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COLECCIÓN
DE DOCUMENTOS INÉDITOS
PARA LA HISTORIA DE ESPAÑA
COLECCIÓN
DOCllIHENTOS INÉDITOS
PARA LA HISTORIA DE ESPAÑA
POK
EL MAHaUÉS DE LA FUENSANTA DEL VALLE
TOMO CVIl
MADRID
IMPRENTA DE JOSÉ PERALES Y MARTÍNEZ
Calle de la Cabeza, núm. 12
1893
3
-t.io7
ADVERTENCIA
En el tomo LV de esta Colección, publicó el señor-
Zarco del Valle el Diccionario de artistas valencia-
nos, escrito por Fray Agustín de Arques Jover. y
además muchos documentos relativos á pintores, pla-
teros é iluminadores, así como también las constitu-
ciones de los plateros de Toledo.
El público acogió con tal interés la obra, que hace
ya tiempo se agotó la edición, y animados por este
ejemplo, nos decidimos hoy á dar á luz el Dicciona-
rio de artistas cordobeses, que ha formado el ilustra-
do joven don Rafael Ramírez de Arellano, conocido
ya ventajosamente como escritor, por sus artículos
de Arqueología cordobesa y de la Historia de la im-
prenta de la misma ciudad; á el Diccionario sigue un
Estudio de la platería en Córdoba y varios documen-
tos muy curiosos sobre privilegios, exenciones y pro-
cesos, que la Congregación de plateros obtuvo y ganó
en pro y beneficio de su arte.
Del mérito de la obra el público juzgará; nosotros
sólo debemos decir, que aun cuando no sea más que
VI
haber dado á conocer por vez primera á varios ar-
tistas cuyos nombres no se encuentran en las obras
de Cean, Palomino y Osorio Bernard, el señor Ra-
mírez de Arellano ha prestado un servicio muy lau-
dable á las artes y á nuestra historia patria.
DICCIONARIO BIOGRÁFICO
ARTISTAS DE LA PROVINCIA DE CÓRDOBA
DON RAFAEL RAMÍREZ DE ARELIANO Y DÍAZ DE MORALES
INDIVIDUO DE NÚMERO
DE LA ACADEMIA GENERAL DE CIENCIAS, BELLAS LETRAS
V NOBLES ARTES DE CÓRDOBA
Y CORRESPONDIENTE DE LA REAL DE SAN FERNANDO
DE MADRID.
DISCURSO PRELIMINAR
Al determinarnos á publicar la colección de biografías de artis-
tas de la provincia de Córdoba, que forman el cuerpo de esta obra,
parécenos conveniente y acaso necesario, encabezar los artículos
biográficos con uno histórico, en donde á grandes rasgos se reseñe
el desarrollo que ha tenido el arte en esta provincia, en la que, si
las artes cristianas nunca alcanzaron su más alto vuelo, llegó á su
mayor apogeo la civilización y el arte de los árabes, durante tactos
siglos dominadores de la Península ibérica. Esta es la razón que
nos impulsa á coger la pluma hoy, y para trazar el progreso que las
manifestaciones de la belleza han tenido en esta parte de España,
seguiremos la división general hecha por Hegel de arte simbólico,
clásico y romántico. Excusado es decir que al primer periodo de
esta división no hay obras en Córdoba ni en su provincia que
puedan corresponder. Creemos que nunca las hubo, pero si acaso
no fué asi, hoy del todo se han olvidado y desaparecido. Róstan-
nos dos periodos de esta división: el arte clásico y el arte román-
tico; de uno y otro queda algo. Del primero vamos á ocuparnos
enseguida y del otro nos ocuparemos más adelante, haciendo en-
tonces una subdivisión necesaria á nuestro objeto, pero que en
este momento no nos es preciso determinar.
El arte clásico debió producir en Córdoba muchas y muy her-
mosas creaciones. Estas eran tales, que no sólo sorprendieron por
su magnificencia á lo^ visigodos cuando invadieron el suelo de
España, sino que aun después de lo mucho destruido en las refrie-
gas civiles, los árabes admiraron el esplendor de los monumentos
romanos que encontraron en varias ciudades, entre las que figura
.como una de las principales Córdoba, medio destruida en las re-
friegas de César y Pompeyo, y en la no menos sangrienta lucha
contra Agila en el periodo visigodo. Templos, palacios, pretorio,
anfiteatros, circos y arcos de triunfo, exornaron en tiempos de
Roma la que después fué cabeza del califato, y aunque de tanto
esplendor no queda otra cosa que el puente sobre el Guadalquivir,
tan restaurado y reconstruido que acaso conserve sólo los cimien-
tos, es indudable que Córdoba fué de las capitales principales del
Imperio romano, y en ella se tributó honor á la belleza, y en pie-
dra quedaron marcados los adelantos que el arte bello tuvo bajo
el dominio de Trajano y Augusto.
Restos de este esplendor nos han quedado: primeramente el
puente sobre el Guadalquivir del que un arco es romano, y ade-
más los hay árabes, ojivales, del renacimiento y hasta de la últi'
ina centuria; siendo aquel anciano venerable, un compendio, digá-
moslo así, del arte de todas las épocas, desde la primitiva de su
fundación, que no sabemos por que causa se atribuye á Julio César,
nombre con que es conocido. Quedan las ruinas de un edificio
colosal (tal vez foro como han dicho ilustres historiadores), sobre
las que se hallan las Casas Consistoriales, plaza del Ayuntamien-
to, convento de San Pablo y algunos otros edificios, y que ha po-
dido ser reconocido al abrir la actual calle de Claudio Marcelo,
en donde se encontraron fortísimos muros, altas, robustas y mag-
níficas columnas estriadas de mármol blanco (vendidas por el
Ayuntamiento á una fábrica de tableros de piedra), y capiteles, y
basas hermosísimas de las que hay muestras en el Museo provin-
cial. Todos estos restos acusaban en sus lineas grandiosas y ro-
bustas, el arte romano de la época de los Emperadores españoles
próximamente. Cercanos á este edificio, en las obras de la casa de
los marqueses de Cabriñana, hoy Audiencia, en el Instituto pro-
vincial y en la fonda suiza, se han encontrado pavimentos de mo-
saico de fina y rica labor, que acusaban la existencia de otros
suntuosos palacios, y respecto á templos, si es tradicional que
algunos de los existentes hoy tienen su origen en las primitivas
basílicas, nada se conserva que concretamente pueda afirmarse.
Los historiadores cordobeses Ambrosio de Morales, Pedro Díaz
de !^^vas, Martin de Roa, y otros , se han ocupado en describir un
5
templo famosísimo de la época romana y darlo como ilustre as-
cendiente á la actual Mezquita. Fundábanse en el descubrimiento
de varias miliarias (tres de ellas halladas al abrir los cimientos
para el crucero ó catedral nueva) en que se determinaba el núme-
ro de millas que habia de distancia en el lugar en que estuvieron
un tiempo, desde el templo de Jano Augusto al Océano; esto es, á
Cádiz, en donde terminaba el camino militar á que pertenecieron.
Errados anduvieron nuestros antepasados en esta cuestión, y cuan-
do la estudiábamos y nos convencíamos del engaño, vino á nues-
tras manos un erudito escrito del sabio profesor de la Universidad
de Berlín Mr. Emilio Hübuer, en que se determinaba clara y pre-
cisamente la situación del indicado templo que estaba en la pro-
vincia de Jaén y próximamente donde Javalquinto se encuentra.
La vía militar á que pertenecieron aquellas miliarias fué hallada
hace algunos años en la calle de San Pablo en Córdoba, y recono-
cida en unos cincuenta metros, estando formada por grandes losas
con dos ranuras paralelas, y en ellas tendidas unas planchas de
hierro análogas á los actuales rails de los ferrocarriles. Esto es lo
que podemos decir de edificios romanos; de restos sueltos queda
mucho más. En poder de particulares hay restos de estatuaria y
de cerámica en gran abundancia, no sólo de Córdoba, sino de
pueblos de la provincia, y nosotros conservamos algunos, entre
ellos una hermosa patera y un singular pomo de vidrio azul en-
contrados en el Monte Real , en Villa del E-ío, donde se supone
que existió la ciudad de Osobona. En la calle de la Pierna hay
una de piedra (que dá nombre á la calle) admirablemente esculpi-
da, y en otros sitios de la ciudad, existen aras, columnas y capi-
teles de mérito extraordinario. Dos colecciones hay más ricas que
todas; la formada por el sabio cordobés D. Pedro de Villa-Zeba-
llos, y está en el patio de su casa en la calle que lleva el nombre
de tan insigne escritor y la del Museo provincial. En la primera
hay dos trozos de estatuas y tres ó cuatro cabezas, varias aras,
algún pedestal de estatua y unas cuantas lápidas sepulcrales, y en
el Museo se encuentran como los más notables los siguientes ob-
jetos de los que se ignoran los autores, y acaso alguno sea obra
del escultor Cayo Valerio, de quien en su lugar se trata.
Una magnífica estatua de mármol blanco y tamaño natural sin"
cabeza ni brazos que representa á Minerva. Fué encontrada en
los cimientos de una casa del Campo de la Merced, y por la finu-
ra de su trazado y delicadeza de su ejecución , puede suponerse
que pertenezca á la época de Augusto, la más floreciente de las
artes romanas.
Un busto de mármol blanco de tamaño natural y de la misma
época de la anterior, admirablemente ejecutado, resto sin duda
de una estatua de algún caudillo ó cónsul romano. Hizo donación
de él al Museo la Academia general de Ciencias, Bellas Letras y
Nobles Artes de Córdoba.
Otra cabeza, también resto de estatua (muy bien conservada),
do Cayo Calígula. La estatua no debió ser de mármol á juzgar
por el corte del cuello, ó por lo menos la cabeza era pieza aparte
del tronco.
Tres cabezas más de márm.ol algo mutiladas, una de ellas coro-
nada de pámpanos y hojas.
Dos Bacos de tamaño académico, uno de ellos admirablemente
esculpido, y ambos cortados por poco más abajo del cuello, en for-
ma que permite asegurar que eran figuras de oratorio y que se
conservan completas.
Un relieve del bajo imperio que representa una matrona roma-
na reclinada en el lecho; figura, menor que el tamaño académico,
regalada por D. Victoriano Rivera y Komero, catedrático del
Instituto.
Otro relieve con dos figuras académicas midiendo aceituna, en-
contrado en una casa de la plaza de Santa Isabel. Parece resto de
un friso.
Varias figuritas de barro de unos diez centímetros de altura y
sólo bustos, que se encontraron en el sepulcro de una peinadora y
son modelos de ¡os peinados usados en la época; j muchas lápidas,
urnas cinerarias, ánforas y vasijas, tégulas, armas, capiteles, ba--
sas y otros utensilios.
Esto es lo que nos queda del período clásico; veamos ahora lo-
que hemos producido en el período romántica.
Hemos dicho antes, que al tratar del arte romántico ó cristiano^
7
haríamos una subdivisión y ésta es la siguiente: período visigodor
ó sea arte latino-bizantino; período árabe, arte ogivaly mudejar y
renacimiento. Después de esta época dejaremos de tratar del arte
en general y haremos historia de la arquitectura, pintura, escultu-
ra, grabado y platería, tratando de cada arte en particular hasta
nuestros dias.
El período visigodo es uno de los más desconocidos, acaso el
menos estudiado de todos, y que aún estaría por explotar sin el fe-
liz hallazgo de las coronas votivas encontradas en Guadamur y sin
el trabajo tan magistralmente hecho, respecto á ellas, por nuestro
compatriota D. José Amador de los Ríos, titulado: El arte latino-
hizantino en Es'paña y las coronas visigodas de Guarrazar, pu-
blicado en 1861 por cuenta del Estado.
Por este trabajo, nuestros anticuarios han venido á conocer los
caracteres que determinan las producciones del arte bárbaro, y ya
con este conocimiento, marcar como de época tan poco estudiada,
restos que hasta entonces habían pasado como de la romana unos,
y como del arte árabe-bizantino los más. Y precisamente los anti-
cuarios cordobeses son de los que más han sabido aprovechar estas
lecciones; pues si en Córdoba no hay, como eu Asturias, edificios
del tiempo de los visigodos, es una ciudad tan llena de recuerdos
como Toledo, si no más, de aquella época más brillante, artística-
mente, de lo que se habia supuesto.
El pueblo visigodo, sorprendido por el esplendor de una civili-
zación más adelantada que la suya, fué «ni poco tiempo de vence-
dor vencido, y adoptó en sus costumbres, lenguaje, leyes y bellas
artes, la civilización ramana, si bien en el arte, ésta se vio modi-
ficada por los elementos bizantinos y por los propios germanos del
pueblo que la adoptaba.
Los visigodos, poco después de estar entre nosotros, restauraban
los edificios romanos y construían otros nuevos y esplendorosos.
En Córdoba fundaron muchas iglesias, de las que, variadas del
todo en su forma, han llegado á nosotros la de San Pedro, antes
de los tres Santos Eausto, Januario y Marcial, y la de los fraile»
de los Mártires, que hemos visto demoler con mengua del buen
nombre de nuestro pueblo que se precia de culto. Otra famosa ba-
sílica fué la de San Vicente, en donde ae fundó después la Mez-
quita, y hay noticia también de un templo de San Jorge, cuya
existencia ha sido muy discutida, y que, según parece más verosí-
mil, estuvo en donde el convento de Santa Clara, en la calle del
Duque. Habia además insignes conventos en los lugares más
amenos de la sierra y un soberbio palacio construido por el padre
de don Rodrigo en el mismo sitio que hoy el palacio obispal, ó
acaso en todo lo que se llama el Alcázar viejo. De los materiales
con que estaban construidos estos edificios, se aprovecharon los
árabes para su Mezquita, y las once naves de que se componia la
obra primitiva, ó sea la levantada por Abd-u-Rahman I, están
sustentadas en columnas, capiteles y cimacios puramente visigo-
dos y la mayor parte de exquisita labor. No hace mucho tiempo
que un ilustre escritor de Bellas Artes, gloria de España, ha dicho
que Abd-u-Rhaman empleó en la Mezquita materiales de Itálica,
Mérida y Córdoba, pertenecientes á la época romana, y segura-
mente que esta afirmación no existiría de haber examinado con
detenimiento los materiales de que está formada. En los cimacios
campea la cruz bizantina rota apenas en algunos brazos; en los
capiteles se miran los funículos y palmillas características del
arte visigodo; en todas partes el cóncavo trazo en bisel del artista
latino-bizantino está marcado tan claramente que no puede que-
dar duda del origen de aquellos bellísimos ornamentos, tan origi-
nales y variados como en ninguna otra ciudad española puedan
hallarse. En la misma Mezquita existen un ara visigoda colocada
de pedestal de una pila de abluciones, toda exornada de círculos
entrelazados y de flores cuatrifolias, y unas celosías ó rejas de
mármol de lo más característico y puro del arte en que nos ocu-
pamos.
Hay restos de este arte, también en el Museo provincial consis-
tentes en basas, capiteles y frisos de hermosa labor, y quedan dos
restos importantísimos en una casa de la carrera del Puente y en
otra de la plaza de la Compañía , que antes fué parroquia de
Santo Domingo de Silos, El primero es un sepulcro. Estuvo en
el convento de los Mártires y se supone que fuese al de los santos
Acisclo y Victoria. Hoy sirve de pilón de una fuente y está ador-
nado de un relieve central con figuras de medio metro de altura
y adornos peniculares y estriados. El segundo es un resto de mo-
saico perteneciente al patio de una casa, en donde estaban repre-
sentadas las cuatro estaciones, viéndose aún dos de las figuras,
Pinalmente en varias casas de la población hay diseminados ca-
piteles pertenecientes á la época que historiamos.
Un acontecimiento imprevisto, varió del todo la organización
y el estado de la Península Ibérica en los primeros años del si-
glo VIII. Los árabes mandados por Tarif, desembarcaron en el
promontorio que desde entonces lleva el nombre de Gibraltar, bar-
rieron los ejércitos visigodos que don Rodrigo opuso á su entrada
y se extendieron por toda la Península hasta los Pirineos, amena-
zando invadir también la Francia por la parte del E-osellon. En
Córdoba entraron forzando la puerta de la Estatua, que debió ser
de construcción romana, y corresponde á la actual del Puente, y
mandados por Mugueits, y ayudados por los judíos, se enseño-
rearon de la ciudad, estableciendo en ella primero la residencia de
los emires ó gobernadores dependientes de la corte de Damasco,
después el centro del emirato independiente en tiempos de Abd-u-
Eahman I, y después el califato, cuando otro Abd-u-Rahman.
el III, tomó este título hasta entonces sólo usado por los Sultanes
damasquinos.
Como corte de los nuevos dominadores, es de suponer que la
trataran de engrandecer; pero en todo el pexúodo que la Penínsu-
la fué considerada como parte del vastísimo imperio mahometa-
no, sólo sabemos que se hiciera en ella la reconstrucción del puen-
te romano que encontraron derribado á su llegada y que nueva-
mente arrebataron las crecidas del Betis, por lo que Hischam I lo
hizo restaurar en los primeros años de su reinado.
Hasta los tiempos de la independencia árabe española, no sa-
bemos de obra importante que en Córdoba se hiciera. Declarado
príncipe independiente Abd-u-E,ahman I, sabemos que construyó
una casa de campo ó almunia, que aún conserva el nombre de
Az-Ruzafa (hoy la Rizafa), en donde pasaba largos períodos de
su vida, y á donde se iba por un camino subterráneo, del que
•queda algún trozo, desde el palacio que habitó, ó sea el qu®
10
antes hemos citado como construido por Teodofredo, padre de
don Rodrigo.
De este palacio ó quinta de recreo no queda nada, y de su es-
plendor no podemos juzgar, suponiendo que no seria mucho, toda
vez que el pueblo árabe aún no había desplegado las galas de su
genio artístico en la época en que se construyó; sólo sabemos que
estaba rodeado de amenos jardines en que elevaban al aire sus
gallardos y verdes penachos las primeras palmas que se planta-
ron en España, y á las que tan elegantes y apasionados versos
dirigía el último vastago de los famosos Omeyas. Sabemos tam-
bién que Abd-u-Rahman hizo empedrar las calles de Córdoba y
traer á ella abundantes aguas de la Sierra Morena por acueductos
de los que aún quedan muchos vestigios, y que estaban formados
por tuberías de plomo que el curioso podrá examinar en el Museo
provincial y en poder de algunos aficionados.
Hasta el año 785 ó 786 de la era vulgar, año 170 de la egira,
nada concreto puede asegurarse respecto al arte árabe cordobés.
En este año empezó la construcción de la Mezquita que afortuna-
damente ha llegado á nuestros dias.
A los cristianos de Córdoba no les habia quedado después de
la conquista por los árabes más iglesia que la Catedral, respetada
en virtud de un tratado, y la cual según hemos dicho antes, se
conocía por la advocación de San Vicente. Todas las demás igle-
sias habían sido destruidas. Hasta tiempos de Abd-u-Rahman,
primer Sultán de la dinastía Omiada, fué respetado el tratado an-
teriormeute dicho; pero en este tiempo, habiendo crecido extra-
ordinariamente la población de Córdoba, hasta el extremo de que
eran insuficientes para contener á los creyentes las mezquitas que
se habían contruido, se pensó y propuso al Sultán por los sirios,
que debía quitarse á los cristianos la mitad de la Catedral como
se habia hecho ya en Damasco, Emesa y otras poblaciones de su
país, y que se convirtiera en Mezquita la referida mitad de la
Basílica de San Vicente.
A este propósito dice Dozi: «Aprobando el Gobierno esta ma-
nera de ser, los cristianos se vieron obligados á ceder la mitad de
su Catedral. Más tarde, en el año 784, Abd-u-Rahman I, quiso
11
que le vendieran la otra mitad; rehusaron expresamente, dicien-
do que no les quedaría ningún edificio en que celebrar su culto.
Abd-u-Rahman insistió sin embargo, y por último se llegó á
una transacción; los cristianos cedieron la Catedral en la suma
de cien mil dineros (un millón de francos, once del valor actual
de nuestra moneda), luego que obtuvieron el permiso de reedifi-
car las iglesias que hablan sido destruidas. »
La obra se llevó á cabo con extraordinaria precipitación, hasta
el extremo de que empezada en 785 estaba concluida en 788, esta
es, en el espacio de tres años, por más que el erudito y concien-
zudo escritor Adolfo Federico de Schak afirma que se concluya
en un solo año. «Natural era (dice Schak) que se aprovecharan
para esto las piedras y otros materiales de más antiguos edificios*
Sirvieron especialmente las columnas de diversos órdenes, y cuan-
do unas de acá y otras de acullá fueron empleadas, las que falta-
ban aún, se hicieron según los mismos modelos á fin de guardar
cierta simetría. La falta de conocimiento ó quizás la precipitación
de los arquitectos, fué causa de que sobre las columnas se pusie-
ran á menudo capiteles que no correspondían á los fustes. Así se
hizo la primitiva Mezquita que constaba de once naves longitudi-
nales de N. á S., y de doce transversales de O. á E. según puede
ho}' verse perfectamente por la estructura de los fustes, capiteles
y cimacios que sostienen los dobles arcos en que se apoyan los
techos, y que en la parte perteneciente á la antigua Mezquita, di-
fieren del resto de ella por el sabor en algunos romano y en la
mayor parte latino bizantino que presentan.
Murió Abd-u-Rahman sin haber tenido el placer de concluir la
Mezquita; pero su hijo Hischan no descuidó la terminación del
fastuoso templo, y así es que constru3'ó una as-snmua (torre) desde
la cual había de llamar el almuédano (sacristán) á los creyentes
para que acudieran á la oración; hizo los as-sicafes, ó sean los si-
tios destinados á las mujeres, en la parte posterior del templo y la
almidháy ó sea la parte para abluciones, que estaba colocada al
Oriente, en el patio hoy llamado de los Naranjos. Schack afirma
que este Sultán obligó á los cristianos á traer de Narbona no
pocos restos de los muros para embellecimiento de su templo.
12
Siguió á Hischan I en el sultauado y en el mejoramiento de la
Mezquita Abd-u-Rahmad II, y consta, por el testimonio de Iba-
Adhari de Marruecos, que en su tiempo se amplió el templo con
cincuenta codos de longitud por ciento cincuenta de latitud, lo
cual, suponiendo que fuese por el lado del mihrab, ó sea por el
lado Sur del edificio, habría de ocasionar la construcción de un
nuevo mihrab, á no ser que, como afirma don Rodrigo Amador
de los Rios, la obra se limitase á cuadrar el templo en el que el
mihrab sobresalía de la primitiva construcción.
Después de Abd-u-Rahman II vino á ocupar el trono de Cór-
doba Muhammad, su hijo, que hizo se adornaran con inscripcio-
nes y aleyas alcorámicas los arrabats de las puertas de entrada
del templo, y además construyó la maksura, ó sea el lugar apar-
tado en la parte más santa del templo, en donde el Sultán y los
de su casa habian de hacer las oraciones.
De estas obras se conserva memoria exacta en la portada lla-
mada de San Esteban, en el muro de la calle de Torrijos, donde
en dos inscripciones se encuentran respectivamente el nombre de
Muhammad y el año 855 de la construcción.
Siguió á la obra de Muhammad la de Abd-ul-lah, que construyó
la cámara del tesoro, reparó los assicafes, y sobre todo mandó
construir un camino cubierto entre la Mezquita y su palacio, por
el cual pudiera acudir al templo sin penetrar por las puertas des-
tinadas al ptiblico en general. De este pasadizo, que ha existido
hasta fines del siglo XVII, no ha quedado ni rastro siquiera en
la fastuosa Mezquita de los Omiadas.
Durante este período, que comprende desde fines del siglo VIII
hasta mediados del IX, ni un solo nombre de escultores, tallistas y
arquitectos nos dan los escritores que en él se han ocupado; pero en
los fustes de la primitiva Mezquita se ven los de Mostauz, Jayr y
Mosabarak, constructores, sin duda de los que, según Schak, se hi-
cieron á imitación de los recogidos en edificios antiguos. Quiénes
fueron los arquitectos que trabajaron en obra tan peregrina es impo-
sible saberlo: acaso fuera alguno Farkid-ibn-Aun-el-Aduani, cons-
tructor de la fuente Ain Parkid, de quien habla don José Antonio
Conde en su Historia de la dominación de los árabes en España.
13
Llegó el siglo X, y con él el periodo más floreciente del arte
árabe, como del imperio árabe de Occidente. Al ocupar el trono
Abd-u-Rahraan III, Córdoba había crecido y se había engrande-
cido tanto, que contaba doscientas mil casas, seiscientas Mezqui-
tas, cincuenta hospitales, ochocientas escuelas públicas y nove-
cientos baños. La unidad del imperio estaba asegurada, las es-
cuelas de Córdoba eran el centro del saber de todo el mundo y las
artes competían con las de la fastuosa Bizancio. Ya no se utiliza-
ban para las construcciones restos de otras anteriores y de indí-
gena procedencia; ya los edificios no resultaban heterogéneos en
su conjunto; ahora habia unidad de estilo, variedad en los capri-
cbosos y originales adornos, y si bien el arte recibía la influencia
del griego y el sabor bizantino campeaba en todo, no eran los ar-
quitectos y tallistas árabes unos vulgares copistas; eran origina-
les en sus obras de espontánea y fácil ejecución. Bien es verdad
que aun en la primitiva Mezquita habia algo original: los arcos
superpuestos, hasta entonces no empleados en edificio alguno.
El califato trajo consigo el lujo, y con él el culto del arte. Por
doquiera se levantaban palacios, casas de recreo en el campo, es-
cuelas suntuosas, y sobre todas aquellas construcciones domina-
ban por su belleza sin igual los magníficos palacios de Medina
Az-Zahra y Medina Azzahira, construcciones de Abd-u-Rah-
man III la primera, y de Al-Manzur la segunda.
Pero de estos palacios nos ocuparemos más adelante; hablemos
ahora de la Mezquita aljama hasta su conclusión por el famoso
hagib de Hischan II.
El primero de los Califas que se dedicó á embellecer la Mezqui-
ta fué Abd-u-Rahman III. Hakan II y Hischan II, por medio de
su ministro Al-Manzur, la engrandecieron y ampliaron.
Dos obras importantísimas hizo Abd-u-Rahman. La primera
fué el muro de la Mezquita, correspondiente al patio, que sin duda
amenazaría ruina, puesto que se reconstruyó, afirmando sus ci-
mientos en el año 958, en Enero ó Febrero por mano del arqui-
tectn Said-ibn-Ayub, según reza una inscripción que en caracte-
res cúficos, de elegante forma, se mira aún á un lado del arco de
Bendiciones ó de las Palmas. La segunda fué una nueva as-samua
14
ó toi're que, según el testimonio de Al-Maccari, medía la altura
de 73 codos, y que por mucho tiempo pasó por ser la primera en-
tre todas las torres de las Mezquitas españolas.
«Muerto Abd-u-Rahman, dice don Rodrigo Amador de los
Bios en sus Inscrifciones árales de Córdoba, abría Al-Hakam
su reinado, disponiendo como primer acto de su gobierno á
los cuatro dias trascurridos de la luna de Ramadhan de aquel
año de 356 E. (961 J. C), que bajo la dix-eccion de su hachibg
«espada de su reino», Chaafar-ben-Abd-er-Rahman, el Ssicla-
vi, se diera principio á la ampliación de la Mezquita, hacien-
do el acopio necesario de materiales para la cimentación de la
obra con que pensaba engrandecer el templo. El mismo, con sin-
gular solicitud y notoria predilección, visitaba frecuentemente loa
trabajos, y hasta hacía por sí propio las mediciones, llamando
para auxiliarle á los maestros y geómetras, los cuales trazaron
el nuevo edificio desde la parte anterior hasta la posterior de la
Mezquita, comprendiendo esta ampliación en su longitud las once
grandes naves longitudinales de que se hallaba aquella formada
desde los dias de Abd-er-Rahman I.»
Para la construcción del mihrab se entabló una cuestión sobre
el lugar que habia de ocupar. Sostenían unos que debía estar si-
tuado al Oriente, como estaba en Az-Zahra, mientras otros pre-
tendían que estuviera á Occidente. Esta cuestión fué resuelta por
el Califa, siguiendo el parecer de Abu-Ibrahim, y el mihrab fué
construido al Mediodía, en cuyo sitio es hoy la admiración de to-
das las personas amantes de las artos bellas, y en especial dolarte
árabe bizantino, del que es en España el ejemplar más preciado.
La ampliación de Al-Hakam II fué la prolongación de las once
naves de la primitiva Mezquita hasta el lugar sagrado, ó mihrab
que hoy se mira; esto es, noventa codos de longitud, siguiendo el
parecer de Iba-Adhari de Marruecos.
Afortunadamente para la historia del arte, ha quedado memoria
de los artistas que labraron esta maravillosa creación de los ára-
bes españoles. El arquitecto que lo construyó, y cuyo nombre debe
figurar al lado de los primeros del orbe, fué Motharrif-ibn-Abd-u-
Rahman, y los cinceladores que dibujaron en piedra aquellas labo-
15
res, que más parecen encajes de filigrana qué adornos de mármol,
fueron Bedr, Bedr-ibn-al-Hayyan, Cohem, Tharig, Nassr y Ca-
aim. Sus nombres, trazados por ellos mismos, se encuentran en las
muchas insci'ipciones que decoran el mihrab y en un fuste de las
naves que le preceden.
Otra ampliación, tan notable como la que acabamos de referir,
se verificó en la Mezquita aljama en los tiempos en que gobernaba
la España árabe á nombre de Hischan II el hagib Al-Manzur.
Ocho naves fueron añadidas á las primitivas de Abd-u-Rah-
man, 1 y por eso hoy son diecinueve las que componen este templo
singular. Se dio principio en el año 977, y en dos años y medio
quedó terminada la obra, en la cual ningún otro califa ni sultán
habia de hacer reformas. La Mezquita era la obra del califato cor-
dobés y quedó terminada cuando el califato murió. Los cristianos
son los que después se han permitido reformarla, y pluguiera á
Dios que no lo hubieran intentado nunca.
Los marmolistas que labrai'on los fustes de esta ampliación
también dejaron grabados sus nombres en la piedra, y allí se en-
cuentran los de Tsmil, Tasrir, Mobarak, Mondzir, Masúd, Kabir,
Jalem-al-Amery, Hachchid y Amin.
Más de un siglo se empleó en la terminación de este soberbio
edificio que vino á constituir el modelo estético de todas las Mez-
quitas. Así como la Catedral ogival encarna el ideal ci'istiano, con
sus muros cerrados al exterior, sus puertas pequeñas y rehundi-
das, sus fachadas triangulares, sus bóvedas, más altas en cada
nave, según se acercan á la central, y ésta, más alta aún ante el
altar, en donde se eleva al espacio y se abre en ventanas para re-'
cibir la luz de la altura y abrir paso á las oraciones de abajo, la
Mezquita cordobesa, respondiendo también al ideal de su religión,
muestra en su exterior aspecto de fortaleza que hay que conquistar
por la espada; abriga en su seno huerto pensil donde las fuentes
lucen alegres surtidores que se rompen en cambiantas de luz, y
verdes naranjos de dorados frutos, como un recuerdo del Paraíso,
y por un lado las calles de árboles se truecan en calles dé mármol,
y en el misterio de su fondo se halla el santo recinto donde se
elevan á Aláh las oraciones del mundo.
IG
Antes de pasar adelante en la historia del arte cordobés, permí-
tasenos copiar aquí la bella descripción que hace de la Mezquita
el barón Adolfo Federico de Schak, en su obra La poesía y el arte
de los árabes en Esfaña y Sicilia, traducida por nuestro ilustre
compatriota D. Juan Valera. Dice así:
«La obra completa, tal como vino á terminarse en más de un
siglo, por el esfuerzo de muchos principes, formaba un paraleló-
gramo que se extendía de Norte á Sur. Una alta muralla almena-
da la rodeaba como á la fortaleza de la Fé. Veinte puertas revesti-
das de planchas de bronce, de un trabajo admirablemente hermo-
so, daban entrada al amurallado recinto. Por el lado del Norte
descollaba el alminar de Abd-u-Rahmau, en cuya cumbre, sobre
el pabellón del almuédano , brillaban más que el resplandeciente
sol de Andalucía, tres granadas, dos de oro puro, y de plata la
tercera. Cerca de este alminar estaba la principal entrada al pa-
tio, circundado por tres lados de columnatas, y donde, entre um-
bríos naranjos, se veia la fuente para las abluciones. A lo largo
del costado del patio que era el del Sur, se extendía la parte te-
chada del templo con sus innumerables calles de columnas, no
como puede creerse, según su estado actual, cerradas por un mu-
ro, sino según el uso primitivo, como en las más de las Mezquitas
de Oriente, abierto todo hacia el patio, de suerte que la vista po-
día penetrar desde la claridad del dia en la santa oscuridad délos
arcos y bóvedas. Avanzando más se cree uno como perdido en un
primitivo bosque de piedra, que por todos lados parece extenderse
hasta lo infinito. Más de mil y cuatrocientas columnas, reposando
sobre pedestales de mármol, tomados de antiguos edificios y nota-
bles por la variedad de sus capiteles, sustentaban sobre pilares
cuadrados la primorosa techumbre, ricamente esmaltada y cubier-
ta de escultura.
Esta escultura estaba hecha en una clase de pino peculiar de
Berbería, y muy duradero y resistente. A lo largo del muro habia
ventanas y placas de mármol, prolijamente esculpidas; revestían
el muro hasta el techo. De una columna á otra se extiende un arco
de herradura, y por cima, yendo de pilar á pilar, se alza un se-
gundo arco redondo. Andando por este laberinto de diecinueve
17
largas naves, que otras treinta y tres atraviesan, se llegaba á un
muro ricamente pintado y adornado de pequeñas almenas, tal vez
calado como una verja, el cual circundaba la parte más santa de
la Mezquita. Este muro estaba al Sur, en lo edificado por Ha-
kam II, y abrazaba las cinco naves del medio, de las once que en
un principio formaban el edificio, de modo que de un lado y de otro
sólo quedaban tres largas naves.
El espacio cercado así contenia ciento nueve columnas, y se ex-
tendia de Occidente á Oriente setenta y cinco toesas, y desde el
Norte hasta el muro del Sur de la Mezquita veintidós. Esto era la
maksiira.
El Califa llegaba á ella desde su palacio por un camino cubierta
y una puerta que se bailaba en la muralla del Sur. En medio de
la maksura tenia el Califa su asiento. Mientras tanto, estaba sin
duda alguna para el pueblo también la entrada libre. Tres precio-
sísimas puertas conducían desde lo restante del templo á lo inte-
rior de la mahsura .
Las miradas de quien las atravesaba eran al punto limitadas
por la muralla del Sur de la Mezquita y deslumbradas por la rica
pompa de mosaicos y mármol dorado de que estaba cubierta. Allí
se veía, si es lícito valemos de esta expresión, el Sancia SanciO'
riim, consistente en tres capillas contiguas, con arcos de herradu-
ra dentellados, de una labor maravillosamente rica. Estas capillas
estaban, principalmente en el muro del Sur, cubiertas de reful-
gentes y preciosos mosaicos, hechos con piedrecillas ó con pedazos
de vidrio dorados ó de colores, donde habia, ya sentencias del
Corán ú otras inscripciones en letras cúficas, ya lazos de flores y
otros encantadores arabescos de esplendente colorido sobre fondo
de oro. La mayor y más deslumbradora de estas capillas era la
del medio, techada por una gran cúpula de mármol blanco, de la
cual pendía una enorme lámpara. Al lado del Sur se hallaba el
mihrab principal. Este era un nicho que tenia por base un octó-
gono y que por encima terminaba en una gigantesca concha de
mármol; todo lo cual reflejaba en torno los resplandores de sua
adornos de mosaico. La nave que desde la puerta del Norte con-
ducia á este santuario supremo, era más ancha que las otras y se
Tomo CVII. 2
18
distinguía por una más rica ornamentación en los arcos y en los
capiteles de las columnas. A la derecha del miTira,!) se veía el ál-
minobar, ó pulpito, suntuoso y bello por su artística labor y por
las preciosas maderas de que estaba formado. Enfrente del mihrab,
algo hacia el Norte, habia una tribuna, ó balcón, sostenido en co-
lumnas, llamado mahjil ó diAAe, con dos atriles á los lados. Innu-
merables lámparas, unas de plata pura, otras de bronce fundido,
<ie las iglesias cristianas, colgaban de las bóvedas. Pródigamente
estaban difundidos el mármol de diversos colores, el oro y los mo-
saicos, por todo el edificio.
Ni faltaban tampoco figuras esculpidas ó pintadas. En dos co-
lumnas rojas se veian representaciones ó imágenes de la Sagrada
escritura y de las tradiciones mahometanas. En otros puntos
•estaban figurados los siete Durmientes de Efeso y el cuervo de
Noé. Esto daba claro testimonio de que el Islam no prohibe en
absoluto la representación de seres vivos, ya que los había en
aquella Mezquita, por cierto una de las más santas del mundo
muslímico. »
De esta brillante manera aunque con algunos errores, recons-
truye Schak la Mezquita de Córdoba, después de visitar detenida-
mente las de Egipto, Turquía y la Argelia, y después de un
minucioso y concienzudo examen de los escritos de Al-Makkari,
Al-Bayan y Edrisi. Su rica imaginación se ha elevado y nos da
un fiel retrato (á nuestro entender), de lo que debió ser este sun-
tuoso templo en la época del esplendoroso califato de Córdoba.
Retrocedamos ahora al siglo X y á los tiempos del Califa Abd-u-
líahman III. Cuéntase que una de las concubinas de este ilustre
Príncipe, dejó á su muerte una cuantiosa fortuna, y que el sultán
ordenó que con ella se rescatasen cautivos árabes en los reinos
fronterizos; pero como aconteció que numerosos emisarios recor-
rieron los reinos de León, Castilla, Navarra y el condado de
Barcelona, y no hallaron cautivos que redimir, el tesoro quedó
sin aplicación. Tenia entre sus esclavas Abd-u-Rahman una á
quien amaba extraordinariamente, y esta fué la que sugirió al
monarca la idea de gastar aquellas riquezas en un suntuoso pala-
cio extramuros de la ciudad, como lugar de recreo, el que después
19
vino á ser una ciudad populosa, tomando del nombre de la esclava,
el de Medina Az-Zahra.
En 936 ó 937 de la era vulgar, se empezó la construcción del
famoso palacio. Dícese que An-Nasir encomendó sus planos al
más famoso de los arquitectos de la corte de Oonstantinopla, y de
allí vinieron no sólo las trazas sino parte de la ornamentación,
puesto que el mosaico conocido por foseifesa, que aún se mira en
el lugar sagrado de la Mezquita Aljama, fué un regalo hecho á
An-Nasir por Constantino Porfirogéneto, y todo él empleado en
Medina Az-Zahra, obrado en Córdoba, eu la fábrica que montó el
Califa á cargo de los artistas que el mismo Emperador de Oriente
le enviara. El edificio estuvo situado á unas tres millas de distan-
cia al Noroeste de Córdoba, en lo que hoy se llama la dehesa de
Córdoba la Vieja, y estaba distribuido en tres partes: una que era
el Alcázar del monarca, se apoyaba en la montaña llamada de la
novia ó sea giebal-al-aríís; otra al Mediodía para que viviese la
servidumbre, eunucos y guardias, y la tercera más desviada de
la montaña, compuesta de jardines y huertas de recreo. En estas
viviendas se alojaban 6.300 mujeres del Califa entre concubinas y
sirvientes, que tenían á su disposición 300 baños, 12.000 eunucos
y guardias, y 3.750 pajes y esclavos, todos vestidos magnifica-
mente y costeados por el Califa. La parte ocupada por pajes y
eunucos se componía de 400 casas, y en la manutención de tanta
gente se gastaban todos los días 13.000 libras de carne, aparte de
las gallinas, perdices y clases de pescado que se les entregaba sin
tasa.
La construcción de estos palacios duró hasta 961 en que murió
su fundador. De ella dice don Pedro Madrazo en el tomo de Cór-
doba, de la obra España, sus monumentos y artes: «Ocupáronse
en estas grandes obras desde el año 325 de la Egira (A. D. 936
á 7), por espacio de muchos años, el mismo Abde-r-E.ahman en
persona, su hijo Al-Hakem, varios arquitectos y doce artífices
cristianos de grande habilidad: y había además tres hombres
entendidos comisionados para traer mármoles de África, que eran
Abdullah, el inspector principal de las obras Hasam Ibrr-Moham-
jnad, y Alí-ben-Ja'far, á quienes pagaba An-Nasir 10 di ares de
20
oro por cada trozo ó fuste de mármol grande ó pequeño puesto eu
Córdoba. Era tal el placer que el Califa experimentaba eu dirigir
por si mismo las construcciones, que entregado á su pasión de
lleno, llegó en una ocasión á faltar tres viernes consecutivos á la
azalá de la Aljama, y al presentarse el cuarto viernes, el austera
teólogo Mundhir-ben-Sa'id que predicaba aquel dia. aludió á él en'
su plática, y delante de todo el gentio le amenazó con el fuego del
infierno.
Gastábanse en la edificación diariamente 6.000 sillares de todos
tamaños y formas, labrados y sin labrar, sin contar el ladrillo y
la piedra tosca empleados en los cimientos; conducían los mate-
riales 1.400 acémilas y 400 camellos del Sultán y 1.000 muías d&
alquiler. Cada tres dias se consumían 10.000 cargas de cal y yeso.
Columnas grandes y pequeñas, de sosten y de peso, entraron más
de 4.300 traidas algunas de Roma; 19 de tierra de cristianos, pro-
bablemente de Narbona; 140 regaladas por el Emperador griego;
1.013 de mármol verde y rosa de Cartagena, de África, Túnez y
otras plazas de allende el Estrecho; las demás sacadas de las can-
teras de Andalús, como las de mármol negro y blanco de Tarra-
gona y Almería, y las de mármol de aguas de Raya. Los opera-
rios y esclavos empleados diariamente eran 10.000; tenian de jor-
nal unos un adiram y medio, otros dos adirames y un tercio. El
gasto hecho en las obras de Az-Zahra ascendió anualmente á
300.000 dinares durante el reinado de An-Nasir, y habiéndose for-
mado el cómputo de su coste total en los veinticinco años transcurri-^
dos desde el de 325 al 350 en que murió el Califa, resultó haber
gastado en aquellos palacios siete millones y medio de dinares ó
pesantes de oro. Asegúrase qua las hojas de sus puertas de todas-
dimensiones eran 15.000, revestidas de hierro bruñido ó cobre
dorado y plateado. Sufragóse este inmenso gasto con el tercio de
las rentas del Imperio destinado á las construcciones y obras pú-
Iblicas.
Sería cosa interminable el referir una por una todas las bellezas
que el arte y la naturaleza de consuno habían aglomerado en el
delicioso recinto do Medina Azzahra; bellezas realzadas con el es-
plendor de la corte. La muchedumbre de los soldados, pajes, eu-
21
nucos y esclavos de todos países y religiones, costosamente vesti-
dos de seda y brocado, que circulaban por sus anchas calles, y los
grupos de jueces, katibes , teólogos y poetas que gravemente pa-
seaban aquellos suntuosos salones, aquellos espaciosos vestíbulos
y antecámaras. Había allí, además del regio alcázar , viviendas
magníficas para hospedar á los altos funcionarios del Estado ; allí
.acueductos que mantenían con el agua de la sierra en perpetuo
verdor las huertas y vergeles; allí jardines con toda clase de flo-
res y boscajes de azahar, de mirto y de laurel; allí sorprendentes
juegos de aguas y fuentes, estanques y lagunas de todas formas;
allí cenadores y deliciosas umbrías en que guarecerse de los ar-
dores del estío. Los historiadores de aquel tiempo, los oradores y
poetas , agotaron los raudales de su elocuencia describiendo aque-
llas maravillas. Cuantos forasteros la visitaban en los días de
Al-Hakem, cuando ya la nueva población había llegado á su apo-
geo, confesaban no haber otras semejantes en los vastos dominios
.del Islam. Los viajeros de lejanas tierras , los príncipes , los em-
bajadores, los traficantes, peregrinos, teólogos y poetas más fa-
miliarizados con las construcciones de aquella especie , todos re-
conocían no haber visto nada comparable en el mundo. Y" en ver-
dad que sólo el terrado de mármol pálido que se elevaba en un
alcázar al Mediodía dominando sus jardines , los pabellones de
Oriente y Occidente que sobre él descollaban , el salón dorado del
pabellón circular que ocupaba el centro ; sólo las incomparables
labores de su arquitectura, la belleza de sus líneas y proporcio-
nes, la riqueza de su ornamentación interior, ya de mármol lu-
.cieute, ya de oro deslumbrador ; las columnas de caprichosos jas-
pes, las pinturas émulas de los más floridos vergeles; sólo su lago
de líquida plata, sus cisternas perpetuamente llenas de purísimas
aguas; sus preciosas fuentes ornadas de bajos relieves; cada uno
de estos objetos de por sí hubiera sido suficiente para hacer los
palacios de Azzabra superiores á los de Bagdad , Damasco y
Constantinopla.
Entre sus maravillas se distinguían el pabellón central, las
fuentes y la Mezquita. Estaba el mencionado pabellón sostenido
*en columnas de mármol de aguas, taraceados de rubíes y perlas.
22
con capiteles de oro; llevaba el nombre de Salón de loa Califas
(Kasru-1-K'holafá), porque en el advenimiento de éstos al trono,
debia hacerse allí su jura y proclamación. Las paredes estaban
cubiertas de oro y mármoles trasparentes de diversos colores; su
techo lo mismo, y pendía de su centro una perla de incomparable
tamaño y valor, que entre otros preciosos dones, habia regalado
á An-Nasir, el Emperador Constantino Porfirogéneto. Las tejas
de este pabellón eran de plata y oro alternadas. Ocupaba el cen-
tro del magnífico recinto un estanque de pórfido, lleno de purísi-
mo azogue, que limitaba una arquería poligonal de ocho arcos de
herradura de ébano y marfil, incrustados de oro y piedras precio-
sas, sobre columnas de mármol pulido y cristal. Cuando penetraba
el sol por ellos, sólo el reflejo que producían sus rayos en el techa
y las paredes, bastaba para cegar á cualquiera; así cuando An-
Nasir quería intimidar á algún personaje de cuya lealtad no esta-
ba seguro, con una seña que hiciese á uno de sus esclavos, al pun-
to la masa de azogue empezaba á moverse, y sus vividos reflejos
producían en todo el salón unas luces como relámpagos deslum-
bradores.
No seguiremos á don Pedro Madrazo en su narración de las sun-
tuosas ceremonias que se celebraban en aquella mansión de hadas;
pero sí copiaremos los últimos párrafos de su descripción para
completar la idea de la magnificencia de la residencia de los Cali-
fas de Córdoba.
«Hemos dicho que las fuentes eran uno de los principales orna-
tos de aquellos alcázares. Ben-Hayyan asegura que nada habia
comparable á las dos que trajo de Asia, para Au-Nasir-Ahmed el
griego, tanto por su esquisito trabajo como por el valor intrínseco
de su materia. Eran desiguales en forma y tamaño: la mayor, de
bronce dorado, con bajo relieves de figuras humanas, bellamente
esculpidas, y la condujeron desde Constantinopla á Córdoba, el
referido Ahmed y el obispo Rabi. La menor era de mármol verde
y fué adquirida en Siria, y se consideró por todos los inteligentes
como un verdadero prodigio del arte. En cuanto llegó á poder del
Califa^ dispuso éste que fuera colocada en la alcoba ó dormitorio
del pabellón oriental, conocido por el salo7i de la familiar ¿dad y
23
del solaz, y mandó agregar á su ornato doce figuras de oro berme-
jo incrustadas de perlas y esquisita pedrería, labradas en los
talleres reales de Córdoba, representando diversos animales. Pu-
sieron en ella un león entre un antílope y un cocodrilo; al lado
opuesto un águila y un dragón, y entre ambos grupos una paloma»
un halcón, un pavo real, una gallina, un gallo, un milano y un
buitre. Todos estos animales eran huecos y vertían en el tazón de la
fuente chorros de agua cristalina.
La Mezquita de Azzahra, templo de estupenda estructura, pre-
ciosamente labrada en todas sus partes, de noventa y siete codos
de largo de la algwfia á la quiblah, sin contar el milirah, y de
sesenta y uno de ancho, fué obra de cuarenta y ocho días, habien-
do An-Nasir empleado en ella diariamente mil obreros entendidos,
de los cuales, trescientos eran albañiles, doscientos carpinteros, y
los demás canteros, escultores, doradores, esmaltadores, mosaicis-
tas, pintores, estucadores, tallistas, herreros, broncistas, etc.
Contenia cinco naves; la central de trece codos de anchura, las
demás de doce, y un patio de cuarenta y tres codos, de la algufid
á la quiblah, enlosado de mármol rojo, en cuyo centro había una
fuente que vertía sin cesar un agua purísima. Tenía esta Mezqui-
ta una zoma ó alminar cuadrado de cincuenta codos de altura. En
la makstiraJí, de construcción y ornamentación maravillosas, ha-
bía un pulpito ó mimbar de sorprendente riqueza. »
Tal es la descripción hecha por el Sr. Madrazo, análoga á la
que don Francisco Javier Símonet, tomada de escritores árabes,
trae en su leyenda que lleva el título de esta fastuosa ciudad. Ni
uno ni otro nos dan noticia de los artistas que la labraron. Nos-
otros sólo hemos encontrado el nombre de un marmolista, Muda-
far, en un fragmento que hoy posee don Aurelíano Fernandez
Guerra. Sin embargo, on otros fragmentos y capiteles diseminados
acá y acullá, y acaso provinentes de Medina Azzahra, se encuen-
tran nombres ilustres de tallistas que pueden competir con los
prodigiosos artistas que labraron el miJirab de la Mezquita aljama,
tales como Karím, Fotuh, Fatah y Ahmed-Ibn-Fatah, todos ellos
contemporáneos de Abd-u-Rahman III y de Hakam II.
El segundo Califa de Córdoba halló á la muerte de su padre ter-
24
minados los alcázares y jardines de su imperial morada, j' en ellos
nada tuvo que hacer; pero sí le añadió algo, acrecentando la ciu-
áad agrupada alrrededor del primitivo palacio. Los años de su
reinado, hasta el de 976, en que bajó al sepulcro, ya hemos visto
que los consagró á la ampliación de la Mezquita de Córdoba, con
lo que ganó tanta fama de bienhechor de las artes como á su pa-
dre cupo.
Esta prodigiosa mansión tuvo poco después una efímera, pero
no menos fastuosa rival. En el último tercio del siglo X goberna-
ba la España árabe á nombre de Hischan II, el hagib Abu-Amer-
al-Manzur, y su poder, tras de sus famosas gazuas, tué tan grande,
que llegó á titularse melic carim (noble rey).
Tenia este ministro sus alcázares al Norte del palacio real, y sus
jardines se extendían á todo lo que hoy es huerta del rey, entre el
campo del Moro y las eras de la Salud; pero no satisfecho con
aquella morada, quiso construir otra que compitiese en lujo y be-
lleza con las portentosas mansiones de Medina-Azzahra.
Estos palacios, que rodeados de otras viviendas al Este de Cór-
doba, vinieron á constituir una nueva ciudad, fueron conocidos
con el nombre de Medina-Az-Zahira. Descripción parecida á la
hecha de la fundación de An-Nasir, podríamos hacer de estos al-
cázares, y quien desee verla la hallará muy por extenso en la le-
yenda árabe del Sr. Simonet, que lleva el nombre del invencible
caudillo, terror de las monai-quías cristianas de la Península.
Estas construcciones tuvieron una vida efímera. La fundación
de Al-Manzur, fué quemada por los bereberes mandados por Su-
leiman en 1010, y destruida por completo. Los mismos saquearon
el palacio de An-Nasir. De éste, sin embargo, quedaron en pié
los muros, que se conservaban en tiempos de la reconquista. Hoy
se sabe dónde están las ruinas del segundo; del primero se ignora
hasta el lugar que ocupó.
Aún duran en Córdoba dos edificios más de la época de la do-
minación de los árabes, y son dos baños; el uno está en la calle
de su nombre, y el otro en la de Céspedes. Ambos están en un
estado de lamentable ruina, pero acusan en los capiteles que los
adornan que debieron ser dos bellos y elegantes edificios de la me-
25
jor época del califato. También es árabe el molino de la Albolafia,
en las inmediaciones del puente.
Tal es la historia del período árabe, que en Córdoba no llegó á
revestir durante la dominación otro carácter que el bizantino. Ni
los almohades, que prestaron á las artes carácter peculiar, como
se observa en los monumentos sevillanos, ni los bereberes, que hi-
cieron del arte morisco el propio y característico arte muslime de
España, cuya representación brillantísima se observa en la Alham-
bra de Granada, dejaron huella de su paso en Córdoba. Lo que
queda es todo del período robusto y grandioso, del esplendoroso
arte del califato, rival del de Bizancio, si no su vencedor; arte tan
prodigioso, que hace decir al Sr. Madrazo lo siguiente:
«Al considerar estos preciosos indicios de la gran pureza á que
llegó el arte bajo el reinado de Abde-r-E,ahman III y de su hijo
Al-Hakem II, casi se atreve uno á creer que los árabes-españoles
sintieron mejor que los bizantinos la belleza del arte helénico, y que
muchos elementos de la arquitectura griega de los buenos tiempos,
revivieron en el arte andaluz de los siglos IX y X, hallándose casi
proscritos por la arquitectura de Bizancio.»
rinalmente, además de la Mezquita, de la Albolafia y de los
baños, haj' en Córdoba muestras del arte árabe en los infinitos
capiteles y basas diseminados por casas y calles de la ciudad, en
todas las colecciones de particulares y en la del Museo provincial,
que ha recogido brillantes trozos ornamentales procedentes de
3Iedina Azzahra, entre los que figuran como los más notables
un brocal de pozo de forma octógona, esmaltado de verde esme-
ralda, cuyas ochavas rodean labores formadas de arcos angrela-
dos, labores geométricas y animalillos, todo en alto-relieve. Un
tablero de mármol completísimo lleno de grandes flores ornamen-
tales, una celosía de mármol blanco de grandes dimensiones, una
pila de abluciones con inscripción en el borde, y el famoso ciervo
de bronce que estuvo colocado en una fuente del Monasterio de
San Gerónimo do Valparaíso, edificio todo construido con mate-
riales procedentes de los alcázares de An-Nasir. Esta escultura
árabe que se sabe que era un ciervo porque así lo dice la tradi-
ción, es de una primitiva y ruda estructura, y sólo por los graba-
26
dos que cubren todo el cuerpo del animal, se puede averiguar que
procede de un periodo brillante del arte muslímico. Ella es un
testimonio de que no existe la prohibición que se supone en la re-
ligión árabe de representar en piedra, metales ó madera, seres
animados. En nuestra colección tenemos un fragmento de mármol,
al parecer de un friso, en donde hay representadas también le-
chuzas y gallinas.
Quedan restos de Medina Azzahra también en el Monasteria
de San Gerónimo, y don Rodrigo Amador de los Rios asegura en
sus Inscripciones árales de Sevilla, que todos los capiteles usados
en el Palacio del Rey don Pedro, son procedentes del Alcázar
cordobés. Otra prueba del adelanto sin igual del arte cordobés en
la época del califato, es el cofre de plata sobredorada que se con-
serva en la Catedral de Gerona, y que fabricó en Córdoba Judá-
Ibn-Bozla en tiempos de Hakam II, según rezan las inscripciones
con que se halla adornado. En el tesoro de la Catedral de Córdoba,
hay un vaso de plata sobredorada, procedente de la épcca árabe y
adornado de fina y exquisita labor.
Los árabes dejaron en toda la provincia muchos castillos de los
que aún quedan algunos, y entre los que descuella por su princi-
pal importancia el de Bujalance. La Calahorra ó fortaleza que sir-
ve de cabeza al puente de Córdoba también es obra suya, si bien
hoy está completamente variada por las ampliaciones y restaura-
ciones que hizo en ella don Enrique II.
El dia de San Pedro, 29 de Junio de 1236, después de un largo-
sitio, entró triunfante en Córdoba don Fernando III, el Santo, y
en el sagrado recinto mahometano, donde hasta entonces se habia
dedicado á Alah y Mahoma las oraciones, se oyó por primera vez
la plegaria cristiana, y se elevó la cruz sobre el soberbio Alminar
de Abd-u-Rahman III. El Obispo de Osma don Juan consagró el
templo, y el Te-Deum se dejó oir entonado por un Rey y cinco
Obispos que acompañaban á éste en la conquista. Desde entonces
dejó de ser Mezquita y se convirtió en Catedral bajo la advocación
de la Asunción de la Virgen.
Se ignora por completo dónde se celebraron las ceremonias del
culto católico desde 1236 hasta 1257, en que ocupó la silla de
27
Córdoba el Obispo don Fernando de Mesa en 8 de Diciembre. En
tiempos de este prelado se edificó, dice Gómez Bravo, en su Cntd'
logo de los Obispos de Córdoba, una capilla mayor, á cuya conclu-
sión contribuyó el Rey, además de conceder muchos privilegios á
la fábrica y obra. Pero á pesar del respetable parecer de este eru-
dito escritor, hoy podemos afirmar que no hubo tal edificación, y
que solamente se limitó la obra de la capilla mayor á rellenar los
claros que habia on la entrada de la antig-ua maksura, pintar
estos rellenos con santos ejecutados primorosamente por un pintor
hasta hace poco desconocido, Alonso Martinez, dibujar algunas
inscripciones dedicatoriales las unas, y conmemorativas del nuevo
decorado las otras, y finalmente, colocar un altar en donde se re-
cibiese el culto. Todo esto ha aparecido al desmontar los retablos
y yeserías de la capilla de Villaviciosa, por disposiciones del vir-
tuoso y sabio prelado don Eray Ceferino González.
Don Fernando III instituyó en la Catedral la más antigua de
sus capillas, bajo la adoración de San Clemente, capilla que ya no
existe por haberse proyectado hacer en su recinto una sala capi-
tular que está sólo empezada. También erigió en Córdoba catorce
parroquias, y los conventos de San Pedro el Real, conocido hoy
por San Francisco y San Pablo el Real. Las parroquias recibieron
las advocaciones siguientes: San Pedro, San Miguel, Santiago,
San Lorenzo, Santa Mai'ina de Aguas Santas, San Nicolás del Ajer-
quia y San Nicolás de la Villa, Omninm Sanctorum, San Juan,
el Salvador, Santo Domingo de Silos, San Andrés, el Espíritu
Santo y la Magdalena. De estas han desaparecido los edificios de
algunas, otras han sido reformadas casi en su totalidad, y seis
conservan restos abundantes de la forma que se les dio al tiempo
de la conquista. De las parroquias instituidas entonces dos lo
fueron en Mezquitas, las de San Juan y la Ajerquia, las demás
lo fueron en antiguos templos muzárabes y aun visigodos, algunos
según han asegurado los más veraces escritores que de estos asun-
tos han tratado. Sin embargo, un examen detenido de las parro-
quias aún existentes, nos autorizaría á creer que si algo queda
anterior á la reconquista, sólo puede ser la torre de San Lorenzo
en su parte inferioi", y que las Basílicas cristianas que existían
28
antes del siglo XIII , fueron del todo reconstruidas entonces.
Aunque á la ligera, como cuadra á nuestro objeto, vamos á exa-
minarlas.
Sabido es que al declararse en Roma en tiempos de Constantino
la religión católica como religión del Estado, el César autorizó á
los sacerdotes para dedicar á su culto los templos de la antigua
teología. Estos rehusaron el donativo por no acomodarse aquellos
edificios á las ceremonias de la nueva religión, y la primer iglesia
se instituyó en la basílica, edificio que servia de tribunal de co-
mercio y cámara de contratación, y en donde en tiempos anterio-
res debió dar justicia el rey, según se colige de la etimología de
su nombre.
Es cosa también harto sabida, que en las primeras construccio-
nes se adoptó el edificio cerrado al exterior, circunstancia princi-
pal que le hace diferir de los templos del paganismo; que se empe-
zaron á construir en el interior las iglesias sostenidas por arcos, y
que la bóveda ó cúpula central ante el retablo, vino á constituir
otro pormenor característico del arte cristiano. La ornamentación
arqueada trajo al exterior una serie de machones ó estribos para
dar mayor resistencia á los muros, esto es, como término de la
fila de arcos del interior; y el carácter del nuevo culto, determi-
nándose en forma bella, trajo la estructura piramidal del templo
más bajo en sus fachadas laterales, más alto en su nave central, y
más elevado aún en el lugar destinado á la oración, ó sea en el
presbiterio.
El cristiano tiene, por su religión, la aspiración á lo alto, y
allá se elevan los templos como se elevan las oraciones de los fie-
les. Este mismo carácter religioso ha hecho que las luces vengan
siempre de arriba, de donde únicamente puede venirnos la verda-
dera sabiduría; y los templos cristianos que responden á su ideal,
están alumbrados por el rosetón de la fachada, las ventanas largas
y estrechas de los muros y las múltiples que adornan la linterna
de la cúpula, abiertas al rayo del sol que inunda el templo como á
las oraciones de los fieles que por ellas traspasan, para elevarse á
los infinitos espacios y llegar á la mansión de los cielos.
A estas primeras construcciones siguieron otras en que el arte
29
fué tomando mayor vuelo y desarrollo. Adoptados como modelos
para las construcciones sucesivas los caracteres de los primitivos
edificios, vinieron á ser las portadas pequeñas y rehundidas, á
manera de bocas de cuevas, acaso en recuerdo de las catacumbas,
y tal vez también, en semejanza de la miseria con que en la vida
entramos.
Los arquitectos, acaso sin otro fundamento que el de dar mayor
solidez al arco, empezaron á hacerlo apuntado, dando origen á la
ojiva. Se elevaron poco á poco las alturas de los machones y arcos
exagerando sus proporciones. Las ventanas empezaron también á
alargarse, á duplicarse y cubi-irse con vidrieras pintadas; se ador-
naron los machones con capiteles, después con abrazaderas, y poco
á poco el arte fué desechando las influencias de Roma y convir-
tiéndose en bizantino; las de Bizancio trocándose en ojival, y, por
último, hacia el siglo X, época en que se aproximaba el fin del
mundo, al decir de las gentes, y habia una febril animación en la
construcción de iglesias y monasterios, los muros, arcos y baque-
tones, se cubren de adornos esculturales de todas clases, las ven-
tanas se amplían, llegando á ocupar grandísimos espacios, los te-
chos se llenan de agujas y cresterías en su parte exterior, y se
desarrolla el arte ojival florido, el más bello tipo de las construc-
ciones cristianas.
Esto ocurría en toda Europa. En España, sin embargo, el mo-
vimiento artístico venia muy retrasado. Hasta el siglo XI los
cristianos construían templos de carácter bizantino; entonces em-
piezan á hacerlos ojivales, y el apogeo del arte no llegó en los
reinos cristianos hasta el siglo XIII, en que se pusieron los ci-
mientos á esas maravillas del arte católico que se l.'aman las Ca-
tedrales de Toledo, Burgos y León. Debióse, sin duda, tal re-
traso al estado especial de la Península. Dominada hasta el si-
glo X por los árabes la casi totalidad del suelo, y desde princi-
pios del XI empezados á engrandecer los reinos cristianos, estos
no tenían lugar para otra cosa que, ó defenderse de las confíiiuaa
irrupciones de los muslimes, ó ver la manera de agrandar en
algunos pasos sus menguados dominios. El espíritu guerrero de la
época no daba lugar á que se desenvolviese el esjííritu artístico.
30
Conforme se iba aumentando el territorio cristiano, las artes se
iban también desarrollando. Pero si bien en el siglo XIII, en las
poblaciones del interior del reino se pensaba en hacer grandes y
costosísimas edifícaciones, no asi en las ciudades fronterizas, don-
de se construía con poco dinero, dada la inseguridad de que pu-
dieran volver á caer en manos del poderoso enemigo, á quien se
les acababan de arrebatar. Así se explica, que mientras en León
y Burgos se hacían Catedrales que parecían tegidas de encajes ó
labradas de filigrana, en Córdoba y Sevilla se fabricaban parro-
quias de carácter bizantino, fuertes hasta poder servir de castillos
contra las invasiones agarenas, y que representaban un atraso de
tres siglos sobre las construcciones que en el interior se hacían. A
este carácter responden las parroquias de Santa Marina, la Mag-
dalena, San Lorenzo, Santiago y San Miguel, que se conservan
casi como en los tiempos de su fundación; y las de San Pablo, San
Nicolás de la Villa, San Pedro y San Francisco, que conservan
algo de lo que por aquellos años se labró.
Todas estas iglesias eran iguales. Constaban de tres naves; la
del centro más alta, respondiendo su fachada triangular á la for-
ma de las techumbres. Tenían una puerta central y otras dos la-
terales, todas abocinadas y adornadas de nervios ó costillas, sus-
tentadas sobre columnillas coronadas de elegantes capiteles bizan-
tinos. La única de este carácter que se conserva en San Pablo, ofre-
ce la particularidad de que los capiteles son árabes, de mármol
blanco y sin duda recogidos de edificios de la época del califato.
Sobre las portadas del imafronte se abrían unos florones ó clara-
boyas grandísimas, de los que se conservan los de San Miguel,
Santa Marina y Santiago, y es un modelo precioso é incompara-
ble el de San Lorenzo, que hace dudar si será de la reconquista ó
su construcción se remontará á los mismos tiempos del esplendor
mahometano. El interior lo forman dos series de arcos túmidos
que separan las naves, y la capilla rtiayor la forma un ábside po-
ligonal con larguísimas ventanas, divididas por elegantes partelu-
ces y cubiertas con celosías de menuda labor. Los techos eran ar-
tesonados de ricas labores, que aunque se conservan en la mayor
parte de estas iglesias, están cubiertos en todas por bóvedas he-
31
chas en el siglo pasado, al mismo tiempo que se construyeron las
que cubren los techos de la Mezquita aljama. Algunas de estas
iglesias tenian dos ábsides más pequeños á la terminación de las
naves laterales.
