do por sargento, en lugar del que perdió, á Blas de los Santos, tam- 
bién hijo de V. S., que se hallaba en la plaza, de uno de los cua- 
tro soldados de á caballo que reconocían la campaña, manifestan- 
do en los avances su valor y sus experiencias, fueron muchos los 
árabes que rindió. También se señaló su cabo de escuadra princi- 
pal, José Polanco, pues lastimado de las minas, continuó toda la 
tarde en la batalla; y otros soldados de su compañía, cuyos nom- 
bres no individúo á V. S., por haber al despojo perdidoso el pié de 
lista. Mataron á unos y á otros hirieron; los que han quedado cau- 
tivos confiesan la verdadera ley con valerosa constancia, siendo 
digna de observar la de Bartolomé Bonilla el dia 25 de Diciem- 



335 

bre, pues inducido de dos cautivos que le aseguraron no lograría 
la libertad si no se valia de la fuga, la ejecutó una noche con los 
mismos, y habiendo caminado algunas leguas, fué sentido de unos 
árabes y traido á toda violencia con sus dos compañeros á la pre- 
sencia del Rey, que, verlos y montar la escopeta para quitarles la 
vida, fué todo una misma acción, á tiempo que los árabes con gran- 
de instancia les prometían, si negasen su ley, la vida; y ya per- 
plejos los dos con el temor de la muerte, Bartolomé Bonilla, con 
un católico ánimo, les dijo no incurriesen en tal desdicha, y por 
un tormento breve, perdiesen glorias sin término, para cuyas feli- 
cidades hablan sido criados; exhortación que logró sólo en uno sus 
efectos; y poniendo en el cielo los ojos, y el corazón en la Santísi- 
ma Virgen de la Soledad, venerada imagen en uno de los monas- 
terios de V. S., á quien por haber criádose á su protección invo- 
caba con gran fé, de que se burlaron los árabes que lo entendieron, 
diciéndole con repetidos baldones no se fiase de mujer; quien, como 
auxilio de los cristianos, atendió á los clamores de su atribulado 
devoto, templó la fiereza de aquel bárbaro por medio de un jardi- 
nero que, llegando acaso y poniéndose á sus pies, le pidió los per- 
donase, pues, como cautivos nuevos, habían cometido aquel yerro, 
ignorando su justicia; que atendiéndole y volviéndose á Bartolomé 
Bonilla, ultrajándole en su mal entendido idioma, lo dejó, con ad- 
miración de los suyos, que dudaban el motivo de tal templanza en 
su fiereza, quedando expuesto á la impiedad de su alcaide, que le 
dio un gran alfanjazo, y con unos crueles grillos le puso en una 
tapia á continuar el obrar, repitiéndose el milagro en que, sin hu- 
manos alivios, pasó de un instante á otro de los brazos de la muer- 
te á los de la vida. 

Con igual valor y señalado denuedo se portó don Juan Cloquer 
Vargas l^tachuca, mi alférez, en todos los mayores riesgos, seña- 
lándose al desembarco en la confusión de artillería y escopetería, 
pues fué tan repetida la que los árabes dispararon esta noche, que 
se observó en la plaza haber llegado á ciento veintitrés el número 
de sus cañonazos; y á la tarde de la batalla, en la que me hallaba de 
guardia en el lienzo bajo de la muralla del campo, cuando llegaban 
avanzando los árabes, siguiendo el terraplén de la muralla, á se- 



336 

ñorearse de toda la plaza de armas, á cuerpo descubierto me acom- 
pañó, rechazándolos á que no la acabasen de ocupar, y la puerta 
del castillo San Antonio, donde se mantuvo más tiempo de cua- 
tro horas, hasta que, avisado de un avance que hablan dado los 
árabes en el rebellín del campo, pasó á él con solos tres soldados 
míos, de donde los desalojó con notable ánimo, y con el mesmo se 
mantiene en estas infelicidades. 

Mi sargento, Diego de Chaves, concurrió en todo lo que condujo 
al servicio de Su Majestad, pues cumpliendo al desembarco con la 
obligación de su puesto, en los horrores de tanto fuego, atendió á 
un tiempo á los soldados y al cuidado de las armas y municiones que 
aquella noche introduje, señalándose en la batalla su esfuerzo, pues 
arrojándose á los árabes, habiendo muerto muchos dallos, fué mila- 
grosa su vida. A estos riesgos se igualaron los que después pade- 
ció, pues advertidos por ellos mi cuidado en aliviarles las mar- 
chas, por lo mismo fué mayor su tiranía, baldonándolo y despo- 
jándolo todo; y continuando las mismas, instándole un día abre- 
viase el deshacer un caduco lienzo de pared, el que no tolerando 
golpe alguno, cayó á los con que solicitó su ruina, lastimándole 
una pierna con tan graves accidentes que, medicinada muchas ve- 
ces, no quedó en estado de poder usarla. Cuya indisposición y las 
que le motivaron más de ciento veinte días de mazmorra, lo puso 
en lo último de su vida, en el que, recibiendo los Santos Sacra- 
mentos por el licenciado don Domingo Mírela, presbítero, cape- 
llán mayor del tercio de infantería napolitana, uno de los de la 
armada real del Océano, lo consideró contrito y lo discurrió feliz. 

Continuando mis soldados todos algunas particularidades, es 
muy de mi obligación, por haberlas tocado, decirlas á V. S. 

Don José de Brea, cabo de escuadra principal, quedó invalida- 
do del uso de las armas aquella tarde, por haber, al volar las mi- 
nas, lastimádole un lienzo de la muralla, aumentando en las mar- 
chas sus heridas las lluvias y total desnudez en que quedó del des- 
pojo, con circunstancia la más sensible, que fué al entrar en la 
corte, sacarlo de ella en gran distancia los árabes á unas fábricas 
de molinos, sólo viendo á los suyos el viernes, que es en la sema- 
na en el que concurren los cautivos todos á despalmar unos cara- 



337 

pos, donde es sobrestante el Eey mesmo; dia en que hace alarde de 
su fiereza matando á unos y á otros con sus tiranías, compeliéndo- 
les á que nieguen la verdad del Evangelio, donde más se ha seña- 
lado, pues con un fervoroso deseo de morir mártir, alentando los 
hijos de V. S., les dice tengan por la mayor su fortuna, pues de 
la numerosa vecindad que su patria habita, eligió la divina Pro- 
videncia á los que, tan dichosos, pasando al África, muriesen de- 
fendiendo sus verdades. 

El cabo de escuadra, Miguel del Castillo, se señaló solícito al 
desembarco, y en la batalla, no ñxé el menor de sus riesgos cuan- 
do, conduciendo, por mi resolución, de la batería de San Antonio 
un cañón de artillería que, asestado á la colina de su garita, fue- 
ron muchos lo.s árabes que mató, le ordené lo disparase, por estar 
los artilleros ya heridos, que ejecutándolo con brevedad en dos 
ocasiones, en la tercera, al coger la pólvora, la emprendió acaso 
una chispa que, volándolo todo, lo dejó horroroso, y retirado con 
los heridos, sin dar tiempo á que lo curasen, reconociendo se conti- 
nuaba aún la batalla, salió del castillo á hallarse en ella, diciendo 
habia de morir matando á mi lado, resultándole del sereno de 
aquella noche un gran padecer, y de las lluvias repetidas de las 
marchas. 

El cabo de escuadra Cristóbal de Gatica, pasando por mi orden 
muchas veces la plaza de armas á conducir pólvora y balas desde 
la villa á mi puesto, manifestó su valor y las experiencias de haber 
servido al Rey, nuestro señor, en una compañía de su armada real; 
y hallándose á todo trance á mi lado, oponiéndose á tan muchos 
enemigos, habiendo uno de ellos en una lid venturosa quebrádole 
sus armas, valiéndose de las de un soldado que quedaba mal he- 
rido, fué extraña su resolución en el lance, y su dicha la tarde 
toda, pues padeció sólo unas pequeñas heridas. El mismo fué su 
valor en las temidas contingencias de esta corte, y sus peligrosos 
acasos, pues como se conoce en las batallas, también se acrisola á 
prueba de adversidades, las que intentando los árabes muy ma- 
yores, habiendo rendido el árabe con la artificiosa expugnación de 
las minas, intentan con su malicia rendir el alma, plaza por cuyo 
rescate dio todo el Hijo de Dios humano la vida, á que, persuadi- 
ToMO CVI. 22 



338 

dos él y yo un dia por un gran ministro de ellos que, por enten- 
derse y explicarse en el idioma castellano, á su ejemplo y á su 
maña han perecido muchos miserables infelices, respondiéndole 
vo con razones á unos errores que el que los decretó previniéndo- 
los dispuso nunca se redujesen á razones , no sufriendo su resolu- 
ción disputas sobre falsos principios, le dijo: — «Sólo son engaños 
los del Alcorán ; sólo son verdades las de la Iglesia Católica, ig- 
nórelo ó no lo ignore tu Rey, que, por defenderlas, el martirio es 
diversión para mí, y la muerte, vida.» A tales voces, celosos de 
sus ritos, intentaban ya llevarlo al Rey, y logrando el cohecho lo 
que el ruego no pudo, antepusieron á su secta su codicia. Con tan 
resuelto ánimo, y con tan señalada constancia fué siempre en el 
trabajo, que primero esforzando á unos con su ejemplo, y á otros 
con su asistencia, á fin de que, ó por falta de consuelo, ó por ne- 
cesidad de alimento, no siguiesen las árabes falsedades, á cuyo 
padecer ya rendido, le embarazó un grave accidente al salir de su 
mazmorra, y aumentándosele mayores, llegando al dia penúltimo 
de su vida, en el que, ordenando sacar todos los dolientes el Rey, 
ó por entender fuesen las indisposiciones fingidas, ó por deleitarse 
€n sus últimas agonías, arrebatándolo la guardia real con feroci- 
dad, facilitó la fervorosa caridad del M. R. P. Fr. Juan de 
Cristo, religioso descalzo del Patriarca San Francisco, vice-pre- 
fecto apostólico de la Berbería, lo dejasen en el hueco de una 
puerta, por quien recibió los Santos Sacramentos y todos sus 
espirituales alivios, y así, acabando su vida, me dijo, antes de 
finalizar tres horas, sólo sentía no padecer muerte violenta , para 
que declarase su sangre la fé que en su pecho ardía. 

El cabo de escuadra, Diego de Santana, cumplió en aquella 
tarde todo lo que condujo á su obligación; y en la noche, á la 
formación de unas trincheras que, con orden de mi Gobernador, 
dispuse desde el Molino de viento hasta los cuarteles nuevos, y 
ejecutó, no siendo de los árabes sentido, pues, á prevenir aquella 
defensa, hubieran sexta vez avanzado y rendido las pocas ó nin- 
gunas fuerzas que ya quedaban, me acompañó con señalada apli- 
cación, no omitiendo todo lo que condujo á abreviarlas y á facili- 
tarlas, poco lastimado del apedreo, pues valiéndose los enemigos 



339 

de todas ofensas, fueron tan violentas las que aquella noche arro- 
jaron, que una de ellas quitó el sentido á un alférez, y otras me 
ocasionaron unas heridas no de consideración. 

El cabo de escuadra Juan López Mateos de los Hijuelos, se 
aplicó al desembarco al cuidado de los víveres que introduje, tan 
precisos á la manutención de la plaza, y en la batalla, todos los que 
más cerca se hallaron de él convienen él haber muerto el primer 
árabe, pues hallándose al volar las minas de los primeros, luego 
salió oponiéndose al avance, en el que, habiéndole ya ganado á un 
caudillo enemigo un estandarte, por matarle, lo perdió, en cuyas 
resoluciones se mantuvo con fortuna la tarde toda. 

Manuel del Pinar, Simón Camacho y José Gallo, el tambor, 
murieron en la batalla; don Juan Isidro de Párraga y Barba, Juan 
Manuel Cabezas, Lorenzo de León, Juan Galeas Becerra, Pedro 
^García, Juan Lorenzo Rodríguez Miguel, Jerónimo Ordiales, Se- 
bastián de Osorio, Francisco de Ceballos, Juan Tello, Antonio Ri- 
vero y Juan de la Cruz, salieron muy mal heridos. Juan Francisco 
del Castillo, hermano de mi cabo de escuadra Miguel del Castillo, 
en sus pocos años se mostró con valor, disparando incesantemente 
toda la tarde y la noche. Diego Alonso Falcon Melendez obró en 
el desembarco resuelto, pues estando á su cuidado mis armas, no 
horrorizado con la muerte de Pedro Ruiz de Robles, un soldado 
mío, subcedida inmediata á él, reconvenido por algunos no se em- 
barazase en sacar lo que hallaría en la plaza, se arrojó con ellas, 
y llegándole el agua más que á la mitad del pecho, les dijo: Las 
armas de la ciudad de Xerez sólo se han de 'perder con la líber' 
tCbá ó la vida. Roque de Robles, Manuel Rodríguez Pardo, Juan 
Blanco, Fernando Roldan, Francisco Rodríguez de Aguilar, Fran- 
cisco Martin, Andrés Gómez, Domingo de Segura, Manuel Rodrí- 
guez, Antonio Moreno, Juan de la Barrera, Pedro Martin, Diego 
González y Antonio Zamora, saliendo sin heridas de la batalla, 
pasaron á padecer estas miserias y estos ultrajes. 

No las experimentaron menores Bartolomé de Cuenca y Tomás 
Mateo Pernia, pues habiéndolos puesto en las Rúas del Rey para 
su cuidado, con dos soldados de la compañía de don Fernando de 
Morales Maldonado Suazo, los que son: el cabo de escuadra Sebas- 



r>40 

tián Ximenez de Grajales y Juan Andrés Pablo de Vivas Galindo, 
con la ocasión de ir repetidamente el Rey á ver sus caballos, ultra- 
jados de su saña y maltratados de su furor, muchas han sido sus 
dilixencias á que negasen el Evangelio; á cuyos rigores y á cuyas 
violencias Tomás Mateo Pernia amaneció un dia sin vida, y don 
Andrés Pablo de Vivas Galindo, ya sin aliento, logró el que lo con- 
dujesen las católicas piedades á una mazmorra, convento de re- 
ligiosos descalzos del Patriarca San Francisco, donde murió en su 
le}'' verdadera, confesándola al M. R. P. Fray Juan de Cristo, 
con singular fervor y notable ternura. A Pedro Martin Deales le 
ocasionaron la muerte los excesos notables de un viernes, y en 
ella lo confesó el M. R. P. Fray Marcos de la Madre de Dios^ 
religioso descalzo, del Patriarca San Francisco. Benito Velando, 
habiendo quedado de una enfermedad prolija inhábil para el tra- 
bajo, y con igual desnudez, advertida por su alcaide, le propuso, 
si siguiese su ley, su alivio; y reconociendo era inútil su falso celo, 
no permitió se le aliviase con alimento alguno en tres dias, de que 
desfallecido, murió, absolviéndole el licenciado don Domingo Mi- 
rela, quien observó en él grandes indicios de predestinado. El mes- 
mo árabe, con igual intento, ejecutó en Pedro Serbando de la Igle- 
sia tales castigos, que ya en los términos iil timos de la vida, logró 
milagrosamente, antes de acabarla en ellos, los Santos Sacramentos 
por el licenciado don José Merino, quien lo consideró así por la 
impetración que en los duros tormentos solicitaba, invocando á 
Nuestra Señora de la Paz, célebre imagen en el templo parroquial 
de San Marcos, uno de los de V. S. En las marchas sucedió la 
muerte de Bartolomé Gatica, en la que se observaron unas raras 
circunstancias, pues avisado de su indisposición, al vadear el 
rio Saúl, le llevó al M. R. P. Fray Juan Muñoz, religioso obser- 
vante del Patriarca San Francisco, y lastimados de verlo morir 
en la frialdad de las yerbas, sólo al reparo de una capa que en ma- 
nos de dos soldados le sirvió de toldo á las lluvias de aquel dia, 
nos dijo con espíritu apostólico no ser conforme á razón que mu- 
riese en una cruz el Redentor sin humanos alivios, y que en 
aquella liora los solicitase él remedio; que él moría gustoso y agra- 
decido á las divinas piedades, pues á vista de tanto número de in- 



•5 41 

fieles que miraba en aquellos campos, él era el escogido aquel dia 
para las mejores dichas; y adelantándose en él su última indispo- 
sición y en los árabes su tiranía, advertidos no podia ya seguir 
las marchas, le pusieron en un camello tendido, y así atado coa 
unas cuerdas, llegando á una milla desta corte, á cuyo recibimiento 
y á cuyo aplauso parece no quedó árabe en el África que no saliese 
celebrando sus glorias y sus triunfos en su zalá y sus algazaras, 
donde con confusión y sin orden, católicos y árabes, aquéllos ea 
un total desconsuelo, 3' éstos en su mayor júbilo, viéndolo en su fó 
constante, lo mataron á pedradas, y despedazado, y arrojado su 
cuerpo en una calera, muriendo como oti'o protomártir de la Igle- 
sia, logró su espíritu en premio de su martirio, eternas felici- 
dades. 

Otros muchos hijos de V. S., unos aventureros, y otros sirvien- 
do, se hallaron en aquella plaza, de los que fueron los dos más se- 
ñalados por su valor y su sangre don Diego Spínola Guevara y 
Villavicencio, caballero del Orden de Calatrava, entretenido en la 
Armada real del Océano, que pasando á la ensenada de Alarache 
con su capitán don Juan de Loyola Quiñones Pimentel en la Teresa, 
de Ñapóles, uno de los bageles de la escuadra del general don Nico- 
lás de Gregorio, le hizo repetidas instancias y pretensiones para 
que lo remitiese por Cabo de barco, donde introducía los socorros 
de municiones y víveres para defensa y conservación de la plaza; 
resolución que, con su licencia, ejecutó muchas veces, sin demora 
alguna ni pérdida de lo que tocó á su cuidado; donde manifestando 
sus grandes obligaciones, mereció de sus cabos singulares aplausos; 
y don Bartolomé de la Cerda, que hallándose en su casa con noti- 
cia de este sitio, pasó á Cádiz, donde el gran desvelo del Excelentí- 
simo señor Conde de Aguilar tenia dispuesto ya el primer socorro, 
y alabando su resolución, se embaxxó con su permiso y entró en la 
plaza la noche del 24 de Agosto , diez dias después de sitiada, 
donde fué señalado su valor, hallándose en todas las siete minas 
que se volaron; en los avances y demás reencuentros que tuvieron 
los árabes con los católicos, con aplicación tal, que mi Gober- 
nador puso á su cuidado el postigo de San Antonio, eligiéndolo 
por cabo de su guarnición, donde exactamente observó la orden y 



342 

*odo su cumplimiento. Y la tarde de la batalla, luego que oyó el 
estruendo de las minas, se halló en el reducto de San Juan, donde 
se voló la una, que reconociendo entonces venian avanzando los 
árabes por otra parte más flaca, parecióle socorrer el mayor riesgo, 
y ejecutándolo así, llegando al cuerpo de guardia de la marina, 
logró rechazar con otros señalados caudillos una de las tropas ára- 
bes* la que no pudiendo ya en la estacada facilitar su huida, vol- 
viéndose á los católicos, intentaban mantenerse, de donde, á cuer- 
po descubierto, fué uno de los que la obligaron á arrojarse por el 
reducto de Diego de Vera, despeñándose al rio todos los árabes 
que la componían; en cuyos peligros fué igual á su resolución su 
fortuna, pues sólo salió lastimado de una peña, tolerando después 
con un mismo ánimo el cautiverio y sus grandes adversidades* 
No son menos dignos de memoria Pedro Velazquez Chacón, el 
que, como consta de un testimonio de Bartolomé Medina, secreta- 
rio del Ayuntamiento de V. S. y de su Junta de guerra, pasó vo- 
luntario á hallarse en la invasión de Alarache, con ánimo de 
asentar plaza en mi compañía. Lo manifestarou en la batalla sus 
honrados procederes, y habiendo indispuéstose en las marchas, 
murió en esta corte, tolerando el desconsuelo de su mazmor- 
ra con conformidad, y recibiendo los Santos Sacramentos por 
el M. R. P. Pr. Juan de Cristo, con devoción; sucediendo en su 
difunto cuerpo una particularidad lastimosa, pues pasando las 
vilezas de los árabes los términos de la vida, no le permitió para 
luego sepultura su crueldad, motivando á que sus ojos fuesen 
alimento de las aves, hasta que por escusarse este horror, manda- 
ron á los católicos lo enterrasen en un palmar, lugar distante una 
milla de población , señalado por el tirano Rey á este fin , y 
bendito con las ceremonias de la Iglesia católica por el P. "Vice- 
prefecto. 

El alférez Gaspar de Yelbes, que, por ausencia de su capitán, 
Juan Muñoz Bejarano, gobernó con acierto su compañía todo el 
discurso del sitio, habiendo tanto estrechádose con un árabe aque- 
lla tarde, que le entró hasta la guarnición su espada, quedando 
muerto ú sus pies, sacó al separarse de él en el brazo izquierda 
un alfanjazo. 



Alonso Pabon, cabo de escuadra del capitán don Manuel Felipe 
de Chavea, le hirieron en un muslo de un balazo. Simón Alcario, 
servia en la compania del capitán don Pedro Sarabia, y en la 
mesma Antonio Leal Matrero, quien hallándose aquella tarde, al 
volar una de las minas, inmediato al capitán don Diego de Arce 
y á don Juan Manuel Estupiñan Doria, viéndolos enterrados 
vivos, se arrojó á su socorro resuelto, y procurando sacarlos, lle- 
garon los árabes, donde á los dos acabaron de matar, y á él Je 
quitaron un ojo, dándole otras heridas, después de las que muri6 
en esta corte, con el consuelo de los Santos Sacramentos que por 
el M. R. P. Pr. Marcos de la Madre de Dios, recibió. 

Manuel Pinero, hallándose en la Puerta del Muelle, de guardia, 
con su capitán don José de Salazar, lo mató una bala de artille- 
ría, con tan particular circunstancia, que quedando todo reducida 
á menudas piezas, fué para sepultarlo preciso valerse de unos 
sacos. 

Blas Gómez, Sebastian López servian en la misma. Silvestre 
Pérez Solis, uno de los cuatro soldados de á caballo que recono- 
cían la campaña, sirvió en esta plaza con acierto y resolución» 

Gaspar Ansianes, que servia en la compañía de don Gregorio 
Bobadilla, capitán del presidio de Cádiz, quedó de las ruinas de 
las minas tan lastimado, que murió en la plaza cuatro dias des- 
pués de rendida. 

Don Juan Beato de Pojas, que servia en la compañía de don Me- 
lendo Suarez de Miranda, capitán de mar y guerra; Melchor de Ve- 
lasco, que servia en la de don Alonso Pernandez de Córdoba, ca- 
pitán de mar y guerra; José Melpndez, que servia en la de don Juan 
de Loyola Quiñones Pimentel, capitán de mar y guerra; Pedro Ji- 
ménez Melgarejo, Pedro Pranco, Francisco García, Manuel Már- 
quez. Francisco López, Manuel Ignacio de Alfonseca, servian en 
la compañía de don Alonso Bolinches Galiano, sargento mayor 
de la plaza. Martin de Cuenca, Andrés del Castillo, herxnano de 
mi cabo de escuadra Miguel del Castillo, servian en la del capitán 
don Juan Díaz de Cos; Lorenzo de Astorga, en la del capitán 
Juan Muñoz Bej araño; Felipe Márquez, Juan Mateos de los Hi- 
juelos, en la del capitán don Antonio Pérez Cancio; don Juan de 



344 

Valenzuela, Pedro Franco, Jnan Gronzalez, en la del capitán don 
Diego ríe Arce, y otros que en aquella plaza y en esta corte, mani- 
festando el ser Lijos de V. S., no han faltado á la obligación^ sién- 
dole difícil la expresión de sus nombres todos, por estar los cató- 
licos divididos en diferentes fábricas; como también lo será tocar 
todas las particularidades de este suceso, asegurando los más expe- 
rimentados soldados no haber visto en esta edad sitio más dispu- 
tado, ni plaza más defendida, pues solas tres observancias, entre 
tantas, lo harán á las futuras digno de eterna memoria. De las que 
fué la primera el arrojarse á introducir los socorros con tan cerca- 
nas baterías, pues la de las Borraseras, á tiro de pistola de la 
barra, se componía de once cañones, los dos de ellos que hacian 
bala de á cuarenta, y la de la Fuente grande, de dos, paraje á la 
parte contraria en la costa de la Berbería, en la Fuente grande; 
resolución que la ejecutara sólo el valor de los españoles y la de 
los que quedaron en la plaza, tan atacada de los árabes, pues mul- 
tiplicando los dias todos, líneas y fortines, para poder, combatien- 
do sin peligro, el rendir el escaso número de los católicos, les faci- 
litó con brevedad el señorear las estradas encubiertas. La segunda 
el dia que fué saqueada la plaza, pues encerrando los cabos y 
oficiales en dos casas particulares, no perdonó su tiranía lo sagra- 
do ni lo estimable, robando y deshaciéndolo todo, no reservando 
edad mayor ni menor, entrando en los hospitales, donde, acabando 
con los heridos, tanta fué la sangre vertida, que arrojándose algu- 
nos piadosos católicos á solicitar la vida de algunos con pérdida 
de la suya, aseguraron ser notable su inundación. La tercera fué 
el bárbaro concurso y el temeroso aparato á la entrada de esta corte, 
no pudiendo fingir la idea más fúnebre, ni el discurso más melan- 
cólico acto más horroroso, ni más temido teatro como en aquel 
infausto dia les previno su desgracia á los españoles, pues rin- 
diendo los árabes erradas adoraciones á su falso Profeta, con cie- 
gas ceremonias, todas reducidas á unas continuas algazaras en 
acción de gracias por su victoria, los condujeron con notables 
lujurias á la Alcazaba, donde, ofreciéndolos á su Rey, ordenó su 
gran soberbia se pusiesen los católicos todos pecho por tierra, y 
llamando á los cabos y oficiales de Alarache, montó á caballo, y 



345 

enristrando su lanza, permitió la piedad divina se quedasen en 
amenaza estas arrogantes acciones, cuando esperaban la muerte, 
en castigo de no haber luego recdido la plaza, la que no ejecut6 
su tiranía, por tener aprendido que sus cabos y oficiales le po- 
drán atesorar todo su niesuar de plata; y dividiendo los cautivos 
en diferentes mazmorras, á los más principales los puso, por 
merced particular, en las Rúas del alcaide Jameih Jaddu, rele- 
vándolos por ahora de sus indignos empleos y serviles ejercicios, 
por haberle asegurado éste su primer ministro perecerían con 
brevedad, como criados en diferente fortuna; cuyos aparentes bue- 
nos oficios y codiciosos engaños son efectos de los cohechos admi- 
tidos y de los prometidos, ó de continuar la cautelosa palabra de 
su Rey, que, como en otras ya. he avisado á V. S., le ofreció de li- 
bertar ciento, los más principales, la que no tuvo otro algún motivo 
que el de conocer los más señalados para el mayor logro de sus 
intereses, disimulándolo entonces con el pretexto de las lágrimas 
del M. R. P. Fr. Juan Muñoz, por las que dijo haber revocado 
aquel su primero cruel decreto; y aunque unas y otras diligencias 
facilitan á los ciento, y á mí como incluso en este número, no usar 
los trabajos personales, no los releva de tan bárbaras y tan indig- 
nas demostraciones, y de habitar en Rúas unos y otros en diver- 
sorios, donde, viviendo siempre con la asistencia de irracionales y 
la de los que los cuidan, sólo pudo hacer tratable tal hospedaje la 
consideración de creer se dan acasos en las providencias divinas, 
en cuyas violencias, en cuyas tiranías y en cujeas adversidades, 
unos pierden la vida, otros la religión, y todos perecen, faltando 
ya seis de los de la excepción de los ciento, de quienes fué el uno 
don Fernando Rodrigo de Morales Maldonado Suazo, que murió 
el dia 14 de Mayo, gustoso por no ver ultrajado el nombre del que 
murió una vez porque no muriese muchas, y toda la naturaleza 
humana; cuya resignación no podrá borrar á los que la vieron el 
tiempo, ni á mí el sentimiento en tamaña pérdida, pues en su 
ejemplo y en su virtud tenia asegurada mi edificación y mi liber- 
tad, infelicidades que exceden todas las fuerzas humanas, el morir 
en ellas debia ser pretensión acertada; pero aunque han sepultado 
estas el valor de tantos como hay, ruinas tan honrosas que suelen 



346 

hacer ilustres sus cenizas. Suplico á V. S. se sirva de poner esta, 
noticia y esta certificación en el Real Consejo de guerra, interpo- 
niendo su gran representación para que S. M. esté entendido, y 
sus reinos, que los hijos de V. S. en todas edades, son los mesmos 
en la observancia de su ley verdadera y en la fidelidad á sus reyes 
católicos. Guarde Dios á V. S. los muchos años que puede y he 
menester en su mayor grandeza. 

Mequinez y Julio 6 de 1690. 

B. L. M. de V. S. su menor hijo y mayor servidor 

D. Jacinto Narvaez Pacheco. 

Señores Justicia y Regimiento de la M. N. y M. L. C. de Xerez 
de la Frontera. 

{Aqui se ha de jioner la respuesta d esta carta y sus acuerdos). 

Á. LOS SEÑORES PRESIDENTE Y CABILDO 

DE LA SANTA IGLESIA COLEGIAL DE SAN SALVADOR DE XEREZ 

DE LA FRONTERA GUARDE DIOS MUCHOS AÑOS, 

EN SU AYUNTAMIENTO. 

(Por Salé, Xerez de la Frontera). 

Señor: mi infelicidad y mi pérdida no ha permitido á mi aten- 
ción ni á mi obligación cumpla ésta con las que reconoce, y aqué- 
llas con las que debe á V. S., poniendo en su noticia la pérdida de 
Alarache el dia primero de Noviembre, la que avanzada por los 
árabes y defendida por los católicos, la rindió la fuerza y no la 
perdió el valor, y pasando de uno á otro peligro, á los riesgos de la 
guerra se siguieron las calamidades del cautiverio, que, habiendo 
en él sucedido la particularidad de no haber pospuesto al engaño 
la verdad hijo alguno de Xerez, aun con los malos ejemplos de 
tantos que han incurrido en esta la mayor indignidad, debe mi 
deseo solicitarse las eficaces divinas impetraciones de V. tí. para 
que, dándose Nuestro Señor por servido de la fé con que lo invo- 
can estos infelices soldados míos, los conserve en ella, logrando 



347 

después los premios de esta virtud. Guarde Dios á V. S. los muchos 
años que puede y ha menester en su mayor grandeza, Mequinez, 
Julio á 6 de 1690. 

B. L. M. de V. S. su mayor servidor, 

D. Jacinto de Narvaez Pacheco. 

Señores Presidente y Cabildo de la Santa Iglesia colegial de San 
Salvador de Xerez de la Frontera. 

(Aqui se ha deponer la respuesta á esta carta y sus acuerdos]. 

A DON GÓMEZ DE FIGUEROA, LASO 

DE LA VEGA Y CÓRDOBA, GUARDE DIOS MUCHOS 

AÑOS, CABALLERO DEL ORDEN DE SANTIAGO, GENTIL HOMBRE DE LA 

BOCA DE SU MAJESTAD, CORREGIDOR Y CAPITÁN A GUERRA 

DE LA CIUDAD DE XEREZ DE LA FRONTERA Y 

SUPERINTENDENTE DE TODAS SUS 

RENTAS REALES. 

[Por Salé, en Xerez de la Frontera). 

Señor mío: La incomodidad de este paraje no permite participe 
á Vmd. con mayor individualidad mi desgracia, y como soy todo 
suyo en todas fortunas, no excuso en esta tan infeliz reconocer á 
Vmd. la deuda de agradecido, ya que no puedo pagarla en estas 
y en otras letras que no deben de haber llegado á su mano, ase- 
gurando á Vmd. que Alarache ha sido en esta edad la plaza más 
defendida, el más disputado todo el discurso del sitio, la batalla 
última la más reñida, el más infausto su fin, las más atropelladas 
y las más confusas sus marchas, pues ultrajados, no sólo de las hu- 
manas, ó, con más propiedad, inhumanas violencias, pero declarada 
toda la divina justicia contra los suyos, rara vez se vieron las cla- 
ridades del sol en ella, que suelen los elementos lisonjear los di- 
chosos, persiguiendo los infelices. A penas tan severas y á tamañas 
calamidades sólo pueden facilitar sus alivios los auxilios divinos, 
por cuyos soberanos decretos suceden todas las prosperidades y 



34'8 

todas las advertencias humanas. El señor don Fernando queda 
todo resignado en las disposiciones del cielo y á la obediencia de 
Vmd., á quien dudo pueda por ahora escribir, pues no es la menor 
incomodidad en el África su falta de correos y su ninguna dispo- 
sición para poder corresponderse á España un cautivo. Guarde 
Dios á Vmd. muchos años. Mequinez y Marzo 2 de 1690, 
B. L. M. de Vmd. su mayor servidor, 

D. Jacinto de Narvaez Pacheco. 
Señor don Gómez de Eigueroa, Laso de la Vega y Córdoba. 

k DON JACINTO DE NARVAEZ PACHECO 

GUARDE DIOS MUCHOS AÑOS, CAPITÁN DE INPANTEÍA ESPAÑOLA, 

VEINTICUATRO PERPETUO DE LA CIUDAD DE XEREZ 

DE LA FRONTERA. 

(l^or Salé, Mequinez). 

Señor mío: Su carta de Vmd. de 2 de Marzo es la segunda que 
ha llegado á mis manos, después de la desgracia que he tenido y 
tendré siempre por mía propia hasta tanto que alivie mi descon- 
suelo la restitución de Vmd. y demás sus soldados á sus casas, si- 
guiéndose á esto que Vmd. tenga el premio que corresponde á su 
sangre, y á lo que la dejó acreditada con su gallarda resolución. 
No puede Vmd. dudar cuanto es de mi punto haber hecho propio 
mío este negocio, y en esta consideración, he hecho representación á 
su Majestad, al señor Conde de Oropesa, y en consulta formal á los 
Consejos de Estado y Guerra, y en todos estoy cierto del fervor 
con que solicitan la más breve libertad de Vmd. y los demás ren- 
didos, para cuyo fin, demás del producto de la Encomienda mayor 
de Alcántara, que está destinado, se solicita por otros medios el 
logro de la suma considerable que lo pueda facilitar, estando yo 
asegurado por inmediatas noticias de los que lo están de Su Majes- 
tad, que su Real ánimo no habla de otra cosa, y quien como yo co- 
noce su benignidad, no duda su mortificación hasta ver fuera de 
tal padecer tan honrados vasallos. Ni Vmd. puede dudar de mi obli- 



349 

gacion y cariño cuanto coatribuiré mis oficios á este fin, esperando 
le tendrá muy breve el desconsuelo con que á Vmd. considero, y 
ojalá pudiera yo con la sangre de mis venas adelantar el tiempo á 
lo que tanto deseo; pero es bien cierto continuará mi inutilidad 
sus instancias. Por lo que Vmd, medico considero no ha llegado á 
su mano mi carta que la envié á Cádiz para que la encaminasen 
de allí, y deseando no se me repita esta desgracia, va esta en pliego 
de mi señora doña CJara, su madre de Vmd., y yo con la fineza 
que siempre, estoy á su servicio, y le suplico dé mis finas memo- 
rias al señor don Fernando de Morales, y á Vmd. me le guarde 
Dios y deje ver tan presto como deseo. Xerez de la Frontera, 

á 8 de (Falta él mes y año). 

B. L. M. de Vmd. su mayor servidor, 

Don Gómez de Figneroa^ Laso dt la Vega y Córdoba. 

Sr. D. Jacinto de Narvaez Pacheco. 

A DON PEDRO DE NARVAEZ PACHECO, 

GUAnDE DIOS MUCHOS AÑOS. 

{Por Salé, Xerez de la Frontera). 