Estos son los caracteres generales que en Córdoba revisten las
iglesias de la reconquista. De ellas, Santa Marina está casi com»
pleta, y con motivo de un incendio que en 1880 felizmente consu-
mió el retablo mayor, se halla el ábside al descubierto, restaurado
á expensas, en parte, por la solicitud del Obispo don Fr. Ceferino
Oonzalez, á quien tanto deben los monumentos cordobeses. La de
San Miguel, también poco alterada en su construcción primitiva,
presenta una preciosa capilla, saliente del resto de la iglesia, cu-
riosísima, y también restaurada por el citado Obispo. La de la
Magdalena tiene su puerta principal tapiada y está embadurnada
toda de cal. En el mismo estado se encuentra la de Santiago. Tie-
ne de particular la de San Lorenzo, además de su precioso rose-
tón, un porche delante de la puerta principal, y su torre está
■construida sobre un antiguo torreón que se supone era una de las
torres que mandó desmochar el Sultán Muhammad. San Francisco
<;onserva sólo el ábside, cubierto con un feísimo retablo churrigue-
resco, y en las de San Pablo y San Nicolás de la Villa sólo duran
sendas puertas laterales abocinadas.
Contemporáneo de estos edificios debió ser el del convento de la
Merced, hoy casa hospicio, fundado sobre la planta de un palacio
árabe; pero nada queda que dé noticia de su antiguo origen. De
otros restos sólo podemos citar la Virgen de Linares, escultura en
madera y de valiosa estima, pero que no es obra labrada en Cór-
doba, sino traída por San Fernando de cuando vino á la recon-
quista de Andalucía.
Otra de las fundaciones que don Fernando III hizo en Córdo-
ba, fué el convento de San Agustín, instituyéndolo con los frailes
de esta orden que había traído á la conquista, y si no hemos he-
cho mención de ellas antes, ha sido porque instalados primero en
un lugar, después en otro, fueron rodando de acá para acullá, ó
como ellos decían, de otero en otero hasta dar en tiempos de don
Alfonso XI en el lugar que hoy ocupa la iglesia, única cosa que
32
queda de aquel edificio. En 18 de Febrero de 1328, don Alfonso
trató de edificar el Alcázar nuevo, y compró á los frailes agusti-
nos el lugar que ocupaban dándoles el que después tuvieron, y en
donde hoy dura la iglesia. De este templo sólo queda el ábside
del siglo XIV, en el que ya se nota un progreso sobre las edifica-
ciones en que antes nos ocupamos. Es más elevado, los arcos más
esbeltos, los baquetones más elegantes y los nervios de las bóve-
das más finos y ligeros. El resto de la iglesia es más moderno, y
ya volveremos á hablar de ella en la época del renacimiento.
En 1325 se construyó el castillo del Carpió. Lo mandó hacer
Garci Méndez de Sotomayor, señor de Jodar, y lo labraron el
maestre Mohamad y el obrero Ruy Gil. Hoy queda de él sólo una
torre, y está sin la crestería ó almenaje que en otros tiempos la
debió adornar. En uno de sus salones hay dos ajimeces hermosísi-
mos, adornados por parteluces que coronan capiteles procedentes
de edificios árabes.
En 1328 se empezó como dijimos antes la construcción del Al-
cázar de don Alfonso XI. Hoy es la cárcel, y ocupa parte del re-
cinto del Alcázar de los Sultanes.
Quedan de él varias torres, en las que hay salones y unas al-
cobas circulares que nada ofrecen de notable, pudiéndose asegu-
rar que mucho mejor sería lo destruido. La obra duró muchos
años, toda vez qae en 1377 todavía se estaban poniendo los pavi-
mentos, y era el maestro de albañiles Mohamad Agudo.
De esta época es también la sinagoga en la calle de los Judíos,
que estaba dedicada al culto católico, bajo la adoración de Santa
Quiteria.
El tiempo, sin otro auxiliar, ha puesto de manifiesto lo notable
que hay allí. Era una ermita raquítica y sucia, que sobre la en-
trada, por la parte interior, tenía una especie de tribuna ó coro.
La parte delantera de esta tribuna estaba decorada con unos ar-
quillos que conservaban ligeros restos de ornamentación mudejar
ó morisca, y todo lo demás de la iglesia estaba embadurnado de
cal. Se desprendieron los enlucidos de una pared y debajo apare-
cieron otros adornos moriscos; empezó á descarnar el muro el
capellán por ver lo que aparecía, y se descubrió una portada de
33
arco lobulado con un precioso arrabá de estuco todo, cuajado de
menudas y graciosísimas labores alicatadas, del mismo carácter
de las que decoran la Alhambra y el Alcázar de Sevilla. Una ins-
cripción hebrea ha dado á conocer el destino de aquel lugar, que
era la sinagoga donde acaso oraron los sabios rabinos de las es-
cuelas de Córdoba, famosas en todo el mundo.
Del siglo XIV y como muestra del gran impulso que habia re-
cibido el arte en Córdoba, queda en el Museo dos relieves de
mármol blanco con restos de pintura y dorado, de sin igual mé-
rito, y cuya procedencia ignoramos. Representan asuntos de la
Pasión, y dada su riqueza y mérito, puede asegurarse que debie-
ron pertenecer al oratorio de un principe poderoso. Son quizá los
ejemplares mejores que hemos visto de su época y de las cosas
más notables que en el Museo se guardan.
Fué también construcción de don Alfonso XI la Colegiata de
San Hipólito, que sólo en sus techos ostenta las señales de su
antiguo abolengo. Su fundador la instituyó en 1340, en memoria
de la batalla del Salado, y hoy descansan en ella sus restos y los
de Fernando el Emplazado.
De la misma época ó poco anterior, aunque don Pedro Madra-
zo la supone construida por Fernando el Santo, es la capilla lla-
mada de Almanzor, por la falsa creencia de que era la Mezquita
de los Alcázares de éste magnate, y que hoy es la iglesia del
hospital del Cardenal Salazar. Su carácter es ojival, como el de
todas las iglesias de su tiempo, y en el interior está adornada de
aliceres y alicatados de azulejos de carácter morisco. Como en
nuestro propósito no entra su descripción, prescindimos de ella.
£1 lector podrá hallarla en las obras del señor Madrazo y del se-
ñor Amador de los Rios, citadas anteriormente.
El carácter morisco que informa el interior de esta iglesia,
tiene en Córdoba diversas é importantes manifestaciones. En la
Catedral hay varias capillas que ostentan muros de alicatado y
portaditas de estilo africano con prolijos y menudos adornos de
estuco en sus arrabás, y principalmente son dignas de estudio dos
obras, la capilla real y la puerta principal al patio llamado del
Perdón.
Tomo CVII. 3
34
La capilla real, conocida hoy por de San Fernando ó sacristía de
la de Villaviciosa, la fundó don Enrique de Trastamara para en-
terramiento de su padre Alfonso XI y de Fernando IV el Empla-
zado, cuyos restos están como hemos dicho, en la ex-colegiata de
San Hipólito. Este rey utilizó una parte de la antigua maAsiira,
como hizo el Obispo Mesa para hacer la capilla mayor; pero si el
Obispo se limitó á rellenar huecos, don Enrique fué más adelante
y desti'uyó dos muros y una bóveda, haciendo esa estancia de
^usto africano que aún se contempla, y que por mucho tiempo se
ha pretendido que era el antiguo alminar de la Mezquita. Don
Enrique dejó en los muros de su construcción el testimonio de su
obra en la inscripción siguiente: Este es el muy alto Rrey don
Enrique i>or onra del cuer]}0 del Rrey su i)adre, esta capielld
mandó facer: acabóse en la era de Me CCCCIX años (1371). El
lugar donde está la inscripción y su texto parecen indicar que por
encima estaba el retrato del fíej', hoy lastimosamente perdido.
El mismo carácter de esta capilla tiene la actual puerta del
Perdón, que está á un lado de la tori'e, y que á juzgar por el le-
trero que, trazado en caracteres monacales tiene en el arco, perte-
nece á la época de don Enrique de Trastamara. La inscripción dice
asi: Dias dos del mes de Marzo de la era de M ct CCCCXV años,
regnante el muy alto et poderoso don Enrique, Rrey de Castiella.
En 1370 don Egas Venegas, primer señor del estado de Luque,
convirtió sus casas particulares en convento, creando el de las
Dueñas, que fué suprimido en 1S68. En este edificio se conserva-
ba un arco de estilo morisco que, dividido en varios trozos, se
custodia hoy en el Museo provincial. Finalmente, el mismo ca-
rácter arabesco presenta la casa frontera á la iglesia parroquial
de Santiago, llamada casa de las Campanas, j' es un bellísimo
resto que el Estado debía adquirir, declarándolo monumento na-
cional. Ella nos da el tipo de las casas árabes, sobre cuyo modelo
se edificaría en el siglo XIV, y toda está llena de labores de es-
tuco, de graciosísima forma. Ningún otro resto nos queda del
arte cordobés del siglo XIV, á excepción de las torres cilindricas
del castillo de la Calahorra, construidas por orden del bastardo
don Enrique II.
35
Pasemos á estudiar lo poco que ha quedado del siglo XV, en
el que se advierte, como es natural, un progreso en el arte. El
monumento más antiguo de este siglo que encontramos es la torre
llamada de la Malmuerta, que es una albarrana de la antigua
muralla, adornada por la imaginación popular, con una tan poé-
tica como trágica tradición. Se empezó á labrar el año 140G, por
mandato del Rey don Juan II, siendo corregidor en Córdoba
el doctor Pedro Sánchez y Obispo don Pernando Deza, y se
acabó en 1408. Es un polígono macizo, en su mitad inferior, y en
la superior, formando una sala con bóveda de sillería completa-
mente lisa. El segundo en antigüedad es la capilla del Rosario
de la iglesia de San Pablo, hermosa muestra del arte ojival en su
más vigoroso y elegante período. También es poligonal y en cada
uno de sus lados ostentaría un hermoso rosetón, que no se ven
hoy por estar cubiertos de cal y cascote, pero que se conservan
intactos. La fundó para enterramiento de su padre (el defensor
de Carmona) doña Leonor López de Córdoba en el año 14Ü9. En
este mismo tiempo, un año antes, el Obispo Deza autorizó la fun-
dación del convento de San Gerónimo de Valparaíso sobre las
ruinas de Medina Azzahra. Don Martin Fernandez de Córdoba,
alcaide de los Donceles y su madre doña Inés de Pontevedra,
dieron el terreno; la ciudad cedió las ruinas de la fastuosa ciudad
muslime, y el Padre Fr. Vasco, fundador del Monasterio, elevó
un hermoso edificio de gusto ojival, adornado con restos árabe-
bizantinos y construido con los despojos de aquella sin igual
mansión .
Trascurren los años del siglo XV sin darnos lugar á hablar de
bellas artes hasta su segunda mitad. En este periodo sin explorar
encontramos una iglesia, la parroquial de Villa del Rio. La for-
man las torres de un antiguo castillo. El recinto interior fué te-
chado, se unieron las distintas torres con unos lienzos de muralla,
en que lucen sus bellas lineas una portada llena de cenefas y
adornos con arco conopial, y dentro de él otro adintelado, y re-
sultó hecha la iglesia. El mismo carácter, aunque más rico en
ornamentación, presenta la portada de la parroquial de Montero.
En Córdoba vemos una lucha entre el arte ojival florido y be-
36
IKsimo y el renacimiento, que va haciendo su aparición y pro-
greso. De este segundo período es la portada, única cosa que
queda en la calle de San Andrés, del Hospital de locos ó de la
Sangre de Cristo, fundado en 1453 por Luis González de Luna,
y los ajimeces de la casa antigua de Aj'untamiento, hoy café
Suizo, en la calle que lleva el nombre de Ambrosio de Morales, por
suponerse que en esta casa nació el ilustre cronista de Felipe II.
Del carácter ojival hay muy valiosos restos, como son la casa
de los Marqueses del Carpió en la calle de las Cabezas, y la capi-
lla de los caballeros de la Orden de Santiago en la iglesia de este
nombre, y que aún sirviendo de atarazana, lle\ a el título de ca-
pilla de la Anunciación. Son también de este estilo las iglesias de
Santa Marta y de San Sebastian, conocida vulgarmente por San
Jacinto, de las que don Pedro Madrazo, en la obra tantas veces
citada, dice lo siguiente:
«Al norte de un patio silencioso y tranquilo, que por un gra-
cioso vestíbulo de estilo latino abre paso á un claustro de religio-
sas, hay una pequeña joya de ese tiempo (siglo XV), que es una
portada de iglesia, adornada con todos los caprichos que distin-
guen la decoración gótica del estilo terciario, y flanqueada de dos
elegantes estribos que rematan en agujas prismáticas y pináculos.
Lleva sobre el dintel de su puerta un arco apuntado de varias
molduras, con una ancha y hermosa cenefa de hojas y animales.
Labra el apuntado un conopio, y bajo el tope de éste, encarama-
dos, dos genios en actitud de ir á saltar sobre el que los mira. Es
la iglesia del convento de Santa Marta.
» Junto al palacio episcopal, frente á una de las puertas de la
Catedral, hay otra perla de este mismo género arquitectónico. Es
la fachada del Hospital de Niños Expósitos. Observa las estatuas
que coronan su dintel, su noble actitud, el grandioso estilo de sus
ropajes, las repisas en que estriban, las caladas cimbelas que las
cobijan, las cenefas de hojas y animales que coronan sus arcos y
que tapizan las agujas de sus estribos.»
El convento de Santa Marta fué fundado por Er. Pedro de
Córdoba en 1464, y tanto este edificio como el de San Jacinto han
sido restaurados por orden de Fr. Ceferino González.
37
Además de los dos estilos que hemos reseñado como informan-
tes de los edificios construidos en el siglo XV, existen en Córdoba
otros que presentan en sus combinaciones artísticas influencias
árabes. Son de este carácter el arco de la capilla del Resucitado y
Animas de la parroquia de Santa Marina, en donde el gusto do-
minante es el morisco, y la casa llamada del Indiano en la plaza
del mismo nombre, en la que lucen dos balcones con calados de
crestería y lambel que los corona y una portada de sabor morisco.
El último resto arquitectónico del siglo XV es la torre de San
Nicolás de la Villa, levantada en ]496 por orden del Obispo don
Iñigo Manrique, y que aún aparecería más bella, si no se le hu-
biese añadido el horrible campanario que le pone término. En la
Catedral, donde algo también dejó el siglo XV, nos ocuparemos
más adelante.
El arte en Córdoba no sólo había progresado en arquitectura.
La pintura y la escultura habían sentido el progreso, y en el Mu-
seo provincial se guardan dos estatuas que son de bellísima hechu-
ra. Representan á la Virgen y un ángel, y aunque hoy desunidas,
juntas y colocadas en la torre de una ermita que estuvo en la
Puerta del Rincón, representaban la Anunciación á la Virgen.
"Se ignora su autor; pero sea quien fuere, son muy dignas de
aprecio.
De esta misma época y carácter hay algunas esculturas en una
atarazana de la Catedral, entre ellas muy notables cinco que estu-
vieron en una reja de capilla de la nave del 'pnnto, y que tal vez
sean obra del escultor Juan de Córdoba, de quien casualmente se
ha hallado hace pocos años una estatua. En algunas otras iglesias
hay restos esculturales del siglo XV.
La pintura tenia un progreso grandísimo, y la fama que pudie-
ron tener de hábiles pintores en su tiempo Pedro de Córdoba,
Bartolomé Bermejo y Bartolomé Ruiz, está justificada con sus
obras, conservadas las del segundo en la Catedral de Barcelona,
la del Ruiz, en una colección de Sevilla, y las de Pedro de Córdo-
ba, en las tablas que de su mano quedan en la Catedral y Museo
de Córdoba y en el Mureo del Louvre de París. De Ruiz hemos
visto un entierro de Cristo firmado en 1450; de Bermejo un Des-
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ceiidimiento de 1490, y de Pedro de Córdoba, la magnífica tabla-
de la Anunciación qne en la Catedral so admira, está firmada
en 1475. Todas estas obras son hermosas de color, correctas de
dibujo, bien ideada la composición y exentas de esa sequedad y
desabrimiento propios de los pintores de su época. No se sabe
de cuál de estos autores pudiera ser el magnífico retablo de la
parroquia de San Andrés que aún se admira en la sacristía de esta
iglesia.
Volvamos á la Catedral á terminar la historia del arte cordobés
del siglo XV y entrar en el período del Renacimiento, que aquí se
manifiesta, como en casi toda España, en el siglo decimosexto.
En 1489 era Obispo de Córdoba don Iñigo Manrique, y creyendo
que el culto no se daba con todo el esplendor que era debido á la
religión católica, pensó en el engrandecimiento de la capilla ma-
yor y puso por obra su descabellado plan, que si aumentaba el
esplendor del culto, no por eso dejaba de destruir la obra de toda
una dinastía de poderosos reyes. A este prelado se debe la cons-
trucción de la espaciosa nave ojival que está delante de la antigua
y hoy destruida capilla de Villaviciosa. Su decoi'ado no puede ser
más sencillo; unos arcos apuntados y sostenidos en baquetones de
haces de cañas, escasamente coronados de capitelillos y con algu-
na que otra cduefa por toda ornamentación. Esto es lo que sustituyó
á la obra árabe para siempre perdida.
La destrucción de la Mezquita no habia hecho más que empe-
zar; le quedaba á la obra el más rudo golpe, la construcción del
crucero. Esta se acordó por el cabildo, á propuesta del Obispo don
Alonso Manrique, el 22 de Julio de 1521. En este cabildo el chan-
tre y provisor don Pedro Ponce, manifestó que el Obispo no en-
contraba justo que el coro estuviera colocado en un rincón de la
iglesia, y que por lo tanto debia precederse á labrar fábrica sun-
tuosa en mitad de ella, y que el cabildo nombrase personas que
entendieran en este asunto, para lo cual se enviaría por maestro
de cantería fara lo facer con su consejo. Este parecer del Obispo-
fué aprobado, y se dio principio á la obra en el año 1523.
El cabildo de la ciudad era, según se desprende de lo que va-
mos á decir, algo más culto é ilustrado que el prelado y el cabil-
39
do catedral, y asi es que hizo un requerimiento por ante el escri-
bano público Antonio de Toro en el sábado 2 de Mayo al cabil-
do para que suspendiera la obra, por ser razón que se conservara
la antigüedad y fábrica 'particular que no hahia en otra f arte.
Poco caso hizo el cabildo catedral del requerimiento de la ciu-
dad; pero ésta, que entonces asumia en sí todos los poderes, no se
detuvo en su buen intento, y publicó un bando, cuya copia impri-
miremos algún dia, por el cual se coiadenaba á muerte á todos lo»
obreros que en adelante tomasen parte en la demolición del edifi-
cio. Pusieron el grito en el cielo, como vulgarmente se dice, el
bueno del Obispo y los capitulares, y si no llegó hasta lo alto, no
por eso dejó de alcanzar á los oidos del Emperador Carlos V, que
sentenció el pleito en favor de la Iglesia, la cual, satisfecha de su
triunfo, empezó la obra en 7 de Septiembre de 1523. En el año
siguiente se celebraron en Sevilla las bodas del Emperador con
doña Isabel de Portugal, y en su viaje visitó Carlos I, la Cate-
dral, como es piadosa costumbre de los Monarcas españoles al lle-
gar á una población. Admirado quedó el gran Monarca al contem-
plar aquel bosque singular de columnas, y las portentosas mara-
villas del arte que la Mezquita encierra, y arrepentido, harto
tarde, de la ligereza que habia cometido al permitir la obra del
crucero, dijo al Obispo don Fr. Juan de Toledo y á los capitula-
res: «Yo no sabia qiaé era ésto: pues no hubiera permitido que s©
llegase á lo antiguo: porque hacéis lo que puede haber en otras
partes, y habéis desecho lo que era singular en el mundo.»
La obra continuó, pues, por los modelos y bajo la dirección de
Hernán Euiz, natural de Burgos, que la dirigió hasta 1547, en
que murió, continuándola su hijo del mismo nombre, hasta 1583
que murió, y la concluj'ó otro Hernán Ruiz en 1599. En esta
obra grandiosa en su género, el estilo que domina es el ojival á
que obedecen todas las líneas generales de su construcción, y en
los adornos de los muros, ventanaje y demás accesorios, se ve el
gusto greco-romano del renacimiento que ya habia invadido toda
la España, y cu^'O inHujo era imposible que los artistas pudieran
resistir.
Contemporáneas del crucero son la capilla de los Simancas, los
40
machones que sostienen de trecho en trecho las bóvedas y que se
pusieron para mayor fortaleza del edificio, la decoración del arco
de las palmas y de la puerta de Santa Catalina, y muchos reta-
blos de capillas interesantísimos, no sólo por la parte ai'quitectó-
nica, sino por las pinturas y estatuas que los decoran.
En la población hay muchos y muy valiosos restos de la
época del Renacimiento, sin que se sepa quiénes fueron los
arquitectos que los labraron. Son los más notables la fachada
del palacio de los Paez de Castillejo en la plaza, que lleva el
nombre de uno de los mayorazgos de este apellido; la casa del
Marqués de la Fuensanta del Valle en la plazuela de Santa Ana,
hoy Ángel Saavedra, que es del más delicado gusto plateresco;
media fachadita que parece del mismo autor que la antes citada,
y que hace sus bellos adornos en la calle del Sol y lleva grabada
la fecha de 1552; la casi del todo perdida portada del hospital
de San Eloy, fundado por los plateros en el siglo XVI; la por-
tada y capilla bautismal de la parroquia de San Nicolás de la
Villa, obra que se cree de Hernán Ruiz, hijo; unos ajimeces
esquinados en la calle de la Pierna y en la plaza de San Andrés;
este último, acompañado de una portada tan bella y delicada,
de forma que recuerda los más puros edificios de este carácter
que se conservan en Italia; la puerta del Puente, grandioso
monumento debido á la magnificencia de Felipe II; el conven-
to, hoy Gobierno militar, de San Felipe Neri, como la ante-
rior, atribuidos al famoso arquitecto del Escorial; la portada de
la casa de Bailio, en donde campean los trazos del arte ojival,
aún insepulto, con las bichas y cenefas del plateresco; unos aji-
meces en el patio de una casa de la calle de la Madera Baja, en
donde la decoración está formada por azulejos alicatados y aun
hay algún recuerdo del arte morisco; la casa solariega de los Pa-
ñuelos en el Mármol de Pañuelos, cuyos adornos están en su ma-
yor parte cubiertos de un revestimiento de cal y yeso; la portada
principal de la iglesia de San Pablo, en cuyo frontón campea una
preciosa estatua de Santo Domingo; la iglesia de San Agustin ex-
cepto la capilla mayor, que, como hemos dicho, es ojival; la tacha-
da principal de la iglesia de San Pedro, la del hospital de San An-
41
dres, en la calle de Alcolea, j otro sinnúmero de obras que seria
prolijo enumerar.
A este período pertenecen también, á pesar de su sabor morisco,
los magníficos artesonados del Carmen calzado y de la iglesia del
convento de Jesús crucificado, los mejores de Córdoba.
Y no sólo Córdoba se embelleció con monumentos del Renaci-
miento, sino que en Aguilar se hizo una hermosísima portada á la
parroquia. En Pedroche construyó Hernán Ruiz, hijo, la torre de
la iglesia parroquial en 1558, y este mismo arquitecto, de 1550 á
1556, hizo por encargo de Diego de Bernuy, el puente de Benamejí,
sin otras muchas obras que en este momento no recordamos y que
acaso algún dia podamos describir é historiar.
Hemos llegado en nuestro estudio á la mitad del siglo XVI,
época en que las artes, si bien todas subordinadas al culto católi-
co, habían adquirido independencia y vida propias, y, por lo tan-
to, estamos en el caso de estudiarlas hasta nuestros dias, separada-
mente, como al principio de este trabajo prometimos.
Empecemos, pues, la arquitectura.
Después de las obras que hemos mencionado, la más antigua de
las hechas en Cói'doba, es la iglesia del colegio de la Compañía de
Jesús, que costeó el deán don Juan Fernandez de Córdoba. Es de
estilo greco-romano, exenta de adornos, y fué su arquitecto el
hermano Alonso Matías, religioso de la Compañía. Se empezó la
obra en 1564 y se terminó en 1589. Este arquitecto fué también el
elegido para construir el altar mayor del crucero de la Catedral,
costeado por el Obispo Mardones y empezado en 1614 y concluido
en 1628 por Juan de Aranda Salazar. En este retablo trabajó tam-
bién como arquitecto, durante las ausencias del hermano Matías,
Luis González, que fué el que trabajó los mármoles del retablo. El
tabernáculo fué obra de Sebastian Vidal, que lo concluyó en 1653,
y las esculturas fueron trabajadas por Pedro Ereyle de Guevara y
Matías Conrado.
En lóO.'J el Cabildo eclesiástico pensó en reconstruir la torre
úe la Mezquita, destruida por un terremoto y vendaval en 1585, y
encargó los diseños á Hernán Ruiz, nieto del que empezó el cru-
cero. Hízolos éste, y para su aprobación se reunieron Juan Coro-
42
nado, Juan de Ochoa y el maestro mayor de las obras de la Cate-
dral de Sevilla, que lo era entonces Asencio de Maeda. Aprobada
el proyecto, se empezó la obra bajo la dirección de Hernán Euiz^
y por su muerte, acaecida en 1604, se encargó de ella Juan de
Ochoa, que ya corría antes con las obras interiores de la Catedral;
pero sin duda debió morir en 1606, puesto que en esta fecha deja
de nombrársele y aparece terminada la torre en 1664 por Juan
Francisco Hidalgo.
Juan de Ochoa debió ser un buen arquitecto, y era testimonia
de su maestría el hermoso patio claustrado, hoy destruido, del
convento de San Pablo. Además habia en Córdoba, á fines del si-
glo XVI, otros arquitectos que estaban muy reputados en su pro-
fesión, cuales eran Benito Morales, maestro mayor por el Cabildo
Catedral, de las aceñas de Martes, y los que informaron en el pleita
entre los frailes del convento de los Mártires y el Clero de la par-
roquia de San Pedro, para determinar el lugar eu que descansa-
ban los restos de los santos mártires Acisclo y Victoria. Estos ítie-
ron Francisco Kuiz, Pedro de Molina y Gerónimo Carrasquilla.
¡Quién sabe si alguno de los magníficos restos arquitectóni-
cos de que antes hablamos será obra de estos arquitectos descono-
cidos!
En el mismo siglo apai'ece Diego de Baena construyendo, de
1585 á 1589, la iglesia del Dulce Nombre en Puente Genil, y ea
Lucena se construyó la iglesia y convento de San Juan de Dio»
de 1548 á 1565, siendo su fundador el padre Gerónimo de Frutos,
que acaso fuese su arquitecto, puesto que tenia fama de hábil di-
bujante.
En 1603 se hallaba ruinoso el puente de Córdoba sobre el Gua-
dalquivir, y habiéndose decidido la ciudad á hacerle una extensa
repai'acion, hicieron el proyecto los arquitectos Gaspar de la Peña,
Juan Francisco Hidalgo, Francisco de Luque y Juan de León,
Los dos primeros fueron arquitectos de la Catedral. Hidalgo ter-
minó la torre, como antes dijimos, y además enderezó una fila de
arcos de la nave de San Clemente que amenazaba ruina; y Peña,
en unión con Josef de Villarreal, proyectó la construcción de
una capilla real nueva, que felizmente no llegó á fabricarse, y que
según los dos proyectos que hicieron, debia emplazarse en la anti-
gua capilla de Villaviciosa ó en el ángulo del patio correspondien-
te al actual Postigo de la Leche. Estos proyectos se formaron en
1659 y no llegaron á feliz término, porque el Cabildo se opuso á
que se destruyera nada de la obra antigua, consiguiendo que los
capellanes reales vieran defraudados sus propósitos de mejorar de
local.
En todo este período el arte arquitectónico habia venido á una
lamentable decadencia, habia perdido las gallardas líneas rectas
greco-romanas y habíalas sustituido, primero el barroquismo, el
borrominismo después. Buena prueba de ello son los retablos de
la Concepción, de la iglesia de San Francisco, y el de la capilla
del Seminario de San Pelagio, únicas obras que nos quedan del
arquitecto Melchor Fernandez Moreno, que vivía hacia la mitad
del siglo XVII y que ya los habia construido á más de los reta-
blos mayores de los conventos de la Concepción y de la Madre de
Dios en 1677. Del mismo mal gusto es la plaza de la Corredera he-
cha por el corregidor don Francisco Ronquillo y Briseño en 1683,
bajo los planos de don Antonio llamos y por mano de los maestros
mayores de la ciudad Antonio García y Francisco Beltran. I^a mis-
ma falta de buen acierto domina en la iglesia de San Pedro Alcán-
tara, diseñada por el maestro mayor de la ciudad, Luis de Rojas,
en 1690, que dirigió el arquitecto Baltasar de los Reyes, y se
concluyó en 1696. En 1702 se hicieron nuevos dos arcos del
puente por los arquitectos don Francisco Agustín y Tomás de
Ortega.
Pero si estas obras no eran de buen gusto, aún podían llamarse
bellas comparadas con lo que vino después. No hablaremos de los
conventos é iglesias churriguerescas que abundan tanto en Córdo-
ba, y entre las que es buen modelo la portada de la iglesia de la
Merced, y citemos sólo aquellas obras de las que se ha conservado
el recuerdo de sus autores. La más notable es la capilla del Carde-
nal Salazar, en la Mezquita. Se terminó en 1705 y fué su arqui-
tecto don Frar.cisco Hurtado Izquierdo, que seria el peor de los
arquitectos que han trabajado en Córdoba, á no haber existido nn
don Teodoro Sánchez de Rueda, que ya habia dejado un recuerdo
44
en la Cartuja del Paular, 5' nos legó en 1723 el retablo mayor de
la iglesia de la Compañía, obra de inmenso trabajo y de malísimo
gusto que sustituyó á un retablo del grau Pablo de Céspedes, el
más notable de los artistas que Córdoba ha producido. En el mis-
mo año 1723 era maestro mayor de la ciudad el arquitecto Jacinto
de Hoces y Morales.
Otro propagador del feísimo gusto churrigueresco, fué el lego
dominicano Fray Antonio de Herrera, que como muestras de su
habilidad, dejó los salones alto y bajo de su convento, hoy Dipu-
tación provincial, las cajas de los órganos, los altares de San Al-
varo y San Vicente Ferrer, las puertas del camarín de la Virgen
del Rosario y la estantería de la biblioteca del convento de San
Pablo, en donde el buen lego vivió en el pasado siglo XVIII.
Mientras esto sucedia en la capital, en los pueblos no andaba el
arte mucho más afortunado, y el maestro Antonio Román, y Loren-
zo Arroyo y Palomo, eran los encargados de la construcción de la
capilla de las Animas de la iglesia de la Purificación de Puente Ge-
ni!, que construyeron de 1731 á 1736.
Felizmente para la arquitectura, como para el arte en general,
se verificó á fines del pasado siglo una reacción en el mal camino
y apareció un nuevo Renacimiento greco-romano. Villanueva y
Rodríguez fueron los arquitectos españoles que llevaron la direc-
ción de este Renacimiento, y en todas partes los artistas volvie-
ron al buen camino, tan lastimosamente olvidado. En Córdoba
quedó como muestra de esta nueva faz la iglesia del colegio de
Santa Victoria, empezada por Mr. Graveton y concluida por don
Vicente Rodriguez, quo le puso el grandioso pórtico que hoy os-
tenta; pero al mismo tiempo que se hacia esta obra, se elevaba,
por encargo del Obispo Barcia, el triunfo á San Rafael, obra de
Mr. Miguel Verdiguier, que no pudo ser más desdichadamente
ideado.
En Aguilar construía don Juan Vicente Gutiérrez de Salaman-
ca á su costa y bajo su dirección la gallarda torre del reloj, y en
Córdoba, en 1826, se empezaba por el Obispo Trevilla á hacer la
restauración de la Mezquita, tan maltratada por los católicos de
todos los siglos. Este Obispo encargó la restauración del milirah
45
á don Patricio Furriel, organero de la diócesis de Córdoba y hom-
bre acreditado en esta clase de trabajos que, más que otra cosa,
reclamaban paciencia. Eurriel emprendió la obra que concluyó,
tal como hoy se ve, bastante bien, á pesar de haber cometido el
lamentable error de dar á las dovelas del arco del mihrab, un ca-
rácter distinto del gusto árabe á que las primitivas obedecen.
Ed tiempos del señor Trevilla la restauración se redujo á lim-
piar la cal del mihrab y completar la parte que faltaba de los
adornos de foscífesa. Posteriormente, en tiempos del señor Albur-
querque, se han limpiado muchos arcos que estaban blancos, y se
les ha dado un color rojo del ladrillo y amarillo de la sillería con
que está hecho el dovelaje de muchos de ellos, y finalmente, en
tiempos del señor Cardenal González, se ha emprendido la restau-
ración de lo que era capilla de Villaviciosa, en que aún se trabaja.
El siglo actual sólo dejará de notable en Córdoba las restaura-
ciones de la Catedral y algunos otros templos, el salón del Círculo
de la Amistad y el Gran Teatro, obra del arquitecto don Amadeo
Rodríguez. Y pasemos á ocuparnos en la historia de la pintura des-
de el siglo XVI hasta la época actual.
El último pintor de quien hemos hablado es Pedro de Córdoba,
que aunque en sus obras inicia ya algún progreso, aún se pueden
llamar sus cuadros pinturas góticas. Discípulo suyo debió ser otro
pintor famoso que pasa por sevillano, pero que lo mismo puede ser
tenido por cordobés, y del que han quedado bellísimas obras en
Sevilla. Se llamaba Alejo Fernandez y estaba en Córdoba en 1525,
trabajando en el retablo mayor del convento de San Gerónimo de
Valparaíso. No quedan restos de estas obras, de las que la princi-
pal era la Cena; pero aunque no lleva firma ni hay memoria de
quién sea su autor, debe ser de Fernandez la bellísima tabla de la
Virgen rodeada de ángeles, que hay en la sacristía de la parro-
quia de Santiago. Tal la creemos después de compararla con la
Virgen del trascoro de la parroquia de Santa Ana en Sevilla, obra
de este pintor. Fernandez es un artista de lo mejor de su época; de
un colorido bellísimo, muy correcto dibujo, y una manera de hacer
que recuerda ya las obras de Rafael y de los grandes maestros
italianos del Renacimiento.
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Después de éste, vienen á figurar como las estrellas del arte, en
la historia de la pintura cordobesa, Pablo de Céspedes.y el italiano
César Arbacía. Céspedes fué uno de esos genios que todo lo abar-
can y todo lo dominan; humanista, poeta y literato, poseedor de
varios idiomas, reunía á estas dotes, la de ser un notable arqui-
tecto y un pintor y escultor distinguidísimo. Nacido en Córdoba
en 1538, estudió las artes en Italia, y después de encastarse en la
buena escuela de Miguel Ángel, vino á establecerse en Córdoba,
su patria, donde obtuvo una ración en la Catedral en 1577. Aquí
abrió su taller á cuantos quisieron aprender las artes que él po-
seía, y en poco tiempo creó la escuela cordobesa, si es que así pue-
de llamarse á la serie de pintores que en los fines del siglo XVI y
todo el XVII, ejercieron con aplauso esta profesión en la antigua
corte de Al-Andaluz.
Pintó Céspedes en el período de su vida, de 1577 á 1608, en
que bajó al sepulcro, muchas obras de importancia, sin que haj'^a-
mos conservado memoria más que de los retablos mayores de la
Compañía y Santa Clara, algunos cuadros en el convento de los
Mártires y los retablos de las capillas de la Cena y de los Mesas
en la Catedral.
Al mismo tiempo pintaba en Córdoba César Arbacía. Habia
contraído amistad estrecha con Céspedes en Italia, y en 1583 se
encontraban juntos en Córdoba, difundiendo entre la juventud los
vastos conocimientos que habían adquirido en la misma escuela.
Arbacía dejó en Córdoba las pinturas murales de la capilla del
Sagrario de la Catedral,
Encastados en la manera vigorosa y brillante de estos maestros
y en todos los principios que informaban la escuela florentina, á
que ambos pertenecían, salieron los discípulos de Céspedes. Juan
Luis Zambrano, sin duda el mejor, Antonio de Contreras, don
Juan de Peñalosa y Sandoval, Leonardo Henriquez, Pray Cristó-
bal de Vera, el lucentino Antonio Mohedano y el hermano Adria-
no. De todos ellos, Zambrano es el único que progresa sobre su
maestro. 8us obras, conservadas en la Catedral y en el convento
de los Mártires, son más humanas que las del famoso Céspedes;
hay en ellas menos carácter académico, menos recuerdo de la an-
47
tigüedad clásica y más naturalismo. Hasta la sequedad que domi-
Ba algún tanto en las pinturas del racionero, ha desaparecido en
•el martirio de San Esteban, que en la Catedral se conserva. Peña-
losa se esmera en el dibujo, delineando las figuras con esquisita
corrección; pero es algo seco en el color, y tanto se ciñe á la imi-
tación de su maestro, que el cuadro de la Asunción que está en el
Hospital de niños expósitos, á no estar firmado, creeríase obra del
insigne Céspedes. Leonardo Henriquez sólo pinta, que sepamos, el
cuadro de los milagros de la Virgen de la Tuensanta, y llega á
nosotros en tal estado, que no es posible juzgar de la primitiva
■obra; y de Contreras y Fray Cristóbal de Vera, tampoco quedan
pinturas que nos autoricen á juzgar la senda por ellos emprendida.
Mohedauo siguió las huellas de Peñalosa, á juzgar por los cuadros
fiuyos que se conservan en el palacio arzobispal de Sevilla, pues lo
que pintó en las bóvedas de la nave del Sagrario de la Catedral de
Córdoba no ha llegado hasta nosotros.
Contemporáneo de Céspedes fué otro pintor cordobés que dejó
una buena CH,sta de discípulos. Era éste Luis Fernández, que
en 1580 vivia en Sevilla, y fué el maestro de Herrera el Viejo y
de los dos Castillo, Juan y Agustín. Este último se estableció en
Córdoba, en donde á la sazón pintaban los ya citados discípulos
de Céspedes, Luis Ruio, que estudió en Italia y fué allí vencedor
en público certamen de Miguel Ángel Amerighi de Caravaggio,
Fray Juan de la Miseria, pintor flamenco de quien nada nos ha
quedado, y Juan de Mesa, competidor del ya citado Leonardo
Henriquez, y de los Pesólas, que hicieron la decoración de las
bóvedas de la capilla mayor de San Francisco, ho}' embadurna-
das de cal. Pero el más notable de los pintores residentes en Cór-
doba después de la muerte de Céspedes, lo fué Cristóbal Vela,
natural de Jaén , que en unión con Zambrano, cubrió de hermo-
sísimos cuadros los muros y techos de la iglesia del convento de
San Agustín, pinturas que, aunque en parte, maltratadas del
tiempo, dan á conocer en su autor una verdadera eminencia del
arte. Este fué también el autor de los lienzos del retablo mayor
de la Catedral, después sustituidos por otros de Palomino y de
los que dos, San Acisclo y Santa Victoria, forman el retablo de
48
la ermita de los Mártires junto á la puerta de Colodro en San-
ta Marina.
También pintaba entonces en Córdoba Andrés Sarabia, cuya
patria se ignora, y de quien hay una adoración de Jesús por los
pastores en el Museo provincial.
Agustín del Castillo se estableció en Córdoba en 1623 con gran
fama y fortuna. En iglesias no ha quedado algo de su mano; pero
si, procedente de los destruidos conventos, se conservan en el
Museo varios cuadros suyos bastante estimables. Su escuela tuvo
un sucesor en sCi hijo Antonio del Castillo Saavedra, que es el
pintor cuyas obras caracterizan la mal llamada escuela cordobesa.
Desde 1626 á 1667 en que murió, fué Castillo el pintor más mi-
mado de los cordobeses. Con sus cuadros se enriquecieron igle-
sias, conventos y casas particulares, y desde la Catedral hasta la
más modesta ermita, raro es el templo cordobés que no conserva
alguna de sus pinturas, correctísimas de dibujo y muchas de
hermoso color, si bien otras pálidas y desabridas. Como Céspedes,
dejó Castillo un buen plantel de discípulos. Fuéronlo suj-os Pedro
Antonio, imitador de su maestro hasta confundirse con los de éste
los dos cuadros que del discípulo se conservan en la iglesia de
San Pablo; Juan de Alfaro que, ensoberbecido por las lecciones
que posteriormente recibiera de don Diego Velazquez, pretendió
vencer á Castillo, sin que nunca sin embargo se le pudiera igua-
lar. Manuel Francisco Arias y Contreras, pintor desconocido
hasta ahora y de quien no han quedado obras, y don Juan de
Valdés Leal, que en sus cuadros de los muertos de la Caridad de
Sevilla y en el hermoso retablo del convento de Carmelitas calza-
das de Córdoba, no sólo iguala, sino aventaja ea mucho á su
maestro y paisano á quien corresponde la gloria de haber sido el
único profesor que tuvo el más grande de los pintores cordobeses.
En esta segunda mitad del siglo XVII, el arte en Córdoba
como en toda España, habia llegado al punto culminante de su
esplendor, del que pronto lo veremos descender rápidamente, y á
más de haber buenos pintores habia afán por construir edificios
y enriquecerlos con joyas artísticas. Vivían en Córdoba, á más de
los pintores citados, Juan Francisco de Quesada, pintor notable,
4íl
del que quedan obras en la Catedral y en San Francisco: Antonio
García Reinoso, el sevillano José de Sarabia, Lijo de Andrés, de
quien antes hablamos; el licenciado Antonio de Vela, hijo y dis-
cípulo del pintor de San Agustín, y Fray Juan del Santísimo
Sacramento, que cubrió de ¡linturas los muros de la iglesia de los
Carmelitas descalzos y pintó la galería de retratos de los Obispos
en el palacio episcopal. Además, produjo Córdoba en este tiempo
á Juan Antonio Escalante y Fray Cristóbal del Viso, pintores
que se formaron y dieron sus frutos fuera de su patria.
Al propio tiempo los nobles cordobeses encargaban cuadros
fuera de Córdoba. Murillo, Rivera, Sebastian Martínez, Vicencio
Carducho, Orrente, Zurbaran, Juan de Sevilla, Bocanegra, Alon-
so Cano, D. Juan Xiño de Guevara, Roelas y otros muchos, en-
viaban sus cuadros á Córdoba para embellecer con ellos sus casas,
iglesias y conventos. De las Colecciones de pinturas que entonces
se formaron, ninguna ha llegado hasta nosotros, y hoy solo existe
la que á su costa ha reunido nuestro querido tío el Marqués de la
Fuensanta del Valle. Pero este grado de esplendor pasó en segui-
da, y en la primera mitad del siglo XVIII los pintores que que-
dan son artistas que acusan en sus obras una decadencia por todos
conceptos lamentable.
Toda la historia de la pintura cordobesa en los dos primeros
tercios del último siglo se encierran en muy pocos nombres. Don
Acisclo Antonio Palomino de Castro y Velasco, discípulo de Al-
faro y de Valdés Leal, es el más notable, y sin embargo, encari-
ñado con los atrevimientos de Lúeas Jordán por un lado, y por
otro robándole al arte el tiempo necesario para pintar bien á cam-
bio de pintar mucho, presenta en sus cuadros flaqueza en el dibu-
jo, desabrimiento en el color y una manera de hacer acomodaticia
y falsa. Su coetáneo, y sin duda mucho más concienzudo artista,
fué el racionero de la Catedral don Antonio Fernandez de Castro,
de quien nos han quedado tantas obras como pocas noticias. Re-
partíase el predominio en el arte con estos maestros el violinista
italiano Pompeyo. músico de la orquesta de la Catedral y pintor
predilecto del Cabildo, según abundan sus obi-as en aquel templo.
Este tenía un colorido fresco y agradable, aunque algo falso, y
Tomo CVII. 4
50
parece que seguía las huellas del famoso Tiépolo. También llena -
ios conventos, sobre todo el de la Merced, de cuadros endebles los
más, don José Cobo de Guzman, natural de Jaén, de quien hay
alguna que otra obra buena y muchas desdichadísimas.
En el último tercio del siglo un lego dominico, Fray G-erónimo
de Espinosa, sigue las huellas de Palomino en cuanto á la veloci-
dad, y así es, que si bien de su mano hay alguna cabeza regular
y concienzudamente pintada, en cambio los cardenales y santos
del orden que se ven por todas partes en la iglesia de San Pablo,
más que retratos, parecen bosquejos.
Inútil es que citemos otros muchos nombres de pintores media-
nos que el lector encontrará en este libro. Bástenos ahora decir
que la pintura, como la arquitectura, tuvo su renacimiento en los
últimos años del siglo XVIII, y que representantes de él fueron los
dos Monroy, padre é hijo. Don Antonio, pintor improvisado de un
pobre albañil, de haber tenido buenos profesores, hubiera sido un
artista singular, puesto que lo poco que queda de su mano es de
lo mejor de su tiempo, tanto por el dibujo como por la composición
y color. Su hijo don Diego, aficionado á la escuela de Maella. de
quien fué discípulo, exageró todos los defectos de su maestro sin
llegar en mucho á ejecutar las bellezas de aquél.
A fines del siglo último el Obispo don Antonio Caballero y
Góngora fundó en Córdoba una escuela de Bellas Artes que aún
dura, reducida á una cátedra de dibujo é incorporada al Instituto
provincial de segunda emseñanza. Trajo de profesores para la es-
cultura á don Tomás Arali, y para la pintura á don Francisco
Agustín Grande. De esta escuela no salió pintor alguno notable;
don Diego Monro}'' fué profesor de ella hasta su muerte en 1856.
A más de la enseñanza dada en esta escuela, no había en Cór-
doba otros profesores que don Isidro Espejo y don Juan de Dios
Monserrat, cuyo mérito consiste únicamente en haber sido los sos-
tenedores de la afición á la pintura en la primera y aun en parto
de la segunda mitad de este siglo. Discípulo del segundo fué don
Mariano Belmente y Vacas, paisagista premiado eu varias Expo-
siciones generales y director de las Academias de Cádiz y Va-
lencia .
51
A Monroy sustituyó en la cátedra del Instituto don José Saló y
Junqaet y á éste don León Abadías que aún la desempeña. El se-
ñor Saló tuvo un hijo y discípulo que murió muy joven cuando
mayores esperanzas daba de ser un excelente pintor.
Finalmente, el arte estaba completamente perdido y olvidado e»
Córdoba cuando vino á ella de conservador del Museo don lia-
fael Romero y Barros, nuestro querido amigo y maestro, y á ins-
tancias de éste, y sin oposición por parte del señor Saló, se creó
la escuela de Bellas Artes en 1866, siendo autorizada para ello la
Diputación provincial por real orden de 20 de Febrero. El prin-
cipio de éste ya importantísimo centro fué sumamente modesto;
se reducía la enseñanza á una cátedra de dibujo de figura desem-
peñada por don Rafael Romero, que á la vez tenia el cargo de se-
cretario ; otra de adorno y lineal por don José Saló que era el di-
rector; una de matemáticas á cargo de don Francisco Céinos, y
otra de anatomía pictórica que explicaba don Narciso Sentenach.
Al siguiente curso fué necesario nombrar un ayudante para la cla-
se de dibujo de figura, siéndolo don Julio Degayon. Constante-
mente la Diputación provincial ha ido ensanchando la enseñanza
que en este centro se da, y hoy la escuela se encuentra con cáte-
dras de dibujo de figura, del yeso y del natural, de colorido y ro-
pajes, anatomía, perspectiva, estética é historia del arte, dibujo
lineal y adorno y aplicaciones á la construcción, escultura por la
estampa, el yeso y el modelo vivo, todo lo que tienen las escuelas
más antiguas y mejor montadas que en otras parte existen. Hace
pocos años se ha ampliado la enseñanza con varias cátedras de
música.
Los pintores que han estado al frente de esta escuela han sido
don José Saló, don Joaquín Hernández de Tejada y don Rafael
Romero y Barros, que es el director actual. Han sido catedráticos
don José García Córdoba, don José Rodríguez Santisteban y
don Ventura Reyes Corradi, y lo son en la actualidad don Julio
Degayon, don José Muñoz Contreras, don Juan Montes y Váz-
quez y don José Serrano Pérez. Los profesores encargados de
otras enseñanzas no entra ahora en nuestro propósito enume-
rarlos.
52
De esta escuela han salido don Tomás Muñoz Lucena, premiado-
con medalla de segunda clase en la Exposición de Madrid de 1887,.
3' don Rafael Romero y Torres, pensionado en Roma en la actua-
lidad. Estos dos jóvenes pintores unidos al montillano señor Ga-
ruólo, premiado también en la Exposición citada, son las esperan-
zas del arte pictórico en la patria de Céspedes, Castillo y Valdés
y Leal.
Ha llegado el momento de que nos ocupemos de los escultores
que ha producido esta parte del suelo andaluz. Sabido es que la
escultura no tuvo en España en tiempo alguno un lugar preemi-
nente. Si hubo escultores tan notables como Becerra, Berruguete
y Martínez Montañez, ni aun estos mismos llegaron á igualar las-
obras maravillosas de un Miguel Ángel, un Dónatelo ó un Celli-
ni. Pues bien, en Córdoba el arte escultural tampoco llegó á la al-
tura que la pintura alcanzó. Así es que en todo el siglo XVI no
encontramos más que á Jorge Fernandez Alemán, cuya patria se
ignora, que en 1525 pasó á Sevilla á trabajar en el retablo de
aquella catedral. Torriggiano, italiano, que hizo los relieves hoy
casi perdidos que decoran la puerta del puente. El capitán Cepe-
da, también de patria incierta, que deja en el convento de la Mer-
ced de Sevilla un Cristo crucificado, doña Mencía de la Oliva,
madre del célebre cronista de Eelipe II Ambrosio de Morales, au-
tora de otro Cristo, que no hemos visto, guardado en la clausura
del convento de Santa Cruz, y el inmortal Pablo de Céspedes, au-
tor incierto del San Pablo de la capilla de esta advocación en la
catedral.
Aparece el siglo XVII y nuestras noticias son aún más esca-
sas. Sabemos sólo que las esculturas que decoran el retablo mayor
y tabernáculo de la Catedral las hicieron Matías Conrado, Pedro
Freyle de Guevara y Pedro de Paz. Este es también autor del
San Rafael que corona la torre. En 1651 se pone una estatua del
ángel custodio sobre el puente ,y es su autor Bernabé Gómez del
Rio. En 1679 el Obispo Salizanes fundó la capilla de la Concep-
ción, y las estatuas que decoran el altar fueron hechas por don
Pedro Mena, discípulo de Alonso Cano y natural de Adra. Las
esculturas de la capilla del Cardenal Salazar fueron hechas por
53
Joaé Mora, discípulo también del célebre maestro granadino.
Aquí concluye la historia escultural del siglo XVII.
El siglo XVIII es el que más esculturas ha producido en la ca-
pital que historiamos. Durante él se hizo la sillería del coro de la
datedral, obra toda ella del escultor sevillano don Pablo Duque
Cornejo, que en aquel sitio halló honrada sepultura; es lo más no-
table en estatuaria que en Córdoba existe, pues si bien la estruc-
tura total de la obra y gran parte de sus adornos corresponden al
churriguerismo más detestable, las estatuas, los bajo relieves, las
mil cabezas que la decoran son de un verdadero mérito artístico,
así ccmo el gran relieve que corona la silla obispal y que en figu-
ras de tamaño natural representa la Ascensión del Señor. También
en este siglo á sus fines se hicieron los pulpitos de caoba, churri-
guerescos como el coro, pero con relieves hermosísimos, obras del
escultor francés Mr. Miguel Verdiguier.
Fuera de la Catedral se hicieron muchas esculturas para los al-
tares de casi todas las iglesias. En los primeros años del siglo
vivió Fray Juan Vázquez, prior que fué del convento de San Pa-
blo, y que dejó obras suyas en el retablo mayor del hospital de
San Jacinto, vulgarmente llamado de los Dolores, y en los alta-
res de la iglesia de San Pablo, en donde quedan aún las estatuas
de Santa Inés de Monte Pulciano, Santa Catalina de Rizzi y San-
ta Columba.
En 1736 el padre Juan de Santiago levantó el monumento á
San Rafael, que se conserva en la plaza de la Compañía, costeán-
dole con limosnas, y fueron los artistas que lo labraron Alonso
Pérez y el escultor Juan Giménez, autor de la estatua.
En tiempos del Obispo Barcia se hizo como hemos dicho antes,
el triunfo á San Rafael junto á la Catedral en que el escultor Ver-
diguier dio muestras de su mal gusto arquitectónico, y no conten-
to con éste, elevó otro á su costa en la plaza de San Hipólito con
unas bonitas esculturas de barro que el tiempo y los muchachos
han destruido.
El más notable escultor cordobés de la centuria pasada fué don
Alonso Gómez de Sandoval, que habiendo entrado lego en el con-
vento de Trinitarios descalzos, no hubiera llegado á escultor sin la
54
protección de un obispo que lo sacó de allí y le costeó la enseñan»
za. Fué discípulo al parecer de un escultor muy mediano llamado
Góngora; y á haber estudiado con buenos profesores, hubiera lle-
gado á ser uno de los mejores estatuarios de España. Han queda-
do obras suyas en el convento de les padres de Grracia, en la par-
roquia de Santa Marina, en la iglesia del Hospicio y en las er-
mitas de la Aurora y del Amparo. Su mejor obra se encuentra en
la parroquia de Santa Maria de Andújar.
Al hablar de la historia de la pintura hicimos mención de la
academia de Bellas Artes creada por el Obispo don Antonio Caba-
llero y Góngora, y ahora añadiremos que de ella salieron dos ar-
tistas que han alcanzado el presente siglo, y en él obtenido su
justa fama. Eueron estos don José Tomás y don José Alvarez y
Cubero. El primero, según parece era corbobés; el segundo natu-
ral de Priego é hijo de un pobi'e cantero. De Tomás quedan en
Madrid obras muy notables como son el bajo relieve de la Cena en
el intercolumnio de la iglesia del Caballero de Gracia, dos genios
que sostienen los escudos en el obelisco de la Castellana, parte de
las estatuas y adornos del monumento del dos de Mayo, y el pe-
destal de la estatua de Eelipe IV en la plaza de Oriente. Alvarez^
Cubero fué premiado y coronado por Napoleón el Grande; luchó
con Cánova en Italia é inmortalizó su nombre en el grupo de la
defensa de Zaragoza que se admira en el museo del Prado en Ma-
drid. Tal fué su importancia artística, que en uno de los medallo-
nes que decoran el museo del Prado se encuentra su busto de me-
dio relieve eutre los de los grandes maestros del arte en España.
Contemporáneos de estos, aunque más modestos, son don Lo-
renzo Cano y su hijo don José. Ambos alcanzaron al siglo actual,
puesto que el primero murió en 1817 y el segundo en 1835. Del
primero han quedado obras en Santiago, San Pedro y los Dolores,
y la hermosa estatua de San Francisco sobre la puerta del compás
de este convento, y del segundo dos estatuas en la parroquia de
San Miguel y unos relieves en la de San Francisco.
Finalmente, don José de los Rios y Serrano, natural de Baeua
y padre del célebre escritor de antigüedades y bellas artes don
José Amador de los Rioa, fué un escultor muy apreciable, y de su
55
habilidad quedan muestras en los conventos de monjas de Corpus
Cristi y de Santa Cruz en Córdoba.
En los tiempos actuales sólo tiene la escultura cordobesa la
esperanza de que lleguen á ser notabilidades, don Mateo Inurria,
que ya está en camino, y el aventajado joven don Enrique Rome-
ro de Torres, hijo del actual director de la Escuela de Bellas
Artes.
Si insignificante es la historia de la escultura, eslo más aún la
del grabado. En Córdoba ha estado reducido este arte á las lámi-
nas de santos titulares de cofradías y templos, y á las que hablan
de adornar alguna que otra obra que se daba á la prensa. Asi
es que han sido muy pocos los grabadores de profesión; casi todos
han sido plateros, y si no hubiera dado esta provincia los dos
Vázquez y Palomino, podría prescindirse de hablar del grabado
de láminas en estos apuntes.
En el siglo XVI no encontramos ni un solo grabador cordobés.
En el siglo XVII hallamos á Eray Ignacio de Cárdenas, graban-
do en 1662, las armas de los Córdobas y Figueroas, y algunos
santos titulares, y á Joaquin López, autor de una estampa de la
Virgen de la Fuensanta.
En el siglo XVIII encontramos algo más. En él vivió don Juan
Bernabé de Palomino, autor de las estampas del Museo pictórico,
de su tio don Acisclo Antonio Palomino, del plano de Madrid,
del retrato del venerable Padre Posadas y otros, y algunas copias
de cuadros de buenos autores que le valieron honores académicos
y fama verdadera y justa. Fué su discípulo don Nicolás Carrasco,,
que vivió en Córdoba y Sevilla, y grabó láminas muy apreciables.
En este siglo vivió también Juan Diez, grabador que nadie ha
mencionado hasta ahora, y que no sólo era notable con el buril,
sino hábil en el dibujo y en la composición. Su estampa de San
Rafael lo atestigua así y otras muchas que van citadas en su bio-
grafía.
En 1755 hizo una lámina, hoy rarísima, del arca de las reli-
quias de los mártires que se guardan en San Pedro, un Francisca
de Zea, probablemente de la familia y acaso uno de los impresores
famosos de este apellido, y por último, en 1749 nació en Córdoba
56
don Bartolomé Vázquez que había de llegar á ser uno de los bue-
nos grabadores, rival de Carmona y de Selma, los mejores que Es-
paña ha tenido. Vázquez no tuvo maestro. Tué un platero que por
afición se dedicó á grabar láminas. Establecido en Madrid se puso
á la cabeza de los ai'tistas y fué académico de la de San Fernando.
Vázquez inventó los barnices que usaba, adivinaba los procedi-
mientos y llegó á hacer estampas en colores con una sola vuelta de
tórculo, como atestigua la Virgen de la Silla, copia de Rafael, que
hizo con todos los colores del original. Digno sucesor de su padre
fué don José Vázquez autor de muchas estampas copias de cua-
dros del Museo de Madrid.
Después de estos dos famosos grabadores sólo encontramos en
el siglo actual un tal Mendoza, de quien haj una Virgen del Am-
paro; un José Sánchez, autor de varias láminas de santos titulai'es
y A. Aguilar que en 1812 hizo una de la Virgen del Amparo. La
estampa última grabada en Córdoba es el Ecce-Homo que estuvo
en el arquito real y hoy en la Compañía, y su autor es el citado
Sarchez. Después no se ha hecho otra ni hay hoy quien sepa abrir
una mala lámina para una viñeta de periódico.
Pero si poca importancia tuvo siempre el arte del grabado, tú-
vola muy grande en todos tiempos el de la orfebrería. Ya hemos
hablado de la platería en tiempos de los árabes, y tócanos hablar
ahora de los progresos que este arte hizo en Córdoba, desde el si-
glo XVI hasta el presente, en que ha caído en una decadencia por
todo extremo lamentable.
En 1505 tomó posesión de la Silla el Obispo don Juan Daza,
que sólo la ocupó cinco años; y este prelado, amante de las artes,
determinó dotar á la Catedral de una Custodia suntuosa, para lo
cual llamó á Córdoba al orfebre alemán Enrique de Arfe, que se
hallaba en Toledo, y habia concluido la magnifica Custodia de
aquella Catedral. Vino éste y comenzó la obra, que no se acabó á
la muerte del Obispo Daza en 1510. Tampoco se acabó en los
tiempos del Obispo don Martin Fernandez de Ángulo, puesto que
en su testamento otorgado en 1516 dejó 500 ducados para ter-
minarla; pero debió acabarse poco después, puesto que se estrenó
en la procesión del Corpus en 1518, siendo Obispo don Alonso
57
Manrique. Etsa joya inestimable la contamos como obra cordobe-
sa, aunque hecha por un alemán, porque de ella debieron tomar
enseñanza los plateros cordobeses para trabajar las obras que han
hecho su arte famoso en todo el mundo, y no la describimos por-
que no lo permite la brevedad de estos apuntes, y además, porque
ya lo ha hecho de la manera magistral que sabe don Pedro Madra-
zo, en la obra que hemos citado varias veces. Bástenos sólo decir
que pertenece al arte ojival florido, y que es una maravilla por la
ligereza y esbeltez de su forma, por la riqueza de sus adornos y
por la magistral manera con que están trabajados los relieves, es-
culturas y caprichosos follajes que la decoran.
En el tesoro de la Catedral hay otra obra que debió también ser
labrada por Arfe, según es su primor y elegancia. Es la Cruz lla-
mada Antigua, y tanteen ella como en la Custodia, debió trabajar
el orfebre cordobés Juan Ruiz, el Vandalino, autor de la Custodia
de la Catedral de Jaén. Esta corresponde al mismo orden arqui-
tectónico que la de Córdoba; tiene do? varas y media de alta; se
halla dividida en seis cuerpos llenos de conopios, umbelas, ménsu-
las, estatuas y adornos de esquisito gusto, y se gastaron en ella 400
marcos de plata: Juan Ruiz firmó el contrato para hacerla en 1533.
Este artista es también autor de la Custodia de Baza y de parte de
la de la iglesia de San Pablo de Sevilla, que no concluyó por alcan-
zarle la muerte en este trabajo.
Mientras se hacían estas obras, el gremio de plateros en Córdo-
ba estaba asociado y habia fundado un hospital bajo la advocación
de San Eloy, cuya portada del siglo XVI es lo único que de él
queda y en estado ruinoso. Las constituciones de la Hermandad,
así como todos los papeles del archivo, desde el siglo XVI hasta
hoy, se conservan aún y hemos podido examinarlos, gracias á la
bondad del actual Presidente ó Hermano mayor señor Euiz. Por
ellos hemos averiguado que las constituciones primeras de la co-
fradía fueron aprobadas por el Obispo don Juan Rodríguez de
Fonseca en 1503, época, como se ve, anterior á Enrique de Arfe,
y nos ha extrañado que ni del famoso artista alemán ni del cordo-
bés Juan Ruíz, se encuentren memorias en la cofradía.
Estas primitivas constituciones no existen. Las segundas, es-
58
critas en vitelas con iluminaciones primorosas y en caracteres
monacales, se conservan hoy. Constan de cuarenta y nueve capí-
tulos y fueron aprobadas en 26 de Junio de 1541 por el Obispa
don Leopoldo de Austria. Después se le aumentaron tres capítu-
los y fueron aprobadas nuevamente por don Francisco Pacheco
en 3 de Julio de 1587,
De estas ordenanzas hemos podido deducir los nombres de al-
gunos de los que en el siglo XVI desempeñaron los principales
cargos de la hermandad, y calculando que serían los mejores ar-
tistas y de mayor reputación, los daremos aquí. Eran en 1511
alcaldes de la hermandad Alonso de Córdoba y Diego de San
Llórente; en 1547 primer priorte Juan Sánchez; en 1551 priorte
Diego Fernandez, y en 1557 desempeñaban los cargos de priorte
Diego de Sevilla, alcaldes Pero Fernandez Tercero y Diego Fer-
nandez el Rubio, veedores Fernando de Jahen y Antonio Fer-
nandez, y mayordomo el señor Alonso Sánchez. De ninguno de
ellos conocemos obras para juzgar de su mérito.
Otro documento importantísimo del archivo de plateros lo cons-
tituyen los libros de actas de aprobación para abrir taller y co-
merciar en el arte de la platería.
Era entonces y lo ha sido hasta principios del siglo actual un
requisito indispensable para ello, sufrir un examen ante todos los
que tenían cargo en la hermandad, y si en este acto probaban los
aspirantes su suficiencia y conocimientos, eran aprobados y auto-
rizados como maestros en platería. Pasarán de mil los plateros
aprobados en los siglos XVI, XVII y XVIII en Córdoba, pero
sólo hemos tomado para esta obra los artistas que presentaban
piezas de escultura 6 de obras de importancia, y aquellos que
desempeñaron los principales destinos en la hermandad, en las
épocas en que aún no se habia perdido el buen gusto, y no habían
invadido el borroncinismo y el churriguerismo la esfera del arte.
De este espurgo encontramos, con visos de haber sido buenos
artistas, los plateros siguientes: Juan de Portollano, aprobado en
1565; el señor Juan Casas y Alonso López el Mozo en 1575; el
primero desempeñó en la hermandad los cargos de mayordomo,
alcalde y priorte. En 1578 fué aprobado el señor Martin Sánchez j
59
en 1580 el señor Martin Alonso, Diego de las Casas, el señor
Fernando de Soto y el señor Diego Ximenez. Se ignora el año en
que fué aprobado Lúeas de Valdés, pero de su mano hay una
hermosa lámpara de plata (hecha en 1602) en la capilla de los
Mártires de la parroquia de San Pedro. En 1620 el Obispo Mar-
dones regaló á la Catedral la cruz grande, cuyo autor hasta
ahora ignoramos. En 1648 fué examinado Juan López; en 1677
hizo el platero montillano Tomás Gonzalo de Alcántara y Ángulo
la cruz de plata del Jesús Nazareno de Puente Genil. En 1683
fué aprobado Antonio E.uiz de León; en 1690 don Gaspar de la^
Tazas, y en 1697 don Alonso Moreno. Esto es lo que hemos ave-
riguado de los siglos XVI y XVII. En el siglo XVIII aparecen
aprobados en 1709 don Alonso de Aguilar y don Juan Calvo, y
en 1714 don Juan Sánchez Izquierdo, artista notable, aunque po-
seído del mal gusto de su época, que es el autor del frontal y
atributos del altar del Ayuntamiento. En el mismo año fué exa-
minado don Juan Romero; en 1723 don Juan de la Gala, don
Juan de Luques y Molina y don Eernando de Martos; en 1725
don Juan de Soldevilla y el maestro don Bernabé García de los
Reyes; en 1727 don Juan Benitez; al siguiente año don Juan de
Zafra; en 1730 don Cristóbal Ceballos y Buenrostro, y en 1731
Sebastian Fernandez.
En 1735 el citado maestro García de los Reyes hizo por encar-
go del Obispo don Pedro de Salazar y Góngora la renovación ó
restauración de la custodia de Enrique de Arfe , y en el siguiente
año fué examinado otro artista notable, don Damián de Castro,
de quien volveremos á hablar. En 1739 fué aprobado don José
Negrete; en 1745 don Juan Martin Segovia y la Hoz presentó á la
cofradía de San Eloy una obra que habia escrito titulada «Uni-
versidad de la Platería y compendio de todas ciencias,» la que ig-
noramos si se llegó á imprimir. En 1748 fueron aprobados don
José de Ayllon, don Antonio de Almoguera y don Alonso Millan;
en 1753 don Pedro Morales y don Nicolás Crespo; el 54 don An-
tonio José Pérez y don Juan de Santiago Castillejo y Velasco;
el 55 don Bernabé García Aguilar y don Antonio Romano; en 1762
don Eulogio González y Rodríguez, y en 1768 don Manuel Repiso.
60
En este año, don Antonio de Santacruz y Zaldúa, hizo la mitra
de plata del San Eloy de la cofradía que está muy bien labra-
da, especialmente el relieve repujado de la Concepción que tiene en
el centro.
En 1779 el Arzobispo de Sevilla don Francisco Delgado, man-
dó hacer en Córdoba una Custodia para la Catedral de Sigüenza
y se la encargó á don Damián de Castro, quien la hizo de forma
exagonal, adornada de muchas historias, inscripciones, figuras,
obeliscos y torrecillas y muy á satisfacción del prelado. Medía
cuatro varas de altura y era el encanto de los de Sigüenza, hasta
que los franceses, en la invasión de 1808, se la llevaron y no la
han vuelto á ver.
En este mismo año de 1779 se abrió certamen entre los discípu-
los de platería para ir á estudiar por cinco años á Madrid á la
escuela de don Antonio Martínez. Formaron el tribunal don Ber-
nardo de Cáceres Ayllon, los veedores del arte y el escultor
Mr. Miguel Verdiguier, y fueron los opositores Antonio Hidalgo,
Bartolomé del Pozo y Rafael Beltran y Cornejo. El primero ganó
la plaza, pero no sabemos que volviera á Córdoba á enseñar lo
que aprendiera de Martínez, como se le puso de obligación.
Después de esto sólo vemos como obra notable la urna de las reli-
quias de los Santos Mártires de San Pedro, hecha en 1790 por Cris-
tóbal Sánchez y Soto, platero que ya había sacudido el mal gusto
churrigueresco, y que volvía por los fueros del arte y de la belleza,
ccmo lo atestigua esta hermosa alhaja.
La competencia hecha al arte por la industria alemana, ha
hecho decaer grandemente la platería en Córdoba; sin embargo,
aún quedan verdaderos artistas como el señor Notario, autor de
un San Rafael de tamaño académico, y el señor Blanco, grabador
muy notable.
Quédanos sólo decir dos palabras de los bordadores. En la Ca-
tedral se conservan dos magníficos frontales de altar, cuyos auto-
res se ignoran; pero que son dos joyas del arte del siglo XVI. En
la parroquia del Carpió, en la capilla de los Marqueses, hay unos
ornamentos de la misma época de inestimable valor. En el si-
glo XVII vivió en Córdoba, según Cean Bermudez, Juan Gro-
61
mez, autor de una funda para la caja del Santísimo de la Cate-
dral de Sevilla, y en el siglo XVIII, hemos averiguado que vivió
Diego Moreno y Ceballos, que en 1783 bordó la capa y la estola
del San Eloy de la Hermandad de plateros.
Hemos terminado estos ligeros apuntes respecto al arte cordo-
bés. Sólo nos resta decir algunas palabras de la obra á que pre-
ceden.
Para escribirla nos han servido de base las de Cean Bermudez,
Llaguno y Amirola, Osorio y Bernard, los Paseos por Córdoba
de nuestro padre don Teodomiro y otros cuyos nombres irán cita-
dos al final de cada artículo biográfico; además hemos registrado
casi todas las que se han escrito de bellas artes, antigüedades é
historia cordobesas, muchos manuscritos y algunos archivos; así
es que nuestro trabajo, contiene más de un doble de los artistas
mencionados antes en diccionarios biográficos, y casi todas las
biografías antes escritas, han sido ampliadas con nuevos y curio-
sos datos.
Con esta obra que no creemos completa, pensamos hacer un
servicio al Arte 3' á la Historia de España, y principalmente, de
la querida patria donde vimos la primera luz. Si lo hemos conse-
guido, será el mayor galardón que podremos obtener por el arduo
trabajo en ella invertido.
biografías
Abdalah-ibn-Husein, apellidado el Gaebali: arqui-
tecto. Don José Antonio Conde en su Historia de la domina-
ción de los árabes en España, cita el nombre de este sabio
arquitecto, natural de Córdoba. No refiere particularidades
de su vida, ni menciona algún documento que justifique el
elogio con que habla de él. En cambio relata su muerte,
ocurrida el lunes 6 de la luna de Xaval del año 403 de la
egira, de una manera harto trágica, puesto que fué despe-
dazado por las tropas del rebelde Suleiman, Califa de Cór-
doba, poco después de aquella jornada memorable. El cuer-
po de Ibn-Husein estuvo varios dias insepulto, hasta que
pasado el temor del saqueo y de la matanza, fué enterrado
sin lavar ni amortajar y sin oraciones.
Adriano (El Hermano): pintor. Fué donado en el con-
vento de Carmelitas descalzos de Córdoba, ciudad que se
cree fuese su patria, y en donde estudió la pintura, bajo la
dirección del famoso racionero de aquella Catedral Pablo
de Céspedes. Se ignoran todas las particularidades de la
vida de este artista, pues aunque Pacheco, que lo conoció,
le llama valiente pintor, no refiere pormenores ni datos bio-
64
gráficos que hubieran sido interesantes. Sólo se sabe que
huyendo del elogio de sus contemporáneos, borraba la ma-
yor parte de los lienzos en que ejercitaba su afición, y que
murió en 1630 en su convento, con gran crédito de virtuoso
y de pintor notable. De su mano no se conservan hoy más
que una Magdalena en la iglesia del referido convento, co-
nocido por San Cayetano, y un Cristo en la cruz con varias
figuras de medio cuerpo al pié, cuadro que procedente de
dicho edificio se guarda en el Museo provincial de Córdoba.
Esta última obra es de correctísimo dibujo y fácil ejecu-
ción, y muy digna de los encomios que tributaban al autor
los aficionados de su época, si bien el colorido es seco y ce-
niciento, resultando desagradable á la vista. El viajero Ponz
celebra mucho este cuadro, que en su tiempo estaba en un
retablo en la antesacristía del convento.
(Pacheco. — Palomino. — Ponz. — Cean
• Bermudez. — Ramírez de Avellano , don
Teodomiro) .
Agudo (Maestre Mahomad): alarife. En la obra del
señor Llaguno y Amirola, titulada Noticia de los arquitec-
tos y arquitectura de España, se dice que en diciembre
de 1477, se dio un despacho á favor de Mahomad Agudo,
maestro de los albañiles y soladores de los alcázares de
Córdoba, y que este documento se guarda en el Archivo
de Simancas.
Aguilar (A ): grabador. Acaso fuera hijo del arqui-
tecto Luis de Aguilar. Vivía en Córdoba á principios del
presente siglo, y grabó en 1812 una estampa de la Virgen
del Amparo, que se veneraba en la ermita de esta advoca-
ción, hoy en parte destruida y el resto privada del culto.
La estampa que es bastante defectuosa, fué hecha por
65
orden del hermano mayor de la cofradía de esta imagen,
don Manuel Diez y Heredia.
También podemos suponer que sea este grabador un pla-
tero llamado Alonso de Aguilar, hijo de otro platero del
mismo nombre (que lleva articulo aparte), y discípulo de
Bernabé García de los Reyes, que en 19 de junio de 1763,
fué examinado por los profesores de platería de Córdoba
del colegio de San Eloy, y aprobado para abrir obrador y
ser reconocido como artífice en su arte. La circunstancia de
ser los grabadores en general, y en especial los cordobeses,
en su mayor parte plateros, nos ha hecho pensar en que
sean el platero y el grabador una sola persona. Así se ex-
plica lo defectuoso y vacilante del trazo; pues siendo el
mismo individuo, debía ser muy viejo cuando hizo la es-
tampa, toda vez que desde 176.S á 1812 van cuarenta y
nueve años, y que en el acta de su aprobación se dice que
había estado muchos años en los talleres de su padre y de
García de los Reyes, lo que permite suponer que al exami-
narse contara ya treinta años de vida, en cuyo caso hizo el
grabado á los setenta y nueve años de su edad; época en
que la mano no puede responder con seguridad á los bue-
nos deseos é inspiraciones de la inteligencia, por exuberan-
te y rica que ésta sea.
(Colección de estampas del autor. — Ar-
chivo del Colegio de plateros).
Aguilar (Alonso): platero. Véase el anterior.
Ag^uilar (Alonso de): platero. Natural de Córdoba,
ignorándose las fechas de su nacimiento y de su muerte.
En 24 de Noviembre de 1709 fué examinado y aprobado
para abrir taller por los veedores y alcaldes de la congre-
gación de San Eloy de Córdoba, presentando como prueba
Tomo CVII. 5
-de su maestría un copón de plata. En 1710, esto es, un
año después de su aprobación, fue nombrado por la con-
gregación mayordomo de pobres, cargo que desempeñó
hasta 1712. En 1717 fué nombrado veedor de plata en que
se ejercitó hasta 1721, y desde 1723 hasta 1725 desempeñó
el cargo de alcalde de hermandad. Estos empleos de libre
elección prueban que debia estar muy reputado entre sus
compañeros de profesión. No hay obra conocida de su mano
que se conserve hoy.
(Archivo del Colegio de plateros).
Aguilar (Luis de): arquitecto. En el cuerpo de campa-
nas de la torre de la Catedral de Córdoba hay una extensa
inscripción que da cuenta de las reparaciones que hubo
que hacer en la misma, á consecuencia de los desperfectos
causados por el terremoto de 1755, hasta el extremo de que
dice: «Se emprendió y siguió su reedificación con cuanto
acierto, felicidad y firmeza cabe en el arte»: esto es, que
fué tanto lo reparado, que se da el nombre de reedificación
á la obra. Consta por la misma leyenda que se acabó el
dia 15 de Agosto de 1763, y que empezó y concluyó la
obra el maestro Luis de Aguilar. Son las únicas noticias que
tenemos de este artista.
Aguilar (Pedro de): dorador, de quien hay memoria
en Córdoba de haber dorado en unión de Francisco Bola-
ños, en 1667, el altar y reja del santo Cristo de las Merce-
des, que aún dura en el convento de la Merced, hoy hos-
picio. La obra fué costeada por don Manuel Saavedra y
montó su importe ocho mil reales.
(Archivo del convento) .
Agustín (Don Fbancisco): arquitecto. En 1702 fué ne-
67
«esario hacer nuevos dos arcos del puente de Córdoba sobre
el Guadalquivir, y la ciudad encargó la obra á los ar-
quitectos don Francisco Agustín y Tomás de Ortega. Estos
la realizaron en el espacio de un año y se dieron traza para
hacerla por partes, de manera que no faltara nunca el paso
por el dicho puente á los moradores del Campo de la Ver-
dad, barrio de Córdoba, que se halla en la orilla izquierda
del rio.
(Anales de Martin López MS).
Ahmed: tallista. En la iglesia del Cristo de las Animas
en el Campo de la Verdad en Córdoba, hay una lápida se-
pulcral rota, con orla, en cuya lápida, según la versión de
don Rodrigo Amador de los Eios, se lee:
murió el jue
el octavo: y esto ocurrió el sobado
en la luna de Moharram, la noche del décimo di
a del año seis y treinta y cuatro
cientos. Vivió sesenta y seis
años, confesando que no hay Dios fuera de
En la orla dice á la derecha:
Allah, único, quien no tiene compañeros
y en la de la izquierda:
n. Obra de Ahmed
La última palabra que se conserva no la ha traducido el
Sr. Ríos por juzgarla irreducible. Nosotros opinamos que
debería decir Ibn-Fatah, y que este tallista no es otro que
el que ponemos á continuación. Acaso un estudio más dete-
nido sobro la palabra en cuestión diera luz sobre este
asunto.
68
Ahmed-ibn-Fatah: tallista. Acaso hijo del famoso^
Fatah, de quien hablamos en otro lugar. Se conserva su
nombre en una cartela de uno de los mejores capiteles que
se guardan en el Museo provincial de Córdoba en esta
forma: Ohra de Ahmed-ibn- Fatah, su siervo. El capitel
tiene además otra inscripción que lo rodea, en la que se lee
el nombre del Califa Hakam II, sin fecha. El nombre de este
notable escultor aparece también en igual forma en uno de
los capiteles que decoran el patio del convento de Jesús
Crucificado. Este no tiene inscripción en el abaco, pero la
frase, su siervo, que hay en la cartela parece referirse al
Califa Hakam II como el anterior y otros de distintos ar-
tistas de quienes hablamos en esta obra.
(Don Rodrigo Amador de los Ríos).
Alcántara y Ángulo (Tomás Gonzalo de): platero.
Nació en Montilla, no se sabe en qué año, y vivia en su
patria en 1677. En este año labró la cruz de plata del
Jesús Nazareno que se venera en la ermita de Puente Ge-
nil. En la obra empleó doscientas ochenta y ocho onzas y
veinticuatro reales de plata, y se le pagaron por su trabajo
siete mil quinientos sesenta y ocho reales. Este artista, des-
conocido para Cean Bermudez, lo es también en Montilla, y
seguiría ignorado á no haber exhumado su nombre los
autores de la obra Apuntes históricos de la villa de Puente
Genil, recientemente editada.
Alfaro y Gamez (Don Juan de): pintor y poeta. Na-
ció en Córdoba en 1640, siendo hijo de Francisco de Alfaro
y de doña Melchora de los Reyes Cabrera, ambos de distin-
guidas familias. En sus primeros años estudió el dibujo y
algo de pintura con Antonio del Castillo Saavedra, el mejor
pintor que entonces residía en Córdoba; y cuando estuvo ea
69
edad de manejarse por sí y con conocimientos, si no sobra-
dos, bastantes, se trasladó á Madrid, donde perfeccionó la
pintura con don Diego Velázquez, á quien recuerda en sus
obras por el colorido y manera, que no por el dibujo un tan-
to descuidado por nuestro notable cordobés. Velázquez le
proporcionó los medios de copiar á Rubens, Vandick y Ti-
eiano, y no bien se hubo don Juan encastado algo en el
buen color de aquellos maestros y en la manera fácil y bri-
llante del jefe de la escuela madrileña, volvió á Córdoba,
ansioso de mostrar sus adelantos y competir con su primer
director, Castillo, á quien ya creía sobrepujar.
Ya en Córdoba, las poderosas influencias de su hermano,
el doctor Enrique Vaca de Alfaro^ y de su tio, el licenciado
Bernardo de Cabrera, famoso poeta y médico el primero, y
no menos famoso escritor y anticuario el segundo, hubieron
de ponerse en juego con toda actividad para proporcionar al
joven pintor mucho trabajo, y no seria ciertamente de las
menos importantes obras, la que le encargaron los frailes de
San Francisco , de la pintura de todo el claustro principal
del convento.
Ayudado de estampas y como Dios le dio á entender, sa-
lió don Juan de su colosal empresa, pintando gran número
de cuadros, en los que ñrmaba siempre con presunción
inaudita: Alfaro, pinxit. Hubo de herir esto la susceptibili-
dad exagerada que caracterizaba á Castillo, y solicitó con
empeño pintar un lienzo para el mismo claustro, y obtenido
el encargo y hecha la obra, escribió al pié: Non pinxit,
Alfaro. Este lienzo ha sido más afortunado que los del
discípulo ensoberbecido de Castillo. Todos los del claus-
tro se han perdido, y éste sólo es el que se conserva en la
Catedral, y es por cierto una de las mejores obras que Casti-
llo produjo.
En esta época contrajo matrimonio Alfaro con doña Isabel
70
de Heredia, y estableció su casa en la que hoy tiene el nú-
mero 22 en la calle de la Librería. Pero no paró mucho en
su patria. Tan pronto como concluyó los cuadros de San
Francisco, el de la Encarnación de la iglesia de los Carme-
litas Descalzos, llamada San Cayetano, y los retratos del
Obispo don Juan de Alarcon y de sus antecesores, volvió á
Madrid en 1667, donde no halló mucho trabajo, por más
que consiguió le encargaran el cuadro del Ángel de la Guar- .
da, que existe en una capilla de San Isidro el Real, y algu-
no que otro. La falta de trabajo y al mismo tiempo el dis-
gusto con que todos los pintores veían el repartimiento de
un montado que se les habia hecho, determinó á Alfaro á
abandonar la pintura y aceptar una plaza de administrador
de rentas, que desempeñó en distintos partidos todo el tiem-
po que duró aquel famoso pleito; hasta que terminado éste
volvió á Madrid, donde pintó el retrato de don Pedro de
Arce, Regidor de la Corte, el de la mujer de este caballero
y los de varios poetas que á la casa de Arce concurrían,
pagándole así el hospedaje que le debia por tenerle aposen-
tado en la dicha su casa.
Entre estos retratos que dio á Arce se contaba el de don
Pedro Calderón de la Barca, que después de la muerte de es-
te egregio poeta, se puso sobre su sepultura en la parroquia
del Salvador de Madrid.
Pero si Alfaro despreciaba á la fortuna y gastaba el tiem-
po necesario para el estudio en inútiles viajes, no dejó la
fortuna de favorecerlo, proporcionándole de continuo fas-
tuosos Mecenas. Primero Arce, que como hemos dicho, le
favorece hasta el extremo de aposentarlo en su propia vi-
vienda, y después el Almirante de Castilla, que le nombró
su pintor de cámara y le honró con su confianza y amistad.
Enviudó Alfaro en 1676, y apesadumbrado grandemente
por la pérdida de su compañera, solicitó del Almirante y
71
obtuvo permiso para retirarse á Córdoba á consolarse cod
sns amigos de tan temprana desgracia; y la fortuna, que
seguia siendo su favorecedora, le deparó en su patria un
nuevo protector en don Juan Francisco Diaz de Morales é
Hinestrosa, que le encargó la galería de retratos de su mu-
jer, el suyo y los de sus antepasados, poseedores de las
cuantiosas vinculaciones que aquel noble cordobés dis-
frutaba. Pintó Alfaro estos retratos tan á satisfacción del
indicado señor, que no sólo se los pagó con mano liberal,
sino que también le regaló un hermoso caballo para que pu-
diera volver á Madrid, como lo verificó en 1677.
Su estancia en la Corte fué de poca duración; apenas lle-
gado fué el Almirante desterrado á Rioseco, y la ingratitud
de Alfaro se manifestó clara, negándose á acompañar al des-
tierro á aquel magnífico caballero que tanto le habia favo-
recido. El real Mecenas se dolió tanto de la ingratitud de su
pintor, que aun después de levantado el destierro, cuando
Alfaro quiso volver á su gracia en 1680, no consintió ni aun
en darle una audiencia que solicitaba el artista con muy
eficaces recomendaciones.
Volvió á Córdoba Alfaro y trabajó, entre otras obras, las
pinturas del monumento de Semana Santa que luce en la
Catedral, y el retrato de Salizanes, que está en la Sacristía
de la capilla de la Concepción, capilla labrada á expensas
de este Obispo, y cuyo retrato es una de las más excelentes
pinturas de Alfaro. Pero esto no bastaba al pintor, y á pesar
de haber dado cartas á su discípulo Palomino para que en
Madrid concluyera los cuadros que él habia dejado empeza-
dos, volvió á la Corte en 1680, más en busca do la salud que
habia perdido, que de trabajo, que en Córdoba tenia. Se ha-
bia casado por este tiempo con doña Manuela de Navas Co-
llantes, que le sobrevivió.
El mismo año de su llegada á Madrid, 1680, murió Alfaro
72
por el mes de Noviembre, de hipocondría contraida en Cór-
doba poco tiempo antes, y fué enterrado en la iglesa de San
Millan, hoy destruida.
Palomino, su biógrafo, y como hemos dicho, su discípulo,
refiere una trágica circunstancia de la muerte de Alfaro.
Estaba agonizando cuando se prendió fuego en uno de los
pisos inferiores de la casa en que vivía el pintor, y en oca-
sión de estar su mujer enferma en otra cama. A esta señora
hubo que sacarla de la casa envuelta en un colchón para li-
brarla de las llamas, y mientras tanto, en el estruendo y
apresuramiento naturales á tamaña desgracia, se le fué el
alma á Alfaro, pasando á mejor vida en los momentos más
críticos que había tenido en la suya terrenal.
Tal es la biografía de don Juan de Alfaro y Gamez. Sí-
ret en su Diccionario de pintores, le critica el afán de via-
jar abandonando sus estudios, y dice que hizo varias expe-
diciones á Italia, en lo que se equivoca sin duda, puesto
que Palomino no menciona semejantes viajes, y debía estar
muy enterado de los pormenores de la vida de Alfaro, como
su discípulo predilecto que fué, y el que recogió los nume-
rosos papeles que dejó escritos referentes á vidas de pinto-
res ilustres.
Cean Bermudez hace igual censura al pintor, sin hablar
de expediciones á Italia, y le afea su descuido en el dibujo
que apenas estudió. Nosotros hemos visto obras de Alfaro
excelentes de color y de manera de hacer, y sólo le hemos
hallado incorrecciones en el dibujo de las extremidades. El
retrato de Salizanes tiene una hermosa cabeza de muy
buen dibujo y color, y unas manos barrocas, defectuosas y
azafranadas. Lo mejor que conocemos suyo son los retratos
de los Díaz de Morales, que recuerdan en su mayor parte
las obras de Velazquez, su segundo maestro.
Como literato sabemos que no valió gran cosa. Entusiasta
73
de Velazquez, se dedicó á recoger noticias de este gran ar-
tista, y compuso un libro en que le ayudó su hermano En-
rique Vaca de Al faro, y que resultó según Cean Bermudez
«tan prolijo como impertinente.» De Velazquez hizo Alfaro
un dibujo cuando estaba aún en el lecho después de muer-
to, y este apunte lo vendió á don Valentín Calderera, don
Marcial Gutiérrez Ravé, pintor cordobés de quien se habla-
rá en su lugar. Es probable que esté en la colección de Cal-
derera en la Biblioteca nacional. También se sabe que hizo
el retrato de César Arbasía, que debió copiar de otros, pues
habla muerto en 1614^ esto es, mugho antes de que Alfaro
naciera.
Recogió también nuestro artista varios escritos de Céspe-
des que había copiado con limpieza, adornado con notas
históricas de artistas españoles y extranjeros, y dedicado á
la duquesa de Béjar. Este manuscrito, que vino á dar
en manos de Cean Bermudez, sirvió á Palomino para sus
biografías, especialmente para las de Velazquez, Becerra y
Pablo de Céspedes.
Como poeta no podemos juzgarlo más que por un soneto
que hemos hallado suyo. Está publicado al frente de la obra
Festejos del Pindó, sonoros conceptos de Helicón, de Enri-
que Vaca de Alfaro, á quien está dedicado, y dice así:
«De loan de Alfaro (hermano del autor deste Poema), dis-
cípulo en la pintura de don Diego de Sylva Velazquez, Pin-
tor que fué de la Majestad Augusta de Rey nuestro Señor
don Felipe IV, aluda de Cámara, y su Aposentador mayor
y del Abito de Sanctiago.
SONETO.
El clarín de la fama sonoroso
que ocupa la región del ayre i)uro
74
dnplique en tus acentos su seguro
famoso Henrique^ cordobés dichoso.
Pues solo tu escribir magestuoso
es del Parnaso, tymbre, norte y muro,
el Helicón desde oy, si antes fué impuro,
puro se mira espejo luminoso:
Apolo que por signos en luz gira,
si su Lyra te dio con franca mano:
también te dio la sciencia que á Galeno;
Para que con tu pluma y con su Lyra
segundo Apolo fueses, nuevo Fano,
y en ambas sciencias de conceptos lleno.
Las obras públicas que se conocen de este pintor son las
siguientes:
Madrid.— San Isidro el Real.
Un cuadro que representa á el Ángel de la Guarda en
una capilla de la nave del Evangelio.
Córdoba . — Catedral .
El retrato de Salizanes en la sacristía de la capilla de la
Concepción. Las pinturas que decoran el monumento que
se pone en Semana Santa. Algunas de ellas bastante mal-
tratadas de restauradores ignorantes.
Ídem. — Palacio Episcopal.
Colección de retratos de medio cuerpo y tamaño natural
de los obispos de Córdoba, desde don Leopoldo de Austria
hasta Salizanes, hechos por encargo de don Juan de Alar-
con y terminados en 1.° de Abril de 1667. Hay muchos re-
pintados.
75
CóRBOB A.— Iglesia de la Virgen de la Fuensanta.
El entierro de Cristo; cuadro que dejó sin terminar y
concluyó Palomino.
Ídem.— Iglesia de San Cayetano.
Un cuadro de la Encarnación.
Fuente Obejuna. — Casa de don Rafael Díaz
de Morales.
Cuatro cuadros de la colección de retratos hecha para
don Juan Francisco Diaz de Morales.
En la plazuela de la Almagra en Córdoba, habia una
Virgen que se quitó en 1841 como todos los santos que en
las calles estaban. Hallábase tan deteriorada que no se co-
nocía lo que era, y al quitarla se descubrió la firma de Al-
faro que tenía detrás.
Además del trabajo literario inserto en el artículo de
este artista, se ha encontrado en el libro Hijos ilustres de
Sevilla el siguiente epitafio, dedicado á don Diego Velaz-
quez de Silva, pintor famoso y natural de dicha ciudad.
D. Didacus Velasqutus de Silva Hispalensis pictor exi-
mius natus anno MDLXXXXIV. Ficturae nobilisimae
Arti se dedicavit. (Praeceptore acuratissimo Francisco
Pacieco qui de Ficturae per eleganter seripsit.) Tacet hic
prah dolor! D.D. Fhiliphi IV Hispaniarum Regís Augus-
tisimi á Cubículo Fictor Frimus, á camera excelsa adju-
tor vigilantíssimus in Regio Falatio etc. extra ad hospi-
tium cubicularius maximus, á quo studiorum ergo, missus,
ut Romae etc. aliarum Italíae urbíum Ficturae tabulas
admirandas, vel quid alius hujus supelectilis veluti sta-
tuas marmóreas etc. aereas conquiverit, perscrutaret ae
secum adduceret minimis largiter sibe traditis : sic que
76
cum ipse protum etiam Innocentii X Pont . Max . faciem
coloribus mire expraeserit, aurrea catena pretii supra or-
dinarii eum remuneratus est, numismate gemniis caelato
cum ipsius pontif. Effigie insculputa, ex ipsa ex annulo
appenso tándem D. lacobi stemmate fuit condecoratus: etc.
post reditum exfonte rápido Galliae confini urbe Matri-
tum versus cum, rege suo Pafentissimo é Nuptiis sereni-
ssimae D. Marine Theresiae Bibbianae de Austriae etc.
Borbon é connubio scilicet cum Rege Galliarum Christia-
nissimu. D.D. Ludovico XIV labore itineris febris prae-
hensus: obiit Mantuae carpetanae postridie nonas Augus-
ti JEtatis LXVI anuo MDCLX, sepultusque est honorífico
in D. Joannis Parrochiali Eclesia, nocte, séptimo Idus
mensis sumptu máximo inmoolicisque expensis, sed non
inmodices tanto viro: Haerami concomitatu, in hoc domini
Gasparis Fuensalida Grafierii Regís amicessimi subterrá-
neo sarcophago: Longue Magistro, praeclaro viro saeculi
ómnibus venerando, Pictura colla crimante hoc breve epi-
cedium loannes de Alfaro cordobensis maertus pomit etc.
Henricus frater Medicus.
(Palomino. — CeanBermudez. — Siret. —
Ramirez Casas Deza. — Ramirez de Are-
llano, don Teodomiro. — Archivo de los se-
ñores Díaz de Morales).
Almog^uera (Don Antonio de): platero cordobés, dis-
cípulo de don Pedro del Hoyo. Probó su aptitud para dedi-
carse al comercio de su arte y dirigir un obrador, ante los
examinadores de la congregación de San Eloy del arte de
platería de Córdoba, el día 21 de Junio de 1748, presen-
tando una escultura de plata de San Miguel, que los apro-
badores encontraron bien hecha.
(Archivo del Colegio de plateros).
77
Alonso (El señor Martin): platero cordobés. En fj de
Octubre de 1580, se examinó para comerciar en su arte y
abrir taller, ante los veedores, alcaldes, aprobadores y her-
mano mayor de la cofradía de San Eloy de Córdoba, siendo
aprobado en vista de que contestaba bien á todas las pre-
guntas que se le hacian, y de que presentó como prueba de
su habilidad, una imagen de la Virgen labrada en oro. En
25 de Junio de 1592, fué elegido prioste de la cofradia,
cuyo cargo desempeñó hasta igual día del año siguiente.
En 25 de Junio de 1595, fué nombrado alcalde, duran-
do en el ejercicio de este empleo dos años justos; esto es,
hasta el 25 de Junio de 1597 en que se pierden sus
memorias.
(Archivo del Colegio de plateros) .
Alvarez y Cubero (Don José): escultor. Nació en
Priego en 23 de Abril de 1768, y fueron sus padres Domin-
go Alvarez y García Mondragon, y Antonia Cubero y Valen-
zuela, según consta de la partida de bautismo existente al
folio 313 del libro 14 de la parroquia de la Asunción, única
de aquella ciudad, documento que nos remitió para este tra-
bajo el rector don Manuel Ramírez, respondiendo galante-
mente á petición que le hicimos de antemano. Como se ve,
no está justificado el apellido Alvarez de Pereira que pone
el señor Osorio y Bernard en su Diccionario de artistas
contemporáneos. Del mismo documento consta que fué bau-
tizado el día 24 del mismo mes por el licenciado don Jorge
Torralbo Agudo, cura de aquella parroquia, y que fueron
los padrinos don Francisco Javier Pedrajas y doña Ana de
Ja Cruz Mansilla, su mujer.
El muchacho empezó su carrera aprendiendo el oficio de
marmolista que su padre tenia, y habiendo demostrado afi-
ción á la escultura y hecho algunos estudios del natural,
78
que era el único maestro que podia tener en el taller de su
padre, su padrino, el citado Pedrajas, se lo llevó al conven-
to del Paular en IIS'J, haciéndole esculpir allí algunas de-
fectuosísimas estatuas para el trasparente que entonces se
estaba construyendo. Tenia Alvarez catorce años, y apenas
terminado este trabajo que hemos dicho, fué á Córdoba á
aprender dibujo, decidido ya á seguir paso á paso el estu-
dio de la escultura.
Siguiendo siempre, para mantenerse, trabajando de mar-
molista, asistía al estudio del pintor don Antonio Monroy á
dibujar, y después de aprender cuanto este pudo enseñarle,
que seria bastante de dibujo, pero de escultura muy poco,
pasó á Granada á perfeccionarse en su arte.
En 1788 ocupó la silla de Córdoba el Obispo don Antonio
Caballero y Góngora, natural de Priego, y tan pronto como
tomó posesión de la Sede procuró el progreso de las artes
cordobesas, estableciendo una Academia de pintura y escul-
tura. Trajo de profesores á don Francisco Agustín Grande
para la pintura y á don Tomás Arali, para la escultura, y
no contento con crear el centro de enseñanza, empezó á
pensionar jóvenes aventajados que estudiaran en él. Uno de
estos pensionistas fué Alvarez, como hemos visto, paisano
del Obispo. El señor Osorio y Bernard dice que lo puso bajo
la dirección de Verdiguier, pero este escultor no fué nunca
profesor de la academia que Caballero fundó.
Los rápidos progresos del joven escultor determinaron á
su protector á enviarlo á Madrid á estudiar en la Academia
de San Fernando, limitándose por lo pronto á pagarle el via-
je y dejándolo que viviera por sí con su oficio de marmolista,
como tenia por costumbre. Alvarez dio muestra clarísima de
su talento en el concurso público de la Academia del mes de
Julio de 1799, obteniendo el primer premio consistente en
una medalla de oro de tres onzas, por un relieve que repre-
79
sentaba el martirio que dio Manases á Isaías y otros profe-
tas, porque le amenazaban en nombre do Dios.
Entonces cambió de repente la suerte de Alvarez. Poco
tiempo antes habia conseguido del Obispo una modesta
pensión, y en 21 de Julio del indicado año la obtuvo del
rey para estudiar en París y Roma en unión de don Manuel
Michel, con el sueldo anual de 12.000 reales, cantidad im-
portantísima para aquella época.
Pasó á París nuestro pensionado é ingresó en el estudio
de Mr. Dejous, en el Colegio de Medicina, donde pudo
hacer á su satisfacción ejercicios prácticos de disección y
copias de trozos automáticos, tomados directamente del na-
tural. En 1802 ganó un segundo premio en el concurso del
Instituto de Francia, y en 1804 presentó en la exposición
la estatua de Ganimedes, que se conserva en la galería de
yesos de la Real Academia de San Fernando, la que le
proporcionó el honor de ser coronado por el famoso Napo-
león Bonaparte. En este mismo año contrajo matrimonio
con doña Isabel de Bongel, de cuya unión tuvo por fruto
en 20 de Febrero de 1805 á su hijo don José, escultor tam-
bién y heredero del nombre y glorias del autor de sus
días.
En este año pasó á Roma en cumplimiento de los deberes
de su pensión, acompañado de su mujer y de su hijo. Allí
encontró un competidor digno de su talento, el famoso Ca-
nevá, ya míiy célebre en aquel tiempo, y Alvarez se pro-
puso imitar en algunas obras su estilo. Trabajó en Roma,
por competir con Cánova, una Venus, un Adonis y una
Diana-, y siguiendo sólo las huellas de los clásicos, produjo
un Aquiles disparando una flecha, que se rompió cuando
aún no estaba hecho más que el modelo en yeso, y se ha
perdido. También trabajó los modelos en barro de su gran
grupo de los Numantinos, que han corrido igual suerte que
80
la anterior, pero del que nos queda la obra acabada para
la cual habían de servir.
Llegó el año 1809, época azarosa para los españoles, que
veían su territorio invadido por las águilas francesas, y
sentado en el trono de San Fernando al usurpador José
Bonaparte. Los españoles residentes en Roma recibieron la
orden de reconocer al rey intruso como monarca legítimo,
y Alvarez, como buen patricio, se negó en absoluto á este
reconocimiento. Entonces fué encerrado en las prisiones de
Sant' Angelo^ con otros muchos compatriotas, y se vio sepa-
rado de su familia, teniendo el pesar de que, escasos sus
recursos, no podia ampararla, imposibilitado como lo tenían
del trabajo.
En su ayuda vino entonces su émulo Cánova. Almas
grandes y generosas las de los hombres de genio, no admi-
ten en sus sentimientos ni el rencor ni la envidia. Cánova
y Alvarez podían ser rivales en el arte, pero no había de
perecer la familia del uno mientras contara con el auxilio
del otro. Cánova acudió á casa de Alvarez, y la familia de
éste no escaseó de nada, gracias á la amistad del gran ar-
tista italiano y á la admiración que hacia el escultor espa-
ñol sentía.
Pero la prisión de Alvarez no fué larga. El gobierno de
Napoleón no podia ser tiránico en absoluto, y así es que
pronto se le devolvió la libertad al prisionero, y no sólo
esto, sino que se le encargaron algunos trabajos para el pa-
lacio del Quirinal, que se decoraba á expensas del César.
En la habitación de éste hizo Alvarez los cuatro relieves
conocidos por Ensueños de la antigüedad, y de los que el
mejor es el que representa el paso de las Termopilas.
Desde este tiempo ya la vida de Alvarez es un conjunto
de triunfos. A su estudio concurren los hombres de Estado
más eminentes de Europa, y aun el mismo emperador de
81
Austria. El príncipe de Meternich le ofrece cuantiosas su-
mas por el grupo de la defensa de Zaragoza, que rehusó el
artista por enviarlo á su patria, donde apenas le pagan los
gastos de la obra. Las Academias de San Lucas de Roma,
de Carrara, de Ñapóles, Amberes, la Real de San Fernando
y los Institutos de Francia y Roma le envian sus diplomas y
honran las listas de sus socios inscribiendo en ellas el nom-
bre de Alvarez. El citado Instituto de Roma lo hace miem-
bro de su consejo secreto y la Academia de San Fernando
académico de mérito, cuyo nombramiento le confirió en 28
de Noviembre de 1819. La misma academia le nombró te-
niente director en 9 de Noviembre de 1826. Condecoracio-
nes no académicas no tenia más que la cruz de los prisio-
neros civiles con que le recompensó Fernando VII su resi-
dencia en las cárceles de Sant' Angelo.
Los últimos años de su vida los pasó Alvarez en España.
Fernando Vil le había nombrado escultor de cámara en
1816 y después lo hizo su primer escultor, encargándole el
arreglo de la galería de escultura del Museo del Prado, en-
tonces perteneciente al real patrimonio. Este cargo desem-
peñaba en 1827 cuando, atacado de una inñamacion al hí-
gado, murió en Madrid el dia 26 de Noviembre. Sus restps
fueron sepultados en el cementerio de la puerta de Fuencar-
ral en una bovedilla. Su retrato se conserva en uno de los
medallones en relieve que hay en la fachada principal del
citado Museo.
Es inútil que hagamos elogios del mejor de los escul-
tores españoles modernos. Su dibujo correctísimo, vigo-
roso y grande, su exquisito gusto verdaderamente clásico
y la apropiada composición de sus obras son reconoci-
dos por propios y extraños y están patentes en las mu-
chas estatuas de su mano que se admiran en el Museo 4^
Madrid.
Tomo CVII. 6
82
De una de ellas habla en una hermosa oda el duque de
P'rias de esta manera:
Ese que colosal mármol admiro,
donde con noble y bélico talante,
fuerte mancebo impávido sostiene
á un anciano espirante
á quien la lanza polonesa ruda
sanguinaria destroza,
recuerda á Zaragoza.
¡Alvarez inmortal! también tu genio
en la ciudad de Rómulo famosa
supo un tiempo brillar;
la tumba umbría
hoy te cubre á mis ojos,
mas no á la gloria de la patria mia!
Alvarez dejó muchas hermosas obras: las más notables
son las siguientes:
Roma. — Palacio del Quibinal.
Los cuatro bajo-relieves conocidos por Ensueños de la
antigüedad.
Madrid. — Museo del Prado.
Estatuas de Carlos IV y Maria Luisa; Apolo con la lira
en la mano; un joven dormido que se supone sea el Amor;
otro Amor de pié, y el grupo de la defensa de Zaragoza.
Ídem.— Academia de San Fernando.
Relieve de Manases dando muerte á los profetas; Hércu-
les luchando con un león, que fué el trabajo de prueba que
hizo para su nombramiento de académico de mérito. Tras-
lación á León de las reliquias de San Isidoro á hombros del
83
rey don Fernando y sus hijos. Prometeo, estatua colosal en
yeso y el busto de don Esteban Agreda, regalado en 1866
por don Valentín Martínez de la Piscina.
Salamanca. — Ayuntamiento.
Los bustos de los Reyes Carlos IV y María Luisa.
Liria. — Parroquia.
Un mausoleo.
Prie«o. —En el paseo.
Un león luchando con una serpiente, grupo en mármol en
la famosa fuente de aquel pueblo. Fué de sus primeras obras,
Jbecha antes de estudiar dibujo, y tuvo que valerse de un
perro como modelo para hacer el león.
Además de estas esculturas, existentes en lugares conoci-
dos, se citan como suyas las siguientes:
Un amorcillo con un cisne, grupo conocido por el Ganí-
medes, que estuvo en el casino de la Reina, hoy Museo Ar-
queológico Nacional; estatua y sepulcro de la Marquesa de
Ariza; bustos de Fernando VII y del Infante don Carlos
Isidro; estatua sentada de la Duquesa de Alba; estatua de
Ja Reina doña Isabel de Braganza; bustos de Cean Bermu-
dez, de Rossini, del escultor don José Alvarez y Bongel,
hijo del autor, y del Infante don Francisco de Paula; esta-
tua del Duque de Bervik; Diana cazadora; Venus con un
amorcillo, que le saca una espina de un pie, y el grupo del
Amor filial, que representa una familia sosteniendo el retra-
to de su padre.
Alvarez tuvo un hijo que nació en Roma, llamado Aníbal,
y que ha sido un notable arquitecto.
(Osorio y Bernard. — Actas de la Aca-
demia de San Fernando. — Noticias de
1 riego). ...
84
Alvarez Pereira (Don José): escultor. Véase Alva-
rez y Cubero (Don José).
Alvarez Torrado (Don Antonio): pintor. No nos ha
sido posible dar con las partidas de nacimiento y defunción
de este pintor, que los eruditos cordobeses suponen su pai-
sano. Tampoco tenemos datos biog-ráflcos suyos, más que los
escasos que nos suministra Ponz y una inscripción que trae
don Luis María liamirez de las Casas Deza. P^ué encontrada
en la parte posterior del retablo mayor de la Catedral de Cór-
doba, en el cuadro de la Asunción, y dice así.-
«Se reparó este altar mayor y capilla en todas sus partes
y renovó el dorado, pusieron los bronces y remates que le
faltaban y se repararon sus pinturas, por disposición del
ilustrísimo señor don Agustín de Ayestaran y Landa, y á
dirección del pintor don Antonio Alvarez Torrado, y lo per-
teneciente á la soleria del Coro y Sacristía, á cargo del
maestro de la fábrica don Francisco Jerez, y obrero mayor,
el doctor don Cayetano Carrasco Delgado, dignidad de Te-
sorero y Canónigo de esta iglesia. Año 1798.»
Ponz lo llama inestimable profesor, vecino de Córdoba, en
nn lugar de sus viajes: en otro dice que restauró el cuadro
de Rivera, que representa Un descanso en la huida á Egipto,
(cuadro que estaba en Capuchinos y hoy en el Museo Pro-
vincial), y entonces le califica de notable restaurador y
profesor de esta ciudad; de modo que por estas citas no pue-
de calcularse cuál fuese su patria. Todavía vuelve á citarlo
para decir que poseía una buena colección de cuadros, en-
tre los que había algunos de Carroño, Claudio Coello, Rizzi,
Greco, Murillo, Castillo, Zurbarán^ Pedro de Vos y de otros
afamados maestros.
En la Catedral hay dos obras de su mano. Una copia de
la Aparición de San Rafael al venerable Roelas, del racione-
85
ro Fernandez de Castro, cuyo era el original, pintado en
Madrid, según la firma, y un original que representa la
Presentación de San Francisco á un Rey, firmado. El prime-
ro es hermosísimo de color, luz y dibujo, y el segundo bas-
tante incorrecto de dibujo y un tanto falso de color. Es de
notar que Ponz siempre lo llama don Antonio Torrado, y
sólo en la inscripción citada y en la firma del segundo de
estos cuadros, se encuentra el Alvarez. Véase Torrado
.(Don Antonio).
Amin: tallista. Se halla su nombre^grabado en el fuste
de la tercera columna de la hilada décimaséptima de la
Mezquita de Córdoba.
(Don Rodrigo Amador de los Ríos).
Andallah de Córdoba: maestre alarife árabe, resi-
dente en Burgos en 1456. El cabildo de aquella Catedral lo
pagó en 18 de Agosto del referido año, 20.000 maravedís á
cuenta de 70.000 que se le debían por haber labrado unas
-casas en unión de Mahomad de Aranda é Inza de Carrion.
(Martínez Sanz).
Antonio (Blas): maestro mayor de la ciudad de Córdo-
ba en 1705, y acaso hijo del pintor Pedro Antonio, cuya
biografía va á continuación. El 4 de Mayo del referido año
presentó al cabildo una petición para asistir con los alarifes
á todas las dependencias. En el citado año cobraba de sala-
rio 440 reales.
Antonio (Pedro): pintor. Nació en Córdoba en 1614 y
fué discípulo de Antonio del Castillo Saavedra, á quien imi-
taba de tal modo que á veces se confundían sus obras. 9e
ignoran las particularidades de su vida, sabiéndose sólo
86
que pintó una Concepción para un retablillo que estaba en
ia calle de San Pablo, y que quitado en 1741 se vendió el
lienzo no sabemos por quién y cómo, y lo compró para su
colección el banquero don José Salamanca.
Son también de su mano la Santa Rosa de Lima que hay
en un altar de la iglesia de San Pablo, y Santo Tomás de
Aquino en oración apareciéndosele San Pedro y San Pablo,
también en la iglesia mencionada. Estos dos cuadros son de
buen color, fresco y agradable, grandioso y correcto dibuja
y no mala composición.
Pedro Antonio murió con gran fama en su patria el año
1675.
(Cean Bermudez).
Aranda y Salazar (Juan de): maestro alarife que
proyectó la construcción de una capilla real en el Patio de
los Naranjos de la catedral de Córdoba antes de 1652. En
19 de Marzo de 1626 el cabildo catedral le nombró superin-
tendente de la obra del altar mayor en vista del abandono
en que la tenia Alonso Matias, ocupado en obras de la com-
pañia de Jesús, y habiéndose acabado el retablo en 27 de
Abril de 1628, el Cabildo eclesiástico gratificó á Aranda con
150 ducados. Este artista no sólo no puede afirmarse que
fuera cordobés, sino que hay indicios para creer que fuese
natural de Galicia.
(Cean en las adiciones á Llaguno. — Ar-
chivo de la Catedral).
Arias y Contreras (]|||^nuel Francisco de): pintor
desconocido de Cean Bermudez y olvidado por Palomino.
Nació en Córdoba en 1644, y á la edad de doce años, ó lo
que es lo mismo, en 1656, entró en el taller de Antonio del
Castillo en calidad de aprendiz. El año 1677 informó en el
87
expediente para la canonización de San Alvaro de Córdoba,
y en su declaración constan las noticias anteriores, aña-
diéndose que era reconocido en su patria como uno de los
peritos en su arte. No tenemos más noticias de su vi-
da; ignoramos la fecha de su muerte y desconocemos en
absoluto obras de su mano que nos autoricen á juzgar de su
mérito.
{Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
Ayllon (Don José de): platero cordobés, discípulo do
don Blas Antonio de la Cruz. En el acto de su aprobación
por la Congregación de San Eloy de plateros de Córdoba,
celebrado el 14 de Junio de 1745, presentó una Custodia de
mano hecha con todo primor. En 13 de Enero de 1747 fué
nombrado veedor con residencia en Aguilar de la Frontera,
donde estaba establecido, para prohibir que en los talleres
de aquel pueblo se trabajase fuera de las ordenanzas.
{Archivo del Colegio de plateros).
8á
Baena (Diego de): alarife. Empezó en 1585 las obras pa-
ra la construcción de la iglesia del Dulce Nombre de Jesús
«n Puente Genil. La obra se terminó en 1589, en cuya fecha
ya habia muerto el maestro Baena.
{Apuntes Mstóricos de la villa de Puen-
te Genil).
Bañuelos y Aguayo (Don Juan): platero cordobés,
^iiscipulo en su patria de don Sebastian Torralvo. Fué exa-
minado por la Congregación de San Eloy del arte de plate-
ros ¡de Córdoba y aprobado para abrir obrador en 8 de
Diciembre de 1734. Presentó á este acto, como prueba de
sus^conocimientos, una escultura de plata sobredorada re-
presentando á San Antonio.
(Archivo del Colegio de plateros).
Bedr: tallista. Acaso sea el mismo que anotamos á con-
tinuación bajo el nombre de Bedr-ibn-al-Hayyan, pero no
pudiéndolo asegurar los ponemos separados. Obra suya
es parte del decorado del interior del mihrah, según ins-
cripción que se ve por bajo de la cornisa, y que traducida
dice:
Obra de Bede, su siervo.
Las cuatro inscripciones que allí hay dan los nombres de
Cohem, Tharig, Nassar y Bedr, autores de la obra, como se
verá en los artículos de cada uno. El nombre de este artista
89
aparece además en el fuste de la octava columna de la nave
del Cristo del Cautivo.
(Don Rodrigo Amador de los Ríos).
Bedr-ibn-al-Hayyan: tallista. En la escocia de la ba-
sa de la séptima columna del vestíbulo del míhrab de la
Mezquita de Córdoba, se lee esta inscripción:
Obra de Bedr-ibn-al-Hayyan.
Duda el señor Ríos (don Rodrigo Amador), que la ha tra-
ducido, sobre el final de la palabra Hayyan, por no estar
completa la leyenda, y sin embargo, es muy lógico que sea
tal como la escribe, pues en las letras que hay se lee clara-
mente Hay y, y á continuación, ligado con el ya el signo
álifj sobre el cual pudiera muy bien escribirse el lianza y
tarmin fatha, que, duplicando la vocal, produciría el soni-
do Hayyan, que este notable orientalista escribe. No halla-
mos ningún otro resto que perpetúe el nombre de este
tallista, pero el que nos ocupa es muy bello, como todo lo
que en el mihrab se encuentra.
Belmonte y Vacas (Don Mariano): pintor. Nació en
Córdoba en 1828, siendo hijo de don José, empleado en el
Cabildo eclesiástico. Fué discípulo de don Juan de Dios
Monserrat, de quien recibió los primeros conocimientos, pa-
sando después á perfeccionarse á las clases de la Academia
de San Fernando de Madrid. Allí se dedicó con especialidad
al paisaje, en el que hizo prontos y grandes progresos.
En 185r) presentó en la Exposición de Madrid unos cua-
dros, obteniendo una mención honorífica, y en las Exposi-
ciones sucesivas de 1860 y 1864, obtuvo terceras medallas,
adquiriendo sus cuadros el Estado para el Museo Nacional de
90
pintura y ascultura. También presentó cinco paisajes y obtu-
vo premio en la Exposición de Cádiz de 1864.
A su mérito artístico debió el nombramiento de Direc-
tor de la Academia de Bellas Artes, de Cádiz primero, y
de Valencia después. Murió en esta última ciudad en
1864, cuando más esperanzas daba de alcanzar mayores
laureles.
A su muerte era académico de la de San Carlos de Valen-
cia. Personas que le conocieron, nos aseguran que era de
estatura regular, de buena presencia y excesivamente rubio
el color de su cabello y barba.
Las obras que han quedado de su mano en lugares públi-
cos, son las siguientes:
Madrid. — Museo del Prado.
Vista de Madrid desde la Casa de Campo, y la Cueva de
las Palomas de Valencia, ambos premiados, como queda
dicho.
CÁDIZ. — Museo provincial.
Un paisaje.
Córdoba. — Museo provincial.
Retrato de cuerpo entero y tamaño natural de la Reina
doña Isabel II; copia de otro de don Federico Madrazo.
Este cuadro lo pintó para el Ayuntamiento, por orden del
mismo, y en 1870 fué depositado en el Museo por dicha cor-
poración.
En la colección del Infante don Sebastian habla también
algún pais de este pintor. En sus obras se nota algo del ama-
neramiento propio de los paisajistas de su tiempo.
(Osorio y Bernard. — Noticias de Cór-
doba).
91
Beltran (Fkancisco): maestro de Obras de la ciudad de
Córdoba. En 1683, en unión de Antonio García, y bajo la
dirección del arquitecto don Antonio Ramos, construyó la
plaza de la Corredera.
{Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
Benitez (Don Juan): platero cordobés. En 23 de Julio
de 1727, el Hermano mayor y los veedores del arte de pla-
tería de la Congregación de San Eloy de Córdoba, exami-
naron á este artista y vieron una escultura de San Miguel,
que habia presentado como prueba de su habilidad, y ha-
llándola bien hecha le autorizaron para abrir obrador y de-
dicarse al comercio de su arte.
{Archivo del Colegio de plateros).
Bermejo (Bartolomé): pintor ignorado de Cean Ber-
mudez y de los biógrafos que escribieron antes que él. Na-
ció en Córdoba, y según afirma don José de Manjarrés en
su Historia de la pintura, estudió en Italia. Se ignoran
todos los pormenores de su vida. Sólo se sabe que en 1490
pintó una tabla representando el Descendimiento de la
Cruz, con buen color y dibujo y mucha expresión en las
figuras para la Catedral de Barcelona. Este cuadro tiene
una orla en la cual se lee:
OPUS . BARTOLOMÉ I . VERME.TO . C0RDVBEN8IS . IMPEN-
SA . LODOVICA . DE • SPLÁ • BARCINONENSIS • ARCHIDCOM
• ABSOLVTAM : XXX • APRILIS • SALVTIS • CIIRITIANE •
MCCCCLXXXX.
El cuadro de este artista, representa á la Virgen con
Cristo muerto en los brazos. A un lado está San Gerónimo
leyendo con anteojos, y al otro una figura devota. AI fondo
92
se ven las torres de Jerusalem, y por una cuesta baja un
anciano montado en un caballo blanco. El cuadro estuvo
en la casa gótica del Arcediano frente á Santa Lucía, y hoy
se halla en la sala capitular de la Catedral.
Después de escrito esto, hemos tenido ocasión de ver el
prodigioso cuadro. La figura devota de que habla el señor
Conde de la Vinaza, no es otra que el retrato de Ludovico
de Splá, y por los caracteres del cuadro, puede asegurarse
que el autor no estudió en Italia, y que caso de que saliera
de España, debió ser en Alemania donde aprendiera su
arte, pues la obra tiene todos los caracteres de la escuela
neerlandesa. Es una obra de inapreciable valor, y asom-
brosa por la expresión de las figuras y por su naturalismo,
dada la época en que se pintó.
(Ma7ijarrés. — Tubino.—El Conde de la
Vinaza).
Bolaño (Don Manuel): escultor. Nació en Córdoba en
1831 y murió en la misma el 25 de Enero de 1868, siendo
enterrado en el cementerio de San Rafael. En varias igle-
sias de Córdoba y la provincia hay estatuas de su mano de
escaso mérito, siendo la más notable un crucifijo que está
en la capilla de Santa Ana en la parroquial de San Pedro
de Córdoba.
(Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
Bolaños (Francisco): dorador, que en 1667 doró el
altar y reja del Cristo de las Mercedes, en su convento de
Córdoba, como queda dicho en el articulo de Pedro de
Aguilar. Véase.
Bozla (JüDÁ BENj: platero árabe de Córdoba que flore-
ció en la segunda mitad del siglo X. Es autor del famoso
93
cofre de plata sobredorada que se conserva en la Catedral
de Gerona. Este ejemplar rarísimo y precioso de la orfebre-
ría hispano-árabe, mide 0,38 metros de largo por 0,23 de
ancho y 0,25 de alto, y está todo cubierto de simétricos
rosetones y palmas elegantemente redondeadas. En el bor-
de de la parte superior se lee el sobrenombre de Al-Ha-
kem II, Califa de Córdoba, Almostanser Bil-lah, y el del
artífice Judá, hijo de Bozla. Además lleva otras varias le-
yendas religiosas. Este artículo es del señor Conde de la
Vinaza, adicionador de Cean Bermudez y de Llaguno. He-
mos tenido después de escrito este artículo ocasión de ver
las obras, que es un prodigio de buen gusto y de arte, como
ya tendremos ocasión de explicar cuando escribamos la his-
toria de la orfebrería en Córdoba en que nos ocupamos al
presente.
Burgos (Diego dej: escultor. Nació en Lucena sin que
pueda darse razón del año. En 1777 trabajó el retablo de
la Virgen del Carmen, en la parroquial de la Purificación
en Puente Genil.
(Apuntes históricos de la Villa de Puen-
te Genil).
Burgos y Molina (Don Juan Andrés de): tallista.
Nació en Lucena donde vivía en 1808, y estaba trabajando
un tabernáculo para el retablo del testero del Sagrario, de
la parroquial de San Mateo de dicha ciudad. Es obra suya
también el retablo de San Juan Nepomuceno de dicha
iglesia.
(Ramírez de Luque).
94
Cahet: arquitecto mudejar. El infante don Fernando,
hijo de Alfonso el Sabio, autorizaba desde Peñafiel en 7 do
Abril de 1275 al Cabildo de la iglesia de Córdoba, para que
«pusiese á Jamet y Cahet en reemplazo de otros dos moros
de los que labraban en obras de Santa María, por haber
muerto uno y haberse quedado ciego el otro; y que los
mencionados Jamet y Cahet, ú otros cualesquiera que el
Cabildo tomase para su iglesia mudándoles cada que qui-
sieran, fueran libres de todo pecho, etc.»
(Archivo de la Catedral).
Calvo (Don Juan): platero cordobés. En 24 de Noviem-
bre de 1709, fué examinado por el hermano mayor, veedo-
res, alcaldes y aprobadores del arte de la platería de Cór-
doba, y toda vez que había mostrado su suficiencia, no sólo
por las preguntas que se le hicieron, sino también por un
cáliz de plata que presentó como prueba de su habilidad,
faé autorizado para abrir taller y comerciar en objetos de
plata y oro.
(Archivo del Colegio de plateros).
Camacho (Sebastián): pintor. En los claustros del con-
vento de la Merced de Córdoba, hoy Hospicio, existe una
colección de cuadros muy medianos (depositados allí por
los directores del Museo provincial, por falta de local donde
colocarlos en este establecimiento), que representan pasajes
de las vidas de Santa Teresa de Jesús y de San Francisco
95
úe Asís. En uno de ellos que pudiéramos llamar portada de
la colección, hay un tarjeton grande en donde se lee el
nombre del pintor que encabeza estas lineas y la fecha de
1733.
Cano (Don José): escultor. Nació en Córdoba no se sabe
el año, y fué discípulo de su padre, don Lorenzo Cano. Por
los años de 1815 contrajo matrimonio con doña Dolores Ro-
dríguez, de quien tuvo dos hijos que murieron antes que su
padre. Cano murió el día 6 de Octubre de 1835 y fué enter-
rado en el cementerio de San Rafael, según consta de la
partida de su defunción, existente en el libro noveno de la
parroquia de San Nicolás de la Ajerquía. Por este documen-
to se sabe que otorgó testamento ante el notario don José
María Calvez Aranda, instituyendo por heredera universal
de sus bienes á su consorte, por haber muerto los dos hijos
que de ella tuvo. Deja algunas mandas piadosas y entre
ellas es digna de anotarse la de doce reales de vellón, por
una sola vez para socorro de las viudas de los que murieron
en la guerra de la Independencia. Sus obras públicas más
notables son las siguientes: En San Francisco, en el altar
de San José, siete relieves de pasajes de la vida de Cristo
con figuras de á palmo, y en la parroquia de San Miguel
las estatuas de San Rafael y San Gabriel que decoran el
retablo principal.
(Ramírez de Avellano, don Teodomiro.
— Archivo de la Ajerquía),
Cano (Don Lorenzo): escultor, padre y maestro del que
antecede. Nació en Córdoba hacia la mitad del siglo XVIU
y tuvo un taller en la calle de la Feria, junto al Portilló, en
el mismo sitio que después lo tuvo su hijo. ''Fiié casado con
doña Antonia Gutiérrez, de quien enviudó contrayendo se-
96
gundo matrimonio con doña Josefa González. Murió nuestro
escultor en su patria el 10 de Agosto de 1817 y fué enter-
rado en la parroquia de la Ajerquía donde se conserva la
partida de su defunción al libro octavo. Era bastante mejor
escultor que su hijo y hay de su mano en lugares públicos
las obras siguientes:
Córdoba. — Santiago.
La estatua del titular en uno de los altares de la nave del
Evangelio. Es su mejor escultura.
Ídem. — San Francisco.
La estatua de piedra del titular que está colocada sobre
la fachada de la calle de la Feria, y fué hecha en 1789.
Ídem. — San Pedro.
Estatuas de la Fé y dos ángeles; y el relieve de la puerta
del sagrario del altar de los mártires, hecho todo en 1805.
Ídem. — Los Dolores.
Estatua de vestir de la titular que sustituyó á la que ha-
bla allí antes y era obra de don Pedro Mena.
(Ramírez de Avellano, don Teodomiro.
— Archivo de la Ajerquia).
Cárdenas (Fr. Ignacio de): grabador de láminas. Se
cree que nació en Córdoba por los años de 1630. Residía en
esta ciudad en 1662 y grabó á buril las armas de las fami-
lias Córdoba y Figueroa, sosteniéndolas un águila coronada
y varias estampas de las imágenes que más se veneraban
en los templos de dicha ciudad.
(Cean Be r mudez).
97
Carrasco (Don Nicolás): grabador de láminas. Se cree
que nació en Córdoba y que fué discípulo en su patria de
don Juan Bernabé de Palomino. Entre sus obras figuran,
como las más notables, un escudo de armas grabado en
1720; una estampa que representa al Venerable Andrés de
las Roelas ante la aparición de los santos mártires Fausto,
Januario, Marcial y otros que se representan á caballo;
está fechada en 1734, y el retrato de Benedicto XIV que
lleva el año de 1740. Después de esta fecha parece que se
trasladó á Sevilla, donde acaso moriría, pues en aquella
ciudad están fechadas las estampas de San Perfecto y San
Rodrigo en 1749, y otras muchas de santos cordobeses en
1748 y 1749. Esta última fecha tiene el retrato del Padre
Suarez, jesuíta, si bien no se expresa en ella el lugar en
donde fué grabado.
(Cean Bermudez. — Colección de estam-
pas del autor) .
Carrasquilla (Gerónimo): arquitecto. Fué uno de los
que informaron á fines del siglo XVI sobre la antigüedad
del sepulcro de los Mártires, que estaba en el convento del
mismo nombre, en el expediente que hicieron los frailes de
dicho Monasterio para probar que los restos de San Acisclo
y Santa Victoria estaban en su iglesia y no en la de San
Pedro.
(Ramírez de Arellano, don Teodomiro) .
Carrasquilla (Doña Isabel de): pintora cordobesa y
mujer del famoso pintor don Juan de Valdés Leal. Véase
la biografía de éste.
Casas (Don Diego de las): platero. En el expediente
para la canonización del venerable padre maestro Juan de
Tomo CVII. 7
98
Avila, declaró como testigo D. Didacus de las Casas ar-
gentarius. La información se hizo en 1624 y tenia el pla-
tero 77 años, por consiguiente, debió nacer en 1547.
En 6 de Octubre de 1580, esto es, á los 33 años de su
edad, fué examinado y aprobado para establecer obrador
de su arte y comerciar con él, por los alcaides, veedores y
aprobadores del Colegio de San Eloy de plateros de Cór-
doba, presentando como prueba de su habilidad, una sortija
de oro, que encontraron los examinadores muy bien hecha.
(Archivo del Colegio de plateros. — Ex-
pediente citado).
Casas (El señor Juan): platero. En el cabildo celebra-
do por la asociación de plateros de Córdoba en 16 de Abril
de 1591, fué elegido priorte de la Hermandad: desempeñó
este cargo un año. En 1593 fué elegido mayordomo y lo fué
dos años. En 1597 fué alcalde un año. En 1600 fué reele-
gido priorte, que desempeñó dos años, volviendo á ser al-
calde en 1602. En 1603 fué reelegido priorte, y lo fué hasta
1605^ que lo eligieron alcalde. Dejó de serlo en 1607 y lo
volvió á ser de 1609 á 1611. Debió morir por este tiempo,
puesto que no se vuelve á hablar de él. Se examinó para
abrir taller el 16 de Junio de 1575, y presentó un salero de
plata.
(Archivo del Colegio de plateros).
Casim: tallista. Está su nombre grabado en el fuste de
una columna empotrada en el muro de la capilla del Carde-
nal, en la Catedral de Córdoba.
{Don Rodrigo Amador de los Bios).
Castillo y Saavedra (Antonio del): pintor, escultor
y poeta. Nació en Córdoba en el año 1603 y fué hijo del
90
pintor sevillano Agustin del Castillo, que hacia muchos años
habia fijado su residencia en esta ciudad, en donde hay mu-
chos y buenos cuadros de su mano. Agustin enseñó á su hijo
los primeros elementos del arte, especialmente el dibujo,
-en que los Castillos fueron afamados, y bien pronto progre-
só Antonio hasta poseer todos los conocimientos pictóricos
del autor de sus dias. Mientras tanto, habia cumplido nues-
tro joven artista 23 años, y poco después de contar esta
edad murió su padre en 1626, encontrándose el hijo en con-
diciones de manejarse por si en el difícil arte á que se ha-
bia dedicado. Pero no hubo de creerlo así, puesto que se
dirigió á Sevilla en busca de su tio Juan para perfeccionar-
se en la pintura, y éste lo puso bajo la dirección del pintor
extremeño Francisco Zurbarán, que en aquellos tiempos al-
-canzaba nombre del primero de los profesores que en Sevi-
lla trabajaban; fama bien merecida, y que los siglos que
sobre sus obras han pasado, lejos de menguarla, la aumen-
tan cada dia más. Castillo aprovechó mucho las lecciones de
su nuevo maestro y en breve fué un pintor excelente, resul-
tado natural en quien tenia claro talento, buena inspiración
y excelentes principios en el hermoso arte pictórico.
Terminados sus estudios, volvió Castillo á su patria ya
precedido de fama, que aquí hubo de confirmar. En breve
tiempo dejó eclipsadas las glorias de todos los pintores que
vivían en Córdoba á la sazón, y su taller se vio lleno de
aficionados, abrumado de tanto trabajo, lo mismo para los
templos que para los particulares, y sobre todo, importuna-
do y requerido por cuanto habia en la ciudad de más dis-
tinguido y pudiente, pues todos dtseaban ser retratados por
aquel artista, que, á juzgar de sus paisanos, no tenia rival
en este género de pintura. A pesar de este cúmulo de en-
cargos no descuidaba Castillo el estudio, y frecuentemente
hacia escursiones al campo á pintar trozos de paisajes que
100
utilizar después en los fondos; y otras veces, encerrado en
su estudio, se dedicaba á modelar en barro copias del natu-
ral ó modelos para los plateros cordobeses, que entonces ha-
bian llegado á un altísimo grado de perfección en su arte.