Mi hermano y mi amigo: al pesar de no haber vístete desde que, 
acompañándote á Gibraltar, tix te embarcaste siguiendo tu ban- 
dera á Cataluña, y yo me volví á Xerez, se siguió el de mi infeliz 
jornada al África, y el de no haber leido tus letras en los cuatro 
primeros meses que en ella he estado cautivo, hasta que hallándo- 
me un tiempo con los alivios de repetidas cartas tuyas por los 
puertos de Tetuán y de Salé, reconociéndote en todas las firmezas 
con que correspondes á las que me debes, me acusas en la última 
de Mayo haber recibido dos la ciudad de Xerez, mias, donde, en la 
primera, la daba los primeros avisos de mi vida y de mi desgi'a- 
cia; y en las segundas, noticias de la siempre esperada, nunca bas- 
tantemente alabada constancia de sus hijos, solicitando en ella las 
divinas diligencias que oirás, entendiendo están j'a demás las hu- 



350 

manas, conocidas estas cautelas; obligación que consideré tan pro- 
pia mía, pues ya que no conseguí en la pérdida de Alarache el 
que quedasen con libertad los que la ciudad , favoreciéndome, 
habia puesto á mi cuidado, pretendo logren la más segura, mu- 
riendo en la mejor ley que profesaron naciendo, quedando ellos 
entendidos que por todas partes solicito los muchos alivios que les 
deseo, con cuyo motivo toqué la pérdida de la plaza con la breve- 
dad que se deben hablar los Príncipes, que movió tu curiosidad á 
saberla con mayor individualidad preguntándomela; pues como 
recién llegado del Principado de Cataluña, donde, habiendo hallá- 
dote en la campaña de Campredon, deseas no ignorar los sucesos 
de ésta; á que con repugnancia respondo, pues ageno del estilo mi- 
litar, criado en los estudios y escuelas del monasterio de Santo Do- 
mingo el Real, la Minerva de Xerez, con las delicias de haber naci- 
do en mi casa el mayor, vivia como si no fuera hijo y hermano de 
soldados, y como si mi cuna no hubiera sido una plaza de armas 
distante del África nueve millas, y mis primeros arrullos los ecos y 
marciales aparatos. Y siendo esta falta de estilo reparo tan justo, no 
es menor no haber tenido tiempo alguno de advertir la plaza, pues 
entrando en ella la noche 28 de Octubre y perdidoso el dia 1.° de 
Noviembre, tres dias de término no permitieron más que preve- 
nir el desvelo á las horrorosas minas y último trance de una ba- 
talla esperada por horas, que, sucedida en los nueve dias de tre- 
gua, todos fueron melancólicos discursos de aún no imaginado, ya' 
temido cautiverio; pues á la menor presunción de un cuidado, siem- 
pre ha sido la más decente ocupación desabrida. Pero como j'O soy 
deudor á las providencias divinas de un gran conocimiento pro- 
pio, no soy tan bobo que discurra comunicar con todos todas mis 
acciones públicas, ni tan persuadido que deje de participarlas á 
alguno, como de lo parecido de las fortunas se reconoce ser una 
misma estrella quien las rige, naciendo de esta simpatía los afec- 
tos más recíprocos y las más finas amistades. En esta peregrina- 
ción he logrado la del capitán don José de Salazar, quien desde 
sus tiernos años, entreviendo cuan precisa obligación es el servicio 
á sus reyes en los hombres principales, aun sin edad de advertir- 
lo, ya lo ejecutaba en los Estados de Elandes, primera única mi- 



351 

litar escuela de los se2.ores Reyes de Castilla, de cuya práctica y 
la de su gran comprensiou salió un tan perfecto soldado como vie- 
ron aquellos ejércitos y lo admiró éste, en defensa de Alarache, 
pues no sólo sirviendo ú su rey con la espada, se aplicó con el 
compás á delinear una planta de la plaza, que desde ella remitió á 
don Juan Antonio López de Zarate, caballero del hábito de San- 
tiago, marqués de Villanueva de la Sagra, Secretario en el Real 
Consejo de guerra, quien reconociendo acción tan del servicio 
de S. M., como fué el de solicitar sus defensas, poner en su noti- 
cia el único medio por donde reconocería el preciso número de in- 
fantería que ocuparía su recinto, le agradeció este servicio en car- 
ta de 10 de Julio, quedando en representarlo así á S. M.; y como 
es efecto propio en la nobleza no apartarse del servicio de su 
principe en las mayores adversidades, no dejándolo en las de tan 
irregular cautiverio, lo continúa formlndola de nuevo con todos 
loa ataques y baterías que el enemigo la puso, cuj'a copia te remi- 
to, pudiendo sin exageración decir de él lo que de César, de quien 
se lee escribía en la noche lo que al día obraba. A su imitación, 
así don José de Salazar delinea con el compás en la noche de esta 
infidelidad una plaza que defendió en el día de la cristiandad con 
su espada. En cuya confianza, oyéndome leer tu carta, me persua- 
dió te respondiese en la forma que deseabas, para cuj'o fin, desem- 
peñando las prendas de esta amistad, le debí de lo que no vi las 
más seguras noticias de que me valgo, haciendo asimismo refle- 
xión á las continuas conversaciones que he oído en las noches de 
seis meses á los demás capitanes; pues si es que puede haber ali- 
vio á tales penas, es sólo el considerarlas, no atendiendo algunos 
manuscritos que de este suceso corren entre los cautivos, unos su- 
cintos, otros prolijos, y los más que confunden y no advierten. De- 
terminado, pues, á escribirte así, teniendo por compañeros en mi 
rúa moros, caballos, camellos, no era paraje capaz de escribir, ni 
su vocería me dejaría formar letra, resolvime á salir de ella con 
licencia de mi alcaide, pasando al Vite, que es en nuestro idioma 
lo mismo que mazmorra general, donde debajo de tierra, con el 
consuelo de mis soldados y quietud de este tan infeliz calabozo, te 
individúo mi desgracia, ofreciéndote este escrito; si bien todos se 



352 

habían de ofrecer á Dios. Son obras del alma, y obras de tau no- 
ble artífice no habían de tener patrón menos grande. Quien ofre- 
ce un escrito á un hombre, le hace soberano acatamiento. La me- 
jor cortesanía es que ha descubierto la discreción humana. Las 
obras de un espíritu en cuya hechura no hubo otra mano sino la 
de Dios, se las dedico á un hombre. Aunque estas obras sean por 
algunas partes imperfectas, no es culpa del artífice, sino de la 
oficina. Fabricáronse en un cerebro de barro, vaciáronse en unos 
moldes defectuosos; no es mucho que falte la perfección suma en 
ellas. El menos acertado papel es obra de un alma derribada del 
cielo; sus errores son vicio del instrumento, no de la destreza; por 
esto no deja de ser obra de alta nobleza. Mucho ofrece quien ofre- 
ce una noticia: por lo que en las dedicatorias se usa poner tantas 
alabanzas de la persona á quien se ofrece, es por la buena razón 
de lo que se hace. No parece que da buena razón del patrón que 
ha elegido el que hubiese elegido patrón en quien no cupiesen 
muchas; que buena razón puedo yo dar de mi elección cuando te 
ofrezco an escrito, pues aunque tú únicamente eras el todo de lo 
más que lograba en España, ¿qué alabanzas puedo decir tu3'as que 
no sean mías? Mas no pienso decir más de una que vale por mu- 
chas, y es que no gustas de alabanzas. Mucho merece quien pien- 
sa que le engañan cuando le dicen lo que merece. No te lo digo 
porque pienses que te engaño. Y porque nadie piense que yo me 
engaño en este modo de escribir, te digo que aunque las irregula- 
ridades de la plaza San Antonio de Alarache, sus valerosas defen- 
sas, su pérdida desgraciada, las infelicidades de un tau tirano 
cautiverio, la horrorosa vida de un tan inhumano rey, descubren 
un muy anchuroso campo para una dilatada historia, no lo per- 
miten ni el e¿tado, ni el paraje, ni una tan continuada zozobra. 
Pase por noticia la que debía ser historia. Y siguiendo este estilo, 
hablando siempre contigo, digo que: 

Muley Ismael, rey de Fez, Emperador de Marruecos, hallándose 
el año de 1672 Alcaide de Mequiuez, bárbara y populosa ciudad, le 
llegó un expre¿o de Marruecos, corte de sus Emperadores entonces, 
que le avisaba la desgraciada muerte del rey Muley Arsi, su her- 
mano mayor, ocasionada de la caída de un caballo, que no méuog 



353 

precipicios ocasiona una tiranía, pues habiendo él nacido hijo de 
Muley Alit, cherife, Rey de Tafilaa, no contento con el reino de 
sus padres y con la sangre heredada de cherifes, linaje el más 
ilustre y numeroso en el África, como rara vez sufrió el cetro 
compañero, no pudiendo disimular su envidiosa emulación los 
esplendores de fama de los célebres reyes de Fez, tan inmediatos 
al suyo, logrando ellos la más sosegada paz, sin advertir que en 
los reyes sola la vecindad de un principado es para su usurpación 
bastante título, causando maquinada una traición, y por inteli- 
gencias secretas sobornados unos rebeldes, los despojó deste reino 
y del imperio dilatado de Marruecos, olvidando los vínculos de la 
amistad y sangre con que estaban enlazados ambos cetros. Quienes, 
advertida la bajeza á que la emulación los condujo, (que el que una 
vez logró privilegios de deidad con dificultad se redujo á no ser 
atendido de iguales adoraciones,) les obligó su vanidad á vivir en 
unos aduares de Fez, quintas de la Berbería, creyendo que en 
aquella vida privada los dejarían con algún sosiego sus émulos; 
pero fueron más perseguidos en ella, porque no hay calamidad 
tan grande que apague los temores de una envidia, antes cuando 
ve constante á sus émulos en ella, se enciende más, no pudiendo 
sufrir la gloria que les resulta de su valor y prudencia en saber 
tolerar lo adverso. 

Este feliz suceso, y las vanas esperanzas de su Profeta, 
que le ofrecian mayores felicidades, á no verter la sangre 
Real de cherifes, le motivaron les diese á merced las vidas, pues 
hasta la más ciega soberanía reconoce superioridad á las que tiene 
por deidades; pero como no hay diligencia que baste á librar de su 
temor á un tirano, y los mismos medios que aplica para su con- 
servación suelen causar su ruina, porque, como violentos, obran 
efectos contraríos, salióle su vaticinio tan falso como su culto, 
pues pasados algunos años de su reinado, creyendo su prometida 
conservación en no verter aquella sangre Real, no sufrió el cielo 
estuviera á los ojos humanos sin castigo su tiranía, permitiendo 
acabase un irracional la vida de un bruto, que, racional en el as- 
pecto, no en las acciones, sólo se alimentó de vidas de hombres y 
fieras, pues no perdona la divina justicia á los que elige por ejecn- 
Tomo CVI. 23 



354 

tores de ella. Arduas son las primeras esperanzas de dominar; pe- 
ro en tomando posesión del cetro, se arriman á él la lisonja y el 
aplauso y son todos instrumentos y ministros del tirano, en los 
más, por temor, y en algunos, por necesidad, juzgando por impru- 
dente obstinación oponerse á lo que no se puede impedir, princi- 
palmente contra quien la vida ó la muerte ha de tener en su mano. 
Logrando el alcaide Muley Ismael en las memorias de los infan- 
tes sus sobrinos, tan oportuna ocasión, se hizo aclamar rey en Me- 
quinez, apoderándose de todas sus fortalezas, donde obedecido de 
sus ciudadanos, estrenó el reino cortando por su mano las cabezas 
á todos los que lo hablan sido en poner en la suya una corona; y 
como experimentado en las tiranías de su antecesor y hermano y 
de otras tan esquisitas, que si las de Atila con los vándalos, las 
de Nerón con los príncipes de la Iglesia, laa de Diocleciano con 
otros gloriosos mártires, les dieron nombres de Magnos, fué para 
que llamásemos á Muley Ismael en esta edad el Máximo de los 
tiranos, siendo aquéllos primero en el tiempo, no en la fama. 

Conservaban en Marruecos la voz de los Infantes algunos vale- 
rosos alcaides que, sembrando odios contra el nuevo rey, inducían 
los ánimos á su inobediencia; á los leales representaban los daños 
de su gobierno; á los buenos, la ira de su Profeta en aquel violento 
despojo; á los inquietos, la infamia de rendirse á un rey tirano. 
Reconociendo el rey Muley Ismael que sólo sosiega la sedición uu 
reparo á tiempo, pasó con armadas huestes á los campos de Mar- 
ruecos, poniendo sus reales á vista de la ciudad, que defendieron 
valerosamente los sitiados, hasta que, impaciente con la proligi- 
dad de un sitio, el Rey, teniendo por mayor trofeo derribar en 
campaña los cuerpos de sus enemigos que los muros de una ciudad, 
donde pueden más las artes de la expugnación que las demostra- 
ciones del valor, les provocó á la batalla, á que no se negaron 
animosos; y hallándose dudosa algún tanto por las dos partes, 
venció la de Muley Ismael, á quien los rendidos propusieron al- 
gunos decorosos medios, en que, quedando él por absoluto Empera- 
dor, los lograsen sus sobrinos; pero advirtiendo él cuan poco se- 
gura es la fé de un despojado, y que no hay Emperador tan amigo 
que no intente restituir al águila imperial las una vez usurpadag 



355 

plumas, sacó los ojos á sus sobrinos, á otros cherifes deudos su- 
yos, y á muchos alcaides, los primeros del Imperio, donde, muer- 
tos vivos, se mantienen en la infelicidad que motiva la falta de un 
tan principal sentido. La voz entre los árabes de los muchos que 
murieron en esta batalla es tal, que no parece verosímil, siendo 
.siempre incierto en ella su número, porque lo cuenta el vencedor. 
Continuando sus conquistas, sujetó á su dominio todo el reino de 
Sus, que aún mantenía la opinión de los Infantes, y saqueada Ta- 
rudaute, ciudad la de mayor resistencia, sacó al campo cien ren- 
.didos, donde quitando con su lanza todas las vidas que permitió 
todo el espacio de un dia, cansado su brazo, no su fiereza, volvió 
á su tienda, ejecutando lo mismo con cincuenta de su guardia, 
porque, fatigados de sus marchas atropelladas, se habían ya ren- 
dido al sueño. Acertada resolución, aunque rigurosa, pues la vida 
del Príncipe pende del desvelo del vasallo, reparo que deben las 
personas Reales tener prevenido, y el mandarlo sólo les es conce- 
»dido á ellas, pues las artes del reinar solamente las puede enseñar 
un rey. 

Sujetas así las obediencias de sus bárbaros agarenos, (pues aun 
•en esta ceguedad la razón supo hacer la de estado conveniencia 
-del delito), intentó quitar los dominios que el rey de las Españas, 
don Carlos, II del nombre, en ellas, nuestro señor, logra heredados 
en las tierras que él llama suyas, discurso como de infiel, pues 
además de estar su Majestad, á fuer de rey católico, precisado á 
mover con la predicación y extirpar con las armas á todos los que 
.niegan el Evangelio, son presidios heredados, unos por trato y 
otros por gloriosas conquistas, y no hubiera paz en el mundo si 
en el tribunal del tiempo no se hubieran legitimado los dominios 
y los reinos, porque apenas hay nación que recibiese de sí misma 
la suprema potestad, sino de otra extranjera más poderosa; en 
todas fué al principio, y hubo cetro y servidumbre la libertad. 

Con la fuerza de las armas pusieron los normandos su silla 
real en Inglaterra, los francos en Francia y los godos en España, 
cuya monarquía se puede preciar de haberse fundado con justo 
título por los derechos que el Imperio Romano cedió á los godos, 
y porque fueron llamados de los mismos españoles; pero ya á todos 



356 

los reinos favorece la posesión inmemorial, confirmada con el con- 
sentimiento común de los pueblos. Las demás conquistas de las 
naciones bárbaras fueron semejantes al arco celeste llamado Iris, 
fundadas entre las nubes de la tempestad de la guerra, las cuales 
ese sol de justicia que los iluminó, las borró y deshizo luego, sin 
haber concedido Dios á los bárbaros que todo lo que pisase el pié 
fuese suyo, como á los israelitas. Y si se hubiese de pretender la 
que poseyeron con las armas, y volvieron á perder, grandes dere- 
chos tendrían los señores reyes de España sobre las provinciaer 
que con las armas dominaron en Asia, Europa y en África los 
reyes godos sus predecesores. Opuesta sería esta pretensión á los 
eternos decretos de la Providencia de Dios, habiendo mudado de 
unas gentes en otras los reinos y monarquías para fundar las 
presentes, constituyéndole sus confines. ¡Oh cuan felices serían 
los reyes, y cuan prósperos sus vasallos, si conformándose con las 
divinas disposiciones, cada uno se mantuviese en los límites de 
BUS reinos, gozando, sin ambición de los ágenos, los bienes del 
sosiego y de la paz! 

Abstraído de estas verdades, el rey Muley Ismael, con la feli» 
cidad de estos sucesos, creció la ambición de dominar la vecindad 
de los presidios que le motivan no estuviesen sujetos á otra coro- 
na, valiéndose para unirlos á la suya del pretexto de religión, 
con que se suele disfrazar la tiranía, y no dejando sus ya imagi-^ 
nadas conquistas, pasó el año de 16^1 intempestivamente sus rea- 
les á vista de la plaza la Mámora, situada orillas del caudaloso 
río Saúl, en el mar Océano, gobernándola el Maestre de campo 
don Juan de Peñalosa, y sitiada por mar y tierra, la ganó uña 
embarcación pequeña que podía dar aviso á España de tan repen- 
tina invasión. Defendiéronse los sitiados el espacio de cinco días,. 
hasta que, faltos de agua, por estar la que les mantenía en el real 
del enemigo, se dieron á partido, y sujetándolos la necesidad á 
tan bárbaro dominio, cautivos por diez años, pocos han quedado 
que lo lamenten. Fué caudillo de estas armas el alcaide Hormar 
Jadudd, á quien, en premio, el rey Muley Ismael le quitó luego la 
vida, por decir habia solicitado por vanidad esta empresa, cuan- 
do debiera haber sido su único fin el propagar á su Profeta los 



357 

cultos. Ningunas más sentidas tiranías que las que con pretexto 
de religión introduce la malicia. 

Ufano con el trofeo, creyendo lograr unos mismos todos, pasados 
años, sitió el de 1688 en 24 de Agosto, Melilla, plaza en el mar 
Mediterráneo, gobernándola el Maestre de campo don Francisco 
López Moreno, quien poniendo luego todas las defensas militares, 
dio aviso al Rey, nuestro señor, que, publicado por España, ha- 
llándose en Málaga don Antonio Domingo de Dura, Maestre de 
campo de infantería napolitana de uno de los tercios de la armada 
Beal, del Consejo colateral del reino de Ñapóles, luego se ofreció 
á su socorro, entrando en ella con trescientos infantes y treinta 
«amaradas, todos caballeros conocidos: resoluciones y bizarrías 
muy parecidas á las de su hermano mayor don Camilo de Dura, 
Duque de Erquia, general de la artillería del reino de Ñapóles y 
de su Consejo colateral. Y discurrido el terreno á propósito del 
enemigo, el bastante número de infantería á desalojarlo de sus 
ataques, así lo ejecutó el Maestre de campo don Erancisco López 
Moreno, donde lo mataron en una de sus salidas. Quedando go- 
bernando por su muerte aquella plaza don Antonio Domingo de 
Dura, defendió en campaña tres fortificaciones exteriores suyas, 
llamadas la Albarrada, la Cantera y Señora Santana, introdu- 
ciendo en ellas socorros á todo riesgo, de donde se retiraron los 
moros el dia 9 de Octubre sin esperanza de rendirla, escribién- 
<iolo así su General, el alcaide Jameth Mostafá, al rey Muley Is- 
mael, alabándole la plaza y sus defensas; al modo que aquel fa- 
moso caudillo Muza Abenzaid, gobernador de las provincias de 
África, cuando sitió á la ciudad de Mérida en la pérdida de Espa- 
ña, advertidas sus defensas, y el valor de los sitiados, dijo: ¡Feliz 
■el árabe que fuere señor de Mérida! 

Y como la codicia no escarmienta en los peligros, malogrado es- 
te triunfo, intentó otro más glorioso á que, indeterminado estos 
años, se resolvió el de 1689, sitiando la plaza San Antonio de Ala- 
rache, á cuyo fin, colocados el infante Muley-Sidan, su primogéni- 
to, ya jurado Príncipe y sucesor en sus reynos, el alcaide Jameth 
Jadudd, su primer Ministro, Alí Benabdalat, alcaide de Tanjar, 
visorey de Tetuan, Salé y Alcázar, Capitán general de todas las 



358 

costas de África, y otros sus principales alcaides, juntos en la mez-- 
quita mayor de Mequinez, corte suya, solicitando la engañosa pro- 
tección de su Profeta, primera diligencia suya en todas sus resolu- 
ciones, bárbara ceguedad, (que en su modo advierte á los que con-- 
fiesan la católica verdad,) cumpliendo todos los ritos que previenen 
los dogmas de su Alcorán, al salir de su mezquita, montó á caba- 
llo, y reposando sobre su lanza, dejó caer á las espaldas el alquicel, 
y levantando su desnudo brazo, empuñando el alfange, jugóle de 
nna y de otra parte, y con bárbara arrogancia, animando á los 
suyos, es fama les dijo de esta manera: 

«Sabido es á vosotros y notorio al mundo, el valor con que vues- 
tros progenitores, los famosos africanos, venciendo el paso del Es- 
trecho felizmente, penetraron lo interior de España toda, con que 
se hicieron señores de sus riquezas y de su dominio universal; y 
aunque fué celebrado su valor, no pudiera en la brevedad de ocho 
meses haber acabado tan gran empresa, si no hubiera asistido á 
sus armas el brazo poderoso del grande Alá, con que acreditó la 
verdadera religión mahometana. Con cuya ayuda, con la de mis 
armas afortunadas y de vuestras ya experimentadas resoluciones, 
solicito como los heredé en la sangre, heredados eu la propagación 
de su ley y en la dilatación de su imperio, pue.<? el que así no lo 
ejecuta, ó no debe llamarse rey, ó debe dejar este oficio. El medio 
único que más puede facilitar esta empresa es arrojar los españo- 
les de Ceuta y Alarache, plazas que me tienen usurpadas. Los 
que las presidian, unos son visónos sin experiencias de guerra; los 
otros, sacados de sus casas á fuerza de levas, con violencias los 
más, mal contentos por verse delincuentes y desterrados, como 
aseguran muchos de ellos, que pasándose á mis reinos, niegan su 
ley por la mia. Ocupadas estas plazas y desechas una vez sus 
fuerzas, ¿cuál de vosotros podrá en ellas contenerse mirando á 
Gibraltar y Tarifa? La una celebrada por su monte Calpe, antes 
que los nuestros la dominaran; la otra llamada. Tarteso y después 
Tarifa, á contemplación del que la rindió, aquél nuestro tan cele- 
brado héroe Tarif, general de las tropas del rey Ulid Miramamo- 
lin, mi glorioso progenitor. A cuya conquista ayudará mucho el 
desprecio común con que en España se discurren las armas afri- 



359 

canas, propio efecto de monarquías poderosas que han ocasionado 
las guerras civiles entre nosotros. Os aseguro, por secretas inteli- 
gencias y confidentes mios que profesando mi ley viven cautivos 
en aquel reino, que en él hallaré poca ó ninguna oposición, por 
estar las ciudades sin muros, sin armas y sin caballos, y todos 
entregados del todo al ocio, donde volvereis á vivir en las tierras 
que nuestros abuelos dominaron por ocho siglos, trocando las are- 
nas estériles de Libia por las de oro que llenan aquellos ríos; los 
aduares de lienzo, expuestos al rigor del sol, por ricos palacios de 
mármoles, y lo adusto y seco de este clima, por lo benigno y fér- 
til de aquél; castigando en los españoles el desdoro con que se 
burlan de nuestro Profeta Mahomet y su soberano Alcorán, en 
violar sus aras y santuarios, en abrasar sus templos y monaste- 
rios, en no perdonar el honor á las mujeres ni la pureza á las 
vírgenes y religiosas, como le lloraron sus abuelos cuando los 
nuestros los dominaron. Acometed, pues, animosos, sin reparar en 
el número de socorros que pueden venirles á estos presidios de 
España, porque es mayor sin comparación el nuestro, y cuando lo- 
fuera el suyo, el valor vence, no la multitud. Nuestro sagrado Pro- 
feta os asegura la victoria, y con ella el ancho y rico imperio de 
España. No os animo sólo con las palabras, sino también con las 
obras y el ejemplo. El primero seré que tina los aceros de este- 
alfange en la sangre de los españoles, como ellos vertieron la mia 
en la conquista de Granada, privando á mi casa de aquel honor y 
á mí de reino tan delicioso. Ya me parece que advierto en vuestros 
semblantes la justa indignación á que os provoco, y deseosos de 
castigar las ofensas hechas al grande Alá y á nuestro profeta, es- 
peráis impacientes el fin de este mi razonamiento, por lo que lo- 
acabo, y también para que Alá no se le dilate la ejecución de sus 
iras, y á vosotros las glorias y los trofeos de este triunfo. » 

Y hablando primero el infante Muley Sidám, en quien arden 
espíritus reales y generosos, con voz grave y animosa le res- 
pondió: 

« — Atentamente he escuchado, oh padre. Rey y señor, las voces 
de tu inimitable celo, como la fama publica y vemos en los trofeos 
y despojos que tus armas gozan en todas las provincias de África; 



360 

y no pudiendo ya contenerse eo ella, solicitas el pasarlas á Espa- 
ña, haciéndote más glorioso el ser tu fin único dar á conocer al 
mundo las verdades de tu ley, acreditada con tantos como la si- 
guen; y nada asegura más el acierto á tus tropas que moverlas 
con el celo de la lej', siendo en los hombres la inclinación al culto 
divino tan poderosa, que ningún vínculo humano puede tener uni- 
dos los ánimos cuando discordan en el conocimiento de un Dios, 
siendo imposible se mantenga la fidelidad y obediencia al principe 
en cuyo reino se permite diversidad en los ritos, porque los que 
no sienten lo mismo que él, no se tienen por seguros. Un ejemplo 
vivo de esta verdad en tí admira el África, siendo todo tu cuida- 
do erigirle nuevas mezquitas y tributarle mejores cultos al grande 
Alá, pues viniendo de su mano poderosa las victorias y los triun- 
fos, ¿cómo las podemos esperar si en estos tiempos no guardamos 
ios institutos y loables costumbres de nuestros antecesores? Ellos 
tenían puestas sus esperanzas todas en su poder y en el de su 
gran profeta Mahomet, que está á su lado, con cuyo favor triun- 
faron de los españoles; ellos le edificaban continuamente mezqui- 
tas; ellos honraban sus mayores; ellos veneraban sus morabitos, y 
de no haberse observado así hasta tu reinado, han nacido tan civi- 
les continuas guerras entre nosotros, como por castigo de la omni- 
potencia de Alá. Y así, observando lo que los morabitos en mi ni- 
ñez me enseñaban cuando leía las historias de la pérdida de Espa- 
ña y valor de nuestros invencibles africanos, encendido mi áni- 
mo todo á imitarlos, culpaba en ellos los excesos que tú acabas de 
repetir, lo que yo no hiciera. Juzgo por mejor medio para con- 
quistar un reino de diversa religión, conservar en ella á sus mo- 
radores con un ligero tributo, pues estando la elección del culto 
reservada al albedrío, quedándose con su ley y con sus bienes, los 
subditos no reparan que éste ó aquél tenga el cetro, supuesto 
que uno los ha de regir. Ni culpo en los españoles su falso culto, 
pues aunque no escusa su ciego error, es argumento de sus bue- 
nos naturales é inclinación al conocimiento del Criador, bien así 
como se infiere de que los campos fecundos de yerbas inútiles y 
venenosas darían provechosas cosechas si los ayudase la cultura; 
pero como ésta pende de la voluntad divina del eterno Labrador, 



361 

no ba echado en ellos raíces la semilla del Alcorán, por no haber- 
lo asi permitido Alá por algún oculto juicio suyo. Pero dejando 
lo que no es de esta ocasión para otra, á las conquistas del reino 
de Sus me llevaste para que aprendiese las artes militares en 
ellas. Bastantemente me las ha enseñado la asistencia á tus pru- 
dentes consejos en los negocios, tu presta ejecución en las resolu- 
ciones, y en las facciones de la guerra tu generoso valor. Ya, Se- 
ñor, es tiemijo que yo practique lo que con particular cuidado de 
tí he aprendido, y que no me tengas torpemente ocioso, pues no 
pudiendo tu presencia asistir á un mismo tiempo á todas partes, y 
siendo tantas las conquistas, es fuerza que para ellas sustituyas 
tu poder y tu autoridad en otro. Si lo rehusas con atención á la 
seguridad de mi vida, yo no la deseo sin las operaciones gloriosas; 
ni es reputación tuya haberme engendrado para que solamente 
sea aumento del número de los vivientes. Siendo bajá de Marrue- 
cos, podia estar segura de la infamia mi ociosidad con la escusa de 
aquella paz; aquí donde es campo de batalla todo el reino de Tez 
y su corte Mequinez, se atribuirá á desconfianza de mi poco valor 
y capacidad que me tengas sin empleo. Suplicóte mires por mi re- 
putación, que es la tuya, sin darme ocasión de que en el primer 
reencuentro con los españoles me ofrezca desesperado al peligro 
para morir aventurero, ya que no puedo caudillo.» 

Alabada una y otra proposición, corrió entre todos un tácito 
murmullo, mirándose unos y otros, y después, más sosegados, pu- 
sieron los ojos en los cabos más principales, esperando de ellos la 
respuesta, y casi aprobándola con los semblantes aun antes decirla. 
Entre ellos tenia el primero lugar el alcaide Jameth Jaddú, que de 
hombre bajo, lo habia sublimado á su privanza esteB,ey, y dádole 
la embajada de Inglaterra, donde habia acreditado su ingenio, pues 
pronto de medios y muy abundante de ellos, embarazado su juicio 
con la variedad, no puede hacer buena elección del mejor. 

£n la Alcazaba y en las dependencias suyas tiene la mayor au- 
toridad, y mucho crédito con el Rey. O ya por lisonjearle, ó ya por- 
que juzgaba por más seguro su valimiento en la corte que fuera de 
ella, donde el Bey dependería más de los cabos del ejército que de 
su persona, y donde con la libertad de hablar todos con él podrían 



362 

derribarle de su gracia, votó, (con ánimo de quedarse él en Mequi- 
nez por bajá ó por vice-rey), no encomendase á otro las armas, 
sino que él por sí mismo las dirigiese, diciendo: 

«El oficio de rey fué en la edad pasada de general, para que guia- 
se y gobernase los escuadrones en defensa del pueblo, y así la asta 
se tenia por insignia real, sirviéndose de ella los príncipes como 
ahora del cetro. En las conquistas voluntarias pueden encomendar 
á otros sus armas; pero no en las guerras internas, donde se trata 
de arrojar de casa los enemigos. La presencia del príncipe anima 
los soldados y los obliga á la buena disciplina, porque tienen á 
sus ojos el castigo ó el premio; los leales se confirman en su fé y 
los rebeldes se reducen; los consejos se resuelven y se ejecutan 
antes que pasen las ocasiones, y se emprenden grandes cosas. Si 
los ánimos de algunos rebeldes no están de vuestro gobierno aún 
seguros, por eso mesmo conviene afirmarlos con la reputación, la 
cual se arriesga en no, salir en persona á esta conquista, cuando- 
los españoles con la espada en la mano procuran tiranizarte vues- 
tras plazas, y entonces lo que ahora parece prudencia se interpre- 
tará á flaqueza del espíritu, sólo acostumbrado á lidiar con los 
mesmos africanos. Si os ven armado, os seguirán todos los bajaes 
y belerbeyes, con que no quedará en el África quien pueda oca- 
sionar movimiento. Los tributos empleados en defensa de la coro- 
na y en cobrar la gloria perdida de la nación no causan revolu- 
ciones, sino aquellos que se gastan inútilmente y entre pocos se 
consumen. Por estas y otras consideraciones que á todos se ofre- 
cerán fácilmente, soy de parecer que uséis de la celeridad y de 
vuestra presencia real, moviendo luego vuestras tropas á estas pla- 
zas, cuya reducción á vuestra obediencia poco ó nada podrán du- 
dar, facilitándoos el dominio todo de España; que en tanto que 
esta expedición se ejecuta, yo moveré nuevas huestes, como ya lo 
ha manifestado mi celo en otras conquistas, y unidas con las rea- 
les vuestras, espero de nuestro valor y prudencia y de la justifi- 
cación de la causa, veros absoluto rey de España, donde felizmen- 
te logréis un reino que fué de vuestros mayores.» 

Siguióse el alcaide Alí Benabdala, quien en lo tratado tenia má» 
conocimiento y noticias más individuales de España, con la cerca- 



363 

nía á sus presidios, como capitán general de estas costas, y aunque 
no con menor codicia, vicio indigno de un tan valeroso caudillo, 
luego se ofreció á estas conquistas como criado en las artes milita- 
res del rey Muley Arsi y sus ya pasados tumultos, diciendo: 

«La suprema salud de la república es la conservación del prin- 
cipe, de quien como del corazón nacen los espíritus vitales, y asi 
quien le expone á los peligros lo aventura todo. Si se pierde un ge- 
neral, otro se sustituye fácilmente; pero si se pierde un rey, que- 
dan todos sus reinos reducidos á un caos de confusión. Tu genero- 
sa oferta, oh Rey y Señor, de morir con nosotros, debemos estimar, 
no admitir, porque estando la guerra y sus variedades tan sujetas 
á contingencias, cualquier siniestro suceso en tu persona podia 
levantar movimientos, habiendo muchos que esperan á consultarse 
en los casos con la necesidad y su conveniencia mesma; porque si 
bien fué tu elección recibida con aplauso general, ninguna tan 
quieta y uniforme que no deje una marea sorda en los ánimos, 
como sucede al mar después de la tempestad. La violencia del go- 
bierno pasado, sin premio ni castigo; los tributos impuestos para 
gastos inútiles y supérfluos; la justicia mal administrada y la re- 
ligión ofendida, tiene despreciada ó poco amada la autoridad real, 
y si ahora dejas tu corte y agravas tu reino con nuevas exaccio- 
nes de dinero para los gastos de esta guerra, pasando después á 
España, podría tu ausencia en Marruecos y en Tarudante poner 
en peligro tu antiguo Imperio; y asi parece que no debes, por 
mantener las extremidades, arriesgar el cetro de tu corona, de 
donde han de salir las líneas de socorros y asistencias. Tengo por 
más prudente consejo que yo con mis armas rinda las plazas de 
Ceuta y Alarache, como lo ofrezco, quedándose tu real persona en 
tu corte, donde confirme las voluntades de los vasallos, obligán- 
dolos á que contribuyan para levantar otro ejército con que quede 
reducida á tu obediencia España toda.» 

A este parecer se redujeron los más; aunque no faltó quien se 
conformó al primero. El Rey se mostró agradecido á unos y á 
otros, y los animó con palabras graves y eficaces, y dio orden 
luego á las cosas de la guerra. El alcaide Alí Benabdalá hizo á 
la hora voto solemne á su Profeta de rendir las plazas de Alara- 



364 

che y Ceuta ó perder en sus conquistas la vida. También se dice 
se decretó en este cónclave escribir al Rey de España, nuestro 
Señor, pidiendo la plaza de Alarache la primei'a, con el motivo de 
haberla habido por trato, prometiendo lo mesmo en que Su Majes- 
tad la hubo, y no falta quien asegure que ofrecía libertad á todos 
sus españoles. Unos convienen que esta carta no salió de la Ber- 
bería, otros que llegó á Madrid; algunos lo dificultan, por persua- 
dirse que, entendido Su Majestad en la oferta, entrara en ella, 
advertido en la inutilidad de Alarache, en sus ningunas defensas, 
en sus pocas importancias á las mayores seguridades de España, 
pues á su Estrecho solo bastarán Tánger y Ceuta; los más, aten- 
diendo al crédito de la Corona, primera razón de Estado en los 
reyes, entienden que aun habiendo así sucedido, sólo se debió 
responder con las armas, como se hizo. Unas y otras son voces 
vagas que motivan á que todo parezca verosímil, y todo no lo 
parezca. 

Entendido el alcaide Ali Benabdalá por los cristianos que de 
la plaza de Alarache fugitivos se pasaban á las suyas con más ex- 
presión lo débil de sus murallas y su poca guarnición, pasó á ren- 
dirla, alistando cincuenta mil infantes y cinco mil caballos, con 
buen tren de artillería, la que condujo el alcaide Jameh Jaddú, 
como te diré después, acompañado asimesmo del alcaide Abdalá 
Lelis, ingeniero mayor del reino, para ejecutar las expugnaciones 
que 3'a traían practicadas; ordenando á Abenaiza , general de la 
mar, previniese las armas navales con que costease el Estrecho y 
bordeasen la ensenada de la plaza para embarazar su salida; que 
sólo fué su número dos fragatas y tres embarcaciones menores. Y 
habiendo en los primeros de julio llegado con toda esta preven- 
ción á la ciudad de Alcázar, empezaron las tropas á hacer sus 
correrías por los campos de Alarache, que en nuestro idioma cor- 
responde á un komdre cojo, por haber padecido este defecto el 
árabe que la fundó. Situada riberas del rio Luco, en cuyas playas 
se escribe haber perecido el rey de Portugal don Sebastian, erigien- 
do su sepulcro donde creyó su celo católico formar el mayor teatro 
de sus glorias, fué incorporada por estipendio y contrato que de 
ella hizo su alcaide con el Excelentísimo señor Marqués de la Hiño- 



365 

josa, progenitor de los excelentísimos señores Conde de Aguilar, 
Señorea de los Cameros, el año de 1611 á la Corona real de los 
reinos de Castilla, reinando en ellos el señor Rey don Felipe 
Tercero, de felice recordación ; y consagrada su Mezquita en mo- 
nasterio de San Francisco, religiosos observantes, con título de 
San Antonio de Pádua, él mesmo le dio á la plaza, formó una ca- 
pilla nominada Nuestra Señora de la Cabeza, otra, San Antonio 
de Pádua, tres templos donde se veneró el Dios verdadero, logran- 
do aquellas tierras se le rindiesen cultos á su Criador desde aquel 
su mejor año. Guarnecíanla dos castillos; uno, llamado Nuestra 
Señora de Europa, en la costa de Berbería, componíase de dos ba- 
luartes y medio; sus cortinas de 300 pies y las demás medidas á 
su proporción, que además de ser incapaz su defensa por si, no le 
permitía cortadura alguna, y como tal, no podían en caso necesario 
retirarse á él cincuenta hombres, con la circunstancia de faltarle 
manantial alguno 6 pozo: otro, donde batía el Océano, llamado San 
Antonio, en forma de cuadrado, con cuatro baluartes regulares, que 
sus caras tenían 150 pies, y 200 sus cortinas; los flancos, capaces 
cada uno de jugar no más que una pieza; la fábrica de los dos, bo- 
veada, y como tales, incapaces de plazas de armas y de poder hacer 
cortadura alguna en ellos. El fuerte de Santiago llamado Broque- 
lete, fundado sobre un peñasco, levantados sus parapetos de piedra 
seca, y hecho un terraplén de arena: guarnecíanle quince hombrea, 
Torre del Judío, al modo de las que formaron los moros en España 
cuando la dominaron: ocupábala una centinela que descubría los 
designios del enemigo por la parte de tierra, en donde habiauna 
mazmorra para aprisionar los reos. Reducto de San Felipe; reduc- 
to de San Juan; reducto de la Morena; reducto de Nuestra Señora, 
los cuatro inmediatos al muelle: reducto de Diego de Vera, que 
guardaba la boca del rio; reducto de San Antonio, debajo del cas- 
tillo de este nombre, que servia de segundo fuego; rebellín de la 
Puerta del Campo, sin foso, que sólo servia de cubrirla, incapaz de 
jugar la artillería: no llegaban á prueba de mosquete por partes 
sus parapetos; media luna de la Puerta de la Torre, llamada en otro 
tiempo de la Sangre, por la mucha que se vertía todas las veces 
que por ella había salida, servia de lo mesmo que el rebellín y con 



366 

iguales defectos; rebellín que decían del Muelle, impropia voz, por- 
que sólo era un paredón de piedra y barro sin foso ni otra defen- 
sa; falsabraga, con iguales incapacidades que el rebellín: la circun- 
valación de sus murallas, ó por mejor decir, caducas paredes, era 
de más de 5.000 píes geométricos; los 4.000 incapaces de jugar 
artillería, por no tener terraplén; puerta del Muelle, con tres ras- 
trillos; puerta de la Marina, con un rastrillo; puerta del Campo, 
con dos rastrillos y un puente levadizo; puerta de la Torre, con 
cinco rastrillos; puerta de la Villa, á la plaza de armas; postigo de 
San Francisco, con un rastrillo, comunicábase con la del Muelle; 
postigo de San Antonio, con un rastrillo, su salida á la Marina; 
cuarteles viejos dentro de la villa, capaces de alojar 200 hombres; 
cuarteles nuevos en la plaza de armas, capaces de 400; en las 
bóvedas y garitas de los castillos también se alojaba infantería; 
almacenes dentro de la villa donde cabían víveres para seis meses 
á 10.000 raciones al día; un molino de viento para encerrar 
1.000 quintales de pólvora. Los demás pertrechos se recogían en 
los nichos más cómodos de los castillos; unas veinte casas para 
Gobernador, veedor y demás oficíales. 