En sus horas de vagar, aunque pocas eran, cultivaba tam-
bién las letras, y algunas veces con provecho, como vere-
mos después.
Castillo habia llegado á ser el principe de los pintores de
su patria, y al par que los aumentos de su hacienda y de
los progresos de su arte, habia crecido en él el aprecio de sí
mismo; esto es, habia nacido en él el amor propio, que si en
parte justificado, no lo era en absoluto. Así fué que no pudo
menos de herirle en lo más profundo de su alma, la prepon-
derancia rapidísima que tomó D. Juan de Alfaro y Gamez,^
cuando vuelto á su patria después de aprender bajo la di-
rección de Velazquez, le fueron encomendados los cuadros
del claustro de San Francisco. Ya hemos referido en el ar-
tículo de Alfaro el incidente ocurrido entre ambos pintores, y
relatado por Palomino, en que Castillo salió triunfante de su
rival. Pero si aquel hecho enorgulleció su corazón, otro casi
análogo, habia de sumirlo en profunda tristeza y llevarlo á
la eterna mansión del sepulcro.
Castillo se creía el más hábil de todos los pintores anda-
luces, y conociendo el rápido vuelo que la fama de Murillo
había alcanzado, determinó pasar á Sevilla á examinar sus
portentosas creaciones. Puso en práctica su designio, y lle-
gado á Sevilla corrió á los claustros de San Francisco á
ver las obras del antiguo discípulo de Juan del Castillo, y
llegó hasta tal punto su asombro, que no quería convencer-
se de que fuesen aquellas obras de Bartolomé Esteban. Pero
entonces fué conducido á la catedral, y ante el cuadro d^
San Antonio, la mejor obra de Murillo que en Sevilla hay,
se quedó absorto y exclamó: «Ya murió Castillo. ¡Murillo,
101
aquel discípulo servil de mi tio, puede ser el autor de tanta
gracia y hermosura de colorido!»
Pesaroso, triste y acongojado volvió á Córdoba nuestro
pintor, roido de la envidia y convencido de que no ocupaba
ni con mucho el primer lugar entre los pintores de su tiem-
po. Una profunda melancolía se apoderó de él. Encerrado
en su estudio de la calle de Muñices (hoy número 23), se
dedicó á pintar un San Francisco recordando las pinturas
que de Murillo había visto, y en esta obra, según el decir
de Palomino, se excedió á sí mismo y fué lo mejor que de
su mano salió. Pero no pudo seguir aquel nuevo camino; la
muerte se lo cortó en 1667, avivada por la hipocondría que
su derrota le había causado. Castillo fué enterrado en la
parroquia de la Magdalena, donde no hay lápida ni memo-
ria alguna que perpetúe su existencia en ningún panteón.
Castillo, no porque hubiera sido sobrepujado por Murillo,
deja de ser una de las primeras figuras del siglo XVII. Si
no era un gran colorista, no le faltaba para estar á la ca-
beza de los pintores de su tiempo otra cualidad. Fué uno
de los mejores dibujantes que ha tenido la nación española,
y pintaba y componía muy bien, amen de algunas extrava-
gancias que le exigía don Gómez de Figueroa, uno de sus
más espléndidos Mecenas.
La crítica más exacta que de él se puede hacer está en
una anécdota que Palomino trae. Refiere que hablando
Alonso Cano de los pintores andaluces, dijo al ocuparse de
Castillo que dibujando tan bien era lástima que no fuese á
Granada á aprender á pintar; y enterado el cordobés de
esta frase, contestó: «Mejor será que él venga por acá y le
pagaremos la buena intención enseñándole á dibujar.»
Efectivamente, Castillo sobrepujaba á Cano y á muchos
otros en la elegancia y corrección del dibujo; pero estaba
muy lejos de pintar como el jefe de la escuela granadina.
102
Esta misma anécdota nos retrata el carácter de Castillo ,
«festivo, bullicioso, epigramático, comunicativo, frivolo y
muy dado á amoldarse á todas las circunstancias de la
vida,» como nos le pinta un ilustrado escritor de nuestros
dias, catedrático en la actualidad de la Universidad de
Madrid.
Dejó á su muerte muchos discípulos, de los que era el
principal Pedro Antonio, y figuran además Arias Contreras,^
Quesada y otros que el lector encontrará en este libro, sin
omitir al más notable de los pintores cordobeses, don Juan,
de Valdés Leal.
Los discípulos recogieron muchos dibujos de su mano
de los que gran cantidad ha llegado hasta nosotros. En el
Museo provincial hay muchos recogidos por don José Saló, y
entre los que figura como el más notable la traza de la de-
coración que se había de poner, y puso en la portada del
Perdón de nuestra magnífica catedral. Nosotros poseemos
otro dibujo suyo firmado, y en la Biblioteca de la Real Aca-
demia de San Fernando se guardan algunos, acaso de los
coleccionados por don Juan Agustín de Cean Bermudez, de
que habla en su Diccionario. Casi todos están hechos con
mucha franqueza, con tinta y valiéndose de una caña en vez
de pluma. Hay otros á la pluma y á tinta china, como es
el citado de la puerta del Perdón, que participa de estas
dos últimas maneras de hacer.
En la mayor parte de sus cuadros se nota el estilo de
Znrbarán, hasta el extremo de confundirse algunas veces
con el maestro, y hay cuadros en que le aventaja. Por lo
menos en Castillo no se ven las frecuentes faltas de perspec-
tiva de que adolecen las obras del gran pintor extremeño.
Frecuentemente el color es desabrido, pero el dibujo es cor-
rectísimo y valiente. La manera de poner el color es franca y
desembarazada, sin afectación ni timidez.
103
Las obras principales en sitios públicos son las siguientes:
Madrid. — Museo del Prado.
La adoración de los pastores.
Ídem. — Iglesia de la Encarnación.
Santiago y San Juan, cuadros que le atribuyó Cean Ber-
mudez, sin duda, sin verlos, pues aunque sean suyos, han
sido repintados de arriba á abajo y nada queda de los pri-
mitivos.
Ídem. — Ídem de San Cayetano.
Un Jesús con la cruz á cuestas: estuvo en la prepositura-
y hoy en la iglesia,
Ídem. — Galería del Infante Don Sebastian.
La adoración de los pastores.
Córdoba. — Museo provincial.
Cristo en la cruz, y á los lados la Virgen y San Juan,
ftguras de tamaño natural; estaba antes en la capilla de la
-Cárcel, y hace pocos años fué trasladado al Museo y sustitui-
do por una hermosísima copia, hecha por el Director actual
de la Escuela prvincial de Bellas Artes, don Rafael Romero y
Barros, pintor y escritor natural de Moguer, en la provincia
de Huelva. San Fernando, á quien so aparece San Pablo,
cuadro de grandes dimensiones y figuras colosales, que es-
tuvo en la escalera del convento de San Pablo. Tiene la
particularidad curiosísima de tener en el fondo una vista de
la fachada de dicho convento, tal cual estaba en tiempo de
Castillo, y que por cierto era mucho mejor que la que en
la actualidad se mira. San Pedro y San Pablo, dos medias
figuras colosales que pertenecieron al retablo del Hospital
104
de la Caridad, en donde hoy está el Museo. San Pedro y
San Pablo, dos figuras de cuerpo entero algo menores que
el natural. Santo Domingo y San Francisco, dos figuras co-
losales, sentadas, que estuvieron en San Pablo, y son de las
mejores obras de Cartillo. Dos virtudes sentadas, mayo-
res que el natural, en un solo lienzo, y otros cuadros du-
dosos. Además de éstos, en casa del señor don José Nuñez
de Prado, hay los Santos Juanes, primer pensamiento del
que luego pintó para el convento de San Francisco.
Córdoba . — Catedral.
El bautismo de San Francisco, cuadro famoso en que fir-
mó, Non pinxit Alfaro.LsL Virgen del Rosario, San Sebas-
tian y San Roque en una capilla, á cuya espalda está el pa-
tio de los Naranjos; son los tres buenos, pero el San Sebas-
tian es el mejor por su admirable dibujo. San Acisclo, figu-
ra colosal, hecha en competencia con Cristóbal Vela para
el retablo mayor; hoy está á un lado de la portada de la
capilla de la Concepción. San Pelagio oyendo su sentencia;
está en una capilla del lado del coro. San Felipe y Santia-
go, figuras algo mayores que el natural al óleo sobre el
muro, en uno de los machones de la iglesia; pintura muy
valiente y en que el color está puesto con desusada maes-
tría. La Concepción, en la sala capitular. Los frescos de la
puerta del Perdón, que representan la Asunción, San Mi-
guel, San Rafael, San Pedro^ San Pablo, San Acisclo y San-
ta Victoria en la parte exterior muy deteriorados. En el in-
terior bajo la bóveda hay un hermoso fresco que representa
á los apóstoles contemplando el sepulcro vacío de la Virgen
mientras ésta se eleva al cielo.
Ídem. — San Pablo.
El retrato del Obispo de Bibli, á uno de los lados de la
105
«apílla mayor; enfrente estaba el de don Antonio Fernan-
dez de Córdoba y ha desaparecido.
Córdoba. — San Agustín.
El entierro de Cristo, cuadro muy apaisado, en la Sa-
<5ristía. Cean Bermudez pone el nacimiento de Cristo; pero
este cuadro, que hoy está en el Museo, evidentemente no es
de Castillo.
Ídem. — San Francisco.
San Juan Bautista y San Juan Evangelista, en la capilla
de la Vera-Cruz y antes en un altar. Era de Castillo, pero
hoy hay en su lugar una copia hecha por don José Saló y
Prieto, y ha desaparecido el original. El Espíritu Santo
rodeado de serafines, en el remate del retablo de la Con-
cepción.
Ídem. — Hospital de Jesús Nazareno.
Santa Elena y el buen ladrón, en las hornacinas de la igle-
sia. La Asunción y la coronación de la Virgen, en el camarín,
y una Concepción en una sala interior.
Ídem. — Santuario de la Fuensanta.
El martirio de San Sebastian, en la escalera del camarín,
y una colección de cuadros de la vida de Cristo, repartidos
por la iglesia. En el que representa la negación de San Pedro
hay una figura agena á la composición y con trage del si-
glo XVII, que se supone sea retrato del autor.
Ídem.— Santa Isabel.
El cuadro principal del altar mayor, que representa la
visita de la Virgen á Santa Isabel. Esta obra, según un letre-
ro del cuadro, fué hecha por encargo de don Gómez de Fi-
106
gueroa, y se sabe que fué capricho de este caballero la colo-
cación simétrica de todas las figuras del cuadro.
Córdoba. — Consolación.
San Acisclo y Santa Victoria de medio cuerpo.
Ídem . — Trinitarios descalzos .
El nacimiento del Señor, en la iglesia. Aquí hay un San
Francisco trasladado desde San Juan, que acaso sea la últi-
ma obra de Castillo.
Ídem. — Santa Marina.
En el retablo de la capilla colateral del lado del Evange-
lio, varios cuadros, entre ellos un magnífico San Francisco
de cuerpo entero. Habia además en otro lugar un San Juan
Bautista; pero ha corrido la misma suerte que los Santos
Juanes de San Francisco.
Granada. — Agustinos descalzos.
El triunfo de David, sobre la puerta de la sacristía.
Sevilla.
El Misterio del Rosario, propiedad de don Antonio Maria
Fabié.
Hemos hablado de Castillo como pintor, y nos resta decir
algo del poeta. El 22 de Mayo de 1651, tuvo lugar en la
iglesia parroquial de San Pedro de Córdoba un certamen
poético, en celebración de haber concedido el Sumo Pontífi-
ce el rezo de San Rafael en el Obispado de Córdoba. De esta
fiesta, así como de otras muchas que con este motivo se ve-
rificaron, hay memoria circunstanciada en la obra que es-
cribió, por encargo de la ciudad, don Pedro Mesía de la
Cerda, del hábito de Alcántara. Castillo concurrió á la jus-
107
ta literaria, con una sola poesía al primer asunto que se ha-
bía de cantar, y obtuvo el segundo premio, consistente en
una salvilla de plata de valor de diez escudos.
Castillo era bastante mejor pintor que poeta, por más que
bajo este concepto no fuera del todo malo. Nosotros omiti-
mos todo juicio, dejando al lector que lo haga como mejor le
agrade; y como quiera que el libro citado se va haciendo
bastante raro y no está al alcance de todos, copiamos á con-
tinuación la canción premiada. Hela aqui:
Del llanto de sus hijos mal enjuta,
no borrados los golpes que la azada
fatal describió ayer al sentimiento;
Córdoba hoy su rendimiento osada,
á su custodio Rafael tributa,
y exhalando en conceptos su ardimiento
un holocausto ofrece en cada acento;
prodúzgalos la tierra, que á su zelo
cultura fué, no estrago el padecido;
el que nació gemido
festivo acabe popular consuelo,
pues goza repetido
el favor prometido que reposa,
Pastor ilustre. Fray Simón de Sosa.
De este pues lusitano venerable,
celebre mi canción el santo zelo,
cuanto Córdoba debe á su cuidado,
devota intime que obligando al cielo
la libró de un contagio inaplacable,
cuando regia el pastoral cayado
don Pascual su Ilustrísimo Prelado;
deste, y aquél, á un tiempo vigilantes,
108
sembró copia de lágrimas el ruego,
y cuando inserto el fuego
fuerzas cobraba dobles por instantes,
más abundante riego
hacer del llanto cada cual escoge,
que quien siembra piedad, piedades coge.
Todo presagio, horror y desaliento,
era á los que gozaban mal seguro
(entre tanta infección, y riesgo tanto)
vital aliento entonces de aire impuro,
corrupción siendo á todo momento
el aire y tierra, y solo en tal quebranto
gimiendo alivios, descansaba el llanto.
A la Hospitalidad santo consuelo
ministra osado el Mercenario Sosa
con piedad generosa,
pues no acobarda su animado zelo,
ver que en lid rigurosa
ciento á ciento la muerte va rindiendo
pálidos triunfos el achaque horrendo.
Antes le anima crédula esperanza
y tan valiente espíritu le informa,
que asi la común causa á Dios propone;
Señor, pues Babilonia se reforma,
reforme ya en ejemplo esta venganza;
Hombre sois, siendo Dios, y esto supone,
que en vos lo riguroso se depone.
A Rafael merezca el pueblo triste,
que interceder invoca milagroso,
no al Ángel prodigioso,
que tan sangriento, ejércitos enviste,
y pues laurel frondoso
109
Maria á nuestra causa está, interpuesta,
perdone el rayo lo que al pueblo resta.
En profunda oración el varón santo,
Rafael, que común salud le ofrece,
le dice, intercediendo la asistencia
de Maria Santísima: merece
del Prelado Pascual el ruego y llanto,
y la común frecuente penitencia,
que Dios se aplaque y use de clemencia.
Antidoto del aire se coloque
del Templo Catedral en lo eminente,
mi Imagen, y frecuente
mi devoción el pueblo, á quien provoque
su prelado obediente-,
dixo, y entre esplendores batió el vuelo,
y obedecido serenóse el cielo.
Al que miras, oh Córdoba, elevada
luciente capitel que el Sol argenta,
y antigua obstenta Arquitectura breve,
besen el pié tus hijos, viva atenta
la admiración con ánimo postrado,
venerando el extremo, que se mueve
á tu defensa más que el aire leve.
Arco de paz, no alcon le considera;
luz que de Pedro la alta gavia ofrece,
y siempre se amanece
serenidad á la tormenta fiera
que tu golfo padece,
haciendo de las ondas de tu llanto
tranquilidades, tu Custodio santo.
No des canción, al traste,
lio
con más aclamaciones, que aunque cuerdas,
puedes poco y á mucho te fiaste;
y sin saber si llanto ó canto acuerdas,
para tan dulce asunto y grave intento,
es de mi ingenio bronco el instrumento.
(Palomino. — Cean Bermudez. — Revista
del Arte en España. — Mesia de la Cerda.
— Ramírez de Arellano, don Teodomiro).
— Noticias de Córdoba).
Castro (Don Damián de): platero. Nació en Córdoba en
1716, según se desprende del acta de su aprobación, pues-
to que ésta se verificó en 1736, y tenia entonces veinte
años, siendo por lo tanto errónea la fecha de 1745 á 1750,
que don Manuel González Guevara ha publicado.
La primera vez que encontramos su nombre en los docu-
mentos que tenemos á la vista, es en 12 de junio de 1729
en que la congregación de plateros, llamada de San Eloy,
celebró por prescripción de sus ordenanzas, un certamen
«ntre los discípulos de los diferentes talleres y en el que
fueron premiados con cuatro reales de vellón, Damián de
Castro, José Mellado, Juan González, Ignacio Aguilar, José
Iglesias y Juan Galindo; y con dos reales Diego del Prado
y José Navarro.
En 16 de diciembre de 1736, fué examinado por los al-
caldes, veedores, aprobadores, mayordomo y secretario de
la citada cofradía, aprobándolo para abrir taller y comer-
ciar en platería, en vista de un anillo de diamantes que
presentó y que estaba bien hecho. Del acta de este examen
consta que tenia 20 años, y que había sido discípulo duran-
te seis, de su padre, de quien se omite el nombre.
Desde esta fecha perdemos la noticia de su vida, hasta 21
de septiembre de 1759 en que le encontramos nombrado
111
<5on otros diputado para disponer las fiestas que habia de
celebrar el gremio en Córdoba, en ocasión de la corona-
ción del rey Carlos III. Este cargo no fué aceptado por Cas-
tro, y nuevamente lo perdemos hasta 1779, época la más
brillante de su historia, en la que hay abundantes recuer-
dos de su vida y trabajó la obra á que debe su fama.
Era entonces fiel contraste y fué nombrado hermano ma-
yor de la congregación de San Eloy por 22 votos contra 1>,
que obtuvo D. Juan Andrés González. La elección tuvo lu-
gar el dia 24 de junio, y aunque en 19 de enero de 1780
consta que estaba ausente, no debió ser por mucho tiempo,
puesto que en 24 de junio fué reelegido en dicho cargo que
desempeñó hasta igual dia del siguiente año de 1781, en el
que la congregación le otorgó un voto de gracias por su
^íomportamiento, sin duda honroso y brillante, pues al ren-
dir cuentas, resultó con un sobrante á favor de la corpora-
ción, de 2.455 reales que ingresaron en arcas.
De los documentos referentes al citado año de 1779, re-
sulta que habia estado en Madrid comisionado por la corpo-
ración durante un pleito que ésta sostuvo contra la platería
de Málaga, y en recompensa de estas ocupaciones se dispen-
só de derechos de examen en 3 de febrero á su hijo Juan,
que probó en tal dia su aptitud para la práctica del arte de
platería.
Mucha debió ser por este tiempo la fama del hábil platero
que disfrutaba nuestro biografiado, toda vez que el Arzo-
bispo Cardenal de Sevilla, don Francisco Delgado, le encar-
gó en el citado año de 1779 la construcción de una Custodia
para la Catedral de Sigüenza que regaló, y que desgracia-
damente no ha vuelto al templo de donde la robaron los
franceses en su invasión de principios del siglo actual. Cas-
tro hizo la obra muy á satisfacción del prelado, por más
que no era la Custodia del más exquisito gusto artístico ni
112
podía serlo, dada la época en que fué labrada. Media cua-
tro varas de altura, estaba repartida en tres cuerpos y tenia^
la forma sexagonal. Era de plata y estaba enriquecida con
mucha pedrería y adornada de historias, inscripciones, figu-
ras, obeliscos y torrecillas.
De Castro se conservan en la Catedral de Córdoba varias
obras, que si bien por sus líneas generales no son muy be-
llas, en cambio son prodigios de buen gusto y de trabajo en
sus pormenores, y sobre todo en los trozos repujados y cin-
celados.
Son una Concepción de plata, de más de un metro de al-
tura, labrada en 1757 y costeada por el penitenciario doc-
tor Juan de Goyeneche.
Un copón y un cáliz costeados por el Arzobispo Delgado
en 1776, adornados con cabezas de serafines admirablemen-
te hechas, y la urna del monumento de Semana Santa que
tiene la siguiente inscripción:
«Hizo esta Arca sepulc' don Damián de Castro como Pla-
tero de lafab.'^ A. 1761.»
Después de trabajar la Custodia de Sigüenza, hallamos
por última vez el nombre de nuestro artista en 1789, en que
fué designado como diputado para organizar las fiestas ce-
lebradas en Córdoba por la proclamación del rey Carlos IV,
y suponiendo que muriera en este mismo año, llegó á alcan-
zar 73 años de edad.
{González Guevara, Quadrado. — Archi-
vo del Colegio de plateros.
Castro (Don Leonardo Antonio de): pintor y poeta. El
diligente Cean Bermudez, inducido á error por Palomino,
dice que este pintor vivía por los años de 1640, siendo a8Í
que en esta fecha no habia nacido todavía. Don Fernando
Ramírez deLuque, autor de las Tardes Lucentinas, ha cor-
113
regido este error afirmando que nació en Lucena en el mes
de Noviembre de 1655 y murió en Septiembre de 1745, esto
es, que alcanzó á la avanzada edad de 90 años. Estudió la
pintura al par que la carrera eclesiástica, y fué su maestro
su paisano Bernardo Giménez de lUescas, si bien luego cam-
bió de dirección imitando en sus obras la escuela de Simón
Bonet. Fué hombre docto, ilustrando su nombre con el títu-
lo de licenciado. Hacía versos que no conocemos, pero que
no debían de ser gran cosa cuando Ramírez de Luque se
contenta con decir que era «algo poeta.»
Sus obras principales son las siguientes:
Lucena. — Iglesia mayor.
El martirio de San Pedro en la antesacrístía.
Ídem.— Parroquia de Santiago.
San Lorenzo. La venida del Espíritu Santo sobre los
Apóstoles; Santa Catalina y San José que es su mejor obra
y está colocada en el camarín de la Virgen de la Soledad,
Ídem.— Iglesia de la Victoria.
El convite de Simón el leproso; en la sacristía.
Ídem. — Ermita de la Paz.
La invención de la Cruz y cuatro cuadros de la vida de
la Virgen.
Ídem.— Convento DE la Observancia
San José, en un altar.
Ídem. — Iglesia de Santo Domingo.
San Miguel.
Tomo CVII. 8
114
LucENA. — Ermita de Dios Padre.
La Encarnación.
Ídem. — Iglesia de San Agustín.
Santa Rita.
Ídem. — Iglesia de Santa Clara.
Varios cuadros de la vida de la titular; la Concepción y
la huida á Egipto: estos dos cuadros están en los altares co-
laterales de la capilla mayor.
Ídem. — Capilla del Colegio de la Concepción.
La Concepción y la presentación de la Virgen en el
templo.
Ídem.— Iglesia de Santa Ana.
Varios cuadros de la vida de la Virgen, y varios santos
de la orden de dominicos y del martirologio cordobés.
{Cean Bermudez. — Ramírez de Luque.)
Cayo Valerio: escultor y entallador cordobés de la épo-
ca romana. Masdeu trae la siguiente inscripción sepulcral,
que da razón de este artista de quien acaso sean algunos de
los hermosos restos de escultura romana que se guardan en
•el Museo provincial de Córdoba.
C • VALERIVS •
- ANEMESTION • E • C • I • V • T •
CAELATOR • ANAGLIPTARIVS •
INCREMENTVM • MAXIMVM •
AKNOR • XL • M • V • D • VII • P • M •
H-S-E-S-T-T-L-
115
Cazalla (Don Rafael): escultor. En la Corografía de
.la provincia de Córdoba de don Luis María Ramírez de las
Casas Deza, y en el Diccionario geográfico de Madoz, en
los respectivos artículos de Adamuz, se dice que hay en di-
cho pueblo un nacimiento de Cristo con figuras de tamaño
natural trabajado por un escultor de afición llamado don
Rafael Cazalla. El Sr. Osorio y Bernard, en su Diccionario
de artistas contemporáneos, copia esta misma noticia, sin
añadirle nada. No podemos dar por nuestra parte otra noti-
cia sino que Cazalla era natural de Adamuz, según nos ase-
guró el escultor y pintor don Juan Moreno Anguita que lo
conoció.
Ceballos y Buenrostro (Don Cristóbal): platero, na-
tural de Córdoba y discípulo de don Antonio Martínez. So-
licitó en 1730 ser autorizado para abrir obrador, y la Her-
mandad de San Eloy de Córdoba le examinó á este fin en
22 de Julio del mismo año. En este acto dibujó muy bien,
contestó igualmente á cuantas preguntas se le hicieron sobre
la práctica del arte de la platería, y presentó, como muestra
de su habilidad, una escultura de plata representando á San
Miguel, que el tribunal declaró estar bien hecha.
En 24 de Junio de 1751 fué elegido secretario del Colegio
de plateros, cargo que desempeñó por sucesivas reeleccio-
nes hasta el año de 1758.
{Archivo del Colegio de plateros).
Cepeda (El capitán): escultor. Hé aquí lo que dice de
él Cean Bermudez: «Deseosos unos jóvenes plateros el año
de 1580 de fomentar en Sevilla la devoción á nuestro Re-
dentor en el acto de espirar en la cruz, trataron de ejecu-
tar una imagen en este paso, y haciendo las diligencias para
hallar un buen artífice, averiguaron que residía en Córdoba
116
ano de gran habilidad, llamado ol capitán Cepeda, el cual
habia aprendido la escultura en Italia siendo soldado. Le
escribieron, y adoptadas las condiciones, pasó á Sevilla y
ejecutó el Crucifijo del tamaño del natural, que se venera
en una capilla del convento de la Merced calzada de aque-
lla ciudad, con el título de la Epsiracion; y para que con
más facilidad le pudiesen sacar en las procesiones de Sema-
na Santa, le hizo de pasta, á petición de los mismos plate-
ros, quienes satisfechos del mérito de la obra se la pagaron
muy bien; y después de haber roto los moldes los arrojaron
en lo más profundo del rio Guadalquivir, como lo habían con-
tratado con Cepeda.»
Añade Cean que el Cristo es bueno, aunque su actitud
resulta violenta y no muy conforme á la resignación de .Je-
sús, y que está muy deteriorado de sacarlo todos los años en
las procesiones. Nosotros diremos que el convento de la
Merced está convertido en un Museo provincial, pero que la
capilla donde se venera el Cristo tiene puerta á la calle y
se conserva convertida en ermita. Allí está la estatua del
capitán Cepeda, muy frecuentada de devotos, y descansan-
do de sus trabajos de antes, pues hoy no se saca en proce-
siones la Semana Santa y hace ya muchos años que perma-
nece inmóvil en su altar.
Céspedes (Pablo de): pintor, escultor, arquitecto y
poeta. Hé aquí uno de esos genios que llenan un siglo con su
nombre y de los que debe enorgullecerse la ciudad que los
ha visto nacer. Este Miguel Ángel español es sin disputa la
primera figura cordobesa en el terreno del arte, y por lo
tanto, la principal de las que en nuestro libro figuran. Na-
ció en Córdoba en 1538 en casa de un tío de su madre, ca-
nónigo de la Catedral de Córdoba, llamado Francisco López
Aponte. Fueron los padres Alonso de Céspedes, oriundo de
117
Ocaña, y Olalla de Arroyo, natural de Alcolea del Tajo,
quienes dedicaron á su hijo á la carrera eclesiástica, para lo
cual estudió en Córdoba gramática y humanidades, y en 1556
pasó á Alcalá de Henares á completar sus estudios, y en
donde aprendió hebreo y árabe, en que llegó á ser muy en-
tendido. Algunos años más tarde pasó á Roma á estudiar la
pintura y la escultura, á las que parece que se habia aficio-
nado en España, y de las que habia aprendido sin duda lo
bastante para poder figurar como pintor desde su llegada á
la capital del orbe católico. Este viaje debió hacerlo ha-
cia 1565, puesto que hacia poco tiempo que habia muer-
to Miguel Ángel, y la muerte de este gran artista ocurrió
en 1564.
En Roma trabó amistad con Federico Zucheri, en cuyo
taller empezó á pintar y bajo su dirección, distinguiéndo-
se pronto entre los pintores al fresco por las obras con que
adornó, en la iglesia de Ara-Coeli, la tumba del marqués
de Saluces; y el elogio que por estas pinturas recibiera le
valió el que le encargaran, en unión de otros célebres maes-
tros, discípulos de Miguel Ángel, la decoración de la iglesia
de la Trinidad del Monte, en donde dejó hermosas muestras
de su talento artístico en los profetas que pintó en las pilas-
tras de la iglesia y la historia de la Virgen que exhorna los
muros de la capilla de la Annonciata. Cean Bermudez afir-
ma que en esta obra tomaron parte Julio Romano, Perin de
Vaga y Daniel Volterra; pero esto se ve que no es cierto
comparando la fecha, con las de la muerte de estos maestros
en 154t), 1547 y 1565 respectivamente.
Entusiasta Céspedes de Miguel Ángel, imita en sus cua-
dros la grandiosidad, el dibujo y el estilo de aquel genio
sin rival, y no contento con esto, se propuso imitarlo tam-
bién dedicándose á la escultura con notable ardor, y aun-
que no se habla de sus obras esculturales durante su están-
118
cia en Roma, se cuenta una anécdota que demuestra los
progresos que el cordobés artista hizo en este difícil arte,
del que sólo una muestra nos ha dejado, como veremos des-
pués. Habia en Roma una estatua antigua de la época ro-
mana que era conocida por la estatua de Séneca. El tiempo
destructor habia arrebatado la cabeza á este busto, y Cés-
pedes no llevó con paciencia que su célebre paisano estuvie-
se descabezado. En el misterio de su estudio hizo una cabe-
za hermosísima, de clásicas proporciones, en relación con
el cuerpo á que habia de servir, y una noche la colocó en su
sitio. A la mañana siguiente los romanos vieron con asom-
bro que estaba completa la estatua del gran filósofo, y
hubiera quedado ignorado el nombre del restaurador, si
una mano amiga no hubiese escrito en el pedestal: Víctor
lo Spagnuolo.
Aún residía en Roma en 1577, cuando recibió la noticia
de que le habían concedido una ración en la iglesia de Cór-
doba. Dejó con este motivo á Italia, y en 7 de Septiembre
del mismo año tomó posesión de la prebenda, estableciendo
su taller en Córdoba, de donde no salió ya sino en las épo-
cas de vacaciones, en que para esparcir su ánimo y cam-
biar impresiones con su grande amigo el pintor y literato
Francisco Pacheco, se trasladaba á Sevilla. Aquí tenia casa,
y en ella una buena biblioteca y no menos rica colección
de antigüedades.
En esta segunda época de su vida debía tener todo su
tiempo ocupado. Se le ve asistir puntualmente al coro. Pinta
para la Catedral y otros templos de Córdoba numerosos y
grandísimos cuadros; pinta otros para la de Sevilla; esculpe
algunas estatuas; traza y dirige retablos; escribe libros;
canta en magníficas octavas á la pintura y cumple las múl-
tiples comisiones que le confiere el cabildo Catedral, todas
ellas de importancia, como era natural que fuesen las enco-
119
mendadas al más ilustre de los miembros de aquella corpo-
ración.
Entre las comisiones se cuentan las siguientes: Inspeccio-
nar la impresión del cuaderno que se habia dispuesto por
Fray Martin de Córdoba para el rezo de los santos mártires,,
mandado observar en 3 de Junio de 1583 por Bula de Gre-
gorio XIII, en cuya comisión le ayudaron los famosos Am-
brosio de Morales y Luis de la Vega, ilustres hijos de Cór-
doba y escritores notabilísimos. En 1594, á 6 de Junio, se
le comisionó para que en unión del Dr. Diego de Fromerta,
canónigo, inventara unos velos de tela que, sujetos con can-
dados de plata, impidieran que se pudiese descubrir la Vir-
gen de Villaviciosa, mientras no lo acordase el cabildo y se
reunieran los poseedores de las distintas llaves que se ha-
bían de poner; y en 1602 se le nombró diputado por el ca-
bildo para tener á su cargo el santuario de la Virgen de Li-
nares, comisión que desempeñó hasta su muerte.
En 1603, se cree que hizo su último viaje á Sevilla en
donde aprobó con elogio las obras que Pacheco hacia en la
famosa casa de Pilatos por encargo del Duque de Alcalá y
que representaban la fábula de Dédalo é Icaro.
Murió Céspedes en su patria el 26 de Julio de 1608 á los
70 años de su edad, y el cabildo catedral, por acuerdo de Oc-
tubre de 1610, votó un aniversario á su memoria que se ha
venido cumpliendo hasta principios del siglo actual. Tam-
bién, para honrar á este hombre singular, acordó que se
le enterrara con toda pompa dentro de la Mezquita, ante la
capilla de San Pablo, obra de Céspedes, y que se le pusiera
en una gran losa de mármol blanco, que aún existe, la ine-
cripcion siguiente:
120
PAULUS DE CÉSPEDES, HUJU8 ALM.«
ECLESI.4: PORCIONARIUS, PICTÜRTK
SCULPTUR.E, ARQUITECTUR.E OMNIUNQUE
BONARUM ARTIUM, VARIARUNQUE
LINGUARUM PERITISSIMUS, HIC SITÜ8 E8T
OBIIT ANNO DOMINI M • DC • VIII •
SÉPTIMO K ALENDAS SEXTILIS.
Ue este genio prodigioso dice Mr. Viardot en la obra His-
taire des peintres de toutes les ecoles, lo siguiente: «Como
Vinci y Miguel Ángel, Céspedes fué uno de esos espíritus
fáciles y esplendentes, abiertos á todas las aptitudes que,
en su inmenso deseo de aprender, abrazan las letras las
ciencias y las artes, que recurren á todo, y que podian lle-
gar á ser los primeros en todos los géneros si no pasasen del
uno al otro antes de haber adquirido en cada uno la última
perfección, si no repartieran el trabajo de su inteligencia
entre varios talentos de tan difícil conquista, en lugar de
llevar y reconcentrar sobre uno solo todo el esfuerzo de un
gusto dominante, de un estudio único y de una lucha obsti-
nada que se prolonga tanto como la vida.
Aunque atinadísimas las anteriores razones, en Céspedes
se ve que ha superado en muchos de sus conocimientos,
aun á los grandes hombres; como pintor el mismo Viardot
al hablar de la Cena que existe en su capilla de la Catedral,
dice que «es digna de sostener el paralelo con la de Juan
de Juanes, que está en el Museo de Madrid, y acaso con el
inmortal Cenacolo de Leonardo de Vinci, que se conserva
en el convento de Santa Maria delle Grazie de Milán,» y al
tratar del Poema de la pintura, del que sólo quedan los
restos conservados por Pacheco, añade que es el mejor poe-
ma didáctico español, y el mejor de Bellas Artes que se ha
escrito, superior por la grandeza del plan, nobleza de ideas
121
y magnificencia del lenguaje al poema latino de Dufrenoy,
De arte graphica, al poema francés de Lemierre, La Pein-
ture, y al de Watelet LArt de peinare.
Todos los escritores de Bellas Artes que han hablado de
Céspedes, lo hacen con elogio. Ponz y Cean Bermudez se
entusiasman con las obras del gran artista cordobés, y don
Francisco Tubino ha escrito un libro para hacer la bio-
grafía de Céspedes, y el juicio de sus obras conocidas. Esto
nos dispensa de hacer el nuestro. En sus cuadros se en-
cuentra un dibujo segurísimo, arrogante y grandioso; un
colorido naturalista, si no muy rico de tonos, composición
grandiosa y adecuada á una manera de ejecución fácil y
brillante. En la Cena de la Catedral de Córdoba, se ven los
rasgos del entusiasta de Miguel Ángel, á quien pretende
imitar. Aún más acentuado está este carácter en el cuadro
ÚQ la Virgen, Santa Ana, San Juan y San Andrés, que ocu-
pa el retablo de la capilla de los Mesas, en la misma igle-
sia. Como escultor, no se conoce más estatua de su mano,
que la de San Pablo, en la Catedral de Córdoba, con una
cabeza hermosísima y unas manos y unos pies magistral-
mente dibujados. Como arquitecto, la capilla de San Pablo
lo acredita como artista concienzudo y de buen gusto.
Las obras de Céspedes han tenido poca fortuna. Se sabe
que en Córdoba había de su mano un gran cuadro de Santa
Úrsula, y las once mil vírgenes en la iglesia del convento de
Santa Clara; y en la de la Compañía de Jesús, todo el retablo
mayor era de Céspedes, y contenia el martirio en la rueda
de Santa Catalina, la degollación y el entierro de esta Santa,
la serpiente de metal, el sacrificio de Abrahan, la Oración
en el Huerto, el Calvario y un Eccehomo. Todas estas pintu-
ras han desaparecido, y si acaso no las ha destruido el tiem-
po ó alguna mano aleve, estarán en algún Museo cataloga-
das, como de otros egregios pintores de fama más universal.
122
Hoy se conservan todavía los dos cuadros citados de la Ca-
tedral de Córdoba, y además, en la misma iglesia, dos cna-
dritos de la vida de Tobías, y una cabeza de Cristo, en el zó-
calo del altar de la capilla de los Mesas. En Sevilla se guar-
da en el Museo, una Cena clasificada como de Céspedes,
pero que basta compararla con la de Córdoba para negar
que sea suya, y en la Catedral, la Virgen del Pozo, frente á
la capilla real, admirable pintura en tabla, y unas virtudes
en la sala capitular. En Madrid, en la Academia de San
Fernando hay una Asunción. En San Petersburgo, en el
Museo de l'Ermitage, se guarda una cabeza de Cristo, que
se supone sea uno de los estudios hechos para pintar la
Cena, y el martirio de San Esteban, cuadro de pequeñas
dimensiones. Finalmente, en Córdoba posee el señor Conde
de Torres Cabrera un San Pedro mártir, que estuvo en
otros tiempos en la destruida iglesia del convento de los
mártires.
Se sabe que en la galería española del Louvre en París,
hubo un retrato de Céspedes, obra suya, y que este cuadro
se vendió en Londres en 1856.
Estos son los cuadros de Céspedes, en que se han ocupa-
do todos los que hasta ahora han tratado de él; pero nos-
otros hemos encontrado algo nuevo é interesantísimo. U»
apostolado. Está pintado en planchas do cobre de unos
veinte centímetros de altura; las figuras son de medio cuer-
po, admirables de dibujo, color y manera de hacer, y toda&
ellas están colocadas hoy dentro de un solo marco, en la
iglesia parroquial de Montero. Son procedentes de uno de
los conventos de monjas suprimidos en la provincia de Cór-
doba en 1868.
Réstanos citar las producciones literarias de Céspedes,
quien para facilitar sus estudios, habia llegado á estudj/ir
y poseer para poder hablarlos correctamente el italiano, el
123
latin y el griego, y para valerse de ellos con desembarazo
el árabe y el hebreo.
Las obras literarias, son: El famoso Poema de la pintura
de que queda hecho mérito: un discurso De la comparación
de la antigua y moderna pintura y escultura, hecho á ins-
tancias de su grande amigo, el célebre Pedro de Valencia.
Investigaciones sobre el templo de Salomón. Memoria sobre
el orden corintio en arquitectura, y un Tratado de pers-
pection teórico práctica. Además se encuentran poesías su-
yas en un MS. que poseyó Salva, y que trae en su Cataloga
titulado así: Cancionero que comprende poesías de los es-
critores de la primera mitad del siglo XVII.
Céspedes formó escuela en Córdoba, de la que salieron
Mohedano, Peñalosa Zambrano y otros notables pintores
que el lector encontrará en esta obra.
( Viardot . — Cean Ber mudez . — Noticias
de Córdoba).
Cohem: tallista. Entre los mútulos de la derecha, por
bajo de la cornisa del mihrab de la Mezquita de Córdoba,
hay dos cartelas que entre sí forman esta inscripción:
Obra de Cohem y de Tharig.
Es el único sitio donde se halla el nombre de este artista,
(Don Rodrigo Amador de los Rios).
Conrado (Matías): escultor. Por los años de 1626 ó
1627 hizo la estatua del Padre Eterno, que se mira en el
retablo mayor del crucero de la Catedral de Córdoba. Cean
Bermudez no dedica artículo en su Diccionario á este artis-
ta, no obstante que él fué quien exhumó su nombre al ano-
tar la obra de Llaguno sobre la arquitectura y los arquitec-
tos de España,
124
Contreraa (Antonio de): pintor. Nació en Córdoba en.
1587, en donde fué discípulo del racionero Pablo de Céspe-
des. A la muerte de su maestro en 1608, pasó á Granada á
perfeccionarse en el arte, sin que sepamos quién fuese allí
su director artístico. Conseguido su objeto y poseyendo la
pintura en bastante escala, se tornó á Córdoba^ y allí pasó
á Bujalance, donde tenia dos hermanos y algún caudal. Allí
casó y vivió hasta 1654, en que bajó al sepulcro. En el
convento de San Francisco y en otros templos de Bujalan-
ce, habia muchos cuadros de su mano. Tenia mucha fama
de pintar los retratos con mucho parecido y expresión.
{Cean Bermudez).
Córdoba (Juan de): escultor. El escultor señor Ortiz,
profesor que ha sido de la Escuela de Bellas Artes de Cór-
doba, ha encontrado y adquirido en esta ciudad una pre-
ciosa estatua de madera del siglo XV, firmada Juan de
Córdoba. La época de la estatua, su existencia en Córdoba
y el apellido del autor, han hecho pensar al Sr. Romero Ba-
rros y á otros escritores, que éste pudiera ser hermano del
notabilísimo pintor Pedro de Córdoba, de quien á continua-
ción hablamos; pero hemos visto en la colección de cuadros
de los herederos del señor López Cepero, en Sevilla, un.
cuadro de Pedro de Córdoba firmado asi: «Pedro, hijo de
Ivan de Córdoba,» por donde venimos en conocimiento del
verdadero parentesco de ambos.
Córdoba (Pedro de): pintor. Nació en Córdoba y se le
supone discípulo de Alejo Fernandez, lo cual es error evi-
dente, puesto que Fernandez, por las fechas en que se le ve
trabajando y por la manera de hacer de sus cuadros, colo-
rido, entonación y gusto artístico en la colocación de sus
historias, parece un pintor más moderno. Más bien podría
125
suponerse maestro á Pedro de Córdoba y discípulo á Alejo
Fernandez, justiftcándose así el progreso que se nota en las
obras de éste.
En la Catedral de Córdoba, en una de las naves que des-
de el lado del mihrah van al crucero, y separado por un
arco del Cristo, llamado del Punto, se ve un precioso reta-
blo de arquitectura ojival que contiene en su centro una
gran tabla de la Encarnación de Jesús. En la parte inferior
del cuadro, en una franja ancha, se lee la siguiente inscrip-
ción en caracteres monacales:
«Esta obra é retablo mandó facer Diego Sánchez de Cas-
tro, Canónigo de esta Santa Iglesia, á honor de Dios y de su
Santa Encarnación, y de los bienaventurados San Juan
Bautista, é Santiago é San Llórente, é Santo Ibo de Breta-
ña, é Santo Pió Papa, é Santa Bárbara; acabóse en 20 dias
de Marzo de 1475 años.»
Todos los santos mencionados en la anterior leyenda, se
miran en el cuadro con aureolas doradas, en donde están
escritos los nombres de cada uno; y además hay dos figuras
arrodilladas. La una á la izquierda del espectador, tiene el
traje de los canónigos y representa á Diego Sánchez de Cas-
tro; y la otra, con traje talar blanco y colocado más en se-
gundo término, es el retrato del autor como lo dice un
letrero que hay entre los dos y á la altura de la cabeza
del segundo. El letrero dice: «Pedro de Córdoba pictor.»
Ambos retratos los publicaremos en la iconografía cordo-
besa que estamos preparando para darla en breve á la
estampa.
La pintura es muy notable, no sólo por su valor histórico,
sino por la limpieza del colorido, por la frescura de las car-
nes y la corrección del dibujo, cualidades todas muy raras
en aquella época anterior á la resurrección de las artes.
En la colección de los herederos del señor López Cepero
126
■en Sevilla, hay un cuadro que representa la Adoración de
los pastores firmado: «Pedro, hijo de Ivan de Córdoba.»
Además de este cuadro, se conocen de Pedro de Córdoba
dos tablas que habia en la parroquia de San Nicolás de la
Villa^ y que se supone que están hoy en el Museo del Lou-
vre, vendidas por don Diego Monroy. Una tabla que repre-
senta á San Nicolás y se guarda en el Museo provincial de
Córdoba, y otra tabla que hay en la Catedral de Barcelona
y que no conocemos.
(Cean Bermudez. — Ramírez Casas-D.za).
Cordón (Andrés): marmolista que residía en Lucena, su
patria, en 1808. Es obra suya el retablo de mármol de la
■capilla de Jesús Nazareno del convento de Trinitarios des-
calzos de Madrid, y lo costeó el Duque de Medinaceli. Cor-
don hizo el retablo en Lucena, y sólo fué á Madrid para su
colocación.
(Ramirez de Luque).
Cordón (Andrés) : escultor. Nació en Lucena por los
años de 1790 y fué hijo del anterior. En 1808 en que escri-
bía Ramirez de Luque, estaba estudiando y prometía ser un
gran artista. Las esperanzas de este escritor se vieron reali-
zadas, y Cordón, artista hasta hoy desconocido, fué uno de los
mejores escultores que la provincia de Córdoba ha produci-
do. La estatua de Santa Catalina, que se venera en una de
las iglesias de Lucena, es muy hermosa. Nosotros poseemos
el boceto de ella, hecho en barro con mucha facilidad, deli-
cadeza y elegancia.
Cornejo (Pedro): dibujante residente en Córdoba en
1748. No creemos sea don Pedro Duque Cornejo, autor del
■coro de la Catedral, y que en la fecha indicada estaba, en
127
dicha ciudad ocupado en tal obra. Hay una estampa de
la Virgen de la Salud grabada por Nicolás Carrasco, que
está firmada como dibujante por el que encabeza estas
lineas.
{Colección de estampas del autor).
Coronado (Juan): arquitecto, vecino de Córdoba, que
en 1593 aprobó, en unión de Juan de Ochoa y de Asen-
sio de Maeda, maestro mayor de la Catedral de Sevilla, las
trazas hechas por Hernán Ruiz para la torre de la Catedral
de Córdoba.
{Llaguno).
Crespo (Don Nicolás): platero cordobés, discípulo de
don Juan de Soldevilla. Solicitó su aprobación para abrir
taller, y los examinadores de la Congregación de San Eloy
del arte de platería, le designaron al obrador de don Anto-
nio de Lara, artífice del Colegio de plateros, para que hicie-
se en él una obra con que demostrar su aptitud. Hecha ésta,
^ue fué una escultura de San Antonio en plata sobredorada
A manchas, hecha con todo primor, se le admitió á examen
y fué aprobado el dia 28 de Mayo de 1753.
{Archivo del Colegio de plateros).
128
ID
Daniel (Maestre): escultor ó cantero. En la parroquia
de San Andrés de Córdoba, se encontró en el siglo XVI una
losa sepulcral, que se puso empotrada en la pared de la igle-
sia por la parte de afuera, y la leyó allí Ambrosio de Mo-
rales.
Correspondía al año 1164 de la era vulgar, y su lectura
es la siguiente:
Finó don Pero Pérez de Villamar, Alcalde del
Rey en Córdoba, en diez y siete dias de Febrero,
E. MCC doys, feria sexta. Maestre Daniel me fe-
cit. Deus lo bendiga. Amen.
Morales supone que este Villamar faé alcalde que dejó en
la ciudad don Alfonso el Emperador cuando entró en Cór-
doba é hizo tributario al caudillo Aben Gamia; pero noso-
tros creemos más verosímil que el sabio anticuario equivo-
cara la lectura de la inscripción, acaso ya muy destruida,
y que la fecha sea Era de 1302, ó lo que es lo mismo 1264
en que ya estaba la ciudad sacada por don Fernando III
del poder de los moros. Después de todo que se hubiera bor-
rado una C, que Morales no la viera, ó que el maestre Da-
niel se equivocara, es más verosímil que no en 1164 hubie-
ra en Córdoba un alcalde por el rey de Castilla.
Diez (Juan): grabador de láminas, natural de Córdoba.
No hemos podido encontrar ningún dato para su biografía,
mas que las noticias de sus obras que á continuación damos.
129
En 1760 grabó las armas nuevas de la ciudad de Córdo-
ba, para la Historia de Córdoba, del padre Ruano Girón.
En 1762, copia del San Rafael de Castillo que hay en la
escalera del Ayuntamiento, y en el mismo año una hermosa
lámina de San Rafael, dibujada é inventada por el mismo
grabador, y dedicada al municipio de Córdoba. Por esta es-
tampa se ve que Diez era un buen dibujante y compositor
nada vulgar. En el mismo año hizo otra estampa grande,
dedicada al Obispo Barcia que representa al Padre Cristó-
bal de Santa Catalina, repartiendo pan á los pobres.
En 1763 el retrato del R. P. M. Juan de Santiago, de
la Compañía de Jesús, costeado por la condesa de Horna-
chuelos.
En 1764, el del venerable Padre Cristóbal de Santa Ca-
talina, fundador del hospital de Jesús Nazareno, para la
vida de este sacerdote, que escribió el Padre Francisco de
Posadas.
En 1766, el retrato del V. P. M. D. Juan Agustín Borre-
go en la vida de éste, escrita por el P. D. Gerónimo de Vil-
ches.
Se conocen, además, dos estampas suyas sin fecha, una de
ellas muy buena que representa á Santa Renilde. La otra es
más endeble, y representa á Cristóbal de Santa Catalina en
el acto de aparecérsele Jesús Nazareno.
La más mediana de todas sus estampas es San Albundio,
y es muy natural que asi sea, puesto que tiene la fecha de
1747, y por lo tanto seria un principiante el autor cuando
la ejecutó.
Diez pudo muy bien ser discípulo de Palomino.
{Colección de estampas del autor).
Tomo CVII.
130
E
£scalante (Juan Antonio): pintor. Nació en Córdoba
en 1630, y fué hijo de Alonso de Fonseca y de doña Fran-
cisca Escalante, quienes le enviaron á Madrid á estudiar la
pintura con el famoso Francisco Rizzi que tenia más repu-
tación que los maestros que entonces habia en Córdoba. En
breve adelantó Escalante, copiando los buenos modelos que
habia en palacio, y que Rizzi pudo proporcionarle la ocasión
de copiar, como pintor del rey que era. Nuestro cordobés
se aficionó principalmente á los de Tintoreto que empezó á,
imitar, no sólo en el colorido y manera, sino también en la
distribución de las figuras en la composición, llegando su
entusiasmo hasta copiar, además de los originales, estam-
pas de cuadros del gran pintor veneciano que venían gra-
badas de lialia. Sus progresos fueron tales, que á los vein-
ticuatro años ya habia pintado los lienzos de la vida de San
Gerónimo que estaban en el claustro de los carmelitas cal-
zados de Madrid.
Ya con gran fama de pintor le invitó su maestro á ayu-
darle á pintar el monumento de Semana Santa de la Cate-
dral de Toledo que le habia sido encomendado, y allá fué
Escalante, llevando entre maestro y discípulo á feliz térmi-
no la obra; pero también habia llegado el de la vida de
nuestro cordobés, y vuelto á Madrid falleció en 1670, á poco
<ie su llegada de Toledo. Cean Bermudez copia una extensa
lista de cuadros que estaban en sitios públicos cuando él es-
cribió, muchos de los cuales no exíten hoy en los lugares en
que entonces estaban, é ignoramos su paradero. Nosotros,
131
íSin embargo, la copiamos, añadiéndole los dos cuadros que
tiene en el Museo de Madrid.
Madrid.— Museo del Prado.
La Sagrada Familia; el Niño Jesús jugando con un cor-
dero.
Ídem. — Carmen calzado.
La vida de San Jerónimo en el claustro; la Magdalena
sostenida por unos ángeles.
Ídem. — Merced calzada.
Un San José y Santa Teresa, en la capilla del Cristo; el
cuadro grande que está en el testero del refectorio, que re-
presenta una redención de cautivos, entre los cuales Esca-
lante se retrató; San Pedro Nolasco, llevado al coro por los
ángeles, y San Ramón predicando en la sala de De profun-
dis] un Crucifijo en la escalera principal, y en la sacris-
tía diecisiete cuadros de figuras medianas, que represen-
tan pasajes del Testamento antiguo, alusivos á la Euca-
ristía.
Ídem. — San Felipe Neri.
Una Concepción, en la sacristía.
Ídem. — San Felipe el Real.
Un Jesús Nazareno, firmado, en la sala de la enfermería.
Ídem. — Carmen descalzo.
Un Padre Eterno con Cristo muerto, en el coro bajo; Sau
«Crregorio, en la escalera del camarín, y San Antonio, en I»
.primera pieza del mismo camarín.
132
Ídem. — San Miguel, parroquia.
Una graciosa Santa Catalina mártir, en una capilla, y en
la misma un San José.
CoRELLA. — Monjas Bernardas.
La Asunción de la Virgen, en la iglesia, sobre la reja
del coro.
PuiG. — Convento de mercenarios.
El cuadro grande del testero en el refectorio, que repre^
senta el milagro de pan y peces.
{Cean Bermudez).
Espejo Saavedra y Aguilar (Don Isidro): pintor
y platero. Nació en Córdoba en 15 de Mayo de 1788, siendo
hijo de don Antonio y de doña Josefa Aguilar, y fué bautiza-
do en la parroquia de San Lorenzo.
Siendo muy joven se dedicó á la joyería, bajo la direc-
ción de don Juan Ribadas, distinguiéndose tanto como gra-
bador^ que se le confiaban para su conclusión las mejores
obras de este ramo que se fabricaban en Córdoba. Al mis-.
mo siempo estudiaba la pintura bajo la dirección de don
Diego Monroy, y matemáticas en el colegio de la Asunción,
hoy Instituto provincial.
En 1851 estableció una Academia de dibujo y pintara,
que estuvo bastante concurrida hasta la apertura de la Es-
cuela de Bellas Artes, en que habiéndosele retirado la mayor
parte de los discípulos, tuvo que cerrarla en 1866.
Era hombre bastante instruido, puesto que habia dedica-
do todos sus ratos de vagar á la lectura, especialmente de
obras de arte. En los últimos años de su vida, inútil ya para
el trabajo, quedó muy pobre, hasta el extremo de seguir la
133
suerte de otros muchos hombres de talento; esto es, tener
que ir á acabar sus dias á un establecimiento benéfico. Es-
pejo murió en Córdoba en 2 de Abril de 1876 y fué enterrado
en el cementerio de San Rafael.
Las únicas obras públicas que ha dejado son los tres me-
dallones de la manga de la cruz parroquial de Santiago que
representan la Virgen de la Fuensanta, Santiago acuchi-
llando moros y los patronos de Córdoba. Este último lienzo
está muy bien dibujado y pintado. En casas particulares
hay muchas obras suyas, en general, menos que medianas,
y su familia que nos ha comunicado estos datos, posee una
buena colección de dibujos aplicables al arte de platería.
Se distinguió también en miniaturas, teniendo en la época
en que estaban de moda muchos retratos que pintar. Murió
soltero.
Espinosa (Fr. Gerónimo de): pintor. Nació en Doña-
Mencia en los primeros años del siglo XVIII, y fué discí-
pulo de su padre, pintor muy mediano, que apenas pudo
enseñarle los primeros rudimentos del arte pictórico, y en
nada hubiera quedado la decidida afición del muchacho,
si no hubiera continuado sus estudios bajo la dirección del
pintor lucentino don Leonardo de Castro, que no mucho
tiempo, pero sí con provecho, le enseñó cuanto sabia. No
sólo los maestros influyeron cuanto pudieron en sus felices
disposiciones, sino que él, acaso adelantándose á su época,
pensó que el único maestro útil es el natural, y emprendió
con afán la tarea de pintar las cabezas de cuantos pobres
pedian limosna en su casa y á los que pagaba la paciencia
de ser modelos con las sobras de su alimento y á veces con
mayor cantidad del que escatimaba á su propia persona.
Joven aún, tomó el hábito de dominicano en el convento
de San Pablo de (Jórdoba, donde no abandonó su afición,
134
antes bien, la continuó con mayor empeño y adelantamien-
tos provechosos; sin embargo, en su nueva profesión, tenia,
oficios domésticos impropios de un artista, y que á más de
repugnarle por lo mecánicos y á veces nada agradables, le
robaban el tiempo que á la práctica de las artes habia de
dedicar. Entonces pensó en librarse de ellos subiendo á la
categoría de sacerdote, é hizo en forma la solicitud para
ello. Pero todo parecía conjurarse contra nuestro artista.
Casi al mismo tiempo^que solicitaba las órdenes, se publica
el decreto del General de los dominicanos monseñor Boja-
dors, que prohibía á los[legos aspirar á las órdenes sacerdo-
tales. Esto no desanimó á Espinosa; puso en juego todas las
influencias que con la pintura se habia granjeado entre los
nobles cordobeses, y el General recibió una larguísima se-
rie de recomendaciones para que barrenara su decreto en-
favor del lego artista. Pero no era hombre Bojadors que se
torciera ni quebrara y permaneció inflexible negando siem-
pre la gracia solic'tada por Espinosa.
Por este tiempo, el Obispo de Córdoba, don Martín de
Barcia, encargó á nuestro pintor la continuación y restau-
ración de la galería de retratos de los Obispos que había-
empezado don Juan de Alfaro, como en su artículo dijimos,
y continuado Fr. Juan del Santísimo Sacramento, y como
quiera que Espinosa hiciese esta obra muy á satisfacción de
su Ilustrísima, el Obispo le tomó afición y se decidió á apo-
yarlo en sus pretensiones con el General de la Orden. Ha-
cia éste la visita de los conventos y llegando su turno á la
provincia de Andalucía, entró en Córdoba, donde el señor
Barcia, pensando vencer su terquedad á fuerza de obse-
quios, lo hospedó y agasajó en su propio palacio. Allí acu-
dió toda la aristocracia cordobesa á solicitar del General la*
gracia que Espinosa pedía, reservándose el Obispo para dar
el último golpe á la firmeza del prelado dominicano. Por fin.
135
llegó el dia de la partida de éste. El coche del Obispo le
conduela hasta la primera parada de carruajes, y el Obispo
fué con él: en el camino le hizo la petición consabida, y el
General, por toda respuesta, le dijo: «Señor Obispo; esos
favores ni se piden ni se conceden.» Con esto. Barcia guar-
dó silencio, desanimado aunque no decidido á abandonar la
empresa.
Durante la estancia en Córdoba del General, los partida-
rios de Espinosa hablan ganado á su favor á Mr. Bertuche,,
familiar y secretario de Bojadors. Por consejo de Bertuche,
Espinosa hizo un retrato al lápiz, del General, y remitido á
Francia, el hábil secretario halló arte de colocarlo dentro
del breviario de que se servia de ordinario el prelado. Lle-
gó la hora de la oración: solos y juntos estaban Bojadors y
Bertuche; el primero toma su breviario, lo abre y encuen-
tra su retrato. «¡Calle, exclama, este soy yo! ¿Quién lo ha
pintado?»
— «El pobre lego, respondió Bertuche, que solicita desde
Córdoba ser religioso;» á lo que el General, con tono seco y
agrio, respondió: «Vamos á rezar.»
Espinosa había jugado su última carta y perdido su últi-
ma esperanza. Desde aquel momento cambió de aspecto y
de conducta. Se hizo tan descuidado do su persona, que ni
se podia entrar en su celda ni casi acercarse á él sin colo-
car antes las manos en la nariz. Al mismo tiempo su figura,
de por sí muy fea, se había hecho repugnante; su carácter
se hizo agrio y grosero; su traje estaba siempre manchado
de aceites y barnices, y su cabello crespo y enmarañado,
sin que jamás entrase un peine en sn cabeza.
De esta época de su vida se cuentan anécdotas curiosas
que retratan su carácter. Pintaba mucho, en especial retra-
tos, sin que se dignase nunca ir á casa del retratado á no
ser que fuese una señora. Cierta vez una condesa le encar-
136.
gó su retrato. No lo ajustó previamente, y ya terminado,
como el precio le pareciera caro, lo devolvió con su mayor-
domo para que el pintor rebajara algo. Espinosa, poco ami-
go de las contrariedades y menos galante por las que él ha-
bía sufrido, dijo al criado de la aristocrática dama: «Aquí
se queda la tabla para quemarla y hacer cola con la cara de
una condesa.»
Como prueba de su fealdad, citan sus biógrafos los dichos
siguientes: El Padre Rios le preguntó un dia, viendo un
santo rostro que Espinosa habia pintado: «Barbas agrias;
¿cómo siendo tan feo, pintas esos rostros tan hermosos?» á
lo que contestó el artista: «Señor doctor, porque-los pinto y
no los engendro.» Otra vez el maestro Fray Francisco Gó-
mez le mandó pintar San Francisco y Santo Domingo, y
habiéndolos terminado, al tiempo de pagarle le dijo: «Toma
«sa gratificación, manos de ángel y cara de grifo.»
Espinosa murió muy viejo, de asma, y cuando se acercó
la hora de su muerte sólo pensó en su salvación eterna, te-
niendo por lo tanto una muerte ejemplar. En su celda no se
halló nada del dinero abundante que habia ganado con los
infinitos cuadros que pintó. Sólo se encontraron los instru-
mentos de su arte. Su muerte fué el año 1791. Tenia fama
de buen retratista, y su especialidad era hacer copias que
se confundían con los originales, según imitaba las obras de
los grandes maestros. Sin embargo, era muy desigual.
Mientras que los retratos del Obispo de Bibli, señor Chin-
chilla y de don Antonio Fernandez de Córdoba, se confun-
dían con los originales de Castillo de donde los habia toma-
do, los retratos de Cardenales dominicanos que estaban en
la cátedra de teología, no pueden ser peores, y más parecen
ser bosquejos que cuadros concluidos. En Doña-Mencía se
conservaba en 1820 (en que desapareció), el retrato del au-
tor, y hay otros cuadros de su mano.
137
Hoy se conocen como suyas en lugares públicos las obras
siguientes:
Córdoba. — Instituto provincial.
Retrato de don Antonio Fernandez de Córdoba, copia del
de Castillo, que estaba en la capilla mayor de San Pablo y
que se ha perdido.
Ídem.— San Pablo.
Muchos retratos de Cardenales y hombres notables de la
Orden de Santo Domingo, repartidos entre la sacristía é
iglesia, algunos buenos pero en general muy endebles.
Ídem. — Palacio episcopal.
Varios retratos de Obispos, y en particular el de don Mar-
tin de Barcia, entre los que hay algunos de muy buen co-
lor y hechura. Un apostolado en la galería del jardín.
Ídem.— En casa del Excmo. señor don Juan de Dios
Díaz de Morales.
Excelente retrato de don Francisco Díaz de Morales Al-
fonso de Sousa, padre del poseedor. Está firmado, y la ca-
beza está admirablemente pintada.
(MS. de la Biblioteca provincial del
Dr. Diego Ignacio de Góngora y Fr. José
de Muñana. — Ramirez de Luque. — Ramí-
rez de Arellano, don Teodomiro).
138
F
Famet: arquitecto mudejar. En una carta del infante
don Fernando, hijo de Alfonso el Sabio, escrita desde Peña-
fiel en 7 de Abril de 1275, al cabildo de la Catedral de Cór-
doba, se dice que este Famet y otro Cahet, labraban en la
iglesia de Córdoba, en sustitución de otros dos moros, de
los que el uno habia muerto y el otro estaba ciego, y que
los mencionados no pagasen ningún ningún pecho por estar
al servicio de la dicha iglesia.
{Archivo de la Catedral).
Farkid-ibn-Aún-el-Aduani: arquitecto cordobés, de
quien dice don José Antonio Conde en su Historia de la do-
minación de los árabes en España, que por orden del sul-
tán Hischan I y por agradarle, labró la fuente llamada de su
nombre, Ain FarJcid, que era de las obras más hermosas de
Córdoba. Ignoramos qué monumento fuera éste, como des-
conocíamos el nombre de este artista, que no menciona
ningún otro de los escritores que se han ocupado en la do-
minación de los musulmanes en al Andaluz.
Fatah: marmolista. En un capitel árabe bizantino de ri-
quísima labor que habia en el patio de la fonda suiza
en Córdoba, y que hace pocos años que ha desaparecido, se
leia la siguiente inscripción, que han traducido muchos
orientalistas. La versión que copiamos á continuación es
del señor don Pascual Gayangos.
En el nombre de Allah: la bendición de parte de Allah,
sea sobre el principe de los creyentes; alargue Allah su
139
permanencia en la tierra. Ahder-Ráhman-hen-Mohammad.
Esto es lo que mandó labrar por manos de Xenif en pago.
Hizo esto Fatah el marmolista.
Como se ve, la obra es de tiempo de An-Nassir, esto es^
en el más brillante período del arte árabe; pero aún en-
contramos otra obra de este mismo autor, que nos da la fe-
cha de su construcción, año 961, correspondiente también á
la época del primero de los califas de Occidente. Es una basa
colocada á manera de capitel en una columna del portal de
la casa número 96 de la calle de don Rodrigo, y que por la
delicadeza de sus ornamentos no es menos admirable que el
capitel antes mencionado. La única traducción que se ha
hecho de su leyenda, dice así, según don Rodrigo Amador
de los Ríos.
En el nombre de Allah. Bendición única por largos tiem-
pos, felicidad y protección para su dueño. (Esto es) de lo
que hizo Fatah, el año 350.
Fernandez (Luis): pintor. Según González de León, fué
natural de Córdoba y vivió en Sevilla. Allí fué maestro de
Herrera el Viejo, Pacheco y los Castillos por lósanos de 1580.