Gobernaba esta plaza desde el año de 1685 hasta el pasado de 1689 
el Maestre de campo don Fernando Villorías y Medrano, que 
habia sido capitán de infantería española por veinte años de uno 
de los tercios viejos del principado de Cataluña, de donde pasó á 
servir el bastón de Sargento mayor del tercio de la costa, que ocu- 
pó ocho años después el gobierno de Melílla, al de cuya plaza se 
siguió el de ésta, llamado de Su Majestad , en que sucedió al 
Maestro de campo don Lorenzo de Ripalda, empleos donde, mani- 
festando singulares aplicaciones en el servicio de Su Majestad, 
supo merecer atenciones iguales: Veedor y contador, don Juan 
Ginés de Cabrera Hinojosa, quien con su aplicación y consejo, 
declaró su buen celo y obligaciones: pagador, Sebastian Pérez: 
Sargento mayor, don Alonso Bolínches Galiano, quien entendido 
en los ardides de los árabes, por haber estado entre ellos cautivo, 
y como hijo de la plaza, conociendo su terreno todo, se aplicó á su 
defensa; pues la experiencia, principal arte de la guerra, ha de- 
clarado lo que los antiguos dejaron de declarar, y la autoridad 



367 

del puesto y manejo de las armas es un ministerio que el que no 
ha nacido y criádose para él, con facilidad se ciega Su ayudante, 
don José Gutiérrez; su alférez, Antonio Martínez. De las compa- 
ñías de la dotación era el comandante don Juan Muñoz Bejarano, 
que hallándose ausente en el discurso del sitio, la gobernó su 
alférez Gaspar de Yelbes, natural de Xerez de la Frontera, con se- 
ñalado y conocido valor. Capitán, don Juan Diaz de Cos; su al- 
férez, Juan Pérez de la Hosa: capitán don Santiago de Eguiluz: 
alférez, su hijo Andrés Eguiluz: capitán don Manuel Felipe de 
Chaves; su alférez, Martin Carreño: capitán don Pedro Sarabia; 
su alférez, Francisco Figueroa: capitán don Juan de Torres, que 
por su ausencia, gobernó su compañía su alférez Antonio de las 
Cuevas, con las resoluciones que se tocarán después: capitán don 
Diego de Arce; su alférez, Juan Esteban de Hinojosa: capitán don 
Antonio Cansío; su alférez, Martin de Otalora: capitán don José 
de Salazar; su alférez, Juan González de Ureña: teniente general 
de la artillería, don Pedro Gil; su condestable, José Alanis: cabo 
del castillo Nuestra Señora de Europa, el alférez reformado Fran- 
cisco Gutiérrez: cabo del castillo San Antonio, el alférez reforma- 
do Juan de Chaves: cabo del fuerte de Santiago, llamado Broque- 
lóte, el sargento reformado Andrés Montilla: cabo del reducto 
San Antonio, el sargento reformado Damián Francoso: cabo del 
reducto San Juan, Juan Alonso Bolaños: cabo del reducto de Nues- 
tra Señora, Alonso Cordobés: cabo de la Torre del Judío, el alfé- 
rez reformado Gaspar Montero. Que regulada la infantería de 
estas compañías y vecindad de la plaza, llegan á setecientas per- 
sonas su número, incluyéndose en él más de cincuenta fabrican- 
tes, más de veinte marineros, algunos soldados, que estaban 
señalados al despacho de la veeduría, y distribución de los víveres, 
y más de ochenta mujeres; ésta, gente inútil, y aquélla no desti- 
nada al manejo de las armas. Hallábanse en esta plaza sirviendo 
al tiempo de esta invasión algunos caballeros y otros hombres 
principales, que sus nombres los dirán después los hechos. 

Habia gozado esta plaza algún sosiego unos meses, no corriendo 
sus campañas como en otros las tropas árabes que venían á mo- 
lestarla, armándose en algunos puestos ventajosos, y aunque de 



368 

ellos salían á escaramucear con los católicos, volvían las más veces 
vencidos. Lográbase esta quietud hasta el día 15 de Julio que se 
tocó á rebato, por haber venido hasta cerca del foso cuatrocientos 
caballos con el mesmo número de infantería, los cuales corrían á 
cuerpo descubierto la campaña; y según se ha discuri*ido después, 
debieron venir á reconocer los sitios. Tiróseles veintidós piezas; 
pero ellos se burlaban de sus balas corriendo cuatro horas alrede- 
dor de la plaza. Después de este día no se tocó el alerta de á pié 
ni de á caballo, seña acostumbrada para observar la campaña, 
por no haber descubíértose por la parte de tierras ningún árabe; 
aunque por la otra del rio se observaban muchos caballos; y al 
romper del nombre, algunos más en las primeras Borraceras, pa- 
raje á tiro de mosquete de la plaza, sospechábase serian las guar- 
dias que tenia el rey de Fez en aquellos contornos. Presumíanse 
los antiguos de la plaza que se seguiría á tal silencio alguna 
zozobra, y no turbados sus ánimos con la sospecha, haciéndolos á 
el bien y á el mal unos mesmos, discurrían el heredado deseo de 
los reyes de Fez á Alarache, mayormente en el que ahora domi- 
naba el África, pues su guerrero espíritu la consideraba corta 
empresa; entendiendo de algunos fugitivos que su error, ó su ce- 
guedad, ó su malicia, los pasaba á las tierras enemigas, servirían 
de espías al General de aquellas costas, en particular cuatro que 
se pasaron á nado el dia 14 de aquel mes; uno de ellos experimen- 
tado en la guerra, genízaro de nación, podía incitar los árabes á 
que sitiasen la plaza individuándoles sus flaquezas. Y como las 
más veces salió cierta una sospecha, así sucedió , pues hallando á 
los árabes ya prontos á la marcha, los solicitó, y dio trazas que 
fueron de no poco daño, pues se supo después que una noche habia 
medido la distancia que habia de la muralla y reducto de Nuestra 
Señora á el Revellín y Puerta del Muelle. 

El día 9 de Agosto se tocó á embarcación, que descubrió ser ga- 
barra que navegaba con poco viento, y que de tierra salían otras 
cinco, las dos galeotas que á vela y remo la daban caza. Ad vir- 
tiendo en la plaza que las galeotas y cárabos eran de árabes, 
se armaron con brevedad los dos barcos longos de ella y una 
lancha, y saliendo con la mesma, por la escasez del viento, 



369 

no pudieron lograr más que de cobrar la gente de la gaba- 
rra, que habiéndola desamparado, se salvaron en el bote; y 
aunque los capitanes don Manuel Felipe de Chaves y don 
José de Salazar, cabos que el Gobernador habia puesto en los 
dos barcos, quisieron abordar á las galeotas, no les fué permitido, 
por ser llamados con tres piezas, quedando la gabarra con los 
géneros que conducia en poder de los árabes, bordeando todo 
aquel dia con las mesmas que la apresaron á vista de la plaza. Y 
el inmediato, que fué el de 10, al amanecer, descubrió la centinela 
del castillo Nuestra Señora de Europa una embarcación que nave- 
gaba á la plaza, y poco después se vieron por las costas de Arsila 
las dos mesmas galeotas y los tres cárabos, que á vela y remo se 
inclinaban á abordarla. Ordenó el Gobernador que fuera tocado á 
recoger, y armando los dos barcos con toda solicitud, poniendo 
por sus cabos á los capitanes don Juan Diaz de Cos y don Pedro 
Sarabia, con muy buenos mosqueteros, con bastantes municiones 
y víveres, salieron de la barra, y con buen viento llegaron á la 
gabarra que ya habia pedido socorro con diferentes llamadas, por 
verse ya el patrón, llamado Luis Moreno, á mal partido, pues tenia 
ya á tiro de mosquete las tres embarcaciones pequeñas, y teniendo 
bien dispuesta la gente que conducia para refuerzo de la plaza» 
estaban determinados los capitanes de embestir á los cárabos ene- 
migos; pero siendo llamados de la plaza, volvieron las proas, y al 
venirse, descubrieron hacia el Sudeste una embarcación. Fueron á 
encontrarla, por haber Luis Moreno asegurado que la gabarra 
que con la suya habia empezado á navegar desde Cádiz, cuyo pa- 
trón era Salvador Gómez, habia pasádose y perdidoso luego de 
vista, la qne reconocida entonces, vinieron convoyando hasta de- 
bajo del castillo San Antonio, donde dieron íondo, quedando esta 
noche las embarcaciones fuera, por haber andádose bordeando las 
enemigas. El dia 13 entraron treinta y seis soldados, los que las 
dichas gabarras desembarcaron, que venían á servir la plaza ma- 
nifestando en ella sus resoluciones. 

El dia 14, primero del sitio, dispararon al amanecer una pieaa, 
cuya bala cortó la jarcia de una de las gabarras, y desvanecida 
una densa niebla que oscurecía la campaña, se observaron en ella 
Tomo CVI. 24 



370 

tres baterías de fagina y estacas en la primera Borracera, donde 
se vio una tropa de árabes, á los que disparó algunas piezas el 
castillo de San Antonio y el reducto de San Juan. A este tiempo, en 
el castillo de Nuestra Señora de Europa descubrió la centinela del 
ángulo flanqueado que miraba á la campaña, una línea que tenia 
su principio de la Dula, (un terreno ventajoso así llamado, distan- 
te á un tiro de escopeta de la plaza). Tocóse á recoger, y á las ocho 
estaba coronada la muralla. Ni tardó mucho en descubrirse el ejér- 
cito enemigo, repartido en dos cuerpos, ambos en número de 20.000 
infantes, armados de escopeta y alfange, y entre ellos, 6.000 alar- 
bes con azagayas. Hicieron gala de sus escuadrones en los cerros 
de la Higueruela, los que distaban más de tiro de cañón, haciendo 
lo mismo por la parte de tierra este otro cuerpo; y ambos á un 
tiempo dieron dos descargas, y con vocerío que asordaban el aire 
fueron bajando por el pozo de Almanzor, donde alcanza una bala 
de artillería, 4.000 escopeteros con ocho banderas de diversos co- 
lores; y á pesar de las muchas que disparó el castillo y lienzo de 
San Antonio, reducto de San Juan y de Diego de Vera, se man- 
tuvieron en un gran trincheron, de donde comenzaron á escope- 
tear la plaza, no dejando de tirar muchos cañonazos, cuyas balas 
«ran de á 12 y de á 18, en tanto que los que sitiaban por la parte 
de tierra, molestaban la plaza con escopetería y artillería. Levan- 
taron por la mesma 400 tiendas en una eminencia junto á las 
huertas, las que distan una milla de la plaza, viéndose entrar por 
el Alcornocal (bosque conocido de los sitiados por las veces que 
les habia dado providencia), algunos trozos de caballería, por lo 
que se juzgó hiciera morada en él, cuya sospecha fué cierta. Al 
disparar los árabes el primer tiro de artillería, se vieron salir sus 
armas navales, dando fondo á la boca de la barra y plantando en 
las Borraceras sus tiendas y pabellones en número de 500, entre 
las que habia algunas sobresalientes. 

Hallóse á poco más de las nueve sitiada la plaza por tierra 
y por mar, en donde mi Gobernador ordenaba todo lo nece- 
sario para una buena defensa, sacando de los almacenes pól- 
vora, balas, mosquetes y chuzos, proveyendo todos los cuer- 
pos de guardias de granadas, carcazes, ollas de fuego, lam- 



371 

piones, jachotes y otros pertrechos; fortificando á la circunvala- 
X5Íon de la plaza sus parapetos con cuartones y toda la piedra 
que se pudo recoger; tapando algunos portillos, reparando las 
troneras, igualando el terraplén de las baterías y mandando se 
arrancasen todas las hortalizas para que no se vertiese el agua en 
su riego. Acertadas prevenciones y muy pronta su ejecución. Pu- 
siéronse para celebrar el santo Sacrificio de la Misa algunos alta- 
res en diferentes puestos á disposición del M. R. P. Fr. Alonso 
Solís, guardián del convento del patriarca San Francisco, y de sus 
cuatro observantes religiosos los M. Rs. Ps. Fr. Marcos de Aven- 
daño, Pr. José de Martes, Pr. Juan Muñoz y Fr. Gaspar González, 
concurriendo todos á todo con señalado celo; debiendo anotar aquí 
el del M. E.. P. Fr. Marcos, pues con ánimo bizarro y desvelo re- 
ligioso, llevado de unos católicos impulsos, acudia á la muralla el 
primero como un particular soldado, dando repetida molestia á 
los árabes, derribando muchos de ellos con la habilidad de lograr- 
la de tirador perfecto, y advirtiendo la infantería con tibieza, oca- 
sionada de tener los más lastimado el hombro y pecho por el mu- 
cho disparar muchas veces, desbarató su hábito para que de él for- 
masen almohadillas, animándolos y consolándolos con su valeroso 
ejemplo y saludable consejo á no desmayar. Divinas y humanas 
diligencias con que lograba seguridades en el nombre interior y 
exterior. No es el primero en su religión por quien los árabes han 
experimentado su estrago, pues no sólo solicitó con sus armas la 
conquista de Oran el señor don Fr. Francisco Ximenezde Cisne- 
ros, Cardenal arzobispo de Toledo, si no con su virtud también y su 
continua oración, deteniendo como otro Josué el sol, dio tiempo 
al que bastó á rendir aquella plaza, apareciéndose después á su 
defensa en diferentes opósitos con que la han intentado invadir 
los árabes. 

No dejaba la escopetería enemiga de tirar por las dos par- 
tes, entrando en la línea que la noche antecedente habían em- 
pezado á tirar por la Dula cerca de 2.000 árabes, siendo cosa ma- 
ravillosa verlos salir por la parte del río de sus trincherones y 
baterías, y á cuerpo descubierto, no embarazándoles la multitud 
de balas, así de mosquete como de artillería que recibían, á dejar 



372 

de hacer en la lengua del agua parapetos de arena, de donde, cu- 
biertos, daban cargas repetidas; aunque las Providencias divina» 
no permitían fuese ofendido ninguno de los católicos, cuando ge 
advertían caer grande número de árabes en la arena, donde te- 
nían arbolados siete estandartes. A más de la iina se vieron venir 
por el río seis lanchónos, los que dieron fondo por bajo de Alara- 
che el viejo, que distaba del nuevo casi dos millas. Bien se discur^ 
rió que fueran para comunicarse ambas tropas. No cesó la artille- 
ría y armas católicas de tirar todo este día, con considerable daño 
de los árabes. Toda esta noche se estuvo con todo recelo, y con 
igual prevención se desembarcó alguna cantidad de bizcocho. Dis- 
paró la plaza este día 140 tiros de artillería. En la Puerta de la 
Marina quedó abierta una pequeña brecha de bala de artillería 
enemiga. 

Aún no hubo amanecido el día 15, cuando se observó habiaU 
mejorado los árabes sus baterías, no descuidándose en jugar la 
artillería con las de á 12, 18, 25 y 36 de calibre, muchas de ellas 
palanquetas, arruinando una algo de la garita del reducto de Diego 
de Vera, donde fueron heridos el alférez Antonio de las Cuevas y 
Antonio de Morales, patrón de la gabarra que cautivó el día 9 de 
este mes, y un soldado. Otras muchas llegaron sin ofender. Advir- 
tióse la línea que empezaba de la Dula, y se vio engrandecida más 
de 50 varas. A las 9 se descubrieron en Santa María, que distaba 
un tiro de cañón punto en blanco de la plaza, unos 400 árabes; 
disparóseles desde el castillo Nuestra Señora de Europa, cuyas 
balas los hicieron desalojar, volviendo á sus trabajos después á la 
deshilada, no cesando de llevar adelante la línea, avanzando asi- 
mismo en la plaza, de manera que llegaron hasta la lengua del 
agua, donde la mosquetería hizo grandes estragos. A las 1 1 fué 
atravesado un soldado por las sienes de una bala escopetera, y 
echaron una de las dos gabarras á pique de un cañonazo, que, re- 
conocido mi Gobernador el estrecho sitio que se esperaba, determi- 
nó avisarlo á España, á cuyo fin llamó á consulta á los capitanes, 
donde se determinó alistar uno de los barcos con la marinería de 
las gabarras y escribir al Rey, nuestro señor, á mi general el Ex- 
celentísimo señor Conde de Aguilar, pidiéndole, como protector de 



373 

aquella plaza, socorro y fuerza de gente, quien solicitó sus defen- 
sas con las grandes aplicaciones que te contaré después. 

Estando en la consulta, dieron aviso que los árabes avanzaban 
por el lienzo del campo; pero no siendo así, se sosegó el alboroto. 
Salió á más de la media noche el barco, muy arrimado á las peñas, 
con gran silencio, por no ser sentido de los enemigos, cuyo cabo 
fué el alférez don Francisco Figueroa á quien se le entregaron loa 
pliegos. Esperábase el buen éxito del aviso, por llevar viento fa- 
vorable el barco y ser oscura la noche; aunque era peligrosa su 
salida por haber de navegar entre las embarcaciones árabes que, 
como ya te dije, tenian cogida la barra, previniendo á los centi- 
nelas no pasasen alerta de embarcación, aunque la descubriesen 
lejos, por excusar el riesgo á la que salía. 

El día 16 fué mucha la artillería y mosquetería que se jugó de 
ambas partes. Fué observado el gran trabajo en que habían ade- 
lantádose aquella noche los árabes, pues fortificándose á orilla 
del agua con cestones, entre los que tenian un pedrero, y por la 
parte del campo sobre la Dula, un fortín terraplenado de estacas, 
y otro algo mayor en los arbolillos inmediatos á la Dula, que por 
su forma y distancia fué creído ser batería, no cesaban sus traba- 
jos. Por la Fuente grande habían corrido otra línea de 200 pasos 
que venia á unirse con la que habían tirado desde la Dula. A 
las 8 se vio bajar por las Borraceras con bandera de paz un ára- 
be, á cuya vista no cesaron las armas católicas, por haberlo man- 
dado así mí Gobernador, hasta tanto que los enemigos abatiesen 
todas sus banderas y estandartes, que ejecutaron así. Llegado al 
más próximo ataque del río, fijó el blanco estandarte en sus are- 
nas, de donde salieron dos árabes muy lucidos, diciendo pasase al- 
guno de los de la plaza á hablarles, y entrando en la lancha el ca- 
pitán reformado don Juan Rodríguez Facundo que sabia el idioma 
arábigo, el ayudante don José Gutiérrez y don Bernardo Joaquín 
de Andrade, intérprete de la plaza, á quienes dijeron diesen á su 
Maestre decampo una carta de parte de su General, fuéles res- 
pondido la dejasen en la arena, lo que no debieron querer hacer, 
por entender sería falta de atención á su caudillo, y llamando á 
uno de los suyos, entró en el agua y dio Ja carta que recibió el 



374 

ayudante, y volviendo la lancha, la entregó á un Sargento mayor^ 
quien llevándola á mi Gobernador, fueron llamados por su orden 
todos los religiosos y capitanes, y leido su sobrescrito que decía: 
Al Excmo. Señor don Fernando Villorías y Medrano, guarde el 
poder del grande Alá, Gobernador de Alarache, se abrió su nema 
y fué su tenor el que sigue: 

Excelentísimo Señor: 

Habiendo sido Alarache y sus fuerzas de los moros del Arabia, 
y después de los católicos de España, por haber estado dividido el 
poder del África, reducida ya á la obediencia de Muley Ismael, mi 
Señor, Rey de Fez, Emperador de Marruecos, me tiene dada orden 
la rinda, cuya promesa tengo hecha á mi Dios y á mi Rey que la 
observaré, no descansando en mi casa hasta vencer ó morir; 3' aten- 
diendo á la correspondencia que siempre he tenido con vuestra 
Excelencia, le aviso que, de no dejarla luego, me tiene ordenado el 
Emperador, mi señor, que por cada vasallo suyo que muera, quite 
á 100 católicos la vida, pasando á más rigores después, que ejecu- 
taré con el poder de un solo Alá, á quien pido guarde la vida de 
vuestra Excelencia. — Campo de Alarache, en 20 de Jobal de 100. 
B. L. M. de vuestra excelencia su mayor servidor: El alcaide 
Ali Benabdalá. 

(Excelentísimo Señor don Fernando Villorias). 

No siendo menos preciso en la guerra la dirección que las armas, 
y nada hace á un general más glorioso que sujetar sus dictáme- 
nes, pues son las artes de la guerra tan dilatadas y tan diversos 
sus efectos que un juicio solo no los puede comprender; y si bien 
se considera, se engañan en pensar muchos que es mayor acierto 
obrar por sí solo que consultar, porque aquél es oficio de los mi- 
nistros, éste de los principes; si bien el saber elegir los consejos 
no ha menester menos sabiduría que el darlos. Disculpado queda 
el General en los sucesos siniestros, cuando los deja considerar 4 
los otros. Oida esta carta, sin dilatarse en discursos la lealtad de 
tan valerosos vasallos, fué á la hora así respondida: 



375 



AL EXCELENTÍSIMO SEÑOR ALI BENABDALÁ, 

ALCAIDE Y BAJÁ DE TETUÁN Y SUS JURISDICCIONES , CAPITÁN 

GENERAL DE LAS COSTAS DE ÁFRICA, GUARDE DIOS MUCHOS 

AÑOS. EN EL CAMPO DE ALARACHE. 

Excelentísimo Señor: 

Ea vista de la carta de vuestra excelencia que acabo de re- 
cebir, debo responderle que la manutención y defensa de esta plaza 
me la tiene encargada el Rey, nuestro Señor, que Dios guarde, y 
sin su real mandato, no desistiremos alguno de los que en ella es- 
tamos de sacrificar gustosos nuestras vidas en honor de ambas 
Majestades. — La Divina guarde á vuestra Excelencia como de- 
seo. — San Antonio de Alarache á Ifi de Agosto de 1689. 

B. L, M. de vuestra excelencia su mayor servidor, don Fer- 
nando Villorías y Medrano. 

(Excelentísimo Seíior alcaide Ali Benaidalá). 

Suspensas tuvo esta novedad las armas dos horas; pero aún no 
fué abatida la bandera de paz y arbolados sus estandartes, cuando 
fué innumerable el fuego que ocasionó la artillería y mosquetería 
católica, correspondiendo la agarena con exceso. Continuaban sus 
aproches y sus trabajos en la línea que iban tirando para circun- 
valar la plaza. Viéronse á las cuatro de la tarde bajar más de .500 
tiendas desde las huertas á la falda del monte, dejando en él 
las 200: también se vieron aumentadas las de las Borraceras, que 
tenían plantadas en la angostura. No cesaban unas y otras baterías, 
y logrando la de los enemigos sus tiros en parajes descubiertos, 
como plaza de armas, la mayor parte del recinto, bajada á las huer- 
tas y otros, no se retiraron más que tres soldados heridos. Previ- 
niéronse algunas faginas para poder comunicarse con el cuerpo de 
guardia del muelle sin tanto peligro. Salieron esta noche á la ma- 
rina Miguel Fernandez y Antonio Caballero, alférez reformado, 
con alguna guarnición, á solicitar introducir los 'socorros que ha- 
bían quedado en las gabarras, desde donde advirtieron entre la» 



376 

peñas un árabe á quien intentaron darle alcance; pero acompañado 
de otros, se pasaron á nado á las Borraceras, y reconociendo los 
cables de las gabarras, los hallaron safo el uno y el otro cortado. 
Sacaron todos los pedreros; pero poco bastimento; diligencia que 
se procuró hacer con gran silencio, por el riesgo que corria si fuese 
del enemigo sentida. Observó el castillo Nuestra Señora de Europa 
que las lanchas de los árabes pasaban con faroles de un campo á 
otro; repitiéndolo seis veces, juzgóse conducían nuevos refuerzos. 
También se procuró embarazar los aproches á la puerta del cam- 
po, á cuyo efecto no cesó la artillería y mosquetería en toda aque- 
lla cortina. 

El dia ]7, que empezando la artillería enemiga á tirar á la pla- 
za, y respondiéndose desde ella con la misma, se advirtió hablan 
concluido la noche antes la primera línea de circunvalación que 
oprimía el campo desde la Fuente Grande á la Dula, desde donde 
á las 9 .dieron una carga cerrada de escopetería, por la que se 
discurrió ser más de cuatro mil los que guarnecían este cordón, á 
quien en tanta manera ofendía la mosquetería y arcabucería de la 
plaza, que no les permitía ni aun sacar las escopetas de sus para- 
petos; embarazo que fué el bastante á que no dañasen tanto sus 
balas, antes lastimándose asimismo las de los parapetos del cam- 
po, llegaban á las Borraceras, y las de estas llegaban á los de 
aquél. A las 10, ordenó mi Gobernador se publicase al son de 
cajas un bando en que, en nombre de Su Majestad, alzaba el des- 
tierro á todos los que se hallaban en el sitio , con perdón general 
de todo género de delitos, y que cualquiera, al octavo dia, sería, 
sin más servicios, admitido á pretensiones; y aunque esta esperan- 
za alentó á los más, no á algunos, pareciendo impracticable, re- 
tirado el enemigo, poder volverse á España todos, en donde se 
discurría no haber infantería pronta, que luego viniese de guar- 
nición; que aquella era máxima antigua de generales, quienes en 
tales casos suelen ser ligeros en prometer, ó ya sea por fervor de 
su generosidad, ó por facilitar sus designios, ó por alentar omi- 
siones; y después del caso, ó se olvidan de la promesa, ó no la 
pueden dar cumplimiento. Pero á lo neutral de estas dudas des- 
pués desempeñaron las evidencias , pues consultada esta resolu- 



377 

cion con el Rey, nuestro Señor, no sólo la juzgó acertada Su Ma- 
jestad, sino que, confirmándola su generosidad, prometió nuevas 
mercedes. Decreto que sirvió á animar no poco, pues nada alienta 
más á un soldado que la esperanza de un premio. Porque propu- 
so Saúl dar á su hija por mujer al que combatiese con el gigan- 
te Goliat, no le pareció á David mucho ponerse á cualquiera riesgo 
por aquel premio. Porque echó un bando David de hacer capitán 
general al primero que acometiese á los jeucedos, que eran sus 
más esforzados enemigos, no dudó Jacob de poner á peligro tal 
su vida, y entrándose por picas y lanzas, á costa de su sangre, 
alcanzar aquella honra. Lo mismo repiten todas las historias hu- 
manas: la esperanza es la que todo lo suaviza, y como es gran 
tormento no tenerla, así es gran gozo lograrla. El castillo San 
Antonio desencabalgó este dia una pieza al enemigo , y éste rom- 
pió ia cureña de otra en el reducto de San Juan, quedando dos 
soldados heridos. A las 1 1 , se vieron venir de Levante las ga- 
leotas que se levaron luego que entendieron haber pasado aviso á 
España, y dieron fondo de nuevo en la boca de la Barra. A la 
tarde fué sacada la pólvora del Molino de viento, por correr algún 
riesgo de la artillería enemiga; condujese á un cuarto bajo de mi 
Gobernador, quien determinó enviar nuevo aviso á España, para 
lo que estuvo toda la tarde escribiendo al Rey nuestro Señor, y al 
Excelentísimo señor Conde de Aguilar, cuyos pliegos entregaron 
á Luis Moreno, patrón de una de las dos gabarras, quien salió 
en una lancha, con todo silencio, á la media noche. 

Llegado el dia 18, se advirtió que habían perfeccionado en la 
noche un reducto, formado de faginas y estacas en los pozuelos 
que llaman del Maestro de Campo, un tiro de escopeta de la pla- 
za. También habían levantado en el cerrillo de la Puente Grande 
un trincheron de estacas y fagina en forma de medía luna, y 
aunque la artillería del castillo Nuestra Señora de Europa y 
Torre del Judío no cesaba de jugarse, deshaciendo las trincheras 
de los árabes, y matando gran número de ellos que conducían fa- 
gina del alcornocal, no por tanto peligro dejaban de introducir 
en las líneas más de tres mil faginas, aumentando sus aproches, 
sin poderlas embarazar la corta infantería de la plaza, pues 



378 

por su falta, muchos puestos suyos estaban sin guarnición , y con 
tan gran número de agarenos y tan escaso de católicos, no deja- 
ban éstos de solicitar salidas, con que imaginaba su valor oponer- 
se á aquéllos, que ejecutara, si no lo embarazara la autoridad y 
acertada prevención de mi G-obernador. En k guerra importa más 
la cabeza que las manos: más veces han muerto los hombres 
leones, que los leones hombres. No es tan esforzado ni tan forzudo 
el hombre como el león; pero es animal más astuto; por esto ha 
vencido más veces, por esto ha sido menos vencido. La gentilidad, 
entre otras maneras de sacrificios, tenia una de la más copiosa, que 
era llevar animales de 100 en 100, todos de una especie, que fuesen 
sacrificados al pié del Ara. Este sacrificio hace al príncipe ene- 
migo el General que pelea con más determinación que consejo. 
Coronóse esta tarde la Sauceda, una cortina llamada así de algu- 
nos pedreros sacados do las gabarras, y esta noche se repararon 
las pocas ruinas que ocasionó la artillería enemiga en el reducto 
de San Juan y Muralla de la Marina, y se sacó de las gabarras 
el bastimento que, sin ser sentidos, se pudo. 

Apenas se rompió el nombre en la plaza el dia 19, cuando el 
enemigo saludó con cargas cerradas, por lo que se vio iba aumen- 
tando la artillería y perfeccionando las baterías de las Borraceras, 
esperando pondría otras con brevedad. Por la parte del campo ha- 
bían empezado nueva línea de circunvalación, más cercana á la 
plaza, sacando su principio por los pozuelos de la Fuente grande; 
formado un ataque en derechura al ángulo flanqueado del castillo 
Nuestra Señora de Europa, distante de su foso 80 pasos, y otro so- 
bre los huertos, de donde la escopetería daba no poca molestia. A 
las 9 desbarató la casa del capitán don Antonio Pérez Cancio una 
bala de artillería, cuyas ruinas enterraron y no ofendieron á su 
mujer y sus hijos, debiendo al cuidado de don Juan Manuel Estu- 
piñan Doria uno de ellos la vida. Fueron hechos para sus defen- 
sas varios parapetos en muchos parajes, los que facilitasen las co- 
municaciones y las seguridades de los soldados en las murallas. 
La de San Francisco se coronó de pedreros, por ser difícil en ella 
el jugar artillería. La del castillo Nuestra Señora de Europa hizo 
notable daño al enemigo, que viniendo con faginas, le obligó laa 



379 

condujese de noche, lo que entendido en la plaza, fué asestada la 
artillería de este castillo y la de los reductos San Felipe y San 
Juan, al muelle viejo y á loa huertos á donde traia señaladas sus 
lineas. Por ser muy superior la casa del capitán Santiago de Egui- 
luz, fueron puestos algunos escogidos mosqueteros para ofender á 
los que perfeccionaban sus ataques en las Borraceras, de donde se 
jugó este dia gran número de artillería, de cuyas balas, una de 
á 40, maltratando el hospital, quedaron los heridos maravillosa- 
mente ilesos. Esta noche se abrió la Puerta de la Marina para pro- 
veer la plaza de agua salada que sirviese á sus gastadores, y al 
salir mi sargento mayor con 17 soldados, observó en la plaza al- 
gunos árabes ocultos entre las peñas; y aunque intentó apresar al- 
gunos, fué diligencia inútil, por haberse ellos arrojado al agua^ 
quedándose don Bernardo Joaquín de Andrade con singular reso- 
lución aquella noche y toda el dia inmediato en una de las gabar- 
ras para introducir en la plaza lo más que pudiera de lo que en 
ellas había. 

El dia 20 se reconoció habían añadido en las Borraceras algu- 
nos estandartes en sus trincheras, y por la Fuente grande, algunos 
cestones terraplenados que cubrían los que por la línea venían. No 
fué este día tan continuada la escopetería y artillería agarena. No 
dejaba la católica de tirar para arruinar los trabajos enemigos; 
aunque en vano, porque los ataques y trincheras que tenían per- 
feccionadas, resistían las baterías. A las 4 de la tarde se vieron 
por los salados del río más de 3.000 árabes, que conduciendo del 
alcornocal maderos, los dejaban inmediatos á las Borraceras, á 
quienes tirándoseles algunas piezas, hicieron en ellos sus balas 
un grande estrago. Condujéronse esta noche de las gabarras á la 
plaza algunos víveres con el mismo peligro. 

Continuaban sus aproches los sitiadores con aplicación y traba- 
jo, pues se observó el dia 21 otra línea, la que dirigían desde el 
muelle viejo á la conjunción de la que circunvalaba la plaza. En la 
eminencia de la Fuente grande, dos fortines formados de gruesas 
estacas en forma de medias lunaa, y en los pozuelos de esta fuente 
un parapeto de cestones terraplenados, los que deshizo la artille- 
ría católica. Siempre iba en aumento la agarena, pues dispararon 



380 

ocho piezas juntas, habiendo hasta este dia batido la plaza coa 
cuatro; fortificábanse en la playa con nuevos ataques, y continua- 
ban sus trabajos tan cubiertos, que era casi imposible estorbárse- 
los. Habiendo abierto mi Sargento mayor la Puerta de la Marina 
esta noche, reconoció venir siete árabes nadando, los que entrán- 
dose en una gabarra, intentaban llevarse los bastimentos, á los 
que dispararon los católicos, logrando su retirada, y arrojándose 
al agua Juan Benitez de los Reyes, condujo con resolución una 
pipa de vino á tierra. 

El dia 22 se vio nueva bateríu en el arenal, la que se componía 
de una pieza de 18, con la que no cesaban de batir, no dejando 
por la parte del campo sus trabajos, introduciendo en sus ataques 
gran númerodefaginas.Viéronse pasar por los salados más de 2.000 
árabes, de los que rindió muchos la artillería del castillo de Nues- 
tra Señora de Europa. Esta noche se formaron en la plaza varios 
parapetos, muy útiles á su defensa, y á las once se vieron pasar dos 
lanchas enemigas á la Marina, arrojando en ella algunos árabes, 
que introducidos entre las peñas, intentaban cortar los cables de 
las gabarras, á los que desalojó la artillería del castillo de San 
Antonio, quedando coronada de lampiones toda la cortina de Ma- 
rina. 