Pacheco asegura que era muy notable en la pintura de sar-
gas, que hacia al aguazo. Son de su mano los cuadros de
San Basilio y varias cabezas de santos que decoraban el al-
tar mayor de la iglesia de San Basilio, y hoy están en el
Museo provincial de Sevilla. Estos cuadros, que Cean Ber-
mudez adjudica á Herrera el viejo, estuvieron firmados por
Luis Fernandez, y un abad, creyendo de poca importancia
la firma la hizo borrar. También eran suyos los que Cean
atribuye á Zambrano, que estaban en la escalera del citado
convento, y representaban tres hechos de la vida de los em-
peradores Valente y Juliano.
140
Fernandez (Sebastian): platero, natural y vecino de
Montilla, en donde aprendió en el taller de su padre Anto-
nio. En 1731 solicitó de la Congregación de San Eloy del
arte de plateros de Córdoba, que se le autorizara para abrir
taller, y presentó, como prueba de su habilidad, una diade-
ma de plata con potencias. El examen se verificó el dia 19
de Agosto del mismo año, y demostrada su suficiencia, fué
autorizado en debida forma para la práctica de su arte.
{Archivo del Colegio de plateros).
Fernandez de Castro (Don Antonio): pintor. Nació
en Córdoba en 1659. Fué racionero de aquella Catedral y
murió en su patria en 22 de Abril de 1739, según se lee en
su epitafio, que dice asi:
Hicjacet D. Antonius Fernandez de Castro Villavicen-
cio Cabrera et Gómez hujus almae cathedralis ecclesiae
Porcionarius: in arte pingendi studiosissimus, incolorum
compositione singularis: dulci penicillo plures sanctorum
imagines de pinxit, inter quas hanc sancti archangeli Ra-
phaelis, ad cujiis pedes sepelis voluit die 22 aprilis anni
Dñi. 1739.
En Córdoba es rara la casa antigua y señorial que no
conserve algo de este pintor, mucho más notable que otros
de mayor fama, puesto que en sus cuadros se ve buen dibu-
jo, hermoso color, gracia y oportunidad en la composición,
y, en una palabra, todas las buenas cualidades que necesi-
ta un cuadro para ser reputado por bueno.
En sitios públicos hay en Córdoba de su mano los cuadros
siguientes:
Catedral.
San Fernando y la Concepción, en la sala capitular; San
Fernando ofreciendo á la Virgen la conquista de Córdoba,
141
hermoso cuadro de grandes dimensiones, frente al postigo
del Cristo de las penas. El cuadro de San Rafael, de que se
habla en el epitafio, fué sustituido por una copia hecha por
Alvarez Torrado, y aun esta copia ya no está por encima de
la sepultura del pintor.
Museo provincial.
Cristo atado á la columna; San Miguel; un niño con una
oveja; Cristo muerto; otro cuadro del mismo asunto; los des-
posorios de Santa Catalina.
Por las actas capitulares consta que pintó una Virgen de
Villaviciosa para el oratorio bajo del Ayuntamiento; pero
ya no existen ni Virgen ni oratorio.
Al hacerse la nueva solería de la nave del mihráb de la
Catedral de Córdoba, ha desaparecido el epitafio que queda
copiado sin que se hayan trasladado los restos, pudiéndose
éstos, por lo tanto, considerarse perdidos para siempre, gra-
cias á la impremeditación del arquitecto encargado de aque-
lla obra.
( Cean Bermudez. — Noticias de Cór-
doba).
Fernandez Moreno (Melchor): arquitecto. Nació en
Córdoba hacia el año 1630, toda vez que en 1677, en que
informó en el expediente de canonización de San Alvaro,
tenia 47 años. Eran obras suyas, hoy perdidas, el retablo
mayor de la iglesia del convento de la Madre de Dios, hoy
Asilo de mendicidad, con cuyo altar los franceses guisaron
sus ranchos en la azarosa época de la guerra de la Inde-
pendencia en España de 1808 á 1812. El retablo mayor de
orden corintio de la iglesia del extinguido convento de
monjas de la Concepción y el de la del convento de las Nie-
ves, hoy Círculo de la Amistad. Se conservan aún de traza
142
suya el retablo mayor de la capilla del seminario de San Pe-
lagio y el de la Concepción en la iglesia de San Francisco,
hoy parroquia de la Ajerquía.
(Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
Fernandez de Pedrajas (Tomás): escultor. En la ca-
sa de don Rafael Diaz de Morales en Córdoba, habia dos re-
lieves de barro que representaban la Asunción y la Encar-
nación, firmados en su reverso de este modo: «Tomás
Fernz. de Pedraxas. Agosto 3 de 1749 en Córdoba.» Igno-
ramos qué suerte ha cabido á estos relieves, que eran muy
bellos, al deshacerse la casa del señor Diaz de Morales, por
su muerte ocurrida hace pocos años.
Fotuh: tallista. En la casa número 55 de la Carrera del
Puente en Córdoba, existe un magnífico capitel de esos que
parecen de encaje, por lo menudo y delicado de sus labo-
res. Tiene inscripción que nos revela el nombre de Hakan II
que lo mandara hacer, y el año 366 de la egira, 976
de Jesucristo, como fecha de su construcción. En una de
las cartelas se encuentra el nombre del cincelador en esta
forma:
Obea de Fotuh
el cincelador.
(Don Rodrigo Amador de los Rios).
Freile de Guevara (Pedro): escultor. Hizo las estatuas
de mármol que se parecen en el tabernáculo del altar mayor
de la Catedral de Córdoba, y que representan los apóstoles.
Vivió en la primera mitad del siglo XVII.
{Ramírez Casas Deza).
143
Frutos (El V. P. Gerónimo): dibujante, fundador del
convento y hospital de San Juan de Dios de Lucena. La
crónica de la Orden le llama Frutos de San Pedro y lo hace
natural de Segovia; pero Ramírez de Luque, en su obra ti-
tulada Tardes Liicentinas , que permanece inédita, y de la
que poseemos el único ejemplar, prueba que era de Lucena
con datos del archivo del convento que fundó, entre otros
documentos el protocolo de sus bienes y rentas, en cuya pri-
mera hoja está el retrato del venerable, y debajo se expresa
■que fué de Lucena y de ilustre familia.
Tomó el hábito en el convento de Granada en 1540, á los
22 años de su edad, de modo que debió nacer en el de 1518.
En 1548, San Juan de Dios le encargó de la fundación que
hizo en Lucena. Entonces estuvo en Montilla á ver al padre
Juan de Avila que era su confesor, y con las limosnas que
allí recogió, especialmente de los duques de Cardona, pasó
á Lucena, en donde el duque de Medinaceli le dio terreno
para el convento, y con limosnas y donaciones desús pa-
rientes, compró unos solares que estaban al lado de los ter-
renos dados por el duque, con lo que hizo iglesia y enfer-
mería, que se concluyeron en 22 de Octubre de 1565.
El protocolo en que constan estos datos, se hizo en 1661,
viviendo aún el padre Alonso Pavón, que fué uno de los
que entraron en el convento cuando vivia el padre Frutos.
Este murió de 84 años, el 2 de Octubre de 1662.
Ramírez de Luque afirma que era un buen dibujante,
razón por la que le incluimos en esta obra.
Furriel (Don Patricio): organero cordobés. Vivia en
la casa número 25 del Compás de San Agustín, á fines del
siglo pasado y primer tercio del presente. Hizo muchos ór-
ganos en la diócesis de Córdoba, contándose por suyos en
la capital, el del lado del Evangelio en el coro de la Cate-
144
dral y los de los conventos de Trinitarios calzados y de San
Francisco. La lengüetería de sus órganos aventaja á los me-
jores que en Andalucía ha habido.
Además de organero, debemos considerar á este cordo-
bés bajo otros aspectos. Como dibujante de arquitectura dio
pruebas de buen gusto en la traza del citado órgano de la
Catedral que es todo de su mano, y además tenemos que
considerarlo como el primer restaurador de la famosa Mez-
quita cordobesa. En 1826, por encargo del Obispo Trevi-
11a, Furriel ideó la manera de restaurar la capilla santa ó
mihráb de la Mezquita, y lo ejecutó con bastante buen acier-
to y mejor deseo, pintando la parte que faltaba del decora-
do del arraba del arco, y cubriéndola después con peque-
ñísimas piezas de cristal, de manera que á simple vista re-
sulta la restauración igual aX joseifesa primitivo.
Cometió, sin embargo, el error de no haber hecho las do-
velas que faltaban iguales á las que aún existían, y no que
puso unos dibujos de su invención, de mal gusto y que á
simple vista denuncian la falta de conocimientos arqueoló-
gicos del restaurador.
{Ramírez de Arellano, don Teodomiro).
.1:45
C3-
Gala (Don Juan de la): platero cordobés. En 11 de Ju-
lio de 1723 presentó á los examinadores de la congrega-
ción de plateros de Córdoba, una escultura de plata repre-
sentando á Santa Bárbara, y en vista de lo bien hecha que
estaba, fué aprobado y autorizado para abrir obrador.
{Archivo del Colegio de plateros).
Galindo (Don Diego): tallista. Nació en Lucena. Se de-
dicó á la carrera eclesiástica, llegando á ser sacerdote, y
desempeñando como tal el cargo de sacristán mayor de la
parroquia de San Andrés de Córdoba. Murió en esta ciudad
hacia el año 1868, y fué enterrado en el cementerio de San
Rafael. Sus únicas obras conocidas son un frontal muy
hermoso para el altar mayor de la citada parroquia, y su
lápida sepulcral, hecha de incrustaciones de distintas ma-
deras.
Hombre ó excéntrico ó ñlósofo, se dedicó una buena par-
te de su vida á construir los atavíos de su muerte, é hizo su
lápida, su ataúd y el féretro, donde como sacerdote se le
había de conducir, y que hoy posee la iglesia de San An-
drés. Tenia también hechas las esquelas de defunción, y
como quiera que vivió muchos años después de impresas
éstas, ocurrió que convidaban para el entierro muchas
personas que de largo tiempo antes descansaban en el se-
pulcro. Yo lo recuerdo, aunque era niño cuando él murió,
y era hombre enjuto, más bien alto que bajo, muy calvo y
algo encorvado.
Tomo CVÍI. 10
146
Gallardo (Ramón): cantero, natural de Puente Genil.
Hizo en unión de su hermano la portada de la ermita de la
Concepción en Puente Genil, acabándola en 1799.
(Apuntes históricos de la villa de Puente
Genil) .
Galvez (Don Antonio): platero cordobés, discípulo de
don Pedro de la Vega y Negrete. Fué examinado por los
aprobadores el dia 24 de Noviembre de 1756, y aprobado
para abrir obrador, en vista de que estaba hecha con todo
primor, una escultura de plata sobredorada que presentó
representando á San Antonio.
{Archivo del Colegio de plateros).
Galvez (Don Diego de): platero, natural de Córdoba y
discípulo de don Bartolomé García en el arte de la masone-
ría. Solicitó su aprobación para abrir taller en 1732, y el
29 de Junio del mismo año fué admitido á examen por el
hermano mayor, alcaldes, veedores y demás oficiales de la
congregación de San Eloy, del arte de platería de Córdoba.
Presentó para su aprobación una custodia de mano hecha
con gran primor, según dice el acta de su aprobación.
(Archivo del Colegio de plateros).
Garbali (El): arquitecto. Véase Abdalah-ibn-Hu-
aein, apellidado el Garbalí.
García (Antonio): maestro de obras de la ciudad de
C!órboba en 1683. Fué uno de los que bajo la dirección de
don Antonio Eamos construyeron la plaza de la Corredera.
(Ramírez de Arellano, don Teodomiro).
147
García (Doña Petronila): escultora. Los únicos eseri-
-iores que hasta el presente se han ocupado de esta artista,
han sido los señores Osorio y Bernard y Ramírez de Arella-
no (don Teodomiro), suponiéndola ambos natural de Córdo-
ba. Investigando su origen, hemos venido á averiguar por
la partida de casamiento de uno de sus hijos, en la parro-
quia de Santiago de Córdoba, y gracias á la amabilidad del
rector don Mariano Amaya, que doña Petronila nació en
Ubeda en el año 1812, y que casó con Francisco Nieto. En
1830 estaba establecida en Córdoba, donde tenia una fábri-
ca de platos y pucheros de barro más finos que el ordinario.
Sin saber dibujo, formaba unas pastas de barro y en ellas
trazaba relieves, copias de estampas, á los que después de
cocidos daba un baño de color que los hacia parecer de
búcaro, aunque con brillo. En una exposición que la socie-
dad lírico-dramática efectuó en el teatro principal en 1844,
llamó la atención un relieve de unos setenta centímetros de
largo por cincuenta de ancho, representando el rapto de
Proserpina, copia de Rubens; presentó además, un San Ge-
rónimo y otras obras que se vendieron á corto precio para
fuera de Córdoba. En 1839 remitió á la Academia de San
Fernando por conducto del jefe político un bajo relieve que
representaba la ruina de Troya, y que fué juzgado con be-
nevolencia por aquella docta corporación. En 1860 vivia
aún en el Panderete de las brujas en Córdoba.
García y Aguilar (Don Bernabé): platero, natural de
Córdoba, hijo y discípulo del maestro Bernabé García de
los Reyes, de quien se habla en otro lugar. Fué exami-
nado y aprobado para ejercer libremente su arte, por los
aprobadores de la congregación de San Eloy, el dia 13 de
Abril de 175.5, y presentó como muestra de su habilidad
«un cáliz que había hecho de figura triangular, y el pie de
148
quiebros y cincelado, el que visto por los examinadores di-
jeron estar bien hecho y con todo primor.» Estas son las
palabras del acta.
{Archivo del Colegio de plateros).
García Córdoba (Don José): pintor y fotógrafo. Na-
ció en Ecija, y le consagramos este recuerdo para que no se
pierda su memoria. Residió siempre soltero en Córdoba,
donde murió hacia 1875, siendo profesor de dibujo en la
escuela de Bellas Artes. En la Exposición de Artes hecha
en 1872, por el Círculo de la Amistad, presentó un retrato
al óleo de tamaño natural y cuerpo entero, del general
Narvaez.
García Reinoso (Antonio): pintor. Nació en Cabra
en 1623, y estudió su arte en Jaén, bajo la dirección de
Sebastian Martínez, abandonando al profesor antes de estar
en condiciones de manejarse por sí. No pudiendo vivir en
Cabra, donde se estableció cuando dejó el maestro, se fué á
Andújar, población que con ser bastante grande, no pudo
darle trabajo para mantenerse, y en vista de esto, se esta-
bleció definitivamente en Córdoba, donde había más gusto
artístico; pero como también habia pintores mejores que
García, tuvo que vivir dorando y estofando retablos y ro-
pajes de santos, con adornos de hojas, follajes y otras cosas
de mal gusto, y haciendo trazas y dibujos para plateros
en quienes infiltró su malísimo gusto. Cean Bermudez cri-
tica á Palomino los elogios que dedica á nuestro artista,
diciendo que si algo hizo bueno, seria algún paisaje, que
según dicen, pintaba con gracia, frescura y desemba-
razo. En Córdoba murió en 1677, siendo enterrado en la
Catedral.
Sus obras públicas son las siguientes:
149
Córdoba. — Catedral.
Dos cuadros que se miran en la parte alta del presbiterio
y que están tan cubiertos de polvo y á tal altura, que no se
ve lo que representan.
Ídem. — Capuchinos.
Dos cuadros en la iglesia.
Ídem.— Carmen Calzado.
La Virgen, San Juan y otros santos en la capilla del
santo Cristo.
Martos. — Parroquia.
Las pinturas al temple de las capillas de Jesús Nazareno
y Nuestra Señora del Rosario.
Andújar. — Capuchinos.
El cuadro del altar mayor que contiene la Trinidad, la
Virgen, San Francisco, San Ildefonso y otros santos.
Cean Bermudez trae dos cuadros de la Concepción, uno
en la calle de las Cabezas y otro en las Herrerías, hoy Car-
rera del Puente, en Córdoba, pero estas obras han desapa-
recido. La segunda fué pintada sobre otra de Castillo, que
indudablemente seria mejor que la de Reinóse.
{Cean Bermudez. — Noticias de Córdoba).
García de los Reyes (El maestro don Bernabé):
platero. Nació en Córdoba en los primeros años del si-
glo XVIII, y estudió el arte do la platería del que se examinó
en 30 de Julio de 1725, ante el hermano mayor de la con-
gregación de San Eloy don Francisco Bruno de Valenzuela,
jurado de Córdoba, y de los alcaldes, veedores y aprobado-
150
res, siendo aprobado para abrir taller y comerciar en ci-
arte de la platería, en vista de una pieza de Custodia que
presentó como muestra de su habilidad, y que vieron que
estaba bien hecha, prestando juramento de guardar las
reglas de la hermandad y defender la Concepción de la
Virgen. Su nombre no vuelve á aparecer hasta diez años
después, en 1735, en que le encontramos como notabilísimo
artista, restaurando ó renovando la magnífica Custodia que,
obra de Enrique de Arfe, se guarda en la Catedral de Cór-
doba, y sirve para la procesión del Corpus, y entonces le
aumentó una basa, todo lo que consta de una leyenda de la
misma Custodia que dice así:
«Se renovó siendo gobernador de este obispado el señor
Dr. D. Pedro de Salazar y Góngora, Dean y Canónigo de
esta Santa Iglesia, por el Illmo. Sr. D. Tomás Rato, Obispo
de ella, y obrero el Sr. Dr. D. Juan Gómez Bravo, Canóni-
go Magistral de dicha Santa Iglesia, año de 1735. Maestre
Bernabé García de los Reyes.»
Después le vemos de hermano mayor de la cofradía, des-
de 24 de Junio de 1744, en que fué elegido por 40 votos con-
tra 23 que obtuvo don Juan León Narvaez, hasta igual dia
del año siguiente, y en 7 de Julio de 1747 lo vemos de nue-
vo nombrado conciliario de dicha hermandad, cargo en que
es confirmado en 20 de Julio de 1749 y que desempeñó hasta
Julio de 1751.
Del acta de aprobación del platero Alonso de Aguilar,
consta que García de los Reyes murió en 1763.
A juzgar por la basa de la Custodia, era un artista que-
dibujaba muy bien^ y en el que no se notan los extravío»
propios de la época en que vivió.
( Ramírez Casas Deza. — Archivo del Co-
legio de plateros.)
151
Gil (RrY): arquitecto que construyó el castillo del Car-
pió, junto á Córdoba en 1325, bajo la dirección del maestro
Mahomad. Véase el artículo de éste.
Gómez (Juan): bordador. Nació en Córdoba y fué ve-
cino de Sevilla, donde murió en el año 1688. La única obr»
suya que se conoce, es una funda para la caja del Santísi-
mo, en la Catedral de Sevilla.
{Gean Bermudez).
Gómez (Don Rafael): escultor y natural de Córdoba,
hijo y discípulo de don Alonso Gómez de Sandoval. Sólo
sabemos de él que en 1795 renovó la estatua de San Rafael,
obra de su padre, que aún se mira en el retablo mayor de
la iglesia de dicho santo en Córdoba.
{Noticias de Córdoba).
Gómez del Rio (Bernabé): escultor. Nació en Córdo-
ba, ignorándose el año, y murió en su patria en una cas»
de la calle de las Pavas, donde vivió mucho tiempo. Es obrar
de su mano la imagen, no despreciable, en piedra, de San
Rafael, que existe hacia la mitad del puente de Córdoba, so-
bre el Guadalquivir, y que se colocó en dicho sitio con mu-
cha solemnidad en 1651.
Gómez de Sandoval (Don Alonso): escultor. Nació
en Córdoba el año 1713, y fué bautizado en la parroquia
de San Lorenzo. Sus padres lo dedicaron á la carrera ecle-
siástica, haciéndole tomar el hábito de lego en el convento
de Trinitarios descalzos llamado de los Padres de Gracia.
Mal avenido con la clausura, pasaba sus ocios entretenido
en llenar los muros del convento de dibujos al carbón com-
pletamente estrafalarios, pues no había aprendido aún A
152
manejar un lápiz; pero de bastante expresión, para que hi-
cieran fijar la atención en ellos á un Obispo de Córdoba,
que no era don Antonio Caballero y Góngora, como algunos
han supuesto, pues este prelado vino á ocupar la silla cor-
dobesa en 1788, y esto debia acaecer hacia 1730, poco más ó
menos. El Obispo, quien quiera que fuese, preguntó un dia
quién era el autor de tales dibujos, si así se podian llamar,
y habiéndosele presentado el lego Gómez, se lo llevó á su
palacio, le dio profesores é hizo de él un escultor de bastan-
te importancia.
Nuestro artista abandonó la carrera eclesiástica y apren-
dió pronto la escultura, toda vez que en 1733 hizo ya la es-
tatua de San Rafael para la ermita de este santo. Casó, no
sabemos con quién, y muerta su primera consorte, contrajo
segundas nupcias con doña Teresa de Góngora, ignorándo-
se de cuál de sus matrimonios le nació su hijo Rafael, escul-
tor también, de quien hablamos en otro lugar.
El apellido Góngora de su segunda esposa y el haber
un escultor Góngora por aquellos tiempos, que hizo en 1708
una estatua, como puede verse en otro articulo de esta obra,
nos induce á pensar que Gómez fuera discípulo primero y
yerno después del citado escultor. No hemos hallado docu-
mento con que justificar esta sospecha.
En los últimos años de su vida fué director de la escuela
de dibujo, establecida por el Obispo Caballero, en el Cole-
gio de la Asunción, para la que hizo muchos modelos de
yeso, que aún duran, relegados al olvido en una atarazana
del Instituto provincial de segunda enseñanza. Murió el 28
de Octubre de 1801, y se le enterró en la capilla de Jesús
de la iglesia de los Padres de Gracia, en donde tiene el si-
guiente epitafio:
153
Aquí yace D. Alonso
Gómez de Sandoval, céle-
bre ESCULTOR, NATURAL DE
ESTA CIUDAD, EN LA QUE
FLORECIÓ CON GRANDE A-
CEPTACiON. Falleció en
28 de Octubre de 1801 ,
á los ochenta y ocho
de su edad.
Requiescat in pace.
Gómez Sandoval no llegó á ser uno de esos escultores que
forman época; es más bien mediano que bueno, si bien po-
dría haber sido una notabilidad si sus estudios hubieran te-
nido otro campo que el limitado que en su patria se podia
presentar á sus ojos. Sin embargo, algunas de sus obras son
muy gratas á la vista, de correcto dibujo y no deeposeidas
■de buen gusto. Son las más notables de las que hoy se cono-
cen, las siguientes:
Córdoba.— Padres de Gracia.
Cuatro Evangelistas en los ángulos del crucero. Son de
•tamaño natural y de lo más defectuoso de su mano.
Ídem. — Santa Marina.
La Virgen de la Luz, en su altar; es bastante buena.
Ídem. — Ermita de la Aurora.
Imagen de la titular. Buena.
Ídem. — Ídem del Amparo.
Hermosa imagen de la titular.
154
Córdoba. — Iglesia del Hospicio.
La Virgen de la Silla, en el coro; todas las esculturas del
retablo mayor y las de otros dos altares, que representan á
Santa María del Socorro y la beata María Ana de Jesús; es-
tas dos últimas muy hermosas.
Andújar. — Parroquia de Santa María.
La Virgen del Tránsito, que es la mejor escultura de
Gómez.
El retrato de este notable artista se conservaba hasta hace
pocos años en la sacristía de la iglesia del Hospicio, de donde
ha desaparecido sin que sepamos su paradero.
{Ramírez de Avellano, don Teodomiro.
— Ramírez Casas Deza).
GÓng^ora: escultor. Las únicas noticias que se tienen de
él, es que en 1708 hizo el Jesús orando en el Huerto, que
estaba en la iglesia de San Nicolás de la Ajerquía, y hoy en
un altar de la iglesia de San Francisco, escultura que se saca
en las procesiones de Semana Santa. Es una obra de mérito
bastante escaso.
{Ramírez de Arellano, don Teodomiro).
Cronzalez (Antonio): escultor. En una casa de la pla-
zuela de los Carrillos en Córdoba, hemos visto un Nacimien-
to de barro con figuras de á palmo, bastante buenas, firma-
do así:
«Antonio González, anno 1782.»
González (Luís): maestro de cantería y arquitecto. Se-
gún unos documentos suministrados por el canónigo Ugalde
A Cean Bermudez, para la publicación de la obra de Lia-
155
guno, Noticia de los arquitectos y arquitectura de España,
€Ste González estuvo encargado de 1614 á 1628 de trabajar
los mármoles del retablo mayor en la Catedral de Córdoba^
y de dirigir la obra en las ausencias del padre Alonso Ma-
tías, de la Compañía de Jesús, que era el arquitecto.
González y Rodrig^uez (Don Eulogio): platero cor-
dobés, discípulo de don Juan Sánchez Izquierdo, en cuyo
taller entró en virtud de decreto del Colegio de plateros en
1749. Permaneció bajo la dirección del indicado artista has-
ta el 28 de Febrero de 1762, en que fué aprobado parar
abrir taller, en virtud de examen, al que presentó un eáli^
labrado en el taller de don Damián de Castro. El cáliz era
de forma chinesca, hecho con todo arte y primor.
(Archivo del Colegio de plateros).
Gu\jo (Joaquín); tallista y escultor cordobés. En 1832
trazó y ejecutó el hermoso retablo greco-romano que había
en la iglesia del convento de Trinitarios descalzos, llamada
de los Padres de Gracia, habiendo dado para su construc-
ción 10.000 reales el padre Velez, recluso en dicho conven-
to de 1820 á 1823 por haberse exclaustrado de Capuchinos,
El retablo fué quitado en 1868 y sustituido por un armatos-
te churriguresco, traído del convento de Jesús Crucificado,
La parte de escultura es muy tosca y deficiente, pero la ar-
quitectura era de francas, correctas y gallardas líneas.
(Ramirez de Arellano, don Teodomiiro).
Chitierrez Ravé (Don Marcial): pintor. Nació en Cór-
doba el 27 de Septiembre de 1827. Desde su niñez manifes-
tó afición y aptitud para la pintura que sus padres aprove-
charon, haciéndolo discípulo de don Diego Monroy. Más
tarde se trasladó á Madrid á perfeccionarse en su arte, y
156
fué algunos años discípulo de don Federico Madrazo. Casó
con doña Josefa Mora, notable cantante y arpista cordobe-
sa que aún vive y nos suministra estos datos, y murió en
Córdoba el 8 de Noviembre de 1871, siendo enterrado en el
cementerio de la Salud. Su familia conserva algunas co-
pias de cuadros de Velazquez bien hechas, sin que conoz-
camos ningún original suyo. Recogió una buena colección
de dibujos originales y grabados, de los que algunos ven-
dió á don Valentín Carderera y otros muchos se conservan
en poder de su viuda.
Gutiérrez de Salamanca y Fernandez de Cór-
doba (Don Juan Vicente): arquitecto y escritor. Nació en
Aguilar, en 27 de Enero de 1744, de antigua é ilustre fa-
milia y poseedor de pingüe mayorazgo, que le permitieron
atender á su numerosa familia, toda vez que tuvo veinte
y cuatro hijos, á mejorar sus fincas y á dotar á su pueblo
natal de obras de utilidad pública. Fué nuestro bisabuelo
paterno.
Como arquitecto nos dejó una torre llamada del Reloj en
la villa de Aguilar de la Frontera, obra elegantísima y mxiy
atrevida, pues siendo de mucha elevación y muy delgada,
se encuentra en medio de una plaza sin edificio alguno que
le sirva de apoyo. También trazó los planos para la plaza de
la Constitución de dicho pueblo. Como literato conocemos de
su ingenio la obra siguiente:
«Agricultura practicada cuarenta años en sus posesiones,
por don Juan Vicente Gutiérrez Fernandez de Córdoba, con-
tador de la Real Sociedad Económica de la villa de Aguilar
de Córdoba, cuyas observaciones y repetidos experimentos,
sobre lo que hacemos presente, dan la verdadera luz para el
acierto de su ejecución en todas partes, con arreglo á su ter-
ritorio y clima. El terreno de que hablamos en esta Andalu-
157
cía está en clima de treinta y siete grados de latitud y doce
de longitud de nuestra Península.» En 4.", 39 páginas y las
láminas. MS. que se guarda en la Biblioteca Agronómica
del Jardín Botánico de Madrid.
Don Juan Vicente fué uno de los fundadores de la Socie-
dad económica de Aguilar en 1787, de la que fué concilia-
rio por Real cédula expedida por Carlos III en San Ildefon-
so á 29 de Septiembre de 1787.
Escribió además sobre las colmenas y levantó algunos
planos topográficos. Como pintor se conservan de él dos
cuadros, la Virgen de las Dolores, en que retrató á su mu-
jer doña María de las Mercedes Pretel y Vargas Machuca,
notable por su hermosura, y una Divina Pastora que vale
poco, en poder de doña Adela Ramírez de Arellano, en Ma-
drid. Murió en 1824.
(Antón Ramírez.— Noticias de Aguilar).
Guzman (Juan de): pintor. Véase Santísimo Sacra-
mento (Fr. Juan del).
Guzman (Don Pedro de): pintor, natural de Lucena, en
donde pudo ser discípulo de don Leonardo de Castro, y aca-
so después lo fuese de Valdés Leal, como opina Cean Ber-
mudez. Tenia frescura de color y mal dibujo, por lo que sus
cuadros son poco estimados. Sus obras quedaron en la par-
roquia de Lucena y en el convento de la Merced calzada de
Sevilla, en el claustro grande, firmadas en 1714. Tam-
bién retocó en el mismo claustro algunos cuadros de Alonso
Vázquez, que según parece salieron mal parados de la res-
tauración.
158
Háchchi: marmolista. Nombre grabado en el fuste de
la segunda columna de la nave del cautivo en la Mezquita
de Córdoba.
(Don Rodrigo Amador de los Ríos) .
Harir: tallista. Hay en la casa número 16 de la plaza de
San Nicolás de la Villa en Córdoba, conocida por casa de las
Campanas, un hermoso capitel árabe, perfectamente escul-
pido, que ostenta elegante inscripción, en la que se lee el
nombre de Hakan II y el año 353 de la Egira, correspon-
diente al 763 de Jesucristo. En esta obra, por todos concep-
tos admirable, se ha conservado en una cartela el nombre
del escultor Harir, tan notable como Fatah, de quien hemos
hablado untes. El nombre está escrito en esta forma:
OBRA DE Har-
ir, su SIERVO.
{Don Rodrigo Amador de los Ríos).
Henriquez (Leonardo): pintor y natural de Córdoba, en
donde fué discípulo del racionero Pablo de Céspedes. En
1579 fué llamado por el cabildo de la Catedral de Málaga
para tasar las pinturas que César Arbacía habia hecho en
aquel templo, sin que sepamos cuándo regresó á su patria i
En ésta se hallaba en 1596, pintando, por encargo del ra-
cionero entero de la Catedral Pedro Vélez de Albarado, ad-
ministrador del Santuario de la Fuensanta, un cuadro muy
159
grande, que aún se mira en el atrio de dicha iglesia, y que
representa la procesión que se hizo para trasladar la Vir-
gen, á raíz de su aparición, desde el sitio donde se le halló
hasta la Catedral; la venida á Córdoba de la Reina de Ara-
gón enferma y achacosa, en busca de la salud que esta Vir-
gen daba á sus piadosos visitadores, y varios milagros. Es
un cuadro heterogéneo, raro y hoy sin duda mutilado, toda
vez que está cortada por la mitad la inscripción en que
consta el nombre del racionero que lo mandó pintar y el
año de su ejecución. De la obra de Henriquez no queda
nada: todo está repintado, sabiéndose por documentos del
archivo de la Fuensanta, que después de encargar este cua-
dro á Juan de Mesa^ se le retiró el encargo y se le dio á
Henriquez por ser discípulo de Céspedes, que entonces go-
zaba de mucha fama y no menos influencias. El cuadro no
se le pagó hasta 1598 en que se le entregaron, por manos de
Lúeas Fernandez de Almenara, capellán de la Fuensanta,
1.3.130 maravedsies.
(Cean Bermudez. — Archivo de la Fuen-
santa) .
Hernández de Tejada (Don Joaquín): pintor. Aun-
que este artista no fué cordobés, nos ha parecido oportuno
incluir aquí su nombre por varias razones; primera, porque
no figura en ninguna colección biográfica, y segunda, por-
que vivió sus últimos años y murió en Córdoba, y dejó allá
discípulos, entre los que se encuentra el actual profesor de
la Escuela de Bellas Artes don José Serrano y Pérez, natu-
r&l de Córdoba.
Tejada nació en Madrid en 1827 y fueron sus padres don
Justo y doña Pilar García de Lamadrid, quienes lo dedicaron
á la carrera de leyes, que abandonó llevado de su afición á
las artes. Entonces entró en el estudio de don Antonio Es-
160
quivel, en donde continuó hasta la muerte de este esclarecí-
do pintor sevillano, pasando al taller de don Federico Ma-
drazo á perfeccionarse en la pintura.
Disgustos de familia, unidos á la pérdida de su fortuna^
le obligaron á abandonar á España, estableciéndose prime-
ro en Cuba y después en Méjico, donde alcanzó reputación
y provecho.
Ignoramos por qué causas volvió á la Península, y sólo
sabemos que á su venida se estableció en Córdoba, abriendo
gabinete fotográfico. En esta ciudad desempeñó los cargos
de director de la Escuela provincial de Bellas Artes, para
el que fué nombrado en 1868; el de secretario de la comi-
sión provincial de monumentos, y el de fotógrafo del Go-
bierno civil con el encargo de retratar á todos los presos
que ingresaban en las cárceles de la provincia, durante el
tiempo en que don Julián Zugasti desempeñó el cargo de
gobernador, é hizo la enérgica campaña, conocida por todos,
contra el bandolerismo español.
En este tiempo pintó varios retratos notables, entre ellos
el del coronel de caballería señor Alfaro, de cuerpo entero y
tamaño natural, y el de doña Concepción Díaz de Morales
de Cabezas, de tamaño natural y de algo más de medio
cuerpo. Ambas obras eran de buen dibujo, hermoso color y
más que regular ejecución. En la Exposición regional que
celebró en 1868 el Casino industrial de Córdoba, presentó,
sin opción á premios, nueve retratos y un bonito cuadro,
titulado Las últimas rosas. Fué elegido por los expositores
para el jurado de que formó parte.
Ostentaba como honores las investiduras de correspon-
diente de la Academia de San Fernando, de mérito de la
general de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdo-
ba, é individuo de la Sociedad económica de la misma.
Finalmente, atacado y consumido por una afección al hi-
161
gado, falleció casi repentinamente á las cuatro de la tarde
del dia 5 de Agosto de 1871, en la casa donde moraba en la
calle de Santa María de Gracia, y fué enterrado en bovedi-
lla perpetua que el Ayuntamiento le concedió en el cemen-
terio de San Rafael, en donde tiene una lápida negra con
letras doradas y en lo alto su retrato de fotografía, ilumi-
nado por don Rafael Romero y Barros. La lápida la costea-
mos los numerosos amigos que en Córdoba supo granjearse
por su afable y sincero carácter.
Herrera (Fr. Antonio de): arquitecto y lego del con-
vento de San Pablo de Córdoba, de donde era natural. Con-
sagrado al estudio de la arquitectura, era oída y respetada
su opinión por todos los maestros. En su tiempo amenazó
arruinarse la iglesia de San Pablo por haber flaqueado uno
de los machones que hay en la nave del Evangelio. Se con-
vocó junta de maestros para remediar el mal, y todos acor-
daron que la obra era muy costosa, por el apuntalado que
había que hacer, y levantar la armadura para aligerarle el
peso; pero Herrera dijo que se podía hacer con poco dinero
y lo hizo. Apuntalando y abriendo una hendidura perpendi-
cular en el machón y colocando un palo de castaño, rellenó
el resto de cascote, y así está sin que haya hecho sentimien-
to alguno.
Al construir el salón alto y bajo de biblioteca y clase,
que son hoy los de sesiones de la Diputación provincial, no
encontrando firmeza para los cimientos, hizo la primera es-
tacada que en Córdoba se había hecho, y sobre laque cons-
truyó. Entonces hizo la estantería de la Biblioteca, que es
la que hay en la Biblioteca provincial. Son de su mano y
dirección las cajas de los dos órganos; la escalera del pul-
pito; una cajonera y armario de la sacristía; los altares co-
laterales de San Alvaro y San Vicente Ferrer, y el que ha-
ToMo CVII. 11
162
bia en la capilla de la Virgen de Belén, que parte de él está
de tabernáculo en el retablo mayor; las andas y trono de la
Virgen del Rosario, y algunas de las puertas del camarín:
todo, por supuesto, del gusto más detestable. Era muy ob-
servador de los estatutos de la orden y muy severo con los
oficiales y aprendices del taller, á los que no permitía ni
hablar ni fumar, y muy pundonoroso, tanto, que habiéndo-
le reprendido el prior duramente por una de sus obras, ad-
quirió tal melancolía que se volvió tisico y murió. Vivió en
el siglo XVIII.
(Ramírez de Arellano, don Teodomiro).
Hidalg^o (Juan Francisco): arquitecto que en unión con
Gaspar de la Peña y otros, proyectó en 1603 la restaura-
ción del puente de Córdoba sobre el Guadalquivir.
(Ramírez de Arellano, don Teodomiro).
Hidalgo (Juan Francisco): arquitecto del mismo nom-
bre que el anterior; pero que no podemos creer que sea el
mismo, dadas las fechas que tienen los datos referentes á
uno y otro. Gómez Bravo le llama insigne arquitecto, al ha-
blar en su Catálogo de Obispos de las obras que hizo como
maestro mayor de la Catedral para enderezar una fila de
arcos del lado de la capilla de San Clemente en dicho tem-
plo. En 1664 terminó la obra de la torre de la misma igle-
sia, que habia empezado Hernán Ruiz, como se dirá en el
articulo correspondiente.
(Gómez Bravo. — Llaguno, adicionado
por Cean Bermudez).
Hidalgo y Lucena (Antonio): platero cordobés. En 21
de Junio de 1779 se abrió certamen entre los discípulos del
arte de platería para ir á estudiar por cinco años á la es-
163
cáela de don Antonio Martínez, en Madrid, costeados por la
^Congregación con cien ducados de vellón al año, y obliga-
ción de volver á establecerse en Córdoba y enseñar aquí lo
nuevo que allí aprendieran. El tribunal lo componían don
Bernardo de Cáceres Ayllon, los veedores y don Miguel Ver-
diguier. Ante los jurados dibujaron y grabaron á buril los
opositores, que fueron Antonio Hidalgo, Bartolomé del Pozo
y Rafael Beltran y Cornejo, y ganó Hidalgo. Componían el
tribunal, como veedores, don Diego González de la Mata,
vdon José de Soto Alférez Panlagua, don Francisco de Agui-
jar y Cueto y don Rafael de Vilchez y Zea, Secretario.
Hidalgo era hijo de doña Marina de Lucena, que aceptó
el nombramiento, porque siendo el joven platero menor de
edad no podía firmar el compromiso en que se iba á obli-
gar. Se ignora si lo cumplió, y por lo tanto si la maquina-
ria de Martínez llegó á ser conocida por los plateros cordo-
beses.
(Archivo del Colegio de plateros).
Hidalgo y Vázquez (Don Rafael): pintor; nació en
Córdoba en 1783 y se ignora quién fuese su maestro, en
dónde estudió y la fecha y lugar de su muerte. Entre los
aficionados cordobeses corre como muy válido que era habi-
lísimo para dibujar á la pluma mesas revueltas.
(González Guevara).
Hoces y Morales (Jacinto de): arquitecto, del que se
sabe únicamente que era maestro mayor de la ciudad de
Córdoba en 1723.
(Archivo del Ayuntamiento).
Hoyo (Don Francisco del): platero cordobés, acaso
hermano del que sigue y discípulo de don Juan de la Gala.
164
Fué examinado para abrir taller el dia 9 de Agosto de 1739
y presentó como muestra de su pericia una escultura hecha
con todo primor (dice el acta), representando á San Miguel.
La congregación de San Eloy le autorizó para abrir obra-
dor y comerciar en su arte,
(Archivo del Colegio de plateros).
Hoyo (Don Roque del): platero cordobés, discípulo de
don Sebastián Torralvo. Solicitó de la hermandad de San
Eloy se le autorizara para abrir obrador, y le fué concedido
previo examen que tuvo lugar el dia 14 de Enero de 1736.
La obra que presentó para acreditar su habilidad, fué una
escultura bien hecha que representaba á San Miguel.
(Archivo del Colegio de plateros).
Hurtado Izquierdo (Don Francisco): arquitecto. Ba-
jo la dirección de este se hizo la capilla del Cardenal Sala-
zar, y la subterránea que está debjo y que sirvió algún
tiempo de auxiliar del Sagrario. Se acabó la obra el año
1705, y toda ella es del más detestable gusto churrigue-
resco.
(Ramírez Casas Deza).
165
Inca Méndez de Sotomayor (Dok Bernardo): pin-
tor, de quien dice CeanBermudez que vio en Córdoba dos re-
tratos hechos á la pluma, los cuales representaban á Scoto
y Paulo Romano, jesuítas, y tenian la fecha de 1709.
166
Jalem-al-Amery: marmolista^ En el fuste de la tercera
columna de la décima tercera hilada de la Mezquita de Cór-
doba, junto al Cristo del Cautivo, se ve grabado el nombre
de este artista.
(Don Rodrigo Amador de los Rios).
Jayr: marmolista. Su nombre aparece en la columna oc-
tava de la oncena hilada de la Mezquita cordobesa.
{Don Rodrigo Amador de los Rios).
Jerez (Don Francisco): arquitecto. Era maestro mayor
de la fábrica y cabildo de la Catedral de Córdoba en 1798,
y bajo su dirección se hizo la renovación de la solería del
coro y sacristía de la capilla mayor, según consta de una
inscripción que tiene por detrás el cuadro central del reta-
blo y se copia en la biografía de don Antonio Alvarez Tor-
rado. Véase.
Jiménez (Juan): escultor. En 1736, el Padre Juan de
Santiago, de la Compañía de Jesús, mandó levantar en la
plaza que hay delante del colegio, el obelisco á San Rafael,
que aún existe, haciendo las obras con limosnas que recogió
á este ñn. La estatua de San Rafael, que corona el monu-
mento, fué obra de Juan Jiménez. Es bastante tosca.
(Ramírez de Arellano, don Teodomiro.)
Jiménez de Illescas (Bernardo): pintor. Nació en
167
Lucena donde le bautizaron el 12 de Junio de 1616, según
consta de la partida correspondiente, y siendo por lo tanto
equivocada la fecha de 1613 en que Cean Bermudez, si-
guiendo á Palomino, supone su advenimiento al mundo.
Fué desde niño aficionado al dibujo, entreteniéndose en,
copiar estampas, y ya joven abandonó las artes por la car-
rera militar siendo soldado, y pasando á Italia en calidad
de tal. En aquella afortunada Península, patria del arte
moderno, se le resucitó su antigua afición á las artes, y
durante seis años estuvo aprendiendo la pintura bajo la
dirección de buenos profesores de quienes ignoramos los
nombres.
Vuelto á España, pintó en Lucena el lienzo de la Asun-
ción de la capilla de San Pedro de la parroquia, que s©
perdió al componer la capilla en 1788, y la vida de San
Juan de Dios en el convento de este santo en la misma
ciudad, cuadros que también se han perdido. Del cuadro
de la Asunción decia el pintor Ruiz Rey que estaba hecho
por una estampa de Rubens y que era una admiración.
También pintó en esta época diez cuadros para los retablos
colaterales de la iglesia mayor de Lucena, de los que seis
se conservaban aún en 1808, en que escribía Ramírez de
Luque. Pintó el retrato del venerable hermano Gerónimo
de Frutos, que aún se conserva en el convento de San Juan
de Dios de dicha ciudad, y encarnó por 200 reales la es-
tatua de Jesús á la columna, que para la ermita de la Vera
Cruz y la Paz hizo por 2.750 reales el escultor Pedro Re-
dan. Esto ocurría en 1675.
Después de esta fecha trasladó su residencia á Andújar,^
en donde falleció, según su partida, el 31 de Agosto de
1678 y fué enterrado en la parroquia de San Bartolomé.
Es por lo tanto equivocada la fecha de su muerte dada por
Cean Bermudez, que la supone en 1671. La defunción
168
ocurrió en casa de Andrés García, calle de la Plaza de la
parroquia de San .Bartolomé, y en la partida dice: «No
hubo bienes por haberlos enviado el difunto á dicha su
tierra (Lucena). Sólo supe le debian 36 reales en casa de
Juan Eufrasio, el pintor de la plaza Mestanza.» Este docu-
mento está firmado por el cura de la citada parroquia don
Juan Gamiz Marin.
Jiménez de Illescas dejó discípulos, entre los que han
figurado su paisano don Leonardo de Castro, de quien ha-
blamos en otro lugar, y Miguel Parrilla.
(Gean Bermudez. — Ramírez de Luque).
169
1^
Kábir: marmolista. Su nombre está escrito en el fuste
de la tercera columna de la décima sexta hilada de la
Mezquita de Córdoba.
{Don Rodrigo Amador de los Rios).
Karim: cincelador. El Museo Arqueológico Nacional
conserva un hermoso fragmento decorativo, regalado por
don Victoriano Rivera y Romero, ilustrado catedrático del
Instituto provincial de Córdoba, que representa una decora-
ción de arcos ornamentales. En este fragmento se conserva
el nombre de un escultor no menos famoso que Fatah y Ha-
rir, en una inscripción incompleta que dice:
Karim, su siervo.
Este trozo debió pertenecer á algún edificio de los cons-
truidos por Hakam II, á juzgar por su ornato y por la frase
su siervo, que con frecuencia se usa por otros cinceladores
con referencia á este príncipe.
(Don Rodrigo Amador de los Rios).
170
laeon (Juan de): alarife. En 1603 proyectó, en unioD
con otros arquitectos, la restauración del puente de Córdoba
sobre el Guadalquivir.
(Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
López (El señor Alonso), el mozo: platero cordobés.
En 2 de Septiembre de 1575 fué exminado por los alcaldes,
veedores y aprobadores de la Congregación de San Eloy de
Córdoba, y fué aprobado para ejercer su arte en toda Espa-
ña y abrir taller, presentando, como prueba de su habili-
dad, un sol de Custodia que habia labrado.
(Archivo del Colegio de plateros).
López (Francisco): pintor. Sólo sabemos de él que en
1808 residía en Lucena, de donde era natural, y estaba de-
dicado al estudio de la pintura, en la que prometia grandea
adelantos. Entonces era muy joven. También sabemos que
en 1822 y 23 gozaba de buena reputación en su patria y
fué el maestro de don José Saló, de quien en su lugar se
hablará. López era conocido por el apodo de Polilla.
(Ramirez de Luque.— Pavón).
López (Joaquín): grabador de láminas. En nuestra co-
lección de estampas tenemos una muy rudimentaria firmada
asi: Joachin López, Cordubensis, sculpit 1672, y represen-
ta la Virgen de la Fuensanta, que se venera en el santuario
de esta advocación en Córdoba.
171
IiOpez (Juan): platero cordobés. Fué aprobado para el
desempeño de su arte por los examinadores de la cofradía
de plateros el dia 18 de Febrero de 1648, en vista de la bue-
na hechura de un cáliz que presentó.
{Archivo del Colegio de plateros).
Luque (Francisco de): alarife de los que en 28 de Oc-
tubre de 1603 hicieron el proyecto de reparación del puente
de Córdoba sobre el Guadalquivir.
(Ramírez de Arellano, don Teodomiro) .
Luque y Molina (Don Juan de): platero cordobés. En
11 de Julio de 1723 fué examinado por los veedores, apro-
badores, alcalde y Hermano mayor de la Congregación de
plateros de Córdoba, y fué aprobado para abrir obrador
y dedicarse al comercio de objetos de su arte, toda vez
que había probado su maestría presentando un Santo Cristo
de plata.
(Archivo del Colegio de plateros).
Luque y Solano (Diego de): dorador y estofador.
Doró y estofó la estatua de San Miguel que hizo don Pe-
dro Mena para la parroquia de la Purificación de Puente
Genil.
De este mismo nombre, aunque sin más que el primer
apellido encontramos en Córdoba un platero que en 23 de
Junio de 1697, fué aprobado por la Hermandad para abrir
obrador. ¿Será acaso el mismo?
(Apuntes históricos de la villa de Puen-
te Genil. — Archivo del Colegio de pla-
teros).
172
Mahomad (El maestro): arquitecto. En 1325 trazó y
dirigió el Castillo de Carpió, aún en parte existente. La
noticia de la obra está en una lápida que aún se mira in-
crustada en el muro, y que copiada directamente del origi-
nal por nosotros en 7 de Septiembre de 1874, dice asi:
En el nombre de Dios, Amen.
Esta obra mandó facer Garci-Mendez de Sotomayor, se-
ñor de Jódar: é fizóle maestre Mahomad é fué obrero Ruy
Gil é fizóle en la era de 1363.
En la orla que rodea la lápida, se lee:
Christus vincit: Christus regnat: Christus imperat.
Mahomad Agudo: alarife. Véase Agudo (Maestre
Mahomad).
Martínez (Alonso): pintor. Hace pocos años que por
iniciativa del sabio prelado Fray Ceferino González, se des-
montaron los retablos de la capilla de Villaviciosa de la ca-
tedral de Córdoba, y descarnando el muro se encontraron
primorosas labores de gusto árabe-bizantino^ y en los espa-
cios lisos pinturas murales de santos y aun retratos que las-
timosamente fueron destruidos por los restauradores. Estas
interesantes obras, estaban firmadas en un arco por Alonso
Martínez, era de mil trescientos y cuatro años, ó lo que es
lo mismo, año de 1286. Nadie tenia noticias de este pintor
para su época muy notable, pues las pinturas acusaban un
173
gran adelanto sobre las que se conocen de la misma época,
tales como las de la ermita del Cristo de la Luz en Toledo.
Nosotros leimos la inscripción y la publicamos en un artícu-
lo del periódico La Crónica de Córdoba.
Hartos (Don Fernando de): platero corbobés. En 11
de Julio de 1723 presentó á los examinadores de la con-
gregación de San Eloy de Córdoba, un Santo Cristo de plata
muy bien hecho, por lo que fué autorizado para abrir taller.
(Archivo del Colegio de plateros).
Masúd: cantero. Este nombre aparece grabado en va-
rias obras arquitectónicas de Córdoba, del periodo árabe,
como firma del trozo en que se encuentra. Asi lo vemos en
el cimaceo de una de las columnas del Patio de los Naranjos
en la catedral, nave del lado de la puerta de Santa Catali-
na; en una columna del interior de la Mezquita, nave déci-
ma tercera; en el cimaceo de la oncena columna de la déci-
ma cuarta galería; en el fuste de la décima de la nave dé-
cima quinta y en la segunda de la décimasexta.
{Don Rodrigo Amador de los Rios).
Matías (Alonso): arquitecto. Se ignora la patria de
este arquitecto, si bien hay indicios de que naciera en Cór-
doba, en donde vivió en el convento de Jesuítas, de cuya
congregación era coadjutor. Vivió además en Montilla,
Marchena y Sevilla, siempre ocupado en obras de atquitec-
tura, entre las que se cuenta como de lo más notable suyo,
el retablo de la iglesia de la casa profesa de Sevilla. Se cree
que estudiara en Italia, y que si no salió de España, siguió
las huellas del padre Bustamante, por más que no pudo ser
su discípulo, dadas las fechas en que ambos jesuítas flore-
cieron.
174
En Córdoba dirigió la iglesia de la Compañía desde 1564
h 1589 á costa del Dean don Juan Fernandez de Córdoba,
famoso eclesiástico, y dirigió además, por encargo del Obis-
po Mardones, el retablo mayor de la Catedral que se empe-
zó en 1614, y que no concluyó nuestro biografiado porque
ausente de Córdoba no se cuidaba de la obra, y en 1626 se
nombró para sustituirle á Juan de Aranda Salazar que lo
concluyó. Mientras dirigió esta obra disfrutó 1.500 reales
de salario anual y 500 para vestido.
(Llaguno. — Ramírez Casas Deza.)
Mena y Gutiérrez (Don Pedro): escultor. Este artis-
ta, desconocido de Cean Bermudez, no debe confundirse con
don Pedro Mena y Medrano, natural de Adra, y discípulo
de Alonso Cano, lo que es muy fácil que suceda, dado que
el Medrano tiene muchas estatuas en la Catedral de Córdo-
ba. El nuestro nació en Lucena donde vivía en 1764 é hizo
la estatua de San Miguel que se venera en un altar de la
parroquia de la Purificación, de Puente Genil, y que doró
y estofó Diego de Luque y Solano, como hemos dicho en el
artículo correspondiente.
(Apuntes históricos de la villa de Puen-
te Genil).
Mendoza: grabador. Acaso cordobés. No conocemos más
que una estampa de su mano sin fecha, que representa la
Virgen del Amparo que se venera en su ermita de Córdoba.
La manera de grabar es muy insegura y ligera, pero el di-
bujo es bueno y el aspecto de la lámina bastante grato.
(Colección de estampas del autor).
Mesa (Juan de): pintor. En la obra de Cean Bermudez,
hay un artículo encabezado como el presente que dice así:
175
«Residía en Madrid á principios del siglo XVII. Eran de aa
mano quince cuadros que habia en el colegio de los jesuítas
de Alcalá de Henares, colocados en el tránsito llamado del
rector. El primero tenia esta inscripción. «Vida de San Ig-
nacio de Loyola, fundador de la compañía de Jesús, sacada
de la que escribió el P. Rivadeneyra de la misma compañía,
y después hizo pintar á Juan de Mesa en Madrid y estam-
par en Flandes á los Gáleos.»
Ignoramos si este pintor es el mismo que el que nosotros
hemos hallado encargado en 1596 por el diputado de la
Fuensanta de Córdoba, el racionero Pedro Velez de Alva-
rado^ para pintar de nuevo un cuadro donde se expresaban
los milagros y aparición de esta imagen. Esta obra no se
llegó á ejecutar y se le encargó á Leonardo Henriquez como
en su artículo hemos dicho, ignorando las causas que moti-
varon este cambio de pintores. Bien puede ser que después
de esta fecha. Mesa pasara á Madrid donde estuviera y pin-
tara á principios del siglo XVII los cuadros de Alcalá.
(Archivo de la Fuensanta).
Millán (Don Alonso): platero cordobés, discípulo de
don Gerónimo de León. Se verificó su examen de aptitud
ante el hermano mayor y oficiales de la Congregación de
San Eloy, de plateros de Córdoba el dia 6 de Enero de 1748,
y presentó como prueba de su habilidad, una escultura de
plata sobredorada representando á San Antonio. La que di-
jeron los señores aprobadores, estar muy bien hecha.
(Archivo del Colegio de plateros).
Mobarak: marmolista. Su nombre se encuentra en el
fuste de la tercera columna de la décima tercera hilada,
nave del cautivo, en la mezquita de Córdoba.
(Don Rodrigo Amador de los Ríos).
176
Mohedano (Antonio): pintor y poeta, á quien Palomi-
no y Cean Bermudez hacen equivocadamente natural de
Antequera, pero que realmente nació en Lucena según un
documento encontrado en una especie de caja que tiene en
el pecho la estatua de San Pedro, de la parroquia mayor de
Lucena, y que copió don Fernando Ramírez de Luque en
1788 con ocasión de haberse hecho la restauración de dicha
estatua. El papel citado dice así: «In del nomine, amen: En
la villa de Lucena á ocho dias del mes de marzo de mil qui-
nientos noventa años en la iglesia mayor parroquial de di-
cha villa fué fundada la cofradía del bienaventurado após-
tol San Pedro con aprobación de don Lope de Rivera, visita-
dor general de este Obispado por don Francisco Pacheco,
Obispo de dicho Obispado de Córdoba, Y en el cabildo que
para elegir hermano mayor y oficiales se hizo, fueran elec-
tos por hermano mayor el Licenciado Bartolomé Ruiz Guer-
rero, Vicario de esta iglesia y Licenciado Alonso de Ángu-
lo Guzman, que lo presente escribe, y Juan Hurtado por
conciliarios, y el Licenciado Francisco de Toro por coadju-
tor del hermano mayor. Y todos los dichos Presbíteros y co-
frades de dicha Cofradía en este año mientras á los susodi-
chos les durare los oficios de los bienes de dicha Cofradía,
hicieron hacer el pendón de carmesí y hacheros que la Co-
fradía tiene para los entierros, y con mucho cuidado procu-
raron el aumento de dicha Cofradía, é hicieron hacer esta
imagen de San Pedro en Granada, por Pablo de Rojas, es-
cultor, y traerla á esta villa. Y acabado dicho año, fueron
electos por oficiales de dicha Cofradía los licenciados Luis
de Ángulo, por hermano mayor, y Gerónimo Molina y Pe-
dro Alonso del Valle, por conciliarios; y Diego Cerrato de
Castañeda por tesorero. En cuyo tiempo esta imagen fué
adorada con las limosnas extraordinarias de los cofrades, por
Antonio Mohedano y Juan Vázquez de la Vega, pintores ve-
177
cinos de Antequera y naturales de esta villa: y en dos de
mayo de mil y quinientos y noventa y un años, fué aproba-
da dicha Cofradía y constituciones de ella, por Hernando
Mohedano de Saavedra, Canónigo de la Santa Iglesia de
Córdoba, y Provisor general de ella y su Obispado sede va-
cante. Todo lo cual así es según aquí está dicho. Plegué á
Dios nuestro Señor de llevar adelante la dicha Cofradía, pues
tan santos intentos tiene como consta de las constituciones
de ella. Amen. El Licenciado Alonso de Aguilar Guzman,
notario apostólico.»
Ramírez de Luque dice en vista de este documento: «El
autor del Museo (Palomino), escribió en la corte, cien años
posterior á Mohedano en 1724, por cuya razón no puede es-
tar tan bien informado de la naturaleza de este pintor céle-
bre, como el Presbítero y notario Ángulo, que compuso el
precitado instrumento en este mismo pueblo, y lo que es
más, viviendo Mohedano, y aun á su vista y de toda la her-
mandad de San Pedro: testigos que no es fácil lo dejaran
cometer en un documento público tan grave yerro sobre un
asunto tan notorio entonces, que ninguno podía ignorar.
Tiene, pues, en buena crítica toda la probabilidad el dicho
notario, y ninguna en este particular Palomino, que habló de
oidas, y á mucha distancia del lugar y del tiempo en que
floreció Mohedano».
Conformes en un todo con el parecer del discreto Ramí-
rez de Luque, admitimos desde luego como lucentino al
pintor Mohedano, que hasta ahora ha pasado como natural
de Antequera.
El nacimiento de Mohedano tuvo lugar en 1561, y su
padre que era jurado de la ciudad de Antequera, al saber
la vuelta de Roma de Pablo de Céspedes, le envió su hijo,
que mostraba gran afición á la pintura. Tomóle Céspedes á
su cargo en el año 1577, y en poco tiempo hizo extraordi-
ToMO ovil. 12
178
narios progresos, pintando primero sargas para perder el
miedo á los pinceles, y después dedicándose á pintar al
fresco y al óleo con notable aplauso de sus contemporáneos.
Las obras de Julio y Alexandro en Ubeda y Granada, las
de los Pérolas en el Viso y las de Arbacia en Córdoba, dice
Cean Bermudez, le decidieron á preferir el fresco, en lo
que llegó á aventajar á todos sus condiscípulos. Cean co-
mete un error en afirmar esto. No sabemos si los Pérolas
pintaron al fresco, porque no hemos visto sus obras del
Viso; pero en cuanto á las de Arbacia, en Córdoba, y las de
Julio y Alexandro en Granada, podemos afirmar después de
un detenido estudio que están ejecutadas al óleo á pesar de
estar hechas sobre el muro.
Don Rafael Romero y Barros que ha examinado las de
Arbacia, y que es persona de reconocida inteligencia en la
materia, afirma con nosotros que están ejecutadas al óleo.
Antes de empezar alguna obra Mohedano la meditaba
mucho, haciendo estudios por el maniquí y el natural,
procurando imitar la maestría de Céspedes. Pintaba con
mucha perfección las frutas y los grutescos, imitando las
obras de Juan de Udine. Pintó los claustros de San Fran-
cisco de Sevilla, muros, arcos y artesonado, ayudado de
Alonso Vázquez. Pintó la bóveda de la nave del Sagrario
de la Catedral de Córdoba en unión con los Pérolas. Todas
estas pinturas se han perdido. Se retiró á Lucena en los
últimos años de su vida, y allí murió en 1625. Cean cree
que las pinturas del salón principal del palacio arzobispal
de Sevilla, atribuidas á Luis de Vargas, sean de Mohedano.
Si es así, muy excelente debió ser este lucentino, cuando
sus obras se atribuyen al Rafael de la escuela sevillana.
Mohedano dedicaba sus ocios á la literatura, y de su
ingenio nos ha quedado muestra en los dos sonetos que
Pedro Espinosa publicó en Valladolid en su obra Flores de
179
poetas ilustres de España, en 1605, y que por ser poco
conocidos los copiaremos aquí juntamente con el que com-
puso Espinosa en honor de nuestro artista, todos los que
trae Cean Bermudez, y dicen así:
En vano es resistir al mal que siento,
Si echada por el suelo mi esperanza,
Sujeta á mi razón con tal pujanza,
Que ni aun libre le deja el sentimiento.
Así padece y calla el sufrimiento,
Sin esperar del tiempo la mudanza,
Ni en aquesta tormenta la bonanza,
Que siempre ha de soplar contrario el viento.
Estoy á padecer el mal tan hecho
Que en el bien estaré, si viene, extraño.
Porque el mal en sí propio me convierte;
Y temo venga ya, porque sospecho,
Que el bien que ha de causar en mí más daño,
Que causa el mal, pues no me da la muerte.
Aguarda, espera, loco pensamiento,
Y no lleves volando la memoria,
A ver la causa de tu amarga historia,
Que doblas la ocasión al sentimiento:
Para el curso veloz y muda intento.
Huye la senda de tu fin notoria.
Pues vez que el mal publica la victoria,
De mi vida vencido el sufrimiento.
Ya, pensamiento, cese tu pujanza,
Llegado habemos á la muerte triste,
Posada cierta del dolor amigo.
De tí quiero tomar justa venganza,
180
Y es, pues tú contigo me perdiste,
Morirme yo, y perderte á ti conmigo.
El otro soneto dedicado por Espinosa á Mohedano, es-
como sigue:
Pues son vuestros pinceles, Mohedano,
Ministros del más vivo entendimiento,
Almas que dan vida al pensamiento,
y lenguas con que habla vuestra mano.
Copiad divino un ángel á lo humano
De aquella que se alegra en mi tormento.
Porque tenga á quien dar del mal que siento
Las quejas que se lleva el aire vano.
Quando el original me diere enojos,
Quej árame al retrato, que esto medra
Quien trata amor con quien crueldades usa;
Mas temo que quedéis, viendo sus ojos,
Como quien vio á Campestre ó á Medusa,
Enamorado ó convertido en piedra.
Las únicas obras que quedan de Mohedano y por las que-
lo podemos juzgar, son las pinturas del palacio arzobispal
de Sevilla, puesto que se han perdido las que hizo en la
nave del Sagrario de la Catedral de Córdoba, las del claus-
tro principal del convento de San Francisco de Sevilla, y
no son suyos los cuadros que le atribuye Cean, del retablo
mayor de la parroquia de Lucena, por la sencilla razón de
que no hay pinturas en tal retablo. Lo que hizo fué dorarlo
en 1607, en cuyo año á 7 de Junio se acabó de poner.
{Cean Bermndez, Ramírez de Luque).
Molina y Sandoval (Don Fernando): pintor, escritor
y tal vez escultor. Cean Bermudez trae un artículo titulado-
181
Molina, escultor, en el que dice que era sacerdote y resi-
día en Córdoba á fines del siglo XVII, habiendo trabajado
la estatua de San Fernando que estaba en el altar de la ca-
pilla de este santo á espaldas de la de Villaviciosa de la Ca-
tedral, sin que dé más noticias que ésta, tomada de Ponz.
Nosotros hemos averiguado su nombre, que es el que en-
cabeza este artículo, que era natural de Córdoba, sacerdo-
te, medio racionero de la Catedral, que vivía en la calle de
Santa María de Gracia, y que en 1698 se comprometió á ha-
cer á su costa el retablo de San Fernando que estuvo en la
capilla de Villaviciosa, en el que gastó más de 15.000 rea-
les, habiendo tenido necesidad de vender unas casas para
atender al coste del referido retablo. También hemos averi-
guado que tardó en hacerlo hasta 1712, y que el lienzo que
había en él copia de otro de Castillo, y que representaba á
San Fernando, estaba pintado por el racionero que nos
ocupa.
Como corroboración de parte de lo dicho, hallamos en el
frontal de mármol del citado altar, que ya no existe, una
inscripción en esta forma:
D- F- H- R- D- F- D- M- H- A- E- P- O- D- E- P.
y que traducida por el licenciado don Tomás Moreno en su
ohv a. Descripción de la Santa Iglesia de Córdoba, curioso
manuscrito de la biblioteca episcopal, quiere decir lo si-
guiente:
Divo Ferdinando Hispaniarum Regí Dominus Ferdi-
nandus. De Molina hujus almce Eclesice Portionarius Di-
xabit et Pinxit.
Como se ve está comprobado no sólo que Molina era pin-
tor, sino que San Fernando fué el ejecutado por él. Lo que no
se sabe á ciencia cierta es que sea suya la escultura que
182
Cean le atribuye. De todos modos, era artista muy mediano
pues estatua y lienzo valen poco.
Era además escritor, y don Nicolás Antonio cita como
obra suya la siguiente:
«Historia de la milagrosa imagen de la Fuensanta, de la
ciudad de Córdoba, por don Fernando de Molina, capellán
del mismo santuario.» M.S.