Llegado á Cádiz con brevedad el alférez don Francisco Figue- 
roa, quien, como ya te dije, habia salido el dia 15 de Alarache, 
entregado el pliego de mi Gobernador al Excelentísimo Señor don 
Rodrigo Manuel Manrique de Lara, Conde de Aguilar y de Erigi- 
liana, Señor de los Cameros, Marqués de la Hinojosa, Conde de Vi- 
Uamor, gentil hombre de la cámara de Su Majestad, capitán ge- 
neral de la armada real del Océano y de las costas y ejército de 
Andalucía, no turbado su grande ánimo con tal invasión, advir- 
tiendo sus continuas experiencias, único origen de los aciertos, que 
del bueno ó mal semblante de los superiores se siguen los inferio- 
res, su más 6 menos valor, la avisó á la hora con extraordinario á 
Su Majestad, y usando los dos bastones á un tiempo, aprontó nú- 
mero de infantería, armas, pertrechos, víveres y municiones, y 
cuantiosas cantidades para socorrer los sitiados, hasta las preven- 
ciones menores; y al mismo tiempo armas navales, que conducien- 



381 

do las auxiliares, desembarazasen de las enemigas á la barra de 
Alarache; no siendo la menos digna observancia este suceso, ha- 
ber pedido socorro una plaza sitiada, y ser su respuesta el mismo, 
pues se descubrieron á hora de las nueve de este dia 23 dos baje- 
les, otros el inmediato, y después toda la escuadra del General don 
Nicolás de Gregorio, quedando Su Excelencia en Cádiz solicitando 
asistencias mayores, donde á todos persuadia seguridades, á todos 
aseguraba confianzas, y á todos prometía iguales satisfacciones. 
Tales aciertos se logran, cuando las armas gobiernan la sangre y 
las experiencias. Para estar bien ordenado un ejército, ha de ser 
su caudillo de sangre, de valor, de experiencia y de juicio; que lo 
gobierne sin él, estará como sin ojos un cuerpo. Cual era el color 
de las varas de Jacob, tal era el que sacaban los corderos que na- 
cían; del color de las costumbres de los que gobiernan es el de los 
que obedecen. Para manejar las armas, se deben elegir hombres á 
quienes hayan formado la guerra y sus experiencias, para que 
haga en ellas iguales efectos su valor y su juicio; porque como en 
el cuerpo humano no todos los nervios bajan de la cabeza, y se 
gobierna el cuerpo con ellos, así en el ejército no todo puede bajar 
del General. Mucho deben hacer los cabos por sí; por esto debe Eer 
tan pensada su elección. Desde que el señor Conde entró á gober- 
nar las armas, con su asistencia cobró alientos la virtud, gozó de 
constancia la justicia, la pobreza de socorros, la humildad de va- 
limientos; hallaron en su protección los perseguidos, asilo; las 
inquietudes, sosiego; confusión, la emulación; temores, la corte- 
dad. En estas y otras prerrogativas insignes siempre se ha decla- 
rado émulo de sus progenitores reales. Mucho debieron los sitia- 
dos, de resoluciones, á su celo; á su atención, de esperanzas; á sus 
influjos, de premios. Tal es la verdad, que, como dijo Oracio, diez 
veces repetida no cansa, y como la verdad sea objeto del entendí' 
miento, faltando ésta, no es posible sea obra del entendimiento 
este escrito. ¡Dicha filé tener en él por escudo, sin costa de des- 
velos, á la verdad! 

Luego que descubrieron los dos navios, las galeotas se levaron, 
volviendo sus proas á Arsíla, y los sitiadores rehicieron todos 
sus ataques, bajando número de 6.000 escopeteros del pozo de Al- 



382 

manzor con ocho estandartes, los que fijaron en un parapeto que 
formaron en término de una hora; y sin temer los peligros, ni hor- 
rorizarlos tantos cadáveres de los suyos, á pecho descubierto, ae 
vieron coronar la playa toda. 

Desatracáronse los botes y lanchas de los navios, y dirigieron 
sus proas á la barra para descubrir los motivos del enemigo, lo 
que advertido por mi Gobernador, ordenó al capitán don Diego de 
Arce les significase sus riesgos desde el fuerte de Broquelete, y 
aún no hubieron llegado al primer banco, cuando les dispararon 
las baterías de las Borraceras cinco piezas, con que cubiertos de 
agua, advertida la imposibilidad, se volvieron, y los árabes aboca- 
ron toda su artillería á la barra y á la marina. 

En tanto el celo de mi Gobernador se aplicaba á la mayor segu- 
ridad de la plaza, y menores riesgos en la marina, porque en esta 
ae facilitase más la introducción del socorro, y aquella estuviese 
más defendida. La nave que está sobre un áncora no está segura; 
la que está sobre dos, está más firme; si se anega, no es omisión de 
piloto, sino diligencia de los vientos, que ventando porque Dios per- 
mitió que ventasen, se perdió porque Dios permitió se perdiesen. 
Ordenó al capitán reformado Juan Rodríguez Facundo que con 25 
infantes embarazase en la falsabraga el paso que intentaban los 
enemigos á las peñas de Broquelete; y para oponerse á cualesquier 
intentos suyos en la marina y asegurar los socorros y armas auxi- 
liares que esperaba por horas, señaló 25 de los de más pública 
resolución y conocido valor, que habiendo verificádose en ellos el 
axioma de que las más veces convienen los nombres á las acciones 
célebres de vencer, los de don Juan Manuel Estopiñan Doria, don 
Diego de Cárdenas Portocarrero, don Alonso Pérez de la Peña, 
don Fernando Riojas, don Luis Dávila, don Francisco de Vargas, 
don Juan de Pineda, don Francisco de Zúñiga, don Francisco 
Masón, don Juan de Sandoval, don José Valdés, don Francisco 
Manzanares, el alférez don Andrés Cerezo, el sargento Antonio 
Parra, el cabo de la caballería Antonio de Paiba, Juan Benitez de 
los Reyes, Francisco Galán, Juan Roque, Blas de los Santos, Sil- 
vestre Pérez Solís, Diego Bravo, y por su cabo el alférez Miguel 
Fernandez; y como es política de la guerra, elegir los puestos más 



383 

arriesgados y dejar los seguros, porque en ella el que más pierde 
más gana, muchos de ellos pretendieron este riesgo y solicitaron 
este peligro, en el que los unos perdieron la vida entonces, y des- 
pués los otros, muriendo gloriosos en la plaza y en la cautividad, 
en aquélla sitiados y perseguidos en ésta. A tan gigantes resolu- 
ciones son pigmeos los mayores elogios. Muchas veces he de repe- 
tir sus nombres, muy pocas sabré explicar sus blasones; siempre 
quedaré desconfiado y nunca desempeñado, debiendo decir de cada 
uno lo que Tertuliano dijo del antiguo Hércules, que fué menor su 
gloria que su grandeza. No obraron con menor valor los que nom- 
bró para recebir los víveres y pertrechos, hasta el número de 100, 
gobernados por diez cabos de escuadra, diferentes cada noche, á 
cuya diligencia y trabajo personal todo se introducía en la plaza. 

También ordenó al capitán don Diego de Arce pasase en una 
lancha á bordo de la nao Santo Tomás, capitana de la escuadra, á 
cuyo general don Nicolás de Gregorio informase el estado de la 
plaza, lo aumentado de su sitio y el más seguro modo de socorrer- 
la. Sintieron las trincheras enemigas y le tiraron alguna escope- 
tería, de la que no fué ofendido, y no temiendo á nada los árabes, 
se introdujeron esta noche en las peñas de la falsabraga, mante- 
niéndose en ellas á pesar de las machas granadas y escopetería que 
se les arrojó y se les disparó. 

A las dos de la madrugada del dia 24 entró, sin ser sentida de 
los árabes, la lancha, dando el capitán don Diego de Arce entera 
relación del socorro. Advirtióse prolongado el parapeto de la playa 
y los trabajos de la parte del campo; por manera que para llegar 
la segunda línea de circunvalación c\.e mar á mar, aún no faltaban 
40 pasos, habiendo perfeccionado algunos ataques capaces de pe- 
lear 100 infantes con algunas líneas de comunicación. 

Descubriéronse en las peñas de la falsabraga á hora de las 10, 
dos árabes, de que avisado mi Grobernador , ordenó se saliese á 
cautivarlos, y previendo que entre las peñas se podrían encubrir 
más de 300, dispuso pasase á nado don Bernardo Joaquín de An- 
drade, á cuyo cuidado fió el descubrir si podía ó no ser alguna 
celada; que ejecutándolo á todo riesgo, volvió asegurando no ha- 
ber visto más que 14 ó 16. Con esta noticia ordenó á los 25 seña- 



384 

lados y al sargento Luis Antonio Volante, el sargento Andrés 
Montilla, el cabo de escuadra Pedro Carrero, Alonso Barrientes, 
soldado de la compañía de don José de Salazar, que los sacó para 
este fin de sus puestos, saliese á desalojarlos ó aprisionarlos, y 
ejecutándolo así con señalado valor, aún no fué reconocida su sa- 
lida por Broquelete, cuando previniéndose los árabes, lo recibie- 
ron con una carga cerrada, á quienes arrojándose con resolución, 
durando más de media hora la disputa, los hicieron los católico» 
retirar, siendo tan sobresaliente su número, quedando en la cam- 
paña seis de ellos muertos y uno cautivo, que fué introducido en 
la plaza con todos los despojos, por los que se reconoció ser de los 
de las tropas enemigas, no de poca estimación, y por haber vuel- 
to á las peñas el alférez Andrés Cerezo, que cortando la cabeza ¿ 
uno de los seis, viéndola el cautivo en la plaza, lastimándose, di6 
á entender haber sido no de poca atención el degollado. Alborota- 
do todo el campo enemigo con esta resolución, fué innumerable el 
fuego que disparó el dia todo, no habiendo quedado más que un 
soldado muerto en la plaza. 

Descubrieron los castillos embarcaciones, las que se contaron 18 
con tartanas, gabarras y barcos longos, á cuya vista, desampa- 
rando algunos de los árabes sus trincheras, por entender que los 
católicos, desembarcándose en ellas, los desalojarían, los redujo su 
caballería con alfanje en mano á sus puestos, y con nuevos escua- 
drones los reforzó, á quienes maltrató no poco el fuego repetida 
de la plaza. 

Llegada la noche y la hora de introducir los socorros, ejecutó 
un muy acertado ardid el general don Nicolás de Gregorio, que 
fué el de enviar sus lanchónos, guarnecidos de infantería, hacia 
Mexillones, que distaban una milla de la plaza, á fin de divertir 
los enemigos, como sucedió, pues estuvieron escopeteándose todo 
el tiempo que se introdujeron los barcos; pero como era tan creei- 
do el número de los agarenos, hubo muy bastante fuego en las dos 
partes, obrando con tal denuedo, que se arrojaron hasta medio 
cuerpo al agua por ofender más, con sus escopetas, pereciendo 
muchos de ellos ¿ diligencia de la católica. 

Los más señalados caballeros y más conocidos soldados que en- 



385 

traron esta noche con deseo de servir á Su Majestad y defenderle 
esta plaza, fueron: el coronel don Juan de Candia, que hallándo- 
se sirviendo en la armada real, manifestó los grandes créditos que 
supieron merecerle sus continuados servicios en los ejércitos de 
Plandes con esta resolución: el capitán de caballos don Antonio 
de Osorio, ingeniero mayor, por Su Majestad, de las costas de 
Andalucía, con cuyo servicio lo envió el señor Conde de Aguilar 
para que, con el conocimiento que j'a tenia de esta plaza, facilita- 
se más sus defensas y embarazase sus designios al enemigo: don 
Bartolomé de la Cerda, que logrando los domésticos alivios en 
Xerez de la Frontera, como rara vez se aplicaron á la vida priva- 
da los grandes espíritus, pareciéndole indignidad dejar su casa 
con tantos hex'edados lustres, la acrecentó el realce de pasar, luego 
que supo este sitio, á Cádiz, donde se ofreció aventurero al señor 
Conde de Aguilar, quien aplaudiendo una tan bizarra acción, le 
permitió su venida, obrando las resoluciones que te anotaré des- 
pués; si bien dudo podrán las más significativas voces explicar las 
de quien, despreciando el sosiego de la patria y delicias de los su- 
yos, se expuso en tan cortos años á las incomodidades de una pla- 
za de África y á los grandes peligros de una batalla: don Juan 
Luis de Ureña y don Juan Altamirano, que, sirviendo en esta pla- 
za, y habiendo pasado con licencia de mi Gobernador á España, 
llegado á su noticia este sitio, correspondiendo á sus obligaciones, 
vinieron á hallarse en él. También entró el alférez don Juan Este- 
ban Gómez de Hinojosa, Pedro Canales, cabo de escuadra del Ex- 
celentísimo Señor de los Cameros, y otros militares del garbo que 
manifestaron después. 

Descubriéronse el dia 25 por Mexillones siete barcos 5' cua- 
tro lanchas que habían estado divirtiendo al ejército enemigo con 
algunas muertes de los que lo componían, y por ginoveses400 ca- 
ballos; los que molestados de la artillería católica, se encubrieron 
en la angostura; en los trabajos de los sitiadores se vio una nueva 
trinchera en forma ovalada, por derecho al ángulo flanqueado del 
castillo Nuestra Señora de Europa, y un fortín inmediato á estos 
ataques. El castillo de San Antonio observó otra tropa de caballe- 
ría que se iba cubriendo á la del Cornocal, y por Mexillones 200 
Tomo CVI. 25 



386 

caballos puestos en cordón, cubriendo toda la campaña con varios 
escuadrones de infantería, para cuya defensa, se aplicaron en la 
plaza los reparos que ya te noté. 

Arrojáronse con resolución al anochecer los barcos, recibiéndo- 
los los enemigos á la entrada de la barra con toda su artillería, de 
cuyas balas quedaron milagrosamente ilesos, arrojando los casti- 
llos y reductos de la plaza muy continuo fuego, no siendo menor 
el del enemigo, ni menos digno de reparo la solicitud con que ma- 
nejaban sus once piezas; y no cesando los católicos en defender 
con sus armas la entrada á los auxiliares, durando más de tres 
horas esta disputa, sólo dos soldados se retiraron heridos. 

Viéronse prolongadas hasta el muelle, el dia 26, las líneas, y 
formados nuevos fortines, tan altos, que no parecía dable el breve 
tiempo de una noche, á tan practicadas defensas y ofensas, y á 
ia formalidad de perfeccionar estos fortines con líneas de comu- 
nicación y zanjones tan profundos, que continuando ya de dia sus 
trabajos, poco ó nada se les podia embarazar. A la noche, se ba- 
jaron los árabes una pieza de á 12 á las orillas del agua para 
ofender á los católicos que, desembarcándose, entraban á socor- 
rer los de la plaza, de donde salió la infantería nombrada á la 
marina para esperar los socorros, que no entraron esta noche por 
no haberlo permitido lo alterado de la barra. 

Amaneció el dia 27 corrida la línea hasta muy cerca del mue- 
lle, y habiéndoseles llevado la marea algunos ataques que tenían 
formados á las orillas, aún no hubo bajado el agua, cuando los 
perfeccionaron, y aumentáronse con algunas botas que la pleamar 
habia sacado de las gabarras. Vióse también un fortín en forma 
de media luna, en derechura al castillo San Antonio, quedando 
■con los otros dos primeros en triángulo, causando los tres á la 
plaza grande ofensa, pareciendo casi imposible desalojarlos de 
sus ya ocupados y bien formados puestos, de los que algunos dis- 
taban un tiro de piedra de la plaza. En donde no cesaban de faci- 
litar todo lo que condujese á una buena defensa dentro de muros, 
repartiendo de nuevo todo género de armas á les que de ellas ne- 
cesitaban, y deseando uniformemente todos el mimero bastante 
de infantería, sin la que no se podia hacer salidas, como se lo 



387 

tenia así ya representado á Su Majestad mi Gobernador, con 
cuya orden, al anochecer, abrió mi sargento mayor la Puerta de 
la Marina, con la ya señalada infantería, para introducir los so- 
corros que los barcos conducían, á los que disparándola al entrar 
algunas piezas y mucha escopetería, se admiraba ver siempre 
declararse mayores las fuerzas agarenas, y no menores sus resis- 
tencias en oposición á los católicos. Introdujéronse por los católi- 
cos los socorros con felicidad tal, pues habiendo durado la dispu- 
ta más de cuatro horas, en la que pareció la marina toda un 
volcan, no se retiraron más que seis soldados heridos. 

Viéronse el dia 28 deshechos los parapetos y trincheras enemigas, 
y no adelantados los trabajos por el muelle, embarazando éstos, y 
no permitiendo aquéllas la mucha artillería que jugó la plaza la 
noche antes. Por la parte del campo llevaban nueva linea, cuyo 
principio nacia del último fortín, que dejaron con los tiros repeti- 
dos que les disparó el castillo Nuestra Señora de Europa. 

En la ensenada se miraron dado fondo más bageles, infundiendo 
á los sitiados más esperanzas estos socorros y no menores con- 
suelos; milagros evidentes que se tocaban, pues conduciendo los 
bastimentos que el dia antes habían quedado entre puertas, á 
los almacenes á donde no podrían llegar sin ser sentidos del 
enemigo, por estar dominados de su artillería los más puestos de 
la plaza, le desbarató á un soldado un costal de bizcocho una bala 
.de á 40 sin ofenderle; á otro le alcanzó otra menor, de que no per- 
dió más que el vestido; y otros repetidos de este género, que por 
prolijos no te escribo, pues solas las asistencias divinas pudieron 
relevar tamaños peligros. Abierta al anochecer la Puerta de la 
Marina, introduciendo socorros los barcos con toda determinación, 
fué tan numerosa la artillería de esta noche, que echó un barco á 
pique; de una bala de artillería fué muerto don Luis de Oñate, 
x[ue venia á servir á la plaza; otros cuatro soldados, y muchos he- 
ridos. 

El más señalado caudillo que entró esta noche con su tercio, fué 
don Antonio Domingo de Dura, maestre de campo de infantería 
napolitana, uno de los de la Armada Real del Océano, del Consejo 
colateral del reino de Ñapóles, de cuyo nombre ya te hice memoriar 



388 

cnando anoté la invasión á la plaza de Melilla: aunque en aquel 
lugar ni en éste no parecen capaces de reducir á tal brevedad sus 
grandes méritos y sus públicos servicios ésta tan dignamente 
aplaudida resolución; pues ordenando el señor Conde de Aguilar 
que pasase á este socorro su tercio que se hallaba en la plaza de 
Gibraltar guarneciéndola, exceptuándolo, ó en atención á su edad, 
ó por reservado á otro empleo, se ofreció gallardamente á este sitio, 
como quien con tanta aceptación Labia ejecutado lo mismo en otras 
plazas del África; y como nadie supo ponerle á su gran corazón 
preceptos, cuando sus espíritus ardientes son libres y sin imperio, 
se embarcó tercera vez con deliberado ánimo de morir ó rendir á 
los agarenos, declarados enemigos de su Dios }' su Rey, en honor 
de cuyo culto y de cuya lealtad voluntariamente sacrificaba su 
vida, acreditando las evidencias estos deseos. 

Xo porque en la marina se pelease con tanto calor, se dejaba de 
hacer lo mismo en la plaza, pues intentando una tropa de árabes 
ccultarso en las peñas de la falsabraga, desde donde con sus esco- 
petus ofendían los barcos de los socorros, fueron ranchas las gra- 
nadas que se les arrojó esta noche, y otras se resistieron, por estar 
cubiertas con el terreno. 

Notóse el dia 29 no haber avanzado nada por la parte de tierra 
los agarenos, si bien en la plaza se vio formada una nueva batería 
donde pusieron una pieza que miraba la mitad de la barra. Menos 
fué este dia el fuego de lo 3 enemigos, y maj'or de la plaza, que 
ocasionó en ellos algún estrago. Viéronse esta tarde por el alcor- 
nocal muchas tiendas levantadas con que engrandecían el campo, y 
algutios tercios de caballería, número de 400. Al anochecer orde- 
nó el Gobernador abrir la Puerta de la Marina, y salir la infan- 
tería á formar una cortadura en ella, para que, cubiertos, pudiesen 
introducir los socorros desde la plaj'a á la puerta, la que se expe- 
rimentó defensiva. Entráronlos socorros, aumentándose cada noche 
más los peligros; pues no sólo eran ofendidos de la más inmediata 
pieza íjue pusieron á tiro de pistola del desembarco, si también 
encendiendo unos lampiones y unas muy grandes hogueras, bur- 
lando la cautela de introducir todas las armas auxiliares de noche, 
clarearon con este ardid toda la mar y la playa. El socorro se com- 



389 

puso de infantería española y napolitana que individuaré después, 
todo género de pertrechos, y muchos víveres. Quedaron esta noche 
muertos sólo dos, y otros heridos. 

En estos aproches del número se vio el dia ;i(> una línea de SO 
pasos, que, dirigida á la puerta del Muelle, traía su principio 
de los pozuelos del Maestro de campo, cubierta toda de algunas 
faginas y muchas cortadas en el Alcornocal. A la media noche, 
ejecutando el castillo de San Antonio una acostumbrada señal, 
por la que j'a estaba avisado el General de la escuadra ser hi hora 
más á propósito para introducir los socorros, componiéndose el de 
hoy de infantería napolitana, y alguna de mar }'■ guerra, 3' así en 
éste como en todos, fueron muchos los víveres y pertrechos; la 
confusión en la marina fué tal, que ignorando la puerta los des- 
embarcados en ella, y confusos con la mucha artillería los que 
salían, recelando éstos fuesen enemigos aquéllos, les dispararon, 
algunos tiros, los que vistos por la centinela, con la misma duda, 
avisó á mi Gobernador, quien con la mayor brevedad reforzó todo 
aquel lienzo, sosteniéndolo con algunos granaderos y con dos 
mangas de infantería divididas; pero dándose á conocer, sosegó el 
alboroto, y mandó detener un barco el tiempo que bastó á dar mu- 
chos avisos á Su Majestad del estado de la plaza y la gran infeli- 
cidad en que se hallaba, pues los enemigos traían ya tan adelanta- 
dos sus ataques, que los mantenían formados en las estradas en- 
cubiertas, cuyos pliegos entregó al alférez reformado, Antonio 
Caballero, que hiriéndolo en la salida de la barra, murió á bordo 
de la Capitana. En la descarga de esta noche mataron á un artille- 
ro y retiraron otros soldados heridos. 

Pasó el dia 31 muestra el tercio de infantería napolitana, que 
se compuso de su Maestre de campo, don Antonio Domingo de 
Dura; el licenciado, don Domingo Mírela Presbítero; capitán ma- 
yor del tercio, sargento mayor, don Domingo de Gregorio, á cu- 
yos alientos, á cuya espada, debieron los sitiados grandes socor- 
ros, Alarache, grandes defensas: Marco Antonio Perte, César 
Benedicto, sus ayudantes: el alférez de maestre de campe don 
Domingo Roche: el capitán comandante don Tomás Aberni Ca- 
brera; su alférez, Francisco Gregorio: el capitán don Andrés 



390 

Scala; su alférez, Juan Angelo Arbeleno: el capitán don Jacinta 
Broso; su alférez, don Juan de Pedro: el capitán don Ignacia 
Amadeo; su alférez, don Juan de Soto Cabral: el capitán don 
Francisco Cautino; su alférez, Pablo Filigrana: el capitán don 
Pedro Eeimundo; su alférez, Anielo Castellano: el capitán don Be- 
nito Sabina; su alférez, Diego de Bontibollo: el capitán don Jeró- 
nimo de Gregorio; su alférez, Jácome Bernití: el capitán don 
Domingo Hospitalete; su alférez, don Tomás Catania: el capitán 
don Gregorio Pascual; su alférez, don José de la Rosa. Y el nú- 
mero de este tercio, incluso el Estado Mayor y primeras planas, 
llegó á 200 plazas. También venían en él sirviendo don Tomás de- 
Angeli, ayudante de teniente de Maestre de campo general; don- 
Jacome de Paula; Antelo de Lana, don Domingo Surche, don 
Andrea Bárbara, don José Solano, capitanes entretenidos. Loa 
puestos señalados á este tercio fueron: puerta de la Torre del Ju- 
dio, puerta de la Muralla de San Francisco, puerta del Castillo de 
Nuestra Señora de Europa, los que defendieron con el garbo que 
verás. Después, en los socorros que en los barcos introdujeron 
esta noche, padecieron los que navegaban en él un gran peligro, 
pues entrando en él una bala entre dos aguas, varó en los salados 
de los árabes, y los católicos salvaron sus vidas en otro, perdién-^ 
dola sólo uno, quedando otros heridos, en cuya confusión se perdió 
lo más de lo que se conducía. 

Septiembre 1." 

En el dia 1." de Septiembre se vieron aumentados con mayor 
aplicación los aproches enemigos, cuyos trabajos, aunque incapa- 
ces de embarazar, por venir formadas con profundidad sus líneas,- 
no cesaba de intentarlo la artillería de la plaza, desde donde se 
vieron arrojar 200 árabes desnudos, á fin de llevarse el barco qne,^ 
la noche antes, ofendido de un balazo, había quedado zozobrando; 
resolución que embarazó el castillo Nuestra Señora de Europa ^ 
matando á tres y poniendo á los demás en fuga. A las 10 se des- 
cubrieron por el alcornocal hasta 1.500 caballos y por Mexíllones 
otras tropas, á las que disparó algunas piezas el castillo Nuestraf 



301 

Señora de Europa, que fueron, por no haber alcanzádolas, infruc- 
tuosas. Abierta la Puerta de la Marina por mi sargento mayor, y 
saliendo á ella los señalados, se introdujo á las 12 de la noche con 
felicidad el socorro, pues sumergido uno de los barcos, sólo que- 
dó un soldado muerto y dos heridos. 

Al romper el nombre el dia 2, batió el enemigo con nueve pie- 
zas juntas la plaza, cuyas balas, alcanzando al fuerte de Broque- 
lete de Santiago, no le ofendieron, no cesando el dia todo de unas 
y otras baterías su innumerable fuego. A prima noche, se arroja- 
ron número de 30 árabes á las peñas de la falsabraga, cuyo cabo, 
el capitán reformado don Juan Rodríguez Facundo, con valor los 
desalojó, quedando dos sin vida á la retirada. 

A las 5 del dia 3, empezó el enemigo á jugar su artillería, dis- 
parándola á la plaza hasta las 10 sin cesar, desde donde se res- 
pondió con la misma; llevando ya tan adelante su sitio, que se 
hallaba ocupando la estrada encubierta por el ángulo flanqueado 
del castillo Nuestra Señora de Europa, que miraba hacia la parte 
de tierra, habiendo sobre sus parapetos formado un ataque de esta- 
cas fuertes, terraplenado de forma, que la artillería católicanolo po- 
día deshacer; y advertida la imposibilidad á desembarazar traba- 
jos ya tan mayores, discurrió mi Gobernador y el Maestre de 
campo don Antonio Domingo de Dura, con consulta del Coronel 
don Juan de Candía, del capitán de caballos don Pedro de Oso- 
rio, ingeniero mayor, los dos Sargentos mayores y todos los capi- 
tanes, hacer salida, la que ya dispuesta y aprontada por los á 
quienes tocaba, en segunda consulta se advirtió infructuosa, por 
no hallarse en la plaza puesto ventajoso donde ejecutarla, y su 
retirada ninguna, pues saliendo los católicos descubiertos á inten- 
tar retirar los árabes que se hallaban ya dueños, aunque no fue- 
ra su número superior, quedasen éstos vencedores y aquéllos ven- 
cidos. A las 3 de la tarde se unió un gran número de árabes en 
sus trincheras y fortines, en los que hizo grande estrago la artille- 
ría y mosquetería católica, habiendo los de la parte del campo au- 
mentado dos de sus estandartes. Viéronse desde la plaza 20 velas 
que dirigían á ella su navegación. 

A las dos del dia 4 entró, sin ser sentida, una lancha, la que 



392 

condujo al alférez don Prancisco Figueroa, quien de la plaza 
había salido el dia 15 del pasado con los pliegos al Rey, nuestro 
Señor, y á mi General el señor Conde de Aguilar, en cuya dili- 
gencia, volándose desgraciadamente un barril de granadas, nave- 
gando, su luego le dejó casi inútil una mano, abrasó dos soldados 
y dejó á otros mal heridos, habiendo logi'ado el despacho muy á 
favor de los ¡sitiados, pues abriendo mi Gobernador el pliego de 
Su Majestad, se vio en él confirmado el indulto que en su Real 
nombre habia ofrecido el dia 17 del pasado, dándose por servido 
de tan honrada y valerosa defensa, ofreciendo las remuneraciones 
que correspondían á ella. 

Ibanse mejorando los árabes y aumentando sus trabajos, pues 
habían formado una nueva línea, distante 20 varas del foso del 
castillo de Nuestra Señora de Europa, la que empezando de los 
pozuelos del Maestre de campo, se dirigía á unirse con otra, que 
también habían formado, la que llevaba principio desde la emi- 
nencia de la Fuente grande, componiéndose de 3Ü0 pasos la lon- 
gitud de los dos, no dejando de jugar la artillería, cuyas balas, 
alcanzando á la plaza de armas, mataron dos soldados y otros 
hirieron, en donde por evitar estos riesgos, se formó esta noche 
una estrada encubierta, por la que se pasase sin ellos. 

El mayor trabajo en que se habian adelantado los árabes, se 
vio este día 5, formado en una nueva línea de 400 pasos, nueve 
varas distante de la que la noche antes formaron, dirigida al 
muelle, no dejando de conducir la fagina, en tanto número, que 
siendo un tan espeso bosque el Alcornocal, ya se reconocía su 
falta. 

Fué á las ocho publicado al son de cajas el decreto de Su Ma- 
jestad, que ya oístes, motivando nuevos alientos y ma^^ores i'eso- 
luciones. Logróse el socorro esta noche con felicidad, pues ejecu- 
tada la prevención del silencio, entraron y salieron los cuatro 
primeros barcos, sin ser sentidos, y los dos últimos, aunque les 
dispararon algunas piezas, ninguna les ofendió. Compúsose de 
una compañía del presidio de Cádiz, cuyo capitán era don Ñuño 
Carlos de Villavicencio, caballero del orden de Calatrava, y su 
alférez don Juan Berrillo; otras tres del tercio que reclutaba en 



¿Jevilla el Maestro de campo don Francisco de Paz y Castilla, 
de las que eran capitanes don Gaspar de Vera, su alférez don 
Pedro Hidalgo; don Alonso González de Vivero; su alférez, don 
Manuel de Morales; en cuya compañía venian sirviendo don 
Francisco Alvarez de Toledo y don Juan Alvarez de Toledo, en- 
tretenidos del tercio, D. Luis Ignacio de Comque y Jacorae, su 
alférez, don Antonio Blanco, y otros ramos de las compañías de 
mar y guerra, cuyo cabo fué el capitán reformado don Gregorio 
de Villegas, los que introdujeron petos, espaldares, chuzos, parte- 
sanas, bombas y otros precisos pertrechos, 

Ko cesó la artillería de la plaza de jugarse, á fin de embarazar, 
como en las noches, todos los trabajos enemigos. 

En la mesma estrada encubierta del foso del castillo de Xues- 
ti'a Señoi'a de Europa se advirtió el dia G perfeccionado un ata- 
que que dominaba el foso y puerta del Judío, con lOü escopete- 
ros de guarnición, los que por su inmediación embarazaban al 
castillo el manejo de su artillería, para cu}'© desalojo, señalados 
12 infantes, unos con granadas y otros con armas de chispa, 
discurriendo después ser vano intento, sólo se ejecutó el formar 
algunas espaldas en el rebellín de la Puerta de la Torre, quedán- 
dolo guarneciendo el tercio de infantería napolitana, el que con 
desvelo 3' riesgo lo mantuvo, por tener el enemigo cuarenta pasos 
distante. 

Pasada muestra toda la infantería española auxiliar introdu- 
cida hasta aquí, contó componerse de 360 plazas, la que se divir- 
tió en reforzar los lienzos de San Francisco, San An*-.onio, muelle 
y reducto de Nuestra Señora, guarneciendo el rebellín de la 
Puerta del Campo, el de la del muelle y estacada de San Francis- 
co, los que, por la corta infantería, en todo el sitio habían estado 
indefensos. Leváronse todos los bajeles de la ensenada, por haber 
ventado el Sur este dia, en el que mataron á Alonso Girón, sar- 
gento del capitán don José de Salazar y á otro soldado. 

En el mesmo parapeto se vio el dia 7 una prolongada línea, y 
en derechura á la Sauceda, un fortín empezado á formar de esta- 
cas, con líneas comunicadas, en el que se reconoció ser de árabes 
negros su guarnición, los que en este reino tienen más crédito de 



394 

valor y destreza, como se tocó, pues ni aun por las troneras ciaban 
término á que jugasen sus mosquetes los sitiados, matando dos 
por ellas este dia. Por la parte del campo hablan perfeccionado el 
último ataque, del que salian dos rectas lineas áesta puerta. Des- 
cubriéronse á Levante los bajeles, dando fondo al medio dia en la 
ensenada; pero volviendo á ventar el Sur, se hicieron á la vela la 
tarde toda, en la que no cesaron los reductos del muelle de emba- 
razar con su artillería los trabajos enemigos. Esta noche se intro- 
dujeron algunas bombas que, con la baja mar, se habían hallado 
en la arena. 

En derechura del reducto de Nuestra Señora se vio este dia 8, 
movida una porción grande de tierra, muchos maderos y tablo- 
nes que, ignorando el motivo, se discurrió minaban aquel reduc- 
to, 3' disputada esta sospecha, se convino no ser cierta. 

Reparados los aproches enemigos, este dia 9 so vio en ellos una 
recta línea, tan inmediata al rebellín del campo, que la alcanzaba 
desde él un tiro de piedra, y no perfeccionados sus trabajos en la 
Fuente grande, deshizo y mató á muchos de los que formaban el 
castillo San Antonio, advirtiéndose en las líneas dirigidas al 
muelle trabajar á tiro de granada en ellas el enemigo; sacando ya 
de su centro tierra. Fué mayor la sospecha de la mina, si bien la 
desvanecía el dictamen de Andrés Rodríguez, Maestro mayor de 
fábricas en la plaza, y otros antiguos en ella, asegurando no po- 
día, por la mucha agua y peña viva, ser aquel paraje minado; con 
todo, fué nombrado el sargento Luis Antonio Volante, para que, 
haciendo taladros, lo observase; quien ejecutándolo con artificio y 
cuidado, aseguró no haber alcanzado á oír golpe alguno. 

Repartiéronse diferentes municiones y refrescos que á este fin 
remitió mi General, el señor Conde de Aguilar, aliviando y alen- 
tando los sitiados, aunque por instantes venían mayores peligros, 
pues el capitán reformado, Juan Rodríguez Facundo, que se ha- 
llaba este día de guardia en el rebellín del muelle, fué herido en 
la frente de una bala escopetera. 

Mayor cantidad de terreno se vio el dia 10, la que formándo- 
les parapeto, se discurrió iban profundando el trabajo, y aunque 
estos parecieron á algunos, aunque informes, muchos indicios do 



395 

mina, lo dudó el capitán de á caballo, don Antonio de Osorio, 
Ingeniero mayor, diciendo que estando fundado el reducto de 
Nuestra Señora sobre un peñasco, paraje de tanta agua y tanta 
peña, no era capaz de minarse, y como tal, no parecia dable faci- 
litar cortadura en él. 

Violentados del Norte se vieron levados esta tarde los bajeles, y 
esta noche se oyeron algunos golpes en los taladros, y se vieron 
luces en las imaginadas bocas de minas, á cuya noticia bajó al 
rebellin del muelle mi Gobernador, con mi Sargento mayor y el 
Coronel don Juan de Candia, donde anteviendo el amenazado 
riesgo, ordenó se cortase sin dilación alguna de largo á largo el 
reducto de Nuestra Señora, reparando la puerta del muelle y for- 
tificando sus flaquezas, recibiendo los sitiadores graves daños con 
el fuego de esta noche; si bien ellos no cesaban sus trabajos, ni 
sus defensas los sitiados, pues ejecutó mi Sargento mayor, con 
acierto, una estacada que servia de parapeto en la marina y em- 
barazaba más las ofensas. 

De la cortina del muelle se vio el dia 11, distante la línea de la 
puerta 20 pasos, levantando todas aquellas trincheras de la tierra 
que movian, cuya cercanía motivó á considerarla ya mina; aun- 
que eran todas neutralidades, las conferencias que, discurriendo 
reducirlas á evidencias, se ofrecieron valerosamente á facilitarlas, 
y llegada la noche, salir al campo enemigo de la plaza á recono- 
cerla Pedro Amador, Francisco Sánchez y Francisco (1)» 

Este, uno de los cuatro soldados de á caballo, y aquéllos, de la 
compañía del capitán don José de Salazar, lo que no se decidió en- 
tonces, atendiendo sólo á la mayor brevedad de arrojar granadas 
y otros artificios desde el rebellin, á deshacer tantos trabajos ene" 
migos, si bien era tan sobresaliente el número de sus escopeteros, 
que no dejándolos todo el dia, habia el bastante para que muriese 
y trabajase. 

Armados ya á la primera noche, y resueltos á salir los tres 
soldados, y alabando la resolución mi Gobernador, viendo tanta 
hoguera encendida en los. campos enemigos, el conocido peligro 



(1) Hay un blanco. 



396 

de los tres, el mayor que se le seguiría á la plaza, quedando al- 
guno cautivo, pues en lo humano era imposible dejase de suceder, 
no permitió la salida, reservando tan conocidos soldados para 
otro empeño, pues iguales á aquél se tocaban por instantes. A esta 
hora se acercaron una tropa de árabes á la muralla, intentando 
en ella fortificarse, á la que la mosquetería luego deshizo, matan- 
do á unos y retirando los otros. 

A la media noche se introdujeron socorros en tres barcos, y 
echando á pique el uno las baterías enemigas, desembarcados los 
morteros de bombas y otros pertrechos, habiendo arrojado la cu- 
reña al agua, la confusión hubiera llevádosela la corriente, si la 
resolución del sargento Luis de Medinilla y la de Juan Benitez 
de los Reyes, arrojándose al agua, no la hubieran recobrado, que- 
dando muertos cuatro soldados en la marina y otros heridos. Fué 
uno de los que entraron esta noche á tirar las bombas Angelo de 
la Rosa, Condestable de la capitana Santo Tomás, y á servir en 
la plaza otros soldados de Ja escuadra. 

Cincuenta pasos de la torre del Judio se vio el dia 12 formado 
un ataque fuerte de faginas, con troneras de corcho, guarnecido 
de 100 árabes, y perfeccionadas otras líneas, de las que fué la del 
muelle la más temida, por los muchos indicios de mina que la 
consideraban, de los que no fué el menor la mucha brea que con- 
tinuamente sacaban y los muchos maderos que conducían; estre- 
chando la plaza de suerte, que por partes ya nadie era dueño de 
hablar en ella recio, pues las voces de los sitiados las oían los si- 
tiadores, y las de éstos aquéllos, y todos molestados de un conti- 
nuado apedreo, fueron tirados desde el rebellín del muelle algunos 
fuegos artificiales, á fin de encender los maderos que formaban los 
ataques; pero no se logró más que quemar la fagina. 

No se escuchaban esta noche los trabajos en la línea del muelle 
tan repetidos; aunque sí todo lo que hablaban, en tal manei*a, que 
se le oyó decir á un árabe lo mesmo que el dia. 16 del pasado es- 
cribió á mi Gobernador el Bajá, persuadiendo á los sitiados con 
promesas y amenazas, al que don Bernardo Joaquín de Andrade, 
respondiendo con resolución española, repitió las mesmas voces 
que entonces. 



397 

A boca de cañón del paraje señalado, donde en la marina se sa- 
lía á introducir los socorros, se vio el dia 13 formada una batería, 
guarnecida de una pieza, cuyas balas ofendían á los sitiados y á 
los que los socorrían, y otras dos en la Fuente grande, las que ba- 
tían la falsabraga de dia, con un muy grave daño suyo, por ser 
muy flacos sus parapetos; y de noche embarazaban á los barcos la 
comunicación de la barra , con la que imaginaron no introduci- 
rían más socorros con tan evidentes y tan experimentados peli- 
gros; no ocasionando descaecimiento alguno en los sitiados unas y 
otras ofensas, antes, más animosos, se aplicaban todas las más se- 
guras defensas, continuando los trabajos y reparos en la plaza y 
puerta del muelle, aplicados á las contraminas siempre 50 solda- 
dos, al cuidado y orden de los capitanes que entraban en este 
puesto de guardia. 

Habian también formado una plaza de armas capaz de alojar 200 
árabes, sirviéndoles de foso un zanjón que toda la circunvalaba, y 
en los pozuelos de la Fuente grande un fortín, el que fué juzgado 
batería. 

Estuvieron bordeando los bageles á vista de la plaza este dia, en 
el que sólo se retiraron heridos dos soldados de una bala escopete- 
ra; y esta noche se arrojaron unas bombas por el rebellín del mue- 
lle, las que encendiendo una fagina, saliendo á apagarla un gran 
mimero de árabes, quedaron, por haberse reventado entre ellos, 
casi todos abrasados. 

Más inmediatos se escucharon los golpes de la mina el dia ]4> 
la que ya parecía dudarse menos por el mucho terreno que se veía 
cada instante más movido. A las ocho pidió un árabe, por la mura- 
lla, suspensión de armas, diciendo llamase á mí S^irgento mayor, 
quien llegando con don Bernardo Joaquín de Andrade, repíti6 
las insinuaciones que la noche del dia 1], á las que le respondió 
agradecido á los avisos del Bajá y tantas prometidas convenien- 
cias, asegurándole serían inútiles todas, pues los sitiados es- 
taban en ánimo de morir primero que rendirse á pacto alguno, ni 
abandonar á Alarache; y aún no hubo bajado de la muralla, cuan- 
do le dispararon una pieza, de la que no fué milagrosamente 
ofendido, y otras al reducto de Diego de Vera, con las que acaba- 



398 

ron de derribar su garita y mataron á uno de los soldados que es- 
taban de guardia en él. 

Empezó el mortero á disparar algunas bombas, las que no todas 
lograron ofensas; las aguas vivas de la corriente, derrotando las más 
inmediatas trincheras, llegaban á la batería, donde tenian su pri- 
mera pieza. A la prima noche, continuando sus resoluciones los 25 
valerosos guerreros, muchas veces repetidos y muy pocas alaba- 
dos, salieron á las peñas de la falsabraga, ocultándose en ellas 
mañosamente, á fin de esperar los árabes que solían hacer lo mes- 
mo; los que cuando ya llegaban, reconociéndolos, intentaron, in- 
corporándose con otra tropa, la fuga, en la que mataron tres, hi- 
rieron otros, y los demás los hicieron arrojar al agua, contal gar- 
bo, que le fué preciso á su cabo, el alférez Miguel Fernandez, 
valerse de toda su resolución para que no intentasen mayores em- 
presas. Introdujéronse esta noche petos, espaldares, morriones, 
otros pertrechos y todo género de víveres en tres lanchas, las que 
entraron y salieron con felicidad. 

Otras dos líneas, que sallan de la que circunvalaba la plaza, se 
vieron dirigidas al rebellín del muelle el día 15, con las que se 
observaron ya cuatro por aquel puesto, en el que continuaba su 
cuidado mi Gobernador, el Maestro de campo del tercio de infan- 
tería napolitana, los dos Sargentos mayores, el Coronel don Juan 
de Candía, y el capitán de caballos, don Antonio de Osorio, de- 
seando todos y solicitando los mayores reparos. Sospechóse tam- 
bién otra mina, que pareció se dirigía al ángulo flanqueado del 
castillo de Nuestra Señora de Europa, que fué por entonces su co- 
nocimiento difícil. Jugó este día más que otros su artillería el 
enemigo, y la plaza, con la suya, deshizo el fortín que tenia hecho 
en la estrada encubierta del mesmo ángulo, no dejando de usarse 
e\ mortero de las bombas. 

No sólo se vieron el día 1 6 reparadas por los árabes las ruinas 
de su fortín, pero con mayor fuerza rehecho, y un zanjón inme- 
diato al reducto de San Antonio, desde donde cubiertos, ofendía 
mucho su escopetería. A la prima noche se logró, entre otras, los 
efectos de una bomba, que disparada á las Borraceras, cayendo en 
una de sus baterías, hizo en ella un grande estrago; y á la misma 



399 

hora, empezando á formar an fortín en el Arce del foso, quince ó 
dieciseis pasos distantes de la Puerta del Campo y su rebellin, en 
el que se hallaban de guardia, y en todo el lienzo, don Antonio 
Pérez Cancio y don José de Salazar, intentando no se continuase 
defensa de la que tan ofendidos serian, fueron singulares sus 
aplicaciones á embarazarla, y las de mi Gobernador, mi Sargento 
mayor, el Coronel don Juan de Candia; el padre fray Marcos de 
Avendaño; el capitán de caballos, don Antonio de Osorio; don 
Juan Gregorio de Soto Aviles, y el cabo de escuadra, Pedro Ca- 
nales, cuyo trabajo en tirar las granadas y valor en no temer los 
peligros, fué en este lance aplaudido; pero aunque unidos todos á 
un fin, no bastó á lograrlo, pues después los árabes, con la infini- 
ta sangre suya vertida, esforzados de sus cabos con alfange en 
mano, los obligaron á perfeccionarlo, de modo que lo dejaron á 
prueba de cañón, terraplenado de faginas y estacas de tres varas 
y media de alto, desde donde fueron los sitiados tan ofendidos, 
que á pedradas tan sólo no permitía paraje alguno en la plaza de 
armas. Sin ser ser sentidos, introdujeron esta noche los socorros 
unas lanchas, y dejándolos, al salir fué disparada á la una, sin 
ofenderla, la artillería y escopetería enemiga: la mesma mató este 
día á tres soldados é hirió á otros. 

No sólo habían formado los árabes en sus líneas el ataque opues- 
to al rebellin del campo, en forma de media luna; pero otros dos 
más pequeños, que saliendo de las mesmas lineas, causaban ma- 
yor cuidado; y aunque ya eran tantas las señales, como en todo 
lo que no se ve tiene siempre lugar la duda, aún se disputaban las 
minas, creyendo fuesen algunas habitaciones subterráneas, en las 
que continuasen aquel invierno su sitio, no dejándose por esto las 
contraminas por el reducto de Nuestra Señora y por la puerta 
del muelle su cortadura. En la boca de la mina que se discurría 
dirigían á este puesto, se vio una tomiza tirada hasta la mesma 
muralla del rebellin, trayendo su dirección al reducto, la que fué 
luego cortada por los sitiados. 

Viéronse por Mexillones, conduciendo dos piezas de artillería, 
un gran número de árabes, dejándolas en una cañada, cercana á 
las Borraceras, llegando ya á diecisiete su número, las que para 



400 

batir conducían, usando sólo de once, aunque de número cierto se 
ha hablado con vai'íedad. Pasóse el mortero de las bombas del re- 
ducto de Diego de Vera, al castillo de Nuestra Señora de Europa, 
de donde disparando algunas, derrotaron muchas trincheras ene^ 
migas. Lo alterado de la barra sumergió dos lanchas de las cuatra 
que esta noche introdujeron los socorros, perdiéndose muchos ví- 
veres y pertreches, y salvándose en las peñas de Broquelete lar 
guarnición. Reventándosele una granada al dispararla, este dia, á 

Francisco (1), uno de los cuatro soldados de á caballa 

en el rebellin del campo, le llevó lastimosamente un brazo. 

Una pieza de artillería se vio el dia 18, puesta por el enemigo 
en un fortín, frente del castillo de San Antonio, la que ofendió 
después los socorros; y corriendo sus trabajos por la entrada del 
castillo de Nuestra Señora de Europa, se miraban ya aumentados 
con sentimiento notable de mi Clobernador, por discurrir difícil el 
desalojo á los árabes de los puestos en que se habían fortificado, y 
tanteando su guarnición, deseaba, con poca pérdida suya, deshacer 
el fortin que por la parte del campo habían dejado formado los 
árabes el dia 17, para cuyo arrojo señaló á Luis Antonio Volante, 
sargento de la compañía del capitán don Domingo Hospitalete; á 
don Pedro Peral, cabo de escuadra de la de don Pedro Sarabia; 
á Pedro Canales, cabo de escuadra de la del Excelentísimo Se- 
ñor de los Cameros; tres soldados valerosos, diestros en el manejo 
de todo género de armas, que expuestos al mayor riesgo, ellos so- 
licitaron abandonar sus vidas por servir á su Rey, y seguir el 
dictamen del que gobernaba sus armas, logrando tamaña resolu- 
ción sus efectos, la mesma que ejecutaron otros tres arriesgados 
soldados en servicio de David, pues sólo porque vieron antojadizo 
á su Rey de beber las aguas de la cisterna que en los campos de 
Belén estaba, de esotra parte del ejército enemigo, abrieron sólo 
con su espada camino, y atravesando por todos los escuadrones, 
acreditaron su lealtad y manifestaron su afecto. 

Coronados sus lienzos del rebellin de su guarnición y de los 25 
señalados, al cuidado del capitán don Manuel Felipe de Chaves, 



(1) El apellido, en blanco. 



401 

que en él se bailaba de guardia, salieron los tres, prevenidos de 
todo género de fuegos artificiales, y arrojando á los ataques algu- 
nas granadas, lograron desalojarlos, quemando sus faginas, ma- 
tando siete é hiriendo otros dentro del primer ataque, jugando 
más tiempo de tres horas su artillería los católicos, con la que se 
discurrió haber quedado muertos más de 300 enemigos y sólo un 
herido en la plaza. 

A la hora de las diez de la noche llamó á la centinela del rebe- 
llín del muelle un árabe, previniendo tercera vez la amenazada 
ruina, movido del buen trato que decía haber debido á los españo- 
les el tiempo que había sido de ellos cautivo; asegurando era tal 
la ira y denuedo de su Rey, que la orden con que se hallaba el 
Bajá era no alzar el sitio, aunque la resistencia de los sitiados 
llegase al tiempo de diez años, los mesmos que los españoles habían 
consumido en la guerra de Granada; á quien se les respondió con la 
fé de católicos y la lealtad de españoles. 

Notáronse sólo el día 19 restaurados los fortines que de la arti- 
llería católica habían sido arruinados en el rebellín del campo; 
jugóse el mortero de las bombas con mucho acierto y no po- 
co daño de los árabes; viéronse dado fondo cinco velas en la en- 
senada. 

No se víó el día 20 trabajo alguno avanzado por los árabes: á la 
media noche entraron en cinco barcos algunos socorros de basti- 
mentos; disparóles el enemigo mucha artillería, y dos horas y me- 
dia, sin cesar, su escopetería, á quienes se igualó la de la plaza. 
Retiráronse este día muertos, tres soldados, de diferentes balazos; 
uno de ellos fué Pedro Canales, quien habiendo halládose en los 
sitios de Melílla y Oran , murió desgraciada y gloriosamente en 
éste; también hubo otros heridos, el uno de ellos quedó con un 
hombro menos, de un balazo, y otros milagrosamente ilesos. 

Los indicios de las minas pasaron el día 21 á evidencias, pues 
distante ocho ó diez pasos del rebellín del muelle, sacaron del cen- 
tro los árabes una media pica ó azagaya, acción que no tirando 
varios discursos, fué el más seguro intentaban medir la distancia 
que les faltaba para dirigirla á la muralla, por lo que se abrevia- 
ron las contraminas, si bien embarazaba la una una gruesa peña; 
Tomo CVI. 26 



402 
pero se descubrió por bajo del reducto de Nuestra Señora, quedan- 
do perfeccionada la de la puerta del muelle. 

El dia 22 no hubo nuevos trabajos que observar al enemigo ni 
desgracia alguna en la plaza. A la media noche introdujeron cinco 
barcos una compañía de la armada del tercio del Maestre de cam- 
po don Pedro Fernandez Navarrete, Caballero del Orden de San- 
tiago, cuyo capitán era don Manuel de Gavidia, su alférez Vicente 
Garis, en la que venian sirviendo don José Martinez de la Osada, 
don Diego de Toledo y don Manuel de la Puente; compúsose este 
socorro de gran cantidad de pólvora y algunos víveres, que se fa- 
cilitó, sin desgracia alguna, á costa de mucho fuego. 

La cantidad de terreno que vio el dia 23 movida la centinela 
del ángulo flanqueado del castillo de Nuestra Señora de Europa, 
motivó se sospechase dirigían nueva mina á aquel castillo, y por 
ver al medio dia conducido por los árabes muchos tablones y ma- 
deros, á que se siguió ver sacar una media pica la centinela de la 
Torre, dos varas dentro del foso, á hora de las dos de la tarde; y 
hallándose guarneciendo aquellos puestos el tercio de infantería 
napolitana, se ofreció gallardamente su Maestro de campo en su 
nombre y en el de todos los suyos, á contraminarla; que permi- 
tiéndolo así mi Gobernador, le fué ordenado al capitán don An- 
drés Scala lo empezase, señalándole para su ejecución los más 
escogidos soldados de su tercio, y entrándose en el foso á cuerpo 
descubierto, oponiéndose á las muchas balas disparadas por los 
árabes desde sus fortines, los que no sólo se hallaban señores del 
foso, y formados sus trincherones sobre el mesmo Arce, pero 
habiendo cavado el terraplén de la estrada, habían hecho varias 
troneras por las que ofendían sin ser ofendidos, en cuyos riesgos 
no omitió este tercio ni sus oficiales todos, diligencia alguna al 
logro de su trabajo, como después se vio en las minas, que emba- 
razaron en diferentes puestos de la plaza. Se retiraron seis solda- 
dos muertos este dia. 

Antes que el dia 24 amaneciese, se voló una garita en el lienzo 
bajo de la muralla del campo y el soldado que estaba de centinela 
en ella, quedando mal heridos otros dos. 

Muy diñciles eran las contraminas que intentaba en el foso 



403 

del castillo de Nuestra Señora de Europa el capitán don Andrés 
Scala, por la aspereza de la tierra y escopetería enemiga, la que 
continuaban por las troneras del foso y sus trincheras, sin temer 
la mucha artillería y escopetería del castillo de la Torre y su re- 
bellín, lo que advertido por algunos reformados de este tercio y 
los muchos esperados peligros, se resolvieron á salir, y deshacer 
y quemar los fortines y trabajos enemigos, quienes fueron el sar- 
gento José de Yoz, el sargento Francisco Común, el sargento 
Antonio Batalodí, el sargento Luis Antonio Volante, el sargento 
Antonio de CTregorio, el cabo de escuadra Antonio Torniola, el 
cabo de escuadra Francisco Cremona, y Angelo de Fisco, que 
ejecutándolo con todos artificios de fuego, los desalojaron de sus 
primeros ataques, retirándolos á los segundos, y habiendo dejádo- 
56 dos estandartes en uno, pretendiendo con valor ganarlos el 
sargento Francisco Común, fueron tantos los árabes que lo emba- 
razaron, que le quitaron la vida, y atravesaron un brazo al sar- 
gento Luis Antonio Volante, y otros tres se retiraron muy mal 
heridos. Admirada resolución de católicos y árabes, en la que des- 
pués de haber arrojado 40 granadas, sólo con armas cortas de 
fuego se mantuvieron mucho rato en los primeros ataques; nada 
inferior á la que ejecutó Geroboan siguiendo las tropas del Rey 
David, pues en una ocasión mató 800 y en otra 300 de sus ene- 
migos. No cesaban un instante las contraminas el capitán don 
Andrés Scala, concurriendo su Maestro de campo don Antonio 
Domingo de Dura, y su Sargento mayor don Domingo de Grrego- 
rio, á todo lo que más las podia facilitar. Más socorros se intro- 
dujeron en esta noche, en la que también hubo más heridos que 
otras, por la mucha artillería que los árabes jugaron. 

Muy adelantadas llevaban el día 25 sus contraminas los espa- 
ñoles en el rebellín del muelle, no trabajando los enemigos con 
menor cuidado, por los muchos y continuos golpes que se oian, 
en cuyo puesto entraban alternando los capitanes, siendo igual en 
todos su aplicación y deseo de los aciertos. 

El día 26 se vieron en el campo enemigo muchas zanjas y es- 
tradas cubiertas, que se comunicaban con las de contravalacion, 
dirigidas todas á las bocas de las minas. A medio día se descubrió 



404 

un árabe entre las peñas de Broquelete, á las que, para cautivarlo, 
salieron don Juan Manuel Estopiñan, don Alonso de la Peña, don 
Luis de Avila, don Francisco de Zúñiga, don Francisco de Var- 
gas y Alonso Barrientos, quedando el resto de los 25 de refuerzo- 
con la guarnición que en la falsabraga tenia el capitán don Gas- 
par de Vera, que se halló este dia en aquel puesto de guardia, y 
estrechado con él Alonso Barrientos, introducido en la plaza, de 
quien nada se pudo alcanzar de los indicios del enemigo, por su 
ignorancia ó por la que mañosamente afectó. 

Habia adelantádose el tercio de infantería napolitana en sus 
contraminas, que reconocida el dia 27 una concavidad suya, se 
arrojaron por ella valerosamente el capitán reformado don José 
Solano, el alférez don Carlos Quiseti, el alférez don Alonso Spi' 
nosa, el sargento Pedro Cuadrado, el cabo de escuadra Antonio 
Torniola, el cabo de escuadra Tomás de Antonio, el cabo de es- 
cuadra Paco Meloso, y Antonio Granada, recibiéndolos los árabea 
con el mesmo, defendidos de sus escopetas, fué vana su resisten- 
cia, pues la fuerza de las granadas los hizo desamparasen su mina, 
la que reconocida de nuevo, se halló traer dirigidos dos ramos, 
uno al rebellín de la puerta, y el otro al ángulo flanqueado del 
opuesto baluarte. Intentando después los árabes recuperar lo per- 
dido, fueron segunda vez rechazados, y habiendo la disputa dura- 
do más de tres horas, con la confusión de ser ejecutada debajo de 
tierra, quedó la mina real y sus dos ramos por los católicos, con- 
duciendo á la plaza todos los instrumentos con que los enemigos 
minaban. 

No era en el rebellin del muelle menor el cuidado de la infan- 
tería española en continuar sus contraminas, no dejando su tra-^ 
bajo este dia y su noche toda. 

La aplicada continuación de los españoles descubrió en el re- 
bellin del muelle, el dia 28, una mina dirigida al reducto de Nues- 
tra Señora, hallándose en aquel puesto de guardia el capitán don 
Ñuño Carlos de Villavicencio, caballero del orden de Calatrava, y 
DO ¡siendo su concavidad capaz de bajar más que la distancia de 
nna pica, en la que cupo, se arrojaron con artificios de fuego el 
alférez Andrés Cerezo, don José Martínez de la Osada, Juan Be- 



405 

nitez de los Reyes y don Manuel Machín, logrando sa valor y su 
diligencia desalojarlos, de cu^'a resolución salieron heridos el al- 
férez Andrés Cerezo y don Manuel Machín, y aun siendo ya máa 
de la mitad de la tarde, lo continuaron, embarazando á los árabes 
no se pudiesen adelantar. 

Un barco que mí Gobernador ordenó saliese esta noche á bordo, 
aunque fué mucha la artillería que le disparó el enemigo, fueron 
ningunos sus efectos. 

El esperado peligro que infeliz y valerosamente fué tan repeti- 
do después, se llegó el día 29 á tocar, pues no logrados los gran- 
des trabajos á que se aplicaron los españoles en el rebellín del 
muelle, contraminando á hora de las ocho de la mañana, volaron 
una por aquel puesto, hallándose en él de guardia don Juan Díaz 
de Cos, cuyas ruinas, dejándolo lastimado, le obligaron á retirarse, 
quedándose en la brecha Juan Pérez de la Rosa, su alférez, la que 
con gran riesgo y no menor resolución, defendió hasta tanto que 
la ocupó el capitán don Antonio Pérez Cancío, arruinando más de 
la mitad del reducto de Nuestra Señora, enterradas dos piezas 
suyas, abierta una brecha de 120 pies geométricos, avanzando 
muchos árabes con todo género de armas, á los que oponiéndose- 
les los católicos primera y segunda vez, los retiraron con tan con- 
siderable pérdida suya, que he sabido después que llegaron á nú- 
mero de 2.000 los que en los avances perecieron; quedando de loa 
sitiados enterrados vivos en la mina cinco; muertos en los encuen- 
tros ocho; diez y ocho heridos y muchos lastimados de los golpea 
de las peñas. Habiendo el capitán don Manuel Felipe de Chavea, 
que se hallaba de reten en el cuerpo de guardia principal, con- 
currido luego al cumplimiento de su obligación, manifestando 
el M. R. P. Pray Marcos de Avendaño, mi Gobernador, al mesmo 
tiempo las suyas, mí Sargento mayor, el Coronel don Juan de 
Candía; el capitán de caballos don Antonio de Osorio; el capi- 
tán don Francisco Luís del Castillo; el Maestro de campo don 
Antonio Domingo de Dura; su Sargento mayor y todos los oficia- 
lea más señalados de este tercio, don Bartolomé de la Cerda, don 
Juan Gregorio de Soto Aviles, los 25 que defendían de noche el 
paso de la marina, siendo tan igual en todoa los sitiados el valor, 



406 

que no quedó alguno de los principales (aun con indisposición) 
que no concurriera á este lance, exceptuados los capitanes que se 
hallaron de guardia en los puestos que les tocó, gastada casi una 
hora en la disputa, retirados los enemigos á sus ataques. No fué 
menos valerosa acción la de fortificar la brecha, pues formando en 
ella nuevas trincheras, fueron iguales sus peligros á sus resolu- 
ciones, dejando de guarnición dos escogidas mangas de mosquete- 
ros y algunos granaderos, á orden de los capitanes que alternati- 
vamente fueron entrados de guardia, por haber dejado la mina 
dividido el rebellin. 

Habiéndose entendido traian los árabes dirigida otra mina &l 
rebellin de San Juan, se ejecutó el dia 30 por los españoles en su 
foso una contramina, y en la que el capitán don Andrés Scala,- 
continuaba en el foso del castillo Nuestra Señora de Europa, tra- 
bajaron desde este dia españoles con Felipe Manuel de Llamas, 
cabo de escuadra de la compañía del capitán don José de Salazar, 
por hallarse la infantería napolitana que podia contraminar, guar- 
neciendo las bocas de las minas cortadas al enemigo, quien traia- 
ya dirigida otra mina por el campo al rebellin de la puerta, en el 
que se formó una cortadura con su estacada para oponerse al 
avance que podia intentar por aquel puesto. 

Ocíudre. 

Llevaban sus trabajos los católicos adelantados en sus contra-- 
minas, así en las del castillo Nuestra Señora de Europa, como en 
las del muelle, con particular cuidado, procurando desvanecer sus 
designios al enemigo. Y viendo mi Grobernador cuan próxima esta- 
ba la boca de la mina dirigida al rebellin del campo, y consideran- 
do no estar adelantado su trabajo, ordenó que se le estorbase, por 
ser muy peligroso, nombrando la noche del dia 2 á Juan Obregon, 
el cabo de escuadra Juan Cardóse, Miguel -de los Santos y Ma- 
nuel .... (1) salieron con notable valor, ejecutando la orden que 
llevaban de arrojar dos bombas en dicha mina, con lasque descuar- 



(1) F,n blanco. 



407 

telaron el subterráneo trabajo, retirándose sin lesión alguna, dán- 
doles todos el aplauso que las evidencias de su valor merecieron. 

No hubo el dia 3 cosa particular que notar, sólo que los católi- 
cos no se descuidaban, aumentando sus trabajos en las contrami-» 
ñas, siempre con esperanzas del buen éxito. Dilataban los árabes 
sus lineas de comunicación, que daban no poco recelo á los cató- 
licos, que siempre se mostraban con vigilancia. 

Dispuso mi Gobernador el dia 4 que por la brecha saliesen diez 
soldados de experimentado valor á arrojar algunas granadas y 
bombas á las bocas de dos minas, cuyos nombres, dignos de me^ 
moria, son: Pedro Amador, Francisco Sánchez, Francisco Carbo- 
nero, Manuel Herrador, Alonso Barrientes, el cabo de escuadra 
Juan Cardoso, Juan Dunda, Eugenio Verdugo, Francisco López, 
Luis Muñoz, Miguel de los Santos, Francisco Pérez, que arroján- 
dose intrépidos á dos minas, y levantando los tablones con que 
venian los árabes cubiertos, echaron dentro cantidad de grana- 
das y bombas que causaron al enemigo grave daño; quedando 
algunos minadores muertos á pistoletazos. Diéronse á la fuga pre- 
cipitadamente los árabes que guarnecían aquellas lineas, los que 
vistos por el Bajá que estaba en la Dula, envió dos banderas con 40O 
árabes al socorro, en los que hizo considerable daño la artillería 
y mosquetería católica, por venir descubiertos. Hubo de los católi- 
cos seis heridos, los que á caracteres de sangre autenticaron la 
lealtad á nuestro Monarca y celo cristiano que les acompañaba; 
perdieron los brazos, lastimándose, el cabo de escuadra Juan Fer- 
nandez y Pedro Martin, por la falsedad de las granadas, habiendo 
muy pocos experimentados en tan peligrosos artificios. 

El dia 5 á las tres de la mañana dieron fuego los árabes á una 
mina, más abajo de la que volaron el dia 23, que dañando toda la 
muralla del Muelle y reducto de San Juan, acabó de arruinar el 
de Nuestra Señora, derribando los parapetos y reparos hechos, y 
salieron los árabes de las lineas para avanzar, bajando al mesmo 
instante de la Dula en confusas tropas número de 4.000, quedan- 
do unos y otros detenidos al ver la solicitud de los católicos, que 
con varios artificios de fuego, buena mosquetería y armas de asta, 
en lo más peligroso de la brecha, animosos les esperaban. Gran 



408 

destrozo hacia en los árabes la artillería del castillo de Nuestra Se- 
ñora de Europa, Torre del Judío, y alguuas del reducto de San 
Juan, recibiendo los católicos considerable daño de la enemiga, 
por coger esta la brecha toda descubierta, la que se fortificó, ha- 
ciendo parapetos de botas, y sacos terraplenados que, en hombros 
de los más principales, fueron conducidos y puestos en la mejor 
forma que el tiempo daba lugar. 

Y viendo los árabes que resueltos estaban expuestos á la furia 
de balas que de la plaza se arrojaban la dificultad de aquel dia, se 
retiraron corridos de su propia cobardía» dejando la campaña cu- 
bierta de cadáveres; admirados de la prontitud de los católicos, de 
los que murieron 10, quedando 20 heridos. Todo este dia se acudió 
á fortificar la brecha, haciendo los reparos necesarios en que se ex- 
perimentó el celo de mi Gobernador y demás oficiales y soldados, 
siendo común la gloria de este dia, que no se dejó el trabajo de las 
cortaduras del castillo, Nuestra Señora de Europa. 

El dia 6 se acudió solamente en hacer nuevos reparos á la bre- 
<;ha y continuar el trabajo en las contraminas, molestando al 
enemigo, así con artillería y mosquetería como con bombas y gra- 
nadas; estando por todas partes tan inmediatos los ataques y trin- 
•cheras, que se hallaron este dia muy prolongados por la parte de 
raedia fanega, una cortina que remataba en la muralla circular de 
la villa, y vulgarmente así llamada, y á directura del campo por 
donde hablan añadido otros dos fortines, habiéndose cubierto de 
fagina al pié de la brecha, recibían en el foso de la escopetería ene- 
raiga los que contraminaban grave daño, donde mataron uno é 
hirieron dos católicos en la cortadura. 

El dia 7 volaron los árabes otra mina en el reducto de Nuestra 
Señora, quedando totalmente arruinado, juntamente con la muralla 
exterior y parte del foso, y sentido el reducto de San Juan. Acudie- 
ron luego á oponerse, no solamente el reten y mangas nombrados, 
pero todos los oficiales de la plaza y tercio con el Líaestro de cam- 
po. Sargento mayor, acompañados de buenos soldados, en tiempo 
que los árabes, viendo la gran brecha que la mina habia abierto, 
se arrojaron á ella, donde bizarramente los esperaban los católicos 
con el apercibimiento de cuanto era necesario para una buena re- 



409 

pistencia. Haciendo de los propios cuerpos trinclieras, llegaron los 
iufieles, á pesar de la artillería que hacia en ellos grande estrago, 
y empezando á subir con grande coraje, fueron valerosamente re- 
chazados, en tiempo que llegando el Sargento mayor D. Alonso 
Bolinches con botas y sacos, se hizo un mal formado parapeto con 
mucha dificultad, pues 200 árabes, excelentes tiradores, tenian co- 
gida la longitud de la brecha, molestando los que estaban más 
descubiertos, dando lugar á que segunda vez avanzaran, que lo 
hicieron con tanta multitud de árabes, que hubieran logrado sus 
designios, si la artillería de la plaza, cargada de saquetes, no los 
desvaneciera; retirándose segunda vez con mucho daño, no descui- 
dándose los católicos, á costa de sangre, de hacer algún reparo al 
grave riesgo que los amenazaba con algunas pipas. Señoreaba la 
artillería enemiga toda la brecha donde estaba la mayor fuerza de 
católicos; haciendo de la otra parte del rio señas que avanzaran 
de nuevo, lo hicieron coa tanto valor, que dudaron los cristianos 
salir con victoria, por batirlos la artillería enemiga por los flancos 
sin ningún reparo; pero acudidos del favor divino, fué tanto el 
fuego que de la brecha y murallas se arrojaba, y tan grande el es- 
fuerzo mostrado por los católicos, que los rechazaron tercera vez, 
retirando los estandartes y banderas que tenian fijadas en lo alto 
de la brecha, arrojándose precipitadamente dentro de sus lineas. 
Obró, entre otros, animosamente D. José Valdés, natural de Ma- 
drid, que servia de aventurero, pues interpolado con los árabes, al 
salir por la brecha, fué herido en el pescuezo, de que murió con bas- 
tante gloria. Hizo inmortal su nombre el M. R. P. fray Marcos de 
Avendaño, religioso de Nuestro Padre San Prancisco, digno imita- 
dor del famoso Cardenal Cisneros, pues no pudiendo su gran valor 
estar oprimido, apenas voló la mina, que, armado, viendo avanzar 
á los árabes, llevado del católico celo de la defensa de nuestra ley, 
se opuso á ellos, animando los soldados no solamente con elegantes 
y pías razones á resistir las fuerzas enemigas, pero con el ejem- 
plo, derribando de su propia mano muchos de los principales cau- 
dillos que se señalaban entre los árabes, y estando expuesto al 
mayor peligro, predicando con el acierto al verdadero Dios, Cristo 
crucificado, exhortando á los católicos que invocaran en el presente 



410 

peligro la siempre inmaculada Virgen María, y autenticando su» 
santas palabras en sus hechos, llegó una bala que, hiriéndole por 
la barba, cayó capaz solamente del Santo Oleo, que estaba inmedia- 
to, premiando su Divina Majestad su justo celo con llamarJo á si. 
Murieron este dia de los católicos 25, y entre ellos el alférez Andrés 
Cerezo, que en todo el discurso del sitio habia obrado heroicamen- 
te: hubo 30 heridos, que fueron contrapesados con la muer te de 4.000' 
árabes y otros tantos heridos. Obraron según su celo los católicos; 
quedaron 1 50 varas de brecha abierta, que fueron con toda solici- 
tud fortificadas y guarnecidas de gente muy buena, con diestros- 
granaderos, atribuyendo á favor divino la poca pérdida de los cató- 
licos, pues si se considerara la multitud de los árabes, la deses- 
perada resistencia de los católicos, las ruinas de una mina Real, 
siendo forzoso que estuviera aquella parte con el mayor esfuerzo, 
por ser la parte más peligrosa y frágil, los fuegos artificiales que 
reventaron por la poca experiencia de quien los disparaba, pues 
todos con el celo de la defensa arrojaban bombas, granadas, ollas, 
barriles de pólvora y otros artificios, la artillería enemiga, que 
cogia la brecha descubierta, y en fio, la obstinada resistencia de 
tres avances en brecha tan llana, bastaba para que perecieran 
cuantos estaban en la plaza, siendo así que cuando sacaron las re- 
laciones, no faltaban más que los ya referidos, de que se dieron las 
debidas gracias á la Divina Misericordia, por las mercedes que por 
momentos nos participaba. 

Amanecieron el día 8 fortificados los árabes al pié de la brecha, 
apesar de los muchos artificios que se les habían tirado, donde se 
habían cubierto con estacas y faginas. Con gran anhelo traba- 
jaban los católicos contraminadores en el foso de Nuestra Señora 
de Europa, empezando nueva cortadura en la de la torre del Ju- 
dío, no dejando por eso otros trabajos y reparos muy necesarios, 
repartiendo mi Gobernador á los soldados vestidos y dineros, y 
otros refrescos enviados por el Excmo. Señor de Aguilar. Este dia^ 
se encontró otra mina por don Andrés Scala, que se arrojaron 
valerosos los del tercio, apesar de los árabes que los contrasta- 
ban, trabándose dentro fiera contienda, quedando los católicos 
vencedores; desvaneciendo los nuevos asaltos que dieron, queda- 



411 

Ton señores de ella, tapándole la boca, donde se fortificaron. Faé 
muerto el alférez don Francisco Grieco, que lo era del capitán 
comandante del tercio napolitano. Viendo mi Gobernador que los 
árabes continuaban á porfía á minar el castillo de Nuestra Señora 
de Europa, sospechando trajeran alguna dirigida al baluarte de la 
Campana, determinó el dia 9 que se empezara otra contramina 
por el foso del lienzo, media hanega; pero no se pudo conseguir, por 
la piedra viva que se encontró; sintiéronse golpes muy próximos 
á la mina nuevamente encontrada, por lo que se iba dirigiendo 
hacia ellos el trabajo con intención de perfeccionar un hornillo y 
volar los minadores; pero lograron estos nuestros designios, puea 
á las 9 de la noche volaron un hornillo, donde quedaron enterra- 
dos ocho soldados de la plaza y cuatro del tercio entre ellos, sa- 
liendo don Andrés Scala, su sargento y otros del tercio, por un 
resquicio, milagrosamente, quedando ciegas ambas minas. Conti- 
nuábase la cortadura de la torre, procurando estorbar á los árabes 
con algunas piezas el trabajo exterior por la parte del muelle y 
campo. Admirable era el anhelo de los árabes en el minar, y 
grande el desvelo de los católicos en procurar desvanecerlas por 
el castillo de Nuestra Señora de Europa, donde se descubrió otra 
mina dirigida al baluarte de la Campana; y habiendo á cañonazos 
derribado su principio, salieron ocho católicos con dos bombas á 
echarlas el dia 10, de las que se logró sólo una, con muerte de uno 
y cinco heridos. Viendo no haber hecho el efecto que se esperaba, 
fueron nombrados el cabo de escuadra Jacome Roso y Antonia 
Torniola con dos bombas, las que arrojaron con buen éxito, dejan- 
do incapaz de poder llevar adelante los árabes dicha mina. 