Molina (Don Juan de la Cruz): pintor y racionero de
la Catedral de Córdoba, de donde se le supone natural. En
casi todas las iglesias de Córdoba, así como en la Catedral
y en muchas casas particulares, se encuentran abundantes
obras de su mano, todas ellas de delicado estilo y bastante
correctas de dibujo. En la que tiene en un altar de la igle-
sia del convento de Santa Marta, se encuentra su firma y la
fecha de 1729.
Molina (Pedro de): arquitecto que informó en la justi-
ficación que hicieron los frailes del convento de los márti-
res de Córdoba, para probar que el cuerpo de San Acisclo
estaba enterrado en su iglesia y no en la de San Pedro.
Esto ocurrió á fines del siglo XVI.
{Ramírez de Avellano, don Teodomiro) .
Mondzir: tallista. En la segunda columna de la nave
oncena de la Mezquita de Córdoba se lee:
Obra de Mondzir.
El mismo nombre se lee en el cimaceo de la quinta de la
dccimacuarta hilada. Entiéndase que al contar las hi-
ladas siempre lo hacemos partiendo del muro Sur del mo-
numento.
{Amador de los Rios, don Rodrigo).
183
Monroy (Don Antonio): pintor y escultor. Nació en
Baena, de tan modesta familia, que según se dice, fué en
su niñez peón de albañil. Ignoramos cómo, cuándo y con
quién aprendió á pintar, y sólo sabemos de él cuando lo
encontramos en Córdoba convertido en pintor notable. Mu-
rió en Córdoba, y fué enterrado en el cementerio de la Sa-
lud. Respecto á las fechas de su nacimiento y de su muerte,
y acontecimientos notables de su vida, las ignoramos, pero
podemos conjeturar con algún fundamento por los datos
biográficos de su hijo. Este nació en 1790, y suponiendo que
el padre tuviera de 25 á 30 años, debió nacer por los años de
1760 á 1765. Su traslación á Córdoba debió ser por los años
de 1800 ó poco más, puesto que don Diego nació en Baena y
vino á Córdoba muy joven; suponemos por lo tanto, que no
tuviera más que diez años. Respecto á su muerte debió ser
hacia el año 1820 á 1823, Don Francisco de Borja Pavón,
nuestro querido y respetable amigo, recuerda que pregun-
tando un día á don Diego datos biográficos de su padre, le
dijo que los ignoraba, recordando sólo que era un viejecito
acartonado que iba en el invierno por la calle con su capita
cruzada sobre el pecho, sin embozarse nunca, y no sabia
más. Es lástima que fuera el bueno de don Diego tan des-
cuidado en conservar la fama de su padre, á quien nunca
llegó á alcanzar como pintor.
Al señor Pavón debemos el saber que don Antonio Mon-
roy era escultor, pero desconocemos obra suya. En cuanto
á la pintura, adolecía de los defectos de su época; era
su color muy hermoso, quizás demasiado trasparente, re-
sultando algo vidrioso y falso; el dibujo correcto y la com-
posición discreta. Para su época era uno de los mejores
pintores andaluces. Sus obras públicas, son las siguientes:
184
Córdoba. — Catedral.
En un altar del centro de la iglesia, San Antonio á quien
se le aparece el niño Jesús. Es su mejor obra.
Ídem. — Museo.
San Diego de Alcalá, con el hábito recogido y en él unas
flores.
Ídem. — Santa María de Gracia.
La Virgen del Kosario.
Ídem. — Parroquia de San Pedro.
Cristo en la cruz y á los pies las ánimas del purgatorio.
Ídem. — Retablo de la calle de Lineros.
San Rafael en el centro, y á los lados San Acisclo y Santa
Victoria.
{Bamirez de Avellano, don Teodomi-
ro. — Pavón.)
Monroy y Aguilera (Don Die^o): pintor. Nació en
Baena en 1790, y fué hijo de don Antonio y de doña Juana
Aguilera y Aguayo. Muy joven se trasladó con su iamilia á
Córdoba, en donde fué discípulo de su padre, y después
pasó á Madrid á perfeccionarse en su arte, estudiando en la
Academia de San Fernando, bajo la dirección de Maella,
que enamorado de las buenas cualidades y aptitud de don
Diego se lo llevó á trabajar á su casa. Su fama debió cre-
cer pronto, toda vez que en 1818 fué condecorado por el
rey de Francia con la flor de lis, y en 19 de Septiembre de
1819 fué nombrado por aclamación, académico de mérito
de la de San Fernando, y poco después pintor de cámara de
Fernando VII.
185
No sabemos en qué fecha volvió á Córdoba, en donde se
■dedicó á la enseñanza del dibujo, y fué director de la Aca-
demia de dibujo del colegio de la Asunción, hoy Instituto
provincial, teniendo además en la época de la exclaustra-
ción, el encargo de recoger y catalogar los cuadros de los
conventos suprimidos y formar con ellos el Museo provin-
cial. Murió en Córdoba en Agosto de 1856, siendo enterrado
en el cementerio de la Salud.
Osorio y Bernard dice que hasta 1815 su estilo era seme-
jante al de Maella, y desde esta época, como se hubiese de-
dicado al estudio de los buenos modelos que habia reunido
en su casa de las escuelas sevillana y cordobesa, cambió
por completo y se dedicó á imitarlas, resultando algunas
obras que casi podrían confundirse con los originales.
Este elogio es exagerado á todas luces. Si don Diego era
un pintor bastante bueno para la época en que vivió y para
la escuela á que pertenecía, no por eso dejaba de tener un
dibujo incorrecto y un color desabrido y falso que nunca
pudo mejorar, como puede comprobarse en los cuadros que
bay de su mano en Córdoba. Sin embargo á Castillo lo co-
piaba bastante bien.
Monroy tomó parte en las Exposiciones de Madrid de 1843
y 1856, presentando en la primera una Sacra Familia que
le valió la cruz de Carlos III, y en la segunda la aparición
de la Virgen á San Fernando enla conquista de Córdoba , y
un Niño Jesús meditando sobro la redención del mundo. Sus
obras públicas son las siguientes:
Almagro.— San Bartolomé.
San Fernando. — Las angustias de la Virgen, copia de
Van Dick, imitando el antiguo. — San Joaquín llevando de
la mano á la Virgen niña.— San Miguel, copia del del ra-
cionero Castro, qne se conserva en el Museo de Córdoba. —
186
San Raimundo, San Pedro y el paralítico. — San Juan Ne-
pomuceno y el Tránsito de San Ignacio, que es el mejor.
Madrid.— Academia de San Fernando.
Una miniatura que representa á la Magdalena.
Córdoba. — Catedral.
La cabeza de Santa Cecilia, en un medallón de uno de los
órganos.
Ídem, — Parroquia de San Miguel.
En la capilla del Sagrario la Oración del Huerto y la pri-
sión de Cristo.
Ídem. — San Pablo.
En el altar del beato Posadas unos medallones, de los que
dos representan á la Virgen y á Santo Domingo.
Ídem. — San Francisco.
Los Santos Juanes, copia de Castillo.
Ídem. — San Nicolás déla Villa.
Varios cuadros en los altares colaterales, puestos en sus-
titución de las tablas de Pedro de Córdoba, que están en elS
Museo del Louvre.
Ídem. — Capilla del cementerio de la Salud.
El cuadro de Animas.
Ídem.— En muchas parroquias.
Los óvalos de las cruces parroquiales.
{Osorio y Bernard. — González Guevara.
— Ramírez de Arellano, don Teodomiro).
187
Monserrat y Vargas (Don Juan de Dios): pintor.
Nació en Córdoba en 20 de Enero de 1820 y murió en la
misma, en la casa número 13 de la plazuela de la Paja, el
18 de Abril de 1865. Fué discípulo de don Diego Monroy,
de quien hizo un retrato que ignoramos si existe.
Ejerció el profesorado del dibujo en el colegio de Lucena,
y en Córdoba en la academia particular que tuvo en su ca-
sa^ de donde salió como aventajado discípulo don Mariano
Belmente de quien hablamos en otro lugar.
Era un pintor mediano, pero de respetable memoria, toda
vez que en su época no existía en Córdoba pintor alguno
que enseñase el dibujo más que él. Obras públicas de su
mano no sabemos que existan más que el retrato del nota-
ble cordobés D. .José María Rey, que se conserva en el des-
pacho del alcalde en el Ayuntamiento de Córdoba.
{Ramírez de Avellano , don Teodomiro).
Montilla y Melgar (Don Manuel): pintor y escritor»
Nació en Puente Genil en 4 de Febrero de 1816 y fué hijo
de don Mariano y de doña María Josefa. Ignoramos cuáles
fueron sus estudios, tanto artísticos como literarios, y sola
sabemos que desempeñó diferentes cargos administrativos,
siendo el más importante el de comisario de Fomento del
Gobierno político y militar de las islas de Mindanao y sus
adyacentes, cargo que desempeñaba cuando en 11 de Mayo
de 1864 le sorprendió la muerte en Zamboaga, capital de
Mindanao,
Las obras que nos ha legado son en literatura «Viajes por
el cabo de Buena Esperanza», dos tomos: y «Apuntes acer-
ca de Manila y Zamboaga», un tomo voluminoso, y artísti-
cas las imágenes de San Carlos y San José, al óleo, en la ca-
pilla de San Cristóbal, en la iglesia de Jesús de su patria, y
una mesa revuelta de gran tamaño, hecha á pluma que re-
188,
galo á la reina doña Isabel en 1849, y que se conserva en
el Ministerio de la Gobernación.
{Apuntes históricos de la villa de Puen-
te Genil).
Morales (Benito): arquitecto. En el año de 1570 estaba
encargado en concepto de maestro mayor de las aceñas, lla-
madas de Martes, que pertenecían á la Catedral de Cór-
doba.
{Archivo de la Catedral).
Morales (Diego): escultor cordobés, que hizo hacia el
año 1806 el Cristo con que termina el retablo de la iglesia
de San Rafael, de Córdoba.
{Ramirez de Arellano, don Teodomiro).
Morales (Don Pedro): platero cordobés discípulo de
don Jorge José Jurado. Fué aprobado para abrir taller por
los examinadores de la Congregación de San Eloy de plate-
ros de Córdoba el día 11 de Abril de 1753, y presentó para
este acto una escultura en plata que representaba á Santia-
go, y que estaba bien hecha, según consta del acta de su
examen.
{Archivo del Colegio de plateros).
Moreno (Don Alonso): platero cordobés. En 28 de Ju-
nio du 1697 fué examinado y aprobado para el comercio y
obrador del arte de la platería por los examinadores de la
Congregación de plateros de Córdoba, en vista de lo bien
hecho que estaba un cáliz de plata que presentó.
{Archivo del Colegio de plateros).
Moreno Adrieneg^a (Antonio): pintor. En la sacristía
189
de la parroquia de Santa Marina, de Córdoba, hay un cua-
dro con una alegoría en donde se lee el nombre de este pin-
tor que era rector de aquella parroquia, y está retratado en
el cuadro. La dedicatoria á la Virgen está firmada en 14 de
Enero de 1719.
Moreno Anguita (Don Juan): pintor, escultor y lite-
rato. Nació en Cañete de las Torres en 13 de Diciembre de
1816, y fué hijo de don Juan Manuel y de doña Francisca
de Paula. Trasladado á Córdoba en su niñez, estudió hu-
manidades con el profesor don Telesforo Monroy, y la pin-
tura con don Diego Monroy, llegando á obtener el título de
preceptor de latinidad y humanidades en 19 de Febrero de
1840. En tal concepto obtuvo la clase de latín y humanida-
des en Almadén, de la que tomó posesión en 13 de Abril de
1844, y la desempeñó hasta la supresión de aquel colegio.
En 15 de Septiembre de 1846 fué nombrado catedrático in-
terino de Retórica y Poética del Instituto de Ciudad Real
que regentó desde el 30 de Septiembre hasta el 30 de No-
viembre del mismo año, que fué trasladado al Instituto de
Badajoz, en donde estuvo dos años. Allí desempeñó tam-
bién la cátedra de Historia Universal. Por real orden de
24 de Junio de 1848, fué trasladado al Instituto de Murcia,
en donde estuve con el carácter de interino hasta 7 de
Marzo de 1857, que fué nombrado catedrático de clásicos
en propiedad en el mismo Instituto. Fué trasladado á Cór-
doba por real orden de 5 de Marzo de 1864. Las distintas
reformas del plan de estudios, hicieron al señor Moreno
Anguita cambiar de cátedra varias veces, y otras veces que-
dar de catedrático supernumerario. Durante su vida no
abandonó nunca los trabajos artísticos, y como pintor y es-
cultor fué nombrado en 29 de Enero de 1805 correspon-
diente de la real Academia de San Fernando, con cuyo ca-
190
rácter formó parte de la comisión provincial de monumen-
tos de Córdoba. En 5 de Septiembre de 1884 fué nombrado
vice-director del Instituto, cuyo cargo desempeñó hasta su
muerte, acaecida en 15 de Octubre de 1887. En la memoria
leída en la apertura del curso de 1888 á 89 por el catedrá-
tico don José Maria Rodríguez (padre del actual secretario
del Instituto, á quien debemos estas noticias), se dice del
señor Moreno: «Por su carácter sencillo y bondadoso, agra-
dable trato y excelentes prendas supo captarse la simpatía
y amistad de todos sus compañeros, como el cariño de sus
numerosos discípulos.»
Como artista no era una notabilidad. En el Instituto se
guardan dos obras suyas que son los retratos al óleo de los
profesores de aquella casa, don Telesforo y don Diego Mon-
roy. En las exposiciones celebradas en Córdoba, presentó
cuadros y esculturas, y entre ellas un San Onofre al óleo, en
la del Casino industrial de 1868. Sus obras literarias son
un folleto, publicado en 1872, titulado «Exposición de los
clásicos españoles más notables,» y una colección de sus
principales composiciones poéticas y en prosa, que fué pre-
miada en Mayo de 1877 por la Sociedad Económica de Ami-
gos del País, y que no se ha publicado por falta de recur-
sos de su autor.
Moreno y Zeballos (Diego): bordador. En 9 de Junio
de 1782, don Diego González, hermano mayor de la congre-
gación de San Eloy, lepagó l.OOOVeales por el bordado de la
sotana del santo que había hecho, El recibo se guarda en el
archivo del Colegio de plateros. Por otro recibo consta que
en 9 de Junio de 1783 se le pagaron 1.700 reales que son los
mismos, dice, en que me obligué á bordar la capa y estola
del santo San Eloy, Parte de esta obra se conserva en po-
der de la Congregación de plateros, y es bastante buena. El
191
nombre de este bordador no figura en ninguna de las obras
biográficas de artistas hasta hoy publicadas.
Mostauz: marmolista. Este nombre leyó el señor Rios
{don Rodrigo Amador) en el fuste octavo de la oncena nave
dol templo Catedral de Córdoba. El citado orientalista cree
que debe ser error del marmolista escribir así su nombre
Mansur, á causa sin duda de la mala ortografía del artista,
no obligado á ser muy literato. Apoya su opinión en la se-
mejanza del sonido, pero lo cierto es que la palabra en
donde faltan las mociones ó vocales, como en la inmensa
mayoría de las inscripciones árabes, está escrita así: Mstiüz,
lo cual difiere muchísimo de Mnswr, que quiere que se lea-
No nos encontramos con concimientos bastantes á resol-
Tor esta duda.
Montabarak: marmolista. Nombre que aparece en una
xjolumna de la oncena hilada de la Mezquita de Córdoba.
{Don Rodrigo Amador de los Rios).
Motarrif-ibn-Abd-er-Rahman arquitecto. Por la
parte inferior de la cornisa del interior del mihrab de la
Mezquita de Córdoba, corre la siguiente inscripción que nos
da el nombre del arquitecto famoso que construyó el Sancta
Sanctorum de aquel templo maravilloso. Dice así, según la
versión de don Rodrigo Amador de los Rios:
«En el nombre de AUah, el clemente, el misericordioso:
Cumplid fielmente las oraciones y en especial la oración del
medio, y dirigios á Allah llenos de devoción. Mandó el Iman-
Al-Mostanssir-bil-lah, siervo de Allah-Al-Hakem, príncipe
de los creyentes (esfuércele Allah con el auxilio divino), (se
hiciese) cnanto fué necesario en la construcción de este ál-
mihrah, revistiéndole de mármoles en su interior, obra res-
192
plandeciente de blancura y pródiga de santidad. Terminóse
la construcción bajo la dirección de su liberto y Háchib-
Chafar-ben-Abde-er-Karman (complázcase Allah en él), y
la inspección de Mohammad-ben-Tamlih^ Ahmed-ben-Nasar
y Jayd-ben-Haxim, de la guardia del prefecto, y de Mo-
tharrif-ben-Abd-er-Eahman, sobrestante, en la luna de
Dzu-1-Hicháb del año cuatro y cincuenta y trescientos.
Quien se resigna por completo á la voluntad de Allah, y es
justo, ha encontrado un apoyo excelente, porque en Allab
está el fin de todas las cosas.»
El año 354 de la Egira que marca la inscricion correspon-
de al 964 de Jesucristo.
La palabra sobrestante, puesta como calificativo al nom-
bre Motharrif, nos ha hecho creer que sin duda fué éste el
arquitecto que dirigió aquel monumento, el primero en su,
clase en todo el orbe, pues la dirección del hachib no seria
en la parte arquitectónica en que no estaba obligado por su
cargo á ser muy inteligente.
(Don Rodrigo Amador de los Ríos).
Mudafar: tallista. El año 1857, nuestro padre don
Teodomiro Ramírez de Arellano, encontró en Córdoba una
inscripción entre adornos de gusto árabe bizantino, labrada
en mármol de Macael y procedente de las ruinas de Medina-
Az-Zahra, y la regaló á su amigo don Aureliano Fernandez
Guerra y Orbe, que la conserva en su colección en Madrid.
Traducida la leyenda por don Pascual Gayangos, resulta
que dice: «Lo hizo Mudafar el marmolista, su esclavo.»
Murillo: pintor. En el Museo provincial de Córdoba
existe un cuadro que representa la Concepción, firmado asi:
Murillo fecit, año 1700. Sin embargo que en este cuadro se
Ten rasgos que se parecen en gran manera al célebre Bar-
193
tolomé Esteban, por cuya razón puede suponese de un dis-
cípulo suyo, y no obstante que pudiera ser firmado por al-
guno que deseara venderlo como del maestro sevillano, no
creemos hubieran puesto la fecha de 1700, toda vez que el
mencionado artista murió en 1682. ¿Será acaso este cuadra
de un hijo del célebre maestro?
Tomo CVII. 13
194
3sr
Nasar: tallista. Véase Nassr: tallista.
Nassr: tallista. Así escribe el nombre de este artista don
Rodrigo Amador de los Ríos, y no obstante que conocemos
que le sobra una s, pues el s^ad no tiene teschdid que lo
duplique, y además le falta un fatha, debiéndose leer Na-
sar, admitimos la palabra tal como nos la escribe el orienta-
lista citado. Es obra suya una parte de la ornamentación
del interior del mihráb de la Mezquita de Córdoba, en don-
de en una cartela, al lado de la izquierda, por bajo de la
cornisa, se lee:
Obra de Nassr.
Incurriendo en notoria contradicción, el citado escritor
al leer la inscripción del cimaceo de la cuarta columna de
la hilada décimatercera, lee Nassar, escribiéndolo en ca-
racteres arábigos con la misma forma y letra que en la ins-
cripción á que antes nos referimos. El nombre de este artis-
ta se ve en el fuste de la quinta columna y en el cimaceo de
la octava de la misma hilada, en el fuste de la séptima, de
la décimacuarta y en el de una columna de las de la nave
del Cristo del cautivo.
{Don Rodrigo Amador de los Rios).
Navarra y León (Juan): escultor cordobés. Es autor
de un bajo relieve que representa la Virgen del Rosario, y
está en la calle de San Pablo, en Córdoba, á la espalda del
195
<;amarin de esta Virgen en la capilla de su nombre del con-
vento de Dominicanos. En 1794 hizo la estatua de Cristo
que está en la plazuela de los Dolores. Una y otra obra son
toscas y de dibujo bastante incorrecto.
{Bamirez de Avellano, don Teodomiro).
Neg^rete (Don José): platero natural de Córdoba, don-
de aprendió su arte en el taller de don Pedro de la Vega.
Consta del acta de su aprobación para abrir taller, que se
examinó el dia 9 de Agosto de 1739, y que presentó una es-
cultura de San Antonio hecha con todo cuidado.
(Archivo del Colegio de plateros)»
,j
196
Ochoa (Juan de): arquitecto, vecino, y acaso natural,
de Córdoba. Sucedió á Hernán Ruiz en la maestría mayor
de la Catedral, desde 1604 hasta 1606, en que debió morir.
En 1601 corría con las obras interiores de la Catedral, se-
gún se desprende de un auto capitular, que dice:
«Habiendo visto (el cabildo), una petición de Hernán-
Ruiz, maestro mayor de esta santa iglesia, en que pide que
se le den las obras que en la dicha obra nueva se hicieren,
distintas de las que están á cargo de Juan de Ochoa y to-
caren á él como á maestro mayor, se determinó por la mayor
parte, que Juan de Ochoa proceda adelante en la dicha
obra como está asentado.»
Era autor del patío claustrado, hoy destruido, de San Pa-
blo, é informó en la justificación que hicieron los frailes de
los Mártires para probar que San Acisclo estaba enterrado
en su convento y no en la parroquia de San Pedro.
(Cean, en las adiciones á Llaguno. — Ra-
mírez de Avellano, don Teodomiro).
Oliva (Sóror Mencía de la): escultora. Nació en Córdo-
ba no sabemos qué año, y fué hija del famoso médico Fernán
Pérez de Oliva, y esposa del no menos notable doctor don
Antonio de Morales. De su matrimonio tuvo varios hijos,
entre ellos el famoso cronista de Felipe H Ambrosio de Mo-
rales, y muerto su esposo en 1535, se acogió al convento de
Santa Clara de Córdoba, en unión de su hermana María y
de su hija Andrea, donde profesó, huyendo de los azares á&
197
la mundanal existencia. Allí hizo una ejemplarísima vida
dedicada á las prácticas religiosas, á la penitencia, y mu-
cha parte de su tiempo á la escultura, en la que llegó á go-
zar de buena fama. Murió en 1552, siendo muy sentida de
los que la conocían y trataron y de sus compañeras de clau-
sura,
Al hacer en 1872 obras en el coro de la iglesia de Santa
Clara para convertir el convento en casas, se encontró una
momia de una religiosa, que fué trasladada al convento de
Santa Cruz, y que se supuso fuera el cadáver de nuestra
escultora. De sus obras no se conserva más que un Cristo
crucificado, de unos dos metros de altura, que estaba en el
coro de Santa Clara y hoy se guarda en el interior del con-
vento de Santa Cruz. No lo hemos visto, y por lo tanto, no
podemos juzgar del mérito artístico de su autora.
(Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
Orbaneja (Bernabé): grabador. Al frente de la obra
Anphiteatro Sagrado, escrita por don Pedro Clemente Val-
dés, en que se describen las fiestas que hubo en Córdoba
por la canonización do San Luis Gonzaga y San Estanislao
Kostka, hay un grabado en cobre que representa las armas
de los Marqueses de las Escalonias, firmado con el nombre de
este grabador y con la fecha 1728.
Ortega (Tomás de): arquitecto con título del Eey y ve-
cino de Córdoba. En 1703, siendo corregidor don Francisco
Antonio Salcedo, se hicieron nuevos, bajo la dirección de
este arquitecto, dos arcos del puente que esta ciudad tiene
sobre el Guadalquivir. Estos arcos son de diferente cons-
trucción que los demás y desdicen notablemente de los
otros, no sólo en arquitectura y tamaño, sino en gusto ar-
tístico. La obra se hizo con la más acertada dirección, pues
198
no faltó durante ella paso para carruajes y bestias, conti-
nuando así el comercio sin interrumpirse entre la ciudad y
el barrio conocido por el Campo de la Verdad.
(Anales de Martin López Rubio).
Osuna (Don Antonio): platero, natural y vecino de Cór-
doba, donde aprendió su arte en el obrador de don Gaspar
de Medina. En 29 de Junio de 1732 fué examinado por los
aprobadores de la Congregación de San Eloy del arte de
platería, presentando una águila imperial de plata hecha
primorosamente. Fué aprobado y autorizado para abrir ta-
ller y comerciar en objetos de su arte.
{Archivo del Colegio de plateros.)
Otero (Francisco): fundidor. En 1789 hizo la campana
llamada de Nuestra Señora de los Remedios de la iglesia
parroquial de la Purificación, de Puente Genil.
(Apuntes históricos de la villa de Puente
Genil).
199
Pacheco (Don Fernando): pintor. Restauró en 1724 la
Concepción de los plateros en la Pescadería de Córdoba, y
cobró por ello 268 reales segnn consta de las cuentas pre-
sentadas por el hermano mayor de la cofradía de San Eloy,,
don Francisco Bruno de Valenzuela. Este pintor no tiene
articulo en el diccionario de Cean Bermudez.
Palomino (Don Juan Bernabé): grabador de láminas^
y pintor. Nació en Córdoba en 15 de Diciembre de 1692 y
vivió en su patria hasta que estuvo en edad competente de
dedicarse á una profesión, en cuyo tiempo se trasladó á Ma-
drid en donde fué discípulo de su tio don Acisclo Antonio, á
quien ayudó en muchas de sus obras pictóricas. Muerto el
tio en 1726, volvió á Córdoba nuestro pintor, y sin maestra
del arte del grabado se dedicó á trazar con el buril copias
de estampas de autores extranjeros, para perfeccionarse en
este arte del que ya había dado pruebas, grabando en Ma-
drid las estampas del segundo tomo del Museo pictórico, de
su tio y maestro. En su patria hizo el retrato del beato Fran-
cisco de Posadas en 1732, y por aquellos años, un retrato
del rey de Francia, Luis XV, que agradó tanto al rey Feli-
pe V que hizo llamar al grabador á Madrid, y le encargó la
ejecución de los planos de la jurisdicción de la corte y otras
obras.
En 1752 se verificó la apertura de la Academia de San
Fernando, y Palomino, con quien se había contado desde
luego para la formación de aquel docto cuerpo, concurrió al
200
acto de la inauguración como uno de sus directores; y al
año siguiente, la academia le designó tres discípulos que
aprendieron con él, siendo esta la base del grabado en Es-
paña, pues hasta entonces las láminas españolas hablan sido
sumamente imperfectas. En recompensa de sus méritos, y
de la enseñanza que en su casa daba, el rey le nombró su
grabador de cámara, y la academia de San Carlos, de Va-
lencia, le remitió el título de académico de mérito.
Palomino murió en Madrid en Febrero de 1777 á los 85
de su edad, sin que aun á tal vejez hubiese abandonado ni
los pinceles ni los buriles. Como pintor, sólo dejó para po-
derlo juzgar, una cabeza al pastel que se guarda en la aca-
demia de San Fernando, y que está muy bien pintada.
Los grabados son muchos y solo citaremos los más nota-
bles que son: San Bruno, copia de la estatua de Pereyra de
la hospedería de la Cartuja del Paular, en la calle de Alca-
lá, en Madrid. El milagro de San Isidro, pintado por Carre-
ño, y que se conserva en la parroquia de San Andrés, de
Madrid. San Pedro, sacado de la prisión por un ángel del
cuadro de Roelas, que está en la parroquia de San Pedro,
en Sevilla. El martirio de los santos Justo y Pastor dibuja-
do por Carnicero, y grabado en Madrid en 1759. Los retra-
tos de la reina doña Isabel Farnesio, el Nuncio Valentí Gon-
zaga, Cerbí y Martínez, médicos de cámara, y Le Gendre,
cirujano, don Nicolás Palomino, presbítero, sobrino del
grabador, el venerable Fray Juan de Soto, don Juan de
Palafox y otros muchos.
En Córdoba vivió Palomino en las callejas de Alcántara.
{Oean Bermudez. — Noticias de Cór-
doba).
Palomino de Castro y Velasoo (Don Acisclo Anto-
nio): pintor y escritor. Nació en Bujalance en 1653, y fué
201
hijo de don Bernabé Palomino y de doña Maria Andrea Loza-
no, quienes queriendo dar ásu hijo una educación esmerada,
trasladaron su casa á Córdoba en cuanto su hijo estuvo en
•disposición y edad de dedicarse al estudio. Aprendió gra-
mática, filosofía, teología y jurisprudencia, pero llevado de
su afición á las artes, todos los ratos perdidos, y aun más,
dedicaba á copiar estampas; y en 1672, habiéndose esta-
blecido en Córdoba Valdés Leal, Palomino le mostró sus di-
bujos y Valdés le dio algunas instrucciones para manejarse
■en el arte, dedicándose desde entonces nuestro biografiado
á la pintura con ahinco y buena dirección. No abandonó
por esto la carrera de las letras y llegó en ello por entonces
á tomar órdenes menores que le confirió el Obispo de Cór-
doba, don Francisco de Alarcon y Cobarrubias.
Mucho debia adelantar Palomino en la pintura, á juzgar
porque en 1675, don Juan de Alfaro, que habia llegado á
Córdoba, no sólo lo alentó para que siguiera trabajando,
sino que lo invitó á pasar á Madrid á estudiar, y tres años
más tarde tn otro viaje que Alfaro hizo le volvió á repetir
su recomendación, y admitida por Palomino, pasó éste á la
corte con cartas de Alfaro y encargo de concluir los cua-
dros que éste habia dejado por terminar.
En Madrid se dedicó Palomino á estudiar matemáticas en
e\ colegio imperial con el padre Jacobo Kresa; se casó con
doña Catalina Bárbara Pérez, hija del enviado de los Can-
tones; fué nombrado alcalde de la Mesta, por lo que se re-
cibió de hijodalgo, y por recomendación de Coello, pintó en
unión con éste la fábula de Psiquis y Cupido, en la galería
del Ciervo en el cuarto de la reina del palacio real. Por esta
•obra se le otorgó el titulo de pintor del rey, sin sueldo, en
30 de Agosto de 1688; pero habiendo hecho muy á gusto del
rey la traza del ornato de la plaza y fuente de la Villa, en
la entrada en Madrid de doña Maria Ana de Neoburg, cuan-
202
do el año 90 vino á casarse con Carlos II, le fueron otorga-
dos los gages de la plaza de pintor de cámara por orden de
21 de Abril de 1698.
En 1692 vino Lucas Jordán á pintar las bóvedas del
Escorial, y Palomino fué el designado para que sugiriera al
pintor los asuntos con arreglo al texto, y desempeñaba tan
á la perfección su cometido, que Jordán decia al recibir los
asuntos que ya iban pintados.
En 1693, trazó don Acisclo los elogios de Carlos V y re-
tratos de Carlos II y su mujer, que estuvieron pintados al
claro oscuro en el hospital del Buen Suceso, y en 1696 pin-
tó los tableros de los calesines en que hablan de ir los re-
yes á los sitios reales.
Pasó á Valencia en 1697, y permaneció allí mucho tiem-
po. En dicho año pintó al fresco el presbiterio de la iglesiar
de San Juan del Mercado; en 99 y 700 las bóvedas de la
misma iglesia; en 701 la capilla de Nuestra Señora de los
Desamparados, y trazó lo que su discípulo Dionis Vidal pin-
tó en la parroquia de San Nicolás. También entonces pintó'
el cuadro de la confesión de San Pedro, y al fresco las pa-
redes de la capilla de este santo en la Catedral.
Vuelto á Madrid, salió para Salamanca en 705, á pintar
al fresco el medio punto de la bóveda del coro del convento
de San Esteban, y vuelto á Madrid, escribió el primer tomo
de su Museo pictórico, que fué aprobado en 708 por el Pa-
dre Alcázar, por más que no viese la luz hasta 1715.
En 712 pintó la cúpula del Sagrario de la Cartuja de Gra-
nada; en 713 los cinco cuadros del altar mayor de la Cate-
dral de Córdoba; en 1714 los geroglíficos y adornos del tú-
mulo que se levantó en Madrid para las honras de la reina
doña María Luisa de Saboya, y en 1723 las cúpulas y pe-
chinas del Sagrario de la Cartuja del Paular, en cuyo pun-
to adoleció primero de una erisipela en una pierna, y des-
203
pues de nnas intermitentes, teniendo que llamar á su hijo
para que le ayudara á terminar la obra. En 1724 publicó el
segundo tomo de su Museo pictórico. En 3 de Abril de 725,
enviudó, y en el mismo año se ordenó de sacerdote; y final-
mente, el 13 de Agosto de 1726 murió en Madrid, y fué en-
terrado en la misma sepultura de su mujer, en la iglesia de
la Orden tercera del convento de San Francisco.
Palomino fué para su tiempo un excelente pintor, y en
sus obras se ve buen dibujo, perspectiva, entonación é in-
genio para la composición; su color era falso y chillón mu-
chas veces. Estas cualidades pueden apreciarse en los si-
guientes cuadros que han quedado de su mano en sitios pú-
blicos, por más que algunos de los citados por Cean han des-
aparecido.
Madrid. — Museo del Prado.
San Bernardo Abad, la Concepción y San Juan, abrazan-
do á un cordero.
Ídem. — Santa Isabel.
El Salvador, San Pedro y San Pablo en el tabernáculo
del altar mayor.
Ídem.— San Juan de Dios.
Los cuatro evangelistas y cuatro asuntos de la vida de la
Virgen, al fresco, en la capilla de Nuestra Señora do Belén,
y al oleo el Salvador del tabernáculo.
Ídem. — Trinidad calzada.
La venida del Espíritu Santo y el sueño de San José en
los postes del cuerpo de la iglesia.
204
Ídem. — San Millan.
La Concepción, en un altar. Esta iglesia no existe ya.
Ídem.— San Cayetano.
En la sacristía un cuadro pequeñoi
Ídem. — San Isidro el Real.
El techo de la ante sacristía que representa el triunfo de
San Francisco Javier-, en la misma pieza, al óleo, dos cua-
dros de San Pedro y San Pablo de tamaño natural, y cua-
tro con figuras más pequeñas de asuntos sagrados. En la
sacristía, San Ignacio dando la comunión á Santa Teresa.
Ídem. — San Pedro.
San Joaquín, Santa Ana y la Virgen en un altar cerca
del mayor.
Ídem. — Monjas de don Juan de Alarcon.
Algunos cuadros en el altar del Cristo y en el de enfrente.
Ídem. — La Victoria.
San Miguel en el colateral del lado del Evangelio, y los
desposorios de San José en la antesacristia.
Ídem. — Buen suceso..
La traza y dibujo de las pinturas al claro oscuro en el
patio. Ya ni existe la iglesia.
Ídem.— Buen Retiro.
Algunos cuadros en una pieza, de paso á la galería de
Cason.
205
Ídem. — Ayuntamiento.
Todas las pinturas de las dos piezas del oratorio y la pin-
tura y ornamentos al fresco del salón de verano.
Ídem. — Academia de San Fernando.
La Concepción, que estuvo en el convento de jesuítas d©
Córdoba.
Paular.— Cartuja.
Las cúpulas y pechinas del sagrario.
Tal AVER A DE LA REINA. — COLEGIATA.
Un San José con el niño, en la sacristía.
Santa María de las Cuevas. — Cartuja.
Una Concepción en la capilla del Cristo.
Sevilla, — Clérigos menores.
San Dionisio, mayor que el natural, en el presbiterio al
lado del Evangelio.
Ídem. — San Juan de Dios.
La Virgen de los Dolores, en el altar del Cristo.
Cuenca. — San Vicente parroquia.
La Virgen del Pilar en un cristal.
Ídem. — San Felipe Neri.
Nuestra Señora del Carmen en el presbiterio.
206
SaI.AMAKOA. SaS El&TÉBAH.
El fresco del testero del coro.
SiGüENZA. — Colegio de San Antonio.
El cuadro de San Antonio de Pádna, en el retablo de su
capilla.
Granada. — Cartuja.
La pintura de la cúpula del Sagrario, al fresco.
Valencia . — Catedral .
Las de la capilla de San Pedro en el retablo y paredes.
Las de la cúpula son del canónigo Victoria.
Ídem. — Nuestra Señora de los Desamparados.
La bóveda que representa la Trinidad con la Virgen y
los bienaventurados.
Ídem.— San Juan del Mercado.
Todas las bóvedas de la iglesia con las vidas de San Juan
Bautista y San Juan Evangelista,
Ídem, — San Nicolás,
El diseño y traza de las vidas de San Nicolás de Bari y
San Pedro mártir, pintadas en las bóvedas por Dionis
Vidal.
CÓRDOBAí— MUSEOi
San Gerónimo. La negación de San Pedro y la adoración
207
de los Reyes, copias de Castillo; y varios santos de medio
cuerpo.
Ídem. — Catedral.
Los cinco cuadros del retablo mayor, el martirio de San
Acisclo y Santa Victoria, la conquista de Córdoba y la apa-
cion de San Rafael al venerable Roelas, en la capilla del
cardenal Salazar.
Ídem. — San Francisco.
Una sacra familia y un Salvador en la capilla de la Ve-
racruz.
Ídem. — Santiago.
San Gregorio y Santa Lucia en la sacristía.
Como escritor valió más Palomino que como pintor, y sus
obras son las siguientes:
«Explicación de la idea qve ha discvrrido y executado
«n la pintvra del presbiterio de la iglesia parroqvial de San
Ivan del Mercado de Valencia, don Antonio Palomino Ve-
lasco. Valencia, Francisco Mestre, 1700.»
En 4.^ 10 hojas preliminares y 56 páginas. Es opúsculo
-de muy difícil adquisición y del que no habla Cean Ber-
mudez.
«Museo pictórico y escala óptica. Theórica de la pintvra,
•en que se describe su origen, essencia, especies y qualida-
des, con todos los demás accidentes que la enriquecen é ilus-
tran; don Antonio Palomino de Castro y Velasco. Madrid,
Lucas Antonio de Bedraar, 1715 el primer tomo y el segun-
do. Viuda de Juan Garcia Infanzón, 1724;» 2 volúmenes en
folio. El tomo I consta de 17 hojas de preliminares, .30() pá-
ginas de texto, 2.3 hojas de índice y 4 láminas. El 11, frontis
grabado, otro impreso, 13 hojas de preliminares, 498 pági-
208
ñas, 13 láminas y 9 hojas de índice y Tablas. De esta obra
se hizo otra edición en Madrid el 1795, el tomo I, y 96 y 97
el II, en folio.
Unida al segundo tomo va una colección de vidas de pin-
tores ilustres, que lleva por título:
«El Parnaso español pintoresco, laureado con las vidas
de los pintores y estatuarios eminentes españoles», de la
que los ingleses hicieron un estracto que publicaron en Lon-
dres en 1744, y otro los franceses publicado en París en
1749, ambos en octavo. En Londres se publicó también
en 1746, un libro en octavo, en lengua española, titula-
do así:
«Las ciudades y conventos de España, donde hay obras
de los pintores y estatuarios eminentes españoles, puestas
en orden alfabético, y sacadas de las vidas de Palomino y de
la descripción del Escorial hecha por el Padre Santos».
Cean Bermudez elogia mucho la obra de Palomino, y hoy
se va haciendo rara y muy buscada. Indudablemente la
parte del segundo tomo, referente á vidas de pintores, es
interesantísima por las muchas noticias que trae y que se
hubieran perdido sin la diligencia del autor en publicarlas.
Lo demás de la obra es muy pesado y adolece de todos los
defectos literarios de su época, hasta el punto de que duda-
mos que haya hoy pintor que tenga paciencia para leerla
entera.
{Cean Bermudez. — Palomino. — Noticias
de Córdoba).
Palomino de Castro y Velasco (Doña Francisca):
pintora. Fué hermana de don Acisclo Antonio, y vivía en
Córdoba á fines del siglo XVII con crédito de habilidad é
inteligencia. Murió en esta ciudad, dejando en ella obras de
su mano aunque no en lugares públicos. Don Manuel Gon-
209
zalez Guevara, en el opúsculo que ha publicado sobre el
arte en Córdoba, afirma que nació en Bujalance, sin que se-
pamos la razón que para ello haya tenido.
(Cean Bermudez).
Paz (Pedro de): escultor. Los datos biográficos que po-
seemos son los suministrados por él mismo en el expediente
de canonización de San Alvaro, exhumado por don Teodo-
miro Ramírez de Arellano. De ellos consta que nació en
Córdoba y que tenia en 1677, en que prestó su declara-
ciones años, ó lo que es lo mismo, que debió nacer en 1611.
Sus obras conocidas son: en la Catedral de Córdoba, tres
apóstoles de madera y una de las virtudes del retablo ma
yor, y la imagen de San Rafael que corona la torre, y que
es de mármol. Era suya también una de las estatuas del re-
tablo mayor de la iglesia del convento de Santa Clara, cuyo
paradero nos es desconocido.
Peña (Gaspar de la): maestro alarife. Consignamos
aquí el nombre de este artista para desvanecer el error,
hasta ahora válido, de que fuese cordobés, haciendo cons-
tar á fuer de imparciales, que nació en Burgos sin que se-
pamos en qué año. En 1659 hizo un proyecto de capilla real
para la Catedral de Córdoba, que habla de construirse en
lo que fué capilla de Villaviciosa. Posteriormente hizo otro
proyecto para emplazar la dicha capilla en el ángulo del
patio de los naranjos, donde está el postigo de la leche.
En 28 de Octubre de 1603 formó el pliego de condicio-
nes para la restauración del puente, en unión de los arqui-
tectos y alarifes Juan Francisco Hidalgo, Juan de León y
Francisco de Luque.
{Archivo de la Catedral. — Ramírez de
Arellano, don Teodomiro).
Peñalosa y Sandoval (Don Juan de): pintor, escul-
ToMO CVII. 14
210
tor, arquitecto y poeta. Nació en Baena en 1581, y trasla-
dado desde niño á Córdoba, estudió la pintura, y acaso la
arquitectura y escultura, con el famoso racionero Pablo de
Céspedes, tan perito en todas las artes, llegando á ser uno
de los más arentajados discípulos de tan esclarecido maes-
tro. Al propio tiempo seguia la carrera eclesiástica, llegan-
do á ser canónigo de la Catedral de Astorga y familiar del
Obispo don Alonso Mesía de Tovar por los años 1630. En el
de 1636 se dice que murió en Córdoba, si bien en Astorga
se cree que vivió muchos más, y que en 1660 hizo la traza
del retablo de San Gerónimo, que se mira en aquella Ca-
tedral.
Cean Bermudez y Palomino sólo han hablado de Peñalosa
como pintor, y como tal, debia estar reputado solamente en
Córdoba en 1617, puesto que el licenciado Enrique Vaca de
Alfaro, al hablar de él en el libro que publicó con motivo
de una justa literaria, habida en la parroquia de San An-
drés de Córdoba el 15 de Enero de dicho año, de que des-
pués hablaremos, sólo dice que fuera hábil en una arte, y
ésta debia ser la pintura.
No obstante, era arquitecto, y no despreciable, según se
desprende de la siguiente leyenda que tiene, en el pedestal
del lado de la Epístola, el altar de la Concepción de la Cate-
dral de Astorga:
La traza de la Architectura deste
Retablo de la Purísima Concepción de Nuestra
Señora y la de los de la Virgen de la
Majestad, y Santa Madre Theresa de Iesús y toda
LA PINTURA de ELLOS,
HIZO DON lOAN DE PeÑALOSA Y SaNDOUAL,
Canónigo desta Santa Iglesia,
T familiar de don Alonso Mesía de Touar,
obispo della.
211
Estos altares, que son de buen gusto, tienen las imágenes
principales de escultura, siendo las de la Concepción y San-
ta Teresa de la época, y la Virgen de la Majestad más an-
tigua. Además contienen cuadros al óleo en varios tarjeto-
nes entre las columnas que forman los retablos, y encima
de los primeros cuerpos hay cuadros que representan, en el
de la Concepción, la Visitación de la Virgen á Santa Isabel,
y en el de la Majestad, á la Virgen poniendo la casulla á San
Ildefonso. En la cornisa tienen la fecha 1630.
Hay además en la Catedral de Astorga los altares de San
Gerónimo y San Juan Evangelista, atribuidos á Peñalosa,
pero que difieren por completo en gusto arquitectónico y
pertenecen ya á la decadencia del arte. En dicha población
se supone también que Peñalosa fué escultor, que son suyas
las imágenes de la Concepción y Santa Teresa, y aun que
ésta es un retrato de la venerable madre carmelita. Todo lo
cual es absurdo, pues habiendo muerto Santa Teresa en 1582,
no pudo conocerla nuestro artista, y aunque es verosí-
mil que Peñalosa conociese la escultura como discípulo
de Céspedes, no hubiera dejado de decirse en la inscrip-
ción copiada si hubiese sido el autor de las referidas es-
tatuas.
La fatal circunstancia de haber quemado los franceses á
principios de este siglo el archivo de la Catedral de Astor-
ga, nos ha imposibilitado completar estos datos, así como
averiguar si la muerte de Peñalosa fué realmente en 1636,
ó vivió, como en Astorga se cree, hasta 1660, pues has-
ta las actas del cabildo en donde se consignaba el falle-
cimiento de los capitulares, perecieron en aquel fatal si-
niestro.
Peñalosa era además de artista poeta. Como tal obtuvo
un tercer premio consistente en un par de guantes de ám-
bar, que hubo de partir con Enrique Brito, por una canción
212
en que cantó la reforma de los carmelitas, que era el tema
del segundo asunto, en el certamen celebrado en la iglesia
del convento de monjas de Santa Ana el año 1614 por la bea-
tificación de Santa Teresa. También tomó parte en la justa
literaria, que para celebrar la Concepción de la Virgen, se
celebró en la parroquia de San Andrés de Córdoba, por ini'
ciativa de Vaca de Alfaro, en 1617. En esta justa no hu-
bo premios, y por lo tanto, no es extraño que no los al-
canzase.
Las obras públicas que Peñalosa dejó^ además de las ci-
tadas de Astorga, son los cuadros siguientes:
Córdoba. — Catedral.
En un machón de la iglesia una interesante pintura, fir-
mada, que representa á Santa Bárbara.
Ídem. — Hospital de expósitos.
La Asunción con los apóstoles al pié; cuadro que parece-
ría de Céspedes á no estar firmado.
Ídem. — San Andrés.
La adoración de los Reyes, que estuvo en la suprimida
ermita de los Reyes de la Fuenseca.
Ídem.— Museo provincial.
Una Virgen con Niño y á los lados San Acisclo y Santa
Victoria.
Además de éstos se han perdido un cuadro de San Diego
de Alcalá, en la portería del convento de la Arrizafa, y la
vida de Cristo, en el claustro de la Victoria. Estos ya e»
213
tiempos de Palomino, habian sido deshechos por la lluvia y
el sol.
Como son rarísimas, y poco menos que desconocidas, las
poesías de Peñalosa, las copiamos á continuación para co-
nocimiento de los lectores.
La del certamen de Santa Ana en 1614, dice asi:
En humilde antes choza redil breve,
Fértiles sí, no en campos espaciosos
Su manadilla pobre comprehendia;
La que pastora ya de más copiosos
Rebaños, su ganado el ámbar bebe.
Del claro Tajo, que el tributo embía
En cristal (si oro cria)
Al Lusitano mar^ do el curso mueve;
Y de Henares cuya verde orilla
Su planta no perdona; y más crecido
Huella el menos torcido
Seno de Termes, que luciente brilla
Do herido del Alva son espejos
Las hondas de sus trémulos reflejos.
Emulo de sus márgenes ervosas
Alegre le ofreció quanto abundante
La suya el Bétis, que oy agradecido
Ostenta con sus lilios rutilantes,
De cuyas bellas y purpúreas rosas
Fragante olor espira, conducido
De su prado florido
A las etéreas cumbres luminosas:
Y hasta el Pó, entre flores que del nacen
Dilatado el pié laua en sus cristales;
Del Tiber que inmortales, '
Glorias sostiene, las riberas pacen,
214
A Eufrates, Gange y Nilo aún no perdonan,
Que ya sus ondas fértiles coronan.
Esta, pues, que de candidas pieles
Adorno humilde, su ganado imita;
Si bien corona fértil monte altiuo
Sacro Carmelo, cuya hembra habita,
En hondos Valles de humildad (fieles
Quantos figures del voraz nogiuo.
Que ardiendo en fuego viuo,
Solicita feroz actos crueles.)
Su manada apacienta, vigilante;
De humano trato, que alterarle pueda
Con sus límites veda,
En más culto redil, quanto zelante
Y el cauto lobo huye, si obstinado
De resonante siluo amedrantado.
No por floridos prados conducida
Caminos anchos, valles deleytosos.
Su candida manada rige y lleua.
Antes por cerros ásperos fragosos
De incultas sendas donde sin medida
La disciplina y su aspereza prueua;
Donde dulce se eleua
De vn cálamo canoro supendida
Pasos que frecuentados antes fueron
De aquel primero que en el carro ardiente
Triunfó más altamente,
Que los que al Capitolio reynos dieron;
Elias, digo aquel zelador santo,
Que esta sacra pastora imitó tanto.
En otro campo Elysio, soto y fuente.
Desnuda ya de aquel visible velo.
Que el paso impide al inmortal reposo:
215
Theresa Virgen, gloria del Carmelo
Su ganado apacienta; y del luciente
Cristal, del claro rio deleytoso
Que corre impetuoso,
Las viuas aguas bebe dulcemente,
Alegre pues entre los tiernos bra§os;
De su pastor diuino se recrea.
Vid, que el tronco rodea.
Unida con recíprocos abra90S;
(Triunfo glorioso) y ciñe flores bellas
Corona ilustre despreciando estrellas.
Canción mejor será que te aniquiles
No es bien llegar presumas
Dó el vuelo de las plumas
No alcan9a, aun de los Cisnes más sutiles,
Y hablar entre sabios nunca usa
Bucólica Thalía; inculta musa.
Las poesías leídas en el certamen de San Andrés de 1617
son las siguientes;
SONETO
Cisnes, que entre erizadas sí luzientes
Ondas, con dulce acento numeroso,
Suspendeys de su curso presuroso
El crespo orgullo, y trémulas corrientes.
De la fama otro aliento, los presentes,
i^ Al cóncabo metal dad sonoroso,
Eespondiendo al intento generoso.
Que ofrece premio á vras. sacras frentes
Celebrad el instante en la gloriosa
Concepción más purísima, que en ella
216
De culpa el Verbo reseruó María.
A quien deue la Esfera luminosa
Su claro ornato, Cintia su luz bella,
Sus rayos Febo, su esplendor el dia.
DÉCIMAS
Nueva adquiera ya espera9a '
Nauta errante, el q el profüdo
Mar escala de este mundo
Las alas de su pujánca
Si le alteró su mudanza
Temeroso en golfo incierto,
Ya le anuncia el Cielo abierto
Breue su Farol diuino.
Do en más seguro camino
Le códuzga al dulce puerto.
No distinto hoy respladece.
Que poca nuue más bella
En su roxo seno sella
El Norte, que ya le ofrece.
Aduierta, si le aparece
Su claro aspecto futuro
De Febo el rayo más puro,
(Cuyo esplédor no perdona)
Viste, y qual Norte corona
Áurea, si luziente Arturo.
OCTAVAS
No humano asunto erija vano acento
De profanas ideas conduzido: JB
Mi mente ilustre si Divino aliento
217
Del alto Coro en rayo esclarecido.
Conspire dulce al pretendido intento
Sacra Deidad, á quien interno pido
Fauor para cantar de vn Norte claro
Su natiuo esplendor, su indulto raro.
Oh excelsa Virgen, que de luzes bellas
Corona ciñes, vistes Sol luziente,
Y el límpido candor de Cintia huellas,
Pomposa Majestad, Trono eminente:
Lo ardiente de tus luzidas Estrellas
Toque mi lengua, con que dulcemente
Prosiga en voz sonora desatada
Tu Pura Concepción Inmaculada.
Después de aquel precepto que inuiolable
El gran Motor del círculo estrellado
Le intimó al primer Padre, hobre mudable
(El que por Eva, y el fué quebrantado)
Con nueva ley, con ley inuariable
Quedó á sudor perpetuo condenado,
Y en la culpa, que sienten, oprimidos,
Sus descendientes todos comprehendidos.
Cundió, pues, penetrando de impia ofensa
La mancha venenosa, que extendida
Por la posteridad discurrió inmensa.
Sin ecepcion distante en mortal vida:
Igual pidió del crimen recompensa
La Divina lusticia que ofendida
Del hombre impugna el loco atreuimiéto
Opuesto al alto sacro mandamiento.
Vista el preclaro autor de el universo
La ruyna fatal de los mortales,
Y la miseria de su estado aduerso.
Sujeto siempre á términos iguales:
218
A pesar del indómito peruerso
Dragón, causa primera de estos males,
De su piedad mouido tiernamente,
Tra9a el remedio su forma conueniente.
Y así en su mente, con eterno auiso
(Aun antes que la machina criara
Visible, ni habitase el Parayso
Adán, ni sus preceptos quebrantara)
Dispuesto su poder inmenso, quiso
Fabricar vna Pura Imagen rara,
De la que ha de borrar de Eua la afrenta,
Libre del fiero, y de su culpa esenta.
Esta ha de ser, la que al dragón temido
La diforme ceruiz pide escamosa.
Por quien su orgullo se verá oprimido,
y quebrantada su altivez furiosa.
No podrá con su anhélito esparcido
Tocar la planta desta flor hermosa,
Que la virtud fragante que recibe
Un venenoso vínculo prohibe.
De esta, pues bella rutilante Aurora
Saldrán viuo esplendor luces visibles,
De aquel Divino Sol, que alumbra y dora
Al que sus rayos teme incomprehésible;
Si bien candida nuue brilladora,
De quien entre arreboles apazibles
Procede, si humanado, reduzido.
El que es inmenso, á término medido.
Llegado el tiempo intermisible, quando
Dispuso reparar el alto Cielo
De luz el Orbe tenebroso, dando
Nuevo Sol al lúgubre inculto suelo;
Mouiéndole al afecto el ruego blando
219
De el humano perpetuo desconsuelo,
Vna Alma elige, en quien tomar procura
De su esplendor la púrpura más pura.
Fecunda un tiempo ya, si estéril Ana,
Concibe (oh ilustre Rama generosa,
De Real Tronco) aquella soberana
(No con nieblas de culpa) Aurora hermosa,
Oculte la bellísima Diana
Entre la obscura noche tenebrosa
Su luz al mundo, pues en él María
Es Luna, Aurora, Sol, Estrella, Día.
{Palomino. — Cean, adiciones á Llagu-
no. — Certámenes de Santa Ana y San An-
drés. — Noticias de Astorga).
Pérez (Alonso): cantero. Hizo en 1736 el triunfo de San
Rafael, de la plaza de la Compañía en Córdoba, que costeó
con limosnas el P. Juan de Santiago, de la Compañía de Je-
sús. La estatua es de Juan Jiménez.
{Ramírez de Arellano, don Teodomiro).
Pérez (Don Antonio José): platero cordobés, discípulo
de don Matías García Bela. Solicitó este artista su aproba-
ción para abrir taller á la Congregación de San Eloy del
arte de plateros, y por orden de los examinadores entró en
el obrador de don Diego de Lara á hacer la obra de prue-
ba, que fué una escultura de plata sobredorada represen-
tando á San Antonio, la que estaba bien hecha, según el pa-
recer del jurado; y en vista de esta obra y del examen que
sufrió el dia 27 de Enero de 1754, fué aprobado.
{Archivo del Colegio de plateros).
220
Pérez (Don José): pintor de heráldica. Nació en Córdo-
ba á fines del siglo XVIII ó principios del XIX. Vivió muy
pobre, hasta el extremo de que pasó los últimos años de su
existencia (sin que ésta llegara á los cuarenta), en el Hos-
pital de crónicos, llamado de la Misericordia. Allí murió, y
su cuerpo fué enterrado en la fosa común del cementerio de
San Rafael. No dejó obras conocidas.
{Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
Pérez Ruano (Don José): pintor. Nació en Córdoba á
fines del siglo XVIII y murió en su patria en 1810. Dejó
varios cuadros en el Ayuntamiento y entre particulares, de
los que sólo se conserva el San Fernando del altar de la sala
de sesiones del Municipio, del que guardamos nosotros el
dibujo. Esta pintura es muy endeble y tiene entre otros
anacronismos, unos cañones que se ven á lo lejos en el ejér-
cito de Fernando III que sitiaba á Córdoba. Además, pinto
en 1800 (pero hoy han sido renovados de una manera de-
sastrosa), las apariciones de San Rafael al padre Roelas, en
el campo y en su eelda, ambas al respaldo de la capilla de
los Mártires de la parroquia de San Pedro. Eran muy no-
tables las mesas revueltas que hacia, hasta el extremo de
que los extranjeros las pagaban muy bien, y de que una de
ellas fuese premiada en una Exposición en Barcelona, no
sabemos qué año.
{Ramírez de Avellano, don Teodomívo).
— González Guevava).
Pérez de Siles (Don Manuel): pintor contemporáneo,
natural de Puente Genil, en donde pintó ocho lunetos en el
camarín de la Virgen de los Dolores de la ermita de Jesús.
{Apuntes históricos de la villa de Puen-
te Genil).
221
Piedrola y Gómez (Don Andrés): nació en Córdoba
á 5 de Septiembre de 1850, y fué hijo de don Rafael y doña
María Gómez y Medina, y desde muy joven demostró su
afición y aptitud para las letras. Afiliado al partido repu-
blicano, fué nombrado en 1H72 alcalde de Montoro, ciudad
de donde eran sus padres naturales y donde tenían bienes
de alguna consideración, y fué uno de los mejores alcaldes
que ha tenido este pueblo, tanto por las mejoras que hizo
como por la pureza de su administración; también se dedi-
có á la pintura, de la que se conservan varias imitaciones
de tapices en el comedor de la casa del marqués de la Fuen-
santa, en Córdoba; algunos países y vistas en el ante come-
dor de dicha casa, y en Montoro en poder de don Julián
Isla y otros hay pinturas suyas. Como escritor publicó las
siguientes obras: Don Carlos en el poder, novela satírica
del partido carlista; Cosas del mundo, colección de versos
y Poesías orientales; todas se imprimieron en Madrid, en
donde también fundó y dirigió el periódico La Critica, que
tuvo mucho crédito. En Córdoba dirigía el periódico repu-
blicano La Región Andaluza, cuando murió eu 11 de Julio
de 1886. Casó dos veces, la primera con doña Mariana
Romero, de quien tuvo una hija que aún vive, y la se-
gunda con doña Amalia Solier, que murió también antes
que él.
Portocarrero (Don Francisco de Paula): pintor de
afición. Nació en Córdoba, donde ejerció varios cargos pú-
blicos, siendo uno de ellos el de alcalde que desempeñaba
en 1854. En esta época, y bajo la dirección del arquitecto
burgués don Pedro Nolasco Melendez, hizo los bonitos pa-
seos de la Victoria, que ya no existen, dándose la particula-
ridad de que el arbolado lo trasplantó ya crecido, y asi, en
pocos días dotó á Córdoba de un paseo nuevo con árboles de
222
veinte años y aun más. Reformó el alumbrado público é hizo
muchas mejoras en la población. No ha dejado ninguna pin-
tura en sitio público.
{Ramírez de Avellano t don Teodomiro).
Portollano (Juan de): platero cordobés. En 11 de Ju-
lio de 1565 fué examinado por el hermano mayor, alcaldes,
veedores y aprobadores de la Congregación de plateros de
Córdoba, y aprobado para que ejerciera su industria en toda
España y pudiera abrir taller, y mostró como prueba de su
habilidad y conocimiento, un retablo y guarnición de plata
que habia hecho.
{Archivo del Colegio de plateros).
Pozo (Don Pedro del): pintor, natural de Lucena, de
la escuela de Giménez de Illescas; después estudió en Sevi-
lla con don Luis Cansino Pozo: fué nombrado director prin-
cipal de la escuela de dibujo de Sevilla al dotarla el rey, sin
que su mérito correspondiese á este cargo. Murió y dejó un
hijo de mejores disposiciones que su padre para la pintura.
Esto dice Cean Bermudez. Ramírez de Luque dice que mu-
rió en 16 de Octubre de 1785, en Sevilla.
223
Q,
Quesada (Juan Francisco de): pintor desconocido de
Cean Bermudez. Nació en Córdoba en 1632, y se cree que
fué discípulo de alguno de los que lo fueron de Céspedes.
Informó en 1677 en el expediente de canonización de San
Alvaro, á lo que debemos las escasas noticias que nos que-
dan de él. Sus obras conocidas son, á más de veinte tablas
que estaban en la bóveda de la incendiada iglesia de San
Juan de Dios, y que se perdieron en aquella catástrofe, una
Santa Elena de hermosa manera, buen dibujo y arrogante
composición, que está en el retablo de la capilla de esta
santa, en la Catedral, sirviendo la capilla en la actualidad
de sacristía del Sagrario, y tres cuadros grandes en la ca-
pilla llamada del Jubileo en la iglesia de San Francisco,
hoy parroquia de la Ajerquia.
(Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
224
TI
Ramos (Don Antonio): arquitecto. En 1683, por encar-
go del corregidor don Francisco Eonquillo y Briceño, hizo
los planos para la actual plaza de la Corredera de Córdoba,
cuya obra dirigió en unión de los maestros de la ciudad,
Antonio Garcia y Francisco Beltran,
Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
Repiso (Don Manuel): platero cordobés, discípulo de
don José de Góngora, en cuyo taller estuvo los seis años
que marcan las ordenanzas de la congregación de San Eloy
de plateros de Córdoba, é hizo un sol de Custodia que le sir-
vió como prueba de su suficiencia en el examen que sufrió
el día 3 de Mayo de 1768.
{Archivo del Colegio de plateros).
Reyes (Baltasar de los): arquitecto. Vivió en Córdo-
ba de donde acaso sería natural, y dejó como única obra
conocida, la iglesia del convento de San Pedro Alcántara,
que no hizo con modelos propios sino por las trazas de Luis
de Rojas, arquitecto de la ciudad. La primera piedra de es-
ta obra fué puesta por el canónigo don Gabriel Duarte el 9
de Marzo de 1690, y se acabó la iglesia el 14 de Noviembre
de 1696. El costo de toda ella^ incluso los mármoles para el
retablo, fué de 31.000 ducados.
(Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
Reyes (Gerónimo de los): grabador. En 1748, don Juan
225
Galindo y Morales, hermano mayor de la congregación de
San Eloy, le pagó doce reales por la lámina que abrió á bu-
ril de las armas de la ciudad para las ordenanzas de la con-
gregación que se estaban imprimiendo.
(Archivo del Colegio de plateros).
Ríos (Don Demetrio de los): arquitecto. Nació en
Baena en el primer tercio del siglo actual, y fué hijo del
escultor don José y de doña Carmen Serrano. Dirigió las
obras de las catedrales de Sevilla y León, y murió en Se-
villa en 1891.
Ríos y Serrano (Don José de los): escultor. Nació en
Baena el año 1792 en donde recibió su primera educación
que abandonó joven, por alistarse de voluntario al servicio
de las armas y combatir á los enemigos de la patria en la fa-
mosa guerra de la Independencia. En este concepto asistió
á varios hechos de armas, entre ellos la batalla de Bailen,
en donde recibió, digámoslo así, su bautismo para otras lu-
chas más azarosas en que tuvo que intervenir más tarde.
Vuelto al hogar paterno reanudó sus estudios en las clases
que la Sociedad Económica de Amigos del Pais de Baena,
tenia establecidas, y estudió matemáticas y dibujo, distin-
guiéndose siempre con honrosas calificaciones de sus profe-
sores, y sobresaliendo en la escultura á la que desde luego
mostró decidida afición.
Muy joven aún contrajo matrimonio en su patria con su
paisana la bella y virtuosa doña Carmen Serrano y Padilla,
de la que le nacieron siete hijos, todos naturales de Baena, y
de los que han llegado á figurar tres, ó sean don Diego Ma-
nuel, doctor, académico y catedrático del Instituto de se-
gunda enseñanza de Granada. Don José Amador, notabilísi- I
I
mo escritor de quien en su día nos ocuparemos extensamen-
ToMo CVII. 15
226
ie, y don Demetrio, como sus hermanos, catedrático, acadé-
mico y ademas arquitecto que en estos momentos dirige las
obras de la magnifica catedral de León, y á cuya galantería
debemos muchos de estos datos biográficos.
En este periodo de su vida hizo muchas obras notables y
entre ellas la estatua de la beata Juana de Aza, que se ve-
nera en Hinojosa. También entonces figuró en política en
el partido liberal llamado negro, por lo que fué perseguido
hasta el extremo de que diariamente se le apedreara la casa,
y de que un dia en el año 1828 le incendiaran su vivienda
y lo arcabucearan hiriéndolo gravemente. Una de las balas
se le implantó en el brazo derecho, sin que fuera posible la
extracción; pero cicatrizando la herida y quedando el plomo
dentro hasta que la muerte destruyó los testigos que lo
guardaban.
Huyendo de esta persecución incesante, en el referido
año 28 se trasladó á Córdoba con su familia, donde creyó
encontrar reposo y trabajo; pero la fatalidad perseguía á
nuestro artista, y lejos de hallar paz y sosiego, dio con su
cuerpo en una prisión, y sólo le aprovechó su estancia en
Córdoba para que sus referidos tres hijos cursaran la filoso-
fía en el colegio de San Pelaglo, hoy seminario conciliar.
Ignoramos cómo salió de la cárcel. Sólo sabemos que fu-
gitivo siempre se trasladó á Madrid, y allí halló acogida en
Fernando VII, que le dio trabajo en los sitios reales y le dis-
tinguió personalmente, gustando de hablar con él cuando
alguna vez visitaba las obras en que Ríos se ocupaba. En
Madrid trató nuestro escultor de perfeccionar sus conoci-
imientos artísticos, trabajando de dia en los talleres de don
Francisco Elias y don José Tomás, y de noche asistiendo á
las cátedras de la Academia de San Fernando, y dejó re-
cuerdos suyos en muchos frontones y banquillos de edificios
y funciones nacionales, y en las esculturillas del plano de
227
Madrid. También ayudó á la restauración de las fuentes de
la Granja, y á la escultura de la bonita fuente que estuvo
en la Red de San Luis, y que hace pocos años ha sido trasla-
dada á otro sitio.
Mientras esto ocurría había estallado la guerra civil; sus
hijos acudieron á los campos de batalla, y él no teniendo tra-
bajo, tuvo que aceptar un destino en Sevilla, donde duró muy
poco. Entonces pensó en emprender la carrera de ayudante
de caminos, y poniendo por obra su idea, después de exáme-
nes bastante rigorosos obtuvo plaza que desempeñó en An-
dújar, Vinaroz, Castellón y Madrid, en donde fué director
de los talleres de la Escuela especial de Ingenieros de cami-
nos, canales y puertos.
Al suprimirse estos talleres, no creyéndose por sus mu-
chos años en condiciones de continuar la carrera de obras
públicas, volvió á ser escultor en absoluto, por más que
nunca habia abandonado por completo la predilecta arte de
la que habia dado muestras en Castellón y Madrid, escul-
piendo Cristos, género á que era muy dado. Entonces pen-
só en hacer oposiciones á una cátedra en que ya sus tres hijos
figuraban, y efectivamente, á los 62 años de su edad ganó
la de escultura de la Escuela de Bellas Artes de Valladolid,
no tomando posesión de ella, porque víctima de cruel en-
fermedad, y cuando se preparaba para ir á Valladolid,
.se lo atajó la muerte en 1855, mientras estaba ocupado en
esculpir el niño de un San Antonio que dedicaba como re-
cuerdo de su amistad, al ministro don Antonio Benavides, á
la sazón director de la Real Academia de la Historia.
Don José de los Ríos, que nunca pasó de ser un escultor
rmediano, pudo llegar á ser una notabilidad; pero ni en Bae-
na ni en Córdoba tuvo maestros notables ni grandes mode-
los que imitar, y aun en Madrid mismo los escultores que
entonces figuraban y fueron sus maestros, no estaban A esa
228
altura esplendente en donde se parecen los grandes ar-
tistas.
Sus dhras públicas que sepamos, son las siguientes:
CóEDOBA. — Convento del Corpus.
Estatua de la beata Juana de Aza, que está en el coro ba-
jo y antes estuvo en un altar de la iglesia de San Pablo.
Ídem. — Santa Cruz.
Virgen del Mayor Dolor (es su mejor obra), hecha de unos
cipreses muy corpulentos que había delante del hospital de
San Juan de Dios, por encargo del Mariscal de Campo don
Fadrique Bernuy y Bartha, marqués de Campo Alegre, á
instancias de una su cuñada, abadesa del convento, llama-
da Sóror Carmen Aguayo. Esta obra fué hecha en 1837 y
hay de ella un grabado.
HiNOJOSA. — Parroquia.
Imagen de la beata Juana de Aza.
En varias iglesias de Baena hay también estatuas suyas
que ignoramos lo que representan.
{Noticias de don Demetrio de los Rios.
— Ramírez de Arellano, don Teodomiro).
Rivas (El duque de): pintor. Véase Saavedra y Ra-
mírez de Baquedano (Don Ángel).
Rodrig^uez (Agustín): pintor y escultor, natural de
Córdoba. Don José Saló conservaba varias esculturas suyas
en barro, las que hacia Rodríguez de muy avanzada edad
para socorrerse porque estaba muy pobre. Eran unos mode-
litos de barro, hechos con mucha gracia sin que en ellos so
229
vea la endeblez de la edad y de los achaques. También te-
nia un vaciado de la mano de este artista.
Según datos suministrados por el señor Saló á don Teo-
domiro Ramírez de Arellano, vivió Rodríguez á principios
de este siglo, y murió en una casa de la calle del Amparo;
pero no hemos encontrado en los libros parroquiales del Sa-
grario nada referente á él. Además, por el carácter de las
esculturillas citadas, de las que hay un San Antonio Abad
en el Museo provincial, nos parece del siglo XVIII á sus co-
mienzos, y no de la época actual.
Rodríguez (Pedro): dibujante ó pintor. Encontramos
dibujados por él y tal vez de su invención, los grabados si-
guientes: San Rodrigo y San Salomón; la entrega de las lla-
ves de Córdoba á San Fernando; San Pelagio y San Sancho,
en 1749. Santa Renilde, San Zoilo, religiosas mártires de
Córdoba, San Acisclo y Santa Victoria en 1748. Las santas
Flora y Maria en 1749. En esta dice que es cordobés. Todas
ellas están dedicadas á diferentes personas y grabadas por
Juan Diez y por Nicolás Carrasco.
(Colección de estampas del autor)
Rojas (Luis de): arquitecto que desempeñaba el cargo
de maestro mayor en la ciudad de Córdoba en 1685. En el
año anterior, una gran avenida del Guadalquivir se llevó
dos arcos del puente llamado de Julio César, y por encargo
del corregidor don Francisco Ronquillo, hizo Rojas en el
año 85 la reconstrucción de los mismos, empezando la obra
el 8 de Septiembre y acabándola en Junio del 86. También
hizo por esta época las trazas para el convento, la iglesia y
el retablo de San Pedro Alcántara, dándose principio á la
obra en 1690 y encargándose de la construcción el arqui-
tecto Baltasar de los Reyes, como hemos dicho en su artícu-
230
lo; y como quiera que no volvemos á tener noticias de Rojas,
nos es permitido suponer que morirla antes del 9 de Marzo
en que se empezó á construir dicha iglesia.
(Anales de Martin López Rubio. MS).
Román (Antonio): llamado el menor; maestro de obras.
Fué vecino, y no sabemos si hijo, de Puente Genil, donde,
en unión del maestro de Ecija Lorenzo Arroyo y Palomo,
construyó, de 1731 á 1736, la capilla de Animas de la
iglesia parroquial de la Purificación, por dibujos que desde
Madrid habia remitido el duque de Medinaceli.
(Apuntes históricos de la villa de Puen-
te Genil).
Román (José): maestro de obras. Vecino, como el ante-
rior, de Puente Genil, en donde en 1828 dirigió la construC'
cion de la torre de la parroquial de la Purificación.
{Apuntes históricos de la villa de Puen-
te Genil).
Romano (Don Antonio): platero cordobés, cuyo maes-
tro se ignora. Para su aprobación, verificada el dia 1.*^ de
Julio de 1759, presentó varias piezas de una Custodia
que estaba haciendo en el obrador de don Fausto Jiménez
de Acuña.
{Archivo del Colegio de plateros) .
Romero (Don Juan): platero cordobés. Fué autorizado
por los examinadores de la Congregación de plateros par»
abrir taller, en vista del examen que sufrió el 21 de Junio
de 1716, al que presentó, como prueba de su habilidad, un.
remate de plata de unas andas.
{Archivo del Colegio de plateros).
231
Romero (Luis Félix): escultor. En 20 de Junio de 1782
se le pagaron 320 reales por la restauración de la escultura
de San Eloy de la Congregación de plateros, y por el dorado
de la peana del mismo santo.
{Archivo del Colegio de plateros).
Rossel (Juan Manuel de la): pintor. En San Pablo de
Córdoba, en la sacristía, hay un retrato del beato Posadas,
bastante mediano, que está firmado así: Juan Manuel de la
Rossel, fecit. Probablemente seria un fraile y no cordobéS;,
dado el apellido nada español.
Ruano (Francisco): arquitecto. En 1753 le pagó el
Ayuntamiento de Córdoba 17.586 reales por los reparos de
la cortina y murallon por bajo del puente de esta ciudad, y
la composición de los puentes de Ravanales, Miel y Viejo,
cuyas obras se hicieron de orden del Marqués de la Ense-
nada.
{Archivo del Ayuntamiento).
Rufo (Don Luis): pintor y escritor desconocido de Cean
Bermudez. Nació en Córdoba el año 1581 y fué hijo del
poeta don Juan Rufo Gutiérrez. Estudió la pintura en Roma,
y á tal altura llegó su adelanto en el arte, que compitió con
Miguel Ángel Amerighi de Caravaggio, á quien venció en
una apuesta pintando una cabeza de mucho rumbo y capri-
cho, según dice Vaca de Alfaro, y ganando además de la
honra una gruesa cantidad de oro que iba apostada. Esta
cabeza vino á Córdoba y se colocó en la iglesia de San Pe-
dro junto á la pila bautismal, de donde habia desaparecida
ya cuando el doctor Vaca de Alfaro escribió su obra inédi-
ta, titulada Grandezas de Córdoba. Tampoco existe ya la
lápida de mármol cárdeno bajo la que fué sepultado Rufo el
232
18 de Mayo de 1653, en que murió, y en donde él mismo
hizo grabar esta leyenda:
«Un Pater noster y más agua bendita, por amor de Dios,
me deis.» El señor Ramirez de las Casas Deza se equivoca,
al decir que la muerte ocurrió en Marzo, pues en la partida
de defunción que se halla al folio 380, del libro 1." de de-
funciones de la parroquia de San Pedro, dice maiio. Por
la misma partida consta que estaba divorciado de su mu-
jer, y el señor Eamirez añade que testó ante Juan de Je-
rez, ¿e 1650 á 1653, y que vivia en la calle de la Puerta
Nueva.
La cabeza citada debió desaparecer hacia 1680, puesto
que el 82 escribía Vaca de Alfaro su desaparición, haciendo
poco tiempo que la habia visto.
Muchos años se ha tenido por perdido un libro que pose-
yó el doctor Vaca, escrito por don Luis Rufo; pero hace al-
gunos que don José Maria Sbarbi tuvo la suerte de encon-
trarlo en un baratillo en Madrid, y habiéndolo adquirido,
lo publicó, primero en el periódico El Averiguador univer-
sal, de que era director, y después en un volumen en 12.°,
cuya portada es la siguiente: «Las quinientas apotegmas, de
don Luis Rufo, hijo de don Juan Rufo, jurado de Córdoba,
dirigidas al Príncipe nuestro Señor. (Siglo XVII). Ahora
por primera vez publicado. Madrid. Imprenta de Alejandro
Gómez Fuentenebro. Bordadores, 10, 1882.»
Consta de XXXII páginas de preliminares, 158 de texto
y una hoja para colofón y marca del impresor. El Príncipe
á quien la obra está dedicada es, según la opinión del señor
Sbarbi, don Baltasar Carlos, y aunque en la portada dice
quinientas apotegmas, éstas no son más que 454. Por algu-
nas de ellas se puede descubrir algo, muy poco, de la vida
del autor, que se reduce á saber que en 1616, el Principe
Filiberto de Saboya ocupaba á Rufo, «ya con la pluma, ya
233
•con el pincel,» por lo que le regaló un caballo. Esto consta
■del apotegma número 1.® Del 27 se colige que Rufo debió
«scribir, ó pensar escribir, una historia del Príncipe Fili-
berto, toda vez que viendo un caballero que delante del re-
trato del Príncipe, decía: «Brava cosa es la crueldad con que
«1 tiempo lo consume todo, pues no basta contra él armadura
fuerte ni muros de metal,» respondió Rufo:
Con una espada de pluma
y un escudo de papel,
haré que el tiempo cruel
una tilde no consuma
de las proezas de aquél.
El libro está escrito en prosa con algunos versos interca-
lados. Trae también dos hermosas poesías de Juan Rufo
Gutiérrez. De Luis Rufo se conserva un soneto laudatorio
en la obra titulada: «Doctrina phísica y moral de prínci-
pes traducido del arábigo en castellano por Francisco
de Gurmendi. Madrid. 1615. Allí se le pone el segundo
apellido Carrillo.
( Vaca de Al faro . — Sbarbi . — Eamirez
Casas Deza).
Ruiz (Bartolomé): pintor. En la galería de cuadros de
los herederos del deán Cepero en Sevilla, existia hace po-
cos años una hermosa tabla firmada en 1450 por Bartolomé
Ruiz, y que representaba el entierro de Cristo. Este pintor
era desconocido de Cean Bermudez, toda vez que no puede
atribuirse una pintura con todos los caracteres del siglo XV
al Ruiz César que trae Cean como residente en Sevilla á
fines del siglo XVII. La razón que tenemos para poner aquí
-este pintor, es el habernos manifestado los dueños de la ta-
bla en cuestión, que ésta había sido adquirida en Córdoba,
234
en una casa de las de antigua nobleza. Tal vez esto mismo
haya movido al señor Tubino para anotar como pintor cor-
dobés á Euiz en la biografía del racionero Pablo de Cés-
pedes.
Ruiz (Fkancisco): maestro de obras que informó sobre
el sepulcro de los mártires del convento de este nombre en
Córdoba (asegurando ser obra de godos), en la justificación
que se hizo para probar que el cuerpo de San Acisclo no
estaba en San Pedro.
{Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
Ruiz (Hernán): arquitecto. Nació en Córdoba y fué hijo
de Hernán Ruiz, natural de Burgos, que empezó la obra del
crucero de la catedral cordobesa, y murió en 1547. Es de
suponer que estudiara el arte con su padre, á quien susti-
tuyó en la dirección de la citada obra, continuándola hasta
1571 en que deja de nombrársele en las actas capitulares y
cuentas de la fábrica. En 1544 antes de la muerte de su pa-
dre, trabajaba ya como arquitecto y estaba encargado de la
construcción de la torre de la parroquial de Pedroche que
se concluyó en 1558. En 1550 empezó, por orden de Diego
de Bernuy, el puente de Benameji en el que se lee esta ins-
cripción:
«Diego de Bernuy, regidor de Burgos, pobló á Benameji
y edificó este puente á su costa, año de 1556.»
Esta fecha es de la terminación del puente.
En 1556 pasó á Málaga á examinar con otros arquitectos
el plan del coro de aquella catedral.
En Sevilla parece durante muchos años nuestro artista
jugando un papel importante, y hé aquí lo que sobre éste
hemos podido averiguar.
En 1551 informó en unión de Gaspar de la Vega, Fran-
235
cisco Rodríguez Cumplido y Juan Sánchez, sobre las obras
de la capilla real trazada por Martín de Gainza, aprobando
el proyecto en todas sus partes.
En 1557 á 14 de Diciembre, volvió á informar con An-
drés de Valdevira, Francisco del Castillo, Juan de Xea,
Luis Machueca, Pedro del Campo, Diego de Vergara y Mi-
guel Guaza sobre el sentimiento que habia hecho la obra de
la capilla real y el modo que había de emplearse para cer-
rarla y concluirla.
Al año siguiente de 1558 á 5 de Enero estaba aun en Se-
villa, y el cabildo Catedral acordó que se aprobaran las tra-
zas para cerrar la capilla real y elevar la torre de la iglesia
metropolitana, encargando de las obras á Hernán Ruiz y
dándole licencia para ir á Córdoba por su mujer é hijos y
permanecer allí hasta Carnestolendas.
Por este tiempo escribió una relación sobre el modo con
que habia de construirse el aumento de la torre, para satis-
facer á los que á ello se oponían, según consta por un papel
impreso en Sevilla sin año ni autor en casa de Josef Padri-
no, intitulado así: «Preguntas que hace un geógrafo á un
artífice arquitecto sobre si los edificios de ladrillos son más
permanentes que los fabricados de piedra, y si las barras
de hierro son perjudiciales en las fábricas de ladrillos.
Dice, pues, este papel hablando de la torre de Sevilla:
«Jamás le aplicaron cinchos de hierro por tenerlos bien dis-
puestos y prevenidos en lo oculto de su centro al tiempo, y
cuando se fabricó, como me acuerdo haber leído y constaba
por relación del célebre Hernán Ruiz, que la fabricó de
campanas arriba, cuyos manuscritos estaban en la librería
del Excmo. Sr. Duque de Alcalá, siendo su archivista en
esta ciudad D. Josef Izquierdo.»
En 1558, á 17 de Junio, los patronos del hospital de la
Sangre, nombraron á Ruiz maestro mayor de su obra, con
236
él salario anual de 15.000 maravedís por muerte de Martín
de Gainza, y en 1560 lo comisionaron para ir á Portugal
por la piedra de la portada de la iglesia que habia de hacer-
se por planos y bajo la dirección de Hernán Kuiz.
Durante todo este tiempo no abandonó las obras de la Ca-
tedral de Córdoba, y en prueba de ello el cabildo le mandó
regalar en distintas ocasiones seis pares de gallinas, y en
1570 á 7 de Mayo se mandó pagarle lo que se le debia.
En este periodo vemos también que el cabildo de Córdo-
ba, á 19 de Mayo de 1564, diputó al Arcediano de Pedro-
che, Francisco Morales de Riaza y al licenciado Pinelo, ra-
cionero, para que vayan con Ruiz y traten con el Obispo
don Cristóbal de Rojas Sandoval de los sentimientos que la
obra del crucero habia hecho.
Finalmente, en 15 de Noviembre de 1570, el cabildo dis-
putó al deán don Francisco Pacheco y al racionero Pedro
de Sepúlveda «para que señalen la satisfacción que se dará
á Fernán Ruiz, maestro mayor y á las otras personas que
se han ocupado y trabajado en el negocio de las aceñas de
San Julián en el tiempo que en esta ciudad ha estado el se-
ñor licenciado Diego de Castrejon, del Consejo de órdenes
sobre dicho negocio», y en 28 de Diciembre del mismo año
«el señor don Ruy Pérez Murillo, propuso en cabildo que de
la corte hablan escrito al licenciado Illanes, cómo Benito
Morales, maestro de las aceñas de Martes, habia ido allá á
informar en el poco daño que las dichas aceñas hacían á las
de San Julián: que convendría que Fernán Ruiz, maestro
mayor de esta santa iglesia, fuese á hacer lo mismo por
parte del cabildo. Visto por el cabildo ser cosa que conve-
nia su ida votaron neniine discrepante, que vaya; y come-
tieron al señor chantre comunique con él, y concierte el
salario.
Que el viaje se verificó, se prueba con las siguientes pa-
237
labras del acta capitular de 31 de Enero de 1571. «Leyóse
una carta de Fernán Ruiz, maestro mayor estante en corte
por el cabildo, y determinaron se suplique al señor Obispo,
nuestro prelado, escriba á la corte suplicando por la breve-
dad de la causa^ á causa de los muchos gastos que tiene; y
cometieron á los señores diputados de hacienda que respon-
dan al dicho Fernán Ruiz, y le encarguen se dé priesa en
el despacharse con brevedad».
Después de esta fecha no se encuentra en Córdoba noticia
del arquitecto Ruiz, y sólo en Sevilla hallamos la de su
muerte acaecida en 1583.
Hernán Ruiz fué un artista de la decadencia del renaci-
miento, y ninguna de sus obras es de las que pueden poner-
se en primera línea, entre las muchas bellísimas que pro-
dujo en España el siglo XVI.
{Llaguno y adiciones de Cean. — Archi-
vo de la Catedral de Córdoba).
Ruiz (Hernán) arquitecto, natural de Córdoba é hijo del
anterior. Fué maestro de la Catedral de su patria por los
años de 1583. El Obispo don Antonio de Pazos lo despidió
no se sabe por qué causa, y el cabildo, en 1586, se negó á
satisfacerle cierta cantidad que reclamó como deuda en 17
do Julio. Después fué vuelto á admitir en las obras de la
Catedral, puesto que en 1593 hizo la traza de la torre, y en
las actas capitulares se le llama maestro mayor. Este proyec-
to tristemente célebre, pues envolvía la destrucción de la an-
tiguaasstíwwadelamezquita, aumentábala altura de la torre
en 120 pies sobre los 105 que ya tenia, robusteciendo para
ello los muros por su parte exterior desde los cimientos has-
ta la altura de 60 pies. Para la aprobación de este plan fue-
ron llamados Asensio de Maeda, Juan de Ochoa y Juan Co-
ronado, los dos últimos vecinos de Córdoba; y aprobado
238
que fué, se encargó de la obra Ruiz, siguiéndola hasta 1604
en que murió. La obra se terminó en 1664 por Juan Fran-
cisco Hidalgo.
(Llaguno y adiciones de Cean. — Archi-
vo de la Catedral).
Ruiz (Juan): pintor cordobés del primer tercio del si-
glo actual. Su grandísima fama proviene de haber estro-
peado, repintándolos de detestable manera, cuantos cua-
dros cayeron en sus manos, de buenos autores, y entre ellos,
las pinturas de Alfaro del monumento de Semana Santa de
la Catedral de Córdoba.
Ruiz (Juan), llamado el Vandalino: platero. Nació en
Córdoba y fué discípulo del famoso Enrique de Arfe, según
asegura Juan de Arfe en su obra De varia conmesuracion,
añadiendo que «fué el primero que torneó la plata en Espa-
ña y dio forma á las piezas de vajilla, y enseñó á labrar
bien en toda Andalucía,» y por lo tanto, habla de él como
de artista que vivió hace tiempo y cuya enseñanza era an-
terior á la época del escritor.
No se encuentra su nombre en ningún libro ni documento
del arte de platería de Córdoba, y por lo tanto, sólo dare-
mos noticias conocidas anteriormente. En 1533 se obli-
gó á hacer la Custodia de la Catedral de Jaén de 400 mar-
cos de plata, de gusto plateresco. Es una obra magnífica
que puede competir, sin desventaja, con las famosas de
Córdoba y Toledo. Consta de seis cuerpos, distribuidos ga-
llardamente en dos varas y media de altura y cuajada toda
de preciosas figurillas y adornos del mejor gusto. Tardó en
su construcción cuatro años. Después de ésta hizo la Custo-
dia de la Catedral de Baza, y cuando estaba trabajando en la
de San Pablo de Sevilla murió en esta ciudad.
{Cean.— Llaguno. — Jimena.)
239
Ruiz de León (Antonio): platero cordobés. Fué apro-
bado para el comercio de platería y abrir taller, por los exa-
minadores de la Cofradía de San Eloy de Córdoba en 13 de
Junio de 1683, en vista de un sol de Custodia que presentó,
como muestra de su habilidad y maestría.
{Archivo del Colegio de plateros).
Ruiz Rey (Don José Antonio): pintor y escultor. Na-
ció eu Puente Genil el 24 de Septiembre de 1695, y fué hi-
jo de don Bartolomé Ruiz Nieto y de doña Mencía de Calvez
y Rey. Estudió filosofía en Córdoba, donde al propio tiem-
po se dedicaba á aprender dibujo, y habiendo mostrado
felices disposiciones para la pintura, le enviaron sus padres
á, Granada á estudiarla, sin que se sepa quién fué allí su
maestro, por más que se sabe que éste lo llevó consigo á
Jerez para ayudarle en la pintura de algunos cuadros que
hizo en la Cartuja.
Vuelto á su patria, la primera noticia que de él se en-
cuentra, es haber dorado y estofado en 1715 la estatua de
la Concepción, que hizo don Pedro Duque Cornejo por en-
cargo de don Teodomiro Flores para la ermita de la Con-
cepción, obra que hoy está en la parroquia, y en 1731 lo
hallamos restaurando la estatua de San Pedro en la parro-
quia de la Purificación del mismo pueblo. Hasta 1646 no lo
encontramos ocupado en obra propia. Entonces hizo la esta-
tua de San José, que está en la parroquia, y en 1749 se ocu-
pa, con otros vecinos suyos, en pedir limosna para costear
el altar del Carmen de la citada iglesia, en el que hoy se
venera á San Miguel.
Estuvo en Córdoba algún tiempo ayudando á Cornejo en
los dibujos de la sillería del coro de la Catedral, y en 25 de
Octubre de 1767, murió en su patria y fué enterrado en la
parroquial de la Purificación.
240
En Puente Genil se señalan como pinturas suyas las qu©
hay al fresco en el camarín de Jesús en su ermita. Las del
retablo de San Judas Tadeo en la Victoria, y algunas
otras.
{Apuntes históricos de la villa de Puente
Genil).
241
S
Saavedra y Ramírez de Baquedano (Don ángel):
Duque de Rivas. Pintor. Osorio y Bernard le llama don Án-
gel Ramírez de Saavedra. Nació en Córdoba en 1791 en su
casa solariega de la plazuela de Santa Ana y que hoy lleva
su nombre, y fué discípulo en el dibujo del escultor Verdi-
guier. Sus obras pictóricas más notables son: Apoteosis de
los más renombrados hijos de Córdoba (1814), Hernán Cor-
tés, San Hermenegildo, recibiendo el martirio, y Caida de
Luzbel (1815), Triunfo de Judit (1856), El Salvador (1829),
La Virgen de la Rosa (1846), Adán y Eva (1821), la histo-
ria de Susana , varios lienzos (1846), Conversión de la
Samaritana (1843), El niño Dios (1846), Santas Justa y
Rufina (1847), Sócrates aleccionando á Alcibiades (1819),
un hermafrodita (1822), Cupido (1829). Estos cita Amador
de los Ríos. En 1843 presentó en la Exposición déla Acade-
mia de San Fernando floreros y retratos. En la de 1851, un
frutero, y en la de 1856 el retrato de Martínez de la Rosa,
y la Judit su mejor cuadro, hoy en poder de su hija la
marquesa de Aranda, y que pintó en 1846.
El duque de Rivas era un pintor estimable: su gran im-
portancia está en otra parte, y bajo este punto de vista
nos limitamos aquí á anotar su nombre, dejando su bio-
grafía para cuando en otra obra como la presente, tracemos
las de los escritores y poetas que la provincia de Córdoba
ha producido.
Said-ben-Ayyab: arquitecto árabe que trabajó en la
Tomo CVII. 16
242
Mezquita de Córdoba, según consta de una inscripción que
está en el patio de aquella, y que traducida por el señor
Gayangos, dice así:
«En el nombre de Dios piadoso de piedad, mandó el sier-
vo de Alah, Abde-r-rahman-amir-al-momenin An-nasir-lidi-
nillah, alargue Dios su permanencia en la tierra, edificar
•esta pared exterior y afirmar sus cimientos, y esto lo hizo en
honra de Alah y de su santa religión, y para la conservación
de las señales de su profecía la cual permitió fuese ensalzada
y mencionada juntamente con su nombre: esperando que la
obra sea aceptable á Dios, y cuantiosos socorros de su mag-
nificencia, juntamente con gloria permanente y alto renom-
bre, y se acabó la obra con ayuda de Alah, en la luna Dzi-I-
hecha del año 346 (Enero ó Febrero de 958), por manos de
su liberto y guacir... Abdallah-ben-Batu. Lo hizo Said-ben
Ayyab.»
Saló y Junquet (Don José): pintor, escultor y músico.
Este artista no es cordobés, pero como aquí profesó la pin-
tura y ha dejado obras, y su nombre aunque conservado en
una discretísima necrología por don Francisco de Borja
Pavón, no se contiene en ningún libro, lo admitimos en
esta obra por el temor no infundado de que se llegara á
perder.
No era artista de gran vuelo, y si dibujaba bien, su ma-
nera era nimia y apocada, su color carminoso y completa-
mente falso, y su composición falta de originalidad. Sólo era
bueno como miniaturista y como restaurador. Dicho esto,
que se podrá comprobar viendo un lienzo de la Trinidad en
la Catedral en la capilla de este nombre, el del Espíritu
Santo en la capilla de los Simancas del mismo templo, acaso
su mejor pintura, y los retratos del Obispo Trevilla en la
«oleccion del palacio episcopal, de Muñoz Capilla, en la Acá-
243
demia general de ciencias, bellas letras y nobles artes:- del,
general Armero y de don Mariano Esquivel, en el Instituto
de segunda enseñanza, pasemos á ocuparnos ligeramente
«n sus noticias biográficas.
Nació Saló en Mataró, y no en Barcelona como dice el se-
ñor Pavón, el 24 de Noviembre de 1810, y fué hijo de don
Jaime, cirujano militar, y de doña Micaela. La carrera de
SM padre lo condujo á Lucena, donde por los años de 1822 á
1823 fué discípulo en la pintura de don Francisco López.
En 1827, y con objeto de completar su educación artística
«e trasladó á Barcelona con su tío don Jaime Sauronia, pro-
fesor de música y escolanet de Monserrat. Entonces apren-
dió á tocar el violín bajo la dirección de su tio, algo de es-
<5ultura con don Damián Campeñy, y teniendo por profesor
de pintura á don Salvador Mayol, que eran los profesores
de la Academia de Bellas Artes de Barcelona, sostenida por
el consulado de comercio, y además aprendió á hacer minia-
turas bajo la dirección de don Adriano Ferrant. En este
centro ganó algunos premios, entre ellos uno especial con
gratificación aneja á la clase de «flores naturales».
Vuelto á Córdoba, y escasa de recursos su familia, que á
la sazón vivia en Priego, tuvo que pensar el joven artista
en buscar los medios de subsistencia, empezando por dejar
oir su violin en la orquesta del teatro y en algunas casas
particulares, y á poco se dio á conocer como pintor en una
decoración de casa pobre para el teatro, y después en una
alegoría de la farmacia para la botica de don J^'rancisco de
Paula Furriel. Dedicóse también á hacer retratos en minia-
tura y al óleo, y como el de don José Paroldo^ hecho eii
1831, resultara muy parecido, empezó á aumentar la fama
de Saló, dándose el caso de que en el año 40 llevaba pintado
más de 600 retratos de miniatura. Pintó por entonces los cua-
dros que llevamos anotados muchos más para particulares de
244
Córdoba y la provincia, y el cuadro de ánimas de la parro-
quia de Adamuz. También se dedicó á formar la notabilísima
colección de pinturas, esculturas, dibujos, antigüedades y
tedo género de cosas curiosas, que dejó y se deshizo á su
muerte, y de la que el Museo provincial ha recogido mu-
chas cosas interesantes. En la obra de nuestro querido pa-
dre don Teodomiro Ramírez de Arellano, titulada Paseos
por Córdoba, encontrará el lector curioso extensa noticia
de la colección citada.
El señor Saló presentó en la Exposición celebrada en Cór-
doba, por el casino industrial en 1868, una Santa Cecilia al
óleo, y en la de Bellas Artes celebrada por el Círculo de la
Amistad en 1872, una cabeza de escultura de un sacerdote
griego, obteniendo como premio en este último concurso,
una trinitaria de oro.
Desempeñó por muerte de don Diego Monroy la cátedra
de dibujo del Instituto provincial, conservándola hasta su
muerte; también fué durante muchos años conservador del
Museo provincial, y director y catedrático de la escuela de
Bellas Artes, é individuo de la Comisión y monumentos,
como correspondiente de la Real Academia de San Fer-
nando.
Casó dos veces, la primera ignoramos con quién: sólo
sabemos que de aquel matrimonio le nació su hijo don Ni-
colás, pintor, cuya biografía encontrará el lector en este
libro, y la segunda con doña Teresa Jiménez y Moreno,
que le sobrevive.
Vivía en 1877 en la casa número 20 de la calle de Are-
nillas, y habiendo ido el día 3 de Septiembre á visitar á un
su amigo en la calle de Jesús María, fué acometido de una
hemorragia cerebral que en breves momentos le quitó la
vida. Había testado ante el notario don Manuel Barranco y
López, y se le dio sepultura en el cementerio de la Salud,^
245
Se conservan retratos suyos de fotografía, de los que po-
seemos uno y lo publicaremos en la Teonografía cordobesa
que preparamos.
{Pavón. — Ramírez de Avellano, don
Teodomiro. — Libros parroquiales de la
Magdalena) .
Saló y Prieto (Don Nicolás): pintor. Nació en Córdo-
ba el 30 de Mayo de 1834, y fué hijo de don José, de quien
fué discípulo hasta que se trasladó á Madrid, y estudió en
la Academia de San Fernando y bajo la dirección particu-
lar de don Federico Madrazo. Grandes esperanzas alentaban
al joven Saló, cuando á los veinte años de su edad falleció
en Madrid el 22 de Mayo de 1854. En Córdoba se conser-
van de su mano un retrato del racionero Pablo de Céspedes
en la Academia de ciencias, bellas letras y nobles artes,
y un San Juan Bautista, copia de Castillo, en un altar
de la parroquia de Santa Marina. Su padre poseía un San
Rafael, primero y único original de su malogrado hijo, pin-
rtura bastante apreciable para la edad á que la ejecutó.
Sánchez (José): grabador de láminas, natural de Cór-
doba. En 1804 grabó en Córdoba y dedicó al marqués de
Villaverde una estampa de la Virgen de la Esperanza que
se venera en uno de los altares de la nave del Evangelio de
la parroquia de San Pedro en esta ciudad. En 1815 hizo
otra de la Virgen de los Baños que se venera en la parro-
quia de Fuencaliente, y probablemente será suya la de la
Virgen de las Huertas ó de Cuteclara, que estaba en el con-
vento de la Victoria en Córdoba, pero esta estampa aunque
está fechada no tiene nombre de autor. Parece de la misma
mano la del Eccehomo del arquito real que hoy está en la
Compañía, del que la estampa tiene la fecha de 1827. Hay
246
también suya firmada una Santa Coleta, copia de la estatua
que está en el convento de Capuchinas. Tiene la fecha de
1824. Estas dos últimas estampas, sin ser muy buenas, son
bastante mejores que las anteriores.
(Colección de estampas del autor).
Sánchez (El señor Martín): platero cordobés. En 27
de Noviembre de 1578 los veedores, aprobadores, alcaldes
y hermano mayor de la cofradía de San Eloy de platero»
de Córdoba, examinaron á este artista y lo aprobaron para
que abriera obrador y pudiera comerciar en su arte, habien-
do presentado para su examen una corona de plata que
había hecho.
(Archivo del Colegio de plateros).
Sánchez Izquierdo (Don Juan): platero cordobés.
En 30 de Julio de 1714 fué examinado este artista, y vista
por los señores que formaban el tribunal como individuos
de la sociedad de plateros de Córdoba, que contestaba bien
á cuantas preguntas se le hacían, y que estaba muy bien he-
cha una cruz de plata de altar que presentó, fué aprobada
y autorizado para abrir obrador.
Del acta de aprobación de Juan de Torres, artífice mazo^
ñero, natural de Córdoba y vecino de Ronda, consta que
Juan Sánchez Izquierdo hizo el frontal, candeleros y de^
más objetos del oratorio del Ayuntamiento de Córdoba en
cuya obra le ayudó el Torres.
{Archivo del Colegio de plateros).
Sánchez de Rueda (Don Teodoro): arquitecto que
construyó en 1723 el retablo mayor de la iglesia de la Com-
pañía de Jesús.
(Eamirez de Arellano, don Teodomiro),
247
Sánchez de Sandoval (Don Manuel): arquitecto. En
15 de Junio de 1789 don Francisco Cortés y Luna, hermano
mayor de la congregación de San Eloy del arte de platería,
le pagó á este artista 130 reales por la traza del arco que
se habia de colocar en la calle de la Feria, para celebrar la
proclamación de Carlos IV.
{Archivo del Colegio de plateros.)
Sánchez y Soto (Don Cristóbal): platero. Nació en
Córdoba sin que se sepa de su padre otra cosa sino que fué-
platero y tuvo taller abierto. En 7 de Junio de 1755, estan-
do reunidos en casa del hermano mayor de la congregación
de San Eloy, don Juan Félix de León y Canales, los veedo-
res, contraste y examinadores del arte de la platería, se
presentó nuestro biografiado pidiendo su examen y aproba-
ción, y manifestando ser natural de Córdoba, discípulo de
Francisco Galindo y Morales y que había estado dirigiendo,
como maestro el taller de su padre desde el fallecimiento
de éste, Mostró, como prueba de su pericia, uní aderezo de
cruz y brincos de lazo de oro y clavado de esmeraldas, del
que dijeron los examinadores estar bien hecho y con todo
primor, en vista de lo cual fué aprobado.
En 24 de Junio de 1770 fué nombrado por la cofradía de
San Eloy, veedor, y en 1.** de Julio de 1787 conciliario^
cuyo cargo desempeñó hasta 24 de Junio de 1791, en qu&
lo nombraron alcalde segundo de la hermandad. Después
desde 24 de Junio de 1793 á igual dia de 1795, desempeñó
el cargo de hermano mayor con reelección, y en 11 de Ju-
lio de 1802 volvió á ser nombrado conciliario, perdiéndose
su memoria desde esta fecha, probablemente por su falleci-
miento.
Sánchez Soto nos ha legado una obra importantísima, que
da testimonio de que el autor era un notabilísimo artista, y
248
ella es la urna ó arca en que se guardan en la parroquial
de San Pedro las reliquias de los mártires cordobeses de los
periodos romano y árabe. La obi*a costó 62.113 reales y
8 maravedís, contribuyendo para ello el Dr. don Bartolomé
Sánchez Feria con el producto de su obra,- titulada Palestra
Sagrada. Es de buena hechura, de gusto greco romano,
elegante y correcta de líneas sin las libertades de mal gus-
to del arte churrigueresco; y las estatuillas que la decoran
dan á conocer un escultor bastante notable por su buen di-
bujo y buen gusto en las actitudes, plegados de paños y de-
más pormenores que las embellecen. Esta obra está firmada
en esta forma:
«Siendo pontífice nuestro Illmo. Padre Pío VI: Rey de Es-
paña Carlos IV: Obispo de Córdoba el Excmo. é Illmo. se-
ñor don Antonio Caballero: Rector de esta parroquia el señor
don Juan Tello y Castillejo: hermano mayor don Alfonso Me-
llado, se hizo este tercer relicario con las limosnas de los
devotos cordobeses, fabricado por don Cristóbal Sánchez y
Soto, artífice de platería, natural de esta ciudad, y se con-
cluyó para el 26 de Noviembre de 1790, en que se celebraba
la Invención de las sagradas reliquias.»
(Archivo del Colegio de plateros. — Ra-
mírez de Avellano, don Teodomiro) .
Santa Cruz y Zaldua (Don Antonio): platero. Nació
en Córdoba, y fué bautizado en la parroquia de la Ajerquia,
el 20 de Septiembre de 1733, siendo su padrino don Martin
García Vallejo y el rector que lo bautizó don Francisco
Blanco Mellado de Zea; fueron sus padres don Juan Fran-
cisco de Santa Cruz y Luque y doña Alejandra María Tere-
sa de Zaldua y Villareal, naturales de Córdoba. En 6 de
Junio de 1748 se le autorizó por el gremio de plateros para
ser admitido de discípulo en cualquier taller donde quisiera
249
ingresar, y en 11 de Abril de 1753 fué examinado después
de estudiar en el obrador de don Juan Dorero, siendo apro-
bado y presentando como muestra de su habilidad un esqui-
lón de plata.
Por encargo de la cofradía de San Eloy, según acuerdo
tomado el 22 de Octubre de 1768, hizo uua mitra de plata
para el santo. Esta alhaja se conserva hoy, está muy bien
trabajada repujada, toda y con un relieve en el centro, que
representa á la Concepción muy bien heche. Tuvo un hijo
de su mismo nombre y carrera.
(Archivo del Colegio de plateros) .
Santiago Castillejo y Velasco (Juan de): platero
cordobés, discípulo primero de don Juan de Soldevilla y
después de don Nicolás Vázquez de la Torre. Para su exa-
men ante los aprobadores de la Congregación de San Eloy
4e plateros de Córdoba, para abrir obrador, cuyo acto se
Teriflcó el día 20 de Junio de 1754, presentó una escultura
de plata dorada, representando á San Antonio, la que esta-
ba bien hecha.
(Archivo del Colegio de plateros) .
Santísimo Sacramento (Fr. Juan del): pintor y
escritor. Cean Bermudez y cuantos han escrito la biografía
de este artista que en el mundo se llamó Juan de Guzman,
le suponen nacido en la Puente de don Gonzalo, el año
1611; pero los autores de la obra Apuntes históricos de la
villa de Puente Genil, don Agustín Pérez de Siles y don
Antonio Aguilar no han podido hallar la partida de su na-
cimiento, á pesar de que á la época en que se supone naci-
do alcanzan los libros parroquiales de aquella villa. Supo-
nen estos escritores que la partida debería estar al folio 25
•del libro sexto de bautismos que aparece cortado: pero como
250
quiera que hay una nota en el folio 26 que dice: «aunque
se cortó no falta la hoja,» y además, en los folios anterior y
posterior se hallan partidas del dia 10 de Julio, en un pue-
blo escaso de vecindario donde no es fácil que en un dia
haya bautismos para llenar muchas hojas, nos ha hecho pen-
sar, que las extendidas al folio cortado estarían repetidas ,
y acaso no fuera ninguna de ellas la del pintor que nos ocu-
pa. Así, pues, para nosotros habia sido articulo de fé que
la patria de Fray Juan del Santísimo Sacramento era Puen-
te Genil; pero desde que hemos leído dicha obra dudamo&
de ello. Sin embargo, sea como quiera, Juan de Guzman
nació hacia el año 1611, á juzgar porque murió de sesenta
y nueve años, según el testimonio de Palomino, en el
de 1680.
Se ignora quiénes fuesen sus padres, y se dice que apren-
dió la pintura en Roma, donde contrajo gran amistad con el
gaditano Enrique de las Marinas. Vuelto á España en 1634
se estableció en Sevilla y allí pintó los cuadros de la sala de
De profundis del convento del Ángel. Su carácter penden-
ciero y su destreza en las armas fueron ocasión de disgustos-
que le obligaron á profesar en la orden de Carmelitas des-
calzos, pues habiendo tomado parte muy principal y marca-
da en el motín de Sevilla del referido año, y refugiado en
el Carmen calzado, no halló otro medio de librarse de la
persecución de la justicia que tomar el hábito en dicho con-
vento. De éste pasó al de descalzos en donde profesó, y como-
su carácter violento no se enmendara, y ocurriera dentro de
clausura un hecho sangriento en que tomó parte, fué confi-
nado al convento de Aguilar de la Frontera, donde murió.
Aquí se dedicó á traducir la obra del italiano Pietro>
Acolti titulada Perspectiva práctica aumentándola tanto que
se puede decir que es obra nueva, como después tendremos^
ocasión de observar.
251
En 1666 pasó á Córdoba llamado por el Obispo, para pin-
tar parte de la galería de retratos de los prelados que en el
Palacio episcopal se conserva, y decorar con frescos la igle-
sia del convento de descalzos conocida por San Cayetano, y
no volvió á Aguilar en 1676 como han dicho Cean y Palo-
mino, toda vez que el cuadro de Santa Marina de Aguas
Santas que está en la parroquia de esta advocación en Cór-
doba, dice al pié: «A honra y gloria de Dios y de Santa Ma-
rina, dedicó este lienzo don Pedro Fernandez de Córdoba y
Figueroa, caballero del orden de Alcántara y primogénito
de la casa de Villaseca. Año de 1678. Fr. Juan del Santísi-
mo Sacramento.»
Vuelto al convento de Aguilar, sin duda poco después de
esta fecha, murió en 1680.
Cean dice de él: «Su mérito en la pintura no pasó de un
mediano dibujo, aprovechándose de las estampas en la in-
vención, con un regular manejo y frescura en el colorido^
queriendo imitar á Rubens y Wandick con bastante masa y
empastado color, pero se quedó muy distante de tan gran-
des maestros.»
De su obra, que mucho tiempo se ha creído perdida,
dicen los autores de la historia de Puente Genil^ lo si-
guiente:
«Comienza la obra con una advertencia al lector en que
explica los motivos que le impulsaron á escribirla, y luego
sigue un preliminar titulado A la' juventud española, en el
que celebra las bellas artes, especialmente la pintura, y ex-
cita á los jóvenes á que se dediquen á ella, aconsejándole»
la utilidad de los estudios de perspectiva.
«Pudiéramos considerar la obra como la reunión de dos
distintas: la primera un pequeño tratado de Geometría, y la
segunda propiamente de perspectiva. Esta segunda mate-
ria está dividida en tres partes: la primera relativa á las
252
superficies; la segunda á los cuerpos y la tercera á la impor-
tante materia de luces y sombras. Concluye con un discurso
sobre el dibujo, tomado de la obra de perspectiva que es-
cribió el italiano Pietro Acolti.»
Más adelante dicen los mismos escritores: «En ella se ob-
serva un estilo castizo, demostraciones claras, Erudición
grande y abundancia de doctrina. Toda ella está ilustrada
con las figuras necesarias para la comprensión del texto,
perfectamente dibujadas á la pluma.»
Las obras públicas de nuestro pintor son las siguientes:
Córdoba. — Museo provincial.
Cuatro grandes cuadros, redondos por arriba, que repre-
sentan asuntos de la Pasión, tomados de Wandick por es-
tampas copiadas al trasluz; Cristo en la cruz y á los pies la
Virgen, la Magdalena, San Juan y el retrato del autor, to-
dos de medio cuerpo; varios Santos de la orden de Carmeli-
tas descalzos.
Ídem.— San Cayetano.
Casi todas las grandes pinturas que cubren los muros de
la iglesia y representan pasajes de las vidas de Santa Tere-
sa y San Juan de la Cruz.
Ídem. — Palacio episcopal.
Algunos retratos de 0"bispos de Córdoba.
Ídem. — Santa Marina.
El cuadro de la titular antes citado.
Sevilla. — Convento del Ángel.
Las vidas de Santa Teresa y San Juan de la Cruz en la
«ala de De profundis.
253
Aguilar. — Convento del Carmen.
Todos los grandes cuadros que cubren los muros de la igle-
sia con asuntos de las vidas de los fundadores de la Orden, y
un San Roque, que es una de sus mejores pinturas.
(Cean.— Palomino.— Apuntes históricos
de la villa de Puente Genil.
Segó vía y la Hoz (Don Juan Martin): platero y es-
critor cardobés. Al cabildo de 25 de Julio de 1745 presentó
un memorial para que se pidiera á las principales congrega-
ciones de plateros de España, un índice de los privilegios y
exenciones de que gozaran para enriquecer con estos datos
la obra que estaba escribiendo, y que presentó, titulada: Uni-
versidad de la platería y Compendio de todas las ciencias.
Los congregados, habiendo leido parte de la obra, dijeron
que será la más útil y copiosa que hasta hoy se ha escrito.
Habia sido Segovia veedor de la cofradía y entonces era
seise conciliario.
Se examinó el 7 de Noviembre de 1728 y presentó un
anillo con una esmeralda. Fué discípulo de don José Fran-
cisco de Valderrama.
{Archivo del Colegio de plateros).
Soldevilla (Don Juan de): platero cordobés. En 30 de
Julio de 1725, fué examinado por el hermano mayor, en
unión con los alcaldes, veedores y aprobadores de la Con-
gregación de San Eloy del arte de platería de Córdoba, y
en vista de un San Miguel de plata que presentó y que es-
taba muy bien hecho, fué autorizado para abrir taller y co-
merciar en objetos de su profesión.
(Archivo del Colegio de plateros).
254
Soto (Fr. José): pintor y escultor, y al parecer, hom-
bre bastante original y excéntrico. Nació y murió en Agui-
lar, y fué hijo de Andrés de Soto y de María González. To-
mó el hábito del Carmen descalzo, llegando á guardián,
cargo que desempeñaba en el convento de Andújar en 1808.
Al acercarse los franceses en dicho año á Andalucía huyó
con toda la comunidad á Algeciras, donde vivió dando lec-
ciones de latin; pero no consintiendo su carácter inquieto
sobrellevar aquella vida de prueba, se incorporó á la partida
llamada los leales de Carmena, y entró en Cádiz, á la sazón
sitiada por el ejército invasor. Allí inventó un aparato para
aminorar el retroceso de los cañones, encargándole el cuer-
po de Artillería de la dirección en la maestranza de los
trabajos necesarios para conseguir este fin, y nombrán-
dole oficial mecánico honorario del Real Cuerpo de Arti-
llería.
Secularizado más tarde, se retiró á Aguilar, donde se de-
dicó á la pintura, escultura y mecánica, pintando y escul-
piendo muchos santos bastante malos, y llegando á poseer
una especie de monomanía para dar movimiento á todas las
figuras que llegaban á sus manos, hasta el extremo de ha-
ber dado en la plaza una corrida de toros, en que tanto és-
tos como caballos y lidiadores, eran figuras de madera ó
cartón movidas por resortes.
Al principio de la guerra civil carlista, inventó unos ca-
ñones de madera que quedaron para estudio en el Ministe-
rio de la Guerra, sin que llegaran ni á aprobarlos ni á re-
chazarlos. Todas las noticias biográficas de este artista, se
las debemos á nuestro querido amigo don Rafael Panlagua,
que dedica sus ocios á escribir la historia de Aguilar de la
Frontera, en donde vio la luz.
Soto (El señor Fernando de): platero cordobés. Fué
255
examinado por el hermano mayor y los veedores, alcaldes
y aprobadores del arte de la platería en Córdoba el dia 2
de Diciembre de 1580, y vista su suficiencia en la hechura
de una Concepción de oro que presentó, fué autorizado
para abrir taller y comerciar en su arte en toda España.
(Archivo del Colegio de plateros).
256
T
Tasrir: marmolista. Aparece el nombre de este artista
en el fuste de la cuarta columna de la hilada décimatercera
y en el cimaceo de la primera de la décimasexta de la Mez-
quita cordobesa.
{Don Rodrigo Amador de los Rios).
Tazas (Don Gaspar de las): platero cordobés. Presenta
á los examinadores del arte de la platería en 9 de Junio de
1690 una Custodia de plata muy bien hecha, y en su conse-
cuencia fué aprobado para el ejercicio y comercio de su arte
con facultad de abrir taller.
(Archivo del Colegio de plateros) .
Tharig: tallista. Véanse los artículos de Bedr y Co-
hem.
Tomás (Don José): escultor. Fué nombrado académi-
co de mérito de la de San Fernando en 7 de Diciembre
de 1828, teniente director de la misma en 27 de Enero
de 1833, director honorario en 22 de Enero de 1842 y efec-
tivo en 9 de Enero de 44. Creado el Liceo Artístico y Lite-
rario de Madrid, fué uno de sus más constantes socios y
presidente de la sección de escultura. Trabajó en sus sesio-
nes prácticas una ninfa en cera y un monumento de cuatro
faces, representando yarios hechos notables de la Reina
doña María Cristina, que aquella sociedad regaló á esta se-
ñora. Sus principales obras son: los niños y delfines de la
257
Ked de San Luis, en piedra del Colmenar; los bajo relieves,
capiteles y una de las estatuas del teatro del Instituto que
ya no existe; el bajo relieve del intercolumnio del Caballero
de Gracia representando la última Cena; los genios que sos-
tienen los escudos del obelisco de la Castellana; parte de las
estatuas y adornos del Dos de Mayo; el pedestal de la esta-
tua de Felipe IV en la plaza de Oriente; el busto en bronce
de la duquesa de Benavente para la posesión de la Alameda,
y San Gabriel, estatua en madera para una iglesia de Ga-
licia.
En 1828 hizo el escudo alegórico que se puso en la Puer-
ta de Atocha para la entrada de Fernando VII, y las esta-
tuas de España y Sájenla para las exequias de la Reina
doña María Josefa Amalia. En 1829 los trofeos y adornos
del monumento levantado en la Puerta del Sol para la en-
trada de doña María Cristina. En 1830 el escudo del Ayun-
tamiento para solemnizar el nacimiento de Isabel II, y la
estatua de Fernando VII para las fiestas del juramento de
la Reina Isabel; y en 1833 la estatua del Tiempo que coro-
naba el túmulo en las exequias del Rey Fernando, y en el
mismo catafalco las estatuas de la Religión y España.
Este notable escultor, según tenemos oido á personas res-
petables, era natural de Córdoba.
(Osorio y Bernard).
Torrado (Don Antonio): pintor. Véase Alvarez.
Torrado (Don Antonio): Además de lo allí dicho, debe-
mos observar que en recibo dado y firmado por este artista
en 1795 por la restauración del lienzo de la Virgen de los
plateros que estaba en la carrera del puente, y hoy en el
Museo provincial de Córdoba, obra de Juan de Valdés Leal,
cuya composición costó á la, Congregación de San Eloy 600
Tomo CVIL 17
258
reales, se firma Antonio Torrado. Este documento escrito
por el artista con el apellido Torrado solo, y la inscripción
«opiada en otro artículo, también hecha por él al parecer,
en que se pone Alvarez Torrado, nos hace pensar en que
acaso fueran dos pintores diferentes. Esta duda, difícil de
resolver, la exponemos aquí para que otros con más noticias
y mejor criterio que nosotros la resuelvan.
{Archivo del Colegio de plateros).
Torres Pardo (Don Rafael de): pintor. Nació en Pal-
ma del Rio, siendo bautizado en la única parroquia de la
villa el 21 de Septiembre de 1824, y fué hijo de don Anto-
nio Bonoso de Torres Pardo y de doña Manuela Garrido y
Ríos. Estudió latinidad en su patria con el profesor señor
Fajardo, y á los 20 años se trasladó á Madrid en donde es-
tudió las carreras de abogado y telegrafista y la pintura. En
1860 fué á la Habana comisionado por el Gobierno para es-
tablecer la escuela de telégrafos, y allí pintó un cuadro que
representaba la llegada de Colon á América, que rifó en el
Liceo, siendo adjudicado al general Dulce, y cuya rifa le
produjo 1.000 duros.
Casó con doña Elisa de Letona, hermana del general del
mismo apellido, y murió en Madrid hacia el año 1880. Los
anteriores datos los debemos á don Enrique Estefanía y Re-
yes, joven escritor y abogado, residente en Palma, y extra-
ñamos no hallar en ellos la noticia que nos da el señor Oso-
rio y Bernard de que Torres estudió la pintura en Granada
bajo la dirección de don Joaquín de la Rosa.
En 1855 presentó á la reina doña Isabel el retrato de esta
señora en una miniatura del tamaño de una peseta, que no
sólo le valió muy lisonjeras frases de tan augusta persona
sino el encargo de otras obras. En la Exposición de Bellas
Artes de Madrid en 1856 presentó dos bonitas minia-
259
turas representando la despedida de Agar, y la mujer
.adúltera.
(Noticias de Palma. — Osorio y Bernard).
Tsamil: marmolista, cuyo nombre aparece en el fuste de
la séptima columna de la décimatercera hilada de la Mez-
quita de Córdoba.
(Don Rodrigo Amador de los Rios).
260
Urbano (Juan): platero de Córdoba. El conde de Va-
lencia de don Juan posee una carta de pago de 131.250 ma-
ravedfees, firmada por Felipe II en San Lorenzo del Escorial
á 16 de Agosto de 1590 á favor de «Juan Urbano, platero
residente en la ciudad de Córdoba,» por el oro, plata y he-
churas de un bozal de plata sobredorada, trabajado de me-
dio relieve con varias piezas de oro colgando de muchas
cadenillas, y cuyo peso era de nueve marcos tres onzas y
cinco octavos.
{Zarco del Valle).
261
'V
Valdés (Hijas de): pintoras. Sabemos que fueron mon-
jas en el convento de San Clemente de Sevilla, y que pinta-
ban. De una de ellas hay algunos cuadros en el citado con-
vento. Doña Mencía era sevillana y murió en su mismo
monasterio en 1730. La otra era cordobesa y por eso la
incluimos aquí.
(González de León. — Cean),
Valdés (Lucas de): platero. Natural de Córdoba, y en
1600 aprobador del arte de platería por la Congregación de
San Eloy. Desempeñó este cargo hasta 1602, y en 1603 vol-
vió á ser elegido, ejerciéndolo hasta 1605.
En 1602 hizo la hermosa lámpara de plata de la capilla
de los Mártires de la parroquial de San Pedro de Córdoba,
regalada por el cabildo Catedral, según dice la inscripción
^e la orla, en «hacimiento de gracias de haber cesado Ja
peste de esta ciudad, por intercesión de los Santos Márti-
res.» Pesa 17 marcos y onza y media.
En la obra titulada «Vida y milagros del siervo de Dios
-el santo Fr. Alvaro Confesor, etc.» por el Padre Fray Luis
Sotillo de Meza, 1618, MS. que se guarda en la Biblioteca
provincial de Córdoba, consta que en 1G03 tenia Lúeas Val-
dés un hijo de 13 años habido legítimamente de su mujer
Elvira Daza, el que padecía dolores de estómago intensos,
sanando de ellos por la imposición sobre la parte dolorida
de un hueso de San Alvaro.
Este hijo fué aprobado para abrir taller y comerciar en
262
su arte por la Congregación de plateros de Córdoba, el 15-
de Mayo de 1634.
(Archivo del Colegio de plateros. — Ea-
mirez de Aréllano, don Teodomiro. — Fraif
Luis Sotillo).
Valdés Leal (Don Juan de): pintor, escultor, graba-
dor y arquitecto. Nació Valdés de padres ilustres, oriundos
de las montañas de Santander, en 1630, en la ciudad que
fué un dia asiento de la fastuosa corte de los Omeyas. Deci-
dida afición á la pintura, demostrada desde sus más tiernos
años, obligaron á sus padres á dedicarlo al cultivo de este
arte. Para ello ingresó en el estudio de don Antonio del
Castillo, uno de los más hábiles dibujantes de su época,
émulo de Murillo y avaro de la gloria, hasta el extremo de
morir de tristeza por no poder sobrepujar las obras de su
antiguo compañero de estudio.
Los constantes adelantos de nuestro artista, su decidido
amor á la pintura, se vieron engrandecidos en su edad vi-
ril, por un nuevo culto, más entusiasta si cabe que el que
á las artes profesaba. El amor prendió con voraz llama en
el alma de Valdés Leal, haciendo su objeto predilecto á una
joven de sin igual belleza é ilustre cuna, de la más rancia
nobleza de Córdoba. Como él, aficionada á la pintura, bien
pronto correspondió á los sentimientos y aspiraciones de
nuestro joven pintor, y doña Isabel de Carrasquilla fué la
feliz compañera que llevó Valdés al tálamo nupcial en Cór-
doba, no se sabe en qué fecha, pero sí en la más ardiente
juventud de ambos esposos.
* Valdés habia llegado mientras tanto á la cumbre del ta-
lento y de la maestría, y á la perfección de su arte. Buena
muestra de ello dejó en su patria. Además de muchos cua-
dros con que se enriquecieron los dorados salones y los ora-
263
torios de nuestros opulentos magnates; además del retrato
del doctor Enrique Vaca de Alfaro, poeta excelente y patri-
cio digno de afectuosa memoria, cuyo retrato se ha perdido
por desgracia, Valdés dejó una prueba inimitable de su ta-
lento en el prodigioso retablo mayor de la iglesia del Car-
men calzado, extramuros de Córdoba.
El citado retablo se compone de once cuadros, pintados
en 1658, cuando Valdés sólo tenia 28 años de edad, siendo,
por lo tanto, estas obras, una prueba de sus rápidos adelan-
tos y de su genio gigante é inagotable. Corona el altar la
Virgen, cubriendo con su manto varios santos de la orden
de carmelitas calzados. El centro lo forma un gran lienzo
que representa á Elias arrebatado por el carro de fuego-, á
los lados San Rafael y San Miguel; San Acisclo y Santa
Victoria, patronos de Córdoba; dos historias de la vida de
Elias; las cabezas de San Juan y San Pablo, y en el zócalo
varios santos mártires. Todo el retablo es un prodigio de co-
lor, de luz^ de entonación y dibujo.
El cuadro central basta por sí sólo para hacer inmortal
á un pintor: en reducido lienzo para tan gran concepción,.
se revuelven, sobre un camino sembrado de llamas, seis ca-
ballos blancos como la nieve, que guiados por un ángel,
arrastran el misterioso carro á los espacios siderales. Los
arreos que los decoran arrojan llamas y los briosos corceles
se lanzan vertiginosamente al espacio, revolviéndose sobre
sí mismos, como hostigados por el rayo, que no otra cosa se-
meja el castigo que el celestial auriga hace crugir. Sobre el
carro se eleva la magestuosa figura de Elias, que arroja á
Elíseo su manto desde ia altura ú que ha sido arrebatado.
Toda esta parte de la composición parece engendro de una
imaginación riquísima y exaltada, que adivina genios flo-
tando en vértigo indescriptible entre la destructora revuelta
de un ciclón. Con la tempestad de lo alto, hace contraste la
264
tranquilidad y la paz del suelo; hermoso valle, risueño y
alegre, verdea en el fondo, y los pájaros en los árboles en-
tonan sus canciones. Elíseo, espantado, eleva al cielo los
ojos y las manos y ve alejarse á su maestro á las alturas
etéreas, que él también en sus delirios ambiciona. En toda
la obra el color es brillante, el dibujo correcto y robusto, la
composición atrevidísima. Hay en esta obra más brio y más
entereza que en todos los otros cuadros que de este pintor
hemos contemplado, aun contando entre ellos los cuadros de
los Muertos.
El zócalo del altar es otra joya inestimable: hay en él re-
presentados de medio cuerpo, cuatro santos mártires. Son
medias figuras, que más parecen retratos por la tranquili-
dad y la apacible calma que en ellos se refleja, como si un
destello de la bienaventuranza y de la paz de los cielos
inundara sus rostros. La pastosidad de las carnes, la soltu-
ra del pincel, la corrección del dibujo, hacen estas figuras
asemejarse á obras de Velazquez, tal es la maestría y el na-
turalismo de su ejecución.
Ponz, Palomino, Cean Bermudez y otros muchos críticos,
han reconocido esta semejanza que admira, con las obras del
jefe de la pintura castellana, con aquel talento sin rival que
llevaba en su cerebro la cámara oscura al trasladar al lien-
zo los personajes que retrataba.
En este mismo tiempo pintó Valdés el San Andrés que
existe en la capilla mayor de la iglesia de San Francisco;
el Jesús Nazareno que estuvo en la Zapatería, y la Concep-
' eion llamada de los plateros, que en el Museo provincial se
guarda. Pero estas obras no pueden darnos idea, desgracia-
damente, de la importancia artística de Valdés. El San An-
drés, figura mayor que el natural y de arrogante apostura,
ha sido profanado por inexperta mano, que con repintes ha
hecho desaparecer la obra de nuestro artista. El Jesús de
265
la Zapatería se ha perdido, y la Virgen de los Plateros fué
restaurada en 1724 por don Fernando Pacheco, pintor has-
ta hoy desconocido, y en 1795 por don Antonio Torrado, y
á pesar de esto, al venir al Museo, estaba tan perdida, que
la actual casi es obra de nuestro querido maestro y amigo
don Rafael Romero y Barros (erudito escritor y pintor no-
table, natural de Moguer), que acertadísimamente la ha
restaurado, conservando lo poco que de la primitiva que-
daba.
En busca sin duda de más vasto horizonte donde desar-
rollar su talento, dejó Valdés su patria poco después de
pintar el retablo descrito, puesto que en 1660 vivia en Se-
villa pintando, con admiración de los artistas y con envidia
de los mismos, que eran sus enemigos implacables.
Ya en este tiempo habíase concebido por varios pintores
residentes en Sevilla, y en especial por Murillo, el pensa-
miento de crear una academia de pintura y escultura, don-
de los artistas se comunicaran sus conocimientos y los prin-
cipiantes pudieran obtener mayores adelantos que los que
obtenían, limitados al estudio de sus maestros y encerrados
en los modestos talleres donde estos ejecutaban sus obras.
No debió Valdés de contribuir poco al planteamiento de esta
empresa (aunque hay biógrafos de Murillo que lo acusan de
haberla entorpecido), puesto que al inaugurarse la acade-
mia en la Casa Lonja en 11 de Enero de 1660, fué nombra-
do tesorero, cargo que renunció al poco tiempo de haberse
realizado la inauguración de mucho antes deseada. Esto no
fué obstáculo para que en 1663 los artistas asociados eligie-
ran mayordomo á Valdés, que nuevamente renunció. Terce-
ra vez, sin embargo, fué designado por sus compañeros de
academia para desempeñar un destino en aquella ilustrada
asociación, y entonces no fué para un cargo inferior, sino
para la presidencia, que obtuvo en el mismo año de 166.S,
266
y desempeñó, aunque siempre sin deseo de hacerlo, hasta
1666, que al fin la renunció. En I.*' de Noviembre de 1660
también fué nombrado alcalde de la pintura en la herman-
dad de San Lúeas, en la parroquia de San Andrés, cuyo des-
tino desempeñó durante tres años próximamente.
¿Qué obras ejecutó Valdés en este tiempo? Muchas indu-
dablemente, pero muy pocas que hasta nosotros hayan lle-
gado. En el Museo provincial de Sevilla se guardan varios
cuadros estimables, pero que están mal clasificados al juz-
garlos suyos. Los cuadros de la historia de San Gerónimo
que allí hay no se asemejan en nada á las obras que, firma-
das de su mano hemos descrito y describiremos después.
No así puede negarse la autenticidad de las del retablo de
San Benito de Calatrava.
Las pinturas de este retablo son seis: representan San Se-
bastian, Santa Catalina, San Juan Evangelista, San Antón,
San Antonio y San Andrés; todas ellas dignas del nombre
glorioso de su autor. Descuellan sobre las otras Santa Catali-
na y San Andrés, pero las sobrepuja también la elegantísima^
figura de San Sebastian, digna de Velazquez, que de éste se
creería si se juzgara por aquel hermoso color y aquella nota-
ble maestría con que están pintadas las carnes, que más pa-
recen naturales que fingidas.
¿Y qué diremos del San Lorenzo que corona el altar de
Santiago en su capilla de la Catedral? Media figura es y
vence sin embargo toda la composición que trazó Roelas en
el lienzo central del retablo. En el mismo templo admira la
composición que representa á la Virgen poniendo la casulla
á San Ildefonso, y que lucha, también con ventaja, con el
San Francisco de Herrera, que forma el centro del retablo
donde ambas están.
Un acontecimiento de esos que no se realizan con frecuen-
cia, vino á coronar la reputación de Valdés y á darle oca-
267
sion para mostrar al mundo sus conocimientos y maestría
no sólo en el arte pictórico, sino en la escultura, arquitec-
tura y grabado que poseia también como los mejores artis-
tas de su tiempo.
Este hecho fué la canonización de Fernando III^ solicita-
da por Felipe II y no obtenida hasta 1671. La Catedral de
Sevilla solemnizó con grandes fiestas este acontecimiento
felicísimo para la ciudad que guardaba los restos inanima-
dos de aquel rey hasta entonces conquistador y desde en-
tonces santo además; y Valdés fué el encargado de dirigir
la traza del decorado del templo y del gran altar que á ma-
nera del colosal templete, puesto que tocaba en la techum-
bre, se colocó á la espalda del coro de aquella famosa Cate-
dral, última obra del fervor religioso en España, y último
monumento del arte ojival, único que caracteriza el ideal
cristiano.