Hizose el dia 1 1 en el foso del castillo de Nuestra Señora de Euro- 
pa una zanja para comunicación de la mina descubierta el dia 
antes, cuya boca habia totalmente arruinado la artillería de 
la plaza, no dejando la enemiga de molestar la plaza; y teme- 
rosos los árabes de las salidas, cerraron esta noche el posti- 
go que del foso de Nuestra Señora de Europa subía á la estrada, 
cuyo rastrillo hablan encendido ellos mesmos; y habiendo bastan- 
tes sospechas que minaran el reducto de San Antonio, pues su 
cabo don Pedro de Guzman habia observado con particular cuida- 



412 

do los movimientos de los árabes por aquella parte, que habiéndo- 
las significado á mi Gobernador, ordenó el dia 12 salieran por la 
falsabraga, para que se arrojaran á la boca de la mina que diri- 
gida al reducto de San Antonio traian, ejecutándolo con grande 
ánimo todos, despreciando la furiosa descarga con que de los for- 
tines y ataques los recibieron los árabes, notándose en éstos co- 
bardía no mediana; pues viendo tan escaso número de católicos 
expuestos en campaña á la muerte, no osaron salir á estorbarles 
sus intentos, los que lograron los católicos; llegando á reconocer 
que los minadores enemigos, por haber encontrado peña, la habian 
abandonado, entrando en la plaza con total aviso, sin lesión algu- 
na, á pesar de las muchas balas que les disparaban. 

Muchos sitios se han visto en nuestros tiempos, cuyos ejempla- 
res no muestran ninguno haberle igualado á éste en el número de 
infieles que lo cercaban, si no es el de Viena, sitiada por el gran 
visir Mustafá Cara, cuya soberbia postró el cielo; otro ninguno se 
ha observado en resistencias y valerosas resoluciones, siendo úni- 
ca en los valerosos y animosos soldados que dentro encerraba, 
uniformes siempre en morir por tan justas causas, como son la 
defensa del verdadero culto de Dios y servicio de sn Rey, obliga- 
ción de católicos y lealtad de buenos vasallos. 

Arbolaron los árabes en el fortin que tenian opuesto al baluar- 
te del Diamante, una bandera española, el dia 13, convidando á 
los católicos á salir á cobrarla; pero á cañonazos la hicieron los 
castillos desarbolar. Anhelaban los católicos en los continuos tra- 
bajos así en el castillo de Nuestra Señora de Europa, como en la 
contramina del muelle y zanja que por la parte de adentro se ha- 
cia, para una fuerte empalizada que pudiera suplir el muro, cuya 
ruina se esperaba por horas. 

Habiendo dado fondo esta tarde tres navios y otras embarca- 
ciones menores, entraron con los socorros esta noche cuatro lan- 
chas y un barco, admirándose la providencia del Excelentísimo 
Señor Conde de Aguilar, en la cantidad de víveres y municiones 
que suministraba, extrañándose sólo el escaso número de gente 
que enviaba, estando la plaza en tanto aprieto, no ignorándolo. En- 
traron 30 hombres, muchos medicamentos y refrescos para los he- 



413 

ridos, que pasaban de l.OO, con un religioso de San Juaude Dios, 
llamado Fr. Juan de Legasa, experimentado cirujano, el que fué 
de mucho útil á la plaza. 

El dia 14 salió D. Pedro de Guzman con otros soldados á que- 
mar el ataque próximo; pero no pudiendo lograrlo por el número 
de árabes sobresaliente que acudió, se retiraron con buen orden 
con cinco heridos y muerte de D. Pedro Peral, joven que en el 
discurso del sitio habia dado bastantes muestras de su valor en la» 
salida? que fueron impuestas, y en particular en el campo el dia 2S 
del pasado, siendo uno de los tres que, como ya se ha dicho, inten- 
taron tan bizarra resolución. Entraron esta noche ocho barcos con 
víveres y pertrechos, y el capitán D. Juan Magan con su com- 
pañía. 

Midióse el dia ló la brecha por el alférez D. Juan de Montene- 
gro, y se vio pasaban de 200 varas; íbase aumentando el trabajo de 
los católicos en el muelle, y en la empalizada ó trincheron terra- 
plenado donde se habían de poner algunas piezas para resistir al 
enemigo; trabajando asimesmo para encontrar una mina que los 
árabes traían dirigida á la puerta del muelle, se facilitó poner al- 
gunas piezas en la muralla de la villa que dominaba la brecha y 
puerta del muelle donde el enemigo avanzaba, procurando por to- 
das partes mi Gobernador defenderse hasta morir con los suyos, 
que estaban del mesmo parecer; aunque estaba la plaza tan an- 
gustiada, conociéndose claramente poder mantenerse muchos días. 

Oyeron los golpes de los minadores árabes el dia 16 los contra- 
minadores católicos muy próximos en la puerta del muelle, por 
lo que solicitaban su trabajo, á fin de encontrarla, con especial 
cuidado. Salió felizmente una lancha, á pesar de los repetidos tiros 
de escopetería y artillería que intentaron estorbarla, 

A las seis y media de la mañana del dia 1 7 disparó el enemigo 
una pieza sin bala, y poco después volaron otra mina cerca de la 

puerta del muelle, que arruinando (1) dejó el poco resto 

de muralla muy sentida. Acudieron con toda solicitud á la defensa 
los católicos; pero no hicieron movimiento alguno los árabes, que 



(1) Hay un blanco. 



414 

cauaó no poca novedad. Sucedió este día un caso digno de eterna 
memoria, y fué que, estando los mosqueteros en la muralla dispa- 
rando, los levantó la mina y echó al campo cerca de los ataques 
árabes, sin lesión del golpe, y sin que el susto tuviera en ellos 
lugar, pues cobrados al abrigo de una peña, hicieron por largo es- 
pacio cara á los árabes, que maravillados de tal portento y de re- 
solución tan grande, no osaron salir de las líneas á cautivarles, 
dándoles lugar á que por la brecha entraran en la plaza, con gozo 
de todos los católicos, que casi envidiaban tan grande animosidad, 
pues no habla soldado que, ambicioso de gloria, no procurara seña- 
larse particularmente; pensamientos que, reinando en todos, no 
aspiraba ninguno más que á la muerte, la que gozosos iban á en- 
contrar, sin medir el riesgo, á causa de la prolija resistencia de los 
católicos. Entraron de la fuerza de la pólvora arrancadas algunas 
peñas dentro de la plaza, y entre la del Muelle, y el reparo que 
de material se habia hecho, sacaron de debajo de una dos católi- 
cos vivos. Perecieron este dia cuarenta entre muertos y heridos, 
acudiéndose á fortificar con gran cuidado la brecha, en que se admi- 
raba el celo de cada uno. 

G-rande fué la batería de nuestra artillería el dia 18 á las pla- 
cillas de armas y ataques del enemigo, así por la parte del campo 
como en el Diamante y Muelle; aunque no fué mucho el daño que 
se les hizo, por lo bien que estaban fortificados, no dejando con sus 
repetidos tiros de artillería de molestar los católicos continuamen- 
te, cuyo daño era resarcido con toda solicitud. 

Hubo consulta el dia ly, en la que se propuso la brecha tan 
grande é indefensa; el número de árabes, á cuyo ejército llegaban 
siempre frescos socorros; las minas que amenazaban volar; las es- 
casas defensas de la plaza, por la poca gente que habia en ella, y 
otras cosas muy importantes; pero se concluyó el que se defendie- 
se hasta la muerte, procurando con varios y continuos trabajos re- 
sistir, sin excusar nunca las instancias de loa árabes, á los que no 
habia hecho estorbo las lluvias de este dia y el antecedente para 
sus trabajos que por derecho del reducto de San Juan llevaban, 
habiéndose cubierto con las botas arrojadas de las minas, las te- 
nían para su reparo. Fueron llevados dos barcos de la corriente 



415 

de los que estaban en la marina, los que vararon en los sa- 
lados. 

Molestaban el dia 20 los árabes á los católicos, no solamente con 
las continuas descargas de escopetería y repetidos tiros de artille- 
ría, pero con peñas, con las que á muchos hirieron, por estar los 
ataques y placillas de armas tan próximas. No se dejaba un punto 
de la mano el trabajo de la estacada, por ser de tanta considera- 
ción como otros muy necesarios en diferentes partes de la plaza. 

No hubo cosa memorable que poder notar el dia 21; sólo que 
filé muerto en el foso del castillo de Nuestra ¡Señora Jacome Eoso, 
mozo de mucho valor y que se Labia señalado en diferentes oca- 
siones, así en este sitio como en el de Melilla. 

Continuábiise con gran cuidado de los católicos el dia 22 las 
cortaduras de San Juan y contraminas del castillo de Nuestra 
Señora de Europa, no cesando un punto el trabajo de la estacada 
en que se fundaba la última defensa de la plaza. La centinela del 
reducto de San Juan, viendo salir de las líneas propincuas algu- 
nos árabes, tocó alarma, y acudiendo los retenes y otros particula- 
res, se sosegó el tumulto, habiéndolos retirado á mosquetazos. 

Muy continua fué la artillería de ambas partes el dia 23, aun- 
que poco daño se experimentó en la plaza, teniéndose por cierto 
era muy profunda la mina que al reducto de San Juan traían, 
pues no se escuchaba en las cortaduras y taladros señales, aunque 
el terreno sacado por aquella parte daba bastantes muestras, no 
descuidándose los católicos en enviar buenas y resueltas escuchas, 
con duplicadas rondas por todas las partes. 

Se observó el dia 24 que los árabes traían nuevas minas, una 
dirigida á la torre del Judio y otra al lienzo de San Francisco, y 
se acudió, según el tiempo daba lugar, á encontrarlas por ambas 
partes. 

Continuaban los sitiadores sus trabajos exteriores el dia 25, 
aumentando en el muelle nuevas lineas de comunicación, y en el 
campo varias placillas de armas, muy capaces y recias, haciendo 
repetidas instancias de noche, en decir á los católicos que entre- 
garan la plaza y se fueran á España, pues ya estaban en tanto 
aprieto; que no se fiaran en los buenos sucesos tenidos hasta allí, 



416 

pues era indubitable la ruina que les esperaba. A todo cerraban 
los oidos, despidiéndolos á balazos, como más veces tenia ordenado 
mi Grobernador. Habiendo perfeccionádose ya por la parte superior 
la estacada y puesto algunas piezas, se hacia notable daño con 
ellas á los árabes de la otra parte del rio. 

El dia 26 no hubo cosa memorable. 

El dia 27 se observaron con grande admiración hechas nuevas 
baterías en las Borraceras para jugar diez piezas, donde derriba- 
das las antecedentes, hablan en una noche levantado éstas y pa- 
sado algunas piezas de las que tenian abajo en la arena, que baten 
la plaza con daño considerable. Aumentaba la Divina Majestad 
las fuerzas á los católicos, pues parece imposible que tan escaso 
número hiciera tan excesivos trabajos, los que no estorbaban el 
pelear continuamente, pues no cesaba un punto la mosquetería y 
artillería. 

En tanto que en Alarache se continuaban estas defensas, no lag 
solicitaba menores en España su Rey Católico, que entendido se- 
rian más prontas en Andalucía las de la ciudad de Xerez de la 
Frontera, por distar su situación de Alarache 100 millas, la orde- 
nó por su cédula Real dispusiese la marcha de dos de sus 16 
compañías, fiando de sus notorias lealtades la más pronta expe- 
dición, prometiendo su liberalidad correspondientes mercedes á tal 
servicio, asegurándola las restituiría á su población, alzado el si- 
tio. Exhibida la Real orden en su Ayuntamiento por su Corregidor 
y capitán á guerra, el señor don Gómez de Figueroa y Córdoba 
Laso de la Vega, Caballero del Orden de Santiago, Gentil hombre 
de la boca de Su Majestad, y obedecida por el señor don Francis- 
co de la Cueva y Córdoba, su alférez mayor, en nombre de la ciu- 
dad, fueron unos mesmos los dictámenes de sus muchos capitula- 
res en facilitar el real servicio, explicando en dilatadas conferen- 
cias su inclinación al mayor acierto, y deseando los mejores en 
alivio de sus vecinos, entendida les seria sensible el salir en for- 
madas compañías, por ejercitarse muchos de ellos en diversos 
estados y diferentes empleos, decretó un mayor servicio, que fué 
el reclutar 100 infantes voluntarios, eligiendo dos caballeros capi- 
tulares, debajo de cuya conducta, pasando á Cádiz á orden del 



417 

Excelentísimo Señor Conde de Aguilar, como Su Majestad ordena- 
ba, Su Excelencia las formase, recibiese á sueldo y concediese pa- 
tentes de capitanes de infantería española á las electas, que fuero» 
el señor don Fernando Rodrigo de Morales Maldonado Suazo y 
yo; y para facilitar con brevedad losmediosy la salida, juntos con 
el señor Corregidor, eligió por sus diputados á los señores don 
García Lorenzo de Mendoza, Alguacil mayor; don Jerónimo Die* 
go Dávila Vargas Machuca, Caballero del Orden de Calatravaj 
don Fernando Bartolomé Dávila y Torres; don Juan Francisco d© 
Ascargorta y Arrillaga; y acabado el Ayuntamiento en ánimo d© 
facilitar la ejecución á tan loable acuerdo, aunque de la elección» 
de estos caballeros fiaba la ciudad su mayor brevedad, como insta- 
ba tanto el estrecho sitio de Alarache, y la expedición y facilida<l 
de las cosas se componía de diversas dependencias, se ofrecieron 
muchos capitulares á estar todas las horas en las Casas de la Justi- 
cia con su Corregidor y Diputación, que habiendo ejecutádolo con 
tan singular aplicación, son muy dignos de memoria, quienes fue- 
fon: don Francisco de la Cueva y Córdoba; don Manuel Ponce de 
León y Villavicencio; don Alonso Fernandez de Valdés Pino Dá- 
vila, Caballero del Orden de Alcántara; don García Dávila Ponce 
de León, Caballero del Orden de Calatrava, Marqués de Villamarta 
Dávila; don Martin Ruiz Cabeza de Vaca; don Juan Francisco de 
Miraval Spinola, Caballero del Orden de Calatrava; don Agustín 
Spínola Camacho Villavicencio; don Martin de Miraval Ponce de 
León; don Juan Ruiz Riquelme Villavicencio; don Alvaro Igna- 
cio López de Padilla; don Andrés de Torres, don Antonio de 
Vargas Machuca Dávila; don Gonzalo Pérez de Gallegos, Villavi- 
cencio y Herrera, que facilitando los medios, ordenó el señor don 
Gómez junta particular, donde concurriendo don Juan Ponce de 
León, Sargento mayor, y sus 16 capitanes, les ordenó, con la com- 
prensión que tenían de sus cuarteles, buscasen hombres, loa más 
hábiles para la guerra, é hijos de más conocidos padres. Acertada 
resolución, prevenida en las ordenanzas militares que mandó im- 
primir el Señor Emperador Carlos V, y reimprimir el Señor Rey 
Pelipe IV, á donde ordena sean preferidos á este ejercicio los de 
más conocida sangre, pues como el corazón mueve los ánimos, se 
Tomo CVI. 27 



418 

Jia experimentado en él resolucionea que las fuerzas corporales no 
prometían; y habiendo acreditado la experiencia en Alarache y eu 
Mequinez, con el valor en la batalla y con la constancia en el cau- 
tiverio, la aplicación de estos caballeros en solicitar los más elec- 
tos, deben ser indicados sus nombres, que son: don Fernando 
Eodrigo de Morales, don Manuel Ponce de León, don Miguel 
Pernandez de Villavicencio, don García José Dávila, don Agustín 
Eamirez Pabon, don Juan Caballero Dávila Patino, don Alvaro 
José Nuñez Cabeza de Vaca, don Gómez Lorenzo de Mendoza, 
don Sebastian López de Carrizosa, don García de Lara Dávila 
Ponce de León, don Alberto Manuel Caballero de la Cerda, don 
Oarcía de Trujillo Noguerol, don Juan González de Mendoza, don 
Francisco Alberto Ramos Dávila, don Gómez Dávila y Torres y 
JO, que á su imitación, solicitaba los mesmos aciertos. 

No faltaron algunos populares discursos que, preciados de ce- 
losos, lastimaban la prevenida ya sucedida tragedia, culpando 
resolución tan gallarda, que no por ser leales, dejan de ser públi- 
<;as las públicas acciones, y como tales, viven expuestos á la más 
rigurosa censura, diciendo debió contentarse Xerez en tener en- 
tonces muchos de sus más principales hijos ocupados en servicio 
■de Su Majestad , uno cuatralbo de las galeras de Ñapóles, en 
Cataluña; dos capitanes de caballos, cuatro de infantería, mu- 
chos caballeros entretenidos, y otros hombres conocidos en aque- 
llos ejércitos; un capitán de infantería, en el que se hallaba guar- 
neciendo á Gibraltar, muchos caballeros de la orden de San Juan, 
sirviendo en las galeras de Malta; unos sirviendo de meninos, y 
otros de pajes en la Casa Real; algunos en gobiernos, corregimien- 
tos, y fn tribunales eclesiásticos y seculares, que debió así repre-, 
sentarlo á su Rey, atendida la incapaz defensa que Alarache tenia, i 
esperando en su real ánimo diferiría su decreto, ó mandaría soco- 
rriesen otras reclutas la plaza, ocasionando dilaciones que emba- 
razasen su salida, valiéndose del beneficio del tiempo, que suele 
-desvanecer los peligros; lo que no debió hacer Xerez, pues la obe- 
diencia ciega á sus Reyes; ha sido el timbre único de sus blasones, 
desde que gloriosamente la sacó de la mahometana perfidia el señor 
Rey don Alonso, décimo del nombre en Castilla y León, llamada 



419 

el Sabio, el año de 12, la más célebre conquista de aquel reina- 
do, así por la resistencia que en ella hicieron los árabes, como por 
las resoluciones de sus valerosos conquistadores, que acreditadas 
•con tanta sangre vertida, facilitaron ganarla, donde entrando el 
señor Rey don Alonso, consagrada la mezquita mayor en iglesia 
colegial con título de San Salvador, dotándola de número de pre- 
-bendados, que gozan títulos y memorias de capellanes reales, eri- 
giendo dos insignes monasterios, Santo Domingo el Real y San 
Francisco, religiosos observantes, con otros célebres parroquiales 
templos, donde se miran mausoleos que conservan las cenizas de 
tan señalados varones, repartiendo á 300 caballeros hijosdalgo, 
-las más señaladas tierras, juros y otras singulares mercedes, 
volvió á continuar sus conquistas, dejando á Xerez tan favore- 
cida, como se lee en sus privilegios reales y libros capitulares que 
■se conservan en sus archivos, y en los muchos descendientes, que 
hoy viven, de aquellos héroes, debiendo gozar con justo titulo 
este epíteto. Pues ¿cuál más valerosa acción que la de su alcaide 
valeroso, en dejarse matar primero que entregar sus alcázares 
reales? ¿Cuál la de hallarse en una ocasión sitiados, y escribir 
<;on su misma sangre una carta al señor Rey don Alonso, que 
leyéndola, cuando advirtió el color rojo de las letras, que decían 
antes verterían su sangre que abandonar á Xerez, como lo acre- 
ditaba aquel teñido papel, admiró su temeraria resolución? ¿Cuál 
'la de arrojarse uno de sus primeros caballeros en el real enemigo 
'(y como la temeridad no repara en casos futuros), introducido 
en la tienda de su Infante, le quitó la vida con pérdida de la suya, 
ocasionando levantasen por entonces el sitio, que por muchos 
días habían mantenido en los llanos de Lama? ¿Cuál la de, ha- 
llándose en otra ocasión sin socorros, por las continuadas guerras 
de aquellos tiempos, con resolución de salir á campaña en un 
muy escaso número, sabida por los caballeros de Córdoba, sin ser 
llamados, vinieron á su socorro, llegando á tiempo tal, que juntas 
unas y otras huestes, vencieron el numeroso ejército de los ára- 
bes, y hospedados aquellos generosos caballeros en la ciudad, 
-confederaron cordobeses y jerezanos aquella tan celebrada her- 
mandad, que con correspondencia recíproca, hasta esta edad se 



420 

conserva? ¿Caál la fé prometida y jurada lealtad que conservaron 
al señor Eey don Alonso, en las inobediencias del señor Infante 
don Sancho, su hijo, quien lo redujo á tal extremo, que para for- 
mar sus defensas, se vio obligado á empeñar su corona, y murien- 
do glorioso, aunque perseguido, ordenó en su testamento no dest- 
cansase su real cadáver hasta estar satisfechos todos sus débitos, 
que con puntualidad observó la señora Reina doña Violante, eñ 
c»yo3 bullicios se mantuvo Xerez á la obediencia de un rey á 
quien era deudora de la ley y de la paz, haciendo en su muerte 
señaladas demostraciones de sentimiento y de fineza á la señora 
Beina viuda? 

Jurado después el señor Infante D. Sancho, cuarto del nombre 
e» los reyes de Castilla y León, llamado el Bravo; compuestas en- 
tre sí las diferencias con sus sobrinos los señores Infantes Cerdas, 
fué Xerez de las primeras que le juraron vasallaje, y sus hijos loa 
que más se señalaron en su real servicio; como lo dio Su Majestad 
á entender, pues hallándose en Xerez, la confirmó los privilegios 
qae sus lealtades hablan sabido merecer á su padre, favoreciéndola 
con repetidas inmunidades, dotando á la colegial de San Salvador 
de nuevas memorias, y sucediendo en aquella ocasión en el mo- 
nasterio de San Francisco, religiosos observantes, la muerte de uno 
de sua más principales ricos hombres que venian en su cortejo, de 
cuya sangre aun á los hijos de esta antigüedad han quedado me- 
morias en muchos caballeros de aquella ciudad, advirtiendo á sus 
sucesores cuánto deben ser atendidos los servicios militares, y es- 
timada su nobleza, autorizó el entierro con su persona real hasta 
la colegial de San Salvador, donde ordenó su depósito, y en un 
público teatro alabó las singulares proezas de aquel cadáver y loa 
señalados servicios que reconocían á los hijos de Xerez, no sólo 
los que ejecutaron en su conquista, sino también los de sus pro- 
genitores en las del señor Rey D. Fernando el Santo, tercero del 
nombre, su abuelo, cuando gloriosamente ganó los reinos de Jaén, 
Córdoba y Sevilla. 

Los mesmoa fueron estos servicios al señor Rey D. Fernando, 
llamado el Emplazado, hijo del señor Rey D. Sancho, en diferen-» 
tes entradas que hizo á los árabes do Granada en su reinado. 



421 

En el del señor Rey D. Alouso el onceno, su hijo, fué Xeree 
muy favorecido de Su Majestad, pues pasaudo á las conquistas de 
Oibraltar y Tarifa, aun antes de ganarlas, hallándose en ella, la 
confirmó sus privilegios y la ilustró con nuevas fábricas de parro^ 
quiales iglesias; y pasando á estas conquistas en la batalla del Sa- 
lado, fué el pendón de Xerez el más señalado; y ganada Gibraltar, 
fué su primero alcaide un valeroso caballero de Xerez que, suce- 
diendo en sus reales aquel tan riguroso contagio, le ocasionó ¿ Sa 
Majestad la muerte, sentida antes de llegada, por las prevenidaa 
desgracias que se siguieron á ella. 

Seoediéndole su hijo el señor Key D. Pedro, primero del nom- 
bre, llamado el Justiciero; turbados todos sus reinos por sus ente- 
rezas y justicias, difunta la más infeliz reina de Castilla, la señora 
Doña Blanca de Borbon, que ocasionó á España todo su descon- 
suelo mayor, y toda su mayor ruina al señor Rey D. Pedro, su 
marido, quien eligió panteón de tan hermoso y tan desgraciado 
<;adáver, entre tantas ciudades de Andalucía, á Xerez, colocándo- 
la en su capilla Real y mayor del monasterio de San Francisco, 
religiosos obervantes. 

Aclamado por Rey de Castilla el señor Infante D. Enrique, 
Conde de Trastamara, su hermano, fué la ciudad de Xerez la que 
no conformándose con todas las más del reino, no atendiendo sug 
hijos á los aumentos de sus casas, que lograron en esta sedición 
otras que hoy permanecen las más soberanas, se hallaron siguien- 
•do la voz del señor Rey D. Pedro en la batalla de Nájera, que 
continuando sus severidades, cercado años después por el Infante 
D. Enrique en los campos de Montiel, se representó en ellos la más 
lamentable tragedia que admiró España; pues reducido á lucha el 
valor de los dos hermanos, vertida la sangre Real de uno y otro, 
permitió el cielo fuese el señor Rey D. Pedro el rendido y muerto. 
¡Oh Príncipes, oh Reyes, que pecáis para vosotros y para vuestros 
subditos, aprended escarmientos en la severidad de este castigo! 

Quedando todas las huestes por el señor Infante D. Enrique, 
fué jurado Rey de Castilla, segundo del nombre en ella, y aunque 
alabando los leales al Rey su hermano, su discreción supo disimu- 
lar, cuando Xerez le obedeció, no lo hubiesehecho primero, como 



422 

el entendimiento disimula y no olvida los agravios. Estuvo tan 
lejos de premiarlos, que antes, desconfiados, hubieron de dejar sus 
casas muchos de sus principales caballeros, pasando al reino de 
Granada (que no es nuevo poner á la nobleza en poder de árabesr 
una lealtad y una obediencia), hasta que muriendo el señor Rey 
D. Enrique, fueron restituidos á sus casas, por dejarles en su testa- 
mento ordenado al señor Infante D. Juan, su sucesor, de nadie más 
se fiase que de los que se hablan mostrado leales al señor Rey Don 
Pedro, pues á vista de su entereza no se habían apartado de aquel 
su mejor partido. 

Ooronado el señor Rey don Juan el primero, íueron iguales los 
stírvicios de Xerez en su reinado, pereciendo muchos de sus hijos 
en la memorable batalla de Aljubarrota, donde triunfando las 
armas portuguesas de las castellanas, fué vencido el señor Rey 
don Juan, trance de que con sentimiento se glorían los más Gran- 
des de Castilla, por haber perdido en él sus más gloriosos pro- 
genitores. 

Muriendo desgraciadamente el señor Rey don Juan el primero, 
sucedióle el Señor Rey don Enrique, su hijo, tercero del nombre,- 
llamado el Enfermo por sus dolencias, que concurriendo á su ser- 
vicio Xerez en las entradas que hizo con sus armas en tierras de 
árabes el señor Infante don Eernando, su hermano, acreditó el 
concepto que Su Majestad formó siempre de sus lealtades. 

Acabando sus indisposiciones el señor Rey don Enrique, de- 
jando por su sucesor al señor Rey don Juan el segundo, su hijo-, 
en edad de 22 meses, luego le juró Xerez, sosegando los bullicios 
que su menor edad motivó la gran prudencia de la señora Reina 
doña Catalina de Alencastre, su madre, y el gran valor del señor 
Infante don Fernando, su tio, llamado el Infante de Antequera, 
por la reñida conquista de esta ciudad, que ganada, puso por pri- 
mer alcaide en ella un famoso caballero que se habia señalado á 
su lado, y criádose en el ejercicio de doncel en la Casa Real, desde 
niño, hijo del Adelantado mayor de las fronteras del reino de 
Jaén, y sobrino de su obispo, insigne prelado y célebre pastor de- 
la iglesia de Jaén; que muriendo éste tan famoso y celebrado al- 
caide de aquellas y estas edades y dos hijos suyos, uno de indis' 



42;^ 

posición, y otro en batalla, le sucedió su hermano segundo en la 
alcaidía, alferazgo mayor, villas, jurisdicciones, patronatos y 
otras insignes memorias en aquella ciudad, que hasta estos tiem- 
pos conservan sus descendientes, derivados de hijos mayores y 
de otros hijos, otras muchas ramas que con igual estimación flore- 
cen en Andalucía. 

Pasado el señor Infante don Fernando á ser coronado Rey de 
Aragón, no imitando tan esclarecido padre, sus cinco hijos, Infan- 
tes de Aragón y Maestre de las Ordenes militares, le alborotaron 
el reino de Castilla, y su primo hermano el señor Rey don Juan 
el segundo (que cuanto es mayor la amistad y parentesco más fá- 
cilmente se rompe), émulos á la privanza de su Condestable, cu- 
yas envidias le pusieron en un cadalso, y no sosegadas por este 
acto de justicia, pues una vez declaradas, no es capaz de vencer- 
las todo un ánimo real, sitiaron algunas ciudades de Andalucía, 
y á Xerez, á cu)'o prepósito salió su pendón y toda su numerosa 
nobleza, y reconvenidos en unas vistas por un principal caballero 
retirasen sus huestes, porque Xerez nunca faltaría en la lealtad á 
su Rey, á que también lo reconvinieron los suyos; pero el caudillo-, 
que era uno de los Infantes, aunque de gran corazón, no tenía ex- 
periencia en las cosas de la guerra, criado en las delicias de una 
corte, sin ejercicio en las armas, ni noticia de los casos, no admitía 
consejos, creyendo todo lo podría vencer la grandeza de su sangre,, 
y que disminuiría su gloria si tuviese algún compañero en ella, pre- 
sunción en que suelen peligrar los generales, y por donde procurao 
acrecentarse ignominiosamente se pierden, como sucedió á los In- 
fantes que, no admitiendo partido alguno, quedaron rendidos por 
Xerez en una célebre batalla, que hasta estos tiempos ha quedado 
memoria en aquellos campos, que siempre perdió la ambición deí 
ageno estado el premio. 

Muerto el Rey don Joan y sucedídole el señor Rey don Enri- 
que, cuarto del nombre, su hijo, ocasionaron sus descuidos tale» 
alborotos y tan nunca oidas parcialidades entre sus Grandes, que 
levantaron por Rey de Castilla al señor Infante don Alonso, su 
hermano, á cuya obediencia reducida la mayor parte de Castilla 
y Andalucía, apoderados los que seguían esta voz de San Lucar 



424 

de Barrameda, entraron en tierra de Xerez, talando todos sus 
campos, que hallándose sitiada por todas partes, en unas vistas se 
convinieron en que avisando Xerez su sitio al señor Rey don En- 
rique que se hallaba en Segovia, ajeno de socorrerla, ordenase, 
advertida la imposibilidad de defensa, el que se diesen á partido, 
constando así por su cédula Real eran las mesmas sus lealtades, y 
Su Majestad creyese eran suyos los ánimos, que de no ser así, se 
dejarían primero perecer bárbaramente; y así resuelto, poco segu- 
ras las enemigas, pues la desconfianza fué siempre hija de la des- 
lealtad, les pidieron rehenes, que ejecutado, fueron los primogéni- 
tos de los caballeros de Xerez, y en ella entraron de los enemigos 
aus más allegados. Luego llegó aviso de Su Majestad dónde per- 
caitia la entrega, atendiendo á aquella urgencia, alabando á la 
ciudad su señalada lealtad, y explicando en carta particular su 
real afecto con cariñosa palabra de amigo á uno de los capitu- 
lares. 

Muerto el señor Infante don Alonso, que desunió estas parcia- 
lidades en parte, logrando victoria contra los rebeldes las armas 
del Rey en la batalla de Olmedo, intentaron las mesmas ayudas 
de las de los grandes de Andalucía recobrar á Gibraltar, que en 
las turbaciones pasadas había vuelto al poder de los árabes, en 
cuya conquista tuvo grande parte Xerez, y como tal, puso por 
alcaide de ella el señor Rey don Enrique á un capitán suyo, ca- 
sándolo con hermana legitima de uno de sus Grandes, señalándole 
una tan crecida dote en su patrimonio real, que conservada hasta 
hoy en sus descendientes, aun en estos tiempos fuera demostra- 
ción excesiva. 

Corriendo por las demás ciudades de España la fama de las 
lealtades y resoluciones de Xerez y de sus hijos, motivó á muchos 
grandes suyos se uniesen en matrimonio con muchas de sus pri- 
meras casas, y otros muchos ilustres caballeros de Castilla y de 
la Señoría de Genova, que avecindados en ella, han dejado nume- 
rosa posteridad; y no pudiendo estrecharse su vecindad en sus 
muros, fuera de ellos se fabricaron muy dilatados barrios, oca- 
«ionando muy crecidos caudales la fertilidad y longitud de sus 
campos, á que se siguieron nuevas fábricas de Parroquias, muchos 



425 

Monasterios de roligiosos y religiosas de todos loa Ordeoes, Hos- 
pitales, Capillas, é inuumerables Ermitas y Santuarios, siendo el 
mis cselebérrimo el Monasterio de la Cartuja, riljeras de su río 
Ouadalete, que en culto divino, en observancia, en opulencia, ©n 
insigne caridad, compite con los primeros de Europa; donde, así 
en él como en los demás, es adorado el Dios verdadero con singu- 
lar majestad, y aplaudida su Madre Santísima, con la devoción 
Diás rendida y demostraciones más públicas; pues no hay Parro- 
quia, Monasterio ó Ermita que no la celebren con singularidad; y 
íjomo es tan crecido su número, el año todo se pasa en estos obse- 
quios; y aunque todas sus imágenes son tan milagrosamente pere- 
grinas, la que más arrastra los afectos es la de Nuestra Señora de 
Consolación, venerada en el Monasterio de Santo Domingo el 
JS.eal, por las circunstancias mar:ivilIosas de su aparición; pues 
navegando el golfo de Rosas un famoso caballero genovés, corrien- 
do una procelosa tormenta, á la media noche, perdido el árbol 
mayor, trinquete, mesana, jarcias, gúmenas y entenas, reconoció 
«n breve distancia una lancha eon dos luces, que admirado se con- 
servasen á tales vientos, abordando á su bagel, vio una imagen 
de Nuestra Señora, de peregrina escultura, que colocándola en la 
cámara de popa, serenada la tormenta, le dijo la condujese á Xe- 
rez de la Frontera, al convento de sus hijos los Predicadores; y 
sucediendo este prodigio en un golfo más de novecientas millas 
■distante de la bahía de Cádiz, amaneció en ella, y desembarcado 
«n el Puerto de Menesteo, llamado desde entonces Puerto de San- 
ta María, por haber arribado á él tan divino simulacro, pasó el 
¡año de 1228 á Xerez de la Frontera, que sabido por sus dos esta- 
dos, eclesiástico y secular, se movió entre la Colegial y los demás 
Monasterios repetidas diferencias, por pretender adjudicarse cada 
«na aquella reliquia, y obviando embarazos el caballero genovés y 
los de Xerez, la pusieron en un carro, gobernado sólo por dos cer- 
riles brutos, alhaja la más acomodada en aquellos dichosos siglos, 
y sin ser guiados, llegaron al Monasterio de Santo Domingo el 
£,eal, donde entendida la voluntad de la imagen, se desistieron sus 
intentos, que advirtiéndola después los mayores artífices de aque- 
llos y de estos tiempos, ignoran todos la formación de su origen. 



426 

La más recibida tradición es haber sido formada por mano de án- 
geles, y continuando sus prodigios, habló segunda y tercera vez 
á un espiritual religioso de conocida virtud; la una, á que dijese ¿ 
su prelado no la tuviese oculta, porque sólo venia á ser la consola- 
ción de Xerez, de donde se le denominó este título tan amoroso, y 
la otra, asegurándole una noche hallaría pronta numerosa cantidad 
con que la edificase Capilla, cumpliéndose todos los tres vatici- 
nios, pues Su Majestad llegó, como en el golfo lo predijo; la Ca*^ 
pilla se labró, la más hermosa, donde jurándola Xerez por su tu- 
telar patrona, luego experimentó sus consuelos en ahuyentar los 
árabes sin diligencias humanas, que intentaban tercera vez SQ 
conquista; en sacar sus hijos del reino de Granada y de las costas- 
africanas, donde vivían en miserable cautiverio; en restituir al 
uso de sus sentidos á ciegos y á sordos; de manera, que venerada 
por divino ídolo del Andalucía, han sido tantas y tan continuas 
sus maravillas por espacio de cuatro siglos, que si dijo el señor 
Rey don Felipe IV, visitando aquel primer templo de la Cristian" 
dad: — Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, ¡dichosa fuera Ma- 
drid, si hubiera logrado este simulacro! Yo digo: — ¡Dichosa es sólo- 
Xerez, que merece protectora tan soberana! 

Adornan en lo material á Xerez unas majestuosas casas de ca- 
bildo, de artificiosa hechura; unas suntuosas casas, habitación de 
los caballeros corregidores; unas fábricas extendidas para el usa 
de las providencias públicas; plazas multiplicadas á diversos usos, 
para no confundirse en los empleos, una para los festejos má& 
plausibles, otra para las dependencias civiles, muchas para mer- 
cancías, y para diversos oficios, cada uno con separación; vistosas- 
fuentes, unas inmediatas, otras apartadas de la ciudad, y todas 
para el uso piiblico; un primoroso puente en Guadalete, rio de 
Leteo ó del Olvido, en cuyas amenidades fingió la antigüedad se- 
olvidaban los pesares, y como á tales, constituían en ellas loa 
Campos Elíseos. 

Creyendo el señor Rey don Enrique que la cercanía de aquellos 
que habían perturbado el reino seria su remedio, fué su ruinar 
siendo estilo de la divina justicia en sus castigos disponer la» 
cosas de suerte que quien le ofende se hiera con su espada mes- 



427 

ma, que se le rompa entre sus manos el arco, que peligre en sus 
obras, y que ciega la prudencia, se confundan los consejos, sin 
que en esto fuerce Dios el libre albedrío, porque basta dejarle el 
poder de sus pasiones, y como es uno de los efectos del vicio cegar 
los ojos de la razón, murió lleno de infelicidades, pues la mayor 
de los príncipes es gobernarse por ajenas voluntades, sucediendo 
á ellos lo que á estos planetas luminares, de cuyos efectos en sus 
eclipses paga el mundo la pena. 

Heredó los reinos de Castilla y de León la señora Infanta doña 
Isabel, hermana del señor Rey don Enrique, la más célebre ma- 
trona que admiraron estos y aquellos siglos; que jurada Reina de 
Castilla y casada con su primo segundo el señor Príncipe de iSici- 
lia, Infante, y después rey de Aragón, don Fernando, quinto del 
nombre en Castilla, y unidas otras coronas, les concedió título de 
Católicos el vlce Dios de la tierra, que como si no hubiera heredá- 
dole, lo acreditaron de nuevo en formar un temido tribunal de la 
Inquisición, en expeler todos los hebreos de sus reinos, en liber- 
tarlos de los yugos agarenos, conquistando el belicoso reino de 
Granada, toda su tierra, donde gastó diez años en los más peli- 
grosos sitios, concurriendo en todos su valerosa consorte la seño- 
ra Reina católica doña Isabel, y dilatando el Evangelio á la Amé- 
rica, logró nuevas conquistas y no menores glorias; á cuyas proe- 
zas concurrieron los caballeros de Xerez y su pendón en la guerra 
de Granada; quedando los señores Reyes Católicos, convocaron 
toda la nobleza de sus reinos, hallándose Su Majestad en todas 
las eutradas que en él se hicieron, pues habiendo en edad de trece 
años vencido una batalla, siendo Infante de Aragón, escuela donde 
aprendían en aquel tiempo los reyes, no se podia hallar sin ellos^ 
porque sólo se mantienen los reinos con los mesmos medios con 
que se adquieren . 

No sólo se hallaron en estos sitios los más ilustres caballeros de 
Xerez; pero en las conquistas de las islas de Canarias se señala- 
ron de modo que, volviendo á España, entre otras que merecieron 
á los señores Reyes Católicos, fué la de honrarlos en Xerez con su 
Capilla mayor en el Monasterio de Santo Domingo el Real, no 
enagenado hasta entonces. Igual merced á la que habían hecho 



428 

antes los señores Reyes, sus predecesores, de su Capilla mayor en 
el Monasterio de San Francisco, religiosos observantes, concedien- 
do y permitiendo sepulcros á dos ilustres linajes, que el uno usó 
de él por algunos años y dejó por seguir otros patronatos, y el 
otro hasta hoy lo conserva con memoria, separando altar y escu- 
dos. Y como en la vida humana no hay seguras felicidades, se si- 
guieron á estas el más mal afortunado suceso en la muerte de la 
señora Reina Católica doña Isabel, pérdida que lamentaron aun los 
que no confesaban su fé, habiendo España debido á su admirable 
gobierno toda su tranquilidad, que á no haber favorecídola la 
Divina Providencia con su nacimiento, hubiera padecido su ruina, 
pues en la sucesión continua de tres Príncipes descuidados se 
suele perder el mayor estado, porque en el primero comienza á re- 
sentirse, en el segundo declina, y en el tercero cae; y tales pueden 
ser los Príncipes, que basten dos á dar en tierra con él, como su- 
cedió al Imperio de los godos; perdido entre las manos de aquéllos 
sus dos tan fatales Reyes, pues el primero con la libertad de los 
vicios, con la licencia de la impiedad, con el regalo de los baños y 
otras delicia», entorpeció todo el valor de los godos, y con el ocio 
en la paz bon-ó toda disciplina militar, y quitando á los subditos 
las armas, instrumentos del valor, y derribando los muros de las 
ciudades, presidio de ellas, y ánimo de sus habitadores, perdieron 
todos el espíritu marcial y el apetito de gloria; el segundo, impru- 
dente en sus afectos, destemplado en sus efectos, todo entregado á 
los vicios, continuando los pasos de su antecesor, acabó de perder 
su reino. 

Sucedió á la señora Reina Católica, por muerte del señor Prín- 
cipe don Juan, su hijo, y de la señora Reina de Portugal, su hija 
mayor, la señora Infanta doña Juana, su segunda hija. Condesa 
de Flandes y de Tirol, que había casado con el señor don Felipe de 
Austria, Conde de Flandes y de Tirol, Duque de Borgoña, hijo 
del ínclito Emperador de Alemania el señor don Maximiliano de 
Austria, por cuyo matrimonio feliz lograron los señoríos de Casti- 
lla sus mayores dichas en conocer por sus Reyes á la Cesárea Casa 
de Austria, y malogrado en su mejor edad el señor don Felipe, ya 
jurado Rey de Castilla, primero del nombre en ella, causó en la 



429 

señora doña Juana sentimiento tal, que dejándola notablemente 
indispuesta la invalidó el uso del gobierno, siendo su tutelar y Go- 
bernador, y del señor Príncipe don Carlos, su hijo, el señor Rey 
de Aragón, su padre, don Fernando el Católico, con quien volvió á 
lograr Castilla sus ya experimentados aciertos; pues á su prudencia 
y consejo en las artes de la piz, usando inseparables lados, virtu- 
des de la piedad y justicia, y á su disposición y valor en las de la 
guerra, confesaba el verse restituida á su primera felicidad, no 
teniendo aún esta tutela suspensas las armas, conduciéndolas al 
África, gobernadas por don Fray Francisco Xiraenez de Cisneros, 
Cardenal arzobispo de Toledo, y por el Conde Pedro Navarro, 
ganaron y rindieron la plaza de Oran y todas sus fortalezas, don- 
de también se hallaron algunos caballeros de Xerez, con igual cré- 
dito al de sus mayores. 

Cumplida su pupilar edad, el señor Príncipe de las Asturias, don 
Carlos, fué coronado Emperador de Alemania, quinto del nombre 
y Rey de Castilla con todos sus dominios, primero del nombre en 
ella, y jurádole Xerez su debido vasallaje, luego entraron muchos 
hijos suyos á servir en la Casa Real, loable costumbre heredada en 
España de sus Reyes godos, en cuyas edades se criaban en el Pa- 
lacio Real los hijos de los ricos hombres y nobles del reino, para 
que cobrasen amor á sus Principes, y émulos desús acciones, aspi- 
rasen á lo más glorioso. 

Saliendo después de Castilla el señor Emperador, en Alemania, 
en Flandes y otros Estados se hallaron sirviéndole muchos hijos 
de Xerez, y ocasionando la ausencia de Su Majestad aquellos 
grandes movimientos en Castilla, con nombre de Comuneros, á 
quienes dieron los leales cerca de Toledo una batalla, se halló en 
ella de los primeros el pendón de Xerez y su nobleza, que sabida 
esta lealtad por Su Majestad, la remuneró con cartas honoríficas 
á la ciudad y condecoradas mercedes á sus hijos. Despreciando e^ 
señor Emperador Carlos quinto las cosas humanas, sujetas á la 
malicia y á ligeros accidentes, retiróse á las soledades del admi- 
rable monasterio de Yuste, donde murió coronado de triunfos y 
de victorias, breve tiempo para un gobierno tan bueno. Las repú- 
blicas son perpetuas; los principes, á tiempos, unos buenos, otros 



430 

malos. jOh cuan feliz fuera el mundo si pudieran los buenos vivir 
lo que las repúblicas! 

Sucedió al señor Emperador su hijo el señor don Telipe, segun- 
do del nombre en Castilla, y jurándole Xerez, fueron muy contí-i 
nuos sus servicios, y el más señalado cuando, saqueada Cádiz, fa- 
mosa ciudad, por un grueso ejército de Inglaterra, gobernado 
por el conde de Sex, el más inhumano y obstinado hereje de aque- 
llos tiempos, pasó á su defensa Xerez con sus compañías, donde 
despojados por los herejes sus ciudadanos, violados sus templos, 
profanados sus altares, murieron muchos hijos de Xerez, unos 
por defender la inocencia, otros por no permitir ultrajes en las 
sagradas imágenes, y muchos que pasaron prisioneros á Ingla- 
terra, donde murieron los más en la horrorosa Torre de Londres, 
cuyos servicios quedaron remunerados en sus descendientes con 
singulares mercedes, y favorecida la ciudad con carta de Su Ma- 
jestad, la que individua sus más valerosos hijos. 

Sucedió el señor Rey don Felipe, tercero del nombre, á su pa- 
dre el señor Rey don Felipe segundo, y manteniendo en paz por 
algún tiempo sus reinos, no dejó Xerez de servirlo en las más 
plausibles demostraciones de júbilo al nacimiento de los tres In- 
fantes, sus hijos, que vio en aquel tiempo la Andalucía, pasando 
en su nombre á manifestarlo así á Su Majestad diferentes capitu- 
lares sují^os, con los gastos que correspondían á su representación, 
hallándose en aquel tiempo en la corte muchos de sus hijos, los 
unos en diferentes Consejos y Tribunales, los otros pajes en la 
Casa Real. 

Pasando á mejor vida el señor Rey don Felipe tercero, y suce- 
dídole el señor Rey don Felipe, cuarto del nombre, su hijo, con- 
tinuó Xerez sus servicios con sus compañías, en lo práctico, á 
repetidas armadas de Inglaterra, que intentaron saquear á Rota, 
y segunda y tercera vez á Cádiz, donde así defendiendo aquella 
villa como el puente de Zuazo, muchas veces fueron iguales sus 
méritos á los primeros, y muy crecidos sus gastos; y á las guerras 
de Portugal concurrió Xerez con sus compañías y pendón, y con 
diferentes resultas repetidas veces, en que se le siguieron extraor- 
dinarios dispendios. 



431 

Muerto el señor "Rey don Felipe cuarto, quedando en menor 
edad el señor Príncipe de las Asturias, don Carlos, y por su tu- 
tora la señora doña Mariana de Austria, sa madre, sirvió á Su 
Majestad Xerez con diferentes contribuciones para las urgencias 
del reino, y jurado el señor Príncipe don Carlos, segundo del 
nombre en los reinos de Castilla, hizo Xerez el más plausible 
acto y la más aparatosa demostración de júbilo que vimos en 
este tiempo; y en su primero real casamiento y muerte de la se- 
ñora Reina doña María Luisa de Orleans, ejecutó de sus finas y 
públicas lealtades las más costosas señales, conservándose en su 
Real servicio muchos hijos de Xerez, en el principio del reinado, 
y en este los que ya dije; y logrando en todos estos cuatro siglos 
tan singulares lealtades, siendo siempre la ciudad la mesma, no 
con menor empeño debieron concurrir sus capitulares, sin omitir 
diligencia ni el mayor costo en facilitar este servicio en obediencia 
á su Rey y en defensa de Alarache. Por esto fué en tiempo de los 
Godos tan estimada la nobleza, pues juzgando por cierto pasaría 
á los sucesores la virtud y el valor de sus antecesores, los obliga- 
ría la emulación doméstica y el ejemplo á continuar la gloria de 
las hazañas y trofeos dejados en herencia, como vínculos perpe- 
tuos en las familias. Los desengañados dicen que la nobleza no 
ae adquiere naciendo, sino obrando; si ellos entienden por nobleza 
las aplicaciones generosas de la virtud, dicen bien; pero el mundo 
no tiene á la virtud por nobleza, y no es tan ciego el mundo que 
no vea que la virtud es atributo mejor que la nobleza de la san- 
gre; pero ese atributo tiene diferente nombre. La nobleza de los 
abuelos solamente tiene por nombre nobleza. Saberse de un hom- 
bre muchas virtudes, le hace excelente; saberse los nombres de 
muchos abuelos, le hacen noble; el que dice noble, no dice preci- 
samente virtuoso; el que dice virtuoso, no dice noble precisamen- 
te. Las cosas que no caen debajo de un nombre genérico, no tie- 
nen una naturaleza; las que no están comprendidas en una natu- 
raleza, son por cualquier parte diferentes en el sentido humano. 
Virtud y nobleza son cosas muy distintas; mucho más venerable 
«8 lá virtud que la nobleza; todos lo, saben; pero mirando ala 
virtud como aprenda, grande que la puede cualquiera adquirir 



432 

por si mesmo, la nobleza, como á joya que no la puede tener 
sino el que la tiene, el noble está apto para adquirir virtud exee* 
lente; pero el excelente en la virtud no está capaz de ser noble si 
no se lo es; por esto la descendencia ilustre es á los ojos del mun* 
do tan estimable. La nobleza encamina la virtud, aconseja 1« 
liberalidad, obliga á la cortesía, inclina á ejercicios estimables, 
embaraza las vilezas, amonesta el buen trato, y enseña la amistad 
fina; por esta razón no dejarán de observar esta digresión algu- 
nos, no tú, pues siendo tus obligaciones las más, lo mesmo debe» 
á Xerez que yo; notándome el dejar correr la pluma en tan sabi- 
das verdades, como olvidado de lo que empecé á escribir, no sé sif 
ja llame deuda 6 afecto; si deuda, debe ser declarada; si afecto, no 
es culpable el publicarlo. Cualquiera de los que escriben se fatig* 
por agradar á cualquiera de los que leen. La mayor dádiva que 
puede hacer un hombre á otro, es la de la buena fama; grande 
bien le hace á otro el que le hace este beneficio; la buena fama se 
hace con sólo decir verdad; tan á poca costa se hace dádiva tartt 
mucha. Muy villano tiene el natural quien, por la poca costa de 
cuatro alabanzas, niega un bien que vale tanto. Mucha diligenciir 
cuesta librar de un error al que no se corre de tenerle. Sigo el 
discurso, que yo no intento quitarle al mundo su condición. 

Prevenidos ya los infantes, puestas mesas públicas, y pagados 
cada uno al crecido número de 20 y 30 escudos, ante Bartolomé^ 
de Medina, escribano del Cabildo y de la Junta de guerra, hubff 
de hacer elección de primera plana, y entre tantos como solicitaroff- 
mi bandera, elegí á don Juan Cloquer Vargas Machuca, que ade* 
más de sus conocidos méritos de justicia, le tocaba, como hija de 
un padre que, con el mesmo nombre 3' puesto, acompañó al mío ea 
otro no menor servicio. Gallarda resolución, que acreditó la expe* 
rienoia, muy parecida á la de su hermano mayor el muy Reve- 
rendo Padre Lector Fray Tomás Cloquer Vargas Machuca, qu«f 
abandonando las conveniencias del siglo por el hábito de Santo 
Domingo, que lo recibió en su convento Real de Xerez, donde lo- 
graba los mayores créditos en la cátedra, con su aplicación y con* 
tinuada práctica de aquella Atenas de Andalucía, dejó los aplau» 
sos que le facilitaba su ciencia, y pasando á Filipinas, son muy 



433 

sabidos sus progresos en la predicación evangélica, sacrificando 
sus vidas los dos hermanos, uno en América y otro en Áfri- 
ca, en propagar la ley verdadera y en quitar la vida á quien la 
niega. 

Di á Diego de Chaves mi alabarda, que solicitó, sin atender á, 
tan fatales anuncios, desempeñando mi elección sus resoluciones 
en defensa de la plaza, ejecutando lo mesmo don Fernando Rodri- 
go de Morales, en don Ambrosio Bravo y Ángulo, y Alonso de Ce- 
bada, que dignamente lo merecieron. 

Ya puestas en orden las compañías á disposición de don Juan 
Ponce, Sargento mayor, que con las experiencias de haber sido 
capitán de infantería española en las guerras de Portugal, las or- 
denó con todo militar acierto, salimos, marchando don Fernando 
Rodrigo, y yo, de Xerez, acompañados de su Corregidor, de la 
mayor parte de su nobleza, y de un numeroso concurso de todos es- 
tados, demostraciones de que don Fernando Rodrigo y yo tarde lo- 
graríamos el desempeño; siguiendo la marcha el Sargento mayor, 
la compañía de caballos, y los caballeros capitanes llegados al 
Puerto de Santa María, recibidos por su Corregidor y Sargento 
mayor, se señaló más en favorecernos, recibiéndonos antes de lle- 
gar á poblado, don Bartolomé José Leandro Dávila, Caballero del 
Orden de Alcántara, Veinticuatro perpetuo de Xerez de la Fron- 
tera, que acaso se halló en aquella ciudad, y sin dejar sus corte- 
jos hasta que quedamos embarcados, y aun navegando, volvió en 
una lancha á tierra, con las más sentidas demostraciones que rara 
vez lograron hijos de una mesma patria, como quien tan bien ha- 
bla sabido desempeñarla en las guerras de Portugal, siendo capi- 
tán de infantería española, y en su Ayuntamiento con sus pruden- 
tes y loables dictámenes. 

Llegando á Cádiz, dejada la infantería en el castillo de Santa 
Catalina, volví acompañando á don Fernando Rodrigo , á dar la 
obediencia á mi General el Excelentísimo señor Conde de Aguilar, 
que entendido en el acuerdo de la ciudad, concedió á los dos pa- 
tentes de capitanes de infantería española , ordenando se forma- 
sen dos compañías que recibiesen á sueldo en aquel presidio, 
como consta en su veeduría y contaduría, satisfaciendo á la hora 
Tomo CVL 28 



434 

todos los reales pagamentos, aplaudiendo nn tan señalado servi- 
cio, y ejecutando lo que Su Majestad le ordenaba en proporcionar 
todos los medios que condujesen á defender á Alarache. 

Deteniéndome unosdias, por haber el navio San Francisco 
con los contratiempos arribado á Gibraltar, y los demás bajeles 
de la escuadra del General don Nicolás de Gregorio no haber 
aun llegado á aquella bahía, fueron singulares las honras que en 
ellos le merecí á Su Excelencia, observando su gran celo, y el del 
Excelentísimo Señor de los Cameros, su único hijo, pues manifes- 
tando su lealtad en las incomodidades de una playa y de una 
bahía en tiempos tales, su desvelo todo lo facilitaba y todo lo 
autorizaba, habiendo oido decir más de dos veces á Su Excelencia: 
¡Oh infelices españoles sitiadosl ¿quién con la sangre de sus venas 
pudiera sacaros de tal peligro? Arribada la escuadra, embarcadas 
las dos compañías en su capitana, la nao Santo Tomás, detenién- 
dome siete dias en la mar por los poco favorables vientos , dis- 
curriendo con el General don Nicolás de Gregorio, en las noches 
que entró de guardia mi compañía, sus acertadas aplicaciones á 
introducir los socorros, le oí decir las alabanzas de los que así 
con particular pretensión lo habían ejecutado, señalándome á don 
Pedro de Castilla, entretenido en la armada real, con grado de 
Maestro de campo vivo; á don Juan Ibaco, capitán reformado de 
su escuadra; á don Diego Spínola Guevara y Villavicencio, caba- 
llero del Orden de Calatrava; á don Nicolás de Rioja, entreteni- 
do en la armada real, y otros caballeros de igual resolución, de 
quien ahora no hago mención, por habérseme pasado sus nom- 
bres con la variedad de tales fortunas. Continuando la navega- 
ción, á los seis dias descubrimos á vista del cabo de Espartel y 
playas de Arsila, el navio San Francisco, y otras embarcaciones 
que, de arribada á Gibraltar, spguian la misma derrota, y á los 
siete, que fué el 28 de este mes, dimos fondo en la ensenada 
de Alarache, donde junta toda la escuadra, tartanas, gabarras, 
barcos longos y otras embarcaciones menores, hasta número de 
veintisiete, embarcadas todas las armas, pertrechos, viveros y 
municiones, en dos embarcaciones entraron el capitán don Fer- 
nando Vinales y toda su compañía que había reclutado en Mala- 



435 

ga» au Maestro de campo don Domingo Franuisco Cobea Monte- 
frío, y unos ramos de mar y guerra á cargo de don Fernando de 
Insa, alférez reformado de la escuadra. En otra entró el capitán 
don Fernando Rodrigo de Morales con su compañía . Yo me em- 
barqué con la mía en un barco longo, á hora de las 12 de la no- 
che. En el mismo entraron conmigo don Alonso Carpintero, que 
para esta función dejaba en Cádiz sentada plaza en la veeduría 
de la Armada Real, en la compañía de don Manuel de Gaviria, 
que se hallaba de socorro en Alarache; don Juan Beato de Rojas, 
Pedro Velazquez Chacón, y otros soldados valerosos de la arma- 
da. Llegados á vista de un tiro de pistola de las baterías enemigas, 
fueron tan continuados sus cañonazos, que observaron en ella 
haber llegado su número á 123, é innumerable escopetería, cau- 
sando en los católicos tal confusión, que me vi imposibilitado á 
observar todos los avisos que le debí al Excelentísimo señor Conde 
de Aguilar, tocando la diferencia que hay de la teoría á la prác- 
tica; y continuándose los riesgos, entró en la embarcación del 
capitán don Fernando Rodrigo de Morales una bala de artillería 
que mató á su sargento Alonso de Cebada, y á sus dos cabos de 
escuadra Cristóbal Tinajero y Diego Cecilia; y ya casi sumergida 
la embarcación, le oí decir con notable fé á don Fernando Rodri- 
go: ¡Santo Domingo de Guzman, debajo de cuya protección he 
vivido siempre, amparadme! y milagrosamente salió á tierra él 
y los suyos, no pudiendo faltarle á quien pasaba al África con 
tan católico celo, los auxiliares socorros de un santo que, hijo de 
una familia, y fundador de otra en lo humano y en lo divino, 
había sido asombro de herejes. Hecho todo un volcan de fuego 
el río, reducido todo á horrores, perdido todo mi bagaje, con el 
cuidado de los pertrechos, salvadas todas las armas reales y las de 
la ciudad de Xerez, que eran de las que yo usaba, y desembarca- 
do yo, aún no bien había pisado las arenas de África, cuando me 
estrené con un horror, que fué matar inmediato á mí una bala de 
artillería á Pedro Ruiz de Robles, un soldado mío; y recogiendo 
en la marina de los demás los más que pude, mi alférez, todo 
aplicado con singulares desvelos al cuidado de las arma; mi sar- 
gento y los cabos de escuadra, los más resueltos á la solicitud de 



436 

todos los demás pertrechos; subiendo por las cortaduras á la plaza 
de armas, antes de llegar, me detuvo el desconsuelo de ignorar 
el fin del peligro del capitán don Fernando Rodrigo, cuando supe 
que don Bartolomé de la Cerda y otros hijos de Xerez, sabiendc 
el suceso, habian bajado á su alivio, que subiendo todo mojado, 
á todos lastimó sus canas y admiró su resignación. 

Habia dado grande alegría á los católicos este socorro; aunque 
la plaza estaba tan angustiada, y á los últimos fines, siendo im- 
posible mantenerse ya mucho tiempo, temiéndose por la quietud de 
tantos dias; visto en los árabes algún repentino desasosiego que 
terminara en la última caida de la plaza, por lo que se estaba con 
todo cuidado y prevención necesaria, en particular por el reducto- 
de San Antonio y puerta del muelle, partes donde amenazaba 
abrir con nuevas minas mayores brechas el enemigo, que vienda 
tan sobresaliente número de embarcaciones, reforzaron todos los 
ataques de gente arbolando varios estandartes, en el Diamante y 
placilla de armas del Campo y Muelle, y saliendo de sus alojamien- 
tos la caballería, repartida en diferentes trozos, ocupó toda la cam- 
paña por ambas partes, formando un cordón en Mexillones de más 
de media legua, dando desde la zanja grande repetidas descargas. 

Entraron esta noche en once barcos y seis lanchas cuatrocientos 
hombres, mucha pólvora, cajas de granadas, munición de plomo 
y otros pertrechos y muchos víveres, providencia grande y digna 
de memoria del Excelentísimo señor Conde de Aguilar, prometien- 
do grandes esperanzas al capitán Juan Motón, famoso bombarde* 
ro que entró esta noche. Salvó la diligencia de don Bernardo Joa- 
quín de Andrade un barco que se llevaba la corriente, no siéndo- 
menos gloriosa la acción del cabo de escuadra Eelipe Manuel de 
Llamas en salvar otro, varado ya en la otra parte, conseguido con 
temor de los árabes, que viéndolo arrojar á tierra con algunos 
compañeros de! barco para sacarlo, juzgando era desembarco, aban- 
donando las primeras trincheras, se dieron á la fuga precipitada- 
mente. Salió esta noche el capitán don Ñuño Carlos de Villavicen' 
ció. su alférez don Juan Berrillo y su sargento Juan Ximenez, con 
expresa orden del señor Conde de Aguilar para gobernar cierta 
número de gente. 



437 

El dia 29 pasó muestra la gente que habia desembarcado, que 
fueron 106 de Xerez, debajo de dos capitanes; uno, don Fernando 
Rodrigo de Morales, y el otro don Jacinto de Narvaez Pacheco, y 
la de don Fernando Vinales, 200, de los cuales fueron 100 agrega- 
dos á las compañías del presidio, y repartidos por varias partes 
de la plaza, 30 de mar y guerra y 50 de leva, que entre todos eran 
386. La alteración de la barra no dio lugar á que se continuasen 
los socorros, con sentimiento mucho del almirante don Nicolás de 
tfregorio. 

No hubo el dia 30 cosa memorable, sólo que en la plaza se acu- 
día á todo lo necesario para cualquier tentativa del enemigo. No 
pudo lograrse la introducción de socorros. 

Gran cantidad de faginas condujeron los árabes el dia 31, más 
de lo acostumbrado; quiso el capitán Juan Motón, habiendo carga- 
do algunas bombas, dispararlas; pero reventada la segunda en el 
mortero, le dejó la llama ofendida la cara, impidiéndole por en- 
ionces el uso. 

Noviembre. 

Dos mal contentos, cogidos de leva, imprudentes y temerosos de 
perder las vidas á manos de los árabes, juzgando que si lograban 
estos la expugnación de la plaza no habían de perdonar la vida á 
ningún católico, como tantas veces habían amenazado, vencidos de 
esta opinión, intentaron el dia l.°de éste pasarse al campo enemigo, 
ejecutándolo por las peñas de Broquelóte; pero descubiertos desde 
la falsabraga, salieron en su seguimiento, prendiendo sólo uno, de 
nación genovés, cobrándose el otro, hijo de árabe nacido en Espa- 
ña, en una de las más próximas trincheras del enemigo, de donde 
acudieron solícitos á su socorro. Fué puesto en prisión el genovés, 
habiendo determinado mi Gobernador pasarlo por las armas den- 
tro de poco espacio, castigo merecido á tanto delito. 

A las dos de la tarde observó el capitán Santiago de Eguiluz, 
que habia entrado en el último socorro en la noche del dia 28 del 
pasado, que ocupaba la guardia del muelle, las líneas llenas de 
.árabes, y al enviar á dar parte al principal, volaron tres minas 



438 

de desmesurada grandeza, que habiéndose por voluntad divina 
apagado la que iba dirigida á la estacadilla de San Francisco, 
derribaron las dos gran parte del reducto de San Felipe, dejando 
su artillería incapaz de poderse jugar, y arruinando la muralla 
del muelle, allanó toda la brecha con la campaña, de suerte que 
podian entrar por ella sin estorbo alguno setenta hombres de 
frente, quedando enterrada la parte superior de la estacada y con 
ella la mayor parte de su guarnición, y otros que en las brechas es- 
taban en fagina. Habia visto el Bajá la prontitud que los católicos 
hablan mostrado en los pasados avances.que valerosamente hablan 
resistido, y escuchando por el fugitivo que nunca faltarían socorros 
de todo género de pertrechos, que introducirían los católicos á costa 
de sangre, afirmó haberse derramado mucha la noche del dia 28,. 
y que en los navios habia otros 400 hombres prontos á desembar- 
car asi que la marea diera lugar, asegurándole la vigilancia del 
señor Conde de Aguilar en suministrar cuanto fuera necesario á 
la manutención de la plaza, por lo que podia ser solamente dueño- 
de ella prosiguiendo las minas y los avances, con las que supera- 
rla la obstinación de los católicos. Con esta relación dispuso sus- 
designios de suerte que no le salieran vanos; nombró tres alcai- 
des con 4.000 árabes armados de alfange y azagaya, los que pu- 
sieron en las líneas más próximas á la brecha y minas que hablan 
de volar, con orden de arrojarse así que hubieran hecho el efecto,, 
sin aguardar á que las ruinas cayeran; clara evidencia de la poca 
estimación que hacen de sus subditos en enviarlos á tan mani- 
fiesta desesperación. A la retaguardia de éstos pusieron 600 ne- 
gros del Rey, con alfange en mano para degollar al que volviera 
la cara al peligro, imponiendo á tres alcaides negros que los go- 
bernaban, de ocupar la plaza, sin abandonarla por ningún acci- 
dente; después nombró diez alcaides con la caballería desmontada ,- 
para que avanzaran, toda gente muy buena, en número de 3.000, 
armados de escopeta y alfange, los que estaban en la Dula donde 
estaba su hermano, con la más bizarra y escogida gente del ejérci- 
to, á cuya fuerza y disposición tuvo por ci-erto triunfar esta tarde 
de la plaza con la muerte de todos los defensores, y lo hubieran 
logrado, si Dios no hubiera infundido tanto ánimo en los católicos. 



439 

Apenas volaron, como dije, las minas, que se arrojaron los dos 
alcaides, sin esperar á que cayeran las caducas murallas que en 
trozos habia levantado la pólvora por la brecha del muelle, y el 
otro por el reducto de San Juan, entre cuyas ruinas quedó uno 
muerto y otro mal herido, con muchos enterrados. Entraron dego- 
llando, sin hallar mucha resistencia, á cuantos estaban de guardia 
en la estacada y puerta del Muelle, cuyo capitán de guardia, San- 
tiago de Eguiluz, peleando valerosamente, rindieron con los espí- 
ritus el puesto. Prosiguieron victoriosos, superando con la multitud 
los pocos católicos que procuraban estorbarles el paso, hasta el Mo- 
lino del Viento, dejando el suelo sembrado de cadáveres. Lograron 
los católicos rechazarlos, siguiéndolos por todas partes hasta la 
estacada, arrojándose precipitadamente por la brecha y reducto de 
Diego de Vera, dando con su presencia mucho calor mi Goberna- 
dor á los soldados que valerosamente peleaban. No fué posible 
pasar los católicos á la brecha, ni hacerse fuertes en la estacada, 
pues habiendo los enemigos derribado la puerta del Muelle, dieron 
segundo avance con tan crecido número, armados de escopeta, 
muchos con armas de asta, tan violentamente, que no pudiéndo- 
los sitiados resistir á tanto ímpetu, fueron defendiéndose, retirando 
en tiempo que del reducto de San Felipe y recinto viejo de la 
villa hacían grande estrago en los sitiadores con las piezas de 
saquetes, granadas, ollas artificiales, botijas, barriles de pólvora, 
gruesas piedras y bombas que á mano se arrojaban. Ni porque los 
católicos se habían retirado cediendo á la fuerza, se habia descui- 
dado de ellos "su acostumbrado valor, pues considerando la fatal 
ruina de la plaza, cuya conservación, libertad y decoro de las 
cosas sacras pendía de esta batalla, sin muchas exhortaciones de 
los oficiales, incapaces de ser oídas por las algazaras de los infie- 
les, el estruendo de las armas, y por acudir todos más á pelear 
que á mandar, con la mejor orden que el tiempo daba lugar, bi- 
zarros acometieron con tal ardor y tan resueltos, que atrepellando 
los enemigos estandartes, que, arrastrados cinco de ellos por entre 
la sangre, los despreciaban por matar á los que los conducían, lo- 
grando segunda vez fugarlos con la muerte de tantos, que impe- 
dían el c\irso de los católicos, los que llegaron á la estacada, de 



440 

•donde fueron tercera vez, sin tener lugar de fortificarse, con mu- 
cho avance retirados, perdiendo en este choque muchos de los 
más valerosos soldados que pelearon, hasta que la inundación de 
■enemigos los obligó á la fuga, siendo forzado ceder á las sobresa- 
lientes fuerzas de tantas armas vencedoras, no p'udiéndose atri- 
buir á falta de ánimo de los católicos haber abandonado la esta- 
cada y otros puestos restaurados; pero las frágiles fuerzas, no 
capaces de poder resistir tanto número de enemigos, aunque se 
retiraron con tan buen orden y tanto daño de los árabes, que 
daban señales de no ser aun vencidos, y con razón podian aque- 
llos decir que compraban cada palmo de tierra á precio de sangre, 
aunque contrapesado con el esparcimiento de la católica, cuyas 
fuerzas se iban á cada momento disminuyendo. 

Mostrábase entre tanto horror, tantos riesgos, tantas angustias, 
siempre sereno y constante mi Gobernador (considerando que por 
^1 semblante de los superiores cobran mayor esperanza los subdi- 
tos): miraba la certeza de esto riesgo, conocia mucha resolución en 
los católicos y procuraba no disminuirla con las señas de su rostro; 
y previniendo el daño que se les podia hacer á los árabes, ordenó 
pasar una pieza á la bocacalle de la Ermita de Nuestra Señora de 
la Cabeza, y otra en el Molino de viento, que defendían una y otra 
la subida á los árabes, causándoles graves daños á los que estaban 
fortificados en las estacadas y entre algunos paredones. Lograron 
tercera vez los católicos retirar el número tan grande de árabes, 
aunque no pudieron llegar á la estacada; lo que visto por el Bajá 
Alí Benabdalá, ordenó á su hermano avanzase cuarta vez, y para 
-divertir las fuerzas católicas al mesmo tiempo, mandó avanzar por 
la parte del campo, cuj'o rebellín ocuparon, y con las balas de la 
artillería del castillo de Nuestra Señora de Europa y muralla del 
•campo, fueron desalojados; en tanto que los católicos, i*etirados 
hasta la Marina, hecho un mal formado parapeto de cadáveres y 
algunos remos y tablones, resistieron obstinadamente, desvane- 
ciendo los intentos del enemigo, que procuraba ganar la puerta 
de la Marina. Viendo mi Gobernador que los árabes fortificaban 
con mucha solicitud lo que tenian adquirido, dispuso saliesen por 
-el postigo del hospital los católicos con buenos granaderos y 



441 

armas de chispa, á acometer por aquella parte á los enemigos, en 
tanto que los de la Marina y alcantarilla hacian lo mesmo, lo que 
se ejecutó con gran resolución; pero no se logró el éxito deseado. 

Impacientes, pues, y avergonzados los árabes de que tan escaso 
número de católicos, á pecho descubierto, los hubieran rechazado 
■el cuarto avance, y que su multitud no hubiera sido bastante á es- 
torbarlos, se arrojaron muchos alcaides con los más escogidos del 
ejército, con tanta furia, que resistieron los católicos este último 
avance asistidos del divino auxilio, pues las fuerzas humanas, 
Hacas y rendidas por el cansancio, mal podian ser obstáculo al 
vencedor poderoso, que con nuevas tropas acometía en tanto nú- 
mero el pequeño que había peleado toda la tarde; mas no obstan- 
te, no pudieron pasar de la marina, y considerando el General 
árabe cercana la noche, y ser ya imposible ganar un palmo de 
tierra, porque los católicos, vencidos de la pasión que suele 
acrecentar el valor en aquellos que se ven en los últimos extremos, 
los cegaba, por lo que despreciaban la vida, y estar metido ya en 
ia plaza, determinó fortificarse en lo ganado, consiguiéndolo con 
gran fatiga y pérdida de los suyos. No fueron menos solícitos los 
-católicos en fortificarse, distantes diez pies del enemigo, con ca- 
dáveres, botas, tablones y piedras con que desvanecieran cual- 
quier tentativa hasta el día. Temeroso el bajá de los socorros que 
pudieran introducir esta noche los católicos, que por las experi- 
mentadas resoluciones no lo dudaba, mandó abrir en el reducto 
<Je Diego de Vera y muralla de la Marina dos postigos, capaces 
para salir á estorbarlos. Quedaron los árabes esta tarde hechos 
dueños de toda la brecha y puerta del Muelle, del reducto de Diego 
de Vera, con tres piezas, de la estacada con dos, y de unos pare- 
dones donde había más de 10.000 árabes. 

Perdieron los católicos la batalla, no la gloria de la obstinada 
resistencia: fué reñida por el valor, la alcanzó el poder, cuya in- 
trepideza en los sitiados merece el título de la más grande que ha- 
yan en nuestro tiempo ejecutado valerosos pechos. Poco menos de 
cinco horas duró la pelea, que se continuó hasta el dia siguiente, 
quedando cinco banderas enemigas por los católicos, los que acu- 
•dieron á retirar los muertos, que no cabiendo en el hospital, fue- 



442 

ron puestos en cinco cuarteles, quedando muchos tendidos por va- 
rias partes, que sólo capaces del alivio divino, rendian el espíritu 
gozosos á su Criador llenos de gloria. Hubo 300 muertos, y entre 
ellos, los más conocidos, el capitán don Diego de Arce, el capitán 
don Santiago Eguiluz, el teniente de general de la artillería don 
Pablo Gil, el alférez reformado don Miguel Fernandez, don Juan 
Manuel Estupiñan Doria, el alférez reformado don José Astorga, 
el sargento Pablos de Guzman, el sargento José Ramos, el sargen- 
to Francisco Campos, el sargento Luis de Medinilla, el sargento' 
Antonio Parra, el cabo de la caballería Antonio Paiba, el sar- 
gento (.1). 

Hubo 300 heridos, de quienes fueron los más conocidos el coro- 
nel don Juan de Chandia, el capitán mayor del tercio napolitano, 
el licenciado don Domingo Mírela, el capitán de caballos don 
Antonio de Osorio, el capitán don Antonio Pérez Cancio, el capi- 
tán don José de Salazar, el capitán don Alonso González de Vive- 
ros, el capitán don Manuel de Gaviria, el capitán don Luis Igna- 
cio de Conique, el capitán don Fernando Vinales, el capitán don 
Jacinto de Narvaez Pacheco, el capitán don Andrés Zeala, el 
alférez Gaspar de Yelves, el alférez Juan Pérez de la Rosa, el 
alférez don Pedro Hidalgo, el alférez reformado don Pedro Guz- 
man, el alférez reformado don Juan Costa, el sargento Martin 
Cid, el sargento Francisco Valdivia, el sargento Pedro Cuadrado^ 
don Alonso Carpintero, don Alonso de la Peña, don Juan Alvarez 
de Toledo, don Francisco Alvarez de Toledo, don Bernardo Joa- 
quín de Andrade y don Juan Vázquez. 