No nos detendremos á describir aquella mole inmensa de
columnas y hojarascas, más semejante á armario de frute-
ría según estaba enriquecido de flores y frutos que á monu-
mento del arte. Contraste singularísimo que electrizó (digá-
moslo así), á pueblo y artistas de toda España, formarían
aquellas líneas borrosas y disparatadas del churriguerismo
más puro, en toda su pesadez y deformidad, con los ligeros
y elegantes soportes y con las severas bóvedas de ese her-
moso templo, en cuya planta, como ha dicho el mejor de
nuestros oradores, se alojan y apiñan las sombras de la edad
media, y por cuyas ventanas empiezan á lucir los primeros
albores del renacimiento naciente.
Pero no podemos censurar á Valdés su mal gusto arqui-
tectónico, porque en aquella época, la idea de la belleza en
arquitectura había huido del mundo, y las construcciones
sólo reflejaban la idea de lo feo en su más triste y desespe-
rante desnudez. Valdés, para sus contemporáneos, fué un
J
268
gran arquitecto. ¡Dios nos libre de pretender imitar sus
creaciones!
No se limitó nuestro artista en esta empresa á dar la idea
del aparato con que se habia de enriquecer el templo, sino
que también quiso legar su memoria á la posteridad, y gra-
bó al agua fuerte una lámina de gran tamaño que lo repre-
sentaba.
Ya en 1668 habia dado muestra también de su destreza
en el grabado de tres láminas de la Custodia que hubo de
hacer por encargo del cabildo de aquella Catedral. Pero
aún hizo más; modeló en barro, con general aplauso, los
santos, historias y alegorías que decoraban el fastuoso edifi-
cio, por él trazado. Se duele Palomino de no haber visto
ninguna escultura de Valdés, y en esto hemos sido más fe-
lices que el citado autor, pues hemos visto una estatuita en
barro, de San Gerónimo, firmada de su mano, que poseia en
Córdoba don José Saló.
La figura en cuestión, cuyo paradero ignoramos, era dig-
na de un gran escultor, por su dibujo y facilidad de su eje-
cución abocetada. Lástima que el Museo de Córdoba no la
hubiera adquirido como adquirió otros objetos de la colec-
ción riquísima que el señor Saló dejó á su muerte.
Pocos años antes de la fecha á que nos venimos refiriendo
fué cuando Valdés realizó las más portentosas de sus crea-
ciones: los cuadros de los Muertos. En 1668 la hermandad
del hospital de la Caridad nombró hermano mayor á don
Miguel de Manara Vicentelo de Leca, y desde luego con-
cibió éste la idea de construir una nueva iglesia en el mis-
mo lugar en donde estaba la ermita de San Jorge, á la que
el hospital se habia incorporado. Manara llamó en su auxi-
lio para la obra que habia proyectado á los más hábiles ar-
tistas de su tiempo. El escultor Roldan trazó é hizo el reta-
blo en que luce un relieve del entierro de Cristo que es una
269
de sus mejores creaciones. Murillo y Valdés se encargaron
de enriquecer con excelentes pinturas los muros y los alta-
res de la iglesia.
En breve tiempo se vio ésta embellecida con las aguas de
Moisés y el Milagro de pan y peces, obras colosales de Mu-
rillo, y el Triunfo de la Cruz, que adornó el coro, obra de
Valdés. Pero uno y otro artista habían de dar las más bri-
llantes muestras de su ingenio en aquel recinto: y así, Mu-
rillo pintó San Juan de Dios llevando un pobre con el au-
xilio de un ángel, y Valdés sus dos famosos cuadros que se
llaman aún de los Muertos. Nada más hermoso de color, de
luz y maestría que el San Juan de Dios; pero nada más na-
turalista, más acabado de dibujo y de verdad que las dos
terribles y espantables creaciones de Valdés.
A propósito de estos cuadros se refiere una anécdota que
por sí sola retrata el carácter de ambos pintores y el cono-
cimiento profundo de su arte que ambos poseían. No es po-
sible hacer una crítica más exacta de estas obras que la
que ellos mismos hicieron en las palabras que vamos á
copiar.
Todos los aficionados á la pintura fueron á contemplar las
obras de los grandes maestros expuestas en la Caridad. To-
dos á una elogiaban los cuadros de Murillo y todos á una
se espantaban de los de Valdés. Quién aterrorizado huía de
aquella terrible perspectiva; quién tapaba la nariz temien-
do el mal oliente hálito de aquellos cadáveres. Los ricos or-
gullosos temblaban del próximo fin que aquellas pinturas
profetizaban, y con horror presentían el momento tristísimo
de desposeerse (para convertirse en polvo) de sus grande-
zas y dignidades. Los pobres veían en ellos el triunfo de la
igualdad y el juicio eterno, en que los virtuosos serán re-
compensados y castigados los reprobos. Un dia se encontra-
ron en la iglesia los dos maestros rivales. Murillo entonces
270
dijo á Valdés: «Compadre, esto es preciso verlo con las ma-
nos en las narices.» «Qué queréis, dijo Valdés, usted se co-
me la pulpa y á mí me toca roer los huesos; pero tampoco
puede verse sin provocar á vómito la Santa Isabel,» y alu-
día á la que hoy se admira en los salones de la Eeal Acade-
mia de San Fernando.
No cuadra á nuestro objeto entrar en el estudio de estas
ni otras obras de Murillo; pero sí cumple y del todo, el exa-
men detenido de las dos hermosas creaciones de Valdés. Los
cuadros de los Muertos son las obras magistrales del cordo-
bés pintor que sostendrían la competencia con las de Velaz-
quez, si al Museo de Madrid se llevaran. Tal fué la opinión
mantenida por don Carlos Luis de Rivera, don Salvador
Martínez Cubéis y el señor Gato de Lema, cuando en 1876,
comisionados por la Academia de San Fernando para la res-
tauración del San Antonio, de Murillo, visitaron con nos-
otros el templo de San Jorge.
Examinemos los cuadros. Sobre una mesa cubierta de ri-
co paño de brocado, se hallan hacinadas todas las insignias
de la grandeza humana. La tiara del papa, la corona impe-
rial y la del rey: mantos de órdenes militares, la espada del
guerrero, asombro del mundo por sus hazañas y terror de
los enemigos del reino y de la fé, la vara de la justicia in-
capaz de doblegarse á las dádivas, los libros del sabio de-
dicado á arrancar á la madre naturaleza sus más entraña-
bles secretos, la mitra del prelado, las cruces é insignias de
la Iglesia, entonces puede decirse señora del mundo, todo
cuanto puede halagar á la vanidad humana y cubrir con
su esplendor la pequenez de los hombres se halla amonto-
nado allí.
En primer término hay un globo sobre un trípode: sobre
esta imagen de la tierra posa sus pies descarnados la airada
figura de la muerte que, con sarcástica expresión dirige al
271
espectador los negros huecos de sus hondas órbitas. Un
ataúd lleva bajo el brazo y en la siniestra mano la destruc-
tora segur; la diestra mano se dirige á una luz colocada en
el centro del cuadro, luz que representa la de la humana
existencia, y que en breve tiempo habrá de quedar extin-
guida. Un letrero hay en el cuadro que dice: In icio oculi.
Tal es uno de los lienzos que en forma de medio punto, se
miran bajo el coro á los pies de la iglesia.
El segundo cuadro representa la cripta ó cueva de un
panteón. En el fondo un montón de huesos y descarnados
cráneos humanos; en primer término dos ataúdes abiertos.
El uno contiene el cadáver en putrefacción de un prelado,
con mitra, capa pluvial y báculo. Por todas partes discur-
ren asquerosos insectos y pestilentes gusanos.
El otro ataúd contiene un caballero de Calatrava, de no
menos repugnante aspecto, por la descomposición en que se
halla. Sobre aquellas descarnadas osamentas se posa un
mochuelo, cuyos ojos redondos y amarillos, brillan en el
fondo con siniestro fulgor.
El cuadro está coronado por una nube, de la cual se ve
salir la mano llagada de Jesús, sosteniendo una balanza en
su fiel.
En uno de sus platillos hay insignias de grandeza; en el
otro el corazón de Jesús inñamado de caridad; sobre ambos
se lee: Finis, glorice mundi.
Este es el lienzo, que según Murillo, no se podia ver sin
que el espectador tapara su nariz.
En 1672 volvió Valdés á visitar su patria donde debió
permanecer poco tiempo, puesto que después estuvo en Se-
villa y en 1674 se hallaba en Madrid.
En Córdoba pintó algunos cuadros para particulares, y
entre ellos unas vírgenes, que elogia Palomino, y que pagó
el jurado Tomás del Castillo.
272
En esta época refiere Palomino que, aunque él era mu-
chacho, ya había empezado sus estudios pictóricos y hubo
de visitar á Valdés, quien le acogió bien y le dio algunos
documentos para su gobierno en la práctica del arte, los que
Palomino dice «aprecié mucho, como de hombre verdadera-
mente erudito y práctico en la facultad.»
El mismo Palomino, que le vio pintar, dice: «Ordinaria-
mente era de pié, porque gustaba de retirarse de cuándo en
cuándo y volver prontamente á dar algunos golpes, y vuel-
ta á retirarse; y de esta suerte era de ordinario su manera
de pintar, con aquella inquietud y viveza de su natural
genio.»
En 1674 estuvo Valdés en Madrid, llevado de su deseo de
admirar las obras maestras que en los reales palacios y en el
Escorial se guardaban, y de esta época debieron ser los cua-
dros que conserva de su mano el Museo del Prado, bastan-
te estimables, por más que no sean de sus mejores pinturas.
En este tiempo, según el testimonio de Claudio Coello
que lo trató, asistía á la Academia matritense y allí dibuja-
ba cada noche dos ó tres figuras, prueba clara de su facili-
dad y maestría.
Se ignora la fecha de su vuelta á Sevilla, pero en 1690
estaba en esta ciudad y se disponía á pintar varías historias
sagradas en la iglesia de los venerables sacerdotes, cuando
fué atacado de perlesía, enfermedad de que bajó á la tumba
en 1691 el dia 14 de Octubre.
Dejó dos hijas pintoras y un hijo. Lúeas Valdés, pintor y
grabador, que aunque no escaso de mérito, está muy lejos
de haber heredado el genio y la maestría del gran ar-
tista que le dio el ser. Tal vez la desigualdad que se ad-
vierte en el mérito de las obras de Valdés, provenga de
atribuir al padre algunos de los cuadros que ejecutara su
hijo.
273
El retrato de Valdés se guarda en Sevilla en los salones
de la Academia con los de otros grandes pintores. Nosotros
concluiremos estas líneas copiando el retrato que de él hizo
Palomino, y que justifica hasta los defectos de carácter que
se le han supuesto. Helo aquí:
«Fué don Juan de Valdés de mediana estatura, grueso,
pero bien hecho, redondo de semblante, ojos vivos y color
trigueño claro. Dejó muy buena escuela en aquella gran
ciudad (Sevilla), y muchos discípulos. Era espléndido y
generoso en socorrer con sus documentos á cualquiera
que solicitaba su corrección , ó le pedia algún dibujillo ó
traza para alguna obra, en todo linaje de artífice, al paso
que era altivo y sacudido con los presuntuosos y desvane-
cidos.»
Tal era Valdés. Su nombre es uno de los mayores timbres
de gloria de Córdoba, su patria.
{Cean. — Palomino. — Noticias de Cór-
doba y Sevilla).
Vázquez (Don Bartolomé): grabador. Nació en Córdo-
ba en 1749, dedicándose desde pequeño á la platería. Ya
hombre y casado, trasladó su residencia á Madrid, en don-
de, abandonando su arte, se dedicó por completo al graba-
do, en el que se habia ejercitado en su patria, trabajando
un San Rafael en 1770, y un Cristo, por cierto muy malo,
en 1771. Ya en la corte, progresó tanto, que llegó á ser
uno de los mejores grabadores de su época, obteniendo
en 6 de Noviembre de 1775 el honor de ser nombrado aca-
démico de la de San Fernando por el grabado de láminas.
Sin tener maestro que lo instruyese avanzó siempre á la
cabeza de los adelantos, trabajando con tal ardor, que á
poco de aparecer un invento cualquiera, ya Vázquez lo eje-
cutaba con procedimiento propio y sin otra enseñanza que
Tomo CVII. 18
274
el raciocinio que hacia en vista de las estampas que llega-
ban á su mano. Así estudió y llegó á hacer los barnices
que empleaba, muchos de ellos mejores que los que del ex-
tranjero venían. En su progreso incesante llegó hasta á es-
tampar de varios colores con una sola vuelta de tórculo,
pudiéndose presentar como muestras de este procedimiento
Tina Dolorosaá dos tintas hecha en 1784; la célebre estampa
déla Rosa y la Virgen de la Silla, copia de Rafael, con todos
los colores del original. Murió en Madrid, y se dio cuenta á
la Academia de San Fernando de su fallecimiento, el mismo
dia en que ocurrió y en que se celebraba la repartición de
premios del concurso trienal de 1803.
Entre sus estampas notables, además de las citadas se
cuentan la Virgen de la Silla, en negro; la historia cronoló-
gica de los Reyes de España; las láminas de la edición del
Quijote, anotada por Quintana; San Fernando, ofreciendo
la conquista de Córdoba á la Virgen de Linares (Madrid
1777); el triunfo á San Rafael, entre la Catedral de Córdo-
ba y el Guadalquivir (Madrid 1781); Cristo, dándole pan
mojado en la sangre de sus llagas al B. Fr. Bernardo de
Corleen (Madrid 1782), y el retrato del P. Cristóbal de San-
ta Catalina (Madrid 1783). Tuvo un hijo llamado José, de
tanta fama artística como su padre, y de quien se hablará á
continuación.
(Osorio y Bernard. — Colección de es-
lampas del autor).
Vázquez (Don José): grabador. Nació en Córdoba en
1768 y fué hijo y discípulo de don Bartolomé. Habiéndose
trasladado á Madrid su familia cuando aún era joven nues-
tro artista, éste ingresó en la Academia de San Fernando
^n clase de alumno, ganando á los 19 años, esto es, en 1787,
•el premio correspondiente al grabado de láminas. En 4 de
275
Agosto de 1799 obtuvo el honor de ser creado académico
de mérito de la citada corporación, y el 27 de Diciembre de
1804 bajó al sepulcro, solamente un año después que su pa-
dre, con gran reputación de aventajado artista.
Sus obras más notables son: Santiago el menor, copia de
Rivera; el Descendimiento, del caballero Arpiño; Santa
Águeda, de Andrea Vacare; retrato de una infanta de Es-
paña, de Antonio Moro; idem, de Antonio de Leiva; idem,
de Jorge Juan; idem, de Bayeu, copia de Goya; la muerte
de don Antonio de Pineda en la isla de Luzon; el título de
la real Escuela de Veterinaria, y una vista del Viaje pinto-
resco .
(Osorio y Bernard. — Colección de es-
tampas del autor.
Vázquez (El P. M. Fjr. Juan): escultor. Nació en 6 de
Agosto de 1689, y fué bautizado en la parroquia de San
Pedro, siendo hijo de don Antonio y de doña Catalina Pé-
rez. Aficionado á la carrera eclesiástica^ tomó el hábito de
.San Pablo de Córdoba el 15 de Agosto de 1704, desempe-
ñando en aquella casa el cargo de prior en 1743. El año
de 1755 fué nombrado prior nuevamente, y como tal apro-
bó los actos de la cofradía del Rosario, del convento del Es-
píritu Santo, de la que las aprobaciones autógrafas obran
en nuestro poder, y falleció ejerciendo dicho cargo en 1757
á 22 de Octubre. Su cuerpo fué depositado en la sala capi-
tular, junto al del B. Francisco de Posadas, y en su entier-
ro doblaron las campanas de todas las iglesias de Córdoba,
cosa que no se habia verificado hasta entonces, y que se de-
bió al entusiasmo que el marqués de Guadalcázar sentía
por las virtudes del padre Vázquez, de quien se refieren
algunos milagros.
Tenia gran fama de virtuoso y no menos de docto y de
276
apreciable escultor. Su afición lo llevaba en sus ratos de
vagar á la huerta del convento, donde se dedicaba á la es-
cultura, y han quedado de su mano en Córdoba el San Feli-
pe Benicio del hospital de San Jacinto, llamado vulgar-
mente de los Dolores, y las estatuas de Santa Inés de Monte
Pulciano, Santa Catalina de Rizzi y Santa Columba, en la
iglesia de San Pablo, todas medianas. El P. Fr. Gabriel
Ordoñez escribió su vida, y su retrato se conserva en el Mu-
seo provincial de Córdoba.
(Ramírez de Avellano, don Teodomiro).
Vázquez de la Vega (Juan): pintor, natural de Lu-
cena y vecino de Antequera. En 1591 doró y estofó en
unión de Antonio Mohedano la estatua de San Pedro de
la cofradía de este Santo en Lucena. No tiene artículo en el
diccionario de Cean Bermudez.
{Ramírez de Luque).
Vela (El licenciado don Antonio): pintor. Nació en
Córdoba en 1634, y fué hijo y discípulo del notable pin-
tor jienense Cristóbal, que hizo los frescos de San Agus-
tín de Córdoba. Siguió la carrera eclesiástica y murió
en 1676, siendo enterrado en el presbiterio de la parro-
quia de San Andrés, en donde aún aparece su lápida se-
pulcral.
Habia dos cuadros de su mano en el claustro del conven-
to de San Agustín, y eran suyas las pinturas del retablo
mayor del convento de Regina; pero este retablo lo destru-
yó un incendio é ignoramos el paradero de los cuadros de
San Agustín; sólo existen que sepamos dos cuadros que
posee en la colección que ha reunido en su casa de Córdo-
ba, el señor don José Nuñez de Prado, y representan una
277
Sacra Familia con un grupo de ángeles que acarician al
Niño y una Anunciación.
(Gean. — Ramírez de Avellano, don Teo-
domiro).
Vera (Fb. Cristóbal de): pintor. Nació en Córdoba en
1577, y pudo ser discípulo en su patria del racionero Pablo
de Céspedes. Se dedicó á la carrera eclesiástica y tomó el
hábito de San Gerónimo en el convento de Lupiana (Castilla)
el 5 de Julio de 1602, permaneciendo toda su vida en este
convento, donde pintó ocho cuadros en los ángulos del
claustro. Sólo abandonó su casa de profesión para presen-
ciar en el convento de la Sisla de Toledo la toma de hábito
de su sobrino Juan, pintor también, y que no llegó á ser
religioso, y en esta casa murió el 19 de Noviembre de 1621.
Fué Fr. Cristóbal pintor excelente, muy devoto y muy es-
tudioso; siendo la causa de su muerte la asiduidad del tra-
bajo á que se dedicaba, especialmente durante las horas de
la noche.
Las pinturas más notables de su mano, eran las de los
retablos de San Gerónimo y la Magdalena en el convento
de la Sisla; pero como éste no existe ya, ignoramos el para-
dero de sus famosos cuadros.
(Gean).
Vidal (Sebastian): arquitecto, maestro mayor de la Ca-
tedral que continuó la obra de la torre, empezada por Her-
nán Kuiz. En 1644 proyectó la reforma del santuario de
Villaviciosa, y en 16.5.3 concluyó el tabernáculo del altar
mayor de la Catedral de Córdoba, habiendo hecho las es-
culturas Pedro Freyle de Guevara, y el Padre Eterno, Ma-
tías Conrado.
(Ugalde. —Llaguno),
278 ,
Vilches (Don Francisco de): platero, natural de Cór-
doba en donde aprendió su arte con don Gerónimo de León.
Terminados sus estudios pidió autorización para abrir ta-
ller, y la Congregación de San Eloy lo autorizó, mediante
examen que se verificó el dia 29 de Junio de 1735. Como
muestra de su habilidad presentó en este acto una escultura
de plata sobredorada representando á San Rafael.
(Archivo del Colegio de plateros).
Villarreal (Josef de): maestro alarife. Poco antes del
año 1659 proyectó la construcción de la Capilla Real en la
Catedral de Córdoba, emplazándola en el patio de los Na-
ranjos en la nave en donde están el postigo de la leche y la
puerta de los deanes.
(Archivo de la Catedral).
Viso (El Rmo. P. Fr. Cristóbal del): pintor. Al pié de
su retrato que se conserva en Lucena, en la sillería del coro
del convento de Observantes, hay una inscripción que dice
asi: «El V. P. Fr. Cristóbal del Viso, hijo de esta provincia,
natural de Lucena. Tomó el hábito en Córdoba. Fué dos ve-
ces provincial de esta provincia y comisario general de In-
dias. Varón insigne en virtudes. Murió en Madrid, año
de 1684.»
Sólo podemos añadir á esta noticia que Palomino dice de
él que pintaba con superior excelencia, y que ejecutó los
santos de la orden do San Francisco del techo del Salón de
capítulos del convento de Córdoba, los que ya no existen.
(Ramirez de Luque. — Cean).
279
Ximenez (El señor Diego): platero cordobés. En 7 de
Julio de 1580 fué examinado y aprobado por los veedores,
alcaldes, aprobadores y hermano mayor de la Congrega-
ción de plateros de Córdoba, en vista de una cruz grande
de procesión que presentó como prueba de su habilidad, y
fué autorizado para abrir taller y comerciar en su arte.
(Archivo del Colegio de plateros).
280
Zafra (Don Juan de): platero cordobés. En 2 de Octu-
bre fué examinado y aprobado para abrir taller á conse-
cuencia de haber dibujado muy bien ante los examinadores
de la Cofradía de San Eloy, del arte de plateros de Córdo-
ba. Presentó para este acto una sirena de plata bien hecha.
Consta del acta de su examen que fué discípulo de don Gas-
par de Medina, en cuyo obrador estuvo muchos años antes
de su aprobación.
Se estableció en la Eambla donde casó y murió en Febre-
ro ó Marzo de 1765, según consta de un acta de cabildo al
folio 289 libro 1." de acuerdos.
(Archivo del Colegio de plateros).
Zambrano (Juan Luis): pintor y uno de los mejores
que ha producido Córdoba. Se ignora la fecha de su naci-
miento, pero se tiene certeza de su patria por haberla ex-
presado él mismo en la firma de uno de los cuadros que te-
nia en San Basilio de Sevilla. Debió ser discípulo de Céspe-
des, á quien si no aventajó en ilustración, sobrepujó en la
manera de pintar en que se parece mucho á Roelas. En 1608,
después de la muerte de Céspedes, se estableció en Sevilla
dende pintó buenos cuadros para la iglesia de San Bartolo-
mé y para la escalera principal del convento de San Basilio.
Murió en esta ciudad el año 1639, no de tan poca edad como
Palomino le atribuye.
En Zambrano se muestra un gran progreso sobre el arte
clásico y el primer albor del naturalismo. Componía bien,
281
dibujaba correcta y grandiosamente y pintaba con gran sol-
tura y valentía. A estas buenas cualidades hay que añadir
un vigoroso colorido.
Sus obras más conocidas en Córdoba, son:
Catedral.
El martirio de San Esteban y el Ángel de la Guarda.
San Agustín.
Las Santas Flora y María, medias figuras colosales, en el
muro del coro.
Casa del Conde de Torres Cabrera.
El martirio de San Acisclo y Santa Victoria, magnífico
«uadro que decoraba en otro tiempo el altar mayor del con-
vento de los Mártires.
Museo provincial.
David con la cabeza de Goliat; núm. 178 del catálogo.
Se tienen noticias de otras cuantas obras de Zambrano,
que desgraciadamente han desaparecido.
{Cean. — González de León. — Ramírez
de Avellano, don Teodomiro).
Zaragoza (Don Agustín): escultor. Con este nombre
está firmada la estatua de San Miguel, que se venera en la
iglesia de San Basilio de Córdoba, obra del siglo XVIII á
sus fines.
Zea (Francisco de): grabador. El señor don Francisco
de Borja Pavón, en su ejemplar del Flox Sanctorum de
Roa, tiene pegadas algunas estampas. El ejemplar vino así
á sus manos. Una de ellas es un grabado hecho en 1755,
282
cuya inscripción es la siguiente: «Retrato verdadero del Ar-
ca que contiene Reliquias de 18 Mártires, Patronos y De-
fensores de Córdoba, y se veneran en la Parroquia del
Sor. San Pedro de esta Ciudad.» Es una estampa interesan-
tísima, porque ei arca retratada no es la urna actual, sino
la que le pusieron al tiempo de la invención de las reliquias.
Es su forma de ataúd, con una rejilla en medio y recuadros
del Renacimiento. El grabado está hecho por Francisco de
Zea, tal vez hijo de uno de los impresores de Córdoba, de
quien tantos libros se encuentran.
283
NOTA.
Después de impreso el Diccionario que antecede, el
señor don José Nuñez de Prado nos comunica la noticia de
que en su Colección de Córdoba tiene un Jesús difunto en
brazos de la Virgen, de Alfaro, por el estilo del que estaba
pintando cuando murió, y acabó Palomino, y de Castro una
Adoración de los Pastores.
Mi tio el señor Marqués de la Fuensanta del Valle, me
facilita los documentos que siguen y que tiene en su Biblio-
teca, copiados de la Nacional; son muy importantes, toda
vez que nos dan á conocer el nombre de Pedro Alfonso de
Carrasquilla, pintor de quien no se tenia noticia alguna;
según parece era de Baena, y el Duque de Sesa le encargó
copiase algunos de los retratos que allí tenia. Los de don
Leonardo Antonio de Castro, mencionan otros cuadros que
no incluí en el artículo correspondiente á este pintor, en
dónde están y lo que por ellos le pagó el Duque de Sesa,
también nos lo da á conocer como estofador.
LliBI^ AIVZA
EN FAVOR DEL PINTOB
PEDRO ALFONSO DE CARRASQUILLA
Biblioteca Nacional. — Sala de MS. — C. folio 14.
Número 50.
#,
Don Pedro del Portillo y Luque, tesorero de las rentas
del Duque mi Señor, mi padre, en su villa de Baena, entre-
gareis un mili y quinientos reales á Pedro Carrasquilla, pin-
tor de esa villa, los cuales iréis socorriendo con aviso de
Antonio de Medinilla, á cuyo cargo está la solicitud de que
pinte diez lienzos que le tengo mandado, que con libranza
del dicho don Antonio y con éste decreto se os pasarán en
quenta de la que diereis de mis alimentos. = Cabra y Abril
á 27 de 1685. -=M. El Conde de Cabra.
Digo yo Pedro Alphonso de Carrasquilla que he rescebido
á quenta deste despacho del Conde mi Señor quinientos rea-
les, que fué lo que su Excelencia me ofreció de pronto para
traer colores y liento para dicha obra, que su Excelencia
me mandó hacer y por verdad lo firmé en Baena en 14 de
Mayo de 1688 años.=Pedro Alphonso de Carrasquilla.
En Baena, en 21 dias del mes de Agosto de 88 años, rece-
bi del Señor Don Pedro del Portillo cien reales á quenta de
dicha obra y por verdad lo firmé. = Pedro Alphonso de Car-
rasquilla. = Son 100.
Mas á esta quenta recebí cinquenta reales, y por verdad
lo firmé en Baena en 24 de Septiembre de 1688 años. = Pe-
dro Alphonso de Carrasquilla. =:Son 50.
En Baena en 1.** de Abril de 1689 años, recebí del señor
don Pedro del Portillo, como tesorero del Excmo. Sr. Du-
que de Sesa mi Señor, en su villa de Baena, ochocientos y
cinquenta reales, con los quales acabó su merced de pa-
gar los mili y quinientos que el Duque mi Señor mandó se
me entregasen de la obra que hice para el Duque mi Señor,
la qual se remitió á Madrid, y por ser verdad lo firmé en
dicho día, mes y año.=Pedro Alphonso de Carrasquilla. =
Son 850 reales.
288 .
Pague el Señor don Pedro del Portillo y Laque, tesore-
ro de las rentas del Duque mi Señor, en esta villa á Fran-
cisco Villena, maestro de carpintero, vecino de ella, quaren-
ta y quatro reales de una caja nueva de madera que ha he-
cho para llevar á Madrid á su Excelencia los cuadros de los
retratos de los Reyes, que se han inviado con Cristóbal
de Montes, que con ésta y su recibo serán bien dados y se
pasarán en quenta. Baena á diez de Marzo de mili y seis-
cientos y ochenta y nueve años. = Simón Pedro de la Chica.
=Francisco Roldan. = Bartolomé de Berro.
Recebí los maravedises contenidos en este despacho, y por
ser verdad lo firmé en Baena en 14 de Marzo de 1689.=
Francisco Villena.
(En las espaldas):
A Pedro de Carrasquilla, pintor 1.500 rs.
A Cristóbal de Montes, del porte de la caja. . . 132 »
A Francisco Villena, de la caja 44 »
1.676 rs.
Entregue Vm. Señor don Pedro del Portillo y Luque, te-
sorero del Duque mi Señor, en esta villa, á Cristóbal de
Montes, arriero de doña Mencía, ciento y treinta y dos reales
del porte de una caja que lleva para el Duque mi Señor de
unos retratos de Reyes y Emperadores que su Excelencia
mandó copiar á Pedro de Carrasquilla, pintor vecino de
esta villa, que con ésta y su recibo serán bien dados y en-
tregados. Baena y Marzo 8 de 1689.=Simon Pedro de lar
Chica. = Don Francisco Roldan.
Llevó á cuenta 52 reales. = Mas di 10 reales, 17 de la ce-
bada. = Mas di 25 reales para la denunciación (sic) del teso-
rero de doña Mencía. = Pagada.
LIBR<AIVZAS
EN FAVOR DEL PINTOR
DON LEONARDO ANTONIO DE CASTRO
Biblioteca Nacional, — Sala de MS, — C. folio 14.
Número 53.
Tomo CVII. 19
Señor don Fernando Enriquez de Herrera, tesorero gene-
ral de las rentas del Duque mi Señor en esta su villa de Ca-
bra, habiendo tenido diferentes cartas de S. E. en que me
daba noticia cómo habia de venir á esta villa don Leonardo
Antonio de Castro, pintor, á pintar un quadro de Nuestra
Señora, mi Señora Santa Ana y San Joaquín, y á estofar la
Capilla donde se habla de colocar este quadro^ la del santo
San Félix de Cantalicio y la de San Luis Obispo, pregunté
á S, E. si se le habia de dar de comer al dicho pintor por
quenta de S. E., y en carta que tuve suya su fecha en Ma-
drid á 14 de Junio del año pasado de 1689, hay un capítu-
lo que es como sigue:
«En cuanto á el pintor, digo que también se le dé comida
con los demás utensilios.» Y en otra carta que tuve de S. E.
su fecha en Madrid á 6 de Septiembre de 1689, hay otro ca-
pítulo que es como sigue: «Paréceme muy bien se vaya aca-
bando de pintar la Capilla de Señor San Luis, y que en la
otra se haya hecho el nicho, y antes de poner el quadro que
la devoción de mi prima ha dedicado, dispondrá don Loren-
zo se haga frontal y gradas de jaspe como el del altar de
San Francisco Javier,» y habiéndose ajustado la quenta de
la comida que de orden de los padres capuchinos se le dio
en seis meses á el dicho don Leonardo Antonio de Castro,
pintor, parece importó trescientos y veinte y ocho reales y
veinte y quatro maravedises, y del ara, frontal, gradas,
todo de jaspe, lienzo, marcos del quadro, oro y manufactu-
ra de poner dicho quadro, frontal y gradas importó ocho-
cientos y setenta y seis reales y medio, que juntos con los
trescientos y veinte y ocho reales y veinte y quatro mara-
vedises hacen mili doscientos y cuatro reales y medio, los
quales por haberse librado de orden mia á los interesados
292
que con este despacho y sin otro recado alguno se le recibi-
rán y pasarán en quenta á vuestra merced en las que diere
de su cargo. Fecho en Cabra á siete de Enero de mili seis-
cientos y noventa años.
Y ansí mesmo se incluye aquí lo que costaron los mante-
les y lienzo para cubrir el altar.
Don Lorenzo de Mardones.
Señor don Fernando Enriquez de Herrera, tesorero ge-
neral de las rentas del Duque mi Señor en esta su villa de
Cabra, en carta que tuve de Su Excelencia, su fecha en Ma-
drid á 10 de Enero de 1690, hay un capítulo que su tenor
es como se sigue:
En cuanto á la satisfacción que se ha de dar á don Leo-
nardo Antonio de Castro por la pintura que ha hecho, así de
las capillas como de el lienzo de Nuestra Señora y San Joa-
quín, lo ajustará don Lorenzo con él y se le entregará lue-
go lo que importare como es razón. = Y no obstante la orden
que Su Excelencia me dio para este ajuste, al correo si-
guíente representé á Su Excelencia lo que me parecía era
justo dar á dicho don Leonardo por estofar las tres Capillas
y quadro que pintó: fué Su Excelencia servido de respon-
derme en carta que tuve su fecha en Madrid á 24 de Enero
de 1690, el capítulo siguiente:
El correo pasado le avisé ajustase con don Leonardo la
pintura del lienzo y capilla de los Capuchinos en la forma
que le pareciere, y que se le diese luego satisfacción de
ello, y ahora lo repito.
Por tanto, dará y pagará vuestra merced al dicho don
Leonardo Antonio de Castro, docientos reales de á ocho que
hacen tres mili reales, que es la mitad más de lo que el
Duque mí Señor le mandó dar por la pintura y cuadro de
293
San Francisco Javier y su Capilla, y siendo ahora el traba-
jo duplicado, ajusté con él que se le hablan de dar los di-
chos tres mili reales, los cuales con este despacho y recibo
de el dicho don Leonardo serán bien dados y se le recibirán
á vuestra merced en quenta en las que diere de su cargo.
Fecho en Cabra, á catorce dias del mes de Febrero de mili
y seiscientos y noventa años. Y así mesmo se incluye en
esta cantidad lo que se le habia de dar por dorar el fron-
tal. =Don Lorenzo de Mardones. = Pagada.
Recibí del Señor don Fernando Enriquez, tesorero de
las rentas del Duque mi Señor, de esta su villa de Cabra,
los tres mili reales contenidos en esta libranza, y por su
verdad lo firmé en Cabra hoy quince de mili seiscientos y
noventa. = Leonardo Antonio de Castro.
cronologías
ARQUITECTOS.
Farkid-ibn-Aún-el-Aduani , Siglo IX
Motarrif-ibn-Abd-er-Rahman. . , . . • » X
Said-ben-Ayyab » X
Abdalah-ibn-Husein » XI
Cahet 1275^
Jamet 1275
Gil (Ruy) 1325.
Mahomad (El maestre) 1325
Andallah de Córdoba (Maestre) 1456
Agudo (Maestre Mahomad). ..,,.. 1477
Carrasquilla (Gerónimo) Siglo XVI
Molina (Pedro de) => XVI
Ruiz (Francisco) » XVI
Céspedes (Pablo de) 1538 á 1608
Ruiz (Hernán) 1544 á 1583
Matías (Alonso) 1564 á 1626
Morales (Benito) 1570
Ruiz (Hernán) 1583 á 1604
Baena (Diego de) 1585 á 158»
Coronado (Juan) 1593
Ochoa (Juan) 1601 á 1606
León (Juan de) 1603
Luque (Francisco de) 1603
296
Hidalgo (Juan Francisco). ...... 1603
Peña (Gaspar de la), burgués 1608 á 1659
González (Luis) 1614 á 1628
Aranda Salazar (Juan de) 1626 á 1652
Fernandez Moreno (Melchor) 1630ál677
Vidal (Sebastian) 1644 á 1653
Villarreal (Josef de), 1659
Hidalgo (Juan Francisco) ,. 1664
Beltran (Francisco) 1683
García (Antonio) 1683
Ramos (Don Antonio) 1683
Rojas (Luis de) . 1685 á 1690
Reyes (Baltasar (Je los) 1690 á 1696
Herrera (Fr. Antonio de) Siglo XVIII
Agustín (Francisco) 1702
Ortega (Tomás de) 1703
Hurtado Izquierdo (Don Francisco). . . . 1705
Antonio (Blas). ., 1705
Hoces y Morales (Jacinto de). ..... 1723
Sánchez de Rueda (Don Teodoro). . . . 1723
Román (Antonio) 1731 á 1736
Gutiérrez de Salamanca (Don Juan). . . . 1750 á 1787
Ruano (Francisco) 1753
Aguilar (Luis de) 1755 á 1763
Sánchez de Sandoval (Don Manuel). . . . 1789
Jerez (Don Francisco) 1798
Furriel (Don Patricio) 1826
Román (José) . 1828
Ríos (Don Demetrio de los) Siglo XIX
297
PINTORES.
Martínez (Alonso) 1286
Ruiz (Bartolomé) Siglo XV
€órdoba (Pedro de) 1475
Bermejo (Bartolomé) 1490
•Céspedes (Pablo de) 1538 á 1608
Frutos (Fr. Gerónimo) 1548 á 1565
Mohedano (Antonio) 1561 á 1625
Vera (Fr. Cristóbal de) 1577 á 1621
Henriquez (Leonardo) 1579 á 1596
Fernandez (Luis) 1580
Peñalosa y Sandoval (Don Juan de). . . . 1581 á 1636
Rufo (Luis) 1581 cá 1653
Contreras (Antonio) 1587 á 1654
Vázquez de la Vega (Juan) 1591
Mesa (Juan de) 1591
Castillo y Saavedra (Antonio del) 1603 á 1667
Zambrano (Juan Luis) 1608 á 1639
Santísimo Sacramento (Fr. Juan del).. . . 1611 á 1680
Antonio (Pedro) 1614 á 1675
Jiménez de lllescas (Bernardo) 1616 á 1678
García Reinoso (Antonio) 1623 á 1677
Adriano (El Hermano) 1630
Escalante (Juan Antonio) 1630 á 1670
Valdés Leal (Don Juan de) 1630 á 1691
Quesada (Juan Francisco de) 1632 á 1677
Vela (Lie. don Antonio) 1634 á 1676
Alfaro y Gamez (Don Juan de) 1640 á 1680
Arias y Contreras (Manuel de) 1644 á 1677
Palomino de Castro (Don Acisclo) 1653 á 1726
Castro (Don Leonardo de) 1655 á 1745
298
Fernandez de Castro (Don Antonio). . . . 1659 á 173&
Viso (Fr. Cristóbal del) 1684
Ruiz Rey (Don José Antonio) 1695 á 1767
Molina y Sandoval (Don Fernando). . . . 1698 á 1712
Rodríguez (Agustín) Siglo XVIII
Rossel (Juan Manuel de la) » XVIII
Ruiz (Juan) » XVIII
Murillo 1700
Espinosa (Fr. Gerónimo de) 1700 á 1791
Inca Méndez de Sotomayor (Don Bernardo). 1709
Guzman (Don Pedro de) 1714
Moreno (Antonio) 1719
Pacheco (Don Fernando) 1724
Molina (Don Juan de la Cruz) 1729
Camacho (Sebastian) 1733
Cornejo (Pedro) 1748
Monroy (Don Antonio) 1760 á 1823
Pérez Ruano (Don José) 1780 á 1810
Hidalgo y Vázquez (Don Rafael) 1783
Pozo (Don Pedro del) 1785
Espejo Saavedra (Don Isidro) 1788 á 1876
Monroy y Aguilera (Don Diego) 1790 á 1856
Pérez (Don José) 1790 á 1820
Saavedra (Don Ángel), Duque de Rivas. . . 1791 á 1866
Alvarez Torrado (Don Antonio) 1798
Soto (Fr. José de) 1808 á 1840
López (Francisco) 1808 á 1822
Saló y Junquet (Don José) 1810 á 1877
Montilla y Melgar (Don Manuel) 1816 á 1864
Moreno Anguita (Don Juan) 1816
Monserrat y Vargas (Don Juan de Dios). . . 1820 á 1865
Torres Pardo (Don Rafael de) 1824 á 1880
Gutiérrez Ravé (Don Marcial) 1827ál871
299
Hernández de Tejada (Don Joaquín). . . . 1827 á 1871
Belmonte y Vacas (Don Mariano) 1828 á 1864
Saló y Prieto (Don Nicolás) 1834 á 1854
Portocarrero (Don Francisco de P.) . . . 1854
García Córdoba (Don José 1875
ESCULTORES Y TALLISTAS.
Cayo Valerio Época romana
Jayr Siglo IX
Mostauz . » IX
Motabarak » IX
Ahmed-íbn-Fatah » X
Amín » X
Bedr » X
Bedr-íbn-Hayyan » X
Casim » X
Cohem » X
Fatah » X
Fotuh » X
Hachchí » X
Harsir » X
Jalem-al-Amery » X
Kabir » X
Karim » X
Masud » X
Mobarak » X
Mondzir » X
Mudafar » X
Nassr » X
Tasrír » X
Tsmíl : » X
Admed » XI
300
Daniel (Maestre) 1264
Córdoba (Juan de) Siglo XV
Oliva (Sor Mencía de la) 1535 á 1552
Céspedes (Pablo de) 1538 á 1608
Cepeda (El capitán) 1580
Paz (Pedro de) 1611 á 1677
Conrado (Matías) 1626
Gómez del Rio (Bernabé) 1651
Vázquez (Fr. Juan) 1689 á 1757
IFreyle de Guevara (Pedro) Siglo XVII
Góngora 1708
Gómez de Sandoval (Don Alonso) 1713 á 1801
Jiménez (Juan) 1736
Pérez (Alonso) 1736
Fernandez de Pedrajas (Tomás) 1749
Cano (Don Lorenzo) 1750 á 1817
Mena y Gutiérrez (Don Pedro) 1764
Alvarez Cubero (Don José) 1768 á 1827
Eurgos (Diego de) 1777
González (Antonio) 1782
Eomero (Luis Félix) 1782
Cordón (Andrés) 1790 á 1808
Ríos y Serrano (Don José de los) 1792 á 1855
Navarro y León (Juan) 1794
■Gómez (Don Rafael) 1795
Gallardo (Román) 1799
Zaragoza (Agustín) Siglo XVIII
€azalla (Don Rafael) Principios del siglo XIX
Morales (Diego) 1806
Burgos y Molina (Don Juan Andrés de). . . 1808
Cordón (Andrés) 1808
García (Doña Petronila) 1812 á 1860
Cano (Don José) 1815 á 1835
301
Tomás (Don José) 1828 á 1833
Bolaño (Don Manuel) 1831 á 1868
Guijo (Joaquín) 1832
Galindo (Don Diego) 1868
PLATEROS.
Bozla (Judá ben) Fines del siglo X
Urbano (Juan) 1590
Ruiz (Juan), el Vandalino 1533
Portollano (Juan de) 1565
López el Mozo (El señor Alonso) 1575
Sánchez (El señor Martin) 1578
Alonso (El señor Martín) 1580
Soto (El señor Fernando de) 1580
Xímenez (El señor Diego) 158Q
Casas (El señor Juan) 1591
Valdés (Lucas de) 1600
Casas (Don Diego de las) 1624
López (Juan) • . . . 1648
Aloántara y Ángulo (Tomas Gonzalo de). . 1677
Euíz de León (Antonio) 1683
Tazas (Don Gaspar de las) 1690
Moreno (Don Alonso) 1697
Aguílar (Alonso de) 1709 á 1812
Calvo (Don Juan) 1709
Sánchez Izquierdo (Don Juan) 1714
Romero (Don Juan) 171&
Castro (Don Damián) 1716 á 1789
Gala (Don Juan de la) 1723
Luque y Molina (Don Juan de) 1723
Martos (Don Fernando de) 1723
Soldevilla (Don Juan de) 1725
302
García de los Reyes (El maestro Bernabé). . 1725 á 1763
Benitez (Don Juan) 1727
Zafra (Don Juan de) 1728
Caballos y Buenrostro (Don Cristóbal). . . 1730
Fernandez (Sebastian) 1731
Galvez (Don Diego de) 1732
Osuna (Don Antonio de) 1732
Santa Cruz y Zaldua (Don Antonio de) . . . 1733 á 1768
Bañuelos y Aguayo (Don Juan) 1734
Vilches (Don Francisco de) 1735
Hoyo (Don Roque del) 1736
Hoyo (Don Francisco del) 1739
Negrete (Don José) 1739
Ayllon (Don José de) 1745
Segovia y La Hoz (Don Juan Martin) . . . 1745
Almoguera (Don Antonio de) 1748
Millan (Don Alonso) 1748
González y Rodríguez (Don Eulogio). . . . 1749
Morales (Don Pedro) 1753
Crespo (Don Nicolás). . 1753
Pérez (Don Antonio José) 1754
Santiago Castillejo (Don Juan de) 1754
Sánchez y Soto (Don Cristóbal) 1755
Garcia y Aguilar (Don Bernabé) 1755
Galvez (Don Antonio de) 1756
Romano (Don Antonio) 1759
Repiso (Don Manuel) 1768
Hidalgo y Lucena (Antonio) 1779
Espejo Saavedra (Don Isidro) 1788 á 1876
303
GRABADORES.
Cárdenas (Fr. Ignacio de) 1630 á 1662
López (Joaquín) 1672
Palomino (Don Juan Bernabé de) 1692ál777
Carrasco (Nicolás) 1720 á 1749
Diez (Juan) 1747 á 1766
Reyes (Gerónimo de los) 1748
Vázquez (Don Bartolomé) 1749 á 1803
Zea (Francisco de) 1755
Aguilar (A) 1763
Mendoza Siglo XVIII
Orbaneja (Bernabé) 1728
Vázquez (Don José). 1768 á 1804
Sánchez (José) 1804 á 1827
BORDADORES.
Gómez (Juan) 1688
Moreno y Zeballos (Diego) 1782
ESTUDIO
SOBRE LA
HISTORIA DE LA ORFEBRERÍA EN CÓRDOBA
DON RAFAEL RAMÍREZ DE ARELLANO
Académico correspondiente
de la Real de Bellas Artes de San Femando de Madrid,
y de número de la General de Ciencias, Bellas Letras
y Nobles Artes en Córdoba.
Tomo CVII. 20
Hace mucho tiempo que pensé en hacer un estudio sobre las
platerías cordobesas, que, si un dia llegaron á un apogeo inusita-
do, hoy se encuentran en el atraso más lamentable. La orfebrería
cordobesa tiene fama en toda España, y sin embargo, en la época
actual no puede ni mantener siquiera los pocos talleres que traba-
jan. No es de este sitio, ni mi propósito es tampoco, estudiar las
causas (venidas de Francia y Alemania), de la decadencia de
este arte maravilloso, ni mucho menos proponer el remedio que á
mi entender puede hallarse, y sí sólo trazar á grandes rasgos la
historia de la platería en Córdoba desde los tiempos más remotos,
valiéndome para ello de los datos que nos han suministrado mu-
chos historiadores de la antigüedad, y especialmente los que he
encontrado en el copioso archivo de la congregación de San Eloy,
aún existente, pero puede decirse que moribunda. Y como toda di-
gresión seria enojosa al lector y para mi objeto no cuadra, vamos
al grano, como suele decirse, ó lo que es lo mismo, á narrar lo
que ha sido y es el arte de los plateros en es(a hermosa tierra an-
daluza, patria de Juan Ruiz el Vandalino y de otros artistas que
á su altura se encuentran.
La palabra Córdoba, Cortóla, de origen fenicio, nos autoriza
para poder llevar nuestras investigaciones á épocas muy remotas.
Sabemos por esta etimología que el origen de nuestra ciudad se
pierde en las nebulosidades de las primeras historias escritas, y
no hay para qué decir, por lo tanto, que existia cuando las naves
de los hebreos, en el imperio de Salomón, llegaban en sus expedi-
ciones hasta el estrecho de Gibraltar, y hasta Cádiz tal vez. Aque-
llas naves venían en busca de tesoros grandísimos que encerraba
la península ibérica, y no es que yo pretenda ni mucho menos ha-
cerles remontar el Guadalquivir y llegar á mi patria, pero acaso
308
existia ya la que después fué Atenas de Occidente, cuando los he-
breos y los griegos veuian á sangrar las ricas minas andaluzas,
abundantes en toda clase de metales, como la Biblia confirma.
Hay que advertir que Córdoba existia y fué ocupada por los ejér-
citos de los cartagineses, si hemos de creer que de aquí salieron
parte de las legiones que acompañaron á Aníbal á su expedición
de Italia, y en llegando á la época romana no ofrece duda que
Córdoba existe, Claudio Marcelo la engrandece, y en poco tiempo
viene á ser una de las poblaciones principales de España y la ca-
beza de la España ulterior, donde se dieron las luchas principales
de pompeyanos y cesarinos.
En esta época, no es ya que tengamos la presunción de que
en Córdoba debia florecer la industria ó arte de la orfebrería, sino
que los mismos romanos nos la dan como país productor de oro, y
Licio Itálico, hablando de ella dice:
Nec decus auriferae cenavit Cordnha terrae.
lo cual prueba que en la campiña de Córdoba se beneficiaban mi-
nas que hoy no se conocen, y que esta comarca era una de las es-
pañolas máfj productivas en metales preciosos.
No es de suponer que donde se daba el oro no se supiera elabo-
rar. Antes al contrario, en aquellos tiempos debió nacer en Cór-
doba ese brillante arte de la orfebrería, que tan felices tiempos ha
alcanzado; pero desgraciadamente nada nos queda de entonces, y
unos cuantos objetos encontrados en Fuente Tojar, en excavacio-
nes hechas á espensas de la Comisión de Monumentos de la pro-
vincia, han desaparecido sin que recordemos nosotros, que los vi-
mos, la valía que pudieran tener.
La irrupción de los bárbaros no trajo, como se ha supuesto has-
ta ahora, la destrucción de todo lo que fuera arte y belleza. Antes
al contrario, aquel pueblo más fuerte por sus energías materiales
que el pueblo vencido, era más débil por sus energías anímicas;
su civilización era tosca ó casi nula, y al dominar á un pueblo que
le era superior en civilización, se admiró de lo que encontraba, y
no sólo no se atrevió á destruir, sino que se dedicó á restaurar. Ad-
mirado el pueblo godo de las bellezas artísticas que encontraba ea
309
España, quiso emular al pueblo vencido, y en breve tiempo
los bárbaros tuvieron su arte propio y llenaron de monumentos
las principales poblaciones qne conquistaron. £n Córdoba quedan
aún de aquella época las plantas de algunas iglesias, y en la Mez-
quita se encuentran columnas, capiteles y cimaceos que acusan en
todas sus líneas las del arte que ha dado en llamarse latino bizan-
tino, porque ostenta los caracteres romanos, con el trazo y el
gusto del oriente europeo, y que no es otro que el que crearon los
invasores de España, admirados y deslumbrados por la belleza ro-
mana que se encontraron aquí.
Que los visigodos cultivaron y dominaron por completo la or-
febrería, no ofrece ni un momento de duda, y el descubrimiento
hecho en 1860 de las coronas votivas de Recesvinto halladas en
Gruadamur (Toledo), en las huertas de Guarrazar y que se admi-
ran en los Museos de Cluny y de la Armería Real de Madrid,
son un testimonio irrefutable de que el arte visigodo habia llegado
en la platería á una altura que no habia de superar en mucho
tiempo ni aun en el periodo de mayor esplendor de los Califas cor-
dobeses.
No se sabe dónde estén hechas las coronas de Guarrazar.
Seguramente que no será en Córdoba; pero en vista de ellas,
¿quién puede asegurar que este arte no se cultivara en la que des-
pués fué corte del Califato con la brillantez que en Toledo, si es
que toledanas son las referidas coronas? No puede de ningún mo-
do creerse que la orfebrería no estuviera en Córdoba entonces á
grandísima altura, siendo así que aquí se labraban capiteles como
los que hay en la Mezquita, aras como la que sirve para sostener
la pila del agua bendita á la entrada de la puerta de los Obispos
en la Catedral, celosías como las de la sala del Chocolate en la
misma iglesia, y, sobre todo, bajo relieves como los del sepulcro
que sirviendo de pilón en una casa de la Carrera del Puente se ad-
mira hoy, y que se ha supuesto que sea el de los santos Acisclo y
Victoria por unos, y el de Domingo Sarracinez por otros. Es in-
dudable que el arte de la decoración de los metales debió existir en
Córdoba de una manera brillante en la época de los visigodos.
Guiándonos de presunciones más ó menos fundadas, hemos re-
310
corrido un larguísimo periodo de la historia española; pero ahora
llegamos á otro en donde ya podemos hacer afirmaciones categóri-
cas y hasta determinar obras de la orfebrería cordobesa. Nos refe-
rimos al período árabe.
Según el testimonio de testigos oculares, como Edrisi, podemos
afirmar que en la Mezquita de Córdoba, la más importante de Oc-
cidente y casi rival de la celebrada Meca, existían veinte puertas
revestidas de planchas de bronce de un trabajo admirablemente
hermoso, y en la cumbre del alminar ó torre de la Mezquita «bri-
llaban más que el resplandeciente sol de Andalucía, dice un autor
alemán, tres granadas, dos de ellas de oro puro, y de plata la ter-
cera. De la bóveda del vestíbulo del mihrab. joya inapreciable que
aún se conserva, pendía una enorme lámpara, y todo el templo se
hallaba cuajado, puede decirse, de lámparas primorosas, las más de-
plata y muchas de bronce fundido de las campanas de los templos
cristianos. En las restauraciones que se están llevando á cabo en
la Mezquita, no se ha encontrado ningún resto metálico, pero en
la tablazón que queda del antiguo artesonado están las huellas de
florones metálicos cuyas formas se ignoran. Los que vendieron las
tablas y vigas para hacer vihuelas, dejaron alguna madera, pero
de los florones no dejaron ni uno.
Nada de esto era comparable siquiera con la riqueza acumulada
por Abd-u-Rahman Annascir en su fastuosa vivienda de ííedina
Azzahara, en donde habia 15.000 hojas de puertas de todas dimen-
siones, revestidas de hierro bruñido ó cobre dorado ó plateado; un
pabellón central en que las columnas de mármol de aguas estaban
taraceadas de rubíes y perlas con capiteles de oro; los muros esta-
ban cubiertos de oro y mármoles trasparentes de diversos colores,
y del centro de la cúpula pendía una perla de inapreciable valor y
colosal tamaño que, entre otros objetos, habia regalado á An-Nas-
zir el emperador de Constantinopla, Constantino Porfirogéneto.
Se cuenta que las tejas eran de plata y oro alternadas y en el cen-
tro de aquella regia estancia se veía un estanque de pórfido que
rodeaba una arquería de ébano y marfil incrustada de oro y pie-
dras preciosas sobre columnas de mármol y de cristal.
Se dice que uno de los principales ornamentos del Alcázar era
311
las fuentes, y de estas se mencionan dos más artísticamente bellas
que las restantes, y que según parece, procedian del Asia. La ma-
yor, traida para An-Naszir, del Asia, por Ahmed el griego, era de
bronce dorado, con bajo relieves de figuras humanas, bellamente
esculpidas, y la otra era de mármol verde, y fué adquirida en la-
Siria, considerándose por todos los inteligentes como un verdade-^
ro prodigio del arte. A esta le mandó agregar el Califa doce figu-
ras de oro bermejo, incrustadas de perlas y exquisita pedrería, la-
bradas en los talleres reales de Córdoba, representando diversos
animales. Pusieron en ella un león entre un antílope y un cocodri-
lo, al lado opuesto un águila y un dragón y entre ambos grupo»
una paloma, un halcón, un pavo real, una gallina, un gallo, un
milano y un buitre. Todos estos animales eran huecos y vertían en
el tazón de la fuente chorros de agua cristalina .
Iguales descripciones que del palacio de Azzahra se hacen del
de Medina Azzahira, donde los llamadores de las puertas eran de
bronce y representaban cabezas de leones, y del palacio ó almunia
de Ruzafa, espléndida obra de Abd-u-Rhaman I.
Pero si hasta aquí hemos hablado sólo de lo que nos dicen los
escritores árabes con referencia á edificios de su época, ahora po-
demos hablar de verdaderas obras del arte árabe cordobés que fe-
lizmente se conservan aún y una de las cuales hemos visto hace
pocos días en la Exposición histórico-europea de Madrid, celebra-
da con motivo del Centenario del descubrimiento del continente
americano.
Aún nos quedan dos obras preciosas del arte de la platería ára-
be cordobesa. Ambas son de ataujía^ palabra con que se ha desig-
nado en España el arte de damasquinar los metales: arte que vino
de Oriente y en el que los artistas andaluces no hicieron otra
cosa quo seguir las tradiciones de los de Damasco, Bagdad y
Alepo.
De estas dos obras, una de ellas, sólo por conjetura, podemos
llamarla cordobesa. Es un cofre de marfil con elegantes monturas
de oro. Su labor es de carácter hispano-árabe, y se conserva en el
Museo de Kensington, bajo el número 305 de su catálogo. Es del
siglo X y en su inscripción se lee el nombre de Abder-Rahman^
312
probablemente el III. Este nombre es el que nos hace tener por
cordobesa tan preciada joya.
El otro cofre que hemos visto, es el que se conserva en la Cate-
dral de Gerona. Es de forma rectangular, de O '30 centímetros de
largo por 0*23 de ancho y 0'25 de alto. Está cubierto de planchas
de plata doradas, adornadas de palmas, rosas y otras labores, dis-
puestas simétricamente. En el borde tiene una inscripción, en don-
de se lee el nombre de Al-Hakam II, el del platero Juda-ibn-Bozla,
y la frase: «En el nombre de Dios. La bendición de Alah;» así
como la fecha en que fué labrado, 961 de la era vulgar.
Este magnifico cofre nos da idea, mejor que nada, de lo que era
el arte de la orfebrería cordobesa al terminar el siglo décimo de la
era cristiana. Veamos ahora lo que después de la reconquista
se ha hecho en Córdoba de platería digno de mencionarse.
II
Haciendo un examen comparativo entre los elementos que deco-
ran la arqueta de Gerona y los que exornan el zócalo del mihrab
^de la Mezquita cordobesa y la puerta de la Sala del Chocolate, en-
contramos que son los mismos. Así, puede afirmarse que en el
pueblo árabe, todas las diversas manifestaciones del arte marcha-
ban al unísono, y que la orfebrería no se retrasaba ni se adelanta-
ba un punto á la arquitectura. No sucede lo mismo que en el arte
oristiano, donde al mediar el siglo XVI, en arquitectura, se labra-
ba en todas partes con el gusto del Renacimiento, mientras en la
orfebrería se conservaba el arte ojival, tan puro como puede verse
en las Custodias de Toledo, Córdoba y Jaén.
Hemos llegado en nuestro estudio á un periodo por demás oscu-
ro para la historia de la platería cordobesa, ó sea el comprendido
•entre la toma de Córdoba por don Fernando III en 1237 y el si-
glo XVI. Puede decirse casi, que de esta época no nos quedan
objetos que examinar ni datos que consignar. Sabemos que los
cristianos, conforme se fueron apoderando de las ciudades más
importantes de Andalucía , se asimilaban las costumbres regalonas
313
y fastuosas de los árabes, y adoptaron en sus vestidos y en sus
adornos tales influencias del pueblo á quien vencian, que hasta
las palabras que han quedado en la lengua castellana para desig-
nar las piezas de oro y plata, son arábigas, tales como arraca-
das, que se dice á cierta clase de perendengues; alfiler, alhaja, y
hasta la palabra joya, viene de la árabe djaovkar, y el quilate,
peso del oro y de la pedrería , viene también de la palabra árabe
quirat.
Y habia llegado á tal punto la citada influencia, que era suma-
mente frecuente ver á las damas usar como talismanes, bien col-
gando del cuello, bien clavado en el pelo en forma de aguja, una
mano abierta, igual á la que se mira en la Alhambra en la puerta
de la Justicia, que no era otra cosa que el símbolo de los principa-
les mandamientos del Corán, ó sean el ayuno de Eamadhan, la
peregrinación á la Meca, donación da limosnas, hacer abluciones
y llevar la guerra á los pueblos infieles; y á tal punto llegó el abu-
so de este talismán, que el Emperador Carlos V se vio obligado á
prohibirlo en 1525.
Esta influencia del arte y de las costumbres árabes se manifiesta
mucho más clara en la arquitectura, en la que, mientras la iglesia
construía con el carácter y símbolo de su religión y levantaba las
catedrales ojivales, en donde en sus torres y cresterías descollaban
los tallados pináculos y los graciosos arbotantes, y las naves se
elevaban en puntiagudas ojivas, los príncipes y reyes rendían
culto al arte morisco, levantando soberbios ediflcios como "el alcá-
zar de don Pedro, en Sevilla; el del mismo Rey, en Toledo; la casa
de Mesa, en la misma ciudad, y aun dentro de las iglesias, la ca-
pilla de San Fernando de la Catedral de Córdoba, destinada por
Enrique II á enterramiento de su padre, Alonso XI, y de don Fer-
nando IV el Emplazado.
Pero, volvemos á repetirlo, no sabemos qué fué por entonces de
la orfebrería cordobesa. En el Museo Arqueológico de Madrid se
guardan varios ricos brazaletes de oro de unas dimensiones ex-
traordinarias y de preciosas labores; pero éstos son de origen gra-
nadino y nada nos dicen para nuestro estudio. Las armas damas-
quinadas del siglo XV, de que tan brillantes muestras ha habido
314
en la última Exposición, y entre las que descuellan las espadas
que conserva en Granada el Marqués de Campotejar, y la sin igual
expuesta por el Marqués de Viana, ambas, según se dice, pertene-
cientes á Boabdil, son granadinas también, y sólo podemos creer
que sea cordobés un relicario mudejar, precioso de labores geo-
métricas, que guarda en su tesoro la Catedral de Córdoba, y otro
joyero ó relicario del siglo XIV que poseen los herederos de don
Victoriano Ribera, del que se ignora la procedencia. Por este
último vemos que ya en aquel tiempo se trabajaba la filigrana
que tanta fama alcanzó y goza aún, y en la que son tan diestros
nuestros artistas.
Si hemos de juzgar de la platería cordobesa por su análogo el
arte de trabajar el cobre, debemos suponerla en el siglo XIV en
su mayor esplendor, conservando siempre el carácter morisco, al
examinar las hojas de la Puerta del Perdón y los magníficos lla-
madores que la adornan, que si no tuvieran alrededor una ins-
cripción monacal, pudieran suponerse obra de los artistas del
siglo X, que labraron el mihrab principal de la Mezquita. Esta
puerta se hizo de orden de Enrique II, en 1377.
Pocos años después de esta fecha, en 1391, sabemos que el
Obispo don Juan Eernandez Pantoja hizo donación á la Catedral
de ornamentos bordados y vasos de oro y plata para el sacrificio
de la misa, de los que no queda más que el recuerdo.
En 1445, con ocasión de haberse retirado á Baena el Obispo
don Sancho de Rojas, y no queriendo volver á Córdoba, fué nece-
sario llevarle allí para que ordenara al deají don Juan Contreras
un báculo de plata dorada, la mitra mayor y todo lo necesario al
pontifical mayor, que habia de usarse en esta ceremonia, y aquí
terminan nuestras noticias platerescas de los siglos XIV y XV,
pudiendo sólo añadir, por el testimonio de Juan de Arfe, que su
abuelo Enrique, para labrar la Custodia en que después nos ocu-
paremos, fundió un número infinito de objetos muy antiguos.
¡Maravillosa es la Custodia de Córdoba, pero qué gran riqueza no
se perdería con esta fundición impremeditada!
Finalmente el arte de la orfebrería habia adquirido gran impor-
tancia en muchas capitales de España, quedando de ello memoria-
315
y obras notabilísimas. En Córdoba no hay ni restos ni recuerdos.
Baste decir que mientras la Congi'egacion de plateros de Barcelo-
na se fundó en 1381, la de Toledo en 1423, y la de Burgos
en 1428, la de Córdoba no tuvo Ordenanzas hasta el año de 1503,
como después se verá.
Dejemos, pues, este periodo en la oscuridad en que lo encon-
tramos, y entremos en otro en donde los datos históricos se pre-
sentan ya claros á nuestras investigaciones.
III
En los primeros años del siglo XVI los plateros de Córdoba se
congregaron bajo la devoción de San Eloy, constituyendo la con-
gregación que aún persiste. Los estatutos titulados «Ordenanzas
del arte de la platería, ó sea de la hermandad de San Eloy de
Córdoba, aprobados por el obispo don Leopoldo de Austria,» se
guardan en el archivo de dicha corporación y forman un libro en
cuarto, escrito en vitela, en caracteres monacales, con iniciales
de adorno y orlas iluminadas, que empieza del siguiente modo:
^ «Tiene este libro treinta y cinco hojas, y esta es la primera
numerada, porque tiene cuatro anteriores; las tres en blanco, y en
la una pintada una Santa Cruz.»
Hasta hoy no han llegado ni las hojas en blanco ni la Santa
Cruz, y la hoja siguiente, que parece ser la primera del libro,
está adornada con más rica ornamentación que las restantes.
De estas Ordenanzas sacamos en claro primeramente que hubo-
una asociación de orfebres, anterior á ésta, puesto que en el en-
cabezamiento de las Ordenanzas se lee: «Otorgamos, y fazemos, y
establecemos nueva cofradía á servicio de Dios y honra del Señor
San Eloy,» sin que se consigne en ninguna parte ni cuándo na-
ció, ni cuándo ni por qué feneció la primera. Asimismo parece
que la asociación anterior sería la fundadora del hospital de San
Eloy, del que hasta hace poco existió la portada, que, á juzgar
por sus caracteres arquitectónicos, era obra de fines del siglo XVI
y de un hermoso renacimiento, y se deduce esto, porque en el
:n6
capítulo II dice: «Nombramos por casa y lugar donde hayamos de
hacer nuestros Cabildos é Ayuntamientos tocantes á la dicha co-
fradía y hospital que se dice de San Eloy, que es en la colación de
San Pedro... etc.»
Los cargos de la asociación deberían ser un prioste, dos alcal-
des, un escribano, un mayordomo y dos diputados, que se remu-
darían cada año.
Se establece en