Y, en fin, fué tan común la gloria, que aunque la confusión de 
este dia no me hiciera estorbo para escribir las particulares accio- 
nes de cada uno, lo dejo, por ser tan prolijo, siendo cierto que 
muy poca le ha de tocar más á unos que á otros. Todos pelearon,, 
todos trabajaron y todos se expusieron é. la defensa de la brecha,, 
é ímpetu á fugarlos, y aun á vencer á los sitiadores, pues que 
viéndose oprimidos los católicos de la multitud, y no vencidos del 
valor, el que se mostró en ocasión tan precisa, es superfino el que- 



(1) Hay xm blanco. 



443 

rer con elogios alabar especialmente los hechos de tau dignos y 
famosos soldados, que por la fé, tan animosos se arrojaban á la 
muerte. 

Llegó la noche, que según la claridad de los artificios que del 
reducto de San Juan, recinto viejo, y parapetos católicos, se arro- 
jaban, el continuo disparar de la artillería de una y otra parte, la 
iluminaban de suerte, que pareció dia, acudiéndose con gran dea- 
velo y cuidado á formar algunos parapetos por la Marina y alcan- 
tarilla, con pipas, tablones, piedras, sacos terraplenados, y por 
partes, con cadáveres, los que estaban guarnecidos con poca, aun- 
que buena gente, toda resuelta á morir, lo que indudablemente ae 
esperaba sucediera á todos; y considerando mi Gobernador ser 
estos parapetos muy débiles y no suficientes á resistir los avances 
que el enemigo amenazaba dar al dia siguiente, los que se esperaban 
al amanecer, puso por obra hacer un fuerte trincheron de gruesas 
estacas y piedra seca, hasta medio cuerpo, desde el Molino de viento 
hasta los cuarteles nuevos, donde hizo abrir troneras; trabajo que, 
siendo tan grande, fué perfeccionado en cuatro horas, donde fueron 
puestas dos piezas, con las que eran cinco que miraban á las par- 
tes por donde forzosamente habian de subir los árabes, y desde 
la Marina hasta donde estaban, fué sembrada mucha pólvora y 
puestos muchos barriles; no dejándose á este tiempo de acudir á 
otros trabajos muy necesarios, intolerables por el rendimiento' 
de los sitiados, y en particular en fortificar la brecha de San Juan 
y San Felipe á costa de muchas vidas, y entre ellas, la del capitán 
don Jerónimo de Villegas; no dejándose por los trabajos de moles- 
tar á los árabes por todas partes. 

Pasaron por orden de mi Gobernador dos piezas del castillo de 
San Antonio á uno de los baluartes que miraba á la plaza de ar- 
mas, con las que los sitiadores de la estacada y brecha recibían 
el mayor daño. Entraron á media noche mi Gobernador, el Maes- 
tro de campo, los dos sargentos mayores, y algunos capitanes, en 
consulta, en que se propuso brevemente la imposible defensa de 
la plaza, y otras circunstancias del caso, de las que salieron inde- 
terminados. 

Amaneció el dia 2, deseado por la confusión de la noche, y te- 



444 

mido por la continuación del peligro, si se volvia ala batalla, 
descubriéndose con la luz la plaza sembrada de cadáveres, regada 
toda la tierra de sangre, una brecha de 1.500 pies geométricos, 
cuyas ruinas daban horror; los socorros incapaces de introducir, 
por hallarse los árabes dueños de la Marina; más de 10.000 for- 
tificados de muros adentro en la Dula y alcornocal, muchos es- 
cuadrones amenazando las ruinas de otras minas, avance general 
por todas partes, el escaso número de católicos, que no llegaban 
á 500, capaces de usar las armas, los dos castillos incapaces de 
ninguna defensa, casi todos los oficiales heridos; acordaron sus- 
pensión de armas. 

Salió de la plaza el M. E,. P. Fr. Juan Muñoz con el alférez 
•don Miguel Pardo, práctico en la corte de Muley Ismael, por 
haber estado en ella cautivo. Acudióse este dia á retirar los di- 
funtos de ambas partes, envidiando los católicos (presagios ya Je 
la infelicidad que les esperaba) la dichosa suerte de aquellos que 
conduelan á la sepultura, siendo los parabienes que los vivos se 
■daban afligidos suspiros y dolorosas quejas. 

Habia puesto el Bajá su alojamiento en el Muelle, al abrigo ó 
reposo de una peña que la fuerza de la pólvora de su centro 
habia sacado, quien trataba á los católicos que retiraban sus muer- 
tos con mucha cortesía, extraña de sus bárbaras costumbres y so- 
berbia naturaleza. 

Súpose que estaban apercibidos 13.000 árabes para avanzar 
por tres partes, cuyas brechas se habían de abrir esta mañana, 
•dando fuego á dos minas de á 50 quintales cada una; que la tar- 
de antecedente hablan llegado 3.000 negros de socorro, después 
de haberse acabado la batalla, en la que hablan experimentado el 
valor de los católicos en el grave daño que les habían hecho, ma- 
tando 7.000 árabes, 27 alcaides y los más principales del ejército. 

El día 3 llegó hasta Broquelete un barco, antes del dia, á saber 
la suspensión, la que se refirió; y de allí á poco espacio salió una 
lancha á dar parte al General don Nicolás de Gregorio de lo que 
pasaba, y con despachos para el Capitán General. Fueron desen- 
terrados de los árabes algunos católicos, á los que se les dio 
sepultura. 



445 

El dia 4 no hubo cosa memorable. 

Llegaron algunos 1.000 árabes el dia 5, entre caballos y peones, 
la mayor parte de negros, bien armados y muy lucidos, que visto 
el Bajá podia mi Gobernador sospecharse alguna novedad, envió 
nn recado, diciendo que algunos alcaides, ignorando la suspensión 
de armas, habían venido á su socorro con alguna infantería, los 
que decian haber encontrado al religioso. 

Muchas centinelas repartidas se vieron el dia 6 por las lineas, 
que no consentian salir á ninguno de ellas, y en las bocas de las 
minas guardias de negros, que con mucha distancia no dejaban 
acercar ningún árabe. 

Volvió la lancha que habia salido á dar parte el dia 3 á la pla- 
za. Este dia llegaron algunas tropas de negros, á las que salió á 
recibir el bajá, por venir acaudillados del General negro, en nú- 
mero de 500. 

Esperábase el dia 8 al religioso, deseado por las confusiones que 
los católicos tenian, considerando era infalible otorgar cualquier 
pax'tido, por la poca ó ninguna defensa de la plaza. Salieron esta 
tarde más de 400 árabes á jugar á la Marina, dando á entender, 
no solamente no se podian introducir los socorros, pero ni aun 
abandonar la plaza. 

Llegó al ejército enemigo más gente el dia 9, la que entró con 
dos estandartes por la brecha, siendo sus continuas y festivas 
algazaras futuras exequias que hacian á la libertad de los ca- 
tólicos. 

El dia 10 llegaron de socorro 300 negros armados al ejército, 
con un estandarte, los cuales dieron noticia de que el religioso 
quedaba seis millas de Alarache, que al dia siguiente llegaría. 
Dispararon dos piezas los navios, dando aviso de que el tiempo 
les obligaba á levantarse, y poco después llegó el deseado religio- 
so, entrando en la plaza el dia 11, el más trágico é infeliz y lasti- 
moso que se ha visto en nuestros tiempos entre católicos; pues ha- 
biendo gastado la mañana en los tratados, á la una del dia saca- 
ron los miseros católicos por la brecha, dejando 100, que á elec- 
ción de mi Gobernador habia dado libertad el Rey, movido de las 
lágrimas del religioso, en albricias del triunfo. Entraron los árabes 



446 

en la plaza con gran gozo, saqueando caaaa y templos, derribando 
con osado atrevimiento las imágenes, y profanando los altares. Se 
observaba á un tiempo en los árabes, alegres y profanos, y en los 
infelices católicos, tristezas, penas y llantos, viéndose en tan poco 
espacio, horror y espanto de aquellos que eran sus señores. Arbo- 
laron sus estandartes y soberbias medias lunas en los castillos y 
murallas, vista muy lastimosa para los que ya se veian en poder 
de los vencedores, los que con oprobios y blasfemias eran ya tra- 
tados, amenazándolos con la muerte en pago de los árabes difun- 
tos. Quisieron salvar la libertad algunos arrojándose al agua; pero 
á balazos fué muerto uno y presos los demás 6 heridos. Los oficia- 
les quedaron con otros muchos en casa de mi Gobernador y en la 
del veedor, aunque ciertos de la infidelidad de los enemigos. Obs- 
curecióse el cielo, turbóse el aire, y las nubes, descargando su in- 
clemencia, hicieron ver á los católicos estar Dios irritado contra 
ellos. Circundados de árabes, estuvieron en la Dula los afligidos, 
expuestos á las lluvias que la inundaron. 

Amaneció algo más sereno el dia 12, que contando de nuevo los 
católicos, les repartieron un pan á cada uno, el que recibieron 
unos con lágrimas, otros con ira, y todos, considerando ser aquel 
golpe efecto de la divina justicia, se conformaron con su voluntad. 
Observaron los enemigos la plaza y los castillos, temerosos que es- 
tuvieran minados, y después de satisfechos, pusieron los 100 seña- 
lados y los religiosos con algunas imágenes en dos casas, y los 
demás sacaron fuera. 

Ejecutaron la mayor impiedad, el rigor más extraño, la cruel- 
dad más inaudita, aunque no extraña en su fiereza, que fué entrar 
en el hospital y pasar á cuchillo 33 católicos, que incapaces de 
defensa, predicando la fé natural, recibieron el martirio, sacando 
los demás en número de 200 fuera á palos, empellones y oprobios, 
que con paciencia sufrían por su ley y su principe: lealtad grande, 
no haber nunca querido admitir pacto alguno , aunque mira- 
ban cierta su ruina, estimando más bien ofrecer á la cadena el 
pié, que volver á España expuestos á los litigios de lealtad y va- 
lor, acreditado uno y otro en la batalla y cautiverio; aunque todos 
se irritaban con su suerte escasa que les hubiera negado la muer- 



447 

te, llamando felizmente á aquellos qae la habían recibido con as- 
tucia bárbara y maliciosa. 

Hizo el Rey nombrar los 100, y el General Bajá 20 que concedía 
libres á fin de conocer los más principales, sacándolos el día 13 al 
campo junto á la Fuente grande, donde, cubiertos de aquellos pe-» 
fiascos y quiebras, estaban 6.000 árabes con habitaciones sub' 
terráneas para largo tiempo, donde el Bajá les dijo que su Empe- 
rador quería verlos, para cuyo efecto podían juntar su ropa, que él 
enviaría bagajes. Fueron repartidos los católicos en varias tropas, 
y los enfermos, unos á pié, otros á caballo, con rigor extraño, fue- 
ron llevados al Alcornocal. 

Esperábase el día 14 la orden para marchar, que llegada, lo 
ejecutaron; aunque se marchó poco más de cuatro millas, haciendo 
alto á orillas del rio Saúl donde pasaron el día 15, y el día 16 vino 
«1 alcaide de la ciudad de Alcázar Jamehit Jaddu á ordenar á los 
cabos la marcha, que fué de seis millas, con mucha fatiga por 
haber faltado el mantenimiento, maltratando á los católicos con 
mucho rigor á fin de que negaran la íé, en cuyo error cayeron 
cuatro, encontrando por el camino gran concurso de árabes, que 
unos llevados de curiosidad, otros con bastimentos y mercadería, 
corrían á la plaza vencida. Quedaron en el camino insepultos dos 
católicos, y tres moribundos expuestos á las perfidias mahometa- 
nas. Fué la marcha de nueve millas el día 17, espantoso y terrible 
para los infelices cautivos, por las grandes lluvias, viento y ham- 
bres, usando tan sin piedad con ellos, que llegando sedientos á 
los arroyos, les negaban satisfacer su sed y penoso deseo; al que 
miraban cansado y debilitado, le prometían buen trato sí renega- 
ba; al que observaban fuerte, combatían con asperezas y cruelda- 
des, con oprobios y amenazas. 

Llegaron á dar vista á la ciudad de Alcázar, donde murió el 
alférez don Pedro Hidalgo y dos soldados, que fueron enterrados; 
aunque la fiereza árabe, desenterrando uno de los soldados, usó 
con el cadáver horrorosas tiranías, sacándole los ojos y llenándole 
las partes huecas de pólvora, lo volaron: quemaron á los religiosos 
todos los libros sagrados, con cuya llama se enjugaron muchos 
los vestidos. Esta noche negaron el Evangelio algunos impacientes 



448 

de los trabajos, y confesaron los falsos ritos del Alcorán, por go- 
zar de la conveniencia. 

El día 18 estuvieron descansando, y el dia 19, después de ha- 
berles repartido algún bastimento, marcharon los cautivos siete^ 
millas. La mañana del dia 20, muy temprano, marcharon, siendo 
muy trabajoso este dia, por lo largo de la marcha y aspereza de 
las cuestas y continuas lluvias. Pasaron el rio Saúl en barcas los 
cautivos, haciendo alto en unos aduares, en los que ftieron socor- 
ridos de algunos bastimentos: fué la marcha de ocho millas, la^ 
del dia 21 de cuatro, y la del 22 de tres millas. 

El poco camino de estos dos dias se acrecentó al siguiente del 
23, siguiendo muy temprano el viaje, y al medio dia, en una her- 
mosa llanura, se descubrieron número de 2,000 ginetes negros, 
bien armados de escopeta larga y alfanjes, vestidos y montados, 
con cinco estandartes, los que habiendo buen rato escaramuceado, 
sin orden ni disciplina alguna, dieron con dos solícitas descargas- 
la bienvenida al Bajá, y puestos en dos alas, pasaron los cautivos 
por medio, caminando este dia sin piedad 18 millas, pasando la: 
noche lastimosos con suspiros lamentables. 

Amaneció el dia 24, trágico y horroroso, el más fiero, tremendo- 
y temido que los católicos hablan experimentado, pues habienda 
marchado cuatro millas, salió el Infante Muley Sidan con la mejor 
caballería á recibir el triunfo más grande que se vio en África, 
que se componía de 1.300 católicos, armas, artillería, pertrechos, 
víveres, municiones, alhajas, imágenes, vasos sagrados, religio- 
sos y cosas sacras; salieron hasta tres millas de la ciudad más de 
1.000 árabes, que con palos, piedras, injurias y oprobios, reci- 
bieron á los afligidos católicos, causados y llenos de angustias; 
atropellados de la caballería, sin piedad los maltrataban, vengan- 
do bárbaramente unos, las muertes de sus parientes, otros, de sus 
amigos y deudos, observándose la mayor fiereza en las mujeres, 
que olvidadas de su natural piedad, ejecutaban todas las cruelda- 
des posibles, durando esta penalidad todo el tiempo que duró el 
camino de tres millas, no consintiendo que mientras estuvieran 
en 8u presencia se cubrieran. 

Llegaron á la ciudad y corte del Rey, que se nombra Mequinez, 



449 

y conducidos á la presencia del Rey, por medio de muchos es- 
cuadrones de caballería é infantería de negros, pararon junto al 
Vite ó mazmorra general, donde el Rey, sentado en un montón 
de tierra, y circundado de 2.000 escopeteros, les esperaba. Tenia 
al lado diestro dos lanzas con los remates de oro, y á la siniestra, 
dos alfanges del mesmo metal guarnecidos; 30 escopetas cortas 
conducidas de otros tantos muchachos negros , 4 bastones, y uno 
con cordeles á la vista, 6 muías ensenadas á arrastrar los que son 
blanco de su fiereza. Es su rostro semejante á sus acciones, oscu- 
ro y feo; sus i)alabras atroces y soberbias; su mirar terrible; su 
cuerpo, no robusto, pero de grandes fuerzas; es muy sagaz de in- 
genio, muy solícito, resuelto, vigilante, diestro á caballo y á jugar 
todo género de armas. 

Estaban en círculo, de la forma de media luna, sentados junto 
á él algunos alcaides y muleyes, y á la mano derecha el Bajá ven- 
cedor, premiándole con un caballo con los aderezos de felpa car- 
mesí bordados de oro. Mandó poner los cautivos pecho en el sue- 
lo, y llamar al padre fray Juan Muñoz, que hablándole, se levan- 
tó después, á cuyo movimiento, empezaron los árabes á gritar con 
sus algazaras acostumbradas, y montó á caballo, echándose el 
deira ó capellar al hombro, se ató el alfange y empuñó la lanza 
con mucho brío, y habiendo jugado con ella, después dio las gra- 
cias á las milicias que tenia presentes, continuando después el 
caracol con los alcaides y negros buen espacio con la escopeta, 
mezclado con los suyos. Disparando la una, le ponían otra, y 
después de aquella á su tenor muchas, con gran solicitud. Orde- 
nó que ni los religiosos ni los 100 señalados no fueran al trabajo, 
y que los demás fueran repartidos á diferentes alcaides para las 
fábricas, llevándolos después de tantos trabajos, de tan desastra- 
da marcha, de tantas hambres, de tantas aflicciones y congojas, 
al alivio de una mazmorra, donde muchos insufribles se arroja- 
ron, ciegos y torpes, al mayor precipicio, negando el Dios verda- 
dero; y todos padeciendo por su Dios y su Rey , rendidos sus 
cuerpos, no sus espíritus, pasaron á gozar el premio de constan- 
cia y paciencia, quedando los demás firmes en el verdadero cono- 
cimiento, despreciando con católico ánimo las miserias, tormen- 
ToMo CVI. 29 



— 450 — 

tos, hambres, injurias, trabajos y baldones, pidiendo á Dios fuer- 
■zas para tolerarlos, y conformándose con su voluntad le dan gra- 
cias á su omnipotencia, y pidiéndole con humildad y lágrimas 
temple con su infinita clemencia su justa ira, esperando que Ma- 
ría Santísima ha de ser el piloto que gobierne esta derrotada 
nave, alcanzando el perdón por medio de su piedad , movida de 
nuestro llanto, no dudando que entre tantos habrá alguno que lo 
merezca, alcanzando la libertad ó la deseada muerte , confesando 
su. ley evangélica, etc. 



riN. 



APÉNDICES 



453 

I 
ALDRETE 

(varias antigüedades de ESPAÑA, ÁFRICA Y OTRAS PROVINCIAS) 
{Páginas 563-64). 

{Lo que dicen León y Mármol de la ciudad de Larache.) 

No lie dicho todo lo que pudiera de la Tingitania y de sus parti- 
cularidades, aunque tal habrá que las juzgue por demasiadas; pero 
el ser de reino que tanta dependencia tuvo de España, y que tuvo 
su nombre, no se debia callar en semejante ocasión, que viene á 
ser de ella, y á estar debajo de su dominio el tan célebre como fa- 
buloso rio Lix, que ahora es Luccns, y de la ciudad de Lixo, que 
será bien se entienda lo que León y Mármol dicen de ella. Descrí- 
bela León por estas palabras; 

L'Hao'ais e una citta fabricata dagli antichi Africani siil'mare 
Océano, doue entra ilfiume Luccus da una 'parte jposta su la riva 
dil detto jiume, e da l^altra sopra P Océano, ne tempi che Arzila, 
e Tangía furono dei Mori, era moUo habítata; ma poi che Je due 
citta, venero in imtere dei christiani, rimase aiandonata, che fio 
cerca a venii anni; doppo i quali un Jigliv.olo del ^presente re di 
Fez deliberó di far rihabilitarla, e la fortificó molto bene, &. 
La citta ha un porto molto difficile, a chi vuole entrar nella bocea 
dil fume. Vifece anchor a il figliuolo dil detto re edificare una 
rocca. Nell circoito delta citta sonó molte paliidi e prati, dove si 
yiglia gran quantita d'anguille, e d'uscelLi de acqua^ e su le riva, 
del fiume n*ha obscuri boschi, ne quale sonó molti leoni, e altri 
feroci animali, e nelle campagne di questa citta si fa gran quan 
tita di ba.mbagio. 

Esto y algunas cosas más dice León. Mármol lo declara y en- 
tiende así. La ciudad de Larache que los africanos llaman Alaraiz 
de Beinaroz, es una ciudad antigua, edificada por los naturales de 
la tierra en la costa del mar Océano Hercúleo. La cual está cer- 
cada por un cabo de la mar, donde el rio Luccus (ó Lisso), en- 



454 

tra en él, y por otro de este rio, etc. La barra de este rio tiene 
peligrosa entrada para los navios, y junto á ella está un castillo- 
que edificó aquel Muley Nazer. La ciudad está toda cercada de 
muros, y alrededor de ella hay muchos prados y grandes lagu- 
nas, donde se crian infinitas anguilas y aves de agua, y en la 
ribera del rio están espesos bosques ae arboledas, donde andan 
muchos leones y otras fieras. Son los moradores de Larache, por la 
mayor parte carboneros, etc. En todos los campos alrededor se 
coge mucho algodón, y en el rio mueren muchos sábalos. Dentro 
de la barra está un mediano puerto para bajeles pequeños, donde 
suelen acudir los mercaderes cristianos de Europa con sus merca- 
derías. Esto y algo más dijo Mármol. 

A la parte de Arzila de esta parte del Lixo se ven algunas ruinas 
antiguas; pero, sin duda, no fué en ellas, sino dondo hoy está La- 
rache, la colonia Lixo, por las razones que se han dicho arriba, y 
otras que convencen, y más la opinión de los africanos que tienen, 
que ésta es de las antiguas que ellos edificaron. 

II 

CARTA 

DEL XERIFE PARA SU MAJESTAD, TRADUCIDA DEL ARÍBIGO 
POR EL LICENCIADO ALONSO DEL CASTILLO. 

Con el nombre de Dios piadoso e misericordioso, e santificó 
Dios á nuestro señor Mahomad e á su gente e familia, e los salvó, 
salvación gloriosa del siervo de Dios altísimo, Eey de los creyen- 
tes, el adestrado con la victoria y ensalzamiento, y señalado 
triunpho Abi Labez, el victorioso hijo del Rey de los creyentes y 
el más escogido de los Reyes Abi Abdilehi Mahomad, el caudillo, 
elXerife, el Haceni, el Eximi, el alto, engrandezca Dios su alteza 
y estado, y influya en sus exércitos las fuerzas de victoria. 

A la alta Majestad, y de muy señalado ser y altiveza, y san- 
gre muy generosa, e muy calificada e fundada, cuya grandeza e 
Majestad está subida e divulgada en el emispherio de todo lo po- 



455 

blado, y della y de su bondad se derrama olor, ansí como el olor 
en el vergel de las flores con el espíritu de la pluvia. El Rey, en- 
grandecido en estado, poderoso, cumplido, señalado, excelente, de 
alta fundación, señor de los grandes e amplíssimos reynos e cib- 
dades muy nombradas, el Rey don Phelipe, hijo de los grandes 
señores Reyes de alta generosidad e sangre. Dios conserve á 
Vuestra Majestad, y sea servido de guiar y prosperarle en toda» 
las abundancias de todos sus bienes con felicidad e alegría perpe- 
tua e firme, y establezca en los edificios e fuerzas ^le la perpetui- 
dad memorable la felicidad de Vuestra Majestad y bondad. Y des- 
pués desto. Nos escribimos á Vuestra Majestad la presente, Dios 
vos ayude y favorezca, dándovos en todo buenos sucesos e felici- 
dad perpetua para siempre en todo tiempo y era; desde nuestra 
real corte de Marruecos, Dios la conserve, haciendo saber á Vues- 
tra Majestad cómo estamos buenos , e con bien e nuestras cosas, 
loado Dios por ello, que es el autor de todo bien, y aquel que nos 
hace tanto bien y merced, que no hay lengua ni entendimiento- 
que lo baste á explicar; e ansí mesmo nos consta que es tan gran- 
de Vuestra Majestad, que la fama de sus espléndidos hechos nos 
ha movido á amar á Vuestra Majestad, y desear todo favor de las 
magnificencias y grandezas de Vuestra Majestad, que las puede 
dar como de pluvia ubérrima e muy copiosa , y ansí ha interveni- 
do en nuestras voluntades justa correspondencia de amor muy ca- 
lificado y fundado sobre todo tribunal de firmeza, por gracia de 
Dios, que es el que todo bien hace, y es sabidor de las cosas futu- 
ras; y ansí mesmo hacemos saber á Vuestra Majestad que recebi- 
mos su muy real carta, por la cual entendimos, e nos significa 
claramente el dicho amor y voluntad que Vuestra Majestad nos 
tiene, ser ansí tan leal, que no tiene necesidad de ninguna otra 
claridad ni demostración, porque certifica cumplida e bastante- 
mente ser nuestro amor muy fundado e firme, e que con Vuestra 
Majestad valemos mucho, e nos hace merced de mirar por nos e 
por nuestras cosas con vigilancia e diligencia en todo aquello que 
nos conviene considerar en aqueste estado que tenemos e señorío, 
en especial en este motin que se nos ha ofrecido con este mozo 
insensato, acerca lo cual, Vuestra Majestad nos hizo merced de 



496 

escribir tuviésemos cuenta en ello y en castigar su loca presun- 
ción, lo cual á Vuestra Majestad agradecemos mucho, y tene- 
mos por singular merced el aviso y cuidado de Vuestra Majes- 
tad, porque hacemos saber á Vuestra Majestad que la osadia 
deste insensato mozo no la hiciera animal que tuviese razón 
ni ningún otro irracional que fuese privado de razón; por lo cual, 
viendo que su loca presunción le habia hecho hacer aquesta locura 
de alzarse contra nos y que hacia movimiento ó motin, enviamos 
nuestro exército contra él, con el cual nos dio contentamiento salir 
como por vía de entretenimiento e como quien se va á recrear á 
caza, y como por vía de amedrentar e retirar á los que con él se 
quisiesen favorecer en las serranías e montes ásperos de las cibda- 
des del Cuz, quedando Nos en el ínterin en algunos de los edifi- 
■cios reales que son del distrito de nuestra corte, con nuestras innu- 
merables compañías; e allegado que fué el exército, con tal ira hi- 
rió á los alzados, que este loco tirano se fué huyendo á los últimos 
•confines de la tierra del Zinge, e todos los que ansí quedaron e 
fueron alcanzados, se redujeron á nuestro servicio e amparo, e 
ansí mesmo se nos dieron todos los de las serranías de las Nieves; 
e fueron restituidos por la gracia de Dios, de la tiranía de este 
insensato, á nuestro amparo e servicio, cien cibdades del Cuz, en 
los confines viltimos del Poniente; e las sojuzgamos e poseemos 
hoy dia, loado Dios por ello, mejor e más pacificamente que las 
sojuzgaron nuestros antepasados e predecesores en el tiempo pa- 
sado: porque debe Vuestra Majestad saber que este loco presun- 
tuoso fué criado debajo de nuestro amparo, y el mucho amor e 
privanza que le mostramos, le sacó e pervertió el juicio á querer 
darnos aqueste pago e alzarse, pensando de hallar refugio y fuei'za 
contra nos, en juntarse con las compañías que quedaban huidos en 
las sierras del (^uz desde el tiempo del tirano excluso, que pere- 
ció. Esto es lo que á Vuestra Majestad hacemos saber deste caso, 
que Vuestra Majestad nos hizo merced en escribir, avisándonos e 
otreciéndonos fuésemos servidos de nos valer e favorecer en ello del 
ayuda de Vuestra Majestad; lo cual á nos fué muy singular merced, 
y della ciertamente nos aprovecháramos, si el movimiento de este 
loco fuera más que una vana presunción e niebla, que con muy 



457 

poca calor se deshace, por ser aqueste el más mínimo hombre que 
la lengua puede explicar, e de que se debe hacer muy poca cuenta, 
porque por la bondad de Dios, todo su furor ha venido á nada, con 
mejoramiento de nuestra pacificación e sosiego, que hoy dia tene- 
mos por su respecto e locura, loado Dios por ello. E ansi nos pare- 
ció hacer saber á Vuestra Majestad aquesto e darle parte de nues- 
tro contento, entendiendo que por medio e intervención de nuestro 
amor e lealtad, Vuestra Majestad se holgará e recibirá mucho 
contento dello; e Dios conserve el estado y felicidad de Vuestra 
Majestad, e sea servido de cumplir sus deseos con todo bien, e su- 
plicamos á Vuestra Majestad sea servido de nos hacer merced de 
escribir frecuentemente e avisar de sus cosas, porque esta casa 
está muy aficionada y llena de mucho deseo de satisfacer en obras 
al amor y voluntad que Vuestra Majestad uos tiene e le debemos. 
^ue es escrita en los últimos de la luna de Jumede, el primero del 
año de novecientos y ochenta y ocho de la fuga de Mahomad, que 
«s alhizra, que es escrita en la fecha referida. 

(Desde aqni autógrafo). — Yo el licenciado Alonso del Castillo, 
vecino de la cibdad de Granada, traduje esta carta del Xerife, de 
arábigo en lengua castellana, y la escribí de mi letra, e va cierta e 
verdadera conforme al original arábigo de do la traduje, e por ello 
lo firmé de mi nombre. 

El licenciado Castillo, 

(En las espaldas). — Carta del Xerife para Su Majestad, tradu- 
cida del arábigo. 

III 

CARTA 

DE MOSTAFÁ HAMED Á. MOHAJIAD XERIFE, REY DE MARRUECOS, 

(1580). 

Este es traslado de una carta escrita en letra y lengua arábiga, 
al uso del escribir turquesco, la cual parece que Mostafá Hamed, 
Eey de Constantinopla, escribió al Rey Mohamad el Xerife, Rey 



458 

de Marruecos, en fecha de los años de la hejira de los moros de 988, 
que corresponden con los años del Señor y Salvador del mundo, 
mili y quinientos y ochenta. 

Dice en lo alto: «Dios es verdadero ser;» en las letras de oro 
dice Mostafá Hamed, e luego dice ansí: 

«Este es nuestro real escrito e nuestro cierto e muy verdadera 
acuerdo, el cual siempre ture e se efectúe y obedezca mediante e! 
divino auxilio. Escribírnoslo e lo despachamos con perpetua salud 
que deseamos á los de nuestra casa, al estado alto, poderoso, el 
Xerife Muley Hamed, el de limpia sangre y descendiente del 
fructífero árbol Eximi, nascimiento del Profeta, socorredor de loa 
exércitos de los creyentes y disipador de los exércitos de los judíos, 
hijo del Xerife Muley Mohamad, el anciano caudillo que al pre- 
sente reina en Fez e Mari i.jcos; conserve Dios su felicidad para 
el bien y sustento de las gentes. E vos hacemos saber e queremos 
que á vos sea notorio cómo aviéndonos Dios descubierto por su 
clemencia e por su sabiduría (sea por ello ensalzado y ejemplo de 
cualquiera imperfección que se le atribuye) lo que tenia recóndito 
e reservado en los recónditos de su Providencia, acerca su ser y 
perfección, criando e formando á los hombres en miserable con- 
dición y necesidad, haciéndoles muy menesteres de la ayuda e 
favor e amistad de sus símiles, más que á otros animales que crió, 
de modo que con esto tienen paz e quieta vida, e destruicion y 
muerte por lo contrario, en tanto que proveyendo Dios en ella 
por su misericordia, y viendo cuánto les importaba esta propi- 
ciación y ayuda, nos envió á su siervo e Profeta último que les 
guiase e diese preceptos y estatutos para esta familiaridad © 
unión, los cuales, después de sus dias, sucedieron en sus discí- 
pulos e Halifas que Dios altísimo tiene aceptos en su gracia, y 
éstos después los encomendaron á los Reyes e secuaces dellos, 
hasta por la gracia de Dios suceder en Nos, e hoy dia Nos repre- 
sentamos sus personas e somos sus ministros que aqueste divinal 
cuidado e oficio tenemos á cargo, los cuales Dios por su miseri- 
cordia conserve en nos con toda equidad e fervor e calor, y en 
nuestros sucesores, y en los que dellos sucediesen por todos lo» 



459 

siglos de los siglos, e esfuerce á nos e á vos á los sustentar, en- 
salzando nuestros nombres e haciendo perpetua nuestra memoria, 
con preclaro título y renombre de buenos imitadores de sus Ha- 
lií'as e lugar tenientes, e nos haga tan preclaros bienes como hasta 
aquí nos ha hecho; pues por su misericordia y bondad, hoy día 
nos acatan y reconoscen, e sirven todas las Universidades de los 
grandes e sabios muy escogidos de la ley, á los cuales todos 
hemos dado cargos e oficios prominentes, e vienen á nuestra juris- 
dicción e gobierno desde el Levante y Poniente y últimos confines 
de las Sirias, aprobando nuestro cuidado, equidad e gobierno, e á 
todos recebimos con amorosa faz e benevolencia en demostración 
y decoro de la usitada clemencia de nuestros padres e predeceso- 
res, los cuales eligieron por título e renombre calificado xisar de 
clemencia con los hombres e hacerles bien, con cuidado del sus- 
tento de sus vidas y salvación, en especial á los que entendieren 
ser amigos de la honestidad y virtud para les animar más en 
convidar á ella, y en especial han tenido más cuenta en esto con 
los bien nascidos y con los que entendieron que descendían de la 
sangre y estirpe del árbol prophetico, ante quien todas las cosas 
se postran e humillan en señal de debido acato. Y ansí agora en 
consecuencia y confirmación deste santo celo e oficio celeste, como 
viniese á nuestra noticia y fuésemos certificados que el Key de 
Castilla se ha apoderado del reino de Portugal, e sojuzgádole 6 
casi le tiene en este punto, e que ha puesto á muchos de sus na- 
turales en prisiones y cadenas, por lo cual ahora se os ha hecho 
vecino, e vos será enemigo poderoso e de mucho perjuicio, nos 
pareció usar con vos deste nuestro usitado y heredado auxilio de 
nuestros antepasados, proveyendo os seáis ayudado de nuestros 
poderosos exércitos e de nuestras fuerzas e amistad, pues ya os 
consta que los corazones de los leales Reyes no son otra cosa más 
que unos aparejados e fortalecidos ejércitos de socorro e ayuda 
para se favorecer e amparar; e ansí hemos determinado de demos- 
trar con vos nuestra amistad, e quitar toda enemistad; e ansí la 
resolución de todo es que nos convecgamos e hagamos promesa 
firme de amistad, como entre hermanos, la cual se conserve e per- 
petúe, e suceda en nuestros descendientes, y de los descendientes 



460 

de ellos hasta el fin del mundo, y es razón que nos obliguemos á 
la sustentar ansí, por ser, como somos, vecinos en nuestras casas e 
reinos grandes, e que nos tractemos con nueva demostración de 
amistad y amor, en manera que á todos conste e sea notoria e di- 
vulgada, e se sepa en todo el mundo y en las tierras de los cre- 
yentes que los dos reinos de Levante y Poniente se han unido y 
confederado en perpetua liga e amistad, e que son ya unos, y 
queda expellida dellos toda inquietud e discordia, e nos obliga- 
mos de ansí lo cumplir e tractar verdad y seguridad, e ansí lo 
juramos por la relumbrante casa de Meca e sepulcro ensalzado de 
nuestro Propheta. E acabado e asentado esto entre nos firmemen- 
te, vos ayudaremos con nuestras fuerzas, e vos enviaremos tre- 
cientas galeras reales, e dos exércitos de pelea, y socorro y caba- 
llería otomana; con todo lo cual, mediante Dios, conquistareis las 
tierras del Andaluz, e serán libertadas por vuestra mano, median- 
te Dios, de la gravedad en que están. E Dios por su misericordia, 
conserve en claridad los espléndidos luceros del hemisferio e felici- 
dad de nuestros reinos, mostrando siempre en ellos paz y alegría, 
al cual se deben perpetuas alabanzas, e la jubilación y salud sea 
con aquél que es su último y postrimero profeta. E la escribimos 
e despachamos en los principios de la luna de Rages, el farde, del 
año de novecientos y ochenta y ocho. (Dice abajo: Por el rey de 
Constantinopla, que Dios altísimo conserve).» 

Fecho e sacado fué este dicho traslado de la dicha carta real 
arábiga del Rej' turco, e concertada e corregida bien y fielmente 
con ella por mí, el licenciado Alonso del Castillo, romanzador de 
las escripturas arábigas; en la ciudad de Granada. ... (1) del 
mes de julio de 1582 años, y va cierto y bien traducido, y el efec- 
to de la dicha carta original es lo que en este traslado va por mí 
expresado y declarado, y ansí lo juro, y en fé dello lo firmé de mi 
nombre. 



(1) En blanco. 



461 

IV 

TRADUCCIÓN 

DE CARTA DEL HIJO DEL XERIFE TARA SU MAJESTAD, 
CON PERO VENEGAS DE CÓRDOUA, DE FEZ. 

En nombre de Dios piadoso y misericordioso , del siervo de 
Dios poderoso, el heredero de la casa de Bem Haxem, Mahamed 
Almamon, hijo del señor de los fieles de Dios, Abialabas el prós- 
pero, á quien Dios ensalce su estado y haga venturosa su era, 
al estado real del muy alto y poderoso entre la nación de los que 
creen que es venido el Mexias, cuya fama y nombre es notorio en 
el mundo, el Rey Don Phel